La Iglesia Catolica

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“El hijo de Dios murió: hay que creerlo absolutamente, porque es absurdo. Y el que fue enterrado resucitó de nuevo: hay que creérselo, porque es imposible” TERTULIANO

“Hay una persecución injusta: la que ejercen los impíos contra la Iglesia de Cristo; y hay otra persecución justa: la que ejercen las Iglesias de Cristo contra los impíos… la Iglesia persigue por amor, los impíos por crueldad” AGUSTÍN DE HIPONA (SAN AGUSTÍN)

“Desde el Concilio de Trento hasta el día de hoy, todas las mejoras de la Iglesia se deben a sus enemigos” BERTRAND RUSSELL

1

ÍNDICE 1. INTRODUCCIÓN

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2. DIOS NO ES NECESARIO

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¿Cuál es la causa última de nuestra existencia y del universo que nos rodea?

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¿Cuál es la naturaleza de la relación que existe entre el cuerpo físico de cada uno y su conciencia del yo?

12

¿Qué existe después de la muerte?

12

3. SOBRE LA INVEROSIMILITUD DEL DIOS DE LOS CRISTIANOS

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Atributos del dios de los cristianos

15

La fe de los cristianos

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La altamente improbable existencia del dios de los cristianos: la falacia de la fe

16

4. LO QUE DICE EL ANTIGUO TESTAMENTO Y LO QUE LA IGLESIA NOS CUENTA DE DIOS

23

El Antiguo Testamento y la supuesta santidad de dios

23

Otros relatos del Antiguo Testamento que reflejan la idiosincrasia del dios de los cristianos 32 Sobre la falta de respeto de Dios a los animales 32 Dios y las personas discapacitadas 33 Dios, creador del machismo 34 Dios, defensor de la esclavitud 34 Dios, riqueza y poder: su defensa del absolutismo 35 La crueldad de un dios celoso 36 Racismo por amor a dios 36 Otras historias estrambóticas y absurdas descritas en el Antiguo Testamento 36 Contradicciones del Antiguo Testamento consigo mismo y con la doctrina de la Iglesia católica

37

5. NUEVO TESTAMENTO: EVANGELIOS Y CRISTIANISMO

41

6. PABLO DE TARSO: IMPUSOR Y DIFUSOR DE LA DOCTRINA CRISTIANA

49

El valor de la fe en la doctrina paulina

49

Cristianismo frente a judaísmo

49

Valores éticos positivos del cristianismo predicado por Pablo de Tarso

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Las ideas antinaturales de Pablo de Tarso El pecado original Desprecio a la sabiduría humana El mundo al revés: lo placentero es malo y lo desagradable es bueno El absolutismo y la esclavitud son respetables en nombre de dios

50 50 51 51 52

2 El machismo en la doctrina de Pablo de Tarso

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7. EL SINSENTIDO DE LA INTERPRETACIÓN CATÓLICA DE LA BIBLIA Sobre la interpretación de algunos pasajes bíblicos concretos El diluvio El becerro de oro La décima plaga de Egipto El porqué de la seudoinvestigación y de la interpretación no literal de la Biblia 8.

LA IGLESIA: UNA HISTORIA DE ABSURDOS, INTOLERACIA, GUERRAS, MUERTE Y CORRUPCIÓN

55 59 59 62 62 63

PRIVILEGIOS, 65

La admisión de las ideas de Pablo de Tarso y el desprecio de la vida humana

65

Los primeros teólogos y santurrones del cristianismo

65

El emperador Constantino y la toma del poder por los cristianos

67

Los primeros conflictos serios en el seno del cristianismo

68

La guerra santa contra los infieles: las cruzadas

69

El aumento del poder de la Iglesia durante la Edad Media; la implantación de la Inquisición

69

El papado en la Edad Media: los escándalos de la lucha por el poder en la Iglesia

70

El uso de la razón en defensa de la Iglesia

71

Contra la riqueza y el poder de la iglesia: la reforma protestante

72

La contrarreforma católica

75

Cristianismo e Ilustración

76

La Iglesia católica contemporánea: continuación de la intolerancia Apoyo del Vaticano al fascismo, nazismo y otras dictaduras Vaticano y delincuencia común de grandes proporciones La sospechosa muerte del papa Juan Pablo I Intolerancia y deprecio a la libertad humana Sexualidad, anticoncepción y uso de preservativos Oposición al aborto Investigación con células madre Oposición a la eutanasia Pena de muerte Discriminación de la mujer Oposición al divorcio La pederastia en el seno de la Iglesia católica Una experiencia interesante: la teología de la liberación

77 78 80 81 81 85 85 87 87 88 88 90 90 91

9. EL CRISTIANISMO EN ESPAÑA

93

Edad Media

93

Antiguo régimen

93

La intolerancia y el terror como máxima expresión del amor cristiano al prójimo:

3 la Inquisición

95

Papel de la Iglesia en la conquista y colonización de América

98

El siglo XIX y las tres primeras décadas del siglo XX

99

La iglesia durante la República y la guerra civil

100

La llamada “transición política” y el neofranquismo

101

10. LA GRANDEZA DEL ATEÍSMO

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Sobre cómo surge un ateo en una sociedad dominada por la ideología católica

109

Elogio del ateísmo

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Ateísmo y laicismo

113

11. EPÍLOGO

115

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5

1. INTRODUCCIÓN El concepto de “religión” es difícil de definir; está asociado a determinadas creencias que condicionan el comportamiento humano y la realización de determinadas actividades. Una de las características de las religiones es que suelen inspirar o imponer normas de comportamiento; dicen lo que los creyentes deben hacer. En algunos casos, creencias y normas proceden de la misma persona, pero en la mayoría de los casos, las normas proceden de personas ajenas, de forma que unas pocas personas dictan unas normas morales a una comunidad, a menudo enorme, de personas. Para definir el concepto de religión, es preciso distinguir las creencias religiosas de las que no lo son. Evidentemente, existen infinidad de creencias que no son religiosas y que implican comportamientos. En general, el pensamiento religioso implica admitir la existencia de algo transcendente o muy importante que se añade al mundo material en que vivimos y que implica una norma de vida. Las creencias religiosas se refieren a supuestas verdades indemostrables, basadas en una búsqueda o experiencia personal, o simplemente, trasmitidas por otras personas. Por tanto, son materia de opinión, entrando de lleno en el campo de la subjetividad. Ello explica la enorme variedad de religiones que existen y que han existido a lo largo de la historia de la humanidad. Una distinción basada en las creencias estriba en separar las religiones que admiten la existencia de un dios creador del universo de las que no lo admiten. Dentro de las religiones que no admiten un dios creador (religiones no teístas), existen una gran variedad de creencias en las que es difícil trazar una línea entre lo que es y no es religión. El paso sutil a la no religión surge cuando determinadas ideologías políticas, basadas en un estricto materialismo, conllevan comportamientos totalmente comparables a los de los fundamentalistas religiosos y que afectan a comunidades humanas numerosas. No insistiremos aquí sobre estas religiones, pues no son objeto de análisis en el presente libro. Dentro de las religiones que admiten la existencia de un dios creador, se suelen distinguir las teístas, en las cuales dios está comprometido con el universo creado, y en consecuencia, con la humanidad, y las deístas, en las cuales no existe ese compromiso. Estas últimas tuvieron importancia durante la ilustración, época en la cual los filósofos no llegaban vislumbrar con la razón una explicación del origen del universo y de la humanidad. En este caso, el comportamiento puede no diferir de las personas ateas, ya que, al no ocuparse su dios de los hombres, aquel puede estar regido por la conciencia individual de las personas. De acuerdo con el objetivo del presente volumen, en lo que sigue, salvo que se especifique lo contrario, nos referiremos a las religiones monoteístas. Por consiguiente, el dios al que nos referiremos en lo sucesivo corresponde a una concepción teísta. De todo lo expuesto hasta ahora se desprende que el término “religión” se refiere a una faceta de la actividad humana basada en un conjunto de creencias relativas a la existencia de algo trascendente, divino o sagrado que marca pautas de vida de los que la profesan, conduciéndoles a prácticas que usualmente se basan en determinadas normas morales. Aunque una religión puede estar basada en creencias individuales, generalmente afecta a grupos enormes de personas, en la mayoría de los casos de diferentes naciones y continentes. Existen numerosas religiones, y el estudio de todas sería una tarea ardua que se escapa a las posibilidades del autor. Aquí nos referiremos concretamente al cristianismo, y más específicamente a la Iglesia católica, que forma parte de las religiones que se basan en la existencia de un dios1 único sobrenatural, creador del universo y de los seres vivos que lo 1

Aunque según las normas ortográficas del idioma español la palabra “dios”, referida a las religiones monoteístas, debe escribirse con mayúscula inicial, consideramos que este hecho es un reflejo, de los muchos que existen, del poder de la Iglesia, y que el dios de estas religiones es solamente uno más de los numerosos

6 pueblan. Suele admitirse que el cristianismo tiene más de 2000 millones de creyentes, si bien este número es sin duda menor, ya que los cristianos se inician con un rito infantil, el bautismo, sin voluntad expresa de pertenecer a esa religión por parte del interesado, quedando contabilizados como cristianos todos los bautizados, salvo renuncia expresa (apostasía). Dentro de la religión hay que distinguir entre las creencias individuales y la religión como institución. La creencia, basada en la experiencia personal, en un dios sobrenatural creador del universo es una opción individual obviamente respetable. Es sin duda una elección útil para muchas personas; aporta una explicación fácil para el origen del hombre y del universo, permite mitigar el temor que produce el desconocimiento de lo que puede ocurrir después de la muerte, y puede aportar una finalidad en la vida que marque su línea de conducta. En el primer capítulo se abordará el problema de la existencia de dios, y aunque en él se desarrollará la idea de que la creencia en dios es contraria a lo que nos conduce la percepción y la razón, tal creencia forma parte de la ideología personal y como tal debe ser respetada. El problema surge cuando la religión se convierte en una institución, que, basándose en la creencia en dios, y con principios que chocan frontalmente con el progreso y bienestar humano, se constituye como un poder terrenal, que trasciende los estados y se convierte en autoridad universal, para dictar a los ciudadanos las normas morales que deben cumplir bajo la coacción de amenazas y castigos eternos, cuando no de torturas y muerte. Tales instituciones religiosas, identificando su verdad con la verdad absoluta, e intolerantes con los no creyentes, han sido históricamente fuente de guerra y destrucción. Parafraseando a Richard Dawkins1, podemos imaginar un mundo sin religión; tendríamos entonces que imaginar un mundo sin cruzadas, sin cacerías de brujas, sin guerras entre palestinos e israelitas, sin problemas en Irlanda del Norte, sin terrorismo mundial, etc. etc. Ante la presencia de estas instituciones religiosas, resulta difícil encontrar personas creyentes que lo sean por experiencia personal o por experiencias compartidas sin coacción de otras personas. La religiosidad de las personas proviene por lo general del adoctrinamiento llevado a cabo por estas instituciones, que contaminan la conciencia y la buena voluntad de las personas que caen bajo su influencia. De este modo consiguen que sus dogmas y normas morales se trasmitan de padres a hijos, y sean impuestos desde el nacimiento, sin dar oportunidad a las personas de informarse y formar su propia ideología religiosa. Controlan, en la medida de lo posible, la educación y actúan como auténticas sectas, de cuyas redes no es fácil salir. Su implantación en muchas naciones ha retardado el progreso humano, manteniendo a sociedades enteras en la creencia en dogmas y el cumplimiento de normas irracionales, de forma que una condición necesaria para que una sociedad humana sea libre es que el poder civil se imponga sobre el poder religioso. El presente libro aborda los temas que el autor ha considerado básicos con relación a la religión, y en particular con el cristianismo y la Iglesia católica. En ellos se discute el problema de la existencia de dios, y en particular del dios de los cristianos, se analiza críticamente el contenido de la Biblia y la interpretación católica de la misma, se estudian algunos aspectos de la historia del cristianismo y la Iglesia católica, con especial énfasis en el caso del España, y finalmente se expone un elogio del ateísmo.

dioses que ha inventado el hombre a lo largo de su historia. Por estas razones, en el presente volumen se escribirá la palabra “dios” con minúscula inicial. Se respetará, no obstante, la grafía original de dicha palabra cuando aparezca citada textualmente. 1 Dawkins, R. 2007. El espejismo de Dios. Espasa hoy, Madrid.

7 El primer capítulo versa sobre la existencia de dios. En él no se pretende demostrar que dios no existe. Sería un intento vano, al menos a la luz de los conocimientos actuales. Precisamente uno de los argumentos de los cristianos a favor de la existencia de dios es que, según ellos, la ciencia no puede demostrar su inexistencia. Tampoco ésta ha intentado tal demostración, ya que la ciencia, tal como la conocemos modernamente, jamás se ha planteado este problema. Usted, señor lector, no podrá ver, en un libro de una ciencia cualquiera de la naturaleza, un capítulo o apartado que verse sobre la existencia o inexistencia de dios. Y si lo ve, puede estar Vd. seguro de que en ese capítulo el libro ha dejado de ser de ciencia. Esto no quiere decir que no podamos usar nuestros sentidos y nuestra razón para discutir tal existencia, pero no podemos demostrar su inexistencia como el teorema de Pitágoras. En el primer capítulo, trataremos de utilizar las capacidades del ser humano para realizar dicha discusión, pero siempre quedará una puerta abierta para creencias diferentes de la nuestras. No obstante, tal como afirman del Olmo y Sáenz1: “La ciencia puede desmontar cada «prueba» de existencia divina, pero no probar su inexistencia, ya que los atributos sobrenaturales con que las religiones definen a sus dioses excluyen a estos como objetos de exploración científica”. Eso sí, podemos decir, por ejemplo, de acuerdo con la ciencia, que dios no es necesario para explicar el origen de los seres vivos. Tampoco podemos ser categóricos sobre lo que podrá o no podrá descubrir la ciencia dentro de, por ejemplo, 20.000 años si la humanidad sigue existiendo. ¿Podía imaginar el hombre del Paleolítico el grado de conocimiento que iba alcanzar el hombre del siglo XXI? ¿Qué pensaría este hombre ancestral si de repente viese un avión supersónico atravesando el cielo? Probablemente pensaría en algún ser o poder sobrenatural. Del mismo modo, no podemos ni imaginar el conocimiento humano en un futuro remoto. Es posible que los todos humanos puedan sonreír cuando contemplen, a gran distancia temporal, la creencia actual en un dios creador del universo, igual que nosotros podemos considerar absurda la creencia de muchas civilizaciones antiguas en el dios Sol. La cuestión cambia cuando se trata de demostrar la existencia o inexistencia del dios de los cristianos, lo cual es objeto del segundo capítulo. Si a un supuesto dios se le empiezan a asignar atributos y se relatan sus supuestas hazañas, es posible verificar en muchos casos si las cualidades o hechos que se la atribuyen son posibles o no. Aquí sí puede intervenir la ciencia, o simplemente la lógica. Si una religión afirma que la mujer fue creada a partir de una costilla del hombre, podemos afirmar, de acuerdo con los conocimientos científicos, que ese relato es sencillamente falso. Por esta razón, las instituciones religiosas han despreciado el conocimiento y han tratado de condenar o denostar a los científicos que dieron pasos decisivos en el conocimiento humano. Por otra parte, si se afirma que dios es infinitamente bueno y los textos religiosos afirman que mató a casi toda la humanidad y a casi todos los animales, el sentido común nos dice que existe una contradicción flagrante, y que falla la lógica, pues dios no puede ser bueno y malo a la vez, y que, por tanto, la existencia de tal dios es un absurdo (siempre habrá, claro está, quien afirme que dios podía ser infinitamente bueno y tener motivos para llevar a cabo el mayor genocidio de todos los tiempos). Los dos capítulos siguientes tratan de ofrecer una visión crítica de la Biblia (o Sagrada Escritura de la Iglesia católica)2. La Iglesia defiende dogmáticamente que se trata de una obra de inspiración 1

Del Olmo, E. y Sáenz. 2008. La religión como política. En: La Iglesia furiosa. Sepha, Málaga. La Biblia está dividida en dos partes: El Antiguo Testamento, escrito con anterioridad a la vida de Jesús, y el Nuevo Testamento, escrito con posterioridad a ella. Cada una de estas partes se divide en varios libros (73 en total); estos libros se agrupan en diversas partes, que a su vez se dividen en capítulos (identificados por su número, aunque contienen partes tituladas), y éstos en “versículos” (identificados también por un número). Para su cita en el texto, se escribe primero el nombre el libro citado, a continuación el número del capítulo, y finalmente el número o números de los versículos; por ejemplo, (Jueces-3: 5). En el presente texto, se han usado como referencias las siguientes traducciones de la Biblia: 2

8 divina. La lectura racional de esto texto permite constatar que esta afirmación de la Iglesia es insostenible. El cúmulo de contradicciones, de descripciones fantásticas, contrarias a los principios y resultados más elementales de la ciencia, y sobre todo, las atrocidades que contiene desde el punto de vista ético desmienten categóricamente las pretensiones de la Iglesia. No son necesarias grandes disquisiciones para llegar a esta conclusión. Dado que la Biblia es desconocida por la mayoría de los católicos, y que estos piensan que es un libro que rezuma santidad por todos los costados, pueden resultar increíbles muchas de las cosas que se dicen realmente en esta obra. Por ello, hemos optado por hacer que la Biblia se describa por sí misma en estos capítulos, acudiendo a numerosas citas textuales de lo que en ella se afirma. Si aun así algún lector duda de la veracidad de estas citas, la única recomendación que se le puede hacer es que tenga una Biblia a su lado y compruebe con ella lo que aquí se afirma. La figura de Pablo de Tarso es objeto de un capítulo específico. Ello se justifica porque él es realmente el inventor y difusor de la religión cristiana. Es el introductor de lo buena que es ante dios la vida mala. Es el paladín a ultranza de la bondad representada por las privaciones y el sufrimiento. Según él, todo lo agradable y bueno es malo y viceversa. Podemos decir que es el creador de la “antivida”, resultado de la pulsión de muerte que estaba encerrada dentro de este individuo. La Iglesia tiene su propia interpretación de la Biblia, que intenta dar una salida al estrecho callejón en el que sus Sagradas Escrituras le han introducido. Hasta mediados del siglo XX, la Iglesia católica mantuvo una interpretación oficial literal de la Biblia. La discrepancia de esta interpretación se pagó durante siglos con la tortura, la prisión y la muerte. Ante la imposibilidad de mantener lo inmantenible, la Iglesia defiende actualmente otras interpretaciones, que se caracterizan por exposiciones farragosas exentas de la más mínima claridad y del más mínimo sentido común. La crítica de esta exótica interpretación es el objeto de un capítulo del presente volumen. El capítulo siguiente está dedicado a esbozar unas pinceladas históricas de lo que ha sido el cristianismo. En él se destacan las peculiaridades de esta institución. En esta misma línea, se dedica otro capítulo al desarrollo del cristianismo en España, donde ha tenido una especial incidencia, que es la causa de la intolerancia que caracteriza a nuestro país y de que la democracia haya sido y siga siendo aquí algo reamente inalcanzable. En estos capítulos se mostrará cómo la Iglesia ha sido y es, ante todo, un poder terrenal, que ha estado y sigue estando en muchos casos por encima del poder civil, con una capacidad económica y una implantación civil extraordinarias. El objetivo primordial de este libro es denunciar y poner al desnudo la verdad que se oculta tras las instituciones eclesiales, que, predicando el amor al prójimo, únicamente practican el odio y la intolerancia. Se hace necesario desenmascarar a estos paladines del sufrimiento humano, que a fin de cuentas tratan de aumentar su influencia y poder, siendo fieles defensores de los poderosos y acérrimos enemigos de los débiles, a los que tratan de hacerles perseverar en su miseria, haciéndoles conformistas con su triste destino. Debe quedar claro que las ideas vertidas en el presente volumen tratan de ser absolutamente respetuosas con la creencias individuales, que, desde nuestro punto de vista, son víctimas de una férrea dictadura ejercida por la jerarquía católica; es, por tanto, la institución eclesial la que merece ser desenmascarada y erradicada. - Versión de Nácar Fúster, E. y Colunga, A. 1967. Sagrada Biblia. Biblioteca de autores Cristianos, Madrid. - Traducción argentina de 1990 (dirigida por A. Levoratti y A.B. Trusso). El libro del Pueblo de Dios. Versión en línea en: http://www.vatican.va/archive/ESL0506/_INDEX.HTM Ambas versiones, aunque utilizan distintas palabras, son similares en cuanto a significado.

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2. DIOS NO ES NECESARIO Una de las características del hombre es su capacidad de razonar y comprender muchos aspectos del mundo que le rodea. La ciencia, mediante métodos rigurosos y a veces muy sofisticados, permite explicar muchos de los fenómenos que suceden en nuestro entorno, y la filosofía trata de razonar sobre aspectos no accesibles al conocimiento científico, entre otros, los relativos al análisis de las normas del comportamiento humano. A pesar de que el conocimiento científico y el desarrollo tecnológico han alcanzado niveles prodigiosos e impensables hace tan sólo unas décadas y de que su capacidad de predecir fenómenos es incuestionable, tal conocimiento no puede responder con certeza a algunas preguntas de enorme trascendencia para el género humano. ¿Cuál es la causa última de nuestra existencia y del universo que nos rodea? ¿Cuál es la naturaleza de la relación que existe entre el cuerpo físico de cada uno y su conciencia del yo? ¿Qué existe detrás de la muerte? A pesar de la imposibilidad de responder hasta ahora con certeza a estas preguntas, el hombre ha dado diferentes repuestas, que en muchos casos han conducido a normativas morales que han condicionado su comportamiento y su vida, siendo el origen de sociedades con culturas y modos de pensar muy diferentes. ¿Son adecuadas esas respuestas? Podemos pensar que no vale cualquier respuesta a las tres preguntas claves planteadas anteriormente, y que, al menos, deberemos dar respuestas basadas en argumentos razonables. Ahora bien, en este terreno resbaladizo, ¿qué son argumentos razonables? Únicamente podemos decir que para explicar el mundo que nos rodea sólo tenemos dos herramientas básicas: su percepción a través de los sentidos y el poder de raciocinio de nuestra mente. Estas armas son las que han permitido el desarrollo de la ciencia y la filosofía, pudiendo afirmar que no parece acertado considerar como respuestas razonables a las preguntas clave, aquellas que entren en contradicción con los resultados de los avances científicos. Por otro lado, las diferentes respuestas que se han dado a dichas preguntas son generalmente incompatibles, por lo que a lo sumo, sólo una podría ser verdadera, aunque también es posible que no lo sea ninguna. A continuación trataremos de comenzar analizando de una manera muy general las respuestas que se han dado a estos profundos dilemas. ¿Cuál es la causa última de nuestra existencia y del universo que nos rodea? Las respuestas que se han dado a esta pregunta pueden englobarse en dos categorías, según se admita que este proceso sea el resultado de leyes naturales o sea el resultado de alguna intervención de carácter sobrenatural. En la última de las dos posibilidades propuestas se admite que el universo es el resultado de la intervención de un ser sobrenatural, al que los creyentes teístas llaman “dios”. El hombre ha tratado de buscar a dios como una respuesta a preguntas que la razón no alcanza a contestar. En torno a esta idea hay múltiples creencias. Por ahora nos limitaremos a analizar con carácter general si la creencia en un ser sobrenatural es razonable o no. Resulta evidente que nuestra percepción no permite obtener el más mínimo indicio de su existencia; no podemos ni ver, ni oír, ni tocar, ni oler, ni saborear a dios. Tampoco existe ningún indicio razonable de una intervención sobrenatural en el mundo que nos rodea. Es cierto que la naturaleza, y en particular los seres vivos, son el resultado de una fabulosa e intrincada obra de ingeniería que el hombre no puede reproducir, hoy por hoy, en su mayor parte. Sin embargo, todos los fenómenos que podemos percibir en la

10 actualidad son el resultado de procesos naturales que la ciencia puede explicar en su mayoría más o menos satisfactoriamente. La teoría de la evolución biológica permite explicar la aparición y el desarrollo de todos los seres vivos mediante pequeños cambios denominados “mutaciones”. La evolución habría partido de los organismos más primitivos y habría llegado hasta los organismos más complejos, entre ellos al hombre, a través de un largo proceso que puede haber alcanzado los 4000 millones de años de duración. Independientemente de que el mecanismo íntimo de la evolución sea objeto de discusión científica, la evolución de los seres vivos, y las relaciones de descendencia entre los principales grupos taxonómicos, es una teoría bien probada en la actualidad y plenamente admitida por la comunidad científica. Los astrofísicos tienen ideas cada vez más claras sobre el origen y evolución del universo. Conocemos qué son las estrellas, su composición y su movimiento. El orden que observamos en el firmamento no es otra cosa que el resultado de un movimiento regido por la ley de la gravedad. Conocemos el origen y la evolución del Sistema Solar, de la Tierra y de la vida. Sabemos la forma en que surgió el hombre como una especie más del reino animal. Como consecuencia de este conocimiento, los científicos ingleses Stephen Hawking y Leonard Mlodinow1 han afirmado que “no hace falta invocar a dios para encender las ecuaciones y poner el universo en marcha”. Según ellos, el universo es un resultado inevitable de las leyes de la física. Ante este cúmulo de conocimientos, los defensores de la existencia de dios nos hablan de que la ciencia sólo aporta un conocimiento superficial y que detrás de lo que conocemos debe haber un diseño inteligente elaborado por un ser sobrenatural, que es responsable de las leyes que rigen la evolución del universo y de la vida. Es posible, y resulta evidente que a medida que la ciencia avanza explicando las razones de nuestra existencia y de la de todo cuanto nos rodea, los creyentes pueden formular nuevas preguntas difíciles de contestar, pero, a la luz de la razón y de nuestra percepción, no vemos nada sobrenatural en el mundo que nos rodea; todos los procesos vitales, a pesar de su complejidad, transcurren de forma natural. En consecuencia, el hombre ha ido acumulando conocimientos y ha ido contestando a muchas de las preguntas planteadas sobre el origen del universo. De este modo, aunque han surgido y surgirán sin duda preguntas nuevas, la ciencia ha ido acorralando los argumentos en favor de la existencia de dios y deja poco espacio para admitir razonablemente tal existencia. Tomás de Aquino, trató de demostrar, en el siglo XIII, la existencia del dios de los cristianos, es decir, de un dios único creador de todo el universo. Estableció sus famosas cinco vías para la demostración. Según él, dios sería el primer motor generador del movimiento en el universo, la última causa que explique todas las demás, el ser absolutamente necesario para generar todos los demás seres, el ser absolutamente perfecto y el ser inteligente que dirige todo el universo. El principio de causalidad (todo efecto tiene su causa), o al menos el principio de uniformidad derivado de él (en idénticas circunstancias una misma causa produce siempre el mismo efecto), ha sido puesto en entredicho por la física cuántica; no obstante, aunque admitamos que el universo no es irracional y todo evento tiene una explicación, ésta puede buscarse en las leyes fundamentales de la naturaleza; no se necesita para nada la existencia de un ser superior sobrenatural que no se percibe por ningún sitio. Además, aunque supusiéramos que la demostración de la existencia de dios fuese en cierto modo válida, ¿por qué habría de existir un solo dios? ¿Por qué no podrán existir miles o millones de dioses jerarquizados, que se habrían creado unos a otros, antes de llegar al dios o dioses (podrían ser muchos) últimos creadores de todas las cosas? Además, esto corta el problema, pero no lo resuelve, porque, ¿quién creó a dios? 1

Hawking, S. y Mlodinow, L. 2010. El gran diseño. Crítica, Barcelona.

11 A pesar de que el conocimiento humano progresa y tiene un carácter acumulativo, es claro que el hombre no puede comprender completamente el mundo que le rodea y que su intelecto le lleva a hacerse preguntas que no puede responder con certeza. Evidentemente, el hombre tampoco es dios, pero el hecho de que no pueda comprender muchas cosas no significa que tenga que admitir la existencia de éste. Y repito que ni nuestra percepción ni nuestra razón nos llevan a aceptar la existencia de nada sobrenatural. Muchas personas, al contemplar y admirar la belleza que a menudo percibimos de nuestro entorno natural y la complejidad de éste, piensan que no es posible su existencia sin que exista detrás un ser sobrenatural, alguien que haya diseñado y creado lo que vemos. Les parece imposible que seres tan complejos como los humanos hayan podido surgir de forma natural. Es indiscutible que, como obra de ingeniería el mundo natural es algo extraordinario, a menudo de una belleza fuera de lo común. Sin embargo, si lo contemplamos desde el punto de vista ético, el resultado es aterrador; es un mundo de miseria, enfermedades, guerras, catástrofes y muerte, regido por la ley del más fuerte y donde la mayoría de los animales tienen que matar para vivir. Si hay un diseñador, la verdad es que es difícil pensar, a través de nuestra razón, que su obra fue maravillosa. En muchos aspectos, es razonable pensar que no lo pudo hacer peor. A veces se compara la complejidad de la naturaleza con la escasa capacidad del hombre para reproducirla, y se afirma que es imposible que tal complejidad sea el resultado de procesos exclusivamente naturales. Es cierto que el hombre no domina la naturaleza, y que en la actualidad no puede reproducirla en su mayor parte; como antes hemos afirmado, el hombre no es dios, y hay muchas cosas que no puede ni comprender ni hacer. No obstante, teniendo en cuenta la brevedad de la vida humana, es difícil imaginar lo que puede hacer la naturaleza en un tiempo del orden de los 4000 millones de años que pueden haber transcurrido desde el inicio del proceso que condujo al desarrollo de la vida. Contemplemos los avances científicos y tecnológicos de la humanidad en los últimos 5000 años, ¿Podemos imaginar lo que conseguiría el hombre si sobreviviera sobre la Tierra 4000 millones de años? Desgraciadamente, es impensable tal supervivencia; es probable que su inteligencia, combinada con la falta de ella en muchos aspectos, sea la que le lleve a su destrucción. Muchas personas justifican la existencia de dios en la idea de que la vida humana ha de tener un sentido transcendente. No parece que el comportamiento de la humanidad apunte hacia esa transcendencia, ni parece que en muchos aspectos sea superior a otros animales. Después de todo, creo que Pío Baroja1 tenía mucha razón cuando afirmaba que: “El hombre, en general, es lo mismo que la mujer. Del orden de los primates; es decir, un milímetro por encima del mono, cuando no está un centímetro por debajo del cerdo”. El pretender que el hombre es la gloria del universo es tan presuntuoso como absurdo. Aunque a veces no lo parezca, el hombre es sin duda muy importante para el hombre, pero a la naturaleza este sentimiento humano le debe traer bastante sin cuidado. Son elocuentes a este respecto las palabras del eminente paleontólogo norteamericano, y uno de los principales teóricos del siglo XX sobre la evolución biológica, George Gaylord Simpson2, quien, refiriéndose al hombre, afirmó: “No responde a ningún plan ni cumple ningún propósito sobrenatural. Está en el universo sólo por ser el producto único de un largo proceso material inconsciente, impersonal, con posibilidades y capacidad de comprensión singulares. A nadie las debe sino a sí mismo, y ha de responder ante él mismo. No es la criatura de fuerzas incontrolables e indeterminables, sino su propio dueño. Puede y debe decidir y gobernar su propio destino”. 1 2

Baroja, P. 1967. El gran torbellino del mundo. Planeta, Barcelona. Simpson, G.G. 1967. La vida en el pasado. Alianza, Madrid.

12 Tras las anteriores consideraciones, puede afirmarse que la mayoría de las personas que creen en dios lo hacen porque han nacido y crecido entre ascendientes que también creen, admiten dogmáticamente lo que les tramiten su mayores y viven inmersos, una vez adultos, en un medio cultural que favorece estas creencias, no siendo lo suficientemente incrédulos como para cuestionarse y analizar a fondo la existencia de dios con las armas de la percepción y la razón. A ello se une, en la mayoría de los casos, el desconocimiento de los avances científicos y la admisión de creencias seudocientíficas que los profesionales de la religión inventan y divulgan para cuestionar y contrarrestar dichos avances. También se cuentan entre las personas creyentes muchas que creen en causas misteriosas no perceptibles. Esta última creencia, muchas veces cercana al panteísmo, aunque puede ser considerada proclive al esoterismo, no es rara y tiene algo de razonable, ya que, ante la complejidad de la naturaleza es fácil llegar a pensar que, debe haber detrás algo más que los procesos naturales que estamos acostumbrados ver. El creer esto o no depende de la experiencia personal subjetiva de cada uno. ¿Cuál es la naturaleza de la relación que existe entre el cuerpo físico de cada uno y su conciencia del yo? El sentido de identidad personal y la presencia de conciencia y sentimientos en el ser humano, y sin duda en otros muchos animales, ha sido un asunto misterioso que ha preocupado a la humanidad desde la más remota antigüedad. Cuando el hombre se plantea cuestiones misteriosas a los que no sabe dar una explicación basada en las leyes de la naturaleza, sucede que éste busca a menudo respuestas incontrastables en las que interviene algún componente sobrenatural. Como consecuencia surge la idea filosófica, y sobre todo religiosa, de “alma”, que es la parte espiritual del ser humano y que, como tal, es invisible e inmaterial; esto lleva a la creencia en espíritus, y por extensión, a la creencia en fantasmas, que resultarían de una manifestación perceptible de las almas entre los seres vivos. En la doctrina de muchas religiones, entre ellas la religión cristiana, el alma de una persona sigue existiendo después de la muerte y es inmortal; incluso, en muchas religiones orientales, el alma puede transportarse de un cuerpo a otro, es decir, reencarnarse. Una vez más nos encontramos ante una creencia incontrastable y que, como tal, no puede ser ni demostrada ni absolutamente refutada. Sin embargo, la ciencia nos aporta una vez más una explicación de esta faceta del ser humano basada en las leyes de la naturaleza. De acuerdo con el premio Nobel de Medicina Francis Crick1, el origen de la conciencia humana y del sentido de identidad personal radica en un conjunto de neuronas existentes en el cerebro. Esto es un hecho claro bien admitido en neurobiología. Si una persona sufre una lesión en el lóbulo frontal de su cerebro, su mente y su comportamiento cambian, es decir, cambia su “alma”. De acuerdo con el prestigioso neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás2, hoy podemos afirmar que “el alma es el cerebro”. Esta explicación, por su carácter científico, es sin duda la más razonable y evita la necesidad de explicaciones fantásticas en las que se explica un misterio con otro misterio. ¿Qué existe después de la muerte? La creencia en la existencia de otra vida después de la muerte ha sido un pilar básico de muchas religiones. El temor del hombre al más allá ha sido una de las motivaciones para las creencias 1

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Crick, F. 1994. La búsqueda científica del alma: una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI. Debate, Madrid. Llinás, R. 2003. El cerebro y el mito del yo: papel de las neuronas en el pensamiento y comportamiento humanos. Norma, Bogotá.

13 religiosas y para acatar una supuesta “ley divina” que determinados hombres se han encargado de establecer. Ello responde a la vieja idea de aplacar a dios; es el temor de dios de los cristianos. En consecuencia, el individuo, inmerso en un medio cultural que favorece estas creencias, se ve impulsado a creer en un dios y a cumplir su “santa voluntad” por si acaso, es decir, para asegurarse el bienestar en una posible vida futura. Para los cristianos, cuando el cuerpo muere, el alma se separa de éste y pasa a vivir una plácida vida en el cielo, si el individuo ha sido bueno, o se condena, si ha sido malo; posteriormente, en el fin del mundo, los muertos resucitarán en un cuerpo nuevo y habrá un juicio final que ratificará la salvación de los buenos y la condenación de los malos. ¿Existe algún indicio o fundamento racional para defender la veracidad de estas creencias? No, ninguno. Sin embargo, ante la carencia de argumentos racionales de esta vida después de la muerte, los cristianos defienden, además de la fe, la existencia de experiencias sufridas por personas que han estado al borde de la muerte, pero que después han vivido para contarlas. Nos hablan de que estas personas, en su trance de muerte, ven un túnel largo en cuyo final se atisba una luz en la que pueden ver familiares o ángeles de la guarda y no sienten dolor, sino placidez y bienestar; el trance se acaba cuando los seres del más allá les comentan que aún no ha llegado su hora. Supuestamente, estas experiencias, que sus defensores denominan “experiencias cercanas a la muerte” (ECM), han sido “probadas científicamente”. Evidentemente, estas alucinaciones son experiencias de personas vivas y pueden ser reproducidas experimentalmente, siendo semejantes a las sufridas por el consumo de drogas o en situaciones en las que el riego sanguíneo disminuye en el cerebro. Las creencias de una vida después de la muerte están ligadas a la creencia en un alma inmortal. Si, como hemos afirmado anteriormente, la neurobiología ha demostrado que el alma es simplemente el cerebro, es difícil creer que después de la muerte cerebral puede existir una misteriosa vida inmaterial o, menos aún, material. Evidentemente, hasta que la ciencia no consiga, si es que lo consigue, resucitar realmente a muertos, estos no nos podrán contar sus experiencias.

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3. SOBRE LA INVEROSIMILITUD DEL DIOS DE LOS CRISTIANOS Los cristianos tienen como creencia común la existencia de un dios único y de una figura central fundadora, Jesús de Nazaret, que es el hijo de dios y el Mesías (Cristo), que vino al mundo y murió para redimir los pecados de la humanidad y que posteriormente resucitó. Dentro de esa creencia común, existen, dentro de los cristianos, numerosas iglesias y sectas que difieren entre sí en diversos aspectos y que han ido surgiendo a lo largo de la historia de esta religión. No obstante, la gran mayoría de estas iglesias están de acuerdo en una serie de atributos que asignan a dios y que, en el caso de la Iglesia católica, están recogidos en sus “dogmas”, que son una especie de decretos sobre lo que la jerarquía eclesiástica considera como verdades reveladas por dios y que los fieles están obligados a creer. A continuación mencionaremos los dogmas católicos que son además creencias comunes por la inmensa mayoría de las iglesias cristianas. Aunque en el capítulo anterior ya se ha considerado la verosimilitud o inverosimilitud de la existencia de dios, en el presente capítulo se insistirá en la discusión sobre la probabilidad de la existencia del dios de los cristianos, tomando como punto de partida los atributos a él asignados por la jerarquía religiosa, y contrastándolos con las características del mundo real, que, según los cristianos, es obra de dios, y con los propios textos religiosos cristianos. Atributos del dios de los cristianos Muchos son los atributos que los cristianos asignan a su dios y muchos los detalles para describir tales atributos. Aquí sólo mencionaremos los que hemos juzgado más relevantes para poder discutir posteriormente la veracidad de la existencia de este dios. El dios de los cristianos, además de ser único, sobrenatural y creador del universo, es un ser supremo y absolutamente perfecto que posee los siguientes atributos: - Inmutabilidad. Dios es siempre el mismo, sin experimentar ningún tipo de cambio o mutación. - Espiritualidad. Dios es espíritu puro, es decir, es inmaterial e invisible. No obstante, tiene cualidades humanas: vive, piensa, tiene sentimientos y se comunica con los humanos. Además es eterno e infinito. Se le reconoce por sus obras. Es simplicísimo: no hay reconocimiento de partes materiales en él. - Omnipotencia. Dios es todopoderoso, es decir, tiene un poder absoluto sobre todas las cosas. - Omnipresencia. Dios está en todos los sitios a la vez. - Omnisciencia. Dios es infinitamente sabio; lo sabe todo, lo que ya pasó, lo presente y lo que va a pasar. - Infalibilidad. Dios no puede equivocarse. - Santidad. Dios es infinitamente santo. Es además infinitamente bueno y misericordioso. Dios es la bondad misma y el mismo amor. - Justicia. Dios es infinitamente justo. Premia a los buenos y castiga a los malos. - Santísima Trinidad. En dios hay tres personas distintas pero un solo dios verdadero. - Jesucristo es verdadero dios e hijo de dios. - Por el rito de la Eucaristía, el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo.

16 La fe de los cristianos Resulta claro que los atributos que se acaban de enumerar no se pueden deducir a la luz de la razón. Es más, la Trinidad de dios es considerada por la propia Iglesia como un misterio y es sencillamente un galimatías contrario a la razón. El rito de la Eucaristía encierra también una transformación misteriosa. Por ello, la Iglesia sostiene que se trata de verdades que han sido reveladas por dios a los hombres. El creer en estas supuestas revelaciones es lo que los cristianos denominan “fe”. Para justificar la fe, resulta clave conocer cómo se produjo la revelación, es decir, de qué forma dios se comunicó con los hombres, y constatar la autenticidad de ésta. El catecismo de 1992 de la Iglesia católica1 afirma que la transmisión de la revelación divina se produce a través de la Sagrada Escritura y de la tradición apostólica, que incluye la predicación apostólica, continuada en la sucesión apostólica. Según el catecismo, “la Sagrada Escritura es la palabra de dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La Tradición recibe la palabra de dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación”. Dios se dio a conocer desde el origen y luego se reveló a través de los profetas. Cristo Jesús juega un papel central en la revelación, pues es “mediador y plenitud de toda la Revelación”. El catecismo afirma además que “no habrá otra revelación”. También afirma que la interpretación del depósito de la fe está confiada a la Iglesia: “El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la revelación divina”. La fe es una respuesta humana, movida por la gracia de dios, a la revelación. Según el catecismo: “La gracia es el favor, el auxilio gratuito que dios nos da para responder a su llamada”. La altamente improbable existencia del dios de los cristianos: la falacia de la fe En el capítulo anterior, se ha cuestionado la existencia de dios con base en la percepción y el razonamiento humanos. Los avances de la ciencia dejan poco espacio a la necesidad de dios. Sin embargo, queda siempre abierta la posibilidad de un dios, o de dioses, no perceptibles, y por tanto inalcanzables para la razón humana. Ahora bien, cuando se pretende caracterizar a dios con un conjunto de atributos, tal como sucede en el caso del dios de los cristianos, la probabilidad de su existencia es prácticamente despreciable. En efecto, ante los atributos del dios cristiano, surgen innumerables preguntas. Así, aun partiendo de la posibilidad de la existencia de seres sobrenaturales, ¿por qué dios es único? Si dios es una especie de “carpintero” que creó el universo, de manera análoga a como Gepeto creó a Pinocho, ¿por qué no puede haber múltiples “carpinteros”, es decir, múltiples dioses? Se podría preguntar que quién creó a estos dioses; a lo cual se puede contestar con otra pregunta: ¿quién creó al dios único? Estos dioses podrían ser eternos, igual que, según los cristianos, lo es su dios. Además, podría haber un dios último creador de estos dioses “carpinteros”. Tendríamos así un dios de dioses, siendo estos últimos los creadores del universo y de los seres vivos. En consecuencia, ¿cuántas generaciones de dioses pueden existir o haber existido? y ¿cuántos dioses hubo en cada generación? Aplicando la razón, estas preguntas no tienen repuesta. Ante las anteriores preguntas, ¿por qué el dios 1

En el presente texto se ha usado como referencia el catecismo de la Iglesia católica que aparece en la página “web” del Vaticano (http://www.vatican.va/phome_sp.htm) y cuya dirección específica es: http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html.

17 de los cristianos es el verdadero y no lo es el (o los) de cualquier otra religión? A la luz de la razón, esto es nuevamente difícil de responder. ¿Por qué dios es perfecto, eterno, inmaterial, omnipotente, infinitamente sabio e infalible? Según el cuento, Gepeto fue el dios de Pinocho y no poseía tan maravillosas propiedades. Entonces, ¿por qué el dios que creó el universo habría de tenerlas? Evidentemente para crear el universo debió tener mucho poder, pero de eso a ser todopoderoso y tener todos los atributos citados dista un abismo. ¿Por qué dios tiene que ser santo, justo y misericordioso? Estas características no tienen nada que ver con la creación del universo. Dios podría ser muy malo y haber creado igualmente el universo. De hecho existen muchos dioses del mal en otras religiones, ¿por qué estos dioses son falsos y el de los cristianos es verdadero? Además, si dios es santo y todopoderoso, ¿por qué creó un mundo tan imperfecto y con tantas miserias? Esta es una buena pregunta; más adelante, trataremos de ahondar en esta cuestión con detalle. ¿Es compatible ser a la vez justo y misericordioso? Sería un excelente tema de discusión en el que no nos vamos a extender aquí, pero en cualquier caso esta compatibilidad es al menos dudosa. La omnipresencia de dios, la Santísima Trinidad y el significado de la Eucaristía son misterios a los que con la razón sólo se puede responder que son contrarios a ella, es decir, que son absurdos. No obstante, la Iglesia afirma que estos misterios están por encima de la razón. Ante este cúmulo de preguntas, la Iglesia católica no tiene otro remedio que recurrir al concepto de “fe”. Ahora bien, para que el concepto de fe tenga algún sentido es necesario que la revelación divina sea cierta, es decir, es necesario demostrar que es cierto que dios haya revelado algo a los hombres y que lo que se interpreta como revelado sea verdadero. Analicemos pues con detalle la idea católica de la revelación divina. Si analizamos cómo se produce la revelación vemos que la descripción que hace la Iglesia está absolutamente falta de rigor. Alude a la tradición apostólica como fuente de revelación. Evidentemente, ningún tipo de tradición puede ser una fuente seria para probar la verdad de la revelación. A veces, la tradición enlaza con la leyenda, a la que se ha llamado “tradición popular”. Esta tradición debe comenzar con Jesús de Nazaret, figura central de la revelación. Pero ni siquiera la figura de Jesús es históricamente irrefutable. Aunque suele admitirse históricamente su existencia, esta no es segura. No existe ninguna mención histórica contemporánea de su existencia. Todos los testimonios de Jesús son posteriores a su presunta existencia. Tampoco hay ningún resto arqueológico que aporte alguna luz sobre la existencia de Jesús. Si es dudosa ésta, mucho más dudoso es que Jesús fuese dios. Es curioso que siendo dios hubiera pasado tan desapercibido a sus contemporáneos. Hoy parece claro que la condición de Mesías o Cristo fue asignada a Jesús por Pablo de Tarso, a quien se le apareció Jesús en una alucinación provocada probablemente por un ataque de epilepsia1. No abundaremos en este tema, de la que hay excelente bibliografía en castellano1,2,3 a la cual remitimos al lector. Por lo que se refiere a la Sagrada Escritura, la primera y definitiva cuestión que se plantea es: ¿por qué está escrita, tal como afirma la Iglesia, por inspiración del Espíritu Santo? ¿Cuándo y de qué manera reveló el Espíritu Santo que había inspirado la Biblia? ¿Qué pruebas existen?

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Véase, por ejemplo, Mosterín, J. 2010. Los cristianos. Alianza, Madrid. Piñero, A. (ed.). 2008. ¿Existió Jesús realmente? Raíces, Madrid. 3 Puente Ojea, G. 2008. La existencia histórica de Jesús. Siglo XXI, Madrid. 2

18 La Biblia está formada por un conjunto de textos escritos por distintos autores a lo largo de un tiempo muy largo, e incluso en idiomas distintos. Dentro de ella existen palpables contradicciones, que comienzan ya en el primer libro (Génesis), relativo a la creación. Es curioso que para ser unos textos tan importantes y escritos bajo inspiración divina resulten tan complicados de interpretar. Esto es así hasta tal punto que el número de textos que deben incluirse en la Biblia y la interpretación han sido objeto de largas discusiones, de tal modo que existen versiones para las diferentes iglesias cristianas y para los judíos (en lo referente al Antiguo Testamento). ¿Cuál de estas versiones es la inspirada por dios? Las siguientes frases, extraídas del catecismo de la Iglesia católica (primera parte, primera sección, capítulo segundo, artículo 3), son suficientemente elocuentes para mostrar la complejidad de la interpretación de la Sagrada Escritura y la interpretación que dicha iglesia quiere que se le dé: “Para interpretar bien la Escritura, es preciso estar atento a lo que los autores humanos quisieron verdaderamente afirmar y a lo que Dios quiso manifestarnos mediante sus palabras… Para descubrir la intención de los autores sagrados es preciso tener en cuenta las condiciones de su tiempo y de su cultura, los «géneros literarios» usados en aquella época, las maneras de sentir, de hablar y de narrar en aquel tiempo… Se pueden distinguir dos sentidos de la Escritura: el sentido literal y el sentido espiritual; este último se subdivide en sentido alegórico, moral y anagógico… (La letra enseña los hechos, la alegoría lo que has de creer, el sentido moral lo que has de hacer, y la anagogía a dónde has de tender)… Todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios”. La pregunta pertinente en este caso son: ¿Puede probar la Iglesia que recibió el encargo de dios al que alude el catecismo? Sobran palabras; al final lo que vale son los decretos de promulgue la Iglesia. Podemos añadir como curiosidad que en los textos del Antiguo Testamento la palabra “revelación” no aparece en ningún sitio. Resulta más que curioso constatar que la lectura de la Biblia estuvo prohibida a los legos desde el siglo XIII hasta la segunda mitad del siglo XX, concretamente hasta el Concilio Vaticano II (19621965). Se prohibió asimismo su traducción a lenguas romances, de forma que sólo podía ser impresa en latín. Con ello, la institución eclesial fue la que se encargó de interpretar la Biblia porque recibió, según ella, ese encargo de dios. ¿Cuándo, cómo y dónde recibió ese nuevo encargo? ¿Forma parte ese encargo de la revelación divina? La Iglesia católica no nos aclara absolutamente nada al respecto. Obviamente, la interpretación de la Sagrada Escritura fue un poder que se atribuyeron los magnates de la religión católica, al igual que la infalibilidad papal, que desde luego no es el resultado de ninguna revelación divina. La Iglesia afirma que la lectura de la Biblia se prohibió para evitar malinterpretaciones. Lo cierto es que el conocimiento da poder y a la Iglesia le conviene evitar que el pueblo lo adquiera. Esto lleva al absurdo de prohibir a los católicos leer lo que es, según la propia Iglesia, el principal resultado de la revelación, y por tanto, la principal fuente de la fe cristiana, que es, a su vez, la principal justificación del creyente. Es obvio que la interpretación de la Biblia, como privilegio exclusivo de la Iglesia, otorgó a ésta un gran poder; así, por ejemplo, la Iglesia justificó el absolutismo y el sistema feudal basándose en su interpretación bíblica. ¿Cómo se puede negar la evidencia de que el cristianismo es un montaje que no tiene pies ni cabeza desde un punto de vista racional? No es extraño que a la Iglesia le guste interpretar la Biblia a su modo. Evidentemente, si alguien mínimamente informado lee el capítulo dedicado a la creación del universo del libro del Génesis no puede por menos que sonreír. El cuento de la creación choca frontalmente de forma brutal con todas las teorías científicas actuales relativas al origen y evolución del universo, de la Tierra y de la vida, y con los múltiples hechos que respaldan dichas teorías. Ante una descripción tan pueril, la Iglesia

19 afirma que se trata de una descripción simbólica. Hoy sabemos que cada día de la creación bíblica corresponde a un período de más de 2000 millones de años. La verdad es que, para ser dios un sabelotodo que conocía el futuro, no acertó ni una, y como divulgador tampoco fue demasiado hábil. La inspiración divina a los escritores de la Biblia no dio mucho de sí. Y para colmo, el capítulo de la creación del mundo (Génesis-1) da una versión diferente, cuando no contradictoria, de la creación del hombre y la mujer que la del capítulo siguiente dedicado al paraíso (Génesis-2). Todo indica que esta parte de la Biblia, como la mayoría, es mito o leyenda, pero no tiene nada que ver con la realidad. La verdad es que el dios de los cristianos ha puesto muy difícil a los humanos creer en él y en su revelación. Y desde luego, para creer en estos relatos hay que tener fe de verdad y cerrar la mente a la realidad, lo cual, tal como afirma Mosterín1, es más un defecto, y grave creo yo, que una virtud. Resulta curioso que Caín, uno de los hijos de Adán y Eva, era labrador y Abel, otro de los hijos, era pastor. Cualquier persona mínimamente informada conoce que pasaron algunos cientos de miles de años desde la aparición del género humano hasta que surgiesen la agricultura y la ganadería (a partir del Neolítico). ¿Cómo es posible que los hijos de la primera pareja humana conociesen ya estas actividades? De acuerdo con la prehistoria, esta descripción es falsa. Obviamente, para la Iglesia será simplemente una alegoría. Ahora bien, ¿por qué dios no reflejó la realidad en la Biblia e inventó este cuento? Pueden darse varias posibilidades: 1) Que este texto sea simplemente una leyenda y no una obra inspirada por dios, en cuyo caso la Biblia es un conjunto de cuentos o mitos; 2) Que dios no conocía la historia del hombre, en cuyo caso era un ignorante y no un ser perfecto e infinitamente sabio, y 3) Que dios no escribió la verdad, en cuyo caso mentía; tal vez pretendía sembrar el desconcierto entre sus fieles y que tuvieran fe en él aunque dijera falsedades. La Iglesia sabrá cuál de estas posibilidades debe elegir. Sin duda, la última se presta a decir que dios inspiraba una escritura alegórica y no una realidad estricta. El misterio de la Santísima Trinidad es otro puntal del cristianismo. No se menciona ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. ¿A quién, cuándo y cómo reveló dios semejante galimatías? Por supuesto, nunca hubo revelación, hubo simplemente el invento de una entelequia absolutamente irracional impuesta en el siglo IV tras largas discusiones y que fue motivada por la influencia de la cultura helenística en el cristianismo impuesta por Pablo de Tarso1. Sobre la justicia y la omnipotencia de dios habría muchas cosas que decir, pero pueden bastar algunos ejemplos para ilustrar lo absurdo de estos atributos. Uno de estos ejemplos es el dogma del pecado original. Según la Bíblia, Adán y Eva desobedecieron a dios comiendo el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal; como consecuencia de este “terrible pecado”, dios condenó al hombre al trabajo, al dolor, la enfermedad y la muerte. Pero los cristianos iluminadores de su religión, no contentos con las consecuencias de esta supuesta revelación divina, inventaron una segunda parte: el pecado original. Es decir, el “espantoso pecado” ancestral se transmite de padres a hijos. El horror de esta idea se muestra ya en Pablo de Tarso: “la falta de uno solo causó la condenación de todos… por la desobediencia de un solo hombre, todos se convirtieron en pecadores” (Romanos 5.18-19). La idea se consolidó con Agustín de Hipona y fue sentenciada y precisada como dogma en sucesivos concilios (Cartago, Orange y Trento), relegando, como era costumbre, a la categoría de herejes a sus detractores. De esta historia, y aún pasando por alto la inverosimilitud de la quimérica historia de Adán y Eva y de su pecado, surgen multitud de cuestiones que trataremos de analizar a continuación. Actualmente, el catecismo de la Iglesia católica proclama que el pecado original es una verdad esencial de la fe. ¿Dónde está aquí la revelación divina? Si el origen de la idea está, como puede 1

Mosterín, J. 2010. Los cristianos. Alianza, Madrid.

20 probarse históricamente, en personas concretas (Pablo de Tarso y, sobre todo, Agustín de Hipona), ¿cómo reveló dios a estas personas esta curiosa verdad de los cristianos? ¿Acaso estas personas eran dioses y la verdad revelada procede de ellos? ¡No!, porque según los cristianos sólo hay un dios. Entonces, ¿estas personas eran ya de por sí representantes de dios y todo lo que decían era verdad revelada? A nuestro juicio estas preguntas no tienen respuesta racional, pero en todo caso es a la Iglesia católica a quien corresponde responderlas, y si pretende convencer, las respuestas debieran ser claras y no mediante una jerga críptica encubridora de la mentira. Una segunda cuestión que surge es la desproporción entre el supuesto pecado de Adán y Eva y el castigo divino a que dio lugar este pecado. La palabra justicia implica equidad, y en consecuencia una proporción entre delitos cometidos y penas impuestas. ¿Existe tal equidad en este caso? Asumiendo el mito bíblico de que Adán y Eva cometieron un acto de desobediencia, el castigo implicó la existencia del trabajo, el dolor, la enfermedad y la muerte de toda la humanidad. ¿No es excesivo y brutal el castigo? ¿Qué culpa tiene el resto de la humanidad del pecado que cometieron Adán y Eva? La Iglesia afirma que dios es infinito y que, en consecuencia, el pecado fue infinitamente grave. Ahora bien, ¿dónde quedó la santidad perfecta, y la bondad y misericordia infinitas de dios? Pero a los cerebros del pensamiento cristiano les pareció pequeño el castigo que dios infligió a los hombres por el pecado de Adán y Eva, inventándose el pecado original, que se hereda de padres a hijos desde la noche de los tiempos. ¿Es justo que los hijos paguen por el pecado de sus padres? La miseria humana es grande y la historia de la humanidad está llena de guerras y atrocidades, pero así y todo, en una sociedad civilizada jamás los hijos pagan por los delitos de sus padres. ¿Somos los humanos más justos y misericordiosos que dios? Realmente así lo parece. Según la Iglesia, la muerte es un fruto del pecado. Ahora bien, los animales también sufren enfermedades y muerte. ¿Lo sufren por los pecados que cometen o porque también sus ancestros cometieron un pecado original? ¿O bien lo sufren porque también han heredado el pecado de Adán y Eva? Si dios es omnipotente y lo sabe todo, lo pasado, presente y futuro, y en consecuencia sabía que Adán y Eva iban a desobedecerle y pecar; si además dios es todo bondad y misericordia, ¿por qué plantó en el paraíso el árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿Por qué no evitó la perdición de los humanos si la conocía ya desde su eterno pasado y tenía poder para evitarla? Para explicar los males y miserias que aquejan a la humanidad, la Iglesia afirma que dios ha hecho libres a los hombres y que tales males son el fruto de esa libertad. Igualmente, el catecismo católico considera que el pecado original es la prueba de la libertad humana. ¿Hubiera quitado libertad al hombre el que el citado árbol del paraíso, y la correspondiente tentación, no hubieran existido? Hoy sabemos que las actividades humanas están controladas por la actividad cerebral. ¿No podía el dios cristiano haber dotado al hombre, sin menoscabo de su libertad, de un cerebro menos inclinado a hacer las salvajadas que a veces comete? Los terremotos y otras catástrofes naturales matan anualmente a miles de personas y no son un resultado de acciones resultantes de la libertad humana, ¿No debería evitarlos un dios todopoderoso e infinitamente bondadoso? Según Agustín de Hipona el pecado original se transmite mediante el placer sexual, por lo cual éste es en sí mismo condenable; he aquí otra de la obsesiones y aberraciones de la doctrina cristiana. El filósofo británico Bertrand Russell ha realizado interesantes reflexiones acerca del dolor y la miseria en el mundo y la omnipotencia y omnisciencia de dios1: “El mundo, según se nos dice, fue 1

Russell, B. 1977. Por qué no soy cristiano. EDHASA-Sudamericana, Barclona.

21 creado por un Dios que es a la vez bueno y omnipotente. Antes de crear el mundo, previó todo el dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es responsable de ellos. Es inútil argüir que el dolor del mundo se debe al pecado. En primer lugar eso no es cierto; el pecado no produce el desbordamiento de los ríos ni las erupciones de los volcanes. Pero aunque fuera verdad, no serviría de nada… Si Dios sabía de antemano los crímenes que el hombre iba a cometer, era claramente responsable de todas las consecuencias de esos pecados cuando decidió crear al hombre. El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena… Yo invitaría a cualquier cristiano a que me acompañase a la sala de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree”. Si dios es todo poderoso, ¿qué necesidad había de que Jesucristo sufriera y muriera en la cruz para redimir nuestros pecados? ¿No bastaba con que dios hubiera perdonado los pecados de los hombres sin tanta sangre y tanto sufrimiento? Resulta curioso que después de tanta redención siga existiendo tanta miseria, guerras, enfermedades y muerte en el mundo. Está claro que en la doctrina católica todo es muy difícil de entender mediante la razón. Hay que creer lo que la Santa Madre Iglesia nos enseña y punto. Otro párrafo digno de ser tomado como ejemplo de las contradicciones de la doctrina cristiana aparece en el Capítulo 6 del libro del Génesis, en el que se refiere a la corrupción humana y al diluvio. En él se afirma lo siguiente: “Cuando el Señor vio qué grande era la maldad del hombre en la tierra y cómo todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal, se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y sintió pesar en su corazón. Por eso el Señor dijo: Voy a eliminar de la superficie del suelo a los hombres que he creado –y junto con ellos a las bestias, los reptiles y los pájaros del cielo– porque me arrepiento de haberlos hecho”. No vamos a hablar aquí de la bondad y misericordia de dios reflejada en este texto; estos atributos de dios merecen un capítulo aparte en exclusiva. Aquí nos dedicaremos sólo a mencionar la contradicción de este párrafo con los dogmas referentes a la perfección, infalibilidad, omnipotencia y a la omnisciencia de dios. Si dios es perfecto, no puede equivocarse y todo lo hizo bien, ¿por qué tuvo que arrepentirse de lo que había hecho? Arrepentirse significa lamentar, rectificar, retractarse, echarse atrás… Si todo lo que dios hacía era perfecto, ¿de qué tenía que lamentarse? ¿Acaso admitía que había hecho algo mal? ¿Acaso no sabía lo que iba a pasar? Solución: exterminar al hombre y a todos los animales. Una solución amable, digna de un dios santo. Según la religión cristiana, la revelación divina es la base de la fe, la cual es a su vez la base de la religión. No parece serio que un asunto tan crucial como la revelación se base en una argumentación tan débil, casi inexistente. Cuando nos acercamos al cómo, dónde, cuándo y a quién se reveló la verdad divina, nos encontramos con que es algo que la doctrina de la Iglesia parece ignorar y lo suple con una jerigonza que oculta la falta de argumentos reales que contesten a las cuestiones clave. Al final, todo se ha acabado en dogmas que han surgido después de discusiones y exclusiones violentas, donde jamás se ha vislumbrado revelación alguna, ni se ha detectado la bondad y la misericordia que deben emanar de ese dios sobrenatural y perfecto. No parece razonable que un dios perfecto, santo, justo, bondadoso, misericordioso y todopoderoso haya creado un mundo donde se perciben por doquier miseria, hambre, enfermedad, guerras, catástrofes y muerte. Tampoco parece razonable que ese dios se oculte a los hombres y sin embargo exija la creencia en él y la observancia de unas normas morales, que realmente están dictadas por hombres y que en muchos casos no son ni cumplidas por

22 ellos, ni siquiera por el dios de la Sagrada Escritura. Si dios se apareciese realmente en el firmamento a los hombres con el rostro amable y bondadoso que se le debiera suponer y revelase su verdad, la fe tendría una base poderosa y la humanidad tendría motivos para creer en ese dios. Sin embargo, esto no es así. En el capítulo anterior hemos afirmado que no existen argumentos racionales para admitir la existencia de un dios sobrenatural creador del universo. Sin embargo, aunque no hay ninguna evidencia de ello, quedaba la posibilidad de la existencia de un dios creador de un diseño inteligente que regulase las leyes del universo. Ahora bien, la existencia de un dios con las especificaciones atribuidas por la religión cristiana, que son arbitrariamente elegidas entre las infinitas posibilidades que existen y que se contradicen con su propia doctrina y con las experiencias del conocimiento humano más elemental, es prácticamente imposible. Para terminar, citaremos la definición de fe que introdujo Nietzsche1: “fe significa no querer saber la verdad”. O, tal como afirma Vera2, la fe es “prueba de lo que se carece de prueba”.

1

Nietzsche, F.W. 1984. El Anticristo. Busma, Madrid Vera, J.M. 2008. Tradición católica: el peligro político de la certeza religiosa. En: La Iglesia furiosa. Sepha, Málaga. 2

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4. LO QUE DICE EL ANTIGUO TESTAMENTO Y LO QUE LA IGLESIA NOS CUENTA DE DIOS Una vez asumido que el dios de los cristianos no existe, ¿pará que seguir hablando de él? Realmente, puede parecer que ya está dicho todo lo que se podía decir. Sin embargo, de la creencia en ese dios han surgido colosales imperios “espirituales”, cuya pervivencia se puede contar ya por milenios y cuya historia es más larga que la de la mayoría de los estados de la Tierra. Su capacidad de amoldarse lo justo a los cambios sociales les ha permitido resistir mucho más que los regímenes políticos y llegar con buena salud hasta nuestros días. El problema de estas instituciones religiosas, y en particular de la Iglesia católica, es que su poder trasciende lo espiritual. De hecho, su espiritualidad no ha sido históricamente más que una disculpa para lograr un gran poder terrenal, que ha sido una fuente de guerras y de constante conculcación de los derechos humanos. Ello hace que la creencia en dios se convierta en algo de mucho más alcance que una experiencia personal, al ser la base de instituciones poderosas, entre las que destaca, por su organización e implantación, la Iglesia católica. Si pensamos que dios no existe, debemos pensar también que la Iglesia se basa en un principio falso. Sin embargo, lo dicho hasta ahora es insuficiente para demostrar la inmensa falacia que constituye todo el montaje generado por la institución eclesial católica. La institución que declara como principio esencial “el amor al prójimo” ha sido y sigue siendo la mejor defensora de la miseria y el sufrimiento humanos. Sin embargo, sus dogmas y sus principios se caen por sí mismos; basta para comprobarlo leer sus fuentes más sagradas, es decir, la Biblia, y en particular el Antiguo Testamento. Según la Iglesia católica, “la Sagrada Escritura es la palabra de dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo”. De acuerdo con esta afirmación, la Iglesia declara que la Sagrada Escritura es una fuente esencial de revelación divina. Por ello, es de sumo interés conocer qué es lo que nos dice la Biblia y contrastarlo con la doctrina que defiende la institución eclesial. El Antiguo Testamento y la supuesta santidad de dios Según los dogmas de la Iglesia católica, “Dios es infinitamente santo. Es además infinitamente bueno y misericordioso. Dios es la bondad misma y el mismo amor”. Estas afirmaciones ¿nos las ha revelado realmente dios? ¿dios se ha declarado a sí mismo infinitamente santo? O bien, ¿se desprende esa santidad de sus acciones, relatadas en la Sagrada Escritura? Nada mejor que dar un repaso al Antiguo Testamento para saberlo. Al poco de comenzar a leer la Biblia, nos encontramos con el capítulo del libro del Génesis que se refiere al diluvio. En él aparece un texto, que aunque ya ha sido destacado anteriormente, merece la pena citarlo de nuevo, ya que su contenido no tiene desperdicio. Veamos lo que dice (Génesis-6: 5 a 8): “Cuando el Señor vio qué grande era la maldad del hombre en la tierra y cómo todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal, se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y sintió pesar en su corazón. Por eso el Señor dijo: Voy a eliminar de la superficie del suelo a los hombres que he creado –y junto con ellos a las bestias, los reptiles y los pájaros del cielo– porque me arrepiento de haberlos hecho”. Por si no quedase del todo claro, en la sección siguiente (“Noé dispone el arca”) se afirma (Génesis-6: 13): “Dios dijo a Noé: El fin de toda carne ha llegado a mi presencia, pues está llena la tierra de violencia a causa de los hombres, y voy a exterminarlos de la tierra”. Y poco después, en el

24 mismo capítulo, afirma: “Yo voy a enviar a la tierra las aguas del Diluvio, para destruir completamente a todos los seres que tienen un aliento de vida: todo lo que hay en la tierra perecerá”. Por si esto fuera poco, otra afirmación de la misma índole aparece en el Génesis-7: 23, confirmando poco después, por triplicado, en la sección dedicada a “la inundación”, el cumplimiento de su amenaza: “Y exterminó a todos los seres que había sobre la superficie de la tierra, desde el hombre a la bestia; y los reptiles y las aves del cielo fueron exterminados de la tierra, quedando sólo Noé y los que con él estaban en el arca”. En este escalofriante relato no se cita a los peces; no se sabe muy bien que fue de ellos. Tampoco se conoce lo que sucedió con las plantas; eso sí, la Biblia nos dice que Noé soltó una paloma que volvió con una ramita de olivo. ¿Resistieron las plantas después de varios centenares de días sumergidas bajo el agua (Génesis-7 y 8)? ¿En esto tienen que creer los cristianos? ¿Es esto una muestra de la infinita santidad, misericordia y bondad divinas? ¿Es esto una alegoría que hay que interpretar teniendo en cuenta el momento histórico y cultural en que se escribió? ¡Qué barbaridad! Si esta es una muestra de la santidad de dios, ¡cómo será la maldad del demonio! Los hombres somos a veces muy malos, pero al lado de dios, el peor de los humanos debe de ser infinitamente santísimo, bondadosísimo y misericordiosísimo. Así y todo, es muy preocupante que haya individuos que, después de haber leído el texto citado, quieran hacernos creer que dios es la bondad misma. Pero los relatos terribles no terminan con el del diluvio. La lectura del Antiguo Testamento es pródiga en testimonios de cómo se las gastaba el dios (llamado “Yavé” en el Antiguo Testamento1) de las religiones monoteístas. El relato de la destrucción de Sodoma y Gomorra es también para recordar (Génesis-19: 24 a 26): “E hizo Yavé llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de Yavé, desde el cielo. Destruyó estas ciudades y toda la hoya, y cuantos hombres había en ellas y hasta las plantas de la tierra. La mujer de Lot miró atrás y se convirtió en un bloque de sal”. Los humanos debían ser malísimos, pero dios, en su infinita bondad y misericordia, no perdonaba, y quien la hacía la pagaba. Y desde luego, no había una segunda oportunidad. La idiosincrasia de dios queda bien definida en el Capítulo 1 del Libro de Nahum (“Yavé, dios vengador, marcha contra Nínive”). En su versículo 2 se afirma lo siguiente: “Yavé es un dios celoso y vengador, es vengador Yavé y pronto a la ira; Yavé se venga de sus enemigos, y es inflexible para sus adversarios”. Parece difícil de hacer compatible esta descripción con la descripción cristiana de que dios es infinitamente santo y misericordioso. Un mandato muy digno de la idiosincrasia de dios fue el que le dio a Abraham (Génesis-22: 2): “Y le dijo Dios: Anda, toma a tu hijo, a tu unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moriac, y ofrécemelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te indicaré”. Menos mal que Abraham era de los elegidos, y que, como es bien sabido, el holocausto no se llevó finalmente a cabo con Isaac, que el pobre no había hecho nada. Si gastaba esas inocentadas a los amigos, imagínese Vd. las que debía gastar a los enemigos. Para seguir comprobándolo, basta con seguir nuestro paseo por la Biblia. Así, en el Génesis-38: 7 y 10 (“Judá y Tamar”) encontramos otra muestra de la supuesta bondad y santidad del Señor de los cristianos: “Er, primogénito de Judá, fue malo a los ojos de Yavé, y Yavé lo mató. … Era malo a los ojos de Yavé lo que hacía Onán, y le mató también a él”. Vamos, que dios ejecutaba penas de muerte como churros.

1

“Yavé” es una forma latinizada, utilizada en la traducción de Nácar Fúster y Colunga, de la palabra hebrea utilizada en la Biblia para designar a dios. En la traducción argentina se utiliza en vez de Yavé el término “el Señor”.

25 Además de contradictorio, resulta sarcástico el precepto de “No matarás” impuesto por dios en su decálogo (Exodo-20: 13). El dios de los judíos y de los cristianos no predicaba desde luego con el ejemplo. Además, la pena de muerte era común en las leyes que Yavé impuso al pueblo judío. Así, en el Éxodo-21 y 22, encontramos: “El que hiera mortalmente a otro será castigado con la muerte….Si de propósito mata un hombre a su prójimo traidoramente, de mi altar mismo le arrancarás para darle muerte”. “El que hiera a su padre o a su madre será muerto”. “El que robe un hombre, háyalo vendido o téngalo en su poder, será muerto”. “El que maldijere a su padre o a su madre será muerto”. “No dejarás con vida a la hechicera”. “El reo de bestialidad será muerto”. “El que ofrezca sacrificios a los dioses –fuera de Yavé- será exterminado”. Estas leyes inmisericordes son repetidas, incluso con mayor detalle en el Levítico-20 (“Algunas leyes penales”). Para complementar estos preceptos, en el Éxodo-31: 15 (“Renovación de la ley del sábado”) se afirma: “El que trabaje el sábado será castigado con la muerte”. Esto es repetido varias veces en este capítulo y se reitera además en el Éxodo-35. Una buena parte de la Biblia (principalmente los libros titulados “Éxodo”, “Levítico” y “Números”) está dedicada a la liberación del pueblo de Israel de su sometimiento a Egipto y a su marcha a través del desierto para llegar a la Tierra de Canán (o Tierra Prometida). Las duras condiciones de esta marcha, que duró cuarenta años, condujeron, según la Biblia, a muchas quejas y revueltas, que fueron cortadas radicalmente por dios (Yavé). Las descripciones de terribles matanzas prodigadas por dios en estos libros de la Biblia son numerosas; en ellas se ve cómo, en lo referente al precepto de “no matarás”, dios no fue precisamente un ejemplo a seguir, sino más bien todo lo contrario, ya que, no es exagerado decir que el Antiguo Testamento nos presenta a dios como el mayor genocida de todos los tiempos. A continuación veremos algunos ejemplos reveladores. Dios tenía sus preferencias, y los judíos fueron el pueblo elegido. Él les exigía adoración en exclusiva y obediencia ciega, y a cambio les ofrecía protección y defensa, y ¡ay del pueblo que se cruzase en su camino! Ocurrió que, viviendo los hebreos esclavizados en Egipto, dios encargó a Moisés su liberación, pero el faraón se oponía férreamente a dejarles marchar. Ante esa negativa, la Biblia nos deja un buen relato de cómo se las gastaba dios con los enemigos del pueblo que protegía. Lanzó una serie de plagas sobre Egipto en las que muestra una vez más su supuesta “infinita benevolencia”. La culminación se alcanza con la décima y última plaga (Éxodo-11: 4-5): “He aquí lo que dice Yavé: En medio de la noche pasaré por la tierra de Egipto, y morirá todo primogénito de la tierra de Egipto, desde el primogénito del faraón, que se sienta sobre su trono, hasta el primogénito de la esclava, que está detrás de la muela, y todos los primogénitos del ganado…”. Como parece ser costumbre en la Biblia cuando se anuncia una barbaridad, ésta es descrita reiteradamente en capítulos sucesivos. Se repite en el Éxodo-12 (“Institución de la Pascua y de los Ácimos”), y a continuación se dedica una sección a este exterminio (“Muerte de todos los primogénitos de Egipto”), en la que se pasa de la declaración de intenciones relatada en las secciones anteriores, a la descripción de la ejecución del genocidio, en la que se cuenta, entre otras cosas, que “no había casa donde no hubiera un muerto”. Coma la matanza anterior no fue suficiente, los egipcios persiguieron a los hijos de Israel, pero al tratar de pasar el mar Rojo “arrojó Yavé a los egipcios en medio del mar en seguimiento de Israel, y no escapó uno solo… Aquel día libró Yavé a Israel de los egipcios, cuyos cadáveres vio Israel en las

26 playas del mar” (Éxodo-14: 27 y 30). Y para no perder la costumbre, y por si hubiera alguna duda, la matanza es relatada de nuevo en el capítulo 15 (“Canto triunfal de Moisés”), en el que se reitera hasta la saciedad que Yavé destrozó al enemigo, y en el que textualmente Moisés afirma, entre otras muchas cosas, “Yavé es un fuerte guerrero… Precipitó en el mar los carros del faraón y su ejército, la flor de sus capitanes se la tragó el Mar Rojo… Tu diestra, ¡oh, Yavé! destrozó al enemigo….En la plenitud de tu poderío derribaste a tus adversarios; diste rienda a tu furor, y los devoró como paja”. ¿Este es el tipo de infinita santidad y misericordia en la que manda creer a los cristianos la Santa Madre Iglesia? ¡Qué santos somos todos, si nos comparamos con dios y los que pretenden hacernos creer en su perfecta santidad! Parece ser que, según la Biblia (Éxodo-17), los hebreos tropezaron en su marcha con una tribu liderada por un tal Amalec. Dios acudió en auxilio de los hebreos patrocinando una nueva matanza, que es descrita con unas palabras tan “lindas” como estas: “Josué exterminó a Amalec y a su pueblo al filo de la espada…”. El capítulo dedicado a “El becerro de oro” (Éxodo-32) merece una lectura aparte. Nos relata cómo, en un episodio en el que Moisés dejó solos a los hijos de Israel, a éstos se les ocurrió adorar la estatua de un becerro de oro. La “misericordia de dios” no se hizo esperar. Las imploraciones de Moisés no sirvieron de nada. Este elocuente capítulo termina con las siguientes palabras de Moisés (Éxodo-32: 27 a 29): “Así habla Yavé, dios de Israel: cíñase cada uno su espada sobre su muslo, pasad y repasad el campamento de la una a la otra puerta y mate cada uno a su hermano, a su amigo, a su deudo. Hicieron los hijos de Leví lo que mandaba Moisés, y perecieron aquel día unos tres mil del pueblo. Moisés les dijo: Hoy os habéis consagrado a Yavé, haciéndole cada uno oblación del hijo y del hermano; por ello recibiréis hoy bendición”. ¡Qué barbaridad! En el Levítico-10 (“Nadad y Abiú, consumidos por el fuego”) se muestra hasta qué punto era peligroso irritar al dios del Antiguo Testamento. Dicho capítulo comienza diciendo: “Los hijos de Arón, Nadad y Abiú, tomaron cada uno un incensario, y poniendo fuego en ellos y echando incienso, presentaron ante Yavé un fuego extraño, cosa que no les había sido ordenada. Entonces salió de ante Yavé un fuego que los abrasó, y murieron ante Yavé”. Y eso que Arón era un sacerdote de Yavé. El mal genio de dios surge por doquier en el Antiguo Testamento; en Números-11: 1 (“descontento del pueblo”) aparece otro ejemplo: “Aconteció que el pueblo se quejó a oídos de Yavé, y al oírlo, Yavé ardió en ira, y encendió contra ellos un fuego que abrasó una de las alas del campamento”. El texto del capítulo titulado “Castigo a un violador del sábado” (Números-15) dice así: “Sucedió, cuando estaban los hijos de Israel en el desierto, que encontraron a un hombre recogiendo leña en sábado; y los que le encontraron le denunciaron a Moisés y a Arón y a toda la asamblea; y le encarcelaron, porque no había sido todavía declarado lo que había de hacerse con él. Yavé dijo a Moisés: «Sin remisión, muera ese hombre. Que lo lapide el pueblo todo fuera del campamento». Y lo sacaron toda la asamblea fuera del campamento y lo lapidaron, muriendo, como se lo había mandado Yavé a Moisés”. Sólo los más crueles dictadores del mundo han llegado a tanto por tan poco. Otra barbaridad semejante se muestra en el “Castigo de un blasfemo” (Levítico-24). Dice así: “El hijo de una mujer israelita, pero de padre egipcio, que habitaba entre los hijos de Israel, riñó en el campo con el hijo de una mujer israelita y de padre israelita; y profirió el nombre de Yavé y le maldijo… Le encarcelaron hasta que Moisés pronunciase de parte de Yavé lo que había de hacerse; y Yavé habló a Moisés: Saca del campamento al blasfemo; que cuantos le han oído le pongan su mano sobre su cabeza y que toda la asamblea le lapide”… “quien blasfemare el nombre de Yavé será castigado con la muerte”. Y continuando en el capítulo siguiente (“Pena contra los homicidas”) se

27 lee: “y conducido el blasfemo fuera del campamento, le lapidaron, haciendo lo que Yavé había mandado a Moisés”. La norma del tipo de matanza descrito en los dos párrafos anteriores se plasma en el Deuteronomio 16-17 (“Represión de la apostasía”). Refiriéndose al hecho de adorar otros dioses distintos de Yavé, este dice (Deuteronomio 17:4-5): “Si se cometió tal abominación en Israel, llevarás a tus puertas al hombre o mujer que tal maldad ha cometido y los lapidarás hasta que mueran”. Nuevamente no se ve santidad ni misericordia por ninguna parte. Una norma similar se describe en el Deuteronomio-21: 20-21 para “El hijo rebelde”, donde podemos leer : “Este hijo nuestro es indócil y rebelde y no obedece nuestra voz; es un desenfrenado y un borracho; y le lapidarán todos los hombres de la ciudad”. Igual pena reserva Yavé a la mujer que no llega virgen al matrimonio (Deuteronomio-22: 20-21; “Delitos de los cónyuges y sus penas”): “si la acusación fuera verdad, habiéndose hallado no ser virgen la joven, le llevará a la entrada de la casa de su padre, y las gentes de la ciudad la lapidarán hasta matarla”, y poco después (Deuteronomio-22: 22), “Si un hombre fuere sorprendido yaciendo con una mujer casada, serán muertos los dos”. Otra muestra de la “justicia divina” la encontramos en el Deuteronomio 25: 11-12 (“Honestidad”): “Si mientras riñen dos hombres, uno con otro, la mujer del uno, interviniendo para liberar a su marido de las manos del que le golpea, agarrase a este por las partes vergonzosas, le cortarás las manos sin piedad”. Por otro lado, las maldiciones que impone dios a los que no obedecen la voz de Yavé, pueden leerse en el Deuteronomio-28: 15 a 68; el capítulo es largo para ser reproducido aquí, pero la saña de las descripciones no deja ninguna duda sobre la maldad que rezuma en todo lo que allí dice Yavé. En el capítulo 14 del Números, titulado “Castigo”, aparece otra muestra de la supuesta misericordia divina. En el largo caminar de los judíos a la tierra prometida, Moisés envió a varios hombres a explorar la tierra de Canán. Viendo los exploradores que la gente que habitaba aquellas tierras era fuerte, que sus ciudades eran muy grandes y estaban amuralladas y que era muy difícil conquistarlas, comenzaron a murmurar contra sus líderes Moisés y Arón. La revancha de Yavé no se hizo esperar. En el citado capítulo se muestra como “Todos aquellos a los que mandó Moisés a explorar la tierra y de vuelta concitaron a la muchedumbre a murmurar contra él, desacreditando la tierra; todos cuantos habían hablado mal de ella, murieron de mala muerte ante Yavé” (Números-14: 36-37). Es claro que la libertad de expresión no le gusta demasiado a dios, y que no se andaba con chiquitas a la hora de reprimirla. Desgraciadamente, en esto, sus seguidores han sido fieles a lo largo de la historia. En el capítulo titulado “La sedición de Coré y su castigo” (Números-16) se relata la puesta en cuestión del liderazgo de Moisés por parte de varios oponentes a los que siguieron doscientos cincuenta varones de los hijos de Israel. El capítulo termina así: “Dijo entonces Moisés: «Ahora vais a saber que es Yavé quien me ha enviado para hacer cuanto he hecho y que no lo hice de mi propio impulso. Si estos mueren de muerte natural, como mueren los hombres, no ha sido Yavé el que me ha enviado; pero si, haciendo Yavé algo insólito, abre la tierra su boca y se los traga con todo cuanto es suyo y bajan vivos al seol (en hebreo, sepultura común de la humanidad), conoceréis que estos hombres han irritado a Yavé». Apenas acabó de decir estas palabras, rompiose el suelo debajo de ellos, abrió la tierra su boca y se los tragó a ellos, sus casas y todos los partidarios de Coré con todo lo suyo. Vivos se precipitaron en el abismo y los cubrió la tierra, siendo exterminados de en medio de la asamblea. Todo Israel que allí en torno se hallaba, al oír sus gritos, huyó por miedo de que los tragase también a ellos la tierra. También los doscientos cincuenta hombres que ofrecían el incienso fueron abrasados por un fuego de Yavé”.

28 La parte siguiente del Números-16 (“Otro tumulto”) no se queda atrás por su crueldad. El relato es largo para reproducirlo textualmente. Resumidamente nos cuenta como una muchedumbre de los hijos de Israel comenzó a murmurar contra Moisés y Arón. “Yavé llamó a Moisés diciendo: Quitaos de en medio de esa turba, que voy luego a destruirla”. A continuación se desató una mortandad en la que murieron catorce mil setecientos. Otro capítulo digno de mencionar es el titulado “Corrupción idolátrica de Baal Fogor” (Números-25), en el que los israelitas, siguiendo a Baal Fogor se dedicaron a adorar y ofrecer sacrificios a otros dioses distintos de Yavé. Éste dijo a Moisés (Números-25: 5): “Matad a cualquiera de los vuestros que haya servido a Baal Fogor”. “En esta plaga murieron veinticuatro mil”. Otro ejemplo de cómo se las gastaba dios, incluso con sus fieles, se muestra en el libro 2 de Samuel-6: 6 y 7 (o en el 1 Paralipómenos-13), en el que se narra el “Traslado del arca a Jerusalén”. Allí se afirma: “Cuando llegaron a la era de Nacón (o Cidón), tendió Oza (o Uza) la mano hacia el arca de dios y la agarró, porque los bueyes recalcitraban. Encendióse de pronto contra Oza la cólera de Yavé, y cayo allí muerto, junto al arca de dios”. Delito: agarró el arca de dios. Sentencia: la muerte. Un hecho curioso de este relato es que los nombres propios implicados son diferentes en la versión del libro 2 de Samuel y en el 1 de Paralipómenos. Aunque sea un hecho formal y poco relevante, la inspiración de dios, el perfecto, a los escritores de la Biblia no se ve por ninguna parte. En el capítulo 24 del segundo libro de Samuel (“Censo del pueblo. Peste”), parece ser que David enfureció a Yavé, y la palabra de éste llegó a Gad, profeta y vidente de David: “Ve a decir a David: Así habla Yavé: Te doy a elegir entre tres cosas la que he de hacer yo a tu elección. Vino Gad a David y se lo comunicó, diciendo: ¿Qué quieres: tres años de hambre sobre la tierra, tres meses de huida ante tus enemigos, perseguido, o tres días de peste en tu tierra?”... “Así pues, Yavé envió la peste a Israel desde la mañana hasta el tiempo fijado”. Nuevamente aparece retratado dios, el “misericordioso”. Resulta curiosa la frase que aparece poco después en la que se presenta a Yavé algo así como un pecador arrepentido (2-Samuel-24: 16): “El ángel de Yavé tendía su mano sobre Jerusalén para destruirla; pero se arrepintió Yavé del mal y dijo al ángel que hacía perecer al pueblo: Basta; retira ya tu mano”. En este largo vagar por el desierto, los judíos encontraron oponentes y enemigos, pero Yavé estaba con ellos y ¡ay, del que se pusiera en medio! Yavé garantizaba la destrucción de las ciudades y sus habitantes. Esto ocurrió en la victoria contra el rey cananeo de Arad, contra los amorreos, los madianitas, los jeteos, los cananeos, los fereceos, los jeveos, los jebuseos, etc. El grado de crueldad que se describe al relatar alguna de estas guerras merece ser destacado. Un ejemplo de hasta donde llegaban las atrocidades ordenadas por Yavé y descritas en la Biblia lo constituye el capítulo titulado “Guerra contra los madianitas” (Números-31). En él Yavé ordena a Moisés vengar a los hijos de Israel de los madianitas. Éste organiza un ejército de doce mil hombres. En la contienda “mataron a todos los varones” y a los reyes de Medián, “tomaron todas sus mujeres y sus niños, sus ganados y toda su posesión; y quemaron todas sus ciudades y aldeas y tiendas”… “Airado Moisés contra los jefes de las centenas que venían del combate les dijo: ¿Por qué habéis dejado la vida a las mujeres? Fueron ellas las que por consejo de Balam arrastraron a los hijos de Israel a ser infieles a Yavé en lo de Fogor. Matad de los niños a todo varón, y de las mujeres a cuantas han conocido lecho de varón; las que no han conocido lecho de varón, reserváoslas”. El capítulo siguiente (“Distribución del botín”) es una continuación de lo anterior y comienza así: “Dijo Yavé a Moisés: Tú y Eleazar, sacerdote, y todos los cabezas de familia de la comunidad, haced el cómputo de todo lo cogido, tanto en hombres como en animales, y distribuid el botín entre los

29 combatientes que han ido a la guerra y el resto de la comunidad”. El capítulo describe como se repartieron el botín, en el que, además de de cientos de miles de animales, había treinta y seis mil mujeres que no habían compartido lecho de varón. “Los hombres de tropa tuvieron todos su botín para cada uno”. No quisiera herir sensibilidades, pero el relato parece referirse más a las sanguinarias acciones de una numerosa turba de bandidos que a cualquier otra cosa. Tratar de buscar santidad, bondad y misericordia divinas en él es realmente una iniquidad. El capítulo titulado “Distribución de la tierra prometida” (Números-33) comienza así: “En los llanos de Moab habló Yavé a Moisés, diciendo: Di a los hijos de Israel: cuando hubiereis pasado el Jordán para la tierra de Canán, arrojad de delante de vosotros a todos los habitantes de la tierra, y destruid todas sus esculturas y todas sus imágenes fundidas, y devastad todos sus excelsos. Tomad posesión de la tierra y habitadla, pues para que la poseáis os la doy”. Según dios, las cosas había que hacerlas por la brava; su pueblo estaba por encima de todos. A los demás: a sangre y fuego. ¡Qué santidad más especial! Desgraciadamente, esto se ha mantenido hasta la actualidad; el estado de Israel sigue manteniendo la misma filosofía. La norma que imperó en las anteriores descripciones se describe en el capítulo de “La guerra” (Deuteronomio-20: 10 a 14). Dice así: “Cuando te acercares a una ciudad para atacarle, le brindarás la paz. Si la acepta y te abre, la gente de ella será hecha tributaria y te servirá. Si en vez de hacer paces contigo quiere la guerra, la sitiarás; y cuando Yavé, tu dios, la pusiere en tus manos, pasarás a todos los varones al filo de la espada, pero las mujeres, los niños y los ganados y todo cuanto haya en la ciudad, todo su botín, lo tomarás para ti y podrás comer los despojos de tus enemigos, que Yavé, tu dios, te da”. Un ejemplo del cumplimiento de la norma descrita en el párrafo anterior se muestra en el capítulo dedicado a la “Toma de Jericó” (Josué-6). La Biblia nos presenta el exótico relato del derrumbamiento de las murallas de la ciudad después de que el pueblo de Israel dio siete vueltas a la ciudad con los gritos y el resonar de las trompetas. Pero después afirma lo siguiente (Josué-6: 21): “Apoderándose de la ciudad, dieron al anatema todo cuanto en ella había, y al filo de la espada a hombres y mujeres, niños y viejos, bueyes, ovejas y asnos”. Y por si no fuera bastante, añade poco después (Josué-6: 24): “Los hijos de Israel quemaron la ciudad con todo cuanto en ella había, salvo la plata y el oro y todos los objetos de bronce y hierro, que pusieron en el tesoro de Yavé”. Esto lo hicieron los hebreos en cumplimiento de las normas impuestas por Yavé, que era un dechado muy peculiar de santidad y misericordia. Pero no todo acabó así; en aquel episodio ocurrió que un hombre, llamado Acán, se quedó con algunas cosillas del botín, lo que fue motivo para que Yavé se vengara y permitiese la derrota de los israelitas y la muerte de treinta y seis de ellos en la toma de la ciudad de Hai. Descubierto el robo perpetrado por Acán, este confesó su pecado, pero no pudo evitar que, siguiendo el mandato de Yavé, fuese lapidado y quemado (Josué-7: 25). Una vez llevada a cabo esta ejecución, Yavé dijo a Josué (Josué-8: 2): “Trata a Hai y a su rey como trataste a Jericó y a su rey; pero el botín y el ganado tomadlo para vosotros”. Y así fue (Josué-8: 24): “El número de muertos aquel día fue de doce mil hombres y mujeres, todas las gentes de Hai”. Se describe a continuación en la Biblia la toma y destrucción de muchas ciudades. Sería esto muy largo de relatar, así que destacaremos únicamente algunas frases, relativas a estas batallas, en las que se reitera la crueldad de Yave: - Guerra contra los amorreos y toma de Azeca (Josué-10: 11): “Yavé hizo caer sobre ellos grandes piedras, y murieron muchos, siendo más los muertos por las piedras de granizo que los muertos por la espada de los hijos de Israel”.

30 - Toma de Maceda (Josué-10: 28): “Aquel mismo día se apoderó Josué de Maceda y la destruyó con todos los vivientes que había en ella y su rey, pasándola a filo de espada”. - Toma de Libna (Josué-10: 30): “Yavé la entregó también a las manos de Israel, con su rey; y la pasó a filo de espada a ella y a cuantos en ella había, sin dejar escapar uno”. - Toma de Laquis (Josué-10-32): “Yavé entregó a Laquis en las manos de Israel, que la tomó al segundo día, y la paso a filo de espada, con todos los vivientes que en ella había”. - Toma de Eglón (Josué-10: 35): “Aquel mismo día la tomaron y pasaron a filo de espada a todos los vivientes que había en ella”. - Toma de Hebrón (Josué-10: 37): “Tomada, la pasaron a filo de espada a ella y a su rey”. - Toma de Dabir (Josué-10: 39): “Tomada, con su rey y todas las ciudades de ella dependientes, las pasaron a filo de espada”. -Toma de Jasor (Josué-11: 10): “Todo el botín de estas ciudades y sus ganados los cogieron los hijos de Israel para ellos; pero pasaron a filo de espada a todos los hombres, hasta exterminarlos, sin dejar uno”. Todas estas atrocidades, y unas cuantas más (en el capítulo de “Los reyes vencidos” –Josué-12– se enumeran varias decenas de reyes batidos por Josué), las llevó a cabo Josué “como lo había mandado Yavé, Dios de Israel” (Josué-10: 40). “todas las tomaron por la fuerza de las armas; porque era designio de Yavé que estos pueblos endureciesen su corazón en hacer la guerra a Israel, para que Israel los diese al anatema, sin tener para ellos misericordia, y los destruyera, como Yavé se lo había mandado a Moisés” (Josué-11: 19-20). Pero no sólo se describen conquistas atroces en el libro de Josué, sino que este tipo de relatos aparecen en otras partes de la Biblia. Por ejemplo: - Toma de Jerusalén (Jueces-1: 8): “Atacaron los hijos de Judá a Jerusalén; y habiéndola tomado, pasaron a los habitantes a filo de espada y pegaron fuego a la ciudad”. - Toma de Bétel. En este caso los hebreos cogieron a un hombre para que les enseñara la entrada a la ciudad. “Él les enseño por donde podrían entrar en la ciudad, y ellos la pasaron a filo de espada, pero dejaron en libertad a aquel hombre y a toda su familia” (Jueces-1: 25). - Lucha contra Amalec. En el capítulo 15 del libro 1 de Samuel (“Desobediencia de Saúl al mandato de Yavé”), Samuel dice a Saúl, rey de de Israel, que escuche a Yavé, y éste dice lo siguiente: “Tengo presente lo que hizo Amalec contra Israel cuando le cerró el camino a su salida de Egipto. Ve, pues, ahora, y castiga a Amalec y da al anatema cuanto es suyo. No perdones; mata a hombres, mujeres y niños, aun los de pecho; bueyes y ovejas, camellos y asnos” (1-Samuel-15: 2-3). - Liberación de Jerusalén y destrucción del ejército de Senaquerib, rey de Asiria (2 Reyes-19). En este capítulo, Yavé escucha las plegarias de Ezequías, rey de Judá, y como consecuencia: “Aquella misma noche salió el ángel de Yavé e hirió en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil hombres; y al levantarse por la mañana todos eran muertos” (2 Reyes-19: 35). En esta misma línea, en la segunda parte del libro de Isaías (“Oráculos contra las naciones gentiles”), se describen cosas terribles: “Lamentaos, que se acerca el día de Yavé, que vendrá como azote del Todopoderoso, y desfallecerán todos los brazos y se helarán todos los corazones de los hombres; se llenarán de terror y de angustia, y de dolor se retorcerán como parturienta. Se mirarán con estupor unos a otros y se encenderán en llama sus rostros. Ved que se acerca el día de Yavé, y cruel, con cólera y furor ardiente, para hacer de la Tierra un desierto y exterminar a los pecadores…

31 Yo castigaré al mundo por sus crímenes,… Yo haré estremecer a los cielos, y temblará la tierra en su lugar ante la indignación de Yavé de los ejércitos, el día del furor de su ira… Cuantos fueren habidos serán degollados, cuantos fueren pillados caerán a la espada. Sus hijos serán estrellados a sus ojos, sus casas incendiadas, sus mujeres violadas” (Isaías-13). Obsérvese que la propia Biblia describe en este texto a Yavé como un ser cruel. ¿Dónde han quedado, una vez más su santidad y misericordia? En los capítulos que siguen continúan textos espantosos, difíciles de exponer aquí por su extensión, pero el lector puede comprobar su maldad leyendo la segunda parte del libro de Isaías. En esta misma línea están escritos los vaticinios sobre las naciones que aparecen en los libros de Jeremías y Ezequiel. La tercera y cuarta partes del libro de Isaías no desmerecen a la anterior por la crueldad de los relatos. En ella se nos habla de la “devastación universal”, y por su extensión resulta de nuevo difícil de reflejar completamente. Veamos a continuación algunas frases entresacadas del texto que dan una idea del sinsentido de un dios cruel y exterminador: - “He aquí que Yavé devasta la tierra, la asuela y trastorna su faz, dispersando a sus habitantes” (Isaías-24: 1). - “La tierra será totalmente devastada y entregada al pillaje, porque Yavé ha pronunciado esta palabra” (Isaías-24: 3). - “Por eso arderán los moradores de la tierra y quedarán pocos hombres” (Isaías-24: 6). - “Porque está irritado Yavé contra todas las naciones, airado contra todo el ejército de ellas. Los destina al exterminio, los entrega a la matanza, y sus muertos quedarán abandonados, exhalarán sus cadáveres un olor fétido, y se derretirán los montes por la sangre de ellos” (Isaías-34: 2-3). - “Porque es para Yavé un día de venganza, un año de desquite para la causa del Sión” (Isaías-34: 8). Aunque puede afirmarse, y con razón, que estas frases están fuera de contexto, no por eso dejan de reflejar la filosofía que encierra este texto bíblico. Hay que decir además, que barbaridades semejantes a las que se acaban de citar aparecen escritas en otras partes de la Biblia, como, por ejemplo, en el libro de Ezequiel (Capítulos 6, 7 y 9). Es difícil silenciar las palabras que aparecen en la primera parte del libro de Sofonías (Capítulo 1, “El día de Yavé): “Palabra de Yavé dirigida a Sofonías… Yo haré perecer totalmente cuanto hay sobre la haz de la tierra, oráculo de Yave. Haré perecer hombres y animales, aniquilaré las aves del cielo y los peces del mar. Yo haré tropezar a los impíos y exterminaré a los hombres sobre la haz de la tierra” (Sofonías-1: 1 a 3). Y más adelante: “Aterraré a los hombres, que andarán como ciegos; por haber pecado contra Yavé, su sangre se derramará como se derrama el polvo, y tirados sus cadáveres como estiércol. Ni su oro ni su plata podrán librarlos en el día de la ira de Yavé, pues toda la tierra será consumida en el fuego de su furor, pues consumará la ruina, la pérdida repentina de todos los moradores de la tierra” (Sofonías1: 17-18). El libro de los Salmos refleja también las iniquidades del dios de los cristianos. Veamos algunos ejemplos: - “Reprimiste a las gentes, hiciste perecer al impío, borrando para siempre jamás su nombre. Los enemigos han sido destruidos; son perpetuas ruinas; destruiste las ciudades; pereció la memoria de ellos” (Salmos-9: 6-7). - “Obligaste a mis enemigos a darme la espalda, a los que me odian los exterminaste. Vociferaban, pero nadie los libraba; (clamaban) a Yavé, peo no los oía” (Salmos-18: 41-42). - “El dios que me otorga la venganza y me somete los pueblos” (Salmos-18: 48).

32 - “¡Que tu mano alcance a todos tus enemigos y que tu diestra sorprenda a cuantos te aborrecen! Tú los pondrás como en un horno de fuego en el día de tu faz; Yavé los consumirá en su ira, El fuego los abrasará. Borrarás de la Tierra su progenie, su descendencia de entre los hijos de los hombres” (Salmos-20: 9 a 11). - “¿Quién es ese Rey de la gloria? Es Yave, el Fuerte, el Héroe; Yavé el Héroe del combate” (Salmos24: 8). - “Porque los malvados serán exterminados” (Salmos-37: 9). - “No se acordaban de su mano ni del día que los redimió de la opresión, ni de cómo obró en el desierto sus prodigios, y sus portentos en la región de Tanis, mudando sus ríos en sangre para que no pudieran beber de sus canales; mandando contra ellos tábanos que los devorasen y ranas que los infestasen; dando sus cosechas al pulgón, y los frutos de sus fatigas a la langosta; devastando con el granizo sus viñas, y sus sicómoros con la piedra; dando al pedrisco sus ganados, y al rayo sus rebaños. Derramó sobre ellos el ardor de su cólera, la ira, el furor, la angustia, como un tropel de malignos espíritus. Dio vía libre a su enojo; ni sustrajo sus almas a la muerte, y abandonó sus vidas a la peste, e hirió a todos los primogénitos de Egipto,” (Salmos-78: 42 a 51). - “E hirió a los primogénitos de Egipto, lo mismo hombres que ganados. Mandó portentos y señales en medio de ti, Egipto; sobre el Faraón y todos sus súbditos. El hirió a numerosas gentes y mató a poderosos reyes. A Seón, rey de los Amorreos, y a Og, rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán,” (Salmos-135: 8 a 11). - (Alabad) “Al que hirió a los primogénitos de Egipto, porque eterna es su piedad” (Salmos-136: 10) … “Y sumergió al faraón y a su ejército en el mar Rojo, porque eterna es su piedad” (Salmos-136: 15)… “Que hirió a grandes reyes, porque eterna es su piedad. Y mató a reyes poderosos, porque eterna es su piedad; a Seón rey de los amorreos, porque eterna es su piedad; y a Og, rey de Basán, porque eterna es su piedad;” (Salmos-136: 17 a 20). Menos mal que su piedad es eterna, porque si fuese pasajera, ¿qué es lo que habría hecho Yavé, el piadoso? - “Bendito sea Yavé, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la batalla. Es mi fuerza y mi ciudadela, mi fortaleza y mi libertador, mi escudo; en Él confío. El me somete los pueblos” (Salmos-144: 1-2). Mención aparte merece el relato del profeta Eliseo (2 Reyes-2: 23-24), que tenía el infortunio de ser calvo. En este relato, Eliseo “subió a Betel; y según iba por la pendiente, salieron de la ciudad unos muchachos y se burlaban de él diciéndole: «¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!» Volviose él a mirarlos y los maldijo en nombre de Yavé, y saliendo del bosque dos osos, destrozaron a cuarenta y dos de los muchachos”. He aquí cómo se las gastaba el buen de San Eliseo, al que proponemos como patrón de los calvos, católicos por supuesto. ¿Es este el dios santo y misericordioso de los cristianos? Quienes se atrevan a responder afirmativamente a esta pregunta deben ser individuos terribles, auténticos enemigos de la humanidad. Realmente en los párrafos anteriores no se vislumbra la infinita santidad y bondad de dios por ninguna parte, sino más bien todo lo contrario. Ni tampoco su infinita sabiduría. Resulta obvio afirmar que, hoy en día, las leyes de los hombres son mucho más benevolentes que las divinas. Otros relatos del Antiguo Testamento que reflejan la idiosincrasia del dios de los cristianos Sobre la falta de respeto de dios a los animales.- Además de múltiples genocidios, en los que a menudo la muerte alcanzaba a los animales, el dios de los cristianos no tenía muchas contemplaciones

33 con éstos ni con el medio ambiente que supuestamente él mismo había creado. Desde luego no se destacaba tampoco por impulsar la dieta vegetariana. Así, en el Génesis-9 (“Alianza de Dios con Noé”), refiriéndose al hombre, dios dice: “Todo cuanto vive y se mueve os servirá de comida”. Tampoco se destacaba por su ecologismo. Las plagas que dios lanzó a los egipcios porque el faraón no dejaba salir de su tierra a los hebreos son bastante elocuentes al respecto. Veamos algunos ejemplos. En la primera plaga Yavé mandó decir al faraón (Génesis-7): “Para que sepas que soy Yavé, voy a golpear con el cayado que tengo en la mano en las aguas del río, y se convertirán en sangre. Los peces que hay en el río morirán, el río se infectará, y los egipcios repugnarán beber el agua del río”. Por supuesto, según la Biblia, cumplió su amenaza. En la quinta plaga se afirma (Génesis-9): “Caerá la mano de Yavé sobre los ganados que están en los campos, sobre los caballos, sobre los asnos, sobre los camellos, sobre los bueyes y sobre las ovejas una peste muy mortífera… Hízolo así Yavé al día siguiente. Pereció todo el ganado de los egipcios,…”. En la sexta plaga podemos leer: “Tomaron la ceniza del horno, y se presentaron al faraón. Moisés la tiró hacia el cielo, y se produjeron en hombres y animales pústulas y tumores”. En la séptima plaga “El granizo hirió en toda la tierra de Egipto cuanto había en los campos, hombres y animales. Machacó también todas las hierbas del campo y destrozó todos los árboles del campo”. La octava (Génesis-10) fue una plaga de langosta: “no quedó nada de verde”. Para qué decir nada más, las afirmaciones anteriores que muestra la Biblia son bastante elocuentes por sí mismas. Decir que son una barbaridad tras otra es realmente poco. Además Yavé exigía a su pueblo la realización de holocaustos de animales. Las citas de la Biblia a este respecto son innumerables. Así, por ejemplo, en el capítulo titulado “El holocausto perpetuo” (Éxodo-29), Yavé exige a los hebreos ofrecerle, en sacrificio por el fuego, “dos corderos primales cada día perpetuamente”. Otras partes de la Bíblia, con capítulos como “De los holocaustos” (Levítico-1), “Sacrificios eucarísticos” (Lavítico-3), “Sacrificios expiatorios por el pecado” (Levítico4), “Sacrificios expiatorios por el delito” (Levítico-5), “Sacrificio por fraude o engaño” (Levítico-5), “La fiesta anual de la expiación” (Levítico-16), “Los holocaustos, oblaciones y sacrificios de diversa especie” (Levítico-6), “Las víctimas para los sacrificios han de ser sin defecto” (Levítico-22) y “Algunas leyes relativas a los sacrificios” (Números-15), “El agua lustral” (Números-19), “Fiestas y sacrificios” (Números-28), “Las fiestas de otoño” (Números-29), “Canso del pueblo. Peste” (2Samuel-24: 22-25) y “Sacrificios de Salomón en Gabaón” (1 Reyes-3) siguen en la misma línea, describiendo, en muchos casos con sumo detalle, cómo hay que sacrificar animales de toda estirpe y demostrando hasta la saciedad que éstos, como seres vivos, no tenían ningún valor para dios, quien manifiesta de forma reiterada y obsesiva su deseo de que le ofrezcan sacrificios de animales. ¿Qué necesidad había de estos sinsentidos si dios era un ser perfecto, bondadoso, y todo lo demás? Además, si dios era espíritu puro y no tenía, por tanto, aparato digestivo, ¿para qué quería estos sacrificios? ¿Era matar por matar? ¿Era para que los hebreos recordasen diariamente quién era el que mandaba? ¡Que nos lo explique la Santa Madre Iglesia! Dios y las personas discapacitadas.- Las personas discapacitadas tampoco tenían el beneplácito de dios. Resulta relevante a este respecto el siguiente texto del Levítico-21 (“Leyes acerca de la pureza habitual de los sacerdotes”): “Yavé habló a Moisés diciendo: Habla a Arón y dile: ninguno de tu estirpe según sus generaciones que tenga una deformidad corporal se acercará a ofrecer el pan de tu dios. Ningún deforme se acercará, ni ciego, ni cojo, ni mutilado, ni monstruoso, ni quebrado de pie o de mano, ni jorobado, ni enano, ni bisojo, si sarnoso, ni tiñoso, ni hernioso. Ninguno de la estirpe de Arón, que tenga una deformidad corporal se acercará para ofrecer las combustiones de Yavé; es defectuoso;”.

34 Dios, creador del machismo.- Para empezar, dios es padre (no madre) y dios es hijo (no hija). Pero además dios enunció el principio esencial del machismo, diciéndole a la mujer (Génesis-3: 16): “Y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”. La noción de culpabilidad de la mujer, derivada del Génesis, se muestra en otras partes de la Biblia: “Por la mujer tuvo principio el pecado y por ella morimos todos” (Eclesiático-28: 33). Por otro lado, en la Biblia se admite con toda naturalidad la poligamia y el concubinato, como puede constatarse en el capítulo dedicado a los descendientes de Caín (Génesis-4). Isaac tenía concubinas e hijos con ellas (Génesis-25). Jacob tuvo varias mujeres (Génesis-29 y 30) y David tuvo varias mujeres y concubinas (1-Samuel-25: 43-44 y 2-Samuel-3: 2 a 5; 2-Samuel-5: 13). Salomón no se quedó atrás: “Tuvo setecientas mujeres de sangre real y trescientas concubinas, y las mujeres torcieron su corazón” (1-Reyes-11: 3). Esto, que la Biblia (recordemos que está inspirada por el Espíritu Santo) admite con toda naturalidad, es diametralmente opuesto a lo que permite la Iglesia católica. En el Números-5 se establece la “Ley de los celos”, “para cuando una mujer haya sido infiel a su marido y se haya contaminado”, pero no al revés, el marido parece que es libre de hacer lo que quiera. Resulta curioso también a este respecto el capítulo 12 del “Levítico” (“La purificación de la recién parida”) en el que afirma “Cuando dé a luz una mujer y tenga un hijo, será impura durante siete días;… Si da a luz una hija, será impura durante dos semanas”. Después de leer sandeces de esta categoría, ¿cómo es posible sostener, en pleno siglo XXI, que la Biblia es un texto de inspiración divina? Resulta también significativo el concepto de mujer que se muestra en el capítulo del Eclesiastés dedicado a ella: “Y hallé que es la mujer más amarga que la muerte y lazo para el corazón, y sus manos ataduras. El que agrada a Dios escapará de ella, mas el pecador en ella quedará preso” (Eclesiastés-7: 26). Resulta curioso destacar en este caso cómo la referencia central de la descripción es el hombre; respecto a él, se describe a la mujer como algo negativo, de lo que el hombre debe escapar. No se dice, sin embargo, que el hombre es negativo para la mujer y que ésta debe escapar de aquel. La religión atribuye a la mujer la culpa de todos los males, y la reduce a su condición de esposa y madre. Como afirma Michel Onfray1: “La esposa y madre matan a la mujer”. Como excepción al machismo y al repudio de la mujer que rezuma en toda la Biblia está el libro del “Cantar de los Cantares”, en el que se muestran una serie de diálogos amorosos entre esposo y esposa que a menudo rayan en el erotismo. Esto libro es una muestra más de las contradicciones que aparecen en la Biblia, y que muestran su heterogeneidad debida a la existencia de diversos autores y fuentes, y donde no se ve por ningún lado la inspiración divina que los cristianos le atribuyen. Dios, defensor de la esclavitud.- Como no podía ser menos, Yavé admite la esclavitud. Además, ordena la sumisión de los esclavos (Génesis-16). Para dios, la esclavitud era lo más natural. Así, en el capítulo del Levítico-25 titulado “El rescate de las propiedades y los siervos” se afirma2: “Los esclavos o esclavas que tengas, tomadlos de las gentes que están en derredor vuestro; de ellos compraréis siervos y siervas. También podréis comprar de entre los hijos de los extranjeros que viven con vosotros y de entre los que de su linaje han nacido en medio de vosotros, y serán propiedad vuestra” (Levítico-25: 44 y 45). En el Éxodo-12: 43 a 45 (Ley de la Pascua), “dios dijo a Moisés y 1 2

Onfray, M. 2006. Tratado de Ateología. Ediciones de la Flor, Buenos Aires. Las frases textuales que siguen en este apartado corresponden a la traducción de la Biblia realizada por Nácar Fúster y Colunga (1967). En ella, se traduce generalmente la palabra griega “doulos” ( δούλος) por “siervo”. No obstante, Michael Parenti (2003, La historia como misterio. Ed. Hiru, Hondarribia) destaca que la traducción correcta es “esclavo”. Este autor interpreta que la traducción por “siervo” suaviza y desvirtúa el sentido de las frases en las que aparece esa palabra. En la traducción argentina de la Biblia la palabra usada es “esclavo”.

35 Arón: “Esta es la ley de la Pascua. No la comerá ningún extranjero. Al siervo comprado a precio de plata le circuncidarás y la comerá; pero el adventicio y el mercenario no la comerán…”. Y en el Éxodo-21: 1 a 4 (“Leyes respecto de la vida y la libertad”), Yavé dijo a Moisés: “He aquí las leyes que les darás: Si adquieres un siervo hebreo, te servirá por seis años; el séptimo saldrá libre sin pagar nada. Si entra solo, solo saldrá; si teniendo mujer, saldrá con él su mujer. Pero si el amo le dio mujer, y ella le dio a él hijos o hijas, la mujer y los hijos serán del amo, y él saldrá solo…” (algo similar puede leerse en el Deuteronomio-15 –“Los pobres y los esclavos”). Siguen otras barbaridades como, por ejemplo, ésta: “Si uno diere de palos a su siervo o a su sierva, de modo que muriese entre sus manos, el amo será reo; pero si sobreviviere un día o dos, no, pues hacienda suya era”. Y en el Eclesiástico-33: 30, refiriéndose al siervo, se afirma: “Imponle el trabajo conveniente, y si no obedeciere, métele en el cepo”. Es probable que en los tiempos en que se escribieron estos textos la esclavitud fuese considerada un fenómeno normal y corriente, pero si dios inspiró este texto, siendo infinitamente sabio e infinitamente santo, se lució realmente. Dios, riqueza y poder: su defensa del absolutismo.- Si bien en la Biblia se critica a menudo a los ricos, dios estaba con los potentados, e hizo ricos a los grandes patriarcas del cristianismo. Así, por ejemplo, Abraham era extremadamente rico (Génesis 24): “Yo soy siervo de Abraham. Yavé ha bendecido largamente a mi señor, y le ha engrandecido, dándole ovejas y bueyes, plata y oro, siervos y siervas, camellos y asnos”. También fueron ricos Isaac, Jacob, José, etc. Por supuesto, los reyes de Israel, elegidos por Yavé, nadaban en riquezas. Así, por ejemplo, en 1 Reyes-4: 22 a 28 y 1-Reyes-7, se describe la abundancia en que vivía el rey Salomón y la construcción de su suntuoso palacio. Asimismo, en 1-Reyes 10: 23, se afirma: “Fue el rey Salomón más grande que todos los reyes de la tierra por las riquezas y la sabiduría”. Igualmente, en el Eclesiástico (44: 6), refiriéndose a los patriarcas, se afirma: “Ricos, llenos de gran poder, que en sus moradas gozaron pacíficamente de sus bienes”. Una historia bíblica que muestra como dios identifica la virtud y la riqueza terrenal es la que se describe en el libro de Job. Éste era un “hombre íntegro y recto, temeroso de dios y apartado del mal” (Job-1: 1). Como tal, era, obviamente, rico. “Y era su hacienda de siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas, y siervos en gran número, siendo grande aquel varón entre todos los orientales” (Job-1: 2). Teniendo en cuenta cómo se las gastaba dios con sus incondicionales, éste quiso probar su fidelidad, y para ello no se le ocurrió otra cosa que dejarle en manos de Satán, quien le hizo todo tipo de maldades. El demonio logró que le quitasen su hacienda, matasen a sus siervos y a sus hijos, e incluso “hirió a Job con una úlcera maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza” (Job-2: 7). Como después de todas estas fechorías Job permaneció fiel a dios, “Yavé restableció a Job en su estado, después de haber rogado él por sus amigos, y acrecentó Yavé hasta el duplo todo cuanto antes poseyera” (Job-42: 10). “Dios bendijo las postrimerías de Job más que sus principios, y llegó a poseer Job catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas” (Job-42: 12). Como puede verse la virtud y la riqueza van a menudo bien acompañadas en la Biblia. La preferencia de Yavé por los ricos puede verse también en el libro de los Proverbios (13: 8): “El rico, con sus riquezas, puede rescatar la vida; pero el pobre no escucha la amonestación”. Y en el Eclesiástico (13: 30): “Buena es la riqueza sin pecado, y mala la pobreza, castigo de la soberbia”. En relación con los reyes, hay que decir que la Biblia describe el absolutismo más abominable. Los reyes eran puestos por disposición de Yavé y sus súbditos son descritos como siervos en la Biblia. Y el que levantaba la voz era reo de muerte (un buen ejemplo puede encontrarse en 1-Reyes-2 –

36 “Primeros actos de Salomón”–). En el libro de la Sabiduría se presenta un buen ejemplo acerca del origen del poder de los reyes: “Oíd, pues, reyes, y entended… Porque el poder os fue dado por el Señor, y la soberanía por el Altísimo” (Sabiduría-6: 1 y 3). Es también destacable que al dios de los judíos y de los cristianos le gusta el boato, la riqueza y los metales preciosos. ¡Qué menos! para eso es dios. Así, puede comprobarse en el Éxodo-30 (El altar de los perfumes) cómo Yavé exige un altar para quemar incienso revestido de oro por arriba y con una moldura de oro alrededor. Asimismo, en el Éxodo 35 a 38 se muestra el boato de las construcciones dedicadas a Yavé, en el tabernáculo, el arca, la mesa de los panes, el candelabro, el altar de oro, etc; oro y oro por todos los sitios. Las sumas de oro y plata son impresionantes. Los vestidos sacerdotales (Éxodo-39) tampoco se quedan atrás y son también reflejo de una ostentación difícil de justificar. La construcción del templo por Salomón (1 Reyes-7; 2-Paralipómenos-3 y 4) es también un derroche de riqueza que, por supuesto, agradó a Yavé, como se muestra en el Capítulo “Segunda aparición de Yavé” (1 Reyes-9). La crueldad de un dios celoso.- El dios de los cristianos era además tremendamente celoso. “No tendrás otro dios que a mí. No te harás esculturas ni imagen alguna de lo que hay en lo alto de los cielos, ni de lo que hay abajo sobre la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas, y no las servirás, porque yo soy Yavé, tu Dios, un Dios celoso, que castiga en los hijos las iniquidades de los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y hago misericordia hasta mil generaciones de los que me aman y guardan mis mandamientos” (Éxodo-20). Esta declaración se complementa mediante la afirmación tajante que Yavé hace en el Exodo-34: “No adores a otro dios que a mí, porque Yavé se llama celoso, es un Dios celoso”. Una vez más, vemos cómo dios, en su supuesta bondad infinita no perdona a los que no le adoran, y se venga incluso de su descendencia. Un ejemplo es la terrible venganza, ya citada anteriormente, que impone Yavé a los hebreos por adorar el becerro de oro (Éxodo-32). Racismo por amor a dios.- Si, como se desprende de todo los anterior, dios fue el creador e instigador de las mayores iniquidades, no podían faltar en la Biblia manifestaciones evidentes de racismo. Así, por ejemplo, en el libro de Esdras-9 se afirma lo siguiente: “Después de todo esto, se me acercaron los jefes, diciendo: el pueblo de Israel, los sacerdotes y levitas no han estado apartados de las gentes de esta tierra, e imitan sus abominaciones, las de los cananeos, jeteos, fereceos, …; pues han tomado de entre ellos mujeres para sí y para sus hijos, y han mezclado su raza santa con la de las gentes de esta tierra. Los jefes y magistrados han sido los primeros en cometer este pecado” (Esdras9: 1-2). Si esto no es del todo claro, veamos lo que se afirma un poco más adelante: “Entonces Secanías, …, dijo a Esdras: Hemos pecado contra Dios tomando mujeres extranjeras de entre los pueblos de esta tierra, pero Israel no queda por eso sin esperanza. Hagamos pacto con nuestro Dios de echar a todas esas mujeres y a los nacidos de ellas, según el parecer de mi señor y de cuantos temen los mandamientos de nuestro Dios, y que se cumpla la Ley” (Esdras-10: 2-3). Y aún más adelante, se dice: “Levantose Esdras, sacerdote, y dijo: Habéis prevaricado tomando mujeres extrañas, añadiendo prevaricaciones a la iniquidad de Israel. Dad ahora gloria a Yavé, el Dios de vuestros padres, y cumplid su voluntad. Apartaos de los pueblos de esta tierra y de las mujeres extrañas” (Esdras-10: 10-11). Otras historias estrambóticas y absurdas descritas en el Antiguo Testamento.- La Biblia contiene algunas historias que son difíciles de calificar, pero que en algunos casos parecen reflejar el odio que el dios del Antiguo Testamento tenía realmente a los hombres. Veamos un ejemplo en lo que le dijo

37 dios al profeta Ezequiel (Ezequiel-4: 12-15): “Comerás pan de cebada, que cocerás en rescoldo de excrementos humanos y a la vista de esas gentes. Y me dijo Yavé: Así comerán los hijos de Israel su pan inmundo en medio de las gentes a las cuales les arrojaré. ¡Ah Señor!, exclamé yo: mi alma no se ha contaminado nunca, desde mi adolescencia hasta hoy no comí mortecino ni despedazado, y jamás entró en mi boca carne inmunda. El me respondió: Mira, te concedo que, en vez de estiércol humano, tomes estiércol de bueyes para cocer con él tu pan”. Aquí nos encontramos con un dios escatológico, que ordena la coprofagia. Sobra una vez más cualquier comentario; la Biblia habla por sí misma. De extravagante y absurdo pueden calificarse también el mandato de Yavé a Isaías de que anduviera desnudo durante tres años (Isaías-20: 2-3) y la historia de Jonás (Jonás-2), que permaneció durante tres días y tres noches en el vientre de un pez muy grande; después, Yavé ordenó al pez que vomitara a Jonás en la playa. Contradicciones del Antiguo Testamento consigo mismo y con la doctrina de la Iglesia católica Además de la tremenda contradicción entre el precepto de no matar y los genocidios que la Biblia describe en múltiples ocasiones, hay otras contradicciones notables en las que incurre el Antiguo Testamento. Una primera, ya citada, se refiere a las diferentes versiones que ofrece la Biblia en los capítulos 1 y 2 del Génesis sobre la creación del hombre y la mujer. Una repetición flagrante surge en el capítulo de la Alianza con Abimelec, rey de Guerar. Resulta curioso que existen dos alianzas idénticas en su contenido. Primero, el pacto se lleva a cabo con Abraham (Génesis-21) y luego se repite una historia idéntica con Isaac (Génesis-26). Además, previamente se describe una historia igual con Abram cuando va a Egipto (Génesis-12). Algo falla en esta historia. Aun supuesto el caso de que una de las tres historias fuese verdadera, es difícil asumir que puedan haberse producido tres historias sucesivas idénticas. Para tratarse de un texto escrito bajo inspiración divina, resulta bastante torpe y poco creíble esta repetición. Una contradicción entre el Antiguo Testamento consigo mismo y con el Nuevo Testamento se genera en lo relativo a la conocida ley del talión. En el Éxodo-21, se establece esta ley: “vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal” (algo similar se describe en el Deuteronomio-19: 21). Aquí, no hay espacio para la misericordia de dios. Sin embargo, en el Eclesiástico (10: 6) se afirma: “No vuelvas a tu prójimo mal por mal, cualquiera que sea el que él te haga”. Asimismo, en el Nuevo Testamento se repudia la ley del talión (San Mateo-5). Si dios es, según los cristianos, infalible e infinitamente sabio, contradicciones como las expresadas en este párrafo carecen de sentido. Estas contradicciones reflejan la heterogeneidad e incoherencia de la Biblia, en la que la inspiración divina no se encuentra por ninguna parte. Las contradicciones son más palpables cuando se compara lo que afirma el Antiguo Testamento con lo que proclama la Iglesia católica. Esto choca frontalmente con el hecho de que la Iglesia proclame que la Sagrada Escritura está escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo, puesto que si es así, la Iglesia no puede contradecir en su doctrina lo que allí está escrito. Sin embargo, las contradicciones son numerosas. La Biblia afirma que “El pecado no viene de dios” (Esclesiático-15), ya que, “dios hizo al hombre desde el principio y le dejó en manos de su albedrío” (Esclesiático-15: 14). Como consecuencia, la Iglesia es firme defensora del libre albedrío, es decir, de la capacidad de los humanos de elegir y tomar sus propias decisiones. Esta capacidad ha sido utilizada por la Iglesia para justificar miserias humanas tales como guerras, hambre, enfermedad y muerte, ya que, de acuerdo con el libre

38 albedrío, estas miserias serían el resultado de decisiones humanas libremente elegidas. Esto a veces ha sido considerado contradictorio con la omnisciencia atribuida a dios. Se afirma que, si dios sabe lo que va a ocurrir en el futuro, nuestras acciones están mediatizadas por la sabiduría infinita de dios. En cualquier caso, y en contradicción con lo expresado en el Eclesiástico, en el Génesis-8: 21 (Noé fuera del Arca), dios afirma: “No volveré ya jamás a maldecir la tierra por el hombre, pues los deseos del corazón humano, desde la adolescencia, tienden al mal”. Si dios admite la existencia de esta tendencia humana, ¿no están nuestras acciones condicionadas por esta tendencia? Si dios es supuestamente perfecto, todopoderoso e infinitamente bueno y bondadoso, ¿por qué no hizo que los deseos del corazón humano tendieran hacia el bien, en vez de hacia el mal? La verdad es que, al menos a la luz de la razón, ¡qué mal hizo las cosas el dios de la Biblia! Además, la contradicción entre lo expresado en el Eclesiástico-15 y lo expresado en el Génesis-8 es flagrante. En el Génesis-17 dios obliga a la realización de la circuncisión. Si esta práctica es un mandato de dios, fielmente seguido por los judíos, ¿por qué los cristianos no la llevan a cabo? Simplemente porque a Pablo de Tarso se le ocurrió que no era necesaria, con lo cual era más fácil conseguir adeptos al cristianismo. Está idea se impuso en las normas de los cristianos (Hechos de los Apóstoles-15) en lo que se ha dado en llamar concilio de Jerusalén (siglo I). Nos encontramos de nuevo ante una contradicción flagrante entre lo que se afirma en el Antiguo Testamento y lo que se afirma en el Nuevo. En el Antiguo Testamento, se incluyó la llamada “ley del sábado” que impedía trabajar a los judíos este día (Éxodo-31: 14): “Guardaréis el sábado, porque es cosa santa para vosotros. El que lo profane será castigado con la muerte”. La frase es lo suficientemente elocuente para señalar la importancia que dios dio a este precepto. ¿Por qué la Iglesia manda guardar los domingos? Los cristianos guardan el domingo porque, según ellos, Jesús resucitó en domingo (San Mateo-28; San Marcos-16; San Lucas-24; San Juan-20). En cualquier caso, este cambio implica una profanación del precepto divino del Antiguo Testamento, aunque los cristianos, con argumentos pobres, aseguren lo contrario. Además, si el sábado es un día tan importante para dios, y la resurrección de Jesús es un hito esencial para la fe los cristianos, ¿por qué dios, supuestamente todopoderoso, no hizo que resucitase Jesús en sábado? O ¿por qué no lo hizo el mismo Jesús que también era dios? De este modo se hubiera realzado la importancia del sábado y se habría evitado este desajuste y la consiguiente polémica. Los humanos, utilizando nuestra razón, alcanzamos mal a comprender estas cosas. Utilizando la razón, y no la fe, únicamente alcanzamos a pensar que, una vez más, el dios de la Biblia hizo mal las cosas. En una línea más prosaica, en la Biblia se afirma (Exodo-22: 24): “Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita en medio de vosotros, no te portarás con él como acreedor y no le exigirás usura”. ¿Por qué la Iglesia tiene su banca y por qué no condena a los banqueros? Esta cuestión la tendría que responder la Iglesia. De todos modos, este asunto, íntimamente ligado al poder terrenal de la institución eclesiástica católica, merece ser tratado en el análisis de dicha institución que se llevará a cabo más adelante. En la Biblia se introduce, de forma casi obsesiva, la idea de temer a dios, idea que prevalece en la doctrina actual de la Iglesia. En el capítulo titulado “Despedida de Josué” (Josué-24), se afirma en el versículo 14: “Temed a Yavé y servidle con integridad, quitad los dioses a quienes sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid a Yavé”. Igualmente, en los capítulos 1 (“El temor de dios, principio de la sabiduría”) y 10 (“La gloria verdadera”) del libro “Eclesiástico” se describe y ensalza el temor de dios. Y en el libro de Isaías (8: 13) Yavé dice: “A Yavé de los ejércitos habéis de santificar, de Él habéis de temer, de Él tened miedo”. Después de los episodios bíblicos

39 descritos, en los que la mínima disidencia significaba la muerte, es más que razonable que los hebreos debían temer a Yavé, por lo cual la alocución de Josué es perfectamente comprensible y coherente con lo descrito en la Biblia. Ahora bien, si, como afirma la Iglesia, dios es infinitamente santo, bueno y misericordioso, ¿por qué el hombre habría de temerle? Obviamente, después de haber constatado las barbaridades descritas en la Biblia, es claro que atribuir estas cualidades a dios carece de sentido, como carecería también de sentido temerle si dichos atributos fuesen reales y dios fuera un ser absolutamente encantador. Es curiosa la idea de la muerte que se presenta en el Antiguo Testamento (La muerte; Eclesiastés-9). La muerte aparece como un mal (“Este mal hay en todo cuanto existe bajo el Sol”; Eclesiastés-9: 3), y si la muerte forma parte de la creación divina, ¿significa esto que dios hizo cosas mal? No parece entonces que la muerte sea muy acorde con la perfección y la omnipotencia que los cristianos atribuyen a dios. Claro que en el libro de la Sabiduría (1: 13-14) se afirma: “Que dios no hizo la muerte; ni se goza en la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia”. Ahora bien, si dios creó al hombre, lo debió crear con todos sus cualidades, y una de esas cualidades es la muerte. Nuevamente nos encontramos con un ejemplo de los absurdos y las contradicciones tan típicas de la Biblia, y que muestran que la inspiración del Espíritu Santo no fue muy afortunada. Siguiendo leyendo el capítulo 9 del Eclesiastés, el lector se encuentra con el siguiente texto: “Mientras uno está ligado a todos los vivientes, hay esperanza, que mejor es perro vivo que león muerto; pues los vivos saben que han de morir, mas el muerto nada sabe y ya no espera recompensa, habiéndose perdido ya su memoria. Amor, odio, envidia, para ellos todo se acabó; no tendrán jamás parte alguna en lo que sucede bajo el Sol” (Eclesiastés-9: 4 a 6). Resulta curioso que, en este mismo capítulo, se anima a disfrutar de la vida: “Ve, come alegremente tu pan y bebe tu vino con corazón contento, pues que se agrada a dios en tus obras. Vístete en todo tiempo de blancas vestiduras y no falte el ungüento sobre tu cabeza. Goza de la vida con tu amada compañera todos los días de la fugaz vida que Dios te da bajo el Sol… Todo lo que puedas hacer, hazlo en tu (pleno) vigor, porque no hay en el sepulcro, a donde vas, ni obra, ni razón, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés-9: 7 a 10). Esta misma línea del significado de la mortalidad humana se refleja en algunos versículos del Eclesiástico; por ejemplo: “El muerto, como el que no existe, ya no alaba” (Eclesiástico-17: 26); “El sol preside el ejército de los altos cielos, pero el hombre es polvo y ceniza” (Eclesiástico-17: 31). Toda esta filosofía se identifica a la perfección con el dicho castellano que afirma que “a burro muerto, la cebada al rabo”. Esta filosofía choca frontalmente con la doctrina de la iglesia que vaticina un paraíso o un infierno después de la muerte y un juicio final. También choca con la idea eclesiástica de que todo placer es pecado, exhortando al sufrimiento y la penitencia. Si se compara el capítulo 9 del Eclesiastés con el capítulo 2 de libro de la Sabiduría surge una nueva contradicción, ya que en este último se afirma: “Porque dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza” (Sabiduría-2: 23); y más adelante (Sabiduría-5: 15-16): “Pero los justos viven para siempre, y su recompensa está en el Señor y el cuidado de ellos en el Altísimo. Por eso recibirán un glorioso reino, una hermosa corona de mano del Señor, que con su diestra los protege y los defiende con su brazo”. Aquí se sugiere de forma vaga la inmortalidad del hombre. Como puede verse la Biblia es un galimatías, donde su variedad de fuentes y autores hacen inviable una interpretación única y coherente.

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5. NUEVO TESTAMENTO: EVANGELIOS Y CRISTIANISMO El Nuevo Testamento tiene como figura central a Jesús de Nazaret, cuyo mensaje se supone que está contenido en los evangelios. Cuatro son los evangelios admitidos por las iglesias cristianas (evangelios canónicos), que son los de Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Los tres primeros guardan una notable afinidad y se conocen con el nombre de “evangelios sinópticos”. Las relaciones entre estos no son bien conocidas, pero se admite, en líneas generales, que el primero que se escribió fue utilizado como fuente, directa o indirecta, de los otros dos. El evangelio de Juan es diferente de los anteriores, admitiéndose que fue el último que se escribió y que fue elaborado casi independientemente de los sinópticos. Existen otros evangelios, llamados “apócrifos”, que no son admitidos por las iglesias cristianas. Como hemos afirmado anteriormente, la figura de Jesús es históricamente dudosa, ya que no existen documentos contemporáneos de ella, aunque suele admitirse su existencia. Los evangelios fueros escritos después de su muerte y por tanto no representan un testimonio directo de Jesús. En cualquier caso, realizaremos a continuación un análisis crítico de estos textos, por la incidencia fundamental que ha tenido en el desarrollo de las iglesias cristianas. El mensaje contenido en los evangelios supone un giro importante respecto al de los textos del Antiguo Testamento. Es mucho más humano que el de este último. No hay tanta muerte y genocidio y se habla más de caridad y de perdón. Los relatos de los evangelios están plagados de milagros, en los que Jesús cura a enfermos, resucita muertos, genera o multiplica alimentos, etc. En particular, cabe citar, como milagro de gran trascendencia religiosa, la resurrección del propio Jesús, que ha sido considerado como pilar básico de la fe de los cristianos. Un precepto esencial que queda destacado en todos los Evangelios es el amor al prójimo; “amarás al prójimo como a ti mismo” (Mateo-22: 39). Frase que aparece también, modificada con ligeros matices, en los evangelios de Marcos (12: 31), Lucas (10: 27) y Juan (13: 34; 15: 12 y 17). Desde un punto de vista ético, lo primero que llama la atención es la atroz contradicción entre los evangelios y el Antiguo Testamento. Esta contradicción se hace evidente tras la lectura de ambos textos, y se hace palpable en algunos casos concretos. Así, por ejemplo, en el Antiguo Testamento se proclama la ley del talión (Éxodo-21: 23 a 25), mientras que en el nuevo testamento se repudia dicha ley (San Mateo-5: 38). Jesús minimiza la importancia de hacer curaciones en sábado, cuando en el Antiguo Testamento se penaliza con la muerte el trabajar en dicho día. En el Antiguo Testamento, el dios es tribal, es dios del pueblo elegido, los judíos, y se compromete a protegerle a cambio de adoración en exclusiva y obediencia ciega. En los evangelios, el pueblo judío deja de ser el pueblo elegido para pasar a ser el responsable de la muerte de Jesús. Éste trata muy mal a los judíos, y, en particular, a los fariseos, que defendían la ortodoxia judía. Así, por ejemplo, un pasaje de San Juan-8 lleva por título: “Los judíos no son hijos de Abraham ni de dios, sino hijos del diablo”1; más adelante, en el misma pasaje, Jesús, dirigiéndose a un grupo de judíos, afirma: “Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre” (San Juan-8: 44). Con estas diferencias, es inconcebible que el Antiguo y el Nuevo Testamento formen parte de la doctrina de una misma religión y que la Iglesia católica afirme que ambos textos, como partes integrantes de la Biblia, fueron escritos bajo inspiración divina. Comparando ambos vemos que la inmutabilidad de dios proclamada por la Iglesia católica es una quimera, ya que el dios del Antiguo Testamento y el del Nuevo parecen dioses distintos. Por otro lado, la omnisciencia de dios queda en entredicho ante tamaña contradicción.

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Este título aparece en la traducción de la biblia de Nácar Fúster y Colunga (1967). Escrito de una forma general, este título no tiene sentido puesto que Jesús era Judío.

42 Los evangelios muestran algunas contradicciones flagrantes con la doctrina de la Iglesia católica. Una de ellas se refiere a la perpetua virginidad de María, Madre de Jesús. Hay múltiples citas en la Biblia que demuestran que Jesús tuvo hermanos y hermanas. Por ejemplo, en San Mateo-13: 5556, se afirma: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿Su madre no se llama María, y sus hermanos Santiago y José, Simón y Judas? Sus hermanas, ¿no están todas entre vosotros?”. Lo mismo se afirma en San Marcos-6: 3: “¿No es acaso el carpintero hijo de María, y el hermano de Santiago, de José, y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Asimismo, en San Lucas-8: 19-20, se describe: “Vino su madre con sus hermanos y no lograron acercarse a Él a causa de la muchedumbre, y le comunicaron: Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y desean verte.” Es claro que la Biblia habla por sí misma. Sin embargo, algunas fuentes de la Iglesia católica afirman que en hebreo o arameo la palabra ‘hermano’ era utilizada con el sentido de ‘parientes próximos’, y si bien los evangelios fueron escritos en griego, dichas fuentes afirman que los autores eran de cultura hebrea, y pudieron haber utilizado el sentido hebreo o arameo de la palabra. No obstante, al estar escritos los evangelios originalmente en griego, dicha interpretación parece extravagante, sobre todo porque la palabra usada en griego (αδελφόι) significa explícitamente “hermanos”. No insistiremos aquí en esta polémica, ampliamente ilustrada en múltiples foros y que el lector puede encontrar información por doquier1 . Únicamente sugiero al lector que substituya las palabras ‘hermanos o hermanas’ por ‘primos o primas’ o por ‘parientes’ en las frases textuales anteriores y compruebe si dichas palabras cuadran en el contexto de dichas frases. Más bien parece que la Iglesia católica, en su obsesión por el carácter pecaminoso de las relaciones sexuales, quiso librar a la Virgen de tan “horrorosos pecados” y pasó por encima del contenido de la Biblia. El cambio de mensaje de los evangelios no significa que estos no contengan barbaridades desde un punto de vista ético que han marcado a la humanidad, y que ésta solo ha logrado vencer, tras superar los postulados de la doctrina cristiana. Así, los evangelios nos muestran a un Jesucristo que admite la existencia de amos y siervos como algo natural, y que además, alaba al buen siervo: “Sed como hombres que esperan a su amo de vuelta de las bodas, para que, al llegar él y llamar, al instante le abran. Dichosos los siervos aquellos a quienes el amo hallare en vela;…” (San Lucas-12: 36-37). Es curioso, y francamente reprobable, el concepto que Jesús presenta acerca de la justicia. En algunas ocasiones, en su mensaje transmitido en forma de parábolas, Jesús se introduce en asuntos económicos o laborales exponiendo ideas pintorescas. Esto es así por ejemplo en San Mateo-20, en el apartado titulado “los obreros enviados a la viña”. El texto es largo, pero en esencia la parábola describe cómo el dueño de una viña contrató a varios obreros en tres tandas a distintas horas del día. A los primeros los contrató muy de mañana, de forma que trabajaron toda la jornada, y a los últimos los contrató al final de la jornada, de forma que sólo trabajaron una hora. Al final del día, el dueño de la viña pagó a todos lo mismo. Como los primeros murmuraron contra el amo, éste respondió a uno de ellos: “Yo quiero dar a este postrero lo mismo que a ti: ¿No puedo hacer lo que quiero con mis bienes?” La moraleja final del cuento es: “Así, los postreros serán los primeros, y los primeros postreros…”. Aquí podemos comprobar que Jesús no veía nada mal la explotación del hombre por el hombre, y desde luego, desconocía la filosofía de los convenios colectivos. Es también digna de mención la “parábola de las minas” (San Lucas-19), en la que Jesús nos vuelve a hablar amos y siervos, y en la que el amo premia a los siervos negociantes en función de los 1

Véase, por ejemplo, Rodríguez, P. 1997. Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. Liberdúplex, Barcelona.

43 beneficios obtenidos, quitándole lo que le dio al siervo que no fue capaz de negociar con su dinero. La moraleja en este caso es (San Lucas-19: 26): “A todo el que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. No destaca en este caso Jesús por su amor a los pobres, sino que la balanza se inclina más bien a favor del negociante y especulador. Por si fuera poco, se añade (San Lucas-19: 27): “Cuanto a esos mis enemigos que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos acá y delante de mi degolladlos”. ¡Qué barbaridad! Es realmente espantoso. Similar es la “parábola de los talentos” (San Mateo-25), que difiere esencialmente de la anterior en la conclusión final, donde el amo afirma: “y a este siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes”; nuevamente conmovedor. Aunque realmente los evangelios suavizan el mensaje transmitido en el Antiguo Testamento, no faltan por eso expresiones tremendas, como algunas de las que hemos expuesto. En el capítulo dedicado al “juicio final” del evangelio de San Mateo-25, se afirma que dios separará a las gentes, “y dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles”… “E irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna”. Menos mal que dios es santo, bueno y misericordioso, que si llega a ser malo, es inimaginable lo que hubiera dicho. Otro episodio terrible se cuenta en la “Parábola de los invitados a la boda” (San Mateo-22), en la que el rey, después de invitar por medio de sus siervos a cuantos encontraran, ató de pies y manos a uno por no llevar traje de boda y lo arrojó a las tinieblas. El relato culmina con la frase: “Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Frase que, según los traductores de la Biblia, resume toda la historia de Israel y su fin. En la sección de San Mateo-5 titulada “Declaración del sexto precepto”, surge el germen de la fobia que tiene la Iglesia a la sexualidad. Allí se afirma: “todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehena. Y si tu mano derecha te escandaliza, cortátela y arrójala de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehena”. Algo parecido se afirma en San Mateo-18): (“Sacrificio que impone el deber de evitar el escándalo”) y en San Marcos-9 (“La caridad hacia los discípulos”). ¡Cuántos ciegos, mancos y cojos debería haber en el mundo si los humanos hiciéramos caso de este mensaje! Asimismo, en San Mateo-18 (“El más grande en el reino de los cielos”) se afirma: “San Mateo-18: 6. “Al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le hundieran en el fondo del mar”. Sería interesante que los que continúan predicando estas cosas se aplicasen la doctrina a sí mismos; el mar estaría lleno de cadáveres con sotana. Jesús es exigente a los que le siguen, como queda reflejado en la abominable frase: “Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo” ( San Lucas-14: 26). Si esto es así, sus discípulos debieron ser personajes terribles. A juzgar por lo que se afirma en los evangelios, Jesús no fue precisamente un hombre de paz; la siguiente frase es suficientemente ilustrativa: “¿Pensáis que he venido a traer la paz en la tierra? Os digo que no, sino la disensión” (San Lucas-12: 51 –“Por Jesús o contra Jesús”-). Claro que esta frase se queda corta cuando leemos otra similar atribuida a Jesús en el evangelio de San Mateo (10: 34): “No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra… El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a

44 mí, no es digno de mí…” A juzgar por las guerras promovidas por los cristianos a lo largo de su dilatada historia, esta frase ha sido una profecía que se ha cumplido y que se sigue cumpliendo. Realmente, Jesús trajo la disensión y la espada a la Tierra. Los evangelios tienen un matiz machista que no deja lugar a dudas. Todos los discípulos de Jesús fueron varones, y curiosamente, la “Declaración del sexto precepto” (San Mateo-5) está dirigida exclusivamente al hombre. Tampoco contaban demasiado los animales y las plantas para Jesús. Su desprecio por estos seres se muestra claramente en la sección titulada “La curación del endemoniado y la muerte de la piara” (San Lucas-8), en la que se relata como Jesús echó los demonios de un hombre y éstos se introdujeron en una piara de puercos, que se lanzaron por un precipicio hasta un lago, donde se ahogaron. ¿Qué le habían hecho los cerdos? Otro ejemplo del espíritu poco ecológico y de las acciones sin sentido de Jesús lo tenemos en “La maldición de la higuera” (San Mateo-21). Jesús tenía hambre y encontró una higuera que sólo tenía hojas. Entonces Jesús dijo: “Que jamás nazca fruto de ti. Y la higuera se secó al instante”. En los evangelios, Jesús habla en muchos casos un lenguaje oscuro. Sus discípulos no le entienden y le preguntan el significado de cosas que dice. El pueblo judío le entiende aún mucho menos, y también le preguntan, pero Jesús no accede a aclararles demasiado el significado de lo que habla. Esta oscuridad del discurso queda plasmada en numerosas ocasiones. Veamos algunos ejemplos. En San Lucas-8 Jesús expone la parábola del sembrador. “Preguntábanle los discípulos que significaba aquella parábola, y Él contestó: A vosotros ha sido dado conocer los misterios del reino de Dios; a los demás, sólo en parábolas, de manera que viendo no vean y oyendo no entiendan”. El mismo Jesucristo admite su intención deliberada de hablar en términos difíciles de comprender; así, en San Juan-16, existe un apartado titulado “Promesas de una revelación más clara”, en el que Jesús afirma: “Esto os lo he dicho en parábolas; llega la hora en que ya no os hablaré más en parábolas. Antes os hablaré claramente del Padre”. En el mismo capítulo 16, en el pasaje titulado “El gozo tras la tristeza”, Jesús afirma: “Todavía un poco, y ya no me veréis, y todavía otro poco, y me veréis”; a lo que los discípulos decían: “No sabemos lo que dice”. Obviamente, si sus discípulos no le entendían, mal le iban a entender las personas más alejadas de su entorno. Ante todo este galimatías, la pregunta es clara. Si Jesucristo era dios, y por ello la figura central de la revelación cristiana, ¿por qué no revelaba su verdad en términos claros que pudieran llegar a todo el mundo? ¿Qué pretendía con ese comportamiento críptico? Tras esta exposición de algunas de las peculiaridades de Jesús que muestran los evangelios, queda por preguntarnos ¿Jesús de Nazaret era dios? Ya hemos visto la improbabilidad casi total de que el dios de los cristianos exista. También hemos citado el carácter dudoso de la realidad de Jesús y los escasos datos directos relacionados con su existencia. Aun así, dado que Jesús es la figura central del cristianismo, vamos a tratar de responder esta pregunta a la luz de lo que nos relatan los evangelios. Aunque los evangelios presenten a Jesús como hijo de dios, esto no representa una prueba de su deidad. La mejor prueba que los cristianos pueden esgrimir acerca de la naturaleza divina de Jesús son sus supuestos milagros. En particular, la supuesta resurrección de Jesús es utilizada como la mejor prueba de la revelación. Ahora bien, sería necesario probar que estos supuestos milagros lo fueron de verdad. En primer lugar, el que los evangelios, escritos hace cerca 2000 años, describan milagros no es evidentemente una prueba, máxime cuando se trata de testimonios de lo que hizo Jesús escritos bastante después de su muerte. Existe mucha literatura fantástica contemporánea que describen hechos inciertos; la descripción por sí misma no prueba veracidad. Entonces, el creer en los milagros, ¿es una cuestión de fe? Puede ser, pero de una fe adulterada, porque no hay ninguna prueba de que lo que

45 dicen los evangelios fuese revelado por dios. A juzgar por las contradicciones y barbaridades antes descritas, son simplemente escritos que reflejan pensamientos y costumbres de una época pretérita. Obviamente, puede considerarse una cuestión de fe porque lo enseña la Iglesia, pero la Iglesia es simplemente una institución humana que, como se verá más adelante, ha tenido una trayectoria histórica deplorable, y por ello, carece de la más mínima credibilidad. Ese tipo de fe representa una deficiencia grave del razonamiento humano. Además, los propios evangelios nos dan buenas pistas de la escasa credibilidad que tuvo Jesús en su época. Parece claro que, según los evangelios, los judíos no creían en él. Véase, como ejemplo, el apartado titulado “La incredulidad judía, prevista por Jesús” de San Juan-12, que comienza diciendo (San Juan-12: 27): “Aunque había hecho tan grandes milagros en medio de ellos, no creían en Él”. Esta incredulidad fue, sin duda, la que llevó a Jesús a la muerte. Pero, no sólo los judíos, sino que ni siquiera sus hermanos creían en él; así, el pasaje del evangelio de Juan titulado “Estado de los ánimos en Galilea y Jerusalén” (San Juan-7: 2 a 5), nos dice: “Estaba cerca la fiesta de los judíos, la de los Tabernáculos. Dijéronle sus hermanos: Sal de aquí y vete a Judea para que tus discípulos vean las obras que haces; nadie hace esas cosas en secreto si pretende manifestarse. Puesto que eso haces, muéstrate al mundo. Pues ni sus hermanos creían en Él.” Si ni los judíos contemporáneos, ni sus hermanos creían en él, ¿cómo pretenden que creamos nosotros 2000 años más tarde? No entra en razón humana tal pretensión. Los evangelios muestran una gran incoherencia. Si Jesús es figura central de la revelación, ¿por qué no expresaba claramente sus ideas y por qué no consiguió hacerse creer por sus contemporáneos como hijo de dios si era omnipotente? ¿Qué necesidad tenía de morir en la cruz, si podía redimir a los humanos de cualquier otra manera? ¿Por qué esa tendencia a mostrar el dolor y el sufrimiento como algo necesario? (“si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis”; San Lucas-13: 3 y 5 – “Invitación a la penitencia”-). ¿Por qué no hacer del amor al prójimo y de la vida humana algo placentero exento de sufrimiento? Si dios es bueno y todopoderoso, y por tanto podía hacerlo, ¿por qué no lo hizo? ¿De qué nos redimió Jesús al morir en la cruz? La Iglesia nos dice que nos redimió del pecado y de la muerte, pero sigue existiendo miseria, sufrimiento, enfermedad, odio, guerras y muerte. ¿No podía dios, siendo omnipotente, haber eliminado estas penurias de la faz de la Tierra? Y si era bueno y santo, ¿por qué no quiso hacerlo? Aquí hemos vuelto a una de las preguntas iniciales que nos muestran la irracionalidad de la creencia en el dios de los cristianos, pero curiosamente hemos podido comprobar cómo son los propios evangelios los que nos llevan a esta pregunta. El libro final del Nuevo Testamento, y por tanto de la Biblia, es el “Apocalipsis”. Esta escrito por un tal Juan, que suele ser identificado como el apóstol de Jesús y autor del cuarto evangelio. Versa sobre la revelación profética de dios a Juan, y narra cosas fantásticas, extravagantes e incoherentes. En cualquier caso, nos retrotrae al lenguaje cruel del Antiguo Testamento y tiene frases terribles e inquietantes, que no retratan precisamente a un dios santo, bueno y misericordioso. Para empezar, Juan, cuando describe la aparición de dios, afirma que “de su boca salía una espada aguda de dos filos, …” En sus visiones, aparece un libro con siete sellos que son después abiertos por el Cordero (dios, que curiosamente tenía siete cuernos y siete ojos). En la apertura de estos sellos, Juan describe escenas terribles; veamos algunas de ellas: - “Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo viviente, que decía: Ven. Salió un segundo caballo, bermejo, y al que cabalgaba sobre él le fue concedido desterrar la paz de la Tierra y que se degollasen unos a otros, y le fue dada una gran espada” (Apocalipsis-6: 4). - “Cuando abrió el sello cuarto, oí la voz del cuarto viviente, que decía: Ven. Miré y vi un caballo bayo, y el que cabalgaba sobre él tenía por nombre Mortandad, y el infierno le acompañaba.

46 Fueles dado poder sobre la cuarta parte de la Tierra para matar por la espada, y con el hambre, y con la peste, y con las fieras de la Tierra” (Apocalipsis-6: 7-8). - “Cuando abrió el sexto sello, oí y hubo un gran terremoto, y el sol se volvió negro como un saco de pelo de cabra, y la luna se tornó toda como de sangre, y las estrellas del cielo cayeron sobre la Tierra como la higuera deja caer sus higos sacudida por un viento fuerte, …” (Apocalipsis-6: 1213). Lo que sigue no desmerece con lo anterior y describe a un dios tremendo y destructivo. Si en el capítulo anterior la apertura de sellos va asociada a catástrofes, ahora éstas se suceden al son de toques de trompeta (Apocalipsis-8-9). En este texto nada tiene desperdicio, pero, dada su longitud, trataremos de resumir lo más funesto. - “Tocó el primero la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclado con sangre; y quedó abrasada la tercera parte de la Tierra, y quedó abrasada la tercera parte de los árboles, y toda hierba verde quedo abrasada” (Apocalipsis-8: 7). - “El segundo ángel tocó la trompeta, y fue arrojada en el mar como una gran montaña ardiendo en llamas, y convirtióse en sangre la tercera parte del mar, y murió la tercera parte de la criaturas que hay en el mar de las que tienen vida, y la tercera parte de las naves fue destruida” (Apocalipsis-8: 8-9). - “Tocó la trompeta el tercer ángel, y cayó del cielo un astro grande, ardiendo como una tea, y cayó en la tercera parte de los ríos y en las fuentes de las aguas… y muchos de los hombres murieron por las aguas, que se habían vuelto amargas” (Apocalipsis-8: 10-11). - “El quinto ángel sonó la trompeta, y vi una estrella que caía del cielo sobre la Tierra y le fue dada la llave del pozo del abismo; … Del humo salieron langostas sobre la Tierra y les fue dado el poder que tienen los escorpiones de la tierra. Les fue dicho que no dañasen la hierba de la tierra, ni ninguna verdura, ni ningún árbol, sino solo a los hombres que no tienen el sello de dios sobre sus frentes. Se dio orden de que no los matasen, sino que fuesen atormentados durante cinco meses; y su tormento era como el tormento del escorpión cuando hiere al hombre. Los hombres buscarán en aquellos días la muerte, y no la hallarán, y desearán morir, y la muerte huirá de ellos” (Apocalipsis-9: 1-6). - “El sexto ángel sonó la trompeta y oí una voz que salía de los cuatro ángulos del altar de oro que está en la presencia de dios, que decía al sexto ángel que tenía la trompeta: Suelta los cuatro ángeles que están ligados sobre el gran río Éufrates. Fueron sueltos los cuatro ángeles, que estaban preparados para la hora, y para el día, y para el mes, y para el año, a fin de que diesen muerte a la tercera parte de los hombres… Con las tres plagas perecieron parte de los hombres, es a saber, por el fuego y por el humo y por el azufre que salía de su boca” (Apocalipsis-9: 13-18). La primera fue de sellos, la segunda de sones de trompeta y la tercera fue de copas: “Del templo oí una voz que decía a los siete ángeles: Id y derramad las siete copas de la ira de dios sobre la Tierra” (Apocalipsis-16: 1). Y vuelven de nuevo las calamidades. Veamos algunos textos: - “Fue el primero y derramó su copa sobre la Tierra, y sobrevino una úlcera maligna y perniciosa sobre los hombres que tenían la marca de la bestia y que se postraban ante su imagen” (Apocalipsis-16: 2). - “El segundo derramó su copa sobre el mar y se convirtió en sangre como de muerto, y murió todo ser viviente en el mar” (Apocalipsis-16: 3).

47 - “El cuarto derramó su copa sobre el Sol, y fuele dado abrasar a los hombres con el fuego. Eran abrasados los hombres con grandes ardores, y blasfemaban el nombre de dios, …”

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6. PABLO DE TARSO: IMPUSOR Y DIFUSOR DE LA DOCTRINA CRISTIANA Pablo de Tarso ha sido considerado como el auténtico creador de las bases doctrinales del cristianismo y de su difusión. Se admite que Jesús tuvo pocos seguidores y, sin la activa intervención de Pablo, el cristianismo no se habría convertido en una religión de ámbito universal. Era judío, pero tenía la ciudadanía romana y estaba ampliamente familiarizado con la cultura griega, cuyo idioma dominaba a la vez que el arameo. Parece que se trasladó pronto a Jerusalén, y persiguió en su juventud a los seguidores de Jesús hasta que sufrió un cambio radical que le convirtió en acérrimo defensor y divulgador de la doctrina de Cristo, que en buena medida inventó. Aunque nació en los primeros años de la era cristiana, no conoció personalmente a Jesús, ni se preocupó de la figura histórica de éste, sino únicamente de generar una religión en torno a su figura como hijo de dios y fuente central de la fe. Sus escritos (“Epístolas de San Pablo”) son una parte importante de la Biblia. La conversión repentina de Pablo de Tarso aparece descrita en los Hechos de los Apóstoles (Cap. 9; “La conversión de Saulo” –Saulo fue el nombre judío de Pablo-), en donde se describe cómo Saulo se vio rodeado de una luz del cielo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Después quedó con los ojos abiertos pero sin ver nada. El suceso ha sido interpretado posteriormente como un ataque de epilepsia. Así se considera, por ejemplo, en el Museo Alemán de Epilepsia de Kork, o tradicionalmente, en Irlanda, donde la epilepsia es denominada “enfermedad de San Pablo” (“Saint Paul’s disease”). El valor de la fe en la doctrina paulina Una vez convertido a la causa de Jesús, Pablo de Tarso trató de extender el cristianismo a todo el mundo, por lo que ha sido considerado como el “Apóstol de los gentiles”. Su doctrina queda plasmada en la Biblia, en las Epístolas de San Pablo. El creer las supuestas verdades que él trasmite es una cuestión de fe, es decir, creer lo que predica sin ninguna certidumbre de su veracidad; simplemente porque dios, a través de la figura central de Jesús lo ha revelado. El papel de la fe es capital en los escritos de Pablo y queda reflejado en numerosos puntos de sus cartas: - “La fe viene de la audición, y la audición, por la palabra de Cristo” (Romanos-10: 17). - “Todo lo que no viene de la fe es pecado” (Romanos-14: 23, “Los fuertes y los débiles en la fe”). - “…y ser hallado en Él no en posesión de mi justicia, la de la Ley, sino de la justicia que procede de dios, que se funda en la fe y nos viene por la fe de Cristo;” (Filipenses-3: 9). - “Perseverancia en la fe” (Hebreos-2: 1 a 4). - “La fe y su valor en la historia de los patriarcas” (Hebreos-11). “Por la fe conocemos que los mundos han sido dispuestos por la palabra de dios, de suerte que, de lo invisible ha tenido origen lo visible” (Hebreos-11: 2). - “Puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús;…” (Hebreos 12: 2). Cristianismo frente a judaísmo Una buena parte de los escritos de Pablo de Tarso está destinada a inculcar que la doctrina de Cristo está por encima de la ley de los judíos. Así, por ejemplo, en la epístola a los Gálatas-4, se nos dice que “Someterse a la Ley sería volver a la servidumbre” y que “El Evangelio reemplaza a la

50 Ley”. En esta misma epístola, Pablo, contraviniendo la ley judía, destaca la ausencia de necesidad de someterse a la circuncisión para seguir la doctrina de Cristo, con lo cual, hacía particularmente atractiva la conversión al cristianismo; esta liberación está contenida en Gálatas-5, donde plantea la disyuntiva entre judíos o cristianos: “Ved que soy yo, Pablo, el que digo que, si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará de nada” (Gálatas-5: 2)…“Pues en Cristo Jesús ni vale la circuncisión ni el prepucio, sino la fe que actúa por la caridad” (Gálatas-5: 6). Pero es, sobre todo, en la epístola a los hebreos donde Pablo trata de mostrar la superioridad del cristianismo sobre el judaísmo a través de varios capítulos (“Cristo superior a Moisés” –Hebreos-3-, “El sacerdocio de Cristo, superior al sacerdocio levítico” –Hebreos-5 a 8-, “La expiación de Cristo, más eficaz que la expiación del sacerdocio levítico” –Hebreos-9 a 13-). Valores éticos positivos del cristianismo predicado por Pablo de Tarso Pablo predica valores éticos positivos, realmente encomiables en la época en que se trasmitieron. En este aspecto, recalca constantemente los valores ya expuestos en el Evangelio. Las alusiones a conceptos tales como “amor”, “caridad”, “misericordia”, “perdón” y “paz” son múltiples en sus epístolas: - “La perfección de la caridad”. “No estéis en deuda con nadie, sino amaos los unos a los otros, porque quien ama al prójimo ha cumplido la Ley” (Romanos-13: 8) “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Romanos-13: 9; Gálatas-5:14). “El amor es la plenitud de la Ley” (Romanos-13: 10). - “No nos juzguemos, pues, ya más los unos a los otros”… “trabajemos por la paz y por nuestra mutua edificación (Romanos-14: 13 y 19). - “Vosotros, pues, como elegidos de dios, santos y amados, revestidos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente siempre que alguno diere a otro motivo de queja. Como el Señor os perdonó, así también perdonaos vosotros. Pero por encima de todo esto, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección” (Colonenses-2: 12 a 14). - “Tocante a la caridad no necesitamos escribiros, porque de Dios habéis sido enseñados cómo habéis de amaros unos a otros…” (I-Tesalonicenses-4: 9). Asimismo, Pablo destaca el negativo papel de la avaricia: “la raíz de todos los males es la avaricia”. Afirmación que es obviamente muy razonable desde el punto de vista ético. Las ideas antinaturales de Pablo de Tarso Frente a los anteriores valores éticos, Pablo de Tarso predica desgraciadamente una serie de ideas que, por suerte, hoy en día se admiten como superadas por la ética actual y por la sociedad civil de la mayoría de los estados civilizados. Son ideas que se nos presentan actualmente como aberrantes en la mayoría de los casos, pero que la Iglesia católica mantiene con plena vigencia en su absurda doctrina. El pecado original.- En primer lugar, con Pablo surge la idea del pecado original, es decir, de la culpabilidad de todos los humanos por el supuesto pecado cometido por Adán y Eva. No es de recibo que tal pecado, aparte de que no se produjo, se trasmitiese por herencia a todos los humanos; y, menos aún, si dios es justo y misericordioso. Pero las afirmaciones de Pablo no dejan lugar a dudas sobre su idea al respecto: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado” (Romanos-5: 12).

51 Desprecio a la sabiduría humana.- Más fuerte, si cabe, es el desprecio de Pablo a la sabiduría humana. Esto significa despreciar la razón, despreciar el pensar, despreciar, en definitiva, la única herramienta que tiene el hombre para tratar de comprender el mundo que le rodea. Este desprecio, por brutal, se disimula por algunas versiones de la Biblia, aunque es meridianamente claro en las epístolas de Pablo de Tarso. Así, en la versión de la Biblia de Nácar Fúster y Colunga (1967), en I-Corintios-1: 19 se afirma lo siguiente: “Perderé la sabiduría de los sabios y anularé la inteligencia de los prudentes”. Sin embargo, en la traducción argentina que se presenta en la página “web” del Vaticano, esta declaración es más clara: “Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes”. Igualmente, en la versión de Nácar Fúster y Colunga (1967), en I-Corintios-1: 20, aparecen las siguientes preguntas: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde el disputador de este mundo? ¿No ha hecho Dios la sabiduría de este mundo?”. Sin embargo, en la traducción argentina, estas preguntas aparecen así: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el hombre culto? ¿Dónde el razonador sutil de este mundo? ¿Acaso Dios no ha demostrado que la sabiduría del mundo es una necedad?”. Por si no quedase claro, remitiéndonos a la primera versión de la Biblia citada, en ICorintios-3: 18 a 20, podemos leer: “Nadie se engañe; si alguno entre vosotros cree que es sabio según este siglo, hágase necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios… El Señor conoce cuán vanos son los planes de los sabios”. Para Pablo de Tarso, la fe está por encima de la sabiduría, lo que significa que los humanos tenemos que creer lo que este personaje nos dejó escrito y despreciar lo que inferimos por nuestra razón. Esto queda bien expresado en la primera carta a los Corintios-2: 4: 1: “mi palabra y mi predicación no fue en la forma de persuasivos discursos de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. El mundo al revés: lo placentero es malo y lo desagradable es bueno.- Resulta difícil describir esta auténtica perversión que Pablo trasmitió a los cristianos. Predicar que todo lo agradable de la vida es malo y que el sufrimiento es bueno a los ojos de dios es algo difícilmente calificable, pero la cultura cristiana deja ver a las claras la realidad de esta subversión de valores. El hecho es tan cotidiano que incluso ha sido mostrado cómicamente hasta en la publicidad, parodiando el pecado que cometemos cuando comemos un bombón. Y sería realmente cómico si no hubiera realmente cambiado la vida de millones de personas y si, en el pasado, no se hubiera torturado y asesinado a miles y miles de personas para defender esta ridícula doctrina. Ésta llega al extremo en cualquier aspecto relativo a la sexualidad. El simple deseo sexual de una persona es para los cristianos un pecado gravísimo. Para describir estos “terribles pecados” los cristianos utilizan la palabra “carne”, término agradable cuando se utiliza en el sentido habitual gastronómico, pero realmente ordinario cuando se relaciona con la sexualidad. Pues bien, la carne es para los cristianos uno de los grandes enemigos del alma, totalmente comparable al demonio y ¡al mundo! El mundo es para la Iglesia otro de los grandes enemigos del alma; para ella, es el que nos incita a las pasiones y al pecado; sin comentarios. Existen muchas citas en las epístolas de Pablo de Tarso para ilustrar esta extravagante forma de ver la vida; veamos algunas de ellas: - “Porque el apetito de la carne es muerte, pero el apetito del espíritu es vida y paz. Por lo cual el apetito de la carne es enemistad con Dios y no se sujeta ni puede sujetarse a la ley de Dios” (Romanos-8: 6; “La vida del espíritu”). - “Si vivís según la carne moriréis; más, si con el espíritu mortificáis las obras del cuerpo viviréis” (Romanos-8: 13; “Los que caminan según la carne”).

52 - “Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios” (1-Corintios-6: 9 y 10). - “Los manjares para el vientre, y el vientre para los manjares; pero Dios destruirá el uno y los otros. El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor” (1-Corintios-6: 13). - “Huid la fornicación… el que fornica peca contra su propio cuerpo” (1-Corintios-6: 18). - “Bueno es al hombre no tocar mujer; mas por evitar la fornicación, tenga cada uno su mujer y cada una tenga su marido” (1-Corintios-7: 1-2; “Acerca del matrimonio”). - “Sólo queda que los que tengan mujer vivan como si no la tuvieran” (1-Corintios-7: 29; “Acerca del matrimonio”). - “El célibe se cuida de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado ha de cuidarse de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y así está dividido” (1-Corintios-7: 33-34; “Acerca del matrimonio”). - “Quien, pues casa a su hija doncella hace bien, y quien no la casa hace mejor” (1-Corintios-7: 38; “Acerca del matrimonio”). -

“Pues la tristeza según Dios es causa de penitencia saludable, de que jamás hay por qué arrepentirse” (2-Corintios-7: 10).

- “Andad en espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el espíritu tendencias contrarias a las de la carne, pues una y otra se oponen de manera que no hagáis lo que queréis” (Gálatas-5: 16-17). - “Mortificad vuestros miembros terrenos, la fornicación, la impureza, la liviandad, la concupiscencia y la avaricia, que es una especie de idolatría, por las cuales viene la cólera de Dios sobre los hijos de la rebeldía” (Colosenses-3: 5-6; “Huida de los vicios antiguos”). - “Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os abstengáis de la fornicación; que cada uno sepa guardar su cuerpo en santidad y honor, no con efecto libidinoso, como los gentiles, que no conocen a Dios” (I-Tesalonicenses-4: 3 a 5; “Exhortación a la santidad, a la caridad y al trabajo”). Como puede verse en estas citas, la Biblia condena todo lo agradable que puede existir en esta vida, y con especial saña, cualquier atisbo de sexualidad, excepto la necesaria para la procreación dentro del matrimonio. Esta doctrina ha llegado, corregida y aumentada, hasta nuestros días, ocasionando problemas manifiestamente dramáticos. Fruto de este celo contra la sexualidad es la exigencia de celibato al clero católico. Curiosamente, esta exigencia es contraria a lo expuesto por Pablo de Tarso, quien describiendo las cualidades de los obispos, afirmaba que debían ser maridos de una sola mujer y saber gobernar bien su propia casa (1-Timoteo-3: 2 y 4; Tito-1: 6). Algo similar afirmaba para los diáconos (I-Timoteo-3: 12). El absolutismo y la esclavitud son respetables en nombre de dios.- Además de predicar el amor al prójimo, Pablo de Tarso predicaba la obediencia a los poderes públicos; algo que la historia nos ha demostrado hasta la saciedad que significa, en gran número de ocasiones, una obediencia al tirano. Citas de las epístolas de Pablo en las que se predica esta subordinación son las siguientes: - “Todos han de estar sometidos a las autoridades superiores, pues no hay autoridad sino bajo Dios; y las que hay, por Dios han sido establecidas, de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación” (Romanos-13: 1-2).

53 - “Recuérdales que vivan sumisos a los príncipes y a las autoridades; que las obedezcan, que estén prontos para toda obra buena” (Tito-3: 1). Con esta doctrina no es de extrañar que la Iglesia haya estado siempre del lado de los poderosos, aunque estos fuesen tiranos deplorables. Ejemplos contemporáneos son el apoyo de la Iglesia a muchos dictadores. En esta línea de ponerse del lado de los poderosos, Pablo de Tarso trata la esclavitud como algo normal, admitiéndola implícitamente. Pero no sólo eso, sino que, en consonancia con el Evangelio, recalca en numerosas ocasiones la conveniencia de que el esclavo persevere en su condición y exhorta a los siervos a obedecer a sus amos, empleando términos realmente inauditos1: - “Cada uno permanezca en el estado en que fue llamado. ¿Fuiste llamado para la servidumbre? No te dé cuidado, y aun, pudiendo hacerte libre, aprovéchate más bien de tu servidumbre. Pues el que siervo fue llamado por el Señor, es liberto del Señor” (1-Corintios-7: 20 a 22). - “Echa a la sierva y a su hijo, que no será heredero el hijo de la esclava con el hijo de la libre” (Gálatas-4: 30). - “Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne, como a Cristo, con temor y temblor, en la sencillez de vuestro corazón” (Efesios-6: 5; “Siervos y amos”). - “Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne” (Colosenses-3: 22). - “Los siervos que están bajo el yugo de la servidumbre tengan a sus amos por acreedores de todo honor, para que no sea deshonrado el nombre de Dios ni su doctrina… Esto es lo que debes enseñar a inculcar” (1-Timoteo-6: 1-2; “sobre los siervos”). - “Que los siervos estén sujetos a los amos, complaciéndoles en todo y no contradiciéndoles ni defraudándoles en nada, sino mostrándose fieles en todo para hacer honor a la doctrina de Dios, nuestro Salvador” (Tito-2: 9-10). Obviamente, el absolutismo no podía faltar dentro de la Iglesia que Pablo de Tarso estaba creando. Así, refiriéndose a los jefes eclesiásticos que predicaban la palabra de dios, Pablo se dirige al pueblo hebreo en los siguientes términos: “Obedeced a vuestros jefes y estadles sujetos, que ellos velan sobre vuestras almas” (Hebreos-13: 17). Con semejantes enseñanzas, no es de extrañar que la Religión cristiana sea la religión de los ricos y los poderosos.

1

Las frases textuales que siguen en este apartado corresponden a la traducción de la Biblia realizada por Nácar Fúster y Colunga (1967). En ella, se traduce generalmente la palabra griega “doulos” ( δούλος) por “siervo”, mientras que en la traducción argentina de la Biblia se utiliza la palabra más adecuada de “esclavo” (véase la segunda nota al pie en la pág. 36). He aquí las mismas frases en la traducción argentina: - “Que cada uno permanezca en el estado en que se encontraba cuando Dios lo llamó. ¿Eras esclavo al escuchar el llamado de Dios? No te preocupes por ello, y aunque puedas llegar a ser un hombre libre, aprovecha más bien tu condición de esclavo. Porque el que era esclavo cuando el Señor lo llamó, ahora es un hombre libre en el Señor” (1-Corintios-7: 20 a 22) - “Echa a la esclava y a su hijo, porque el hijo de la esclava no va a compartir la herencia con el hijo de la mujer libre” (Gálatas-4: 30). - “Esclavos, obedezcan a sus patrones con temor y respeto, sin ninguna clase de doblez, como si sirvieran a Cristo” (Efesios-6: 5; “Siervos y amos”). - “Esclavos, obedezcan en todo a sus dueños temporales” (Colosenses-3: 22). - “Que los esclavos consideren a sus dueños dignos de todo respeto, para que el nombre de Dios y su doctrina no sean objeto de blasfemia… Enseña todo esto, e insiste en ello” (1-Timoteo-6: 1-2). - “Que los esclavos obedezcan en todo a sus dueños y procuren agradarlos, tratando de no contradecirlos. Que no los defrauden, sino que les demuestren absoluta fidelidad, para hacer honor en todo a la doctrina de Dios, nuestro Salvador” (Tito-2: 9-10).

54 El machismo en la doctrina de Pablo de Tarso.- Siguiendo la doctrina, ya iniciada en el Antiguo Testamento con el libro del Génesis, y manifestada implícitamente en el Nuevo Testamento, Pablo de Tarso predica la supeditación de la mujer al hombre. Esta doctrina queda expuesta hasta la saciedad en sus epístolas: - “Quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y la cabeza de la mujer, el varón, y la cabeza de Cristo, Dios” (I-Corintos-11: 3). - “Toda mujer que ora o profetiza descubierta la cabeza, deshonra su cabeza; es como si se rapara. Si una mujer no se cubre, que se rape… El varón no debe cubrir la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios, más la mujer es gloria del varón” (I-Corintos-11: 5 a 7). - “Las casadas están sujetas a sus maridos como al Señor, porque el marido es la cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia y salvador de su cuerpo. Y como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres a sus maridos en todo” (Efesios-5: 22 a 24; “Deberes de los cónyuges”). - “Las mujeres están sometidas a los maridos como conviene, en el Señor” (Colosenses-3: 18). - “Para que enseñen (las ancianas) a las jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes y honestas, hacendosas, bondadosas, dóciles a sus maridos” (Tito-2: 4-5).

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7. EL SINSENTIDO DE LA INTERPRETACIÓN CATÓLICA DE LA BIBLIA La lectura de la Biblia sorprende a cualquier lector razonable por muchos motivos: por la violencia y crueldad que rezuman muchos de sus capítulos, por la puerilidad y el carácter primitivo de las explicaciones de cuestiones que hoy son bien conocidas desde el punto de vista científico, por la admisión de relaciones humanas, tales como la esclavitud o la inferioridad de la mujer, que hoy repugnan a cualquier ser humano razonable, por el pintoresco concepto de justicia que emana de Jesús en los evangelios, etc. Después de más de dos mil años, la jerarquía eclesiástica se ha dado cuenta de que muchos de los relatos de la Biblia son insostenibles desde el punto de vista científico. Si, según la Iglesia, la Biblia es palabra de dios, está escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo y es la fuente esencial de revelación divina, debería ser, tal como afirma Michel Onfray1, perfecta, categórica y definitiva. ¿Cómo arreglar entonces la contradicción entre las necedades descritas en la Biblia y la supuesta perfección divina? Para ello, la Iglesia no ha tenido otro remedio que cambiar su postura. Se trata de cambiar lo mínimo posible para que no se le escape el control de sus fieles y disminuya su número. Para ello, la Iglesia, a partir de mediados del siglo pasado, permite la investigación histórico-crítica de la Biblia, siempre, obviamente, que los resultados no se desvíen y se independicen de sus enseñanzas; se trata, por tanto, de investigaciones en las que el resultado no puede desviarse de lo que ya está escrito en los dogmas. Como puede suponerse, el objetivo no es otro que justificar el contenido de la Biblia utilizando un método seudocientífico, basado en una seudoinvestigación. Se han escrito desde entonces muchas guías para leer la Biblia e interpretaciones de muchos de los capítulos de ésta. Para centrar la discusión y crítica de la solución que da la Iglesia católica a la pregunta anterior, tomaremos como referencia principal la obra de Raymond E. Brown2, que es un sacerdote católico norteamericano que ha sido considerado como uno de los mayores especialistas en la interpretación de la Biblia, y que ha formado parte de la Pontificia Comisión Bíblica, máximo organismo de la Iglesia católica en materia bíblica. No obstante, más adelante mencionaremos también las obras de otros autores que se han dedicado también a interpretar y divulgar el significado de la Biblia. Ante el interrogante presentado en el párrafo anterior, la Iglesia presenta la Biblia como un texto complicado, por lo cual, Brown sugiere que, para su comprensión, son necesarios intermediarios humanos. Además, según el mismo autor, las interpretaciones dependen de la época y no son inmutables. En resumen, lo que ha sido escrito bajo inspiración del Espíritu Santo es tan complicado que ¿necesitamos especialistas para que lo interpreten y nos lo expliquen? En quién tienen que creer entonces los católicos, ¿en dios o en lo que interpretan los especialistas y es asumido por la Iglesia? Obviamente, la Iglesia es infalible desde el siglo XI por decreto del papa Gregorio VII, y por tanto la fe implica creer en los dogmas y artículos de fe decretados por la jerarquía eclesiástica. Ahora bien, si la Iglesia es infalible, ¿cómo es que su interpretación de la Biblia cambia con el tiempo? Si ahora interpreta relatos bíblicos de forma distinta a como lo hacía en el pasado, ¿es que en el pasado la interpretación fue errónea? ¿Dónde está entonces la infalibilidad de la Iglesia? No olvidemos que por desacuerdos con la interpretación bíblica muchas personas fueron torturadas y ejecutadas. Ejemplo paradigmático de condena equivocada fue la de Galileo en 1633. En 1992, el papa Juan Pablo II 1 2

Onfray, M. 2006. Tratado de Ateología. Ediciones de la Flor, Buenos Aires. Brown, R.E. 1990. Responses to 101 questions on the Bible. Paulit Press, Nueva York. Traducción de D. Sánchez Bustamante. 1996. 101 preguntas y respuestas sobre la Biblia. Ed. Sígueme, Salamanca.

56 reconoció la figura histórica de Galileo y los errores de algunos teólogos, pidiendo perdón por los errores cometidos por los hombres de la Iglesia a lo largo de la historia. No obstante, la comisión nombrada para la revisión del caso de Galileo no condujo a la rehabilitación de éste; según la conclusión alcanzada por la comisión en 1992, Galileo no tenía pruebas suficientes para demostrar su teoría y debía haber obedecido y reconocido el magisterio de la Iglesia, por lo que, según la comisión, la condena fue justa y no había lugar a su rehabilitación. Las diversas declaraciones realizadas por el papa actual sobre Galileo son escalofriantes. En el discurso pronunciado, por el entonces cardenal Ratzinger, en la Universidad de Roma La Sapienza en 1990, llegó a considerar la bomba atómica como una consecuencia directa de la obra de Galileo1. Ello le valió la declaración de persona no grata en dicha universidad por numerosos profesores y alumnos, por lo que tuvo que renunciar a la invitación a la inauguración del curso en 2008. Otra argucia de la Iglesia católica para interpretar la Biblia y evitar el bochorno que produce actualmente la lectura de muchos de sus capítulos consiste en negar el sentido literal de tales capítulos, interpretando el supuesto fondo de verdad que radica en ellos. Así, Brown, aunque afirma que dará repuestas breves a las preguntas sobre la Biblia que el mismo plantea en su obra, aporta unas respuestas largas y farragosas sobre la interpretación bíblica, donde se dice sí, pero no, rodeado de abundantes circunloquios, y donde lo único que se pretende es enmascarar el significado literal de relatos atroces o absurdos cuya lectura es meridianamente clara. Veremos a continuación algunos ejemplos de esta engañosa técnica. Un primer ejemplo surge en la parte del libro del Génesis dedicada a la creación del universo. Brown afirma que, de acuerdo con la teoría de la Iglesia, dios creó el mundo. Durante muchos siglos, concretamente hasta 1955, la Iglesia interpretaba que dios creó el mundo en la forma que se describe literalmente en el libro del Génesis. Para fechas posteriores, Brown afirma: “Bajo el impacto de los recientes estudios sobre el Génesis, la Iglesia católica ahora tiene claro que en la doctrina de la creación por la obra de Dios no va incluida la manera como lo creó. Por tanto se tiene libertad para sostener que los primeros capítulos del Génesis no son un relato histórico de la creación y aceptar la evolución”. Brown afirma también que, cuando hay una doctrina en conflicto, la Iglesia sólo puede separar lo que es doctrina de lo que es una forma de expresarla con la ayuda de especialistas. Esta forma de interpretar la descripción de la creación del universo dada en el Génesis, que por supuesto está de acuerdo con lo admitido por la Pontificia Comisión Bíblica, choca frontalmente con al relato pueril y primitivo de la Biblia, que es meridianamente claro. Por consiguiente, esa interpretación admite simplemente, de la forma más velada posible, que dicho relato es falso o, dicho de otro modo, que el creyente tiene libertad para interpretarlo como quiera. En consecuencia, ¿quiénes son los especialistas aludidos por Brown, y en que se basan los recientes estudios sobre el Génesis citados por él? Realmente, los avances en la biología, geología y astrofísica son los que han demostrado que el relato del Génesis es una patraña. Como consecuencia, a la Iglesia no le ha quedado otro remedio que dar marcha atrás al reconocer que, en la discusión sobre la veracidad de los resultados de la ciencia, llevan actualmente las de perder. Si se tiene en cuenta que, según la Iglesia, la Biblia es la fuente esencial de revelación, que ésta se escribió bajo inspiración divina, que dios es perfecto, y por tanto, omnipotente, infinitamente sabio e infalible, ¿cómo puede explicarse que la Biblia contenga semejante embuste sobre la creación del universo? Sin embargo, aunque la propia 1

Ratzinger, J. 1993. La fe y las convulsiones socio-políticas contemporáneas. En: Una mirada a Europa, Rialp, Madrid.

57 Iglesia admite que este relato bíblico no es científicamente verdadero, llega a la conclusión, a partir de él, y sin otro argumento defendible, de que dios creó el universo. Si lo escrito en la Biblia es falso, ¿En qué se basa la Iglesia para admitir tal afirmación? Se admite por decreto, es dogma de fe. Menuda forma original de razonamiento; desde luego, hay que tener mucha fe para creer en semejantes fantasías. Lo curioso y grave del caso es que la manifestación o defensa de cualquier idea contraria a este relato fue, durante muchos siglos, motivo suficiente para acabar ejecutado en la hoguera. Y eso que la Iglesia es, por dogma de fe, infalible. Brown defiende que la inspiración divina no implica necesariamente que los relatos bíblicos sean hechos históricos. En este sentido, afirma: “A menudo se cree que la inspiración lo convierte todo en historia. Y no es así; puede darse poesía, drama, leyenda, ficción, etc. inspiradas”. Eso es correcto; puede existir una poesía preciosa, profundamente inspirada, y que sea ajena a la realidad, pero, ¿cómo distinguir entonces en la Biblia lo que es historia de lo que no lo es? Una supuesta revelación divina tiene una transcendencia tan grande que en ella debería distinguirse de forma meridianamente clara lo que es historia de lo que no lo es, y en muchos relatos de la Biblia, su lectura no permite discernir razonablemente entre estas dos posibilidades. Y desde luego, en el Génesis, no se puede saber, a partir únicamente de su lectura, que el relato no pretende describir literalmente la realidad, y que es, por tanto, una especie de alegoría. Ahora bien, la Iglesia católica se arroga el poder de realizar esa discriminación, sin otra razón que la infalibilidad que ella se ha dado a sí misma. Brown afirma que no considera útil proclamar desde el púlpito que un determinado capítulo de la Biblia es falso, y pone como ejemplo de mal gusto el proclamar que “los reyes magos no existieron”. Afirma además que es muy difícil demostrar rotundamente tal afirmación, por lo que, desde una base puramente científica, no debería hacerse. Aquí, Brown muestra una peculiar concepción de la ciencia. Evidentemente, se pueden describir infinidad de cosas absurdas que la ciencia no puede ni pretende demostrar, ya que no son objeto de conocimiento científico. Si yo afirmo que hace 4.000 años vivieron en una pequeña isla de Pacífico unos extraterrestres que después desaparecieron sin dejar rastro, demuestre usted científicamente que lo que yo digo es rotundamente falso. Esta afirmación es totalmente comparable a la de la existencia de los reyes magos. En todo caso, será la Iglesia la que tendrá que demostrar su existencia. Y si no, aclárense ustedes, señores de la Iglesia, si tienen que creer o no, de acuerdo con su fe, en semejante fantasía. Es curioso el razonamiento de Brown cuando trata de contestar a cuestiones en las que la respuesta repugna a la razón. En estos casos, echa mano del razonamiento pseudocientífico descrito en el párrafo anterior. Así, en su respuesta sobre la existencia del demonio, responde: “Me llama la atención que la gente pueda afirmar con toda certeza que el demonio no existe, ya que ignoro cómo lo saben; y resulta muy difícil la demostración de una negación universal”. De forma análoga, cuando responde sobre la existencia de los ángeles dice que “no hay manera de demostrar que no existan”. Con ese mismo razonamiento puede defenderse la existencia de vacas invisibles con alas y, por tanto, voladoras; no hay manera de demostrar que no existan. Como esta justificación no es del todo convincente, Brown utiliza otras, por ejemplo: las personas que creen en un dios del bien, ¿por qué no van a creer en un principio supremo del mal? Aquí tiene razón, existen las mismas razones para creer en dios y en el demonio; y muchas más razones para no creer en ninguno de los dos. Finalmente, expone, como principal motivo de creencia, largas disquisiciones sobre la presencia del demonio en la Biblia (en este asunto hay que interpretar, según él, que lo que dice la Biblia es verídico), y sobre todo, que forma parte de la doctrina infalible de la Iglesia; es decir, hay que creerlo porque es un decreto.

58 Los argumentos a favor de la concepción virginal de Jesús por María van en la misma línea, aunque aquí, ni siquiera la Biblia aporta citas para su justificación. En consecuencia, en este asunto Brown no tiene otro argumento, para creer en tan fantástica idea, que la exigencia de la enseñanza infalible de la Iglesia, es decir, el decreto. De todas maneras, siempre le queda el argumento seudocientífico: “sostengo que el testimonio bíblico no contradice la historicidad de la concepción virginal”. Resulta curioso aquí el uso gratuito de la palabra “historicidad”. ¿En que se basa para calificar como un hecho histórico la concepción virginal de María? Por otro lado, la Biblia tampoco contradice el que, por ejemplo, María tuviera 108 m de altura y doce dedos en cada mano, lo cual es igual de increíble que la concepción virginal. Otros muchos ejemplos de interpretación bíblica a medida se refieren a pasajes de los evangelios. No podemos olvidar que los principios básicos que rigen la doctrina cristiana están contenidos en el Nuevo Testamento, del que los evangelios forman su núcleo central. Estos están obviamente plagados de milagros y hechos extraordinarios que repugnan a la razón, y a menudo de descripciones distintas de un mismo suceso, cuando no de contradicciones evidentes. Por ello, la Iglesia ha optado por dar interpretaciones y explicaciones de dichos pasajes que tratan de escapar de lo que se dice literalmente allí. Estas interpretaciones son habitualmente buenos ejemplos de fárrago, donde se mezclan el sí pero no y el circunloquio de una manera magistral para lograr la indefinición perfecta. Siguiendo a Brown, y de acuerdo con lo que dictamina la Pontificia Comisión Bíblica, “los evangelios no son una crónica literal del ministerio de Jesús”. Dicha comisión considera que los evangelios son históricos pero no deben ser interpretados al pie de la letra. Son históricos porque contienen la tradición de lo que hizo y dijo Jesús a lo largo de su vida. Con respecto a los milagros de Jesús, Brown afirma: “Una opinión fundada sobre la autenticidad de una tradición con respecto a un milagro de Jesús no implica la aceptación de la historicidad literal de todos y cada uno de los milagros del evangelio”. Este autor, en su disquisición sobre las curaciones milagrosas de Jesús, afirma que no cree que Jesús tuviera un conocimiento científico moderno. Esta afirmación parece contraria a los dogmas de la Iglesia, ya que, si Jesús era Dios y éste lo sabe todo, sí que debería tener un conocimiento científico perfecto; más bien parece que Brown cae en la trampa de sus propias disquisiciones. Resulta claro que, ante el avance de la ciencia y del uso de la razón, las narraciones extraordinarias y la autoridad de la Iglesia han perdido la fuerza que tuvo en tiempos pasados. Por mucho que le gustase al papa actual, ya no puede usarse la Inquisición para “convencer” con la tortura y la muerte a los discrepantes. Por esta razón, la Iglesia quiere curarse en salud y deshacerse de la admisión estricta de lo que se afirma literalmente en la Biblia, particularmente en el Nuevo Testamento. Respondiendo a esta idea, León XIII creó la Pontificia Comisión Bíblica en 1902. A partir de mediados del siglo pasado, esta comisión permite el estudio crítico de la Biblia, que da una cierta libertad en la interpretación de ésta. Así, según convenga, se admite que es válido el significado literal de lo que allí se dice, el carácter histórico pero no textual, o se afirma que se trata simplemente de una alegoría. Por supuesto, la Biblia no aporta ninguna indicación acerca de qué partes deben ser interpretadas de una u otra manera. Evidentemente, los límites de esas supuestas investigaciones están severamente definidos por los dogmas y artículos de fe impuestos por la doctrina de la Iglesia; estos son absolutamente intocables.

59 Otro autor católico que puede destacarse por su dedicación a la interpretación y divulgación de la Biblia es Etienne Charpentier1. La técnica de este autor es sencilla. Primero introduce una didáctica infantil, describiendo ejemplos familiares, que son usados como modelos de comparación para facilitar supuestamente la comprensión del texto bíblico. Así, el libro sobre el Antiguo Testamento es introducido como una guía turística en la cual nos habla de los preparativos del viaje, luego nos describe un sinfín de ejemplos para hacernos entender lo ininteligible; así, en quince páginas, nos habla de la carta de la tía Úrsula, de la descripción de las bodas de oro por dos viejos esposos, del grupo de amigos que se van a pasear por el monte y de dos amigos que están escuchando una sinfonía de Mozart. A partir de estos ejemplos introduce el método para interpretar la Biblia que resulta realmente un galimatías y enmascara realmente una ausencia de método. Así, por ejemplo, en la interpretación histórica del texto bíblico, para situar a un autor, Charpentier afirma que hay que acudir a datos que proceden de la historia, la literatura y la arqueología. El problema estriba en que ninguna de estas tres fuentes de conocimiento aporta datos, en la inmensa mayoría de los casos, para llevar a cabo las interpretaciones que hacen los supuestos especialistas que estudian la Biblia. ¿Cómo puede nadie acudir a este tipo de fuentes para interpretar de forma contrastada las innumerables frases textuales de Yavé que aparecen expuestas en la Biblia? La única forma es la de siempre: la fe. Ahora bien, no se trata de creer realmente lo que dios ha revelado, pues no está demostrada ninguna revelación divina, sino de creer lo que nos manda la jerarquía eclesiástica por decreto.

Sobre la interpretación de algunos pasajes bíblicos concretos Para ilustrar la pobreza de la interpretación católica, o de la falta de interpretación, de la Biblia, al menos desde el punto de vista de su contenido ético, hemos elegido algunos pasajes que, por la brutalidad que se deriva de sus palabras, resultan, en nuestra opinión, claves para emitir un juicio ético critico sobre la bondad o maldad del dios de los cristianos. Concretamente nos referiremos a los tres pasajes siguientes de la Biblia: el diluvio (Génesis-6 a 9), la décima plaga de Egipto (Éxodo-11 y 12) y el becerro de oro (Éxodo-33). Para ello se han utilizado las interpretaciones de la Biblia realizadas por algunos autores católicos, principalmente Brown2, Charpantier3 y Martens.4 El diluvio.- Los textos anteriormente reproducidos de los capítulos 6 y 7 del libro del Génesis contienen las siguientes ideas: a) Dios constató la maldad de los hombres; la mente de éstos tendía constantemente al mal. b) Dios se arrepintió de haber creado al hombre. c) Dios decidió exterminar al hombre y a los animales y para ello determinó enviar a la Tierra las aguas del diluvio. d) Dios decidió indultar a Noé, a su familia y a una pareja de animales de cada especie.

1

Charpentier, E. 1987. Para leer la Biblia. Verbo Divino, Estella (Navarra). Charpentier, E. 1993. Para leer el Antiguo Testamento. Verbo Divino, Estella (Navarra). Charpentier, E. 1994. Para leer el Nuevo Testamento. Verbo Divino, Estella (Navarra).

2

Brown, R.E. 1990. Responses to 101 questions on the Bible. Paulit Press, Nueva York. Traducción de D. Sánchez Bustamante. 1996. 101 preguntas y respuestas sobre la Biblia. Ed. Sígueme, Salamanca.

3

Charpentier, E. 1993. Para leer el Antiguo Testamento. Verbo Divino, Estella (Navarra).

4

Martens, H.A. 1990. Manual de la Biblia. Herder.

60 e) Dios cumplió su decisión, inundó la Tierra y exterminó a todos los seres que había sobre ella, con la excepción de Noé y los que estaban con él en el arca. La interpretación de estos supuestos conduce a las conclusiones que exponemos a continuación. Dios había creado al hombre a su imagen y semejanza. Si el hombre era malvado, dios también debía serlo. Si dios era perfecto, omnipotente y omnisciente, ¿por qué creó a los hombres malvados? Si conocía lo que iban a hacer, ¿Por qué no lo evitó? Si dios tenía los atributos citados, era sin duda responsable de haber creado al hombre malvado, y por tanto responsable de esa maldad. Por otro lado, si dios no sabía la maldad que el hombre iba a desarrollar, es que no era ni perfecto, ni omnipotente, ni omnisciente. El que dios se arrepintiese de haber creado al hombre, implica reconocer que había cometido un error, y que por tanto había hecho mal las cosas. Esto no es propio de un dios perfecto, omnipotente y omnisciente. Si dios exterminó al hombre y los animales, con la excepción de Noé y los que estaban con él en el arca, cometió el mayor genocidio de todos los tiempos, luego dios no es santo, sino un gran genocida. Además, si dios era todopoderoso y santo, ¿por qué no perdonó al hombre y lo convirtió en un ser bondadoso? Introducir una pareja de cada especie en un arca es algo inverosímil, a no ser que dios obrase un milagro. Es imposible recoger una pareja de cada especie e introducir todas las parejas en un arca. El número de especies conocidas de vertebrados se acerca a sesenta mil. Aunque hubiera recogido a todos estos animales, sería imposible introducir 120 000 animales, considerando sólo los vertebrados, en un arca, pues ésta tendría que tener un tamaño colosal. Además, ¿cómo se pudieron mantener estos animales vivos durante un tiempo superior a un año, durante el cual estuvo inundada la Tierra (Genesis-8)? Por tanto, la admisión de esta historia está reservada a las personas que creen en los milagros. Además de que no existe suficiente agua en la Tierra, para explicar la supuesta inundación diluviana, ésta debería haber quedado registrada en los sedimentos recientes, y un evento de extinción tan enorme debería tener necesariamente un reflejo clara en el registro fósil en toda la Tierra. Nada de eso ha sido observado, lo que indica que el episodio del diluvio es sencillamente falso. ¿Cómo interpretan los biblistas católicos el episodio del diluvio? Dado que estos seudoinvestigadores no se atreven a enfrentarse actualmente a la lógica y resultados científicos, no han tenido otro remedio que admitir que el diluvio bíblico debió ser una inundación importante, pero de carácter local. Con esta interpretación, los biblistas reconocen implícitamente que el diluvio, tal como está descrito literalmente en la Biblia, es falso. Esto significa que no se pudieron extinguir todos los hombres y animales, excepto Noé y los suyos; sin embargo, la Iglesia interpreta que el diluvio debió destruir a toda la raza humana1. Evidentemente, los analistas cristianos de la Biblia no admiten en este caso la interpretación literal en lo referente a la extensión de la inundación. Y es que, como ya se mostró el capítulo 3, el catecismo nos dice que para interpretar bien la escritura: - Es necesario estar atento a lo que los autores humanos quisieron afirmar y lo que dios quiso manifestar con sus palabras. Y para ello hay que tener en cuenta las condiciones de su tiempo y de su cultura, sus géneros literarios y sus maneras de sentir, hablar y narrar. 1

Véase, por ejemplo, el artículo “Diluvio” de la “ecwiki” (“Enciclopedia Católica online”): http://ec.aciprensa.com/wiki/Diluvio

61 - Hay que distinguir dos sentidos de la Escritura: el literal y el espiritual; este último se divide a su vez en sentido alegórico, moral y anagógico (válgame dios –nunca mejor dicho- qué palabra; si no existen palabras en el vocabulario civil, se inventan, y así se aumenta el carácter sesudo de las seudoinvestigaciones bíblicas). - Toda interpretación queda sometida al juicio definitivo de la Iglesia. Por encima de la seudoinvestigación está la autoridad competente, faltaría más. Todo este galimatías, sirve a la Iglesia para decir, sin decirlo, que donde en la Biblia se afirma una cosa hay que interpretar otra. Realmente, el Espíritu Santo, para ser el inspirador de estos textos sagrados, puso difícil las cosas a la humanidad, y sobre todo a las personas que tratan de razonar con su mente. Y eso que la Biblia es infalible. Si la Sagrada Escritura es supuestamente la principal fuente de la revelación divina, y dios es perfecto, santo, y todo lo demás, ¿por qué puso tan difícil las cosas a los hombres? ¿Cómo es posible tener fe con semejante galimatías? Otro de los puntos de las investigaciones bíblicas sobre el diluvio ha consistido contrastar el relato del diluvio con otras narraciones semejantes que surgieron en Mesopotamia, entre los años 3000 y 1500 aC, tales como la epopeya de Atra-Hasis y la de Gilgamesh. Asimismo, en la revista latinoamericana de actualidad religiosa “Umbrales”1 se afirma que “se han encontrado en todo el mundo un total de 168 leyendas que relatan o mencionan, dentro de diferentes tradiciones, el Diluvio Universal”. Evidentemente, estas similitudes lo único que logran es poner muy en duda es la originalidad de este relato bíblico y la supuesta inspiración del Espíritu Santo. Resulta sin embargo curioso que autores como Charpantier, Martens o Brown, no dan una interpretación alternativa al hecho genocida del diluvio (la Iglesia constata que el diluvio destruyó la raza humana –salvo a Noé y los que estaban en el arca–). No citan nada al respecto, y de hecho Brown ni siquiera cita el diluvio en su interpretación basada en respuestas a preguntas formuladas por él mismo. Se tiene la impresión de que los analistas católicos de la Biblia no se percatan del tremendo acto de genocidio implicado en el diluvio. Los relatos que se refieren a este hecho, implican la aprobación de este hecho tremendo que no tiene justificación posible, y que sólo puede ser exculpado desde una posición fundamentalista irracional. Existen relatos que sugieren que este hecho es incluso una muestra de la misericordia de dios. Así, Martens, en su manual de la Biblia, afirma: “la historia de Noé no tiene otro sentido que probar el carácter terrible de la perversión moral y la misericordia de dios, que pese a la persistencia del pecado establece una alianza con los hombres y los sustenta”. Igualmente, en la citada revista “Umbrales”, bajo el epígrafe “La enseñanza bíblica”1, se afirma: “La Biblia presenta el diluvio como un castigo universal por la corrupción a la que el hombre había llegado”. Por tanto, para la institución católica, este genocidio es simplemente un acto de justicia divina, es decir, algo que el hombre se tenía bien merecido. No es de extrañar que el asesinato sea un hecho familiar en la historia de la Iglesia.

1

Anónimo. 2009. ¿Qué valor tiene el relato del Diluvio Universal? Umbrales, revista de actualidad religiosa latinoamericana, 201, págs. 24-25.

62 El becerro de oro.- El relato bíblico del becerro de oro muestra un episodio terrible (Éxodo-32). El pecado de los hijos de Israel consistió en que a estos se les ocurrió adorar la estatua de un becerro de oro. Las imploraciones de Moisés a Yavé no sirvieron de nada. Recordemos que este capítulo termina con las siguientes palabras de Moisés: “Así habla Yavé, dios de Israel: cíñase cada uno su espada sobre su muslo, pasad y repasad el campamento de la una a la otra puerta y mate cada uno a su hermano, a su amigo, a su deudo. Hicieron los hijos de Leví lo que mandaba Moisés, y perecieron aquel día unos tres mil del pueblo. Moisés les dijo: Hoy os habéis consagrado a Yavé, haciéndole cada uno oblación del hijo y del hermano; por ello recibiréis hoy bendición”. Este relato de una matanza entre hermanos es escalofriante. Resulta difícil encontrar una doble lectura de este capítulo. Tal vez por eso la interpretación de este capítulo es rara en la literatura católica sobre la Biblia. Sin duda, aquí no cabe una doble interpretación. Charpentier (op. cit.) afirma que “el pecado del pueblo y de Aarón no es sin duda la idolatría: no adoraron a un ídolo, ya que el toro (el becerro) es probablemente el pedestal del verdadero dios: el pueblo quiere obligar a Dios a hacerse presente ofreciéndole un trono; así tendría en sus manos a Dios”. Ante esto podemos decir que menos mal que no adoraron a un ídolo, porque si lo hubieran adorado es difícil adivinar lo que hubiera hecho este dios “bueno y misericordioso”. Más adelante, Charpentier afirma en su libro que “la historia del becerro de oro recuerda los riesgos siempre posibles de la ruptura de la alianza”. No cabe duda de que a ese dios había que temerle; si no el riesgo era realmente alto. Martens (op.cit.) sólo cita brevemente el hecho (“a los levitas congregados a su alrededor les dio orden –Moisés- de matar a todos los idólatras”). Otros analistas católicos de la Biblia, tales como Brown (op. cit.), Beauchamp y Vasse1, Konings2 y Marchadour3 ni siquiera mencionan este pasaje de la Biblia. Esta omisión es particularmente significativa en la obra de Beauchamp y Vasse, que versa sobre “la violencia en la Biblia” y en la de Marchadour que trata de la “muerte y vida en la Biblia”. Parece que las muertes y la violencia implicadas en este pasaje no merecían la atención de estos autores. Resulta curioso que las frases de este capítulo de la Biblia citadas anteriormente (Exodo-32: 27 a 29) son omitidas también en numerosos artículos sobre el becerro de oro que existen en Internet, como por ejemplo, en el de Wikipedia4. Realmente parece que este capítulo es demasiado comprometido para la Iglesia, y que el genocidio descrito en él no tiene justificación posible. La décima plaga de Egipto.- Entre las plagas que Yavé envió a Egipto durante el éxodo de los israelitas, la décima destaca por su crueldad. En ella Yavé anuncia, usando a Moisés como interlocutor, que durante la noche morirán todos los primogénitos de Egipto, desde el del Faraón hasta el de la esclava, y todos los primogénitos del ganado. Obviamente, el relato bíblico nos describe como Yavé cumplió su promesa, de forma que “no había casa donde no hubiera un muerto”. ¿Qué nos dice la Iglesia acerca de este sangriento episodio? La bibliografía consultada apenas considera este evento bíblico. Brown (op.cit.), Beauchamp y Vasse (op.cit.) y Marchadour (op. cit.) ni siquiera citan este evento. Konings (op. cit.) y Charpentier (op.cit.) únicamente lo mencionan. Finalmente, Martens (op. cit.) se enzarza en una discusión sobre si las plagas de Egipto fueron o no milagros; afirma finalmente que éstas quieren mostrar la superioridad del dios verdadero sobre los dioses egipcios.

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Beauchamp, P. y Vasse, D. 1992. La violencia en la Biblia. Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra). Konings, J. 1995. La Biblia y su lectura. Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra). 3 Marchadour, A. 1980. Muerte y vida en la Biblia. Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra). 4 Wikipedia. El becerro de oro. http://es.wikipedia.org/wiki/Becerro_de_oro 2

63 El porqué de la seudoinvestigación y de la interpretación no literal de la Biblia.- Los tres eventos bíblicos que se acaban de analizar muestran qué es lo que preocupa a la Iglesia cuando se aparta de la interpretación bíblica literal y comienza a hablar de alegorías, de tener en cuenta el autor, el momento histórico-cultural, etc., para saber lo que el autor quiso decir y no dice. El problema de la Iglesia es que la ciencia ha permitido contradecir con solidez y contundencia algunas de las historietas que la Biblia relata, como, por ejemplo, la creación o el diluvio. De hecho, a lo largo de la historia, la ciencia y el conocimiento siempre fueron los peores enemigos de la Iglesia. Por ello, cuando ésta analiza un evento como el diluvio, se empeña en demostrar que la interpretación literal no es la correcta, y que el diluvio debió ser una inundación importante, pero de carácter local. A la Iglesia, le preocupa poco el supuesto hecho de que dios eliminase a todos los seres vivos de la faz de la Tierra; es más, en este aspecto afirma que sí eliminó a toda la humanidad, con la excepción de los que estaban en el arca. Para la Iglesia, las muertes que supuestamente se produjeron en los episodios del diluvio, el becerro de oro y la décima plaga de Egipto fueron actos de justicia divina. La Iglesia tiene una historia atroz de guerras y muerte, y no ha cambiado en absoluto su mentalidad. De hecho, siguen manteniendo la Inquisición y defendiendo la pena de muerte. Lo que ha cambiado es su entorno social, que les impide torturar y quemar actualmente a las personas en la hoguera. El mundo sigue siendo, para esta siniestra institución, uno de los enemigos del alma y hay que luchar contra él. Por ello, a los jerarcas católicos no les aterra la muerte de miles de personas, o incluso de toda la humanidad; para ellos fueron actos justos. Incluso dios fue misericordioso al librar de la muerte a Noé y su familia. Por eso, no les importa admitir estos relatos como reales; al mundo hay que tratarlo sin piedad y con sus normas morales no alcanzan a pensar en el horror de estos genocidios. Ni siquiera se percatan de los horrores de estos hechos, que consideran que forman parte de la justicia de dios, el bueno, santo y misericordioso.

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8. LA IGLESIA: UNA HISTORIA DE ABSURDOS, PRIVILEGIOS, INTOLERACIA, GUERRAS, MUERTE Y CORRUPCIÓN Además de las muchas cuestiones absurdas que plantean el Antiguo y el Nuevo Testamento, la historia de la Iglesia nos permite comprobar cómo lo absurdo, lo contrario a la razón, es lo que ha prevalecido como dogma en la doctrina cristiana. Veremos en este capítulo algunos ejemplos de las ruedas de molino con las que hay que comulgar para ser cristiano. Podremos comprobar cómo la doctrina cristiana postula el odio y desprecio a todo aquello inherente a los humanos que pueda resultar grato a sus sentidos, es decir, desprecio a todo lo agradable relacionado con la vida humana. Veremos también cómo la historia de la Iglesia es una historia de intolerancia y lucha por el poder, jalonada por guerras, tortura y muerte, y que, tras una máscara de amor al prójimo, encierra hechos que figuran entre los más sombríos y lamentables de la historia de la humanidad. La admisión de las ideas de Pablo de Tarso y el desprecio de la vida humana La idea paulina de que lo placentero es malo y que el sufrimiento es bueno a los ojos de dios, y su rechazo de la sabiduría humana han sido pilares ideológicos del cristianismo. Su admisión dio lugar a comportamientos extravagantes y a rechazar los aspectos atractivos de esta vida, que es la única de cuya existencia estamos seguros. Como se verá más adelante, este odio a la vida y a lo más valioso del ser humano ha llegado hasta nuestros días, oponiéndose en todos los momentos de la historia al progreso de la humanidad y venciendo por completo a los ideales de amor y perdón que también se prodigaban en la doctrina de Pablo de Tarso. Los cristianos seguidores de Pablo se extendieron por las ciudades del Imperio Romano. La obediencia a la autoridad predicada por este apóstol facilitó al principio la adaptación de los cristianos al Imperio. Sin embargo, su rápido crecimiento y su sectarismo e intolerancia fueron ganándose la aversión del pueblo romano, lo que condujo a persecuciones, aunque nunca fueron sistemáticas. Aquí surge la primera extravagancia; los cristianos cuando eran denunciados y juzgados, adoctrinados por Pablo de Tarso sobre la bondad del sufrimiento a los ojos de dios, buscaban ser condenados y ajusticiados en vez de ser absueltos. El ser mártir daba un acceso directo a una nueva vida en el paraíso. Los primeros teólogos y santurrones del cristianismo Las consecuencias de las enseñanzas de los evangelios y de Pablo de Tarso no se hicieron esperar. Uno de los primeros teólogos del cristianismo fue Orígenes (siglos II y III). Fue un lector crítico de la Biblia, por lo que llegó a la razonable conclusión de que, si dios es infinitamente bondadoso, al final se salvarían todas las almas, incluso los demonios. Su prestigio fue causa de envidia y fue por ello denostado por el obispo de Alejandría. Sus obras, y como consecuencia sus seguidores, fueron consideradas heréticas en el concilio de Constantinopla del año 553 y destruidas en su mayor parte. A pesar de presentarse como un teólogo razonable, no pudo evitar las consecuencias de la doctrina sobre la bondad del sufrimiento y la maldad de los pecados contra el sexto mandamiento, por lo que llevó a efecto la idea de que “hay eunucos que a sí mismo se han hecho tales por amor del reino de los cielos” (San Mateo 19.12), autocastrándose en su juventud para evitar las tentaciones y acceder al ideal cristiano.

66 Tertuliano fue un defensor de la doctrina cristiana que vivió en los siglos II y III de nuestra era. Persona con una sólida formación, fue un escritor prolífico y de gran agudeza. No obstante, su apasionamiento le llevó a escribir frases como éstas: “El hijo de Dios murió: hay que creerlo absolutamente, porque es absurdo. Y el que fue enterrado resucitó de nuevo: hay que creérselo, porque es imposible”1. Parece ser que Tertuliano fue el primero en utilizar el término “trinidad” para referirse al misterio de la Santísima Trinidad, dogma central de la Iglesia, y del que ya hemos hablado (En dios hay tres personas distintas pero un solo dios verdadero). Tal como afirma Mosterín2: “este galimatías sobre Dios, no lo entiende ni Dios, pero da igual: es un misterio”. Si ya después de Pablo de Tarso el placer sexual sin reproducción estaba condenado en la Iglesia, con Agustín de Hipona (354-430) la prohibición se endurece más si cabe. Añadió un argumento en contra del placer sexual, y es que, según él, el pecado original es trasmitido por el hombre mediante el placer sexual implicado en la procreación. También condenó el aborto. La ideología de Agustín respecto a la sexualidad queda reflejada en la siguiente frase suya acerca de los sentimientos del marido hacia su mujer: “La ama porque es persona y la odia porque es mujer”3. Esta dicotomía muestra la debilidad del amor cristiano al prójimo en Agustín de Hipona, o al menos, lo cercano de este amor al odio. La idea del amor que tenía este individuo puede aún vislumbrarse mejor, si cabe, en su carta 185, en la que establece la base ideológica de la Inquisición al afirmar: “Hay una persecución injusta: la que ejercen los impíos contra la Iglesia de Cristo; y hay otra persecución justa: la que ejercen las Iglesias de Cristo contra los impíos… la Iglesia persigue por amor, los impíos por crueldad”. Estas expresiones muestran el carácter enfermizo mental de este santurrón cristiano y su desprecio de la naturaleza humana. Como no podía ser menos, Agustín de Hipona considera la esclavitud como algo propio del orden natural y afirma que la primera causa de la esclavitud es el pecado y exhorta a los esclavos a que sirvan a sus amos con todas sus fuerzas, con fidelidad y cariño4. La vida de Agustín de Hipona es ejemplarizante de a dónde conduce la observancia radical de la doctrina cristiana. Agustín fue maniqueo en su juventud, doctrina que le permitió convivir felizmente con una mujer durante un largo período (entre 10 y 14 años) y tener un hijo. Su madre, Mónica, era cristiana y le convenció para que abandonase a su mujer, demasiado humilde para él, según ella, comprometiéndole con una niña de mejor posición económica. Como consecuencia, abandonó a su mujer, que le siguió siendo fiel, y se dedicó a esperar a que la niña alcanzase la edad núbil, conviviendo con otra mujer, con la que reconoció no ser feliz. Agustín reconoció en sus confesiones el daño que le produjo el abandono de la única mujer a la que había amado y el daño que produjo a ésta. Después Agustín se convirtió al cristianismo. Su madre y su hijo murieron poco después. Desde entonces Agustín se privó de todo tipo de relación sexual, manteniéndose célibe el resto de su vida. Observe el lector que manera tan absurda de destrozar su vida y la de los que le rodeaban. La descripción que hace la Iglesia de la juventud de Agustín de Hipona es terrible, y califica la relación con su mujer como pecaminosa y a su hijo como “hijo del pecado”. Por cierto que Mónica, la madre de Agustín, fue santificada por la Iglesia católica y considerada como el ideal de madre cristiana.

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Tertuliano, Q.S.F. Adversus Praxeam. Cap. 27. Mosterín, J. 2010. Los cristianos. Alianza, Madrid, p. 169. 3 Ranke-Heineman, U. 1994. Eunucos por el Reino de los Cielos. La Iglesia Católica y la Sexualidad. Editorial Trota, Madrid. 4 Parenti, M. 2003. La historia como misterio. Ed. Hiru, Hondarribia (Gipuzkoa). 2

67 El odio a la mujer sigue siendo una característica que, enlazando con el Antiguo Testamento, se mantiene a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Así, Juan Crisóstomo (347-407) llega a decir que: “Entre todas las bestias salvajes, no hay ninguna más dañina que la mujer”1. Allá por los siglos IV y V, y siguiendo la consigna “por la penitencia hacia dios”, tan recomendada por los grandes padres de la Iglesia, surgió la moda de retirarse del mundo e ir a malvivir a monasterios, cenobios o al desierto. Muchos monjes fueron los que trataron de acercarse a dios de esta manera. Podemos citar a algunos de ellos por sus extravagancias para alcanzar el reino de los cielos. Un caso memorable es el de Simeón el Estilita. Esta persona, obsesionada por la penitencia, vivió primero en un monasterio, luego en una cueva, después en una cisterna y finalmente logró su plenitud penitente viviendo 37 años sobre una columna. Primero la columna era baja, pero luego fue aumentando su altura hasta alcanzar los 17 m. Por supuesto, el Estilita es venerado como santo por la Iglesia católica. Sus méritos: casi no comía, dormía de pie, no fornicaba, se ponía el cilicio, del que fue inventor, etc.; es decir, hacía de todo menos cosas normales. Y por supuesto, tuvo fama, y muchos cristianos acudían en peregrinación hasta su peculiar vivienda para escuchar sus predicaciones; eso sí, las mujeres no podían acercarse a él, faltaría más. Su éxito le llevó también a tener muchos seguidores, los estilitas, que eran monjes que se dedicaron a vivir sobre columnas; esta práctica se extendió en las iglesias cristianas orientales hasta el siglo XV. Imagínese el lector que a todos nos hubiera dado por ser santos a lo estilita; el progreso del ser humano hubiera sido algo digno de ser contado, aunque, desde luego, se habría evitado la especulación del suelo. Otra caso de especial mención es el de Jerónimo de Estridón (siglos III-IV), también padre de la Iglesia, que vivió también varios años en el desierto. Le siguieron algunas mujeres de la alta sociedad romana, a las que recomendaba desfigurarse el rostro, castigar el cuerpo con el cilicio y llorar ininterrumpidamente; realmente espantoso. El emperador Constantino y la toma del poder por los cristianos En el primer cuarto del siglo IV, con el emperador romano Constantino, la suerte de los cristianos cambió. Las persecuciones cesaron y el clero cristiano comenzó a tener los privilegios que aún hoy nos resultan familiares: exención de impuestos y del servicio militar. Con ello, el clero se multiplicó y se desató otro fenómeno aún cotidiano: la corrupción. Había comenzado el poder terrenal y la intolerancia de la Iglesia. Numerosos templos no cristianos fueron destruidos y sus clérigos fueron asesinados por las violentas hordas cristianas. No obstante, había muchas sectas cristianas y era necesaria una unificación, que Constantino logró en el año 325 con el Concilio de Nicea. Constantino fue un emperador cruel; asesinó a su hijo mayor, a su cuñado y a su segunda esposa. Así y todo es considerado santo por varias iglesias cristianas. Con los emperadores posteriores, a la vez que se descomponía el Imperio, la barbarie cristiana se desató, destruyendo todo lo pagano que encontraba a su paso. Los ricos y poderosos se convirtieron al cristianismo, con lo que la clase dominante pasó a ser cristiana; ésta estaba complementada por una chusma fanática que hacia efectivos los desmanes. En esta línea de intolerancia, el emperador Teodosio II publicó su Código Teodosiano, que contenía 65 artículos contra herejes y paganos; se implantaba definitivamente el gobierno totalitario de la Iglesia, que pervive hasta la actualidad. Se prohibieron cultos ajenos al cristianismo, incluso los llevados a cabo en el ámbito privado, se destruyeron templos, se asesinó a líderes religiosos no cristianos, y se destruyeron o cerraron 1

Arenas, L. 2001. “Nosotros, los humanos…” (pequeño manifiesto para un siglo que empieza). El vuelo de Ícaro, 1, 243-248.

68 prestigiosos centros culturales, tales como la biblioteca de Alejandría, que fue incendiada, y la escuela filosófica de Atenas, que fue clausurada. Los primeros conflictos serios en el seno del cristianismo La intolerancia de los cristianos dio lugar a conflictos internos entre sectas diferentes, los cuales se dirimían por la fuerza de las armas. La religión surge como poderoso motor de guerras y asesinatos. Resulta sumamente ilustrativa a este respecto la cita que Mosterín1 hace de la siguiente frase de Bertrand Russell2: “Las controversias más salvajes versan sobre asuntos acerca de los cuales no hay evidencia alguna en ninguna dirección. La persecución se usa en la teología, pero no en la aritmética, porque en la aritmética hay conocimiento y en la teología sólo opiniones”. Para resolver los conflictos ideológicos internos surgieron los concilios ecuménicos, los cuales acababan frecuentemente en reyertas, excomuniones, destierros, persecuciones y asesinatos, lo que da una idea de la altura humana de los participantes, que mayoritariamente eran obispos u otro tipo de clérigos. El primer conflicto interno serio entre cristianos surge entre los arrianos, que opinaban que Jesús no era divino por sí mismo, y los trinitarios, partidarios de la trinidad de dios. El conflicto, en el que no faltaron las armas, se dirimió a favor de estos últimos en el concilio de Constantinopla, en el año 381, y posteriormente en el III concilio de Toledo, en el año 589. Queda por resaltar que, en la historia del arrianismo, su ideólogo, Arrio, murió repentinamente en Constantinopla en el año 336, probablemente envenenado, la víspera del día en que se le iba a devolver el rango de presbítero. Resulta ilustrativo del pensamiento actual católico acerca de este evento el texto del jesuita William Barry que aparece en la Enciclopedia Católica3: “Constanza, la hermana del Emperador, había recomendado a Arrio, que pensaba era un hombre injuriado, a la indulgencia de Constantino. Sus quedas palabras lo afectaron, llamó al Libio, le extrajo una solemne adhesión a la fe de Nicea, y ordenó a Alejandro, Obispo de la Ciudad Imperial, darle la Comunión en su propia iglesia (336). Arrio triunfó abiertamente; pero mientras andaba pavoneándose la tarde anterior al día en que iba a tener lugar este acontecimiento, murió de un repentino desorden, que los Católicos no pueden dejar de atribuir a un juicio de los cielos, debido a las oraciones de los obispos”. A un lector ajeno a la religión católica no le puede pasar por alto que, según el citado jesuita, los obispos utilizaron, en su peculiar “amor al prójimo”, la oración como arma homicida. Claro que, en última instancia, fue la también peculiar bondad de dios, la que juzgó oportuno que Arrio muriese de forma misteriosamente repentina. Hay que reconocer que es ingeniosa la forma que tiene Barry de explicar un posible envenenamiento bien planificado. Corría el siglo VII, y un teólogo, conocido como Máximo el Confesor, después de ser abad de un monasterio situado cerca de Constantinopla, tuvo que huir, ante la amenaza de los persas, a diversas ciudades de la costa africana mediterránea. Combatió el monotelismo, que era la doctrina aceptada por el patriarca de Constantinopla y el emperador Constante II. Dicha doctrina defendía que en Cristo había dos naturalezas, una divina y otra humana, y una sola voluntad. Como consecuencia de su discrepancia, fue llamado a Constantinopla y culpado de herejía, por lo cual fue torturado; le cortaron la lengua y la mano derecha, para impedirle hablar y escribir, y fue desterrado, muriendo un año después. Aquí tenemos un nuevo y excelente ejemplo del “amor al prójimo al estilo cristiano”.

1

Mosterín, J. 2010. Los cristianos. Alianza, Madrid, p. 152. Russell, B. 1950. Unpopular essays. Simon and Schuster, Nueva York. Traducción al castellano de Mazía, F. 2003. Ensayos impopulares, Ed. Edhasa (A Coruña). 3 http://ec.aciprensa.com/a/arrianismo.htm 2

69 Para completar la historia, hay que decir que, posteriormente, le dieron la razón en el concilio de Constantinopla (año 680) y fue proclamado santo. La intolerancia y la lucha por el poder fueron fuente de disputas y guerras entre los cristianos, y entre estos y los partidarios de otras religiones. Uno de los hitos del cristianismo que marcó una división que perdura hasta nuestros días fue el Gran Cisma de Oriente y Occidente, que suele fecharse en 1054 y que surgió, después de un largo proceso, como consecuencia de las pretensiones del papa de Roma de alcanzar la hegemonía de la Iglesia cristiana frente al patriarca de Constantinopla. Esta disputa condujo a la división entre la iglesia de occidente (Iglesia romana o católica) y la de oriente (Iglesia ortodoxa). La guerra santa contra los infieles: las cruzadas Aprovechando la violencia de la época, los papas del siglo XI trataron de canalizarla a su favor con el fin de aumentar su poder y lograr su supremacía sobre reyes y emperadores. Con tal motivo, idearon y patrocinaron la guerra santa contra los infieles, sobre todo contra los musulmanes y turcos, con el fin de proteger a los cristianos de oriente y a los peregrinos a Jerusalén y los santos lugares. Se organizaron así las llamadas “cruzadas” (nombre que hace referencia a la cruz que llevaban en sus ropas los soldados que participaron), que perduraron hasta el siglo XIV. Se trataba además de convertir infieles al cristianismo a sangre y fuego. Resulta curioso, a la vez que espeluznante, leer las soflamas del papa Gregorio VII invocando el amor al prójimo para defender la fe cristiana y hacer la guerra a los infieles. Para atraer guerreros a su causa, los papas prometieron la concesión de indulgencias a los participantes en las cruzadas, a la vez que aseguraban la vida eterna a los mártires de ellas. Las cruzadas representaron un absoluto fracaso, pero “los defensores del amor al prójimo” fueron protagonistas de sangrientos episodios. La Primera Cruzada fue impulsada por el papa Urbano II y se llevó a cabo a finales del siglo XI. Como resultado, miles de judíos fueron asesinados en Europa; la ciudad de Jerusalén fue conquistada, y a continuación saqueada, originándose una terrible matanza en la que los cristianos dieron muerte a la mayoría de sus habitantes. La Segunda Cruzada tuvo lugar a mediados del siglo XII bajo el papado de Eugenio III, y se saldó con un rotundo fracaso, pero los judíos fueron de nuevo masacrados por los cristianos en Francia y Alemania. Esta cruzada condujo a la postre a la pérdida de Jerusalén en 1187. Como ejemplo de la mentalidad de los santurrones cristianos de la época, podemos citar a Bernardo de Claraval (San Bernardo para los cristianos), quien, en una arenga a favor de la segunda cruzada, afirmaba: “Marchad, pues, soldados, seguros al combate y cargad valientes contra los enemigos de la cruz de Cristo, porque la muerte del pagano es una gloria para el cristiano, pues por ella es glorificado Cristo”. El papa Inocencio III fue paladín de nuevas cruzadas en el siglo XIII; el primer resultado fue el saqueo de la ciudad cristiana de Constantinopla en la Cuarta Cruzada a principios del citado siglo. Las aventuras de estas guerras santas terminaron con la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453. El aumento del poder de la Iglesia durante la Edad Media; la implantación de la Inquisición Durante la Edad Media, el poder de la jerarquía eclesiástica fue aumentando. A partir del siglo XI, los papas rivalizaban con reyes y emperadores, y mediante excomuniones y guerras consiguieron su supremacía y el poder absoluto en la Iglesia. Los obispos fueron ganando en poder y riqueza y se convirtieron muchos de ellos en señores feudales. Asimismo, surgieron órdenes religiosas, alcanzando también algunas de ellas gran poder; la más poderosa fue la orden de Cluny, que se extendió por toda

70 Europa, construyendo numerosos monasterios. Una de las misiones principales de los reyes era la lucha contra el infiel. Surge así, a finales del siglo XII, la Inquisición, que resultó de la connivencia entre el poder eclesiástico y el civil, de forma que los herejes pasaron a ser considerados enemigos del estado. La Inquisición se extendió por diversos estados en los siglos XV y XVI, perdurando en España y Portugal hasta bien entrado el siglo XIX. En Roma, la Inquisición, llamada Congregación del Santo Oficio, perdura en la actualidad con un cambio de nombre, pues desde 1965 ha pasado a denominarse “Congragación para la Doctrina de la Fe”. El papa Inocencio IV, en un alarde de “amor al prójimo a la cristiana”, introdujo la tortura en esta siniestra institución, condenando a la pena de muerte a los herejes que se negaban a convertirse a la religión cristiana. En los párrafos que siguen se citarán algunos de los crímenes cometidos por la Inquisición, cuyo espíritu aún perdura en la jerarquía católica. El papado en la Edad Media: los escándalos de la lucha por el poder en la Iglesia La elección del papa fue al principio llevada a cabo por el pueblo y el clero de Roma. Posteriormente, a partir de Constantino, los emperadores intervinieron en la elección papal. Sin embargo, esta injerencia fue desapareciendo a la vez que aumentaba la influencia del clero en la elección. A partir del siglo XII, la elección se efectúa mediante el voto exclusivo de los cardenales, es decir, por la élite de la jerarquía católica. La historia de los papas está marcada por la lucha por el poder dentro y fuera de la Iglesia, de forma que, en la edad media, sólo una minoría de papas falleció de muerte natural. Las guerras, la muerte y la corrupción no fueron en absoluto ajenas durante la evolución de los hechos acaecidos en dicha historia. Veremos a continuación muchos casos en los que los valores humanos, la ética y la santidad cristiana que se podría suponer a los máximos dirigentes de la Iglesia no estuvieron precisamente presentes. Benedicto IX, el niño papa, fue elegido papa en 1032, con una edad entre 10 y 14 años, y tuvo un pontificado tumultuoso. Fue papa durante tres periodos. Por su carácter agresivo y su conducta escandalosa, su primer período terminó con su expulsión de Roma tras una insurrección y la elección de Silvestre III. Posteriormente, logró expulsar a éste para ser repuesto de nuevo en su cargo. Su segundo periodo finalizó con la venta de su cargo al que fue Gregorio VI. Sin embargo, éste fue depuesto y substituido por Clemente II. Benedicto IX atacó después Roma y fue reelegido de nuevo papa, pero fue finalmente expulsado tras una guerra. Gregorio VII, elegido papa en 1073 por aclamación popular, se independiza de los señores feudales y se erige como autoridad suprema y absoluta de la iglesia, por encima de todo el clero y los fieles, y de las iglesias locales y nacionales. Decreta el celibato del clero e instituye al papa como autoridad máxima, por encima de reyes y emperadores. Todos deben sometimiento al papa y a él sólo le puede juzgar dios. La Iglesia es, por decisión suya, infalible. Prohíbe además el nombramiento de los obispos por laicos, de forma que los obispos pasan a ser elegidos por él. Ante la negativa del emperador Enrique IV a someterse a las pretensiones del papa, se inicia la llamada “querella de las investiduras”, que culmina con la marcha del emperador sobre Roma y la expulsión de Gregorio VII. Los normandos acuden en ayuda de éste y saquean Roma. Pero los romanos se levantan y expulsan definitivamente a Gregorio VII. La hegemonía del papado alcanza su máxima expresión con Inocencio III, que alcanza el papado en 1198. Se consideró por encima de los reyes, y se inmiscuyó en la política de estos, entrometiéndose incluso en su vida privada, y quitándolos y poniéndolos a su antojo. Cualquier elección real debía ser ratificada por el papa. Fue un papa con una ambición ilimitada de poder,

71 intolerante y sanguinario. Es responsable de lo que puede ser considerado como el primer genocidio de la historia de Europa: la cruzada contra los albigenses1. Los cátaros (o albigenses) constituyeron un movimiento religioso que surgió en el sur de Francia en el siglo XII por el descontento generado por el poder y riqueza detentados por la jerarquía eclesiástica en esa época. Se trataba de una religiosidad austera que practicaba los ritos primitivos cristianos y que negaba la trinidad de dios, admitiendo un dios del bien y otro del mal. Además, defendían la salvación mediante el conocimiento y no a través de la fe. Sus ideas fueron consideradas heréticas por Inocencio III, quien envió predicadores para lograr su rectificación. A comienzos de 1208, el legado pontificio fue asesinado en el Languedoc, con lo cual Inocencio III, apoyado por el rey francés, organizó una guerra de consecuencias sangrientas. Se trató de una verdadera cruzada, con los soldados luciendo una cruz en sus ropas y con las mismas compensaciones prometidas a los participantes en las cruzadas de ultramar. Se organizó un ejército de varias decenas de miles de hombres y la guerra duró algunas decenas de años. En verano de 1209, los cruzados entraron en Béziers y mataron indiscriminadamente a varios miles de personas (entre 7000 y 15000, dependiendo de los autores). Es famosa, aunque su autenticidad es discutida, la siguiente frase proferida por el legado pontificio e inquisidor: “¡Matadlos a todos, dios reconocerá a los suyos!2,3 El mismo representante pontificio escribió al papa jactándose de que “no se había respetado la edad, ni el sexo ni la condición social”. Se prodigaron las hogueras colectivas: 140 personas fueron quemadas vivas en Minerve en 1210, y 200 en Cassés y 400 en Lavaur en 12112. Las matanzas y la guerra no terminaron completamente con el movimiento albigense, que fue finalmente erradicado por la Inquisición a comienzos del siglo XIV. Nos encontramos ante otro terrible episodio que ilustra claramente cómo se las gastaban los que predicaban como mandamiento esencial el amor al prójimo. El uso de la razón en defensa de la Iglesia Desde Pablo de Tarso, la Iglesia despreciaba la sabiduría humana. La razón era incompatible con la fe. Para la Iglesia, es malo utilizar la razón y pensar demasiado. Aunque muchos acabaron en la hoguera por razonar y desarrollar conocimiento, es inevitable que muchas personas piensen y razonen. Por ello, la Iglesia, para mantener su poder en la Edad Media, se vio obligada a encauzar el pensamiento desarrollando una filosofía propia, destinada a defender con la razón el dogma cristiano frente a la razón de los que trataban de desarrollar un pensamiento independiente, libre de las ligaduras impuestas por la Iglesia. De este modo, surgieron pensadores cristianos, que, a pesar de defender razonadamente la doctrina de la Iglesia, usando el conocimiento como arma defensiva, tuvieron que enfrentarse a la oposición conservadora, defensora de la fe y radicalmente opuesta al uso de la razón. Este fue, por ejemplo, el caso de Pedro Abelardo (1079-1142), que fue un gran pensador en todos los campos del saber, y que, en contra de la idea agustiniana de que los niños no bautizados van al infierno, introduce la idea de que estos niños sólo se verán privados de la visión de dios y no irán al infierno. Surge así la idea del llamado “limbo de los niños”, desarrollada después por Alberto Magno y sobre todo por Tomás de Aquino, y considerada por la Iglesia una hipótesis teológica. Abelardo tuvo enfrente a Bernardo de Claraval, fanático de la fe y contrario al uso de la razón.

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Baigent, M., Leigh, R. y Lincoln, H. 1982. El enigma sagrado. Martínez-Roca, Barcelona. Brenon, A. 1998. Los cátaros, hacia una pureza absoluta. Ediciones B, Barcelona. 2 Baigent, M., Leigh, R. y Lincoln, H. 1982. El enigma sagrado. Martínez-Roca, Barcelona. 3 Brenon, A. 1998. Los cátaros, hacia una pureza absoluta. Ediciones B, Barcelona.

72 Con esta idea de propiciar un saber domesticado y favorable a la Iglesia, surgieron las universidades medievales, que se desarrollaron en los siglos XII y XIII y que eran instituciones eclesiásticas, en las que la facultad de teología ocupaba un lugar prominente. En ellas se desarrolla la idea de que la filosofía es la esclava de la teología o que, en general, todas las ciencias deben estar al servicio de la teología. Como consecuencia, los pensadores medievales no deben salirse de este cauce, surgiendo los filósofos que tratan de reforzar con la razón los dogmas de la Iglesia. Descuellan en esta línea, durante el siglo XIII, Alberto Magno y Tomás de Aquino. Alberto Magno reintrodujo las ideas de Aristóteles y trató de hacerlas compatibles con el cristianismo. No obstante, a pesar de ser un gran innovador del cristianismo y de haber sido reconocido como tal, era un gran apasionado de las ciencias naturales, por lo que no pudo evitar ser acusado de practicar la magia. Tomás de Aquino asimiló la idea aristotélica del uso de la razón para conocer el mundo y defendió la idea de desarrollar una teología natural o científica para demostrar los dogmas de fe basados en la revelación y defendidos por la teología sagrada. No obstante, la teología natural debía estar siempre sometida a las supuestas verdades reveladas. Surge así una teología que no tiene como finalidad el amor a la sabiduría en sí mismo, sino que sólo busca defender a la Iglesia de los pensadores independientes, por lo cual fue auspiciada por los papas de la época, a pesar de ser también atacada por los radicales defensores del la fe y hostiles a cualquier uso de la razón. Con estas ideas, Tomás de Aquino trató de demostrar la existencia de dios y los atributos divinos. Este santón cristiano siguió manteniendo que la mujer era inferior al hombre; ésta era, según él, una especie de deficiencia natural. Los pensadores que trataron de ser independientes y usaron la razón en sus disquisiciones teológicas sufrieron las iras de la jerarquía cristiana. Así, en el siglo XIV, Guillermo de Ockham, cristiano convencido y religioso franciscano, llegó a la conclusión, junto con otros compañeros de su comunidad religiosa, de que Jesucristo y los primeros cristianos practicaban la pobreza, por lo que el papa, a la sazón Juan XXII, se alejaba de la verdad transmitida por el evangelio. Como consecuencia, fue excomulgado y tuvo que huir con sus compañeros para evitar ser condenado por la Inquisición. Otro pensador de la época, díscolo con las ideas dogmáticas de la Iglesia y defensor de la filosofía natural, fue Nicolás de Autrecourt, que fue expulsado de la Universidad de París y excomulgado por el papa Clemente VI, siendo obligado a retractarse y a asistir a la quema pública de sus obras. Contra la riqueza y el poder de la iglesia: la reforma protestante En los últimos siglos de la Edad Media, la Iglesia era una institución escandalosamente rica y poderosa, que estaba por encima de reyes y emperadores, y que controlaba incluso la vida social y privada de las personas. Su alta jerarquía estaba plagada de lujo, corrupción y ambición de poder terrenal, y era instigadora de guerras y violencia. Como consecuencia, no faltaron voces discrepantes, que defendían un cristianismo más puro, basado en el mensaje de Jesús. Estas discrepancias fueron la diana de las iras de la Iglesia y dieron lugar a numerosas excomuniones, condenas y penas de muerte. La Inquisición fue el poderoso y siniestro instrumento destinado a combatir a los disidentes. Una primera discrepancia destacable en esta época se generó en los siglos XII y XIII con el movimiento albigense, que, como ya se ha visto anteriormente, terminó de forma sangrienta. Otra disputa notable en esta misma línea fue la que enfrentó en el siglo XIV a los espirituales, movimiento religioso dentro de la orden de los franciscanos, con el papa Juan XXII. Los primeros defendían la pobreza absoluta, alegando que Jesús y sus discípulos carecían de posesiones. Juan XXII

73 promulgó en 1323 la bula “cum inter nonullos” en la que condenaba la pobreza absoluta y consideró heréticas las ideas de los espirituales, afirmando que “aunque Cristo vivió pobre, admitió el derecho a la propiedad”. Fueron varias las voces que se alzaron durante los siglos XIV y XV en contra del poder del papa y de las órdenes religiosas, y que se aferraban a lo escrito en la Biblia. Entre ellos cabe destacar el inglés John Wyclife y el checo Jan Hus. El primero fue considerado hereje después de muerto y sus restos y libros fueron quemados. El segundo fue condenado y quemado cuando se dirigía al concilio de Constaza a exponer sus ideas. Otra voz discrepante del siglo XV digna de mención fue la del italiano Girolamo Savonarola. Trató de restablecer la moral cristiana y luchar contra el pecado, llegando a alcanzar el poder en Florencia, donde gobernó fanáticamente una república de carácter religioso. Llevó a la hoguera a numerosas personas que él consideró herejes y quemó cualquier cosa tildada de lujosa o indecente, incluyendo libros y obras de arte. Fue excomulgado y detenido por Alejandro VI, quien le torturó y quemó junto a sus principales seguidores. El movimiento conocido como “reforma protestante” llegó en el siglo XVI con un fraile agustino, Martín Lutero, quien se escandalizó al conocer personalmente el lujo y boato existente en la curia romana y el dinero que se estaba invirtiendo en la construcción de la basílica de San Pedro. Estaba además en desacuerdo con la intromisión de la iglesia en el poder civil, es decir, con la mezcla entre política y religión. Sin embargo, el desencadenante de la crisis que condujo a la reforma fue la venta de indulgencias por la jerarquía católica; es decir, la remisión de la pena impuesta a los pecadores a cambio de dinero. En 1517, el papa León X ofreció importantes ventajas en la otra vida a cambio de donativos para construir la citada basílica1. Lutero se pronunció radicalmente en contra de esta manera de proceder y proclamó que sólo la fe conduce a la salvación y no las buenas obras. Arremetió además contra el celibato del clero, casándose él mismo. Sus ideas se extendieron rápidamente por Alemania, Suiza y los países nórdicos, siendo excomulgado por el papa y declarado fuera de la ley por el emperador Carlos V. Fue protegido por los príncipes y nobles alemanes, que veían con buenos ojos la eliminación de los bienes y del poder de la Iglesia. Por ello, el emperador no pudo sofocar la protesta y tuvo que firmar la paz de Augsburgo (o paz de las religiones) en 1555, por la cual cada príncipe podía elegir libremente entre la religión católica o luterana; los súbditos debían profesar la religión elegida por el príncipe bajo pena de muerte en caso de incumplimiento, aunque podían emigrar a otro principado.

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Un documento escandaloso, ampliamente difundido, cuya autenticidad ha sido discutida, es la llamada “Taxa Camerae”, en el cual se describe el precio que hay que pagar para ser perdonado por cometer pecados consistentes en delitos horribles, tales como asesinato, violación y robo. Este documento fue publicado en un libro escrito por Teófilo Gay en 1882 2 y considerado como una bula publicada por el papa León X en 1517, siendo interpretado como una de las causas que llevaron a Lutero a rebelarse contra el papa. La polémica sobre su autenticidad surgió a raíz de su publicación en un libro por Pepe Rodríguez 3. La falsedad del documento es defendida en la página web http://www.apologetica.org/taxa-camarae.htm y las fuentes originales no han sido aclaradas. J. Blaschke y otros4 describen este documento y lo atribuyen al papa Juan XXII; no obstante, la atribución más frecuente es al papa León X. 2 Gay, T. 1882. Arsenale Antipapale, dizionario delle eresie, imposture e idolatrie della Chiesa romana. Florencia. Tradución del italiano de Blas A. Maradei (1944). Diccionario de controversia. Junta Bautista de Publicaciones, Buenos Aires. 3 Rodríguez, P. 1997. Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. Ediciones B, Bascelona 4 Blaschke, J., Ibáñez, J.M. y Palao Pons, P. 1992. La Caída del Imperio Vaticano. RobinBook, Barcelona.

74 La reforma condujo a revueltas y guerras, y Lutero no destacó precisamente por su carácter bondadoso, sino que fue cruel y sanguinario. Fue un fanático de la Biblia, cuya lectura interpretaba y seguía al pie de la letra, mostrando, una vez más, que en la religión cristiana, independientemente de la confesión que se profese, no hay tolerancia ni piedad para el discrepante. Los campesinos alemanes, abrumados por los impuestos debidos a la Iglesia y a príncipes y nobles, se levantaron. Lutero se puso abiertamente a favor de estos últimos, pues era protegido de ellos, apoyando y propiciando una represión implacable y sangrienta, de forma que en el conflicto murieron más de 100.000 campesinos. Igualmente, Lutero impulsó una brutal represión contra los judíos, destruyendo sus pertenencias, prohibiendo su religión bajo pena de muerte, y siendo finalmente expulsados de varios principados alemanes. Se dedicó además a la quema de brujas, que en el dominio protestante fue más virulenta que en el mundo católico. Su puritanismo se basaba en las ideas expuestas por Pablo de Tarso y Agustín de Hipona, siendo en consecuencia firme defensor del misterio de la Eucaristía y de la gravedad extrema del pecado original. Nuestro pecado radica en que hemos nacido y sólo nos podemos salvar por la fe, con la gracia de dios. Al igual que Pablo de Tarso, Lutero despreciaba también la sabiduría humana. Otro gran protagonista de la reforma fue el francés Juan Calvino (1509-1564), quien, tras diversas vicisitudes, se estableció en Ginebra. Según él, los hombres están predestinados. Dios decide quien se ha de salvar y quien se ha de condenar. Una de las víctimas de su intolerancia fue el médico y teólogo español Miguel Servet, quien descubrió la circulación pulmonar de la sangre. Como teólogo, se mostró contrario al dogma de la trinidad divina y se opuso a la doctrina luterana de la predestinación y al bautismo de los niños. Por ello, fue perseguido por la Inquisición católica francesa y española. Detenido por Calvino en Ginebra, fue quemado vivo junto con sus obras. En Inglaterra, la reforma se impuso por imperativo del rey Enrique VIII, quien, al no obtener del papa la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón, se enfrentó e independizó de Roma, aboliendo las propiedades religiosas, cuyos bienes pasaron a formar parte del tesoro real. Como siempre, la intolerancia se impuso, y los disidentes católicos fueron ejecutados; entre ellos cabe destacar la ejecución del político y escritor católico Tomás Moro. La iglesia anglicana tuvo un paréntesis durante el reinado de María Tudor, también llamada María la Sanguinaria. Católica fanática, restableció las leyes contra los herejes y persiguió implacablemente a los disidentes protestantes, haciendo perecer en la hoguera a cerca de 300 religiosos protestantes. Los cambios introducidos por la Iglesia anglicana respecto de la Iglesia católica fueron pequeños, por lo que de aquélla surgió un grupo radical, los puritanos, que exigían reformas más profundas. Dominaron el parlamento inglés y, tras una guerra civil, decapitaron al rey inglés Carlos I e impusieron un gobierno revolucionario. Prohibieron todo tipo de actividad profana, incluso pasear. Finalmente, se restauró la monarquía y los puritanos se vieron obligados a emigrar. Simultáneamente a la reforma protestante surgieron otros movimientos religiosos. Uno de ellos fue el de los anabaptistas, que apareció en el siglo XVI y tuvo una trayectoria sangrienta. No admitían el bautismo administrado en la niñez. Se extendieron por Europa central y fueron perseguidos por católicos y luteranos. Intentaron tomar Münster (Alemania), pero su cabecilla, el holandés Jan Mattys fue decapitado. Tomó el relevo Jan van Leiden, quien conquistó la ciudad e impuso un régimen teocrático. Envió a la hoguera a todos los que se negaron a ser bautizados de nuevo y quemó todos los libros menos la Biblia. Permitió la poligamia, llegando a tener 16 esposas. Cuando perdieron el poder de la ciudad, Jan van Leiden y sus seguidores fueron cruelmente torturados y asesinados. Una facción pacifista de los anabaptistas, liderada por Menno Simons (menonitas), fue perseguida en Europa, por lo cual sus seguidores emigraron a América, donde perviven actualmente. En los siglos XVI y XVII, surgieron en Gran Bretaña otras comunidades cristianas más abiertas, como las de los presbiterianos,

75 los baptistas y los quáqueros, que tenían un carácter más democrático, negaban la jerarquía y permitían una libertad de pensamiento y de expresión. Las reformas que acaecieron en la Iglesia durante el siglo XVI pusieron de manifiesto que la religión es una fuente poderosa de intolerancia y violencia. Los movimientos protestantes trataron de atajar la corrupción que existía en la Iglesia católica, pero la intolerancia se mostró, una vez más, como una peculiaridad de las ideologías religiosas monoteístas, en este caso, de la cristiana. Hubo guerra entre católicos y protestantes, y entre las diversas facciones de estos últimos. Hubo persecuciones, torturas y matanzas, caracterizadas a menudo por la crueldad de los métodos utilizados. Resulta curioso destacar como en alguna ocasión, cuando los disidentes discrepaban de las ideologías cristiana y luterana, los jerarcas de ambas religiones se ponían tácitamente de acuerdo para perseguir y matar. Este fue el único acuerdo al que llegaron ambas jerarquías. Un ejemplo paradigmático de esta actuación fue la persecución sufrida por Miguel Servet, un librepensador que usaba demasiado la razón como para ser respetado por los fanáticos religiosos. La contrarreforma católica La rápida expansión de la reforma protestante dio lugar a una rápida reacción de la Iglesia católica, que se embarcó en una contrarreforma basada en tres puntales básicos: el concilio de Trento (1545-1563), las guerras de religión y la creación y expansión de la Compañía de Jesús. El concilio de Trento no sirvió para conciliar a nadie. Era difícil la conciliación de una intolerancia con otra intolerancia, por lo cual las conclusiones del concilio fueron en gran parte una declaración contra las ideas protestantes. Se mantuvieron los dogmas y ritos católicos que los protestantes rechazaban, y se trató de tapar la corrupción y los escándalos denunciados por los protestantes con un barniz que eliminase lo más evidente. En consecuencia, se prohibió la venta de indulgencias, pero obviamente el poder terrenal y la opulencia de la Iglesia católica no se erradicaron. Además, se incrementó la represión mediante la potenciación de la Inquisición, sobre todo en Portugal, España e Italia, y se creó el Índice de libros prohibidos, férrea censura de la Iglesia por la que establecía los libros que podían leer los católicos y los que no podían leer; y por supuesto, los prohibidos iban directos al fuego. No solo se despreciaba la sabiduría humana, sino que se perseguía implacablemente. El segundo “argumento” de la Iglesia fueron las guerras y la represión. En Francia tuvo lugar una persecución despiadada contra los protestantes calvinistas, llamados allí “hugonotes”, que fueron masacrados, siendo asesinadas miles de personas en 1572 (matanza de San Bartolomé). La persecución prosiguió en el siglo XVII con Luis XIV y en el XVIII, lo que obligó a los protestantes franceses a huir a otros países. En España hay que destacar los conflictos con los Países Bajos, donde el duque de Alba estableció el Tribunal de los Tumultos, llamado “Tribunal de la Sangre” por los holandeses, que también llevó a la muerte a miles de protestantes. Asimismo, Felipe II declaró la guerra a los ingleses en defensa del catolicismo y les atacó con la llamada “Armada Invencible”; la campaña se saldó con la victoria de los ingleses, lo que representó el triunfo de la iglesia anglicana frente al catolicismo. Además de las guerras entre católicos y protestantes, Felipe II, que se destacó por su defensa del catolicismo y consecuentemente por su intolerancia. Siguiendo la herencia dejada por el Emperador Carlos V, mantuvo múltiples conflictos bélicos con los musulmanes, cuyo máximo exponente en el siglo XVI era el imperio otomano; las guerras tuvieron su punto álgido con la batalla de Lepanto (1571), en la que la Liga Santa, formada por España, los Estados Pontificios y varios estados italianos, derrotaron a los turcos. No podemos dejar de mencionar, en esta línea de

76 acontecimientos bélicos, la conquista de América, que estuvo indisolublemente asociada a la evangelización, y en la que la doctrina católica fue introducida, principalmente en el siglo XVI, a sangre y fuego. El tercer recurso católico en su lucha contra el protestantismo fue la Compañía de Jesús, creada por Ignacio de Loyola. Representó, una vez más, poner la inteligencia y la razón al servicio del dogma católico. Se puede usar la razón, siempre que el dogma no se discuta. La razón siempre debe estar supeditada al dogma. A este respecto es sumamente elocuente la célebre frase de Ignacio de Loyola: “Debemos estar siempre dispuestos a creer que lo blanco es negro, si así lo manda la jerarquía de la Santa Madre Iglesia...” Realmente este señor tragaba ruedas de molino, pero, ¿ésta es la norma que deben seguir los cristianos? Con una estructura militar, la Compañía de Jesús se dedicó a la evangelización mediante la difusión de la cultura y la educación. Se substituía la fuerza de las armas por la fuerza del lavado de cerebro. Lograron expandir el catolicismo por todos los continentes, creando a veces misiones, particularmente en Sudamérica, que fueron modelos de civilización. Esto no le libró a la Compañía de tener destacados asesinos en sus filas. Así, Roberto Bellarmino, San Roberto para la Iglesia católica, fue quien dirigió el proceso y redactó los motivos que llevaron al filósofo y científico Giordano Bruno a la hoguera. Asimismo, fue él quien dirigió el proceso contra Galileo. La intelectualidad de los jesuitas y su creciente influencia fueron motivo de envidia por otras órdenes religiosas. Esto, unido al recelo por parte de diversos monarcas católicos, hizo que fueran expulsados de Francia, España y Portugal y disueltos por el papa Clemente XIV en la segunda mitad del siglo XVIII. Cristianismo e Ilustración A finales del siglo XVII, el concepto de libertad y el uso de la razón comienzan en Europa a ganar terreno sobre la intolerancia y el dogma religioso. Así, en Inglaterra, tras un periodo tumultuoso, se instaura una monarquía constitucional en 1688, en la que el rey ve menguadas enormemente sus atribuciones a favor del parlamento, se instaura la carta de derechos y se erradica la monarquía absoluta. El siglo XVIII, o siglo de Las Luces, es fecundo en la historia del pensamiento humano. En él surge un movimiento intelectual conocido como “Ilustración”, que tiene como denominador común la emancipación de la conciencia y su liberación, mediante el empleo de la razón y el conocimiento, del dogma surgido de la ignorancia. En este movimiento se incluyen ilustres pensadores, tales como Hume, Montesquieu, Voltaire, Diderot, Rousseau, Kant y otros muchos. Su origen social era heterogéneo, desde personas que procedían de la nobleza o de la alta burguesía, hasta otras de extracción modesta, y sus ideas también eran diversas, pero tenían en común su independencia intelectual, su pensamiento crítico, su amor al conocimiento y a la libertad, y su defensa de la tolerancia y los derechos del hombre. Aunque podían ser monárquicos, su pensamiento representó una ruptura con la monarquía absoluta y condujo, al final del siglo, a la Revolución Francesa. Igualmente, eran mayoritariamente creyentes, pero sólo razonablemente creyentes; aunque se propiciaba el avance de la ciencia, quedaban muchas cosas por explicar, el origen del universo, de la Tierra, de la vida y del hombre, y no era raro que se pensase en algo sobrenatural para explicar este origen. Sin embargo, su rechazo al dogma, el autoritarismo, al poder, la intolerancia, la riqueza, el boato y la corrupción de la Iglesia católica fue total. Ante la nueva situación, la Iglesia católica hizo lo que sabe hacer, cambiar lo menos posible para adaptarse a la nueva situación. Es decir, aludir a la razón para defender su doctrina sin renunciar a

77 la ortodoxia de ésta. La herramienta que usó es la que Tomás de Aquino había puesto a disposición de la Iglesia. Sin embargo, a partir del siglo XVIII la Iglesia ha perdido poder e influencia, aunque sigue teniendo una base sociológica fuerte. No obstante, en el terreno intelectual, la Iglesia católica ha perdido la partida ante los avances científicos y del pensamiento que han tenido lugar desde el siglo de Las Luces. La Iglesia católica contemporánea: continuación de la intolerancia Los enormes avances que han tenido lugar en todas las ramas de la ciencia desde el siglo XIX, y, en particular, las teorías sobre el origen de la vida y su evolución, el origen de de la Tierra y del universo, y el desarrollo de la neurobiología han puesto en una difícil situación a la Iglesia católica. Sus ideas sobre estos aspectos, que hasta el siglo XIX eran mal explicados por la ciencia, chocan frontalmente contra los avances científicos, que han lanzado el relato bíblico al terreno de la mitología o de la alegoría. No obstante, Pio IX, publicó en 1864 el “Syllabus”, en el que condena derechos del hombre tales como la libertad de culto, pensamiento e imprenta, afirmando que el Romano Pontífice no puede conciliarse con el progreso, la ciencia y la civilización moderna. En la segunda mitad del siglo XX, la Iglesia no ha tenido más remedio que permitir la interpretación de la Biblia para salvar la infantilidad de las Sagradas Escrituras en la interpretación de lo que se presenta como creación divina. Por otro lado, la sociedad civil ha ido ganando terreno al clero, que ha perdido afortunadamente poder, al menos en los países más desarrollados. No obstante, la Iglesia sigue teniendo una enorme influencia social en muchos países, en particular del tercer mundo. A lo largo del siglo XX la Iglesia católica ha seguido mostrando su intransigencia y su tendencia a mostrar lo peor de la condición humana, aunque siempre disfrazada de una careta de bondad y amor. Su apoyo a todos los regímenes fascistas en Europa ha sido una constante. Evidentemente, la Iglesia católica sigue sin ser una institución democrática. En primer lugar, tal como afirman Blaschke, Ibáñez y Palau Pons1, “nadie está capacitado, por muy creyente que sea, a decir a los demás lo que deben hacer, lo que deben pensar y, más aún, como se deben comportar”. El hacerlo contraviene la noción de religión como una opción personal ajena a jerarquías y acerca a la Iglesia a la categoría de secta. Como se ha descrito, su doble condición de poder religioso y poder civil le permite realizar, además de una acción pastoral, una actividad diplomática mediante la cual ha podido establecer convenios (concordatos) con diversos estados, con los cuales ha conseguido privilegios que insultan a la democracia. Esta dualidad diplomática-pastoral le permite a la Iglesia realizar actividades sorprendentes. Así, por ejemplo, un papa puede visitar oficialmente un país en calidad de jefe de estado y una vez dentro puede, al menos en muchos casos, hablar públicamente a una muchedumbre de fieles en términos en gran parte políticos, cuestionando incluso determinadas leyes del país. Este hecho, al margen de cualquier otra consideración sobre su legitimidad, es impensable en cualquier otro jefe de estado. La estructura del estado del Vaticano es profundamente antidemocrática, siendo la cúpula del alto clero quien elige al papa, el cual detenta todos los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial). Esta estructura se mantiene dentro de la Iglesia, en la que los fieles no participan en absoluto en el gobierno de la institución. Por otro lado, la Iglesia incumple derechos humanos fundamentales, ya que a sus ojos, no todos los seres humanos son iguales en dignidad y derechos, existiendo una radical discriminación de la mujer, que no puede acceder al sacerdocio y, por tanto, al gobierno de la Iglesia. En cuanto a la vulneración de los derechos de libertad de expresión ¡y de lectura! por parte de la Iglesia católica, basta decir que, en el mundo católico estuvo vigente hasta 1966 el “índice de libros 1

Blaschke, J.; Ibáñez, J. H. y Palao Pons, P. 1992. La caída del Imperio Vaticano, Robinbook, Barcelona.

78 prohibidos” (“Index Librorum Prohibitorum”), creado por la Inquisición en 1559, en el que se prohibía a los católicos la lectura de obras de autores tales como Spinoza, Diderot, Voltaire, Hugo, Zola, Balzac, Flaubert, Dumas, Sartre, Rabelais y Descartes, entre otros. En la actualidad, la Iglesia católica tiene aún normas para regular la lectura de libros por parte de sus fieles. Apoyo del Vaticano al fascismo, nazismo y otras dictaduras.- En 1929, la Iglesia firmó el tratado de Letrán con Mussolini, por el cual, Italia reconocía a la Iglesia como un estado soberano dentro de Roma y aceptaba la religión católica como oficial. Por su parte, los obispos debían jurar lealtad el estado italiano al acceder al cargo. Previamente, el Vaticano había allanado el camino a Mussolini para su consolidación en el poder, advirtiendo la prohibición moral de cualquier tipo de alianza de los católicos con los socialistas. Mussolini respondió a la Iglesia generosamente, donándole 1750 millones de liras, lo que permitió al Vaticano salir de la penuria económica en que se encontraba desde la unificación de Italia e iniciar su imperio económico1. Este se desarrolló de la mano de Bernardino Nogara, quien introdujo a la Iglesia en los negocios de la especulación y la usura, algo no permitido hasta entonces por la doctrina católica, y en otros negocios poco compatibles con ésta. Así, por ejemplo, el Vaticano estuvo involucrado en compañías armamentistas que suministraron armas al ejército italiano para la invasión de Etiopía en 1935. Con el nazismo, el Vaticano tuvo buenas relaciones, al compartir una pasión común: su odio a los judíos y a los comunistas. De hecho, Hitler alcanzó plenos poderes en Alemania mediante el apoyo del partido católico “Zentrum”, que, gracias a la intervención del cardenal Pacelli (futuro papa Pío XII), le dio la mayoría absoluta en el Parlamento. La contrapartida del régimen nazi fue la firma del Concordato Imperial, aún vigente, con el Vaticano en 1933. Como resultado, los alemanes católicos pasaron a pagar un impuesto a la Iglesia que ha reportado grandes ingresos a ésta. La iglesia mantuvo silencio en relación con las actividades del partido nazi. Cuando en 1934 Hitler asumió todos los poderes en Alemania, se incremento el acoso nazi a los católicos alemanes, por lo cual la Iglesia realizó una suave protesta. Posteriormente, esta represión arreció, por lo cual el papa Pío XI preparó una encíclica más dura de protesta. Sin embargo, éste murió, en circunstancias poco claras, dos días antes de la fecha prevista para la publicación de la encíclica. Parece ser que, debido a que Alemania era una de las principales fuentes de financiación de la Iglesia, una parte importante de la jerarquía eclesiástica era reticente a la publicación de esa encíclica. Posteriormente, el cardenal Pacelli accedió al papado con el nombre de Pío XII y la encíclica no llegó a publicarse. Desde entonces, el silencio de la Iglesia fue la tónica frente a los crímenes cometidos por el nazismo. De hecho, el Vaticano se niega a abrir sus archivos e impide así que se puedan aclarar las relaciones entre la Iglesia católica y Hitler. Más grave fue el comportamiento de la Iglesia frente a los horribles crímenes cometidos en Croacia durante la segunda guerra mundial. En 1941, tras la conquista de Yugoslavia por las tropas alemanas, se declaró el Estado Independiente de Croacia, accediendo el poder Ante Pavelic, líder del partido ultraderechista nacionalista católico “ustashi”. Las atrocidades cometidas por este régimen entre 1941 y 1945 fueron tales que llegaron incluso a impresionar a las autoridades alemanas. Se persiguió implacablemente a serbios, judíos y gitanos, y el número de personas asesinadas superó los 750.000. Las matanzas fueron acompañadas por torturas horribles, convertidas en macabros espectáculos públicos y jaleadas por la población. Detalles de estos tremendos episodios han sido descritos por Santiago Camacho1. El régimen estuvo en todo momento apoyado por la Iglesia, cuyo máximo exponente en este estado fue el arzobispo Aloysius Stepinac, quien facilitó la conquista de 1

Camacho, S. 2005. Biografía no autorizada del Vaticano. Martínez Roca, Madrid.

79 país por parte de los nazis. En las matanzas, destacaron por su crueldad los franciscanos, que, junto con otros sacerdotes, estuvieron al mando de los campos de exterminio. Stepinac vio con buenos ojos la imposición de la pena de muerte por el delito de aborto y propició la conversión forzosa de ortodoxos serbios al catolicismo, previo pago de una cantidad que contribuyó a incrementar las arcas de la Iglesia. El patrimonio de la iglesia ortodoxa fue confiscado y saqueado a favor de la Iglesia católica. Tras la victoria aliada, Stepinac fue condenado a dieciséis años de prisión, de los que sólo cumplió cinco. Para terminar está historia, Stepinac fue declarado beato y mártir por Juan Pablo II en 1998. Para completar la trayectoria de la Iglesia en la década de los cuarenta, el Vaticano ocultó y facilitó la huida de miles de criminales de guerra croatas y alemanes. Ayudó a los ustashi a huir a Argentina y, entre ellos, a Pavelic, quien después se refugió en España, donde murió en 1959 con la bendición personal de Juan XXIII. El Vaticano facilitaba identidades falsas y en connivencia con el régimen argentino de Perón facilitaba su huida. Fue una especie de agencia de viajes conocida como “Ratlines” (= líneas de ratas) y gestionada por el obispo Alois Hudal. Además de Pavelic, entre los criminales que se beneficiaron de esta ayuda del Vaticano figuran: - Klaus Barbie. Jefe de la Gestapo en Lyon, donde se le apodó con el sobrenombre de “Carnicero de Lyon”. Cometió más de cuatro mil asesinatos y miles de sangrientas atrocidades. - Joseph Mengele. Conocido con el sobrenombre de “El Ángel de la Muerte”. Fue un médico y criminal de guerra nazi que experimentó con seres humanos en el campo de exterminio de Auschwitz (Polonia), donde torturó y asesino a miles de prisioneros. - Franz Stangl. Comandante de los campo de exterminio de Sobibor y Treblinka (Polonia). Es responsable de la muerte de más de un millón de seres humanos. - Adolf Eichmann. Fue artífice de la llamada “solución final” y el encargado de la logística de las deportaciones de los judíos a los campos de exterminio. - Gustav Wagner. Suboficial principal de las SS y amigo de Franz Stangl. Destacó por su crueldad en los campos de exterminio de Sobibor y Treblinka. - Erich Priebke. Capitan de las SS y responsable de la matanza de las Fosas Ardeatinas, en la que asesino a 335 italianos. - Eduard Roschmann. Llamado carnicero de Riga. Comandante del campo de exterminio de Riga y responsable de la muerte de decenas de miles de judíos. - Andrija Artukovic. Criminal de guerra del partido ustashi croata y responsable de la muerte de miles de serbios, judíos y gitanos. - Walter Rauff. Creador de un sistema de exterminio mediante los llamados “camiones de la muerte”, en los que las personas eran asfixiadas por emanaciones de gas del tubo de escape de un camión en movimiento. Se le considera responsable de la muerte de al menos medio millón de personas en el campo de exterminio de Auschwitz. En España, los obispos tomaron partido por los insurrectos franquistas y tildaron la lucha contra la República de cruzada. Al final de la guerra civil, el papa Pío XII se felicitó por la victoria de Franco, y el contubernio entre éste y la Iglesia fue total. Tanto es así que el régimen fascista de Franco ha pasado a ser conocido como “nacionalcatolicismo”. Igualmente, en Portugal, el Estado Novo totalitario que rigió los destinos del país entre 1933 y 1974, bajo las dictaduras de Salazar y Caetano, tuvo como lema “Dios, Patria y Familia”, y contó con el apoyo decisivo de la Iglesia.

80 Vaticano y delincuencia común de grandes proporciones.- En la segunda mitad del siglo XX, tras la llegada al papado de Pablo VI, el Vaticano se vio envuelto en escándalos financieros de alta envergadura. Sus conexiones, o las de sus miembros de la más alta jerarquía, con personajes de la mafia, de la masonería italiana (logia Propaganda Due) e incluso con la CIA, cuyo enemigo común era el comunismo, no dejan en muy buen lugar a una institución divina, espiritual y ajena a los asuntos terrenales, sino que más bien completan una historia deplorable en la que cabe y ha tenido lugar todo tipo de maldad. Cuando en 1969 el Gobierno Italiano quiso gravar las inversiones del Vaticano, Pablo VI, con el fin de evitar o evadir impuestos, llamó a Michele Sindona, financiero sin escrúpulos que había lavado el dinero de poderosas familias mafiosas. Este personaje, en estrecha colaboración con el arzobispo Marcinkus, presidente del Banco del Vaticano (o Instituto para las Obras Religiosas –no debemos olvidar que en la Iglesia todo es espiritual), basándose en la inmunidad que le daba el hecho de ser el Vaticano un estado soberano, logró colocar las inversiones del Vaticano en Italia en paraísos fiscales. Otra operación fraudulenta de gran envergadura del Vaticano fue la compra, en 1971, de acciones y bonos falsos de grandes compañías americanas por un importe de 950 millones de dólares1. Para ello contó con la colaboración de otro financiero especialista en operaciones ilegales: Leopold Ledi. Sin embargo, la operación quedó frustrada al descubrirse la falsedad de los valores cuando se realizaron los primeros depósitos de éstos en el banco de Roma. Ledi y los falsificadores fueron detenidos, pero el Vaticano, y en concreto el responsable de la banca vaticana, Paul Marcinkus, se salvó por tratarse de un estado soberano. La caída del imperio financiero de Michele Sindona arrastró al Vaticano a perdidas de cientos de millones de dólares, pero nuevamente Marcinkus se libró de un proceso penal. La crisis financiera del Vaticano le llevó a contar con la colaboración de un nuevo banquero, Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano, experto, una vez más, en operaciones fraudulentas. Tras la muerte de Pablo VI, accedió al papado, con el nombre de Juan Pablo I, el patriarca de Venecia Albino Luciani, que se propuso clarificar y reconducir las cuentas vaticanas, lo cual, como se verá en el siguiente apartado, le costó probablemente la vida. Con la llegada del nuevo papa Juan Pablo II, las finanzas del Vaticano volvieron a los cauces de los negocios turbios. La pantalla de aparente legalidad y de inmunidad de la Santa Sede, permitió al Banco Ambrosiano, presidido por Calvi, blanquear dinero de la mafia, entre otros. El banco prestó dinero a empresas fantasma supuestamente del Vaticano. El dinero prestado servía para comprar acciones del Banco a nombre de Calvi. El Vaticano, además de participar en el accionariado del Banco Ambrosiano, cobraba una comisión por las operaciones. Con el dinero obtenido de estas operaciones, Calvi y Marcinkus participaron conjuntamente en numerosos negocios. Una de las empresas controladas por este último fue Bellatrix, que recibió prestado dinero del Banco Ambrosiano, el cual fue invertido en la compra de misiles y su posterior venta a Argentina; estos artefactos fueron usados en la guerra de las Malvinas1. Finalmente, las operaciones ilegales fueron descubiertas y Calvi fue acusado de exportación ilegal de capitales, falsificación de documentos y fraude. Tras ingresar en la cárcel y salir después en libertad bajo fianza, Calvi apareció muerto colgado de un puente de Londres. Las pruebas de complicidad de la Iglesia en estos delitos fueron claras, y ésta se vio obligada a pagar 250 millones de dólares a los acreedores, aunque sin reconocer delito alguno. El proceso penal continuó y se emitió una orden de búsqueda y captura contra Marcinkus y sus más estrechos

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Camacho, S. 2005. Biografía no autorizada del Vaticano. Martínez Roca, Madrid.

81 colaborados del Banco Vaticano. Sin embargo, la inmunidad del Vaticano les sirvió, una vez más, para eludir la acción de la justicia. La sospechosa muerte del papa Juan Pablo I.- La muerte del papa Juan Pablo I en 1978, 33 días después de haber sido elegido abrió la polémica sobre su más que posible asesinato por envenenamiento. La bibliografía dedicada al análisis de esta muerte ha sido amplia1. A lo largo de la historia, muchos han tratado de llevar a la Iglesia a los primeros años del cristianismo. En el siglo XX, Juan Pablo I, desde su posición de máxima autoridad religiosa, hizo un nuevo intento de llevar a cabo esta transformación, y como había sucedido en tantas otras ocasiones, fracasó. Se negó a aceptar una tiara cargada de joyas y no admitió su coronación, aclarando que él era un pastor y no un monarca. Nada más acceder al papado, se embarcó en la peligrosa tarea de intentar conocer a fondo las operaciones financieras de Vaticano, para lo cual ordenó realizar una investigación a su secretario de Estado, el cardenal Villot. Escandalizado tras conocer los entresijos de las finanzas de la Iglesia, se propuso dar un giro radical a su política económica, y modificar sus relaciones con el gran capital, decidiendo destinar una gran parte de sus recursos a apoyar el desarrollo del tercer mundo. Su conocimiento de las finanzas parece que hizo temblar al arzobispo Marcinkus y a Roberto Calvi, director del Banco Ambrosiano, con el que Marcinkus estaba relacionado en operaciones fraudulentas. Su sorpresa llegó al extremo cuando se enteró que estaba rodeado de masones. Así, pertenecían a la masonería su secretario de Estado, cardenal Villot, su ministro de Asuntos Exteriores, cardenal Casaroli, así como diversos cardenales de su entorno. Como consecuencia, se suponía que Juan Pablo I iba a destituir al cardenal Villot y al arzobispo Marcinkus. Antes de que esto llegase a ocurrir, el papa fue encontrado muerto en su cama por una religiosa. La comunicación oficial de su muerte y el proceder del cardenal Villot incluyeron una serie de anomalías y falsedades. Se afirmó que el cadáver había sido encontrado en la cama por un sacerdote, lo cual no era cierto, pues fue una religiosa; se comunicó que la muerte se había producido por un infarto, lo cual era raro, dado que Juan Pablo I padecía tensión baja, y se embalsamó inmediatamente el cadáver, lo cual impidió la realización de la autopsia. Se ha afirmado además que el cardenal Villot impuso silencio a la religiosa que lo encontró muerto y que desaparecieron todos los objetos que tenía el difunto papa. El comunicado oficial de la muerte se emitió varias horas después de que ésta tuviera lugar. Con el papado de Juan Pablo II y del papa actual, Benedicto XVI, la Iglesia ha sufrido un retroceso a tiempos completamente superados por la sociedad civil, mostrando su intolerancia extrema hacia quienes no piensan como ellos y su intransigencia ante cuestiones relativas, por ejemplo, a la dignidad de la mujer o la anticoncepción, con graves consecuencias sociales. De este modo, la Iglesia católica no abandona su carácter de peligrosa secta universal incapaz de reconocer y respetar derechos humanos básicos. Existen una serie de asuntos sociales en los que la Iglesia católica, con su inmovilismo y su intransigencia, está logrando apartarse más y más del mundo civilizado. A continuación consideraremos brevemente alguno de estos asuntos. Intolerancia y deprecio a la libertad humana.- Las ideas que tenía la Iglesia católica hace algo más de un siglo sobre la libertad humana quedaron reflejadas en la encíclica “Sobre la libertad y el

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Yallop, D. 1984. En nombre de Dios: la verdad sobre la muerte de Juan Pablo I. Planeta, Barcelona. López Sáez, J. 1990. Se pedirá cuenta: muerte y figura de Juan Pablo I. Orígenes, Madrid. Camacho, S. 2005. Biografía no autorizada del Vaticano. Martínez Roca, Madrid. López Sáez, J. 2005. El día de la cuenta; Juan Pablo II a examen. Meral Ediciones, Madrid.

82 liberalismo”1, hecha pública en 1888 por el papa León XIII. Es un escrito lleno de “perlas” que merece la pena comentar. Comienza afirmando que “es la Iglesia la defensora más firme de la libertad”. Claro que esta noción de libertad se limita a lo que la Iglesia denomina “libre albedrío”, es decir a la libre elección. La Iglesia necesita esta idea para justificar los desastres, guerras, enfermedades, etc. que inundan nuestro mundo. Según la Iglesia, dios no es responsable de estas calamidades, es el hombre, que puede elegir entre el bien y el mal, y parece que muchas veces elige el mal (que tendrá que ver el libre albedrío con la ocurrencia, por ejemplo, de un terremoto). En cuanto a la libertad de acción, la idea de la Iglesia es que hay que evitar que una persona pueda hacer algo contrario a la verdad religiosa católica; para eso está el palo o, en otros tiempos, la hoguera. Veamos algunos textos reveladores de la citada encíclica. En cuanto a la naturaleza del poder, la libertad humana y la relación entre Iglesia y Estado, se afirma lo siguiente: - “La naturaleza de la libertad humana, …, incluye la necesidad de obedecer a una razón suprema y eterna, que no es otra que la autoridad de Dios imponiendo sus mandamientos y prohibiciones”. - “El poder legítimo viene de Dios, ... De esta manera, la obediencia queda dignificada de un modo extraordinario, pues se presta obediencia a la más justa y elevada autoridad. Pero cuando no existe el derecho de mandar, o se manda algo contrario a la razón, a la ley eterna, a la autoridad de Dios, es justo entonces desobedecer a los hombres para obedecer a Dios”. - “Estos liberales afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado…. De esta doble afirmación brota la perniciosa consecuencia de que es necesaria la separación entre la Iglesia y el Estado. Es fácil de comprender el absurdo error de estas afirmaciones…Es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes divinas o establecer una legislación positiva que las contradiga”. - “Es absolutamente necesario que el hombre quede todo entero bajo la dependencia efectiva y constante de Dios. Por consiguiente, es totalmente inconcebible una libertad humana que no esté sumisa a Dios y sujeta a su voluntad. Negar a Dios este dominio supremo o negarse a aceptarlo no es libertad, sino abuso de la libertad y rebelión contra Dios... La perversión mayor de la libertad,… consiste en rechazar por completo la suprema autoridad de Dios y rehusarle toda obediencia, tanto en la vida pública como en la vida privada y doméstica”. En lo referente a la libertad religiosa podemos leer lo siguiente: - “La llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio, profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna… es contraria a la verdad… conceder al hombre esta libertad de cultos de que estamos hablando equivale a concederle el derecho de desnaturalizar impunemente una obligación santísima y de ser infiel a ella, abandonando el bien para entregarse al mal. Esto, lo hemos dicho ya, no es libertad, es una depravación de la libertad y una esclavitud del alma entregada al pecado… la libertad de cultos es muy perjudicial para la libertad verdadera, tanto de los gobernantes como de los gobernados”. - “Mucho se habla también de la llamada libertad de conciencia. Si esta libertad se entiende en el sentido de que es lícito a cada uno, según le plazca, dar o no dar culto a Dios, queda suficientemente refutada con los argumentos expuestos anteriormente”. Las referencias a la libertad de expresión, de imprenta y de enseñanza van en la misma línea: 1

Véase la siguiente dirección de Internet: http://www.vatican.va/holy_father/leo_xiii/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_20061888_libertas_sp.html

83 - “Resulta casi innecesario afirmar que no existe el derecho a esta libertad (de expresión y de imprenta) cuando se ejerce sin moderación alguna, traspasando todo freno y todo límite… las opiniones falsas, máxima dolencia mortal del entendimiento humano, y los vicios corruptores del espíritu y de la moral pública deben ser reprimidos por el poder público para impedir su paulatina propagación, dañosa en extremo para la misma sociedad. Los errores de los intelectuales depravados ejercen sobre las masas una verdadera tiranía y deben ser reprimidos por la ley con la misma energía que otro cualquier delito inferido con violencia a los débiles... Si se concede a todos una licencia ilimitada en el hablar y en el escribir, nada quedará ya sagrado e inviolable”. - “Este es el fundamento de la obligación principal de los que enseñan: extirpar el error de los entendimientos y bloquear con eficacia el camino a las teorías falsas. Es evidente, por tanto, que la libertad de que tratamos, al pretender arrogarse el derecho de enseñarlo todo a su capricho, está en contradicción flagrante con la razón y tiende por su propia naturaleza a la perversión más completa de los espíritus. El poder público no puede conceder a la sociedad esta libertad de enseñanza sin quebrantar sus propios deberes... Por lo cual es necesario que también esta libertad, si ha de ser virtuosa, quede circunscrita dentro de ciertos límites, para evitar que la enseñanza se trueque impunemente en instrumento de corrupción. A esta sociedad (la Iglesia) ha querido encomendar todas las verdades por Él (Jesucristo) enseñadas, con el encargo de guardarlas, defenderlas y enseñarlas con autoridad legítima. A1 mismo tiempo, ha ordenado a todos los hombres que obedezcan a la Iglesia igual que a Él mismo, amenazando con la ruina eterna a todos los que desobedezcan este mandato…la Iglesia es la más alta y segura maestra de los mortales y tiene un derecho inviolable a la libertad de magisterio… De estas consideraciones se desprende la naturaleza de la libertad de enseñanza que exigen y propagan con igual empeño los seguidores del liberalismo. Por una parte, se conceden a sí mismos y conceden al Estado una libertad tan grande, que no dudan dar paso libre a los errores más peligrosos. Y, por otra parte, ponen mil estorbos a la Iglesia y restringen hasta el máximo la libertad de ésta,…” - “Es totalmente ilícito pedir, defender, conceder la libertad de pensamiento, de imprenta, de enseñanza, de cultos, como otros tantos derechos dados por la naturaleza al hombre… Una libertad no debe ser considerada legítima más que cuando supone un aumento en la facilidad para vivir según la virtud. Fuera de este caso, nunca”. Puede afirmarse que estas frases están sacadas de su contexto, pero son lo suficientemente elocuentes para dejar clara la posición de la Iglesia en el momento de su publicación. El extendernos más en estas citas hubiera dejado aún más clara la intolerante posición de la jerarquía católica en relación a su peculiar idea de libertad, pero queda fuera del objetivo de este libro el reproducir encíclicas completas; para eso puede el lector acudir a la referencia de internet anteriormente expuesta y encontrar allí el texto íntegro de la encíclica en cuestión. En resumen, la citada encíclica afirma que el poder viene de dios (esto es acorde con el absolutismo pero no con la democracia), poder al que hay que obedecer siempre que la ley sea acorde con el dogma católico (la verdad absoluta según la jerarquía de la Iglesia); si no es así, mejor es no obedecer. La encíclica continúa diciendo que es ilícito separar el Estado de la Iglesia; todo debe estar sometido a dios. Las libertades de culto, de conciencia, de expresión, de imprenta y de enseñanza son contrarias a la “verdad” (católica). Sólo se puede enseñar, trasmitir y divulgar la “verdad” católica, que es la ley de dios. En el siglo XIX, la sociedad estaba cambiando y el poder religioso estaba perdiendo influencia; en consecuencia, el papa León XIII echaba sin duda de menos la Inquisición medieval, la cárcel y la hoguera para los herejes, es decir, la receta católica del amor al prójimo.

84 Actualmente, la Iglesia, a pesar de que aún mantiene un poder inmenso, ha tenido que ceder ante los avances de la sociedad civil y, a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965), ha suavizado su postura. Así, Benedicto XVI ha reconocido públicamente la libertad de cultos1. No obstante, pueden haber cambiado algo las formas, pero no el fondo; parece claro que la jerarquía católica tiene que tragar la existencia de ciertas libertades, pero no las admite, ya que, en cuanto puede, apoya a los regímenes totalitarios o a los partidos de extrema derecha que tienen como pilar básico la religión católica, no tolerando la separación entre Iglesia y Estado, aspecto básico en democracia. De este modo, no admiten la enseñanza laica, y en cuanto surge una ley civil que otorga derechos contrarios a su dogma, no escatiman medios para combatirla, exigiendo incluso a sus fieles la desobediencia civil. Veamos algunas perlas al respecto de Benedicto XVI: - “Cuando el relativismo moral se absolutiza en nombre de la tolerancia, los derechos básicos se relativizan y se abre la puerta al totalitarismo”. - “Allá donde la moral y la religión son reducidas al ámbito exclusivamente privado, faltan las fuerzas que puedan formar una comunidad y mantenerla unida”. - “Un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza”. La libertad de expresión no existe, por supuesto, para los fieles de la Iglesia católica. A modo de ejemplo, podemos citar el caso del sacerdote católico norteamericano Roy Bourgeis. Esta persona opinó públicamente que la Iglesia no tiene base teológica para negar el acceso de la mujer al sacerdocio y que las mujeres tienen dignidad suficiente para este acceso. Como consecuencia, fue apercibido por la Congregación para la Doctrina de la Fe (la Inquisición) y amenazado con la excomunión si no se retractaba en treinta días; al no retractarse, Roy Bourgeis fue excomulgado. Llama la atención que la Iglesia no tiene el mismo celo con los pederastas, que tanto se prodigan en esa institución que sus jerarcas califican como divina. Tal como afirma Vera2, la conquista de las libertades de conciencia y expresión y de la democracia han sido el resultado de una larga lucha en la que uno de los principales enemigos a batir ha sido la Iglesia católica. El problema es que esta conquista aún no ha sido lograda en numerosos países del mundo, donde la lucha continúa. Incluso donde el poder civil ha logrado imponer democráticamente sus criterios, la Iglesia sigue ejerciendo una oposición constante al desarrollo de la libertad y la democracia, generando una tensión constante entre ella y el Estado, tensión en la que en muchas ocasiones actúan partidos de extrema derecha como correas de trasmisión. Habida cuenta de los medios de que sigue disponiendo actualmente al Iglesia católica, la agresión que constantemente ejerce esta institución religiosa contra el desarrollo democrático de la sociedad es, en pleno siglo XXI, tremendamente preocupante. A ello se une el que, tal como afirma Vera, “la mente del auténtico creyente sólo puede ser una mente democrática traicionando o relativizando su creencia”. A este respecto, vienen también a cuento algunas frases de Russell3: “Existe este hecho curioso: cuanto más intensa ha sido la religión en cualquier período, y más la profunda creencia dogmática, ha sido mayor la crueldad y peores las circunstancias… Uno halla, al considerar el mundo, que todo el progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo el paso hacia un mejor trato de las razas de color, que toda mitigación de la esclavitud, que todo progreso moral realizado 1

Véase, por ejemplo, el discurso del papa Benedicto XVI al cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede (enero de 2006): http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2006/january/documents/hf_benxvi_spe_20060109_diplomatic-corps_sp.html 2 Vera, J.M. 2008. Tradición católica: el peligro político de la certeza religiosa. En: La Iglesia furiosa. Sepha, Málaga. 3 Russell, B. 1977. Por qué no soy cristiano. EDHASA-Sudamericana, Barclona.

85 en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las iglesias organizadas del mundo. Digo deliberadamente que la religión cristiana, tal como está organizada en sus iglesias, ha sido, y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo”. Sexualidad, anticoncepción y uso de preservativos.- La Iglesia continúa actualmente cegada en su obsesión por la sexualidad: “El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión” 1. Como consecuencia, se ha negado tradicionalmente a admitir el uso de anticonceptivos. El asunto ha adquirido especial gravedad a finales del siglo XX con la expansión del SIDA. La alta jerarquía eclesiástica, desoyendo las recomendaciones de las autoridades sanitarias mundiales, ha seguido condenando la utilización de preservativos, lo cual está teniendo gravísimas consecuencias, sobre todo en los países pobres de África, donde se estima que más de 25 millones de personas han muerto como consecuencia de esta enfermedad. El papa, con motivo de su visita a Camerún en 2009, respondió, a la pregunta de un periodista, que el sida no puede vencerse con la distribución de condones, ya que, por el contrario, según él, esto agrava el problema. Frente al uso de preservativos, la Iglesia defiende que hay que humanizar la sexualidad y que las claves para vencer la enfermedad están en el matrimonio heterosexual, la fidelidad, la castidad y la abstinencia. A quien hay que humanizar es a estos terribles predicadores que postulan la miseria, el dolor y la enfermedad, y como esto parece imposible, se hace necesario desarrollar preservativos contra las filípicas de estos individuos, desenmascarando sus mentiras a base del uso y la difusión de la razón y el conocimiento. Recordemos que Camerún tiene cerca de medio millón de infectados por el SIDA y unos 300 000 huérfanos como consecuencia de la enfermedad. Los defensores católicos de estos macabros discursos afirman que la efectividad del condón es sólo del 85%. ¿Cuál es la efectividad de no usarlo? Obviamente, la solución de estos personajes de piedra es la abstinencia. Esto es algo parecido a decir que, para evitar la gastroenteritis, la solución es no comer. Tal como afirma Santiago Camacho2, resulta curioso que, mientras Pablo VI clamaba contra la utilización de anticonceptivos en 1968 (encíclica “Humanae vitae”), la Iglesia participaba económicamente en el Instituto Farmacológico Serono, productor de las píldoras anticonceptivas más utilizadas en Italia. Oposición al aborto.- Argumentado el derecho a la vida, la jerarquía católica afirma que el aborto es la muerte violenta de seres inocentes e indefensos. Obviamente, ignoran los derechos de la madre hasta tal punto, que la Iglesia condena el aborto aunque esté en peligro su vida. Defienden que el aborto es un asesinato y que como tal debe ser castigado por las leyes civiles. Estos defensores del dolor y la miseria humana se olvidan de varias cosas: 1.- El embrión o el feto humano no es una persona. Ninguna legislación del mundo considera que lo es. No hay ningún registro civil para embriones o fetos, ni tampoco se computan el número de éstos para determinar los habitantes de una colectividad humana. Los intolerantes han afirmado a menudo que se trata de una persona en potencia; ahora bien, una persona en potencia no es una persona. Hay que añadir además que, al menos en los tres primeros meses de la gestación, el nivel de organización de este supuesto ser es inferior al de cualquier vertebrado adulto. La conclusión obvia es que inducir un aborto no es matar a una persona. 2.- Hasta que el feto no es viable, éste forma parte del cuerpo de la madre, fuera del cual no puede sobrevivir. Parece obvio que el cuerpo es la propiedad privada más genuina a íntima de una 1 2

Catecismo de la Iglesia católica (párrafo 2351). Camacho, S. 2005. Biografía no autorizada del Vaticano. Martínez Roca, Madrid.

86 persona y por tanto la más respetable. Obligar a una mujer a dar a luz por el hecho de quedar embarazada e impedir el aborto inducido, al menos cuando el feto no es viable, es la negación del derecho esencial de la mujer a disponer de su propio cuerpo sin hacer daño a ninguna otra persona. En España, el límite legal a partir del cual se considera un feto viable es 180 días. Los antiabortistas afirman que existe una continuidad desde el cigoto hasta el niño, por lo cual no es posible establecer un límite por debajo del cual sea lícito practicar el aborto; además, la viabilidad del feto depende del estado de la técnica en cada momento y en cada lugar. Si bien se admite que en los últimos meses de gestación el feto tiene ya una cierta perceptibilidad (puede, por ejemplo, escuchar y recordar sonidos) y se le puede suponer una cierta capacidad de sufrir, resulta difícil admitir que en los primeros meses del embarazo el embrión o el feto pueda realmente sufrir. Es cierto que resulta muy difícil trazar una línea entre feto viable o no viable, o entre embrión o feto que no percibe y no sufre, y feto que puede percibir y sufrir, pero aun suponiendo un amplio periodo de transición entre estas dos situaciones, y respetando ese período a favor del feto, nos queda un periodo inicial de cuatro meses para poder inducir libremente el aborto, sin que exista riesgo ni de viabilidad ni de sufrimiento alguno. Un período de 12 a 14 semanas es admitido legalmente por muchos países desarrollados para que la mujer embarazada pueda decidir libremente si aborta o no. 3.- Como consecuencia de la naturaleza del feto como parte intrínseca del cuerpo de la mujer y de la desesperación de muchas mujeres en su deseo de abortar, se ha demostrado le imposibilidad de impedir el aborto por medio de leyes, practicándose muchos abortos con resultados fatales, con lo cual resulta evidente que el efecto de las leyes antiabortistas es funesto. Así, se calcula que en el mundo se provocan más de 20 millones de abortos al año en condiciones inadecuadas, lo cual provoca decenas de miles muertes al año (unas 70.000 según la organización no gubernamental para la defensa de la salud reproductiva de las mujeres –Elmundo.es/salud del 2 de septiembre de 2004–). Por otro lado, la existencia de leyes y normas morales que impiden el aborto es la causa de que existan millones de personas sufriendo hambre y miseria. Ser insensible ante tanta muerte y tanto dolor sólo puede ser fruto de un fanatismo religioso absolutamente irracional. Resulta indignante comprobar cómo los mismos que consideran que la vida es sagrada y que el aborto es un delito son los que admiten la pena de muerte como castigo extremo. Son, sin duda, los paladines del sufrimiento humano; aquellos que tienen la “verdad absoluta”, y desprecian y no toleran las verdades de las personas que piensan de forma diferente. Las situaciones más perentorias para admitir el aborto como recurso legal son aquellas en las que está en peligro la vida o la salud física o mental de la madre. En el mismo capítulo se pueden incluir los casos en los que se constata la existencia de una enfermedad congénita grave del niño en caso de que nazca. Son situaciones en las que la propia Organización Mundial de la Salud recomienda la legalidad del aborto. Otros casos en los que resulta difícil esgrimir razones para oponerse al aborto son aquellos en los que el embarazo es el resultado de una violación, la embarazada es menor de edad o existe incapacidad para cuidar al niño por razones económicas o sociales. Los paladines del sufrimiento humano se niegan a admitir el aborto en ninguno de estos casos. En suma, la pugna entre el derecho al aborto y la negación de este derecho es un enfrentamiento entre los derechos de la madre y los derechos del feto, entre los derechos de una persona y los derechos de un organismo que no es ni una persona, ni siquiera un ser vivo independiente. Ante esta pugna, deben prevalecer siempre los derechos de la madre. Un ejemplo que muestra la insensibilidad y crueldad de la jerarquía católica sucedió en Brasil, donde, de acuerdo con legalidad vigente, se le practicó el aborto de dos gemelos a una niña de nueve

87 años que había sido violada por su padrastro, y cuya vida, según los médicos, corría serio peligro1. Como consecuencia, los médicos que la intervinieron y la madre de la niña fueron excomulgados por el obispo José Cardoso Sobrinho, que consideró el aborto como un acto inmoral incompatible con la doctrina católica. Ante la polémica suscitada por el caso, en la que incluso intervino el presidente Lula a favor de la necesidad de este aborto, la curia romana cerró filas y el cardenal Giovanni Battista Re, presidente de la Comisión Pontificia para América Latina declaró públicamente que “el verdadero problema es que los gemelos concebidos eran personas inocentes, que tenían el derecho innegable a la vida. La Iglesia siempre ha defendido el derecho a la vida y debe continuar haciéndolo, sin adaptarse a las modas de cada época o al oportunismo político”. El cardenal brasileño, Geraldo Majella Agnelo, también quiso aportar su diabólica visión del asunto, afirmando: “Si el Gobierno no defiende la vida humana desde su concepción, ¿qué va a defender?”. La falta de humanidad de estos individuos se juzga por sí misma y no merece más comentarios. Este caso no es único; uno similar con una niña violada de 11 años tuvo lugar en Colombia en el año 20062. A estos casos hay que sumar los frecuentes casos de abortos negados en situaciones de violación, a menudo a niñas, en países latinoamericanos donde la Iglesia católica es dominante. La reacción de la Iglesia frente a leyes que legalizan diversos supuestos de aborto suele ser feroz, transmitiendo mensajes terribles, induciendo manifestaciones masivas, promoviendo la desobediencia civil y amenazando con la excomunión a las personas implicadas. Obviamente, estas leyes no obligan a nadie a abortar, simplemente permiten hacerlo cuando se trata de personas en las que concurren determinadas circunstancias. Aparte de que el aborto no conlleva la muerte de nadie, ¿le preocupa a la Iglesia católica la muerte de seres indefensos e inocentes? La respuesta clara es “no”. Acabamos de ver en el apartado anterior que la Iglesia condena el preservativo, aunque éste sirva para evitar la muerte de millones de personas. ¿Qué es lo que le preocupa entonces a la Iglesia? Le preocupa que existan relaciones sexuales que no conduzcan a la procreación. Más que una preocupación es una obsesión. La filosofía de la Iglesia es que, si existen relaciones sexuales entre personas, que éstas sufran las consecuencias. Si como resultado, las personas se contagian de SIDA y mueren, no importa, que no hubieran tenido tales relaciones. Y si traen al mundo seres no deseados que luego van a sufrir hambre y miseria, tampoco importa. Lo único que importa es eliminar la actividad sexual, y para ello nada mejor que la amenaza del SIDA o de la procreación accidental. El sufrimiento innecesario y la “antivida” siempre han de estar presentes en la doctrina católica. Investigación con células madre.- La concepción que tiene la Iglesia católica de los embriones humanos, y su irracionalidad e intransigencia, le ha llevado a condenar la investigación con células madre embrionarias con fines terapéuticos. De esta manera, la Iglesia pretende cerrar el paso a una investigación con gran potencial médico, que puede curar en el futuro muchas y graves enfermedades y aliviar muchos sufrimientos. Debe tenerse en cuenta que en esta línea de investigación se utilizan embriones en las primeras fases de su desarrollo (de tamaño casi microscópico), que han sido creados en exceso mediante fertilización in vitro y que en consecuencia no han sido usados. Resulta evidente que, a medida que la civilización avanza, la Iglesia se aleja más y más de ella. Oposición a la eutanasia.- El término “eutanasia” hace referencia a una muerte tranquila, sin 1

Véase la noticia en la edición digital del el diario El País (25/3/2009): http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Nina/violada/madre/excomulgada/elpepusoc/20090315elpepisoc_4/Tes 2 Véase la noticia en: http://www.20minutos.es/noticia/148028/0/colombia/aborto/excomunion/

88 sufrimiento. Se trata en definitiva de provocar la muerte de una persona para evitarle sufrimientos inútiles o una prolongación artificial de la vida. Se trata de un asunto con una problemática compleja cuya discusión queda fuera del alcance de este libro, pero en cualquier caso, los fundamentalistas religiosos y los defensores del dolor imponen la intolerante voz del dogma por encima de cualquier razón. Para ellos, la vida es sagrada y solo puede quitarla dios; la eutanasia es nuevamente un asesinato, representando un desafío a la soberanía de dios. Pena de muerte.- En relación con la pena de muerte, el catecismo de la Iglesia católica, en su punto 2266, afirma que: “La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio. Por este motivo la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte…”. Los “señores” que dicen esto lo hacen en el capítulo titulado “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, en el artículo dedicado al quinto mandamiento (“No matarás”) y en la sección dedicada al “respeto de la vida humana”, y son los mismos que afirman en el punto 2258 del mismo documento que “la vida humana es sagrada”. También son los mismos que condenan la eutanasia, el aborto y el uso del preservativo para controlar la natalidad o evitar el sida, condenando a la miseria y a la muerte a millones de personas. Sobra cualquier comentario. Discriminación de la mujer.- A pesar de que la Iglesia católica sufre una profunda crisis de vocaciones sacerdotales, se niega a permitir que las mujeres puedan acceder al sacerdocio, lo cual, además de absurdo y socialmente incoherente con el mundo actual, supone una flagrante discriminación de la mujer. Como constatación de esta discriminación, la Conferencia Episcopial Española, en su LXXXVI sesión plenaria (año 2006), hizo público el documento “Teología y secularización en España. A los cuarenta años del Concilio Vaticano II”, en el que, en su punto 45, se afirmaba lo siguiente1: “Es preciso recordar las determinaciones magisteriales acerca del varón como único sujeto válido del orden sacramental, porque tal fue la voluntad de Cristo al instituir el sacerdocio. Algunos han pretendido injustificadamente que esa voluntad no consta en la Escritura, lo cual no corresponde a la interpretación auténtica de la palabra de Dios escrita y transmitida. La doctrina sobre la ordenación sacerdotal reservada a los varones debe ser mantenida de forma definitiva, pues ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal”. Por si no quedase claro lo que significa esta declaración, comparémosla con lo que se afirma en los dos primeros artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Artículo 1. “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Artículo 2. “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. Hay que aclarar que la Iglesia, sociedad perfecta de origen divino –según sus jerifaltes obviamente-, está por encima de estos derechos, como se desprende del punto 36 del documento publicado por la Inquisición (Congregación para la Doctrina de la Fe) en 1990, titulado “Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo”, en el que se afirma2: “no se puede apelar a los derechos

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Véase: http://multimedios.org/docs/d001738/ Véase: http://multimedios.org/docs/d000425/

89 humanos para oponerse a las intervenciones del Magisterio”. Resulta escandaloso que el Vaticano tuviera la desvergüenza de conmemorar, en 2008, el sesenta aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos1, cuando se hacen públicas las anteriores declaraciones y cuando la Iglesia no ha suscrito siquiera la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Resulta repugnante que la Iglesia, se atreva a afirmar, con motivo de esta conmemoración, falsedades y tergiversaciones como las siguientes2: - “Se trata de poner de relieve, una vez más, la importancia que la Santa Sede atribuye al reconocimiento y a la tutela de los derechos fundamentales de la persona humana y resaltar el compromiso de los católicos con la defensa y promoción de los Derechos Humanos”. - “Los Sumos Pontífices han expresado en numerosas ocasiones el aprecio de la Iglesia católica por el gran valor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos”. - “La universalidad, la indivisibilidad y la interdependencia de los derechos humanos sirven como garantía para la salvaguardia de la dignidad humana. Sin embargo, es evidente que los derechos reconocidos y enunciados en la Declaración se aplican a cada uno en virtud del origen común de la persona, la cual sigue siendo el punto más alto del designio creador de Dios para el mundo y la historia. Estos derechos se basan en la ley natural inscrita en el corazón del hombre y presente en las diferentes culturas y civilizaciones. Arrancar los derechos humanos de este contexto significaría restringir su ámbito y ceder a una concepción relativista, según la cual el sentido y la interpretación de los derechos podrían variar, negando su universalidad en nombre de los diferentes contextos culturales, políticos, sociales e incluso religiosos”. - “El compromiso de la Iglesia por los derechos humanos tiene razones precisas e inherentes a su propia misión; se inscribe en la solicitud de la Iglesia por el hombre en su dimensión integral. Podríamos decir que el motivo último y fundamental por el cual la Iglesia se interesa por los derechos humanos es de orden ético y religioso”. - “En última instancia, los derechos humanos están fundados en Dios Creador, el cual dio a cada uno la inteligencia y la libertad. Si se prescinde de esta sólida base ética, los derechos humanos son frágiles porque carecen de fundamento sólido”. - “La Iglesia ha dado su propia contribución, tanto con la reflexión sobre los Derechos Humanos a la luz de la Palabra de Dios y de la razón humana, como con su compromiso de anuncio y de denuncia, que la ha convertido en una defensora infatigable de la dignidad del hombre y de sus derechos, también en estos sesenta años que nos separan de la Declaración de 1948”. ¿Cómo se atreven estos individuos, jerarcas de la Iglesia, a tanta incoherencia y a tanto engaño? Atribuyéndose el nombre de dios, hablan como si fueran dioses, hablan de la Iglesia como una sociedad perfecta, se atreven a dar lecciones de moralidad y están por encima de la humanidad. Además se consideran los paladines de los derechos de hombre y sin embargo vulneran de manera flagrante los dos primeros artículos de la Declaración, además de todos los artículos relativos a la libertad del hombre y a su participación social y política como ciudadanos. Por supuesto, ellos se encargan de aclarar que la Iglesia no es sociedad humana, sino divina, y que ellos se rigen por la ley natural que está impresa en el corazón de los hombres. Obsérvese, por otro lado, cómo tratan de

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Véase: http://radioevangelizacion.org/node/2417 Declaración sobre “los derechos humanos en el magisterio de Benedicto XVI” por el Secretario de Estado del Vaticano en el LXI aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos. Véase: http://www.pastoraljuvenil.es/index.php?option=com_content&view=article&id=16:los-derechos-humanos-enel-magisterio-de-benedicto-xvi&catid=6:interes-general&Itemid=10 2

90 desvirtuar, en el párrafo tercero, mediante una literatura farragosa y críptica, el verdadero sentido de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Qué desvergüenza. Oposición al divorcio.- Según el catecismo de la Iglesia católica, “el divorcio es una ofensa grave a la ley natural”, oponiéndose frontalmente a la legislación civil que permite el divorcio. Afortunadamente, en este punto la Iglesia tiene la batalla perdida, ya que el divorcio está instituido en todo el mundo, con la excepción de Filipinas y, por supuesto, la Ciudad del Vaticano. La pederastia en el seno de la Iglesia católica.- El clero católico no se destaca precisamente por dar ejemplo en el cumplimiento de las normas morales que predica. Desde la segunda mitad del siglo XX se han descrito numerosos casos de pederastia en los que han incurrido un número ingente de clérigos católicos de diversos países (Irlanda, Estados Unidos, Australia, Canadá, Alemania, Austria, Polonia, España, Francia, Italia, Holanda, Méjico, Brasil, Argentina y Chile, entre otros). En muchos casos, estos escándalos han sido encubiertos por las autoridades eclesiásticas; concretamente, los dos últimos papas han sido acusados de encubrir y archivar miles de denuncias de abusos de clérigos pederastas. Los datos que existen para analizar objetivamente las depravadas conductas de muchos clérigos son contradictorios, pero, en cualquier caso, puede afirmarse que son miles los casos probados de abusos sexuales cometidos por clérigos religiosos. En Estados Unidos, por ejemplo, los casos de pederastia cometidos por el clero católico han sido muy numerosos, de forma que, en conjunto, se han pagado miles de millones de dólares en indemnizaciones a las víctimas durante lo que va del siglo XXI, asumiendo la Iglesia acuerdos extrajudiciales para impedir que los casos lleguen a la justicia1. Una idea del grado de impunidad y encubrimiento de estos casos la da el hecho de que Ratzinger, cuando era el máximo responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pidió a los obispos de todo el mundo que los casos de pederastia quedaran sujetos al secreto de la Iglesia y que no se denunciasen a las autoridades civiles bajo pena de excomunión1,2. Un ejemplo de pederastia de clérigos católicos fue el del sacerdote mejicano Marcial Maciel, fundador de la congregación religiosa denominada “Legionarios de Cristo”. Esta congregación fue creada en 1941, y contó con un especial apoyo del papa Juan Pablo II. Actualmente cuenta con cientos de sacerdotes y numerosos centros educativos distribuidos por todo el mundo; su implantación se ha desarrollado entre personal de alto poder económico. Marcial Maciel ha sido acusado de tener varios hijos siendo sacerdote y de abusar sexualmente de numerosos niños de sus centros educativos, entre los que se encontraban sus propios hijos; ha sido además acusado de drogadicción y se le ha atribuido una fortuna de unos 25.000 millones de euros3. Después de muchas denuncias y tras largos años de ocultación de sus delitos por la alta jerarquía eclesiástica, fue separado de su actividad sacerdotal por el papa Benedicto XVI y sus abusos fueron reconocidos por la propia congregación religiosa que él fundó.

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Un análisis de detalle en relación con este tema puede encontrarse en: - Rodríguez, P. 2003. Pederastia en la Iglesia católica. Ediciones B, Madrid. - Camacho, S. 2005. Biografía no autorizada del Vaticano. Martínez Roca, Madrid. 2 Grimaldos, A. 2008. La Iglesia en España 1977-2008. Península, Barcelona. 3 Para mayor detalle de las acusaciones a Marcial Maciel y de su cronología puede verse en los artículos de CNN México titulados “Los ‘hijos’ de Marcial Maciel revelan secretos de familia” (4-3-2010) (http://mexico.cnn.com/nacional/2010/03/03/el-fundador-de-los-legionarios-de-cristo-abuso-tambien-de-dos-desus-hijos) y “Cronología del escándalo en torno al fundador de los Legionarios de Cristo” (4-3-2010) (http://mexico.cnn.com/nacional/2010/03/04/cronologia-del-escandalo-en-torno-al-fundador-de-los-legionariosde-cristo).

91 Una experiencia interesante: la teología de la liberación.- La Sagrada Escritura contiene episodios en los que se describen auténticas aberraciones, pero también recoge en el Nuevo Testamento valores positivos, tales como “amor al prójimo”, “caridad”, “misericordia”, “perdón” y “paz”. El problema de la Iglesia católica es que desarrolla lo más negativo de la Biblia para alcanzar un poder terrenal inmenso, usando los valores positivos como un barniz o careta que enmascara la maldad intrínseca de la institución. Sin embargo, a lo largo de la historia del cristianismo han existido numerosos movimientos que, persuadidos del boato y corrupción de la Iglesia, trataron de practicar una religión más austera y conforme con los valores positivos del cristianismo, emulando la vida de los primeros cristianos. Un ejemplo destacable es el caso de los cátaros. En algunos casos, como en el de la reforma protestante, la intolerancia propia de quien se cree con la verdad absoluta y no respeta las creencias ajenas dio lugar a matanzas y prácticas aberrantes comparables a las de Iglesia católica. En todos los casos, las discrepancias fueron reprimidas de forma sangrienta y destruidas, en la medida de lo posible, por la Iglesia. En esta línea de volver a los valores cristianos positivos, surge en la segunda mitad del siglo XX, en el seno del catolicismo, un movimiento denominado “teología de la liberación”. El movimiento surge en Latinoamérica, si bien tiene precedentes en los sacerdotes obreros europeos, o incluso en las luchas por los derechos de los negros lideradas por Martin Luther King en Estados Unidos. Movimientos comparables han tenido lugar en otros países, como Sudáfrica, en la lucha contra el “apartheid”, o Filipinas, en movimientos campesinos. La teología de la liberación es un movimiento de bases que surge como consecuencia de la pobreza reinante en Latinoamérica. Considera que los pobres son víctimas de un pecado colectivo o estructural, que implica un rechazo del Reino de Dios, producto del capitalismo, y que es necesario erradicar, eliminando las injusticias y la corrupción implicadas. Considera que el cristianismo debe eliminar la pobreza y devolver la dignidad social a los que la sufren. Por consiguiente, esta teología toma partido por los pobres y se compromete en la lucha social por su liberación económica y social. En esto converge con la izquierda política y el marxismo. La repuesta del Vaticano no se hizo esperar, y se hizo en los términos previsibles. El responsable del proceso contra el movimiento fue el entonces cardenal Ratzinger, prefecto en aquel tiempo de la Congragación para la Doctrina de la Fe. En la respuesta, la Iglesia oficial afirma que, aunque ella tiene un compromiso radical con los pobres (he aquí el barniz en que se escuda siempre la Iglesia para esconder la bestia que lleva dentro), la doctrina de la Iglesia es incompatible con el marxismo o con ideologías políticas; su lucha no es por aspectos materiales de la vida humana sino por la salvación de las almas. Como consecuencia, la Iglesia ha sancionado a dos de los intelectuales más relevantes de la teología de la liberación, Leonardo Boff y Jon Sobrino, intentando silenciar su voz e impedir su labor. La presión ejercida por otros clérigos sobre el Vaticano ha impedido a este obrar como hubiera deseado. Afortunadamente para estos teólogos y para la humanidad, la Iglesia ya no puede arrojar a la hoguera a los discrepantes, aunque no es, sin duda, por falta de ganas.

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9. EL CRISTIANISMO EN ESPAÑA Edad Media La historia de la Iglesia en España se hunde en la noche de los tiempos. Ya a comienzos del siglo V, con la imposición del cristianismo como religión oficial en el Imperio romano, la Iglesia se encuentra plenamente integrada en la sociedad hispana. Con la conversión de Recaredo al cristianismo en el siglo VI, la jerarquía eclesiástica comienza a gozar de grandes privilegios, poseyendo un estatuto especial y siendo objeto de donaciones, con lo que adquiere extensos territorios. A su vez, la Iglesia tiende a prodigarse e imponerse en el medio rural: los señores feudales crean iglesias propias y se inicia la vida monacal, que adquiere formas muy diversas. Las órdenes monacales son objeto también de privilegios y donaciones, y su poder aumenta rápidamente. Con ello, la población se ve sometida a las normas impuestas por la Iglesia. A través de diversos concilios, celebrados en Toledo, se van unificando las normas religiosas y se va forjando, a lo largo del siglo VII, una Iglesia hispano-visigoda en la Península. En la Baja Edad Media, la Iglesia ha penetrado de tal manera en la sociedad peninsular cristiana que consigue una plena identificación entre el poder religioso y el civil. Cada individuo ocupa un puesto en la sociedad que ha sido designado por dios. Con este postulado, el poder puede vivir tranquilo, pues el siervo seguirá siendo siervo por la gracia de dios. Para ello, la parafernalia cristiana (sacramentos, liturgia, ceremonias, etc.) sirve para mantener unido al pueblo y realizar un efectivo lavado de cerebro. La Iglesia se convierte así en un grupo de intensa presión al servicio del poder, independiente de en qué manos éste se encuentre (nobles o reyes). Las iglesias y los monasterios se transforman en sedes de la vida intelectual y el clero obtiene así grandes privilegios, estando libre de la jurisdicción civil. Además, la Iglesia, no sólo está libre del pago de tributos, sino que se convierte en receptora de grandes impuestos. Los diezmos (representan una parte de las cosechas y ganados – etimológicamente la décima parte-) y la primicias (etimológicamente los primeros frutos de las cosechas) son impuestos que los fieles, es decir, todos los súbditos, deben pagar obligatoriamente a obispos, párrocos o comunidades monacales. Estos tributos se introducen en Aragón y Cataluña a finales del siglo VIII y se extienden posteriormente a todo el territorio peninsular cristiano. A esto hay que añadir las importantes donaciones hechas a la Iglesia por los fieles. De este modo, ésta se hace poseedora de grandes territorios y riquezas, y sus gobernantes, obispos y abades, se convierten en auténticos señores feudales. La espiritualidad del cristianismo, es decir, el amor al prójimo, tan cacareado por la doctrina cristiana, importa poco. Lo que importan son los bienes materiales. Como consecuencia de todo esto, la Iglesia consigue una jerarquización estricta de la sociedad y penetra en todas las esferas de la misma, imponiendo sus reglas en aspectos tales como el matrimonio, los contratos, los testamentos, las normas penales, etc., de forma que cualquier acontecimiento vital está presidido por un rito religioso. Asimismo, cualquier fiesta popular está asociada siempre a algún santo o santa cristiano, y se celebra acompañada de actos religiosos. No obstante, la Iglesia, para mitigar su fachada y disimular su avaricia, se ejercita en realizar obras de caridad, tales como dar de comer a los pobres o curar a enfermos; la caridad mitiga la cólera divina.

Antiguo régimen Al llegar el siglo XV, la conexión entre el poder civil y el eclesiástico es muy estrecha. El rey es depositario del poder civil, pero también ejerce el poder religioso en asuntos ajenos a la parte

94 dogmática de la Iglesia. Posee el derecho a proponer a la Santa Sede las personas elegidas para desempeñar los altos cargos eclesiásticos dentro del país. También tiene el derecho de examinar documentos pontificios y vetar su validez en el caso de que atentase contra el poder real en materia religiosa. Finalmente, podía resolver las apelaciones de los elementos del clero condenados por tribunales eclesiásticos. Las prebendas y el poder del clero no se quedaban atrás1. Los obispos podían multar y detener a seglares. Los párrocos podían multar por no asistir a la misa dominical y excomulgar al que no pagaba los tributos. La Iglesia controlaba la enseñanza, examinando a los maestros y censurando el contenido de los textos. Asimismo, eran obligatorios el bautismo y la confesión pascual. En ocasiones, existían conflictos de jurisdicción entre el poder civil y el eclesiástico acerca de quién debía juzgar determinados actos, ya que muchos de ellos eran a la vez pecado y delito (por ejemplo, la blasfemia, la vida en común de personas no casadas, etc.). Todas las atribuciones citadas en los párrafos anteriores nos dan una idea del poder y la intolerancia de la Iglesia en la España del Antiguo Régimen y de la connivencia de fondo entre el poder civil y el religioso. Qué repugnancia produce sólo el pensar hasta qué punto la Iglesia se inmiscuía en asuntos privados y hasta qué punto ésta ha sido uno de los obstáculos mayores, si no el mayor, para el ejercicio del libre pensamiento y el progreso de la humanidad. El poder material de la Iglesia no era menor que el jurisdiccional. Según Domínguez Ortiz1, a finales del siglo XVII se estimaba que la sexta parte de las tierras castellanas eran propiedad de la Iglesia, a lo que hay que sumar los ingresos generados por los tributos y las donaciones. Según Anes2, en el siglo XVIII, “la Iglesia poseía (en España) los derechos señoriales de 3130 localidades, entre las que se contaban nueve ciudades y 239 villas” y “las tierras del clero producían, aproximadamente, la cuarta parte del producto bruto de la agricultura y los rebaños de la Iglesia y el ganado, en general, la décima parte”. Por otro lado, los diezmos representaban realmente la décima parte del producto bruto de las cosechas y ganados de los laicos. Como consecuencia, las rentas obtenidas por el Iglesia por alquileres de casas o de tierras eran enormes. A estos ingresos hay que añadir, los ingentes ingresos obtenidos por la prestación de servicios eclesiásticos, tales como bautizos, bodas, funerales y misas. Y por supuesto, en el siglo XVIII, la Iglesia, con los jesuitas y franciscanos a la cabeza, seguía controlando la enseñanza. Hubo conflictos, no sólo jurisdiccionales, sino también económicos, pero el estado civil nunca pudo eclipsar el estado paralelo controlado por la Iglesia. Afortunadamente, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, con la tímida llegada de la ilustración a tierras hispanas, se comenzó a discutir críticamente el poder eclesiástico en España y se suscita el derecho a poder pensar y leer libremente. Se señala, además, el carácter económicamente improductivo del clero; es decir, la riqueza de la Iglesia no estaba compensada por su función social. A su vez, el tribunal de la Inquisición, en competencia con el poder real, fue perdiendo progresivamente poder; en tiempos de Carlos III, el tribunal apenas tuvo ya actividad. Por otro lado, la sociedad está dividida en relación con los privilegios y riquezas de la Iglesia; los campesinos, con obligación de pagar diezmos, son los grandes perjudicados de tales privilegios, mientras que los que se benefician del trabajo ofrecido por la institución eclesial y los receptores de las limosnas de los obispos, que eran obligatorias, son los que defienden la situación privilegiada de la Iglesia. 1

Domínguez Ortiz, A. 1973. El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias. Alianza ed. – Alfaguara, Madrid.

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Anes, G. 1975. El Antiguo Régimen: los Borbones. Alianza ed. – Alfaguara, Madrid.

95 El gran poder económico de la Iglesia permitió la construcción de catedrales, templos, palacios y monasterios, y el enriquecimiento de los mismos con todo tipo de obras de arte. Las enormes riquezas de la Iglesia estaban además desigualmente repartidas, de forma que, frente a la pobreza secular de los sacerdotes del mundo rural, estaba la riqueza y ostentación de las catedrales y sedes diocesanas. El clero tenía la función social de atender la enseñanza y la difusión de la cultura y de dar limosna en las catedrales, abadías y palacios episcopales, existiendo una gran desproporción entre la función realizada y los descomunales ingresos que percibía.

La intolerancia y el terror como máxima expresión del amor cristiano al prójimo: la Inquisición La Inquisición fue introducida en el reino de Aragón en el siglo XIII y fundada como “Inquisición española” en 1478 por los Reyes Católicos. En principio su misión era acabar con los falsos conversos, pero su actividad se extendió rápidamente a toda la población y a todas las tierras del imperio. Se ha polemizado mucho sobre el carácter de esta institución. Sus detractores han descrito en algunos casos exageraciones sobre las actividades terroríficas de este tribunal, mientras que sus defensores, evidentemente católicos, ha destacado sus supuestas virtudes. Escapa de los objetivos del presente volumen el hacer un análisis detallado de esta institución, por lo que únicamente expondremos algunos hechos históricos contrastados que hablan por sí mismos de sus características y actividades. Para comenzar repetiremos algunas palabras de Juan Eslava Galán1 basadas en la finalidad y constitución del tribunal: “Solamente manipulando el material histórico y falseando la verdad, puede defenderse esta maligna institución. Objetivamente no tiene defensa posible un tribunal en el que el acusador y el juez son, arbitrariamente, la misma persona, donde las funciones policiales y judiciales se confunden; donde el acusado desconoce los cargos que hay contra él. Una institución que, con el pretexto de orientar doctrinalmente al descarriado, de salvar su alma, lo persigue, lo arruina y puede condenarlo a muerte en nombre del dulce Jesús, deja poco espacio para una defensa razonable”. La conversión de los judíos en el siglo XV permitió a muchos de ellos alcanzar notables riquezas y acceder a puestos socialmente relevantes. Esto fue motivo de envidia y resentimiento en su entorno social. Además, muchos judíos, que habían admitido la conversión al cristianismo para evitar ser expulsados del país, seguían practicando secretamente la religión judía. Ante estos hechos, los Reyes Católicos, partidarios de un estado fuerte y homogéneo y de erradicar, en consecuencia, todo lo diferente, implantaron, tras la bula concedida por el papa Sixto IV, la Inquisición española, con la cual trataban de crear un medio eficaz para obtener sus fines, y generar de paso una institución en principio muy popular. Por otro lado, se creaba una institución religiosa controlada por la monarquía. Por consiguiente, con la creación de la Inquisición, los Reyes Católicos mataban tres pájaros de un tiro, ya que contribuía a establecer una uniformidad religiosa en el estado, y a aumentar su poder político y su popularidad social. Las condenas inquisitoriales llevaban asociado un largo y macabro ritual denominado “auto de fe”. El primero se celebró en Sevilla en 1481, y en él se inició la quema de herejes pasando por la hoguera a seis ricos judeoconversos. Con ello se abrió el paso a una serie larga de ejecuciones sin ninguna garantía jurídica, a la vez que aumentaba el poder de la Inquisición, que se consolidó como una institución perfectamente organizada y jerarquizada que contaba con miles de funcionarios. Los bienes de los condenados eran confiscados, lo que sirvió para aumentar las arcas de la monarquía y el 1

Eslava Galán, J. 1992. Historias de la Inquisición. Planeta, Barcelona.

96 poder económico de la Inquisición, que nadó en la abundancia en su primera etapa. Existía incluso un manual, escrito en el siglo XIV por el inquisidor general de Aragón Nicolas Eymerich, en el que se describen las normas que debe seguir un buen inquisidor. Como ejemplo de las atrocidades que se encierran en dicho manual, destacaremos una frase: “la finalidad del proceso y de la condena a muerte no es salvar el alma del acusado, sino procurar el bien público y aterrorizar al pueblo”. Por otro lado, la Inquisición contaba con numerosos colaboradores, los denominados “familiares”, que se encargaban, entre otras cosas, de espiar y denunciar a los sospechosos de herejía. Con ello, nadie estaba libre de sospecha, ni por tanto a salvo de esta lóbrega institución, ni siquiera los españoles que se encontraban lejos de la Península. Una estimación del número de condenados por la Inquisición española en sus primeros años de funcionamiento fue realizada por Juan Antonio Llorente1, ex secretario de la Inquisición de Corte, y primer historiador de este tribunal en España; según él, el primer inquisidor general, Fray Tomas de Torquemada, durante los dieciocho años de su mandato, hizo: “diez mil doscientas veinte víctimas, que murieron en las llamas; seis mil ochocientas sesenta que hizo quemar en efigie por muerte o ausencia de la persona, y noventa y siete mil trescientas y veintiuna que castigó con infamia, confiscación de bienes, cárcel perpetua e inhabilidad para empleos con título de penitencia; todas las cuales tres clases componen ciento catorce mil cuatrocientas una familias perdidas para siempre”. De este modo, la Inquisición terminó con los judeoconversos, y se centró luego en los descendientes de estos y en los moriscos, para extender finalmente su siniestro sistema de justicia a todo tipo de faltas contra la ley de dios y, por consiguiente, a toda la población. La Inquisición extendía certificados de limpieza de sangre, que garantizaban el pedigrí cristiano de su poseedor. No obstante, cuando el candidato a dicho certificado tenía una mancha en su ascendencia o el inhabilitado buscaba su rehabilitación, siempre existía la posibilidad de aportar una dádiva al funcionario de turno para lograr el documento deseado. Además, cuando la Inquisición y la Monarquía necesitaron subsidios, fue un buen negocio la venta de estos documentos. El funcionamiento de la Inquisición se basaba en la denuncia. Los párrocos tenían la obligación de denuncia ante el obispo a los “descarriados” y los fieles debían denunciar a los pecadores bajo pena de excomunión si no lo hacían. En estas condiciones, es fácil suponer que, cuando se anunciaba en un pueblo la visita de la Inquisición, se generaba un ambiente de máxima tensión y sus habitantes se ponían a temblar. Cualquier pecado cometido con conocimiento público, por ejemplo, una blasfemia, o, incluso con el conocimiento de un pariente o amigo, podía ser motivo de delación y por tanto de detención. Tal como afirma Eslava Galán2, no sólo había que ser buen cristiano, sino además parecerlo; el comer cerdo era un salvoconducto de ello. Ni que decir tiene que este terrorífico sistema envenenó la vida de los pueblos; nadie estaba a salvo de este siniestro tribunal. La difamación y la delación del vecino o del pariente odiado estaban a la orden del día. Cuando se producía la detención, el encausado era encarcelado, su casa era registrada en busca de pruebas y sus bienes eran secuestrados. Si era finalmente condenado, que era lo habitual, sus propiedades quedaban confiscadas, lucrándose obviamente el tribunal de ellas. Los que negaban los cargos y se consideraba que mentían, y los que se negaban a reconciliarse con la Iglesia terminaban en la hoguera. Y por supuesto, la tortura era el medio habitual de obtener declaraciones que satisficiesen al tribunal; de hecho, había sido ya explícitamente aprobada por el papa Inocencio IV en el siglo XIII como método para hacer declarar al detenido. Además de la pena capital, se aplicaban otras penas, 1 2

Llorente, J.A. 1870. Historia crítica de la Inquisición de España. Tomo I, Juan Pons, Barcelona. Eslava Galán, J. 1992. Historias de la Inquisición. Planeta, Barcelona.

97 como cárcel, galeras, flagelación, multas, confiscación de bienes, vergüenza pública o abjuración pública de los errores. Cuando una persona era condenada a muerte, era enviaba al brazo secular, de forma que la pena era ejecutada por un verdugo del poder civil, puesto que, obviamente, la Iglesia no se podía manchar las manos con sangre. Utilizando como fuente la obra de Eslava Galán2, mencionaremos algunos ejemplos de procesos y sentencias llevadas a cabo por la Inquisición. En relación con la fornicación, entre 1575 y 1610, el tribunal de Toledo procesó a doscientas sesenta y cuatro personas por haber sostenido que la fornicación no era pecado. Los protestantes tampoco se libraron de la persecución; entre 1559 y 1560, treinta y tres protestantes perecieron en la hoguera en autos de fe celebrados en Sevilla. En 1564, fueron quemados en Toledo veintidós luteranos. La Inquisición no se paró ante personalidades católicas que tuvieron el defecto de ser demasiado inteligentes y granjearse la enemistad de algunos correligionarios; son célebres los largos procesos que sufrieron Fray Luis de León, por haber traducido el Cantar de los Cantares al castellano y despreciado la versión latina de la Vulgata, el arzobispo Carranza, acusado de ser hereje luterano, y el padre Sigüenza, gran historiador, poeta y teólogo, que por sus dotes intelectuales, se ganó la enemistad de los frailes jerónimos de su comunidad. Particular mención merece la persecución de las brujas que tuvo lugar en Europa entre los siglos XV y XVIII. Esta caza no fue exclusiva de España, sino que tuvo mayor incidencia en Europa central y septentrional. Con ello, la Inquisición cumplía el mandato contenido en el Éxodo-22: 17, que decía: “No dejarás con vida a la hechicera”. En España, la persecución culminó en la localidad navarra de Zugarramurdi, y el auto de fe se celebró en Logroño en 1610. En él fueron sentenciadas treinta personas, de las que once murieron en la hoguera. En el siglo XVIII, mientras la Ilustración se desarrollaba en el resto de Europa y el poder civil comenzaba a desafiar con éxito al poder religioso, la Inquisición, aunque económicamente disminuida, continuó ejerciendo su poder. Así, según Eslava Galán1, en la primera mitad de este siglo, se celebraron en España ciento veinticinco autos de fe, que dieron lugar a más de mil sentenciados, de los cuales ciento once acabaron en la hoguera. La Inquisición trató de impedir la lectura de las obras de los ilustrados franceses, pero la presión exterior y la oposición interior a este siniestro tribunal se hicieron cada vez más patentes, y el tribunal entró en franca decadencia. Fue suprimida por José Bonaparte en 1808 y por las Cortes de Cádiz en 1813. Reinstaurada, a petición del clero, por Fernando VII en 1814, fue abolida de nuevo en 1820 con la llegada del trienio liberal, y reinstaurada de nuevo 1823. En 1826, se cobró su última víctima, condenando a muerte por hereje al maestro Cayetano Ripoll, por sus ideas anticristianas y por negarse a enseñar el catecismo en la escuela. Su ejecución causó estupor en Europa. Finalmente, la Inquisición fue abolida en 1834. Para terminar esta sección diremos que resulta difícil calificar tanta ignominia perpetrada por una institución bien organizada de la que formaban parte miles de funcionarios. ¿Cómo hay que llamar a los individuos que tuvieron responsabilidades en este macabro tribunal? ¿Fanáticos, asesinos, cafres? Todo lo que se diga es poco. Es difícil encontrar animales más dañinos para los de su especie en toda la fauna universal. ¿Y qué diremos de los reyezuelos de España que impulsaron, apoyaron o permitieron su existencia y actuación? Una vez más, sobran palabras.

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Eslava Galán, J. 1992. Historias de la Inquisición. Planeta, Barcelona.

98 Papel de la Iglesia en la conquista y colonización de América La conquista y colonización de América por los españoles llevó consigo un colapso demográfico de la población indígena que ha sido atribuido en parte a la crueldad de los conquistadores, y en parte a la introducción por éstos de enfermedades desconocidas por los indígenas, tales como la viruela o la gripe, para las cuales éstos carecían de defensas. Resulta difícil y controvertido conocer en qué medida esta drástica disminución poblacional fue el resultado de un genocidio y en qué medida lo fue de epidemias. El obispo de Chiapas, Bartolomé de las Casas, describió, en su “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” (1552), innumerables atrocidades cometidas por los conquistadores españoles. Si bien parece ser que éste clérigo cargó las tintas con el objeto de obtener del monarca español el remedio a los desmanes, no hay duda de que la crueldad de los conquistadores generó un genocidio y un etnocidio cuyo alcance es difícil de establecer. ¿En qué medida estuvo implicada la Iglesia en este exterminio, o en su erradicación, y en qué medida fue causada por la ambición y crueldad de los conquistadores? Se trata nuevamente de una pregunta difícil de responder. Sí es posible, sin embargo, destacar algunos hechos relevantes para delimitar responsabilidades. En primer lugar, la responsabilidad de la conquista recaía en la Iglesia y la corona, y en última instancia, era el papa quien establecía la legitimidad de la colonización. Para justificar legalmente la conquista, los Reyes Católicos solicitaron el permiso del papa Alejandro VI, quien determinó en 1493, mediante la bula Inter caetara, que, al oeste de un determinado meridiano definido en ella, todas las tierras halladas y por hallar pertenecían a los reyes de Castilla y León. Esta bula de donación terminaba con la disputa entre estos reyes y el de Portugal por el reparto de las tierras conquistadas y fue complementado por el tratado de Tordesillas, firmado por dichos reyes en 1494; este tratado fue ratificado por el papa Julio II en 1506. De este modo, se constata, una vez más, que la autoridad del papa estaba por encima de la de los reyes, siendo éste quien permitía la anexión de los territorios conquistados y comprometía a los reyes a propagar la fe católica. Con este curioso modo de legislar se despojaba a los nativos americanos, por supuesto infieles, de cualquier derecho sobre las tierras que habitaban y se otorgaba a los conquistadores todos los derechos; los paganos no tenían vela en su entierro. Esta injusta legislación era la principal justificación de los conquistadores, ya que, por disposición papal, los nativos no tenían jurisdicción sobre las tierras que habitaban. Los conquistadores obraban en nombre de dios y de la corona y se consideraban libertadores, al trasmitir a los indígenas la “religión verdadera”. Con las anteriores premisas, los conquistadores requerían a los nativos a someterse a la corona de Castilla de Aragón y a aceptar la fe católica. Si estos no aceptaban, se aplicaba el principio de la guerra justa, es decir, leña al infiel. Para llevar a cabo esta misión, se acudió a una institución de carácter medieval denominada “encomienda”, por la cual el rey otorgaba a un súbdito español (encomendero) la facultad de administrar unas tierras y recibir el tributo de los indios residentes en ellas. A cambio, el encomendero se comprometía a proteger a los indígenas y a adoctrinarlos en la fe católica. Realmente, la institución derivó a un sistema de trabajo forzoso a favor del encomendero, es decir, en un sistema próximo, si no equivalente, a la esclavitud. Este sistema representaba la forma de asegurar el dominio de los territorios conquistados. Como consecuencia, tal como describe Bartolomé de las Casas, los hombres morían en las minas, las mujeres eran violadas, los ancianos y niños morían de hambre y los suicidios se prodigaban para escapar de tan cruel explotación. Se obligó a los nativos a convertirse a la religión católica, y para ello se les forzó a aprender castellano. Asimismo, se las indujo a adoptar los usos y costumbres de la cultura europea. Como es natural, muchos pueblos se negaron o resistieron a tal conversión, con lo cual, los conquistadores y los clérigos que les acompañaban destruyeron, a menudo con gran violencia, todos los lugares y objetos

99 sagrados de los indígenas, destruyendo en definitiva su cultura ancestral. La religión fue, por tanto, un elemento inseparable de la dominación colonial. Todo este proceso de conquista y colonización nos retrotrae a los relatos bíblicos, en los que hay un pueblo elegido, en este caso el castellano, que, bajo protección divina, aspiraba a alcanzar la tierra prometida, en este caso el continente americano, y que, para conseguirlo, debía dominar, o aniquilar en caso de resistencia, a cualquier pueblo que se pusiera en su camino. La crueldad desarrollada en la conquista tuvo acérrimos defensores en el seno de la Iglesia, como, por ejemplo, el primer obispo de Méjico, Juan de Zumárraga, que fue un cruel represor de las creencias y la cultura de los indígenas. También tuvo sus detractores, entre los que destacan por su vehemencia el obispo Bartolomé de la Casas y el dominico Francisco de Vitoria, que fueron, particularmente el primero, firmes defensores de la población indígena. Su intervención dio lugar a las Leyes Nuevas (1542), que promulgaron la abolición de la esclavitud y la supresión de las encomiendas. En esta misma línea de mitigar la crueldad de la conquista y evangelización, hay que destacar la actuación de diversas órdenes religiosas, principalmente los jesuitas, franciscanos, dominicos y agustinos, que fueron autorizados en 1521 por el papa León X a dirigir la evangelización en los territorios conquistados. Los jesuitas fueron los principales responsables de la creación de las llamadas “reducciones”, que consistían en poblados independientes en los que vivían indios bajo la dirección de los religiosos. A pesar de que la instrucción en la doctrina cristiana era obligatoria, en las reducciones se protegió a los indígenas de los abusos de los encomenderos y se promovió una sociedad civilizada, lo que les enfrentó a éstos. Como no podía ser menos, la Inquisición española fue exportada a América. En 1511, el cardenal Cisneros dio órdenes a los obispos para que actuasen como inquisidores en sus respectivas diócesis y persiguieran a los herejes. La implantación de los tribunales del Santo Oficio en los territorios conquistados tuvo lugar en Lima y la ciudad de Méjico en 1569, y en Cartagena de Indias en 1610. Aunque la estructura de la Inquisición americana seguía el modelo español, sus actuaciones fueron menos sanguinarias que en la Península y no afectó, en sus primeras décadas de actuación, a la población indígena, que se consideró formada por cristianos nuevos y no por herejes. El número de ejecuciones entre 1540 y 1700 no pasó del centenar. La Inquisición americana fue abolida en 1820.

El siglo XIX y las tres primeras décadas del siglo XX Se estima que, a comienzos del siglo XIX, que, con el diezmo eclesiástico se recaudaba más del 50% del producto neto de la agricultura y la ganadería, si bien algunos de estos tributos iban a parar a las arcas del Estado. Igualmente, se mantenía la jurisdicción de la Iglesia y el patrimonio territorial. No obstante, la Iglesia fue perdiendo poder y con el gobierno de José Bonaparte y el gobierno liberal de 1820 se suprimieron total o parcialmente las órdenes religiosas. Aunque la restauración monárquica paró en parte esta evolución, se produjo una fuerte reducción del clero. Aunque desde siempre la Iglesia se ha puesto del lado de las ideas más reaccionarias, en ocasiones, cuando esta postura no era rentable, no dudó en ponerse del lado de los más poderosos, exhibiendo su gran capacidad de adaptación a las circunstancias de cada momento. Así, por ejemplo, cuando José Bonaparte fue nombrado Rey de España por Napoleón, la Inquisición no dudó en ir a recibir al nuevo rey a Bayona, aunque poco después este tribunal fue disuelto por el citado rey. Sin embargo, tras la guerra de la Independencia, el clero apoyó sin fisuras la vuelta del siniestro Fernando VII y la restauración del absolutismo y la Inquisición. También apoyó después incondicionalmente a

100 los cien mil hijos de San Luis, enviados por Luis XVIII de Francia para ayudar al citado rey y terminar así con el trienio constitucional. Hacia la mitad del siglo XIX, el clero disminuyó notablemente sus efectivos, perdió parte de su poder y sus privilegios jurisdiccionales y decreció el potencial económico de la Iglesia hispana, al quedar suprimidos los diezmos y primicias y quedar reducido su patrimonio por la desamortización de Mendizábal, y posteriormente, por la de Madoz. No obstante, la Iglesia católica continuó bien implantada en la sociedad, surgiendo nuevos privilegios para ella, ya que la pérdida económica generada por la supresión de impuestos eclesiales fue compensada por el Estado mediante la inclusión de una partida en sus presupuestos para mantener el culto y al clero. En su línea de asociarse con el poder, la Iglesia no tuvo más remedio que distender sus litigios con la burguesía liberal moderada y aliarse con ella, lo cual quedó plasmado en el concordato que el Estado firmó con el Vaticano en 1851, que además supuso la devolución de bienes previamente enajenados. Así y todo, la Iglesia española está detrás de los sectores ultraconservadores y, apoyada por el Vaticano, es la promotora de las guerras carlistas. Al llegar el último tercio de siglo, la Constitución de 1869 consagra la religión católica como la oficial del Estado y obliga a éste a sostener económicamente al clero y el culto, aunque respeta la libertad religiosa. Posteriormente, con la restauración monárquica y el gobierno de la mayoría conservadora, la Iglesia española recupera el dominio que había tenido antaño en materia de educación a la vez que aumenta su poder institucional. De este modo, se llega al siglo XX, en cuyas primeras décadas la Iglesia alcanza de nuevo una gran pujanza política.

La iglesia durante la República y la guerra civil La llegada de la II República en 1931 marcó un giro político radical con relación a la Iglesia católica. Sus responsables políticos eran conscientes del lastre que representaba la institución eclesial para el progreso social y redactaron una constitución laica, en la que se negaba el apoyo a las asociaciones o instituciones religiosas, se eliminaba el presupuesto destinado al clero, se proclamaba la disolución de las órdenes religiosas que se considerasen un peligro para la seguridad del Estado, se prohibía a dichas órdenes realizar actividades de enseñanza, industria o comercio y se les negaba cualquier privilegio fiscal. Se afirmaba además que los bienes de las órdenes religiosas podían ser nacionalizados. Por otro lado, se establecían una serie de libertades o derechos en materia religiosa, tales como la libertad de conciencia y la libertad de culto, si bien éste debía ejercerse privadamente o con autorización gubernativa si se trataba de manifestaciones públicas. Quedaba así bien establecida la separación entre el Estado y la Iglesia. Un resultado casi inmediato de la Constitución fue la disolución de la Compañía de Jesús. Todo esto, unido a la libertad de expresión sacó de quicio a la Iglesia católica, que, siguiendo las encíclicas de León XIII, según las cuales el poder nace de dios, consideró un crimen la separación entre el poder civil y el religioso, así como las libertades de conciencia, culto, expresión y enseñanza. Siguiendo su estilo, la Iglesia implantó la prohibición de defender el laicismo y las libertades citadas, así como la lectura de determinadas publicaciones, y consideró que se le había declarado la guerra, iniciando un intenso movimiento de protestas, verbales y escritas. Con ello, la Iglesia es la que declaró la guerra, convocando concentraciones y entablando una larga batalla, que contribuyó así de manera muy eficaz a general el caldo de cultivo para la rebelión militar.

101 Llegado el levantamiento militar, la Iglesia no dudó un momento en ponerse desde el principio al lado de los sublevados. A poco más de un mes del comienzo de la guerra civil, varios obispos tuvieron la ocurrencia de denominarla “cruzada” (“La lucha actual reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada”; cardenal Gomá1), igual que en el siglo XII, denominación que cuajó plenamente en el bando de los rebeldes y que se continuó usando durante todo el periodo nacionalcatólico franquista. Las declaraciones de “amor cristiano” del obispo de Cartagena, Díaz de Gomara, el año de la sublevación, son también memorables: “Benditos sean los cañones, si en las brechas que abren florece el evangelio”. Al año de comenzada la guerra, los obispos españoles, con las únicas excepciones de los de Vitoria y Tarragona, firmaron una carta pastoral colectiva apoyando sin fisuras la sublevación militar; esta carta fue enviada a todos los obispos del mundo, consiguiendo la adhesión de los episcopados de treinta y dos países y de más de novecientos obispos2. Durante y después de la guerra, el clero español alentó y aplaudió los fusilamientos, interviniendo a menudo directamente mediante la denuncia, por parte del cura de la localidad, de las personas que debían ser ejecutadas; hay que decir, que hubo excepciones muy meritorias, tratando en algunos casos de salvar a las personas que podían verse implicadas. Al finalizar la contienda, el propio papa Pío XII celebró la victoria de Franco, a la vez que le envió a éste una efusiva felicitación. En los últimos años, la “cruzada” continúa con la beatificación de sus “mártires”, que, por cierto, han sido extraídos exclusivamente del bando franquista. Con posterioridad a la guerra civil, el régimen franquista fue denominado “nacionalcatolicismo”, por su estrecha vinculación con la Iglesia católica, cuya jerarquía no dudó en ponerse del lado del dictador, quien era “Caudillo de España por la gracia de Dios” y caminaba bajo palio en los actos religiosos. Durante este período, la Iglesia gozó de grandes privilegios, muchos de los cuales perviven en la actualidad. La religión católica volvió a ser la religión oficial del Estado y la legislación fue absolutamente acorde con sus normas morales. El matrimonio religioso era el único válido y, por supuesto, era indisoluble. No se podía estudiar una carrera técnica o universitaria sin presentar un documento llamado “fe de bautismo”, que acreditaba que su titular estaba bautizado. Le enseñanza se basaba en las normas morales religiosas, y la Iglesia católica, por medio de sus órdenes religiosas, era el pilar básico de la docencia. Así mismo, la Iglesia era mantenida económicamente por el estado y el clero tenía un estatuto jurídico particular, librándose de la realización del servicio militar. Y, por supuesto, estaba libre de impuestos. Estos privilegios quedaron plasmados en un concordato del Estado con el Vaticano fechado en 1953. La llamada “transición política” y el neofranquismo Esta etapa comienza con el juramento y discurso del rey Juan Carlos I, designado por Franco, en noviembre de 1975. Además de elogiar la figura excepcional de Francisco Franco y de jurar por dios y sobre los Santos Evangelios lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional, se declaró profundamente católico, entrando bajo palio, como era costumbre del dictador, en el monasterio de San Jerónimo el Real para la ceremonia de su proclamación. Por esta época, siguiendo la vieja práctica eclesial de estar siempre en estrecha armonía con el poder, la Iglesia española trata de distanciarse del moribundo régimen franquista, y de establecer un estrecho maridaje con el nuevo poder que se

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Gomá y Tomás, I. 1936. El caso de España. Instrucción a los diocesanos y respuestas a unas consultas sobre la guerra actual. Pamplona. 2 Grimaldos, A. 2008. La Iglesia en España 1977-2008. Península, Barcelona.

102 avecina, es decir, con la monarquía. El objetivo de la política de la Iglesia era, claro está, seguir manteniendo íntegros sus privilegios. La Constitución de 1978, en su artículo 16, garantiza la libertad religiosa y en su párrafo 3 afirma que “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”. Por tanto, el estado debe ser aconfesional; no obstante, como es costumbre en la Constitución Española, el párrafo contiene un pero que puede llegar a invalidar la no confesionalidad. Y eso es lo que realmente ocurre, ya que, los acuerdos vigentes entre el Estado y la Iglesia, negociados previamente a la promulgación de la Constitución y firmados el 3 de enero 1979, son de más que dudosa constitucionalidad. Ahora bien, si se atiende a la interpretación de la segunda frase del citado párrafo, cualquier aportación o privilegio que el Estado conceda a la Iglesia católica puede ser tildado de cooperación y no de confesionalidad. En consecuencia, la Constitución constituye un fraude al progreso y a la democratización del Estado Español, en el que la Iglesia continúa disfrutando de unos privilegios absolutamente impropios en un régimen democrático. Así, el Estado recauda y aporta recursos económicos para la Iglesia a través de la declaración de la renta, facilitando a ésta una labor administrativa, que no corresponde al Estado y que además es de dudosa constitucionalidad, al implicar una pregunta a los ciudadanos relacionada con sus creencias religiosas. Por si fuera poco, el Estado aporta una cantidad adicional. La Iglesia goza además de innumerables privilegios fiscales que no tienen ninguna justificación. El Estado aporta dinero a congregaciones religiosas católicas disfrazadas de ONGs. También sufraga los centros privados de enseñanza de la Iglesia y la enseñanza de la religión católica, que indebidamente se imparte en la enseñanza pública; en este sentido, el Estado aporta los salarios de los profesores de religión (cerca de 14.000 profesores en la enseñanza pública1), que además son elegidos por los obispos siguiendo en ocasiones criterios discriminatorios e inaceptables desde un punto de vista democrático y de la legalidad vigente, ya que implican una intromisión en la vida privada de las personas. Muchos actos públicos oficiales van indebidamente acompañados de actos religiosos; el Rey y muchos representantes políticos participan en actos o manifestaciones religiosas que no son propios de la representación que ostentan, y las grandes ceremonias del Estado se llevan a cabo habitualmente bajo la norma y el rito católicos. Asimismo, los representantes del poder civil y las fuerzas armadas participan en actos o manifestaciones religiosas católicas. Siguen existiendo capellanes militares, englobados en un arzobispado castrense, cuyos miembros permanentes tienen, a efectos retributivos, la consideración de funcionarios (Real Decreto 212/2003). Es significativo finalmente destacar la existencia de un Área de Conocimiento en la Universidad que se denomina “Derecho Eclesiástico del Estado”. Es difícil hablar sólo de colaboración en algunos de los casos que acabamos de exponer; debe hablarse más bien de continuar con la vieja norma de que todo cambie para que todo siga igual. Con la llegada al poder de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, han aparecido en la dirección de la Iglesia española personajes ultramontanos, que añoran abiertamente el franquismo y que se confabulan con la extrema derecha neofranquista, de quien se constituyen a menudo en vanguardia, impulsando la desobediencia ante leyes que tratan de mejorar derechos y libertades sin impedir que sus correligionarios sigan actuando de acuerdo con su conciencia e ideas. Estos siniestros personajes tratan de impulsar la idea de que España se encuentra en una fase de destrucción moral. Con ello, la Iglesia española se rebela ante cualquier ley que se salga de su dogma y se opone a la más mínima separación entre Iglesia y Estado. En esta oposición, la Iglesia española alega que está 1

Secretariado de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis. 2005. 50 preguntas a la enseñanza de la Religión católica en la escuela. EDICE, Madrid.

103 sufriendo una persecución de dimensiones históricas, contribuyendo a la crispación y haciendo peligrar la paz social del país. Sin embargo, la realidad es muy otra, ya que no se ha promulgado ley alguna que coarte los derechos adquiridos de los católicos y la Iglesia continúa teniendo, e incluso aumentado, las prebendas que disfruta en materia económica, con grandes subvenciones por parte del Estado y enormes exenciones fiscales, además de reconocer e incrementar el poder que tienen en aspectos sociales tan importantes como la educación, todo ello amparado por el acuerdo inconstitucional entre Iglesia y Estado de 1979. El talante y la ideología fascista de la Iglesia española afloran de vez en cuando a la luz pública, cuando algún jerarca de la misma decide expresar en alto lo que piensa. Este ha sido, por ejemplo, el caso del Arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián Aguilar, quien afirmó, en una conferencia dada en León el 17 de marzo de 2007 (diario El País, 9 de mayo de 2007), que partidos tales como Comunión Tradicionalista Católica, Alternativa Española, Tercio Católico de Acción Política y Falange Española de las JONS, quieren ser totalmente fieles a la doctrina de la Iglesia y tienen un valor testimonial que puede justificar un voto, siendo dignos de consideración y apoyo. Lo único positivo de este tipo de actuaciones es que revelan que estos jerarcas eclesiales se van quedando en la noche de los tiempos; no obstante, el peligro de estas afirmaciones es que enlazan directamente con la extrema derecha española, que pervive con muy buena salud en nuestra sociedad. La jerarquía católica cree y defiende que tiene la “Verdad”, escrita con mayúsculas, y no respeta que otras personas puedan creer en su propia verdad y tener principios éticos diferentes de los suyos. Esta ideología, opuesta a la libertad y a los principios democráticos, les lleva a desarrollar una oposición radical a determinadas leyes cuya finalidad es reconocer derechos a personas, como son, por ejemplo, las leyes del divorcio, el aborto, el matrimonio entre homosexuales, etc. Estas leyes no obligan a nadie ni a divorciarse, ni a abortar, ni a casarse con una persona del mismo género, solamente reconocen el derecho a hacerlo a las personas que lo deseen y cumplan unos requisitos legales. Por tanto, estas leyes no afectan a los fieles católicos que no deseen ejercer este tipo de derechos, y en todo caso, si desean ejercerlos, lo harán en el uso de su libertad. Se trata por tanto de leyes que respetan el cumplimiento de las normas morales católicas para sus fieles. Sin embargo, la jerarquía católica pretende siempre que todos los ciudadanos, quieran o no, se sometan a sus normas morales, y que las leyes civiles, independientemente de lo que opine la mayoría del pueblo, se ajusten a sus creencias, que para ellos representa la verdad absoluta. Con esta idea fundamentalista, la jerarquía se opone férreamente a dichas leyes, convocando y participando, conjuntamente con la derecha católica, en manifestaciones en las que no defienden únicamente una opinión contraria a la mayoritaria, sino que defienden “la verdad única y absoluta”, lo que lleva a la crispación cívica y política, cuyas consecuencias son difíciles de prever. Su oposición radical les lleva a veces a promover la desobediencia civil, exigiendo, por ejemplo, a los abogados y jueces católicos que no tomen parte en los procesos de divorcio. La Iglesia católica ha sido una de las causas que ha impedido el progreso del Estado español, defendiendo sus privilegios por encima de la ley. Esta postura sigue manteniéndose en la actualidad. Los acuerdos de 1979 y muchos convenios con la Santa Sede son contrarios a las normas de la democracia, que implican la existencia de un estado laico. Tampoco es admisible que el Estado y su administración admitan la injerencia de la Iglesia católica en su seno y sus actos civiles. El Estado tampoco debe financiar centros privados de enseñanza ni homologar automáticamente sus enseñanzas. Ello no va en contra de la libertad de enseñanza, sólo propugna que la enseñanza privada se financie con recursos privados y que cumpla los cánones exigidos por el poder civil para que pueda ser homologada como enseñanza oficial. Por otro lado, el aparato del Estado, y en particular el Gobierno,

104 tiene el deber ético de informar a los ciudadanos de las características de esta asociación religiosa en lo que se refiere a sus vulneraciones de derechos humanos y de las normas democráticas, con el fin de que el ciudadano que decida formar parte de la institución católica, lo haga libremente y con pleno conocimiento de causa. La falta tradicional de respeto y acatamiento de la Iglesia católica a un poder civil democráticamente constituido y su negativa real a una separación de los poderes eclesiástico y civil constituyen un peligro real para el desarrollo democrático en España, tal como lo demuestra la historia. El gran poder económico que tienen algunas sectas católicas ultraconservadoras, tales como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo y el Camino Neocatecumenal (los “kikos”), ha permitido a la Iglesia, a través de ellas, penetrar en todos los resortes del poder, incluido el Gobierno. De hecho el Opus Dei controló el Gobierno durante el franquismo en los primeros años de la década de los setenta. Igualmente, las sectas citadas, a las que pertenecen numerosos dirigentes del PP, han conseguido numerosas carteras ministeriales en los gobiernos españoles de dicho partido entre 1996 y 2004. El peligro para la democracia en España es claro, pues difícilmente se puede desarrollar un sistema democrático bajo gobiernos constituidos por personas y partidos no demócratas. Desgraciadamente, en el Estado español, el poder civil ha claudicado frente al poder de la Iglesia, manteniendo privilegios e injerencias inadmisibles de ésta. Estos privilegios e imposiciones eclesiásticas son incompatibles con la libertad, y por tanto, con la democracia; su existencia es un signo inequívoco, entre otros, de que los principios más elementales de la democracia aún no han llegado al Estado español. Durante el neofranquismo, la Iglesia ha mantenido siempre posturas radicales y ultramontanas en relación con los diversos eventos que han acaecido a lo largo de este periodo. A continuación veremos algunos ejemplos. En relación al intento golpista del 23 de febrero de 1981, la Iglesia estaba informada de su ejecución y, con su silencio cómplice, fue, cuando menos, condescendiente con la intentona. De hecho, el comandante Cortina, destacado dirigente de los golpistas, se entrevistó, días antes del asalto al Congreso de los Diputados, con el nuncio del Vaticano. El citado comandante le había trasmitido al golpista Tejero que contaba con las bendiciones de la Iglesia, tal como éste testificó posteriormente en el juicio1. Las acciones de oposición de la Iglesia contra algunas leyes del gobierno socialista han sido contundentes; veamos a continuación algunos hechos concretos. Respecto a la ley de 2005 que permite los matrimonios entre personas del mismo sexo, todas las encuestas realizadas, entre ellas la del Centro de Investigaciones Sociológicas, indicaban que ésta estaba apoyada por más del 60% de los españoles. Sin embargo, la oposición de la Iglesia a la ley fue radical, tachándola de desafío y provocación. A la convocatoria de una manifestación por el Foro Español de la Familia asistieron unos veinte obispos, entre ellos el ex presidente entonces de la Conferencia Episcopal y cardenal-arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, el vicepresidente, Antonio Cañizares, y el portavoz, Juan Antonio Martínez Camino, es decir, lo más granado de la ultramontana Iglesia española. Por supuesto, fueron de la mano de egregios representantes de la ultraderecha, representada por viejas “glorias” del Partido Popular. Para añadir la guinda, el portavoz de la Conferencia Episcopal, Martínez Camino llego a afirmar que el matrimonio homosexual “es la cosa más terrible que ha ocurrido en veinte siglos”2. Claro que el cardenal primado de España, Antonio Cañizares, opina algo diferente, ya que

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Grimaldos, A. 2008. La Iglesia en España 1977-2008. Península, Barcelona. Véase, por ejemplo, el País del 30/12/2007: http://www.elpais.com/articulo/espana/teocons/hacen/mando/Iglesia/elpepuesp/20071230elpepinac_7/Tes

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105 para él, “el aborto es lo más grave que ha sucedido en la historia de la humanidad”1. Guerras, genocidios, hambre, miseria, enfermedad, catástrofes... , en muchos casos impulsados por la Iglesia (Inquisición, cruzadas, asesinatos, tiranías, etc.), son para estos individuos algo secundario al lado de los “hechos terribles” del matrimonio homosexual o del aborto. Después de escuchar a estos prototipos del clero, y conociendo la historia de la institución religiosa a la que pertenecen, es razonable pensar que uno de los hechos más terribles que han ocurrido en los últimos veinte siglos, y tal vez en la historia de la humanidad, es la existencia de la Iglesia católica. Resulta sorprendente, y a la vez lamentable, el caso del ex concejal de Palma de Mallorca por el Partido Popular Javier Rodrigo de Santos. Ultracatólico y miembro de los “kikos”, este individuo se negaba a celebrar bodas entre personas del mismo sexo en el Ayuntamiento. Curiosamente, se le descubrió en 2008 una malversación de fondos de este consistorio de más de 50.000 euros, gastados esencialmente en clubs de alterne para homosexuales y en drogas; por ello fue condenado a dos años de cárcel y cuatro de inhabilitación. Además, fue acusado de abusos sexuales a tres hermanos, de 14, 16 y 18 años de edad, y condenado por estos delitos en 2009 por el Tribunal Superior de Justicia de Baleares a trece años y seis meses de cárcel. La sentencia fue posteriormente disminuida en 2010 por el Tribunal Supremo a cinco años de prisión. Siguiendo la línea de responder de manera contundente a la política del Gobierno, más de cien mil personas se concentraron en la plaza de Colón de Madrid en diciembre de 2007 en defensa de la familia cristiana, en un acto impulsado por el cardenal-arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Verela, el Foro Español de la Familia, los “kikos”, el Opus Dei y otras organizaciones del mismo color. Al evento asistieron una treintena de obispos, es decir, lo más florido de la jerarquía católica española, además de varios miles de sacerdotes. El acto se centró en la crítica del matrimonio entre homosexuales, el divorcio “express”, el aborto y la asignatura de “educación para la ciudadanía”. Las intervenciones de los obispos líderes han incluido perlas como estas: “La cultura del laicismo radical es un fraude, un engaño. Sólo lleva a la desesperación por el camino del aborto, del divorcio “express” y de las ideologías que pretenden manipular la educación de los jóvenes” (Agustín García Gasco, cardenal-arzobispo de Valencia), o “Nos entristece constatar que nuestro ordenamiento jurídico ha dado marcha atrás respecto a lo que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas reconocía y establecía hace ya casi setenta años. A saber: que la familia es el núcleo central y fundamental de la sociedad, y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado” (Antonio María Rouco Varela). Estas afirmaciones merecen un corto análisis. Si bien es cierto que el artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma, en su párrafo 3, lo que dijo Rouco Varela, también es cierto que, en su párrafo 1, afirma lo siguiente: “Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia, y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio”. La legislación sobre el matrimonio entre homosexuales amplia derechos, para que realmente todas las personas puedan contraer matrimonio sin restricción alguna. Por tanto, lo que realmente hace es acercar más la legislación a los derechos humanos. Resulta repugnante que individuos como éste hablen de derechos humanos, cuando son ellos los que, mediante amenazas y coacciones, tratan de obligar a todos los ciudadanos –no solo a los creyentes- a que hagan, digan y piensen lo que ellos dictan, prohibiendo todo lo que se salga de su ideología inquisitorial, y discriminando, por otro lado, de manera flagrante a

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Véase, por ejemplo, el País del 3/8/2008: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Atrocidades/elpepiopi/20080803elpepiopi_11/Tes

106 la mujer. Es preciso recordar que, legislaciones como la del matrimonio entre personas del mismo sexo, la del divorcio o la del aborto, no obligan a nadie, sino que sólo permiten, a quien libremente decida, casarse con una persona de su mismo sexo, divorciarse o abortar, siempre que, por supuesto, se reúnan los requisitos marcados por la ley. En relación con la pederastia cometida por personas del clero de la Iglesia católica, España no se ha quedado atrás, si bien lo que ha salido a la luz pública no es ni la punta del iceberg de lo que ha debido existir. Resulta ilustrativo al respecto un texto del eminente psiquíatra Carlos Castilla del Pino, quien, en su autobiografía1, relata sus vivencias cuando estudiaba en un colegio de salesianos en Ronda, del siguiente modo: “A la semana o algo más de llegar al colegio oí a alguno de los mayores calificar a alguno de los curillas de «maricones». En mi ignorancia, interpreté que aludían a lo que se llamaba «preferencia», es decir, el que algún niño era el «preferido» o el «predilecto» de algún superior, una conducta que a mí me parecía injusta porque revelaba una atención y una benevolencia especiales hacia alguien, pero nada más. Desde luego, el preferido era objeto de caricias durante las horas dedicadas al estudio y los demás, aunque levantando la vista con precaución, veíamos como el curilla o cura le acariciaba el mentón, el cabello, le dedicaba miradas de auténtica ternura, le susurraba, muy cercano al rostro, palabras que no lográbamos entender. Por la noche, al apagarse las dos bombillas blancas y quedar sólo la roja, el superior se iba a la cama del preferido y –no puedo decir por cuanto tiempo porque, pese a mi curiosidad, me dormía– comenzaba un jugueteo de manos bajo las mantas, al tiempo que se oía el murmullo de las palabras que entre el superior y el niño se cruzaban”. Esto ocurría en los años treinta, pero, al menos los que estudiamos en colegios de frailes durante los años cincuenta o sesenta, sabemos que situaciones similares a ésta que se acaba de narrar eran comunes. Evidentemente, denunciar estos hechos en el régimen nacionalcatólico no era cosa fácil. Existen varios casos que han salido a la luz pública en los últimos años. Veamos algunos de ellos: - El párroco de Alcalá la Real (Jaén), José Luis Beltrán Calvo, fue condenado en 2001 a ocho años de prisión por abusos a un monaguillo. Tras cumplir los dos tercios de su condena ha salido de la cárcel y ha vuelto a oficiar misas. - Ramón López Sánchez, director de un centro juvenil cristiano en Sant Josep de Llagosta (Barcelona), fue condenado en 2002 a veintiocho años de prisión por abusos sexuales a tres niños de seis a ocho años. - El sacerdote José Domingo Rey Godoy, párroco en Peñarroya-Pueblonuevo (Córdoba), fue condenado en 2003 a once años de prisión por abusar de seis niñas. No obstante, recurrió la sentencia ante la audiencia de Córdoba y siguió en su puesto, siendo apoyado en todo momento por el obispo de Córdoba, Juan José Asenjo. Finalmente, se confirmó su sentencia en 2004 e ingresó en la cárcel. - El sacerdote Edelmiro Rial, de la diócesis de Tui-Vigo, fue condenado a quince años de prisión por abusar de seis alumnos de entre 14 y 16 años. La sentencia fue recurrida y el Tribunal Supremo calificó los delitos de agresión y aumentó en 2004 la condena a veintiún años. El Supremo reprocha al obispado de Tui-Vigo la infracción de sus deberes de vigilancia. - En la diócesis de Madrid, el sacerdote José Martín de la Peña fue condenado a diez años de cárcel por abusar de un menor durante nueve años. La sentencia fue confirmada por el Tribunal Supremo en el año 2005.

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Castilla del Pino, C. 1997. Pretérito imperfecto. Tusquets, Barcelona.

107 - El sacerdote Rafael Sanz Nieto fue condenado en 2006-2007 a dos años de cárcel por abusar de un menor de forma continuada en Madrid. El caso, denunciado al arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, fue encubierto por éste, y el arzobispado fue acusado de responsable civil subsidiario. - El religioso de San Viator José Ángel Arregui fue detenido en Chile en posesión de centenares de grabaciones de abusos a menores en distintos colegios españoles. La investigación ha determinado que el religioso poseía filmaciones de maltratos sexuales cometidos por él mismo a quince alumnos españoles de los colegios de San Viator de Madrid y San José de Basauri (Vizcaya). El detenido se encuentra en prisión preventiva desde 2009. La Iglesia afirma que sólo se trata de unos pocos casos dentro de la gran multitud del clero. La culpabilidad de la institución eclesial radica en que las correspondientes diócesis han encubierto, incluso con medidas coercitivas a las víctimas o a sus familias, a los implicados en estos delitos, con lo cual la institución eclesial pasa a ser parte cómplice de los mismos. La Institución que condena y se opone de forma radical al divorcio, al aborto y al matrimonio homosexual, incluso cuando afectan a personas no creyentes, convocando manifestaciones multitudinarias, ve con mucha condescendencia los abusos y las agresiones sexuales de su clero a menores, delitos repugnantes que están duramente penados por la legislación civil; cuanta hipocresía. Afortunadamente, la Iglesia sí tiene motivos para preocuparse, ya que, en España, sus adeptos disminuyen progresivamente de una forma constante. Las numerosas encuestas realizadas el respecto, muestran que disminuye notablemente el número de creyentes, de practicantes (que ha pasado a ser una minoría limitada –menos del 15% de practicantes asiduos en 2010–), de bautizados, de matrimonios y funerales realizados por el rito religioso y de vocaciones religiosas. Esta disminución de sus efectivos no ocurre porque la Iglesia haya sufrido persecución alguna, sino porque la sociedad civil, aun con toda la corrupción y todas las injusticias propias del sistema capitalista, contiene valores mucho más atractivos que los que ofrece la Iglesia católica, que sigue siendo contraria a los principios más elementales de la sana libertad del ser humano y que mantiene dogmas y creencias que son difíciles de digerir en el mundo actual. La añoranza del Antiguo Régimen y de las dictaduras fascistas por parte de la Iglesia y su actuación de acuerdo con dicha añoranza, asociada a dogmas no muy acordes con la razón y con los derechos humanos reconocidos internacionalmente, no parecen, ni mucho menos, los ideales más adecuados para ser abrazados por la ciudadanía del siglo XXI. Desgraciadamente, la otra cara de la moneda es que, a pesar, de que su representatividad social disminuye, la Iglesia católica sigue disfrutando en el Estado español de un poder inmenso y de enormes privilegios, impidiendo su separación del Estado y siendo por ello uno de los grandes bastiones que hay que superar para el desarrollo de una sociedad democrática en nuestro país.

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10. LA GRANDEZA DEL ATEÍSMO Sobre cómo surge un ateo en una sociedad dominada por la ideología católica Somos muchos, sin duda, los que, en el Estado español, nacimos en una familia católica, crecimos en un ambiente católico y, con el tiempo, nos convertimos en ateos. Por otra parte, esto ha de ser así porque el número de creyentes y practicantes católicos decrece en estos tiempos progresivamente. Mi trayectoria personal siguió esa vía, que describiré en breves palabras. Como nieto e hijo de abuelos y padres católicos, cursé la enseñanza primaria y secundaria en un colegio de chicos regentado por frailes católicos. En este contexto, siendo niño, fui un católico incondicional; la “verdad” que mis mayores me transmitían y me inyectaban en el colegio, con rezos a todas horas, rosario diario, misa cantada dominical y adoctrinamiento constante, no podía ser cuestionada. Cuando llegó la adolescencia, mis deseos de volar y de iniciar una vida independiente, llegaron a ser incompatibles con el ambiente represivo e intolerante del colegio y, por fortuna, terminé mi enseñanza secundaria en un instituto público. A la vez, surgió la contradicción dentro de mí en materia religiosa. El sentimiento de culpabilidad que nace de la ideología católica, estaba enfrentado con la vida sana y buena que estaba descubriendo, y la confesión de mis “tremendos pecados” no era la solución. Ello me llevó a abandonar progresivamente la práctica religiosa y me obligó a pensar. De la evolución de los seres vivos creo que entonces no sabía nada (sólo había oído que Darwin era un sinvergüenza, porque decía que el hombre desciende del mono), pero ya había estudiado los rudimentos de la química nuclear; había comprobado que unos elementos químicos se pueden transformar en otros distintos, lo cual fue para mí revelador. Recuerdo que, a los quince años, en conversaciones con un amigo del colegio, estábamos de acuerdo en que lo que los católicos llamaban dios, era simplemente energía. Curiosamente, todos mis hermanos tuvieron también una trayectoria con el mismo resultado; todos son ateos. Con el paso del tiempo, continuó mi formación intelectual, consolidé mi pensamiento religioso y político, y adquirí conciencia de lo dañinas que han sido y continúan siendo las instituciones religiosas para el ser humano y para el desarrollo de la sociedad, particularmente en estados como el español, donde el poder de la Iglesia ha sido, y es, inmenso. Con ello comprendí que el ateísmo debe ser motivo de orgullo, y entendí la necesidad de combatir las instituciones religiosas y la ideología que trasmiten, en la medida en que se trata de una ideología fundamentalista, enemiga de la libertad humana y basada en una “verdad absoluta” que es intolerante con cualquier otra ideología. Evidentemente, no todos los ateos surgen de la manera descrita. Actualmente, a pesar del gran poder de la Iglesia en el Estado español, la sociedad civil ha ganado terreno a la religiosa y los avances de la ciencia y el uso de la razón están ganando la batalla a las ideas dogmáticas que promulgan las instituciones religiosas. Se permite legalmente el matrimonio civil, el divorcio y el aborto, y la enseñanza religiosa, aunque pervive con muy buena salud, no es tan absorbente como hace unas decenas de años. Ello ha creado un ambiente que hace que, personas que han nacido en el seno de una familia católica, se hayan transformado en ateas sin vivir episodios tan dramáticos como los que se vivían antaño. Por otro lado, no todo el mundo se vuelve ateo en la adolescencia. Muchas personas adultas, observando el boato de la Iglesia, su connivencia con los poderosos y sus exhortaciones morales, defendiendo actitudes abiertamente contrarias a derechos humanos que la sociedad civil reconoce, han abandonado el catolicismo y engrosan las filas de los no practicantes o los no creyentes. Los que han tenido la fortuna de nacer ya en el seno de una familia de ateos, no necesitan esta reconversión desde el catolicismo, y continúan, por lo general, en la ideología de sus padres, basada en el triunfo de la razón sobre el dogma. A pesar de que la Iglesia católica siempre está al acecho, y tiene

110 gran influencia social, sobre todo en la enseñanza, estos niños están alejados del dogma y crecen ajenos a la existencia del pecado y del infierno, sin un sentimiento absurdo de culpabilidad por acciones que son sólo el resultado de la buena vida, en el mejor sentido de la palabra. Estas personas, que no han pisado las iglesias, salvo en algunos actos por compromiso social, tienen la suerte de poder ver la religión y su liturgia como algo lejano, exótico y ajeno a sus vidas. Aunque las formas de llegar a ser ateo pueden ser muy variadas, todas ellas tienen el común de ser el resultado del uso del pensamiento y el razonamiento, y de la desestimación de dogmas que conducen a proclamar normas morales contrarias al normal desarrollo de la humanidad. El ateísmo resulta del triunfo de la razón y el sentido común sobre el dogma fundamentalista de las religiones. Elogio del ateísmo La palabra “ateo” (= sin dios) tiene un significado negativo, niega la existencia de dios. Dado que el ateísmo surge del uso de la razón, cualidad denostada por el dogma religioso, el ateo ha sido un acérrimo enemigo para el cristiano. Ha sido identificado como la expresión genuina del mal. El papa Benedicto XVI equiparó al ateísmo con el nazismo en su visita al Reino Unido en septiembre de 2010 (véase http://www.publico.es/internacional/337031/el-papa-equipara-el-ateismo-con-el-nazismo). Se le ha querido denostar con expresiones tales como, por ejemplo, “materialismo ateo”, y se ha sugerido que el ateísmo es algo inmoral y carente de principios, cuando es un hecho evidente que los principios éticos del ateísmo son mucho más respetuosos con la humanidad que las normas morales de las principales religiones monoteístas. Como ejemplo reciente del siniestro espiritualismo de la Iglesia católica puede citarse el ferviente apoyo recibido de lo más florido del empresariado español, asociados en la “Fundación Madrid Vivo”, que surgió con motivo de la celebración del evento católico de las Jornadas Mundiales de la Juventud en dicha ciudad en 2011. En dichas Jornadas participaron individuos que destacan por su “espiritualidad”, tales como Emilio Botín (Presidente del Banco de Santander), Rodrigo Rato (Presidente de Bankia), Ángel Ron (Presidente del Banco Popular) y Esther Koplowitz, entre otros. Que los jerarcas de la Iglesia católica se atrevan a acusar a los ateos de nazis, materialistas o inmorales, sólo significa que estos individuos no son siquiera capaces de mirarse al espejo. Más bien hay que afirmar, de acuerdo con Michel Onfray1, que “el ateísmo es salud mental recuperada”. El ateísmo surge de la percepción del mundo que nos rodea y del correspondiente uso de la razón para interpretarla. Es natural que la humanidad se plantee cuál es la causa de su origen y la de todo cuanto le rodea. Actualmente, la ciencia nos da explicaciones razonables de cómo ha evolucionado la materia y los seres vivos; no vemos nada sobrenatural en cuanto nos rodea ni en los procesos que suceden en nuestro entorno, y, por ello, muchos no creemos en nada sobrenatural y, mucho menos aún, en un dios personal creador del universo. En consecuencia, los que tenemos esta visión del mundo no creemos en dios y nos declaramos “ateos”. Según Richard Dawkins2 el número de personas que comparten esta creencia aumenta con su nivel de educación recibido y su interés por la ciencia. Igualmente, este autor argumenta que la mayoría de los científicos eminentes y premios Nobel son ateos. Si bien esto puede ser un índice de lo razonable y respetable que es no creer en dios, siempre quedará un resquicio abierto para los creyentes, pues no es posible, al menos actualmente, demostrar que dios no existe. Como no se trata aquí de establecer una pugna entre que es lo más o menos razonable, sólo diré que creer en dios es también obviamente digno y respetable, pero como 1 2

Onfray, M. 2006. Tratado de Ateología. Ediciones de la Flor, Buenos Aires. Dawkins, R. 2007. El espejismo de dios. Espasa hoy, Madrid.

111 afirma Sáenz y del Olmo1, “discutir sobre si un dios creó el mundo en siete días es una cosa, discutir sobre si se pueden utilizar preservativos al mantener relaciones sexuales es otra muy diferente”. Una cuestión es el mundo de las ideas o creencias y otra distinta es el mundo de la política, y particularmente de la política de la imposición y la intolerancia. El problema surge cuando un conjunto numeroso de creyentes se asocia y da lugar a instituciones religiosas tales como la Iglesia católica. En estos casos, al dios se le atribuyen una serie de atributos sin ningún fundamento, que chocan además frontalmente con los atributos que directamente se derivan de la lectura de los textos divinos admitidos por los cristianos, generándose así una gran incoherencia. Con estos antecedentes, sí que puede decirse que el ateísmo es más razonable que el cristianismo. Sin embargo, si todo terminase aquí, seguiría sin existir problema, los ateos pueden tener sus creencias y los cristianos las suyas. Cada uno puede tener las creencias que quiera, siempre que respete las creencias de los demás. Aquí es, en la falta de respeto, donde surge el problema. Los jerarcas, el clero y muchos creyentes de la Iglesia católica se creen partícipes de la verdad absoluta y no respetan la verdad de los demás. Esta afirmación no es gratuita y está absolutamente probada por todo lo descrito en los capítulos anteriores. La Iglesia trata de imponer unos dogmas y unas normas morales a todo el mundo y ha perseguido a los discrepantes, sometiéndoles, a lo largo de su historia, a tortura, prisión y muerte. Ha sido una dictadura férrea, que discrimina a las mujeres, y defiende a ultranza el dolor, el sufrimiento y la miseria. Ha sido promotora de guerras, ama el boato y esconde corrupción y delincuencia, como la pederastia ampliamente denunciada en los últimos tiempos y ocultada por la jerarquía eclesial. Asimismo, se opone al progreso y a los avances científicos y en suma, a la implantación de los derechos humanos y la democracia. Es, en definitiva, una institución política agresiva que trata de controlar el poder civil a cualquier precio. Todas estas actuaciones ya no son razonables, y los no creyentes, y en general los demócratas, han considerado que tienen el deber de defenderse de estas atrocidades y oponerse a ellas. En este contexto, el ateísmo, surgido del uso de la razón, no sólo es respetable, sino francamente elogiable. Para los cristianos, el ateísmo es el enemigo. La frase “si Dios no existe todo está permitido”, puesta por Fiódor Dostoievsky en boca de uno de los hermanos Karamazov, gusta mucho a los cristianos, que consideran que los ateos son inmorales. Sin embargo, es fácil refutar ese pensamiento. Antes de acusar a los discrepantes de inmorales, los católicos pueden mirarse a sí mismos, y revisar su historia y sus libros sagrados. Con dios, o en nombre de dios, se ha permitido casi todo. Se ha permitido e impulsado la violencia y la venganza, que se concreta en tortura, guerra, homicidios, genocidios, discriminación, etc. Los textos ya esgrimidos en capítulos anteriores, que forman parte de la Biblia o que están rigurosamente de acuerdo con la historia, son bastante elocuentes a este respecto. El panorama actual también revela la violencia que surge de los principales credos religiosos; así tenemos conflictos constantes dramáticamente sangrantes entre cristianos y musulmanes (conflictos de Irak y Afganistán), judíos y musulmanes (conflicto de Palestina) y entre protestantes y católicos (Irlanda del Norte). Una prueba de que existen unos valores éticos independientemente de los religiosos puede encontrarse en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Los cristianos pueden alegar que su cultura y pensamiento estuvieron presentes en la elaboración de dicha declaración, pero lo cierto es que ella es el resultado del acuerdo de la sociedad laica representada por un gran número de estados del mundo. Los cristianos tienen sus propios preceptos o mandamientos, que no coinciden con los derechos humanos en gran número de aspectos. De hecho, la Iglesia católica no defiende muchos de esos derechos, sino que los combate y conculca; un claro ejemplo de este 1

Sáenz, L.M. y del Olmo, E. 2008. La religión como política. En: La Iglesia furiosa. Sepha, Málaga.

112 incumplimiento es la discriminación de la mujer. De hecho, los derechos humanos, tal como aparecen desarrollados en la Declaración Universal, son defendidos por muchas organizaciones humanitarias laicas y no por organizaciones de carácter religioso. El ateísmo tiene numerosos aspectos positivos con relación a las grandes religiones monoteístas. Tal vez el aspecto más importante es el de hacer libre al ser humano. Este hecho tiene grandes implicaciones. El ateo no necesita de otros que, basándose en dogmas ajenos a la razón, y a veces claramente en contra de ella, impongan normas morales que limiten su comportamiento. Su ética está basada en el uso de la razón, y su libertad sólo está limitada por el respeto a los demás y al medio ambiente en el que vive. Sus normas solo deben estar éticamente limitadas por una sociedad democrática que funciona por la razón de la mayoría. Su ética debe estar regida por los derechos básicos de las personas y por los valores de la sociedad democrática, por supuesto laica, tales como solidaridad e igualdad. El ateo asume que sólo existe una vida, la que sentimos y percibimos diariamente, y esa vida hay que vivirla intensamente, sin preocuparse de juicios ni castigos en otra vida oculta, misteriosa. Por tanto, dentro de los valores éticos citados, debe procurarse la mejor vida posible, apartando de sí todo lo que sea penitencia y sufrimiento. Al ateo, ningún agente o poder externo le impide hacer uso de su razón para amar el conocimiento y el progreso, y admitir los avances de la ciencia en la medida en que estos sirvan para potenciar la salud y el bienestar. Un ateo cree obviamente en su verdad, pero puede y debe respetar y tolerar las verdades de los demás ciudadanos. Este es un hecho básico para la convivencia en paz y en democracia. La sociedad democrática es una sociedad laica incompatible con la Iglesia católica, que se identifica con la intolerancia, el Antiguo Régimen y las dictaduras fascistas. Desgraciadamente, el pecado y su castigo, el sufrimiento y las otras lacras de la antivida paulina quedan para el católico, que merece nuestro respeto y nuestro apoyo, en la medida en que es víctima de una jerarquía despótica, que impone sus reglas, admite la desigualdad, la subordinación de la mujer, y detenta un poder terrenal inmenso, que tiene sus raíces en la noche de los tiempos, y cuya historia está completamente manchada con la sangre de personas que simplemente no pensaban como ellos. Intolerancia, tortura, muerte y guerras son las coordenadas que han marcado la historia de esta ominosa institución eclesial. En suma, tal como afirman Sáenz y del Olmo1, el ateo está en condiciones de elegir, frente a la religión, “libertad frente a tiranía, igualdad frente a discriminación, justicia frente a explotación, sin hablar en nombre de ningún dios, sin revelación alguna, sin infalibilidad”. Como todo es relativo, puede decirse que el ateísmo encierra una filosofía mucho más sana que el cristianismo y las demás religiones monoteístas. Tal como afirma Russell2, refiriéndose al concepto de dios: “Es un concepto indigno de hombres libres. Cuando se oye en la iglesia a la gente humillarse y proclamarse miserables pecadores, etc., parece algo despreciable e indigno de seres humanos que se respetan. Debemos mantenernos de pie y mirar al mundo a la cara. Tenemos que hacer el mundo lo mejor posible, y si no es tan bueno como deseamos, después de todo será mejor que lo que esos otros han hecho de él en todos estos siglos. Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor; no necesita el pesaroso anhelo del pasado, ni el aherrojamiento de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres ignorantes. Necesita un criterio sin temor y una inteligencia libre. Necesita la esperanza del futuro, no mirar hacia un pasado muerto, que confiamos será superado por el futuro que nuestra inteligencia puede crear”. Y siguiendo la opinión de este mismo filósofo acerca de la religión, repetiré aquí sus palabras: “los tres impulsos humanos que representa la religión son el miedo, la vanidad y el odio. El propósito de la religión, podría decirse, es 1 2

Sáenz, L.M. y del Olmo, E. 2008. La religión como política. En: La Iglesia furiosa. Sepha, Málaga. Russell, B. 1977. Por qué no soy cristiano. EDHASA-Sudamericana, Barclona.

113 dar una cierta respetabilidad a estas pasiones, con tal de que vayan por ciertos canales. Como estas tres pasiones constituyen en general la miseria humana, la religión es una fuerza del mal, ya que permite a los hombres entregarse a estas pasiones sin restricciones”. Y poco más adelante Russell afirma: “La religión impide que nuestros hijos tengan una educación racional; la religión impide suprimir las principales causas de la guerra”. De acuerdo con este filósofo, las normas morales las imponen, mediante un sistema de premios y castigos, unos sátrapas religiosos que, usando el invento del pecado, nos dicen lo que debemos desear y hacer, sin tener en cuenta lo que deseamos realmente. Por el contrario, la ética atea busca lograr lo que realmente deseamos para alcanzar la felicidad, de forma que una sociedad basada en esa ética busca unas normas de convivencia y solidaridad que satisfagan los deseos reales y la felicidad de la población; es la ética de la democracia real, que se basa en la opinión de la mayoría y en el respeto escrupuloso de los derechos humanos. En este contexto, la educación debe poder permitir averiguar a cada individuo por sí mismo si una determinada acción causa daño o no, y evitar que se cometan actos dañinos por ignorancia. Para alcanzar esta democracia, sobran tiranos que nos digan lo que debemos hacer basándose en supuestas revelaciones ancestrales. La buena vida requiere, según Russell, “una buena educación, amigos, amor, hijos (si los desea), una renta suficiente para no tener miseria ni angustias, buena salud y un trabajo interesante”, y esto es lo que debe facilitar la comunidad a cada uno de sus miembros. Ateísmo y laicismo Frente al estado confesional, en el que existe una religión oficial, el estado laico defiende la independencia entre Estado e Iglesia. El pensamiento y la práctica religiosa quedan dentro del ámbito de la conciencia y la Iglesia pasa a ser una asociación privada comparable a cualquier otra. En el siglo XX, han existido estados que han sido calificados como ateos, en los cuales se ha fomentado el ateísmo y se ha coartado el culto religioso; un ejemplo lo tenemos en la Unión Soviética, particularmente en la época tremenda de Stalin. Igualmente, Hitler, que en principio se declaró cristiano, lideró un estado terrible que puede ser calificado como laico, y que sin embargo inició la segunda guerra mundial y exterminó a millones de personas. El problema es que, tanto Stalin como Hitler, tuvieron una ideología política, comparable con el dogma religioso, y una ambición de poder que estaban por encima de su concepción atea o cristiana. Esto significa que en sí mismo el ateísmo no genera automáticamente personas éticamente admirables, simplemente genera hombres libres, dueños de sus actos, sólo coartados por la sociedad civil, y nunca por un poder terrenal de carácter religioso. La ética atea que aquí defendemos no está subordinada a otras ideologías defensoras de dictaduras, sino que propugna un sistema laicista, que respeta pensamientos distintos de los suyos, pero que no admite privilegios otorgados por el estado a confesiones religiosas ni, mucho menos, que asociaciones religiosas impongan sus normas morales a quienes no piensan como ellos, es decir, a toda la sociedad. Laicismo no significa ateísmo, existen sin duda personas con creencias religiosas, que son tolerantes con las ideas de quienes no piensan como ellos y que, en consecuencia, defienden el estado laico. Sin embargo, la Iglesia católica no admite la independencia entre ella y el Estado. Sólo está cómoda cuando forma parte del poder y trata de imponer sus normas a todos los ciudadanos; esta ideología es incompatible con la democracia, lo suyo es la dictadura, el absolutismo o el fascismo. La historia demuestra que cuando la Iglesia llega a controlar el poder, el resultado es terrible; históricamente, es contrastable su alta capacidad para torturar y matar. En consecuencia, la ética laicista del ateo debe ser tolerante y respetuosa con las personas creyentes, pero debe combatir a la institución eclesial católica, que propugna la intolerancia, la discriminación y la injusticia, pero esta lucha siempre debe llevarse a cabo con las armas de la democracia, es decir, con la palabra y el convencimiento de los creyentes,

114 despertando su espíritu crítico, mediante la denuncia y el desenmascaramiento de la maldad que inspira esta lóbrega secta religiosa.

115

11. EPÍLOGO El hombre ha inventado a dios para buscar una respuesta a preguntas que su intelecto no alcanza a contestar. Sin embargo, ni la percepción ni la razón permiten obtener el más mínimo indicio de su existencia. Basándose en la creencia de un ser sobrenatural, las personas se agrupan en comunidades ingentes, que están gobernadas por jerarquías que han logrado impedir eficazmente el progreso de la humanidad, tanto desde el punto de vista ético y social como desde el del conocimiento en general. Este es el caso de la Iglesia católica, cuyo poder institucional ha estado por encima de los gobernantes civiles. Su naturaleza dictatorial e intolerante ha sido fuente, a lo largo de su historia, de tortura, muertes, guerra y destrucción. Los cristianos tienen como creencia común la existencia de un dios único y de una figura central fundadora, Jesús de Nazaret. El dios de los cristianos es sobrenatural, inmutable, creador del universo, perfecto, espíritu puro, omnipotente, omnipresente, omnisciente, infalible, infinitamente santo e infinitamente justo. Cuando se pretende caracterizar a dios con este conjunto de atributos, la probabilidad de su existencia es prácticamente despreciable. La Iglesia sostiene que su doctrina se basa en verdades que han sido reveladas por dios a los hombres. El creer en estas supuestas revelaciones es lo que los cristianos denominan “fe”. Según la Iglesia, la transmisión de la revelación divina se produce a través de la Sagrada Escritura y de la tradición apostólica. También afirma que la interpretación del depósito de la fe está confiada a la Iglesia, que se proclama a sí misma infalible. Cuando nos acercamos al cómo, dónde, cuándo y a quién se reveló la verdad divina, nos encontramos con que es algo que la Iglesia parece ignorar y lo suple con una jerigonza que oculta la falta de argumentos reales que contesten a las cuestiones clave. Al final, todo acaba en dogmas (decretos), de creencia obligada, en los que jamás se ha vislumbrado revelación alguna, ni se ha detectado la bondad y la misericordia que deben emanar de ese dios sobrenatural y perfecto. La lectura de la Biblia estuvo prohibida por la Iglesia a los legos desde el siglo XIII hasta la segunda mitad del siglo XX. Esto lleva al absurdo de prohibir a los católicos leer lo que es, según la propia Iglesia, el principal resultado de la revelación, y por tanto, la principal fuente de la fe cristiana, que es, a su vez, la justificación esencial del creyente. De la lectura de la primera parte de la Biblia, conocida como “Antiguo Testamento”, se desprende que el dios que allí se describe es un dios tribal, imperfecto (se arrepintió de haber creado al hombre), celoso, vengativo, colérico, inflexible con sus adversarios, cruel y amante de la guerra, del boato y de la riqueza. Estableció una alianza con el pueblo elegido, el judío, por el cual éste debía de adorarle y obedecerle como dios único; a cambio, dios protegería y defendería al pueblo hebreo de sus enemigos. Se trataba de un dios que usaba su poder para llevar a cabo actos genocidas y de exterminio. Estos actos los hacía contra la práctica totalidad de la humanidad (en el diluvio), contra los enemigos de los hebreos (por ejemplo, en las plagas de Egipto) o contra los propios hebreos cuando dios consideraba que habían roto el pacto (destrucción de Sodoma y Gomorra y genocidio por adorar al becerro de oro). Estos exterminios, no sólo alcanzaban a los enemigos, sino a toda la población, incluyendo esclavos, niños, ganados y plantas, lo que da una idea de la crueldad divina. En muchos casos, como en el de las plagas de Egipto, dios extermina para demostrar su poder sobre los hombres. Dios estableció unos mandatos y unas leyes. Entre éstos, figuraba el precepto de no matar, que no era un mandamiento que cumpliera precisamente dios. La contradicción es flagrante, en cuanto que

116 la pena de muerte era común para delitos razonablemente menores, como, por ejemplo, trabajar en sábado. Las penas impuestas por dios se nos presentan como desproporcionadas (por comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal expulsa al hombre del jardín del Edén y le condena al trabajo, al dolor y a la muerte). Dios consideró a la mujer inferior al hombre y los grandes profetas del cristianismo fueron siempre hombres. Era racista, discriminaba al discapacitado y admitía la poligamia, la esclavitud y el concubinato como algo normal. En las normas que impuso a su pueblo, reguló aspectos relativos a la esclavitud. La Biblia describe el absolutismo más abominable; los reyes eran puestos por dios y sus súbditos son descritos como siervos. El Antiguo Testamento contiene algunas historias difíciles de calificar, pero que parecen reflejar el odio que dios tenía a los hombres. Así, éste ordenaba la coprofagia (ordena comer el pan cocido con rescoldo de excrementos humanos), exigía sacrificios de animales, y le gustaba que en los objetos relacionados con el culto abundase el oro y la plata. Colmó de grandes riquezas a los hombres elegidos por él como grandes patriarcas o profetas, reflejándose en el texto del Antiguo Testamento una cierta identificación entre riqueza e integridad personal. Afirmar, tras esta historia, que dios es infinitamente sabio, infinitamente santo y misericordioso e infinitamente justo es sencillamente una atrocidad, un insulto a la razón y un desprecio al género humano. La lectura del Antiguo Testamento nos revela que las religiones monoteístas basadas en la Biblia parten de las creencias tribales contenidas en una historia legendaria del pueblo judío, que establece un pacto con un dios terrible. Es difícil de creer que estas religiones hayan llegado hasta nuestros días con el poder y fortaleza que mantienen. Sólo la tendencia humana al miedo a enfrentarse al mundo real y la capacidad de los poderosos de hacer creer a las masas historias absurdas pueden explicar este pensamiento religioso que, conducido por instituciones sin escrúpulos, tanto ha lastrado y sigue lastrando el progreso de la humanidad. El mensaje contenido en los evangelios es mucho más humano que el del Antiguo Testamento. No hay tanta muerte y genocidio y se habla más de caridad y de perdón. Un precepto esencial que queda destacado en todos los evangelios es el amor al prójimo. En éstos, el pueblo judío deja de ser el pueblo elegido para pasar a ser el responsable de la muerte de Jesús. Éste trata muy mal a los judíos, y, en particular, a los fariseos, que defendían la ortodoxia judía. Desde un punto de vista ético, existe una contradicción atroz entre los evangelios y el Antiguo Testamento. Es inconcebible que el Antiguo y el Nuevo Testamento formen parte de la doctrina de una misma religión y que la Iglesia católica afirme que ambos textos, como partes integrantes de la Biblia, fueron escritos bajo inspiración divina. El cambio de mensaje de los evangelios no significa que estos no contengan barbaridades desde un punto de vista ético que han marcado a la humanidad, y que ésta solo ha logrado vencer, tras superar los postulados de la doctrina cristiana. Así, los evangelios nos muestran a un Jesucristo que admite la existencia de amos y esclavos como algo natural, y que además, alaba al buen siervo. Es curioso, y francamente reprobable, el concepto que Jesús presenta acerca de la justicia. No destaca Jesús por su amor a los pobres, sino que la balanza se inclina más bien a favor del negociante y especulador. Aunque realmente los evangelios suavizan el mensaje transmitido en el Antiguo Testamento, no faltan por eso expresiones tremendas. En los evangelios surge el germen de la fobia que tiene la Iglesia a la sexualidad, teniendo éstos un matiz machista que no deja lugar a dudas. En los evangelios, Jesús habla un lenguaje oscuro. Sus discípulos no le entienden y los judíos le entienden aún mucho menos, pero Jesús no accede a aclararles el significado de lo que habla. Ante todo este galimatías, la pregunta es clara. Si Jesucristo era dios, y por ello la figura central de la

117 revelación cristiana, ¿por qué no revelaba su verdad en términos claros que pudieran llegar a todo el mundo? ¿Qué necesidad tenía de morir en la cruz, si podía redimir a los humanos de cualquier otra manera? ¿Por qué esa tendencia a mostrar el dolor y el sufrimiento como algo necesario? ¿Por qué no hacer del amor al prójimo y de la vida humana algo placentero exento de sufrimiento? ¿De qué nos redimió Jesús al morir en la cruz? La Iglesia nos dice que nos redimió del pecado y de la muerte, pero esta sigue existiendo al igual que todas las miserias humanas. Los evangelios son simplemente escritos que reflejan pensamientos y costumbres de una época pretérita, que nos dan buenas pistas de la escasa credibilidad que tuvo Jesús en su época. Parece claro que, según los evangelios, los judíos no creían en él. El “Apocalipsis” (parte final del Nuevo Testamento) nos retrotrae al lenguaje cruel del Antiguo Testamento y tiene frases terribles e inquietantes, que no retratan precisamente a un dios santo, bueno y misericordioso. Pablo de Tarso ha sido considerado como el creador de las bases doctrinales del cristianismo. La doctrina que difundió contiene valores éticos atractivos: amor, caridad, misericordia, perdón y paz. Sin embargo, estos valores éticos quedan ensombrecidos por ideas éticamente aberrantes que han sobrevivido en la Iglesia hasta la actualidad. La idea de un pecado original que se transmite de padres a hijos es absolutamente monstruosa. Más fuerte, si cabe, es el desprecio de Pablo a la sabiduría humana. Para él, la fe está por encima de la sabiduría, lo que significa que los humanos tenemos que creer lo que este personaje nos dejó escrito y despreciar lo que inferimos por nuestra razón. El rechazo de la sabiduría humana es claramente un desprecio al ser humano. La idea de Pablo de que lo placentero es malo y lo desagradable bueno es propia de una mente enferma. El odio a toda sexualidad, la obediencia a toda autoridad, ya que ésta proviene de dios, su defensa de la sumisión del esclavo y su exacerbado machismo denotan la pobreza mental de este individuo, quien realmente se nos muestra como un auténtico enemigo de hombre. Su influencia en la historia de la humanidad ha sido la base de la explotación del hombre por el hombre y de la oposición a cualquier atisbo de progreso basado en la razón y el conocimiento humanos. La lectura de la Biblia sorprende a cualquier lector razonable por su violencia y crueldad, por la puerilidad y el carácter primitivo de las explicaciones de cuestiones que hoy son bien conocidas desde el punto de vista científico, por la admisión de relaciones humanas, tales como la esclavitud o la inferioridad de la mujer, que hoy repugnan a cualquier persona razonable, y por el pintoresco concepto de justicia que emana de Jesús en los evangelios. Para interpretar la Biblia y evitar el bochorno que produce actualmente su lectura, la Iglesia católica niega a veces el sentido literal, interpretando el supuesto fondo de verdad que radica en ellos. Un ejemplo surge en la parte de la Biblia dedicada a la creación del universo. Los avances científicos han demostrado que este relato es una patraña. Como consecuencia, la Iglesia admite que este relato bíblico no es literalmente verdadero, pero llega a la conclusión, a partir de él, y sin otro argumento defendible, de que dios creó el universo. Lo curioso y grave del caso es que la manifestación o defensa de cualquier idea contraria a este relato bíblico fue, durante muchos siglos, motivo suficiente para acabar ejecutado en la hoguera. Y eso que la Iglesia es, por decreto, infalible. Según convenga, la Iglesia admite que es válido el significado literal de lo que allí se dice, el carácter histórico pero no textual, o se afirma que se trata simplemente de una alegoría. Toda la historia de la Iglesia está plagada de torturas, guerras, asesinatos y delincuencia. En nombre de dios, se ha permitido todo lo peor que puede surgir del ser humano. El poder de la Iglesia ha rivalizado y desafiado siempre al poder civil, tratando de obtener la supremacía sobre él, y entrometiéndose de una manera execrable en la vida privada de las personas. Su poder económico y

118 social ha sido enorme e injustificable. En la actualidad la Iglesia continúa condenando libertades y derechos básicos de las personas. Sigue defendiendo el absolutismo y posiciones ultraconservadoras, de forma que su apoyo a todos los regímenes fascistas en Europa ha sido una constante. Mantiene además que es ilícito separar el Estado de la Iglesia; todo debe estar sometido a dios. La Iglesia continúa actualmente cegada en su obsesión por la sexualidad. Se niega a admitir el uso de anticonceptivos, lo que ha adquirido especial gravedad en el siglo XX con la expansión del SIDA. Afirma que el aborto, incluso en condiciones de extrema necesidad, es un asesinato, y que debe ser castigado por las leyes civiles. El sufrimiento innecesario y la “antivida” siempre han de estar presentes en la doctrina católica. En esta línea, la Iglesia considera que la eutanasia es también un asesinato, aunque admite por el contrario la pena de muerte. Se niega asimismo a permitir que las mujeres puedan acceder al sacerdocio, lo cual supone una flagrante discriminación de la mujer, así como el divorcio y el matrimonio entre homosexuales. Sin embargo, se empeña en encubrir los delitos de pederastia, que han sido y siguen siendo una práctica demasiado frecuente entre los clérigos católicos. La Iglesia, según sus jerarcas, es una sociedad perfecta de origen divino que está por encima de los derechos humanos. Sus dirigentes se atreven a dar lecciones de moralidad. Se consideran los paladines de los derechos de hombre y sin embargo los vulneran de manera flagrante. España ha sido uno de los países donde la Iglesia católica ha tenido y sigue teniendo más poder y privilegios. La inquisición en España fue especialmente sangrienta, perdurando hasta bien entrado el siglo XIX. Llegado el levantamiento militar de 1936, la Iglesia no dudó en ponerse al lado de los sublevados contra el poder democráticamente establecido. Durante el régimen franquista (o nacionalcatólico) la Iglesia gozó de grandes privilegios, muchos de los cuales perviven en la actualidad, como, por ejemplo, el control de la enseñanza primaria y secundaria. La Iglesia española se rebela actualmente ante cualquier ley que se salga de su dogma y se opone a la más mínima separación entre Iglesia y Estado, habiendo sido una de las causas que han impedido al progreso de España. A través de sus sectas, la Iglesia ha penetrado y continúa penetrando en todos los resortes del poder, incluido el Gobierno. El ateísmo resulta del triunfo de la razón y el sentido común sobre el dogma fundamentalista de las religiones, por lo que, no sólo es respetable, sino francamente elogiable. El ateísmo tiene numerosos aspectos positivos con relación a las grandes religiones monoteístas. Tal vez el aspecto más importante es el de hacer libre al ser humano. Su ética está basada en el uso de la razón, y su libertad sólo está limitada por el respeto a los demás y al medio ambiente en el que vive. El ateo asume que sólo existe una vida, la que sentimos y percibimos diariamente, y esa vida hay que vivirla intensamente, sin preocuparse de juicios ni castigos en otra vida oculta, misteriosa. Un ateo cree obviamente en su verdad, pero puede y debe respetar y tolerar las verdades de los demás ciudadanos. Este es un hecho básico para la convivencia en paz y en democracia. En este contexto, la educación debe poder permitir averiguar a cada individuo por sí mismo si una determinada acción causa daño o no, y evitar que se cometan actos dañinos por ignorancia. Sobran tiranos que nos digan lo que debemos hacer basándose en supuestas revelaciones ancestrales. Frente al estado confesional, el estado laico defiende la independencia entre Estado e Iglesia. El ateísmo no genera automáticamente personas éticamente admirables, simplemente genera hombres libres, dueños de sus actos, sólo coartados por la sociedad civil, y nunca por un poder terrenal de carácter religioso. La ética atea que defendemos no está subordinada a ideologías defensoras de dictaduras, sino que propugna un sistema que respeta pensamientos distintos de los suyos, pero que no admite privilegios otorgados por el Estado a confesiones religiosas ni, mucho menos, que asociaciones

119 religiosas impongan sus normas morales a quienes no piensan como ellos, es decir, a toda la sociedad. Laicismo no significa ateísmo, existen personas con creencias religiosas, que son tolerantes con las ideas de quienes no piensan como ellos y que, en consecuencia, defienden el estado laico.

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