La guerra civil en Atenas. La política entre la sombra y la utopía 9788446025412, 8446025418

En este libro póstumo, cuya publicación fue prevista por Nicole Loraux, la gran historiadora se interroga sobre las repr

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Spanish; Castilian Pages 224 Year 2008

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Table of contents :
Prólogo
1. Back to the Greeks
2. Corcira, 427-París, 1871
3. La Guerra civil y el mundo al revés
4. Tucídides y la sedición de las palabras
5. Cratilo a prueba de stásis
6. La ciudad griega piensa el uno y el dos
7. Solón en medio de la lid
8. Santo Mazzarino, La Stásis y la Revolución
9. Elogio del anacrónismo en historia
Agradecimientos
Índice
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La guerra civil en Atenas. La política entre la sombra y la utopía
 9788446025412, 8446025418

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AKAL

UNIVERS ITARIA Serie Interdisciplinar Director de la serie:

Juan Carlos Bermejo Barrera

Diseño interior y cubierta: RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reproduzcan sin la preceptiva autorización o plagien, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte.

Título original

La Tragédie d 'Athenes. /Ál politique entre l'homme et / 'utopie

© Editions du Scuil, 2005 Colección La Librairie du XX/e siecle, bajo la dirección de Maurice Olender © Ediciones Akal, S. A . 2008 para la lengua española .

Sector Foresta, 1 28760 Tres Cantos Madrid - España Tel . : 9 1 8 06 1 996 Fax: 9 1 8 044 028 www.akal.com

ISBN: 978-84-460-254 1 -2 Depósito legal: M-6226-2008 I mpreso en Cofás, S. A. Móstoles (Madrid)

NICOLE LORAUX

LA GUERRA CIVIL EN ATENAS La política entre la sombra y la utopía Traducción:

Ana Iriartc

®

a k al

PRÓ LÓGO

Ayer la creencia en el valor absoluto de Grecia, la caída del telón a la muerte de un héroe: ayer la oración a la puesta de sol y la adoración de dementes. Pero hoy la lucha ¡ ...] Mañana que los jóvenes poetas exploten cual bombas, l os paseos junto al lago, las semanas de perfecta comunión; mañana las carreras de bicicletas por las afueras en tardes de verano. Pero hoy la lucha. ¡...] Las estrellas están muertas. Los animales no quieren mirar. Nos hemos quedado a solas con nuestro día, y el tiempo es breve, y a los vencidos la Historia puede ofrecer piedad pero no ayuda ni perdón. W. H. Auden, . Al decidirse por esta última denominación, el Ejecutivo socialista dio muestras de prudencia y voluntad de concordia, consciente del de­ sasosiego que la palabra «memoria>> sigue sembrando en la sociedad española del tercer milenio2 . Pues se trata de una sociedad heredera de aquel olvido impuesto -aliado, a su vez , del que genera el propio pá­ nico' y de los pactos de silencio implícitos entre la población- que no constituyó la menor de las violencias propias de la atroz posguerra ci­ vil. Ahora bien, la prudencia4 no impidió que, al día siguiente de la pre­ sentación del citado proyecto de ley, el líder de la oposición sorpren­ diera desde las páginas centrales de los periódicos, desde los más preciados momentos televisivos, con términos tan despiadados -y no sólo para los historiadores, sean de derechas o de izquierdas- como los siguientes5: «Revisar la historia es una enorme equivocación que no sirve a ningún efecto>>. Fueron palabras pronunciadas ante los intelectuales que animaban los Cursos de Verano 2006 de El Escorial. Es más, recordando -siem­ pre en el nombre de una «Unidad de España>> directamente inspirada en el dogma franquista de la «España Una, . . . >>- que «en 1978 se lle­ gó a un acuerdo>> de no volver sobre el pasado respaldado por todas las formaciones políticas, dicho líder afirmó estar seguro de que « . . . los españoles quieren mirar al futuro y no hablar de la República y del franquismo>>. Con tamaña rotundidad juzgó apropiado expresarse el heredero político más directo -en un contexto democrático, claro está- de aquel franquismo victorioso que no escatimó recursos materiales ni espiri­ tuales para rendir los más altos honores a los «Caídos por D ios y por España>>. D urante cuatro décadas largas, las batallas de estos «héroes de la patria>> fueron loadas y sus nombres se inmortalizaron, grabados en los sacros muros de las iglesias. Mientras tanto -y, en parte, como 2 Para la decisión de celebrar el «Año de la Memoria>> tomada por las Cortes española; en 2006, analizada con lucidez implacable desde la perspectiva de la «explotación política de la memoria>>, véase J. C. Bermejo, , Moscas en una botella. Madrid, 2007. pp. 87- 1 07. 3 Phóbos mnémen ekpléttei, , dice Tucídides (11, 87, 4). 4 Juzgada, no obstante, excesiva por todos los partidos de izquierdas del Estado, por el conjunto de Asociaciones de represaliados y p or representantes del pensamiento político tan señalados como Javier Pércz Royo y Miguel Ángel Aparicio, catedráticos de derecho c ons­ titucional, o Julio Aróstegui, director de la cátedra Memoria Histórica del siglo xx de la Universidad Complutense, quienes denunciaron puntualmente la insuficiencia de la medida aprobada por el Consejo de Ministros. 5 Véase, por ejemplo, El correo. 29 de julio de 2006, p. 24, si bi en el comentario de M. Ra· joy al que nos referimos quedó reflejado en todos los periódicos nacionales de la misma jornada.

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consecuencia directa de este proceso de heroización- se anulaba la memoria de las víctimas republicanas, desprovistas del derecho a ser lloradas en público, cuando no depositadas en anónimas tumbas. Por ventura, la efervescente actividad histórica que, en la actualidad, se centra en desvelar cifras, datos y hechos referidos a las épocas repu­ blicana y franquista6, desmiente la inconsciente -luego doblemente significativa- opinión del portavoz más autorizado de la actual dere­ cha española. De hecho, puede decirse que, desde el propio inicio de la transición democrática -presidida por el terror al renacimiento del conflicto que cristalizó en el lema «nunca más»- el esfuerzo de recons­ trucción de la memoria histórica por parte de las asociaciones de represa­ liados7 y de historiadores tanto nacionales como extranjeros ha venido contrastando progresivamente con la temerosa parquedad del discurso político oficial. Para tranquilidad de quienes más pudieran temer la eficacia del de­ bate sobre la memoria histórica, recordaremos que dicho debate -como los especialistas saben ya-, no sólo puede incomodar al ima­ ginario político del franquismo. También llega a trastocar el halo he­ roico procurado, a su vez , a los ciudadanos-soldados republicanos, tanto por el multitudinario movimiento antifranquista de los años se­ senta y setenta como por el pacto de no-recordar los males acaecidos sobre el que se redactó la Constitución de 1978. Por poner un solo ejemplo, en esta ecuánime perspectiva insiste el historiador Javier Ruiz PortellaH : Dejemos ahora de lado el significado profundo de u n anticlericalismo que tantas razones tuvo de enfrentarse a la Iglesia y sus imposiciones. Y preguntémonos: ¿cómo es posible que sólo a la Iglesia se le haya exigido pedir perdón? ¿Cómo puede ser que no se haya alzado ni una sola voz para recordar, desde la democracia, las iglesias destruidas, los religiosos y creyentes asesinados? ¿No debería alguien pedirles perdón a ellos? ¿Cómo puede la España democrática dejar semejante memoria en manos de alguien como el papa cuando éste se dedica a bcatiticar algunas de ta­ les víctimas?

6 Es de destacar. en este sentido, la gran actividad desplegada en la última década en cua nto a la l ocalización y estudio científico de estas tumbas, así como el impulso experi­ mentado por el debate sobre la recuperación de la memoria histórica y de los medios mate­ riales que ello conlleva. Para una sugerente opinión sobre el tema: J. Casanova, «Sin archi­ v os, no hay historia», El País. 1 4 de septiembre de 2006, p. 1 7. 7 Entre ellas, la Asociación para la recuperación de la memoria histórica, la Coordina­ dora para la memoria histórica y democrática de Cataluña, El Foro de la memoria o la Aso­ ciación guerra y exilio. • En la edición a ;u cargo del libro de P. Preston, S. R omano. N. lsaia y E. S ogno, La Guerra Civil: ¿dos o tres Españas?, Barcelona, A ltera, 1 999, p. 22.

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Al mismo tiempo, ya no son aisladas las revisiones de nuestro pasado reciente9 que tienden a procurar una imagen de Franco como «buen tira­ no>> -en la más pura línea del turanos griego10- insistiendo en el auge económico que España conoció a partir de los años sesenta y minimizan­ do otros aspectos de la dictadura, como la perversa utilización que hizo de las instituciones políticas y judiciales, anteriormente democráticas, a través de su militarización 1 1 • A l explorar perspectivas incógnitas hasta ahora o profundizar en las ya definidas desde los años setenta, la actual efervescencia de la actividad histórica prueba que, si no «todos los españoles>>, al menos muchos de ellos creen que el pasado sólo puede dejar de ser fuente de conflicto cuan­ do se asimila una vez comprendido. Una labor colectiva en la que el ám­ bito jurídico está inextricablemente unido al de la labor historiadora, por mucho que nuestros ideólogos traten de escindidos. Tal es el convencimiento desde el que presentamos el último estudio realizado por Nicole Loraux sobre la problemática de la guerra civil y la dependencia que toda escisión cívica mantiene con la memoria. Un mo­ delo analítico elaborado a través del observatorio distante en el tiempo y en el espacio que es la antigua Atenas 12, pero en el que se detectan cues­ tiones coincidentes con las que suscita el momento histórico e historiador que ahora vivimos, pues, no en vano, se trata del observatorio f01jado por los inventores de la democracia occidental. En La guerra civil en Atenas, el lector encontrará reflexiones referi­ das al ideal de una ciudad una que presidió obsesivamente el imaginario ateniense, a la querencia a reducir la «Sedición civil>> (stásis) a dos mita­ des exactas y a dicha sedición como parte consustancial de lo político. Asimismo, el lector descubrirá una dimensión inquietante de los tribuna­ les de justicia como generadores de división cívica o podrá percibir el «centro>> (méson) como único espacio político posible -espacio de diálo­ go- entre dos facciones extremas. 9 Y ni siquiera nos referimos aquí al supuesto «revisionismo» practicado por aficiona· dos a la polémica mediática como Pío Moa, autor, entre otros, de Los mitos de la fiuerra ci· vil, Madrid, La esfera de la Historia, 2003. 10 Para una aproximación a la paradójica figura del tirano, usurpador de las institucio· nes de la polis, pero emprendedor enemigo de la aristocracia terrateniente. véase. por ejem­ plo, D. Lanza, 1/tiramw e il suo pubblico. Torino. Einaudi, 1 977. 11 Las biografías que se disponen de Franco en la actualidad son numerosas tanto en el formato tradicional de libro -así, la muy conocida de P. Preston, Franco (1993). Barce· lona, Grijalbo, 1994-, como en el de documental histórico -por ejemplo, l. lriarte y J. Se­ rra (dir. y guión). Franco, el centinela de Occideme. Sagrera TV, Barcelona. 2005, pro· porciona un estudio lúcido y vivaz de la representación imaginaria que tanto cuidó el «Generalísimo». 12 J. Casanova relaciona la guerra civil española con la acaecida en la Grecia moderna en su estudio «Guerras civiles, revoluciones y contrarrevoluciones en Finlandia. España y Grecia ( 1 9 1 8-1949): un análisis comparado», en J. Casanova (coord. ) , Guerras civiles en el siglo xx, Madrid, Pablo Iglesias, 200 l . 8

Son algunas de las problemáticas que enunciaremos en adelante, ejer­ o como histori adores al hilo del siguiente envite de nuestra particu­ end ci Nicole Loraux: Ariadna, r la Si Marc Bloch pudo escrihir que , pudiera ser que, inversamente, para pensar nuestro incierto presente, la lejana historia de la democracia ateniense constituya un excelente terreno expcrimental1\ NICOLE LORAUX ... Y

LA

ESCUELA

DE

PAR ÍS

Catedrática de Historia y antropología de la ciudad griega en el Éco­ le des hautes études en sciences sociales de París, Nicole Loraux ( 194 32003) entregó el libro que ahora traducimos a su editor, Maurice Olender, tres años antes de su prematura desaparición. En él, la historiadora fran­ cesa prolonga una reflexión ya consolidada sobre la guerra civil en la an­ tigua Grecia14 que, en este caso, decidió titular La tragédie d 'Athenes15. Un título rico en alusiones metodológicas para los especi alistas, que evoca, por ejemplo, la invitación de Pierre Vidal-Naquet a considerar la obra de Tucídides desde su dimensión trágica; desde ese componente fu ndamental de la civilización ateniense que el historiador griego pre­ tendía excluir de su obra, basada en la estricta concepción de lo políti­ co que todos conocemos: 1 8. De tal manera que el último libro de Nicole Loraux se presenta evo­ cando, en sus dos primeros títulos, a quienes sin duda fueron sus dos grandes maestros antes de convertirse en sus interlocutores de preferen­ cia. Con ellos compartió, entre otras premisas de trabajo cruciales, una re­ conocida como esencial en el presente libro: «que Atenas fue la ciudad esencial del mundo griego», hasta el punto de que su nombre puede equi­ valer al de polis19. La concordia entre el pensamiento de Nicolc Loraux y el de estos dos reconocidos pensadores, no reinó por siempre, como vamos a ver. Pero, de alguna manera, al aludir explícitamente a Jean-Pierre Vemant ( 19 142007) y a Pierre Vidai-Naquet ( 1930-2006) , la historiadora sitúa su refle­ xión «en el seno de>> -o, al menos, «con respecto a>>- la generada por un grupo sobresaliente de historiadores de la antigua Grecia del que ella mis­ ma fue miembro destacada durante buena parte de su recorrido intelec­ tual. Me refiero al grupo de helenistas que -bajo influencia norteamerica­ na- se ha dado en reconocer como la Escuela de París20 y que se institu­ yó formalmente en 1964 , con la fundación del CRCSS2 1, en tomo a la fi­ gura de Vemant. Este discípulo del fundador de la antropología histórica que fue Louis Gemet ( 1882- 1960)22 se centra, globalmente, en la tarea de derribar los muros que, en la perspectiva académica, separan la tradición propiamente mitológica de los testimonios referidos a otros sectores de la vida material, social y espiritual de los antiguos griegos. Junto a la meto­ dología de Gemet y la influencia del materialismo histórico, Vemant re­ conoce su deuda para con los planteamientos de la antropología estructu1�

Infra, «Back to ...

», p. 33. Como afirma escuetamente en la página de agradecimientos (infra, p. 219) y expli­ ca, con más detenimiento, en el capítulo «Back to . . .», infra, p. 29. Para la especial centra­ lidad de Atenas propuesta en esta última obra de 1\:icole Loraux. véanse las reseñas que le dedican Cl. Mossé ( >, en V. Sales (coord. ) , Les historiem·. París. A. Col in, 2003. pp. 3 1 7-335. Una rccopi­ l ción de referencias a las principales biografías sobre P. Vidal-Naquet se incluye en mi ar­ � ticulo: >, justo al inicio del libro, Nico­ le se retrotrae a su época de alumna para recordar el texto con el que Ver­ nant invitaba, en 1965 , a «volver a los griegos>>. Y precisa que el maestro -y discípulo de Gemet-, «animándonos a nous depayser nous mémes>>, evocaba a unos griegos que resultaban ser «al mismo tiempo cercanas y otros»42 : De esta página, que planteaba también la evidencia de una proxi­ midad -pero esto es algo que nuestra generación no ha querido o no ha sabido entender-, lo que nos sedujo y retuvo fue, sobre todo, la prome­ sa de alteridad. No de forma caprichosa, cierto, pues parece claro que el propio Vemant, a juzgar por sus investigaciones ulteriores, prefirió orientar la lectura en esa dirección. De hecho, él nunca dejó de intensi­ ficar esa alteridad. al principio concebida esencialmente como un dis­ tanciamiento temporal, en detrimento de la dimensión de proximidad; a pesar de haber convertido esta última en la auténtica condición de po­ sibilidad de su labor.

-'" Pierre Vidai-Naquet. L"histoire est mon combar. op. cit., pp. 156- 157. Los tres mos­ queteros eran Ycrnant, Deticnne y él mismo. por supuesto. 411 Le Genre humain '2.7 ( 1 993), pp. 2:\-39. 41 Aunque no fuera publicado hasta 1 99ó por J. Revcl y N. Wachtcl. Une école ¡wur les sciences sociales. Parb, l�d. du Cerf, p. 275. 42 lnfra, «Back lO pp. 33. ... »,

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La noción de alteridad. Por un lado, punto fuerte del sistema de inter­ pretación propuesto por la Escuela de P arís, que dio lugar a innovadores estudios sobre las mujeres, los artesanos, los esclavos, los efebos . . . , en definitiva, sobre los grupos de población olvidados por la historiografía tradicional en la medida en que quedaban al margen de la celebrada vida política griega. Pero, por otro -como bien supo percibir Nicole Loraux desde el seno mismo de la Escuela en cuestión-, dicha noción represen­ taba un peligro de distanciamiento del ámbito de la identidad política en beneficio de una perspectiva antropológica cada vez más unilateral. Recuerdo bien la sesión del Coloquio internacional «La Grece an­ cienne et 1' anthropologie de 1' Antiquité», celebrada en el Institut fran , Claves de razón prácti­ ca 93 ( 1 999), p. 73 . 47 ln.fra , , afirmó Deticnnc, con una falta de previsión con respecto al futuro de Jos estudios de género poco digna -todo hay que decirlo- de un maestro de Verdad: La 1•ida cotidiana de los dioses xriexos [ 1 989], Madrid, Temas de Hoy, ! 990, pp. 278-79. 49 Yéansc, por ejemplo, los tres artículos centrados en la citada problemática que recoge el olumen dedicado en 2005 a l-es voies travasieres de Nicole Loraux por las revistas T:spaces­ ernps Y Clio: S. Wahnich, «Sur l'anachronisme-pratique>> (pp. 140-146), J.-M. Baldner, «Un anachronismc-pratiquc>> (pp. ! 47·· 1 55) y F Dosse, «De l'usagc raisonnéc de l'anachroni>me>> (pp . 1 56-l 7 1 ). . »,

46

»,



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conviene precisar que en la investigación hay una etapa que de ninguna manera podría evitarse, pues constituye la condición necesaria y previa al vaivén entre lo antiguo y lo nuevo. Me refiero al momento en el que se trata de suspender las propias categorías para captar las de esos «Otros» que, hipotéticamente, fueron los antiguos griegos. Momento, con toda se­ guridad, irremplazable y que contribuye a destruir la ilusión puramente cultural de la familiaridad. Pero, aunque necesaria, la condición no es su­ ficiente y el trabajo no se termina con el distanciamiento. Así que voy a abogar por una práctica controlada del anacronismo50. Un ejercicio intelectual que requiere gran control y mayor movilidad, pues «hay que saber ir y volver y desplazarse constantemente para reali­ zar las distinciones necesarias»51• Tal es el bagaje metodológico con el que la prosa, densa y algo cortante, de Nicole Loraux sitúa a los lectores frente a uno de los núcleos de su obra: los discursos sobre la guerra civil como accidente en la vida de la polis, contrapuesto a la normalidad ideal que permitiría la práctica política y la concentración en la guerra externa.

DE LA DIVISIÓN COMO ATADCRA

El primer capítulo dedicado a la problemática de la escisión de ese cuerpo cívico que la polis prefería imaginar unido e indivisible es, en realidad, el segundo del libro: «Corcira, 427 -París, 187 1 . La "guerra ci­ vil" entre dos épocas». Se trata de una aplicación magistral de la ya des­ crita «práctica controlada del anacronismo» que conduce alternativa­ mente del enfrentamiento civil antaño acaecido en la isla que ahora llamamos Corfú a la Comuna de París, del discurso elaborado por Tu­ cídides en tomo a la primera, a la explicación que Marx procura del evento parisino de 187 1 . Lejos de toda proyección simplista, Nicole Loraux nos guía desde los tiempos modernos hacia el pasado griego, indicando concepciones cruciales para la comprensión tanto de la idiosincrasia como de la uni­ versalidad de dicho pasado. Así, la que conduce a Tucídides a presentar la stásis como «un combate contra sí mismo». Según revela la lectura perspicaz de nuestra historiadora, en Atenas, los ciudadanos enfrenta­ dos en una guerra civil no lucharían «Unos contra otros», sino que se en­ frentarían a sí mismos; un uso del ref1exivo que permite apreciar la stá­ sis, la escisión de la ciudadanía, precisamente como una de las mejores representaciones de la unidad cívica:

lnf'ra, «Elogio del anacronismo . . . », p. 207. '' ln(ra. «Elogio del anacroni.,mo . . . » . p. 21 J.

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Designar al grupo adverso como sí mismo implica que la representa­ ción del otro como ciudadano (conciudadano) prevalece sobre su calidad de adversario y de sedicioso; por lo tanto, implica que, b> que sobrevivieron al gran pacto de reconcilia74 En estos términos evocaba el ex presidente de gobierno el espectro del terrorismo en la cumbre celebrada en Chile para evaluar los efectos de las Comisiones de la Verdad sobre la reconciliación y la justicia tras aludir a la decisión >, escribe Jean-Pierre Vernant (Mythe el pensée, op. cit., t. 1, p. 5). 22 fidelidad nunca desmentida desde entonces. Sobre la importancia de lgnace Mcyerson y de la [ 1987], en La cité divisée, op. cit. . pp. 5984 [ , pp. 6 1 -85]. Fiel al rechazo meyersoniano del psicoanálisis, Vernant nunca em­ pleó el término , demasiado relacionado con la reflexión freudiana. 29 Gregory Nagy, Pindar's Homer. The Lyric Possession of an tpic Past, Baltimo­ re/Londres, The Johns Hopkins Univcrsity Press, 1 990. 30 Louis Gernet, Anthropologie de la Crece antique, Parb, Ma;,pero, Textes a l'appui, 1 968 [ reed . : Flammarion. col. Champs, 2 vols. titulados Anthropologie de la Crece antique Y Droit et institution en Crece amique ] . Vernant, antiguo discípulo de Louis Gcrnct, fue qui en lo introdujo a través de Pierre Vidal-Naquet, por entonces director de la colección.

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el pensamiento sociaP 1 y cuyas nociones esenciales van afinándose y poniéndose a prueba en la reflexión -moral y religiosa antes de con­ vertirse en jurídica- sobre lo justo (díkaion) y la justicia (díke ), en las representaciones compartidas que conforman el universo mental de la ciudad y, finalmente, en el teatro de Atenas, en donde «los conflictos que constituyen el propio objeto de la tragedia son representados y sentidos como antinomias del derecho»32. Pero resulta evidente que fue en los estudios de Louis Gernet sobre la religión griega en donde una parte de sus herederos sentaron las bases de sus ansias de antro­ pología, renunciando a proseguir los estudios sobre derecho33 realiza­ dos por aquel al que erigieron en padre fundador. Para ilustrar las posturas que presidieron la elección de lo religio­ so como terreno predilecto, no hay ejemplo más significativo que el volumen colectivo sobre el sacrificio publicado en 1 979 bajo la direc­ ción de Detienne y Vernant; volumen que proporciona su expresión (casi) acabada a la lectura antropológica de la Grecia antigua34. Lo que también significa que los problemas planteados por esta opción se localizan a libro abierto. De momento, evocaré sólo dos de ellos -a menos que, en el fondo, se trate del mismo-. La inclinación, desi­ gualmente representada en las diversas contribuciones, a comparti­ mentar en exceso la experiencia social en esferas excluyentes entre sí y el riesgo tendente -debido a la evitación sistemática y deliberada de toda referencia, incluso y sobre todo implícita, al modelo cristiano del sacrificio- a subestimar la presencia del asesinato en el sacrificio35 ; presencia que fue, no obstante, evidente desde la perspectiva griega y -'1 Las comillas se imponen. dado que Grecia, contrariamente a Roma. no elaboró ningún cuerpo jurídico en el que el derecho. fuerte por su proclamada autonomía, se constituyera en el propio ejercicio de su exégesis. La noción de «pensamiento social» es muy apreciada por Ger­ net, quien la obtiene de su relación inicial con el École sociologique fran> en Anthropologie de la Grece antique, op. cit., pp. 1 73-329. Como señala con acierto Yan Thomas, la muestra que (Introducción a Du chátiment dans la cité. Supplices corpo­ re/s et peine de nwrt dans le monde antique, París/Roma, 1 984, p. 5). Los antropólogos de Gre­ cia conservarán una evidente predilección por la ciudad arcaica. -'2 A propósito del pensamiento jurídico y moral, véase la admirable tesis de 1 9 1 7 (Re­ cherches sur le développement de la pensée juridique et mora/e en Grece ) ; sobre las repre­ sentaciones, véase por ejemplo , en Amhropo­ logie de la Grece anrique, op. cit., pp. 93- 1 37; sobre la tragedia, véanse los resúmenes de los cursos impartidos en el EPHE VI sección (años 1 957- 1 958 y 1 958- 1 959 en Riccardo di Donato (ed.), Les Grecs sans miracle, París, La Découverte-Maspero, 1 983. pp. 295-298. D Una excepción en la nueva generación es Catherine Darbo-Peschanski, cuyo l ibro, todavía sin publicar, se fundamenta en conferencias dadas en el I�cole entre 1 990 y 1 993. ·'" Man:el Detienne y Jean-Pierre Yernant (dir.), La Cuisine du sacrifice en pays grec, op. cit.; véase Nicole Loraux. , Annales T:SC (ju­ lio-agosto 1 98 1 ) pp. 6 1 4-622. -' 5 Evidente, sin embargo, en las analizadas por Jean-Louis Durand ( , en La Cuisine du sacrifice en pays wec. op . cit., pp. 1 67- 1 8 1 ). .

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que, precisamente por ello, me parece todavía más real, aunque sólo sea en forma de inhibición. Pero es cierto que los antropólogos de la antigua Grecia no creen, no quieren creer, en la inhibición, en el in­ vento de finales del siglo XIX que fue el psicoanálisis. Se impone aquí un paréntesis sobre la negación total de las cues­ tiones planteadas por el psicoanálisis; negación realizada en nombre de la «transparencia» de las manifestaciones griegas del erotismo o de la tranquilidad ostentosa de la matanza en los sacrificios cívicos. En ello percibo uno de los grandes puntos ciegos de esta antropología de lo explícito, la cual interpretaría la puesta en escena festiva de los sa­ crificios -el sonido de la flauta, las coronas de los sacrificantes, la proyección de toda culpabilidad en el cuchillo del degüello- como prueba del carácter exclusivamente «jovial» de la ceremonia36. De he­ cho, para llegar a convencerse de que la última palabra del asunto se sitúa, como dicen, en la fiesta o en el cocinado final, hay que captar en ello el beneficio de una doble certeza. En efecto, ¿cómo se puede creer que consumir la carne asada de las víctimas bastaba para borrar todo recuerdo de la sangre derramada o que la existencia de un «Co­ cinado» en el que Jos modernos encuentran tanto alivio conjuraba efi­ cazmente los afectos de la matanza? B ien se crea permanecer en el es­ tricto terreno de los hechos griegos o se cuestione la fecundidad de tamaña barrera, ¿cómo no detectar en esos análisis que preservan in fine la inocencia del otro griego, el deseo de reducir, cueste lo que cueste, el aspecto oscuro? En la vertiente griega de la cuestión, basta con desplazar, median­ te una operación perfectamente catalogada en los textos, los gestos del sacrificio fuera de su campo de pertinencia para que se libere, ya en las propia palabras, un sentimiento semejante al horror producido por la sangre derramada. La respuesta que las ciudades griegas -rechazando en su totalidad la muerte sangrienta como modalidad de ejecución capital-, dan al problema de la penalización37, se sitúa en la articulación de dere­ cho y religión. De una interpretación análoga procede la presencia halas cuales censuran el momento en el que corre la sangre de la víctima. Véase también, del mismo autor, siempre pendiente de analizar la denegación griega, «Si se pregunta quién mata en el sacrificio, la respuesta. para que el sistema siga funcionando cs. necesariamente, nadie >> (Sacrifice et lahour en Grece ancienne. Essai d'amhropoli>Rie ?,recque, París/Roma, La D écou verte/l�cole fran>, kata stásin47• Pues la esencia misma de stásis consiste, más allá de todas las determinacione s que procuran un marco a las luchas cívicas, en ser la generalidad misma del conflicto en la ciudad. Así es como, al leer el relato de la guerra, nos enteramos, sin más pre­ cisión, de que una ciudad está «tomada por la guerra civil, stásis» (sta­ siásasa) o de que sus ciudadanos están enfrentados (stasiasánton), que los desterrados fueron exiliados por haber sido vencidos en una stásis (pero eso no nos informa sobre su facción, detalle que suele aparecer mucho más tarde); y abundan las fórmulas que evocan «circunstancias sediciosas>>, sin que por ello se hayan precisado anteriormente los ele­ mentos exactos del conflicto48. En virtud de esta lógica -aparentemente propia de la historiografía griega, dado que también preside la narración herodotea49-, el verbo stasiázo no debería tener más sujeto que la colec­ tividad indivisa de los ciudadanos (las gentes de Acanto, los megaren­ ses), como si este enfrentamiento de dos grupos enemigos afectara sin fin a la totalidad de la ciudad, implicada en una actividad completamen­ te cívica50. Puesto que Tucídides, en su amplia perorata sobre la stásis en gene­ ral (III, 82-84), designa como ejemplar la de Corcira -en 427 antes de nuestra era-, su relato, poco leído debido a la atención que normal­ mente se presta a la parte que le sigue, dedicada a la valentía, merece­ ría ser estudiado paso a paso a la luz de las puntualizaciones preceden­ tes. Pero me conformaré con dar aquí algunas indicaciones. Desarrollado a lo largo de doce capítulos del libro I I I (70-8 1 ), el re­ lato no debería negar ninguna información sobre la identidad de las fuer­ zas presentes. Ahora bien, no es precisamente ahí donde reside la origi­ nalidad de un discurso en el que, tras mencionar rápidamente al pueblo (demos) -que será evocado a Jo largo de los acontecimientos-, el histoTucídides. lll, 82p . 2, así como III. 34. l . 4H !bid., l , 1 8, 1 ; V, 1 ; VI, 5 , 1 ; VII, 57, l . •., Ciñéndonos a un ejemplo especial, citaremos el caso de Mileto. Heródoto caracteriza a la ciudad como (V, 28) y a los ciudadanos como stasiázontas (V, 29), sin dar los nombres, muy significativos, de las facciones (los ricos son los aeínautai, los o, sencillamente, la > y lo que se llama , véanse los comentarios de Georges Le­ fran-;:ais, Étude sur le mouvement communaliste . . ., op. cit., p. 2 1 5. 7° Karl Marx, La Guerre civile en France, op. cit., p. 52. 7 1 Proces-verbaux . . . , op. cit., t. 1 , pp. 1 30, 493; t. II, pp. 402, 4 1 7 y 429. .

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ga, al menos si creemos a Aristóteles cuando afirma que «ninguna lu­ cha que Jo opusiera a sí mismo y de la que merezca la pena hablar sur­ gió en el pueblo (démos)72». Lo que no impide que la palabra guerra civil, por mucha reticencia a emplearla que hayan manifestado los discursos de la lengua griega, se encontrara en el horizonte de sus propios discursos; ahora bien, al igual que la de stásis, quizá se aplicara exclusivamente a un enfrentamiento

político. Al pensar en términos de guerra civil, ¿la Comuna cedió tam­

bién a la lógica de la simetría? De hecho, hubo contemporáneos que es­ timaron que se trataba más bien de una guerra social, dado que «ya no son dos partidos políticos sino dos mundos en presencia73». Y al leer los debates de la Comuna, nos ponemos a pensar que, más de una vez, la política anuló la «Revolución social», aunque sólo sea en la referencia

recurrente a la Revolución de 1 789 o de 1 793 que fue objeto de amar­

gas discusiones74• Y al interpretar esta guerra civil en términos de lucha de clases -como «la conspiración de la clase dominante para abatir la revolución mediante una guerra civil»75-, es como Marx creía devol­ verla a su verdadera naturaleza de revolución. sustrayéndola así -defi­ nitivamente, pensaba él- a todos los intentos de simetrizar. Este es el sentido en el que me interesa el análisis de la Comuna por Marx. Recordaré los grandes rasgos de dicho análisis. Para Marx, es indu­ dable que la total responsabilidad del conflicto incumbe a los versalle­ ses; tanto más cuanto que estos últimos no se detenían por aquel «horror a la guerra civil» que, en el caso de los parisinos, inhibió gravemente toda estrategia de contraataque76. Pero, más allá de las circunstancias históricas, la Comuna se levantó contra el carácter puramente represivo del poder de Estado, «forma particularmente cruel de la dominación de

clases», «instrumento declarado de guerra civil»77• «Revolución contra Estado», estima Marx, es decir, contra una «excrecencia parasitaria de la sociedad» que reivindica ante ésta un predominio usurpado78.

Calibramos todo lo que separa a la Comuna de 1 87 1 , así pensada, de

una stásis finalizada simplemente con el proyecto de ampararse de lo 72 Aristóteles, Política, V, 1 302a 1 2- 1 3. Aristóteles opone aquí la cohesión del démos a las querellas recurrentes entre oligarcas (a los que designa como stáseis. 1 302a 9- 1 1 ). 73 Benjamín Buisson, Guerre civile et guerre socia/e. Origine et portée de la révolution du 18 mars, Bruselas-Estrasburgo. J. Noiriel, 1 87 1 . 74 Véase l a intervención de Amould durante la sesión del 2 5 de abril (Procés-verbaux . . .. op. cit., t. 1, p. 476); la «Revolution sociale» (!bid. . t. 11. pp. 349-350: Frankel; 373: declara­ ción de la minoría; 374, 426). La discreción de los empleos de la palabra (ta koina [prágmataj), incluso antes de llamarse politeía. y que no conoce más preeminencia que la que quieren ejercer en la ciudad los jefes de partido (prostántes). ¿Revolución contra Estado? Que semejante programa esté todavía por hacer o, quizá, que no deba realizarse jamás -y que debamos alegrarnos o entristecemos por ello- es otra historia, pero no una historia griega. Para acentuar todavía más la distancia entre la Comuna de 1 87 1 y la ásis de 427 antes de nuestra era, añadiré, avanzando la fórmula por mi st cuenta, que para Marx la Comuna fue auténticamente una revolución contra la guerra civil. Un caso del todo impensable en la Grecia de las ciudades, la cual piensa efectivamente el cambio de constitución, pero no la idea de revolución79, y en la que la stásis es una enfermedad de la ciudad, pero una enfermedad compartida, jamás el patrimonio de una clase. Abandonando el análisis de Marx a su lógica, que le conduce a postu­ lar la necesidad de que el aparato de Estado sea destruido por un gobier­ no de la clase obrera, podemos volver a Grecia con las ideas más claras. Pensada como enteramente política, la stásis presenta el equilibrio enfebrecido de las situaciones bloqueadas, si no fuera porque, de una manera u otra -por la victoria de las dos facciones-, esas situaciones aca­ ban resolviéndose antes o después. Con algunas diferencias, a pesar de todo, perceptibles en el texto al hilo de la narración y a veces, como en Tucídides, disonantes con respecto a las afirmaciones globales; diferen­ cias nada despreciables dependiendo de cuál sea la identidad del vencedor. Señalaremos, en primer lugar, que el paso de una democracia a una oligarquía puede darse sin violencia80, como en la Atenas del siglo v, en donde las exacciones suelen llegar después. Pero la inversa no es cier­ ta. Se ha llegado a afirmar que no se conocía, «en el conjunto de la his­ toria griega, un sólo caso de oligarquía que diera Jugar a una democra­ cia sin presiones y mediante el simple voto>>81 . Y si, creyendo a Platón, es regla general que «la democracia se establece cuando los pobres, al vencer, asesinan a sus adversarios, exilian a Jos demás y comparten la igualdad, la ciudadanía y las magistraturas con los que quedan>>82, ¿cómo no detenerme, tras muchos otros estudiosos, en la sorprendente «magnanimidad»83 del pueblo (démos) ateniense en 403, quizá menos ?Y

Véase infra, , Archiv für Religionsgeschichte 1 1 1 999 1 , pp. 6 1 -82). 16 Sobre el empleo del verbo apotherióo en el libro 1, véase infra, p. 97. 17 Fran> no pudiera asumir semejante gesto, indica la fuer.la de la prohibición. De hecho, Aquiles sabe perfectamente, al igual que Hécuha, a quien la de­ sesperación le hace expresarse en > en Les Etpériences de Tirésias. Le fémi· nin et / 'homme grec, París, Gallimard, 1 989. 10' Sobre este derrumbamiento generalizado de signo, véase infra, «Tucídides y la sedición en las palabras», p. 1 05. Para el derrumbamiento de todo lo que afecta a la andreía, véa;e Ni­ cole Loraux, Les f.'xpériences de 1irésias, op . cit., pp. 287-289. 10" Tucídides, IIJ, 82. 2: véase también 84, 2 (anthropeía phúsis). 1 1 0 Por el contrario, la naturaleza de las mujeres, al ser para ellas un límite con respec­ to al que no deben mostrase inferiores ( 1 1 , 45, 2), la stásis les permite sobrepasarlo de for­ ma excepcional ( véase Nicole Loraux, /.es f.xpériences de Tirésias. op. cit . pp. 289-29 1 ). 10"

.

1 02

puede ocurrir que una figura cuya connotación dominante, si confiamos en su recurrencia en los ideólogos de la ciudad, es específicamente polí­ tica -así, la metáfora del navío de la ciudad en la tormenta de la guerra civil-, extraiga su origen lejano del discurso hesiódico sobre la condi­ ción humana1 1 1 • Pero está claro que el dilema atraviesa el conjunto del

pensami ento griego, en el que recibe respuestas diversas que, de hecho, no siempre son unívocas. Limitándonos a la obra de Jenofonte, observa­ remos, por ejemplo, que, en la conjura de Cineta, el historiador distingue entre hombres viriles (ándres) y hombres humanos (ánthropoi), e! pro­ pio dirigente es designado como anér, mientras que sus improvisadas tropas se componen de ánthropoi 1 1 2 • Pero también Jenofonte puede aso­

ciar inequívocamente la stásis a ánthropoi en exclusiva cuando, evocan­ do Jos asuntos de Fliunte, separa el grupito de sediciosos, «hombres» 1 1 3 que han traicionado a s u ciudad, de los ándres que constituyen e l cuer­ po de ciudadanos 1 1 4•

Ánthropoi o ándres, ánthropoi y ándres. Los griegos no eligieron un

modelo contra el otro y nosotros tampoco trataremos de hacerlo. El he­

cho de que constituya un fenómeno propio de la ciudad induce a privile­

giar la versión política de la guerra civil, tanto más cuanto que las repre­ sentaciones antropológicas aparecen fragmentadas -ferocidad abstracta,

pero nada de allelophagía-, a menudo alusivas, interpoladas en el seno de otro discurso y sistemáticamente diseminadas en textos de los que nunca constituyen el solo y único registro.

Asimismo, al reducir la stásis a la dimensión única de salvajismo, co­

rremos el riesgo de borrar el significado griego. Pues nos prohibimos percibir las relaciones inquietantes que, en las ciudades, la guerra civil

mantiene con la guerra (y que, paradójicamente, crean algo así como un orden) o con la justicia

(dike); sobre todo cuando, habiéndose encarna­

do, dentro de las ciudades, la Justicia trascendente en procedimientos ju­

d[kai (o sea, los procesos), se puede asociar con in­ díkai ka/ stáseis, los procesos y las disensiones, como hace Platón, o bien se puede convertir al juez (dikastés) en «divisor en dos» (dikhastés), como hace Aristóteles1 15 •

rídicos positivos, los sistencia

Ciertamente, se trata de asociaciones incómodas, pero hay que acep­

tar rendir justicia a estos encabalgamientos de fronteras que los griegos tuvieron la audacia de pensar contra su propio anhelo de fronteras bien

marcadas. Si no, se está despolitizando la ciudad con una de esas «es111

Véase supra, n. 84. Cf. Jenofonte, llelénicas, Ill, 3, J I (anér); 3, 7 (ánthropoi). 11' Usando otras categorías y otras oposiciones, traduciríamos sin dudarlo por es un elemento obligado de la� triadas de calamidades indoeuropea�>> (véa'e Georges Dumézil. My1he et épopée, París, PUF. 1 975, t. L pp. 6 1 4-6 1 8); 3 ) de los míithos scko/ioí a los sediciosos de Samos apodados muthietui (véase Marcel Detienne, L'invention de la mythologie, París, Gallimard. 198 1 . pp. 92-94 ), el camino no es quizá demasiado lar­ go. Véase Silvia Montiglio. Silenc·e in the Land of higos, Princelon University Press. 2000. 44 Véase Hesíodo, Trabajos. 1 85 y 1 92. 1 86 con los comenlarios de John T. Hogan (>, quiero decir el líder kurdo en Turquía. 65 En torno al próxeno de Atenas, el démos empieza a utilizar los recursos de la per­ suasión (peithó), cosa que el propio nombre del próxeno Pitias subraya de forma rotunda­ mente significativa. "" Tal como indica Andrew Lintott, Violence, Civil Strife, and Revolution in the Classi­ cal City, Londres/Canberra, 1 982, p. 92. 67 Es lo que induce a Lowell Edmunds a afirmar, de manera bastante imprecisa, que la moral tucididea se basa en valores espartanos. Digamos al menos que la oposición, tradi­ cional en la filosofía política de los griegos. entre la oligarquía, régimen real y criticado, y la aristocracia, que da a la ciudad ideal su valor, funciona implícitamente en Tucídides: los oligarcas son una facción, los «verdaderos valores>> son aristocráticos. "" Véanse los comentarios de Luciano Canfora, particularmente en , Quaderni di Stnria 6 ( 1 977), pp. 3-39. Por turbadores que sean deterrni­ nados argumentos de Canfora a favor de una atribución de esta página a Jcnofonte, me pa· rece que el ), que caracterizan una acuidad intelectual de la que sólo los grandes políticos estaban dotados hasta ese momento y que, en adelante, los sediciosos reivindican al unísono, aunque cada cual para sf6. ¿La voz del historiador será la más fuerte? Si Gregory Nagy tiene razón -como a mí me parece- al ver en sunetós una palabra clave de la práctica de ainos («alabanza, elogio>>)77, lo que está en juego es impor­ tante: equivale a preguntar quién ganará, el elogio o la reprobación tra­ dicionales, o bien el acaparamiento de éstos por parte de las facciones. ¿Quién ganará? Normalmente, el historiador, es lógico. Lo que hace falta es que venza claramente: es el caso del libro III, pero hay momentos más indecisos en los que el lector duda sobre el mensaje que Tucídides quiere efectivamente transmitir. Sea un último ejemplo, el del «sabio» (sóphron), aproximadamente, y el de sophrosúne ( «Sa­ biduría»). En el planteamiento sobre la stásis, así como en el discurso de Pisandro en el libro VIII, Tucídides, proponiendo en dos ocasiones un j uicio en su propio nombre, emplea sophronein y sophrosúne a pro­ pósito de una ciudad oligárquica, ¿no debemos sospechar que la len­ gua de los facciosos se ha filtrado en la del historiador?78 • La lógica del 71 /bid., I I I , 82. 8. Sobre esta estrategia, mediante la que Tucídides vuelve las contra aquellos que las denunciaban en los otros. véase Col in Macleod. , Re\'ue de / 'histoire des reli¡¡ions 20 1 ( 1 984), p. 24 1 . Sobre el carácter de alegoría de este pasaje y sobre la utilización del doble sentido -posición de los vientos/sedición- véan­ se los sagaces comentarios de Michael S. Silk, lmeraction in Poetic lma¡;ery, Lon­ dres/Nueva York, Cambridge University Press. 1 974, pp. 1 22- 1 23. 11 Moses l . finley, L'lnvention de la politique. París. l'lammarion. 1 985, p. 94. 1 39

La lógica de la lengua ha cedido el terreno a la lógica de la sociedad; lo que no implica forzosamente que las cosas no se hayan aclarado. Para el filósofo, el desafío de apuntar el doble sentido y asumirlo. Re­ flexionando sobre la violencia en su propensión a «estallar», cosa que se afirma por igual de la inmovilidad que del movimiento («Violencia mó­ vil del asesinato. Violencia inmóvil de la orquídea»), Jean-Toussaint De­ santi da con la stásis. O, más exactamente, con Jo que él denomina el es­ tado de stásis, el del adulto «que goza plenamente de sus posibilidades de vivir de tal manera que se muestra en su esplendor a la vista de to­ dos», el de Jos oprimidos que «uniéndose, se levantan y se dejan ver». En definitiva:

[ . . . ] stásis designa tanto el estado de pleno disfrute como el movi­ miento mismo que tiende a realizarlo si se le obstaculiza12• Así, considerando la tensión latente en el término, el filósofo se con­ sagra a desplegar la lógica interna. Para él, nada de deus ex machina: no necesita ni del dogma de la evolución ni de la prioridad de la sociedad para instalarse en medio del doble sentido que constituye stásis. Lo que me conduce a Platón. Instalarse en medio de ese doble senti­ do constituye, por lo general, el proceso del filósofo, salvo que éste de­ legue en su lector el cuidado de detectar y analizar el alcance de la es­ trategia -tanto más sutil, de hecho, cuanto que los diálogos, como para conformarse al empleo griego más común, señalan una clara preferencia por stásis-sedición (de este caso se cuentan cuarenta y siete empleos contra veintisiete del «filosófico»). Abramos el dossier «stásis en Platón» 1 3 . La sedición ocupa un lugar predilecto en una relación recurrente, de oposición o de complementa­ reidad, con la guerra (pólemos) 14, en virtud de una lógica que Platón comparte con todos sus contemporáneos. Pero, propiamente platónica es la insistencia en subrayar que, tratándose de la guerra civil, stásis es un nombre. Sólo un nombre, una simple denominación15, incluso una de12

Jean-Tou;saint Desanti, Le Monde Dimanche, 15 de agosto de 1 982. p. XI. La cuestión merece un estudio detallado que traté de llevar a cabo en La cité divisée. l.'oubli dam la mémoire d 'Athenes, París, Payot, 1 997 [ reed.: col. Petite bibliothcque Pa­ yot, 2005 1 . 14 Oposición: República , V, 470h (dos palabras, dos cosas como variedades d e l a gue­ rra); Leyes, !, 628b 2, 629d l -5, III, 679 d, así como República , VIII, 547a 5. Cornplemen· tareidad: Eutifrón, 8 a l ; Fedón, 66b-c; República , VIII. 556e 9 y X, 603d 3. Política, 27 l e l -2 ; Leyes, ! , 628c 9 , III, 678e 6 . Sobre stásis!pólemos e n l a tradición política griega. véa­ se supra, > es la figura que Cratilo debe aceptar, a cualquier precio, como verdad de su intercambio con Sócrates. Le cuesta, cierto, puesto que el precio pagado es la renuncia al dogma del acuerdo5 1 • Acuerdo "'" lhid. . 428d 7-R. Sócrates cita 1/íada, i, 343. "'7 /hid., 430a 6, 43 1 d 1 -2 (Sócrates) , 433c 7 (Cratilo). -'" 1/íada, i , 304. "'" Véase George Dunkel, «Fighting Words. Alcman, Partheneion . 63, makhontai», Jour· na/ of lndo-l:'uropean Studies 7 ( 1 979). pp. 249-272, en particular pp. 250-252 (a propósi­ to de Homero y en especial de 1, 304). 511 Véase Victor Goldschrnidt, Essai sur le «Cratyle» , op. cil., pp. 1 08- 1 09. 5 1 Cratilo expresa su desagrado sin tardant.a (433c R). 1 48

con Sócrates, laboriosamente preservado, pero, sobre todo, acuerdo en el seno de los nombres -acuerdo de cada nombre con lo verdadero y de todos Jos nombres entre ellos-. En adelante, el sitio queda libre para los nombres en guerra civil, «cada partido reivindicando el privilegio de ser semejante a la verdad»52. Sea una stásis. El uno político le cede el puesto al dos y hay que vol­ ver a pensarlo todo. En la ciudad, el hecho mismo de la división cons­ tituye una plaga en sí; en la investigación sobre los nombres, la exis­ tencia de dos facciones invalida hasta las bases de la reflexión. A partir del momento en que los nombres dejan de obedecer sólo al principio del movimiento, las certezas de Cratilo no podrán resistir mucho tiempo. Ya había tenido que renunciar a reivindicar para su tesis la ventaja del nom­ bre y conceder que no sirve en absoluto «contar los nombres como si fueran votos»53. Pero, si lo que está en juego no es cuantitativo, la cues­ tión tampoco debe ser planteada en término de mayor o menor calidad. Poco importan las virtudes del movimiento a partir del momento en que, admitiendo la existencia de una «guerra civil» entre dos principios de nominación, Cratilo reconoce una cierta legitimidad en las reivindi­ caciones de la stásis-posición. En adelante, el Cratilo avanza hacia el final. Pero, dejando que Só­ crates realice su objetivo y proponga que se abandonen los nombres por las cosas, me detengo en ese punto del diálogo en el que, de hecho, Cra­ tilo se inclina, obligado -al mismo tiempo- a aceptar el término stásis que antes rechazaba y a aceptarlo en sus dos sentidos opuestos. Todo ha pasado muy deprisa a partir del momento en que Cratilo ha dejado que Sócrates conjugue el verbo hístemi54. Stásis volvía reforzada y stasiázo no quedaba lejos. Así es como, paradójicamente, el reconocimiento de la «posición» habrá contribuido a que, en la memoria selectiva de un he­ racliteo, de la vuelta el muy heraclitiano pensamiento del conflicto55. «Por tanto, hay que proceder valientemente a un examen en regla»56. Valientemente, como un heracliteo para renunciar a Heráclito, entregar­ se a un skopefsthai sin objetivo porque la investigación se alimenta de su propia rectitud. Tras esta última recomendación, Sócrates puede de­ jar que Crati lo se vaya. 52 Sobre el verbo swsilÍ�o. véase Yictor Goldschmidt. op . cit., p. 1 74. Como en Tucídi­ des, sólo hay un discurso para las dos facciones de sediciosos. 5·1 Cratilo. 437d. Investigar en cuál de los dos lados hay mayor número de nombres pare­ ce una manera de ju�:gar arcaica. Sobre la cuestión del sufragio en materia de filosofía. véase Yictor Go ldschmidt. op. cit pp. 1 72 - 1 73. 54 !bid., 437a-c. En e 3 notaremos la introducción del verbo «creer>> (nomí�o). En adelan­ te, la creencia reina por encima de la evaluación de los nombres. como en Tucídides. 111. 82. 4. 55 Véase Heráclito, fr. � Diels Kran1: (éris) . 53 (pólemos ) , �O (pálemos, éris), así como 63, en donde epanístasthai signitica «amotinarse>>, «sublevarse». 5° Cratilo. 440d 5. ..

1 49

A prueba de la «posición-guerra civil» (stásis), ¿qué habrá aprendi­ do el epónimo del diálogo? Que hay que ser lo bastante heracliteo como para renunciar a Heráclito. En otras palabras, que hay que saber pensar el doble sentido de los nombres -práctica bien heraclítea de la que Só­ crates se ha apropiado irónicamente para desestabilizar más eficazmen­ te las certezas del heraclitismo. Emblemática de la tensión que siempre asocia lo mismo a lo otro, stásis invita a concebir al mismo tiempo la posición inmóvil y la insurrección. Sobre el doble sentido: que enseña a filosofar -«convertir un paso y después otro y después uno más, en una inmensa cura de lenguaje»:;7.

'7 Delego en Patrice Loraux, filósofo haci a y c ontra todo, el cuidado de concl uir: «La es una inmensa cura de lenguaje».

filosofía

1 50

VI

LA CIUDAD GRIEGA PIENSA EL UNO Y EL DOS

Para Corinne Enaudeau Para Laurence Kahn

Debería respetarse más el pudor, refugio de la naturaleza que se mantiene escondido tras enigmas y múltiples incertidumbres. ¿Acaso la verdad sea mu­ jer y tenga sus razones para no dejar ver sus ra�ones'? . ¿Acaso su nombre, por hablar en griego. sea Baubo? . . . ¡ Oh, los griegos ' ¡ Ellos sí que sabían vi­ vir! ¡ Para ello e' necesario detenerse valientemente en el Olimpo de las apa­ riencias! Los griegos eran superficiales -a fuerza de profundidad . . . . .

Friedrich Nietzsche. El crepúsculo de los ídolos. [ . . . ] la predestinación a una tarea nos induce a correr constantemente hacia el sol. a sacudirnos alguna gravedad que nos pesa en exceso. Cualquier medio es válido. cualquier «acontecimiento» bienvenido. Ante todo la f?Uerra. La gue­ rra siempre constituyó la gran prudencia de los espíritu' concentrados en ex­ ceso, de los espíritus demasiado profundos: hay fuerza curativa incluso en la herida. /bid.

U NA CIUDAD IDEALMENTE UNA

Tratándose de las representaciones que la ciudad griega tiene de sí misma1 �. para evitar la dificultad de semejante enunciado, de las re­ presentaciones que las ciudades griegas se forjaban de la ciudad-, cosa 1 En el origen de estas páginas, una invitación a tratar . De hecho, politeúesthai (ejercer sus derechos de ci udadanos, tener tal régimen o, simplemente, en los relatos de reconciliación tras una guerra civil, vivir en ciudad) de­ signa lo que el proceso de restauración de la unidad cívica restituye con su buen funcionamiento. Este es el verbo que, en las Helénicas de Je­ nofonte, determinado orador demócrata oponía a «la guerra vergonzo­ sa, impía, odiosa>> desencadenada por los Treinta y, narrando el retomo a la norma cívica y democrática, el historiador recurre a él dos veces, en su propio nombre: «Todavía hoy siguen viviendo en ciudad (politeúon­ tai)>>, concluye>, véase Émile Benveniste, Vocahulaire des institu ­ tions indo-européennes, París, Minuit, 1 969, t. 11, pp. 74-77. Sobre la cuestión de la mayo­ ría, Nicole Loraux, >, loe. cit., pp. 1 1 2- 1 1 3 y 1 1 8). 40 Véase Víctor Ehrenberg, From Sohm to Socrates, op. cit., pp. 57-58; L. R . F. Germain. >, o como tarakhé o kínesis o como neéteris-

1" /bid., vol. l . p. 324. 1 7 /bid., vol. III. pp. 94- 1 02 y 1 1 l . 1 ' /bid., vol. 1 1 , p. 223. 1" 20

/bid., vol. 111, p. 1 8 . /bid., p. 20 l . A Dión Casio, cuando evoca la batalla de Filipos, se le atribuye una ,< fi­ losofía de la revolución» ( ihid.): misma fórmula a propósito de la Política de Aristótclc' (!bid., p. 257; cfr. vol. l. p. 4 1 4). 21 /bid . vol. III. p . 249 22 /bid . p. 255. .

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mós. En latín, como tumultus, seditio, motus, furor populi, res novae, etc., pero no como revolutio [ . . F'. .

Ahora bien, sugiriendo que el término latino del que derivamos «re­ volución» es menos apto que otros para designar lo que podríamos lla­ mar «revuelta» -cosa que interpreto como una stásis-, el último enun­ ciado recuerda que el historiador de la Antigüedad no podría alcanzar otro objetivo que el de Jos antiguos modos de pensar, aunque para ello deba invertir el signo de sus propias categorías. Así, aunque el término «revolución» esté dotado, según nuestra perspectiva moderna, de un sen­ tido positivo24, es importante reconocer y, después, comprender que «para el hombre antiguo, stásis o rebus novis studere son conceptos ten­ denciosamente negativos»25. Por lo tanto, con el término «revolución» que se nos impone y que, al mismo tiempo, no corresponde a los nombres griegos y romanos de la turbulencia sociopolítica, la estrategia de Mazzarino es compleja: la utiliza muchas veces, con o sin comillas, cuando, en el volumen III, hace por fin balance -y dos veces- de la cuestión. Sin comillas, esta vez el historiador habla desde su posición de moderno descubriendo los episodios que, en la Grecia de las ciudades y en el Imperio romano, pueden recibir esta denominación por nuestra parte; pero, en ese caso, deberá marcar la distancia con respecto a la interpretación, política, que los actores de la historia dan a estos acontecimientos. Subrayando esta distancia, planteará la hipótesis de que semejante interpretación oculta­ ba lo real; y lo real se denomina, inevitablemente, «lucha de clases»: la práctica histórica consistiría en sacar a la luz la verdad histórica (¿trans­ histórica?) de lo que el historiador antiguo disimula o, simplemente, no quiere saber, por razones relacionadas con la sociedad de la que éste participa26. Pero el historiador contemporáneo sabe que le debe mucho al relato del historiador antiguo. Al tiempo que reconoce su deuda, de­ berá imponer una distancia. De ahí las comillas que acompañan al tér­ mino «revolución», manera de indicar que la revolución ya no está pre­ sente sino a título de concept opératoire27• De repente, hay que subrayar la ausencia, en otras palabras, asumir, de manera clásicamente marxis23 /bid., p. 1 83. El optimismo de Mazzarino tiene algo que ver con la década de 1 960: en esta época, la Revolución, que es de origen francés, con las monarquías que se suceden pero, sobre todo, con la Revolución de 1 789 y la de los años siguientes, seducía -todavía en Francia­ más que la contrarrevolución. 25 Pensiero, vol. Ill, p. 256. 26 Cuando más insiste Mazzarino en este desvelamiento es a propósito de la «mentira» de Tucídides sobre su responsabilidad en la caída de Anfípolis (véase ibid. vol. 1, pp. 255 y 307). 27 Así, de la p. 1 82 a la p. 1 83 del volumen III, pasaremos de la a la declarac ión: > de Polícrates, no es el informante preciso sobre las condiciones del con­ flicto con el que podría soñar un historiador contemporáneo. Y Mazza­ rino comenta que «la tradición aristocrática e incluso la gran historio­ grafía sobre Heródoto muestran (aquí) sus limitaciones>>35• Supongamos que así sea. Pero, dado que el historiador Mazzarino prefiere, sin dudarlo, Ana­ creonte a Heródoto, el lector puede sorprenderse de que haya extraído tan poco del apodo de muthiétai («gentes del mito>>) que él mismo re­ tiene como importante información. Si hubiera analizado las implica­ ciones del término, sin duda habría tenido que reconocer, más allá del origen social de estos «charlatanes>>36, que su lucha era menos pareci­ da a una «revolución>>, proletaria o no, que a una reivindicación pura-

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Heródoto, Ill, 44-45. Pensiero. vol. 1, pp. 99 y 1 55- 1 56; cfr. Fra Oriente, pp. 225-233 y 237-342. ·15 Pensiero. vol. l. p. 1 56. 44 ). 36 Señalaremos que los sublevados son (asto{; Heródoto. VIII. al parecer. por oposición a los polierai que forman las tropas de Polkratcs. Según P1errc Chantraine (Dictionnaire étymolo[?ique de la langue [?recque. París. Les Selles Lettr� s. 1 968, s.v. muthos). muthierai estaría forrnado con polietai. a modo de apodo. Para el anall­ sis de este término, véase Maree! Detienne, L'lnvention de la m vthologie. París. Galli mard, 1 98 1 , pp. 92-94, quien insiste más bien en muthos como «p� labra vacía»: véase supra. >. Hemos aprendido que el hombre ha cambiado bastante: en su espíritu y, sin duda, hasta en los más delicados mecanismos de su cuerpo. ¿Cómo podría ser de otra ma­ nera? Su atmósfera mental se ha transformado profundamente, su higie­ ne y alimentación no menos. Sin embargo, algo debe existir en la natu­ raleza humana y en las sociedades humanas que sea permanente en el fondo. Sin ello, incluso los propios nombres del hombre y de la socie­ dad no valdrían nada13• Y, más adelante, añade con fuerza que el historiador debe traducir, porque imaginar que el pasado se resucitaría al hablar su lengua es, sin lugar a dudas, una fantasía inherente a la práctica de la historia.

Renunciando a todo intento de equivalencia, a menudo le haría­ mos daño a la propia realidad [ . . ] Claro que [ . . . ] los nombres están .

1 1 Marc Bloch. ApoloRie pour l 'histoire ou Métier d'historien, París, Annand Colin, 7 1 974. pp. 46-47.

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demasiado encajados en las realidades como para que sea posible des­ cribir una sociedad sin hacer un amplio uso de las palabras, debida­ mente explicadas e i nterpretadas [ . . ] Pero esto afecta, sobre todo, al detalle de las i nstituciones, de los útiles y de las creencias. Conside­ rar que la nomenclatura de los documentos basta para fijar la nues­ tra equivaldría, en suma, a admitir que nos aportan el análisis ela­ borado por completo . En cuyo caso, a la historia no le quedaría mucho por hacer14• .

Y Marc Bloch concluye afirmando, con una fórmula que se ha hecho célebre, que hay que comprender el presente mediante el pasado y el pa­ sado mediante el presente15• En lo que a mí respecta, invirtiendo el orden en el que se enuncia­ ban estas dos operaciones es como reflexionaré sobre el método con­ sistente en acercarse al pasado con preguntas del presente, para volver hacia un presente enriquecido con lo que se ha comprendido del pasa­ do. Además, conviene precisar -y es la deuda que reconozco tener con respecto a los trabajos que me han enseñado a hacer historia-, que en la investigación hay una etapa que de ninguna manera podría evitarse, pues constituye la condición necesaria y previa al vaivén entre lo anti­ guo y lo nuevo. Me refiero al momento en el que se trata de suspender las propias categorías para captar las de esos «otros» que, hipotética­ mente, fueron los antiguos griegos. Momento, con toda seguridad, irrem­ plazable y que contribuye a destruir la ilusión puramente cultural de la familiaridad. Pero, aunque necesaria, la condición no es suficiente y el trabajo no se termina con el distanciamiento. Así que voy a abogar por una práctica controlada del anacronismo.

SOBRE UNA PRÁCTICA CONTROLADA DEL ANACRONISMO

Para acercarse a la antigua Grecia, hay que hacer uso de anacronis­ mo, a condición de que el historiador asuma el riesgo de plantearle a su objeto griego precisamente cuestiones que ya no sean griegas. A condi­ ción de que acepte someter su «material» antiguo a preguntas que los an­ tiguos no se plantearon o, al menos, no formularon o, mejor todavía, no llegaron a desmenuzar como tales. Pongamos por caso la cuestión de la opinión pública que, gracias a historiadores de otras épocas 16, se está convirtiendo en uno de los prin-

14 /bid., p. 1 35 (la cursiva es mía). 1 5 /bid., pp. 44-50.

Pienso, esencialmente, en los trahajos de Arlettc Fargc sohre el siglo XVIII (Dire et mal dire, París, Scuil, 1 992) y de Pierre Lahorie sobre 1 940- 1 944, en otras palahras, Vichy (París, Seuil, 1 990). 11'

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cipales temas de la historia, en lo que a Francia se refiere. ¿Acaso el his­ toriador de Grecia saca algo de esta problemática? La cuestión no es evi­ dente en absoluto. En efecto, lo que denominamos «opinión pública» supone, sin duda, un sistema representativo en el que el pueblo, soberano por principio, ha delegado su poder en representantes que hacen política de Estado, pero necesitan, aunque sólo sea para ser reelegidos, del sostén y el acuerdo de sus poderdantes. Así pues, nada tan alejado como esto de la política grie­ ga; y, puesto que la democracia ateniense era una democracia directa, un historiador como Moses Finley pudo negar, sin aportar documentos, la pertinencia de someter los hechos atenienses del siglo v antes de nuestra era a una criba cuya articulación más clara reside en la oposición entre «ellos» y «nosotros» 1 7 -ellos, los políticos, nosotros, que nosotros ima­ ginamos- con alguna extrapolación -los oscuros, los degradados, los menos que nada . . . -. Y no le falta razón. O, al menos: si se admite que la democracia real llegó a ajustarse a su ideal, lo que equivale a decir que todos los atenienses (o incluso sólo la mayoría de ellos) disponían del tiempo libre necesario para suspen­ der cualquier otra actividad e ir a tomar decisiones en la Asamblea, la crítica dirigida por Fin ley al empleo de categorías «modernas» sería di­ rimente. Pero, ¿se impone admitir que fue realmente así? Es evidente que pueden oponerse otro tipo de críticas al empleo de la noción de opinión pública por parte del historiador. Sin duda, puede ob­ jetarse que phéme, nombre griego del rumor público, designa, en la ciu­ dad, lo que se dice de los individuos importantes, hombres políticos, ora­ dores y estrategos, y de sus vidas, especialmente en lo que al sexo se refiere -pensemos en Alcibíades, quien, según Tucídides, inquietaba gra­ vemente a los atenienses por «las repetidas transgresiones a las que so­ metía a su cuerpo con su régimen de vida» 1 8-. Y parece ser que, en nom­ bre de dicha phéme, la comedia aristofanesca ataca sistemáticamente las costumbres de los hombres destacados, sobre todo de los demagogos, denunciados por pervertidos ante la indignación pública 1 9• Pero, en este terreno, a poco que realicemos las conversiones necesarias entre dos sis­ temas de valores diferentes, ¿estamos realmente tan lejos de uno de los componentes de la opinión pública en países marcados por el puritanis­ mo, como los Estados Unidos? Yo propongo, por mi parte, que no se dude en aplicar esta noción de «opinión pública» a la ciudad ateniense, aunque sólo fuera para re17 Es uno de los capítulos de Démocratie antique et démocratie moderne, trad. de Jcan· nie Carlier, París, Payot, 1 976. " Tucídides, VI, 1 5. Habría también mucho que deducir del empleo de phéme en Es­ quines, Contra 1/marco . 19 Véase Jeffrey Henderson, The Maculare Muse. Obscene Language in Attic Comedy, New Haven/Londres. Yate University Press, 1 975, p. 2 10.

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saltar las diferencias entre lo que nosotros denominamos así y lo que, en el funcionamiento de la democracia ateniense, podemos detectar en el lugar de la «opinión pública». Una primera encuesta, limitada a la prosa historiográfica de Tucídi­ des, produciría resultados suficientemente interesantes para la historia­ dora. En dicha encuesta, privilegiaría algunas fórmulas apropiadas para expresar el sentimiento de la mayoría. Es el caso de los plurales indeter­ minados que, en posición de sujeto, sustituyen regularmente el nombre de los atenienses por un «ellos» anónimo; o del recurso al neutro para su­ gerir una mayoría que no es tal, en la medida en que más que ser conta­ da con exactitud, es percibida o sentida como mayoría -de hecho, una vez reunida la Asamblea de los atenienses, dicha mayoría aparente se di­ vidirá para dejar que se enfrenten de nuevo, en peligroso equilibrio nu­ mérico, dos tesis inconciliables20. Sin ninguna duda, hay mucho que aprender de dicho plural y de dicho neutro como dos figuras adversas al uno, fantasme griego de la ciudad2 1 : la diversidad de lo múltiple y lo in­ forme desprovisto de calidad. Pero todavía da más que pensar el que, re­ latando los preparativos de una conjura oligárquica muy bien organiza­ da, el historiador griego, en el libro VIII, designe al pueblo aterrado, casi pulverizado, como «los otros» (hoi álloi) antes de otorgarle su nombre de demos22. ¿Los otros? ¿En dónde está el pueblo soberano? Esto puede in­ quietar al lector. Quizá desee cuestionar las representaciones edificantes de la democracia directa y la idea de que, en cualquier situación, el de­ mos se expresaba espontáneamente en forma de mayoría orgánica. Entendido: la cuestión de la opinión pública no figura aquí más que a título de ejemplo, para dar testimonio de la fecundidad de una prác­ tica sin control del anacronismo en materia de historia política de la Antigüedad. Pero hay ejemplos más delicados y terrenos más resbala­ dizos, sobre todo si el historiador, no contento con tratar su presente como una reserva de cuestiones, se esfuerza por encontrar alguna pre­ figuración de dicho presente en la ciudad antigua. Eso es lo que ocurre con lo que yo denomino las representaciones de la democracia «más allá de sí misma»23, designando así los textos producidos a finales del siglo v o principios del IV por escritores a los que calificaremos descriptivamente como adversarios de la democra­ cia, los cuales presentan la democracia ateniense como más «demo­ crática» (desde nuestro punto de vista moderno) de lo que nunca lle­ gó a ser en el momento álgido de su esplendor. 20 Pienso aquí en el relato de la segunda asamblea sobre el tema de Mitilene: de tó pléon ton politon (el neutro), en III, 36, 5, al (agóna tes dóxes), en 111. 49, l . 21 Sobre dichofantasme, véase supra, , p. 1 5 1 . 22 Tucídides, VIII, 66, 2. 21 Véase Nicole Loraux.