Culpa Responsabilidad Y Castigo En El Discurso Juridico Y Psicoanalitico

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Culpa, responsabilidad y castigo en el discurso jurídico y psicoanalítico (La cuestión de la imputabilidad e inimputabilidad)

Compiladora Marta Gerez Ambertín

Autores Marta Gerez Ambertín, Néstor A. Braunstein, Oscar E. Sarrulle, Gabriela A. Abad, Alfredo 0. Carol, María E. Elmiger, Marta S. Medina, Juan M. Rigazzio, Adela Estofán de Terraf

Proyecto de Investigación; Culpa, responsabilidad y castigo en los actos criminales Directora: Dra. Marta Gerez Ambertín

Programa de Investigación: Base de Datos del Sistema Penal de Tucumán (CIUNT - CONICET)

INDICE Prólogo................................................................................................................ 7 Marta Gerez Ambertín Los dos cam pos de la subjetividad: Derecho y P sico an álisis........ .

11

Néstor A. Braunstein

El sentido de la pena en el derecho argentino....................................

25

Oscar Emilio Sarrulle Ley, prohibición y Culpabilidad .................................................................3 1 Marta Gerez Ambertín Entre el amor y la p a sió n ...............................................................................45 Gabriela Alejandra Abad La responsabilidad y sus consecuencias.................................................... 55 Alfredo Orlando Caroi El Sujeto efecto de la ley .......................... .................................................... 63 . María Elena Elmiger El crimen pasional y lo inmotivado del e x ce so ...... .................................. 75 Marta Susana Medina

Pierre Riviere: Entre la ley y los discursos de la l e y .............................. 85 Juan Miguel Rigazzio Del castigo, la ley y sus vicisitu d es............. ...................................... .

95

Adela Estofan de Terraf Sobre los Autores

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Prólogo

Este libro es uno de los resultados de los proyectos de investi­ gación sobre "Culpa, responsabilidad y castigo en los actos cnmínales" y "Culpabilidad, imputabilidad e Inimputabilidad en los actos de­ lictivos" en el marco del programa "Base de Datos del Sistema Penal de Tucumán", Programa dirigido por el sociólogo Raúl Augusto Hernández y financiado por el Consejo de Investigaciones de la Uni­ versidad Nacional de Tucumán y el CONICET. Sus autores indagan, desde el entrecruzamiento del discurso jurídico y el discurso psicoanalítico, la relación posible entre crimen, culpa, responsabilidad y sanción penal, y el lugar que le cabe al sujeto actor del acto dentro de esa seriación. Confluyen en reconocer que, en todo tejido social, el crimen está pautado por la ley la cual estable­ ce la sanción penal que corresponde a cada crimen, y que, para esto, ios jueces que representan la ley son los que determinan y estable­ cen las penas con las que se sanciona al acto criminal y al autor del acto. Sin embargo, desde el psicoanálisis, es fundamental, para dar cuenta del crimen, indagar y responder acerca del asentimiento sub jetivo de quien incurre en un acto criminal. Se trata pues, de recono­ cer el lugar que ocupa la subjetividad en tal acto, ya que se entiende que es importante que quien incurre en una falta no sólo dé cumpli­ miento a una sanción penal, sino también que pueda dar una signifi­ cación a esa sanción que le permita dimensionar cuan comprometido está en aquello de que es acusado, La culpabilidad hace posible reconocer que algo de la subjetivi­ dad está comprometido en el acto criminal, pero eso no basta ya que solamente si esa culpabilidad es acompañada de responsabilidad es

posible que el sujeto pueda dímensionar cuan implicado está en la sanción penal y en el acto que esta condena. Si el sujeto no reconoce y se hace cargo de su falta, será muy difícil que pueda otorgar signifi­ cación alguna a las penas que se le imputan y por tanto al crimen, y de esa manera podrá cumplir automáticamente las sanciones, las que advendrán como meros castigos arbitrarios al na implicarse o respon­ sabilizarse de aquello que se le acusa, La ausencia de reconocimiento y significación de la sanción penal, lleva a redoblar la tendencia al acto criminal y al delito. A los efectos de analizar esta hipótesis, se trabaja en el texto no sólo la psicopatología del acto criminal y r j discursiviiJad, sino también la discursividad de los dispositivos socia­ les que hacen posible la sanción penal, ya que puede hacerse toda una arqueología del saber en torno a la calificación y a la asignación de las penas. A su vez, y con relación a lo antes planteado, los autores traba­ jan la espinosa cuestión del "motiva'' del acto delictivo. Se sabe que "el motivo" influye en la medida y asignación de las penas y por tanto en la imputabilidad o inimputabilidad de! autor del acto. Pero el psicoa­ nálisis clarifica que los actos humanos obedecen a una constelación heterogénea de motivaciones -algunas conscientes, otras inconscien­ tes y otras meramente pulsionales- por lo cual no todos los llamados "crímenes inmotivados" se ligan automáticamente a la condición de inimputabilidad, sino que, más bien, muchas veces la figura jurídica de la imputabilidad permite dar motivación y, por lo tanto, significación al acto "aparentemente" carente de la misma. A su vez, resulta fundamental, dadas las características de ad­ ministración de justicia en nuestro país, indagar la relación y diferen­ cia entre las figuras de la inimputabilidad (intervención del discurso jurídico) y sus consecuencias, con ia impunidad (no intervención del discurso jurídico) y sus consecuencias en los crímenes "inmotivados", ju ristas, abogados, psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, reconocer que allí se enfrentan a un campo sumamente "espinoso". El texto de N éstor Braunstein ”Los dos campos de la subjetivi­ dad: Derecho y Psicoanálisis" aborda la relación entre la lógica del psi­ coanálisis y la lógica del derecho, demostrando ía necesaria articula­ ción entre ambas disciplinas, dos campos que se ocupan de la relación del sujeto y la ley, en tanto el sujeto sexuado es instituido por la ley. Finalmente invita, desde una perspectiva epistemológica, a la cons­

trucción de una teoría crítica de la sociedad que tenga en cuenta la posible articulación entre la ley y el inconsciente. Los desarrollos del Dr. O scar Em ilio Sa rru lle, sobre "El sentido de la pena en e l derecho argentino", abren desde su posición de pena­ lista una serie de interrogantes cruciales para dirimir la cuestión de la pena y del sujeto de la pena ya que destaca, no sólo la importancia de la pena en una sociedad legislada, sino también aborda la importan­ cia de la posición del sujeto ante la pena, y las diversas modalidades que puede asumir la subjetividad frente a la misma. Modalidades que hoy el Derecho Penal no puede dejar de reconocer y que abren un cam­ po de confluencia entre el discurso psicoanalítíco y el discurso jurídico. En "Ley, prohibición y culpabilidad" desarro lio la lógica de lo prohi­ bido, propongo intersectar psicoanálisis y derecho e intento brindar las herramientas de abordaje para su posible campo de operación conjunta. Tomo como eje de mi propuesta el lugar de la confesión y declaración del "reo" y confronto la figura de este con ¡a del enamora do. Por último, hago un análisis de la culpabilidad, y del lugar que le cabe al juez y al psicoanalista ente la misma. G abriela Abad aborda, en ”Entre el amor y la pasión", la cuestión del enigmático crim en del su p e ryó desde el análisis del. caso de Madame Léfebre de Marie Bonaparte. El crimen inmotivado es deconstruido, y a partir de ello demuestra que, declarar a la autora de ese crimen como mimputable hubiera sido dejarla a merced de tenebrosos designios, al margen de la ley y excluida del lazo social. Con el texto "La responsabilidad y sus consecuencias - Puntuacio­ nes a propósito del "caso" Althousser" Alfredo Carol examina las ne­ fastas consecuencias que tuvieron para la subjetividad de Louis Althousser et hecho de ser declarado por la justicia francesa "no-res­ ponsable" de! crimen perpetrado contra su esposa. Destaca que el deseo inconsciente no des-responsabilíza al sujeto por su acto, a! mismo tiempo que acentúa que en tal caso la inimputabilidad deja al sujeto exiliado de! lazo social. En "El sujeto efecto de la ley -entrecruzamiento de los discursos jurídico y psicoanalítíco-" Elena Elm iger destaca la articulación de los discursos Jurídico y Psicoanalítíco no sólo en su contingencia sino en su condición necesaria por: la imprescindible intervención de la ley en

el campo de la subjetividad, por el anudamiento estructural entre cul­ pa y íey y por la condición del sujeto de ser siempre responsable ante la ley. Su sana Medina analiza en "El Crimen Pasional y lo Inmotivado del Exceso" tres crímenes pasionales sumamente interesantes, pues cada uno de ellos permite, por un lado, diferenciar ei estado de locura de las psicosis a la vez que responder por la necesaria imputabilidad en los casos de crímenes pasionales, ya que sólo su penalización abre a una liturgia simbólica donde el reo puede dar cuenta ante los otros y ante sí de los motivos de sus excesos. lu á n R ig azzio , en "Pierre Riviere: entre la ley y los discursos de la ley”, retoma el ponderado caso trabajado exhaustivamente por Michel Foucault para dar cuenta no sólo de las batallas de ios discursos de los dispositivos de la ley que excluyen la palabra del reo, sino también las aciagas consecuencias que tienen sobre el joven parricida su exilio del campo del discurso: su suicidio grita desde la oscuridad de la cár­ cel aquello que la sociedad disciplinaria no escuchó. Finalmente, Adela Estofan de T e rra f puntualiza en "Del castigo, la Ley y sus vicisitudes" el lugar que le cabe a! castigo anudado a la ley en la subjetividad humana Destaca la relación entre la ley, las prohi­ biciones y las transgresiones e interroga las distintas teorías sobre el castigo en el marco del Derecho. A partir de las distintas teorías sobre el castig o , interro ga las consecuencias de la im putabilidad e ¡nimputabilidad y los efectos de tales categorías en una sociedad dis­ ciplinaria. Todos los trabajos aquí presentados y que arman este texto sostienen un punto central que los anuda, la insistencia en el necesa­ rio anudamiento entre el discurso psicoanalítico y el jurídico, ¡as razo­ n e s de tal anudamiento, los procedimientos posibles para el mismo, las lamentables consecuencias de su divorcio, y, por sobre todo, el lugar que cabe al Derecho y ai Psicoanálisis en el abordaje de la sub­ jetividad humana.

Dra. Marta Gerez Ambertín Compiladora Directora del Proyecto de Investigación Tucumán.Abril. 1999.

Los dos campos de la subjetividad: Derecho v Psicoanálisis J ’*** * Néstor A. Braunstein

1 . Innuendos Tiene la sajona lengua inglesa una palabra latina que falta en todas nuestras lenguas, una palabra irremplazable que debemos importar para enriquecer nuestro vocabulario: innuendo. Según diccionarios como el de Oxford, un innuendo es una insinuación, una alusión oblicua o sesgada di­ cha o escrita con intención malévola. Ninguna palabra española o francesa tiene ese valor semántico. El sarcasmo, el sinónimo que más se aproxima, es directo y agresivo. La ironía no siempre está presente en el innuendo. La conveniencia de la nueva palabra se realza si atendemos a la etimología. En latín, nuere significa reconocimiento. Del mismo tronco derivaría en inglés nod, nodding, esa seña que se hace inclinando !a cabeza y que implica hacer al otro digno de la interlocución. Más allá encontramos noeo: "comprendo, me doy cuenta" en relación con nous: "mente" y sus nobles parientes: noesis, noúmeno, etc. El prefijo in- precediendo a nuendo, un innuendo, es así una negativa at reconocimiento, un ninguneo, según si bello vocablo mexicano. Pues bien, la relación entre los psicoanalistas y los abogados se manifiesta la más de las veces bajo la forma de innuendos, de descalificaciones casi tácitas, reveladoras, ora de una recíproca ignorancia, ora de la degradación de un rival molesto. Los innuendos son armas con silenciador que se usan en sordas guerras.

Porque hay que decirlo desde un principio: el derecho y el psicoanáli­ sis nunca, se entendieron. Las relaciones entre las dos disciplinas (¿cien' cias?) no pueden tener más de cien años porque no podrían ser anteriores a la más joven de ellas, la que Freud fundara hace 100 años. Y en ese siglo el diálogo no fue de sordos que, en tal caso, diálogo fuera: simplemente que diálogo no hubo. ¿Entonces qué? Simplemente ignorancia, pura y ,sup¡na. De uno y otro lado. Es muy cierto que se podría alegar en contrario y citar textos, como oportunamente haremos, de Freud y de Kelsen, de Lacan y de Legendre, oara probar que el primer párrafo es inccrrcctc y que r.o faltaron, uc un iauo y del otro, los que tendieron puentes. Sí; es verdad, ¿pero qué decir de los puentes cuando quedan, como el pueril defAvignorj), a la mitad de río? Lo cierto es que en la formación de los juristas y de los psicoanalistas la pre­ sencia de los conceptos de un saber no se hacen presentes en los del otro. La ignorancia recíproca,rcrasa^ imperdonable, entre letrados supuestos, es la pasión dominante. A veces puede escucnarse a un psicoanalista sostener que las leyes y el derecho se ubican en el campo de la represión mientras que el psicoaná­ lisis trabaja por el levantamiento de la represión. O que la norma legal es un chaleco de fuerza impuesto al deseo del sujeto que podría quitarse con buen análisis para que el sujeto alcance o recupere su libertad. ü Lp ía o te a no sólo parece sino que es simplista: el sujeto sufriría por la presión de ia ley y el psicoanálisis vendría a quitarle sus cadenas. Otras veces es el dotado de saber jurídico quien dice que el derecho es una técnica y una ciencia orientada hacia la claridad, hada la eliminación de las ambigüedades, hacia el establecimiento de un saber positivo sobre lo permitido y lo prohibido mientras que el psicoanálisis apunta a borrar las fronteras, a hacer aparecer lo oscuro e irracional, a lo que conspira contra el ideal luminoso de una ley que tenga vigencia para todos. Que la psicología, a s íle n general, relativiza y mella el saber legal haciendo entrar en el paisaje del derecho ia inseguridad de argumentos escurridizos respecto de una sub­ jetividad inasible y resbalosa. Innuendcs: formas sutiles del rechazo; es así como percibimos a las afirmaciones de los dos tipos. En ellas se ven también matices de la rivali­ dad, de la afirmación de superioridades imaginarias, de privilegios aducidos para un discurso en detrimento del otro. La lógica del derecho sería la de la razón, la del claro día, la del texto escrito, sistemático y sin fallas, la de la conciencia, mientras que la del psi-

escrito, sistemático y sin fallas, la de la conciencia, mientras que la Jel psi­ coanálisis sería la del capricho, de la fantasía, de la noche, del sueño, de la bancarrota de la lógica. La cordura jurídica de los códigos y decretos del poder frente a la imprevisible locura del anárquico deseo inconsciente que no conoce los silogismos, secuencias temporales, contradicción y control, frente a la pura desmesura de una presunta "ciencia" que no acaba distinguir al fantasma de la razón.y g Ja razón ctel .faQtasiJtf • O escuchare­ mos, de uno y otro lado, que la base de la desconfianza cuando no de la oposición radica en que el derecho se pretende universal y trata de sujetos que son iguales, iguales ante la ley, borrando sus diferencias particulares mientras que el psicoanálisis repudia la asimilación de un sujeto a otro y trata a sus sujetos como singularidades absolutas haciendo que lo que se aplica a uno no pueda aplicarse a ningún otro. Lo 0bm otético)¿y qué más nomo que el derecho? Frente a lo(idiográfico ¿ y qué más ¡dio que un sueño o un decir imprevisto de alguien? Procedamos en este momento a ilustrar freudianamente la diferencia con un chiste. El paciente relata un sueño al psicoanalista: "Y soñé que esta­ ba en mi casa pero no era mi casa porque era como un barco" a lü que el psicoanalista, gallego, belga, polaco o lo que sea según los prejuicios del lugar en que el chiste es contado, responde "¡Bueno, decídase, o casa o bar­ co!” La estupidez del psicoanalista en tanto que tal es manifiesta, pero no lo sería menor la del notario que al traspasar la propiedad de cierto bien dijese que tanto da que sea casa como barco. La relación de las dos lógicas es de oposición excluvente: aquí sí que la disyunción no parece hacer chis­ te: o derecho o psicoanálisis, hay que optar y al optar, perder. En relación con esta lógica excluyente se planta este libro: con la pretensión de superar la contradicción mostrando la articulación necesaria de ambas disciplinas. La historia del derechu.se organiza en torno al ideal (ético) de justicia y, la justicia requiere de la igualdad ante la ley. La historia del psicoanálisis aparece subtendida por la aspiración a definir los modos particulares en que el deseo inconsciente determina al sujelo, algo que sería estrictamente singular, una pura diferencia, pero que acaba en el descubrimiento .de ciertas estructuras universales como los complejos de Edipo y Castración. Mas, siendo Edipo y Castración universales, ¿no alcanzan fuerza de ley, ley de! Edipo y la castración, puesto que todos participan de su efecto? ,Lsy£S..tan.to_más_coactivas cuanto que, sin escribirse, no dejan a nadie escapar, leyes que son eLborde mismo de lo natura! y lo positivo. Leyes de lo humano, tan universales como para decir de ellas; sin molestia, que son la Ley.

Las oposiciones pueden multiplicarse siguiendo el enunciado general: el derecho y el psicoanálisis. Se podrían nombrar y contar así: la ley y el de­ seo, ia razón y la sinrazón, la cordura y la locura, lo escrito y lo hablado, aquello de lo que no se puede postular la ignorancia y aquello inconsciente de lo que no se puede postular el saber sin caer en contradicción, es decir, lo sabido y lo insabido, el silogismo y el sueño, la lógica y el instinto, lo exterior y lo íntimo, lo codificado y lo inclasificable, la norma y su impugnación, el límite y su transgresión. De esta cadena de opuestos es fácil concluir que el derecho se opone al psicoanálisis como el día a la noche. ¿Y si así fuera? ¡Estaríamos descu­ briendo, por la analogía, la profunda unidad oe ios dos! Seria imposible con­ cebir al uno sin et otro. Caria uno comienza donde el otro acaba. Entre ellos no habría frontera fija sino insensible pasaje, presencias subrepticias de ia noche en el día, del día en la noche. La esencia del día es la noche que la envuelve y la infiltra; el ser de la noche es la inmanencia del día. E l incons­ ciente, ingobernable, siniestro, acechante, funda eí deseo de alejarlo en una formulación clara, escrita, completa, legal, coherente. El inconsciente es el agujero central, la vacuola, el núcleo de la ley. Y el deseo, la aspiración al goce irrestricto, es un efecto de la ley del modo mismo en que de un agujero no sabríamos nada sino es porque tiene bordes. Es que la ley, digámoslo desde ya, como la palabra que es consustan* cial a ella e s^ rm a k o n ) veneno y remedio, remedio y veneno. Y sólo donde asecha el peligro, allí -dice el poeta- allí surge lo que salva.

2. Continuidades Y no se trata tan sólo de derecho y psicoanálisis. Entre los dos se entretejen los demás saberes que tienen relación con la vida humana, con el anudamiento en cada uno de ¡a palabra, el cuerpo y la imagen, de lo simbólico, lo real y lo imaginario, del goce prohibido, dei deseo postergado y de la norma obedecida en el día e impugnada en las noches del que vive y sueña. El diálogo del derecho y el-psicoanálisis no podría establecerse sin convocar a la filosofía y, particularmente, a la ética, para dirimir la cuestión de la naturaleza de! nombre, de la relación con Ins universales del bien y dol mal. ¿Está el ser humano, el hablante, inclinado naturalmente al bien y a ia justicia o por el contrario, su inclinación natural es a aprovecharse del otro desconociéndolo en su humanidad física y anímica para hacerlo servir a sus fin££_y..entonces...nacesita de leyes que pongan frenos a sus tendencias

¿añinas? V a la poesía y la literatura como paradigmas deJa dimens ó tu a té tjpa de las relaciones entre el hombre v el lenguaje aue.se re velan también en las artes plásticas y en la música. Tomemos un ejemplo paradigmático en el teatro shakespeareano: ¿no es de la relación y del conflicto entre el suje­ ta y la ley de lo que hablan todas y cada una de las obras, Ham/st Ricardo ¡II, El mercader de Venecia, Romeo y Julieta, Lear, Medida por medida, Macbeth y todas las demás? Y a la antropología que propone como noción central de la prohibición del incesto elevada al rango de ley, más aún, de Ley funda­ mental de la cultura. ¿No es allí donde vemos la potencia inescrutable e ineludible de ia Ley que fundamenta todas las leyes, todas las ncrmas posi­ tivas? Y d las ciencias llamadas naturales (olvidando que si son ciencias no podrían ser "naturales" sino por abuso de lenguaje porque más bien se antoja que todas las ciencias son artificiales). Y dentro de estas ciencias "naturales" a la que se pretende ciencia natural del animal humano, la bio­ logía dotada de aplicaciones médicas, que vive la tensión entre la reducción del cuerpo a sus mecanismos fisícoquímicos de homeostasis y su determina­ ción sociocultural en el campo del Otro. Y a la economía, como ciencia de las leyes que regulan la producción de los bienes que hacen posible la existen­ cia humana asi como los modos en que esos bienes se distribuyen según la economía política del goce, objeto último de sus trabajos. Y a la lingüística, ciencia piloto desde que surgió para que se aprecien los modos en que los sujetos se hacen integrantes de la cultura siguiendo la Ley del lenguaje. Porque toda ciencia acaba postulando la existencia de leyes, de requlandalas leves no podrían circunscribir su territorio sin cuestionar la relación de los cuerpos humanos ccn la ley. Pero hemos propuesto como título para este capítulo el de los dos campos de la subjetividad, ¿porqué dos y no n, porqué el artículo determina­ do los que deja afuera a todas las ciencias antes mencionadas, quizás con más pergaminos que el derecho y el psicoanálisis para llamarse ciencias? Quizás por eso mismo, porque las ciencias lo son de objetos que ellas mis­ mas definen mientras que nuestros dos campos lo son de los sujetos huma­ nos tomados en tanto que cuerpos vivientes, efectos de la Ley y de las leyes que ellos habitan. Así, todas esas disciplinas, entre las que figuran algunas que de ciencias nada tienen como la filosofía, la ética y la estética, tratan de determinaciones y condicionamientos que s_e articulan pero que J 10 constituyen el campo de la relación entre el sujeto y la Ley. Sus saberes son esenciales para entender la vida.humana pero son el derecho v el psi­ coanálisis los que t ratan de la constitución del sujeto humano, sexuado y Legg.l.

La división propuesta entre los territorios de las dos disciplinas es ideal. Cada uno de nosotros sabe que la iey ha entrado con sangre, que su escritura en toda carne es el fruto de renuncias a la satisfacción de laq pulsiones, de io que algunos continúan llamando los instintos. La prjmera tarea de la sociedad, ésta y cualquier otra, es la de producir a los sujetos que sean capaces de producir en ella, de actuar como personas más o me­ nos sabedoras de las normas de la convivencia, poseedoras de unsen timiento personal de identidad y pertenencia, sujetos de derechos y debe­ res, responsables, esto es, capaces de responder ante otro colocado en el lugar de ju ez por sus acciones y decisiones. Educado, gobernado, dirigido desde afuera, controlando aspiraciones e impulsos, el sujeto se hace miembro de la comunidad; jo común y lo exigido en cada comunidad es la renuncia a! goce singular. El sujeto es pues el resultado de una división consigo mismo: sujeto del inconsciente y ^bjeto de la ley que lo sujeta. Y esta doble naturaleza soportada a su vez por un cuerpo sexuado, un cuerpo truncado Y. desgarrado en el conflicto de la ley con el deseo. Esta división que está en el seno de cada uno es constitutiva de la humanidad considerada tanto a nivel social como a nivel individual. El otro se introduce en el sujeto y lo hiende en dos; el suieto no resulta incluido sin conflicto en el Otrp. Toda alienación es precaria. El Otro, bajo la forma políti­ ca del Estado, lo interpela, requiere de é l,.le tiene.en cuenta como súbdito pero también como Infractor potencial, prevé lugares para incluirlo y sanci.0narlo si se excluye de la norma legal. Escuelas, cárceles, manicomios, exilios. El su jeto , sea de hecho, sea en potencia, tacha y limita la pretensión heaemonizcaora del Otro e introduce en él la falta. El sujeto y el Otro no se com pletan id ílicam ente en una pacífica unidad. Recíprocam ente ae descompletan. Muchos sostienen que el derecho es asimilable al Estado y son cierta­ mente ellos mismos los que proponen que el Estado es el continuador de la religión, siendo su idea la de Hegel cuando decía, de un modo que se le pufde discutir pero no objetar la claridad, que el Estado era la encamación de Dios sobre la tierra. El derecho, decíamos, el Estado, la religión, tienden a reducir y, ya que no se la puede impedir, a administrar la reciproca incompletud y la falla que se introduce por el deseo entre el sujeto y el Otro. El poder, introduzcamos otro término en la anterior trilogía, un término que los sintetiza, el poder tiene asi delimitado su terreno; el de la discordancia entKLel Siü£ta.y„e]_Q_tr.Q. y no sólo su terreno sino también el objeto sobre el cual recae su acción: los cuerpos humanos en tanto que cuerpos '¿vientes con una vida humana, es decir, sometidos a !a ley.

¿Y el psicoanálisis? ¿De qué podría ocuparse sino de lo que sucede entre el sujeto y el Otro? ¿Qué son las estructuras clínicas, neurosis, perver­ sión y psicosis, sino distintos modos de relación entre el sujeto y e Otro, modos más o menos fallidos de articularse con la ley como límite, tanto s i es ley

de la naturaleza descubierta por los científicos como si es ley de la cultu­

ra materializada en un escrito del que saca su fuerza, fuerza de ley, poder. Pues entre el Uno y el Otro la frontera está en todas partes, así como entre el interior y el exterior de una cinta de Moebius. No hay Uno y Otro sinc Uno en e! Otro, Otro en el Uno, en uria lucha dé^ opuestos irresoluble, infinita, eterna, oue eternamente retorné sin síntesis i^psible, que es el campo de la acción osicoanalitica y juridicopolitíca. Ilustramos con la banda de Moebius la relación entre el suiero y el Otro. La banda de Moebius es un maravilloso instrumento para resolver falsos dilemas de los que llenan volúmenes del pensamiento tradicional. Por ejemplo, el de la relación entre el individuo y la sociedad, entre la cultura y ja natura, entre la exteriorizactón de prohibiciones interiores y la interiorización de normas exteriores, entre la anterioridad en el tiempo de una cosa o la otra. La banda de Moebius, con su única superficie y su único borde muestra que todas esas oposiciones y disyunciones parecen serlo por la oposición innecesaria entre dos entidades ficticiamente constituidas que son el inte­ rior y el exterior. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Se pregunta el pensamiento superficial. Con la banda de Moebius se responde muy senci­ llamente: la gallina es un animal ovíparo. Se desmonta así la falsa oposición que sirve para discusiones infinitas. Entre el sujeto y el Otro la relación es de banda de Moebius. El sujeto no es el organismo individual dotado de un interior y viviendo en un medio exterior sino que él está conectado en reta­ ras ideológicas, jurídicas, políticas, económicas en las oue participa. La relación con el Otro se ilustra también de manera sencilla y no contradictoria con la anterior mediante la figura de los círculos eulerianos.

Se trata de dos círculos con centros diferentes que presentan un área de superposición, una intersección. Cada uno de ellos, al se p ararse , descompleta al otro y queda transformado en una medialuna. Habiendo cír­ culos eulerianos no puede concebirse a uno de los círculos sin el otro, al sujeto sin el Otro en el que se incluye (alienándose) y al Otro sin el sujeto (del que no puede resistir sin mella la separación). El área de intersección es el terreno común, por tanto el terreno del conflicto, entre ambos. Y donde hay conflicto hay recurso a la lev que presuntamente debe zanjarlo. La lev. más allá de la división interior-exterior impugnada por la banda de Moebius, se constituye como la instancia de apelación que funciona en el área de la intersección, en el punto en que tanto el sujeto como el Otro revelan su necesaria incompletud.

3. E l Otro El Otro hemos escrito, con una sospechosa m ayúscula que los lacanianos usualmente suponen que todos los demás entienden quizás por­ que ellos mismos no están muy seguros de entenderse con ella. Hay que aclarar: el Otro de Lacan condensa en una expresión de admirable econo­ mía al Otro en todas sus formas: a)

el Otro de la cultura v de la ley quejradicionalmente se vincula con. la fundón del padre y de sus subrogados: la patria, el Estado, Dios, _el poder político,

b)

es el Otro que puede satisfacer o rechazar las demandas que se le dirigen y que se vincula con la función de la madre y de todos los que, pudiendo dar, son objetos de demandas. Aquél que salva o aniquila con un sí o con un no, el de la extorsión del amor: sólo podrás recibir si a cambio das y pierdes;

c)

es el Otro sexo al que el sujeto se dirige y que es el juez de su propia definición sexual, el que define la relación de cada uno con el Falo siani1 fígando a todos, hombres y mujeres, la castración;

d) es el Otro del lenguaje, en el que el sujeto se incluye bajo la forma de sumisión a las reglas de una lengua particular que le impone los carriles por los que podrá o no articular sus deseos, el que con el nombre pre­ suntamente propio le da al sujeto continuidad en la vida e identidad; c) es el cuerpo como Otro, con quien e! sujeto se relaciona en forma tal que explora sus límites y recibe de él órdenes, imperiosas que no se

pueden desconocer y que confinan, siempre en última instancia con la muerte; f) g)

es, así, la muerte como Otro y como amo absoluto de la vida; es el Otro que nos mira desde el espelo, el Otro como imagen, ro de lo qug. SQinps diciendo alegremente "ese soy yo" sino el Otro que^n^-jefer^ ^ ¡e n ie n te ) nos señala que nunca podremos encontrarnos con ese que nos ve, desde el espejo o desde el ojo de nuestro prójimo, el que nos dice _que. no somos eso que creemos y jju e no somos dueños de noso­ tros mismos, que entre uno y uno mismo se j£ergu«Funa distancia insal­ vable, tan imposible de atravesar como el cristal del espejo que inocen­ temente nos devuelven una imagen alienada y. para terminar, lo más importante, la muda

h)

que Indica la imposibilidad de enumerar las formas del Otro, etcétera, ti etcétera que es también nombre del Otro, pues marca ‘que np existe cierre del discurso, que hay una falla Insalvable en el Otro y en nosotros mismos. Etcétera que cierra la enumeración diciendo que la enumera­ ción carece de cierre. And so on for ever and ever, El Otro, todos los nombres de la Ley y dejas leyes incluyendo la ley de

que no se puede terminar de decir cuál es la ley del Otro. Ahora se entiende la^íarsimonia) la racionalidad y la polisemia de esa sencilla palabra caracte­ rizada por una insólita mayúscula: Otro. Sien se ve que no hay mejor pala­ bra en ninguna lengua que resuma tantas acepciones y muestre el paren­ tesco entre ellas. Todas suponen el límite encontrado por el Uno, por eso son tanto el Otro como lo Otro. Y ese concepto imprescindible recibe también su forma matemática, algebraica, con la letra que, desde la promoción lacaniana, por ende francesa, es la A,, mayúscula en español, capital en inglés, grande en francés para distinguirla de la pequeña a del otro cual­ quiera, del semejante. Con esta A que subsume todos los modos del límite encontrado por el sujeto, con esta A que hace de él un suieto tachado, partido, truncado, un Jjjj y volviendo a los ya mentados círculos eulerianos, poniendo gráficamente al S a la izquierda en su articulación con el A que se figura con el círculo de la derecha, un A igualmente tachado,^ (¿pues qué sería del Otro .sin el Sujeto ai que interpela y llama a ía existencia?), podemos volver a considerar las relaciones entre el campo del psicoanálisis y del derecho tomado ésta en su sentido más amplio, no sólo el restringido de la ciencia del derecho sino el inmenso insondable, de todas las formas de ia Lev que limitan, encuadran v hacen posible la vida del sujeto al mismo tiempo que jo_enc_arr|lan hacia la.

muerte. Del lado del sujeto podríamos figurar al inconsciente y al deseo, del lado del derecho al Otro y a la Ley o las leyes, tanto las no escritas v naturales como las sancionadas, positivas, humanas, pero pecaríamos d e jím glistas. Olvidaríamos lo que ya nos enseñó la banda de Moebius, que entre ambas no hay oposición sino continuidad, pues nada sería el deseo si no lo es en relación a la Ley que al oponérsele como su Otro lo hace posible. "El inconsciente es el discurso del Otro" y "el deseo es el deseo del Otro" son lemas de Lacan que gozan de justa fama y que repetimos aquí sólo para recalcar la imposible separación de los campos del derecho y del psicoanáli­ sis. Pues la Ley es la condición del deseo y no sólo su contrapartida.

4. Natural y positivo En este punto no rompe el psicoanálisis con la tradición del derecho sino que toma partido en el interior del mismo en una oposición clásica que constituye, de modo conflictivo, la esencia misma del derecho. Frente a una concepción que podríamos llamar escolástica o, mejor, aristotélicotomista, según la cual el hombre, así, genéricamente, aspira a lo Sueno, lo Verdade­ ro, el Saber y la Justicia y que hace del Derecho un resultado más o menos [jerfectible q ue_siguejas normas de un derecho anterior*, perfecto, de origen djvino o inscripto en la naturaleza de las cosas, de un Derecho Natural, frente a esta concepción jusnaturalista, se alza otra tradición que pone en duda cuando no cuestiona abiertamente la supuesta presencia de leyes trascendentes que pudiesen orientar la tarea del legislador. Para esta con­ cepción positivista, (no necesariamente en relación con el positivismo filosófico), el derecho es sólo el conjunto de normas e-dictadas por la voluntad.de las autoridades encargadas de decir cual es la Ley (derecho civil) 9 de los jupces que de_ducen J a s leyes a partir de los casos particulares que. son llamados a juzgar (derecho(cbnsuetudinarioJ. En el primer caso, el del dere­ cho natural, la justicia es un valor absoluto y las leyes deben tomar como fineta su realización. En el segundo caso, el del derecho positivo, lajusticia rfo es trascendental sino inmanente a las leyes que materializan un concep­ to histórico, relativo, de una justicia que no pertenece al campo del derecho sino más bien al de la_ética. Por supuesto que la postulación de un derecho natural, de una idea absoluta de ia justicia lleva a los filósofos del derecho a preguntarse cuAh,r son esos principios inmutable* o los que debería ajustarse la leglslnclón positiva... y a encontrar que no existe ningún principio que no sen discutible o que no haya sido discutido, Por ejemplo, se podría poner como iimin/t

fundamental, la de preservación de la vida. ¿Vale también en tiempos de guerra? O aparece entonces el tema del aborto y de la decisión acerca del

momento en que comienza la vida definida no en términos biológicos sino en términos jurídicos y la posibilidad del estado en función de ia política demográfica, de la madre o del padre y de su deseo o la interminable casuística en torno a las mujeres violadas, la consideración de argumentos (eu)genéticos, etc., que hacen difícil sino imposible la pretensión de hacer de tat protección de la vida el valor absoluto del derecho. Para no hablar da! derecho a la igualdad que desemboca siempre en la justificación de privilegios o del derecho a la propiedad que no puede sino legitimar des­ pojos. Entre el derecho natural y el derecho positivo, como lo señala 0_oJia_yj»i me tr ía pues el derecho natural se pretende ■ . orno ba:-e y como

QQamzador deI derecho positivo mientras que el derecho positivo niega que,haya otro derecho aparte de él mismo y, es su concepción, los uitislas no tienen otra cosa de qué ocuparse que de las normas, su claridad, su coherencia, su cobertura del campo de la vida social y el modo de resojyer rfyiflictos entre los poderes encargados de aplicarlas o de decidir cuál de ellas es más pertinente en una situación abierta a dos o más soluciones. Se abre así la cuestión del lugar que el psicoanálisis ouede ocupar en este campo dividido del derecho natural ,y del- derecho positivo que atravie­ sa la historia toda de la ciencia jurídica. Puede ser, como propondremos, que el descubrimiento freudiano y la concepción lacaniana del inconsciente es­ tructurado como un lenguaje vengan a dar nuevos argumentos a ia milenaria polémica. ¿O es que ia promoción del sujeto dividido y del Otro tachado como instrumentos teóricos podrían dejar de ocupar un lugar central en la reflexión jurídica? Pero hemos de ser justos con la tradición. Mal podríamos los psicoa­ nalistas arrogarnos el descubrimiento de la división subjetiva. Si Lacan, le­ yendo a Freud, extrae su sujeto del inconsciente, es decir el sujeto que el inconsciente hace como su sujeto, no el inconsciente del sujeto, el sujeto como entidad psicológica que tiene una conciencia y además un inconscien­ te, sino el inconsciente como ese saber y ese pensamiento que operan fue­ ra de toda psicología y que en su devenir promueven a la existencia a un ¡lújelo que de otro modo no intervendría, si Lacan, repetimos, puede apor­ tar t'üla subversión del es porejue tiene raíces nutritivas en el pensa­ miento de los filósofos que, mucho antes que ól y que Freud, se plantearon H problema di' liis leyes.

En el comienzo det juridismo occidental tenemos !a reflexlón^la^j^imca en el que pasa por ser el último de sus diálooos. Las leves. Y allí escuchamos al de Creta maldecir ... la necedad de la multitud que no quiere comprender que todos los hombres de una ciudad, durante toda su vida, tienen que sostener una guerra continua contra todas las demás ciudades... pues... sin duda... por ley misma de la naturaleza, ninguna ciudad deja nunca de esta^fiada Con otra en una guerra no declarada. Y si lo examinas con este espíritu, no dejarás de advertir que el legisla­ dor cretense tenía los ojos puestos en la guerra cuando estat/ec/ó to d a s n u e stra s instituciones públicas y privadas; y en virtud de este mismo principio nos ha confiado la observancia de sus leyes. a lo que ei otro en ese diálogo, el de Atenas, agrega que también están en guerra una aldea con otra aldea, una casa con otra casa dentro de la aldea y un individuo respecto de otro individuo para terminar diciendo "... que cada uno respecto de s j mismo debe mirarse como un enemigo frente a un enemi­ go..." a lo quQ'Clinias. el (cretense;; da laf&pódosis: ... todos son enemigos públicos de todos, y de modo particular, cada uno es enemigo particular de s í mismo... que en cada uno de noso­ tros se libra una batalla contra nosotros mismos. (Las Leyes, 625 d - 626 d, traducción de Francisco P. de SamaranchJ. platón es laxativo ; la naturaleza humana no es de un ser apasible y hambriento de justicia que busca el bien sino que es la de hombres enfren­ tados en una guerra sin. cuartel no sólo contra todos los demás sino tam ­ bién contra s [ mismos. La lucha y el conflicto están en la base de todo d e sa rro llo y las le ye s tienen ia misión ese n cial de ap acig u ar los enfrentamientos para mejor dirigir la iucha de la ciudad contra sus ene­ migos exteriores. Distinta es ia posición aristotélica. Así como comenzaba su Metafísica diciendo "Todo hombre por naturaleza apetece saber" (Metafísica 980 a, tra­ ducción de Francisco P. de Samaranch), comienza la Ética nicomaquea, con una expresión del mismo cuño Todo arte y toda investigación, igual que toda acción y toda delibe­ ración consciente tienden, al parecer, hacia algún bien. Por esto mismo se ha definido con razón el bien: 'aquello a que tienden to-

das

las co sa s' (Ética nicomaquea, 1094 a, traducción de Francisco

p. de Samaranch).

5. Los condenados ¿Cómo no habría de ser estrecha la relación entre el derecho (Law, en inglés) y el psicoanálisis, si es el psicoanálisis ei encargado de seña la r la falla inherente a la lev, la incompletud de lo simbólico, la tachadura de / ? ¿Cómo no habría de serlo si es el derecho el que, texto de la ley Tediante, indica al sujeto los terrenos en los que puede legítimamente vivir y aquellos i)ue son objeto de punición? ¿No podría decirse que entre ambos íiay una continuidad y que cada uno asienta su ju risdicción en donde el otro pierde la suya?

Aceptemos la enervante continuidad de la banda de Moebius. Veamos a la Jey actuando en el 'fuero) externo según las prescripciones de los códi­ gos; veamos por otra parte a la ley interiorizada en el sujeto, regulando el fuero interno bajo la forma de prohibiciones v órdenes interiores, la " con­ ciencia moral" que llamara la atención de Kant y que recibiera de F reud el nombre de "superyó". Queda claro que el suieto está siempre sometido a juicio-- el de una instancia crítica que lo sostiene dentro de la lev v el de una instancia social y represiva que lo castiga cuando sale fuera de la ley. Pero siempre está, como lo veremos con Kafka, ante la ley. La vida humana trans­ curre en una dimensión jurídica inescapable. ¿No es el psicoanalista el que tiene que enfrentarse con los condenados de la tierra (¿y quién que es no lo es?), esos que se condenan, no por sentencia judicial sino por mandato íntimo a las penas del fracaso, la impotencia, la inhibición, el síntoma, la angustia. Ia enfermedad psicosomática, la a-dicción por drogas y, en última instancia, el suicidio y demás formas de muerte prematura? El suieto vive v muere baio la violencia de la represión. Los dos senti­ dos de la palabra, el psicoanalítíco y el juridicopoiítico se conjugan. Y sólo sabiendo de

la represión es posible mitigar sus efectos sin que el mero

saber de ella sirva como remedio. La condición necesaria, saber, no es la condición suficiente: sabiendo, hay que actuar., y nada ni nadie garantiza el resultado. Pero ahí es donde psicoanálisis y derecho se articulan en otra dimensión, la ética, la de decidir qué se.hace con el saber que ambos otor­ gan. La cuestión es ahora epistemológica y apunta al rol que en el mundo contemporáneo puede tener una teoría crítica de la sociedad que retome los puntos de articulación de la lev v el inconsciente.

Dice Lacan en Subversión del sujeto y dialéctica del deseo que el sujeto del psicoanálisis es el sujeto de la ciencia. Habría que agregar en tanto que la ciencia lo excluye. En efecto, el sujeto de la ciencia es el sujeto reducido a un punto inextenso, prescindible, cuantificable, previsible, en última instan­ cia, objetivo, siendo ía subjetividad la escoria que debe eliminarse de toda proposición para que Sa misma sea aceptable como científica. Pues bien ese sujeto de la ciencia es también el suieto del derecho, un elemento del que se han eliminado todas las variables singulares para hacer su igualdad ante la ley, para que sea, del mismo modo que cualquier otro sujeto, el objeto de la norma. Ante la ley el sujeto, idealmente, debe aparecer como el hombre sin atributos. De la ciencia el derecho es la ciencia que djce la verdaq ultima del suieto. Por ello se puede extender la frase de Lacan: el sujeto del psi­ coanálisis es el sujeto del derecho, la persona jurídica cuando tal concepto 6' se aplica a un cuerpo humano. Ni los psicoanalistas ni los abogados pueden desconocer esta delimi­ tación recíproca de sus jurisdicciones (jurís-dictionem) sin pagar la onerosa cuenta de desconocer el objeto sobre el cuaMxabajan. Las dos disciplinas se empobrecen y pierden el fundamento, el/Grunu^)de su acción.

El sentido de la pena en el •J

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Oscar Emilio Sarrulle

A propósito de una cordial invitación que nos hicieran llegar desde las cátedras de Semiosis Social y Contribuciones del Psicoanálisis - Escuela fran­ cesa de la Universidad Nacional de Tucumán, de cuyos integrantes, en dos brillantes cursos de post grado realizados en 1996 y 1997, aprendiéramos a deses-tructurar el discurso jurídico desde la óptica psicoanalítica, enviamos estas breves reflexiones acerca del sentido de la pena en el derecho argen­ tino, cuestiones éstas que están contenidas en otro trabajo de mayor am­ plitud. El texto del Art. 18 de la Constitución Nacional, establece que: las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de ¡os reos detenidos en e lla s .... En esta materia, siendo la pena privativa de libertad la que ImpactB de manera decisiva sobre ¡a idea que de la pena se tiene, en tanto mecanls mo de restricción de derechos que se aplica a quien viola las normas de la convivencia, corresponde indagar su sentido jurídico en función de la noim.t liminar del texto constitucional. El texto pareen rechazar, en una Interpretación dinámica o progresión que considere a la ley, en Lmtu manifestación humana, en una constante e ininterrumpida evolución, el sentido retributivo o expiatorio de Ihs penas, apelando solo a un afán aseguradoi por* justificarlas frente a la alteración ilH orden de la interacción humana en libertad

En este sentido, Zaffaroni (Zaffaroni, E. R. 1987) observa que, "el ob­ jetivo de segundad no solo no es incompatible ni excluyente de ia resocialización, sin o q u eésta es el medio para proveerá la seguridad...'', la resocialización no puede ser otra cosa que el medio con el que la pena provee a la seguridad jurídica. Sin embargo, la política criminal de los años noventa se informa por la crisis de la ¡dea resociallzadora, crisis que importa poner en jaque un conte­ nido estratégico de vita! importancia, cual es la idea de la resocialización del infractor. No obstante, entre nosotros, la nueva Ley 24.660 llamada Ley de ejecución de la Pena Privativa de la Libertad, no abandona el propósito resocializador. En tal sentido, expresa que la ejecución de la pena privativa de liber­ tad tiene por finalidad lograr que el condenado adquiera la capacidad de comprender y respetar la ley, promoviendo a su vez la comprensión y el apoyo de la sociedad. Lo legislado supone observar el fenómeno del delito con miras al futu­ ro, comprender y respetar la ley en lo sucesivo implica un claro abandono de la idea retributiva de la pena. El legislador de la ley vigente ha optado al igual que el anterior (Dec. Ley 412/58, Ley 14.467) por una pena con senti­ do resocializador. De allí que la restricción de derechos que se impone al condenado, está inspirada en el propósito de imbuir al sujeto de ciertos caracteres que le permitan volver a la convivencia en condiciones de respetar los derechos de terceros, lo que no supone, en manera alguna, la pretensión de moldear personalidades para que se adecúen 3 determinados paradigmas. Es decir, que este sujeto que es el sujeto de la pena, af volver a la vida social debiera haber introyectado un mensaje que le permita convivir, esto f s estar en permanente interacción con otros sujetos, satisfaciendo de ese modo, una inequívoca tendencia que anida en la esencia de su naturaleza. Colegimos entonces los inequívocos propósitos primarios de preven­ ción especial que el sistema pretende, en tanto mensaje dirigido al sujeto para que no caiga nuevamente en conductas antisociales violatorias de los pactos tácitos en que se funda la convivencia. Prevención especial ésta, habrá que reconocerlo, que ha soportado las enormes críticas relativas a su ineficacia y efecto criminalizante de las prisiones, a la que habría que enten­ der, para salvar ia racionalidad del sistema, como el límite que e! orden de la

0

Al suieto en tanto miembro de la comunidad jurídica frente a la

ley impone al sujeto o

transgresión el del desposeimiento). Mientras que el estado de responsabilidad abre la vía de un proceso clásico, es decir, público: comparecencia ante un tribunal, deliberación públi­ ca etc., también la parte civil y el acusado se expresan públicamente. La decisión final del jurado también es pronunciada públicamente: absolución o pena. A tener en cuenta es que la pena es limitada en e! tiempo Nada más diferente que el estado de no-responsabilidad dado que destina al homicida directamente a confinamiento psiquiátrico. Esta medida supone

que no tiene posibilidad d e perjudicar a ia sociedad pero la interna­

ción es por tiempo indeterminado (es decir, lio definido en eí tieiv^ju) y csia obligado a recibir los cuidados psiquiátricos porque se lo considera un " en­ fermo mental". Así el artículo 64 no diferencia entre "estado agudo" (que es potencial­ mente transitorio) de la "enfermedad mental". Esta asimilación supone para el homicida ¡a desaparición de la vida sociat por tiempo indefinido agravado porque se lo considera privado de su sano juicio y, en consecuencia, de su libertad de decidir. Otras consecuen­ cias atañen al lazo social: dado que se io considera potencialmente "reinci­ dente" y constantemente "peligroso" se lo obliga a quedar apartado de la vida social "hasta el fin de su vida". Es a esta asimilación de estado agudo ("crisis intensa s imprevisible de confusión mental”, dirá de sí Althousser) y enfermedad mental con la aplica­ ción del estado de no-responsabilidad, que supone el beneficio de la ¡nimputabilidad del acto cometido, es a lo que Althousser llamará el "no ha lugar" y "losa sepulcral de silencio". Porque es bajo la losa sepulcral del no ha lugar, del silencio y de la muerte pública bajo ¡a que me he visto obligado a sobrevivir y a aprendera vivir. (Althousser, L., 1992; p.43). Convirtiéndose en un muerto viviente o, mejor, ni muerto ni vivo para lo que acuñará el significante "desaparecido" Así "al cabo de dos años de confinamiento psiquiátrico, soy, para una opinión que conoce mi nombre, un desaparecido” (Althousser, L., 1992; p.36). Lo que implica estar incluido "... en la sección de ¡os siniestros balances de todas las guerras y de todas las catástrofes del mundo: el balance de los desaparecidos" (Althoussser, L., 1992, p. 36).

Y

es allí que este "desaparecido" decide "reaparecer", mediante et

acto de la escritura, para explicarse. Para responder y responsabilizarse por su acto: "Y he decidido con toda lucidez y responsabilidad tomar por fin a mi vez la palabra para explicarme públicamente" (Althousser, L., 1992, p. 44). Así es otro acto, el de la escritura, el que posibilita levantar la losa sepulcral que cubre su vida y su nombre para declarar su responsabilidad. La posibilidad de responder por su acto e imputarse supone la subjetivación del acto cometido a través de la construcción de un texto. Es un no opuesto al no-ha-lugar, es pedido de un "hacer lugar" a su palabra.

3. L a responsabilidad del sujeto El testimonio althousseriano apunta al nodulo mismo de la cuestión de la responsabilidad y permite interrogarnos ¿hay sujetos irresponsables? El Psicoanálisis aporta una respuesta. En 1925, en el texto “ La responsabi­ lidad moral por el contenido de los sueños", Freud se pregunta si ¿debemos asumir la responsabilidad por e' contenido de nuestros sueños? Desde luego, responde, uno debe considerarse responsa­ ble por sus mociones oníricas malas. ¿Qué se querría hacer, sino, con ellas? S i el contenido del sueño - rectamente entendido- no es el envío de un espíritu extraño, es una parte de mi ser, si, de acuer­ do con criterios sociales quiero clasificar como buenas o malas las aspiraciones que encuentro en mi, debo asumir la responsabilidad por ambas clases, y si para defenderme digo que lo desconocido, inconsciente, reprimido que hay en mí no es mi "yo", no me situó en el terreno del psicoanálisis, no he aceptado sus conclusiones, y acaso la crítica de mis prójimos, las perturbaciones de mis acciones y las confusiones de mis sentimientos me enseñen algo mejor. Ptrnlo llegar a averiguar que eso desmentido por mí no solo "está " en mí, sino que en ocasiones también produce efectos en mí (Freud, S., 1925, pp. 134-35). ¿Cómo definir lo que estando en mí produce efectos? freudiana

ps

La respuesta

ei llamado "deseo inconsciente" como sostén de la su bjeti vi -

drid humana. Es un "saber no sabido", es decir, refiere a una articulación que produ­ ce efectos y su poder "productivo" se debe a su continuo deslizamiento

condenado

a no alcanzar el objeto único y último que lo acallaría. Es porto

tanto, búsqueda insatisfecha. Mueve a la subjetividad siendo el deseo in ­ consciente

la causa de las formaciones del inconsciente: sueños, lapsus,

olvidos, síntomas. Es también enigma y pregunta que la conciencia desconoce reali­ zándose en un movimiento perpetuo, de palabra en palabra, en el decir mismo. El deseo inconsciente no se refiere a las ganas o al capricho cons­ ciente

sino que se encuentra estrechamente enlazado con la Ley fundante

de !’ cultura humana. Así deseo y Ley no se oponen. Así si, según Freud, somos responsables por el deseo inconsciente y las mociones malignas que animan a la más evanescentes de las formacio­ nes del inconsciente ¿qué decir entonces del sujeto del acto criminal? La responsabilidad supone entonces la asunción

de parte del sujeto

no sólo del deseo que ¡o habita sino también de los actos que, sabiéndolo o no, son su causa. Si el deseo inconsciente no desresponsabiliza, la responsabilidad pre­ senta una doble faz, ya que el sujeto es también responsable de lo que en él actúa y pulsiona a pesar y contra el deseo inconsciente. Otro aspecto importante en la búsqueda de respuestas en el orden de la responsabilidad nos aporta Lacan en su texto de 1950 "Introducción teórica a fas funciones del Psicoanálisis en la Criminología”. Parte allí de la constatación que "Ni el crimen ni ei criminal son objetos que se puedan conce­ bir fuera de su referencia sociológica", Por que ... no hay sociedad que no contenga una ley positiva, así sea ésta tradicional o escrita, de costumbre o de derecho. Tampoco hay una en la que no aparezcan dentro del grupo todos los grados de trans­ gresión que definen al crimen. Toda sociedad, en fin, manifiesta la relación entre el crimen y la ley a través de castigos, cuya realiza­ ción, sea cuales fueren sus modos, exige un asentimiento subjeti­ vo. Precisando que

"... este asentimiento subjetivo es necesario para la

significación misma del castigo." (Lacan, J., 1966, p.118) Podríamos decir, entonces, que tal asentimiento subjetivo esta en ¡as antípodas de todo sentimiento donde la conciencia se engaña tras los velos

narcisísticos en los que, supuestamente, un sujeto se protege. El orden del "asentimiento subjetivo" supone la posibilidad de encontrar un lugar res­ ponsable del acto criminal. Esto implica el paso lógico necesario no solo para la significación del castigo sino del acto mismo. Entonces, solo hay sujetos responsables cuando se permite anudar responsabiiidad-culpabilidad-castigo mediante el asentimiento subjetivo pro­ vocando asumir el lugar de sujeto en ios actos que causa. Según Pierre Legendre el Código Judicial es un "texto sin sujeto", dado que ningún sujeto particular habla allí, no es menos cierto que et sujeto psicoanalitioamente hablanHn í p «ínstipnp pr un fpxto: m un "sujeto con texto". Texto que organiza su historia y la enmarca, alimenta sus sueños y sus síntomas y es también el soporte de sus actos. Situarse Je otra manera frente al acto criminal, testimoniar su lugar en el mismo

e imputarse son los efectos que el texto presenta ai hacer

posible la responsabilidad mediante la asunción de la culpa, vuelta ahora posible. Ejemplo de ello es, quizás, el esbozo de novela familiar que Althousser construye y que pivotea alrededor del significante "desaparecido". En el origen dos familias: los Althousser y los Berger y un matrimonio concertado entre los dos varones Althousser, Charles y Louis, y ias dos mu­ jeres Berger, Juliette y Luciene, siendo ésta última la prometida de Louis. Pero este Louis morirá en el cielo de Verdún en un aeroplano en el que servía como observador. En consecuencia Charles, el hermano mayor, pro­ pondrá matrimonio a Lucienne. Ellos serán los padres

de este otro Louis

que ahora testimonia su historia. Cuando vine al mundo me bautizaron con el nombre de Louis. Louis: un nombre que, durante mucho tiempo, me ha provocado , literalmente horror.

Sin duda decía también demasiado en mi lugar: oui y me suble­ vaba contra aquel "sí" que era el "sí"al deseo de mi madre, no al mío. Y en especial significaba: lui, este pronombre üe un tercero anónimo, sonando como la llamada de un tercero anónimo, me des­ pojaba de toda personalidad propia, y aludía a aquel hombre tras de m í: Lui, era Louis, mi tío, a quien mi madre amaba, no a mi" (Althoussser, L., 1992, p 57),

Aquel nombre elegido para este Louis era como "palabra fundadora" el fatídico significante de la desaparición que Althousser encamaba. Hacerse un nombre otro, reaparecer en vez de desaparecer para ha­ cer escuchar su palabra, construir una historia conjetural de los orígenes que permitan canalizar su voz y su culpa vuelta ahora posible, nos indican, en el "caso" Althousser algunos de los trazos eficaces de la asunción de la responsabilidad del acto. Concluimos junto a Pierre Legendre: "La lógica de la estructura es inmutable, pero los arreglos en su seno son indefinidos" (Legendre,

1989,

BIBUOGRAFIA Althousser, Louis: (1992) El porvenir es largo. Bs. As.: Espasa Calpe ArgentinaEdiciones Destino. 1993 Freud, Sigmund: (1925) La responsabilidad Moral por e) contenido de los sueños. O.C. Vol. XIX. Bs. As.: Amorrortu. 1980. Lacan, Jacques: (1966) "Introducción teórica a las funciones del Psicoanálisis en Criminología". Escritos 1. Bs. As.: Siglo XXI Editores.1985. Legendre, Pierre: (1989) El Crimen del cabo Loitie - Tratado sobre el Padre. México: Siglo XXI I a Ed. 1994.

E l Sujeto efecto de la ley María Elena Elmiger

Introducción Pocas veces el Psicoanálisis intersectó su discurso con el jurídico, a pesar de compartir con él la cuna de las letras y la cultura. Pensadores como Sócrates, Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Des­ cartes, Espinoza, Kant, Hegel, Sartre... que se interrogaron e intentaron res­ ponderse acerca de la subjetividad humana, fueron y son la levadura que leuda tanto el pensamiento jurídico como el psicoanalítico. Podría decirse que de las mismas simientes brotaron dos lecturas y abordajes distintos que

pueden entrecruzarse, cruzarse, intersectarse...

Sin embargo, el Derecho parece hoy apoyarse más en las psicologías o en las psiquiatrías como elemento para dirimir o discernir la responsabili­ dad de un sujeto que comete un delito, y el Psicoanálisis se extendió hacia la clínica, abordando !a religión, las instituciones, la familia, la cultura y su malestar, en una aproximación al Derecho, pero extrañamente, muy pocas veces enhebrándolo. Pero el entrecruzamiento de ambos muestra paradigmáticamente, un mismo lecho: el lenguaje. Y sus sinuosos caminos se tocan sincrónica y diacrónicamenfe más allá de su específico campo de aplicación. Estos pue­ den interrslacionarse o transitar por bordes que imbrican o excluyen los dos

3jSC.ur1.9s.

La idda faumapa, que no es sino vida_instituida, institucionalizada,.^ el "objeto" de_£Studio tanto del Psicoanálisis como del Derecho, Mas los abogados serían los funcionarios del día, de la palabra claramen­ te expresada, de la ley escrita, del texto que se puede aprender y memorízar y que no tiene contradicciones, porque toda contradic­ ción tiene que ser eliminada del texto legal para que no haya ambi­ güedad, mientras que los psicoanalistas somos los funcionarios de la noche, del soñar, de las equivocaciones, de la ambigüedad, de la incertidumbre, de lo que no se puede objetivar, de lo que no se puede contar... (Braunsteln, N., 1995, p. 78), Et mismo "objeto" abordado desde e! discurso jurídico y desde e¡ psicoanalítico. Mientras l¿ función de unos es anudar la Ley, el montaje jurídico del Código Penal, a la pena, a la sanción, de acuerdo a! acto delictivo, ios otros, funcionarios de la noche, no podríamos hablar de sujeto, de inconsciente, de snb.ietiv^qpn. y menos aún de reconocer (subjetívar, hacer propio un discurso) un crimen, o un acto cualquiera sea, sin pensar en el montaje institucional, juridico, que es la causa misma de la existencia humana. Pero "la arcilla", "la materia prima" del Psicoanálisis -el inconscienteabre la brecha entre ambos discursos. Mientras el sujeto del Derecho es el agente, el autor de un acto, y de lo que se trata es de delimitar su capacidad para comprender la criminalidad de su acto o dirigir sus accione s, no suprimida po r insuficiencia de las facultades m entales o estado de inconsciencia" -artículo 34 jnc. 1 ° d^l Cqdigc^ Pe­ nal- (Fría s Caballero, J. et al., 1993, p. 308), el sujeto del Psicoanálisis es justam ente el quieto de esa "inconsciencia",

y no es agente, sino el

resu ltad o , el producto de las palabras de Otros (llámese instituciones, cultura, Ley, padres, historia, o Lenguaje...), y se muestra, justamente, en los equívocos, El desconocimiento y la duda, el no saber, lo extraño y la sorpresa, como la del despertar de un sueño, (¿quién no piensa, al despertar, "qué cosa extraña soñé anoche?"), que sin embargo encierran una verdad,

son

el "objeto" del psicoanálisis. Dirá Lacan: "Un saber con ignorancia del sujeto, eso es el inconsciente" (Lacan, 1 , Clase del 25-6-69). Mas si dijimos que el "¡objgíp" de investigación de ambos discursos -_el su jeto -

no es pensable, no tiene existencia .fuera de la dimensióíijuridjco-

institucional, ¿por qué no animamos a entrecruzar los discursos? ¿per qué no intentar situarnos en su difícil intersección? En el transcurrir de este estudio propondremos trabajar: 1. La Ley como procreadora de la subjetividad humana -O el sujeto instituido por la Ley-

P. Legendrp, jurista francés lector de Lacan, dirá: "Hay que recordar que las instituciones son un fenómeno de la wda" (Legendre, P., 1996, p. 9 ) ... humana Instituir implica la intersección de la normatividad con la bioloqia. Del lenguaje con lo viviente- De la cultura con la naturaleza. Instituir, implica, ordenar El sujeto humano está creado, pro-creado por las leves de la polis, por sus instituciones Éstas lo producen, lo incorporan en su telido legal, lo Inscriben... "registran en lr> civil" su nombre, su aafiJÜdo ... (apellido: "que apela" a una transmisión

de simbolos-.de referencia, heredada en forma

patrilineal). N.acer "supone la movilización, para cada recién venido a la humanidad, de todo el andamiaje institucional". (LeifeQdre, P., 1994, p. 168). Podemos postular un doble nacimiento^ el biológico v el institucional. Dos, que no son sino uno, pues aún el nacimiento biológico del viviente está instituido desde la legalidad médica, genética, científica, familiar, etc. Es por estar instituido que el sujeto da cuenta de su filiación, de su genealogía, de su historia familiar, de su linaje. Etimológicamente filiación viene dei latín: "Glius^uXhüa), que es de la misma familia que afiliar. Esta última palabra, deriva del latín medieval "affiliare". que tiene a su vez dos acepciones: a) asociar, unir;

v bV tomar

cpmo hijo. O sea: un hijo es hijo de las instituciones (de la institución familiar, de la institución estado, de la institución iglesia...) en tanto es afiliado, asocia­ do, unida la carne a la institución, convertida ésta en nombre, mei&tQfiZ&dá en símbolo. Tanto el nombre como la imagen del. humano implican la transfp.rmación de la carne en palabras, de la carne en símbolos transmisibles de generación én generación. (¿No son eso el apellido, las costumbres, las tra­ diciones? )

Esta unión, esta ligazón simbólica -esta filiación- que da cuenta de la relación de las instituciones en el lugar del procreador, del que concibe, con el sujeto en el lugar de hijo, producto de esta concepción, es el sostén de la cadena genealógica del humano. (Volviendo a la etimología, la palabra concebir viene del latín: concipere. Quiere decir tanto formar una idea, to­ mar en la mente, imaginar, como formar un feto en el vientre). Sostén simbólico que liga, afilia, concibe, y que necesariamente une al sujeto con las instituciones, ya que es procreado por ellas, sostenido por ellas, efecto de ellas. Por lo tanto, deudor de ellas. Aquí la primera premisa adquiere valor estructural: El sujeto, efecto-hijo de las instituciones, es, por eso mismo, deudor. Debe su nombre, su apellido, su filiación. Recurrimos a Néstor Braunstein, quien nos auxilia con una excelente sín tesis: Existir en sociedad es estar inscripto en ella en relación con el nombre de los antepasados. Lo habitual en nuestras culturas es recibir el nombre del padre. Occidente vive en la tradición emanada del derecho romano. La existencia es humana en tanto engancha­ da a un árbol genealógico. Recibir un nombre establece desde el principio el deber de portarlo. Se debe y es deuda, Schuld; los tra­ ductores de Freud pondrían guilt, culpa. La vida, perdón por la obviedad, depende del símbolo y los romanos ya establecían un doble nacimiento, físico, de la madre y político, del padre. Ex padre natus. Sobra aclarar que el nacimiento físico es también un efecto de la Ley que preside las alianzas. Nada nace sin la palabra {Braunstein, N., 1994, p. 7). Como vemos el psicoanálisis plantea a la Ley en eí lugar del Padre y a la culpa o^deuda, como resultado de la filiación del sujeto a la ley y por io tanto, ésta es condición de estiuctura. Volveremos sobre esto. 2 . E q u iv a le n c ia de la F u n c ió n paterna y la Le y Postulamos lo equivalencia del lugar del Padre en psicoanálisis, a las Instituciones, a la l ey. Y así como el Derecho propone que no hay institución sin ficción, y a la

Ley (función dogmática), como un montaje normativo escrito en el Código penal, o en el Código Civil, que legisla los deberes y los derechos de los ciudadanos, el Psicoanálisis postula al Padre como creación, como artificio, como lugar encarnado por alguien o algo -ficción- cuya función es ordenar, legislar. Del mismo modo que las leyes y las instituciones surgieron déla necesi­ dad de los ciudadanos, de los miembros de la polis, el Padre, como lugar, es una creación del hijo. Es desde el hijo que se construye al Padre. La imperfec­ ción de los sujetos humanos, crea, inventa, supone un lugar: el Padre, la Ley, Dios. Lugar distinto, tercero, no equivalente al del hijo. Lugar Otro, lugar ideasostenido como r^ferencis y corno Qsrsrttís d9 protección. Su fundón es ordenar y legislar, Por simbolizar y encamar otro lugar, inscribe las diferencias.

No es lo mismo ser hijo que padre. Y es necesario

ser primero hijo, para luego ser padre. Supuesto que ordena y numera ia cadena generacional, sostenido en prohibiciones. Efecto, por lo tanto, clasificador, que simboliza en la subjetividad las diferencias entre padres e hijos, entre hombre y mujer, entre vida y muerte, entre deberes y derechos y tantas otras... Padre, Ley, Dios, Institución, en el lugar del saber, al que se refieren todos los saberes. "Se trata de una ficción y de una lógica de la ficción, de un trabajo en tomo al "como si" que viene a funcionar como instancia tercera" (Legendre, 1 , 1996, p. 38). No es difícil comprender, ubicando al padre como función legislante, la equivalencia de éste a la Ley. Por estar en distinto lugar, el hijo es procreado a imagen y semejanza del Padre, no es idéntico a él. El hijo hereda del Padre el nombre, la imagen, los bienes y los males. Pero NO ES el Padre. Es su heredero. De allí que e! Padre o la Ley, son una instancia tercera. Ningún sujeto humano es la Ley, sino que se supone que todos esta­ mos sostenidos, sujetado, amparados, atravesados por ella. Algo ie está prohibido al sujeto. No todo puede. La ley del Padre como las leyes del Sistema Judicial, prohíben y ordenan,

y en este acto,

ponen límites a la omnipotencia, inscribiendo en el sujeto la falta, la no per­ fección, al ser reconocidas por éste. Es esta prohibición, la que funda al inconsciente y sus efectos: el de­ seo, la exogamia, el amor, la diferencia sexual, el lazo social.

En estos sinuosos caminos de cruce entre el Derecho y el Psicoanáli­ sis, vemos que es la Ley, o la Función Paterna, quien legista la vida institucionalizada del sujeto en el tramado social, y que al prohibir, cava un hueco donde se instalan tas diferencias, motor del deseo. Pero paradójicamente, es esta misma prohibición la que funda el pe­ cado y la tentación. El pecado existe, porque existe la Ley. "Caras Jónicas" de la Ley del Padre, dirá M. Gerez-Ambertín "La Ley que prohíbe, insta a codiciar lo más temido" (Gerez Ambertín, M. 1993, p. 217) De allí que en griego pecado, -ham ariía- quiere decir también falla. No perfección. El pecado es el resto de la operación en la que la Ley divide a la subjetividad. Es por eso que propondremos al homicidio como un acto humano, producto de las fallas de la Ley del Padre, pero aún así, referido a ella. 3. La culpa, efecto de la humanización, como anudamiento del sujeto a la Ley.

Como hemos adelantado, la culpa no es sino e! lazo mismo que une a todo sujeto humano con su procreador, en el lugar de la Ley, De allí que postulamos a la culpa como efecto de la humanización y como anudamiento de todo sujeto a la Ley, o sea, al Montaje Institucional. La culpa, para el psicoanálisis, es el ombligo de la subjetividad. Es preciso aquí diferenciar los discursos: Mientras el Derecho postula a la culpa como ACTITUD, diferenciándola (pero en relación) de la imputabilidad, postulada como APTITUD, el Psicoa­ nálisis como dijimos, ubica a la culpa como nodal en la estructura subjetiva. , En "Teoría del Delito" Frías Caballero enuncia, siguiendo a Jiménez de , V Asua, que "para ser culpable es indispensable ser, previamente, imputable" (Frías Caballero, 1 et al„ 1993, p. 307)

y plantea ”una prelación necesaria"

entre la imputabilidad y [a culpabilidad El Derecho, en el texto antes mencionado, diferencia culpabilidad de imputabilidad cuando dice que La culpabilidad es temporalmente momentánea, ya que refiere a un delito concreto, mientras la imputabilidad, como estado o calidad

del sujeto, es algo permanente o al menos, durable en el tiempo {Frías Caballero, ] . et a!., 1993, p. 305). Para se r imputable, tiene que haber capacidad de culpabilidad (Frías Caballero, J. et al., 1993, p. 304) Concluye con el artículo 34 inciso I o del Código Penal Argentino que dice: No son punibles: I o: El que no haya podido, en el momento del he­ cho, ya sea por insuficiencia de sus facultades, por alteraciones morbosas de las mismas o por su estado de inconsciencia (...) no imputable, com­ prender ¡a crimmaütidú ue¡ aclo u dirigir sus accior.es (la negrita es mía). Enuncia como "delito genuino" (punible, que une el dolo, la culpa y la imputabilidad), aquel donde hay un nexo entre el acto y el autor. Dice: Es imprescindible efectuar el salto desde el acto al autor, sin vulnerar el principio básico de ¡a "responsabilidad por el hecho", los presu pu estos de la pena (...) se hallan situados en el autor (imputabilidad - culpabilidad) y desde allí gravitan, se reflejan o con­ fluyen sobre el acto, transformándolo en acción punible (delito criminal) (Frías Caballero, 3. et al., 1993, p, 303). Es necesario aquí relacionar y diferenciar los conceptos, porque: I o: El inconsciente, o el "estado de inconsciencia", es una condición del su­ jeto, que nunca es todo conciencia, sino que, como dijimos siguiendo a Lacan, el inconsciente es un saber con ignorancia del sujeto, por lo que todo acto con esta ignorancia, encierra un saber. O, dicho en térmi­ nos jurídicos, de un acto con desconocimiento del autor, es posible ob­ tener un saber, en tanto se pueda realizar el enlace entre ambos (entre acto y autor). 2°: No se ríos escapa que plantear la culpa como condición estructural de la subjetividad humana, como la ligadura que une al sujeto con la Ley, como deuda de todo hijo con el Padre, como pacto simbólico del sujeto con la Ley, es muy distinto a postularla como "actitud" referida al mo mentó y a la intencionalidad. ¿No circunscribe esta lectura (la culpa como actitud y la imputabilidad como aptitud) la condición hum ana misma, .i parámetros temporales, conscientes o meramente intencionales? ¿Se deja de ser humano por ser enfermo mental o por el mayor o menoi cociente intelectual, o antes de tal edad, o por no estar consciente al dirigir las acciones en el momento del hecho? (l')

¿No justifica este enunciado de "delito genuino", la no responsabili­ dad de crímenes de lesa humanidad, como en la "obediencia debida”, donde el acto parece estar disyunto al autor intelectual? 3o: Sí, tendríamos que pensar en todo caso, de qué modo lograr que el “salto del acto al autor" de alguna forma se realice. Y en ese lugar, en ese anudamiento entre actor y autor, el psicoanálisis ubicaría la P O N S A B IL ID A D ,

R ES­

la posibilidad de responder por su acto de un sujeto

pleno de derecho. Volvamos a! Psicoanálisis: La deuda genealógica o culpa estructural implica el reconocimiento al Nombre donado por el Padre, a su Ley, y a la transmisión de la misma, con lo cual el sujeto tendrá la posibilidad de apro­ piarse de sus actos, de sus deseos inconscientes, y por lo tanto, del dere­ cho de sobrevivir en su descendencia. El pasaje de generación en generación, la "mágica" transmisión trans­ portada, contrabandeada, entre los símbolos, sólo es posible gracias a la ley, de allí la necesidad de su intervención. El funcionamiento del Sistema., Legal ordena, diferencia, sanciona, y allí, sancionar, en sus dos acepciones, como castigo, y como nombre, implica que la Ley, al sancionar un delito, lo nombra, lo hace visible, legible, reconocible a la sociedad. Lo diferencia de lo que no es delito. Sin embargo, es por esto mismo que si bien la herencia articulada a las palabras, lo sancionado, posibilita al sujeto la vida, un lugar en el mun­ do, un nombre, una historia singular con derecho a ser transmitida, también la herencia, desarticulada a las palabras, o sea lo no dicho, lo no simboliza­ do, lo no transmitido por alguna oscura razón, lo silenciado, lo no reconoci­ do, lo no sancionado desde la Ley, las culpas impunes, "pasan” como una pecado que el hijo asume como culpa, mas no como deuda reconocida. Dirá N Braunstein: “Heredamos del Padre los bienes, pero también los males" (Braunstein, N .1 99 5 , p. 74). ¿Cómo explicar si no ei pecado, -delitos- tos sometimientos, los crí­ menes y los sacrificios que reaparecen de generación en generación? La posibilidad de que la culpa sea sancionada y reconocida, anuda en la descendencia el pacto con la Ley. 4 . FIt p r i m e n c o m o o b r a h u m a n a y s u r e l a c i ó n a la c u l p a

Si planteamos a la culpa como nodal, efecto de la inserción del sujeto i>n la cultura o er. la Ley, no es pensable la existencia humana fuera de ella.

Pero si desde su faz simbólica liga, sostiene el pacto de! sujeto con ¡a Ley, su faz sanguinaria aparece allí donde !a medida de la deuda- pacto, fracasa. O

sea, donde la Ley, como montaje Simbólico-Jurídico, falla, en el sen­

tido de fractura. Donde la Ley pierde su especificidad como la que sanciona, ordena, transmite... como referente. El crimen es así solamente una obra humana. Es también un - n e ­ fasto- efecto de la inscripción de la Ley, ubicable en los fracasos de la m is­ ma. "La Ley hace al pecado y al pecador: la ley que prohíbe, insta a codiciar lo más temido" (Gerez Ambertín, M., 1993, p.217), allí el superyó. San Pablo, en la Epístola de los Romanos, dice: VII. 7: ¿La Ley es pecado? No digo tal. Pero sí que no acabé de conocer el pecado sino por medio de la Ley: de suerte que yo no hubiera advertido la concupiscencia mía si la Ley no dijera: No codi­ ciará s. 8: Mas el pecado o ei deseo de éste estimulado con ocasión del mandamiento que lo prohibe, produjo en mí toda suerte de malos deseos. Porque sin la Ley el pecado de la codicia estaba muerto. ¿Qué ocurre cuando desfallece la Ley? Los holocaustos, las persecuciones, "desapariciones", homicidios, sui­ cidios -en todas sus formas- implican la ruptura del pacto con laLey

del

Padre y la ofrenda del cuerpo humano como sacrificio a la voracidad de al­ gún oscura dios (llámese inquisición, nazismo, totalitarismos, sectas, ¿capi­ talismo? ¿corrupción? ... y cuantas tiranías más a las que nos sometemos o complicitamos los sujetos humanos como masa, o singularmente). En estos casos el sujeto, en lugar de sostener la deuda de símbolos con la Ley, la rechaza. El homicidio es la expresión más pura de la omnipotencia. La Ley que prohibe y dice: "no todo puedes" pierde eficacia y e! suje­ to queda mercad a la locura del "todo puedes": al homicidio planteado en términos de destrucción o de autodestrucción y al incesto. La culpa pierde la dimensión de reconocim iento y torna en lo que Freud llarna culpa de sa n g re, o culpa m uda. Culpa sanguinaria. Mo son símbolos los que debo. Es la vida misma. El cuerpo como cosa. La propia

vida o la del otro dejan de estar sostenidas desde el montaje institucional, desde el sistema legal, desde El Nombre del Padre, pues éste fue impug­ nado. La inconmensurabilidad de la culpa (de sangre) eá correlativa, pa­ radójicamente, a la ausencia de responsabilidad. No soy yo quien lo hace, es el Otro quien lo pide. Claro desanudamiento del nexo entre actor y autor. La

"inocencia" culpable se exhibe ostentosamente.

Dirá Marta Gerez-Ambertín: celada al tótem o a los dioses, en tanto imn f ir g fz* c o c ía n

r o c n r t n c a h íf ír f - a W o n o /

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ordena, lo exige..."(G erez Ambertín, M. 1993, p. 38).

Conclusiones Para concluir, podría pensarse en la imbricación de los discursos Jurídico y Psicoanalítico, no sólo en su contingencia, sino hasta en su necesariedad. Hemos desarrollado aquí: 1.

La indispensable intervención de la Ley en el surgimiento de la vida, humana, en tanto ésta es vida institucionalizada, instituida desde la Función Paterna o sus equivalentes: Ley, Montaje Normativo, o Función Dogmática.

2.

El anudamiento llamado Deuda o Culpa, que es el ombligo de Ja subjetividad humana. Anudamiento omnipresente, ESTRUCTURAL Y la doble faz de la culpa: Anudada al montaje simbólico de la Ley, donde se sostiene un pacto,

(en el reconocimiento a la ley) o como rechazo en el homicidio. Rechazo que deja al sujeto en una total horfandad o en la obediencia debida, donde no hay responsabilidad subjetiva. Toda responsabilidad es del Otro. Aquí la relación entre acto y autor, como ya dijimos, es nula. El sujeto no es responsable. Es el Otro el que se lo pide. ¿Esto hace inimputable a un sujeto? ...

n

Si el hom icidio (en todas sus fo rm a s: crím e n e s, sa c rific io s, sometimientos, delitos) implica el rechazo a la Ley, a la función del Padre, es, en suma, un parricidio:

Es el "asesinato" a la Ley Simbólica en el lugar del Padre, con el con­ secuente sometimiento a alguna tiranía, obediencia donde el Otro e s el Responsable. ¿Cómo re-articular el lazo que une al sujeto a la Ley, desde losimbó¡ico? ¿Cómo puede intervenir el montaje Jurídico para no dejar al sujeto fuera del Sistema Legal? Dijimos que cuando el Aparato Jurídico, la Ley, sanciona, lo hace des­ de un lugar doble: Sanciona en tanto Castigo, pero también en tanto Nom­ bre, Confirmación. Nombra ai Homicioio, lo hace circular en el tramaoo simbólico y social, y da la posibilidad de reubrcar la culpa simbólica, desde allí que un sujeto o un grupo,

en la subjetividad. Es

pueden Responder, Responsabilizarse

de sus actos. Si somos deudores, somos responsables... en tanto sostenemos un jacto con la Ley.

BIBLIOGRAFIA Braunstein, Néstor: (1994) "Sobre Deudas y Culpas” . Actualidad Psicológica. Abril de 1994. N° 208. Buenos Aires. Braunstein, Néstor: (1995) "La Culpa en Derecho y en Psicoanálisis". El Psicoanáli­

sis en el Siglo (3/4). Córdoba. Argentina. Frías Caballero, J. et al.: (1993) Teoría del Delito. Bs. As.: Hammurabi. Gerez Ambertín, Marta: (1993) Las Voces del Superyó. Bs. As.: Manantial. Lacan, Jacques: (Clase del 25-6-69). Inédita. Legendre, Pierre: (1994) El Crimen del Cabo Lortie. Tratado sobre el Padre. México: Siglo XXI. Legendre, Pierre: (1996) El Inestimable Objeto de la Transmisión. Bs. As.: Siglo X X I.

E l crimen pasional y lo inmotivado del exceso Marta Susana Medina

200 golpes, 113 puñaladas y 17 puñaladas. Tres casos de crímenes pasionales en los que eí hombre mata a su pareja cuando ésta decide term i­ nar con la relación. Llama la atención lo desmedido y repetido del ataque. Ante estos crímenes que cuestionan al ser humano en su dignidad y a las bases mismas de la sociedad surgen varios interrogantes, pero hay uno que los resume a todos: ¿cómo es posible que un hombre sea capaz de tal exceso?. Y para los especialistas, una pregunta insistente: ¿es imputable el homicida?. En este trabajo nos proponemos responderlos desde la teoría psicoana lítlca. Como punto de partida para el análisis del crimen pasional y de su exceso tomamos tres casos a los cuales accedemos por publicaciones de la prensa o a través de expedientes judiciales. Uno de los crímenes tiene fugar en Buenos Aires: un joven de 19 arios mata a su novia de 16, asestándole 113 puñaladas con un cuchillo y un for­ món (se cree que la joven murió después de la tercera). Entre los anteceden­ tes del homicida tenemos los siguientes datos: de chico habría recibido trata­ miento psiquiátrico por conductas agresivas; en la adolescencia habría sido drogadicto y cuando conoce a su novia deja la droga. Estaba retrasado en sus

estudios, a los 19 años cursaba tercer año del colegio secundario. Antes del crimen ya había golpeado varias veces a su pareja. (En adelante llamaremos a este crimen Caso A), Los otros dos casos ocurren en Tucumán. lín peón rural mata a su ex concubina, de 21 años, cuando ésta decide ocuparse en la finca donde tra­ bajaba un vecino. En el momento del hecho ya estaban separados. El asesi­ no es oriundo del litoral argentino y afirmaba haber venido a Tucumán para' no matar a su madre. Cuando se afinca en el pueblo donde ocurre el crimen convive con la madre de ia viLihnd y iutyu luii ¡d^ Jos nijaS a^ucílu. Le madre hebia prevenido a sus hijas del maltrato de su pareja por lo que les aconsejaba alejarse de él. Una de ellas se traslada a la ciudad y la otra, la víctima, luego de tener tres hijos con él se separa. La noche del crimen la espera cerca de la casa y comienza a apuñalearla con un cuchillo de campo. Se detiene en las 17 puñaladas ante la intervención del hijo mayor de ambos, que intenta arrebatarle el cuchillo (en adelante llamaremos a este crimen Caso B). En el tercer caso está involucrado un hombre de 32 años, con estudios secundarios incompletos, que mata a su novia de 24 años cuando ésta se 'niega a acompañarlo al baile y le comunica que quería terminar con la relación. La arrastra pegándole a lo largo de 10 cuadras, tres de esos golpes le afectan el hígado, un pulmón y los riñones. En total la víctima presenta 200 hematomas y muere por la sumatoria de golpes (en adelante llamaremos a este crimen Caso C). En los casos de Tucumán las pericias forenses indican que los homici­ das no padecen alteración de las facultades mentales y son condenados a 20 años de prisión, el joven de Buenos Aires recibió una pena de 24 años de reclusión. Citamos partes de la sentencia del caso C: el juez señala que "no le quedaba parte del cuerpo sin alguna herida" y agrega: "es la imposición de [a voluntad por la fuerza la que lo lleva al crimen. No hay ensañamiento, hay egoísmo, se muestra como un desaforado. Se trata de un ego herido, ¡nca.paz de aceptar límites, que se manifiesta como un demonio destructivo." Luego cita a Jiménez de Asúa diciendo que “más que crímenes pasionales hav crímenes de los pasionales, porque no es el amor ei que mata sino el estado de conciencia del pasional que se expresa" "si no soy yo, no será nadie, ni si­ guiera tú". "Mostró una voluntad de dominio hasta tai punto que pretendió redu­ cirla a un objeto inanimado y lo logró con la muerte. Dijo que no era su intención

mataría, él mismo la llevó al hospital para que la curaran pero teniendoen cuen­ ta la figura del dolo eventual se lo considera culpable". Más adelante se dice que "mientras el homicida pedía clemencia al tribu­ nal con lágrimas en los ojos, por otra parte acusaba al abogado defensor de su incapacidad profesional. Porque su personalidad no le permite la exigencia de límites. Nunca los aceptó, prueba de eso son los berrinches de niño y sus ante­ cedentes violentos. Llegó hasta el homicidio culposo. Fue adicto al capricho" afirma el juez. Como vemos, en los tres crímenes hay un exceso que carece de moti­ vos, Desde el psicoanálisis podemos afirmar que ei carácter excesi/o de ios crímenes inmotivados citados da cuenta de un momento de locura fifi hnmicida. Para ser más precisos da cuenta de un acto loco. Para comenzar el análisis del tema que nos ocupa podemos hacer una diferenciación entre s ujetos apasionados y sujetos pasionales. Esta distin­ ción se funda en que todos tenemos ideales poH o s cuales vivir. Algunos, en los que esor ideales están más acentuados que ert otros, dedican su vida a una causa intelectual, política, religiosa, etc. De ellos se dice que han dedica­ do su vida a algo, por ejemplo, de Freud se dice que fue un apasionado por el psicoanálisis. En estos casos se trata de un interés muy marcado por un objeto, que se tramita dentro de la leyf deMazo sociai, y si algún percance los priva de ese ideal es posible un trabajo de duelo y la sustitución. Pero otros sujetos a los que llamamos pasionales evidencian una fijación exage{ada y exaltada en un objeto, son "vividos" por sus ideales, que son insus­ tituibles. Es una relación no legislada, comandada por el envés de la lev que llamamos superyó. No sostienen el lazo social como, por ejemplo, ios inte­ grantes de sectas que se inmolan, genocidios, suicidios, etc., a los que con­ sideramos actos locos. La locura puede darse en cualquier subjetividad y en sus manifesta­ ciones se asemeja tanto a la psicosis que podemos llegar a confundirlas, Pero ia locura es un estado, un momento, mientras que ¡a psicosis es una estructura clínica caracterizada por la forclusión de la ley del Padre, es decir que esta ley jamás s? inscribió. ¿Qué entendemos por locura? Cualquier sujeto puede cometer un acto loco si un acontecimiento iq desenmarca del.praen simbólico, es decir del intercambio regulado por la ley que caracteriza

a las reiaciones huma­

nas. En ese momento e! deseo del sujeto no puede superar su naturalidad, su inmediatez, queda fuera dei sistema de sustituciones propio del orden

humano; pierde la cuenta, no puede dirigir racionalmente sus acciones, la intencionalidad de sus actos. De acuerdo a Freud. el precio que pagamos por estar en la cultura es ia neurosis. Esto implica la renuncia a las pulsiones, a las tendencias más primitivas que impiden mantener relaciones con nuestros semejantes que­ dando ligados a los primeros objetos de satisfacción. El neurótico es aquel que ha podido sustituir esos objetos por otros. Esa renuncia de la que hablamos, que obedece a una prohibición, nunca es total; hay puntos de retorno de lo pulsional y así la locura es una posibilidad abierta a todos. Sin embargo, hay sujetos más propensos a caer en ese estado; son aquellos en los que la neurosis se ha estructurado muy fallada -neurosis llamada "de borde"- y transitan por la vida de un modo particularmente peligroso. Se caracterizan por la dificultad en hacer sustitu­ ciones que los lleva a comportamientos imperiosos, compulsivos, encarniza­ dos. Entre éstos últimos se encuentra el sujeto pasional. Para que un sujeto estructure una neurosis es necesario el deseo de los padres y la ley que prohibe el incesto y el parricidio, es decir la omnipo­ tencia. La ley paterna le otorga al hijo un lugar propio y el deseo de los padres le permite apropiarse de ese lugar para poder integrarse a la socie­ dad, identificándose a diferentes roles sin delirio v sin locura. De ese interjuego de deseos y prohibiciones depende que cada suje­ to, en cada generación, pueda emerger del nudo familiar, de la mdiferenciación familiar originaria, haciendo sustituciones. Los hijos y los padres deben dife­ renciarse para que la vida tenga lugar. Uno de los momentos importantes en la estructuración del sujeto es aquel en el que constituye su yo. Es el momento en el que se apropia de una imagen que le permite decir "ese soy yo". Al reconocerse otro puede reconocer a los otros como sem ejantes. Momento de fascinación imagina/ja en el que se observa bello, completo y omnipotente, llamado por Freud narcisismo. Pero el narcisismo debe resignarse para desplazar el amor por su imagen a otros objetos del mundo. La alienación total a la imagen es mor­ tal. Ll marco legal representado por la función paterna, que sostiene ese momento imaginario, debe operar un desgarramiento en el narcisismo, debe efectuar una marca que indica que la omnipotencia, la completitud, está

prohibida a cambio de un lugar en el mundo. Este desgarramiento va a per­ mitir el ingreso del sujeto en una cadena genealógica y en el orden del deseo. La ley prohíbe el deseo absoluto, la identidad imposible. "Gracias a la ley Los humanos acceden al amor sin pretender unirse demasiado a ¡a imagen narcisista asesina, comprendida bajo ¡a forma de la unión fínal con el cbieto absoluto mediante el suicidio" (Legendre, P. 1985., p. 72). Vivir en sociedad, acceder a entrar en una cadena genealógica, impiica renunciar ai objeto absoluto del deseo y, por ¡o tanto, aceptar la incompletitud. JjacquesJrli^spjjrij en Les Passions Intratables, señala que el padre en la pasión ha ranaoo en el momento oe la institución ae la imagen, de modo que el pasional sería "una ficción de niño herido en su imposibilidad de se r..." (Hassoun, J. 1989, p. 115). Un sujeto diferenciado, y ha quedado despojado de su lugsr. El padre ha fallado en la instauración de ta ley cuya función no es otra que la de marcar los límites, la diferenciación, la alteridad. La preten­ sión del pasional es fusionarse con el objeto de su Dasión oara insertárselo y así obtener el lugar que le fue negado. Hassoun caracteriza a la pasión como una ^actualización equivocada de la omnipotencia narcisista... es un intento de alcanzar un sin límites narcisjsta* narcisismo desfafleciente y omnipotente al mismo tiempo ya que ne­ cesita de un otro para sostenerse. Sin embargo, según el mismo autor, el padre no de^a de estar presente en la estructuración del sujeto pasional pero no en su función legislante sino a modo de pantalla separadora entre la madre y el hijo, separación que el hijo no llega a inscribir. Así, una parte del objeto incestuoso, que debía ser sólo una abstracción y causa de! deseo y de las sustituciones, no ha sufrido la operación de duelo y esa pérdida no ha podido ser simbolizada. Esa parte del objeto retorna sometiendo al pasional a una vida confusa, contradictoria y sufriente. Entonces la ilusión del pasional es hacer coincicÜLj2Lfib¿eto.de-.Sü_,pa­ sión con. el obieto prohibido para lograr la perfecta adecuación, la completitud vedada, ilusión destinada_a|_fracaso porque ningún otro podra concretarla. Pretender alcanzar la omnipotencia narcisista completándose incestuo­ samente con un otro, sin mediación legal, es imposible para !a vida, es que­ darse fuera de los marcos institucionales que la posibilitan. El sujeto pasional se balancea entre et deseo v la necesidad para Coer del lado de la nece­ sidad, y la relación al objeto de la necesidad es de todo o nada, es mortal.

En esta alienación total a un otro, en esta desviación radical, ninguna relación es posible y el sujeto presa de la pasión sólo puede sostenerse en una demanda devoradora v violenta hecha a un otro, pero fundamental­ mente a ese otro prehistórico, la madre. Demanda violenta como los imposi­ bles a los que está enfrentado, exigencia imperiosa a partir del lugar que le fue negado. Asi se explica e! comportamiento de estos sujetos, del que dan cuenta los casos mencionados: conductas agresivas, falta de limites, exi­ gencias insólitas, como señala el juez en la sentencia: "son sujetos adictos al capricho". Ningún desplazamiento es posible en la oasióru sólo un intento ríe sustitución del objeto prohibido por otro, como vemos claramente en el caso B, que convive con una mujer y con las dos hijas de ésta luego de haber venido a Tucumán para no matar a su madre. En el amor hay momentos de pasión pero no permanencia en ella, sabemos que la completitud es imposible. El pasional se sostiene en esa ilusión de fusión con el otro, de ahí la idealización del objeto de su pasión que lo colmaría y la violencia de que es víctima cuando se opone a sus pre­ tensiones. El joven de Buenos Aires habría dicho a la prensa que la noche del crimen quiso hacerle un hijo por sorpresa a su novia y ella se opuso. La agariclón del deseo del otro desestabiliza al pasional. No soporta la falta, las frustraciones, los límites a su omnipotencia. Esta impedido de saber que para que el amor exista es necesario que haya dos sujetos, dos deseos. Con palabras de Hassoun, se lo puede comparar con un fumador de opio. Recordemos que el opio otorga una falsa valoración de la potencia intelectual y física y una actitud de indiferencia al entorno. Es respuesta al dolor y al desgarramiento de una ilusoria continuidad. El opio, como el obje­ to de la pasión, permite negar las falencias. La pasión es una relación superyoica donde el deseo se suspende. No sostiene el contrato social, convierte la ley en un mandato caprichoso que revel^ la falta de límites. El otro en su alte.ridad es anulado o aniquilado. En los casos judiciales citados los homicidas no soportaron la separación y an­ tes del crimen ya mostraban agresividad, En el caso B, el cujeto le prohibía a la novia visitar a sus parientes y amigos, y la arrastró 10 cuadras pegán­ dole hasta matarla cuando ella quiso terminar con p| noviazgo. Fn el caso A le había pegado varias veces con mucha violencia, en una de ellas le habría roto el tabique de la nariz, también le tachaba en la agenda las direcciones de amigos.

Mientras que en el amor el otro es también reconocido como sujeto, hay discurso amoroso, hay lazo socia!. El otro responde a nuestra com­ binatoria df|i'.lndn pnedTi proplrtar, ni restablecimiento del lazo social y porque no, la curo posible del ico. ¿Cómo puede hacerse esa elaboración?

La maquinaria judicial juega un papel determinante en esta tramita­ ción. Pensamos que apostar al sujeto es propiciar, la escritura, la creativi­ dad, y especialmente el juicio con su montaje técnico en la liturgia, el juicio como ese escenario disponible para el trabajo de la historizacion, escenario de batallas de discursos jurídicos, políticos, psicológicos, massmediáticos, ritualización, transferencias... representaciones, para producir un sujeto otro, un sujeto que alcance la razón de la pena que se le impone. He aquí, desde el saber psicoanalítico, un corrimiento, deslizamiento, desplazamiento hacia la pregunta por la subjetividad. He aquí desde el sa­ ber psicoanalítico un acercamiento al Derecho. Entrelazamiento de discur­ sos. La verdad del crimen, la verdad del criminal. Cruz de los saberes, vaci­ lación... deliberación... limites... Limites ante la implementación y aplicación de las penas; ante la prac­ tica de la prisión como medio específico de castigo, como pena directa. Lími­ tes ante éste complejo tema que supera ampliamente nuestro trabajo pero que sin embargo no podemos dejar de rozar Es absolutamente obvio, que en su realidad y en sus efectos visibles la prisión, no consigue los objetivos que le han sido asignados (control, disciplina y corrección) la criminalidad no disminuye sino que se extiende y multiplica, las reincidencias aumentan, lejos de resociallzar, reformar, per­ suadir, en las cárceles se construyen y potencian criminales. Un sistema ju ­ rídico que comprueba que el encarcelamiento no produce los efectos espe­ rados ¿Es creíble? El orden jurídico debe instalar este interrogante en la sociedad. Escuchemos a Michel Foucault: El sistema carcelario reúne en una misma figura unos discursos y unas arquitecturas, unos reglamentos coercitivos, y unas propo­ siciones científicas, unos efectos sociales reales y unas utopías in­ vencibles, unos programas para corregir a los delincuentes y unos mecanismos que solidifican la delincuencia ¿ No forma parte enton­ ces, el pretendido fracaso, del funcionamiento de la prisión? ¿ No habrá que inscribirlo sn esos efectos de poder que ia disciplina y la tecnología conexa de la prisión han inducido en el aparato de ju sti­ cia, mas generalmente en la sociedad, y que pueden reagruparse bajo el título de sistema carcelario? (Foucault, M., 1974, p. 276). Pero también sabemos que la descarcelaclón, las alternativas comuni-

tarjas no redujeron los índices de delincuencia, no fueron mas eficaces que la form a

tra d icio n a l de p risió n .

No se ha com probado que la

desinstitucionalización, el control comunitario sirvieran como alternativas en el sistema penal. ¿Qué es lo que debe ser desechado, cambiado, dejado de lado, rele­ gado?. ¿Qué es lo que debe mantenerse, admitirse, conservarse aún de ese sistema?. Propongo recordar que las penalidades o métodos punitivos son fe­ nómenos sociales de los que no pueden dar razón la sola armazón jurídica de la sociedad, sino que hay que valorar distintos discursos que circulan en la malla social, atendiendo a las transformaciones que experimentan, acor­ de al modelo social que los sustenta, con las estrategias de poder en la que se inscriben. Pensar entonces, los cambios punitivos como fenóme­ nos sociales, para reflexionar acerca de las instituciones, sus efectos y el pensamiento que subyace en ellas, en relación con los cambios pro­ ducidos en la estructura social. Cuestión opaca, compleja, cuestión oscura. Reiteración, repetición de proposiciones fundamentales, reformas... fracasos... mantenimiento.

D e reflexiones e interrogantes... El Derecho, lenguaje que opera en el lazo social, institucionaliza nues­ tros cuerpos y nos imprime el sello de humanos. La vertiente jurídica inscri­ be y escribe la condición humana, condición que está enclavada en la inade­ cuación del sujeto a la especie; siendo inevitablemente esa desarticulación, ese desgarramiento, esa tragedia lo que mueve a la creatividad. La función jurídica anuda lo biológico, io social y lo inconsciente. El sujeto del deseo inconsciente lo es por su inscripción jurídica y por su marca ir^titucional, lo que lo hace deseante y carente en tanto está poseído por el discurso de la ley. Ley que funda a ese sujeto en el sentido psíquico del término. Decir la Ley, hablar el Derecho para asegurar los marcos sociales de lo simbólico, garantizando las funciones de normatividad y funciona­ miento s o ..al. Acallar la Ley, no hablar et Derecho amenaza el orden Simbólica, nace tambalear ios cimientos de la comunklrid. Creernos en tonces que:

La necesidad d el castigo solo se sostiene en esta exigencia de mantener la obra de cultura y de civilización, para garantizarlas condiciones metapsiquicas de la vida psíquica: para que cada uno pueda vivir con suficiente goce de placer, amor, juego, trabajo, pen­ samiento, creación: el castigo cierra el paso a la venganza, funda­ mento de la repetición del crim en, activador de procesos de disocia­ ción social (Kordon D. et al., p. 18). Entendemos que el castigo debe ir mas allá del interés subjetivo de quien castiga o pide castigo, debe conformarse a una medida que asegure la paz social y que refiere a un orden que se estima objetivo o justo, ese orden

picSérttado simbólicamente por el Castigo; a sabientes

¡3 prc

tensión de objetividad no es para nada una objetividad sin residuos, no es para nada garantizada, o sea el castigo, represalia baio reserva. Entonces el castigo no es solo represalia, sino represalia bajo reserva. Lo que no quiere decir falta de acción o aplazamiento, si no actuar concretamente un castigo. Darle al imputado un lugar en la sociedad. Privilegiar la subjetivi­ dad. > El derecho como ejercicio de poder, interviene en las relaciones socia­ les; entonces, que se haga derecho, no solo que se postule. Lo que se promueve, es un actuar, un actuar el castigo, lo que significa, no el someti­ miento, no la destrucción de! imputado, no la exclusión sino por el contrario esa reserva de brindarle al reo un espacio, un lugar, la inclusión en la socie­ dad. No se trata de un tránsito en dirección única (el castigado debe asumir y responsabilizarse por sus actos para reintegrarse en la socie­ dad) sino en dirección doble ya qne la sociedad debe esforzarse para salirle al encuentro, re-encuentro, y no imprimirle un sello de por vida. Que se le impute el delito y que la pena contenga la posibilidad de un renovado lazo social. Por otro lado, el derecho penal constituye una parte del juego social, los individuos que integran el cuerpo social se reconocen en tanto que tales, como sujetos de derecho, porque son susceptibles de ser penalizados y castigados cuando infrinjan alguna norma. Pero el deber de la sociedad es hacer que los individuos concretos puedan reconocerse de hecho, romo su jetos de derecho, lo que resulta difícil si el sistema penal que se utiliza es arcaico, inadecuado respecto a problemas reales que se plantean en la so riedad. ¿Hace a la razón fundamental del derecho castigar el delito?. ¿Hace a la razón fundamental del derecho controlar el castigo?.

M. Foucault recuerda que decía Nietzsche hace mas de un siglo: en nuestras sociedades contemporáneas ya no se sabe con exacti­ tud que es lo que se hace cuando se castiga, ni tampoco que puede en el fondo justificar la punición: todo ocurre como si practicáse­ mos un tipo de castigo en el que se entrecruzan ideas heterogéneas, sedimentadas unas sobre otras, que provienen de historias dife­ rentes, de momentos distintos, de racionalidades divergentes (Foucault, M., 1983, p. 222). Seria importante, entonces, definir claramente lo que en una sociedad mmo la nuestra puede ser considerado objeto de castigo, proponer la idea misma que defina las reglas del juego social. Quizás las controversias sobre la finalidad y justificación de! castigo (utilitarismo, retribucionismo, resocialización, etc,) deberían acallarse para escuchar las voces que otros discursos puedan aportar al saber jurídico. No estancarnos en que e! castigo es un fin en si mismo, que debe servir para la disuasión, prevención o reforma del ofensor; tampoco borrar la responsabi­ lidad del acusado, implementándolo como un tratamiento sino que estallen los marcos de estos posicionamientos para que ingrese la pregunta por la subjetividad. Resaltar la palabra, en su valor instituyente y estructurante. Respetar la palabra arrojando afuera los irracionalísimos, jas violencias, las justificaciones, que solo conducen al anulamiento del discurso, al anulamiento de la subjetividad. El castigo entonces, como un derecho a "ser humano", como un dere­ cho del ser humano. El castigo como un derecho a ser reconocido por el otro y desde el otro. El castigo como humanizante. Repensar el castigo, hoy, en el marco de una sociedad donde convi­ ven la sociedad disciplinaria, del control, la vigilancia, el encierro y la progra­ mación, con la sociedad de la imagen, de la informática, del consumismo y la opulencia, ¿Jonde observamos una perversa desmesura del objeto, devo­ rando al sujeto, desfallecimiento, desdibujamiento, borramiento

de la sin­

gularidad. Repensar el castigo hoy en una sociedad donde los nuevos modismos de entretejerse el lazo social (competencia des-medida, individualismo indilerentc, el semejante como enemigo) hacen emerger a un hombre anónimo (rente a la responsabilidad que ie cabe en relación con su acto, lo que deja como saldo un sujeto triturado, demolido, compactado, angustiado y

solitario...que no encuentra un otro garante, un otro frente al cual inscribir la culpa. En el am anecer del nuevo siglo se ría importante pensar, en los entrecruzamientos, intersecciones de diferentes saberes, entre ellos el de las dos ciencias de la subjetividad; el derecho y el psicoanálisis, para obtu­ rar los limites abriendo nuevos terrenos de exploración. Intentar constatar las apuestas inconscientes del sujeto y dejar de lado las ideas simplistas sobre la normatividad. Repensar, articulando la Ley, el sujeto, las instituciones; el sentido que se le puede conferir al castigo en este fin de milenio, donde proliferan los discursos «>ynHratjvo?, at-pnrler ln