Creer en la Iglesia del futuro

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MARCEL LÉGAUT

CREER EN LA IGLESIA DEL FUTURO

Editorial SAL TERRAE Guevara, 20 - SANTANDER

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Título del original francés Croire a l'Église de l'avenir

© 1985 by Editions Aubier, París Traducción de Domingo Melero © 1988 by Editorial Sal Terrae Guevara, 20 39001 Santander Con las debidas licencias

Impreso en España. Printed in Spain Depósito Legal: SA. 28 – 1988 I .S .B .N.: 84-293-0794-X Impreso por: Artes Gráficas Resma Prolongación Marqués de la Hermida, s/n. 39011 Santander

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INDICE Prefacio: La situación de la Iglesia en el Postconcilio ...................................... 4 1. Las religiones de autoridad y la religión de llamada ................................... 15 2. La autoridad y la obediencia al servicio del cristianismo de llamada ..... 46 3. Haced esto en memoria mía .......................................................................... 73 4. La obra espiritual ............................................................................................. 86 Conclusión ............................................................................................................... 106

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Prefacio* La situación de la Iglesia en el Postconcilio Bajo el impulso del Vaticano II, la Iglesia en su conjunto ha tomado conciencia de la considerable importancia de las iniciativas que tiene que acometer y de las búsquedas que debe emprender para realizar entre los hombres de su tiempo la misión que le nació de Jesús de Nazaret. Hoy son tales y tantas las necesidades y problemas nuevos que se presentan en el Mundo, irresistiblemente regido por la Ciencia y la Técnica, que el universo mental no sólo de las personas cultivadas, sino de todos, está siendo profundamente transformado. En la actualidad, son innumerables, en efecto, las posibilidades y aspiraciones nuevas que brotan de exigencias de tipo afectivo e intelectual. Antaño no se daban, o eran cosa de una minoría que era excepción. Ahora resultan frecuentes e indispensables en la vida de muchos que, sin ellas, se hundirían en la oscuridad del fatalismo o del sin-sentido. Estar a la altura de todas estas cuestiones es capital para la Iglesia, pues es algo que pertenece a la misión que a sí misma se atribuye. Es necesario que lo haga para existir de verdad y para no ser arrastrada insensiblemente a no ser más que una religión del pasado y ya irreversiblemente caduca. De hecho, durante los últimos veinte años, algunos cristianos de un empuje particularmente notable han realizado este tipo de búsquedas, que han llevado a la Iglesia a tomar decisiones de gran alcance tanto en lo doctrinal como en lo pastoral. Ha sido como si la Iglesia se despertase tras un largo período de estabilidad y se abriera a un destino diferente que, aunque ciertamente preparado por el pasado, en mayor grado viene provocado por la historia de los hombres y como por la llamada del futuro. De esta manera, la Iglesia ha venido a desembocar en caminos insospechados hasta ahora y cuya sola concurrencia, antaño, habría sido, primero, considerada como una infidelidad, y luego rechazada de plano. En lugar de hacerse un ovillo y encerrarse en la estricta conservación de su tradición (conservación por lo demás ilusoria, pues sólo sería una especie de momificación), la Iglesia, casi a pesar suyo, se ve conducida a medirse con la tarea inmensa que el Mundo Moderno le plantea, para poder participar activamente en el devenir de los hombres. Se abre, así, sobre un porvenir completamente desconocido, pero que, por su fe, ella debe presentir que será de talla parecida a la de Aquel que está en su origen. Sin embargo, esta búsqueda múltiple no se ha hecho sin titubeos ni errores. ¿Cabe extrañarse de ello teniendo en cuenta la condición humana? Estas fluctuaciones —cuya importancia tampoco conviene minimizar— han turbado e inquietado a un gran número de espíritus e incluso a algunos personajes que ocupan los más altos puestos de la Institución. El cardenal Ratzinger, entre otros, afirma, con una claridad que hay que agradecerle, que el balance de estos veinte años de Postconcilio es negativo. Según él —y, sin duda, según otras autoridades importantes—, para salir de la vía nefasta en que la Iglesia se ha descarriado en el proceso de decadencia desarrollado bajo el signo falsificado del Concilio, es de la mayor importancia que dé marcha atrás y que al período de desbarajustes, rayanos en la subversión, suceda la restauración (que, por lo demás, ya está claramente en curso, como él afirma con conocimiento de causa, sin duda): restauración de un pasado cuya bondad no hay que demostrar, dado que veinte siglos la garantizan... [* Nota del Editor: En esta edición castellana el Autor ha introducido diversas variaciones sobre el texto francés original.]

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¿Qué ha pasado para que estos espíritus ponderados y bien situados, por sus elevadas funciones en la Institución, para estar informados de lo que sucede hayan llegado a tales conclusiones? Doloroso debate de conciencia, revisión desgarradora de estos veinte años en que con fe y esperanza, con generosidad y sin medida, se desplegaron los esfuerzos de numerosos creyentes, de entre los más auténticos, para poner en práctica las decisiones conciliares. El anuncio del Concilio Es indudable que el anuncio del Concilio causó sorpresa. Tras la promulgación de la infalibilidad pontificia, ¿qué necesidad había ya de Concilios? La decisión casi repentina de Juan XXIII fue inesperada hasta para él mismo. Además, al principio, su idea era la de tratar simplemente de una puesta al día de la pastoral, aunque ello requiriese algunos retoques doctrinales. Tres meses bastarían para resolver los asuntos... Pero ya sabemos cómo fueron las cosas. Las cuestiones planteadas, dadas sus dimensiones y su complejidad, abrieron inevitablemente horizontes de libertad y de apertura que hasta entonces estaban fuera del alcance de las miradas de la mayoría o eran prohibidos con firmeza a quienes habían empezado a soñar en ellos. Tales horizontes llegaron a producir vértigo, porque anunciaban un porvenir nuevo y difícil. Nuevo, a pesar de que las numerosas referencias a la tradición, atentas hasta la nimiedad, se esforzaron en mostrar y asegurar a los inquietos que la tradición, inteligentemente interpretada y convenientemente desarrollada, bastaba perfectamente para resolver cualquier problema «nuevo» que se presentase... Y también difícil, por más que, en las respuestas que se dieron, se tendió a la moderación de los extremos más inquietantes, a base de alternar sutilmente en los textos las perspectivas opuestas, según secciones y párrafos bien proporcionados. En las décadas que precedieron al Concilio, ya algunas fuertes personalidades —de las más inteligentes y de las más espirituales—, que por su situación estaban en un contacto especial con su época, eran conscientes del foso cada vez mayor, más profundo y más ancho, que separaba al Mundo Moderno de la Iglesia. Pese a los comportamientos de ésta, algunos de ellos, inspirados por su fe, esperaban que la Iglesia vería despuntar el día —que no se atrevían a pensar próximo— de un sobresalto vital que la salvaría de la muerte que insidiosamente le acechaba. Cada uno se esforzaba en apresurar esa hora de salvación, correspondiendo a lo esencial de su propia misión. Con todo, esa esperanza seguía estando lejos en el tiempo; la certeza de su llegada no conseguía triunfar ante la evidencia contraria que las apariencias imponían sin contemplaciones. Además, sus posiciones dentro de la Institución, que en los más eran de las últimas, ¿no resultaban inevitablemente marginales y, por tanto, condenadas a la impotencia? Por otra parte, nadie —salvo, quizás, alguno de los más reticentes entre los conservadores— había previsto la importancia de los problemas que se tendrían que afrontar. Muchas autoridades eclesiásticas, es cierto, vieron con inquietud y juzgaron inoportuna la iniciativa de Juan XXIII. En lo posible, se esforzaron por minimizar sus imprevisibles riesgos, preparando con precisión, en el espíritu del Vaticano I, los textos que, según el programa de sesiones, los padres conciliares no tendrían más que aprobar y firmar... Ya sabemos que no sucedió así gracias a otra iniciativa repentina, la del cardenal Liénart, tan imprevista por su parte como el acto de indisciplina del que se hizo culpable en aquella ocasión... Poniendo al mal tiempo buena cara, se comprende que en esas condiciones, ya desde el principio y en todos los debates del Concilio, una importante minoría se esforzase en combatir el espíritu nuevo que acababa de establecerse en la Asamblea. A esa minoría le parecía evidente que ese nuevo espíritu conduciría fatalmente a unas orientaciones doctrinales y a

6 unas prácticas pastorales llenas de los peligros de una modernidad de la que, hasta entonces, la Iglesia había logrado defenderse a base de condenarla solemnemente. Los desórdenes: razón aparente del crecimiento de la reacción Ciertamente, en los tiempos que siguieron al Concilio aparecieron numerosos desórdenes que muchas veces se proponían cambiar por cambiar (especialmente en lo litúrgico), más que cambiar por vivificar lo que estaba inmovilizado por el uso. Se intentaba «llamar la atención», en parte por infantilismo, en parte por diversión, y en parte también por ciertos resentimientos que no dejaban de estar algo justificados, ya que muchas cosas, reprimidas desde hacía tiempo, resultaban explosivas. Pero, en conjunto, fue más un juego de niños revoltosos que algo surgido de una intención perversa. Si se hubiesen reducido a su exacta medida y mirado con cierta sabiduría, se habría visto que estaban abocados a extinguirse por sí mismos, como fuego de paja. A la vista de estos desarreglos, se acrecentó, no obstante, la minoría que, desde el principio, era hostil a las iniciativas del Concilio. Muchos, incluso de entre los que le eran favorables, desearon que sonara la hora del restablecimiento y de la rectificación enérgicos. Volver a la línea del pasado se les hizo una necesidad clara y urgente. Desde entonces, esa minoría no ha aumentado hasta el punto de convertirse en una mayoría real, pero sí domina, gracias a la estabilidad de los grandes cargos de la Curia, un gran número de los puestos claves de la Institución. Lentamente, pero con firmeza, va pesando sobre los destinos de la Iglesia hasta el punto de que hoy, de hecho, es la que domina. Sin embargo, más que la consideración de los excesos que escandalizaron con razón, ¿no hay que afirmar que lo que más ha influido en la decantación de esos espíritus es la aprensión informulable —y, por ende, más inquietante— de un futuro cargado de novedades y de dificultades? Allí donde la fe no es lo bastante fuerte y no está como fortalecida por la comprensión de cuanto Jesús tuvo que conocer, combatir y revelar en el Israel de su tiempo, esta aprensión subterránea e inconfesada hace brotar la angustia engendrada por el miedo a un porvenir totalmente desconocido, cargado de amenazas y de asechanzas y expuesto a los mayores peligros. El miedo ante la nueva etapa es una prueba para la fe de la Iglesia Es verdad que, sin que nadie lo haya previsto —excepto los que de buenas a primeras le habían sido hostiles por temor a sus consecuencias—, este Concilio abre una nueva era en la vida de la Iglesia, un periodo de desestabilización como ningún otro de los que hasta ahora se han conocido, y del que no se puede medir por adelantado ni la importancia ni la duración. Esta nueva etapa, ¿será de vida o lo será de muerte para una religión que, desde hace veinte siglos, ha jugado un papel capital en la historia de los hombres, al menos en Occidente? ¿Quién, razonablemente, podría adelantarse a responder a tal cuestión? Es cierto que, desde hace mucho tiempo, numerosos signos de decadencia harían prejuzgar con fuerza que el cristianismo ha entrado en un ocaso ineluctable, que hoy parece acelerarse y hacerse cada vez más irreversible... Aunque, en sentido contrario, la fe que lleva en sí el discípulo de Aquel que por su vida y por su muerte está en el origen de la Iglesia, le asegura que ésta, de una forma o de otra, saldrá un día de la situación en la que se hunde desde los tiempos modernos y que tiende a marginalizarla, a «folklorizarla» dentro de una sociedad cada vez más secular. Hay que afirmarlo: la Iglesia volverá a encontrar una vitalidad semejante a la de sus orígenes, y más

7 aún. Pero ¿a qué precio desmesurado?, ¿a través de qué crisis de apariencia mortal?, ¿al término de qué decrepitud, que será para ella como el desierto de su éxodo? •Qué forma tomará entonces la Iglesia?, ¿qué Institución renovada se dará? Nadie puede preverlo, y el que, por pasión de amor, se aventurase a pensarlo sentiría la angustia que debió conocer Jesús en la hora en que su misión se abría a una nueva dimensión, más allá de una muerte que parecía cerrar el porvenir para siempre… Sin duda alguna, esta nueva juventud de los «últimos tiempos» será más madura que aquella primavera de las comunidades nacientes de hace veinte siglos, sometida como estuvo a entusiasmos de naturaleza muy diversa y seriamente ambigua. Esos fervores del principio, a menudo exaltados y desorbitados, ¿no estaban demasiado alimentados por la espera apasionada del Día final, casi inminente, y por fenómenos extraordinarios —y también complejos— que adquirieron un desarrollo singular en beneficio de algunos?... Aquellos carismas ¿no les parecían como una confirmación providencial de la cercanía del Retorno? Hay que afirmarlo con seguridad. La juventud que conocerá la Iglesia del futuro, iluminada por la meditación incesantemente renovada de veinte siglos, y de veinte siglos de historia, será más capaz, por su calidad impregnada de interioridad y de vida espiritual en el seguimiento de Jesús, de trabajar en la misión que desde un principio la Iglesia reconoció que había recibido al ser fundada y que ha ido ofreciendo a cada época como mejor ha podido. La mediocridad de los ambientes cristianos está en el origen de los «cambios en falso» de después del Concilio De la misma manera que en los primeros tiempos de la Iglesia se tuvo que realizar un prolongado discernimiento, ahora también se ha de hacer lo mismo. Un resultado capital del mismo consiste en afirmar que las numerosas causas que subyacen a los conflictos actuales provienen, más o menos directamente, de la mediocridad de los medios cristianos, los cuales no tienen nada que envidiar, en este campo, a la sociedad reinante. Los contornos imprecisos de la insignificancia espiritual del mundo de los bautizados son difíciles de medir en medio de las tinieblas del Mundo. Máxime cuando la subhumanidad ambiente, flotante y mate, ayuda a disimular dicha insignificancia bajo las apariencias de una real rectitud de vida y a veces de una piedad sincera. Los católicos en su conjunto, pasivos desde siempre, no estaban preparados para comprender la utilidad del Concilio ni tampoco estaban dispuestos a corresponderle. Una mirada a la historia de los siglos pasados, ya mejor conocida, nos enseña, con realismo y sin glosa edulcorante, cuántas evidencias falsas, cuántas imaginaciones supersticiosas, debidas a la inmadurez general de la época, inspiraban a los cristianos. En el ámbito de la «doctrina», ¿no hay que reconocer que, por sus construcciones «sobrenaturales», más bien materiales y burdas, este cristianismo ha escamoteado las cuestiones esenciales sobre el hombre, sobre Dios y sobre Jesús que tendrían que ser sin cesar, para el creyente, el aguijón de su búsqueda cotidiana y el fermento de su crecimiento espiritual? Y en el ámbito de la «moral», ¿no hay que reconocer también que, debido a una sabiduría mezquinamente sabia, el cristianismo ha cultivado demasiado, en los siglos pasados, un rigorismo que ha llevado a juzgar mal las grandes pasiones del hombre, mostrando únicamente su utilidad para la especie y sus peligros para quienes quedan cogidos por ellas, sin, por lo demás, ayudar a los hombres a descubrir hasta qué profundidad y altura podrían llegar mediante ellas si respondieran a su impulso con fe y fidelidad? Frente al muro espeso de los siglos, algunos creyentes, pocos en número todavía, se esfuerzan por distanciarse de esa insignificancia ambiental y van emergiendo de ella; pero eso sólo se logra a lo largo (y hacia el final) de una vida vivida en la fortaleza y en el peligro, en la fidelidad y la tenacidad.

8 Esa evolución, en constante progreso, la hicieron «transgrediendo» la adhesión ciega inicial a las doctrinas de su medio ambiental, que les eran predicadas en la parroquia. Esa adhesión les hubiera prohibido hacer semejante itinerario, que no está exento de estancamientos, retrocesos y excesos, que cada uno ha de asumir por su cuenta y riesgo. En adelante, su religión, dirigida a la adoración en espíritu y verdad de Dios —por lo menos del Dios que la totalidad de su ser les permite alcanzar--, se independiza y purifica de la religiosidad ancestral y como innata que fue el motor principal de la religión de su infancia. Antes suscribían plenamente, por una obediencia escrupulosa de la que se sienten retrospectivamente satisfechos, aquella religión, como ahora, gracias a una fidelidad perseverante y llegados a una maduración personal, se abren a una especie de transformación, cercana a una real mutación que, poco a poco pero firmemente, se les ha ido imponiendo por las exigencias de la intelectualidad, iluminada por la fe, a propósito de las creencias. Su religión pasa entonces a ser más discreta, más afinada en sus manifestaciones, que, dada la condición humana, siempre serán en cierto modo ambiguas. ¡Qué raros y escasos resultan esos hombres de fe cuya religión se eleva a medida que crece su fidelidad! En medio del gran número de bautizados que sólo son cristianos como por descuido, ante tantos hombres que han seguido siendo creyentes a lo largo de sus años de una manera tan poco adulta que, con la edad, resulta pueril, cabe preguntarse: ¿tienen unos y otros la misma religión? Es verdad que hay muchos hombres inteligentes y despiertos entre los católicos practicantes, pero da toda la impresión de que hay pocos entre ellos que piensen realmente en lo que creen y en las razones de lo que se imponen a sí mismos por disciplina. Excepcionales son los que se emplean en ese trabajo de apropiación y reflexión hasta el punto de hacerlo tema constante de sus búsquedas y, por tanto, de sus criticas —tal como debería ser para que les resultaran espiritualmente fecundas—. Por contraste, ¡a cuántos les resultan indiferentes las actividades religiosas, mientras se apasionan por las que les preocupan e inquietan de veras! Entre estos últimos, no obstante, oscura y tímidamente, algunos (seres de rectitud y de conciencia, más que de interioridad real y de reflexión valiente) sienten esa diferencia de intereses en el centro mismo de su vida. Y es por eso, como para evitar una nota falsa en lo más mínimo, por lo que se aferran a sus certidumbres religiosas con una intransigencia obstinada y con una estrechez de miras desacostumbrada en personas de suficiente cultura. La mediocridad de los cristianos, síntoma del fracaso de la Iglesia La mediocridad de los ambientes cristianos es demasiado general como para atribuirla únicamente a las deficiencias individuales o al «espíritu del mundo moderno». Hay que preguntarse: ¿cómo es posible que la Iglesia haya podido fracasar hasta ese punto en su obra espiritual respecto de sus miembros —incluso con los más dóciles— siendo la organización cultural que más cerca de ellos ha estado durante años, por ejemplo a través de las reuniones dominicales? Es verdad que hay que reconocer el alto grado de moralidad que ha logrado mantener en sus fieles gracias al puritanismo que, desde hace mucho, se ha considerado el signo por excelencia de la vida cristiana cabal, debidamente reforzado, además, por el cultivo de una culpabilidad casi instintiva. Pero ¿es eso verdaderamente suficiente?; lograr esa moralidad ¿es el papel principal que ha de cumplir en el Mundo? Este fracaso espiritual ¿no será debido a que la doctrina y el culto, que la Autoridad ha cultivado en el transcurso de los siglos (y mantenido rigurosamente en nuestra época, por más que ambos resulten

9 herméticos para la mentalidad actual), están más marcados por preocupaciones legales y jurídicas (heredadas del legalismo judío y del juridicismo romano) que por la preocupación de favorecer entre los fieles la actividad personal al nivel de la fe y de la fidelidad? Hoy, la Institución que el cristianismo se ha dado a lo largo de sus crecimientos y crisis, aunque sea más sólida que los regímenes políticos, que ya han perdido la aureola de la divinidad, es incapaz de dar a la Iglesia el rostro en el que los hombres pueden reconocer, en su trascendencia, a Aquel que precisamente ella quiere testimoniar ante ellos. La Autoridad, completamente absorbida por la acción de gobernar que centraliza y uniformiza, conoce la tentación —y frecuentemente sucumbe en ella— de confundir la permanencia y la estabilidad con la inmovilidad. Por eso, en lugar de favorecer su propia actividad creadora, que le sería necesaria para cumplir su misión, apunta principalmente a conservar preservando, a mantener defendiendo, a no cambiar e incluso endurecer sus maneras de ser y de comportarse frente al mundo moderno, tantas veces juzgado perverso, que evoluciona con tanta rapidez y que lo replantea todo, aun a riesgo de perderlo todo... ¿Cómo es tan ciega que no mide el foso que separa lo que manda y enseña y lo que se hace y se piensa en los ambientes cristianos; que no se da cuenta de que su audiencia y autoridad disminuyen cada día y no precisamente por la paja en el ojo ajeno que la mira? La Iglesia, por lo menos en su aspecto visible y social, está perdiendo continuamente fieles que se van sintiendo extraños en ella y en sus parroquias. Algunos son de los que están más vivos, por el vigor de su espíritu y por la capacidad de entregarse a fondo a lo que creen. Su partida no dejará de tener importancia para el futuro... Pero no es sólo esto, sino que ¡cuántos, además, se apartan de la Iglesia o, cuando menos, se niegan a entrar en su Institución, porque en ella la disciplina ocupa el lugar del pensamiento, y se exige la renuncia a lo que pertenece al corazón de la vida sin que medie contacto personal alguno con una autoridad que, por otra parte, no está suficientemente al corriente de las cuestiones planteadas, de modo que impone dicha renuncia sin atreverse a discutir a fondo sobre lo que está en juego! ¿Cómo es posible que esa autoridad no sea lo bastante espiritual como para comprender de qué apuesta se trata? ¿Cómo puede ser que no comprenda que se trata de algo mucho más que doctrinal, de algo vital para aquel que es sancionado y para muchos otros con él? El futuro juzgará severamente el modo dictatorial y lleno de suficiencia con que se ha ejercido el poder papal, tanto a principios de siglo como más recientemente. Si la Iglesia, para ser fiel al espíritu de Aquel del que ha heredado, no llama a la actividad espiritual y no la favorece —única actividad que puede dar el sentido que precisan las mutaciones del universo mental y de las condiciones de vida que actualmente se viven—, descenderá ineluctablemente por las vías de la desaparición que ya se presienten, sean cuales sean los vericuetos que hábilmente intente para evitarlo. Conocerá la suerte de la levadura que se ha endurecido y se desecha, la de la sal que ya no sala. Junto con las otras religiones, se verá abocada a ser, sin remisión, un vestigio de una etapa ya pasada. De la responsabilidad de la Institución El «milagro» del Vaticano II no fue ajeno al modo en que aquellos dos mil obispos se encontraron reunidos, un día, bajo la misma cúpula. En aquel milagro colaboró, frente al dominio deferente pero firme de los organizadores, la oscura y masiva reacción de una Asamblea, al principio más compacta que coherente, pero, por un momento, joven por la misma novedad del acontecimiento. Ordinariamente, los obispos, cuando acuden a la Roma Eterna, son transeúntes rápidos de los

10 pasillos curiales; son como quien acude de provincias a hacer una solicitud en las oficinas de los altos funcionarios. Entre sí, sólo se conocen con ocasión de encuentros fortuitos llenos de cortesía religiosa y de discreción. Además, se ven obligados a hablar una lengua que no les es familiar desde hace mucho tiempo. Por eso, al comienzo del Concilio, llegados de todos los rincones de la Tierra, ignoraban el poder del Cuerpo, que sólo descubrieron en la Asamblea. En ella, la mitra de cada uno adquirió un peso muy distinto del que tenía en las ordenanzas de un ritual vetusto... Hermanos unos de otros como nunca antes se habían sentido, se supieron mucho más que simples compañeros solidarios en la tarea de guardar una doctrina y de hacer observar una disciplina. Se reconocieron unidos en una misión que se les imponía en su universalidad (una universalidad que se acrecía por la diversidad y que era muy distinta de una generalización siempre uniforme de lo mismo). Libres con una libertad mucho más real que la relativa autonomía de cada uno en su diócesis bajo la autoridad romana, se sintieron independientes, como Pablo en otros tiempos se manifestó a Pedro cuando éste vacilaba... Los milagros, sin embargo, no duran siempre. Sólo se repiten con la parsimonia y discreción propia de las fidelidades al impulso creador. En el desarrollo del Concilio —como en el de todos los anteriores— los profesores y administradores fueron más numerosos que los espirituales y contemplativos. Además, ¿no hay que ser grande entre los grandes para ser a un tiempo obispo y profeta? La Asamblea se vio pronto enfrentada a un sin fin de cuestiones nuevas que desde hacia tiempo se habían mantenido bajo la pesada capa del silencio impuesto. Los pocos meses programados se transformaron en años. Y, por fin, el agotamiento impuso un alto... que todavía no ha terminado. Ojalá no quede trasmutado en un toque de retirada, encima triunfal... Basta tomar un poco de perspectiva para comprender lo «imposible» de la situación. ¿Cómo tratar, en efecto, todas las cuestiones planteadas con la autoridad que la doctrina confiere a semejante Asamblea, cuando muchos Padres conciliares no habían oído hablar de ellas antes, si no era para vetarlas en nombre, precisamente, de la fe? ¿Cómo alcanzar, por ejemplo, a propósito de la libertad de conciencia o de la autonomía de las realidades terrenas, una formulación que, sin condenar expresamente lo mantenido siglos atrás (y que había sido justificación de comportamientos tan monstruosos como los que conocemos), afirme, diciendo lo contrario de lo dicho hasta entonces, que su propio contenido está en el recto sentido de la tradición? Aun contando con la ayuda de los «expertos», ¿cómo poner a punto en pocas semanas textos suficientemente precisos, pero al mismo tiempo flexibles, como para reunir a su favor una amplia mayoría de obispos, muchos de ellos no habituados a semejante trabajo de filigrana? Se adivina el esfuerzo de pensamiento, y mayor todavía de redacción, que exigía la preparación de las sesiones plenarias, en las que el voto cerraba el debate y decidía, para los tiempos venideros, con la autoridad que dimana de la infalibilidad del Espíritu Santo cuando planea bajo la cúpula en las horas decisivas. Es más: ¿no subyacía, secretamente, en esas redacciones la preocupación inconsciente de que en el futuro el texto permitiera interpretaciones ágiles que hicieran posible una mayor fidelidad, teniendo en cuenta lo que en aquellos momentos todavía no podía ni decirse ni sugerirse? ¡Cuántas puertas entreabiertas a las que se incorporaron, por precaución, sólidos pestillos! ¡Cuántas puertas cerradas, pero sin dar la vuelta a la llave! ¡Qué frágiles y maleables son, en efecto, los textos conciliares, en cuya redacción se suceden los matices: cada uno dejando lugar al siguiente y como invitándolo para, entre todos, intentar dar, aunque sea de lejos, con el punto de equilibrio inalcanzable de un pensamiento que las pasiones humanas atacan incesantemente y que la realidad vuelve siempre a poner en cuestión!

11 A decir verdad, ¿habría sido posible que los Padres del Concilio hubiesen dado respuestas claras a las difíciles preguntas de la Modernidad, aun cuando desde tiempo atrás se hubiesen aplicado a ellas por fidelidad a su misión, pese a la prohibición impuesta por Roma? ¿No se habrían visto llevados a tener que emplear personalmente toda la potencia de su inteligencia bajo la luz de la fe en el trabajo de enfrentarse y juzgar un cristianismo cuyas maneras de pensar y de imaginar, de construir y de sentir, no dejan de tener cierta relación con las costumbres que antes se perpetraban y con los crímenes que con plena conciencia se cometían? Para que los Obispos hubiesen estado de veras preparados para mantener unas reuniones que determinasen realmente el futuro y se hubiesen negado a los compromisos redaccionales que lo embarullaban, ¿no habrían tenido previamente que aceptar reconocer que la Iglesia —nacida en un tiempo en que, en cierto modo, hizo explosión la alegría de la vida eterna al fin hallada en esta tierra— había llegado, a lo largo de su historia, a veces demasiado marcada por las costumbres del poder, a estar ampliamente corrompida? Un Concilio así preparado hubiera tenido que vivir su primera jornada, con una unidad sin fisura, «bajo saco y ceniza». Grande entre los grandes, se habría situado entonces a la altura de abrir una nueva era para la Iglesia. Habría podido plantear los verdaderos problemas de los que dimanan las demás cuestiones que plantea la vida espiritual cristiana, y sería más consciente de sí misma en adelante. Esos problemas habrían sido planteados para que el creyente, a su luz y bajo su aguijón, se pudiese medir con su propio misterio y con el de Jesús, y así, en espíritu y verdad, se hubiese podido acercar al misterio de Dios. Entonces, sobre la roca por fin descubierta bajo los escombros de las pasadas construcciones, y aunque por poco tiempo, se hubiera levantado un edificio en el que los hombres hubieran querido crecer... Pero hay que afirmarlo: para que la inteligencia iluminada por la fe se hubiese desplegado feliz y poderosa en la libertad creadora, al Concilio le faltó, decididamente, promover una auténtica renovación de la vida de fe y de fidelidad en el seno de la Iglesia, a través de una profundización en el misterio del hombre y en el misterio de Dios, gracias a una comprensión más honda de lo que tuvo que vivir Jesús para ser el que llegó a ser. ¿Es licito extrañarse, entonces, de que algunas estructuras fundamentales de la Institución continúen pesando hoy como ayer en los destinos de la Iglesia? Aunque sólo sea por rápida alusión, enumeremos algunas. — La elección del Papa por sólo los Cardenales, que han sido escogidos en su mayoría por el predecesor, el cual, de esta forma, está «proponiendo» con fuerza su sucesor, según una estabilidad demasiado rígida. Se sabe que algún prelado de talla truncó su carrera eminente y fecunda por proponer ensanchar el cuerpo de los electores. — La colegialidad de los Obispos, que felizmente revalorizó el Concilio, ¿no fue desde sus comienzos atacada en su fundamento cuando se les vetaron cuestiones de lo más importante porque interesaban a le vida más personal e íntima de sacerdotes y laicos, hombres y mujeres? Las decisiones de la colegialidad ¿no tendrían que extenderse a lo que concierne al gobierno y a la enseñanza de las Iglesias? — La elección de los Obispos, ¿no resulta criticable que se decida en Roma y no sobre el terreno y que, a veces, se haga en oposición a los Obispos del lugar? Según referencias confidenciales indiscretamente publicadas, ¿no es verdad que se concede tanto valor, o más, a la doctrina bien aprendida y repetida y a los modos de comportamiento conformes al uso que al vigor de carácter y

12 a la profundidad en la vida espiritual? — La necesaria descentralización de una institución que, desde que los medios técnicos lo permiten, acentúa su tendencia a la concentración del poder directo... particularmente de las finanzas, cuya presión, en ese sentido centralizador, se puede adivinar... — La necesaria autonomía de los Obispos, cuyos poderes tendrían que estar a la altura de sus responsabilidades de apóstoles y pastores. ¡Qué apostolado lleno de iniciativas atrevidas les espera, de hecho, en el futuro inmediato y en las diócesis, que en su mayoría se están convirtiendo en desiertos donde la sed arroja a los hombres por el camino de los espejismos, tanto del pasado como del futuro! La Restauración: período de prueba para la Iglesia La restauración que se anuncia está ya en marcha. El cardenal Ratzinger, hombre inteligente y valeroso, que sabe decir claro lo que piensa y que quiere con firmeza lo que decide, lo asegura. Se le puede creer. Además, no está solo. Un equipo, ya casi todopoderoso, se ha constituido progresivamente según un proyecto claramente concebido y tenazmente perseguido. Los puestos de decisión importantes se van ocupando, poco a poco, aprovechando el oportuno retiro por edad de sus titulares. Es más, nada faltará al éxito de la empresa, ni siquiera un cuerpo bien disciplinado y «financieramente» bien guarnecido que, mezclado con las multitudes que se reúnen, sabe arrancar a tiempo los aplausos y orquestar también las protestas cuando las palabras que se pronuncian —se necesita tener coraje, y sólo algunas mujeres han osado hacerlo— no están conformes con los textos que antes han sido convenientemente revisados y corregidos por los servicios de la curia. Algunos aspectos de esta restauración, enumerados rápidamente, son: —Los impedimentos múltiples a una verdadera pedagogía catequética y bíblica y la vuelta a las fórmulas fijas. —El rechazo de los ensayos de renovación en la pastoral penitencial. —El bloqueo de algunas cuestiones que plantea la gente que está en la avanzada de la Iglesia en diferentes regiones del mundo: inculturación del cristianismo en África, en Asia, etc., ordenación de casados, ministerios femeninos... —El endurecimiento del foso entre sacerdotes y laicos (a los laicos la acción en el mundo, a los sacerdotes el culto). —La contradicción entre un discurso público en favor de los pobres y las sospechas que se difunden sobre las teologías de la liberación. —El retraso táctico en la nominación episcopal de sedes vacantes hasta poder colocar al predestinado desde fuera. —La fundación de nuevos organismos que duplican a. los que se abrieron a raíz del Concilio y que terminarán por dominar, dada su dotación de medios poderosos. ¿Cómo se ha podido llegar al convencimiento de que la vuelta a los errores y defectos del pasado es el único modo de remediar las deformaciones y desviaciones del presente, siendo así que los primeros, precisamente, se cuentan entre las causas más importantes de las segundas? Ciertamente, el temor de que esos desórdenes se perpetúen influye en parte. ¿Qué hombre de gobierno no sería sensible a ello? Pero, además, está el vértigo de lo que habría que arriesgar para levantar un porvenir desconocido y lleno de amenazas. ¿Quién que reflexione podría dominar ese vértigo, a no ser que tenga la fe que mueve montañas? Por eso, este período, marcado por un esfuerzo de restauración, es necesario al devenir de la Iglesia y a su fidelidad, de la misma manera que en el hombre verdadero son necesarias las crisis que le vienen cuando su vida espiritual languidece, se deteriora y tiene que convenirse de nuevo. Tanto

13 más profunda y cruel es la crisis cuanto más grave y exigente es el futuro de ese hombre. Así ocurre, en efecto, con la Iglesia. ¿No lo muestra su historia? En los momentos de mayores desfallecimientos y desbordamientos se alzan creyentes de talla que se adelantan a su tiempo y preparan el futuro. Y el pueblo. En verdad, aunque todo se decide sin contar con él, nada se hace sin él. En su base y no en la cabeza se hace el trabajo más importante, aquel del que depende el futuro. Ahí es donde se pueden entrever los primeros anuncios balbucientes de la Iglesia de mañana que lentamente se abre paso. Mil búsquedas condenadas al error, otros tantos ensayos destinados a fracasar, todos se ayudan, por una especie de misteriosa interacción, quizás comunión, que prepara el «monasterio invisible» de los discípulos de Jesús «dispersados hasta los confines de la tierra». ¡Qué vitalidad hierve hoy en las Iglesias que ayer dormitaban en torno a las cátedras del magisterio y los coros de las catedrales! Cuando, por una parte, se sienten los primeros espasmos de las cristiandades agonizantes, por otra, todos los temores y miedos que oprimen a la Iglesia en un sufrimiento de mutación pueden encontrar algún remedio a la vista de esa fuerza, todavía latente, pero que avanza en olas sucesivas... Pero, para reconocer esta fuerza en su savia más que humana, hay que colaborar en su acción en el Mundo con la totalidad de sí mismo n el don que sólo la muerte acaba al darle su cabal cumplimiento... La hora es grave para la Iglesia, para todas las Iglesias, aunque sus situaciones sean diferentes y apunten a maneras de ser y de pensar, de decir y de hacer muy diversas. Para una minoría no despreciable de cristianos, sacerdotes y laicos, para los que lo que está en juego se cuenta entre lo más querido (más querido incluso que la misma vida), los signos que de todas partes acuden actualmente desde el horizonte, presagian, en el orden de las ideas y de los comportamientos, definiciones y decisiones que pretenderán ser irrevocables y que se esforzarán en serlo. Para algunos, para los que desde el final del Concilio las esperaban con todas sus fuerzas, serán fuente de satisfacción. Pero ¡cuántos otros creyentes —entre los que se cuenta el autor— tendrán que soportar sufrimientos difíciles de asumir de forma que no sean esterilizantes y funestos para su vida espiritual lo mismo que para su acción en la Iglesia! (sufrimientos tanto mayores cuanto que, gracias a su experiencia como testigos de la fe ante los hombres, prevén que las vías que se pretende reabrir abocan sin remedio a situaciones sin salida...). Ojalá que las medidas autoritarias, que se van a imponer próximamente al pueblo cristiano, no acentúen el desapego —ya muy grande— de' las capas más vivas del pueblo cristiano; por ejemplo, de aquellos que, por sus exigencias intelectuales —multiplicadas y acentuadas por los resultados de la Ciencia, y a veces también por sus pretensiones—, tienen dificultades en sentirse satisfechos con lo que la Iglesia se limita a enseñar. Como demasiado a menudo en el pasado, ¿no se verán empujados muchos de ellos a desesperar de ella y a abandonarla silenciosamente, de puntillas, sin ruido? Su marcha hará todavía más difícil, más improbable, la mutación de que precisa insoslayablemente la Iglesia para ser fiel a su Misión. Pero no sólo es tiempo de prueba para una minoría. En los próximos tiempos se revelará de forma meridiana lo más profundo del ser de todo cristiano. Los cristianos, más allá de su hacer y decir, serán juzgados por el tesoro escondido debajo de su conciencia, que se revelará de modo manifiesto; aquel tesoro que nutre el fervor de sus comportamientos, mucho más que las razones que suelen aducirse, manifestará plenamente y sin componendas lo que esencialmente viven los cristianos a nivel de «su religión» y que tan a menudo resulta tan superficial... ¡Entonces se verá qué pocos son los cristianos que de forma adulta reflexionan seriamente lo que creen! La gran mayoría

14 no lo hace nunca, o sólo por personas interpuestas, o sólo en tiempos fraudulentamente introducidos, entre paréntesis, en el curso de su vida... Ojalá que nadie se desaliente en esta hora de la verdad que suena sin cesar como cuando tocan a muerto. Son tiempos en que, privados poco a poco de las facilidades abundantes de una cristiandad poderosa, se verán desposeídos de certidumbres y seguridades heredadas tranquilamente al nacer. Por esto, los cristianos tendrán que reconocer que, lo mismo que su Iglesia y en unión con ella, cada uno necesita personalmente un nuevo nacimiento, comparable en importancia al primero. Cada uno, según las etapas de su conversión, deberá trabajar en un nuevo advenimiento de la Iglesia, sabiendo que tal obra ha de ser incesantemente cuestionada y reemprendida. Así conocerá cada uno, a lo largo de su vida y en el tiempo oportuno, la hora a la que fue llevado Jesús al final de sus días; allí donde la fe desnuda, la esperanza sin apoyos de esperanzas y el amor impotente y blasfemado se mantienen en pie en medio del abandono: hora y pórtico que abren al misterio en el que todo principia y encuentra su fin. Ojalá el autor, con estas reflexiones y las que siguen en este libro, pueda ayudar a los buenos obreros del cristianismo del mañana tanto a dominar la angustia que desespera, como a desarmar la ira que amarga, cuando se tiene a la vista lo que se avecina. ¿No es fundamental, acaso, que los cristianos, a toda costa, perseveren en su interés por los destinos de la Iglesia, incluso si se les empuja fuera, y también que persistan, aunque ella les rechace, en ayudarla a llegar a ser la Presencia que el Mundo, sin saberlo, necesita perentoriamente para no ser llevado, paradójicamente, a su ruina a fuerza de sus propios progresos en el orden del conocimiento y de la técnica? ¡Jesús! , en estos tiempos en que por todas partes lo viejo cruje y en que, sin embargo, no apreciando iniciativas verdaderamente creadoras, se llega a exaltar un pasado cuyas deficiencias, cercanas al contrasentido y a la traición, son causa de la crisis del presente; en estos tiempos en que, por reacción, algunos se aferran a lo que todavía permanece, aunque no sea más que ruina; en que se intenta revivir lo que otrora era vivificante y ahora no puede ser sino engaño piadoso; en estos tiempos, da a tus discípulos la paciencia que Tú no tuviste posibilidad de ejercer porque eras demasiado grande, demasiado «poderoso» para que te lo permitieran. Tu mensaje iba muy por delante de tu tiempo. La brecha que tu mensaje tenía que abrir a través de todos los siglos y lugares, ¿no exigía de Ti la impaciencia «suicida» que rápidamente hizo que te condenaran a muerte y te hicieran desaparecer? Da a tus discípulos la luz y el poder de vivir de modo perseverante y discreto en la fe y en la fidelidad, a fin de que sean, cada uno en su lugar —el más modesto y oculto es el mejor—, los obreros, ínfimos y efímeros, pero necesarios, de este combate entre lo nuevo y lo viejo que no cesará mientras que en esta tierra y en tu seguimiento, haya hombres que se levanten como Tú lo hiciste, y que perseveren en pie y en camino gracias a lo que Tú has llegado a ser para ellos.

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1 LAS RELIGIONES DE AUTORIDAD Y LA RELIGION DE LLAMADA I.

Las religiones no son únicamente una manifestación de la vida de los grupos humanos; aunque sea indirectamente, proceden de Dios. — Su autoridad se ejerce primordialmente en el orden de lo social. — Límites de la acción espiritualizadora de las religiones de autoridad. — Las religiones de autoridad son necesariamente conservadoras. — Los tiempos modernos colocan a las religiones de autoridad en una encrucijada. — Otro obstáculo fundamental para ellas es que la verdadera unidad entre los hombres no puede ser nunca resultado de una acción política o social llevada a cabo por una religión de autoridad. No hay ninguna doctrina que pueda ser comprendida y tenga que ser aceptada de la misma forma por todos los hombres. — No hay ninguna ley que pueda ni tenga que ser cumplida por cualquier hombre y en cualquier circunstancia que sea. Las religiones de autoridad están condenadas a desaparecer.

II.

Las pretensiones de las religiones de autoridad son excesivas, pero no sin fundamento. — Su acción, aunque al comienzo de la vida espiritual es beneficiosa, se encuentra demasiado limitada como para no fracasar más tarde. — La reacción contra una religión de autoridad puede ser síntoma de vitalidad espiritual. — La religión de llamada. — La religión de llamada acaba las religiones de autoridad. — Relaciones de la religión de llamada con las religiones de autoridad. La religión de llamada y las religiones de autoridad tienen historias diferentes. concepciones de la unidad son diferentes. — Sus comportamientos son diferentes.

Sus

Lo esencial y lo indispensable. — En la religión de llamada, la autoridad no es esencial, sólo es indispensable. III.

El cristianismo ha sido, desde su comienzo, una religión de autoridad. — La autoridad de Jesús. — Diferencia entre la autoridad de Jesús y la de la religión establecida de Israel. -Autoridad del cristianismo de llamada. — Necesidad histórica del cristianismo de autoridad. — El cristianismo de llamada estuvo presente desde el principio bajo el cristianismo de autoridad. -- La co-existencia de una religión de autoridad y de la religión de llamada es algo característico del cristianismo. La contradicción que implica la co-existencia de una religión de autoridad y de la religión de llamada está en el centro de la vida de Jesús. La preponderancia de la autoridad sobre la llamada en el cristianismo amenaza su misma existencia. — Dificultades extremas de un cristianismo reducido a no ser más que religión de llamada. — Necesidad de una mutación profunda del cristianismo. — Grave impreparación del cristianismo para afrontar y llevar a buen término esta mutación.

16 IV.

Lo que el cristianismo ya nunca más será y tiene que aceptar no ser. — La misión esencial del cristianismo no puede serle arrebatada pero, en adelante, le exige una fidelidad más exacta que la que tuvo en el pasado. I

Las religiones no son únicamente una manifestación de la vida de los grupos humanos; aunque sea indirectamente, proceden de Dios. Cuando el hombre es un primitivo, o cuando lo vuelve a ser, y se encuentra reducido y acorralado por las circunstancias, espontáneamente grita su desamparo hacia un Dios que es dueño de los acontecimientos. Su religiosidad, aunque proceda de un cierto sentido de lo sagrado, está toda ella polarizada hacia los bienes del tener, bien sea que los desee en este mundo o en algún otro mundo del más allá. Esta religiosidad, instintiva en todos los hombres, semejante en todas partes, se manifiesta en numerosas religiones que difieren unas de otras a causa sobre todo de las condiciones geográficas e históricas de su nacimiento y de la zona concreta de su expansión. Estas religiones están tan marcadas por las costumbres de los pueblos en los que reinan, han inspirado hasta tal punto las estructuras de la sociedad medio política, medio religiosa, en que se encarnan, que cuando nos limitamos a conocerlas —a estas religiones--- únicamente desde el exterior, sin entrar en lo íntimo de la vida religiosa de sus adeptos, no podemos llegar a entrever ni a apreciar la verdadera calidad de su origen. Por esta razón se ha tendido, por lo general, a no apreciarlas en su valor y a pensar que no eran más que una manifestación, semejante en todos sus aspectos a otras, de la vida de los grupos humanos. Sin embargo, estas religiones no «serían» si no tuviesen, cada una según su propio genio, el rasgo común de tener en su seno auténticas aproximaciones al absoluto. Inspiradas por la intuición de la divinidad que a cada una de ellas le es propia y que, de alguna manera, también cada una monopoliza, pero, al mismo tiempo, preparadas y solicitadas por las condiciones de todo tipo en las que se desarrollan, de suyo vienen a enseñar una ideología proporcionada a las capacidades intelectuales medias de sus fieles. Dan reglas de vida adaptadas a las posibilidades materiales, psicológicas y sociológicas de su tiempo y de su país e imponen sus leyes en nombre de la autoridad divina que ellas reivindican y que su doctrina fundamenta. La autoridad de estas religiones se ejerce primordialmente en el orden de lo social. Estas religiones piden una adhesión de tipo colectivo. No parece que al principio sea necesaria una profundización humana para que su enseñanza sea recibida. Ni tampoco parece exigir, esta enseñanza, que ulteriormente cada uno tenga que seguir estando a la altura de una recepción nunca terminada mediante iniciativas y búsquedas personales continuas. Por tanto, estas religiones no ayudan en nada a una maduración que tenga que ir en aumento. Más bien, tienden a dispensar de ella, dado lo barato que ofrecen sus certezas sobre el destino de los hombres. Estas religiones, en efecto, se limitan a exigir una obediencia que frecuentemente queda sancionada ya aquí abajo, pero, sobre todo, en el más allá, por recompensas y castigos divinos. Esta obediencia a prescripciones, que cierto refinamiento hace, a veces, minuciosas, se mantiene inevitablemente en un nivel relativamente superficial. De este modo, estas religiones, exactamente proporcionadas a las necesidades primarias de una vida

17 en común y a las capacidades elementales de una humanidad todavía poco desarrollada, tienen como objetivo principal la organización de sus miembros en grupo social, en sociedad, lo cual incluye su moralización en la perspectiva de ese mismo objetivo. Sin duda, sus doctrinas y sus leyes hunden raíces profundas en el corazón de los hombres pues, a decir verdad, de ahí han salido. Se corresponden con esa parte de humanidad que es común a todos y que la vida en grupo pone de manifiesto, sin que sea necesario que cada uno se la apropie. Esto explica su eficacia indudable, pero también sus límites, dado que no exigen a cada uno una real conversión de corazón, ni les ayudan a desarrollarse siguiendo cada uno su propia originalidad. El primer resultado de estas religiones, con el que, sin más, quedan peligrosamente satisfechas, es fundar una civilización gracias al amaestramiento colectivo de sus miembros. La profundización humana, sin ser completamente dejada de lado, queda en segundo lugar, bien sea porque se juzga inaccesible para la mayoría, bien porque se la tiene por algo superfluo, que, además, comporta graves peligros de individualismo y de subjetivismo. Límites de la acción espiritualizadora de las religiones de autoridad. Estas religiones inculcan en sus miembros, generalmente desde la infancia, hábitos que, por la repetición frecuente y regular de los mismos ritos realizados colectivamente, poco a poco acaban por ser instintivos. Se inscriben en las costumbres a fuerza de prácticas consagradas por la tradición, y ello no sólo con motivo de los grandes acontecimientos de la vida, sino también con ocasión de las acciones más cotidianas. De esta manera forjan un lenguaje, una forma de comportarse común a todos, una manera espontánea de decir y de pensar..., en definitiva, unas formas que, por más desarrolladas y profundas que sean, siguen siendo, sin embargo, superficiales. Estas religiones, en efecto, dejan casi en barbecho aquel fondo de humanidad del que, sin embargo, cada uno podría extraer su verdadera personalidad. Sólo lo cultivan en la medida en que se lo exigen sus fines; fines sobre todo de tipo social. Por esto cuando el hombre se arranca de su medio de origen, estas religiones que no supieron ni quisieron arraigarse en él y nutrirle de verdad, ya no son nada para él. Y también por eso, estas religiones, que sólo supieron proteger al hombre de lo real mientras lo real no irrumpía y se imponía con demasiada brutalidad, cuando no es así, es decir, cuando los acontecimientos arrojan cruelmente a ese hombre desnudo hacia su destino particular, lo abandonan, lo dejan sin otro recurso que su propia reacción vital, ya debilitada o quizás incluso falseada por ellas. Sin duda, las más evolucionadas de estas religiones, gracias a su propia intuición del Absoluto, esbozan en sus fieles una primera interioridad. Sin embargo, sólo los mejores de entre esos fieles llegan, poco a poco y sobre todo gracias a sus recursos personales, a desarrollar esa interioridad que todo tiende a disipar. Así es como pueden alcanzar individualmente un alto grado de humanidad. Ahora bien, el triunfo de las excepciones no debe disimular el fracaso espiritual generalizado de las religiones de autoridad. Esas religiones son, en la mayoría de los hombres en los que logran imponerse, el obstáculo que —en caso de que esos hombres sintiesen y quisiesen seguir la exigencia de ir más allá de lo enseñado y mandado— se lo impediría... Después de haber sido verdaderamente útiles en su propia línea despertando a sus fieles, acaban por aprisionarlos en unas convicciones y prácticas que sólo se viven a medias, incluso cuando la adhesión a la doctrina es ferviente y la observancia de la ley rigurosa. Sencillamente porque estas religiones, por su propio modo de ser, no son capaces de llevarles hasta el comportamiento verdadero en el camino de su profundización. Benéficas al principio y durante algún tiempo, no pueden suscitar en ellas la energía necesaria para

18 que superen lo que no es más que un medio y que ellas, en cambio, pretenden que sea un fin. A la larga, llevan a los hombres, casi irremediablemente, a perderse en el callejón sin salida de la rutina y del formalismo. Estas religiones son necesariamente conservadoras. Las religiones de autoridad realizan principalmente su acción en el orden de lo social. Lo hacen con un poder y una amplitud propias de las técnicas de su tiempo. Además, para asegurar su prosperidad y su eficacia, tienden a influir y dominar poderosamente en las sociedades en las que se desarrollan. Al menos, intentan impedir que esas sociedades tomen una orientación que se oponga o que simplemente sea ajena a lo que ellas enseñan y mandan. Esta es la razón por la que las religiones de autoridad, que en sus inicios fueron probablemente innovadoras —cuando no revolucionarias—, una vez que han logrado instalarse, acaban siendo necesariamente conservadoras en todos los niveles. No obstante, con la llegada de la ciencia, y con las conmociones materiales y psicológicas que provocan los progresos técnicos, las sociedades terminan por salir del regazo materno de las religiones de autoridad que, desde un pasado lejanísimo, las educaban y a menudo las dominaban. Tal es el origen de una crisis grave, que será sin duda mortal para esas religiones. Todas las religiones de autoridad tienen que permanecer idénticas a sí mismas. Aunque conozcan algún desarrollo y evolución, no pueden modificar en nada lo que en el pasado afirmaron de forma segura o mandaron con fuerza. De lo contrario, ¿cómo conservar ante sus miembros el carácter absoluto que se atribuyen y que necesitan para imponerse y subsistir? De hecho, durante numerosos siglos y hasta tiempos recientes, todas las sociedades humanas evolucionaron de forma muy lenta. Esta cuasifijeza de las sociedades favoreció a las religiones y éstas, a su vez, colaboraron en esa fijeza gracias a la poderosa influencia que tenían sobre las gentes. Tuvieron, con todo, alguna evolución, en estrecha conexión con la de las sociedades, pero fue lo bastante mínima como para que permaneciese invisible o por lo menos suficientemente disimulada. Los hombres tienen una memoria corta y no piden más que olvidar. Su necesidad de seguridad es, en cambio, grande y no aspiran más que a que se les dé. En estas religiones, su antigüedad venerable y su inmovilidad revestida de inmutabilidad confirmaban su origen divino. Sin embargo, este período de la historia se está terminando. Por ello, tienen que luchar contra el mismo torbellino que agita con violencia a las sociedades y las hace evolucionar con rapidez hacia un futuro desconocido. Los tiempos modernos colocan a las religiones de autoridad en una encrucijada. Si las religiones de autoridad permanecen ajenas a todo cambio con su actitud altanera en medio de un mundo en continuo movimiento, es de prever que entre ellas y éste se abra una fosa cada vez más ancha y profunda. Las evidencias espontáneas y las corrientes colectivas que facilitaban antaño el reinado de las religiones desaparecen. Aparecen en su lugar dificultades graves a las que se añaden las nuevas preguntas, los entusiasmos que suscitan las corrientes ideológicas del momento, y que son hostiles o ajenas a ellas. Viviendo a la defensiva frente a las sociedades modernas, en lucha desigual con ellas, no disponiendo ya ni del poder político, ni de la organización social ni del dominio de la economía, perdiendo poco a poco su influencia en la educación y en la cultura, expuestas a las reacciones a veces violentas que suscitan sus pasados —que no son inmaculados—, se sienten impelidas a endurecer una autoridad que, en adelante, estará preocupada sobre todo por afirmarse. Atrincheradas a la defensiva tras su ortodoxia y su disciplina, confinadas en pequeños cenáculos de iniciados, humanamente cada vez más exangües y petrificados, están condenadas a una muerte lenta. Los hombres que permanezcan en ellas —a los que más que creyentes se les puede llamar adeptos—

19 , paralizados por su necesidad de seguridades y su deseo de certezas, cerrarán filas en una forma de devoción típica que la adhesión ciega a las creencias y la sumisión pasiva a las observancias promueven y fomentan. Si, por el contrario, en estos tiempos en los que la aceleración de la historia se acentúa, las religiones de autoridad quisiesen adaptarse a las nuevas condiciones, entonces tendrían que modificarse de un modo tan considerable que ya no podrían considerarse y afirmarse como inmutables. Claro que podrían usar aún de sutilidades para seguir manteniendo su inmutabilidad; pero esas argucias sólo engañarían a los que las inventasen y no convencerían más que a los que a priori lo deseasen. También podrían dedicarse a buscar adaptaciones ingeniosas; pero con ellas no aportarían más que justificaciones artificiales a prácticas ya caídas en desuso y desprovistas por tanto de valor propiamente humano y religioso. Las religiones de autoridad, en esta evolución que no dominan, van a perder necesariamente la autoridad absoluta que tenían sobre sus fieles, por más que la reivindiquen en nombre de Dios con una intransigencia creciente... Otro obstáculo fundamental para las religiones de autoridad, es que la verdadera unidad entre los hombres no puede ser nunca el resultado de una acción social y política llevada a cabo por una religión de ese tipo. También de otra forma, aún más decisiva, se tambalea sordamente la autoridad divina que estas religiones invocan sin restricción ante sus miembros. Cada una de estas religiones, cuando está suficientemente evolucionada, no puede contentarse con ser únicamente patrimonio y propiedad de una raza, de una nación o de una civilización. Busca extender su reinado sobre todos los pueblos. En efecto, para atribuir a su religión una verdadera trascendencia, los hombres tienen necesidad de concebir, si no la próxima realización de semejante proyecto de expansión a todo el género humano, sí, al menos, su posibilidad. Antiguamente, esta expectativa, en una humanidad dividida en compartimentos estancos, cuyas partes se ignoraban entre sí, no carecía de fundamento razonable. El mundo conocido por cada religión resultaba de una talla suficientemente reducida para que una expansión mitad política mitad religiosa, pudiese concebirse. Con el conocimiento de las verdaderas dimensiones de la humanidad, esta expectativa se ha convertido en una quimera. Es más, actualmente resulta patente que el poder político, necesario sin ninguna duda para una expansión semejante, se liberará cada vez más, en el futuro, de toda tutela religiosa; y es también patente que la sociedad, atea explícitamente o no, en la práctica, se esforzará por ser ella quien reemplace a las religiones ante los hombres, haciendo que disminuya su anterior influencia sobre ellos. A esto se añade que, gracias a los progresos de la etnografía, el hombre descubre que entre sus «semejantes» se da una diversidad extrema de la que antaño no tenía ni idea; era imposible que entreviese esa variedad a partir de unos conocimientos que se limitaban a los del país minúsculo en que vivía, cuya población era relativamente homogénea. En adelante, entre los hombres, la única unidad fundamental que pueda darse ya no nacerá más que de la convergencia de las realizaciones personales de cada uno hacia un más allá de sí mismos, que surgirán del misterio propio de cada cual. Esa unidad ya no pertenecerá a un orden colectivo, que sólo forma a los individuos desde el exterior. Incluso si (eventualidad por otra parte muy improbable) una religión de autoridad llegase a excluir a todas las demás y llegase a extenderse por toda la tierra gracias a su poder político o incluso gracias

20 únicamente a la elevación irradiante de su ideología, esta unificación seguiría siendo superficial, y resultaría indigna de la universalidad cuya realidad suprema y como absoluta sería entrevista cada vez más por los hombres a medida que profundizasen en sí mismos. Incluso en el caso de que (pensando en algo imposible) todos los hombres llegasen a aceptar, en un futuro, una doctrina y una ley comunes, o se les obligase a ello, no obstante, seguirían siendo demasiado diferentes unos de otros en lo íntimo como para alcanzar de esa forma, bajo esa cohesión aparente, una unidad verdadera. La unidad que se fundamentase en esa cohesión, les parecería tanto más ficticia a los hombres cuanto más llegasen a ser ellos mismos. Los hombres, a no ser que acabasen por renegar verdaderamente de su humanidad, de ninguna manera podrían atribuir a esa doctrina y a esa ley un valor absoluto como el que de hecho pretende una religión de autoridad. En adelante, una religión ya no podrá pretender esa trascendencia que la hace absoluta a no ser que se muestre capaz de reunir a los hombres alcanzando a cada uno de ellos en la autenticidad de su ser, y trabajando por realizar, de ese modo, todo lo que hay de valioso en la singularidad de cada uno a modo de riqueza íntima. Este es el escollo mayor en el que acabará chocando, con el tiempo, toda religión que sea únicamente de autoridad y que pretenda ser así absoluta. El hombre, más que ser «engendrado» por lo social, es él quien lo engendra. El hombre es más grande que la sociedad de la que forma parte. Cuando no la supera es que está atrofiado. La unidad de los hombres en el nivel en el que son propiamente ellos mismos no tiene que ver con la uniformidad. No les es extrínseca. No se les puede imponer desde fuera. No les preexiste. Esa unidad «no es» antes de que los hombres «sean». Es una realidad nueva cuyos creadores son los hombres al crearse a sí mismos bajo la acción de Dios, que, de esta forma, se despliega en el movimiento mismo de su acto. No hay ninguna doctrina que pueda ser comprendida y que tenga que ser aceptada de la misma forma por todos los hombres. A medida que los hombres acceden a una intelectualidad más exigente y a una lucidez más aguda, ya no hay doctrina que pueda ser comprendida y creída de forma idéntica por todos ellos, si es que la profesan no de forma verbal o de forma únicamente cerebral o sentimental, sino con precisión y autenticidad en sus vidas. Cuando, para expresar lo que creen y no sólo repetir lo que saben, se esfuerzan por no decir más de lo que cada cual afirma con plena conciencia, sin minimizarlo en nada ni tampoco engrandecerlo, se encuentran con que no pueden dar exactamente la misma significación a las palabras que emplean. En este tipo de diálogos entre creyentes, es frecuente que cada uno deje en torno de su pensamiento (por impotencia intelectual, por descuido o por complicidad —a veces también por educación o por delicadeza—) un margen, relativamente amplio, abierto a interpretaciones que permitan que el otro llegue a un acuerdo aparentemente total; acuerdo sin duda demasiado precipitado y demasiado superficial como para no quedar en lo ambiguo y, por consiguiente, como para no resultar rápidamente ilusorio en parte y, además, de forma irremediable. Sin casi pretenderlo, cada uno doblega el sentido de las palabras empleadas, lo ladea y, sin darle un alcance completamente distinto, por decirlo así, lo acomoda a su propia mentalidad o a la mentalidad de su interlocutor. Pero si, por excepción, uno y otro llevasen más adelante su esfuerzo de claridad y llegasen a excluir, por la definición de los términos empleados y por el rigor de su utilización, todo deslizamiento de sentido, toda atenuación, toda implicación, o toda extrapolación, entonces resultaría que sus posiciones se alejarían tanto más cuanto más se precisasen y, por tanto, resultaría que aquella unidad aparente se disolvería en diferencias irreductibles, aun cuando, en el mejor de los casos, una cierta convergencia a nivel vital se pudiera seguir adivinando a lo lejos...

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Sólo un relativo infantilismo permite esa especie de diálogos de sordos en los que ambos interlocutores se ponen de acuerdo con gran facilidad. La disciplina en el nivel intelectual, incluso la más estrictamente observada, no puede nada contra las discordancias en la comunicación de hombre a hombre. Lo único que hace es disimularlas. Incluso en la comunicación más franca, más directa, existen esas discordancias, cuya importancia es tanto mayor cuanto mayor es también la lucidez y el rigor de espíritu de cada uno de los participantes. Percibidas o no, estas disarmonías están ineluctablemente vinculadas a la condición humana. Son consecuencia y manifestación de la soledad de base del hombre. Además, cuando la vida religiosa las ignora, voluntariamente o no, y se confina en la ciega observancia de normas intelectuales o de otro tipo, se condena a deslizarse hacia un conformismo de apariencias y una inautenticidad íntima que la llevan hacia el letargo espiritual, es decir, hacia la muerte, a pesar de las apariencias que en semejantes casos se cultivan muy especialmente... Lo que cada hombre recibe como herencia, sus itinerarios intelectuales personales, sus experiencias de la vida, el clima de sus evidencias, el ámbito en el que cada uno por su propia cuenta puede verdaderamente afirmar y no únicamente consentir o repetir, todo esto impide que entre los hombres, a partir de una cierta profundidad, se pueda dar una verdadera comunicación de pensamiento explícito con una precisión sin fisuras. A lo sumo, esta comunicación, casi anormal de tan sobrehumana, nace en momentos maravillosos, raros y cortos, excepcionales, cuando se anudan la filiación y la paternidad espirituales. A medida que los hombres van siendo más cultos y más conscientes, una doctrina impuesta a todos por una religión de autoridad no puede recibir legítimamente de ellos más que una aceptación general, relativamente verbal e imprecisa. Una religión de este tipo, para no inducir al hombre moderno en tentación y para no pedirle más de lo que de veras puede dar dentro de la honestidad de su espíritu, para respetarlo, en suma, no debe reivindicar, en favor de la doctrina que enseña, una adhesión unánime e inequívoca, sino que tiene que contentarse con un acuerdo discreto y global, y hasta de una reserva silenciosa, si ésta resulta socialmente indispensable. Esa doctrina común forma parte de la «carta» que, de una forma genérica, los miembros de toda sociedad aceptan observar para vivir juntos con una armonía suficiente. Para ser fiel a su cometido y no ultrapasar su función respecto de sus fieles, una religión de autoridad tendría que soportar, sin intentar disimularlas, las interpretaciones diversas que cada uno tendría que hacerse de la doctrina oficial, a partir de lo que uno mismo es y bajo su sola responsabilidad, de manera que su adhesión personal fuese respetuosa con las exigencias propias de cada cual y también en proporción con sus posibilidades intelectuales que, por esto mismo, se pondrían verdaderamente en acto. En estas condiciones, la doctrina será favorable para cada uno, porque le será útil y no le desviará de su propia profundización en provecho de ningún tipo de formación estándar, que sería una verdadera malformación. El hombre evitará así el tener que engañarse, cosa que siempre es espiritualmente grave. Podrá adherirse a esas creencias sin tener que vincularse a ellas totalmente como a una verdad absoluta. No se verá obligado a plantearse a su respecto reservas que las harían prácticamente inútiles. Esas reservas, más o menos inconscientes o más o menos cargadas de culpabilidad, son siempre, en efecto, generadoras, tarde o temprano, de indiferencia y hasta de incredulidad, en hombres que, sin embargo, son de los que tienen mayor capacidad de interioridad. Si no es de este modo, aunque la religión de autoridad tenga altas aspiraciones espirituales, no logra

22 sino cultivar en sus adeptos una adhesión que, a pesar suyo, permanece en el exterior de sus vidas profundas. Esta adhesión pretende, en efecto, ser absoluta, pero, a pesar de lo que esos mismos adeptos puedan pensar sobre ella, sigue siendo en gran parte ficticia. A decir verdad, no es en ellos más que una simple aceptación que les disimula la profundidad a la que tiene que calar una convicción para ser capaz de influir realmente en la vida. Sólo brota de la obediencia y, más exactamente, de una disciplina colectiva. Puede mandar, por tanto, sobre los actos, puede doblegar a las personas, pero no transformarlas, porque no está suficientemente arraigada en ellas ni surge realmente de ellas. Se limita a propiciar tomas de posición intelectuales e intercambios de pensamientos sin sustancia, es decir, propicia algo que no pasa de ser malabarismos hechos con las ideas y juegos con las palabras. No une el hombre a Dios, sino que le ilusiona de que lo hace. Es una religión que desvía a sus miembros de Dios haciéndolos creer que lo alcanzan. No hay ninguna ley que pueda ni tenga que ser cumplida por cualquier hombre y en cualquier circunstancia que sea. No hay ley que pretenda imponerse a todos sin distinción y que no resulte por ello que va —con harta frecuencia— en contra precisamente del fin que se proponía respecto de algunos. No hay ley que no los sacrifique de esta forma al orden general. Las víctimas son, de ordinario, los más desvalidos y los más pobres, los que tienen más necesidad de ser ayudados. Aunque la ley es útil para el gran número y colabora en su crecimiento, es inevitable que dañe gravemente a los seres que las circunstancias han arrastrado, sean ellos responsables o no, a las zonas extremas de la vida en las que su humanidad se ve amenazada de perdición. Con su brutalidad, su sistemática ignorancia y su indiferencia ante las situaciones más difíciles, la ley impuesta por una religión de autoridad es espiritualmente homicida. Arroja a estos hombres a la excepción y a la marginalidad. Cuando no los carga con la reprobación general, les priva, al menos, de la comprensión colectiva, de esa ayuda siempre útil, cuando no indispensable, que necesitan de forma especialmente urgente en la situación difícil en que se encuentran. A menudo, también, la ley, por su intransigencia ciega, destruye en ellos todo interés espiritual. Los rechazos apasionados que engendra alimentan en ellos una desesperación in- confesada y un sentimiento de ser víctimas de una grave injusticia. Si, a pesar de todo, esos hombres llegan a aceptar la obediencia a la ley, entonces es cuando se hunden definitivamente, por su sumisión incondicionada a exigencias que de hecho les mutilan porque son incompatibles con sus posibilidades actuales e inapropiadas para el desarrollo futuro de sus potencialidades. Lejos de ver en el destino que se les impone de ese modo, una consecuencia de la aplicación incorrecta de unas leyes únicamente válidas para los casos ordinarios, lejos de conformarse con su destino como hombres libres y conscientes de las fatalidades sociológicas de su medio y de su tiempo, arrastran consigo a menudo un sentimiento de culpabilidad que les consume, que les impide vivir su propia expansión espiritual y les encierra en «su pecado» y en su condenación. Las religiones de autoridad están condenadas a desaparecer. Las religiones de autoridad, en la medida en que ayuden a los hombres a profundizar dentro de sí hasta un cierto punto, pero, ulteriormente, por sus doctrinas demasiado imperativas y por sus leyes demasiado generales, acaben por ser un impedimento para que tanto sus fieles como la sociedad avancen en un desarrollo humano más personal, se verán abocadas paulatinamente a desaparecer. Todo ocurre como si llevasen en su seno un devenir que no pueden alcanzar por sus propios medios, del que, sin embargo, necesitarían inspirarse y al que tendrían que aspirar para no terminar corrompiéndose y abortando. Las más espirituales son las más eficaces en promover una primera

23 maduración humana. En su zona de influencia se desarrolla más deprisa no sólo el ateísmo práctico que favorecen los progresos materiales, sino también el ateísmo doctrinal. Este, raramente querido por sí mismo, consiste de ordinario en una rebelión, mitad pasión mitad espíritu, contra la religión de autoridad dominante que, no disponiendo de los medios para llevar a sus miembros hacia su realización, se transforma, por ello, en somnífero —cuando no en veneno— después de haberlos amamantado en los comienzos. En medio de la indiferencia o de la hostilidad general que suscitan sus instituciones, ya inservibles por completo y que, a veces, llegan a ser hasta dañinas, estas religiones retroceden sin cesar. Allí donde son atacadas por la sociedad secular, conocen la derrota. Allí donde viven en un clima pacífico, que es producto de una indiferencia teñida con frecuencia de interés folklórico, pierden también, poco a poco y sin ruido, sus adeptos. Con cada nueva generación, este discreto movimiento de deserción se acentúa. Su importancia se disimula de forma precaria con el número de perseverancias que, a decir verdad, nacen no tanto de la fe como de la vinculación, a menudo pasional, a una ideología social o a un orden político de tinte espiritualista, conservador o progresista, según los temperamentos. Sin duda, si las sociedades civiles llegan un día a ser las únicas dueñas y señoras de los hombres, se evidenciarán como extremadamente frágiles, cuando, en el futuro, hayan dilapidado, incapaces de conservarla y nutrirla, la herencia de hábitos y costumbres, llenos de sabiduría por la experiencia de los siglos, que les legaron las religiones de autoridad cuando quedaron reducidas a la impotencia o a la muerte. Sin embargo la amenaza de esta bancarrota, aunque se hace cada vez más cercana a ojos vista, sigue siendo todavía relativamente lejana. De todas formas, la atención general y los intereses del momento están tan ajenos a este fracaso, que no le reconocerán con tiempo suficiente ni intentarán remediarle, sin tener que pasar antes por el cedazo de las catástrofes. II Las pretensiones de las religiones de autoridad son excesivas, pero no sin fundamento. Las religiones de autoridad se basan en la relación que las une con Dios para situarse por encima de la condición humana. El hombre que de verdad está vivo busca para encontrar; ellas, en cambio, ya han encontrado y no tienen por qué buscar; el hombre llama para que se le abra; ellas, en cambio, no tienen por qué llamar puesto que son ellas las que abren; el hombre pide para que se le dé, mientras que ellas no carecen de nada y son, además, las que dan. Sin ninguna duda, con el uso y a lo largo de los siglos, se verá que estas pretensiones son excesivas aunque no estén desprovistas de razón. Y es que estas religiones, efectivamente, han sido fundadas por hombres de Dios. La relación con Dios que reivindican es, por tanto, real, aunque no tenga consecuencias ni tan sobrehumanas ni tan independientes de las contingencias como ellas creen. Esta relación les garantiza una indiscutible utilidad y viabilidad, aunque relativa y limitada; utilidad variable según sus cualidades propias y según las condiciones de su nacimiento y desarrollo. La vía de aproximación al absoluto que estas religiones enseñan y por las que guían, aun cuando lo hagan de forma velada, imperfecta y a veces ridícula o blasfema, justifica su existencia. Ahí reside el origen de sus éxitos y lo que les permite permanecer, mientras que las sociedades puramente políticas se suceden y desaparecen... Su acción, aunque al comienzo de la vida espiritual es beneficiosa, se encuentra demasiado limitada como para no fracasar más tarde.

24 En contrapartida, a estas religiones autoritarias, les falta una intuición lo suficientemente profunda de las posibilidades espirituales del hombre. Ponen en acción, sobre todo, su naturaleza social; y, a menudo, se limitan a utilizar sus instintos gregarios. Actúan sobre el hombre apoyándose en su pasividad, en su credulidad, en su tendencia a la superstición. Favorecen esas tendencias sin vacilación ni escrúpulos, como si ello no comportase, ulteriormente, graves consecuencias espirituales tanto para ellas mismas como para el hombre. Se limitan a cultivar sus virtualidades de forma indirecta y únicamente en provecho propio. No aprecian en su valor lo que el hombre es en sí mismo, esa última realidad que, quizás, el mismo hombre no ha concienciado todavía. Ignoran que no basta con moldear al hombre por fuera, sino que es preciso llamarlo por dentro a la tarea de su propia creación. Obrando así, las religiones de autoridad se condenan a quedar muy por debajo de la tarea auténticamente espiritual que su origen divino les facilita. Tras de los primeros éxitos, es inevitable que les llegue la hora del fracaso y, después, de la decadencia. Esto sucede a partir del momento en que su acción, debido a sus logros casi únicamente sociológicos, alcanza el umbral que, para ser franqueado, exige de ellas no sólo que civilicen y moralicen a sus miembros, sino que los conduzcan a que profundicen dentro de sí de un modo personal, siguiendo cada uno sus propia trayectoria. El hombre, aunque lo ignore, es demasiado grande, en potencia, como para limitarse a ser espiritual únicamente dentro de los límites —tan estrechos— fijados por el adiestramiento al que le someten estas religiones. Ninguna de las doctrinas ni leyes impuestas de forma general por una religión de autoridad puede guiar al hombre a su realización. Poco a poco, insensiblemente (y esto es un signo de su eficacia en los comienzos de la vida religiosa), si el hombre está suficientemente vivo y es vigoroso, si es lo bastante fiel interiormente como para no limitarse a ser únicamente un ser disciplinado en sus pensamientos y en sus comportamientos, termina por llegar al reconocimiento de la relatividad de las doctrinas y de las leyes, y después de haberlas utilizado con buenos resultados, acaba por superarlas, bajo su responsabilidad, por su cuenta y riesgo. La reacción contra una religión de autoridad puede ser síntoma de vitalidad espiritual. Hay, pues, en el hombre (a partir de un cierto grado de profundización) una exigencia espiritual, una aspiración positiva aunque todavía confusa y ambigua, que hace que el hombre no pueda adherirse sin reserva (reserva a menudo inconfesada cuando se presenta, o sólo consciente a medias) a estas religiones de autoridad (completamente hechas, definitivas, monolitos que se presentan ante él con un carácter absoluto). Para continuar en progresión y no terminar abortando en el orden espiritual, tendría que alcanzar la fe que está más allá de la adhesión sin fisuras a la doctrina y vivir de la fidelidad que está más allá de la observancia más estricta posible de la ley. Si, por el contrario, en estas condiciones y por reacción contra una religión de autoridad, el hombre se hace «antirreligioso», manifiesta con ello un sobresalto humano, sin duda equivocado, pero significativo y, en este sentido, por reactivo, de un valor de vitalidad indiscutible. Este sobresalto, sin ser el patrimonio de los tiempos modernos, es uno de sus valores más prometedores para el futuro... Sin embargo, esta exigencia fundamentalmente humana de que tratamos, necesita precisarse pues, al principio, se manifiesta sobre todo por simples rechazos y rebeldías. Y, con harta frecuencia, una exigencia que se concreta en rebeldía —aunque sea consecuencia válida, si bien turbia, de aspiraciones propiamente humanas y de posibilidades religiosas indudables—, por el hecho de estar sometida a presiones pasionales, acaba por dispensar y apartar engañosamente al hombre de la verdadera vida espiritual. Para que esta exigencia, pues, desarrolle sanamente sus potencialidades,

25 necesita ser purificada de las violencias que la perturban. Y esto, es frecuente que sólo se logre a largo plazo y bajo d peso de experiencias graves. Para que esta exigencia, verdadera sin duda, no se reduzca a reivindicaciones vanas que acaban por esterilizar al que toma ese camino, el hombre tiene que vivirla con paciencia y tenacidad, con prudencia y coraje, dominándose en sus rebeldías y controlándose en sus rechazos. Su fe y su fidelidad dependen de ello. Tiene que transformar sus impugnaciones en espera atenta y en búsqueda. Tanto más lo hará, cuanto mayor sea su progreso en la vida espiritual. Por lo mismo, esta exigencia, que también crece a medida que el hombre profundiza espiritualmente, necesita, para ser colmada y dar su fruto, de una «religión» que no sea solamente de autoridad, aunque lo fuera de una calidad superior, sino que sea de un orden muy distinto. Esta «religión» es, por su naturaleza, completamente distinta de las religiones de autoridad. La llamaremos «religión de llamada». La religión de llamada Esta «religión», gracias a su acción esencialmente interior, aunque se presente a sus miembros desde fuera como una sociedad, se esfuerza por despertar al hombre a sí mismo, más allá del conocimiento que espontáneamente pueda tener de sí. Se esfuerza en sacarlo no sólo de su entumecimiento espiritual inicial, sino también de aquella cierta puerilidad religiosa que ya no se adecúa a su nivel de humanidad. Le conduce especialmente hacia el encuentro de sí mismo. Le ayuda a poner en acto todo lo que es, él mismo, en potencia. Le llama a una actividad de creación que desborda las limitaciones que, tanto la mentalidad como la disciplina colectivas de su medio, se esfuerzan por imponerle. Con este fin, ajusta su mensaje a lo que el hombre puede acoger porque ya está pujando por nacer en él; a lo que es más auténtico y profundo en él; a aquello que, frecuentemente, en ocasiones anteriores, en otros momentos de su vida pasada, ya ha pasado de alguna forma por su conciencia, incluso con claridad aunque todavía de manera evanescente. Este ajuste está muy lejos de ser un sometimiento servil a lo que el hombre desea de forma ocasional y superficial; esto sería propio de una religión de autoridad que se esfuerza por adaptarse cuando se encuentra acorralada e intenta sobrevivir —incluso intentando, a veces, seducir—. La religión de llamada no se somete a las evidencias ni a los intereses del momento o de la época, aunque, en la práctica, tenga que tenerlos en cuenta. Conservando su pureza, apunta esencialmente a ser fermento del hombre. Actúa ante cada uno con la paciencia y la discreción de la fe, en el hombre y en Dios, que no cesa de profesar. La religión de llamada acaba1 las religiones de autoridad. Esta «religión», sin negar a las religiones de autoridad el vínculo que tienen con el Absoluto, impugna los privilegios que se atribuyen y que monopolizan. Les reconoce una misión que, aunque limitada, es necesaria y que, por tanto, tiene que realizarse en la medida de lo posible y de lo conveniente. Pero cuando las religiones de autoridad han ejercido plenamente su papel propio con sus adeptos, se ven superadas por las nuevas necesidades y aspiraciones que entonces, y precisamente gracias a ellas, surgen en quienes hasta entonces habían sido sus beneficiarios. Pero si intentan prolongar su acción adaptándose a tareas más adecuadas a las exigencias del presente, se agotan en iniciativas que tienen que retomar una y otra vez y que son siempre vanas.

1 Nota del Traductor: El verbo que emplea Légaut es «accomplir». Lo traducimos por «acabar», porque nos parece que este verbo incluye el doble sentido de, por una parte, «realizar» y, por otra, «superar» (acabando con lo anterior...), que son los que se desprenden del contexto.

26 Únicamente la religión de llamada garantiza la fecundidad y la perennidad de los resultados que las religiones de autoridad hicieron posibles. Sin la religión de llamada, las inapreciables adquisiciones humanas aportadas por las religiones de autoridad se ven ineluctablemente reducidas a prácticas meramente rituales y a costumbres cada vez más superficiales que, luego, se corrompen en mundanidades y terminan por desaparecer, rechazadas como la sal que se torna insípida. De esta forma, la religión de llamada es la que verdaderamente acaba las religiones de autoridad. En sentido contrario, también es cierto que sin una primera profundización en la que, por lo general, participan necesariamente las religiones de autoridad, la religión de llamada no podría ni nacer ni crecer en el corazón del hombre. Objeto de aspiraciones indudablemente sinceras, pero ciegas, que degenerarían rápidamente en unos vagos deseos de evasión y de anarquía abocados a la esterilidad espiritual, la religión de llamada se convertiría enseguida, para un hombre no suficientemente preparado, en fuente de espejismos, y le serviría de pretexto para toda clase de extravíos. Relaciones de la religión de llamada con las religiones de autoridad. Cuando las religiones de autoridad empiezan a desfallecer ante la tarea que no puede cumplir, no es evidente ni seguro que vaya a aparecer la religión de llamada. Aunque preparada por ellas, no es, en absoluto, su consecuencia. Las religiones de autoridad ni la desean ni la suscitan para que venga a suplirlas cuando ellas están en su crepúsculo y ya no iluminan suficientemente los horizontes del hombre. Por el contrario, un antagonismo indudable se interpone entre la religión de llamada y la religión de autoridad que ha sido su precursora. La religión de llamada, situada al margen de las religiones de autoridad, sin plegarse a sus organizaciones ni inspirarse en sus directrices, parece que hace una acción paralela, como que actúa de contrabando. Además, cuando llega a ser suficientemente poderosa en el hombre, de modo que éste responde a su llamada y la proclama como suya, acaba por ser, de ordinario, sospechosa, combatida y calumniada. No hay resistencia mayor al advenimiento de la religión de llamada que el absolutismo e intolerancia de las religiones de autoridad, que amenazadas en su existencia, se acorazan todavía más, si cabe, tras su sabiduría política, siempre disimulada bajo solemnes profesiones de fe. La religión de llamada y las religiones de autoridad tienen historias diferentes. Las religiones de autoridad necesitan de un fundador2 que trace un plan, establezca sus bases e inicie vigorosamente, si no la culmina, su construcción. Sólo después de todo esto, puede desaparecer el fundador; de lo contrario habría trabajado en vano; ahora sí, su obra ya está hecha y vivirá sin él, segura en su solidez. La religión de llamada, en cambio, nace cada día al paso del sembrador. Cuando la tierra es buena y está suficientemente preparada para recibir la semilla, basta que el sembrador pase y eche a voleo, en el momento oportuno, el grano que el campo está esperando para dar su cosecha a la sazón. El suelo hará germinar la semilla y, según su fertilidad, nutrirá la espiga hasta que madure para la recolección. Pero después de cada cosecha, y en cada campo, el sembrador tiene que recomenzar su gesto. Si no, los campos se volverán a llenar de maleza enseguida...

Nota del Traductor: El texto francés emplea «bâtisseur», que literalmente sería «constructor» o quizás «arquitecto», y que también se podría traducir por «legislador»; pero nosotros preferimos emplear «fundador» porque es más adecuado en castellano, no tan forzado, y su sentido queda claro gracias a la contraposición con «sembrador».

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27 El constructor de una religión de autoridad puede desaparecer, pero su religión permanece en una sagrada inmovilidad a la que a menudo sacraliza un pasado legendario que exalta al fundador al tiempo que eclipsa su personalidad humana. En cambio, sin el continuo retorno del sembrador, sin su perpetua actividad a través de la mediación de hombres que, animados por él, le suceden, la religión de llamada —que de tan amenazada e improbable es pura fragilidad está abocada a la desaparición. Nadie puede conservar su exacto recuerdo sin que de nuevo el sembrador vuelva a pasar... Las concepciones de la unidad en las religiones de autoridad y en la religión de llamada son diferentes. La aparente cohesión de las religiones de autoridad, en los tiempos de su prosperidad, se debe a la disciplinada observancia (hecha de regularidad y de uniformidad) de sus doctrinas y de sus leyes, especialmente adaptadas a los pueblos que gobiernan. La religión de llamada, en cambio, jamás presenta el acabado de las obras terminadas. Emanando de sus miembros, tiene el dinamismo de la vitalidad espiritual de éstos, pero también lleva las marcas de su búsqueda, con un cortejo de preguntas planteadas y no resueltas, de investigaciones atrevidas y llenas de riesgos, y de pasos en falso también. Esta religión, que no es como las otras, que está en continua improvisación, sólo reconoce la unidad de espíritu, que reina sobre la diversidad ilimitada de sus miembros, cada uno de ellos en camino de llegar a ser él mismo, dentro del relativo desequilibrio que implica la condición humana llena de complejidades y de ambigüedades. Su interna cohesión se engendra a través de la convergencia, bajo formas no concertadas de antemano, de diversos caminos personales, en la vía de la fidelidad a la llamada, a lo largo de toda la vida. Siempre nuevas, pero en el fondo de igual estilo, estas andaduras son concertantes. Además, se inspiran y se ayudan mutuamente a descubrirse y a recorrerse. Sin apoyarse exclusivamente, corno las religiones de autoridad, en la solidez de estructuras que, por otra parte, puede sentirse llamada a modificar, la religión de llamada, a medida que se inventa, se va irguiendo en una estabilidad fundamental, por más improvisada e improbable que pueda parecer si se la mira desde fuera. Su unidad, invisible y sin embargo completamente real, se asemeja a la que los hombres, bajo la influencia de una misma inspiración, dan a la obra que crean juntos y en la que cada uno se expresa por completo, por más diferentes que sean entre sí. Nadie habla de esta unidad porque es evidente; nadie piensa en hacer su teoría para ayudarla a nacer y a consolidarse; más bien, toda doctrina sobre ella, construida a priori, no haría sino empobrecerla, ya que, esta unidad no procede únicamente del proyecto que puede elaborar una ideología, por más eminente que sea. Los comportamientos de las religiones de autoridad y de la religión de llamada son diferentes. La religión de llamada, al contrario de las religiones de autoridad, no se encarna primero en una colectividad que luego se desarrolla entre los hombres utilizando medios principalmente de tipo sociológico; se extiende por el contacto individual, por la influencia personal y por las respuestas que ambos —contactos e influencias— reciben. Lo hace con una discreción que contrasta con la amplitud espectacular de las manifestaciones de masas y de los medios de propaganda utilizados por las religiones de autoridad. Los miembros de la religión de llamada no son seres aislados, pero nunca dejan de ser unos solitarios. A medida que van comprendiendo la naturaleza de la íntima llamada que la religión de llamada hace sonar en cada uno, a medida que responden a ella con libertad de espíritu y con tenacidad perseverante, y cuanto más lejos avanzan en el camino que paso a paso les dicta la

28 fidelidad, van siendo tanto más conscientes de su soledad esencial. La comunidad que estos hombres constituyen tiene que organizarse necesariamente, como toda sociedad religiosa, aunque por su esencia difiera radicalmente de todas ellas, puesto que la autoridad y la obediencia se ejercen con un espíritu completamente distinto. También se manifiesta en acciones de conjunto que, sin embargo, no tienen el carácter masivo y colectivo de las manifestaciones que organizan las religiones de autoridad. Sus asambleas se desarrollan en un clima de recogimiento que ayuda a que cada uno alcance el silencio interior. Apuntan a facilitar —porque otra cosa no pueden hacer— el cara a cara consigo mismo y con Dios, a través de todo lo que conduce a la toma de conciencia de la condición humana. Su intención es que cada uno despierte, a través de todo lo que evoca o pone de manifiesto una verdadera profundidad humana, a lo que él es en sí mismo. Con este fin, sus asambleas utilizan la música nacida de la inspiración que actuó en grandes hombres espirituales, que fueron también grandes artistas, y que supieron interpretar, de forma accesible a todos, las más altas aspiraciones del hombre. El canto, muy en particular, puede lograr este despertar espiritual mucho mejor que las consideraciones intelectuales: siempre deficientes y algo torpes, rara vez en armonía con las necesidades y los recursos de los oyentes, pronto anticuadas cuando las generaciones evolucionan con rapidez. Estas asambleas se esfuerzan, también, por cultivar a sus miembros a través de los testimonios de hombres que, al término de una vida vigorosa —si no larga— se han encontrado lo suficiente a sí mismos y han alcanzado así algo de autenticidad. Estos testimonios están al alcance de la comprensión de cualquiera con tal de que se les preste una atención suficiente. Bajo la apariencia de desarrollos particulares y personales, estos testimonios alcanzan a serlo en una dimensión realmente universal, puesto que su finalidad no es la de pretender imponer una forma general de pensar, de decir y de obrar. Ocurre con ellos lo contrario que con una enseñanza autoritaria: adhiriéndose a ella, uno acaba encadenándose a ella; uno termina por convertirse en un extraño para sí mismo en la medida en que dicha enseñanza no está en relación con los intereses del momento, ni adaptada a los estados ni a los ritmos actuales de su vida interior. Las liturgias de las asambleas convocadas por la religión de llamada, por su búsqueda incesante de palabras verdaderas, no encierran al espíritu en un universo ficticio, de otra edad, herencia de un pasado que no se ha sabido superar —una vez que ya sirvió de alimento— por falta de una actividad propiamente creadora. Lejos de ordenar, de sugestionar y de condicionar, tal como hacían las liturgias de antaño, éstas ayudan a que cada uno descubra lo que le conviene según el estado en el que se encuentra. Ninguna consigna sale de ellas, pero sí que irradian, en cambio, un impulso unánime, que lleva a realizaciones tan múltiples como diversas. Lo esencial y lo indispensable. En todo grupo que se sitúe a un nivel propiamente humano y que tenga algo de importancia numérica, existe lo que resulta indispensable para que dure y lo que le es esencial para seguir siendo propiamente él mismo. Lo indispensable condiciona el desarrollo del grupo, el cual, si separamos lo esencial que le caracteriza, no se distingue de los otros más que por elementos contingentes: su reclutamiento, su organización, su política. En tales grupos, lo indispensable es necesario sin ser suficiente; lo esencial es imposible sin el apoyo de lo indispensable. Lo que lo indispensable impone a un grupo tiene, en gran parte, razón de ser en la mediocridad de los hombres tanto si el grupo está fuertemente trabado como colectividad a través de una autoridad que, después de haberla fundado, la gobierna y sigue siendo su pieza clave, como si, por el

29 contrario, se constituye en una comunidad de seres que por su propia iniciativa avanzan por los caminos de la fidelidad que son, de ordinario, convergentes, pero nunca coincidentes. Esta mediocridad se hace más patente cuando los hombres viven en una aglomeración de población numerosa y densa. Además, con ocasión, precisamente, de los determinismos que reinan en toda la sociedad, es cuando lo indispensable se hace especialmente patente porque se impone con urgencia en el ejercicio de la autoridad. Lo esencial, en cambio, apunta y depende directamente de la humanidad de cada uno. No se da a conocer con ocasión de las prácticas de gobierno que, a menudo, bajo el peso de las necesidades, más bien lo ocultan. Permanece fuera del alcance y de los horizontes del hombre que no se compromete personalmente en su búsqueda. El hombre lo conoce sólo en la medida en que lo vive. Lo indispensable, además, resulta más fácil de precisar porque es lo que constriñe al grupo de forma imperiosa y, por tanto, visible, mientras que lo esencial no lo es tanto, cuando existe, porque caracteriza al grupo en lo concreto. Lo indispensable se impone: las circunstancias lo dictan, los tiempos lo confirman y, a menudo sin más demora, la historia pasa cuenta por su omisión. Lo esencial, en cambio, sólo se sugiere; la historia, en lo cotidiano de su discurrir, pasa a su lado sin percibirlo —cuando no llega a negarlo—. Queda disimulado y oculto para ella. Sólo una reflexión personal, solitaria, lentamente madurada, en la que el hombre se confronta consigo mismo y critica con honestidad sus razones de adhesión al grupo del que forma parte, puede permitirle descubrir lo esencial de ese grupo y de él en el grupo. Esta búsqueda no puede desarrollarse con exactitud más que dejando a un lado toda pretensión de eficacia, distanciándose de las decisiones urgentes exigidas por los acontecimientos, y al abrigo tanto de los temores como de los proyectos que el futuro plantea. Todo eso no es sino preocupación que lleva a concienciar lo indispensable, pero que, al tiempo, perturba la mirada simple y directa que lo esencial exige para ser vitalmente distinguido de lo que no lo es. Lo indispensable se venga rápidamente y de forma convincente cuando no se lo respeta. Lo esencial, en cambio, es la paciencia misma. Espera su hora. Si se lo desatiende, lo único que ocurre es que sus llamadas se hacen cada vez más raras. Se reserva para tiempos mejores en los que surjan de nuevo la espera vigilante, esa actitud fundamental sin la que el hombre no puede llegar a entreverlo. Las consecuencias del desconocimiento de lo esencial son capitales, pero a largo plazo. A menudo, cuando aparecen, son implacables y ya es demasiado tarde; exigen más que simples reformas; exigen del grupo una verdadera conversión, que sólo sus miembros son capaces de hacer posible. Esta conversión consiste, para la vida del grupo, en una nueva partida hacia horizontes antaño invisibles, o que se juzgaron utópicos. Exige necesariamente, por parte de sus miembros, la condenación —matizada, sin duda, pero explícita— de ciertas formas del pasado del grupo, e incluso de todo el pasado, pues todo en él es solidario. Si, a lo largo del tiempo, lo esencial que caracteriza al grupo, se fue ignorando poco a poco, significa que, a decir verdad, de alguna manera lo fue siempre, e incluso desde el principio. Por esto, esa conversión pide mucho más que un simple retorno a las fuentes tal y como se utilizaron antaño. Además, para que hoy lo esencial sea reconocido y seguido, en la medida en que puede serlo actualmente, es preciso que los miembros de dicho grupo se esfuercen por penetrar en el conocimiento de su plenitud y respeten su pureza mejor que antiguamente, mejor, incluso, que en los comienzos... Lo indispensable puede cambiar con el tiempo y con el espacio. Incluso es necesario que cambie, porque lo indispensable que no evoluciona ni se adapta a las situaciones pierde, precisamente por ello, las razones que lo justifican e imponen. Queriendo permanecer intangible, endureciéndose en

30 la inmovilidad de las estructuras establecidas, no hace más que degenerar hasta llegar a ser funesto. Lo esencial es tan inmutable como inaprehensible. Para serle habitualmente fiel, hay que ir sin cesar en su búsqueda y redescubrirlo siempre como nuevo. De este modo, al término de aproximaciones diferentes, se deja entrever por fin, siempre idéntico a sí mismo, aunque bajo formas a veces muy variadas y distintas. Lo esencial lleva a que se adopten iniciativas que, siendo ya útiles en el presente, serán más fecundas todavía en el futuro. Las decisiones que exige lo indispensable, aun siendo necesarias en el presente, no tienen por lo general consecuencias favorables en el futuro. Por el contrario, a veces llegan hasta a hipotecarlo. Lo esencial, al contacto con las necesidades, segrega lo indispensable sin jamás confundirse con él. Lo indispensable se encuentra a mitad de camino entre lo esencial y las condiciones contingentes del momento. Se cierne en torno a lo esencial sin jamás confundirse con ello. Oscuramente llamado por lo esencial, se adapta a las condiciones contingentes. Con frecuencia se somete demasiado a ellas y de ese modo traiciona a lo esencial. A los ojos de los hombres y especialmente a los de la Autoridad, lo indispensable se confunde frecuentemente con lo esencial y entonces le usurpa sus atributos. Cuando la Autoridad sucumbe a este espejismo, el grupo humano que tiene bajo su responsabilidad, aunque conserve un cierto dinamismo por inercia, va perdiendo progresivamente su espíritu fundamental, y, en consecuencia, su poder de irradiación espiritual. Corre la misma suerte que multitud de organismos que sólo existen porque han existido, y que al fin y al cabo no se distinguen entre sí más que por las peculiaridades de su historia y las circunstancias concretas de su decadencia. Tal es el caso más común entre las religiones de autoridad, condenadas a conocer la decrepitud después del tiempo de prosperidad. En la religión de llamada, la autoridad no es esencial, sólo es indispensable. La religión de llamada ayuda a que el hombre se encuentre a sí mismo en su propia intimidad, única forma en que puede ser religioso plenamente; se esfuerza por impedirle que se autodispense de esa búsqueda con la excusa de una religiosidad, afectivamente espontánea o doctrinalmente organizada, que supera en poco el nivel del instinto y del espíritu gregario. Se esfuerza en que el creyente adquiera conciencia de la acción de Dios en él —esa acción que está en él, que no sería sin él, que es suya pero que no es sólo suya—, de manera que corresponda plenamente a ella y no se limite a la mera observancia de las prácticas, menos exigentes a pesar de que están sacralizadas, que las religiones de autoridad consideran como suficientes. Por último, gracias a la religión de llamada, el hombre se compromete con lo mejor de sí mismo en el camino de la fe en sí, de la fe en Dios y de la fidelidad a su misión; camino que, a partir de una cierta etapa espiritual, ninguna religión de autoridad puede dispensar al creyente recorrer por su cuenta y riesgo a medida que lo vaya descubriendo. No otra cosa es lo esencial para la religión de llamada. Todo lo que la religión de llamada tiene que utilizar necesariamente a causa de su encarnación social y de las condiciones de su implantación —doctrinas, leyes, estructuras— todo eso, no es más que lo indispensable. Lo elabora, lo modifica, lo anula incluso, en la medida en que lo esencial lo exige. El fin de esta religión, del que nada debe distraerla, es ayudar al hombre a «ser». Cosa que el hombre sólo puede en la libertad creadora a la que, indirectamente, sin poder hacer más, la religión de llamada se esfuerza por abrirle el acceso.

31 III El cristianismo ha sido desde su comienzo una religión de autoridad. Desde la primera generación, el cristianismo fue una religión de autoridad para los hombres que no conocieron personalmente a Jesús. Los apóstoles, sobre todo a la luz de los carismas que los visitaron tras la muerte de su Maestro, se sintieron responsables de lo que habían recibido de Él; tenían que enseñarlo a todas las naciones Alimentados del espíritu que les había transformado secretamente mientras vivían con Jesús, fieles a lo mejor de sí mismos, herederos de la espiritualidad de su raza, influidos también por la mentalidad de los pueblos que querían convertir, los apóstoles, en nombre de la misión de la que se sentían investidos, predicaron una doctrina que no habían recibido completamente hecha y que fueron elaborando poco a poco. La impusieron apoyándose en lo que habían recibido de su Maestro y en la autoridad de las Escrituras recibidas por su pueblo. Del mismo modo, organizaron las Iglesias locales a la manera de las sinagogas, adoptando las prácticas de esas comunidades, y adaptándolas en la medida de lo posible. Actuaron como jefes cuya autoridad todopoderosa procede directamente del Señor. No se comportaron de forma distinta que los fundadores de religiones de todos los tiempos y lugares. Al principio, la nueva religión tenía sin duda un valor único que procedía: del mensaje de Jesús que todavía se mantenía fresco y se conservaba con piedad; de la influencia capital que el maestro tuvo sobre sus discípulos; del fervor de las pequeñas fraternidades aisladas y diseminadas en medio de las masas judías o paganas; valor excepcional, ciertamente, e incomparable con el de las ideologías religiosas de la época que, establecidas ya desde largo tiempo atrás, estaban en su mayor parte algo desgastadas. Sin duda, la nueva ley impuesta a todos se abrazaba entonces con más amor que ninguna otra; y pudo ocurrir incluso (aunque esto no debió durar, tal como algunos relatos de los Hechos nos lo muestran) que precisamente esa disciplina colectiva evitara el rigorismo normal en los comienzos y fuera capaz de la caridad que lo comprende todo, lo excusa todo, lo soporta todo y sitúa en primer término el interés espiritual de cada uno... Sin embargo, estas condiciones favorables no eran más que la consecuencia del clima incomparable, pero efímero, del primer vuelo, del ardor alimentado por la espera de la parusía inmediata que las cristofanías todavía recientes confirmaban, de la dimensión reducida y de la homogeneidad humana de las Iglesias locales y, en definitiva, de su situación minoritaria y, a veces, expuesta ya a actos de hostilidad que contra ellos producía su entorno. Las leyes impuestas por el cristianismo de autoridad no dejaban de ser, sin embargo, y a pesar de todas esas condiciones favorables, unas leyes de tipo general, por más excelentes que fuesen. Las condiciones óptimas del comienzo coexistían irremediablemente, con las carencias inmanentes a toda religión de autoridad. Y, además, se iban desvaneciendo a medida que el cristianismo se extendía y se alejaba de su origen, a medida que los carismas extraordinarios que se produjeron después de la muerte de Jesús se fueron haciendo más raros, hasta acabar por desaparecer, a medida que la Parusía se perdió en el horizonte del futuro, y a medida que, con el tiempo y gracias a su creciente importancia social, la Iglesia fue teniendo carta de ciudadanía, se convirtió en la religión oficial, y empleó el poder... La autoridad de Jesús. Jesús —no cabe duda de ello— había hablado con autoridad, pero su autoridad no se parecía a la de los doctores de Israel que se imponía en nombre de una tradición que procedía, a los ojos de todos, de Dios mismo. A no ser que sus contradictores lo forzasen hasta el extremo, Jesús, por lo que

32 parece, no hacía prevalecer su autoridad más que cuando ya de entrada era reconocida; pero entonces, ¡con qué fuerza la empleaba! ... La proponía únicamente a través de la irradiación de su persona situada en medio de una masa subyugada. Ciertamente, mucho más que su palabra y enseñanza, a muchos de sus auditores los atraían las curaciones y las esperanzas mesiánicas que ponían en él. Por este motivo, Jesús rápidamente acabó siendo extremadamente discreto en sus comportamientos. Cuanto más avanzaba en su camino tanto más parece que escasearon las curaciones. Es más, ¿no procuró a menudo, aunque muchas veces en vano, que no se conociesen? Jesús acumulaba precauciones para no edificar sobre arena, para que los hombres no lo siguiesen por razones políticas o por motivos interesados. Vigilaba mucho que no confundiesen su autoridad con la que reconocían a sus jefes religiosos; autoridad que, por otra parte, él no impugnaba. A medida que Jesús iba siendo más él mismo a lo largo de su camino, tanto más necesaria se hacía una profundización humana de calidad excepcional para poder unirse a él y seguirle. Sus oyentes tenían que dominar el ruido de las controversias, tenían que zafarse de las pasiones que ellas desencadenaban y, gracias a su presencia, a través de su decir y de su hacer, reconocer su autoridad soberana. Poco a poco, a medida que se multiplicaban los anatemas que le condenaban y las amenazas que ponían su vida en peligro, fue abandonado por la mayoría. Al final quedó prácticamente solo. Por eso, para descubrir su singular autoridad, someterse a ella en la fe y permanecerle fiel, era preciso que uno, desde bastante tiempo atrás, conscientemente o no, hubiera estado en búsqueda de sí mismo y que, finalmente, cerca de Él, estuviera ya en vías de encontrarse. Para responder a su llamada era necesario mantenerse presente a lo mejor de sí mismo. Y, desde entonces, siempre ha sido igual... Diferencia entre la autoridad de Jesús y la de la religión establecida de Israel. Jesús era la autoridad en persona; no la ejercía como quien únicamente está revestido de ella y la invoca para ejercer su función. No cabe duda de que su autoridad se apoyaba al principio en el prestigio que le procuraban las curaciones que se multiplicaban a su paso; pero si éstas provocaban asombro y estupor, Jesús pretendía mucho más; apuntaba a ejercer su influencia y, después, su autoridad hasta en lo más íntimo de los hombres para que, siguiéndole a Él, se abriesen a sí mismos. Todo lo que Jesús decía de forma personal, incluso cuando se limitaba a repetir lo que el judaísmo afirmaba, parece que estaba orientado siempre al despertar espiritual de los que le escuchaban. Cuando mandaba y enseñaba, también entonces lo principal era su llamada de hombre a hombre; llamada inusual, distinta por completo al ejercicio de una autoridad que ordena y enseña de forma general lo que tiene que ser observado y suscrito por todos; llamada singular cuyo alcance dejaba perplejos sobre todo a sus discípulos más cercanos, porque no veían claramente a dónde les llevaba Jesús; presentían confusamente hasta qué punto les hacia salir fuera de los caminos trillados, pero sin decirles, sin embargo, cuál era el camino que cada uno personalmente tenía que tomar y seguir en adelante. Jesús actuaba en nombre propio. No tenía ningún mandato oficial. Se mantenía, por lo que parece, sistemáticamente al margen de las autoridades religiosas. Vivía en un mundo completamente ajeno al de éstas. A medida que su acción se desarrollaba, su oposición a las autoridades se hacía cada vez más clara. Las polémicas se hacían, también, cada vez más violentas. Aprovechando las demoras que le permitían tanto la longanimidad de una autoridad segura de sí misma como la inercia inherente a toda institución establecida, Jesús pasaba como el sembrador, con paso rápido. Muy pronto comprendió que su trayectoria tenía la velocidad de la flecha y que no podía contar con modificar durante su vida lo que se pensaba y se hacía en torno suyo y, de ese modo, asegurar en lo humanamente posible la solidez de su obra. Rápidamente se encontró demasiado acelerado por el

33 curso de los acontecimientos como para disponer de los plazos que permitiesen las lentas implantaciones y las organizaciones sólidamente estructuradas sobre las que se asienta cualquier poder de este mundo. Pero es que, además, ¿acaso tenían algo en común esas fundaciones, levantadas contando sólo con la mano del hombre, con lo que exigía su mensaje para ser recibido de veras en el plano de lo esencial? Por su fe, Jesús estaba seguro así mismo de que sus palabras, lanzadas a voleo a todos los vientos y en todos los suelos, como perdidas para siempre, acabarían por horadar, sin embargo, el silencio y la esterilidad para brotar a lo largo de los siglos, puesto que, aunque los hombres no lo sepan, eran las palabras que ellos necesitan indefectiblemente, en todo tiempo y lugar, para vivir en plenitud; eran lo que ellos esperan, aun cuando esperan y buscan otras cosas... Autoridad del cristianismo de llamada. La autoridad de Jesús dependía directamente de su misión, y su misión emanaba de su propio ser. A este nivel de profundidad, procedía de Dios mismo. Jesús afirmó, de un modo cada vez más explícito, su autoridad, a medida que tomaba más conciencia de su misión y a medida que sus discípulos se compenetraban más íntimamente con El. La empleó con fuerza en la violencia de las polémicas. Únicamente bajo el influjo de esa autoridad, que no se puede sustituir por ninguna constatación de hechos ni por ningún razonamiento, cada uno tiene que entrever la autenticidad de esa misión, la verdad de ese mensaje, y lo que personalmente significa para él. Esta autoridad, de una naturaleza y de un alcance completamente diferentes de los que invocan las religiones de autoridad y sus representantes, es el bien específico que reciben los discípulos de Jesús. Es la herencia que han recibido de él, que han de redescubrir constantemente para inspirarse en ella, hacerla suya y ser dignos de ejercerla, gracias a lo que llegan a ser a través de su fe y fidelidad. De otra forma, el cristianismo degeneraría en una religión como las otras. A lo largo de los siglos perdería su alma y, en consecuencia, su razón de ser. Esta herencia implica que el cristianismo, en lo esencial, aunque al principio fue inevitablemente una religión de autoridad por las condiciones en las que tuvo que desarrollarse, es la religión de llamada; precisamente por ello las Iglesias pueden y de hecho deben proponer su mensaje a todos los hombres, pero no a través de la autoridad que algunos detentan oficialmente debido a su función en las estructuras de la institución, sino en virtud de la autoridad interior que se desprende de sus miembros. Esa autoridad interior de sus miembros es el único medio que tienen las iglesias de ayudar de un modo real, aunque indirecto, a. que cada uno se abra a la religión de llamada, según el modo que le convenga personalmente. De ningún modo —con la excusa de una mayor y más directa ayuda— deberían usar de poder y de prestigio, ni dirigirse genéricamente a todos. Ello equivaldría a querer pretender imponer y extender el Mensaje a través de medios sociológicos, y comportaría inevitablemente desnaturalizarlo y privarle de su fecundidad espiritual. Por eso, todas las otras formas de autoridad que no se desprenden de la limpia irradiación de sus miembros, y que, sin embargo, las Iglesias ejercen, provienen de que están constituidas como sociedades y, por tanto, no son esenciales. Por más necesarias que sean, no son más que indispensables. Es capital que las Iglesias no olviden ni ignoren esto. Cada Iglesia, para permanecer fiel, a través de las contingencias de la historia, a Aquel del que recibe su origen, ha de ser llamada, semilla y fermento, y procurar no ser más que eso. Sólo con ese fin, cada una se reviste de un conjunto de doctrinas y leyes. Estas, necesarias, cumplen bien su oficio si no se apartan de la humildad que conviene a todo lo que se aproxima al misterio del hombre.

34 Paralelamente, es importante que el cristiano utilice las doctrinas y las leyes con discreción y de forma pragmática, admitiendo que son indispensables pero sin sacralizarlas por ningún fanatismo; es decir, sin dejarse arrastrar por consecuencias y comportamientos extremos que, a veces, le tienta deducir y aplicar, tanto respecto de sí como de otros, pero a los que excluye la sabiduría de la caridad. Llamada, semilla y fermento: eso fue Jesús para los hombres que, a su paso, se encontraron, se levantaron y le siguieron. Y eso debe ser, también hoy, su discípulo. Necesidad histórica del cristianismo de autoridad. Humanamente, al principio, era imposible que el cristianismo no fuese una religión de autoridad. La adhesión a la nueva doctrina, aunque diferente e incluso superior por su contenido a la exigida por las otras religiones, era, sin embargo, de la misma naturaleza. Lo fundamental en esta adhesión eran la afectividad y la intelectualidad; y no lo era lo que está en lo más hondo del hombre esforzándose por crecer a lo largo de la vida ni la toma de conciencia lúcida y valiente de su propia condición: de todo lo que en el hombre está sordamente implicado por una secreta espera y precedido por una oscura apertura. Sólo esta espera y apertura fundamentales permiten descubrir en uno mismo, en el transcurso de un considerable número de años vividos en la fe y en la fidelidad, lo que Jesús fue para sus discípulos y que una doctrina no puede más que sugerir, sin poder evitar, por lo demás, ser una especie de tentación que distrae de eso mismo que sugiere; lo que Jesús puede suponer todavía hoy para cada uno como encuentro, más incluso que entonces, aunque sea en condiciones de civilización muy diferentes; por último, sólo esta espera y apertura fundamentales permiten descubrir todo lo que puede llegar a empujar por dentro al hombre a dar el paso ciego, último y libre, de la fe en Jesús, y hacer que llegue a arraigar esa fe en su ser, hasta el punto de que ya no pueda ser separado ni de ella ni de Jesús sin sentirse destruido. A pesar de las apariencias, esta nueva doctrina que invocaba a su favor las tradiciones más venerables y más poderosas de Israel, no daba cuenta de lo que de esencial comportaban el mensaje y la misión de Jesús. Es más, al principio de todo, las jóvenes comunidades cristianas y los autores que elaboraron poco a poco esa doctrina, ¿eran realmente capaces de reconocer e identificar en su singularidad ese mensaje y esa misión inseparables del ser de Jesús, que son trascendentes a fuerza de ser completamente humanos? Sus pensamientos sobre Dios y su acción en el Mundo, sobre el hombre y su lugar en el Universo —los mismos que Jesús también profesaba bajo la influencia del universo mental de su tiempo y más acá de su comunión con el Padre—, no se lo permitían. A pesar de su intención y de su penetración, esta nueva doctrina sólo podía comunicar el mensaje y la misión de Jesús de una forma aproximativa, desviada y empobrecida. Se encontraba limitada por las maneras de pensar, de razonar y de imaginar de la época. Se encontraba como desvirtuada por los conocimientos y las ignorancias, las creencias y las supersticiones de su tiempo. Por ello, obedeciendo a esos condicionamientos, la única forma como podía justificar ese mensaje y esa misión inseparables era por su origen divino; es decir, el mismo que invocaban también las doctrinas de las otras religiones, con autoridad y no sin algo de razón. La nueva doctrina, por tanto, sólo a causa de su origen divino les atribuía, a esos mensaje y misión, un valor absoluto. Únicamente de un modo indirecto afirmaba que ambos se adecuaban y convenían perfectamente a las necesidades y posibilidades de la naturaleza humana; necesidades y posibilidades de las que, a decir verdad, ignoraba la profundidad y la riqueza, aunque creía que las conocía bien. En efecto, por su forma de colocar a Jesucristo, el Mesías, en el lugar central del «plan de Dios», el cristianismo naciente presentaba a Jesús de una forma que se adecuaba suficientemente a la época

35 como para justificar y fundar el culto que le profesaba. Pero aun insistiendo en hacer de Jesús la piedra angular de su doctrina, no lograba llamar al cristiano a que fuese más allá de lo enseñado. No era para él semilla de futuras cosechas, ni de las subsiguientes siembras que se darían a medida que los hombres fuesen creciendo en la conciencia de su condición, de su lugar en el Mundo, de la Acción que se despliega en ellos, y del ser que cada uno de ellos llega a ser. El cristianismo, muy al contrario, se presentaba al creyente en su doctrina como un don hecho por Dios, que desde el principio él podía recibir de forma perfecta y acabada, de modo que, esa simple recepción, le colocaba ya en los «últimos tiempos» en los que reina perfectamente el Espíritu. No le sugería que su doctrina no era más que un punto de partida para ayudarle a descubrir por sí mismo, en la medida de su propio ser, siempre además en crecimiento, y partiendo de la comprensión de su propia humanidad en la que, por lo demás, tendría que profundizar constantemente, la «trascendencia» de Jesús. Porque, en efecto, un conocimiento en que sea verdadera la trascendencia de Jesús, no puede ser más que el fruto, en cada uno, de su propia fidelidad a lo largo de la vida. Sólo esa fidelidad personal, gracias a la fe y en reacción contra la credulidad y la imaginación ávidas de visiones de conjunto sistemáticas y de fábulas globales, quita a la trascendencia todo carácter verbal, abstracto y planteado únicamente a priori. Sólo la fidelidad hace que el hombre acceda de verdad a la muda, pero colmada, adoración, porque nada como ella le lleva a la capacidad de adoración mediante la transformación que va operando en él. Durante numerosos siglos, los cristianos, incluidos los más espirituales, no pudieron comprender que la religión que Jesús profesó, dando testimonio de lo que vivía progresivamente en lo íntimo de su ser, era esencialmente llamada y que, más que una doctrina de lo más elevado o una ley de lo más justa, era precisamente ese carácter de llamada —cuando nacía pura y simplemente de lo que vivió el Maestro— lo que singularizaba al cristianismo entre todas las otras religiones. ¿Podrían, acaso, pensar que sólo por esa característica (que la convierte en la religión por excelencia, digna, en verdad, del misterio del hombre y del misterio de Dios) podrá alcanzar el cristianismo la verdadera universalidad que, sin saberlo, ellos desconocían invenciblemente, tanto en sus verdaderas dimensiones como en su naturaleza peculiar? ¿Podían prever que ese carácter iba a ser lo único que haría que el cristianismo fuese capaz de perpetuarse cuando la sociedad padeciese mutaciones de magnitud imprevisible, impensable, y acabase por superar la relativa puerilidad de la época, de la que ellos, los cristianos, no eran conscientes? Incluso tras veinte siglos de cristianismo, ¿quién osaría afirmar que el pueblo cristiano está ya bastante evolucionado en su conjunto como para intuir lo indigna del hombre que es, en definitiva, una religión de autoridad —por más espiritual que sea su doctrina— si no apunta a llegar a su cumplimiento en la religión de llamada? ¿Son los cristianos hombres suficientemente interiores como para escuchar y responder a la llamada que se dirige a cada uno de ellos? ¿Acaso no sienten la fuerte tentación de confundir esta llamada con unos consejos que hacen referencia a unos comportamientos que son únicamente facultativos? El papel que las concepciones del cielo y del infierno (la del infierno sobre todo) jugaron en el pasado, y hasta casi nuestros días, tanto en la predicación cristiana, como en la vida religiosa de los fieles, es tan significativo que elimina la menor sombra de duda sobre la respuesta a estas preguntas. Cierto que, en teoría, y de acuerdo con afirmaciones explícitas y reiteradas de Jesús, y que figuran en las Escrituras, la doctrina corriente del cristianismo ha hablado frecuentemente de las Bienaventuranzas. Pero la Autoridad ha puesto especial cuidado en distinguir de forma categórica los consejos evangélicos de los preceptos, no sólo porque no podía imponer los primeros de un

36 modo general, sino también porque no le parecía esencial para ser cristiano que cada uno los concretase para sí de forma adecuada. Todavía en la actualidad, los consejos constituyen como una super-ley facultativa; facultativa, pero de estricta obligación y de adaptación ulterior imposible, al menos en principio, para quien ha aceptado someterse a ella; los consejos evangélicos se codifican así bajo la forma de los votos religiosos; y ya no se ha podido impedir hacer de la observancia exacta de esos votos la realización exclusiva y totalmente satisfactoria del estado perfecto al que llaman las Bienaventuranzas evangélicas y del que tratan las parábolas del Reino. El cristianismo de llamada estuvo presente desde el principio bajo el cristianismo de autoridad Sin embargo, ya desde el comienzo, el espíritu nuevo que el cristianismo, casi sin saberlo, llevaba en su seno, oculto bajo su enseñanza y disciplina, fue madurando lentamente sus frutos. El espíritu de Jesús, que ya se traslucía a través de la letra del mensaje que plasmaron los apóstoles, según lo habían comprendido, retenido y enseñado, irradia, de hecho, mucho más allá de lo que tanto ellos como los que les sucedieron podían prever y esperar. Muy pronto, efectivamente, a todos pareció que, en lo sucesivo, lo único que había que hacer era «conservar», y que no había necesidad de purificar ni de desarrollar creativamente nada. Sin embargo, el espíritu de Jesús opera pacientemente a lo largo de los siglos, en cada generación, gracias a la fidelidad de un pequeño número de discípulos que, no obstante, no pueden dedicarse a ese trabajo de «vivificación» más que en las condiciones ambiguas y limitadas que su temperamento y su época imponen, Aunque, a menudo, no tengan conciencia clara de lo que viven, en todas las épocas hay cristianos que, incluso sin explicitar el espíritu radicalmente nuevo del cristianismo, viven de él; cristianos que, sin negar a la Autoridad religiosa el valor absoluto que reivindica para sí, de alguna manera la desbordan gracias a sus iniciativas; cristianos que, sin hacer pasar por el tamiz de la crítica a la doctrina —a la que, a veces, se adhieren sin esfuerzo— alcanzan más allá de ella lo incognoscible y se nutren, sobre todo, de ese acercamiento; cristianos que, obedeciendo meticulosamente a la ley, piensan que eso sólo es la preparación o el comienzo de su fidelidad. Este trabajo subterráneo, milenario, viene facilitado, además, por la secreta fermentación de las generaciones en su conjunto —incluso de las no cristianas— bajo la acción de semejante levadura... Y lo mismo ocurre en el Mundo de la materia y de la vida desde el principio... Poco a poco, a lo largo de los siglos, aparecen las consecuencias de esta lenta maduración. Emergen. Desbordan los cuadros de todo tipo, impuestos por un cristianismo que, de hecho, se ha quedado en simple religión de autoridad. Estos cuadros rígidos se flexibilizan insensiblemente y se modifican. Sin que nadie lo diga, su carácter dictatorial, al menos en la práctica, y salvo accidentes pasajeros, se va atenuando... No obstante, también en esta evolución favorable hay retrocesos que precisamente se dan como reacción a esos progresos. Es que, desgraciadamente, a esta evolución no le faltan ambigüedades, dado que también viene provocada, indirecta e indebidamente, por numerosas causas ajenas por completo al espíritu fundamental del cristianismo. Las Iglesias, que se encuentran con frecuencia reducidas a una impotencia política que contrasta con la autoridad que detentaban antaño en el concierto de las naciones, carecen del vigor espiritual necesario para dominar las perturbaciones de la historia y darles el sentido que conviene a su propio crecimiento Quieras que no, se ven obligadas a someterse sin remedio a unas transformaciones que les vienen impuestas desde fuera, ya que no pudieron cambiar en el momento oportuno por dentro mediante una actividad creadora, la única que las habría hecho espiritualmente fecundas.

37 De un modo especial en la actualidad, esta evolución, al menos en su materialidad más visible, está enormemente influida por el desconcierto de los cristianos al tomar contacto con la profunda y rápida transformación de la sociedad bajo la acción de los progresos de la ciencia y de la técnica. Las Iglesias se sienten desafiadas por estos programas que no hacen más que suscitar y plantear problemas sin ayudar a resolverlos. Distraídas por su preocupación, casi exclusiva, de conservar de un modo formal la tradición, apenas si están preparadas para pensar seriamente en estos problemas; más bien tienen la tentación de ignorarlos. Y además, ¡cuántos cristianos, entre los hombres más cultivados, aunque permanecen en su Iglesia, se mantienen apartados en el silencio de un secreto desafecto, precisamente a causa o bien de su desconcierto o bien de la cerrazón de las Iglesias; quietos en una irresponsabilidad que es fruto de la pasividad religiosa en la que les educaron! Debido a este cúmulo de razones, las iniciativas que las Iglesias se ven forzadas a tomar, siempre tardías, no dejan de estar contaminadas por el oportunismo propio de las decisiones apresuradas y de la búsqueda de eficacia a corto plazo; es lo que le ocurre a cualquier ideología cuando entra en el período del desencanto y de la decadencia. Además, ¿cómo no iba a verse gravemente perturbada esta evolución, dada la falta de cultura humana y la pobreza espiritual del conjunto de los cristianos? Muchos experimentan una especie de relajamiento interior debido a la rápida desaparición del clima de cristiandad de antaño; relajamiento a menudo inconsciente, o incluso inconfesado, que ayuda a que surjan los más variados desarreglos en el espíritu y en el corazón. A causa de estas ambigüedades y deficiencias, los progresos reales, en que se esfuerzan las Iglesias para realizar mejor su misión en el Mundo, son bombardeados, a menudo de forma por largo tiempo victoriosa, y por tanto calamitosa, por tensiones y endurecimientos que, como reacciones contra lo que hay de ambivalente en esta evolución, son sanos en parte aunque estén todavía cegados por las pasiones. A decir verdad, hay que reconocer que estos violentos endurecimientos se deben no tanto al vigor de la fe, cuanto al miedo de verse privados de unos hábitos de pensar y de sentir en los que, a pesar de que no se caiga en la cuenta de ello, la vida espiritual se encuentra encerrada y estancada. Suelen tener su origen en convicciones políticas conservadoras, reforzadas además por una especie de sentimiento de vértigo ante las amenazas de un porvenir desconocido. No obstante, a través de tantos obstáculos levantados por unas tradiciones respetables por su origen y atractivas por el recuerdo de su acción antaño benéfica, en medio de múltiples desviaciones inseparables de los inevitables extravíos individuales o colectivos, después de mil fracasos seguidos de otros tantos nuevos comienzos, los discípulos de Jesús, poco a poco y cada uno a su manera, van abriendo al unísono, aunque sin haberse puesto de acuerdo para ello, la senda por la que su Maestro les precedió en otro tiempo, cuando iba solo por su camino, como un descubridor, bajo la mirada de unos hombres que, a pesar de su veneración por El, no eran conscientes en absoluto ni de lo que Jesús estaba viviendo entonces ante ellos, ni de lo que de esa aventura se seguiría para ellos y para tantos otros en el transcurso de los siglos... La coexistencia de una religión de autoridad con la religión de llamada es algo característico del cristianismo. Religión de autoridad por necesidad, no sólo por la calidad humana de los pueblos a los que el cristianismo se dirigía, sino también a causa de la mentalidad de los que fueron sus fundadores; religión de llamada por esencia, porque el cristianismo está indisolublemente unido a Jesús de Nazaret, hombre de libertad y de llamada. Esta coexistencia fundamental, pero por definición contradictoria, se halla en el corazón de la vida de la Iglesia, de su carácter dramático y secreto. En

38 el cristianismo, la coexistencia de una religión de autoridad y de la religión de llamada, complementarias por necesidad e incompatibles de hecho, es esencial. En otras religiones, la ausencia de esta coexistencia contradictoria, dramática, es signo de que, por más beneficiosas que sean, no llegan a estar verdaderamente a la altura del hombre y de Dios. En efecto, esta paradójica coexistencia está estrechamente unida a la grandeza del hombre y a la naturaleza de Dios. Es especialmente reveladora de la lucha, general e interminable, que, en todos los terrenos y a todos los niveles, por necesidad fundamental y como por propia estructura, debe sostener lo que intenta nacer contra la imposibilidad que le opone, por su materialidad e inercia crecientes, lo que ya existe. Tal es la contradicción inherente a lo que es, que hace que sea necesario lo imposible, para que lo que es subsista. Lo real sólo puede perdurar y no degenerar bajo la acción de la entropía erosiva del tiempo si se desarrolla en su línea profunda luchando contra todo lo que en ello se opone a ese desarrollo. De este modo, el hombre espiritual en marcha hacia su humanidad siente que le hostiga una insatisfacción sin remedio. Una insatisfacción completamente distinta del lamento o del remordimiento, aun en el caso de que éstos, nunca ausentes por completo, le proporcionen algo de mordiente. Para conocer realmente esa insatisfacción es imprescindible reconocer que los bienes humanos más elevados (amor, paternidad, maternidad, actividades creadoras) siempre están en trance de degenerar, y que, para que «permanezcan», hay que luchar sin cesar por reconquistarlos, a medida que se desvanecen ineluctablemente. Únicamente así, se desarrolla la fecundidad que en potencia tienen; sin esa lucha se desecan, como la flor a la que ningún fruto vendrá a dar cumplimiento. Esta lucha entre lo necesario y lo imposible es propia y esencial a la acción creadora, la caracteriza... El hombre se entrega a esa lucha cuando es creador; entonces recibe de Dios y participa del Acto que El es, impensable y único. Reemprendida sin cesar para ser llevada a buen fin, esa lucha es también propia de la esencia misma de Dios. Durante milenios, esta contradicción estuvo sin salir a la luz debido a las condiciones gregarias y primitivas en las que vivían y sobrevivían los hombres. Sin embargo, mucho antes de la llegada del cristianismo, y también después, fuera de su zona de influencia, a causa de las luchas que sin cesar iba provocando, ha estado influyendo, de un modo encubierto pero intenso y continuo en la vida de los hombres fieles a sí y a Dios; especialmente sobre la de los justos perseguidos, como los profetas de Israel. Las Escrituras sólo la insinúan porque una contradicción como ésta no se podía integrar dentro de sus horizontes, y era incompatible con su visión estática del hombre y de Dios, y por tanto, de la religión, es decir, de lo que une —en ambos sentidos— al hombre y a Dios. Las Escrituras sólo la entrevén en algunas de sus consecuencias, por otra parte indirectas, pero no en su realidad profunda. Sólo llegaron a sospechar que existía al tener que tratar de los obstáculos que el hombre se encuentra cuando tiene que observar una ley impuesta por una religión de autoridad; obstáculos que resultan infranqueables en ese momento y engendran así, fatalmente, la infracción y, de acuerdo con las concepciones de la época, el «pecado». Esta perspectiva es notoriamente insuficiente. Traiciona la naturaleza humana en lo que fundamentalmente es: el hombre. para llegar a ser él mismo, necesita de un Dios que le permita crear y no de un Maestro que le dicte el camino; necesita una Presencia que le ayude a engendrarse y no de una Ley que le modele desde fuera; necesita de la llamada que le empuja a ser y no de la orden que le impone el hacer. Esta forma de concebir la situación del hombre ante la ley —que Pablo desarrolló especialmente en sus polémicas con los judíos de su tiempo— refuerza unas conclusiones de lo más pesimistas y deprimentes sobre el hombre y, como consecuencia, sugiere, sin lugar a dudas, unas ideas profundamente erróneas sobre Dios, aunque parezca que exalta su trascendencia y su radical libertad. En efecto, cuando pone el acento únicamente en deficiencias harto evidentes, cuando ignora que el hombre está hecho

39 para la fidelidad y no para la obediencia, y pasa por alto que sólo puede obtener la fuerza para obedecer, de una forma juiciosa, a través de su fidelidad, esta visión del hombre no sabe lo que esas luchas —e incluso, derrotas— ante la ley, surgidas de una contradicción intrínseca, implican —muy al contrario de lo que ella piensa— de positivo y de eminente en la naturaleza humana. El Nuevo Testamento sólo permite entrever esa contradicción, ya que no ha sabido poner el acento sobre la coexistencia de la religión de autoridad y de la religión de llamada. Aunque el espíritu que anima a muchos de sus textos, procede, sin lugar a dudas, de la religión de llamada, las perspectivas, el pensamiento y los objetivos de los redactores están muy inspirados por las perspectivas de la religión de autoridad. Las predicaciones de los apóstoles, de las que nos quedan algunas breves reseñas, se dirigían a unos pueblos que no conocían más que religiones de autoridad. Y sólo pretendían reemplazarlas por otra, mejor, sin duda, pero del mismo tipo; del único tipo que los hombres de entonces podían concebir. La contradicción que implica la coexistencia de una religión de autoridad con la religión de llamada está en el centro de la vida de Jesús. Esta contradicción fundamental, Jesús de Nazaret la descubrió primero y la afrontó después, en el curso de su misión, con ocasión de sus controversias con la religión establecida, a través de las reacciones de sus discípulos, y a medida que, con la cercanía de su fin, su pensamiento maduraba y se iba haciendo más vigoroso y preciso. Esta contradicción es el trasfondo que da relieve y descubre todo el alcance de la condena de Jesús que sentenciaron las autoridades de Israel. Su condena, en efecto, va mucho más allá de una simple decisión política y religiosa exigida por una situación precisa, contingente y del momento. Esta contradicción fue la que llevó a Jesús a hacer de la muerte, su muerte. Esta contradicción, reconocida, dominada, asumida de forma resuelta por la fe, pero sin disolverla, sin «solucionarla», constituye la originalidad esencial del testimonio de Jesús llegado al término de su misión y de su mensaje; constituye el signo irrecusable de la profundidad humana sin par que, a través de su vida ardiente, alcanzó en unos pocos meses. Esta contradicción, oculta pero activa en la base y en el centro de todo lo que de universalmente válido se ha hecho hasta ahora, sigue estando unida e implícitamente presente en todo lo que todavía está por hacer en la perspectiva de la obra de Dios, hasta que sea consumada. Poco a poco, en el cristianismo, la fidelidad permitirá descubrirla, cada vez más, en su dimensión ilimitada. A medida que el hombre adquiera un mayor conocimiento de su condición de creador y no sólo de criatura, esta contradicción se irá manifestando con una brutalidad creciente que, para ser dominada, exigirá una fe cada vez más viviente y más consciente de la dimensión trágica de la lucha que sostiene con lo real. Para entrever esta contradicción en su naturaleza propia, es preciso que uno mismo se acerque, aunque sea muy de lejos, pero reviviéndolos en la medida exigida por su misión, a los instantes solemnes de la Cena, del Huerto de Getsemaní, del enfrentamiento de Jesús con sus jueces, de su subida al Gólgota —esa cima irrisoria de las Bienaventuranzas—, de su desamparo en la Cruz, del combate, en suma, entre lo imposible y lo necesario que Jesús mantuvo hasta el final de forma irremediable; combate que acabó en la fe por el sobresalto de todo su ser en el instante último: «Todo está consumado»; «Todo está cumplido». A partir de ahí, ahora se podrá comprender a Jesús mejor que antaño, cuando sólo se le conocía a través de un sistema teológico en el que se limitaban a concederle el lugar central. ¡Nadie puede

40 evaluar con exactitud cuánto ha dañado, en el transcurso de los siglos, al conocimiento de la humanidad y de la misión de Jesús, una afirmación demasiado rápida, demasiado superficial y demasiado construida de su divinidad! Jesús no sólo está en el origen del cristianismo. Es mucho más que un fundador que con autoridad divina establece las estructuras y funda los poderes de la Jerarquía. No habría podido serlo —si hubiese tenido de veras tiempo e intención de serlo----- más que de forma sumaria, porque habría tenido que adaptarse a las condiciones psicológicas y sociales del momento, y habría tenido que limitarse a las necesidades y a las posibilidades de las gentes de su época y de su país, y no habría podido tener en cuenta las organizaciones que iban a necesitarse en el futuro; futuro que, de acuerdo con la mentalidad de la época, también él imaginaba de cortísima duración... Jesús es más que el bienhechor humano- divino que enriquece a los cristianos con sus méritos infinitos. Si lo fuese, indirectamente los estaría confirmando —lo cual no deja de entrañar una paradoja— en una práctica religiosa relativamente exterior y limitada, fronteriza con la magia o el juridicismo, satisfecha de sí misma; justo lo que se esforzó en hacer que sus discípulos superasen... Jesús está llamando a los hombres incesantemente (a través del recuerdo vivo y activo que sus discípulos le guardan gracias a su presencia activa en sus vidas y gracias a la fermentación espiritual que sordamente suscita en la sociedad) a que lo descubran y le sigan más completa y exactamente, a que constituyan la comunidad capaz de mantener y desarrollar su espíritu. Así es como los hombres pueden alcanzar la talla de lo que es testimoniar con autoridad, como El y con El, en todo tiempo y en todo lugar, en la fe, cara a lo imposible. Eso es propiamente crear, hacer obra divina, ser. Esta contradicción fundamental no puede resolverse por medio de una síntesis armoniosa de los dos tipos de religión. Implica una coexistencia, siempre inquietante para la religión de autoridad que se siente amenazada, y siempre dolorosa para la religión de llamada, que, si es fiel a sí misma, no puede medirse con la primera usando sus mismas armas. Durante estos veinte siglos, ha sido siempre así. Reflexionar sobre la historia del cristianismo es la mejor manera de concienciar, mejor que antaño, las dimensiones de esta contradicción de base que ya se encontraba en el corazón mismo de la vida de Jesús. La íntima pasión del cristianismo, que las Iglesias tienen que llevar sobre sí para ser fieles, es el eco, multiplicado sin cesar en el espacio y en el tiempo, de la pasión de Jesús, cuando en El se confrontaban lo que había querido y lo que había resultado, lo que se imponía de forma absoluta para que los hombres diesen su fruto y lo que se podía realizar efectivamente. Esta confrontación entre lo imposible y lo necesario que Jesús mantuvo en la fe, hasta la muerte, sin ser aplastado, sino al revés, encontrando en ella su talla de «hombre por siempre», es igualmente esencial al cristianismo. La preponderancia de la autoridad sobre la llamada en el cristianismo amenaza su misma existencia. La situación del cristianismo, sobre el que pesó desde el principio esta contradicción que le caracteriza y que le es esencial, resulta más dramática si cabe en los tiempos modernos. Para él, ya no se trata únicamente de una crisis crónica pero puramente interna, inmanente y fundamental a su naturaleza y a su misión; de la cual sale, en el último momento, siempre victorioso, gracias a la fe y a la paciencia de algunos de sus miembros más vivos, que, de esta forma, llegan a conocer una pasión semejante en lo esencial a la de Jesús. Una amenaza nueva, sin precedentes, venida del exterior y que podría conducir al cristianismo a la ruina definitiva, se añade en lo sucesivo a esta

41 confrontación siempre trágica para los cristianos verdaderamente adultos en su fe. En la medida en que hasta ahora el cristianismo ha venido considerando que la autoridad que ejercía a través de sus estructuras formaba parte, junto con ellas, de lo esencial de sí mismo; en la medida en que no ha sabido ser la religión de llamada que las posibilidades y aspiraciones de los hombres le permitían y pedían ser, ni tampoco ha sabido descubrir en ese papel su misión por excelencia; en esa medida, es lógico que se encuentre amenazado en su misma existencia, por la evolución de las sociedades, lo mismo que todas las religiones exclusivamente de autoridad. Es más, lo será más rápidamente que estas últimas porque, en un principio, ayudó (aunque lo hiciese de una forma indirecta e impremeditada) mejor que ninguna otra a que los nombres saliesen de una cierta inconsciencia; pero luego, durante demasiado tiempo, pretendió seguir gobernándolos de un modo infantil. El cristianismo, en efecto, cediendo a las facilidades de un gobierno autocrático (cuya autoridad se justificaba sin más, a los ojos de la misma jerarquía y del pueblo cristiano, por la atribución para si de un origen sagrado: la voluntad divina) no pudo ni supo preparar a sus miembros para hacer frente a los entusiasmos embriagadores inherentes a su crecimiento hacia la libertad. Dificultades extremas de un cristianismo reducido a no ser más que religión de llamada. La religión de llamada no puede prescindir de la colaboración de la religión de autoridad que le prepare los caminos, dando a los hombres una primera y necesaria formación que los haga capaces de estar atentos a la llamada interior. Ahora bien, parece claro que, en lo sucesivo, el cristianismo se verá rigurosamente privado, por largo tiempo, de esta ayuda indispensable. Esto le pasará sin duda, y probablemente de forma trágica, cuando llegue la hora de las represalias debidas en parte a los abusos que cometió antaño al depositar su confianza en el ejercicio del poder. Después, tras esas crueles persecuciones, también conocerá esa privación en el tiempo de las jactancias y de las suficiencias que caracterizan a toda sociedad nueva y segura de sí misma, antes de conocer los primeros fracasos, la lenta descomposición y la ruina brutal. El cristianismo padecerá, por último, una amenaza aún más peligrosa cuando sobrevenga el largo reinado de la indiferencia que someterá al pueblo hipnotizado únicamente por preocupaciones materiales embellecidas, de vez en cuando, por algunas veleidades de generosidad, orquestadas colectivamente. Durante todo este tiempo, el cristianismo tendrá que limitarse a ser casi exclusivamente la religión de llamada ante unos hombres a los que la sociedad no habrá preparado en absoluto para recibirla. Los hombres, ante el cristianismo, se girarán en redondo y le darán la espalda por completo, influidos por una sociedad sistemáticamente hostil o ajena, al menos, a los verdaderos valores humanos, por más que los proclame, pues lo hace reduciéndolos a recursos fáciles y útiles para la seducción. En estas condiciones, el cristianismo tendrá que ser religión de llamada de un modo heroico, en una situación de diáspora que, bien mirada, produce vértigo... La era constantiniana permitió al cristianismo desarrollarse ampliamente en la sociedad como una religión de autoridad, utilizando indiscriminadamente todos los medios que le ofrecía el reconocimiento oficial. Ahora, progresivamente, en todos los países le llegan tiempos en que sólo podrá ser llamada, con exclusión de toda religión de autoridad. Entonces, las Iglesias conocerán una situación semejante a la de los últimas días de Jesús, cuando pasaba por entre las masas hostiles o simplemente indiferentes, pero también cuando ante su mirada algunos corazones, perdidos en la multitud, se abrían al Amor...

42 Necesidad de una mutación en el cristianismo. De prisa se acerca la hora en que el cristianismo se verá forzado a una mutación. Por su origen es capaz de afrontarla e incluso podemos pensar que siempre, secretamente, ha estado esperándola; pero contra ella también es verdad que se levanta toda su historia. ¿Tendrá vitalidad espiritual para hacer posible esa mutación? ¿Sabrá apoyarse en su pasado sin sujetarse en él, e inspirarse en las Escrituras para descubrir en ellas el soplo del Espíritu sin ampararse en ellas para protegerse de las iniciativas necesarias? ¿Sabrá sondear el futuro con fe e inteligencia sin dejarse embriagar ni desviar de su tarea esencial por los entusiasmos y los arrebatos de la época, que le parecerán capaces de rehacer su juventud y de devolverle una audiencia renovada? Al mismo tiempo que sigue siendo fundamentalmente él mismo, de manera más real incluso que antes, ya que será más explícitamente consciente de su bien propio, ¿podrá renovarse hasta ser nuevo, como su Maestro fue hombre nuevo?; ¿será lo suficientemente fiel a su misión como para ser creador, siguiendo a su Maestro? La prueba será crucial. ¿A dónde llevará al cristianismo? Lo mismo que la muerte de Jesús no fue en vano sino que, al contrario, se reveló necesaria para preparar futuras cosechas, ¿lo llevará a una especie de resurrección, a un nuevo nacimiento, más digno esta vez de su origen? Grave impreparación del cristianismo para afrontar y llevar a buen término esta mutación El cristianismo aborda unos tiempos decisivos que le cogen por sorpresa, en un estado de grave impreparación, debido a siglos de conservadurismo y de preocupaciones más políticas que religiosas, todo ello cubierto bajo una situación de creencias confesadas de una forma más intrépida que espiritual. Todos estos siglos pasados han disimulado —quizás habría que decir, cultivado— una verdadera pobreza humana, tapándola con una asistencia regular al culto, con una moralidad bastante generalizada, con enseñanzas ordinariamente tan pretenciosas como simples, y con devociones fáciles hasta el colmo de la gazmoñería y de la superstición. Estos siglos han dejado sin aplicación y sin prolongación religiosa (e incluso las han combatido neciamente y no sin fatuidad) las búsquedas hechas fuera del cristianismo aunque todavía al alcance de su sombra; unas búsquedas que, además, estaban llamadas a desempeñar un papel importante en la misión propia de las Iglesias. La falta de preparación del cristianismo es perfectamente comparable a la del pueblo judío en los tiempos en que esperaba al Mesías. A pesar de apariencias muy diferentes entre sí, ambas situaciones obedecen a razones y causas semejantes por completo. Sólo si los cristianos saben seguir como discípulos el camino abierto por Jesús, podrán remediar esta impreparación y autosuficiencia que, de perpetuarse, supondría para el cristianismo su derrota final e infalible. Ha sido demasiado el tiempo en que el cristianismo se ha limitado a cifrar su acción —en nombre de la docilidad— en la animación psicológica de un auditorio mudo y pasivo, crédulo y sin espíritu crítico_, que se ha quedado en un estadio espiritualmente infantil hasta llegar a ser pueril, a pesar — muy a menudo— de una buena voluntad real y de una verdadera piedad. Por ello, para ser capaz de la vuelta a empezar que se le pide, tiene que operarse en él un resurgimiento sin precedentes en su historia en la que, sin embargo, ya se han producido algunos magníficos. El cristianismo no podrá salir airoso de esta mutación, que le salvaría de la muerte lenta pero cierta, sin que sus miembros, considerándose ya de una vez discípulos de Jesús y no, como es habitual, hijos siempre menores de edad de la Iglesia, se esfuercen, por sí mismos y para sí mismos, en avanzar cada vez más en el conocimiento del ser íntimo de Aquel del que el cristianismo perpetuó, a través de sus doctrinas, desde hace veinte siglos, y como pudo, más la memoria inerte, que el recuerdo vivo.

43 Si ahora que el cristianismo dispone todavía de todo tipo de facilidades en el orden sociológico para su enseñanza catequética, ya no es frecuente que los niños y jóvenes sobre los que influye, cuando se hacen adultos, perseveren con vivo interés en estos asuntos, en tiempos venideros, ¿sabrá el cristianismo convertirse en llamada y suscitar la auténtica perseverancia —que se funda en la fidelidad, en la escucha atenta y en el seguimiento que cada uno haga a la llamada singular que recibe?; ¿sabrá mutarse a sí mismo en llamada a aquellos a los que aún pudo educar al principio con los métodos autoritarios antiguos, ya desaparecidos? Y más adelante, ¿sabrá ser también llamada para hombres que hayan crecido ya fuera de su influencia, pero que se hayan mantenido dignos de su humanidad, a los que una sociedad atea de hecho, si no de derecho, les habrá ayudado, no obstante, de forma indirecta, a profundizar en sí mismos, sin poder llegar a satisfacer, sin embargo, sus más altas aspiraciones? El cristiano que tenga estas cuestiones en el centro de su vida porque el cristianismo y, primero, Jesús de Nazaret ocupan el primer puesto en sus reflexiones, no puede planteárselas sin angustia, Entrevé los pasos difíciles que habría que atreverse a dar y que esta mutación —completamente diferente de un simple «aggiornamento»— exigiría de las Iglesias; pasos que serian maneras de ser y de hacer nuevas y muy opuestas a tantas otras, tan seguras, del pasado. Tiene la lúcida evidencia de qué improbables, si no imposibles desde el punto de vista humano, son unas iniciativas que suponen verdaderas invenciones que sólo la fe y la fidelidad pueden suscitar, autorizar, y garantizar que se vayan a seguir con perseverancia. Sabe que la mayor parte de los cristianos que practican con regularidad su religión viven completamente ajenos a estas cuestiones, con una inconsciencia fomentada por el sistemático optimismo oficial pero, sobre todo, por la pasividad que una disciplina rutinaria cultiva desde siempre. El cristiano constata también la inconsciencia general de los jefes religiosos, debida a una reacción instintiva de defensa contra el pánico que les cogería si, saliendo de los medios eclesiásticos, viesen directamente, con ojos abiertos y atentos, la verdadera situación del cristianismo en medio del Mundo, y la forma en que es «vivido» por los cristianos. El discípulo ha de llevar esta angustia con fe si no quiere ser aplastado por ella. Pesa sobre él con todo su peso, pero también es ella la que le lanza al camino que su Maestro anduvo primero, y en el que reveló, más que en ninguna otra situación, su extraordinaria grandeza. De esa proximidad sin igual, el discípulo recibe la fuerza necesaria para no desesperar, para creer hasta el final en la verdad, en la necesidad de su misión, en la fecundidad de la Misión, y para poder consagrarse a ella, como Jesús con El hasta el final. IV Lo que el cristianismo ya nunca más será y tiene que aceptar no ser. El cristianismo si se enfrentase, sociedad contra sociedad, no cumplirla su misión, y no merecería sobrevivir más que en forma de fósil. El combate resultaría demasiado desigual aun en el caso de que, en su transcurso, la sociedad prescindiese de las persecuciones que, con los medios sofisticados de fuerza y de violencia de que actualmente dispone, podría ejercer; medios, por cierto, que antaño, según las posibilidades de la época, fueron las Iglesias las que no dudaron en utilizar, superando sin gran esfuerzo sus escrúpulos, gracias a algunos razonamientos tan respetuosos con la doctrina como dóciles a las pasiones partidistas. Sin embargo, el enemigo más peligroso del cristianismo sigue siendo la indiferencia, adobada de interés folklórico, que se desarrolla pacíficamente en un clima de seguridad autosuficiente y de prosperidad relativa, de despreocupación y vulgaridad contagiosas.

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El paso del tiempo no cesa de trabajar contra un cristianismo totalmente encerrado en rígidas estructuras extraídas de las Escrituras y de la Tradición consideradas como una nueva Thora. Si antiguamente, en Occidente, el cristianismo fue el principal motor de la civilización, este papel le ha sido arrebatado de cara al futuro. Mal que bien, lo ha heredado la sociedad civil, que niega al cristianismo el derecho de continuar administrando el patrimonio que levantó a lo largo de los siglos; y lo hace teniendo medios para imponer su voluntad. En lo sucesivo, pues, el cristianismo autoritario ya no estará a la cabeza ni de los progresos materiales ni de los culturales, ni tampoco de los progresos sociales y políticos que las naciones promoverán, mejor preparadas que él para hacerlo; y que, de hecho, ya promovieron anteriormente y, a menudo, a pesar de su oposición. En estas cuestiones, el cristianismo puede ayudar a precisar las doctrinas, pero no a aplicar sus consecuencias en lo concreto de las contingencias: papel útil, pero en definitiva humilde y que debe ser reconocido como tal papel modesto, propio del teórico condenado a quedar en las generalidades y a sobrevolar las dificultades concretas de la práctica, que ya no tiene que afrontar desde que se le privó de los medios y, en consecuencia, de las ocasiones. Aunque esa no sea su función esencial, el cristianismo permanece muy apegado a ella porque le recuerda la influencia de antaño, a la que nunca renunciará más que a regañadientes... La misión esencial del cristianismo no puede serle arrebatada, pero en adelante le exige una fidelidad más exacta que la que tuvo en el pasado. Está en otra parte la misión fundamental del cristianismo. Está precisamente allí donde la sociedad manifiesta su radical impotencia; impotencia que se hará tanto más manifiesta cuanto más eficaces sean las Naciones en su orden propio respecto de sus miembros. La sociedad, por más que se pertreche de ciencias y de técnicas, por más políticamente perfecta que sea (lo que parece una esperanza utópica, pues al mismo tiempo que se auto-edifica está socavando las bases humanas sobre las que se levanta), no podrá nunca hacer otra cosa que proporcionar bienes del tener (su monopolio sobre ellos es ya casi total). Sin embargo, por razón de su misma estructura, siempre será incapaz de dar aquello que sus mismos dones hacen desear cuando se es suficientemente vigoroso para no quedar esterilizado por ellos. En efecto, si no llega a desnaturalizar a los hombres, forzándoles a adaptarse a géneros de vida y a cadencias que no les permiten ni recogimiento ni interioridad; si, a base de desarraigos impuestos por la economía y la política, no los arranca de aquellas estabilidades fundamentales que deben ser inherentes a toda vida humana; si no los aplasta bajo ventajas que con el uso se transforman en venenos deleitables, entonces, se abre paso en ellos una nostalgia: la nostalgia que nace del ser, que la sociedad no sabe curar, y de la que, a lo sumo, puede lograr distraer. A pesar de su poder en medios de todo tipo, la sociedad permanece fundamentalmente ajena a lo que hay de más humano en sus miembros. Al obligarles, por decirlo así, a tomar conciencia de ello con ocasión de las crisis que se dan en su historia, o con ocasión de las crisis personales que las crisis generales plantean a los hombres, dadas las situaciones en las que se ven arrojados y arrastrados por la sociedad, ésta, de forma indirecta —y también ambigua— abre camino al cristianismo... El cristianismo, con su originalidad característica, tiene campo libre ante los hombres decepcionados en lo mejor de sí mismos por la sociedad. Su misión consiste en ayudarles a que se descubran a sí mismos, enterrados como están bajo la pesada costra social, y a que busquen la piedra angular, la clave de bóveda de su humanidad. Ella les llevará al umbral del Misterio de Dios. De esta forma, el cristianismo tomará el relevo de la religiosidad natural cuando ésta haya perdido

45 toda influencia sobre el hombre, en un tiempo en que la acción de Dios ya no parece necesaria para vivir materialmente ni, incluso, intelectualmente en el nivel de la ciencia y de la técnica. Si el cristianismo permanece fiel a lo que es su única razón de ser (cosa que cabe esperar suceda cada vez más, ahora que ha terminado el tiempo de su acción directa en el orden de lo social y político —que le distraía—), en cada generación le nacerán un buen número de hombres que lo acogerán de veras, no porque sean simplemente buenos y dóciles, tal como lo fueron en el pasado los cristianos tradicionales de toda la vida, sino porque habrán profundizado suficientemente en su humanidad como para ser capaces tanto de descubrir el vacío que se da allí donde la sociedad intenta seducir con el espejismo de una planificación barata, como de adivinar una plenitud cierta en el camino al que las Iglesias les llaman. Pero para esto todavía hace falta que el cristianismo se alce a la altura de las necesidades reales de los hombres, y deje de presentarles únicamente remedios de tipo sociológico; hace falta que no se limite a enseñarles doctoralmente; hace falta que les trate como personas en vías de ser adultos, siguiendo cada uno sus propio camino; hace falta que les inspire y anime a crearse a sí mismos al ver cómo el propio cristianismo es creador en sus comportamientos. Hace falta que el cristianismo pueda responder de forma válida, y no sólo autoconvencida, a lo que los hombres esperan, más o menos conscientemente, en las diversas etapas de su vida. Esta respuesta, que sólo es verdadera si se mantiene en ser llamada y fermento, hará posible que cada uno pueda leer y descifrar los capítulos principales del libro de la existencia humana, de un modo impensable para la sociedad de la técnica y de la ciencia, que es radicalmente incapaz de ese desciframiento completo. Ese libro de la vida, leído a través del conocimiento del mensaje esencial que Jesús es en Sí mismo, los encaminará hacia Dios.

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2 LA AUTORIDAD Y LA OBEDIENCIA AL SERVICIO DEL CRISTIANISMO DE LLAMADA I.

La autoridad y la obediencia en una religión de autoridad. — El detentados de la autoridad en la religión de llamada. — Su papel de enseñante y de dirigente. — Nadie puede ser jefe verdadero si no está en búsqueda espiritual. — Tiene que disponer de una real autonomía. — Su acción está principalmente orientada hacia las relaciones personales con sus inferiores. — Dificultades para ser un jefe de este tipo en una religión que es principalmente de autoridad. — Dificultades para ser un jefe así en una religión que es simultáneamente de autoridad para unos y de llamada pata otros. Dificultades de la autoridad en el cristianismo moderno. — Casos extremos en los que la autoridad debe desaparecer ante la justicia y la caridad. — La tentación del jefe en el cristianismo moderno. — Destino que aguarda a la autoridad consciente de la situación actual del cristianismo.

II.

Papel del padre respecto de su hijo en el cristianismo de llamada. — Las exigencias más profundas del adolescente miran hacia la religión de llamada y mandan sobre los comportamientos del padre. — Respecto de su hijo, el padre no debe poner límites a la rectitud de su juicio amparándose en la letra de las leyes de su Iglesia. — El modo de comportarse del padre frente a su hijo, le juzga. Interés del cristianismo por la Iglesia. — Urgencia de la mutación del cristianismo. — Dificultades extremas de esta mutación que exigen no una simple adaptación, sino una verdadera creación. — El pueblo cristiano es el principal obstáculo para esta mutación. — El pueblo cristiano debe ser el primero en preparar esta mutación mostrándose capaz de ella. Destino del cristiano de los tiempos modernos, consciente de la situación del cristianismo. — La situación del discípulo en la Iglesia es ambigua: no le lleva a entregarse a fondo, como podría, a las obras que la Iglesia organiza y dirige. --- El deber del cristiano supera la perfección moral y la observancia religiosa. El número de los cristianos capaces de contribuir a la mutación de su Iglesia es reducida. — La rebelión declarada debe ser, por lo general, descartada. De ordinario, es más fecundo llevar sobre si la condición de la Iglesia con paciencia y abnegación. — Irremplazables beneficios de las persecuciones padecidas por los cristianos de parte de su Iglesia. La Iglesia no es ni una monarquía, ni una democracia. Es de un orden distinto: espiritual. — El desierto cristiano. — El desierto en los medios intelectuales cristianos.

III.

La unidad del cristianismo de llamada. — Relaciones invisibles entre el cristiano y el jefe que

47 son conscientes de la situación actual del cristianismo y de las condiciones de su fidelidad a Jesús. I La difícil mutación que hará que el cristianismo pase del estadio de religión de autoridad al de religión de llamada, y que hará que más visiblemente refleje el rostro de su Maestro, exige una verdadera renovación de la autoridad y de la obediencia. Igual que en la religión de autoridad, la autoridad y la obediencia seguirán siendo necesarias, pero el espíritu que las anime será totalmente distinto. Ya no se las considerará como esenciales. Permanecerán únicamente en cuanto que indispensables. Esto hará que, incluso cuando los actos ordenados y ejecutados sean los mismos, tengan un carácter completamente distinto. La autoridad y la obediencia en una religión de autoridad En una religión de autoridad, el jefe3 tiene que hacer patente su presencia en todo momento y de todas las maneras posibles. Tiene que hacerse necesario, incluso cuando no es más que útil. Tiene que intervenir hasta en las decisiones más pequeñas. Hace uso de su autoridad no sólo cuando se necesita, sino también con la simple finalidad de afirmarla y fortalecerla ante sus subordinados, a los que con ello prepara para una obediencia que se considera a sí misma tanto más perfecta cuanto más confiada, es decir, cuanto más ciega. El jefe tampoco ha de temer mostrarse indiscreto, en una religión de autoridad: ha de estar en todas partes. Siempre es competente. Jamás puede equivocarse o, por lo menos, nunca debe confesarlo. Estando siempre a la altura de las decisiones a tomar, no necesita pedir consejos a sus subalternos. Todo lo más, como producto de una educación refinada, o a veces también por táctica —cuando le parezca oportuno— puede pedirles que aprueben sus decisiones; lo cual no significa, sin embargo, que esté realmente atento a sus respuestas... siempre elogiosas por lo demás. Además, nunca ejerce su cargo sin hacerse acompañar de un ceremonial semejante al que se practica en toda sociedad, reforzado por un hieratismo un poco sacralizado, heredado de siglos y que realza aún más su prestigio. La obediencia, en una religión de este tipo, comporta unas taras que se corresponden con las de la autoridad, que, a su vez, las cultiva porque extrae de ellas, según piensa, un ascendiente suplementario. Esta obediencia se manifiesta a través de fervores desproporcionados y no evita exteriorizaciones excesivas que están fuera de lugar. Pide consejos y directrices con oportunidad o 3 Nota del Traductor: Como se verá, todo este capítulo es una reflexión sobre el detentador de la autoridad, el «jefe», en su relación con los subordinados, los cristianos, aunque —según su concepción— ampliará el sentido de «jefe» a todo cristiano que sea responsable ante otros de los asuntos de la fe. Así el padre creyente respecto de sus hijos, por ejemplo. En su descripción y análisis, Légaut pondrá de relieve las diferencias que se dan en toda esta cuestión según se esté en la perspectiva de la religión de autoridad o de la de llamada.

Comentando con el Autor que el término de «jefe» resultaba algo forzado e inusual, Légaut nos aclaró que estos capítulos formaban la última parte de un texto mayor en el que trataba y pensaba en el cristianismo en general, de un modo que abarcase a todas las Iglesias que se han dado históricamente. Por ello, dado que la terminología de la autoridad era distinta en ellas, optó por el término común de «jefe», lo mismo que por el de «enseñante» o «dirigente», y el de «inferior», etc., en las páginas siguientes. A lo cual nos permitimos añadir que la terminología que ahora nos parece especializada por acuñación, en el tiempo de las cartas pastorales de Pablo, era vocabulario civil común, siendo la traducción de «epíscopos», «presbítero» y «diácono»: dirigente, responsable y auxiliar, por ejemplo (cfr. 1 Tim 3, 1-2; 5, 17; 1 Tin. 1, 7 en la versión de la «Nueva Biblia Española»).

48 sin ella, llegando hasta a forzar a que la autoridad intervenga aun cuando ésta preferiría no comprometerse y abstenerse. También prejuzga como aventurada y sospechosa de espíritu orgulloso e independiente toda iniciativa que no sea ejecución de una orden. Cuanto más abunda en comentarios laudatorios, tanto más evita toda crítica, incluso la respetuosa y matizada. Todo lo que dice y hace el jefe es, evidentemente, excepcional. Sin ningún escrúpulo, se viste de servilismo y de piedad enternecida. No duda ante la lisonja y la adulación porque con ellas considera que manifiesta su buen espíritu. Le gusta humillarse, pues así cree ser humilde y alcanzar su perfección. Estas descripciones, sin duda, tienden a la caricatura porque reúnen rasgos que sólo algunos pertenecen a un jefe o a un inferior determinado. Cada detalle es exacto, pero el conjunto es excesivo. Hay que reconocerlo. Pero, ¿qué simple laico, por poco comprometido que haya estado en el servicio de su Iglesia, no reconocería en esta filípica algunas de las formas con las que se ha encontrado en sus relaciones con los miembros del clero o, también, algunas de las formas que él mismo ha adoptado, casi sin darse cuenta, sobre todo ante los altos dignatarios de la Iglesia?4 El detentador de la autoridad en la religión de llamada. En la religión de llamada el jefe también tiene que mandar, pero su estilo es completamente distinto. Su cargo exige mucho más. Para cumplirlo bien no basta con que esté revestido de una autoridad oficial ni con que ejerza su función de forma escrupulosa de acuerdo con unas reglas rígidas, por más sabias que sean. Aunque no se trate más que de un cargo intermedio, no puede limitarse a servir de mera conexión y transmisión automática entre la Autoridad y sus subordinados. Su papel no consiste tanto en ser un engranaje del gobierno, cuanto en ayudar a cada uno de sus inferiores en la vida espiritual. Ahora bien, la vida espiritual no puede mandarse, ni tampoco enseñarse de forma precisa. El jefe sabe esto y se ve colocado en una situación que es pura paradoja. Por ello, un jefe espiritual sólo ejerce su autoridad con modestia, y no teme que de este modo su autoridad decrezca: sabe que sólo así la autoridad puede ser fecunda para el fin que se propone. Puesto que sabe que él mismo está en búsqueda de lo esencial, no sin una gran discreción invocará, para imponerse, la voluntad divina. No cabe duda de que la autoridad que detenta por su función, ya que es necesaria, procede directamente de Dios; pero un jefe espiritual ve que esta característica es más el origen de sus graves responsabilidades que el motivo de confiar en que tiene en su mano los medios de asumirlas. De cualquier forma, sólo puede ser jefe por su cuenta y riesgo, asumiendo inevitables errores y extravíos. No reclama para sí ninguna infalibilidad, sino tan sólo una relativa competencia debida a las condiciones particularmente favorables en las que le ha colocado su cargo. Pero esta competencia sigue siendo insuficiente para darle un sentido agudo de las necesidades y de las posibilidades de sus inferiores si él, personalmente, no es un ser espiritual y un hombre de fe. En la religión de llamada, el jefe rehúsa toda distinción. En efecto, todo aquello que el servilismo hacia los poderosos utiliza y cultiva, sin que resulte indispensable a causa de la mediocridad de los subordinados; todo aquello que separa al jefe en un pedestal y engendra una aparatosidad que no es estrictamente necesaria, debe ser proscrito a fin de que la autoridad no sea obedecida por razón del Nota del Traductor: En un libro titulado Paciencia y pasión de un creyente (París, Le Centurion, 3.a ed. 1976. Hay traducción catalana en Ed. Claret), Bernard Feillet interroga largamente a Légaut. La tercera parte del libro está dedicada a las cuestiones de la Iglesia. En un momento determinado se dice: «¡¿Cómo es posible que antes de Juan XXIII no se pudiese hablar con el Papa más que de rodillas!? ¡qué extraña aberración! Esta nota en falso, por más mínima que se considere en el plano ceremonial, es grave en el orden institucional; repercute profundamente en la comunión eclesial y es más significativa que la definición idílica que de esa comunión se suele dar...» (pág. 179 de la edición francesa). 4

49 prestigio que realza su función. Es preciso, por el contrario, que esta autoridad vaya preparando poco a poco a los hombres para que le respondan de forma noble e inteligente, como seres libres. Por ello, no sólo huye de la ostentación, sino que, tanto como puede, baja la voz; y tanto más cuanto más se va acercando al logro de su objetivo: la autoridad de llamada aspira a no tener más acción que aquella discreta del director de orquesta al que cada uno sigue, los ojos puestos sobre su propia partitura, y a la que cada uno responde a su manera, inspirado por la respuesta global que es la propia orquesta. En el límite, la autoridad de llamada aspira a ser silencio y presencia; entonces, según esa perfección que, sin embargo, nunca alcanza, el jefe actuaría sobre el hombre de la misma manera que el recuerdo viviente de Jesús actúa en el corazón de su discípulo. De este modo, la autoridad no suplantará a lo esencial en el espíritu de los inferiores; ni tampoco les ocultará que lo esencial sigue siendo de naturaleza completamente distinta; pero también sabrá hacerles comprender que ella sigue siendo necesaria para descubrir y acercarse a lo esencial. Con vistas a ese objetivo, el jefe se hace tan próximo como puede de sus subordinados. Les pide que le ayuden a mantenerse en su papel, cuya pesadez no les oculta. Hace que participen en sus iniciativas, porque su colaboración le resulta necesaria tanto para tomar decisiones que sean justas como para lograr que lleguen a buen término. Confiándose a ellos en grado conveniente, no les disimula sus dudas ni sus vacilaciones, y de este modo les enseña a que ellos mismos busquen también su camino y soporten sus dificultades. Les protege en su búsqueda más que vigilársela. Más que dirigírsela directamente y paso a paso, la orienta de lejos con discreción y deja que se desarrolle al compás de sus propios caminos y ritmos. En definitiva, tiene fe en la eficacia del fermento cristiano en el corazón recto; tiene fe en su magistral adecuación a las posibilidades humanas, en la extraordinaria ductibilidad de su trabajo en el hombre, en su capacidad de volver a levantar poco a poco a aquel que se pierde de buena fe. Tampoco ignora que todo crecimiento está hecho de oscilaciones entre posturas extremas y complementarias, a la vez falsas y verdaderas. Conoce bien las numerosas crisis que pueden preparar mejor que ninguna otra cosa las etapas futuras, sólo a condición de que se las supere sin evadirlas. Sabe de las demoras que semejante progresión exige, y sabe también que conviene respetarlas. En definitiva, tiene fe en el hombre, y con esa fe y con su manera de estar con ellos, es como mejor ayuda a sus subordinados a que tengan fe en sí mismos y en Dios. Así es como aquellos que le han sido confiados son juzgados sin que él los juzgue; y así es como ese juicio alcanza a todo lo que son y no únicamente a sus comportamientos conscientes. El jefe los ata y los desata por su sola presencia, sin pronunciar sentencia. El papel de enseñante y de dirigente que tiene el jefe en la religión de llamada. La función de la autoridad en la religión de llamada no consiste tanto en enseñar la doctrina y hacer observar la ley de forma general, cuanto en presentarlas gradualmente, adaptándolas a cada uno para que les resulten espiritualmente útiles. El superior aspira a facilitar el camino hacia lo esencial; camino nunca rectilíneo, que siempre presenta algunos aspectos ambiguos y algunas singularidades, y que todo hombre ha de realizar a su manera y a partir de lo que él mismo es. Para alcanzar este objetivo, el jefe también ha de inventar sin cesar sus propios recursos, pues ante sí no tiene más que casos particulares. El superior no debe ignorar que una enseñanza exacta no siempre, ni para todo el mundo, es el mejor camino hacia la verdad. Tampoco debe ignorar que con toda certeza deja de serlo cuando es recibida de tal forma que, para comprenderla y acogerla, parece que resulta innecesario cualquier tipo de proceso espiritual, y que, por el contrario, lo mejor que se puede hacer es dejar de lado toda impugnación y toda crítica de dicha enseñanza. En consecuencia, el superior tendrá que esforzarse

50 por no enseñar más que aquello que puede ser creído sin una ceguera voluntaria, sin una inflación de los sentimientos y sin una traición de la inteligencia. El comportamiento que se impone como conveniente a un ser suficientemente formado no es el mismo que hay que recomendar a aquel que todavía no está capacitado para comprenderle y adoptarle con un espíritu adecuado. Hay casos excepcionales que no toleran más que soluciones excepcionales. A pesar de los riesgos y de las ambigüedades que esto comporta, cualquier otra solución resulta netamente contraindicada porque mutila imponiendo al caso particular la solución general; sacrificando a los intereses de la sociedad el individuo sin que éste sea capaz de consentir en ello libremente y comportarse así como un hombre adulto. La autoridad tendría que mandar sólo lo que pudiese ser cumplido por una obediencia auténtica: la que comprende la razón de las órdenes, la que no debe nada a la sumisión virtuosa, a los automatismos de la rutina, a las deformaciones del servilismo ni a los abandonos de la cobardía. El jefe, en la religión de llamada, ha de tener mucho cuidado de no dar a entender por su actitud que la obediencia a la ley y la adhesión a la doctrina pueden sustituir a la búsqueda del absoluto, o que son suficientes para promoverla, tal como siempre se ha tenido tendencia a pensar, porque resulta más Jaro, más seguro y a la vez menos exigente. Tampoco ha de insistir más de lo conveniente en las prácticas y en las creencias religiosas —por más importantes que sean— para no dar a entender que son lo esencial. El sabe que en estos terrenos —aun cuando son, de hecho, muy importantes— hay abstenciones y negaciones —hay que esperar que sean pasajeras— que tienen valor espiritual indudable, aunque esté mezclado con otras cosas y sea difícil de precisar. Para él son preferibles estas abstenciones y negaciones a las disciplinas que sólo son mecánicas y a las afirmaciones que no están verdaderamente asentadas en el interior, que pueden dar buena conciencia pero que son ajenas a una vida en verdad religiosa. Estas abstenciones y negaciones, las respeta no sin sufrir, las asume con fe y paciencia, pero también las conoce por dentro como para poder plantear bajo qué exigentes condiciones son legítimas, y a qué yerros conducen si uno se deja llevar por su facilidad. De este modo, tanto como puede, conjura el mal ejemplo, el escándalo, del que los débiles pueden ser víctimas. En la religión de llamada nadie puede ser jefe verdadero si no está en búsqueda espiritual. Únicamente en la medida en que el jefe busque su propio camino sabrá respetar el de los demás. Sólo podrá alcanzar ese respeto en el recogimiento, en el cara a cara consigo mismo y con Dios, y no en la seguridad que le procura la confianza en la gracia de estado, la legitimidad de sus poderes y la observancia meticulosa de leyes, reglamentos y órdenes. Aunque no rehúsa las ocasiones de ejercer su autoridad, tampoco las busca. En sí mismas, no le gustan. No las suscita bajo el impulso de un celo sistemático, siempre ambiguo. Cuando se imponen, se entrega a ellas con la atención propia de quien se esfuerza por encontrar —porque lo ignora por adelantado— aquello que, en ese preciso momento, es conveniente. Su calidad religiosa, su recogimiento actual, son más importantes para una decisión justa que su saber y su diplomacia. El jefe está siempre vigilante, pero no interviene más que cuando no puede evitarlo, mientras tanto deja el máximo de margen para las iniciativas de aquellos que dependen de él, para que aprendan a conocer y a usar de la libertad, y descubran la fidelidad que, más allá de la obediencia, es atención y docilidad a lo mejor de sí mismos y a Dios, simultáneamente. El jefe tiene que disponer de una real autonomía.

51 Tales procesos, actitudes y comportamientos plantean que el jefe tenga una autonomía real. Son imposibles si se encuentra estrechamente ceñido por normas que se pretende que sean respetadas al pie de la letra en todas partes y en todo momento. La tendencia común a todas las religiones de autoridad consiste en utilizar al máximo las posibilidades técnicas de los inventos modernos para centralizar cada vez más los poderes y no considerar a los jefes y subalternos más que como intermediarios pasivos, encargados de transmitir las directrices que vienen de la cabeza. Esta coincidencia entre la tendencia autoritaria y las posibilidades técnicas hace todavía más imposible que las enseñanzas y las órdenes generales se adapten a las necesidades y a las posibilidades de seres muy diversos (que viven en niveles humanos muy diferentes y en condiciones muy variadas), de forma que les puedan guiar a pensar y actuar con verdad, realizando con ellos una labor propiamente espiritual. Esa coincidencia ensancha más el foso que separa a los hombres de las religiones de autoridad, justo cuando comienzan a no soportarlas ya pasivamente debido a su profundización y originalidad personales. La centralización de la Autoridad y los estrechos límites de las iniciativas de los superiores intermedios hacen que las decisiones unilaterales de la cúspide (que hacen creer a esas religiones que son dueñas de su destino) aceleren de hecho su decadencia. Una extrema descentralización, semejante a la que se practicó antaño, cuando las religiones abarcaron una extensión territorial considerable, y que fue la que les permitió implantarse en pueblos muy diversos, es necesaria en la religión de llamada. Es una de sus características. Sólo ella puede hacer que el jefe tenga la posibilidad de realizar libre y creativa- mente su papel de animador. Para cualquier otro tipo de religión, esta descentralización sería, sin duda, ocasión de desórdenes, causa de dispersión y sin duda de desaparición. La acción del jefe está orientada principalmente hacia las relaciones personales con sus inferiores. En la religión de llamada, como en las otras religiones, la autoridad se ejerce primeramente en el plano colectivo. Sin embargo, la de llamada exige además una actividad más directa, inevitablemente menos extensa que la primera, pero más profunda. Para no ser sólo un técnico de la organización y del gobierno y ser plenamente un jefe de la religión de llamada, el superior ha de conocer a sus subordinados de forma personal, de manera que sea capaz de interpretar útilmente para ellos la doctrina y la ley. Ello requiere un contacto real y frecuente con ellos que no puede lograrse con una simple visita episódica y mundana, de estilo paternalista, con ocasión de alguna gira canónica. Sólo un contacto real hace que el jefe franquee la distancia que, aun a pesar a veces de su deseo y precauciones, puede seguir existiendo entre él y sus inferiores. Es lo único que puede impedir que su función se vacíe de toda actividad espiritual y acabe por ser simple tarea administrativa. Es lo único que le puede salvar de una ceguera instintiva que tiende a atenuar a sus ojos las dificultades y las exigencias de su cargo. ¿De qué otra forma, si no, podría protegerse del optimismo propio del mando del que toda autoridad está siempre tentada de usar a su favor y al de algún otro? En la religión de llamada, por sus especiales imperativos, el ejercicio de la autoridad exige una presencia a sí mismo y al otro que el gran número de relaciones hace físicamente penosas. Para un jefe, aunque rechace dejarse llevar por las grandilocuencias de la retórica sagrada o del lirismo, le es más fácil dirigirse como orador a una asamblea que hablar a los hombres en particular, sobre todo si aspira a entregarse a ellos en conversaciones directas y verdaderas. Pero, en compensación, ¡qué luz para él mismo cuando un ser logra arrancarle las palabras adecuadas para sí y, de esta manera, al fin, a base de reales esfuerzos, ambos se encuentran realmente el uno frente al otro en su humanidad! ¡Imposible recibir luz semejante ante un auditorio numeroso pero anónimo, atento pero extraño! ¿Qué orador no ha conocido alguna vez el vacío que se abre ante él después de una charla de la que

52 no puede ignorar la inutilidad última ante un público que en resumidas cuentas, no es más que acogedor y simpático? A pesar de la satisfacción que se le testimonia al final, es demasiado evidente para él que el único que ha tenido un contacto real y duradero con lo dicho ha sido él mismo. Dificultades para ser un jefe así en una religión que es principalmente de autoridad. No es fácil ser llamada cuando se es jefe y todas las estructuras de la religión están ordenadas para hacer respetar la autoridad y no para que el hombre sea más profundo. Los inferiores tampoco ayudan a ello. El motivo no sólo es su relativa pasividad tras de la que se defienden como por instinto. Es que, ante un representante de la Autoridad, si no se apartan voluntariamente, si no toman realmente distancias, no son nunca completamente ellos mismos por más que éste los aborde con la mayor simplicidad. El comportamiento de los inferiores ante el superior ha entrado a formar parte de la costumbre de modo que ya no proviene tanto de la obediencia y del respeto como de la costumbre. Este comportamiento, a fuerza de practicarse durante siglos en un clima de servilismo que el ceremonial se esfuerza por fomentar, ha terminado por no tener ninguna profundidad humana. Además, los que están más cerca del jefe por su función se portan ordinariamente ante él como cortesanos, incluso los mejores de entre ellos, que consienten en ese ambiente aunque sólo sea por educación. El resto, sin escrúpulos, rodean al superior de una nube de incienso y segregan a su alrededor un mundo acolchado en el que se habla bajo, en el que todo está previsto, en el que lo auténtico se reemplaza por lo convencional, y lo real por lo conveniente. En la religión de llamada, el jefe debe rechazar absolutamente esta rastrera adulación devotamente cultivada; lo mismo que ha de tener por completamente nula, en cuanto a valor humano, la disciplina de los figurones que, en cualquier otro contexto son vivacísimos y de reacciones precisamente muy personales. No obstante, esta disciplina, que no es más que servilismo, y esta adulación, con sus formas refinadas, no dejan de representar para el jefe una tentación importante. Se adecúan demasiado bien al instinto de poder que hay en él como en cualquier hombre; instinto que, en su situación, es fácil de sacralizar; ¿no es lo que hacen con frecuencia sus iguales? Tiene que vigilar atentamente para defenderse de esa tentación. ¡Cuánto más fácil le sería ser un hombre anónimo entre los humildes de la tierra! Dificultades para ser un jefe de este tipo en una religión que es simultáneamente de autoridad para unos y de llamada para otros. Sin embargo, la dificultad principal de la autoridad en el cristianismo de llamada no procede del clima en el que el jefe se ve condenado a vivir por la falta de nobleza de sus subordinados; clima tejido a menudo de aislamientos y acompañado irónicamente por relaciones ceremoniosas y ridículas, que nunca alcanzan el nivel propiamente humano y no son más que puras formas. De hecho, no hay religión cristiana que no tenga que ser simultáneamente de autoridad y de llamada, siendo más especialmente de autoridad para unos y de llamada para otros, según las condiciones en las que cada uno se encuentre. Mientras que en una familia la paternidad de llamada puede ir sustituyendo progresivamente a la paternidad de autoridad5 a medida que los hijos crecen, en la sociedad hay siempre elementos cuya corta edad en madurez humana, exige que se les mande y 5 Nota del Traductor: Estos términos pertenecen a la reflexión y testimonio que sobre la paternidad humana Légaut desarrolla en el capítulo III de su libro: El hombre en busca de su humanidad (París, Aubier, 1971), que próximamente se reeditará en nueva versión y edición en castellano.

53 enseñe, mientras que hay otros que, para poder seguir creciendo espiritualmente, han de vivir ya de la religión de llamada. ¿Cómo conciliar autoridades tan diferentes que tienen que ejercerse simultáneamente, yuxtaponiendo formas de hacer tan contrarias? ¿Cómo preparar la religión de llamada en el clima de sumisión característico de una religión de autoridad, a la que con gusto el hombre se remite porque encuentra en ella la seguridad de los caminos trillados y la satisfacción de los objetivos accesibles? ¿Cómo mantener las bases indispensables de una religión de autoridad cuando se intenta promover el clima de libertad exigido por la religión de llamada, y sin el cual hay peligro de que esta última nunca llegue a nacer? ¿Cómo no arruinar la eficacia inicial de la religión de autoridad, si ya apunta en el horizonte la libertad prometida por la religión de llamada; esa libertad a la que, de una forma genérica, aspira el hombre más por deseo de emancipación que por conciencia de las exigencias de una vida religiosa personal? ¿Cómo evitar que se vacíe de su contenido característico la religión de llamada, si se encuentra continua y estrechamente refrendada desde su nacimiento y durante su crecimiento por los dictámenes de una religión de autoridad? Tanto esta conciliación como esta preparación no se llevarán a cabo sin que se exija mucho de quienes, superiores o inferiores, sean suficientemente conscientes de su imposibilidad de hecho y, por ello, se esfuercen por remediarla con paciencia, tenacidad y abnegación. En muchos casos, la caridad tendrá que flexibilizar a la autoridad —aun a riesgo de convertirla en menos eficaz— y que justificar a la obediencia, aun a riesgo de dejarle que tenga un cierto tufillo de pasividad. Nadie podría decir cómo ni cuánto. En consecuencia, la religión de llamada sólo puede coexistir con una religión de autoridad en virtud de la altura espiritual de sus miembros y de su capacidad de sobrellevar y soportar la situación. Dificultades de la autoridad en el cristianismo moderno. El cristianismo, heredero de un pasado en que fue religión de autoridad inseparable de un poder político, se ve sometido, debido a la rápida evolución de las mentalidades y a la emancipación de las naciones, a ataques que, desde hace varios siglos, le hacen retroceder sin cesar. Cualquier jefe de la Iglesia, aunque no capte aún el papel esencial de la llamada en el cristianismo, se ve forzado, simplemente por preocupación pastoral, a convertirse él mismo en llamada, puesto que mandar ya no basta, y su atropa» —ya muy diezmada— vacila y a veces da media vuelta y echa a correr. Tras de sí ve cómo su pueblo se hunde poco a poco. Con excepción de algunos elementos más partisanos que fieles y más vinculados a opiniones políticas y sociales que movidos por su sentido religioso; con excepción de algunas personas, más sectarias que abiertas a la caridad, que atribuyen al cristianismo una misión de salvación irrisoria, reducida a un número ínfimo de elegidos; con excepción también de todos aquellos que tienden ferozmente hacia la certidumbre y la seguridad, la mayor parte de los fieles restantes siguen a la Iglesia no sin grandes dudas. El jefe no puede dudar de que bajo capa de una tolerancia que oculta una indudable tendencia al sincretismo o a la indiferencia, muchos de entre ellos no creen ya en la misión irremplazable del cristianismo. Lo más frecuente es que sólo le reconozcan un papel civilizador... Por otra parte, el jefe no puede desconocer la mediocridad, tan generalizada, en cuanto a humanidad y vida espiritual, de los que tiene a su cargo; mediocridad en parte debida al modo como se vienen ejerciendo desde siempre la autoridad y la obediencia en el cristianismo; debida también a las tendencias de una sociedad abocada al materialismo y al activismo, y edificada sobre la vulgaridad de las masas. Esta deficiencia, cuya importancia es imposible exagerar y que se oculta

54 bajo el relativo bienestar de la vida cotidiana, convierte en inoperante, e incluso en peligrosa, a la religión que sea únicamente de llamada. Para la mayor parte de sus miembros, que nunca han superado el nivel humano y religioso de las buenas gentes de Iglesia y a los que desde hace siglos nunca se les ha propuesto que lleguen a ser otra cosa, ¿qué quedaría del cristianismo en el caso de que se flexibilizase demasiado rápida y radicalmente su aparato de autoridad tan minuciosamente construido? ¿No se les había prohibido hasta ahora todo tipo de religión en que la conciencia individual jugase un papel importante, en que la libertad ocupase un lugar fundamental? ¿Se hubiera podido en el pasado afirmar, de forma más categórica y más solemne de lo que se hizo, que esa dimensión personal no era conveniente porque no dejaba espacio a la autoridad de Dios? ¿Cómo negar, por otra parte, que una religión vigorosamente personal no comporta, inevitablemente, peligros graves, tal como con demasiada frecuencia se ha puesto de manifiesto? Desamparados, los cristianos, ¿no serán, todavía más deprisa, presa de las ideologías que ya (a pesar de su cristianismo autoritario) les influyen de forma poderosa, porque encuentran en ellas, mejor que en la enseñanza de su Iglesia, algunos ecos que responden a sus intereses inmediatos y a sus aspiraciones más vivas? ¿Qué jefe religioso, consciente de las graves coyunturas actuales (tanto más peligrosas cuanto que no se presentan ordinariamente de forma violenta), no se ha topado con este dilema cuando reflexiona con atención sobre las causas próximas o remotas de esta situación, y además prevé sus prolongaciones inevitables o, cuando menos, inquietantes? Únicamente la vida concreta, llena de tropiezos, de tanteos, tejida de avances y de retrocesos, muda respecto de los rodeos que tiene que dar para disolver sus contradicciones, podrá resolver el dilema crucial al que el cristianismo, de ahora en adelante, ya no podrá escapar. Pero, ¿hay una situación más exigente para un jefe que avanzar sin saber en definitiva adónde va; que gobernar ignorando las consecuencias de sus órdenes, incluso de las más inmediatas, y quizás temiendo lo peor? Todo jefe que sea clarividente se encuentra crucificado por su lucidez, cara a un futuro cerrado que parece que se acerca a grandes pasos, ineluctablemente. Le tienta poner su confianza en un endurecimiento de la autoridad, y encontrar en ello la seguridad y la tranquilidad de su conciencia. Pero sabe de sobra que el remedio es peor que la enfermedad, que intentando tapar las fisuras abriría una brecha mayor. Ante una vuelta atrás imposible de esperar, pues es irrealizable, vacila también ante cualquier paso adelante, preso de vértigo por la idea de las medidas imposibles de tomar sin enormes peligros y que, además, sin asegurar el objetivo parece que ponen en peligro lo que todavía queda en pie. Por otra parte, él solo, ¿qué puede hacer que valga la pena y que no sea más que componendas de detalle? Las estructuras monolíticas actuales de la Iglesia se lo impiden. Ninguna iniciativa de un superior intermedio —ni siquiera si la toma en estricto secreto y con discreción— se puede intentar sin que parezca un acto de indisciplina, sin que se interprete como un desacato a la tradición, sin que levante la sospecha de que cuestiona lo esencial en la Iglesia, sin que se le acuse de atentar a su unidad y de fomentar algún cisma o herejía. Y hay que contar, además, con la sorda reticencia de la base que no sólo no tiene vivacidad en la búsqueda, sino que se manifiesta como la resistencia misma, con su rutina e inacción. Casos extremos en los que la autoridad debe desaparecer ante la justicia y la caridad. Pero hay casos en que la urgencia no admite retraso y exige un remedio inmediato. Hay momentos en que el jefe se ve obligado, al aplicar la ley, a aplastar a los pequeños, humanamente incapaces de sobrellevar su peso, con lo cual se amenaza, si no se destruye, su vida espiritual. Entonces cae sobre él la condena del propio Jesús. ¿Cómo hacer para que en esos casos extremos, que se multiplican por las condiciones sociológicas modernas, una religión de autoridad no sea fuente de perdición

55 precisamente para aquellos a los que ha de formar? Para actuar sobre sus miembros no cuenta más que con la imposición de normas generales, concebidas por lo general en función de las necesidades de una sociedad en su vida ordinaria; normas, por tanto, que en absoluto están adaptadas a los casos particulares y sobre todo a los casos más difíciles, los de los seres más vulnerables. En estos casos, hay que entrar en la excepción a través de una conducta que en nada se puede reglamentar, pero que la caridad exige; es algo que únicamente la religión de llamada, en su pureza sobrehumana, sugiere e incluso impone. Entonces, las iniciativas individuales han de ser tomadas sobre la marcha, más allá de toda regla abstracta, más allá de toda disciplina social, en silencio, al margen del gran número, bajo la luz de lo esencial entrevisto por uno mismo, por su cuenta y riesgo, y bajo su exclusiva responsabilidad. Entonces, el superior es como uno cualquiera. Tiene que decidir al margen de los deberes generales de su cargo. No debe escudarse tras ellos. Nada le puede dispensar de intervenir en nombre propio. Hay observancias que son abstenciones y, bajo capa de disciplina, deserciones. Ahí también Jesús ayudará a sus discípulos a que sean como conviene. ¡Cuántas veces fue Él el que levantó a los que, condenados, se encontraban aplastados por la ley judía, llegando a devolverles la inocencia al asegurarles «el perdón de Dios» a pesar del escándalo que provocaba! Si el jefe no está personalmente en búsqueda, se convierte, incluso cuando actúa con la regularidad más minuciosa, en simple engranaje de un mecanismo que lleva a la perdición del cristianismo, o al menos a la de su razón de ser. Si sólo es jefe por la función que corona una carrera —por más honorable que ésta sea —es imposible que no sea un agente inconsciente e involuntario del fracaso del cristianismo en lo esencial de su misión. Sólo una vida espiritual, más que activa contemplativa, podrá suscitar en él el genio que inventa los caminos de su acción apostólica; hará que salga de los caminos que se siguen normalmente en su entorno, y que no responden más que a una religión de autoridad considerada como un fin en sí misma. Sólo una espiritualidad renovada a través de la vida, profundamente diferente de las que se profesan en su ambiente, que están al amparo del prestigio del pasado y en la rutina de las tradiciones, le podrá dar la fuerza de perseverar con tenacidad en su iniciativas, a pesar de los fracasos que fatalmente surgirán por más pensadas y necesarias que esas iniciativas sean. Sólo esta espiritualidad, que tendrá que descubrir por sí mismo, le permitirá mantenerse firme ante los reproches de los que sólo saben cumplir correctamente una función, se parapetan tras ella y, a veces, hasta condenan desde ella sólo para mejor defenderse de oscuros remordimientos... Únicamente la misión y la fe, íntimamente ligadas entre sí por definición, podrán procurarle la paciencia y la esperanza necesarias para llevar una carga tan pesada, no sólo por la realización de las tareas posibles, sino también por la lucha contra lo imposible; es una carga tan grande y tan limitada en los medios de que en definitiva puede disponer, que resulta vano y presuntuoso desear asumirla si no es por una llamada interior a compartir los sufrimientos más punzantes que Jesús conoció cuando se acercaba el final de su vida. La tentación del jefe en el cristianismo moderno. ¡Qué tentación negarse a esta tarea sobrehumana cerrándose a cal y canto en el clima ficticio del pequeño cenáculo de los más próximos, donde de ordinario él es el centro indiscutible e incensado! Sociedad cerrada, ignorante, incluso cuando, constituida por «especialistas», está bien documentada con los mejores métodos de información. Este ambiente, impregnado por completo de la paz y de la certeza de los despachos, sólo le pide que interprete su papel. ¡Qué tentación, entonces, la de extraer de la consideración de los tiempos ya pretéritos —y pasados sólo por la criba de

56 historiadores indulgentes por encima de todo— un optimismo que, a decir verdad, procede menos de la fe que de una búsqueda de seguridad y de evasión! ¡Qué tentación la de encerrarse, ciego y con la tenacidad del que echa mano de los últimos recursos, en una religión autoritaria, invocando las Escrituras que, siempre según la letra, y a menudo también por su espíritu, reflejan las religiones de autoridad que las produjeron! Verdaderamente, hay pocos jefes religiosos que al final de su vida, bajo el peso de experiencias decepcionantes, no acaben por sucumbir a estas tentaciones... Destino que aguarda a la autoridad consciente de la situación actual del cristianismo. El jefe religioso, si no se deja seducir por su situación social y sabe superar las florituras, está en una situación privilegiada para poder comprender lo más íntimo de Jesús y vivir de ese conocimiento. Aunque haya sido escogido por su docilidad, sus orígenes y sus buenas formas más que por el vigor de su carácter y de su vida espiritual —como sucede con frecuencia en la religión de autoridad—, a veces, las mismas necesidades pastorales lo transformarán. Le descubrirán su misión allí donde antes no había visto más que una función legalmente fundamentada y doctrinalmente definida. Le forjarán como al hierro el martillo sobre el yunque. Es probable que al principio, saboree la dicha y el interés de un cargo al que antaño pudo haber aspirado como objetivo de una de las carreras socialmente más respetadas y envidiadas. Pero ahora se ve llamado a vivir sobre todo las últimas horas de Jesús a las que los primeros discípulos sólo supieron asistir como críos, desesperados y aterrorizados, y que sólo comprendieron verdaderamente a través de su propio martirio. Mejor que de cualquier otra forma y sólo de esta manera, él será su sucesor. Pero, a diferencia de Jesús, que bebió su cáliz de un solo trago, él tendrá que beberlo gota a gota, hasta las heces, a lo largo de la vida, protegido de las pruebas espectaculares por la banalidad de los asuntos normales y corrientes y de los protocolos de los reglamentos, y abocado por fuerza a combates de retaguardia en una retirada que sabe desesperada, sin poder escapar al sufrimiento de una reforma imposible que, sin embargo, hay que hacer, que él solo no puede llevar a término, y de la que hasta le cuesta reconocer la necesidad y la urgencia, al verse tan solo. Si el jefe religioso logra ser suficientemente consciente de la grave situación en la que se encuentra el cristianismo, si sabe mantenerse despierto a pesar del asalto de tentaciones de todo tipo que tienden a adormecerlo y asimilarlo a la somnolencia que abunda en torno suyo, llegará ineluctablemente a percibir, no sin vértigo, cómo la insuficiencia de humanidad —cuando no su ausencia— y la carencia espiritual —cuando no sus imitaciones fraudulentas— limitan por todas partes su acción, tensa por completo, apuntando sin desperdiciar un punto de su energía, hacia un objetivo más allá de las posibilidades humanas. Tendrá que sobrellevar, no sin que a veces lo desanimen, las amenazas que gravitan sobre las respuestas a sus llamadas apostólicas: respuestas nunca adquiridas definitivamente, y que sin cesar vuelven a caer en formas antiguas con presentaciones nuevas; llamadas siempre insuficientes, pues están completamente limitadas por lo que se le permite decir y por lo que se le puede comprender. Igual que su Maestro, llegará a descubrir no al Dios perfecto, acabado sin haber sido hecho, simple Señor omnisciente, omnipotente y benévolo, sino al Ser que, en sí, es presa del drama de crear y de desplegarse. Siguiendo a su Maestro, con El y como El ese drama, en el corazón de su vida, le hará «ser». II En una religión que esencialmente es de llamada, pero que también es, por necesidad y bajo el peso del pasado, religión de autoridad, los inferiores han de ser plenamente conscientes de la pesada carga

57 que llevan los que les mandan; han de serlo como si ellos mismos tuviesen que asumirla Para poder ser, sana y noblemente, el último, hay que ser capaz de ser el primero. Sólo con esta condición, los cristianos sabrán obedecer de forma conveniente y podrán ayudar a que sus jefes sean lo que tienen que ser. Por otra parte, no hay inferior que no sea, de una u otra forma, superior intermedio en el pequeño ámbito de sus relaciones. Además, sólo viviendo con la mayor plenitud posible su propia misión, el hombre, cualquiera que sea su rango en la Iglesia, irá progresando en la sabiduría que le capacite para ser un jefe con dimensión social, si reúne las demás cualidades y un día recibe esa función. Papel del padre respecto de su hijo en el cristianismo de llamada. En particular, el padre6 ha de encararse con unas dificultades singulares cuando se esfuerza por ayudar a su hijo adolescente a descubrir una vida espiritual personal, después de haberle dado en la infancia una primera formación consistente en una doctrina rudimentaria y unos hábitos piadosos en los que, salvo excepciones, la credulidad y la docilidad predominan con relación a las verdaderas inclinaciones religiosas. La acción educadora en este terreno es más delicada que en ningún otro, pues la instrucción, que en la práctica es autoritaria, no basta pata ello en modo alguno. Supuesto que es incapaz de provocarlas directamente, debe esforzarse con su acción en favorecer que se desencadenen iniciativas propiamente religiosas que no pueden ni ser ordenadas ni siquiera indicadas, estimulando su aspecto sugestivo, dado que no nacen ni de la obediencia ni de la imitación. Sin esas iniciativas, el joven, cuando se encuentre sometido a presiones sociales mucho más potentes que la influencia familiar, de la que por lo menos temporalmente en su deseo de afirmación tendrá tendencia a despegarse, estará condenado a ceder a tales presiones, pues no tendrá dentro de sí con qué resistirlas. Por otra parte, incluso en el clima de intimidad de una familia lograda al padre siempre le sorprende la emergencia de las múltiples herencias que reciben y padecen sus hijos, de modo muy diverso, por supuesto y sin que ellos mismos puedan reconocerlas y menos todavía dominarlas. Aunque tenga un conocimiento y una intuición muy reales, no alcanza a prever sus reacciones ni su evolución, que a menudo le sorprenden penosamente o, por el contrario, le maravillan. Impotente para comunicar a su hijo lo mejor, a pesar de que desea descubrírselo; creyendo en el valor universal de lo que él vive y teniendo fe en su hijo, ¿cómo podría su paternidad ser otra cosa que llamada? El padre no debe ser para su hijo únicamente el representante de la doctrina y de la ley. No tendrá que limitarse a enseñar a su hijo la letra de la doctrina, pues ya no es del todo niño, pero tampoco puede mostrarle la razón de ser y el alcance de la ley, porque el chico no tiene aún, en el grado que sería preciso, la humanidad y madurez necesarias. Se esfuerza en hacerle comprender que le es preciso descubrir a lo largo de toda su vida la profunda conveniencia de ambos. La influencia personal ayudará a ello más que los consejos que no pueden ser comprendidos aunque sean escuchados. Sólo en la medida en que el hijo alcance la íntima inteligencia de las doctrinas y de las leyes, de su génesis y su naturaleza, podrá afirmar, por difícil que le resulte, que ellas son para él verdaderos accesos a Dios, provenientes de Dios en cierta forma; y sólo así sabrá comportarse ante 6 Nota del Traductor: En los cuatro apartados que siguen, Légaut aplica parte de sus reflexiones del texto citado en nota 5, al caso concreto de la educación religiosa de los hijos por parte de sus padres. Para el padre forma parte de su «misión», no es algo que concluye con la instrucción del «niño», ni es algo que se pueda «delegar», en lo que tiene de más profundo. Además, esta relación entre el padre y el hijo sirve a Légaut para desarrollar su concepción de la «paternidad espiritual».

58 ellas de forma religiosa, como hombre libre. ¿Cómo ayudarle a lograr esto a esa edad en que, a decir verdad, se ignora todo sobre la vida, aunque sea necesario creer, no obstante, que se tiene ya una idea sobre ella, pues es preciso asumirla con una inicial autonomía? ¿Cómo suscitar de otro modo que de forma indirecta y ocasional, y para que lo continúe por sí mismo, ese esfuerzo de entendimiento que ningún estudio de los que se proponen a los jóvenes exige ni prepara; que la abundancia y la misma naturaleza de los conocimientos absorbidos —más que digeridos— tienden a impedir, y que el trepidante ritmo y el furor de vivir de los tiempos modernos hacen prácticamente imposible? Esta profundización personal no puede despuntar y desarrollarse más que por medio de una lenta gestación, disimulada a los ojos de los demás bajo apariencias que no guardan ninguna relación con lo que ocultan; gestación larga que favorecen sin que nadie sepa ni cómo ni cuándo, ciertos acontecimientos, tal vez los menos sobresalientes en medio de la banalidad cotidiana. Además, aun rodeando a su hijo del clima familiar más favorable, deberá respetar los plazos que le den tiempo para madurar suficientemente. Deberá soportar con paciencia y discreción los desvíos e incluso los retrocesos que necesariamente se producen durante este período intermedio lleno de ambigüedades, en el que todo es posible, lo mejor y lo peor. El hijo, en efecto, no es todavía lo bastante consciente para percibir ni para reconocer las llamadas que le solicitan e intentan hacerle despertar a su humanidad: sin ni siquiera darse cuenta de ello, se encuentra a merced de todas las influencias de su medio social. ¡Qué necesario es para el padre tener fe en su hijo! De otro modo, ¿cómo podría evitar manifestarle de forma intempestiva su inquietud, a través de reacciones instintivas que su amor tiende siempre a convertir en violentas? Sin esa fe, ¿acaso, no lo reprendería severamente, adquiriendo así buena conciencia, al mismo tiempo que se desentendería —equivocadamente— de sus responsabilidades? Sin esa fe, ¿cómo lograría no ceder a las irrisorias facilidades de una autoridad en definitiva impotente, e incluso nociva a la larga? Las exigencias más profundas del adolescente miran hacia la religión de llamada y mandan sobre los comportamientos del padre. Hacer pasar de la religión infantil a la de adolescencia, es ya comenzar a transformar una religión de autoridad en religión de llamada. En las actuales coyunturas sociales, el hijo, más rápidamente de lo que le ocurrió a su padre, se encuentra desprendido del clima de sumisión en el que resulta natural la religión de autoridad. Sin decirlo, sin él mismo saberlo, está pidiendo que se le aporten los elementos de la religión de llamada para la que todavía no está maduro, pero que, de forma impulsiva y ciega, su evolución interior y su intuición religiosa le llevan a desear. Además, critica ya todo lo que juzga que no es verdaderamente espiritual en la religión de autoridad a la que hasta el presente se había plegado. El padre, ¿tiene que continuar imponiendo, cueste lo que cueste, unas prácticas que el hijo, muy joven todavía pero reflexivo ya, juzga, no sin razón, vacías de todo valor religioso; prácticas en las que la obediencia se impone porque sí y que en la actualidad sólo se mandan porque también lo fueron en el pasado, en un tiempo en el que resultaban convenientes a la mentalidad y a los horizontes de la época?, ¿debe intentar, por medio de ingeniosas adaptaciones, salvar, en el espíritu de su hijo, unas reglas que antaño se observa- van con una finalidad totalmente diversa? Es más, existen prácticas mucho más esenciales, que actualmente el hijo no puede observar más que por disciplina, y contra las cuales protesta porque sus formas, e incluso su espíritu, ya no son

59 apropiados; con ellas ya no tiene ni la posibilidad de hacer alguna transposición que las convierte en auténticamente religiosas para él, ni tampoco la paciencia de quienes sobrellevan la Iglesia con abnegación y a la espera de su necesaria mutación. ¿Es necesario que el padre comprometa su autoridad en este asunto de otro modo que mediante unos discretos consejos de hermano mayor? En este caso, lo mismo que en los precedentes, ¿no corre el peligro de ver cómo su hijo juzga a la religión a partir de unos comportamientos que no pueden parecerle más que artificiales, e hipócritas a veces? Si el hijo es dócil y de espíritu conciliador, llegará al final a no practicar la religión más que a través de un conformismo que, aunque se le llame tradicional, es propiamente arreligioso. En el futuro, esta manera de actuar, siempre estéril pese a sus apariencias tranquilizadoras, será cada vez menos frecuente. Si el hijo, en cambio, tiene mayor vigor, rechazará estos comportamientos por razones de autenticidad, y será así arrastrado a negar, de paso, todo valor a cualquier acto religioso, sea cual sea, tal como le incita a pensar la formación intelectual que recibe y el clima general en que vive. Un padre que no se contente simplemente con aceptar y confiar en los decretos de una religión de autoridad, que comprenda la absoluta necesidad de ser fiel al espíritu propio del cristianismo, religión de llamada por esencia, y que sitúe su misión respecto de su hijo por encima de la observancia de cualquier ley, no podrá dudar. Asumirá sus responsabilidades con los riesgos y peligros que conlleven y aceptará una ruptura con la disciplina tradicional. La madurez de su vida espiritual y su comprensión de lo que es la caridad auténtica dependen de ese paso que le separa y aparta de la fila. La libertad cristiana se lo permite, y el espíritu de Jesús se lo impone. Pero aún hay que ir más lejos. En efecto, un comportamiento como éste, de un padre en el seno de su familia y cara a sus hijos, no podrá mantenerse siempre en el ámbito de lo privado, sobre todo cuando el hijo se haga adulto y vaya a fundar su propio hogar. En esa circunstancia, el padre no debe sacrificar el eventual despertar religioso de su hijo, hecho hombre sin haber llegado de verdad a una religión personal, y presionarle, de forma más o menos directa, a la observancia exclusivamente mundana de un compromiso desprovisto para él de toda dimensión religiosa y que no tiene siquiera las consecuencias jurídicas de un contrato firmado en el juzgado. Con el fin de legitimar esta presión —a la que muchas veces se ve arrastrado únicamente por consideraciones de tipo social o de tradición familiar—, el padre ya no puede argumentar que una ceremonia celebrada en esas condiciones tiene algún tipo de eficacia. Conducirse así sería confirmar a su hijo, si tuviera necesidad de ello, en la opinión de que la religión es una conveniencia social más, que hay que respetar en algunas fechas señaladas de la vida. Estas concesiones que se hacen a unas costumbres, restos de una sociedad que fue en otros tiempos una cristiandad, no pueden ser en ningún caso punto de partida de una actividad propiamente espiritual. Al contrario, la obstaculizan. Apartan de ella, porque reducen la religión a algo ficticio, constituido por una práctica puramente profana y, además, intermitente, y con intervalos tan largos como los que median entre dos eclipses. Además, por duro que pueda resultarle, el padre debe estar suficientemente alerta sobre sí mismo para ser capaz de rechazar la satisfacción de ver cómo su hijo se somete a las reglas religiosas sólo con el fin de no apenarle. Debe dejar bien claro a su hijo que la fe que tiene en él le ayuda a superar las apariencias y que no quiere a ningún precio ni perder esa fe ni basarla en las apariencias. Respecto de su hijo, el padre no debe poner límites a la rectitud de su juicio amparándose en la letra de las leyes de su

60 Iglesia. En una religión de autoridad, si uno no se ha desprendido todavía del formalismo y de la mentalidad que dominan en su ambiente, y si tampoco se ha salido de un cierto infantilismo religioso, es fácil aprovecharse de la dey, sin darse cuenta de que se abusa gravemente de ella, observándola al revés: creyendo observarla por no hacer nada contrario a su letra, se puede estar atentando frontalmente contra su sentido. Esto puede ocurrir, en particular, en los casos siguientes: en un matrimonio religioso después de un divorcio que sigue a un casamiento civil, o también cuando un viudo, y más una viuda, se casa de nuevo si ello repercute en desarraigo familiar de sus hijos. Y lo mismo pasa en ciertas situaciones causadas por alguna «entrada en religión». El padre tendrá que protestar si ve que su hijo se aprovecha de unas reglas de la Iglesia en contra del espíritu que las dictó, y que lo hace para escapar a los deberes más estrictos que exigen el amor y la paternidad y para descargarse de la responsabilidad que tiene para con otro, ya porque ha penetrado profundamente en su existencia, ya porque le ha dado la vida. Si quiere que su paternidad llegue a su cumplimiento respecto del hijo y seguir siendo en verdad su padre hasta el fin, debe rechazar cualquier forma de aprobación a tales conductas, que no harán otra cosa que consolidar al hijo en la inconsciencia espiritual y ayudarle a borrar con ligereza un pasado cuyo olvido resulta para él más grave que la misma materialidad de los hechos que haya cometido. Debe, al mismo tiempo que permanece a su lado como padre, negar una absolución barata que, bajo pretexto de preservar todo lo posible el futuro, le liberta de un peso que, sin aplastarle, debería actuar incesantemente sobre él y gravitar sobre su destino para mayor bien suyo. Sólo con estas condiciones, podrá ser el padre una luz para su hijo cuando, llegada la hora, salga éste de las tinieblas en que había vivido hasta entonces. La vida es larga, y le ha sido dada por entero al hombre para que comprenda que es rigurosamente una unidad, en su desarrollo, en sus caídas y en sus ascensiones; las primeras preparan las segundas, si existe en el hombre un fondo humano apropiado. El padre debe tener la misma paciencia y discreción que Dios, pero también debe manifestar, al menos por un significativo silencio, su reserva indefectible. El modo de comportarse del padre frente a su hijo, le juzga. Esta delicada tarea, de la que ninguna autoridad puede eximir al padre, no soporta regla alguna. El la ha de descubrir día a día, sobre la marcha. Es una tarea que no queda limitada al ámbito de su familia. También se impone cuando alguien se acerca a él con el fin, más o menos consciente pero real, de pedirle ayuda. Es el caso de la filiación y la paternidad espirituales,7 y también el de otros encuentros menos profundos, a menudo pasajeros, que hacen posible entre dos seres, en el momento favorable, el intercambio de palabras verdaderas y pensamientos justos sobre su vida humana y religiosa; palabras independientes de todo contexto sociológico, de toda timidez o polémica, marcadas con la señal de la autenticidad sin reservas. Estos encuentros, realizados en un clima de igualdad y de fraternidad en la condición humana, pueden a veces dar al otro la posibilidad 7 Nota del Traductor: Cfr. nota 6. Para un desarrollo de estos conceptos, cfr.: El hombre en busca de su humanidad (págs. 211-241, ed. francesa) y Llegar a ser uno mismo (Devenir soi, Paris, Aubier, 1980, cap. III, págs. 8996). Hay versión castellana, que distribuye: Iglesia Viva, C/ Les Garrigues, 8, 5 0, 46001 Valencia.

61 de liberarse, con todo derecho, de una obediencia y de una adhesión que son ficticias en el estadio en que se encuentran, y poder, así, obligarse más profundamente a la fidelidad. Pero en otros casos, le llevan a decir que no a las facilidades que la ley autoriza, y a imponerse unos comportamientos que no pueden ser obligatorios de manera general porque son demasiado duros. En definitiva, estos encuentros apuntan a liberar al espíritu de toda servidumbre y de todo subterfugio, a abrirle hacia lo humano para centrarlo mejor en la actividad creadora. Esta tarea es esencialmente personal. Procede de la misión de cada uno. El modo de llevarla a cabo nos juzga. No ha de emprenderse por influjo de un liberalismo sistemático ni por razón de un temperamento débil que dimite y se abandona. Tampoco ha de estar sujeta a un rigorismo incapaz de tener en cuenta la endeblez del otro o la precariedad de su situación, y que si se muestra severo con los demás es por escrúpulos personales. Una determinada actitud, legítima e incluso necesaria con uno en concreto, quizás se ha de excluir frente a otro, al que no favorecerla en modo alguno. Esta tarea resulta inconcebible en una religión de autoridad, no porque traicione el fin que ésta se propone, sino porque se inspira en una mentalidad sutil, demasiado opuesta a la suya. Es una tarea demasiado ajena a los horizontes principalmente sociales de una religión de ese tipo como para no ser censurada y prohibida. Es patrimonio de la religión de llamada, que es la que favorece, de todas las formas posibles, que cada uno de sus miembros camine por su propia senda y escuche la llamada que Dios le dirige personalmente. Interés del cristiano por la Iglesia. No hay que ser necesariamente un jefe para interesarse apasionadamente por los destinos del cristianismo. Sin duda, la pasividad a la que prácticamente está condenado el simple cristiano en su Iglesia, porque ésta se considera a sí misma sobre todo como una religión de autoridad, no facilita en absoluto que nazca en él esa preocupación primordial. A pesar de todo lo que pueda decirse sobre este tema, y precisamente debido a la misma abundancia de declaraciones que tanto más preconizan lo que tendría que ser en teoría cuanto menos se da en la práctica, esta pasividad instala al cristiano en una actitud de irresponsabilidad y, como consecuencia, en una relativa indiferencia. Sin embargo, el recuerdo vivo de Jesús de Nazaret, junto con la comprensión del carácter esencial de su misión y del incomparable papel de su mensaje (ambos —misión y mensaje— unidos esencialmente a su vida), alumbran en el discípulo ese interés primordial por la Iglesia, puesto que lo animan a superar un cristianismo autoritario. Por otra parte, el creyente, dada su situación en medio de los hombres y de su vida, compartiendo iguales condiciones exteriores, se percata de sobra de la que acontece en torno suyo, está de sobra en contacto directo con las corrientes y movimientos ideológicos que corren desatados por el mundo, y conoce de forma especialmente punzante las amenazas que se ciernen sobre el futuro del cristianismo. Los esfuerzos que en numerosos ambientes cristianos se hacen para minimizar estos peligros con un optimismo fingido, y las ilusiones que se hacen de ser capaces de superar las dificultades sin necesidad de transformar profundamente su vida religiosa, no impiden que el discípulo tenga una conciencia muy viva de esos peligros extremos. El pasado no puede de ninguna manera ser garante del futuro; los tiempos actuales experimentan una aceleración que deja fuera de juego cualquier previsión fundada en la historia anterior. Muchas regiones que antaño conocieron un cristianismo floreciente, hoy están completamente ajenas a él hasta el punto de que en ellas se ignora hasta su nombre.

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Urgencia de la mutación del cristianismo. El cristianismo ha de encontrar en sí mismo el poder espiritual necesario para convertirse, lo más que pueda, en la religión de llamada de la que Jesús, a través de todo lo que dijo e hizo, fue el genial iniciador. Sólo con esta condición (y con exclusión de cualquier otro comportamiento que únicamente sea de tipo político o de acomodación sociológica a los tiempos) el cristianismo podrá continuar la obra principalmente civilizadora emprendida en el pasado y, más allá de eso, ser capaz de ayudar a los hombres a que cada uno escuche la llamada sin la que traicionaría su destino; llamada que constituye lo esencial de la misión del cristianismo, y de la que son incapaces las religiones de autoridad que, además, no pueden ayudar directamente a su respuesta. El cristianismo se ve empujado a una mutación cuya necesidad imperiosa confirma la historia del mundo occidental desde hace bastantes siglos. En ella se ve el continuo retroceso de una religión que se acuartela detrás de las doctrinas y que se muestra incapaz de responder a las exigencias, a las posibilidades y a las necesidades continuamente en aumento de los hombres más despiertos de su tiempo. Únicamente esta mutación salvará a la Iglesia de la muerte lenta y le permitirá manifestar — porque llegará a comprenderlo, a aceptarlo y a vivirlo en la fe— aquello que funda su razón de ser. Dificultades extremas de esta mutación que exige no una simple adaptación, sino una verdadera creación. Esta mutación es incomparablemente más difícil que todas las reformas del pasado. Exige una comprensión del espíritu de Jesús mucho más profunda que la que ha imperado hasta hoy en un cristianismo marcado poderosamente por las necesidades y las contingencias históricas y gravemente limitado por los horizontes intelectuales y afectivos de los siglos. Exige mucho más que el mero esfuerzo de intentar hacer ahora las cosas mejor que antaño, y mucho más que una especie de empeño por resucitar, en la medida de lo posible, el tiempo algo mítico de los orígenes o de la leyenda dorada de la Edad Media. Exige auténticos actos de creación8 que sean dignos de aquellos otros que se encuentran en el origen de los escritos inspirados en los que el cristianismo se apoya. En cambio, resulta radicalmente insuficiente reducirse a la aportación de esos textos, limitarse a no concebir más de lo que puede deducirse de su letra, e incluso, en cierta medida, de las intenciones de sus autores. De esta forma no se llega más que a una reformulación y reestructuración de la doctrina y de la disciplina que resultan pobres: ilusorios remedios mientras la situación empeora... Esta mutación exige, con respecto a la tradición heredada, una libertad que implica una vitalidad espiritual singular, digna de los orígenes en que esa misma tradición, siendo muy libre en su fidelidad al pasado, fue propiamente creadora. Ni la cultura, ni la moralidad, ni la piedad, pueden de ningún modo reemplazar a esa libertad; ni siquiera suscitarla; a lo más que pueden llegar es a preparar su venida; y, sin embargo, esa libertad es completamente excepcional en un cristianismo que, en cambio, no ha sido nunca más docto y más digno que en la actualidad. Sólo los hombres que vivan de su misión y que no se limiten a cumplir de forma concienzuda su función, podrán ayudar a promover, gracias a su profundización humana y a su vida personal, esta mutación, vital para el futuro del cristianismo. 8 Nota del Traductor: La actividad de creación que reclama toda tradición verdaderamente espiritual la presenta Légaut en las págs. 103-109, cap. V de L'homme á la recherche de son humanité. Posteriormente vuelve sobre el tema en el cap. II de Devenir sol: «Apropiación del reglamento, de la ley y de la doctrina».

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El creyente no puede menos que constatar la imposibilidad, desde el punto de vista humano, de tal mutación, que no tiene punto de comparación con cualquier simple reforma, ya de por sí difícil de llevar a cabo. Para no desesperar ante el amenazante vencimiento del plazo que se acerca ineluctablemente, el discípulo no puede hacer otra cosa que apoyarse en la fe en Jesús y en la más espiritual tradición de Israel que, a lo largo de los siglos y a través de no pocas perturbaciones, preparó oscuramente su venida. El pueblo cristiano es el principal obstáculo para esta mutación. Esta mutación es tan difícil que parece improbable. Sin embargo, su cuasi-imposibilidad, no nace de la esencia del cristianismo que, por el contrario, reclama y hasta exige esta religión de llamada. En la situación actual, la imposibilidad parece provenir en primer lugar de la jerarquía. Pero, ¡ay! , esta mutación exige mucho más que el simple cambio de los que dirigen; la muerte ya se cuida de ello sin ruido, con aplicación, aunque también con algo de retraso cuando la historia va demasiado deprisa y los hombres llegan a demasiado viejos. El obstáculo principal aunque oculto es, en definitiva, el propio cristiano ya que, si bien es verdad que todo se decide fuera de él, nada serio — ni bueno ni malo— puede hacerse sin contar con él. No cabe duda de que el pueblo cristiano en su conjunto, desde hace bastantes siglos, está gravemente anestesiado por prácticas que antaño tenían un valor incuestionable, pero que ahora no lo tienen debido a su inadaptación a los tiempos. En su forma y en su fondo no se adaptan al universo mental y a las maneras de ser del hombre moderno, a sus exigencias más imperiosas y a sus aspiraciones más legítimas. Con demasiada frecuencia, la materialidad de las observancias suplanta a la vida espiritual. Su formación religiosa es, además, casi inexistente: la doctrina que se le predica, incluso cuando últimamente se intenta adaptarla de forma inteligente, se encuentra siempre en falso respecto de sus posibilidades e intereses propiamente humanos. De hecho, esta doctrina distrae al pueblo cristiano de las preguntas fundamentales que tendría que plantearse antes, para que dicha doctrina le fuese de verdadera utilidad. Pretendiendo alimentar su vida interior, no se hace sino estorbarla y obstruirla por acumulación excesiva o porque se habla en el vado. Por otra parte, a causa de su atonía e inercia, bajo el efecto de una formación apenas apuntada o, por el contrario, peligrosamente falseada por la influencia de la escuela; de resultas también de la modelación uniforme y colectiva que, en los tiempos modernos, propician las modas y las técnicas de la propaganda, los fieles se encuentran expuestos, sin defensa personal, y sin otra protección que unos anatemas solemnes, pero cada vez más ineficaces, a la potente influencia de la sociedad que les embriaga, y les deja incapacitados tanto para refutarla, como para sacar de ella algún provecho espiritual; cosa que a veces sería posible si fuesen capaces de dominar esa influencia y colocarla en su justo lugar. Incluso los jefes más competentes y más sensibles al estado actual del cristianismo están como paralizados, incapaces de decidirse por las enérgicas iniciativas que se imponen; sólo saben promover meras reformas y siempre con un retraso considerable que disminuye todavía más su alcance. El pueblo cristiano debe ser el primero en preparar esta mutación mostrándose capaz de ella.

64 En verdad, es el pueblo cristiano quien salvará al cristianismo y no sus jefes que, al fin y al cabo, no pueden sino seguirlo. El destino del mensaje de Jesús depende del trabajo interior que llevan a cabo los simples fieles. Trabajo que no puede promover ninguna organización, que desafía toda medición estadística, que la autoridad únicamente puede orientar desde lejos; trabajo que le exige —a esta autoridad— que confíe plenamente en él y que no sucumba a la tentación, siempre vigente en ella, de intentar ponerle freno cuando sus manifestaciones se salen fuera del marco de las normas tradicionales. Trabajo que depende más del valor humano y religioso de los que se aplican a él que de la eminencia de su función. Trabajo que reclama una multitud de obreros a los que inspira el espíritu de Jesús, descubierto y recibido gracias a la fidelidad y a la perseverancia de su vida. Destino del cristiano de los tiempos modernos, consciente de la situación del cristianismo. Simple fiel, sometido a una religión de autoridad, en la espera de la religión de llamada; negándose, por exigencia de lo mejor de sí mismo, a contentarse con la primera, y viendo la urgencia de la segunda; sin pertenecer verdaderamente ni a la una ni a la otra; creyendo cada vez más en los destinos del cristianismo a medida que percibe en profundidad su mensaje y lo descubre irreemplazable; sabiéndose, sin embargo, incapaz de ayudar a su venida fuera de la pequeña zona de su influencia personal; tal es el destino del buen operario (ínfimo y efímero, y con frecuencia solitario) de la mutación que aguarda a la Iglesia para ser digna de su Maestro y del hombre. Este destino alimenta en la vida del creyente una ambigüedad muy parecida a la del jefe que, consciente de su misión y bajo el peso de su cargo, se encuentra dividido entre lo que se siente inclinado a pensar y lo que puede decir, entre las iniciativas que debería tomar y las que puede efectivamente emprender. Este destino hace que el discípulo se encuentre en soledad en medio de los numerosos cristianos que practican regularmente su religión sin llegar a ser de Jesús como podrían serlo teniendo en cuenta su valor humano. Son cristianos que sin duda tienen fe, pero, si fuesen suficientemente lúcidos sobre sí mismos y si osasen decírselo, la mayor parte confesaría que se adhieren a la doctrina de su Iglesia más por disciplina que por convicción profunda; muchos reconocerían que lo que profesan públicamente supera con mucho a aquello de lo que están íntimamente convencidos o, dicho de otra manera, que lo que profesan les resulta ajeno de ordinario. Este cisma secreto, no consentido, considerado como un mal pero no tanto como para provocar remordimiento, les aboca a una relativa inercia que echa a perder su devenir espiritual. Sometidos a una religión de autoridad, insensiblemente vueltos hacia una religión de llamada, comprenden de una forma vaga, sin reparar más en ello, que ni la obediencia a la ley ni la adhesión a la doctrina agotan lo que debe ser la vida de fe. Ignoran —o no se atreven a pensar— que la vida espiritual se nutre de la búsqueda personal, es decir, de aquello de lo que precisamente les dispensa esa forma de practicar la religión que les resulta, en resumidas cuentas, barata: con ayuda de la costumbre y de inconsciencias, las creencias y las disciplinas que les imponen, resultan ligeras y llevaderas... La situación del discípulo en la Iglesia es ambigua: no le lleva a entregarse a fondo, como podría, a las obras que ella organiza y dirige. Una especie de pasividad se manifiesta en el orden de la acción entre los discípulos de Jesús que aman a su Iglesia con el mismo amor que tienen a su Maestro: amor sufriente a causa, precisamente, de la solicitud apasionada que tienen por El y de la impotencia espiritual, cercana a la infidelidad, en que la ven a ella. Tan sólo participan en las actividades de su Iglesia realizadas con vistas a una

65 influencia social (soporte necesario de su apostolado religioso, según ella piensa de forma genérica) por disciplina, para mayor tranquilidad de su conciencia, para dar buen ejemplo, o para no decepcionar ni disgustar a sus jefes. A decir verdad, no se entregan a ellas como serían capaces de hacerlo. Saben de sobra que no es eso lo más urgente, saben que todo lo que no sea volver a empezar desde la base es edificar sobre arena pero, por otra parte, tampoco pueden decir de forma positiva lo que habría que hacer... De sobra sienten que este tipo de iniciativas obedecen únicamente a una nostalgia de la civilización cristiana occidental de antaño; civilización que ya no creen políticamente posible, y de cuyo valor desconfían por razones de tipo religioso que el pasado justifica de manera aplastante. ¿Quién podría decir el número de los cristianos que se abstienen, callan y permanecen distantes, siendo, sin embargo, capaces de una religión completamente distinta de aquella en la que están estancados, y de un don de sí mismos verdadero, no medido con el cuentagotas de la virtud ni del «buen espíritu»? Sin paradoja se puede asegurar que los recursos espirituales potenciales del pueblo cristiano son mucho mayores de lo que parecen. Son superiores a los que pueden indicar las encuestas, tan de moda, cuyo optimismo de hasta no hace mucho lo facilitaba el hecho de que las estadísticas siempre han sido poco exigentes respecto a la vida interior. Los recursos interiores permanecen escondidos, inempleados, a pesar de los multiplicados esfuerzos con los que se intenta su movilización. Están a la espera de la llamada que hace brotar la vida porque proviene de lo esencial. La autoridad de función, incluso cuando se ejerce a la perfección, no sabe más que enseñar a los hombres; es incapaz de abrirlos directamente hacia sí mismos; sólo alcanza a dirigirlos y a utilizarlos. Pueden tenerse por dichosos los hombres cuando esa autoridad no los sacrifica en favor de unos fines, a veces necesarios, pero que sólo indirectamente tienen relación con la misión única del cristianismo... Y es el caso que, cuando estos fines se proponen como el primer objetivo a alcanzar —cosa que sucede a menudo—, distraen a los cristianos de la obra de renovación fundamental a la que tienen que consagrarse para que la Iglesia sea fiel, cosa que es previa y de absoluta necesidad para ella... No; si el cristianismo del futuro retorna con eficacia su misión en el mundo, no será gracias a la resurrección de lo que ya está pasado. Para querer iluminar, hay que tener luz, es decir, estar continuamente en su búsqueda. Aunque estos creyentes tengan escrúpulo, miedo o reparo en confesarlo, saben muy bien que el cristianismo actual está muy lejos de tener esa actitud prometedora, pues desde hace muchísimo tiempo es casi únicamente conservador, tanto de lo mejor como de lo peor. El cristianismo, tal como existe en la actualidad, con demasiada frecuencia ajeno a la educación de los hombres más vivos, apenas si tiene posibilidad de hacerlos progresar espiritualmente. El deber del cristiano supera la perfección moral y la observancia religiosa. Esta renovación supera con mucho la simple reforma moral, la más exacta observancia de las leyes, el mejor conocimiento de las doctrinas. Exige que los cristianos se decidan por la autenticidad,9' Nota del Traductor: Literalmente: «entrar en la autenticidad». Los capítulos que constituyen este libro, son un texto auténticamente renovado en un sinfín de pequeñas modificaciones y matizaciones que retorna cuatro de los cinco últimos capítulos de Introducción a l'intélligence du passé et de l'avenir du christianisme (París, Aubier, 1970). Tanto el editor como el autor, consideraron que valía la pena reeditarlos revisados dado el cariz de restauración que volvía a sonar para la Iglesia en los años 85-86. Y lo mismo le ha parecido, con acierto, a la editorial española SaI Terrae. Pero con posterioridad a 1970, Légaut había publicado un libro algo más misceláneo, compuesto de diferentes artículos y conferencias, bajo el título de Mutación de la 9

66 aunque tengan que perder la tranquilidad y la seguridad en las que siempre tienden a ver la confirmación de su recto caminar, y aunque tengan que pasar por algunas épocas de vértigo y angustia. Ojalá se esfuercen en ello —en esa renovación a través de la autenticidad— con una vida llena de búsquedas personales, pacientes, continuas y tenaces dentro de un recogimiento suficiente como para estar en contacto consigo mismos, con una obediencia propia de seres libres, llevada con inteligencia, corregida por la fidelidad, dominada por la caridad, sin supersticiones ni ilusiones... A la luz de su fe y de su experiencia de la vida, tienen que alcanzar directamente, y tanto como puedan, lo universal que subyace bajo lo que Jesús dijo, hizo, vivió, y llegó a ser. No les basta en absoluto con adherirse a una doctrina cristológica, que, por más autorizada y profunda que sea, no es más, inevitablemente, que una ideología marcada ineluctablemente por sus orígenes y que, además, resulta abstracta y técnica, cuando no puramente verbal y por tanto insatisfactoria para el hombre moderno. Únicamente los cristianos que vivan y busquen según estas perspectivas, mezclados entre las gentes, discípulos del Maestro en la medida de sus posibilidades y sus fidelidades personales, son los que preparan, a lo largo de una búsqueda realizada bajo su propia responsabilidad y vinculada a sus vidas, aquello que, un día, podrá ser asumido por el conjunto de los creyentes y, de esta manera, tomado en consideración hasta ser útilmente promovido por los jefes de la Iglesia. Únicamente las reformas lentamente maduradas en el seno del pueblo cristiano, gracias a sus miembros más despiertos y espirituales, pueden ser llevadas a buen término por la Autoridad que, en este sentido, no podría atribuírselas sin engañarse a sí misma. El número de los cristianos capaces de contribuir a la mutación de su Iglesia es reducido. Esta mutación exige una conciencia valiente de la situación real del cristianismo, una visión nítida y sin espejismos de sus retrocesos y derrotas, una percepción de los peligros y ruinas que la amenazan, pero también el reconocimiento de la maravillosa reciprocidad que hay entre el mensaje de Jesús y las posibilidades y aspiraciones profundas e inalienables de los hombres; exige, además, estar convencidos de que este mensaje es necesario para el cumplimiento pleno de su humanidad, condenada sin él a las ilusorias exaltaciones y a las profundas degradaciones que la sociedad entraña por su lucha contra los determinismos que la rigen: lo cual conduciría a muchos hasta la pérdida del gusto de vivir llegando hasta el desespero cotidiano. Con toda probabilidad, a esta conciencia no accederán, con una relativa plenitud, más que un reducido número de creyentes. Se convertirán por ello en discípulos especialmente próximos a su Maestro ya que, bajo apariencias y condiciones completamente diferentes, ninguna vida podría ser más íntimamente semejante a la de Jesús que la suya. La rebelión declarada debe ser, por lo general, descartada. De ordinario es más fecundo llevar sobre sí la condición de la Iglesia con paciencia y abnegación. Ciertamente, la audacia y la grandeza de la lucha que Jesús sostuvo en su tiempo contra una Iglesia y Conversión personal (París, Aubier, 1975). Légaut lo dirigía ya en concreto a la Iglesia Católica, «mi madre y mi cruz». Este libro resulta sumamente interesante para comprender la fuerza del cambio, auténtica «mutación» en el sentido biológico del término, al que está llamada la Iglesia y que no se dará sin la conversión de los «cristianos de creencias» en «discípulos de fe», a través de un proceso de conquista de una «vigorosa independencia» y de un lúcido ejercicio de «integridad de espíritu» en las cuestiones de la fe (cfr., por ejemplo, págs. 104, 118, 126, 174 y 210). Nos parece que en este contexto adquiere relieve recurrir al expediente de la etimología y recordar que «autenticidad» viene de «auténtico», es decir, el que tiene autoridad, autoría, autor, «creador»?

67 autoridad religiosa, que también procedía de Dios, no tiene por qué repetirse. ¿Quién osaría pensar, sin temer caer en la más peligrosa ilusión, que tiene que asumir una rebelión semejante? Aunque es verdad que después aparecieron algunos que, en el pasado, mantuvieron ese combate por su cuenta y riesgo y con una fidelidad que, sin apresurarse, el futuro les reconoció, ¿quién osaría aplicarse este factor en su favor?, ¿quién no empezaría por huir de tan temible destino que nada precedente ni ninguna razón objetiva puede avalar de tan singular y extremo como es? Si un combate parecido tuviese que volver a empezar un día, sólo podría ser llevado a cabo por alguien que, con temor y temblor, sería a la vez el elegido y la víctima, condenado de entrada a toda suerte de incomprensiones, a toda suerte de difamaciones, y, correlativamente, llamado a una intimidad singular con su Maestro y con Dios. Pero aunque no hay lucha, necesariamente hay pasión: como la que Jesús conoció a medida que su misión se precisaba. Esa pasión crece lo que crece el cristiano. Asume lo que hay de mejor en él, sin olvidar lo peor. Cultiva lo primero y da ocasión a que lo segundo se manifieste. Extrae de lo uno su grandeza y de lo otro su lado mezquino. Con todo un cortejo de violencias y de dudas íntimas, de escrúpulos y de remordimientos, reprimidos pero siempre renacientes, esta pasión no desconoce ni el miedo ni el vértigo. La vida de este creyente ya no va a transcurrir sin que choque con oposiciones que le vengan de fuera, sin que tope con las sospechas de quienes están acechando siempre para encontrar el resquicio en la coraza hasta dar con él, y sin que a veces conozca la marginación tácita e incluso el exilio. Esta pasión que alcanza las profundidades del ser entregado a su fe y a su misión, no ha de ser incriminada a la jerarquía, que no hace más que cumplir con su deber, lo mismo que no hay que acusar a las autoridades judías por la condena de Jesús. La jerarquía, al margen de las razones más o menos convincentes que argumenta para justificar su actuación, cuando impone esta pasión, de algún modo está cumpliendo su papel. Al pesar con todo su peso sobre estos hombres, sin saberlo, les está ayudando de una forma insustituible en el camino de su humanidad y en la profundidad de su misión. Irreemplazables beneficios de las persecuciones padecidas por los cristianos de parte de su Iglesia. Aunque resulte paradójico, no es de ningún modo falso afirmar que cuanto más una Iglesia se esfuerce en conservar viva en el mundo, a través de los siglos, la memoria de Jesús por el culto y los medios sociológicos —no dispone de otros en tanto que sociedad—, tanto más se ve obligada a ser severa, o sea injusta, hacia aquellos de sus miembros que, al inventar los caminos que de hecho necesita, le están preparando secretamente la posibilidad de ser fiel; caminos siempre demasiado nuevos para ser aceptados de golpe por una autoridad abocada a ser conservadora por la institución que la funda; caminos siempre demasiado inspirados por la fe como para no provocar en un primer momento vértigo a los jefes que detentan la responsabilidad. Estos cristianos recibieron de su Iglesia la fe y el amor y éstos hicieron que brotase imperiosamente en ellos su misión. Después, al recibir también de ella su cruz, siguen recibiendo su ayuda eficaz, aunque indirecta, para crecer hasta su propia talla. Si la sirven como conviene, es decir, sin idolatría y sin servilismo, sin rebelión exterior y sin cisma interior, no hay peligro de que los aplaste; al contrario, ella será la que les permita alcanzar el desprendimiento y la desnudez de su existencia, de modo que vivan únicamente en el orden de su misión, la cual, cuando llegue la hora de los últimos despojamientos, no será más que pasión, prolongación de la de su Maestro. De este modo les llega de la Iglesia lo que no les llegaría a partir de ninguna de sus iniciativas. Llegan a ser lo que ninguna

68 ascesis les haría ser. ¿No es acaso semejante la grandeza del judaísmo que suscitó los profetas, primero por lo que les aportó de forma directa, y después por el áspero y encarnizado combate que les opuso, y que les permitió alcanzar una talla humana próxima de lo universal? ¿Acaso no es esto lo que vivieron numerosos grandes hombres espirituales cristianos, reformadores religiosos de su tiempo, adelantados respecto de su generación, porque eran discípulos muy próximos a Jesús en el amor que sobrepasa toda ley, en el conocimiento que sobrevuela toda doctrina? Cuanto más noble y vigorosa es la materia, tanto más el cincel ha de trabajar duro y prolongado para que la estatua irradie belleza en la perfección de sus formas. La Iglesia no es ni una monarquía ni una democracia. Es de un orden distinto, espiritual. El cristianismo, en el piano en que se desarrolla formando una sociedad, no es en absoluto, en su esencia, ni una monarquía ni una democracia. En este sentido, tiene que desprenderse del régimen monárquico que le fue imposible evitar en el pasado ya que las condiciones iniciales de su desarrollo lo hacían indispensable. Pero ello no quiere decir que tenga que caer bajo un modelo democrático, en el que la multitud impone la ley cuando los notables ya no logran hacerlo. Esto significaría para el cristianismo acelerar aún más su perdición. Sólo la calidad espiritual ha de actuar sobre el destino del cristianismo para que sea fiel a su misión y se perpetúe de un modo vivo. La calidad espiritual no es cuestión de número ni de autoridad, aun cuando ésta la reivindique para sí o la adulación se la atribuya. La calidad espiritual, antes de convertirse en luz que ilumina a muchos, se va preparando en la oscuridad del anonimato y a través de realizaciones invisibles. Nace en secreto, crece insensiblemente, se purifica y se pone a prueba a lo largo de la vida, y se congrega y se forja por la fe y por la tenacidad de quienes tienen por misión ponerla de manifiesto a través de lo que van llegando a ser. Aparentemente —y durante largo tiempo— parece que es sin provecho alguno, en pura pérdida, tal como estos discípulos desconocidos e ignorados viven dentro de sí esta germinación, lenta pero a la vez incesantemente activa, que convierte en útiles todas las circunstancias que encuentran, incluidos los pasos en falso. A veces, da la impresión de que esta sorda operación, absorbiendo a esos cristianos hacia un trabajo interior, les provoca una especie de parálisis que les aboca a la esterilidad, impidiéndoles cualquier tipo de actividad, incluso aquellas en las que antaño destacaban y les apasionaban. Sin embargo, a través de perseverancias que parecen sin objeto y sin salida, después de rodeos indescifrables, de demoras imprevisibles, poco a poco, los medios necesarios para su misión les van siendo dados. Es verdad que estos medios, de una forma velada, ya estaban en acción a través de los éxitos, completamente diferentes, de los comienzos. Esta misión saldrá a la luz del día a su tiempo y entonces dará el fruto, con frecuencia entrevisto desde el principio de la vida a raíz de alguna aspiración, aunque infantil, ardiente; verdadera anunciación, que no pudo olvidarse aunque durante largo tiempo hubiese permanecido escondida y pasiva en la memoria, y que, en su momento, no se comprendió en todo su increíble alcance. El desierto cristiano. La mutación del cristianismo exige fidelidades que nunca una enseñanza podrá directamente preparar ni siquiera hacer entrever y que ninguna obediencia puede exigir, ya que ni se enseña ni se manda nada que vaya más allá de lo que puede ser comprendido y cumplido por cualquiera. Sólo la

69 fe inventa esta fidelidad y da la tenacidad de la perseverancia. A pesar de la singularidad de la comparación, se puede afirmar que los que trabajan en esta mutación están llamados a vivir, dentro de su Iglesia y de manera adecuada a su tiempo, la aventura espiritual que antaño hizo partir hacia el desierto a algunos cristianos de entre los más fervientes. Aunque no lo parezca, este nuevo desierto es de la misma naturaleza. En medio de los hombres, es completamente real por sus dimensiones, su aridez y su silencio. Desierto, porque cada uno de estos hombres, perdido en la multitud, muy solo en definitiva incluso entre sus más allegados, va, y se adentra por la vida, siguiendo su propio camino todavía no franqueado por nadie, alejándose cada vez más hacia lo apartado. Como cuando un hombre lleva ya largo tiempo avanzando por el desierto, así está este hombre en medio de los demás cuando todo un pasado, a pesar de las apariencias más comunes, le separa del resto, de manera que ya apenas oye las voces de los otros porque las palabras ya no tienen el mismo sentido ni, en consecuencia, el mismo alcance. Lo mismo que al ermitaño, sólo le queda el recuerdo de Jesús; recuerdo que poco a poco se va despojando de todo lo que hizo que fuese recibido y conservado al principio; recuerdo cada día más imperiosamente presente en su desnudez; verdadera presencia del más allá del tiempo y del espacio. ¿Cómo, sin este recuerdo, que crece junto con quien lo lleva, no dudar a veces de la misión? ¿Cómo, sin esa presencia que a veces se hace unión, no iba a evaporarse la misión como si fuera un espejismo? Al igual que los que parten hacia el desierto, el mundo desconoce a estos hombres que, secretamente inadaptados, nunca se han encontrado a gusto en él. Llamados en secreto, su vida ha de permanecer escondida el mayor tiempo posible, de manera que la función, la carrera, el personaje, no les lleguen a pesar demasiado y no impidan su difícil andadura ni turben tampoco la exactitud de la misma. Descargados de responsabilidades absorbentes y de relaciones demasiado abundantes y dispersantes; protegidos de los juicios que turban, intimidan o agrían; todo ello, al menos, durante el tiempo en que madura, en lo apartado y en el silencio, su misión; conviene que permanezcan desconocidos hasta que no llegue su hora. Hora que se hará esperar largo tiempo, si es que alguna vez llega a sonar... Hora que tardará tanto más cuanto más precioso sea el fruto y, por ello, exija mayor maduración... Al fruto, cuando se lo recoge, se le corta también definitivamente de la savia que lo alimenta... Separados unos de otros, estos hombres se conocen. ¡Qué alegría cuando se encuentran! Sólo pueden hacerlo de tarde en tarde, y siempre de paso. Su camino singular impide que se asocien entre ellos y que colaboren en favor de lo esencial, de otro modo que no sea la invisible presencia mutua. Sólo les une verdaderamente la fidelidad a la propia misión. El grano echado a voleo no crece bien si cae al suelo en montones... El desierto en los medios intelectuales cristianos. Estos cristianos están en el desierto no sólo porque son poco numerosos, sino porque además están dispersos en un mundo que tiende, con todo su peso, a aplastarlos y diezmarlos. Todos son profundamente religiosos, pero ¡lástima! , son pocos los que hacen una labor digna de la inteligencia humana. A causa de la formación recibida durante su juventud, raros son los que están preparados, incluso siendo potencialmente capaces de ello, para llegar a ser simultáneamente intelectuales y espirituales. Además se da el caso de que, en general, los seres de una vida interior más alta sobrevuelan todas las dificultades, las volatilizan gracias a su genialidad, en lugar de esforzarse por resolverlas o, cuando menos, por delimitarlas de una forma real, que les resultaría fecunda y les

70 permitiría alcanzar algo de plenitud irradiante de veras. Raros son también los creyentes que, a lo largo de la vida, a pesar de la edad y los honores —sin contar con los escrúpulos y las «legítimas ambiciones»— saben resistirse a los compromisos y rechazan las facilidades, las redundancias, las sutilidades de una apologética que es, sin duda, útil para algunos, pero que distrae de la verdadera búsqueda reduciéndola a no ser más que ingeniosa invención de presentaciones siempre precarias... Raros son también aquellos que se aventuran en los terrenos en que la ortodoxia está ojo avizor en nombre de fórmulas consagradas, terrenos en los que la ortodoxia dirige y manda de forma imperiosa sobre el pensamiento en lugar de poner en evidencia, respetando el misterio, las preguntas que todo ser se ha de plantear si quiere convertirse en hombre de fe en espíritu y en verdad. Esta es la razón de que en el cristianismo se dé, sobre todo, una producción literaria abundante pero de valor mediocre, al lado de trabajos serios que, incluso cuando son fruto de una gran inversión de intelectualidad y erudición, no se aplican, salvo raras excepciones, más que a cuestiones de detalle. Se trabaja en ellas con todo un aparato científico, y a menudo no sin cierta ostentación, pero quizás con el fin inconsciente de disimular algunos a prioris o fronteras previas puestas al pensamiento... En cambio, se eluden los verdaderos problemas que se plantean en el orden de lo personal, y que tendrían que ser, si no resueltos, al menos estudiados en primer lugar y planteados con una autenticidad intelectual sin fisuras y, a menudo, con la humildad de las respuestas inciertas e insatisfactorias. Esta es la única manera de iniciar la mutación que necesita el cristianismo. De lo contrario, a través de la barata elaboración de soluciones provisionales que preparan derrotas tanto más costosas, lo único que se logra es retrasarla. Tal ha sido la inutilidad e incluso la nocividad de los concordismos de los siglos pasados, que no han hecho más que cubrir retrospectivamente de ridículo a la Iglesia. Si el desierto tiene sus ascetas, también tiene sus violentos, porque, aquí abajo, no hay vigor sin brutalidad ni exceso. El desierto religioso también está plagado de terribles peligros. Atrae a algunos de entre los mejores, pero también a muchos de los otros... Muchos extravagantes hubo en Egipto y en Libia. Difícil es que haya más en el desierto de los tiempos modernos. Pero también es verdad que fue de esta búsqueda ferviente, en la que se daban cita numerosas pasiones y perversiones disfrazadas de virtud, de donde salió una espiritualidad que, sin heredar completamente todo lo que fue Jesús, resultó tan adaptada a lo que los hombres podían entonces asumir de su legado, que a muchos cristianos, incluso en nuestros días, les ha seguido ayudando a no ser demasiado infieles. Estos creyentes, a los que ningún ejercicio de la autoridad viene a estorbar, pero a los que en cambio espolea el sentido de una responsabilidad a largo plazo, son pura llamada; llamada que se da a entender a través de su fidelidad, incluso cuando se concreta en el silencio y la inacción de un retiro forzoso. ¿Acaso hay una acción que sea más exactamente parecida a la de Dios y que se una más exactamente con su modo de obrar? Esta acción es oración. Hará posible la mutación que impedirá que el recuerdo de Jesús se vea reducido a ser como la memoria petrificada que se tiene de los grandes hombres de la historia. III La unidad del cristianismo de llamada. En cualquier religión, la unidad es consecuencia directa de la autoridad. Para sus subordinados, el jefe está en el origen de una unidad que se obtiene tanto más fácilmente cuanto más se confunde

71 con la uniformidad. Sin embargo, bajo esta visible uniformidad, operan orientaciones espirituales de lo más divergentes. Si los hombres fuesen suficientemente lúcidos para concienciar las prolongaciones implícitas de esas orientaciones, y desarrollarlas con rigor hasta el final, se pondrían de manifiesto sus oposiciones radicales. Muy al contrario, la religión de llamada no impone al principio una unidad visible, sino que únicamente tiende a realizarla. En principio, si este objetivo se alcanzase alguna vez, significaría que esta religión habría sido un éxito en cada uno por mediación de todos. La unidad habría sido el fruto, lentamente madurado, de las fidelidades individuales y no el resultado inmediato de la observancia de una disciplina colectiva. Habría emergido el fruto, lentamente madurado, de la fidelidad humana a través de una diversidad de destinos que de ningún modo quedarían difuminados, pues serían los que darían a esta unidad su múltiple esplendor. La persona del jefe, mucho más que su función, sería la prefiguración humana, el signo litúrgico que la anunciase y que así colaboraría a su realización. Por su presencia junto a los suyos, más que por su modo de gobernar, el jefe impediría que la diversidad se corrompiese en divergencias, y así salvaguardaría la unidad haciendo que trascendiese las discordancias. Relaciones invisibles entre el cristiano y el jefe que son conscientes de la situación actual del cristianismo y de las condiciones de su fidelidad a Jesús. En la práctica, dado que nunca es separable el cristianismo de llamada de una religión de autoridad, la acción del jefe nace de la llamada cuando tiene un contacto verdadero con sus subordinados porque él mismo está en contacto verdadero consigo mismo. En cambio, su acción es autoritaria cuando, alejado de ellos, los condena en nombre de sus poderes. Además, en la difícil mutación que se impone al cristianismo, resulta absolutamente necesario que el jefe esté lo más próximo posible de los suyos de un modo real y no únicamente de forma paternal o amistosa, aunque tenga que dejar por ello a algunos de sus subalternos el cuidado de la administración y el encargo de asegurar las representaciones, semipolíticas y semimundanas, a las que obligan las costumbres sociales y las mentalidades. Estas relaciones directas y personales son especialmente importantes para el superior y para el inferior cuando ambos tienen conciencia aguda de la situación del cristianismo y sufren a causa de su impotencia para remediarla. Relaciones necesariamente discretas, pues el jefe no puede aprobar ostensiblemente a su inferior cuando éste, por su misión, tiene que adelantarse a modo de explorador, y entregarse a la búsqueda de la vía por la que, más tarde, muchos otros podrán avanzar; tarea ésta que siempre comporta riesgos, errores y pasos en falso. Tal es, precisamente, el motivo por el que la confianza y el afecto de su superior le resultan a este cristiano de lo más preciosos, sin llegar a serle necesarios tampoco. Relaciones discretas también porque, recíprocamente, el inferior no ha de apoyarse demasiado en su jefe cuando necesita ser sostenido por alguna señal de estímulo y simpatía; y tampoco debe remitirse a él para descubrir su camino, como por atavismo cristiano siente tentación de hacer en las horas de fatiga o cuando amenaza el fracaso. En esta búsqueda fundamentalmente personal, toda ella tejida de fidelidad interior, su superior, en tanto que representante de la autoridad, no tiene que influirle en nada. Al pie del cañón, en la intimidad de su trabajo, en la soledad y en el anonimato, se mantiene alejado de él, a pesar de que está más próximo a él que nadie. Precisamente por ello, ¿ojalá que el jefe, aislado en su puesto de mando, cara a un futuro desconocido, víctima del vértigo de las

72 decisiones graves y urgentes, encuentre algo de alivio al saber que algunos de los suyos lo comprenden, se adhieren y comulgan con sus esfuerzos! La secreta unidad de estos dos creyentes prefigura en su desnudez la unidad que viene, se expresa y se realiza de la forma más pura y más eficaz cuando juntos, rompiendo el pan, bebiendo el cáliz, superior e inferior, ambos discípulos del mismo Maestro, hacen memoria de El tal y como el mismo Señor se lo pidió expresamente.

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3 HACED ESTO EN MEMORIA MIA I.

Renovación de la Cena y reunión de algunos discípulos de Jesús en su nombre. — Papel fundamental de las pequeñas comunidades en el cristianismo. — El. marco más favorable para su desarrollo. — La gran parroquia urbana no las favorece. — Al igual que la gran parroquia urbana, la parroquia adscrita a distritos rurales muy extensos es impotente para impedir el retroceso de la vida religiosa. — Todas las obras oficiales en las que la técnica prevalece sobre el testimonio son incapaces de suscitar una verdadera renovación cristiana. El futuro del cristianismo depende del incesante nacimiento de pequeñas comunidades espirituales. — Su nacimiento y su desarrollo no se ajustan bien a ninguna organización sistemática. — Estas comunidades, cuando ya no están adaptadas a su tiempo, desaparecen. — Si son raras, es porque son escasos los hombres capaces de ser su primera piedra. — También son raras porque la Autoridad las soporta con dificultad. — No pretenden reemplazar a las organizaciones existentes, sino ser su fermento. La pequeña comunidad de cristianos es el medio más favorable para renovar la Cena.

II.

Para conocer la vitalidad espiritual de una Iglesia, el test más significativo es la manera como sus miembros «hacen esto en memoria suya». — Es bueno que el cristiano sea consecuente de todo lo que, acumulado durante veinte siglos, le separa de su Maestro. Dificultades extremas para que la misa, tal como se practica en la actualidad, sea la renovación de la Cena. — Las preparaciones necesarias para que el pueblo cristiano sea capaz de la renovación de la Cena ni siquiera han comenzado. — Esta preparación sólo se puede hacer en las pequeñas comunidades de cristianos. La Iglesia ha de garantizar la posibilidad de la renovación de la Cena en todas partes donde algunos discípulos de Jesús «se reúnan en su nombre». I

Renovación de la Cena y reunión de algunos discípulos en su nombre. No fue al principio de su vida pública cuando Jesús instituyó el memorial que, en el futuro, tenía que ayudar a que su presencia se perpetuase en medio de sus discípulos. En el transcurso de su vida, Jesús aseguró a sus discípulos que cuando dos o tres de entre ellos se reuniesen en su nombre, El estaría en medio de ellos. Esta presencia misteriosa no puede disociarse de aquella otra, singular también pero más marcada por el tiempo y el espacio, que El se atribuyó en medio de los suyos, cuando tomó la última comida con ellos: afirmó hacerse alimento para quien lo acogiese en espíritu y en verdad, el cual, entonces, recibiría de Él, como Él mismo había recibido de Dios, su Padre. Estas dos presencias están unidas de forma inseparable. La renovación de la Cena exige la

74 comunidad que ya constituyen dos o tres cristianos cuando están reunidos «en su nombre». E inversamente, la reunión de dos o tres discípulos está pidiendo la renovación de la Cena «en memoria suya». La reunión de varios discípulos sólo halla su cumplimiento en esta acción que suscita poderosamente el mejor conocimiento que esos discípulos pueden alcanzar de su Maestro, lo mismo que de su presencia en medio de ellos, activa y resplandeciente en ellos. Salvadas las proporciones, ¿acaso no sucede lo mismo con el menor objeto, con el más mínimo acontecimiento que un hombre tiene asociado al recuerdo del ser querido que le ha dejado y del que, sin embargo, sigue estando y sintiéndose muy próximo? ¡Cuánto más vigoroso es ese recuerdo cuando son varios los que lo reviven juntos con fervor y con una disposición de ánimo semejante! ¡Qué eficacia puede llegar a tener ese recuerdo cuando se aúna con una fe que está arraigada en las profundidades del hombre hasta el punto de ser signo revelador de su propio ser! Papel fundamental de las pequeñas comunidades en el cristianismo. Lo que sucedió antaño en torno a Jesús, lo que pasó con los apóstoles, cuando juntos con los primeros convertidos fundaron las jóvenes comunidades cristianas, es algo que sin cesar ha de volverse a comenzar. De hecho, desde hace veinte siglos, eso es lo que continuamente se ha reemprendido. Es cierto que el cristianismo necesita de unas estructuras para encarnarse en una sociedad que se esfuerce en perpetuarlo (en el futuro, sin duda, estas estructuras serán más flexibles a medida que los miembros de las Iglesias asuman mejor su talla de hombres). Sin embargo, la Iglesia sólo puede seguir siendo propiamente ella misma gracias al continuo florecimiento de pequeñas comunidades que reúnan de forma suficientemente frecuente y estable —y, en la medida de lo posible, durante toda la vida— a creyentes de temperamento espiritual parecido que se ayuden mutuamente, más por su presencia que por una cooperación disciplinada, a recordar a Jesús en la fe y a llegar a ser sus discípulos gracias a su fidelidad. El marco más favorable para el desarrollo de las pequeñas comunidades. Según parece, el marco más favorable para la formación de esas comunidades relativamente minúsculas, de nula importancia social, pero cuyo papel es insustituible, es la parroquia rural, de talla humana. Las vidas laboriosas de sus miembros, parecidas, arraigadas en el mismo lugar de generación en generación, y teniendo de ordinario las misma necesidades y posibilidades, son un marco inestimable y raramente aprovechando en el pasado, cara a una formación que supere las meras prácticas de la moral y de la devoción.10 Sólo se lo utilizó para asentar la ley y fortificar las costumbres. Actualmente, ese marco está en vías de desaparecer a causa de la evolución de la sociedad moderna que despuebla los campos, y como consecuencia de lo esclerotizado de las estructuras eclesiásticas que se pretenden inmutables. La institución, al rechazar y no concebir el 10 Nota del Traductor: Hay que recordar que Légaut fue profesor de matemáticas en la Universidad de los 25 a los 40 años, y que tras la Segunda Guerra Mundial dejó la enseñanza y se hizo campesino y pastor en los pre- Alpes, junto con su esposa. Allí le nacieron sus seis hijos. Y, cuando algunos de ellos asumieron las granjas, a sus sesenta años, fue cuando comenzó de nuevo a escribir. Los veinte años, por tanto, de vida campesina fueron su desierto, su «éxodo» y el tiempo de maduración necesario a su obra, como un fruto. Por ello Légaut manifiesta siempre su «preferencia» y aprecio por las posibilidades de ese tipo de vida que fue su forma concreta de descender en la escala social.

Sobre su «vuelta a la tierra» habla en el primer capítulo de Travail de la foi, traducido en español: Búsqueda, fracaso y plenitud (Estella, Verbo Divino, 1974): «Confesión de un intelectual». También en Paciencia..., págs. 44-58).

75 ejercicio del sacerdocio de otra forma que no sea la tradicional —que tampoco es, dicho sea de paso, la de los primeros tiempos de la Iglesia— es incapaz de remediar la nueva situación en que, en esos lugares despoblados, se encuentran los cristianos, tan pocos y en grupos tan dispersos. La gran parroquia urbana no las favorece. Las parroquias urbanas gigantes, de población extremadamente diversa y móvil, nunca podrán ayudar, dada su organización centralizada, al nacimiento de estos grupos que han de ser de dimensión reducida, estables, y formados por hombres que tengan entre sí afinidades humanas y espirituales, que caminen por itinerarios semejantes, y pongan en el centro de su búsqueda y de su vida la fidelidad a Jesús. Por el contrario, indirectamente, las parroquias urbanas tienden de forma natural a impedir que estos grupos se formen porque, aunque no son cuerpos extraños, no pueden dejar de intentar no disolverse dentro de un todo indiferenciado como el que constituyen estas parroquias. Su desmesura hace que su papel sea semejante al del templo de Jerusalén. Los determinismos que padecen son iguales y su torpeza, por el peso de lo material y social, también lo es. Jesús predicaba en estos lugares pero sólo de paso... Era en ellos donde se veía obligado a manifestar, a veces no sin violencia, la oposición de su mensaje respecto de la religión establecida. Más tarde, cuando dos o tres se reunirán en su nombre, no será ahí donde lo hagan: unas veces será en un hostal, otras en la casa de un hermano... No cabe duda, sin embargo, de que es bueno y hasta maravilloso que los cristianos se reúnan de forma numerosa, cuando antes han sido capaces, entre unos pocos, de hacer un trabajo espiritual en torno al recuerdo vivo de Jesús, a lo largo de años y en el tiempo de su vida ordinaria. En ese caso, tales asambleas son para ellos recompensa y ocasión de caer mejor en la cuenta de la realidad social y espiritual de la Iglesia. Si no es en esas condiciones, las manifestaciones imponentes que se promueven en estas parroquias —por su espectacularidad, que puede alcanzar una notoria grandeza (aunque muchas no sean más que un simple amontonamiento de masas)— siempre resultan algo ambiguas y distraen de la esencial. Por la magnitud de sus aglomeraciones, por el clima potente pero constriñente que desarrollan, estas parroquias tienden a transformar al cristianismo en una religión como las otras, principalmente de orden sociológico, y condenada lo mismo que ellas— a permanecer en la superficie de las cosas, a emplear la afectividad que actúa en lo masivo, a hacer buenas migas con lo mediocre del hombre, y, finalmente, a desaparecer. Al igual que la gran parroquia urbana, la parroquia adscrita a distritos rurales muy extensos es impotente para impedir el retroceso de la vida religiosa. Los marcos parroquiales —dadas las condiciones de la vida ciudadana moderna, y dado que se extiende ese mismo modelo por los inmensos distritos rurales— tienen el mérito innegable de existir. En el estado actual de pobreza y de inercia espirituales, es difícil concebir otros marcos que no sean utópicos. Sin embargo, esos que hay, aunque contasen con el mejor personal sacerdotal, resultan radicalmente insuficientes para frenar la degradación de la situación del cristianismo, aunque sólo fuese desde el punto de vista social y numérico. En la ciudad, esta degradación se disimula tras las masas que todavía se apretujan los domingos en las iglesias. La afluencia continua de nuevos habitantes oculta en parte el desapego de la población para con las ceremonias religiosas. Es difícil darse cuenta de la ínfima proporción de los que verdaderamente son creyentes. En las grandes aglomeraciones, la asistencia a la misa, completamente impersonal a pesar de las técnicas litúrgicas utilizadas, no tiene más que una

76 superficial influencia sobre los cristianos. Estos —y en particular los jóvenes— no encuentran en ellas ni calor humano, ni nada de verdadero interés. Cada vez se les ve menos; cada vez están más a merced de las seducciones ideológicas del momento, que son mucho más vigorosas; no pueden resistirlas hasta que sus doctrinas y sus partidarios no los vayan decepcionando... En el campo, el retroceso es evidente. Aunque pueda atribuirse a la disminución de la población, su evidencia se impone porque basta con constatar la edad media de los feligreses que acuden a las iglesias los escasos domingos en los que aún se celebra la misa. Allí donde las costumbres comienzan a fallar porque una práctica lo bastante frecuente no las mantiene, allí donde no se crean costumbres porque nada las hace nacer, la asistencia a la misa disminuye tanto por la desaparición de las personas de edad como por la abstención de los jóvenes. Este retroceso es más impresionante porque se manifiesta en parroquias que hasta hace poco eran relativamente practicantes, y cuyo género de vida, además, era especialmente favorable para la conservación de las tradiciones. Los movimientos especializados, creados para poner remedio a la impotencia de las parroquias, se encuentran sin embargo ante los mismos fracasos y, a la larga, los mismos retrocesos. Presionados por el interés inmediato de una eficacia visible, la cual influye enormemente en sus preocupaciones espirituales, el objetivo de estos movimientos es más reunir al gran número que trabajar en suscitar la calidad, es más encuadrar y adoctrinar que formar y abrir a la vida interior, a la que es fácil que tachen de «aristocrática» e incluso de un poco egoísta. Dejan caer sobre ella la sospecha de subjetivismo, y, de ordinario, la reducen a la mera regularidad de una práctica sacramental. Estos movimientos se dirigen a un público que se renueva sin cesar, móvil no sólo por inconstancia sino también por las divisiones que sistemáticamente se establecen a partir de clasificaciones sociológicas tales como la edad, la situación familiar, los tipos de trabajo, etc. Esos movimientos compartimentados establecidos desde fuera siguiendo unas directrices generales y sin nacer ni gestionarse desde dentro, desde la base, se esfuerzan por dar una formación estándar, sobre todo moral y social, que responde más a unas necesidades exteriores, por otra parte evidentes, que a las aspiraciones personales y a las potencialidades religiosas que, en cambio, se suelen dejar totalmente en barbecho. Más dinámicos que la mayor parte de las parroquias, no obstante, a largo plazo, no está probado que estos movimientos especializados sean más eficaces que las organizaciones de antaño, tipo patronatos o círculos. Se puede dudar incluso sobre el valor de su acción, cuando se constata la ínfima proporción de sus miembros que perseveran en cuanto se les deja solos, sin el grupo, ante la vida, o cuando se constata la mediocridad de sus preocupaciones religiosas propiamente tales, en las que se transluce muy a menudo la indiferencia, o, en fin, cuando se ve la pobreza espiritual generalizada que manifiestan al dedicarse, siguiendo consignas recibidas, a la acción sindical y política. Todas las obras oficiales en las que la técnica prevalece sobre el testimonio son incapaces de suscitar una verdadera renovación cristiana. Las obras que se desarrollan en las parroquias urbanas, en los distritos rurales, en los movimientos de acción católica, se hacen en un clima de dispersión igual que el de cualquier otra actividad moderna. No favorecen ni la profundización ni el recogimiento de las personas que participan activamente en ellas: más bien se las agota espiritualmente, e incluso a menudo físicamente.

77 Constantemente en la brecha, cada día, obligados a poner en el tablero de continuo su persona, los mejores, a fuerza de repetirse sin nunca poderse renovar, se empobrecen. En el fondo no conocen más que consignas y se ven sometidos a mecanismos propios de las técnicas de enseñanza o, mejor, de propaganda, que se convierten en su preocupación exclusiva. Casi físicamente incapaces de tomar la distancia necesaria para pensar realmente en aquello para lo que viven, en aquello a lo que se consagran, a menudo acaban por perderle el gusto y por ser incapaces de encontrar los medios de gustarlo cuando se les deja ocasión, tiempo y espacio para ello. En estas condiciones, ¿cómo podrían suscitar en torno suyo una actividad espiritual que no se redujese, pobremente, a la mera observancia de doctrinas y leyes? Por sus preocupaciones absorbentes, es difícil que estos hombres —a pesar de su generosidad y también muchas veces de su calidad de alma— tengan suficiente vitalidad espiritual e intelectual ya no para ayudar, sino tan sólo para no estorbar, por una especie de incomprensión, el nacimiento de esos pequeños grupos cristianos de envergadura social insignificante, fruto de la sola iniciativa de sus miembros, y cuyos intereses predominantes apuntan a la vida interior. Todas estas organizaciones, a pesar de la extrema dedicación de aquellos que las consagran su vida, por más útiles e incluso indispensables que sean, sólo pueden retrasar el declinar del cristianismo. No lo pueden parar. Pero aún menos pueden estar en el origen de su verdadera renovación. Estas organizaciones sólo pueden prolongar por un tiempo una influencia de tipo sociológico que está condenada a retroceder sin cesar bajo la acción de una sociedad prácticamente atea e incomparablemente más poderosa y numerosa, y que ya no tiene ni siquiera el gusto de perseguir a los cristianos, de tan dueña y señora como se siente del destino de los hombres. La sociedad está tan segura de su proyecto —equivocadamente, sin duda— que deja que el cristianismo desaparezca poco a poco, sin ruido y sin escándalo, y pase así a engrosar las filas de los supervivientes de un pasado folklórico, del que ocasionalmente aún le gusta hablar para descansar y distraerse un poco de las cuestiones realmente importantes y serias. El futuro del cristianismo depende del incesante nacimiento de pequeñas comunidades espirituales. A decir verdad, el futuro del cristianismo depende del continuo nacimiento, en el seno del pueblo creyente, de pequeños grupos de discípulos que se reúnan en nombre de Jesús. Nacidos en tierras y tiempos muy concretos, tienen el sentido del terruño, saben que «pertenecen» a un lugar y tiempo que es el «suyo», y son por eso mismo los que pueden responder a sus necesidades. Sólo ellos pueden hacerlo sin que la mentalidad ambiente los desvíe hasta echarlos a perder, y sin ser por ello infieles al espíritu de Jesús, puesto que mantienen ante todo su enfoque primordial en favor de la vida espiritual de la que ellos mismos han surgido. Sólo estas pequeñas comunidades pueden ayudar a que sus miembros caigan en la cuenta de todo lo que hay en ellos, y den así sus frutos. Gracias, pues, a las comunidades, sus miembros adquieren una capacidad de irradiación ante los hombres que prolonga y perpetúa la de Jesús. El nacimiento y desarrollo de estas comunidades no se ajusta bien a ninguna organización sistemática. Estas fraternidades son menos excepcionales de lo que podría pensarse. Están tan poco premeditadas que, a menudo, nacen y empiezan a desarrollarse sin que lo sepan los mismos que las originan. Precisamente entonces es cuando se hace en ellas el trabajo más profundo y original... Estas comunidades, sin nombre verdadero incluso cuando tienen la debilidad de ponerse uno, sin tener casa propia ni locales aunque hayan llegado a disponer de algún tipo de instalación material,

78 no gustan de la publicidad, que está en clara discordancia con su espíritu. Nadie habla de ellas. Las estadísticas las ignoran. De ordinario, cuando empiezan a conocerse, es que ya están entrando en su declive; justo entonces es cuando, frecuentemente, son reconocidas en los medios próximos a la autoridad, y a veces hasta se las erige canónicamente... Son comunidades que pueden ser deseadas, pero nunca instituidas. Ninguna autoridad es capaz de suscitarlas. Cuando la jerarquía, para controlarlas mejor, las coordina, no hace sino acelerar su envejecimiento. Cuando estas fraternidades se organizan para tener estructuras duraderas, en el fondo preparan su decadencia, que, en estos casos, ya suele estar avanzada. La filiación y la paternidad espirituales son lo único capaz de ayudar y de proteger el delicado desarrollo de estos grupos aparentemente muy precarios pero, en verdad, sólidos por la solidez espiritual de sus miembros. Estas verdaderas comunidades están tan unidas al ser de sus miembros, que conocen y padecen con ellos sus progresos y retrocesos. A medida que con la edad éstos se transforman y ya no tienen las mismas necesidades, los mismos medios, las mismas aspiraciones, también ellas cambian de carácter. De este modo, esas comunidades acompañan a sus miembros a lo largo de la vida de una forma que siempre está adaptada a ellos y es espiritualmente eficaz. Estas comunidades, cuando ya no están adaptadas a su tiempo, desaparecen. Estas comunidades empalman plenamente con la generación que las ha visto nacer, cualquiera que sean las nuevas necesidades y aspiraciones que en ella se manifiesten. Su plasticidad es algo característico suyo que no puede parangonarse, ni con mucho, con cualquier otro grupo puesto en funcionamiento de forma sistemática por una autoridad —por inteligente que sea—, siguiendo un plan de conjunto concebido a priori según las mejores técnicas. La suya es, sin embargo, una posibilidad local y efímera, puesto que, por su propio ser, estas comunidades no están lo suficientemente disponibles a lo que surge entre los hombres de otros tiempos y lugares. Sólo pueden adaptarse de forma imperfecta, por más que se esfuercen. Lo cual siempre implica traicionar un poco su propia genialidad y, a través de esa falta de autenticidad, traicionar el espíritu que es su fundamento. Además de su limitación local, la mayor parte de estas comunidades son también efímeras, y tanto más cuanto más rápida es la evolución de las generaciones sucesivas. Deben aceptarlo lo mismo que han de aceptar todo lo que en ellas hay de contingente. Tienen que morir su verdadera muerte y no apoyarse en la solidez de algún tipo de implantación para pretender durar y perpetuarse de modo artificial. Con toda humildad desaparecen junto con sus miembros y dejan a nuevos grupos el cuidado de continuar su tradición reencontrándola por ellos mismos. Sólo así continuarán siendo beneficiosas hasta el final y no molestarán indirectamente, por la supervivencia esclerotizada de lo que fueron antaño, al nacimiento de las fraternidades futuras.—Es necesario que en el otoño las hojas caigan para que aparezcan los brotes en la primavera siguiente. La vitalidad del cristianismo se mide tanto por los múltiples grupos de este tipo que surgen, diversos en extremo, cuanto por la discreción y la rapidez de su desaparición cuando conviene. La Iglesia sólo puede vivir verdaderamente a la altura de su misión renaciendo sin cesar a partir de comunidades que la engendran después de que ellas mismas han nacido de ella; comunidades que después se eclipsan y desaparecen tras de haberla servido. Esta maravillosa inseguridad, constante desafío para las prudencias y la sabiduría política, se asemeja a aquella otra de la fe, a la que ninguna creencia puede hacer cierta como un conocimiento. Esta sucesión, esta alternancia de nacimientos y muertes, es la ineluctable consecuencia de la esencia de la Iglesia; son necesarias para asegurar la permanencia de un cristianismo fiel a su origen.

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Estas comunidades son raras porque son escasos los hombres capaces de ser su primera piedra. Estas fraternidades son, sin embargo, raras y poco frecuentes, porque los seres —ya de por sí poco numerosos— que podrían ser su primera piedra tienen además un camino difícil de seguir en el que muchos tropiezan y fracasan. Es preciso que sean fuertes y sobre todo tenaces a pesar de sus debilidades, y que se mantengan firmes frente a una sociedad que unas veces los combate y otras los tienta y seduce. Es muy frecuente que sean absorbidos o convertidos en sus satélites por las organizaciones religiosas existentes —con frecuencia más sólidamente estructuradas que verdaderamente espirituales— que son grandes devoradoras de hombres, sobre todo de los mejores. En concreto, con demasiada frecuencia, estos seres confunden como llamada al estado sacerdotal o monástico, la atracción e irradiación espiritual de las personas religiosas que lo son de forma original y vigorosa. Entonces, la entrada en esos estados les solicita con frecuencia; en esos estados que les impiden ser los pioneros de los nuevos tiempos que, precisamente ellos, podrían llegar a ser en la Iglesia. De este modo, el pueblo cristiano se ve privado de gran número de sus miembros más vigorosamente religiosos, que serían de lo más necesarios para que nacieran en su seno esas comunidades. Este tipo de comunidades es raro también porque la Autoridad las soporta con dificultad. Por otra parte, a la Autoridad le cuesta favorecer, e incluso simplemente respetar, actividades que no dependan directamente de ella. A pesar del silencio en el que estas comunidades se envuelven, le resulta difícil soportarlas cuando manifiestan una vitalidad superior a la de las obras oficialmente patrocinadas por ella, y también cuando, a veces, estas comunidades entran en competencia con ella y le quitan algunos buenos elementos o, al menos, les dan un espíritu diferente... Es difícil para la Autoridad no inquietarse y no reaccionar ante iniciativas nuevas independientes que le parecen azarosas y que, sin ninguna duda, corren el riesgo de serlo. Le es difícil ser paciente y tener confianza ante errores previsibles y característicos, que no son más que el tributo que hay que pagar a la mentalidad de una generación y a la debilidad humana. Le resulta difícil ver, más allá de estos riesgos y a pesar de estos errores, el trabajo en profundidad que se está haciendo y que dará verdaderos frutos más adelante. Le haría falta mucha claridad, mucha inteligencia espiritual y un gran sentido de la paciente acción divina en el hombre. Sin duda sería necesario también que la Autoridad estuviese convencida de que la Iglesia sólo en ellas puede encontrar la senda estrecha de su salvación; camino virgen, no balizado, bordeado de barrancos, nunca seguro, pero sin embargo secretamente acorde con la fe que ella misma exige y al mismo tiempo cultiva. Únicamente el clima fomentado por una religión de llamada puede preparar el nacimiento de estas comunidades y respetar sus desarrollos. Estas comunidades no pretenden reemplazar a las organizaciones existentes, sino ser su fermento. Estas comunidades no pueden reemplazar a los cuadros y organismos oficiales existentes; se desarrollan en otro plano. Sin embargo, son el fermento indispensable para que estos organismos no se limiten a hacer obra de civilización —muy útil por otra parte— ni tampoco se limiten a ejercer una influencia de tipo cristiano, sobre todo de carácter sociológico, que está condenada a ser tanto más precaria cuanto que la sociedad cada vez es más vigorosa y más autónoma en los servicios de interés colectivo. Sólo estas verdaderas comunidades, insuflando en los movimientos oficiales el espíritu que irradian, pueden hacerlos religiosamente fecundos.

80 El jefe religioso, haciendo frente a los problemas de su cargo, encontrará en ellas el eco más cercano a sus preocupaciones y la ayuda más eficaz para sus búsquedas, pues en ellas es donde sentirá que late mejor el corazón del cristianismo. Latido que no notará en los congresos donde el entusiasmo de los asistentes margina cualquier tipo de fervor reflexivo, ni tampoco entre los notables de la cristiandad que por su situación, consecuencia frecuente de su conformismo, son especialmente conservadores de las formas tradicionales de vida cristiana en las que están instalados con preeminencia ventajosa. La pequeña comunidad de cristianos es el lugar más favorable para renovar la Cena. Las parroquias urbanas, los distritos rurales y los movimientos especializados pueden dar a la misa el carácter de un sacrificio sagrado. Es este un carácter al que le van bien las amplias convocatorias, los considerables despliegues del aparato litúrgico y, además, soporta bien la pasividad de una asistencia que prefiere numerosa. Todo esto dista mucho de aquellas condiciones, incluso meramente físicas, que facilitarían la renovación de la Cena. La actividad del recuerdo exige una intimidad ferviente y recogida en la que el silencio no dé la impresión de vacío. De ordinario, esta actividad sólo es posible en una asamblea, poco numerosa, de cristianos que se conocen de antiguo y cuyas vidas y búsquedas religiosas son semejantes. II El test más significativo de la vitalidad de una Iglesia es la manera como sus miembros «hacen esto en memoria suya». Toda la historia del cristianismo se desarrolla en torno al esfuerzo de los cristianos por recordar a Jesús de una forma real. No hay test más significativo del estado espiritual de una Iglesia que la manera como sus miembros «hacen esto en memoria suya». No es imposible, sin duda, hacer de la misa, tal como se practica actualmente, la renovación de la Cena. En el clima ferviente de un oficio conventual en que todo está impregnado de religión y de un respeto acendrado a un pasado venerable, con la concelebración de algunos monjes y la comunión general de los otros, con una asamblea transportada por un canto cuya elevación espiritual es herencia de los fervores del pasado, es fácil lograrlo, a pesar de las plegarias orientadas de ordinario según perspectivas completamente distintas, y a pesar también de los textos, en su mayor parte sin relación directa con el recuerdo de Jesús. Pero es mucho más difícil para un cristiano en su pequeña iglesia de pueblo los pocos domingos en los que la misa aún se celebra ante algunos vecinos que, de hecho, son más religiosos —de un modo real— en sus campos que en la Iglesia, y que, sin embargo, acuden a ella empujados por una oscura necesidad, al tiempo que por la rutina de los tiempos antiguos. Pero todavía es más difícil en la gran iglesia urbana, en que la masa anónima se amontona hasta la puerta, en hornadas sucesivas y apretadas, tan lejos, en todos los sentidos, del altar; multitud más conmovedora por su silencio horrorosamente vacío, que por sus respuestas y cantos tan ajenos a lo que son como hombres, y a lo que les preocupa realmente. Es bueno que el cristiano sea consciente de todo lo que, acumulado durante veinte siglos, le separa de su Maestro. Ciertamente es bueno para un cristiano sentir de esta forma la opacidad e inercia de los veinte siglos que le separan de su Maestro, y comprender que, no obstante, no podía ser de otra forma. ¿No es

81 ese el camino que el discípulo ha de tomar para entrar de una forma más honda en el conocimiento de los sentimientos que atravesaron a Jesús al final? ¿Puede acaso renovar verdaderamente, con un espíritu adecuado, la Cena si Getsemaní, prolongación natural de la reunión en el Cenáculo, y, en definitiva, origen oculto, no está presente en el momento en el que «se hace esto en memoria suya»? Las angustias que entonces conocieron los apóstoles y que hicieron que su fe en Jesús se desprendiese brutalmente de todo lo que, sin ser ella misma, la había ayudado a nacer, ya no son posibles realmente en la actualidad. Sin embargo, hay otras que las reemplazan, porque el recuerdo viviente de Jesús será vertiginosamente cuestionado hasta el fin de los tiempos. Su recuerdo está tan amenazado ahora como hace veinte siglos, pues el pasado ya no es garantía del futuro, al igual que las evidencias ya no dan seguridad a la fe. Lo mismo que las angustias del principio, estos sufrimientos que penetran al cristiano a la vista de lo que ha llegado a ser la misa, purifican su fe en Jesús de todas las facilidades que antes le habían permitido tener una confianza demasiado absoluta en los destinos de la Iglesia. El que ignora esos sufrimientos, esas rebeldías y escándalos íntimos, esos disgustos difíciles de dominar, o los combate en nombre de una confianza poco aclarada en la providencia de una sumisión incondicional a los ritos de la Iglesia, no está a la altura de renovar, con un espíritu suficientemente afín al caso, la última reunión de Jesús con los apóstoles. El que no lleva sobre sí, con la lucidez que el amor agudiza y que excluye toda debilidad, ese estado íntimo, que sólo se salva de la angustia por la fe, no puede concebir hasta qué punto es exigente, improbable y, en consecuencia, extraordinaria la permanencia del recuerdo de Jesús a través de los siglos; esa permanencia que es presencia y que precisamente hace posible la renovación de la Cena hecha en memoria suya. Dificultades extremas para que la misa, tal como actualmente se practica, sea la renovación de la Cena. Para que la misa sea explícitamente la renovación de la Cena tal como Jesús y sus discípulos la vivieron juntos, de modo que sea su recuerdo en acción, hay que ir en contra de una tradición que se remonta al comienzo del cristianismo, incluso al tiempo de los apóstoles, a juzgar por los pocos pasajes de la Escritura que informan de las asambleas eucarísticas que celebraban las primeras comunidades a mitad del siglo primero. Afirmar que se trata de superar una tradición tan constante y central en el cristianismo, parecerá a priori algo paradójico e intolerable. Afrontar dificultades tan insuperables parecerá, más que ilusorio, ridículo y fruto de la demencia. No obstante, se avecina la hora de la verdad en la que se impondrá de forma imperiosa, a pesar de su imposibilidad evidente, esta mutación litúrgica, que está estrechamente unida a una transformación de la vida espiritual cristiana y que ha de ser de una amplitud jamás concebida hasta ahora, pero que resulta de extrema urgencia para evitar lo peor. Semejante reforma, íntegramente fiel a lo esencial, no se hará sin conmover profundamente lo que antaño se adecuaba bien a las posibilidades de los cristianos, pero ahora ya no, porque los creyentes tienen, legítimamente, otras necesidades, otros medios y otras exigencias. Todo se opone a esta reforma. Nada es sin embargo, más necesario. No es cuestión de volver únicamente a las fuentes, sino de remontarse tanto corno se pueda, hasta lo que fue vivido, si no querido, por Jesús, y que, en su tiempo, ni podía ser perfectamente comprendido, ni, en consecuencia, comunicado de forma integral, por medio de las interpretaciones y adaptaciones impuestas por la mentalidad de la época. Tentativa cuyo solo enunciado parecerá ya impío y que, sin embargo, ¡es la que exige mayor fidelidad al espíritu de Jesús!

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Las preparaciones necesarias para que el pueblo cristiano sea capaz de la renovación de la Cena ni siquiera han comenzado. Si se le propusiese, el pueblo cristiano no estaría de ningún modo dispuesto a realizar esta mutación espiritual y litúrgica, ni tampoco a aceptarla sin trabas ni obstáculos. Si la noción de sacrificio ofrecido a Dios no significa nada para él, si todas las adaptaciones que se hacen de esta noción a la mentalidad de la época están condenadas a ser artificiales y vanas, la comprensión de todo lo que exige y aporta el recuerdo de Jesús en la renovación de la Cena ya no es accesible para el pueblo cristiano. Además nunca se le ha invitado explícitamente en esa dirección aunque a menudo se le haya hablado de Cristo. Para ayudar al cristiano a que haga del recuerdo de Jesús la base de su religión y el camino que le lleva a Dios, sería preciso prepararle de un modo mucho más humano y evangélico y mucho menos doctrinal y teológico. En principio habría que dedicarse a desarrollar en él el sentido de su humanidad a través de una educación más rica en experiencias y testimonios que en teorías. A partir de la edad en que el cristiano empieza a asumir su individualidad, y a lo largo de toda su vida, necesita de una instrucción atenta sobre todo a aquello que él está llamado a descubrir y a vivir a su manera; es decir, aquello que le llevará, paso a paso, si él responde sin blasfemar a su honor, a acercarse al estado espiritualmente adulto: amor, paternidad o maternidad, acceso al conocimiento interno de su vida, de su unidad y singularidad, despertar de su misión, junto con todo lo que el paso de esos umbrales y lo que se sigue de ellos supone de dificultades y logros, de sufrimientos y alegrías, de preocupaciones y riesgos, pero también de aplomo y plenitud. No habría que contentarse únicamente con que se sometiese a las observancias de una ley que en definitiva no es más que un medio; medio limitado e incluso a veces equivocado para lo que se pretende. Esta ley, más sacralizada de lo debido, con demasiada frecuencia no se impone más que desde el exterior. En cada uno, no está suficientemente fundamentada en exigencias propiamente humanas nacidas de lo más íntimo de sí. Con demasiada frecuencia, la ausencia de una educación adecuada ha impedido que esas exigencias naciesen a su debido tiempo, y se desarrollasen tan rápidamente como hubiera hecho falta. Por otra parte, ¿cómo, si no, sin ser consciente de esas exigencias, podría abrirse el cristiano a la fidelidad y descubrir en sí mismo la Moral que ninguna legislación agota? Sería preciso ayudarle a mirar la condición humana con el máximo de lucidez, sin atenuar por comentarios tranquilizadores, aunque fuesen piadosos, el carácter dramático de las situaciones que cada ser encuentra cuando suena su hora; sería preciso mostrarle también qué veneno destila en él esta clarividencia dura, seca, pura de ilusiones, desprendida de imaginaciones, hasta llegar a paralizarlo si nada ni nadie acude para estabilizarlo en lo esencial. Habría que guiarlo hasta el descubrimiento de la interioridad, hasta hacerle tocar la unidad profunda de su vida en medio de las contingencias, su propia consistencia a través de sus incoherencias, gracias a una conciencia suficiente de la grandeza de su propia existencia a despecho de sus impotencias y debilidades. Sería preciso ayudarle a erguirse hasta alcanzar a conocer lo que es necesidad intrínseca de su naturaleza, a fin de poder llegar, él mismo, a comprenderse a sí mismo más allá de lo que se ve y se toca, de modo que accediese así, a pesar de los obstáculos que se ciernen sobre su espíritu por todas partes, a la fe en Dios; esa fe que trasciende todo conocimiento y cuya desnudez, si uno la abraza

83 decididamente, libera de la ignorancia. Entonces el cristiano se liberaría poco a poco de sus habituales maneras de decir y sentir que irremediablemente, bajo el peso de una herencia secular que le inculca creencias a las que sólo se vincula a medias, suenan a ficticias. Con demasiada frecuencia, esa adhesión a medias, doblada de escepticismo, es suficiente para que desgraciadamente el cristiano se sienta dispensado del movimiento de la fe o, cuando menos, para que le quede desdibujada su radical originalidad. En esas condiciones, el cristiano estaría presto para poder alcanzar de veras a Jesús como aquél al que se necesita con una necesidad fundamental para descubrir más completamente la propia humanidad y, de ese modo, poder vivir como hombre que está abierto y es capaz de acogerlo en el momento oportuno. En vías de convertirse en discípulo, sería capaz de cultivar y profundizar el recuerdo de Jesús, capaz de iniciar un conocimiento interior de la existencia de su Maestro, y de entrever el carácter esencial de su mensaje, así como de recibir de su presencia la fuerza de seguirlo. De otro modo, a decir verdad, no lo adoraría más que de forma idolátrica, como a una divinidad cualquiera... También de resultas de esas condiciones, el cristiano no sería introducido en el espíritu de su Maestro a través tan sólo del conocimiento de unos textos, sin duda venerables pero vetustos y que más que aportar luz exigen explicaciones, ni tampoco «únicamente por el estudio de una doctrina que, reflejando con mucha frecuencia las preocupaciones y los marcos de pensamiento de antaño, se desarrolla de hecho fuera de sus propios horizontes. En cambio, sería a la luz de su propia vida espiritual como iluminaría esos textos e interpretaría esa doctrina; como podría nutrirse de ellos en lugar de sobrecargar con ellos su espíritu y cultivar una sentimentalidad ficticia; como alcanzaría a comprender los pacientes caminos de Dios obrando en el Mundo, cuya manifestación más ajustada y plena al nivel del hombre es la vida de Jesús. Prolongando las primeras realizaciones cristianas, ese creyente sería capaz de descubrir ya, de otro modo que a través de la luz tenue de los vitrales, la vida de sus antepasados en la fe, inspirados por completo por el espíritu fundamental de las Bienaventuranzas, pero también muy limitados por la mentalidad de su tiempo hasta el punto de compartir sus errores, supersticiones y pasiones. Comprendería por dentro a esos violentos que forzaron el reino de los cielos no sólo por aquello que es admirable o extraordinario en sus vidas, sino también gracias a lo que es completamente común, incluso a través de comportamientos radicalmente erróneos aunque considerados antaño como virtuosos; los cuales, a veces, a decir verdad, podrían ser objeto de análisis psiquiátrico y en cambio son considerados, sin más, como «sobrenaturales». Así es como, finalmente, puede distinguirse la fe de las creencias y la fidelidad de las observancias. Sólo así es como puede entreverse lo que es la Iglesia, en qué pertenece pesadamente a esta tierra pero también cómo, a pesar de sus yerros y excesos, gracias a ella madura el fruto más puro que el hombre puede «gestar», proveniente de Dios. Esta preparación, indispensable para entrar en la vida espiritual siguiendo a Jesús y bajo su irradiación, no se puede proponer a todos del mismo modo. Es importante que se adapte al clima de cada uno, a sus necesidades y a sus medios. Ojalá que el creyente, a lo largo de todo ese itinerario y en el curso de esa búsqueda, tan suyas e intransferibles, pueda encontrar en algunos discípulos, aunque sean de un pasado incluso lejano, la paternidad espiritual del precursor que necesita para abrirse más totalmente a su Maestro.

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Esta preparación sólo puede hacerse en las pequeñas comunidades de cristianos. Esta preparación sólo puede realizarse, ciertamente, en el seno de pequeños grupos homogéneos y estables de creyentes que tengan entre sí suficientes afinidades espirituales.11 Para esas comunidades, esta preparación constituye su obra principal; nutre la savia de cada uno, y es, recíprocamente, fruto de la de todos ellos. En esas comunidades ceñidas en torno al recuerdo de Jesús es donde se podrá buscar e inventar la mutación litúrgica que se impone para que la misa actual vuelva a ser verdaderamente el centro de la vida espiritual de los cristianos como, a su manera, lo fue en los comienzos. Esta mutación es de una importancia capital: ha de consistir en hacer de la renovación de la Cena una auténtica concelebración en la que, en la medida de lo posible, todos los miembros de la asamblea participen personalmente. Esta concelebración es radicalmente distinta de una simple ceremonia de las que hay en cualquier religión, que no exige más que una asistencia muda — más que silenciosa— y que lo más que permite es un pobre diálogo, inevitablemente ficticio. Sería preciso que allí donde unos cristianos, por su educación y por su fe, fuesen capaces de reunirse en nombre de Jesús, pudiesen hacerlo legítimamente capacitados para ello por su Iglesia, de modo que pudiesen «hacer esto en memoria suya». Ese tipo de concelebración no sólo es posible; es además necesaria para la progresión espiritual de las comunidades. Ayudaría a que los cristianos convirtiesen en actual —ya que lo volverían a hacer juntos, con unos sentimientos idóneos y con un realismo capaz de hacerles franquear los siglos— aquello que ocurrió hace ya tanto tiempo, cuando Jesús, antes de dejar a los discípulos, compartió el pan y el vino con los suyos. Pero esta mutación, que no es comparable con ninguna otra reforma, ni de las importantes, implicaría un replanteamiento radical de la concepción del sacerdocio tal como lentamente fue instituyéndose durante el primer siglo en el transcurso de la evolución de las Iglesias: al principio nacidas del Espíritu y carismáticas, poco a poco fueron conviniéndose en organizaciones brotadas de los poderes vinculados a la función. Heredera del sacerdocio judaico, la condición actual del sacerdote está fuertemente influida por las coyunturas sociológicas que el cristianismo ha atravesado en su desarrollo. Al margen de sus funciones particulares, el sacerdote es un notable, mientras su situación social no se degrade. El sacerdote es, en principio, a pesar de lo vetusto de sus enseñanzas, un especialista en la doctrina; lo cual no se ha de denigrar si se considera la mediocridad general de los conocimientos que tienen de ordinario los cristianos sobre el cristianismo. Se le atribuye además el carisma del apostolado, cosa que es cierta cuando, superando el plano de la «función ordenada», se eleva al de la «misión», fruto de su fe y de su fidelidad. Cubriendo las condiciones adecuadas de instrucción y piedad, el sacerdote tendría que ser simplemente, tal como fue en los orígenes, y aún más hoy, un simple miembro de la comunidad local entre muchos otros habilitados también por la autoridad religiosa para ese servicio, porque también habrían sido juzgados capaces en lo intelectual y en lo espiritual; un miembro que vive en las mismas condiciones que los otros, teniendo sus mismas necesidades, sus mismos cargos, y compartiendo el mismo destino. Sólo así, es como cualesquiera que sean las circunstancias, los lugares y los tiempos, allí donde haya cristianos, la Cena podrá renovarse con un espíritu fraterno 11 Nota del Traductor: Para completar la complementariedad entre una «comunidad de base propiamente humana» y la «comunidad de fe», cfr., cap. VII, págs. 215255 de Mutation de l'Église et conversion personelle. Légaut forma parte de un grupo o comunidad que, de diferentes formas, tiene continuidad desde hace más de cincuenta años. Habla de ello en la primera parte de Paciencia y pasión de un creyente (págs. 39-44, 58-65, 181-190).

85 completamente animado por el recuerdo de Jesús, tal como El mismo lo pidió expresamente según las Escrituras. La Iglesia ha de garantizar la posibilidad de la renovación de la Cena allí donde algunos discípulos de Jesús «se reúnan en su nombre». El futuro del cristianismo está unido al nacimiento y al desarrollo de grupos cristianos capaces de revivir, según sus medios, lo que hicieron juntos Jesús y sus discípulos. El servicio que la Iglesia debe a sus miembros no es otro que éste. Cuando se muestra incapaz de hacerlo porque no adopta las medidas necesarias, falla gravemente y falta a su misión. Este servicio fundamental no tendría que depender del reclutamiento sacerdotal tal como se concibió en unas condiciones de cultura, mentalidad y vida material y social completamente diferentes de las actuales. Ninguna consideración teórica, ningún obstáculo práctico deberían impedir que la Iglesia asumiese este encargo que es tan esencial a su misión que, sin él, su estructura social pierde su razón de ser. ¿Tendrá el cristianismo la fe suficientemente viva como para extraer de sí mismo la posibilidad de inventar formas que se adecúen mejor que las del pasado a la formación espiritual de los cristianos y, por tanto, a la renovación de la Cena, haciéndola posible siempre y en todas partes? Esa es la condición de su fecundidad y también de su perennidad. Dicha invención está estrechamente unida a la mutación que hará del cristianismo la religión de llamada. ¿Sabrá proceder a esa mutación por su propia iniciativa, sin necesidad de que le obliguen a ello los acontecimientos?, o, por el contrario —y sin duda cada vez más en vano—, ¿se esforzará por mantenerse a toda costa, día a día; por frenar su inexorable retroceso, persiguiendo continuamente su supervivencia a base de ser tan flexible e inteligente como le sea posible; por adaptarse sin demasiado retraso a las nuevas circunstancias que le hostigan de cerca; por mirar de no cambiar de un modo demasiado visible, ya que una verdadera continuidad interior no le tranquiliza respecto de su fidelidad? Sólo es posible plantear la cuestión, cosa que ya a muchos parecerá profundamente insólita, e incluso sacrílega. Es imposible responderla. Esta pregunta es de esas que ayudan a comprender mejor el destino imposible al que está abocada la Iglesia a medida que los hombres, a través de sus mismos desórdenes, se desarrollan y llegan a ser espiritualmente más exigentes. So pena de desaparecer, la Iglesia se ve constreñida a esta mutación por la misma humanidad a la que tiene que evangelizar, que a menudo la combate y de ese modo la obliga, sin pretenderlo, sin saberlo, a ser más fiel a Aquel que en su tiempo hizo nuevas todas las cosas. Esta pregunta, humanamente angustiosa, suscita, en quienes osan planteársela con lucidez (en sus vidas impotentes y, sin embargo, fecundas para el futuro, gracias a la fe, y a la fidelidad que los inspira), la espera nacida de la fe, que todo lleva a afirmar que es ilusoria; pero que es invencible: es la Esperanza en acto. Esta Espera fiel preparó antaño, a través de los siglos y entre tinieblas, la misión de Jesús; también ella es auxiliar ciego, pero necesario, del desarrollo de su misión en el Mundo.

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4 LA OBRA ESPIRITUAL I.

La obra espiritual en la cristiandad de antaño. — Esta obra ya no es posible, bajo las mismas formas, en los tiempos modernos. — La obra espiritual exige de la Iglesia un retorno al espíritu de Jesús para corresponder a su llamada mejor que en el pasado. — Este retorno exige, por parte de la Iglesia, un tiempo de recogimiento y una conversión que todo hace improbable.

II.

La obra espiritual exige que se reconozca la grave situación del cristianismo y las considerables posibilidades espirituales ni cultivadas ni empleadas de los cristianos. — El escándalo de las parroquias abandonadas. — Allí donde unos cristianos deseasen reunirse en nombre de Jesús, tendrían que estar capacitados para renovar la Cena. — Los nuevos misioneros. — El retiro colectivo y sobre todo individual tendría que ser una costumbre generalizada entre los cristianos.

III.

Dificultades del cristiano de origen y de formación tradicional para estar al mismo nivel que todos los hombres. -- Tiene que olvidar mucho para saber mejor lo que sabe y vivir más de ello. — Tiene que aprender a recibir de los hombres antes de pretender darles nada. — Debe tener la paciencia de las largas demoras que le permitan ser aceptado por ellos. --- Ha de negarse a abandonar el último lugar, aun en el caso de que se le llame a un puesto más elevado. La estabilidad es una condición esencial del éxito de la obra espiritual. — Reconocer los primeros anuncios de la cosecha allí donde el grano apenas empieza a germinar El apostolado entre los adultos es más importante para la misión de la Iglesia que la formación religiosa de los niños. — La obra espiritual procede de la misión, y no de la función. — Existe desde el principio del cristianismo y abre la vía de una particular intimidad con Jesús.

IV.

Para no abortar ni conducir a la ruina a la Iglesia, la mutación del cristianismo exige una renovación espiritual sin precedentes. — Papel capital de los monasterios contemplativos a pesar de sus graves deficiencias. — Tendrían que ser un puerto donde pudieran hacer escala los obreros, lejanos o cercanos, de esta mutación. Esta mutación no se hará sin el testimonio, especie de testamento, de quienes son sus obreros...

I

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La obra espiritual en la cristiandad de antaño. Antiguamente, en los países de cristiandad, la acción espiritual de la Iglesia comenzaba con el catecismo y se continuaba con la predicación de la misa los domingos; con esto, prácticamente se la daba por terminada Esta acción espiritual estaba completamente centrada en la enseñanza de una doctrina, en la observancia de una moral, en el uso de sacramentos, sacramentales y oraciones — con indulgencias o no— que acompañaban al feligrés en su vida cotidiana y en los hitos de la vida. La adhesión a la doctrina tenía toda la apariencia de ser la fe y, sin duda, podía ser un principio posible de esa fe, aunque estuviese muy entremezclada de credulidad e irrealidad. La obediencia a la ley divina y a las disciplinas eclesiásticas, la penitencia para reparar las faltas, exigían una indudable actividad interior, aunque no estuviesen exentas de formalismo ni de superstición. El evangelio servía de soporte —de ordinario implícito— para las materias que se enseñaban y que lo utilizaban no tanto para darlo a conocer como para fundamentar las construcciones teológicas y las ordenanzas morales. Las Bienaventuranzas, codificadas y orientadas a hacer posibles y duraderas las instituciones, se consideraban como observancias supererogatorias y particularmente meritorias. Estaban reservadas a los cristianos religiosos y los situaban en un «estado» que era una especie de aristocracia espiritual y, de ordinario, dado que el «estado» religioso tenía un reconocimiento civil, los hacían ascender en la escala de la jerarquía social. Esta obra ya no es posible, bajo las mismas formas, en los tiempos modernos. Esta situación de cristiandad está en trance de desaparición en muchos —si no en todos— de los países que la conocieron antiguamente. No cabe duda de que ante un futuro desconocido y que se anuncia bajo auspicios inquietantes, es vano abandonarse a la esperanza de que esos tiempos ya pasados volverán gracias únicamente a una predicación cristiana técnicamente mejor adaptada y más abierta a la mentalidad moderna. Son dos las razones que parecen negar esta posibilidad que permitiría a la Iglesia ahorrarse unas reformas más profundas y espiritualmente más exigentes. Por una parte, la sociedad ya no influye en sus miembros para que se hagan o continúen siendo cristianos, tal como sucedía antaño. Espontáneamente, los hombres, más bien, tienden a fomentar prejuicios contra el cristianismo en razón de un pasado de luchas en el que, no sin rebajarse a procedimientos que hubiera tenido que dejar a sus adversarios, la Iglesia, en último término, salió derrotada. Cuando menos, los hombres de hoy son indiferentes porque no esperan nada del cristianismo. Ello no se debe únicamente a que están exteriorizados en extremo y viven ajenos a sí mismos por el activismo, ni tampoco a que están impregnados de materialismo y no desean más que disfrutar de la vida. Antiguamente, cuando el cristianismo todavía era socialmente omnipotente, las aspiraciones más legítimas de los hombres (tales como el derecho a una desigualdad no demasiado exagerada en las condiciones de vida, a algún tipo de iniciativa en los asuntos públicos, y también a la libertad de conciencia) se lograron sin su ayuda, y casi siempre a pesar de su oposición. Ahora, con una doctrina más respetuosa respecto de los derechos del hombre y más conforme al espíritu del Evangelio, la Iglesia lo único que puede hacer es proclamar lo que tendría que ser. Pero también es verdad que ahora, puesto que ha perdido la posición de fuerza de antaño y ya no tiene medios para imponerse, la Iglesia se emplea en su proclamación no sin sobrevolar las dificultades de su realización. Por ello, en un mundo abocado sin remedio al poder de la política y de la economía y a los determinismos de acero que las rigen, su proclama, fácilmente irreal, sabe a poco. Por otra parte, la Iglesia se encuentra debilitada en extremo por las luchas internas que creyó debía

88 sostener contra sus propios miembros. Eran luchas en que se esforzaba por permanecer inmutable, marmórea, a pesar de los progresos de las ciencias y de un conocimiento cada vez más hondo del Mundo y de la Historia; a pesar de la evolución de las costumbres y de las mentalidades; a pesar de las exigencias crecientes de autenticidad personal y de espíritu crítico en un número considerable de personas que cada vez iba en aumento. Confundiendo lo que es indispensable —que le fue dictado por las condiciones internas y externas de antaño— con lo que es esencial para ella, mezcló, a partir de esa confusión, de una forma inextrincable, ambas cosas. Es que no había reflexionado con suficiente vigor y coraje sobre sus orígenes y sobre su historia, a las que, por el contrario, se puede decir que de alguna manera había absolutizado. En consecuencia, impuso de forma indistinta lo esencial y lo indispensable con la intransigencia de una autoridad que no se reconoce ningún límite Puso bajo el celemín, prohibiéndoles toda actividad exterior, apartándolos de todos los puestos importantes y excluyéndolos incluso de su seno, a numerosos cristianos entre los más lúcidos y, a veces, entre los más auténticamente religiosos. Ello ocurrió en particular, a principios de siglo, cuando la crisis del modernismo. Cuando toda una generación ha sido inutilizada de este modo para cumplir en la Iglesia la misión capital de la búsqueda e investigación, hay que esperar numerosos años antes de que una nueva generación de creyentes sea capaz de ejercerla convenientemente: los nuevos se encuentran con que no son ni llamados ni ayudados, antes al contrario, frecuentemente son molestados y combatidos por los que inmediatamente les preceden, a los que se puso ahí para que les «formasen» precisamente porque no eran más que simples ecos repetidores. Durante largos años le han faltado a la Iglesia —y ello es grave— los buscadores e investigadores, tanto para ponerla, con alegría, al servicio del Mundo en fidelidad a su misión, como para impedir que fuese infiel a ella deformándose y endureciéndose por reacción contra el mundo. En estos tiempos de rápida evolución, de exigencias crecientes y aspiraciones nuevas, la Iglesia actual, pese a una honestidad y elevación moral ejemplares, ya no tiene la talla espiritual suficiente para imponerse a los hombres, incluso cuando éstos están suficientemente interiorizados como para acoger el mensaje de Jesús y penetrar en el conocimiento de lo que éste vivió, llegó a ser y es. La obra espiritual exige de la Iglesia un retorno al espirita de Jesús para responder a su llamada mejor que en el pasado. Todo hay que retornarlo desde la base, y de una forma completamente diferente, porque los hombres en su conjunto, por el nivel de vida en que están, por la educación que reciben, por la cultura que adquieren, por las relaciones de todo tipo que les confrontan entre sí, tienen unas necesidades y unas aspiraciones, unas dificultades y unas posibilidades que antiguamente eran excepción y a las cuales, en adelante, habrá que responder para que los hombres de hoy puedan acceder de veras a una auténtica vida espiritual. A decir verdad, la Iglesia, en la hora actual, no está capacitada para colaborar útilmente en esta búsqueda. No está preparada por su pasado más reciente, En la crisis actual, presa de vértigo, carece de la calma necesaria; está demasiado preocupada por una apertura y eficacia inmediatas. Es más, para favorecer esta búsqueda o aunque sólo sea para permitirla de hecho, tendría que ir en contra de sus propias prácticas de gobierno y de las tradiciones de ejercer el magisterio más profundamente arraigadas en ella hasta el punto de que todavía las considera como de su misma esencia. Efectivamente, no se trata tan sólo de que la Iglesia se haga aceptar de nuevo por los hombres a base de adaptar su apostolado a la mentalidad actual. Si se limitase a hacer eso, sólo les predicaría lo que ya esperan, sin haberla necesitado para desearlo ni para comenzar, aunque muy imperfectamente, a realizarlo. Para lograr que la escuchen, no habría hecho otra cosa que corresponder a sus aspiraciones incorporándolas, en la medida de lo posible, a su mensaje, de

89 manera que tampoco chocasen demasiado con las prácticas de los siglos cristianos anteriores. Sin embargo, dejaría de aportarles aquello que necesitan de un modo fundamental aunque lo ignoren o incluso aunque lo busquen en otra parte. De hecho, sería infiel a su propia misión. A decir verdad, dirigirse al Mundo con amonestaciones solemnes no es la única manera de servir a los hombres sin someterse a ellos, sin estar de algún modo a remolque suyo. La Iglesia lo logrará mucho mejor esforzándose por alcanzar lo esencial del cristianismo —lo que Jesús vivió de fundamental bajo las formas concretas propias de su tiempo— de manera que ese espíritu se manifieste a través de la fidelidad de sus miembros a su Maestro. Esta búsqueda no depende directamente de la autoridad, aunque sea ella la que tiene, necesariamente, que ratificar los resultados. Esta búsqueda —hay que afirmarlo—, tampoco está en la línea de la tradición cristiana, puesto que la Iglesia, por su espíritu y por sus actos, siempre se esforzó sobre todo y casi únicamente por conservar el depósito de sus creencias, y se limitó a desarrollarlas más a la luz de la lógica y de la devoción que bajo la inspiración de la vida espiritual. No se empleó con esfuerzo destacable en purificarlas y tras tenderlas gracias a una comprensión más profunda de la humanidad de su Maestro. Esta búsqueda sólo se alumbrará, poco a poco, a través de iniciativas individuales completamente independientes, mantenidas de forma precaria y tanteante a lo largo de la vida, derivando a veces hacia la utopía, incluso hacia el error, y después volviéndose a levantar y quizás acabando por abortar. Sólo el porvenir las juzgará por sus frutos. Por otra parte, tampoco estamos en un tiempo, como antaño, de grandes movimientos espirituales que estuvieron preparados oscuramente por numerosas tentativas locales que en su momento fueron efímeras, sino que vivimos en una hora en que se dan multitud de iniciativas personales, polvaredas de acciones inorganizadas, e inorganizables; aparecen y desaparecen sin cesar, obra de individuos aislados o reunidos en minúsculos grupos que, si se tercia, en el momento oportuno, podrán reconocerse entre sí. Pero entonces, en ese día, esos seres fieles a su propia misión, se reconocerán unidos en una unidad completamente distinta de la de los siglos antiguos. Más allá de cualquier organización, cuyo fundamento e instrumento es la autoridad, serán únicamente llamada, y tanto más vigorosamente cuanto más cada uno sea él mismo. Este retorno exige, por parte de la Iglesia, un tiempo de recogimiento y una conversión que todo hace improbable. Antes de partir de nuevo, con ímpetu renovado, hacia la obra espiritual, la Iglesia, después de haber sido durante siglos —si no desde el principio— más judaizante y feudal que evangélica, tiene que pasar por un tiempo de retiro y de recogimiento para recobrarse y, más que reencontrarse, encontrarse de veras. La Iglesia, que con demasiada frecuencia ha fomentado en sus miembros la humildad más que el vigor y el carácter, y les ha inculcado el arrepentimiento más que el ánimo para tomar iniciativas, no tiene que perdonarse a sí misma las faltas del pasado demasiado rápida y fácilmente, y sí, en cambio, tiene que procurar que su presencia en el mundo esté llena de modestia y de reserva, dejando que su grandeza real, velada con demasiada frecuencia por sus propias empresas, se vaya imponiendo a los hombres poco a poco. No cabe duda de que esta conversión supondrá un verdadero desgarro y exigirá de la Iglesia un esfuerzo considerable, si tenemos en cuenta su comportamiento habitual hasta hoy. Es más, ¿será capaz de hacerlo sin necesidad de que la fuercen a ello? Pablo fue derribado y cegado en el camino de Damasco. ¿Será necesario que la Iglesia conozca, de una forma u otra, esa hora de la verdad en que la desmonten de su sutil orgullo, se resquebraje la

90 seguridad en la que se creía vivir según la doctrina, y la echen por tierra? ¿Quién ganará en ella?: ¿el Espíritu de Pentecostés y la fidelidad creadora que la fe implica o la adhesión empecinada y ciega a unas estructuras que son fruto de la mano del hombre más que de institución divina? Por más que esa adhesión se deba, ciertamente al apego no sólo lícito sino de fidelidad que la Iglesia profesa a sus orígenes, también es verdad que no deja de ser, en parte, un puro aferrarse a situaciones ya establecidas... ¿Tendrá coraje y lucidez suficientes como para juzgar su propia historia con severidad sin tampoco condenarla siempre, pues a menudo no pudo ser de otro modo? ¿Tendrá la fuerza necesaria para, sin caer en el desaliento, mirarse tal como es, espiritualmente exangüe —razón secreta de que reclame para sí en todo momento su origen divino—, y para aceptarse humildemente en su situación actual, sin disimularla en nada ni distraerse en vanos triunfalismos? ¿Será suficientemente grande para que no le parezca debilidad el reconocimiento de su ignorancia respecto de cuál sea su futuro y para no caer tampoco en disimular sus incertidumbres tras de algún tipo de gloriosas proclamaciones? Nada parece más improbable cuando se considera su pasado y su presente. No obstante, esto llegará a suceder. Pero, ¿por cuánto tiempo, todavía, este necesario restablecimiento, que a decir verdad es un nuevo establecimiento, permanecerá oculto bajo las conmociones de una sociedad eclesiástica que desde hace siglos se está desmoronando? ¿Por cuánto tiempo este esfuerzo de conversión será combatido y calumniado por una institución que no pretende más que permanecer tal cual es? ¿Será por mucho tiempo contrariado y blasfemado por la agitación de los activistas —más políticos que religiosos, espejos de su tiempo más que discípulos de Jesús, arrastrados por la historia más que empeñados en darle su sentido— que quieren construir el futuro del cristianismo a partir de los gustos del día y del culto a los nuevos ídolos? La tarea es tanto más compleja cuanto que se trata no sólo de construir en un terreno prácticamente arrasado en el que no quedan más que piedras inservibles de la antigua ciudad, sino de esforzarse por acondicionar convenientemente, al menos por un tiempo, lo que valga la pena conservar de los edificios del pasado, de forma que sean posibles las indispensables demoras para preparar el futuro. II La obra espiritual exige que se reconozca la grave situación del cristianismo y las considerables posibilidades espirituales ni cultivadas ni empleadas de los cristianos. La primera condición para hacer obra espiritual útil consiste, por una parte, en reconocer la envergadura del desastre hacia el que, desde hace siglos, el cristianismo se está encaminando so capa de costumbres religiosas que, hasta tiempos recientes, se degradaron con relativa lentitud; y, por otra, en conectar con el sentido de la secreta expectativa de los cristianos de hoy, captar su buena voluntad y sus posibilidades espirituales reales, cuando la religión, tal como se ha practicado de ordinario, no las ha esterilizado a base de comportamientos externos y colectivos. Aún son numerosos en las Iglesias los creyentes que viven insatisfechos de veras, aunque no lo reconozcan o aunque sientan escrúpulos por ello. ¡Aún son numerosos los que llevan con fatiga y bochorno —a veces inconfesados— la mediocridad religiosa de las asambleas en las que sin cesar se repiten machaconamente los mismos clichés morales y dogmáticos, los mismos exámenes de conciencia irrisorios; en las que una y otra vez escuchan los mismos comentarios alambicados y enfáticos, fruto a veces de una improvisación vigorosa... ¡Cuántos padecen aislamiento e incomunicación espiritual justo ahí donde se les habla ininterrumpidamente de la «comunidad eclesial»! ¡Cuántos, entre los más conscientes y despiertos, dudan. —sin duda equivocadamente— si siguen siendo todavía creyentes,

91 al optar por desarrollarse personalmente! El desierto cristiano no es una vana imagen de estilo. Puede darse incluso donde los hombres se amontonan, cosa que hace que las iglesias en las ciudades todavía se llenen, e incluso se piense en edificar otras nuevas. El desierto se percibe cruelmente y casi en estado puro en todas partes, pero sobre todo en los pueblos, medio exangües, en los que sólo algunos parroquianos, sobre todo ancianos —y aún más, ancianas—, se reúnen en su capilla vacía los pocos domingos en que todavía pueden asistir a misa; felices porque la Iglesia todavía llegue a enterrar a sus muertos... El escándalo de las parroquias abandonadas. Nada es más escandaloso que constatar cómo, a causa de la falta de vocaciones sacerdotales en el sentido clásico del término, y por respeto a unas estructuras e instituciones que se consideran intangibles, en las altas esferas se opta a la ligera por privar de la misa dominical a tantas pequeñas comunidades locales, apenas vivientes, pero vivientes al fin y al cabo aunque de un modo oscuro — son la mecha que todavía humea—. Claro que la misa dominical no es para muchos de los cristianos más que una costumbre impuesta antaño por una disciplina bastante estricta; pero también es verdad que actualmente para estas gentes es la única ocasión de sumergirse de nuevo juntos en un clima de algún modo recogido y religioso. La autoridad eclesiástica, durante siglos, los obligó bajo sanciones gravísimas, y a veces a pesar de dificultades y situaciones que habrían justificado la exención, a la observancia dominical. Para espiritualizarlos, confió en esta especie de mecanización, de cadencia regular y frecuente. ¿Cómo es que ahora los abandona de hecho, sin transición ninguna, sin haber logrado darles la posibilidad de subsistir religiosamente por sí mismos dando continuidad a lo anteriormente vivido? Son parroquias cadavéricas, sin duda, al lado de las de las ciudades en las que los días de fiesta y aun los domingos ordinarios el personal rebosa; sin embargo, el renacimiento espiritual sería mucho más fácil de emprender en ellas puesto que su marco de vida predispone mejor a ello que otros en los que ese renacimiento se hace cada vez más difícil. Imposible dudar de que, aun en las grandes parroquias, no hay otra vía de salvación que la de dividir el colectivo en numerosas pequeñas comunidades centradas en torno de la renovación de la Cena, en las que las relaciones humanas estables sean posibles y rompan con el anonimato en el que el hombre viene a ser una simple unidad que pasa... De otro modo, en días no lejanos, estas parroquias desmesuradas también serán cadavéricas. Hay que reconocer que, hasta ahora, todas las modificaciones, por otra parte superficiales, de la organización eclesiástica, se debieron, sobre todo, a la preocupación —ciertamente encomiable— de hacer menos exigente humanamente la vida de los sacerdotes, pero no tanto a la preocupación por una mayor eficacia religiosa en su acción. Los equipos sacerdotales permiten que sus miembros luchen más fácilmente contra la soledad personal, por más que vivir en común no significa necesariamente que se entre, como se debiera, en comunión de espíritu y de corazón... Esta soledad es para ellos tanto más sensible hoy cuanto que su celibato ha de sostenerse en una sociedad en la que, a través de excesos de importancia ciertamente innegable, se descubre cada vez más y mejor que antaño, el valor espiritual de la pareja, en la que el hombre y la mujer se encuentran y se unen en el corazón mismo de lo que es a un tiempo condición común a todos y destino particular de cada uno. Esa vida de equipo, vida de ritmo cotidiano, no bastará para que muchos sacerdotes sigan perseverando en su camino difícil que se centra en el ministerio de los sacramentos que la Iglesia les ha confiado y encargado; necesitarán además vivir insertos en verdaderas comunidades. Sin ellas, los

92 sacerdotes están en peligro constante de perder su razón de ser. A decir verdad, para muchos sacerdotes, las parroquias son verdaderos desiertos, si se exceptúan algunas escasas relaciones con los laicos que han aceptado colaborar con ellos en algunos servicios de Iglesia. Son numerosos los sacerdotes que se dan perfecta cuenta de que el marco impuesto por la parroquia a su apostolado no casa con los tiempos actuales. La población que frecuenta las asambleas dominicales es demasiado diversa, pasajera y cambiante, como para que pueda hacerse de forma colectiva un verdadero trabajo espiritual. Lo que sería bueno e incluso necesario para algunos podría ser dañino para otros. Además, únicamente un contacto personal y duradero puede promover el movimiento interior del que depende la vida religiosa y su progreso. ¡Qué raramente se da eso! y, además, ¿cómo suscitarlo en el tiempo ordinario —e incluso en los grandes momentos de la existencia que parecen más abiertos a que pueda darse—, cuando la multiplicidad de los encuentros y la mundanidad de la fraseología religiosa de circunstancias obnubilan lo que hay que vivir con autenticidad? En la hipótesis más favorable, manteniendo la estructura parroquial tal cual existe actualmente, sólo se puede lograr que el retroceso cristiano sea más lento. En cambio, mantiene la ilusión —si uno se presta a ello— de que se salvaguarda una cierta práctica religiosa para las generaciones que vienen, sin pensar que, dentro de poco, ya no tendrán ningún interés por observarlas. Loables son los esfuerzos que sin duda se hacen en donde no hay sacerdotes para que un mínimo de reunión semanal se respete. La animación de una celebración sin renovación de la Cena, pero en la que se distribuye la comunión con hostias debidamente consagradas, es un esfuerzo de suplencia ante la situación de crisis actual, que en las altas esferas se quiere pensar que es sólo pasajera. Hay que alegrarse de estas iniciativas locales. No en todas partes son posibles. De todas formas, son experiencias frágiles que durarán poco, si se exceptúan algunas raras situaciones favorables. Sin embargo, se puede confiar en que éstas se multiplicarán a medida que lo hagan las parejas, mucho menos excepcionales ahora que antaño, que hayan sabido aliar las necesidades de su familia con los compromisos religiosos en parroquia, gracias a una cultura intelectual y a una vida espiritual de los dos suficientemente profunda. Pero esta práctica sólo puede ser un remedio pasajero. Si tuviese que utilizarse por largo tiempo, no dejaría de tener efectos secundarios graves. Por ejemplo, consolidaría la tendencia, piadosa y nefasta a un tiempo, que rebaja la celebración de la misa por el sacerdote a ser mera fabricación de un sacramento. En efecto, ¿quién no ve en esta práctica de repartir la comunión fuera de la celebración, una degradación más de lo que Jesús, para permanecer presente en la conciencia de los hombres, quiso que se recordase de Él cuando tomó su última Cena con los suyos? Esa acción que hizo con el pan y el vino, ¿puede separarse, sin que se corrompa y sea traicionada, de todo aquello que la preparó, rodeó, y se desarrolló en ese momento solemne, en el que la muerte de Jesús encuentra su grandeza y manifiesta su sentido, y en el que su presencia en los creyentes que rehacen su gesto, y de ese modo se reúnen en espíritu con su Maestro, se convierte para ellos en alimento y les hace fecundos? Allí donde unos cristianos deseasen reunirse en nombre de Jesús, tendrían que estar capacitados para renovar la Cena. Para salvar del naufragio final los restos de un cristianismo que antiguamente estuvo vivo, aunque no fuese completamente fiel al espíritu de Jesús, habría que tener la fe y el coraje de concebir y realizar una reforma completa de la organización eclesiástica actual, lo cual sólo puede ser objeto de

93 un sueño imaginario, pues resulta más impensable aún de derecho que quimérico en la práctica. Sería necesario que, sin excepción, en todo lugar, en toda circunstancia, allí donde varios cristianos, aunque fuesen únicamente dos o tres, estuviesen deseosos de reunirse en nombre de Jesús, pudiesen rehacer la acción de la Cena tal como su Maestro lo pidió expresamente a sus discípulos más allegados, a los que permanecieron junto a Él hasta las proximidades de su derrota y de su muerte. Para alcanzar este objetivo esencial, parece que todos los cristianos que fuesen espiritual y prácticamente capaces, habilitados por la Autoridad y bajo su cuidado, tendrían que poder participar personalmente en esta acción. Oficiantes, sin tener la vocación de gobernar o enseñar o evangelizar, detentarían en «su parroquia» una función que la Autoridad les delegaría y podría retirarles llegado el caso. La institución de estos oficiantes parece indispensable en las actuales condiciones para que la Iglesia sea fiel a su misión y no falte gravemente a sus miembros por privarles del medio de responder a la llamada de Jesús; y por no dejárselo hacer aunque lo deseen, cosa tan poco frecuente por desgracia... Estos oficiantes mantendrían en pie, tanto como fuera posible, los muros que aún quedan del edificio cristiano. Si no, de ahora en adelante, se desmoronarán con rapidez, corno sucede en las parroquias en las que el sacerdote, incluso muy bueno, no vive ni convive con los suyos, sino que sólo está de paso, y cada vez con menos frecuencia. Y lo mismo pasará en las ciudades, a pesar de las apariencias actuales, porque, por más que los sacerdotes que residen en ellas son todavía numerosos, sin embargo, tampoco hacen otra cosa que transitar por en medio de las filas apretadas de la muchedumbre de parroquianos y, en el mejor de los casos, no hacen más que garantizarles una vida sacramental ajena a toda vida comunitaria y, por este motivo, de una eficacia espiritual ínfima. Esta nueva organización, lo bastante flexible para adaptarse a todas las situaciones, pondría en acción las posibilidades religiosas del lugar. Ayudaría a que se revelasen. Las despertaría de un sueño prenatal que no es más que un lento aborto. Las arrancaría de la pasividad que se esconde —¿desde hace cuántos siglos?— bajo las apariencias edificantes y lenificantes del conformismo. Daría una realidad a la comunidad cristiana local que, de otro modo, no puede ser sino ficticia, a pesar de cuanto pueda afirmarse cuando se teoriza sobre ella. Suscitaría la irradiación espiritual propia de los que se reúnen en nombre de Jesús. Los nuevos misioneros. Para completar esta nueva organización y dar a estos pequeños grupos de cristianos un fervor que no alcanzarían por sí mismos, sería preciso que algunos creyentes —discípulos del Maestro de un modo particular, renovados interiormente sin cesar por una vida religiosa intensa porque verdadera— tuviesen la misión de ser no sólo unos enseñantes patentados, unos dispensadores legales de sacramentos, sino también unos testigos de la fe. Estos creyentes se desplazarían para animar a esas comunidades que ya de por sí tendrían una existencia real en la medida en que, a través de la renovación de la Cena hecha comunitariamente, estarían vinculadas directamente a Jesús. Llamados a una acción que no se incluye de una forma tan precisa e imperiosa en la condición ordinaria del cristiano, estos creyentes participarían por autoridad personal en la misión de la Iglesia. Insertos en una organización de la que la cabeza sería el obispo, no estarían encargados de gobernar

94 ni de ser la expresión litúrgica de la unidad del cristianismo en el plano en el que éste se encarna en una sociedad. Pasarían por estas comunidades locales, aunque fuesen minúsculas, del mismo modo que los apóstoles antiguamente pasaban por los países y visitaban las Iglesias nacientes. No de otro modo, ya antiguamente, las misiones en régimen de cristiandad se esforzaban por renovar el fervor de las parroquias, y lo hacían con una eficacia indudable, lástima que amortecida rápidamente porque no tenían continuidad. Vinculados a un número importante de estos pequeños grupos cristianos, siempre los mismos —la estabilidad es fundamental— estos misioneros los visitarían de una forma regular sin que ello signifique necesariamente hacerlo con frecuencia, pero sí que, cada vez que lo hiciesen, fuera de forma prolongada a fin de poder entrar de veras en el ritmo local de lo cotidiano. Conocerían personalmente a los miembros de los grupos y caminarían a su lado a lo largo del tiempo, e incluso de toda la vida. Podrían tener con cada uno de ellos una apertura e intercambio de hombre a hombre, de creyente a creyente; único encuentro de verdad, que no tiene nada que ver con las conversaciones piadosas y convencionales que habitualmente se practican en los medios así llamados religiosos, y que no son más que contactos irrisorios y efímeros al margen de las auténticas encrucijadas de los hombres. Serían capaces de ayudar, gracias a su vida interior sólidamente arraigada en lo humano y completamente inspirada por el espíritu de Jesús, a que se diese respuesta a las llamadas íntimas que cada uno recibe de Dios cuando suena su hora. De este modo, aportarían lo que los recursos espirituales locales no pueden de ordinario procurar, y ayudarían a esas comunidades estables y de talla humana, a que creciese su conciencia de la presencia de Jesús en ellas. Esta división del sacerdocio subalterno entre oficiante y misionero, ¿no sería más útil y real que la que existe en la actualidad entre órdenes menores y mayores, y entre el diaconado y el presbiterado? Se adecúa mejor, sin duda, a la implantación de un cristianismo que se ve obligado, por largo tiempo, a estar diseminado en extremo, y que necesita evitar toda colectividad numerosa que impida el desarrollo personal de los individuos, o se lo impida, incluso, o pase sobre las propias iniciativas de sus miembros y sobre su actividad hasta llegar a paralizarlas. Esta división tendría la inmensa ventaja, al menos allí donde la descristianización no está demasiado avanzada —en muchos lugares de Francia ya es demasiado tarde— y donde los cristianos no son demasiado incultos —cosa frecuente—, de permitir la celebración de la Cena, de cultivar el recuerdo de Jesús de forma activa y personal: sin estas dos cosas no hay porvenir para el cristianismo; y, por último, permitiría estimular un renacimiento espiritual sin el cual el cristianismo está condenado a desaparecer. El retiro colectivo y sobre todo individual tendría que ser una costumbre generalizada entre los cristianos. A esta acción misionera, simultáneamente itinerante y estable, tendría que añadirse, para perfeccionar sus resultados, una práctica ya en uso pero que tendría que extenderse bastante más: la del retiro, en primer lugar de pequeños grupos, individual después, dado por alguien y después, en cuanto fuese posible, silencioso y solitario, en el que se pueda profundizar en la vida espiritual. Más que entre los jóvenes —entre los que ha habido un indudable progreso en este aspecto— el retiro tendría que ser una costumbre corriente entre los cristianos adultos, en la edad de la madurez, cuando las necesidades familiares y otras se hacen menos imperiosas y lo permiten. Tendría que ser deseado en el tiempo ordinario y no únicamente con ocasión de las horas graves en las que las dificultades se acumulan. Con su luz iluminaría el sentido profundo de la vida. Aportaría el vigor necesario para asumir el propio destino, y fortificaría y purificaría la fe. La práctica del retiro anual se cuenta entre los signos más significativos de la vitalidad cristiana.

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No cabe duda de que, en principio, uno puede retirarse en su propia casa y quizás algunos lo logren de tal forma que su vida espiritual se transforme y se fecunde verdaderamente. De hecho, un cierto cambio espacial es generalmente necesario para desprenderse de las costumbres cotidianas y alzarse a un nivel de recogimiento e interioridad que no se tiene habitualmente. Las órdenes contemplativas, que a través de los siglos fueron a menudo la torre del homenaje en la que se refugiaba el espíritu cristiano, y de donde volvía a partir el impulso que apuntaba a reformar la cristiandad, tendrían que desempeñar un papel muy importante en la organización de estos retiros, y en particular de los que hiciesen las personas a solas y en silencio. Ayudarían a que fuesen fecundos por el clima de paz y de fervor de sus monasterios. A cambio, las órdenes contemplativas encontrarían en esta hospitalidad el medio de renovarse y de reemprender de nuevo su camino en la línea de su propio origen, abriéndose a una vida más evangélica que tradicionalmente monástica, insertándose en un mundo que, aunque oscuramente, siempre necesita de ellos, y al que ellos tienen que servir siendo fieles a la vía que les lleva a renunciar a él sin abandonarlo. Y en definitiva, en los ambientes en que todavía subsiste una cierta práctica religiosa, aunque se hiciesen reformas de estructuras que llegasen hasta cambiar radicalmente los reglamentos y las costumbres respetables pero no esenciales a pesar de su antigüedad; aunque se estableciesen nuevas instituciones más adaptadas a las condiciones modernas, nada decisivo se habría hecho si no va acompañado de una renovación de la vida espiritual de aquellos que están llamados de un modo especial a ser los obreros del nuevo nacimiento cristiano. La búsqueda de esta espiritualidad, aún desconocida, sólo presentida en parte y a veces sólo en sus grandes líneas, pero siempre de un modo parcial y ambiguo, tiene que ser necesariamente preparada y ayudada por una profundización en todo lo que comporta la condición del hombre para que sea verdaderamente humana. Por otra parte, y sin duda durante largo tiempo, ayudar a que se vayan entreviendo todas las exigencias de lo humano, será de ordinario, salvo excepción, la única obra espiritual que los creyentes podrán llevar a cabo no sólo en los países en vías de rápida descristianización sino también en aquellos que todavía no han sido «evangelizados». Salvo en casos particulares, toda otra acción específicamente cristiana, incluso aunque sea bueno que se realice, está fatalmente condenada a ser imperfecta y precaria. Es irremediable que se vea reducida a la pura propaganda y que termine en una propuesta de enrolamiento, mientras que los hombres no sean capaces de acoger el mensaje de Jesús a un nivel conveniente, mientras que no sepan más que hacer de él una «religión». Para hacer obra propiamente cristiana en el Mundo, ¿acaso no sería necesario que, primeramente, los seres que se entregasen a ello, hubiesen ellos mismos penetrado en el mensaje de Jesús al nivel de profundidad y con el realismo que los tiempos actuales permiten y exigen? Quién osaría pensar que esto es lo que sucede habitualmente? III Dificultades del cristiano de origen y de formación tradicional para estar al mismo nivel que todos los hombres. Es difícil para uno que es cristiano de toda la vida y de formación tradicional situarse al mismo nivel y sentirse identificado con los hombres de su tiempo. Ello es difícil no sólo porque éstos viven por lo general fuera de sí, atrapados por las necesidades individuales y colectivas de la vida, por las distracciones y los espejismos multiplicados del mundo moderno, sino también porque la educación religiosa actual no prepara directamente para ello sino que, al contrario, más bien tiende a aceptarlo y a entorpecer cualquier comunicación profunda entre él y los demás hombres.

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No se trata únicamente de que el cristiano supere un cierto sentimiento innato de superioridad que le viene no tanto de su fe como de su certeza de poseer la Verdad, tal como se le ha enseñado. A decir verdad, este sentimiento está en vías de desaparecer, al menos en los ambientes que no se encierran en sí mismos para defenderse mejor del «espíritu de este mundo». Aunque cabe preguntarse si ese retroceso del sentimiento de superioridad es fruto de una mayor profundidad espiritual que abre hacia la modestia y la discreción o más bien fruto del progreso de la indiferencia. En cualquier caso, la religión, tal como un joven cristiano la recibe, por más personal que sea, no le ayuda a desarrollar vigorosamente toda su humanidad. Descuida el cultivo de lo que en él hay en potencia. Está más atenta a las ambigüedades presentes en sus profundidades que a la riqueza potencial de las mismas. Atiende sobre todo a protegerle de los peligros que puede correr al ponerlas en práctica. Sin duda le lleva de forma útil hacia su propio conocimiento y hacia su propia autocrítica, pero no lo hace sin a la vez hacerle propenso a una especie de timidez y a cultivar en él pusilánimemente una cierta debilidad o falta de carácter. Todo esto hace que el cristiano, incluso cuando ha llegado a un considerable nivel de piedad, no se alcance a sí mismo de un modo suficientemente verdadero como para tener, en virtud de lo que él es humanamente, algo de autoridad personal en sus relaciones. A todo esto se añade que, al principio, además de su experiencia reducida de la vida y de las posibilidades humanas, el cristiano no tiene de su religión más que un conocimiento doctrinal simple y abstracto. Su fe permanece implícita, sus creencias proceden de la evidencia que, sin reparos, le procura su credulidad y que le resulta posible dada su impotencia para concebir lo que esas creencias implicarían si se llevasen hasta sus 'limas consecuencias en sus desarrollos. Es un convencido más que un creyente, y por esa razón es tanto menos convincente cuanto más afirmativo. De hecho, la adhesión a la doctrina le parece que equivale a la fe, en lugar de no ser para él más que una explicitación útil que, en definitiva, sólo es bienhechora si no se le concede un valor absoluto. El cristiano tiene tendencia a adherirse a la doctrina con rigidez y tanto más firmemente cuanto más se prohíbe a sí mismo pensarla con espíritu e intención reflexivos. Tiende a sacar las consecuencias de dicha doctrina de un modo sistemático y de un modo tanto más intrépido cuanto más ferviente y generoso es, pero también, por eso mismo, menos critico y con una sinceridad a la que confunde con la autenticidad; ésta es fruto, que va madurando, de una larga fidelidad... Con frecuencia su práctica religiosa, sobre todo cuando le viene impuesta por disciplina o por costumbre, está demasiado desarrollada para lo que él es capaz de experimentar sin forzarse a sí mismo, y de querer sin tener que aparentarlo, al menos en parte. Las fórmulas piadosas que emplea no proceden de él. No son expresión ni fruto de su ser, ni siquiera de aquello que auténticamente quiere ser. Favorecen en él, por su falta de realismo, la inflación de sentimientos y actos de devoción que sólo son a medias verdaderos a pesar de su «verdad». Lo enclaustran en un universo en el que evoluciona más o menos quiméricamente, víctima inconsciente de una especie de esquizofrenia voluntaria que las creencias, a diferencia de la fe en su desnudez, favorecen, y que a él le protegen contra los rigores de lo real. Paradójicamente, su vida interior, válida no obstante en muchos aspectos, es un obstáculo que se opone a la exacta comprensión de lo que los hombres necesitan tal como ellos pueden percibirlo y saben decirlo, y a la que pueden hacer y han de realizar, en el estado en el que se encuentran, para progresar espiritualmente. De este modo, a pesar de una toma de conciencia de sí y de una atención al otro ya reales, el cristiano vive en un mundo ajeno al de su medio, al que, sin embargo, pretende evangelizar. Carece de la posibilidad de unas relaciones con los otros que superen los contactos

97 superficiales de buena voluntad y que, a través de encuentros verdaderamente personales, llamen al hombre a «ser». El cristiano tiene que olvidar mucho para saber mejor lo que sabe y vivir más de ello. A modo de condición previa, el futuro discípulo de Jesús tiene mucho que olvidar para llegar a alcanzar una comprensión adecuada de lo que aún no ha comprendido más que de forma cerebral, ni captado más que de forma afectiva. ¿De qué otro modo, si no, podría dejar de juzgar a los demás? Su caridad no le protege de ello. A lo más, le vuelve más discreto. ¿De qué modo, si no es olvidando, tendría una auténtica abertura, sin ninguna reserva en el trasfondo de su pensamiento, y una verdadera disponibilidad para el otro, si todavía no ha asimilado suficientemente la formación religiosa que se le ha dado, si todavía no ha respondido a ella en profundidad, si todavía no la ha confrontado suficientemente con la vida, ni tampoco la ha juzgado ni dominado aún lo bastante como para entrever lo que su prójimo, en el estado espiritual en que se encuentra, tiene que hacer a fin de ser de un modo real fiel a sí mismo y a Dios? El cristiano tiene que aprender a recibir de los hombres antes de pretender darles nada. El discípulo de Jesús, lo primero que tiene que hacer, antes de pretender llegar a ser apóstol, es situarse entre los hombres, y principalmente entre los seres simples y recios a los que la vida no ha mimado, sino que los ha criado con todo el rigor de las condiciones comunes. Esta gente, sin duda, no tiene ni la educación ni la finura que a él le gustaría encontrar y que facilitarían su encuentro con ellos, pero en cambio ¡qué pocos refinamientos hay que no se paguen con algún debilitamiento del carácter! Precisamente de estos hombres, y no de los privilegiados de la sociedad, aprenderá el creyente lo que la Iglesia no le enseña, pero de lo que tiene necesidad para ser religioso de forma auténtica y personal. Son largas las horas de clase y aprendizaje en la escuela de los hombres, a las que ningún estudio reemplaza ni directamente prepara, que ningún examen sanciona y que nunca se terminan del todo. Para cada uno, la eficacia de esta enseñanza no está garantizada tanto por lo que le fue dado al principio, como porque se va adecuando y va respondiendo a la insatisfacción que siente respecto de lo que recibió en sus comienzos, y que va en aumento a medida que avanza en la vida. Nadie puede ser testigo de la fe entre los hombres si no siente de forma dolorosa todo lo que le falta a la formación cristiana que generalmente se imparte para ser fiel al espíritu de Jesús. El cristiano debe tener la paciencia de las largas demoras que le permiten ser aceptado por los hombres. No se da realmente nada a los otros si no se es capaz de entrever, con una especie de veneración, la grandeza humana que ellos ya llevan dentro de sí aunque la ignoren. En estas condiciones, sin excepción, se es consciente de recibir más de lo que se cree haber dado. Este intercambio, verdadera fecundación mutua, se produce en «horas» que nadie puede prever ni desencadenar; pero para que pueda darse es preciso que se establezcan situaciones, condiciones de vida y de relaciones que exigen siempre largas preparaciones y lentas aproximaciones. Estar entre los hombres y aceptar estarlo en principio y durante largo tiempo como un extranjero, estando en el Mundo sin ser de este Mundo, como el IV Evangelio pone en boca de Jesús hablando a discípulos. Aceptando cargar con las consecuencias de todo tipo, siempre algo pesadas, de esta situación nada confortable y mal definida. Vivir como ellos, aun cuando interiormente uno sea completamente distinto. Trabajar como ellos, incluso si uno podría ahorrárselo y dedicarse a otras ocupaciones para las que, de hecho, uno está más preparado y adaptado. Participar en su destino, aun cuando uno disponga de medios que ellos no tienen para protegerse. Hacerlo pura y llanamente, sin ostentación, sin ningún tipo de búsqueda

98 virtuosa, sin ningún tipo de recelo, resentimiento ni crítica respecto de los que siguen caminos más comunes y fáciles, y hacerlo también sin espíritu de sistema, sin ser empujado a ello por algo de mala conciencia colectiva de clase, o por algún tipo de reacción contra el propio medio de origen. Sólo de esta manera, al final, después de demoras siempre considerables, uno puede ser adoptado realmente incluso por los más humildes y los más pobres. Entonces, éstos pueden ser con simplicidad ellos mismos ante él como para compartir, sin saberlo, su propia riqueza humana, que ni sospechan, y su propia nobleza, que también ignoran. Entonces, sin forzar las maneras de decir y de comportarse, de una forma natural, sin tener siquiera conciencia de ello, también ellos reciben y crecen en su propia humanidad. ¡Qué exigente es la perseverancia en esta vía, sobre todo cuando por fidelidad a la llamada se ha tenido que abandonar un tipo de vida para el que se estaba más preparado por el propio atavismo, los estudios y el medio espiritual! Lo que se ha abandonado nutre sin cesar sueños y angustias y pesa en cualquier actividad bajo forma de complejos y malestares que ningún éxito puede borrar por completo, y que, en cambio, los fracasos —que son numerosos—, las fatigas —que con la edad se multiplican— y, a veces, las aprensiones ante el futuro y los reproches que suben del pasado, no hacen más que amplificar. ¡Qué difícil es todo esto cuando, por el propio origen familiar y por la propia condición, uno no procede de ambientes en los que se es humilde sin haberlo buscado por virtud y pobre sin haber hablado nunca de pobreza! Imposible exagerar la importancia de este obstáculo, puesto que superarlo es tan difícil —si no imposible— como cambiar de clase social sin convertirse en un desarraigado, tránsfuga para unos y extranjero para otros. Este obstáculo limitará por largo tiempo la acción espiritual del discípulo más generoso y fiel. A menudo, a la larga, podrá más que él e insensiblemente lo devolverá, si no a los sentimientos y a las actitudes, sí al menos a la forma de vivir de su medio originario. ¿Cómo podría ser de otro modo, sobre todo cuando las fuerzas decaen y cuando no encuentra uno en sí mismo la resistencia orgánica y la resignación propia de quienes se sienten forjados a lo largo de los siglos gracias a las vidas durísimas de sus antepasados?12 Pero además, esta vuelta a una forma de vida que recuerda la que se tenía antaño, ¿acaso no viene dictada a veces con objeto de que se dé un fruto que de otro modo, sin haber pasado por otros climas y otros lugares, no hubiera podido concluir su maduración, ni tampoco ser cogido porque hubiese quedado demasiado lejos de las manos que podrían y de hecho tenían que cogerlo? ¡Misterio del propio destino que se despliega más allá de las zonas que pueden ser juzgadas y valoradas! Misterio que no impide poder pensar que la vía que lleva a una vida oculta y enterrada, que es y será ignorada de todos, aunque lo sea de un modo definitivo, es, secretamente, la más fecunda para el futuro, el cual, a través de todas las potencialidades escondidas del presente, acaba por desbordarlo... El cristiano ha de negarse a abandonar el último lugar, aun en el caso de que se le llame a un puesto más elevado. Aunque el discípulo de Jesús no llegue a mantenerse más que imperfectamente en la línea de vida que se le pide porque no lo puede hacer mejor bajo el paso de los determinismos que le influyen, a veces es importante que, para ser testigo de su Maestro en los ambientes en que el cristianismo se 12 Nota del Traductor: El fragmento que sigue es un añadido de 1985, especialmente significativo de la evolución biográfica del autor que, de resultas del «éxito» de sus libros, salió de su retiro y de su granja para dar conferencias allí donde le llamasen y, que al cabo de unos años de encuentros y contactos, sigue dedicando parte del año a visitar, itinerante, los grupos estables que con él hacen su retiro anual.

99 perdió o jamás existió, ocupe los últimos puestos y permanezca en ellos, sin asumir una función de autoridad con idea de orientar mejor a los hombres. En efecto, pensar que se les sirve colocándose a la cabeza, puede ser para él, a pesar de las apariencias, una tentación sutil: con frecuencia se lo piden las mismas gentes del medio al que él se consagra y ¿acaso no sería más fácil abrirse y comunicarse con ellas por la vía de la función de autoridad?... Sin embargo, por más útil que fuese la obra que dicho creyente hiciese desde esa posición, raro sería que fuese al mismo tiempo obra espiritual, aunque sólo fuese indirectamente, puesto que será una acción que, por lo general, se quedará al nivel en que ya están los hombres que se la solicitan al pedirle que sea su jefe; y en cambio, no apuntará a levantarlos más alto en su humanidad. La experiencia enseña que este tipo de obra tenderá más bien a absorber y a limitar para sí al ser generoso, que tiende, si no a querer esa influencia en sí misma, sí al menos a confundirla con una irradiación propiamente espiritual. ¡Cuántos, que partieron como apóstoles hacia un ambiente que les era extraño, fueron convertidos por él y se vieron profundamente cambiados y transformados por el papel importante que les fue encargado como consecuencia de su propia entrega! Salvo vocación especial, que más que cualquier otra ha de ser cribada por el tiempo y discernida por la mirada interior, el testigo de Jesús cuidará mucho de que su luz no sea la de un faro que deslumbra sin aclarar, faro útil, sin duda, para conducir a las masas (aunque a menudo no hace sino amotinarlas y alborotarlas), sino la luz de quien ilumina a cada hombre que encuentra. Así es como se comportó en aquellos tiempos su Maestro... La estabilidad es una condición esencial del éxito de la obra espiritual. Una acción espiritual de este tipo exige una estabilidad sin desmayo, cuya medida es una vida. Perseverancia en el lugar y en el oficio de modo que se rediman, al menos en parte, las faltas debidas a los retrocesos y paréntesis que de forma indispensable, aun el ser más generoso, continuamente inicia porque, sin negarse de hecho a su misión, tiende a recaer en las vías más fáciles y ordinarias. Esta estabilidad es capital, aunque a menudo sea desconocida y quebrada por aquellos a los que la función de autoridad hace que estén demasiado exclusivamente preocupados por el pleno empleo, por los puestos que hay que mantener o simplemente por los legítimos ascensos de la carrera... Todo lo cual les lleva a considerar las situaciones desde arriba, a la luz de las estadísticas. Esta estabilidad es la condición indispensable del contacto en profundidad con los hombres. Sólo ella da el acceso a unos comportamientos humanos, simples pero verdaderos, que no proceden únicamente de la educación o de la diplomacia. Sólo ella procura una apertura fundada en la fraternidad ante un destino común; apertura que no es ni tímida ni pretenciosa tampoco, que está tejida de nobleza y de modestia y que no deja de tener a su manera una auténtica autoridad... Sólo la estabilidad — ayudando a que el discípulo de Jesús venza en sí, poco a poco, los obstáculos que provienen tanto de un conocimiento de la vida espiritual en que proporcionalmente hay demasiada doctrina, como de una práctica religiosa en que ocupan demasiado lugar el reglamento y la disciplina— le permite, llegado el momento, una comunicación con el otro en plena franqueza, sin límite y sin el freno a priori de una intención sometida a un proyecto, el cual, por más bienintencionado que sea, lo normal es que esté más o menos equivocado. Esta estabilidad, siempre útil, se impone necesariamente en los ambientes en los que el cristianismo está completamente ausente o es combatido a causa de los prejuicios que se tienen contra él. La acción espiritual, en estos casos, sólo podrá dar sus frutos a muy largo plazo, y exige de forma absolutamente necesaria una presencia que sea paciente, y discreta hasta el punto de hacerse desear.

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Antes de querer sembrar, ese sembrador tiene que aguardar por largo tiempo a que «su tierra» lo soporte, lo acepte y lo adopte. A base de estar a lo largo de su vida con y entre los hombres, llega un momento que ve cómo se franquea, sin que haya sido objeto de premeditación, la distancia invisible pero completamente real que le separaba de ellos. Tiene la impresión de que, sin saber cómo, tras de su esfuerzo en perseverar, todo sucede por fin con una extraña pasividad. No da si no lo que el otro le arranca, no tanto porque él pretenda impedirlo, sino porque sólo el otro puede inspirarle la palabra, la actitud, la iniciativa convenientes. Aquel que sabe de sobra lo que tiene que aportar, que tiene demasiada prisa, que busca la eficacia, que examina el estado de cuentas de su apostolado, que rechaza ser menos útil, o incluso inútil, no está disponible de hecho para una acción de este tipo ni tampoco es digno de poner la mano en el arado. Un hombre así no sabrá sembrar en el tiempo oportuno ni en las profundidades de los hombres, profundidades que no alcanzan ni las técnicas de la propaganda ni la pedagogía que sólo pretende instruir, ni los desbordamientos del lirismo y del sentimentalismo más caritativos, por más en armonía que lograsen estar con las ondas del tiempo. Reconocer los primeros anuncios de la cosecha allá donde el grano apenas empieza a germinar. Esta acción espiritual exige del que siembra no sólo mucha fe y mucha paciencia, sino también reconocer el valor que tienen las más pequeñas respuestas humanas a las mociones divinas, aunque sean completamente ajenas a lo que de ordinario se considera religión. Para ser en su ambiente un testigo válido de la Iglesia, este obrero fiel, que se formó de forma útil en ella, ha de superar ahora el modo como habitualmente la Iglesia utiliza la doctrina y la ley. Para ser un precursor suyo ante los hombres, tiene que convertirse en un pionero de lo humano a fuerza de avanzar, gracias a su fidelidad a su misión, en el camino de su propia realización. Sólo con esta condición, justo allí donde la doctrina y la ley no permiten esperar ninguna cosecha sabrá él percibir los primeros anuncios de la siega. ¡Que ello le baste en las condiciones en que se encuentra! Nada es posible al principio sin que esté ya adulterado con ambigüedades que acaban por ocultar lo que afortunadamente llegará a ser posteriormente en el orden de lo espiritual. Esto es tanto más cierto cuanto que, al principio, el hombre está lleno, sin saberlo, de posibilidades profundamente humanas que su medio le hace ignorar o tener una falsa idea sobre ellas. Ninguna semilla puede desarrollarse y madurar su fruto a plena luz si primero, con la extrema lentitud que conviene, no germina en la oscuridad de la tierra. El apostolado entre los adultos es más importante para la misión de la Iglesia que la formación religiosa de los niños. El cristianismo del mañana o está más arraigado que el de ayer en las profundidades de los hombres, o no será. Sólo -si cumple esta condición, podrá subsistir y crecer. De otro modo, será arrancado y destruido. Antiguamente, a parte de algunos seres que alcanzaban, gracias a sus propios recursos y a su fidelidad personal, una fe y una vida espiritual auténticas y muy elevadas, en general se era cristiano con demasiada facilidad porque parecía que bastaba con serlo de forma colectiva, de manera ideológica o sentimental. En las condiciones actuales, instruir a los chicos en «su religión», la de su familia, ya no basta para hacer de ellos unos cristianos que viven realmente de la fe. Hay que afirmar, incluso, que la formación religiosa de la juventud será cada vez menos eficaz. No logrará sus objetivos más que en algunos ya abiertos a la vida espiritual, gracias, quizás, a algunos dones que hayan recibido de sus antepasados. El clima del hogar, ni siquiera el del más favorable a esta educación, tampoco es suficiente. Parecerá que esta formación tiene éxito en los muchachos maleables, pero tampoco en ellos llegará a nada que vaya más allá de una práctica exterior y

101 sociológica de poco valor, cuyo resultado estará siempre en precario y a merced de las circunstancias de la vida. Con el resto fracasará, aun antes de haber terminado. El cristianismo ha de emplearse resueltamente en el apostolado entre los adultos. Será su principal medio de progresar y perpetuarse. El cristianismo recibirá de ese medio, recíprocamente, madurez, al arraigarlo en lo humano. Esta acción de su apostolado servirá también al cristianismo de criterio de juicio para sus pretensiones de universalidad. En adelante, el hombre tendrá que caminar a través de las dificultades, de los peligros y de los sufrimientos que impone la adquisición de la conciencia de lo que es la condición humana, en la edad en que uno, abierto a todos los vientos, empieza a tener una primera experiencia de la vida, para alcanzar —si se le dejan los plazos necesarios y si él tiene posibilidades de aplicar su reflexión a ello— la fe explícita en Dios y la inteligencia de quién es Jesús. Sólo entonces entrará en la Iglesia no para descansar en ella, sino para tomarla a su cargo, pues habrá comprendido que a pesar de su mediocridad tan manifiesta, sigue siendo por ella y con ella, en definitiva y por lo general, como el hombre puede llegar a ser del mejor modo posible, él mismo. La obra espiritual procede de la misión y no de la función. Esta acción espiritual sólo es posible a un creyente si hace de ella su propia misión.13 Ella le plenificará hasta el fin, del mismo modo que hará fructificar todo lo que hay en él. Sólo progresivamente la descubrirá y lo hará a partir del comportamiento común que encuentra en su ambiente. Siendo fiel a lo que de ahí emerge, en contacto con lo real que, de múltiples formas, deforma, será empujado a criticar las formas clásicas de su comportamiento religioso, que, sin ninguna duda, antes le eran beneficiosas, pero que, desde ahora, se le han hecho insuficientes hasta el punto de sentirse llamado a superarlas. Esto no se dará nunca sin resistencias ni escrúpulos por su parte. ¿Podría, acaso, avanzar por su camino sin ninguna violencia ni impaciencia, especialmente al principio, y más tarde, incluso, cuando se le critique? Necesita ser templado y paciente en su caminar, so pena de verse rechazado rápidamente y precisamente por aquellos de quienes tanto recibió y gracias a los que, indirectamente, ha llegado a ser lo que es. Tanto ante sus hermanos de religión como ante los hombres entre los que le fue dado testimoniar —aunque respecto de estos últimos le resulte más fácil hacerlo—, tendrá que convertirse en un ser suave y templado. Tendrá, si es preciso, que acabar por enmudecer, a medida que se desarrolle espiritualmente. Cuando se lleva recorrido un largo trecho de la vida, uno no ha de extrañarse de encontrarse solo, ni ello ha de ser motivo de reproche para quienes no han seguido el mismo camino o lo han recorrido a un paso distinto. ¡Dichoso él si encuentra un anciano que le haya precedido en ese itinerario y le sostiene con su paternidad religiosa! ¡Dichoso si, con bastante rapidez, promueve en torno suyo una posteridad espiritual; si se encuentra en el origen de algunos grupos, por mínimos que sean, incluso no cristianos, pero que invisiblemente estén en vías de llegar a serlo, porque cuando se está en camino ya se es! ¡Ojalá todo ello sea sostén de su alegría y confirmación de su misión! Ambos, encuentro y éxito, ayudarán al creyente en su vía especialísima, que no puede ser Nota del Traductor: Los términos de «función» y «misión» pertenecen al vocabulario acuñado por Légaut para diferenciar elementos que no se dan separados en la realidad, pero que es capital desde el punto de vista espiritual saber distinguir. Se corresponden a otras parejas de términos tales corno «adhesión ideológica» y «fe en Dios», o «colectividad» y «comunidad», por ejemplo, a las que el autor da un sentido preciso que se puede ver en L'homme a la recherche..., págs. 191-210. Todo el texto de Llegar a ser uno mismo se puede entender como un itinerario hacia el descubrimiento de la propia «misión». 13

102 comprendida más que por quienes estén siguiendo también un itinerario parecido, cada uno a su manera. No faltarán críticas —algunas de ellas no sin fundamento— para este hombre, ante cuya singularidad se defenderán incluso sus más allegados; dejarán de lado la pregunta que personalmente les plantea, amparándose en el juicio de que esa su vocación es muy particular, si no llegan, en algún momento, a aumentar sus reservas hasta sospechar si no habrá en él algo que no sea del todo normal... Con frecuencia, a la larga, se hará en torno suyo el silencio y el vacío. Será entonces, cuando lleve ese aislamiento con la abnegación propia de su sufrimiento dominado; el tiempo de su mayor cercanía con los pequeños y los humildes; como también el de su mayor disponibilidad para aquellos a los que se consagró en lo íntimo de su corazón. Este tipo de creyentes será todavía durante largo tiempo, poco frecuente y más bien raro; hasta que el cristianismo no haya reencontrado, de una forma diferente que nos podemos atrever a denominar más espiritual y menos mezclada de contingencias sociológicas, el dinamismo —por otra parte muy cargado siempre de ambigüedades— de sus comienzos. Ciertamente, esta vía no puede de ningún modo recorrerse en grupo y contando sólo con las fuerzas que éste procura. Por un lado exige que se rechace, tanto como sea posible, no sólo lo que puede separar o distinguir de los hombres, sino también lo que permite, gracias a las facilidades de la vida en comunidad, una existencia paralela a la suya, sobre- volándola material y psicológicamente. Por otro lado, es muy difícil para un equipo, establecido de ordinario desde la autoridad y no desde la selección electiva, superar la simple camaradería —no inútil, por supuesto— que puede existir entre colegas, e instaurar entre sus miembros una colaboración que no quede meramente en el plano de lo intelectual o de las técnicas, cosas ambas radicalmente insuficientes para llevar a buen término la obra espiritual. Aun en el caso de que el equipo se constituya en virtud de afinidades verdaderas, resulta excepcional que se mantenga en ese nivel durante largo tiempo debido a la diversa evolución de sus miembros, que se llega a manifestar incluso bastante pronto. Además, de ordinario, su fecundidad espiritual de partida no tiene un mañana fuera del de sus miembros, cada uno en su propia vida. La obra espiritual existe desde el principio del cristianismo, y abre la vía de una particular intimidad con Jesús. El hombre que se entregue a esta obra espiritual en cualquier ambiente que sea, pero sobre todo en ambientes en los que el cristianismo no ha llegado, es un solitario. Que sepa, sin embargo, que él no es el primero, porque su Maestro le ha precedido en esa vía, y en ella le está esperando. Tampoco es el único, porque desde hace veinte siglos, muchos, diseminados, desconocidos, ignorándose entre sí, siguieron esa misma vía dentro del silencio y anonimato que permite y exige esta acción. A pesar de ello, ¿se puede llegar a sobreestimar el vigor espiritual que tiene que tener el hombre que ha de mantenerse en este camino hasta el final, sin decaer, siguiendo con exacta fidelidad en la obra de su vida? Ese vigor tiene la misma talla que Jesús revelará de sí mismo a su discípulo. IV Para no abortar ni conducir a la ruina a la Iglesia, la mutación del cristianismo exige una renovación espiritual sin precedentes. La mutación que el cristianismo necesita urgentemente para alzarse a la talla de su misión y no reducirse a ser una secta cerrada sobre sí misma a pesar de su carácter internacional y de su pretensión de universalidad, exige cambios radicales en las estructuras. Aunque se los considere

103 deseables, actualmente es prudente negarse a realizarlos para no arruinar lo que todavía se mantiene un poco en pie. Es necesaria previamente una renovación espiritual considerable que haga posibles esos cambios de un modo suficientemente general sin demasiados riesgos y que, además, los esté inspirando desde dentro de modo que impida su caída en aberraciones que arrastran, esta vez, a la liquidación del cristianismo, al menos hasta que pudiera recobrarse. Únicamente esta renovación religiosa podrá inventar, hacer aceptar, y llevar a buen término las etapas de esta mutación que no tiene comparación con nada de lo que se ha realizado en el pasado. En los círculos que están estrechamente vinculados a las tradiciones de veinte siglos de cristianismo, y que están inspirados por las concepciones teológicas del pasado (y, a menudo, también por doctrinas políticas conservadoras) más que por un ahondamiento espiritual, nutrido del conocimiento de los orígenes del cristianismo y de las dimensiones de la humanidad y del universo, es grande la tentación de minimizar la importancia, ambas extremas, de este renacimiento religioso. Con gusto se le limitaría a una mera reforma litúrgica y a una readaptación de la pastoral. Sin embargo, esta renovación precisa ser descubierta y no simplemente instituida. Exige una verdadera creación y no una mera «puesta a punto» de la enseñanza doctrinal y de la práctica sacramental. Sólo así se reencontrarán los valores espirituales secretamente incluidos en las prácticas religiosas antiguas que, por serlo, ya no se adecúan a las exigencias y aspiraciones del hombre. Tampoco basta ya con limitarse a copiar, con algunas modificaciones en la presentación, las grandes escuelas de espiritualidad del pasado que antiguamente suscitaron poderosos movimientos colectivos. Movimientos de ese tipo, si se reprodujesen, resultarían actualmente insuficientes y estarían condenados a durar poco tiempo, pues no corresponderían ya plenamente ni a las necesidades profundas ni a las posibilidades verdaderas del hombre actual, al menos en Francia, pero también sin duda en muchos otros países en los que está en juego, en los tiempos venideros, el destino del cristianismo. Papel capital de los monasterios contemplativos a pesar de sus graves deficiencias. En todas las épocas, las órdenes monásticas jugaron un papel importante en los movimientos de recuperación del cristianismo, pues no dejan de ser centros vigorosos de vida espiritual. Dicho papel, todavía tienen que mantenerlo. Ello no quiere decir, sin embargo, que estén especialmente preparados para obrar como debieron, en vistas a promover, directamente y en su originalidad, esta renovación cuyo espíritu les es, a decir verdad, muy ajeno. Los marcos en los que se desarrollan, sus reglas venerables pero rígidas, su sentido de la autoridad y de la obediencia que consideran que pertenecen al orden de lo esencial, el lugar central que clan a la ascesis y a la penitencia, el valor casi absoluto que atribuyen al sacrificio, incluso al sufrimiento, no los predisponen de ningún modo a hacer de la profundización de lo humano la condición y el punto de partida de esta segunda época de gran aliento espiritual en la Iglesia. La edad en que reclutan a sus miembros —miembros de un valor incomparable pero a menudo demasiado jóvenes, de una edad en la que todavía se está en pleno devenir— hace que irremediablemente, de forma general, y sobre todo en los monasterios puramente contemplativos, no se conozca al hombre más que a través de unas vidas demasiado rápidamente cerradas sobre sí mismas, y por la lectura de libros de ascesis, de moral y de teología que ninguna experiencia pastoral colateral puede al menos concretar, cuando no corregir. Dejando a un lado los elementos humanamente más ricos, los otros, a pesar de su generosidad, corren un gran riesgo de confundir la vida espiritual con el rigorismo, cualquiera que sea su forma, o también con la armonía y el íntimo contento que ofrecen unos ritos muy queridos y perfectamente dominados a fuerza de ser practicados. Además, desgraciadamente, no hay proporción entre las magníficas posibilidades que se perciben presentes en los noviciados y lo que las órdenes religiosas al fin y al

104 cabo aportan tanto en el orden de lo intelectual como en el orden de la espiritualidad, en donde abundan sin duda buenos profesores, pero, más aún, repetidores concienzudos, y escasean en cambio los creadores e, incluso, simplemente los verdaderos buscadores. Su luz, por lo general, no se pone en el candelero sino debajo del perol cuando no pueden de un modo u otro emerger de su comunidad. No obstante, por el orden y la paz que reinan en el marco sobrio y noble de sus casas, por las impregnaciones del pasado venerable que atestiguan indelebles las marcas de la fe y de la fidelidad, los monasterios ofrecen una densidad de silencio y una posibilidad de recogimiento que no se encuentran en otros lugares. Cuando consiguen ser verdaderas comunidades, gracias a una larga tradición de fervor, pero también a la presencia de algunas personas de gran calidad espiritual que han sabido por su valor humano superar los horizontes del entorno, tienen una irradiación, a través de la liturgia de sus oficios y del clima de su vida conventual, que no se encuentra en los ambientes eclesiásticos seculares. Sin duda alguna, estas comunidades fervientes son, más allá de los veinte siglos que las separan, la transposición más fiel que actualmente existe de aquellas otras comunidades de los primerísimos tiempos del cristianismo en las que era fácil recordar al Maestro porque varios de sus miembros todavía habían vivido con El. Los monasterios contemplativos tendrían que ser un puerto donde pudieran hacer escala los obreros, lejanos o cercanos, de esta mutación. La espiritualidad que permita la renovación del cristianismo no nacerá en los claustros, puesto que, para su invención, es de todo punto necesario vivir en el mundo. Tampoco será el fruto de quienes, aun siendo eminentes, cueste lo que cueste, y permaneciendo en el Mundo, se plieguen a las disciplinas espirituales de corte tradicional, sea por sus magníficos logros en el pasado, sea porque la obediencia les garantiza la exactitud de su camino. Esta nueva espiritualidad se elaborará, oscura y lentamente, a través de los cristianos despiertos y vigilantes que viven perdidos y dispersos en unos entornos en los que ya no es posible ser cristiano si no se está continuamente trabajando para seguir siéndolo y para serlo cada vez más a través de una profundización en lo humano y del ejercicio de la fidelidad. Aunque pesadamente sobrecargados por el fardo de su lucidez respecto del cristianismo actual, que les revela lo que hay de falso en él y lo que le falta, sin embargo, estos cristianos permanecen unidos a él porque tienen fe en su Maestro y en que su misión, que brota de la suya y la prolonga, exige desplegarse en la Iglesia. Pero, para que estos creyentes perseveren en la vía difícil que han escogido casi a pesar de su origen cristiano (porque si hubiesen seguido la que se les propuso antiguamente, y que quizás incluso la autoridad les pidió, habrían partido en direcciones completamente distintas de las actuales), es capital que desarrollen su misión, impregnados de silencio, nutridos de un fervor que únicamente las comunidades religiosas les ofrecen, y más especialmente aquellas que se dedican de lleno a la contemplación. ¡Ojalá, sin romper con las condiciones de vida de los hombres a los que se sienten consagrados, estos creyentes puedan de vez en cuando, gracias a estancias relativamente breves, pero suficientemente frecuentes, recobrarse en la atmósfera de los monasterios, en sus hospederías e incluso en sus claustros si se tiene la delicadeza de acogerlos, de modo que participen con la discreción requerida en la misma vida conventual! Ahí, con la independencia y la libertad que procuran el silencio y la soledad, cara a cara consigo mismos, podrán reflexionar sobre su camino y retomar su hilo fundamental; porque una y otra vez la tendencia es a desviarse, arrastrados por las contingencias y las torpezas de lo cotidiano. De este modo, podrán explicitar lo que crece en ellos con ocasión de las experiencias y los encuentros de la vida cotidiana, y confrontarse con lo que

105 adivinan que los demás viven. Mejor que ningún otro clima, el de estas comunidades les ayudará a que se dejen penetrar del espíritu que les permita «estar en el Mundo, sin ser del Mundo». ¡Ojalá que el recuerdo de lo que hayan recibido en esos días les acompañe día y noche, facilite su recogimiento y su plegaria, sea su viático y su recompensa! De forma invisible pero eficaz, en medio de los hombres con los que comparten el destino, este recuerdo prolongará la vida que llevaron en el monasterio, de la que tienen que inspirarse aunque también desprenderse. Esta mutación no se hará sin el testimonio,14 especie de testamento, de quienes son sus obreros... Al término de su existencia, cuando ya no es tiempo de obrar sino de reflexionar lo que se ha vivido, lo que se ha querido vivir, lo que no se ha podido realizar o lo que sólo se ha hecho de forma mediocre sea por los propios límites y faltas, sea por los de sus prójimos, algunos se sentirán llamados a dar testimonio de su vida. Sin añadir ni recortar nada de ella; sin abandonarse a la emoción ni al lirismo; sin dejarse llevar por la tendencia a decir únicamente lo que tendría que ser o bien aquello que puede recibirse con fervor; sin ceder a las facilidades del conformismo o del concordismo; sin sentirse atados por ningún miramiento o deferencia hacia aquellos que lo van a escuchar; sin inspirarse lo más mínimo en el deseo de polémica o de propaganda, que esos creyentes digan en alta voz cómo conciben el camino que les parece que hoy día conduce a Dios, y que ellos han seguido lo mejor que han podido. Cualquiera que sea la acogida que se dispense a su testimonio, que no pretende ser una enseñanza del mismo modo que su estilo de vida no quiere proponerse como modelo, serán llamadas más que jalones, eslabones de la tradición viva e inspirada que, desde los orígenes, trabaja a la humanidad para que llegue a su cumplimiento en Dios.

14 Nota del Traductor: La categoría de «testimonio» —o testamento— preside el impulso de la escritura de Légaut que no hay que olvidar que volvió a empuñar su desde entonces inseparable bolígrafo a los sesenta años. Ya en Búsqueda, fracaso y plenitud, obra de 1962, el capítulo T es «confesión de un intelectual» y el IV «el testimonio del adulto»; y en las págs. 46-7 ya analiza lúcidamente la ambigüedad y posibles engaños de tal testimonio. «Especie de testimonio» dice en la Introducción de su obra mayor (Plenitud del hombre), que no se ha editado como tal sino en los dos volúmenes ya citados de El hombre... e Introducción...; y así marca el «género» en el que se inscribe. Y también al final de Llegar a ser uno mismo (págs. 138-143 de la versión española) vuelve sobre las dificultades de hablar sin engaño sobre lo vivido en el orden espiritual. A los sesenta, setenta y ochenta —pues Légaut nació en el mil novecientos—, el testimonio de un cristiano es su responsabilidad.

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Conclusión Es difícil de concebir la intensidad del vértigo que conocieron los primeros discípulos, arrastrados en la estela de Jesús por su ascendiente pero aún muy fuertemente anclados en las tradiciones de Israel. El número reducido de los que permanecieron fieles hasta el final pone de manifiesto qué escasos fueron los que supieron dominar dificultades de todo tipo y resolver contradicciones aparentemente insolubles. La misma traición de Judas procede del escándalo que causó Jesús con su comportamiento. ¡Qué camino el suyo! ¡Qué cambio tan radical del clima desde el favorable de la multitud de oyentes del principio, desde su entusiasmo, hasta la pública sospecha de las últimas semanas hostiles y la soledad de los últimos momentos! Al final, para Jesús, la ruptura entre su mensaje y la religión de las autoridades judías tradicionales estaba consumada. Para los discípulos, nada estaba aún decidido, ni quizás entrevisto. Simplemente estaban destrozados. Varios pasajes de la Escritura, que pueden interpretarse como un aviso contra las seducciones de todo tipo, y también como una condena general al formalismo en la vida espiritual, ponen de manifiesto los esfuerzos de Jesús por desprender a sus discípulos de un pasado periclitado, sin escandalizarlos inútilmente; esfuerzos siempre velados antes de los desvelamientos cegadores del final. En especial, cuando los discípulos quieren hacer que su Maestro admire el templo y sus exvotos, muestras indudables, a su parecer, de la grandeza de Israel y de la fidelidad de Yahvé respecto de su nación, Jesús, por su respuesta categórica, brutal, parece que busca provocar un choque en todo punto semejante al escándalo que les causó cuando les anunció su muerte próxima. Este choque, que pretendía conmover su confianza ciega en las instituciones político-religiosas de su pueblo, equivaldría para los cristianos de hoy, y en particular para los católicos, al que sentirían si la Roma Papal fuese destruida ¡Qué desazón no sentirían en ese momento! ¡Cuántos no verían en ello el signo precursor del fin de los tiempos! ¡Cuántos perderían la fe, arrastrados por el cataclismo! Sin 'tener la certeza de que un tal acontecimiento no pueda suceder en el futuro, no obstante podemos pensar que esta prueba les será evitada a los cristianos, lo cual no quiere decir tampoco que su religión no vaya a conocer otras pruebas semejantes y probablemente más duras aún. No cabe duda de que en estos tiempos de vertiginosas evoluciones, se acerca la hora en que así sucederá. Ello dará un carácter apasionado, quizás dramático, a esta época; un carácter nunca conocido en el pasado del cristianismo. Desde sus orígenes, dejando aparte las crisis provocadas por las divisiones internas y los abusos de todo tipo, graves porque llegaron a desquiciar a la Iglesia durante buenos períodos de tiempo, pero que no atacaron su razón de ser, sino que al contrario, por reacción, exaltaron en su seno el interés religioso y el fervor; dejando aparte todo esto, su historia se ha desarrollado con relativa estabilidad. Si se la mira con cierta perspectiva, la Iglesia aparece majestuosamente inmóvil en medio de las perturbaciones y cataclismos continuos de las civilizaciones. En adelante, en cambio, es la base misma del cristianismo la que está amenazada. Todo lo que en la Iglesia está estrechamente vinculado a lo esencial sin formar parte de ello, al modo como la piel está adherida sobre la carne, le será arrancado poco a poco, trozo a trozo, ineluctablemente, tanto por los progresos del conocimiento y la evolución de las mentalidades como por los cambios acelerados de una sociedad cada vez más poderosa y capaz de condicionar a los hombres. Todas las facilidades intelectuales, afectivas o políticas que el cristianismo se permitió en el pasado, probablemente con buen criterio, pero que la Iglesia utilizó sin ser consciente de su

107 carácter contingente y ambiguo, le serán arrebatadas y, dadas las reacciones que su uso ha ido provocando, serán reemplazadas por unas dificultades correspondientes. No le quedará al cristianismo otra cosa que lo que esencialmente sea gracias al valor espiritual de sus miembros, discípulos de Jesús de Nazaret. ¡Ojalá la Iglesia sepa reconocerse a sí misma y no se desfonde cuando se vea desnuda y desollada, pues será precisamente entonces cuando atraiga hacia sí a todos los seres dignos de su humanidad! Ningún cristiano vigoroso y clarividente puede dudar de que este plazo decisivo, el más difícil de todos, no haya arribado ya, a poco sensible que sea a los signos de los tiempos debido al afecto apasionado que siente por la Iglesia a través del amor que tiene a su Maestro; perspicacia que impiden la indiferencia, el conformismo, el conservadurismo y el miedo. Se acerca la hora de cambios tanto más importantes cuanto por más tiempo han sido rechazados. La fe de muchos, ya muy enfriada, se verá en ellos como derrumbada. ¡Qué ruta larga y difícil no habrá que recorrer para pasar, de la confortable seguridad que se basaba en estructuras e instituciones fuera del alcance de las zarpas del tiempo, ya inscritas en la eternidad, a la precariedad de las iniciativas individuales que, mucho más que cualquier organización colectiva, serán las que se esfuercen por prolongar entre los hombres la misión de Jesús! Precariedad, que será más aparente que real, sin embargo, puesto que entonces el cristianismo realizará una obra espiritual que sus antiguas instituciones y estructuras no hubieran podido realizar jamás, en el supuesto de que hubiesen podido conservarse. Dura etapa, semejante a la que debieron recorrer los discípulos para seguir a su Maestro hasta la Cruz...

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ORACION Oh Jesús, hombre justo y santo de Dios, hijo del hombre y fermento del hombre, llamada de Dios e hijo de Dios, no nos dejes seguir viviendo en la ignorancia de quién fuiste y qué es lo que viviste siguiendo tu misión. Santa María, hija de Israel y madre de Jesús, por tu camino de la Ley a la Fe tras de tu hijo, y por tu camino de fe vivida en la esperanza tras de su muerte, inspíranos la senda de nuestra fidelidad. Siendo su madre a lo largo de su vida, te realizaste en tu maternidad. Nosotros, convirtiéndonos en discípulos e hijos suyos, según el Espíritu, esperamos nuestro cumplimiento. Que los santos de los siglos pasados, por lo que hemos sabido gustar de su vida, y por lo que hemos recibido de su conocimiento, nos ayuden a mantenernos firmes en la fe. Que podamos hacer fructificar el tesoro de amor que nos legaron, y hacer que la Iglesia sea digna de la loca esperanza que Jesús vivió en la fidelidad, y por la cual murió.