Tecnica Y Cultura

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TECNICA Y CU LTU RA El debate aleman entre Bismarck y Weimar

Tomas Maldonado nace en Buenos Aires en 1922. A fines de la decada del 40 cursa sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Buenos Aires, mientras participa activamente en los movimientos de vanguardia referidos al arte, la arquitectura y el diseno. En 1954 se traslada a Alemania, donde es profesor de la Hochschule fur Gestaltung de Ulm (hfg), escuela de la que es rector desde 1964 a 1966. A partir de 1968 reside en Milan, Desde 1976 a 1984 dictd Proyectacion Ambiental en la Universidaa de Bolonia. Es “Lethaby Lecturer”, del Royal College of Arts, Londres (1965), Presidente del ICSID (International Council of Societies of Industrial Design (1967- 1969). Medalla de Oro al merito ciudadano, Municipio de Milan (1974). Director de la revista “Casabella” (1977-1981). En 1984 visita la Argentina y promueve la creacion de las carreras de Diseno Grafico y Diseno Industrial en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, de la cual es luego designado Profesor Honorario (1985). En 1994, la Academia de Bellas Artes de Brera (Milan) lo distingue como “Academico Honorario”. En 1999, el Presidente de Italia le confiere el grado de “Emerito de la Ciencia y la, Cultura”. En 2001 las universidades de Cordoba y Buenos Aires, le confieren el grado de “Doctor Honoris Causa", Entre otras obras, es autor de Escritos Preulmianos y Hacia una racionalidad ecologies -publicados por esta editorial-, Ambiente humano e ideologfa, Vanguardia y racionalidad, El diseno industrial reconsiderado y Critica de la razon informatics.

Foto de la tapa: la marca de AEG (Allgemeine Elektrizitats-Gesellschaft) como aureola de flores sobre el techo jardfn proyectado por Peter Behrens (1911) en lafabrica de Berlin-Wedding. (Cortesia del Prof. Tilmann Buddensieg)

Ediciones infinito Emilio Lamarca 387 / (1640) Martinez / Buenos Aires / Argentina e-mail: [email protected] http://www.edicionesinfinito.com"

Técnica y cultura El debate alemán-entre Bismarck y Weimar

Textos seleccionados y compilados por

Tomás Maldonado

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El debate alemán entre Bismarck y Weimar Franz Reuleaux...[et al.] Compilador

Tomás Maldonado Primera edición en castellano Ediciones Infinito, Buenos Aires, Agosto de 2002. 318 p.; 23 x 15 cm. Tiraje: 1000 ejemplares I. Reuleaux, Franz II. Maldonado, Tomás, comp.1. Sociología del Conocimiento ISBN 987-9393-17-1

Biblioteca de Diseño y Sociedad

Primera edición en italiano Giangiacomo Feltrinelli, Milán, enero de 1979 Versión castellana: Sandro Bertucci, Luisa Dorazio y Natalia Lazzari Corrección: Blanca Fabricant Biografías y Bibliografía general: Omar Calabrese, Kate Singleton Diseño y supervisión general: Carlos A. Méndez Mosquera Diseño de la tapa: Lorenzo Shakespear Impreso en Printing Books © Giangiacomo Feltrinelli Editore © de todas las ediciones en castellano Ediciones Infinito Emilio Lamarca 387 (1640), Martínez, Provincia de Buenos Aires, Argentina. email: [email protected] http://www.edicionesinfinito.com Hecho el depósito que marca la ley 11.723 Impreso en Argentina, Printed in Argentina. Todos los derechos reservados de acuerdo a la convención internacional de copyright. La reproducción total o parcial de este libro, en cualquier forma que sea, por cualquier medio, sea éste electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada al editor.

Técnica y cultura El debate alemán entre Bismarck y Weimar T o m á s M a ld o n a d o

Compilador

Textos de P. Behrens, E. Bloch, F. Dessauer, W. Gropius, J. A. Lux, T Maldonado, H. Meyer, H. Muthesius, W. Rathenau, F. Reuleaux, H. Schmidt, G. Simmel, W. Sombart, M. Stam, H. van de Velde, M. Weber, E. Zschimmer.

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Ediciones Infinito Buenos Aires

Biblioteca de Diseño y Sociedad

índice

Introducción, T om ás M a ld o n a d o 9

Cultura y Técnica, Franz R e u le a u x 21 E l dom inio de la técnica, G e o r g S im m el 31 Técnica y econom ía, W e r n e r S o m b a rt 40 L as metrópolis y la vida espiritual, G e o r g S im m e l 55 L a im portancia de las artes aplicadas, H e rm a n n M u th esius 69 Estética de la ingeniería, J o s e p h A u g u st L u x 83 A rte y técnica, P e te r B eh ren s 100 A rte e industria, H e n r y van d e V e ld e

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Técnica y cultura, W e rn e r S o m b a rt 121 L a m ecanización del m undo, W a lter R a th e n a u 153 L a contribución de las estructuras industriales para la form ación de un nuevo estilo, W alter G ro p iu s 182 L a filosofia de la técnica, E b erh a rd Z s c h im m e r 188 L a ciencia como profesión, M a x W e b e r 203 L a friald ad de la técnica, E rnst B lo c h 213 Técnica e idealismo, E b erh a rd Z s ch im m e r 223 Principios para la producción del Bauhaus, W a lter G rop iu s 243

E l nuevo mundo, H a n n es M ey er 247 Filosofía de la técnica, F rie d rich D essau er 255 E xijam os la dictadura de la m áquina, H an s S c h m id t y M art Stam 270

Todavía la técnica. Un “tour d'horizon ”, T om ás M a ld o n a d o 273

Bibliografía general 299 Bibliografía adicional 309

Introducción

Esta recopilación de textos tiene por objeto documentar algunos aspectos de la controversia sobre las relaciones entre la técnica y la cultura que tuvo lugar en Alemania en el período que hemos definido, sin pretensiones de rigor histórico, com o “entre Bismark y Weimar”, es decir aquel atormenta­ do período que va desde la Reichsgründung (1871), obra de Bismarck, al ReichstagsbraTid (1933) por mandato de Goebbels y de Goering. Es inútil decir que la recopilación no es exhaustiva; faltan en efec­ to algunos textos que a ju icio de mucha gente (y también a nuestro ju icio) deberían haber figurado.1 Creemos, sin embargo, que nuestra elección no ha sido demasiado arbitraria. Por razones de econom ía de espacio hemos decidido publicar solamente los textos que, por su na­ turaleza, fuesen capaces de resumir un amplio espectro de posiciones -también aquellas que lamentablemente, estuvimos obligados a dejar de lado-. Además los dos límites establecidos en el tiempo -1871 y 1933- excluyen, p or un lado, la robusta tradición del pensamiento so­ bre la técnica representada p or los escritos de Marx2 y, p or el otro, al­ 1. Entre éstos debemos mencionar: E Kaap, Grundlinien einer Philosophie der Technik, Braunschweig 1877; J.Popper, Die technischen Fortschhritte nach ihrer ästhetiscchen und kul­ turellen Bedeutung, Leipzig 1888; U. Wendt, Die Technik als Kulturmacht, Berlin 1906; H. Waeting, Wirtschaft und Kunst, Jena 1909; J. Goldstein, Die Technik, Frankfurt am Main 1912; 0 . Spengler, Der Untergang des Abendlandes, Munich 1918-1922; Id., Der Mensch und die Technik. Beitrag zu einer Philosophie des Lebens, Munich 1931; M. Schröter, Die Kulturmöglichkeit der Technik als Formproblem der produktiven Arbeit, Berlin 1920; M. Scheler, Die Wissensformen und die Gesellschaft, Leipzig 1926; Id., Die Stellung des Menschen im Kosmos, Darmstadt 1928; H, Freyer, Zur Philosophie der Technik, en Blätter für Deutsche Philosophie, 3 (1929); J. Popp, Die Technik als Kulturproblem, Munich 1929; K. Jaspers, Die geistige Situation derzeit, Berlin 1931; Ernst Jünger, Der Arbeiter, Stuttgart 1932. 2. Los principales textos de Marx, relativos a la problemática de la técnica son ya conocidos. Recordemos la Einleitung y los cuadernos IV, VI y Vil de los Grundrisse, (1857-1858), el décimo tercer capitulo del primer volumen de Das Kapital (1867): Maschinerie und grosse Industrie. Del pensamiento de Marx sobre la técnica ver: K. Axelos, Marx penseur de la technique, Paris 1961; H. Klages, Technischer Humanismus: Philosophie und Soziologie der Arbeit bei Karl Marx, Stuttgart 1964; J. Fallot, Marx et le machinisme, París 1966; A.A.Kusln, Marx e la tecnica (1968), Milán 1975; F. FerrarottI, Note su Marx e lo studio del cambiamento tec­ nico, in Marx vivo (II), Milán 1969; A.De Palma, Le macchine e l'industria da Smith a Marx, Turin 1971; K.H. Kessmann, Zur Kritik des tehnologischen Determinismus, en Deutsche Zeitschrift fur Philosophie, 9 (1974).

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gunos desarrollos teóricos inmediatamente posteriores a la caída de la República de Weimar. La verdad es que Marx “filósofo” de la técnica, no deja encerrarse en unos pocos párrafos extraídos de sus obras. La técnica, en efecto, está pre­ sente de manera explícita o implícita en cada parte de sus escritos, y para documentar lo que él ha “realmente dicho” sobre el tema se necesitaría una recopilación específica. Esto, dicho com o acotación, podría consistir en una iniciativa excelente, pues seguramente favorecería una profundización (y tal vez hasta una reelaboración) de nuestros conocimientos so­ bre el rol de la técnica en la “empresa científica” de Marx. Con respecto a las contribuciones del período inmediatamente posterior a 1933, si bien algunas pueden ser interesantes, hemos deci­ dido n o presentarlas. Observados cuidadosamente, esos textos se mues­ tran ya marcados sutilmente por la degradación cultural del nazismo.3 Por otro lado, el material aquí reunido puede, a primera vista, sorprender p or su heterogeneidad, sobre todo p or la heterogeneidad “profesional” de los autores seleccionados. Hay filósofos, sociólogos, políticos, industriales y técnicos pero también -y ésta es tal vez la cosa más insólita, p or lo m enos en dicha com paginación- de los represen­ tantes de aquellos movimientos que en los primeros treinta años de nuestro siglo han h ech o posible en Alemania una renovación funda­ mental de la arquitectura, del urbanismo y del diseño industrial. In­ cluyendo aquí los textos de hombres com o P. Behrens, H. Muthesius, H. van de Velde, Wi Gropius, H. Meyer, H. Schmidt y M. Stam, hemos querido hacer justicia a la contribución teórica de la categoría de los proyectistas militantes. Contribución teórica que, dado que se origina en una rica experiencia operativa, expresa una inequívoca voluntad de concreción. Si bien, en ciertos casos, se ha transformado en volun­ tad de concreción que se ejercita, n o tanto en mundos reales tangibles sino más bien en mundos posibles -es decir, para expresarlo según Bloch-, voluntad de “utopía concreta”. Nuestra opción tiende, p or lo tanto, a subrayar el hecho de que en la llamada “historia de las ideas” -entendida en el sentido más amplio, com o atlante de las ideas y tam­ bién de los hombres y de las cosas- el pensamiento que se remite a la actividad proyectual n o puede ser segregado a una limitada historia de la arquitectura o de la técnica.4 Pensar dualisticamente, interpretando el m undo con la ayuda de dos -y siempre sólo dos- categorías contrapuestas no es, com o ya se sa­ be, un vicio exclusivamente alemán. Tiene raíces antiquísimas en el pensamiento occidental. Y n o sólo occidental. Una cosa, sin embar3. Para citar sólo dos entre los más interesantes: M.Schrôter, Philosophie der Technik, Munich 1934 y O.VEIT, Die Tragik des technischen Zeitalters - Mensh und Maschine im 19. Jahrhundert, Berlin 1935. 4. Con respecto a T. Maldonado, véase: Disegno industriale - un riesame, Milán 1976, pu­ blicado originalmente como voz de la Enciclopedia del Novecento Treccani ü, Roma 1975; ídem La speranza progettuale, Turin 1970. (Existe versión castellana. Ver bibliografia.) So­ bre el rol de los "mecánicos" en la "historia de las ¡deas" cfr. P. Rossi, / filosofi e le macchi­ ne, Milán 1962; idem. Aspetti della rivoluzione scientifica, Nàpoles 1971.

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Introducción

go, es inédita: nunca com o en Alemania la malsana pasión p or las di­ cotomías ha ejercido una influencia tan poderosa en el orden superestructural (y también estructural) de la sociedad. El caso más ejemplar lo constituye justamente la dicotom ía Técnica-Cultura (Technik-Kul­ tur). Una dicotom ía que, digámoslo de inmediato, es la expresión em ­ blemática de una larga serie de otras dicotomías, muchas de las cua­ les deben ser consideradas específicamente alemanas. Aludimos a aquéllas, ya conocidas también fuera de Alemania co m o CivilizaciónCultura (Zivilization-Kultur), Mecanización-Cultura (Mechanisierung­ Kultur), Civilización-Vida (Zivilization-Leben), Espíritu-Alma (Geist-See­ le). En estas duplas de categorías opuestas, el primero de los dos térmi­ nos ha m erecido en general el desprecio más o menos evidente de los alemanes, quienes en cambio nunca escondieron su simpatía por el segundo. A esta altura surge espontáneamente la pregunta: ¿cóm o se concilia esta indudable preferencia p or los valores -éticos y estéticosde la “vida contemplativa” con la proverbial capacidad del pueblo alemán para llevar a término con eficiencia los deberes propios de la “vida activa”? D icho de otro m od o: ¿cóm o se concilia el rechazo de los valores inherentes a la “m oderna civilización industrial” pre­ cisamente p o r parte de un pueblo que tanto ha contribuido al de­ sarrollo de la base técnico-material de dicha civilización?5 La respuesta n o es simple, p or lo m enos si n o quiere caerse en la tentación de una respuesta simplista. N o más que una respuesta simplista es, p o r ejem plo, tratar de atribuir esta evidente paradoja a la derrota histórica del iluminismo en el siglo XVIII y a la conse­ cuente supremacía de ciertas formas místico-teológicas de ideología feudal. Para decirlo según Schiller, hubo una derrota del “G obierno liberal de la Razón”6 (liberale Regiment der Vernunft), pero n o puede constituir p or sí misma la explicación de un proceso que es m ucho más rico y articulado. N o haberlo querido admitir ha con d u cid o a una ulterior tentación simplista que ha tenido en el pasado efectos devastadores. Aludimos a la pretensión de querer fijar, de una vez p or todas, una suerte de rígida, lineal “genealogía de la irracionali­ dad”. Para entendernos: una genealogía co m o aquella reconstitui­ da prolijam ente p o r Lukács, quien hacía rem ontar al nazi Rosemberg a Schelling, o la de Santayana, que explicaba la aventura pru­ siana de la Primera Guerra Mundial a través de la influencia de las 5. Cfr. A. Gehlen, Die Seele in technischen Zeiaiter, Hamburgo 1957. "Las razones -escribe Gehlen- de tal resistencia al conceder una suerte de 'paridad de derechos culturales’ a la tecnica en relación con otras ramas de la cultura son oscuras, principalmente porque nun­ ca lo hubiéramos esperado de un pueblo tan inventivo desde el punto de vista de la tecni­ ca" p. 7. Sobre la relación "vida activa" y "vida contemplativa" ver H. Arendt, The Human Condition, Chicago 1958. 6. Citado por A. Stern, Der Einfluss der französischen Revolution auf das deutsche Geistesleben, Stuttgart 1928, p. 143. Cfr. H.H. Gerth, Bürgerliche Intelligenz um 1800, Göttingen 1976, p. 16. También W. Krauss, Die französische Aufklärung im Spiegel der deutschen Literatur des 18 Jahrhunderts, Berlin 1963.

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ideas de Goethe, Kant, Fichte, Schopenhauer y Nietzsche.7 Aunque quisiéramos evitar las tentaciones simplistas de este gé­ nero, subsiste aún el hecho de que resulta impensable un análisis ri­ guroso de los presupuestos ideológicos que se encuentran en la base de la controversia técnica-cultura en Alemania sin tener en cuenta el h ech o de que dichos presupuestos tienen una historia. Podem os estar en contra, y en efecto lo estamos, a que esta historia sea vista co­ m o “unidad de desarrollo” . Sin embargo, sería tonto negar que las ideas descienden de otras ideas más o menos similares que fueron sos­ tenidas p or otros hombres en el pasado. N o puede entenderse a Lu­ crecio sin Epicuro, a Ficino sin Plotino, a Marx sin Hegel o Ricardo. En el caso concreto que nos interesa, aparece evidente que las líneas de ascendencia -si bien privadas de la “unidad de desarrollo” de que las hipótesis sean del marxista Lukács com o del católico Santayana- exis­ ten, y es tarea nuestra tratar de individualizarlas en esta oportunidad. Sin embargo, las dificultades que tendremos p or delante n o de­ ben ser subvaluadas. He aquí la principal: existen pensadores p or los cuales no pasa sólo una línea de ascendencia sino múltiples líneas. En otras palabras, pensadores a los cuales puede imputarse la responsa­ bilidad de encontrarse en el origen de las más diversas -y aun más, di­ vergentes- configuraciones ideológicas. El m ejor ejem plo al respecto es Nietzsche. Otro ejem plo tal vez sea Freud. Sin embargo, ¿basta con esta sola observación para descartar des­ de el com ienzo cualquier tentativa de encontrar, con la debida caute­ la, las líneas de ascendencia que en Alemania han condicionado ne­ gativamente la controversia técnica-cultura? N o estamos convencidos. Y ello, p or el simple motivo de que dicha actitud significaría, en resu­ men, renunciar a toda posibilidad de situar históricamente el fen ó­ m en o que estamos exam inando. En este punto, lo sabemos, se p o ­ dría elevar la ob jeción de que nuestra acütud sea som etidam ente historicista, porqu e daría un crédito excesivo al pasado co m o llave del presente. Y lo que es aun más grave: al pasado entendido exclu­ sivamente com o “pasado de las ideas”. En el plano teórico, la objeción no está privada de fundamentos. En el terreno práctico, en cambio, no es concluyente. En efecto, no logra entreverse a qué éxitos podría llevarnos un enfoque distinto. Probablemente -desde todo punto de vista- a conclusiones desconta­ das. Es más fecundo partir, nos parece, de la matriz histórico-interpretativa que, para bien o para mal, ya fue practicada en el pasado y des­ de ella tratar de desincorporar todo lo que provenga de una visión groseramente dogmática. Y bien, la única matriz interpretativa de la que disponemos se identifica con la teoría de Schiller de la “derrota” y la de Lukács de la 7. G. Lukács, Die Zerstörung der Vernunft, Berlín 1972 y G. Santayana, El egotismo en la filosofía alemana, Buenos Aires 1942. Cfr. T. Maldonado, La speranza progettuale, d t, p. 38n. y p. 39n. (Hay version castellana).

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Introducción

“destrucción” de la razón que, com o hemos visto, remiten todas las lí­ neas de ascendencia p or un lado, al ámbito m ísüco-teológico y, p or el otro, al ámbito romántico-idealista de una clase burguesa m om entá­ neamente en retirada. Hay que admitir que esta con cepción rige hasta cierto punto, en cuánto encuentra respuesta en el desarrollo histórico real de Alema­ nia. En cambio decae cuando pasamos a examinar el m od o en que los dos ámbitos hacen sentir su influencia a través de los siglos. Dicho de otro m od o, cuando pasamos a verificar en lo específico la natura­ leza de las líneas de ascendencia. A nuestro parecer, es indudable que determinados elementos re­ siduales de la antigua tradición alemana reaparecen un p o co p or d o­ quier en el pensamiento dominante de la Alemania de los siglos XVIII, XIX, X X . Por ejemplo, la idea heroica de la negación -la deses­ perada negación del m undo real com o única astucia capaz de forzar el acceso a la divinidad-.8 ¿Pero es justo decir, com o se hace a m enudo, que esta negación es la misma que reaparece en Kant, Schopenhauer, Hegel y Nietzsche? Entre una y otra negación existe en efecto un “aire de familia”. Pero nada más. Constataciones similares pueden lograrse cuando se indaga sobre el contenido concreto de algunos supuestos vínculos causales con exponentes del ámbito romántico- idealista. En esta recopilación de textos, la controversia técnica-cultura no se documenta, com o es habitual, a través de la confrontación entre dos frentes. Es decir, n o asistimos a una contraposición entre los que defienden el significado cultural de la técnica y los que lo niegan. C on excepción tal vez de Bloch, todos los autores aquí representados pertenecen a la primera categoría. Pero esta coincidencia en la visión n o excluye que la controversia (o p or lo m enos una cierta form a de controversia) tenga de todos m odos un rol en la recopilación. Es una controversia que n o se desarrolla en el exterior, sino en el interior de lo que algunos de los autores piensan o escriben. Resumiendo, una suerte de “autocontroversia”, de permanente conflicto de los autores consigo mismos al afirmar y al mismo tiempo negar las propias opi­ niones. Por lo tanto, es la controversia de aquella parte de sí que quie­ re saldar la dicotom ía técnica-cultura y la otra que duda, que vuelve sobre sus pensamientos, que no se resigna a sacrificar los valores de la vieja tradición idealista alemana. Hay que decir, sin embargo, que n o en todos los ensayos y textos aquí publicados se constata este fenóm eno de autolaceración abierta a la que hemos llamado un p o co eufemisticamente autodebate. N o en absoluto, p or ejem plo, en los de Reuleaux, de Lux, de Meyer, de 8. La idea de "negación"está profundamente enraizada en el misticismo alemán, sobre todo en Meister Eckhart y Suso y, por lo tanto, es justo definir, como lo hace R. Bastide, al místico como un "héroe de ia negación" (tes problèmes de la vie mystique, 1931, Paris 1948, p.66). En la organización de categorías de Suso, son fundamentales las ideas de Vergangenheit y Gelassenheit, ambas ligadas a la idea de negación, de aniquilamiento radi­ cal. Cfr. J. Ancellet-Hustache, Le bienheureux Henri Suso, Aubier, 1943.

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Schmidt y de Staiti que impactan por su solidez y determinación con ­ ceptual. Muy sutilmente, sin querer, el fenóm eno aparece en Simmel, Weber y Sombart. De m od o explícito, en cambio, se hace notar en los “filósofos de la técnica”, tales com o Zschimmer y Dessauer, y sobre to­ d o en algunos arquitectos com o Behrens y Gropius. Pero el más emble­ mático exponente de esta autolaceración es sin duda Rathenau. De las dramáticas contradicciones del período “entre Bismarck y Weimar”, tenemos un testigo de excepcional agudeza crítica: el aus­ tríaco Robert Musil, autor de la novela Der Mann ohne Eigenschaften (El h om bre sin atributos).9 Y Musil, escritor de form ación técnico-científica,10 estaba ciertamente destinado a este rol. Nadie estaba m ejor equipado que él, en efecto, para examinar críticamente la contro­ versia que se desarrollaba en aquellos años, alrededor de las gran­ des dicotom ías de m olde idealista, entre las cuales se encontraba la de técnica-cultura. Y es sobre todo en su vasta obra de ensayista, críti­ co, periodista, todavía p oco con ocida en Italia, d onde dichas expec­ tativas se confirman plenamente. En un largo artículo del año 192211, proyectado aparentemente com o una suerte de balance de la mísera e incauta Europa (das hilflose Europa), Musil nos ofrece un penetrante y valiente pamphlet sobre la situación de la cultura en la Alemania re­ cién salida de la guerra. Denuncia en primer término el conform is­ m o retrógrado que se esconde detrás de la distinción alemana entre Zivilisation y Kultur. Denuncia, sin ahorrarse los sarcasmos, las “peque­ ñas almas goethianas” (Goetheseelein) quienes desprecian el m odern o “espíritu de factibilidad”, sin darse cuenta que p or doquier, “en la ciencia, la estadística, el pragmatismo y en el número, este m ontón de hechos, este hormiguero de humanidad, hoy ha ganado. En el bien y en el mal, las pequeñas almas goethianas deberán aprender a hacer sus cuentas incluyéndolo”. Musil es siempre sardónico con respecto a la retórica alemana del alma (Seele). Dice: “N o es que tengamos demasiado intelecto (Vers­ tand) y demasiado poca alma, sino más bien p o co intelecto en las cuestiones del alma”. Y continúa criticando el añorar aquel “conteni­ d o ” que nuestra civilización ya perdió. “Lo que nos falta, (debe ser buscado) en la función, n o en el contenido (Inhalt)." En un texto anterior (1921) -el ju d o crítico a Untergang des 9. R. Musil, Der Mann ohne Eigenschaften, Reinbeck bei Hamburgo 1952. 10. Musil era hijo de un conocido profesor de ingeniería mecánica y también él lo era.Ha­ bla realizado estudios de psicología con Carl Stumpf, y se había recibido en esta disciplina con una disertación sobre Ernst Mach. Aunque tenia una fuerte simpatía por el neo-posltlvlsmo, queda todavía por demostrar que haya frecuentado, como alguno sostiene, las reuniones del Wiener Kreis. Es seguro, en cambio, que estaba en contacto con el matemá­ tico Ludwig von Mises. Cfr. K. Dinklage, Musil: Herkunft und Lebensgeschichte, en K. Dinklage (compilador), Robert Musil: LebenWerk-Wirkung, Zürich 1960. F. Martini, Robert Musil Der Ingenieur und Dichter; H. Arvon, Robert Musil und der Positivismus y en K. Dinklage (compilador), Robert Musil Studien zu seinem Werk, Reinbek bei Hamburg 1970. E. Kaiser, Robert Musil, Stuttgart 1962; A. Rendi, Robert Musil, Milán 1963. • 11. R. Musil, Das hilflose Europa oder Reise vom Hundertsten ins Tausendste en Gesam­ melte Werke - Essays und Reden, Reinbek bei Hamburg 1978.

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introducción

Abendlandes de Spengler-12 Musil ya había recorrido todo el circuito del “nuevo” irracionalismo alemán. En el gran em brollo spenglerian o encuentra algunas de las categorías que le fueran odiosas desde siempre o francamente repulsivas. Entre éstas, ni siquiera retocadas, estaban las acuñadas p or L. Klages.13 Es notable la especial aversión que Musil cultivaba hacia Klages: lo consideraba la síntesis perfecta de los desarrollos más degenerativos de la cultura alemana, y con respecto a ello creará especialmente un personaje en su novela, el místico Meingast. H e aquí p or qué ante esta obra de Spengler, co m ­ pletamente inundada p or la ideología de Klages, Musil se apura en reseñarla con extrem o detalle. D em oledora, p o r ejem plo, es su crí­ tica a la increíble pretensión de Spengler de fundar “científicam en­ te” -con vistosas referencias a la matemática y a la biología- su recha­ zo a la racionalidad técnico-científica. Escribe Musil, com entando algunas especulaciones de Spengler sobre la matemática: “... todo ello suena tan técnico, que cualquiera, ajeno a la matemática, se inclina a creer que solamente un matemá­ tico podría hablar de esta manera. Pero la realidad es que Spengler habla de estructuras numéricas de orden superior de un m od o n o más científicamente pertinente que el de un zoólogo que quisiera agrupar perros, mesas, sillas y ecuaciones de cuarto grado, todos juntos com o cuadrúpedos... Los ejemplos que trajimos -sin demasiado esfuerzo pa­ ra encontrarlos entre tantos a nuestra disposición- no son errores in­ dividuales; es un modo de pensar”. Aquí Musil alude a un “m od o de pen­ sar” que desconoce los vínculos de la realidad fáctica, un m od o de pensar que desdeña el pensar, que prefiere obedecer los oscuros, te­ merarios “dictámenes del alma”. Además de Klages, Spengler no es menos deudor de otro p roto­ nazi: H.S. Chamberlain. Británico de origen, alemán p or adopción, Chamberlain tuvo un rol decisivo, aunque a m enudo subvaluado, en la consolidación de la ideología reaccionaria en Alemania. En su obra m onumental -Die Grundlangen des 19. Jahrhunderts (1898)-14 es el pri­ m ero que intentó desarrollar de m od o sistemático la contraposición Zivilisation-Kultur. Escribe: “Es así que el m undo europeo, ju n to a un enorm e crecimiento de la civilización, ha sufrido un progresivo decai­ m iento de la cultura -hasta llegar a la bestialidad desnuda-. Nada po­ dría ser más peligroso para la humanidad que una ciencia sin poesía, que una civilización sin cultura”. Y para hacer más persuasiva su idea, nos ofrece este ejemplo iluminador de su “m od o de pensar”: “el in­ doariano posee, ju n to a un conocim iento limitado en los contenidos y a una civilización más bien restringida, una cultura inmensa de sig12. R. Musil, Geist und Erfahrung. Anmerkungen für Leser, welche dem Untergang des Abendlandes entronnen sind (1921), en Gessammelte Werke, 8, pp. 1042 y ss. Cfr. O. Spengler, Der Untergang des Abendlandes: Umrisse einer Morphologie des Weltgeschich­ te, Munich 1918 (vol. I) y 1922 (vol. II). Cfr. F. Jesi, Introducción a la traducción Italiana, Il tramonto dell'occidente, Longanesi 1978. 13. Cfr. L. Klages, Der Geist als Widersacher der Seele, Bonn 1972. 14. H.S. Chamberlain, Die Grundlagen des 19. Jahrhunderts (1898), Munich 1900.

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niñeado eterno; el chino, en cambio, ÿunto a conocim ientos especia­ les amplísimos y a una civilización refinada y febrilmente activa, n o tie­ ne cultura. Y es así com o, si en tres siglos n o se logró todavía educar a los negros en las ciencias o a los indios americanos en la civilización, sería igualmente difícil lograr insertar la cultura en el pueblo chino.” Entonces ahora nos preguntamos: ¿Cuál es la filiación históricocultural de este aberrante “m od o de pensar”? ¿Cuál es en pocas pala­ bras la filiación de hombres com o Chamberlain, Klages y Splenger? Sin querer p rop on er de nuevo la cuestión, ya antes mencionada, so­ bre la “genealogía de la irracionalidad”, nos parece oportuno aportar en este punto algunas reflexiones anexas al tema. Recordem os de nuevo que el principal obstáculo encontrado hasta ahora en el trata­ m iento del mismo ha sido, nos parece, el excesivo “atribucionismo” im plicado en el tema. Entendemos p or “atribucionismo” la tenden­ cia -muy difundida, com o hemos visto- de “atribuir” directamente las posiciones ideológico-culturales de los pensadores de hoy a posicio­ nes similares verificables en pensadores del pasado. Por ejem plo “atri­ buir” el misticismo de Klages al de Meister Eckhart. Pero más allá de esta tendencia a lo fácil y, p or lo com ún, gratui­ to “atribucionismo”, sería necesaria una investigación rigurosa sobre la naturaleza del proceso que, entre 1850 y 1900 aproximadamente, ha contribuido al nacimiento de una formidable asociación ideológico-cultural reaccionaria. Asociación que más tarde habría desarrolla­ d o una función determinante en la marcha de Alemania hacia el na­ zismo. Los primeros pasos para esta investigación ya han sido dados. N o debe omitirse, p or ejemplo, el trabajo desarrollado en Italia p or L. Mittner quien, en su famosa Historia de la Literatura Alemana,^5 ha logrado individualizar con excepcional penetración algunos m o­ m entos fundamentales de d ich o proceso de asociación. Debe m en­ cionarse también a G. Martens, con su obra Vitalismus und Expressio­ nismus,1 5 16 que nos provee, p or primera vez, una clara (y persuasiva) interpretación de uno de los aspectos más delicados de esta temática: el recorrido que, partiendo del Lebenskult (“culto de la vida” ) de Nietzsche y de la Lebensphilosophie (“filosofía de la vida”) de Dilthey, pasa a través de la Philosophie des Organischen (“filosofía de lo orgáni­ c o ”) del b iólogo vitalista Driesch y desem boca finalmente en el expre­ sionismo artístico-literario. Se trata, lo sabemos, de un proceso difícil, lleno de ambigüeda­ des, de imprevistos, de trampas, pero del cual Martens logra ofrecer la clave de lectura coherente que, en un último análisis, es una clave de lectura del vitalismo en su conjunto. A pesar de la multiplicidad (y diversidad) de sus manifestaciones, existe en el vitalismo un con cep­ to unificador obvio: la exaltación del voluntarismo de la vida, enten­ dida ésta com o depósito inagotable de recursos creativos, com o gran­ 15. L. Mittner, Storia della letteratura tedesca, Torino 1964. 16. G. Martens, Vitalismus und Expressionismus, Stuttgart 1971. Cfr. R. Stoilmann, Ästhetlsierung der Politik, Stuttgart 1978. ■

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diosa alternativa a la racionalidad técnico-científica. El vitalismo plan- tea una ideología activista, intuitiva, trascendentalista y presenta una versión mística de la vida. Porque mística y nada más que mística es la idea tan querida p or el vitalismo, de identificar la vida con el alma, o sea: reducir la vida a la Seelenleben (“vida del alma”), co m o quería Dilthey. Y así se explica la tendencia difundida en ese p eríodo de “gui- ■ fiarle el o jo ”, p or así decirlo, al misticismo, también p or parte de per­ sonalidades que, en el plano concreto, tenían bien p o co que ver con el misticismo. El m ejor ejem plo de todo ello está dado, a nuestro parecer, por Rathenau,17 de quien publicamos en esta recopilación un extenso texto. En su Journal18 A. Gide describe una visita hecha a Rathenau. Y constata, a decir verdad n o sin estupor, la orientación fuertemente mística en las declaraciones que su interlocutor, presidente de AEG, le iba formulando. Gide, en ese m om ento, n o puede hacer menos que traer a su memoria las afirmaciones que le fueran expresadas por Groethuysen sobre los alemanes en un coloquio anterior. Según Groethuysen, los alemanes oscilan siempre entre dos extremos: Par­ sifal y el “paso de ganso”. Y bien: para Gide, Rathenau, durante el en­ cuentro de ambos, estaba en un m om ento de “extremo Parsifal”. Y la cita que recuerda lo demuestra claramente: “Me acuerdo especial­ mente, - escribe Gide -, lo que me dijo sobre América, que, según él, ‘no tenía alma en absoluto’ y nunca ha m erecido tenerla porque has­ ta ahora n o ha aceptado ‘zambullirse en el abismo del sufrimiento y del p eca do’ ”. Detengámonos todavía un instante en Rathenau. L o que al co ­ mienzo hemos llamado “auto-laceración” se expresa emblemática­ mente en el relato de Gide. Pero el fenóm eno n o puede explicarse, o por lo menos n o puede explicarse solamente, con una remisión ge­ nérica a la psicología de Rathenau y ni siquiera, com o hace Groethuy­ sen, a la psicología del pueblo alemán. En realidad la pregunta a plantearse es otra: ¿la auto-laceración de Rathenau, figura de prime­ ra línea en la industria, en las finanzas y en la política n o expresa, en último análisis también la desazón, el sufrimiento, la incertidumbre de la clase dominante, incapaz de convenir una estrategia unitaria pa­ ra la consolidación y la expansión de la base productiva del capitalis­ m o m on op ólico alemán?19 Si bien a primera vista el interrogante puede parecer limitativo - y tal vez en cierto sentido lo es - estamos convencidos de que, de to­ dos m odos, es de utilidad. C om o m ínim o, puede contribuir a hacer transparentes muchos puntos oscuros de aquel período. 17. Cfr. W. Rathenau, Hauptwerke und Gespräche, Munich 1977 y también W. Rathenau, Tagebuch 1907-1922, Dusseldorf 1967. 18. A .Gide, Journal (1889-1939), París 1951, pp. 712-713. 19. Recorremos otras escenas del pasado, sobre la relación "amor odio" de Rathenau con la racionalización. Confrontar, por ejemplo, El diseño industrial reconsiderado, clt., y el en­ sayo reciente Las dos almas de la cultura de Weimar, publicado en el volumen colectivo a cargo de L. Vlllari, Weimar, Luchas Sociales y sistema democrático en la Alemania de los

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Es notorio, p or ejemplo, que el tema de la “racionalización”, de sus significados económ icos, sociales y culturales fue una constante, casi obsesiva, en la Alemania de Guillermo y también, y sobre todo, en la de Weimar. En esta recopilación gran parte de los textos trata, directa o indirectamente, justamente este tema. Está presente sobre todo en Rathenau, para quien constituye uno de los puntos bisagra de su pensamiento y de su acción. Pero el tema de la racionalización, debem os decirlo ya, dio origen, especialmente en la controversia ac­ tual, a graves distorsiones interpretativas, inclusive en el plano histó­ rico. En efecto, en los últimos tiempos, existe una cierta tendencia a hacer de la racionalización una palabra passepartout que, en el fondo, explica todo y n o explica nada sobre Alemania. La verdad es que co ­ m o categoría histórico-económica, la racionalización no es algo m o­ nolítico. Al contrario, a m enudo nos olvidamos que no existe una for­ ma única de racionalización sino múltiples formas.20 Nuestro propósito, con esta introducción, ha sido el de favorecer la com prensión de algunos puntos focales, y ciertamente no todos de la vasta problemática tratada en el volumen. Hem os privilegiado aquellos puntos que, de una manera u otra, contribuyen a hacer evi­ dente cóm o el debate técnica-cultura se encuentra íntimamente liga­ d o a una confrontación más general sobre una serie de cuestiones, aparentemente meras ambigüedades filosóficas, pero donde detrás de las mismas se esconden razones que no son para nada filosóficas. Aludimos a la controversia, para simplificar, entre “místicos” y años 20, Bologna 1978. Permítasenos transcribir por lo atinente al tema, a lo dicho en esa se­ sión: "Walter Rathenau, presidente de la AEG (Allgemeine Elektrizitäts Gesellschaft) y min­ istro de la República de Weimar, es un ejemplo de cómo los hombre más iluminados del capitalismo alemán - Rathenau estaba entre los primeros - trataban de hacer avanzar el tema de la racionalización sin confirmar la sagrada dicotomía 'cultura-civilización'. Ella propone el fordismo pero con una 'conciencia perversa'. A diferencia de Henry Ford, quien notoriamente no tenia remordimiento alguno en el análisis del propio fordismo, Rathenau adhiere pero con reservas mentales. Con reservas sobre todo 'culturales'. Mientras el capitalismo americano de la época de Ford, avanza seguro de sí mismo, convencido de su rol en el proceso de la 'gran transformación', el capitalismo alemán de la época guiller­ mina y weimariana, aparece a menudo incierto, atormentado, con temor de violentar los valores del pasado precapitalista. Rathenau se moviliza en esta linea: quiere al fordismo pero se niega a asumir la responsabilidad por ello, por lo menos públicamente, apartán­ dose de las vulgares estridencias de la 'fanfarria del fordismo' como lo ha llamado Gramsci. Sus reflexiones sobre la 'mecanización del mundo', aparecen teñidas de una tenue melan­ colía crepuscular". 20. En el período de Weimar algunas formas de racionalización fueron expresadas con gran profundidad, otras han tenido un éxito relativo, ésta ha quedado, por decir asi, a mi­ tad de camino. Sobre este panorama problemático véase: W. Link, Die amerikanische Sta­ bilisierung Politik in Deutschland 1921-1932, Düsseldorf 1970; J. Kuczynski, Vier Revolutio­ nen der Produktivkräfte, Berlin 1975; G.D. Feldman, Iron and Steel in the German Inflation 1916-1923, Princeton 1977; M. Nussbaum, Wirtschaft und Staat in Deutschland während der Weimarer Republik, Berlin 1978. Con referencia al reciente debate en Italia, veánse como ejemplo las diversas interpretaciones de M. Cacciari, La nuova economia di Walter Rathenau, en Democrazia e Diritto, 1977, 2 y de L. Villari, La razionalizzazione capitalisti­ ca nella Repubblica di Weimar, en el volumen citado Weimar. Lotte sociali e sistema de­ mocratico nella Germania degli anni 20, y el ensayo de G. Marramao, Il rapporto tra razio­ nalizzazione e crisi del capitalismo. Il "caso Germania" da Weimar al nazismo, en Rinasci­ ta, 48, 8 diciembre 1978, pp. 14-17.

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“racionalistas” . Hay que admitir, sin em bargo, que esta óptica nos llevó inevitablemente a presentar las cosas en términos ciertamente demasiado sumarios, lo que puede hacer surgir en consecuencia al­ gunos m alentendidos embarazosos. Por ejem plo, la idea de que los llamados místicos hayan sido siempre contrarios a la técnica (el caso de Der Arbeiter de E. Jünger lo contradice) y que los llamados raciona­ listas hayan estado siempre a favor de la misma (el caso de Geschichte und Klassenbewusstsein de Lukács lo contradice). Y aun más: creer que todos aquellos que rechazan la técnica deben ser siempre identifica­ dos com o “reaccionarios” mientras que aquellos que asumen su de­ fensa deben ser siempre identificados com o “progresistas”. Estos posibles malentendidos son especialmente embarazosos si se tienen en cuenta los resultados y los desarrollos que sucedieron al debate Técnica-Cultura. Si nos referimos p or ejem plo al nacimiento de la “Teoría crítica” que se inserta en ciertas propuestas, ya presentes sobre todo en Simmel y W eber y que justamente en el análisis de las relaciones entre técnica, ciencia y formas de la organización social encuentra uno de sus temas centrales. Pero esto nos lleva evidente­ mente a los umbrales de la controversia actual. Y p or lo tanto se tra­ taría de hacer otro libro. Sin embargo, estamos convencidos de que cualquier confrontación seria sobre esta problemática, sin duda una de las más relevantes de nuestro tiempo, n o puede dejar de tener en cuenta o compararse directamente con los com plejos materiales de este debate alemán entre Bismarck y Weimar.

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Cultura y técnica Franz Reuleaux

Kultur und Technik (1884) en Carl W eihe, Franz Reuleaux und seine Kinematik, Julius Springer, Berlin 1925, pp. 65-77. Franz Reuleaux nace en Eschweiler, cerca de Aquisgrán, el 30 de sep­ tiembre de 1829. Estudia ingeniería en el politécnico de Karlsruhe, y luego en Berlín y en Bonn. Cumple una breve pasantía en Coblenza, y una vez concluida entra en la fábrica paterna de construcción de máquinas hasta 1854. En ese año asume la dirección de una fábrica de máquinas en Colonia, donde permanece por dos años. En 1856 es profesor de construc­ ción de máquinas en el politécnico de Zurich, cargo que ocupa hasta 1864. Se traslada como profesor de cinemática al Gewerbeinstitut de Berlín, trans­ formado en 1896 en Gewerbeakademie, en la que asume también el cargo de director desde 1867 hasta 1879 y donde enseña hasta 1896. Es miembro deljurado internacional en la Exposición mundial de París de 1867, en la de Viena de 1873 y en la de Filadelfia de 1876. En 1879 es nombrado comisario del gobierno alemán en la Exposición mundial de Sydney y de Melbourne, cargo que desempeña hasta 1881. Su influencia en el mundo técnico e industrial alemán es indudablemente relevante, particularmente luego de la publicación del Briefe aus Philadelphia (Cartas desde Filadelfia) de 1876, donde critica a fondo los procedimientos seguidos por la industria alemana en la construcción de máquinas. Es el primero en ver la utilidad de una suerte de arqueología industrial, y tal es así que funda en Berlín una gran colección de modelos cinemáticos, para que sirvan de ejemplo a los constructores. Muere en Berlín el 30 de agosto de 1905. Cualquier persona que examine el estado actual de la civilización n o puede dejar de darse cuenta de la gran influencia que ejerce la técnica con base científica de nuestros días, y del h ech o de que la misma nos ha perm itido obtener resultados materiales infinita­ mente superiores a los que la humanidad p odía alcanzar hasta algu­ na década atrás. Q ue se desarrollen los transportes de gran veloci­

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dad p or la vía de agua o de tierra, o que se perforen las montañas, que descendam os hasta las visceras del planeta o que nos elevemos a la estratosfera, que enviemos mensajes a la velocidad del rayo de un extrem o a otro de la tierra o que hagamos escuchar nuestra voz de una región a otra o, para adoptar otro criterio, que pongam os al servicio de nuestras máquinas las fuerzas más poderosas de la natu­ raleza o que hagamos actuar y trabajar para nuestros fines los procesos internos y extremadamente sutiles del m undo físico que escapan a la observación común. En la vida moderna, alrededor de nosotros, sobre nosotros, con nosotros y ju n to a nosotros, la técnica científica es nuestra esclava y nuestra com pañera trabajadora, com prom etida en una actividad incesante de la que nos damos cuenta plenamente sólo cuando nos falta su ayuda aunque sea p or breve tiempo. Todo ello es bien sabido, y constituye un lugar com ún y, sin em bargo (si n o me eq u ivoco), n o ha recibido todavía la debida apreciación en el m u n do de la cultura en general, y tal vez ni siquiera en el círculo limitado de los técnicos. N o puede decirse todavía que la técnica científica sea considerada generalmente, y p or todos, co m o la palanca o el factor cultural que realmente represen­ ta. Esto puede depen der del h ech o de que dicha técnica, en ciertos niveles, se mezcla con la n o científica o que, en m uchos casos, se originó en ella y tal vez también del h ech o de que su actividad parece, en gran medida, despojada de elementos ideales, pues n o se habría desarrollado ni se desarrollaría sin el impulso de las ganancias y sin los males sociales que van unidos al trabajo industri­ al. Basta: n o quiero examinar aquí este aspecto de la cuestión; no esperéis un panegírico de la técnica o una refutación de aquellos que quisieran negarle el reconocimiento ambicionado. Ambas cosas me parecen de importancia puramente exterior. Mi propósito es otro. Quisiera tratar de acercarme a algunos importantes problemas intemos de la técnica, que parecieran necesitar de un exam en adecuado a nuestros días; el prim ero es el de la posición que la técnica de nuestros días ocupa efectivamente en la actividad cultural en su totalidad, una posi­ ción de la cual me parece que n o contam os con una con cien cia tan clara co m o la que tenemos sobre la im portancia social, política y econ óm ica que atribuimos a la técnica. O tro problem a es el del método general o por lo menos de los trazos esenciales del método que sigue la técnica para llegar a sus fines, en resumen, del método que debe existir más o menos claramente en la base de la activi­ dad de proyectación y de invención, un problem a que ha com prom eti­ d o activamente y com prom eterá posiblem ente todavía p or m ucho tiem po, especialm ente p or su con exión con las leyes sobre patentes, tanto a los técnicos com o a los juristas y a los funcionarios adminis­ trativos. Existe, finalmente, una tercera cuestión que puede ser tratada aquí: es aquella de la enseñanza técnica, que fue encarada con éxito p or muchas administraciones, y en especial p or ésta. A pesar

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de ello, persisten al respecto opiniones divergentes. Puede ser interesante tocar este problem a, porque las respuestas que se darán a los dos primeros no deberían quedar sin efecto sobre la que se dará al tercero. N o debéis creer que n o tom o plena con cien cia de las dificul­ tades de la tarea que me he impuesto. Pero justamente p o r ello pre­ ciso subrayar que intento cum plir solamente una modesta tentativa de solución, resum iendo las conclusiones de investigaciones par­ ticulares realizadas en el curso de varios años, en la confianza que, de este m od o, pueda darse p or lo m enos algún pequ eñ o paso en dirección a la meta deseada; la presentación de este ensayo a vues­ tra asociación m e pareció tanto más indicada p or cuanto la misma ha dirigido repetidas veces su atención al problem a en cuestión. Confrontando nuestra civilización con la de otros pueblos de la tierra, será necesario dejar naturalmente de lado aquellas pobla­ ciones y aquellos pueblos que se encuentran todavía en los niveles más bajos que, p or ejem plo, no han llegado aún a la escritura, este instrumento admirable de transmisión de las ideas y d on d e n o nos podem os imaginar que se cultiven las ciencias. Pero, más allá de estos estadios primitivos, encontramos rápidamente grandes pueblos que poseen una cultura elevada desde hace m uchos siglos, es más, a veces desde hace m uchos milenios. Son los pueblos de Asia oriental y m eridional, los chinos, los japoneses, los hindúes, los persas, los árabes. Examinando sus civilizaciones sin preconceptos, estamos obligados a recon ocer que son, en m uchos aspectos, civilizaciones de nivel superior y que ya lo eran cuando Europa central estaba todavía profundam ente inmersa en la barbarie. Las artes y las cien­ cias florecían ya entonces en esos pueblos y nunca cesaron en su desarrollo. Ya tres mil años atrás los vedas hindúes celebraban la divinidad en la form a más sublime; hace dos mil años que los poetas hindúes han creado la Odisea de su pueblo, el Mahabharata y, además, gran cantidad de dramas, entre ellos el delicado Sahuntala cuya fascinación perm anece intacta aún hoy, pues se origina en las profundidades del ser hum ano; la filosofía y también la lingüística estaban maravillosamente en flor, tanto que los gramáticos hindúes de hoy pueden remitirse a una serie ininterrumpida de antecesores hasta Panini, considerado a la altura de un dios. También se cul­ tivaban las matemáticas, y h oy nosotros indicam os nuestros números con las cifras hindúes. Las artes aplicadas florecían y todavía florecen en la India y en Asia oriental. Persia brilló p or m ucho tiem­ p o en el cam po de la poesía. Al grandioso Firdusi siguió el Orazio de Shiraz, Hafis, con sus cánticos que nunca envejecen; el uno y el otro llegaron a ser amados también p or nosotros, a través de la versiones que se deben sobre todo a estudiosos austríacos. Y la literatura árabe nos ha dejado un inm enso patrim onio de estudios científicos, ha h ech o fructificar la herencia griega, ha p rom ovido la astronomía

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al punto que hoy la mitad del cielo está identificada co n nom bres árabes. En los tiempos de Carlomagno, bajo principios tolerantes y curiosos de todo el saber, cultivaron la aritmédca y muchas otras ciencias todavía más difíciles y se anticiparon a nuestros quím icos en la identificación de num erosos elem entos y sustancias. ¿D ónde está, entonces, la diferencia de orden espiritual que nos ha perm itido distinguir entre ellos y nosotros? En algunas artes somos hasta inferiores a ellos. Son valientes, la generosidad y la ju s­ ticia son virtudes elevadas también ante sus ojos. ¿Cuáles son, entonces, los elem entos distintivos, desde un punto de vista pura­ mente hum ano? O form ulem os la cuestión en otros términos, si la confrontación en el plano intelectual n o se encuentra en condiciones de resolver el problem a que tenemos ante nosotros. Preguntémonos de dónde proviene nuestra superioridad material sobre ellos. ¿C óm o pudo suceder, p or ejem plo, que Inglaterra, con pocos miles de soldados, ejercitara su dom inio sobre 250 millones de hindúes; cóm o pudo salir victoriosa frente a su terrible y fanádca insurrección de 1857? ¿C óm o se explica que hayamos sido sólo nosotros los europeos, por n o citar la parte de América poblada p or europeos, que hayamos sido sólo las naciones atlánticas las que cubrieron la tierra de ferrocarriles y de líneas telegráficas, las que recorrieron sus mares con potentes naves a vapor y que a todo esto los otros cin co sextos de la población terrestre n o hayan contribuido prácticamente para nada, a pesar de que aquellos mismos cin co sextos tengan una organización estatal y sean también en parte altamente civilizados? Se ha tratado de explicar o cuanto m enos de definir este h ech o sorprendente de diversos m odos. Klemm, el diligente arqueólogo de Lipsia, quien cultivaba la prehistoria m u ch o tiem po antes de que se descubrieran las construcciones de palafitos, ha propuesto distin/ guir entre poblaciones “activas” y “pasivas”, y esta distinción es segui­ I da todavía hoy p or muchos. Para él, los atlánticos son pueblos activos, I los otros, hasta aquellos com pletam ente incultos, son pueblos 'i pasivos; según esta teoría nosotros hacemos la historia, mientras que ellos la padecen. Pero p or más que esta distinción pueda parecer plausible, n o resiste un examen más cuidadoso. C om o enseña la his­ toria, las naciones pueden ser activas durante un largo p eríod o de tiem po, luego transformarse en pasivas y luego volverse de nuevo activas. La actividad y la pasividad, p or lo tanto, n o son propiedades inherentes e inmanentes de las naciones, sino condiciones a las cuales pueden entrar y salir sin modificar sustancialmente su actitud intelec­ tual. Según Klemm, en cambio, en este traspaso, las naciones mudarían cada una de las veces toda su naturaleza; ésta cambiaría continuamente según las circunstancias de la historia, digámoslo así, secular. Esta teoría n o se sostiene al confrontarla con la realidad. Europa puede

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ser sometida mañana p or los asiáticos y hecha pasiva, sin perder la cualidad que le garantizan los ferrocarriles, los piróscafos y el telé­ grafo com o patrim onio intelectual. Así com o se dice que el califa Ornar destruyó los libros, del mismo m o d o los árabes podrían destruir los productos de la técnica científica, sin tener además la posibilidad de reproducirlos, com o hizo Ornar en m uchos casos con los libros. D ebem os dejar caer la distinción de Klemm, p or lo m enos a los fines de nuestra invesügación, pues ella n o nos ofrece ninguna explicación. Algunos han avanzado y avanzan la hipótesis de que la diferencia fue determinada p or el crisüanismo. Pero tam poco esto corresponde a la realidad. Es cierto que una parte considerable de los des­ cubrim ientos y de las invenciones que han p rod u cido una transfor­ m ación radical de las ideas fue efectuada en los estados cristianos, pero n o en todas. ¡Q ué transformación radical fue determinada p or la prensa! Y, sin em bargo sabemos, que los chinos la habían inven­ tado aproxim adamente mil años antes que nosotros. También la pólvora para armas de fuego que, entre nosotros, ejercitó una influencia decisiva en la transformación de la civi­ lización, había sido ya usada p or los árabes m u ch o tiem po antes que p or el m onje de Friburgo. Pensemos en la mecánica: una máquina importante para la transformación de la energía co m o la rueda hidráulica es de origen asiático y se rem onta a épocas antiquísimas. Y éstos son sólo algunos ejemplos. Pero también si pasamos a un auténtico hijo de Europa, la máquina a vapor, vemos com prom eti­ da su progresiva evolución, hasta el m om en to en que llega a ser prácticamente utilizable, durante el Renacimiento en Italia, Alemania, Francia, Inglaterra, pero n o en otros países cristianos y vemos p or lo tanto que la cristiandad n o se identifica con el progreso y que a m en u do sus sacerdotes se op on en a él con todas sus fuerzas. Llevemos nuestra mirada más lejos. ¿Acaso los cristianos n o vivieron y n o siguen viviendo todavía hoy en oriente, p or ejem plo en Arm enia y en la gran Abisinia, sin parücipar de ninguna manera en las concesiones de nuestra victoriosa técnica m oderna? Ellos n o han contribuido para nada y n o contribuyen tam poco hoy. Por lo tanto no son las cosas ni las invenciones sino las ideas que las acompañan, los pensamientos, los que deben haber producido el cam bio o la reno­ vación. En efecto, esto no puede ser atribuido a otra cosa que n o sea un progreso específico en los procedim ientos mentales, a un ascen­ so difícil y peligroso hacia una con cep ción más elevada y más libre de la naturaleza. Se ha abierto cam ino entre nosotros la conciencia del hecho de que las fuerzas naturales, en su accionar, n o obedecen a una voluntad que interviene de vez en cuando, a una voluntad divina, sino que operan según leyes sólidas e inmutables, las leyes de la natu­ raleza, y n o puede suceder nunca que se com porten de otro m o d o

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Nach ewigen, ehernen, grossen Gesetzen müssen wir alle unseres Daseins Kreise vollenden, l son los versos con los cuales Goethe expresó el escalofrío que experi­ m entam os frente a la inflexibilidad y a la rigidez de las potencias naturales. Pero, “según las eternas férreas, grandes leyes” rotan tam­ bién los cuerpos celestes, los astros recorren su órbitas, la teja cae del techo y la gota de la nube. Sonnen wallen a u f und nieder, Welten gehn und kommen wieder, und kein Wunsch kann ’5 wenden! 2 En esta espléndida form a poética, un escritor de sentimientos profundos, el párroco H ebel, ha expresado la idea de que n o es la realidad material sino la psíquica la que encierra dentro de sí el pre­ sentimiento de Dios y que la riqueza de la creación material reside justamente en la inmutabilidad de sus leyes. Para alcanzar la com ­ prensión de este h ech o, las ideas han roto sus antiguas barreras y han extraído rápidamente las consecuencias, también para la vida material. Formuladas de m od o totalmente abstracto y liberadas de los accesorios superfluos, las consecuencias son estas: si colocamos cuerpos inanimados en condiciones y circunstancias tales que su acción, de acuerdo con las leyes naturales, corresponda a nuestros objetivos, podemos hacer que trabajen para los seres vivientes y en su lugar. Se com en zó a ejecutar conscientem ente este proyecto y así se creó la técnica m oderna. La llamé técnica científica y quiero darle este nom bre. Porque cuando tuvo inicio en los espíritus este p roce­ so de com prensión, bien p o c o se sabía de esas leyes naturales que se deseaba p on er conscientem ente en acción, y que en su mayor parte, todavía era necesario buscar. Y su con ocim ien to fue adquiri­ d o a través de una lucha larga y difícil. Porque el m u n do de los d o c­ tos creía estar ya en posesión del conocim iento de esas leyes, p or lo tanto, los innovadores se encontraron ante la doble tarea de efectuar los nuevos descubrimientos y de abatir las antiguas convicciones que se oponían a los mismos: un esfuerzo intelectual gigantesco y al mismo tiem po una campaña intelectual para la conquista de las cimas del libre con ocim ien to, que ch o c ó con la resistencia tenaz de los prejuicios de la Iglesia. Esta campaña tuvo sus víctimas: la figura encorvada de Galileo surge ante el o jo de nuestra m ente. Aun si no 1. Según eternas, férreas, grandes leyes, todos debemos concluir los círculos de nuestra existencia. [N.d.E.] 2. Los soles se dilatan y se retraen, los mundos desaparecen y retornan, y el deseo no pue­ de hacer nada. [N.d.E.]

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pron u n ciò las famosas palabras, “¡y sin embargo se mueve!”, com o la histo­ riografía erudita y m icroscópica pretende demostrar, las mismas fueron pronunciadas p or todo el m undo eu rop eo pensante. La vic­ toria fu e lograda y se abrió así el campo de nuestra técnica actual. La reac­ ción de aquel entonces terminó también p o r rendirse en bloque ante la evidencia y p or recon ocer su p rop io error, y es tan cierto que aquellos que una vez fueron su portavoz viajan tranquilamente en ferrocarril, telefonean y telegrafían com o los otros; tienen lugar solamente pequeñas escaramuzas de retaguardia, más p or despecho que p o r convicción y de todos m odos no pueden detener mínima­ mente el movimiento principal. ¿Qué habría pasado si la reacción de entonces hubiese triunfa­ do?, (porque se trataba de una reacción, desde el m om ento en que Alemania había iniciado la lucha desde hacía más de cien años y C opérn ico yacía desde hacía casi cien años en la tumba cuando Galileo fue obligado a testimoniar en contra de sí m ism o). Qué habría pasado es difícil imaginarlo, o más bien p odem os verlo a través del ejem plo de la gran familia de los pueblos árabes. En ella la reacción triunfó efectivamente. Sus Galileos, los Averroes y otros innumerables fueron desechados ju n to a sus libres convicciones, y con ellos todo su gran séquito, y así la cultura árabe, que ya había levanta­ do la mano para recoger las palmas del libre con ocim ien to, qu ed ó paralizada y continúa yaciendo paralizada p or aproxim adam ente m ed io milenio. ¡Allah aalam! “Sólo Dios sabe”. Lo que significa que tú no debes querer saber. Este es desde entonces el lema del mahometano puro; toda investigación le es impedida, le es prohibi­ da, es declarada pecaminosa. Un musulmán noble y sensible expresó públicamente algún tiempo atrás la esperanza de que los musul­ manes puedan ser llamados nuevamente a desarrollar su perdida fun­ ción de guía. Pero ¿quién puede creerle? Parece cierto, de todos m odos, que la derrota del libre pensamiento en el m undo árabe resultó decisiva también para las demás civilizaciones asiáticas. La masa espiritualmente entumecida de la cultura árabe se interpuso com o un dique entre aquellas civilizaciones y nosotros y así se explica que sólo nosotros nos hayamos encaminado p or la brecha abierta por el progreso intelectual que hemos descripto. Las fuerzas naturales que ese progreso nos ha enseñado a explotar son las mecánicas, físicas y químicas; para ponerlas a nuestro servicio era necesaria la creación de un ingente aparato de conocim ientos matemáticos y naturales. Y es de este aparato del que ejercitamos su uso casi com o un privilegio. Para p od er distinguir brevemente estas dos tendencias evolutivas, me parece op ortu n o designarlas con dos nom bres especiales que traté de encontrar. La tendencia a penetrar en los secretos de las fuerzas naturales se encuentra muy temprano, se encuentra ya en los m edos y en los persas y sobre todo en la estirpe de los magos, que adquirió tanta fe

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p or ésta su capacidad, que su nom bre pasó a una casta sacerdotal. También a los griegos, además de un cierto m iedo entre los in com ­ petentes, los magos inspiraban tanto respeto que un mecanismo o dispositivo artificial con el cual se podía obtener algún efecto fuera de lo com ún era llamado p or ellos “obra de los m agos” o, con una adaptación de la palabra a las leyes de su lengua, un manganon. Se llamaba con este nom bre todo arnés que estuviese dispuesto de m od o hábil e inteligente, incluyendo también una catapulta para uso militar. C on este instrumento, la palabra llegó hasta el M edioevo.3 Cuando más tarde, en los albores del siglo XVII se inventaron grandes máquinas para tender y planchar la ropa de cama, estos aparatos presentaban una singular semejanza exterior con esas cata­ pultas, se les dio d icho n om bre4, que luego fue tom ado también en las otras lenguas europeas, com o saben, (o más bien ignoran) las amas de casa cuando mandan la ropa blanca al mangano. Quisiera volver a utilizar para nuestros fines aquella vieja palabra, dándole un significado más general, y llamar manganismo a la explotación y control de las fuerzas naturales cuyas leyes eran conocidas; y llamaría naturismo a la otra corriente, que busca sólo protegerse de las fuerzas naturales o se limita, com o máximo, a obtener alguna receta y a con ­ servarla celosamente com o secreto del oficio. Si estáis dispuestos a emplear temporariamente conm igo estos dos términos, podem os subdividir las naciones civilizadas, o en general los pueblos, en manganistas y naturalistas, y hemos visto que las naciones manganistas, gracias al desarrollo de su aparato material, acom ­ pañado p or la plena com prensión de sus bases científicas, han adquirido una fuerte ventaja con respecto a las naturalistas. Aun más, podem os ir m u ch o más allá y no debem os dudar en afirmar que el dominio de la tierra pertenece a las naciones manganistas. C om o sucedió en todos los tiempos, así también ahora se com bate p o r el d om in io de la tierra. Pero el observador puede prever co n seguri­ dad que los manganistas perm anecerán victoriosos y que las naciones que n o quieran decidirse a pasar al manganismo no pueden esperar otra cosa que la sumisión gradual o el ocaso. Que es posible pasar, con una resuelta decisión, del naturismo al manganismo nos lo prueba -en una época tan rica en acontecimientos culturales significativos com o la nuestra- el ejem plo japonés. Los japoneses han entendido, con gran sutileza, la verdad de la proposi­ ción que hemos form ulado anteriormente y están tratando de cum plir con la empresa, sin precedentes en la historia, de pasar de 3. M angano para los italianos, mangan para los franceses y m angle en castellano. 4. Zonca, Novo teatro d i machine, Padova 1621, p.34: “ M angano en este lugar se llaman las máquinas con las cuales se alisan y se aprestan las telas, y otras cosas, que en el arte militar se entiende como un Instrumento para lanzar armas, piedras y otras materias, como puede verse en algunos autores". Es de notar que en 1621 la catapulta era ya anticuada, pero podía toda­ vía encontrarse en los libros. El m angano (mangle) para la ropa de cama reproducido en el texto tiene más de 10 pies de largo y es puesto en marcha por dos hombres que accionan un mecanismo a pedal, mientras que otro ejemplar es accionado por un caballo.

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golpe y sin transiciones, del naturismo al manganismo. Las personas más visionarias de la nación se dieron cuenta de esta necesidad y han logrado ganar para su causa también a las detentadoras del p od er político; y así podem os ver có m o esta nación inteligente y sabia reform a su educación según los fines que se ha prefijado y se lanza en la nueva dirección em pleando todas sus energías. Aunque la tarea puede ser difícil, parece que fue encarada co n éxito. A favor de esta previsión hablan, p or lo m enos, los com ienzos, que se resuelven sólo en esto: aprender, aprender, aprender. El manganismo n o puede com prarse bonito y listo; debe ser inocu lado y aprehendido mediante la educación hasta transfor­ marse en una segunda naturaleza. Tenem os actualm ente la dem ostración en China, d on d e todo el excelente material bélico que fue adquirido a los europeos parece revelarse inútil frente al asalto sistemático de los manganistas. Los naturalistas de allí des­ cuidan excesivamente el h ech o de que el aprendizaje m nem otécni­ co n o basta; es suficiente con omitir una pequeña parte del p ro­ cedim iento para que nada se sostenga. Algunos de los que m e escuchan se acordarán tal vez de la pequeña contrariedad acaecida a los japoneses diez o d oce años atrás, cuando ellos, celosos de su independencia, habían despedido a los instructores ingleses de su prim er crucero de guerra y pudieron realizar co n la nave una gran ejercitación con muchas bellas maniobras, p ero al fin, co n gran sorpresa y disgusto de los que miraban desde tierra, continuaron recorrien d o un gran círcu lo en la bahía p or varias horas. El maquinista se había olvidado del “ ¡ábrete sésam o!” y no sabía cóm o expeler de la caldera el vapor superfluo y, p or lo tanto, el capitán estuvo obligado a hacer girar la nave en círculos hasta que todo el vapor de la caldera se consum ió. H oy los japoneses son m u ch o más expertos y se ríen de buena gana de aquella prueba p o c o feliz. En la India, los ingleses han com enzado con m ucha prudencia y cautela a prom over una educación de tipo manganístico. T od o se encuentra todavía en la fase inicial pero podría conducir, en el futuro, a grandes resultados. Por otro lado, cuando buscamos el naturismo, n o necesitamos corrernos a continentes lejanos, está todavía presente también en Europa y, es más, una cierta canddad de naturismo está presente en cada individuo. Sólo la educación puede afianzar la con cepción humanística del mundo, asociar el elemento intelectual y despiadada­ mente lógico a lo que se encuentra en nosotros de ingenuidad y de íntegramente fiel a la naturaleza; pero también la reflexión, la capacidad de poder sostener el asalto de las potencias naturales que nos rodean y nos amenazan, que es completamente lo opuesto al fatalismo. En España el manganismo tuvo hasta ahora un desarrollo escaso; la Península Ibérica no ha ofrecido ninguna contribución a las grandes invenciones que han transformado nuestra con cepción del

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m undo: puede considerarse que las ideas reformadoras han sido reprimidas tanto más fácilmente p or cuanto el nuevo m undo apenas descubierto atraía completamente el interés de los españoles. Los daños que España se causó a sí misma con su inmovilismo son incal­ culables. En la ép oca del florecim iento de la nueva técnica científica, Grecia, que había ocu p ad o en un tiem po el lugar más alto en las artes y en las ciencias, estaba todavía tan atrapada en las conse­ cuencias de su caída del nivel alcanzado anteriormente, que el nuevo m ovim iento intelectual n o la tocó. Ella trata ahora de salir, co m o pueblo, del estado naturista y podem os seguir co n interés los esfuerzos que se realizan en el suelo clásico de ese bello país para retomar y reavivar las antiguas tradiciones de actividad intelectual. Sin el manganismo este proceso de renovación no podrá tener lugar. Italia nos ofrece un espectáculo curioso. Completamente incli­ nada al naturismo en su masa por m ucho tiempo, aun después de su activa participación en los grandes descubrimientos científicos del p eríodo del Renacimiento, su pueblo, rico de dotes, ha descuidado, en líneas generales, el manganismo, pero ha mantenido su vigor artís­ tico y ha buscado y encontrado en él su prestigio. Pero luego de su reorganización política, el país se ha dado cuenta de la necesidad de recuperar el tiempo perdido en el camino del manganismo, y es así que ahora vemos a los italianos empeñados con extrema energía en el esfuerzo por difundir en su país las industrias y las capacidades de tipo manganístico. No podem os esconder (y me pareció que la exposi­ ción nacional que se clausuró recientemente en Turin nos da la prueba) que los progresos indudablem ente rápidos y notables que el país está logrando en el cam po de las industrias útiles, pueden influir negativamente sobre sus resultados en el cam po de la indus­ tria del arte. Cuando se hacen estas observaciones se tiene casi la impresión de que una sombra pasa sobre nosotros, porque puede parecer que subsista un contraste insanable entre las dos tendencias, donde una de las dos estaría destinada a sucumbir. Pero las cosas no están así. El arte y la técnica científica no se excluyen recíprocamente. Se necesitan solamente mayores esfuerzos para no errarle a ninguna de las dos, una mayor firmeza y capacidad de penetración en las deli­ cadas leyes de la estética para rechazar el asalto perturbador de la máquina. Que ambas tendencias puedan desarrollarse paralelamente lo demuestra el movimiento igualmente activo en ambos campos que se desarrolla en Austria y Alemania.

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Die Herrschaft der Technik in Philosophie des Geldes, Dunker und Humblot, Leipzig 1900, pp. 520-535. Georg Simmel nace en Berlín el 1° de marzo de 1858 y estudia filosofía y psicología. Obtiene la habilitación para la enseñanza de la filosofía en Ber­ lín, donde enseña desde 1892 hasta 1913. A partir de 1914 ocupa la cáte­ dra de filosofia en la universidad de Estrasburgo. Denomina su propia po­ sición filosófica “relativismo ” porque profesa la recíproca dependencia de los factores de nuestra visión del mundo y la necesaria diversidad de ideologías. Su Einleitung in die Moralwissenschaft da a la ética carácter de ciencia positiva, con un enfoque historico-psicológico inspirado en el concepto de la selección biológica. Más tarde, Simmel vuelve a la caracterización de la in­ vestigación psicológica en el sentido especulativo: la Philosophie des Gel­ des indaga, por ejemplo, sobre las relaciones entre sucesos superficiales y la totalidad de la vida, sirviéndose de la función del dinero cono ejemplo y sím­ bolo. En la segunda edición de los Problem e des Geschichtsphilosophie profesa un idealismo gnoseològico, tendiente a liberar el espíritu del realismo histórico extendiendo el sentido de las categorías kantianas al concepto lato de “actividad del espíritu ”. Algunos de sus cursos monográficos (Kant, Scho­ penhauer, Nietzsche, Goethe) no se preocupan mínimamente de la investiga­ ción histórica, sino que idealizan diversas visiones del mundo recogidas en es­ píritus emblemáticamente profundos. Con la Lebensanschauung Vier m e­ taphysische Kapitel siente profundamente la influencia de Bergson, tanto que transforma el propio relativismo en una suerte de metafisica de la vida, cuya forma suprema es la espiritual. Por la traducción de sus obras a cargo de A. Small, resulta muy conocido en Estados Unidos de Norteamérica. Sus obras de ética (una ética descriptiva, que analiza los conceptos de egoísmo y altruismo, mérito y culpa, felicidad y libertad, sin pretensiones de dar norr mas morales, y una ética no kantiana, orientada a revelar las exigencias de­ positadas no en el actuar sino en el ser) son interpretadas por algunos como antecedentes del pragmatismo. En el campo sociológico, sostiene que dicha disciplina es la ciencia de las relaciones y de las asociaciones entre los hom­

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bres, de las formas de interacción humanas: en este sentido está indicado co­ mo maestro de Leopold von Wise, de la escuela de Chicago y de la sociología de los pequeños grupos. Importantes son sus ensayos referidos a la Primera Guerra M undial en sus relaciones con la cultura y pone especial atención en los problemas de la autoridad y la obediencia. La Philosophie des Geldes ciertamente influencia a Sombart en su trabajo sobre el capitalismo. Muere en Estrasburgo el 26 de octubre de 1918. Probablem ente los entusiastas de la técnica m oderna encontra­ rían muy extraño que su actitud interior se encuentre sujeta al mis­ m o error form al que es p rop io de la metafísica especulaüva. Y sin em bargo es así: la altura relativa que los progresos técnicos del m u n do actual han alcanzado con respecto a estadios anteriores y so­ bre la base de la aceptación de determinados fines se transforma, a sus ojos, en el valor absoluto de esos fines y p or lo tanto de esos p ro­ gresos. Es cierto, en lugar de aceite, en las lámparas ahora tenemos gas y luz eléctrica; p ero la euforia p or los progresos de la ilumina­ ción olvida, a veces, que lo que realmente importa n o es la ilumina­ ción , sino que la misma nos permite ver m ejor; en la embriaguez suscitada p o r los triunfos de las técnicas telegráficas y telefónicas, se descuida a veces el h ech o de que lo que importa es el valor de lo que se com unica, y que respecto de esto la velocidad o la lentitud del m ed io de transmisión es un problem a secundario, que ha ad­ quirido la importancia que tiene actualmente sólo en virtud de una usurpación. Y así en otros innumerables campos. Este p redom in io de los m edios sobre los fines encuentra su ex­ presión concentrada y culminante en el h ech o de que en la perife­ ria de la vida, las cosas que se encuentran fuera de su espiritualidad, se han apropiado de su centro, es decir, de nosotros mismos. Es cier­ tamente verdadero que nosotros dominamos la naturaleza en cuanto nos servimos de ella, pero esta afirmación, en el sentido tradicional, vale solamente para la muralla externa de la vida. Si consideramos la vida en su integridad y profundidad, esa capacidad de disponer de la naturaleza exterior que la técnica nos provee, la pagamos al precio de una servidumbre a la misma y de una renuncia a p on er el centro de la vida en la espiritualidad. Las ilusiones propias de este cam po se delinean claramente en las expresiones de las cuales se sirve y d on d e una visión que se enorgullece de su objetividad y de su libe­ ración de los mitos revela, con una observación más cuidadosa, exactamente lo opuesto a estas ventajas. Pretender vencer y dom i­ nar la naturaleza es una idea totalmente infantil que presupone una resistencia, un m om en to teológico de la misma naturaleza, una hos­ tilidad de la naturaleza hacia nosotros, allí d onde ella es solamente indiferente, y toda su docilidad a nuestros objetivos n o borra y n o m enoscaba su legalidad autónom a, mientras que todas las ideas de d om in io y de obediencia, de victoria y de sumisión, tienen un solo

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sentido si se presupone que una voluntad adversa fue quebrada. Es­ te m od o de expresarse está de acuerdo con aquello p or lo cual la acción de las leyes naturales impondría a las cosas un constreñimien­ to y una necesidad inevitable. En primer lugar, en efecto, n o puede decirse que las leyes naturales operen o actúen de algún m od o, pues son solamente fórmulas de las actividades o acciones posibles: es decir de las energías o materias individuales. La ingenuidad de un cientificismo m alentendido, p or el cual las leyes naturales son concebidas com o fuerzas reales que guían la realidad co m o un so­ berano su reino, se ensambla inmediatamente co n la orientación que toman los acontecim ientos terrenales com o obra de la m ano de Dios. Y n o es m enos ilusorio y desviado el pretendido constreñi­ m iento, necesidad, obligación a los cuales estaría sujeto el acaecer natural. Es solamente el alma humana la que siente y con cib e en es­ tas categorías el h ech o de estar vinculada a una ley, porque en el al­ ma humana, a esa dependencia se op on en motivaciones e impulsos diversos, que tenderían a conducirnos en otras direcciones. Pero el acaecer natural, en cuanto a tal, está enteramente más allá de la al­ ternativa de libertad y constreñim iento y con la palabra müssen que im plica la idea de obligación y de necesidad, se introduce en el ser simple de las cosas un dualismo que tiene sentido solamente para las almas conscientes. Aunque todas éstas fueran sólo cuestión de form a y de term inología, igualmente este m od o de expresión corre el riesgo de con d u cir a todos los que piensan superficialmente hacia la aridez del antropom orfism o y muestra que el pensamiento m itológico encuentra refugio también en la con cep ción científica de la realidad. Esta idea de un dom in io del hom bre sobre la natu­ raleza, halagando nuestro am or propio, favorece la tendencia a en­ gañarnos en nuestra relación con ella, que igualmente n o sería ine­ vitable ni aun sobre la base de dicha imagen. Según la objetividad externa y aparente, el d om in io creciente p or parte del hom bre es cierto: pero con ello n o está d icho en absoluto que el reflejo subje­ tivo, la repercusión interna de este h ech o histórico n o esté yendo en la dirección opuesta. N o hay que dejarse engañar p or la enorm e cantidad de inteligencia con la cual fueron creadas las bases teóri­ cas de esa técnica y en las cuales pareciera ciertamente realizarse el sueño de Platón, que era el de hacer de la ciencia la reina de la vi­ da. Pero los hilos con los cuales la técnica inserta en nuestra vida las fuerzas y los elem entos de la naturaleza son otras tantas cadenas que nos atan y que nos hacen indispensables una infinidad de cosas de las cuales se podría y, aun más a los fines esenciales de la vida, se de­ bería prescindir. Si ya en el cam po de la p rod u cción se afirma que la máquina, que debería aliviar a los hombres del trabajo servil en contacto con la naturaleza, los ha rebajado al rango de esclavos de la misma máquina, ello vale, con mayor razón, para las relaciones más delicadas y más com plejas de carácter interior: la afirmación de que

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nosotros dom inam os la naturaleza porque nos servimos de ella, tie­ ne el trem endo revés de que nosotros la servimos porque la dom i­ namos. Así co m o nos hem os transformado p or una parte, en escla­ vos del proceso productivo, así nos ha transformado él, p or otro la­ d o, en esclavos de los productos: es decir que lo que la naturaleza nos provee del exterior p or m edio de una técnica, ha tom ado la de­ lantera, a través de mil hábitos, mil distracciones y mil necesidades de origen extrínseco, sobre la pertenencia del individuo a sí mismo o, si así puede decirse, sobre lo centrípeto-espiritual de la vida. Con ello el predom inio de los medios n o involucró sólo a los objetivos in­ dividuales, sino también a la sede misma de los objetivos, el punto d onde todos los objetivos convergen, pues, en la m edida en que son realmente objetivos últimos, no pueden emerger si no de dicho pun­ to. De este m od o, el hom bre se ha alejado, p or así decir, de sí mismo; entre él y su parte más auténtica y más esencial se ha interpuesto una barrera insuperable de dependencias, de conquistas técnicas, de ca­ pacidades, de consumos. A esta acentuación de los valores intermedios de la vida co n respecto a su significado central y definitivo no sabría, p or otro la­ d o, con trapon er época alguna a la cual este fen óm en o haya sido del tod o extraño. Más bien es cierto que, desde el m om ento en que el hom bre tuvo siempre que ver con las categorías de fin y de m edio, su destino perm anente es el de moverse entre exigencias contras­ tantes que son puestas, p or un lado, directamente p or el objetivo y, p or el otro, p or los m edios; el m edio presenta siempre la dificultad interna de consum ir para sí energía y con cien cia que n o están p ro­ piamente dirigidas a él, sino a otra cosa. Pero el estado de la vida no es ciertamente el de alcanzar efectivamente el estado duradero de conciliación al que aspira. Puede ser hasta esencial, para la tensión de nuestro interior, que dicha contradicción se mantenga viva y los diversos estilos de vida podrían distinguirse co n la máxima preci­ sión sobre la base de la intensidad de esa contradicción, del preva­ lecer del un o sobre el otro y de la form a psicológica co n que cada u n o de ellos se manifiesta. Para nuestra época, en la cual el p red o­ m inio de la técnica implica evidentemente el prevalecer de una con cien cia inteligente y lúcida (com o causa y consecuencia) he he­ ch o notar có m o la espiritualidad y el recogim iento, sofocados p or el esplendor de la ciencia y de la técnica, se toman su revancha en la form a de un profu n d o sentido de tensión y de nostalgia sin m e­ ta; en la im presión de que todo el significado de nuestra existencia se encuentre tan lejano y rem oto que no lo podem os ni siquiera lo­ calizar exactamente y que nos encontrem os siempre en peligro de alejarnos, en lugar de dirigirnos hacia él; y luego, además, la sensa­ ción de que el mismo se encuentre justo ahí delante de nuestros ojos y que nos alcanzaría con tender la m ano para aferrarlo si no nos faltara siempre un m ínim o de coraje, de energía o de seguridad

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interior. Creo que esta inquietud secreta, este impulso irresoluto ba­ j o el umbral de la conciencia, que persigue al hom bre m od ern o em ­ pujándolo del socialismo a Nietzsche, de Böcklin al impresionismo, de H egel a Schopenhauer -y luego de nuevo en sentido inverso- no se origina solam ente en la agitación de la vida m oderna, sino que, al contrario ésta es, en m u ch o aspectos, la expresión, la manifes­ tación, el desahogo de un estado más íntim o. La falta de algo d e­ finitivo en el centro del alma em puja a buscar una satisfacción m o ­ m entánea en estímulos siem pre nuevos, em ocion es, actividades externas; y de este m od o nos envuelve esa confusión, inestabilidad e inquietud permanente que se manifiesta a veces co m o el alboro­ to de las grandes ciudades, a veces com o la im paciencia de los via­ jes, a veces com o la furia desencadenada p or la com petencia, a ve­ ces com o el fen óm en o típicamente m odern o de la inconstancia en el cam po de los gustos, de los estilos, de las convicciones y de las re­ laciones personales. El significado del dinero para este sistema de vida se origina com o una simple conclusión de las premisas que han sido establecidas en todo el análisis de este libro. Bastará, p or lo tan­ to, m encionar su d oble función: p or un lado, el dinero se coloca en­ tre los demás m edios e instrumentos de la civilización que toman el lugar de los objetivos interiores y últimos y terminan p or sofocarlos y rem overlos del todo. Es en el dinero donde, ya sea p or la pasión co n la cual es deseado, ya sea porque incide en el logro de cualquier objetivo, ya sea p or su vacuidad y falta de con ten ido co m o p or su m ero carácter pasajero, se manifiestan del m od o más notable el ab­ surdo y las consecuencias de este corrim iento teológico; pero ello es siempre y solamente el grado más elevado de todos aquellos fe n ó ­ m enos, que absuelve el com prom iso de alejarnos de todos nuestros objetivos del m od o más puro y más incesante que con las demás ins­ tancias técnicas intermedias, pero sustancialmente n o en un m o d o distinto; también aquí se demuestra que n o es algo aislado, sino que es la expresión más com pleta de las tendencias que se presentan aun p or debajo de él en una gama de manifestaciones. En otra di­ rección el dinero, se coloca ciertamente más allá de todo este co n ­ ju nto, pues representa en muchos aspectos el vehículo gracias al cual se determinan los conjuntos individuales de objetivos que sufren esa transformación. El las recorre y las interconecta com o el m edio de los medios, com o la técnica más general de la vida externa, sin la cual no habrían surgido nunca las técnicas individuales de nuestra sociedad. Así, también desde esta vertiente, el dinero revela la duplicidad de sus funciones, que con su conjunto repite la form a de las más gran­ des y más profundas potencias vitales; es decir, el h ech o de que, p or un lado, se coloca entre las series de la existencia co m o un igual o p or lo m enos com o un prim ero entre iguales y que, p or otro, se co ­ loca por encima de ellas, com o potencia contenedora, que sostiene y com penetra todas las particularidades. Del mismo m od o la religión

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es una potencia de la vida, que se coloca ju n to a sus otros intereses y a m en u do en contra de ellos. Es uno de los factores de la totalidad que constituye la vida y es la unidad y el sostén de toda la vida mis­ ma; p or un lado, un m iem bro del organism o de la vida y p o r el otro, algo que se contrapone a él, y lo expresa en la autosuficiencia de la altura y de la interioridad que la caracterizan. La form a de vida sistemática n o es solamente, co m o ya lo hice notar, la técnica de las tendencias centralizadoras, ya sean de tipo despótico o de tipo socialista, sino que tiene además una fascina­ ción que le es propia: el equilibrio interno y la consistencia externa, la armonía de las partes y la previsibilidad de sus destinos, confiere a todas las organizaciones simétricas y sistemáticas un atractivo que ejercita sus efectos m ucho más allá del cam po de la política y con ­ tribuye a m odelar innumerables intereses públicos y privados. Gra­ cias a ella los accidentes individuales de la existencia adquieren una unidad y una transparencia que hace de ellos una obra de arte. Se trata de la misma fascinación estética que se encuentra en co n d i­ ciones de ejercitar también la máquina. La absoluta funcionalidad y la seguridad en los m ovim ientos, la red u cción al m ín im o de las resistencias y de las fricciones, el engranaje arm ón ico de los com ­ ponen tes más m inúsculos y de los más grandes: tod o ello con fiere a la m áquina, aun en una con sideración superficial, una belleza característica, que la organización de una fábrica rep rod u ce en una m edida agrandada y que el estado socialista debería repetir en la form a más amplia. Pero en la base de esta fascinación, co m o en tod o lo que es estético existe, en última instancia, alguna tendencia o valor de la vida, de la cual también la atracción o la eficacia estéti­ ca son solamente una manifestación exterior: de esas tendencias y de esos significados no podem os decir que los tenemos, com o tam poco de las elaboraciones concretas en el material de la vida (estéticas, socia­ les, morales, intelectuales, eudemonísticas) sino más bien que lo so­ mos, que nos identificamos con ellos. Estas decisiones extremas de la naturaleza humana no pueden designarse con palabras, sino que pueden recogerse solamente en sus manifestaciones particulares co ­ m o su último resorte o directiva. Por lo tanto, es igualmente indiscu­ tible la fascinación de la forma de vida opuesta, en cuyo m od o de sen­ tir se encuentran las tendencias aristocráticas y las individualistas (prescindiendo del sector de nuestros intereses en el que ellas se ma­ nifiestan) . Las aristocracias históricas evitan de buena gana la sistema­ tización, los m odelos generales que encierran al individuo en un es­ quem a que le resulta extrínseco; según la sensibilidad aristocrática, cada form ación (de naturaleza política, social, material, personal) debe ser algo específico que se concluye en sí mismo y que encuen­ tra su confirm ación en sí mismo. El liberalismo aristocrático de la vi­ da inglesa encuentra, p or lo tanto, en la asimetría, en el rechazo de considerar el caso individual com o prejuzgado p o r los casos simila­

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res, la expresión más típica y, p or así decirlo, más orgánica, de m o ­ tivos más profundos. Macaulay, panegirista del liberalismo, p on e de relieve justamente este punto com o la verdadera fuerza de la cons­ titución inglesa. “Nosotros no nos preocupamos en absoluto de la simetría, pero nos preo­ cupamos de la funcionalidad; nunca eliminamos una anomalía solamente porque se trata de una anomalía; nunca establecemos normas de capacidad más amplias que las requeridas para el caso específico que se trata. Estas son las reglas que, en su conjunto, desde el rey Juan Sin Tierra, hasta la reina Victoria, han guiado las discusiones de nuestros 2 5 0 parlamentarios”. Está claro que aquí el ideal de la simetría y de la coherencia ló­ gica, p or el cual cada individualidad recibe su significado a partir de un punto único, es rechazado a favor de otro, según el cual cada ele­ m ento puede desarrollarse librem ente de acuerdo a las propias condicion es y el tod o asume, en consecuencia, un aspecto irregular y h eterogéneo. Y puede verse claramente có m o esta antítesis pene­ tra profundam ente en los estilos de vida individuales. Por un lado, la sistematización de la vida: sus diversas provincias ordenadas ar­ m ónicam ente alrededor de un centro, todos los intereses gradua­ dos exactamente y los contenidos de cada u n o admitidos solamen­ te en la medida en que lo prescriba el sistema en su conjunto; las ac­ tividades individuales cambian regularmente; entre los períodos de actividad y de pausa existirá un turno preestablecido. Resumiendo, en la coexistencia co m o en la sucesión habrá un ritmo que n o tiene en cuenta la imprevisibilidad de las necesidades, de los impulsos y de los estados de ánimo, ni de la accidentalidad de los estímulos externos, de las situaciones y de las oportunidades, y coloca en su lugar una for­ ma de existencia que está perfectamente segura de sí misma, en cuan­ to trata de n o dejar entrar en la vida nada que n o sea aceptable o que n o pueda reelaborar en fu n ción de su sistema. Por otro lado, la or­ ganización de la vida caso p or caso, el dato interno de cada m om en ­ to coloca d o en el inform e más favorable que sea posible co n los da­ tos coincidentes del m u n do exterior, una disposición ininterrumpi­ da de sentir y actuar ju n to a una atención constante a la vida propia de las cosas, para hacer justicia a sus ofertas y requerimientos toda vez que se manifiesten. Actuando así se renuncia sin duda a la pre­ visión y a la armonía segura de la vida, a su estilo en el sentido más limitado, la vida n o está dom inada p or algunas ideas que, en su apli­ cación material, dan lugar siempre a una amplia sistematización y a un ritmo estable, sino que se m odela a partir de sus elem entos indi­ viduales, sin tener en cuenta la simetría de su imagen en conjunto, que aquí se sentiría sólo com o una obligación y n o co m o una atrac­ ción. Es en la naturaleza de la simetría d onde cada u n o de los ele­ mentos de un tod o adquiere su posición, su legitimidad y su signifi­ cado solamente en relación a otro y a un centro com ún, mientras que, allí d on d e cada elem ento se ob ed ece solamente a sí mismo y

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se desarrolla sólo para sí m ismo y p or sí mismo, es inevitable que el tod o asuma una form a asimétrica y accidental. Justamente en virtud de su reflejo estético, este contraste se revela co m o el m otivo funda­ mental de todos los procesos que se desarrollan entre un todo so­ cial (de naturaleza política, religiosa, familiar, econ óm ica, m unda­ na o de otro género) y los individuos que lo com pon en . El indivi­ d u o aspira a ser un tod o con clu ido, una form a co n un centro p ro­ pio, d on d e todos los elem entos de su ser y de su actuar adquieren un senüdo unitario, p or los cuales cada un o se refiere al otro. Si, en cam bio, el tod o superindividual debe cumplirse en sí mismo, si de­ be realizar en sí mismo una idea objetiva dotada de significado y de valor autárquico, n o puede admitir la realización autónom a de ca­ da u n o de sus m iembros: un árbol n o puede ser un com puesto de árboles, sino de células; un cuadro n o puede surgir de una multipli­ cidad de cuadros, sino solamente de pinceladas, cada una de las cua­ les posee, p or sí misma, finitud, vida propia y significado estético. La totalidad del conjunto, aunque adquiere una realidad práctica sola­ mente en determinadas acciones de los individuos, es más, directa­ mente en el interior de cada uno de ellos, es una eterna lucha con la totalidad del individuo. Si la imagen estética de este último es tan especialmente eficaz, es justamente porque la fascinación de la be­ lleza se remite siempre y solamente a un todo, posea éste una eviden­ cia inmediata o posea una evidencia integrada con la fantasía; com o en el fragmento, todo el sentido del arte consiste en hacer de un pe­ dazo accidental de la realidad, que en su dependencia está conecta­ d o con ella p or mil hilos, una totalidad concluida en sí misma, un m icrocosm os que n o necesita de nada que esté fuera de él. El típico conflicto entre el individuo y el ser superindividual puede represen­ tarse com o la aspiración irreconciliable de ambos a transformarse en una imagen estéticamente satisfactoria. A primera vista parecería que el dinero sirva sólo para expresar una de estas formas antitéticas. En efecto, el dinero es absolutamen­ te inform e, n o contiene en sí mismo ni la más mínima m en ción de una regular elevación o descenso de los contenidos vitales, se pre­ senta en tod o m om en to con la misma frescura y eficacia, y co n su acción a distancia, co m o también con su redu cción de las cosas a una misma m edida de valores, nivela innumerables oscilaciones, el alternarse recíp roco de separación y acercam iento, aum ento y dis­ m inución que, de otro m od o, im pondrían al individuo alternancias umversalmente válidas en sus posibilidades de acción y sensación. Es muy significativo que se llame líquido al dinero en circulación: en efecto, co m o a un líquido, le faltan los confines internos y él re­ coge, sin o p on er resistencia, los confines de la custodia sólida que se le ofrece de vez en cuando. Así resulta el m edio más eficaz, pues él, de p or sí, es totalmente indiferente para reducir un ritmo de con dicion es de vida que ejercite sobre nosotros una limitación su-

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perindividual a una uniform idad y estabilidad de las mismas, que permite a nuestras fuerzas y a nuestros intereses personales desen­ volverse de un m o d o más libre, es decir p or un lado más individual y p o r otro más puramente objetivo. Y, además, justamente esta na­ turaleza inconsistente del dinero, le permite prestarse a la sistema­ tización y al ritmo regular de la vida, d on d e el estadio evolutivo de las relaciones sociales o la tendencia profunda de la personalidad em pujan en aquella dirección. Mientras vemos que entre el régi­ m en liberal y la econ om ía monetaria subsiste una estrecha correla­ ción, es igualmente fácil observar que el despotism o encuentra en el dinero una técnica incom parablem ente eficaz, un m ed io para su­ jetar los puntos más lejanos de su d om in io que, en una econ om ía natural, tienden siempre a aislarse y a hacerse autónom os. Y si la form a social individualista que es propia de Inglaterra creció sobre la base del desarrollo de la econ om ía monetaria, el dinero se reve­ la co m o precursor de formas socialistas n o sólo porque se vuelca en ellas co m o en su negación a través de un proceso dialéctico, sino porque co m o hem os visto en diversas ocasiones, las relaciones espe­ cíficam ente monetarias proveen directamente el esquema o el tipo de las que el socialismo tiende a realizar.

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Técnica y economía Werner Sombart

Technik und Wirtschaft, Zahn u n d jaen sch , Dresde 1901, pp. 3-24.

Werner Sombart nace en Emersleben, Alemania, el 19 de enero de 1863, cuarto hijo de Anton Ludwig Sombart, miembro del Landtag prusiano y luego del Reichstag. Desde 1875 la familia se traslada a Berlín en ocasión del nombramiento del padre en el puesto arriba citado. Aquí Sombart concu­ rre al Ciclo Superior del Colegio Secundario, luego de haber estudiado con do­ centes privados, entre los que se encontraba su hermana. En 1885 se inscribe en la universidad de Berlín, donde sigue especialmente los cursos de Gustav Schmoller y de Adolf Wagner. Delicado de salud por una enfermedad pulmonar, Som­ bart alterna la actividad con períodos de descanso en Engadina, transfiriéndo­ se luego a Italia y en 1883, se inscribe en la universidad de Pisa, siguiendo particularmente los cursos de Toniolo. Conoce a Felicitas Genzmer, con quien se casa más tarde y tiene cuatro hijas. Inicia sus famosos estudios so­ bre la campiña romana. En 1886, si bien dispensado de la discusión oral por motivos de salud, se recibe con las más altas notas en la universidad de Berlín. Es procurador en 1888 y entra como síndico en la Cámara de Co­ mercio de Bremen, donde permanece solamente dos años porque en 1890, a la edad de 27 años es llamado como profesor extraordinario de ciencias eco­ nómicas en la universidad de Berlín. En 1892 formó parte del Verein für Sozialpolitik y un año después comenzó la publicación de ensayos sobre el movimiento obrero italiano que le valen la fam a de “profesor rojo”. En 1896 publica una recopilación de conferencias con el título Sozialismus un d so­ ziale Bewegung im 19. Jahrhundert, en el que examina críticamente el pensamiento de M arx y contribuye a su revalorización dentro de la cultura alemana. Dichos ensayos le dan gran fam a internacional y son publicados en veinticuatro idiomas, pero le acarrean dificultades en el plano académi­ co, de tal modo que en 1897 es rechazada su nominación como profesor ordinario. En 1901 entra a form ar parte de la redacción de los Schriften des Vereins für Sozialpolitik y en 1904 colabora con Weber y Jaffé en la dirección del Archiv für soziale Gesetzgebung und Statistik común­

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mente conocido como Braun’s Archiv por el nombre delfundador. La revis­ ta cambia de nombre y se transforma en Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik. En 1905 se dirige a los Estados Unidos y es esta opor­ tunidad la que inspira sus notables ensayos sobre el capitalismo y sobre las razones que impiden el desarrollo del socialismo en aquel país. En 1906 es llamado a enseñar en la H andelshochschule de Berlín, un instituto su­ perior que no está ligado a la universidad. No reside todavía en Berlín, si­ no en una villa que se hace construir en Oberschreiberhau, donde reúne una riquísima biblioteca. En 1909 funda con Weber y otros la Deutsche Ge­ sellschaft für Soziologie, de la cual es elegido presidente. Finalmente, no sin una dura oposición, es llamado a cubrir la cátedra de economía políti­ ca en la universidad de Berlín, en sustitución de su viejo maestro A dolf Wagner, En 1919 muere su esposa y Sombart se traslada a un departamen­ to en Berlín. Dos años más tarde se casa con Corina, una muchacha ru­ mana que trabajaba con él en su instituto y con quien tiene dos hijos. En 1922 la Gesellschaft für Soziologie, que había interrumpido su activi­ dad a causa de la guerra, reabre con Tönnies como presidente y Sombart en el comité directivo. En 1928 funda la revista berlinesa Volk und Raum y en 1930 es elegido vicepresidente del Verein für Sozialpolitik que presidirá lue­ go en 1932, hasta que llega la decision del nazismo de disolver el Verein. Mientras tanto, luego del nombramiento como profesor emérito, debe dejar la enseñanza por contrastes con el cuerpo académico. Con el avance del nazismo Sombart inicia una vida retirada en su villa de Humboltstrasse que se trans­ forma en cenáculo para intelectuales, entre los cuales se encuentran Scheler, Guardini, Breysig. Intenta también conciliar su filosofía con la ideología del régimen nazi pero la propuesta de transformación es recibida siempre con frialdad. Muere en Berlin el 18 de mayo de 1941. Su biblioteca fu e destrui­ da por la guerra y lo que se salvó fu e recogido en el archivo de estado de Merr seburg en Alemania Oriental.

El con cepto de técnica es muy amplio; puede entenderse en ge­ neral, co m o el conjunto de todos los conocim ientos y capacidades y, si se quiere, com o todo procedim iento conform e a reglas orientadas a la obtención de un resultado. En este sentido, cada cam po definido de la actividad humana tiene su técnica. Recién hemos oíd o hablar de una técnica del canto; y conocem os en este sentido, también una técnica bélica, una técnica arquitectónica y hasta una técnica de las asociaciones religiosas, de la cual habló una vez Schäffle y así sucesi­ vamente. Dentro de esta gran área que se encuentra abrazada p or el co n ­ cepto de técnica, puede delimitarse un sector que podem os definir oportunam ente co m o el de la técnica material. El mismo constitu­ ye el conjunto de todas aquellas capacidades y conocim ientos que sirven para aprovechar según un fin, las cosas de la naturaleza ex­ terna. En este sentido existe, p or ejem plo, una técnica de las armas

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de fuego, una técnica de los instrumentos musicales, una técnica de los aparatos de m edición, una técnica de los instrumentos astronó­ m icos, etc. A hora está claro que a lo que nos referimos aquí co n el térm ino técnica, abraza una parte de esta técnica material y, preci­ samente, la que está destinada a servir a los fines de la vida e co n ó ­ mica, es decir a objetivos económ icos. El con cepto de técnica en el sentido aquí encarado puede ser definido más exactamente co m o técnica económ ica. De este m od o, nuestro con cepto resulta determi­ nado en relación a la esfera econ óm ica y es más, depen de en su es­ pecificidad del con cepto de econ óm ico. Si fue relativamente fácil entendernos sobre el con cep to de téc­ nica en el sentido de la técnica económ ica, el con cep to de e co n ó ­ m ico requerirá un esfuerzo un p o c o mayor, y ello p o r la razón de que tal con cepto, com o sucede a m en u do en nuestra ciencia, está rodeado de todo tipo de representaciones confusas y nebulosas. Los con ceptos de nuestra econ om ía política, en efecto, se encuentran casi todos en el estadio en que se hallan, p or ejem plo, las nebulosas en la form ación de los cuerpos celestes, es decir en un estado que no es todavía estable y que no contiene todavía nada de con creto, sino solamente todo lo que está destinado a proveer, p o r así decir­ lo, la materia de lo que se desarrollará en una confusión caótica. Lo que determ inó, más que cualquier otra cosa, una gran confusión en la definición del con cep to de econ óm ico, fue el h ech o de haber puesto este con cep to en relación con otro con cep to aparentemen­ te similar, es decir con el de econom ía. Existen m uchísimos actos de la vida econ óm ica que son cualquier otra cosa m enos econ óm icos y existen muchísimos actos econ óm icos que n o pertenecen para na­ da a la vida económ ica. Para aclarar este punto con un ejem plo: si esta n och e vuelven a casa sin alargar el recorrido en m edia hora y siguiendo la vía más directa, actuarán según el principio de econom ía. Toda acción de este género, orientada a obten er el m áxim o resultado co n el m en or esfuerzo o, en otras palabras, que desea gastar lo m enos posible pa­ ra conseguir el objetivo, en términos de fatiga o co n otros recursos, es una acción realizada según el principio de econom ía. Este co n ­ cepto es, p or lo tanto, aplicable a todos los campos de la actividad humana, mientras que al contrario, com o ya lo he m en cion ado, en el cam po de la vida econ óm ica no siempre tiene vigencia el princi­ p io de econom ía. Cada día enseña que nuestra vida econ óm ica a m en u do está lejos de ser económ ica. Así, p o r ejem plo, hacen fabri­ car una m ercadería en Silesia, la transportan a C olonia p or las vías com erciales, y luego esta m ercadería es adquirida en C olonia p or un com erciante de Bratislava1 para ser vendida p or él en las cerca­ nías de esa ciudad (y las personas del oficio saben que casos com o éstos se verifican todos los días), éste es un m od o de actuar extre­ 1. Debe tenerse presente que esta ciudad era la capital de Silesia [N.d.E.].

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madamente antieconóm ico y que, sin em bargo, pertenece eviden­ temente al cam po de la vida económ ica. Debem os, p o r lo tanto, olvidarnos que el con cep to eco n ó m ico fue puesto en relación con el de econ om ía y de vida económ ica, y debem os tratar de determinar el con cep to de econ om ía dejando to­ talmente de lado esta pista falsa. Q uiero darles en dos palabras mi definición de la econom ía: Por economía entiendo un modo ordenado de proveer al sustento. El significado de esta expresión es el siguiente: la econ om ía o la actividad econ óm ica es la actividad desarrollada p or los hom bres en vista al p rop io sustento, es decir es la actividad co n la cual se procuran los bienes materiales necesarios para inte­ grar desde el exterior su existencia individual. Esta actividad es ne­ cesaria para el hom bre porque él es un ser necesitado, rod eado de una naturaleza relativamente avara y, com o n o somos ángeles au­ sentes de necesidades y com o tam poco vivimos en un país de jauja donde, si existieran necesidades se podrían satisfacer sin ninguna dificultad. Ahora, sin em bargo, la búsqueda del sustento entendida en es­ te sentido n o es una característica peculiar de la actividad humana, sino que la practica cada una de las golondrinas que construye su n ido, cada castor que edifica su cueva, es decir que resulta utilizada p or todos lo animales; también aquí, co m o en todos los cam pos de la actividad humana, el elem ento hum ano es el elem ento nacional. El hom bre provee a su sustento com o un ser racional, que opera en vista de objetivos o, si prefieren, según un plano. La diferencia en­ tre el m od o animal y el hum ano de proveer el sustento está p or lo tanto totalmente en el carácter program ático que es p rop io del se­ gundo. Existen muchísimos arquitectos que n o saben construir con la habilidad de una abeja o de un castor, sucede que las casas se de­ rrumban, lo que n o sucede nunca, com o saben, en las construccio­ nes erigidas p or los animales. Pero hasta el p eor de los arquitectos humanos se distingue de la más hábil de las abejas p or el h ech o de tener en la mente un plano, tal vez equivocado, p ero de todos m o ­ dos un plano anticipado de la construcción de la casa. En tercer lugar, además, la actividad a la que damos el nom bre de actividad econ óm ica está caracterizada p or el h ech o de que siempre tiene lugar en con ex ión y a través de la instauración de una relación con otros hom bres. Pero cada actividad programática, si debe ser ejecutada en relación con otro ser hum ano, n o puede m e­ nos que con du cir a la constitución de un ord en objetivo. Es decir que dos hom bres que quieran hacer algo juntos deben com unicar­ se recíprocam ente lo que quieren hacer, el plan que cada un o de ellos tiene en la mente; y éste actuar según un plan objetivo y dado a conocer, es lo que llamamos actividad regulada u ordenada: la búsqueda ordinaria del sustento es la econom ía. Así habrem os definido nuestros dos conceptos, en la m edida

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en que ahora podem os decir que la técnica en nuestro senddo, es decir la técnica económ ica, es la que satisface las necesidades de la vida econ óm ica o, más exactamente, la que tiene p or con ten ido la p rod u cción funcional de bienes materiales para las necesidades hu­ manas. Si pensamos en los conocim ientos en a las capacidades to­ madas en abstracto, podem os hablar de técnica pura o abstracta, mientras que podem os llamar técnica concreta o aplicada al co n ­ ju n to de aquellos procedim ientos que son aplicados efectivamente en un p eríod o determ inado. Trataremos ahora de familiarizarnos m ejor con los conceptos que hem os así definido. En especial, en el breve tiem po del cual p u ed o disponer, creo n o p oder hacer nada m ejor para ayudarlos a com pren der la diferencia de estos dos conceptos, que llamar breve­ mente vuestra atención sobre aquellos que se pueden llamar los principios evolutivos de las dos esferas de actividad humana p or ellos indicados. La diversidad de los principios evolutivos de la téc­ nica y de la econ om ía les pondrá ante los ojos, del m o d o más claro, la peculiaridad de ambos conceptos. Q uiero tratar también aquí, dentro de lo posible, de condensar el conjunto en pocas fórmulas concisas, dicien do que el principio evolutivo de la técnica es la liber­ tad. La capacidad técnica del hom bre obtiene co m o resultado em anciparlo de los límites de la naturaleza dentro de los que está encerrado. Cada invención que nosotros hacem os para dom inar las fuerzas y para m odelar los elementos de la naturaleza es uno de es­ tos actos de em ancipación. Podem os aclarar ulteriormente este punto con algunos ejem­ plos. Fueron las conquistas de la técnica las que nos han emancipa­ d o de la atadura a un determ inado lugar; si el vapor y la electrici­ dad están a nuestro servicio, significa que podem os disponer de fuerzas primarias también allí d on d e n o soplan vientos y d on d e no corren aguas; podem os disponer de energías en cualquier lugar. La técnica nos hace igualmente independientes con respecto al tiem­ po: siempre, a m od o de ejem plo, es la sumisión de las fuerzas m e­ cánicas com o el vapor y la electricidad las que nos han perm itido atravesar el océa n o aun sin el favor de los vientos, y la técnica nos ha em ancipado del tiem po en el sentido más lato, dándonos la p o ­ sibilidad de abreviar cada vez más el p eríod o necesario para la satis­ facción de cualquier necesidad. Las noticias viajan de manera más veloz de un lugar a otro, los bienes se produ cen más rápidamente. El desarrollo de la técnica nos ha em ancipado finalmente, del tiem­ p o y del lugar en la m edida en que hayamos aprendido a satisfacer nuestras necesidades económ icas, es decir a form ar los bienes ma­ teriales en vista de nuestros objetivos, sin tener que recurrir para ello a la ayuda de la naturaleza orgánica, sin estar atados a lo que se llama proceso organizador de la naturaleza. Todos los progresos que hem os realizado en vista de la utilización de las m encionadas

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fuerzas mecánicas o el desarrollo de la técnica del hierro, por ejem­ plo, n o significan sino que hoy podem os instalar un tranvía sin tener que esperar que los bienes materiales con los cuales satisfacemos nuestras necesidades hayan existido previamente, si así nos podem os expresar, com o plantas o animales. Mientras que los hombres sólo puedan ejecutar un transporte colocan do un animal delante de un vehículo, n o pueden em prender dicho transporte antes de que el ani­ mal haya crecido, antes de que la naturaleza haya proporcionado las fuerzas necesarias con su proceso organizador; mientras tengan so­ lamente naves de madera, n o pueden construir una nave antes de que la naturaleza haya h ech o crecer las plantas que le servirán de árboles. Pero cuando construyen naves de hierro pueden alcanzar los mismos objetivos sin esta participación de la naturaleza orgáni­ ca. Mientras tenían solamente colorantes vegetales, era la misma c o ­ sa, y el mismo fen óm en o se nos presenta dondequiera dirijamos la mirada. En lugar de la materia organizada, aparece la materia inor­ gánica y n o hay necesidad de que m e dem ore aún más para expli­ car la im portancia de este h ech o para la em ancipación del género hum ano. Ello abrevia el p roceso productivo y acrecienta en una m e­ dida hasta ahora imprevisible el núm ero de las sustancias de las cua­ les podem os servirnos para nuestros objetivos. Si el principio evolutivo de la técnica es la libertad, el principio evolutivo de la econ om ía es la falta de libertad, el con dicion am ien ­ to. Cada desarrollo de las condiciones económ icas se resuelve rela­ cionando un núm ero de hom bres cada vez mayor, cuya colaboración es necesaria para el logro del resultado econ óm ico deseado. Esto fue expresado también diciendo que el desarrollo de la econ om ía es una creciente diferenciación e integración de los individuos; nuestra econ om ía civilizada actual ha adquirido p o co a p o co una estructura cada vez más com pleja y se funda en la necesaria cooperación de in­ numerables econom ías particulares. El cam pesino en su finca, fabri­ caba p or sí mismo sus productos artesanales, obtenía él mismo del suelo todas las materias primas necesarias para esos productos y los géneros alimentarios que necesitaba, era un hom bre libre, un hom ­ bre libre desde el punto de vista econ óm ico; el hom bre de la civiliza­ ción m oderna ya no produce directamente nada de lo que necesita, pero recibe otras cosas de otros productores a cambio de una sola mercadería que provee o de un solo servicio que presta a todos los de­ más, el hom bre de la civilización m oderna está siempre menos libre, siempre más condicionado desde el punto de vista económ ico. No pretendo examinar más profundam ente aquí, si se puede y en qué m od o, resolver el conflicto determ inado p or el h ech o de que cada desarrollo econ óm ico representa una ulterior serie de vín­ culos, frente a la verdad indiscutible de que cada progreso de la ci­ vilización consiste, y solamente puede consistir, en el desarrollo de la libertad personal. Quiero únicamente llamar la atención sobre el

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h ech o de que este conflicto encuentra parcialmente solución en la fun ción liberadora que asume, en el desarrollo de nuestra vida e co ­ nóm ica, el progreso de la técnica cuya finalidad, co m o sabemos, li­ bera al hom bre o, más exactamente, está en condiciones de con d u ­ cir a una libertad material siempre mayor a la humanidad en su conjunto, n o obstante el condicionam iento siempre creciente de sus miembros. Pero esto, com o he dicho, sólo incidentalmente. Pero la diversidad de conceptos con los que aquí nos enfrenta­ mos, resulta también de la diversidad del ritmo y de las fases en las que se desarrollaron estas dos formas de actividad humana y de aquello que determina los períodos de su desarrollo. Si tomamos en consideración la técnica, los períodos de la misma están determina­ dos p or el progresivo aumento de las capacidades y de los con oci­ mientos humanos en el dom inio de la naturaleza externa. Desde el m om ento en el cual el hom bre ha puesto a su servicio el primer ins­ trumento, a través de todos los estadios del instrumento y de la má­ quina, desde el m om ento en el cual ha sabido utilizar el fuego hasta el m om en to en el que puso la ciencia al servicio de la técnica eco ­ nóm ica, los períodos de su desarrollo n o son más que otras tantas fases del progresivo despliegue de conocim ientos y capacidades siempre más vastas. El principio orden ador más id ó n e o de una divi­ sión de los períodos del desarrollo técnico es el progreso de lo h o­ m ogén eo. Las épocas del desarrollo econ óm ico no pueden ser caracteri­ zadas de m od o exhaustivo basándose en este criterio. El desarrollo e co n ó m ico n o es una evolución de progresión constante en el mis­ m o sentido que lo es el desarrollo técnico. N o pueden compararse entre sí una organización econ óm ica capitalista co n una socialista, ni una de tipo artesanal con una capitalista, en la manera en que pueden compararse entre sí los diversos estadios del desarrollo tec­ n ológ ico, porque se trata de cosas incomparables. Las varias fases de la evolución econ óm ica pueden, en cam bio, caracterizarse siempre y sólo m ostrando la preem inencia, en cada una de ellas, de sistemas econ óm icos esencialmente distintos, o sea de ordenam ientos deter­ minados en los cuales la econ om ía humana se mueve consecutiva­ mente (ord en o desorden, esclavitud o libre contrato salarial, dere­ ch o de propiedad extendido también a los m edios de p rod u cción o negación de este derecho, y así sucesivamente), distinguiendo entre ellos estos diversos ordenam ientos y, con ellos, los principios económi­ cos sucesivamente dominantes en las diversas épocas, co m o llamo al conjunto de todas las motivaciones que prevalecen en una determi­ nada ép oca y m oldean la vida económ ica; distinguiendo, p or ejem­ p lo, los dos grandes períodos de cada vida económ ica, el p eríodo en el cual el principio econ óm ico prevaleciente es el de cubrir las necesidades y aquel en el cual, en cam bio, el principio e co n ó m ico prevaleciente es el impulso de com pra o la tendencia a la ganancia.

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El principio de la periodicidad de la econ om ía n o puede ser otra cosa que la idea de una sucesión de múltiples formas. D ebo limitarme, también en este sentido, a estos p ocos indica­ dores que deberían permitirles reconocer, p or lo m enos desde le­ jo s , la diversidad de estas dos esferas. Quisiera dedicarm e ahora, en la segunda parte de mi con feren ­ cia a otra cuestión que, quizás, es de la que esperaban escuchar una respuesta al venir aquí, basados en el tema que fuera anunciado. Se trata de la cuestión del nexo de técnica y economía, de la cuestión de las relaciones entre las dos esferas. Consideramos que n o puede haber dudas sobre el h ech o de que las dos esferas, n o obstante su diferen­ cia sustancial, depen den una de otra y están, p or así decirlo, enca­ jadas una en la otra. De este problem a buscaremos, p or lo tanto, ocuparnos nuevamente luego de estas consideraciones; pero desde el inicio, señores míos, será con la debida resignación, pues el p ro­ blem a que se planteó a partir de esta pregunta es uno de los graves y difíciles de nuestra ciencia. A quí p uedo solamente prop on erm e proveer algunas señales y, p or así decirlo, de fijar algunos puntos de vista desde los cuales tendrán la posibilidad de considerar m ejor es­ te objeto en el futuro. Q uiero anteponer algunas consideraciones. Un error grave que se com ete con frecuencia al tratar el tema que hemos enuncia­ d o es el de querer probar la existencia de conexiones universalmen­ te válidas y determinables, a semejanza de las leyes naturales, entre la técnica y la econom ía. Muchos de ustedes sabrán que esta tentati­ va ha sido realizada p or la denom inada con cep ción materialista de la historia que, en este aspecto, debe ser rechazada. El propósito de descubrir la existencia de relaciones universalmente válidas entre la técnica y la econom ía, provistas del carácter de leyes naturales, pue­ de conducir, p or un lado, a la form ulación de lugares com unes, co ­ m o aquel p o r el cual la riqueza de un pueblo depende del grado de desarrollo de su técnica, una proposición que nadie puede rebatir, p ero que enuncia una verdad de perogrullo. O, p or el contrario, el propósito con d u ce a afirmaciones positivamente erradas. Es indu­ dable, entonces, que n o existe una relación necesaria entre una de­ terminada técnica y un determ inado régim en eco n ó m ico , dado que la misma técnica puede conciliarse perfectam ente con diversas es­ tructuras de la econ om ía y, p or lo contrario, la misma estructura econ óm ica puede conciliarse perfectam ente con técnicas diversas. Nuestro objetivo debe ser más bien aquel de buscar establecer una con ex ión entre la técnica concreta de un p eríod o y un sistema e co ­ n óm ico con creto de ese mismo p eríod o y, p o r lo tanto, considerar la cuestión de la con exión entre las dos esferas bajo un perfil pura­ m ente histórico. Este será mi hilo con d u ctor en las consideraciones que siguen y, naturalmente, nos con d u ce a elegir co m o ejem plo las relaciones de la técnica de nuestros días con el sistema eco n ó m ico

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dom inante en nuestra época. Pero el sistema e co n ó m ico actual­ m ente dom inante es el capitalismo, cuyas propiedades fundamenta­ les n o es el caso examinar aquí, y m e limitaré a caracterizarlo sim­ plem ente com o aquel sistema en el cual la econ om ía es m odelada, sustancialmente p or organizaciones com erciales que actúan bajo la presión de la tendencia a la ganancia. , Enfrentando ahora, desde más cerca, el problem a de las rela­ ciones así definidas entre técnica y econom ía, éstas pueden mos­ trarse y concebirse desde un doble punto de vista. O sea ante todo desde el punto de vista de la causalidad de un término p or parte de otro; veremos, p o r lo tanto, cóm o continuam ente el elem ento e co ­ n óm ico aparece com o el efecto de una técnica determinada y, p or el contrario, el elem ento técnico aparece com o el efecto de una de­ terminada form a económ ica. C om en cem os con el elem ento e con óm ico com o efecto de una técnica determinada. A la cuestión planteada en estos términos, ocurre escuchar con frecuencia respuestas erradas, dado que el problem a en sí se con ci­ b e en form a errada; debem os tomar conciencia del h ech o de que una determinada técnica no puede ser jamás la causa de un evento e con óm ico; que es absurdo decir que las fábricas o los ferrocarriles son los efectos de la introducción de la nueva técnica del vapor o, sin más, que el vapor es la fuerza motriz de nuestra vida econ óm ica m oderna, com o suele leerse a cada m om ento. El vapor, señores, es la fuerza motriz de la máquina a vapor pero, que esta máquina a va­ p o r se encuentre en un determinado lugar y esté activa para determi­ nados objetivos, es el efecto de una fuerza completamente distinta, o sea de la actividad dirigida a la ganancia del empresario capitalista. En fin, hay que darse cuenta del h ech o de que los procesos e co n ó ­ m icos no pueden ser causados p or otra razón que los movimientos de la actividad humana dirigida conscientem ente a un objetivo. N o p odem os representar la esfera económ ica, que form a parte de la existencia humana, com o sometida a ningún otro género de causa­ lidad que n o sea aquella del hom bre viviente. Así cuando hablamos de una determ inación de los eventos econ óm icos a causa de la téc­ nica, estamos autorizados a hacerlo en una cierta medida; debem os ser conscientes del h ech o de que se trata de una expresión no del todo correcta y, que con esto querem os decir que es posible y fre­ cuente el caso en que la presencia de una determinada técnica, o sea una cierta masa de conocim ientos y capacidades técnicas, repre­ sente la ocasión para que se form en determinadas motivaciones económ icas y que los hom bres se propon gan determinados objeti­ vos econ óm icos. La construcción de un ferrocarril es el resultado de la acción de hom bres que persiguen determinados objetivos, o sea d on d e la misma se configura com o una empresa privada de un cier­ to núm ero de personas que pretenden valorizar un capital co n la

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construcción de ferrocarriles. Pero estas motivaciones, estos m ovi­ mientos específicos, pueden explicar su acción en este cam po sólo luego de que la técnica ha creado la posibilidad de los ferrocarriles. Las ideas de una Torre Eiffel o de un Canal de Panamá, n o podían surgir en el siglo XVIII, pues aún n o existía la posibilidad de su eje­ cu ción técnica. Podem os concluir, p o r lo tanto, esta parte de nues­ tras consideraciones diciendo que la técnica de una ép oca represen­ ta frecuentem ente la ocasión de determinadas acciones económ icas. La constatación apenas presentada (o sea aquella p o r la cual la técnica n o puede ser nunca la causa, sino sólo la ocasión de los o b ­ jetivos econ óm icos que paulatinamente van surgiendo) n o es, com o podrían pensar, la vana sutileza de un representante de la “teoría gris”2 sino p o r el contrario, una constatación de suma importancia. T od o el valor que nosotros damos a la vida econ óm ica de una é p o ­ ca y de sus fuerzas motrices depende, en efecto, de una justa com ­ prensión de este aspecto de la situación; para establecer, p or ejemplo, qué es lo que da origen a nuestra m oderna vida económ ica, esta dis­ tinción es de extraordinaria importancia. N o podem os dejar de cons­ tatar que, en efecto, es esencialmente p or el impulso adquisitivo de los empresarios capitalistas. Los realizadores son ellos y n o los técnicos. Determ inación de la econ om ía p o r m edio de la técnica y, aho­ ra, lo opuesto: determ inación de la técnica p or m edio de la e co n o ­ mía. El problem a entonces sería: si también la técnica, o podríam os decir el desarrollo de la técnica, puede aparecer com o el efecto de una determinada situación económ ica. Naturalmente la respuesta deberá ser afirmativa, en la m edida en que se trate de técnica aplica­ da. Pero también los conocim ientos y las capacidades técnicas deben ser pensadas com o fuertemente dependientes de la vida económ ica. La práctica econ óm ica de un tiem po, señores, decide p o r sobre to­ d o quién es el exponente del progreso técnico. En la econ om ía del prim er M edioevo, p or ejem plo, eran los m onjes que confluían en los conventos e integraban todos los conocim ientos de carácter téc­ n ico, y era p or lo tanto desde ellos, desde d on d e la evolución debía retomar el m ovim iento; luego fueron los maestros artesanos que reunían todos los conocim ientos y se erigían en sus portadores y ex­ ponentes. Es una característica específica de los tiempos m odernos en los que tenemos en nuestros ingenieros, quím icos, etc., a los p or­ tadores profesionales y calificados de conocim ientos y capacidades técnicas. Ello tiene com o presupuesto la naturaleza totalmente par­ ticular de nuestro ordenam iento econ óm ico. Pero la especificidad del ordenam iento eco n ó m ico tiene aún una ulterior consecuencia. Querem os decir que la misma conlleva lo que podríam os definir com o la m otivación de las inversiones téc­ nicas. La econ om ía decide, en efecto, también la com pensación que le es dada p o r las invenciones o, en otros términos, p or la p ro­ 2. Alusión a un conocido verso de Goethe [N.d.E.].

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m oción del progreso técnico. Una vida econ óm ica en la cual, com o en el alto M edioevo, todos los oficios y las técnicas se reunían en los conventos, n o tenían otra com pensación, para la ulterior p rom oción de la técnica, que la esüma de los cofrades. La vida econ óm ica m o­ derna ha dado origen, en cambio, a intereses materiales que funcio­ nan co m o m otores y estímulo para el desarrollo de la sensibilidad técnica y del genio inventivo. Debem os tener el coraje de reconocer, señores, que la gran mayoría de nuestras invenciones técnicas denen lugar en la perspectiva de su posible valorización pecuniaria. Sin que haya tam poco necesidad de pensar en los Edison, en los Siemens y en los H ofm ann,3 debem os tener presente las miríadas de pequ e­ ños inventores que obtienen todos los días combinaciones de colores, que introducen todos los días nuevos perfeccionamientos en las má­ quinas herramienta o nuevas aplicaciones de las máquinas a vapor: es decir que efectúan las innumerables innovaciones en las que se reali­ za concretamente el constante perfeccionam iento de la técnica. H e leído hoy en una vidriera el título de un libro que me ha confirm ado la validez de cuanto pensaba decirles en esta ocasión: Deberes para inventores. Una colección de problemas técnicos cuya solución exacta promete un empleo remunerativo. Pero si la técnica puede valerse de este factor de arrastre es gracias a una peculiaridad de nuestra organización económ ica. Y así, entre otros, hemos venido a tocar una cuestión de excepcional importancia también para la valoriza­ ción práctica de las transformaciones de nuestra econom ía: la cues­ tión de la m edida en la cual el desarrollo técnico podría conservar el mismo ritmo, si el estímulo adquisitivo cesase de funcionar com o factor de arrastre de su desarrollo. El segundo punto de vista desde el que querría examinar las re­ laciones entre la técnica y la econ om ía es aquel del condicionamien­ to recíproco o de la dependencia de una con la otra. ¿En qué m edida -se plantea aquí la pregunta- el desarrollo que tiene lugar en el cam­ p o de la técnica o en el de la econ om ía está ligado a la presencia de determinadas condiciones o de una determinada serie evolutiva en el otro cam po? Y aquí queremos volver antes que nada a preguntar­ nos en qué m edida la econ om ía se encuentra condicionada p or el desarrollo de la técnica, teniendo presente el sistema econ óm ico m oderno. A esta pregunta debem os responder que nuestro sistema capitalista está ligado, principalmente, en su misma sustancia, a un determ inado grado de desarrollo de la técnica. Vale decir que, pa­ ra que generalmente sea posible el capitalismo, o sea la form ación de una ganancia, la productividad del trabajo tendrá que haber al­ canzado un nivel correspondientem ente elevado. Este grado de de­ sarrollo de la productividad del trabajo está con d icion ado, esencial­ mente, p or el grado de desarrollo alcanzado p or la técnica, p o r lo cual el capitalismo necesita; para subsistir, de una técnica determi­ 3. De quienes se han originado verdaderos imperios industriales [N.d.E.].

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nada o, más exactamente, de una determinada eficiencia técnica. Pero el desarrollo de la econ om ía capitalista está ligado, con mayor razón, al desarrollo de la técnica dado que, el m o d o e co n ó ­ m ico capitalista depende sustancialmente de las posibilidades cre­ cientes de diferenciación y de integración, de las que ya hemos ha­ blado; o sea de la capacidad creciente de producir mercaderías para una vasta área, y mercaderías con cualidades con la mayor diferen­ ciación posible. Ya sabemos, a partir de Adam Smith, que la premisa de aquella que era llamada, sintéticamente, la prod u cción basada en la división del trabajo, de la cual depende en gran m edida el desa­ rrollo de la econ om ía capitalista, es un m ercado de una cierta mag­ nitud. H oy podem os profundizar esta justa observación de Adam Smith diciendo que la dim ensión del m ercado depen de a su vez de un determ inado grado de desarrollo de la técnica, en particular de la técnica de los transportes. La técnica de los transportes agranda el m ercado también desde el punto de vista econ ó m ico sin que ten­ ga lugar un aum ento de la densidad de la población en cuanto per­ mite proveer las mercaderías al mismo precio sobre una extensión más amplia de territorio. Y es también, y exclusivamente, la técnica de los transportes la que hace posible la aglom eración de los seres humanos, es decir que ha sido sólo esta técnica la que creó la posi­ bilidad de nuestras m etrópolis modernas, y este aum ento de la den­ sidad dem ográfica en los centros industriales y en las m etrópolis es, a su vez, la con d ición necesaria del desarrollo del capitalismo en m uchos campos, com o p or ejem plo el desarrollo del com ercio mi­ norista capitalista. De la misma manera un ulterior desarrollo de nuestra vida econ ó­ mica, más allá de la forma capitalista -si queremos considerar bajo este término el desarrollo de las empresas municipales y de las organizacio­ nes cooperativas- está ligado, otra vez, a un desarrollo anterior de la téc­ nica. Una cooperativa de consumo moderna, por ejemplo, es impensa­ ble sin una aglomeración anterior, sin que previamente la técnica de los transportes y del desarrollo de las informaciones en particular, hayan prom ovido la capacidad de dom inar el conjunto de las relaciones económ icas, al punto tal que también un núm ero mayor de com er­ ciantes, personas n o estrictamente com petentes, puedan desem pe­ ñar funciones que con anterioridad podían ser cumplidas sólo p or profesionales, y así sucesivamente. C om o la econom ía, el desarrollo de la vida econ óm ica d epen ­ de de una correspondiente técnica, y con dicion ada p or el desarro­ llo de la técnica, así encontram os también, p or lo contrario, que la técnica, p or lo m enos en cuanto se configura com o técnica aplica­ da, depen de a su vez de la econom ía. Cuando un inventor crea la posibilidad de reestructurar de una nueva manera los transportes o la p rod u cción , esta invención, inicialmente, no es más que una p o ­ sibilidad. Para ser aplicada, deberá p od er adaptarse a intereses eco-

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nóm icos precisos. D ebem os darnos cuenta nuevamente del h ech o de que esta afirmación n o puede ser entendida de m o d o genérico, co m o cuando se habla de intereses econ óm icos en general. Estos in­ tereses econ óm icos generales n o llevan a la puesta en práctica de una invención. Es siempre un buen propósito ante la com unidad, la necesidad cada vez más vigente de que los bienes sean transporta­ dos y producidos de una determinada manera más que de otra; es­ ta necesidad permanecerá insatisfecha p or un tiempo y la invención será aplicada solamente cuando pueda servir a los intereses capitalis­ tas. Sólo entonces y dentro de estos límites la técnica se actualizará, la capacidad técnica se volverá real. Quiere decir, en otras palabras, que una conquista técnica debe tener la posibilidad de ser utilizada p or el em presario capitalista, que él debe poseer capacidad en m uchos as­ pectos diversos. Tiene que poseer, ante todo, la cantidad de capital necesaria, es decir que un determinado grado de aquello que toma el nom bre de acumulación de capital es la premisa necesaria para que las conquistas técnicas, p or ejem plo aquellas que requieren un gran despliegue de capacidad productiva, sean puestas en marcha. Ustedes saben que esta acumulación es acelerada p or la form ación de sociedades anónimas; pero ésta es sólo una m odalidad que n o cambia nada el h ech o de que una empresa deba ser im plem entada antes de que pueda ser construido un ferrocarril (mientras este úl­ timo p uede tener origen solamente en empresas privadas; ni bien el estado asume el rol de constructor, la cosa cam bia), y que puede em prenderse la construcción de un Canal de Panamá sólo cuando los fon d os necesarios estén disponibles gracias a un proceso de acu­ m ulación y de concentración. Señores, debem os dam os cuenta del h ech o de que una gran parte de nuestras capacidades técnicas queda aún sin utilizar, dado que esta acum ulación, en un núm ero extremadamente elevado de casos, n o está suficientemente desarrollada com o para crear efecti­ vamente las condiciones de la utilización o de la actuación de gran­ des empresas de este tipo. Pero, cuando esta acum ulación está presente, la utilización de la técnica en cuestión debe ser facilitada a los empresarios también de otras maneras. A este fin, los empresarios necesitan, p o r ejem ­ p lo, una cierta intensidad en la demanda. Suponiendo que quieran aprovechar un nuevo invento, tienen la posibilidad de hacerlo sólo si encontraron los necesarios com pradores; en otros términos, sólo si la intensidad de la dem anda es tan grande com o para ofrecerles la perspectiva de una inversión redituable. Ya vimos antes que este desarrollo de la intensidad de la demanda, a su vez, n o es otra cosa que el desarrollo del m ercado. Por último, el empresario n o debe solamente p o d e r utilizar la invención técnica en cuestión, debe también querer o deber utilizarla. Llego así nuevamente a un punto que es de gran im portancia prác­

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tica. C on frecuencia, hoy puede notarse que en muchísimos ramos de la industria, la técnica n o está presente cuando podría estarlo si tomamos com o base el nivel alcanzado p or la capacidad y los c o n o ­ cimientos técnicos. Si consideramos, p or ejem plo, las grandes ra­ mas de la industria de la con fección , podem os observar que el m o­ do en que se p rodu cen los bienes relativos, frecuentem ente n o es el correspondiente al nivel alcanzado p or la técnica, está en un esta­ dio atrasado en algunas décadas desde el punto de vista de la capa­ cidad técnica. Verán que cada uno de los operarios todavía prod u ­ ce los bienes sin el auxilio de fuerzas mecánicas, a veces también a m ano, mientras que las máquinas utilizables ya fueron inventadas hace tiem po y existe desde hace ya m u ch o la posibilidad de utilizar dichas fuerzas. ¿C óm o se explica este fenóm eno? Se explica co n el h ech o de que, en este caso, el empresario que podría utilizar perfectam ente la técnica más avanzada reuniendo a los trabajadores domiciliarios dispersos en sus casas en una fábrica perfectam ente equipada des­ de el punto de vista técnico, pero n o tiene ningún interés ni volun­ tad de hacerlo dado que llega a su ohjetivo más fácilmente con el sistema antiguo, que es el del trabajo a dom icilio, porque con él puede proveerse de m ano de obra a un precio tan conveniente que, en última instancia, el trabajo ejecutado con la técnica atrasada le resulta, en fin, m enos caro de aquel que una m ano.de obra más cos­ tosa le proveería con procedim ientos técnicos más perfeccionados. Puede así darse el caso que un empresario, directamente, elija la técnica más atrasada, porque en ella encuentra su conveniencia y lo hará siempre así, en general, mientras tenga la oportunidad de pro­ veerse, p or m edio de la técnica ya superada, de m ano de obra a un precio especialmente bajo. Solamente el encarecim iento de la m ano de obra actuará sobre el empresario en el sentido de obligarlo a aplicar o a adoptar efec­ tivamente el más alto nivel técnico. Unicamente cuando la m ano de obra no puede obtenerse p or debajo de un cierto precio, el em pre­ sario se ve obligado a plantearse el problem a de ocupar esa mano de obra de la manera más productiva posible y, esta búsqueda, lo em puja a introducir el procedim iento técnico más avanzado. U n ejem plo de esta con ex ión es el desarrollo de la industria del vestido en Estados U nidos de Norteamérica. Allí encontram os has­ ta la mitad de los años 80, una industria de la con fe cció n basada sus­ tancialmente en el sistema de la gran fábrica m oderna provista de fuerzas mecánicas. A partir de esa fecha, en las ciudades america­ nas, se verificó una regresión desde esa técnica avanzada hacia las técnicas más atrasadas del trabajo a dom icilio sin fuerzas mecánicas; un fen óm en o bastante curioso. La explicación de este h ech o está en el colosal flujo, que tuvo inicio en esa época, de m ano de obra a bajo y bajísimo precio a las ciudades americanas, con el resultado de

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la redu cción de los valores de m ano de obra para esta prod u cción a tal punto que, aún hoy, su em pleo, basado en la técnica más atra­ sada, es redituable para el empresario. Esto, señores, era cuanto les quería decir y que, ciertamente, les habrá satisfecho sólo en mínima parte. Quisiera agregar, concluyen­ do, sólo esto: los análisis conceptuales y de otro género, co m o los que aquí expuse durante una hora, n o obstante parezcan a primera vista muy remotos y puedan parecer muy sutiles para algunos de ustedes, son sin embargo (com o ya tuve la ocasión de m encionarlo en algunos puntos, pero quisiera decirlo una vez más, en su conjunto) de im por­ tancia decisiva, inclusive para los problemas de la vida práctica. En su totalidad, el exam en que hem os realizado, nos enseña lo siguiente con respecto a los problemas de orden práctico: que, p or un lado, el desarrollo econ óm ico debe considerarse necesariamen­ te vinculado a los límites que le pon en las capacidades técnicas; va­ le décir, que nuestro análisis nos demuestra que también en el cam­ p o de la vida econ óm ica las cosas están dispuestas de manera que n o pueden hacerse milagros y que, n o tenemos derecho a construir castillos en el aire, bajo la form a de planes econ óm icos que prescin­ den de la técnica o que crean expectativas sobre fabulosos desarro­ llos de la técnica en el futuro, pero debem os darnos cuenta del he­ ch o de que la vida econ óm ica puede desarrollarse naturalmente siempre y sólo dentro de estos límites, que también el bienestar ge­ neral, el nivel de riqueza y sobre tod o la elevación de las clases infe­ riores, están condicionados, en última instancia, p or el desarrollo de la técnica, están encerrados dentro de los límites de la técnica. Pero nuestro examen contiene también una segunda enseñanza: nos transmite la idea consoladora de que n o nos encontramos frente a este desarrollo de la técnica com o ante un proceso natural ineludi­ ble, que podem os ejercer una influencia sobre su evolución, que p o­ demos, en especial, influir sobre el desarrollo de la técnica y sobre la expansión de las fuerzas productivas, también a través del m o d o en el que organizamos la vida económ ica que depende de nosotros: pre­ viendo, p or ejem plo, estructurar las relaciones económ icas de mane­ ra que el empresario entienda necesario, en su p ropio interés, aplicar en form a efectiva los procedimientos técnicos más avanzados. De esta manera la ciencia, que naturalmente en cuanto a tal tiene solamente el objetivo de producir la verdad, asume también el rol de prom otora del interés general, operando al servicio de la salud de la humanidad.

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Die Grossstädte und Geistesleben, en Jahrbuch der Gehestiftung, 1903, IX; aho­ ra en Brücke und Tür, Koehler, Stuttgart 1957, pp. 227-242. Los problemas más profundos de la vida m oderna surgen de la pretensión del individuo de preservar la independencia y la especi­ ficidad de su ser determ inado contra las potencias abrumadoras de la sociedad, de la herencia histórica, de la civilización y de la técni­ ca exterior de la vida: la última y más reciente metamorfosis de la lucha contra la naturaleza que el h om bre primitivo debe con d u cir para su existencia fisica. Que el Setecientos invite a los hom bres a li­ berarse de todos los vínculos que se form aron históricamente, en el estado y en la religión, en la moral y en la econom ía, para que la na- / turaleza originalmente buena, que es la misma en todos los h om ­ bres, pueda desarrollarse sin im pedim entos; que el O ch ocientos exija, además de la simple libertad, la particularidad del hom bre y de su prestación, determinada p o r la división del trabajo, que torna a cada uno, incom parable con los otros y -dentro de lo posible- in­ dispensable, pero lo hace d epen der aun más estrechamente de la integración com plem entaria con todos los demás; que se vea, com o decía Nietzsche, la con d ición del plen o desarrollo de los individuos en la lucha más despiadada entre ellos o que, de otra manera, se­ gún la visión socialista, exactamente en el con ten ido de cada com ­ petencia está siempre operando el mism o m otivo fundamental: la resistencia del sujeto a dejarse nivelar y consum ir en un mecanismo técnico y social. Cuando los productos de la vida específicam ente m oderna son interpelados según sus características interiores, el cu erpo de la civilización, p o r así llamarlo, alrededor de su propia alma (co m o cabe el d eber de hacer hoy, en relación co n nuestras m etrópolis), la respuesta deberá intentar descubrir la ecu ación que dichas formaciones sociales establecen entre los contenidos indi­ viduales y superindividuales de la vida, las adaptaciones de la persona­ lidad con la cual la misma se com prom ete con las fuerzas externas.

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El fundamento psicológico sobre el que se levanta el tipo de las in­ dividualidades metropolitanas, es la intensificación de la vida psíquica, la cual es produ cida p or la rápida y continua alternancia de impresio­ nes externas e internas. El hom bre es un ser diferencial, quiere decir que su conciencia se encuentra estimulada p or la diferencia entre la impresión del m om ento y la anterior; las impresiones constantes que presentan entre sí escasas diferencias, la regularidad habitual de su de­ curso y de sus contrastes consumen, p or así decirlo, m enos con cien ­ cia que la apretada sucesión de imágenes cambiantes, que la brusca diversificación en el interior de lo que se abraza co n una sola mira­ da, del carácter inesperado de las impresiones que se im pon en a la atención. La m etrópoli, creando justamente estas con dicion es psi­ cológicas (cada vez que se cruza una calle, con el ritmo y la variedad de la vida econ óm ica, profesional y social), coloca en los fundam en­ tos sensibles de la vida psíquica, en la cantidad de con cien cia que ella exige de nosotros para nuestra organización de seres diferen­ ciales, una antítesis profunda respecto de la ciudad de provincia y a la vida de cam po, con el ritmo más lento, más habitual, más unifor­ m e en su vida sensible e intelectual. ^ Ello permite com pren der ante tod o el carácter intelectual de la i vida psíquica de la m etrópoli, con respecto a la de la ciudad de p ro­ v in cia , la que está más bien orientada hacia los sentimientos y rela­ ciones afectivas. Por ello estas últimas clavan sus raíces en los estra­ tos más recónditos del alma y se desarrollan preferentemente sobre la base de la tranquila uniformidad de costumbres constantes. La se­ de del intelecto, en cambio, está en los estratos transparentes, cons­ cientes y más elevados de nuestra alma; ella es, entre nuestras fuerzas interiores, la más capaz para adaptarse; para adecuarse a la vicisitud y al contraste de los fenóm enos. Ella no necesita de los sacudones y re­ voluciones interiores con los cuales sólo el sentimiento, p o r su natu­ raleza más conservadora, conseguiría adaptarse al mismo ritmo de experiencias. Así el tipo m etropolitano -que naturalmente está ro­ deado p o r miles de m odificaciones individuales- crea un órgano de p rotección contra el desarraigo con el que es amenazado p or las co ­ rrientes y contrastes de su ambiente externo; en lugar de reaccionar contra ellos con el sentimiento, reacciona esencialmente co n el in­ telecto, al cual, el potenciam iento de la con cien cia p rod u cid o p or la misma causa, asegura la preem inencia en la econ om ía psíquica. De este m od o, la reacción a estos fenóm enos se transfiere al órgano psíquico m enos sensible, aquel que se encuentra más alejado de los íntimos vericuetos de la personalidad. Este intelectualismo, que se ha revelado com o un m edio para preservar la vida subjetiva de la violencia de la m etrópoli, se ramifi­ ca en num erosos fenóm enos particulares. Las m etrópolis siempre fueron la sede de la econ om ía monetaria, dado que la m ultiplicidad y concentración de los intercambios econ óm icos con fieren al me-

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dio de intercam bio una importancia que no hubiese p o d id o jamás adquirir en el escaso tráfico en el campo. Pero la econom ía moneta­ ria y el dom inio del intelecto están entre ellos intimamente conecta­ dos. Tienen en com ún la objetividad pura para el tratamiento de los hombres y de las cosas, en la cual una justicia formal va frecuente­ mente unida a una despiadada falta de escrúpulos. El hom bre pura­ mente racional es indiferente a todo aquello que sea propiamente in­ dividual y del que derivan relaciones y reacciones que no pueden agotarse con el intelecto lógico, del m ism o m o d o en que la indivi­ dualidad de los fenóm enos n o penetra en el principio del dinero, dado que al dinero le interesa solamente aquello que es com ún a todos los fenóm enos, es decir el valor de intercambior-que^reduce toda cualidad y peculiaridad a la cuestión del simple cuánto. Todas las relaciones afectivas entre las personas se fundan en"sü individua­ lidad, ahora bien, mientras que las intelectuales operan con los hom bres co m o si fueran números, co m o si fueran elem entos indi­ ferentes en sí mismos, que interesan sólo p or su rendim iento ob je­ tivamente valorable y mensurable, tal com o sucede en el ambiente de las grandes ciudades con sus proveedores y clientes, co n sus d o­ mésticos y frecuentem ente también con las personas que form an parte de su ambiente y con los cuales debe mantener alguna rela­ ción social; en un círculo más estrecho, el con ocim ien to inevitable de la individualidad genera, de manera también inevitable, un tono más afectivo en el com portam iento, que se ubica más allá de la valo­ rización puramente objetiva de los servicios prestados y recibidos. Aquí, lo esencial, desde el punto de vista de la psicología e co ­ nóm ica, es que en condiciones sociales más primitivas, el objetivo es producir para el cliente que ordenó la mercadería, por lo cual el pro­ veedor y el com prador se con ocen recíprocamente. Pero la m etrópo­ li m oderna se nutre casi exclusivamente de la produ cción para el m ercado, o sea, para com pradores desconocidos, que n o entrarán nunca en el horizonte visual del verdadero productor. Ello confiere, al interés de ambas partes, un carácter de objetividad despiadado, en el cual el egoísm o econ óm ico, basado en el cálculo intelectual, n o debe temer alguna desviación p or parte de los im ponderables de las relaciones personales. Y todo ello se da evidentem ente en una relación de interacción tan estrecha con la econ om ía monetaria, que dom ina en las grandes ciudades y que ha elim inado los últimos restos de la p rod u cción artesanal y de la permuta directa de las mer­ cancías y, dado que cada día más, reduce el trabajo bajo p edido, na­ die podría decir si fue esa disposición de ánim o intelectual la que em pujó hacia la econ om ía monetaria o si habrá sido esta última el factor determinante de la primera. Está sólo el h ech o de que la for­ ma de vida m etropolitana es el terreno más fértil y más adecuado para esta interacción; lo que quisiera ilustrar con una afirmación del más insigne entre los historiadores de la constitución inglesa, se­

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gún el cual, en tod o el curso de la historia inglesa: “¡Londres nunca actuó como el corazón de Inglaterra, pero actuó frecuentemente como su cere­ bro y siempre como su bolsillo!” Las mismas corrientes psíquicas se unificaron en un aspecto aparentemente insignificante de la superficie de la vida. El espíritu m od ern o calcula cada día más. Al ideal de la ciencia de transformar el m u n do en un cálculo, fijando cada una de sus partes en fórm u­ las matemáticas, corresponde el espíritu exacto y calculador de la vi­ da práctica, que es un prod u cto de la econ om ía monetaria; o sea que solamente esta última ha llenado el día de tantos hom bres con valuaciones, cálculos, determ inaciones numéricas, reducciones de valores cualitativos a valores cuantitativos. La naturaleza calculado­ ra del din ero introdujo en la relación entre los elem entos vitales una precisión, una seguridad en la determ inación de las igualdades y desigualdades, una claridad y univocidad en los com prom isos y acuerdos, co m o aquella producida exteriorm ente p or la generaliza­ ción de los relojes de bolsillo. Pero son las condiciones de vida de la m etrópoli las que juntas constituyen la causa y el efecto de este segm ento característico. Las relaciones y los negocios del habitante típico de la gran ciudad son generalmente multiplicativos y com ple­ jo s y, sobre todo, a consecuencia de la concentración de tantas perso­ nas con intereses tan diferentes, sus relaciones y actividades se engra­ nan entre ellas en un sistema tan articulado, que sin la puntualidad más rigurosa en las promesas y cumplimientos, el conjunto se de­ rrumbaría y se disolvería en un caos enmarañado. Si imprevista­ m ente todos los relojes de Berlín com enzasen a fallar en form a alea­ toria en distintas direcciones, tan sólo durante una hora, toda la vi­ da econ óm ica y de otro género se vería con m ocion ada p o r m ucho tiem po. A ello se agrega un elem ento, aparentemente más externo aún, la magnitud de las distancias, que hacen de cada espera o cita incum plida una pérdida de tiem po irreparable. De este m od o, la téc­ nica de la vida metropolitana, n o es ni mínimamente con cebible sin hallarse todas sus actividades y relaciones recíprocas ordenadas con la misma puntualidad, en un esquema temporal fijo e independien­ te del capricho subjetivo. Pero aquí también se p on e de manifiesto lo que puede ser, en líneas generales, solamente el objetivo generalizado de estas consi­ deraciones; o sea que desde todos los puntos de la superficie de la existencia, p or cuanto pueda parecer que d ich o objetivo haya naci­ d o solo en ella y se haya desarrollado exclusivamente p o r ella, pue­ de echarse una sonda en las profundidades de las almas y encontrar que todas las exteriorizaciones, aun las más banales y aparentemen­ te insignificantes, están conectadas, en definitiva, p o r líneas direc­ trices a las decisiones últimas sobre el significado y el estilo de la vi­ da. La puntualidad, la previsibilidad, la exactitud que le son impues­ tas a la vida m etropolitana p or su com plejidad y p or su extensión,

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n o están solamente en relación estrechísima co n su carácter m on e­ tario e intelectual, sino que además n o pueden dejar de influir en los contenidos de la vida y favorecer la exclusión de aquellas carac­ terísticas e impulsos irracionales, instinüvos y soberanos que tien­ den a determinar de p or sí la form a de vida, en lugar de recibirla desde el exterior com o un esquema universal y rígidamente defini­ do. Si bien las existencias caracterizadas p or estos impulsos, las na­ turalezas autoritarias y soberanas sean totalmente imposibles en la ciudad están, sin em bargo, en op osición al ü po de vida que ella re­ presenta, y así se explica el od io apasionado de naturalezas com o Ruskin y Nietzsche p or la m etrópoli; naturalezas que encuentran el valor de la vida sólo en aquello que es típicamente peculiar y que no puede precisarse uniform em ente para todos y, p or lo tanto, de la misma fuente de la que nace ese od io, nace también el o d io p or la econ om ía monetaria y p or el intelectualismo de la vida. Los mismos factores que dieron lugar, en la exacütud de una vi­ da regulada minuto a m inuto, a una form a de extrema im persona­ lidad tienden, p or otra parte a producir un resultado extremada­ mente personal. N o hay tal vez ningún fen óm en o p sicológico que sea tan característico y exclusivo de la ciudad co m o el del blasé. El mismo es, ante todo, una consecuencia de la rápida sucesión y apre­ tada concentración de estímulos nerviosos opuestos, de d on d e pa­ recería derivar también el potenciam iento del intelectualismo en la m etrópoli; tanto es así, que las personas tontas y naturalmente pri­ vadas de vida intelectual no son generalmente blasés. C om o la falta de m oderación en los placeres nos vuelve blasé, dado que los ner­ vios, excitados continuam ente hasta las reacciones más intensas, no están finalmente en condicion es de p roporcion ar alguna reacción, también las impresiones más inocuas, que se sucedan rápidamente y en contraste entre ellas, exigen reacciones de tal violencia, los ti­ ronean tan brutalmente de aquí para allá, que consum en sus últi­ mas reservas de energía y, perm aneciendo en el mismo ambiente, n o tienen el tiempo suficiente para acumularla nuevamente. La in­ capacidad de reaccionar a nuevos estímulos con la energía adecua­ da que de ello deriva, es justamente ese aburrimiento, esa actitud desencantada o blasé, que se encuentra ya en los niños de las gran­ des ciudades si los com param os con aquellos que crecieron en am­ bientes más tranquilos y m onótonos. A esta fuente fisiológica del estado de ánim o de disolución que caracteriza a las grandes ciudades, se le suma una segunda que p ro­ viene de la econ om ía monetaria. La esencia de este desencanta­ m iento es la obtusidad ante las diferencias entre las cosas, n o en el sentido en que ellas son advertidas, co m o ocurre en el caso de los idiotas, sino en aquel en el que el significado y el valor de las dife­ rencias entre las cosas y, p or tanto, de las cosas en sí, es sentido co ­ m o nulo o irrelevante. Estas aparecen, a los blasé, en una tinta uni­

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form em ente gris y m ortecina, y ninguna m erece, para él, ser ante­ puesta a las otras. Este estado de ánimo es el fiel reflejo subjeüvo de la econ om ía monetaria plenam ente afirmada; que nivela uniform e­ m ente todas las variedades de las cosas, traduciendo todas sus dife­ rencias cualitativas en diferencias de canüdad, el dinero, erigiéndo­ se en su indiferencia incolora, en el denom in ador com ún de todos los valores, se vuelve el más trem endo de los niveladores, vacía irre­ m ediablem ente de su conten ido, de sus peculiaridades a las cosas, de su valor específico e incom parable. Ellas nadan, todas co n el mism o peso específico, en la corriente del dinero en perenne m o­ vimiento, yacen todas sobre el m ism o plano y se distinguen sólo p or la extensión de los tramos que cubren. En el caso individual esta c o ­ loración o, más bien, esta decoloración de las cosas a causa de su equivalencia con el dinero, p uede ser casi im perceptible; p ero la re­ lación que el rico tiene con los objetos adquiribles con dinero, y tal vez también ahora en el carácter com ún que el espíritu público con fiere p o r d oqu ier a dichos objetos, este factor se ha acum ulado hasta alcanzar una magnitud tangible. Es p or eso que las m etrópolis, que son las sedes principales de los intercambios m onetarios, d on d e la venalidad de las cosas se im­ p on e en una m edida bien distinta que en el m arco de relaciones más estrechas, son también la patria de los blasé. En su actitud cul­ mina, p or así decir, el efecto de esta concentración de hom bres y de cosas que excitan al individuo hasta las más altas prestaciones ner­ viosas; con la potenciación puramente cuantitativa de las mismas con dicion es, este efecto se torna en su faz opuesta, en ese típico fe­ n ó m en o de adaptación que es la indiferencia del blasé, d on d e los nervios descubren la última posibilidad de com prom iso co n los contenidos y las formas de vida m etropolitana en el rechazo de reaccionar a ellos y, ciertas naturalezas que logran conservarse al p recio de una desvalorización de tod o el m u n do objetivo (lo cual luego termina, inevitablemente, p or com prom eter también a la propia persona en un sentido de equivalente desvalorización). Mientras que esta form a de existencia releva totalmente al su­ je to de una decisión, su necesidad de conservarse frente a la gran ciudad le exige una actitud socialmente n o m enos negativa. La acti­ tud espiritual que tienen los habitantes de la gran ciudad, los unos co n respecto a los otros, podría definirse, bajo su aspecto formal, co m o de desapego o cautela. Si al continuo contacto exterior con innumerables otros individuos tuviese que corresponder la misma cantidad de reacciones internas que se verifican, en estos casos, en las ciudades de provincia, d on d e casi todas las personas que se en­ cuentran son personas conocidas y se tiene una relación positiva co n cada una de ellas, la vida interior se atomizaría com pletam ente y nos encontraríamos en una con d ición espiritual incon cebible. Ya sea esta circunstancia de carácter psicológico, co m o la legítima des-

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confianza que sentimos hacia los elem entos de la vida m etropolita­ na, con los cuales sólo mantenemos contactos esporádicos, nos cons­ triñen a esta form a de actitud reservada p or la cual frecuentem ente n o con ocem os siquiera de vista a las personas que viven en la casa aledaña y que frecuentem ente nos hacen aparecer co m o fríos e in­ sensibles a los ojos de los habitantes de las ciudades de provincia. Más bien, si n o m e engaño, el lado interno de esta reserva exte­ rior no es sólo la indiferencia, sino, más frecuentem ente de cuanto nos podam os dar cuenta, una leve aversión, una extrañeza y repul­ sión recíproca, que al m om ento de un contacto cercano y prescin­ diendo de la ocasión que pudiera determinarlo, se resolvería ensegui­ da en od io y en lucha. Toda la organización interna de un sistema de f" relaciones tan extendidas se basa en un a jcrarquíaextrem adam en te j com pleja de simpatías, indiferencias y aversiones del género tanto las más breves com o aquellas más duraderas. En tod o esto la esfera de “ ■la indiferencia n o es tan grande com o podría parecer a primera vis­ ta; la actividad de nuestra alma reacciona a casi todas las im presio­ nes provenientes de otro ser hum ano con una sensación en algún m o d o determinada, p o r cuanto parezca anular, en una form a de in­ diferencia, la inconsciencia, la debilidad y la rápida sucesión de esas sensaciones. En realidad esta última n o sería para nosotros m enos antinatural de cuanto nos sería intolerable la confusión de una su­ gestión recíproca e indiscriminada y, de estos dos peligros de la gran ciudad nos preserva la antipatía, el estadio latente y preliminar del antagonism o práctico y efectivo, que determina las distancias y los desapegos sin los cuales este tipo de vida n o podría ni siquiera tener lugar; sus medidas y dosificaciones, el ritmo de su aparecer y desaparecer, las formas en que se satisface -todo ello constituye, ju n ­ to con los motivos unificadores en el sentido más apretado, la tota­ lidad inseparable de la vida metropolitana- : o sea que lo que en es­ ta última aparece a primera vista com o elemento disociativo, en reali­ dad, n o es más que una de las formas elementales de socialización. Sin em bargo, esta reserva acom pañada p or una aversión escon­ dida aparece, a su vez, com o la form a de revestimiento exterior de un carácter m u ch o más general de la vida espiritual de la m etrópo­ li. En efecto, ella con cede al individuo un género y un grado de liber­ tad personal que n o encuentran com paración con otras situaciones; y así nos encauza hacia una de las grandes tendencias de desarrollo de la vida social en general, una de las pocas para la que pueda enun­ ciarse una regla relativamente constante. El estadio más precoz de las form aciones sociales que puede encontrarse, sea en las form aciones históricas o en aquellas que se van plasm ando bajo nuestros ojos, es el siguiente: un círculo relati­ vamente estrecho, relativamente exclusivo en relación con los círcu­ los cercanos, forasteros, en alguna manera antagónicos, p ero al mis­ m o tiem po, tan unido y cohesionado en sí m ismo que con ce d e a sus

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m iem bros individuales solamente un espacio reducido para el desa­ rrollo de cualidades específicas e iniciativas libres y responsables. Así com ienzan los grupos políticos y familiares, las form aciones p o ­ líticas, las sociedades religiosas; la supervivencia de asociaciones de reciente constitución exige la fijación de líneas fronterizas muy ne­ tas y una unidad fuertem ente concretada y, p or lo tanto, n o puede dejar al individuo ninguna libertad y especificidad de desarrollo in­ terno y externo. A partir de este estadio la evolución social se mueve simultánea­ mente en dos direcciones diversas y, sin em bargo, recíprocam ente com plementarias. Pero a m edida que el grupo crece -numérica­ mente, territorialmente, en im portancia y contenidos vitales-, su unidad interna inmediata se ablanda, la rigidez de su separación y dem arcación original con respecto a los demás se atenúa y mitiga p or una red de relaciones y de conexiones recíprocas y, al mismo tiem po, el individuo adquiere la libertad de moverse m u ch o más allá de los límites dentro de los cuales el celo del grupo lo había ini­ cialmente restringido, desarrollando su especificidad y particulari­ dad que le son posibilitadas y tornadas necesarias p or la división del trabajo interno del grupo aumentado. Según esta regla se desarro­ llaron el estado y el cristianismo, las corporaciones y los partidos p o ­ líticos e innumerables otros grupos, p or lo que naturalmente el es­ quem a general ha sido m odificado p or las condiciones y las fuerzas particulares de cada u n o de ellos. De todas maneras, m e parece que este esquema puede re co n o ­ cerse claramente también en el desarrollo de la individualidad en el seno de la vida urbana. En la antigüedad com o en el M edioevo, la vida de la pequeña ciudad im ponía al individuo una serie de barre­ ras y límites a sus movimientos y relaciones con el exterior, co m o también a su autonom ía y diferenciación interna, entre las cuales el hom bre m od ern o se sentiría ahogado; aún hoy el ciudadano de una metrópoli, transferido a una ciudad de provincia, experimenta una sensación de angustia, por lo menos cualitativamente idéntica. Cuanto más pequ eñ o es el círculo que constituye nuestro ambiente, más restringidas y limitadas son las relaciones con los demás, los que p o ­ drían disolver la rigidez de esos confines, y tanto más m inuciosa es la supervisión que se ejerce a las actividades, conductas e ideas de los individuos, es mayor el riesgo de que una peculiaridad cuantita­ tiva y cualitativa pueda rom per el m arco de conjunto. Se diría que la polis antigua tuvo, a este respecto, en tod o y p or tod o el carácter de las ciudades de provincia. El h ech o de que su existencia estuviese continuam ente amenazada p or enem igos cerca­ nos o lejanos, existía en los orígenes de esa rígida cohesión política y militar, de esa estrecha vigilancia del ciudadano p or parte del ciu­ dadano, de ese celo de la com unidad con respecto al individuo, cu­ ya vida autónom a estaba com prim ida y sofocada en una m edida tal,

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que obtenía com pensación ejercitando un p od er desp óü co en el ámbito de su propia familia. La extraordinaria movilidad y eferves­ cencia, la excepcional variedad y vivacidad de la vida ateniense, se explican posiblem ente p or el h ech o de que un p u eblo com puesto p o r personas orientadas, co m o nunca, hacia el desarrollo de la p ro­ pia individualidad, debía luchar conünuam ente con la presión in­ terna y externa de una ciudadanía que tendía naturalmente a repri­ mirla. Ello producía un clima de tensión en el cual los más débiles eran contenidos y aplastados y los fuertes eran estimulados a dar prueba de sí con toda la fuerza de su pasión. Yjustam ente así se de­ sarrolló y se llegó al plen o florecim iento en Atenas, y sin p od erlo definir con exacütud, puede designársele com o lo “umversalmente hum ano” en el desarrollo intelectual de nuestra especie. D ado que ésta es la con ex ión de la cual se afirma aquí la vali­ dez histórica y objetiva: los contenidos y las formas más amplias y ge­ nerales de la vida están ínümamente ligados a aquellos más indivi­ duales; los unos y los otros poseen su estadio preliminar, o también su adversario com ún, en las form aciones y en los agrupamientos res­ tringidos, cuyo instinto de conservación los constriñe a tomar posi­ ción ya sea contra la amplitud y la generalidad fuera de ellos, com o también contra la libertad de movimiento y la individualidad en su interior. Así com o en la ép oca feudal era “libre” quien estaba sujeto al derecho del país (Landrecht), o sea al derecho del círculo social más amplio, mientras que no lo era quien derivaba sus propios dere­ chos solo de una camarilla feudal, con exclusión de aquel círculo más amplio; así hoy, en un sentido más sublimado y espiritual, el ha­ bitante de la gran ciudad es “libre” con respecto a las pequeñeces y a los prejuicios que limitan el horizonte provincial. Dado que la re­ serva y la indiferencia recíproca, que constituyen las con dicion es de la vida espiritual en los grandes ambientes nunca sienten más inten­ samente, en su eficacia estimulante para la independencia del indivi­ duo, com o en el barullo más denso de la metrópoli, donde la cercanía y la angustia física ponen más en evidencia la distancia espiritual; y el h ech o de que, aveces, uno n o se haya sentido más solo y abandona­ d o co m o en el bullicio de la m etrópoli n o es sino, evidentemente, la contrapartida de aquella libertad; dado que también aquí, co m o en otros casos, n o está totalmente dem ostrado que la libertad del hom bre deba manifestarse com o un sentimiento de bienestar en su vida afectiva. N o es sólo la dim ensión inmediata del territorio y de la pobla­ ción, en virtud de la correlación -presente en tod o el curso de la his­ toria universal- entre la ampliación del círculo y de la libertad per­ sonal, interna y externa lo que hace de la m etrópoli la sede ideal de la libertad, sino que más allá de esta extensión material o intuitiva, las m etrópolis han sido también la sede del cosm opolitism o. A nálo­ gamente a cuanto sucede en la form ación patrimonial (más allá de

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un cierto nivel, la propiedad parece aumentar en progresiones siempre más rápidas y casi p o r fuerza p rop ia ), también el cam po vi­ sual, las relaciones económ icas, personales e intelectuales de la ciu­ dad, su perím etro ideal, aumentan com o en escala geom étrica ape­ nas se ha superado un determ inado límite; cada expansión dinámi­ ca alcanzada se torna un peldaño para una expansión ulterior, cuya amplitud n o es idéntica, pero aun mayor; p or cada hilo que se des­ prende se conectan siempre espontáneamente otros nuevos, justa­ m ente del mismo m od o en que, en el ámbito de la ciudad, el unear­ ned increment (increm ento n o ganado) de la renta inm obiliaria ase­ gura al propietario réditos automáticamente crecientes gracias al simple aum ento del tráfico urbano. En este punto la cantidad de vida se traduce directamente en calidad y carácter. La esfera de vida de la ciudad de provincia co n ­ cluye sustancialmente en ella y con ella. Para la m etrópoli, en cam­ bio, resulta decisivo el h ech o de que su vida interior se expande en olas concéntricas sobre un am plio espacio nacional o internacional. W eimar n o prueba nada en contrario, dado que su im portancia es­ taba atada a personalidades individuales y con ellas decaída, m ien­ tras que la m etrópoli está caracterizada justamente p o r su funda­ mental independencia aun de las personalidades más insignes: es la contracara y el precio de la independencia que el individuo goza en su ámbito. La naturaleza más significativa de la m etrópoli reside en esta grandeza funcional que trasciende sus límites físicos; y esta influen­ cia reacciona sobre ella con firiéndole peso, relevancia y responsabi­ lidad a su vida. Así com o un ser hum ano n o se agota en los confines de su cu erpo y del espacio que ocu pa directamente co n su activi­ dad, sino en el conjunto de los efectos que se irradian desde él en el espacio y en el tiem po, así también una ciudad consiste en la to­ talidad de los efectos que trascienden a su inmediatez. Sólo éste es su verdadero ámbito en el cual se revela y manifiesta su ser. Ello debería bastar com o para hacernos entender que la liber­ tad individual, que es el com plem en to lógico e histórico de esta am­ plitud de horizontes, n o debe ser entendida sólo en el sentido ne­ gativo, com o simple libertad de m ovim iento, caída de prejuicios y cerraduras filisteas, sino que lo esencial, en esta libertad, es que el elem ento peculiar e incom parable que cada naturaleza posee en definitiva en algún aspecto, se manifieste también en la configura­ ción efectiva de la vida. Que nosotros sigamos las leyes de nuestra naturaleza (y la libertad consiste justamente en ello) aparece de ma­ nera evidente y persuasiva a nuestros ojos y a los de los demás, sólo si las manifestaciones exteriores de esa naturaleza se distinguen efectivamente de las de los otros; sólo la im posibilidad de ser co n ­ fundidos con otros prueba que nuestro m od o de vida n o nos es im­ puesto p o r los demás.

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Las ciudades son ante todo la sede de la form a más elevada de división econ óm ica del trabajo y dan lugar, en este cam po, a fe n ó ­ m enos extremos com o esta rendidora profesión del Quatorzième en París: personas que, señaladas con placas especialmente colocadas en el frente de sus casas, están preparadas a la hora de la cena con vestimenta adecuada, listos para hacerse llevar rápidamente a aquel lugar d on d e 13 personas estén preparadas para sentarse a una m e­ sa. A m edida que se expande la ciudad, ofrece siempre en mayor m edida las condiciones fundamentales de la división del trabajo; un círculo que, p or su tamaño, puede acoger una gran variedad y mul­ tiplicidad de servicios, mientras que al mismo tiem po la concentra­ ción de los individuos y su lucha p or el cliente, lo obligan a una especialización profesional que tiene el ohjetivo de minimizar los ries­ gos de ser echado y sustituido p o r otros. El elem ento decisivo es que la vida urbana ha transformado la lucha con la naturaleza p or los alimentos en una lucha con el h om ­ bre, que el prem io aquí n o es con ced id o p o r la naturaleza sino p or el hom bre, pues aquí, en la vida urbana, n o está sólo la fuente de la especialización a la que nos referimos antes, sino que además exis­ te otra y más profunda: el oferente debe buscar despertar en las per­ sonas a las que se dirige, necesidades siempre nuevas y cada vez más específicas. La necesidad de especializar el servicio, para encontrar una fuente de ganancias que aún no esté agotada, una función difí­ cilmente sustituible, empuja a diferenciar, refinar, enriquecer las ne­ cesidades del público, lo cual n o puede evidentemente hacer menos que conducir a crecientes diversidades personales. Ello con d u ce, a su vez, a la individualización espiritual (en el sentido más estricto) de las cualidades psíquicas, a las cuales la ciu­ dad da origen en relación directa con su tamaño. Una serie de cau­ sas son fácilmente visibles. Ante tod o la dificultad de afirmar la p ro­ pia personalidad en las dimensiones de la vida m etropolitana. Allí d on d e el elem ento cuantitativo de valor y de energía ha tocado sus límites, se recurre a la especialización cualitativa, que estimulando el sentido de las diferencias, debería gratificarnos, de alguna mane­ ra, la con cien cia del ambiente social. Esto acaba p o r inducirnos lue­ go a las extrañezas más arbitrarias, a las extravagancias -típicas de las grandes ciudades- de la cosa rebuscada, de la originalidad y del pre­ ciosismo, cuyo significado n o reside ya en los contenidos de esta conducta, sino sólo en su form a que es la de la alteridad, la necesi­ dad de distinguirse, de destacarse de los demás y p o r lo tanto de ha­ cerse notar; lo que, para algunas formas de ser es todavía, en defi­ nitiva, la sola manera de conservar, a través de la con cien cia de los otros, alguna estima de sí m ism o y la certeza de ocupar un lugar. En el mismo sentido opera un elem ento p o c o notable pero cuyos efec­ tos acaban p o r sumarse y produ cir de esa manera un resultado per­ ceptible: la brevedad y rareza de los encuentros que le son con cedi­

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dos a cada individuo con otro, en com paración co n las relaciones coddianas de la ciudad de provincia. Pues la tentación de presentar­ se en form a ingeniosa, concisa y lo más caracterizada posible resulta extremadamente reforzada respecto de las situaciones en las cuales la frecuencia y duración de los encuentros son suficientes para producir en el otro una imagen clara e inequívoca de nuestra persona. Pero la razón más profunda p or la cual la gran ciudad favore­ ce la tendencia a la máxima individualidad de la existencia personal (y p o c o importa que esta tendencia esté siempre justificada o que esté siempre coronada p or el éxito), m e parece la siguiente: el de­ sarrollo de la civilización m oderna está caracterizado p or el p red o­ m inio de aquello que puede llamarse el espíritu objetivo sobre el es­ píritu subjetivo, vale decir que, en la lengua com o en el derecho, en la técnica productiva com o en el arte, en la ciencia co m o en los o b ­ jetos del ambiente dom éstico, se encuentra incorporada una parte de espíritu, al que el cotidiano aum ento del desarrollo intelectual de los sujetos suele tener detrás, sólo muy im perfectam ente y a dis­ tancias siempre mayores. Si tomamos en consideración la inmensa cantidad de cultura que se ha encarnado, desde hace cien años a es­ ta parte, en las cosas y conocim ientos, instituciones y com odidades y las com param os con el progreso civil de los individuos en el mis­ m o p eríod o de tiem po, p or lo m enos en los estratos superiores, se revela una espantosa diferencia de desarrollo entre las dos curvas y, desde luego en m uchos aspectos, una regresión de la cultura de los individuos en términos de inteligencia, delicadeza y generosidad. Es­ ta divergencia es sustancialmente el efecto de la creciente división del trabajo, dado que esta última exige del individuo una prestación ca­ da vez más unilateral, cuya máxima potenciación determina frecuen­ temente un decaimiento de la personalidad en su conjunto. En cada caso el individuo está cada vez en menores condiciones de enfrentar el desarrollo pujante de la cultura objetiva; tal vez menos a nivel consciente que en la práctica y en los confusos sentimientos de con ­ ju n to que se derivan. El hom bre es reducido al rango de una quanti­ té négligeable, a un grano de polvo frente a una inmensa organización de cosas y fuerzas, que le sustraen p o co a p o co todos los progresos, ideales y valores, transfiriéndolos de la forma de vida subjetiva a la de una vida puramente objetiva. Es necesario solamente recordar que las grandes ciudades son el verdadero escenario de esta civilización que trasciende y supera todo elem ento personal. Aquí, en las estructuras edilicias y en los institutos educativos, en los milagros y en las com odidades de la téc­ nica que supera las distancias, en las form aciones de la vida com u ­ nitaria y en las instituciones visibles del estado, se ofrece una m ole tan aplastante de espíritu cristalizado y despersonalizado que la per­ sonalidad, si así puede decirse, n o está en condiciones de reaccio­ nar frente a ella. Por un lado la vida le es facilitada enorm em ente

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porque se le ofrecen desde todos lados, estímulos, intereses, m odos de ocupar el tiem po y la conciencia, arrastrándola, p or así decirlo, en una corriente en la cual no tiene ya casi la necesidad de realizar algún m ovim iento para nadar, pero p or otra parte, la vida está com ­ puesta cada vez más con estos contenidos y espectáculos im persona­ les que üenden a despejar las tonalidades y diferencias personales, de m od o que ahora, para que este elem ento personalísimo se salve debe dar prueba de una extrema particularidad y originalidad, de­ be exagerar estos aspectos para estar todavía en condiciones de ha­ cerse escuchar, aun p or sí mismo. El decaim iento de la cultura indi­ vidual a continuación de la hipertrofia de la cultura objetiva es una de las razones del od io feroz que los predicadores del individualis­ m o extrem o, com enzando p or Nietzsche, aboguen p or las grandes ciudades, pero es también una razón del h ech o de que ellos sean amados apasionadamente en las grandes ciudades y aparezcan, jus­ tamente a los ojos del ciudadano, com o profetas y redentores de sus aspiraciones más insatisfechas. Si nos preguntamos cuál es la posición histórica de estas dos formas de individualismo, que son alimentadas p or las condiciones cuantitativas de las grandes ciudades (la independencia individual y el desarrollo de la originalidad o peculiaridad personal), la gran ciudad adquiere un valor totalmente nuevo en la historia universal del espíritu. El siglo XVIII en con tró al individuo con ligazones de naturaleza política y agraria, corporativa y religiosa, que lo violenta­ ban y que habían perdido todo significado; restricciones que le im­ ponían al hom bre, p o r así decirlo, una form a innatural y una serie de desigualdades que desde hacía tiempo eran injustas. En esta si­ tuación se elevó la apelación a la libertad y a la igualdad, la fe en la com pleta libertad de movimientos del individuo en todas las rela­ ciones sociales y espirituales, que hizo em erger enseguida en todos la com ún semilla de nobleza que la naturaleza ha puesto en cada u n o y que la sociedad y la historia n o han h ech o otra cosa que des­ gastar y pervertir. En el siglo X IX ju n to con este ideal liberal, se ha venido desarrollando otro, obra de Goethe y el romanticismo, p or una parte, p or la división económ ica del trabajo p or la otra: los indi­ viduos liberados de las ataduras históricas tienden ahora también a distinguirse entre ellos. No más el “hom bre universal” en cada uno de los individuos, sino que ahora justamente su unicidad e insustituibilidad cualitativa son los depositarios de su valor. En la lucha y en el enlazamiento variable de estos dos m odos de determinar la fun­ ción del sujeto en el interno de la totalidad general, es donde se de­ sarrolla tanto la historia exterior com o la interior de nuestra época. La fun ción de las grandes ciudades es justamente aquella de proveer un espacio para el conflicto y las tentativas de conciliación de las dos tendencias, en cuanto sus condiciones específicas nos son reveladas com o ocasiones y estímulos para el desarrollo de ambas.

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De tal manera ellas adquieren una posición particularmente única y fecunda de im plicaciones inextinguibles en la evolución de la rea­ lidad espiritual y se revelan com o una de las grandes form aciones históricas en las que las corrientes opuestas, que abrazan la totali­ dad de la vida, se encuentran y despliegan, p o r así decirlo, en pie de igualdad. Pero de este m od o, (e independientem ente del h ech o de que sus manifestaciones específicas nos resulten agradables o de­ sagradables) ellas se salen completamente de la esfera frente a la cual nos podríamos colocar en la actitud del juez. Desde el m om ento en que estas potencias están orgánicamente entrelazadas a las raíces y a las ramificaciones de toda la vida histórica, de la cual nosotros forma­ mos parte durante la efímera duración de una célula, nuestro deber respecto de ellas n o es el de acusar o perdonar, sino solamente el de comprender.

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La importancia de las artes aplicadas Hermann Muthesius

Die Bedeutung des Kunstgewerbes, en Dekorative Kunst, 1907, X , p. 177 y sig.; actualmente en Julius Posener, Die Anfänge des Funktionalis­ mus, Ullstein, Berlin-Frankfurt am Main-Viena 1964. Hermann Muthesius nace en Gross-Neuhausen, Alemania, el 20 de abril de 1861. Estudia arquitectura en Berlín y, posteriormente, ejerce tanto la profesión libre como la de profesor en las escuelas de arte aplicada por cuenta de la oficina del estado correspondiente. Es enviado a Londres por el gobierno para estudiar los problemas de la industrialización urbana y de su estética, y en 1907, de regreso a su país, es uno de los promotores del Deuts­ che W erkbund, que nace con el objetivo declarado de promover la investi­ gación en el campo de las artes aplicadas a la industria en Alemania. Es sin duda, con sus escritos, uno de los mayores teóricos de la modernización in­ dustrial y de la racionalización de los procesos productivos. Como arquitec­ to si bien construye según los principios de un Jugendsül refinado y se de­ dica, principalmente, a la construcción de grandes palacetes para la burguesía adinerada, continúa estudiando profundamente la tipología de las habitacio­ nes populares inglesas. Fallece el 26 de octubre de 1926.

¿En qué reside la importancia de las modernas artes aplicadas? ¿C óm o ha sido posible que un sector específico tan restringido, del cual hasta hace p o co ü em po el grueso del público n o sabía nada, se haya converüdo en una rama de la enseñanza universitaria? Exami­ nar su significado y cuantificación será el objetivo de mis lecciones en el presente semestre. Siguiendo la génesis y el desarrollo interno de la idea del arte aplicado será posible desarrollar lógicam ente la im portancia que le cabe desde ahora al arte industrial y que le será atribuida en form a versímil y en m edida creciente en el futuro. En tanto, p ued e valer la pena en esta lección introductoria enfocar, p o r así decirlo, con el reflector, el territorio que se extiende frente a nosotros, para individualizar con anticipación los puntos rele-

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vantes y entender su importancia. El desarrollo particular tendrá entonces objetivos más seguros y el resultado final se organizará con mayor claridad. El arte industrial m od ern o tiene en su conjunto im portancia artística, cultural y económ ica. He puesto en primer lugar la artísti­ ca porque ella es, en cierto m od o, obvia y porque todo el m ovim ien­ to del arte aplicado hasta casi nuestros días se consum ó en ella. La im portancia cultural del arte industrial n o es aún tan evidente. Las fuerzas activas en este cam po com ienzan a operar solamente en es­ tos días. Y p or lo que respecta a su importancia económ ica, ella per­ tenece todavía casi exclusivamente al futuro. Pero posiblem ente sea lícito crear alguna esperanza, basada en paralelos históricos. La im portancia artística del arte industrial resultó clara a todos, en Alemania, según emana de docum entos de primer orden, que se dieron a co n ocer este verano. Acaban de cerrarse las puertas de la tercera exposición de las artes aplicadas alemanas en Dresden, que mostró a todos cuál es la orientación actual del arte industrial ale­ mán. Entonces es oportuno delinear esta orientación en pocas palabras. A quello que n o podía m enos que impactar a primera vista a los visitantes de la muestra de Dresden era que todo lo expuesto, des­ de el pequ eñ o bordado artístico hasta la habitación com pletam en­ te equipada, hablaba un lenguaje artístico propio. Este lenguaje no tiene ya nada en com ún con aquel del viejo arte industrial que he­ m os visto florecer en los años 80 y 90. El em pleo de los elementos exteriores de los viejos estilos artísticos fue elim inado de la agenda y se esfuerza en hablar un lenguaje artístico nuevo, autónom o e in­ dependiente. Esto es lo que más impacta en los productos del nue­ vo arte aplicado. Y en este paso, en el abandono de los esquemas agotados de los últimos decenios, que n o hacían más que filtrar y volver a filtrar infinitamente el arte histórico, es ciertamente n ece­ sario ver una conquista del arte aplicado m oderno. Solamente una ép oca movida p or un entusiasmo juvenil podía dar este paso. Es un h ech o que un nuevo lanzamiento de este tipo, en el cam po de los estilos, n o se intentó desde hace siglos. Así, cuando el Renacim ien­ to rom pió con el arte gótico, estaba ampliamente difundido un en­ tusiasta deseo de novedades, similar al que puede observarse hoy en el m ovim iento de las artes aplicadas; pero entonces se nos propon ía solamente asimilar las formas de la antigüedad clásica recién descu­ bierta. A hora bien, es cierto que basadas en las formas antiguas, co ­ m enzando desde la época del Renacim iento, se desarrollaron mu­ chas novedades. Diversas corrientes, que fueron sucediéndose en el decurso del tiem po, generaron, p or caminos n o ortodoxos y m e­ diante la inserción de otros elementos (árabes, co m o en el arte or­ namental del Renacim iento alemán; chinos, co m o en el r o c o có y así sucesivamente), un lenguaje formal, con límites temporales tan bien definidos, que hoy casi lo podem os asignar con toda seguridad

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a determinados decenios de la historia del arte. Pero eran también, y solamente, variaciones y m odificaciones de un tema que había si­ d o fijado de una vez para siempre en la antigüedad. La más autóno­ ma de estas variaciones fue el arte rococó, una llamarada imprevis­ ta de objetivos formales caprichosos, que es aún aquella que m ejor se presta a una com paración con las tendencias revolucionarias, en ruptura con todas las tradiciones del arte industrial m od ern o. Si bien en esta última ya n o se intenta insertar los motivos de tenden­ cias artísticas del pasado o de otras civilizaciones, igualmente el m o ­ tivo con d u ctor y dominante está constituido justamente p or la crea­ ción fundam entalmente autónoma. Aunque pueda pensarse cualquier cosa sobre el resultado final de esta tendencia de evitar todas las reminiscencias históricas, lo cierto es que desde un principio ha logrado crear, sobre la base de una form a totalmente autónoma, obras persuasivas y artísticamente eficaces. Am igos y enem igos están obligados a recon ocerlo. Y tam­ bién entre los enem igos del m ovim iento, ninguno ha osado negar que nos encontram os frente a una empresa nacional, cuya im por­ tancia n o puede subvaluarse. Pero p or cuanto este aspecto exterior de la cosa sea el que más resalta a los ojos, los verdaderos resortes del m ovim iento m od ern o de las artes aplicadas n o residen exclusivamente, y m enos aún pre­ valecen, en el h ech o de crear en formas nuevas y todavía ignotas el arte histórico, pero deben descubrirse más bien en una m utación radical de actitud que intervino en relación con la p rod u cción de las artes aplicadas en los años 80 y 90. Entonces la actividad p rod u c­ tiva estaba guiada p or el am or al arte del pasado. Esa pasión estaba suficientemente desarrollada com o para suscitar el íntimo deseo de crear obras similares a aquellas que el arte del pasado estaba en con dicion es de ofrecer. Pero esa similitud se refería al aspecto exte­ rior de las antiguas obras de arte. Y de esta manera se olvidaba que aquel aspecto exterior podía ser sólo la expresión de las influencias internas que habían actuado en los correspondientes períodos. Se olvidaba que aquellos objetos antiguos eran tan perfectos justam en­ te porque constituían una form a característica de las con dicion es del tiem po bajo el perfil intelectual, material y social. Nadie p en ­ saba que las con dicion es intelectuales, materiales y sociales de nuestra ép oca se habían tornado totalmente diferentes y que, p or lo tanto, im itando la form a exterior de los productos del viejo arte­ sanado, se ponían en circulación falsedades e imitaciones. Y, en efecto, la rápida sucesión de las modas artísticas en la segunda mi­ tad del siglo X IX prueba que la fuerza exterior de los nuevos p ro­ ductos n o tuviese ninguna relación con el espíritu del tiempo. La apariencia de esas producciones estilísticas podría compararse a ves­ tiduras carnavalescas que se usan solo una n och e y se cambian a vo­ luntad.

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La tendencia a liberarse de esos disfraces y a referirse puram en­ te a las condiciones de nuestro dem po es el resorte o im pulso más importante del nuevo m ovim iento que se ha desarrollado en las ar­ tes aplicadas. Las condiciones de la época están trazadas, ante todo y de manera más clara, en la funcionalidad práctica que se requie­ re necesariamente a los objetos. Los requisitos de funcionalidad a los que debían responder los viejos muebles y utensilios eran, en m uchos aspectos, distintos a los m odernos. La form a de los asientos depende de los usos domésticos y sociales, co m o así también de la m oda en el vestir. La costumbre en las comidas se ha transformado profundam ente respecto de los siglos pasados; nuestras necesidades de aseo han aum entado enorm em ente y han dado origen a nuevos dispositivos; n o puede decirse solamente que nuestra sensibilidad higiénica haya aum entado, sino que cam bió su con cep ción . C om o consecuencia de todo ello la form a de las habitaciones fue m odifi­ cada. Al bagaje anterior de equipam iento y utensilios se agregó un gran núm ero de otros nuevos, otros renovaron en gran m edida sus formas fundamentales y, com o com pensación, un buen núm ero de los viejos accesorios dejaron de usarse. La transformación de nuestras costumbres de vida está aún sujeta a una transformación continua. Si quieren tenerse en cuenta las condiciones de la ép oca hay que, ante todo, tener en cuenta las condiciones particulares de ca­ da simple objeto. Es así, que el con cepto fundamental del m od ern o arte industrial ha sido desde el principio aquel de com enzar a defi­ nir con la máxima claridad el objetivo de cada objeto, para derivar lógicam ente la form a desde ese objetivo. Pero una vez que la sensi­ bilidad había sido quitada de la imitación exterior en el arte del pa­ sado y que se nos hubiese enfrentado con la realidad, otras exigen­ cias necesarias se asocian enseguida a ésta. Cada material im pone con dicion es particulares para su elaboración. La piedra exige di­ m ensiones y formas distintas de la madera, la madera, a su vez, for­ mas y dimensiones distintas que las de los metales y entre los meta­ les, el hierro forjado im pone exigencias distintas que la de la plata. Al principio de la con form ación según el objetivo se agrega, p o r lo tanto, el de la con form ación según la naturaleza del material y, al respecto del material se acom paña el respeto p or la estructura co ­ rrespondiente. Objetivo, material y con exión natural dan al artesa­ n o m od ern o las directivas que deberá estar dispuesto a seguir. Va de suyo que el resultado n o es siempre tal que la form a del ob jeto a crear ex novo esté determinada sin residuos p o r estos tres principios formativos. Dado que entre el intelecto y la m ano del ar­ tesano se inserta la sensibilidad humana. Y se inserta sobre todo en las obras que desean suscitar una grata impresión. Puede darse que el ingeniero pueda descartar enteramente el sentimiento, p o r cuan­ to pueda dudarse también de ello. En todo caso sería del todo ab­ surdo pretender de un m odelador artísticamente inspirado que su­

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prima totalmente el sentimiento y a continuación la fantasía, para desarrollar sus formas con una consecuencia lógico matemádca. El elem ento afectivo está presente también en el nuevo arte industrial, y lo está en una m edida elevada inclusive, de cuanto lo estuviese en el antiguo. Pero es totalmente distinto si el elem ento afectivo se de­ ja guiar p or la aspiración de alcanzar el aspecto exterior de las anti­ guas obras de arte, o si está totalmente independizado de toda re­ miniscencia histórica. En tod o caso el respeto inflexible de los prin­ cipios del m odelado según el objetivo, el material y la estructura, constituye un baluarte que preserva de las caídas en el sentimenta­ lismo histórico, y p or lo tanto, en la falta de funcionalidad. Ello es­ tá p rob ad o p or el arte industriiti de la ép oca de las imitaciones de los estilos, o sea, sobre todo, en la segunda mitad del O chocientos. Tal época, con su rápida sucesión y alternancia de modas estilísticas es, en conjunto, aquella de las peores aberraciones en el sentido de las decoraciones irracionales y de las simulaciones de tod o género. Las sustituciones e imitaciones celebraban su triunfo. Se imitaba la madera con cartón, la piedra con estuco o co n zinc laminado, el bron ce con estaño. A este respecto, se había p erdido com pletam en­ te el sentido de las reglas elementales de la decencia. ¿Y có m o se ex­ plica todo esto? Sobre todo con el h ech o de que estaban enam ora­ dos de la form a exterior y se la anteponía a tod o el resto a causa del sentimiento histórico del que ya hablamos. Hoy, la form a de ver esos decenios, ha sido superada p or los adeptos del nuevo arte in­ dustrial, pero n o ciertamente p or el com ún de la gente. El público y la pequeña p rod u cción artesanal todavía son prisioneros de esa mentalidad. L o demuestra claramente, p or ejem plo, el pintor de habitaciones alemán, que ve la culm inación de su p rop io arte al aplicarle iti revoque y al cartón la apariencia de madera de nogal y en el revestir una bañera de zinc con tintes que dan la apariencia de mármol. El h orror p or estas imitaciones y sustituciones fue el m otivo d o ­ minante del nuevo arte industrial. Descartar las imitaciones de cual­ quier tipo, que cada objeto se presente p or lo que es, que cada ma­ teriell se manifieste en sus propias cualidades. Así se desarrolló uno de los principios más importantes y significativos de la p rod u cción artesanal, el de la veracidad intrínseca. Y a su zaga vino enseguida el principio derivado, el de la pureza y simpleza de la obra. D ado que la legitimidad n o es más que la manifestación exterior de la veraci­ dad interna. Sobre la base de la simple lógica, volvió a ponerse en vigor un principio que se había casi perdido en el devenir de la p ro­ d ucción industrial del siglo X IX . Es verdad que a la pérdida de este principio han contribuido también otros factores, precisamente los de orden econ óm ico y social. Ello n o quita que al m ovim iento de las artes aplicadas, que viene desarrollándose poderosam ente en es­ te p eríod o, le quepa el mérito de haber puesto en primer plano, co ­ m o exigencia imprescindible, la pureza y la solidez de los productos

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industriales. Y es posiblem ente en este cam po en el que debem os ver su vocación más profunda y en el que podem os esperar su más amplia influencia. Pero aquí también la lucha con las condiciones existentes se presenta particularmente dura y difícil. Dado que recién se establecen en algún cam po, y que sea solamente en el de la producción indus­ trial, los criterios de la veracidad y de la pureza, toda la con cepción de vida de una generación n o puede menos que sentirse afectada. Exi­ gencias de veracidad y pureza pueden ser propuestas solamente p or quien posee cualidades de carácter desarrolladas en este sentido. La p rod u cción industrial del siglo X IX , se alejó de los ideales de sim­ plicidad y pureza, justamente porque los círculos de consum idores n o daban ninguna im portancia a esos valores. De la lucha de clases p or el predom in io, se desarrolló la pretensión social. El nivel bur­ gués, que venía afirmándose progresivamente, mostraba una exi­ gencia de lujo que podía satisfacer solamente con m edios exterio­ res y p o co costosos, pero considerados necesarios para com petir co n los niveles tradicionalmente privilegiados o, directamente, su­ perarlos. Esta era para el burgués, una situación totalmente nueva. Las pretensiones, el frenesí de aparentar más de lo que se es, se tor­ n ó directamente en una costumbre de los ambientes burgueses del siglo pasado; estamos tan inmersos en esta atmósfera que n o nos da­ mos cuenta tam poco de en qué m edida está difundida. Pero nos la podem os representar claramente si com param os la habitación del burgués económ icam ente acom od ad o de hoy, con la de un burgués en las mismas condiciones pero del siglo XVIII, p or ejem plo la ha­ bitación de un berlinés m od ern o del tiem po de Chodowiecki, o la decoración interna de una habitación con form ato de escenario re­ produ cida en la Woche, con las habitaciones de la casa de Goethe en Waimar. N o se requiere describir los detalles, cada u n o puede recor­ darlos. Por una parte una p om pa vanidosa, p or la otra una extrema m odestia y ausencia de pretensiones; p or una parte una habitación atiborrada de lujo inautèntico y de imitaciones, p or la otra un extremo y decorosísimo recato; por un lado un arte aristocrático de imitación, en símil oro, del otro la genuina concepción burguesa y sin máscaras. Sin em bargo, esta decoración de los espacios interiores de la casa habitación fundada en la vanidad social, dom ina toda nuestra realidad alemana presente y, un arte industrial que se vale de imita­ ciones y falsificaciones, provee el material necesario a este fin. Y es­ te es el punto contra el cual el nuevo arte industrial mueve el ata­ que y con d u ce una guerra a ultranza. A quí existen todavía muchas montañas para conquistar y fortalezas para abatir. ¿Podrem os decir que la meta será alcanzada? N o es fácil responder hoy a esta pregun­ ta. Pero que quede claro que el arte industrial se encuentra frente a un d eber educativo de primaria importancia. Y en este cam po el mism o ya supera los límites que le son asignados según la co n ce p ­

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ción corriente, se vuelve algo más que arte aplicado, se vuelve un instrumento de educación cultural. El arte industrial tiene com o objetivo educar a las actuales clases sociales en la solidez, frescura y simpleza burguesas. Si lo logra incidirá de la form a más profunda en nuestra vida cultural, prod u cien d o las consecuencias más am­ plias. N o se limitará a transformar los alojamientos y las casas alema­ nas, sino que influirá directamente en el carácter de la generación, dado que también la educación en la ubicación decorosa de los es­ pacios que habitamos n o puede ser más que una educación del ca­ rácter, dirigida a suprimir las tendencias arribistas y pretenciosas que con d u jeron a la decoración actual. Así la actuación de los verdaderos principios en los que se fun­ da el nuevo m ovim iento de las artes aplicadas con d u ce espontánea­ mente a ampliar su caudal y a aquella que hem os definido co m o su fun ción cultural. Pero también en el cam po propiam ente artístico vemos ya có m o los confines, inicialmente muy restringidos de las ar­ tes aplicadas, son de h ech o superados. Com enzando desde la idea original de las artes aplicadas, la con form ación elegante y plena de buen gusto de los productos del trabajo artesanal, el arte industrial ya se convirtió en una fuerza reorganizadora de nuestras habitacio­ nes. Está en la inm inencia de dar vida a una nueva cultura de la ha­ bitación; la verdadera meta de su labor se orienta hoy en esa direc­ ción. Pero desde la distribución de los espacios internos a aquellos de la casa en la cual se encuentran esos espacios n o hay más que un paso. Siendo así, puede observarse desde ahora có m o la estructura de las casas y particularmente, las de las pequeñas casas campestres, com ienza a estar influenciada p or las ideas que provienen de las ar­ tes aplicadas. El nuevo movimiento que apenas se ha iniciado en el cam po de la construcción de casas-habitación, puede ser definido en su conjunto en el sentido de que la casa ornamentada desde to­ d o punto de vista, sobrecargada de las más variadas reminiscencias históricas formales es reemplazada p or una casa simple, que se reco­ necta con los motivos arquitectónicos de la edilicia campestre y está construida según principios lógicos y funcionales. Pero este cambio en la mentalidad arquitectónica es el mismo cambio que ha venido des­ de el viejo arte industrial, que actuaba con las formas históricas tradi­ cionales, al nuevo que se im pone sobre una base funcional y objetiva. La influencia inconscientem ente ejercida p or el arte industrial se nota a primera vista. Y los simples principios del arte industrial es­ tán en la inm inencia de expandirse ulteriormente en la arquitectu­ ra. La nueva línea en el cam po de la construcción de las casas de cam po es sólo la primera manifestación de ciertas tendencias a la sim plificación que se afirman en la arquitectura en general. Dada la enorm e im portancia que le cabe a la arquitectura en el cuadro de la cultura de una época, puede decirse que sólo cuando los princi­ pios del arte industrial se hayan extendido a todo el vasto cam po de

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la edilicia privada y pública, el arte industrial habrá cumplido su misión. Bastará indicar brevemente el h ech o de que el m ovim iento de las artes aplicadas que se desarrolla con tanto ímpetu, encuentra también respuesta en los campos de la pintura y de la escultura. En la pintura hay que recordar la tendencia, que refloreció reciente­ mente, a una com posición severa en el esúlo del antiguo fresco mu­ ral. Nos topamos aquí con un aspecto fuertem ente pronunciado de nuestra época, del que pueden notarse ejemplos en la cartelería, en las artes gráficas, en las ilustraciones y en una parte de la pintura; también en la escultura se constata con satisfacción, en los últimos tiempos, una tendencia a la estilización, a la form a severa y lapida­ ria, que se despega de la orientación anterior hacia el b oceto de gé­ nero y la retórica teatral. El testimonio más reconfortante de esta di­ rección es posiblem ente el nuevo m onum ento erigido a Bismarck en Ham burgo. Si bien el nuevo m ovim iento, que se presentó inicialmente co ­ m o un fen óm en o estrechamente limitado al cam po de las artes apli­ cadas, muestra ya la tendencia de extenderse a todas las artes pue­ de decirse desde ahora que se convirtió en un m ovim iento artístico general; n o se debe, p or otra parte, ignorar el h ech o de que el m o ­ vimiento ha sido hasta ahora casi exclusivamente intelectual y que, particularmente, n o ejerce aún una influencia sensible en la vida econ óm ica de nuestro tiem po. El m ovim iento surgió de los ambien­ tes intelectuales y ha sido, hasta ahora, sostenido p or ellos y su trans­ misión tuvo lugar de un cerebro a otro. Pero en un cam po que n o es solamente artístico sino también industrial, será de máxima im­ portancia que el nuevo m ovim iento acierte también en la corres­ pondiente orientación económ ica. Y aquí com ienzan las dificulta­ des, que aparentemente se agravaron en los últimos tiempos, cuan­ d o los exponentes materiales del sector, o sea los industriales y los com erciantes, produjeron algunas manifestaciones de protesta co n ­ tra el nuevo m ovim iento y sus representantes, contra la exposición de artes aplicadas de Dresden y contra las escuelas de artes y oficios. Se hace notar que una declaración con centenares de firmas fue en­ viada a los gobiernos asociados. Entonces sería posible entrever en estos episodios, una seria amenaza al desarrollo de la idea de las ar­ tes aplicadas y, podría pensarse que hubiese aparecido, p or así de­ cirlo, un adversario que estaría en condiciones de destruir y sofocar co n su potencia económ ica, los tentativos de renovación artística ac­ tuante en el sector. Pero estos temores deben ser redim ensionados drásticamente, teniendo presente que el m ovim iento de las artes aplicadas surgió del espíritu del tiem po, brotó de una íntima nece­ sidad, mientras que las protestas de los adversarios tuvieron su ori­ gen en motivos puramente pecuniarios. En esta protesta, n o debe verse otra cosa que la manifestación del malestar suscitado p or el h ech o de que las nuevas ideas, que año tras año fueron adquirien­

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d o una fuerza creciente en la vida espiritual de la población , sacu­ dieron y, p or así decirlo, tom aron partido p or la corriente tradicio­ nal de la p rod u cción de objetos de equipam iento. Las protestas son la reacción a este fen óm en o y, en el fon d o, n o son otra cosa que una señal consoladora del h ech o de que el m ovim iento que hasta enton­ ces se había quedado limitado a un p equ eñ o círculo de intelectua­ les, golpea ya cada vez con mayor energía a las puertas de la p rod u c­ ción industrial y p on e en peligro sus bases, las cuales ya están en es­ tado de putrefacción. Los que protestan son aquellos que se sienten cóm od os en el viejo sistema, p o r el cual el produ ctor pretendía orientarse según los gustos del grueso del público y éste, a su vez, aceptaba sumisamente las modas insulsas que los productores p ro­ ponían a sus clientes. De repente este público de adquirentes co ­ mienza a pensar de manera autónom a, se ve estimulado y sacudido p o r las produ ccion es de los artistas, ha visitado algunas exposicio­ nes y tuvo la ocasión de ver interiores caracterizados p or una armo­ nía admirable, que fueron concebidos p or los arústas. Entonces co ­ mienza a dudar de los consejos que le frieron dados hasta ahora p or el industrial o el comerciante. Es natural y humanamente com pren­ sible, que el industrial y el com erciante com iencen p or com baúr esta clase de molestias. Pero es también claro que estas protestas y ataques estén destinados a quedarse sin éxito, frente a la gran corriente espi­ ritual del riempo. Finalmente, hoy ya puede llamarse la atención sobre el h ech o de que ponerse al servicio del m ovim iento m od ern o no significa en lo más m ínim o renunciar a la perspectiva de éxito com ercial. Una serie de industriales de las artes aplicadas, que siguieron lógica y c o ­ herentem ente este cam ino, alcanzaron un óptim o nivel de desarro­ llo econ óm ico. Bastará recordar los “Talleres para las artes aplica­ das” de Dresden que, iniciados modestísimamente, se desarrollaron en el transcurso de o ch o años, hasta alcanzar a ser una empresa que ocu pa centenares de carpinteros y co n una facturación anual de un m illón de marcos. Para este objetivo, naturalmente es necesaria una cosa: que el p rod u ctor participe del nuevo m ovim iento n o sólo con los cálculos, sino también con el corazón. En este caso el éxito no faltará. Es más, puede afirmarse que el futuro les pertenecerá a los industriales que n o hayan suscripto las protestas contra el nuevo m ovim iento sino que, contrariamente, hayan adherido a él, dado que ellos secundan y acom pañan el m ovim iento intelectual del tiem po, mientras que los otros buscaban en vano obstaculizarlo y oponerse a su avance. En cada caso la solución del aspecto econ ó m ico de las nuevas artes aplicadas es la cuestión más urgente del m om ento, que no p uede considerarse cerrada y solucionada p o r el sólo h ech o de que la p rod u cción artesanal e industrial, en vez de sacar a la luz objetos en los estilos históricos tradicionales, lo hace en el así llamado “nue­

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vo estilo”. Ella ya había com enzado esta tentativa cuando presentó co m o el último y más actualizado de sus estilos el co n o cid o co m o li­ berty o secesión, salvo que lo cam bió enseguida p o r el estilo im perio o con el biedermeier. Pero las ideas presentes en las nuevas artes apli­ cadas son demasiado serias para dejarse involucrar en este frívolo ju e g o de modas estilísticas. L o que im porta en el m ovim iento de las artes aplicadas n o es justamente el llamado estilo m odern o. La p ro­ clam ación de este estilo ha sido sólo una manifestación de ligereza prematura. Un estilo n o surge de hoy para mañana y n o puede ser m editado o inventado artificialmente, sino que es el resultado de las aspiraciones y esfuerzos tenaces de una época, la manifestación visi­ ble de sus impulsos interiores y de sus fuerzas motrices espirituales. Si esos impulsos son auténticos, surgirá un estilo genuino, o sea ori­ ginal y duradero; si son frívolos y superficiales, surgirá algo similar a la rápida sucesión de imitaciones de los últimos cincuenta años. Cuál será el estilo que resultará de las tendencias, muy serias y em ­ peñosas, que se manifiestan actualmente en las artes aplicadas, n o es posible preverlo hoy, solamente se lo puede presumir vagamen­ te. Nuestro deber n o es el de recabar a toda costa un estilo de nues­ tro tiem po, sino solamente el de plasmar con plena y sincera dedi­ cación, de manera que podam os justificar nuestra obra frente a nuestro m ejor con ocim ien to y conciencia. Un estilo n o es algo que pueda preverse anticipadamente, pero es la gran síntesis de los es­ fuerzos sinceros de una época. Será deber de la posteridad estable­ cer cuál ha sido el estilo de nuestro tiem po, o sea cuáles trazos co ­ munes pueden individualizarse en las aspiraciones más serias y genuinas de los mejores de nuestra época. C on esta aspiración están animados quienes hoy desem peñan una fun ción de guía en el m ovim iento de las artes aplicadas y, p or lo tanto, podem os esperar que ellos, sin querer, desarrollen el esti­ lo de nuestro tiem po sin hacer otra cosa que esforzarse seriamente para progresar y seguir su impulso interior. L o m ejor que puede ha­ cer la p rod u cción material de nuestra ép oca es asociarse a esta se­ riedad de esfuerzos. Ello implica, además, una conversión de funda­ mental importancia; dado que el industrial en el cam po de las artes aplicadas ha rechazado, com o principio, mezclar objetivos éticos o morales a su actividad productiva y comercial, que él, según sus decla­ raciones, programaba únicamente p or los presuntos requerimientos del público. El resultado eran cosas que tenían muchas pretensiones y que, en realidad, n o contaban m ucho; aunque estas cosas eran aceptadas p or el público en gran cantidad y en todos los niveles so­ ciales. A continuación de esta práctica de la industria y a la disponi­ bilidad del público, intervino una desmoralización recíproca de los industriales y de los adquirentes. Efectivamente, ¿a cuál industrial del cobre le puede agradar pasarse la vida p rod u ciend o baratijas? Y, ¿qué com prador puede com placerse, a la larga, de cosas que n o va-

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len nada? En ese punto debe producirse un cam bio radical y éste debe com enzar en el industrial. Basta con que este último transfie­ ra a la empresa los criterios de decencia a los que se vincula en la vi­ da privada; tal com o se com porta honestamente en la vida privada, así debe producir honestamente com o industrial o co m o com er­ ciante, o sea que n o debe producir cosas que sean solamente imita­ ciones o falsificaciones, cosas que pretendan ser más de lo que son. Q ue principios de esta naturaleza puedan fácilmente llegar a ser pa­ trim onio general de todo un pueblo, será notorio a todo aquel que tenga un cierto con ocim ien to de la vida e ideas inglesas. El indus­ trial inglés está casi siempre inclinado al con cep to de seguir su m e­ jo r convicción y de producir solamente cosas sencillas y genuinas. Por más que la p rod u cción industrial alemana haya aum entado ve­ lozm ente en los últimos decenios, gracias a su celebrada facultad de adaptación, esta misma facultad resultó frecuentem ente dañina en los campos atinentes a las artes aplicadas y al arte industrial. Afortunadam ente, en los últimos tiempos, aquella tendencia a la solidez y a la simpleza que en Inglaterra es normal, se ha ido ge­ neralizando también en vastos estratos del pueblo alemán; este he­ cho, p or otra parte, coin cide y n o p or casualidad, con el m ejora­ m iento de las condiciones de vida del pueblo. A quí la tendencia de la época vuelve a ser convergente con los principios fundamentales del m ovim iento de las artes aplicadas. Apartar las imitaciones de to­ d o tipo y que cada objeto se presente p or lo que es. Si la industria productora en este punto adhiere al m ovim iento de las artes aplica­ das, podrem os decir que hem os dado un gran paso hacia adelante. D ado que es evidente que en la prod u cción de objetos insuficiente­ m ente sólidos y com pactos, n o obstante todo el trabajo em pleado en ellos, la materia prima n o se utiliza com o debería ser, p or lo que se desperdicia, en prim er lugar, un enorm e patrim onio nacional en materiales y en segundo lugar se em plea trabajo de manera inútil. Los objetos baratos son, en última instancia y bajo cualquier aspec­ to, más costosos que los de mayor precio. Una p rod u cción industrial orientada en este sentido, debería naturalmente dejar de contar con los malos instintos del público, para apuntar en cam bio a los mejores y también, si bien inicialm en­ te podría n o tener éxito pero habiendo cum plido una acción de gran importancia, dado que elevando la calidad del trabajo alemán, elevaría también el prestigio de la prod u cción alemana en el m er­ cado mundial. No existen dudas que la calidad del trabajo alemán ha ido m ejorando constantemente en el transcurso de los últimos decenios; en algunas ramas de la p rod u cción nacional es totalmen­ te ejemplar, es más, única en el m undo, baste sólo pensar en el cam­ p o del instrumental óptico y científico. Pero en el cam po del arte industrial, p rop io de la p rod u cción alemana, está aún muy atrasa­ do; dado que faltaban las dos cualidades esenciales para la p rod u c­

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ción de arte industrial, un gusto autónom o y una civilidad nacional superior. A quí la p rod u cción alemana no hizo otra cosa que seguir las tendencias de otros países, logrando sucesos pecuniarios al imi­ tar las creaciones originales de otros pueblos y p rod u cien d o a pre­ cios inferiores. Por cuanto esta actividad pueda ser remunerativa desde el punto de vista estrictamente pecuniario, n o puede decirse que ella haya h ech o h on or a Alemania. Es verdad que, al principio, no había otra manera para lograr el ingreso com o productores en el m ercado mundial; pero el fuer­ te m ovim iento espiritual que vimos surgir en las artes aplicadas en el curso de los últimos diez años, puede proveer los m edios para cambiar este estado de cosas. Dado que aquí apareció p or vez pri­ mera una creación alemana original, de la cual la nación puede es­ tar orgullosa, y se ha p rod u cido algo que da tesdm onio de un gus­ to autónom o y de una cultura artistica nacional, independiente del exterior. Ciertamente no puede esperarse que las consecuencias que todo ello pueda tener sobre el m ercado mundial se manifiesten de hoy para mañana. Los comerciantes son los primeros en co n o ce r la incidencia de la buena fama en la venta de productos. L o prim e­ ro que debe hacerse es elevar el prestigio artístico del conjunto de los productos alemanes, que no será un deber fácil, dado que en las cuestiones artísticas el exterior no nos dio, hasta ahora, crédito al­ guno. Aunque esta afirmación pueda sonar intolerable y antipatrió­ tica a los oídos alemanes, cualquiera que tenga alguna familiaridad con la opinión pública de otros países, sabe que nosotros actualmen­ te no contamos, prácticamente nada, en pintura ni en escultura. Nuestros pintores, que en Alemania son considerados unos titanes, no son con ocidos en el extranjero siquiera de nom bre, mientras que los impresionistas franceses son buscados en todo el m undo. Un amante del arte que sea extranjero, n o sabría, si le fuese requerido, ni siquiera el nom bre de un escultor alemán, mientras que los n om ­ bres de M eunier y R odín, suscitan ecos en tod o el m undo. En arqui­ tectura somos considerados com o el país más atrasado de todos, así co m o en general, a ju icio de los extranjeros, el gusto alemán ocupa el peldaño más bajo. En este cam po nuestra fama decayó a tal pun­ to que, alemán y persona sin gusto, se volvieron expresiones equiva­ lentes. De nada vale esconder estas cosas y hay que tener el coraje de mirar en la cara a los hechos tal com o son. Hoy nos lo podem os permitir tanto más fácilmente en cuanto, gracias a los progresos im­ petuosos de nuestras artes aplicadas, correm os el riesgo de volvernos los mártires de nuestra mala fama, ya que no hay duda de que, justa­ mente en las creaciones del nuevo arte industrial alemán, ha salido a la luz algo que está destinado a tener efectos arrolladores y a trans­ form ar radicalmente el ju icio de los extranjeros a nuestro respecto. La exposición de arte industrial alemán en Saint Louis, apareció a todos com o una revelación y puede decirse que en tod o el m undo

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corre ya la voz de un maravilloso florecim iento de las artes aplica­ das, que se ha manifestado imprevistamente en Alemania. Sólo so­ bre la base de este prestigio es que puede tener inicio un aumento de las exportaciones de productos de las artes aplicadas. Y, sólo cuando se inform e de nosotros y de nuestra contribución original, ocupare­ mos en el arte industrial un lugar que se traducirá en una actitud de estima y respeto en el m ercado internacional. D ado que el rol que desem peñam os con nuestras imitaciones de muebles franceses será siempre un rol de segundo orden, para que pueda desempeñarse un rol de primer nivel, será determ inan­ te solamente el valor ideal y específico inherente a la p rod u cción , o sea el valor cultural. Solamente con los resultados culturales obteni­ dos p or el artesanado francés en los tiempos de Luis X IV y de Luis XV, es que se explica la posición determinante, o más bien directi­ va, que Francia continúa detentando hasta hoy en el m ercado de las artes aplicadas. Y si Inglaterra, cuando se desarrolló a los fines del Setecientos su arte en la fabricación de muebles de avanzada que ejerció una influencia decisiva en la cultura burguesa, p u d o tener también ella, en cierta medida, su voz en el m ercado mundial gra­ cias a su contribución nacional autónoma. Y también la influencia ejercida más recientem ente p or las artes aplicadas inglesas en el m ercado mundial es bastante instructiva; solamente porque Inglate­ rra ha dado p or su cuenta una contribución autónom a es que sus telas, alfombras y muebles pasaron a representar en los últimos 20 años una nota específica e insustituible en el m ercado mundial. El suceso com ercial llega luego de estos valores intrínsecos dom inan­ tes; en este m u n do no se regala nada a nadie, las pequeñas ventajas pueden obtenerse p or caminos indirectos, p ero las grandes se co n ­ quistan solamente con las grandes calidades. Pues si éstas se en ­ cuentran presentes en m edida suficiente, logran el p od er y la liber­ tad además de la com pensación. Basado en la posesión de grandes • cualidades artísticas, a un país le resulta fácil asumir una fun ción de guía en el cam po de las artes aplicadas, le resulta fácil desarrollar li­ brem ente las mejores dotes propias e imponerlas, p or así decirlo, al m u n do entero. Entonces la industria n o necesita espiar ansiosa­ mente los caprichos de la m oda, sino que puede ella misma dictar el gusto dominante. Es lo que todavía está haciendo Francia, en mu­ chos campos. Nadie puede hoy prever si el cam ino que han toma­ do recientem ente las nuevas artes aplicadas alemanas, habrá de con du cir a una influencia de largo aliento, com parable al ejercido en su m om en to p or el artesanado francés. Está en el interés de A le­ mania cultivar estas esperanzas y em peñar todas sus energías en la tentativa de desarrollar ulteriorm ente los prim eros resultados fe­ lizmente obtenidos. El nuevo arte industrial, que ya superó sus confines más estrechos y se ha transform ado en un m ovim iento generalizado de las artes en Alem ania y que, también se está p or

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transformar en un m ovim iento general de la cultura, no puede ha­ cer m enos que producir, si continúa creciendo, las debidas conse­ cuencias de carácter econ óm ico. Y, desde este punto de vista y te­ n ien d o en cuenta estas perspectivas, mi principal deber en las pró­ ximas lecciones, será el de describirles el desarrollo que ella tuvo hasta ahora.

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Estética de la ingeniería Joseph August Lux

IngenieunAesthetik, Gustav Lammers, M unich 1910. Joseph August Lux nace en Reichenhall, cerca de Viena, el 8 de abril de 1871. Como autodidacta, estudia en Viena y luego en Londres, Munich y París, in­ teresándose por las artes figurativas, las artes aplicadas, la arquitectura, la música y la literatura. Alrededor del 1900 se encuentra entre los difusores de la cultura inglesa decadente, y comienza a escribir ensayos sobre crítica de ar­ te. En 1908 es uno de los miembros fundadores del Deutsche Werkbund, y más tarde del Instituto de enseñanza artística Jacques Dalcroze de Dresde. Forma parte como redactor en la revista de arte H ohe Warte (Observatorio), que representa entre 1905 y 1908 una verdadera escuela de tendencias refor­ mistas en el campo de la arquitectura y de las artes aplicadas¡ con sede en He­ llerau. En Viena participa en la creación de la Sociedad Kralik, con la cual se vincula estrechamente. A partir de 1919 participa en la revista Kunst und Kulturrat (Arte y Cultura). Durante la ocupación nazi de Austria es­ tuvo prisionero en un campo de concentración en Dachau. Más tarde escribe novelas y autobiografías de músicos, además de su producción habitual de crítica de arte. Muere en 1947.

Introducción La mayor parte de la gente sigue sin darse cuenta de que la téc­ nica realiza nuestros ideales humanos. En la técnica n o sucede nada que ya n o se haya presentado bajo la form a de un sueño, una poesía o una utopía. “Si fuese un pajarillo...”, expresa un antiguo deseo. En Babel se levantó una torre sin la capacidad de concluirla. Desde entonces, la humanidad alimenta el sueño sobrehum ano de la torre de Babel. Sin embargo, los técnicos de hoy han realizado aquel sueño y han erigi-

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d o rascacielos frente a los cuales las torres más altas de la tierra serían construcciones pigmeas. Mandaremos nuestra voz más allá de los ma­ res, ya habían dicho los románticos en su época, pero todos sabíamos que eran visionarios. Tal vez, en muchos aspectos los técnicos de hoy son románticos, pero sin duda n o son visionarios, y han instalado un cable con el cual podem os enviar tranquilamente nuestra voz más allá de los mares. ¿D ebo dar muchos otros ejemplos? El lector me agradecerá si le dejo algo para adivinar. N o es culpa nuestra si para nosotros hoy, desde la infancia, la técnica es más importante que Platón. Y, sin embargo, en la fase ac­ tual de la cultura, el arte del ingeniero es denigrado co m o el gran enem igo y destructor de la belleza, a pesar de que nosotros debem os a los progresos de la técnica todo el bienestar, la com odidad y la fa­ , cilitación de la vida. Pero las viejas comadres de provincia dicen que n o quieren via­ ja r en ferrocarril, y la explotación de los recursos hídricos de su re­ gión alimenta su od io hacia todo lo relacionado con el progreso y la técnica. A ellas n o les importa el bienestar que aquello implica para cientos de miles de personas. Las viejas comadres tienen una in­ fluencia superior de lo que se cree sobre la disposición interior ac­ tual. Nosotros queremos ser libres y n o queremos tener el espectácu­ lo deprimente de aquellos que intentan detener, con su cuerpo, la rueda en perpetuo movimiento de la evolución. Ahora bien, para que estos eventos que requieren de los fenóm enos naturales tam­ bién susciten placer, es necesario despertar nuevamente en la pobla* ción la conciencia de la belleza de las nuevas dimensiones, de las nuevas líneas y de las nuevas culturas. Es de suma importancia para la form ación intelectual, para la educación nacional y para una mayor energía en la com petencia en■tre los pueblos que el público se acostumbre a discernir, en las obras y en los progresos de la técnica, n o un obstáculo para la cultura, si­ n o más bien un factor cultural de primerísimo orden, y que con la j com prensión de este h ech o adquiera además la alegría de vivir y de - crear en nuestra época. Ello es extremadamente importante porque la alegría es una fuente extraordinaria de energía, y porque un pue­ b lo que tiene demasiadas viejas com adres que miran hacia el pasado y que están decididas a desempeñar una función de freno, n o pue­ de ser un pueblo del futuro. Que se haga con placer aquello que debe hacerse, dado que la libertad significa obedecer dócilm ente y de buena gana a la necesi­ dad. Además, lo que sucede en el cam po de la técnica es una necesi­ dad impuesta p or el espíritu de la evolución, y que nos conviene seguir con todo el empuje impetuoso de la alegría antes que con mala voluntad y repugnancia. Por ello, es una obra meritoria abrir el intelecto y el corazón de cientos de miles y de millones de personas a la com prensión de lo que sucede, y obtener de esos millones de

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corazones el empuje alegre hacia lo que para nosotros es progreso y que puede hacer de nosotros los vencedores de esta pacífica com pe­ tencia mundial. Puesto que la clave de esta victoria se encuentra, si­ no exclusivamente, al m enos en buena parte en la técnica. Pero, ¿podem os decir que esa técnica luego sea también la ple­ na realización de nuestros sueños de belleza, potencia y alegría? ¿Acaso nuestro sentido de la belleza no se siente a m enudo profun­ damente ofendido? . Y, ¿puede pretenderse que se sienta alegría y placer donde falta la belleza? Al respecto, nos cuidamos bien de afirmar que los ingenie­ ros hayan realizado efectivamente todo lo que podría satisfacer emi­ nentemente nuestras exigencias culturales. Me imagino que un puente ferroviario, o la Tour Eiffel, nos gusta m ucho. Pero no debemos engañamos con el hecho de que el placer que la torre nos inspira es -por así decir- de naturaleza exclusivamente intelectual. La primera impresión desordenada, la intuición sensible inmediata, que tiene un valor decisivo para el sentimiento de belleza, a m enudo determina un secreto desconocido. Sólo cuando nos perca­ tamos del h ech o de que aquí interviene una multiplicidad de fuer­ zas com binadas entre sí en todo sentido, y que ese ju e g o se apacigua, y nosotros terminamos p or recon ocer en el objeto una form a de be­ lleza sui generis. Es decir, que nuestra conciencia artística se con for­ ma con tres principios fundamentales: finalidad, construcción y ma­ terial. Nos conform am os, pero no nos tranquilizamos p or com pleto. Nuestra conciencia artística sólo está apaciguada, pero aún n o está satisfecha. De vez en cuando vuelve a agitarse. También ella es una fuerza elemental. Es absolutamente falso que el contenido objetivo, el simple esqueleto de la cosa, sea la última palabra de la belleza. U n f puente ferroviario, la Tour Eiffel y otras obras de ingeniería similares son un simple esqueleto que puede satisfacer mi intelecto, pero no satisfará nunca mi corazón. Y el ojo artístico ve con el corazón, y no co n el intelecto. Me valdré de una imagen: el esqueleto hum ano es, * sin duda, la obra de ingeniería más perfecta, pero para mi o jo en busca de belleza el elem ento decisivo está constituido p or la carne floreciente, donde es evidente que n o tenemos nada que ver ni con el público de los profanos ni con el experto, de quien la estructura, el material y la finalidad no bastarán para satisfacer la voluntad cul­ tural que apunta a la belleza. A hora bien, ¿es posible pensar que la técnica, que es hija p or ex­ celencia de nuestra época, deba llevar las viejas modas, adaptar a su cuerpo juvenil y gigantesco los viejos estilos en desuso desde hace tiempo y vestirse com o la bisabuela? Es un sano instinto el que recha­ za radicalmente esa regresión hacia los viejos elementos. La forma ar- ' tística debe ser inventada ex novo sobre la base de los nuevos elementos. Este es el problem a que todos estamos em peñados en resolver.

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1. Técnica y estilo M ucho tiempo antes de que los arquitectos del 1800 com enza­ ran a lamentarse de una época sin esülo y se decidieran a darle un estilo a su época, el ingeniero ya había establecido las líneas funda­ mentales que dan una fisonom ía a la época actual. Pero la sensibili­ dad artística no poseía aún los órganos necesarios para percibir esas nuevas líneas, y m u ch o menos para recon ocer su belleza. Los arqui­ tectos, los pintores y los artífices que, desde mediados de 1800, bus­ caban el nuevo estilo, creyeron recon ocerlo en la ornamentación. H ubo quien saqueó los tesoros de la tradición, replanteando nueva­ mente las formas de pensar del pasado; y quien osadamente se dedi­ có a inventar un arte ornamental com pletam ente nuevo. El panora­ ma artístico era naturalmente muy variado, pero nuestro deber aquí no.es estudiar esas diferencias. En este contexto es decisivo sólo un elem ento com ún a todos, que es el rechazo a tomar en cuenta los nuevos valores espaciales, es decir, los nuevos ritmos resultantes de la unión entre las matemáti­ cas y la técnica. De ello resulta que no se com prendieran las maravi­ llas de las nuevas dimensiones, alturas y líneas, y que no provocaran fascinación los pabellones y los arcos que, ágiles y graciosos, parecían creaciones de la fantasía. Pero las nuevas formas n o se habían convertido aún en una imagen suficientemente habitual, y nadie era capaz de recon ocer su estética y com prender que se estaba desarrollando una nueva arquitectura: la arquitectura del hierro, que le otorgaba a la Edad M oderna su de­ cisiva fisonom ía estilística. La sensibilidad artística estaba demasiado adulterada p or la historia del arte com o para p oder com prender la belleza de la nueva construcción en virtud de su propia esencia. La cultura artística se encontraba demasiado condicionada p or las gafas eruditas de la arqueología y de la investigación histórica com o para p od er captar, en las obras incomparables de la ingeniería m oderna, algo distinto a una caricatura de las formas arquitectónicas tradicio­ nales. Una caricatura que carece de todos los rasgos distintivos de la majestuosidad maciza legada p or las antiguas construcciones en pie,dra. Dicha majestuosidad no sólo no cumple con las formas sutiles y elegantes de las nuevas construcciones, sino que además en la arqui­ tectura las antiguas leyes de la p rop orción y de las relaciones espacia­ les parecían disolverse y deformarse p or com pleto bajo el criterio de lo gigantesco. La inmensa mayoría de las personas provistas de educación artís­ tica, sólo podía recon ocer a las grandes construcciones com o produc­ i o s monstruosos de la técnica. Más aún, el mismísimo John Ruskin, el gran profeta artístico del 1800, había declarado que el hierro era el material édilicio menos monumental que pudiera existir, y que sola­ mente podía desempeñar una función secundaria en la construcción

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interna. Además, la antigua arquitectura había em pleado el hierro com o pilastra, viga o grapa, donde naturalmente n o podía manifes­ tarse en la apariencia monumental externa. La madera y la piedra eran los únicos materiales de las construcciones monumentales. El gran profeta, que ha esclarecido el pasado y para quien el presente estaba inmerso en la oscuridad pron u n ció esas palabras, pero la prueba irrefutable de lo opuesto ya estaba presente en el am­ biente real que lo rodeaba. Le habría bastado con abrir los ojos pa­ ra notar que el m undo se había vestido con un nuevo ropaje, que n o estaba menos ennoblecido p or la chispa divina del espíritu hum ano que el ropaje arquitectónico de los buenos tiempos pasados. Para notar que estas nuevas formas, llevadas a término con la sangre y el sudor de algunas generaciones, tienen un valor revolucionario en la historia universal de la humanidad, y que es necesario reconocerles una belleza espiritual, aunque esta belleza contraste con todo lo que la ha precedido. Pero el gran teórico de la estédca soñaba sobre los escalones de las catedrales góticas, y aquellos sueños del pasado le impedían dis­ cernir el Palacio de Cristal de Londres, que de un m o d o absoluta­ mente similar al gótico, encarnaba el principio de las construcciones racionales. Aunque con la diferencia que dicho principio n o se en­ carnaba en la piedra, sino en un material m ucho más racional: en el hierro y en el vidrio. Ruskin ha representado, para la sensibilidad artística del 1800, el punto culminante hacia el cual volvemos a mirar con veneración, com o a una alta montaña consagrada cuya cima, envuelta en las nu­ bes, lanza a intervalos relámpagos y truenos para castigar a la raza p e­ caminosa que demuestra ser tan insubordinada hacia los diez man­ damientos que ha establecido el arte. Para él, la máquina a vapor, la locom otora y la vía férrea eran objeto de execración. Su estética n o poseía ningún capítulo que permitiera explicar la similitud de la má­ quina con las funciones del cuerpo humano; ni com prender, p or así decir, la fisiología matemáticamente aplicada en relación con las propiedades de los metales; ni medir la bendición representada p or esos cuerpos metálicos con sus manos milagrosas e infatigables. El n o veía en las máquinas a las esclavas de la humanidad, sino a sus ti­ ranas; en ellas veía las aberraciones, y n o las ventajas. Evitaba los fe­ rrocarriles y hacía transportar sus libros en carruaje a través del país. Pero a pesar de las más tremendas y conm ocionantes invectivas bíblicas, la historia del m undo n o regresa sobre sus propios pasos. La humanidad tuvo que acostumbrarse a las obras de la técnica, dado que en ellas se halla la expresión de férreas necesidades. Las obras de la técnica han puesto del revés a las tradiciones consagradas, han transformado profundam ente el aspecto de la tierra, han dado lugar a luchas encarnizadas. Todas las tradiciones n o escritas han transfor­ m ado la vida humana. En parte han desnaturalizado el paisaje, o -co-

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m o m ínim o- a m enudo lo han privado de su inümidad naüva con una extrañeza de la cual nadie poseía el criterio; pero finalmente ad­ vino la costumbre y ella nos ha dado, p or así decir, un ojo nuevo. Es­ te o jo nuevo ve, en el lugar de la desolación, germinar el secreto de una nueva belleza y percibe, a despecho de la historia del arte, las construcciones de la técnica desde un punto de vista artístico o, al menos, desde un punto de vista estético. El con cepto de lo bello ha sufrido una vez más un trastroca­ m iento o, más bien, está com o rejuvenecido y renacido, luego de que la costumbre le hizo de partera. Hoy se habla ya de las obras maestras de la técnica, de una estética de la ingeniería, de una arqui­ tectura en hierro. No hay dudas de que la construcción técnica m o­ derna haya adquirido inadvertidamente una suerte de predom inio artístico y haya ocu pado el sitio de la reina de las artes, la arquitectu­ ra. N o podem os introducir más, en ningún cam po de la creatividad humana, una determ inación estética que n o derive del espíritu ra­ cional de la objetividad, de la construcción y de la finalidad. Son las obras maestras de la técnica, y n o la arquitectura, prisionera de su pasado histórico, las que le han dado a la Edad M oderna su im pron­ ta estilística, p or la cual se distingue radicalmente de las épocas esti­ lísticas anteriores. Esta ley estilística es tan férrea que su analogía no sólo se repite en los productos específicamente técnicos, sino tam­ bién en la indumentaria m oderna, en los enseres domésticos, en el m obiliario, en todo aquello que reviste o que ennoblece nuestra vi­ da actual. Por lo tanto, las artes arquitectónicas, incluidas las artes aplicadas, reciben directa o indirectamente de la técnica su destino formal. Directamente, mediante las formas de la prod u cción m ecá­ nica y los nuevos materiales de construcción, com o el vidrio, el hie­ rro y el cem ento armado. Indirectamente, p or m edio de la determi­ nación espiritual de una sobriedad ennoblecedora, de la idea de la finalidad y del relieve dado al principio constructivo, que es el obje­ to principal de nuestro interés estético. Y es siempre p o r este m otivo que aun los intentos renovadores de construir con el espíritu de un p eríodo anterior y de imitar los motivos arquitectónicos de épocas pasadas, n o pueden dejar de parecem os com o una iniciativa reaccio­ naria y sin perspectivas de éxito. Y n o está lejos el día en que las fa­ chadas de las casas que exhiben amontonadas falsas formas barrocas o renacentistas, sean percibidas p or todos com o algo ridículo y hu­ millante, así com o ahora parecen ridículos y humillantes los adornos ordinarios impresos a máquina sobre objetos de metal, que constitu­ yen una imitación burdamente ilusoria de lo que una vez fue un n o­ ble trabajo manual. Existe una directriz rectilínea de desarrollo que va desde el tra­ je de corte sencillo a la indumentaria deportiva práctica; a los m ue­ bles lisos y sin adornos de mal gusto; a los aparatos e instrumentos m odernos com pletam ente gobernados p or la idea de su finalidad; a

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las arquitecturas muy simples, lisas, que apuntan a la funcionalidad; al automóvil y a otros medios de transporte contem poráneos; a las obras maestras de la técnica; a la form ación científica y a la discipli­ na funcional del espíritu m oderno. Es necesario tener bien presente este nexo causal cuando se ha­ bla del verdadero estilo de nuestra época.

2. El hierro como material de construcción El hierro com o material de construcción tiene una fecha de ori­ gen relativamente reciente. Sólo la mitad del siglo X IX ha visto el em pleo deliberado de este elem ento en la arquitectura, en la cual hasta entonces el hierro había desem peñado solamente la función de un m edio auxiliar y subordinado. Es sólo y únicamente en el cam­ p o de las artes aplicadas que este metal puede ostentar un pasado grande y glorioso. Las armas antiguas, las rejas en hierro foija d o, los grabados en hierro y en acero de los siglos X V y XVI, representan los puntos culminantes en la historia de la p rodu cción artística de este elemento. Pero sólo la era de las máquinas le ha dado al hierro la im­ portancia revolucionaria y universal que éste ha asumido en la batalla cultural de la industria. Es sólo en la época de las fábricas, de los ferro­ carriles, de los puentes colosales, de los pabellones de exposición y de las grandes estaciones ferroviarias, que el hierro ha com enzado a con ­ solidarse com o elemento arquitectónico estilísticamente determinan­ te y a abrir una nueva fase en la historia de la arquitectura. Cada vez que se descubre un nuevo material, las cosas se d esa -1 rrollan regularmente en este m od o: las formas tradicionales y acos­ tumbradas se repiten, p or un cierto tiempo, en ese material, hasta que las leyes estilísticas inmanentes de la nueva materia son com pren­ didas y reconocidas, y encuentran su expresión artística en formas es­ pecíficas y peculiares. La experiencia enseña que la conquista material y técnica de la materia siempre prevalece, y que la energía creadora de nuevas formas puede encontrar sólo paulatinamente la expresión fun­ cional o artística adecuada a las propiedades del material. ' La historia de las construcciones en hierro es tan reciente que la evolución estilística puede señalarse en las obras todavía existentes. En las primeras fases de las construcciones en hierro se presentan for­ mas de hierro fundido que derivan de la arquitectura en piedra. Ni si­ quiera tenemos necesidad de recordar las primeras locomotoras, que están claramente influenciadas p or el estilo imperio, puesto que en los primeros experimentos, aún inciertos, el sentido de la form a siempre perm anece ligado tanto al estilo en cada ocasión dom inan­ te com o a la expresión formal global de la época. De este m o d o se explica que las obras de la técnica -que hoy consideramos com o obras maestras del espíritu hum ano creador de nuevas formas, y ubi­

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camos yunto a las grandes obras arquitectónicas de todos los tiemposn o hayan sido percibidas desde el com ienzo com o estéticamente sa­ tisfactorias. La segunda mitad del siglo X IX , que ha asistido a estos nuevos desarrollos, ha recon ocido en ellos la utilidad, pero sin duda n o ha com pren dido la belleza. Al contrario, con excepción de los in­ genieros, se daba p or descontado que todas las construcciones de ca­ rácter técnico n o sólo afeaban el paisaje de manera deprimente, si­ n o que constituían en sí mismas formas inarmónicas, que era m ejor evitar ver, y frente a las cuales el sentimentalismo tendía a refugiarse de buen grado en la naturaleza teóricamente intacta, en la arqueo­ logía, en el arte de épocas pasadas, en la cultura provinciana del de­ nom inado Heimatstil. N o puede negarse que esta tendencia a la evasión sentimental continúe aún constituyendo un elem ento característico del clima es­ piritual de nuestra época. Pero puede constatarse con satisfacción que mientras tanto la humanidad ha aprendido, no obstante, a sentir com placencia estética frente a estas formas injustamente aborrecidas; y que los m odernos coinciden en recon ocer la nueva belleza que re­ side en la perfecta racionalidad de los actuales medios de transporte, de las máquinas y de las creaciones de la técnica en general. Aún no se ha com prendido que en aquella evasión y fuga melindrosa de la realidad de los nuevos fenóm enos se encuentra, si n o la justificación, al menos la explicación psicológica de la tendencia a revivir y presen­ tar nuevamente los viejos estilos arquitectónicos. La arquitectura, orgullosa de su tradición académica, al com ien­ zo miraba con desdén a su rival que aspiraba hacerse valer; e inten­ taba tener a la ingeniería com o a una hermana menor, a la debida distancia. Siguiendo una corriente espiritual que veía en las producciones de la técnica sólo la expresión de la fealdad y que, en consecuencia, se dirigía con una pasión m ucho más vivaz hacia las manifestaciones anteriores del arte, com enzó en la arquitectura un movimiento retró­ grado. D icho movimiento se entusiasmó, según las circunstancias, p or la antigüedad clásica, p or el gótico, el renacimiento, el barroco y el imperio, y se agotó en la imitación extrínseca de motivos recogidos de todos los siglos. El prestigio de esa arquitectura académica basada en la imita­ ción y falsificación de estilos era, sin embargo, bastante grande co ­ m o para hacer que en las primeras décadas del estilo m odern o del hierro, aproximadamente a partir de mediados del siglo pasado, también las construcciones de carácter técnico estuviesen obligadas a llevar el chaleco de fuerza de la imitación estilística erudita. De aquella época han perm anecido obras técnicas que están intrinca­ das, p o r así decir, en un ropaje histórico de este tipo. Formas de hie­ rro fundido decoradas con motivos históricos. En el nuevo museo de Schinkel en Berlín, que ha sido con clu ido p or Stüler, las columnas

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de hierro fundido están decoradas con capiteles corintios y los arma­ zones de hierro del techo están ricamente provistos de motivos orna­ mentales del Renacimiento. En Halle puede admirarse un gasóme­ tro decorado con frisos góticos. A partir de Viollet-le-Duc, el hierro sufre la influencia romántica del gótico medieval; en la época de es­ te estudioso y de la generación de arquitectos dom inada p or su in­ fluencia, dicho material aún no había encontrado un lenguaje autó­ nom o. Q ue en las viajas iglesias, las pilastras góticas de piedra fueran reemplazadas p or pilastras de hierro fundido en el mismo estilo, pa­ recía entonces absolutamente obvio. El recinto con cin co naves del nuevo museo de O xford está edificado en hierro en el más puro es­ tilo gótico y, asimismo, es necesario recon ocer que el espíritu de la arquitectura gótica en piedra revela una fuerte afinidad interna con la naturaleza de las construcciones en hierro. No debem os olvidar que los arquitectos que empleaban el nuevo material edilicio se ha­ bían form ado con las construcciones en piedra y, además, sólo sa­ bían pensar en las formas de la tradición. La lista de estas soluciones de com prom iso podría continuarse hasta el infinito, y casi no existe ciudad en d on d e no se encuentren ejemplos evidentes de este tipo, que llegan hasta el presente inmediato. Basta con recordar nuestros faroles, los candelabros de hierro de nuestro alumbrado público, pa­ ra constatar que también aquí las formas decorativas de origen his­ tórico -incluido el estilo secesión- aún n o han cedido su lugar al len­ guaje natural y específico del material. Y si pensamos en la innovación técnica más reciente, más fruc­ tífera y más rica p or ende, que representa el cem ento armado, en­ contramos que, en la mayor parte de los casos, tam poco este mate­ rial de construcción se atreve a presentarse a su m od o, sino que es revestido con los denom inados ornamentos históricos y m odernos de una manera desprolija y económ ica. La construcción de obras en cem ento armado ha conquistado nada m enos que a todo el m undo y, sin embargo, en las viviendas y en los edificios monumentales m o ­ dernos, aún no se atreve a manifestarse abiertamente, necesitando revestir las fachadas con esa intolerable d ecoración de estuco, que -con su pesadez recargada, vistosa y vulgar- es una de las máximas manifestaciones del mal gusto de nuestra época. Sólo en las construcciones de carácter específicam ente técnico, el hierro ha desarrollado un lenguaje expresivo autónom o. Puesto que éstas, al no haber sufrido la influencia del arquitecto, le han per­ m itido al ingeniero no preocuparse p or aquél y seguir, entonces, úni­ camente su talento profesional. Además, el hierro ha inaugurado -sin que ello haya sido especialmente advertido- una nueva fase de la evo­ lución estilística, frente a cuya imperiosa consolidación artística debe­ mos inclinarnos admirados. C om o ya he dicho anteriormente en al­ gún lugar, el verdadero arquitecto de nuestra época es el ingeniero. Está claro que el ingeniero escrupuloso no está influenciado, en su

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trabajo, p or la historia de los estilos. Pero n o p or ello debe crearse la falsa op in ión de que el genio técnico actúa sin cuidar la apariencia estética, o, si se quiere, artística. En las construcciones y en las má­ quinas hay muchísimos aspectos que no le deben su form a al m ero cálculo matemático, sino a un procedim iento em pírico que deja la configuración de ciertas partes a la sensibilidad formal. Puede valer co m o ejem plo el h ech o de que el pistón de una máquina a vapor, en lo que respecta a su robustez, n o está determinado tanto p or el cál­ culo matemático sino más bien p or la sensibilidad estética, que esta­ blece su espesor aproxim ado y, además, tiene en cuenta una cierta armonía exterior. Por estar inspirado en el material y en la técnica, el sentido de la form a funciona com o precursor y guía de la estruc­ tura convalidada p or el cálculo. Y este procedim iento formal es el elem ento que, además, bendice el nacimiento de las obras de inge­ niería. La fecha de nacim iento del nuevo estilo tuvo lugar en el año 1851, cuando el Palacio de Cristal fue erigido en Londres para la ex­ posición universal. Q ue la idea futurista que estaba en la base de la construcción n o haya sido bien com prendida ni apreciada p or los con tem porán eos, se d ebe al h ech o de que -com o ya hemos señala­ d o anteriormente- en las décadas sucesivas debió desarrollarse y ser superada toda la fase “histórica” del estilo de las construcciones en hierro. Teniendo todo ello lugar antes que la conciencia estética fuese capaz de com pren der el lenguaje del material y de la técnica en fu n ción de sus condiciones específicas; y de entender el mensa­ je dirigido a un futuro glorioso, en la creación más audaz y más grandiosa de m ediados de siglo. El Palacio de Cristal, que puede considerarse co m o el primer ejem plo coherente de la arquitectura en hierro y vidrio, no habría nacido seguramente sin una serie de metamorfosis preliminares. Las fases embrionarias de este palacio pueden individualizarse fácilmen­ te en los invernaderos botánicos, que, com o es sabido, ya habían al­ canzado un notable grado de desarrollo formal en el siglo XVIII, y que poseen un valor prehistórico com o las primeras construcciones de carácter técnico. Schönbrunn, en Viena, ostenta el h on or de ha­ ber tenido los invernaderos m ejor construidos del siglo XVIII. Se requería la fantasía de Maeterlinck para celebrar la fábula que ha adquirido forma visible en la más moderna de las construccio­ nes. Se trata del amor del gigante de hierro y la muchacha de vidrio. Am bos reposan en la montaña, víctimas de un hechizo, y aguardan el día de su rescate y de su fiesta. El gigante de hierro es liberado del mi­ neral que lo ciñe y la muchacha de vidrio emerge radiante del anillo de fuego, tan delicada y transparente que su corazón se rom pería en pedazos si fuera abandonada a los riesgos de la existencia terrena. Pero el gigante la estrecha entre sus brazos de hierro, la levanta ha­ cia la luz y celebra su feliz unión en la casa inmensa sobre la cual bri-

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Ila el nom bre de fábula: Palacio de Cristal. La construcción del Palacio de Cristal de Londres ha sido la pri­ mera construcción coherente en hierro, frente a la cual todas las an­ teriores aplicaciones del mismo en este cam po -com o en la cúpula de las halles-au-blé en París- sólo son intentos experimentales, que se han limitado a los detalles y que claramente no son otra cosa que su­ cedáneos de las construcciones en madera. Pero a partir del Palacio de Cristal, el gigante de hierro ha proseguido su desarrollo vertigi­ nosamente, y su marcha victoriosa en la arquitectura es irresistible. Su toma de posesión se realiza en obras monumentales, que marcan un giro decisivo en la historia de las construcciones en hierro, y el descubrimiento n o sólo de nuevos principios constructivos sino, so­ bre todo, la ilustración de nuevos valores arquitectónicos, ya sea en lo que respecta a las formas espaciales mismas com o, así también, a la amplitud y a la altura del espacio cubierto, y a la originalidad de las líneas constructivas y de contorno. Todos ellos, fenóm enos com ­ pletamente nuevos que, en la historia de la creatividad humana, só­ lo pueden hallarse en la arquitectura en hierro del siglo XIX. La evolución se cum ple en pocos saltos gigantescos. El palacio de vidrio de M onaco es sólo un vástago del gran m od elo londinen­ se. Pero la rotonda con form a de carpa de la exposición mundial de Viena de 1873 es sólo un caso especial de la arquitectura en hierro y vidrio, del cual derivan las estructuras con form a de cúpula a m od o de campana, que desempeñan una función decisiva en los grandes invernaderos m odernos y de las cuales el jardín de invierno del cas­ tillo Lacken brinda un típico ejem plo. El pabellón de las máquinas en la exposición mundial de París de 1889 es una empresa artística posterior que crea, con audacia libre de toda premisa previa, un re­ cinto con una magnitud y con una nave probablemente n o superadas aún, lo suficientemente grande com o para p oder albergar cóm oda­ mente todo el Palacio de Versalles. La novedad constructiva de dicho pabellón consiste en el hecho de que la curva que se eleva desde el te­ rreno y culmina en un techo en form a de montura constituye, con la pared y el techo, una hom ogeneidad que ni siquiera podría con cebir­ se en un material distinto al hierro. Es verdad que la primera esta­ ción ferroviaria con marquesinas de hierro com enzó a funcionar, en Liverpool, ya en el año 1851, es decir, en el mismo año en que la construcción de obras en hierro y vidrio había alcanzado fama mun­ dial con el Palacio de Cristal londinense. Quince años más tarde, nuevas relaciones en las medidas se exhibían en la estación ferrovia­ ria de San Pancracio en Londres, que puede considerarse el primer recinto de enormes dimensiones. Pero sólo la exposición mundial de París de 1889 creó con el pabellón de las máquinas, el recinto más vasto y con la Tour Eiffel, la estructura perpendicular en hierro más alta. Las estructuras de grandes dimensiones y de gran altura, que la construcción de obras en hierro y vidrio ha creado hasta ahora -co-

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m o, sobre todo, las grandes estaciones ferroviarias con marquesinasremiten al pabellón de las máquinas com o al triunfo de la técnica. N o nos cabe duda de que la técnica n o será el último y supremo triunfo que la arquitectura en hierro podrá ostentar en su haber, da­ da la intensidad y fecundidad del genio técnico m oderno. N o p o d e ­ mos saber qué cosa nos reservará el futuro. El pabellón de las máquinas y la Tour Eiffel, ambos de 1889, son los dos soportes sobre los cuales se apoya la nueva arquitectura en hierro, carente de toda premisa previa. El pabellón de las máquinas presenta la mayor arcada libre sin pilares y la Tour Eiffel el mayor pi­ lar sin arcadas. Se nos puede preguntar si el arte del ingeniero se atrevería acaso a la sublime obra de la fantasía que -con la altura y las dimensiones excepcionales de estos elementos- se cierne sobre la tie­ rra, liviana y aérea com o una red y posándose sobre ella, p or así de­ cir, sólo en punta de pies, es casi liberada p or el espíritu de la cons­ trucción, de la gravedad anulada en sí misma. Y también se nos pue­ de preguntar si, y a qué título, estamos autorizados a percibir com o artísticas las estructuras de este tipo, independientem ente del hecho de que el arquitecto haya tenido o no, voz y voto en su proyecto y construcción. “Nosotros los escritores, pintores, escultores y arquitectos; nosotros que admiramos y amamos la belleza hasta ahora inmaculada de nuestra ciudad de París, nos oponemos con energía y con desdén -en nombre del gusto fran­ cés y en el espíritu de nuestro arte y de nuestra historia nacional- a la cons­ trucción de esta torre inútil y monstruosa”. Así suena la protesta pública de un grupo de personalidadés importantes, dirigida contra la realización de esta obra de ingenie­ ría. “Creofirmemente que mi Torre Eiffel tiene su belleza característica. ¿Aca­ so las condiciones exactas de la estabilidad no coinciden siempre con las de la armonía? La base de toda construcción es que los lincamientos fundamenta­ les del edificio correspondan plenamente con su finalidad. Pero, ¿ cuál es la cualidad fundamental en el caso de mi torre? ¡Su capacidad para resistir el viento! Y entonces, yo sostengo que las curvas de los cuatro pilares, que, se­ gún las leyes del cálculo estático, se elevan, a partir de sus bases robustas y macizas y, sub dividiéndose en formas cada vez más aéreas, hacia la cima, da­ rán una potente impresión de fuerza y belleza. Puesto que, ¡también lo colo­ sal, la grandeza absoluta, tiene en sí misma un encanto específico!” Así sonaba la respuesta de Eiffel. La form a fundamental de una nueva estética está contenida en estas pocas palabras. Mientras tanto, la humanidad se ha acostum­ brado a discernir en esta obra un nuevo emblema del espíritu huma­ no. La hostilidad de 1889 fue sepultada y olvidada, y la protesta de aquellos ilustres señores, escritores, pintores, escultores y arquitec­ tos, suscita la hilaridad que se merece.

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3. La estética de las máquinas y los medios de transporte La energía estilística que es inherente a la técnica de la Edad M oderna se manifiesta con su máxima riqueza en las máquinas ac­ tuales. También las civilizaciones anteriores poseían máquinas, y a fin de cuentas todo instrumento, hasta el más simple, es una máqui­ na. Pero la Edad M oderna de las máquinas se distingue de las civili­ zaciones anteriores p or el h ech o que la época actual recibe su im­ pronta artística o estilística decisiva sólo de las máquinas. Las cosas eran distintas en el pasado, cuando las máquinas estaban con d icio­ nadas al estilo ornamental del arte decorativo. Eran fabricadas a la manera de los utensilios domésticos, que se decoraban con formas ornamentales. Un instrumento de trabajo, un cañón, un m ueble d o ­ méstico del Barroco, todos llevaban los ornamentos de su tiempo. A pesar de las máquinas, la produ cción de épocas anteriores tenía un carácter artesanal. Hoy, también la p rodu cción artesanal tiene un ca­ rácter m ecánico. N o existe nada en d onde la máquina n o desarrolle la mayor parte del trabajo; aunque sólo sea la preparación material y n o determine a priori el aspecto formal. C om o sucede siempre, también el pasaje del estilo artesanal al estilo m ecánico -que tuvo lu­ gar a mediados del siglo XIX - estuvo caracterizado p or el h ech o de que la innovación técnica continuó sirviéndose p or un cierto tiempo del viejo lenguaje formal rígido, antes de tomar el coraje y la deci­ sión para servirse de sus m edios expresivos. La máquina determina las formas del buen gusto, que se atiene al principio de la funciona­ lidad. Esta obliga al creador del proyecto a pensar con anticipación en las manos metálicas que transferirán al material la idea del dise­ ñador. La técnica ha adquirido preem inencia sobre el arte y lo ha con d u cido p or nuevos caminos. El nuevo con cepto de belleza, una nueva estética, puede partir de la técnica y elevar los conceptos de racionalidad y utilidad a principios supremos. En M onaco existe un museo de la técnica que brinda inform ación interesante sobre un cam po aún demasiado p o co apreciado desde el punto de vista artís­ tico: las invenciones y los instrumentos técnicos de tiempos pasados. Estos contienen la prehistoria de la época de las máquinas y demues­ tran que el nuevo principio estético siempre ha estado presente aun desde los inicios. Una vez que nos hemos liberado de la esclavitud de los estilos históricos, n o tenemos ninguna dificultad para descubrir en estos fenóm enos, formas artísticas que se han desarrollado casi con una necesidad biológica. El estilo funcional se manifiesta con suma evidencia en los m odernos medios de transporte, donde puede cons­ tatarse -no menos que en las nuevas construcciones monumentales- la presencia de la nueva estética de las máquinas. Se nos puede preguntar si una cosa es bella p or el sólo h echo de ser funcional. Un carruaje señorial, liviano pero sólido, en caoba o en madera de nogal, ingeniosamente construido, có m o d o y refina­

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do, funcional en todo y para todo, ¿quién no lo consideraría bello? Este satisface nuestro sentido estéüco en una medida tan amplia, que n o sabríamos ni agregar ni quitar nada a esa figura para tornar­ la más perfecta. Es cierto que los carruajes de gala de otros siglos también tenían abundantes accesorios ornamentales que, sin duda, n o form aban parte orgánica de la naturaleza de la cosa. El cerem o­ nial de las cortes españolas ha dejado su impronta en las ceremonias de gala de las demás cortes hasta nuestros días. Pero desde que no usamos más la peluca con pequeños rizos hemos perdido tanto el de­ recho de evaluar estos agregados ornamentales, com o el criterio de valor de la belleza. Puesto que no debemos olvidar que también aque­ llos carruajes de lujo, en su form a básica, estaban condicionados a las exigencias de la estructura, que en el siglo X IX se ha manifestado abiertamente y sólo de esta forma se ha adecuado a la simplicidad y a la materialidad de nuestra naturaleza, a nuestra indumentaria y al mobiliario dom ésüco, com o ha sido con cebido por la tradición local. Por el mismo motivo, también la bicicleta m erece ser considerada be­ lla. Bello es también el automóvil, una buena locom otora para trenes rápidos, un vagón de tren excelentemente decorado, un piróscafo, una embarcación de regatas. ¿Qué es lo que sobra en una embarca­ ción a remo? N o hay más que lo esencial. Tomemos un outrigger para o ch o remeros, sin timonel: una caja sutil y liviana, envuelta en made­ ra de cedro, con 15 metros de largo aproximadamente, con anchos toletes laterales y externos para los remos, asientos deslizables para aliviar el cansancio de los músculos de los brazos y de las piernas mientras se rema. Una com binación orgánica y extremadamente in­ geniosa de fuerzas, según el principio del m ínim o recurso que, in­ crem entando la fuerza de propulsión y reduciendo las resistencias debidas al frotamiento, no sólo permite ahorrar sabiamente la ener­ gía muscular, sino que, además, la p on e en condiciones de desarro­ llar el m áxim o esfuerzo. Este m od o de pensar práctico y funcional ha transformado los vehículos en órganos, que sin duda pueden con ­ siderarse animados, com o los del hom bre. Nuestros medios de trans­ porte constituyen una parte de nuestra vida nerviosa. Es un error pensar que la funcionalidad con du ce a la impersonalidad. Al contra­ rio, sólo la funcionalidad hace posible una amplia diferenciación personal. Desde la piragua más tosca y difícilmente manejable -obte­ nida de un solo tronco- a la canoa móvil y muy ágil, hay una suma de trabajo espiritual que imprime en las cosas nuestra fisonom ía huma­ na, según el nivel alcanzado p or nuestras facultades intelectuales. Nuestra civilización no se refleja en la arquitectura, sino en los m e­ dios de transporte y en la técnica m oderna de las com unicaciones. Cuando procuram os saber acerca del estilo de nuestro tiem po, es aquí d onde lo podem os encontrar. Aquí se desarrolla un arte con ­ creto que expresa inmediatamente nuestra esencialidad. En la es­ tructura de los carruajes no puede dejarse de entrever una galería de

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m odelos desarrollados individualmente. Desde el carro n òrdico y la stoolkjärre, a la elegancia de los char-à-banes y a la distinción campesi­ na de los mailcoaches, existe todo un m undo de fantasía artística que opera únicamente de acuerdo a las necesidades prácticas, y elabora las características personales exclusivamente sobre bases funcionales y concretas. Se asiste a un crecim iento saludable y orgánico. De un m o d o com pletam ente similar, la industria automotriz ha desarrolla­ do numerosos m odelos de automóviles, teniendo en cuenta las ne­ cesidades personales más diversas. Nos limitaremos a señalar, some­ ramente, que en el automóvil se unen tres fenóm enos con ocid os e independientes entre sí, para formar una nueva estructura: el carrua­ je con su estructura formal, el principio de la cadena de transmisión de la bicicleta y la energía del m otor com o sucedáneo providencial del trabajo de los músculos animales. La tradición, sumamente evolucio­ nada en la construcción de carruajes, es inmensamente provechosa para el automóvil desde el punto de vista estético. Sobre esta base ha sido posible que el automóvil desarrollara en pocos años la propia forma, que puede considerarse hasta este m om ento com o im peca­ ble. A quí podem os ver nuevamente cóm o el desarrollo estético for­ mal, precisamente com o en todas las otras formas y maquinarias del tráfico, es el resultado de las necesidades prácticas. Los primeros au­ tomóviles suscitaban todavía la impresión insatisfactoria de carruajes de los cuales hubieran sido desenganchados los caballos, Pero p ron ­ to el automóvil asumió la form a que debía alcanzar en beneficio de la velocidad y para superar la resistencia ofrecida p o r la presión del aire; ello fue posible en cuanto el m otor se co lo có adelante, en un estrecho com partim ento y el conjunto tom ó la form a de los cuerpos que se mueven rápidamente, com o los de los pájaros, los peces y los barcos. También los globos aerostáticos deben evolucionar-obligados por las circunstancias- en formas análogas que, originadas por la necesi­ dad, puedan ser perfectamente apreciadas estéticamente. Desde un punto de vista formal, el problem a del globo dirigible estaba cerca de solucionarse desde hacía m ucho tiempo. Para la resolución efec­ tiva del mismo, sólo bastaba con que el m otor fuese, en el aire, lo su­ ficientem ente liviano com o para n o ser excesivamente despropor­ cionado con relación a la fuerza de propulsión. La analogía co n la con form ación de los pájaros puede discernirse muy fácilmente si se observan, p or ejem plo, las gaviotas que desde el Mar del Norte, si­ guiendo el curso de los ríos, avanzan hacia la cuenca superior del El­ ba, en las proxim idades de Dresde o que, p or otro cam ino, animan los paisajes fluviales del Danubio En su form a actual, el automóvil ya n o suscita la desagradable sensación de que le falta la tracción animal. A ello se suma una ven­ taja significativa, representada p or la exigencia de solidez del mate­ rial y del trabajo, que se ha difundido en toda la tecnología de los transportes. El chasis del automóvil, sobre el cual se apoyan el m o-

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tor y la carrocería, debe- tener una con form ación totalmente espe­ cial, y los requisitos que a tal fin la industria del acero está obligada a satisfacer, presentan un carácter excepcional. Ello ofrece sus ven­ tajas, si se piensa en la importancia econ óm ica que el trabajo califi­ cado tiene para el conjunto de los operarios involucrados. El traba­ j o de descarte, con sus consecuencias desmoralizadoras, queda aquí absolutamente excluido. La estructura de la locom otora m oderna para trenes rápidos es­ tá determinada p or las mismas consideraciones formales. En la exp o­ sición de N urem berg de 1906 había una locom otora para trenes rá­ pidos diseñada p or Maffei, de la cual no sólo los técnicos sino tam­ bién las personas de gusto refinado y provistas de cultura artística no podían dejar de enamorarse. Estaba construida para alcanzar una ve­ locidad de hasta 150 km p or hora; para ello la cabina del maquinis­ ta, la puerta de la caldera, el revestimiento de la cúpula de vapor y de los cilindros externos habían adoptado una form a aerodinámica. Su perfil se asemejaba a la parte delantera del p ech o de un pájaro. También podía pensarse en la form a de un barco o de una cabeza de pez, hecha para hender el agua. Estaba abiertamente destinada a volar, aunque horizontalmente. Su finalidad era tan evidente que no requería nada más para ser bella. El camino recorrido desde la for­ ma im perio de la primera locom otora hasta la form a perfectamente funcional de hoy, marca un desarrollo en el cual no hemos hecho otra cosa que ganar. Es de este m od o que en nuestra época se han desarrollado nuevos criterios de belleza, que derivan sustancialmen­ te de la idea de una objetividad y funcionalidad armoniosa. N o p o ­ dem os de ninguna manera considerar bello un objeto, p or más que sea un adorno, si no responde a su finalidad o la expresa de un m o­ do im perfecto. Y viceversa, la expresión de la autenticidad y de la so­ lidez siempre resulta agradable, y cuanto más pura y perfecta sea es­ ta expresión, estará m ejor satisfecha nuestra sensibilidad estética. En esta sensación también está en ju e g o , p or m uchos aspectos, un prin­ cipio ético que aborrece la mentira y el camuflaje y, que en el fondo, también estaba ya presente en el arte y en el placer que éste produce. El neto predom inio que sobre todo la ingeniería y la técnica de los transportes han adquirido en el interés del público, se explica en gran parte con el hecho de que en estos ámbitos n o hubo tregua en el trabajo intelectual y en la lucha p or el progreto. Los fabricantes de carruajes y carros, los técnicos de la bicicleta, los fabricantes de botes, los ingenieros mecánicos, los fabricantes de automóviles, los fabricantes de barcos, todos ellos han trabajado intelectualmente; lo que n o puede afirmarse en la misma m edida a propósito de la arqui­ tectura. Es sustancialmente más cóm od o y más fácil divertirse com ­ binando de distinto m od o los motivos estilísticos tradicionales, que interrogar a la vida acerca de sus necesidades latentes, con la inten­ sidad que lo hace la técnica m oderna que, efectivamente, ha enri-

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quecido la vida humana con un gran núm ero de admirables estruc­ turas. La técnica no sólo ha ampliado nuestros conocim ientos, sino también nuestras facultades, en suma, el ámbito de la potencia hu­ mana, y nos ha p roporcion ado fuerzas que hace sólo cincuenta años eran aún sueños de fábula. Es aquí entonces, en el cam po de la téc­ nica, en d onde deben buscarse los orígenes de una nueva arquitec­ tura. Puesto que de lo que se trata, a fin de cuentas, es de establecer contactos con la naturaleza fuera de nosotros, de extender la esfera de acción de nuestros órganos y de nuestros nervios. Nuestra voz y nuestros brazos quieren atravesar el océano, quieren conectar a las naciones, abreviar las distancias espaciales y temporales, con el ca­ ble, el piróscafo veloz, los automóviles, con numerosas instalaciones y espacios, con vías, puentes y túneles, con estructuras de todo tipo, cuya form a surge de la necesidad y de la finalidad concreta, sin atri­ buir ninguna importancia a los conceptos estilísticos preexistentes heredados del pasado. Aquí, entonces, está la vida. Surge un nuevo con cepto de espacio y de forma, una nueva idea de la arquitectura, un nuevo con cepto de belleza.

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Kunst und Technik, en Elektrotechnische Zeitschrift, 1910, 22 , de p. 552 a p. 555. Peter Behrens nace en Hamburgo el 14 de abril de 1868 y estudia en Karlsruhe, en Düsseldorfy en Munich, donde ejerce como pintor y decorador. Ya temprano (mientras cursaba sus estudios en la escuela de Bellas Artes de Hamburgo) se interesa en la reforma de los métodos y modelos de la producción artesanal. El gran duque de Essen lo llama para formar parte de la colonia ar­ tística recientemente fundada en la Matildehöhe de Dramstadt, para la Muestra de Arte Contemporáneo de 1901, donde construye su primera casa, la famosa Haus Behrens. Es en este período en que, como Hoffmann y Olbrich, se vuelve de espaldas al Art Nouveau, oponiéndose también al estilo del mis­ mo Olbrich. En 1901 participa de la Exposición Internacional de Torino, en­ cargándose de la preparación de la entrada del pabellón alemán. Desde 1903 (y hasta 1907) es director de la escuela de artes aplicadas de Dusseldorf 1907 es un año decisivo para Behrens: Rathenau y Paulfordan lo convocan como “asesor artístico ” de los productos AEG; se concluye en Colonia la construc­ ción de la sala de conciertos en los jardines de Flora y se inicia el Deutscher W erkbund estimulado por el crecimiento de la industria alemana. El Werk­ bund es la verdadera y exacta manifestación de la integración de las artes en torno a la arquitectura; el arquitecto es promovido al rango de ingeniero y la industrialización es un hecho cultural. Este es el período más fecundo de Behrens que, por su trabajo en AEG, puede ser considerado el primer y verdadero diseñador profesional. En Dusseldorf construye la sala de lectura de la biblioteca y en 1909, en Berlín, el complejo industrial de AEG, inclu­ yendo la sala de turbinas, que se impone como un ejemplo del nuevo modo de tratamiento del tema de la arquitectura industrial. Alrededor de 1910 cuen­ ta en su estudio con personajes como Le Corbusier, Walter Gropius y Mies van der Rohe. En 1912 construye el complejo de Mannesmann Werke en Düs-

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seldorfy la embajada alemana de San Petersburgo. También en la posguerra es arquitecto de vanguardia, en 1922 dirige la Escuela Superior de Arquitec­ tura de Viena, sucediendo a Otto Wagner y realiza un programa de edilicia popular para el municipio. En este período abandona el racionalismo (que, por otra parte, nunca había adoptado estrechamente a causa de su propio monumentalismo y de un mal adormecido romanticismo), aproximándose al expresio­ nismo. El monumento de este nuevo enfoque es la sede de las industrias Farben, Za Farbwerke en Hoechst, cerca de Franckfurt, de 1924. En 1927 participa, si bien todavía con los racionalistas, en la creación del barrio W eissenhof de­ mostrativo de la edilicia popular en Stuttgart, momento en que manifiesta simpatías socialistas. Más tarde toma parte en la adecuación de la Alexan­ derplatz, uno de los mayores emprendimientos edilicios berlineses de la época y construye el Berolina Haus en 1931. Su última obra es la fábrica de tabacos de Linz, en colaboración con A. Popp. Fallece el 27 de febrero de 1940.

Aun mirando para atrás, hacia épocas más luminosas de la histo­ ria, los resultados de la necesidad humana de actividad de la época en la que vivimos no deben ser descuidados en su valor de testimonio de energía espiritual y debem os recon ocer que n o son inferiores a los de otros períodos, aunque presenten características diversas. Las ma­ nifestaciones más importantes de nuestras capacidades son las con ­ quistas de la técnica moderna. Los progresos de la técnica crearon una civilización con un nivel que no había sido aún alcanzado en la historia, pero solamente una civilización y no -por lo menos hasta ahora- una cultura, si entendemos p or civilización (con H. St. Cham­ berlain), todos los progresos de la vida material obtenidos con la ra­ zón y con las luces y en cambio, p or cultura, los valores espirituales y psíquicos creados p or la con cepción del m undo y del arte. Una vida sin los beneficios de la civilización de la técnica m oder­ na y sin su incesante progreso nos resulta ya inconcebible y, si bien a primera vista se diría que la actitud espiritual de nuestra época está dirigida únicamente hacia la civilización, otro aspecto de nuestra vi­ da pública muestra hasta qué punto estamos dom inados p or una ne­ cesidad de cultura. Especialmente en el cam po del arte subsiste el máximo deseo de formarse, realizarse y desarrollarse. N o hubo nun­ ca una época en que, com o en la nuestra, se haya tenido tantas oca­ siones de escuchar conciertos, en que hubiese tantas colecciones de arte, teatros y asociaciones artísticas. Y entre todos los géneros artís­ ticos están otra vez en la vanguardia las artes figurativas, a las que pertenecen también la arquitectura y las artes aplicadas que, ju n to con muchas otras cosas prueban la extraordinaria cantidad de mues-

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tras de arte y de revistas de esta especialidad. Pero n o obstante, la vi­ da pública n o presenta los signos de una cultura madura, dado que los dos campos de la técnica y del arte n o se tocan, y menos aún se tocan d ond e especialmente deberían hacerlo, o sea en la construc­ ción de edificios y en los productos de la gran industria. El arquitecto busca el contenido estético solamente en el patri­ m on io formal de los siglos pasados, sin tener en cuenta las preciosas indicaciones que la construcción m oderna provee también con rela­ ción a la forma, mientras que el ingeniero, en sus formas en hierro, encuentra el interés solamente en la construcción, creyendo haber alcanzado su objetivo con un resultado basado únicamente en los cálculos. De la misma manera, en los productos de la gran industria, que también y cada vez en mayor m edida entran a formar parte de nuestro ambiente de vida, la form a n o está determinada p or otra co ­ sa que p or el principio de la máxima conveniencia econ óm ica y el gusto d eljefe técnico. Así nuestros ojos tropiezan p or todos lados, en el ambiente más próxim o y en el más lejano, con desarmonías que se manifiestan en la mezcla contradictoria de una form a con tenden­ cias románticas p or un lado y, p or el otro, en el actuar de los objeti­ vos reales que se adecúan a nuestras necesidades actuales, pero que n o tienen en cuenta la form a estética. En los últimos diez años en Alemania se desarrolló un nuevo ar­ te industrial, del cual n o puede ponerse en dudas la seriedad de in­ tentos y elevado gusto, especialmente en los últimos años, más repo­ sados y maduros. En ocasión de la exposición mundial de Saint Louis de 1904, esta valentía de nuestra nación fue reconocida por parte de los norteamericanos con la adquisición de casi todos los productos expuestos. Este renacimiento de las artes aplicadas es uno de los signos más reconfortantes de la productividad estética de nuestra época. Es deplorable que los dos campos de interés, el del arte y el de la técnica, se queden u n o al lado de la otra sin influen­ ciarse mutuamente y que, a continuación de este dualismo, nuestra ép oca n o adquiera aquella unidad, en su aspecto formal, que es en conjunto la con dición y el testimonio del surgimiento de un estilo; dado que nosotros entendem os p or estilo, solamente la expresión unitaria resultante de todas las manifestaciones espirituales de una época. El elem ento decisivo es el carácter unitario y n o la originali­ dad o la rareza. Por parte de las artes aplicadas, renacidas a una nueva vida, la tendencia a esta organicidad se manifiesta en la valoración tanto del m om en to constructivo com o de una calidad que influye en la form a de cada producto. Posiblemente fúe justamente esta circunstancia la

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que contribuyó, por una parte, a su florecimiento en el último decenio. El ingeniero, en cambio, a partir de sus grandes éxitos, se fue alejando cada vez más de las tendencias artísticas. Ello es com prensi­ ble y estaba justificado, porque en los últimos cincuenta años, en los que se cum plió un gran desarrollo de la técnica y de las com unicacio­ nes que le imponían deberes muy exigentes, su inventiva estaba total­ mente absorbida en forma exclusiva, por lo cual quedaba de lado el pensar solamente en la forma estética de los objetos^inventados. N o obstante la exactitud de esta constatación n o puede dejarse de advertir que también las obras del ingeniero poseen una cierta belleza. Basta pensar en los grandes pabellones de acero, que con sus amplias luces, dan una indudable sensación de grandiosidad. También frente a las obras erigidas p or los ingenieros co n objetivos puramente prácticos, sobre todo frente a las máquinas mismas, no podem os substraernos a una cierta impresión de carácter estético que ellas suscitan con sus estructuras, frecuentem ente audaces y co ­ herentes, aunque en estos casos n o esté presente una con cepción inspirada p or caracteres artísticos y el resultado estético sea total­ mente casual. Este fenóm eno se deriva del h ech o de que esas obras, p or así decirlo, poseen en sí una pseudoestética, en la m edida que encarnan una ley, que es la de la construcción mecánica. Es la ley del devenir orgánico que también la naturaleza manifiesta en todas sus obras. Pero com o la naturaleza n o es cultura, así tam poco la puede crear la sola realización humana de objetivos exclusivamente prácti­ cos y materiales. Y no hay nada de más natural que el h ech o de que, n o obstante el reconocim iento más sincero y más entusiasta de las conquistas de la técnica y de las com unicaciones, se dé, sin embargo, lugar a la nostalgia p o r la belleza absoluta y que nos neguem os a creer que de ahora en más la satisfacción suscitada p or la exactitud y la máxima funcionalidad esté destinada a tomar el lugar de los va­ lores que nos han exaltado y beatificado en el pasado. Es cierto que el ingeniero es el héroe de nuestro tiempo y tairh; bién nosotros, los alemanes, le debem os nuestra posición econom i-! ca en el m undo y nuestro peso en las relaciones de potencia con los j otros estados. Si otras naciones nos ven de mala manera, la causa de! ello es la envidia p or nuestra industria, que fue creada p or la inge-j niería y la capacidad organizativa alemana; mientras que no tendrían! ninguna dificultad en dejarnos nuestros grandes músicos, poetas y fíf lósofos. Pero no puede avalarse la tesis que los resultados del trabajo del ingeniero sean en sí mismos la unidad de un estilo artístico. Una cierta corriente de nuestra estética m oderna ha contribui­ d o a este error, en cuanto querría deducir la forma artística, del va-

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lor de uso de la técnica. Esta con cepción del arte se rem onta a la teo­ ria de G. Semper, que define el con cepto de estilo co n la exigencia de que la obra sea el resultado, ante todo, del objetivo al que sirve y en segundo lugar, de la materia, de los instrumentos y procedim ien­ tos utilizados en la producción. La teoría deriva de la mitad del siglo X IX y debe ser considerada, com o muchas otras teorías de aquel pe­ ríodo, com o un dogm a de la metafísica materialista (R iegl). Ciertamente, cuando se piensa en los artículos para decoración producidos p or nuestra industria de los últimos decenios, que fue­ ron todos producidos con máquinas y técnicamente mal ejecutados (productos de fábrica, com o se decía despectivamente), y recordan­ do que el mal trabajo y el mal material estaban enmascarados p or una ornam entación lo más rica posible, dado que la regla de aque­ lla industria era la de simular la impresión del trabajo manual e imi­ tar el material noble con materiales falsos, se entiende entonces có ­ m o la vieja con cepción de Samper haya p od id o ser considerada co ­ m o una nueva verdad. Pero, dando gracias, esos tiempos pasaron y nuestras industrias están hoy en condiciones de producir m ercade­ rías técnicamente impecables, aunque aún hoy desgraciadamente a veces sucede que el aspecto estéúco no esté a la altura de las exigen­ cias artísúcas. Estoy convencido de que n o puede obviarse esta falta, prescribiéndole al industrial, com o si fuese una receta, el atenerse sólo a la máxima fúncionalidad. Por el contrario, me parece m ucho más im­ portante penetrar la naturaleza del elemento específicamente artísúco. El arte surge sólo com o intuición de fuertes personalidades y es la libre realización de un impulso psíquico, que no puede ser coar­ tado p or condiciones materiales. No surge p or casualidad, sino co ­ m o una creación según una voluntad intensa y a sabiendas del espí­ ritu hum ano liberado. Es la realización de objeúvos psíquicos, o sea traducidos en términos espirituales, com o se revelan de manera más evidente en el cam po de la música. La musicalidad, el ritmo puro, es el m om ento esencial de la creación artísúca; o, com o lo formulara el estudioso vienés Riegl: “En el lugar, de la concepción mecanicista propues­ ta por Semper; de la naturaleza de la obra de arte debe traslucirse una concep­ ción teológica, por lo cual en la obra de arte se ve el resultado de una volun­ tad artística determinada, dirigida a sabiendas a su objetivo, que se afirma en la lucha con el objetivo práctico, la materia prima es la técnica. Por lo tanto, a estos tres últimos factores ya no les queda más aquella función positiva y creativa que les había sido asignada en la llamada teoría de Samper, sino más bien les queda una función negativa, de freno u obstáculo, ellas consti­ tuyen, por así decirlo, los coeficientes de rozamiento o dificultad en el interior del producto en su conjunto

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Por lo tanto, la técnica no es un factor creativo en el proceso de la form a artistica, sino un factor crítico, aunque de gran importan­ cia. Desde el com ienzo hemos recon ocido que, tanto la nueva mane­ ra de construcción com o el nuevo material, el acero, son factores im­ portantes aun respecto de lo artístico; com o tales deben ser también plenamente apreciados, pero n o es posible recabar sólo de ellos una nueva belleza. C om o existen leyes físicas, así también existen leyes artísticas y estas leyes, que se conservan vigentes com o una tradición n o interrumpida desde el inicio de la cultura humana y que llegaron a ser patrimonio de Goethe y Lessing, n o pueden y n o deben perder­ se. Están presentes y conservan todos sus derechos acom pañando a las exigencias de la técnica. La legalidad artística n o debe encarnarse necesariamente en los materiales de construcción tradicionales, tales com o la piedra y la madera, sino que puede también hacer valer sus derechos sobre los nuevos materiales m odernos. Si nos parece absurdo y equivocado, p o r un lado, transformar audaces construcciones de acero (com o entre otras lo son m uchos de los puentes ferroviarios alemanes) en castillos rom ándcos mediante el agregado de estructuras en piedra, n o es m enos equivocado, p or otro, negarse a recon ocer la necesidad de una subordinación de la construcción a la legalidad artística, que hace valer sus derechos, sobre todo en la exigencia de p roporción . Ciertamente son valores importantes y significativos los que nos aportó la técnica m oderna, y dado que ellos representañ las más altas conquistas de nuestra época, tam poco el ingeniero debe ser apartado de su camino, que recorrió triunfalmente, y el m étodo de investiga­ ción n o debe tocarse, pero debem os hacer una diferencia entre la ac­ tividad de invención teórica basada en el pensamiento orientado con sentido matemático y la producción práctica que, en la aplicación, tie­ ne el deber de convertir el saber abstracto recibido, mediante la crea­ ción plástica, en lo útil multiforme de la nación. Aparece com o im por­ tante en la disciplina técnica distinguir entre dos formas de actividad y entonces estaremos dispuestos a conceder que, donde n o se trate de satisfacer condiciones completamente nuevas entre las varias posibi­ lidades de construcción experimental y los diversos materiales admi­ sibles, se emplearán aquellas formas que favorecen una impresión es­ tética. Ya en el h ech o de que para un solo y mismo objetivo existan diversas soluciones constructivas y que, p or lo tanto exista la posibi­ lidad de elegir, está implícita la indicación de elegir según criterios de gusto o sea, de belleza y, si esto ocurre, n o está ocurriendo otra cosa distinta de cuanto ocurrió durante toda la historia de la civiliza­ ción humana desde los tiempos más antiguos, o sea, que se obedez­

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ca a un impulso de belleza innato en la humanidad. Se trata sobre todo de recon ocer la existencia de esta posibilidad dentro del obrar técnico y, en el caso del ingeniero, supuesta en él la buena voluntad de apreciar la belleza, se trata nuevamente de recon ocer la verdade­ ra form a de la belleza y de traducirla en hechos, según las leyes esté­ ticas. La exigencia de tener en cuenta a la belleza, dentro de los lími­ tes de lo posible, puede parecer obvia y es cierto que la form a bella debe ser también el resultado del trabajo del ingeniero, a la cual de­ be llegarse con el m en or agregado posible de partes ornamentales, pero la creación de formas estéticas, se trate de formas simples o dis­ puestas en un orden com plejo, no es una actividad que pueda resul­ tar solamente con un p o co de buena voluntad y buen gusto, sino que es, también en el cam po de la técnica, una parte de la suprema ma­ nifestación de la vida humana: el arte. Si el amateurismo en cada cam po es contrario a toda voluntad y capacidad seria, su influencia es tanto más perniciosa en el cam po del arte, cuando se ciñe a la fuerza que da su impronta a nuestra época. Sería una cuestión de máxima importancia, decisiva para la historia de la cultura humana, si se alcanzara a obtener que las grandes conquistas técnicas de nues­ tros días se volviesen la expresión directa de un arte elevado y madu­ ro, en otras palabras, si las manifestaciones naturales de nuestra vida dieran lugar, en su organicidad, a un estilo. Frecuentemente se ha escuchado decir que nos estaríamos diri­ giendo hacia un estilo del acero. C om o ya se indicó al principio, nin­ gún estilo surge solamente de la construcción o del material. N o hay y nunca hubo un estilo materialista. La unidad de conjunto de una ép oca surge de un conjunto de condiciones m ucho más amplias que / el que puede ser constituido p or estos dos factores solamente. La téc­ nica n o puede ser concebida p or m ucho tiempo, com o un fin en sí misma, sino que asume valor e importanciajustamente cuando es re­ >.con ocid a com o m edio primario de una cultura. Pero una cultura se manifiesta solamente con el lenguaje del arte. Grandes esperanzas de alcanzar la conquista de un estilo fueron nuevamente vinculadas, p or parte de los amigos del arte, con los de­ sarrollos caprichosos e individualistas de las artes aplicadas, que tu­ vieron lugar desde fines del los años 1890 en Alemania, y si bien no puede menos que reconocerse el talento que subyacía en estas ma­ nifestaciones artísticas extremadamente desiguales, hay que decir al respecto que n o puede haber un estilo individualista. N o es el gusto individual o la inclinación personal la que crea la unidad com pren­ siva de las formas que subsisten en la historia com o elementos carac­

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terísticos, en cada época sucesiva, sino que ellas surgen del gran con ­ ju n to de condiciones de nuestra época, de la cual forman parte, com o factores de primer plano, las ciencias técnicas. Nuestro deber más acu­ ciante es, p or lo tanto, el de hacerle adquirir a la técnica avanzada una cualidad artística, para realizar así, al mismo tiempo, a través de la téc­ nica, la aspiración artística de las grandes obras. He tratado de demostrar que el arte y la técnica son, p or su na­ turaleza, dos manifestaciones espirituales muy diversas, y que es un sofisma estético considerar que el m om ento de la belleza pueda sur­ gir de, solamente, los principios técnicos, o sea de la corresponden­ cia más estrecha y rigurosa con el objetivo, y ahora he form ulado la exigencia de fundir el arte y la técnica en un solo resultado. N o creo que haya una contradicción en esto. Me parece necesario separar bien, una de la otra, las dos actividades, pero hacerlas confluir al mis­ m o tiempo hacia un fin com ún, aquel que he designado al com ien­ zo com o cultura, y que ha encontrado hasta ahora en la historia su expresión materialmente perceptible en el estilo. Desde la historia podem os ver cóm o la colaboración entre una gran pericia técnica y un arte profundam ente sentido ha m adurado el estilo de una época. Basta con que pensemos en las pirámides egipcias, que la posterior antigüedad griega y romana com putaba entre las maravillas del m undo; ellas demuestran que el pueblo egipcio debe haber poseído, en su tiem po, notables conocim ientos en el cam po de la mecánica práctica, sólo así se explica cóm o se hizo posible erigir construccio­ nes de esa factura, que requerían el izamiento y desplazamiento de cargas muy importantes con el em pleo de fuerzas modestas. Las construcciones arquitectónicas de los romanos nos proveen una prueba análoga. Los rom anos crearon la form a arquitectónica del arco y también, com o su consecuencia, la bóveda, una conquista que fue de gran importancia para toda la historia sucesiva. Basados en este nuevo principio constructivo, ellos revelaron sus espléndidas cualidades de arquitectos. De la misma manera admiramos en el g ó ­ tico, la belleza ágil y audaz de las formas arquitectónicas y la audacia de los procedim ientos constructivos. Finalmente el m ejor ejem plo nos está dado p or el Renacimiento; la época muestra de la manera más clara el florecim iento simultáneo de la pericia técnica y de un nuevo arte. Es también verdad que todas las construcciones de épocas ante­ riores provenían de una sola mano, que los arquitectos concebían y realizaban conjugando la bella expresión y la grandiosa idea cons­ tructiva. Así Leonardo, el artista, construía fortalezas y máquinas de guerra. Pero nosotros vivimos en una época distinta. Ni el artista ni

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el ingeniero pueden ya reunir en sí mismos, diversas profesiones espe­ cíficas. Así com o en épocas pasadas la enciclopedia del saber era de alguna manera un dom inio posible de abarcar, hoy la fuerza de nues­ tra capacidad de realización reside justamente en la especialización. La ingeniería es una difícil profesión científica que, dadas las ac­ tuales condiciones, requiere una total dedicación, pero también la creación artística, es en sí una profesión que ocupa enteramente el pensamiento y la capacidad de sentir de una persona, y que co m o ca­ da profesión, exige un prolongado estudio y un interés permanente e indiviso. Pero del ingeniero que toma seriamente su trabajo com o ningún otro, podem os esperar, más que de cualquier otro, una ple­ na aceptación de las ideas nuevas y creativas y de fines más elevados. Estamos todos de acuerdo en el h ech o de que las obras de ingenie­ ría del futuro, así com o los productos de la gran industria, ju n to a su elevada utilidad práctica, deben acercarse en todo lo posible a la per­ fección formal. Todos tenemos la impresión de ser víctimas de una injusticia cuando en una zona renom brada p or su belleza surge, de improviso, una construcción erigida en form a tal que resultaría ofensiva también en una ciudad industrial o en un suburbio obrero, p or lo que estamos convencidos de que este tipo de edificios debe­ ría también ser cuidado desde el punto de vista artístico, aunque n o se trate en este caso de una elaboración rica y preciosa, sino sola­ mente de una form a simple, según las reglas del arte. Pero entonces se p rop on e la cuestión de quién debe preparar los planos de estos edificios. N o es verosímil que esté p or desarrollarse una profesión es­ pecial, que podría definirse con la expresión Ingeniero-Arquitecto; creo más bien que en el futuro se tornará necesaria una estrecha co ­ laboración, cod o a cod o, del artista y del ingeniero. En esta colabora­ ción ni el arquitecto ni el ingeniero deberán estar subordinados el uno al otro. Si hoy nos contraría ver que en una serie de calles arquitectóni­ camente bien ordenadas, una construcción, en toda la desnudez de su existencia funcional, rompe el ritmo de las líneas y del material, es tam­ bién un error el que un arquitecto, en una obra de ingeniería, oculte con sus materiales todas las estructuras sabiamente calculadas, igno­ re el objetivo y la organización interna del edificio y le agregue algo totalmente extraño. Justamente la organización interna de un edifi­ cio destinado a un objetivo industrial debe quedar conservado clara­ mente, pues justamente eso debe convertirse en la causa de una nue­ va belleza, característica del espíritu de nuestro tiempo. T od o lo grandioso que ha sido creado en la vida, n o fue el resultado de un trabajo profesional concienzudo sino que se debe a la energía de personalidades grandes y fuertes. Me resulta indiferente la idea de

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que obras importantes y actuales suijan de la creación de un arqui­ tecto previsor y dotado de capacidad técnica; o de un ingeniero ca­ paz de sentir rítmicamente y con dotes artísticas; o bien que sea un tercero, un organizador con perspectivas amplias, el que dé la idea fundamental y que atraiga hacia él y a su obra al arquitecto y al inge­ niero. L o esencial es que el carácter de la forma adecuada a las exigen­ cias del tiempo sea com prendido y realizado y que pongan manos a la obra ingenieros y arquitectos que posean la capacidad creativa necesa­ ria y una intuición estilística segura. Si en las páginas anteriores se habló preferentemente de edifi­ cios, ello explica la importancia de este sector de la ciencia de las construcciones para nuestra época, que exige grandes y extensos com plejos de instalaciones industriales. Las grandes construcciones de carácter funcional, que sirven a los objetivos del com ercio y en las cuales la obra del ingeniero es necesaria, aparecen hoy en día en tan gran núm ero y en puntos tan expuestos que com ienzan a dom inar el paisaje ciudadano. Cuando se trata el tema “arte y técnica”, no se puede entonces m enos que m encionarlo en particular. Lo que nos ofend e en los edificios existentes de este tipo es la impresión de que la arquitectura, en el material y en la estructura for­ mal, ha sido tratada com o algo accesorio. Dan la impresión de haber sido construidos únicamente teniendo en cuenta su objetivo práctico y que, un arquitecto de tercer o cuarto orden los haya provisto de una fachada en el estilo de un período cualquiera, sin tener para nada en cuenta su estructura interna. Y en los casos en los cuales una obra de ingeniería de este tipo se ve privada de estos agregados arquitectóni­ cos de segunda m ano, se destaca extrañamente de los edificios veci­ nos p or su falta de volum en y corporeidad. Un buen ejem plo de la falta de volum en y corporeidad de las construcciones en acero es la Tour Eiffel parisina, tan admirada en su tiempo. H oy es imposible sen­ tirla com o un m onum ento bello, si se la confronta con las sublimes obras de la antigüedad. No puede tenerse otra impresión que aque­ lla de una armadura desnuda; con este propósito todavía vale la p e­ na observar que, justamente la Tour Eiffel, com o m e fue dicho p or al­ guien com petente, p or razones estéticas presenta más material de cuanto hubiera sido necesario para su sola construcción. El éxito de la estática es sin duda el de p od er emplear la mínima cantidad del material que sea necesario para una construcción y la belleza del ace­ ro, com o material, consiste en parte en la solidez sin el efecto de ma­ sa; ello, p o r así decirlo, tiene el efecto de desmaterializar. A hora bien, es cierto que este carácter debe p oder manifestarse cuando se em plea el acero, pero ello n o debe ir en detrimento de la idea de la

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arquitectura, que es aquella de un cuerpo que ocupa un espacio. La arquitectura es construcción de sólidos y su deber n o es el de descu­ brir, sino que su naturaleza original es la de incluir al espacio; p or lo cual cuando se dice que la belleza de la construcción pura en acero está en la línea, yo repito que la línea es inconsistente y que la arqui­ tectura consiste en el volumen. El objetivo práctico de los grandes edificios industriales, com o nuestra necesidad diaria de aire y luz, re­ quiere grandes aberturas; pero ello n o significa que por esto toda la arquitectura deba dar la impresión de un armadura sutil de hilos metálicos o de un entramado transparente. El acero, com o el vidrio, n o poseen naturalmente, en su apariencia exterior, el carácter volu­ m inoso de las piedras apiladas; pero con una distribución juiciosa de los recuadros de luz y sombra sobre la fachada, uniendo en un solo plano grandes superficies de vidrio con montantes de acero y, por otra parte, haciendo surgir con fuerza las conexiones horizontales, es posible dotar al edificio de una form a corpórea y dar así expre­ sión, también desde el punto de vista estético, al sentido de estabili­ dad, el cual, sin este ordenam iento y n o obstante la solidez dem os­ trada con los cálculos queda, oculto p or el acero, el o jo ligado a la apariencia inmediata. Las construcciones del ingeniero son el resul­ tado de un pensamiento orientado en sentido matemático. Nadie pondrá en duda su solidez desde el punto de vista del cálculo, pero es otra cosa que para el ojo se vuelva visible su expresión dinámica, y p or lo tanto se satisfaga una exigencia estética, com o aquella que es satisfecha plenamente, p or ejem plo, en el templo dórico. Es ver­ dad que ya nos hem os acostumbrado a muchas formas constructivas modernas, pero yo n o creo que la estabilidad calculada en términos matemáticos tenga nunca un efecto inmediato sobre el o jo humano. En caso contrario deberíamos hablar de un arte sobre base intelec­ tual, lo cual sería una contradicción de los términos. Además es de gran importancia el principio rítmico, que siem­ pre poseyó la arquitectura en toda su historia. Es una con cepción rít­ mica aquella p or la cual decim os que nuestro tiempo corre más ve­ lozmente que el de nuestros padres. Se ha adueñado de nosotros una urgencia que n o nos deja el tiempo para perdernos en los detalles. Cuando recorrem os a toda velocidad las calles de una m e­ trópoli a b ord o de un automóvil, ya n o podem os captar las particu­ laridades de los edificios; así com o desde un tren en carrera la ima­ gen de las ciudades que atravesamos al ritmo veloz del pasaje, no puede actuar sobre nosotros más que con sus perfiles de conjunto. Los simples edificios n o hablan más cada uno p or sí mismo. A este m od o de considerar el m undo circunstante, que ya se volvió en n o­

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sotros una costumbre permanente, corresponde solamente una ar­ quitectura que presente superficies lo más inmóviles y compactas p o ­ sible, que p o r el h ech o de ser com pletam ente lisas, n o ofrecen obs­ táculos. Es necesario destacar algo particularmente, esta parte debe ser colocada en el punto de llegada desde nuestra dirección de m o ­ vimiento. Una distribución para grandes superficies, una contrapo­ sición fácil de apreciar de elementos sobresalientes y de superficies muy amplias o el alineamiento regular de detalles necesarios que los haga llegar nuevamente a una com ún unidad, son las soluciones que se im ponen. Sustancialmente, los mismos criterios que fueron recordados re­ cientemente para las construcciones, son también válidos para los objetos m enores producidos p or la industria o que están en estrecha relación con ella. Va de suyo, que quienes requerirán una influencia de carácter artístico serán sobre todo los objetos que tendrán un contacto directo con una gran cantidad de público, y justamente és­ tos son los que produ ce la industria. C om o ejem plo típico de este gé­ nero se nos pueden aparecer, en su conjunto, los productos de la electrotécnica. Es extraordinario hasta qué punto y en qué variedad de formas la fuerza natural de la electricidad ha h ech o su benéfico ingreso en la vida pública, económ ica y doméstica. A cada paso nos encontramos con máquinas, aparatos, instrumentos y objetos de lu­ j o de todo tipo que están al servicio de esa fuerza. También, todos es­ tos objetos son m odernos y funcionales pero las obras de ingeniería son solamente la expresión del objetivo o están rodeadas exteriormente p or una form a artística tomada en préstamo de épocas ante­ riores y que n o toma la esencia original. Justamente en el caso de la electrotécnica n o se trata de disfrazar exteriormente las formas con agregados ornamentales sino, desde el m om ento en que ella posee una naturaleza totalmente nueva, de encontrar las formas que estén en condiciones de acoger su nuevo carácter. En todos los objetos que se produ cen en form a mecánica, n o debería tratarse de establecer un contacto superficial entre el arte y la industria, sino la unión de ambas. Tal unión íntima se alcanzará evitando todo tipo de imitacio­ nes, ya sea de las formas artesanales com o de los estilos antiguos y, la solución opuesta, la ejecución escrupulosa del m o d o de prod u cción m ecánico será adoptada sistemáticamente y encontrará su expresión artística, para pon er así de relieve, bajo todos los aspectos, lo que es auténtico, em pleando y desarrollando sobre todo aquellas formas ar­ tísticas que surgen casi de form a espontánea de la máquina y de la prod u cción masiva y, p or lo tanto, le son adecuadas. Se trata justa­ mente de realizar, para cada uno de los productos, tipos o m odelos

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que estén construidos con simplicidad y elegancia, con respeto por el material y sin pretender representar algo absolutamente nuevo desde el punto de vista formal, pero en el cual, p or así decirlo, se re­ suma el buen gusto existente en la época. En la fabricación de apa­ ratos simples que desempeñan una función subordinada, sea p or su importancia intrínseca o p or el lugar que ocupan, com o p or ejemplo los elementos que forman parte de una instalación eléctrica, debe evi­ tarse cualquier tipo de ornamento indiscreto. El intento puede ser el de configurarlos de tal manera que su presencia no sea inoportuna u ofensiva. Pero los objetos que se instalan en locales-habitación, en nuestra cercanía, pueden ser susceptibles de un trabajo más rico, es­ pecialmente cuando se utiliza un material de mayor valor y es este úl­ timo el que justifica un sobrio em pleo de elementos decorativos. Ello n o quita que una decoración muy rica se deba evitar siempre en la elaboración con máquinas, dado que resulta contrastante con el buen gusto encontrar repetida innumerables veces las mismas for­ mas pretenciosas. El contraste entre la riqueza de las formas y la fa­ cilidad de su p rodu cción m ecánica n o podría dejar de resultar muy desagradable. Por lo tanto, la ornam entación debería tener siempre algo de impersonal; y aquello que se acerca más a esta exigencia es el simple ornato geom étrico. Aún n o nos hemos dado cuenta plenamente de la m edida en que la electricidad nos exige decididamente una nueva expresión formal, que podría favorecer la llegada del estilo de nuestro tiempo. Por ejem plo, la araña eléctrica sigue asemejándose al viejo candele­ ra con form a de corona. N o sólo se ha mantenido la forma, sino que frecuentem ente se llega a imitar las velas con porcelana, aunque el electrotécnico sepa que la luz de la lámpara eléctrica se irradia en una dirección distinta a la de la luz de las velas, p or lo cual la am po­ lla debería estar colocada hacia abajo. La ventaja artística de la luz eléctrica reside principalmente en que, generalmente, ella n o nece­ sita soportes pesados y que puede ser distribuida libremente en cual­ quier punto del espacio. En vez de adoptar, para este nuevo tipo de luz, la form a externa del candelera a coron a deberíamos tomar de este último una sugerencia distinta. N o hay dudas de que el cande­ lera a coron a sobre el cual se colocaron diversas velas de cera, p ro­ duce una impresión particularmente solemne y alegre, aún hoy y en nosotros, n o obstante que nuestros gustos en hechos de iluminación sean muy exigentes y viciados. También la atmósfera que crea el ár­ bol de Navidad para grandes y pequeños tiene la misma causa. Ella reside en el h ech o de que la fuente luminosa n o está concentrada en un o o pocos puntos principales, sino en pequeñas intensidades de

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luz que están diseminadas en gran núm ero y sobre una gran super­ ficie, o sea que la luz es altamente difusa. Es justamente el efecto contrario al de una lámpara de arco (reflector) puesto en un local. Este principio debería ejercer una influencia m u ch o más grande en la iluminación de los interiores y estaría m ucho más de acuerdo con la naturaleza de la luz eléctrica si se evitasen las arañas centralizadas y, en su lugar, la luz estuviese repartida p or el cielorraso o, co m o ya frecuentem ente se ha hecho, estuviesen escondidas en gargantas co ­ locadas en lo alto y reflejando la luz en el cielorraso blanco. Hice un experim ento con lámparas miniatura, las conocidas lamparitas de vi­ drio con una intensidad de dos velas1, colocándolas a una distancia de diez centímetros entre ellas, com o un elem ento interm edio en un cord ón protegido p or una funda de gom a y, recogien do este cor­ dón luminoso a m od o de guirnalda en una araña, ampliamente rami­ ficada bajo el cielorraso, dotada de gran cantidad de caireles buscan­ do obtener así el efecto luminoso de difusión de una araña en coro­ na. Si esta araña, considerada com o una primera tentativa del género, con resultados bastante rudimentarios, posiblemente p or haber re­ nunciado en exceso a la utilización de partes metálicas, creo que ten­ tativas análogas en el mismo sentido, con mayor núm ero de lámpa­ ras, pero de intensidad lumínica menor, podrían conducir a solucio­ nes adecuadas al principio de la iluminación eléctrica y a las exigen­ cias estilísticas que están implícitas en ella. La industria tiene la posibilidad de crear cultura realizando la unión del arte y la técnica. C on la p rod u cción masiva de objetos de uso, que estén de acuerdo con un orden estético refinado, n o sólo se prestaría un servicio a las personas dotadas de sensibilidad artísti­ ca, sino que el decoro y el buen gusto se propagarían en los más vas­ tos estratos de la población. El valor de la p rodu cción espiritual p o ­ dría volverse accesible a grandes círculos poblacionales, co m o lo es el arte de la impresión, y en p o co tiem po se crearían valores de im­ portancia nacional y económ ica. La elevación general del gusto es también en definitiva una cuestión económ ica. Debe tenerse en cuenta el h ech o de que el trabajo intelectual se traduce en valores materiales y, precisamente el trabajo que n o puede ser desem peña­ do p or cualquiera, sino aquel de calidad superior, el diferenciado o caracterizado. N o puede ser indiferente a un país, el h ech o de que se limite a crear m u ch o trabajo que también puede ser h ech o p or otros países o que logre la creación de un trabajo que constituya una obra carac­ terizada y que n o sea susceptible de imitación, p or ser el producto 1. Candelas como unidad de intensidad luminosa [N. d. E.]

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de una cultura autónoma. En última instancia, una civilización del gusto que com prenda a toda una población es una prueba del valer de ese pueblo. El ejem plo de los franceses, que pudieron aventajar durante siglos y hasta nuestros días, su hegem onía en el cam po del gusto es prueba suficiente. Justamente para Alemania, que alcanzó la potencia política, le es importante adquirir también una posición de fuerza en el cam po artístico. Justamente para Alemania es im por­ tante elevar sus valores materiales con un trabajo espiritualmente di­ ferenciado. En Alemania la industria está en primer plano respecto de la agricultura. Alemania, p or sus condiciones geográficas, necesi­ ta del m ercado mundial y p or ello debería esforzarse en desarrollar una función de primer plano en el m ercado internacional, n o sólo p or lo que se refiere a las realizaciones puramente técnicas, sino tam­ bién p or la calidad estética de sus productos. A hora bien, si debem os admitir que el arte y la técnica son por su naturaleza algo distinto, n o es menos justificada la opin ión de que ellas estén estrechamente emparentadas. El arte no debe ser ya más con cebid o com o una diversión privada, del cual hacemos el uso que nos agrada. N o queremos una estética que busque las reglas p or sí misma en un clima de fantasía romántica, sino que esté sometida a las leyes de la vida activa. Ni tam poco queremos una técnica que re­ corra su camino p or cuenta propia, sino que sea abierta y sensible a la voluntad artística de la época. El arte y la técnica alemana trabaja­ rán así con una misma meta, la potencia de la nación alemana, que se manifiesta en el hecho de que una rica vida material se encuentra ennoblecida por una form a espiritualmente refinada.

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Kunst und Industrie, en Essays, Inselverlag, Leipzig 1910; ahora en Zwis­ chen Kunst und Industrie, por G.B von Hartmann y Wend Fischer, Die Neue Sammlung, Munich 1975, pp. 56-59. Henry Clemens van de Velde nace en Amberes el 3 de abril de 1863. Estu­ dia primero en su ciudad en la academia Julian, luego en París en el estudio del pintor Carlus Duran y nuevamente en Amberes cerca de Ch. Verlat. En 1889 se hace miembro del círculo de pintores Les X X , que agrupa a los princi­ pales impresionistas belgas. A partir de 1890 se consagra a la carrera de artista, apuntando sobre todo a la renovación del arte decorativo y la arquitectura. Empieza a ir con mucha frecuencia a Alemania, después de haber diseña­ do muebles y arreglos para la galería de arte Samuel Bing en París alrededor de 1896. Entre 1898 y 1902 construye casas, la decoración de los interiores del museo Folkwang en Essen, y se instala en Alemania de manera estable. Mien­ tras tanto, su fama había crecido también por su enseñanza en Alemania, por las exposiciones de sus muebles, inspirados en las ideas de Morris sobre lo arte­ sanal (provoca estupor la exposición de Dresde en 1897). En 1902 reorganiza el Kunstgewerbliches Institut y la Academia de Bellas Artes. Se convierte en consejero artístico del gran duque de Weimar Guillermo Ernesto, que. le confia la construcción del teatro del Werkbund en Colonia (1914), del monumento a Nietzsche, nombrándolo profesor de la Escuela de Arte Decorativo. Socialista y pacifista, al estallar la Primera Guerra Mundial comienza a encontrarse en di­ ficultades, teniendo que refugiarse en Suiza en 1917, donde permanece hasta 1921, para viajar a Holanda hasta 1925 y retornar a Bélgica como profesor en la Universidad de Gante y director de la Escuela de Cambre hasta 1938. En es­ te período construye la biblioteca de la Universidad de Gante (1936), el museo Kroller-Müller (1937-1954) y es consejero del Ministerio, de Trabajos Públicos desde 1935 y del Comité para la Disminución de la Desocupación. Se retira nue­ vamente a Suiza en 1947, muere en Zurich (Ober-ägeri) en 1957. Es considera­

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do, con Harta, el iniciador del Art Nouveau, y uno de los promotores del Mo­ vimiento Moderno. No adhirió expresamente a Harta y a sus contemporáneos, sintiendo la precariedad de sus movimientos y su incapacidad para incidir en la creación de un nuevo gusto y un nuevo estilo. Unir el arte y la industria no significa nada más ni nada menos que fundir el ideal y la realidad. Y en este caso particular significa unir un ideal a hechos muy notables, a tendencias que no retroceden ante nada y que ciertamente no dudan cuando se trata de destruir un ideal. Es, a su vez, extraña a la naturaleza de la industria orientarse hacia la belleza tanto com o tener en cuenta las exigencias de una moral que se funda en la perfecta ejecución de los productos. El afán de ganar que dio vida a la industria marca indudablemente el origen de su natu­ raleza y sus medios. Tanto una com o las demás no tienen escrúpulos. Belleza y moral: nuestras exigencias parecían fijarse en dos nue­ vos polos para la industria. Hasta ahora ésta había girado alrededor de dos ejes, el bajo costo y la mala calidad, dos ejes que no incluían regio­ nes desconocidas ni peligros ni terrores. Los artistas no podían pensar en inculcar directamente a la indus­ tria la aspiración a la belleza y una nueva moral. Pero nosotros hemos actuado indirectamente y aquí quisiera recalcar expresamente que no intento absolutamente retomar las hostilidades que han caracterizado p or tanto tiempo, en el pasado, las relaciones entre artistas e industria­ les. Pero serviremos mal a la causa de estas relaciones, que desde am­ bas partes desean cultivar, si dejáramos de constatar el hecho de que nosotros hemos luchado encarnizadamente para conquistar al públi­ co, para influenciar en sus gustos y para elevar el nivel de sus exigen­ cias con respecto a la ejecución y a los materiales de los productos que la industria le ofrecía. La victoria fue para los artistas. Hasta ahora la industria había confiado sobre el gusto de un pú­ blico que había perdido desde hacía años toda conciencia crítica y que se había quedado completamente privado de orientación. El indus­ trial tenía bajo presión los gustos del público y los sometía a sus exi­ gencias. Además de los centros de información que, en París y en otros lugares explicaban, funcionando com o guías e informaban a los in­ dustriales de todo el m undo sobre la elección de los motivos, de los co ­ lores y de los materiales que habrían de determinar la m oda del ma­ ñana y el gusto del público, además de estas centrales de información se contaba con las noticias de los viajantes de la industria para proveer las garantías más valederas. Y así desde distintas generaciones el gusto del encom endado via­ je r o se transformó en el gusto del público. El gusto de los encargados

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de la industria ju n to al del diseñador técnico, que participaba en las consultas -de consecuencias decisivas- que tenían luego en la oficina del director. La intervención imprevista del artista puso en peligro la seguri­ dad del estado de las cosas existentes, se opuso a la dirección que ha­ bía sido tomada y a las informaciones que hábiles agentes y expertos habían sido encargados de recoger y proveer; ha preparado una ver­ dadera revolución cuyo éxito nadie podía prever, ya que contraponía al régimen a la larga irracionalidad de las oscilaciones y a los cambios sucesivos y, p or lo tanto, al régimen de la moda, un régimen de conti­ nuidad, una línea en la evolución del gusto público, un estilo. Se trata, por lo tanto, nada más ni nada menos que de una trans­ formación total: de la sumisión de lo industrial a un ideal que amena­ zaba exigir innumerables sacrificios materiales y de condicionar lo adquirible y la producción de nuevos modelos, de los cuales nadie p o ­ dría garantizar su durabilidad, y del cual, era fácil pronosticar la in­ constancia sobre la base de los continuos progresos de los artistas de primer nivel, empeñados en encontrar formas y ornamentos que co ­ rrespondieran a la idea de un estilo de nuestro tiempo. Se trataba de la adaptación a una nueva moral, que se contraponía diametralmente a aquella en la cual la industria alemana tenía sus éxitos materiales. En consecuencia las pretensiones de los artistas aparecieron muy exagera­ das, y debió ser un motivo muy fuerte aquel que indujo a algunos in­ dustriales a unirse a aquellos que eran universalmente considerados co ­ m o peligrosos aguafiestas. Este factor revolucionario consiste en la idea de un nuevo estilo. Mientras pueda pensarse que la industria se podría haber adecuado a una moral que exigía la perfección de los productos sin tener en cuen­ ta, de aquí en adelante, a aquellos que se lo habían sugerido, la nece­ sidad de un acercamiento entre artistas e industriales de las artes apli­ cadas se im pone automáticamente o desaparece según el éxito de la idea de un nuevo estilo. Si la penetración de un nuevo estilo tiene éxi­ to, la industria tiene que arreglar cuentas con el artista; si falla, la in­ dustria volverá a los encargados y a los centros de inform ación y el di­ señador técnico, que había estado en retroceso, reasumirá su poder y su actividad de antes. No tardaremos en reconocer que el artista que se haya especiali­ zado en una sola rama del arte industrial dará al productor mayor ga­ rantía que aquel que, desde su espontánea voluntad y porque lo ha querido así, se haya familiarizado un p oco con todos. Los artistas dan p or sentado que el gusto del público está suficien­ temente educado y desarrollado en todas las áreas, es por ello que se

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lamentan al n o hallar satisfacción en las ramas del arte industrial en la que n o han encontrado todavía la nueva dirección. Y la industria tie­ ne que ser autocrítica si el público, en este caso, continúa volcándose a la industria extranjera para satisfacer sus necesidades. ¿Cuál es la circunstancia a la que la industria inglesa, que sofocó al arte industrial del continente con su superioridad y que continúa p or ahora a la cabeza a pesar de todos los esfuerzos del arte industrial alemán, que es el que con mayor énfasis y con la máxima coherencia y superioridad trata de quitarle la primacía?, ¿cuál es la circunstancia p or la cual la industria inglesa es superior, si n o justamente por la es­ trecha colaboración entre artistas e industriales? Atribuyendo la calificación de belleza a todos los productos que son realizados perfectamente con el m ejor y el más apto material, nos declaramos cómplices de una concepción del arte y de la belleza que son populares en muchos países, donde cada uno es artista a los ojos del pueblo si desenvuelve impecablemente su menester. Este senti­ m iento popular que, en este caso, me parece justo, considera com o obra de arte cada trabajo bien realizado. Y dará, por lo tanto, título de artista a un peluquero com o a un alfarero, a un fabricante de sillas co ­ m o a un fabricante de carrozas o a un pintor. Así nos acercamos a la definición aun más amplia de Ruskin, que extendía la calidad artísti­ ca a todo aquello que fuese creado con placer. N o aconsejaría siquiera al más indulgente de entre nosotros a buscar en la industria actual varios productos que puedan decirse be­ llos en el sentido popular y en aquél de Ruskin. Sin embargo, la industria de la decoración tiene en mira algunos ejemplos que debería realizar si quisiera sinceramente recuperar su posición y el prestigio a la que va unida. Sé que los industriales, para justificar la mala calidad de los productos que fabrican, nos recuerdan continuamente aquellas manufacturas de los principados o estatales que exigen cada año nuevos sacrificios de dinero. También que cier­ tas manufacturas reales o estatales permanezcan retrasadas ante la ga­ nancia material de otras manufacturas depende, p or lo tanto, de un error de organización, al que no es necesario dedicarle demasiado tiempo. Esto reside en el personal, extraído de la casta burocrática, a la que esa fábrica había sido entregada, con decisión m iope, p or el principado o el estado. Dondequiera el artista intervenga, promueve activamente la pro­ ducción. La fundación del Museo alemán de arte comercial e indus­ trial de Hagen, en Westfalia, promete dam os un cuadro com pleto de la capacidad y de los resultados de esta intervención. Es ésta una crea­ ción que (junto a los reconocidos méritos del señor Karl Emst Ost-

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haus en el campo de la elevación del gusto y de la sensibilidad artísti­ ca) debe ser atribuida, en Alemania y en particular en Westfalia, com o su mayor logro, y que promete ser, al mismo tiempo, el primer resul­ tado positivo del Werkbund alemán desde la época de su fundación. Este museo estable y con muestras itinerantes que pretende orga­ nizar en otros lugares, nos podrá informar sobre la situación real de la producción de la industria alemana tal vez m ejor que cualquier otra exposición, cuyos resultados no pueden ser m enos que un engaño, ya que los productos expuestos han sido elegidos y acom odados para es­ te objetivo, a la mira del prem io que promete y de la publicidad que consigue. Si este museo dispondrá de los medios necesarios, y de los medios para reunir todo aquello que la industria produce con la cola­ boración de los artistas, se transformará en un campo de batalla den­ tro del cual cada industria deberá competir con las industrias de la misma rama bajo la vigilancia permanente de una com isión o de un tribunal y tendrá que tratar de probar delante del público el valor de su producción. La com isión acogerá en esta colección sólo aquellos productos, e inscribirá en el libro de oro de la industria sólo aquellos nombres que aseguren el respeto de ambas condiciones. El producto tiene que ser de raza pura tanto p or parte de la madre com o del padre, así debe ser para las criaturas vivientes, que tienen que estar en posición de poder probar su descendencia con un árbol genealógico, se trate de raza hu­ mana o animal. Este museo de Hagen, si ha de tener algún sentido, debiera esta­ blecer la clasificación de los productos. No sería un hom bre m oderno si no tratara de adecuar la produc­ ción de los objetos, que anteriormente nacían de la mano humana y eran confeccionados p or simples artesanos, a la nueva forma de pro­ ducción mecánica e industrial. Pero si la industria quiere que nosotros continuemos defen­ diendo su estilo de gestión, las máquinas y la fabricación mecánica, nos tiene que dar la seguridad de que no sacrificará la idea del trabajo bien hecho, ni la de la buena calidad del material y, por lo tanto la moral del objeto, a una transformación que, al fin y al cabo, culminaría tan sólo con el aumento de la ganancia para los industriales. Hemos asegu­ rado desde el principio a quien nos quisiese escuchar que nos habríamos adaptado a la industria y a la producción mecánica, pero estaríamos lo­ cos si nos dejáramos vencer por nuestra bondad y por el miedo de ser atrasados al asumir una parte de responsabilidad en la producción de ob ­ jetos que han sido producidos sin ningún escrúpulo por la perfección, sin respeto para con el material utilizado y sin ningún placer en el trabajo.

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Ninguna otra clase puede vanagloriarse de haber contribuido en mayor medida a la cultura de la humanidad de cuánto han hecho, desde el principio, los ardstas, y en nom bre de esta característica cree­ mos tener el derecho de expresarnos sin miramientos y sin p recon ­ ceptos sobre un problem a que pueda amenazar o prom over la cultu­ ra de la humanidad.

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Extraído de Technik und, Kultur, en Archiv für Socialwissenschaft und Sozialpolitik, 1911, pp. 305-347 Premisa El tema a desarrollar en este ensayo ha sido ya objeto de un in­ form e en el primer congreso de sociología, organizado p or la Socie­ dad alemana de sociología en octubre de 1910 en Frankfurt sobre el M eno. El inform e ha sido taquigrafiado, y el texto apareció, sin alteración, en el inform e general que se publicó sobre las activi­ dades del congreso. D ebido a que en este inform e se daba también la noticia de las discusiones que habían seguido a los diversos infor­ mes, ni una nueva form ulación del tema co m o tam poco una sola distribución sensiblemente distinta sobre éste habría sido posible en esa sede. Pero el curso de la discusión que prosiguió a mi infor­ m e, y las conversaciones que tuve después de mi aporte, con algunos de los participantes del congreso, me han demostrado claramente que mi inform e n o había sido bien recibido. Justamente tuve la im­ presión de que mis intenciones y mis visiones eran mal interpretadas. A quello que tenía com o de fundamental importancia y, d on d e a mi parecer, se encontraba la verdadera contribución de mis análisis al progreso de la ciencia social, pasó inadvertida al m enos a aquellos de quienes he escuchado ju icios y observaciones. Los oradores que han tom ado parte de la discusión han hablado, en sustancia, acerca de có m o se habría p od id o tratar la cuestión antes de mi con feren ­ cia: o sea desde los puntos de vista hasta ahora sabidos y según el esquema habitual con que se examina desde hace treinta años la “co n cep ción materialista de la historia” (justamente lo que yo me p rop on ía era ir un paso adelante). Las observaciones de Max We-

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ber n o tenían carácter de principio y n o entran p or ende en el argu­ mento. Ya que d ebo suponer que mis interlocutores tenían la inten­ ción de com prenderm e, la única form a en que p u ed o explicar mi total fracaso sobre el debate de mi inform e es considerar que mi ex­ posición fue insuficiente. Por lo tanto, esta consideración m e indu­ ce a tratar nuevamente el m ismo tema, ordenando de otra manera la materia y las ideas, y formulándolas de m od o más preciso, con la es­ peranza de obtener así el resultado que me había prom etido desde mi conferencia: hacer surgir las discusiones sobre los problemas ge­ nerales que se vinculan desde el antiguo camino, de las que proceden desde hace ya una generación. 1. Dada la extrema generalidad de la form ulación que otorgué al tema podría tratarse evidentemente sólo de un análisis del princi­ pio del conjunto de los problemas implícitos al acercamiento “técni­ ca y cultura”. También, cuando me baso en casos individuales para mostrar la con exión existente entre dos fenóm enos, estas demostra­ ciones pueden tener solamente el valor de ejem plo, que sirven pa­ ra confirm ar la validez de una proposición form ulada en términos generales o de aclarar y hacer más com prensible una afirmación. Por lo tanto, n o debe imputárseme defectuoso el h ech o de que n o toque esta o aquella con exión entre técnica y cultura: rápidamente digo que tocaré tal vez una sobre cien. Las consideraciones siguien­ tes tienen, p or lo tanto, un carácter esencialmente m e tod ológ ico y de análisis conceptual y se p rop on en, sobre todo, demostrar la p ro­ blemática implícita en la con exión de las palabras técnica y cultura p or m ed io de la con jun ción “y”. Pero tengo un deber importante también al definir e inculcar en el lector, de la manera más clara y pura posible, los conceptos en cuestión de técnica y cultura, para que la discusión se libere definitivamente al m enos de aquellos ma­ lentendidos que dependen sobre todo de la utilización de una ter­ m inología oscura y confusa. 2. La palabra técnica tiene un significado más am plio y un sig­ nificado más restringido. Damos el nom bre de técnico, en sentido generalísimo, a un de­ term inado género de procedim ientos y, p or ende, a todos aquellos sistemas (o establecimientos) de m edios que son idón eos (o que también son considerados tales, ya que naturalmente existen tam­ bién técnicas “malas”, “equívocas” o “erróneas”) para alcanzar un determ inado objetivo.

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En este sentido (que es el más lato) hablamos de una técnica del canto, de una técnica del lenguaje, de una técnica del drama, de una técnica del piano, y con esto entendem os sólo el m o d o particu­ lar que se emplea para cantar o hablar bien, para escribir buenos dramas, para tocar bien el piano, etc. También l'ars amandi es una técnica en este sentido más lato. El con cep to de técnica es intenso en el sentido ya más estricto cuando se habla de una técnica operadora, de una técnica de vue­ lo, de una técnica bélica. A quí pensamos evidentemente en prim er lugar en determinados bienes materiales de los cuales el hom bre se sirve para lograr una determinada meta. Si decim os que la técnica od on tológica se p erfeccion ó, n o significa que las manos de los den­ tistas sean más hábiles, más bien que éstos pueden disponer de m e­ jores aparatos, de mejores pastas para obturar las caries, de mejores sistemas de anestesia que los anteriores. Pensamos en el em pleo de determinados instrumentos en el desenvolvimiento de determina­ das operaciones y damos entonces a esta técnica el nom bre de “téc­ nica instrumental”. O, si prefieren, desde el m om en to en que se tra­ ta siempre de un subsidio objetivo y material que se introduce en función intermediaria, de “técnica material”. Pero esta “técnica” n o es todavía la que tenemos en mente cuando hablamos de la “técnica” tout court en la cual pensamos, p or ejem plo, también cuando unimos la palabra “cultura” con la co n ­ ju n ció n “y”. El “estado de la técnica” en un determ inado p eríod o no involucra también a la técnica bélica o a la técnica para com batir la epidem ia, a pesar de que aun si el con cepto en esta expresión fue­ se entendido en un sentido amplio, tenemos todavía en mente otro con cepto, de capacidad más limitada, un con cep to más p rop io y más específico, que asociamos a la palabra técnica cuando utilizamos esta palabra sin alguna restricción o determ inación particular. Este con cep to auténtico o específico de técnica abraza, en cam bio, sólo los procedim ientos de los cuales nos servimos para la prod u cción de los bienes materiales (y, p or lo tanto, también para la p rod u c­ ción de aquellos instrumentos cuyo em pleo hace posible la técnica instrumental). La técnica en este sentido más restringido y genuino es, p o r lo tanto, sinónim o de técnica productiva. D efino la técnica productiva com o técnica económ ica. Y es así porque, en ella, los fenóm enos técnicos se interceptan, para decir­ lo de algún m od o, con aquéllos económ icos. Si el problem a funda­ mental de la econ om ía y aquél de procurar los bienes materiales que son necesarios para nuestras necesidades y, p or ende, a la inte­ gración de nuestra existencia individual, sus fines coin ciden eviden-

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temente, p or m uchos motivos, con aquéllos de la técnica producti­ va. C on aquéllos de la técnica productiva y sólo co n aquéllos de la técnica productiva, a pesar de la im portancia que otras técnicas también puedan tener para la vida económ ica. También la técnica para com batir las epidemias, la técnica de los operativos militares, la técnica de los transportes es ciertamente de im portancia decisiva para la con form ación de la vida económ ica. Pero sería absurdo equipararlas a la técnica productiva, porque ésas n o tienen una exis­ tencia autónom a, sino que dependen, dados sus resultados, de la técnica productiva. Por lo tanto, esta última puede ser definida tam­ bién co m o técnica primaria, mientras que todas las otras técnicas (instrumentales) pueden definirse com o secundarias o terciarias. Solamente la técnica productiva puede determinar el m o d o en que se configura la técnica de los operativos bélicos o la técnica del vue­ lo, ya que es solamente ella la que provee los instrumentos co n que se sirven aquellas técnicas. La fabricación de cañones, la p rodu c­ ción de pólvoras sin hum o, la construcción de naves de guerra, o la invención de m otores a explosión, la utilización de metales livianos co m o el aluminio o de tejidos de seda crean la posibilidad de co n ­ ducir un determ inado tipo de guerra o la de m over un peso que se libera al aire. Basta entonces conocer, en cada caso, el estado de la técnica productiva para estar en con dicion es de evaluar toda la técnica ma­ terial de una época (se da p or sentado que las técnicas inmateriales son independientes, en cierta medida, del desarrollo de la técnica productiva y recorren, p or lo tanto, sus propias vías autónomas, pe­ ro éstas n o son, en realidad, técnicas en el sentido específico y genui­ n o de la palabra). De todas formas, cuando me refiero a la relación entre técnica y cultura, pienso siempre y solamente en la técnica p ro­ ductiva y, p or lo tanto, en la técnica econ óm ica o primaria. Ya expliqué ampliamente, en otras ocasiones, cuál es el conte­ n ido de la técnica: puede consultarse a tal propósito mi Deutsche Volkswirtscaft im neunzehnten Jahrhundert (La econ om ía política ale­ mana en el siglo decim on oven o). A quí m e bastará recordar que cada técnica abraza un conjunto de con ocim ien tos y de facultades: el con ocim ien to del h ech o de que determinadas materias, determinadas formas y determinados procesos naturales (co m o el proceso de ferm entación, el proceso de fusión, etc.) pueden ser utilizados con el fin de la p rod u cción de bienes materiales; y la facultad, o sea la capacidad o habilidad de ha­ cer uso efectivamente en la práctica, de estas fuerzas y de estos p ro­ cesos que se prestan al em pleo p or parte del hom bre.

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Cuando se habla de la “técnica” de una determinada época, y así p or ejem plo de la “técnica m oderna”, con esta expresión n o se da p or entendido solamente el conjunto de los procedim ientos téc­ nicos de los que una ép oca pueda disponer. Está claro que aquel que utilice esta expresión üene en mente otra idea diferente y es más: que piensa en alguna cosa com o el “espíritu” particular de esa técnica, p or ejem plo, los principios generales sobre los cuales la téc­ nica se funda: com o aquello de que en nuestros días la técnica es una técnica racional a diferencia de la técnica em pírica del pasado; o que ésa (según mi form ulación) mira emanciparse dado los lími­ tes de la naturaleza orgánica, de la cual deriva también, p or ejem ­ plo, la aplicación sistemática del principio m ecánico: digo que quien habla de la “técnica m oderna” piensa en un conjunto de co ­ sas de este género, es decir que puede también definirse co m o el es­ tilo de la técnica de una ép oca (com o hablaré próxim am ente del es­ tilo de una cultura.) 3. N o es igualmente fácil decir qué es la cultura. Toda definíción es vaga, porque tiene que abarcar demasiadas cosas. N o sabe­ mos m u ch o más cuando definimos com o cultura a cada una de las obras de la humanidad, todas las “conquistas” de la humanidad, to­ das las experiencias y las actividades del homo sapiens, que lo distin­ guen del animal. Nuestras ideas empiezan a clarificarse si nos pre­ guntamos cuáles son las expresiones de la cultura humana; cuál es nuestro “patrimonio cultural”, y cuáles son las cosas que considera­ mos com o “bien cultural”. (D onde naturalmente cada colorid o éti­ co y cada subjetividad p or parte del relator está severamente prohi­ bida: hay que tener en cuenta todo aquello que es considerado co ­ m o “bien cultural” en un determinado lugar y en un determinado m om ento.) Son antes que nada los objetos o materiales que, en su com ple­ jidad, constituyen el inventario material de nuestra cultura. La cul­ tura material está caracterizada p or el h ech o de que se agota ente­ ramente en la posesión o en el uso y en el consum o de los bienes materiales. El h ech o cultural consiste en la utilización del bien ma­ terial. Así, p or ejem plo, la higiene o la cultura del cu erpo encuen­ tra su expresión objetiva en la cantidad de ja b ón , de cepillos denta­ les, de bañaderas, de esponjas, de pomadas, etc. que una población puede disponer. El patrim onio cultural material se distingue así del patrim onio cultural ideal, el que está ligado a algún bien objetivo así co m o tam­ bién a su sustrato material, pero que representa también en sí mis-

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ili­

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m o un valor espiritual independiente de ese sustrato. Este patrim onio cultural ideal puede asumir dos formas. Por una parte, constituye aquello que defm o com o cultura institucional, y p or la otra, la llamada cultura intelectual. La cultura institucional (nos servimos, p or simplicidad, del tér­ m ino cultura, en lugar de hablar de patrim onio cultural) consiste en el conjunto de ordenam ientos, de instituciones, de formas orga­ nizadas de las que un pueblo puede disponer. Este encuentra su o b ­ jetivación en la constitución, en los códigos, en los sistemas religio­ sos, en las reglas de las fábricas, en los estatutos de las asociaciones, en las tarifas aduaneras, etc., sobre los cuales los hom bres son ins­ truidos para regular sus relaciones recíprocam ente. En el interior de la cultura institucional globalm ente considerada pueden distin­ guirse cuatro grandes conjuntos, en los cuales los milenios han de­ positado y acum ulado sus experiencias: el estado, la iglesia, la eco ­ nom ía y la costumbre. La cultura intelectual, en la m edida en que represente una p o ­ sesión cultural, está constituida p or toda aquella parte del patrimo­ n io cultural ideal que n o se resuelve en ordenam ientos de ningún tipo. A ésta pertenece, p or lo tanto, cada patrim onio de ideales, de valores, de aspiraciones, etc. Forma parte del patrim onio cultural de un pueblo el h ech o de que éste tenga un fuerte sentimiento de estado o un espíritu profundam ente religioso o una co n ce p ció n hu­ manitaria del m undo. Además hay que tener en cuenta todo lo que viene súbitamen­ te a la mente cuando se habla del patrim onio intelectual de un pue­ blo: los productos de la ciencia y del arte que lo colm an de sus ben­ diciones. Cada form a de cultura que existe de este m od o fuera del indivi­ duo, y cuya duración sobrevive a éste, cada patrimonio de bienes cul­ turales, materiales o ideales, puede ser definido, en conclusión, com o cultura objetiva. Esta es objetiva porque se materializa en algún obje­ to, en cuanto ésta pueda tener también sólo el valor de un símbolo, una bandera, o la estatua del rey, y porque continúa viviendo en aquel objeto, aun cuando n o haya ningún individuo viviente que uti­ lice las posibilidades que éste incluía. El códice de Hammurabi era considerado com o un bien cultural, así com o la Venus de Milo, inclu­ sive durante todo el transcurso de los milenios donde ya n o había na­ die que supiese algo sobre sus existencias. Y si también en el futuro si toda la humanidad tuviese que sucumbir imprevistamente en la cola venenosa de un cometa, la reserva de la cultura objetiva y, p or lo tan­ to, de bienes culturales, quedaría inmutable, hasta que el tiempo la

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destruyese p o co a p o co p or la acción del aire, del agua y del fuego. Ahora, a esta cultura objetiva se contrapone lo que puede lla­ marse la cultura personal, la “cultura”1 del individuo. Esta consiste en la utilización de los bienes culturales p or parte de un hom bre de carne y hueso. Es la cultura de ese hom bre en particular, es su p ro­ piedad personal más íntima, que surge con él y gracias a él, y que m uere con él. La cultura personal puede ser física o psíquica. Cada adiestramiento del cuerpo a través del deporte, etc., p ero también toda form a de pulcritud, de elegancia en el vestir, etc. pertenece a la primera categoría. Mientras que en la segunda, la cultura personal del alma, encuentra su expresión en el perfeccionam iento moral, in­ telectual o artístico del individuo. Es fácil observar que la cultura o b ­ jetiva se relaciona a la cultura subjetiva com o m edio para alcanzar el objetivo, pero es a su vez evidente que las dos formas o manifesta­ ciones de la cultura pueden ser separadas p or un profu n d o abismo, y que en particular, una sola e idéntica cultura objetiva -com o p or ejem plo un determinado patrimonio de obras científicas o artísticaspueden reflejarse de m od o muy diverso en la cultura personal: des­ de el punto de vista cualitativo, según el distinto tipo de efecto que la utilización de los bienes culturales produ ce en los hom bres; des­ de el punto de vista cuantitativo, según el círculo más o m enos gran­ de de personas que contribuyen a form ar la base de la cultura obje­ tiva. Cuando hablamos de la cultura de un pueblo, pensamos tanto en la totalidad de su patrim onio cultural (objetivo), co m o en la ex­ tensión y en el carácter de la cultura personal de los m iem bros de ese pueblo. Pero además de estas dos formas de cultura existe una tercera, que está presente en la mente, sobre todo cuando habla­ mos de la cultura de una determinada “ép oca ”, y que es, p o r así de­ cirlo, una cultura objetiva y subjetiva a la vez, existente y ostensible sólo en ella y a la vez distinta de ella. Es la quintaesencia de todos los fenóm enos culturales que resumimos en unidad en nuestro es­ píritu y dotam os de características particularmente significativas. Podría definirse esta entidad com o el estilo cultural (de una época, de un país), que percibim os indudablem ente co m o una unidad aunque n o se manifieste, de p or sí, en otra cosa que en las innumera­ bles y diversas expresiones de la cultura objetiva y subjetiva de esa épo­ ca o de ese país. Cuando hablamos de la “cultura del Renacimiento”, en contraste, p or ejemplo, con la “cultura m oderna”, es a este “estilo cultural” característico que intentamos hacer referencia. 1. Bildung: la cultura como formación intelectual y también moral de la persona, como la edu­ cación del alma y de la mente. [N.d.E.]

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4. Quedaría p or analizar la con jun ción “y” , que se inserta entre la palabra “técnica” y “cultura” . La determ inación material de su sig­ nificado constituye el con ten ido de este ensayo; la determ inación form al n o presenta dificultad: se trata de indicar las “relaciones” que existen entre la técnica y la cultura, o más precisamente entre una determinada configuración de ambas com plejidades de fen ó­ m enos. Las relaciones: para volver a expresarnos con precisión, se trata de descubrir y de mostrar las influencias que unen la cultura y la técnica. Es decir que com prenderían, a la vez, dos tareas muy di­ ferentes, según se considere a un o u otro de los conjuntos de fen ó­ m enos co m o causa o efecto; según si nos propon em os dar a luz la influencia de la cultura sobre la técnica o la de la técnica sobre la cultura. Am bos casos son, com o es obvio, igualmente posibles (que éstas estén entre ellas en relación de interacción recíproca, es algo que va de p or sí, pero que im pide únicamente a los malos ideólogos evidenciar netamente las relaciones causales unilaterales en un sen­ tido o en o tr o ). 5. N o es mi intención hablar ampliamente de la influencia que la cultura ejerce sobre la técnica y demostrar la dependencia del de­ sarrollo de los conocim ientos y de las capacidades técnicas desde una determinada configuración, de toda la cultura restante. Q uiero solamente hacer un llamado de atención sobre el m o d o en el que el problem a debería ser enfrentado. Sería necesario establecer dos órdenes de hechos: aquellos campos de la cultura que crean op or­ tunidades para el desarrollo de la técnica; es decir si las crean o no y, en caso afirmativo, p or cuál motivo una determinada cualidad cultural, en cualquier cam po de la actividad humana se manifiesta, influya sobre la configuración cuantitativa y cualitativa de la técni­ ca, y en particular, detenga o promueva la transformación de los procedim ientos técnicos y, en particular, su transformación en el sentido de su perfeccionam iento y, p or lo tanto, el progreso técni­ co. En segundo lugar, cóm o y p o r cuál motivo, en ciertos sectores de la cultura se abren focos de intereses p or los cuales la evolución técnica recibe un im pulso favorable. Cada sector cultural puede proveer posibilidades positivas y ne­ gativas para el desarrollo de la técnica, en cada área cultural pue­ den animarse a cobrar vida los intereses que empujan a m odelar la técnica en una dirección determinada. C om o para dar un ejem plo: el orden creado p or el estado pue­ de asumir una im portancia decisiva para la expansión del patrimo­ n io técnico, garantizando, p or ejem plo, la paz o la tutela de las pa-

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tentes (propiedad intelectual); la constitución de la iglesia puede ser tal co m o para ofrecer condiciones particularmente favorables al cultivo y al perfeccionam iento de técnicas específicas: basta con pensar la extraordinaria importancia que la vida de claustro del al­ to m edioevo tuvo para la conservación de los procedim ientos que se han salvado del naufragio de la antigüedad clásica. El estado de los conocim ientos científicos: es notable para todos la importancia decisiva que esto tuvo, p or ejem plo, para la técnica m oderna. La orientación religiosa o no de una p oblación puede ser determ inan­ te para la adop ción de una determinada técnica de fabricación, y lo m ism o puede decirse, en otros casos, del nivel de la cultura física e intelectual. Cuando las crecientes exigencias de la vida de las maes­ tranzas asalariadas amenazan al empresario para perfeccion ar su técnica productiva, esto significa, naturalmente, desde el punto de vista de una consideración de principios, que cierta configuración de la cultura personal de un grupo de la p oblación crea determina­ das ocasiones para el desarrollo de la técnica. Este último ejem plo muestra, al mism o tiem po, có m o desde una determinada form a de cultura se desarrolla el interés para lle­ var a la técnica en una determinada dirección. Son hechos univer­ salmente notorios que los distintos sistemas econ óm icos generan un interés com pletam ente distinto ante las innovaciones tecnológi­ cas, com o también a la introducción de técnicas cualitativamente distintas. La organización artesanal empuja para reagrupar todas las operaciones en función de la persona, com o podem os observar cla­ ramente en las viejas profesiones de oficio. Esta no es solamente indi­ ferente al progreso técnico, sino que alimenta hostilidad y descon­ fianza en sus enfrentamientos. Am a la técnica empírica del mismo m od o con que privilegia la técnica manual. Es clarísimo el contraste que hay con el capitalismo, que n o hace otra cosa que tender, dada su naturaleza, a la técnica racional, a la técnica m ecánica y al p ro­ greso técnico. Si un día nos preparásemos para escribir una historia sobre la técnica (de la que no existe, hasta ahora, ni siquiera el m ínim o pro­ yecto), habría que tener siempre presente esta pregunta: ¿cuáles con ­ diciones objetivas y cuáles fuerzas motrices son generadas para el de­ sarrollo de la técnica, p or una determinada form a de civilización? Así, p o r ejem plo, la técnica m oderna presupone el interés intensivo del capitalismo, com o también, p or otra parte, las posibilidades que han sido creadas p or las ciencias naturales, p or la instrucción públi­ ca, p or el aum ento de la cultura personal en las masas y así sucesi­ vamente.

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Pero, com o hemos dicho, este aspecto del problem a n o nos in­ teresa aquí. Lim itándom e a hablar sobre las relaciones entre técni­ ca y cultura pienso, en cam bio, en las influencias que la técnica pue­ de ejercer sobre los otros campos de la cultura humana. De ésas ten­ dremos que ocuparnos más a fondo en las páginas siguientes; o ten­ dremos al menos que intentar dar a luz, según el plan inicial de este estudio, a su característica fundamental. 6. De la fun ción primaria de la técnica en todo el desarrolloi de la civilización humana, ya nos hemos dado cuenta desde hace varias generaciones; hasta se ha tratado de atribuirle a esta función una importancia constitutiva y fundamental, afirmando que todas las otras manifestaciones de la cultura están determinadas p or la técni­ ca. Se ha venido desarrollando una especie de “interpretación tec­ nológica de la historia”, según la cual toda la historia de la humani­ dad y, p o r lo tanto, toda la evolución de la cultura no hubiese sido más que una función de la técnica, y com o tal hubiese quedado pa­ ra el futuro, para cuando fuere necesaria. El grado de desarrollo de la técnica sería, p or lo tanto, lo absoluto en los asuntos humanos, frente a los que cualquier otro con ten ido de la historia humana se­ ría relativo, razón p or la cual, en cada consideración histórica, éste debería ser considerado com o el dato, y el resto co m o el derivado, aquél co m o el determinante y éste co m o el determinado. Esta interpretación tecnológica de la historia ha encontrado su expresión clásica en la con cep ción materialista de la historia. Esta, en la form a en que Marx la ha presentado, n o es en realidad una co n cep ción “econ óm ica ”, sino, justamente, una co n ce p ció n “tecno­ lógica” de la historia, resultante de un exam en detenido de criterios que son provistos, com o es n otorio, en las pocas líneas del prefacio de la Crítica de la economía política. “En la producción social de su existencia los hombres entablaron deter­ minadas relaciones, necesarias, independientes a su voluntad, en relaciones de producción que corresponden a un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, o sea la base real sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la cual corresponden las formas de la conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona, en general, el proceso social, político y espiritual de la vida. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, al contrario, es su ser social el que determina su conciencia. Llegado a un determinado momen­ to de su desarrollo, lasfuerzas productivas materiales de la sociedad entran en

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contradicción con las relaciones de producción existentes, es decir con las rela­ ciones de propiedad (que son solamente la expresión jurídica) dentro de las cuales tales fuerzas se habían movido antes que nada. Estas relaciones, con formas de desarrollo de las fuerzas productivas, se convierten en sus cade­ nas. Entonces se entra en una época de revolución social. Con el cambio de la base económica se desenvuelve más o menos rápidamente toda la gigan­ tesca superestructura. Cuando se estudian revoluciones similares, es indis­ pensable distinguir siempre entre la revolución material de las condiciones económicas de la producción que puede ser constatada con la precisión de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o f i ­ losóficas, o sea las formas ideológicas que permiten a los hombres concebir es­ te conflicto y combatirlo ”. Si estas proposiciones tienen un sentido, tendría que ser éste: se considera dado un determ inado grado de desarrollo de la técni­ ca, ya que n o se entiende qué cosas podrían ser las “fuerzas p rod u c­ tivas” sino justamente las posibilidades técnicas. Esta técnica deter­ mina la form a de la vida econ óm ica (con la cual se entienden sobre todo las “relaciones de propiedad”) : y la estructura de la vida e co ­ nóm ica determina aquélla de todo el resto de la cultura. O, para re­ tomar la form ulación anterior, la econ om ía es una “fu n ción ” de la técnica, y el resto de las manifestaciones de la cultura son una “fun­ ció n ” de la econom ía, lo que equivale a decir (y que el mismo Marx debe querer decir, si sus palabras n o son simplemente palabras) que a una determinada técnica puede corresponder solamente una de­ terminada form a económ ica, y que a una determinada form a e co ­ nóm ica puede correspon der solamente una determinada form a cultural. Yo n o consigo descubrir la legitimidad de esta construcción y ni siquiera su oportunidad m etodológica. Se habla en contra de la co n cep ción tecnológica de la historia ya sea con consideraciones de carácter general, co m o a través de la observación de la vida real que la hacen aparecer insostenible. A quello que resultaba indudablem ente ju sto en la crítica de Stammler era la dem ostración del h ech o de que n o podem os co n ­ cebir la convivencia humana, la vida “social”, sin la categoría del or­ den. Cada form a de vida com ún de los hom bres contiene ya ele­ mentos de la cultura institucional y -podem os agregar- también de aquella material e intelectual. Pero si las cosas están así, n o hay nin­ guna técnica que pueda ser con cebida fuera de un estado cultural, ni en su existencia ni m ucho m enos en sus afectos. Pero entonces también la técnica, com o cualquier otro elem ento o com pon en te

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de la cultura, no puede ser considerada co m o algo “absoluto”, que se determina solamente p or sí misma, que n o está determinada p or otro. N o hay una técnica del vacío (social) neumático; y n o hay tam­ p o c o una técnica que pueda ejercer su acción desde un punto “supram édico”, un lugar fuera de la cultura humana. “Cada cosa está con dicion ada (o determinada) p or todas las otras”, dice (en este ca­ so) y tiene razón el teórico de la interacción. Y en consecuencia ni la econ om ía ni cualquier otra manifestación de la civilización pue­ de ser considerada exclusivamente desde el punto de vista de una fu n ción de la técnica, a partir del m om en to en que también esta úl­ tima presupone necesariamente, p or su existencia y p or la acción que ejerce, todas las otras formas de la civilización. Este argumento que se basa en consideraciones de carácter ge­ neral, ya es perfectam ente convincente y n o tendría necesidad de ser cuestionado por observaciones de carácter histórico y empírico. No puede dejarse de demostrar, también por este lado, que la interpreta­ ción tecnológica de la historia, en su versión tradicional, es infundada. Antes que nada, si seguimos las enseñanzas de la historia, n o existe manifiestamente ningún n exo obligado entre una determina­ da técnica y un determ inado sistema econ óm ico. Y n o existe desde ya p or el h ech o d e que n o puede mostrarse la necesidad de que una técnica potencialmente disponible sea después efectivamente em­ pleada. Las condiciones de civilización de un pueblo han sido y pue­ den ser efectivamente muy a m enudo tales que las técnicas disponi­ bles han caído en el olvido o n o han sido empleadas, ya sea porque eran demasiado lentas para ser utilizadas, o porque se había decidido n o utilizarlas. Si el simple h ech o de poseer una determinada técnica tuviese que ejercer una influencia irresistible sobre la configuración de la civilización, ¿cóm o se explica que civilizaciones enteras desapa­ rezcan sin que puedan documentarse los cambios en su técnica, y só­ lo porque queda en desuso, con el transcurso del tiempo, determina­ da técnica? Si es cierto que los chinos han realizado, desde ya hace algún m ilenio, numerosas invenciones que nosotros volvemos a uti­ lizar hoy, p ero luego han renunciado deliberadam ente a usarlas, ¿cóm o puede decirse que la técnica ejerce una acción determ inan­ te sobre todo el resto de la civilización? Pero también cuando un determ inado procedim ien to o un de­ term inado con jun to de procedim ientos resulta ser efectivamente em pleado, n o lo vemos en absoluto producir siempre y necesaria­ m ente el m ism o tipo de sistema e con óm ico que, p or lo tanto, n o es una función de la técnica en uso. Podrían exponerse innumerables ejem plos de casos en los que la misma econ om ía es gestada sobre la

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base de técnicas distintas, e inversamente de casos en los que la mis­ ma técnica es aplicada en distintos sistemas econ óm icos. N o tengo más que recordar nuestro pasado más reciente: hemos tenido el ca­ pitalismo y continuam os teniéndolo ya sea sobre la base del trabajo manual o sobre aquella del trabajo m ecánico. Las formas cruciales de la econ om ía capitalista se han desarrollado bajo el predom inio de una técnica empírica y han perm anecido inmutables en sus tra­ tados fundamentales aun luego de la llegada de la técnica m oderna orientada en sentido contrario. N o hay dudas de que el capitalismo haya recibido su huella específica de la técnica m oderna, pero hu­ biese llegado igualmente sin ésta. Por lo tanto, no puede decirse que sea una fun ción suya. Y viceversa, podem os observar que la misma técnica -por ejem ­ plo la artesanal y em pírica del m edioevo europeo- ha sido utilizada ya sea en el ámbito econ óm ico basado en la esclavitud de la gleba, ya sea en aquella artesanal o en la del capitalismo. La rotación trie­ nal de los cultivos (com o técnica particular) ha provisto la base de la econ om ía de los poblados libres así com o de los feudos cultiva­ dos p o r los siervos. El pan n o se cocin ó en form a distinta en la cur­ tís dominica de los señores feudales que en la ciudad medieval p or los maestros panaderos, y hoy se cocina exactamente del m ism o m o ­ d o en una panadería capitalista que en el h orn o de una cooperati­ va de consum o o de un cuartel militar. Marx había afirmado una vez que el m olin o h ech o a m ano “crea las con d icion es” de la esclavitud co m o el m olin o a agua crea las condiciones del oficio. Pero n o nos ha provisto ni siquiera la sombra de una prueba de la validez de es­ ta afirmación. La experiencia enseña más bien que la esclavitud también, com o form a econ óm ica particular, se ha desarrollado exactamente sobre la base de las mismas técnicas sobre las cuales se ha fundado, en otros casos, el trabajo libre. Alcanza con pensar en la perm anencia de la esclavitud en la edad capitalista para darnos cuenta de este hecho: en el transcurso de varios siglos el capitalismo se sirvió, basándose sobre una misma técnica, a veces de esclavos (por ejem plo en la extracción de metales preciosos y en la produ cción del azúcar), a veces de trabajadores libres y asalariados. Pero está claro que todo ello n o sería posible si el régim en econ óm ico n o fuese realmente otra cosa que una función de la técnica. Aunque si se estuviese dispuesto a admitir una rígida d epen ­ dencia de la organización econ óm ica del estado de la técnica, ha­ bría todavía motivo para dudar que toda la cultura restante fuese una fun ción de la econom ía. En realidad nunca se hizo, hasta aho­ ra, una seria tentativa para proveer la prueba histórica y em pírica de

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esta tesis. Un autor trató de mostrar el paralelismo existente entre los estilos arquitectónicos griegos y la estructura econ óm ica sucesi­ vamente prevaleciente. Creo que nadie ha aceptado su argumenta­ ción; y creo más bien que las tentativas de este género deberían te­ ner también el efecto de persuadir a los creyentes más fanáticos de la inverosimilitud de la tesis p or la cual cada manifestación cultural debería ser considerada com o una función de la cultura e con óm i­ ca. En cada caso tenem os el derecho de p on er en duda la validez de esta afirmación hasta que n o dispongamos de un núm ero suficien­ te de pruebas. Si nos fijamos, la validez de esta afirmación: cada for­ ma de cultura n o econ óm ica es necesariamente así co m o es porque que ha habido, una y otra vez, un determ inado sistema econ óm ico. D ebido a que sólo esta form ulación permitiría que ésta fuese una fu n ción de la econom ía. Al mostrarnos la imposibilidad de proveer la prueba de una dependencia tan rígida debería bastar la simple observación de cuáles fenóm enos culturales absolutamente hetero­ géneos se han manifestado en condiciones económ icas idénticas y cuáles fenóm enos culturales idénticos se han manifestado en siste­ mas econ óm icos del todo distintos. Tenemos también el capitalismo en pequeños estados (com o en Bélgica o en Suiza) y en grandes es­ tados; en las repúblicas com o en las monarquías absolutas; en paí­ ses protestantes y en países católicos. En el ámbito del sistema cató­ lico capitalista tenemos un arte aceptado y autorizado p or la gente bien y el arte m odern o de los bajos fondos, tenemos a Boklin y a van Gogh, tenemos una ciencia católica y una ciencia “desprejuiciada”, tenem os tendencias éüco-religiosas y com portam ientos de vida ma­ terialistas dentro de un mismo grupo social. Y también, en sentido inverso: ¿quién se atrevería seriamente a demostrar que Platón, Spi­ noza y H egel pertenecen respectivamente a tres distintos sistemas econ óm icos, es más, que están necesariamente ligados a tres distin­ tos sistemas econ óm icos, o p eor aún, que son la manifestación fun­ cional de tres distintos sistemas económ icos? Pero yo rechazaría la construcción p or la cual la econ om ía es­ taría determinada p or la técnica y el resto de la cultura p or la e co ­ nom ía, inclusive p or el h ech o de que existen determ inados efectos de la técnica (y n o los menos importantes) que n o se manifiestan en absoluto p or el trámite de la econom ía, sino directamente. En la continuación de esta exposición encontrarem os varios casos en que pueden descubrirse claramente estas influencias ejercidas p or la técnica sobre la fisonom ía de la cultura objetiva y subjetiva sin la m ediación de ninguna form a económ ica.

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7. Si, p or lo tanto, hay que rechazar una construcción pura­ mente tecnològica de los hechos históricos, com o aquella que está , contenida en la con cep ción materialista de la historia, ¿cuál es en­ tonces, el rol que hay que atribuirle a la técnica en el desarrollo de la historia humana? Tal vez que vuelve a tomar su lugar entre todos los otros fenóm enos culturales y habría que decir de ella lo que es válido para todos los elementos del proceso histórico: ¿qué es una de las innumerables partes consdtutivas de las que se com p o n e un h ech o histórico determ inado? ¿D ebem os atenernos a la con cep ción corriente p or la cual todo actúa sobre todo y p or lo cual debem os tener en cuenta y en igual medida, todos los fenóm enos culturales, cuando se trata de explicar un evento cualquiera? N o quisiera que se extraiga esta conclusión desde las conside­ raciones que han sido desarrolladas hasta ahora. Me parece que, a pesar de todo, debe reconocerse a la técnica, a los fines de la inter­ pretación de la historia, una im portancia n o solamente mayor, sino también, en cierta manera, sustancialmente distinta de aquella que hay que recon ocerle al arte o a la educación física o a otros aspec­ tos de la civilización. Creo siempre, com o ya he dicho, que la técni­ ca desem peña una fun ción “primaria” en la constitución de la civi­ lización humana restante. Y quisiera deducir la prueba de la validez de esta op in ión desde las siguientes consideraciones. La técnica tiene que ver con la prod u cción de bienes. Es p o r sí mismo evidente que esta última está influenciada p or la técnica en manera decisiva. Pero ahora tenemos que tener bien presente el he­ ch o de que toda la cultura humana esta ligada al uso de bienes ma­ teriales, y que cada acto cultural se apoya necesariamente sobre un sustrato objetivo. 8. “Un residuo terrestre nos queda, y soportarlo es d u ro”, es una afirmación que vale para cada manifestación de la vida huma­ na, p or cuanto pueda ser ideal y rem ota a los intereses terrenales. Ya que somos justamente y a pesar de todo, seres “terrestres”. Es de p or sí evidente que toda la cultura material depende directamente de la cantidad y de la calidad de los bienes objetivos de los que dis­ pongamos. Pero también la cultura institucional y espiritual, com o también la personal, continúan dependiendo de aquel patrimonio de bienes, ya sea tan sólo en el sentido de que las personas que son sus portadoras necesiten de bienes materiales para alimentar el cuer­ po y satisfacer sus otras necesidades. Pero también bajo otros aspec­ tos el elem ento material penetra y aflora en todos los actos culturales: los libros deben ser escritos e impresos, las iglesias deben ser edifica-

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das, las sotanas deben ser tejidas y bordadas. También el santo anaco­ reta necesita de la colum na sobre la cual asentarse, también el eremi­ ta necesita de la campanilla para llamar a la oración de la tarde. En todas las manifestaciones culturales hay necesariamente cierta cantidad de bienes materiales, y p o r eso mismo la técnica pe­ netra necesariamente en todas las manifestaciones culturales. Pero esto n o puede afirmarse de ningún otro elem ento de la civilización. Podem os explicar un determ inado m ovim iento religioso sin tener en cuenta el arte y la ciencia, quizás también prescindiendo del es­ tado y del deporte, pero n o sin tener en cuenta la técnica. Resta solamente ver qué cosa intentamos hacer de este co n o ci­ m iento, queda p or ver si desde esta com prensión de la excepcional im portancia de la técnica para la civilización intentamos deducir también un tratamiento m etodologicam ente separado de los fe n ó ­ m enos técnicos y de su influencia a los fines de la explicación de los hechos históricos. A esta pregunta quisiera responder negativamen­ te (...). 9. Q uien quiera com probar exactamente la incidencia de la técnica en un fen óm en o cultural cualquiera debe evitar antes que nada (y esta recom en dación debe ser dirigida naturalmente de la misma manera a quien se dedique a reconstruir la influencia de cualquier otro factor cultural), considerar com o efecto de la técni­ ca también aquellos efectos que se manifiestan a continuación o en la estela de la técnica pero que, a la luz de una observación más atenta, deben retrotraerse a otras circunstancias, a fenóm enos co n ­ comitantes de carácter particular. Estos efectos “m ixtos” (co m o pue­ den llamarse) de distintos elementos culturales entrecruzados son muy frecuentes. R ecuerdo, p or ejem plo, los efectos de la máquina, que han sido tan a m en u do objeto de investigación. A este propósi­ to n o nos preocupam os en distinguir con suficiente claridad entre aquellos que pueden considerarse efectos “puros” de la técnica de los casos en que, en cam bio, los efectos observados pueden expli­ carse en parte con otras causas que de p or sí n o tienen nada que ver co n la técnica. Así se registra, p o r ejem plo, el cansancio del obrero co m o un efecto del trabajo en la máquina y de la dism inución del interés p or el trabajo. En este caso se trata de com probar las condiciones eco­ nómicas y sociales del obrero que está activo ante la máquina. Si re­ sulta que el que está a cargo de la máquina es un ob rero insuficien­ temente asalariado con un horario de trabajo excesivamente largo, es evidente que el efecto observado prim ero deberá ser im putado al

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contexto econ óm ico específico en que la máquina está inserta, así co m o a la misma máquina. Tal vez el efecto de la misma máquina podría ser radicalmente distinto sobre el obrero de una fábrica so­ cialista o también de una fábrica capitalista en que el horario de tra­ bajo fuese más breve y el salario se basase en la participación de las utilidades, y así sucesivamente. También encuentro que el gusto de los objetos de decoración resintió negativamente, p or cierto tiempo, las consecuencias de los progresos técnicos realizados en este cam po, que permiten fabricar fácilmente imitaciones a buen precio. Ciertamente, en este caso nos encontram os frente a un efecto de la técnica. Pero n o se trata de un efecto “p u ro”, sino de un efecto “m ixto”, o sea m ezclado a las in­ fluencias provenientes de la organización capitalista del arte indus­ trial o derivados de la presión ejercida p or las vastas masas del pú­ blico de gusto naturalmente p o co perfeccionado. Se da p or sentado que la con exión causal puede ser formulada también de un m o d o diferente y, p or lo tanto, sin hablar de efectos “m ixtos” sino de efectos sólo de la técnica sujeta a condiciones par­ ticulares. Los motivos econ óm icos o de otro tipo, de un determina­ d o fen óm en o, deberían ser considerados entonces co m o las cir­ cunstancias accesorias en que la técnica ejercería su acción. Esta consideración sugiere la idea de que debem os tener siem-. pre en cuenta la manera en que una determinada posibilidad técni­ ca viene traducida en realidad. La función de la luz eléctrica en la configuración exterior de nuestra existencia es naturalmente distin­ ta según el m od o en que me sirvo de ella; si (com o sucede hoy en día) con una superabundancia de mal gusto o en una forma m oderada de consideraciones de orden artístico. Y si continuam os tras la misma idea, terminaremos p or llegar al resultado de que podem os intentar reconstruir la influencia de la técnica, ya sea desde el punto de vista positivo o desde el negativo. Q uiero decir que puede (y debe) intentarse establecer los efectos de la técnica, tom ando en consideración la técnica que existe efectiva­ mente en un cierto m om ento; pero también contrariamente, toman­ d o conciencia de la incompatibilidad de ciertos fenóm enos cultura­ les con determinadas técnicas. En otros términos, puede explicarse la existencia de un fen óm en o cultural con la presencia o la ausencia de una técnica particular. En esta alternativa se da por sentado, que n o se trata efectiva­ mente de dos efectos de distinta especie, sino de dos m odos diferen­ tes de considerar el mismo efecto. Dado que, en el rigor de los térmi­ nos, también en el segundo caso, exactamente com o en el primero,

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el fen óm en o cultural está determ inado o con d icion a do p or la téc­ nica existente. Pero en determinadas circunstancias, puede ser más útil y más novedoso plantear la cuestión en form a negativa, o sea tratar de explicarse la peculiaridad del fen óm en o cultural con la fal­ ta de determinadas posibilidades o realidades de orden técnico. Agregaré algunos ejemplos. La organización artesanal de la vida econ óm ica está ligada (p o ­ sitivamente) al em pleo de procedim ientos em píricos en la técnica. Pero, a una com prensión más rápida de la naturaleza de esta rela­ ción, contribuye también notablem ente la dem ostración del h ech o de que el oficio es incom patible con el predom inio de la técnica ra­ cional y científica. O bien: determinadas formas de superstición naturalista, entre las que podrían contarse, p or ejem plo, todos los grandes com plejos de la investigación alquimista están destinados a desaparecer de la escena, cuando la com prensión de los nexos naturales asume carác­ ter científico y contribuye a dar form a consciente y racional a los procedim ientos de la técnica. Su existencia está, p or lo tanto, liga­ da al h ech o de que una determinada técnica n o está presente. O también: nos podem os explicar más fácilmente, en su p ecu ­ liaridad, un evento cualquiera de la edad feudal (p or ejem plo el fe­ n óm en o de las cruzadas), si nos damos cuenta del h ech o de que es incom patible con cualquier conquista de la técnica m oderna. La fal­ ta de teléfono, de luz eléctrica, de trenes y de autos con sus ruidos y su hum o, nos aparece com o la con d ición necesaria del h ech o de que esos sentimientos místicos y confusos hayan p o d id o apropiarse del estado de ánimo de miles de personas, y que miles de personas profundam ente conmovidas e inmersas en la penum bra de una cre­ dulidad visionaria, hayan p od id o quedar prisioneras, durante siglos, de alucinaciones religiosas. Es cierto que las m elodías de Mozart, de Schubert o de Lanner n o habrían p od id o resonar jamás en una ciudad co m o Berlín o Nueva York de nuestros días, con sus autos y sus tranvías eléctricos. Un m od o muy eficaz de ilustrar esta “influencia negativa” de la técnica o, más exactamente, de demostrar la fertilidad de esta eva­ luación de la influencia de la técnica de signo invertido es conside­ rando ciertas peculiaridades de la poesía del pasado co m o ligadas a algunas características del m undo circunstante que han presupues­ to necesariamente la ausencia de formas de gran avance tecnológi­ co. Pienso, p or ejem plo, en un expediente artístico que desarrolla una fun ción de importancia fundamental en toda la poesía del pasa­ do: es el de la muerte presunta de los personajes. Este tema ha sido

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tratado, algún tiempo atrás, con mucha dedicación, en las páginas del Türmer, p or el profesor M.J. Wolf, quien demostró, basándose en una serie de ejem plos instructivos, que los poetas aprovechaban en aquel tiem po justamente del mal funcionam iento de las com unica­ ciones, que les permitían hacer desaparecer un personaje sin ras­ tros y de hacerlo reaparecer, com o si nada fuese, veinte años des­ pués. Basta con pensar en los hechos descriptos p or H om ero, o en los problemas que surgen en las obras de Sófocles y de Eurípides: toda la Orestíada es posible sólo porque Ifigenia n o puede mandar las noticias a casa desde Crimea; el destino de Giocasta habría sido distinto si las com unicaciones entre Tebas y Corinto hubiesen sido mejores. La presunta muerte continúa desarrollando el mismo rol de expediente artístico en todo el transcurso del M edioevo; y tam­ bién Shakespeare, com o es con ocid o, se basó en gran m edida en el motivo de la desaparición, especialmente en sus comedias. Pero a m edida que el m undo a nuestro alrededor, gracias a los “progresos” de la técnica, se vuelve cada vez más transparente, el m otivo de la presunta muerte pasa a segundo plano en la literatura: durante un determ inado p eríod o la Am érica recientem ente descubierta toma el lugar de Oriente ya abierto al tráfico: Molière es, probablem en­ te, el prim ero que en su Escuela de las esposas, hizo retornar el rete­ n ido personaje difunto ya n o desde el Oriente, sino desde el Nuevo M undo. Pero también América, en nuestros días, se ha cubierto con una red demasiado espesa de trenes y de postes telegráficos para que se pueda, todavía, hacer desaparecer a alguien, de m o d o que hoy se hace uso sólo excepcionalm ente del expediente de la muer­ te presunta que era el predilecto de una época. H oy en día* cuando un escritor tiene necesidad de hacer desaparecer p or algún tiempo de la escena a su héroe, podem os estar seguros de que lo hará “hundirse” en el caos de la m etrópoli m oderna, la cual es también un produ cto de la técnica m oderna que, además, en este caso, si quisiéramos definirla co m o la madre de la gran ciudad, sería exami­ nada p or nosotros en sus efectos positivos, mientras que yo me p ro­ ponía justamente demostrar, sobre la base del problem a de la m uer­ te presunta y de su vínculo con una situación contraindicada p or una carencia de medios técnicos, que en m uchos casos podem os usar útilmente el enfoque invertido. 10. La dem ostración de la influencia positiva ejercida p or la técnica está notablem ente facilitada, es más, ha sido posible p or pri­ mera vez en form a exhaustiva, p or una clara individualización y to­ ma de conciencia de las posibilidades múltiples que se ofrecen a la

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técnica para conseguir sus efectos. Pienso que se tendrá que diferen­ ciar, sobre todo, a los dos grupos de posibilidades: aquellas que resul­ tan de la posición exterior cada vez distinta que el hom bre asume frente a la existencia de posibilidades técnicas; y aquellas que desen­ cadenan, en una rica multiplicidad de formas, desde la relación más íntima que se establece entre el hom bre y la técnica (es decir que tendrá que precisarse m ejor su lugar). Cuando hablo de la posición exterior que el hom bre asume en los enfrentamientos de la técnica, pienso que éste se encuentra frente, p or m uchos aspectos, solo con un conjunto abstracto de con dicion es y de procesos, p or decirlo así, mientras que en otros ca­ sos (que son los más numerosos) de acción ejercida p or la técnica, éste se p on e directamente en contacto, de un m od o u otro, co n la técnica o con sus obras. En el prim er caso la técnica obra solamen­ te, de algún m od o, con la fuerza de su idea. Así, co m o en nuestros tiempos, las conquistas de la técnica están circunscriptas p or una aureola particular, cuando la juventud se aleja de los ideales litera­ rios para volcarse a los problemas tecnológicos, cuando el “progre­ so” se equipara a progreso técnico y la cultura a la cultura técnica. Es evidente que esta actitud universal o al m enos ampliamente di­ fundida es el resultado de la misma técnica: desde el m om en to que la técnica, en el curso de las últimas generaciones, cum plió em pren­ dimientos de grandeza tan suprema, que es a ésta a la que se han di­ rigido las simpatías de la masa, esta masa que está acostumbrada a entregarse a favor de la parte a la que le sonríe el éxito. Y, sin em ­ bargo, sería imposible citar una conquista técnica de naturaleza concretam ente específica a la que se le pueda debitar la responsabi­ lidad de aquella acción ejercida sobre el “alma popular”: es el resul­ tante del conjunto de conocim ientos y de la capacidad técnica de una ép oca de d on d e irradia esa eficacia y d onde se form a, p o r de­ cirlo de algún m od o, esa atmósfera espiritual com ún que se respira en la nueva generación y que determina la naturaleza y la orienta­ ción fundamental. Y así com o en el caso en que cité, el ideal cultural de una é p o ­ ca puede ser influenciado p or la técnica en su conjunto, así co m o existen todavía m uchos otros fenóm enos culturales que se nos apa­ recen igualmente determinados o condicionados p or la técnica sin que, sin em bargo, pueda indicarse un procedim iento técnico deter­ m inado o una determinada conquista técnica de la cual derive ese efecto, y d on d e tal efecto sea aun solamente, de ord en genérico. Es decir, que definí el estilo cultural de una época que puede ponerse siempre y solamente en una relación general de este tipo ju n to a la

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técnica y p or lo tanto, si se quiere, con el estilo de la técnica de una ép oca entera. La pacífica com odidad del “buen üem po antiguo” e, inversa­ mente, la prisa frenética de nuestros días depende ciertamente de la orientación fundam entalmente distinta de la técnica de aquel en­ tonces y la de ahora. Pero estos efectos generales o com unes de la técnica están he­ chos de manera que es extremadamente difícil proveer las pruebas de su presencia que, a m enudo, pueden ser sentidos y gustados más que apropiadam ente demostrados; y en el m om en to en que se tra­ ta de proveer una prueba, hay que tomar los movimientos de los procesos técnicos particulares y determinados y mostrar su co n e ­ xión con el fen óm en o cultural sobre el cual se ha afirmado la de­ penden cia general de la técnica. Vale decir que los argumentos efectivamente probatorios son aquellos que se extraen, en definiti­ va, de los efectos especiales o particulares de la técnica, la cual busca y cuya individualización viene a construir la tarea más importante. Llam o efectos especiales de la técnica a todos aquellos que pue­ den conducirse hacia un fen óm en o técnico determ inado. Estos son, a su vez, de naturaleza directa o indirecta, según se recojan del mismo procedim ien to técnico en cuestión o se deriven tan sólo de los bienes que son creados p or m edio de una determinada técnica productiva. La técnica obra entonces directamente cuando se consigue un determ inado efecto con el m ism o proceso que la p rod u cción de bienes. Elijo para el caso los siguientes ejemplos: la cultura personal está destinada a sufrir con particular frecuencia los efectos de la téc­ nica de este tipo; vale decir que la propiedad física y psíquica de los hom bres será determinada con particular frecuencia p o r la acción directa de un procedim iento productivo. El cam pesino que acom paña el arado arrastrado p o r un par de bueyes presentará características diferentes al agricultor que m ane­ ja un arado a vapor: en el prim er caso se desarrollarán mayorm en­ te las cualidades sensitivas y afectivas, en el segundo las cualidades intelectuales. Q ue el p rod u ctor tenga un placer físico en su trabajo o se des­ gaste y se consum a bajo la acción de factores contrarios (co m o las sustancias venenosas, el ruido, el calor excesivo, el frío) que son par­ te de un determ inado procedim ien to técnico; que pueda com p ro­ meterse con el trabajo con todo su ser o decaiga y se deform e en el desenvolvimiento de operaciones parciales; ésta y miles de otras particularidades que n o pueden dejar de tener una influencia de­

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terminante sobre la fisonom ía de la cultura personal, son estableci­ das p or la naturaleza del procedim iento mismo y son, p or lo tanto, según mi definición, efectos especiales y directos de la técnica. Pero también otros campos de la cultura n o pueden m enos que advertir estas influencias. Así, p or ejem plo, para p od er obtener el m od o de em pleo de la técnica m oderna, hay que erigir grandes fábricas, chimeneas y altos hornos y p or lo tanto, la arquitectura, el paisaje, los asentamientos humanos adquieren, com o todos ya sa­ ben, una huella particular: nos encontramos por lo tanto frente a un efecto inmediato de la técnica, que deriva de la aplicación misma de un determinado procedim iento técnico. Pero naturalmente nos encontram os m u ch o más a m enudo co n las consecuencias indirectas o mediatas de la técnica: es decir con aquellas que, co m o ya dije, derivan de los productos de la téc­ nica y de su utilización. Con el objetivo de encontrar un orden en la intrincada maraña de los fenóm enos, estará bien mostrar tam­ bién, có m o los efectos indirectos dan lugar, a su vez, a una división fundamental. Éstos pueden tener, p or lo tanto, carácter activo o pasivo (co ­ m o podría decirse, sin que con estas expresiones, la diferencia esen­ cial entre los dos tipos de efectos sean caracterizados de un m od o exhaustivo). En el prim er caso un bien material (en el cual debem os descu­ brir el prod u cto o el resultado de una técnica determinada) obra sobre m í p o r el h ech o de que lo adopto, porque me sirvo de él: me transformo en un hom bre de cierta naturaleza si arrastro un barco contra la corriente a lo largo de la sirga, y me transformo en un hom bre de otra especie si hago rem olcar el mismo barco p o r u n o a vapor; desarrollo en m í determinadas cualidades si voy a cazar con la lanza, y cualidades distintas si utilizo un arma de fuego co n retro­ carga; me transformo en cierto tipo de soldado si voy a la guerra co n el fusil con detonante, y otro tipo de soldado si estoy dotado de un fusil m odern o; me desarrollo en una manera si soy un coch ero de plaza de segunda clase, y en otra si soy el ch ofer de un autom ó­ vil. Es fácil ver que la utilización de éste o aquel objeto de uso lleva a cultivar cualidades enteramente determinantes para el cu erpo y el espíritu, y que el desarrollo de determinados aspectos de la perso­ nalidad humana, que están em peñados en mayor m edida que otros, n o puede hacer m enos que plasmarla en un cierto m od o. Esta espe­ cie de efectos ejercidos p or la técnica es de carácter activo, porque la actividad del hom bre es el m edio que le permite manifestarse. En otros casos, en cam bio, el hom bre se com porta pasivamente: la téc­

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nica obra sobre él influenciándolo desde el exterior. Pienso en to­ dos aquellos efectos que son ejercidos sobre nosotros p or el ambien­ te, desde el milieu, en la m edida en que esto está m odelado p or la técnica: el ferrocarril desarrolla ciertas cualidades en el hom bre que lo utiliza, pero puede ejercer una influencia decisiva sobre su ser también en cuanto éste resienta negativamente sus efectos, en el rui­ do que éste provoca, la frecuencia de las visitas que le produce, del efecto perjudicial que produ ce sobre los valles silenciosos o sobre las cimas solitarias p or las que aparece. 11. Pero nos podem os dar una idea plenamente adecuada de la amplia esfera de influencia de la técnica sólo si pasamos a exami­ nar los diversos m odos en que se establece una relación interior en­ tre el hom bre y la técnica, en que se determina la influencia que és­ ta ejerce y en la cual obra sobre las motivaciones humanas (de las cuales deriva, naturalmente, en “una última instancia”, cada form a de cultura). La fun ción desarrollada p or la técnica en el transcurso de las actividades humanas puede ser doble: las posibilidades o las presta­ ciones técnicas (según la term inología que quisiera adoptarse) pue­ den tener un valor determinante o un valor condicionante. La técnica desenvuelve una función determinante para la actividad, humana si va a provocar decisiones particulares, a sugerir finalidades particulares y, p or lo tanto, también a activar motivaciones particula­ res, d onde el grado de intensidad de la influencia que ejerce puede ser, a su vez, de distintos niveles: la técnica puede limitarse a dar un estímulo, una ayuda a la actuación (o a la om isión) de alguna cosa; o también puede hacer necesaria una determinada operación (u om isión), ejerciendo una constricción al reaccionar de una determi­ nada manera. La fun ción de la técnica nos aparece com o condicionante en todos los casos en que ésta es com pletam ente extraña a las motiva­ ciones que dan lugar a cierto fen óm en o cultural, pero d on d e ese fe­ n óm en o cultural, debido a factores com pletam ente disüntos, está todavía ligado, a causa de su existencia, al predom inio de una de­ terminada técnica, sin el cual aquel h ech o cultural motivado p or otras consideraciones no sería posible. El senddo de esta distinción y la razón p or la cual ésta se reve­ la fecunda p or la com prensión de las situaciones reales pueden re­ sultar claras, también en este caso, solamente con una serie de ejemplos. Pero en este punto, com o ya dije, m e parece que se pre­ senta la m ejor ocasión para tomar conciencia de todo lo vasto de la

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influencia ejercida p or la técnica y pretendo elegir, esta vez, mis ejem plos según un criterio más sistemático y, p or lo tanto, desvincu­ lándolos sucesivamente de los varios cam pos de la cultura. ¡Sí, una serie de ejemplos! Tam poco en este caso se trata de otra cosa. ¡Q ué n o se espere, dado el caso, una exposición sistemá­ tica de la influencia de la técnica sobre la cultura! N o puede decirse, porque sería ilógico, que la cultura material o, co m o deberíam os expresarnos más exactamente, el conjunto de los bienes culturales materiales sufra las influencias de la técnica, desde el m om en to en que ésta n o es otra cosa que la técnica en sus productos. Tantas capacidades y realizaciones técnicas, y tantos bie­ nes materiales de un cierto tipo, y tanta cultura material estructura­ da en cierto m odo. Pienso que p or lo tanto n o hay necesidad de de­ mostraciones circunstanciales: basta con dar una ojeada a nuestra vi­ da para que resulte evidente. Tenemos las habitaciones, el vestuario, el alimento, los adornos y la com odidad que corresponden a un de­ terminado grado de desarrollo de las fuerzas productivas, y justa­ mente de la técnica. La cantidad y la naturaleza de los bienes reales (en cuya ocu pación y utilización se resuelve y se agota la cultura ma­ terial) n o son otra cosa que el producto, el resultado, la realización de un determ inado potencial técnico y la expresión de una deter­ minada actividad técnica. Por lo tanto, n o tenemos problemas. Si to­ da nuestra civilización (la que n o podem os naturalmente imaginar­ nos ni siquiera en espíritu) se agotase completamente en el uso y en el consum o de bienes materiales, se tendría una com pleta dependen­ cia de la cultura p or la técnica, y la cultura sería efectivamente (en el sentido de la terminología que hemos utilizado anteriormente) una función de la técnica. Los problem as empiezan solamente d on d e el acto cultural no se agota en la utilización de un bien objetivo, d on d e el fen óm en o cultural tiene una consistencia independiente de los objetos de uso material, y d on d e se plantea la cuestión de la d ependencia en la que el fen óm en o cultural, que posee esta vida inmaterial, se encuentra co n respecto y a partir de los bienes reales y del m o d o de su fabri­ cación. Y sólo aquí, d on d e la relación entre técnica y cultura n o se determina, p o r decirlo así, de m od o automático co n el mismo acto cultural, es d on d e vale la pena investigar y dar luz a las conexiones que puedan estar presentes. En el ámbito de la cultura institucional, la economía es -natural­ m ente- el cam po que sufre más a m enudo, dada su form ación, la in­ fluencia m odeladora de la técnica. Las conexiones son tan num ero­ sas que casi n o tiene sentido escoger algunos ejemplos. Sólo para

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mostrar, aquí también, el valor que atribuyo a la distinción entre la influencia determinante y la influencia condicionante, recordaré los siguientes hechos. Para que la organización de la industria a dom icilio pueda du­ rar y mantenerse al lado de la de la fábrica, la técnica m ecánica de esa rama productiva no debería haber alcanzado todavía un grado muy elevado de desarrollo, ya que de otro m od o la industria domiciliaria, que se basa necesariamente en el trabajo manual o, en todo caso, sobre trabajos aislados, deja de ser redituable para los empresarios, a pesar de otras numerosas ventajas que pueda presentar: la técnica es aquí una condición de la supervivencia de la industria doméstica. Si, después de los procesos del hilado y del tejido m ecánico, y sobre todo después de la invención o el perfeccionam iento de la máquina a vapor, los empresarios innovadores han transformado las empresas basadas en el trabajo en dom icilio en empresas basadas en el trabajo en fábrica, la técnica desarrolló una parte directa en este desarrollo: ésta ha ejercido una influencia determinante de grado superior: su acción fue de carácter constrictivo. El sistema econ óm ico capitalista está ligado a la existencia de una masa de desposeídos; la form ación de esta masa en nuestra é p o ­ ca es esencialmente un resultado de la higiene, que bajó la tasa de mortalidad; los progresos de la higiene han sido determ inados o p o ­ sibles, en gran medida, p or los progresos de la técnica (productiva) ; p or otra parte, los recursos vitales de la humanidad deberían haber aum entado considerablem ente para p oder mantener vivos a un nú­ m ero tan superior de hombres: esta expansión del espacio vital está asegurada p or la apertura de nuevas tierras fértiles, resultado del perfeccionam iento de la técnica de las com unicaciones la cual, a su vez, naturalmente, ha p od id o realizar este perfeccionam iento sola­ mente gracias al desarrollo de la técnica primaria; el aum ento de las posibilidades vitales está además determinado directamente p o r el aumento de la prod u cción de nuestro trabajo, y ésta se debe natural­ mente, a su vez, al m ejoram iento de los m étodos productivos. Así com o el proletariado es la con d ición del capitalismo, la téc­ nica m oderna es la con d ición del proletariado y, en consecuencia, la técnica m oderna es la con d ición del capitalismo. Cuando en cam bio, p or ejem plo, un nuevo procedim ien to téc­ nico -com o la invención de los peines de gom a o la sustitución de los objetos de metal trabajados a m ano p or piezas estampadas o fundidas- hace posible y ventajosa la fabricación de un artículo en gran escala con la utilización de numerosas máquinas, y cuando es­ ta situación ofrece la punta inicial para la fundación de una em pre-

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sa capitalista, que se fija com o objetivo producir ese objeto y si, en consecuencia, en este cam po productivo, la organización artesanal es echada y reemplazada p or la capitalista, aquí también se encuen­ tra la huella de la técnica. Si miramos más atentamente el m o d o en que se ejerce su influencia, vemos que ésta ofreció al empresario el estímulo para com prom eterse en una determinada dirección: es de­ cir que lo podrem os definir com o una acción determinante de gra­ d o inferior. En el cam po de la cultura estatal nos encontrarem os, con parti­ cular frecuencia, con la técnica com o con d ición de determinadas formas organizativas y secuencias evolutivas, pero existen casos en que también puede demostrarse la presencia de una acción deter­ minante. Se da p or sentado que el estado com o tal, depende, para su existencia, de cierto grado de posibilidad de entendim iento y de co ­ m unicación recíproca, de la presencia de instituciones que superan el nivel de las necesidades elementales y cotidianas de los hombres; que depende, en sus inicios, de la posibilidad de vida de una clase dom inante eximida para el trabajo, y que está siempre ligada a cier­ to grado de habilidad guerrera de la población, para p oder mante­ nerse p or encima de otros estados: y todas estas condiciones preli­ minares, a su vez, pueden ser satisfechas solamente si la técnica ha alcanzado cierto nivel de desarrollo. La técnica aparece, p or lo tan­ to, en estos casos, com o una con dición del estado. Todavía hay otro ejem plo, en el cual el rol condicionante de la técnica aparece de m od o parücularmente evidente: el estado m o­ nárquico m od ern o surgió sobre las ruinas de los señoríos feudales: su sumisión marcó la victoria del estado m oderno. Pero esta sumi­ sión ha sido posible (ha sido una de sus condiciones fundam enta­ les) solamente con la ayuda de una técnica bélica com pleta, basada en la invención de la pólvora: la producción de la pólvora aparece cla­ ramente com o preconcepto básico de la evolución estatal moderna. Del mismo m odo, el desarrollo anterior y el perfeccionam iento del estado m odern o han dependido continuamente del cumpli­ m iento de determinadas premisas de orden técnico. Para mostrarlo co n un ejem plo menos obvio: el desarrollo del nuevo procedim ien­ to judicial m oderno, que se basa en la publicidad y en el debate oral, no sería concebible sin un nivel en correspondencia de la técnica del transporte, que permite comunicarse fácilmente a grandes distan­ cias y convocar rápidamente los testimonios, etc. Pero ocurre muy a m enudo que la técnica ejerza, también en el ámbito de la cultura estatal, una influencia determinante. Si hoy

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ya n o hay tantas peleas en las calles com o las que se verificaban ge­ neraciones atrás, sabemos que se debe al perfeccionam iento de la técnica de los fusiles y de las piezas de artillería, que ha vuelto im­ posible la construcción de barricadas en las calles largas y rectas. In­ terpretando correctamente los hechos, la técnica desarrolló en estos casos una función determinante en sentido negativo: los estímulos que avivan las luchas callejeras (que n o son ciertamente menos vivas hoy, en las masas populares de las grandes ciudades que, p or ejemplo, a mediados del siglo pasado) han sido atenuados por el recuerdo de las ametralladoras y de los cañones estriados: estas conquistas técni­ cas sirvieron de freno en las decisiones de aquellos seres humanos. La experiencia cotidiana nos enseña que el estado y los m uni­ cipios, en nuestros días, subsisten a una transformación radical en su organización, siguiendo la tendencia cada vez más difundida de estatizar y municipalizar. Pero también es fácil ver cóm o este p roce­ so orientado a estatizar y a municipalizar se invierte solamente en aquellas ramas de la vida econ óm ica que parecen estar destinadas a esta suerte p or una técnica enteramente particular: es sobre tod o el carácter m on op ólico del sector de los transportes, de la ilumina­ ción, del agua potable, etc., que induce a los entes públicos a asu­ mir directamente la gestión de estas actividades. Pero su carácter m on o p ó lico se debe, naturalmente, a la técnica sobre la cual se ba­ san. La técnica ejerce, p or lo tanto, en este caso, una influencia de­ terminante sobre las decisiones de los órganos estatales o m unicipa­ les, y provee el punto inicial para una estructuración particular de la cultura estatal. Y, del mismo m od o que en el estado, vemos también que la igle­ sia depen de de la técnica tanto en su existencia co m o en la peculia­ ridad de su organización. Cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas es necesa­ rio para que pueda surgir un sacerdocio profesional y para que los curas puedan estar dotados al m enos del aparato material más ele­ mental: los templos, los objetos de culto, etc. Por otra parte, una técnica altamente desarrollada es la con d ición para la ostentación de lujo y de riqueza que es esencial, por ejemplo, en la iglesia católi­ ca. N o puede haber incienso, no puede haber paramentos litúrgicas de brocado y de seda, ostensorios de oro, música religiosa, sonidos de campanas, catedrales majestuosas, altares mayores con adornos de mármol, antes de que la técnica haya alcanzado, ya sea desde el pun­ to de vista cuantitativo o calificativo, un buen grado de eficiencia. También es cierto que la técnica ha ejercido aquí, muy a m enudo, una influencia determinante sobre la evolución de la ceremonia. Ha-

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bría que haber asistido a los servicios religiosos de ciertas sectas ame­ ricanas para entender cóm o la técnica puede desenvolver una fun­ ción decisiva en el desarrollo y en la definición de los cultos. Una con ex ión totalmente distinta entre la iglesia y la técnica es aquella que nos muestra la historia del monacato medieval. Si esta institución tuvo una importancia tan grande y gozaba de un prestigio tan alto entre la población, era ciertamente debido en gran parte al h ech o de que los monjes fueron, durante siglos, los protectores y la custodia de todas las artes útiles; plantar la vid, fundir el vidrio y los metales, tejer telas preciosas: durante m ucho tiempo solamente los m onjes piadosos fueron los maestros en estos asuntos. Y fueron ellos los encargados de salvar estas actividades del naufragio del m u n do antiguo y transmitirlas a la edad m oderna, transformándose en m o­ d elo para los laicos: que es ciertamente, antes que nada, un ejem ­ p lo instructivo sobre la influencia que una esfera cultural extraña puede ejercer sobre la técnica. Es igualmente una prueba del h ech o de que la cultura religiosa esté determinada p o r la técnica, dado que justamente la condición enteramente particular de la cultura téc­ nica al final del m undo antiguo y al inicio del M edioevo ha ofrecido la punta inicial para esa form a característica de organización que es­ tá representada p or el m onacato medieval. A pesar de toda la buena voluntad para garantizar a la cultura intelectual, su com pleta autonom ía e independencia de cada tipo de influencia de carácter material, hay que recon ocer también y justa­ m ente en este cam po de la cultura objetiva, d on d e son particular­ mente frecuentes y relevantes, las influencias de carácter determi­ nante o condicionante ejercidas p or la técnica. Pienso en el conjunto de ideas, de ideales, de valores, que una ép oca dispone y que constituye, com o ya hemos visto, una parte de su patrim onio espiritual. H em os ya visto cóm o la exaltación de todo aquello que es técnico, que llena y caracteriza nuestra época, deriva indudablemente del efecto que ha sido producido p or las grandes conquistas de la técnica. Otro ejem plo característico de la dependen­ cia de determinados ideales ligado a la evolución de la técnica es el con jun to de ideas que dio origen al m ovim iento de em ancipación feminista. ¿C óm o podría haberse afirmado y haberse encontrado una base sólida a la idea de que la m ujer deba desenvolver una ac­ tividad fuera de casa, si la revolución técnica del siglo X IX n o hu­ biese ya sacudido anteriormente la estabilidad de la vieja econ om ía dom éstica y n o se hubiese privado de su ocu pación al ama de casa? La m ujer jamás habría llegado a form ular las exigencias de ser liberada de las tareas domésticas si la técnica n o hubiese creado,

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con la cocin a en el centro de la casa, la posibilidad de fundar fami­ lias sin un hogar autònom o. En todos estos casos la técnica ha reaccionado evidentemente co m o un fuerte estímulo al desarrollo de las ideas del m ovim iento de liberación feminista. C om o en los casos anteriores, en cada “emancipación” del indivi­ duo y, p or lo tanto, en todo el desarrollo ideológico de nuestra época, la técnica ha representado una función de primer plano en cuanto ha contribuido en medida considerable, cuando n o decisiva, a disolver los antiguos vínculos comunitarios, a erradicar a los campesinos de la tierra, a aumentar la movilidad de la población, a agilizar las com uni­ caciones recíprocas entre individuos. Tengo todavía un ejem plo extraído de la fase más reciente de la evolución social, que nos muestra palmo a palm o la transformación de los ideales sociales bajo la influencia de la técnica. Pienso a la “m uda” o a la metamorfosis de la dem ocracia social (que ya recordé en otra ocasión) del partido revolucionario al partido reform ador: está perfectamente claro que ésta tuvo lugar, p or un lado, bajo la in­ fluencia de los progresos que se han verificado en el cam po de la téc­ nica bélica (invención de la ametralladora) y, p or el otro, directa­ mente bajo la influencia de los progresos de la técnica productiva (pasaje a la gran em presa). La técnica desenvolvió aquí también una influencia determinante. La ciencia y el arte están sujetos en igual m edida a las influen­ cias de la técnica. El desarrollo de la ciencia está ligado al desarro­ llo de la técnica com o una de sus condiciones vitales. En general: la posibilidad de dar lugar a la investigación cientí­ fica, a la p rod u cción de bienes materiales que sirven para la investi­ gación científica (libros, colecciones, instrumentos, aparatos, repro­ ducciones, etc.) presupone un determ inado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, de la riqueza “social” que depende a su vez, naturalmente, del grado de desarrollo de la técnica. En particular: la astronomía con su p erfección actual n o existi­ ría, ni tam poco la bacteriología, si la técnica n o hubiese provisto co n anterioridad de telescopios y m icroscopios de alta potencia de los cuales disponem os hoy en día. La química y la física n o hubiesen p od id o jamás encontrar re­ sultados tan exactos sin el desarrollo de los instrumentos de m edi­ da y de balanzas de precisión que han sido provistos p o r la técnica. La ciencia m édica debe gran parte de sus éxitos al p erfeccion a­ m iento de los aparatos (oftalm oscopio) y de los demás auxiliares (faja de Lister, anestesias y febrífugos) que son, a su vez, el resulta-

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d o de una determinada evolución técnica. Si en estos ejem plos la técnica se presenta co m o una con d ición del con ocim ien to científico, vemos que ésta ejerce también a m enu­ d o una influencia determinante sobre el curso de la investigación científica. Pienso todavía en la medicina, que se ha erguido en parte so­ bre rieles com pletam ente nuevos gracias a los avances de la tecno­ logía quím ica y de sus conquistas (basta con pensar los m étodos de Ehrlich). Mencionamos de pasada el hecho de que ciencias enteras de gran capacidad son evocadas y llamadas a existir gracias a la técnica. De las otras puede decirse, que han alcanzado dimensiones res­ petables solamente p or el mérito de la técnica. Por ejem plo, la psi­ cología experimental, desde el m om ento que una gran parte de su actividad se conecta con el perfeccionam iento de sus m étodos de investigación que ha sido posible, a su vez, p or el m ejoram iento de los instrumentos de observación. También la filología es estimulada p or la técnica a utilizar nue­ vos m étodos de investigación: aquellos que vuelcan su atención a la form ación de sonidos. Pero la m edición de la intensidad del soni­ do, de las vibraciones que se determinan cuando se pronuncian las letras o las palabras, ha sido posible solamente gracias al p erfeccio­ nam iento de los aparatos fonéticos. La historiografía ha sido influenciada notablem ente p or la fa­ cilidad con que hoy en día pueden imprimirse docum entos, repro­ ducir firmas, etc. Que toda la actividad científica esté en condiciones para ser im­ pulsada p or la técnica hacia una determinada dirección es un he­ ch o que puede ser ignorado solamente p or las personas cortas de vista: la disposición extraordinariamente rica de los bienes instru­ mentales, que tiende a difundirse cada vez más gracias al elevado desarrollo técnico de nuestra época, amenaza con quitar el interés hacia la prestación intelectual autónom a y dirigirlo hacia la activi­ dad de registro. Nos preocupam os p or publicar la mayor cantidad de docum entos posibles, de crear las colecciones más ricas posibles, de fabricar aparatos e instrumentos verdaderamente perfectos y, sin em bargo, se nos olvida fácilmente el h ech o de que la actividad inte­ lectual y sobre todo la elaboración creativa de ideas representan p or siempre la tarea principal de la ciencia. Norteamérica, el país de la técnica perfecta, nos ha precedido en esta dirección: tiene los teles­ copios de mayor tamaño, las colecciones botánicas, zoológicas, mi­ nerales y antropológicas más ricas, las bibliotecas más grandes y el

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mayor núm ero de revistas y de casas editoriales de textos científicos pero, ¿dón de está la ciencia americana? Querría solamente llamar la atención sobre el h ech o que aquí se esconde, sin dudas, un problem a importante; un problem a que n o es ciertamente posible resolver sin tener que reconstruir con m ucha exactitud la acción ejercida p or la técnica sobre la ciencia. El grado de dependencia de la poesía p or el som eúm iento a la técnica ya se nos ha aparecido en otra ocasión, cuando mostré co ­ m o la elección del argumento y la utilización de los motivos estaban con dicion ados p or la técnica. Otras conexiones de este tipo p o ­ drían mostrar y demostrarse abundantemente. Me limito a recordar la dependencia de las masas de la p rod u cción artística (co m o aque­ lla que caracteriza, p or ejem plo, a nuestra época) dado el grado de desarrollo de la técnica (una vez más: la riqueza social, sin la cual se­ ría imposible la existencia de los productores y de los consum idores de las obras de arte de cada tipo) ; el condicionam iento de toda la at­ mósfera en la que se originan las obras de arte: si com paramos, p or ejem plo, a Ludwig Richter con los diseñadores del Simplizissimus, o también a Geibel y Rückert con Dehm el y Wedekind, tenemos clara­ mente delante de los ojos el contraste entre las viejas diligencias del correo y los automóviles. Lo mismo ocurre con la música (...). Me limitaré a mostrar, con algunos ejemplos, có m o la influen­ cia determinante o condicionante de la técnica se hace notar tam­ bién (y sobre todo) en el terreno de la cultura personal. H em os ya visto cóm o el ejercicio de una determinada técnica y la utilización de los objetos plasmados de cierto m o d o p o r una de­ terminada técnica influencian de m od o sustancial el com porta­ m iento físico y psíquico del hom bre: la psiquis del hom bre armado con un puñal tiene que ser disünta de aquella del lanzador de b om ­ bas a m ano (don d e naturalmente n o se llega a una diferenciación p or el h ech o de que una población adquiera una fisonom ía diversa bajo el influjo de técnicas distintas que determinan, a través de un proceso de selección, a los individuos aptos o, p or el contrario, a través del desarrollo de las cualidades para la aptitud en el interior del individuo m ism o). A la esfera de la cultura personal pertenece, en parte, la in­ fluencia ejercida sobre tendencias ideológicas y sobre juicios de va­ lor, que m encionam os en otra ocasión. Esta determ inación de las tendencias sobre el gusto de una época puede mostrarse, natural­ mente, en infinidad de casos. R ecuerdo, p or ejem plo, la sensibilidad siempre más difundida hacia el confort, que caracteriza a nuestra época. El creciente perfec­

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cionam iento de la técnica reacciona de m od o determinante pues nos induce a la pereza y nos orienta a una mayor debilidad. Si nos alojamos de buena gana en un “hotel m od ern o ” de corte america­ n o y terminamos p o r perm anecer con más agrado que en un anti­ guo palazzo italiano o en el Elefante de Bressanon, eso quiere decir que al térm ino de una larga evolución el toilette nos parece más im­ portante en las relaciones espaciales de la casa que nos hospeda, y que soportamos más fácilmente la desolación del hotel de esulo america­ n o que un baño p oco limpio en el viejo convento de líneas severas. También cuando el “parque de diversiones” de una gran ciudad ofrece al público, con la utilización de las técnicas más avanzadas, to­ d o tipo de sorpresas y de em ociones que aturden e ilusionan a los sentidos, en lugar de los antiguos paseos sencillos e inocuos, la masa los acepta con cierto entusiasmo, antes que nada porque p on en en marcha los instintos más bajos, y en segundo lugar porque los hacen sentir, al mismo tiempo, hijos de una “gran” época que produce es­ tos milagros de la técnica. En este orden de consideraciones entra nuevamente el valor de la tendencia a lo inmediato intuitivo y sensible, que caracteriza nues­ tra época: el hecho de que preferimos contemplar una sucesión de imágenes a estar limitados al teatro. Aquí la técnica influyó de mane­ ra determinante sobre las tendencias de nuestro gusto y de distintos m odos: directamente agrandando de manera extraordinaria las posi­ bilidades de la representación iconográfica, e indirectamente crean­ d o hom bres flojos y extenuados, que tienden a escapar a cualquier tipo de com prom iso intelectual. En otros casos podem os considerar de buen grado la técnica co ­ m o condición p or la cual nuestra cultura personal pueda asumir una determinada fisonomía. Pienso, p or ejemplo, que el enorm e impulso que la difusión de la “cultura general” recibió de la técnica m oderna, com o ser la producción para las masas y la reproducción a un precio bajo (de las impresiones y de las obras plásticas), fueron posible, en la misma medida, sólo desde los progresos de la técnica. Pero también al h echo de que la extraordinaria difusión de los contenidos culturales que hoy son tomados p or un sistema artificial de conductas en todos los puntos de la tierra civilizada y n o civilizada, ha sido posible sola­ mente con el perfeccionam iento de los procedimientos técnicos: la imprenta m oderna es el resultado de la producción en cantidades in­ finitas de papel, de rotativas, del telégrafo y del teléfono. Las giras de recitales o de conferencias de artistas y de los doctos han sido posibles gracias al buen nivel de la técnica del transporte, y así sucesivamente.

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Die Mechanisierung der Welt, en Zur Kritik der Zeit, S. Fischer Verlag, Berlin 1912, pp. 45-95. Walter Rathenau, hijo de Emil, fundador de las industrias AEG (All­ gem eine Elektrizität Gesellschaft), nace en Berlín el 29 de setiembre de 1867. Desde 1899 hasta su muerte forma parte del consejo directivo de AEG y entre los años 1902 y 1907 es simultáneamente titular de la sociedad ber­ linesa de comercio. Al comienzo de la Primera Guerra Mundial crea el depar­ tamento de guerra para las materias primas dentro del ministerio de guerra prusiano, del cual es director desde abril de 1915, el mismo año en que asu­ me la presidencia de las industrias AEG. Ocupa un primer plano en la vi­ da política y en 1919 colabora con la presidencia para la preparación de la conferencia de paz. En 1920 es nombrado miembro de la comisión para la socialización y toma parte de la conferencia de Spa; en 1921 contribuye en la preparación de la conferencia de Londres y desde mayo hasta abril se de­ sempeña como ministro para la reconstrucción, iniciando el acuerdo de Wies­ baden. En enero de 1922 representa a Alemania en la conferencia de Can­ nes y en febrero de 1922 es ministro de Relaciones Exteriores del Reich; como representante alemán firma el tratado de Rapallo, que cierra la conferencia de Genova. A causa de su ‘política del cumplimiento ” es duramente obstaculi­ zado por los grupos nacionalistas y antisemitas. En este contexto se sitúa el pla­ no del atentado del cual es objeto el 24 dejunio de 1922 y del que fue víctima. En el centro de la obra de Rathenau como escritor se encuentran los pro­ blemas de naturaleza económica y social, junto a cuestiones de tipo filosófico-ideológico. Sobre dichas bases, Rathenau critica el orden económico domi­ nante, el cual, a su parecer, debería ser reemplazado por una economía de proyecto con autonomía administrativa. En el plano filosófico se interesa por el problema del contraste entre el intelecto y el espíritu. Vivaz es su participa­ ción en la revistaDie Zukunft (El porvenir), donde toma posición sobre el sio­

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nismo en defensa de la integración. Son notables los ensayos favorables a la mecanización, que debería permitir la llegada del “reino del espíritu En el plano político influencia la obra de Bethmann Holhuegy elabora el proyecto de una Europa central dominada por Alemania y donde se establezca una unión aduanera entre Alemania, Austria-Hungría y Francia. Toma posi­ ción en contra del armisticio de 1918 y propugna una solución constitucio­ nal bicameral del Reich. También preconiza soluciones económicas de tipo corporativo, dando inspiración de alguna manera a la futura política na­ zista. Además su posición en la época de Weimar estuvo orientada hacia la derecha: en Der neue Staat, critica la descomposición weimariana y glori­ fica el “germanismo verdadero Su más importante suceso en política exte­ rior es justamente el Tratado de Rapallo, que marca el nuevo acercamiento soviético-alemán.

Problema, concepto y medios Está dado el nivel de productividad de cada uno de los seres humanos, está dada la superficie de la tierra habitable, está dada, p ero prácticamente es casi inagotable, y vinculada solamente a la eficiencia del trabajo hum ano la cantidad de materias primas acce­ sibles, están dadas las fuerzas naturales utilizables, prácticamente ilimitadas. A hora el p roblem a es el de procurar los alimentos y los bienes de con su m o necesarios para la p oblación blanca que se de­ cuplica y centuplica. Los antepasados, que vivían dentro de confines más estrechos y en un m undo más vasto, no tenían dificultades para resolver el problem a: enviaban colon os a un país vecino y se creaban copias de sus pequeñas patrias. También en nuestros días millones de emi­ grantes se vieron obligados a dejar su tierra y llevaron la densidad de la p oblación de casi todos los países que podían ser colonizados p o r los blancos a un nivel casi eu rop eo, sin que el aum ento de la p o ­ blación del viejo m undo se haya frenado en una m edida sensible. Otra sugerencia, tal vez la más despreciable que haya sido im­ partida a la humanidad, fue dada por. Malthus: la de reprimir las fuentes naturales de la vida y limitar artificialmente la descenden­ cia. La única nación que recorrió este cam ino, Trancia, está en vías . de perecer co m o consecuencia de su elección. Y es así que a los viejos pueblos les qu ed ó una sola posibilidad: la de pasar a costumbres y normas de vida y de actividad com pleta­ mente nuevas, con el objeto de acrecentar la p rod u cción terrestre del m od o más grandioso y adecuarla a los miles de millones que

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con form an la población humana. Esto es posible solamente de una manera: acrecentando varias veces la eficiencia del trabajo hum ano y, al mismo tiem po, utilizan­ do del m od o más com pleto sus resultados, los bienes producidos. Aumentar la p rod u cción ahorrando trabajo y material es la fórm u ­ la que se encuentra en la base de la m ecanización del m undo. Para evaluar el aum ento de la productividad del trabajo hay que tener presente que toda actividad o proceso destinado a un o b ­ jetivo sirve sólo en parte al objetivo en sí mismo. La otra parte, que en general es p or lejos la mayor, ya sea de tipo preparatorio, acceso­ rio, protector o involuntario sirve sólo indirectamente o, simple­ mente, n o sirve para nada al ohjetivo y reduce el grado de eficien­ cia. A lgo similar sucede con las impurezas, los residuos, las escorias del material. A hora es evidente que m uchos de estos factores que determinan una pérdida de eficiencia depen den sólo de la opera­ ción y n o de su volum en y, p or lo tanto, pierden im portancia co n el aum ento de la prestación. Si voy a despachar una carta, esa tarea me cuesta cin co minutiös de trabajo; si voy a despachar sesenta cartas de una sola vez, la tarea para cada una de ellas m e insume cin co segun­ dos de trabajo. Y p uedo accionar de manera de despachar la corres­ p onden cia de toda una pequeña ciudad dedicándom e todo el día, en calidad de cartero, a esta sola actividad. Si debo consum ir un quintal de carbón para en cen der una caldera, que la hace fu n cio­ nar durante cin co o diez horas, la pérdida es idéntica: p ero si la tu­ viese fun cion an do ininterrumpidamente, el costo del en cen d id o terminaría p or n o tener importancia. Subsiste, p or lo tanto, la posibilidad de acrecentar notablemen­ te el grado de eficiencia de los procesos y utilización de los materiales concentrando el mayor número de operaciones simples y h om ogé­ neas para poder realizarlas ininterrumpidamente (que es la división del trabajo en el que se funda el antiguo m étodo de la manufactura), o potenciando el proceso individual desde el punto de vista de su fuerza o de su masa (un procedim iento que podría llamarse de acu­ m ulación del trabajo y que podría considerarse co m o la base de la p rod u cción industrial m oderna). Los m edios para realizar este múltiple aum ento de la eficiencia son la organización y la técnica. La organización, involucrando la p rod u cción y el consum o, mediante la subdivisión, la unificación y la ramificación en las vías mecánicas deseadas; la técnica, dom an do las fuerzas naturales y entregándolas a los nuevos sistemas de p ro­ d ucción y com unicación, a veces en form a de grandiosos m ovim ien­ tos en conjunto, a veces en form a de efectos quím icos, otras en for-

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ma de corrientes eléctricas, otras en form a de sistemas m ecánicos ingeniosos. Vale la pena observar, entre paréntesis, una vez más, que esto n o significa que la técnica o las com unicaciones hayan sido la causa de la m ecanización y, p or lo tanto, del sistema de vida m od ern o, si­ n o que fue más bien el aum ento de la densidad dem ográfica el fac­ tor necesario para em pujar hacia la m ecanización la que, a su vez, ha requerido y creado nuevos medios. D escon ocer esta relación equivaldría a afirmar, p or ejem plo, que el ferrocarril dio origen al tráfico en gran escala o que el fusil a percusión dio origen a las gue­ rras de masa. En realidad es la voluntad de tráfico la que se abre el p rop io cam ino, la voluntad global la que se procura el fusil que ne­ cesita; el instrumento hace posible la obra p ero es, a su vez, un p ro­ ducto de la voluntad dirigida hacia la obra. Será tarea de la revisión historiográfica futura describir en de­ talle los orígenes de la m ecanización a partir del aum ento de la p o ­ blación, sus com ienzos, su desarrollo y su progresiva conquista del m undo. A quí nos limitaremos a registrar, en brevísimos esbozos, so­ lamente algunas etapas; porque el objetivo de esta exposición n o es específicam ente el de ilustrar el proceso sino más bien los efectos del aum ento de la población y de las transformaciones en su com ­ posición, de la m ecanización y de la germanización, en el m un do, en los hom bres y en la vida de nuestro tiempo. Con el prim er cam­ b io que tuvo lugar en la tierra, los límites de la econ om ía individual se rom pieron y surgieron nuevos conceptos: el de la reserva destina­ da al intercam bio y el de la especialización. A m edida que los inci­ pientes especialistas se hacían más num erosos y se acercaban el un o al otro, y sus encuentros se hacían más frecuentes, podían confiar cada vez más en las reservas recíprocas. Por último, u n o p odía cesar de p rodu cir lo que poseía el otro: podía intercambiar cereal p o r ga­ nado, ganado p or metales. Si la densidad de la población aumenta­ ba nuevamente, se tomaba con ocim ien to de nuevos objetos; valía la pena ser ricos; la reserva se transformó en capital. El especialista era buscado, encontraba pedidos; de las actitudes y de los con ocim ien ­ tos nacieron las profesiones. A hora el hom bre debía contar con el otro; la avidez de las mu­ jeres, la liberalidad de los hom bres, pudieron haber contribuido con su parte: se intercambiaba y se com erciaba, se practicaba la e co ­ nom ía doméstica y el artesanado; estaban asentados los com ienzos de la p rod u cción recíproca y com plem entaria de los bienes. Pero una persona p o c o sociable o con form e consigo misma, un enem igo de las novedades, podía todavía mantenerse aislado. Si renunciaba

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a los bienes producidos con arte, a la variedad de instrumentos, p o ­ día irse lejos, con la flecha y con la lanza, con el arado y co n el p ico y separarse de la econ om ía colectiva. C on el aum ento progresivo de la densidad dem ográfica nos vimos privados también de esta liber­ tad. A hora cada u n o de nosotros tiene necesidad de protección , de­ be ser m iem bro de una com unidad. N o puede sustraerse a la cos­ tumbre que exige ropa, vivienda y muchas otras cosas. Se le p roh i­ be utilizar nuevas tierras; debe respetar la propiedad, vivir de lo su­ yo y, p o r lo tanto, trabajar con mayor tenacidad, co n instrumentos y herramientas que debe procurarse. Pero el aum ento de la pobla­ ción alcanzó un estadio avanzado, la tierra está disponible en una m edida cada vez más limitada, la econ om ía dom éstica es más difícil y unilateral. Para proveerse de todos los bienes necesarios en la vi­ da es necesario vender y buscar la com ercialización. La pequeña econ om ía doméstica se transforma en una empresa. Aparece la c o ­ m ercialización y con ella la com petencia. Por un tiem po las disposi­ ciones corporativas y la escasez de vías de tráfico p ueden proteger al artesano y al agricultor del flagelo de la com petencia. Pero co n el aum ento constante de la p rod u cción , la com petencia com ienza a hacerse sentir. Y a pesar de la concentración simultánea del consu­ m o ninguno puede alegrarse: dado que los m étodos de p rod u cción están todavía atrasados, n o extraen de la tierra una cantidad sufi­ ciente de productos para satisfacer la necesidades de todos, el tra­ bajo se hace duro, se vive en la indigencia. Pero he aquí que un ce­ rebro ingenioso descubre un instrumento, m ejora un produ cto, simplifica un procedim iento. Ese hom bre ingenioso se vuelve rico, los demás se quedan m irando y sufren doblem ente su miseria. A h o­ ra todos están envueltos en la carrera de la com petencia: la co m p e ­ tencia técnica, com ercial, capitalista. A hora se recurre a todas las ar­ tes y las ciencias; los inventores, los audaces, los desprejuiciados, los ávidos, los ambiciosos, los fuertes avanzan; los débiles se quedan a lo largo del cam ino, son capturados y arrastrados detrás de los ven­ cedores. Y bajo los pasos de esta lucha frenética la tierra transpira p or todos los poros y hace afluir, para los nietos decuplicados, el céntuplo de los bienes que entregaba avaramente a sus antepasados para nutrirse, calefaccionarse, adornarse y embriagarse. Ahora, si bien la m ecanización clava originariamente sus raíces en la p rod u cción ele bienes, n o perm anece limitada a este cam po p or largo tiem po. Es cierto que este último representa aún hoy el tronco del cual parten todas sus ramas y sus hojas, pues la p rod u c­ ción de los bienes constituye: siempre el área central de la vida ma­ terial, aquella con la que todas las demás tienen p or lo m enos un

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punto de contacto. Podem os descubrir la m ecanización en todas las zonas de la ac­ tividad humana hacia d onde se dirija nuestra mirada; si bien sus ma­ nifestaciones sean tan variadas, multiformes y complejas que sería temerario pretender abarcar todo el conjunto de un cuadro tan inestable y dinámico. Al observador econ óm ico aparece co m o una p rod u cción de masa y com o una com pensación recíproca de bie­ nes; al observador industrial com o una división del trabajo, acumu­ lación del trabajo y prod u cción de fábrica; al observador geográfico co m o desarrollo de los transportes y de las com unicaciones y co m o colonización; al observador técnico com o control de las fuerzas na­ turales; al observador científico com o aplicación de los resultados de la investigación, al observador social com o organizador de la ma­ no de obra; al observador com ercial com o actividad empresarial y capitalismo; al observador político com o política de potencia y pra­ xis econ óm ica del estado. Pero todas estas manifestaciones tienen en com ún un espíritu que las distingue singularmente y, en el m od o más neto, de las for­ mas de vida de otros siglos: un carácter de especialización y de abs­ tracción, de obligación deseada, de pensamiento orientado al ob je­ to, de acuerdo con las reglas, sin sorpresas y sin estímulos, de uni­ form idad com pleja: un espíritu que parece justificar la elección de la palabra “m ecanización” también desde el punto de vista emotivo. Mecanización de la producción Los productos naturales de origen mineral o b iológico fluyen p or ferrocarril o p or vía acuática a las cuencas colectoras de las ciu­ dades y de los puertos. De allí se ramifican hacia los lugares de ela­ boración, adonde llegan en com binaciones preestablecidas para su­ frir una transformación química o m ecánica y com enzar luego un segundo ciclo co m o productos semielaborados. Nuevamente sepa­ rados y luego de nuevo mezclados y sometidos a elaboración, apare­ cen en form a de bienes de consum o, que se reúnen p or tercera vez, bien ordenados, en los depósitos de com ercialización al p or mayor, antes de alcanzar, p or vías sutilmente ramificadas al com erciante minorista y finalmente al consumidor, que los transforma en mate­ rial de desecho y los restituye en esta última forma, al proceso de elaboración. C on un proceso com parable a la circulación de la san­ gre, la corriente de los bienes se difunde a través de la red de sus ar­ terias y sus venas. En todo m om ento del día y de la n och e resuenan las vías, m ugen las hélices de las naves, zumban los m otores y largan

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vapor las calderas, para reproducir y mover el peso de esta circulación. ¿Y cuál es el destino de los materiales en los estómagos d ond e son elaborados? Bajo la acción de los mecanismos que los toman, son disueltos, recalentados, triturados y com prim idos, desmenuza­ dos, aplanados, afilados, retorcidos, tejidos o impregnados; un se­ gundo, un tercer proceso m ecánico sigue al prim ero, y el hom bre vigila ordenando, apurando, m idiendo su obra, que ya n o es obra de sus manos, sino de sus mecanismos. D on d e aún es necesaria la acción m odeladora de la habilidad manual, la ley de la p rod u cción se cum ple sólo de m od o im perfecto. Esta ley suena así: celeridad, precisión, redu cción al m ínim o de p rod u cción defectuosa, unidad y simplicidad en los tipos, ahorro de trabajo, reducción y recupera­ ción del descarte. D on de una parte de los procesos debe ser toda­ vía confiada a los actos creativos de la naturaleza, nos sentimos con derech o a pretender de ella la misma celeridad y precisión, la mis­ ma reacción a los estímulos y la misma disciplina que se pretende de los mecanismos y procesos inanimados. Y la naturaleza obedece. Ella, la productora de las materias pri­ mas, ha tom ado conciencia de la seriedad y del caudal de sus tareas. Ya n o sonriente y desenvuelta com o fue una vez, sino seria y ocupa­ da hace rendir sus campos diez veces más que antes y entrega de sus entrañas valores minerales mil veces superiores. Y nos hace com ­ prender que depende solamente del trabajo y de la avidez de los hom bres multiplicar ulteriormente la cosecha de productos orgáni­ cos e inorgánicos. N inguno de los productos considerados hoy pre­ ciosos parece p or el m om ento llegar a su fin; p or todas partes apa­ recen y emiten guiños tesoros todavía intactos de materia y energía. La humanidad lo entendió y se mueve a grandes pasos hacia la realización de su ideal productivo. Este ideal se alcanzará cuando, desde los lugares cada día más favorables de p rod u cción y extrac­ ción, los productos lleguen p or la vía más breve y co n la máxima velocidad al lugar de elaboración m ejor situado, para ser transfor­ m ados con un ú n ico p roceso y para ser confiados enseguida a un sistema de distribución que los lleve a los depósitos, las cocinas, los talleres de los consumidores. A veces puede parecer que la p rod u cción de bienes, superan­ do la marca, em pieza a entregar cantidades superfluas, que no pueden ser consumidas. Las naciones desbordan y vuelcan en co m ­ petencia, la una en la otra, masas constantemente en aum ento de materias primas y elaboradas. Minerales contra carbón, lana contra cereales, ganado contra hierro, madera contra azúcar y, sin embar­ go, tod o este form idable requerir y proveer n o disminuirá porque

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el núm ero de habitantes de la tierra continúa creciendo, y millones de brazos n o están todavía com prom etidos de m o d o bastante dura­ d ero en el proceso productivo com o para atrapar su parte de lo que desean. ¿Y d ón d e se vuelca todo este conglom erado de bienes? Los en­ contram os en los depósitos de los puertos, en los depósitos de las fá­ bricas y de los talleres, los encontram os en los negocios y en los grandes em porios de las ciudades. Berlín de 1811 n o poseía dentro del recinto de sus murallas tantos bienes a su disposición co m o los que encontram os en una sola manzana de Berlín de 1911. De los depósitos el con glom erado se dirige a las casas de los hom bres. In­ numerables sustancias, que tiem po atrás n o se con ocían , metales, vi­ drios, maderas, cerámicas, papeles, cueros, huesos, tejidos, revesti­ dos de estratos de color, elaborados y decorados, llenan las habita­ ciones; jabon es, perfumes, productos quím icos están disponibles en todas partes; productos alimenticios y suntuarios provenientes de todos los continentes son almacenados; también en las casas de los m enos pudientes y hasta en las de los pobres, la calidad y la varie­ dad de los utensilios y de los bienes de consum o aum entaron varias veces en el curso de las últimas tres generaciones. Se podría casi pensar que la hum anidad está tomada p or la inquietud de poseer mercaderías, p or una especie de locura p or los aparatos, de la cual tal vez, en otros tiempos, podría haberse atribuido la responsabili­ dad a la acción de especuladores sin escrúpulos o de gobiernos en la búsqueda de disuasivos. Y la avidez y las ganas de com prar conti­ núan creciendo, sobre todo entre las mujeres. Su participación pasiva en el aum ento de la p rod u cción es con ­ siderable. Porque su mayor ingenuidad al alegrarse cuando poseen objetos venales y su deseo de confrontación sobre lo que poseen p o ­ ne en marcha a numerosas ramas de la industria, y el h ech o de que tengan p o co interés en la estructura y en la construcción de los o b ­ jetos las acerca a una transformación característica que se verifica en la calidad de los productos m odernos. La transformación a la que nos referimos consiste en lo siguiente: Cualquiera que tenga entre sus manos un produ cto del viejo ar­ tesanado, se trate de un libro, de una casa o de una llave, siente en estos objetos la presencia de algo orgánico, com o es p rop io de las creaciones de la naturaleza. La obra está elaborada con precisión, pero n o de un m od o matemático. La materia natural de la cual de­ riva está form ada pero n o transformada. La obra posee una solidez intrínseca, que resiste la acción del uso y del tiem po y que le perm i­ te además, ejercer una influencia que la vuelve extrañamente bella.

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Y es parca también en su máxima riqueza p orque es una obra m edi­ tada, que form a parte p or sí misma, es un fragmento de naturaleza humana. La máquina n o puede crear nada similar. Produce objetos ma­ temáticos, rectilíneos, circulares, filosos, cortantes, elaborados, que no pierden el filo pero se mellan. Economiza el material pero n o ahorra en ornamentos pues éstos no le cuestan ningún esfuerzo. Además, transporta con gusto artificios ya experimentados de una materia o de una forma a otra. Modela con la misma indiferencia un libro de rezos que una balanza de precisión. Pero por sobre todo ella coloca, en lu­ gar de la duración, la facilidad de reemplazo. Esta antítesis puede sim­ bolizarse con los manteles hilados en casa y las servilletas de papel. En lugar del valor de compra, la mecanización coloca el valor de consumo; en el lugar de la pérdida del interés1, coloca la adquisición de un objeto nuevo. En nuestra época, el lujo no consiste en el luci­ miento del capital sino en el derroche del rédito. Esto se com prende perfectamente porque la mecanización quie­ re producir. Desde su punto de vista, los talleres de reparación son más costosos que las fábricas; prefiere volver a fundir en lugar de repararan Aquí la mecanización saca provecho de un ciclo de orden psicológico; la posibilidad de cambiar genera el deseo de cambio, y este deseo, a su vez, favorece el principio de la sustitución. A quí se agrega otro elemento. Los viejos materiales n o eran ab­ solutamente puros. Los minerales, las especies, los colores, las tierras contenían impurezas o cuerpos extraños cuyos efectos perturbadores eran neutralizados p or la habilidad del artífice y así lograban resultar al tacto, a la vista, al olfato o al gusto com o algo esfumado, graduado, íntimo. La p rod u cción mecanizada considera estos elementos com o una contam inación y n o tiene muchas dificultades para eliminarlos. Nos p on e debajo de la nariz, en form a cristalizada, la esencia del perfum e de violetas y n o tolera objeciones. Crea extractos, con cen ­ trados, muestras. Pero estos productos sin vida propia, sin atenua­ ciones ni suavidad, excitan y terminan p or cansar. Y así vuelven a conducir, también p or este camino, al cam bio y al mismo tiempo, desde el m om ento en que ya perdieron su alma, a los sucedáneos. Si estos productos artificiales, caracterizados a veces p or una pureza excesiva, a veces un aspecto de naturaleza fugaz, a veces co n ­ trahechos, a veces rígidamente almidonados, exhiben una belleza luciferina en el resplandor centelleante de la novedad, en lo que la je rg a com ercial llama la presentación o embalaje de la m ercadería y en una cierta im pertinencia de la form a inventada así nomás, esta 1. La posesión de un objeto precioso comporta la pérdida del Interés sobre el dinero que se ha gastado en comprarlo (o que pudiera ser recuperado de su venta). [N.d.E.]

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frescura se marchita rápidamente; y muy pronto el destino mecani­ zado, la m oda, golpea a la puerta y relega la creación envejecida precozm ente a una esquina de la periferia, a las provincias, a A m é­ rica del Sur y, p or último, a Africa para asignar un nuevo trabajo a la produ cción . Y así la m ecanización se abastece directamente p or una serie de ayudas muy válidas en el hambre de mercadería que se apoderó de los hom bres, en el carácter irreal, exangüe y espectral de sus p ro­ ductos y en la m oda. ¿Pero qué es esta circulación efímera de los bienes de consum o en com paración con aquella otra de carácter acumulativo, que es producida p or la m ecanización? Dado que la humanidad n o consu­ m e todo lo que produce, almacena gran parte de sus bienes. ¿De qué m od o? Construyendo. La m ecanización construye casas, edificios y ciudades; constru­ ye fábricas y depósitos. Construye caminos maestros, puentes, ferro­ carriles, líneas de tranvía, naves y canales; centrales hidráulicas, cen­ trales de gas y centrales eléctricas; líneas telegráficas, conductores de electricidad y cables; máquinas y forjas. M ejora el equipam iento de los campos, seca, regula y sanea márgenes. Es más difícil imaginar intuitivamente que hacerse una idea pu­ ramente num érica de la dim ensión de estas construcciones que lle­ gan, en Alemania, a varios miles de millones de marcos p or año. A título de evaluación aproximada podría aventurarse la hipótesis de que las ampliaciones que tienen lugar cada año en Berlín equivalen aproxim adam ente al movimiento de los trabajos que fueron nece­ sarios para construir la Atenas de Pericles. Podem os considerar que las nuevas construcciones de las ciudades alemanas alcancen cada cin co años un valor equivalente, en términos de energía m ecánica empleada, al valor total de las construcciones de la Rom a imperial. ¿Para qué sirven todas estas construcciones sin precedentes? En gran parte sirven directamente a la produ cción . En parte sirven para las com unicaciones y para el com ercio y, p or lo tanto, in­ directamente para la producción. En parte sirven para la adminis­ tración, la vivienda, la higiene y, p or lo tanto, pre ralentemente, a la p rodu cción . En parte sirven a la ciencia, al arte, a la técnica, a la en­ señanza, a la recreación y p or lo tanto, indirectamente, y co n algu­ na reserva, a la producción. Esta es la semilla que la m ecanización confía cada año al suelo y que le brindará a largo plazo, una cosecha multiplicada. Y es, al mismo tiem po, la com pensación material del m undo p or el esfuer­ zo indecible que cum ple bajo el yugo de la mecanización: dado que

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estos tesoros de tierra, de piedra y de metal representan el aum en­ to de los patrimonios nacionales, de los cuales n o vale la pena indi­ car aquí las cifras, dado que trascienden toda posibilidad concreta de representación. Si sacamos conclusiones de las ideas que hem os expuesto, la berra n o puede m enos que aparecem os com o una com unidad e co ­ nóm ica única e inseparable. El aumento de la p oblación im prim ió las primeras vibraciones a esta rueda gigantesca; ahora la misma gi­ ra, acrecentando espontánea e ininterrumpidamente su masa y su velocidad. Si apuntamos más allá del objetivo de la protección y la nutrición, la p rod u cción mecanizada generará continuam ente nue­ vos deseos. Ya elevó notablem ente las condiciones materiales de la vida; habrá y deberá necesariamente tener co m o efecto la elimina­ ción de la faz de la tierra de toda form a de privación absoluta y de falta total de propiedad; del mismo m od o, un hambre de m ercade­ rías siempre en aumento, absorbe el con glom erado que se vuelca co n reforzado ímpetu. También durante el curso de los siglos anteriores, la p rod u c­ ción era una de las tareas principales de la actividad humana, pero sus m edios eran limitados y no dejaban lugar a otra esperanza que no fuese la de proveerse lo mínimamente indispensable y de dejar algo para los patrones celestiales y terrenales. La m ecánica desenca­ denada superó todas las barreras. La parte de la actividad humana en los países civilizados que no sirva directa o indirectamente a la p rod u cción o a su tutela, ha venido disminuyendo. La p rod u cción mecanizada se ha erigido con objetivos autónom os.

Mecanización y organización H em os considerado la m ecanización de la p rod u cción de los bienes y hemos visto com o esta estructura com pleja, que abraza to­ da form a de actividad material, debía formarse necesariamente en base al acrecentam iento de la densidad dem ográfica. A hora bien, para que este colm enar econ óm ico, elevado a criatura colectiva vi­ sible, pudiera adquirir existencia y vitalidad, debía existir un siste­ ma de entendimientos, vínculos y relaciones invisibles que mantu­ viese juntas las unidades humanas del organismo, distribuyese las responsabilidades y el trabajo y al mismo tiem po uniera la sustancia muerta para transformar a los elementos vivos. Había que escribir el libreto, la escenografía y la distribución de los roles para el dra­ ma necesario de la p rod u cción mecanizada.

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El n ú cleo fundam ental de este orden invisible del m u n do e co ­ n óm ico está consütuido p o r el ordenam iento de la propiedad y pre­ cisamente en la form a -estrechamente ligada a la persona- de la p o ­ sesión hereditaria. Para que este sistema extremadamente personal pudiese adap­ tarse a la variedad de formas y a los movimientos del sistema de p ro­ d u cción mecanizada debía llegar a ser él también de un m o d o aná­ logo, variable e impersonal. La posesión debía ser divisible hasta sus partes más pequeñas, acumulable hasta las máximas dimensiones, debía ser móvil, intercambiable, fungible, y sus rentas debían ser se­ parables de sus matrices y con valor en sí mismas. Resum iendo, la p o ­ sesión debía aprender a corresponder exactamente y, p or así decir­ lo, p o r reflejo, a las tareas de la realidad mecanizada, a la división del trabajo, a la acumulación del trabajo, a la organización y a la acción de masa, debía, en otros términos, ser mecanizado a su vez. El proceso m ecanizado toma el nom bre de capital. El mismo p roceso que, si es considerado desde el exterior y desde el p unto de vista físico, aparece com o p rod u cción mecanizada de los bienes y si es considerado desde el interior, desde el punto de vista hum ano y organizativo, asume la form a de capitalismo. Por ello el capitalismo durará mientras subsista el sistema de p rod u cción m ecanizado; durará aun cuando tod o el capital del m u n do se unificase en las manos de una persona o de un organis­ m o colectivo y lo que hoy toma el nom bre de transacción se reduje­ ra a un simple registro contable. Por ello, puede hablarse del fin de la sociedad de capitalismo privado p ero p o r el m om en to n o puede todavía hablarse, del fin del m u n do capitalista de p rodu cción . La m ecanización de la posesión progresó hasta hoy de tal ma­ nera que el capital, en su divisibilidad, movilidad y cohesión de ü po atomizado revela singulares afinidades con el estado de agregación de los líquidos y, p o r lo tanto, obedece, dentro de ciertos límites, a las leyes de la hidrostática e hidrodinámica. Esta fluidez se hizo p o ­ sible p o r las formas específicas de circulación, cada una de las cua­ les tiene un origen y una historia muy distinta y que llegaron a ser p o c o a p o co , p o r así decirlo, las divisas del tránsito del capital. La form a de circulación de la posesión inmobiliaria está representada p o r la hipoteca, p o r la póliza de caución y p o r la obligación; la for­ ma de circulación de la m ercadería p o r la letra de cam bio; la form a de circulación del trabajo p or la acción de la bolsa; la form a de cir­ culación de la econ om ía en su conjunto p o r el préstamo público; la form a de circulación del título de propiedad indeterm inado p o r la cuenta bancaria y los billetes de banco. A m edida que la econ om ía

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mundial se extiende, aumentan los importes de estas cin co catego­ rías; a m edida que la econ om ía se dirige a u n o u otro cam po de la actividad, cambia la relación de sus índices de valor. Bajo el aspecto de estas formas de circulación los activos patri­ moniales se acumulan en sedes centrales de depósito, desde donde son encaminados, en forma concentrada o subdividida hacia su destino. En Argentina se hace necesaria la construcción de una instala­ ción portuaria. Se abre una válvula, créditos bancarios y letras de crédito alemanas, francesas e inglesas se intercambian con un prés­ tamo argentino. Se abre una segunda válvula: el estado argentino dispone de su crédito. Y al mismo tiem po se p on e en marcha y se hace visible el proceso real del cual acabamos de describir el refle­ j o financiero: desde todos los puertos, naves a vapor se p on en en marcha hacia el obrador, transportando bolsas de cem ento, vías de hierro, partes mecánicas, calderas, ropas, alimentos y hom bres. Se erigen talleres, se trasladan masas de tierra, se instalan grúas, se pa­ gan salarios, los ministros hacen sus discursos, y la econ om ía m un­ dial unificada ya está dirigida desde hace un tiem po hacia otras ta­ reas. En cierto sentido, puede afirmarse que la m ecanización de la posesión se anticipa a la de la produ cción . En efecto, mientras que el capital, en su estado hidráulico, tiende a nivelar todos los huecos de la necesidad econ óm ica y a retirarse de toda acum ulación de ins­ talaciones productivas superfluas, el mismo estimula, p or un lado, la fundación de nuevas instalaciones, pero, p or otro, estimula la realización de fusiones y absorciones. Así puede suceder que un in­ dustrial experim ente en sí mismo la contradicción entre los aspec­ tos productivo y financiero de su empresa: com o produ ctor autóno­ m o, fuerte en su tradición y en su independencia patriarcal, aspira al aislamiento; com o administrador de un capital está obligado a asociarse a otros. A la organización anónima, automática y racional de la pose­ sión, se contrapone una segunda organización, n o m enos p o d e ro ­ sa, que la sostiene y que, a su vez, es sostenida: la organización del estado, que se funda en la tradición, en el reconocim iento, en la au­ toridad y en la sanción. En ella se com baten desde tiem po inm em o­ rable, el principio místico y el principio m ecánico, de los cuales el prim ero tiene la tarea de remachar la costumbre y las metas, m ien­ tras que el segundo se encuentra favorecido y exaltado p or la im­ portancia creciente de las tareas y preocupaciones del m om ento. La form a mística del estado residía en su antiquísima con ex ión con la religión y el culto. A partir del m om ento en que las transformacio­

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nes de la econom ía, el peso creciente del desarrollo dem ográfico, un mayor coeficiente de roce en las relaciones con el m undo exte­ rior, indujeron al estado a practicar la tolerancia, a ignorar el delito de profesar otra fe, a recon ocer los territorios limítrofes de distinta religión, todo ello dejó de fundarse en lo incondicional y ultraterrenal para pasar a la esfera de lo condicionado y lo útil; el estado reli­ gioso era un sacramento, el estado administrativo es una institu­ ción. El im perio rom ano trató sin éxito de anclarse en lo intangible y en lo absoluto; al final tuvo que conform arse co n un despotism o de tipo oriental, fundado en los cuerpos de guardias y fue su ruina. El estado medieval ya n o contenía en sí mismo la luz de la religión, sino que reflejaba indirectamente los rayos de la iglesia; y cuando las dos potencias entraron en conflicto, el espíritu germ ano de fide­ lidad y de unión al je fe se reveló com o una fuerza ideal suficiente para asegurar la sacralización del m onarca y para hacer, p or lo tan­ to, intocable al estado ligado al mismo. La palabra más subversiva y desconcertante que haya salido de la boca de un rey fue pronunciada p or Federico el Grande cuando definió al soberano com o un servidor del estado. El elem ento cru­ cial de esta fórm ula n o residía tanto en la m anifestación de una so­ briedad prosaica y de una con cien cia del d eber típicam ente pru­ siana, sino más bien en que la realeza quedaba desvinculada del misterio, y el estado de la con cep ción mística de la realeza, y que en este punto el estado, en la con cep ción de un rey librepensador se presentaba sí com o una institución suprema, pero siempre y sólo co m o una institución orientada a objetivos de utilidad y bienestar, es decir, en definitiva, com o un produ cto de la actividad humana. T od o ello n o impide que justamente en nuestro tiem po, y no solamente en ocasión de fiestas y celebraciones, ame tomar en co n ­ sideración el lado místico del estado y la autoridad estatal. Además sería totalmente errón eo considerar al estado co m o una form a de transición que con du ce directamente a la sociedad p or acciones (sociedad anónim a), de carácter superior. El estado continúa obte­ nien do su máxima fuerza vital de los valores y las necesidades abso­ lutas. Sigue siendo el custodio de la nacionalidad, el derech o y el or­ den; el siglo de la racionalización le ha confiado, además, a cam bio del misticismo en declinación, la tutela de las religiones, de la ins­ trucción, de la ciencia, del arte. Si tratamos ahora de resumir, en conclusión, hasta qué punto el estado actual se somete y ob ed ece al principio de la mecaniza­ ción, se trata ante todo de establecer cuáles son sus funciones oca­ sionales y cuáles son sus funciones necesarias, y luego evaluar hasta

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qué punto estas funciones necesarias están orientadas en el sentido de la m ecanización. Puede dejarse a un lado, pero n o puede dejarse de tener en cuenta el h ech o de que el estado, en su estructura, se ha transformado en el m od elo de todas las organizaciones referidas a la m ecanización y que n o hay un solo día de su vida dispendiosa en el cual pueda prescindir de los instrumentos monetarios de la econ om ía mecanizada. En su gran mayoría, las form aciones estatales de O ccidente es­ tán desvinculadas de la iglesia, sin que pueda decirse de las mismas que p or ello hayan perdido su carácter estatal. El verdadero gobierno, es decir el control de las administracio­ nes locales y regionales, es d escon ocido en los países anglosajones, co n excep ción de una ligera vigilancia de carácter financiero y nin­ guno piensa en introducir esta institución con el objeto de un per­ feccionam iento del estado, así com o, al contrario, en Francia o en Prusia, n o hay ninguno que piense en abolirla. Ni siquiera ella pue­ de ser considerada com o un órgano necesario del aparato estatal. El control sobre la educación se ha agregado a las demás obli­ gaciones del estado sólo en tiempos muy recientes. Su elim inación n o sería tal vez una m edida progresista, pero n o podría quitarle na­ da a la naturaleza intrínseca del estado; y m enos cuando, en países dom inados p or fuertes contrastes de intereses, no existe un ideal educativo recon ocid o p or todos. Las iniciativas estatales en el cam po de las com unicaciones, de la industria y del com ercio que se cuenten o n o entre sus funciones necesarias, depen den de la m ecanización y sirven a la misma. En los Estados Unidos, la actividad científica con d u cid a en ba­ se a las universidades y los institutos de investigación privados ha dem ostrado no ser m enos que la que se desarrolla p o r cuenta del estado en otros países, lo que hace tambalear la idea sobre la ne­ cesidad inm anente de estas ramas de la administración. En la ma­ yor parte de los países civilizados, la intervención del estado en el cam po del arte en calidad de maestro, com itente y ju e z es insignifi­ cante, si n o directamente nocivo. Las finanzas estatales, en la m edida que dan lugar a entradas, se fundan en la econ om ía mecanizada y se hallan estrechamente li­ gadas a la misma. En la m edida en que saldan los gastos, dejan la marca de la totalidad del organism o al cual sirven y se com portan, p or lo tanto, de un m od o neutral con respecto a la cuestión que planteamos. Quedan, prescindiendo de las tareas generales de representa­ ción, las funciones imprescindibles del estado: la política exterior y

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la defensa nacional, la legislación y la tutela del derecho. En el estado actual de la civilización, la defensa de la naciona­ lidad es sin ninguna sombra de duda, un objetivo necesario, es más, absoluto. Pero la política de conservación y de adquisición, la gue­ rra defensiva y ofensiva, continuarán colocándose, en m edida pre­ valeciente y tal vez de form a duradera, al servicio de las llamadas cuestiones vitales que -hasta que hom bres o naciones venturosas no interrumpan la continuidad del discurrir histórico- pueden resol­ verse en cuestiones correspondientes a la existencia econ óm ica. En efecto y com o prom edio, los nueve décim os de la actividad política están destinados a hacer frente a los problemas econ óm icos del fu­ turo. C on excepción de algunos campos de la crim inología, que tie­ nen que ver con la psicopatologia, con la religión, co n la historia o co n la filosofía y que n o entran en el ámbito de estas consideracio­ nes, la administración de la justicia tiene el objeto de garantizar la seguridad y la p rotección de la persona y de la sociedad econ óm ica con base en el actual sistema de propiedad y m ecanización. A su vez la legislación, que regula y nivela todos los cam pos de la vida pública y privada en base a las con cepcion es dominantes de la época, n o agrega nuevos elementos al cuadro en su conjunto más de los que coloca la tesorería o la contabilidad. Así podem os decir, resum iendo, que el estado actual, n o obs­ tante el caudal de obligaciones absolutistas que recibió en el curso de los últimos dos siglos, en su naturaleza más íntima, se adecuó a las leyes y al desarrollo de la mecanización. Sería tal vez prematuro presentarlo com o una asociación p ro­ ductiva armada sobre una base nacional; pero sería ciertamente anacrónico considerarlo co m o una institución mística que se sostie­ ne p or encim a de la econ om ía y de la sociedad mecanizada. Aun los sectores que parecen libres de tod o objetivo e influen­ cia materiales, com o son la religión y la ciencia, debieron aceptar someterse a transformaciones en el sentido del m ecanicism o. N o es el caso de exp on er aquí có m o las religiones organizadas en iglesias, co n el progresivo aum ento de su extensión territorial y el núm ero de sus fieles, hayan tom ado el aspecto de grandes empresas, co m o hem os aprendido, con un tácito soporte recíp roco, y hayan im­ puesto a su naturaleza más íntima el grave sacrificio de la división del trabajo; cóm o se han visto obligadas a desarrollar -en los planos jerárqu ico, financiero, burocrático y com ercial- sus estructuras ad­ ministrativas, cóm o han tenido que com petir entre ellas en el plano de la propaganda y han llegado hasta a establecer acuerdos co n los

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adversarios sobre la división de los respecüvos campos (estaba casi p o r decir: m ercados); cóm o trataron de aprovechar todos los movi­ mientos de cam bio conüngentes de las situaciones para p on er las fuerzas políticas, económ icas y sociales al servicio de sus intereses. La sociedad mundial de las ciencias que, ju n to con el capitalis­ m o, es la más grandiosa de las organizaciones anónimas e interna­ cionales, con sus subdivisiones internas que se cum plen escrupulo­ samente, su ultra desarrollado sistema de informaciones, su actividad de laboratorio organizada sobre el m odelo de las grandes empresas in­ dustriales, su relación de interacción con la técnica, sus asociaciones y congresos, es bastante conocida y famosa y n o puede dejarse de reali­ zar un examen profundo de sus formas de mecanización.

Mecanización y sociedad Así las organizaciones mecanizadas exüenden sus redes múlti­ ples e invisibles sobre cada palm o de la tierra. A quí y allá un tejido se hace visible: barreras, prohibiciones, intimaciones, am onestacio­ nes, amenazas se encuentran diseminadas a lo largo de nuestro ca­ mino. Pero estos pobres tejidos del tráfico son bien p oca cosa si lo? com param os a los innumerables vínculos que, con excepción de los astros, relacionan casi todos los objetos visibles con personas deter­ minadas, que unen casi todas las actividades a determinados dere­ chos y deberes, que unen todos los individuos a las com unidades más extrañas y diversas. Un alemán adulto que vuelva sin riquezas de América y que n o se mueva para obtener la asistencia pública, tiene sólo el d erecho de moverse a normal velocidad p or las calles públicas y de dar su voto en las elecciones del parlamento. En los países civilizados n o podem os imaginar ningún oficio más com pli­ cado y difícil que el del ermitaño. Si bien en épocas pasadas un alemán podía vanagloriarse de ser cristiano, súbdito, ciudadano, padre de familia y m iem bro de su cor­ poración, hoy es el objeto de innumerables com unidades. El ciuda­ dano del im perio, del estado, de la ciudad, residente de la circuns­ cripción, de la provincia y m iem bro de la parroquia es soldado, elector, contribuyente, titular de cargos ad hon orem ; es colega o com pañero de trabajo, em pleador o prestador en una obra, arren­ datario o propietario de tierras, cliente o proveedor; está asegura­ d o, es m iem bro de asociaciones profesionales, científicas o recreati­ vas; es cliente de un banco, accionista, acreedor del estado, p rop ie­

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tario de una cuenta de ahorro, acreedor hipotecario o deudor; está inscripto en un parüdo p olíü co; es suscriptor de un diario, tiene abon o de teléfono, cuentas corrientes postales, de tranvía, de la agencia de inform aciones; contrajo com prom isos legales, obligacio­ nes orales y escritas; es deportista, coleccionista, amante del arte, aficionado, viajero, lector de libros, alumno, académ ico, detentor de certificados, docum entos, diplomas y títulos; es corresponsal, empresa, referencia, dom icilio, com petidor; es perito, garante, árbi­ tro, testigo, ju ez popular, ju rad o; heredero, testador, m arido, pa­ riente, amigo. Estos vínculos representan las ramificaciones de las fibras ner­ viosas en el interior expuesto desnudamente de la econ om ía mecanicista. Pero para correr de m od o más com pleto el tejido de la so­ ciedad, del sujeto viviente de la m ecanización, es necesario dirigir la mirada también hacia la trama de esta cadena vital: el oficio. De ambos elementos, -los vínculos y la profesión- se desarrolla la característica decisiva de la sociedad mecanizada: su hom ogeneidad. Ya a priori es evidente que un m ecanism o viviente, para p oder sostener el proceso productivo de la tierra, debe estar com puesto de material uniform e, regular y sólido, que sus partes deben ser producidas en masa y deben ser intercambiables, m anteniendo un fuerte engranaje sin fricciones entre ellas y deben ser capaces de moverse con la máxima velocidad y uniformidad. Los vínculos contribuyen a la hom ogeneización, logrando que cada uno toque, roce y pula a todos los demás, logrando que un gran núm ero de conocim ientos y m étodos administrativos se co n ­ viertan en patrim onio de todos, que cada individuo aprenda a orientarse, a adaptarse, a tratar con los demás, y a captar la dem ar­ cación de los .diversos cam pos de interés, de los límites del arbitrio individual y de la coop eración del todo. Cada uno de los elementos mecanizados es un p o co todo: político, hom bre de negocios, n ego­ ciador, orador, gerente y organizador; cada uno está sujeto a res­ ponsabilidades: y con m ucha razón puede considerarse a esta últi­ ma co m o la form a asumida p or el d eber bajo el im pacto de la m e­ canización y, p or su tonalidad sensiblemente materialista y militar, directamente co m o la categoría ética p or excelencia de la m ecani­ zación. La nivelación recíproca de las cualidades manifiesta su as­ p ecto más positivo en la capacidad rápidamente adquirida y exhibi­ da p or nuestros obreros de juzgar, de actuar y de tomar decisiones. También las especialidades de los oficios, que aparecen a pri­ mera vista com o factores de separación, deben conducir a la h om o­ geneidad. Porque una acumulación rica de casos en última instancia

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similares entre ellos da lugar a una convergencia hacia las disposicio­ nes del espíritu; el em pleo de formas de pensamiento y de trabajo análogo resulta ser más decisivo que la diversidad de los campos de aplicación y de trabajo; la uniformidad del tiempo de trabajo y del p eríod o de descanso se com prueba más determinante que la diver­ sidad de los puestos de trabajo; la equivalencia de los réditos resul­ ta más determinante que la disparidad de las fuentes de las cuales provienen. Un abogado de hoy se asemeja al m édico que es su com pañ e­ ro de mesa habitual en el restaurante, m u ch o más de lo que se ase­ mejaba un tejedor de lino a un tejedor de lana de otras épocas. Y más aún se asemejan sus núcleos familiares, sus costumbres de vida, su ropa, su manera de pensar, sus deseos. Pero crear hom bres h om ogén eos contribuye sobre tod o la cre­ ciente intelectualización de las profesiones. El viejo sistema de p ro­ d ucción de bienes exigía del individuo un ciclo de actividad p erió­ dico, que iba desde la preparación para la actividad productiva y de ésta a la conclusión de la obra y a su em pleo, pues la obra de cada u n o era un todo. Por lo tanto, había que prever muchas op eracio­ nes fáciles y banales, muchas esperas y muchas com plicaciones. Hoy, tod o el trabajo se encuentra subdividido y p or lo tanto ya no resulta tan denso; las etapas sucesivas se han elim inado y el mecanis­ m o en funcionam iento requiere más de una vigilancia inteligente que de una acción fuerte y decidida. A diferencia de las viejas tareas, que se repetían periódicam ente y que, p or lo tanto, nos hacían apreciar al m áxim o el valor de la experiencia pero que, en su repe­ tición, dejaban a la fantasía y al con ocim ien to un espacio im percep­ tiblemente en aumento, el encargado de la p rod u cción y de la vigi­ lancia de hoy se encuentran continuamente frente a problemas en apariencia nuevos, pero que sin em bargo pueden resolverse todos con las mismas formas de pensamiento y aumentan p or lo tanto la uniform idad en el actuar: un p o co del mismo m o d o en el que en un libro de ejercicios con la regla del tres, la alegre aparición de ch o ­ rros de agua, corredores y comerciantes n o hace más que represen­ tar de diversos m odos la misma, simple fórm ula de ecuación. Si a la nivelación física e intelectual de las condiciones de vida se agregan los efectos de un bienestar popular en continuo aumen­ to, tenemos ante nosotros las condiciones fundamentales de la ten­ dencia a la afirmación de la clase m edia que es característica de la sociedad mecanizada. La sociedad burguesa alemana es m ucho más jov en que la in­ glesa o la francesa. Luego de su nacim iento, que se co lo ca a mitad

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del setecientos, fue pobre durante un siglo aproxim adamente, y es­ ta pobreza, unida a una noble capacidad de renuncia, ha p rodu ci­ d o abundantes frutos espirituales, que maduraron en las mieses del p e ríod o rom ántico y la lucha p or la constitución. El mercantilismo de la edad de la m ecanización le ha procurado un enorm e aumen­ to de bienestar y le ha quitado en cam bio una parte de sus valores espirituales. En el curso de la última generación, la cantidad de ré­ ditos que corresponden a iniciativas com erciales autónomas, p or lo m enos se centuplicó y abrió el camino a una difusión del bienestar y del lujo burgués, co m o se con ocía solamente en Inglaterra. Vivien­ da, ropa, servicios y diversiones son las señales de este increm ento de la riqueza, que tal vez es la más sorprendente de todas las mani­ festaciones evolutivas de la nueva época. Es cierto que la historia nos ofrece antecedentes de riqueza y fasto ilimitado de personas in­ dividuales o com unidades: pero la existencia de centenares de mi­ les de personas pudientes, o directamente ricas según los criterios tradicionales en un pueblo, n o tiene precedentes y lleva a conse­ cuencias imprevisibles, que estamos tentados de considerar co m o el aspecto fundamental de las transformaciones de la edad m oderna, si n o fuese claramente evidente que las mismas dependen, com o efec­ to secundario, de la densidad demográfica y de la mecanización. Pero en un primer término esta riqueza produ jo un em pobre­ cim iento, n o de ideas ni de conocim ientos, sino de valores, n o de deseos y de fines, sino de ideales. Esta com unidad hom ogeneizada n o posee todavía juicios y metas com unes, aparte de los de la utili­ dad inmediata y tangible; es com o si en el organismo en su con jun ­ to n o se hubiera todavía despertado una vida interior o co m o si sus prim eros movimientos fueran sofocados p or la algarabía de los in­ tereses prácticos. Más todavía: un m ovim iento inconsciente de resis­ tencia de los elementos a su hom ogeneización los induce una vez más a dirigir hacia el exterior toda la individualidad de la cual son capaces y a sustraerse, en nom bre de la tutela de una presunta ori­ ginalidad, a toda form a de com prom iso civil. Así, en Alemania n o se en con tró una expresión culturalmente válida, ni siquiera p or am or a la patria: a la d evoción servil y a la actitud agresiva de las aso­ ciaciones patrióticas n o se supo contraponer el culto a los héroes basado en la confianza en sí mismos y en una con cien cia nacional tranquila y segura. Pero depende de la capacidad de elaboración teórica de la in­ telectualidad burguesa alemana ser llamada en determ inado m o­ m ento para asumir la responsabilidad en la vida cultural y política del país, que le corresponde según el curso de la evolución mecáni-

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ca. La intelectualidad burguesa cubre hoy en Alemania solamente una pequeña parte de esta responsabilidad, a pesar de que las obli­ gaciones materiales más importantes, las de proveer y nutrir el au­ m ento de la p oblación y la de hacer frente al gasto público, recai­ gan sobre sus hom bros. Porque es p or dos lados o, en dos direcciones, que el proceso de h om ologación encuentra en Alemania, si n o exactamente lími­ tes o confines, p or lo m enos obstáculos, que fueron y son, sin em ­ bargo, en m uchos aspectos, superados o superables, p ero que man­ tienen aún su im portancia decisiva para la distribución actual de las fuerzas. Los históricos alemanes del mañana tendrán dificultades para entender cóm o en nuestra ép oca pueden com penetrarse mu­ tuamente dos diversos sistemas de distinta estratificación social: de los cuales el prim ero es un resto de la antigua organización feudal, mientras que el segundo, el capitalista, es un fen óm en o accesorio de la m ecanización en sí misma. Y n o podrá dejar de aparecer toda­ vía más extraño el h ech o de que el capitalismo contribuyera, ni bien surgió, a asegurar la supervivencia del sistema feudal. Hoy, en efecto, en los estados alemanes decisivos, dom ina -po­ lítica y militarmente- ese residuo de la antigua clase dom inante que se conservó bajo la form a de la nobleza que allí reside. Ella p u d o m antener su p od er p or dos motivos: antes que nada p orq u e su sa­ n o instinto de conservación la mantuvo ligada a la agricultura la cual, en la form a de con d u cción de la gran propiedad latifundista, co n o c ió en el curso del siglo pasado, un gran desarrollo p or su m e­ canización y le permite, aún hoy, controlar en gran parte a la pobla­ ción rural; en segundo lugar, porque una serie de dinastías euro­ peas, preocupadas p or el sistema capitalista, deseaban perm anecer aliadas, más estrechamente aún, con aquellas fuerzas que estaban tradicionalmente cerca de sus casas y que eran las que tenían más que perder en caso de revolución. Es verdad que estas consideracio­ nes se abandonaron en la mayor parte de los casos, ni bien las co n ­ diciones sociales llegaron a un determ inado grado de madurez: así co m o un capitán, durante la tempestad, prefiere m antener el p ro­ pio barco en alta mar en lugar de anclarlo, del mism o m o d o , en iguales circunstancias, la m onarquía fue confiada a la fuerza que arrastraba a toda la nación. De este m od o, las dinastías que se basan en el sostén de las clases feudales, se encuentran hoy solamente en los países de Europa central. Q ue la segunda de las estratificaciones sociales existentes, la ca­ pitalista, y con ella el más grandioso de los movimientos unitarios de nuestro tiem po, el socialista, no hayan sido colocados en el cen-

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tro de éste nuestro análisis de la sociedad puede sorprender y nece­ sita de una justificación. Es ciertamente el más grave reproch e que pueda hacerse a la civilización de nuestro tiempo el h ech o de que se consienta la limi­ tación de un proletariado, si con este término nos referimos a una clase de la población cuyos miembros, en condiciones normales, no pueden llegar a un estado de responsabilidad autónom a y a un te­ n or de vida independiente. La form a extrema y más áspera de este reproch e -y ello es, que en el interior de esta clase, en determinados períodos y en determinadas áreas reinan la indigencia y la miseriaes recon ocida generalmente com o una protesta justificada y se bus­ ca seriamente y no sin éxito rem over estos males, p or lo que puede dejarse de lado, en esta reunión, la cuestión del estado de necesi­ dad hacia donde desembocan algunos trabajadores de determinadas re­ giones. A hora bien, si el socialismo se orienta hacia la elim inación de la injusticia económ ica, al m ejoram iento de las condiciones o direc­ tamente a una nueva fusión o a la desaparición del proletariado, es­ ta causa o esta tarea mundial debe ser considerada co n el m áxim o de los respetos y cada uno de sus pasos debe ser saludado com o un progreso de la civilización. Pero desde el punto de vista de una re­ flexión, que va más allá del presente inmediato, n o puede dejarse de observar que se trata de rem edios y de rem edios de orden mate­ rial y n o de una creación original o de ideas absolutas. Es p o r ello que el socialismo no logró dar vida a una con cep ción del m undo; todo lo que realizó más allá de los esfuerzos prácticos materiales es una p rod u cción de filosofía popular fácilmente discutible. El socia­ lismo está destinado a perm anecer com o tarea circunscripta en el tiem po, hasta que se encuentre en condiciones de elevarse a la tras­ cendencia y de form ular nuevos ideales para toda la humanidad y para su patrim onio espiritual. Pero entonces su naturaleza más ínti­ ma deberá mutar y él mismo deberá liberarse de gran parte de su aparato material. Pero ni aun dentro de los confines de la tarea circunscripta en el tiem po, el socialismo posee la fuerza de la coherencia y de lo ine­ vitable que podría significar el p o lo de la evolución social, en cuan­ to d escon oce la dualidad del trabajo. Invención y acción, disposi­ ción y obra n o podrán nunca unificarse en form a duradera y p or principio y m enos aún en una com unidad mecanicista y basada en la división del trabajo. Las personas dotadas de facultades intuitivas, fantásticas, artísticas y organizativas se encontrarán siempre de fren­ te a las dotadas de capacidades concretas, prácticas, sugestivas. Una

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fusión de las dos categorías en el terreno del trabajo no es con ceb i­ ble en el ámbito de las franjas de calidades humanas que co n o c e ­ mos y tal vez tam poco sería deseable. Por lo tanto, si se libera del problem a de soñar con los ojos abiertos un paraíso construido mecánicamente, queda, co m o nú­ cleo, la tarea grande y com prom etida, de una reform a del proleta­ riado. Su solución debe com enzar en el punto de la máxima injus­ ticia: en el carácter inevitable, vitalicio, para no decir directamente hereditario, de la suerte proletaria. La solución es posible si su vín­ culo demasiado rígido con determinadas personas, familias y socie­ dades tiende, a partir de la segregación de los patrimonios, a asegu­ rar una relación más justa del bienestar con el mérito e co n ó m ico e intelectual y a hacer accesibles todos los instrumentos intelectuales que permitan participar en la contienda. Esta tendencia general fue designada p or mí, años atrás, con el término de “euplutism o”: sus m edios consisten sobre todo en la supresión de todos los derechos que presentan el carácter de m on op olios privados, en la limitación del d erecho hereditario, en una legislación dirigida en contra de la posibilidad de enriquecerse injustamente y sin esfuerzo, en el desa­ rrollo de la instrucción popular. Es cierto que la ejecución de estos principios requerirá genera­ ciones enteras, pero es también cierto que ella tendrá lugar y sus re-, sultados proveerán la prueba de que para rem over una injusticia econ óm ica no hace falta una conflagración mundial. Pero aun an­ tes de esta con creción , el problem a social sufrirá una metamorfosis yjustam ente en el sentido de que el proceso de hom ogeneización, yendo m ucho más allá de los confines de la sociedad burguesa, ha­ brá asimilado una parte importante, y precisamente la parte más apta del proletariado. Podem os decir que ya hoy, a despecho de la ley de salarios co n ­ gelados que funda su sofisma falaz en el presupuesto tácito de una oferta ilimitada de trabajo, los réditos de los obreros calificados y entrenados alcanzan un nivel superior al del p rom ed io burgués, y en concom itancia con este proceso se manifiestan en ellos intereses de estructura burguesa en defensa de la propiedad. Pero la p rod u c­ ción mecanicista n o puede dejar de seguir la dirección que le fue prescrita y tiende constantemente a reemplazar el trabajo m ecánico con el trabajo de vigilancia, el trabajo rudimentario co n el trabajo calificado, y ella no sólo puede permitirse pagar más, sino que debe pagar tan generosamente co m o para que la atención y el interés de los obreros permanezcan ligados a sus objetivos. Si quisiera dirigirse a este m ovim iento el reproche de que el mismo, luego de haber se­

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leccion ado a los obreros calificados de primera, segunda y tercera categoría, termina p or dejar un proletariado doblem ente carente de elem entos no calificados, que rechazan o son ineptos para el tra­ bajo, habría que decir que, ciertamente, una con d ición ideal de las cosas sobre la tierra requeriría la supresión de toda barrera e co n ó ­ mica, p ero que, al mismo tiem po, este estado ideal de cosas p ro p o n ­ dría también la existencia exclusiva de hom bres hábiles y capaces. Hasta que este ideal n o se concrete, será necesaria la op osición en­ tre tenor de vida limitado y tenor de vida opulen to para vencer los impulsos de la indolencia, que dañan a la com unidad. Esto im pon e además a la sociedad, de una manera aun más urgente e imperativa, el deber de crear las condiciones para que todas las personas volun­ tariosas puedan sustraerse con las propias fuerzas a este estado de li­ mitación. Mecanización y vida Las transformaciones del sistema productivo, de la sociedad y del m u n do repercuten sobre la vida individual; ellas procuran nue­ vas ideas, problemas, dificultades y placeres, form an la personalidad del mismo m o d o en que la máquina, durante el funcionam iento, con fiere a sus partes la justa ductilidad, de m od o que los elementos co n la mínima dificultad, con la máxima utilización de las fuerzas disponibles, y con el m áxim o ahorro de tiem po y de material, se in­ serten dócil, durable y com pletam ente en el proceso de la p rod u c­ ción de masa y contribuyan, p o r su parte, a su aum ento incesante. El hom bre de otras épocas conocía el ciclo de la naturaleza que lo circundaba; con ocía los prados, los campos, los bosques y las coli­ nas de su región; las calles y los edificios del lugar d on d e vivía, las escasas mercaderías y utensilios de venta y las imágenes de los santos de las iglesias; había aprendido a leer un p o co , tal vez también a escribir y calcular; con ocía algunos fragmentos de las Sagradas Escrituras y con ocía su oficio. Podría haber dado la vuelta al m undo co m o aprendiz buscavidas, podría haber asistido al pasaje de gran­ des señores y a la celebración de festividades religiosas; de tanto en tanto escuchaba relatos sobre lejanos terremotos, guerras y pestes, veía un incendio, un m onstruo marino y un animal africano; tod o el resto del tiempo los sucesos de su vida eran los naturales, com pren­ didos entre el nacimiento y la muerte. Lo cotidiano era maravilloso, lo maravilloso form aba parte de la vida cotidiana, tod o lo inducía a la m editación y a la contem plación, nada a form ular juicios. Los su­ cesos raros lo sacudían profundam ente, dejándole largos recuer­

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dos, que se fundían con largas y confiadas esperanzas en el flujo tranquilo de la experiencia. Pocos decenios atrás, podían todavía encontrarse algunos cír­ culos com pactos y cerrados, p or ejem plo, en los Alpes üroleses y en las islas Frisone; hoy n o podríam os encontrar ni las huellas ni aun si llegáramos en nuestras búsquedas hasta las ciudadelas de la parte central de Rusia. ¡Y qué transformación se realizó mientras tanto en el horizonte intelectual del ciudadano p rom ed io del nuevo im perio alemán! El mismo deja la escuela con una visión panorám ica del m un­ d o pasado y presente, con un conocim iento superficial de diversos idiomas, de diversos m étodos de cálculo; üene una idea de la multi­ plicidad de los sistemas de vida, de la clasificación de los fenóm enos naturales; obras de arte de todos los tiempos, estilos de arquitectura, paisajes y poblaciones pasaron ante él en imágenes reproducidas en millones de copias. Un paseo p or una calle de la ciudad, puso ante sus ojos una cantidad mayor de variedades de mercadería, arneses, aparatos y mecanismos de las que se con ocían en Babilonia, Bag­ dad, R om a y Constantinopla reunidas. El funcionam iento de las má­ quinas, de los m edios de transporte y de los procesos de p rod u cción le es familiar; la vista de hom bres de todas las profesiones y de to­ dos los países; de animales, y de plantas de todas las regiones n o lo asombra. C on oce excursiones e inclusive viajes a grandes distancias, fiestas, desfiles, representaciones, desgracias, ejercitaciones bélicas son para él una experiencia corriente. Acostumbra leer libros, usa centenares de objetos, es más, puede poseerlos; está entrenado pa­ ra saborear alimentos y distracciones provenientes de los países más diversos. A divertirse y a hacerse entretener. El aprendizaje de la profesión le procura nuevos conocim ientos de m étodos y procesos a los cuales recurrir, la práctica que realiza en puestos y lugares dife­ rentes enriquece su experiencia sobre las situaciones vitales, las rela­ ciones humanas y las formas organizativas. Pero con el p eríodo de la práctica y con su asentamiento en la profesión no disminuye el flujo de nuevos conocim ientos. Por lo m enos una vez p or día se abre la cortina sobre el gran teatro del m u n do y el lector del diario ve matanzas y violencia, guerras y luchas diplomáticas, viajes de príncipes, carreras de caballos, descubri­ mientos e invenciones, exploraciones, historias de amor, construc­ ciones, incidentes, representaciones escénicas, especulaciones c o ­ merciales y fenóm enos naturales; en un solo instante, con el desayu­ no, más novedades y cosas extrañas de las que p u d o co n o ce r su bi­ sabuelo en todo el curso de su vida. Y a esta recepción voluntaria de

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noticias, se acom paña la profesional: la correspondencia com ercial, la actividad con los clientes, las relaciones con los em pleados y con los superiores, con las autoridades y con los hom bres de negocios, proveen de la mañana a la n och e una m ole tan ingente de material y de hechos, que deben ser anotados y elaborados, que centenares de fábricas deben transformar selvas enteras en tiras blancas de pa­ pel para recibir el registro de una pequeña parte de esas novedades. El aspecto más inquietante de esta fuga de imágenes es su velo­ cidad e incoherencia. Algunos mineros quedaron sepultados: una co n m oción efímera. Un niño fue maltratado: una breve indigna­ ción. El dirigible está llegando: un m om ento de atención. A la tar­ de tod o fue olvidado, para dejar lugar en el cerebro, a órdenes, so­ licitudes, proyectos. Para la reflexión, el recuerdo, la resonancia, no queda más tiempo. A hora bien, ¿cóm o se libera el espíritu de las nociones superfluas? Juzgando. El fen óm en o es sellado, etiquetado y encuadrado; y. así es liquidado, luego de haberse transformado, aparentemente, en un aum ento de la experiencia, p ero a m en u do solamente, en realidad en un aum ento de prejuicio. Pero también el prejuicio aparece más tolerable que la falta de ju icio, justamente porque ayu­ da a digerir los conocim ientos y los hace más utilizables. De esta ma­ nera de juzgar de la mañana a la noche: así esta bien, esto es útil, n o es justo, es una tontería. También la conversación se transforma en un intercam bio de ju icios, que se emiten con ligereza, de m o d o irresponsable, en form a esquemáüca y sin respeto p or la objetivi­ dad. D ebajo del granizo de los hechos, se extingue el estupor, el res­ peto p or el suceso, la sensibilidad receptiva y, al mismo tiem po, au­ menta el deseo de nuevos hechos, la necesidad de cargar la dosis. Si el deseo n o es satisfecho íntegramente, aparece un sentido desespe­ rado de postración el cual en el hom bre asume co n tedio su propia existencia, que toma p or esa causa el nom bre de aburrim iento.2 C onsiderado desde el punto de vista de la mecanización, el aburrimiento es la señal de alarma que susurra al o íd o del hom bre que él se encuentra temporalm ente excluido del m ovim iento uni­ versal que lo empuja a la obligación del trabajo o del placer. Pero el mismo trabajo ya n o es una ocu pación vital, ya n o es más una adaptación del cu erpo y del alma a las fuerzas naturales y es, en cam bio, en gran medida, una actividad extraña a los fines de la vida, una adaptación del cuerpo y del alma al m ecanismo. Pues, co n excepción de las pocas profesiones liberales, cuya naturaleza es indivisa y es un fin en sí mismo, o sea para el trabajo artístico y pa2. En alemán: La n gew eile (literalmente "largo fragmento de tiempo"). [N.d.E.]

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ra el que, en todos los casos, m odela su objeto de m o d o creativo, la profesión mecanizada es una actividad parcial. N o co n o ce principio ni fin, n o se encuentra delante de ninguna creación com pleta pues crea productos intermedios y recorre estadios intermedios. Tam­ bién ella puede con ced er a naturalezas integradas una satisfacción aparentemente com pleta, especialmente cuando hace refulgir la perspectiva de privilegios y de atribuciones especiales; pero en ge­ neral n o tiene su com pensación en sí misma, sino detrás de sí y re­ quiere más interés que amor. Con el alejamiento de la profesión de la naturaleza y su progresi­ va mecanización se verificaron otras transformaciones de su carácter. En prim er lugar: la vieja profesión se fundaba en la experien­ cia y en el aprendizaje. El hijo ejecutaba, en el curso del año, lo que el padre había ejecutado en el curso del año. El viejo tenía una práctica más larga, había experim entado un mayor núm ero de co n ­ tratiempos y ello hacía que resultara más preparado y más sabio. Se levantaban los ojos hacia él, era mirado co m o una autoridad. Lo que la generación jov en agregaba al patrimonio recibido en heren­ cia era una contribución considerada voluntaria en aquel entonces, que se iba m odificando lentamente, y n o se debía a la necesidad o a alguna form a de obligación. Si hoy alguno quisiese cultivar su tierra, fabricar sus zapatos, vender su mercadería al detalle, com o le habían enseñado sus ante­ pasados, habría agotado rápidamente su reserva de sabiduría; si, en las diversas vicisitudes pudiese pedir su consejo, recibiría indicacio­ nes equivocadas. El debe secundar y dirigir la mecanización com o lo hace un esgrimista contra un adversario caprichoso e imprevisible, mirarla a los ojos, detener sus escaramuzas, prevenir sus golpes. Debe planificar, inventar, imitar, experimentar, para p oder mantenerse en la montura. Ya no com prende el con cepto de autoridad y respeta so­ lamente a quien tiene éxito. En segundo lugar: el vecino de otras épocas se ha convertido en el com petidor de hoy. También la agricultura está sometida a las le­ yes de la competencia, aunque el enem igo habite más allá de los con ­ fines, al otro lado del mar. El trabajo ya dejó de ser solamente una contienda con la naturaleza, ahora es también lucha entre los hom ­ bres. Pero esta lucha tiene todas las características de una política pri­ vada; el oficio más escabroso que haya sido practicado y cultivado p or menos de dos siglos p or un estrecho núm ero de estadistas, el arte de adivinar los intereses de los otros y de hacerlos servir a los propios, de abrazar con la mirada la situación en su conjunto, de interpretar la voluntad de esa época, de conducir tratativas, de convenir alianzas,

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de aislar y golpear al adversario, hoy este arte n o es indispensable so­ lamente al financista, sino también, hechas las debidas proporciones, al almacenero. La profesión mecanizada form a al político. Por lo tanto, el profesional se considera capaz de juzgar, de dis­ cutir, y, si es necesario, de administrar directamente no sólo sus n ego­ cios sino también los de la comunidad. Ya no se resigna a la idea de una sabiduría ancestral colocada por encima suyo, inspirada p or la divinidad y solamente responsable; una tutela patriarcal le resulta ofensiva en lugar de sentirla com o algo benéfico. En tercer lugar. La profesión es algo serio y fuente de preocupa­ ciones. N inguno piensa en el que se equivoca, en el que cae; el hom ­ bre lleva en sus manos su destino civil y el de sus seres queridos. Una evaluación errada del m om ento, un aflojamiento imprevisto, una la­ guna incolm able en la form ación profesional, un acto dictado p or la pasión, y el edificio construido en largos años de trabajo se desarma en la nada. Por ello el hom bre no siente solamente su responsabili­ dad, sino también la de su prójimo. Se contrapone a la colectividad con una fuerte reivindicación de sus derechos y una opinión precisa de lo que le es deseable. Es difícil de tratar y de persuadir, pues se siente, en todas las cosas que lo involucran, de cerca o de lejos, com o el exponente de una nueva categoría: la de los interesados.3 Así, en la escuela de la profesión, el hom bre recibe una marca característica. Si el trabajo le procura placer, ya n o es el placer de la creación, sino el del terminar y quitarse la tarea de encima. U n pro­ blema está resuelto, un peligro se alejó, una etapa se alcanzó; ahora es necesario pasar a la próxim a y a la sucesiva. El tiempo vuela, la com petencia nos alcanza, las exigencias aumentan, ya no hay tiem­ p o para meditar, de alegrarse p or lo que se ha hecho, de contem plar­ lo con am or y de em bellecerlo; es suficiente que el mismo corres­ p on d a a requisitos precisos, formulados en términos generales. El éxito no consiste en la perfección o en el cumplimiento, sino en el crecim iento progresivo; repetir diez veces, cien veces el mismo pro­ ducto en el tiem po más breve posible, con el mayor ahorro posible, esto es lo que hace feliz. El trabajo se transforma en extensible, co ­ m o también lo es ahora la producción; un trabajo es afortunado si se multiplica. Pero el trabajo se espiritualiza cada vez más. Es apenas necesa­ rio que la m ano se mueva para escribir una serie de números, para regular un tornillo; cuanto más reposan los m iem bros impasibles, más trabaja el cerebro aceleradamente. Y además, con la reflexión tranquila no se obtiene nada; el ansia, la avidez, la pasión deben ser 3. La palabra alemana In te re sse n t es un neologismo sin correspondencia exacta en castellano [N. d. E.]

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de la partida, para que nada sea olvidado, para que nada sea om itido, para que nada se pierda. Esta tensión es soportada p or el hom bre que tuvo com o antepa­ sados a Hans Sachs, el m olinero de Sanssouci o al pastor Schmidt von W erneuchen. Envuelto en un con glom erado de impresiones in­ coherentes, aprisionado entre el aburrimiento y el interés, apurado, inquieto, lleno de preocupaciones y ocu p ad o en sus deberes, traba­ ja n d o apasionadamente pero sin amor, consum a el espíritu y el al­ ma para vivir un día; y una vez que el día se vivió y transcurrió, cae preso del agotamiento, que n o necesita de descanso, sino de placeres. Los placeres del profesional n o son m enos extensos que los de su trabajo. El espíritu que se sacude todavía bajo las em ociones del día, tiene necesidad de perm anecer en movimiento y de asistir a una nueva contienda de impresiones, con la diferencia de que estas im­ presiones deben ser más ardientes y corrosivas que las que se sostuvie­ ron recién. Sumergirse en los sonidos y en las palabras ya n o le es p o ­ sible porque está agitado p or la fuga febril de los pensamientos de su insomnio. Al mismo tiempo, los sentidos reprimidos y torturados lla­ man a sus puertas y piden ser excitados. Y así, las delicias de la na­ turaleza y del arte son relanzadas con ironía y desprecio y de ellas derivan placeres de tipo sensacionalista, apurados, banales, fastuo­ sos, falsos y envenenados. Estas alegrías limitan con la desesperación y nos hacen pensar en los personajes de H om ero que, bajo los influ­ jo s del destino consumían, riendo, carnes sangrantes, mientas las lá­ grimas corrían p or sus mejillas. Un ejemplo de contem plación dege­ nerada de la naturaleza es la carrera del automóvil p or kilómetros y kilómetros; un ejem plo de sensibilidad pervertida en su opuesto, es el film policial proyectado en el cine. Pero también en estas locuras y en estas estimulaciones excesivas hay algo de mecánico. El hombre, que en su mecanismo en conjun­ to funciona simultáneamente com o maquinista y com o máquina, en un estado de tensión y recalentamiento creciente, cedió su parte de energía al volante de la econom ía mundial. Un m otor humeante no es un animal de trabajo contemplativo, que se lleva a pastorear al ai­ re libre; lo pasamos p or la piedra esmeril, lo aceitamos, encendem os la caldera y ya el pie de hierro retoma el golpeteo de su ritmo cicló­ p eo con energía renovada.

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La contribución de las estructuras industriales para la formación de un nuevo estilo Walter Gropius

Der stilbildende Wert industrieller Bauformen, en Der Verkehr, Jena 1914, pp. 29-32. Walter Gropius nace en Berlín en 1883. Después de los estudios supe­ riores se inscribe en 1903 en la Technische Universität de Munich, y con­ tinúa con los estudios de arquitectura hasta 1907 en Berlín. En 1906-1907 construye sus primeros edificios en Pomerania. Entre 1908 y 1910 trabaja co­ mo asistente en el estudio de Peter Behrens en Berlín, donde ya desempeñaba su actividad Mies van der Rohe. Desde 1910 hasta 1914 abre su propio estu­ dio en Berlín, incorporándose A dolf Meyer desde 1911. Con este último pro­ yecta la famosa fábrica Fagus Werke en Alfred am Lein, y en 1914 la fábri­ ca modelo para la exposición del Werkbund en Colonia. Durante la Prime­ ra Guerra Mundial fu e teniente de húsares. En 1918, junto a Feininger y Mareks es miembro, y luego presidente, del Arbeitsrat für Kunst de Berlín. En este mismo año es nominado director del Grossherzogliche Kunstgewer­ beschule y de la Grossherzogliche Sächsische H ochschule für Bilden­ de Kunst de Weimar, que unificó con el nombre de Staatliches Bauhaus siendo su director en 1919. Mantendrá este cargo hasta 1928. En 1923 se le encarga organizar una muestra sobre el desarrollo del Bauhaus hasta esa épo­ ca, que es preparada durante el verano de ese mismo año. El Bauhaus de Wei­ mar interrumpe su actividad por graves dificultades políticas: en 1925, por iniciativa del intendente de Dessau Fritz Flesse y por consejo de Ludwig Gro­ te, el Bauhaus es reabierto en Dessau como instituto comunal con el nombre de Bauhaus Dessau H ochschule für Gestaltung. La inauguración de los edificios se realiza en diciembre de 1926, transformándose en un evento de re­ levancia internacional. Sin embargo, en 1928 Gropius deja la dirección a Hannes Mayer. Durante su permanencia en Dessau proyecta y construye, ade­ más del edificio para el Bauhaus, también los edificios para los docentes del instituto, el desarrollo habitacional de Torten, el edificio de la Cámara del

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Trabajo. A partir de 1928 se establece en Berlín abriendo un estudio privado que mantendrá hasta 1934. En 1929 le fu e conferido el título honoris causa en el H annover Technische Institut, mientras que a partir de ese mismo año se convierte en vicepresidente del CIAM en Zurich (cargo que mantendrá . hasta 1957). En 1934 deja Alemania y se traslada a Londres, donde traba­ ja con Maxwell Fry, y en 1937 es nominado profesor en la Graduate School ofi Design en Harvard University. Se traslada definitivamente a los Esta­ dos Unidos, donde ya en 1938 vuelve a cubrir el cargo de presidente del De­ partamento de Arquitectura y de fellow del American Institute o f Archi­ tecture. Simultáneamente, abre un estudio en sociedad con Marcel Breuer, que mantendrá hasta 1942. En esos años recibe los mayores honores de su ca­ rrera: miembro honorario del Phi Beta Kappa, de Harvard (1942), miem­ bro de la American Academy o f Arts and Sciences (1944), designado co­ mo Royal Designer for Industry en Londres. En 1946 abre un estudio en sociedad con numerosos arquitectos con el nombre de The Architects Colla- borative, donde proyectará intensivamente obras en los Estados Unidos, en Alemania y en el Medio Oriente. En 1952 es profesor emérito de Harvard University. En todos estos años Gropius no había renunciado jamás a la idea de reabrir el Bauhaus en Dessau y por ello trabajó intensamente en la prepa­ ración de numerosas exposiciones sobre las actividades del instituto. Con su mujer preparó la muestra Bauhaus 1919-1928 que tuvo lugar en el Mu- • seum o f M od em Art de Nueva York en 1938, y proyectó una gran exposi­ ción para Dessau en 1948. En 1960 fu e promotor de la fundación del Bau­ haus Archiv en Darmstadt, y en 1964 de la muestra Bauhaus. Idea, Form, Purpose, Time preparada en la Goppiner Gallery de Frankfurt, así como de la exposición itinerante 50 Years o f the Bauhaus realizada en 1968, inaugu­ rada en Stuttgart. Muere en Boston el 5 dejulio de 1969. Al arte de las décadas anteriores le faltaba un punto de recolec­ ción moral y, p or lo tanto, la condición esencial de un desarrollo fe­ cundo. En aquella época de preparación exclusivamente material no había ningún ideal espiritual de validez tan universal del que el artis­ ta creador pudiese obtener, al margen de cada representación egocén­ trica, un proyecto universalmente comprensible. En todos los campos de la vida espiritual las opiniones eran diferentes, y el arte -que es siem­ pre entendido com o el que representa los fenómenos espirituales de su época- era el espejo fiel de esta íntima dualidad. El problema funda­ mental de la forma se había transformado en un con cepto descono­ cido. Al gran materialismo correspondía así, en todo y para todo, la sobrevaloración del objetivo y del material en la obra de arte. Se de­ jaba de lado la sustancia p or el envase. Pero en cuanto pueda todavía prevalecer una con cepción material de la vida es imposible n o consi­

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derar, hoy, los inicios de una fuerte y unitaria voluntad de cultura. A m edida que las ideas de la época trascienden la materialidad empie­ za a resurgir, también en el arte, el deseo de una form a orgánica, de un estilo, y los hombres vuelven a com prender que la voluntad formal constituye p or siempre el elemento determinante del valor en la obra de arte. Mientras que los conceptos espirituales del tiempo son toda­ vía inciertos y oscilantes, y con la falta de una sólida meta unitaria, le falta también al arte la posibilidad de desarrollar un estilo y, p or lo tanto, de recoger la voluntad formativa de muchos en una sola idea. Solamente en nuestros días estas ideas comunes de capacidad revolu­ cionaria comienzan lentamente a librarse del caos de las con cep cio­ nes individualistas. En las inmensas tareas de la época, que son aque­ llas destinadas a dom inar organizativamente el sistema entero de las relaciones y de las com unicaciones -todo el trabajo material e intelec­ tual de los hombres- se encarna en una voluntad social inmensa. La solución de esta tarea mundial es cada vez más el centro ético de la era presente y, en ese sentido, el arte vuelve a tener una materia espi­ ritual para representar simbólicamente en sus obras. O también, si la voluntad creativa empieza siempre a plasmarse d on d e las ideas sobre el tiempo se condensan en conceptos univer­ salmente comprensibles, es lógico que el arte m odern o se dedique co n preferencia a aquellas tareas que, dada su propia naturaleza, es­ tán estrechamente conectadas a las ideas del tiempo y se colocan so­ bre la base de sus propias exigencias más modernas. Los primeros rastros evidentes de un desarrollo floreciente se manifiestan general­ mente en las obras de arquitectura. Ya que el arte del arquitecto se constituye p or decirlo así en un puente con la vida práctica. Este de­ be enfrentarse directamente con las exigencias materiales y espiritua­ les de esta última, antes de p oder transformarlas en form a rítmica. Pero el tono fundamental de nuestro tiempo está dado p or el com er­ cio, p or la técnica y p or las comunicaciones. Por lo tanto, el verdade­ ro creador de formas, que es lo opuesto al decorador, está volcado mu­ ch o más profundamente en las tareas modernas, com o la construcción de estaciones, fábricas o vehículos, que en los problemas arquitectóni­ cos tradicionales, mientras que su fantasía puede explicarse de m od o más autónom o justamente en el corazón de estas nuevas tareas. Ya que se trata justamente de construir, para estas estructuras de la edad pre­ sente, que deben servir para las com unicaciones, para la industria, y para el com ercio, formas de expresiones definitivas (tipo formal) so­ bre la base de nuevas premisas técnicas y de nuevas premisas espa­ ciales. Por un lado la técnica, con sus materiales y sus ideas construc­ tivas modernas, hace posible un dom inio cada vez más audaz de las

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leyes de la estática y, por otra parte, el problem a m odern o del tráfico se presenta com o un factor completamente nuevo, que determina esencialmente la form a del organismo espacial. La valorización más rigurosa del material, la utilización más estrecha y más parsimoniosa del espacio y del tiempo se han transformado así en premisas funda­ mentales de la actividad creativa del arquitecto m oderno; si éste se da cuenta de sus necesidades, si éstas se toman en una experiencia inter­ na, el arquitecto no se limitará a buscar por todas partes su significado, sino que llenará sus formas con una exageración poética que hará sen­ siblemente evidente, a cada observador, la idea fundamental del todo. Es justamente sobre esta fuerza estilista de la capacidad figurati­ va en que se basa la eficacia estética de una form a de arte, y no ya (co­ m o hay siempre que volver a afirmar) sobre la belleza natural del material. En la evaluación estética de las nuevas formas que han sur­ gido bajo la influencia de las com unicaciones y de la industria se ha tratado de suscitar la fe en un estilo de la funcionalidad y del mate­ rial. Pero las leyes del material y de la construcción no deben ser co n ­ fundidas con aquellas del arte. La coincidencia de la forma técnica con la forma artística, de la estabilidad aritmética con aquella figurativa, constituyen la última perfección de cada obra arquitectónica (así co ­ m o cada pensamiento y creación humana aspira a confluir nuevamente en una última meta fina 1), pero solamente un enorm e esfuerzo de voluntad puede llevarlas a una congruencia armónica. El cálculo in­ telectual o aritmético en la estabilidad de un material se distingue fundamentalmente p or la armonía geométrica, intuida instintiva­ mente, de las partes com ponentes; la form a constructiva de la form a artística. Si se enfrentan bastantes materiales de estabilidades distin­ tas basándose en sus funciones técnicas y estéticas se ve que el respe­ to p or las exigencias del cálculo no implica simultáneamente el de las exigencias estéticas. Una larga viga de madera, sostenida p or dos pedacitos de barras de hierro, satisface las exigencias de la estática, pero el ojo estéticamente sensible es afectado p or la desproporción entre los elementos portantes y lo que se apoya sobre ello, ya que la estabi­ lidad del material es invisible, mientras que la proporción armoniosa puede apreciarse sólo en la intuición sensible de la superficie visible. Un acuerdo sobre esta controversia sólo puede pensarse com o un com prom iso entre los cálculos del ingeniero y la forma arquitectóni­ ca, en una estrecha colaboración entre el conocim iento analítico y la reacción sintética. Entre las innumerables posibilidades hay que en­ contrar aquella que satisfaga en igual medida el sentimiento del artis­ ta y el saber del técnico. Solamente de esta unión se origina la form a orgánica.

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La meta de la arquitectura es siempre la form ación de cuerpos y espacios. N o hay técnica o teoría que pueda m odificar este hecho. Una estructura sólida puede com ponerse con cada tipo de elem ento material, y el ingenio artístico encuentra los m odos y las vías para sus­ citar la impresión de la intimidad espacial y el de la impermeabilidad también con materiales anónimos y sin sustancia, com o el vidrio y el hierro. N o puede negarse que este impulso formativo empieza a ex­ plicarse, en nuestros días, en toda su espontaneidad y frescura origi­ nal, justamente en la proyección y en el desarrollo de estructuras in­ dustriales. En la construcción de puentes y pabellones de hierro, de vehículos y de máquinas, se tiende nuevamente con todos los medios a la form a cerrada y compacta. La preferencia se da, en las construc­ ciones de hierro, a las hojas de chapa unidas, respecto a las viejas es­ tructuras enrejadas; la forma alargada, a la forma de torpedo de los autos; la envoltura continua que esconde a las máquinas modernas, son algunas de las tantas pruebas visibles del h ech o que la cuestión de la form a ha empezado a poner en evidencia una función de primer plano en la vida industrial. Todas las particularidades secundarias se subordinan a una form a figurativa grande y sencilla que, cuando ha­ ya sido encontrada su línea definitiva, deberá conducir a la expresión simbólica del sentido interno de las construcciones modernas. Los mejores ejemplos m odernos -com o los que han sido recogidos en es­ te artículo- llevan ya claramente, en sus alineamientos arquitectóni­ cos, la marca de su destino vital. El tema del movimiento -el motivo decisivo de la época- se manifiesta, en múltiples formas, al ojo del ob ­ servador. C om o las construcciones ligadas al tránsito expresan su de­ ber de acoger y ordenar en una estructura rítmicamente articulada y fácilmente dominable a la vista, que no deje ninguna duda sobre su destino, así los medios de transporte terrestres, acuáticos y aéreos (au­ tos y ferrocarriles, paquebotes y veleros, dirigibles y aviones) se han transformado literalmente en símbolos de velocidad. Su imagen cla­ ra, que se capta con una sola mirada, n o permite vislumbrar nada de la com plicación del organismo. La forma técnica y la form a artística se han fundido en una unidad orgánica. Así, de estas obras de la industria y de la técnica, debe iniciarse una nueva evolución formal. Pero, a medida que las corrientes espi­ rituales de la época agrandan espontáneamente su p ropio lecho y arrastran cada obstáculo en su vorágine, también la imagen externa de las manifestaciones de nuestra vida com ún están destinadas a ad­ quirir una mayor unidad y articulación. De tal m od o se abrirá la vía hacia un nuevo estilo que, en definitiva, estaría radicado en las últi­ mas divisiones de la creatividad artística del hom bre. Pero solamen-

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te si los hombres participasen nuevamente de la gran suerte de una nueva fe, también el arte podría volver a cumplir su objetivo supre­ m o e inventar nuevamente, más allá de las formas inmaduras de los inicios, la form a agradable y serena en la cual se expresa el refina­ m iento interior.

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La filosofía de la técnica Eberhard Zschimmer

Philosofie der Technik, Mittler, Berlin 1917, pp. 1-22. Eberhard Zschimmer nace en Weimar el 4 de noviembre de 1873. Estudia inge­ niería en Weimar y en Berlín y más tarde se muda a Jena donde se especializa en materias científicas, hasta convertirse en asistente en la Universidad de Königsberg. Ocupa luego la cátedra de artes aplicadas en la Universidad de Karlsruhe. Se convierte en director de la división científica de las industrias del vidrio Schott und Gen, después de haberse especializado en el estudio de las tecnologías relativas al vidrio. ¿Qué es la técnica? Para nosotros, hijos de la edad de las máquinas, es la industria, ya que parece ser que es la industria la que produce todas las conquistas de la técnica. Por lo tanto, pensamos que la técnica y la in­ dustria son la misma cosa. Para determinar esta concepción, singularmente deformada, con­ tribuyen sobre todo dos motivos de orden psicológico. Antes que nada la impresión revolucionaria que ha sido producida por la introducción de la fuerza a vapor y, por otra parte, el hecho de que numerosos técni­ cos trabajan por cuenta de empresas económicas que parecen tener co­ m o único objetivo el de recompensar los capitales invertidos con los di­ videndos más altos posibles. Puede parecer absurdo que yo diga que nuestra época, que está definida con razón com o la “edad de la técnica”, n o entienda nada de la técnica. Y a pesar de ello las cosas están exactamente así. Basta con dar una ojeada a los numerosos libros y revistas donde se nos propone hacer comprensible la esencia de la técnica, para encontrar que puede leerse, una al lado de la otra, una denigración ilimitada de la técnica y una sobrevaluación igualmente inmotivada de su deber cultural.1 1. Ver mi libro Philosophie d e r Technik. Vom Sinn d e r Technik und K ritik des Unsinns ü b e r die Technik, Diederichs, Jena 1914.

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La filosofía de la técnica / Eberhard Zschimmer

La falta evidente de objetividad con que se manifiestan estos ju i­ cios y la presunción más o menos grande de sus autores, me parece que dependen principalmente de tres errores fundamentales. Antes que nada la intención referida al presente hace olvidar la historia. En segundo lugar se pasan por alto, también en la misma edad presente, las formas completamente distintas del espíritu técnico que se desarrollan fuera de la actividad económ ica de la industria. Y, en tercer lugar, creo que un error fundamental de nuestra épo­ ca técnica es la falta de cultura filosófica, que caracteriza tanto a los panegeristas com o a los adversarios más empecinados de la técnica. / “Soll ich dir die Gegend zeigen, musst du erst das Dach besteigen ”!, di­ ce el Libro dei proverbi? Si queremos ver la técnica con los ojos del filò­ sofo, ello n o puede tener otro sentido más que el de com pren der en qué consiste su significado último. Pero n o com prenderem os jamás este significado último hasta que no nos limitemos a considerar la técnica desde el punto de vista puramente científico o econ óm ico. D ebem os encontrar un punto de vista más elevado. Ciertamente, a la culm inación del pensamiento n o se llega sin fatiga. ¡Los teleféri­ cos filosóficos n o existen todavía! La idea fundamental de lo que se trata deriva de Kant. Desde su punto de vista el m undo nos aparece com o un edificio gigante, cons­ truido según leyes eternas, de las cuales debemos presuponer necesa­ riamente el plan en su totalidad, pero de cuya ejecución nos es con oci­ do, a toda marcha, solamente algunos fragmentos. Pero en el estadio actual del desarrollo de las ciencias naturales y de las ciencias del es­ píritu tenemos el derecho de afirmar al m enos esto: que tenemos an­ te los ojos la disposición general del edificio. Contrariamente a cuan­ to considera el naturalismo, n o hay sólo una realidad única, sino dos realidades, que se integran en la totalidad del m undo: la naturaleza y la cultura. Los conceptos fundamentales que nos sirven para com prender su significado y su con exión n o se contradicen, pero n o pueden ori­ ginarse la una de la otra y, p or lo tanto, también las ciencias que se ocupan solamente de una especie de realidad son radicalmente dis­ tintas de las ciencias que tienen que ver con la otra especie: ciencia natural y ciencia del espíritu están entre ellas com o la matemática con la historia del arte: n o están en contradicción, pero están sin una íntima relación recíproca. Es cierto que, si examinamos la estructura del m u n do sólo a tra-2 2. "Si quieres que te muestre la región, debes primero subir al techo."£/ libro de los p ro ­ verb io s" es parte del Diván occidental-oriental de Goethe. [N.d.E]

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vés de la lente científica, n o encontraremos otra cosa que naturale­ za. Nos limitamos a constatar nuevamente que la ley de la causalidad extiende su dom inio sobre todas las fibras de la realidad, que todo aquello que acontece obedece a la fórmula: “D onde quiera se en­ cuentre la causa A, se com prueba siempre el efecto B”; su correla­ ción para toda la eternidad es la ley natural. Para un filósofo este m o­ d o de con ocer el m undo es demasiado limitado, y una con cep ción del m u n do que esté dispuesta a complacerse con la ciencia natural n o puede ser otra cosa que una filosofía de visión corta. U n filósofo n o puede limitarse a mirar con los ojos del naturalista, debe también tener interés p or la historia. Ha sido ciertamente necesario que hom bres com o Darwin y Haeckel combatiesen con extrema energía la metafísica de la iglesia para reivindicar el derecho de la investiga­ ción científica a entender en términos de leyes causales también al hom bre y a su historia; pero hoy en día es igualmente necesario que se afirme la verdad que quisiera resumir en estas palabras: cada for­ ma de cultura es ciertamente también naturaleza, lo que vale decir que nada acontece en contra de la ley de la causalidad; p ero la cul­ tura es algo más que sencilla naturaleza: la cultura es una naturaleza provista de destinos superiores, ennoblecida p or el sello del espíritu. ¿Pero qué significa tener un destino superior? ¿Qué significa “espíritu”? La mayor parte de los científicos piensan, com o Haeckel, en un “vertebrado aeriform e”, y consideran a todo aquel que hable de es­ píritu com o sospechoso de tener tendencias metafísicas y de ser co ­ m o un hom bre del m edioevo. ¡Es cierto que el espíritu no es un ver­ tebrado aeriforme! Para com prender lo que los filósofos entienden p o r este término, hay que hacer un esfuerzo intelectual un p o co ma­ yor. El espíritu, desde el punto de vista filosófico, es la totalidad de las ideas. Y las ideas n o son espectros, n o son fantasmas, com o dijo una vez Stirner un su libro fam oso.3 La idea es un principio teológi­ co general de la actividad humana, un objetivo n o deducible de la historia de la cultura. No tendremos dificultad en com prender este con cepto si tomamos a los movimientos desde el significado corrien­ te del término idea y lo generalizamos progresivamente. Le ha sucedido mil veces oír hablar a un artista de la idea que le ha surgido para un cuadro, decir que un arquitecto tiene la idea de un edificio, o el proyectista la idea de una máquina. Hasta los científicos hablan de las grandes ideas de sus mayores exponentes. ¿Qué entienden todos ellos con su idea? Es evidente que quieren ha­ blar de un propósito, de una meta. 3. D er Ein zig e u n d sein Eigentum , 1845.

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N o debem os hacer otra cosa que tomar el con cepto más gene­ ral de estos objetivos, p or decirlo así, creativos de los hom bres para tener aquello que el filósofo llama una idea: el espíritu que se reali­ za en la historia de la cultura. Com prenderem os fácilmente este con ­ cepto hegeliano sobre la base de algunos ejemplos. Si examinamos la historia del arte, vemos que todos los artistas, en el fon d o, quieren la misma cosa: quieren crear bellas obras. La belleza es la idea; el o b ­ jetivo, lo que quieren realizar. Y del mismo m od o la historia de la ciencia nos muestra la aspiración hacia una idea. Todos los investiga­ dores, desde los antiguos chinos y egipcios hasta nuestros días, quie­ ren la misma cosa: quieren encontrar el sistema de la experiencia pura, la realidad, la verdad. Esta voluntad que anima a cada auténti­ co científico es la meta que la historia de las ciencias, en el transcur­ so de su desarrollo, tiende a realizar. Y así, en el fon d o, también to­ dos los legisladores y los juristas, todos los moralistas y los estudiosos de política social, quieren la misma cosa: quieren hacer del con cep ­ to del deber, la ley de las acciones de los humanos y de los pueblos, apuntan a la idea del derecho. Si recapitulamos la historia universal, vemos que ésta produce siempre, nuevamente, idealistas que sufren, luchan y m ueren por una idea. Esa idea n o es para ellos un objetivo personal y egoísta, n o es algo que hayan escogido solos y p or cuenta propia, sino que es un objetivo suprapersonal y eterno, una potencia espiritual, que obliga al hom bre al p rop io servicio, tenga o no una clara conciencia de ello. A hora hem os llegado al punto en el que encontramos la llave para la inteligencia de la técnica. Cada problem a está resuelto p or la mitad desde el m om ento en que ha sido colocado de m od o perfecta­ mente claro. Esto vale también para nuestro problema actual: “¿qué es la técnica?” Esta es simplemente la cuestión: ¿la actividad técnica es tam­ bién, com o el arte, la ciencia, el derecho, la realización de una idea autónoma? ¿Los técnicos pueden ser idealistas, en sentido particular, del mismo m od o que los científicos, los artistas y los juristas? La res­ puesta a esta pregunta constituye la piedra angular de la filosofía de la técnica. Para descubrir las ideas debem os considerar la historia humana desde su interior. El “interior” son los propósitos y los procesos voli­ tivos de los hombres, el “exterior” son las cosas visibles y tangibles, que se encuentran en la realidad. Estas cosas son sencillos instru­ mentos, espejos y docum entos de la actividad interior. Si la idea de la técnica n o ha sido, hasta este m om ento, com prendida todavía, eso

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depende, según mi opinión, del h ech o de que se ha dedicado una atención excesivamente grande a las “cosas” de la técnica, y que no se ha tom ado en consideración, en cambio, el proceso interno voli­ tivo en que estas cosas están sencillamente insertadas, co m o medios en vista del objetivo. D ebem os preguntarnos qué quieren exactamente los técnicos cuando produ cen todas estas cosas que se acumulan p o co a p o co so­ bre la tierra en cantidades enormes, donde hasta los observadores más pesimistas ya temen que un día n o habrá sobre la tierra ni bos­ ques ni ríos, sino solamente palos telegráficos y canales. Y debem os preguntamos qué quieren, en el fon d o, los técnicos con el objetivo de encontrar una idea com ún a toda la esfera de la técnica en general. Cuando se busca un con cepto universal y generalísimo, n o hay que dejarse desviar p or características secundarias que se im ponen sobre la atención de la intuición accidental del concepto. Para indivi­ dualizar el concepto que está en la base de todos los objetivos particu­ lares de la actividad técnica no podem os elegir algunos de aquellos ob­ jetivos o tomar en consideración formas particulares que sirven para la realización de aquellos objetivos. Ya dije al com ienzo que la máquina a vapor llevó a una verdade­ ra confusión en la com prensión del valor cultural de la técnica. To­ das las miradas se dirigen a las formas típicas que la actividad técnica ha asumido a partir de la introducción del trabajo mecanizado y de los fenóm enos secundarios que derivan, en última instancia, de la in­ vención de la máquina a vapor, se extraen inferencias relativas a la naturaleza de la técnica en general. D ebem os referirnos a un estadio anterior, al p eríodo extingui­ d o en el cual la humanidad vivió sin máquinas a vapor, y preguntar­ nos si, en esa época, no existían todavía los técnicos. “Es cierto, en ese entonces los hombres también tenían un p o­ co de técnica, ¡pero era algo com pletam ente distinta de lo que hoy entendem os con este término! Esta es la respuesta que se escucha decir generalmente. N o son necesarias largas explicaciones para enten­ der que la invención de una sola máquina -a pesar de lo extraordinarias que puedan ser sus aplicaciones- no representa ningún principio nuevo en la historia de la civilización. Ya han habido anteriormente innumera­ bles máquinas, y el razonamiento con el cual han sido elegidas puede sostenerse muy bien en confrontación con el arte de James Watt. Re­ com ien d o la lectura del herm oso libro de Feldhaus4 sobre Leonar­ do da Vinci com o inventor; quien n o lo con oce todavía se maravilla­ rá de la cantidad de ideas que harían h on or a nuestros ingenieros 4 . Leo n a rdo , d e r Techniker u n d Erfin d er, Diederichs, Jena 1913.

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mecánicos. Pero la máquina n o constituye el insuperable límite de los inicios históricos de la técnica. Ya que es evidente que la máqui­ na n o es más que una herramienta compuesta, puesta en marcha con un p equ eñ o desprendim iento de energía. Casi todos los histo­ riadores y filósofos de la técnica -si puede decirse que hubo hasta ahora, en general, una filosofía de la técnica- están de acuerdo sobre el h ech o de que la técnica empieza con la invención de los primeros utensilios, y que la esencia consiste en la p rodu cción de estos instru­ mentos, desde las más sencillas hachas de piedra hasta la máquina herramienta más com pleja y articulada. Me limito a citar dos juicios emitidos p or el insigne historiador de la civilización. N oiré5 afirma que el instrumento, “del mismo m o­ d o que el lenguaje, distingue y separa sin excepción el m undo hu­ m ano del m undo animal”. Del mismo m odo, según Lazarus Geiger6, el uso de instrumentos trabajados por él mismo n o es otra cosa más que una contraseña evidente y decisiva del tenor de vida del hom ­ bre, yjustamente p or esto el problem a de la génesis del instrumen­ to es de máxima importancia para la prehistoria humana. A pesar de que esta opin ión tenga en sí misma la mayoría de los votos, demostraré que también ésta está viciada p or la tendencia a dejarse engañar p or las cosas externas, p or las cosas muertas, de las cuales nos hemos hartado hasta el punto de que, sin ellas, pareciera que n o hubiese todavía técnica alguna. Ciertamente que los historiadores de la civilización hacen bien en atribuirle la mayor importancia a la investigación de los instru­ mentos primitivos del hom bre. Pero repito: cuando se considera la técnica en sentido generalísimo, para tomar la última intención de la vo­ luntad técnica, entonces también el instrumento aparece com o una expresión secundaria o, digamos mejor, com o una expresión ya de­ masiado evolucionada del con cepto fundamental abstracto. D ebe­ mos ver qué cosas distinguen al hom bre del animal aun cuando no posea ningún otro instrumento fuera de aquellos que le son natural­ mente dados. N o debem os olvidar que el organismo humano, si hubiese sido creado p or un hom bre, sería una de las máquinas más admirables y dotada de instrumentos múltiples. La voluntad espiritual se encuen­ tra a disposición de esta máquina natural. Esta le da, p or lo tanto, eso que puede legítimamente definirse com o la libertad física innata del hom bre. Sin tomar en cuenta la distancia infinita que parece sepa­ rar al hom bre primitivo, privado del todo de medios, del hom bre 5. Das W erkzeug und seine Bedeutung fü r die Entwicklungsgeshichte d e r M en sch h eit J. Diemer, Mainz 1880. 6. Z u r En tw icklu n gsgesch ich te d e r M enschheit, 2 ed., Cotta, Stuttgart 1878.

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contem poráneo, que dispone de innumerables recursos, examina­ mos lo que esta libertad física innata representa para los primeros hom bres y aquello que les ha perm itido hacer. La idea de considerar a los órganos del cuerpo humano com o los instrumentos originales viene desde Aristóteles: “La mano es el ins­ trumento de los instrumentos”. Tom ando los movimientos de los cuales Kapp7 ha tratado de ras­ trear los “lincamientos fundamentales de la filosofía de la técnica”. Su libro que lleva este título salió en 1877. Era la época en que Scho­ penhauer y Hartmann tenían entusiastas seguidores en Alemania. Así Kapp se perdió, con su “teoría de la proyección de los órganos”, en una serie de especulaciones metafísicas que lo ha vuelto ridículo entre los ingenieros, mientras que n o encontró ninguna considera­ ción entre los filósofos de la cultura. En lo que a m í respecta, debo rechazar también y sin reservas la filosofía de la técnica de Kapp. Pe­ ro la idea de que los instrumentos y las máquinas artificiales no tie­ nen necesariamente una importancia esencial para la actividad téc­ nica ha sido expuesta p or Kapp de m od o irrefutable, y este mérito debe serle recon ocido. Con este propósito quisiera citar algunos pa­ sajes de su libro. “La m ano es el instrumento natural (...) Articulándose en la pal­ ma, en el pulgar y en los cuatro dedos contrapuestos, la m ano abier­ ta, en form a de cuenco, con los dedos de abiertos, en acto de torcer y de tomar, o cerrada en un puño, es p or sí misma o ju n to al ante­ brazo extendido o doblado, la madre com ún del utensilio a m ano8, que toma su nom bre de ésta. Sólo con la ayuda directa del primer utensilio a m ano han sido posibles los otros instrumentos y en gene­ ra/ todos los utensilios”. El antebrazo con el puño cerrado o ceñido con fuerza alrede­ d or de una piedra es el primer martillo natural, la piedra con un m ango de madera es su más sencilla imitación artificial. Esta form a elemental de los martillos y de las hachas se ha co n ­ servado inmutable en la maza o el martillo a dos manos de los he­ rreros y en el p ico 9 de los mineros, y puede reconocerse todavía en el “martillo neum ático a vapor más colosal” . “Tam poco los productos de la industria más desarrollada des­ m ienten su origen y su significado esencial.” El m olino a vapor y la muela de piedra del primitivo son, en el fon d o, la misma cosa: “dis­ positivos que toman el lugar de los molares de la dentadura natural, 7. Grundlinien einer Philosophie der Technik. Zur Entstehungsgeschichte der Kultur aus neuen Gesichtspunkten, G Westermann, Braunschweig 1877. 8. La palabra alemana para utensilio, Handwerkzeug, contiene ya en sí misma el término "mano". [N.d.E.] 9. La palabra alemana Fäustel es un derivado de la palabra Faust (puño). [N.d.E.]

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a la que le espera la tarea de triturar los granos”. Kapp afirma, en términos generales, que todo aparato artificial o m ecánico conserva “el recuerdo de los órganos del cuerpo huma­ n o y de los instrumentos forjados en su m od elo”; el técnico operan­ te “queda en íntima relación con los artefactos que han tom ado vida de él y que han sido producidos por él según los órganos decisivos” . En cuanto a si Kapp tenga razón en descubrir en el organismo hum ano la máquina utensilio natural para el desenvolvimiento de las actividades técnicas, no podem os menos que contradecir su afir­ m ación p or la cual la “p rodu cción de artefactos” sobre el m od elo de los “órganos decisivos” sería la esencia de cada técnica. La ilusión de p od er llegar a la máquina más idónea repitiendo, con la máxima fidelidad posible, el m od o natural de operar del cuer­ p o hum ano en la estructura de la máquina se ha revelado desde ha­ ce tiempo com o un error fatal de los técnicos de una época. La teoría de la reproducción es lo opuesto al principio que ha con d u cido a la m oderna ingeniería mecánica a un grado excepcional de desarrollo. Si escuchamos lo que dice a este respecto Reuleaux10, un o de los más célebres entre los m odernos teóricos de las máquinas, nos encontramos con que las grandes victorias de los técnicos de las máquinas empiezan sólo con ese “cam bio característico y saludable que consiste en el h ech o de que la máquina no trata ya de imitar el trabajo manual ni m ucho m enos a la naturaleza, sino que tiende a resolver el problem a con sus propios medios, que son a m enudo com pletam ente distintos de aquellos naturales”. C on la máquina de coser ha sido inventado, al mismo tiempo, un nuevo m od o de coser, con la laminadora ha sido inventada una nueva form a de forjar el hierro. En los orígenes se imitaba el movimiento del cu erpo huma­ n o y, p or lo tanto, su rítmico avanzar y retroceder, levantarse y aga­ charse; la cepilladora, la sierra mecánica, la máquina de imprimir, etc. tenían, pues, un movimiento de retroceso inútil, que ha sido eli­ m inado solamente con el m ovimiento circular, que actúa siempre en el mismo sentido. El m ecanismo rotativo constituye el progreso fundamental, con el que la técnica ha hecho el primer gran salto más allá de los lími­ tes de la naturaleza orgánica ya que no existe un solo ser viviente, co ­ m o hace notar Reuleaux, en el cual la rotación en torno a un eje constituya la form a constante del movimiento de un órgano. La hélice de un avión es otro ejem plo que viene justo al caso. Sus alas n o imitan en absoluto el movimiento rítmico de las alas de los pájaros. También en la notable máquina para el soplado de bote10. Theoretische Kinem atik , G rundzüge ein er Theorie d es M aschinenw esens , Vieweg, Braunschweig 1875.

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lias, Owens evita imitar la manera natural en que el obrero p rocede con el vidrio, y sólo de este m od o ha sido posible llevarla al extraor­ dinario grado de eficacia que ha alcanzado actualmente. Así los ejemplos extraídos de la técnica de las máquinas podrían multipli­ carse hasta el infinito, ya que se trata de un solo principio generalí­ simo: ¡Más allá de los límites del organismo! Pero justamente este principio n o nos debe inducir a malenten­ der el significado de la técnica. De las máquinas y de los instrumen­ tos artificiales debem os volver siempre al organismo natural y pre­ guntarnos, ¿es justo admitir que el hom bre, sólo con los instrumen­ tos naturales del cuerpo viviente, pudiese hacer ya técnica? Sí, com o me p rop on go demostrar. Tenemos en la m ano una prueba: nuestro cuerpo desarmado es una máquina técnicamente eficaz. Es la única máquina que obedece directamente a nuestra voluntad y que nos procura, p or ende, la li­ bertad material natural absolutamente necesaria para realizar algún propósito. Pero para ello es necesario todavía una cosa más. Si que­ remos hacer alguna cosa con los instrumentos que nos ha p rop orcio­ nado la naturaleza, también las cosas del ambiente exterior deben prestarse al objetivo y éstas deben efectivamente prestarse. El h om ­ bre primitivo se encuentra rodeado de numerosos materiales para la construcción y de instrumentos foijados p or la naturaleza, de los cuales puede servirse para realizar objetivos de orden técnico; en otros términos ¡puede ser un inventor sin poseer otra cosa que un cuerpo sano y una idea feliz! Imaginémonos andando al aire libre y examinando qué puede hacerse, sin recursos artificiales, con las cosas que se encuentran en es­ tado selvático en los lugares vírgenes. Nos enfrentamos con piedras de construcción que la helada ha arrancado de la roca más dura con una regularidad que a m enudo nos maravilla. El agua desgasta los pedre­ gullos de los torrentes de la montaña m odelándolos en las formas más extrañas; el viento obra com o una arenadora y m odela también la su­ perficie de las grandes rocas en bruto que le traban el camino. La na­ turaleza pone, p or lo tanto, a nuestra disposición, piedras para la cons­ trucción espléndidamente trabajadas; tiene que intervenir solamente la voluntad que las com bine según un plano espiritual. Lo mismo vale para las vigas, hilos y cuerdas que se encuentran en los bosques, com o también los huesos, las pieles y cueros de los animales. Todos éstos son ya objetos perfectamente utilizables desde el punto de vista técnico, y debem os solamente obrar del m od o ade­ cuado para construirnos, con la ayuda de nuestros órganos natura­ les, los elementos que equivalen, dada la habilidad con que han sido

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hechos, a muchos productos renom brados de la técnica m oderna. Los primeros hombres han recibido com o don de la naturaleza el pedernal y la yesca para hacer el fuego; tenían sólo necesidad de algunas piedras y de algunos tenedores naturales para prepararse el puchero más delicioso. Pero una vez h ech o el fuego, tuvieron la posibilidad de cocinar en el h orn o los cacharros que sus hábiles manos hacían con la arci­ lla empastada, y de fundir en estos cacharros el vidrio, co n el mismo material que, p or azar, bajo la acción de la llama, se habían ya com ­ binado de ese m odo. La primera casa fue construida sin herramientas de trabajo. La primera estufa ha sido donada a los hombres p or la naturaleza. La primera nave ha sido una balsa de troncos atados p or mimbres y lia­ nas. Sus hachas y sus herramientas de caza estaban hechas de cosas naturales juntadas sin ninguna ayuda artificial. No hay lugar a dudas de que todas estas cosas, modeladas p or la m ano experta dei hom ­ bre primitivo, fuesen invenciones técnicas en plena regla; su espíri­ tu las ha previsto, están hechas según un plan con ceb id o p or él. Aun­ que esta actividad productiva n o era todavía una actividad artesanal en el sentido m odern o y menos aún una industria, una cosa está cla­ ra y es indiscutible: que un m on o no hubiese sido capaz de lograrlo. Y, p or lo tanto, debem os rectificar la con cep ción profundam en­ te radicada de aquellos historiadores de la civilización que piensan que haya sido sólo el instrumento el elem ento capaz de determinar la transformación del animal en hom bre. No, n o ha sido el instru­ m ento, ha sido la voluntad espiritual, el intento de la invención. Este intento n o tiene com o última meta la creación de los ins­ trumentos, sino algo com pletam ente distinto, para lo cual los instru­ mentos y las máquinas son solamente los medios auxiliares perfeccio­ nados, pero que no han proporcionado en líneas generales, ninguna nueva contribución. El objetivo fundamental de la técnica estaba ya presente, cuan­ do el hom bre com enzó a inventar. Y ahora se nos pregunta: ¿en qué consiste este objetivo fundamental de la técnica? Hemos dicho que debemos tomar en consideración lo interior, los entendimientos, no lo externo, las cosas tangibles. ¿En qué consis­ te lo interior en las invenciones originarias? ¡No consiste en los obje­ tos muertos, sino en el uso viviente de estos objetos! No la casa, sino el habitarla es el objetivo de la técnica arquitec­ tónica. ¿Pero qué cosa distingue la “habitación técnica” del “aloja­ m iento natural” de los animales y de los hombres primitivos en ca­ vernas y cañones? Solamente cuando hayamos individualizado esta

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diferencia, estaremos en condiciones de descubrir el objetivo de la construcción. La casa con el techo y con las ventanas, la puerta y la estufa, es un objeto material que el técnico previsor ha insertado en el curso de los fenóm enos naturales para guiarlos según su voluntad, es decir para dominarlos. El techo y las paredes obligan al viento y a la intem­ perie a detenerse en el punto donde el hom bre mande. El frío y la helada están imposibilitados de ejercer su acción en el interior del edificio, d ond e ha sido instalada una estufa que consiente al fuego a irradiar su calor benéfico, pero no de quemar las cosas circundantes. ¿En qué consiste, entonces, el servicio de la habitación técnica? Esta procura a su propietario la facultad de hacer aquello que le plaz­ ca, mientras que quien viva en estado natural está limitado, dado el caso, a hacer aquello que debe. ¡El primitivo es esclavo de la natura­ leza, el hom bre inventivo es su dueño! Mares o ríos separan a una tierra de otra. Hasta que no haya na­ ves, los hombres quedan sometidos a las leyes del azar: están dom i­ nados p or las mismas potencias que dom inan las aguas, el aire y la tierra. La nave da a los hom bres la libertad sobre las aguas. N o existe ninguna invención que nos haga tocar co n la m ano el con cep to de libertad material -que es el objetivo manifiesto de cada técnica- tan directamente com o la nave. Cuando Alfred Lohm ann hace construir el submarino Deutsch­ land, aparece claramente ante todo el m undo que esta invención ha­ bría liberado a Alemania de la potencia inglesa. Cuando el capitán König, el 23 de agosto de 1916, logra manejar su “nave afortunada” en las aguas seguras de la patria, un diario sueco escribe11: “Se ha con clu ido así uno de los viajes más importantes y maravillosos que se hayan llevado a cabo en la historia universal (...): un paso importan­ te y significativo hacia la libertad de los mares, que es igualmente de­ seable para todas las naciones”. Habría que haber leído el inform e del capitán K önig1 12 sobre su 1 primer viaje en la nave de carga submarina para com prender que la idea de la técnica no se agota en la construcción de la nave, en cuan­ to ésta puede ser el mecanismo más admirable que jamás haya sido puesto a punto p or un constructor creativo. La idea de la técnica se cum ple sólo en la vida libre y audaz donde el trabajo que tuvo lugar sobre la materia inerte permita afirmarse victoriosamente en la rea­ lidad. Esta n o se realiza en la máquina, sino en la prestación libera­ dora de la máquina, bajo la guía de su piloto. Cuando las olas se abaten rugiendo con fuerza de choque sobre 11. A/ya D agligt A lleha n da . 12. Die Fahrt d e r Deutschland, Ullstein & Co., Berlin 1916.

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el cu erpo inanimado y tem bloroso, obligándolo a movimientos brus­ cos e improvisados, “cuando todas las comisuras están sobreexpuestas a una prueba tremenda, ’’ escribe König, “puede verificarse la bondad del ma­ terial sobre el que nos encontramos, y se revela la genialidad de la construc­ ción en las líneas del submarino, que conserva su ruta y permanece manio­ brable aun en un infierno semejante”. ¿Pero quién entiende algo sobre el “material” y sobre las “líneas geniales de la construcción”? ¿A quién es que las palancas, los volantes y los innumerables instrumen­ tos de m edición que se encuentran en el interior de la cabina de co ­ m ando de un submarino dicen algo sobre el sentido de la técnica, cuando uno se limita a mirarlos con aire maravillado y sacudiendo la cabeza? Estos n o dicen todavía nada de la técnica viviente. Es sola­ mente cuando se participa en espíritu en los asuntos que han toca­ do a König en su primer viaje p or lo descon ocido con su escudería de héroes, que se penetra en la intimidad de la técnica. Las brújulas y los manómetros pueden alegrar el ajo del espec­ tador con la nitidez y el lustre de sus mecanismos diminutos y com ­ plicados, con la exactitud de su m edición. Pero éstos quedan com o instrumentos físicos fríos y en el fon d o aburridos, donde la naturale­ za técnica se com prende y sólo podem os apreciarla en la terrible pre­ sión hacia la que se dirige un equipo de hombres excluidos, en el fo n d o del mar, de toda posibilidad de ayuda, expuestos a los despia­ dados cañones de la artillería enemiga, se ven amenazados p or la perfidia de las fuerzas naturales, las cuales acechan p or todas partes al audaz navegante submarino y lo atrapan con su siniestro p oder en la oscuridad de las aguas. “Hay que tener presente”, escribe el capitán König, “que en el sumer­ gible en inmersión no se sabe y no se ve otra cosa, y no se tiene otro punto de referencia que el indicador del manómetro de profundidad. Si éste cesa defu n ­ cionar como debería, se balancea completamente en la incertidumbre”. Des­ cribe có m o habían ido a parar a un banco de arena: “Era demasiado estúpido (...) no ver otra cosa que el eterno descenso del maldito indicador de­ lante de la página en blanco”. Habían ido a parar a un agujero que no estaba señalado en el mapa. El capitán estaba p or dar la orden de sa­ lir cuando su mirada cae sobre “la brújula giroscòpica que, con su disco blanco y negro sacudido por leves oscilaciones, colgaba generalmente tranqui­ la y protegida en su caja iluminada desde el interior”. Pero la brújula “ha enloquecido y gira continuamente alrededor de sí misma con movimientos im­ previstos como si hubiese perdido la cordura (...) el diablo sabe por cuál mo­ tivo”. En m om entos com o éstos se revela el significado de los m anó­ metros y de las brújulas com o portadores de libertad al marinero en la lucha con la naturaleza desencadenada.

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“ ¡Libertad!” ¿Cuál es el sentido de esta palabra fascinante? Soy libre cuando puedo hacer aquello que deseo. Soy libre cuando en­ cuentro la posibilidad de im poner mis planes sobre la naturaleza cie­ ga, el mecanismo del azar. El espíritu quiere dejar su huella sobre las cosas: éste es el sentido de la libertad.13 Y dado que la naturaleza nos ha h ech o nacer encadenados, con la chispa del espíritu surge la idea de la libertad sobre la naturaleza: la idea de la técnica. Cada invención nueva agrega un grado nuevo de libertad en el ámbito de libertad lograda p or el género hum ano con el progreso de la técnica. Cuántas son las posibilidades de mandar sobre el cur­ so de la naturaleza, tantas son las clases de invenciones, y tantas son las especies de “libertad material” que el hom bre puede usufructuar. La naturaleza nos impide recorrer el espacio a cualquier distan­ cia y a cualquier velocidad; la técnica nos provee esta posibilidad con las naves y los vehículos. La naturaleza nos im pide poner en marcha fuerzas de cualquier intensidad para someter a la materia, y la técni­ ca nos provee esta posibilidad con la rueda hidráulica, la máquina a vapor y el motor. La naturaleza nos im pide ver después de la puesta del sol, y la técnica obtiene la luz con antorchas, velas, lámparas y re­ lámpagos de fuegos artificiales. Nuestros sentidos son demasiados débiles com o para mirar y escuchar a la distancia, o para descubrir las cosas más próximas, y la técnica nos regala el largavistas y la len­ te de aumento, el teléfono y el radiotransmisor, que extienden en m edida casi ilimitada los poderes de la percepción. La naturaleza es avara. N o nos regala el bronce, ni el acero, ni el vidrio, ni la porcelana; sus migas n o bastan para alimentarnos: el arte de la minería y la metalurgia, la técnica de la agricultura y de la cría de ganado procuran a la humanidad la libertad de vivir y la posibilidad de extender la vida m ucho más allá de los confines que el destino ciega­ mente ha impuesto a la humanidad, con las condiciones accidentales de su existencia, com o a todos los animales y plantas de la tierra. Sin la lucha constante para lograr la libertad, sin el pleno desa­ rrollo de la técnica, conducirem os una vida miserable y moriremos en buena hora. La idea de la técnica -que vive en millones de inven­ tores, en millones de técnicos creativos de todas las ramas profesio­ nales- preserva a la humanidad de este destino. Sólo un espíritu del tod o lúgubre, fosilizado p or el polvo de los archivos y del latinorum, puede rehusarse a com prender que aquí existe en la obra una volun­ tad espiritual, y se persigue un objetivo desinteresado y eterno, que 13. "Se trata de la lib erta d de hacer alguna cosa , y no de se r libres d e alg o: son dos con ­ cep to s qu e p u ed en expresarse con la misma palabra. (V er m i libro citado an teriorm en te.) Nos referim o s a la lib erta d so b re la naturaleza y no a la lib erta d de la na tura leza ".

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no es menos válido del objetivo del saber, de aquél del arte y de aquél del derecho. Junto a las tres grandes ideas culturales que han sido recon oci­ das sin reservas hasta ahora, la verdad, la belleza, la justicia, se agrega la idea de la libertad, del p oder del espíritu sobre la materia. Y si volvemos a mirar nuevamente hacia el interior del alma hu­ mana, en la cual se esconden las fuerzas motrices que produ cen ca­ da obra creadva, encontramos también en la técnica un sentimiento originario que se une a la idea, al objetivo traducido en términos conceptuales, y que es la fuente del entusiasmo con que todos los crea­ dores geniales se sacrifican a su obra: el sentimiento de la potencia. Cuando el con d e Zeppelin, el 10 de noviembre de 1908, tom ó vuelo en presencia del em perador de Alemania, este sentimiento ori­ ginario de la técnica había poseído a la multitud atónita y nos per­ mitió entender cóm o el em perador Guillermo pudiese decir con es­ tas palabras: “Quizás no sea exagerado al afirmar que hoy hemos vivido uno de los mo­ mentos más grandes de todo el curso de la evolución de la civilización humana. ¡Agradezco a Dios junto a todos los alemanes porque ha hecho digno a nuestro pueblo, (volviéndose al conde Zeppelin) de poder incluirlo entre nosotros!” El deber de la filosofía de la técnica no puede ser otro que el de considerar toda la actividad y la vida técnica que se ha explicado en el transcurso de la historia a la luz de la idea de la libertad material y, de establecer, sobre la base de esta com prensión, la relación de la técnica con las otras tres ideas, la verdad, la belleza y la justicia, en vista del objetivo global de la historia de la cultura en general. Con respecto a este objetivo final todas las ideas -también'la ver­ dad, la belleza, y el derecho- son valores intermedios, y n o son fines autónom os. Una filosofía en la cultura envejecida acusa a la técnica de ser solamente un valor interm edio, de ser solamente la sierva, o inclusive com o se expresa, un justiciero ridículo de la técnica14, la “mucama” de los objetivos espirituales superiores, es decir de la cien­ cia, del arte y de la justicia. La técnica, se dice, prom overía sólo a la civilización, pero n o a la cultura; la cultura consiste en la ciencia, en el arte, en el derecho y en la religión. La cultura se conservaría eter­ namente aun si la técnica no se desarrollase más allá de la inocua ac­ tividad de la industria de los buenos tiempos antiguos, es más se co n ­ servaría m ejor sin los grandiosos progresos de la técnica m oderna, que, según ellos, magro favor le hace a la “verdadera” cultura, y es más, si las cosas continuaran a este paso, n o podría hacer m enos que llevarla a la ruina. Esta con cepción de la técnica co m o valor interme­ 14. El señor Jakob Schwad sobre Tat, octavo año, p. 197 y ss.

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dio no es otra cosa que la aceptación de un horizonte limitado. Si es­ tos sabelotodo se dieran cuenta del h ech o de que también la ciencia en cuanto a tal, el arte en cuanto a tal, el derecho en cuanto a tal no pueden constituir un objetivo autónom o, y que estos objetivos, al contrario, deben colaborar entre sí para producir un todo armóni­ co, una cultura integral, a la luz del objetivo supremo y único de la personalidad espiritual más perfecta, es decir de la idea de Dios, y si tuviesen la necesaria inteligencia de la técnica, podrían capacitarse también p or el h ech o de que el rol desenvuelto p or la creatividad técnica en la historia de la cultura, es de igual importancia, para el todo, que aquel desenvuelto p or la investigación científica, p or la creación artística y p or la búsqueda del derecho. Es tiempo de hacer entender al humanismo clásico que p or lo m enos nosotros, los ale­ manes, contamos con la idea de la libertad material, del dom inio del espíritu sobre la naturaleza entre los bienes supremos de la humani­ dad, y que n o tenemos ganas de dejar a los ingleses, p or todos los tiempos, el derecho de realizar esta idea. ¿Qué es, justamente, lo que ha h ech o Inglaterra en el transcur­ so de los últimos cuatrocientos años? El inglés fue un entusiasta de la técnica. Se ha conquistado la libertad material, que debería haber llegado para todos, y n o la hubo en Alemania sólo porque los idea­ listas alemanes dormían sobre sus libros. A hora la Alemania del siglo X X se aviene a mejores consejos. También nosotros gozamos, en m edida creciente, del p od er que ha­ ce del hom bre el señor de la naturaleza; la industria la ha puesto en nuestras manos. ¿Debemos tal vez admitir delante de nuestros ene­ migos, llenos de envidia p or nuestro crecimiento, que el desarrollo vi­ goroso de la técnica y, p or lo tanto, de la riqueza de Alemania, están en contradicción con el idealismo alemán? ¿Debemos declarar arre­ pentidos: “Tienen toda la razón, la cultura espiritual superior -de la cual nosotros los alemanes somos los custodios- no es compatible con el agrandamiento material de fuerzas que se ha puesto en marcha p or la técnica en ascenso?” Yo pienso que debem os despedazar este prejuicio de los buenos tiempos antiguos, si queremos que se nos reserve en el futuro un lu­ gar al sol, y que nuestra cultura sea algo más que un clasicismo exan­ güe. N o tenemos más que referirnos al ejem plo de Fichte. Este vol­ caría aún hoy, a la Alemania de los jóvenes, su apelación “a la lucha con las potencias de la realidad”. Es de acuerdo al espíritu de Fichte, al “espíritu de acción”, que nosotros nos preparamos para construir una cultura donde, en su conjunto, no falte ninguna parte y que se fun­ de sobre las cuatro eternas ideas: ¡verdad, belleza, justicia y libertad !

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La ciencia como profesión Max Weber

Wissenschaft als Beruf, Duncker und Humblot, Berlin 1918; tr. it. A n­ tonio Giolitti, Einaudi, Torino 1971-3, pp. 19-40, trad. cast. Alianza Editorial Madrid 1998, pp. 200-229. M ax Weber nace en Erfurt, Alemania, el 21 de abril de 1864, y estudia hasta 1882 en el Colegio Secundario de Charlottenburg. Desde 1882 hasta 1886 estudia en las universidades de Heidelberg; Estrasburgo, Berlín y Got­ tingen, y luego se especializa hasta 1889 en la Universidad de.Berlín siguien­ do los cursos y seminarios de economía de Goldschmidt y de historia agraria de Meitzen. Se recibe en jurisprudencia en Berlín en 1889 y en 1892 obtiene la habilitación jurídica. Desde 1892 a 1897 participa en la actividad polí­ tica del congreso evangèlico-social, aliado del partido cristiano-social de Nau­ mann. En 1893 es profesor ordinario de derecho económico y de derecho ale­ mán en la Universidad de Berlín, y luego ordinario de ciencias del estado en la Universidad de Friburgo en 1894. En 1897 sucede a Karl Knies como profesor ordinario de ciencias del estado en la Universidad de Heidelberg cátedra que dejará en 1903 por motivos de salud, llegando a ser profesor honorario en la misma universidad. En el año sucesivo asume la dirección, con Sombarty Jaf­ fé, de Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik, y visita los Esta­ dos Unidos y el norte de América. A partir de 1906 se empeña nuevamente con la formación política liberal-moderada de Naumann. En 1909 forma parte de la fundación de la Deutsche Gesellschaft für Soziologie con Sombart. En el verano de 1918 es profesor visitante en Viena, mientras que en diciembre del mismo año es parte del comité de asesores del Ministerio del Interior bajo la dirección de Hugo Preuss. En 1918-1919 participa en la campaña electoral del partido democrático, pero renuncia al mandato en la Asamblea Nacional. Sus estudios de sociología, de ciencia política y de econo­ mía política ya son apreciados y reconocidos en todo el mundo y le fueron en­ tregados cargos de prestigio por parte del gobierno así como reconocimientos

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internacionales. En mayo de 1919 es nominado miembro de la delegación de paz en Versalles, bajo la guía del ministro del exterior Graf Brockdorff-Rant­ zau, y participa en el planteo de un documento en contra del veredicto de los aliados. En el verano de ese mismo año sucede a Lujo Brentano en la Uni­ versidad de Munich. Micere al año siguiente, de pulmonía, en Munich.

El progreso científico es una fracción, y sin dudas la más im por­ tante, de aquel proceso de intelectualización al cual estamos sujetos desde hace siglos y contra el cual hoy se toma a m enudo una postu­ ra de naturaleza extraordinariamente negativa. Antes que nada dém onos cuenta de qué cosa significa propia­ mente, desde el punto de vista práctico, esta racionalización intelec­ tual p or obra de la ciencia y de la técnica orientada científicamente. ¿Querrá quizás significar que hoy todos nosotros, y p or ejem plo ca­ da persona presente en esta sala, tenemos un conocim iento sobre las condiciones de vida en las que existimos, mayor a aquella de un in­ dígena o de un hotentote? Muy difícilmente. Quienquiera que viaje en un tranvía n o tiene la m enor idea -a menos que sea un físico espe­ cializado- de cóm o el vehículo logra ponerse en marcha. Ni, por otro lado, tiene la necesidad de saberlo. Le basta p oder “tener la actitud” sobre el m od o de comportarse de un vehículo tranviario, y de acuer­ d o a ello su propia conducta; pero nada sabe de cóm o se construye un tranvía capaz de ponerse en marcha. El primitivo tiene un con oci­ m iento incom parablem ente m ejor de los propios utensilios. Si hoy en día gastamos dinero, apuesto que, aun si hubieran economistas colegas aquí presentes, cada uno tendría lista una respuesta diferen­ te a la pregunta, ¿cóm o puede ser que alguna cosa -a veces p oco, a veces m ucho- pueda ser com prada con dinero? El primitivo sabe de qué manera llega a procurarse el alimento cotidiano y cuáles institu­ ciones le sirven para este ohjetivo. La progresiva intelectualización y racionalización no significa, p or lo tanto, un progresivo con ocim ien ­ to general de las condiciones de vida que nos rodean. Esto significa algo más bien distinto: la conciencia o la fe de que basta con querer, para poder cada cosa -en principio- puede ser dom inada p or la razón. L o que significa el desencantamiento del m undo. N o se recurre más a la magia para dom inar o para obtener la gracia de los espíritus, co ­ m o hace el primitivo para el cual existen potencias similares. A ello sucumben la razón y los medios técnicos. Es, ante todo, éste el signi­ ficado de la intelectualización com o tal. Este proceso de desencantamiento prosigue desde hace mile­ nios en la cultura occidental y, en general, este “progreso” del cual

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la ciencia es un elem ento y un impulso, ¿contiene algún significado que vaya más allá del h ech o meramente práctico y técnico? Esta pre­ gunta la encontrarán formulada com o un principio, especialmente en las obras de León Tolstoi, que llega a la pregunta a través de un proceso característico. El problem a central alrededor del cual se atormentaba era la cuestión acerca de la muerte, si ésta fuese o no un fen óm en o que tuviese algún significado. Y su respuesta en los en­ frentamientos con los hombres evolucionados, es negativa. Ello ju s­ tamente en cuanto a la vida del hom bre civilizado, insertada en el progreso, en el infinito, que p or su significado inmanente n o puede tener algún final. Ya que hay siempre un progreso posterior p or cumplir para quien está adentro; nadie muere después de haber lle­ gado a la cima, que está situada en el infinito. Abraham o cualquier campesino de los tiempos antiguos morían “viejos y saciados de la vi­ da” porque se encontraban en el ámbito de la vida orgánica, porque su vida, también p or su significado, al atardecer después de la jorn a ­ da, le había traído aquello que podía ofrecerle, porque ya n o queda­ ban para él enigmas p or resolver y éste podría ya sentirse satisfecho. Pero un hom bre evolucionado hacia la civilización, que participa en el enriquecimiento de la civilización con ideas, conocim ientos, pro­ blemas, puede transformarse en un “cansado de la vida” pero n o sa­ ciado. De lo que la vida del espíritu produce nuevamente, él toma so­ lamente la mínima parte, y siempre algo en tránsito y nunca definiti­ vo: p or lo tanto, la muerte es para él un acontecim iento absurdo. Y estando la muerte privada de algún sentido, lo es también la vida ci­ vil com o tal, en cuanto justamente con su absurda “progresividad” hace de la muerte algo absurdo. Ultimamente, en sus últimas nove­ las, se encuentra este con cepto com o motivo fundamental del arte de Tolstoi. ¿Qué se replica ante esto? Al “progreso”, com o tal, ¿se le puede recon ocer un significado más allá de la técnica, y tendría así algún sentido la profesión dedicada a su servicio? Es un interrogante que debe ser planteado. Pero n o se trata solamente del problem a de la profesión y de la vocación con respecto a la ciencia, es decir del pro­ blema, ¿qué significa la ciencia com o profesión y vocación para aquel que se le dedica? Pero también de éste, ¿qué es la vocación de la ciencia en el ámbito de la vida interior de la humanidad? ¿Y cuál es su valor? Es profundísima la antítesis entre pasado y presente. Se acorda­ rán de aquella hermosa imagen al principio de la República de Platón: aquellos hombres encadenados en una caverna, con la cara hacia las paredes de rocas, la luz que les pega en las espaldas, n o pueden ver­

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la y se preocupan, p or lo tanto, solamente de las sombras que ésta echa sobre la pared y tratan de establecer su causa. Finalmente, uno de ellos logra rom per las cadenas, se da vuelta y mira: el sol. Avanza a tientas enceguecido y describe balbuceando aquello que ha visto. El resto lo da p or loco. Pero p o co a p o co éste aprende a ver en la luz y entonces decide volver a descender entre los hombres de las caver­ nas y a traerlos hacia la luz. Este es el filósofo y el sol es la verdad de la ciencia, que sola n o va hacia la caza de fantasmas y de sombras si­ n o que persigue el verdadero ser. Y bien, ¿quién tiene hoy en día una actitud similar hacia la cien­ cia? Es justamente la juventud la que manifiesta hoy un sentimiento opuesto: las creaciones del pensamiento científico son un m undo subterráneo de dificultosas abstracciones que tratan de tomar con sus manos exangües, sin nunca lograrlo, la savia y la sangre de la vi­ da real. Es aquí en la vida, en aquello que para Platón constituía el ju e g o de las sombras sobre las paredes de la caverna, d on d e palpita la verdadera realidad: el resto son fantasmas sin vida, abstraídos de ella, y nada más. ¿C óm o se ha efectuado un cambio tal? El entusiasmo apasionado de Platón en la República se explica en el último análisis considerando que en ese entonces por primera vez se había descubier­ to con plena conciencia el significado de uno de los más importantes medios de cada conocim iento científico: el concepto. Sócrates ya ha­ bía revelado toda su importancia. Pero n o ha sido el único. En la In­ dia pueden encontrarse sabios de una lógica del todo similar a aque­ lla de Aristóteles. Sin embargo, nunca con la misma conciencia de su significado. Entonces p or primera vez pareció haberse encontrado un m edio para presionar a todos en la morsa de la lógica de tal m o­ d o que no pueda salirse sin admitir, o n o saber nada o que ésta y n o otra es la verdad, la verdad eterna, que n o es transitoria, co m o el ac­ tuar de los hom bres ciegos. Fue ésta la extraordinaria experiencia vi­ vida p or los discípulos de Sócrates. Parecía llegar co m o consecuen­ cia de que, d onde se hubiese encontrado el exacto con cepto de lo bello, de lo bueno, así com o del coraje, del alma, y así sucesivamen­ te, se podría tomar también el verdadero ser, y ello parecía abrir nue­ vamente la vía para saber y para enseñar el m od o adecuado de com ­ portarse en la vida, sobre todo com o ciudadano. Ya que la mentali­ dad com pletam ente política de los griegos reducía todo a este p ro­ blema. Y, p or lo tanto, se cultivaba la ciencia. Junto a este descubrimiento del espíritu griego se presenta aho­ ra el segundo gran instrumento del trabajo científico, el experim en­ to racional, fruto del Renacimiento, com o m edio para la experien­ cia rigurosamente controlada, sin la cual sería imposible la ciencia

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experimental m oderna. Anteriormente también había sido adopta­ do el m étodo experimental: en la fisiología, p or ejem plo en la India, para servir a la técnica ascéüca del yogui; en la matemáüca, entre los anüguos griegos, a los fines de la técnica bélica; para los trabajos en las minas, durante el m edioevo. Pero el experim ento que se llevó a cabo al principio de la búsqueda com o tal es un producto del Rena­ cimiento. Fueron sus pioneros los grandes innovadores en el cam po del arte: Leonardo y sus pares, y fueron característicos sobre todo los experimentadores de la música del siglo XIII con sus clavicordios ex­ perimentales. A partir de éstos, el experim ento pasó a la ciencia so­ bre todo p or obra de Galileo, y en la teoría, p or obra de Bacon; lo adoptaron luego las singulares disciplinas de las ciencias exactas en la universidad del continente, en primer lugar en Italia y en los Paí­ ses Bajos. ¿Qué significaba, p or lo tanto, la ciencia para esos hom bres en el umbral de la Era Moderna? Para los experimentadores del cam po del arte, com o Leonardo y los innovadores de la música, significaba el m edio para alcanzar el verdadero arte, es decir lo que para ellos equivalía a la verdadera naturaleza. El arte tenía que ser elevado a la dignidad de una ciencia, y -sobre todo- el artista al rango de doctor, desde el punto de vista social y según el significado de su vida. Esta es la am bición que, p or ejemplo, está hasta en los fundamentos del Trattato della pittura de Leonardo. (...) Y, finalmente:, ¿la ciencia com o m edio para alcanzar “a Dios”? ¿Esta, la potencia específicamente extraña a la divinidad? Q ue la mis­ ma sea así, hoy nadie en su intimidad, puede dudarlo, a pesar de es­ tar más o menos dispuestos a confesarlo. La em ancipación desde el racionalismo y desde el intelectualismo de la ciencia constituye la hi­ pótesis fundamental de la vida en com un ión con la divinidad: esta máxima o alguna cosa de idéntico significado es una de las palabras de orden que se encuentran siempre nuevamente en el sentimiento de nuestros jóvenes dotados de ánimo religioso o aspirantes a una experiencia religiosa. Y ésta vale para la experiencia en general y n o solamente para aquella religiosa. Pero, sin embargo, es la vía paradojal la que fue seguida: se elevan a veces a la conciencia y se someten a su apreciación justamente aquellas esferas de la irracionalidad, las únicas que hasta ahora el intelectualismo n o había p od id o analizar. A lo que, en la práctica, llega el m oderno romanticismo intelectual en el cam po de lo irracional. Esta vía para liberarse del intelectualismo lo conduce a un resultado exactamente opuesto a la meta imaginada por todos aquellos que la recorren. Que p or un ingenuo optimismo se ha­ ya celebrado en la ciencia, o sea en la técnica, para el dom inio de la vi­

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da sobre ella fundada, el m edio para alcanzar la felicidad, p uedo pa­ sarlo en silencio luego de la crítica dem oledora hecha p or Nietzsche sobre aquellos “últimos hom bres” los cuales “han encontrado la feli­ cidad”. ¿Quién nos cree todavía, salvo algunos grandes niños a car­ go de cátedras o en comités de redacción? Volvamos al punto de partida. Dadas estas intrincadas hipótesis, vemos cuál es el significado de la ciencia com o vocación, desde el m om en to en que han naufragado todas aquellas ilusiones anterio­ res: “m edio para alcanzar el verdadero ser”, “el verdadero arte”, “el verdadero D ios”, “la verdadera felicidad”. La respuesta más sencilla ha sido dada p or Tolstoi con estas palabras: “Es absurda, porque no res­ ponde a la única pregunta importante para nosotros: ¿qué debemos hacer?, ¿cómo debemos vivir?". El h ech o de que no les responda es absoluta­ mente irreprochable. Se trata solamente de preguntarse en cuál sen­ tido n o da “ninguna” respuesta, y si en lugar de ésta, n o puede por casualidad dar alguna ayuda a quien se plantee la cuestión en sus tér­ minos exactos. H oy en día suele hablarse a m enudo de la ciencia “sin hipótesis” ¿Existe alguna? Depende de lo que quiera entenderse. La hipótesis de cualquier trabajo científico es siempre la validez de las reglas de la lógica del m étodo: fundamentos generales de nuestra orientación en el m undo. A veces dichas hipótesis, p or lo m enos des­ de nuestra cuestión en particular, no son mínimamente problemáti­ cas. Se presupone, además, que el resultado del trabajo científico sea siempre importante en el sentido de que sea “digno de ser con oci­ d o ” {wissenswert).Y .aquí evidentemente tienen su raíz todos nuestros problemas. Ya que este presupuesto n o puede ser a su vez demostra­ do p or los m edios de la ciencia. Puede ser explicado solamente en vis­ ta de su último significado, que habrá que tomar o rechazar según la última posición personal asumida frente a la vida. Además, es bastante diferente el tipo de relación del trabajo científico con sus hipótesis, dependiendo de su estructura. Las cien­ cias naturales com o la física, la astronomía, la química, presuponen co m o si fuera evidente p or sí mismo que las últimas leyes de los acontecim ientos cósmicos -que pueden construirse hasta d onde lle­ ga la ciencia- sean dignos de ser conocidos. N o solamente porque co n estas nociones pueden alcanzarse sucesos técnicos, sino -si han de ser p or “vocación”- “p or sí mismas”. Al mismo tiem po este presu­ puesto n o es absolutamente demostrable; y m enos aún puede de­ mostrarse si el m undo p or éste descripto es digno de existir: si tiene un “significado”, y si tiene un sentido existir en él. Aquellas ciencias no se preocupan de eso. También puede tomarse una tecnología prácti­ ca desarrollada cientificamente com o la medicina moderna. (...)

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La ciencia m édica n o se pregunta si y cuándo vale la pena vivir la vida. Todas las ciencias naturales dan una respuesta a esta pregun­ ta, ¿qué debem os hacer si querem os dom inar tècnicamente a la vida? Pero si querem os y debem os dominarla técnicamente, y si ello, en definitiva, tuviese verdaderamente un significado, las ciencias lo de­ ja n en suspenso total o bien lo presuponen para sus fines. Tom em os, si les parece bien, una disciplina com o la crítica de arte. El h ech o de que existan obras de arte constituye, para la estética, una hipótesis. La estética trata de establecer en cuáles condiciones la misma se ve­ rifica. Pero n o se pregunta si el d om in io del arte sea, p or ventura, un reino de magnificencia diabólica, un reino de este m undo y, p or lo tanto, íntimamente opuesto a lo divino y, dado su carácter intrínse­ camente aristocrático, al espíritu de fraternidad. Por lo tanto la esté­ tica n o se pregunta si deben existir las obras de arte. (...) Sólo detengám onos ahora sobre aquellas disciplinas con las cua­ les tengo mayor familiaridad, es decir con la sociología, la historia, la econom ía, la política y aquellas formas de filosofía del espíritu (Kulturphilosofie) que p rop on en explicársela. Se afirma -yo lo suscri­ bo- que la política n o se lleva bien con la enseñanza en el aula. N o se lleva bien p or parte de los estudiantes. Yo deploro, p or ejem plo, que en el aula de mi antiguo colega Dietrich Schäfer en Berlín, los estudiantes pacifistas se am ontonen alrededor de la cátedra y hagan un barullo parecido a la puesta en escena organizada p or los estu­ diantes antipacifistas delante del profesor Foerster, de cuyas op in io­ nes las mías divergen radicalmente en muchos puntos. Pero tam poco p or parte de los profesores la política se lleva bien con el aula. Menos que nunca, cuando el profesor se ocupa de política desde el punto de vista científico. Ya que la actitud política en la práctica, y el análi­ sis científico de form ación y partidos políticos son dos cosas diferen­ tes. Cuando uno habla sobre la dem ocracia en una reunión popular, n o esconde la propia actitud personal: es más, es ésta la maldita obli­ gación y el deber: tomar partido de un m od o claramente recon oci­ ble. Las palabras de las cuales nos servimos n o son en este caso m e­ dio para el análisis científico, sino propaganda para atraer hacia nuestra parte a los otros. Esas palabras no son el arado para fecun­ dar el terreno del pensamiento contemplativo, sino más bien son es­ padas contra los adversarios, instrumentos de lucha. Pero en una lec­ ción o en un aula un uso similar de la palabra sería un sacrilegio. Si se hablara de “dem ocracia”, se observarán las distintas formas, se analizará el m od o en que ésta funciona, se establecerán cuáles son las consecuencias singulares de una o de la otra en la vida práctica, y luego se les contrapondrán las otras formas n o democráticas de la

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organización política y se tratará de alcanzar el punto en que el oyen­ te esté en condiciones de p oder tomar una posición según los 'propios ideales supremos. Pero el verdadero maestro se cuidará m u ch o de empujarlos, desde lo alto de la cátedra, a tomar cualquier actitud, tanto explícitamente com o con sugerencias: ya que es el m étodo más desleal, aquel de “hacer hablar a los hechos”. (...) Ustedes finalmente me preguntarán: ¿si las cosas están así, qué ofrece entonces la ciencia de verdaderamente positivo para la vida práctica y personal? Y con esto estamos nuevamente en el problem a de vuestra profesión. Antes que nada, naturalmente, la ciencia ofre­ ce nociones sobre la técnica para manejar la vida, respecto de los ob ­ jetos externos y respecto de la acción humana, mediante el cálculo: y bien, ustedes responderán que con esto estamos para siempre en el punto de la verdulería del m uchacho americano. Estoy perfectamen­ te de acuerdo con ustedes. Pero existe, en segundo lugar, alguna cosa que la verdulería todavía n o es capaz de hacer: el m étodo del pensa­ m iento y la preparación para ese objetivo. Dirán, tal vez, que si éstas n o son las hortalizas, n o son otra cosa más que los simples medios pa­ ra procurárselas. Bien, dém oslo hoy p or admitido. Pero afortunada­ mente la obra de la ciencia n o se ha acabado todavía, sino que noso­ tros estamos en condiciones de ayudarlos a conseguir un resultado posterior: la claridad. Con el pacto, naturalmente, de poseerla tam­ bién nosotros mismos. Dado esto p or sentado, podem os aclararles: respecto del problem a del valor, alrededor del cual siempre giramos -por com odidad les ruego referirse, com o ejem plo, a los fenóm enos sociales- pueden tomarse prácticamente distintas posiciones. Si se to­ ma tanto la una com o la otra hay que aplicar, según los resultados de la ciencia, algunos medios u otros para activarla. Estos medios pue­ den ser, p or sí mismos, tales que se creerá que hay que rechazarlos. Entonces, hayjustamente que escoger entre el fin y los medios indis­ pensables. El fin, ¿‘justifica” o n o estos medios? El profesor puede mostrarles la necesidad de esta elección, pero n o puede hacer más, en cuanto quiera perm anecer com o profesor y n o com o dem agogo. Naturalmente, puede todavía decirles: si se quiere este o aquel otro fin, hay que tener en cuenta también esta o aquella consecuencia, que se verifica conform e a la experiencia; la situación, p or lo tanto, es siempre la misma. A pesar de ello, todos éstos son siempre proble­ mas que pueden surgirle también al técnico, el cual en innumera­ bles casos debe decidir según el principio del m en or mal o de lo m e­ jo r relativo. Pero para él hay una cosa, la principal, que norm alm en­ te ya está dada: el fin. N o resulta así para nosotros ni bien entramos en la cuestión de problemas realmente “últimos”. Y con ello hemos

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llegado al servicio que la ciencia puede brindar para obtener clari­ dad y, contem poráneam ente, tocamos también los límites de cada ciencia; vale decir, nosotros podem os -y debem os- también decirles: esta o esta otra posición práctica puede deducirse con íntima coh e­ rencia y seriedad, con form e a su significado, de esta o esta otra con ­ cep ción fundamental del m undo (weltanschauungsmdssigen Grundposi­ tion) -desde una sola o tal vez también desde más-, pero nunca desde aquella o desde esa otra. Ustedes sirven a este dios -para hablar figura­ tivamente- y ofenden a este otro, si se deciden p or esta actitud. Ya se llegará a ésta y a estas otras importantes intrínsecas consecuencias, si perm anecen fieles a ustedes mismos. Esta obra, al menos en líneas principales, puede ser cumplida. A ello tienden la disciplina especial de la filosofía y las discusiones, p or sus esencias filosóficas, sobre principios de las disciplinas individuales. Podem os, p o r lo tanto, si hemos entendido bien nuestro deber (el que debe estar aquí presu­ puesto), obligar al individuo -o al m enos ayudarlo- a darse cuenta del significado último de su propio accionar. N o me parece que esto sea de­ masiado p oco, inclusive para la vida puramente personal. Estaría tentado a decir que un profesor que logre esta tarea se ha puesto al servicio de potencias “éticas”, para prom over el deber, la claridad y el sentido de responsabilidad, y creo que será m ucho más capaz cuanto más conscientem ente evite proveerla bella y lista, o de suge­ rir p or cuenta propia a sus oyentes, la posición a tomar. Sin lugar a dudas la solución que aquí les he propuesto se basa en este dato fundamental de los hechos: que la vida, en cuanto debe fundarse sobre sí misma y estar com prendida en sí misma, co n o ce solamente el eterno conflicto recíproco de esas divinidades, o sea, fuera de la metáfora, la imposibilidad de conciliar y resolver el anta­ gonism o entre las posiciones últimas en general respecto de la vida, lo que equivale a decir a la necesidad de decidir p or una o la otra. Si co n estas condiciones vale la pena hacer de la ciencia una “p rofe­ sión” y si esta misma constituye una “profesión” provista de un valor objetivo -y aquí hay otro ju icio de valor que n o es adecuado pronun­ ciar en el aula-. Para la enseñanza, de hecho, la respuesta afirmativa es una hipótesis. Yo, personalmente, con el mismo trabajo respondo afirmativamente. Y ello vale también para aquella opinión -que lajuventud hoy en día profesa, o m ejor dicho com o muchos sim plem en­ te se imaginan profesar- la cual odia el intelectualismo co m o al más negro de los diablos. Dado que a la misma le correspondería el di­ cho: “Piensa que el diablo n o ha nacido ayer, y hará falta que te vuel­ vas viejo antes de que lo puedas entender”. Esto n o se entiende en el sentido de la fe de nacimiento, sino en el sentido de que, también

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con respecto a este diablo, si se quiere terminar co n él, no dará re­ sultado recurrir a la maldición, com o hoy en día se hace con muchas ganas, sino que hay que escrutar bien a fo n d o todas sus vías antes de p od er ver su potencia y sus límites. Q ue la ciencia sea hoy una “profesión” especializada, puesta al servicio de la conciencia de sí misma y del con ocim iento de situacio­ nes de hecho, y n o una gracia de visionarios y profetas, dispersadora de m edios de salvación y de revelación, o un elem ento en la media­ ción de los sabios y filósofos sobre el significado del m undo, es cier­ tamente un h ech o aceptado inseparable de nuestra situación histó­ rica del cual, si querem os perm anecer fieles a nosotros mismos, no podem os escapar. Y si nuevamente surge en vosotros el Tolstoi que pregunta: “Si p or lo tanto no lo hará la ciencia, quién responde en­ tonces a la pregunta: ¿qué debem os hacer? y ¿cóm o debem os regu­ lar nuestra vida?”, o cóm o, también en el lenguaje que hasta aquí he­ mos utilizado: “¿A cuál de los dioses en lucha debem os servir? ¿o tal vez a algún otro, y a quién si n o?”, habría que decir que la respuesta espera a un profeta o a un redentor. (...) Ninguna ciencia está absolutamente privada de hipótesis y nin­ guna puede establecer el fundam ento del p ropio valor para quien refute tales hipótesis. Es más, cada teología introduce algunas hipó­ tesis específicas relativas a su propia actividad y, p or lo tanto, a la jus­ tificación de la propia existencia en varios sentidos y con distinto alcance. Para cada teología, p or ejem plo, también para el hinduism o, rige esta hipótesis: el m undo debe tener un significado, y la cuestión a resolver es la siguiente: ¿cóm o hay que interpretarlo, pa­ ra que ello pueda ser pensado? En m od o similar a la teoría del co n o ­ cim iento de Kant, la cual se movía desde la hipótesis de que hay un con ocim ien to científico y éste es válido y, p or lo tanto, se pregunta­ ba: ¿en virtud de cuáles condiciones del pensamiento es esto posible (para que tenga un significado)? O también, al m o d o de los estéti­ cos m odernos los cuales (explícitamente -com o p or ejem plo G. Von Lukács- o también de h ech o) se mueven desde la hipótesis: “Hay obras de arte”, y se preguntan: ¿cóm o puede ser posible (para que tenga un significado)? (...)

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Die technische Kälte, en Geist der Utopie (1918-1923), Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main 1973, pp. 20-29. Emst Bloch nace el 18 de julio de 1885 en Ludwigshafen am Rhein, donde termina los primeros estudios, inscribiéndose en 1905 en el gimnasio humanístico, y donde ya había escrito, a la edad de trece años, el primer ensa­ yo filosófico sobre el ateísmo. Estudia con Lips filosofía en Munich, inscribién­ dose en esa universidad, y prosigue la preparación con Külpe (especializándo­ se también en música y física). Se establece luego en Berlín, desde donde hace numerosos viajes, en particular a Hungría donde se hace amigo de Lukács. Conoce y frecuenta a Simmel. Se establece luego en Garmish en 1911, y luego de un viaje por Italia con Lukács, viaja a Heidelberg donde conoce a Weber. En 1913 se casa con Else von Strizky, pintora de Riga. Se traslada a Bema en 1917, donde trabaja en el diario Freie Zeitung y en la casa editora Freie, que recoge la oposición de la guerra querida por Hindenburg y Ludendorff. Vuelve a Alemania después del conflicto mundial, primero en Berlín y luego a Munich donde muere su mujer. A l año siguiente se casa con Linda Gppenheimer. A partir de 1924 hace numerosos viajes por Europa: París, Toulón, Túnez, para luego establecerse en Berlín, donde conoce a Kracauer, Adorno, Benjamin, y donde inicia la colaboración, a partir de 1928, con el Frank­ furter Zeitung. Hace amistad con Brecht, Weil, y Klemperer. Nace su hija Mirjam. En 1933 se muda a Zurich, y al año siguiente a Viena, donde se casa con Karola Piotrrkowska, arquitecto de Lodz. Como antinazi participa en 1935 en París del congreso Pour la Défence de la Culture. Desde 1936 hasta 1938 se traslada a Praga, donde trabaja en la revista Weltbühne. Al final de ese año emigra a los Estados Unidos, donde vivirá por once años, mu­ dándose continuamente entre Nueva York, Marlborough y Cambridge. En 1948 le es otorgada la cátedra defilosofía en Lipsia, y decide volver a Europa1 1. Se ha utilizado, para la versión de estas páginas, la traducción al italiano de Francesco y Vera Cappellotti. [N.d. E.]

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al año siguiente para instalarse, viajando con su mujer y su hijo Jan Robert (nacido en 1938) ala ciudad alemana. En 1955 gana el Premio Nacional de la DDR, y es nombrado Miembro Ordinario de la Deutsche Akademie der Wissenschaften de Berlín. Da varias conferencias, y en 1956 hace el primer viaje a Alemania Occidental. Se traslada luego a Hungría donde Lukács te­ nia el cargo de Ministro de Cultura del gobierno húngaro, pero la represión so­ viética y la consecuente deportación de Lukács a Rumania despedazan el sue­ ño de Bloch y lo ponen en conflicto con las autoridades políticas de la DDR, tanto que debe aislarse casi completamente en Lipsia. En 1959 hace un via­ je a Frankfurt para la conferencia sobre Hegel, y luego de un viaje a París de­ cide quedarse en Alemania Occidental, recibiendo un cargo universitario en Tübingen en 1961, y el premio de la cultura del Deutscher Gewerkschafts­ bund en 1964. En 1969 recibe el doctorado honoris causa de la universidad . de Zagreb. Muere en 1977.

En primera instancia casi todo nos observa fijamente con una mirada vacía. ¿C óm o podría ser de otro m odo, y de dónde podría venir el ob­ je to de uso vivo y bien hecho, cuando ya n o hay nadie que sepa qué es el habitar duradero o que sepa hacer cálida y fuerte la propia casa? Pero n o es ésta la única causa de la vulgaridad de los ohjetos. Es­ ta n o depende sólo del hecho de que el comitente ya es desconoci­ d o o anónim o. Tom em os, p or ejem plo, com o un problem a a resol­ ver, la habitación de trabajo: y veremos súbitamente que el hom bre que entra solamente p or la tarde para descansar, para leer, o para re­ cibir huéspedes de su mismo sexo, y el escritor o el estudioso que son los habitantes innatos y, p or decirlo de alguna manera, faustinianos (quienes buscan continuamente nuevos conocim ientos y experien­ cias) del estudio o de la biblioteca, plantean p or lo menos una doble serie de necesidades, de deberes y de problemas de ambientación. Pero lo que la decoración burguesa pone actualmente en venta, o la que ofrece también en sus proyectos, queda inexorablemente cir­ cunscripto dentro los límites del denom inador com ún del llamado “estudio”.2 Puede p or lo tanto afirmarse sin lugar a dudas que exis­ te, p or parte de los com pradores, una buena disposición de com ­ prar, m ucho más amplia de lo posible dada la pobreza de las ofertas y de las elecciones. N o es, p or lo tanto, sobre el consum idor sino más bien sobre el produ ctor que cae la responsabilidad de toda esta pa­ cotilla: y n o sólo de él. También la máquina que éste em plea tiene en la conciencia la miseria y el delito universal contra la fantasía que 2. H errenzim m er: literalmente, la habitación del señor, dueño o propietario. [N.d.E.]

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obliga a cerrar las colecciones del arte aplicada en todos los museos, con los ejemplares de los años 40 del siglo pasado. La máquina ha logrado hacer de cada cosa algo escuálido e in­ frahumano en pardcular en los detalles de nuestros barrios de vi­ viendas en su conjunto. Su meta verdadera son el baño y el inodoro, las realizaciones más indiscutibles y originales de nuestro tiempo, exactamente com o los muebles del roco có y las catedrales góticas eran las obras de arte representativas de aquellos períodos, que ser­ vían de criterio y com o m od elo para el resto. Pero hoy en día reina soberanamente “lo lavable”, y com o si el agua corriera p or todas las paredes, el encanto de los m odernos equipamientos sanitarios, -a priori de la m ercancía mecánica terminada- penetra im perceptible­ mente también en los productos más preciados del celo industrial de nuestra época. Ciertamente, no se pensará jamás de m od o suficientemente “di­ námico y econ óm ico”. Esto es así y no nos queda otra cosa por hacer, desde el m om ento en que el viejo artesano no regresa. Y no intenta­ mos ciertamente, aquí, privilegiar a los nuevos, cuando el espectáculo que ofrecen es tan abominable que es imposible pensar en sembrar algo en este terreno. Muy a m enudo son justamente los embusteros pequeños burgueses, con todas las taras del sector m edio en decli­ nación, ávidos, tramposos, p o co confiables, desfachatados y descon­ siderados, que ocupan, com o pequeños em prendedores, el noble lu­ gar de los antiguos artesanos. Pero a pesar de ser ésta una causa per­ dida de antemano, no puede tam poco pensarse, por otra parte, en una p rodu cción de mercancías, humanamente cálidas p or obra de las máquinas. Ya que hasta ahora la manufactura y el capitalismo han construido y desarrollado la técnica, al menos en el ámbito de la uti­ lización industrial, sólo con el objetivo de obtener una produ cción en serie a bajo costo con elevadas ventas y altas ganancias, y no ya, com o se pretende para facilitar el trabajo humano, o -menos aún- para ha­ cer más gratos los resultados. N o se ve, de hech o, qué pueda haber de simplicidad o de distención en el ir y venir de las agujas de los te­ lares, en el trabajo nocturno, en la espantosa presión implícita en la uniform idad de los giros de una maquinaria, en la alegría creativa vedada de un hom bre que está forzado a elaborar siempre y sola­ mente una parte, y a no tener jamás la felicidad de la unión, de la prod u cción cumplida; no se ve justamente que todo esto pueda co n ­ ducir a un mejoram iento del trabajo o, m ucho menos, a un refina­ m iento de sus productos respecto de la anterior, tranquila p rodu c­ ción artesanal (aquí la casa, allí al lado, el taller) de una pequeña cantidad de objetos trabajados a mano y con terminaciones artísticas

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y honestidad. Por lo tanto, habría que inventar de una vez, una téc­ nica totalmente disdnta, que no esté ligada a la ganancia, una técni­ ca humanista, tendiente hacia objetivos del todo diferentes, hacia objetivos exclusivamente funcionales, sin embarcarse en la p rodu c­ ción en serie ni en imitaciones mecánicas de los bienes artísticos. De­ bería existir la facilidad, ju n to al límite, de la inversión de la form a funcional del espíritu m ecánico, de la llegada de una variedad y de una riqueza exclusivamente expresivas, liberadas y desligadas de las decoraciones de gala y del viajo lujo. H on or al gran lanzamiento p ro­ ductivo; pero todos los resultados a los que ha llegado, que no son ni útiles ni funcionales, (com o la locom otora y la p rodu cción del ace­ ro ), todo el mar de desperdicios de estos productos estáticos de re­ cam bio, una bella mañana serán nuevamente un bulto molesto. Y sus m edios de producción, fuentes de explotación y de corrupción cultural, encontrarán su lugar ju n to a los cañones en el extraño mu­ seo de las sagacidades funestas. Repitamos: hay que pensar de un m o d o suficientemente industrial y dinámico, porque en esta marcha afanosa, en esta aceleración, en esta inquietud y en esta ampliación de nuestro radio de acción están implícitos los grandes valores espi­ rituales e intelectuales. Pero ello se refiere, en cuanto se conecta con la técnica, sólo a la máquina com o desagravio funcional, y no a la vil p rod u cción en masa de las fábricas, o -m ucho menos- a la desolación temerosa de un total automatismo del m undo. Entonces, ciertamente, si se limitaran y si fueran puestos de la­ d o de este m od o, los fríos objetos domésticos ya no serían siempre y en todas partes, problemáticos. Existen ocasiones en que se determi­ na una inversión en el od io a la máquina, en la que hay que darle la razón a Marx contra los socialistas autores del artesanado; o d onde si n o otra cosa, nos vemos tentados a expresar, ante la frialdad sin im aginación ni buen gusto, ante la com odidad sin alegría, ante lo útil y ante lo funcional considerados com o el honesto porvenir y la única misión de la máquina, el agradecimiento p or lo otro, es decir, p or la expresión liberada de la fatiga y de la estilización artistica. Aun si la pérdida del gusto, y la tentativa de puesta en marcha de una fun­ cionalidad elemental y puramente objetiva, n o nos conducirá a la an­ tigua tierra de nuestros recuerdos, la técnica conscientemente funcio­ nal conduce, a veces, a la significativa liberación del arte del pretexto del estilo, de la influencia de los estilos del pasado y, p or otra parte, de la funcionalidad desnuda y despojada también en este ámbito. Ya que, en última instancia, com o yo no soy ni el com prador ni el p ro­ ductor, así tam poco es la máquina el movens decisivo de la extraordi­ naria transformación del paisaje civilizado. La máquina n o es más

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que un anillo de una serie más amplia; decadencia y esperanza son, también en ella, solamente la contrapartida o la manifestación com ­ plementaria del espíritu ausente, de un espíritu amenazado, o que tal vez se haya reürado en un círculo .más vasto; las condiciones de posibilidad de la máquina y de su genuina utilización revelan, en de­ finitiva, la filosofía de la historia, y están estrechamente conectadas con las condiciones de posibilidad de un expresionismo enem igo del lujo. (...) Ocurre que, lamentablemente, ya se está tratando p or aquí y p or allá, a partir de lo bajo, de salir de la dureza de los productos en serie. Es verdad que, si bien un forceps debe ser liso, n o quiere de­ cir que una pinza para el azúcar deba serlo. Se trata de alivianar por medio del color, se hace de m od o tal que n o haya nada de postizo, que nada se recubra, com o se hacía alguna vez, con molestos agregados o erisipelas decorativas; y sin embargo la form a rectangular parece ya desaparecer bajo un adorno, los ladrillos vidriados funcionan co ­ m o elem ento de m ediación, vistas agradables vuelven a asomarse aquí y allá, el producto en serie es aguirnaladado. Pero esto ya casi no sucede, o al m enos n o sucede del m od o adecuado. Se cultiva en una tierra perdida, que recibe y florece avaramente, o tal vez nunca, y que devuelve casi solamente piedras. Ya existen buenos motivos para dudar que puedan surgir nueva­ mente entre nosotros objetos industriales hechos con maestría, lujo­ sos y decorados de manera apropiada. Aun si se lograse todavía, lue­ go de la rotura con una tradición vital y productiva, después de la violencia con que la máquina se ha impuesto y desarrolla sus propias consecuencias, producir algo bello en el plano de lo industrial y co ­ mercial, con la belleza de objetos estáticos, no se ve có m o puede irse más allá del cem ento pintado con varios colores, y, también en el ca­ so más favorable, pareciera que no puede alcanzarse, de a tramos, con la utilización de materiales naturales y la construcción de formas claras y funcionales, más que ese minimun estilístico que se revelaba ya en los primeros marcos de los muebles, anteriormente a toda be­ lleza artística y que ha aparecido, por lo tanto, después del reflujo de los grandes estilos (cien años atrás p or última vez), en la form a del Biedermeier,;3 N o es p or casualidad que casi ninguno de nuestros poyectistas, áridos y privados de ideas, logren avanzar más allá de este punto. El horm igón n o es inflamable, también es sano p or otros m o­ tivos, y n o puede pensarse en construir, sin él, una casa funcional y 3. Bloch parece considerar aquí el género Biederm eier, como una posibilidad recurrente en la historia de los estilos, en la cual el verdadero y propio Biederm eier (el estilo pequeñoburgués de la época de la Restauración y del Vormäz ) sería solamente la última manifesta­ ción. [N.d.E.]

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moderna. También la máquina sensata tiene la legítima am bición de cum plir en el tiempo más breve posible el trabajo que lleva su pun­ to de h on or artístico justamente en su dificultad, en su madurez (co ­ m o enseñaba Ruskin en tono apasionadamente rom ántico), en su fuerza expresiva cargada de humanidad. N o podrán jamás surgir ca­ sas expresionistas, mientras siga dándose valor a la elaboración de una estructura racional y unitaria; y es imposible hacerlas ornam en­ tadas con agregados, las ventanas a cierre hermético, los ascensores, los escritorios y los teléfonos, todo el m undo rectangular y destellan­ te de las formas funcionales, interrumpiéndolas o revistiéndolas con las curvas de Lehm bruck o de Archipenko. El único punto de co n ­ tacto, y sólo aparentemente, puede encontrarse en la sala de cere­ monias, en el salón de exposiciones, en la sala de teatro, especial­ mente cuando ésta, com o en las obras de Pólzig, invade también el escenario, en la magia separada de su esplendor; y también la cúpu­ la debe ser considerada com o una estructura independiente, que li­ mita ya con la arquitectura sagrada. Pero al contrario, el arte m oder­ no, a pesar de las posibilidades de valerse simultáneamente de las formas auxiliares de tipo cubista, no está en condiciones de p oder pintar nuevamente y camuflar con ropas ornamentales los objetos y construcciones funcionales; está en contradicción con su naturaleza proceder a la patética transformación de instalaciones, cuyo valor y cuya esencia declarada residan justamente, en lo p o co llamativo, en la praxis carente de pathos, con la finalidad estrictamente utilitaria, en la sobriedad felizmente clara de lo n o esencial. El punto extremo de acuerdo con el arte que pueda alcanzarse co n la máquina y con las formas puras funcionales p or ella producidas son, p or lo tanto y justamente, (hasta que todos los arreglos n o hayan desaparecido y no se hayan transformado en instalaciones funcionales y socializantes) el pasaje al Biedermeier, com o nivel estilístico mínimo, sobre la base y después del reflujo de todos los estilos. Pero también este extremo re­ sidual, en cuanto no deba ser necesariamente pequeño-burgués o bu­ cólico, constituye claramente un blasón en definitiva superfluo, extra­ ño a la limpieza y al esplendor del espíritu m ecánico. Y con mayor razón a la form a funcional le es vedada la conquista de nuevos esti­ los; y p or lo tanto las obras de ingeniería, así com o el Biedermeier que, en algunos tramos, puede agregarse a las mismas y ampliar sus efec­ tos, deben cuidarse atentamente de las analogías constructivas que el rascacielos trata de exhibir con el Birs Nimrud, y la solemne facha­ da de una sala cinematográfica con la más antigua arquitectura geo­ métrica (que se basaba, p or otro lado, en una geometría totalmente distinta). Porque n o puede imaginarse un contraste más estridente y

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una antítesis más radical que aquella entre un constructivismo que avanza con pretensiones artísticas y donde se traspasa im propiam en­ te a lo m onumental y en estilo egipcio y la cadencia totalmente dis­ tinta de nuestros días: la expresión puramente psíquica y musical, que anhela el ornamento. Solamente cuando la form a funcional se limita a su acción, apa­ rece el ornam ento despreocupado y finalmente sincerado fuerte­ mente p or el estilo. La facilitación y el desahogo incluidos se alian para ayudarse mutuamente, purificando aquello que hasta ahora se confundía y se contaminaba en la vida económ ica, en las artes apli­ cadas y en la estilización edonista: m archando separados, golpeando unidos. El nacimiento de la técnica integral y el nacimiento de la ex­ presión integral, en cuanto deben ser rigurosamente distintas, deri­ van de la misma magia: la ausencia absoluta de ornamentos en la pri­ mera, la máxima profusión de ornamentos en la segunda, y a pesar de ello son ambas variables del mismo éxodo. Tomamos, p or lo tan­ to, valientemente la ocasión y dejamos que la vida se oriente en la di­ rección en que debe ir. Se decía justamente que el som etido cam pe­ sino ruso hubiese tenido que ser un santo para tener la posibilidad de transformarse simplemente en un hom bre de bien. O, com o Lu­ kács ha dicho, que un arquitecto m odern o debería estar provisto al menos del talento de M ichelángelo para p oder dibujar solamente una mesa estéticamente válida. Pero ahora a esta afirmación hay que agregarle que hoy, así com o ha sido siempre verdadero para los ni­ ños y para los campesinos, un pobre aficionado oprim ido p o r las preocupaciones de la existencia, y cuya habilidad no es com parable ni siquiera a aquella del más p equ eñ o de los antiguos maestros pue­ de, a pesar de ello, producir en la singular atmósfera de nuestro tiempo, obras que privadas de maestría y estilo están cargadas de fuerza expresiva y simbólica, y no tienen nada que hacer con los ob­ jets d’art de mediana capacidad decorativa o destinados, co m o se di­ ce, al goce artístico. Esta es la vía que intentaban indicar Klee y Marc; y es la misma diosa que con cede la desorientación de las artes apli­ cadas, el extraordinario logro de la facilitación técnica y la exuberan­ cia expresionista: algún destellar de señales ígneas y misteriosas, un sorpresivo confluir de todas las vías hacia aquel sendero escondido entre la maleza que debería conducir a la calle maestra del desarro­ llo humano. Esta era también la tendencia secreta que, cuando tuvo inicio la secularización estilística del Renacimiento, hizo llamear los furiosos ataques de Carlostadio, de Savonarola y de los otros ico n o ­ clastas contra el arte eudemonista: ataques indiscriminados, cierta­ mente, pero provenientes de la profundidad de la luz plena, de la

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expresión no simulada, de la rotura con cada com prom iso, de la pu­ reza espiritual. Es necesario, que de ahora en adelante el arte se mantenga alejado del uso y n o ceda al bajo reclamo del gusto, de la estilización edonista de la vida inferior: debe reinar la gran Umica, y p o r ende el “lujo” para todos, el lujo dem ocrático e ingenioso que genera facilitación y refrigerio, una reconstrucción del planeta tierra co n intenciones de eliminar la pobreza, al transferir la fatiga sobre las máquinas, al hacer automático y centralizado lo esencial y, p or lo tanto, al crear la posibilidad del ocio. Y debe reinar la gran expresión, que debe llevar nuevamente el ornamento en profundidad, y conceder a la pena interior que resuena en el silencio del reclamo exterior las claras señales de la comprensión, los ornamentos puros de la solución. En este punto, después de haber h ech o una separación bastan­ te neta entre la esfera práctica y la estética, para evitar toda con fu ­ sión, com prom iso y el deslizamiento de una sobre la otra, es oportu­ n o volver a llamar la atención sobre un aspecto permanente que ya en su tiem po desalentaba absolutamente su uso y, p or lo tanto, sobre un significado decididamente espiritual que está latente en los pro­ ductos históricos de las artes aplicadas y que merece ser salvado. Es ver­ dad que, también aquí, una silla existe solamente para ser ocupada, y re­ clama exclusivamente al hombre para que se siente sobre ella. Y una es­ tatua existe para ser contemplada o, para decirlo m ejor (desde el m o­ mento en que aún ésta, así com o cualquier otra relación que penetre en la vida exterior, le sea indiferente), se apoya en sí misma, dirigién­ dose hacia la propia magnificencia. Basándonos en esta forma de mi­ rar diferente y en esta orientación cambiada del observador, se deter­ mina al mismo tiempo, también aquí, la división inmediatamente perceptible entre el arte aplicado y arte no aplicado o superior, que está radicado en el terreno psicológico y social. De h ech o todo aque­ llo que debe ser utilizado, todo aquello que permanece com o suelo y silla y es, p or lo tanto, ocupado p or un Yo que se experimenta en el acto, está asignado al arte aplicado; mientras que las obras que recla­ man la mirada hacia lo alto, que se elevan en frisos y figuras construi­ das sobre la cabeza de los hombres, y se tornan así el sello y el arca destinados a acoger el cuerpo de una realidad superior y divina, es­ tán ocupadas solamente por el Yo experimentado simbólicamente en ellas y son parte, p or lo tanto, del arte elevado. Y ya que los objetos de decoración están alrededor nuestro para servirnos, han demostrado tener a lo largo del tiempo la tendencia a ser cóm odam ente lujosos, a mantener una perfección elegante y a cubrirse con el estilo enten­ dido tanto en un criterio del gusto com o en la idea de elaboración consciente según las normas del arte. La peculiaridad de las artes

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aplicadas ha sido la de mantener ciertos elementos decorativos y cons­ tructivos provenientes de un movimiento expresivo que iba m ucho más lejos, y encontrar un ritmo y una medida estable; tanto es así que durante toda la época clásica de Grecia y una mitad de la M o­ derna, es decir aquella que (prescindiendo del Barroco) está, por decirlo así, clásicamente encuadrada entre el Renacimiento y el Im­ perio, se ha considerado arte, en sustancia, solamente co m o un acom pañam iento agradable y n o espiritual de la vida, y n o ya com o un m edio para aplacar los deseos del alma, o com o el canto de co n ­ suelo de una expresividad subjetiva indiferente a la fealdad y a la be­ lleza, o com o el reflejo de una manera de redención superior hecha accesible a la com prensión de los hombres. De este m od o, la diferen­ cia entre la utilidad revestida con gusto y el arte elevado se torna enorm e: ni siquiera esta diferencia disminuye p o r el h ech o de que el usuario pueda residir en diferentes lugares; o que para el cam pe­ sino es arte elevado aquello que el caballero usa con máxima desen­ voltura com o arte aplicado; o com o muchas de las cosas que el Rey Sol poseía y determinaba expresamente com o dependencias elegi­ das de su soberanía personal y absoluta, a los ojos de sucesivas ép o­ cas, por lo cual la puntualidad subjetiva que prescribía socialmente y p or decirlo así, com o un dios ya actual, había perdido su importan­ cia, se transformaron (o parecían transformarse) enteramente en ar­ te elevado, dotado de significado y de importancia propia y h echo solamente para ser contem plado. Pero llegado a este punto se agre­ ga un elem ento decisivo: en la vieja silla y sobre ella continúa vivien­ d o algo que va más allá de la com odidad y de la presencia del hom ­ bre que reposa en ella. Tertium datur: existen sillones barrocos que son demasiado importantes para uso diario, cuyas extrañas decoracio­ nes desvelan la máscara de su función, dan vida a una nueva realidad, ligeramente espectral y de cuentos de hadas, a una línea originalísima. Aquí no existe ya el gusto, la forma consciente, trabajosamente estiliza­ da, segura de sí misma e inmanente, sino que se prepara -emergiendo en un espacio en que se libera solamente el último elemento del arte puro- una huella de la vida, una señal formal descriptiva que ya es una interpretación, un sello de la profundidad y del sueño a ojos abiertos: pintada co m o si estuviese impresa en la piel, y grabada co m o si fue­ se estampado el esqueleto de un fantasma, de un espíritu, de una fi­ gura interior. La finalidad, en realidad, lujosa y n o mística de las in­ signas barrocas era, p or lo tanto, posible sólo en una época en la que los tronos se confundían con los altares, los hombres de estado estre­ chaban una alianza blasfema con una realidad metafísica, a la cual el Rey Sol y la majestad teológica del em perador rom ano-germ ánico

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atribuían su último significado, con arbitraje casi divino, a un arte or­ namental importante p or razones bien distintas. Si se disolviera re­ trospectivamente aquella alianza, sobre la base de un pensamiento cambiado, también para esos tiempos y, con el socialismo y la R efor­ ma en el corazón, se destruiría ese sacrilegio, se vería rápidamente que el arte histórico aplicado verdaderamente grande se limita m enos que cualquier otro a actuar com o instrumento de los objetos terrenales y con finalidades terrenales, es decir del lujo y de la riqueza feudal, de la iglesia estatal y del estado eclesiástico, sino que alude en cambio -con una ganancia ejemplar para el expresionismo, que n o debe renun­ ciar a toda form a arquitectónica- a un a priori espiritual de la cons­ trucción y de la arquitectura, a una construcción inútil desde el pun­ to de vista terrenal, en vista del gran sello que inaugura el acceso a un nuevo m undo. Así entre la silla y la estatua y muy p or encima de esta última, se inserta este tercer elemento: “un arte aplicado” de grado superior, en el cual, en vez de la cóm oda alfombra, casi gasta­ da, producto de la adicción a m uchos descansos, objeto de uso pu­ ramente lujoso, se extiende la genuina alfombra de la pura form a abstracta, que nos remite a otra cosa. En este “artesanado” diferente y perfectam ente aceptable también desde el punto de vista expresio­ nista, el ornam ento lineal, del género del arabesco, aparece co m o un preludio (es decir com o la auténtica alfombra y com o pura for­ ma, com o el objeto más fácil de realizar, pero sin em bargo también ejemplar) a la form a que trasciende, al sello, al ornam ento que rom ­ pe, pluridimensional y trascendente4 de la pintura, de la escultura y de la arquitectura m oderna. A quí n o existe ya el peligro de que la aridez, el m undo petrificado de Egipto, que está siempre implicado de algún m od o en que la constructividad influya sobre la seriedad com pletam ente diferente, sobre la abstracción de la expresión, que se adentra a tientas más allá de los confines del m undo terrenal. Apa­ rece más bien una nueva exuberancia, que recon oce al profanado barroco en su mezcla de lujo, y -volviendo m ucho más atrás- en las máscaras rituales, en los totems, en los tirantes tallados de las casas, en los tabernáculos góticos, una parte en primer plano, para n o decir decisi­ va, de la reevocación del ornam ento metafisico y además exterior.

4 . Bloch utiliza aquí (como en la línea inmediatamente precedente) el participio transzen­ dieren d (que indica el acto de trascender, o la trascendencia en al acto), y no el adjetivo tra nszen d en t (que se refiere más bien a la transcendencia dada). [N.d.E.]

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Técnica e idealismo E b e rh a rd Z s c h im m e r

Technik und Idealismus, Velag der Jenaer Volksbuchhandlung, Jena 1920, pp. 3-31. ¡Mis respetos, señoras y señores! P oco tiempo atrás le referí a un amigo m ío, profesor de secundaria, que daría delante de vosotros una conferencia sobre el tema Técnica e Idealismo. El se puso a reír a carcajadas, com o si le hubiese contado un chiste. “La técnica”, di­ jo , “ ¡Pero esto es materialismo del más puro! ¿C óm o puede ponerse de acuerdo con su exacto opuesto, el ideal?” Es cierto que así piensan, todavía hoy en día, del técnico y de su trabajo, la mayor parte de aquellos que son activos en las así llama­ das “profesiones ideales”. Ante esto me viene a la m em oria un gra­ cioso episodio que tuve yo mismo con uno de estos idealistas de die­ cioch o carates. Mientras hablábamos de la ciencia tecnológica y la enfrentábamos a la de la ciencia artística, mi interlocutor, recibido recientem ente de filósofo en la Universidad de Berlín, habló de las máximas maravillas y terminó p or confesarme, “a su pesar” haber vis­ to en cam bio, gran cantidad de veces desde el exterior, la escuela su­ perior de Charlottenburg, pero haber pensado siempre que ella no era otra cosa más que “una variedad superior de escuela para herre­ ros”. Este m od o de considerar nuestra instrucción técnica superior encaja com o anillo al d ed o con la difundida opinión p or la cual se­ ría ridículo pon er juntos a la técnica con el idealismo. A hora la incom prensión de una profesión p or parte de otra es una costumbre extremadamente difundida, producida p or el frac­ cionam iento del trabajo humano, y que nosotros los técnicos hemos tenido hasta ahora para con los señores idealistas, con su m o n o p o ­ lio del espíritu, o más bien una sonrisa de com pasión ante un en ojo de cualquier tipo. Pero detrás de este fenóm eno se esconde un co n ­

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traste todavía más profundo, que atraviesa toda la vida cultural de nuestra época, y que n o puede menos que descubrirse en este ju icio de los “intelectuales” sobre la técnica y sobre las profesiones técnicas. Es un abismo que se abre en la vida cultural y que divide, p or decir­ lo de algún m od o, a los hombres creativos en dos mundos separados entre sí com o la Tierra con Marte: el m undo de la vida económ ica (con la que la técnica es sin lugar a dudas confundida) y el m undo intelectual. Son las dos grandes ramas divisorias del trabajo, unidas en su origen en la raíz com ún de la cultura primitiva y que, hoy p or hoy tienden a alejarse una de la otra com o dos troncos autónom os, con una multiplicidad de ramificaciones particulares: la civilización y la cultura} Si nos transferimos p or un m om ento a uno de estos dos mun­ dos, p o r ejem plo, en aquel econ óm ico encontramos que los hom ­ bres, en este m undo, están dom inados en todo y para todo p or inte­ reses de orden material. Los protagonistas de la vida econ óm ica -de ellos dependen la mayor parte de los seres humanos- viven, p or de­ cirlo de algún m odo, en una atmósfera puramente material. A pesar de que sus profesiones pueden presentarse en los m odos más dife­ rentes y adornarse de títulos y de honores de aspecto ideal, al final de cuentas es el materialismo el que llena la conciencia de aquellos hom bres y que determina su accionar. Ellos n o pueden hacer menos que ser materialistas en su profesión, y la mayor parte de ellos termi­ nan p o r serlo en todos los aspectos, ya que se dejan absorber inter­ namente, com o hombres, p or el trabajo profesional econ óm ico. No intentamos excusar ni ocultar este hecho. La vida econ óm ica corresponde a una necesidad natural, ya que sirve a la conservación y en general a la p rodu cción de la vida, crean­ do, agrandando y potenciando continuamente sus condiciones ma­ teriales. H oy en día cada uno se da cuenta amargamente de cuánto es necesario e indispensable reproducir esta base material también en el desarrollo de la vida intelectual, y cóm o puede revelarse no dan­ do p or sentado, en determinadas circunstancias, la presencia de to­ das esas cosas a las cuales el hom bre que vive en el m undo del espíri­ tu está acostumbrado en los tiempos de bienestar, com o si existiesen naturalmente, a la par del agua, del aire y de la tierra.1 2 No, éstas de­ ben ser producidas ex novo cada día, con trabajo duro, p or cerebros y manos diligentes. Y si se cometiera el error de descuidar, tan sólo p or un instante, la importancia de la vida económ ica, la humanidad iría 1. Zivilisation y K u ltu r. [N.d.E.] 2. Téngase presente que la conferencia tuvo lugar en el periodo inmediato al fin de la Primera Guerra Mundial, cuando aún se hacían sentir en la vida cotidiana de Alemania, las consecuencias económicas y materiales del conflicto y de la derrota. [N.d.E.]

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Técnica e idealismo / Eberhard Zschimmer

hacia la muerte, llevándose por delante todos los ideales y las ideas. So­ bre esto se basa el reconocim iento verdadero, inflexible y grave de las consecuencias, del valor cultural del trabajo económ ico. Pero es tam­ bién el criterio para evaluar los excesos del materialismo, que el mun­ d o de los intereses materiales de la humanidad tiende a generar p or sí misma, si otras fuerzas, de carácter espiritual, n o se opusiesen a su desarrollo incontrolado. Ya que es un hecho, p or otro lado cierto, el de que en la actividad económ ica se expresa la aspiración a una poten­ ciación de la vida material, a un refinamiento y a un enriquecimiento cada vez mayor de bienes materiales. Es un hecho el que el materialis­ m o en el sentido práctico de la expresión -el materialismo como concep­ ción de la vida- está al servicio de esta expansión ilimitada co m o su úl­ timo fin. Los vértices de este desarrollo son: la riqueza externa y la p o­ tencia externa; sus efectos: la degeneración de la humanidad, la extin­ ción de los intereses y de las fuerzas espirituales. En el m undo espiritual, en cambio, vemos que los hom bres es­ tán dom inados p or ideales, y que su objetivo vital consiste en la pro­ ducción de bienes espirituales. Encontramos una inclinación hacia el interior y lo eterno, la aversión p or el lujo y la potencia exterior: o sea el idealismo com o con cepción de la vida en contraste con la vi­ da materialista del dinero y la riqueza. Los fines superiores, que van más allá de la vida desnuda y de la prod u cción de sus condiciones materiales, determinan la carrera profesional en este segundo m undo. Son los eruditos, los buscado­ res, los artistas, los docentes y los jueces, que viven en el m u n do ideal y que pueden estar, porque aquellos otros que habitan el m undo eco n óm ico han provisto, al asegurar el lado material de la vida en la m edida necesaria para el ejercicio que gozan, de la protección de las musas. Ya que sin la base material del m undo econ óm ico el m undo del espíritu no podría sustentarse. La vida del espíritu n o podría ge­ nerarse p or sí misma de la nada, y puede florecer, solamente desde un tronco econ óm ico sano. Demasiado a m enudo los señores idea­ listas se olvidan de cuánto deberían agradecerle al campesino y al obrero que actúan en el m undo econ óm ico, y que les permiten ser idealistas de profesión. Se olvidan del h ech o de que es un don pre­ cioso de la vida económ ica cuyo goce sereno es la con d ición de la posibilidad de resolverse internamente, com o “puros idealistas”, en los objetivos superiores: es decir no solamente de vivir para p oder vivir, sino de dedicarle la vida que nos ha sido dada a intereses idealistas. La separación de los hombres en estos dos m undos de la vida econ óm ica y de las profesiones o actividades espirituales ha sido, p or lo tanto, totalmente natural y necesaria a los fines de la potencializa­

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ción de la vida. Pero esto n o quita que nuestra ép oca (que toma el nom bre, desde el punto de vista econ óm ico, de edad capitalista, des­ de el punto de vista técnico com o de edad de las máquinas, y desde el punto de vista de la historia de la civilización co m o la edad de la técnica) está carac te ri zada yus tarnen te en la medida en que se ha de­ sarrollado y desde el grado que ha alcanzado el alejamiento recípro­ co de los dos m undos del trabajo econ óm ico y del espiritual, ¡que ha llegado casi a la hostilidad de un conflicto cultural!3 En épocas anteriores, en la historia de la humanidad no había sido así. Desde la edad de la piedra en adelante todos los hombres ha­ bían vivido en un m undo com ún. Había una armonía entre los inte­ reses económ icos y materiales y los espirituales e ideales, que estaban unidos p or una visión religiosa com ún. N o intentamos atribuirle la responsabilidad de la situación que se ha creado en nuestra época a la disolución de esta visión com ún del m undo (que en Alemania y en el resto de Europa central había sido, p or úlümo, la católica) por obra del protestantismo y del espíritu científico. Para prepararle el te­ rreno al materialismo también en el plano de la concepción del mun­ do ha contribuido, más bien, en primer lugar, la evolución de la economía Es cierto que, en épocas anteriores de la cultura, se habían teni­ d o encarnizadas luchas entre el “p oder secular” y el “p oder espiri­ tual”, pero ¿qué significaban estos contrastes en el interior de la cul­ tura en su com plejidad? Ellos no tocaban, en el fon d o, la com unidad cultural de las partes que chocaban. Es más, el em perador y el papa custodiaban celosamente el com ún patrimonio de los pueblos, des­ de el m om ento en que este último era la premisa de la conservación y de la supervivencia de las mismas potencias en lucha. El empera­ d or y el papa estaban destinados a perecer, si un día pereciera la fe en el más allá (y no hay dudas que ésta será, al final de cuentas, la suerte inevitable de ambas potencias). Estos tenían, p or lo tanto, mu­ ch o cuidado en proteger y salvaguardar, p or simple instinto de con ­ servación vital, el universo com ún de los valores espirituales y la soli­ daridad de todos y de las clases productivas en ello. N o se ha abierto nunca un abismo tan profundo entre el m undo econ óm ico y el mun­ do de los ideales com o ha sucedido en nuestra épc ca, de la cual ésta es justamente la contraseña más característica y significativa. Pero n o alcanza. N o en vano es ésta también llamada la “época de la técnica”. Ya que n o puede hacerse menos que tener en cuenta el h ech o de que el progreso de la técnica ha sido posible y, en cierto sentido, ha determinado aquel progreso incesante de la evolución de la vida econ óm ica que ya he caracterizado anteriormente diciendo que este progreso de la econom ía, que ha surgido del desarrollo de 3. K u ltu rkam pf. [N.d.E.]

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la técnica, va en desmérito de la cultura espiritual. N o intentamos so­ brevolar sobre este hecho, sino al contrario, co m o técnicos, quere­ mos mirarlo bien de frente. Consideremos sólo brevemente sus relaciones con la econom ía, un sector limitado de la vida espiritual, que p or otro lado es el que atrae mayormente la atención: el arte. ¿C óm o estaban las cosas en las épocas doradas de la cultura? Los faraones y los reyes, los nobles y los patricios disponían de los recursos econ óm icos, del capital. Y a pesar de su falta de humanidad sobre el terreno ético y moral hay que reconocerles el h ech o de que en sus manos, en cierto m od o, el p od er econ óm ico estaba elevado a la altura del espíritu. Ya que te­ nían la conciencia de sus deberes culturales, aquellos señores de las espa­ das y del capital. Aun así muy a m enudo, podían ser personalmente ineptos e insensibles al reclamo del arte, tomaban arüstas a su servi­ cio, encargaban a los mejores artistas de su ép oca la ubicación de las ciudades y la construcción de los edificios. N o había ni manufactu­ ras ni casas comerciales que no fuesen al mismo tiem po útiles y be­ llas, funcionales y justificadas desde el punto de vista del artista, en el lugar que ocupaban y p or el m od o en que habían sido construi­ das. En estas clases dominantes de la sociedad se consideraba com o un punto de h on or de la propia familia dejar a los descendientes al­ gún m onum ento de la cultura espiritual de su tiempo. C on esta co n ­ ciencia los hombres de la econom ía concordaban con aquellos del espíritu; era un h ech o que se daba p or sentado, mientras que hoy en día aparece a m enudo com o com ún y, p or sentado, lo contrario. Quien hoy construye una casa, la construye donde quiere y co ­ m o quiere, sin tener en cuenta mínimamente los intereses de la hu­ manidad o los de la cultura, del paisaje ciudadano, de los vecinos o de otros escrúpulos superados. Lustrabotas enriquecidos, buenos trabajadores que han hecho camino a fuerza de diligencia y parsimo­ nia, han mostrado a los contem poráneos y a la posteridad la interio­ ridad de un alma remendada, espiritualmente carenciada, ocupada desde la cima hasta el fon d o p or las preocupaciones económ icas y p or los intereses materiales, enturbiando la belleza de la tierra y de las antiguas ciudades con las espantosas construcciones utilitarias y casas habitacionales, casonas de cem ento y de ladrillos provistas de rejas y ornamentos góticos en hierro fundido, las casas populares, las casillas para los obreros, las horribles calles; p or todas partes, la vio­ lencia más brutal causada hacia la belleza natural y hacia la sensibili­ dad cultural p or brutos e ignorantes parvenus de la vida económ ica, donde el estado, en la época de la econ om ía capitalista, n o sólo ha perm itido conducir a su voluntad su actividad cultural destructiva, si­

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n o que ha ayudado además en todo, exaltando la laboriosidad y los sucesos externos, a seguir con esta destrucción hasta el sofocam ien­ to com pleto de todos los instintos más delicados del pueblo, hasta la dictadura de los señores de la vida econ óm ica sobre aquellos de las esferas intelectuales. Lo mismo sucede en todos los otros campos de la cultura: la vi­ da econ óm ica con su materialismo, con su expansión sin ningún ti­ p o de miramiento, dejó su marca y dejó sujeta com pletam ente a su p ropio dom inio la vida social, la vida del pueblo. Cualquier tipo de evaluación del trabajo humano se expresa en términos de una evalua­ ción económ ica; el último resto del respeto p or los bienes espirituales está en vías de desaparecer; la misma actividad espiritual, degradada a m ercancía se ha despojado de todo ideal, reducida al m ero “valor e co n ó m ico ”: está conducida al servicio de los intereses materiales y de ese m od o se deshonra a sí misma. Pero lo p eor reside en que es­ te “incesto del espíritu “ (discúlpenm e la expresión) ya no se advier­ te com o tal; que se considera a esta jerarquía de valores co m o obvia y a su correspondiente con cep ción de la vida com o el producto su­ prem o del espíritu crítico, el em pobrecim iento y la insensibilidad to­ tal para con las del espíritu com o un progreso de la ciencia: de esa ciencia, es decir, de la que se cree p oder con ocer y p oder demostrar cada cosa, ya que al materialismo, de hecho, no le hace falta ya la ciencia natural y la así llamada “filosofía científica co m o una co n ­ cep ción del m u n d o”. Pero este mal m od o de p roceder n o puede ser enmascarado o em bellecido. Y si las cosas continúan así, n o hay lugar a dudas de que la cultura será destruida p or la mera civilización. La vida e co ­ nóm ica se erige con un objetivo autónom o. El espíritu se extingue. En consecuencia, se escuchan los lamentos más amargos p or parte de los intelectuales: peleas acusadoras a las tendencias anticul­ turales de la vida nacional y de la vida de los pueblos. Algunos de ellos son declarados enemigos de la técnica ya que, sin examinar de cerca el cóm o y el dónde, condenan, ju n to a la vida económ ica, tam­ bién a la creatividad de la técnica com o fuente de su poder. Otros, en cam bio, acusan al capitalismo, porque ha sido efectivamente el capitalismo, al dar una vía más fácil a este desarrollo acelerado de las fuerzas económ icas, el que produjo este absurdo nivelamiento, don ­ de un lustrador de zapatos tiene el mismo derecho al control de las fuerzas productivas que un hom bre de nobleza innata y de alta cul­ tura, aunque sepa hacer dinero y proveerse del capital. Ya anteriormente a la Primera Guerra Mundial se había publi­ cado una recopilación de invectivas contra la técnica y los invento­

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res,4 hoy quisiera hacerles degustar sólo dos nuevos ensayos de este género. El uno y el otro son extractos de revistas culturales muy di­ fundidas y apreciadas. El prim ero está dirigido directamente contra el capitalismo econ óm ico, el segundo en contra de la técnica. Bruno Bauch, profesor de filosofía en la Universidad de Jena, ha escrito, en el primer fascículo de ju n io del Kunstwart, un ensayo titulado La muerte cultural de la humanidad, contra la perniciosa in­ fluencia del capitalismo, aniquiladora de la vida espiritual. A p ro p ó ­ sito hay que observar que el profesor Bauch se coloca bastante hacia la derecha dentro del espectro político com o para excluir toda sos­ pecha sobre si su intervención pueda ser dictada p or algún partido político. Este ju zga al desarrollo histórico que se delinea claramente delante de los ojos de todos, desde el punto de vista de un filósofo de la cultura y llega a un resultado que n o podría ser más destructi­ vo para el capitalismo. Bauch ve inclusive en el capitalismo la “muer­ te cultural”. (El fam oso libro de Spengler sobre el atardecer de occi­ dente ha sido publicado sólo después del ensayo sobre Kunstwart). El mal n o reside en el capital com o tal, sino en el capitalismo fundado en el capital privado. “El valor positivo del capital, que éste posee también desde el punto de vista cultural, en épocas de ascen­ so, cuando ha sido puesto al servicio de objetivos culturales (com o ha sucedido, p or ejem plo, del m od o más grandioso en la ép oca del Renacim iento) se transforma, en las épocas de depresión cultural, en un sím bolo de decadencia”. El capital, “com o m edio al servicio de los valores culturales, puede tener también un significado cultu­ ral precioso”. Y, p or lo tanto, es al capitalismo al que debem os atri­ buir la responsabilidad de la destrucción de la vida espiritual p or par­ te del m undo económ ico. Pero la mayor parte de los otros acusadores de nuestra evolu­ ción econ óm ica hacen un ju icio distinto: éstos consideran a los téc­ nicos com o los verdaderos artífices de la muerte cultural. U n ejem plo espléndido (también sobre el estilo sobre el cual estas acusaciones son hechas muy a m en u do) se encuentra en la influyente revista Die Tat (mensuario para el futuro de la cultura alemana, fascículo 3, 1 9 1 6/1 7 ), d onde el señor Jakob Schwadt, enem igo ju rad o de la téc­ nica (por la cual entendem os siempre, naturalmente, su form a ex­ trema, com o la m onom anía técnica) prom ueve entre otras cosas: “La incapacidad de apreciar todo aquello que es expresivo, simple y tácito, y sobre todo aquello que es personal y que se eleva p or enci­ ma de lo ordinario. Para el hom bre externo, la com plicación mecá­ nicamente ordenada, familiarmente caótica de la civilización técnica 4. P hilosophie d e r Technik.

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representa una necesidad. Este hom bre, que ha nacido para el baru­ llo, vive solamente la parte superficialmente dramática de los acon­ tecimientos. Desde el m om ento en que para el poder, la capacidad no es nada, y el tener, la posesión es todo, le corresponde el espíritu de la técnica; ya que esta última, que jamás es educadora, sino que siempre y solamente com o una sirvienta, se revela, tanto en los grandes com o en los pequeños resultados que obtiene, desde el punto de vista del usuario, com o una posesión, el tener, un cum pli­ m iento; pero no lleva nada en sí misma de la pregnancia pasional y nostálgica que le es propia, p o r ejem plo, a los problemas ético-espi­ rituales o del arte. Tam poco consigue que la continua infiltración de este espíritu, que va a la par de la creciente difusión de la técnica, en las vastas masas, determine el em pobrecim iento de la fantasía p op u ­ lar y un decaimiento de la capacidad de contem plación conm ovida y de em ociones reverentes”. Y al final de su análisis sobre el “tecni­ cism o” el señor Schwadt llega a esta alternativa dramática: “Puede darse que esta niebla técnica sea destruida p or la tempestad de esta guerra (...) Pero puede también darse que la ‘vida’ demuestre ser más fuerte: la vida de los ‘realistas’ , de los hombres superiores, de los prácticos, de los ‘ cerebros iluminados’ , de aquellos que saben de sus asuntos, que ‘están con los pies bien plantados en la tierra’ y que ‘marchan con el espíritu del tiem po’ . Pero, en este caso, la perspec­ tiva, y tal vez también la certeza, para la llegada sea ésta: todos se co n ­ vierten en choferes, el ‘m otor de la época ruge co m o el corazón en su p e c h o ’ , ‘trabajando bajo la presión de diez mil volts’ , y su m od o de hacer y de expresarse es ‘internacional com o el lenguaje de la co ­ rriente eléctrica’ . Y quien quiera reír que ría”. La cultura se muere; ¡todos se convierten en choferes! Es p or eso que mi amigo docente del liceo se reía de esa extraña conviven­ cia intelectual entre el idealismo y la técnica. Esta aparecía, ante sus ojos, com o el matrimonio entre la serpiente con la oveja. Prueben a encerrarlos juntos en unajaula y a mirarlos, después de algún tiem­ po, a ver qué resulta. O la oveja, fresca y alegre, está todavía con vi­ da, y entonces la serpiente tendrá ciertamente un aspecto feo, ya que estará a punto de morirse de hambre. O también resultará lo contra­ rio: la serpiente goza de buena salud, pero entonces es cierto que ha devorado a la pobre oveja. Del mismo m od o la técnica destruiría el m undo de los bienes espirituales, eliminando el idealismo. ¿ Qué podemos responder, nosotros los técnicos, a quién sostiene esta tesis ? Enfrentemos desde las raíces, según nuestras costumbres, el problem a que nos hemos planteado. Ya que esto no puede resol­ verse con discursos superficiales: ya se ha “filosofado” demasiado, de

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m od o responsable e irresponsable, sobre el valor de la técnica, sobre la relación entre la civilización y la cultura. En consecuencia, quisie­ ra concentrar nuestra búsqueda sobre todo en tres argumentos: Restablecer qué se entiende, en principio, con los términos IOS “idealismo” e “ideas”, ya que sobre este punto prevalecen, en general, representaciones y conceptos muy confusos; 2) nos ocuparem os brevemente del intercambio que dene lugar, lar, generalmente, entre los conceptos de técnica y de econom ía. Estas dos actividades deben considerarse fundamentalmente distintas si querem os formarnos una idea clara de su influencia sobre la cultu­ ra del hoy y del mañana. Ello es tanto más necesario porque están es­ trechamente conectadas en la vida práctica. Y entonces, 3) se observará si la técnica realmente tiene o n o tiene que ver con el idealismo.5 (...) Paso a la segunda parte de mi tarea. La mayor parte de los críticos de la técnica en el cam po de los intelectuales confunden, sin darse cuenta, a la técnica con la e co n o ­ mía; ello puede entenderse fácilmente si se tiene presente la estre­ cha con exión de la laboriosidad técnica con el m undo econ óm ico que subsiste efectivamente en la vida práctica. Según la opin ión co ­ 5. Omitamos las páginas que contienen la respuesta a la pregunta N° 1, en la que Zschlmmer presenta una breve exposición de los principios fundamentales de la filosofia Idealista, refirién­ dose sobre todo al pensamiento trascendental de Kant y a la filosofía de la historia de Hegel. En el Idealismo alemán de esa época, como en el Italiano, los puntos de vista de los más Idealistas (Kant, Fichte y Hegel) estaban fusionados y amalgamados entre si, previa supre­ sión de las diferencias y contrastes, para servir de fundamento a la retórica nacionalista e Imperialista de la burguesía (o al menos a una concepción del mundo que correspondía plenamente a sus Intereses). Es esencial en la filosofía de Kant y, por lo tanto, en la de Zschlmmer, la afirmación de que todo es conciencia y por lo tanto la realidad corresponde al sistema de las leyes científicas. La cosa en si es considerada por Zschimmer, según otro cliché de la filosofía idealista o neorealista de aquel momento, como un simple "residuo pasivo" del pensamiento kantiano. El mérito de Hegel para Zschlmmer es el haber ampliado el concepto de ¡dea, haciéndolo un principio guía de la historia universal. La contribución del pensamiento hegeliano a la síntesis neoidealista se reduce a menudo al agregado de esta dimensión histórica que era Indispensable para los fines tendientes al desarrollo de una perspectiva imperialista. Las características fundamentales de la ¡dea, para Zschlmmer, residen en ser un objetivo de la libre voluntad, que se propone su realización, pero un objetivo superlndlvldual e históri­ co, que sólo puede ser realizado aproximadamente y que se configura, por lo tanto, como un Ideal o un valor-límite. Además, las ¡deas acontecen en la historia (verdad, belleza, moralidad, etc.) son reciprocamente autónomos e Independientes. El Idealismo práctico corresponde al Idealismo teórico y lo presupone. Al prescindir del número y de la natu­ raleza de las ¡deas que cumplen esa función en la historia y precisamente por el empeño Idealista de vivir por las ¡deas y por lo tanto para el espíritu. Este compromiso ha sido expresado por el joven filósofo Fritz Münch, muerto en la Primera Guerra Mundial, con la fórmula: "históricamente", que concreta felizmente según Zschlmmer, el carácter pura­ mente formal del Imperativo categórico kantiano. El límite del Idealismo tradicional según Zschlmmer, es aquel que responde a haber aceptado la ¡dea de la ciencia, del arte, de la moralidad y de la religión y, por lo tanto, de las ¡deas "humanistas", excluyendo del pan­ teón filosófico la ¡dea de la técnica (y por lo tanto la ¡dea de la libertad enei sentido mate­ rial o positivo de este término) que ella como habíamos visto, quería ver Incluida con dere­ cho absoluto en el sistema y equipararla a la otra. [N.d.E.j

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mún el técnico n o es otra cosa, en general, que el homo sapiens de la econom ía. De ahí que se deduzca, pues, que aquello que haya sido p rod u cido p or el desarrollo de la econom ía capitalista en el m undo abandonado p or Dios se debe a la obra de los señores técnicos y a su furia inventiva. Si se verifica una gran “muerte cultural” de la huma­ nidad, si todos se convierten en choferes, los responsables somos n o­ sotros con nuestra técnica. Pienso que ya es hora de aprender a distinguir los conceptos de técnica y de eficiencia técnica de aquél de pura actividad econ óm ica y de esforzarse, p or lo tanto, en uniformar en esta com prensión la evaluación de los efectos de la creciente vida econ óm ica en detri­ m ento de la vida espiritual. Desenvolver una actividad econ óm ica y cum plir con una invención son dos cosas de naturaleza tan distintas y con un valor tan desigual que su confusión se torna, a la larga, in­ tolerable. Es desde aquí, p or lo tanto, que hay que tomar los movi­ mientos para encender una luz y mostrar el cam ino a los filósofos de la cultura que se hunden en el más negro de los pesimismos. La economía: ¿cuál es propiamente el significado de este térmi­ no? N o intento extenderm e en este propósito, ya que la determina­ ción científica de la naturaleza del m om ento econ óm ico en cuanto a tal n o me corresponde en absoluto, dado que mi tema es la técni­ ca. Tratemos solamente de dar luz, p or un instante, sobre este mun­ d o materialista, sobre la conservación de la vida y del increm ento material de la vida. Según las doctrinas de los primeros economistas se entendía p o r econ om ía a la producción, al uso y al intercambio de bienes ma­ teriales (que sirven para la conservación de la vida), y se descubrían las condiciones de la vida económ ica dividiéndolas en tres “factores”: los recursos materiales, el capital (y, p or lo tanto, los instrumentos de trabajo) y el trabajo. De la técnica n o se hacía m ención. Los primeros teóricos de la econ om ía n o veían, al parecer, que detrás de ella está la fuerza crea­ dora del inventor (no solamente el saber, sino la creatividad técnica, la p rodu cción de algo nuevo, que surge de la idea). Así, p or ejemplo, en el diccionario de Meyer puede leerse, todavía en 1890, bajo la pa­ labra “econ om ía”: “La econom ía es toda actividad del hom bre volca­ da a satisfacer alguna necesidad, y p or ende a la producción y al em­ pleo de los bienes. Esta actividad recibe su significado sobre todo del h ech o de que el hom bre está en condiciones de recon ocer las pro­ piedades de las cosas del m undo extem o, de examinar y de confron­ tar estos objetos en vista de sus utilidades para la satisfacción de sus necesidades y, p or lo tanto, sobre la base de experiencias acumula-

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das, de formular conclusiones para el futuro y de cum plir así, en to­ das las acciones económ icas, sobre la base de consideraciones racio­ nales, una elección que tiene en cuenta las fuerzas, de los m edios y de las necesidades presentes” . C om o observarán, se trata siempre y solamente de “recon ocer”, “examinar” y “com parar”, “conclusiones” y “consideraciones racionales” en mérito de aquello que es econ óm i­ camente útil y ventajoso. La “elección ” que tiene en cuenta las fuer­ zas, los medios, las necesidades presentes y, en algún m od o, la habi­ lidad económ ica constituye toda la actividad intelectual en ju ego. ¡C óm o si la econom ía se tratase solamente de aplicar el saber y la ciencia disponible! N o se dice absolutamente nada sobre las ideas de los inventores y de sus actividades creativas, que presentan alguna se­ mejanza con aquella de los artistas. Del mismo m odo, también Marx, que sentía la máxima admira­ ción p or las conquistas de la técnica, presenta siempre la cuestión co ­ m o si el em prendedor capitalista se limitase a “aprovecharse” de los resultados de la ciencia. “El lugar de la producción más ociosamente subordinada a la costumbre y más irracional es ocupado p or la aplica­ ción consciente y tecnológica de la ciencia”, se dice que de la indus­ trialización de la agricultura en El Capital (primer volumen, cuarta sección, capítulo trece, 10).6 Se da por sí misma que la ciencia es un elemento esencial para la econom ía “racional”, vuelta totalmente fun­ cional; pero la importancia del inventor para la econom ía es tomada sólo a medias. Marx ve en el inventor al hom bre que busca, sobre la base de la ciencia natural, el m od o de mejorar científicamente la eco­ nom ía de la producción, que desarrolla la “base técnica del proceso laboral” según criterios científicos, que promueve la “econom ización de los medios productivos, que se vuelve sistemática sólo con el em ­ pleo de las máquinas”, etc. Entonces, también Marx pasa por alto el hecho, que ha sido apreciado sólo recientemente de m od o adecuado p or los economistas, que detrás de la econom ía existe todavía un quid, que ha sido producido por hombres creativos sobre la base de una idea que, en sí misma, no tiene nada que hacer con la actividad econ óm i­ ca o con la ciencia, pero que surge, p or decirlo así, hacia la econom ía desde lo externo, com o a un mercader de arte o a un editor le surgen las obras artísticas o literarias desde las cuales éste “saca provecho” económ icam ente. P oco tiem po atrás Karl Radunz (de Kiel) publicó a este p rop ó­ sito, un notable ensayo en la revista Technik und Wirtschaft (abril de 1920). Radunz atrae nuestra atención sobre los trabajos de Julius W olf, que ha sido el prim ero en preguntarse si “los tres factores de 6. Versión castellana.. El Capital, E dito ria l Siglo Veintiuno, 1999, Buenos Aires. [N.d.E.]

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la p rod u cción ” de la cual hablaba la vieja teoría econ óm ica (recur­ sos naturales, capital, trabajo) constituyen verdaderamente las úni­ cas bases de la econom ía. En su Natinalökonomie als exakte Wissenschaft (E conom ía política com o ciencia exacta, 1908) W olf agrega a las condiciones vitales de la econom ía, com o cuarto factor fundam en­ tal, la “idea técnica”. Permítanme citarles una parte de su libro Volks­ wirtschaft der Gegenwart und Zukunft (Econom ía política del presente y del futuro), donde escribe: “La experiencia nos enseña que el ré­ dito está creado preferentemente p or la idea técnica y, p or lo tanto, no, en su mayor parte, p or el trabajo en aquel significado más restrin­ gido y vulgar con que se entiende sólo o prevalentemente el trabajo del así llamado ‘obrero’ . Ciertamente nadie puede pensar que pueda prescindirse del trabajo del obrero para las realizaciones económicas de nuestra época, así com o, p or otra parte, n o puede echarse de me­ nos la actividad del emprendedor. Pero esto n o quita que la parte esencial del rédito que es producido p or nuestra época deba estar registrado en la idea de la técnica, que es resultado de la invención y de actividades afines. Es al técnico en el sentido más amplio y en el más restringido de este término, al que hay que atribuir el mérito que es reclamado p or otra parte y que ha sido atribuido, desde hace tiempo, a la técnica también bajo la influencia de consideraciones hu­ manitarias que han falsificado la objetividad del juicio. El trabajo, en el sentido com ún de este término, no estaría en condición de produ­ cir un resultado que supere sustancialmente el nivel de los costos”. Quisiera agregar, además, las siguientes afirmaciones a propósi­ to de la “idea técnica”, dignas de hacer notar desde el punto de vis­ ta de nuestra investigación: “Una peculiaridad del trabajo creativo es que éste, una vez que ha sido efectuado, no necesita ser repetido continuam ente para obtener sus efectos. El trabajo creativo, que una vez realizado con éxito, produce un resultado que permite un núme­ ro ilimitado de aplicaciones, independientem ente del lugar y del tiem po, y esto p or todas partes y para toda la eternidad. Se da p or sentado que, para esto, el trabajo creativo debe sernos traducido y depositado en una idea técnica. El teléfono de Bell o de Edison ha­ ce posible millones y millones de aplicaciones distintas, sin tener que pedir desde un principio la intervención del inventor, sin obligarlo cada vez a un nuevo trabajo. El trabajo es realizado, justamente, de una buena vez, y con la diferencia de otros tipos de trabajos la idea técnica que ella ha p rod u cido con du ce a una vida autónoma, es una cosa o un h ech o e con óm ico en sí m ism o”. Examinemos ahora la vida económ ica a la luz a de este con oci­ miento.

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¿Cuál será, entonces, a nuestro ju icio, la con dición esencial de la p rodu cción y del em pleo de bienes materiales? Creo que debe de­ cirse que aquella “cosa”, que (según las palabras de W olf) conducen a una “vida autónom a” en la historia universal, se hace cada vez más objeto de reflexión, y cada vez adquiere más el valor de elixir de vi­ da para toda la econom ía, desde la primera p rodu cción de bienes econ óm icos hasta la época reciente. C om o Adán y Eva se alimenta­ ban de los productos de la naturaleza en el jardín de Dios, así luego de que fueran echados p or el arcángel, la vida econ óm ica profana vi­ vió de los frutos del espíritu técnico: toda la economía se alimenta de la idea técnica, es decir de la obra del inventor. Quien quiera entender la esencia de la técnica com o tal, debe, p or lo tanto, com prender la naturaleza de la invención. Es en la in­ vención en d onde reside la semilla de la técnica y, p or lo tanto, la se­ milla del precioso fruto del cual se alimenta la vida económ ica; ésta incluye la obra del espíritu, y com o todo aquello que es espiritual es, en su fundam ento más íntimo, la realización, la extensión y el desa­ rrollo de una idea externa de la historia. Debem os únicamente pre­ guntarnos de cuál. Si la actividad técnica del hom bre tiende a la realización de una idea, si es verdad que en la base de esta actividad existe un “objetivo creativo autónom o, suprapersonal y pensado co m o infinitamente p erfecto”, este objetivo ideal debe ser evidentemente el objetivo del conjunto de todos los objetivos particulares que se han propuesto los distintos inventores en el transcurso de la historia de los descubri­ mientos. Veamos cóm o delinear brevemente las características funda­ mentales de todas las invenciones. Desde el hacha de piedra hasta la máquina herramienta y la ae­ ronave, recon ocem os siempre el mismo pensamiento: la regulación deliberada de las fuerzas naturales que permite a la voluntad obtener algo nuevo. Para cada invención nueva se incrementan las posibilidades de acción del hom bre o la libertad del querer. El fundam ento últi­ m o de la historia de la técnica que estamos buscando n o es otra co ­ sa que la idea de la capacidad humana de la idea de la libertad del que­ rer. Libertad de producir y de formar, es decir la libertad del espíritu en el sentido positivo y creativo de la palabra: aquí está el significado de cada técnica, el “espíritu de la técnica”. Y una vida espiritual, una actividad espiritual en el m undo natural es impensable sin tal h ip ó­ tesis, es decir, sin que le sea incluida la idea de la libertad del querer. Los señores filólogos se han olvidado que n o podría haber nin­ guna sinfonía de Beethoven sin la libertad de los instrumentos, y que no podría haber ningún Miguel Angel sin la técnica pictórica y ar­

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quitectónica. Es igualmente ridículo que el señor Schwadt afirme en su acto acusador: “Desde el m om ento que para él el poder, la capa­ cidad n o es nada, y el tener, la posesión, es todo, le corresponde el espíritu de la técnica”; ya que justamente es verdadero lo contrario: sólo para aquel que el tener n o es todavía nada y el poder, la capaci­ dad es todo, está animado p or el espíritu de la técnica. Sin poder no puede hablarse de voluntad “libre”. Grábense bien en la mente esta afirmación. Deberem os utilizarla nuevamente co m o nuestra m ajor arma contra los ciegos de nacim iento del siglo X X , que a fuerza de ver los árboles n o ven el bosque; n o ven más aquello que era con ocid o p or los griegos, que distinguían tan p o co el arte de la técnica que la misma palabra téchne indicaba para ellos ambas for­ mas de actividad del espíritu creativo. La desgraciada con cepción de la libertad com o mera libertad-de-alguna-cosa, en sentido puramente negativo, la desocupación vacía de un alma cristiana que se desvin­ cula de los lazos de las pasiones sensibles, o sea la ociosa e inerte li­ bertad del asceta, de los m onjes “piadosos” o del budista bajo el al­ m endro, que deja hacer al Señor com o en el paraíso: este con cep to de libertad ha h ech o estéril y hostil a la vida, ha creado, según mi opin ión, una confusión irreparable en las mentes. Quisiera leerles un pasaje excelente del Unico de Stimer, donde éste sobrepone a una justa crítica este con cepto deform ado de libertad: “¿Para qué les sirve a las ovejas que nadie les prive su libertad de palabra? Estas con ­ tinúan balando. (...) Quien es dejado en libertad n o está sino fuer­ temente amarrado, un libertinas, un perro que arrastra detrás de sí mismo un pedazo de la cadena; es un siervo en las vestimentas de la libertad”; y agrego, porque n o está todavía en condición de hacer na­ da más ni nada distinto de lo que hacía anteriormente. Porque yo n o estoy todavía libre si me limito a querer, sino cuan­ d o soy capaz de hacer aquello que quiero. El p oder -la técnica en el sentido más amplio de este término- es el con cepto positivo (y tan só­ lo pleno de contenido) de la libertad. El p oder sobre la naturaleza sal­ vaje: que n o es, hablando correctamente, la voluntad de potencia de un cualquier señor Müller-Nietzsche, ¡sino el p od er del espíritu! Q ue cada posible p od er sea elevado algún día al espíritu, señores que quieren ser técnicos creativos, ésta es vuestra última meta. Que ésta sea una idea “genuina” de la vida espiritual (un “valor espiritual objetivo”, co m o la verdad, la belleza, la bondad o la divi­ n idad), está contestada p or la mayor parte de los cultores de la filo­ sofía de la historia y de las ciencias del espíritu, o más bien, p o r la mayor parte de los que son demasiados ociosos y se lo toman dema­ siado cóm odam ente para que sus pensamientos puedan liberarse de

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los viejos dogmas histórico-filológicos que han aprendido en los ban­ cos del liceo a un nivel más profundo de la Edad M oderna; éstos co n ­ tinúan esperando que un día toda esta “sutileza de la técnica”, que degenera -en la vida moderna- en “la muerte de la cultura”, terminará por ser finalmente retomada, en vez de dedicarse corajudamente a pro­ bar que están todavía a la altura de la situación, oponiendo a las tenden­ cias económicas de la “edad de las cavernas” (com o dice tan correcta­ mente Lons) sus antiguos ideales de la verdad, la belleza y la bondad, co m o las palancas más potentes en la form ación de una nueva y m o­ derna generación, para que pueda surgir alguna cosa similar a aque­ llo de lo que hablaba Eráclito: “Arm onía de tensiones contrastantes, co m o en el arco y en la lira”. C om o también nuestros “enem igos” que declaran ser auténticos idealistas pretenden negar la autenticidad de la idea de libertad que se encarna en la actividad técnica, afirmando que la técnica no tiene ideas propias, ya que su último fin (la voluntad perfecta del querer) no es un valor cultural autónom o; ya que ante este objetivo de la hu­ manidad no puede atribuírsele una realidad autónom a co m o aque­ lla que espera, en cam bio, el fin último de la ciencia, del arte, o de la vida ética y religiosa. Pero esta objeción aparentemente form ida­ ble de su crítica mal entendida está privada de todo tipo de consis­ tencia, co m o p uedo fácilmente demostrar. Es suficiente plantear la misma cuestión de la “autonom ía” o de la “realidad independiente” de la idea para las obras del espíritu cien­ tífico, o para aquellas del arte, del derecho, de la moral, etc., para ver que estos ’’valores independientes”, unánimemente reconocidos por toda la filosofía del espíritu, se separan de sus pares en entidades ina­ sibles, que no pueden delimitarse exactamente en el espacio y en el tiempo, y que no poseen p or lo tanto, com o tales, una existencia au­ tónoma. Examinemos brevemente dos ejemplos. Un ejem plo desde la esfera d e la ética: la idea d el bien. Cuando un hom bre con m ucho hambre regala su pan a un niño de ropas ro­ tas y se alegra al ver con las ganas que el pobrecito lo devora, m ien­ tras su estómago se lamenta, ésta es ciertamente una acción moral, es decir algo bueno. Pero encontramos tal vez que este “bien”, esta obra de la moral, es algo autónom o com o una cosa sustantiva en sí misma, que podría separarse del resto del m undo, de la plenitud de la vida, y de la cual podría decirse: “ ¡Miren! ¿La acción de este hom ­ bre es el bien en oposición a aquello que sucede al lado, delante, o detrás de ello?” . Si se pudiese decir únicamente: “Esa acción es bue­ na: ella cum ple la idea, el concepto de la bondad del mismo m od o en que una piedra que cae al suelo cum ple las leyes de la gravedad”. Y

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co m o la piedra, que es parte de la naturaleza, cum ple además, en el acto de caer, otras mil leyes naturales, así también la acción intuida de aquel hom bre “b u en o” cumple también otros conceptos, leyes, prin­ cipios e ideas. Un artista podría llegar en ese m om ento p or casuali­ dad y observar el efecto que el don produce en el niño ham briento o los sentimientos del buen hom bre que cum ple la acción; y ese ar­ tista dirá: “ ¡Qué bello es!”. Y el psicólogo sacará a la luz las leyes del alma, el m édico o el fisiólogo, hará observaciones sobre el fenóm e­ n o del hambre: y todo p or aquella sola acción, única e inconfundi­ ble de la intuición espacial y temporal, que nosotros llamamos un “bien ” o una “acción m oral”. Y tal vez (para servirnos de un segundo ejem plo) “lo b ello”, ¿es una cosa independiente en el sentido de esa autonom ía concreta y tangible de la intuición que se pretendía de una invención técnica para recon ocer su valor espiritual? ¡Ello n o ocurre jamás! Ya que la cosa visible, en el arte, es decir el contenido, la materia, pertenece siempre y también a otros dom inios ideales, y a leyes diferentes de la sencilla idea del arte que se realiza en la exposición del contenido y de su forma. La belleza es solamente un aspecto de la cuestión; la idea de lo bello es solamente uno de los conceptos que pueden to­ marse de la cosa, un principio espiritual o, digamos también, una abstracción en la intuición com pleta y determinada de la cosa form a­ da artísticamente. Una bella m oneda interesa también al científico p or la aleación de los metales que la hace preciosa también desde el punto de vista quím ico; el jurista por las leyes y p or el derecho que regían en los intercambios que se efectuaban p or m edio de ellas; el historiador, p or el personaje representado y p or la fecha; mientras que el artista está interesado solamente p or su belleza. Y, sin embar­ go, aquella m oneda es un objeto único desde el punto de vista de la intuición sensible. De esta manera puede verse aquí también, a la luz de este ejem plo, que la “idea” es solamente un aspecto de la cosa, y que el “valor cultural” es solamente un concepto, que form a una uni­ dad con la idea del objetivo, y cuya “autonom ía” debe ser probada co m o la autonom ía de un principio de la voluntad creadora, y n o co ­ m o alguna cosa que pueda aferrarse con los dedos, com o si con el bien, con lo bello, etc., se pudiese tener entre las manos una cosa concluida en sí misma. Pero lo mismo vale para la idea de la libertad del querer. La li­ bertad conquistada -el cumplimiento de la idea de la técnica- está inclui­ da en el material intuitivo com o el “arte”, en el significado griego del término; es decir com o la capacidad de foijar la materia en el m od o deseado p or el espíritu creativo del hom bre. En cada obra de arte,

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queridos señores, en cada obra científica, nuestra idea está presente de la misma manera en que se manifiesta la libertad del querer; di­ cha libertad, a su vez, es solamente un aspecto de la cuestión: la idea com o con cepto y com o principio de una meta espiritual que apare­ ce realizada de form a concreta y tangible. Cuando se habla de invenciones, se piensa siempre sólo en las fá­ bricas y en las máquinas, y luego también en las fábricas y en las máqui­ nas. Pero éste es un concepto demasiado estrecho sobre la invención que se limita a las herramientas de trabajo. Y en definitiva también en todas las máquinas aquello que cuenta no es la cosa muerta de hierro y de acero, que espera en el com ercio a ser utilizada, sino aquello que puede hacerse con ellas: no la locom otora, sino el viaje en tren es la in­ vención de Stevenson. No era la posibilidad de la locom otora que los sabios de entonces reprochaban al inventor del ferrocarril, sino a la posibilidad de servirse de ella para viajar. Stevenson gana con la prime­ ra carrera. Sólo entonces estuvo presente la idea del poder, de las ca­ pacidades humanas, sólo entonces la libertad de acción que éste ha­ bía imaginado y perseguido para la humanidad deseosa de moverse se manifestó de form a concreta y tangible. ¿Tal vez la técnica se limite al cam po de la industria o de la com u­ nicación? ¿Puede ser que la investigación científica m oderna no sea ya en gran parte técnica, capacidad técnica? ¿Quién nos ha abierto y conquistado el cielo? ¿Quién nos ha perm itido escrutar en las p ro­ fundidades del m undo m icroscópico, la estructura de las moléculas y de los átomos? La sola voluntad de llegar a la verdad n o nos habría con d u cido jamás al descubrimiento; m irando p or el telescopio o con el m icroscopio, sentimos que es solamente un determinado aspecto del trabajo científico, y es la idea de la técnica, la que hace de aquel producto de la búsqueda un producto de la libertad del querer, y p or lo tanto, aquello que es. N o conviene desarrollar ulteriormente este concepto. Ahora que las cosas están frente a nosotros de manera tan clara y tan evi­ dente n o puede hacerse más que descubrir, en las obras del espíritu, la presencia “autónom a” de la idea de la técnica que nuestros adver­ sarios nos pedían mostrar. Quien niegue la idea de la libertad, su pe­ culiaridad y su autonom ía com o principio teológico y espiritual en la actividad creativa del hom bre, debe admitir que esta ob jeción co n ­ tra la autenticidad de la idea técnica, destruiría también la autentici­ dad del arte, de la moralidad y de la búsqueda de la verdad. (...) Creo haber probado que el m ovimiento de la “autonom ía” del objetivo suprapersonal e histórico vale para la idea de la técnica del mismo m od o en que ha sido recon ocido p or los exponentes del

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idealismo para las ideas de lo verdadero, de lo bello y del bien. Po­ dem os, p or lo tanto, afirmar con todo derecho que nuestra idea es un principio de la vida espiritual que no puede ser deducido p or nin­ gún otro; y p or ello la actividad técnica es incondicionalm ente en to­ d o y para todo una actividad espiritual, p or cuanto se dirige hacia la realización de la idea de la libertad del querer en la historia de la hu­ manidad. Los inventores son los liberadores de la humanidad: eso es, en una palabra, nuestra vocación, y en esto reside su verdadero y genuino idealismo. También el inventor puede decir de sí mismo: ‘Y o reacciono históri­ cam ente”. Y con esto he llegado al final de la tarea que me había propuesto. ¿Puede decirse que la técnica -¡no la economía, sino la técnica!Tenga verdaderamente algo que hacer con el idealismo? Este era el problema. Tal vez suene m ejor (porque les parece más com prensible a m uchos) la form ulación práctica: “¿Un técnico puede ser idealista en su actividad profesional?”. Ya hemos, en la práctica, respondido a la pregunta; pocas palabras más serán suficientes para lo que ya se ha dicho. Y precisamente no quisiera dejar -además de la sencilla afir­ m ación del filósofo de la historia de que el inventor, en cuanto tal, es un idealista- de llamar la atención sobre los deberes culturales que corresponden al técnico, com o ser humano -a la luz de los principios del idealismo práctico-, del h ech o de obrar en el m undo de la eco­ nom ía capitalista. Idealismo significa dedicación a la idea: vida espiritual. El materialista, en cam bio, (el hom bre que piensa solamente en términos econ óm icos) vive para vivir. Su interés se agota en los tér­ minos materiales, en su obtención, en su gozo. Pero el técnico obra (y debería obrar siempre y solamente) con la conciencia de vivir su vida con un fin superior. El inventor no quiere ser solamente una criatura animal, com o el materialista, sino un ser humano dotado de espiritualidad. Este vive para su obra, para la idea de su obra. Ciertamente, también las personas creativas -los idealistas- lle­ van dos almas en su p ech o7. Son seres humanos co m o el resto y, p or lo tanto, quieren vivir. Pero lo esencial es que n o quieran vivir sólo para vivir. Y en ello se distinguen, com o los señores idealistas están ahora finalmente obligados a admitir, p or aquellos que lamentable­ mente constituyen la gran mayoría de la especie -homo sapiens- la es­ pecie humana en el sentido animal. Podrían, p or lo tanto, alcanzar a los corazones de muchos otros seres humanos las palabras del p o e ­ ta obrero Karl Bröger que, siendo el intérprete del desaliento moral de nuestra época, ha encontrado cóm o expresar el nuevo sentido 7. Cita de un conocido verso de Goethe. [N.d.E.]

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del trabajo: “Debe resucitar un nuevo espíritu. Hay que darle el ban­ do a la ilusión de que trabajar signifique solamente afanarse en vista del placer personal. En su lugar debe entrar la iluminación de que el trabajo, en cada una de sus manifestaciones es una acción espiri­ tual y ética del hom bre. (...) Entonces el trabajo tomará el significa­ d o que sólo le corresponde. Este volverá a encontrarse en armonía con todas las fuerzas que, en el m undo, sirven para un fin superior. Eso mismo será cultura, en vez de limitarse a producir los bienes de la civilización. Adm itido en la vida general del m undo, será nuestra puerta de acceso a una nueva religiosidad. Ganaremos, a través del trabajo, algo más que el pan. Viviremos -en ello y con ello- para el es­ píritu. Arrancada la máscara dorada que ha deform ado hasta hoy el rostro divinamente serio del espíritu creador. El trabajo aspira nue­ vamente a un rostro hum ano en que se respete la divinidad” . Cada vez que releo el escrito de Bröger Vom neuen Sinn der, Arbeit (El nuevo significado del trabajo)8, se increm enta y se fortifica mi esperanza que un día, a pesar de todo, será posible nuevamente en­ tusiasm aren su trabajo a los trabajadores del m u n do laboral: entu­ siasmar, bien entendido, en el significado serio y responsable de la palabra. Ya que el trabajo de la humanidad futura para la conserva­ ción de la vida y de las bases de la cultura espiritual será siempre una tarea seria y difícil; no existe ni debemos soñarlo un paraíso sobre la tierra. Y de todos m odos la felicidad suprema del hom bre permanece en su trabajo, el trabajo com o manifestación creativa de su libertad. Señores, ustedes son técnicos. Ello significa que en su calidad de trabajadores, viven juntos en el m u n do del espíritu, ya que co n ­ tribuyen a construir este m undo. Recuerden siempre que su voca­ ción específica y verdadera n o es la vida económ ica, sino la inven­ ción. Si n o hubiesen jamás existido los idealistas entre los técnicos que se han sucedido en el transcurso de los milenios, no habría tam­ p o co técnica m oderna, que ha sido producida en la historia com o un prodigio. ¡Ya que no hay nada tan grande, en el m undo, que no haya sido produ cido p or el idealismo! N o intento escaparme a la objeción que m uchos de ustedes tie­ nen en las puntas de sus lenguas: la eficacia de nuestra acción, en la m edida en que el técnico pueda estar inspirado p or motivos ideales en el ejercicio de su profesión, la eficacia (decía) de que su fuerza creativa pasa a través de la esfera de la vida econ óm ica para accionar sobre el m u n do de las cosas concretas y tangibles. N o hay más que decir: el reino del trabajo econ óm ico es efectivamente también el reino del técnico. Pero es justamente por esto que el técnico debe trans­ 8 . Verlag D iederichs, Jena.

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formarse, en este reino, en el espíritu dominante, para llenarlo y pe­ netrarlo de una nueva espiritualidad, de un nuevo significado huma­ namente más elevado de cuanto sucede hasta ahora. Esta es la exigen­ cia ideal de la cual quería todavía hablar en la conclusión: la exigen­ cia ideal que la historia pone al trabajador intelectual en la esfera e co ­ nómica. ¿Qué puede significar, en concreto, esta exigencia? Es la con ci­ liación necesaria de esos dos mundos en que, com o les he demostra­ d o al inicio, el trabajo hum ano se desprendió en nuestra época téc­ nica. Son estos dos mundos -el trabajo econ óm ico ligado a intereses materiales, y el trabajo intelectual al servicio de la idea- que ustedes deben conciliar en el futuro, para que la com unidad de vida de los hom bres, hoy divididos en dos, vuelva nuevamente a la unidad armo­ niosa de todas las fuerzas que contribuyen a la creación de la cultu­ ra, sean las fuerzas de la econom ía o aquéllas de la vida intelectual. D eben ser los portadores y los precursores de esta meta, la meta más bella y más grande de la humanidad, que vemos resplandecer al ini­ cio de una nueva época. Afuera, en el cam po del trabajo econ óm ico, muy a m enudo re­ legados a sectores marginales y periféricos de la industria, aislados de todo contacto con la cultura, deben cumplir, al lado del trabaja­ d or manual, un trabajo lleno de responsabilidad, que requiere del com prom iso de toda la persona. Nadie les dará mérito ni les pedirá rendir cuentas de sus convicciones ideales; la vida econ óm ica n o co ­ n oce ideales de suerte. De todos m odos, a pesar de todo esto, n o de­ je n sofocar en el materialismo la centella divina del espíritu, luchen con gallardía contra ello, con la conciencia de vuestra dignidad hu­ mana y de la dignidad espiritual e ideal. Custodien celosamente, mientras continúen creyendo en ustedes mismos, este precioso bien, que ninguna fuerza en el m undo les puede quitar: la conciencia de ser parte de una com unidad de personas que están unidas entre ellas p or los lazos del espíritu. ¡Al final deberá también resultar (conser­ varé esta esperanza mientras viva) que el espíritu es más fuerte que la materia!

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Principios para la producción del Bauhaus W a lt e r G r o p iu s

Grundsätze der Bauhausproduktion, Langen Verlag, Munich 1925, pp. 5-8. El Bauhaus intenta ser parte del desarrollo actual habitacional, desde los sencillos objetos domésticos hasta la casa habitación com ­ pleta. C on la convicción de que la casa y los objetos dom ésücos deben mantener entre ellos una relación coherente, el Bauhaus trata de en­ contrar, con un trabajo experimental sistemático de carácter teórico y práctico (tanto en el cam po formal, com o en el técnico y en el econó­ mico), la form a de cada objeto desde sus funciones y desde sus co n ­ diciones naturales. El hom bre m oderno, que se cubre con vestimentas modernas y no históricas, necesita también casas modernas, adecuadas a él y a su época, con todos los objetos de uso cotidiano que corresponden al presente. Una cosa está determinada por su naturaleza. Para plasmarla de m o­ d o que funcione correctamente (se trate de un recipiente, de una si­ lla o de una casa), hay que investigar prim ero su naturaleza; ya que debe servir plenamente a su objetivo, es decir cumplir prácticamente sus fu n ­ ciones, ser durarero, costar poco y ser “bello”. Este análisis de la esencia nos conduce al resultado en el que, te­ niendo en cuenta todos los m étodos de producción, las estructuras y los materiales m odernos, se obtienen formas que, alejándose de la tradición, aparecen a m enudo com o insólitas y sorprendentes (ver, p or ejem plo el cam bio de las formas en la calefacción y la ilumina­ ción ). Viceversa, la búsqueda de nuevas formas a toda costa, en la m e­ dida en que n o se originen en el objeto mismo, es rechazada del mis­ m o m od o que el em pleo de formas ornamentales puramente d eco­

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Técnica y cultura: el debate alemán entre Bismarck y Weimar

rativas (ya sean históricas o elegidas para la ocasión). La capacidad de crear un objeto “b ello” se basa en el m anejo so­ berano de todos los presupuestos econ óm icos, técnicos y formales de d on d e resulta su organismo. El m od o en el que el hom bre que construye ordena las relaciones entre las masas, los materiales y los colores del objeto a construir, le confiere su aspecto característico. Su valor espiritual se esconde en las relaciones de m edida de este or­ denam iento, y n o en el agregado externo que, a título del embelle­ cim iento, del ornam ento o del perfil, arruina su form a clara cuando n o están motivados funcionalmente. Solamente p or el contacto permanente con la técnica progresiva, con la invención de nuevos materiales y de nuevas estructuras, el suje­ to creador obtiene la capacidad de plantear el presente en una rela­ ción viva con la tradición y de encontrar la nueva moral del trabajo: Decidida aprobación del ambiente vital constituido p or las má­ quinas y p or los nuevos m edios de transporte. Configuración orgánica de los objetos sobre la base de sus leyes presentes, sin mistificación ni divagaciones románticas. Limitación a algunas formas y colores fundamentales de carác­ ter típico y comprensibles a todos. Simplicidad en la variedad, em pleo estrechamente econ óm ico del espacio, material, tiempo y dinero. La creación de tipos para los objetos útiles de uso cotidiano es una necesidad social. Las necesidades vitales de la mayor parte de los hom bres son fundamentalmente hom ogéneas. La casa y sus objetos domésticos vuelven a entrar en las necesidades básicas de la masa, el m o d o en que deben ser configurados es una cuestión más de razón que de pasión. La máquina creadora de tipos es un m edio eficaz pa­ ra liberar al individuo, con la ayuda de las fuerzas mecánicas (vapor y electricidad), del p rop io trabajo material en vista de la satisfacción de las necesidades vitales y para procurarle productos en serie a un precio inferior y de calidad superior a aquellos hechos a mano. Hay también pocos motivos para temer una violencia en peiju icio del in­ dividuo p or parte de la tipificación de los productos com o sería una com pleta uniform idad de las vestimentas siguiendo los dictados, la m oda. A pesar de la uniform idad típica de cada una de las partes, el individuo conserva la posibilidad de variaciones personales. Porque siguiendo a la com petencia natural, el núm ero de los tipos disponi­ bles para cada objeto es siempre tan amplio que permite al individuo la elección personal del m od elo que más le agrade.

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Principios para la producción del Bauhaus / W alter Gropius

Los talleres del Bauhaus son sobre todo laboratorios, cuyos apara­ tos, típicos de nuestra época y listos para ser reproducidos en num e­ rosos ejemplares, son cuidadosamente desarrollados hasta llegar al estado de m od elo y luego continuamente perfeccionados. El Bauhaus se p rop on e adiestrar, en estos laboratorios, un nue­ vo tipo de colaboradores de la industria y de la artesanía, del cual n o existen antecedentes que estén en condiciones de dom inar en igual m edida los aspectos técnicos y formales. El objetivo de crear m odelos típicos que satisfagan todas las exi­ gencias económ icas, técnicas y formales exige una selección de cere­ bros de primer orden y en posesión de una amplia cultura, que se­ rán adiestrados tanto en la minuciosa praxis de laboratorio co m o en el conocim ien to exacto de los elementos constructivos de orden m e­ cánico y formal y de las leyes de su com posición. Estos constructores de m odelos deben tener también un co n o ­ cim iento preciso de los m étodos mecánicos de reproducción indus­ trial, que divergen de aquellos artesanales, aun si los m odelos son con feccion ados a mano. Ya que es de la naturaleza peculiar de la má­ quina que se desarrolla la nueva y característica “autenticidad” y “be­ lleza” de sus productos, mientras que la imitación ilógica de los pro­ ductos artesanales p or m edio de la máquina lleva siempre la marca de la imitación. El Bauhaus sostiene la tesis de que el contraste entre la industria y el artesanado está caracterizado en m enor medida por la diferencia de los instrumentos que por la división del trabajo en la primera y por la unidad del trabajo en la segunda. Pero artesanado e industria se es­ tán acercando progresivamente. El artesanado del pasado ha cambia­ do, el artesanado del futuro se resolverá en una nueva unidad de tra­ bajo, d onde éste será el exponente del trabajo experimental en vista de la producción industrial. Experimentos de carácter especulativo co n ­ ducidos en talleres-laboratorios, crearán los modelos (o tipos) para el trabajo ejecutivo de carácter productivo que tendrá lugar en las fábricas. Los m odelos que hayan recibido su elaboración definitiva en los talleres del Bauhaus serán reproducidos en otras empresas, con los cuales los talleres-laboratorios estén en relación de trabajo. La p rodu cción del Bauhaus n o representa, p or lo tanto, ningu­ na com petencia para la industria y el artesanado, sino que, al contra­ rio, tiende a crear un nuevo factor de desarrollo para estos últimos. Ya que el Bauhaus provee, a través de la praxis, a la vida industrial y econ óm ica real, personas dotadas de creatividad que tienen la tarea de agilizar la industria y el artesanado del trabajo preliminar necesa­ rio para la producción.

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Técnica y cultura: el debate alemán entre Bismarck y Weimar

Los artículos reproducidos según los m odelos del Bauhaus de­ ben alcanzar un precio conveniente solamente a través de la utiliza­ ción de todos los medios económ icos m odernos de estandarización (produ cción industrial en serie) y a través de la venta. Se trata de prevenir en todos los m odos posibles el peligro de una disminución de la calidad de los productos en relación con los m odelos, tanto res­ pecto del material com o a su ejecución, p or obra de la reproducción mecánica. El Bauhaus lucha contra las imitaciones, el trabajo de mala ca­ lidad y el trabajador aficionado en las artes aplicadas para un nuevo traba­ jo de calidad.

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El nuevo mundo H annes M eyer

Die neue Welt (1926), en Claude Schnaidt, Hannes Meyer, Nigli, Teufen 1965, pp. 92-94. Hannes Meyer nace en Basilea el 18 de noruiembre de 1889, donde realiza los primeros estudios. Con veintisiete años, en 1916, se traslada a Alemania, donde se inicia en la libre profesión de la arquitectura, absorbiendo el clima cul­ turalmente denso de aquellos años. En 1919 vuelve a Suiza donde lleva a tér­ mino algunas importantes realizaciones arquitectónicas, como la Siedlung Freidorf en Basilea (1919-21 ). En 1925 está nuevamente en Alemania, cerca del Bauhaus de Gropius, y en 1927 dirige un curso de proyecto, manteniendo el cargo también el año siguiente, en el mismo Bauhaus, transferido a Weimar) del cual luego, desde 1928 a 1930, es director. En este período Meyer orienta su propio trabajo y el de toda la escuela hacia la toma de conciencia de que los problemas estructurales de la sociedad constituyen los datosfundamentales pa­ ra la elaboración de toda actividad proyectual. El Bauhaus se politiza fuerte­ mente: ante los problemas referentes a la relación entre arte-industria y ante la relación artesanía-trabajo mecanizado que habían caracterizado la búsqueda anterior del Bauhaus, son contrapuestos aquellos de las relaciones entre las ne­ cesidades históricas de la sociedad y proyectación, entre el análisis de la reali­ dad circundante y la búsqueda como elaboración de la realidad misma. La ar­ quitectura es para Meyer, sobre todo un problema social. Desde 1930 hasta 1936 se traslada a la Unión Soviética, llamado para colaborar con los arqui­ tectos constructivistas, y a este período pertenece el proyecto urbanístico para la sistematización del Gran Moscú (1931-32) y Birobidshan (1933-34). Re­ gresa luego a Suiza hasta 1939, y desde allí se va a México, donde permane­ ce diez años, hasta 1949, realizando entre otras el Siedlungprojekt en la Ciudad de México en 1942. Muere en Suiza en Crocifisso di Savoia, en Tessina, el 19 de julio de 1954.

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Técnica y cultura: el debate alemán entre Bismarck y Weimar

El crucero polar Norge, el planetario Zeiss de Jena y el rotor de Flettner son las etapas más recientes de la m ecanización de nuestro planeta. C om o resultados del pensamiento más exacto, éstos pro­ veen la prueba evidente de la progresiva com penetración, p or parte de la ciencia, de nuestro ambiente. Y es así co m o el diagrama del presente, en m edio de las líneas confusas de sus campos de fuerzas sociales y económ icas, muestra siempre las líneas rectas de origen m ecánico y científico. Estas atestiguan eficazmente la victoria del hom bre consciente sobre la naturaleza amorfa. Este con ocim iento sacude los valores existentes y cambia sus formas. Este con ocim iento foija de m od o determinante nuestro nuevo m undo. Los autos invaden nuestras calles: desde las 18 hasta las 20, so­ bre la isla peatonal de la calle parisina de Champs-Elysées, nos rodea el fortissimo1 y más intenso dinamismo de la gran ciudad. Los Ford y los Rolls Royce hacen explotar el centro de la ciudad y confunden las distancias y los confines entre ciudad y campo. En el espacio aé­ reo se deslizan los aviones: los Fokker y los Farman incrementan nuestra posibilidad de movimiento y desprendim iento de la tierra; éstos n o se preocupan p or los confines nacionales y disminuyen las distancias entre pueblo y pueblo. Los carteles luminosos brillan, los altoparlantes aturden, los anuncios invitan a comprar, las vidrieras destellan: la simultaneidad de los eventos agranda desmesuradamen­ te nuestro con cepto del tiempo y del espacio, enriquece nuestra vi­ da. Vivimos más rápidamente y, p or lo tanto, más tiempo. Nuestro sentido de velocidad está más agudizado que nunca y los récords de velocidad son indirectamente una ganancia para todos. El vuelo a ve­ la, los experimentos con los paracaídas y las acrobacias perfeccionan nuestra aspiración al equilibrio. La repartición exacta de las horas de trabajo de fábrica y de oficina y la disciplina de los minutos del h o­ rario ferroviario nos hace vivir de un m od o más consciente. C on la pileta, el sanatorio, y la letrina pública la higiene penetra en el pai­ saje local y crea, con el watercloset, el lavabo y la bañera de mayólica, el nuevo género de la cerámica sanitaria. El tractor Fordson y la fre­ sadora de Von Meysenburg desplazan los centros de gravedad de los asentamientos y aceleran el trabajo del terreno y el cultivo intensivo de la tierra arable. La máquina de calcular de Bourough libera nues­ tro cerebro, el dictáfono libera nuestra m ano, el automóvil Ford nuestra sensibilidad ligada al lugar y el Handley-Page nuestro espíri­ tu ligado a la tierra. La radio, el telégrafo y la telefoto nos redim en del aislamiento nacional y nos devuelven a la com unidad mundial. El gram ófono, el m icrófono, el “orquestrión” y la pianola acostum1. En italiano en el texto. [N.d.E.]

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El nuevo mundo / Hannes Meyer

bran nuestros oídos al sonido de ritmos impersonales y mecanizados. La voz del amo, Vox y Brunswick regulan la necesidad musical de millo­ nes de ciudadanos. El psicoanálisis hace saltar la construcción dema­ siado estrecha del alma, y la grafologia pone al descubierto la natu­ raleza de cada individuo. Mazdaznan, Coué, Die Schönheit son indicios de la voluntad de renovación que prorrum pe en todos lados. La ves­ timenta cede a la m oda, y la masculinización externa de la mujer muestra la paridad interna de los derechos de ambos sexos. La b io­ logía, el psicoanálisis, la teoría de la relatividad y la entom ología se tornan patrim onio intelectual de todos: Francò, Einstein, Freudy Fa­ bre son los santos de los últimos días. Nuestra habitación se vuelve más móvil que nunca: la casa popular de alquiler, el vagón cama, el paquebote deportivo y el transatlántico dan el golpe de gracia al con ­ cepto local de “tierra natal”. La patria decae. A prendem os el esperan­ to. Nos volvemos ciudadanos del m undo. El perfeccionam iento siempre creciente de los procesos gráfi­ cos, fotográficos y cinematográficos hacen posible una reproducción cada vez más precisa del m undo real. La imagen óptica del paisajeactual es más variada que nunca: los grandes hangares y los Dynamo­ hallen representan las catedrales del espíritu del tiempo. Su acción se determina a través de las formas, las luces y los colores específicos de sus elementos m odernos: las antenas de radio, los diques, los pilares de los puentes colgantes; a través de la parábola del dirigible, el triángulo de señal de peligro automovilístico, el círculo de la señal ferroviaria, el rectángulo de la pared de los anuncios; a través del ele­ m ento lineal de los conductos eléctricos: cables telefónicos, cables de los tranvías, líneas de alta tensión; a través de las torres de las ra­ dios, los pilones de cem ento armado, los semáforos y los puestos de carga de combustible. Ya nuestros hijos desprecian la afanosa lo co ­ m otora a vapor y se confían, fríos y acompasados, al milagro de la tracción eléctrica. Las danzas de G. Palucca, los coros en m ovimien­ to de von Laban y la gimnasia funcional de G. Mensendieck despla­ zan el erotismo estético de los desnudos pictóricos. El estadio tiene m ejor con cepto que el museo artístico y el lugar de la bella ilusión lo ocupa la realidad corpórea. El deporte une el individuo a la ma­ sa. El deporte funciona com o la escuela del sentimiento colectivo: centenares de miles de personas se desilusionan p or la renuncia de Suzanne Lenglen, centenares de miles de personas se enfurecen ante la derrota de Breitenstráter, centenares de miles de personas siguen a Nurmi en la carrera de los 10.000 metros sobre la pista de polvo de la­ drillo. Comprueban la unificación de nuestras necesidades: el som-2 2. Marca de discos. [N.d.E.]

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Técnica y cultura: el debate alemán entre Bismarck y Weimar

brero duro, el peinado a lo masculino, el tango, el jazz, el producto C oop, el form ato Uni y el extracto de carne Liebig. La estandariza­ ción del alimento espiritual está demostrada p or la afluencia del pú­ blico a las películas de H arold Lloyd, de Douglas Fairbanks y de Jac­ kie Coogan. Chariot, Grock y los tres Hermanitos funden -dejando de lado las diferencias de clase y de raza- las masas en un destino c o ­ mún. El sindicato, la cooperativa, las sociedades anónimas, las socie­ dades de responsabilidad limitada, el cártel, el trust y la Sociedad de las Naciones son las expresiones de las concentraciones sociales ac­ tuales, la radio, la imprenta rotativa su posibilidad de com unicación. La cooperación dom ina al m undo. La com unidad dom ina al indivi­ duo. Cada época exige su propia forma. Nuestra tarea es aquella de dar una nueva form a a nuestro nuevo m undo con nuestros medios actuales. Pero estamos oprim idos p or el peso de nuestro con oci­ m iento del pasado, y el alto nivel de nuestra instrucción trae la tra­ gedia de la inhibición sobre nuestras nuevas vías. La franca afirma­ ción del presente con du ce a la negación desprejuiciada del pasado. Las viejas instituciones de los viejos envejecen, los liceos y las acade­ mias. Los teatros de la ciudad y los museos se vacían. La incertidum­ bre nerviosa de las artes aplicadas está en boca de todos. Liberados del peso de los clásicos adornos, de la confusión artística de las ideas o de la vena artesanal surgen en su lugar los testimonios de una nue­ va época: la exposición de muestras, los silos para los cereales, el mu­ sic-hall, el aeropuerto, la silla de oficina, el artículo en serie. Todas es­ tas cosas son producto de la fórmula: función p or econom ía. Esas no son obras de arte. El arte es com posición, el objetivo es la función. La idea de la com posición de un puerto nos parece absurda, ¿pero y la com posición de un plano urbanístico, de una casa habitacional..? Construir n o es un proceso estético, sino un proceso técnico, y la com posición artística se contradice con la función práctica de una casa. Idealmente y según los principios de la construcción elem en­ tal, nuestra casa habitacional se transforma en una máquina para ha­ bitar. Calefacción, exposición al sol, iluminación natural y artificial, servicios higiénicos, protecciones de la intemperie, custodia para los automóviles, servicios para la cocina, servicio de radio, el máximo desem peño posible de la mujer de su casa, vida sexual y familiar, etc., son las directivas o las líneas de fuerza. La casa es su resultante. (La intimidad3 y el d ecoro4 no entran entre los motivos conductores de la construcción de una casa: ¡la primera reside en el corazón del hu­ m ano, y n o en la alfombra persa, la segunda reside en el contenido 3. G em ü tlichkeit (atmósfera cordial y acogedora). [N.d.E.] 4. Repräsen tation (valor de repesentación). [N.d.E.j

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personal de los habitantes de la casa y n o sobre las paredes de una habitación!). La edad m oderna pone nuevos materiales de construc­ ción a disposición de nuestra edificación: aluminio y duraluminio en form a de chapas, barras y travesarlos, eubeolite, tuberoid, torfokum, fibro­ cem ento, rollglas, vidrios triples, horm igón armado, ladrillos vidriados, mayólica de Faenza, armaduras de acero, paneles y columnas de hor­ migón, galalite, papel celofán5, alquitrán, ripolin, indatrene. Estos ele­ mentos compuestos están organizados por nosotros, con form e al objetivo y a los criterios económ icos, en una unidad constructiva. La arquitectura com o desarrollo posterior de la tradición y com o pres­ tación emotiva ha dejado de existir. La form a específica y el cuerpo del edificio, el color del material y la estructura de la superficie sur­ gen automáticamente y esta con cepción funcional de cada tipo de ac­ tividad constructiva conduce a la construcción pura. La construcción pura es la característica del nuevo m undo de formas. La form a cons­ tructiva n o con oce patria; es interestatal y es la expresión de una ac­ titud internacional en el cam po de la arquitectura. La internacionali­ dad es una de las ventajas de nuestra época. El principio conductor de la construcción atraviesa hoy todos los campos de nuestra cultura expresiva. Se explica con la ley de la iner­ cia humana que esto se afirme en primer lugar donde los griegos y Luis XIV n o han dejado huella: en la publicidad, en la com posición ti­ pográfica, en los procesos fotográficos. El nuevo gran cartel publicita­ rio da, ordenado de m od o eficaz, el escrito publicitario y la mercancía o símbolo de la mercancía. No es un “manifiesto-obra de arte”, sino una pieza óptica con efecto. En las nuevas vidrieras la tensión de los materiales modernos es utilizada psicológicamente con la ayuda de la iluminación. Vidriera-organización en lugar de vidriera-decoración. Esta apela al sentido diferenciado del material que es propio del hom ­ bre m oderno y utiliza todos los registros de su fuerza expresiva. Fortis­ sim i =¡zapatillas de tennis - cigarros Habana - ja bón para lavar - ch o­ colate con avellanas! Mezzoforte7 = ¡vidrio (botellas) - madera (cajón) cartón (embalaje) - lata (tarro) ! Pianissimi = ¡piyama de seda - cami­ sa de batista - Valenciennes - “L ’origan de Coty” ! Con el esperanto construimos, según la ley de la mínima resis­ tencia, una lengua supranacional, con la taquigrafía unificada una escritura sin tradición. La forma mentis constructivista es más que nunca necesaria en la urbanística. Hasta que n o enfrentemos los problemas urbanos con el desprejuicio del ingeniero de fábrica, no 5. N om bre com ercial d e l acetato de ce/u/osa.[N.d.E.] 6. En italiano en el texto. [N.d.E.] 7. En italiano en el texto. [N.d.E.] 8. En italiano en el texto. [N.d.E.]

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p od rem os h a cérm en o s q u e estrangular¡ con nu estro cu lto a las rui­ nas y nuestras ideas heredadas de los ejes viales y puntos de perspecti­ va, la vida mundana de la ciudad moderna. La ciudad es la concentra­ ción biológica más compleja, que debe ser conscientemente domina­ da y constructivamente modelada p or el hombre. Nuestras exigencias de vida actuales son por momentos o sucesivamente del mismo Upo. La contraseña más segura de una verdadera com unidad es la satisfacción de las necesidades iguales con medios iguales. El resultado de esta exi­ gencia colectiva es el producto estándar. Los productos estándares típi­ cos de origen y de uniformidad internacional son la silla plegable, el escritorio corredizo, la lámpara incandescente, la bañera, el gram ófo­ no portátil. Son instrumentos de la mecanización de nuestra vida co ­ tidiana. Su form a estandarizada es impersonal. Su fabricación tiene lugar en serie. C om o artículos en serie, com o muebles en serie, co ­ m o com ponentes en serie, com o casa en serie. El producto intelec­ tual estandarizado toma el nom bre de Schlager 9. Al seminòmade de la vida económ ica actual, la estandarización de las necesidades bási­ cas de su vivienda, alimentación y espíritu le provee una serie de ven­ tajas esenciales: libertad de m ovimiento, econom ía, simplificación y distensión. El nivel de nuestra estandarización es un índice de nues­ tra econ om ía comunitaria. El derecho de existir del arte no tiene reclamos, hasta que el es­ píritu especulativo del hom bre tenga necesidad todavía de un com ­ puesto gráfico-crom ático, plástico-constructivo, musical-cinètico, de su con cep ción del m undo. (A propósito no m encionam os, en esta sede, las tentativas individuales de los artistas individuales, de los “ism os”; u n o de los mejores, Piet Mondrian, que ha definido hace p o ­ co a aquello que ha obtenido hasta ahora com o imitación de un ser­ vicio m ejor que sería provisto a continuación). La nueva actividad constructiva puede tener lugar sólo en el terreno de nuestro tiempo y con los medios de nuestro tiempo. T odo aquello que es del ayer es­ tá muerto: la bohème está muerta. Ha muerto el estado de ánimo, el claroscuro, la nervadura, el esmalte y la pincelada del m om ento. Ha muerto la novela: nos falta la fe y el tiempo para leerla. Han muerto el cuadro y la escultura com o reproducción del m undo real: en la épo­ ca del cine y de la fotografía es para nosotros un derroche de trabajo, y la presunción es el continuo “embellecimiento” de nuestro ambien­ te real con sus “interpretaciones” p or obra del artista. Ha muerto la obra de arte com o “cosa en sí misma”, com o l ’art pour l’art, nuestra conciencia comunitaria no tolera ningún exceso individualista. El estudio del artista se transforma en un laboratorio científicoi r Literalmente: canción de éxito.

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técnico, y sus obras son fruto del rigor teórico y de la capacidad in­ ventiva. La obra de arte de hoy está sujeta, com o todo producto del tiempo, a las condiciones de vida de nuestra época y el resultado de nuestro enfrentamiento especulativo puede estar fijado sólo en una form a exacta. La nueva obra de arte es una totalidad, no un frag­ m ento o una impresión. La nueva obra de arte está com puesta de m od o elemental p or medios primarios. (El cuadro de los niños de El Lissitzky Los dos cuadrados es p or siempre la evocación ilusoria, obte­ nida con medios gráficos, de una porción de espacio, porque n o es­ tá com puesta de m od o primario; mientras que El muro de Willy Bau­ meister está com puesto de m od o primario con los medios exclusivos de la representación de un m uro, las superficies coloreadas, y repre­ senta una totalidad, un todo autónom o.). La nueva obra de arte es una obra colectiva y destinada a todos, n o es un objeto de colección o el privilegio de un individuo. La transformación radical de nuestra actitud hacia la recons­ trucción de nuestro m undo implica el cam bio de nuestros medios expresivos. El hoy suplanta el ayer en el material, en la form a y en el instrumento. En lugar del golpe accidental del hacha, la fresadora en cadenas, en lugar de la línea incierta del carboncillo, el trazo pre­ ciso con la regla T. En lugar del caballete, el tecnógrafo. En lugar del cuerno de caza, el saxofón. En lugar de la reproducción de los efec­ tos de luces, la representación de luz misma (com o en la fotografía, la linterna mágica, el cinematógrafo, el fo torre trato). En lugar de una imitación plástica de un m ovimiento, el movimiento mismo (co­ m o una película simultánea, las luminosas reclames, la gimnasia, la eu­ ritmia, la danza). En lugar de la novela, la short story. En lugar de la tonalidad, la luminosidad del color. En lugar de la escultura, la es­ tructura. En lugar de la caricatura, la fotoplàstica. En lugar del dra­ ma, el sketch. En lugar de la ópera, la revista del music hall. En lugar de los frescos, el anuncio publicitario. En lugar de la materia co lo ­ reada, la materia misma del color. (La “pintura sin pincel” obliga ya manualmente a la construcción artesanal de la pintura.). Ya desde hace tiempo las nuevas musas, raptadas p or hom bres prácticos, vuel­ ven a entrar, juiciosas y prosaicas, desde su alto pedestal a la vida real. Sus dom inios han sido expropiados, mezclados y confundidos. Los límites entre la pintura, la matemática y la música ya n o pueden tra­ zarse con precisión, y entre el sonido y el color no existe más que la diferencia gradual del núm ero de las vibraciones. La desvalorización de todas las obras de arte es innegable, y la utilización futura de los nuevos conocim ientos exactos en su lugar sin dudas es sólo cuestión de tiempo. El arte de la imitación equivalente está en decadencia. El

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arte se transforma en invención y dom inio de lo real. El arte se trans­ form a en realidad. ¿Y la personalidad? ¿El sentimiento? ¿El alma? Estamos en una neta separación. Que vuelvan a estar confinados en sus reservas ori­ ginarias: el impulso am oroso, el goce de la naturaleza, las relaciones con los hombres.

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Philosophie der Technik, Cohen Verlag, B onn 1927, pps. 120 a 140. Friedrich Dessauer nace en Aschaffensburg Suiza, el 19 dejulio de 1891. Estudia fìsica en Alemania y en 1921 a los treinta años es profesor de Biofisi­ ca en Frankfurt, cargo que mantiene hasta 1924. Desde 1924 hasta 1937, sal­ vo algunos breves intervalos, es diputado del Zentrum (elpartido centrista) en el Reichstag. En 1934 obtiene el cargo en Biofísica, Estambul, donde perma­ nece durante dos años y luego, en 1937, el de Física en Friburgo. Trabaja durante años en la determinación de los efectos biológicos del ai­ re ionizado y estudia aplicaciones de la teoría cuántica, a tal punto que es con­ siderado el precursor del uso de los métodos cuánticos en la biología. Se ocupa intensamente, también, de problemasfilosóficos, desde aquellos de la filosofía de la naturaleza hasta las cuestiones de teología.

El mundo y la técnica ¿Qué es la técnica? La palabra se utiliza con un doble significa­ do. Se habla de la técnica del piano, de la pintura, de la taquigrafía, de la enseñanza y con ello se entiende el hábito, la pericia práctica. A quí n o se trata de esto1. Lo que intentamos decir ahora es que con los conductores eléctricos o a través del éter, nosotros transmitimos a distancia signos, palabras, imágenes; que volamos, que el arado rom­ pe la tierra, que nuestras noches están iluminadas, nuestras habitacio­ nes calefaccionadas, que tenemos casas, puentes, calles, que podem os reconocer nítidamente, medir y pesar los planetas, que el rayo no ca­ yó en nuestras casas, que las fuerzas hídricas de los Alpes accionan las máquinas de N urem berg y Milán, que nos vestimos con trajes de te-1 1. Aunque seguidamente encontraremos que es una relación entre este primer significa­ do y el segundo significado de la palabra.

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jidos, que logramos vencer las epidemias, que tomamos el carbón de las minas y el nitrógeno del aire, que todos tenemos para comer, que podem os ver el interior del cuerpo. Pero también el resto: que en m uchos pueblos la mitad de aquellos que mantienen a los demás es tragada en las mañanas p or las fábricas, donde realiza durante todo el día una labor regulada y, p or lo tanto, servil y de las cuales es expul­ sada p or la noche llena de polvo y cansada, com o una gris form ación uniform e, que las fuerzas de la econom ía se elevan sobre la infraes­ tructura técnica con un nuevo tipo de cualidades, que los pueblos de la tierra y las varias clases de hombres entran en nuevas relaciones y nuevos conflictos; que los hombres han cambiado, en cuanto se acos­ tumbraron a hacer surgir los resultados de su trabajo ante sus senti­ dos, a experimentar inmediata y directamente la verificación de su actividad y, p or lo tanto, les resulta descon ocido hacer otras cosas que tengan un resultado que n o pueda tenerse ante los ojos ni tocar co n la m ano en breve tiempo. Pero a pesar de todo ello, la técnica n o está aún definida, su misterio no ha sido develado; nos hemos li­ mitado a mostrar las consecuencias de su actividad. ¿D ónde está el elem ento com ún del horno, de la locom otora, del giróscopo, del tu­ b o de Röntgen, de la lata de conserva, y del salvarsan, el elem ento com ún al que damos el nom bre de técnica? Está claro que en la técnica están presentes los siguiente ele­ mentos. Ante todo la ley de la naturaleza; la técnica nunca está en con ­ traposición con la ley natural, la técnica es siempre el cum plim iento de la ley natural. Pero ello n o basta, dado que la naturaleza, abando­ nada a sí misma, cumple sus leyes en el tiempo y en el espacio y sin embargo nunca da origen, p or ejemplo, a una rueda en movimiento. Es evidente que otros elementos derivan del espíritu humano, pero es­ ta afirmación no es suficiente. También un paseo deriva del espíritu humano, está en armonía con una ley natural, pero sin embargo no es una técnica. Si bien es cierto que la ley natural y el espíritu hum ano se unen en la técnica, queda p or ver de qué naturaleza es este elem ento es­ pecíficam ente hum ano en el cam po de la técnica. Para descubrir en qué consiste, debem os imaginar que en el te­ rreno de las civilizaciones antiguas, la casualidad nos hubiese puesto entre las manos, un hallazgo arqueológico: una piedra de form a in­ sólita. Dudamos si es la herramienta de una civilización desapareci­ da de la edad de piedra o si debe su form a a la acción del rozamien­ to o de la intemperie. Ahora buscaremos el criterio de la tecnicidad. N o hace falta ningún criterio para saber que una máquina de coser n o es obra de la naturaleza, sino de la técnica. Pero ante un hallaz-

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go arqueológico de la edad de piedra debem os buscar: uno. La alteración de la forma, la elaboración del objeto n o son de p or sí la señal que buscamos. La naturaleza toma a veces formas ex­ trañas. También el torrente horada las piedras y m odela sus superfi­ cies. El elem ento distintivo es más bien, la elaboración con la mira en un objetivo. Una vez que éste fue determinado, la cuestión está deci­ dida. El factor teleologico es un elem ento de la técnica. Pero la ley na­ tural y la teleología p or sí solas n o bastan. Cuando el jardinero deja un fruto de la planta para que el sol lo haga madurar, se trata de una aplicación de las leyes naturales a un objetivo determinado, pero toda­ vía n o de aquello que llamamos técnica. Solamente la unión de los tres criterios -legalidad natural, elaboración y objetivo- en una sola unidad, permite decidir que se trata de una obra de la técnica. D onde el con ­ cepto de elaboración debe ser entendido en sentido amplio, de mane­ ra que puedan entrar también en la com posición de unidades h o­ mogéneas y heterogéneas. O cupan un lugar de privilegio entre las leyes naturales, cuyo actuar es el primer criterio de un objeto técni­ co, aquéllas de la física y la química. En la determinación de los o b ­ jetivos, la técnica n o se limita a asumir lo que en el pasado fue h echo p or los hombres, o sea de trabajar en lugar de ellos, desplazar masas de tierra, erigir pilones de piedras, empastar, pintar, escribir, hablar: ella tiene objetivos creativos que van más allá de esos objetivos tradi­ cionales, se prop on e alcanzar y alcanza aquello que los hom bres p or sí solos n o podrían realizar, en cuestiones de superación del tiempo y del espacio, de p rodu cción de energía eléctrica, de la radioscopia del cuerpo, de terapia, y se detiene solamente ante aquello que es p rod u cido p or la vida (de manera aún desconocida) y frente a aque­ llo prod u cido p or el espíritu. ¿Pero qué digo? ¡La máquina es capaz de calcular! Se introduce en ella el problema, oprim im os unas teclas o desplazamos las escalas graduadas y la máquina nos provee el re­ sultado, entrega todos los resultados que se deseen. Es el autómata que habla y camina, y que agitó vivamente los espíritus dos siglos atrás, cuando Leibnitz inventó su máquina calculadora y Lamettrie escribió L ’homme machine, ¿hasta qué punto el autómata puede resol­ ver los problemas intelectuales? A través de estos tres criterios podem os establecer cuáles objetos pertenecen al reino de la técnica. Pero con ello apenas hemos tocado y ciertamente no hemos agotado, la esencia de la técnica. Tomamos conocim iento de esta esencia, cuando observamos cóm o surge una obra de la técnica y, cuando seguimos la vida autónom a de la obra terminada, aquella vida prodigiosa que com ienza cuando la obra téc­ nica abandona a su creador y entra en el m undo que le im pone sus

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leyes específicas. Cuando James Watt inventó la máquina a vapor, o sea trabajando y com binando elementos según las leyes naturales, al­ canzó el objetivo de una “fuente de trabajo cinético”, esta obra se ale­ j ó del hom bre que la había creado. Ella transformó el m undo, mul­ tiplicó las dimensiones y la intensidad de la econ om ía y ofreció una posibilidad de existencia a millones de hombres, que en épocas pa­ sadas no hubieran p od id o encontrar sustento. ¿En qué consiste la grandeza secreta de una obra de la técnica? Esta potencia en la cual el inventor n o pensaba, ¿es justamente p o r ello que puede decirse que no la haya querido? Es evidentemente algo nuevo, que se remite más bien a los criterios ilustrados anteriormente, pero que va m ucho más allá de ellos. ¿De dónde viene este nuevo elemento? ¿Esta cuali­ dad que tiene sus propias leyes? Michael Faraday construyó los prime­ ros aparatos inductores: el telégrafo, el teléfono, el funcionamiento de las fábricas, los transportes urbanos eléctricos, el descubrimiento de los rayos Röntgen, en fin la electricidad, sin la cual el m undo civil no podría durar (por la falta de sus premisas externas), derivan de esa fuente. La técnica da trabajo a millones de hombres. Y dado que el alma humana depende del género de trabajo y del ambiente, de la esfera de vida, he aquí que algo de esta peculiaridad de las obras téc­ nicas penetra en las almas, las transforma y ellas son hoy, irreversible­ mente, distintas de lo que eran con anterioridad. La idea de q u e ja mes Watt o Faraday lo supiesen anticipadamente, y lo hubiesen pro­ vocado a sabiendas y deliberadamente, n o tiene sentido. Tememos que enfrentarnos con un nuevo factor, que está situado más allá del in­ ventor, en su meta humana, más allá de la elaboración, más allá de las leyes naturales y, sin embargo, conectada con todos estos tres elemen­ tos. Este nuevo elemento, trascendente, cualitativamente distinto, que se destaca del origen y continúa obrando según sus propias leyes, obli­ gando a los hombres y transformando la imagen de la tierra, forma parte de la esencia más profunda de la técnica.

El hombre y la técnica Pero un vago presentimiento de la esencia más profunda de la técnica está presente, durante la génesis de una obra técnica, en el alma de su creador. La psicología de la creatividad técnica está carac­ terizada p or directrices de la atención com pletam ente particulares. En primer lugar, con respecto a los m odos de solución. La premisa de cada creatividad técnica es el conocim iento de las leyes naturales. La actitud de la atención está dirigida a n o violarlas en m od o algu­

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n o pero, más allá de esto, a recoger la esfera de las posibilidades en ellas contenidas, a recorrerla, a asumirla integralmente en la co n ­ ciencia, hasta sus confines. Pero el m od o en el cual las leyes natura­ les se presentan al técnico es diferente de aquel en que se presentan al investigador. El investigador las ve separadamente com o depen­ dencias. El ve la dependencia (la función) de la dilatación de un cu erpo p or la temperatura y quiere ver solamente ésta, o sea separa­ da del h ech o de que la dilatación de un cuerpo depende también de otras magnitudes (por ejem plo de la p resión ). Para el investigador, además es secundario saber de cuál cuerpo se trate realmente; él en­ cuentra diversos coeficientes de dilatación para las varias sustancias, pero encuentra que casi todas las sustancias se dilatan y se pregunta: ¿por qué se dilatan? ¿Hay una ley general para todos los cuerpos? Al técnico, los materiales con los que trabaja se le presentan co m o una con jun ción de conocidas propiedades científicas: cem ento armado, lente de Jena, ácido nítrico, espiral metálica; cada uno de estos ele­ mentos es ya un conjunto de dependencias reguladas p or las leyes naturales en una determinada proporción. La articulación de acero n o sólo se dilata con la temperatura, sino que debe resistir a la trac­ ción, a la presión, a las fuerzas de corte y torsión, y sus dimensiones deben ser tales para que el ju e g o de las diversas influencias, desea­ das o no, se adapten al objetivo de la construcción. Por lo tanto, mientras la investigación científica prescinde de la singularidad, pa­ ra indagar la realidad superior 2 de la ley natural que las contiene, el técnico constructor se encuentra frente a conjuntos de realizaciones constantes en toda parte elemental de la construcción p or él elegida y debe buscar la síntesis que se adapte al objetivo. Así, para el técni­ co constructor, los elementos de su construcción se vuelven otros tantos individuos a los cuales él les da un nom bre y de los cuales ex­ plota las propiedades y la capacidad al nivel del valor estético. Al mismo tiempo la atención está dirigida al objetivo; un instru­ m ento de trabajo, una dínamo, una casa, cada uno de estos objetos es una meta particular y, p or lo tanto, un conjunto de propiedades de uso, de cualidades. El instrumento de trabajo debe corresponder -por el peso, la articulación, la forma, la dureza, la cohesión, la resis­ tencia a la temperatura- a los procesos que deben cumplirse con su ayuda. En esta realización, la construcción mira más allá de sí mis­ ma3; otros deberes (de carácter secundario o terciario) penetraron teleológicam ente en la form a del instrumento. La dínamo, con la energía mecánica, debe producir energía eléctrica en una form a es2. Véase la obra del autor, Leb en , Natur, R eligion, Verlag Cohen, Bonn. 3. No el instrumento sino el trabajo que se cumple, es el fin de la construcción. El contenido "teleologico" se desvanece solamente acá.

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pecíficay lo debe hacer de manera económ ica. A los fines principales se agregan otros fines secundarios o colaterales; realización e co n ó ­ mica, elevado rendim iento, accesibilidad, facilidad de reemplazo, fa­ cilidad de maniobra, son otros ejemplos de estos fines secundarios. El técnico busca, p or lo tanto, la síntesis entre las leyes natura­ les, que se presentan particularmente también en su material y en sus fines. De manera casi siempre fatigosa y, algunas veces, extraordinaria­ mente ardua, los datos naturales se adaptan a los fines. Para construir una locom otora relativamente perfecta, centenares de constructores debieron resolver, durante un siglo, problemas sintéticos de este tipo y, en ese período, fueron progresando desde soluciones imperfectas hacia otras soluciones mejores. Ciertamente hay problemas construc­ tivos que pueden resolverse de acuerdo a un cierto esquema, con una reflexión, p or así decir, de tipo aditivo; pero éstos son los menos fre­ cuentes de cuanto pueda pensarse. El núcleo fundamental, el conte­ nido auténtico del trabajo técnico consiste en un nuevo m om ento que puede definirse com o “sorpresa, invención, descubrimiento de una cualidad”. La síntesis técnica, la solución, el progreso consiste ob­ jetiva y subjetivamente justamente en esto, que la com binación de los elementos constructivos (que terminan p or ser las leyes naturales in­ corporadas a los materiales) no provee la suma de sus propiedades, sino algo más, una cualidad sorprendente. Este con cepto podrá ser clarificado con algún ejemplo: se trata de construir una colum na de sostén, debe tenerse en cuenta la carga y las propiedades del mate­ rial, sus dimensiones dependen simplemente del objetivo y del mate­ rial. Pero si se trata de transmiúr la energía del m otor a las dos rue­ das posteriores de un automóvil, haciendo que en una curva la rueda externa pueda girar automáticamente más velozmente que la inter­ na, las consideraciones puramente aditivas jamás nos conducirán a la meta. Este problem a ha sido resuelto con la invención del diferencial, un invento genial que hace resplandecer el m om ento de la sorpresa, la nueva calidad de una serie de elementos ya con ocidos p or sus pro­ piedades mecánicas. Ha sido solamente el diferencial el que hizo p o ­ sible el automóvil y con él, llegó la eliminación del caballo y una re­ volución global del tránsito, y también la parte que, en la conclusión de la Primer Guerra Mundial desarrolló el tanque de guerra, que es un derivado del automóvil. Si un día no hubiese sido inventado el m e­ canismo del diferencial, no se habría llegado tam poco al tanque de guerra com o elemento bélico y, si bien éste n o tiene ningún diferen­ cial puede muy bien decirse que contribuyó indirectamente a decidir la suerte de la guerra mundial. La legislación alemana sobre patentes se basa en el principio de

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que puede hablarse de una invención (en contraposición con la sim­ ple m edida de orden técnico) solamente cuando el resultado de la solución de un problem a n o puede preverse anticipadamente por los elementos disponibles. El carácter creativo de la técnica depende de la conquista de nuevas calidades. Armada con estas nuevas calida­ des la obra posee sus propias leyes, enriquece la tierra, la creación con­ tinúa y se perpetúa en ella; lo que ella aporta no estaba presente y no desaparecerá jamás, es más fuerte que la potencia humana. Una parte del acto inventivo se cum ple en el subconsciente. El talento inventor típico huele, si puede así decirse, la posibilidad de re­ solución de un problem a y los caminos de su solución. Junto a ello se encuentran los sistemáticos de la invención, que examinan m etó­ dicamente, p or la vía teórica o experimental, una com binación tras otra, a fin de encontrar el punto de la sorpresa. Frecuentemente am­ bas actitudes están conjugadas. En el caso de la invención del (arsenobenzol) salvarsan de Ehrlich, hubo previamente una anticipa­ ción genial que fue seguida p or una com binación sistemática de sus­ tancias químicas. La sexagésima com binación brindó la nueva cuali­ dad buscada, o sea aquella de la asociación de colorante con el vene­ n o (arsénico), la cual al circular p or el cuerpo ataca y envenena las es­ piroquetas. O s e a que Ehrlich intuyó que debía existir una com bina­ ción de este tipo, basado en el razonamiento de las posibilidades inhe­ rentes a las leyes naturales. Los hechos existentes en la base de esta conjetura ya habían sido notados por muchos científicos, o sea que ciertos colorantes tiñen solamente a algunos órganos o ciertos tejidos, sin dejar rastros en los demás y que, además, el arsénico es un veneno para las espiroquetas. El elemento creativo reside en la intuición de que debía existir también una com binación, una asociación de colo­ rante y veneno que estuviese en condiciones de conducir al objetivo deseado de herir a la espiroqueta (el germen patógeno), pasando sin causar daño p or el resto del cuerpo humano (“com o la flecha de prue­ ba del cazador franco”, según la expresión usada por Ehrlich) y, en la capacidad de adivinar dónde podría encontrarse esta com binación en el ámbito de lo posible según las leyes naturales. Es aquí donde se en­ cuentra la parte de la imaginación creativa en la obra de la técnica; es de aquí desde d onde también puede divisarse una semejanza con la actividad creativa del artista. También el poeta recurre a un reino de regularidades preexis­ tentes. Ciertamente él puede extendereste reino, desde el realismo de la vida, reprodu cido casi fotográficamente, a la esfera de la inven­ ción grotesca, que supera ampliamente los límites de las posibilida­ des terrenas. Sin embargo, él n o puede abandonar del todo la esfe­

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ra de aquello que está sujeto a una regla, n o puede elegir de un m o­ d o totalmente arbitrario los elementos de su construcción, a m enos que quiera caer en el absurdo. Hem os visto frecuentem ente que el mun­ d o n o com prende una nueva tendencia artística, se ríe de ella, la considera absurda; la poesía, la música, la pintura, la escultura de pueblos extranjeros resulta a veces incomprensible. Ello n o depen­ de de n o entender la obra individual, sino del hecho de que el con ­ ju n to trascendente de reglas que dirigen la creación de la obra no ha sido aún com pren dido p or la intuición y la costumbre. Ni bien es­ to sucede se desata la sensibilidad p or lo que resulta, de tanto en tan­ to, la “nueva corriente” musical, poética o pictórica, p or lo tanto la obra del poeta y también la de los demás artistas, está ligada a leyes difíciles de definir, pero n o p or ello menos válidas; los simples ele­ mentos tanto com o sus com binaciones deben ser posibles dentro de su ámbito. El superar este ámbito aparece com o una distorsión. El dom in io de estas posibilidades, análogas a las leyes naturales, es la primera con dición de la creación artística. El objetivo de la aten­ ción del artista es no salir de este ámbito. Al mismo tiempo su aten­ ción está dirigida a la meta, a la idea, a la presagiada form a de la obra y, en la obra misma el material y el objetivo se funden, de la misma manera que, com o para el técnico, la ley natural y la finalidad huma­ na se unifican en la suya. Pero el fenóm eno propiamente artístico es­ tá con dicion ado p or el hecho de que los elementos materiales posi­ bles n o están solamente alineados en form a aditiva, sino que apare­ cen en com binaciones sorprendentes, que presentan una nueva cua­ lidad. Un héroe, un dragón y un hada puestos juntos n o son todavía una fábula. La fábula es una obra de arte solamente cuando es más que una adición previsible de estos y otros elementos. Debe surgir al­ go que aún no está contenido en los elementos. La creatividad con ­ siste en ello. También la obra de un artista es una “síntesis creativa de los elementos normativos”. También la obra del artista (co m o di­ j o G oethe) se aleja de su creador para entrar en el m undo, se p on e de frente a su autor com o una obra autónoma. Pero la obra del ar­ tista nunca se aleja de su creador com o la del técnico, sus efectos se manifiestan en los espíritus de los contem poráneos y de los pos­ teriores que se apropian de ella (aunque sea a través de la m ediación de terceros). La obra del ingeniero tiene esto de sorprendente, que n o sólo existe, sino que continúa obrando en la realidad externa, en el mundo de la percepción, que perfora las montañas, m odifica el cur­ so de los ríos, extrae a la luz las profundidades, transforma la super­ ficie del planeta, de manera tal que nadie puede sustraerse. Hay algo de increíble en una locom otora, y ello es el h ech o de que sea un o b ­

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je to real de la precisión, que se mueve realmente y no es solamente un objeto del pensamiento y de la poesía, que resucita en el espíri­ tu. ¿En qué consiste la realidad de la locom otora? ¿Sólo en las leyes naturales? No, dado que ella nunca surge espontáneamente; form a parte de la ley natural en la m edida en que le es posible, pero en cuanto a que sea real, es algo más. ¿En una matemática que se ha transformado en form a y movimiento? No, n o basta. En ella se en­ cuentran el objetivo y la creación, la idea traducida en formas y con la participación de un p oder que asegura su actuación. Vista exter­ namente, es una obra o un proceso, realizada con materiales que son posibles según las leyes naturales, pero ejecutables solamente p or el espíritu humano. Vista desde el exterior la técnica significa que “el mundo sensible se enriquece con objetos y procedimientos provistos de nuevas y específicas cualidades, a través de la determ inación de un fin, la elec­ ción y com binación de elementos en el ámbito de aquello que es p o­ sible según las leyes naturales en vista de su accionar”. Pero que este accionar exista, que sea com o fuera finalmente encontrado, y que ten­ ga el p oder de cambiar el m undo, no está incluido en esta definición. En algunas etapas hemos llegado hasta la esencia de la técnica. Tres características distinguen la obra técnica de las cosas naturales y de otras obras humanas. Su material es la ley natural, sobre todo en sus conjuntos, los materiales de construcción, que fundamentalmen­ te n o son otra cosa (desde el punto de vista científico) que coinci­ dencias espacio-temporales de leyes naturales4. Es sobre la base de estos elementos externos, del reino de aquello que es posible según las leyes naturales, y del fin imaginado, que la atención humana construye una síntesis. Para quien mira desde el exterior, la contraseña de la invención (y p or lo tanto de la técnica) es que en ella se encuentran dos reinos independientes: aquello que es posible según las leyes naturales y la ne­ cesidad humana que proviene de un lugar completamente distinto. En­ trever, formular y definir esto último es el camino que lleva, p or un lado, a la invención. La selección de las leyes naturales, la síntesis de aquello que fue elegido en el pensamiento y por lo tanto en la elabora­ ción del material, es el otro camino. Si estos dos caminos que provie­ nen de dos esferas diferentes se encuentran, el fenóm eno resultante es lo que nosotros llamamos invención. Así la técnica (o la invención), vista desde fuera, puede también definirse com o la forma creada m e­ diante una elaboración en la cual la necesidad humana se satisface a través del decurso de las leyes naturales (por primera vez en el caso de la invención). Este es el motivo del encuentro de las dos esferas; 4 . Ver el libro del autor, Leben, Natur, R eligion, p. 21. [N.d.E.]

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pero sólo el motivo; no la razón, no el secreto sino cóm o sucede que esto sea posible. Lo que falta es la contraseña suprema de la técnica, el elem ento creativo de esta síntesis, la solución, la sorpresa, el enig­ ma de la nueva cualidad. Ella confiere a la obra su autonomía, hace que ésta enriquezca el m undo de la creación, está dotada del p oder de transformar el m undo. En esto, la obra técnica se asemeja a la obra artística. Pero, ¿no se limita de esta manera a la técnica en el m om ento de la actuación y no se descuida la riqueza y multiplicidad de las for­ mas en las cuales la técnica está presente en la vida cotidiana? A ello puede rebatirse que todas las obras de la técnica fueron, en un tiem­ p o, invenciones. Martillo y palanca, punta de flecha y cabaña, arco de piedra y barra de acero fueron, en su m om ento, grandes inven­ ciones que sacudieron la humanidad; hubo un día en el cual ellas aparecieron p or primera vez y desde aquel día la vida humana fue distinta de lo que era antes. Ciertamente en la actualidad el martillo, la casa y la barra forman parte de la vida cotidiana y, sin em bargo, al­ go de la hora en la que surgió el primer ejemplar continúa viviendo en cada ejemplar sucesivo, de la misma manera ¡también la vida de cada creación artística revive en la repetición! La meta del trabajo técnico no es siempre un objeto; puede ser también un procedim iento, un “p roceso”; com o la extracción de combustibles, fácilmente reducibles al estado liquido, desde el car­ bón. Ford llevó a cabo numerosas invenciones particulares con respec­ to a la construcción de sus automóviles, pero sus invenciones más im­ portantes y significativas son las relacionadas con los procesos de produ cción . La diferencia entre la invención de un objeto y la inven­ ción de un nuevo procedim iento no es fundamental para la técnica, pero está basada en un cam bio del elem ento teleologico. En la in­ vención de una simple pieza se trata de un objeto que “brinda algún nuevo servicio”; en la invención de un procedim iento, del m étodo p o r el cual llegar a él. Frecuentemente, en este caso, algunos fines accesorios pasan al primer plano, especialmente la finalidad e co n ó ­ mica del máximo ahorro posible de material y tiempo. Pero la esen­ cia de la cosa perm anece; todos los procedim ientos deben aportar las señales de la obra técnica, deben derivar del ámbito de aquello que es posible según las leyes naturales, deben corresponderse con el objetivo y contener una chispa de creatividad. En los países civilizados hay un ejército de técnicos, m ucho más num eroso de cuanto generalmente pueda pensarse, el estudio supe­ rior de la técnica es uno de los estudios que requiere mayor com pro­ miso. La form ación que se recibe en las Hochschulen (facultades téc­

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nicas) n o está exenta de defectos, pero el espíritu es adiestrado de manera m etódica y severa. Esta form a de educación prosigue duran­ te toda la vida profesional del técnico. Si se tiene presente todo esto, es asombroso que en la vida pública la clase de los técnicos no de­ sempeñe roles más importantes. Comerciantes, economistas y sobre todo juristas, profesores y funcionarios sociales salidos de la escuela sindical, dirigen los asuntos públicos. En el pasado los militares par­ ticipaban de la vida pública y desde hace m ucho tiempo, desarrollan una función decisiva los periodistas, que son personas que cum plie­ ron con estudios diversos. A gran distancia sigue la influencia de los m édicos, mientras que los ingenieros se ven privados de cualquier influencia en las decisiones de mayor importancia. En la sociedad ellos se encuentran a la sombra, es raro encontrarlos pero, sin em ­ bargo, una gran parte de los problemas públicos son de naturaleza total o parcialmente técnica. Defensa del suelo, canalizaciones, pla­ nes reguladores, construcción de caminos, técnica de transportes, higiene, correos y comunicaciones, agricultura intensiva, industrializa­ ción, patentes e invenciones, son algunos ejemplos; pero encontrare­ mos que la esfera de acción de los técnicos es m ucho más amplia. La técnica se entrelaza p or doquier con los problemas sociales y econ óm icos de un país. Está objetivamente probado que la subes­ timación de la técnica, la decisión de cuestiones técnicas p or los p ro­ fanos trajo aparejados graves daños y fue, p or lo menos, una de las causas de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. Más de los dos tercios de los hombres civiles viven al servicio de la técnica, y entre ellos la mayor parte de los comerciantes e industriales; pero al técnico n o se lo ve. ¿A dónde fu e aparar? ¿D ónde está este ejército es­ con d id o que com bate para todos nosotros? Estos hom bres n o están en los gobiernos provinciales, no están en los parlamentos, n o están en los clubes reservados, no están en los ambientes que dan o se pre­ sume que dan el tono a la vida de un país. Esta tendencia a esconderse, a quedarse apartados, tiene una motivación psicológica. Efectivamente, n o existe educación que se funde en el rechazo de la apariencia y en el desprecio del prestigio, co m o la técnica. En la mesa de trabajo del técnico, la naturaleza vi­ gila com o un ju ez inflexible. El técnico no puede buscarse a sí mismo, no puede buscar su ventaja, debe dedicarse p or entero a la obra. Los poetas, los artistas, los escritores de m oda, los hombres políticos, tie­ nen la posibilidad de adaptar su obra al p ropio interés. Todos sabe­ mos que esto ocurre, que al gusto de la época, a la op in ión pública, se le hacen concesiones en detrimento de la obra. ¿Quién se siente com pletam ente inm une de esta sospecha? ¿Es posible que la famosa

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sabiduría práctica, la táctica, la habilidad de los hombres sea algo muy diferente del h ech o que ellos tienen en cuenta, además de su deber objetivo, también el de su ventaja y la de sus pares en sus obras? Tienen la ocasión de hacerlo, la posibilidad está abierta, la co­ sa es generalmente tolerada, y es muy difícil de probar en los casos es­ pecíficos. Esta es la fuente de la eterna insuficiencia de todas nuestras obras públicas, que los hombres se buscan en la obra también a sí mis­ mos en lugar de buscar solamente su servicio. Pero esto no es posible para el técnico. En su obra el interés per­ sonal, en la m edida en la cual subsiste todavía, concuerda con el in­ terés de construir la obra de acuerdo a las leyes naturales y a los fines prefijados. Si él violase esta norma p or una predilección de carácter personal o p or vanidad, el castigo seguiría inmediatamente a la ac­ . ción. La máquina no funciona, el aparato cae, la sustancia n o posee las cualidades requeridas, y su creador se ve desenmascarado com o un incapaz. Así la técnica educa para una perfecta dedicación a la obra, al com prom iso sin reservas de la personalidad, enseña a renunciar al ca­ pricho, a la debilidad, a la coquetería. En otras profesiones n o es así. Frecuentemente pasan décadas y generaciones antes de ser puesta en claro la debilidad egoísta de un acto político o de una legislación. Y mientras la humanidad, en todos los otros campos, relaciona la obra al creador y con oce p or su nom bre a cada escritor importante, n o sa­ be nada de sus técnicos. La obra cumplida abandona a su maestro y recorre su camino. Nadie imagina entre cuántos sufrimientos, sacrifi­ cios y desilusiones surgió. Nadie sabe de las tentativas fallidas, de los accesos de debilidad, de las noches de desesperación, “la cosa no ha funcionado. ¿Funcionará alguna vez? ¿Llegaré alguna vez a la solu­ ción? ¿Acaso m e habré equivocado?”. El m undo admira la obra ter­ minada y la utiliza sin escrúpulo; que su creador pertenezca a la cla­ se más trágica de los seres humanos, es algo en lo que nadie piensa. Un gran tesoro se encuentra escondido en la fuerza pedagógica de la educación técnica. Este tesoro no ha sido aún aprovechado para la vida pública. Tenemos a disposición un ejército de reserva com ­ puesto p or personas que aprendieron, com o pocas otras, a crear de­ sinteresadamente. Pero la cámara del tesoro está cerrada por una se­ rie de candados. U no de los más resistentes es la insuficiencia de las escuelas técnicas. Hasta hace p o co un ingeniero, concluyendo ya sus estudios, ha­ bía escuchado hablar raramente sobre lo que es exactamente la téc­ nica, de cuáles fuentes surge, de la manera en que está entrelazada con la naturaleza del hom bre y con las leyes del cosmos, de cuál es

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su significado, su finalidad remota y su límite, de la relación en que se encuentra con la facultad cognoscitiva, la imaginación y la ley m o­ ral en nosotros. Se enseñaba, en cambio, cóm o debe utilizarse una máquina, sin enseñar que ju n to a ella se encuentra también un hom ­ bre. En fin, la escuela n o decía nada del m od o en el cual la técnica se inserta en la humanidad y en el m undo, objetivamente y a nivel de experiencia, paralizando así las fuerzas que ella misma había for­ mado. Cuando el técnico de nuestros días llega con dificultad a un límite en su profesión, frecuentem ente n o sabe ya qué rum bo tomar y abandona el cam po al hom bre de la econ om ía o de la administra­ ción, y esto es una lástima; de esta manera se substrae a la humani­ dad un gran patrimonio educativo del que necesita. La gran experiencia del técnico, que algunas veces en el transcur­ so de mi vida me sacudió también en lo más profundo, es aquella de que las máquinas y procedimientos de reciente descubrimiento “fun­ cionan de veras” , que los remedios inventados “curan realmente” y verdaderamente suprimen los dolores. En una consideración superfi­ cial, ello podría parecer obvio, pero en los inicios del Renacimiento los hom bres fueron presa del estupor y desconsuelo viendo que los hemisferios de Otto von Guericke, en los cuales se había practicado el vacío neumático, n o podían ser separados p o r el tirar de cuatro caballos y cuando, más tarde, vieron elevarse en el aire al prim er glo­ bo. Que estas cosas fueran reales, y n o un sueño, que el m u n do de la experiencia repentinamente las contuviese, mientras hasta entonces no habían existido, y en fin la terrible sensación de que en ellas “vivie­ se” algo que desde entonces y en adelante actuará sobre el resto del m undo y ejercitará un apremio también sobre mí; ésta es una de las más grandes experiencias que el género hum ano hayajamás enfren­ tado. Veamos una vez más la locom otora. Lo esencial en ella n o es el acero reluciente (podría ser también otro material), n o es en gene­ ral la materia, n o es aquello visible, sino que es el elem ento espiritual. Es sólo algo trascendente que le permite funcionar La ley natural determi­ nada, utilizada en el caso particular, n o representa aún la esencia de la locom otora. Ella es, p or así decirlo, cambiable com o un material de construcción. Una locom otora puede accionarse con vapor, con sistemas de com bustión interna o con corriente eléctrica, o sea que se la puede hacer m over con la ayuda de diversas leyes naturales. No es esto lo que la hace andar, pero basta que en una máquina de este género, una sola pieza se encuentre en contraste con otras o con el m u n do de las leyes, que un solo cálculo se haya equivocado, que so­ lamente un com ponente formal no sea pura matemática, que un so­ lo movimiento n o se inserte en el ritmo bien definido que fuera

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preestablecido p or el constructor, para que la máquina falle. El ele­ m ento trascendente en el m edicam ento, en el aparato y en la máqui­ na es el factor decisivo. ¿Pero en qué consiste? A este fin es importante que para cada problem a unívoco de la técnica exista solamente una solución óptima. La aparente multipli­ cidad de construcciones con un mismo fin está principalmente deter­ minada p or el hecho de que los objetivos no son tan unívocos com o parecen a primera vista, y por el hecho de que las soluciones son im­ perfectas. Los m uchos y diversos m odelos de automóviles tienen todos un objetivo fundamental, pero los objetivos secundarios son diversos. Así es que hay vehículos para una o más personas, para circular en la ciudad o para viajes largos, para gustos diversos, abiertos o cerrados. Si se hubiese fijado un objetivo unitario para una construcción en todos éstos y en m uchos otros particulares, el núm ero de las soluciones se­ ría m u ch o más limitado. En la técnica se presentan tendencias de es­ te tipo, la tipificación y la estandarización tienen el sentido de res­ tricción de la multiplicidad de fines y medios. Si se va hasta el fon d o, resulta que para un fin perfectamente co n ocid o y, p or lo tanto, limi­ tado puede existir solamente una solución óptima, dado que para un objetivo n o hay una pluralidad de materiales ni de formas perfec­ tamente equivalentes. Esta singularidad de las soluciones óptimas de todos los problemas técnicos unívocamente formulables y generalmente posibles, signifi­ ca que las soluciones ya están potencialmente presentes y, p or lo tan­ to, preestablecidas. Nosotros no hacemos la solución, simplemente nos limi­ tamos a encontrarla. Esa es, en cada caso, una sola en un m undo hecho de esta manera. Por lo tanto, ella nos es dada anticipadamente, n oso­ tros nos limitamos a buscarla y a realizarla. El inventor, desde el m o­ m ento en que se encuentra frente a un problem a claramente defini­ do, n o puede hacer otra cosa que acercarse a la meta preestablecida co n los pasos más rápidos. Se deduce que nosotros, dado un proble­ ma, necesariamente trabajemos según un plan p reconcebido. El téc­ nico n o puede hacer menos que admitir que su obra, en la m edida en que ella es perfecta, también es inm une a toda arbitrariedad. Por lo tanto, en la m edida p or la cual la unicidad preestablecida de la so­ lución óptima, abraza todos los problemas posibles de la técnica, la continuación de la creación p or m edio de la técnica constituye la ejecución de un plan inderogable y la “invención”, el encuentro con este plan inmanente. Cuáles entre los problemas posibles deben ser enfrentados, es una cuestión que aún debem os examinar. Pero cua­ lesquiera que fueren los problemas elegidos, su solución final está preestablecida. Para revestir este form idable estado de hechos en pa­

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labras humanas, n o con ozco m ejor expresión que la siguiente: n oso­ tros encontramos al creador, que se vale del espíritu hum ano para desarrollar ulteriormente su obra. El hombre técnico traduce d ser poten­ cial de lasformas dadas anticipadamente a la realidad actual del mundo em­ pírico. A quí nos encontramos frente a la esencia trascendente de la técnica. La antigua palabra del Génesis: “Hagamos al hom bre a nues­ tra imagen y semejanza” (Gén., 1, 26), se actualiza y adquiere un nuevo significado. A hora bien, en la ciencia natural y en la técnica hay m étodos que permiten establecer anticipadamente, si determinados proble­ mas tienen o n o solución; en principio son susceptibles de solución todos aquellos problemas cuyos objetivos no estén en contraste con las leyes fundamentales de la naturaleza. Los m étodos que permiten decidir con anticipación si un problem a tiene solución o no, tienen una capacidad limitada. Algunos de estos problemas son, p or el m o­ m ento, difíciles de solucionar. El problem a del vuelo estuvo p or m u­ ch o tiempo en discusión y, algunos científicos de valía creyeron poder demostrar que ello n o era susceptible de ser solucionado. Hoy sabe­ mos que su argumentación era errónea y que la superación dinámica de la fuerza de gravedad era posible. Sumergirse en este pensamiento -que no es de qué modo puedan resolverse determinados problemas téc­ nicos, sino cuáles problemas pueden ser solucionados- significa co ­ menzar a preguntarse cóm o puede continuarse desarrollando la creación misma, y éste es un com prom iso muy profundo; se trata de develar anticipadamente el futuro de la creación, dado que la crea­ ción trae, conserva y m odela al género humano. Problemas co m o el de la conquista de otros m undos estelares, o sea el vuelo en dirección a otros planetas lejanos pasan así, desde el m undo de la ciencia fan­ tástica, al m undo de la reflexión exacta. El significado de épocas en­ teras, de siglos terrestres, aparece bajo una nueva luz. A quello que había aparecido en un instante com o cumplimiento se vuelve una simple preparación; podem os entrever anticipadamente una parte del plan divino, del deber y del destino del género hum ano en é p o ­ cas lejanas. Y nos hace temblar el pensamiento de que, desde las p ro­ fundidades del ser, que n o tom ó forma todavía, pero con certeza de su ley duerme a través de los eones, el creador nos llama a su ejecución.

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Exijamos la dictadura de la máquina H a n s S c h m i d t y M a r t S ta m

Fordert die Diktatur der Maschine, en “ABC-Beiträge zum Bauen”, Ba­ silea 1927-1928, n. 4, p. 1. Hans Schmidt nació en Basilea en 1893. En 1918 egresa del instituto técnico confederai de Zurich, dedicándose por lo tanto a la profesión de arqui­ tecto. Su actividad lo lleva muy pronto a Holanda, donde reside entre 1921 y 1923 y luego a la Unión Soviética, adonde llega con el grupo de Ernst May. En 1929 se encuentra entre los fundadores del CIAM. En 1956 se traslada a Alemania Oriental, donde trabaja en el instituto para la tipificación y don­ de colabora en la Deutsche Bauakdemie de Berlín Este. Más tarde es nom­ brado profesor y miembro honorario, como así también doctor honoris causa en 1963. Desarrolla también su actividad como representante de Alemania Oriental en el ámbito de la VIA. Muere en Basilea el 18 de junio de 1972. Mart Stam nació en 1899 en Purmerend, Holanda, donde estudia arqui­ tectura. Trabaja en los estudios de Granpré Moliere y van der Mey y colabora con Hans Schmidt y Werner Moser. En 1922 se establece en Berlín, entra en contacto con el movimiento Frulicht, trabaja para Bruno Taut y conoce a El Lissitsky, quien llegó a la capital alemana para la exposición de arte soviético. En 1924 lo sigue a Suiza y en Basilea funda con Schmidt y Roth la revista ABC, abierta a las vanguardias racionalistas de aquellos años. En 1926 vuelve a Rotterdam, donde trabaja en el estudio de Brinkman y van der Vlugt. En 1927 colabora en la exposición del W erkbund en Stuttgart mien­ tras que al año siguiente forma parte de la fundación del CIAM. Siempre en 1938 se traslada a Frankfurt, donde trabaja para la junta comunal socialdemócrata. En 1930 sigue a Ernst May y su grupo a la Unión Soviética, des­ de donde vuelve en 1934, en vista de que no se concretaban los proyectos del grupo. Vuelto a Holanda, Stam transcurre un período oscuro por su fam a de izquierdista. Entre 1948 y 1953 Stam trabaja en la DDR, repitiendo lo bue­

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Exijamos la dictadura de la máquina / Hans Schmidt y Mart Stam

no y lo malo de la experiencia juvenil soviética. Vuelto definitivamente a Holanda, ya no tiene un rol en primer plano. Muere a fines de 1976.

La máquina n o es el paraíso de la realización técnica del fu ­ turo de todos nuestros deseos ni es el infiern o inm inente co n la destru cción de tod o el desarrollo hum ano. La máquina n o es más que el dictador despiadado de nuestras posibilidades de vida y de nuestras obligacion es de vida com unes. Pero estamos todavía en evolu ción , en una fase de transición. La m áquina se ha puesto al servicio de una cultura burguesa e in­ dividualista nacida en el R enacim iento. C om o sucede co n el ser­ vidor que es, al m ism o tiem po, retribuido y despreciado p o r el m ism o patrón, de igual m o d o la m áquina es sim ultáneam ente usada p o r el burgués y con d en ad a p o r su corte de intelectuales, artistas, científicos y filósofos. Pero la máquina n o es un sirviente si­ n o un dictador: ella establece cóm o tenemos que pensar y qué d ebe­ mos entender. A la cabeza de las masas que le son fieles inexorable­ mente, ella exige, año tras año, de manera cada vez más imperiosa, la reorganización de nuestra econom ía y de nuestra civilización. Ella n o con oce pausas filosóficas, no con oce com prom isos con la retóri­ ca pacifista. Ella n o nos con cede esperanza alguna de paz negociada, ningún aspecto estético desde los requerim ientos de la vida. La rea­ lidad nos muestra hasta qué punto nos hem os adecuado hasta ahora a las im posiciones de la máquina: le hem os sacrificado el artesanado, estamos a punto de entregarle la clase cam pesina. Tu­ vimos que con ced erle la u n ificación de nuestros principales m e­ dios de transporte y de nuestras grandes industrias. Bajo su p re­ sión, hem os desarrollado un nuevo m o d o de p ro d u cció n , la p ro ­ d u cción en serie, la p rod u cción estándar, la p ro d u cció n masiva. Por su causa, tuvimos que pon er en manos del estado instrumentos organizativos y de p od er cada vez más grandes y dejar que también nuestros más sagrados bienes nacionales se internacionalizaran. Hemos dado el primer paso: el pasaje desde una sociedad que produ ce con base individua­ lista, que se m antiene ju n ta idealmente gracias a los con cep tos de estado nacional y de una c o n c e p c ió n religiosa restringida a una sola raza, a otra socied a d que p ro d u ce c o n base capitalista y que está organ izada materialmente p o r las n ecesidades de la indus-

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trialización y del intercam bio internacional. Pero nuestro pensa­ m ien to, el pensam iento de nuestros rom ánticos de p rofesión y es­ tetas de la vida, n o han sabido m antenerse ni siquiera a la altura de este paso. Ellos han p erd id o la idea de lo que es elem ental y está vivo, pues c o n o c e n solam ente la m oral y la estética. Y tem ien­ d o lo p e o r para la supervivencia de nuestros bienes ideales (es de­ cir de quedar desocu pados) se transforman, a fuerza de idealis­ m o, en guardianes de la reacción , o se refugian en el sectarismo. Ahora debemos dar el segundo paso: el pasaje desde una sociedad que se ve obligada a producir co ­ lectivamente, pero que, en real ideología, está todavía orientada en sentido individual, a otra sociedad que piense y trabaje co n sentido conscientemente colectivo. ¿Retórica? Retórica para los oídos de los es­ cépticos burgueses de salón, pero necesidad inexorable para las ma­ sas, que hoy se encuentran empujadas a los límites de sus posibili­ dades de vida, ya sea desde punto de vista material co m o intelectual. Son frases retóricas si creemos p oder hacer, de un pensamiento idea­ lista burgués, la base de la reconstrucción de una producción clara y racional, si creemos que todo el problema consiste en vender a m e­ nor precio nuestra cultura para el paseo del dom ingo a la tarde, si creemos p oder evitar la lucha decisiva del futuro próxim o con una paz a buen precio. Lo que se requiere de nosotros es en prim er lu­ gar la liberación y la conversión de nuestro pensamiento. Las n ece­ sidades de actuar aparecen p or todas partes: pero falta el pensa­ m iento de los hom bres destinados a actuar y a guiar, porque la re­ tórica y las ilusiones de la reacción sofocaron el pensam iento ele­ mental.

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Todavía la técnica. Un "tour d'horizon" T o m á s M a ld o n a d o

Puede sostenerse que hoy vivimos un m om en to particularmente innovador de la ya larga (y anhelada) historia de la reflexión sobre la técnica. De h ech o, en los últimos decenios se constata una ten­ dencia, cada vez más difundida, de tom ar críticam ente distancia de los esquemas interpretativos de sello idealista que han co n d i­ cion a d o desde siempre, y vuelto a m en u do evanescentes, las tenta­ tivas de hacer de la técnica un objeto de reflexión. A lu do, en particular, a la corriente que ha tenido un papel de prim er plano en la filosofía contem poránea de la técnica. Principal­ mente a la alemana. Basta pensar, p or ejem plo, en las contribucio­ nes de E. Zschim mer y F. Dessauer1, dos ingenieros-científicos-filó­ sofos, de filiación respectivamente hegeliana y kantiana. Estos estu­ diosos, n o obstante ciertos aspectos muy estimulantes de su pensa­ m iento, estaban persuadidos de que las respuestas a las cuestiones planteadas p o r la técnica tenían que haber sido buscadas en la misma técnica. La técnica sería una realidad autónom a, un siste­ ma cerrado, un sistema que se explica (y se desarrolla) sin tener que recurrir a factores exógenos. C on una term inología ahora (dem asiado) a la m oda, se podría decir que, para ellos, la técnica es autopoiética. A tal punto que Dessauer deja en tender -platóni­ cam ente (y aristotélicam ente)- que las formas de los objetos técni­ cos estaban ya presentes en un catálogo ideal de form as preexis­ tentes. Y que la técnica n o haría otra cosa que hacerlas explícitas.2 Si bien partiendo de presupuestos filosóficos muy distintos, 1. E. Zschimmer, Philosophie der Technik, Eugen Diedrichs, Jena 1914; F. Dessauer, Philo­ sophie der Technik, Cohen Verlag, Bonn 1927; Id., Streit um die Technik, J. Knecht, Frank­ furt am Main 1956. 2. Sobre los aspectos incluso "místicos" en la filosofia de la tècnica de F. Dessauer, ver G. Ropohl, Friedrich Dessauer's Verteidigung der Technik, en Zeitschrift für Philosophische Forschung, XLII, 2, abril-junio 1988, pp. 301-310.

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los escritos de H eidegger sobre la técnica3, escritos y citados hoy a propósito (y a despropósito) un p o co p or todas partes, son expre­ sión, en resumidas cuentas, del mismo m od o especulativo de tratar el argumento. El hace de la técnica -o mejor: de la “esencia de la téc­ nica”- un objeto autorreferencial, algunas veces inescrutable, elucu­ bración etimológico-lexical. En el ton o “alto” que contraseña su estilo de pensam iento, exa­ mina la pretensión (propia y de otros) de querer “espiritualmente tomar la técnica en su m ano” (geistig die Technik in die Hand bekom­ men). Brevemente: querer someterla, dominarla. Sobre las sutiles im plicaciones ontológicas del querer “tomar en su m ano” , ya se ha­ bía detenido Heidegger, sin referirse explícitamente a la técnica, en Essere e tempo (1927), en el m om ento en que introducía su famosa distinción entre Zuhandenheit (un m od o de ser “utilizable”, “al al­ cance de la m ano” ) y Vorhandensein (un m od o de ser “presente” , “bajo m an o”). En la controversia actual sobre las nuevas tecnologías, dos co ­ nocidos expertos en inform ádca, inteligencia artificial y teoría de las decisiones: T. W inograd y F. Flores4, atribuyen a dichas catego­ rías una relación directa con el tema en discusión. Hasta el punto que, según ellos, podrían “ alter our conception o f computers and our ap­ proach to computer design”5. En la práctica, W inograd y Flores tratan de demostrar, polem izando con otros expertos en el mismo cam po, que dichas tecnologías n o van a confirm ar la “tradición racionalis­ ta”, sino al contrario, a relativizarla. L o que, en cierto m od o, puede ser verdad. Sin em bargo, es difícil, en términos de la coherencia lógica, n o tener en cuenta un h ech o histórico incontrovertible: el nacim iento (y el desarrollo) del orden ador está notoriam ente ligado a precur­ sores co m o Cartesio, Pascal, Leibniz, Babbage y B oole, exponentes arquetípicos, precisamente, de tal tradición. Aun adm itiendo esta deuda, W inograd y Flores sostienen que en la racionalidad de estos 3. M. Heidegger, Die Frage nach d e r Technik, en Vorträge u n d A u fsä tze, G. Neske, Pfullin­ gen 1954; Id., D er Satz vom Grund, G. Neske, Pfullingen 1957; Id., Die Keh re, en D ie Tech­ nik u n d die K eh vre, G. Neske, Pfullingen 1976a; Id., N ur noch ein G o tt kann uns rette n , en­ trevista en D er Spiegel, 31 mayo 1976 b; Id., ü b erliefe rte Sprache u nd Technische Sprache, Erker, St. Gallen 1989. 4. T. Winograd y F. Flores, U nderstanding Com puters and Cognition. A n e w Fou ndation fo r D esign, Albex, Norwood, N.J. 1986. 5. El primero, si no yerro, en aventurar hipótesis de este tipo "¡...Heidegger como filóso­ fo de las nuevas tecnologías!" ha sido H.L. Dreyfus, P hen om en o lo gy and A rtificia l In telli­ gence, en J.M. Edle (comp.). P hen om en o lo gy in A m erica, Quadrangle Book, s.l. 1967; Id., H eid e g g er on gaining a free relation to techn ology, en A. Feensberg y A. Hannay (comps.), Technology. The Politics o f K n o w led g e, Indiana University Press, Bloomington 1995. Para una critica al pensamiento de Heidegger sobre la técnica, ver T. Rockmore, H eid e g g er on Technology an d D em ocracy, ibid.

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precursores hay elementos de los que sería necesario desprenderse ya que, según ellos, impedirían hoy la solución de m uchos proble­ mas emergentes en el ámbito de la inform áüca y de la inteligencia artificial. El planteo no es nuevo. Es la vieja cuestión de la actualidad (o n o) de las estrategias conocibles que en los últimos siglos, desde F. B acon hasta hoy, han perm itido resultados formidables en los cam­ pos del descubrim iento científico y de la innovación tecnológica. Ella ha estado, y lo está aún, en el centro del debate entre filósofos (y científicos). Algunos, cada vez menos, se obstinan en asignar a la m etodología de la investigación tecnológica una validez universal, una objetividad absoluta, otros la p on en en discusión en nom bre del pluralismo y del relativismo, otros aún desarrollan hipótesis acerca de una m ediación entre estas dos posiciones extremas, o bien p rop on en el rechazo de ambas. Es un debate que, sustancial­ mente, atañe a los fundamentos lógico-epistemológicos de la empresa científica. Digamos entonces que la pregunta de W inograd y Flores sobre lo problemático de la relación entre “tradición racionalista” y nuevas tecnologías es más que legítima. Se sabe que, I. Hacking6, siguiendo los pasos del historiador de la ciencia A.G. Grombie, ha lanzado la idea de una pluralidad de “estilos de razonamiento científico”. Si se acep­ ta la idea de Hacking, no habría, a nivel teórico, nada que objetar al deseo de nuestros autores en cuestionar el estilo de razonamiento do­ minante en la “tradición racionalista” y tratar de abrir paso a un nue­ vo estilo de vida llamado a sustituir el precedente. N o obstante eso, para recon ocer validez total a esta tentativa, es decisiva una individuación clara de cuáles son efectivamente los ele­ mentos juzgados obsoletos o nocivos y, p or lo tanto, a descartar en el estilo de razonamiento hasta ahora hegem ónico. Hay que admitir que los autores no son muy explícitos al respecto. Y lo p o co que se consigue entender no es muy convincente. Todo hace pensar que los elementos que se quieren eliminar son los relacionados co n una idea banalmente positivista de la razón. En el fon d o, lo que p or ené­ sima vez, quiere hacerse objeto de denuncia, es la ya secularizada ha­ ce tiempo “Dea R agione”. Pero si el objetivo era solo éste, o sea dar pruebas ulteriores de que la razón no está exenta de desatino -lo que todas las personas ra­ zonables saben- es difícil de entender p or qué se tiene necesariamen­ te que incom odar a Heidegger y a su terminología incisiva, implaca­ ble. Para argumentar contra tal versión caricaturesca del racionalismo, 6. I. Hacking, Styles o f Scien tific Reasoning, en J. Rajchman (comp.), Post-analitic p h ilo ­ sophy, Columbia University Press, New York 1985.

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un racionalismo -para entenderse- a carta cabal,¡jamás rozado p or du­ das e incertidumbres, bastarían algunos pocos ejemplos de nuestra experiencia cotidiana. Un enfoque pragmático, de bajo perfil. Se ha preferido, sin embargo, afrontar el tema valiéndose del armamento poderoso de categorías de Heidegger. Una elección desconcertante de cam po filosófico. Desconcertante dado que de estudiosos em pe­ ñados en la búsqueda de las implicaciones lógico-epistem ológicas de la conception o f computer design, se habría esperado en última instan­ cia, si filosófica tuviera que ser, una elección distinta. A unque en la obra de W inograd y Flores se m en cion en estudiosos co m o Tarski, Kuhn, Lakatos, Davidson, Hintikka, Putnam, Searle, A pel y Haber­ mas, protagonistas importantes, com o se sabe, en la contienda so­ bre la racionalidad y sus límites, los autores n o parecen ser dem a­ siado receptivos, quizás con la única excep ción de Searle, a sus ideas. La referencia central sigue siendo Heidegger, si bien, dicho incidentalmente, es una referencia que a m enudo deja entrever un con ocim ien to demasiado aproximativo de la obra del filósofo ale­ mán. N o sólo eso, creo que un estudioso de los escritos de H eideg­ ger plantearía fuertes dudas sobre algunas conclusiones, algo teme­ rarias, que W inograd y Flores sacan de la lectura de estos escritos.7 La verdad es que el procedim iento, bastante difundido, de transferir categorías (nocion es y conceptos) desde un cam po a otro del saber n o siempre tiene resultados positivos. En el caso específi­ co, se trata de transferir categorías desde la filosofía de H eidegger a la inform ática y a la inteligencia artificial, e incluso a la organiza­ ción empresarial. Sin em bargo, se olvida que tales categorías, p or ser mecanismos típicamente filosóficos, tienen un sentido (si lo tie­ n en ) solo, en el contexto de un universo de discurso que es el de la filosofía, y de la filosofía heideggeriana en particular.8 Las cosas se com plican ulteriormente cuando sorpresivamente, los autores afirman: “ Our commitment is to developing a new ground fo r rationality”. Llegados a este m om ento, uno se pregunta: ¿Es verosí­ mil la tesis, defendida p o r nuestros autores, de que H eidegger pue­ da ser de ayuda en la búsqueda de una nueva racionalidad, o sea de una racionalidad más coherente, com o se afirma, a las exigencias de las nuevas tecnologías? Personalmente n o lo creo. Es difícil imaginar 7. A veces surge la sospecha de que el Interés, poco menos que obsesivo por Heidegger, presente desde siempre en Francia y ahora también en los Estados Unidos (y en Italia) no sea filosófico. En los últimos tiempos, Heidegger, por usar una expresión que no casual­ mente viene de la moda "marca una tendencia". Citarlo es una suerte de pa ssw ord, un expediente de autoldentlflcaclón. 8. Es difícil no caer en la tentación -¿quién puede decir que no la ha provado nunca?- de querer transferir, con cierta desenvoltura, categorías propias de un universo de discurso a otro. De todos modos, cuando el tema en discusión se refiere a la técnica, los riesgos que se co­ rren son demasiado altos. Entre éstos, el principal es hacer de ellas un uso sólo metafórico.

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có m o los interrogantes lógico-epistem ológicos que hoy se hacen los estudiosos de esas tecnologías -incluidos W inograd y Flores-, puedan encontrar respuestas (o estímulos) a partir de una filosofía que pien­ sa la técnica en términos ontológicos, nunca (o casi nunca) en térmi­ nos lógico-epistemológicos. Además, es incluso risueño pedir auxilio a un pensamiento, normalmente, tan p oco “transparente” com o el de H eidegger con la intención de hacer más “transparente” la rela­ ción interactiva entre la com putadora y el usuario. Es decir, suponer que un pensamiento para nada user-friendly nos pueda suministrar los m edios conceptuales para hacer user-friendly a la computadora. Me he detenido en los exponentes de la filosofía de la técnica alemana, y especialmente en H eidegger (y en su influencia), p or­ que a mi ju icio ellos expresan bastante bien ese m o d o de aproxi­ marse a la cuestión de la técnica que, fuera del círculo reducido de los filósofos, m uchos la juzgan ahora muy lejos de la realidad. Lo que no debe sorprender. En una ép oca com o la nuestra, especial­ m ente después del advenimiento de las nuevas tecnologías, la técni­ ca em erge com o una realidad que incide prepotentem ente en to­ dos los aspectos de nuestra vida. H oy nos plantea interrogantes que ya n o son, com o antes, de naturaleza predom inantem ente filosófi­ ca, pero, y puede que sobre todo, de gestión concreta de problem as éticos, sociales y culturales -sin excluir los políticos- concernientes al diseño de digitalización global de nuestra sociedad.9 Frente a esta nueva con d ición , se presenta necesaria una revi­ sión drástica del “m od o de pensar la técnica”, lo que no significa que sea claro, que el capital de reflexiones que la filosofía de la técnica ha acumulado en los últimos siglos se tenga que rechazar en conjunto. Y esto vale, prescindiendo de las fuertes reservas manifestadas preceden­ temente, también para las contribuciones más especulativas, incluidas las del mismo Heidegger.10 Pero el mayor obstáculo que hoy encuentra este program a es el progresivo increm ento de la distancia entre la “técnica mediata”, o sea la técnica vivida com o discurso, y la “técnica inm ediata”, la téc­ nica vivida com o realidad en el contexto cotidiano de la p rod u cción 9. Véase al respecto mi ensayo Crítica d e la razón in form ática, Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 1998. Cfr. H. Popitz, D er A u fb ru ch z u r A rtifizie llen G esellschaft, J.C.B. Mohr, Tübingen 1995. 10. Queda el problema de si la "filosofía de la técnica", tal y como la hemos conocido en el pasado, tiene todavía un futuro. H. Skolimowski The S tructu re o f Thinking in Techno­ logy, en Technology, an d Culture, VII, 3, verano 1966, pp. 371-383 ha hecho una distinción entre p h ilo so p h y o f technology, el estudio de la tecnología como medio de conocimiento, y la techn olog ica l ph ilo so ph y, el estudio de sus efectos sociales. Mirándolo bien, la distin­ ción de Skolimowski, como ha hecho notar I.C. Jarvie en The social Character o f Technolo­ gical Patterns. Comments on Skolim ow ski's Paper, ibid., pp. 384-390, no es más que una pro­ puesta de "paz armada” entre filosofia (tradicional) de la técnica y sociologia de la técnica.

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y del u so.11 Considero que la culpa, si de culpa puede hablarse, sea atri­ buirla en gran parte a una “técnica mediata” que, prisionera a m e­ n udo de la fascinación de la opacidad referencial, ha perdido todo contacto con la realidad de la “técnica inmediata” . Hay que decir que esta última, p or su parte, debido a su obstinado e insolente re­ chazo de ir más allá de una visión puramente instrumental, al admitir que la técnica puede ser objeto de reflexión, no es menos culpable. Personalmente, soy partidario de pensar que, en el futuro, la tarea tendrá que consistir, principalmente, en tratar de acortar la distancia que separa estos dos m odos de entender la técnica. Una tarea que, seguramente, ya ha sido afrontada en el pasado. Surge en form a espontánea citar a dos pensadores a los cuales, después de un p eríod o de olvido o infravaloración, es hora de recon ocer y darles un papel precursor indudable: L. M um ford y S. G iedion .12 El pri­ m ero p or haber introducido elementos de m ediación social y cultu­ ral en la “técnica inmediata”. El segundo p o r haber introducido, a través de un vasto trabajo de investigación em pírica sobre la innova­ ción, elem entos de inm ediación en la “técnica mediata” . Sin em bargo, en esta dialéctica hay que tener en cuenta, y en la misma medida, el papel, igualmente precursor, de aquellos his­ toriadores que se han opuesto a la idea de que la historia de la téc­ nica sea una disciplina autárquica. Es decir, una historia encerrada en sí misma, opuesta a reexaminar sus presupuestos fundadores y sus m étodos de indagación, a tomar en consideración que el desa­ rrollo de las técnicas pueda estar fuertemente condicionado p or una relación de recíproca dependencia con otros procesos de la historia. Es un hecho evidente que, hasta hace p o co tiempo, la historia de la técnica ha sido sobre todo una historia de la “técnica inmedia­ ta”, o sea una historia que docum entaba escrupulosamente a las téc­ nicas ganadoras e ignoraba a las perdedoras13, que descuidaba las ra­ zones de fon d o, socioeconóm icas y culturales, que han perm itido a algunas ser ganadoras y conden ado a otras a ser perdedoras . Entre 11. D. Langenegger, G esam tdeutungen m o d ern er Technik, Königshäuser! & Neumann, Würzburg 1990. 12. L. Mumford, Technics an d Civilization, Brace and Co., Harcourt, New York 1934; Id., The M yth o f the M achine, Seker and Warburg, London 1967; S. Giedion, Space, Time and A r­ chitecture, Harvard University Press, Cambridge, Mass. 1941; Id., M ech anization Takes Com m and, Oxford University Press, Oxford 1948. 13. Me gustaría atenuar este juicio. Mi versión de una historia de la tècnica interesada só­ lo en documentar los sujetos técnicos vencedores es quizás demasiado simplista. La tesis es, por lo general, sostenible, pero no hasta el punto de sugerir que en obras de la historia de la técnica más conocidas para dar dos ejemplos: la de Singer, Holmyard, Hall, Williams, o la que está bajo la dirección de M. Daumas, H istoire gen érale des techniques, vol. 5, PUF, Pa­ rís 1962-1979 el interés por los sujetos técnicos derrotados está absolutamente ausente.

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los historiadores que han denunciado los límites de esta orientación, y propuesto un camino distinto, me gustaría citar L. Febvre.14 Febvre no sostenía solamente la necesidad de estudiar la historia de la técni­ ca en el cuadro de la “historia general”, sino también proponía un punto de vista crítico al respecto. En el fondo, su visión era muy cerca­ na a la idea sugerida por Marx de una “historia crítica de la técnica”. Hay que decir, sin em bargo, que para Febvre, la realización de tal program a no podía ser encom endada exclusivamente a los his­ toriadores de la técnica, sino que tenía que resultar del zèle conver­ gent de estudiosos de distintas disciplinas históricas (pero n o sólo históricas), dispuestos a colaborar en un diseño com ún. Treinta y cin co años después, el historiador de la técnica M. Daumas15 hacía un balance muy p o co confortante sobre los resultados conseguidos con la propuesta de colaboración de Febvre: “N o m e parece que ca­ da categoría de especialistas haya h ech o un esfuerzo para salir del p rop io dom inio, de la propia época y ni siquiera, algunas veces, del p rop io país”. Si se entiende la propuesta de Febvre com o interdisciplinaria entre estudiosos que abandonan “el p rop io dom inio, la propia é p o ­ ca y el p rop io país”, la desilusión de Daumas es más que justificada. En realidad no había nada tan distante de Febvre co m o la idea de una colaboración entre estudiosos, todos, p or decirlo de algún m o­ do, en fuga de su disciplina específica. Para él, al contrario, el zèle convergent que se esperaba de muchos estudiosos n o era otra cosa que la confiada disponibilidad a colaborar, sin tener p or tanto que abandonar el p rop io cam po, “autour duproblème à étudier” . Y este p ro­ blem a era la técnica. El prim er intento de traducir a la práctica este am bicioso p ro­ grama ha sido, a mi ju icio, la Histoire des techniques bajo la dirección de B. Gille, presentada, com o es sabido, en la Encyclopédie de la Pléia­ de.16 El trabajo de Gille y de sus colaboradores ha p rop orcion a do un ejem plo de cóm o es posible integrar, en un proyecto unitario, las disciplinas que, desde puntos de vista e intereses muy distintos, se ocupan de la historia de la técnica. A hora queda cada vez más claro que sólo co n los aportes de fi­ lósofos, historiadores, etnólogos, ingenieros, economistas, psicólogos y sociólogos será posible desarrollar una historia de la técnica más cercana a los problemas de nuestros días. Es así, y sólo así, que la 14. L. Febvre, R éflexio n s su r l'h isto ire des techniques, en "A n naies d 'histo ire, économ ique e t so cia le“ , 36, 30 noviembre 1935, pp. 531-535. 15. M. Daumas, L'histoire des techn iq ues: son o b je t, ses lim ites, ses m éthodes, en Revue d'h isto ire des sciences e t leurs applications, XXII, 7, enero-marzo 1969, pp. 5-32. 16. B. Gille, P rolégom ènes à une h istoire des techniques, en B. Gille (comp.), H istoire des techniques, Gallimard, Paris 1978.

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“técnica mediata” y la “técnica inmediata” podrán ser capaces de confluir en el mismo ámbito de reflexión. Es de h ech o im probable que pueda estudiarse la técnica sin recurrir a tal intersección de dis­ ciplinas. Cada estudioso, si bien perm aneciendo fiel a la especifici­ dad del p rop io cam po de estudio, tendría que tratar de asimilar los fragmentos de saber provenientes de otras disciplinas colindantes (e incluso lejanas), segmentos de saber capaces de volver m enos parcial y, p o r lo tanto, más verdadero y con creto, su trabajo. Bajo es­ te perfil, es im prescindible citar las obras estimulantes del etn ólogo A. Leroi-G ourhan17, en las que siempre se discute la técnica en el contexto de un “ milieu técn ico”, una realidad com puesta y articula­ da cuya interpretación exige la contribución de las más diversas dis­ ciplinas. Pero hay que admitir, que en los esfuerzos para superar la vie­ ja con cep ción , digamos, aislacionista de la técnica hay que recordar también el aporte fuertem ente innovador de G. Sim on don 18. A Si­ m o n d on se debe el m érito de haber centrado la atención en los p ro­ cesos generativos y constitutivos del objeto técnico, lo que él llama los “procesos de individuación”. Para él, el objeto técnico es el pun­ to de partida, y n o de llegada, de todo razonamiento sobre la técni­ ca. Pero la suya n o es una mera elección de m étodo de indagación -preferir el enfoque inductivo al deductivo-, sino que es una elección que se refiere a la convicción (central en Simondon) que está precisa­ mente en el objeto técnico en donde la cultura se vuelve técnica y la técnica, cultura. D icho de otro m od o, el objeto técnico es para Si­ m o n d on el pern o alrededor del cual gira, directa o indirectamente, toda la p rod u cción cultural. En este sentido, su obra podría ser vis­ ta, entre muchas otras cosas, com o un esfuerzo para p on er los ci­ mientos de una “cultura técnica (industrial)”, un nuevo m o d o de entender la cultura. Al cumplirse och o años de su muerte, hoy se advierte en Francia un vivo interés p or Simondon. Parece que este interés privilegia en úl­ timo término, tres directrices: 1. la actualidad (o no) de la idea de una “cultura técnica” que hace del objeto técnico el centro de todos los procesos de inculturamiento19; 2. el sostenimiento (o n o) de la idea de individuación desde el punto de vista de los desarrollos científi17. A. Leroi-Gourhan, Evo lution e t techniques, Aibin Michel, Paris 1943-45, 2 vols.; Id., Le geste e t la p a ro le, Albin Michel, Paris 1964-65, 2 vols. 18. G. Simondon, Du m ode d 'existen ce des o b je ts techniques. Aubier, Paris 1958; Id., L ’in­ dividu e t sa gen èse ph ysico-biologiqu e, PUF, Paris 1964; Id., L'ind ividu ation psych ique e t collective, Aubier, Paris 1989; id„ Prospectus. Du m ode d 'existence des o b je ts techniques, en Collège International de Philosophie (comp.). Une p e n sée de l'individu ation e t de la techn iq ue (actos del congreso, Paris 1993), Albin Michel, Paris 1994. 19. G. Hottois, G ilbert Sim ondon e t la ph ilo so p h ie de la "culture te ch n iq u e ". De BoeckWesmael, Bruselas 1993; J-Y. Goffi, La p h ilo so ph ie des techniques, PUF, Paris 1996.

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cos y tecnológicos más recientes20; 3. la cuestión relativa a una pre­ sunta am bigüedad (dicotom ía opdm ism o-pesim ism o) de Simondon respecto de la técnica, cuestión que norm alm ente se relaciona a la misma presunta ambigüedad en H eidegger.21 A cerca del prim er punto, sobre la fuerte postura de Sim ondon de recon ocer a la técnica y a sus productos una legitimidad cultural, puede decirse que la misma se presenta hoy más bien fuera de tiem­ po. No porque tal legitimidad hoy se vaya a poner en tela de ju icio, si­ n o porque, al contrario, resulta superfluo volver a evocar -y encima con tono profètico- lo que ya ha pasado a ser parte del sentido com ún. N o puede, de hecho, olvidarse que la actual producción cultural es in­ separable de los procesos y de los productos de la técnica. Y no podía ser de otro m odo, en un m undo en que la técnica impregna nuestro vivir cotidiano.22 En otras palabras, resulta bastante anacrónico postu­ lar una superación de la tesis de una postura inconciliable entre la cul­ tura y la técnica -la famosa contraposición entre Kultur e Zivilisation de la Alemania weimariana-23 sin tener en cuenta que una tesis tal ya ha sido, en la práctica, totalmente refutada. Además, se sospecha que la propuesta de Simondon de ir más allá de la dicotomía cultura-técnica, de sustraerse a “l ’opposition dressée entre la culture et la technique", ya era una invitación anacrónica cuando, en 1958, él la enunciaba. Sin que­ rer relativizar la carga innovadora de su pensamiento, considero que, sobre este punto, Sim ondon llegó con retraso.24 Pasando p or alto que la idea de tener que recon ocer ciudada­ nía cultural plena a la técnica, ya tiene una larga historia,25 es eviden­ 20. A. Fagot-Largeault, L'in d ividu ation en b io lo gie, en G ilbert Sim ondon. Une pe n sée , op. cit.; R. Thom, M o rp h o lo g ie e t individu ation , en G ilbert Sim ondon. Une p e n sée , op. cit.; G. Hottols, E n tre sym boles e t technosciences, Champ Vallon, Paris 1996. 21. J-Y. Chateau, Technophobie e t optim ism e tech n o log iq u e m odernes e t contem porains, en G ilbert Sim ondon . Une pen sée, op. cit. 22. "El debate público sobre la tecnología y la cultura, escribe M. Schwarz, La culture tech ­ n o lo g iq u e à la barre, en Alliage, 16-17, verano-atoño 1993, pp. 277-283 debe, en primer lugar, tener en cuenta que las realizaciones técnicas están ya profundamente arraigadas en nuestras instituciones, en nuestras relaciones sociales, en nuestras prácticas y en nues­ tras percepciones". Schwarz distingue entre "Cultura de la tecnologia" o sea, la cultura para la tecnologia, y la "cultura tecnológica", o sea, la tecnologia como fenómeno cultu­ ral. Según él, “ la noción de cultura tecnológica subraya la naturaleza abarcadora de nues­ tro ambiente tecnológico". 23. Cfr. la colección de ensayos de T. Maldonado, Tecnica e cultura. Il dib attito tedesco fra Bism arck e W eimar, Feltrinelli, Milano 1979. 24. No puede olvidarse que en el mismo año de la publicación del libro de Simondon, Du m ode d 'existen ce (op. cit.), nace en los Estados Unidos la S o ciety fo r th e H isto ry o f Techno­ lo g y dedicada no solamente, como lo indica su nombre, a la historia de la tecnologia, sino también a promover las relaciones de la tecnologia con la ciencia, la política, el cambio social, las artes, las ciencias humanas y la economia. Su órgano oficial, fundado al año siguiente, tie­ ne el titulo muy aclaratorio de Technology and Culture. 25. Con respecto a esto, es conocida la batalla de F. Bacon contra la tendencia dominante du­ rante siglos al juzgar como despreciables (e incluso demoniacos) a los oficios técnicos. Ni siquie­ ra la de Diderot, más tarde, no casualmente gran admirador, del pensamiento de Bacon.

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te que el derecho a tal ciudadanía ha encontrado una confirm ación definitiva en nuestro siglo.26 A ello han contribuido varios factores. Ha sido importante, a mi parecer, la obra de sensibilización de arqui­ tectos, proyectistas, ingenieros e industriales. Sin duda alguna ellos han h ech o creíble, en el plano teórico y práctico, que los productos de la industria puedan ser portadores de valores culturales (estéticos, éticos, simbólicos, etc.).27 Sin embargo, esta obra de sensibilización encontró, al principio, no pocas resistencias. En concreto, por parte de aquellos para los que sólo las obras de arte (o a lo sumo de arte apli­ cada) y las obras literarias y musicales eran capaces de crear (y de ex­ presar) valores culturales. Y en esta perspectiva, la idea de que un pro­ ducto industrial pudiera adoptar tal función era rechazada normal­ mente con consideraciones sarcásticas aún en los primeros decenios de nuestro siglo. Pero la situación no tardó en cambiar radicalmente. A partir de los años 30, gracias a la presencia del diseño indus­ trial, también se han incorporado los objetos técnicos, y p or cierto co n razón, a nuestro universo cultural. Esta nueva actividad de proyectación, en relación directa con el m u n do productivo, ha h ech o que los objetos técnicos dejen de ser vistos p or los usuarios com o culturalmente inertes, para pasar a ser juzgados en función de valores (culturales) relativos a su calidad formal y a sus prestaciones.28 Sin em bargo, este proceso de legitim ación cultural del objeto técnico ha de situarse en un contexto más amplio. N o creo que pueda prescindirse de que el m od o de “vivir la cultura” haya esta­ d o, a partir de los años 60, im pactado p or profundos cambios. Es dem asiado evidente que los confines entre “vivir la cultura” y “vivir la técnica” se han vuelto cada vez m enos reconocibles. Basta echar un vistazo, p o r ejem plo, a los cam bios que, respecto de la técnica, han tenido lugar en el cam po de la contracultura juvenil: se ha pa­ sado de la contracultura tecn ofób ica de los hippies de los años 60 a la contracultura tecnofílica de los cyberhippies de los años 80 y 26. Si no yerro, ha sido Wendt [Die Technik als K ulturm acht, G. Reimer, Berlin 1906] el pri­ mero, en nuestro siglo, en llamar la atención sobre el papel de la "técnica como factor de cultura". Según Wendt, la técnica tiene una influencia no sólo sobre la "cultura material", sinotamblén sobre la "cultura social y espiritual“ (die soziale und geistige Kultur). Cfr. J. Perrin, Pour une culture technique, en F. Bayle y otros., L'Em pire des Techniques, Seuil, Paris 1994. 27. Pienso, por ejemplo, en hombres como F. Releaux, P. Behrens, W. Rathenau, H. Muthesius, W. Gropius y Le Corbusier. 28. Del papel decisivo que ha tenido la componente del proyecto en este proceso, ya me he ocupado en un ensayo de divulgación sobre el diseño industrial [T. Maldonado, El diseño industrial reconsiderado (1977), edición corregida, Gilí, Barcelona (1993)]. En la misma obra, me he detenido también en otros factores que han facilitado el reconocimiento de los ob­ jetos técnicos como objetos de cultura. Por ejemplo, las contribuciones de algunos movi­ mientos de la vanguardia artistica de los años 10 y 20 que, como el futurismo italiano y el constructivismo ruso celebraban a la máquina como portadora de una nueva cultura. Sin excluir el dadaísmo que avalaba la validez universal del arte tradicional y presentaba (pro­ vocativamente) algunos objetos técnicos como verdaderas obras de arte.

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‘ 90.29 Resum iendo: no sólo la cultura “tradicional”, -com o dem ues­ tran los m edios de los que la misma se vale para su p rod u cción y di­ fusión-, sino ahora también es la contracultura la que está im preg­ nada de tecnología. N o hay acción cultural que n o sea, en cierto sentido, acción técnica. La cultura técnica, vista antes co m o p ro­ puesta teórica temeraria, ya es una realidad. Una realidad que, se­ gún los m odos de ver, puede gustar o no, pero que es de todos m o­ dos una realidad. El segundo punto a ser discutido en la reexam inación (o el re­ descubrim iento) crítico de la obra de Sim ondon es la credibilidad científica de su “principio de individuación”. U n principio atinente a tres campos distintos de referencia: la individuación de los obje­ tos técnicos (1958), la individuación físico-biológica (1964) y la in­ dividuación psíquica y colectiva (1989). De estas tres formas de in­ dividuación la primera es la que aquí nos interesa. En su fascinante indagación sobre la dinámica evolutiva de los objetos (o “seres” ) técnicos, Sim ondon utiliza de m o d o recurrente nocion es provenientes de la biología (génesis, ontogénesis, filogé­ nesis, m orfogénesis, genotipo, fenotipo, mutación, ilemorfismo, etc.). Y no debe sorprender, ya que en él es central el supuesto de que los procesos de génesis y evolución de los objetos técnicos son equiparables a los procesos de génesis y evolución de los seres vivos. O sea, que la “lógica de la técnica” es muy parecida -para usar la expre­ sión de F. Jacob- a la “lógica de la vida”. En esto, él aparece com o un continuador (o casi) del pensamiento de su maestro G. Canguilhelm30 que ha afirmado, justamente, la continuidad entre organismo (huma­ no) y técnica.31 Pero si la teoría de Sim ondon se presenta com o una tentativa original de utilizar las categorías biológicas para explicar la indivi­ duación (y concretización) de los objetos técnicos, la respuesta a la pregunta relativa a su credibilidad científica depende, en gran parte, de los resultados obtenidos (o no obtenidos) con el uso de las m en­ cionadas categorías. En otras palabras, la respuesta nos tendrá que decir si la biogénesis ha sido capaz (o n o) de explicar, co m o se pro­ puso Sim ondon, la tecnogénesis. Hay buenas razones para creer que Sim ondon no ha tenido éxi29. Sobre el mismo argumento, cfr. M. Dery, Escape Velocity: Cyberculture a t the E n d o f the Century, Grove Press, New York 1996; Th. Roszak, The Cult o f Inform ation. The F o lklo ­ re o f Com puters and the True A r t o f Thinking, Pantheon Books, New York 1986; T. Maldo­ nado, Critica della ragione in form atica, op.clt. 30. G. Canguilhem, La connaissance d e la vie, Vrin, París 1971. 31. Sobre el tema relativo al estudio de la evolución de los sistemas técnicos recurriendo a modelos derivados de las ciencias naturales, véase la documentada tesis de doctorado de S. Pizzocaro, A p p ro cci evolu tivi all'analisi de i p ro d o tti e d e i sistem i tecnici, Politecnico di Milano, Milano 1993.

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to en su empresa. Algunos autores afirman que los desarrollos cien­ tíficos de los últimos decenios, los progresos p or ejem plo, en los m e­ dios de artificialización de los seres vivos (biotecnologías, ingeniería genética, biònica, etc.), confirman a posteriori la elección de m éto­ d o de Sim ondon. Pero las cosas n o son verdaderamente así. N o bas­ ta postular una continuidad entre sistemas vivientes y n o vivientes, el problem a es más bien otro: con qué teoría de la evolución b ioló­ gica se ha intentado hablar respecto de tal continuidad. Y su elec­ ción, presum o, n o ha sido la mejor. Algunos argumentan, para justificarlo, que él n o podía ser de otro m od o ya que, en los años 50, el con ocim ien to biológico n o era el de nuestros días. La consideración es justa sólo parcialmente. En aquellos años, es verdad, muchas de las conquistas experimentales que habían m odificado y enriquecido los esquemas interpretativos de la biología de la evolución, por ejem plo la biología molecular, es­ taban aún en su fase incipiente. Pero ellos eran, de todos m odos, co­ nocidos p or Sim ondon y es curioso que, a pesar de todo, permane­ ciese fiel a una idea de continuidad que, com o hace ver justamente A nne Fagot-Largeault32, excluía con obstinación la dialéctica entre “hasard et nécessité’. Si bien “el esquema sim ondoniano -según la estu­ diosa francesa- n o es el de Darwin ni el de Lamark”, la preferencia p or este último resulta evidente. Y los efectos de esta preferencia se aprecian en la estructura teórico global de Simondon. Se sabe que las controversias sobre Lamarck (y un p o c o m enos sobre H aeckel) son aún, en cierto m o d o , actuales33, p ero transferir temas del m o ­ d elo casi-lamarckiano, ya de p or sí opinables, desde la on to g é n e ­ sis de los seres vivos a la de los objetos técnicos es forzado y d o b le ­ m ente op in a ble.34 En la base de esto se encuentra la incapacidad, por parte de Simon­ don, de reconocer que la analogía de las dos evoluciones -la biológica y la técnica- pueda constituir una área de indagación fecunda, siem­ pre que n o se pase p or alto un h ech o esencial: que el núm ero de pa­ recidos que existen entre las dos m odalidades evolutivas es nota­ blem ente inferior al de las diferencias.35 Un instrum ento p ued e desem peñar la misma fun ción que un órgano, y ello es prueba, sin 32. Fagot-Largeault, L'ind ividu ation en b io io gie, op. cit. 33. S.J. Gould, Ontogeny, an d Phiiogeny, Harvard University Press, Cambridge, Mass. 1977. 34. Acerca del problema del uso metafórico de las teorías de Darwin y Lamarck, Gould [Evolu­ tion: The Pleasures o f Pluralism, en " The N ew York R eview o f Books", XLIV, 11, 26 junio 1997, pp. 47-52] hace una observación de gran interés para nuestro tema: "Si nosotros queremos usar una metáfora biológica para el cambio cultural, probablemente tenemos que invocar más bien a la infección que a la evolución [...] El cambio cultural humano obra fundamentalmente de mane­ ra lamarckiana, mientras que la evolución genética permanece firmemente darwiniana". 35. P. G rassmann, Lä sstsich die technische E n tw icklu n g m it d e r biologischen Evo lution ver­ g le ich e n ?, en ‘‘ N atu rw issen sch aften “ , 72, 1985, pp. 567-573.

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duda, de la existencia de un parecido (en los hechos, de una seme­ janza de prestaciones), pero sería desorientador, además de contrain­ tuitivo, considerarlos equivalentes a todos los efectos.363 7 Leroi-Gourhan, que ha sido ju zgado, com o Sim ondon, un ex­ ponente del “vitalismo técn ico”, escribe:

“E l utensilio, en la práctica, efectivamente puede ser considerado co­ mo un órgano (...) En vez de cortar con las uñas, corto con un cuchillo. Pe­ ro no puede decirse que el utensilio es de la misma naturaleza que mis uñas, es otra cosa. Es un proceso global que hace que, en un momento dado, el uten­ silio actúe como una prolongación del cuerpo, pero de todos modos hay una cesura que no puede ser ignorada, ya que el progreso técnico no puede ser asi­ milado completamente a una serie de mutaciones biológicas”97 (1982). Esta cesura üene múltiples causas. Entre éstas hay que señalar la falta de hom ogen eidad funcional, estructural y m orfológica en­ tre sistemas vivientes y n o vivientes, muy con ocid a a la protésica biom édica p or las dificultades que com porta su aplicación. Pero la falta de continuidad se vuelve insanable cuando el problem a se plantea en términos evolutivos. En este caso, la analogía muestra toda su arbi­ trariedad, p or el simple motivo de que, en la óptica de la evolución, el “tiempo de vida” es sustancialmente distinto del “tiempo de la técni­ ca”. Mientras en los seres vivos el tiempo necesario para una mutación es lentísimo, en los objetos técnicos puede ser, de hecho, rapidísimo.38 Querría ahora discutir la tercera cuestión planteada p or los estu­ diosos de la obra de Simondon. Se trata de su presunta ambigüedad respecto de la técnica: en algunos pasajes, dicen, él sería un optimis­ ta, en otros, pesimista (un p o co com o Heidegger, añaden). Es cu­ riosa esta insistencia sobre la idea de que las actitudes respecto de la técnica tengan que ser siempre discutidas, co m o en el siglo X IX , en términos de contraposición entre optimistas y pesimistas. Entre Whitman que cantaba a la locom otora com o redentora de la huma­ 36. En esto, Simondon, por la naturaleza acentuadamente abstracta de su exposición, parece no captar lo que parece ser bastante obvio. Thom [M o rp h o lo g ie , op. cit.] es­ cribe en relación a ello: "Si puede hacerse una objeción a la teoría de Simondon es que él se vincula demasiado a la individuación de los objetos, sin ocuparse nunca ex­ plícitamente de la 'fenom enalidad' de los individuos perceptivamente constituidos como tales". 37. A. Lerol-Gourhan, Les racines du m onde, Beifond, Paris 1982. 38. Cierto, en los últimos tiempos se anuncia la llegada de Individuos nacidos por una combi­ nación de sistemas vivientes y no vivientes, que podrían escapar a los tiempos biológicos nor­ males. Mientras no se pruebe lo contrario, esto es aún ciencia ficción. Pero si un día, que espe­ remos no sea cercano, se generalizase la práctica de crear, a través de manipulación genética, tales monstruos sublimes, no podrían sin embargo escapar a las leyes de la evolución biológi­ ca que continuará a siendo "un proceso complejo de optimación combinatoria en el que cada especie involucrada está ligada a un ecosistema" (S.A. Kauffman, Self-organization and Selection in Evolution, Oxford University Press, Oxford 1993).

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nidad y Zola que veía en la misma la personificación de su violencia autodestructiva.39 Digamos que la cuestión es de extrema actualidad. Por una par­ te, Sim ondon p on e la técnica en el centro del actuar cultural y so­ cial, y va m ucho más lejos: llega incluso a juzgar la evolución técni­ ca, lo acabamos de ver, com o un factor esencial de la evolución na­ tural y viceversa. Por otra parte, sin em bargo, la importancia clave que él asigna a la técnica no excluye un con ocim ien to de los riesgos que ella conlleva. En el prim er capítulo de la segunda parte de Du mode d’existen­ ce des objets techniques, quizás u n o de los más esclarecedores textos de filosofía de la técnica que se hayan escrito, Sim ondon fija límites precisos a su optimismo. De hecho, denuncia los riesgos de una dis­ torsión en el m od o de entender (y utilizar) de los técnicos, y alude a los riesgos implícitos en lo que él llama una “filosofía autocràtica de las técnicas”. Digamos entonces que, si en Sim ondon existe “am bigüedad”, no deriva de un tipo de duplicidad frente al fen óm e­ n o exam inado. Al contrario, es la prueba de su notable rigor inte­ lectual. Contrariamente a lo que alguno ha sugerido, su actitud no tiene nada en com ún, con la “am bigüedad” del discurso de H eideg­ ger sobre la técnica. Para H eidegger la técnica es un “m isterio” cu­ ya esencia tiene que ser revelada, y en la espera de que ello suceda es m ejor resignarse a los peligros congénitos del actual “frenesí de la técnica” ( das rasende der Technik). Nada de esto se encuentra en la posición de Sim ondon: ni culto de un apremiante “misterio” de la técnica ni dócil resignación hacia sus posibles efectos perversos. Me gustaría, a continuación, examinar, aunque sea a grandes rasgos, un aspecto que hasta aquí hem os pasado p or alto: la contri­ bu ción de economistas e historiadores de la econ om ía a nuestro te­ ma. Por razones obvias, su interés ha estado siem pre predom in an ­ tem ente orientado, desde Smith, R icardo y Marx hasta hoy, a en­ contrar respuestas convincentes a algunos interrogativos cruciales con cern ientes a la relación entre tecnología y econ om ía . Cito só­ 39. Aun admitiendo que, en nuestra época, existen también los que frente a las innova­ ciones tecnológicas adoptan actitudes similares a las de Whitman y Zola, creo que se trata de casos relativamente aislados. Me parece mucho más difundida, la posición a reconocer en la nueva tecnología ventajas y desventajas, oportunidades y riesgos. Por lo tanto, ni la actitud candorosa de un optimismo absoluto ni la actitud taciturna de un pesimismo abso­ luto. Basta pensar, a modo de ejemplo, en los autores que normalmente se ubican en el clan de los pesimistas a ultranza como J. Ellul, ¿e b lu ff techn olog iq ue, Hachette, Paris 1988; Id., La techn iq ue ou l'en jeu du siècle, Económica, Paris 1990; D.F. Noble, Am erica b y D esign, Knopf, New York 1977; N. Postman, Technopoly. The Surren der o f Culture to Technology, Knopf, New York 1992. Una lectura más atenta de estos textos revela que, en el fondo, su crítica a la tecnología, en algunos casos virulenta, no excluye algunas valoraciones positi­ vas. Cfr. al respecto E. Fano, D evoti, eretici e critici d e l prog resso, introducción a D.F. No­ ble, La qu estio n e tecnologica, Bollati Boringhieri, Torino 1993.

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lo los más recurrentes. ¿En qué m od o y en qué m edida la tecnolo­ gía -o mejor: la innovación tecnológica- incide en el desarrollo eco ­ n óm ico? ¿La plusvalía precede o sigue a la innovación tecnológica, el porcentaje de ganancia es causa o efecto del porcentaje de p ro­ greso técnico? ¿Por qué algunas innovaciones llegan a destino mientras otras, sin em bargo, se quedan p or el cam ino? ¿Es ju sto dis­ tinguir entre invención e innovación? Si así fuese, ¿cuál es la rela­ ción que hay entre ellas? Todas estas preguntas, en nuestro siglo, han sido ohjeto de controversias agudas. Controversias en las cua­ les, en tiempos distintos, han participado estudiosos de la econ om ía de la envergadura de J.A. Schumpeter, A.C. Pigou, J.R. Hicks, R.F. Harrod,J.V. R obinson, M. Kaldor,J.E. Meade y P.A. Samuelson.40 En este aspecto, lo que más nos concierne es la propuesta plan­ teada p or Schum peter41, de distinguir entre invención e innova­ ción. Compartida o no, ha tenido un im pacto considerable sobre los desarrollos más recientes en el cam po de la historia de la e co n o ­ mía y de la técnica. Veamos de qué se trata.

“La invención, por ejemplo, del globo aerostático -escribe Schumpe­ ter- no fue un factor externo respecto de la situación económica de aque­ llos tiempos, porque no fue ni siquiera un factor. Lo mismo puede decirse de todas las invenciones como tales, como lo probaron las invenciones del mundo antiguo y del Medioevo, que durante siglos no produjeron efectos sobre el curso de la vida. Sin embargo, apenas una invención produce rédi­ tos se activa un proceso que es a la vez fruto y parte de la vida económica de su tiempo, y no algo que actúa sobre la vida económica desde afuera. Las invenciones nunca son, por lo tanto, y en ningún caso, factores externos”. Y más adelante añade: “La innovación es posible sin lo que lla­ mamos invención, y la invención no com porta necesariamente una innovación, ni provoca de p or sí algún efecto económ icam ente re­ levante”. La idea de Schum peter de que la invención pueda convertirse en “fruto y parte de la vida económ ica”, con tal de que sea “explotada económ icam ente”, hace posible, de hecho, una versión más dialéctica de la relación entre invención e innovación. No excluye, com o reco­ n oció explícitamente en otro pasaje del mismo texto, que la inven­ ción, en ciertos casos, pueda transformarse en innovación. Nathan R osem berg que, com o verem os a contin u ación , ha te­ n id o un papel esencial en el intento de hacer con flu ir el discurso 40. Para una discusión más detallada del argumento, véase T. Maldonado, B reve tto : tra vir­ tualità dell'in ven zio n e e realtà dell'in n ovazion e, en R eale e virtuale, Feltrinelli, Milano 1992. Version castellana Lo Real y lo virtual. Editorial Gedisa, Barcelona, 1994. 41. J.A. Schumpeter, Business Cycles, McGraw-Hill, New York 1939.

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histórico de la econ om ía co n el de la técnica, ha planteado obje­ ciones a la idea schum peteriana de una drástica distinción entre m om en to inventivo y m om en to innovador. En un o de sus prim e­ ros libros, R osen berg enfatiza la im portancia de los procesos que llevan, cu a n do ello ocurre, de la invención a la inn ovación .42 Ha sido justam ente el estudio de estos procesos lo que nos ha perm i­ tido en ten der m ejor có m o y p o r qué razones, la invención en­ cuentra el cam ino de la innovación, es decir la posibilidad de ser “explotada econ óm ica m en te”, y cuándo y p o r qué razones eso n o sucede. El desarrollo de nuevas categorías que han abierto fecu n ­ das posibilidades interpretativas respecto de este fenóm eno han sido decisivas. Me refiero, precisamente, a los conceptos de “trayectoria tec­ nológica”, de “régimen tecnológico” y de “pasillo tecnológico”.43 Gracias al uso de estas categorías, sabemos hoy que el cam ino que la invención debe recorrer no es nada fácil. Al contrario, está lleno de acechanzas de todo tipo. En un texto de algunos años atrás44, había enumerado las principales dificultades que la invención en­ cuentra en su “trayectoria” hacia la innovación:

“Ella (la invención) tiene que medirse con los desafíos de las otras in­ venciones presentes en el mismo “pasillo”, con las amenazas que derivan de la (a menudo despiadada) competencia entre las empresas, con la muta­ ción imprevista de las estrategias productivas y distributivas de la gran in­ dustria, con lo imprevisible del mercado y, no por último, con las dificulta­ des que proceden de los tiempos largos y del cumplimiento laberíntico de los procedimientos de patentación”. Parece evidente que el tema con cern iente a la relación inven­ ción -in n ovación ya n o es com peten cia exclusiva, co m o ha sido has­ ta ahora, de econom istas y de historiadores de la econ om ía , y n o 42. N. Rosenberg, Perspectives on Technology, Cambridge University Press, Cambridge 1976. Cfr. id., Inside the Black B ox: Technology and Economy, Cambridge University Press, Cambridge 1982; Id., Exploring the Black Box. Technology, Econom y and History, Cambridge University Press, Cambridge 1994. 43. R. Nelson y S. Winter, A n Evo lu tion a ry Theory o f Econom ic Change, The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge, Mass. 1982; G. Dosi, Technological paradigm s and tech n o log ica l trajectories: the determ in an ts and direction s o f technical change and the transform ation o f the econom y, en C. Freeman (comp.), Lo n g Waves in the W orld Eco­ nom y, Butterworth, London 1983; L. Georghiou y otros., Post-Innovation Perform ance. Technological D evelo pm en t an d Com petition, MacMillan, London 1986. Para un análisis clarificador del “ proceso innovador", con especial referencia a Rosenberg, cfr. G. Dosi, The na tu re o f the innovative process, en G. Dosi y otros, (comp.), Technical Change and Economic Theory, Pinter, London 1988. Sobre el tema de la “trayectoria tecnológica" en el contexto de la teoría y de la historia de la empresa, veáse R. Glannetti y P.A. Toninelll, Dalla rivoluzione in­ dustriale alle traiettorie tecnologiche. La tecnologia tra teoria e storia d'im presa , en R. G i n ­ netti y P.A. Toninelli (comps.), Innovazione, impresa e sviluppo econom ico, il Mulino, Bologna

1991. 44. T. Maldonado, B revetto, op. cit.

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en m en or m edida, actualmente de historiadores y sociólog os de la técnica. Y pienso sobre tod o en los historiadores que trabajan con los large technical systems 45, y los sociólogos de la ciencia y de la técni­ ca de orientación “constructivística”.46 Me gustaría, para terminar, examinar algunos aspectos de la obra teórica de B. Latour, uno de los exponentes más con ocid os de la sociología (y, en su caso, también de la antropología) de la cien­ cia y de la técnica. N o cabe duda que Latour inaugura, p or diversos motivos, un filón p rom etedor de reflexión en el ámbito de su disci­ plina. Es cierto que puede plantearse cierta confusión sobre su esta­ d o, sobre tod o en sus obras más teóricas en las que el com pon en te literario deja, a veces, en desventaja al rigor argumentai. A tal pun­ to que la claridad de las tesis sostenidas es confundida p o r el uso, para nada parsimonioso, de metáforas y de neologism os bizarros.47 A pesar de ello, prescindiendo de estas valoraciones de forma (que claramente son, en parte, también de contenido), se ha de recon ocer a 45. Th.P. Hughes, The Electrification o f Am erica: The System Builders, en Technology and Culture, XX, 1, enero 1979, pp. 124-161; Id., The Evolution o f Large Technological Systems, en W.E. Bljker, Th.P. Hughes y T.J. Pinch (comps.). The Social Construction o f Technological Systems, The MIT Press, Cambridge 1989; R. Mayntz y V. Schneider, The dinamics o f systems developm ent in a comparative perspective, en R. Mayntz y Th.P. Hughes (comps.), The Developm ent o f Large Technical Systems, Campus, Frankfurt a. M. 1988; F. Canon, The Evolution o f the Technical System o f Railways in France from 1832to 1937, ibid.; Id., Les deuxrévolutions industrielles du X X e siè­ cle, Albin Michel, Paris 1997. Cf r. B. Joerges, Large technical systems: concepts and issues, ibid.; I. Gôkalp, On the Analysis o f Large Technical Systems, en Science, Technology and Human Values, XVII, 1,1992, pp. 57-58; A. Gras, Grandeur et dependence. Sociologie des macro-systèmes tech­ niques, PUF, Paris 1993; Id., Les macro-systems techniques, PUF, Paris 1997. B. Joerges, La rge technical system s: con cepts a n d issues. Ibid.; I. Gôkalp, On th e Analysis o f La rge Technical System s, en Science, Technology a n d Human Values, XVII, 1,1992, pp. 57­ 58; A. Gras, G ran d eur e t d epen den ce. Sociologie des m acro-systèm es techniques, PUF, Pa­ ris 1993; Id., Les m acro-system s techniques, PUF, Paris 1997. 46. W.E. Bijker; The Sodai Construction o f Bakelite: Toward a Theory o f Invention, en W.E. Bljker, Th.P. Hughes y T.J. Pinch (comps.), The Social construction o f Technological System s, op. c it; Id., R eply to Richard Hull, en Science, Technology an d Human Values, XIX, 2, primavera 1994, pp. 245-246; Id., Sociohistorical Technology Studies, en 5. Jasanoff y otros, (comps.), H and­ b o o k o f Science an d Technology Studies, Sage Publications, Thousand Oaks 1995; T.J. Pinch y W.E. Bijker, The Social Construction o f Facts a n d A rtifica ts: O r H o w the S ociolog y o f Scien­ ce a n d th e S o cio lo g y o f tech n o lo g y M ig h t B en efit Each O ther, en W.E. Bijker, Th.P. Hughes y T.J. Pinch (comps.), The Social con struction o f Technological System s, op. cit.; W.E. Bljker y J. Law, Shaping Technology/Building Society: Stud ies in S ociotech nical Change, The MIT Press, Cambridge, Mass. 1992; B. Latour, Science in A ctio n . H o w to F o llo w S cien tist an d En ­ g in ee rs throu gh Society, Harvard University Press, Cambridge, Mass. 1987; Id., Nous n'avons jam ais été modernes, La Découverte, Paris 1991; Id., Aramis ou l'amour des techniques, La Décou­ verte, Paris 1993; Id., Le m étier de chercheur regard d'un anthropologue, INRA Paris 1995; B. La­ tour y 5. Woolgar, Laboratory Life. The Construction o f Scientific Facts (1978), Princeton University Press, Princeton, N.J. 1986; M. Akrich, The Description o f Technical Objects, en W.E. Bijker y J. Law (comps.). Shaping Technology/Building Society, op. d t; K. Knorr Cetina, The Couch, the Cathedral, and the Laboratory: On the Relationship between Experiment and Laboratory Science, en A. Pic­ kering (comp.), Science as Practice and Culture, The University of Chicago Press, Chicago 1992. 47. M. Serres [Eclaircissem ents, E n tretien s avec Bruno Latou r, Flammarion, Paris 1994] que, como veremos, ha tenido una gran Influencia en el pensamiento de Latour, afirma que lo que hace progresar a la filosofía es la ciencia “c'est d 'in ven te r des c o n c e p ts“ . Lo que quizá sea verdad, siempre que por conceptos no se entienda sólo metáforas y neologismos.

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Latour el mérito de haber demostrado con ejem plos concretos, có ­ m o es posible examinar de cerca la práctica cotidiana de científicos e ingenieros. Y esto sin rendir tributo, com o quiere una cierta hagio­ grafía periodística, a una visión épica de su trabajo, o sea, a una vi­ sión en la que el trabajo de los científicos y de los ingenieros es, siem­ pre y sea com o sea, presentado com o libre de cualquier condiciona­ m iento interno o externo.48 De hech o, para Latour, lo que se hace en los laboratorios (y en los centros de desarrollo y de investigación) no es algo que sucede fuera de la sociedad sino, com o él dice, “a través de la sociedad”. Es­ ta afirmación, com o se intuye, puede asumir un sentido vagamente programático. Latour, con ocedor de tal riesgo, trata de adjudicarle un sentido muy concordante con los procesos reales que suceden en la so­ ciedad. Sobre el m odo en que la acción técnico-científica se desarrolla “a través de la sociedad”, Latour nos procura ejemplos muy clarifi­ cadores con sus investigaciones científicas. Me refiero, exactamente, a sus indagaciones sobre la “vida de laboratorio”49, pero también, y sobre todo, a las dedicadas a los proyectos innovadores “descartados”.50 La travesía, según Latour, no se refiere a la sociedad en abstrac­ to, sino a los aparatos que hacen de ella un sistema que funciona, o sea, sus aparatos de gestión, p rod u cción y socialización. Es justa­ mente p or esta vía que Latour llega al discurso sobre la m oderni­ dad. Un enfoque co m o el suyo tenía que llevar, com o de h ech o ha 48. La resistencia de tales científicos a renunciar a esta visión épica ha dado origen, por su parte, a calurosas tomas de posición hacia los sociólogos de la ciencia. No debe excluirse, de hecho, que esta resistencia haya tenido un cierto papel en el affaire Alan Sokal (Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics o f Quantum Gravity, en Social Text, número especial de Science Wars, 46-47, primavera/verano 1996a, pp. 217-252; Id., A Phisycist Ex­ perim ents with Cultural Studies, en Lingua Franca, mayo-junio 1996b, pp. 62-64), y en el clamo­ roso caso relativo a la decisión discriminatoria, por parte del Institute o f Advanced Studies de

Princeton, contra M. Norton Wise, un eximio estudioso de historia y sociología de ia ciencia. Por otra parte, no debe excluirse que las críticas hechas a algunos exponentes de esta disciplina sean, por lo menos en parte, fundadas. Aludo principalmente a las críticas dirigidas a los que, deján­ dose seducir por el hábito narcisista del concepto abstruso lingüístico (y conceptual), han traicionado el diseño racionalista de su programa. Un programa que quería (y quiere) estu­ diar científicam ente el contexto cultural y social de la producción científica. No menos aten­ dibles, lo reconoce parcialmente el mismo Latour, (From th e S okal a ffa ir to the W ise scan­ dal, http://vest.gu.se/vest; mail/0302.html, 26 mayo1997), tienen que ser consideradas las críticas al sociologismo, a la irritante actitud presuntuosa de lo. que se jactan de poder explicar todo recorriendo algunas pocas categorías sociológicas ya gastadas, ahora ya catego­ rías sociológicas consumadas. Las reacciones a todas estas críticas son, por decir poco, embara­ zosas. Pensemos sólo en la sospecha, hipótesis reciente, de que tales críticas no sean más que ex­ presión de un oscuro chauvinismo (americano) en relación con la cultura francesa. Me pregunto: ¿no habrá también una cierta responsabilidad, no de la cultura francesa, sino en particular en aquellos autores franceses (¡y también americanos!) que en los últimos años han contribuido a recusar, y en ciertos casos incluso a difamar, la mejor tradición de la cultura francesa? Aceptar, en principio, que esta eventualidad sea verdadera, me parecería, por parte de los científicos de la cien­ cia, una prueba de su madurez. Después de todo, un poco de autocrítica no puede hacer daño. 49. B. Latour, Science in A ctio n , op. cit.; Id., Le m étier, op. cit. 50. Id., Aram is, op.cit.

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llevado, a medirse con los mecanismos ideológicos más escondidos de nuestra sociedad. Mecanismos que form an parte, y parte esen­ cial, de una sociedad cuya dinámica conjunta encuentra continua­ mente motivación, incentivación (y n o p or úlüm o, legitim ación) en el discurso de la m odernidad. Si bien las ideas de Latour al respecto sean ciertamente muy le­ janas de aquellas sostenidas p or los paladines de la m odernidad, él n o tiene nada que ver, p or otra parte, con los que, sin em bargo, teo­ rizan un rechazo prejudicial de la m odernidad en nom bre de un no m ejor definido postm odernism o. Un postm odernism o, sea dicho co m o com entario, en el que norm alm ente se discierne una mal velada nostalgia p or los “buenos tiempos pasados” del m u n do pre­ m oderno. Para este postmodernismo, él reserva juicios para nada amables. “No he encontrado -escribe Latour- una palabra bastante vul­ gar para definir este movimiento, o mejor, esta inmovilidad intelectual, que abandona a los humanos y no humanos a su destino”.51 En las críticas dirigidas a la m odernidad (y a los “m od ern os” ), su posición es m enos cáustica, y seguramente más diferenciada. Pa­ ra Latour, la m odernidad es una ficción, puesto que, a fin de cuen­ tas, ha faltado clamorosam ente a la cita con la realidad. Nunca he­ mos sido modernos es el título de u n o de sus libros más polém icos. Pe­ ro podría decir además: “Nunca seremos postm odernos” . De he­ ch o, denuncia, p or una parte la ficción de una m odernidad inexis­ tente; p or otra, rechaza, com o doble ficción, una postm odernidad que se p rop on e ir más allá de lo que nunca ha existido. Bajo este perfil, la actitud de Latour hacia la dialéctica m oderna-postmoderna, tiene un cierto aire familiar con el de J. Haber­ mas. N o tanto, quede claro, en el contenido, sino más bien en la ló­ gica de la base. Una lógica, lo podem os decir, que n o está exenta de contradicciones. Que este aire de familia pueda existir, n o es segu­ ramente una eventualidad que agrada a Latour. Para contrastarla, se da prisa en disociarse rápidamente del filósofo alemán. Aun ju z ­ gando a Habermas com o “honesto y respetable”, no com parte la idea de una m odernidad entendida com o “proyecto in con clu so”, o sea co m o un proyecto todavía p or realizar o sólo en parte realizado. Se trata, dice Latour, de una caricatura en la que “es posible reco­ n o cer todavía el centelleo atenuado de las luces del Setecientos o el eco de la crítica del O ch ocientos” . N o m enos m ordaces son sus observaciones, a decir p o co reductivas, sobre la voluntad de Haber­ mas, “de hacer girar las cosas alrededor de la intersubjetividad” y a 51. Id., W here are the missing Masses?, en W.E. Bijker y J. Law (comps.), Shaping Technology/BuHding Society, op. cit. Portanto, parece desconcertante incluir a Latour como hace Sokal (en A. Sokal y J. Bricmont, Impostures intellectuelles, Odile Jacob, París 1997) entre los postmodernos.

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la “razón comunicativa” . Sobre las aporías ínsitas en el “proyecto m o d e rn o ” del pensa­ d or alemán ya m e he detenido m ucho en otro sitio.52 La pregunta es ahora: ¿estamos seguros de que en la postura de Latour, en su de­ nuncia provocadora de una m odernidad proclam ada (y teorizada) p ero jamás hecha efectiva, n o exista además una am bigüedad lógi­ ca de fon d o, también aquí una flagrante aporía? El mismo h ech o de considerar a la m odernidad una ficción ideológica, o sea, un enga­ ñ o (o un autoengaño colectivo), hace pensar que, para Latour, una m odernidad liberada de toda ficción ideológica es todavía el objeti­ vo program ático a perseguir. Pero de esto, a decir verdad, él perma­ nece inaferrable, a veces parece aceptar una hipótesis tal, otras la niega sin términos medios. Y sin em bargo, la im portancia de la contribución de Latour no debe buscarse, pienso yo, tanto en su teoría de la m odernidad (o de la antimodernidad), sino más bien, en sus estudios empíricos de socioantropología de la ciencia y de la técnica. Para él la finalidad de ta­ les estudios n o consiste en “hablar de ciencia y de técnica”, sino en ocuparse “de la materia misma de la sociedad”. En esto, Latour, lleva algunas de las posiciones sostenidas p or los principales exponentes del constructivismo, a las más extremas consecuencias. En definitiva, sus trabajos enriquecen y, en particular, hacen más concreto el programa, todavía indistinto y n o exento de equívocos, del constructivismo. Pero a Latour le importa precisar que su concreción -“tener acceso a las mismas cosas y n o a sus fenóm enos”-, no es la de un obtuso interés p or las “cosas aburridas de p or sí”, son sus palabras, y tam poco p or los “hom bres aburridos entre ellos” . Sin em bargo, n o se debe ser desconsiderado co n el h ech o de que el aporte indiscutible de con creción de Latour parece, en algu­ nos casos, frustrado p o r las teorías que él construye sobre los resul­ tados de sus investigaciones. Lo que me parece, p or decir p o co , in­ sólito, si se piensa en la idea sostenida p or el mismo Latour, de que n o hay (o n o tendría que haber) una oposición entre saber teórico y práctico.53 Pero el problem a es que las reflexiones teóricas de La­ tour, a pesar de su tesis sobre la inseparabilidad de los saberes, muestran una fuerte propensión a alejarse, a volverse relativamente autónom os de la práctica. De su misma práctica. Creo que ello se debe, de manera determinante, una vez más a su expresión escrita. 52. T. Maldonado, Habermas y las aporías del proyecto m oderno, en El futuro de la modernidad, Ediciones Jucar, Madrid,1990. 53. B. Latour, Facts, Artefacts, Factishes - a reflexion on techniques, 1996 [trad. it. Fatti, artefat­ ti, fatticci, en M. Nacci (comp.). O ggetti d'uso quotidiano. Rivoluzioni tecnologiche nella vita d'oggi, Marsilio, Venezia 1998].

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A lu do a su peculiar inclinación a discutir un mismo argumento re­ curriendo a registros interpretativos diversos (y contrastantes). Y en­ cima, con términos que, según los contextos, mutan el senüdo, asu­ m iendo, a veces, una carga positiva, y otras, negaüva. Por otra parte, sería injusto situar a Latour en el grupo de aquellos filósofos que, com o ya hemos señalado antes, prefieren afrontar la ciencia y la técnica sólo de manera especulativa. Unica­ mente quien no con ozca sus trabajos de investigación empírica, apenas evocados, podría suponer que Latour pertenezca a la cate­ goría que él mismo ha definido, desdeñosamente, com o la categoría de los que aman sólo “hablar de la ciencia y de la técnica”. Brevemen­ te: criticarlas. Pero si éste no es seguramente el caso de Latour, hay que admitir que algunas de sus elecciones lexicales pueden llevar a un ju i­ cio equivocado sobre la verdadera naturaleza de su pensamiento.54 A hora bien, si las causas de este posible m alentendido se deben atribuir, entre otras cosas, a las n ociones que él utiliza en sus teorías, considero op ortu n o tomar en consideración algunas de estas n o cio ­ nes. A pesar de que la term inología de Latour parezca a m enudo demasiado fluida, pueden individualizarse algunos puntos finales. Veamos cuáles. En sus escritos, las nociones más utilizadas provienen, com o él mismo admite, p or una parte del sociólogo de la conciencia D. B loor -por ejem plo, la idea de simetría (y asimetría) m etodológica-55, p or otra, del filósofo de la ciencia M. Serres -por ejem plo, la idea de tra­ ducción, de simetrización y de red-56. Tales categorías son funda­ mentales para entender la posición de Latour sobre el tema, p o co antes m encionado, de la m odernidad. Para él, la característica más destacada de la m odernidad está re­ presentada p or la tendencia a librarse de las dicotomías que, desde siempre, han obsesionado el pensamiento filosófico occidental (y no sólo occidental): naturaleza-sociedad, naturaleza-cultura, naturalezahistoria, naturaleza-técnica, ohjeto-sujeto, objeto n o humano-ohjeto humano. A su ju icio, nosotros nos encontramos hoy frente a un irre­ frenable proceso de hibridación de todas las realidades contrapues­ tas, a un proceso de simetrización de todas las asimetrías. Lo que no llevaría, contrariamente a lo que se podría pensar, al nacimiento de un universo caótico de híbridos aislados, de casi-entidad incom unica­

se Sobre cómo algunos "excesos" terminológicos de Latour pueden originar disputas que se refieren al contenido sólo marginalmente, véase M. Callón y B. Latour, D o n 't T h ro w the baby, O u t w ith th e Bath Sch ool!, en A. Pickering, Science as Practice and C ulture, op. cit.; H.M. Collins y S. Yearley, Jo u rn e y Into Space, ibid. 55. D. Bloor, K now ledge and Social Imagery, The University of Chicago Press, Chicago, III. 1991. 56. M. Serres, La com m unication, H erm es I, Minuit, Paris 1968; Id., La Traduction, Herm es III, Minuit, Paris 1974; Id., Statues, Flammarion, Paris 1989.

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bles. Hay que decir que en la teoría de la hibridación, aunque si La­ tour lo excluye, está Hegel al acecho. En realidad, cualquiera se pue­ de dar cuenta de que esta hibridación de los mundos contrapuestos (y conflictivos), no es muy distinta de la “unidad de los opuestos” de la dialéctica hegeliana. A pesar de ello, en Latour y también en M. Callón575 , el con cep­ 8 to de hibridación no se refiere sólo a la superación de las antinomias, pero es considerado fundamental, com o veremos, para la com pren­ sión del proceso generativo de la red. La cuestión de la red se pone en el centro de la implantación teórica de Latour y Callón. Sin em­ bargo, conviene decir enseguida que el significado que le atribuyen se separa m ucho del habitual.

“La red de la que estoy hablando -precisa M. Callón- no debe confun­ dirse con las redes de los ingenieros (por ejemplo, las autopistas electrónicas que Mr. Clinton quiere desarrollar), ni con las sociales (por ejemplo, las de amistad, de profesión, de confianza, de reputación) de los sociólogos, ni tam­ poco con las redes de enunciados o de textos que tanto aman los filósofos o los especialistas de análisis del discurso. Mis redes son un híbrido de estas tres formas de redes”.“* Redes, por lo tanto, de “colectivos híbridos” que se generan, no por “solidaridad técnica” com o sucede con los “conjuntos técnicos” de Simondon, sino por traducción, o sea por conjunción de dos entidades origina­ riamente contrapuestas, y por inscripción, o sea por la asunción de una nue­ va modalidad expresiva que falta en las dos categorías de procedencia. Detengámonos un momento en la idea de traducción. Una idea, lo he­ mos dicho, que Latour toma prestada de Serres59. Por traducción, este últi­ m o entiende, sustancialmente, un proceso a través del cual el sentido de una determinada construcción, por ejemplo científica, es reemplazada por una construcción artístico-figurativa. El caso citado por Serres, entre mu­ chos otros símiles, es el de la termodinámica de Camot traducida por una pintura de Turner.60

“Nuestra preferencia -escribe Latour- es el concepto de traducción y de red. Menos rígido que el concepto de sistema, más histórico que el de 57. M. Callón, Is Science a Public Good?, en Science, Technology and Human Values, XIX, 4, otoño 1994, pp. 395-423; Latour y Callón (Tu ne calculeras pas ou comment sym è trlserle don et le capital, en Re­ vue du MAUSS semestrielle, 9, primer semestre 1997, pp. 45-70), coautores de numerosos libros y en­ sayos, emplean casi los mismos conceptos cuando examinan los temas que aquí nos interesan. Me ha parecido útil, por tanto, cuando se discute la terminología de Latour, citar también la de Callón. 58. M. Callón, Is Science a Public G ood?, op. dt. 59. M. Serres, La com m unication, op. cit. 60. Es significativo que para Serres el proceso de traducción sea algo análogo al de trans­ formación topològica continua.

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escritura, más empírico que el de complejidad, el concepto de red es el hi­ lo de Ariadna de estas situaciones confusas”.“1 La red sustituiría, por lo tanto, a la idea de sistema. Opino que esta propuesta no debe tomarse a la ligera. Latour argu­ menta, que el concepto de red, por sérmenos “rígido”, es más operable que el concepto de sistema, y deja intuir, por lo tanto que, según él, el primero podría sustituir al segundo. Si la intención de Latour es aclarar “estas situa­ ciones confusas”, creo que el resultado es exactamente el contrario. En los últimos años se habla demasiado de red. Y norm alm en­ te atribuyéndole un vasto arco de significados. Todos más o m enos defendibles. Por lo que a m í concierne, prefiero el uso que hacen los teóricos del large technical system. O sea: la red co m o aquella par­ te de un “macrosistema” que gestiona los flujos de cualquier natu­ raleza. Esta elección term inológica es importante p or dos razones: 1. impide que pueda hacerse de la red un objeto de ejercitaciones pa­ rafilosóficas y paraliterarias inverificables; 2. im pide que la red pue­ da configurarse co m o algo similar a un ámbito de reflexión autosuficiente, sin relación de continuidad alguna con el rico patrimonio de análisis elaborado a partir de los años 50, p or la teoría de los sistemas. En este punto m e parece obligado profundizar la cuestión aún abierta, del vínculo histórico entre constructivismo y teoría de los sistemas. El constructivismo sostiene, además, la necesidad de esca­ par a la ideología del determinismo tecnológico, o sea de rechazar la tendencia a ver a la técnica com o el único factor impulsor de la vida social, econ óm ica y cultural. Pero ésta n o es ciertamente una novedad. Los teóricos de los sistemas ambientales W. O gburn y J.H. Milsum6 62, siguiendo las huellas de los rusos VJ. Vernadskij y G.F. 1 C hil’mi, habían adoptado, com o se recordará, una visión sistemáti­ ca del m undo antropocéntrico. O sea, el ambiente era visto com o un único sistema articulado en tres subsistemas: la biosfera, la sociosfera y la tecnosfera. Sin embargo, ninguno de éstos podía ser explicado co m o causa de los otros o haciendo abstracción de los otros.63 N o tengo intención de ocuparm e de la validez de esta tesis, si­ n o únicamente llamar la atención sobre el h ech o de que construc­ 61. B. Latour, W here are the M issing M asses?, op. cit. 62. W. Ogburn, Technology, as environment, en Sociology and Social Research, XLI, septiembreoctubre 1956; J.H. Milsum, Technosphere, Biosphere and Sociosphere: an approach to their sys­ tems m odelling and optimization (1968), en J. Beishon y G. Peters (comps.), System Behaviour, Harper & Row, New York 1972. 63. La ¡dea de un sistema que integre fundonalmente y estructuralmente las tres esferas, la b io tecn osociosfera , ha tenido una considerable influencia en el pensamiento ambienta­ lista. Cfr. Ti Maldonado, La speranza progettuale. Einaudi, Torino 1970; Id., Democrazia e comples­ sità: una sfida m oderna, en II futuro, op. cit.; M. Chiapponi, A m bien te: gestione e strategia, Feltrinelli, Milano 1989. Véase; Hacia una racionalidad ecològica. Infinito, Buenos Aires, 1999.

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tivismo y teoría de los sistemas tienen mucho en común. Ello ha sido re­ con ocido por Th. P. Hughes, el estudioso de los large technological systems que manifiesta un enfoque sistemático de la historia de la técnica. Y tam­ bién, en particular, por J. Law.64 Law enumera tres cosas que, según él, son comunes a las dos teorías: 1. que la tecnología no depende sólo de la naturaleza; 2. que la tecnología no tiene una relación invariable con la ciencia; 3. que la estabilización tecnológica es reconocida com o tal so­ lamente si un artefacto puede ser interrelacionado con un vasto arco de factores no técnicos y específicamente sociales. De h ech o, creo que estos tres puntos habrían p od id o ser escri­ tos p or un exponente de la teoría tradicional de los sistemas, p or ejem plo, p or Milsum, así com o p or los historiadores de la técnica de orientación constructivista, p or ejem plo Hughes. Pero sin em­ bargo, cuando Law trata de listar las diferencias, las cosas se vuelven m enos persuasivas. Según Law, los sociólogos de la técnica privile­ giarían lo social, mientras que los sistemistas tenderían a relativizarlo. Esta es, sostengo, una interpretación demasiado reductiva. Es o b ­ vio que los sociólogos se refieren a un conjunto de categorías que no son las de los sistemistas, pero es equivocado afirmar, co m o ha­ ce Law, que estos últimos no atribuyan relevancia a lo social. Es interesante, a propósito, examinar la postura de un his­ toriador com o F. Braudel.65 “Todo es técnica”, afirma Braudel, refi­ riéndose presumiblem ente al hecho de que en cada actuar humano hay siempre, en mayor o m en or medida, un m om ento artefactual, protésico, o sea, el recurso a un dispositivo instrumental dispuesto a potenciar nuestro actuar operativo y com unicativo. Sostengo que en esta óptica, la aserción de Braudel es justa. O mejor: parcialmen­ te justa. M ucho más inherente a los hechos habría sido decir: “To­ do es técnica, con tal de que todo sea sociedad”. O bien, viceversa: “To­ do es sociedad, con tal de que todo sea técnica”.66 Tal interpretación, me parece, es m ucho más concordante con el enfoque de los historiadores neosistemistas. Técnica y sociedad forman parte de un único sistema in­ teractivo que no es biocéntrico, ni sociocéntrico, ni tecnocéntrico. M irándolo bien, el actor-network theory de Callón y Law67, si no hem os entendido mal, corresponde al mismo m od o holístico de en­ tender la relación técnica-sociedad-naturaleza. Lo demuestra el he­ 64. J. Law, Technology and Heterogenous Engineering: The Case o f Portuguese Expansion, en W.E. Bijker, Th.P. Hughes y T.J. Pinch (comps.), The Social Construction o f Technological Systems, op. cit. 65. F. Braudel, Civilisation m a térielle e t capitalism e, A. Colin, Paris 1967. 66. Cfr. F. Canon, Les de u x révo lu tio n s industrielles du X X e siècle, Albin Michel, Paris 1997. Canon sostiene que de hecho la "tecnología construye lo social", pero según él, ello no su­ cede ni llnealmente ni aisladamente. En realidad, se trata de un proceso biunivoco. Por una parte, está la "lógica interna" de la tecnología que Irrumpe en lo social, por otra, la "lógica externa" de los actores que condiciona fuertemente la dinámica de la tecnologia. 67. M. Callón y J. Law, A g e n c y and the Hybrid C o lle c tif en The South A tla n tic Quarterly,

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ch o que la expresión actor-network theory se puede sustituir, sin que sufra el con ten ido de m od o significativo, p or la expresión actor-sys­ tem theory.6 8 69 En resumidas cuentas, la idea de red no puede diso­ ciarse de la de sistema. Y esto es parücularmente verdad en el caso de un sistema dinámico. Al contrario, es difícil imaginar una red que n o esté al servicio de un sistema dinám ico. Es cierto que, tam­ bién existen sistemas estáticos, sin acción y sin actores, y p or lo tanto, sin redes, pero tales sistemas salen del tema que estamos tratando. No olvidemos que nuestro tema se refiere, entre muchas otras cosas, a las interacciones dinámicas entre sistemas técnicos y sistemas sociales. La otra op ción terminológica de Latour que valdría la pena exa­ minar concierne a la voz simetría y a sus derivadas: asimetría, disime­ tría, simétrico, asimétrico y simetrización. Mientras la voz hibrida­ ción es, en dicha circunstancia, una metáfora biológica, la voz sime­ tría, ya incorporada en el lenguaje cotidiano, es una metáfora cuya filiación científica, más rica y compleja, hay que buscarla en la mate­ mática, en la física y en la biología. Si se considera que en el discur­ so de Latour (y en el de Callón), la metáfora simétrica tiene un pa­ pel predom inante, habríamos esperado, en la eventualidad, un ma­ yor rigor en su uso, es decir, especificar en qué sentido se la usa. Al respecto, Latour nos deja en la imprecisión. Del mismo m od o puede presumirse que el sentido que él le atribuye sea el del lenguaje cotidiano, es decir, una simetría que se identifica exclusivamente con la especular (o bilateral). Lo que no carece de consecuencias para la tesis que sostiene. La simetría espe­ cular, com o se sabe, n o es la única simetría posible. C om o indica la etim ología, la simetría se define en función de la conm ensurabili­ dad entre las partes de un conjunto. Pero n o todas las configuracio­ nes pueden conmensurarse del mismo m od o. Hay simetrías que, aunque n o sean de tipo especular, son siempre simetrías. 69 ¿En qué m edida es esto importante para el discurso de Latour? Está claro que al servirse de la n oción de simetría propia del lengua­ je cotidiano, es decir, lo repito, sólo de la especular, hace su enfoque p o co convincente. Muchas de las asimetrías que él denuncia -por ejem plo, ohjeto-humano y objeto-no-hum ano- podrían n o ser tales. En otras palabras, Latour renuncia a sacar ventaja teórica del h ech o de que, en resumidas cuentas, hay “en el cielo y en la tierra” más si­ LCIV, 2, primavera 1995, pp. 481-507; M. Callón, F o u r M o d e ls fo r the Dynam ics o f Science, en H an dbook o f Science a n d Technology Studies, op. cit. 68. Sostengo que aún más justo sería hablar de sociotechnical action system , expresión pro­ puesta por G. Ropohl, Eine System theorie d e r Technik, Hanser, s.l. 1979; Id., Inform ation does n o t make sense. Or: the relevance gap in inform ation technology and its social dangers, en C. Mitcham y A. Huning (comps.). Philosophy and Technology II, D. Reidel, Dordrecht 1986. 69. Cfr. K.L. Wolf y R. Wolf, Sym m etrie, Böhlau-Verlag, Münster 1956, 2 vols.

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metrías de lo que com únm ente se cree. Cierto, siguiendo las huellas de Bloor, él recurre a la idea especular de simetría en un ámbito mu­ ch o más restringido. Me refiero al puramente m etodológico. Según Bloor, la sociología del con ocim iento científico “tiene que ser simé­ trica en el tipo de explicación”, es decir, “los mismos tipos de causas tienen que explicar las creencias verdaderas y las creencias falsas” . Lo que, a pesar de mis objeciones hacia una enfoque sólo especular de la simetría, es más o m enos aceptable. A fin de cuentas, se trata de una propuesta razonable de “equidad m etodológica”. De esta larga exposición acerca de los intentos de “pensar la técnica” en términos, com o habíamos dicho al principio, no espe­ culativos, em erge con claridad un panorama nada h om ogén eo. Al­ gunos estudiosos han alcanzado egregiamente el objetivo, sin em ­ bargo otros, sólo en parte. Pero también están los que, a pesar de todos sus esfuerzos en contra, n o han conseguido librarse de la vie­ ja forma mentís que ve a la técnica com o una realidad abstracta, tra­ table sólo en términos abstractos.

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Tecnica y cultura son terminos que muchas veoes han representado polos de una irreductible oposioon. En particular, han constituido el nucleo fundamental def debate que ha caracterizado al periodo de naamiento y expansion del capitalismo aieman. al espaoo de tiempo -deosivo para la totaiidad del futuro europeo- que va desde 1870 a 1930. Este debate coincide con el conflicto entre la cultura burguesa alemana del siglo diecinueve. imbuida de elementos romanticos. ctealistas y vitalistas. junto a las nuevas exigencias de la tipificaoon y racionalizaoon emergente de los sectores mtelectuaies ligados a la production industnal. La presente ediaon. pretende ilustrar la variedad y simultaneamente la artxulacion de las diversas posoones que caractenzaron esos anos cruaales. A traves de textos. muchas veces ineditos en espartoI. se presentan distintos enfoques y problematicas provementes de ambitos culturales y autores muy diferentes entre si. Son con* tribuciones que se ubican tanto en el campo de la filosofia y de la tecnica como en el de la sociologia. la economia y la politica. Tomas Maldonado -compilador de la obra- logra entretejer textos y posturas diver­ sas que confluyen en el esclarecimiento del debate sobre el racionalismo y el funcionalismo. en el espacio correspondiente al pensamiento relacionado con la proyectacion en la arquitectura. la industria y la comunicadon. Como final se induye 1Todavia la tecnica". reciente contribucion de Tomas Maldonado sobre el tema. que a manera de sintesis final, demuestra que el pensamiento en tocno a la tecnica no debe verse como una realidad abstracta. tratada solo en terminos abstractos. sino todo lo contrario.

Ediciones Infinito Emilio Lamarca 387 (1640) Martinez Buenos Aires Argentina e-mail m!o@edicionesinfinito com http www edioonesinfmito.com