Persas, Siete contra Tebas, Suplicantes, Prometeo encadenado
 9788446037866

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Esquilo Persas Siete contra Tebas Suplicantes Prometeo encadenado Edición de

Josep A. Clúa Serena y Rubén J. Montañés Gómez

AKAL/CLÁSICA

AKAL/CLÁSICA 90 Clásicos griegos Director: Manuel García Teijeiro

Diseño interior y cubierta: RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

© Ediciones Akal, S. A., 2013 Sector Foresta, 1 28760 Tres Cantos Madrid - España Tel.: 918 061 996 Fax: 918 044 028 www.akal.com ISBN: 978-84-460-

Esquilo

PERSAS, SIETE CONTRA TEBAS, SUPLICANTES, PROMETEO ENCADENADO Edición de Josep A. Clúa Serena y Rubén J. Montañés Gómez

A M. Montserrat Jufresa y Jaume Almirall, amigos helenistas y modelos de safhvneia kai; ajkrivbeia filológicas. A los colegas helenistas y latinistas de la Universidad de Extremadura, de la Universitat de Barcelona, de la Universitat de Lleida, de la Universitat de València y de la Universitat Jaume I.

Índice

Nota preliminar ................................................................ Introducción ..................................................................... Datos biográficos y breve semblanza intelectual de Esquilo........................................................................ Los tres dramas esquíleos de cronología temprana y Prometeo encadenado ................................................ Persas ......................................................................... Siete contra Tebas....................................................... Suplicantes ................................................................. Prometeo encadenado ................................................ Ediciones y traducciones.................................................. Bibliografía ......................................................................

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13 14 20 27 33 41 43

Persas ............................................................................... Siete contra Tebas ............................................................ Suplicantes ....................................................................... Prometeo encadenado......................................................

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Nota preliminar

En nuestra traducción1 de los dramas esquíleos, sin duda complejos y enrevesados a nivel lingüístico, hemos seguido la edición de Martin L. West (Aeschyli Tragoediae, cum incerti poetae Prometeo, Teubner-Stutgart, 1990), una de las más recientes y escrupulosas a nivel filológico. Por lo demás, cabe añadir que, si se maneja la edición preparada en 1972 por Page para la Oxford Classical Texts, al punto se comprobará cómo la cautela unida a un cierto pesimismo ha sembrado el texto de cruces respecto a la de Murray, edición que venía a sustituir a las de Wilamowitz, Weil, Mazon y Fraenkel, entre otras. Hemos de señalar que la Colección de clásicos griegos de la editorial Akal ya cuenta con un primer volumen sobre Esquilo (La Orestea. Agamenón, Coéforos, Euménides, J. L. de Miguel Jover [ed.], Madrid, Akal, 1998) con introducción general al autor, por lo que nuestra introducción aborda sólo aspectos relativos a las cuatro tragedias objeto de nuestra traducción. 1 Persas y Siete contra Tebas han sido traducidos por J. A.Clúa, mientras que Suplicantes y Prometeo encadenado, lo han sido por R. J. Montañés. Esta edición –la introducción y especialmente la traducción– se ha beneficiado de un proyecto de investigación dirigido por el prof. Carles Miralles Solà (UB): FF12009-10286, titulado «Usos y construcción de la tragedia griega y de lo trágico» (2010-2012).

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Hemos incorporado Prometeo encadenado en la presente traducción, conscientes de los riesgos que comporta la aceptación de su autenticidad y de la que trataremos en la introducción. A la hora de aceptarla podemos constatar tal reparo al leer el título con el que el mismo Martin L. West inicia su edición, refieriéndose a dicha obra cum incerti poetae Prometeo2.

2 Para nuestra traducción no hemos tenido en cuenta la obra de R. D. Dawe, The Collation and Investigation of Manuscrypts of Aeschylus, Cambridge, 1964, ni su Repertory of Conjectures on Aeschylus, Leiden, 1965, sino que nos basamos en la citada edición de M. L. West.

Introducción

DATOS BIOGRÁFICOS Y BREVE SEMBLANZA INTELECTUAL DE ESQUILO Esquilo, primer poeta de Occidente en cuya obra adquiere forma la tragedia, habría nacido en Eleusis y fue hijo de Euforión, ciudadano ateniense del mencionado demo, si hacemos caso del ingente cúmulo de informaciones y fuentes diversas, así como de las didascalias atenienses, los argumenta o hypothéseis que acompañaban algunas piezas trágicas. Sabemos con casi total seguridad que intervino en las batallas de Maratón y Salamina contra los persas. Contamos con tres fuentes para datar la fecha del nacimiento de Esquilo y para tener noticias fiables acerca de su vida: la Vita anónima del poeta, que conservamos en el antiguo manuscrito denominado Mediceo, el Marmor Parium y el léxico Suda (siglo X). Según la primera fuente, Esquilo era contemporáneo de Píndaro y, aunque se han propuesto los años 528 o 524 a.C. como fecha de su nacimiento, el Marmor Parium habla del 525 a.C. (quizá la fecha más aceptada). Finalmente, Suda, sin duda la fuente más imprecisa, lo sitúa en los años 500-497 a.C. Siendo muy joven, participó en los concursos de los poetas trágicos y en trece fue vencedor. Nos consta que en su madurez se trasladó a Sicilia a la corte del tirano Hierón, llevado por la abundancia de artistas que allí se reunían o, tal

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vez, si seguimos la Vita, por la tristeza que le causó al poeta haber sido derrotado por Simónides en un concurso de elegías sobre la batalla de Maratón. Con todo, la tradición nos refiere la existencia de enfrentamientos entre Esquilo y el joven Sófocles, a quien el público prefirió. Asimismo, Suda, para explicar su partida a Sicilia, nos cuenta un incidente escénico en la representación de Euménides, tragedia llevada a escena por primera vez en el año 458 a.C. En Sicilia seguramente representó por segunda vez Persas, obra con la que obtuvo el triunfo en Atenas. Poco después regresó a dicha ciudad y no sabemos por qué volvió nuevamente a Sicilia, aunque cierto pasaje de Aristófanes (Ranas 765 ss.) alude a la decepción que experimentó con el público ateniense, de lo cual se deduce que la relación entre este y el autor no siempre fue buena. Fue aquí, en Sicilia, donde Esquilo representó la pieza Mujeres de Etna para conmemorar la fundación de la ciudad de Etna por Hierón. Murió en Gela en 456/455 a.C. y su tumba se convirtió en santuario visitado por todos los trágicos del momento. Por lo demás, Esquilo fue el primer autor de tragedias que introdujo el segundo actor y redujo el papel del coro. Conservamos siete tragedias esquíleas de las noventa que escribió, según Suda: tres de esas siete forman una trilogía denominada Orestía (458 a.C.), compuesta por las obras Agamenón, Coéforos y Euménides. Aparte de estos tres títulos, conservamos también: 1. Persas (472 a.C.); 2. Siete contra Tebas (467 a.C.); 3. Suplicantes (463 a.C.); 4. Prometeo encadenado (de fecha incierta). Esquilo tomó parte en la batalla de Maratón (490 a.C.), en lo que se vienen denominando guerras médicas (499-479 a.C). Su consecuencia más inmediata fue la aparición y desarrollo paulatino del sistema democrático y de la paulatina hegemonía ateniense sobre la Hélade, en todos los aspectos. Esto influyó notablemente en sus composiciones: en todas las obras de Esquilo se respira un aire de libertad y democracia fruto, como decimos, del esplendor de Atenas tras la derrota de los persas. Esquilo hará de la justicia divina el núcleo de su pensamiento teológico. En sus dramas, son parte importante las ideas morales y religiosas. Así, en sus textos, los designios de los dioses

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se cumplen inexorablemente y los hombres aprenden a través del sufrimiento. En las piezas de Esquilo, la presencia y la intervención de los dioses es directa y se establece una relación casi personal entre hombres y dioses, que acaban interesándose, estos, por las acciones humanas. Finalmente, recordemos que en Esquilo el coro canta informando y subrayando viejos hechos de antiguas familias, de héroes de antaño, en torno al altar de Dioniso3, el dios de la alteridad y la transformación4. LOS TRES DRAMAS ESQUÍLEOS DE CRONOLOGÍA TEMPRANA Y PROMETEO ENCADENADO Tanto Persas, como Siete contra Tebas y Suplicantes –dejando de lado Prometeo encadenado, cuya datación, como veremos, es problemática– son dramas que conforman un conjunto de obras tempranas; quizá Suplicantes aparece como bisagra entre las tragedias arcaicas de Esquilo y la Orestía, el verdadero culmen de sus dramas. Por lo demás, durante el breve espacio de nueve años se estrenaron desde Persas (en 472 a.C.) y Siete contra Tebas (cinco años después), hasta Suplicantes (hacia el 463 a.C.). En las tres primeras tragedias esquíleas, los estudiosos han hallado problemas dramáticos similares. Como señala M. Librán5, Persas, Siete contra Tebas y Suplicantes están muy desatendidas en los estudios actuales sobre la tragedia griega, cen3 Cfr. C. Miralles, «La creazione di uno spazio: la parola nell’ambito del dio dell’alterità», Dioniso 59, 2 (1989), pp. 23 ss. 4 Cfr. J.-P. Vernant y P. Vidal-Naquet, Mythe et tragédie II, París, La Découverte, 1986, pp. 37 ss., 244 ss., etcétera. 5 La excelente tesis doctoral publicada de M. Librán Moreno, Lonjas del banquete de Homero. Convenciones dramáticas en la tragedia temprana de Esquilo, Huelva, Publicaciones de la Universidad de Huelva, 2005, constituye un intento serio y relativamente reciente de estudio de la técnica dramática de estas tragedias tempranas.

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trados casi unánimemente en la Orestía con exclusión práctica del resto de los dramas esquíleos. Como muestra, baste asomarse al índice analítico del Cambridge Companion to Greek Tragedy editado por Mrs. Easterling (1997): la Orestía recibe ciento siete menciones frente a veintiuna de Persas, nueve de Siete contra Tebas y trece de Suplicantes.

PERSAS Ubicación en la obra de Esquilo La trilogía de Esquilo que –con Pericles, que aún no tenía veinte años, como corego– obtuvo el segundo premio en el festival dramático de las Dionisias6 Urbanas, celebrado en Atenas el 472 a.C., estaba formada por las tragedias Fineo, Persas y Glauco; completaba esta trilogía, según lo acostumbrado, el drama satírico Prometeo encendedor del fuego. A diferencia de la Orestía, donde la figura de Orestes constituye un claro hilo conductor entre las tragedias que la forman, la unidad temática es aquí bastante menos evidente, hasta el punto de que se ha puesto en duda esta agrupación en trilogía; podemos considerar, sin embargo, que el elemento que las relaciona es el castigo divino. Aunque sólo Persas se ha conservado –de las restantes obras quedan exiguos fragmentos–, los títulos permiten deducir los temas de las demás tragedias. Fineo, que daba nombre a la pieza, fue un rey de Tracia, ciego, que dio hospitalidad a Eneas, por lo que Hera y Posidón lo castigaron: cada vez que iba a comer, las Harpías le quitaban la comida o se la contaminaban con excrementos, hasta que dos de los Argonautas, Cetes y Calais, las pusieron en fuga. En agradecimiento, Fineo aconsejó a Jasón sobre el paso de las Simplégades: una paloma debía preceder a la nave7. 6 Nombre dado en la Atenas clásica a los festivales en honor de Dioniso, que incluían representaciones dramáticas. 7 Apolodoro, I 9, 21 (cfr. III 15, 3) y Ovidio, Metamorfosis VI 424-674.

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En cuanto a Glauco, contaba la historia del personaje homónimo. Aunque en la tradición mítica encontramos a diversos protagonistas con ese mismo nombre, el más adecuado a un tratamiento trágico parece ser el del hijo de Sísifo, rey de Éfira, que más tarde se convertiría en Corinto; tomó parte en los juegos funerarios en honor de Pelias, donde se enfrentó a Yolao. Glauco fue devorado por sus yeguas, enloquecidas, según una versión, al beber agua de una fuente encantada, e instigadas, según otra, por Afrodita –que se había ofendido porque su dueño no les permitía aparearse, con el fin de que pudieran correr más8–. Respecto a Prometeo, remitimos al prólogo de Prometeo encadenado. Dejando aparte el hecho inusual de que ni los personajes ni los acontecimientos que dan lugar a la acción pertenecen a la tradición mítica, sino que son históricos y pertenecen además a un pasado reciente, Persas se estructura alrededor del castigo infligido por la divinidad a Jerjes. Este había incurrido en la ira divina al lanzar su expedición contra la Hélade en el 480/479 a.C.; y muy especialmente por haber cometido hýbris al haber represaliado al Helesponto cuando una tempestad destruyó las pasarelas construidas para atravesarlo: lo había hecho azotar, aherrojar y marcar a fuego entre imprecaciones9. No obstante, Persas se focaliza en la derrota de estos en Salamina, batalla en la que, como se ha dicho, tomó parte Esquilo, casi con total seguridad; asimismo se alude en la obra a la derrota de Jerjes en Platea, en el 479 a.C., aunque en estilo un tanto enigmático10. En efecto, Persas es un canto de triunfo de los griegos, una demostración de hýbris y áte. Pero hay más. Como señala E. García Novo11, 8

Apolodoro, II 3, 1; Pausanias, VI 20, 19. Heródoto, VII 35. Al parecer, Jerjes hizo fustigar el mar de los Dardanelos, al tomar como ofensa personal la destrucción del puente de barcas que el rey persa había ocasionado en el estrecho para que lo atravesara su ejército. 10 A. F. Garvie, Aeschylus: Persae, Oxford/Nueva York, Oxford University Press, 2009, pp. XL-XLVI. 11 E. García Novo, «Las dos caras del protagonista en Persas de Esquilo», CFC (G) 15 (2005), pp. 49-62 (esp. 61). 9

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Esquilo, al presentar a los persas, ha buscado la manera de mostrarlos a los ojos del público con rasgos heroicos, para convertirlos en rivales dignos de los griegos. No era suficiente que el enemigo fuera poderoso; tenía que ser también justo y consciente de sus límites. Sólo así su derrota engrandecería a los vencedores. Para ello el poeta desdobla en dos al rey de los persas. Darío, ya muerto, se nos muestra dibujado como un héroe e invocado como un dios: practicaba la sophrosyne, respetaba a los dioses y no cometió falta alguna. Jerjes, por el contrario, ha incurrido en h´ybris, confiado en su capacidad, y ha provocado la catástrofe total de su pueblo.

Argumento, personajes y escenarios En coherencia con la realidad histórica, la acción transcurre en Susa –actual Sush, en Irán–, capital a la sazón del Imperio persa, primero en el palacio real y después ante la tumba de Darío, padre de Jerjes. La obra se inicia con la intervención del coro, formado por ancianos notables; he aquí un rasgo de arcaísmo, pues en las tragedias posteriores –también en las de Esquilo–, habitualmente el coro no hace su aparición en escena –marcando así el final del llamado prólogos– hasta que ha intervenido, de forma más o menos extensa, un personaje menor, que a menudo pone al auditorio en antecedentes para la comprensión del argumento. Aquí, este coro de ancianos se manifiesta ansioso de noticias sobre la campaña de Jerjes, configurando un ambiente tenso: el aire parece lleno de presagios funestos, a los que se suma Atosa, madre de Jerjes y viuda de Darío, quien narra un sueño que ha tenido al respecto. Esto puede parecer, desde nuestra óptica actual, un recurso manido; sin embargo, tal vez sea la primera vez que lo utilizó el teatro occidental12, y supone, pues, una innovación por parte de Esquilo. Aparece entonces un mensajero que, en el límite de sus fuerzas, comunica a Atosa y al coro la derrota de Salamina y sus terribles consecuencias: hace una viva y pormenorizada descrip12 O. Taxidou, Tragedy, Modernity and Mourning, Edimburgo, Edinburgh University Press, 2004, p. 99.

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ción de las embarcaciones que han tomado parte en esta batalla naval –hasta el punto de que se la ha comparado al «Catálogo de las naves» del canto II de la Ilíada–, narra sus fases, enumera los persas ilustres que han perdido en ella la vida, se hace eco de la combatividad y buen ánimo de los griegos, que luchan por su supervivencia como pueblo; hace saber, en fin, que Jerjes se ha salvado y ha emprendido, a la fuga, el regreso hacia Susa. Abrumada por tan malas nuevas, Atosa pide al coro, ante la tumba de Darío, que invoque al espectro de este para pedirle opinión y consejo. El fantasma de Darío, en realidad, no aporta al trance ningún alivio: condena la soberbia que ha mostrado su hijo al invadir Grecia y sobre todo al puentear el Helesponto y maltratarlo ignominiosamente, como se ha dicho, pues esos actos de hýbris han sido la causa del fracaso; y en dicción oracular anuncia, antes de desvanecerse, el nuevo descalabro que los persas sufrirán en Platea. Llega, finalmente, Jerjes, vestido de harapos en su condición de fugitivo y anonadado por su derrota; la obra, a partir de su aparición, se resuelve en un diálogo lírico entre Jerjes y el coro, en desconsolado lamento por el irreversible desastre. En conjunto, la estructura es simple, tanto que Wilamowitz dudaba de la unidad de la obra, que descomponía en tres actos sin prácticamente ligazón entre ellos. Bien es verdad que en esta tragedia hay muy poca acción, todo bascula alrededor de remisiones al pasado: bien a modo de informe –por el mensajero–, de culpabilizador reproche –el espectro de Darío– o de acerba lamentación –Jerjes–. Puede entenderse, no obstante, que esa es, precisamente, la ligazón; la exposición y análisis del pasado reciente. Particularidades y tradición Analicemos ciertas características particulares de esta tragedia, por otra parte la más antigua que se ha conservado completa y de posible construcción defectuosa13, habida cuenta de 13 Cfr. M. Patin, Études sur les tragiques grecs. Eschyle, París, Hachette, 1871, p. 239.

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la poca conexión entre sí de los tres «actos» que la componen, o de la ausencia de un punto focal en la acción de la misma, con testimonios externos de la existencia de una posible doble redacción. Así, podemos considerar como rasgos arcaicos la inexistencia de prólogos, al iniciarse la representación con el coro, aunque a su vez esto evidencia la mayor importancia que este ha cobrado, así como el reducido número de personajes. Como es sabido, Esquilo introdujo el deuterag¯onist¯e´s o segundo actor. Pensemos que en el momento en que la tragedia Persas subió a escena, las representaciones dramáticas más o menos institucionalizadas y reglamentadas contaban, aproximadamente, con sesenta años de historia. No obstante, la característica fundamental de esta tragedia es su argumento basado en acontecimientos históricos y coherente con estos. La batalla de Salamina había tenido lugar tan sólo ocho años antes de su representación, de manera que entre el público abundarían sin ninguna duda los veteranos que habían participado en tan señalada victoria griega, y sobre todo ateniense. La tradición recogida por la anónima Vita de Sófocles, recuérdese, señalaba que Esquilo había combatido en Salamina; Sófocles había figurado en los coros de efebos que festejaron el triunfo, y Eurípides había nacido el mismo día. El sentido más inmediato que puede encontrarse en Persas es, por tanto, que se trata de una explícita celebración ideológica de la victoria griega: la pólis democrática, Atenas, vence a un rey despótico y soberbio, dominado por la hýbris. Sin embargo, el hecho de que la tragedia se desarrolle desde la perspectiva de los vencidos –lo cual, en mayor o menor medida, permite identificarse con estos– ha sugerido que, en clave aristotélica, es precisamente ese el sentido de la obra: la contemplación de una amarga derrota provoca la piedad del espectador, en este caso el vencedor. Aun siendo posible, y pudiéndose ajustar, como se ha dicho, a los presupuestos sobre la tragedia desarrollados por Aristóteles en la Poética, esta interpretación resulta bastante inverosímil: ni con la mejor intención del mundo podría suponerse en los veteranos de Salamina, abundantes entre el público y sin duda representa-

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tivos de este, la piedad por quien fue su agresor, y menos aún en un contexto cultural tan agonal como el ateniense: el vencedor se regocija con el dolor del vencido14, que además es el bárbaro por excelencia. Abona esta interpretación, por otra parte, el pasaje de Ranas de Aristófanes –representada en el 405 a.C.– donde aparece el propio Esquilo diciendo «con Persas, mi obra maestra, os inspiré un ardiente deseo de vencer siempre a los enemigos» (1026-1027). Cierto que se trata de una comedia y que es Aristófanes quien habla por boca de Esquilo; pero sin duda recoge el sentir popular setenta años después de la representación de Persas. Mucho más intenso sería ese sentir ocho años después de la batalla de Salamina. Más aún si se tiene en cuenta que en el 475 a.C. Cimón había tomado Eion, en la desembocadura del Estrimón, en Tracia, última posesión pérsica en territorio europeo; Atenas, punta de lanza de Grecia, pasaba a la ofensiva, y Persas venía a recordar la relativamente reciente victoria de Salamina y a enaltecer el patriotismo ateniense. En cualquier caso, por mucho que la historicidad del tema y de los personajes individualice esta tragedia, Esquilo no fue ni el único ni el primero en hacer uso de ella. Frínico escribió dos tragedias «históricas»: El saqueo de Mileto, en el 493 a.C., y Fenicias, en el 476 a.C. Si esta, cuyo corego fue Temístocles, trataba del mismo tema que Persas –formaban el coro las esposas y madres de los fenicios que componían el grueso de la marina persa–, aquella escenificaba la destrucción por los persas de las ciudades griegas de Asia Menor, pero ponía de manifiesto que Atenas las había abandonado a su suerte; por ello fue sancionado, y se promulgó una ley para que la obra no fuese representada de nuevo15. Esquilo era muy consciente de partir, en cierto modo, de Frínico, como lo pone de manifiesto que el primer verso de Persas se corresponda, modificado pero evidente, con el primero de Fenicias; pero desarrolló el tema a su particular manera. 14 E. Hall, Inventing the Barbarian: Greek Self-definition through Tragedy, Oxford Classical Monographs, Oxford, Clarendon Press, 1991. 15 Heródoto, VI 21.

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Según nos muestra el mencionado pasaje de Ranas –que es, en suma, una exposición a comico de teoría literaria–, Persas era considerada la obra cumbre de Esquilo y, según un escolio a dicha comedia (v. 1028), ya Hierón de Siracusa le invitó a acudir a Sicilia para ponerla allí en escena; la Vita Aeschyli asegura que la obra fue allí muy bien acogida. Su gran predicamento se mantuvo durante toda la Antigüedad: permitía a los romanos verse como herederos directos de los atenienses, vencedores de los persas, cuyos descendientes, los partos, fueron el eterno enemigo oriental de Roma; para el Imperio romano de Oriente –más conocido, aunque no demasiado correctamente, como «Imperio bizantino»– conservó este mismo carácter simbólico, que la Grecia moderna, para quien los turcos de hoy son los persas de ayer, ha recogido. SIETE CONTRA TEBAS Ubicación en la obra de Esquilo Siete contra Tebas es la única tragedia conservada de la trilogía con la que concurrió Esquilo al certamen dramático de las Grandes Dionisias del año 467 a.C., junto con Layo y Edipo; ocupaba el tercer lugar. El drama satírico que completaba la trilogía era Esfinge, también perdido. Así como Persas constituye una excepción, por no tomar su tema, argumento y personajes de la tradición mítica, en Siete contra Tebas nos encontramos con que trata de la última parte del llamado «ciclo tebano», o, si se prefiere, de las desventuras del linaje de los Labdácidas. No procede, por tanto, extendernos en consideraciones sobre el tema y argumento de Layo y Edipo, que desarrollaban lo acaecido a los personajes homónimos; pero tampoco debemos suponer que ello se correspondía en todos los aspectos con el conocido Edipo rey de Sófocles. De la misma manera, el drama satírico Esfinge presentaba una versión bufa del enigma propuesto por dicho monstruo a Edipo, así como de su resolución.

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Asunto distinto es dirimir la ligazón trágica, es decir, la cuestión moral común a las tres tragedias, aparte del hecho de encuadrarse en un ciclo mítico bien conocido. Tanto puede tratarse –como se vio en Persas– del castigo divino que, a consecuencia de una culpa y de la maldición subsiguiente, no sólo afecta al culpable inmediato sino también a sus descendientes, generación tras generación, como de la culpa individual que causa la perdición de quien la comete. Si se tratara de esto último, en Siete contra Tebas apenas se hace referencia explícita a dicha culpa: ni a la de Polinices, que es en realidad un referente ausente, ni a la de Eteocles. También aquí la comparación con Sófocles es inevitable: ¿cuál era la culpa de Edipo? En todo caso, no fue la única trilogía que Esquilo dedicó al ciclo tebano: tenemos noticia de otra, formada por las tragedias Los argivos, Los eleusinos y Los epígonos. No se ha conservado ninguna pieza de esta trilogía. Argumento, personajes y escenarios El ciclo mítico de cuya última parte trata la tragedia que nos ocupa, aparte de la tradición popular, era conocido fundamentalmente por dos poemas épicos hoy perdidos: la Edipodia –que narraba fundamentalmente el episodio de Edipo y la Esfinge– y la Tebaida –dedicada al enfrentamiento entre los hijos de Edipo, es decir, precisamente la materia de Siete contra Tebas–, pero dejaba un gran margen a la creatividad particular de los tragediógrafos –en realidad, a su desarrollo literario global. En cuanto al origen del ciclo en general y de este episodio en particular, no parece prudente aventurar posibilidades. Todo parece indicar que pertenece, o es anterior, a la Edad del Bronce; y que el elemento inicial no es la ciudad de Tebas, sino el número siete. Ya Wilamowitz entendía que si el mito le señalaba a Tebas siete puertas, era sólo para adecuarlas al número de atacantes. Por otra parte, el listado de estos es variable, y algunos –como el adivino Anfia-

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rao16– tienen entidad propia y aparecen en otros episodios del mito, en tanto que otros aparecen exclusivamente en este, y no están caracterizados. Como origen del núcleo legendario inicial se han señalado los siete «demonios», personificaciones de la violencia, que aparecen en la Epopeya de Erra, el «dios-plaga» de la literatura acadia17. El linaje de los reyes de Tebas, los Labdácidas, o más concretamente Layo, hijo de Lábdaco, había sido objeto de la maldición de Pélope, rey del Peloponeso, en cuya corte encontró asilo cuando Zeto y Anfión lo destronaron y tuvo que huir de Tebas. Layo se enamoró de Crisipo, hijo de Pélope, y lo raptó –por este motivo, era considerado el prôtos heurete¯´s o «inventor» de la paiderastía–; Crisipo se suicidó al no poder resistir tal vergüenza, y su padre maldijo a Layo y a sus descendientes. Cuando más adelante Layo y su esposa Yocasta no podían tener descendencia, Layo fue a Delfos a consultar el oráculo. Según este, tendría un hijo, a manos del cual moriría, por designio de Zeus que había accedido a las imprecaciones de Pélope. Layo se abstenía de trato carnal con su esposa para no dar pie al cumplimiento del oráculo, pero una noche, en estado de embriaguez, engendró a Edipo. De acuerdo con la versión que nos ofrecen las tragedias Edipo rey y Edipo en Colono de Sófocles, Layo ordenó que el recién nacido fuera abandonado en el Citerón, para ser pasto de alimañas –con los tobillos perforados y atravesados por una correa, lo que explicaría su nombre, Oidípous, «de pies inflamados»–, pero unos pastores 16 Cfr. P. Sineux, Amphiaraos. Guerrier, devin et guérisseur, París, Les Belles Lettres, 2007, en donde se analiza su doble vertiente como «guerrero argivo» y «adivino», miembro de la expedición de los Siete contra Tebas, que fracasó en su intento de restituir a Polinices al trono de Tebas. El autor enfatiza su carácter de divinidad oracular en los alrededores de Tebas, en donde se instala, al final del siglo V a.C., y se destaca su santuario de Oropo, en las puertas del Ática. 17 W. Burkert, Die orientalisierende Epoche in der griechischen Religion und Literatur, Heidelberg, 1984 = The Orientalizing Revolution: Near Eastern Influences on Greek Culture in the Early Archaic Age, Cambridge, Harvard University Press, 1992, pp. 108 ss.

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de Corinto lo recogieron y lo entregaron a su rey, que no tenía hijos y crió a Edipo como tal. Al llegar a su edad adulta, Edipo tuvo conocimiento por un oráculo de que estaba predestinado a matar a su padre, y creyéndose hijo del rey de Corinto, para evitarlo marchó hacia Tebas. Durante el camino, dio muerte a Layo por la preferencia de paso en una encrucijada; en las cercanías de Tebas se encontró con la Esfinge, monstruo alado con rostro de mujer, pecho, patas y cola de león, que Hera había enviado contra la ciudad para castigar a Layo; planteaba a los viajeros enigmas y los devoraba cuando no podían responderlos. Edipo respondió correctamente a la pregunta de «¿Cuál es el ser que anda con dos, tres o cuatro patas, y es más débil cuantas más patas tiene?», es decir, el hombre; la Esfinge, despechada, se quitó la vida. Edipo recibió en premio la mano de la reina viuda –su madre, Yocasta, con la cual engendró dos hijos, Eteocles y Polinices, y dos hijas, Antígona e Ismene– y el trono de Tebas; mas cuando la ciudad recibió el castigo divino de la esterilidad en virtud de la maldición de Layo, Edipo, intentando resolver dicha plaga, inició una serie de consultas oraculares e investigaciones que acabaron poniendo al descubierto su verdadero origen y sus involuntarios crímenes. Yocasta se suicidó, y él, horrorizado, se sacó los ojos y partió voluntariamente a un destierro errante, hasta su muerte en la ciudad de Colono18. Los hijos varones de Edipo, Eteocles y Polinices –quienes, en algunas versiones del mito en que su padre Edipo no se exilia, han sido maldecidos por este, al que vilipendian y someten a vejaciones hasta su muerte–, resuelven ocupar el trono por turnos anuales; pero Eteocles, al acabar su primer mandato, se niega a ceder el poder a su hermano, y Polinices marcha a Argos; allí se casa con Argía, la hija de Adrasto, rey de esta ciudad, quien promete ayudar a recuperar el trono de Tebas a su yerno. Polinices reúne un ejército junto con otros seis caudillos 18 Además de las mencionadas tragedias de Sófocles, que nos proporcionan la versión más conocida de la historia de Edipo, véanse Hesíodo (Teogonía 326-332) y Apolodoro (III 5-8).

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y marcha contra su propia patria. Se inician aquí los acontecimientos puestos en escena en Siete contra Tebas. En realidad, en esta tragedia hay poca acción; podríamos definirla como una serie de rhêseis de mensajero que dan lugar a elaborados diálogos, a través de los cuales se nos narra lo que está sucediendo y se pone de manifiesto el carácter de la figura central, Eteocles. La obra comienza con una intervención suya intentando levantar los ánimos de la población de Tebas, temerosa por la inminente llegada del ejército de Polinices, y representada por el coro de jóvenes tebanas. Aparece entonces un primer mensajero, que informa que el enemigo ha llegado y cada uno de sus caudillos ha asumido el asedio de una de las puertas de la ciudad; recuérdese que el epíteto homérico más conocido de esta es Thêbai heptápylos, «Tebas de siete puertas»19; Eteocles deberá, pues, encargar la defensa a otros tantos guerreros. El coro manifiesta entonces su miedo, pero Eteocles lo reprende severamente. Llega de nuevo el mensajero, anunciando que el enemigo ya ha decidido por sorteo qué puerta ha de atacar cada uno de los siete caudillos. Empieza entonces un extenso pasaje de carácter catalógico: el mensajero rinde informe del nombre, procedencia y carácter de cada uno de dichos atacantes, y Eteocles adjudica en consecuencia un defensor a cada puerta. La distribución es la siguiente: a Tideo se opondrá Melanipo, en la puerta de Preto; a Capaneo, Polifonte en la puerta Electra; a Eteoclo, Megareo en la puerta Nueva; a Hipomedonte, Hiperbio en la puerta de Atenea Onca; a Partenopeo, Actor en la puerta Norte; a Anfiarao, Lástenes en la puerta Homoloide; la puerta Séptima será atacada por el propio Polinices. Eteocles comprende entonces que deberá ser él en persona quien la defienda, y que ninguno de los dos saldrá vivo del combate; rememora la existencia de «la maldición de un padre» –sin explicitar que se refiere a la que pesa sobre el linaje; lo aclarará poco después el coro (vv. 742 ss.)– y, decidido, abandona la escena. 19

Odisea XI 263, etcétera.

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Tras una intervención del coro, que manifiesta su temor por el resultado de la batalla, entra por tercera vez el mensajero, quien proclama que Tebas ha resistido el ataque, pero que Eteocles y Polinices se han dado muerte el uno al otro. No hay, pues, celebraciones de victoria, sino que se llevan a escena los cadáveres de los dos hermanos, y el coro entona un lamento por su desgracia (vv. 820-960). Particularidades y tradición Siete contra Tebas ofrece un ejemplo inmejorable del contexto agonal en el que era compuesta la poesía dramática ática –siempre para concurrir a un certamen, es decir, entrando siempre en competencia con otros autores– y de la influencia mutua de sus éxitos o fracasos... incluso después de su muerte. En efecto, parece unánimemente aceptado que esta tragedia de Esquilo acababa donde se ha indicado, en el verso 960, con el lamento del coro. Sin embargo, la notoriedad alcanzada por Sófocles con la trilogía que formaban Edipo rey, Edipo en Colono y Antígona, representada en el 429 a.C. –como fecha más probable– consagró para la posteridad su versión de la historia y personajes del ciclo tebano. Alguien creyó entonces necesario acentuar la coherencia de dicha versión, y en especial de Antígona, con la obra de Esquilo, que por otra parte continuaba siendo el gran nombre de la tradición trágica, y así escribió, aproximadamente cincuenta años después de su muerte, la escena final que recogen las ediciones actuales (vv. 961-1078). En dicha escena aparecen Antígona e Ismene, las hijas de Edipo –hermanas, por tanto, de Eteocles y Polinices– y un mensajero, que proclama la prohibición de dar sepultura a Polinices decretada por Creonte, que se ha hecho cargo del poder. De esta manera, Antígona puede afirmar que hará caso omiso de tal decreto, y la tragedia de Esquilo queda así enlazada con la de Sófocles. El contraste de esta última escena con el resto de la tragedia evidencia los cambios que en esos hipotéticos cincuenta años se habían introducido en el género: en la parte esquílea,

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como ya se ha dicho, la acción es relativamente poca y tan sólo hay dos personajes, Eteocles y el mensajero; los diálogos entre estos y con la corifeo, y la narración y descripciones en ellos contenidos, vienen a suplir la escasa acción. Por otra parte, la personalidad de Eteocles se situa así necesariamente en un plano superior y diferenciado; es el único personaje con entidad, el único que posee, en realidad, «carácter», con sus cualidades y sus altibajos. Hasta cierto punto, esto nos permite compararlo con el Edipo sofocleo: al principio de la obra es el buen rey, preocupado por su pueblo y en buena sintonía con este, al que trata de tranquilizar; sin embargo, a partir del momento en que decide su enfrentamiento con Polinices –e intuye que ninguno de los dos sobrevivirá–, su tono es progresivamente airado, y es el coro el que le recomienda cordura. De modo semejante a los accesos de cólera de Edipo al avanzar en sus investigaciones; sirva de ejemplo concreto el interrogatorio de Tiresias. Por lo demás, se han criticado ciertas inconsistencias temporales de la obra. Así, por ejemplo, en los vv. 78-368 se puede deducir que la primera fase del ataque del ejército argivo ya ha comenzado y las aterrorizadas vírgenes corren sobresaltadas ante el ataque del ejército; pero, a partir del v. 375, el poeta deja claro que el ataque ni siquiera ha empezado y que la urgencia de la situación, contradiciendo al coro que anda asustado, no es extrema. Es como si el tiempo se congelara (vv. 375-685) para dar a Eteocles oportunidad y el tiempo suficiente para preparar la defensa «verbal» de la ciudad. Pero luego el tiempo retoma su marcha y los tebanos luchan y ganan la batalla en apenas setenta versos (720-791). Estamos, pues, ante una dilatación del tiempo dramático durante 310 versos y una aceleración posterior que ha propiciado que algunos acusen a Esquilo de descuido en el manejo temporal, aunque se puedan aducir ejemplos razonables de reglas semejantes de composición en la épica20. 20 Cfr. M. Librán, Lonjas..., pp. 248-255, que concluye con dicha opinión sobre el parangón con la técnica de la épica, que compartimos en su totalidad.

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SUPLICANTES Ubicación en la obra de Esquilo La tragedia Suplicantes se representó por vez primera en las Dionisias, en fecha no anterior al 468 a.C., siendo la del 464/463 a.C. la más probable. Ocupaba el primer lugar en una trilogía junto con Egipcios e Hijas de Dánao, mientras que el drama satírico Amimone21 completaba el elenco. Ninguna de estas otras obras se ha conservado. Sin embargo, por los títulos, y partiendo del argumento desarrollado por Suplicantes, puede inferirse que las dos tragedias perdidas se mantenían en el ciclo mítico de Dánao, que era, en realidad, un episodio del ciclo argivo. No es tan fácil precisar el tema trágico que daba unidad a la trilogía, pero posiblemente se debatiera en ellas la obediencia debida, hasta llegar a un punto muerto que resolvía Afrodita, aparecida ex machina. Respecto a Amimone, al hablar del argumento y personajes nos referiremos a ella. Argumento, personajes y escenarios El episodio de Dánao y sus hijas, perteneciente al ciclo argivo –tal vez el más antiguo de los ciclos míticos griegos– quedaba recogido en la Danaida, poema épico de uno de los llamados «poetas cíclicos», supuestamente contemporáneos de Homero. No se conservan ni el poema ni el nombre de su autor, pero constituyó sin duda la fuente principal de esta trilogía de Esquilo. De la primera parte del episodio –en realidad, se trata de un mito de refundación de Argos– nos informa la propia tra21 El Papiro de Oxirrinco, 2256 fr. 3 (E. Lobel, E. P. Wegener, C. H. Roberts, The Oxyrhynchus Papyri, vol. XX, Londres, Egypt Exploration Society, 1952, pp. 30 ss.) vino a confirmar la existencia de la trilogía y su datación, aunque esta no queda totalmente resuelta. Para el estado de la cuestión, véase A. Sommerstein, Aeschylean Tragedy, Bari, Levante, 1996, pp. 141-152.

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gedia Suplicantes. En efecto, Dánao y Egipto son dos hermanos gemelos que ostentan conjuntamente el poder en el reino de Egipto; aquel tiene cincuenta hijas –las Danaides o hijas de Dánao–, mientras que este cincuenta hijos. Cuando Egipto intenta imponer a las Danaides el matrimonio con sus primos, estas, junto con su padre, huyen a Argos. Es en este punto donde da comienzo la acción dramática. Apenas desembarcadas las Danaides –que forman el coro que aparece «sollozando» en sus cantos22 y del que toma su nombre la tragedia –Dánao las exhorta a acercarse al recinto sagrado de las divinidades de la ciudad, por considerarlo refugio inviolable, pese a encontrarse fuera del recinto amurallado. Aparece entonces Pelasgo, rey de Argos. Las Danaides le piden protección y asilo23, reivindicando su origen argivo, pues su padre Dánao es hijo de Belo, nieto por tanto de Posidón y de la ninfa Libia, hija a su vez de Épafo, fruto del encuentro amoroso entre Zeus e Ío, hija de Ínaco, rey de Argos. Convertida en ternera por Hera y perseguida por un tábano, Ío habría recuperado su forma humana en las tierras del Nilo. Pelasgo duda: proteger a sus consanguíneas provocará una guerra con Egipto. Tras otro ruego insistente del coro, se compromete a llevar la cuestión a la asamblea de los ciudadanos de Argos y a intervenir en su favor. Dánao parte a depositar ramos de suplicante en todos los altares de la ciudad y, después de un breve diálogo con el coro, también marcha Pelasgo a convocar la asamblea y a aconsejar a Dánao sobre lo que ante ella deberá decir. El coro entona un canto de súplica a Zeus y al concluirlo aparece Dánao con buenas noticias: la asamblea ha decidido darles plena protección y asilo. El coro lo celebra y eleva ahora un canto de agradecimiento en el que se hacen votos por el bienestar y la prosperidad de los argivos. Mas, apenas acaba22 Cfr. C. Miralles, «Gli anapesti della parodo delle Supplici di Eschilo: una lettura», Bollettino dei classici (Accademia dei Lincei) 28 (2007), pp. 29-51. 23 Cfr. J. Pórtulas, «Miasma in Eraclito e in Eschilo», Lexis 24 (2006), pp. 23-29.

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do este, Dánao, que ha estado avizorando el mar, comunica a sus hijas que una flota egipcia se aproxima a la costa. El coro muestra ahora su miedo y su desesperación, mientras Dánao marcha de nuevo a pedir ayuda a la ciudad. Desembarcan entonces los egipcios, capitaneados por un heraldo, e intentan capturar mediante la violencia a las Danaides. Estas, maldiciendo a sus raptores, pretenden hacer valer el carácter inviolable del santuario donde se han refugiado, pero el heraldo desprecia explícitamente a las divinidades argivas. Llega entonces Pelasgo con su escolta armada y tiene lugar un tenso diálogo entre este y el heraldo, quien finalmente se retira junto con su destacamento, diciendo que el comportamiento del rey será, sin duda, causa de una guerra con los egipcios. Pelasgo exhorta a las Danaides a entrar en la ciudad, donde tienen diversas posibilidades de residencia. Llega Dánao, también con escolta, y las insta a guardar en todo momento un comportamiento adecuado y respetuoso con quienes las acogen. Se forma el cortejo para entrar en la ciudad, entre un alegre canto del coro. El final de la tragedia es, sin embargo, un diálogo del coro con los argivos, que manifiestan un cierto pesimismo sobre el futuro, y les aconsejan «no exaltar en exceso los actos de los dioses». Hasta aquí, lo que de Esquilo se ha conservado. Por lo que sabemos de los argumentos de las otras dos tragedias de la trilogía, concretamente en Egipcios, Pelasgo moría en la guerra que se pronosticaba en la parte final de Suplicantes, mientras que Dánao tomaba el poder en Argos pero se veía obligado a dar a sus hijas en matrimonio a los hijos de Egipto. Con todo, las instruía para que cada una matase a su marido durante la noche de bodas, y todas cumplían fielmente sus instrucciones, excepto Hipermnestra, quien, enamorada de su marido Linceo, le ayudaba a huir. Por su desobediencia, Dánao la encarcelaba e intentaba darle muerte; pero era él quien moría a manos de Linceo, que regresaba y devenía nuevo rey de Argos. En la tercera tragedia, Hijas de Dánao –es decir: Danaides– se planteaba el dilema moral de Linceo, quien debía castigar a las cuarenta y nueve hermanas de su esposa Hiperm-

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nestra, por haber asesinado a sus cuarenta y nueve hermanos. El «final feliz» era posible mediante la aparición ex machina de Afrodita, quien absolvía a las hijas de Dánao, porque al fin y al cabo sólo habían obedecido las órdenes paternas, y las convencía para que se casaran con otros tantos cuarenta y nueve varones argivos; concluía así la refundación de Argos. En cuanto al drama satírico Amimone –que significa «irreprochable»–, sin duda explotaba las posibilidades cómicas del episodio protagonizado por esta hija de Dánao. Bien podría ser un sobrenombre de Hipermnestra, pero en el catálogo de las Danaides aparecen ambas. Posidón había castigado a Argos con una sequía, por haber preferido a Hera. A su vez, Dánao, que gobernaba en dicha ciudad, envió a sus hijas por agua, pero Amimone, cansada por el largo camino, se echó a dormir. Un sátiro intentó entonces violarla, y fue salvada por Posidón. Según una versión, este dios hizo brotar tres fuentes de una roca, golpeándola con su tridente; según otra, explicó a Amimone dónde se encontraba la fuente de Lerna. De la unión de Posidón con Amimone nació Nauplio, héroe epónimo de la ciudad portuaria de Argos24. No es fácil discernir en qué medida Esquilo se apartó en su trilogía de la tradición mítica existente, sobre todo porque él mismo constituye una de las principales fuentes al respecto. La mayor divergencia parece encontrarse, precisamente, en Suplicantes, que presenta una integración pacífica de Dánao y sus hijas en el elemento autóctono argivo. La muerte de Pelasgo en Egipcios consumaría la toma del poder por Dánao, y además reforzaría la identidad argiva frente a los bárbaros. En otras versiones, el rey de Argos cedía el trono a Dánao, sin especificarse razones para ello. Y en otras, Dánao y el rey presentaban ante el pueblo sus respectivos argumentos para ocupar el poder. Al no llegarse a ninguna conclusión, se interrumpió la disputa hasta el día siguiente, y al amanecer un lobo abatió a un toro, a las puertas de la ciudad, y los argivos entendieron que el lobo se asemejaba a Dánao, porque uno y otro vivían en soledad, de 24

Cfr. Apolodoro, II 1, 4, y Pausanias, II 15, 4.

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manera que le entregaron el trono, y él, en agradecimiento, fundó el santuario de Apolo Liceo25. Particularidades y tradición La principal característica de Suplicantes es el extenso papel del coro y su protagonismo, propio de la tragedia arcaica. Hasta la publicación, en 1952, del citado Papiro de Oxirrinco, 2256 fr. 3, que –recordemos– confirmaba la existencia de la trilogía y su datación, fue considerada la obra más antigua conservada de Esquilo, en lugar de Persas. En realidad, la probable datación de su representación en el 464/463 a.C. no es incompatible con la hipótesis de que la obra fuera escrita bastante antes –alrededor del 490 a.C.–, pero no se hubiese representado entonces por razones de oportunidad política. En efecto, Esparta siempre había pretendido dominar Argos, y en 494 a.C. su rey Cleómenes I había dirigido contra esta un ataque en el que había aniquilado al ejército argivo, pero había fracasado en el intento de tomar la ciudad, defendida, según la leyenda, por la poetisa Telesila, al frente de una menguada tropa formada casi íntegramente por esclavos, que después instauraron un régimen democrático26. Sin embargo, durante ese periodo, a Atenas le interesaba evitar todo motivo de descontento de Esparta que pudiera poner en peligro su alianza contra los persas. Por tanto, no era aconsejable la representación de una tragedia cuya acción transcurría en Argos y cuyo tema era susceptible de interpretaciones poco halagüeñas para los lacedemonios. Aparte del rasgo arcaico que constituye ese extenso y protagónico papel del coro, el nucleo argumental de Suplicantes –y por ende su tema– ha planteado, y continua haciéndolo, no 25 Es decir, Apolo «de los lobos». Para estas dos versiones, véanse respectivamente Pausanias, II 19, 4 y Apolodoro, II 4. En ambas, al rey de Argos se le llama Gelánor; Pelasgo parece ser una denominación creada por Esquilo. 26 Heródoto, VI 76-83; no se refiere al episodio de Telesila, que sí recoge Pausanias, II 20, 8-10.

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pocas dudas. En especial, resulta sorprendente, por no decir inverosímil, la «insumisión» de las hijas de Dánao contra el matrimonio con los hijos de Egipto. Pudiera entenderse que se trata del rechazo de una boda obligada, pero esta interpretación pecaría de absoluto anacronismo, y más concretamente si se tiene en cuenta el medio cultural y jurídico en que se movió Esquilo. Lo habitual era que el matrimonio fuera acordado por los padres o tutores legales de los contrayentes, según criterios económicos y sin ninguna consideración por su voluntad, y menos aún por la de la mujer. Asimismo, se ha argumentado que repugna a las Danaides una boda incestuosa con sus primos. Pues bien, a este argumento cabe oponer que el propio derecho sucesorio ateniense obligaba a que una epíkl¯eros o heredera –es decir, que transmitía la herencia, por no tener hermanos varones– contrajera matrimonio con su pariente más cercano, con objeto de que la familia no perdiese el patrimonio. Más aún: si estaba casada, siempre y cuando aún no tuviera hijos, la ley permitía a su pariente más cercano ejercer la aphaír¯esis o derecho a la anulación del matrimonio, en nombre del padre difunto, para poder contraerlo a su vez con la heredera, proceso judicial denominado diadikasía27. Por tanto, muy poco importaría el parentesco de las Danaides con los hijos de Egipto para que contrajeran nupcias. Los motivos de las Danaides para intentar huir de sus colectivas bodas, en último extremo, pueden carecer de importancia –incluso si en más de un pasaje de la tragedia su aversión hacia sus primos parece extenderse a todo el género masculino– y no ser sino un pretexto para el desarrollo del tema trágico de la obediencia debida, motivo que no se pondría de manifiesto en Suplicantes, sino en las otras dos tragedias hoy perdidas. Por lo 27 E. Cantarella, L’ambiguo malanno. Condizione e immagine della donna nell’ antichità greca e romana, Roma, Editori Riuniti, 1981 = La calamidad ambigua. Condición e imagen de la mujer en la Antigüedad griega y romana, Madrid, Ed. Clásicas, 1991, pp. 76 s.; J. Pérez Asensio, «El motiu del divorci en la comèdia grega», Miscel·lània en honor a Joan F. Mira, Castelló de la Plana, Univ. Jaume I, 2008, pp. 241-255 y 242-243.

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demás, a dicho tema podría añadirse la evolución de los personajes: las hijas de Dánao, débiles fugitivas y fáciles presas del miedo, se tornarían homicidas despiadadas, aunque este análisis de la transformación, como tema trágico, más parecería propio de Eurípides que de Esquilo. Es interesante destacar, por último, el abundante léxico jurídico de la obra28, que ofrece valiosa información sobre el reconocimiento de derechos a los extranjeros (xénoi) residentes en la Atenas de la época. Por lo demás, los protagonistas dirigen sus súplicas a Zeus, «reintegrador de suplicantes», guardián de la justicia y enemigo de toda desmesura. El drama fue representado cuando la protección del suplicante estaba ya bajo el control público ateniense. PROMETEO ENCADENADO Ubicación en la obra de Esquilo Aunque convencionalmente esta tragedia se mantiene en el corpus esquíleo, su atribución a este autor es incierta, por los motivos que después se expondrán. Asimismo se duda de la fecha de su representación; también convencionalmente se aceptaba que esta tuvo lugar alrededor del 460 a.C., pero no debe descartarse la hipótesis de que fuera escrita por otro autor más tardío, alrededor del 415 a.C. Asimismo, si bien parece claro que formaba parte de una trilogía junto con Prometeo liberado y Prometeo portador del fuego, se desconoce el orden que ocupaba en ella. Siguiendo el mito, Prometeo portador del fuego debería ser la primera, Prometeo encadenado la segunda y Prometeo liberado la tercera. Este «orden natural» permitiría resolver el antagonismo trágico –centrado en las figuras de Prometeo y Zeus– con una solución 28 R. A. Santiago, «Acogida y protección de mujeres extranjeras: el testimonio de Suplicantes de Esquilo», en J. M. Nieto (coord.), Estudios sobre la mujer en la cultura griega y latina, León, Universidad de León, 2005, pp. 143-176.

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de compromiso semejante a la de Euménides, lo que lo hace más verosímilmente esquíleo; pero también permite una analogía con la Orestía la posibilidad de que Prometeo portador del fuego fuera la última tragedia de la trilogía y estuviese dedicada a la institución de las fiestas en honor a Prometeo en Atenas. Se ignora cuál era el drama satírico que completaba la trilogía. No obstante, conviene recordar que Esquilo ya había utilizado el personaje y episodio mítico de Prometeo para el drama satírico que cerraba la trilogía a la que pertenecía Persas, intitulado Prometeo encendedor del fuego, en griego Prom¯etheùs Pyrkaeús, que no debe confundirse por su similar título con la tragedia Prometeo portador del fuego, en griego Prom¯etheùs Pyrphóros. En cuanto al tema trágico, no es arriesgado establecer que se trata de la rebelión contra un poder injusto y, sobre todo, excesivamente severo, representado por Zeus, con algunos aspectos sorprendentes a los que más adelante nos referiremos. Argumento, personajes y escenarios Prometeo y su mito aparecen documentados por primera vez en Hesíodo: es un titán, hijo de Jápeto y la oceánide Clímene, y hermano de Atlas, Epimeteo y Menecio. Supera a todos en astucia, que utiliza como valedor del género humano: en Mecona, donde disputaban divinidades y mortales, engañó al mismo Zeus presentándole de forma fraudulenta un buey sacrificado. Encolerizado Zeus, privó a los hombres del fuego que ya poseían, pero Prometeo se lo restituyó, prendido en el interior de una cañaheja: esta es su principal gesta. La venganza de Zeus fue terrible: hizo que Hefesto modelara a la primera mujer y la envió entre los hombres, como el más temible mal, y Epimeteo, hermano de Prometeo, la tomó pese a las advertencias de este. En cuanto a Prometeo, Zeus ordenó que fuera encadenado a una peña, donde un águila devoraba cada día su hígado, que volvía a crecer durante la noche29. 29

Hesíodo, Teogonía 507-616 y Trabajos y días 42-105.

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Es en este punto donde se sitúa Prometeo encadenado. La tragedia, en conjunto, contiene poca acción dramática –difícilmente podría contenerla, pues se inicia con el encadenamiento de Prometeo a un peñasco en «la frontera escítica, [...] este lugar desierto no hollado por seres humanos», donde permanece ya aherrojado hasta el final– y sí abunda, por el contrario, en personajes y en los diálogos que estos entablan con el protagonista, así como en sus discursos. Debe destacarse que esta tragedia constituye una dignificación de la figura de Prometeo y un enriquecimiento de su mito respecto a la tradición anterior, al menos la representada por Hesíodo, de quien por otra parte es clara deudora. En el poeta beocio, Prometeo es poco más que un bribón decidido a llevar la contraria a Zeus, un personaje sin duda más adecuado para el drama satírico; aquí se le confiere dignidad trágica por diversos procedimientos, y no es la omisión el menos importante: apenas hay una vaga referencia a Pandora (v. 252), y no se menciona en absoluto el falaz sacrificio a Zeus que Hesíodo, según hemos visto, recoge. Pero sobre todo, desde el primer instante, cuando Prometeo aparece en escena escoltado por Fuerza y Violencia –dos interesantes personificaciones de conceptos abstractos– y por Hefesto –encargado de ajustarle las cadenas–, se refuerza su «proximidad» a los Olímpicos, en su dimensión más primigenia, que se mantendrá a lo largo de toda la obra: ante el titán encadenado desfilan Océano y las Oceánides, Ío –pretexto un tanto forzado para que Prometeo muestre su poder adivinatorio y augure el fin del poder de Zeus, que le llegará del hijo que tendrá con Tetis30– y, finalmente, Hermes, a quien trata desdeñosamente. La tragedia acaba cuando el mensajero de los dioses, sin haber conseguido que Prometeo le revelara los pormenores de esa hipotética caída de Zeus, sale de la escena mientras la tierra empieza a temblar y se escucha el retumbar del trueno. En suma, se presenta a Prometeo en tono moralmente positivo: no sufre el castigo de Zeus por haber restituido el fue30

Sobre variantes de ese aspecto del mito, cfr. Apolodoro, III 13, 5.

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go a los mortales, o al menos no sólo por ello, sino por haberse opuesto al plan de Zeus de aniquilar la estirpe humana. De la misma manera se acumulan sus méritos, siempre en beneficio de esta: además de la restitución del fuego, Prometeo reivindica para sí haber entregado a los mortales los conocimientos de astronomía necesarios para prever las estaciones –y por tanto las labores que en cada una se realizan–, el cálculo, la escritura, la agricultura y las aplicaciones a esta de la ganadería, la navegación, los remedios para las enfermedades, el uso de los minerales y, por encima de todo, las diversas técnicas para efectuar adivinaciones y augurios. La transmisión de este saber se corresponde con la falsa etimología que explicaba el nombre Prom¯etheús derivándolo de pró-manthán¯o, es decir, «aquel que sabe de antemano»31, y oponiéndolo a su hermano Epim¯etheús, que sería, por tanto, «aquel que se entera después», o lo que es lo mismo, «aquel que no prevé un peligro», sin duda en alusión a su matrimonio con Pandora32. En realidad, es más interesante su auténtico origen, que sin duda corresponde a la raíz sánscrita para-math, «mover con violencia» y de ahí «robar», y debe relacionarse con pramantha, que designa, junto con el arani, a uno de los palos utilizados antiguamente por los brahmanes para encender el fuego, y cuyo significado místico es la voluntad humana, incesantemente activa33. Prometeo, pues, significaría, precisamente, «el ladrón del fuego»; en el hinduismo, M¯atari´svan constituye una figura y mito equivalentes34. 31

Servio, Comentario a Virgilio, Églogas VI 42. Además de los citados pasajes de Hesíodo, cfr. Apolodoro, I 2, 3 y 7, 2. 33 Carol Dougherty, Prometheus, Nueva York, Routledge, 2006, p. 4; Benjamin Fortson, Indo-European Language and Culture: An Introduction, Oxford, Blackwell, 2004, p. 27. 34 Rig-veda III 5, 9-11. Entre los estudios ya clásicos sobre el mito de Prometeo deben destacarse: L. Séchan, Le mythe de Prométhée, París, PUF, 1951; C. Kerényi, Prometheus. Das griechische Mythologem von der menschlichen Existenz, Zúrich, Rhein-Verlag, 1946; Prometheus: Archetypal Image of Human Existence, Princenton, New Jersey, 1997; J. Duchemin, Prométhée. Histoire du mythe, París, Belles lettres, 1974; G. Charachidzé, Prométhée ou le Caucase, París, Droz, 1986; R. Trousson, Le thème de Prométhée dans la littérature européenne, Ginebra, Droz, 32001. 32

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Particularidades y tradición La particularidad esencial de Prometeo encadenado radica, precisamente, en las dudas sobre su autoría. Esta no fue puesta jamás en entredicho por la filología alejandrina; como otras cuestiones de tal índole, fue planteada por el criticismo filológico del s. XIX35, y se sustenta, fundamentalmente, en el carácter de Zeus –el gran ausente– en esta tragedia, o por mejor decir, en la diferencia entre este Zeus –un autócrata despótico– y el que aparece mencionado en otras tragedias de Esquilo, como Suplicantes y Agamenón. Tratándose de un autor conservador como él, difícilmente la profunda piedad manifestada en estas hacia Zeus, identificado como la suprema justicia, se avendría al tono crítico, transgresor en sí mismo, con el que aquí se refieren a Zeus tanto Prometeo como otros personajes «positivos», identificándolo con un poder, si no radicalmente injusto, sí a todas luces desmedido. Este argumento ideológico, en cualquier caso, no puede ser ni rebatido ni refrendado con certeza. Resulta incontestable dentro de los límites de la presente tragedia, pero no olvidemos que el contexto argumental no era por fuerza tan reducido, sino que podía extenderse a la trilogía entera, como por los títulos parece que aquí ocurría. Independientemente de los problemas suscitados por el orden de las tragedias en la trilogía que antes hemos mencionado, es perfectamente posible que a lo largo de las dos obras no conservadas se produjera un acercamiento entre Prometeo y Zeus, una evolución de este último, de manera semejante a como las Erinias evolucionan a lo largo de la Orestía36. Dejando, pues, aparte este criterio, la autoría se ha discutido modernamente por argumentos formales, métricos y estilísticos, entre los que cabe señalar el «color» sofístico –hablar 35 Entre otros, por A. E. Haigh, The Tragic Drama of the Greeks, Oxford, Clarendon Press, 1896, pp. 109-114. 36 Sobre estas y otras posibilidades en cuanto al carácter de Zeus, cfr. D. J. Conacher, Aeschylus’ Prometheus Bound: a Literary Commentary, Toronto, University of Toronto Press, 1980.

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de «influencia» resulta arriesgado– de la obra en conjunto, con su sucesión de discursos y el peso en ella de la retórica, que corresponderían a un periodo posterior a la muerte de Esquilo, aunque se haya teorizado sobre la idea del progreso en Prometeo encadenado, como conquista de la civilización, próxima al pensamiento de Anaxágoras y de Protágoras, una creencia optimista en las posibilidades del hombre a nivel científico o cultural37. Actualmente, si bien no hay unanimidad al respecto, predomina la opinión de que no fue escrita por Esquilo38 y de que la datación más probable es la ya mencionada del ca. 415 a.C. Debe destacarse la hipótesis de West según la cual el autor no fue otro sino Euforión39, uno de los hijos de Esquilo, junto con Eveón –Bión según otras fuentes–, que fueron también poetas trágicos, así como su sobrino Filocles. En cualquier caso, como los mismos defensores de una u otra postura admiten, jamás podrá llegarse a una conclusión demostrable. Una derivada del problema de la atribución, y por tanto de la cronología de esta tragedia, es la popularidad de que gozó 37 Cfr. O. Longo, «Il significato politico del Prometeo di Eschilo», Atti Ist. Veneto 120 (1961-1962), pp. 249-252. Sobre el papel de Esquilo en la noción de progreso, G. Thomson, Aeschylus and Athens, Londres, Lawrence & Wishart, 1946, o E. R. Dodds, The Ancient Concept of Progress and other Essays on Greek Literature and Belief, Oxford, Clarendon Press, 1973 [reimp. 1985]. No obstante, desmentiría dicho «color sofístico» el hecho de que, en realidad, a lo largo de la tragedia sólo se expone el punto de vista de Prometeo. 38 Los primeros trabajos en tal sentido fueron los de E. R. Dodds, «The Prometheus Vinctus and the Progress of Scholarship», en la citada obra The Ancient Concept of Progress…, pp. 37-39 y Mark Griffith, The Authenticity of the Prometheus Bound, Cambridge, Cambridge University Press, 1977. Más recientes, por orden cronológico, son los de M. L. West, Studies in Aeschylus, Stuttgart, B. G. Teubner, 1990; A. Sommerstein, Aeschylean Tragedy...; y A. J. Podlecki, «Echoes of the Prometheia in Euripides’ Andromeda?», 2006 Annual Meeting of the American Philological Association, Montreal, 2006. 39 Sin duda la correspondiente entrada de Suda (E 3800) es sugerente al respecto: «Euforión: hijo del poeta trágico Esquilo, ateniense, también él poeta trágico; este, con obras de su padre Esquilo, con las que [este] jamás se había presentado, alcanzó la victoria cuatro veces. Escribió también obras propias».

INTRODUCCIÓN

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después de su representación y a la muerte de Esquilo, es decir, en qué medida y en qué momento se asentó en la tradición. Es indudable que este poeta trágico pasó inmediatamente a la posteridad como máximo exponente de la tragedia más conservadora –en realidad, mejor sería decir más arcaica– y así lo prueba su aparición como personaje en Ranas de Aristófanes, comedia que constituye un interesantísimo caso de crítica literaria como tema central: se le enfrentaba en ella a Eurípides, precisamente porque Aristófanes consideraba que este era el autor del momento que más se apartaba del concepto tradicional de tragedia, y en efecto, en el diálogo entre Jantias, esclavo de Dioniso, y el esclavo de Pluto (vv. 758 y 813) se presentan los términos del debate entre Esquilo y Eurípides que se desarrollará in extenso hasta el final de la comedia. Pero en otra comedia de Aristófanes, a saber, en Aves, aparece explícitamente Prometeo, como personaje perseguido por Zeus, y entabla con Pistetero un diálogo que podemos considerar una alusión extensa al Prometeo encadenado que nos ocupa (vv. 1494-1541)40. Asimismo, pueden distinguirse alusiones a esta tragedia en Andrómeda de Eurípides, de la que conservamos fragmentos. El dilema, claro está, es que si Prometeo encadenado hubiera sido escrita realmente por Esquilo, y representada en la fecha convencional del 460 a.C., ello le supondría la vitalidad y peso en la tradición suficientes para poder inspirar, más de cuarenta años después, las mencionadas alusiones en Aves de Aristófanes y Andrómeda de Eurípides, representadas respectivamente en el 414 a.C. y el 412 a.C., y más cuando sabemos que tanto tragedia como comedia, y en especial esta última, debían aludir a hechos, obras, personajes... perfectamente comprensibles para el público del momento. Por el contrario, dicha importancia y consolidación sería mucho menor –y posterior– si consideramos la autoría y fecha alternativas del ca. 415 a.C.

40 Véase Carl Anderson y Keith Dix, «Prometheus and the Basileia in Aristophanes’ “Birds”», The Classical Journal 102, 4 (2007), pp. 321-328.

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Sea como fuere, Prometeo pervivió como símbolo de la rebeldía, y así se vio reivindicado por el Romanticismo. Citemos casos tan conocidos como el poema «Prometheus» de Goethe (1772-1774), en la línea del Sturm und Drang, al que seguirían el poema homónimo de Lord Byron (1816) y la obra teatral en cuatro actos Prometheus Unbound, de Shelley (1820) –sin olvidar que la novela de Mary Shelley, su segunda esposa, Frankenstein (1818), tan popularizada por el cine, llevaba el subtítulo The Modern Prometheus–. Sin duda, el fuerte simbolismo del Titán proviene de la tragedia y no del carácter que encontramos en la Teogonía de Esquilo41.

41 No sólo en el Romanticismo, claro está. Véase también al respecto J. R. del Canto Nieto, «El mito de Prometeo en la poesía y en la filosofía de Miguel de Unamuno», CFC (G) Estudios Griegos e Indoeuropeos 16 (2006), pp. 283-305 (esp. 284).

Ediciones y traducciones

Ofrecemos una bibliografía general y selectiva, sin afán de ser exhaustivos en la relación de traducciones, ediciones o aspectos concretos de las obras –algunos ya han sido tratados en las líneas precedentes–, dada la ingente cantidad de obras que desde la misma Antigüedad suscitó ya nuestro autor, y de la importancia desigual de algunas traducciones o ediciones de las obras de Esquilo.

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PERSONAJES DEL DRAMA Coro de ancianos Atosa, la reina Un mensajero El espectro o sombra de Darío Jerjes LA ESCENA: La acción se desarrolla en Susa, ciudad veraniega de los reyes persas. En el fondo de la escena aparece una gradería porticada y la tumba de Darío.

(Los ancianos, que forman el coro, entran lentamente en la orquestra.) CORO.— Estos son los así llamados fieles1, guardianes del opulento palacio, rico en oro2, escogidos de entre los persas, que partieron a tierra griega, a quienes el mismo rey Jerjes, el príncipe, del linaje de Darío, escogió por su dignidad, para celar por esta tierra. Pero, pensando en el regreso del rey y de nuestro ejército, rico en hombres, ya el espíritu, en mi pecho, se turba en demasía. Pues toda la asiática fuerza se ha ido y llama a gritos3 a su joven caudillo, y no hay mensajero ni jinete alguno que llegue a la capital de los persas. Dejaron tras de sí los muros de Susa4 y los de Ecbatana5 y la antigua fortaleza de Cisia6, marchando unos a caballo, 1 El coro lo conforman los llamados «fieles» ancianos, séquito consultivo del rey Jerjes. 2 Aunque la tradición manuscrita nos ha transmitido el adjetivo ʌȠȜȣ ȤȡȪıȦȞ «rico en oro», Bothe desechó dicha lectura. West, cuyo texto seguimos para la traducción de las tragedias esquíleas, mantiene el adjetivo al igual que la conjetura de :HFNOHLQ ʌȠȜȣȐȞįȡȠȣ «rico en hombres» en vez de «rico en oro») del verso 9 3 Mekler refiere una laguna de aproximadamente un verso tras el «llama a gritos», «grita echándole de menos» ȕĮ૥ȗİȚ  Page añade: «sc. mulier desiderans» y Lécluse traduce por «réclame à grands cris». 4 Ciudad residencial y veraniega de los reyes persas, a orillas del río Euleo. 5 Ciudad capital de la Media. 6 Distrito de Susa (cfr. Heródoto, v. 49).

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otros en naves, otros como infantes, paso a paso, formando una hueste guerrera. Así, Amistres, Artafernes7, Megabates y Astaspes8, capitanes de los persas, soberanos vasallos del Gran Rey, se lanzan como custodios del ingente ejército; junto a ellos, quienes avasallan con el arco, y los jinetes, de aspecto horripilante, y temibles en la lucha, con fama de espíritu valeroso. También Artémbares, que ama los corceles, Masistres e Imeo, excelso arquero, junto a Farandaces y Sostanes, conductor de caballos. A otros mandó el Nilo9 anchuroso y fértil: Susiscanes, Pegastagón, hijo de Egipto y el soberano de Menfis, la ciudad sagrada, Arsames el grande, y el que rige la antiquísima Tebas, Ariomardo, y los hábiles barqueros que reman en los pantanos, en copioso número. Y una multitud de lánguidos lidios10 les sigue, señores como son de todo el pueblo oriundo del continente: sus reyes-capitanes, Metrogates y Arcteo el valiente, y Sardes, la rica en oro, impulsan a sus jinetes a montar en miles de carros de guerra, escuadrones de dos y tres timones, espectáculo espantoso de ver. También los vecinos del sagrado Tmolo11 amenazan con imponer a la Hélade un yugo de esclavo: Mardón y Taribis, yunques de la lanza, y los lanceros misios. Y Babilonia, la rica en oro, manda una variopinta y confusa turba, a bordo de naves y confiados audazmente en su manejo del arco. Y desde toda Asia, les sigue la masa de pueblos armada de espadas, bajo las temibles órdenes del rey. Tal flor de varones ha partido de la tierra persa, y gime con ardiente añoranza la tierra de Asia, que los criara, padres y esposas, y se inquietan por el tiempo que pasa y que se prolonga. 7 Nos decantamos por la lectura textual, comúnmente aceptada, a saber, Artafernes. 8 Nombres históricos, quizá deformados adrede por Esquilo, con vistas a privarles de ese grado de historicidad. 9 Se enumeran, a continuación, los aliados de los persas. En este elenco, se empieza por Egipto. 10 Ya en la Antigüedad corría la fama de que los lidios eran poco belicosos. 11 Monte de Lidia, en el límite entre las actuales provincias turcas de Izmir y Manisa, es decir, Esmirna y Magnesia.

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(El coro entona un canto en ritmo jónico.) Estrofa 1 Ya ha pasado el ejército real, devastador de ciudades, a la vecina tierra de la orilla opuesta, en balsas encadenadas con cuerdas de lino, cruzando el estrecho de Hele12, hija de Atamante, tras echar como yugo sobre el cuello del ponto un paso de infinitas clavijas13. Antistrofa 1 El irrefrenable rey del Asia populosa empuja contra toda la tierra un rebaño prodigioso de hombres por dos rutas, por la de infantería y por la del mar, confiado en los enérgicos e intrépidos capitanes; es un mortal semejante a los dioses, de linaje de rutilante procedencia14. Estrofa 2 Teniendo en sus ojos una mirada fúlgida de serpiente asesina, rico en brazos y también en marineros, tira su carro sirio15 y guía contra varones16 famosos por sus lanzas un Ares que vence con el arco. Antistrofa 2 Apenas puede imaginarse que nadie, enfrentándose a esa gran corriente de hombres, detenga con sólidos diques el impetuoso oleaje del mar; pues el ejército persa es invencible y estrenuo su pueblo. Estrofa 317 Pues, desde hace tiempo, por consentimiento de los dioses, Moira18 ha prevalecido, y ha mandado a los persas em12 La tradición mítica vinculaba «Helesponto» a Hele, hija del rey tebano Atamante, que se ahogó en dichos parajes mientras huía de Ino, su madrastra. 13 Otra manera esquílea de expresar la idea de «puente». 14 Alusión a la fecundación de Dánae por Zeus en forma de lluvia de oro de la que nació Perseo, que designó a su vez a Persia. De ahí la referencia «de áurea procedencia», relativa a Jerjes, descendiente de Perseo. 15 Alusión a Jerjes. 16 Alusión implícita a los griegos. 17 Seguimos a West, quien, en su edición teubneriana, a partir del verso 92 introduce los versos 102-113. Y tras estos versos, el editor vuelve a los versos 93 y siguientes. 18 Es decir, el «Destino».

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prender la guerra que destruye fortalezas, combates tumultuosos de carros y devastaciones de ciudades. Antistrofa 3 Y aprendieron †a otear†, del piélago de anchurosos cami110 nos, emblanquecido por un vendaval irrefrenable, la sagrada llanura marina, confiados en sus tensadas jarcias y en las máquinas19 que transportaban tropas. Epodo 93 Mas ¿qué mortal evitará el taimado engaño de la mente 95 de un dios? ¿Quién es aquel que, lanzándose con pie raudo, dé 100 un salto fácil? Pues desde un principio, Ate20, amistosa y aduladora, lleva al hombre a sus redes, de donde no es posible que un mortal consiga huir escapándose. Estrofa 4 114-115 De ahí que mi ánimo afligido por negra túnica se desgarra de temor, «¡Oaá, armada persa!», no sea que por este alarido de dolor advierta su capital que la gran ciudad de Susa está desierta de hombres. Antistrofa 4 120 No sea que en los baluartes cisios un gentío femenino de125 vuelva esta lamentación, «¡Ay!», cual eco, profiriendo este grito, y los peplos de fino lino se conviertan en andrajos. Estrofa 5 Pues todo el pueblo, la caballería y la infantería, como un enjambre de abejas, ha abandonado el país con el coman130 dante del ejército, cruzando la calzada marina, común a uno y otro continente, uncida por un puente21. Antistrofa 5 Los tálamos, en ausencia de los esposos, se colman de 135 lágrimas; y las mujeres persas, en verdadero duelo, cada cual con su deseo amoroso, tras haber visto partir a su impetuoso y guerrero esposo, se queda sola y maridada.

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Es decir, el puente de barcas. Diosa de la venganza y del castigo. 21 Otro modo de aludir al ya mencionado puente de barcos persa, que sirvió de calzada para trasladar el ejército persa de Asia a Europa. 20

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Ea, persas, reunámonos en este antiguo cobijo22 y reflexionemos sabia y prudentemente, pues la necesidad apremia, sobre cómo transcurre la suerte de Jerjes, rey hijo de Darío, de la raza patronímica de nuestros reyes23. Sepamos si el tiro del arco ha sido vencedor o si la fuerza de la lanza de punta de acero ha vencido. Mas he aquí que, como brillo semejante a los ojos de los dioses, se acerca la madre del rey, mi señora la reina. Me prosterno ante ella; conviene que la saludemos con palabras reverentes. CORIFEO.— ¡Oh, la más excelsa señora entre las persas de hendidas cinturas24, anciana madre de Jerjes, te saludo, esposa de Darío! Has nacido para devenir compañera de lecho de un dios y también madre de otro, a no ser que un antiguo espíritu ahora haya privado de sus favores a nuestro ejército.

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(Aparición de Atosa, la reina. El coro se arrodilla ante ella)25. REINA.— Por ello he abandonado mi palacio cubierto de oro y el lecho que compartimos Darío y yo, y aquí he venido. Y me roe el alma una inquietud y vengo a revelároslo, porque yo, amigos, siento temor por mí del mismo modo, no sea que nuestra gran Riqueza, tras ocultar con polvo el suelo, derrumbe con el pie la dicha que Darío erigió, no sin ayuda de alguno de los dioses. Una doble y nefanda angustia anida en mis entrañas: que no se reverencie con la honra debida un acervo de riquezas sin hombres y que, para los hombres empobrecidos, no brille una luz como corresponde a su fuerza. Porque nuestra riqueza no tiene vejamen, sino que mi turbación atañe al ojo de este palacio; pues el ojo de una casa, creo, es la presencia de su señor26. Ante la angustia en la que me encuentro, 22

Alusión a la tumba de Darío. Hay algunos editores que interpretan este verso como una glosa. Referencia a un epíteto de procedencia homérica. 25 A partir de este momento el ritmo utilizado por Esquilo se arcaiza. Se trata del ritmo trocaico (tetrámetros trocaicos catalécticos). 26 La reina Atosa teme una posible insurrección contra el rey Jerjes, tras un eventual fracaso bélico ante Grecia. 23 24

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Persas, sed mis consejeros; vosotros que, desde antiguo, me habéis sido fieles, y en vosotros baso todos mis prudentes consejos. CORIFEO.— Sábelo bien, dueña de esta tierra, que no habrás de decir dos veces palabras u obras con las que yo tenga fuerza para servirte de ayuda. Pues es a nosotros, que somos tus amigos, a quienes nos pides consejo sobre estos asuntos. REINA.— Perpetuamente convivo con muchos sueños nocturnos, desde que mi hijo ha equipado su ejército y hacia la tierra jonia ha partido, con la voluntad de devastarla. Sin embargo, nunca lo he visto tan claro como en el sueño de anoche, y voy a relatártelo. Se me aparecieron en sueños dos mujeres, con hermosos vestidos27, una de ellas adornada con peplos persas, la otra, con dorios, que a mi vista acudían, sobresaliendo en estatura a las de ahora y de hermosura sin tacha, y hermanas del mismo linaje. Una tenía como patria la tierra griega, por haberle tocado en suerte, la otra, la bárbara28. Ambas estaban en discordia entre sí, según creía ver. Y mi hijo, al darse cuenta, las contenía y las apaciguaba. Las unce a su carruaje y les coloca en el cuello el petral. Una se erguía, cual torre, con este atavío y entre las riendas mantenía su boca gobernable, mientras que la otra se agitaba y despedaza con ambas manos los arneses del carro y los arranca con violencia, y, ya sin bridas, rompe el yugo en dos mitades, y mi hijo cae. Su padre Darío se acerca, lamentándose ante él; tan pronto como lo ve Jerjes, rasga la túnica que su cuerpo cubría. Esto que te cuento he visto esta noche. Pero, al levantarme y tocar con mis manos una fontana de hermoso flujo, me aproximé al altar con una ofrenda en la mano queriendo ofrendar una torta como sacrificio a los dioses que alejan los males, a las que pertenecen estos ritos. Y veo a un águila dirigirse hacia el altar de Febo29 y, asustada, amigos míos, me quedé sin voz. Y, más tarde, veo un halcón lanzándose en su persecución con sus alas y que le despluma la cabeza con sus garras. 27

Clara alusión a Europa y Asia personificadas. Es decir, el país persa. 29 Epíteto del dios Apolo. 28

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Pero ella, encogida, no hace nada más que ofrecer su cuerpo. Eso fue para mí terrible espectáculo de ver, tanto como para vosotros lo es de escuchar. Pues bien debes saberlo: mi hijo, si tuviera éxito, sería un varón admirado, pero si obrara mal, no rendiría cuentas al reino, antes bien, si consigue salvarse, será igualmente soberano de esta tierra. CORIFEO.— No pretendemos, Madre, ni aterrorizarte en demasía con nuestras palabras, ni animarte. Ve con súplicas a los dioses, y, si has visto algo malo, pídeles que accedan a apartártelo, y que lo bueno, en cambio, se cumpla en ti misma, en tus hijos, en la patria, y en todos tus amigos. Luego, convendría que hicieras libaciones ante la Tierra y también ante los muertos; y pídeles esto afablemente, que tu esposo Darío, a quien dices haber visto durante la noche, envíe bendiciones para ti y para tu hijo hacia la luz desde lo profundo de la tierra, y, en cambio, lo contrario, retenido bajo tierra, se marchite en su sombra. Eso es lo que, por ser adivino inspirado, te he sugerido con buena voluntad; y juzgamos que, en relación a tus sueños, han de tener un feliz cumplimiento en todo para ti. REINA.— Mas tú, el primer exegeta de mis sueños, propicio para con mi hijo y para con mi casa, has emitido este presagio. ¡Que se cumpla favorablemente todo lo bueno! Y tal como me recomiendas, realizaré todos estos ritos en honor de los dioses y de mis seres queridos que están bajo tierra, cuando vuelva a palacio. Pero desearía inquirir, amigos, lo siguiente: ¿En qué lugar de la tierra dicen que está situada Atenas? CORIFEO.— Lejos, en Occidente, por donde se pone el soberano Helios30. REINA.— ¿Pero acaso mi hijo deseaba tomar esta ciudad como un botín? CORIFEO.— Sí, pues así toda la Hélade llegaría a ser súbdita del Rey. REINA.— ¿Tan numerosos los soldados que tiene su ejército? 30 Es decir, el Sol. Alusión explícita al final de la carrera de Helios, en Occidente.

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CORIFEO.— Un ejército tal como para haber causado ya grandes estragos a los medos. REINA.— ¿Y qué otra cosa tienen, además de esto? ¿Riquezas abundantes en sus palacios? CORIFEO.— Poseen una fuente de plata31, tesoro de la tierra. REINA.— ¿Brilla acaso en sus manos la flecha que el arco haya de tender? CORIFEO.— No, sino picas para el combate a pie firme y armaduras con escudos. REINA.— ¿Qué pastor de hombres está a su frente y gobierna su ejército? CORIFEO.— No se llaman siervos de ningún hombre, ni siquiera vasallos. REINA.— ¿Cómo, entonces, podrían aguardar a pie firme a enemigos invasores? CORIFEO.— ¡Pues hasta el punto de haber destruido la numerosa y esplendorosa hueste de Darío!32. REINA.— Horribles cosas manifiestas, como para angustiar a los padres de quienes han partido. CORIFEO.— Me parece que lo ocurrido pronto lo sabrás bien: pues el estilo de correr de este hombre es el de un persa y trae una noticias cierta, buena o mala de oír. MENSAJERO.— ¡Ciudades de Asia entera, tierras pérsicas, otrora puerto de opulencia, ved cómo de un solo golpe se ha destruido toda vuestra inmensa dicha! ¡La flor de los persas ha caído aniquilada! ¡Ay de mí! ¡Qué calamidad me supone el anunciar el primero tales desgracias! No obstante es preciso explicar todo lo sucedido, persas: ¡Toda la expedición de los bárbaros ha sucumbido! Estrofa 1 CORO.— ¡Tristes, tristes desgracias, nuevas y terribles! ¡Ay, ay! ¡Sumíos en lágrimas, persas, al oír tal desastre! MENSAJERO.— Sí, porque todo lo de allí está acabado; yo mismo, sin esperarlo, veo la luz del retorno. 31 32

Alusión a las minas de plata de Laurion. En el 490 a.C. se produjo la memorable batalla de Maratón.

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Antistrofa 1 CORO.— ¡Ancianos! ¡Ciertamente esta vida se nos ha prolongado demasiado y hemos de escuchar una desgracia del todo inesperada! MENSAJERO.— Y puesto que he estado presente, y no lo he oído de labios de otros, os puedo contar, persas, las desgracias que se han abatido sobre nosotros. Estrofa 2 CORO.— ¡Ay, ay! En vano muchos y variados dardos desde la tierra de Asia alcanzaron tierra de Zeus, país griego. MENSAJERO.— Las orillas de Salamina, todos los campos vecinos, todo está lleno de cadáveres, muertos en hora infausta. Antistrofa 2 CORO.— ¡Ay, ay! †Los cuerpos sumergidos una y otra vez† de nuestros amigos, arrojados por el mar, me dices que son arrastrados entre sus dobles ropajes errantes. MENSAJERO.— De nada sirvieron los arcos, todo el ejército ha perecido, vencido por los espolones de las naves adversarias. Estrofa 3 CORO.— Lanza un grito lúgubre, infausto †por los desventurados persas†, pues de forma tan desastrosa, totalmente, lo dispusieron †los dioses†. ¡Ay, ay, por la hueste perdida! MENSAJERO.— ¡Oh nombre de Salamina, qué odioso de oír! ¡Ay! ¡Cómo me acuerdo de Atenas y lo deploro! Antistrofa 3 CORO.— Objeto de horror, sí, para sus enemigos. Ciertamente puedo recordarlo, pues a tantos ha dejado sin descendencia y a tantas viudas. REINA.— Hace mucho rato que permanezco en silencio, desdichada, golpeada por el dolor de estas penalidades; pues esta desgracia lo desborda todo: tanto el hablar como el indagar nuestros males. No obstante, es preciso que los mortales soporten las aflicciones si las envían los dioses. Despliega, pues, todo nuestro infortunio, y nárralo cuando hayas recuperado la calma, aunque solloces por nuestras desgracias. ¿Quién no ha muerto? ¿Por qué comandante habremos de llorar, que, designado para poder tomar cetro, al morir dejó a su tropa sin adalid?

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MENSAJERO.— Jerjes sí que vive y está viendo la luz33. REINA.— Acabas de anunciar una luz inmensa para mi casa, espléndido día tras una noche muy obscura. MENSAJERO34.— Artémbares, capitán de diez mil caballeros, fue abatido contra las escarpadas riberas de Silenio35, y Dadaces, el quiliarco que, al golpe de una lanza, saltó de la nave con un salto ligero; el noble Telagón, el mejor en linaje de los bactrios, que anda errático por la isla de Ayante36 batida por el mar; Lileo, Arsames y Argesto, el tercero, quienes, alrededor de la isla de la criadora de palomas37, abatidos, fueron topando contra la sólida tierra firme, y también entre los vecinos de las aguas del Nilo egipcio, Farnuco y los que cayeron de una única nave, Arcteo38, Adeves y, el tercero, Fereseo. El crisio Mátalo, que capitaneaba una hueste de diez mil hombres, caudillo de treinta mil negros jinetes que, al morir, ensució su rojiza barba, espesa, erizada, cambiando su color por un tinte más rojo. Y Mago el árabe y Artabes el bactrio, habitante de una dura tierra, allí pereció. Y Amistris y Amfistreo, el que blandía su muy esforzada lanza, y el valeroso Ariomardo, que ha ocasionado dolor a los sardos; y Sisames el misio; y Taribis, el que comandaba cinco veces cincuenta naves, de linaje lirneo y bello porte, yace cadáver, infeliz, no con mucha ventura: y Siénesis, el primero por su valor, caudillo de los cilicios, tras causar estragos incontables entre los enemigos, sucumbió con gloria merecida. Tales cosas son las que he guardado en mi recuerdo de los caudillos, mas, entre tantas desgracias que sucedieron, corto me quedo al anunciaros sólo una mínima parte. 33 Mantenemos el sentido metafórico y lacónico de la expresión ijȐȠȢ ȕȜȑʌİȚ 34 A continuación el mensajero elenca, a modo de catálogo homérico, una amplia lista de bajas en el ejército persa. 35 Promontorio de la isla de Salamina. Luego se alude a ella como «isla de Ayante». 36 Es decir, Salamina. 37 Salamina. El texto alude a la batalla de Salamina. 38 Traducimos el verso 312 después del 313, ciñéndonos al orden de la edición de Martin L. West que sigue a Merkel.

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REINA.— ¡Ay, ay! Lo que escucho es el culmen de las desgracias, infamia y clamorosos trenos para los persas. Pero dime lo siguiente, volviendo al principio: ¿cuánta era la multitud de naves griegas, como para atreverse a entablar combate contra el ejército persa con embestidas navales? MENSAJERO.— En cuanto al número, entérate bien, las naves de los bárbaros podían haber vencido, pues los griegos tenían un número total de diez veces treinta, y además había diez de entre estas de reserva. Mas Jerjes, pues también lo sé muy bien, tenía en total un millar sobre las que mandaba, y las naves que sobresalían por su rapidez eran doscientas siete. Esta es la cuenta total. ¿Acaso crees que sufríamos desventaja en esta batalla? No, sino que una divinidad destruyó el ejército de tal modo que hizo desviar la balanza con fortuna de forma no equitativa. Los dioses favorecen a la ciudad de la diosa Palas39. REINA.— ¿Entonces todavía no ha sido destruida la ciudad de Atenas? MENSAJERO.— Mientras tenga hombres, es un muro que está a salvo. REINA.— Cuéntame cuál fue el inicio de la embestida de las naves. ¿Quiénes comenzaron la batalla, los griegos o mi hijo, jactándose por el número de sus naves? MENSAJERO.— Comenzó, señora, toda la desgracia un genio vengador o una divinidad infausta, que no sé de dónde salió. En efecto, un griego40, viniendo del ejército ateniense, le dijo a tu hijo Jerjes lo siguiente: Que tan pronto como llegaran las sombras de la negra noche, los griegos no permanecerían allí, sino que intentarían todos, lanzándose a los bancos de sus naves, salvar su vida con una huida furtiva, cada uno por su lado. Y él, en cuanto lo oyó, sin sospechar el engaño del hombre griego ni la envidia de los dioses, a todos los comandantes de las naves les comunicó esta orden: cuando el sol cesara de hacer resplandecer la tierra con sus rayos y la oscuridad se apoderara del recinto del éter, alineara en orden 39 40

Palas es un epíteto de la ciudad de Atenas. Posible alusión a Sicino, el pedagogo de Temístocles, según la tradición.

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de batalla el grueso de las naves de tres en fondo, para vigilar las salidas marinas y las rutas resonantes del mar, y, las restantes, en círculo, alrededor de la isla de Ayante41, con la idea de que si los helenos consiguieran esquivar su funesto destino, porque hubieran hallado una escapatoria para sus barcos, estaba destinada la decapitación para todos los comandantes. Tales órdenes Jerjes dictó llevado de un espíritu vivamente exaltado, pues no tenía conocimiento de lo que le tenían reservado los dioses. Los griegos, en cambio, no sin orden, sino con espíritu disciplinado iban disponiendo la cena, mientras el marinero ataba el remo al escálamo en el que aquel se asienta. Pero, cuando la claridad del sol se extinguió y se estaba acercando la noche, cada señor de su remo hacia su nave se dirigía y también todo el que había de luchar con las armas. Y una hilera animaba a otra en la larga nave, y todos navegaban según la posición que tenían asignada. Y a lo largo de toda la noche bogó toda la flota con los jefes de las naves. Y la noche avanzaba, y la armada de los griegos no hacía una salida furtiva por parte alguna. Pero después que el día de blancos corceles42 cubrió toda la tierra, fulgurante de ver, en primer lugar por parte de los griegos se profirió un grito a modo de himno, y a su vez respondió el eco de la roca isleña43 con gran sonoridad. Y el terror invadió a todos los bárbaros, decepcionados ante lo que esperaban. No era un peán44 venerable lo que los griegos entonaban, por disponerse a la fuga, sino como quienes se están preparando para el combate con ardiente coraje. Y la trompeta, con su sonido, encendió el ánimo de toda la línea. Rápidamente, con candenciosos ritmos de los resonantes remos, golpearon el mar profundo al compás de una rítmica orden45, y de golpe todos estuvieron al 41

Es decir, Salamina. Cfr. nuestra nota 33. Alusión al Sol (Helios), que recorre el mundo en un carro tirado por corceles blancos. 43 Es decir, la isla de Salamina. 44 Canción de guerra que acostumbraba a ser entonada antes de entrar en combate o tras una victoria, dedicada a Apolo Peán. 45 Es decir, bajo las órdenes del jefe de remeros, con la ayuda de un flautista. 42

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alcance de nuestra vista. El ala derecha, en primer lugar, en perfecto orden de batalla, era gobernada con armonía. Después, toda la flota le seguía. Y podía escucharse entonces este gran clamor: «¡Marchad, hijos de los griegos, salvad a vuestra patria, salvad a vuestros hijos, a vuestras esposas, a las sedes de los dioses de la patria y a las tumbas de vuestros ascendientes. Ahora vais a combatir por todo esto!». Y, en verdad, por nuestra parte un clamor en lengua persa intentaba hacerle frente, pero ya no había tiempo para dilaciones. Inmediatamente una nave clavó en otra nave su espolón de bronce. Inició el ataque una nave y clavó su espolón de bronce en otra nave. Comenzó la acometida una nave griega, y rompió todo el codaste de un navío fenicio, y las demás dirigían su asta contra las otras naves. En un principio, la corriente de la armada persa se mantenía firme. Pero cuando la mayoría de naves estuvo congregada en lugar angosto, no hubo posibilidad alguna de ayuda de unas a otras, sino que ellas arremetían entre sí con sus espolones de bronce y destrozaban el pertrecho remero en su totalidad. Las naves griegas nos embestían calculadamente, formando un círculo, y los cascos de las naves se volcaban, y el mar no se dejaba ver, repleto de naufragios y de cadáveres de hombres. Y las playas y los escollos se llenaban de muertos. En huida desordenada, cada navío se daba al remo, cuantos precisamente formaban la escuadra bárbara. Y los griegos, a su vez, como a atunes o a una bolichada de peces, con los restos de remos y de trozos de tablas, los golpeaban y los machacaban. Gemidos tejidos con lamentos se extendían por la superficie marina, hasta que la negra faz de la noche lo impidió. El ingente número de desgracias, aunque te lo explicara por orden durante diez días enteros, no sería capaz de agotártelas. Pero has de saber bien que nunca, en un solo día, sucumbió tan gran número de hombres. REINA.— ¡Ay, ay! ¡Un mar de desgracias rompió contra los persas y contra el linaje todo de los bárbaros! MENSAJERO.— Pero conviene que sepas bien que el infortunio que te relato todavía no ha llegado a la mitad. Tal desgracia de sufrimiento les sobrevino, que ni siquiera el doble podría contrarrestar el peso de esta.

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REINA.— ¿Y qué desgracia más cruel podemos haber sufrido que esta? Cuéntame qué otra desgracia afirmas que se ha abatido todavía sobre el ejército, hundiendo el platillo de la balanza hasta desastres aún más calamitosos. MENSAJERO.— Cuantos persas estaban más en sazón, y eran los mejores por su valor, distinguidos por su linaje, los que estaban siempre entre los primeros por su lealtad hacia su soberano perecieron vergonzosamente con una muerte ignominiosa. REINA.— ¡Ay de mí, desventurada, amigos, por esta desgracia cruel! ¿Con qué tipo de muerte dices que han perecido ellos? MENSAJERO.— Ante los territorios de Salamina hay un islote46 pequeño y de difícil anclaje para las naves, que Pan, el apasionado de la danza, frecuenta sobre el promontorio marítimo. Allí Jerjes los envió con la intención de que, cuando naufragaran de sus naves los enemigos y trataran de salvarse en la isla, acabaran con el ejército griego cuando fueran fácil presa, mientras que a los suyos los pusieran a salvo de las corrientes del mar. ¡Mal vislumbró el futuro! Pues en cuanto una divinidad les dio a los griegos el honor del combate naval, en el transcurso de la misma jornada, ciñendo su cuerpo con sus armas de bronce excelente, desembarcaron de las naves y rodearon toda la isla para que no supiesen los persas a dónde dirigirse y resultaban aplastados con pedruscos tirados a mano y las saetas que eran arrojadas desde las cuerdas de los arcos los hacían sucumbir. Y, al final, los griegos, lanzándose en masa, hirieron y trincharon las carnes de los desdichados, hasta que los mataron a todos. Y Jerjes rompió a llorar al contemplar la profundidad de su desgracia, porque tenía situado su trono en un cerro elevado, accesible47 a todo su ejército, vecino a la salobridad del 46 Es decir, Psitalía ȌȣIJIJȐȜİȚĮ , también denominada popularmente Lipsokutaliá ȁİȚȥȠțȠȣIJĮȜȚȐ . Se trata de una isla deshabitada del golfo Sarónico, a pocos kilómetros del Pireo. En el año 480 a.C. los persas ubicaron allí una guarnición de soldados antes de la batalla de Salamina. Tras la victoria griega, la flota persa se retiró al puerto ateniense del Falero. 47 Traducimos «accesible» por cuanto todas las traducciones recogen la lectio de Hemsterhuys, a saber, İ੝ĮȣȖો, y no la que propone el editor, a saber, İ੝ĮȖો («favorable, accesible»).

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mar. Y tras rasgar todos sus vestidos y lamentarse con agudos gemidos, dio señal improvisada a su infantería y abandonó el lugar en desordenada e indecorosa retirada. Tal es el mal que junto al anterior también puedes llorar. REINA.— ¡Oh genio aborrecible, cómo te burlaste de los persas en sus esperanzas! Mi hijo halló una agria venganza de parte de la noble Atenas, y no fueron bastantes los bárbaros que ha hecho sucumbir en Maratón48. Y mi hijo, pensando que iba a conseguir vengarse con ello, se ha atraído una tan gran multitud de desdichas. Mas, dime tú: las naves que huyeron del desastre, ¿dónde las dejaste? ¿Podrías señalármelo con exactitud? MENSAJERO.— Los capitanes de los navíos que consiguieron salvar su vida, al punto diéronse a la fuga, sin orden, con un viento propicio. Mientras que el resto del ejército fue pereciendo en Beocia: unos, sufriendo sed disputándonos la dulzura de una fuente, otros , otros, jadeantes y extenuados por el cansancio, nos dirigimos a la tierra de los foceos, al país de la Dóride y al golfo Melieo, cuya llanura es irrigada por el río Esperqueo con su bienhechora agua. De allí, cuando ya no teníamos provisiones, el suelo de Acaya y las ciudades de los tesalios nos acogieron. Allí murieron muchos de sed y hambre, pues allí abundancia hubo de ambas. Llegamos al país de Magnesia y al territorio de los macedonios, al curso del río Axio; y al pantano cañaveral de Bolba, y al monte Pangeo, tierra de los edones. Mas esa noche, un dios propició un invierno fuera de estación que congeló toda la corriente del sagrado Estrimón. Y todos cuantos antes ni creían en los dioses en absoluto, entonces oraron con súplicas, postrándose ante la Tierra y el Cielo. Y en cuanto el ejército cesó de invocar a los dioses en múltiples ocasiones, cruzó a través del helado cauce; y aquel que de nosotros partió antes de que se esparcieran los rayos del sol, se puso a salvo. Pues el brillante disco del sol, como ardía con sus rayos, atravesó el centro del río. Y fueron cayendo unos sobre otros. Y afortunado el que más 48 Alusión clara a la batalla de Maratón, en la que los griegos vencieron a los persas en el año 490 a.C. al mando de Milcíades.

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rápidamente perdió el aliento vital. Mas cuantos quedaron y lograron salvarse, atravesando la Tracia a duras penas y huyendo con gran esfuerzo, tras lograr escapar –no muchos, ciertamente–, han llegado a la tierra en la que se alzan sus hogares. De modo que la ciudad de los persas puede llorar y añorar a la amadísima juventud de su tierra. Esto es la pura verdad. Y dejo de explicarte muchas desgracias que un dios ha arrojado contra los persas. CORIFEO.— ¡Oh deidad de desdichas! ¡Con qué peso, en exceso, has hollado con ambos pies todo el pueblo persa! REINA.— ¡Ay de mí, desventurada, aniquilado está el ejército! ¡Oh clara visión de mis ensueños nocturnos! ¡Con qué gran diafanidad me has hecho ver mis desgracias! ¡Y vosotros juzgabais que era algo baladí en exceso! Mas, puesto que así, tan a la ligera, habéis emitido vuestro consejo, quiero primeramente rogar a los dioses. Y después, como ofrendas a la Tierra y a los muertos, regresaré trayendo conmigo desde mi palacio el pastel sacrificial. Me consta que estoy frente a empresas ya fracasadas, pero también por si ocurre algo mejor en el futuro. Es conveniente49 que vosotros, tras lo ocurrido, deis fervientes consejos a quienes os son fieles. Y a mi hijo, si acudiera aquí antes que yo, confortadle y acompañadle a casa, no vaya a ser que a estas calamidades añada otro infortunio50. 49 Uno de los enigmas más dañosos o problemas de estructura para la construcción de esta tragedia es la coletilla compuesta por los versos 529-532 y su aparente incongruencia con los acontecimientos que se narran a continuación, tal como señalaron U. v. Wilamowitz, Aischylos. Interpretationen, Berlín, 1914, pp. 45-48 y B. Court, Die dramatische Technik des Aischylos, StuttgartLeipzig, Teubner, 1994, p. 27, y más recientemente, M. Librán, op. cit., pp. 68-69). En efecto, la reina recibe noticias terribles del desastre del ejército persa en Grecia y retorna a su palacio con la intención de orar a los dioses y de ofrecer sacrificios propiciatorios, como se ha visto (vv. 522-524). Sin embargo, en el v. 598, es decir, después del estásimo del coro, la reina Atosa regresa sola, como si olvidara no sólo el retorno inminente de su hijo, que tan urgente le pareció unos versos antes, sino también el motivo de su salida de escena. Además, en los versos 620-621 la reina señala que las ofrendas son únicamente para Darío, mientras en el verso 523 leemos que eran «ofrendas a la Tierra y a los muertos». Por tanto, estas dos escenas han sido fuente inagotable de críticas y conjeturas por la innecesaria duplicación de despedidas de la reina y por el inesperado fracaso de esta en la tarea encomendada por su esposo. 50 Temor de la reina Atosa ante un posible suicidio de su hijo.

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CORO.— ¡Oh Zeus soberano, ahora < > has destruido el ejército de los altaneros e innumerables persas, y has envuelto las ciudades de Susa y de Ecbatana con luctuoso dolor! Y muchas mujeres, con sus gráciles manos, rasgan sus velos, empapan sus senos con lágrimas, partícipes como son del dolor. En tanto, las esposas persas, con tiernos gemidos, deseando volver a ver a sus esposos y el reciente yugo que los une; y privadas de los blandos y delicados lechos maritales, gozo de tierna juventud, expresan su duelo con plañidos que no tienen saciedad. Yo también exalto la muerte, ciertamente deplorable, de quienes se nos han ido. Estrofa 1 Ahora, claro está, gime ya toda la tierra de Asia el vacío de varones. ¡Jerjes ha sido su guía, ay, ay! ¡Jerjes fue el que les buscó la muerte, ay, ay! ¡Jerjes, en fin, todo lo organizó de modo insensato con sus barcas marinas! ¿Y por qué Darío, estimado caudillo de la tierra de Susa, soberano del arco, estuvo al frente de sus conciudadanos sin causar males? Antistrofa 1 †Pues† a infantes y a marineros, naves †de alas semejantes†, de aspecto obscuro, los condujeron, ay, ay, y naves los hicieron sucumbir, ay, ay, naves con espolones funestos y por medio de los jonios. Y por poco consiguió escapar nuestro propio señor, a lo que hemos oído, a través de las llanuras y crudos senderos de Tracia. Estrofa 2 Y los otros, atrapados por una muerte precoz irremediable, ay, en torno a las riberas de Cicreo51, ay. Llora y aflígete, y haz que lleguen al cielo tus graves gritos de dolor, ay, y eleva tu voz desdichada, tus lamentables gemidos. 51 Según Pausanias, I 36, 1, el héroe Cicreo se apareció a los griegos en Salamina en forma de serpiente. Como era natural de Salamina, al leer, en el texto, «las riberas de Cicreo», debe sobreentenderse metonímicamente «las riberas de Salamina».

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Antistrofa 2 Espantosamente lacerados por el mar, ay, son devorados por los hijos sin voz52 del Incorruptible53. ¡Ay! Llora por el varón cada casa de él privada, y los padres, sin sus hijos, lamentan las penas enviadas por las divinidades, ay, y siendo ancianos, al oír su completo dolor. Estrofa 3 Y los pueblos del país asiático no viven, desde hace tiempo, gobernados por las leyes de los persas, y ya no pagan tributos por exigencia de sus señores, ni se prosternan en tierra para recibir mandatos; pues la fuerza real ha quedado destruida. Antistrofa 3 Ni siquiera la lengua de los hombres va a ser amordazada, pues el pueblo está libre para expresarse libremente, puesto que el yugo del poder ha sido sacudido, y la isla de Ayante, que es bañada en torno por las olas, mantiene en su seno la soberanía persa. REINA.— Amigos, quien está experimentado en las desgracias sabe que, cuando una tempestad de males sobreviene a los hombres, todo acostumbra a arredrarlos. En cambio, cuando el destino fluye favorable, confían en que siempre ha de soplar a favor el viento de la fortuna. Ya todo está, pues, de pavor lleno; se muestran a mis ojos los adversos designios de los dioses, y brama en mis oídos un clamor insano, pues semejante espanto de males aterroriza mis ánimos. Por eso he salido otra vez de mi palacio, en un cortejo sin carrozas ni el lujo de otrora, a llevar para el padre de mi hijo propiciatorias libaciones, que a los muertos son gratas: blanca leche de una vaca pura, placentera bebida, y la destilación de la floral obrera, miel resplandeciente, con acuosos torrentes de una fuente virgen, y la incontaminada bebida de una agreste madre, este gozo de una vieja viña; y el fruto oloroso, siempre lozano entre hojas mientras vive, del rubio olivo; y entretejidas flores, vástagos de la muy fecunda Gea. Ea, amigos, entonad himnos en favor de estas libaciones de los infernales e invo52 53

Es decir, los peces. Alusión al «incorruptible mar».

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cad al divinal Darío aquí arriba; y yo haré llegar a los dioses infernales estas honras que beberá la tierra54. CORO.— Soberana señora, reverenda entre los persas, haz tú las libaciones a las subterráneas cámaras, que nosotros rogaremos con himnos que los guías de los difuntos sean propicios bajo tierra.

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(Mientras la reina efectúa las libaciones, el coro emprende la invocación del espectro de Darío, con griterío quejumbroso y golpes de pecho.) Ea, sacras divinidades terrenas, Gea y Hermes y tú, rey de los muertos, enviad desde abajo el espíritu a la luz; pues, si conoce algún otro remedio de estos males, sólo él entre los mortales puede decir su término. Estrofa 1 ¿Me oye el bienaventurado soberano, par a las divinidades, cuando pronuncio vocablos bárbaros55, ciertos, estos llamamientos terribles y diversos, de nefasto sonido? Calamidades muy deplorables proclamaré; ¿me escucha, pues, desde abajo? Antistrofa 1 Ea, tú, Tierra, y demás caudillos ctónicos, encomendad al bizarro genio, al dios de los persas nacido en Susá, que salga de vuestras mansiones; enviadlo arriba, que a nadie semejante a él ha cubierto jamás la pérsica tierra56. Estrofa 2 Varón en verdad amado, túmulo en verdad amado; pues cubre una amada alma. Y tú, Aidoneo57, da paso franco y 54 La libación consistía en verter a la tierra la ofrenda, habitualmente un líquido, como los que la propia reina ha enumerado poéticamente: leche, miel, agua, vino, aceite... Tratándose de una ofrenda funeraria, también se depositaban en la sepultura ramilletes o guirnaldas de flores. 55 Es decir, «a la manera bárbara», «en lengua bárbara», para que pueda entenderse sin dificultad. 56 Tanto en lo relativo a las muestras externas del luto, como a los elogios desmesurados del rey muerto, Heródoto (VI 58) hace notar las semejanzas entre persas y lacedemonios. 57 Variante poética, ya homérica, de Hades, el dios de los muertos (cfr. Ilíada V 190, etc.).

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conduce en su retorno, Aidoneo, al divinal príncipe Darío ¡ay! Antistrofa 2 Pues nunca perdió a varones en bélicos desastres ruinosos, sino que los persas lo denominaban «el de divino juicio», y divino era su juicio, cuando †timoneaba58 con bien† a su pueblo ¡ay! Estrofa 3 Ea, soberano, ancestral soberano, ven, llega a la cima extrema del túmulo, levantando la chinela, tinta en azafrán, de tu pie, luciendo el botón de tu real tiara59. Acude, bondadoso padre Darío ¡oh! Antistrofa 3 Para oír las recientes y nuevas aflicciones; amo, oh amo, manifiéstate. Porque extiende sus alas una estigia tiniebla; porque ya la juventud toda ha perecido. Acude, bondadoso padre Darío ¡oh! Epodo ¡Ay, ay! ¡Ay, ay! Oh difunto tan llorado por tus allegados, ¿por qué estos, señor, señor, †reiterados, lamentables fracasos en derredor de tu sepultura?† Para esta tierra se han consumido naves de triple escálamo, que ya no son naves, que ya no son naves60. (Aparece, surgiendo de la tumba, el espectro de Darío; el coro se postra ante él.) ESPECTRO DE DARÍO.— Oh ancianos persas, leales entre los leales y camaradas de mi juventud, ¿por qué dolor se duele la ciudad? Gime, se da golpes de pecho, y el suelo se agrieta61. 58

Texto corrupto; la traducción corresponde a la conjetura de Dindorf. La indumentaria tradicional pérsica incluía un gorro cónico, la tiara, cuya punta sólo los reyes podían llevar recta; parece ser que llevaba un adorno en forma de botón, o quizá de bola, sin que pueda precisarse. 60 El texto del epodo es muy corrupto y resulta difícil una traducción coherente. 61 Para que el espectro de Darío pueda, en virtud de la invocación, salir a la superficie. 59

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Me conturba ver a mi esposa junto a mi tumba y he aceptado con complacencia sus libaciones. Pero vosotros os lamentáis en pie ante mi sepulcro, y me llamáis elevando lastimeras vuestras voces en plañidos que a los espíritus conjuran. Salir no es fácil; además, en cualquier caso, los dioses ctónicos son más dados a retener que a dejar ir. Yo estoy aquí, sin embargo, pues tengo poder entre ellos; mas date prisa, para que no se me pueda reprender por retrasarme. ¿Qué nuevo, grave mal aqueja a los persas? Estrofa CORO.— Me causa temor mirarte; me causa temor hablar en tu presencia, por la antigua reverencia a ti debida. ESPECTRO DE DARÍO.— Pero, ya que he venido de abajo atendiendo a vuestros plañidos, no hagas un relato tedioso sino breve, y llévalo a su completo fin, deponiendo tu respeto hacia mí. Antistrofa CORO.— Me inquieta el contentarte, temo hablar en tu presencia, contar lo que es difícil decir a mis estimados seres. DARÍO.— Ea, puesto que un viejo miedo de espíritu se te enfrenta, tú, venerable compañera de mi lecho, noble esposa, cesa estos llantos y plañidos y háblame con claridad. Humanas son las calamidades que pueden acontecer a los hombres, pues inmensos son los males que a los mortales advienen por mar, y muchos por tierra, si luengo se extiende el curso de la vida. REINA.— ¡Oh tú, que en ventura aventajaste a todos los mortales por tu feliz hado, pues mientras contemplaste los rayos del sol, pasaste una vida dichosa, y eras envidiado, como un dios para los persas; más es ahora cuando te envidio por haber perecido antes de ver la inmensidad de sus males! Escucha pues, Darío, todo el suceso en tiempo breve; ha sido destruido el poder de los persas, por decirlo en pocas palabras. DARÍO.— ¿De qué manera? ¿Llegó a la ciudad la tormenta de una peste, o una revuelta? REINA.— En absoluto, sino que el ejército entero ha sido aniquilado cerca de Atenas. DARÍO.— Y ¿cuál de nuestros hijos lo condujo allí en campaña? Dímelo. REINA.— El enérgico Jerjes, que vació toda la llanada del continente.

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DARÍO.— ¿Y emprendió esa insensatez a pie o embarcado, el infeliz? REINA.— Ambas cosas: presentaba un doble frente, con dos expediciones. DARÍO.— Y ¿cómo llevó a cabo la travesía tan gran ejército de tierra? REINA.— Unció con artilugios el estrecho de Heles, para tener paso. DARÍO.— Y ¿le dio resultado, hasta el punto de cerrar el gran Bósforo? REINA.— Así es; acaso alguna de las divinidades le asistió en ese proyecto. DARÍO.— ¡Ay! Una poderosa divinidad le llegó, para que bien no razonara. REINA.— En efecto, puede verse qué final tan funesto ha conseguido. DARÍO.— Y ¿qué ha sido de ellos, que así os lamentáis? REINA.— El ejército naval, desbaratado, ha perdido al ejército de tierra. DARÍO.— Así ¿la hueste entera ha sido del todo destruida por la pica? REINA.— Hasta tal punto que toda la ciudad de Susa llora despojada de varones. DARÍO.— ¡Ah, ay del ejército, intrépido socorro y ayuda! REINA.— Perece, por completo anonadado, el pueblo de los bactrios; †ni un anciano quedará†. DARÍO.— ¡Oh mísero, que ha perdido tamaña juventud de aliados! REINA.— Mas afirman que Jerjes, solo, abandonado, con no muchos hombres... DARÍO.— ¿Cómo, pues, y dónde ha acabado? ¿Tiene alguna salvación? REINA.— ... ha llegado, feliz de él, al puente que unce las dos tierras. DARÍO.— Y que se ha puesto a salvo en este continente, ¿es verdad? REINA.— Sí; eso es fama que prevalece como segura; no se discute.

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DARÍO.— ¡Ay! Pronto se han cumplido los oráculos, y Zeus ha hecho caer sobre mi hijo el cumplimiento de los vaticinios; yo tenía plena confianza en que los dioses los llevarían a cabo, a lo sumo, transcurrido largo tiempo; pero cuando uno mismo se afana, también la divinidad lo ayuda. Ahora, parece que se ha encontrado un hontanar de males para los seres queridos. Mi hijo, sin considerarlo, lo consiguió con juvenil atrevimiento, esperando retener como a un esclavo, con cadenas, al sagrado Helesponto, al Bósforo, corriente de una divinidad, y transformó su paso, y ciñéndolo con grilletes, a martillo forjados, abrió un gran camino a su gran tropa. Al ser mortal como es pensaba, no con prudencia, que dominaría a todas las divinidades, e incluso a Posidón. Por ello, ¿cómo no iba a ser una enfermedad del espíritu, la que hizo presa en mi hijo? Temo que mi inmensa riqueza, fruto de mis esfuerzos, se torne, para los hombres, en la rapiña del que primero llegue. REINA.— Eso ha asimilado el impetuoso Jerjes, por pactar con varones malvados; dicen que tú, a punta de lanza, adquiriste para tus descendientes una gran riqueza, pero que él, por cobardía, blandía la lanza sin salir de la patria, y que en nada incrementaba el caudal paterno; como a menudo escuchaba tales reproches en boca de varones malvados, resolvió esta expedición y esta campaña contra Grecia62. DARÍO.— Así pues, son ellos quienes han realizado el colosal desastre, de eterna memoria, como igual no había acaecido desde que Zeus soberano concediera este honor, que un solo varón, empuñando un gobernante cetro, mandase sobre toda Asia nutricia de rebaños: ha vaciado esta ciudad de Susa. Medo fue, en efecto, el primer adalid del ejército, y otro, hijo de aquel, llevó esta obra a término; pues su entendimiento timoneaba su ánimo. Y el tercero después de este, Ciro, hombre dichoso, en principio estableció la paz con todos los suyos, se hizo con el pueblo de los lidios y de los frigios, y domeñó por 62 La versión que proporciona Heródoto (VII 5 ss.) de los motivos de Jerjes para la campaña contra Grecia, y de quienes la instigaron, no coincide con lo que aquí se dice. En cuanto a los actos de soberbia cometidos por Jerjes contra el Helesponto, los recoge también Heródoto (VII 35 ss.).

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la fuerza Jonia entera; la divinidad no lo aborrecía, pues era de natural sensato. El hijo de Ciro dirigió el ejército en cuarto lugar; y en el quinto lo comandó Mardis63, vergüenza para su linaje y para los antiguos tronos; a este, mediante un ardid, lo mató en el palacio el ilustre Artafernes, junto con unos varones amigos, que tenían eso por su deber. El sexto, Marafis; el séptimo Artafrenes, y mi persona. Y yo obtuve la suerte que quería. Y marché en muchas campañas con numerosa tropa, pero no causé tan gran mal a la ciudad; mi hijo Jerjes, sin embargo, por ser joven, discurre según su juventud, y no tiene presentes mis mandatos. Porque, tenedlo por bien seguro, coetáneos míos: que todos nosotros, los que tuvimos estos poderes, no parece que ocasionáramos, en conjunto, tantas calamidades. CORIFEO.— ¿Pues qué, soberano Darío, hacia qué final encaminas tus palabras? ¿Cómo podríamos aún, la pérsica nación, salir de esto de la mejor manera? DARÍO.— Si no marcháis en campaña contra el país de los griegos, ni siquiera si el ejército medo es superior; pues tienen por aliada a la propia tierra. CORIFEO.— ¿Cómo dices eso? ¿De qué manera es su aliada? DARÍO.— Haciendo perecer por hambre a los numerosos en exceso64. CORIFEO.— Pero pondremos en pie una hueste escogida, bien equipada. DARÍO.— Pero ni siquiera el ejército que ha quedado ahora en las tierras de la Hélade65 conseguirá la salvación del retorno. CORIFEO.— ¿Cómo has dicho? ¿Es que la tropa entera de los barbaros no cruza el paso de Hele, desde Europa? DARÍO.— Por cierto que unos pocos, de entre muchos, si es que hay que creer en los vaticinios de los dioses, atendiendo a lo que ahora ha sucedido; pues no acaecen unos sí, y otros no. 63 La forma más habitual del nombre de este usurpador es Esmerdis (cfr. Heródoto, III 65-67). Por otra parte, este historiador no recoge a Artafrenes en el inventario de los conspiradores contra Esmerdis (III 70). 64 Cfr. Heródoto, VII 49, en las advertencias de Artábano a Jerjes. 65 Cfr. Heródoto, VIII 113: unos 300.000 soldados bajo el mando de Mardonio.

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Y si en efecto es así, deja una selecta multitud del ejército atrás, fiada en vanas esperanzas; se quedan donde el Asopo riega el llano con sus corrientes, amado engorde del territorio de los beocios; les aguarda sufrir aquí los peores males, expiación por su soberbia y sus impíos propósitos. Estos, al llegar a la tierra de la Hélade, no tuvieron ningún escrúpulo en despojar las imágenes de los dioses, ni en incendiar sus templos; han desaparecido altares, y estatuas de divinidades han sido derribadas de raíz, en confuso montón, de sus pedestales. Así pues, ya que malas fueron sus acciones, no lo son menos los padecimientos que sufren, y los que sufrirán, e incluso no se ha asentado el fundamento de sus desgracias, sino que aún progresa. Pues tan grande será el sangriento poso de la masacre que en la tierra de Platea llevará a cabo la dórica lanza; montones de cadáveres señalarán en silencio a ojos de los hombres, hasta la tercera generación sembrada, que quien es mortal no debe ufanarse en exceso; pues la soberbia, al florecer, da por fruto una espiga de fatalidad, de la que siega una lacrimosísima cosecha. Al ver tanta desgracia debida, acordaos de Atenas y de Grecia66, y que nadie, menospreciando su presente fortuna, por ambicionar la de otros, eche a perder una gran dicha. Zeus se erige en reprensor de los pensamientos en exceso soberbios, supervisor agobiante. Ante esto, corregid a Jerjes, mediante sensatas admoniciones, para que entre en razón, y deje de infatuarse en su arrogante atrevimiento. Y tú, anciana madre querida de Jerjes, ve a casa, toma un atavío que sea apropiado y sal al encuentro de tu hijo; pues, por todas partes, por el dolor de sus males, sus abigarradas vestiduras se desgarran por completo en harapos, en torno a su cuerpo. Apacígualo tú, con propicias palabras; sé que sólo de ti soportará oírlas. Yo desciendo abajo, a la tiniebla de la tierra. Y a vosotros, ancianos, salud; en medio de males, conceded igualmente el goce de cada día a vuestro espíritu; pues a los muertos de nada les sirve la riqueza. 66 Si hemos de creer a Heródoto (V 105), Darío hacía que, en cada comida, un sirviente le recordara que debía vengarse de Atenas.

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(El espectro de Darío desaparece bajo tierra.)

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CORIFEO.— En verdad que me ha dolido el escuchar las PXFKDV FDODPLGDGHV WDQWR ODV SUHVHQWHV FRPR ODV TXH D~Q KDQGHVXFHGHUDORVEiUEDURV REINA.— ¡Oh demon, cuántos dolores acechan mi ánimo por estos males! Mas sobre todo me muerde esta desgracia, haber oído el deshonor de los vestidos que envuelven a mi hijo, en torno a su cuerpo. Me voy, entonces; tomaré un atavío de palacio e intentaré salir al encuentro †de mi hijo†; pues no traicionaremos, en medio de males, lo que nos es más querido. (La reina abandona la escena.)

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Estrofa 1 CORO.— ¡Ay dolor, sin duda gozamos de una gran y buena vida, de ordenado régimen, cuando el anciano, todopoderoso rey, alejado del mal y de las batallas, Darío, igual a un dios, gobernaba el país! Antistrofa 1 Primero dábamos a conocer celebradas campañas, y nuestras †costumbres† eran como torres en toda empresa67; y los retornos de las guerras nos conducían de nuevo, sin dolores ni sufrimientos, a nuestros bienaventurados lares. Estrofa 2 Qué ingente número de ciudades conquistó sin atravesar el curso del río Halis68 ni salir del hogar; como las villas Aquelóidas del mar Estrimonio69, que son cercanas moradas de las tracias. Antistrofa 2 Y al otro lado de la laguna, por tierra, las ceñidas de torres obedecían a este príncipe70, y las que se ufanan a ambos 67 De nuevo el texto presenta numerosos problemas y no es posible una interpretación clara ni unívoca. 68 El río Halis se consideraba la frontera natural entre el Imperio persa y Lidia (cfr. Heródoto, I 72). 69 En el hoy llamado «golfo Estrimónico», donde desemboca el río Estrimón. Heródoto (V 16) menciona asentamientos de palafitos. 70 La más importante era Eyón, en la desembocadura del Estrimón, que constituía el puerto de Anfípolis, a unos 5 kilómetros río arriba.

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lados del anchuroso paso de Hele, y la honda Propóntide y la boca del Ponto. Estrofa 3 Y las islas, en su contorno humedecidas por el piélago, junto al marino promontorio, orientadas hacia esta tierra, como Lesbos y Samos, plantada de olivos, y Quíos y Paros, Naxos, Miconos y la contigua a Tenos, Andros, limítrofe y cercana. Antistrofa 3 Y sometía las que el mar ciñe a medio camino entre dos riberas, Lemnos y la sede de Ícaro, y Rodas y Cnidos y las ciprias ciudades, Pafos, Solos y Salamina71, cuya metrópolis es ahora causa de estos suspiros. Epodo Y las prósperas y populosas †ciudades de los griegos en la región jonia dominaba con su ánimo†. Le asistía el vigor incansable de los armados varones y de la mezcolanza de los auxiliares. Mas ahora soportamos estas mudanzas por la divinidad impuestas, de manera nada dudosa, domados en las guerras por tremendos golpes marinos.

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(Aparece Jerjes, cubierto de harapos.) JERJES.— ¡Ay! ¡Mísero de mí, que me he encontrado con este abominable, el más aciago destino! ¡Cuán despiadadamente ha hollado un numen el linaje de los persas! ¿Qué me sucederá, desdichado? Pues quebrantado queda el vigor de mis miembros al advertir la edad de estos ancianos ciudadanos. ¡Ojalá, Zeus, me hubiese cubierto también a mí el destino de la muerte, junto con mis varones que han perecido! CORIFEO.— ¡Ay, ay, rey! ¡Gimo por nuestro buen ejército, y por el gran honor del imperio persa, y por la flor de sus varones que ahora un numen ha desbaratado! 71 Según la tradición, la Salamina de Chipre había sido fundada por Teucro, originario de la Salamina del Ática, expulsado de esta por su padre Telamón, por no haber evitado en la guerra de Troya la muerte de su hermanastro Ayante. Cfr. Apolodoro, III 10, 8; Pausanias, I 3, 2; 23, 8; 28, 11 y II 29, 4; e Higino, Fábulas XCVII.

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Mi tierra se queja por la terrena juventud, muerta por Jerjes, abastecedor de persas para el Hades; pues muchos nobles varones, la flor del país, que con el arco subyugaban, una densa miríada de varones, han perecido. ¡Ay, ay! ¡Ay, ay del valeroso ejército! Y la gleba de Asia, rey de la tierra, de fatídica, fatídica manera ha caído de hinojos. Estrofa 1 JERJES.— Soy yo mismo, ¡ay, ay!, yo, desdichado, que, infortunado, me he tornado en un mal para la raza y la patria tierra. CORO.— Como lúgubre grito de saludo por tu regreso, te emitiré, te emitiré un lacrimoso grito, un alarido de mal agüero, de plañidero mariandino72. Antistrofa 1 JERJES.— Lanzad una persistente voz de nefasto eco, todo llanto; pues este numen se revuelve contra mí. CORO.— Lo lanzaré en verdad, y mucho, por honrar los padecimientos de la hueste y los pesares –golpes de mar–de la ciudad, del linaje; de nuevo emitiré un lacrimoso gemido de plañidero. Estrofa 2 .— El Ares de los jonios los arrebató, el Ares de los jonios, de navíos guarnecido, que decide la suerte en la batalla, asolando la nocturna llanura y la infortunada costa73. CORO.— ¡Ay, ay, ay! Grita y entérate de todo. ¿Dónde está el resto de tus muchos allegados? ¿Dónde tus compañeros de armas, como Farándaces, Susas, Pelagón y Datamas, y también [Agabatas] Psamis y Susiscanes, partido de Ecbatana? Antistrofa 2 JERJES.— Muertos los dejé, arrojados de una nave tiria en las costas de Salamina, estrellándose contra la escarpada ribera. CORO.— ¡Ay, ay, ay! ¿Dónde tu Farnuco, y el bravo Ariomardo? ¿Dónde el príncipe Sevalces o Lileo de noble naci72 Los mariandinos eran una tribu de Bitinia, cuyos ritos funerales se acompañaban de exagerados gritos de dolor y de la aguda música de unas flautas al efecto. 73 Es decir, Salamina y las costas de su estrecho.

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miento, Menfis, Taribis, Masistras y Artémbares y también Istecmas? Esto te preguntaba además. Estrofa 3 JERJES.— ¡Ay, ay de mí! Tras la antigua y odiosa Atenas todos ellos, de golpe, ¡ay, ay!, infelices, palpitan como peces en tierra. CORO.— ¿Y a la flor de los persas, al que en todo tenías como Ojo74 fiel, el que contaba por miríadas y miríadas < >, al muy dulce75 hijo de Batanoco, al hijo de Sisamas, al hijo de Megabates, a Paros y al magnífico Ebares, allí los has abandonado también? ¿Los has dejado allí? ¡Oh, oh, desgraciados! Cuentas desgracias que son más que desgracias para los nobles persas. Antistrofa 3 JERJES.— Un lamento propicias en mí por mis nobles camaradas, cuando cuentas sus , inolvidables y horribles infortunios. Grita, grita mi corazón, en mi pecho. CORO.— Y también a alguno más echamos en falta: al caudillo de miles de soldados mardos76, a Jantes, y al ario Ancares, a Diexis y a Arsaces, señores de la caballería, †y también a Agdadatas† y a Litimnas y Tolmo, insaciable en la lucha. Asombrado estoy, sí, asombrado estoy de que no te acompañen cerca de las tiendas con ruedas77. Estrofa 4 JERJES.— Las cabezas de mi ejército han sucumbido. CORO.— Han sucumbido, ¡ay!, sin gloria alguna. JERJES.— ¡Oh, oh! ¡Ay, ay! CORO.— ¡Ay, ay, divinidades, nos causaron un mal inesperado, destacable, tal que la diosa Ate lo contempla. 74 Tal denominación («fiel Ojo del Rey») era aplicada a los funcionarios del rey que inspeccionaban las regiones de su imperio. 75 En vez de traducirlo como nombre propio («Alpisto»), tal como hacen algunos editores, seguimos a West al entender dicho substantivo como forma adjetiva en superlativo ਙȜʌȚıIJȠȞ y de ahí nuestra traducción «muy dulce». 76 Alusión al pueblo mardo, asimilado al Imperio persa durante el reinado de Ciro. 77 Referencia al carro oriental entoldado, la famosa ਖȡȝȐȝĮȟĮ (cfr. Heródoto VII, 41), propia de reyes.

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Antistrofa 4 JERJES.— ¡Hemos sido golpeados, ay, por el hado y para siempre! CORO.— ¡Hemos sido golpeados, qué duda cabe! .— ¡Por una nueva desgracia, por una nueva desgracia! CORO.— Por habernos tropezado desgraciadamente con marinos jonios. ¡Infortunado en la guerra es el pueblo persa! Estrofa 5 JERJES.— ¿Y cómo no? Ante un ejército tan numeroso, desgraciado, he sido herido. CORO.— ¿Y qué no ha sucumbido, infortunado entre los persas? JERJES.— ¿Ves lo que queda de mis vestidos? CORO.— Lo estoy viendo, lo estoy viendo. JERJES.— ¿Y este carcaj...? CORO.— ¿Qué dices que has librado? JERJES.— ¿... Un tesoro para los dardos? CORO.— ¡Es bien poca cosa respecto a lo mucho que tenías! JERJES.— Nos hemos quedado sin defensores. CORO.— El pueblo jonio no huye de las lanzas. Antistrofa 5 JERJES.— ¡Demasiado valiente! He presenciado un revés inesperado. CORO.— ¿Te refieres a nuestra armada naval que huyó? JERJES.— Por el desespero ante mi desgracia, he desgarrado mis vestidos. CORO.— ¡Ay, ay! JERJES.— ¡Y mucho más que ay! CORO.— Sí, dobles son y triples. JERJES.— Para nosotros, penas, para nuestros enemigos, motivos de alegría. CORO.— Y nuestra fuerza fue destruida. JERJES.— Y falto estoy de guardianes. CORO.— Y de tus amigos, por la hecatombe marítima. Estrofa 6 JERJES.— Gime, gime por nuestra pena y dirígete a palacio. CORO.— ¡Ay, ay! ¡Mi ruina, mi ruina!

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JERJES.— ¡Grita, sí, como eco a mis lamentos! CORO.— ¡Mísero don de calamidades para calamidades! JERJES.— ¡Llora y une tu canto al mío! CORO.— ¡Ay, ay, ay! ¡Insufrible es, sí, esta desgracia! ¡Ay! ¡Mucho sufro por esto! Antistrofa 6 JERJES.— ¡Rema78, rema y gime por mí! CORO.— ¡Me lamento anegado en lágrimas! JERJES.— ¡Grita, sí, como eco a mis lamentos! CORO.— ¡Puedo entregarme a esto, señor! JERJES.— ¡Prorrumpe, ahora, en gemidos! CORO.— ¡Ay, ay! ¡Con estos gritos también se mezclará, ay, un negruzco y quejumbroso golpe! Estrofa 7 JERJES.— Golpea tu pecho y haz que en él resuene el alarido misio79. CORO.— ¡Pesar, pesar! JERJES.— Arranca por mí el vello canoso de tu barba. CORO.— Con persistencia, con persistencia, muy lamentable. JERJES.— ¡Lanza un alarido agudo! CORO.— ¡También haré lo que dices! Antistrofa 7 JERJES.— Desgarra tu vestimenta sinuosa con las uñas de tus manos. CORO.— ¡Dolor, dolor! JERJES.— ¡Arráncate tu cabellera y laméntate por la pérdida del ejército! CORO.— Con tenacidad, con tenacidad, muy lamentable. JERJES.— ¡Llena de lágrimas tus ojos! CORO.— Los tengo empapados. Epodo JERJES.— ¡Grita, sí, como eco a mis lamentos! CORO.— ¡Ay! ¡Ay! JERJES.— Entra en palacio en medio de tus gemidos... 78 Alusión a los golpes de pecho en señal de dolor. El batir de los remos es una acción comparable. 79 El canto de dolor de los habitantes de Misia expresaba una gran angustia.

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CORO.— ¡Ay, ay! [Tierra persa, difícil de andar para mí…] JERJES.— †¡Ay! ¡Ay! A lo largo de la ciudad.† CORO.— †¡Ay, ay!, Sí, sí.† JERJES.— Gemid mientras camináis descorazonadamente. CORO.— ¡Ay, ay! Tierra persa, difícil de andar para mí. .— … CORO.— … JERJES.— ¡Ay, ay! Con las trirremes. .— ¡Ay, ay! Con nuestras naves han perecido.

CORO.— Te acompañaré con tristes sollozos.

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PERSONAJES DEL DRAMA Eteocles Mensajero Coro de doncellas Antígona Ismene Heraldo LA ESCENA: El ágora de Tebas. El coro, constituido por doncellas tebanas, se apiña en la orquesta. Aparece Eteocles con su séquito.

ETEOCLES1.— Ciudadanos de Cadmo2, es preciso que profiera palabras acertadas quien, en la popa3 de la ciudad, custodia sus asuntos, al mando del timón, sin dejar que la somnolencia haga que se cierren sus párpados. Pues si conseguimos nuestros propósitos, habrá que atribuírselo a la divinidad; mas si, por el contrario –lo que ojalá no ocurra– nos aconteciera un desastre, sólo sería el nombre de Eteocles festejado en himnos por sus conciudadanos, con preludios repetidos e incesantes, y con lamentos, de los que Zeus Protector, haciendo honor a su nombre, ojalá proteja a la ciudad de los cadmeos. Mas ahora, tanto el que aún no tenga la floreciente juventud, como el que por los años la abandonó, acrecentando en mucho la vitalidad de su cuerpo, cada uno conforme a sus fuerzas, debéis socorrer a la ciudad y a los altares de las divinidades locales, para que nunca se vean privados de sus honores, a nuestros hijos y a la Tierra, nuestra madre, amadísima nodriza4. 1

Existen tragedias, como la presente, que no contaron con prólogo. Alusión a Tebas, ya que, según la tradición mítica, Cadmo fue el fundador de dicha ciudad, procedente de Fenicia, de donde era rey. 3 Alusión a la metáfora de la nave para referirse al Estado, y al estadista como el piloto de esa nave. En la literatura griega también desarrollaron dicha metáfora tanto el mismo Homero como el poeta yámbico Arquíloco o el poeta monódico Alceo, entre otros. 4 Cadmo, al sembrar los dientes del dragón de la fuente de Ares, propició que nacieran los cadmeos de la misma tierra. 2

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Pues ella, cuando vosotros erais niños y os arrastrabais por su apacible suelo, responsabilizándose totalmente del esfuerzo de vuestra educación, os ha nutrido para que fueseis un día ciudadanos portadores de escudo, para que seáis fieles a esta necesidad. Y hasta el día de hoy, la divinidad ha inclinado bien la balanza5; durante todo este tiempo en que hemos sido sitiados dentro de nuestras torres, la guerra nos ha sido muy propicia, gracias a los dioses. Y ahora el adivino, pastor de aves, que las descifra con sus oídos y con su mente, sin fuego, con una técnica que no miente, este, señor de tales predicciones, afirma que un ingente ataque de los aqueos se está maquinando en una asamblea nocturna y que va a lanzarse contra la ciudad. Acudid, pues, todos a las almenas y a las puertas de las fortalezas guarnecidas con torres, afluyendo con todas vuestras armas; saturad los parapetos y permaneced firmes en las cubiertas de las torres, y resistid en las salidas de las puertas, llenos de confianza, sin temer excesivamente el tumulto de los invasores. ¡Ha de ayudarnos la divinidad, que todo lo cumple con tino! Que yo ya he enviado exploradores y espías del ejército, los cuales estoy convencido de que no andarán el camino inútilmente; y cuando los haya oído, no tendré temor alguno de ser sorprendido mediante ningún engaño. (Llega el mensajero.)

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MENSAJERO6.— Eteocles, egregio soberano de los cadmeos, estoy aquí, procedente del ejército, trayendo noticias veraces de allí. Yo mismo soy espectador de lo que acontece. Siete guerreros, impetuosos caudillos, han degollado un toro sobre un escudo7 negro y han palpado con las manos la sangre de aquel animal, jurando por Ares, Enio8 y por el sanguino-

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Es decir, la divinidad se ha mostrado favorable. Existen tragedias, como la presente, que no contaron con prólogo. 7 El término ıȐțȠȢ (que traducimos por «escudo») es un homerismo. 8 Hermana (o quizá hija o madre) de Ares, el dios de la guerra, que era asimismo considerada diosa de la guerra. 6

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lento Fobo9, arruinar los cimientos de la ciudad, y de saquear la ciudadela de los cadmeos por la fuerza; o bien, de sazonar, muriendo, nuestra tierra con su sangre. Y como remembranza suya para con sus padres que han permanecido en sus hogares, colocaban coronas con sus manos en el carro de Adrasto10, vertiendo lágrimas11, aunque ningún gemido les salía de los labios; su corazón de hierro, inflamado de su valentía, resollaba como si fueran leones con la mirada de Ares. No tardará, por ninguna vacilación, la prueba de lo que te digo, pues los he dejado cuando se echaban a suertes, cada uno, hacia qué puerta, según el azar, habría de conducir su destacamento. Ante esto, apuesta con prontitud a los mejores guerreros, escogidos de la ciudad, en las salidas de las puertas, porque muy cerca, totalmente armada, la hueste argiva avanza, levanta polvareda y mancha la llanura la argéntea espuma con las babas de los pulmones de los caballos. Tú, pues, como prudente timonel de una nave12, fortifica la ciudadela antes de que arrecien tempestuosamente las embestidas de Ares13. Porque ruge la ola terrestre del ejército. Aprovecha la ocasión, lo más raudamente que puedas, que yo, de ahora en adelante, mantendré mi ojo como fiel centinela de día, y sabiendo tú, con la certeza de mis palabras, lo que ocurre puertas afuera, te mantendrás incólume. ETEOCLES.— ¡Zeus, Tierra y númenes defensores de mi ciudad! ¡Maldición14, Erinia poderosa de mi padre! ¡No me 9 Fobo = Terror. Personificación del miedo en Esquilo, por cuanto aparece en el ámbito de la guerra junto a Ares. 10 Estaba decretado que sólo sería Adrasto, rey de Argos, el que moriría frente a Tebas. De ahí que los restantes seis caudillos engalanaran y llenaran de recuerdos el carro de su compañero. 11 La expresión įȐțȡȣȜİȓȕȠȞIJİȢ que traducimos por «vertiendo lágrimas», es un nuevo homerismo. 12 Palabras tomadas de un ámbito dórico. Concretamente hallamos ȞĮȩȢ, forma dórica, en vez de ȞȘȩȢ. Por lo demás, se observa claramente cómo Esquilo continúa la metáfora marina y la de la nave de Estado. 13 Nueva referencia al dios de la guerra. 14 Alusión a la ਕȡȐ o maldición que lanzó Edipo contra sus hijos, de camino hacia el exilio. Estos no quisieron socorrerle, contrariamente a su hermana Antígona.

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extirpéis, arrancándola de raíz, conquistada por el enemigo, {una ciudad que difunde el habla de Grecia, ni sus casas con sus hogares}. Y que esta tierra libre y esta ciudad de Cadmo jamás se someta al yugo esclavo! Sed nuestra fuerza. Confío en estar diciendo ideas de interés colectivo, pues si la ciudad es próspera, honra a sus dioses. CORO.— Lamento mis terribles e ingentes penas. La hueste avanza, mientras abandona el campamento. Fluye todo este copioso pueblo, avanzadilla de jinetes. Una nube de polvo que se eleva hasta el cielo me lo evidencia, al mostrarse muda, segura y verdadera mensajera. †Con sus cuerpos† la llanura, que resuena por las armas, acerca a mi oído el grito de guerra; se agita, ruge como invencible torrente que cae desde el monte. ¡Ay, ay! ¡Dioses y diosas, apartad de nosotras este mal que nos acecha! Grita por encima de las murallas. La gente de blanco escudo se levanta, bien pertrechada, contra nuestra ciudad. ¿Quién nos salvará? ¿Cuál de los dioses o diosas nos protegerá? ¿Me postraré ante las estatuas de los númenes? ¡Ay, felices los dioses, que tienen sede segura! Ha llegado el momento de abrazarme a sus estatuas. ¿Por qué nos entretenemos con tantos gemidos? ¿Oís o no oís el estrépito de los escudos? ¿Cuándo, si no es ahora, de peplos y coronas suplicantes? (El coro se dirige a las estatuas.)

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Veo15 ya el estrépito. No es el fragor de una sola lanza. ¿Qué harás? ¿Traicionarás a tu tierra, Ares, antiguo dios de nuestro país? ¡Oh dios del casco de oro, dirige tus ojos hacia esta ciudad que un día te fue tan estimada! Estrofa 1 ¡Oh dioses patrones de esta tierra, venid, venid todos y mirad este destacamento de muchachas que os suplica que las libréis de su esclavitud! Pues en torno a la ciudad, una oleada de guerreros de oblicuos penachos hierve encrespado, 15

Magistral ejemplo de sinestesia.

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suscitado por los soplos de Ares. Mas, ¡oh Zeus! padre que haces que todo se cumpla, sálvanos como sea de que se apodere de mí el enemigo. Porque los argivos cercan la ciudad de Cadmo y el miedo de las armas guerreras me penetra y entre las quijadas de los caballos los frenos tañen gemidos de muerte. Siete soberanos guerreros que destacan entre el ejército enemigo, con armaduras que los salvan de las lanzas, ante cada una de las siete puertas se apuestan, según la suerte que obtuvo cada uno. Antistrofa 1 ¡Y tú, retoño de Zeus, fuerza que amas la lucha, sé la salvadora de nuestra ciudad!, ¡oh Palas! ¡Y también tú, rey que señoreas el mar con ese utensilio16 tuyo que captura peces, {¡Posidón!}; concédenos la liberación de nuestros terrores, sí, la liberación! ¡Y tú, Ares!, ¡ay, ay!, ¡a esta ciudad a la que Cadmo dio nombre, guárdala bien y preocúpate de ella claramente! ¡Y tú, Cípride17, que eres la madre primigenia de nuestra raza18, protégenos; pues de ti, de tu sangre nacimos y a ti, con súplicas que a los dioses se elevan, nos acercamos, llamándote a gritos! ¡Y tú, soberano Liceo19, sé un lobo contra nuestro ejército enemigo, {ante los gritos de mis gemidos}! ¡Y tú, doncella hija de Leto20, dispón bien el arco! {Querida Ártemis}. Estrofa 2 ¡Ay, ay! Oigo el ruido de los carros alrededor de la ciudad. ¡Oh soberana Hera! Crujieron los cubos de las ruedas por el peso de los ejes. ¡Estimada Ártemis! {¡Ay, ay!} Lastimado por las picas, se enfurece el viento. ¿Qué le sucederá a nuestra ciudad? ¿Qué será de ella? ¿A qué colofón la conduce la divinidad? 16 Es decir, «el tridente », una de las armas de Posidón, junto con el carro tirado por animales. 17 Alusión a Afrodita, diosa del amor, que fue llevada recién nacida por los Céfiros a la isla de Citerea y luego a Chipre. De ahí sus epítetos de Citerea y Cípride. 18 Con el dios Ares, Afrodita tuvo a Harmonía, esposa de Cadmo, vinculado con Tebas. 19 Alusión a Apolo Liceo y al lobo, como animal consagrado al dios. 20 Es decir, Ártemis, la hermana mítica de Apolo.

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Antistrofa 2 ¡Ay! ¡Ay! De lejos viene a destrozar nuestras almenas un diluvio de piedras. ¡Oh querido Apolo! Hay en nuestras puertas un estrépito de escudos forjados con bronce. †Y tú, de la estirpe de Zeus†, tú que en la guerra pones santo desenlace a una batalla, y tú, bienaventurada soberana Onca21, ante la ciudad ampara esta sede de siete puertas. Estrofa 3 ¡Ay, dioses omnipotentes! ¡Ay, guardianes escrupulosos y guardianas escrupulosas de las torres de esta tierra, no entreguéis esta ciudad angustiada por las lanzas a un ejército que habla otra lengua! ¡Escuchad a estas vírgenes, escuchad con toda justicia estas súplicas de los brazos que se os tienden! Antistrofa 3 ¡Ay, divinidades amigas, auxiliadoras, que circundáis a esta ciudad! Mostrad cómo amáis a vuestras ciudades y cuidad de los templos de este pueblo, y puesto que los cuidáis, socorrednos. Acordaos de mí y de los cultos ricos en ofrendas que esta ciudad os hacía. (Sale Eteocles de palacio.)

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ETEOCLES.— A vosotras interpelo22, insufribles criaturas: ¿Es este el mejor modo de custodiar la ciudad y dar ánimos a este ejército asediado dentro de sus torres, postradas ante las imágenes de los dioses que esta ciudad custodian y andar gritando y con alaridos que odia la gente sensata? ¡Ojalá ni en la desgracia ni en la dulce prosperidad con el sexo femenino haya yo de convivir! Pues cuando triunfa es de una intratable audacia, y, en cambio, si está atemorizada, es una desgracia 21

Epíteto de la diosa Atenea en Tebas. Sobre el asunto de la responsabilidad de Eteocles en sus actos se ha escrito mucho ante una dualidad de su figura o, por el contrario, ante una posible unidad manifiesta. Y es que la decisión de los dioses, presente en la obra por doquier, no anula su voluntad. Es evidente que la intervención psíquica de la Maldición causará, a lo largo de la obra, la locura de Eteocles. Todo ello, además del desequilibrio de su carácter. Sobre estos temas, cfr. M. Librán, op., cit., pp. 166-196. 22

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aún mayor para su casa y para su pueblo. Así ahora, con vuestras correrías de aquí para allá, habéis extendido entre nuestros ciudadanos la exánime cobardía, y hacéis que vayan mejor las cosas para los de fuera, mientras que causáis la ruina para quienes estamos dentro. ¡Esto es lo que ganas por vivir con mujeres! Mas si alguien no se somete a mi mando, sea hombre o mujer, o ni lo uno ni lo otro, será sancionado en consejo con una funesta sentencia, y no hay cuidado de que escape a una muerte por lapidación a manos del pueblo. Pues al hombre pertenecen los asuntos de fuera, y la mujer que no intervenga. Tú permanece en casa, y no causes molestias. ¿Oíste o no? ¿O es que estoy dialogando con una sorda? Estrofa 1 CORO.— ¡Oh estimado vástago de Edipo! Estoy atemorizado al oír el fragor de los carros sonoros, el fragor, sí, y cómo han chirriado los ejes que hacen girar las ruedas y cómo zumbaban los gobernalles de los caballos al regir sus bocas, frenos hijos del fuego. ETEOCLES.— ¿Cómo? ¿Es que acaso el marinero, cuando va de popa a proa, encuentra alguna vez un recurso de salvación cuando la nave padece contra las olas marinas? Antistrofa 1 CORO.— No, yo sólo me he apresurado a correr hacia las ancestrales estatuas de los númenes, con la esperanza depositada en los dioses, cuando se produjo el estruendo de la funesta pedrea, que cae como una nevada contra nuestros portales. Entonces, amedrentada, he acudido a suplicar a los Bienaventurados que extiendan su mano protectora sobre la ciudad. ¿Rogáis que la fortaleza nos proteja de la lanza enemiga?23. ETEOCLES.— Sin duda esto es asunto de los dioses. Mas cuentan que cuando una ciudad es tomada, los dioses la desamparan. Estrofa 2 CORO.— ¡Jamás, mientras yo viva, nos desasista esta asamblea de dioses! ¡Nunca vea esta ciudad saqueada ni †su ejército† vencido con llama devastadora! 23 Seguimos la edición de West para atribuir este último verso al coro y no a Eteocles.

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ETEOCLES.— Ten cuidado al invocar a los dioses, no sea que tomes una mala determinación; pues la Obediencia, madre del Éxito, es la esposa de la Salvación. Así dice el proverbio. Antistrofa 2 CORO.— Es cierto. Mas la fuerza de los númenes es aún más poderosa. Muchas veces, al que está agobiado impotente en medio de desgracias, lo endereza de su implacable hado, aun con niebla espesa pendiendo sobre sus ojos. ETEOCLES.— Es propio de los varones ofrecer a los dioses víctimas y holocaustos cuando van a hacer frente al enemigo. ¡Y de ti el callar y permanecer en casa! Estrofa 3 CORO.— Gracias a los dioses habitamos una ciudad invicta aún. Y de las huestes enemigas nos protege nuestra muralla. ¿Qué inquina divina24 puede aborrecer mis preces? ETEOCLES.— No tengo nada en contra de que honres el linaje de los dioses, mas procura no hacer pusilánimes a los ciudadanos, estando tranquila y no mostrando excesivo temor. Antistrofa 3 CORO.— Al oír, hace un momento, este atronador ruido, en temblorosa fuga, me he venido a esta acrópolis, veneranda sede. ETEOCLES.— Aunque os lleguen ahora noticias de muertos o de heridos, no las acojáis con gemidos; porque este es el pasto de Ares, la humana sangre. CORO.— ¡Ay! Ya escucho relinchos de caballos. ETEOCLES.— Si ahora los escuchas, no los escuchas con demasiada claridad. CORO.— La ciudad se estremece desde el fondo de su tierra, de la que por doquier nos rodea. ETEOCLES.— ¡Basta con que yo me decida al respecto! CORO.— ¡Tengo miedo! Crece el martilleo en las puertas. ETEOCLES.— ¡Silencio! ¿No vas a ir diciendo esto por la ciudad?

24 Traducimos el término religioso ȞȑȝİıȚȢ (en minúscula) por «inquina divina».

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CORO.— ¡Oh asamblea de dioses25! ¡No entregues estas torres! ETEOCLES.— ¡Maldición! ¿No vas a sobrellevar esto en silencio? CORO.— ¡Dioses ciudadanos! ¡No obtenga yo por azar la esclavitud! ETEOCLES.— Eres tú la que me subyugas a mí y a toda la ciudad. CORO.—¡Oh Zeus omnipotente, dirige tu saeta contra los enemigos! ETEOCLES.— ¡Oh Zeus, qué raza nos diste como compañeras, la de las mujeres! CORO.— Miserable, como la de los hombres cuando pierden su ciudad. ETEOCLES.— ¿Ya vuelves a sollozar agarrándote a las imágenes? CORO.— El miedo se apropia de mi lengua, por falta de aliento. ETEOCLES.— ¡Si me hicieras el pequeño favor que te pido! CORO.— Dímelo tan pronto como puedas, y antes lo conoceré. ETEOCLES.— Cállate, desventurada, no pongas nerviosos a los tuyos. CORO.— Ya me callo. Con los otros sufriré el destino decretado. ETEOCLES.— Palabras esas son que prefiero a las otras que antes decías. Y, además, deja estas estatuas y pide lo mejor: que las divinidades sean nuestras aliadas. Y tan pronto como hayas oído mis súplicas, entona después, como un peán, el grito ritual sagrado que nos da fortuna, rito griego del clamor fundido con el sacrificio, que infunde valor para los amigos al quitarles el terror a los enemigos. Yo declaro a los dioses que 25 Podría pensarse que este término griego que traducimos por «asamblea», a saber, ȟȣȞIJȑȜİȚĮ, alude metafóricamente a una «asociación» de dioses de Tebas. Con todo, hay quien opina que el poeta puede utiliza este término con una doble acepción y, así, aludiría también a una asociación de ciudadanos para el pago de impuestos. De ahí que nuestra traducción sea ambigua y abierta, y la preferimos a otras posibles como «reunión», «congregación», «agrupación» o «asociación de ciudadanos».

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custodian este país, tanto a los agrestes como a los que defienden el ágora, también a la fuente de Dirce26, sin menospreciar al 275 agua del Ismeno27, que, si nos son favorables las cosas y se salva la ciudad, prometo ensangrentar con ovejas los altares de los dioses [y ofrecer sacrificios de toros] erigiendo trofeos †con las vestiduras de los enemigos†, botín apoderado a los enemigos 278a por la lanza en las sagradas moradas. [Recubriré el acceso a los templos con los vestidos de los enemigos]. Haz tales votos a 280 los dioses sin dejarte llevar por deseos de gemidos ni por tus infundados y salvajes gimoteos, pues no por eso vas a huir más de tu destino. Y yo a seis guerreros, siete conmigo, que remen contra los enemigos tengo la intención de desafiar con gran áni285 mo ante las siete salidas28, antes de que lleguen heraldos impulsivos y raudos rumores, y que todo lo inflamen con su premura. (Eteocles entra de nuevo en palacio.)

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Estrofa 1 CORO.— Me inquieta eso, pero de miedo no halla el sueño mi corazón, sino que vecinos de mi alma, mis cuidados me inflaman de espanto ante el ejército que rodea la muralla; soy temblorosa paloma que ante las serpientes teme excesivamente por las crías mal acompañadas que aún están en el nido. Unos, en efecto, ya avanzan hacia las murallas en batallón cerrado, todos a una –¿qué va a ser de mí?–, mientras 26

Fuentes del sudoeste de Tebas. Río que corría fuera de las murallas de Tebas, en la región de Beocia, conocido antiguamente como «Ladón» y como «El pie de Cadmo». 28 A partir de este pasaje la crítica ha encontrado dos posturas enfrentadas e incompatibles. Citamos las palabras de M. Librán (op. cit., p. 197) al respecto: «Si los siete guerreros tebanos escogidos, Eteocles incluido, lo han sido a ciegas para defender sus puestos antes de que el espía revele que Polinices estará en la séptima puerta, se sigue necesariamente que el fratricidio es una imposición divina y el terrible fatum aplasta a un Eteocles básicamente inocente. Si, por el contrario, Eteocles elige, a medida que va siendo informado de la identidad de los atacantes, a los guerreros tebanos más apropiados de acuerdo con sus características personales, de modo tal que sólo él está moralmente cualificado para enfrentarse a Polinices, se hace responsable del fratricidio y los dioses lo destruirían con inapelable justicia». 27

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que otros disparan contra nuestros ciudadanos, rodeados por todas partes, piedras puntiagudas. Mediante todos los recursos, ¡oh dioses, hijos de Zeus, no dejéis de ayudar a esta ciudad y a su ejército vástago de Cadmo! Antistrofa 1 ¿Por qué suelo mejor vais a trocar esta tierra, si dejáis a los enemigos esta ubérrima tierra y el agua de Dirce, la más sustentadora de cuantas bebidas hace brotar Posidón, el que la tierra ciñe, y los hijos de Tetis29? Ante esto, dioses tutelares de la ciudad, enviad a los que están fuera de las torres la cobardía, exterminadora de hombres, y el extravío que hace arrojar las armas, conceded el triunfo a nuestros conciudadanos, y salvadores de la ciudad, permaneced firmemente asentados en estas vuestras sedes, propicios a mis plegarias de agudos llantos. Estrofa 2 ¡Qué triste sería arrojar al Hades a una ciudad tan vetusta, sometida a la lanza como botín esclavo, bajo la mano del guerrero aqueo por propósito divino, entre ligera ceniza, deshonrosamente arrasada! Y que ellas, prisioneras, sean arrastradas, ¡ah, ah!, jóvenes y ancianas, cual yeguas por sus cabellos, con sus vestidos rasgados! Y grita la ciudad, al quedarse vacía, mientras camina a su ruina el botín, en turbado griterío. Presiento con terror una pesada suerte. Antistrofa 2 ¡Qué penoso también fuera, para las que son apenas doncellas, antes de los rituales nupciales, aún no maduras, recorrer el odioso camino de odiosas moradas!30. Sí, pronostico que el que ya ha muerto tiene mejor hado que estas. Pues cuando una ciudad es conquistada, ¡ay, ay!, innúmeras desgracias sobrevienen. Rapto a rapto, asesinato, incendio de propiedades. Mediante la humareda se mancilla la ciudad entera. Y furioso sopla el homicida Ares, violando la piedad. Estrofa 3 ¡Estruendos por la ciudad! Una red las torres envuelve, un guerrero a otro guerrero asesina con la lanza. Ge29 30

Eran suyos más de mil hijos, los ríos. Es decir, las moradas de los vencedores.

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midos entre sangre de niños aún de pecho resuenan. Pillajes, los hermanos de las persecuciones. El que ha pillado se tropieza con el que pilla y el que va de vacío llama al que va de vacío, queriendo tener un cómplice. Pero no se conforma con menos ni igual. ¡Qué saldrá de esto es muy fácil de imaginar! Antistrofa 3 Toda suerte de frutos echada en tierra produce dolor, y el ojo de las amas de casa amargadas. Y abundante, mezclado, el don de la tierra en vano montón es arrastrado. Apresadas novicias de un nuevo mal, †desdichadas, al lecho conquistado por lanza de guerrero afortunado†, como a un enemigo más fuerte que ella, esperanza hay de que, como tributo nocturno, venga a reforzar sus compungidos pesares. SEMICORO 1.— El espía del ejército, me parece, nos trae, amigas, alguna nueva indagación, moviendo con agobio los cubos31 que le portan de sus pies. SEMICORO 2.— También, he aquí que viene el rey en persona, el hijo de Edipo, convenientemente, para enterarse de la narración del mensajero. Su vehemencia ni siquiera le permite acompasar su pie. (Llega el mensajero. Sale Eteocles del palacio.)

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MENSAJERO.— Me permito contaros, ya que lo he visto perfectamente, qué hacen nuestros enemigos y de qué modo cada uno en las puertas ha obtenido su suerte. Tideo32 ya ruge ante la puerta de Preto33, pero el adivino no le deja pasar el lecho del río Ismeno; puesto que los sacrificios no le son de buen augurio. No obstante, Tideo, enfurecido y ávido de lucha, grita como una serpiente con unos silbidos en el corazón del mediodía e intenta herir con un insulto al sabio adivino, hijo de Ecleo, coleando en señal de halago al destino y a la batalla, por falta de coraje. Mientras lanza estos gritos, sacude 31

Es decir, los pies, que son comparados con las ruedas. Yerno de Adrasto y cuñado de Polinices, que aparece con un aspecto de héroe prehoplítico y con rasgos prehumanos. 33 Rey de Tirinto y hermano gemelo de Acrisio. 32

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sus tres penachos umbrosos, de su casco cabellera, y bajo su rodela, por dentro, sus broncíneos badajos hacen sonar horror. Y lleva sobre el escudo mismo un emblema altanero: un cielo gravado, resplandeciente de astros; y en el centro del escudo la brillante luna llena, el más venerable de los astros, ojo de la noche, se distingue. Está de tal modo absorto con su altivo arnés, que grita a orillas del río, ansioso de combate, cual caballo que da resuellos contra el freno y aguarda ardorosamente el tronido de la trompeta. ¿A quién le opondrás? ¿A quién vas a confiar para defender la puerta Prétide, cuando las cerraduras salten? ETEOCLES.— Ningún ornamento de guerrero puede hacerme temblar, ni los emblemas pueden causarme herida alguna. Y los penachos y los badajos, sin ayuda de la lanza, no lesionan. Y esa noche que tú describes que brilla sobre su escudo, con todos sus astros, podría ser como una predicción de mal augurio para alguien. Pues si para quien perece la noche cae sobre sus ojos, para el que lleva este emblema tan altivo resultará justa y exactamente elocuente, y él mismo contra sí mismo será adivino de esta insolencia suya. Yo, a Tideo, le opondré el prudente hijo de Ástaco como defensor de esa puerta, guerrero de preclara estirpe y que venera el trono de Pundonor y odia las palabras ufanas. Pues en deslealtades es inexperto y no suele ser cobarde. De los hombres sembrados34, que Ares perdonó, ha brotado una raíz, un auténtico hijo de nuestra tierra, Melanipo. La suerte del combate ya la decidirá Ares con sus dados. Y la Justicia, su hermana de sangre, lo envía incisivamente a apartar la lanza enemiga de su madre35 que le engendró. Estrofa 1 CORO.— Que las divinidades otorguen una buena fortuna a nuestro campeón, pues con probidad se erige para luchar el 34 Alusión a los cadmeos, nacidos de los dientes «sembrados» del dragón que custodiaba la fuente de Ares y que fue muerto por Cadmo. Sobre este tema de la autoctonía, véase N. Loraus, «Les mythes grecs: maîtres enfin mortels», en Dictionnaire des Mythologies, París, Flammarion, 1980, o bien C. Miralles, «El singular nacimiento de Erictonio», Emerita 50 (1982), pp. 263-278. 35 Es decir, la tierra de Cadmo.

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primero de todos por nuestra ciudad. Pero temo ver los cruentos destinos de quienes van a perder su vida en pro de los suyos. MENSAJERO.— ¡Que los dioses le concedan así tener un buen hado! Capaneo, por su parte, ha obtenido en suerte la puerta Electra. Este es otro gigante36 más grande todavía que el antedicho, y su orgullo no le hace pensar como un hombre, [y lanza a nuestras torres amenazas horripilantes, que ojalá no cumpla el Hado]. Tanto si la divinidad quiere como si no, dice que hará perecer la ciudad y que ni siquiera la discordia de Zeus, aunque su cetro fulmine en la llanura, va a detenerlo. Los relámpagos y las saetas del rayo los equipara al calor del mediodía. Trae como emblema un hombre sin armas, portador de fuego, y una antorcha flamea entre sus manos, como un arma, y reza en letras de oro: «Incendiaré la ciudad». Contra un hombre de tal clase envía… ¿Quién podrá plantarle cara? ¿Quién esperará impávido a un guerrero tan arrogante? ETEOCLES.— ¡También aquí ventajas de las ventajas nacen! Ciertamente de los vanos pensamientos de los hombres suele ser la lengua delatora verdadera. Capaneo lanza amenazas, preparado para actuar, despreciando a los dioses, ejercitando su boca con una infundada alegría, él, que es mortal, al cielo envía contra Zeus palabras expresadas a gritos, violentas. Mas estoy convencido de que sobre él, en justicia, vendrá el rayo ígneo, que en nada es semejante [a los calores del sol del mediodía.] Y aunque su boca es demasiado altiva, ya ha sido designado un hombre frente a él, al fuerte Polifonte, de voluntad fogosa, baluarte seguro que Ártemis la protectora y los demás dioses protegen. Cuéntame qué otro y qué otra puerta le ha tocado en suerte. Antistrofa 1 CORO.— ¡Muera el que contra mi ciudad lanza unas imprecaciones tan fuertes! ¡Que las saetas del relámpago lo detengan antes de que haga irrupción en mi casa y que con su lanza arrogante me saque fuera de mis estancias de doncella! MENSAJERO.— [Quién, después de este, designó la suerte contra los portales], te diré: para Eteoclo, el tercero, un tercer 36

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Irónicamente para Tideo, que era pequeño de estatura (cfr. Hom. Il. V

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hado le ha saltado del broncíneo yelmo invertido, para que lleve su falange contra la puerta Néiste. Y allá enfrente pueden verse sus yeguas que dan vueltas, que ya relinchan bajo sus cabestros, deseando atacar nuestros portales; y silban sus bozales, con un sonido bárbaro, al llenarse con resuellos arrogantes. Su escudo no está blasonado de un modo nada modesto: un guerrero hoplita trepa por los peldaños de una escalera hasta la torre enemiga que quiere conquistar. Y en sus letras se lee que «ni Ares me va a hacer caer de ese baluarte». Contra un guerrero tal manda al que pueda ser la garantía de que nos alejará del yugo de la esclavitud. ETEOCLES.— [Contra él podría destinar a este, y con fortuna]. En verdad ya ha sido enviado, un hombre que lleva la arrogancia en sus brazos, Megareo, semilla de Creonte, de la raza de los hombres sembrados. Él no se irá de las puertas, aunque esté arredrado por el estrépito altivo del relincho de unas yeguas, sino que morirá, pagando su crianza a su patria, o bien, una vez haya vencido a los dos guerreros37 y se apodere de esa fortaleza grabada en el escudo, adornará con los despojos la casa de su padre. Bravea de otro sin escatimar palabras. Estrofa 2 CORO.— Ruego suerte en mi súplica para el que lucha por mi patria, y para los demás, la desgracia. Y si sus corazones enloquecidos agravian con palabras altivas a nuestra ciudad, que Zeus vengador los contemple con mirada de odio. MENSAJERO.— Un cuarto ocupa ya el portal vecino, el de Atenea Onca, con sus fuertes gritos, Hipomedonte, hombre de gran constitución y altura. Al ver que un gran disco blandía, pues tal es su enorme escudo, me he asustado, no puedo negarlo. No era un herrero vulgar el que grabó sobre el escudo esta obra de arte: un Tifón38 que por su boca inflamada exhala un humo negro, hermano de la llama ardiente. Y el borde del redondo escudo está sujeto con guirnaldas de ser37

Es decir, Eteoclo y el guerrero hoplita que reproducía el escudo. Ser monstruoso, fruto de la unión entre Gea y Tártaro –la profundidad hueca de la tierra–, que toma las formas de viento huracanado o de monstruo alado, con cien serpientes por piernas y aliento de fuego. 38

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pientes, mientras él da aullidos y está poseído por Ares, agitado como una bacante para ir al combate, con mirada que produce miedo. Hay que tener cuidado frente al impulso de este enemigo, pues el Terror ya se ufana ante el portal. ETEOCLES.— En primer lugar Palas Onca, que está cerca de la ciudad y es vecina de esas puertas, y odia el orgullo de este hombre, lo alejará de nuestras crías de nido, como a una siniestra serpiente. E Hiperbio, el noble retoño de Enopo, guerrero escogido contra guerrero, no quiere sino indagar qué decide el fatal Hado en este trance. Ni su aspecto, ni su ánimo, ni su aparejo de armas son dignas de vituperio; Hermes los ha aparejado cabalmente, pues enemigos son los dos guerreros que allí se encontrarán, y en sus escudos harán enfrentarse a dioses enemigos. El uno tiene a Tifón, y su ígneo soplo, pero muy firme está en el escudo de Hiperbio el padre Zeus que blande en su mano el rayo ardiente. [Y a Zeus nunca nadie ha visto derrotado.] Tal es el patronazgo de las divinidades. Nosotros estamos con los vencedores y ellos con los vencidos, si es verdad que Zeus es más fuerte que Tifón en la batalla; es justo, pues, que los guerreros que se enfrentan obtengan el mismo resultado y que para Hiperbio, según las palabras de su emblema, sea Zeus en su escudo el salvador. Antistrofa 2 CORO.— Yo creo que aquel que lleva en su escudo el cuerpo enterrado de la divinidad odiosa, enemigo de Zeus, imagen tan hostil tanto para los hombres como para las divinidades eternas, precipitará su cabeza ante nuestras puertas. MENSAJERO.— ¡Así sea! Y hablo ahora del quinto, el apostado junto a la puerta Bóreas, junto al túmulo mismo de Anfión39, hijo de Zeus. Por la lanza que empuña, a la que venera más que a un dios, y en la que fía más que en un dios, e incluso que en sus ojos, jura y perjura que destruirá la ciudad de los cadmeos, 39 Hermano gemelo de Zeto; ambos gobernaron en Tebas y la rodearon con murallas. Sobre este personaje puede verse el artículo de J. Pórtulas, «De la serpiente de Cadmo a la lira de Anfión», en J. A. López Férez (ed.), Mitos en la literatura griega arcaica y clásica, Madrid, Edic. Clásicas, 2002, pp. 111-123.

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a despecho de Zeus. De Ares así bravea el retoño de una madre40 montañesa, de bello rostro, guerrero que es todavía un niño41. El bozo acaba de apuntársele en las mejillas, en la flor de su edad, espeso vello en ciernes. Pero él, con su fiero talante, en modo alguno adecuado a su nombre, propio de vírgenes42, con unos ojos que amedrentan, se acerca. No sin jactancia se yergue en la puerta, porque la afrenta de la ciudad en su escudo de bronce, protección circular de su cuerpo, una Esfinge43 carnicera, artificiosamente fijada con clavos, le he visto blandir, brillante figura en relieve, y bajo sí44 lleva un guerrero cadmeo, de modo que contra él sean lanzadas muchas flechas. Y parece haber venido, no para regatear mezquinamente la batalla, sino para justificar el trayecto de un camino tan largo, Partenopeo el arcadio. Tal guerrero es un meteco que está pagando a Argos así su generosa crianza y así lanza amenazas contra estas torres nuestras, que ojalá la divinidad no quiera que se cumplan. ETEOCLES.— ¡Ojalá alcancen de los dioses lo que piensan con su impío orgullo! Cierto que se perderían con una ruina total y funestamente. Pero también existe para este arcadio al que te refieres un guerrero sin jactancia, con un brazo que ve lo que conviene hacer, Actor, hermano del antes mencionado, el cual no dejará que una lengua, vacía de obras, fluya a través de las puertas, redoble nuestras desgracias, ni que penetre, de fuera adentro, [llevando en su enemigo escudo como insignia], la imagen de esa fiera muy horripilante. Al que la lleva se lo recriminará, cuando ella se encuentre con repetidos impactos al pie de la ciudad. Si los dioses lo quieren, quizá sea cierto lo que yo digo. Estrofa 3 CORO.— Me hieren el pecho tus palabras, y los bucles erizados de mis cabellos se me ponen de punta cuando escu40

Atalanta. Alusión a la efebía. Sobre dicho tema véase el trabajo de P. Vidal-Naquet, «Le chasseur noir et l’origine de l’éphébie athénienne», Ann. ESC 32 (1968), pp. 947-969. 42 El primer lexema del nombre Partenopeo, parteno- ʌĮȡșȑȞȠ significa «virgen» o «doncella». 43 Alusión a la Esfinge que Edipo se encontró en Tebas. 44 Es decir, «bajo sus garras». 41

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cho las insolencias de estos impíos hombres que hablan con jactancia. ¡Si los dioses son dioses, que los destruyan en nuestra tierra! MENSAJERO.— Podría referirme, ante ti, al sexto, el hombre más comedido, el más valiente en el combate45, un profeta, la fuerza de Anfiarao46. Apostado ante la puerta Homoloide, lanza injurias sin cesar contra la fuerza de Tideo: «Homicida, perturbador de la ciudad, para Argos el más avezado en infortunios, heraldo de Erinia, siervo de la Muerte, mentor de estos males para Adrasto». Luego, levantando la mirada, [a tu hermano], la fuerza de Polinices, partiendo en dos su nombre47, lo llama, y esto sale de su boca: «¿Acaso tal proeza es agradable incluso a los dioses, preciosa de escuchar y de explicarla a las generaciones venideras, destruir tu ciudad paterna y a los dioses de tu país, enviando contra ellos a una hueste extranjera? ¿Qué razón podría acabar con la fuente materna y tu patria, conquistada por tu afán con la lanza, y cómo quieres que sea tu aliada? Yo abonaré48 esta tierra, adivino oculto bajo suelo enemigo; ¡combatamos, que no espero un hado deshonroso!». Tales cosas decía el adivino, mientras sostenía con calma absoluta un escudo de bronce macizo. Y en el rodel de su escudo no había emblema alguno, pues quiere ser valiente y no parecerlo, porque goza gracias a su espíritu de surco profundo desde donde germinan las preclaras decisiones. Contra este te exhorto a que envíes unos hábiles y osados adversarios; terrible es el que venera a los dioses. 45 Sobre la expresión ਕȜț੽ȞਙȡȚıIJȠȞȝȐȞIJȚȞ «el más valiente en el combate, un profeta», referida a Anfiarao, cree Fraenkel que su origen aparece en la Tebaida (cfr. «Die sieben Redepaare im Thebanerdrama des Aeschylus», SBAW 3 [1957], p. 42). 46 Se trataba de un adivino célebre por su honradez y por su valentía, que incluso maldecía a Eteocles y Polinices. Por lo demás, no era partidario de la expedición contra Tebas. Como ha señalado recientemente P. Sineux (Amphiaraos. Guerrier, devin et guérisseur, París, Belles Lettres, 2007), Anfiarao, además de «guerrero argivo» era «adivino», y divinidad oracular en los alrededores de Tebas, en donde se instala, al final del siglo V a.C., y era famoso su santuario de Oropo, en las puertas del Ática. 47 El nombre de Polinices significa «mucha ʌȠȜȪ lucha Ȟİ૙țȠȢ ». 48 Es decir, con su cadáver.

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ETEOCLES.— ¡Oh destino que juntas a un hombre justo con unos más impíos! En toda gesta no hay nada más perjudicial que una mala compañía y el fruto no se ha de coger. [El campo de Ate trae consigo la muerte.] Pues si un hombre piadoso se embarca con marineros que están enardecidos y con alguna perversidad acaba pereciendo justamente con esta raza de hombres que los dioses rechazan, o bien cuando un hombre justo se asocia con ciudadanos inhospitalarios y que no se acuerdan de los dioses, consiguiendo la misma trampa que los injustos, y es domado con los golpes del divino látigo común para todos. De la misma manera, el adivino, el hijo de Ecleo quiero decir, guerrero prudente, justo, audaz y piadoso, gran augur, por haberse mezclado con hombres impíos de boca ufanosa a pesar de su consciencia, hombres que se lanzan a hacer un largo y dilatado camino, si Zeus lo quiere, será conducido junto con ellos. Y me parece que no atacará el portal, no porque no tenga corazón ni por cobardía de voluntad, sino porque él sabe que conviene que muera en la batalla, si algún fruto han de tener los oráculos de Loxias49; y suele callar o bien suele decir lo que pide la situación. Con todo, pondremos delante suyo a un portero inhospitalario, la fuerza de Lástenes, que es viejo de espíritu, pero tiene un cuerpo joven, un ojo ágil, y no tarda su brazo en atrapar con su lanza el flanco desnudo de un escudo. Pero es un don de los dioses que tengan éxito los hombres. Antistrofa 3 CORO.— Dioses que escucháis nuestras honestas plegarias, llevadlas a término para que la ciudad salga exitosa, girando contra nuestros invasores estos bélicos males. Y que lejos de estas torres expeliéndolos, Zeus con su rayo los fulmine. MENSAJERO.— Pasaré ahora al séptimo, que sobre la séptima puerta se apuesta, tu propio hermano. ¡Qué maldiciones impreca contra nuestra ciudad, {tras escalar las torres y proclamar contra su tierra}, después de haber cantado en honor de Yacos un peán de conquista, dice que quiere encontrarse 49 Apolo, que le había concedido el don de la profecía, y, por ello, Anfiarao sabía que la expedición contra Tebas iba a ser un rotundo fracaso.

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contigo, y entonces, tras matarte, morir a tu lado, o si deja vivir a quien le ha privado de su honra, con igual castigo con un exilio que le lleve lejos, y grita a los dioses nativos de la tierra patria que vuelvan su mirada a sus súplicas y las cumplan totalmente, la fuerza de Polinices. Lleva un escudo redondo, recientemente forjado y doble emblema en él grabado: puede vislumbrarse a un guerrero armado, esculpido en oro, al que guía una mujer que le conduce con semblante prudente. Justicia afirma ser, según la divisa: «Devolveré a este hombre, y recobrará su ciudad patria y su hogar en palacio». Tales son sus maquinaciones. Determina tú mismo a quién te parece que conviene enviar, para que nunca dirijas reproches contra este hombre por sus mensajes. Decide tú mismo cómo vas a pilotar esta ciudad. (Sale el mensajero de escena.)

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ETEOCLES.— ¡Enloquecida y abominable por parte de los dioses, oh raza de Edipo mía, digna de mucho llanto! ¡Ay de mí! Hoy se cumplen las imprecaciones de mi padre. Mas ¡lejos de mí los lamentos y gemidos! No sea que generen gimoteos aún menos soportables. En cuanto al que tiene un nombre tan apropiado, a Polinices aludo, pronto sabremos de qué modo la divisa va a acabar: si lo van a acarrear a su país esas letras en oro cinceladas que deliran en su escudo con furor de su mente. Si la doncella Justicia, hija de Zeus, le hubiera acompañado siempre en sus obras y en su pensamiento, quizás hubiera sido posible. Pero jamás, ni cuando dejó las tinieblas del útero materno, ni en la niñez, ni de joven, ni al crecerle ya el bozo en la mejilla, jamás le miró la Justicia ni en modo alguno lo tuvo por digno. Ni creo que ahora, en el momento en que devasta su tierra patria, va a querer estar a su lado. O falso sería ese nombre de Justicia si se asociara con quien tiene un talante que se ha atrevido a cualquier cosa. Y confiando en esto voy a hacerle frente yo mismo. ¿Puede haber alguien, acaso, con más derecho que yo? Rey contra rey, hermano contra hermano, y enemigo contra enemigo voy a enfrentarme. Rápido, pues, tráeme las grebas, que me protejan contra lanzas y piedras.

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CORO.— No, hijo de Edipo, el más amado de los hombres, no sea tu furor igual a quien se expresa tan perversamente. Ya basta que lleguen a las manos los cadmeos con los argivos; que esta sangre puede purificarse. Mas la muerte para dos hombres hermanos, por recíproco homicidio, no, no existe envejecimiento para esta mancha. ETEOCLES.— Si alguien puede sufrir una desgracia, que sea sin deshonra, que es el único beneficio entre los fallecidos. De los infortunios y deshonras nunca existirá buena fama. Estrofa 1 CORO.— ¿Qué pretendes, hijo? ¡Que ese delirio que llena tu ánimo, sediento de lanza, no te arrastre! ¡Arranca ese inicio de tu loco deseo! ETEOCLES.— Ya que un dios apresura las circunstancias con vigor, ¡que marche50, a merced del viento, y consiga en suerte las ondas del Cocito51, esa raza que detesta a Febo, toda la estirpe que procede de Layo! Antistrofa 1 CORO.— Este deseo cruento que te carcome ferozmente te incita a cumplir una carnicería humana que tiene el fruto agrio de una sangre no lícita. ETEOCLES.— Es que la maldición de mi amado padre, odiosa y negra, †se cumple†, se posa en mis áridos ojos, sin lágrimas, declarándome que es provechoso morir antes que tarde. Estrofa 2 CORO.— Tú resiste. No se te denominará vil si aventuras por tu vida. La Erinia, con su oscura égida, saldrá de tu casa, cuando los dioses admitan de tus manos el holocausto. ETEOCLES.— Para los dioses ya no somos entes de interés en absoluto, y se mira con admiración el favor que les hacemos si morimos. ¿Por qué vamos a seguir congraciándonos aún con el hado aciago? 50 En contraste con el inicio de la tragedia, en el que Eteocles dirige, cual buen timonel, la barca del estado, ahora, como contraste, esta boga al ritmo de los vientos. 51 Famoso río del Hades.

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Antistrofa 2 CORO.— Aguanta ahora que está a tu vera, pues la deidad, con el tiempo, cambiando de designio, quizá pueda venir con viento más clemente, mientras que hoy todavía borbotea. ETEOCLES.— Es que las imprecaciones de Edipo están en plena efervescencia. Demasiado verdaderas eran las visiones fantasmagóricas de mis sueños, cuando repartían los bienes de mis ancestros. CORO.— Obedece a las mujeres, aunque te repugne totalmente. ETEOCLES.— Os permito que me insinuéis cosas que se puedan llevar a cabo, pero sin demasiadas palabras. CORO.— No camines hacia la puerta séptima. ETEOCLES.— A mí que estoy ciertamente aguzado, no me vas a embotar con tus palabras. CORO.— La divinidad valora una victoria, aun sin gloria. ETEOCLES.— Un guerrero hoplita no debe admitir estas palabras. CORO.— ¿Pero quieres cercenar la sangre de tu propio hermano? ETEOCLES.— Si los dioses nos envían desgracias, no puedes evitarlas. Estrofa 1 CORO.— Me sobrecoge con verdadero estremecimiento que la divinidad destructora de familias, tan distinta a las demás, la muy veraz profetisa de desgracias, la Erinia invocada por tu padre, haga que se cumpla la imprecación muy iracunda de Edipo de mente enferma. Y esta discordia de ahora, destructora de hijos, la está instigando. Antistrofa 1 Un extranjero les asigna los lotes, Cálibo52, emigrante de Escitia, atormentado distribuidor de las riquezas hereditarias, el Hierro de alma cruel, tras decidir, por medio de unas 52 Los cálibos eran buenos herreros e inventores del acero. Vivían en el sur del mar Negro y en este punto de la tragedia son mencionados aludiendo al «Hierro» de las armas, es decir, la espada que ha decidido la muerte de los dos hermanos.

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suertes, que ocupen cuanta tierra puedan abarcar después de muertos, sin tener parte en los inmensos llanos. Estrofa 2 Luego que hayan muerto mutuamente con sus propias manos y el polvo de la tierra haya bebido la negra, cuajada sangre de esos homicidios, ¿quién podría purificarlos? ¿Quién los lavará? ¡Oh nuevos infortunios de esta casa, que se mezclan ya con los viejos males! Antistrofa 2 Sí, me refiero a la antigua transgresión, pronto castigada, pero que en la tercera generación aún permanece firme, cuando Layo violentó la voluntad de Apolo, que por tres veces53 le había dicho en el ombligo oracular pítico54 que, muriendo sin hijos, salvaría a la ciudad. Estrofa 3 Derrotado por dulces debilidades, engendró su propia muerte al parricida Edipo, que se atrevió a echar su simiente en la sagrada tierra de su madre donde él se había criado, una raíz sangrienta. Un desvarío insano unió a los dos esposos. Antistrofa 3 Y como el piélago un oleaje de desastres aquí empuja: una ola cae y otra, de triple garra, se levanta, que también rompe en la proa de nuestra ciudad. Y en medio, este alcázar se extiende, en una anchura pequeña, como defensa. Recelo que con mis reyes nuestra ciudad sucumba. Estrofa 4 Se cumple ya de antiguas imprecaciones el oneroso desenlace, y los desastrosos [cumplimientos] no pasan de largo. La prosperidad de los hombres opulentos, cuando es demasiado acrecida, obliga a arrojar la carga por la borda. Antistrofa 4 Pues ¿a qué hombre admiraron tanto los dioses y los ciudadanos que comparten el hogar [de la ciudad] y el ágora 53 Alusión a las tres veces que Layo visitó Delfos y a las tres veces que se le vaticinó que, si tenía un hijo, éste lo mataría. 54 Adjetivo derivado de Pitón, dragón que Apolo mató para poseer el oráculo de Delfos.

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muy populosa, como entonces honraron a Edipo por haber extirpado de nuestra tierra a la Cer55 que a los hombres arrebataba? Estrofa 5 Pero, luego que el desventurado fue consciente de su triste boda, sin poder soportar su dolor, con el corazón enloquecido, llevó a cabo dobles desgracias con parricida mano, se desvió de las mejores decisiones, Antistrofa 5 contra sus hijos profirió amargas maldiciones †funestas†, indignado por su comida de antaño56, ¡ay, ay!, imprecando que ellos, con mano armada con el hierro, obtendrían ambos un día su herencia. Y ahora temo que vaya a darles cumplimiento la Erinia de raudos pies. (Entra un mensajero en escena.)

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MENSAJERO.— ¡Tened ánimo, hijas †por vuestras madres† criadas! La ciudad ha huido del yugo de la esclavitud. Han caído los alardes de esos poderosos guerreros. La ciudad está en paz y no inundaron la sentina ante tantas embestidas del oleaje. Las fortificaciones nos defendieron, y las puertas las hemos defendido con caudillos garantes de lucha singular. En lo más importante, todo va bien en seis puertas, mas la séptima el honorable señor del siete57, el soberano Apolo, para sí la eligió, cumpliendo contra la estirpe de Edipo los antiguos desaciertos de Layo. CORO.— ¿Qué nueva adversidad ha surgido todavía en la ciudad? MENSAJERO.— [La ciudad está salvada. Pero los reyes hermanos] han muerto con recíprocas manos. 55 Es decir, la deidad que producía la muerte, usado como metonímia de la Esfinge, que daba muerte y que fue vencida por Edipo. 56 Alusión al pequeño ultraje en un banquete ofrecido a Edipo por parte de sus hijos, en el que no se le sirvió lo mejor de la víctima sacrificial que le hubiera correspondido como rey. 57 Alusión al número de Apolo, divinidad que era festejada el séptimo día de cada mes.

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CORO.— ¿Quiénes? ¿Cómo has dicho? No coordino mis pensamientos ante lo horripilante de tus palabras. MENSAJERO.— Tranquilízate entonces y escucha: los hijos de Edipo… CORO.— ¡Ay de mí, desventurada! Adivina soy de infortunios. MENSAJERO.— …sin que quepa la menor duda, caídos ya en el polvo. CORO.— ¿Allí yacen ambos? Cuéntamelo, aunque sea algo insufrible. MENSAJERO.— Se han matado con sus manos hermanas. Un destino común tuvieron ambos a la vez y él ha aniquilado en verdad esta desventurada estirpe. Ante tales acontecimientos podemos tener alegría y llanto a la vez: por una parte la ciudad que ha triunfado, pero, por otra, los jefes, los dos caudillos, mediante el forjado a martillo hierro de Escitia, se distribuyeron la propiedad completa de su herencia. Obtendrán la tierra que ocupen en la tumba, impelidos desventuradamente con arreglo a las maldiciones de su padre. [La ciudad está a salvo. Pero de los dos soberanos hermanos su sangre la ha bebido la tierra por la muerte que mutuamente se han dado.] CORO.— ¡Oh gran Zeus y deidades protectoras de nuestra ciudad, que estas torres de Cadmo salvar < >!, ¿acaso he de regocijarme y de alzar mis gritos †al salvador† que ha protegido a la ciudad de todo mal? ¿O llorar a los desventurados e infaustos jefes de guerra, privados de hijos, quienes haciendo honor a sus nombres de 58 y causantes de muchas querellas59 han perecido por su irreverente vesanía? Estrofa 1 ¡Oh negra y ejecutada, sí, maldición del linaje de Edipo! Un frío espantoso me atraviesa el corazón. He compuesto para su tumba mi cántico, al oír que han muerto, de forma infortunada, esos cadáveres que chorrean sangre. De mal agüero fue este concierto de picas. 58 59

Alusión a la etimología de Eteocles. Referencia explícita, como la anterior, a la etimología de Polinices.

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Antistrofa 1 Actuó hasta cumplirse y no cejó la voz de maldición del padre. Y las desobedientes decisiones de Layo han perdurado. Mas, ahora, hay desasosiego en la ciudad: los oráculos no mueren. ¡Ay de vosotros, dignos de copiosos lamentos, inverosímil es esta obra que habéis realizado! Ya están aquí los sufrimientos, y no de palabra60. (Entran Antígona e Ismene con el cortejo fúnebre.)

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Epodo Esto sí que habla por sí solo: manifiesto es el relato del mensajero. Dobles †virilidades† infortunadas de dobles pesadumbres: estos padecimientos, estas dos muertes fratricidas que ya se han cumplido. Y ¿qué puede añadirse? ¿Qué otra cosa sino penas sobre penas, compañeras de hogar [de la casa]? Y ahora, amigas mías, seguid el viento de nuestros sollozos, y remad a uno y otro lado de la cabeza con ambas manos con golpes de remo que acompañen61, que siempre hacen cruzar el Aqueronte62, a la nave de velas negras sin aparejo, portadora de peregrinos a la tierra sin sol63, la no hollada por Apolo, que a todos acoge y es invisible. [Pero aquí llegan Antígona e Ismene para cumplir tarea bien amarga. Sin duda ellas van a recitar, creo, un treno por sus dos hermanos desde sus profundos pechos amables. Un sufrimiento merecido. Pero es honesto que nosotras, antes que su canto, entonemos el himno lúgubre de las Erinias y a continuación cantemos el detestable peán de Hades. ¡Ay, en hermanos las más infelices entre cuantas ciñen cinturón en torno a sus vestimentas! Lloro, sollozo y ningún embuste hay que impida que desde el fondo del alma un justo llanto lance.]

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Es decir, de hecho. Alusión al ritual de golpearse la cabeza en señal de duelo. 62 Río del Hades. 63 Alusión al Hades. 61

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(El coro se subdivide en dos semicoros). Estrofa 2 SEMICORO 1.— ¡Ay, ay!, necios, desobedientes a quienes os eran seres queridos, jamás desgastados ante las desgracias, habéis tomado posesión de vuestra casa mediante la fuerza, ¡desventurados! SEMICORO 2.— ¡Sí, desventurados quienes hallaron desdichadas muertes para sumir en ruina su casa! Antistrofa 2 -¡Ay, ay!, vosotros que derrocasteis los muros de vuestro hogar y una amarga tiranía conocisteis. ¡Ahora, habéis hecho las paces mediante el hierro! - La venerada Erinia de su padre Edipo, ¡cuán acertadamente se ha manifestado! Estrofa 3 - En sus flancos izquierdos lesionados, lesionados sí, en sus flancos de los mismos costados familiares < >. ¡Ay, ay, infelices! ¡Ay, ay, imprecaciones de óbitos recíprocos! - Te refieres a [una herida] de parte a parte para la casa y para los cuerpos, de varones lastimados [digo] por una ira indecible y maldita nacida del padre, por un discorde hado. Antistrofa 3 - Y cruza la ciudad este plañido, plañen las torres, plañe la llanura que a esos hombres amaba. Esperan la herencia sus epígonos, herencia por la que a los infelices surgiera un infausto destino, por la que la querella vino y, como fin, la muerte. Y se partieron por igual con su impasible espíritu la herencia en lotes iguales. Pero para el juez no faltan recriminaciones por parte de los seres queridos; que Ares no fue clemente. Estrofa 4 - Por la espada heridos así andan, y por la espada heridos los esperan (quizá se pueda afirmar) unas porciones de tumbas ancestrales. - Desde su casa los acompaña como cortejo un cruel lamento desgarrador que por sí gime, por sí pena, doloroso, enemigo del gozo, que vierte lágrimas desde un corazón que, mientras yo lloro, se consume por ambos soberanos.

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Antistrofa 4 - Puede decirse de estos desventurados que ambos hicieron, y mucho, por los ciudadanos y que diezmaron las filas de los extranjeros venidos de fuera. - Infeliz cual ninguna mujer la que los trajo al mundo, sí, de entre las hembras que son llamadas paridoras de hijos. De su hijo que tomó como propio esposo procreó a estos, y ellos así han muerto por manos que se han dado muerte entre ambos, de una misma semilla. Estrofa 5 - De una misma semilla, sí, y del todo abatidos bajo golpes no amigos en su enloquecida porfía, al final de su lucha. Se acabó ya el odio, y en una misma tierra ensangrentada ya sus vidas se han unido. ¡Ahora sí que, ciertamente, son hermanos! Amargo, el árbitro de sus disputas, el extranjero marino surgido de la llama, el afilado Hierro; y amargo el mal repartidor de bienes, Ares, que hizo verdad la imprecación paterna. Antistrofa 5 - Han obtenido su parte ya, ¡oh desventurados!, las penas que Zeus les concediera. Bajo su cuerpo tendrán una insondable cantidad de tierra. - ¡Ay, los que hicisteis prosperar la estirpe con muchas fatigas! [Con dolores a las casas] al fin, con gran grito de guerra, las Maldiciones han imprecado un acerado himno, al haber hecho evadirse este linaje. Se yergue un galardón de Ate ante aquellas puertas en que se hirieron, y, vencedor de los dos, el demon descansa. Epodo - Herido heriste. - Y tú moriste tras dar muerte. - Con la lanza mataste. - Con la lanza moriste. - Dolor propiciaste. - Dolor sufriste. - (Que mane mi llanto.) - (Que manen mis lágrimas.)

SIETE CONTRA TEBAS

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- Ante mí yaces. - Tras haber dado muerte. Estrofa 6 - ¡Ay! - ¡Ay! - Ha enloquecido de sollozos mi alma. - Mi corazón gimotea en mi interior. - ¡Ay, ay, tú, digno de todo mi quejido! - ¡Y tú, de toda desdicha! - Por un ser querido has sucumbido. - Y a un amigo diste muerte. - Doble es de decir. - Y doble de ver. - Estos desconsuelos están cerca †de tales†. - Cadáveres hermanos de hermanos. - ¡Ay, Moira dadora de penas, otorgadora de males, y augusta sombra de Edipo! ¡Negra Erinia, en verdad eres muy potente! Antistrofa 6 - ¡Ay! - ¡Ay! - Sufrimientos horribles de ver. - Trajisteis para mí al volver del destierro. - Apenas aquí llegó cuando dio muerte. - Salvado, la vida perdió. - La perdió ciertamente, sí. - al otro privó de su vida. - Funesto de decir. - Funesto de ver. - †Duelos miserables de igual nombre64.† - Sufrimientos terribles que han golpeado en tres ocasiones65. - [Funesto de decir.] - [Funesto de ver.] 64

Es decir, el de los hermanos. Las tres ocasiones a las que se refiere el texto son el asesinato involuntario de Layo, el incesto de Edipo y su madre Yocasta, así como la muerte fratricida de Eteocles y Polinices. 65

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- ¡Ay, Moira dadora de penas, otorgadora de males, y augusta sombra de Edipo! ¡Negra Erinia, en verdad eres muy potente! Epodo - Tú la conoces, pues la probaste - Y tú, pues la conociste no más tarde. - Puesto que volviste a la ciudad. - Remero de la pica contra él. - ¡Linaje desventurado! - ¡De desdichado sufrir! - ¡Ay, pena! - ¡Ay, males! - Para la casa. - Y para el país. [- Y antes que todo para mí. Y en adelante para mí.]

recibidas en templos de dioses audacias de un varón puro34. PELASGO.— Y no estáis sentadas, por cierto, junto al hogar de mi mansión. Si una ciudad se contamina en común, el pueblo debe aprestar colectivos remedios. Yo nada prometería antes de tiempo, sin antes poner a todos los ciudadanos al corriente de esto35. Estrofa 2 CORO.— Tú eres la ciudad, tú el pueblo; eres un gobernante que a juicios no se somete y posees el altar, el hogar de esta tierra; con las inclinaciones de tu cabeza como únicos votos, con el que hay en tu trono por único cetro, cumples todo tu deber; guárdate de sacrilegio. PELASGO.— Sea el sacrilegio para mis adversarios, mas no puedo socorreros sin perjuicio. Por otra parte, no sería esto propicio, despreciar estas súplicas. No sé qué partido tomar y domina mi razón el miedo: a obrar, a no obrar y a probar suerte36. Antistrofa 2 CORO.— Observa a quien desde arriba observa, custodio de mortales a muchos trabajos sometidos, que implorando a sus allegados no obtienen un juicio de ley. El rencor de Zeus Suplicante aguarda a los insensibles a las lamentaciones del sufriente. 34

Texto corrupto. Esquilo pone en boca del rey Pelasgo unos planteamientos democráticos absolutamente anacrónicos, que son rebatidos inmediatamente por las Danaides. Un correlato lo encontramos en Heródoto (III 80-82), donde es precisamente el persa Ótanes quien expone las diversas formas de gobierno, entre ellas la isonomía, es decir, el sistema democrático. 36 He aquí un elemento frecuente en las tragedias de Esquilo: la duda atormentada del héroe ante una decisión terrible. 35

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PELASGO.— Si tienen derechos sobre ti los hijos de Egipto, según la ley de la ciudad, pues dicen ser los más próximos a ti en parentesco, ¿quién querría colisionar con ellos? Has de defenderte alegando que, según las leyes patrias, no tienen ninguna autoridad sobre ti. Estrofa 3 CORO.— ¡Que no me encuentre jamás sometida a poder de varones! Me propongo, guiada por los astros, la fuga como remedio de una boda adversa. Escoge por aliada a la Justicia y juzga según el respeto a los dioses debido. PELASGO.— No es un juicio en que juzgar sea fácil; no me elijas por juez. Ya antes he dicho que no querría hacerlo sin el pueblo, por mucho que tenga poder para ello; que jamás diga el pueblo, si acaso aconteciera algún mal: «Por honrar a foráneos has destruido la ciudad». Antistrofa 3 CORO.— Consanguíneo de ambos, Zeus observa esta cuestión e inclina la balanza, ora a favor de uno, ora del otro, adjudicando como procede por sus iniquidades a los malos, por sus rectos actos a quienes están dentro de la ley. ¿Por cuál de los platillos de la balanza, si imparcialmente bajan, te remuerde la conciencia decantarte en justicia? PELASGO.— Se requiere un profundo, salvador desvelo, que a la manera de un buzo haga llegar al fondo un penetrante ojo, no en demasía embriagado; en primer lugar, para que la ciudad salga indemne de esto, y para nosotros mismos acabe bien, y ni nos atraigamos una Lucha en represalias ni, por expulsaros a vosotras, así postradas en la morada de las divinidades, nos ganemos por compañero al temible, funestísimo dios Vengador, que ni en el Hades concede la libertad al muerto. ¿Acaso no parece necesario un salvador desvelo? Estrofa 4 CORO.— Desvélate y sé, con total justicia, un valedor piadoso; no traiciones a la fugitiva, precipitada37 desde muy lejos por impíos destierros; 37 Según la lectura ੑȡȝȑȞĮȞ, y no la que ofrece West, ੑȡȠȝȑȞĮȞ, que a nuestro entender difícilmente puede dar sentido.

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Antistrofa 4 no quieras verme arrancada de estos santuarios de muchas divinidades, tú que tienes el poder supremo de esta tierra; reconoce la soberbia de los varones y guárdate del rencor. Estrofa 5 No te resignes a ver cómo, pese a la justicia, se llevan de estas divinas efigies a la suplicante, talmente una yegua, por las cintas, y cómo aprehenden nuestros damasquinados peplos. Antistrofa 5 Porque, sábelo, esto permanece en los hijos y en los palacios, sea lo que sea que construyas, pagar a Ares el debido tributo38. Medítalo: lo justo, que de Zeus proviene, prevalece. PELASGO.— Ya meditado lo tengo: aquí se ha encallado mi nave; o contra unos o contra otros es forzosamente necesario emprender una guerra encarnizada; y el casco está sujeto con clavos, como izado por marineras cabrias, y sin sufrimiento no cabe resolución ninguna. En lugar de los tesoros arrebatados de una mansión pueden conseguirse otros, por gracia de Zeus que la posesión protege, mayores que la ruina, y resarcir la plena carga; una lengua ha disparado intempestivas flechas, dolorosos dardos que el ánimo conmueven, y una palabra podría ser sanadora de otra; mas para que no haya sangre consanguínea, hay que sacrificar y abatir muchas víctimas a muchas divinidades, remedios del daño. O muy errado voy sobre esta querella; pero prefiero ser ignorante que versado en males; ojalá acabe bien, contra mi opinión. .— Escucha las conclusiones de muchas palabras en demanda de compasión. PELASGO.— Escuchándote estoy, puedes hablar; no se me escaparán. .— Llevo lazos, ceñidores, que sujetan mi peplo. .— Sin duda eso a atavío de mujeres se acomode. .— Pues bien, constituyen, sábelo, un buen recurso. 38 Según la lectura ਡȡİȚIJȓȞİȚȞ, que no es demasiado sostenible pese a haber sentado una cierta tradición. West ofrece †įȡİȚț†IJȓȞİȚȞ, por encontrarse en al menos un manuscrito, pero que carece de significado conocido.

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PELASGO.— Di cuál es ese ardid que vas a pronunciar. .— Si ninguna promesa concedes a este grupo… .— ¿Qué recurso sacas, de los ceñidores? CORIFEO.— Ornamentar estas efigies con novedosas ofrendas. PELASGO.— Enigmático es lo dicho; exprésalo con sencillez. 465 CORIFEO.— Ahorcarme de estas divinidades con la máxima premura. PELASGO.— Las palabras que escucho el corazón me flagelan. CORIFEO.— Has comprendido, porque lo he puesto claro a tus ojos. 467a .— Y no situaciones difíciles de acome470 ter. Un cúmulo de males me sobreviene, como un río; he entrado en un mar de fatalidad, sin fondo y de travesía nada fácil, y sin ningún puerto para guarecerme de las calamidades39. Pues si no cumplo este deber con vosotras, has nombrado una mácula que el tiro de un arco no alcanza; mas, en caso contra475 rio, habré de entrar en combate hasta el final, ante las murallas, con los hijos de Egipto, tus consanguíneos. ¿Cómo no ha de ser amargo el coste, que varones ensangrenten el campo a causa de mujeres? Hay que temer, sin embargo, el rencor de Zeus Suplicante; pues inspira el más grande miedo entre los 480 mortales. Tú, por tanto, anciano padre de estas doncellas, toma al punto en brazos estos ramos y colócalos en otros altares de las divinidades patrias, para que todos los ciudadanos vean una prueba de vuestro ruego, y no se desate la habla485 duría contra mí; que al pueblo gusta hacer reproches al poder. Pues acaso, si alguien siente pena al ver esto, y aborrece la soberbia de un grupo de varones, el pueblo os será más propicio; porque todos sienten benevolencia por los más desfavorecidos. 490 .— Es, con mucho, de gran valor para nosotros tener por protector a quien nos ha mostrado respeto. Mas en460

39 Las metáforas basadas en el mar y la navegación están ya presentes en la poesía lírica griega arcaica; posiblemente, una de las más conocidas y productivas es la de «la nave del estado», del poeta Alceo de Mitilene (fragmento 326 Lobel-Page).

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vía conmigo servidores y guías del lugar, para encontrar los altares ante los templos de los dioses patronos de la ciudad y los santuarios †de los patronos de la ciudad†, y que al marchar por la ciudad esté seguro. La naturaleza no es compañera de la apariencia; pues el Nilo no cría un linaje semejante al Ínaco40. Hay que guardarse de que la audacia engendre miedo; ya ha pasado que alguien matase a un amigo por ignorancia. PELASGO.— Podéis marchar, hombres; pues el extranjero dice bien. Guiadlo a los ciudadanos altares y a los santuarios de los dioses; y no hace ninguna falta pararse a charlar, con quienes os encontréis por el camino, de que conducís a este navegante a presentar su súplica a los dioses.

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(Dánao se encamina hacia la ciudad, escoltado por algunos miembros del séquito real.) CORIFEO.— A él has hablado, y que marche, pues ha recibido órdenes. Pero yo, ¿cómo obraré? ¿Dónde me otorgas confianza? PELASGO.— Deja aquí los ramos, señal de tu dolor. .— Ya los dejo, sumisa a tus palabras. .— Dirígete ahora a la parte llana del recinto sagrado. .— ¿Y cómo podría guardarme un recinto abierto? .— En verdad que no te entregaremos a rapiña de aves. .— Pero ¿y a seres más aborrecibles que malvadas sierpes? .— Sea de buen agüero lo dicho por la que piadosamente escucha. .— En verdad que no ha de extrañar nuestra desazón, por miedo en el ánimo. 40 El río Ínaco nace en los montes al oeste de Argos y fluye por la Argólide hasta desembocar al Egeo por la actual Nea Kíos, a unos 6 kilómetros de Argos y a otros tantos de Nafplio. Como personaje de la tradición mítica, Ínaco es uno de los Oceánidas, hijo de Océano y Tetis. De su unión con la oceánide Melia nacieron Ío, Fegeo, Foroneo, Micene y Egialeo.

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.— Siempre es improcedente el miedo †de los soberanos†. .— Regocija tú mi ánimo de palabra y de obra. .— No será largo el tiempo que te dejará sola tu padre. Yo marcho a convocar a las gentes del lugar, para ganarme el favor del común; y enseñaré a tu padre qué debe decir. Quédate, pues, y pide a las divinidades de esta tierra con tus preces lo que por ventura deseas obtener. Yo me iré a hacer los preparativos; que la persuasión me acompañe y la eficaz fortuna. (Pelasgo marcha, junto con su séquito, hacia la asamblea. El coro forma para entonar una plegaria a Zeus.)

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Estrofa 1 CORO.— Soberano de soberanos, el más bienaventurado entre los bienaventurados y poder el más irrevocable entre los irrevocables, Zeus dichoso, escucha mis plegarias, abomina justamente de la soberbia de varones y apártala de tu linaje; arroja a una purpúrea laguna a la fatalidad de negras bancadas41. Antistrofa 1 atiende la causa de las mujeres, y renueva la antiquísima, gozosa saga de tu amor por la mujer antepasada de nuestro linaje; evoca vivamente ese recuerdo, acariciador de Ío. Tenemos a gala ser de Zeus en cuanto al linaje, morador de esta tierra. Estrofa 2 Una vieja impronta me ha devuelto a los parajes floridos donde pastaba mi madre, sometida a vigilancia, al prado criador de bueyes, desde donde Ío, azuzada por el tábano, marcha desatinada, pasando por muchas razas de mortales; y cruzando un paso de agitadas olas42, †según era su destino,† arriba a la frontera tierra. 41 Es decir, las de los remeros. La fatalidad se equipara así a una nave, en la línea de las metáforas marineras a las que ya nos hemos referido. 42 El Bósforo.

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Antistrofa 2 Se precipita por Asia, por la tierra de Frigia donde pacen los rebaños, de punta a punta; pasa por la ciudad de Teutrante de los misios y por las cañadas lidias; y a paso vivo por los montes de Cilicia y de Panfilia, tierra y ríos de perenne fluir, país de inmensa riqueza, la tierra abundante en trigo de Afrodita. Estrofa 3 Y, con el alado boyero punzándola con su aguijada43, llega al feraz recinto sagrado de Zeus44, prado de nivales pastos –donde vienen a dar la fuerza de Tifón45 y el agua del Nilo, intacta de enfermedades–, enloquecida por indignos dolores y por los tormentos con que la aguija Hera, enardecida. Antistrofa 3 Los mortales que entonces habitaban el país se estremecieron de pálido terror en su ánimo, ante aquella visión insólita, †contemplando† a la siniestra, semihumana res, en parte vaca, en parte mujer; quedaron estupefactos ante el prodigio. ¿Y quién fue el que entonces sosegó a la miserable Ío, que tanto había errado, acosada por el tábano? Estrofa 4 El que señorea por tiempo sin fin, por el poderío de Zeus bienaventurado y por las divinas inspiraciones descansa, y derrama lágrimas de aflicción y de pudor. Mas tomando la carga de Zeus, según un relato sin engaño, engendró un hijo sin tacha, Antistrofa 4 por largo tiempo bendito; por ello toda la tierra clama: «Este es en verdad linaje de Zeus, dador de vida». Pues ¿quién podría haber apaciguado los insidiosos padecimientos impuestos por Hera? Obra fue esta de Zeus. Y si llamas a este linaje «descendiente de Épafo», aciertas. 43

Es decir, el tábano con su aguijón. El santuario de Amón, asimilado a Zeus; véase Heródoto (I 46). 45 Sobre Tifón, véase la nota correspondiente en Siete contra Tebas. Aquí se refiere al viento del desierto egipcio. 44

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Estrofa 5 ¿A qué divinidad podría razonablemente invocar por obras más rectas? nuestro padre, que por propia mano nos plantó, soberano, gran artífice del linaje, con la sabiduría de la vejez, el sumo remedio, Zeus que envía propicios vientos. Antistrofa 5 No se encuentra bajo la autoridad de nadie ni ejerce un dominio menor que el de otros más poderosos; no reverencia poderes de nadie que le esté por encima, y su obra está junto a él, tan rápida como su palabra. ¿Qué hay, de esto, que no lo traiga el ánimo de Zeus? (Aparece Dánao, procedente de la asamblea de los argivos.)

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.— Tened confianza, muchachas; que van bien las cosas por lo que a la gente de aquí atañe. El pueblo ha promulgado decretos con autoridad plena. CORIFEO.— ¡Salud, anciano, que me traes las noticias más favorables! Refiérenos lo que finalmente ha resultado, en qué dirección ha prevalecido, por mayoría, la mano poderosa del pueblo. .— Han decidido los argivos, y no con titubeos, sino rejuveneciéndome en mi viejo corazón –pues han erizado el éter las manos diestras, alzadas en masa, de quienes han aprobado este alegato–, que nosotros residamos en esta tierra, libres, sin remisión posible, y con inviolabilidad por parte de mortales; y que nadie, ni propio ni extraño, pueda apoderarse de nosotros; y si se hace uso de la fuerza, aquel de estos terratenientes que no nos ayude, que sea proscrito con destierro sancionado por el pueblo. Tal resolución ha inspirado, hablando en favor nuestro, el soberano de los pelasgos, urgiendo a no engrosar por mucho más tiempo la gran ira de Zeus Suplicante, y expresando la doble mácula, ajena y propia a la vez, que aparecida contra la ciudad le sería inconcebible pábulo de dolor. Escuchando tales palabras, el pueblo argivo decidió con sus manos, sin necesidad de heraldo, que así fuera. Escuchó el pueblo argivo sus convincentes giros retóricos; mas llevó a término Zeus el desenlace.

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(El coro de las Danaides canta en acción de gracias.) CORO.— Ea pues, hagamos por los argivos buenos votos, expiaciones de bienes; y que Zeus, protector del extranjero, en cuanto a honores de extranjera boca, considere †en verdad una conclusión en todo irreprochable46†. Estrofa 1 †Ahora, además,† dioses de Zeus nacidos, oídnos derramar plegarias sobre el linaje, que jamás el insaciable de alaridos, soberbio Ares haga de esta ciudad pelasga pasto del fuego, él que siega mortales en otros labrantíos, porque se compadecieron de nosotras, emitieron un propicio voto, y respetan a este infortunado rebaño de Zeus Suplicante. Antistrofa 1 Y no emitieron su voto con varones, desdeñando una porfía de mujeres, sino que respetaron en todo momento a quien obra como guardián de Zeus, difícilmente vencible. Ninguna mansión que lo tuviera sobre sus techumbres se vería sana; gravoso se asienta. Pues reverencian a consanguíneas suplicantes de Zeus santo; en puros altares, por consiguiente, se atraerá a las divinidades. Estrofa 2 Que revolotee, por tanto, la anhelante plegaria de nuestras umbrías bocas; que jamás una peste vacíe de varones esta ciudad; ni un extranjero47< > cubra de sangre con ingénitos cadáveres el llano de su tierra. Que quede sin podar el brote de su juventud, y el compañero de lecho de Afrodita, Ares, azote de mortales, no cercene su flor. Antistrofa 2 Y flameen para los mayores, rebosantes, las aras que a los ancianos acogen; así viva en buen gobierno la ciudad, de quieSiguiendo la lectura de Salvini, ਙȝİȝʌIJȠȞ. Según la conjetura ȟȑȞȠȢGH Havet. West mantiene la laguna en el verso, aportando las conjeturas įȩȡȣ de Mazon, ਩ȡȚȢGH Heath y ıIJȐıȚȢGH Bamberger. 46

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nes respetan al gran Zeus, supremo protector del forastero, que rige el destino con canosa48 ley. Hacemos votos para que perpetuamente nazcan nuevos custodios de esta tierra, y que la flechadora49 Ártemis vele por los alumbramientos de las mujeres. Estrofa 3 Y que ninguna calamidad asesina de varones venga a aniquilar esta ciudad, armando a la lacrimosa guerra que hace cesar las danzas y el tañido de la cítara, y al tumulto de la confrontación intestina. Y que el funesto enjambre de las enfermedades se mantenga apartado de la cabeza de los ciudadanos; que el Licio50 sea benévolo con la mocedad entera. Antistrofa 3 Y que Zeus haga a la tierra fructífera con cosecha en toda estación; que las reses que en sus dehesas pacen sean fecundas; y que todo retoñe por causa de los divinos poderes. Y que los aedos interpreten en los altares a la biensonante musa; que sus santas bocas emitan el canto que a la lira acompaña. Estrofa 4 Que el pueblo soberano, que rige la ciudad –previsor gobierno, que por el procomún vela–, guarde las dignidades para los ciudadanos; que den a los extranjeros, antes de que la guerra se arme, conciliadoras reparaciones, sin perjuicios. Antistrofa 4 Que quienes poseen tierra veneren siempre a las divinidades del país con las honras ancestrales, sacrificios de bueyes portadores de laureles; esto, por su parte, el respeto de los genitores, ha sido inscrito en tercer lugar entre los preceptos de la honorabilísima Justicia.

Traducción literal de ʌȠȜȓ૳Ȟȩȝ૳; vale aquí por «venerable». Epíteto tanto de Ártemis como de su hermano Apolo. 50 Una de las advocaciones de Apolo. 48 49

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(Dánao ha subido de nuevo a la colina; avizora el mar, y se dirige a las Danaides.) .— Apruebo, hijas mías, estos prudentes votos; mas no tembléis al escuchar de vuestro padre estas inesperadas nuevas. Veo, en efecto, desde esta atalaya que a suplicantes acoge, la embarcación; pues, ostentosa, no me pasan inadvertidos los aparejos del velamen ni las empavesadas de la nave ni la proa que por delante mira con sus ojos51 la ruta, obediente a la rueda del timón de la parte trasera del navío, demasiado a punto para quienes no lo tienen por amigo; y los varones del bajel se distinguen por los brunos miembros que dejan ver sus blancas vestiduras. También las restantes naves y toda la flota auxiliar son notorias; mas esta, la capitana, ha plegado velas cerca de tierra y rema con enorme estrépito. Pero debéis atender a este asunto con tranquilidad y discreción, sin descuidar a estas divinidades; yo acudiré con defensores que me asistan. Porque tal vez venga algún heraldo o una embajada, con intención de llevárseos, ejerciendo el derecho de aprehensión. Pero nada de eso ocurrirá; no tembléis ante ellos. Sería mejor, , si nos demoráramos en el auxilio, que ni por un momento olvidarais este amparo. Coraje; con el tiempo, en el día señalado, pagará su pena aquel mortal que a las divinidades desprecia. Estrofa 1 CORIFEO.— Tengo miedo, padre; las naves llegan veloces como si alas tuvieran; no hay extensión de tiempo entremedias. Un temor espantoso me domina; en verdad, ¿de qué me ha servido errar en fuga por tantos caminos? Estoy aterrorizada, padre. .— Ya que el voto de los argivos es definitivo, hija, ten confianza; lucharán por ti, yo lo sé seguro. Antistrofa 1 .— Execrable es la lujuriosa estirpe de Egipto y ávida de combate; y lo digo a quien lo sabe. Con naves de 51 No se trata de una metáfora; era habitual pintar ojos en las proas de las embarcaciones.

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cerúleo52 semblante y compactas cuadernas han surcado el mar en tan rápido zumbido, al frente de un numeroso, bruno ejército. Estrofa 2 .— Pero encontrarán a muchos, de brazos bien forjados por el fervor de mediodía53. .— No me dejes sola, padre, te lo imploro; una mujer sin compañía no es nada; carece de ardor guerrero. Dañosos y taimados, como cuervos de impuro espíritu, nada les importan los altares. Antistrofa 2 .— Bien nos convendría eso, hija, si se hicieran odiosos a ti y a los dioses. .— Como no temen estos tridentes ni respetan a los dioses, no mantendrán su mano apartada de nosotras, padre. Arrogantes en extremo, airados en un furor impío, insolentes como perros, nada saben de dioses. .— Pero es fama que los lobos son más fuertes que los perros; el fruto del papiro no prevalece sobre la espiga54. .— Como su cólera es la de vanas e indignas bestias55, hay que guardarse de su †poder†. .— Por cierto que no es rápido el apresto de una fuerza naval, ni el amarre, ni llevar la seguridad de maromas hasta tierra; ni en los anclajes se confían al punto los pastores de navíos, sobre todo viniendo a una costa sin puertos hacia la noche, cuando el sol se está poniendo; gusta a la noche parirle sufrimientos a un timonel prudente. Así, el ejército no podría desembarcar con bien antes de que la nave se afirme en 52 En griego țȣĮȞȫʌȚįİȢ; las proas de las naves solían pintarse de azul oscuro, y sobre este los ojos, como se ha dicho, para darles una apariencia de rostro. 53 Es decir, morenos por el sol, como corresponde a varones; las mujeres, recluidas en el gineceo, se caracterizaban por la blancura de su piel. Así, el epíteto homérico de Hera es ȜİȣțȫȜİȞȠȢ, «la de blancos brazos». 54 Símbolos, respectivamente, de egipcios y griegos; aquellos comían la parte tierna del tallo de papiro, más cercana a la tierra. 55 Siguiendo, con una cierta libertad, la lectura de Dindorf, ੑȡȖ੹Ȣ ਥȤȩȞIJȦȞ.

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su amarre. Tú, aunque estés aterrada, preocúpate de no descuidar a los dioses; una vez haya conseguido socorro. La ciudad no hará reproches a un mensajero, anciano, mas en la flor de la edad por su elocuente espíritu.

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(Dánao vuelve a marchar hacia la ciudad, a pedir auxilio.) Estrofa 1 CORO.— ¡Ay montuosa tierra, justo objeto de veneración! ¿Qué habremos de padecer? ¿A qué lugar del país apio huiremos, si hay en algún sitio un oscuro escondrijo? ¡Ojalá nos hiciéramos negro humo, que es vecino de las nubes de Zeus! ¡Ojalá, como el polvo, por completo oculto, invisible volador sin alas, pereciéramos! Antistrofa 1 Ya no existiría ningún mal del que huir; mas palpita, prieto, mi corazón. Las vigías de mi padre se han apoderado de mí; estoy muerta de miedo. Quisiera que mi suerte fuera el dogal de los condenados a la soga, antes que me rozara la piel un varón execrable; primero muerta y que Hades fuera mi señor. Estrofa 2 ¿De dónde obtendría el trono del éter, ante el cual las acuosas nubes se tornan nieve, o una resbaladiza, escabrosa roca buitrera, suspendida en soledad, imposible de avistar, que me atestiguara una honda caída, antes que encontrarme en un amargo matrimonio, por fuerza del corazón? Antistrofa 2 Y no me niego a ser, después, presa de los perros y cena de las aves del lugar; pues morir libera de atroces males. Que sobrevenga ese destino, antes que el nupcial lecho56. ¿Puedo discurrir aún alguna vía de escape, que me libere de la boda? 56 En el planteamiento de Suplicantes no queda claro si las Danaides se niegan a la boda por ser primas de sus futuros maridos y por evitar ese enlace incestuoso, o si rehúsan el contacto con varones en general. Este pasaje parece decantarse por la segunda posibilidad.

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Estrofa 3 †Grita un vaticinio†, celestiales cantos de súplica a dioses y , y de algún modo se me habrán de cumplir, resonantes, disolviendo el matrimonio. Contempla, padre, los actos violentos, justamente, con ojos no amistosos; respeta a tus suplicantes, amo todopoderoso de la tierra, Zeus. Antistrofa 3 , en efecto, el masculino linaje de Egipto una insoportable soberbia; me han perseguido a la carrera y, fugitiva, pretenden capturarme con vanas ruidosas acciones, por la fuerza. Pero tuyo es, en último término, el yugo de la balanza. Sin ti, ¿qué ven cumplirse los mortales? (Ven, inquietas, cómo se aproxima un destacamento egipcio. Inician un movimiento de retirada hacia los altares, indecisas.)

.— ¡Oh, oh, oh, ah, ah, ah! He aquí el raptor 825 826a- [...] por mar [...] por tierra [...] 57. 826b .— ¡Ojalá enfermaras antes, raptor! ¡Ay!, [...] 830 desembarcando enseguida [...] lanzo un grito de desdicha; 835

veo estos preludios de violentos dolores para mi valedor. ¡Ay, ay! Ve, marcha a resguardo. El salvajismo gallea, insoportable por mar y por tierra; soberano de la tierra, hazle frente. 57 La atribución de estos versos a los Egipcios se debe a una conjetura de Merkelbach; el manuscritoȈ y la mayor parte de ediciones los atribuyen a las Danaides. Por otra parte, todo el pasaje se encuentra especialmente corrupto y mutilado; además, los egipcios y en particular su Heraldo utilizan un estilo deliberadamente extraño, e incluso ininteligible en algún punto; la poesía dramática caracteriza al extranjero, bien haciéndole pronunciar palabras sin sentido que recuerdan fonéticamente a su lengua –recuérdese, en Aristófanes (Acarnienses 100), la intervención de Pseudoartabas, ੉ ਕȡIJĮȝȐȞİ ȄȐȡȟĮȢ ਕʌȚȐȠȞĮıȐIJȡĮ–, bien poniendo una dificultad notoria en su griego, algo así como, por poner un ejemplo contemporáneo, los alemanes convencionalmente caracterizados en el cine por hablar inglés con exagerado acento. Véase Luis Merino Jerez, «Imágenes de los persas en la literatura grecolatina», Norba. Revista de Historia 16 (1996-2003), pp. 167-180, y Andreas Willi, «Old Persian in Athens Revisited (Ar. Ach. 100)», Mnemosyne 6 (2004), pp. 657-681.

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(Aparece un heraldo egipcio, acompañado de gente armada; persiguen a las Danaides, que huyen hacia los altares.) .— ¡Deprisa, deprisa, a la galera a paso vivo! ¿O acaso, acaso, habrá tirones de pelo, tirones y punzadas, y sangriento, mortífero corte de cabezas? ¡Deprisa, deprisa, perdidas estáis, †perdidas estáis, al navío!†. Estrofa 1 .— ¡Ojalá hubieras perecido por el salado paso de muchas corrientes, con tu prepotente insolencia y tu claveteado madero! .— Te voy a arrojar al barco ensangrentada. Calma, pues, y depón tu actitud. Deja de gritar, te lo ordeno. Deseo y †ceguedad para el espíritu† †Oh† Deja esa grada, y vete al madero, impía, muéstrate piadosa para con la ciudad. Antistrofa 1 .— ¡Nunca vuelva a ver el agua cebadora de bueyes58, que hace florecer y robustece en los mortales la sangre vivífica! .— Un guerrero yo, de hondo abolengo, †de pedestal de pedestal anciano†59. Mas tú entrarás al punto en la nave, en la nave, tanto si quieres como si no. A mucho fuerza la fuerza; pasajero . Marchad [†... ... ...†] Estrofa 2 CORO.— ¡Ay, ay! Sí perecieras, pues, sin ningún socorro, por el recinto del crespo mar, frente al promontorio de Sarpedón60, abundante en arena, errante, a merced de las brisas de Siria. HERALDO.— Os ordeno ir muy presto a la cabeceante galera; y que ninguna se entretenga, pues el tirón para nada respeta el rizo. 58 Hemos preferido mantener la traducción literal de este epíteto, ਕȜijİ ıȓȕȠȚȠȞ, que puede traducirse como «que trae prosperidad». 59 La mayor parte de ediciones atribuyen estos versos al Coro. 60 Promontorio de la costa de Cilicia, al oeste de la desembocadura del río Calicadno; hoy en día Lissan-el-Kahpe, en Siria. La Paz de Apamea (188 a.C.) lo estableció como frontera entre seléucidas y lágidas.

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Antistrofa 2 .— ¡Ay, ay! En afrentas [...] te regodeas. ¡Ojalá el gran Hado devore al insolente, aniquilado por la fatalidad! HERALDO.— Grita, chilla e invoca a los dioses; que no escaparás a la egipcia galera. {Grita y clama} †Más amargo que los sufrimientos con nombre de aflicción.† Estrofa 3 CORO.— ¡Ay, ay, padre, es en vano el socorro de una efigie! Por la fuerza al mar se me lleva, paso a paso, como una araña, una visión, una visión negra. ¡Qué desgracia, qué desgracia, por la Tierra, por la Tierra †un grito†, aleja este horror; oh rey Zeus, hijo de la Tierra! HERALDO.— No temo a las divinas fuerzas de aquí; pues ni me nutrieron, ni envejeceré en su nutrimento. Antistrofa 3 .— Se me acerca enfurecida una bípeda serpiente; una víbora [...] una mordedora bestia [...]. ¡Qué desgracia, qué desgracia, por la Tierra, por la Tierra †un grito†, aleja este horror; oh rey Zeus, hijo de la Tierra! HERALDO.— Si alguna no va hacia la nave, si a ello no se resigna, sin compasión se le desgarrará el labrado de la túnica. Estrofa 4 CORIFEO.— ¡Ay adalides, principales de la ciudad, me someten! HERALDO.— Parece que os arrastraré a tirones de cabellera, pues no obedecéis con presteza mis palabras. Antistrofa 4 .— Perdidas estamos; nos vemos, soberano, sumidas en desesperación. .— En breve veréis a muchos soberanos, a los hijos de Egipto; tranquilas, que no os quejaréis de desgobierno. (Llega a la carrera el rey de los argivos, con una escolta armada.)

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PELASGO.— ¿Qué estás haciendo tú? ¿Con qué propósito ultrajas esta tierra de los varones pelasgos? ¿Crees, acaso, que vienes a una ciudad de mujeres? Para ser bárbaro, sobre-

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manera injurias a los griegos; nada hace tu ánimo a derechas, y mucho yerra. HERALDO.— ¿Y, de esto, en qué he obrado sin derecho? PELASGO.— Primero, en no tener presente que eres un extranjero. HERALDO.— ¿Cómo que no? Encuentro lo que se me había perdido y me lo llevo. PELASGO.— ¿Y a qué valedores de este lugar te has aclamado? HERALDO.— A Hermes, el más grande de los valedores, sagaz en las búsquedas. PELASGO.— Aunque a los dioses te aclames, nada honras a los dioses. HERALDO.— A las fuerzas divinas del Nilo honro. PELASGO.— Las de aquí nada son, según yo te oigo. HERALDO.— Pienso llevarme a estas mujeres, si nadie me las arrebata. PELASGO.— No tardarás mucho en derramar lágrimas, si las tocas. HERALDO.— Lo he oído; tus palabras no son en absoluto hospitalarias. PELASGO.— Porque no tengo por huéspedes a los expoliadores de los dioses. HERALDO.— Eso he de ir a decírselo a los hijos de Egipto. PELASGO.— No ha de rumiarlo en absoluto mi pensamiento. HERALDO.— Mas, para saberlo y referirlo con más certeza –pues, como heraldo, he de comunicarlo claramente y punto por punto–, ¿cómo, quién diré, al llegar, que me ha arrebatado al grupo de primas? Sin duda Ares no juzga esto por testigos. Este pleito no lo resuelve cobrándolo en plata; antes tienen lugar muchas caídas de varones y expulsiones de la vida. PELASGO.— ¿Por qué he de decirte mi nombre? A su tiempo serás sabedor, tú y tus compañeros de viaje. A estas mujeres, podrías llevártelas por su voluntad y con buena disposición de su ánimo, si las persuadiera una pía razón: [. . . . . . . .] Tal ha sido la decisión de la ciudad, por unánime votación del pueblo: no entregar jamás por la fuerza a un grupo de mujeres. De esto, honda se clava la escarpia, de parte a parte, para que fijo quede. Esto no queda inscrito en tablillas, ni sellado en

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pliegues de papiros, sino que claro lo escuchas de una lengua libre en sus palabras. Vete de mi vista tan rápido como puedas. .— Parece que ya hemos emprendido una nueva guerra; los varones tengan la victoria y el poder. .— Por cierto que encontraréis a los varones habitantes de esta tierra, que no beben vino de cebada61. (El heraldo y la tropa egipcia abandonan el lugar, y el rey de los argivos se dirige a las Danaides.)

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Y todas vosotras, con vuestras sirvientas, marchad en confianza a la bien cercada ciudad, cerrada por torres de honda fábrica. Muchas son las mansiones públicas, y yo ocupo una, con mi no pequeña corte, donde tenéis dispuestas estancias para alojaros junto con mucha más gente; pero si así lo preferís, también podéis residir en aposentos independientes. De estos, disponéis de los mejores y más agradables, escoged. Os amparamos yo y todos los ciudadanos, cuyo voto así se cumple. ¿Qué esperas con más autoridad que estos? CORO.— A cambio de estos bienes, pues, que los bienes te cubran, magnífico entre los pelasgos; que tu benignidad haga venir aquí a nuestro padre, al valeroso Dánao, previsor e inspirador; pues prevalece su sensatez, sobre qué moradas debemos habitar. y un lugar propicio. Todos están dispuestos a vituperar a los que hablan una lengua extraña; que sea lo mejor. Con la fama honorable y sin ira de las gentes de esta tierra. (Sale el rey de los argivos.) Formad, queridas sirvientas, tal como Dánao nos asignó por dote una servidora a cada una. (Llega Dánao, con una escolta armada.)

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.— Hijas, hay que elevar preces por los argivos, y dedicarles sacrificios y libaciones como a los dioses olímpicos, pues han sido, sin vacilar, nuestros salvadores. De mi boca han escuchado los hechos relativos a nuestros parientes, con amargu61 La bebida obtenida del cereal caracteriza a los egipcios, frente a los griegos, que beben vino.

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ra para los primos; y me han asignado estos acompañantes que blanden lanzas, para que tenga un digno privilegio, y no muera, desprevenido, por un hado que a lanza mata, sin defensa, y sea una perpetua carga para el país, más digna que yo. Si tanto hemos obtenido de un extremo espíritu, honrar el favor [...]. E inscribidlo junto con muchos otros preceptos escritos por vuestro padre: que una gente desconocida62 se pone a prueba con el tiempo; en el caso de un meteco63, todos llevan dispuesta una mala lengua, y es fácil decir algo oprobioso. Y os animo a no avergonzarme, pues estáis en esa edad que suscita admiración entre los mortales. Un dulce fruto maduro no es de guarda nada fácil; las fieras lo acometen, y también, por qué no, los mortales. Y proclama Cípride64 que las criaturas aladas y pedestres destilen frutos, pues hace hervir, enloqueciéndolo de deseo, lo que aún no está en sazón, y todo aquel que pasa, vencido por el ansia, dispara el hechicero arco de sus ojos contra los delicados encantos de las doncellas. Que no nos pase eso por cuya causa mucha fatiga, mucho mar ha surcado nuestro madero; ni forjemos vergüenza para nosotros, y placer para nuestros enemigos. Hay dos moradas posibles –una la concede Pelasgo, otra la ciudad– de vivir sin gravamen; fácil lo ponen. Guardad sólo este mandato de vuestro padre, estimar la discreción más que la vida. CORIFEO.— Que en lo demás nos concedan la dicha los olímpicos dioses, pues por nuestro fruto, padre, puedes estar bien tranquilo. Porque, si algo distinto no han proyectado los dioses, no he de apartarme del anterior rastro de mi ánimo.

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(Marcha Dánao, y sus hijas se disponen a dirigirse también a la ciudad.) Estrofa 1 CORO.— Venid, pues, y demos lustre a los bienaventurados dioses, a los soberanos de la ciudad y a aquellos que la 62

Según la lectura de Schwerdt. Se denominaba «meteco» al extranjero libre residente en una ciudad que no era la suya. 64 Afrodita. Véase la nota correspondiente en Siete contra Tebas. 63

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protegen, los que habitan alrededor del viejo torrente del Erásino65. Dejaos llevar por la música, compañeras; elevad una alabanza a esta ciudad de los pelasgos; y no honremos ya con nuestros himnos a las desembocaduras del Nilo, Antistrofa 1 sino a los ríos que, prolíficos, esparcen a través del país la amorosa bebida, regocijando su suelo con untuosos torrentes. Que la pura Ártemis vele por nuestro grupo, compadecida, y no llegue por la fuerza el desenlace de la Citerea66; sea este un estigio premio67. Estrofa 2 .— Mas no descuida a Cípride esta propicia tonada: pues su poder, junto con Hera, está muy cercano al de Zeus y, divinidad de muchos ardides, es venerada por sus respetables actos; y mancomunados con su madre se encuentran el Deseo y la seductora Persuasión, a quien nada se le niega; también se ha concedido a Afrodita la estima de Harmonía y las susurrantes veredas de los amores. Antistrofa 2 Mas temo de antemano vientos contrarios a las fugitivas, funestos dolores y sangrientas guerras. ¿Por qué han hecho una buena singladura, con celéricas persecuciones? Lo que ha de suceder, acontecer puede; el grande, ilimitado espíritu de Zeus es infranqueable; con muchas bodas anteriores, este puede ser el fin de estas mujeres.

65 Río de la Argólide, que nace en la zona hoy llamada Kefalari, al oeste de Argos, y fluye hacia el sudeste, hasta desembocar en el Egeo entre Mili y Lerna. Se denominaba también Estinfalo, porque según la tradición antigua nacía en el lago de ese nombre; véase Heródoto (VI 76). 66 Epíteto de Afrodita, por ser la isla de Citera un importante centro de su culto. 67 El adjetivo ȈIJȪȖȚȠȢremite, sin duda, a la laguna Estigia, la que atraviesan las almas de los muertos en la barca de Caronte para llegar a las puertas del Hades. Tiene, pues, el significado de «letal»; pero está relacionado con el verbo ıIJȣȖȑȦ, «odiar, aborrecer»; significaría, así, «odioso, aborrecible».

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Estrofa 3 .— ¡Que el gran Zeus aparte de mí un matrimonio de egipcia estirpe! .— Eso sería lo mejor 68. .— Tú puedes aplacar a un implacable. .— Y tú no conoces el futuro. Antistrofa 3 .— ¿Cómo he de examinar el espíritu de Zeus, presencia insondable? .— Pronuncia ahora un moderado voto. .— ¿Qué adecuada proporción me enseñas? .— No exaltar en exceso los actos de los dioses. Estrofa 4 .— Que Zeus soberano me prive de una malhadada boda con mal marido, él, que libró a Ío del sufrimiento, tomándola con sanadora mano, ejerciendo una benigna violencia. Antistrofa 4 Y asigne el poder a las mujeres. Con lo mejor del mal y los dos tercios69 me contento. Y que †lo justo al juicio† siga con nuestras plegarias, por los liberadores artificios de la divinidad. (Abandonan todos la escena.)

68 Adviértase que, en sus intervenciones –que otras ediciones atribuyen a las sirvientas de las Danaides–, los argivos intentan conciliarse a Afrodita, por si las Danaides, al renunciar a sus favores, cometieran hýbris. 69 Es decir, el mal menor y los dos tercios de la felicidad completa, que sería no haber tenido que huir de Egipto.

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PERSONAJES DEL DRAMA Fuerza Violencia Hefesto Prometeo Coro de Oceánides Océano Ío Hermes LA ESCENA: Representa un lugar abrupto donde entran Fuerza y Violencia, que llevan preso a Prometeo, con la compañía de Hefesto. Se detienen frente a un peñasco para aherrojar a Prometeo.

FUERZA.— Hemos llegado a esta alejada región de la tierra, a la frontera escítica, a este páramo jamás pisado por seres humanos. Hefesto, conviene que te ocupes de cumplir las órdenes que tu padre te impuso, atar a este malvado en estas elevadas rocas con irrompibles grilletes de cadenas de acero. Pues tu flor, el esplendor del fuego1, de donde surgen todas las artes, tras robarlo, se lo ofreció a los mortales. Es necesario que, por este delito, pague su pena a los dioses, para que aprenda a someterse a la realeza de Zeus y a deponer su talante filantrópico. HEFESTO.— Fuerza y Violencia, el mandato que Zeus os ha dado ya está cumplido y nada os detiene. Mas a mí me falta audacia para atar a un dios pariente mío2, por la fuerza, en este borrascoso farallón; preciso es que tome coraje para ello, porque es gravoso demorar las órdenes de mi padre. (Se dirige a Prometeo.) ¡Oh tú, el de aguda inteligencia, hijo de Temis –correcta consejera– contra tu voluntad y contra la mía, voy a clavarte 1 Hefesto es el dios del fuego, y en consecuencia de la forja. Como herrero de los dioses, se ocupa de fabricar tanto las flechas de Apolo y Ártemis como los rayos de Zeus. 2 Prometeo es tío segundo de Hefesto.

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en esta roca yerma con broncíneos grilletes, imposibles de deshacer, donde ni voz ni forma ninguna de mortales verás, sino que, abrasado por la refulgente llama del sol, verás marchitada la flor de tu piel! Y para tu gozo, la noche, con su estrellado peplo, te ocultará la luz, y el sol de nuevo fundirá la escarcha del alba. Mas la aflicción del mal presente siempre te agotará, pues aún no ha nacido el que te ha de liberar3. ¡Esto tú te lo has buscado por tu actitud filantrópica! Tú, un dios que, sin arredrarte ante la cólera de los dioses, has otorgado a los mortales unos honores más allá de lo justo. A cambio, habrás de velar en este áspero peñasco, de pie, en insomnio, sin doblar la rodilla. Muchos lamentos y gemidos proferirás en balde, pues el corazón de Zeus es inclemente y es feroz todo aquel que ocupa el poder desde hace poco. FUERZA.— Mas, ¿por qué vacilas y en vano te compadeces? ¿Por qué no abominas del dios que resulta más odioso a los dioses, del que regaló a los mortales tu privilegio4? HEFESTO.— Recio es el lazo que nos une, tanto de parentesco como de trato. FUERZA.— ¡Estoy de acuerdo! Mas desoír las palabras de tu padre, ¿cómo es posible? ¿No te causa más miedo? HEFESTO.— Siempre has sido un ser inclemente y lleno de atrevimiento. FUERZA.— De nada sirve gemir por él; no te esfuerces en vano por cosas que no van a servir de nada. HEFESTO.— ¡Ay oficio mío de artesano, cuán odioso me eres5! FUERZA.— ¿Por qué lo imprecas? Pues de tus desgracias presentes, en una palabra, no tiene culpa alguna tu oficio. HEFESTO.— ¡Ojalá a otro le hubiese tocado en suerte! FUERZA.— Todo lo que no sea mandar sobre los dioses resulta arduo; nadie es libre, salvo Zeus. HEFESTO.— Ya lo sé, y nada tengo que objetar. FUERZA.— ¿No te afanas a ponerle las cadenas, para que el padre no te vea inactivo? 3

Es decir, Heracles, de quien Prometeo es también tío segundo. Alusión explícita al fuego. 5 El de herrero; cfr. nota 1. 4

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HEFESTO.— En mis manos puedes ver ya los hierros. FUERZA.— Átale ahora los brazos, golpea con el martillo, con fuerza, y clávalo a las rocas. HEFESTO.— (Realiza dicha tarea.) Ya está concluida mi labor, y no en vano. FUERZA.— Golpea de nuevo, aprieta, de ningún modo aflojes, pues es hábil para encontrar escapatoria incluso de situaciones difíciles. HEFESTO.— El codo ha quedado asegurado, y ya no podrá liberarse. FUERZA.— Y el otro, sujétalo también fuertemente, para que se entere de que, a pesar de ser sabio6, es más necio que Zeus. HEFESTO.— Nadie excepto él puede tener derecho a censurarme. FUERZA.— Pues ahora sujétale fuertemente el pecho, de costado a costado, con una dura mandíbula acerada en forma de cuña. HEFESTO.— ¡Ay, ay, Prometeo, por tus penas gimo! FUERZA.— Tú dudas y gimes por los enemigos de Zeus. ¡Ojalá no tengas que lamentarte, algún día, por tu persona! HEFESTO.— (Mirando a Prometeo.) ¿Contemplas una visión que a tus ojos ver aterra? FUERZA.— Veo cómo este está encontrando lo que se merece. Pero abrázale con cinchas ambos costados. HEFESTO.— Es necesario hacerlo, pero no me apremies en exceso. FUERZA.— Te he de apremiar y aún urgirte. Anda, baja y sujétale con fuerza las piernas. HEFESTO.— Ya está hecha la tarea, y sin demasiado esfuerzo. FUERZA.— Golpea ahora con fuerza los lacerantes grilletes, que quien va a juzgar tus tareas es implacable. HEFESTO.— ¡Tu lengua habla de modo semejante a tu figura! FUERZA.— Tú ablándate, mas no me reproches mi firmeza y la aspereza de mi carácter. 6 Traducción literal de ıȠijȚıIJȒȢen sentido peyorativo, habida cuenta de que los sofistas ya eran mal considerados por sus coetáneos como embaucadores y poco servidores de la verdad.

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HEFESTO.— Marchemos, pues una red envuelve sus miembros. FUERZA.— Sé ahora insolente y robando a los dioses sus privilegios entrégaselos a los fugaces mortales. ¿Son los mortales capaces de aligerarte estos padecimientos? En falso te llaman Prometeo las deidades, pues a ti mismo te falta previsión7 para ver cómo huyes de este ingenio. (Fuerza, Violencia y Hefesto abandonan la escena.)

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PROMETEO.— ¡Oh divinal éter, vientos de raudas alas, fuentes de los ríos, innúmero reír de las olas del mar, tierra madre de cuanto existe y esfera del sol que todo lo ve, os invoco! Ved qué padecimientos me deparan los dioses a mí, un dios. (Prometeo canta.)

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¡Mirad con qué torturas, destrozado, he de luchar tormento penoso, por espacio de años infinitos! Pues tal es la horripilante cadena que contra mí inventó el joven caudillo de los bienaventurados8. ¡Ay, ay! Lloro por el mal presente y futuro. ¿Cuándo ha de cumplirse el final de mis penas? (Hablando.)

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Pero ¿qué digo? Mucho antes conozco con exactitud todo lo que me espera y ningún daño imprevisto puede sorprenderme. El destino que tengo asignado he de soportarlo lo más fácilmente que pueda, porque sé cuán invencible es la fuerza del hado. Mas ni callar ni no callar estas desventuras me es posible: por haber dado un don a los mortales, en efecto, esta necesidad me subyuga, infortunado; pues sí, dentro de una 7 Prometeo, en griego ȆȡȠȝȘșİȪȢ, es decir, el prefijo ʌȡȩy un sustantivo de la misma raíz del verbo ȝĮȞșȐȞȦ, significa literalmente «el que conoce de antemano», es decir, «previsor». 8 Alusión a Zeus, nuevo rey de los dioses olímpicos –los bienaventurados–, tras derrotar a su padre Cronos.

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rama de férula robé la fuente secreta del fuego, que maestra se ha mostrado de toda arte para los mortales y gran recurso. Y así pago mi castigo por estas faltas, clavado con estas cadenas y a la intemperie. (Canta de nuevo. Se oye, a lo lejos, un leve rumor.) ¡Ah, ah! ¿Qué murmullo, qué aroma invisible me ha llegado revoloteando? ¿Procede de un dios, de un mortal o de un ser mezcla de ambos? ¿Se ha dirigido a este peñasco del fin del mundo, a contemplar mis desdichas?, o ¿qué quiere? Ved a este dios encadenado: un dios desventurado, ved al enemigo de Zeus, al que llegó a ser odioso para todos los dioses admitidos en el alcázar de Zeus, por mi mucho amor hacia los hombres. ¡Ay, ay! ¿Qué rumor de aves siento junto a mí? Hay en el éter ligeros silbos de alas. ¡Todo lo que se me acerca me causa pavor!

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(Se acercan las Oceánides en un carro alado.) Estrofa 1 CORO DE OCEÁNIDES.— No temas; pues esta es una bandada amiga, que se ha aproximado a esta roca, rivalizando con veloces alas, tras haber convencido, con esfuerzo, el ánimo paterno; las apresuradas auras me han traído aquí. Pues el eco del batido acero penetró hasta el seno de mi gruta y sacudió mi tímido pudor lejos de mí. Y descalza, salí presurosa en mi carro alado. PROMETEO.— ¡Ay! ¡Ay! ¡Hijas de Tetis9, la muy fecunda, y del que gira alrededor de la tierra con su insomne corriente,

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140 9 Hija de Urano y Gea –es decir, del Cielo y de la Tierra–, Tetis es una de las Titánides, hermana y esposa de Océano y madre de los Oceánidas, es decir, los principales ríos que los griegos conocían, y de las Oceánides, divinidades femeninas de las aguas, cada una de las cuales estaba particularmente relacionada con un lago, río o fuente; Hesíodo (Teogonía 346 ss.) las cifra en 3.000, de ahí el epíteto «fecunda» de Tetis. No debe confundirse a esta con su nieta, la nereida madre de Aquiles; las grafías griegas son distintas, ĬȑIJȚȢ la nereida yȉȘșȪȢ la titánide.

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hijas del padre Océano, miradme y contemplad con qué cadena estoy aquí sujeto en los riscos más altos de este farallón, cómo he de hacer una guardia que nadie envidiaría. Antistrofa 1 CORO.— Viéndote estoy, Prometeo, y una niebla horrible ha cubierto mis ojos, llena de lágrimas, al ver tu cuerpo, clavado en esta roca, con estas vergonzantes ataduras de acero. Pues nuevos timoneles10 se han adueñado del Olimpo, y con nuevas leyes Zeus gobierna a su arbitrio; y los gigantes de ayer ahora han desaparecido. PROMETEO.— ¡Ojalá me hubiese arrojado bajo la tierra, al fondo del Hades, acogedor de muertos, al Tártaro ilimitado, después de haberme sujetado violentamente con indestructibles grilletes! Así, ni un dios ni nadie se alegraría ahora con mis cuitas; en cambio, soy juguete de los vientos, infeliz de mí, y objeto de befa para mis enemigos. Estrofa 2 CORO.— ¿Quién de los dioses es de corazón tan duro como para gozarse ante esto? ¿Quién no se compadece de tus males, aparte de Zeus? Este, conservando eternamente su rencor, manteniendo su mente indomable, somete a la estirpe de Urano11, y no se detendrá hasta que haya saciado su corazón o que alguien, con mano astuta, le arrebate su poder inexpugnable. PROMETEO.— Aún hallándome en poderosos cepos atormentado, tendrá necesidad de mí el rey de los bienaventurados, para que le revele el nuevo designio por el que será desposeído de cetro y honores. Y a mí no me seducirá ni con dulces encantamientos de su persuasiva lengua ni tampoco yo se lo relataré, asustado ante sus duras amenazas. ¡Antes ha de liberarme de estos atroces grillos y habrá de querer pagar la pena por este agravio! Antistrofa 2 CORO.— Tú eres temerario y no cedes jamás en medio de amargas aflicciones, y tienes una lengua excesivamente osa10 11

Se refiere a Zeus y a los restantes dioses olímpicos. Prometeo es hijo del titán Jápeto, quien a su vez lo es de Urano.

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da; mas mis entrañas ha estremecido un penetrante terror, y temo por tu suerte y por el modo en que, algún día, habrás de llegar a buen puerto para ver el fin de estas penas, porque el hijo de Cronos12 tiene un inaccesible carácter y un corazón inexorable. PROMETEO.— Sé que es cruel y que tiene en sus manos la justicia. Sin embargo, creo que un día se tendrá que ablandar su ánimo cuando se sienta así ultrajado. Y cuando haya calmado su inflexible cólera, vendrá a disponer unión y amistad conmigo, que también estaré dispuesto. CORIFEO.— Revélanos todo y haznos saber en qué delito Zeus te ha cogido para ultrajarte de modo tan deshonroso y amargo. Muéstranoslo, si no te hace daño relatarlo. PROMETEO.— Doloroso en verdad me es contarlo, mas callar es dolor; infortunios, de todas maneras. Tan pronto como las divinidades dieron comienzo a su ira y surgió la querella entre unas y otras –las que deseaban expulsar a Cronos de su sitial, para que Zeus luego imperase, y las que por el contrario se afanaban para que Zeus jamás a los dioses gobernara–, entonces yo, aunque resolví persuadir de lo mejor a los Titanes, hijos del Cielo y de la Tierra13, no lo conseguí; y desdeñando mis astutos ardides, con testarudo carácter, creyeron que sin traba imperarían por la fuerza; mas mi madre, Temis y Gea14, única forma de muchos nombres, no sólo una vez había profetizado en qué sentido tenía que cumplirse el futuro, que no era por la fuerza, ni por la violencia, sino por el engaño, que debía dominarse a los más poderosos. 12

Zeus es hijo de Cronos y Rea. Cfr. nota 11. Los Titanes son Océano, Ceo, Hiperión, Crío y Jápeto; este último, recuérdese, es el padre de Prometeo. 14 En cuanto a la genealogía de Prometeo, he aquí la principal divergencia de Esquilo con Hesíodo. Según la Teogonía (507-616), de la unión del titán Jápeto con la oceánide Clímene nacieron Atlas, Prometeo, Epimeteo y Menecio, la segunda generación de los Titanes. Según Esquilo, en cambio, Prometeo es hijo de Temis, que identifica, además con Gea, es decir, la Tierra, tal vez remitiéndose, de manera un tanto difusa, a una sola divinidad femenina primigenia. Hesíodo (Teogonía 132) incluye a Temis, junto con Tea, Rea y Mnemósine, entre las Titánides nacidas de Gea y Urano. Temis representa el orden natural y las costumbres ancestrales. 13

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Al dar yo explicaciones tales con mis palabras, ni tan sólo a tenerlas en cuenta se dignaron. Me pareció entonces que en esas circunstancias lo mejor era tomar conmigo a mi madre y asistir de grado a Zeus, que de grado se avenía; según mis planes, la sima de negro fondo del Tártaro cubre al anciano Cronos con sus aliados15. Y aunque obtuvo de mí tamaños servicios, me los ha recompensado con estos funestos honores el tirano de los dioses. Pues esta dolencia debe de tener la tiranía, el no confiar en los amigos. En cuanto a lo que me preguntáis, la causa por la cual me impone este suplicio, os lo aclararé al punto. Tan pronto como se sentó en el paterno trono, de inmediato distribuyó entre las divinidades privilegios diversos, y estableció las pautas de su poder; pero ninguna consideración tuvo para los desdichados mortales, sino que pretendía anonadar por completo su linaje y engendrar uno nuevo. Y a esto nadie se opuso sino yo, yo osé hacerlo; libré a los mortales de ir, aniquilados, al Hades. He aquí por qué soy presa de estos sufrimientos, de soportar dolorosos, lastimosos de ver; tuve compasión de los mortales, mas yo mismo no merecí esa suerte, sino que sin piedad se me aplica este correctivo, visión denigrante para Zeus. CORIFEO.— De férreo espíritu y labrado en piedra quien no se compadezca de ti, Prometeo, por tus penas; pues yo ni haberlas visto querría, y al haberlas visto me duele el corazón. PROMETEO.— Soy sin duda penoso de ver para mis amigos. CORIFEO.— ¿Y no fuiste aún más allá de eso? PROMETEO.— Hice que los mortales dejaran de saber de antemano su destino. CORIFEO.— ¿Qué medicamento encontraste para esa enfermedad? PROMETEO.— Infundí en ellos ciegas esperanzas. CORIFEO.— Este gran beneficio regalaste a los mortales. PROMETEO.— A estos, además, el fuego yo les entregué. CORIFEO.— ¿Y ahora tienen el llameante fuego los efímeros? 15 Sobre esta prisión en el Tártaro de los Titanes, véase la Teogonía (730 ss., 814 ss.); están custodiados por los Hecatónquiros Giges, Coto y Briareo, seres monstruosos de 50 cabezas y 100 brazos.

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PROMETEO.— A partir de él aprenderán muchas artes. CORIFEO.— Entonces, ¿por estas culpas Zeus...? .— ... me atormenta, y no afloja en el daño. .— ¿Tu castigo tiene un final prefijado? PROMETEO.— Ningún otro, sino cuando a él le parezca. CORIFEO.— ¿Cómo, cuando le parecerá? ¿Qué esperanza hay? ¿No ves que erraste? Mas decir que erraste, para mí no es un placer, y para ti es un dolor. Pero dejémoslo, y busca alguna exención del castigo. PROMETEO.— Aquel que tiene el pie fuera de calamidades, a la ligera aconseja y amonesta a quien mal se encuentra. Yo tenía presente todo eso; de grado, de grado erré, no voy a negarlo, y por socorrer a los mortales me encontré yo mismo con sufrimientos; mas por cierto que no pensaba que entre mis penas estaría venir a consumirme en las elevadas peñas de esta cresta yerma y solitaria. Mas no lamentéis mis presentes aflicciones, y escuchad cómo se acercan las suertes, reptando por el suelo, para saberlo todo hasta el final. Hacedme caso, hacedme, compadeceos del que ahora sufre; la calamidad está cerca de todos pero, errante, en cada momento va hacia alguien distinto. CORO.— A lo que no dejábamos de querer nos has apremiado, Prometeo; y ahora abandonamos el vertiginoso asiento con pie ligero y el puro éter, paso de augurales aves, y me acercaré a esta escarpada tierra; tus trabajos quiero escuchar hasta el final.

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(Las Oceánides descienden de su carro alado, al tiempo que aparece Océano montando un grifo.) OCÉANO.— Llego al final de un largo camino y ante ti, Prometeo, conduciendo con mi voluntad, sin arreos, esta augural ave de raudas alas16. De tus fatalidades, sábelo bien, me conduelo. Pues el parentesco, creo, así me obliga, y además, del linaje no existe 16 La tradición quiere que sea un grifo, criatura fantástica con la parte delantera de águila y la trasera de león.

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nadie a quien tenga en mayor estima que a ti. Conocerás que esto es cierto, y que no está en mi intención lisonjearte en vano; ea pues, indícame qué he de hacer por ti; pues nunca dirás que tienes un amigo más firme que Océano. PROMETEO.— Ah, ¿qué es esto? ¿También tú acudes a examinar mis dolores? ¿Cómo has osado dejar la corriente que tu nombre lleva y las naturales cavernas de pétrea bóveda, y venir a la tierra, madre del hierro? ¿Has llegado a contemplar mis suertes y a indignarte con mis males? Observa el espectáculo, a este amigo de Zeus, al que consolidó su tiranía, humillado por él con estos padecimientos. OCÉANO.— Viéndolo estoy, Prometeo, y deseo darte los mejores consejos, aunque seas persona taimada. Conócete a ti mismo y ajústate a nuevas maneras; pues hay también un nuevo tirano entre los dioses. Si lanzas palabras tan ásperas y tajantes, bien puede ser que las escuche Zeus, aunque esté sentado lejos y por encima de ti, de manera que el presente cúmulo de tus daños te parezca un juego de niños. Vamos, desdichado, cesa en esas iras que tienes y busca escapatorias a tus sufrimentos. Quizá te parezca que lo que digo es antiguo; sin embargo, tales castigos provienen de una lengua demasiado altiva, Prometeo. Tú, hasta el momento, no has sido humilde, ni cedes ante los males, pero ¿quieres añadir otros a los que ya tienes? Si me tienes por tu maestro, no darás coces contra el aguijón al ver que es un monarca riguroso y gobierna sin tener que rendir cuentas. Y ahora yo me marcho e intentaré, si puedo, liberarte de estos trabajos; y tú mantén la calma y no hables con excesivo descaro. ¿O no sabes con certeza, tan listo como eres, que el castigo se inflige a la lengua vana? PROMETEO.— Te envidio porque estás fuera de culpa, aunque has tomado parte y te has atrevido a todo lo que yo. Y ahora déjame tranquilo y no te preocupes; porque, en cualquier caso, no lo convencerás, que no es de fácil convencer. Cuídate y que no te pase a ti nada por el camino. OCÉANO.— Mejor, con mucho, es tu naturaleza para hacer recapacitar a los que te rodean que a ti mismo; de obra y no de palabra lo deduzco. No me retengas en lo que voy a hacer;

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pues me ufano, me ufano de que Zeus me ha de conceder esa merced, de tal manera que te libere de estos trabajos. PROMETEO.— Por ello te alabo y no dejaré de hacerlo, pues no te falta el buen ánimo; pero no hagas ningún esfuerzo, porque si vas a esforzarte, lo harás sin que me sirva para nada. Así que mantén tú la calma y quédate al margen; que yo no querría, aunque me vea en la desdicha, que por ello mis sufrimientos alcanzaran a mucha más gente. No, por cierto, cuando me afligen las suertes de mi hermano Atlante17, que está plantado hacia las tierras de poniente sosteniendo sobre sus hombros la columna entre cielo y tierra, carga que no es de buen abrazo. También sentí lástima al ver sometido por la violencia al nacido de la tierra, al habitante de las cilicias cavernas, funesto monstruo de cien cabezas, a Tifón18 impetuoso, que a todos los dioses se enfrentó, silbando pavor con sus terribles mandíbulas; relampagueaba en sus ojos una fiera mirada, cual si fuera a destruir por la fuerza la tiranía de Zeus; mas le llegó la vigilante flecha de Zeus, rayo descendente que llama exhala, y lo sacó de sus altivas jactancias; pues golpeado en el corazón mismo, su vigor quedó fulminado y a cenizas reducido. Y ahora, inútil carcasa, yace cuan largo es junto al marino estrecho, aprisionado en las raíces del Etna; en lo alto de sus cumbres se encuentra Hefesto, que bate el hierro; desde allí se derramarán un día ríos de fuego que devorarán con salvajes quijadas los anchurosos campos de Sicilia, la de bellos frutos; tales borbotones de cólera emanará Tifón en calientes flechas de incalmable vendaval que fuego alienta, por más que lo haya carbonizado el rayo de Zeus. Pero tú no eres inexperto, ni me requieres por maestro; ponte a salvo como sabes; yo apuraré mi presente suerte, hasta que Zeus ponga fin a su cólera. OCÉANO.— Pero, Prometeo, ¿acaso no lo sabes, que las palabras son médicos de una ira enferma? 17 Literalmente, «el soportador», pues Zeus lo condenó a sostener sobre sus hombros las columnas que sostienen la bóveda celeste, por haber capitaneado a los Titanes en su lucha contra los Olímpicos. 18 Sobre Tifón, consúltese la nota al respecto en Siete contra Tebas.

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PROMETEO.— Si alguien en el oportuno momento ablanda su corazón y no contiene su enfado cuando este rebosa furor. OCÉANO.— Si alguien pone buen ánimo y se atreve, ¿ves que haya en ello algún daño? Enséñamelo. PROMETEO.— Fatiga superflua e irreflexiva simplicidad. OCÉANO.— Déjame enfermar de esa enfermedad, pues es muy provechoso que aquel que discurre bien parezca que no discurre. PROMETEO.— Parecerá que esa culpa es mía. OCÉANO.— Tus palabras me envían a las claras de regreso a casa. PROMETEO.— Que lamentarte por mí, en efecto, no te haga incurrir en su rencor. OCÉANO.— ¿En el de quien ocupa desde hace poco pujantes sitiales? PROMETEO.— Guárdate de él, no sea que un día su corazón se disguste. OCÉANO.— Prometeo, tu desgracia es un maestro. PROMETEO.— Vete, márchate, pon a salvo tu actual prudencia. OCÉANO.— Me has dirigido esas palabras cuando ya me he puesto en marcha; pues la cuadrúpeda ave augural acaricia con sus alas el anchuroso curso del éter; ¡que feliz pueda doblar la rodilla en los familiares establos! (Océano abandona la escena, jinete de su grifo.)

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Estrofa 1 CORO.— Lloro por tu ruinosa suerte, Prometeo; derramando por las húmedas fuentes de mis sutiles ojos un torrente de lágrimas he empapado mi rostro. Pues Zeus, dirigiendo estas desdichas con sus propias leyes, muestra a los dioses de otro tiempo su arrogante cetro. Antistrofa 1 Ya el lugar entero gimiente ha resonado, y magnificentes venerables lloran por tu honor y el de tus hermanos; y cuantos mortales el vecino solar de la pura Asia habitan se compadecen de tus penas que tan dignas son de lástima.

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Estrofa 2 Y las vírgenes que habitan la tierra de la Cólquide, intrépidas en las batallas19, y la turba de Escitia, los que poseen el extremo territorio, junto al lago Meótide20. Antistrofa 2 Y la esforzada flor de Arabia, los que habitan junto al Cáucaso una ciudad edificada en altas peñas, ejército destructor, que brama entre lanzas de afilada punta. Estrofa 3 Sólo a otro dios Titán pude ver antes sometido a tormentos entre dolores que sin descanso atrapan: al supremo, poderoso vigor de Atlante, y la bóveda celeste en sus espaldas sostiene. Antistrofa 3 y a un tiempo clama el marino oleaje al romper, llora el fondo, muge la sombría hondura de la tierra de Hades, y las fuentes de los ríos de puro curso lloran un dolor lastimero.

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(Se hace el silencio.) PROMETEO.— No penséis que callo por arrogancia ni por engreimiento; mi corazón en cavilaciones se consume, al verme así ultrajado. Y, en verdad, ¿qué otro sino yo delimitó por completo sus privilegios a estos nuevos dioses? Mas lo callo, pues vosotras sabéis lo que podría deciros. Escuchad los sufrimientos que había entre los mortales, cómo eran antes seres ingenuos, y yo los doté de mente y los hice dueños de su espíritu. Os lo contaré, sin ningún reproche hacia los mortales, sino explicando la benignidad que había en lo que les di. Estos, primero, aunque veían, veían en vano, escuchando no oían, sino que semejantes a las figuras de los sueños lo amasaban todo al azar durante su larga vida. 19 Se refiere a las Amazonas. La Cólquide es la región oriental del mar Negro, identificada con la actual Georgia; no obstante, Heródoto (IV 110-117) sitúa a las Amazonas en Escitia, al norte de dicho mar, por la Ucrania de hoy. 20 El mar de Azov.

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Y no sabían de viviendas de ladrillos secados al sol, ni de carpintería, sino que habitaban bajo tierra, tal que livianas hormigas en las lóbregas honduras de las cuevas. Ningún indicio cierto tenían: ni del invierno, ni de la floreciente primavera, ni del fructífero verano, sino que en todo obraban sin ningún plan, hasta que yo les mostré los orientes de los astros y sus indiscernibles occidentes. Y el número, por cierto, notable entre los artificios, inventé para ellos, y las composiciones de las letras, la memoria de todo, industriosa madre de las Musas21. Y fui el primero en uncir bestias en yugos, para que, esclavos de gamellas y arneses, sucedieran a los mortales en las más grandes fatigas; y puse bajo el carro caballos que se avinieran a las riendas, imagen de la opulentísima arrogancia. Ningún otro sino yo inventó los vehículos de los navegantes, que con alas de lino vagan por el mar. Tales ingenios ideé, infeliz de mí, para los mortales, yo que no discurro ninguna invención con la que escapar del sufrimiento en que estoy ahora. CORIFEO.— Has padecido un ultrajante sufrimiento; privado de razón por un extravío, como un mal médico que ha caído en la enfermedad, estás desanimado y no puedes encontrar los fármacos con que sanarte. PROMETEO.— Más te admirarás si me escuchas el resto, qué artes y recursos discurrí. Lo más importante: si alguien caía en enfermedad, no existía ningún remedio, ni ingerido, ni untado, ni bebido, sino que por falta de fármacos se consumían, hasta que yo les mostré mezclas de lenitivas medicinas con las cuales defenderse de todas las enfermedades. Y especifiqué muchos procedimientos adivinatorios, y fui el primero en interpretar, de los sueños, lo que ha de hacerse realidad. Y les di a conocer los sonidos de complicado agüero y los auspicios que se encuentran por los caminos, y discerní con precisión el vuelo de las augurales aves de ganchudas garras, cuáles son por naturaleza propicias y cuáles siniestras, y qué 21

Las Musas son hijas de Zeus y Mnemósine, es decir, la Memoria.

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género de vida tiene cada una, y qué enemistades y querencias y avenencias hay entre unas y otras, y la tersura de sus entrañas, y qué color ha de tener la bilis si es para agradar a las divinidades, y la variada belleza del lóbulo del hígado; e inflamando las extremidades cubiertas de grasa y el largo lomo, guié a los mortales en un arte abstruso, y les abrí los ojos a señales que por las llamas se manifiestan, antes recónditas. Tal fue lo que hice; y elementos de utilidad para los hombres, ocultos debajo de la tierra: cobre, hierro, plata y oro, ¿quién podría afirmar haberlos descubierto antes que yo? Nadie, claro lo sé, que no quiera parlotear en vano. Entérate de todo, en breve recuento y resumen: todas las artes las han recibido los mortales de Prometeo. CORIFEO.— No ayudes a los mortales más de lo conveniente, ni te despreocupes de ti mismo, desdichado; pues yo tengo buenas esperanzas de que, ya liberado de estas cadenas, tu poder en modo alguno será inferior al de Zeus. PROMETEO.— La Moira, que todo a su fin lleva, no ha dispuesto aún que así se cumpla, sino que doblegado en miríadas de sufrimientos y miserias, huya luego de mis ligaduras; mi habilidad es, de largo, más débil que el destino22. CORIFEO.— Pues ¿quién maneja el timón del destino? PROMETEO.— Las Moiras23 triformes y las memoriosas Erinias24. 22 La palabra griega es ਕȞȐȖțȘ que literalmente significa «necesidad», es decir, aquello que necesariamente ha de suceder. 23 Personificaciones femeninas del destino. El substantivo ȂȠ૙ȡĮ está relacionado con ȝȑȡȠȢ, «porción», en el sentido de «porción de vida» que corresponde a cada uno; la denominación de sus equivalentes romanas, las Parcas, se corresponde con partes, de la misma manera. Aunque alguna versión las considera hijas de Zeus y la titánide Temis, otras las consideran hijas de divinidades primigenias como la Noche, el Caos o la Necesidad (cfr. nota 20). La tradición más extendida las presenta como tres hilanderas y fija su número en tres: Cloto, «la que hila» la hebra de la vida desde la rueca al huso; Láquesis, «la que sortea», que adjudica aleatoriamente una determinada longitud al hilo; y Átropo, «la que no gira», es decir, «ineludible», la que lo corta. 24 Personificaciones femeninas de la venganza, que persiguen y atormentan a los culpables de ciertos crímenes, especialmente el parricidio. Sus equivalentes romanas son las Furias. Sobre su genealogía existen diversas versio-

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CORIFEO.— ¿Es acaso Zeus más débil que estas? PROMETEO.— De cierto que no podría, sin duda, eludir lo dispuesto. CORIFEO.— Pues ¿qué le está dispuesto a Zeus sino dominar eternamente? PROMETEO.— De esto, no hay manera de que te enteres; y no insistas. CORIFEO.— Sin duda es algo grave lo que ocultas. PROMETEO.— Piensa en otra cosa; esta, no es en absoluto el momento de manifestarla, sino que debe encubrirse a todo trance; pues yo, por reservármela, huyo de vergonzosas ligaduras y miserias. Estrofa 1 CORO.— ¡Nunca Zeus, que todo lo administra, enfrente su poder a mi designio, ni deje yo de propiciarme a los dioses con píos convites donde se inmolen bueyes junto al curso inextinguible del padre Océano, ni falte con mis palabras, sino que esto me quede y jamás se desvanezca! Antistrofa 1 Es cosa agradable pasar larga vida en confiadas esperanzas, acrecentando el ánimo entre radiantes goces. Mas me estremezco al contemplarte lacerado por miríadas de tormentos. Pues, sin temer a Zeus, por tu particular designio respetas en exceso a los mortales, Prometeo. Estrofa 2 ¡Vamos, di, amigo! ¿De qué modo puede ser agradecido el favor que has hecho?25. Dímelo. ¿Dónde una ayuda? ¿Qué socorro de los efímeros? ¿No has observado la poquedad falta de fuerzas, semejante a un sueño, a que la ciega estirpe de nes, como en el caso de las Moiras; algunas las consideran hermanas de estas, aunque según Hesíodo (Teogonía 185) nacieron de la sangre derramada por Urano sobre Gea cuando fue castrado por su hijo Cronos; eso les conferiría, por tanto, un carácter ctónico y primigenio. Su número es impreciso, pero –tal vez por analogía con las Moiras– tiende a fijarse en tres. 25 Tanto la lectura como el sentido de estos versos han suscitado diversas interpretaciones, que giran en torno al valor de ȤȐȡȚȢ, «gracia, favor». La cuestión no está resuelta.

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los humanos está trabada? Jamás las voluntades de los mortales infringen la armonía de Zeus. Antistrofa 2 Lo he aprendido contemplando tu suerte fatal; Prometeo, un canto muy distinto ha volado hasta mí: aquel himeneo26 que junto a los baños y a tu lecho canté con motivo de tus bodas, cuando, persuadiéndola con obsequios, te casaste con Hesíone hija de mi mismo padre, por esposa y compañera.

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(Entra en escena Ío27, caracterizada como una vaca.) ÍO.— ¿Qué tierra? ¿Qué estirpe? ¿Quién he de decir que es este que veo, expuesto a las inclemencias, en pétreas ligaduras? ¿En castigo a qué falta pereces? Indícame a qué lugar de la tierra, triste de mí, he llegado errante.

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(Se agita inquieta.) ¡Ah, ah, eeh! Un tábano me pica de nuevo –¡desventurada!–, {espectro de Argo28, nacido de la tierra} aparta, ay –{tengo miedo} al ver al boyero con miríadas de ojos; quien marcha con taimado ojo, a quien la tierra no oculta ni muerto, sino que a mí, desventurada, viniendo de entre los muertos me sigue el rastro y me hace errar, ayuna, por la costera arena. Estrofa 1 En respuesta el penetrante caramillo, con cera ajustado, hace sonar una adormecedora melodía. ¡Ío, Ío, ay de mí! ¿Por dónde me llevan estos errares de lejano curso? ¿De qué aquella vez, oh hijo de Cronos, de qué me encontraste culpable, que me unciste a estos sufrimientos, ¡eeh!, y 26 Himeneo es el dios del matrimonio, hijo de Dioniso y Afrodita o de Apolo y una de las Musas, según versiones; por extensión se denomina también así al canto que lo invoca y que se entonaba durante el desfile nupcial desde la casa de la novia a la del novio; ya a las puertas de esta se interpretaba otro canto propio de las bodas, el epitalamio. 27 Sobre Ío, consúltense la Introducción y las notas al respecto en Suplicantes. 28 También sobre Argo remitimos a las notas correspondientes en Suplicantes.

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así me afliges, mísera de mí, enloquecida por este terror que un tábano promueve? Abrása con fuego, o cúbreme con tierra, o arrójame como pasto a las dañosas bestias marinas, mas no desoigas, soberano, mis súplicas; bastante me han maltratado estos errabundos errares, y no consigo saber de qué manera evitar mis sufrimientos. ¿Oyes la voz de la cornúpeta doncella? PROMETEO.— ¿Cómo no oír a la muchacha, la hija de Ínaco29, acosada por un tábano? El corazón de Zeus la inflama de amor, y ahora, aborrecida por Hera, por la fuerza se ve maltratada en prolongadas marchas. Antistrofa 1 ÍO.— ¿De dónde me llamas tú por el nombre de mi padre? Dime, desventurada de mí, ¿quién eres, quién, oh infortunado, que a mí, desgraciada, te diriges con tal certeza y has nombrado el mal de inspiración divina, que punzando con enloquecedores aguijones me anonada, ¡eeh!? ¡Ay, ay de mí! He venido impulsada por los ultrajes , que hambre me causan, sometida por sus vengativos designios. Mas hay algunos infelices, que ¡eeh! sufren tanto como yo. ¡Vamos, indícame con claridad lo que me queda por padecer! ¿Qué recurso hay, o qué remedio de mi mal? Muéstramelo, si lo sabes; manifiéstalo, exprésalo a la doncella de triste errar. PROMETEO.— Con claridad te diré todo cuanto saber desees, sin tramar enigmas, sino con palabras sencillas, como una boca justa se abre para los amigos. Estás viendo a Prometeo, dador del fuego a los mortales. ÍO.— ¡Oh desgraciado Prometeo, revelado a los mortales como pública utilidad! ¿Por qué causa sufres esto? PROMETEO.— Hace un instante he desistido de lamentar mis trabajos. ÍO.— ¿No podrías procurarme esa merced? PROMETEO.— Dime cuál demandas; pues todo puedes averiguarlo por mí. ÍO.— Indícame quién te encadenó a este farallón. 29

Sobre Ínaco, consúltese la nota al respecto en Suplicantes.

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PROMETEO.— La disposición fue de Zeus, de Hefesto la mano. ÍO.— ¿Por qué faltas expías estas penas? PROMETEO.— Sólo con lo que te he manifestado, basta. ÍO.— Además de eso, muéstrame cuál será el tiempo en que acabe mi errar, desventurada de mí. PROMETEO.— Mejor te es no saberlo que saberlo. ÍO.— No, no me ocultes lo que he de padecer. PROMETEO.— En verdad que no te niego esa merced. ÍO.— ¿Por qué, pues, vacilas en anunciarlo todo? PROMETEO.— Nada lo impide, mas no me atrevo a turbar tu espíritu. ÍO.— No te preocupes más tiempo por mí, cuando ha de placerme. PROMETEO.— Puesto que lo anhelas, debo hablar: escucha, entonces. CORIFEO.— Todavía no, y disponme, también a mí, una porción de goce; inquiramos primero el mal de esta, y que nos cuente sus funestas suertes; explícanos el resto de tus trabajos. PROMETEO.— Es cosa tuya, Ío, conceder esa gracia a estas, que en cualquier caso son hermanas de tu padre; que llorar y lamentarse por las presentes suertes, cuando uno puede promover el llanto de quienes escuchan, es tiempo bien gastado. ÍO.— No sé por qué habría de desconfiar de vosotras, y con claro relato sabréis todo lo que inquirís; aunque al contarlo lamente por qué se abatieron sobre mí, mísera, la inclemencia de divina inspiración y la deformación de mi aspecto. Siempre, en efecto, las nocturnas visiones que llegaban a mis aposentos de doncella me animaban con plácidas palabras: «Oh muy feliz muchacha, ¿por qué eres virgen durante tanto tiempo, cuando la suerte puede depararte el más gran matrimonio? Pues Zeus está inflamado por la flecha del deseo que le provocas y quiere participar contigo de Cípride; tú, muchacha, no desdeñes el lecho de Zeus, al contrario, ve al tupido prado de Lerna30, a los rebaños y establos de tu padre, 30 Comarca rica en fuentes al sudeste de la Argólide, en el Peloponeso, cercana a la costa del Egeo; hubo en ella una albufera, cuyos últimos restos, por ser un foco de malaria, fueron drenados en el siglo XIX.

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para que el ojo de Zeus se apacigüe del deseo». Estos sueños me afligían, desgraciada, todas las noches, hasta que me atreví a contar a mi padre mis nocturnales visiones; y él fue enviando a Pitón31 y hasta Dodona32 numerosos emisarios a consultar los oráculos, para saber qué debía hacer o decir para conciliarse a las divinidades. Mas volvían refiriendo contradictorias profecías, ininteligibles y confusamente pronunciadas; finalmente, llegó a Ínaco una clara respuesta, que a las claras encomendaba y prescribía echarme fuera de mi morada y de mi patria, a errar libre hasta los extremos confines de la tierra; y que si no quería, vendría un flamígero rayo de Zeus, que aniquilaría todo nuestro linaje. Obedeciendo a estos augurios de Loxias, me sacó y expulsó de mis aposentos, contra su voluntad y la mía, mas le obligaba la brida de Zeus a hacerlo por fuerza. Al punto mi figura y mi espíritu mudaron, y cornuda, como veis, picada por el tábano de agudo pico, me precipité con enloquecido brincar al torrente de Cercnea, agradable de beber, y a la fuente de Lerna; y me venía a la zaga, tras mis huellas, el boyero Argo, hijo de la tierra, de incontinente ira, que miraba por innúmeros ojos. La imprevista, †sorpresiva† fatalidad le privó de la vida, mas yo, picada por el tábano, bajo el divino azote marcho de tierra en tierra. Has oído lo que sucedió; si puedes decir los trabajos que me restan, manifiéstalo. Pero no me confortes, por lástima, con falsos cuentos; pues afirmo que las palabras urdidas son el más vergonzoso de los males. CORO.— ¡Ea, ea, vete, anda! Jamás, jamás llegué a pensar que llegarían palabras tan extrañas a mis oídos, ni que tan desagradables a la vista e insoportables †sufrimientos, máculas, espantos con aguijón de doble filo helarían mi espí31 Delfos, por metonimia. Pitón era un dragón nacido de Gea, la Tierra; habitaba en una gruta en el monte Parnaso; Apolo mató a Pitón con sus flechas y se apropió del oráculo. En memoria de Pitón, «pitio» y «pítico» quedaron como sinónimos de «délfico»: los Juegos Píticos eran los celebrados en Delfos. 32 Cfr. la nota correspondiente en Suplicantes.

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ritu†. ¡Ío, Ío, qué destino, qué destino! Me causa estremecimiento ver lo ocurrido a Ío. PROMETEO.— Antes de tiempo suspiras y estás llena de miedo; contente hasta enterarte del resto. CORIFEO.— Di, explícate; pues dulce es para los enfermos conocer con claridad, de antemano, el dolor que les queda por pasar. PROMETEO.— Antes obtuvisteis fácilmente de mí lo demandado, pues queríais saber primero su trabajo, relatado por ella misma; escuchad ahora los restantes sufrimientos que debe padecer, de parte de Hera, esta joven. Y tú, simiente de Ínaco, pon mis palabras en tu ánimo, para enterarte del fin de tu camino. Primero, da la vuelta y avanza hacia el oriente del sol por incultos campos; llegarás donde los nómadas escitas, moradores bajo tramadas techumbres sobre elevados carros, que disponen de certeros arcos; no te acerques a ellos, sino mantén los pies junto a las costas resonantes por el mar y atraviesa la tierra. A mano izquierda viven los cálibes, forjadores del hierro, de quienes debes guardarte, pues son rudos y no accesibles a extranjeros. Llegarás al río Hibristes33, de no impropio nombre; no lo cruces, pues no es viable cruzarlo, antes de llegar al mismo Cáucaso, el más alto de los montes, donde el río hace brotar su ímpetu por las laderas mismas; debes franquear sus cimas, que a los astros se avecinan, y hacer camino hacia mediodía, donde llegarás al pueblo de las Amazonas, aborrecedor de varones, que en un tiempo habitarán Temiscira, junto al Termodonte, donde Salmideso34, escarpada mandíbula del mar, inhóspita para los marineros, madrastra de 33 Que literalmente significa «soberbio», esto es, «impetuoso»; identificado con el actual Don, o tal vez el Kubán. 34 El río Termodonte es el llamado hoy, en turco, Terme, en el il o distrito del mismo nombre, en la parte occidental de la Capadocia; pasa entre las ciudades de Ordu y Samsun y desemboca a unos 60 kilómetros de esta última, en la costa del mar Negro. Temiscira ocuparía el emplazamiento de la actual ciudad de Ünye. Pero Salmideso era una ciudad de la Tracia, donde los Argonautas encontraron a Fineo; esto no se aviene con los topónimos anteriores, en la Capadocia, y parece que Esquilo simplemente ofrece aquí una ubicación fantástica.

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naves. Estas te guiarán, y muy gustosas; llegarás al istmo cimérico, a las propias angostas puertas del lago; debes dejarlo con audaz coraje y cruzar el estrecho meótico; los mortales tendrán por siempre una gran palabra para tu paso, pues recibirá el nombre de Bósforo35. Dejando el suelo de Europa llegarás al continente de Asia. ¿Acaso no os parece que el tirano de los dioses es para todo igual de violento? El dios, por querer unirse con esta mortal, le granjeó estos errares. Con acerbo pretendiente fuiste a dar, muchacha, de tus bodas; pues cree que la narración que has oído aún no está ni en los preámbulos. ÍO.— ¡Ío, ay de mí, ay de mí, eeh! PROMETEO.— Tú de nuevo has chillado y gimes. ¿Qué harás, pues, cuando te enteres de los restantes males? CORIFEO.— ¿Es que le dirás que todavía le queda algún sufrimiento? PROMETEO.— Un tempestuoso mar de funesta desdicha. ÍO.— ¿Qué gano con vivir, que no me arrojo al punto desde esta abrupta roca, para caer al suelo y hallar la liberación de todos mis dolores? Pues mejor morir de una vez que sufrir malamente todos los días. PROMETEO.— Sin duda sobrellevarías con dificultad mis trabajos, que me está prescrito no morir; pues así me apartaría de mis sufrimientos; pero ahora no tengo señalado un final de mis penalidades, hasta que caiga Zeus de su tiranía. ÍO.— Pues ¿acaso ha de caer Zeus de su gobierno? PROMETEO.— Te complacería, creo, verle en ese revés. ÍO.— ¿Y cómo no, pues padezco a causa de Zeus? PROMETEO.— Entonces, como es así, regocijarte puedes. ÍO.— ¿Le serán arrebatados sus poderes al tirano? PROMETEO.— Él mismo lo hará, con sus frívolos decretos. ÍO.— ¿De qué manera? Indícamelo, si no hay en ello daño. 35 El topónimo «Bósforo» es un compuesto de ȕȠ૨Ȣ «buey», «vaca» y ʌȩȡȠȢ «paso», es decir, aquí se interpretaría como «el paso de la vaca». Adviértase, sin embargo, que no se trata del conocido Bósforo entre Constantinopla y el mar Negro, sino del hoy denominado estrecho de Kertsch, en el mar de Azov; el «istmo cimérico» es Crimea.

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PROMETEO.— Contrae un matrimonio tal, que un día le afligirá. ÍO.— ¿Con esposa divina o mortal? Si se puede expresar, manifiéstalo. PROMETEO.— ¿Por qué preguntas con quién? Pues no es nombre que pueda decirse. ÍO.— ¿Tal vez por su esposa es derrocado de su trono? PROMETEO.— Esta le parirá un niño que aventajará a su padre. ÍO.— ¿Y no puede escaparse de esa suerte? PROMETEO.— No por cierto, excepto si yo soy liberado de mis cadenas. ÍO.— Pues ¿quién te va a liberar, contra la voluntad de Zeus? PROMETEO.— Deberá ser uno de tus retoños. ÍO.— ¿Qué has dicho? ¿Que un hijo mío te librará de tus males? PROMETEO.— El tercero en ser engendrado, tras otras diez generaciones. ÍO.— Aún no es fácil de entender esa profecía. PROMETEO.— Pues no pidas enterarte de tus propios dolores. ÍO.— No me prives de la ganancia que me has propuesto. PROMETEO.— Te obsequiaré con uno, entre dos relatos. ÍO.— ¿Entre cuáles? Muéstralos primero, y déjame elegir. PROMETEO.— Te dejo; escoge. O te revelo qué trabajos te quedan aún, o quién me liberará. CORIFEO.— De esos favores, que sea tu voluntad hacer uno a ella y otro a mí, y no nos consideres indignas de tus palabras; dile a ella el errar que le queda, y a mí quién te liberará; pues ese es mi deseo. PROMETEO.— Puesto que lo anheláis, no me opondré a decir todo lo que pedís. Primero a ti, Ío, te revelaré tu agitadísimo errar, que debes escribir en las memoriosas tablillas de tu espíritu. Cuando hayas cruzado las aguas que dividen continentes, sigue hacia los orientes flamígeros del sol, junto al mar de estruendoso oleaje, hasta arribar a los gorgóneos llanos de

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Cistene, donde habitan las Fórcides36, longevas doncellas blancas como cisnes, que poseen un común ojo y un único diente, y a quienes no contempla jamás el sol con sus rayos ni la luna de la noche; y hay en su vecindad tres aladas hermanas, las Gorgonas de sierpes por cabellos, que los humanos aborrecen; ningún mortal que las haya visto ha conservado el aliento. De ello debes, te digo, precaverte; mas escucha otra pavorosa visión: guárdate de los grifos de afilado pico, perros de Zeus que no ladran, y de la tuerta tropa arimaspa, a caballo montada, que mora junto a la corriente de Plutón, de aurífero curso; tú no te acerques a ellos. Y llegarás a una distante tierra, a una bruna raza, los que habitan junto a las fuentes del sol, donde el río Etíope. Sigue junto a las riberas de este, hasta llegar a un desnivel, donde el Nilo hace surgir su augusto curso, bueno para beber, de los montes Biblinos. Este te conducirá a la triangular tierra de Nilotis; allí, Ío, está prescrito que tú y tus hijos fundéis una lejana colonia37. Si algo de esto te parece oscuro y abstruso, repite tus preguntas y entérate con certeza; que dispongo de más tiempo del que quisiera. CORIFEO.— Si puedes aún decirle lo que le queda de aciago errar, o si algo te has reservado, habla; mas si lo has dicho todo, haznos entonces a nosotras el favor que te solicitamos; es de creer que lo recuerdas. PROMETEO.— Ella ha escuchado el final de su marcha, por completo; y para que vea que no me escucha en vano, le contaré qué trabajos había sufrido antes de venir aquí, dándole así esta prueba de mis relatos. 36 Denominación alternativa de las Gorgonas, por ser hijas de Forcis –nacido, a su vez, de la unión de Ponto, el Mar, y Gea, la Tierra– y de Ceto, su hermana, monstruo marino del que proviene la palabra «cetáceo». Cistene es el lugar imaginario donde estas habitan. 37 Respecto al pueblo de los arimaspos, véase Heródoto (IV 13 ss.). El río Plutón parece una invención de Esquilo. El río Etíope es, evidentemente, el curso superior del Nilo. Los montes Biblinos, topónimo que significaría algo así como «del papiro», son también imaginarios; en cambio, «la triangular tierra de Nilotis» es el delta del Nilo, donde en el siglo VII a.C. fue fundada la colonia griega de Náucratis.

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Así, omitiré la mayor parte de mis palabras, y voy al final mismo de su vagar. Pues cuando llegaste a los llanos molosos, junto a Dodona la de los altos riscos, donde están los oráculos y la sede de Zeus Tesproto y un prodigio increíble, los robles parlantes, por los cuales fuiste saludada, manifiestamente y no mediante enigmas, como la que había de ser la honorable esposa de Zeus –¿te lisonjea algo de esto?–, y desde allí, enloquecida por el aguijón, te precipitaste por la ruta costera hacia el gran golfo de Rea, desde donde eres atormentada en caminos de opuesto errar; en el tiempo venidero, sábelo con certeza, a ese rincón de mar se lo llamará Jonio38, en recuerdo de tu paso para todos los mortales. Estas señales tienes que mi espíritu distingue más de lo que es visible. Lo restante, lo expresaré en común a vosotras y a ella, pues he llegado a la misma traza de mis pretéritos relatos. Existe la ciudad de Canobo, en el extremo de esa tierra, junto a la boca y alfaque mismos del Nilo; allí Zeus te pone en tus sentidos, palpándote con mano que miedo no inspira, y sólo tocándote; y, epónimo de la fecundación de Zeus, parirás al bruno Épafo, que recogerá el fruto de cuanta tierra irriga el Nilo de ancho curso. La quinta generación a partir de él, femenil, de cincuenta hembras39, retornará a Argos, no por su voluntad sino huyendo de la consanguínea boda con sus primos; estos, conturbados en su espíritu, halcones que palomas dejan atrás mas no lejos, llegarán poco después a la caza de vedadas nupcias, pero la divinidad les denegará sus cuerpos; y Pelasgia acogerá domeñados por mortal herida, infligida por mujeres con la audacia del nocturno acecho; pues cada mujer privará a un hombre de su vital tiempo, tiñendo en el degüello una espada de doble filo. ¡Así llegue Cípride contra mis enemigos! Mas el deseo impedirá a una de las muchachas matar a su compañero de lecho, pues debilitará su temple; y entre dos opciones, prefeEsquilo relaciona el topónimo ੉ȩȞȚȠȢcon el antropónimo੉ȫ. Se refiere a las Danaides, sobre las cuales ya se ha hablado en Suplicantes. 38 39

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rirá pasar por cobarde más que por homicida. Esta parirá la estirpe real de Argos. Explicar esto con claridad requiere un largo relato; sin embargo, de esta simiente nacerá un hijo audaz, ilustre por su arco, que me liberará de estas penalidades; tal augurio me manifestó mi anciana madre, la titánide Temis; mas decir cómo y dónde, eso precisa un largo relato, y tú nada ganas con saberlo. ÍO.— ¡Eleleu eleleu! ¡Ay, dolor! De nuevo me abrasan por dentro una convulsión y obnubiladores extravíos, quemante me aguija el dardo del tábano; mi corazón golpetea por miedo mi espíritu, los ojos me dan vueltas en círculos, me saca de mi camino el furioso soplo de la rabia; sin poder contener la lengua, mis turbias palabras golpean al azar contra las olas de mi fatalidad aborrecible. Estrofa CORO.— Sin duda sabio, sin duda sabio era quien primero sostuvo esto en su mente y lo narró con su lengua, que contraer matrimonio con un igual es lo mejor de largo, y no debe quien es un jornalero apasionarse por bodas ni con los quebrantados por la riqueza ni con los envanecidos por su nacimiento. Antistrofa Jamás, jamás, a mí, oh Moiras me veáis de compañera en los lechos de Zeus. Ni me acerque a ningún esposo de los del Cielo; pues me espanta ver la virginidad de Ío arruinada sin conocer varón por las errantes carreras vagabundas de los dolores que Hera envía. Epodo Para mí, allí donde esté la boda normal, ni inspira miedo, ni la temo; mas que el {eros de los dioses} poderosos no {me} dirija la mirada de su ojo ineludible. No se puede guerrear en esa guerra, que apuros engendra; ni decir puedo qué sería de mí; pues no veo cómo evitaría el designio de Zeus. PROMETEO.— En verdad que Zeus, por arrogante que sea su espíritu, se verá humillado, en tanto que se dispone a contraer el matrimonio que le ha de expulsar, invisible, de su tiranía y de su trono; quedará entonces cumplida en su totalidad la maldición que pronunció su padre Cronos, cuando fue de-

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rrocado de su añoso sitial. Ninguno de los dioses, excepto yo, podría mostrarle con claridad la escapatoria de tamaños reveses; yo conozco el qué y de qué manera. Así las cosas, que se quede tranquilamente sentado entre celestes fragores, confiado y agitando en sus manos el dardo de ígneo aliento; pues nada de esto lo librará de caer, infamemente, en esa intolerable ruina. Tal adversario se prepara él ahora contra sí mismo, muy imbatible prodigio, que encontrará una llama más potente que el rayo, y un poderoso fragor que al trueno supere, y que destrozará la lanza de Posidón, de triple punta, marina enfermedad que sacude la tierra. Al topar con ese mal, aprenderá cuán grande es la diferencia entre mandar y ser esclavo. CORIFEO.— Sin duda, lo que vaticinas desfavorable a Zeus es lo que tú deseas. PROMETEO.— Justo lo que se cumplirá, y además lo que quiero, digo. CORIFEO.— ¿Y hay que esperar que alguien dominará a Zeus? PROMETEO.— Y que padecerá trabajos más insoportables que estos. CORIFEO.— ¿Cómo no te asusta proferir tamañas palabras? PROMETEO.— Pues ¿qué habría de temer, si me está prescrito no morir? CORIFEO.— Pero podría destinarte una prueba aún más dolorosa que esta. PROMETEO.— Que lo haga; todo lo espero. CORIFEO.— ¡Sabios quienes se postran ante Adrastea40! PROMETEO.— Venera, suplica, halaga al poderoso en cada momento; de Zeus, a mí se me da menos que nada. Que obre, que impere durante este breve tiempo como quiera; pues no gobernará por mucho tiempo a los dioses. 40 Epíteto de Némesis, derivado de Adrasto, constructor de su primer santuario a orillas del río Asopo, o bien del verbo *įȚįȡȐıțİȚȞ, «huir», entendiendo que no se puede escapar de ella. «Postrarse ante Adrastea» equivale a someterse a la voluntad de los dioses y hacerse perdonar palabras soberbias. No se debe confundir a esta Adrastea con la ninfa homónima, hija de Meliseo, a quien Rea confió a Zeus niño para que lo ocultara de su padre Cronos. Esta Adrastea crio a Zeus en la cueva Dictea, en Creta, ayudada por su hermana Ida y por los Curetes.

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Mas ahí veo al correo de Zeus, al servidor del nuevo tirano; sin duda ha venido a anunciarnos alguna nueva. (Entra en escena Hermes, el mensajero de los dioses.) 945

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HERMES.— A ti, al sabio, al más arisco de los ariscos41, al que faltó contra los dioses dispensando sus honores a los efímeros, al ladrón del fuego hablo: el padre te ordena decir a qué bodas te refieres, por las que él caerá de su poder; y no te expreses, por cierto, en enigmas, sino antes bien cosa por cosa. Y no me vengas con dobles sentidos42, Prometeo; ya ves que Zeus no se ablanda con tales recursos. PROMETEO.— Altisonante y lleno de sensatez es lo que has dicho, como cumple al servidor de los dioses. Jóvenes que ejercéis el poder desde hace poco, creéis, pues, habitar baluartes ajenos al dolor. ¿No he visto yo a dos tiranos derrocados de ellos? Y al tercero, que ahora señorea, en muy vergonzosa circunstancia voy a verlo y sin ninguna tardanza. ¿Acaso te parece que me espanto y tiemblo ante los nuevos dioses? Con mucho y del todo me despreocupo. Y tú, apresúrate a regresar por el mismo camino que viniste; pues no averiguarás nada de lo que me preguntas. HERMES.— En verdad que por tales petulancias, antaño, te metiste tú mismo en estos sufrimientos. PROMETEO.— Sabe, de cierto, que yo no cambiaría mi desgracia por tu servil condición. .— Presumo, en efecto, que es mejor servir a esta roca que ser, de natural, el fiel mensajero de Zeus padre. así hay que tratar con insolencia a los insolentes. HERMES.— Parece que te jactas de tu presente situación. PROMETEO.— ¿De qué me jacto? Ver quisiera yo a mis enemigos jactarse así; y a ti entre ellos te nombro. 41 Según la lectura ʌȚțȡ૵Ȟ del manuscrito Y; la edición de West ofrece el adverbio ʌȚțȡ૵Ȣ de sentido posible en este contexto, pero no tan adecuado. 42 Otros traductores han preferido interpretar aquí: «No me obligues a hacer dos veces el camino».

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HERMES.— Así pues, ¿también a mí me culpas de tus desgracias? PROMETEO.— Aborrezco, en una palabra, a todos los dioses, cuantos yo traté bien e injustamente me dañan. HERMES.— Te escucho como si estuvieras enloquecido por una insania, y no pequeña. PROMETEO.— Insano estaré, si insania es odiar a los enemigos. HERMES.— Soportable no serías, si alcanzaras el éxito. PROMETEO.— ¡Ay de mí! HERMES.— Esa palabra, Zeus no la conoce. PROMETEO.— Pero todo lo enseña el tiempo, al envejecer. HERMES.— Y sin embargo tú aún no sabes ser prudente. PROMETEO.— No debería dirigirme a ti, en efecto, que eres un servidor. HERMES.— Parece que no dirás nada de lo que desea el padre. PROMETEO.— ¡Claro!, pues estoy en deuda con él, debería regraciarle. HERMES.— Me has ultrajado como si fuera un muchacho. PROMETEO.— Pues ¿no eres un muchacho, e incluso más insensato que eso, si pretendes obtener de mí alguna información? No hay tortura ni ingenio mediante el cual Zeus pueda persuadirme de revelarle eso, si no quiebra antes estas vergonzantes ligaduras. Así las cosas, que lance una ardiente llama, y con nieve de blancas alas y terrestres fragores todo lo revuelva y conturbe; pues no me ha de doblegar hasta el punto de que le exprese nada de esto por quien ha de verse derrocado de su tiranía. HERMES.— Mira entonces si eso parece ayudarte. PROMETEO.— Eso ya hace tiempo que ha quedado visto y decidido. HERMES.— ¡Atrévete, vacuo, atrévete alguna vez a pensar rectamente en tus actuales sufrimientos! PROMETEO.— Me importunas tan en vano como si a una ola te dirigieras. Que jamás se te pase por la cabeza que yo, por temer el designio de Zeus, me he de tornar afeminado de espíritu y suplicarle insistente al que mucho aborrezco, levantando las manos extendidas como una mujer, que me libere de estas cadenas; más lejos de ello no puedo estar.

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HERMES.— Me parece que, aunque mucho hable, voy a hacerlo en vano; pues ni te calmas ni te ablandas ante nuestros ruegos; muerdes el bocado como un potro recién uncido, te debates y luchas contra las riendas. Pones exagerado afán, no obstante, en un ineficaz artificio; pues la arrogancia, a quien no razona bien, le vale en sí misma menos que nada. Considera, si a mis palabras no atiendes, qué tempestad, qué triple ola de males se abate inevitable sobre ti; pues primero el padre destrozará este escarpado farallón con el trueno y la relampagueante llama; soterrará tu cuerpo y te atrapará un pétreo abrazo; volverás a la luz tras haber cumplido un largo espacio de tiempo, y por cierto que un alado perro de Zeus, un águila bermeja, desgarrará encarnizada un gran jirón de tu cuerpo, y acudirá cada día, comensal no invitada, a devorarte el negro, roído hígado. Y no esperes final de este sufrimiento antes de que uno de los dioses se revele tu sucesor en estos trabajos y quiera ir al tenebroso Hades y a las lóbregas profundidades del Tártaro. Así las cosas, medita que esta no se trata de una jactancia imaginada, sino con toda exactitud pronunciada; pues no sabe decir embustes la boca de Zeus, sino que todo lo que dice se cumple. Tú pon atención y reflexiona, no creas que la arrogancia es alguna vez mejor que la discreción. CORIFEO.— Nos parece que Hermes no habla inoportunamente; pues te insta a deponer la arrogancia y buscar la sabia discreción. Hazle caso: pues para el sabio, equivocarse es vergonzoso. PROMETEO.— Me ha gritado este sus noticias que yo ya sabía. No es nada raro que el enemigo sufra a manos de sus enemigos. Así las cosas, que se lance contra mí el bucle ígneo de doble filo, y el éter se vea turbado por el trueno y la convulsión de salvajes vientos, y un soplo zarandee la tierra desde sus cimientos en sus propias raíces, y una ola del ponto arrase con cruel rompiente las rutas de los celestes astros; y a lo más hondo del oscuro Tártaro arroje mi cuerpo con los feroces torbellinos de la necesidad; en cualquier caso, no me dará muerte. HERMES.— Tales propósitos y palabras, sin duda, hay que escuchar de los dementes. Pues ¿qué le falta a su impreca-

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ción para ser la propia de un orate? ¿En qué se calma su locura? Mas vosotras, que compartís sus sufrimientos, retiraos prontamente de estos lugares, que no aturda vuestro espíritu del trueno el despiadado bramido. CORO.— Ordena y mándame alguna otra cosa de la que me persuadas; pues son intolerables esas palabras que has soltado. ¿Cómo me animas a poner en práctica una maldad? Junto con él quiero padecer lo que preciso sea; porque he aprendido a odiar a los traidores, y no hay mal del que abomine yo más que de este. HERMES.— Recordad entonces lo que yo prevengo, y, presas de la fatalidad, no hagáis reproches a la fortuna, ni digáis jamás que Zeus os precipitó a un inopinado sufrimiento; en verdad que no, sino vosotras a vosotras mismas; pues sabéis que no es repentina ni furtivamente que os enmarañaréis por vuestra insensatez en la red interminable de la fatalidad.

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(Hermes abandona la escena, al tiempo que la tierra empieza a temblar y se escucha el retumbar del trueno.) PROMETEO.— Y de hecho la tierra se ha estremecido, no ya de palabra, y brama el subterráneo eco del trueno, y destellan las quemantes espirales del relámpago, y los torbellinos arremolinan el polvo, y brincan los soplos de todos los vientos unos contra otros, declarando la confrontación de aires contrarios, y se ha agitado el éter junto con el ponto. Tal descarga de Zeus avanza contra mí, de evidente manera, para causarme miedo. ¡Oh majestad de mi madre! ¡Oh éter que haces girar la común luz de todos! Ya ves cómo injustamente sufro. (Prometeo y el coro desaparecen de la visión del espectador entre truenos y relámpagos.)

1080 1085

Índice de nombres

Acaya Persas 488 Adeves Persas 312 Adrasto Siete contra Tebas 50, 575 Afrodita Suplicantes 554, 664, 1041 Agabatas Persas 960 Agdadatas Persas 997 Aidoneo Persas 650 Amazonas Suplicantes 287; Prometeo encadenado 723 Amistres Persas 21 Amistris Persas 320 Ancares Persas 994 Andros Persas 886 Anfión Siete contra Tebas 528 Anfistreo Persas 320 Antígona Siete contra Tebas 862 Apia Suplicantes 117, 129, 260 Apis Suplicantes 262, 269 Apolo Siete contra Tebas 159, 745, 801, 859; Suplicantes 214, 263

Aqueronte Siete contra Tebas 856 Arabia Prometeo encadenado 420 Arcteo Persas 44, 312 Ares Persas 85, 95; Siete contra Tebas 45, 53, 64, 105, 115, 135, 244, 344, 412, 414, 469, 497, 910, 945; Suplicantes 435, 635, 665, 935 Argesto Persas 308 Argo Suplicantes 305; Prometeo encadenado 568, 678 Argos Siete contra Tebas 548, 573; Suplicantes 15, 21, 331; Prometeo encadenado 854, 869 Ariomardo Persas 38, 321, 967 Arsaces Persas 995 Arsames Persas 37, 308 Artabes Persas 314 Artafernes Persas 21, 776 Artafrenes Persas 778

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PERSAS, SIETE CONTRA TEBAS, SUPLICANTES, PROMETEO...

Artémbares Persas 29, 302, 972 Ártemis Siete contra Tebas 147, 154, 450; Suplicantes 676, 1030 Asia Persas 57, 61, 74, 249, 270, 549, 763, 929; Suplicantes 547; Prometeo encadenado 412, 735 Asopo, río Persas 805 Ástaco Siete contra Tebas 407 Astaspes Persas 22 Atamante Persas 70 Ate Persas 1007; Siete contra Tebas 601, 956, 1001 Atenas Persas 231, 285, 348, 474, 716, 824, 976 Atlante Prometeo encadenado 348, 428 Axio, río Persas 493 Ayante Persas 307, 368, 596 Babilonia Persas 52 Batanoco Persas 981 Belo Suplicantes 319 Beocia Persas 482 Biblinos, montes Prometeo encadenado 811 Bolba, lago Persas 494 Bóreas, puerta Siete contra Tebas 527 Bósforo Persas 723, 746; Prometeo encadenado 733 Cadmo (y «descendiente de Cadmo» y similares) Siete contra Tebas 1, 74, 120, 136, 303, 823 Cálibo Siete contra Tebas 728 Canobo Suplicantes 311; Prometeo encadenado 846

Capaneo Siete contra Tebas 423, 440 Cáucaso Prometeo encadenado 422, 719 Cercnea, torrente de Prometeo encadenado 676 Ceres Siete contra Tebas 777, 1055 Cicreo Persas 570 Cilicia Suplicantes 551 Cípride Siete contra Tebas 140; Suplicantes 1001, 1034; Prometeo encadenado 650, 864 Ciro Persas 767, 773 Cisia Persas 17 Cistene Prometeo encadenado 793 Citerea (Afrodita) Suplicantes 1032 Cnidos Persas 892 Cocito, río Siete contra Tebas 690 Cólquide Prometeo encadenado 415 Creonte Siete contra Tebas 474 Cronos Prometeo encadenado 185, 201, 220, 577, 911 Dadaces Persas 304 Dánao Suplicantes 11, 321, 970, 979 Darío (y «del linaje de Darío») Persas 6, 145, 156, 160, 164, 198, 221, 244, 555, 621, 651, 663, 671, 787, 856 Datamas Persas 959 Diexis Persas 995

ÍNDICE DE NOMBRES

Dirce, fuentes de Siete contra Tebas 273, 307 Dodona Suplicantes 258; Prometeo encadenado 658, 830 Dóride Persas 486 Ebares Persas 984 Ecbatana Persas 16, 535, 961 Ecleo Siete contra Tebas 381, 609 Edipo Siete contra Tebas 203, 372, 654, 677, 709, 724, 752, 775, 801, 807, 833, 885, 976, 987, 1055 Egipto (e «hijo de Egipto») Persas 35; Suplicantes 9, 30, 323, 335, 341, 387, 474, 741, 817, 906, 928 Electra, puerta Siete contra Tebas 423 Enio Siete contra Tebas 45 Enopo Siete contra Tebas 504 Épafo Suplicantes 46, 315, 589; Prometeo encadenado 851 Erásino Suplicantes 1020 Erinia Siete contra Tebas 70, 574, 700, 723, 791, 868, 886, 977, 988, 1055; Prometeo encadenado 516 Escitia Siete contra Tebas 817; Prometeo encadenado 417 Esfinge Siete contra Tebas 541 Esperqueo, río Persas 487 Estrimón Persas 497; Suplicantes 255 Eteocles Siete contra Tebas 6, 39, 998, 1007

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Eteoclo Siete contra Tebas 458 Etíope, río Prometeo encadenado 809 Etna Prometeo encadenado 365 Europa Persas 799; Prometeo encadenado 734 Farandaces Persas 31, 958 Farnuco Persas 313, 966 Febo (véase también Apolo) Persas 206; Siete contra Tebas 691 Fereseo Persas 312 Fobo Siete contra Tebas 45 Fórcides Prometeo encadenado 794 Frigia Suplicantes 548 Gea Persas 618, 629, 640; Prometeo encadenado 210 Gorgonas Prometeo encadenado 799 Grecia (véase también Hélade) Persas 768, 824; Siete contra Tebas 72 Hades Persas 924; Siete contra Tebas 322, 869; Suplicantes 228, 416, 791; Prometeo encadenado 152, 234, 433, 1029 Halis, río Persas 866 Harmonía Suplicantes 1041 Hefesto Prometeo encadenado 3, 367, 619 Hélade Persas 50, 234, 796, 809; Suplicantes 237, 243 Hele Persas 70, 722, 799, 876 Helesponto (véase también Hele) Persas 745 Helios Persas 232

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PERSAS, SIETE CONTRA TEBAS, SUPLICANTES, PROMETEO...

Hera Siete contra Tebas 152; Suplicantes 291, 296, 564, 586, 1035; Prometeo encadenado 592, 600, 704, 900 Hermes Persas 629; Siete contra Tebas 508; Suplicantes 305, 920; Prometeo encadenado 1036 Hesíone Prometeo encadenado 560 Hibristes Prometeo encadenado 717 Hiperbio Siete contra Tebas 504, 512, 519 Hipomedonte Siete contra Tebas 488 Ícaro Persas 891 Imeo Persas 31 Ínaco Suplicantes 497; Prometeo encadenado 590, 663, 705 Ío Suplicantes 292, 535, 540, 1064; Prometeo encadenado 561, 635, 695, 788, 815 Ismene Siete contra Tebas 862 Ismeno, río Siete contra Tebas 273, 378 Istecmas Persas 972 Jantes Persas 994 Jerjes Persas 5, 144, 156, 199, 299, 341, 356, 465, 550, 551, 552, 718, 734, 754, 782, 832, 923 Jonia Persas 771 Jonio, mar Prometeo encadenado 840 Lástenes Siete contra Tebas 620

Layo Siete contra Tebas 691, 745, 802, 842 Lemnos Persas 891 Lerna Prometeo encadenado 652, 677 Lesbos Persas 884 Leto (e «hija de Leto» y similares) Siete contra Tebas 46 Libia Suplicantes 317 Licio (Apolo) Siete contra Tebas 145; Suplicantes 686 Lileo Persas 308, 970 Litimnas Persas 997 Loxias (Apolo) Siete contra Tebas 618; Prometeo encadenado 669 Magnesia Persas 492, 493 Mago Persas 317 Maldición Siete contra Tebas 70 Marafis Persas 778 Maratón Persas 475 Mardis Persas 774 Mardón Persas 51 Masistras Persas 971 Masistres Persas 30 Mátalo Persas 314 Medo Persas 765 Megabates Persas 22, 983 Megareo Siete contra Tebas 474 Melanipo Siete contra Tebas 414 Melieo, golfo Persas 486 Menfis Persas 971 Menfis Suplicantes 311 Meótide, lago Prometeo encadenado 419

ÍNDICE DE NOMBRES

Metrogates Persas 43 Miconos Persas 885 Moira(s) Persas 101; Siete contra Tebas 975, 986; Prometeo encadenado 511, 516, 894 Musas Prometeo encadenado 461 Naupactia Suplicantes 262 Naxos Persas 885 Néiste, puerta Siete contra Tebas 460 Nilo Persas 34, 311; Suplicantes 4, 281, 308, 497, 561, 922, 1024; Prometeo encadenado 112, 847, 852 Nilótide Prometeo encadenado 814 Océano Prometeo encadenado 140, 296, 531 Olimpo Prometeo encadenado 148 Onca (Atenea) Siete contra Tebas 164, 487, 501 Pafos Persas 895 Palas Persas 347; Siete contra Tebas 130, 501 Palecton Suplicantes 250, 348 Pan Persas 449 Panfilia Suplicantes 552 Pangeo, monte Persas 494 Paros Persas 885 Partenopeo Siete contra Tebas 547 Parto Persas 984 Pegastagón Persas 35 Pelagón Persas 959 Pelasgia Prometeo encadenado 860

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Pelasgo Suplicantes 251, 1010 Pindo, cordillera Suplicantes 257 Pitón Prometeo encadenado 658 Plateas Persas 817 Plutón, río Prometeo encadenado 806 Polifonte Siete contra Tebas 448 Polinices Siete contra Tebas 577, 641, 658, 1013, 1067 Ponto Persas 879 Posidón Persas 750; Siete contra Tebas 131, 310; Prometeo encadenado 925 Preto Siete contra Tebas 377, 395 Prometeo Prometeo encadenado 66, 85, 143, 243, 278, 285, 307, 319, 377, 391, 398, 430ª, 506, 544, 554, 612, 614, 951 Propóntide Persas 878 Psamis Persas 960 Quíos Persas 885 Rea, golfo de Prometeo encadenado 837 Rodas Persas 892 Salamina Persas 273, 284, 447, 894, 965 Salmideso Prometeo encadenado 726 Samos Persas 884 Sardes Persas 45 Sarpedón Suplicantes 869 Sevalces Persas 969 Sicilia Prometeo encadenado 369 Siénesis Persas 326

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PERSAS, SIETE CONTRA TEBAS, SUPLICANTES, PROMETEO...

Silenio Persas 303 Siria Suplicantes 5, 871 Sisamas Persas 983 Sisames Persas 322 Solos Persas 895 Sostanes Persas 32 Susa Persas 16, 118, 535, 557, 730, 761 Susas Persas 959 Susiscanes Persas 34, 960 Tártaro Prometeo encadenado 154, 219, 1029, 1051 Taribis Persas 51, 323, 971 Tebas Persas 38; Siete contra Tebas (título) Telagón Persas 306 Temis Suplicantes 360; Prometeo encadenado 18, 209, 874 Temiscira Prometeo encadenado 724 Tenos Persas 886 Tereo Suplicantes 60 Termodonte Prometeo encadenado 725 Tetis Siete contra Tebas 311; Prometeo encadenado 137 Teutrante Suplicantes 549 Tideo Siete contra Tebas 377, 380, 407, 571 Tifón Siete contra Tebas 493, 511, 518; Suplicantes 560; Prometeo encadenado 354, 370 Titán, Titanes Prometeo encadenado 205, 427 Tmolo Persas 49 Tolmo Persas 999

Tracia Persas 509, 566 Urano Prometeo encadenado 164 Yacos Siete contra Tebas 633 Zeus (y «retoño de Zeus» y similares) Persas 271, 532, 740, 762, 827, 915; Siete contra Tebas 8, 69, 116, 128, 161, 255, 256, 301, 428, 443, 485, 512, 514, 518, 521, 528, 532, 614, 630, 662, 822, 1074; Suplicantes 1, 4, 18, 26, 41, 45, 86, 87, 92, 145, 158, 162, 169, 176, 192, 206, 211, 212, 231, 295, 300, 302, 313, 314, 347, 360, 385, 403, 437, 444, 478, 526, 536, 558, 575, 580, 585, 588, 594, 616, 624, 627, 631, 641, 646, 652, 671, 689, 780, 816, 892, 902, 1035, 1048, 1052, 1057, 1062; Prometeo encadenado 10, 12, 34, 50, 62, 67, 120, 122, 150, 163, 194, 202, 203, 218, 241, 255, 304, 313, 339, 357, 358, 372, 376, 403, 510, 517, 519, 527, 542, 551, 590, 619, 649, 652, 654, 667, 672, 756, 757, 759, 769, 803, 831, 834, 848, 850, 895, 906, 908, 928, 930, 938, 941, 952, 969, 980, 990, 1002, 1021, 1033, 1074, 1089

AKAL CLÁSICA Títulos publicados 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15

SAN AGUSTÍN, Las confesiones AA.VV., Bucólicos griegos AA.VV., Polémica entre cristianos y paganos PLUTARCO y DIODORO SÍCULO, Alejandro Magno POLIBIO, Selección de Historias CARITÓN DE AFRODISIAS y JENOFONTE DE ÉFESO, La novela griega antigua. Quéreas y Calirroe, Habrócomes y Antia TERENCIO AFRO, PUBLIO, Comedias PLUTARCO, Obras morales y de costumbres OVIDIO, Arte de amar. Remedios contra el amor. Cosméticos para el rostro femenino AA.VV., Las constituciones griegas. La constitución de Atenas. La república de los atenienses. La república de los lacedemonios APULEYO, LUCIO, El asno de oro TUCÍDIDES, Historia de la guerra del Peloponeso APOLODORO, Biblioteca mitológica VALERIO MÁXIMO, Hechos y dichos memorables PLATÓN, Las leyes

16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 47 48

AA.VV., Historia Augusta TÁCITO, Historias ELIANO, CLAUDIO, Historia de los animales CICERÓN, M. TULIO, Cartas políticas AA.VV., La sátira latina HESÍODO, Poemas hesiódicos APOLONIO DE RODAS, Las argonáuticas LUCANO, Farsalia LIVIO, TITO, Los orígenes de Roma ELIO ARÍSTIDES y LUCIANO DE SAMOSATA, Discursos sagrados. Sobre la muerte del peregrino. Alejandro o el falso profeta EURÍPIDES, Cuatro tragedias y un drama satírico. Medea, Troyanas, Helena, Bacantes, Cíclope HOMERO, La Ilíada CICERÓN, La república y las leyes JENOFONTE DE ÉFESO, Ciropedia ARISTÓTELES, Historia de los animales LUCRECIO CARO, TITO, La naturaleza AA.VV., Antología temática de la poesía lírica griega AA.VV., Antología de los primeros estoicos griegos PLUTARCO, Cuestiones romanas AA.VV., Poesía de amor en Roma. Catulo, Tibulo, Lígdamo, Sulpicia, Propercio PLATÓN, Cartas HERODOTO, Historias. Libros I-IV HERODOTO, Historias. Libros V-IX PLAUTO, Comedias. Anfitrión, Las Báquides, Los Menecmos ATENEO DE NÁUCRATIS, Sobre las mujeres. Libro XIII de La cena de los eruditos PROTÁGORAS DE ABDERA, Dissoi logoi. Textos relativistas SEXTO EMPÍRICO, Hipotiposis pirrónicas PETRONIO, Satiricón VALERIO FLACO, Las Argonáuticas JOSEFO, FLAVIO, Antigüedades judías (2 vols.) ESQUILO, La Orestea. Agamenón, Coéforos, Euménides QUINTO DE ESMIRNA, Posthoméricas

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ARETEO DE CAPADOCIA, Obra médica BOECIO, La consolación de la filosofía AA.VV., Historia de Apolonio rey de Tiro TÁCITO, Vida de Julio Agrícola. Germania. Diálogo de los oradores ARTEMIDORO DE DALDIS, El libro de la interpretación de los sueños FEDRO y AVIANO, Fábulas LONGO y TACIO AQUILES, Dafnis y Cloe. Leucipa y Clitofonte AA.VV., Himnos homéricos. Batracomiomaquia CALÍMACO, Himnos y epigramas AA.VV., Poemas de amor y muerte en la Antología Palatina. Libro V y selección del libro VII PLUTARCO, La Atenas del siglo V. Vidas de Temístocles, Pericles, Nicias y Alcibíades PROCLO, Lecturas del Crátilo de Platón AA.VV., Antología de textos jurídicos de Roma AA.VV., Textos griegos de maleficio TERTULIANO, Acerca del alma SALUSTIO, La conjuración de Catilina. Guerra de Jugurta AA.VV., Mitógrafos griegos AMIANO, MARCELINO. Historia PÍNDARO, Epinicios ANÓNIMO, Hieros logos. Poesía órfica sobre los dioses, el alma y el más allá PLUTARCO, Vidas de Aristides y de Catón PLAUTO, Comedias. Los prisioneros. El sorteo de Cásina. El Persa. Pséudolo o El Requetementirosillo SAN JERÓNIMO, Contra Rufino LIBERAL, ANTONINO. Metamorfosis PLAUTO, Comedias. El gorgojo. El ladino cartaginés. Las tres monedas. El fiero renegón PLUTARCO, Vidas de Sertorio y Pompeyo CICERÓN, Debates en Túsculo PLATÓN, Apología de Sócrates. Critón. Fedón ITÁLICO, SILIO, La Guerra Púnica

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PLUTARCO, Vidas de los diez oradores. Sobre los ríos. Sobre la astucia de los animales Poemas griegos de vino y burla. Antología Palatina, Libro XI TÁCITO, Anales DEMÓSTENES, Discursos ante la Asamblea HIGINO, CAYO JULIO, Fábulas. Astronomía Los filósofos cínicos y la literatura moral serioburlesca. Volumen I Los filósofos cínicos y la literatura moral serioburlesca. Volumen II AULO GELIO, Noches áticas MACROBIO, Saturnales OVIDIO, Tristezas pónticas OVIDIO, Heroides. Cartas de heroínas AA.VV., Poémas de amor efébico. Antología Palatina, libro XII