Lecciones Psicoanaliticas Sobre Masculino Y Femenino

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Lecciones psicoanalíticas sobre

MASCULINO Y FEMENINO Paul-Laurent Assoun

Nueva Visión

C olección F reud 0 L acan

D irigida por Roberto H arari

Paul-Laurent Assoun

Lecciones psicoanalíticas sobre

MASCULINO Y FEMENINO

Ediciones Nueva Visión Buenos Aires

Assoun, Paul-Laurent Lecciones psicoanalíiticas sobre masculino y femenino - 1- ed. Buenos Aires: Nueva Visión, 2006 128 p.; 20x14 cm. (Freud 0 Lacan) Traducción de Viviana Ackerman ISBN 950-602-536-3 1. Pasicoanálisis I. ASckerman, Viviana, trad. II. Título CDD 150-195

Título del original en francés: Legons psychanalytiqu.es sur M asculin et Fem inin © Ed. Economica, 2005 Traducción de Viviana Ackerman 1.5.B.N.-10: 950-602-536-3 1.5.B.N.-13: 978-950-602-536-6

O 2006 por Ediciones Nueva Visión SAIC. Tucumán 3748, (1189) Buenos Aires, República Argentina. Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723. Impreso en la Argentina / Printed en Argentina

INTRODUCCIÓN

“Si nos fuera posible renunciar a n u e stra envoltura corporal y u n a vez convertidos así en seres sólo pensam iento, proce­ dentes, por ejemplo, de otro plan eta, observar con la m irada nueva y exenta de todo prejuicio las cosas terrenas, lo que m ás ex trañaríam os sería, quizá, la existencia de dos sexos que, siendo ta n sem ejantes, evidencian, no obstante, su diversidad con signos m anifiestos.”1 Así form ula el creador del psicoanálisis la cuestión de la diferencia sexual, en térm inos falsam ente o m ás bien sabia­ m ente ingenuos. P ara nosotros, “te rre s tre s ”, va de suyo que hay hom bres y m ujeres. El género hum ano se compone de dos m itades, y “la existencia de dos especies entre las especies entre los hom bres” (clie E xislenz zweier Geschlechler unter den Menschen) es del orden de la evidencia. Ello procede del hecho de que estam os arraigados en n u estra corporeidad. Sugerencia notable: es el arraigo en la corporei­ dad (Leiblichkeit) lo que produce esta evidencia “prerreflexiva” de lo sexual. A p a rtir del m om ento en que existe la carne (.Leib) hay lo “m asculino” y lo “fem enino” -m a n e ra de recor­ d ar que el cuerpo está sexuado, anclado en la sexuación y que es a p a rtir de allí y por medio de esa brújula como el sujeto se orien ta en el espacio. Dado que existe el cuerpo, lo sexual ] Freud, S., “Teorías sexuales infantiles” en Obras completas, Biblio­ teca Nueva, Madrid, 1981, t. n, p. 1263. G.W. VII, 174.

está presupuesto, ya que el arraigo corporal pre-supone la diferencia sexual, confirm ada por la adhesión al cuerpo. Es en tan to sexuados como somos de este mundo. Lo cierto es que, si fuera posible desprenderse de esta pertenencia corporal y ponerse en la m irada, como “seres sólo pensam iento”, como en la prim era m añana del mundo, este p lan eta en el que evolucionam os m ás bien d istra íd a ­ m ente, lo prim ero que nos s a lta ría a la v ista sería la diferen cia sexual, ese “hecho fu n d am en tal” (G ru n d ta tsache) red escu b ierto como en un efecto de sorpresa. U n a e v id e n c ia en ig m á tica Así significa F reud dos cosas en un mismo impulso: por un lado, que la oposición hom bres / m ujeres se plantea en parte en este punto, a la m anera de un real prim ordial; por el otro, rem ite a “u n a p u ra diferencia de pensam iento”. Por un lado sa lta a la vista: “Masculino o femenino es la prim era diferen­ ciación que ustedes hacen al enfrentarse con otro ser hum a­ no...”;2 por el otro, nad a es m ás opaco, incluso abstracto: “la m asculinidad o la fem inidad es un carácter desconocido”. Es en tan to “diferencia de pensam iento” como, ju n to a la clara diferencia hombres / m ujeres, surge la pareja “m ascu­ lino / fem enino”. E ste pasaje de lo sustantivo a lo adjetivo constituye un punto de oscilación que abre toda una proble­ m ática: ju stam e n te va a aparecer que no todo lo masculino está en el hombre, como tampoco lo femenino es el predicado exclusivo de la m ujer. Es esto lo que, por de pronto, exige una lógica de la sexuación. ¿A qué pensam iento corresponde entonces la dualidad de lo m asculino y lo femenino, captada en su real inconsciente? Tal es la preg u n ta que d espunta y que tiene consecuencias clínicas incalculables: b asta recordar que la clínica analítica en tera atestig u a una vacilación de esta evidencia bajo las Freud, S., N uevas lecciones introductorias al psicoanálisis, Lección XXXIII, en Obras Completas ob. cit., t. m, p. 3165; G. W. XV, 120.

form as de la neurosis, de la psicosis y de la perversión -sin contar los momentos de “duplicidad sexual” que represen­ ta n las figuras de la hom osexualidad, del travestism o y de la transex u alid ad - ¡en estos últim os casos el extraterrestre eventualm ente podría dudar en cuanto a su identificación del ser! Si Freud recuerda esta in trig a es p ara subrayar que el niño, por su lado, no se obsesiona con esto: en su “visión del m undo” se opera la doble ecuación espontánea padre = hom­ bre, m adre = mujer; ahora bien, padre y m adre van de suyo en la escena fam iliar; por lo tanto, el género hum ano se re p a rte n atu ralm en te en dos m itades, tanto hem isferios del m undo como del universo hum ano. Al menos es la posición de p artid a del niño: luego, ese “hecho sexual” llegará a re­ velarse dram áticam ente problemático. Al punto que el sín­ tom a -bajo su forma m ú ltip le- es un testim onio de la problem atización de esta dualidad y de sus efectos profun­ dos y activos. En efecto, revela que el sujeto “no se hace” tan fácilm ente a e sta dualidad, de lo cual da pruebas su relación sintom ática con la sexualidad. Por lo dem ás, si la diferencia (Verschiedenheit) es flagran­ te, se observará que, en la formulación freudiana, no es absoluta: los dos sexos tam bién son “idénticos” en cierta m edida, lo que esboza la pregunta: ¿en qué m edida la dualidad sexual redefine la unidad del hecho antropológico? ¿Acaso la “antropología” no está dividida en su entorno por el “hecho sexual”? La fu n c ió n m / f: lo se x u a l y lo v iv ie n te De hecho, es en el registro calificativo (mannlich vs weiblkh) donde la pregunta encuentra el “saber del inconsciente”. Por lo ta n to , este adjetivo e stá su stan tiv ad o como “m as­ cu lin id ad ” (M a n n lich k eit), en oposición a “fem inidad” (W eiblichkeit o Fem initat). Se hab lará, sustantivando el calificativo, de lo “Masculi­

no” (das M ánnliche), opuesto a lo “Fem enino” (das Weiblische). Se observará u n a diferencia de régimen lingüístico: en las lenguas germ ánicas, se pasa en una continuidad del M ana al m annlich, del Weib al weiblich, m ientras que en las lenguas rom ances, si se m antiene la continuidad en el pasaje de la “fem enina” a lo “femenino”, se produce un desenganche, del “hom bre” (homo) a lo “masculino” (masculinus). M uta­ ción del radical que podría constituir una indicación simbó­ lica. De esta doble función, Freud designa lo que se pone en juego en el otro extrem o de su trayecto, en una nota de uso personal que perm aneció inédita durante mucho tiempo: “E n cuanto al origen de Eros -posibilidad que con el naci­ m iento de lo viviente haya tenido lugar sim ultáneam ente desagregación de sustancia m y f que, como lo presum e P latón, quieren desde entonces reunirse. A unque no todo encaja. O rigen de Eros y de la m uerte sería lo mismo. Pero, ¿de dónde proviene la sim ultaneidad de los dos aconteci­ m ientos?”3 Form idable esbozo de la cuestión, entregada en estilo telegráfico, como si el creador del psicoanálisis conver­ sa ra consigo mismo en la an tesala de la m uerte acerca de e sta perplejidad elem ental: la cuestión de lo viviente es in sep arab le de la cuestión de lo sexual. Imposible plantearse la p reg u n ta por el origen de la vida sin chocar con la cuestión del advenim iento de lo sexual a lo viviente. Pero éste no es pensable sino en térm inos de corte y de “desagrega­ ción” - “sección” o “sexión” de donde surge esta dualidad m / w (m annlich / weiblich)-, siendo un enigma la “sim ultanei­ dad de am bos acontecimientos”. ¿Cómo p en sar en últim a instancia la posibilidad de esta irrupción de lo sexual en lo viviente? Si hay desagregación, entonces Eros ha caído en la tram pa de Tánatos. M asculino y fem enino están ubicados en el lugar estratégico de la sección sexual. El propósito de las presentes Lecciones es a tra v e sa r este enigm a y hacer oír la alusión freudiana final. :i Nota del 22 de setiembre de 1938, citada por Ilse Grubrich-Simitis, Les m anuscrita de Freud, PressesUniversitaires de France, 1997, p. 116.

El “hombrecito” sólo descubre esta ú ltim a cuestión, como lo hemos visto y lo verificarem os sobre la m archa, en un momento que decide de la suerte de su deseo. Es entonces cuando se conecta con la cuestión del origen. Esto cae en el momento adecuado: genus, género, es tam bién el origen. Los “cu a tro d isc u r so s”: lin g ü ístic a , b io lo g ía , so cio lo g ía ... p sic o a n á lisis Todo esto constituye el meollo inconsciente del problema. N ecesitam os retroceder an te e sta cuestión para ver proyec­ tarse en ella el m om ento analítico. Digámoslo de entrada: el terreno e stá ta n minado que aquí los discursos se exacerban. Empero, no h ay tre in ta y seis que sean consistentes sobre la cuestión de lo masculino y lo femenino. E sta está a tra p a d a en la lengua, en la sociedad, y por últim o en la psique. U na nota de los Tres ensayos sitú a el problema con claridad: “H a de tenerse en cuenta que los conceptos ‘m ascu­ lino’ y ‘fem enino’, cuyo contenido parece ta n inequívoco a la opinión vulgar, son, desde el punto de vista científico, ex­ trao rd in ariam en te complejos...”.4Toleran al menos tre s “di­ recciones”: un sentido de actividad y de pasividad, un senti­ do biológico y un sentido sociológico. Si se quiere denom inar al prim ero “psicológico”, tam bién hay que convenir, como Freud lo dirá b ru talm en te poco después a sus primeros discípulos, que “[...] los conceptos d e ‘m asculino’y ‘femenino’ no valen nad a en psicología”5-¡a menos que la psicología no valga nada p ara abordar la cuestión de lo masculino y lo femenino! Todo ello parece hecho p ara d esalen tar también toda referencia psicoanalítica. M ás bien hay que ponderar este clivaje en tre “la opinión vulgar”, que se sitúa en él con 1 Freud, S., Tres ensayos para una teoría ,sexual, en Obras completas, ob. cit., t. ii, p. 1223; G. W. V 121. 1 Sesión de la Sociedad Psicoanalítica de Viena del 23 de febrero de 1910, en Les prem iers psychanalystes. M inutes de la Société psychanalyíique de Vienne, Ediciones Gallimard, t. n, 1978, p. 422.

cierto confort y la cuestión que esto le abre al “punto de vista científico”. ¡Es por la prueba de lo masculino y lo femenino como la psicología se convierte en psicoanálisis! Luego se verá cómo el psicoanálisis pone el pie en ese saco de nudos, con F reu d en el rol de Tiresias que tra ta ría de no perder el norte y de no p ag ar con alguna ceguera su clarividencia, teniendo por única brújula el saber clínico del inconsciente... La c u e s tió n gram atical: el género Tal vez h ay a que tom ar el im pulso más lejos aun o de m anera m ás literal. Desde mucho tiempo antes de que el saber del inconsciente se inm iscuyera en el asunto, lo masculino y lo fem enino vienen trabajando su lengua. Por consiguiente, hay que em pezar por abrir la gram ática. La lengua se topa con la cuestión del género de las palabras. Se tra ta de la clasificación morfológica de estas categorías gram aticales que son los sustantivos y los pronombres (“él”, “ella”). Es el género de las palab ras el que dicta las reglas de la “concor­ dancia” -¡con u n predominio masculino de la concordancia en plural, prem onitorio de la dificultad inconsciente! ¿Signi­ fica esto que la lengua asim ila los nombres de los objetos a seres m achos o hem bras? Decir que las palabras tienen un sexo no expresa sino u n a p arte de la cuestión. Pues la lengua “m asculiniza” y “fem iniza” a su antojo. Pero adem ás h ay un fenómeno que viene a trastocar la norm a gram atical. El “epiceno” es un fenómeno que indica que la lengua fracasa esporádicam ente al accionar la dife­ rencia de género, incluso descuidando su regla. El térm ino epikoinós quiere decir “común”, lo cual traduce la idea de que un mism o vocablo asum e las dos funciones, las confunde o m ás bien las suspende. E n prim er lugar, se denomina epiceno un sustantivo que re su lta común al macho y a la hem bra de una especie: “ág u ila”, “codorniz”, “sapo”. No hay más que una voz para designar el espécim en macho y el espécimen hem bra de la especie nom brada.

E n segundo lugar, se designa con el térm ino “epiceno” una palabra -su sta n tiv o , pronom bre o adjetivo- que no varía según el género: “persona”* puede d esignar a un hom bre o a u n a mujer; “tú ” no dice nada del sexo; “orden” puede aplicar­ se a un vocablo femenino o m asculino. Los epicenos son las excepciones que confirm an la regla de la categorización gram atical fu n d ad a en la distinción n atu ­ ral o convencional. P alab ras literalm en te bisexuales: son herm afroditas lingüísticos que m u estran la precariedad de “la identidad de género” en el orden de la lengua. La c u e s tió n b io ló g ica : m a c h o y h em b ra Al menos deberíam os situ arn o s en la dualidad ofrecida por la vida entre lo que se llam a “m acho” y “hem bra” - la cual, según Freud, “tolera la determ inación m ás clara”: “M ascu­ lino y femenino aquí e stá n caracterizados por la presencia de células respectivam ente sem inales y ovocitos” {Samen, Eizellen). O tam bién: “M asculinos son el producto sexual masculino, el esperm atozoo y su vehículo; femeninos, el óvulo y el organism o que lo hospeda”.6H e aquí m aterial para la base histológica orgánica enunciada por “la ciencia anató­ m ica”. La testosterona, producto de los testículos, es el andrógeno que viene a a testig u a r lo m asculino, en sim etría con el estrógeno, portador de lo femenino. L a d u alid ad m asculino / fem enino se escribe por medio de la diferencia genética, la que h ace ju g a r la oposición crom osóm ica XY / XX. Pero a ú n q u ed a la p reg u n ta: ¿por qué y cómo se h a sexuado lo viviente? ¿Cómo se pasó de los eucario tas, que se reproducen por clonación y simple m itosis, a esos seres su scep tib les de m eiosis y de fecunda­ ción, de modo que se re q u ie re u n p a rten a irel La p reg u n ta * El ejemplo presentado en el original francés es enfant, que puede ser tanto “niño” como “niña”. El carácter epiceno de esta palabra será retomado más adelante por el autor. fN. de T.J fi Freud, S., N uevas lecciones introductorias al psicoanálisis, Lección xxxin, en Obras completas, ob. cit., t. ni, p. 3165; G. W. XV, 121.

sigue a b ie rta; obsérvese cuánto de ella perm anece oculto: si los “testículos” son los “pequeños testigos” visibles, disim u­ lan lo esencial. El macho, en la vertiente del com portam iento, está carac­ terizado por “u n a actividad m u scu lar m ás potente, la ag resiv id ad , la m ayor in ten sid ad de la libido” -lo que se en c u e n tra en la virilidad cuando viene a p aro d iar esta caracterización biológica que Freud tom a la precaución de relativ izar subrayando que hay especies en las cuales estos parám etro s supuestam ente distintivos de los machos se en cu en tran en las hem bras -ad v erten cia en la que sobre­ vuela la som bra de la “m antis religiosa”. La diferencia sexual se percibe en el momento en que se constituye el dimorfismo sexual, es decir la diferencia de talla, de m asa grasosa, de pilosidad y el conjunto de lo que se da en llam ar los “caracteres sexuales secundarios”. Se polariza en form a de lo “genital”-e l del macho como saliente y convexo, el de la hem bra discreto y cóncavo (m ientras que el cuerpo de la m ujer presenta u n a convexidad m am aria, el hom bre no puede esperar sino de una convexidad m uscular la com pensación a esta concavidad torácica). Salvo advir­ tiendo que el surgim iento del sexo femenino adquiere una sobre-visibilidad, reforzada por la “m arca orgánica” de la efusión de la sangre m enstrual. La c u e s tió n social: la v e s tim e n ta D irijam os la m irada hacia lo social. E sta vez, se tra ta de división de las funciones. En cada sociedad, los códigos “m asculino” y “femenino” se en cu entran asignados por la e stru c tu ra del parentesco. La afiliación a lo masculino y a lo fem enino está regulada, en las sociedades tradicionales, por ritos de iniciación debidam ente codificados. E n la lógica de la m odernidad social, todo documento de identidad lleva u n a mención, ju sto después del apellido y los nombres de pila, del sexo, y ordena declararse de un lado o del otro de la

frontera donde lo sexual hace índice social. Función de asignación altam ente coercitiva. Estam os en el registro de lo “convencional”, en oposición a lo “n a tu ra l” que im plica la biología. Lo social, sin embargo, está trabajado por un secreto enloquecimiento: necesita fijar a cualquier precio lo m asculino y lo femenino por medio de los signos. E n prim er lugar, la vestim enta, pero tam bién el peinado. B asta con leer los carteles: “masculino y femenino”, dupla que reina en los letreros de las peluquerías. Las góndolas de confección in d u m en taria prefieren “hombres / m ujeres”. En cuanto a la “segregación u rin a ria”, como por contraste, la oposición em puja hacia arriba (“dam as”/ “caba­ lleros”). U na vez m ás, he aquí un punto de mezcla y trastocam iento: puede m edirse el alcance transgresivo del travestism o si se advierte que viene a introducir una confusión. Se com­ prende la sensibilidad a la prerrogativa de la vestim enta para discernir lo “m asculino” de lo “femenino”, que expresa la fam osa proscripción deuteronóm ica: “No llevará la m ujer vestidos de hom bre, ni el hom bre vestidos de m ujer, porque el que tal hace es abominación a Yavé, tu Dios”.’ “El hábito hace al monje”: ¡el proverbio es m uy audaz, cuando se sabe que uno de los tem as mitológicos m ás desarrollados es el de la m ujer disfrazada de monje o el de la san ta trav estid a p ara cum plir con su vocación!8Puede adop­ tar, como coronación de su carrera tr ansgresora, el lugar del papa. P a ra pruebas, obsérvese el ritu a l que ha sucedido a la historia de “la papisa Je a n n e ” y que impuso la verificación de los testículos (“pequeños testigos”)9 ¡lo cual recuerda que la tia ra no hace al papa! Por lo dem ás, el papa protege ta n poco lo femenino que reintroduce la potencia tu te la r de la Diosa M adre en la figura m ariana. ' Lo Biblia, Deuteronomio, 22, 5, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1977, p. 231. s E. Patlagean, “L’histoire de la femme déguisée en moine dans la premiere hagiographie byzantine” en Etudes médiévales, 1976. ■'Alain Bourau, La i)a¡¡esse Jeanne, Aubier, 1988.

D e la c o n fu sió n d e lo s g é n e r o s al m ito e n a cció n Puede apreciarse la lección de e sta prim era exploración, hecha p a ra d ar vértigo. La dualidad m asculino / femenino está p e rtu rb a d a en el plano gram atical por el fenómeno de los epicenos, en el plano biológico por el de los herm afroditas o andróginos y en el plano social por el del travestism o. En cada nivel, la norma dual -género gramatical, género social, género biológico- se encuentra dividida y revelada por una anomalía. Este núcleo oscuro del problem a es el espacio que viene a ocupar el mito. De H erm afrodito a Tiresias, la escritura mitológica hace los máximos esfuerzos p ara entregar una versión de aquella historia. Tenem os pues n u estra cuestión enm arcada. Aquí resu lta esencial la distinción de los discursos: si hay un punto crónico de confusión [Verworrenheit], es el de lo masculino y lo femenino. E n la m ateria, la culpa recae especialm ente en Adler: en él, “los sentidos biológico, social y psicológico de lo ‘m asculino’ y lo ‘fem enino’ quedan aquí fundidos en un estéril producto mixto [M ischbildung] ”.10 E sta “confusión de los géneros” designa el punto de mezcla, de Verwirrung, que el psicoanálisis está llam ado a asum ir. Como se sabe, es su vocación: el psicoanálisis se especializa en este resto de los discursos bio-, socio- e incluso psicológicos, sin dejar por ello la últim a p alab ra a los mitológicos, al tiempo que en cu en tra sus avances por la vía de la ciencia. No se propone ni ev itar la cuestión de ese “desecho” que in te n ta n borrar los discursos de la ciencia, ni disolverlo en la m agia de un relato. El psicoanálisis provee la “criba” que perm ite discrim inar los sentidos “biológico”, “social” y “psicológico”, es decir la hipótesis del inconsciente.

10 Freud, S., “Historia del movimiento psicoanah'tico”, en Obras completas, ob. cit., t. u, p. 1923.

M a scu lin o y fem en in o p u e sto s a p ru eb a p or el in c o n sc ie n te En u n a prim era parte, necesitarem os despejar la problem á­ tica freudiana, situando y tom ando p restad as las entradas en este laberinto. La p rim era p u e rta de en trad a es el punto de trastocam iento, es decir la bisexualidad. Ello nos dará acceso, a p a rtir de este núcleo oscuro, a la cuestión, es decir a la función pulsional de la pareja m asculino / femenino, que abre a la cuestión de lo activo / pasivo y de lo fálico / cas­ trado. Por último, ello im plica abordar la cuestión en la vertiente de la dialéctica edípica que provee, con la introduc­ ción de la alteridad, la coyuntura del advenim iento a lo m asculino y / o a lo femenino, de la identificación y del fan­ tasm a. Bisexualidad, pulsión, edipo: es lo que perm ite situ a r los avances básicos. Así se dem uestra, en cada una de estas etapas, el increm ento del núcleo de verdad inconsciente del m ito y su desmitificación en la vertiente de lo real incons­ ciente. Esto impone la verificación, en u n a segunda parte, por medio de las figuras clínicas, de cómo la dialéctica tom a cuerpo en el ordenam iento estru ctu ral del síntoma. La psicopatología cobra sentido en psicoanálisis a p a rtir de esta s funciones. Neurosis, psicosis y perversión se ordenan, si se me perm ite la expresión, en torno de las respuestas organizadas a esta pregunta. Aquí se tr a ta no de las en tid a­ des psicopatológicas, sino de las ecuaciones básicas de la conflictividad de lo m asculino y lo femenino. En u n a tercera parte, volveremos a lo que se pone enjuego de la cuestión -lo que lleva a volver a in terro g ar, como do­ ble detonador, los efectos de retorno por u n a p arte en los destinos socioclínicos, y por la o tra en el registro del cuerpolo que perm ite ver el pasaje que posibilita reto m a rla proble­ m ática freudiana por la vía de la lógica lacaniana de la se­ xuación. Entonces h ab rá llegado el momento de calibrar la “penetración” freudiana de la cuestión.

U n a c u e s tió n y lo q u e e n e lla se ju eg a El hecho de que hayamos cruzado la bifurcación de lo mascu­ lino y lo femenino, de la angustia11 al masoquismo12 pasando por la prueba de las fobias,13 antes de dar la medida a las relaciones entre cuerpo y síntom a,14 imponía encararla en sí misma, de modo tal que las presentes Lecciones, prolongando este movimiento, sitúen la red donde se entretejen estos hilos, lo cual conduce, a través del “ser masculino”,15al interrogante “¿qué quiere la mujer?”.16 Lo que se pone en juego en esta puntualización sobre la cuestión re su lta considerable. Digámoslo de u n a buena vez: la confusión de los discursos, enérgicamente biologizada o indiscrim inadam ente culturalizada, llega al colmo en este terreno. Es imperativo constatarlo, pues el aporte del psicoaná­ lisis se caracteriza por ser tomado con una gran ligereza en el campo de los discursos que, a la sombra de lo viviente o de la cultura, se ponen a salvo del enigma, aun cuando se tra ta de los más “abiertos”. El discurso analítico no es solamente un com­ plemento en este dominio; a condición de ser correctamente restituido, es la única posición que se confronta, en tanto van­ guardia, con la angustia de este interrogante articulando un saber. Por eso vuelve a interrogar ese punto oscuro de (dis)yunción de lo viviente con la cultura. A buen entendedor... 11P.-L. Assoun, Leqons psychanalytyques sur l’angoisse, lección IX, “L’homme et la femme: le sexe de l’angoisw ", pp. 75-79.¡Lecciones psicoanáliticas sobre la angustia, Buenos Aires, Nueva Visión, 20031 '■ P.-L. Assoun, Le