Las Ambiciones De La Historia

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F er n a n d B raudel

L as a m b ic io n e s DE LA HISTORIA

Edición preparada y presentada por R o s e l y n e d e A y a la y Pa u l e B r a u d e i

Prólogo de M a u r ic e A y m a r d

Traducción castellana de M aría Josi" F urió

C r ít ic a B arcelona

PRÓLOGO Más de un lector familiarizado con la obra y el pensam iento de Fer­ nand Braudel quedará sorprendido por esta recopilación de textos, en la que se mezcla lo inédito con lo ya conocido, pues va a encontrar a buen seguro sus textos más célebres y citados con mayor asiduidad, en Francia y en el extranjero, sobre todo em pezando por «la larga duración». Están todos los grandes artículos publicados a finales de los años cincuenta y a principio de los sesenta cuando, tras la m uerte de Lucien Febvre, Braudel asum e la dirección de los Anuales y la presidencia de la VI Sección, y aprovecha la ocasión para establecer los puntos orientativos y los objeti­ vos de su «reinado»: el necesario y difícil diálogo entre las ciencias hum a­ nas, el papel privilegiado que a su juicio le corresponde a la historia y la propuesta de la larga duración como lengua común para desarrollar este diálogo. Este program a está voluntariam ente simplificado, reducido a unas cuantas propuestas esenciales, que serán retom adas y reform uladas regularm ente en muchos contextos, pues la intención del autor no es otra que fijar una línea. Esta intención guiará toda su actividad al frente de las instituciones que dirigirá o que creará —como la Casa de las Ciencias del I lom bre— , y que siempre defenderá contra todo tipo de resistencias indi­ viduales y colectivas, personales, científicas o institucionales con que tro­ piece en su camino. El mismo lector se encontrará todavía en territorio conocido al releer, con el prefacio de la prim era edición de El Mediterráneo, una prim era ver­ sión, publicada en los Armales de 1946 —y por lo tanto, antes de la defen­ sa de la tesis, en marzo de 1947—, del capítulo dedicado al oro de Sudán y la plata de América, versión que será reelaborada por completo en el libro. Hecha esta concesión a la tradición, establecida a finales de los años sesenta por los Escritos sobre la historia (Altaya, Barcelona, 1997), el res­ to pasó desapercibido en el m om ento de su publicación o bien perm ane­ ce actualm ente inédito, al menos en francés.

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Es el caso del grupo de cinco textos, tres de ellos inéditos, que escan­ den las etapas sucesivas de la redacción de Civilización material, econo­ mía y capitalismo: siglos x v -x v m (Alianza, Madrid, 1984), desde su con­ cepción inicial hasta su publicación. El prim ero de ellos señala sin duda el prim er paso de Fernand Braudel en inglés dentro del m ercado norteam e­ ricano {El Mediterráneo no se tradujo hasta 1973) y, lo que es más im por­ tante, en el corazón del sistema de enseñanza universitaria de Historia en Estados Unidos: el manual del Western Civilization de la Universidad de Columbia, donde en 1961, tom ándose muchas libertades con la leyes del género vigente en la época para este tipo de obras, cuya lectura forma par­ te del curso obligatorio para todo alum no de Historia, realiza una opera­ ción de pesaje global y sistemático de la economía europea en el marco de la economía mundial, entre mediados del siglo xv y mediados del siglo xvn. Ello le perm ite cuestionar sucesivamente el núm ero y la densidad de población hum ana, la geografía y la composición de los intercam bios co­ merciales a larga distancia, los precios y los metales preciosos, las pro­ ducciones agrícolas e industriales, los presupuestos de los Estados, las jerarquías, los ritmos y la cronología del capitalismo, y por último la periodización de ese «largo siglo xvi» convertido en dos, m arcado por tan gran núm ero de «crisis y catástrofes». En el tercer texto, publicado en 1972 en hom enaje a Emile James, la reflexión sobre «Estado y economía» que anuncia uno de los temas fun­ dam entales de la conclusión final de la trilogía acabada en 1979, la cual encadena casi de inm ediato con «Estado y cultura» —la segunda era «siempre una voz del tiem po pasado, es el Padre reprendiendo al Hijo» y tanto uno como otro contribuyen «al m antenim iento del orden social vi­ gente»— , ilumina en cambio su reacción a la gran crisis de 1968. Una cri­ sis en la que supo ver, más allá de la agitación superficial pronto apaci­ guada, que era a la vez profunda y duradera y que sus consecuencias sólo serían claram ente perceptibles a largo plazo: «¡Una revolución cultural no triunfa nunca de un día para otro!». Por último, el cuarto texto, una conferencia pronunciada en Leyden en 1975, m uestra cómo el tercer volumen, El tiempo del m undo (que en el es­ quema inicial del proyecto sólo existía como un punto de llegada del se­ gundo tomo), ha podido constituir la verdadera respuesta de Fernand Braudel a la crisis económica que empezó en el año anterior: sin inmu­ tarse ante la idea de arrancar una sonrisa en los economistas, escépticos ante referencias como los Kondratieff y los movimientos seculares que les parecen propios de otras épocas, Braudel afirmó en su estilo característi­ co que dicha crisis m arcaba un cambio de signo duradero de la economía mundial. Más allá de la «crisis», lo que a su juicio quedaba cuestionado era la jerarquía interna y la geografía mundial del capitalismo.

PR Ó LO GO

Los textos del último grupo, por fin, en su mayoría no solam ente iné­ ditos sino inconclusos, pertenecen al último gran proyecto braudeliano, el de La identidad de Francia. Por su fecha, 1972, el de Coligny al igual que el de la Reform a destinado a las Mélanges Trevor Roper, confirm a­ ban lo que ya m ostraban los resúm enes de sus dos últimos años de cur­ so (1970-1972) en el Collége de France: este proyecto de una Historia de Francia es un proyecto largam ente m adurado, aun cuando esperaría a haber term inado, en 1979, la trilogía del capitalismo para lanzarse en cuerpo y alma a este proyecto que desde el principio concibe como una reflexión crítica sobre todo un conjunto de realidades, el Estado, la reli­ gión popular y culta, la alta cultura, que no parecen entonces, o ya, te­ mas braudelianos por excelencia, aun cuando los abordó todos ellos, de una m anera u otra, al principio de su trayectoria como historiador. De las cuatro partes anunciadas, el destino quiso que sólo llegara a term inar de redactar las dos primeras. De ahí el interés de los fragm entos y de los «borradores» de la tercera parte, Estado, Cultura, Sociedad. En ellos en ­ contrarem os a la vez un eco de los temas ya desarrollados tres años an­ tes, en el capítulo final de Europa (1982), y una reafirmación del m éto­ do braudeliano: la ambición globalizadora de captarlo todo, dispuesto incluso a jugar sobre Jas escalas del análisis y sobre la jerarquía de los niveles, para abarcar sucesivamente, pero de una sola mirada, la llamada cultura «popular» o la brujería, y el hum anism o o la Reform a; la acep­ tación o el rechazo de esta última como uno de los grandes desafíos que plantea la m odernidad a las diferentes regiones de E uropa occidental; la negativa a ofrecer únicam ente explicaciones m onocausales —de lo reli­ gioso a través de lo religioso, de lo cultural a través de lo cultural, etc.— ; la definición de la sociedad como «el conjunto de los conjuntos»... No hay ninguna concesión a ninguna de las modas de la época, lo cual d e­ cepcionará sin duda a más de un crítico puntilloso siem pre predispuesto a lam entar que Fernand Braudel se haya atrevido a cazar por tierras que no le pertenecían: Braudel sigue decidido su propio camino sin preocu­ parse del qué dirán ni del juicio ajeno. Pero esta vez le faltó el tiem po y nos encontram os, definitivam ente en esta ocasión, frente a La identidad de Francia en la misma situación en la que ya estuvimos durante doce años ante el prim er volumen de Civilización material, y donde podría­ mos habernos encontrado ante un Mediterráneo al que los azares de la guerra hubiesen dejado incompleto. Sin embargo, la sorpresa principal va a encontrarla el lector ya en las prim eras páginas de este libro, en las tres prim eras secciones de la pri­ m era parte, con el único de los cuadernos redactados durante su cauti­ verio y que regularm ente enviaba a Lucien Febvre, conservado por el propio autor. Ya conocíamos su contenido por la fotocopia parcial que

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el propio Fernand Braudel entregó a principios de los años ochenta a Giuliana Gemelli y que ésta pudo utilizar en su obra. El redescubri­ m iento muy reciente de este original por parte de la señora Braudel des­ peja las últimas dudas que podía suscitar la lectura sorprendente de las escasas páginas del prólogo: Fernand Braudel, a finales de 1944, se pro­ yecta hacia el futuro, habla de su cautiverio en pasado y de sus cam ara­ das de infortunio como sus «oyentes de ayer», y de una obra que sin lu­ gar a dudas nunca term inó y que además renunciaría a publicar, como a punto de estarlo, acabada e incluso acom pañada por él de «unas notas bibliográficas bastante largas». Se trata en realidad de una veintena de conferencias pronunciadas una prim era vez en el campo de Mayence en 1941, una segunda en el de Lübeck, en 1943-1944, y cuyo texto, redacta­ do a partir de las notas de dos de sus oyentes, fue parcialm ente corregi­ do por Fernand Braudel entre las líneas y en la página de la izquierda que había dejado en blanco. El interés de estas páginas, en las que Fernand Braudel precisa los distintos aspectos de su concepción de la historia, es evidente. Es el pri­ m er texto que él concibió con idea de presentar a sus oyentes y a sus lectores una visión coherente, y sus páginas se sitúan a un nivel muy dis­ tinto de las anticipaciones que pueden identificarse en cualquiera de sus artículos e informes de los años treinta. Constituyen un jalón esencial en la historia de la formación, o al menos de la formulación del pensa­ miento y la teoría braudelianos, además de contribuir a modificar la re­ presentación más com únm ente aceptada de esta historia. Siempre apo­ yada en ejemplos y en detalles concretos, su reflexión sobre los m étodos y ambiciones de la historia no es, o no solam ente, una derivación de El Mediterráneo, una teorización ex-post, a partir de un libro acabado, he­ cha por un hom bre que nunca olvidaba decir que desconfiaba de las teo­ rías y que nunca ninguna teoría había dado un buen libro de historia. Es una reflexión paralela y la reunión, en este mismo cuaderno de cau­ tiverio, del texto de esas conferencias y de unas «Notas adicionales a in­ troducir en el texto», por entonces casi term inado, de El Mediterráneo, tom a desde este punto de vista un valor de símbolo: los dos textos se ali­ m entan m utuam ente, a lo largo de estos cinco años tan mal conocidos puesto que Fernand Braudel se preocupó de hacer desaparecer (excep­ ción hecha, como ya sabemos, de su correspondencia con Lucien Febvre que esperam os pueda por fin ser publicada) todas las huellas que ha­ brían perm itido reconstruir las etapas de su itinerario intelectual, con­ tentándose con decir que «sin su cautiverio, sin duda habría escrito un libro muy distinto...». Del Braudel de los años veinte y treinta seguimos sabiendo muy poco y casi todo lo poco que sabemos está reinterpretado y resituado en perspectiva por él mismo con la distancia del tiempo.

PR Ó LO G O

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Esas cerca de ochenta páginas nos perm iten acceder al Braudel de los años decisivos del cautiverio. No nos sorprenderá ver desarrollados muchos temas que luego no re­ cuperará hasta quince años después, en los artículos de m étodo de finales de los años cincuenta: la crítica de la historia evenemencial —expresión cuya paternidad sigue atribuyendo a Frangois Simiand (y no, antes que él, a Paul Lacombe, como descubrirá más adelante); la exigencia de una «gran, de una profunda historia ... una historia de los hom bres vista en sus realidades colectivas, en la evolución lenta de las estructuras según las pa­ labras de moda hoy: estructuras de los Estados, de las economías, de las sociedades, de las civilizaciones...»: una referencia a las estructuras que podem os com parar con las reticencias de Lucien Febvre ante el uso reite­ rado en exceso del térm ino «hasta en los Anuales»; la concepción de esta historia profunda como historia social colectiva, y dialogando por ello en pie de igualdad con las otras «ciencias sociales» o «ciencias de lo social», «más científicas que la historia, m ejor articuladas que ella en relación a la masa de los hechos sociales ... deliberadam ente centradas en lo actual, es decir en la vida ... y [trabajando] todas ellas ... sobre lo que puede verse, medirse, tocarse con los dedos». Frente a los geógrafos, etnólogos y etnó­ grafos, estadísticos, economistas y juristas, al historiador le corresponde plantearse las mismas preguntas, pero en relación al pasado. «De ahí la necesidad de llegar a su presente, igual que ellos se sumergen en nuestro pasado; de tener en cuenta sus análisis y sus investigaciones, sus explica­ ciones y, si se da el caso, sus leyes...» Podríamos multiplicar las citas, pero en resumen se trata de que, aun cuando no se llegue a pronunciar el nom bre, el marco de referencia es ya el del gran artículo futuro sobre la larga duración. Y a lo largo de las si­ guientes páginas encontram os la que será la actitud recurrente de Fer­ nand Braudel quince o veinte años después: la estrecha asociación entre la afirmación de la necesidad del diálogo y la crítica sistemática de los errores e insuficiencias de los mismos con quienes se debería poder dis­ cutir, geógrafos, economistas, juristas u otros... Com o si el diálogo fuese a la vez necesario e imposible, y como si sólo pudiese desarrollarse en las condiciones impuestas por los historiadores: ¿quiere eso decir que «el im­ perialism o de la historia» es inevitable? Q ueda lo esencial: cuando a finales de los años cincuenta Fernand Braudel se ve prom ocionado para asumir responsabilidades instituciona­ les que desem peñará durante más de quince años, a la hora de fijar el rum bo podrá apoyarse en una reflexión largo tiempo m adurada, entre M ayence y Lübeck, en el aislam iento del cautiverio. Un aislamiento po­ blado de amistades, de sueños, de esperas y de voluntad a la vez de com ­ prender y de sobrevivir, y de com prender para sobrevivir. No hay otro ca­

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mino, queda claro, que tom ar la historia en serio en el sentido más fuerte de la palabra. Pero es imposible tam bién no preguntarnos si no fue el cau­ tiverio el lugar donde m aduró a la vez la obra y el historiador. Sin él, no solam ente la prim era sino tam bién el segundo habrían sido, no hay duda, diferentes. M. A.

PRIMERA PARTE LA HISTORIA, MEDIDA DEL MUNDO*

*

Manuscrito inédito. Archivos Fernand Braudel.

Durante su cautiverio (junio 1940-mayo 1945), Fernand Braudel envió a Lucien Febvre decenas y decenas de cuadernos de colegio (la única fu e n ­ te de papel existente en los campos alemanes). Se trataba esencialmente de tres o cuatro versiones sucesivas de El M editerráneo — destruidas todas ellas por su autor, conform e al trato que habitualmente daba a sus m anus­ critos— y de abundantes notas de lecturas que hizo recortar en fichas a su regreso. N o quedó nada sin embargo de esta masa de papeles, salvo un cua­ derno conservado por el hijo de Lucien Febvre, y el que nosotros publi­ camos a continuación del que sólo se disponía hasta la fecha de una f o ­ tocopia incompleta. Ha sido recuperado inesperadamente. Enviado desde el OJlag X V de Lübeck, donde fue sumariamente encuadernado y cuyo sello lucen varias páginas, fu e redactado en ¡944, seguramente a finales de este año, quizá para distraer la espera impaciente de los últimos meses de guerra, los más difíciles de todo su cautiverio según escribía entonces Braudel. Es por lo demás un texto en el que sus camaradas intervinieron, sugi­ riendo que pusiera por escrito y publicara la serie de conferencias sobre la Historia que Braudel pronunció en el campo; y como él sólo conserva­ ba el esquema, pues nunca escribía ni los cursos ni las conferencias, tuvo que utilizar las notas de algunos de los oyentes. Dos de ellos copiaron el texto. Sólo utilizó las páginas de la derecha del cuaderno, mientras que las pá­ ginas contrarias llevaban, de mano de Braudel esta vez, un gran número de añadidos y correcciones — excepto en las últimas páginas que a todas luces no fueron revisadas, pues las vacilaciones de lectura traducidas a menudo en blancos no se han rectificado. El prólogo explica claramente el plan de la obra, en dos partes, de las que sólo se llegó a redactar la primera. El proyecto fu e evidentemente abandonado puesto que, interrumpido en la hoja 195 (el cuaderno está numerado de principio a fin), en la página siguiente da paso a una serie de «Notas adicionales» referentes a El M e­ diterráneo.

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El texto reúne, por tanto, abreviándolas, una veintena de conferencias pronunciadas de agosto a octubre de 1941 en el campo de Mayence (del que Braudel salió en la primavera de 1942), recuperadas en el Oflag X C de Lübeck en 1943-1944. Corresponden, por lo tanto, y es su principal interés, al periodo de la primera escritura de El M editerráneo a la que Braudel se dedicó desde su llegada al campo: «Trabajo de un tirón en mi siglo xvi, es­ cribió en julio de 1940, cosa absurda en estos momentos, pero tan dulces». Y el 25 de enero de 1941: «Mi libro está terminado (¡1.600 páginas escritas!) ¡Ufl»; pero apenas enviada esta primera redacción a Lucien Febvre redac­ ta una segunda, precisamente entre julio y diciembre de 1941, el m ism o p e­ riodo de las conferencias. Estas tienen así su lugar en la génesis de El M editerráneo del que el propio Braudel afirmó: «Sin m i cautiverio, seguramente habría escrito un libro m uy diferente». En este larguísimo «cara a cara, durante arios ... mi visión de la historia ha adquirido ... su form a definitiva sin que yo m e die­ se cuenta enseguida, en parte como la única respuesta intelectual a un es­ pectáculo — el Mediterráneo— que ningún relato histórico tradicional me parecía capaz de reflejar; y en parte como la única respuesta existencial a los trágicos tiempos que estamos viviendo. Todos esos acontecimientos que la radio y los diarios traían hasta nosotros ... yo tenía que superarlos, re­ chazarlos, negarlos ... creer que la historia, el destino, se escribían a mucha mayor profundidad, elegir el observatorio del tiempo largo».1 Las páginas dedicadas a la historia evenemencial son un reflejo directo de la respuesta «existencial», un mensaje de consuelo admirablemente en­ tendido por los oyentes puesto que, según cuenta uno de ellos, se había con­ vertido en un juego compensador gritar por los pasillos de la cindadela de Mayence, cuando se producía una nueva victoria alemana: «¡Es un aconte­ cimiento, nada más que un acontecimiento/». En cuanto a la «respuesta in­ telectual», ésta gira en torno a la «gran historia», la que debe sumar las conquistas del resto de ciencias sociales.

1. «Mi formación de historiador», en Journal o f Modern History, diciembre de 1972, publicado en Ecrits sur l'histoire , II, Arthaud, 1990.

PREFACIO* E s el m iedo a la gran H istoria lo que ha m atado a la H istoria Grande. E d m u n d Fa r a l

Las más de veinte conferencias de este volumen fueron pronunciadas de agosto a octubre de 1941, en el Oflag XIIB de Mayence. Volví a pronunciarlas dos años después en el Oflag XC de Lübeck en 1943-1944; sólo después, y tras muchas vacilaciones, empecé a redactarlas a partir de un esquem a y de las notas incompletas de uno de mis oyentes, aunque conservé en la medida de lo posible su forma hablada original. Pero hay mucha distancia de la palabra a la escritura, como he observado una vez más, diría que casi a mis expensas. Esta revisión evidentem ente me ha perm itido hacer bastantes reto­ ques. En distintos puntos he com probado, com pletado o rectificado el pensam iento que expresaba, he cam biado tam bién el orden de los capítu­ los y de los párrafos, deslizado alguna nota explicativa, añadido al texto de una conferencia explicaciones com plem entarias muy a m enudo ofreci­ das al principio de la siguiente sesión. Incluso escribí tres capítulos en te­ ros nuevos,1 uno sobre la historia demográfica (capítulo 5), otro sobre la historia étnica (capítulo 6: «¿Hay una historia de la sangre?» y el último dedicado al arte y al pensam iento. También he incluido, en notas biblio­ gráficas bastante largas al final de cada capítulo, lo sustancial de las refe-

*. Este prefacio, escrito de puño y letra de uno de los camaradas de cautiverio de Braudel fue redactado en vista a la edición proyectada, que nunca se llevaría a caho. 1. Cuatro de los siete capítulos anunciados, así como las notas bibliográficas, no apa­ recen en las páginas del cuaderno que nosotros publicamos. No hay motivo para pensar que fueron redactadas en otro lugar.

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ren d as utilizadas, especialm ente en lo relativo a la literatura de los años 1940-1944. Por regla general, sin embargo, he preferido aligerar mis expli­ caciones y reducir el núm ero de ejemplos. Varias veces he reunido dos conferencias en un solo capítulo con el deseo constante de abreviar. El texto de esta «tercera edición» no corresponde, por tanto, al texto exacto de mis conferencias. Pero no creo haber alterado por ello su espíritu o desplazado las con­ clusiones... Digo esto para explicarle al lector el tono tan particular del libro y el origen de una em presa bastante im prudente en sí misma. Pero ayer2 era preciso explicarlo todo o reexplicarlo. Había que defender, que justificar, cada una de las posiciones atacadas o, con más frecuencia aún, olvidadas en aquellos años de preocupación y de indiferencia intelectuales, años en los que mis conferencias encuentran su explicación y su más sólida excu­ sa. Y había que defender en prim er lugar las verdaderas posiciones de la historia, muy mal conocidas. ¿Qué no se estaba haciendo en nom bre de la historia? A hora bien, ¿es posible com prender y actuar e incluso liberar­ se en el plano político y en los demás planos sin tener en cuenta sus ense­ ñanzas, sus advertencias y su m edida? Yo creía que no. Esporádicam ente, con un exceso de confianza, quizá... ¿Pero está prohibido tener dem asia­ da confianza, dem asiado optimismo, creer en la razón que indaga, en la sa­ biduría de la m ente y en la conm ovedora belleza de la vida, con indepen­ dencia de las circunstancias en que la historia os haya colocado? Dicho esto tam bién, en el caso de que lean este libro, para mis oyen­ tes de ayer, que nunca me regatearon su atención ni su sim patía y me ofrecieron incluso mucho más que su simpatía. A ellos les debo observa­ ciones y críticas enriquecedoras, y ellos fueron en definitiva quienes me em pujaron, tanto como lo hizo mi propia voluntad, a realizar este largo viaje a través del m undo y del tiempo perdido, y después de haberlo he­ cho, a escribirlo de cabo a rabo. Expreso aquí todo mi agradecim iento y les dedico mi recuerdo lleno de gratitud. Espero incluso que me reconoz­ can, exactam ente, al hilo de su lectura. Como ellos, pase lo que pase, se­ guiré recordando durante mucho tiempo los locales de nuestras reunio­ nes, las discusiones, las caras amigas y nuestros años perdidos. ¿Es necesario que diga que he procurado, en años y en circunstancias difíciles, conservar la sangre fría y juzgar los hechos siempre como histo­ riador y no como partidario de una u otra tendencia? No he querido ser constructivo a la m anera dem asiado fácil del m omento, que consistía en rehacer Francia, Europa y el mundo, sobre el papel por supuesto. Mi am ­ bición ha sido ver y m ostrar las cosas y a los seres hum anos tan objetiva­ 2.

La redacción de este texto, que data de 1944, anticipa sobre la «posguerra».

P R E F A C IO

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m ente como fuera posible. Id est quod est. No he sentido la necesidad de ser tendencioso o rencoroso o reivindicativo o halagador, ni alterar una form a de pensar y de hablar que estoy firmem ente decidido a que siga siendo la mía. Pretendo juzgar a las personas y los Estados —amigos o enemigos— y a mi propio país con el corazón a pesar de todo vacío de irritación y de am argura... Ver con la mayor claridad posible, nada más, pero es mucho. Mi labor de historiador ha sido para mí tanto un refugio como un puesto de observación sobre el tiempo actual, pero he querido hablar sobre estas delicadas cuestiones actuales en un tono sereno e in­ cluso, bastante a menudo, con una sonrisa, ya que creo que el dram atism o de mal gusto no forma parte de nuestra tradición francesa. Pues lo cierto es que existe una m anera francesa —y subrayo la palabra— de comunicar el dolor y la ira sin necesidad de forzar la voz. ¡Todo lo contrario! Ultim o detalle, the last but not the least, debo el ambicioso pero bello título de este libro a mi amigo de cautiverio, el «decano del Colegio de Abogados» Charles-A ndré Vidal, un maravilloso oyente y maravilloso controlador de ideas.

El presente libro se divide en dos partes de una importancia práctica­ m ente igual.3 La prim era es un largo alegato a favor de una forma de his­ toria, la búsqueda de un m étodo que quizá, con la pretensión de ser claro y lógico, he definido de m anera dem asiado categórica, en ángulos agudos. No hay nada más difícil que definir un método. Y el mío, bien lo sé, está lejos de ser perfecto... La segunda parte, que he pretendido cercana a la vida, es el estudio de una serie de asuntos tom ados de la experiencia y de las discusiones cotidianas. Por supuesto, como ocurre con toda división, ésta es en más de un aspecto artificial y discutible. La vida es única, terri­ blem ente única, más allá de su variedad y de sus contradicciones. Asi­ mismo he pretendido, a través de notas y de remisiones, establecer como m ejor he podido enlaces útiles entre las dos partes de mi libro. La indul­ gencia y la buena voluntad del lector harán el resto.

3.

Sólo fue redactada la primera parle.

Capítulo 1 TRES DEFINICIONES: EL ACONTECIMIENTO, EL AZAR, LO SOCIAL El historiador no es el que sabe, sin o el que busca. L ucie n F f.bvre

L a religión ele R abelais 1

Pretendo explicarles el tiempo presente, con independencia de las cir­ cunstancias que estam os viviendo, más allá de los torbellinos que esas circunstancias conllevan... E incluso, en cierta medida, pretendo explicar­ les esas circunstancias y esos torbellinos. ¡Menuda pretensión! pensarán, y qué falta de modestia por mi parte. M enuda pretensión, pues convendrán conmigo que no me encuentro en la m ejor de las situaciones para perci­ bir el mundo. ¡Si al menos estuviese libre, si al menos ocupase un puesto relevante! D esm esurada pretensión tam bién porque el m undo es vasto y bastante complicado y, para hablar con franqueza, no siempre resulta fá­ cil de explicar. En el m ejor de los casos, les estoy invitando a una larga, muy larga, empresa. Sin embargo, esta pretensión mía se apoya en realidad en una ex­ traordinaria confianza, y el viaje al que les invito no es absolutam ente nuevo, cosa que disminuye su encanto pero tam bién sus riesgos, pues va­ 1. F. Braudel leyó el Rabelais de Lucien Febvre en el juego de pruebas que el autor le envió a Lübeck el 4 de noviembre de 1942 (recibido el 22 de noviembre y encuadernado en la biblioteca del campo).

TRES D E FIN IC IO N E S

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rias etapas han sido exactam ente reconocidas. ¿U na extraordinaria con­ fianza? ¿O ué confianza? La que yo deposito en la historia, herram ienta de conocim iento e instrum ento de medición. Tal vez no la historia que re­ cuerdan de sus años escolares, pues todo ha cam biado desde entonces, en prim er lugar ustedes aunque tam bién ella, mucho más de lo que puedan suponer. La historia que aquí invoco es una historia nueva, imperialista e incluso revolucionaria, capaz en su voluntad de renovarse y de consum ar­ se, de saquear las riquezas de las otras ciencias sociales contiguas; una his­ toria, repito, que ha cambiado mucho, que ha avanzado extraordinaria­ mente, por mucho que se diga, en el conocim iento de los hom bres y del m undo, en pocas palabras en la inteligencia misma de la vida. Yo diría una gran, una profunda historia. Una gran historia significa una historia que se orienta a lo general, que es capaz de extrapolar los detalles, de rebasar la erudición y de captar lo vivo, con sus riesgos y peligros y en sus más gran­ des líneas de verdad. Quizá cada época tiene la historia que merece, la luz histórica que conviene exactam ente a su vista y a su paso. Las épocas fe­ lices y dem asiado apacibles se contentan con luces minúsculas. Se necesi­ tan grandes cataclismos, desgracias en que el hom bre y los pueblos perci­ ben instintivam ente el lado trágico del destino, para que la gran historia pueda arrojar sus luces, convertidas entonces en necesarias y sin duda en bienhechoras. La gran historia, pero tam bién historia profunda; esta últi­ ma expresión pronto les resultará familiar si siguen mis razonamientos. E ntiendo con ello, coincidiendo con algunos otros historiadores actuales y del pasado, ofrecer una historia de los hom bres considerada en sus rea­ lidades colectivas, en la evolución lenta de las estructuras, según la palabra hoy en boga: estructuras de los Estados, de las economías, de las socieda­ des y de las civilizaciones...2 Confianza, por lo tanto, en la historia. Me veo obligado entonces, an ­ tes de seguir adelante, si no a definir para ustedes muy exactam ente qué es la historia, al menos presentarla de la m anera más clara posible, sin per­ derm e con ello en discusiones estériles, sin extraviarm e por vericuetos fi­ losóficos o de erudición donde corro el peligro de quedarm e solo —una pequeña desgracia— , adem ás de no aclarar nada en absoluto. Procederé de otro m odo y de la forma más sencilla posible. No definiré realm ente la historia hasta el final del viaje. Por el m om ento m ostraré, a modo de lar­ go preám bulo, tres realidades que afectan a la historia. ¿Q ué es un acon­ tecim iento? ¿Q ué es el azar? ¿Q ué es lo social? R esponder a estas pre­ guntas me perm itirá iluminar de modo suficiente nuestro camino.

2. «Structures»: expresión tomada del libro de Gastón Roupnel, Histoire et destin, 1943, de cuyo resumen se ocupó Braudel con destino a los Annales.

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Sangrientos acontecim ientos nos asaltan, nos rodean por todas partes y, al parecer, tejen sobre la marcha, caiga quien caiga, la historia que se está haciendo. Nunca han estado tan próximos a nosotros ni nunca han sido tan amenazadores: los años felices carecen de historia, es decir, no tienen sucesos acuciantes; pero nosotros no vivimos años felices. Hemos recuperado, para mucho tiempo, el sentim iento trágico de la historia. Sin embargo, la peor de las políticas, como bien saben, sería la que consiste o bien en ignorar estos acontecim ientos o bien en aceptarlos tal y como se nos presentan, ceder a su insistente empuje, y sobre todo creer en su amenaza y en su im portancia puntual. La buena política, la actitud viril, consiste en reaccionar contra ellos, soportarlos pacientem ente en pri­ m er lugar y, sobre todo, juzgarlos por su valor, a veces irrisorio, pues los grandes acontecim ientos se desvanecen con rapidez, y no siempre dejan tras de sí las im portantes consecuencias anunciadas. Pensemos en el des­ tino de tantas victorias clamorosas o de tantos grandes discursos políti­ cos... ¿Qué quedaba de ellos dos o tres meses después? ¿Y qué retendrá la historia dentro de cincuenta años, en bloque, de este tiem po nuestro lle­ no de agitación, m onstruosam ente preocupado de sí mismo? Un acontecim iento es un hecho histórico; ésa es una definición pobre, me objetarán. ¿Q uiere decir eso que es un hecho como cualquier otro? «No, es un hecho notable», al menos eso es lo que nos dice A natole Frail­ ee. Yo, por mi parte, más bien diría que es un hecho notado, señalado a nuestra atención, registrado, convertido de un modo u otro en visible para nuestra m irada, por una luz tal vez fortuita, en medio de la masa de esos hechos innum erables que, a cada instante, conform an la historia ideal y completa del mundo. No creamos entonces en la pureza del hecho, m ate­ rial de la historia ayer, y que se sigue considerando con una especie de idolatría. «Esa gente no se da cuenta —escribe Lucien Febvre— de que su famoso hecho es ya el resultado de toda una elaboración, una abstracción donde lo subjetivo ya ha actuado.» Y eso es lo que yo quisiera establecer, a mi m anera, en el plano de la actualidad. Este origen del hecho, o mejor digamos del acontecim iento en lo actual (el acontecim iento de hoy es el hecho histórico de m añana), no implica a la fuerza que haya de ser siem­ pre un hecho considerable. ¿Podríamos saberlo en el m om ento en que se produce? Lo que decidirá su importancia no es el ruido que haga en su m om ento o el ruido que se haga en torno a él, sino las consecuencias que se deriven o no de él. A hora bien, esas consecuencias son hijas del tiem3.

Sobre la historia evenemencial, véase supra , p. 18, la presentación de este texto.

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po. Los hechos actuales a los que se señala como im portantes lo son, por tanto, con carácter provisional, y quedan sujetos a revisión. Lo sabíam os... Pero ahí tenem os una buena razón para no sobreestim arlos y no creer a ciegas que todos tienen obligatoriam ente importancia. Observem os tam bién que los sucesos nos abordan al galope. Fútiles o no, son dram as extraordinariam ente breves, dram as-relámpago, como podem os observar en varios acontecim ientos-tipo que tomamos como ejemplo, al azar, entre nuestras informaciones actuales y nuestros recuer­ dos de ayer. Un puñado de sucesos que m añana parecerán totalm ente desprovistos de interés, confirm ando así nuestro punto de vista. Insista­ mos, sin embargo. El detalle m erece que nos detengam os a observarlos desde más cerca. ¿Acontecim ientos? Winston Churchill acaba de pronun­ ciar un discurso en la Cám ara de los Comunes; Roosevelt, una vez más, habrá hablado desde el rincón junto a la chim enea en la Casa Blanca; G oebbels acaba de escribir un largo artículo, objetivo, plagado de detalles y declaraciones, en el Reich, el gran sem anario alemán. Un diario recien­ te anuncia la llegada a Argel del general am ericano Doolitlle, que en 1942 dirigió el prim er ataque aéreo contra Tokio. A Argel llega tam bién, nos cuentan, el arzobispo de Nueva York, m onseñor Spellman, del que se nos ha hablado repetidam ente a propósito de misteriosos viajes a Londres, Rom a, A nkara... Incidentes dignos de señalar, si se quiere, rum ores pro­ cedentes una vez más de A nkara y que una vez más plantean, aunque sin llegar a esclarecerlos de verdad, el urgente y languideciente problem a tu r­ co. A contecim iento tam bién es ese reportaje de 1111 corresponsal de gue­ rra alem án, ese P. K. Bericht anim ado que publica el Frankfurter Zeitung de ayer sobre un com bate en Ucrania —incidente anónimo, es cierto, per­ dido en la inmensidad del frente del Este y tanto más significativo quizá. Sucesos tam bién, y grandes sucesos, sucesos-tipo los llamaríamos de bue­ na gana, situados en el corazón de la vida del mundo, son esas entrevistas sensacionales de ayer, ésta en el estuario del Potomac, aquélla en la esta­ ción «histórica» del Brenner, aquellas otras en Florencia, en Casablanca, en El Cairo, en Adana, a la espera de las entrevistas y conferencias del futuro. Todo el haz de noticias relámpago, casi sin motivo, esos instantes car­ gados de emoción y que durante un segundo se fijan de lleno sobre los dueños del mundo. Volverán a m ostrárnoslos a intervalos regulares, pode­ mos estar seguros, y es un juego repetido ofrecernos sus conversaciones como si fuesen enigmas y señalar im perturbablem ente que estas entrevis­ tas son los dram as a través de los cuales se elabora el destino del m undo y el nuestro. ¿Tenemos corazón para dudar de que sea verdad? Además, sin esos maestros, sin esos relámpagos de flash, ¿seguiría habiendo acon­ tecim ientos? ¿H abría siquiera diarios? Sé muy bien que la semana que

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acaba de pasar no ha sido muy rica en peripecias militares, que la guerra en el Este se detiene a causa del barro y de las aguas del deshielo. Pero ¿no resulta curioso ver el lugar que ocupan los acontecim ientos alejados de las líneas de fuego? C uando la guerra se calma, los diarios tienen que seguir hablando. Es algo que vemos siempre, es la prensa la que nos da esas noticias hechas picadillo, recortadas en instantes breves. El día es la unidad de m edida obligada de la información, esa fabricante de aconteci­ mientos. Las operaciones militares en sí mismas obedecen muy a menudo, pese a su continuidad, a esa necesidad del artículo diario. Están troceadas en episodios, recortadas en batallas locales, descritas en frases de com uni­ cados diarios, pues el lector reclama su pitanza de cada día. ¿Es necesario que alarguem os la lista de ejemplos que pueden en­ contrarse en las diferentes categorías de nuestros acontecim ientos? ¿O que nos preguntem os si el acontecim iento, instante de historia, corres­ pondería a la brevedad orgánica de nuestros recuerdos, al trabajo en pun­ teado de nuestra m em oria? En todo caso, me parece probado, o fácil de probar, en lo que se refiere a su duración. C ronom etrad los aconteci­ mientos que queráis, ¡siempre os sorprenderá su brevedad! Todos ellos dan exactam ente la impresión de ser tráilers, esos cortes de las películas nuevas que se proyectan en las salas de cine para anunciar el program a de la semana que viene. Por apasionantes que sean, esos tráilers nunca nos cuentan la película entera, toda una historia; la anuncian y la sugieren, pero a nosotros nos toca soñar con ella. Muy a menudo, un acontecim iento en el tiempo es algo bastante in­ significante, incluso los grandes acontecim ientos equivalen a cien o dos­ cientos m etros de película. Algunos decorados más adivinados que vis­ tos; la estación de Brenner, dos trenes oficiales, algunos personajes y los propios grandes personajes entrevistos en el instante del apretón de m a­ nos, pues lo esencial, como ocurre en las buenas novelas, se nos ha es­ camoteado. Pero ¿es que «lo esencial» es siem pre tan im portante? O tra historia, otra gran pregunta con la que nos encontraremos. ¿Esos grandes hom bres tienen en sus manos el destino del m undo y su propio destino? Sí y no. Muy a m enudo no, ya que como mucho su papel consiste en desplazar al destino durante un instante de su camino normal, un breve instante a es­ cala histórica, no a escala de nuestras impaciencias, desde luego. R ecuerdo que en Am érica vi una película de la que todo el m undo de­ cía que era sensacional, sobre la guerra de 1914-1918, y que no era más que una serie de fragm entos de noticias, sobre películas gastadas, de una épo­ ca en que los operadores no sabían filmar los movimientos sin deform ar­ los de manera poco graciosa. El público sin embargo se abalanzaba sobre las taquillas para verla. En resum idas cuentas, era una extraña película sobre

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el largo dram a de la prim era guerra mundial. No se veía un solo soldado de verdad y las escasas explosiones se habían preparado luego, en estudio. Tampoco se veía un solo combate. Pero los oficiales desem peñaban su pa­ pel al natural, con aplicación y compunción, solos esta vez, sin los ruidos y las ilusiones de ayer: el rey Jorge V aparecía cinco o seis veces, si no me equivoco; a Poincaré se le veía en lando; Guillerm o II pasaba tres o cua­ tro veces por el frente de las compañías de honor; se veían generales po­ niendo condecoraciones, desfilando. Y el resto era parecido. Después de todo, la actualidad vista de lejos, ¿no es muy a m enudo una caricatura más triste que risible de la historia? Por lo tanto, es por abuso por lo que muy a menudo, pero que muy a m enudo, los supuestos grandes hom bres encarnan el destino y parecen go­ bernarlo. La cercanía de su grandeza y su poder social nos imponen m ien­ tras están vivos. Pero ¿en qué medida son realm ente grandes? Evidente­ m ente no vayamos a creer que con esas pocas palabras el problem a del individuo en la historia está solucionado. Es verdad que no, y volveremos a encontrarlos en su tiempo con sus dificultades... Pero, por el momento, depositen provisionalmente en mí su confianza. Los acontecim ientos son hombres, estos o aquellos hombres, uno que habla, otro que llega, otro que escribe, etc. I lom bres a los que separam os de los demás m ientras que, sin esos otros hombres, suelen ser poca cosa. El carácter hum ano o, ha­ blando más concretam ente, el carácter individual del acontecim iento no aum enta su importancia. Y eso es todo lo que quiero que retengam os de m omento. Ello no impide que estos acontecimientos, que esos trailers pintores­ cos, atractivos y en algún caso agobiantes, compongan así las prim eras imágenes coherentes de la historia de nuestro tiem po (de todos los tiem ­ pos, por lo demás). Imágenes instantáneas, imperfectas —¿hay que decir­ lo?— , dibujadas a toda prisa, unas hinchadas, mal engarzadas otras, y to­ das ellas además iluminadas según la fantasía de las propagandas o de los reportajes. Cuando el mundo es libre (si bien entonces su historia es m e­ nos dram ática), series opuestas de imágenes se encuentran y se juntan como pueden. Lástima si al espectador le cuesta entenderlas. El especta­ dor tiene sus imágenes: ¡pues que vuelva las páginas del álbum o de la re­ vista! Es cierto que esta prim era historia está plagada de errores; es cierto que es falaz; es cierto que se presenta como la superficie, fosforescente, discontinua de la vida del mundo y solam ente como su superficie; es cier­ to que mezcla los grandes acontecim ientos con los nimios sucesos sin dis­ tinguirlos, como convendría, pero esta es una prim era historia de todos modos, resistente ya, que posee la fuerza y la potencia del prim er ocu­ pante. Es m entira sin duda, pero una m entira cargada de verdades y de

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sortilegios. El hom bre —y ese es el encanto de esta historia— se encuen­ tra a gusto al principio y se reconoce en ella, pues esta historia está escri­ ta día a día, tiene la m edida de sus pasiones y de sus ilusiones y, por ello, está cargada de hum anidad y de poesía, y ¿existe una ilusión más tenaz entre quienes viven una historia que la de creerse los autores responsa­ bles de ella y no solam ente sus víctimas? Una de las fuerzas de este triunfo de lo evenemencial está precisa­ m ente en dejarnos creer que el destino depende de nuestras voluntades; que, m odesta o ilustre, nosotros forjamos nuestra propia historia. Deja que así lo creamos, ya sea exaltando a los señores del m omento, héroes hegelianos, superhom bres nietzschianos, demiurgos, grandiosas hazañas del hom bre, pero todos ellos hechos a nuestra imagen, fabricados con nuestro propio barro. ¡Bonito motivo de orgullo y de confianza! De ahí sin ninguna duda, repito, procede el evidente encanto de esta prim era his­ toria en titulares, siem pre rica en incidentes, peripecias y emociones. La vida habitualm ente tan gris adquiere los matices crueles y tiernos de una novela vivida. ¿Cóm o no iba el público a dejarse seducir por tanto relato em ocionante, tantas existencias hum anas que podem os revivir a placer? Y esto ocurre tanto en lo que se refiere al tiem po presente como al pasado. ¿Creen que un acontecim iento de la vida de Napoleón, por ejemplo, con­ tado con suma precisión, no tendrá tam bién mucho más interés hum ano para un auditorio común que las consideraciones más refinadas sobre la historia profunda del Prim er Imperio? Fíjense en la moda de las vidas no­ veladas y, para com parar, pensemos en la tirada y en la audiencia de los verdaderos libros de historia. Poder, por lo tanto, magia de los acontecimientos. Sin embargo, por cautivadores que sean, no representan la historia entera del tiem po que pasa sino su superficie nada más. La historia no es el relato de aconteci­ mientos sin más. No es solam ente la medida del hombre, del individuo, sino de los hombres, de todos los hom bres y de las realidades de su vida colectiva. Volveré sobre ello a lo largo de este libro. No todos los historiadores lo saben. Pensemos que en cualquier trabajo de historia tenem os a nuestra dis­ posición una docum entación evenem encial, anecdótica y llena de vida. A través de dicha docum entación, de su inventario y crítica, empieza el pri­ m er trabajo. Es verdad que nuestra investigación se dirige a aconteci­ mientos despojados del halo de la actualidad, dispuestos según unas pers­ pectivas bastante a m enudo alteradas, pero en cualquier caso sobre acontecimientos. La segunda tarea consistiría en buscar, junto a los acon­ tecimientos, hechos m enores que no conciernen a las acciones extraordi­ narias o a personajes ilustres, sino a los actos de la vida diaria. Para ello, «el precio del hierro o la tasa de la renta, el nivel de los salarios o el pre­

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ció del pan nos instruyen m ejor que el relato de una batalla o la en tre­ vista de dos soberanos», señalaba A natole France en un capítulo de La Vie littéraire. A través de estos hechos nimios se nos ofrece la posibili­ dad de conocer las realidades de la historia colectiva, de la historia pro­ funda. Pero no todos los historiadores, insisto, se dedican a realizar estas investigaciones suplem entarias y decisivas. La historia evenemencial, que no pretendo considerar desdeñable (creo solam ente que es una cate­ goría de la historia y no toda la historia), ejerce su encanto exclusivo so­ bre ellos como sobre los contem poráneos. Más allá de su decorado, como los propios contem poráneos, no se preguntan si tienen lugar o han tenido lugar otras historias, dram as semiocultos pero dram as reales. No se pre­ guntan si, más allá de la superficie, no están las profundidades de la his­ toria. U na aventura de todos los días: un historiador registra tal historia eve­ nemencial, ya acabada, al alcance de la mano, y nos la entrega sin más, como una mercancía legal. La encuentra en los diarios de ayer, de antea­ yer, en los cronistas y memorialistas, que son los periodistas avaní-la-leítre. Es el caso del grueso libro de Pierre de la Gorce dedicado al Segundo Imperio, que muchos de ustedes habrán leído. O tro libro análogo y que circula por aquí, el Francisco I de Charles Terrasse, lleva por subtítulo El rey y el reino. Concedo que es un libro que tiene su interés y su mérito, pero en realidad es un libro de acontecim ientos colocados uno después de otro, alineados en un relato agradable, muy vivido, está claro. En realidad, trasladado al pasado, es una serie de reportajes: hay uno dedicado a la in­ fancia del rey, otro a su juventud, otro a Marignan y así todo. El primer párrafo sobre la rivalidad de Francisco I y de Carlos V se titula, en titula­ res diría yo, «La chispa y el reguero de fuego», ni más ni menos. En cuan­ to a la Francia sobre la que se apoya este reino, Francia esa realidad co­ lectiva, esa «persona», en cuanto a la Francia que lo rodea, en cuanto a la civilización del Renacim iento y de la Reform a que la cruza como una vida infusa, tum ultuosa, decisiva, en cuanto a la econom ía m undial de la época ya tiránica, no le pidamos al autor que nos hable de ello de verdad, a pe­ sar de algunos esfuerzos en este sentido. El va a lo que brilla, a lo que sor­ prende y divierte. Podéis estar seguros de que hará un alto en la entrevis­ ta del Cam po de la bandera de oro. ¡Una entrevista tan bonita bien m erece y tendrá todo un capítulo! Y sin embargo, la historia no es solam ente un relato, ni siquiera un re­ lato de grandes acontecim ientos; es una explicación —y los grandes acon­ tecim ientos mismos hay que explicarlos, por pequeña ciencia coyuntural que sea la historia. En realidad, fuera de su propia historia, señalan reali­ dades, líneas de fuerza a m enudo decisivas, y son esas líneas, son esas rea­ lidades las que tal vez cuenten más. Me ocurrió una noche, en el Estado

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de Bahía, en que me vi atrapado bruscam ente en medio de una prodigio­ sa invasión de luciérnagas fosforescentes. Estallaban por todas partes sin parar, a diferentes alturas, innumerables, en haces al salir de los bosquecillos y de las cunetas de la carretera, como cohetes, aunque dem asiado bre­ ves sin em bargo para ilum inar el paisaje con nitidez. Los sucesos son co­ mo esos puntos de luz. Más allá de su resplandor más o menos intenso, más allá de su propia historia, hay que reconstruir todo el paisaje de alre­ dedor: el camino, la maleza, el altobosque, la polvorienta laterita rojiza del norte brasileño, los declives del terreno, los escasos vehículos que pasaban y los borricos, mucho más numerosos, con sus pesadas cargas de carbón de piedra, y por último las casas de los alrededores y los cultivos. De ahí la necesidad, ya lo ven, de rebasar la franja luminosa de los acontecimientos, que es sólo una prim era frontera y a m enudo una pequeña historia por sí sola. Ustedes mismos pueden com prender fácilmente esta necesidad que estoy analizando con m ejor o peor acierto, y la com prenden m ejor que otras personas, pues ¿acaso no pasan el tiempo criticando las noticias, le­ yendo entre líneas, buscando por detrás de lo que se nos ofrece lo que se nos oculta? El acontecim iento no nos basta. Están buscando a su manera una verdad, otra historia, una historia real y profunda. Y lo hacen por un simple deseo de información personal, por la necesidad de saber dónde está uno. G ran preocupación,bien lo sé ... Imaginemos,sin em bargo,nues­ tro entusiasm o si con este trabajo se tratara no de m odelar nuestras re­ flexiones del m omento, sino de escribir un libro, de com prom eter por en­ tero nuestro pensam iento en este juego y, más aún, si se tratase de tener que dar continuidad a una obra viva, de elaborar una política real e inte­ resante para nuestros contem poráneos, una política que hubiese que des­ prender del polvo de las noticias y de los incidentes diarios, como lo son todas las políticas. ¿Políticas? Q uiero decir esas elecciones repetidas, no siempre afortunadas o lúcidas, entre lo accesorio y lo principal, entre la historia evenem encial, dem asiado a m enudo sin futuro, y la historia pro­ funda a la que pertenece el futuro. Pero ¿cómo distinguir una de otra? En ello reside casi todo el problem a de este libro.

La

parte d e l a z a r

Explicar. No creo que, hacia 1920, en los tiempos de mi juventud, esta palabra dom inase los estudios históricos en la Sorbona: por entonces se desconfiaba dem asiado de la gran historia. La filosofía dom inante era la del manual de Ch.-V. Langlois y de C. Seignobos, aquella Introducción al método de las ciencias históricas, tan llena de prudencia científica y mucho

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más libro de crítica de los docum entos que una obra de verdadera m eto­ dología. ¡Ah! Es verdad que en ese libro se aprendía adm irablem ente a leer y a criticar un texto, pero sin sospechar nunca que los docum entos es­ critos pudiesen no ser el único m aterial de la historia. ¿No sigue suce­ diendo lo mismo, aún hoy, con muchos historiadores? Pero entonces ape­ nas había pasado el tiem po en que el autor de una nueva y notable tesis sobre los com erciantes en la Italia m eridional del siglo xm mereciese oír, ex cathedra, que aún habría ido mejor si se hubiese limitado a publicar ex­ clusivamente los documentos. ¿Para qué com entarlos? ¿Acaso lo ideal no es entregar bellos, herm osos m ateriales y no alterarlos con glosas inútiles, captar la historia en estado puro, preferentem ente en su estado em ergen­ te? Entonces nada de imperialismos. Nada de investigaciones vehem entes de la historia profunda, desde luego que no. Por entonces se colecciona­ ban hechos, acontecim ientos... Tal día, en tal lugar, tal personaje..., etc. De vez en cuando se intentaba explicar esos hechos, pero la curiosidad en tales tentativas no iba más allá de la historia biográfica, política e institu­ cional. Más a m enudo se limitaba al marco de las biografías de los gran­ des personajes, marco ideal de investigación... Sí, ¿pero cómo ver el mundo en tales condiciones? ¿El m undo? ¿Pero acaso existía? Para Charles Seignobos, el mundo era incoherencia, suce­ sión de azares, de fantasías, de absurdos movimientos brownianos, como diríamos con térm inos actuales, absurdos, inaprensibles, por abundantes en exceso y terriblem ente com plejos... P ru d e n c ia re nos repetía, pruden­ cia, es todo tan com plicado... ¡y el azar se lleva la parte del león! Pero lean al respecto las conclusiones de la preciosa Historia política de la E u­ ropa contemporánea, de Seignobos. Esta visión, a decir verdad, caracterizó a toda una época, la época de A natole France entonces en todo su esplendor. Pero más que el señor de la villa Said, fue el helenista Maurice Holleaux su representante consu­ mado, el más brillante y más significativo en el plano de la historiografía francesa, el más consciente a todas luces. Quien lo conocía quedaba de in­ m ediato subyugado... Toda la desconfianza de Maurice Holleaux se anim aba cuando había que explicar los acontecimientos. Los historiadores, decía, pasan su tiem ­ po inventando causas. Cuanto más im portantes son los acontecimientos, más importantes, num erosas y sutiles son las causas que descubren. Es una simple cuestión de imaginación... ¡por desgracia! ¿Q ué no les adju­ dican a los señores del m undo esos historiadores aficionados a dar expli­ caciones? Proyectos, políticas coherentes, cálculos a largo plazo ¡y qué cantidad de negros pensamientos! Y qué prisa también por unir los acontecim ientos entre sí, por soldarlos, por encontrar buenos motivos para lo que ha ocurrido y que no forzosam ente debía ocurrir. Un aconte­

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cimiento es un hecho conocido, ¿significa eso que tenem os derecho a ex­ plicarlo siempre a través de otro hecho conocido, de otro hecho histórico? Y si la causa fuese un pequeño hecho no histórico que quedó bien en te­ rrado en la noche de los tiempos? ¿Q ué sabemos nosotros? ¿Q uieren que les cuente otra vez la historia clásica de W alter Raleigh, preso en la Torre de Londres donde escribía una historia general del mundo, ni más ni m e­ nos, para distraer aquel ocio obligado, y que no consiguió saber el porqué de la disputa que estalló ante sus ojos entre sus criados? «Fíjense en Mommsen, nos decía un día M aurice Holleaux, ha introducido la econo­ mía política en la historia antigua y sabe Dios qué ocurrirá.» Para él, el verdadero amo del m undo era el Azar, digamos brom ean­ do un poco, el Padre A zar..., cuya intervención era perceptible en todas partes. M alhayan los m aestros calculadores del pasado, pues el Padre Azar no les quitaba el ojo de encima, con un simple saltito los atrapaba en el m om ento psicológico y los molía a golpes. Pues lo cierto es que para Maurice Holleaux muy a m enudo el azar era el implacable destino anti­ guo. Q ué ternura m anifestaba en cambio el Padre Azar hacia los débiles, los indolentes, los ciegos y todos aquellos a los que el destino supera, a los que la vida desconcierta por com pleto... Cada vez que la desgracia los vi­ sitaba, el Padre Azar los mimaba, los tom aba en sus mullidos brazos si es que no los llevaba sencillamente hasta el éxito, con manos compasivas y firmes. Pero fijémonos en la tesis de Holleaux, Roma y las monarquías he­ lenísticas en el siglo ///, conozco pocas obras tan apasionantes y adm ira­ blem ente bien escritas... En vísperas de que los rom anos conquistaran O riente, ¡y cuánto disfruta Holleaux contándonoslo!, los romanos son, in­ cluso sus senadores lo son, campesinos que no saben nada de la geografía de los países del Este ni de sus sutiles intrigas. Así que no les atribuyam os una visión a largo plazo... Ellos actúan al día, sin saber dem asiado bien qué están haciendo, adonde los llevan sus actos. Y el Azar los conduce con benevolencia. Cómo no va a hacerlo, ¿pues no son esos ignorantes a ima­ gen y semejanza del Padre Azar? Esta era la visión del mundo, muy simplificada, que yo he simplifica­ do demasiado, de M aurice Holleaux, que él exponía siempre con una in­ teligencia deslum brante y un agudo sentido de la puesta en escena. Su in­ vestigación se dirigía obstinadam ente hacia las coyunturas del azar, sentía preferencia por las sorpresas y catástrofes imprevisibles. Era el plan de guerra de Pericles —véase el texto de Tucídides— y, a pesar de sus cálcu­ los, la imprevisible peste de Atenas, que sobrevino de golpe en el año 429. Era la expedición de Sicilia del 415, imaginada, aconsejada por Alcibiades y que el pueblo ateniense al com pleto deseó con apasionado ardor: en contra de la gran em presa sobrevino la mutilación de los hermas, el mis­ mo día en que partía la flota, de modo que Alcibiades enseguida estaría

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obligado, com prom etido en ello como estaba, a ocultarse y a abandonar aquel ejército al que quizá sólo él hubiese podido conducir hasta el éxito. Y así todo... D urante bastante tiempo me sorprendí practicando este juego de la historia y del azar: por ejemplo, ¿no creen que en tiempos de Luis-Felipe Argelia fue conquistada gracias tanto a los errores como a los cálculos exactos de los militares? Y éstos ¿no crearon de form a bastante gratuita la potencia de Abd el-Kader, en el oeste y luego en el centro argelinos? Y sin ella, ¿no corríam os el riesgo de quedarnos pegados a la costa? O, al menos, de quedarnos en ella dem asiado tiempo. Fue el emir quien convir­ tió la conquista en necesaria; digamos, no es una broma, que nos la im pu­ so... O tam bién, otro ejemplo, Napoleón lo había calculado todo en su cam paña de Rusia («Calculaba quedarm e en Moscú como en un barco bloqueado por los hielos», relataría en el Memorial): lo tenía todo previs­ to, es cierto; lodo excepto el incendio de la ciudad santa y la precocidad de un invierno excepcionalm ente duro. En resumen, ¡sorprendente y peligrosa filosofía la de la isla parisina! Con el pretexto de atajar en seco las explicaciones abusivas de los histo­ riadores y criticarlas de la m anera más exacta (ahí está precisam ente el m ayor servicio que prestó), la sustituía, de golpe, por otra aplicable a to­ dos los casos. Una palabra, un indicio, un problem a, y el Padre Azar acu­ día al lado del historiador, atropellándose en su prisa, parándolo todo, como un justiciero o un cómplice ocasional y siempre obediente. Era muy cómodo. ¿R ealm ente el m undo de los hom bres es un terreno exclusivamente dom inado por el azar y posee una fantasía inagotable? Sí, sin lugar a du­ das, si consideram os cada uno de los acontecim ientos por separado, cada pequeño destino individual. Una cantidad increíble de dados, siem pre en movimiento, gobierna cada una de nuestras existencias. Es algo que sabe­ mos y contra lo cual poco podemos hacer. Creem os en la suerte y en el A zar o bien en la Providencia, lo que viene a ser, poco más o menos, lo mismo. ¿Iré el domingo que viene o no iré a pasar el día a orillas del Oise? El minúsculo interrogante queda en suspenso, relacionado con tantos ni­ mios detalles de mi vida, ¡anda que es como para sopesarlos todos! Pero en las taquillas de la estación del Norte el núm ero de billetes con destino a risle-A dam se puede prever con mucha exactitud, billete arriba billete abajo. Incertidum bre de un lado, en la historia individual, y de otro lado en la historia colectiva podem os hablar casi de coherencia y de simplici­ dad. La historia es, sí, una «pobre pequeña ciencia coyuntural» cuando se trata de individuos aislados del grupo, cuando se trata de acontecimientos, pero es mucho menos coyuntural y más racional, tanto en sus pasos como en sus resultados, cuando se refiere a los grupos y a la repetición de acón-

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tecimientos. La historia profunda, la historia sobre la que se puede cons­ truir es la historia social. Es un abuso conceptual pretender resum ir todo un m ovimiento o toda una zona de la historia en una persona excepcional; de este modo se sus­ tituye una historia vacilante, por estar centrada en un individuo, por una historia mucho más simple y mucho más diáfana si se la examinase en sus fundam entos y realidades sociales. En la m añana de Sadowa, la partida parece perdida para los prusianos m ientras el II Ejército, rezagado en los Sudetes, no llegue a la altura del campo de batalla. Bismarck, presente aquel día, en m edio de su desespe­ ración decide afrontar la m uerte con la última carga de caballería. Según él mismo dijo, no era de los que se quedan en un rincón al calor de la chi­ m enea m ientras corre la sangre de un soldado. ¿Podía no sentirse deses­ perado y no sopesar las responsabilidades que lo abrum aban? M ientras fuma su puro, se prom ete que cuando se sienta derrotado lanzará a su ca­ ballo adelante. No queda otra solución que m orir cargando... ¿Pues no hay unos hom bres m atándose por su culpa? Lo que está sucediendo ¿aca­ so no es responsabilidad suya? Que no, responde Julien Benda, quien tam bién dedicó algún tiempo a reflexionar sobre esta anécdota. Si se en­ cuentra en el campo de batalla es porque, desde hace al menos un siglo, y quizá más, muchos alemanes, millones de alemanes, soñaban con la unidad alem ana, brindando con sus jarras de cerveza sobre sus Stammtische, o charlando a la som bra de los tilos o al ascender al Brocken... Todo un m o­ vimiento rom ántico de esperanza y de sueño ha tom ado cuerpo al viento de la acción de esta época repentinam ente realista, la época de los feuda­ les de las Marcas, la de los industriales del R uhr... Mucho antes de Bis­ marck, Alem ania ya existía como grupo de intereses económicos desde que se realizó la Zollverein (1832), y desde hacía siglos como ser históri­ co. Si Bismarck está en Sadowa, corroído por preocupaciones m ortales en tanto no llega el ejército salvador de Federico Carlos, es a causa de la fuerza de las circunstancias alemanas, de la voluntad de los alemanes. El es su delegado, nada más. No estudiemos, por lo tanto, a Bismarck fuera del pueblo al que gobierna y que lo gobierna... Ciertam ente no es el úni­ co personaje en quien podemos fijarnos para hablar del dram a de la uni­ dad alemana; ni siquiera el más im portante o el más simple. El personaje más im portante es el pueblo alemán. El es el personaje que perdura, la sustancia viviente de la historia alemana. ¿Q uieren otro ejem plo? Esta vez lo tenem os delante de nuestros ojos y es más didáctico. La historia de un campo de prisioneros es un haz de historias particulares sin dem asiado interés, con las historias de cada uno de nosotros, delgados hilos de agua, sucesiones de actos, de pensam ientos difíciles de reconstruir, aun en el caso de que se lleve un diario de a bor­

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do. Es tam bién la historia de incidentes «públicos» como pueden serlo una evasión, un pelea, un chisme. Y tam bién en este caso resulta difícil es­ clarecerlo del todo, pues abundarán los testigos, abundarán las versiones, ¿es o no verdad? Imaginen qué dificultades encontrarem os para concre­ tar el día, la hora, el lugar, las responsabilidades exactas. En cambio, no hay nada más fácil que reconstruir nuestra historia colectiva, las condicio­ nes de nuestra vida m aterial, los periodos sucesivos de nuestra vida moral colectiva; periodos que siguen unos a otros siem pre distintos, como bien saben. Con una docena de testimonios, una visita al lugar de los hechos, dos o tres buenas correspondencias y buenas estadísticas se podría hacer una reconstrucción perfecta. Más allá de lo evenem encial, más allá de lo individual, la historia de los grupos nos ofrece terreno sólido. N uestro es­ fuerzo debe ir de ese lado y el resto de la historia se iluminará tanto en el relato de los acontecim ientos acaecidos como en sus habituales detalles biográficos.

L a HISTORIA Y LAS CIENCIAS SOCIALES

He vivido con hombres de letras que han escrito la historia sin participar en los asuntos y con políticos que sólo se ocuparon de producir los acontecimientos sin pensar en describirlos. Siempre me he fijado en que los primeros veían en todos lados causas generales mientras que los otros, que vivían en medio de los deslavazados he­ chos de todos los días, suelen figurarse que cabría atribuirlo todo a incidentes particulares, y que los pequeños muelles con los que ju­ gueteaban constantemente entre sus manos eran los mismos que los que hacen mover el mundo. A lexis de T o c q u e v il l e

Recuerdos, 1850

Sólo la llevaremos a su culminación, sólo constituirem os la historia captando los hechos sociales en todo su espesor, evocando los fenómenos humanos de masa, buscando a los hom bres allá donde obstinadam ente nos em peñábam os en ver sólo al hom bre sobre todo utilizando los resul­ tados y los medios de las otras ciencias sociales, vecinas de las canteras de la historia. Es incluso el desarrollo reciente de esas ciencias sociales lo que ha llevado, de rechazo, a esta grave crisis actual de la historia, al menos en Francia, donde los esfuerzos de la Revue de synthése agrupada en torno a su decano, Henri Berr, y de los Annales d'histoire économique et sociale, con M arc Bloch y Lucien Febvre, tienden a crear una forma revoluciona­ ria y novedosa de la historia.

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Para estudiar en su totalidad los hechos sociales tan complejos, por fa­ vor no utilicemos un solo proyector, por interesante que sea su luz, como se ha venido haciendo con el proyector de la historia política, tanto tiem ­ po m aniobrado con exclusión de todos los demás; sólo ilumina un sector del pasado y no siem pre el más im portante... ¡La política primero! Un principio no siem pre verdadero, ay; si lo fuera, nuestra tarea se vería sim­ plificada. Y lo mismo ocurriría si el historiador quisiera limitarse a otros órdenes de hechos del pasado, intelectuales, económicos o culturales. Por significativas que sean, no dejan de ser vistas parciales. Nosotros quere­ mos encender todas las luces a la vez. Es un program a ambicioso y nada razonable, pero vale la pena preguntarse si existiría un imperialismo his­ tórico bastante dinám ico sin esperanzas extraordinarias. Sobre todo no olvidemos que no estam os solos en esta búsqueda: las ciencias de lo social nos acom pañan. Aunque recientem ente constituidas, son tan imperialistas y vigorosas, tan deseosas de tom ar aire y tienden —de m anera más científica y más clara que nosotros— hacia los objeti­ vos que se han asignado. Más científicas que la historia, m ejor articula­ das que ella en relación a la masa de los hechos sociales, están, y es otra diferencia a señalar, deliberadam ente centradas en lo actual, es decir, en la vida, y todas estas ciencias trabajan sobre lo que se puede ver, medir, tocar con los dedos. ¡Inmensa superioridad la suya! Los geógrafos estu­ dian la sociedad en sus relaciones con el espacio. Estudiarla en sus for­ mas vivas, primitivas o balbuceantes es la tarea de etnólogos y geógra­ fos, los prim eros preocupados por el detalle de las descripciones, los segundos atentos a las leyes generales de la m ateria. El estadístico estu­ dia la sociedad desde la perspectiva del número. Los economistas lo ha­ cen desde la del debe y el haber, a través, como ellos dicen, de «el acto a título oneroso» (Frangois Perroux). A los juristas les corresponde el es­ tudio de los ideales del derecho y de las leyes prácticas sin lo cual no hay sociedad. A los sociólogos les corresponde el reconocim iento de los mecanismos sociales considerados en sí mismos, y por tanto las más pro­ fundas e inciertas prospecciones. Creo que no he definido con toda la exactitud deseable las muy com ­ plejas ciencias del hom bre que vive en sociedad. Pero no es ese nuestro objeto. Nosotros pretendem os solam ente decir escuetam ente qué aportan a la historia. Trabajan sobre lo actual, según hemos dicho, sin dejar de te­ ner cada una sus secciones antiguas. Ahora bien, en nuestro trabajo cen­ trado en el pasado, nuestra tarea es análoga a las suyas. Como historiado­ res, tenem os que ser adem ás geógrafos, economistas y juristas por nuestra propia cuenta. En lo que se refiere a las sociedades de ayer, tam bién te­ nemos que preocuparnos de lo que ha durado, de lo perm anente, y por tanto en parte de lo actual, de lo que perdura más allá de los cambios, por

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múltiples y graves que éstos sean, de lo que dura más allá de un inciden­ te, de un periodo y más allá de eso tan pequeño —tan revelador sin em ­ bargo— como es una existencia a la escala del m undo y del tiempo. Con un desfase cronológico que lo complica todo, es verdad, pero que no alte­ ra por com pleto la naturaleza de las cosas, tenemos, repetimos, las mismas tareas que nuestros vecinos. Nuestros m étodos no son los suyos, pero nuestros problem as ya lo creo que sí. De ahí la necesidad de llegar a su presente, igual que ellos se sum er­ gen en nuestro pasado; la necesidad de tener en cuenta sus análisis y sus investigaciones, sus explicaciones y, llegado el caso, sus leyes. A cada ins­ tante tenem os la oportunidad de utilizar y probar sus herramientas. Lescure, en su herm oso libro sobre las crisis económicas, llama la atención sobre el papel regular de una industria líder en las recuperaciones econó­ micas. Esta industria nunca es la misma — una vez es el automóvil, otra la construcción naval, etc. Pero Lescure no es el único que ha señalado este hecho. Aquí tenem os un caso ejemplar: en las dos últimas décadas del si­ glo xvi, en Italia se produce una recuperación económica bastante clara con una muy notable prosperidad continuada de la industria de la seda. ¿Es una industria líder? El historiador debe cuando menos plantear el problem a, ¡admitámoslo! Se trata de un ejem plo no muy relevante, desde luego, pero nos sugiere miles de otros ejemplos. Esto equivale a decir que estam os en nuestra casa, tanto en las cante­ ras como en los libros de ciencias sociales, nuestras vecinas. Es solam ente debido a nuestras carencias intelectuales, debido al triunfo útil pero peli­ groso de los especialistas por lo que este estudio único de la sociedad está fragm entado en tantas ramas diferentes, incluida la venerable ram a de la historia. El gran m érito de algunos historiadores franceses fue reconstruir ese todo, derribar los tabiques inútiles y, a la vez, devolver su dignidad a la historia, rehacer la historia, es cierto que nunca olvidada, pero a la que no siem pre se ha colocado en el lugar que de verdad le corresponde, una de las m edidas esenciales del mundo; y una de las más eficaces, puesto que trabaja, más que otra, sobre esta coordenada esencial, sutil y om nipresen­ te que es el tiempo, y el tiempo bajo todas sus formas reales. El tiempo, m ateria, realidad de base de todos los fenómenos sociales. Volveré a ello con mayor detenim iento. Por supuesto no todo en el mundo puede com prenderse a la luz de la historia, con ayuda de los precedentes (pues ¿acaso no encontram os ju n ­ to a «reinicios de la historia» sorprendentes y poderosas innovaciones?), pero este pesaje sobre los platillos de la balanza de la historia tiene en todo caso una im portancia innegable. Nos perm ite resituar los grandes he­ chos en sus perspectivas más cabales. La historia es seguram ente una de las grandes explicaciones del mundo y de la vida. Y aunque existe depen­

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dencia,y dependencia enriquecedora, del historiador hacia las ciencias so­ ciales, el historiador m antiene una posición aparte. Al m argen de lo actual, por lo tanto mucho más cóm odam ente que los demás, el historiador puede y debe despojarse de sus pasiones, de sus pre­ juicios, m antenerse libre de esperanzas y de las antipatías que pesan sobre nuestro corazón. El historiador está m ejor inform ado tam bién que noso­ tros. Nosotros disponem os de las noticias que nos incumben, pero sólo de esas noticias. Él, por su parte, puede crearlas allá donde las necesite. Como historiador, necesito saber qué ocurre en 1580 en Livorno: abro los exce­ lentes Anales de Vivoli, consulto los archivos locales, los informes m anus­ critos del Archivio Mediceo, en Florencia, y en Florencia tam bién los pa­ peles de las grandes familias de comerciantes que, como los Capponi y algunos otros, tienen sucursales en Livorno. Por supuesto, yo no creo los acontecim ientos a mi gusto pero muy a m enudo los multiplico y soy capaz de verlos m ejor que los contem poráneos, pues yo sí dispongo de todos los papeles decisivos. Sobre todo, mucho m ejor que un periodista (que el más perspicaz de los periodistas), sé distinguir los grandes de los pequeños acontecim ien­ tos. ¿Q ué es, de hecho, un gran acontecim iento? No el que hace más rui­ do cuando ocurre, como les decía hace un instante, sino el que acarrea las mayores consecuencias, en núm ero y en importancia. Las consecuencias no se producen en lo inmediato, las consecuencias son hijas del tiempo. De ahí las muchas ventajas que se derivan de observar una época con m u­ cha perspectiva. Es, en cualquier caso, una ventaja captar así la sucesión de los hechos, no puntos sino líneas de luz. Es im portante, al estudiar un dram a, conocer su último sentido. Henri Pirenne, al escribir el último tomo de su Historia de Bélgica, se quejaba de haber tenido que trabajar sobre una historia que le resultaba dem asiado próxima, no decantada aún, de haberse visto ahogado en una polvareda de hechos donde no había for­ ma de distinguir nada con seguridad. Émile Bourgeois me confesó su in­ decisión antes de escribir el último tomo de su M anual de política exterior, que durante mucho tiem po estuvo interrum pido en la fecha fatídica de 1878 y de no haberse decidido finalmente hasta después de la guerra de 1914-1918. Esta guerra iluminaba por caram bola los años, tan confusos hasta entonces, transcurridos desde los fastos y los golpes de efecto del Congreso de Berlín. Sin duda es necesario que una época se haya despe­ gado suficientem ente de nosotros y de todos los vínculos de actualidad viva, que se haya decantado y reposado el tiem po necesario en el pudri­ dero, como ocurre con determ inados preparados anatóm icos antes de re­ velar su estructura profunda. Leyendo las Memorias de Caillaux (sobre todo el tomo II) tenem os la impresión de que se acerca el m om ento en que por fin habrá una historia para la III República, al menos hasta 1914.



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Raym ond Poincaré, Briand, Clem enceau y el propio Caillaux se encam i­ nan pasito a pasito, sin hacer ruido, hacia los lugares que la historia les tie­ ne reservados. Estas son las grandes ventajas del alejamiento, ese privilegio del his­ toriador que le perm ite alcanzar lo esencial com etiendo menos errores que los demás. Lam entem os que en este com bate por una historia más amplia, ini­ ciado hace al menos unos veinte años, los filósofos no nos hayan pro­ porcionado ninguna ayuda, ni siquiera los filósofos de las ciencias. En realidad, ellos desdeñan las ciencias sociales —por m enores de edad—, prefiriendo las ciencias exactas, que defienden y son motivo de batallas sin riesgo pues están ganadas de antem ano, brindan la ocasión de recom po­ ner en estilo actual, más o menos afortunado, el viejo Discurso del m éto­ do. Así las cosas, ¡que las ciencias sociales se defiendan por sí solas en su lucha por la vida! Cuando estén burguesam ente instaladas en sus casas, tal vez llegue el m om ento de los filósofos protectores. Sin embargo, no esta­ mos totalm ente seguros de que algo así ocurra. Esta carencia de los filó­ sofos, de los especialistas de la no especialidad, a grandes rasgos, ¿no es una prueba de crisis del humanismo contem poráneo, de la imposibilidad que aqueja hoy a la m ente para abarcar por entero el campo del pensa­ m iento? La época del Renacim iento ya no es, quizá ya no puede seflo, nuestra época. Sucumbimos bajo el peso de los conocim ientos concretos y particulares. ¿Y no es esa también la prueba de que, en este com bate en pos del pensam iento, los filósofos han tom ado la cola de la columna sin que nadie se haya percatado? ¿Sin que ellos mismos lo sepan? Nuestro si­ glo no tiene verdaderos filósofos; filósofos liberados de las lecciones y de los juegos escolares, inclinados sobre la vida, mezclados con ella, filósofos que disfruten aventurándose en medio de sus auténticos problemas.

Capítulo II LA HISTORIA EN BUSCA DEL MUNDO La h is to ria es y só lo p u e d e s e r u n a ciencia. L ouis B o u r d e a u

La historia y los historiadores , 1888

P o s i c i ó n d e la h i s t o r i a y d e l h i s t o r i a d o r

Si aceptam os las nuevas corrientes de la historia, no tenem os que de­ finirnos al m odo antiguo como si estuviésemos solos, sino definirnos en medio de las ciencias que nos rodean, que nos conciernen y que nos vin­ culan, como una revancha. Ante nosotros tenem os el m undo social, todo el mundo social, pre­ sente y pasado; en realidad, talleres, investigaciones, toda una enorm e li­ teratura que cuenta con un buen centenar de libros excelentes, con un im portante instrum ental bastante variado, con reglas pragmáticas, cien­ cias jóvenes, imperialistas, con sus ambiciones y sus ilusiones, tan nece­ sarias éstas como aquéllas, la esperanza en suma de que lo social, como lo físico, debe descubrir un día concatenaciones de hechos, ofrecer am ­ plios m árgenes de explicación. Lo cual nos lleva a pensar que este m un­ do social es coherente, al menos en gran medida, así como toda física su­ pone una coherencia del mundo material. ¿Se habían detenido a pensarlo? Fíjense en Paul Valéry: su interlocutor en La idea fija le pre­ gunta: «Pero ¿qué me dem uestra que hay unidad en la naturaleza? — Esa es precisam ente la pregunta que le he hecho a Einstein. Me ha contestado que es un acto de fe». Tremenda hipótesis, sin duda, aunque esta coherencia de nuestro ob­

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jeto admite, en mi opinión, pruebas clamorosas. No creo que ahí estemos confundiendo nuestro deseo, nuestra necesidad, por una realidad; no po­ dem os trabajar sobre un mundo social que carezca de espíritu de conti­ nuidad. «¿Adonde iría la historia —preguntaba poco más o menos Pirenne en una de sus conferencias— si el hom bre cambiase continuam ente los móviles de su acción, si un buen día renunciase a considerar su vida como un bien precioso y prefiriese el interés del vecino a su propio interés?» Sí, ¿adonde iría la historia sin un cierto núm ero de indispensables constantes sociales, sin un cierto núm ero de correspondencias, sin esos estilos de vida de los que hablaba Lucien Febvre, sin tantas arm onías evidentes que d e­ finen al hom bre y a la sociedad? Está claro que sólo se puede explicar el m undo si éste es explicable, reducible a nuestras normas, perm eable a nuestras luces razonables, sólo si responde a una finalidad cualquiera, muy parecida a su m anera, lo reconozco, a la Providencia de Bossuet. Esto es lo que dice G astón Roupnel. Es verdad que, para él, todo está ya escri­ to de la prim era a la última línea; según él, el destino espera nuestra his­ toria, todas las historias, en citas fijadas desde siempre. Nosotros no llega­ mos a tanto ni tan rápido, aunque estas coherencias de la vida nos vienen sugeridas tanto en nom bre de la ciencia, del finalismo, como en nombre de la fe. O entonces volvemos a la libertad «franciana»: ahí no hay nada escrito, reina el azar y nos espera el viático de A natole France: «La duda será nuestra certeza» ( Vida literaria, II). Es curioso en todo caso que des­ cubram os una preocupación idéntica a la nuestra en el otro extrem o de lo social, en la pluma de un geógrafo, André Cholley. No hay geografía con­ cebible, nos dice, si no está incorporada en una organización finalista y ra­ cional del mundo. Y así nos vemos de vuelta al problem a de la coheren­ cia. Pero dejemos esta enorm e cuestión. El mundo de los hom bres sobre el que trabaja la historia debe estudiarse (al mismo rasero por lo demás) como las realidades físicas, leñ e m o s que observarlo, deducirlo, vincular nuestros resultados m ediante hipótesis provisionales, intentar experien­ cias, experim entar, buscar leyes. Y a nosotros, tanto a los historiadores como a los físicos, se nos impone una actitud científica; la de observar desa­ pasionadam ente, llegar a conclusiones sin prejuicios previos, hacer abs­ tracción de nuestras pasiones, de nuestros cálculos y de nuestras posicio­ nes morales y sociales. El historiador no tiene que juzgar y sí que explicar y com prender. Nosotros no querem os oír hablar más de un Tribunal de la historia, con u n a T mayúscula. «Casi todas las discusiones históricas —es­ cribe Aldous Huxley—,' conviene subrayarlo, son discusiones de hechos personales. Así sucede que Flinders Petrie tanto como Spengler creen en la 1.

Aldous Huxley, Un mundo feliz.

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recurrencia cíclica de la historia [nosotros, por nuestra parte, también cree­ mos en ello]. Pero sus ciclos no son los mismos, porque sus normas de ci­ vilización y de barbarie, o en otras palabras sus gustos en literatura, no son los mismos.» R ecuperando más adelante la misma idea, «¡ay! —escribe— , no hay verdad histórica; sólo hay opiniones más o menos probables sobre el pasado, opiniones que varían de generación en generación. La historia es una función, en el sentido m atemático, de la ignorancia y de los prejui­ cios personales de los historiadores». No creo que este dicterio sea del todo justo, aunque por supuesto no todo es inexacto. Sin embargo, cuestionaría yo, además de la ignorancia y los prejuicios, lo que yo llamaría (otra m anera de explicitar la palabra pre­ juicio) la posición vital de los historiadores, la suma de sus cálculos inte­ resados, de sus posturas políticas, religiosas y sociales. De la suma de pre­ juicios es de los que conviene librarse. Para el historiador es urgente despojarse de sí mismo, debe controlarse mucho, señalando su postura personal al principio de sus libros y de sus discursos. Los cálculos de los físicos tom an en cuenta la posición del observador. Esta posición deter­ mina su verdad. Lo mismo ocurre con el historiador, lo mismo ocurre con el especialista en ciencias sociales. Estas son las condiciones muy generales de una ciencia histórica de lo social. Paso sobre las condiciones relativas a la parte técnica de nuestro oficio. ¿Pero podrem os satisfacer dichas condiciones? ¿Podrem os despren­ dernos de nuestros prejuicios? ¿Es una ambición pueril? Georges Duhamel nos dice: «La imparcialidad histórica es una engañifa. El verdadero historiador no es un escribano forense sino un poeta que se enam ora de Ana Bolena y odia a rabiar a Jane Seymour. Si resucita a Felipe II lo hace con la ávida intención de castigarlo. Pintar es, a fin de cuentas, saciarse». Y si es así, ¿adonde iría una historia razonable? Por mucho que se diga que la historia que aquí se trata sólo se refiere a lo individual y a lo eve­ nemencial, lo individual y lo evenemencial han encontrado muy celosos defensores. El propio Anatole France le decía a L. Bourdeau (1888): «Cread la ciencia de la historia: aplaudiremos. Pero dejadnos el arte encantador y magnífico de los Tucídides y de los Augustin Thierry. La historia narra­ tiva es inexacta por definición. Lo he dicho y no me desdigo, pero sigue siendo, junto con la poesía, la más fiel imagen que el hom bre haya traza­ do de sí mismo. Es un retrato. Vuestra historia estadística [la de Bour­ deau] es siem pre una autopsia». M ontaigne dijo lo mismo hablando de la historia tal y como existía en su tiempo, narrativa y únicam ente narrativa: «Los historiadores son la verdadera presa de mi estudio ... Son ... diver­ tidos y bastante ... el hom bre en general, al que intento conocer, parece más vivo ahí y más entero que en ningún otro lugar».

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Estos argum entos literarios no consiguen convencerme. Pero ya ad­ vierten el peligro. Y no es el único peligro. N uestro imperialismo de his­ toriador no agrada a todo el mundo. El filósofo Émile Bréhier me decía en 1935: «El papel del historiador es recopilar los hechos singulares, los que ya no se reproducirán nunca más». Nos vemos entonces excluidos de lo perm anente, de esa reanudación eterna de la historia, como suele de­ cirse. Ayer, en 1941, era un historiador, Karl Brandi, el erudito conocedor de la Reformation y de la Gegenreformation, quien todavía afirmaba: «La historia es un relato», repitiendo a su m anera una expresión que Léopold von Ranke pudo pronunciar alrededor de 1850. Pero, sobre todo, va a ser nuestra física social, nuestra física histórica, nuestra coherencia de lo so­ cial lo que se criticará con muecas afectadas. Entonces los puristas nos di­ rán: «¿Cree usted? En m ateria social la palabra de ley es francam ente abusiva». O tros puristas nos negarán el derecho a hablar de experiencias, o de experimentaciones, de hipótesis de trabajo. Si los escuchásemos, ¿ten­ dríam os siquiera el derecho a hablar de ciencias sociales? No, desde lue­ go, y conocemos dem asiado bien el exclusivismo de las ciencias y de las personas que la ejercen, su espontáneo carácter reaccionario. D efenda­ mos por lo tanto nuestras posiciones y tranquilicem os a quienes esto pre­ ocupe. Nosotros sólo utilizamos palabras como ley, experiencia o experi­ m entación en nuestro propio campo, a nuestra costa y riesgo, para nuestro propio uso y según nuestras posibilidades. A dichos usos les corresponde fijar el verdadero contenido de estas palabras en nuestros campos. Si se resisten demasiado, si resulta que son dem asiado molestos, ya buscaremos otros. Entiendo por experiencia la posibilidad, a propósito de una cuestión social dada, de reunir una serie de informes sobre casos análogos, presen­ tes o pasados. De ahí deriva la ocasión de descom poner la cuestión en sus aspectos y observar sus variaciones, teniendo en cuenta el medio. No es, evidentem ente, tan sencillo como practicar una inyección en la oreja de una cobaya... Por experim entación me gustaría entender la experiencia en la actualidad, in vivo dirigida. Evidentem ente no tiene las com odida­ des de las ciencias exactas. Sin embargo, la ciencia, en sentido etim ológi­ co, es un conocimiento, una investigación racional, nada más. Ya no me dará miedo utilizar la palabra ley. La economía política ya no vacila en form ular sus observaciones en forma de leyes. Ustedes conocen la ley de G resham , la ley de la utilidad marginal, conocen tam bién la ley de la ofer­ ta y la dem anda... ¿Y no podemos decir en el campo de lo social que hay una ley de los tres estados de Auguste Com te? Y, más concretam ente, aquí tienen el luminoso estudio de Pirenne sobre las Etapas sociales del capi­ talismo: ¿qué es eso si no una ley social aproxim ada? Es la regla de que cada época propicia una clase particular de ricos, aventureros audaces que

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asumen riesgos. Pero, en la época siguiente, la «coyuntura» favorece el en­ riquecim iento de otros individuos tem erarios y los antiguos ricos se reti­ ran burguesam ente a los valores seguros. Más leyes: las fases de Simiand; leyes son tam bién todas esas modulaciones del pasado señaladas de m a­ nera insistente, esos flujos, esos reflujos, esos ciclos que obedecen al ritmo de las generaciones y de la vida de los hombres. Jacob Burckhardt, en sus Weltgeschichtliche Betrachtungen, no vacilaba en hablar (ya hacia 1870)2 de su ley de las compensaciones. Quizás haya llegado el momento, en his­ toria, de renunciar por com pleto a las vacilaciones y a las incertidum bres del pensam iento vigente en los años 1880-1900, años de «presociología». ¿Es hora o no de los expertos sociales? ¿No son previsibles grandes es­ fuerzos? Véase al respecto los institutos creados antes de 1939 dedicados al estudio de la coyuntura económica. Por supuesto que estas leyes no son leyes de M ariotte. Pero ahora la investigación ha incidido am pliam ente en lo social, lo ha desenm arañado y han roturado nuevos caminos. Las ciencias sociales conducen a reglas múltiples, a constataciones importantes, teóricas y prácticas. Poseen un enorm e patrim onio científico, con independencia del nom bre que se pon­ ga a sus m étodos o sus resultados. Intentarem os poner en práctica todo ese patrimonio. La historia no puede perm anecer indiferente a él. Por tan­ to, en nuestras conferencias nos referirem os a economistas, sociólogos o geógrafos, así como a verdaderos historiadores, desde Durkheim , a LévyBruhl, Marcel Mauss o Frangois Simiand o Vidal de la Blache o Jules Sion, además de Michelet, de Henri Pirenne o de mi m aestro Henri Hauser. Por tanto, cuando hablam os de historia profunda, la idea y la expre­ sión no tiene su origen en los historiadores historizantes sino en un etnó­ grafo, Léo Frobenius, a quien debemos el consejo de «No quedarse en la superficie de los hechos»; o en un economista, Ferdinand Fried, quien re­ comienda «buscar el sentido profundo de los acontecimientos»; o en un sociólogo, Frangois Simiand, a quien si no me equivoco pertenece preci­ sam ente la fórmula de «la historia evenemencial». Raros son los historia­ dores que nos ofrecen consejos similares. Sí lo hace un Gastón Roupnel, preocupado por contraponer a la historia historizante esta superficie, el destino, esta profundidad; un Lucien Febvre, un Marc Bloch. O conven­ dría rem ontarse muy atrás en el tiem po hasta las épocas en que hubo una gran historia. De Jules Michelet es la frase, citada tan a m enudo y habi­ tualm ente incom pleta, de su Introducción a la historia de Francia. Leá­ mosla una vez más: «Más complicado aún, más espantoso —explicaba— , era mi problem a histórico planteado como resurrección de la vida inte­ 2. 1905.

Discurso publicado en francés con el título Considérations sur l ’histoire universelle,

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gral, no en sus superficies sino en sus organismos internos y profundos». Es lo que Bossuet definió a su m anera en su Discurso sobre la Historia universal: «La verdadera ciencia de la historia consiste en subrayar, den­ tro de cada época, esas secretas disposiciones que han preparado los gran­ des cambios y las coyunturas im portantes que han hecho que sucedieran». La concordancia entre esas fórmulas y mis intereses me infunde muchos ánimos. Con esta historia intentarem os m edir el m undo y la vida.

D i v i s i o n e s d e la h i s t o r i a , ¿ d i v i s i o n e s d e l m u n d o ?

Los números no son una cualidad de las cosas. A lain

Al em pezar la partida le pedirem os a la historia un favor: que nos pro­ porcione una imagen previa del m undo que nos sirva como prim er cro­ quis, de proyecto de itinerario para nuestro viaje. La historia ha tenido que m odelarse sobre su objeto, adaptar sus divisiones a las categorías pro­ pias de la vida. La historia es así una imagen de la vida. Hasta aquí hemos distinguido dos capas horizontales de historia, una historia evenemencial cuya fragilidad hemos señalado, y por debajo de esta superficie, una masa poderosa, mucho más tupida, la historia profun­ da; una lleva a la otra, de m anera parecida a como las m areas pueden lle­ var sobre su propio movim iento el movim iento de las olas. Pero esta dife­ rencia de nivel no es la única que debem os recordar y hace tiem po que los historiadores aprendieron a distinguir categorías de hechos sociales, dife­ rentes sectores, una especie de cortes en la vertical de la historia y que son de uso corriente: los hechos geográficos en prim er lugar, es decir, los vín­ culos entre lo social y el espacio; los hechos culturales relativos a la civili­ zación; los hechos étnicos; los hechos de estructura social; los hechos eco­ nómicos; los hechos políticos por último. Y otros tantos cortes en la vertical de la historia, lo repito, no superpuestos sino yuxtapuestos. Pode­ mos imaginar otras divisiones e innum erables subdivisiones. Con las que hemos señalado nos bastará para dibujar una imagen del mundo.

Prim er corte: los hechos geográficos; aunque para designarlos prefie­ ro la geopolítica o, m ejor aún, la geohistoria. Estas palabras subrayan un dinamismo (como freno o como complici­ dad) de los factores físicos y biológicos sobre la vida social a lo largo de las épocas. El defecto de la geopolítica, a nuestro entender, es que sola­ m ente estudia esta acción exterior en el plano de las realidades políticas;

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así, su objeto es el E stado y no la Sociedad considerada desde sus dife­ rentes formas activas. Por eso resulta útil la palabra más lata de geohistoria. No nos costaría decir geografía histórica sin más, pero la palabra ha adquirido en nuestros m anuales escolares un sentido realm ente dem asia­ do restringido, el del estudio de las fronteras políticas y de las divisiones administrativas. Sólo advierto una excepción en este campo, la del her­ moso libro de Wilhelm Goetz, Historische Geographie. Beispiele und G rundlinien, publicado en 1904, un libro cuyo valor y novedad se ha des­ tacado poco. La excepción confirma la regla. La palabra geohistoria tiene sus defectos; resulta dem asiado nueva y la ofrezco bajo mi única responsabilidad; tam poco es muy arm oniosa. Sin em bargo tiene el m érito de hacer hincapié en un punto de vista bastante poco reconocido. Dem asiados historiadores consideran que con una in­ troducción geográfica como pórtico de sus libros es suficiente. Después ya no se hablará del m edio natural, de este entorno del hom bre, como dicen los geógrafos americanos; más concretam ente, se disertará como si ese en­ torno dejase de gobernar y de regir (desde entonces con m onotonía) toda una parte de nuestra historia, de nuestra vida. «Irlanda —escribió Vidal de la Blache— , dem asiado próxima a Inglaterra para escapar de ella, dem a­ siado vasta para ser asimilada, es víctima de su situación geográfica.» A d­ mirable fórmula, pero Irlanda es víctima a cada instante de su destino. Del mismo modo, Francia padece a cada instante de su vida su geohistoria, esa suma de ventajas y de riesgos que todos podrían casi enum erar. Karl H aushofer dio una excelente definición de lo que yo llamo geohistoria: «El espacio —escribió— es más im portante que el tiempo». ¿Se puede d e­ cir m ejor? Los años y los siglos pasan, explica, pero el escenario sobre el cual la hum anidad representa su interm inable pero repetitiva comedia perm anece idéntico a sí mismo. Sabemos que esta historia no se desarrollará en plena libertad. La es­ cena significa posibilidades, significa tam bién constantes imperiosas como pueden ser el clima, las estaciones, el relieve y otros tantos factores de his­ toria. D urante esta guerra se ha hablado del general Invierno, del general Primavera. Todo un E stado M ayor de factores físicos dirige nuestra vida, o al menos lo intenta. En su libro tan vivaz y lúcido (donde se evoca el re­ cuerdo de Émile-Félix G autier), un libro que lleva un título divertido, Méharées, T héodore M onod encuentra en el marco de la vida sahariana ac­ tual un calco del am biente de innum erables pasajes de la Biblia. Es una adm irable lectura de texto. Lo que pasa es que un desierto es un desierto, con sus exigencias siem pre iguales, tanto en los tiempos de A braham o de David como en nuestra época. Al menos m ientras el Sáhara no esté d e­ m asiado abierto a los coches y a los aviones. La geografía, por tanto, se ve enriquecida por continuidades, inmovi­

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lidades, llamémoslas repeticiones. Es la historia que no se mueve o que se mueve apenas. Los historiadores atentos a las variaciones, a la película de la vida de los hombres, no suelen verla. No crean ustedes por ello que las investigaciones en este punto sean extraordinariam ente novedosas. La pa­ labra sí, la cosa no. Piensen en el bello libro de Auguste Jardé, escasa­ m ente conocido, Los cereales en la Antigüedad griega. Creo que todo el m undo conoce los estudios de Victor Bérard sobre los paisajes de la O di­ sea y, en este mismo orden de ideas, los herm osos trabajos de Hennig. Pienso tam bién en estudios como los de H ettner o de Philippson, geógra­ fos los dos, o en artículos de Kulturgeographie... Pero en este orden de ideas los libros más sugestivos siguen siendo los que Émile-Félix G autier dedicó al islam y, especialm ente, a los Siglos os­ curos del Magreb medieval. En segundo plano de esos siglos sin historia clara, ocultos para nosotros por la grisalla de las crónicas árabes, él ha te­ nido la habilidad de evocar los escenarios naturales, la vida contrapuesta de nóm adas y sedentarios, sus luchas en torno a los pastos y las ciudades. G autier ha vuelto a situar la geografía en el centro del debate. Geographia oculus historiae, como escribió en uno de sus últimos estudios. A quí nos encontram os lejos de esas introducciones geográficas en el pórtico de los libros de historia, una puerta que uno em pujaba una vez y volvía a cerrar de una vez y para siempre. Piénsese, para ilustrar esta imagen, en los cua­ dros geográficos de las historias clásicas de la Antigüedad. Al iniciar el vo­ lumen podemos ver cómo florecen las aném onas y los olivos, pero luego ya no hay ni una sola aném ona ni un solo olivo. Es lo que dijo Lucien Feb­ vre al hablar de la Edad Media tal y como se la estudiaba en nuestras uni­ versidades: «Sólo se araba en los cartularios, con cartas como herram ien­ tas de labor».3 Segundo corte, los hechos culturales, la historia de esos Estados más resistentes y más complejos que los de verdad; en una palabra, las civili­ zaciones. En relación a ellas tendrem os que rom per con las costum bres de los historizantes: para dar con su definición práctica, no hay que buscar las civilizaciones en las obras de A. Jardé, especialm ente aficionado a esta pa­ labra. Será a los sociólogos, a los etnógrafos y a los etnólogos a los que pe­ direm os definiciones y cómo abordar esos problemas. ¿Sabemos, cuando se trata de Francia (pero tam bién cuando no es Francia el tem a) la enor­ me diferencia que existe entre la civilización y las entidades políticas? La Francia-civilización no es la Francia-Estado. Lo que le conviene a una no le conviene a la otra. Los Estados dicen sí, las civilizaciones dicen no y recíprocam ente, a lo largo de un pasado que nosotros ignoraríamos si 3.

Reseña de Marc Bloch, Les Caracteres originaux de l'histoire rurale fran^aise, 1931,

Revue historique, 1932, p. 191.

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así, su objeto es el Estado y no la Sociedad considerada desde sus dife­ rentes formas activas. Por eso resulta útil la palabra más lata de geohistoria. No nos costaría decir geografía histórica sin más, pero la palabra ha adquirido en nuestros m anuales escolares un sentido realm ente dem asia­ do restringido, el del estudio de las fronteras políticas y de las divisiones administrativas. Sólo advierto una excepción en este campo, la del her­ moso libro de Wilhelm Goetz, Historische Geographie. Beispiele und Grundlinien, publicado en 1904, un libro cuyo valor y novedad se ha des­ tacado poco. La excepción confirma la regla. La palabra geohistoria tiene sus defectos; resulta dem asiado nueva y la ofrezco bajo mi única responsabilidad; tam poco es muy armoniosa. Sin em bargo tiene el m érito de hacer hincapié en un punto de vista bastante poco reconocido. Dem asiados historiadores consideran que con una in­ troducción geográfica como pórtico de sus libros es suficiente. Después ya no se hablará del m edio natural, de este entorno del hom bre, como dicen los geógrafos americanos; más concretam ente, se disertará como si ese en ­ torno dejase de gobernar y de regir (desde entonces con m onotonía) toda una parte de nuestra historia, de nuestra vida. «Irlanda —escribió Vidal de la Blache— , dem asiado próxima a Inglaterra para escapar de ella, dem a­ siado vasta para ser asimilada, es víctima de su situación geográfica.» A d­ m irable fórmula, pero Irlanda es víctima a cada instante de su destino. Del mismo modo, Francia padece a cada instante de su vida su geohistoria, esa suma de ventajas y de riesgos que todos podrían casi enum erar. Karl H aushofer dio una excelente definición de lo que yo llamo geohistoria: «El espacio —escribió— es más im portante que el tiempo». ¿Se puede d e­ cir mejor? Los años y los siglos pasan, explica, pero el escenario sobre el cual la hum anidad representa su interm inable pero repetitiva comedia perm anece idéntico a sí mismo. Sabemos que esta historia no se desarrollará en plena libertad. La es­ cena significa posibilidades, significa tam bién constantes imperiosas como pueden ser el clima, las estaciones, el relieve y otros tantos factores de his­ toria. D urante esta guerra se ha hablado del general Invierno, del general Primavera. Todo un Estado Mayor de factores físicos dirige nuestra vida, o al menos lo intenta. En su libro tan vivaz y lúcido (donde se evoca el re­ cuerdo de Emile-Félix G autier), un libro que lleva un título divertido, Méharées, Théodore M onod encuentra en el marco de la vida sahariana ac­ tual un calco del am biente de innum erables pasajes de la Biblia. Es una adm irable lectura de texto. Lo que pasa es que un desierto es un desierto, con sus exigencias siem pre iguales, tanto en los tiempos de A braham o de David como en nuestra época. Al menos m ientras el Sáhara no esté d e­ masiado abierto a los coches y a los aviones. La geografía, por tanto, se ve enriquecida por continuidades, inmovi­

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lidades, llamémoslas repeticiones. Es la historia que no se mueve o que se mueve apenas. Los historiadores atentos a las variaciones, a la película de la vida de los hombres, no suelen verla. No crean ustedes por ello que las investigaciones en este punto sean extraordinariam ente novedosas. La pa­ labra sí, la cosa no. Piensen en el bello libro de Auguste Jardé, escasa­ m ente conocido, Los cereales en la Antigüedad griega. Creo que lodo el m undo conoce los estudios de Victor Bérard sobre los paisajes de la O di­ sea y, en este mismo orden de ideas, los hermosos trabajos de Hennig. Pienso tam bién en estudios como los de H ettner o de Philippson, geógra­ fos los dos, o en artículos de Kulturgeographie... Pero en este orden de ideas los libros más sugestivos siguen siendo los que Émile-Félix G autier dedicó al islam y, especialm ente, a los Siglos os­ curos del Magreb medieval. En segundo plano de esos siglos sin historia clara, ocultos para nosotros por la grisalla de las crónicas árabes, él ha te­ nido la habilidad de evocar los escenarios naturales, la vida contrapuesta de nóm adas y sedentarios, sus luchas en torno a los pastos y las ciudades. G autier ha vuelto a situar la geografía en el centro del debate. Geographia ocultis historiae, como escribió en uno de sus últimos estudios. Aquí nos encontram os lejos de esas introducciones geográficas en el pórtico de los libros de historia, una puerta que uno em pujaba una vez y volvía a cerrar de una vez y para siempre. Piénsese, para ilustrar esta imagen, en los cua­ dros geográficos de las historias clásicas de la Antigüedad. Al iniciar el vo­ lumen podemos ver cómo florecen las aném onas y los olivos, pero luego ya no hay ni una sola aném ona ni un solo olivo. Es lo que dijo Lucien Feb­ vre al hablar de la Edad Media tal y como se la estudiaba en nuestras uni­ versidades: «Sólo se araba en los cartularios, con cartas como herram ien­ tas de labor».3 Segundo corte, los hechos culturales, la historia de esos Estados más resistentes y más complejos que los de verdad; en una palabra, las civili­ zaciones. En relación a ellas tendrem os que rom per con las costum bres de los historizantes: para dar con su definición práctica, 110 hay que buscar las civilizaciones en las obras de A. Jardé, especialm ente aficionado a esta pa­ labra. Será a los sociólogos, a los etnógrafos y a los etnólogos a los que pe­ direm os definiciones y cómo abordar esos problemas. ¿Sabemos, cuando se trata de Francia (pero tam bién cuando no es Francia el tem a) la enor­ me diferencia que existe entre la civilización y las entidades políticas? La Francia-civilización no es la Francia-Estado. Lo que le conviene a una no le conviene a la otra. Los Estados dicen sí, las civilizaciones dicen no y recíprocam ente, a lo largo de un pasado que nosotros ignoraríamos si 3.

Reseña de Marc Bloch, Les Caracteres originaux de l'histoire rurale franqaise, 1931.

Revue historique, 1932, p. 191.

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no nos preocupásem os por subrayar y concretar sus valores culturales. É.-F. G autier nos explicaba el Magreb de la Edad Media a través del conflicto, repetición inagotable, de nóm adas y sedentarios; es la suya una explicación geohistórica. Georges Margais nos lo explicaba de otro modo en el II Congreso Nacional de Ciencias Históricas en Argel (1930). Según él, a lo largo de esos siglos el Magreb se inclina unas veces hacia Oriente, otras hacia España y, a tenor de esos movimientos, África del Norte se abre a una civilización o a otra. El M aghreb, poco creativo, es el que siempre tom a prestado. Del siglo vn al xi se inclina hacia el este, lo cual supone abrirse a los hombres, a las cosas y a las civilizaciones del oeste egipcio, si­ rio y persa, sin contar las influencias muy activas del m undo bizantino (al menos en el orden arquitectónico). Cuando se abre a O riente, el Magreb, lo mismo que España que tan cerca le queda, se ve invadido por aventu­ reros políticos llegados de Siria, jefes religiosos incluso, médicos mesopotámicos, sin contar a los poetas persas o a las bailarinas egipcias vestidas de rojo. Pero, en el siglo xi, el bloque m agrebí se inclina hacia el oeste y ha­ cia España. Es una revolución completa. Africa del Norte, sobre todo en su zona occidental, se abre al arte y al pensam iento ibéricos, surgen y se desarrollan entonces las ciudades. A los vergeles y ciudades andaluces se añade, al sur del Estrecho, el vergel de las ciudades herm anas marroquíes, Rabat y Salé, Ceuta, Tetuán, Tánger y tantas otras, por encima de las cua­ les se afirm arán Fez y todavía más la M arrakech de los almorávides. A d­ mirable explicación sintética la que nos ofrece Georges Margais, historia­ dor del arte musulmán, más atento que nadie a las grandes corrientes de civilización; tenem os por tanto una explicación cultural. Tercer corte: los hechos étnicos. ¿Pero es exacta aquí la distinción? ¿Hay razas y debido a ellas se puede hablar de una historia de la sangre, de nuestra sangre? Toda una escuela de pensadores y de escritores ale­ manes se ha adherido a la idea de raza y cree en su realidad. En Francia, a pesar de G obineau, tendem os a responder negativam ente, un poco apre­ suradam ente quizá. Ese es un gran problem a al que deberem os volver más extensam ente. En todo caso nos resultaría muy difícil, con los estu­ dios de los antropólogos, escribir una historia de la sangre del Africa M e­ nor. ¿Q ué podem os decir entonces del problem a clave, de la historia de los bereberes, de esos autóctonos apiñados hoy en sus cantones elevados, esas islas m ontañosas superpobladas, desbordantes? Los cortes cuarto, quinto y sexto no nos exigirán tantas explicaciones, pues tratan de los hechos de estructura social y los hechos económicos, los hechos políticos cuya originalidad no hace falta que destaque previam en­ te. Ya están ustedes al corriente de los vastos conjuntos así designados. Nuestras existencias están integradas en una sociedad, en una economía, en un sistema político que configuran otros tantos haces de fuerzas, res­

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trictivas, dinámicas, creativas. Rem itir todo a una realidad social, econó­ mica o política es una de esas simplificaciones útiles que ya conocemos. Sociedad o economía o política en prim er lugar: ya conocemos esas po­ tencias enemigas. Pero de las tres es el m aterialismo económico la que más a m enudo se propone como una explicación regular. Seguimos en el Africa del Norte de los siglos oscuros. A la explicación geohistórica de G autier, a la explicación cultural de Georges Margais aña­ damos como ejem plo una explicación económica. El M agreb es una isla, se nos suele decir, entre el mar y el desierto — la imagen es bastante ade­ cuada—; es una isla entre dos movimientos económicos, el del Sáhara, y el del mar, el de las caravanas de un lado y de los escasos com erciantes del otro. En el siglo vm, el M editerráneo occidental se convirtió en musulmán y siguió siéndolo hasta el siglo xi. El mar sarraceno trajo la pujanza a esas grandes ciudades,Trípoli de Barbaria, Túnez, Bugía, Argel y O rán, de esas dos ciudades nuevas del siglo x, Ceuta, Tánger. El m ar las une con O rien­ te y, con ellas, a todo el país, una historia que ya he referido. En el siglo xi tiene lugar el empuje hostil y victorioso de las ciudades italianas y pronto llega el fin del lago sarraceno: el M editerráneo vuelve a estar en manos de los rumís.* Sicilia está ocupada por los normandos; Africa del Norte y Es­ paña, esos far-west musulmanes, quedan separados del este y se ven for­ zados a form ar un bloque, a vivir juntos, a defenderse conjuntam ente. De ahí esos imperios hispano-magrebíes que los almorávides y luego los al­ m ohades construyeron a toda prisa, unas construcciones de autodefensa como el imperio carolingio y tan frágiles como éste. Y eso es lo que nos explica el vuelco histórico del que habla Georges Margais: prim era época, la del M editerráneo libre; segunda época, la del M editerráneo cerrado (para los musulmanes). Q uedaría por añadir (aunque el ejem plo no debe tomarse en su con­ junto) lo que Africa del Norte ha debido siempre al Sáhara y, allende el desierto, a los esclavos y al polvo de oro de Sudán. Es una historia oscura y, lo que es más, una historia que no se toma en consideración. Sin em bar­ go al oro sudanés debe el oeste musulmán su prosperidad; con ese oro se fabricaron los diñares de España y de Africa. Sin ellos no habría esplendor andaluz ni resistencia africana. Será un golpe sensible (lo repetiré) el que recibirá cuando, con los descubrim ientos portugueses a finales del siglo xv, el oro sudanés es desviado hacia el sur, hacia el golfo de Guinea. Este des­ vío tuvo como consecuencia un resquebrajam iento del conjunto norteafricano que los historiadores no siempre han tom ado en consideración. Así, ya lo ven, a diferentes historias corresponden diferentes caminos. Los utilizaré sucesivamente a lo largo de nuestras futuras explicaciones, *

Nombre que los musulmanes daban a los cristianos. ( N . de la T.)

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sin tratar en estos diferentes sectores la capa evenemencial que encontra­ mos en la superficie. Sin pretender ignorar el valor relativo de esta última (creo incluso que una historia completa debe recoger lo evenemencial, que, como ya dem ostré en un libro sobre el M editerráneo del siglo xvi cuya última parte se titula precisam ente «los acontecim ientos y los hom ­ bres»), en nuestro estudio sólo nos fijaremos en los hechos de profundi­ dad y no en los acontecim ientos; acontecim ientos geográficos (una erup­ ción volcánica, un m arem oto, un invierno dem asiado riguroso durante el cual, como ocurrió en 1590, se hielan los olivos de la Provenza y la Toscana), o acontecim ientos culturales, étnicos, económicos, políticos. Nos fija­ remos en lo que evoluciona lentam ente, en las capas de historia de escasa rapidez, que trascienden nuestros actos. La historia profunda nos supera, es cierto, a nosotros los hom bres vivos. Nosotros no hacemos más que transm itir los destinos que, a través de ella, recibimos del pasado; apenas tenem os tiem po de modificarlos a nuestro paso. Todo un impulso proce­ dente de otros tiem pos nos arrastra, nos mueve en el torbellino de sus aguas. Un ensayista, B enedetto Croce, pretende que los siglos se incorpo­ ran al instante más pequeño de vida que podemos considerar y que con­ tinúan viviendo en él. La porción correspondiente a los m uertos y a los años pasados es inmensa. En Venecia, seguimos en el siglo xvi, los Cinque Savii hacían copiar sus decisiones sobre gruesos registros cuyas prim eras hojas se rem ontaban a los siglos xii y xm. No se tom aba ninguna decisión sin evocar y sopesar a sus venerables precedentes. No acusamos a Vene­ cia. Lo que decimos es que la vida se detiene ahí más que en otros sitios y se anquilosa en el siglo xvi. Pero en todas las épocas, en todas las regio­ nes, en todas partes y siem pre el pasado impone sus formas duras a la vida actual. Entonces ya nos damos cuenta del peligro, creo yo, que entraña considerar la historia según la medida etnológica de nuestras existencias o de nuestros actos. Esas medidas son irrisoriam ente pequeñas. Se habrán fijado en el orden de clasificación: geografía, civilización, raza, estructura social, economía y política. El orden se basa en la veloci­ dad mayor o m enor de esas historias: en prim er lugar, en su máxima pro­ fundidad, las más lentas, las que están menos al alcance del hom bre; en úl­ timo lugar, las que están al alcance de su mano, es decir, la economía y la política. Clasificación en líneas generales, por supuesto, y que exigiría co­ m entarios bastante detallados. Señalemos de paso que el hom bre inter­ viene con mayor facilidad sobre las más móviles de las historias profun­ das y que justam ente las considera más im portantes por ser más flexibles: política primero, dicen unos; economía primero, dicen los otros. Cuestión de velocidad y de proximidad; cuestión de hum anidad la de esas historias llenas de torbellinos, de las aguas vivas y donde nuestra intervención aca­ rrea tantas modificaciones perceptibles. Quizás está ahí, en una distinción

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entre dos capas de historia profunda —de un lado la geohistoria, la histo­ ria cultural y la historia étnica, la historia de las estructuras sociales; de otra, la historia económica y la historia política (dos capas que no tienen ni los mismos ritmos ni las mismas longitudes de onda)— , quizá sea ahí donde se encuentre uno de los puntos de vista más interesantes de la his­ toria. Quizá. Desconfiemos sin em bargo de las imágenes, de las com para­ ciones dem asiado claras, dem asiado explicativas. Reconozcamos que la vida está compuesta de corrientes de velocidades diferentes que discurren día a día unos (los acontecimientos, nuestras existencias), año a año los otros, y siglo a siglo otros. Pero no exageremos esta simplificación. Nuestros «planos» de histo­ ria, a decir verdad, no parecen planos geométricos y la vida no es un vo­ lumen de los que ellos iban a ser una sección. Desde luego que no, es mucho más compleja. A cada instante, cuando querem os explicar, descon­ fiemos de la excesiva simplicidad de nuestras divisiones. No olvidemos que la vida es una, que la historia debe ser una, y que hay que considerar a cada instante, en lo que se refiere a cada cuestión, el encabalgam iento indefinido de las causas y de las consecuencias. No olvidemos, sobre todo, que nosotros creamos nuestras divisiones, nosotros los historiadores y al­ gunos otros. Lo social, el pasado, la vida, nosotros los iluminamos con pro­ yectores de diversos colores: geohistoria, historia cultural, etc. Pero como dice Alain: «los núm eros no son una cualidad de las cosas sino de nuestra mente»; lo mismo sucede con nuestras divisiones constructivas: el calco que nos ofrece la historia, por afinado, por exacto que parezca, por útil que sea —y nosotros creemos que lo es—, sigue siendo pese a todo un cal­ co. Repitám oslo, por lealtad y por prudencia.

Toda discusión de plano implica una m anera de ver y de resolver los problem as que se quieren abordar; nada resulta por lo tanto más difícil que establecer un program a y m ostrar sus grandes líneas anticipada­ mente. ¿Lo he conseguido? Dos o tres palabras bastan para presentar una conferencia. ¿Acaso no es un paseo? Pero un tren de conferencias — un libro, hoy— es una em presa más ardua: explicar la historia, expli­ car el mundo no es algo irrelevante. Tenía que mostrarles su dimensión, las virtudes de una historia bastante novedosa, revolucionaria, im peria­ lista, infundirles a ustedes confianza en sus medios. Era esta la prim era tarea, prim era luz que debía encender en nuestro camino. Eso es lo que he pretendido hacer. La historia no es sólo un relato, tam poco es senci­ llamente una colección de hechos excepcionales destinados a 110 repro­ ducirse nunca. Está arraigada en la vida y en último extrem o es, debe

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ser, la misma vida. Cuestiona la realidad social, no solam ente en lo que ésta tiene de fugitivo, sino en lo que tiene de perm anente, de siempre vivo, de actual. Insisto. El verdadero objetivo de la historia quizá no sea el pasado —ese m edio— , sino el conocim iento de los hombres, esa tarea colectiva que es el punto de encuentro de las ciencias sociales, su punto de convergencia, tam bién el nuestro. Sólo explicaremos la historia expli­ cando el mundo. El m érito de esta historia sociológica, nos dirán algunos, es que toca la vida, lo útil, según una de las fórmulas más plenas de Nietzsche al princi­ pio de sus consideraciones algo duras sobre la historia. Q uerer convertir la historia en una «ciencia» —peligrosa empresa, como sabem os— supone reducir el lugar que el hom bre ocupa dentro de ella, supone aum entar nuestro margen de error, como tam bién sabemos; algunos dicen incluso — aunque yo no estoy muy seguro— que supone re­ ducir el lugar de la poesía. Pero entonces, ¿qué es la poesía? En todo caso, estoy convencido de que no supone olvidar la vida, ni privarse de la gran alegría de com prenderla, y de com prenderla m ejor que de costumbre.

Capítulo III GEOHISTORIA: LA SOCIEDAD, EL ESPACIO Y EL TIEMPO ...el espacio es más importante que el tiempo. K ak i . H a u s h of e r

...bajo la superficial agitación de los acontecimientos circula en profundidad la gran corriente tibia que nos mueve sin alarma y sin indiferencia. Nosotros somos bastante más las olas de ese movimien­ to, los instantes de este imposible recorrido que la arcilla de la tierra. G a stó n R oupnel

Historia y destino, 1943

La

g eo g r a i ía , c ie n c ia ina cab ad a

La geografía no se limita al estudio de la tierra, se extiende a todo lo que vive sobre la tierra, especialmente al hombre, a la vida económica, social y política del hombre. A n d r é S ieg fried

Curso de geografía humana, 1941 Renunciemos a considerar a los hombres como individuos. A lb e r t Dhmangeon

Problemas de geografía humana, 1942 Los geógrafos lo saben bien: la geografía es una ciencia inacabada. A pesar del dinamismo de su enseñanza, esa revolución de ayer; a pesar de

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la cantidad y la calidad de los trabajos realizados, de las tesis, libros, revis­ tas, colecciones, atlas, m anuales escolares; a pesar de la excelencia de los m étodos seguidos; a pesar de todas sus riquezas, la geografía está incluso terriblem ente inacabada. ¿Como todas las ciencias del hom bre? Sí, por supuesto, pero todavía más que esas otras ciencias porque es más compli­ cada y mucho más antigua que todas ellas, si se exceptúa la historia; es, en realidad, una aventura intelectual muy vieja que se confunde por sus orí­ genes con los prim eros pasos firmes del pensam iento y de la reflexión de los hombres. Se diga lo que se diga, no empieza en Hum boldt o en Ritter o en Ratzel, o entre nosotros, en Vidal de la Blache. H erodoto no es sola­ m ente el padre de la historia, es tam bién el padre de la geografía, de esta geografía tan cambiada desde entonces y tan parecida a sí misma, rica en experiencias y en tareas apasionantes pero numerosas, confundida con frecuencia en sus tradiciones, com prom etida en muchos falsos problemas, complicada incluso por sus potentes adquisiciones recientes pues, a lo lar­ go de este último m edio siglo, extendió muy lejos y rápido el campo de su trabajo horizontal, a expensas de los territorios de las demás ciencias, las de la naturaleza más aún que las ciencias del hombre. Y todo imperialis­ mo entorpece. ¿Existe acaso en las ciencias del hom bre un campo de rea­ lidades más vastas y heterogéneas que el suyo? A hí tenem os por qué los movimientos de la geografía no siempre pa­ recen bastante libres, bastante flexibles para volverse ostensiblem ente ha­ cia lo real o, lo que poco más o menos viene a ser lo mismo, para definir­ se con firmeza, para elegir entre sus tareas posibles y clasificarlas según su grado de im portancia en relación al hombre. Hay una crisis de la geogra­ fía. C om prenderlo equivale a aclarar nuestra propia crisis de la historia. O curre con la geografía como con la historia: en lugar de ayudarla siempre, su pasado la abrum a o, cuando menos, la entorpece. En 1942 to­ davía se presenta (véase la preciosa Guide de A ndré C holley)1 como una descripción de la tierra; la etimología primero, ¿no? Lo mismo que la his­ toria en 1942, como ya hemos dicho, la geografía tam bién se presenta siem pre como relato, como una ciencia de lo evenem encial, aunque sin ser consciente de ello, lo cual agrava la situación. Y los resultados son los mis­ mos: de un lado, los acontecimientos, las peripecias, los gestos de los gran­ des o supuestos grandes hombres, una completa historia de superficie; de otro lado, sim étricam ente, las descripciones, los viajes, toda una geografía también de superficie. De una parte, el arte del narrador; de la otra, obli­ gatoriam ente las notas, los recuerdos del viajero y en el pasado los re­ cuerdos, más prestigiosos si cabe, del explorador. Reconozcamos que muy a m enudo en estos terrenos estam os lejos de 1.

Guide de Vétudiant en géographie, 1942.

g e o h is t o r ia

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la ciencia con C mayúscula. Describir es ver lo particular, captar la vida y, en verdad, es eso lo que pide el público, pues la historia y la geografía si­ guen siendo para él medios conocidos y ya acreditados de aventura que le perm iten evadirse de los tonos grises de la vida corriente, de los caminos de desorientación y de sueño. Con frecuencia es nada más eso; ya es m u­ cho. A quí tiene, al alcance de su mano para que no se mueva (y a todos les gustaría moverse), países que no visitará y adonde viajará m entalm en­ te si gusta. Pensemos qué desea el lector: ver con el mayor detalle, tener la impresión de estar ahí. ¡Qué tentación aparejar, largar velas para llegar hasta los países extranjeros y exóticos que estimulan la nostalgia de todo el mundo! ¡Cosas de literatura y de propaganda; cosas de la época! Del mismo modo, con las mismas velas al viento, con otro viaje, es posible abordar los países del pasado... Prim era línea: la literatura de carretera, de las estaciones, de los sleepings y de los steamers. Segunda línea: las vi­ das noveladas y las crónicas del tiempo pasado. El historiador y el geó­ grafo se encuentran en la misma situación: en el umbral de sus respecti­ vos oficios, qué grande es la tentación de detenerse en estas tareas iniciales, tradicionales, fáciles y rebosantes de interés humano. Ser leído, conseguir que te lean, ¿no es actuar? Además, describir es un modo de conocer: ver y ver bien es el prim er cometido del geógrafo. Y es una m ateria inagotable: cuántas regiones del m undo nos resultan geográficam ente mal conocidas. Adem ás de que, cuando el trabajo está term inado, casi siempre, antes o después hay que volver a em pezar desde el principio, pues las palabras que utilizamos para pintar envejecen muy rápido —como nuestras propias imágenes, como to ­ dos nuestros pertrechos de viaje y de pintura. Hay que cambiarlos, reno­ varlos, en fases muy próximas, tanto más porque hasta la tierra se trans­ forma, porque los pueblos evolucionan, continuam ente hay que volver a visitarlos. La vuelta al m undo en ochenta día de Phileas Fogg es de 1872. ¡Qué pasado de moda está! Yo dudo que siga divirtiendo a nuestros hijos mañana, e incluso hoy. Miren, el M arruecos del que me habla es el de 1935, pero no es, se lo aseguro, ya no es el M arruecos de 1942. La A m éri­ ca del Sur que visité entre 1935-1937 mucho me tem o que se desvanezca entretanto, terriblem ente cam biada en su ser después de tantos años de verse sometida a grandes adversidades. Estoy seguro tam bién de que la Picardía de Albert Demangeon (vista en 1905), esa Picardía sólida, pujan­ te, sumergida en sus valles, apegada a sus llanuras de arcilla y a sus exten­ sos campos de limo, un m undo que ofrece tantos valores seguros, ya no cuadra con su retrato antiguo. ¡Es pobre y frágil el esbozo que puede ha­ cerse del m undo vivo! A penas se ha secado la pintura, el modelo deja de parecerse a su retrato. Descubrir, redescubrir, describir, redescribir, la ta ­ rea es interminable.

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«La escuela geográfica francesa» hija de la vigorosa enseñanza de Vi­ dal de la Blache no retrocedió ante la empresa; quiso ver y supo ver, e in­ cluso ha alcanzado una especie de perfección en el arte de describir la tie­ rra, una perfección sin parangón en el extranjero, por lo que yo puedo saber, y que en nuestro país nunca se ha destacado como sería necesario. Y sin embargo, ¡ahí tenem os uno de nuestros éxitos literarios! «La escue­ la francesa» ha sido capaz de convertir la descripción en un arte concreto, sobrio, evocador, de incontestable belleza, un arte de pintar según las m e­ jores tradiciones de nuestro país. Al mismo tiempo, ha convertido el ofi­ cio de geógrafo en un oficio al aire libre, un oficio de viajeros, de obser­ vadores de lo real, casi de campesinos. Y no es este el m enor de sus méritos. Vidal de la Blache ya ofreció el ejemplo, no el prim er ejem plo por su­ puesto, en su adm irable Cuadro de la geografía de Francia. El suelo, el re­ lieve, las superficies de agua, el cielo, la vegetación (en sus líneas como en sus masas), el conm ovedor rostro hum ano de Francia, él supo captarlo con una maravillosa inteligencia, con una ternura menos rom ántica pero que no deja de recordar a Michelet, m ediante una descripción densa, con ano­ taciones breves, nerviosas, en trazos claros, incisivos y en colores francos, con un agudo sentido de la arm onía de los planos. Todo ello con la so­ briedad propia de un clásico; nada de fiorituras en esta escritura apreta­ da, y quizá excesivam ente apretada, del m aestro.Todos los alumnos de Vi­ dal han prohijado a su modo este sugestivo arte de la descripción, adaptándolo cada uno a su propio tem peram ento y creando su propia es­ critura, su estilo: en planos tratados con rapidez, de pinceladas largas, de una m anera sencilla, es el estilo de Dem angeon al describir su llanura picarda; m ediante manchas precisas, plumazos, dejando enorm es blancos, así es el estilo tan diferente y tan personal de Jules Sion, un escritor de gran clase; m ediante abundantes manchas de color, múltiples, m enudas y apresuradas que invaden las páginas, con los colores de la tierra, los colo­ res de las plantas, macizos boscosos, prados, grupos de casas, laderas solea­ das, así es la pintura de Maximilien Sorre en sus Pirineos orientales, don­ de sólo las manchas de sombra me parecen un poco raras; en los rápidos y expresivos croquis, que rara vez destaca con colores crudos, descubrimos el estilo de Em m anuel de M artonne; m ediante pinturas «divertidas», diría yo, caricaturescas muy a m enudo pero siempre exuberantes de vida, se de­ fine el estilo sorprendente de Emile-Félix G autier, probablem ente el más im portante de los geógrafos e historiadores de expresión francesa en vís­ peras de esta última guerra. En resum en, no creo que la verdadera litera­ tura ofrezca dem asiado a m enudo algo equivalente a este tipo de escritu­ ra ajustada, inteligente. El arte del paisaje es un arte exacto y refinado. Un gran logro, en suma, que subrayan a veces, aunque de m anera algo cruel,

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los ensayos de geógrafos menos dotados que los jefes de filas. Después de todo, ¿no tienen todas las escuelas de pintura sus artistas de segunda línea? Hay otra m anera de describir, y de describir mejor, que recurrir al es­ cenario de la región natural. Esto supone descom poner un espacio, abiga­ rrado por naturaleza, en pequeños espacios que son aproxim adam ente del mismo color y donde los caracteres geográficos son sensiblem ente iguales. Es rom per la vidriera para descom ponerla en sus fragmentos de cristal monocromos, rom per la dificultad para com prenderla mejor. Y, ahí tam ­ bién, siguiendo a Vidal de la Blache y a A lbert Dem angeon, la escuela francesa ha producido num erosas obras de calidad. Ha hecho maravillas, principalm ente en lo relativo a nuestro país; desde el trabajo clásico de A lbert Dem angeon, dedicado a la llanura picarda (1905), hasta esta tesis, reciente aún y digna de mención, de Roger Dion sobre el valle del Loire (1933), otro estudio clásico. ¿Es necesario que insista? En la literatura geográfica internacional no hay nada que se pueda com parar a esos libros densos en los que viven y se iluminan las imágenes de nuestras provincias geográficas. Digámoslo sin falso orgullo: ¿existe en el m undo un país que se preste tan bien como Francia, con sus provincias y sus «regiones» a un estudio regional tan rico? En los países nuevos o menos viejos que el nuestro, donde no hay hom bres apegados a la tierra, arraigados desde hace milenios en su tra ­ bajo, en sus campos y en sus pueblos, donde no abundan como entre no­ sotros esas «realidades» que son las «regiones», estos terruños individua­ lizados y caracterizados por la riqueza de su largo pasado y de una poderosa experiencia hum ana, ¿existe una m ateria de geografía regional que reúna tanta belleza y tanta fuerza? Seguram ente no. Nosotros posee­ mos por lo tanto adm irables imágenes de Francia, y sobre su modelo, di­ bujadas por nuestros geógrafos, admirables imágenes del mundo. Todas deberán recitificarse, antes o después, pues es la ley inevitable del género. Describir. Pero falta explicar. La geografía es una «descripción racio­ nal»; se ha consolidado a lo largo de estos últimos cincuenta años, e inclu­ so antes, como una ciencia del paisaje, o digámoslo de forma más precisa, un estudio científico del medio natural o geográfico o, más exactam ente aún, del medio físico y biológico, esas fórmulas que en térm inos generales sirven para designar «el entorno» de la vida de los hom bres del que ha­ blan los geógrafos americanos. Es por lo dem ás en este estudio del en to r­ no donde se han podido realizar los avances más perceptibles, y Dios sabe con qué dinamismo. Desde luego que no será a los geógrafos de la Sorbona, a partir de 1920, a los que podamos reprochar las pusilanim idades y las críticas esterilizantes de sus colegas de historia. ¡Menuda diferencia! A quí Sylvestre Bonnard, allá, todo lo contrario, la vida, el aire libre, los

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grandes problem as hum anos... Los verdaderos m aestros de nuestra ju ­ ventud fueron los geógrafos. El único reproche que cabe hacerles es, qui­ zás, el de haber estado, a nuestro juicio, más cerca del m undo físico y de sus certezas que de lo hum ano y de su desconcertante complejidad. No hay m anuales perfectos, escritos de una vez y para siempre, ya lo sabemos, pero sí hay m anuales preciosos que, siem pre y cuando los actua­ licemos regularm ente, resum en todos nuestros conocimientos útiles. Así, respecto a la geografía física, está el herm oso manual alem án de Alfred Philippson. En francés, tenem os el adm irable Tratado de geografía física de E. de M artonne. A fortunados estudiantes, dem asiado afortunados es­ tudiantes de geografía, me dirán ustedes. No habrá ningún problem a de tectónica, de climatología o de hidrografía que pueda parecerles compli­ cado. Estudiantes en exceso afortunados, tal vez, pues serán dem asiado proclives a cam inar tras las huellas de los pasos de sus antecesores. La verdadera vida del espíritu se obtiene al precio de plantear nuevos pro­ blemas y asumir nuevos riesgos. ¡Ay de los intelectuales sin inquietudes! ¡Ay de los discípulos aborregados! A fortunadam ente, siempre y cuando se quiera estar atento, las verda­ deras, las enriquecedoras dificultades empiezan tan pronto se trata de po­ ner al hom bre en escena y en acción. Ya sea indirectam ente cuando trate­ mos de geografía económica, ya sea directam ente, cuando abordem os los vastos y difíciles problem as de la geografía hum ana, una ciencia pendien­ te de constituir, de delim itar y afirmar. En lo que concierne a la econo­ mía, disponemos de buenos estudios, de herram ientas excelentes y de vi­ siones teóricas y prácticas de la economía política que el geógrafo muy a m enudo ignora, lo sé, pero que están a su disposición. Pero es cuando se trata de abordar directam ente al hombre, cuando se intenta captarlo, cuando necesitamos verdaderas guías. Vidal de la Blache no tuvo tiempo de acabar su Tratado de geografía humana cuyo texto inédito se publicó tras su m uerte, acaecida en 1918; son sus Principios de geografía humana (1922) unas notas admirables, pero no podemos llamarlo libro. La misma triste aventura se repitió con A lbert Dem angeon (fallecido en 1940): de sus Problemas de geografía hum ana, publicados dos años después de su m uerte, sólo las diez prim eras páginas son nuevas. Son una introducción perfecta, pero nada más, a una obra didáctica que aún seguiremos espe­ rando durante mucho tiempo. Ojalá sirva esta doble aventura de adver­ tencia al menos en nuestro país. Estos dos «descubridores» llegaron de­ masiado tarde a estas tierras tan nuevas de los problem as directos del hombre. Lo cual no quiere decir que no se haya hecho nada, en nuestro país o en el extranjero, en tan apasionantes terrenos. Todo lo contrario, ¡cuántos estudios sobre la población, sobre el hábitat, sobre las ciudades y sobre los

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movimientos de la población! Cuántas obras excelentes sobre ésta o aquella cuestión de detalle. ¡Cuántos hallazgos importantes, cuántos m é­ todos acertados o puntos de vistas ingeniosos para cartografiar o explicar la m oviente y compleja sustancia de la geografía de los hombres! Tam po­ co todo es inútil en el libro dem asiado descriptivo, dem asiado simplista, que se queda dem asiado en la superficie de los problemas, de Jean Brunhes, La geografía hum ana, que su discípulo Pierre Deffontaines acaba de resum ir en una cuarta edición llena de vida, avezada y bien actualizada. ¡Cuántos com entarios sorprendentes y profundos en este libro apasiona­ do que ha sabido detectar tantos problem as y, a menudo, form ularlos con gran exactitud! No olvidemos, para ser justos, que su prim era formulación data de 1910, que es el libro de un pionero, con sus méritos y sus im per­ fecciones, aunque no siem pre resulte válido, tam bién conviene decirlo, en 1942. Pero ¡qué complejo es el objeto de la geografía humana! Repitám os­ lo como han hecho tantos otros, aunque sólo sea para no ser injustos con esos otros. Al principio de la ciencia geográfica, hacia 1890, en la época de R atzel,el verdadero fundador de la escuela geográfica alem ana, c incluso antes, en la época de Taine, se podía suponer la existencia de un estrecho vínculo entre el hom bre y su medio, creer en los cables sólidos de un determ inism o geográfico, tanto más fáciles de captar porque eran más grue­ sos. Pero pronto hubo que cambiar de tono. La escuela francesa, formada algo después, nunca creyó dem asiado en tal determinismo. Para Vidal, un medio geográfico es un conjunto de posibilidades. Al hom bre le corres­ ponde elegir entre ellas, como entre granos que puede sem brar o no sem ­ brar; al hom bre le corresponde «tomar partido», en eso consiste, resum i­ do en dos palabras, el posibilismo vidaliano. Esta es tam bién la tesis del brillante libro de Lucien Febvre, La tierra y la evolución humana (1924). Aunque quizá demasiado inclinado (a mi juicio) a poner el acento, por reac­ ción, en la voluntad y en la libertad del hombre, es en último térm ino el único libro de m étodo del que disponem os sobre estas difíciles cuestiones. Cabe preguntarse si en los círculos geográficos se ha dado a esta obra toda la carga de significado que posee. Parece que se ha entendido única­ m ente como una advertencia, como un llamam iento a la prudencia, a los «quizás», a los «todas las cosas son iguales a fin de cuentas», a los «sin duda» de las m entalidades reacias. Y sin em bargo... ¡con cuánta violencia se lo ha llevado hasta las consecuencias de sus negaciones! En cuanto a los geógrafos alemanes, nunca creyeron en ese «posibilis­ mo», en esas prudencias; han perseverado en su línea «ratzeliana». Y su esfuerzo, con independencia de lo que se haya dicho, m erece nuestra con­ sideración. ¡Qué persistencia la de Ratzel! De ahí la solidez, la sencillez de los libros y de las afirmaciones de los geógrafos alemanes. La com ple­

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jidad hum ana les im presiona o, m ejor dicho, les desanim a mucho menos que a nosotros. La verdad se encontraría, quizás, a medio camino entre nuestras dudas y sus audacias. Los geógrafos alem anes me parecen más «temerarios» que nosotros, más apegados a desarrollar las consecuencias de una idea o de una tesis, a m ostrarla bajo todos sus aspectos, a agotar las posibilidades que ofrece. Pero, más allá de su caso, lo que está en discu­ sión es todo un arte de pensar distinto del nuestro. ¡Es un tem a dem asia­ do vasto! O tros peligros para la geografía humana: su tendencia a explicarlo todo a través del m edio geográfico o biológico, cuando con ello forzosa­ m ente sólo se explica una parte de las realidades. Esta temible costumbre, además, de hablar siem pre del hombre: el hom bre y el bosque; el hombre y las islas; el hom bre y la m ontaña, etc. Es de los hom bres de lo que hay que hablar. Ya sé que la palabra se utiliza como significante de la hum a­ nidad, en esas fórm ulas habituales, los hombres, y yo tam bién las utilizaré en este sentido. Pero la duda puede subsistir y subsiste. «Renunciemos, es­ cribía A lbert D em angeon, a considerar a los hom bres como individuos.» «Ya lo ven ustedes — dijo un día Jean Brunhes— , el individualismo debe ser proscrito de la geografía.» G randes palabras. El objeto, el centro de la geografía hum ana, y quizá de la geografía a secas, de la geografía «pro­ funda» a la que tenem os el derecho de soñar no es el hom bre sino la so­ ciedad, verdadero m edio del hombre, donde éste se mueve como pez en el agua. La sociedad es el estudio de la sociedad en el espacio, yo diría in­ cluso por el espacio, igual que definí en mi anterior conferencia la histo­ ria como el estudio de la sociedad gracias al pasado, ese «medio». El es­ pacio tam bién es un medio, un escenario menos sólido de lo que creen éstos, mucho más im portante de lo que creen aquellos otros. Yo añado que es de la sociedad de donde a m enudo convendría partir (y no solam ente de su entorno). En todo caso, es en la sociedad donde hay que desem bocar. Es muy extraño que la geografía, especialm ente en nuestro país, olvide tan a m e­ nudo al hom bre y se detenga así en el camino. Y este no es un ataque gra­ tuito por mi parte. Obsérvese que son pocos los libros de geografía que nos hablen de lo que el hom bre puede comer, su m anera de vestir, o lo que canta, o qué lengua habla, o lo que piensa, o lo que cree. Hay, al hilo de num erosas páginas, un extraño hom o geographicus. Es el herm ano del hom o oeconomicus, dotado de buena m em oria y, como él, totalm ente al margen de la vida. Digamos que es un olvido frecuente del hombre, pero un olvido habitual de la sociedad entre nuestros geógrafos franceses. Un filósofo extranjero descubrirá un día ahí, con hum or y júbilo, la prueba de nuestro individualismo. Q uerem os estar solos ante el Estado, solos ante la N aturaleza, lo cual es una m anera como cualquier otra de resistir a ese

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gran movim iento del pensam iento contem poráneo. Nosotros descubrimos al hom bre, ayer, al hom bre centro del mundo. Nosotros descubrimos hoy la sociedad, ese nuevo D ios... Se trata de un descubrim iento todavía no consciente en todos los ámbitos del pensam iento. A quí tenemos, de Pierre M onbeig,2 un excelente estudio, lleno de vida, directo, sobre la zona del cacao de los Ilheos, en el estado brasileño de Bahía. Todo se deduce en él con exactitud y precisión. Excelente tra ­ bajo. Pero no nos cuenta —o apenas— qué sociedad hay en esta zona pio­ nera, de dónde vino, cómo se formó. A partir de 1840, en este bosque li­ toral de Ilheos, este bosque a orillas del mar, colonos suizos y alem anes establecieron los prim eros claros, las prim eras plantaciones de cacao. O tto Quelle nos ha contado su mediocre y heroica historia. Segunda ocupa­ ción, una ola de fondo en realidad, tiene lugar hacia 1890: buscadores de oro, raza de aventureros, de fieras, que se encontraban tierra adentro en el estado de Bahía, arruinados por la com petencia lejana de las minas de Transvaal,se dirigieron entonces hacia la costa y, viéndose perseguidos, se lanzaron sobre las tierras apenas desbrozadas de los Ilheos. El resto de la zona arderá a partir de su llegada, hervirá de disputas y, gracias a ellos y tam bién pese a ellos, la zona pionera vivirá sus prim eras horas im portan­ tes. Los aventureros han recuperado y com pletado la prim era obra de los nórdicos, creado el reino del cacao y del sudor, del pesar de los hombres, cacau e suor como dice de m anera tan expresiva la hermosa novela popu­ lista de Jorge Amado. Ahora bien, se nos ha escatim ado toda una historia violenta y, por detrás de ella, el papel de los comerciantes portugueses de Bahía, aficionados a la pesada vajilla de plata, m ercaderes de esclavos, de toneles de bacalao, de carne curada al sol, señores de las casas altas, del mercado, del puerto y de los veleros de la ciudad baja, y por último, pres­ tamistas de dinero sin los cuales nada de todo eso habría sido posible en el sur... Extraña laguna, ¿no les parece? Muy a m enudo el geógrafo de nuestro país descuida así, en el marco de su estudio, no diré yo al hom bre sino lo social. Sin duda porque estu­ dia desde dem asiado cerca el medio geográfico y el medio biológico, se agota en estas tareas fáciles pero profusas, sobre el suelo, el relieve, el cli­ ma, las plantas y los animales. Tareas fáciles, quiero decir que se han he­ cho fáciles gracias a tantos trabajos tipo, esclarecedores y que basta con trasponer repetidam ente. Dem asiada geografía física, en toda caso, dire­ mos, demasiados niveles de erosión, de plataform as litorales, demasiada geología. Todo ello relega al hom bre y lo social a un segundo plano. ¿Qué aprendiz de geógrafo o ya consolidado no ha oído hablar de la «bouton2.

«Colonisation, peuplement ct plantalion de cacao dans le Sud de Babia», Anuales

de géograf)hii\ 1937.

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niére de la región de Bray»? ¿Quién, por el contrario, no podría decir algo del cam pesinado o de las ciudades de esta región de aguas vivas? Invita­ mos a los especialistas a hacer la prueba. Pensemos en el hom bre, en los hombres, «en el m edio humano», como dice A ndré Cholley. N o olvidemos las realidades de los grupos, de las co­ munidades, la fraternidad de los vínculos sociales, todo lo que une al hom ­ bre con el hom bre y convierte a la sociedad establecida en el espacio en un tejido vivo, de mallas más o menos apretadas... Son estas realidades sociales lo que la geografía debe explicarnos, o al menos ayudarnos a ex­ plicar, dado que la geografía es, a nuestro juicio, tanto un m étodo como una ciencia...

En realidad, no existe problem a social que no deba reubicarse en su m arco geográfico, es decir, situar en el espacio, que deba confrontarse con este espacio; no hay realidad social que no ocupe un lugar en la tierra, en ésta en lugar de aquélla, y eso es ya todo un problem a. Situar los hechos que hay que estudiar es el prim er paso de cualquier estudio social serio. ¿Es preciso citar al respecto los estudios de geografía política, clásicos y conocidos de A ndré Siegfried, dedicados al macizo arm oricano (y su cu­ riosa frontera política al este), a propósito de Francia en general, de Ingla­ terra o de Estados Unidos? ¿Es preciso citar los estudios recientes, de tan­ to interés, que Gabriel Le Bras dedicó al catolicismo francés, basados en los docum entos diocesanos? El autor ha señalado en el m apa las regiones de fervor religioso y aquellas donde se registra una indiferencia a veces completa; tenem os entonces una geografía del catolicismo francés, o al menos un esbozo. A nosotros nos corresponde seguir la pista, pero el au­ tor se encargará, con los problem as proyectados sobre el suelo, de ver qué hechos señalan su localización tan importante. Los geóm etras hablarían aquí de una huella de hechos sociales en el plano geográfico. No sabría­ mos decir hasta qué punto estas huellas son, en general, ricas en inform a­ ciones. Esto equivale, salvando las distancias, al registro, e incluso a la fo­ tografía de un m ovim iento en una investigación de física mecánica, pues la geografía nos ofrece en este caso mucho más que una instantánea. La geografía es una gran ayuda para la historia. No repetiré el ejem ­ plo que ya di de los estudios de Emile-Félix G autier. Ustedes ya los co­ nocen y tienen mucho éxito en nuestras bibliotecas. Situar los hechos his­ tóricos en el espacio supone a la vez com prender m ejor y plantear con más exactitud los verdaderos problemas. A quí tenem os la Lorena y el Barrois en vísperas de la Revolución francesa, poco después de su unión oficial con Francia, que se produjo en 1766, a la m uerte de Stanislas Leczinsky. En realidad, la verdadera ane­

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xión se rem onta a 1738, a la Paz de Viena. No olvidemos además que la Lorena siem pre había estado a m erced de los ejércitos franceses, desde al menos el siglo xvi y, por último y sobre todo, que toda la zona era de len­ gua y civilización francesas, hasta la frontera germánica más allá de Metz. ¿Esta Lorena? Pobre y árido país boscoso, pantanoso, guijoso, con viñas siem pre inseguras en sus puntos más favorables, con «labradores» a m e­ nudo miserables. Adem ás los pobres m anants* de los vendim iadores de uvas verdes (¡ay,qué grandes vinos los de Bar-le-Duc o del país de Metz!). E n el siglo xvm, la Lorena experim entaría muchos cambios y casi un despertar. Si observamos atentam ente sus pueblos, advertim os que todos o casi todos aum entaron entonces la superficie de sus tierras cultivables, am pliaron el perím etro de su límite municipal. Ya conocen esos clásicos pueblos de Lorena: en el centro las casas am ontonadas unas encima de las otras, apretadas en una doble fila a lo largo de la carretera transform ada en patio de granja, y alrededor los cultivos, es decir, un ancho disco con sus tres estaciones: los trigos, las avenas, las «laderas» de colores diferen­ tes; por último, al borde del círculo, cubriendo las colinas calcáreas y tapi­ zando las tierras dem asiado lejanas, el bosque y su larga línea azul dibu­ jando el horizonte. Pueblo, campos, bosques, tres zonas, tres géneros de vida: la sopa, el trabajo diario, las ocupaciones excepcionales de los leña­ dores. Aquí en el hondón entre las casas se vive y se ama y se habla con la familia durante toda la perra vida —y lo sentimos por el vecino si le lle­ gan las voces, aunque en realidad si se grita tan fuerte es para que él lo oiga. Más lejos, en el campo abierto, se trabaja: la siega del heno, rega­ díos, recolección de las mieses (con las ollas de sopa caliente a mediodía), con el agotador trabajo del haz y la ligadura de las gavillas. Los desespe­ rados, si los hay —y los hay—, se encuentran en el bosque, es el m undo de los pobres y los réprobos, hostil al hombre, es la zona refugio (todavía lo era en 1870 frente al enemigo), una zona siem pre temida. En el siglo xvm, la línea del bosque, que perm anecía inalterada desde el siglo xm, se vio atacada por num erosos puntos y fue entonces cuando se fundaron las grandes granjas aisladas, sobre los terrenos poco fértiles, en general, de aquellos nuevos caseríos. En el siglo xm nuevos pueblos, Laneville o Neufville o Neuveville, ocuparon el terreno conquistado y continúan m ontando guardia frente a sus bosques, a m enudo en los am e­ nazantes desfiladeros forestales, o entre el bosque y el valle. Los grandes propietarios, burgueses o nobles, solam ente construyen granjas, ya muy apartadas de los pueblos. Esas granjas están escondidas en los bosques hostiles, situadas sobre suelos a m enudo cubiertos de brezo y de helechos. Todas esas granjas han subsistido, han ido sobreviviendo hasta nuestros *

Patanes, palurdos. (A/, de la T.)

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días. Ya antes de 1914 se m antenían sólo gracias a la m ano de obra de obreros extranjeros a la provincia, luxemburgueses, alsacianos o alem a­ nes. Las granjas eran y siguieron siendo objeto de envidias y de sospechas y com adreos malévolos, ya se lo pueden imaginar. Esta ampliación de las tierras en el siglo xvm ha sido ligada a un au­ m ento de la población lorenesa, y al necesario empleo de nuevos m étodos agrarios. Literalm ente, la Lorena rebosa de campesinos. Hay un sinnúm e­ ro de pobres y de itinerantes; estos últimos, obreros en busca de trabajo, eran estañadores, caldereros, cesteros, zapateros (los de Condé-en-Barrois), carreteros (los de Rem bercourt-aux-Pots fueron célebres ya desde el siglo xvi). U na cadena continua conduce los árboles abatidos desde los Vosgos hasta Bar-le-Duc, que era entonces un puerto de la m adera, don­ de los robles y los abetos de m ontaña eran lanzados al Ornain y ahí, por el agua, conducidos hasta el Sena. Crecim iento demográfico: hubo enton­ ces que am pliar las tierras para alim entar a una población más num erosa y, a la vez, para facilitar su subsistencia, tam bién la industria se desarrolló: fábricas de tejidos en los Vosgos, fundiciones y forja en los valles del Meuse, del Ornain, fábricas de cerveza, por último, en los futuros departa­ m entos de Mosa y de M eurthe. Todo esto nos ayuda a com prender en sus grandes líneas el dram a que supondrá en el futuro la Revolución para la Lorena. Es fácil de adivinar: todo su proletariado agrario ha encontrado una salida en los ejércitos de la República y del Imperio. Para nuestros campesinos del este esto supuso una gran aventura. Piénsese que en 1793, durante la loca insurrección gi­ rondina, la Lorena siguió a los «federalistas» debido a su posición sobre las líneas de retaguardia de los ejércitos combatientes, de la defensa nacional y de la Revolución todo a la vez. Pero la Lorena no se movió. No cabe duda que no fue la única provincia que salvó entonces a la vez a la región y a la República, pero obsérvese que contribuyó mucho a ello y que su participa­ ción en la aventura militar realm ente la soldó a Francia, esta patria nueva. No hay ciudad, casi no hay ningún pueblo entre nosotros que no tuviese entonces sus soldados, sus oficiales (por supuesto), pero tam bién su gene­ rales, desde Ney [nacido en Sarrelouis] hasta Exelmans y Oudinot, hijos de Bar-le-Duc (al otro extrem o de la región lorenesa) sin contar..., pero ¿es que vamos a arrancar las páginas del Diccionario de los generales de la Re­ volución y del Im perio, de Six? Se dice que la Lorena es una región fronte­ riza y que toda su psicología se explica por este detalle; digamos, para ser exactos, que a partir de 1792 fue una zona de región militar, de verdaderos cantones suizos. Fue y sigue siendo una región de soldados y eso es lo que la explica. Añadam os que se puede ser zona fronteriza sin ser una zona de sol­ dados. Con la Revolución empieza la gran gesta militar de nuestra Lorena. No digo que la historia del este deba deducirse del aum ento del espa­

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ció dedicado a las tierras cultivadas, de ese pequeño indicio geográfico. No, desde luego que no. Pero este ejemplo, elegido a voluntad, nos m ues­ tra bastante bien un aspecto geográfico de un amplio m ovimiento de his­ toria; el hecho geográfico es aquí uno de los eslabones de la cadena, nada más, aunque considerable, pues siem pre hay un eslabón geográfico, y a ve­ ces más de uno, en la cadena de los hechos sociales. ¡Que los historiado­ res y demás nunca lo olviden! Aquí, como en otros lugares, la geografía no nos ayuda a verlo todo sino a ver mejor. Sé muy bien que a algunos geógrafos esta posición segundona no les gustaría. Cada ciencia hum ana sueña con ser autosuficiente; pero ¿no es ese un sueño peligroso e ilusorio? N uestro objeto de estudio —la socie­ dad— rebasa los recursos de cada una de esas ciencias tom adas por sepa­ rado. A nosotros nos corresponde unir los esfuerzos y conjugar nuestros resultados. Creo incluso que la geografía llamada hum ana realizaría pro­ gresos decisivos si tuviese clara conciencia de los límites de su método, si se persuadiese de que necesita unirse a las otras ciencias del hombre, como se ha unido, para enriquecerse con ellas, a las ciencias de la natura­ leza en lo que concierne a sus fundam entos físicos y biológicos. También realizaría progresos si no partiera siempre de la tierra, repitám oslo, sino también de la propia sociedad, una sociedad que hay que resituar, tanto ella como sus problemas, en el espacio, jM enudo trabajo! Es desde estas necesidades, realidades, problem as de lo social desde donde, como geó­ grafos, nos gustaría partir, incluso en una exposición sistemática. La natu­ raleza no prevé al hombre. Partir de la naturaleza significa a m enudo ex­ traviarse, ir a ciegas, delim itar mal las verdaderas cuestiones. Si Lucien Febvre crítica duram ente el determ inism o geográfico, el su­ puesto vínculo de lo físico con el hom bre, si yo lo entiendo bien, es que en nuestra investigación de las causas y de los efectos, partiendo de la natu­ raleza para llegar a la sociedad, nuestro hilo se rompe en el camino y nos explicamos mal y no explicamos nada. Cuando G astón Roupnel, al con­ trario que Karl Haushofer, nos afirma la primacía del tiempo, realidad de las realidades sociales y de la vida, y nos dice: «Nosotros somos mucho más las olas de ese m ovimiento [el de la duración), los instantes de ese im­ posible recorrido, que la arcilla de la tierra», él tam bién nos está sugirien­ do que invirtamos los térm inos del problem a geográfico. No tom ar como punto de partida la arcilla sino al hombre. Del mismo modo, cuando Jean Brunhes escribe su tesis sobre la irrigación en la Península Ibérica y en Africa del Norte (1902) prescinde del m arco regional estricto, rebasa el ejemplo, lo particular, y hace hincapié en el trabajo del hom bre... Fue una hermosa novedad en su tiem po y sigue siéndolo hoy. En Los elementos biológicos de la geografía humana. Ensayo de una ecología humana (1942), Maximilien Sorre culmina, a mi parecer, la geografía biológica de

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una parte (culm inado por algunos años, se entiende), y por otra insiste con vehemencia en la necesidad de observar el medio físico ya no en sí mis­ mo, sino —y esa es una revolución pendiente— a la medida del hombre. A quí tenem os un progreso evidente, un renacim iento útil del habitual problem a geográfico, si en lugar de la m edida del hom bre se colocase de una vez y para siem pre la medida de los hombres, de los grupos, de las so­ ciedades. A mí me gustaría engarzar así la geografía con una sociología entendida en sentido amplio, la de, en nuestro país, un Marcel Mauss o de un M aurice Halbwachs; o la de ese libro tan debatido en Alemania, aun­ que tan curioso y rico en sus intenciones, de R o b e rt...3 sobre los Alpes occidentales de Estiria. En esta sociología yo buscaría algunos escenarios, verdaderos problem as humanos, y ello sin olvidar que el otro camino, tan criticado y resbaladizo, que va del medio físico a lo social sigue siendo un camino útil. Dos polos, en suma, lo social y el espacio; hay que ir de uno a otro y luego hacer la ruta al revés. La sociedad se proyecta en el espacio, se ad­ hiere a él: la sociedad, en sus casos concretos, constituye unos cuantos hom bres y un poco de tierra. C aptar esta adherencia como un moldeam iento y, a través de él, explicar la sociedad, es lo que le pido a las viejas y nuevas potencias de la geografía. Y no soy el único que lo pide. Los grandes problem as siem pre se plantean en el límite de los campos cientí­ ficos: en lo que respecta a la geografía, entre sus investigaciones, concep­ tos y m étodos y las grandes [canteras] de las ciencias humanas. Este es, mal y apresuradam ente esbozado, el problem a geográfico tal como yo lo veo, uno de los mayores problem as «sociológicos» quizás —y, forzosamente, un gran problem a de historia: el de los vínculos entre el m e­ dio hum ano y el espacio (entendiendo esta palabra espacio en el sentido tan fecundo del entorno de los geógrafos americanos). Si se añade ahora a esos elem entos (el espacio, lo social) la poderosa coordenada del tiempo, tendrem os una formulación rápida pero neta de la geohistoria y del tem a mismo de esta conferencia.

3.

Nombre del autor, cuyo apellido se dejó en blanco en el manuscrito.

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E l TRINOMIO DE LOS GEÓGRAFOS ALEMANES! R a u m , W ir t sc h a ft , G e s e l l s c h a f t

Junto a los factores geográficos, hay por lo tanto un factor tiempo. A n d r é S ieg fr ie d

Curso de geografía económica, 1941

La geografía trabaja por lo tanto sobre lo actual — ahí reside su debi­ lidad y su fuerza— , sobre el m undo tal y como es, y si cuestiona el pasado como suele hacer, no es por sí mismo sino como una explicación del tiem ­ po presente. Intentar transponer este trabajo en el pasado, preguntarnos por ejem plo qué geografía social tuvo Francia en tiempos de Luis XIII, o tal o cual zona de la Am érica precolom bina, constituye el program a de la geohistoria. Estas cuestiones son tan valiosas, por lo demás, para conocer lo social como los ejemplos estrictam ente actuales, y a m enudo incluso mucho más. Y no me refiero a su interés directo para la historia. No se tra­ ta de ver solam ente la grandiosidad de la política de Richelieu, sino mos­ trar cómo aquella perra guerra de los Treinta Años devastó toda la Fran­ cia del este como un vulgar com partim ento de Alem ania y vació de hom bres la Borgoña y la Lorena, separándonos de Europa central. Esa es tarea de geógrafo y tarea también de historiador. Pero podem os explicarlo de otro modo: la vida de una sociedad está en la dependencia de factores físicos y biológicos; está en contacto, en sim­ biosis con ellos; estos factores m odelan, ayudan o estorban su vida y por lo tanto su historia... No toda esta historia sino una parte: aquella a la que proponem os llamar geohistoria. En un libro reciente tuve que ocuparm e de la historia del M editerrá­ neo en el siglo xvi.4 Con ese título no pretendí aprehender únicam ente la historia de los gobiernos y de las flotas de guerra, de las economías, so­ ciedades y civilizaciones, todos esos suntuosos pasados, sino también la historia m onótona, aunque en cualquier caso potente y suntuosa, de esas restricciones perm anentes que son los relieves, los suelos, los climas y los entornos de vida. Intenté encontrar la importancia constante y orgánica del rep arto de las tierras y los mares, el papel histórico regular de las es­ taciones pues, en el siglo xvi, las estaciones, con sus limitaciones y sus efec­ tos, sus creaciones, son factores de historia (como hoy). ¿Resulta razona­ ble olvidarlos en la «resurrección íntegra» del pasado? ¿Y si esos simples m ovimientos del tiempo, la eclosión de la prim avera, el regreso del in­ 4.

Véase supra : Prólogo y p. 50.

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vierno, m arcasen el compás, tal y como yo creo, no sólo de la vida de los campesinos, algo que todo el m undo acepta sin inconveniente, sino tam ­ bién el comercio y la «gran historia», la de los príncipes y diplomáticos? ¿Se com batía en invierno en el siglo xvi? No, en general no. ¿Se navega­ ba en invierno? En general, no. El invierno es un periodo de la vida al ralentí, que solía dedicarse a las labores domésticas. Entonces sólo trabaja­ ban los grandes Estados M ayores políticos, el invierno es su estación, la de los proyectos y negociaciones, y que así sea nos explica muchas cosas. Esto es lo que me ha empujado, para enriquecer los habituales con­ ceptos tan estrechos de la geografía histórica, a am pliar la em presa de los geopolíticos alem anes a un estudio com pleto del pasado y no, como ellos hacen, solam ente al pasado de los Estados. Esta «sola política» de los geo­ políticos de Munich, su deseo de cam biar el m aterialism o económico en determ inism o geográfico, aunque limitado al plano político, me parece una posición excesivam ente restrictiva, por original que sea. Introducir así, en el problem a geográfico, la coordenada del tiem po significa consi­ derar la geografía hum ana como historiador, en toda la masa viva de sus problemas, de sus vínculos de causa a efecto; es ver cómo varían los ele­ mentos — una oportunidad de entender m ejor esos problemas, pues el tiempo es una m edida, una de las realidades del m undo y de la vida, una de las realidades más im portantes. Una experiencia dem asiado vasta para resumirla trivialm ente, es cierto, y sobre la cual aquí apenas podem os ofrecer algunos bosquejos [...] algunas vistas de conjunto. Para simplificar, rem itám onos al principio, a las extensas y habituales divisiones de los geógrafos alemanes. Sus estudios se dividen en tres m a­ sas regulares: R aum , el espacio; Wirtschaft, la economía; Gesellschaft, la sociedad. Sólo el prim er término, R aum , exige explicaciones. Raum es en sentido lato el entorno de los geógrafos americanos, y más exactam ente aún el medio geográfico (a la vez físico y psicológico) de los geógrafos de nuestro país, el espacio en suma con todos sus caracteres físicos (quiero decir el espacio terrestre, líquido y aéreo, esas tres dimensiones del hom ­ bre, con todas sus posibilidades y todas sus riquezas y todas sus limitacio­ nes). Ya vemos las ventajas que implica esta palabra, tan de moda en los estudios alemanes: resum e todo un complejo de factores y de agentes geo­ gráficos; perm ite designar con una sola palabra el conjunto de fuerzas sin núm ero que constituyen el determ inism o geográfico y crea la costum bre de ligarlos en un solo haz. En nuestras discusiones se tiende en exceso a rom per ese todo, a fragm entarlo para exam inar sus partes y minimizar su influencia. Es la pesada total lo que tal vez im porte ver. En relación al es­ pacio, la economía (Wirtschaft) será el conjunto de las conquistas, o diga­ mos más bien del grupo, su m anera más o menos activa de conquistarlo o de poseerlo (no olvidar el atascam iento de lo económico entre lo social y

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la naturaleza). El último térm ino del trinomio, Gesellschaft, la sociedad: la palabra me parece excelente, mucho más rica que el térm ino de «geogra­ fía social», que se ha intentado a usar en varias ocasiones. A ceptem os esta term inología sin discutirla demasiado: espacio, eco­ nomía, sociedad. Nuestra intención es m ostrar (a grandes rasgos) cómo variarán esas realidades, unas en relación a otras, al hilo del tiempo, de qué modo, con los años y los siglos, la acción va de uno a otro de esos fac­ tores y luego vuelve sobre sus pasos para volver de nuevo y así continua­ m ente... ¿Necesito decirles que la economía modela lo social y el espacio, que el espacio gobierna la economía y lo social, que lo social a su vez go­ bierna las otras dos realidades? Nos encontram os dentro de este ám bito en un m undo de acciones, de reacciones, de interacciones, «la sociedad cuya acción sobre el terreno debería estudiar el geógrafo, según se ha di­ cho,5 después de que esa misma sociedad haya sufrido la acción de ese te­ rreno». Como hemos repetido a menudo, el hom bre es sim ultáneam ente causa y efecto. Imaginemos una piedra que rebotara sobre el agua indefi­ nidam ente... Dicho esto, tomemos ejemplos simples, observados a grandes rasgos en vista a una sumaria aclaración de los problemas. U na sociedad crece en número; de pronto, la economía cambia y el es­ pacio tam bién, al menos el espacio ocupado, trabajado por el hombre; no­ sotros lo decíamos a propósito de Lorena en 17K9, podríam os decirlo con mayor motivo, y el ejem plo resultaría más convincente para la superpo­ blada Europa de los siglos xu y xm, por entonces febrilm ente en busca de tierras nuevas que debía ganar a los bosques, a los terrenos pantanosos o al mar. Pero ¿cómo se explica este crecim iento demográfico?, nos pregun­ taremos. ¿No puede tener, aparte de razones todavía misteriosas (Marc Bloch), causas económicas? Así se cerraría, debe cerrarse en la realidad, la cadena de las causas, de las consecuencias y de las concomitancias den­ tro de las cuales los hechos sociales no representan todos los eslabones. Prueba contraria: una sociedad declina, una región se despuebla, se em ­ piezan a abandonar las tierras menos fértiles. Es el caso de la Francia ru­ ral en 1936. Según G astón Roupnel, buen observador en estos temas, el retroceso resulta visible en el linde de los malos campos, en los lindes de los bosques, un retroceso dem asiado evidente para negarlo. Ahí tenem os un signo revelador sobre la sociedad nacional. O tras variaciones, ahora de la economía. Las consecuencias son inm e­ diatas y claras en todas las direcciones, se concretan en cambios del espa­ cio por un lado y, por el otro, en alteraciones de la sociedad. Veamos In­ glaterra en los siglos xvm y xix, agitada por su Revolución industrial, 5.

Una anotación bibliográfica, difícilmente legible, indica R. Daude o Dande.

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contrayéndose y reduciéndose a sus zonas negras y dejando casi vacío el resto de su espacio, abandonándolo al crecim iento de los árboles, a los prados, a las ciénagas y a las landas de brezales poblados de zorros. Vea­ mos de otro lado, en esta misma época, todos los trastornos sociales de esa misma Inglaterra, de los que no vale la pena hablar aquí. Hacia 1890, en Argelia, en el Alto Atlas, el arado permitió, con el mulo en sustitución del buey, organizar una zona de trigo y la multiplicación de granjas europeas, y tam bién, en consecuencia, la reducción de los espacios reservados hasta entonces al pastoreo para los indígenas. También aquí, como en todas partes, se produjo una revolución económica con conse­ cuencias en ambos sentidos, en el espacio y en lo social, como era fácil de prever. Muchos escritores alem anes creen incluso que la vida económica se organiza en espacios más o menos amplios, en economías-mundos (Weltwirtschaften), como ya sucedió en ese mundo antiguo que fue el M edite­ rráneo. La economía mundial sería la suma, más o menos bien hecha o más o menos soldada, de esas economías-mundo. La economía posee es­ pecificidad espacial. Todos esos torbellinos tienen su traducción en el mapa. La sociedad utiliza el espacio, vive en él y lo acondiciona y tam bién lo usa. En esta sim­ biosis imaginamos avances pero tam bién retrocesos, despilfarros pero tam bién barbechos, el necesario reposo tal vez, según ritmos que nosotros apenas percibimos, con equilibrios: así el poderoso equilibrio, en el cora­ zón continental de la Europa del oeste, del cam pesinado (c f sobre este asunto el herm oso libro de Gastón Roupnel, Historia del campo francés, del que hablarem os largo y tendido); así el equilibrio antiguo a orillas del m ar Interior; luego las grandes rupturas en O ccidente con los siglos xm, xvi y xvm; luego otros equilibrios y así continuam ente... El espacio ha sido dom inado, comido y digerido a tajos. En el curso de esta evolución, entre el espacio y la sociedad se han producido diversos reequilibrios eco­ nómicos. Así, ciertos paisajes agrarios son paisajes de equilibrio. Otros, en los países americanos, son paisajes inestables, anárquicos, incoherentes, paisajes en revolución. En un espacio todavía ilimitado, la sociedad am e­ ricana, sin parangón con nuestras poblaciones de Europa, es despilfarra­ dora de suelos y de riquezas. Como los cursos de agua que tienen en sus ciclos de erosión fases de juventud, de m adurez y de senilidad, determ i­ nados paisajes son jóvenes, adultos y luego viejos, y entonces el hom bre ya no es capaz de anim arlos y vivir de su ayuda... Tal vez sólo hay verdadera prosperidad en la medida en que el espa­ cio útil no deja de crecer ante los hombres. Fijémonos en la Creta orien­ tal, que nos ofrece un ejemplo bastante preciso. Un geógrafo arqueólogo, A. Lehm an, se ha dedicado a localizar sus escasas placas de suelo fértil,

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pequeños islotes en el interior de los macizos calcáreos o gresosos. Pero conviene imaginar toda la isla según esta textura: es un semillero de oasis y resulta un juego m ostrar que, desde los orígenes hasta la época actual, la vida estuvo prisionera de esas islas minúsculas de tierra blanda. Los ya­ cimientos prehistóricos, los restos clásicos, las ruinas de pueblos en la épo­ ca veneciana, los pueblos de hoy, todo está dentro de esos círculos estre­ chos, tanto hacia el m ar como hacia las colinas o sobre las prim eras laderas escarpadas, pero nunca fuera de la vista de los olivos y de los cam ­ pos de cereales; bonito ejem plo de determ inism o de paisajes, de espacios agrícolas fijados al suelo. Pero C reta no es próspera —así ocurrió en la época [minoica], así ocurrió más tarde en el siglo xvi de nuestra era, cuan­ do añade a esas riquezas de base las riquezas del espacio marino. Creta depende de los viajes, de la aventura, del vasto m undo de allende el mar, del aum ento de espacios. Sin estos engrosam ientos no hay prosperidad. Pero en cuanto la isla pueble los mares con sus barcas, o con sus veleros de carga, la riqueza llega a sus ciudades. Génesis, realidad de mil im peria­ lismos del pasado lejano que son la búsqueda de un poco de pan o de acei­ te, o de pescado ahumado. La historia general lo m uestra de modo similar en un plano mucho más amplio y para cuestiones terriblem ente más vastas. A la A ntigüedad encerrada en la cuenca m editerránea se añade en la Edad Media el espa­ cio de una Europa bárbara, una verdadera región colonial a las puertas del Im perio romano, verdadero país «americano» con sus zonas pioneras, sus cultivos inestables, sus campesinos seminómadas, sus ciudades nuevas y sus latifundia. A Henri H auser le gustaba mucho esta última com para­ ción. Entonces la Europa central tuvo veinte años... En el siglo xvi se pro­ duce un nuevo despegue cuando el dom inio de los europeos se extiende por el mundo entero y en vastos espacios, hasta entonces mal trabajados por el hom bre, en lodo caso mal explotados. A toda prosperidad le co­ rresponde una inflación del espacio. Pero hoy, en 1942, la prosperidad está am enazada, como nos dice el economista Ferdinand Fried después de algunos otros. Sucede que el glo­ bo se conoce por entero, que este m undo está acabado en el sentido del que hablan los m atem áticos y, como le gusta decir a Paul Valéry en el mis­ mo sentido, deja de ser elástico y deform able. Nos gustaría decir, en el sentido de estas constataciones pesimistas, que lo único que se puede ha­ cer es colonizar un planeta y aum entar una vez más el espacio de la hu­ manidad. En realidad, la situación es tanto más grave porque la explota­ ción que se está llevando a cabo se hace sin ninguna consideración, en nombre del beneficio —del inhum ano beneficio— y es responsabilidad de un capitalism o despiadado que ha gastado el espacio nutricio del m undo y com prom etido su futuro. La gran historia que nos salta a la vista es tal

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vez la de la deforestación de los bosques. ¿Una historia muy vieja? Sí, sin duda. Pero observem os que en Estados Unidos la explotación del Medio Oeste, de la Pradera, que ayer fuera un terreno de Bas-de-Cuir y de los héroes de Fenimore Cooper, hoy zona de trigo, de maíz, del algodón ha­ cia el sur, está am enazada por las devastadoras crecidas del Missisippi, que son consecuencia de la tala en las zonas donde tiene sus fuentes: al su­ prim ir los bosques es como si se hubiesen roto los diques de los depósitos naturales. Además, la desaparición de la capa herbácea de la llanura tuvo como consecuencia soltar los elem entos blandos libres al viento. Las cre­ cidas de un lado, las tem pestades de tierra por el otro, se desarrollaron como vastas calamidades. Toda la riqueza del Medio Este quedó así com ­ prom etida. Según Ferdinand Fried, el resultado ineluctable depende de los hombres, la transform ación de la cuenca del Mississippi en [un vasto espacio, al que tanto las inundaciones como el encenagam iento de los campos han arruinado. De ahí la necesidad de confiar finalmente a laTennessee Valley A uthority la tarea de regularizar el conjunto de todo el sis­ tema hidrológico para una explotación eficaz].6 Pero el hom bre ha desatado en otros lugares de m anera parecida y contra sí mismo fuerzas contrarias: así, la tala abre al desierto nigeriano el camino del golfo de G uinea, de modo que el desierto avanza hacía él a ra­ zón de un kilóm etro cada año. El mismo dram a provoca la sequía en A fri­ ca del Sur, esta vez beneficiando al Kalahari. Un dram a similar en Aus­ tralia, donde el hom bre pierde el terreno que ganan dos recién llegados, la higuera de Barbaria (mexicana a pesar de su nom bre) y el conejo, una plaga que no somos capaces de dom inar, las fuerzas biológicas se levan­ tan aquí contra el hombre. Esos ejemplos nos bastan. Podríamos dar muchos más. Los ejemplos precedentes que les ofrezco quedan bajo la responsabilidad de Ferdinand Fried. Estos, verdaderos o inexactos, poseen a mi entender la ventaja de plantear de m anera vivaz los problem as que nos preocupan. Pero ¿tiene razón Fried? Esta es otra cuestión. Algunos de dichos ejemplos deben admitirse a beneficio de inventario. No acepto sin más que el mundo esté «acabado» (el m undo como espacio vivo): hay todavía tierras muy inutili­ zadas por desarrollar. Pienso en las observaciones de Saint-Exupéry sobre el espantoso vacío de la tierra vista desde lo alto del cielo, sobre la locali­ zación estrecha del hom bre a lo largo de franjas, de líneas de fuentes y de manchas fértiles. Existen tantas tierras que pueden explotarse mejor, son tantas las colonizaciones interiores que intentar, hay tantos descubri­ 6. Una gran cantidad de espacios en blanco al final del párrafo lo hacen ilegible. Lo hemos reconstruido gracias a la obra de Ferdinand Fried, Wende der Weltwirtschaft, 1940, citado por Fernand Braudel.

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m ientos pendientes y tantos por desarrollar en el decisivo campo de la biología agrícola. Algunos geógrafos creen que la tierra todavía podría so­ portar de cinco a siete mil millones de habitantes más de los que tiene ac­ tualm ente. ¡Es de lo más tranquilizador! Yo desconfío tam bién de un eco­ nomista que, como Fried, pseudomédico, tiene su solución, sus soluciones a punto. Escuchémosle: que el mundo renuncie al capitalismo inhumano; que se organice en espacios económicos particulares: espacio europeo, es­ pacio ruso, espacio británico, espacio gran-asiático, espacio americano; que el planeta, en suma, se parcele en planetas particulares; que el m un­ do se ponga a la m edida del hom bre y no, al revés, el hom bre a la escala del m undo, algo que va contra el buen sentido. Ya vemos de dónde viene esta medicación y yo no creo en su eficacia. Su origen nos alerta contra sus premisas y contra su conclusión.

¿ E l e s p a c i o va ría p o r s í m i s m o ?

Y luego, ¿realm ente es el hom bre el único que modifica, según le dic­ tan sus apetitos, sus m étodos y su organización, este espacio una vez dado por la naturaleza? Seguram ente no, si miramos el pasado de los hom bres en toda su amplitud, es decir, si añadim os a los siglos de historia los mile­ nios de la Prehistoria (de 20 a 500 milenios y antes 500 que 20). El tiem ­ po de los hom bres es lo bastante largo como para haber estado m arcado por vastas revoluciones geográficas, algunas de las cuales nos han afecta­ do, aunque sólo se trate de las grandes mutaciones climáticas. El hombre de M auer fue descubierto a orillas del Weser. No necesito hablarles del clima, ni del aspecto actual de esos lindes fluviales, pero en el museo que se encuentra cerca de aquí se conservan testim onios irrecusables de un clima muy distinto. Imaginemos el W eser7 de entonces según el modelo del Níger actual. ¿Hay que decir más? Ya conocemos esos dram as climá­ ticos de la Prehistoria: aquellas oleadas de frío intenso, con grandes avan­ ces de los glaciares y los descensos hacia el sur de la fauna y poblaciones nórdicas, y las contraofensivas m eridionales que resulta fácil imaginar, lle­ vando consigo plantas, animales y hombres; siguen periodos secos y cáli­ dos. La Europa actual fue el foco de una lucha lenta pero potente e im­ parable, entre el norte y el mediodía: un dram a de la latitud. El mundo de las plantas y el de los animales lo refleja, y tal vez también el de los hom ­ bres. Lo cierto es que salimos de un largo pasado en el que hubo que lu­ char con la naturaleza y, además, contra los cambios de esta naturaleza. Hoy — véase entre nosotros a Camille Jullian y a Gastón Roupnel—, 7.

Lübeck, donde se encontraba el campo de prisioneros, está cerca del Weser.

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la gran época del Neolítico, por ceñirnos exclusivamente a él, ya no nos parece bastante alejada de la vida actual como lo estuvo tiem po atrás en nuestras especulaciones. Encontram os en esas cañadas, en esos campesi­ nos neolíticos, en la Francia del este, con sus característicos bosquecillos de espinos, las zanjas con que rodeaban sus bosques y muchos de sus ves­ tigios: herram ientas, osam enta, grabados. Hace mucho tiem po que Robert G ottm ann señaló la existencia de pueblos neolíticos, instalados en los cla­ ros naturales del bosque europeo del centro y del oeste, esos pueblos de vieja tierra (A ltland) por oposición a los pueblos de tierra nueva (Neuland), creados gracias a los desbroces medievales. Si no por entero, al m e­ nos sobre sus extensas zonas del este, un país como el nuestro es neolíti­ co por sus cimientos campesinos. Fue Marc Bloch quien nos recordó que la palabra trigo (y sin duda la cosa) es un regalo de esos milenios oscuros. Todo esto está dicho para que esta Prehistoria deje de parecer una ridi­ cula ocupación de eruditos más o menos razonables. Esta larga gestación de la Prehistoria afecta a las raíces, a las fibras más profundas de nuestro ser, y la época neolítica fue la de su esplendor con sus herram ientas y sus civilizaciones despiertas. A fuerza de psicoanalizar nuestras almas en do­ bles, triples y cuádruples fondos, tal vez un buen día encontrem os todas las angustias mal razonadas del hom bre primitivo, demos con sus cóleras y sus necesidades salvajes. ¡Qué adm irable geohistoria la de esos milenios entrecortados por grandes dramas! Aquí, glaciares que avanzan y se baten luego en retirada, que vuelven y se alejan de nuevo m ientras en otra zona hay, por ejemplo, un Sáhara sem brado de lagos (de lagos Chad, dice Théodore M onod), de­ sierto y luego otra vez cubierto de lagos, y desierto una vez más. En dos ocasiones, una hum anidad, negra probablem ente, ha avanzado, ha acam ­ pado y se ha incrustado en el espacio sahariano, y en dos ocasiones ha sido expulsada por un cataclismo dejando tras de sí, en su retirada m onstruo­ sa, hum anidades residuales y un enorm e m aterial cultural que sólo ahora empezamos a cosechar: herram ientas, anzuelos, hachas, sierras, rascadores, muelas para aplastar los granos... En realidad, esos dram as geográficos exigieron capas de tiempo inve­ rosímiles para realizarse. El tiempo histórico, en cambio, es tan breve (de 4 a 5 milenios para re­ giones privilegiadas, pero escasas, como Egipto; de 1 a 2 milenios para otras), es tan breve que los dram as geográficos no tuvieron tiempo de alo­ jarse en él. En cuanto a sus caracteres físicos, ¿acaso el espacio no ha sido reconocido como un [invariable], un mobiliario, en el marco de la histo­ ria? Pero ¿no es esta una afirmación dem asiado apresurada? Las mediciones que hemos localizado con mayor exactitud nos reve­ lan cambios mínimos, aunque bastante constantes. Evidentem ente, no po­

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dríam os erigirnos en garantes de todas las observaciones realizadas en es­ tos últimos veinte años sobre este gran problem a. No por ello dejan de ser bastante inquietantes. Lo sé muy bien, todos los historiadores de la A nti­ güedad nos m uestran que el clima del M editerráneo era entonces el mis­ mo que hoy en el sur tunecino, en las islas del Egeo (A. Jardé), en el valle del Nilo (Fritz Jaeger, quien además hizo extensivas a toda Africa sus im­ portantes constataciones), en Palmira (Émile-Félix G autier). Sin em bar­ go, estas y otras afirmaciones concordantes no resuelven el problem a. Tenemos ante nuestros ojos variaciones probadas de los elem entos natu­ rales. Variaciones de longitudes y de latitudes (evidentes siguiendo las teorías de Alfred W egener); Nueva York se aleja de Europa a la minús­ cula velocidad de 1 cm por año, pero no por eso deja de alejarse; lo mis­ mo ocurre con Córcega, que se aleja de la costa francesa hacia el sur a una velocidad anual de unos pocos milímetros;8 un reciente estudio sobre los Alpes orientales nos indica asimismo un m ovimiento general de la masa m ontañosa en dirección a Baviera, a razón de 2 cm al año, provocando en puntos neurálgicos desprendim ientos y deslizam ientos de terreno que la historia menciona a intervalos más o menos regulares, cuando afectan a la vida de ciertos pueblos. Variaciones de los litorales tam bién, como su­ cedió en el M editerráneo, entre los tiempos antiguos y la época actual (Philippson). Y no solam ente variaciones locales que podrían ser debidas a su vez a perturbaciones locales (seísmos o erupciones volcánicas): algu­ nos autores, como Dina Albani, piensan en fases sucesivas de vaciam ien­ to generalizado o de relleno generalizado, una especie de modulación de la erosión marina que, si es exacta, plantearía singulares problem as de fí sica. A partir de 1900, habríamos entrado, en el caso del M editerráneo, en una fase de vaciamiento en que la,s costas retrocederían en África del Norte y en el delta del Nilo y lo mismo sucedería en determ inadas playas. El interés de este movimiento, si existe, estaría en subrayar unas m odu­ laciones en relación a un estado medio que, por su parte, perm anecería sensiblem ente fijo. Variaciones, por último, de clima, sobre las cuales nos gustaría insistir pues son, con mucho, las más importantes, dado que pa­ recen tener una incidencia bastante directa (no digo rápida) sobre los hombres. Q u e los elem entos del clima varían lo sabem os por experiencia, por las series de nuestras cifras de observación. Q uedaría por determ inar el sentido de esas variaciones y su período, si es que existe tal periodo. ¿No hemos hablado al respecto de ciclos de doce años, relacionados, sigue sien­ 8. Estas medidas no figuran en el cuaderno donde se han resuelto los espacios en blanco. Nosotros ofrecemos las que Fernand Braudel habría podido dar teniendo en cuen­ ta las obras científicas de las que podía disponer entonces.

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do una hipótesis, con las manchas solares? Variaciones del clima, peque­ ñas variaciones, las conocem os tam bién a través de los maravillosos estu­ dios de los sabios am ericanos sobre la cronología de los pueblos, esos pue­ blos indios del sur y del oeste de Estados Unidos. Sabemos que los árboles, siguiendo la pluviosidad variable del año, crecen en capas con­ céntricas, de un espesor variable también. Son así higróm etros registrado­ res. Q ue se hayan podido distinguir los años con esos docum entos toscos y reconstituir cadenas, datar finalm ente los pueblos (algunos de los cuales fueron contem poráneos de Carlom agno) según los árboles que em plea­ ron en sus construcciones, es un bonito éxito del ingenio científico. Pero debem os preguntarnos si se trata de una m era curiosidad. Esa sería una m anera de com pletar las escasas observaciones de nuestros docum entos escritos sobre el «tiempo», en el sentido climático, de los años transcurri­ dos, quizás un medio, por ejemplo, de resolver los muy curiosos problem as de la historia climática de los Alpes. Los Alpes, como las demás montañas, son amplificadores de las variaciones del clima; pensem os en los avances y retrocesos de los glaciares, acontecim ientos que la historia conserva en su m em oria lo mismo que su medida. Hoy el retroceso es generalizado; en los Alpes orientales el hielo acaba de descubrir unas grutas prehistóricas de excepcional interés y minas de oro que fueron explotadas en la Edad Media. O tra región sensible a las variaciones del clima, el borde de la banquisa ártica, nos ofrece observaciones análogas. Según las observaciones rusas, desde 1880 la banquisa ártica ha retrocedido, en el m eridiano de Arkhangelsk, de 85 a 90 km. ¿Alguien objetará al respecto unas observaciones discutibles y que la exploración ha sido insuficiente? Es un hecho, en todo caso, que toda la política de poblam iento y de equipam iento del norte soviético se basó, y no a la ligera, en un hipotético recalentam iento del Artico. La aventura, por supuesto, continuará y es además lo bastante im portante para apor­ tarnos múltiples lecciones y dar que hablar. Pero en este vasto terreno de las m odulaciones climáticas, resulta pru­ dente avanzar paso a paso. No com prom eterse y esperar, esperar nuevos balances de los m anuales científicos, el único alim ento sin em bargo de las m entes que van a rem olque. No es esto lo que pensó un geógrafo italiano (V. M onterin) en un buen estudio dedicado a los Alpes.9 Según él, el cli­ ma variaría por largos periodos de trescientos años, sucesivamente fríos y lluviosos, y luego cálidos y secos. En 1300 em pezaría un periodo seco, des­ tinado a durar hasta 1600; en 1600, un periodo lluvioso lo sustituiría y se prolongaría hasta 1900 y desde casi medio siglo atrás habríamos entrado en un periodo seco. No sé si esta ley es exacta. Vale como hipótesis y que­ 9.

II Clima sulle Alpi ha mulato in etá storicu?, 1937.

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daría por verificarla con más detalle. En todo caso, sabem os que en 1300 unos colonos alem anes alcanzaron las laderas elevadas del M onte Rosa, aprovechando el recalentam iento y el retroceso del límite forestal. ¿No es curioso constatar, en esta ocasión ante nuestros ojos, que con el periodo seco, que empezó en 1900, coincidió una colonización italiana de los A l­ pes, de los A peninos y, especialm ente, de los Alpes A puanos? Hacia 1600, por el contrario, nos llama la atención la proliferación de inviernos rigu­ rosos en la península y las inundaciones devastadoras en las zonas bajas, productoras de grano. Los siglos xvn y xvm fueron en Italia siglos de pro­ gresiva intensificación de la malaria. ¿No se da ahí, en verdad, el progre­ so natural de una enferm edad geográfica que se extendería con la simple subida de las aguas estancadas? Cerca de 1600, se da —y no es, histórica­ mente, la prim era vez— una especie de progreso de las aguas dañinas en el valle de Chiana, en la Toscana. G astón R oupnel se pregunta con curio­ sidad si los cambios climáticos no provocaron los cambios de la Europa occidental de los siglos xiv y xv. l o d o eso no son más que simples, y frágiles, hipótesis, es verdad. E s­ tam os dem asiado mal informados para sacar ninguna conclusión y para plantear correctam ente siquiera los problemas. A hora bien, cada vez que se nos proponga acusar al hom bre de los cambios del espado, ¡desconfie­ mos! No se trata de absolverlo, se trata, para ser exactos, de acusar a la n a ­ turaleza al mismo tiem po que al hombre. Así, en el siglo ix, según G oetz, en Sicilia se agotaron las fuentes superficiales. ¿Echarem os la culpa a la deforestación, y por lo tanto al hombre, o bien direm os que debe acha­ carse a los posibles cambios climáticos? Im portante pregunta. Serán los m usulm anes de Africa quienes aporten la solución a esta carestía del agua siciliana, con sus políticas de irrigación y de clry farming. Podemos pensar, soñar, que fue la desecación del clima lo que en el año 827 llevó a cruzar el estrecho de Sicilia. Del mismo modo, cuando Ferdinand I ried acusa al hom bre y al capitalismo de grandes perjuicios cuyas consecuencias seña­ la, ayer para el Medio Oeste, hoy para el valle del Mississippi, las regiones costeras del Kalahari o del Sahara, tenem os la impresión, rápida, fugaz, de que tal vez tam bién haya que acusar a la naturaleza. La naturaleza, un gran tema, quizá no sea tan inm utable como noso­ tros imaginamos fundándonos en la fe de nuestras dem asiado breves ex­ periencias. A decir verdad, ¿hay algo, en relación a la ciencia, que pueda considerarse estable en el mundo que nos rodea? Las coordenadas de este m undo cambian bajo nuestros pasos a un ritmo de una lentitud difícil­ m ente imaginable. Pensemos en las rosas de Fontenelle, en aquellas rosas a las que atribuía inteligencia y que tenían por inmortal al jardinero, in­ variable realidad.

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La discusión no está cerrada y, sobre todo, nuestra búsqueda no ha culminado. En efecto, no pretendem os ver únicam ente lo que Jean Brunhes llama con una fórm ula expresiva «las responsabilidades del medio». Eso sería limitarse a ver una sola cara, un solo polo del problema: la na­ turaleza. Pero al hom bre, quiero decir, ¿la sociedad? Jean Brunhes lo se­ ñala gentilm ente con estas palabras: «El viñatero debe ser considerado más im portante que la viña, el pastor que el rebaño...», luego rectifica, pues en estos campos conviene siem pre rectificar: «Aunque sin la viña no habría viñatero, sin el rebaño no habría pastor...». La geohistoria es jus­ tam ente la historia que el medio le impone a los hom bres a través de sus constantes, el caso más frecuente, o m ediante sus ligeras variaciones, cuan­ do éstas llegan a entrañar consecuencias hum anas —son tantos los cam ­ bios que pasan desapercibidos, siendo incluso desdeñados por la débil y corta medida del hom bre. Sí, ciertam ente es así, pero la geohistoria es tam bién la historia del hom bre enfrentado a su espacio, luchando contra él a lo largo de su dura vida plagada de pesares y fatigas, que consigue vencer, o más bien soportar, al precio de un esfuerzo incesante y repetido. La geohistoria es el estudio de un doble vínculo, de la naturaleza con el hom bre y del hom bre con la naturaleza, el estudio de una acción y de una reacción, mezcladas, confundidas, incesantem ente reanudadas, en la reali­ dad de cada día. Es incluso la calidad, la potencia de este esfuerzo lo que nos obliga a invertir el enfoque habitual del geógrafo. Vivimos una época — aún no culm inada— que em pezó a mediados del siglo xix y que está m arcada por el signo de la ciencia y de la técnica; es la época del ingeniero y de la m áquina, caracterizada por la progresiva li­ beración (no esta aún com pleta, lejos de ello) del hom bre respecto a la na­ turaleza. No cantem os dem asiado alto su victoria, su imperio sobre la tie­ rra. Pero hoy mucho más que en el pasado, la voluntad del hom bre es un gran factor geográfico, ¿no es cierto? Esta voluntad pertinaz, y no sola­ m ente la del campesino siem pre fue, por lo demás, un factor considerable. En el siglo xv, como en los antiguos tiempos de la ley Rodiana, como en los tiempos del viaje del apóstol Pablo de Cesarea a Roma, el M edite­ rráneo se cierra todos los años a la navegación, desde el mes de octubre hasta el mes de abril. Por entonces las depresiones de origen atlántico m antenían un continuo y desordenado vals en el agitado oleaje. Imagí­ nense que el mistral desordena el mar, que rizado por la espuma se ex­ tiende como blanca llanura de nieve alborotada. Algunas veces, todavía actualm ente, [dedican] un día, dos días seguidos, a juntar todos los barcos que lo surcan en puertos mal protegidos contra el viento, en puertos en ­

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tonces llenos de los rum ores de las sirenas de los rem olcadores engan­ chados a las am arras de los barcos en peligro. Por lo tanto, tiem po atrás, antes del siglo xv, en los tiempos de la vela, del rem o y de los cascos de m adera, los cargueros y barcos de guerra se veían obligados a invernar en un puerto apto para el estacionam iento, apto ad hiem andum. Esta barre­ ra de tiem po agitado y de oleaje era una defensa de los elem entos que se m antuvo durante siglos, una barrera tan insistente y tan regular que es forzoso que el historiador la tenga en cuenta. Fue uno de los rasgos más significativos del mar Interior. Es, por lo tanto, un hecho geohistórico de la prim era categoría (de la naturaleza en el hom bre). Pero hacia 1450 se introduce en el M editerráneo un nuevo tipo de barco procedente del nor­ te, el casco (la «Kogge»). Es un gran barco redondo y sólido, la «nave» se­ gún aparece designada en los docum entos italianos; sus planchas, fuerte­ m ente clavadas, se superponen como las tejas de un tejado. Este barco robusto será el que «venza» al invierno m editerráneo, sin que falten las di­ ficultades y accidentes o los «azares del mar», e increm entará así —coin­ cidiendo con el Renacim iento, época que explica a su m anera— el tráfico de las rutas líquidas del m ar Interior. ¿Victoria del hom bre sobre la natu­ raleza? Sí, sobre el espacio, sobre el mar embravecido, hecho geohistórico de la segunda categoría. Vemos además que las dos categorías convergen aquí y se mezclan en lo real. Evidentem ente, no vamos a seguir al detalle, con ejem plos o intentos de clasificación, esta segunda categoría de hechos. Este com bate contra la naturaleza, tan variado y complejo, todavía lleva la marca del hombre, la señal de su medida, de sus recursos, marca, medida y recursos que varían conform e las épocas. Al principio, durante milenios el hombre luchó con arm as mediocres, gracias al codo con codo de sus tribus [de cazadores], y sus recursos apenas cam biaron del Neolítico al Renacim iento e incluso más tarde. En realidad, apenas acabam os de pasar «del instrum ento a la máquina», por utilizar el lenguaje directo característico de A ndré Siegfried. O haciéndonos eco de una de sus frases exactas: «César y N apo­ león se desplazan del mismo modo. Napoleón no va mucho más rápido que César». Georges Duham el dijo: «El mundo ha cam biado mucho más desde Pascal a la actualidad que desde las Pirámides a Pascal», lo que equivale a la misma e im portante constatación. Y así hasta el punto que en nuestros estudios de geohistoria, el gran problem a reside en tom ar con cuidado la medida de los recursos de que disponen los hombres, y esta­ blecer una escala. Sin ello, ¡intenten com prender la acción del hom bre so­ bre el medio físico y biológico e incluso la de ese medio sobre el hombre, pues todo está relacionado! Pienso en la Francia de las guerras de religión. Piénsese en todo lo que se conseguirá, en la comprensión de sus realidades, al establecer lo

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que puede ser su espacio m aterial considerado desde el ángulo de las dis­ tancias. ¿Cuánto tiem po necesitan los viajeros o las cartas para recorrer tal o cual distancia, desde Rennes a Ruán o de París a Burdeos? Por tér­ mino medio, en relación al tiem po actual, de ocho a diez veces más tiem ­ po para cubrir la misma distancia; lo cual supone un enorm e incremento, no de las riquezas de este espacio, muy al contrario, sino del obstáculo, del peso pesado, de la parálisis de la distancia. A quí buscar una proporción exacta entre el pasado y el presente sería un error. Pero, en fin, cuando ha­ blamos de la Francia de Carlos IX o de Enrique III imaginamos un país tan vasto (no digo tan poblado) como la China actual, ejem plo mucho más ilum inador porque China tiene sus guerras civiles, sus guerras exteriores, toda la secuela de miserias y atrocidades que entrañan estas plagas; tiene, como la Francia cruelm ente dividida del siglo xvi, sus generales com an­ dantes de los ejércitos —esos príncipes— , sus bandas de m ercenarios sa­ queadores, sus proletarios campesinos, sus campos destruidos, asilvestra­ dos y sus ciudades atem orizadas y alerta, tan en guardia como cualquier otra ciudad ceñida por murallas y fosos llenos de agua de la Picardía de Condé, de la Bretaña de M ercoeur o de la Borgoña de Mayenne. Los re­ latos de reporteros sobre esta guerra de China guardan un aire común con nuestras crónicas de la Francia del siglo xvi. ¡Inmensidad de la Francia del siglo xvi!, y más concretam ente la Fran­ cia del A ntiguo Régimen. Así, en 1619, el duque de Épernon abandona Metz, de la que es gobernador, acom pañado de una reducida escolta. Lle­ gará en breves etapas hasta Blois, donde le esperaba la reina m adre M a­ ría de Médicis. ¿Sorprende que pase desapercibido, pues efectivam ente pasa desapercibido, en este enorm e país y se cuele entre las vigilancias? Era como buscar una aguja en un pajar, o a una compañía china despla­ zándose hoy en alguna parte de la cuenca del Wei-Ho. Diversidad de la Francia m onárquica y, por lo tanto, multiplicidad de sus libertades locales, de sus privilegios de provincias o de ciudades; ¿y no se explica todo eso por la lentitud de las sillas de posta o de las diligencias y otras muchas cosas más? Algunos historiadores historizantes se pregun­ tan si el objetivo de Enrique IV fue hacer esto o aquello; historiadores que no están al corriente de esas dem oras del camino, de los retrasos de las cartas y de las respuestas, de la dificultad de gobernar a m ayor distan­ cia de donde la voz alcanza, que no tienen en cuenta las agotadoras ca­ balgadas, las prisas del bearnés, ese nóm ada al que la distancia no perdo­ na, que corre tras sus enemigos o se precipita a sus citas. Esta lucha contra la distancia fue uno de los grandes dram as del pa­ sado de los hombres, uno de los más importantes, si no el más im portan­ te. Hoy, el dram a continúa. Pero hay una verdad constante: grandes revoluciones geográficas, fru­

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to de la intervención del hom bre, m arcaron etapas decisivas de la historia; ocurrió con la aparición del caballo, hacia el año 2000 antes de Cristo en O riente Próximo, trastornando su calma dichosa; la aparición del camello en el siglo m de nuestra era en el Sáhara occidental, de este lado de los re­ levos tripolitanos; aparición de la «nave» (he contado su historia hace un instante); aparición en el Atlántico Norte primero, hacia 1850, del steamer de hierro, movido por vapor, que enarbolaba bandera inglesa y que expul­ sará del océano a su rival, el cam peón de la época, el clíper de m adera, de vela. Es inútil que les hable del m otor de explosión y de sus distintas y su­ cesivas aplicaciones, como son el coche, el camión, el vehículo oruga y por último el avión, lo cual supone m encionar la época actual, cuyo carácter revolucionario, todavía activo, a nadie le pasa desapercibido. Evidentem ente ver sólo la lucha contra la distancia es reducir el com ­ bate del hom bre contra las fuerzas de la naturaleza y realizar una especie de contrasentido implícito sobre la palabra Raum. No es esta mi inten­ ción. No pretendo om itir las demás luchas del hom bre para establecer sus campos, sus bosques, su ganado, sus ciudades y sus casas... Su lucha por los campos y los jardines es un tem a que abordaré a continuación apro­ vechando los herm osos estudios de G astón Roupnel: un campo es una creación del hom bre, de las herram ientas y el sudor del hombre, de sus co­ munidades. En lo que se refiere a las casas, voy a dejar un lugar conside­ rable a los estudios del sociólogo historiador G ilberto Ireyrc. No obstan­ te, me resulta imposible, como ya com prenden, seguir uno por uno todos estos im portantes problemas. Si insisto aquí en la lucha contra la distan cia es sencillam ente porque deseo poner en evidencia uno de los sectores más im portantes y más directam ente accesibles de la acción del hombre sobre las cosas: este espacio m arino del que Karl H aushofer, en su intro­ ducción geopolítica a la historia, afirma que es y ha sido el más decisivo de los espacios de la historia. Es así porque es la gran ruta, el gran m edio de transportar hom bres y mercancías. Ni la vía férrea o fluvial (y difícil­ mente la vía aérea) tendrán nunca una capacidad de tráfico tan decisiva. El espacio m arítim o es el espacio de la gran historia, de la historia muy grande. Sobre este mundo líquido ideal, abierto a todas las rodas* no hay que construir carreteras ni uncir animales, basta con el hom bre y sobre todo con el viento, m ientras llegan el vapor y el fuel-oil. Oue lo esencial de la vida de los hom bres se haya construido sobre los mares es una po­ derosa realidad. Qué gran conquista tam bién, pues es lo terrestre y no lo líquido, el espacio dado, la coordenada de base. El líquido se conquistó con m ayor esfuerzo que el mundo aéreo del que hoy día disfrutamos. Es un hecho que los historiadores han destacado, aunque no siem pre han *

Pieza gruesa y curva que forma la proa de las naves. ( N. de la 7. )

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acotado como corresponde esta verdad de base. No sabem os hasta qué punto, es cierto, las ciencias históricas siguen apegadas a los suelos firmes, a espacios muy sólidos y ricos en tierra... Para muchos no existen ni pue­ blos ni cam panarios ni historia. A hora bien, ¿qué no podríam os decir de la historia de la navegación? Gracias a la abundancia de relatos sobre los viajes m arítimos del pasado podem os m edir aquí cuánto tiem po ha transcurrido. En el siglo xvi, lean el viaje, de tono tan anim ado, de Jean de Léry,10 el ginebrino de Borgoña, co­ lono de Fort Coligny en la bahía donde después se levantaría Río de Ja­ neiro, que nos cuenta sus dos travesías, de Francia a Brasil y de Brasil a Francia, navegando a ras del agua, en contacto con las realidades del océa­ no que casi toca con la mano, y que nosotros sólo percibimos de lejos, des­ de el puente del más m odesto de nuestros cargueros, por una cuestión de altura y de velocidad... Los bancos de peces, las enorm es balsas de huevos de pescado, espuma rosada que devora la fauna marina; ¿hemos visto al­ guna vez esta vida de superficie desde la altura de nuestros confortables viajes? ¿Nos hemos arriesgado nunca a m orir de ham bre durante la trave­ sía, o unos días después de llegar, como era habitual en la época?

Tenemos entonces dos geohistorias: el lado hom bres y el lado natura­ leza. En realidad, dos corrientes de velocidad diferente. Del lado naturaleza: la influencia del medio a grandes rasgos es in­ mutable, se plantea en térm inos naturales, siempre los mismos o casi, la excepción, si existe históricamente, confirma la regla. Esta historia es in­ móvil o casi inmóvil, quiero decir que se repite indefinidam ente en las mismas condiciones, en los mismos momentos: es el descenso de los reba­ ños hacia las llanuras de invierno y su ascenso hacia los altos pastos en ve­ rano; es, en el hemisferio norte, las cosechas y vendimias en las mismas fe­ chas del año; es el barro, ese quinto elem ento de las tierras polacas y rusas tras los deshielos de la prim avera, barro triunfante sobre la voluntad de los ejércitos alem anes y rusos, puesto que consigue inmovilizarlos dos ve­ ces ya, de marzo a junio. Théodore M onod puede explicarse determ inados rasgos de la Biblia a partir de sus recuerdos del Sáhara, ya que en la zona que él observa la historia no se ha movido. «El pillaje ha sido en todos los tiempos —escribió— una floreciente industria en los países desérticos y resulta de lo más natural encontrar en el Antiguo Testam ento tantas his­ torias de esas que no son las de una época sino de un medio, y que están fuera del tiempo y que, traducidas al lenguaje m oderno, serían la narra­ ción exacta de un episodio sahariano.» 10.

Histoire d'un voy age faií en la ierre du Brésil, 1561.

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Del lado de los hom bres ahora: su acción contra las cosas varía se­ gún las épocas, pero se ejerce lentam ente, mucho más lentam ente de lo que somos capaces de suponer. Sin duda existen del lado de los hombres revoluciones geográficas, e incluso estam os viviendo una, pero exigen mucho, mucho tiem po para realizarse. Los prim eros cascos aparecen en el M editerráneo hacia 1450, la última «galera» m editerránea (es el viejo tipo de barco para gran distancia) abordó en Inglaterra en 1587. Del mismo modo, no crean que el automóvil ha conquistado hoy todo el pla­ neta, lo que entendem os por conquistado. Ha sido necesaria la guerra de 1939-1943 para que llegara hasta el desierto, para que remplazase las proezas de las pistas de Bidón V 11 o de la caza de gacelas, en el Sáhara o en Siria o en otros lugares, por los éxitos masivos y repetidos de la guerra de Tripolitania. En 1932, un experim ento de ataque simulado del oasis de Kufra concluyó que era imposible utilizar unidades motorizadas. Los m eharistas* habían ganado. En resumidas cuentas, forzando los términos, tenem os dos historias: una inmóvil, y la otra muy, muy lenta, pese a la presión insistente del pro­ greso...

L a UNIDAD DEL MUNDO, ASPECTO GEOGRÁFICO d e la

R ev o lu c ió n in d u st r ia l

U na de las victorias del hombre sobre la distancia y sobre la naturale­ za es a buen seguro el encogim iento del m undo y, como consecuencia na­ tural, su unidad. Ayer cubríamos la ruta de Caracas a Bogotá en quince días, hoy basta con tres horas en avión. Se cuenta que en Brasil ayer las urnas de las votaciones de [determ inados pueblos del sertao] no llegaban a Río hasta seis meses después de celebradas las elecciones. En la actua­ lidad basta con unos días. Sabemos que el Atlántico ha sido dom ado por la línea aérea de Nueva York a Lisboa, vía Azores (línea que une Nueva York con Lisboa en veinticuatro horas), o de Natal a D akar por los «Co­ rreos Sur». Todo esto no es posible sin graves consecuencias, que tardarán más o menos en m anifestarse pero que no dejarán de hacerlo. Adm irable tema de reflexión al final de esta conferencia. ¿U nidad del mundo? No crean que sea una simple imagen, un artifi­ 11. Fernand Braudel, durante los dos o tres primeros años de su enseñanza en Arge­ lia (1923-1932), conoció las pistas del Sáhara, que recorrió en el transcurso de numerosos viajes, incluso a lomos de camello. * Soldados montados en camello. (N. de la T.)

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ció, un cliché de discurso político. Es una seria, seria, e im presionante rea­ lidad. La hum anidad habrá vivido durante milenios acantonada, encerrada en sus continentes como otros tantos espacios cerrados, dispersa en sus respectivos planetas, según se ha dicho. Pero de planeta a planeta, de un área de civilización vecina a otra área de civilización se han lanzado am a­ rras entre los siglos, se han establecido puentes, m ultiplicado los enlaces útiles, intercam biado bienes, prim ero gota a gota: una bala de seda, mo­ nedas de plata con la efigie de N erón... Poco a poco, las hum anidades se han ido descubriendo unas a otras. Es una vieja historia. El m undo ha vi­ vido tan rápido desde entonces que hoy se solapan, intercam bian sus cos­ tum bres y civilizaciones. Tal y como observa A ndré Siegfried, se estable­ cen «contactos eruptivos» entre «civilizaciones con herram ientas» y «civilizaciones con máquinas», lo que da lugar a verdaderos choques eléc­ tricos. ¡Lástima por los más débiles! Sobre una tierra cada vez más pe­ queña, más sobrecargada de seres hum anos (mil millones y m edio en 1914, ¡dos mil millones en 1939!), va faltando sitio y el codo a codo se con­ vierte en la norma. «El m undo es una aldea» nos dice G astón Roupnel. Ya no vivimos en Europa sino en el mundo. La etapa Europa hace algunas lunas que la quemam os, y se frustró tres o cuatro veces. Vivimos por lo tanto en el m undo y, lo queram os o no, más allá de los interm edios que nos ocultan el horizonte provisionalmente, somos ciudadanos del mundo. Eso no es ni bueno ni malo. ¿Q ué sabem os nosotros? Pero es un hecho. Id est quod est, como dice el Eclesiastés. Q ue la cultura es internacional es ya una realidad, pues no hay nada más móvil que los aspectos culturales. La ciencia es internacional, basta con que se fijen en sus manuales. Y el arte otro tanto de lo mismo, si bien se esfuerza menos para serlo. La arquitectura de Le Corbusier, desnuda, geom étrica, cúbica, este triple triunfo del hierro, del cem ento y del cristal, esa arquitectura abierta de par en par a la luz, se está im plantando en to­ das partes, incluso allá donde las tem peraturas muy bajas y el exceso de luz se presentan a priori como obstáculos razonables. De un extrem o a otro del mundo, vemos asom ar un tipo de literatura (de novela o de tea­ tro) enteram ente dom inado por el mismo dolor de los hombres: una lar­ ga m elopea sobre una reivindicación vehem ente, extensa, m onótona, an ­ gustiada. Echemos la cuenta de todos los que niegan sus miserias, la cantidad de corazones que quieren ser ellos mismos, vivir su vida a pesar de todo, como si nuestra vida estuviese, ¡ay!, a nuestra disposición... No elegir, aconsejaba El inmoralista de Gide, reservar sus posibilidades, pro­ tegerlas como un bien muy valioso que m antenem os agarrado con nues­ tra m ano en el naufragio que a cada instante nos amenaza. Vivir en el ápi­ ce de nuestra experiencia como hombres, dice otro, el gran Saint-Exupéry,

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vivir peligrosam ente, aconseja o tro ... Pero ¿es que somos libres de reali­ zar sem ejante elección, elección que no sería exclusiva? El m undo se co­ agula a nuestro alrededor, se solidifica como un cristal, con una sorpren­ dente indiferencia por cuál haya de ser nuestra suerte y por la suerte de todo lo que amamos, siguiendo leyes propias que la técnica ha provocado pero que no controlamos. El día en que los folclores locales -com o rique­ zas originales que son— hayan quedado agotados por las literaturas de gran rendim iento, la uniformidad será una am enaza, en el plano terrestre, para el pensam iento y la literatura —ese lam ento y ese sueño de los hom ­ bres— , igual y m onocorde en todas partes. Internacional es tam bién la economía: el capitalismo de las grandes em presas ha em prendido la conquista del globo a gran escala, ha realiza­ do a su modo la unidad del mundo. Incluso, nos dicen los biólogos, el poblam iento m icrobiano tiende a equilibrarse de un continente a otro. Todo el m undo tiene que vivir... Internacionales son, por lo tanto, las enferm e­ dades y las profilaxis. También a nivel mundial, bajo el peso de esta unidad, se dirimen las guerras. Solemos decir que la G ran G uerra de 1914-1918 es la prim era guerra mundial. Aquí tenem os la segunda, no menos mundial que la an ­ terior. Pero la guerra de 1914-1918, ¿realm ente fue la prim era guerra m undial? El engranaje funcionó mucho antes. Las guerras revolucionarias y napoleónicas tuvieron su escenario más espectacular en Europa. Pero en el mismo momento, Inglaterra ocupaba todas las rutas del m undo y se apoderaba de la India. Esto, en suma, tiene tanta im portancia como aque­ llo. G uerra mundial es tam bién esta contienda que nuestros m anuales di­ viden en capítulos sucesivos como guerra de Sucesión de España, guerra de Sucesión en Austria, guerra de los Siete Años. G uerras m undiales son tam bién, por distintas que sean, desde el siglo xvi las em prendidas por el im perio español. E ntre Pavía y Rocroi, por favor, no veamos solam ente Europa. El m undo ya existía. Desde que fue, no aprehendido y conquis­ tado sino tan sólo percibido, los hom bres se lo disputaron. Y hubo un m undo, ligado en sus partes, que forzó —y por ello hubo una Weltgeschichte- desde que fue derribada en el siglo xvi la gran barrera del A tlán­ tico, que durante tanto tiempo dividió absurdam ente en dos el oekoum éne. El Pacífico, mucho más vasto, no desem peñó el papel de m am paro estanco entre Asia y Am érica (pensem os en la llegada de los malayos a la isla de Pascua y en las migraciones de los amarillos hacia Am érica siglos antes de Colón). Con la conquista definitiva del A tlántico por los blancos, el m undo se ha cerrado sobre sí mismo. Com o tantas otras fuerzas que conform an la historia y agitan al m un­ do, esta unidad creciente no es una corriente continua sino una corriente m odulada, alterna. Experim enta retrocesos y avances y es a través de esos

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avances y retrocesos como finalmente progresa. ¿Retrocesos? ¿Avances? Pensemos en dos épocas próximas a nosotros. 1914 en prim er lugar: un m undo abierto a las mercancías, a las ideas, a los hombres, a todos los in­ tercambios. Un verdadero mundo. Se podía dar la vuelta al m undo lle­ vando consigo tan sólo la tarjeta de visita... 1939: confesemos que enton­ ces, al cabo de veinte años, el mundo se había atrincherado y fraccionado de forma absurda. Los que no han vivido ese insensato retroceso encon­ trarán la explicación en el adm irable librito de Henri Hauser, titulado sin duda de forma eufemística, La paz económica (1935). Lo cierto es que en el periodo de entreguerras el viaje de Phileas Fogg habría soportado, no como en los tiempos de Julio Verne en 1872 accidentes técnicos, sino in­ extricables dificultades con los visados y pasaportes... Oscilación entre un m undo abierto y un m undo atrincherado: ¿acaso el problem a de la guerra actual no es precisam ente esta oscilación? ¿Qué futuro nos espera? ¿Parcelam iento de la tierra en espacios autónom os, en planetas (espacio gran-alem án, espacio gran-asiático, espacios inglés, am e­ ricano, ruso) o m antenim iento —o la salvaguarda— de la unidad del m un­ do? Lo más probable a mi juicio es que gane esta última. Una construcción que para m añana querrá, en mente, fronteras cerradas a cal y canto, eco­ nomías planificadas y autarquías monstruosas. De 1919a 1939, el hombre ha podido oponerse al mundo, m ediante una agotadora actividad. Rinda­ mos honor al egoísmo am ericano (la ley de 1924 sobre la inmigración). Europa, culpable tam bién, tuvo la excusa de sus locuras y de su debilidad. Ni en el pasado ni hoy se transform a uno im punem ente en campo de ba­ talla. Después de esta guerra, no creo que todavía se puedan poner diques y constreñir el mundo. Creo que el m undo se va a contraer por sí mismo, pero al mismo tiem po se abrirá sobre sí mismo con todos sus poros a la vez. Quizás haya llegado el m om ento de que así sea. ¿No estam os vislum brando cuáles serán los problemas, los grandes problemas, de m añana? Son los problem as de esas puertas abiertas, de las grandes corrientes de aire que sacudirán las casas. Cuidado con los viejos papeles, quiero decir con los viejos métodos, las ideas trasnochadas, con las sociedades trasnochadas, con las civilizaciones y Estados de ayer. Colaboración con todos los hom bres de buena voluntad: ¿cómo no abandonarse por un instante a ese sueño de Navidad? Colaboración, ayu­ da m utua, fraternidad, fe en la hum anidad pacífica y mejor. Son sueños, no realidades inmediatas, bien lo sabemos. Ayuda m utua sí, pero luchas tam ­ bién, luchas feroces con los grandes países del m undo entero, con las ra­ zas del m undo entero, con las ideas, con las economías y las locuras del m undo entero, con los odios, con los egoísmos, con los canibalismos del m undo entero, con los determinism os y los fatalismos del mundo en­

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tero. Y todas esas luchas aparecen con sus largos y m onstruosos vínculos en el espacio. ¿Quién nos dice que el destino de nuestro mundo, Francia, una de las islas de Occidente, no se elabora hoy mismo a tal profundidad en China o en tal otro m undo? Todos los países del universo se tocan y se mezclan en un cuerpo a cuerpo tumultuoso.

¿Se dan cuenta por mis explicaciones y mis ejemplos, y sobre todo por ese gran ejem plo de la unidad del mundo, que por desgracia he debido abordar dem asiado apresuradam ente lo que puede ser esa extensa capa de historia —y de vida— , este conjunto de fondos y de realidades per­ ceptibles a nivel de los enlaces geográficos entre los hom bres y la tierra que los sustenta? Reconozcámoslo: la geografía proyecta una luz sor­ prendente sobre las complicaciones, los millones de hilos que constituyen la vida humana. En todo estudio sobre el pasado, en todo problem a ac­ tual, siem pre encontrarem os en la base, exigente, constante, luminosa tam bién para quien realm ente quiera observarla, esta zona que hemos d e­ signado con la palabra no del todo buena de geohistoria. Prescindir de ella como hacen los historiadores, al menos casi todos los historiadores, como hacen tantos especialistas de lo social y de lo actual, es un error cuyas con­ secuencias creo que ya adivinan: horizontes incompletos, problem as plan­ teados en falso, realidades engañosas, el absurdo cada ve/ mayor de las políticas. Repitámoslo: nuestra suerte está siempre unida a la tierra. Por lenta que sea esta historia de base, es una historia, una realidad de la vida. El peligro, pues sigue habiendo un peligro, estaría en hacer lo contra­ rio que quienes no la reconocen, en verla sólo a ella. La geohistoria no es, digámoslo entonces con vehemencia, no puede ser toda la historia. Una de las debilidades de las admirables obras de Emile-Félix G autier es pre­ cisamente la de haber visto la historia, muy a menudo, tan sólo con la mi­ rada penetrante y fresca de un geógrafo. En realidad, necesitamos ojos distintos para verlo todo o al menos para intentar verlo todo y com pren­ der.12

12. El cuaderno se interrumpe ahí, a mitad de recorrido del proyecto anunciado en la introducción.

SEGUNDA PARTE HACIA LA HISTORIA MÁS GRANDE

Este bloque, que reúne textos que han pasado a ser clásicos o inéditos, traza cronológicamente (1950-1975) el itinerario de la reflexión de Fernand Braudel sobre una historia tan «global» como sea posible, ampliamente inscrita en el espacio y en la duración, y abierta a todas las ciencias sociales. Braudel volvió sobre este programa repetidamente bajo una form a cada vez más precisa, hasta este texto de 1958: «El historiador se ha m os­ trado atento a todas las ciencias del hombre. Eso es lo que da a nuestra p ro ­ fesión extrañas fronteras y extrañas curiosidades. Del m ism o modo, no su­ pongamos que el historiador y el observador de las ciencias sociales siguen separados por las barreras y diferencias de ayer. Todas las ciencias del hombre, incluida la historia, están mutuamente contaminadas. Hablan el mismo lenguaje o pueden hablarlo».

I.

POR UNA ECONOMÍA HISTÓRICA*

Publicado en 1950 en el primer número de la revista Revue économique, este artículo va dirigido directamente a los economistas. Se inscribe en los proyectos de la muy reciente IV Sección de Altos Estudios: creaciones de los centros de in­ vestigaciones, diálogos entre todas las ciencias sociales, en este caso historia y economía.

Conviene preguntarse si los resultados obtenidos por los estudios de historia económica son ya lo bastante densos para que resulte lícito reba­ sarlos, al menos de pensam iento, y deducir, por encima de los casos parti­ culares, reglas sobre sus tendencias. En otras palabras, ¿puede el esbozo de una econom ía histórica atenta a los vastos conjuntos, en general, a lo perm anente, ser útil a la investigación en economía, a las soluciones de los grandes problem as actuales o, más im portante, a la formulación de dichos problem as? De vez en cuando, los físicos encuentran problem as a los que los m atem áticos pueden por sí solos, con sus reglas particulares, dar solu­ ción. ¿Tendrem os nosotros, historiadores, que proceder del mismo modo ante nuestros colegas econom istas? La com paración resulta sin duda d e­ masiado presuntuosa. Yo imagino que si buscamos una imagen más mo­ desta y quizá más justa, a los historiadores se nos podría com parar con esos viajeros que anotan los accidentes del camino, los colores del paisa­ je, y a quienes las similitudes y las aproxim aciones conducirán, para salir de dudas, hasta sus amigos geógrafos. Nosotros, en nuestros viajes a través del tiem po de los hombres, tenem os la impresión de haber vislum brado realidades económicas, unas estables, otras fluctuantes, reguladas o no... ¿Son m eras ilusiones, reconocim ientos inútiles o bien un trabajo ya váli­ do? No podem os decidirlo por nosotros mismos. *

Revue économique , 1950,1, pp. 37-44. Recuperado en Écrits sur l ’Histoire, 1969.

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Tengo por tanto la impresión de que se puede y se debe establecer un diálogo entre las distintas ciencias humanas, sociología, historia, econo­ mía, del que pueden resultar cambios im portantes para cada una de ellas. Estoy dispuesto, por adelantado, a acoger esos cambios en lo que se re­ fiere a la historia y, por consiguiente, no es un m étodo al que yo desearía o me sienta capaz de definir en estas breves líneas que he aceptado, no sin alguna aprensión, entregar a la Revue économique. Como mucho, me gus­ taría señalar algunos puntos sobre los cuales desearía que los economis­ tas reflexionaran para que vuelvan a la historia transform ados, esclareci­ dos, ampliados, o quizás al contrario, devueltos a la nada... —aunque incluso en este caso se trataría de un progreso, de un paso adelante. No hay que decir que no tengo la pretensión de plantear todos los problemas, ni siquiera los problem as esenciales, que ganarían al verse frente al exa­ men confrontado de los dos métodos, el histórico y el económico. Podría haber otros miles más. Me limitaré a ofrecer aquí, sencillamente, algunos que me preocupan personalm ente, en los que he tenido la ocasión de so­ ñar m ientras practicaba mi oficio de historiador. Tal vez coincidan con las preocupaciones de algunos economistas, aunque nuestros respectivos puntos de vista me parecen todavía muy alejados.

i Siempre se piensa en los problem as del oficio de historiador. No pre­ tendo negarlos, pero ¿no sería posible, por una vez, señalar sus insustitui­ bles com odidades? Tras un prim er examen, ¿acaso no somos capaces de desprender lo esencial de una situación histórica en lo que se refiere a su futuro? De las fuerzas en litigio sabemos cuál ganará. Discernimos con antelación los acontecim ientos importantes, aquellos que tendrán conse­ cuencias, a quién finalmente se entregará el futuro. ¡Qué inmenso privile­ gio! Pues ¿quién en los em brollados hechos de la vida actual sería capaz de distinguir con tanta seguridad lo duradero de lo efím ero? Por desgra­ cia, a los contem poráneos los hechos se les presentan dem asiado a m enu­ do en un mismo plano de importancia y los grandes acontecimientos, los que construyen el futuro, hacen tan poco ruido — llegan a paso de tortu­ ga, decía Nietzsche— que rara vez advertim os su presencia. De ahí el es­ fuerzo de un Colin Clark añadiendo a los datos actuales de la economía prolongam ientos proféticos hacia el futuro, una m anera de distinguir con cierta anticipación los flujos esenciales de acontecim ientos que organizan y arrastran nuestra vida. Todo revuelto, ¡bonita fantasía de historiador! Es por lo tanto el tropel de acontecim ientos triunfantes dentro de la rivalidad de la vida lo que el historiador percibe a prim era vista; pero esos

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acontecim ientos se sustituyen y se ordenan en el marco de las posibilida­ des múltiples, contradictorias, entre las cuales la vida finalmente elige: por una posibilidad que se ha cumplido, diez, cien, mil se desvanecen y algu­ nas, innumerables, no se nos aparecen siquiera, pues son dem asiado humildes, están dem asiado escondidas para imponerse de entrada a la his­ toria. Es preciso sin em bargo tratar de reintroducirlas, pues esos movi­ mientos perdedores son las fuerzas múltiples, m ateriales e inmateriales, que a cada m om ento frenaron los grandes impulsos de la evolución, re­ trasando su eclosión, y a veces acabando prem aturam ente con su carrera. Es indispensable que los conozcamos. N osotros direm os entonces que los historiadores necesitan ir a con­ tracorriente, reaccionar contra las facilidades que le ofrece su oficio, no estudiar solam ente el progreso, el m ovimiento vencedor, sino tam bién su contrario, ese m oldeam iento de experiencias contrarias que no se rom ­ pieron sin esfuerzo —podríam os decir por la inercia si esta palabra no tu­ viese un valor peyorativo. Es, en un sentido, un problem a de este tipo lo que estudia Lucien Febvre en su Rabelais, cuando se pregunta si la incre­ dulidad a la que le está reservado un gran futuro — yo diría, para concre­ tar m ejor el ejemplo, la incredulidad con reflexión, de raíces intelectua­ les— , si la incredulidad es una especulación posible en la prim era mitad del siglo xvi, si el aparato m ental del siglo (entiéndase por esto su inercia frente a la incredulidad) autoriza su nacim iento y una clara formulación del mismo. Estos problem as de inercia, de frenada, volvemos a encontrarlos en el terreno económ ico y, habitualm ente, planteados con m ayor claridad si no más fáciles de resolver. Bajo los nom bres de capitalismo, de economía in­ ternacional, de Weltwirtschaft (con todo lo que la palabra com porta de tu r­ bio y rico en el pensam iento alem án), ¿no se han descrito evoluciones sig­ nificativas, superlativas y a m enudo excepcionales? En su magnífica historia de los cereales en la Grecia antigua, A. Jardé, después de reflexio­ nar sobre las formas «modernas» del com ercio de grano, sobre los com er­ ciantes de Alejandría, amos del tráfico de comestibles, imagina a un pastor del Peloponeso o de Epiro viviendo en su campo, de sus olivos, y que, en los días de fiesta, mata un lechón de su propia piara... Sería un ejem plo de miles y miles de economías cerradas o m edio cerradas, al margen de la eco­ nomía internacional de su tiempo y que, a su m anera, limitan su expansión y sus ritmos. ¿Inercias? Y aún están las inercias que en cada época im po­ nen sus medios, su poder, su rapidez o, mejor, su lentitud relativas.Todo es­ tudio del pasado debe necesariam ente incluir una medición minuciosa de lo que, en tal época en concreto, pesa exactam ente sobre su vida: obstácu­ los geográficos, obstáculos técnicos, obstáculos sociales, adm inistrativos... Para concretar mi idea, puedo confiar en que si em prendiese el estudio

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—que me tienta— de la Francia de las guerras de religión, partiría de una impresión que, en un principio, tal vez parezca arbitraria, aunque yo estoy seguro de que no lo es. Las excursiones que he tenido la ocasión de reali­ zar a través de la Francia de aquel tiempo me indujeron a imaginarla como la China de entre las dos guerras mundiales: un inmenso país donde el hom bre se pierde, con m ayor motivo porque la Francia del siglo xvi no po­ see la sobreabundancia demográfica del mundo chino; aunque es buena la imagen de un gran espacio dislocado por la guerra, nacional y con el exte­ rior. Allí está todo: ciudades asediadas, atem orizadas, masacres, dilución de los ejércitos flotantes entre las provincias, dislocaciones regionales, re­ construcciones, milagros, sorpresas... No digo que iba a poder m antener la comparación mucho tiempo, hasta el final de mi estudio, pero sí que habría que arrancar de ese punto, de un estudio de esa atm ósfera vital, de esta in­ mensidad, de los frenazos innum erables que entrañan para com prender todo lo demás, incluido la economía y la política. Estos ejemplos no plantean el problem a pero sí lo dejan aparecer en alguna de sus líneas maestras. Todas las existencias, todas las experiencias están aprisionadas en un envoltorio dem asiado grueso que impide rom ­ perlo de golpe, es el límite de potencia del instrum ental que sólo perm ite determ inados movimientos e incluso algunas actitudes e innovaciones ideológicas. Límite tupido, desesperante y razonable a la vez, bueno y malo, que impide lo m ejor y lo peor, para hablar por un segundo como un moralista. Casi siempre actúa contra el progreso social más indispensable, aunque tam bién puede suceder que frene la guerra —pienso en el siglo xvi con sus luchas sin aliento, entrecortadas por pausas— o que impida el paro en ese mismo siglo xvi, cuando las actividades productivas están dis­ gregadas en num erosos organismos minúsculos de una sorprendente re­ sistencia a las crisis. ¿No es este estudio de los límites, de las inercias — investigación in­ dispensable o que debería serlo para el historiador obligado a contar con realidades de otros tiem pos a las que conviene restituir su verdadera m e­ dida— , no es este estudio incumbencia tam bién del econom ista en sus ta­ reas más actuales? La civilización económica de hoy tiene sus límites, sus m om entos de inercia. Sin duda al economista le resulta difícil separar es­ tos problem as de su contexto histórico o social. A él le corresponde, sin embargo, decirnos cómo formularlos mejor, o que nos dem uestre enton­ ces en qué son falsos problemas, carentes de interés. Un economista al que pregunté hace poco me contestó que para el estudio de esos frenazos, de esas viscosidades, de esas resistencias, él contaba sobre todo con los histo­ riadores. ¿Seguro que es así? ¿Y no hay ahí, por el contrario, unos aspec­ tos económicos discernibles y a m enudo mensurables, aunque sólo sea en la duración?

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II

El historiador tradicional está atento al tiempo breve de la historia, al de las biografías y de los acontecimientos. Ese tiem po no es precisam ente el que interesa a los historiadores economistas o sociales. Sociedades, ci­ vilizaciones, economías e instituciones viven a un ritmo acelerado. No sor­ prenderem os a los economistas que nos han proporcionado nuestros m étodos si tam bién nosotros hablamos de ciclos, de interciclos, de movi­ mientos periódicos con fases que van de cinco a diez, veinte, treinta e in­ cluso cincuenta años. Pero también en este caso, desde nuestro punto de vista, ¿no sigue tratándose de una historia de ondas cortas? Por debajo de esas ondas, en el terreno de los fenómenos de tenden­ cia (la tendencia secular de los economistas), se impone, con pendientes imperceptibles, una historia que va a deform arse lentam ente y, por consi­ guiente, a revelarse a la observación. La designamos, en nuestro lenguaje imperfecto, con el nom bre de historia estructural, que se opone no tanto a una historia evenemencial cuanto a una historia coyuntural,de ondas re­ lativam ente cortas. Ya imaginamos las discusiones1 y las preguntas que es­ tas líneas podrían exigir. Pero supongamos ya superadas tales discusiones y, si no definida, al menos sí bastante aprehendida esta historia en profundidad. Lis también una historia económica (la demografía con sus telem andos a través del tiempo, sería una buena, incluso dem asiado buena, dem ostración). Pero no podem os registrar de forma válida las amplias oscilaciones estructura­ les de la economía a menos que dispongamos de una muy larga serie re­ trospectiva de docum entación —estadística, preferentem ente. Sabemos bien que no ocurre así y que trabajam os y especulamos sobre series rela­ tivamente breves y particulares, como las series de precios y salarios. Sin embargo, tal vez sea interesante considerar sistem áticam ente el pasado bien o poco conocido a través de largas unidades, no de años o de déca­ das sino de siglos enteros. Ouizá sea una quim era o una especulación vana. Suponiendo que haya entidades, zonas económicas de límites relativa­ mente fijos, ¿no sería eficaz disponer de un m étodo geográfico de obser­ vación? Más que las etapas sociales del capitalismo, por ejemplo, parafra­ seando así el bello título de una brillante conferencia de Henri Pirenne, ¿no resultaría interesante describir las etapas geográficas del capitalismo o, en un sentido más amplio aún, prom over sistem áticam ente en nuestros estudios de historia las investigaciones de geografía económica, en una 1.

¿No sería gramaticalmente más adecuado decir coyuntural y estructuran

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palabra, ver cómo se registran en espacios económicos dados, las ondas y las peripecias de la historia? He intentado, sin conseguirlo por mí mis­ mo solam ente, m ostrar lo que podía ser a finales del siglo xvi la vida del M editerráneo. U no de nuestros buenos investigadores, A. Rém ond, está a punto de acabar sus estudios dedicados a la Francia del siglo xvm y dem ostrar cómo la econom ía francesa se despega entonces del M edite­ rráneo, a pesar del aum ento del tráfico comercial, y se orienta hacia el océano; ese m ovim iento de torsión entrañó, a través de los caminos, de los m ercados y ciudades, im portantes transformaciones. Pienso tam bién que todavía a principios del siglo xix,2 Francia es una serie de Francias provincianas, con sus círculos de vida bien organizados, y que ligados conjuntam ente por la política y los intercambios, se com portan recíproca­ m ente como naciones económicas, con reglamentos según lo que nos enseñan nuestros manuales, y por lo tanto desplazam ientos de dinero en metálico para reequilibrar la balanza de pagos. Esta geografía, con los cambios que le aporta un siglo fértil en innovaciones, ¿acaso no es, en el caso francés, un plano válido de investigaciones y una m anera de alcan­ zar, m ientras llega algo mejor, esas capas de historia lenta que quedan ocultas a nuestra m irada por tantas modificaciones y crisis espectacu­ lares? Por otra parte, las perspectivas amplias de la historia sugieren, quizá de m anera falaz, que la vida económica se ajusta a grandes ritmos. Las ciu­ dades gloriosas de la Italia medieval que no tuvo en el siglo xvi un brutal declive muy a m enudo forjaron al principio su fortuna gracias a los bene­ ficios del transporte terrestre o marítimo. Así sucedió en Asti y en Vene­ cia, así sucedió en Génova. La actividad comercial vino a continuación, y luego vino la actividad industrial. Por último, una culminación tardía, lle­ gó la actividad bancaria. Prueba inversa, el declive afectó sucesivamente, en intervalos a veces muy largos —y con algunos retrocesos— al trans­ porte, al comercio, a la industria, dejando que subsistieran aún mucho tiem po las operaciones bancarias. En el siglo xvm, Venecia y Génova se­ guían siendo plazas donde colocar el dinero. El esquem a está dem asiado simplificado, no digo que sea perfecta­ m ente exacto, pues prefiero aquí sugerir más que dem ostrar. Para com­ plicarlo y acercarlo a la realidad, habría que m ostrar que cada nueva acti­ vidad corresponde a una barrera derribada, a un obstáculo superado. Sería preciso indicar tam bién que esas subidas y bajadas no son líneas en exceso simples, indicar que están enturbiadas, como ha de ser, por mil in­ terferencias parasitarias. H abría que dem ostrar tam bién que esas fases su­ 2. Para seguir aquí las obras en curso del joven economista Fran^ois Desaunay, asis­ tente de la Escuela de Altos Estudios.

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cesivas, desde los transportes a la banca, no surgen de una brusca ruptu­ ra. En el punto de partida, como un grano que contiene una planta virtual, cada econom ía urbana implica en diversos estadios todas las actividades, algunas de ellas en estado em brionario aún. Por último, existiría un riesgo evidente en querer extraer una ley de un ejemplo, y suponiendo que se llegue a conclusiones sobre esos Estados en m iniatura que fueron las ciu­ dades italianas de la Edad Media (¿una m icroeconom ía?), en querer uti­ lizar para explicarlo, a priori, las experiencias de hoy. El salto resulta de­ masiado peligroso para que no nos lo planteem os dos veces. Sin embargo, ¿no podrían los economistas acudir de nuevo en nuestra ayuda? ¿Tenemos razón al considerar los transportes y lo que con ellos se relaciona (los precios, los caminos, las técnicas) como una especie de mo­ tor decisivo a la larga?\ ¿existe, robándole la palabra a los astrónomos, una precesión de determ inados movimientos económicos sobre los demás, no en la única y estrecha duración de los ciclos e interciclos, sino sobre pe­ riodos muy largos?

m O tro problem a que considero capital es el de lo continuo y lo discon­ tinuo, por utilizar el lenguaje de los sociólogos. La polémica que este pro­ blema suscita se explica seguram ente porque rara vez se tiene en cuenta la pluralidad del tiem po histórico. El tiempo que nos arrastra, arrastra consigo tam bién, aunque de una m anera distinta, a sociedades y civiliza­ ciones cuya realidad nos sobrepasa porque la duración de su vida es m u­ cho más larga que la nuestra, y porque los jalones y las etapas hacia la de­ crepitud no son nunca iguales, para ellas y para nosotros. Nuestro tiempo, el de nuestra experiencia, el de nuestra vida, el tiempo que trae las esta­ ciones y hace que florezcan las rosas, que marca el flujo de nuestra edad, cuenta tam bién las horas de existencia de diversas estructuras sociales, pero con un ritmo del todo diferente. Sin embargo, por lentam ente que envejezcan, esas estructuras sociales cambian y tam bién ellas term inan muriendo. A hora bien, ¿qué es una discontinuidad social, sino, hablando en len­ guaje histórico, una de esas rupturas estructurales, quiebros de profundi­ dad, según se nos dice, silenciosos, indoloros? Nacemos con un estado so­ cial (es decir, a la vez, una m entalidad, unos escenarios, una civilización y, sobre todo, una civilización económica) que varias generaciones han co­ nocido antes que nosotros, pero todo puede sin em bargo derrum barse an­ tes de que nuestra vida termine. De ahí las interferencias y las sorpresas. Este paso de un mundo a otro es el gran dram a hum ano sobre el cual

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desearíam os arrojar alguna luz. Cuando Som bart y Sayous polemizan para saber cuándo nació el capitalismo m oderno, lo que están buscando es precisam ente una ruptura de este tipo, aun sin pronunciar la palabra y sin encontrar la fecha perentoria. No deseo que nos ofrezcan una filoso­ fía de estas catástrofes (o de la catástrofe falsam ente típica que fue la caí­ da del Im perio romano, que podría estudiarse del mismo modo que los militares alem anes estudiaron la batalla de Cannes), sino un estudio de múltiples enfoques sobre la discontinuidad. Los sociólogos ya están dis­ cutiendo sobre el asunto, los historiadores la descubren, ¿y los econom is­ tas? ¿pueden planteárselo? ¿Han tenido ellos la oportunidad, como noso­ tros, de conocer el penetrante pensam iento de Ignace M eyerson? Esas rupturas en profundidad fragm entan uno de los grandes destinos de la hum anidad, su destino esencial. Todo lo que atañe a su impulso se hunde o al menos se transform a. Si, como es posible, acabam os de atravesar una de esas zonas decisivas, ya de nada valen para m añana nuestras herra­ mientas, nuestros pensam ientos o nuestros conceptos de ayer, toda ense­ ñanza basada en un retorno ilusorio a valores antiguos ha caducado. La economía política que hemos, m ejor o peor, asimilado en las lecciones de nuestros buenos m aestros no servirá en nuestra vejez. Pero ¿es que los economistas no tienen nada que decir, nada que decirnos, ni siquiera en forma de hipótesis, precisam ente de esas discontinuidades estructurales? Como se ve, lo que nos parece indispensable para que vuelvan a cobrar actualidad las ciencias hum anas no es tanto esta o aquella actitud particu­ lar cuanto suscitar un inmenso debate general; un debate que nunca esta­ rá zanjado, evidentem ente, puesto que la historia de las ideas, incluida la historia de la historia, es tam bién un ser vivo que vive su propia vida, in­ dependientem ente de la de los seres vivos que la animan. Nada más tenta­ dor aunque más radicalm ente imposible que la ilusión de reducir la com­ plejidad y lo desconcertante de lo social a una única línea explicatoria. N uestro oficio, nuestro torm ento tam bién, de historiadores que, junto con los sociólogos, somos los únicos que tenem os derecho de inspección sobre todo lo que atañe al hom bre, consiste en reconstruir con tiempos diferen­ tes y órdenes de hechos diferentes la unidad de la vida. «La historia es ei hombre», según afirma Lucien Febvre. Pero cuando intentam os recons­ truir al hombre, es necesario que reunam os el conjunto de las realidades que se parecen y se suman y viven al mismo ritmo. Si no lo hacemos, el puzzle quedará deform ado. Colocar frente a frente una historia estructu­ ral y una historia coyuntural es deform ar una explicación o, si nos volve­ mos hacia lo evenem encial, cortar una explicación de raíz. Los paralelis­ mos hay que buscarlos entre masas parecidas, en cada nivel: prim er tratam iento, prim eras investigaciones, prim eras especulaciones. Luego, yendo de un nivel al siguiente como podamos, reconstruirem os la casa.

II.

LAS RESPONSABILIDADES DE LA HISTORIA*

Fernand Braudel, candidato a la cátedra de Historia de la Civilización Mo­ derna que dejaba Lucien Febvre, fue defendido en el Collége de Frunce por Marcel Bataillon, quien lo presentó así, sin nombrarlo, según era costumbre, durante la sesión del 21 de noviembre de 194V: «Se necesitaría realmente un maestro a secas, y un maestro de la palabra y de la pluma, que fuese al mismo tiempo un conocedor de los hombres, que practicase la generosidad intelectual, que supiera inspirar confianza y confiar. No propondría que se conservase la cátedra de Historia de la Civilización Moderna si no estuviese persuadido de que tenemos para ocuparla a un maestro, en la plenitud de sus fuerzas, y de dem ostra da influencia». El discurso inaugural que se reproduce a continuación, que tuvo una am­ plia difusión en Francia y en el extranjero, más (¡ue un programa de enseñan­ za es una toma de posición ya de carácter militante sobre la historia «hija de su tiempo».

Señor Adm inistrador, Queridos colegas, Señoras, Señores, La historia se encuentra hoy ante responsabilidades trem endas pero tam bién apasionantes, sin duda porque nunca dejó, en su ser y en sus cam ­ bios, de depender de condiciones sociales concretas. «La historia es hija de su tiempo.» Su preocupación es, por lo tanto, la misma preocupación que * Discurso inaugural en el Collége de France, viernes 1 de diciembre de 1950. Publi­ cado por el Collége de France, y después por los Cahiers internationaux de sociologie, 1951, pp. 3-18. Recuperado en Écrits sur l'Histoire, 1969.

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pesa sobre nuestros corazones y nuestras mentes. Y si sus métodos, sus programas, sus respuestas más rigurosas y más seguras ayer, si sus con­ ceptos se desm oronan a la vez, lo hacen bajo el peso de nuestras reflexio­ nes, de nuestro trabajo y, todavía más, de nuestras experiencias vividas. A hora bien, dichas experiencias han sido en los últimos cuarenta años es­ pecialm ente crueles para todos los hombres; nos han devuelto de la m a­ nera más violenta a lo más profundo de nosotros mismos y, con ello, al destino del conjunto de los hombres, es decir, a los problem as cruciales de la historia. Nos han dado un motivo para sentir piedad, sufrir, pensar, para cuestionarlo forzosam ente todo. Por otro lado, ¿por qué el arte frágil de escribir la historia iba a quedar al margen de la crisis generalizada de nuestra época? A bandonam os un m undo sin haber tenido tiem po de co­ nocer o siquiera de apreciar sus ventajas, sus errores, sus certidum bres y sus sueños —¿digamos el m undo del prim er siglo xx? Lo abandonam os, o mejor dicho se zafa, inexorablem ente, delante de nosotros.

i Las grandes catástrofes no necesariam ente son las catástrofes obreras; éstas seguram ente son las que anuncian infaliblemente revoluciones rea­ les, y siempre nos instan a pensar, m ejor dicho a repensar, el universo. De la torm enta de la gran Revolución francesa, que durante años ha sido toda la historia dram ática del mundo, nace la m editación del conde de Saint-Simon, y luego la de sus discípulos enemigos, Auguste Com te, Proudhon, Karl Marx, que desde entonces nunca dejaron de aguijonear las mentes y el pensam iento de los hom bres... Un pequeño ejem plo más cer­ cano a nosotros: durante el invierno que siguió a la guerra franco-alem a­ na de 1870-1871, no contam os con mejor testigo a resguardo que Jacob Burckhardt en su querida Universidad de Basilea. Y, sin embargo, la preo­ cupación acude a visitarle, una necesidad de gran historia le acucia. Su curso versaba aquel trim estre sobre la Revolución francesa. Ésta, decía B urckhardt con palabras dem asiado proféticas, es tan sólo un prim er acto, se levanta el telón, es el instante inicial de un ciclo, de un siglo de revolu­ ciones destinado a d u rar... Un siglo interminable, a decir verdad, que m arcará con sus líneas rojas a la estrecha Europa y al mundo entero. O c­ cidente, sin embargo, iba a vivir un largo respiro de 1871 a 1914. Pero quién dirá cuántos años relativam ente apacibles, casi felices, iban a limitar progresivam ente la ambición de la historia, como si para m antenerse aler­ ta nuestro oficio necesitase continuam ente del sufrim iento y de la insegu­ ridad flagrante de los hombres. Con qué emoción leí, en 1943 la última obra de G astón Roupnel, His-

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toña y Destino, un libro profético, alucinado, semiextraviado en el sueño, aunque sublevado por tanta piedad como le inspiraba el «dolor de los hu­ manos». Tiempo después escribió: «Empecé (este libro) en los prim eros días de julio de 1940. A cababa de ver pasar, en mi pueblo de GevreyC ham bertin, por la gran carretera nacional, las corrientes del éxodo, del doloroso éxodo, gente humilde, coches, carretas, personas a pie, una hu­ m anidad digna de lástima, toda la miseria de las carreteras y todo mez­ clado con las tropas,soldados sin armas ... Aquel inmenso pánico, ¡eso era Francia! ... En los días de mi vejez, a los infortunios irrem ediables de la vida privada iba a sumarse la impresión de la desgracia pública, nacio­ nal...». Pero, con el viento de la desgracia, de las últimas meditaciones de G astón Roupnel, la historia, la grande, la azarosa historia regresaba con todas las velas hinchadas. Michelet volvía a ser su Dios: «Me parece, con­ tinuaba, que él es el genio que llena la historia». N uestra época es excesivamente prolífica en catástrofes, en revolu­ ciones, en golpes de efecto, en sorpresas. La realidad de lo social, la rea­ lidad profunda del hom bre nos parece como novedosa y, querám oslo o no, nuestro viejo oficio de historiadores no deja de retoñar y de volver a florecer en nuestras m anos... Sí, ¡cuántos cambios! Todos los símbolos sociales, o casi todos —y también algunos por los cuales habríamos m uerto ayer sin dem asiada discusión— , se han vaciado de contenido. La cuestión está en saber si podrem os no vivir sino vivir y pensar tranqui­ lam ente sin sus referencias y la luz de sus faros. Todos los conceptos in­ telectuales se han transform ado o quebrado. La ciencia sobre la cual, profanos como somos, nos apoyamos incluso sin saberlo, la ciencia, ese refugio y esta nueva razón de vivir del siglo xix, se ha transform ado bru­ talm ente, de un día para otro, para renacer a una vida diferente, presti­ giosa pero inestable, siem pre en movimiento aunque inaccesible, y sin duda ya nunca más tendrem os el tiempo ni la posibilidad de restablecer con ella un diálogo conveniente. Todas las ciencias sociales, incluida la historia, han evolucionado paralelam ente, de m anera menos espectacu­ lar pero no menos decisiva. Un nuevo mundo, ¿por qué no una nueva historia?

También con ternura y un poco de irreverencia evocaremos a nuestros m aestros de ayer y de anteayer. ¡Que nos perdonen! A quí tenem os el del­ gado libro de Charles-Victor Langlois y de Charles Seignobos, esta Intro­ ducción a los estudios históricos aparecida en 1897, hoy sin trascendencia, pero que ayer y durante muchos años fue obra decisiva. Es un sorpren­ dente punto de detención. De ese libro lejano, plagado de principios y de recom endaciones de detalle, se desprende sin dificultad un retrato del his­

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toriador a principios de este siglo. Imaginemos a un pintor, un paisajista. D elante de él, árboles, casas, colinas, caminos, un paisaje muy tranquilo. Del mismo modo, enfrente del historiador está la realidad del pasado — una realidad verificada, desem polvada, reconstruida. Nada del paisaje en cuestión debía pasarle desapercibido al pintor, ni aquellos bosquecillos ni aquel hum o... No om itir nada: sí, sin embargo, el pintor olvidará su pro­ pia persona, pues lo ideal sería suprimir al observador, como si hubiese que sorprender la realidad sin am edrentarla, como si la historia, prescin­ diendo de nuestras reconstrucciones, hubiese que captarla en su estado naciente, es decir, en el estado de los m ateriales en bruto, de hechos pu­ ros. El observador es una fuente de errores; la crítica debe m antenerse vi­ gilante contra él. «El instinto natural de un hom bre en el agua —escribía sin ironía Charles-Victor Langlois— , es hacer todo lo posible para aho­ garse; aprender a nadar es adquirir la costum bre de reprim ir los movi­ mientos espontáneos y ejecutar otros en su lugar. Del mismo modo, la cos­ tum bre de la crítica no es natural; hay que inculcarla y sólo se convierte en orgánica después de ejercitarla repetidam ente. Así, el trabajo histórico es un trabajo crítico por excelencia; cuando uno se entrega a él sin haber­ se puesto previam ente en guardia contra el instinto, se ahoga.» Nosotros no tenem os nada que objetar a la crítica de los docum entos y m ateriales de la historia. El espíritu histórico es crítico en su base; pero tam bién, más allá de cautelas evidentes, es reconstrucción, algo que C har­ les Seignobos supo expresar, con su inteligencia aguda, en dos o tres oca­ siones. Pero, después de tantas precauciones, ¿bastaba para preservar el impulso necesario de la historia? Es cierto, si retrocedem os más en el viaje al pasado, si nos dirigimos esta vez a m entalidades extraordinarias, un Cournot, un Paul Lacombe, que fueron precursores — o a muy grandes historiadores, un Michelet so­ bre todo, un Ranke, un Jacob Burckhardt, un Fustel de Coulanges, cuyo genio nos impediría sonreír. Sin em bargo —si se exceptúa quizás a Mi­ chelet, el más extraordinario de todos, cuya obra contiene tantos vislum­ bres y prem oniciones geniales— , sin em bargo no es menos cierto que sus respuestas no casarían dem asiado con nuestras preguntas: los historiado­ res de hoy tenem os la impresión de pertenecer a otra época, a otra aven­ tura de la mente. Sobre todo, nuestro oficio ha dejado de parecem os una historia tranquila, segura, únicam ente con primas dadas al trabajo y a la paciencia. No nos perm ite la certidum bre de haber delim itado toda la m a­ teria de la historia que, para entregarse a nosotros, no esperaba otra cosa que la aplicación de nuestro valor. A buen seguro nada resulta más extra­ ño a nuestro pensam iento que esta observación de un muy joven Ranke, que en 1817, en un dicterio entusiasta a G oethe, hablaba con fervor «del terreno sólido de la historia».

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Es una tarea difícil —condenada por anticipado— resum ir en pocas palabras lo que ha cambiado de verdad en el terreno de nuestros estudios, y sobre todo cómo y por qué se ha producido el cambio. Mil detalles nos reclaman. A lbert Thibaudet pretendía que las verdaderas transform acio­ nes son siem pre sencillas en el plano de la inteligencia. Entonces, ¿dónde se sitúa este pequeño detalle, esta innovación eficaz? Por supuesto que no en este fracaso de la filosofía de la historia, preparado con mucha antici­ pación y antes aun de principios de siglo, cuyas ambiciones y apresuradas conclusiones nadie aceptaba. Tampoco se sitúa en la bancarrota de una historia-ciencia, por lo demás apenas esbozada. No había ciencia, se decía ayer, si no era capaz de prever, pues debía ser profética o no ser... Hoy pensaríam os que ninguna ciencia social, incluida la historia, es profética, y por consiguiente según las reglas antiguas del juego, ninguna de ellas ten­ dría derecho a llevar el herm oso nom bre de ciencia. Sólo habría profecía, por lo demás, fíjense bien, en el caso que hubiese una continuidad de la historia, algo que los sociólogos, no todos los historiadores, ponen en duda con toda su vehemencia. ¿Pero para qué discutir sobre ese turbio nombre de ciencia, y sobre todos los falsos problem as que de él se derivan? Es lo mismo que adentrarse en el debate, más clásico pero más estéril aún, de la objetividad y de la subjetividad en la historia del que no nos libraremos m ientras algunos filósofos, quizá por costum bre, se dem oren en él, m ien­ tras no se atrevan a preguntarse si las ciencias más gloriosas de lo real no son tam bién objetivas y subjetivas sim ultáneam ente. Nosotros, que nos re­ signaríamos sin dificultad a no creer en la obligación de la antítesis, de buena gana aligeraríam os este debate de nuestras habituales discusiones de método. El problem a de la historia no está entre pintor y cuadro, o ni siquiera, una audacia que parecería excesiva, entre cuadro y paisaje, sino en el paisaje mismo, en el corazón de la vida. Lo mismo que la vida, la historia nos parece un espectáculo huidizo, moviente, form ado por la conjugación de problem as mezclados de forma inextricable y que puede adquirir sucesivamente cien rostros distintos y contradictorios. ¿Cóm o abordar esta vida compleja y parcelarla para lle­ gar a com prenderla, o al menos com prender algo de ella? Muchas tenta­ tivas podrían desanim arnos antes de empezar. A sí que ya no creemos en una explicación de la historia por tal o cual factor dom inante. No hay historia unilateral. No está dom inada exclusiva­ m ente ni por el conflicto de razas, cuyos enfrentam ientos o acuerdos ha­ brían determ inado todo el pasado de los hombres; ni por los potentes rit­ mos económicos, factores de progreso o de debacle; ni por las constantes

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tensiones sociales; ni por ese difuso esplritualismo de un Ranke a través del cual se subliman, según él, el individuo y la vasta historia general; ni por el reino de la técnica; ni por el crecim iento demográfico, este creci­ m iento vegetal con sus consecuencias de efecto retardado sobre la vida de las colectividades... El hom bre es bastante más complejo. Sin embargo, estas tentativas para reducir lo múltiple a lo simple o a lo casi simple han significado desde hace más de un siglo un enriqueci­ m iento sin precedentes de nuestros estudios históricos. Nos han situado de m anera progresiva en el camino de superar al individuo y el aconteci­ miento, una superación prevista con mucha antelación, presentida, entre­ vista pero que, en su plenitud, apenas acaba de cumplirse ante nosotros. Quizás está ahí el paso decisivo que implica y resume todas las transfor­ maciones. No negamos, sin embargo, la realidad de los acontecim ientos o el papel de los individuos, lo cual sería pueril. Aun convendría señalar que, muy a menudo, el individuo es una abstracción dentro de la historia. No existe nunca en la realidad viviente un individuo encerrado en sí mismo; todas las aventuras individuales se basan en una realidad más compleja, la de lo social, una realidad «entrecruzada», como dice la sociología. El problemá no consiste en negar lo individual so pretexto de que está marcado por las contingencias, sino justam ente en superarlo, en diferenciarlo de las fuerzas distintas a él, en reaccionar contra una historia arbitrariam ente re­ ducida al papel de los héroes quintaesenciados; no creemos en el culto a todos esos semidioses o, más sencillamente, estam os en contra de la orgullosa expresión unilateral de Treitschke: «Los hom bres hacen la historia». No, la historia hace tam bién a los hom bres y modela su destino; la histo­ ria anónim a, profunda y a m enudo silenciosa, cuyo indeterm inado pero inmenso ám bito es preciso abordar ahora.

La vida, la historia del mundo, todas las historias particulares se nos presentan bajo la forma de una serie de acontecimientos, entiéndase por ello actos siem pre dram áticos y breves. Una batalla, una reunión de hom ­ bres de Estado, un discurso im portante, una carta capital, son instantá­ neas de historia. Recuerdo una noche, cerca de Bahía, en que me vi envuel­ to por los fuegos artificiales de las luciérnagas fluorescentes; sus pálidas luces estallaban, se apagaban y volvían de nuevo a brillar sin llegar a per­ forar la noche con una verdadera claridad. Así ocurre con los aconteci­ mientos: por detrás de su resplandor sigue triunfando la oscuridad. O tro recuerdo me perm itirá abreviar aún más este razonamiento. Hace unos veinte años, en América, una película que llevaba mucho tiempo anuncia­ da estaba causando una sensación sin igual. Era ni más ni menos, se nos decía, la prim era película auténtica sobre la G ran G uerra, que se convir­

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tió desde entonces tristem ente en la prim era guerra mundial. D urante más de una hora, revivimos las horas oficiales del conflicto, asistíamos a cincuenta revistas militares, presididas unas por el rey Jorge V de Inglate­ rra, las otras por el rey de los belgas o por el rey de Italia, o por el em pe­ rador de Alemania, o por nuestro presidente, Raymond Poincaré. Se nos perm itió presenciar la salida de las grandes conferencias diplomáticas y militares, ver todo un desfile de personajes ilustres pero olvidados, lo cual parecía más fantasmático e irreal debido al paso entrecortado del cine de aquellos años lejanos. En cuanto a la verdadera guerra, aparecía repre­ sentada por tres o cuatro trucajes y explosiones ficticias, en resumidas cuentas por un decorado. El ejem plo sin duda resulta exagerado, como todos los ejemplos a los que atribuim os una gran carga de didactismo. Confiesen, sin embargo, que a m enudo son esas sutiles imágenes lo que nos ofrece, a través del pasado y del sudor de los hombres, la crónica, la historia tradicional, la historiarelato que tanto defiende R anke... Resplandores son, pero sin claridad; hechos, pero faltos de hum anidad. Obsérvese que en esta historia-relato siem pre anida la pretensión de contar «las cosas como pasaron realm en­ te». R anke creyó profundam ente en estas palabras desde el m om ento en que las pronunció. En realidad, la historia se presenta como una interpre­ tación, guasona a su modo, como una auténtica filosofía de la historia. Para ella, la vida de los hom bres está dom inada por accidentes dram áti­ cos, por el juego de seres extraordinarios que surgen, dueños a m enudo de su destino y todavía más del nuestro. Y cuando habla de «historia gene­ ral», lo hace pensando finalmente en el cruce de esos destinos excepcio­ nales, pues es preciso que cada héroe cuente con otro héroe. Una ilusión falaz, como bien sabemos todos. O rectifiquemos, para ser más ecuánimes, una visión del m undo dem asiado estrecha, familiar por haber sido exam i­ nada y cuestionada, una visión del mundo en la que el historiador se com ­ place en acum ular una fortuna principesca; un mundo, por añadidura, arrancado de su contexto, donde podríam os creer con la mejor buena fe que la historia es un juego m onótono, siempre distinto, pero siempre pa­ recido, como las mil combinaciones de las figuras de ajedrez, un juego que plantea situaciones siempre análogas, una sucesión de sentim ientos repe tidos, bajo el signo de un eterno y despiadado retorno de todo.

La tarea consiste precisam ente en rebasar este margen inicial de la historia. Es preciso abordar, en sí mismas y por sí m ism as, las realidades sociales. Entiendo por ello todas las formas extensas de la vida colectiva, las economías, las instituciones, las arquitecturas sociales, por último las ci­ vilizaciones, éstas sobre todo; realidades todas ellas que los historiadores

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de ayer no ignoraron, es cierto, pero que, excepto algunos sorprendentes precursores, con dem asiada frecuencia se las consideró una tela de fondo, colocada únicam ente para explicar, o como si se pretendiesen explicar las acciones de los individuos excepcionales en torno a los cuales el historia­ dor se mueve lleno de complacencia. Se incurre así en inmensos errores de perspectiva y de razonam iento, pues lo que uno pretende conciliar de este modo, inscribir en el mismo es­ cenario, son movimientos que no tienen ni la misma duración ni la misma dirección; unos se integran en el tiem po de los hombres, el de nuestra vida, breve y fugitiva, y los otros en ese tiem po de las sociedades para las cuales un día o un año apenas significan nada, para las cuales a veces un siglo entero es solam ente un instante de la duración. Entendám onos: no existe un tiem po social de una sola y simple corriente, sino un tiem po so­ cial de mil velocidades, de mil lentitudes que casi nada tienen que ver con el tiempo periodístico de la crónica y de la historia tradicional. Creo en­ tonces en la realidad de una historia particularm ente lenta de las civiliza­ ciones, en sus profundidades abismales, en sus rasgos estructurales y geo­ gráficos. Es cierto que las civilizaciones son mortales, en sus más preciosas floraciones; es cierto tam bién que brillan y luego se apagan para volver a florecer con otras formas. Pero esas rupturas son más escasas, más espa­ ciadas de lo que nosotros pensamos. Y sobre todo no lo destruyen todo por igual. Q uiero decir que en una determ inada área de civilización, el contenido social puede renovarse dos o tres veces casi por com pleto sin que esos cambios alcancen a determ inados rasgos profundos de estructu­ ra que continuarán diferenciándola mucho de las civilizaciones vecinas. Existe, si se prefiere, más lenta aún que la historia de las civilizaciones, casi inmóvil, una historia de los hom bres en su relación estrecha con la tierra que los aloja y los alimenta; es un diálogo que se repite incesantem ente, que se repite para durar, que puede cambiar y cambia en la superficie, aunque continúa, tenaz, como si estuviese fuera del alcance y de la m or­ dedura del tiempo.

ni Si no me engaño, los historiadores están em pezando hoy a tom ar con­ ciencia de una historia nueva, de una historia seria en la que el tiem po ya no se adecúa a nuestras antiguas medidas. Esta historia no se les presenta a ellos como un descubrim iento fácil, pues cada forma de historia implica su erudición correspondiente. ¿Me perm iten que diga que todos los que se ocupan de los destinos económicos, de las estructuras sociales y de los múltiples problemas, a m enudo de nimio interés, de las civilizaciones, se

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encuentran enfrente de estudios frente a los cuales las obras de los erudi­ tos de m ayor reputación del siglo xvm e incluso del siglo xix nos parecen sorprendentem ente fáciles? Una historia nueva sólo es posible a partir de un enorm e trabajo de actualización de una docum entación que responda a las nuevas cuestiones planteadas. Yo dudo incluso que el habitual traba­ jo artesanal del historiador esté a la altura de nuestras ambiciones actua­ les. Con el riesgo que ello pueda representar y las dificultades que la so­ lución implica, no hay salvación fuera de los m étodos de trabajo en equipo. Todo un pasado por reconstruir, por tanto. Se nos presentan, se nos im ponen tareas interminables, aun cuando se trate de las realidades más simples de las vidas colectivas, como pueden ser los ritmos económicos de breve duración de la coyuntura. Veamos una crisis de perspectiva, bien identificada en Florencia, entre 1580 y 1585, destinada a ahondarse rápi­ dam ente para luego colmarse de golpe. Las exploraciones realizadas en Florencia y alrededor de Florencia ofrecen signos tan claros como esas re­ patriaciones de com erciantes florentinos que abandonan entonces Fran­ cia y la Alta Alem ania y en ocasiones, lo que es más im portante, abando­ naban sus tiendas para com prar tierras en la Toscana. Esta crisis, tan evidente tras una prim era auscultación, exige un diagnóstico mejor, esta­ blecerla científicam ente m ediante series coherentes de precios; sigue sien­ do trabajo local —aunque la cuestión que se plantea acto seguido es ave­ riguar si la crisis fue toscana o generalizada. Enseguida la encontram os en Venecia, la encontram os tam bién sin esfuerzo en F errara... Pero ¿hasta qué punto se hizo notar su brusca m ordedura? Sin conocer el área exacta de incidencia, no podrem os precisar su naturaleza... ¿O uiere eso decir que el historiador debe ponerse en camino en pos de todos los depósitos de archivos de Europa y realizar una prospección de las series que la e ru ­ dición habitualm ente ignora? ¡El viaje prom ete ser interminable! Pues está todo por hacer. Para colmo, este historiador preocupado por la India y por China y que cree que Extrem o O riente dom inó la circulación de m etales preciosos en el siglo xvi y, con ello, el ritmo de la vida económica de todo el m undo, este historiador descubre que a esos años de penuria florentina corresponden, con un ligero desfase en el tiempo, años tem pes­ tuosos en Extrem o O riente para el comercio de las especias y la pim ien­ ta. De las débiles manos portuguesas, el com ercio de las especias y la pi­ m ienta pasa a manos de los hábiles com erciantes m oros y a continuación de esos viejos expertos del océano Indico y de la Sonda, a la de los cara­ vaneros de India, siendo finalm ente todo engullido por la Alta Asia y C hina... Acabam os de ver que el estudio de una m ateria tan simple como el com ercio de las especias da la vuelta al mundo. Precisam ente estoy interesado, junto con algunos jóvenes historiado­

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res, en estudiar la coyuntura general del siglo xvi y espero poder hablar­ les de ello en un día no muy lejano. ¿Es necesario que repita, una vez más, que el m undo entero se im pone a nuestra atención? La coyuntura del si­ glo xvi no solam ente incluye Venecia o Lisboa, Am beres o Sevilla, Lyon o Milán; incluye tam bién la compleja economía del Báltico, los viejos ritmos del M editerráneo, las im portantes corrientes del Atlántico y del Pacífico, de los ibéricos, de los juncos chinos y olvido muchos otros aspectos. Pero conviene añadir que la coyuntura del siglo xvi es tam bién, por una parte, el siglo xv y por otra el siglo xvu; no es solam ente el movimienlo de con­ junto de los precios, sino la variada gama de esos precios y su com para­ ción, si éstos se aceleran más que aquéllos, etc. Sin duda resulta verosímil que los precios del vino y de los bienes raíces precedieran entonces en su carrera regular a todos los demás y así se explicaría, a nuestro entender, de qué modo la tierra enjugó, si se puede decir así, atrajo e inmovilizó la fortuna de los nuevos ricos. Todo un dram a social. Así se explicaría tam ­ bién esta civilización invasora, obstinada, de la viña y el vino: los precios lo exigen entonces, aum entan las ilotas de barcos cargados de toneles; se dirigen al norte desde Sevilla, desde las costas portuguesas o desde la Cli­ ronda. Entonces, sim ultáneam ente, aum entan esos ríos de carretas, esos carretoni que, a través del Brenner, llevan cada año a Alemania los vinos nuevos del Friule y de las Venecias, esos vinos turbios que el propio M on­ taigne degustó con sumo placer... La historia de las técnicas, la simple historia de las técnicas, aparte de las investigaciones en m edio de la incertidum bre, minuciosas y continua­ m ente interrum pidas —pues el hilo se rompe con dem asiada frecuencia entre nuestros dedos o, si lo prefieren, los docum entos que podrían d ar­ nos las respuestas faltan de pronto— , esta historia de las técnicas descu­ bre tam bién paisajes dem asiado extensos y plantea problem as dem asiado im portantes... En el siglo xvi el M editerráneo, el M editerráneo tom ado en bloque, vivió toda una serie de dram as técnicos. Es entonces cuando se instaló la artillería en el puente estrecho de los barcos, con qué lentitud se hizo, por cierto. Entonces se transm iten sus secretos hacia las altas regio­ nes del Nilo o dentro de O riente Próximo. Y cada vez todo tuvo im por­ tantes consecuencias... Entonces tiene lugar otro dram a, más silencioso, pues se produce una lenta y curiosa disminución de los tonelajes marinos. Los cascos de los barcos son cada vez más proporcionados y ligeros. Venecia y Ragusa son las patrias de los grandes cargueros y sus veleros de carga arquean hasta mil toneladas, e incluso más. Son los grandes cuerpos flotantes del mar. Pero este tipo de lujos enseguida queda fuera del al­ cance de Venecia. Contra los gigantes del mar, en todas partes hacen for­ tuna los pequeños veleros, griegos, provenzales, m arselleses o nórdicos. En M arsella se vive el m om ento victorioso de las tartanas, de las saétes, de las

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naves minúsculas. Aquellos esquifes nos cabrían en el hueco de la mano, y es que pocas veces superaban las cien toneladas. A hora bien, a la hora de trabajar, eran extraordinariam ente eficaces. Un soplo de viento los mueve, entran en todos los puertos, cargan en pocos días, en unas pocas horas, m ientras que los barcos de Ragusa necesitan semanas y hasta m e­ ses para engullir sus cargamentos. Pongamos que uno de esos grandes cargueros ragusanos capture por casualidad un barco ligero marsellés, que se apodere de su carga y, arro ­ jando al agua a la tripulación, haga desaparecer todo lo perteneciente al barco rival... El suceso ilustra de golpe la lucha de los grandes contra los pequeños esquifes del mar. Pero nos equivocaríamos si creyésemos que el conflicto queda circunscrito al m ar Interior. G randes y pequeños barcos se enfrentan y se devoran por los siete m ares del mundo. En el Atlántico, su batalla es la batalla más im portante del siglo. ¿Los habitantes de la Pe­ nínsula Ibérica invadirán Inglaterra? Este es el problem a que plantea an­ tes, durante y después la A rm ada Invencible. Los nórdicos entrarán en la Península, y es la expedición contra Cádiz; o irán contra el imperio de los ibéricos y estam os hablando de D rakc y de Cavendish y de muchos otros... Los ingleses controlan el canal de la Mancha. Los españoles, Gibraltar. ¿Cuál de estas suprem acías ofrece más ventajas? Pero, sobre todo, ¿quién triunfará?, ¿las pesadas carracas portuguesas, los pesados galeones españoles o los ligeros veleros del norte?, 1.(XX) toneladas por una parte, 2(M), 100,50 a veces por la otra. La lucha a m enudo es desigual, tal y como ilustran los grabados de la época donde aparece uno de esos gigantes ibé­ ricos rodeado por una nube de cascos liliputienses. Los pequeños hostigan a los grandes, los acribillan a golpes. C uando se apoderan de ellos, les ro­ ban el oro, las piedras preciosas, algunos cargam entos de especias y luego quem an la enorm e e inútil carcasa... ¿Pero podem os creer que la clave de la historia puede resumirse con tanta claridad? Si la resistencia ibérica continúa es porque de todos modos pasan, casi indemnes y guiados por la m ano de Dios, según dicen los genoveses, los convoyes de galeones que se dirigen a las Antillas y regresan cargados de plata; es porque las minas del Nuevo M undo siguen al servicio de sus dueños y señores, los españoles y portugueses... La historia de los barcos no es una historia en sí misma. D ebe resituarse entre las demás historias que la rodean y la sustentan. Así es com o la verdad no se nos niega, aunque vuelve a escabullirse delante de nuestros ojos. C uando estam os a pie de obra todos los problemas, insisto, se com ­ plican sin cesar, aum entan en superficie y en grosor, abriéndose ince­ santem ente a nuevos horizontes de trabajo... Ya tendré la oportunidad de explicarlo a propósito esta vez de la vocación imperial del siglo xvi sobre la que debo hablarles este año y que no hay que encerrar única­

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m ente en el siglo xvi. Ningún problem a se deja nunca encerrar en un solo marco. Si dejamos el terreno de lo económico, de la técnica y pasamos al de las civilizaciones, si pensam os en esas insidiosas y casi invisibles fisuras que, al cabo de un siglo o dos, se convierten en profundas brechas, tras las cuales todo en la vida y la moral de los hom bres cambia, si pensam os en esas prestigiosas revoluciones internas, entonces el horizonte, que tanto tarda en despejarse, se amplía y se complica con mayor intensidad aún. U n joven historiador, al cabo de pacientes prospecciones, tiene la im pre­ sión de que la m uerte y la idea de la m uerte cambian por com pleto hacia m ediados del siglo xvi. Un profundo foso se abre entonces ya que, a una m uerte celestial que se vuelve hacia el más allá — una m uerte celestial y serena— , una puerta abierta de par en par en la que todos los hombres (su alma y su cuerpo casi entero) pasan sin crispación anticipada, esa m uerte serena se ve sustituida por una m uerte hum ana, ya bajo el prim er signo de la razón. Estoy resum iendo mal el apasionado debate de aquellos tiem ­ pos. Pero que esta m uerte de nuevo cuño, que lentam ente enseña su ver­ dadero rostro, nazca o parezca nacer mucho tiem po antes en las com ple­ jas regiones renanas es lo que orienta la investigación y nos pone en contacto con la historia silenciosa pero imperiosa de las civilizaciones. E n­ tonces navegaremos más allá del decorado habitual de la Reform a, con mucho titubeo, por cierto, y con mucha precaución y paciente investiga­ ción. H abrá que leer los devocionarios y los testam entos, reunir los docu­ mentos iconográficos, o en las ciudades, buenas guardianas de sus archi­ vos de cartas como en el caso de Venecia, consultar los papeles de los Inquisitori contra Bestem m ie, esos «archivos negros» del conlrol de las costumbres, de im prescriptible valor.

Pero no basta, como bien sabemos, con refugiarse en la necesaria e in­ term inable prospección de m ateriales nuevos. Esos m ateriales hay que so­ m eterlos a unos métodos. No cabe duda que éstos, algunos de ellos al m e­ nos, varían de un día a otro. En diez o veinte años nuestros m étodos en economía, en estadística, tienen muchas probabilidades de haber perdido su valor, así como nuestros resultados, que serán contestados y tirados por los suelos: la suerte de algunos estudios relativam ente recientes nos lo confirma. Esas informaciones, esos m ateriales hay que situarlos y repen­ sarlos a la medida del hom bre y, más allá de sus detalles, se trata en la m e­ dida de lo posible de recuperar la vida, esto es, m ostrar de qué modo sus fuerzas se alian, se codean o se tropiezan, cómo tam bién, muy a menudo, mezclan sus aguas furiosas. Recogerlo todo para resituarlo todo en el m ar­ co general de la historia, para que se respeten, a pesar de las dificultades,

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las antinom ias y contradicciones profundas, la unidad de la historia que constituye la unidad de la vida. Tareas dem asiado arduas, me objetarán. Siempre se piensa en las difi­ cultades que entraña nuestro oficio; sin pretender negarlas, ¿no es posible señalar, por una vez, las insustituibles com odidades que lo acom pañan? Pues ¿no podem os al prim er examen desgajar lo esencial de una situación histórica en lo que se refiere a su devenir? De las fuerzas en litigio, noso­ tros sabem os cuáles triunfarán y discernimos por anticipado los aconteci­ m ientos importantes, «los que tendrán consecuencias», a los que se les en­ tregará el destino. ¡Qué inmenso privilegio! ¿Quién puede, en los hechos confusos de la vida actual, reconocer con tanta seguridad lo duradero de lo efím ero? A hora bien, esta distinción se sitúa en el centro de la investi­ gación de las ciencias sociales, en el centro del conocimiento, en el centro de los destinos del hombre, en la zona de sus problem as capitales... I listoriadores, apenas nos hemos introducido en este debate. ¿Quién negará, por ejemplo, que la inmensa cuestión de la continuidad y de la disconti­ nuidad del destino social, que los sociólogos están discutiendo, no sea so­ bre todo un problem a de historia? Si grandes cortes trocean los destinos de la hum anidad, si el día después de su quiebra todo se replantea en nue­ vos térm inos y dejan de ser válidos nuestro instrum ental o nuestros pensam ientos de ayer; la realidad de esos cortes determ ina la historia. ¿Existe o no existe una excepcional y breve coincidencia entre todos los tiem pos variados de la vida de los hom bres? Inmensa cuestión la que se nos plantea. Toda lenta progresión term ina un día, el tiem po de las ver­ daderas revoluciones es tam bién el tiem po que ve florecer las rosas.

IV

Señoras, Señores, La historia ha llegado a estas orillas tal vez peligrosas arrastrada por la propia vida. Com o ya he dicho, la vida es nuestra escuela. Pero sus lec­ ciones no sólo la historia las escucha y, después de haberlas comprendido, no es la única que extrae consecuencias. En realidad, ha aprovechado ante todo la eclosión victoriosa de las jóvenes ciencias humanas, más sensibles aún que ella misma a las coyunturas del presente. Desde hace cincuenta años, hemos visto nacer, renacer o florecer una serie de ciencias humanas, imperialistas y, en cada ocasión, su desarrollo ha supuesto para nosotros, los historiadores, impactos, complicaciones y al final un enriquecim iento inmenso. La historia ha sido, tal vez, la mayor beneficiaría de estos re­ cientes progresos.

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¿Es necesario que nos extendam os sobre su deuda con respecto a la geografía, la econom ía política, e incluso con la sociología? U na de las obras más fecundas para la historia, tal vez incluso la más fecunda de to­ das, habrá sido la de Vidal de la Blache, historiador al principio, geógrafo por vocación. Yo diría incluso que el Tableau de la géographie de la France, publicado en 1903, en el pórtico de la gran historia de Francia de Ernest Lavisse, es una de las obras más im portantes no solam ente de la escuela geográfica sino tam bién de la escuela histórica francesa. Bastará asimismo con una palabra para señalar qué le debe la historia a la obra capital de Fran/., p. 145. //>/>/., p. 144. Ibid., p. 144.

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sas, m ientras que parecían cargados de m adera, de paja y otros objetos si­ milares.»7 El mar, en principio, está cerrado debido a las hostilidades, pero «en este m om ento8 se están arm ando en A m sterdam dos grandes buques para la India. C ontinuam ente se anuncia la inm inente partida de un con­ voy para el M editerráneo». ¿Por qué no, puesto que en 1801 «entraron en el puerto de A m sterdam por m ar 2.371 buques»?9 No hay de qué extrañarse, en A m sterdam sigue habiendo especulado­ res. Juegan en la Bolsa con los préstam os «bátavos», e incluso con los re­ gistros por hacer, en Francia, en el libro de la deuda pública. Cuando en Ventoso año X la República bátava lanza un préstam o de 30 millones de florines, las suscripciones que los prestam istas consideraron ventajosas «excedieron en mucho, según se asegura, el im porte del préstam o...».,() El interés dem ostrado por los capitalistas11 ... «provocó en Am sterdam un encarecim iento de la plata casi sin precedentes»12 ... Y como la vida eco­ nómica es a veces chusca, en el mismo momento, «Am sterdam recibió im­ portantes dem andas de grano de Francia; se habla de cinco mil lasts\13 de tal m anera que pudo devolver a Francia los bleds que salieron hace seis meses»14, a menos que se desvíen los barcos cargados de trigo en el Bálti­ co y destinados a Portugal.15 De este modo, y a pesar de las circunstancias hostiles, la vida sigue su ritmo en A m sterdam . Algunas firmas comerciales gozan aún de tanto cré­ dito que su papel se descuenta a un 1 por 100.16 En abril de 1807 (la Re­ pública bátava cedió el año anterior su puesto al reino de H olanda), se «cubrió» sin problem as17 un nuevo préstam o holandés y, buena señal, «va­ rias casas venden fondos ingleses para colocarlos en este préstamo». Re­ pública o reino, o porción de territorio francés, H olanda sigue abierta así al m ar del Norte y muy especialm ente en dirección a Inglaterra: en una palabra, «es más fácil [a partir de Am sterdam] realizar el viaje de Ingla­ terra que el de A m beres».18 En el pequeño puerto de Katwyk, que es en­

7. A. E. Correspondencia Consular, Amsterdam 5 ,2 3 8 ,2 Brumario año X (24 de oc­ tubre de 1801). 8. Ibid., Amsterdam 5,242 v°, 6 Brumario año X (28 de octubre de 1801). 9. Ibid., 28 Nivoso año X (18 de enero de 1802). 10. Ibid., 252. 11. Nótese la palabra de paso. 12. Ibid., 252. 13. Peso de 2 toneladas o 20 quintales (del alemán last, peso). 14. Ibid. 15. Ibid. 16. Ibid., 21. 17. Ibid., Amsterdam 6,124. 18. Ibid., Amsterdam 6, 137 y ss., 27 de agosto de 1807.

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tonces el punto de encuentro del fraude inglés, «a cuatro leguas de La Haya y a ocho de Am sterdam », «se suceden las naves neutrales y entre ellas algunas am ericanas».19 El contrabando, siempre activo, se burla de las prohibiciones; de ser necesario, cambia de medios, se traslada, em pie­ za de nuevo y no deja de crecer m ientras se multiplican las medidas en su contra. «Nunca el contrabando —explica una carta del 31 de enero de 1810— 20 conoció en Holanda tan gran actividad como en aquel momento, los ingleses convirtieron Flessingue en un segundo Heligoland ... Barcos cargados de bueyes, de corderos, de todo tipo de ganado y de comestibles alim entaban diariam ente la isla de Walcheren.» En definitiva, lo que nosotros llamamos el bloqueo continental sólo contribuyó a encarecer las mercancías coloniales y, con ello, «varios nego­ ciantes de esta plaza doblaron e incluso triplicaron sus capitales».21 A m s­ terdam , como un árbol siempre a pleno rendim iento, continúa ofreciendo, más o menos abundantes, más o menos suculentos según las estaciones, los mismos frutos que en el pasado. Y cuando Europa sale de la pesadilla napoleónica, en 1815 o 1816,22 el puerto de A m sterdam recupera su anti­ gua actividad. El trigo llega del Báltico y se envía hacia Portugal, España, el M ediodía francés e Italia; se reanudan las relaciones con las colonias holandesas; por delante de nuestros ojos vuelve a pasar una película, una película que ya conocemos.

¿Es posible generalizar a partir del caso ejem plar de A m sterdam ? La regla al parecer exige que una ciudad, cuando en el pasado desem peñó un papel importante, conserve durante mucho tiem po la fuerza adquirida, que en definitiva hereda como si la riqueza fuese, en su caso, una enfer­ medad endémica, un valor de larga duración. No cabe duda que toda ciu­ dad con alguna vitalidad y, en tal sentido, acum uladora de capitales (hor­ miga y no cigarra), tiende a retener dinero, medios de producción y de coerción. Pero, en lo que se refiere a las ciudades-m undo, el fenóm eno tie­ ne otra dimensión, otra duración. A m sterdam se m antiene entonces como un punto caliente, todavía hoy, del capitalismo mundial; G énova continúa siendo la ciudad más sorprendente de Italia; Am beres conserva un gran papel internacional; en 1979, Londres, muy disminuida, todavía cuenta con una banca de las dimensiones del mundo.

19. 20. 21. 22.

¡bul. A. E. Correspondencia Política, Rotterdam 63,20 y 21. A. E. Correspondencia Consular, Amsterdam 7,13 ss., 7 de febrero de 1810. Ibid ., Amsterdam 7, 205,4 de mayo de 1816.

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Sólo Venecia, tan brillante antaño, dejó de participar en la carrera. A nte nuestros ojos se presenta como la excepción que, vista desde cerca, explicaría sin duda, tam bién ella, la regla. El problem a, apasionante en sí mismo, sigue sin em bargo todavía pendiente de descubrir de la A hasta la Z, pues la dimisión de Venecia, la ruptura de su destino capitalista, o por lo menos que quedara en sordina, no fue solam ente consecuencia de cau­ sas o de accidentes económicos que, no obstante, tuvieron alguna influen­ cia. La responsabilidad se extiende más allá de ese círculo esencial. La continuidad capitalista, en realidad, no es solam ente la continuidad de la riqueza, de los capitales, es tam bién la voluntad de algunos grupos, la ob­ cecación de las clases dom inantes en m antener, aunque ya no sea al mis­ mo rango, su pertenencia a lo que podríam os llamar la sociedad capitalis­ ta del mundo. Fue necesario, por tanto, que en Venecia se produjera una serie de rupturas, de cambios de rumbo, de mutaciones en las mentalidades. Sobre todo en el mar, pues sus patricios, ya desde antes del siglo xvi y cada vez con mayor frecuencia, eligieron los campos, las explotaciones terrestres, que por lo demás adm inistraron de modo admirable. Así rem ontaron el curso del tiempo, y retrasaron, de una vez y para siempre, sus relojes. D e­ trás de ellos, a causa de ellos tam bién — hay que vivir— Venecia se vio in­ vadida por industrias dedicadas al ocio, se convirtió, antes del siglo xvm, en el centro de los festejos de Europa, el árbitro de la música, la reina de los teatros; Venecia inventó entonces, para sí misma y para los demás, la alegría, la dicha de vivir. El siglo de Tiépolo y de Goldoni sigue deslum ­ brándonos. Y esa industria de lujo sigue existiendo, para nuestro placer, no para la grandeza m aterial de la ciudad de san Marcos, que en la actua­ lidad es tan sólo un herm oso decorado. Así, Venecia olvidó las reglas del oficio capitalista. En el siglo xix ha­ bría podido acoger a la nueva industria, sentarse a la mesa del nuevo fes­ tín, como hicieron tantas otras ciudades. La fortuna que ella rechazó ali­ m entó a orillas de su laguna, enfrente, la ciudad industrial de M estrc, una especie de cáncer floreciente. A hora bien, habría podido ser ella la que fa­ bricara y dom inara Mestre, que es su suburbio a fin de cuentas; habría po­ dido acoger en su puerto o en otro puerto, próximo al suyo, ya que no le faltaba espacio, la fortuna de Trieste o incluso la de Génova. Habría po­ dido... pero los resortes necesarios para el triunfo m aterial no jugaron a su favor. Venecia miró cómo se forjaba, no forjó, la unidad italiana, esa oportunidad. G énova, por el contrario, su rival sem piterna, supo coger la ocasión al vuelo: de golpe, la vida m oderna la invadió, la sofocó y conti­ núa explotando en su espacio atestado, un espacio «futurista» donde las casas crecen como champiñones, apiñándose absurdam ente unas contra las otras y donde las autopistas se insinúan, aéreas, caiga quien caiga, al­

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rededor del estrecho cuerpo urbano como los brazos am enazadores de un pulpo.23 Egoístam ente, los am antes de Venecia se alegrarán de que su m aravi­ llosa ciudad tenga una supervivencia tranquila. En un terreno, Venecia ha perdido. En otro, ha ganado y nosotros con ella.

23. No he utilizado, para estas páginas, el excelente artículo de (íuy Antonctti, «Les relations franco-bataves et l’échec de l'emprunt frangais de Pan VIII», en Revue d'histoire économique et sacíale, 1975, n° 1.

Capítulo III LA HISTORIA D E FRANCIA INACABADA

I.

COLIGNY Y SU TIEMPO*

Era en la época en que Fernand Braudel, volviendo del Collége de France, decía: «Acabo de dar, por pura diversión, dos o tres cursos de his­ toria estrictamente evenemencial sobre Francia: tengo que confesar que es lo que más entusiasmo suscita». Sin duda animado por el m ism o talante, después de participar en el co­ loquio dedicado, en 1972, al almirante de Coligny, presentó esta conferen­ cia sobre la que sus oyentes se declararon sorprendidos.

Un historiador ve siempre el pasado a través de una concepción ge­ neral del mundo, complicada o sencilla, coherente o no, original o no. Es como un cristal, a veces deform ante, interpuesto entre el tiem po pasado y nosotros. Esto equivale a decir que los historiadores, nosotros, somos víc­ timas de algunas de nuestras elecciones. Personalm ente, me he ocupado sobre todo de historia económica y social, de destinos colectivos. Así que aquí me tienen, escasam ente cualificado para hablarles de G aspard de Coligny a quien esta conferencia está dedicada. ¿Seré capaz de hacerle justicia? ¿O, tal y como me temo, les decepcionaré? A nte cualquier personaje, cualquier destino individual, la historia, sea *

Intervención en el coloquio «El almirante de Coligny y su tiempo», París. 1972. Ac­

tas del coloquio, publicadas en 1974, pp. 21-29.

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cual sea, encuentra límites evidentes. ¿No iremos a creer que nuestro per­ sonaje es más libre, y por lo tanto más responsable de lo que fue? ¿No ire­ mos, al hablar de él, a hablar dem asiado de nosotros y de nuestro tiempo, incluso sin pretenderlo? Erasm o visto por Marcel Bataillon se parece mu­ cho en cualquier caso a Marcel Bataillon. Desde hace más de cuarenta años, vivo en compañía de Felipe II. Creo haber sido prudente al m ante­ nerm e a distancia de un hom bre en un principio difícil, aunque cada vez más tengo tendencia a disculparlo, sin duda con la pretensión de com ­ prenderlo a fuerza de verlo devuelto a la vida... Si al menos tuviésemos docum entos nuevos sobre el alm irante, pers­ pectivas inéditas. Pero no es este el caso. En cuanto a lo esencial, Michclet sabe casi tanto como nosotros; tanto como J.-H. Mariéjol; tanto como Lucien Romier. La dificultad más im portante no reside en la constitución o en la lectura del informe, sino en el alegato. Cada vez que se conm em o­ ra su m uerte, Coligny regresa a nosotros con insistencia. Y su m uerte nos causa torm ento y va a atorm entarnos siempre. Com o si los franceses de hoy y de m añana fuésemos para siem pre culpables, eternam ente respon­ sables. Ultim a vuelta, último ultimátum, 1872. Actual visita, 1972. Y el pro­ blema continúa siendo el mismo, no se ha movido un ápice. Tanto como de historia, se trata de moral, de una meditación dolorosa sobre nuestro propio país, sobre nosotros mismos. Y está bien, y es justo que así sea. No me cuesta por lo tanto adm itir que el libro del conde Jules Delaborde, hagiográfico a cara descubierta, publicado en 1878-1882, puede leerse con agrado —y con provecho— debido a lo extenso de su docu­ m entación y a sus respuestas. Todavía más, acepto que Michelct vea el dram a de nuestras (hierras de religión pegadito a sus flancos, como por encima del hom bro de Coligny, como si toda la historia de nuestro país gi­ rase entonces alrededor de él, de su valor, de sus arrebatos de desespera­ ción m ortal, de su voluntad inútil. No cabe duda que para escapar de tan­ ta ignominia activa, de tanta sangre derram ada, es necesario buscar refugio, o al menos la compañía de un hom bre al que sea posible am ar y respetar. Por lo demás, resultaría fácil citar otros ejemplos de diálogos electivos en el mismo sentido, son refugios útiles para historiadores de­ masiado sensibles. De todos modos, yo no quisiera dejarm e llevar por esta inercia, por natural que sea. Y que me tienta mucho. Una noche hablaba con Jean G uéhenno acerca de Péguy. G héhenno me decía que él aceptaba, que comprendía mejor la guerra civil, puesto que podía entender y vivía sus motivos, que la guerra extranjera. Yo adopté la postura inversa. Odio, está claro, como G uéhenno, tanto una guerra como la otra. Pero odio más si cabe la guerra civil que la otra. Después de una educación, bue­

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na o mala, pero que sufrí hasta el tuétano, que me preparó, antes de 1939, para aceptar la guerra extranjera, desde el día en que presentó su espantoso rostro. Ya se dan cuenta ustedes de que parezco preparado para com prender fácilmente, espontáneam ente a Coligny. La guerra civil rompe Francia. La guerra exterior contribuye a soldar sus pedazos, la m antiene cohesionada. Estoy a favor, espontáneam ente, de Coligny, de su política de salvación pública que le propone a su rey, el joven Carlos IX, tan pronto llega a la corte, en Blois, el 12 de septiem bre de 1571; consiste en unir a los france­ ses, católicos y protestantes, contra el Español, el enemigo hereditario; ese enemigo hereditario sin el cual, por otro lado, ninguna nación es capaz de sobrevivir. Pero dejemos esas conformidades. La historia que, a lo largo de estos veinte, treinta o cuarenta últimos años ha cam biado mucho, y que cambia sin cesar, no se presta al tipo de confusiones que más nos tienta. Hay que devolver, intentar devolver a G aspard de Coligny a su época, época que lo explica y que él explica. Intentar situarlo entre los demás hom bres será la forma de explicarlo, de em pezar a comprenderlo. Ir más lejos no siem­ pre será razonable.

El alm irante Coligny vivió en dos Francias sucesivas, tan diferentes una de otra como el día de la noche. A decir verdad, más que ningún es­ cenario político del mundo, al menos de Europa, Francia vivía entonces cambios bruscos y completos: antes y después de junio de 1940; antes y después de 1871; antes y después de 1815... Antes y después de la cesura, que puede parecer irrisoria, del tratado de Cateau-Cam brésis (2-3 de abril de 1559). El país cambia, tan rápido como un decorado teatral. El suelo se mue­ ve bajo nuestros pies. Ustedes ya no van a vivir, no van a pensar ya como pensaban ayer. Coligny, nacido en 1519, vivió hasta 1559 en una Francia para él ca­ rente de sorpresas, inmersa, para llegar a ser ella misma, para term inar de construirse, en una lucha a vida o m uerte contra el enorm e imperio de los Habsburgo, capaz de ahogarla en los repliegues de sus posesiones. El mis­ mo año en que nació Coligny, Carlos de España se convirtió en em pera­ dor del Santo Im perio Rom ano Germánico. Francia está rodeada y Euro­ pa (o si se prefiere la cristiandad) vio am enazadas sus libertades y su equilibrio. La pasión de nuestros reyes convertirá este largo com bate en una lucha sin cuartel. Digamos en cualquier caso que, en esta ardiente ri­ validad, Francia no carecía de ventajas desde todos los puntos de vista. Se encuentra en el corazón de las posesiones que la rodean y la rodean mal.

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El camino de los Países Bajos está cerrado para ella, pero la puerta de Ita­ lia vuelve a estar abierta desde la ocupación, en 1536, de Saboya y el Piam onte. Y sobre todo la Francia de los Valois, según las velocidades del tiempo, es un territorio inmenso. Ni en 1544, ni en 1557, el enemigo pudo avanzar hasta París. La guerra, en realidad, está condenada a ser periféri­ ca, ineficaz, om nipresente, irritante. Por último, en medio de peligros so­ breestim ados pero reales, la Francia m onárquica encuentra su justifica­ ción. Lo mismo sucede con la vida activa, que empieza para Coligny, en 1542, con una cam paña hacia Luxemburgo en el transcurso de la cual re­ cibe la prim era de sus muchas heridas. Coligny, que eligió la carrera de armas, forma parte de la tradición ya casi secular de su familia. A lrededor de 1460, su abuelo, Jean III de Co­ ligny echa raíces con su familia en Chátillon-sur-Loing. Dicha familia era originaria de la Bresse, esa estrecha región entre Coligny, Pont-d'A in y el Reverm ont (es decir, el borde del Jura). Desde Coligny, que todavía hoy es un gran burgo y que conozco bien por haberlo cruzado con frecuencia en compañía de Lucien Febvre, tiren una línea hasta Chátillon-sur-Loing, en realidad hasta el corazón de Francia, es como si dibujasen el eje desde entonces ya determ inado de los Coligny, abandonando las marcas del Este, sustrayéndose de un pasado «feudal», escapándose de la proximidad y del control de la Saboya, para situarse en la órbita y al servicio del rey de Francia. I I padre del alm irante, G aspard de Coligny, mariscal de Fran­ cia, contrajo m atrim onio con Louise de M ontm orency, la herm ana del to­ dopoderoso condestable, uno de los señores del gobierno durante los rei­ nados de Francisco I y Enrique II. Con buenas dotes, y habiendo dem ostrado muy pronto sus deslum ­ brantes m éritos y servicios, favorecido por la mano dem asiado vigorosa de su tío, Anne de M ontmorency, G aspard de Coligny recibiría toda una serie de honores. En 1547, con veintiocho años, se convierte en coronel general de la infantería francesa; en 1551, es gobernador de París y de la Ilc-deFrance, y tiene treinta y tres años; el 11 de noviem bre de 1552, a los trein­ ta y cuatro, es alm irante de Francia y presta juram ento ante el Parlam en­ to de París, el 12 de enero de 1553. El 27 de junio de 1555 lo vemos como gobernador en Picardía. Esta última función, de tanta responsabilidad será una de las más im portantes, tal ve/ de las más reveladoras de su carrera. El Sommc con sus líneas de agua, sus pantanos, sus estrechas ciudades-forta­ leza, es la frontera del Reino, su frontera am enazada, en la medida en que, a escasa distancia,cubre París. Nuestros enem igos,desde 1544 al m en o sc a ­ ben que ahí está la posibilidad de sorprender la defensa francesa, abierta según un vasto abanico de la Manga hasta más allá de los Alpes. Coligny visitó una y otra ve/ volviendo a poner en buen estado o en alerta las atalayas y a los centinelas del valle del Somme. El es adem ás el

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hom bre de las tareas silenciosas, útiles, sin brillo: ocuparse del avitualla­ miento, restablecer la disciplina, había sido una de sus preocupaciones y por ello fue el responsable de la ordenanza de Blois (20 de marzo de 1551), una especie de «código militar». Enérgico, m eticuloso y paciente, Coligny se m uestra siempre dispues­ to a sacrificarse. La ocasión le llega inopinadam ente. En agosto de 1557, el ejército español de los Países Bajos, al m ando de Filiberto de Saboya, se lanza bruscam ente sobre San Quintín. Coligny, en la noche del 3 al 4 de agosto, se lanza a la plaza con algunas tropas. Pero quién no conoce lo que ocurrió: se ocupa la plaza, el ejército de auxilio al m ando del condestable de M ontm orency es aplastado delante de la ciudad (10 de agosto de 1557). El alm irante resiste en la plaza hasta el 17 de agosto, plantándole cara al enemigo durante dos semanas patéticas, a pesar de la debilidad de sus fuerzas y de una población hostil que se niega a actuar útilmente. Para él, eso significa la am argura de la derrota y de la cárcel. Su herm ano D ’Andelot, después de la rendición de la ciudad, consigue evadirse atra­ vesando los pantanos, «con el agua hasta el cuello», con peligro de morir ahogado. Pero él conocía, porque lo había probado, la dureza del cautive­ rio en manos de los españoles. En aquel año de 1557, no solam ente el destino de Coligny cambió, sino el de Francia en tera... Aunque nada está perdido, todo está, sin em ­ bargo, com prom etido en aquel verano de 1557. Francisco de Guisa, en 1558, conquistará Calais. El adversario está tan cansado como nosotros mismos. Las pesadas m aquinarias políticas se re­ sienten tanto si no más que las medianas; España más que Francia. Cier­ tam ente se habrían podido obtener unas condiciones bastantes buenas, in­ cluso el statu quo, como durante la tregua de Vaucelles (5 de junio de 1556). El tratado de Cateau-Cam brésis (2-3 de abril de 1559) sólo parece más absurdo. Francia liquidará entonces de una vez su grandeza exterior. A cambio de la devolución de algunas plazas en la línea del Somme, a cambio de la cesión, en principio por ocho años, del recuperado Calais, abandonaba la Bresse, Bugey, Saboya, Piamonte. Eso significa renunciar a Italia como se renuncia a un paraíso. Y el reino de Francia quedaba des­ m antelado. A hora bien, eso ocurrió por culpa de Enrique II. El rey, preo­ cupado por el aum ento de la herejía, quiere dirigir todas sus fuerzas con­ tra el peligro interior. E ntre Felipe II y Enrique II, entre el Muy Cristiano y el Muy Católico, el más católico era entonces el rey de Francia, como bien afirma Lucien Romier. De golpe, toda Francia cambia. Lo que se aleja, por hablar como La Noue, es «el tiem po de Enrique el Bien Am ado», «la época de la última belleza y esplendor de Francia». Com prendem os esos lenguajes, esas imá­ genes que desaparecen.

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Pero, en fin, esta Francia m onárquica que tuvo (y seguirá teniendo) a Coligny como servidor entusiasta no es el clan voraz de los M ontmorency, no la ha construido el almirante. Por sus verdaderas raíces, esta Francia, que cose juntos los diferentes pedazos de su tapiz, se rem onta a Carlos VII, a Luis XI, sin duda más alto aún. Devoto del príncipe, atrapado en cuerpo y alma dentro de esta inmensa y larga em presa a reiniciar sin fin, Coligny fue, desde su puesto de peligro y de honor, uno de aquellos m u­ chos soldados del rey y señores de Francia, que pasan el invierno en sus castillos y con sus familias, y que cada prim avera, o casi, se unen a los ejér­ citos. En esos ir y volver, emplean, gastan sus vidas.

Tampoco el alm irante es responsable de esta nueva Francia que se consolida después de 1559, y se perfila a la luz del día, la Francia de la Re­ forma y pronto de nuestras guerras de Religión. La Reforma es una revolución que viene de lejos, de más lejos de lo que habitualm ente se cree; empieza antes incluso de que intervengan nuestros héroes, antes de Lutero, antes de Calvino, a partir de 1450. A m e­ diados del siglo xv Occidente experim enta un retorno a la vida pacífica y en todas partes hierven y crecen las aguas religiosas. Estos tiempos lla­ mados de la Prc-R eform a son «tiempos inquietos», como los llamaba Lu­ d en Febvrc. Toda la cristiandad se entrega a una prim avera que la ato r­ m enta. D urante mucho tiempo, la Reform a se busca, más tarde se form ulará y se definirá. Pero durante mucho tiempo le faltó un rostro pre­ ciso, esa línea nítida según la cual habría que, sería posible, elegir. Probablem ente hoy vivimos una revolución cultural, tam bién venida de lejos, y que se caracteriza por pequeños acontecim ientos o episodios que nosotros juzgamos uno detrás de otro, sin reunirlos en un conjunto, a veces sin prestarles dem asiada atención. ¿Estam os a favor? ¿Estam os en contra? Se nos dirá ¿de qué, contra qué? Coligny se ve rodeado por la Reform a antes que otros, debido a su madre, a su prim era m ujer C harlotte de Laval, y a su herm ano d ’Andelot. El cautiverio le perm ite ver claro en sí mismo. «Dios, como dirá Calvino, le habló al oído», pero sin duda él ya hacía años que estaba dispuesto a acogerlo. En realidad, alrededor del año 1534 —el año de los Carteles— Fran­ cia entera fue alcanzada por la Reforma. No hubo entonces una ciudad, un burgo, y sin duda tam poco una persona que no resultaran im presiona­ dos, alertados, rozados por aquel inmenso movimiento. No todos cobraron rápidam ente conciencia del dram a que se estaba preparando y que no tar­ daría en explotar. El mapa de la penetración de la Reform a en Francia lo levantó hace

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más de veinte años un alum no de Lucien Febvre. Este mapa sigue aún inédito (sin duda está incluso irrem ediablem ente perdido) y en él se se­ ñala su propagación más o menos rápida según las regiones, algunas hos­ tiles, Picardía, Cham paña, Borgoña y, antes de este m uro de defensa, otro m uro de defensa hostil, la Lorena; había otras regiones abiertas, recepti­ vas. El rasgo más curioso, y el último que yo señalaré, es ese papel de trán­ sito que desem peñó el valle del Sena, como si hubiese sido para todo el Reino la gran puerta de entrada y de difusión. Evidentem ente, nada nos dice qué habría pasado si, en su lucha con­ tra España, Francisco I hubiese optado muy pronto por la Reforma. Al no optar por ella, no pudiendo elegirla, la política real quedó sumida en una ambigüedad congénita de la que ya nunca saldría, pues era católica den­ tro del reino m ientras en el exterior luchaba contra el catolicismo mili­ tante que tenía en España a su cam peona interesada. Desde luego que los protestantes de los tiem pos de Francisco 1 y de Enrique II abordaron, sin saber lo que les depararía con antelación, su futuro. No eran revoluciona­ rios lúcidos como los com pañeros de Lenin que hicieron la revolución de 1917. Lo que los protestantes de la prim era hornada reclam aban no era el poder sino la libertad de conciencia, la felicidad de creer con libertad. No hicieron reivindicaciones en el terreno político sino tardíam ente, con Co­ ligny. Dem asiado tarde, sin duda. R eelaborar la historia implica practicar la ucrania; no es un esfuerzo baldío, pero no cambia nada de lo que ya sucedió de m anera irreversible. Podemos preguntarnos si una de las debilidades del partido protestante no fue el situar a su cabeza a príncipes de sangre, fundam entalm ente preocu­ pados por sí mismos, como el espantoso A ntoinc de Bourbon, el inconse­ cuente príncipe de Condé. Coligny no llegó a ser jefe del partido protes­ tante hasta después de la m uerte en condiciones dram áticas de este último, el príncipe Condé, en el campo de batalla de Jarnac, el 13 de marzo de 1569. Herencia, prom oción decepcionante. Muy poco tiem po después del desastre de M oncontour (3 de octubre de 1569), el ejército protestante ya no existía. El alm irante, herido, conduce sus restos hacia el sur. Esta terce­ ra guerra de religión continuará en medio de peripecias atroces, grandio­ sas; verdaderam ente, qué cantidad de extorsiones, de matanzas, de ahorca­ mientos, de ciudades asaltadas y saqueadas. Es el viaje al final de la noche. Por fin, después del edicto de pacificación de Saint-Germ ain del S de agosto de 1570, Coligny se retira a su casa, prim ero en Chatillon-surLoing, luego a La Rochelle, donde se reúne con sus padres. Perm anece allí durante una buena tem porada. No aparece por la corte hasta el 12 de septiem bre de 1571, después de más de un año de apartam iento. Y cuando llega a la corte, se ve solicitado por el rey, y hasta por Catalina de Médicis.

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Su política y sus proyectos triunfan, despiertan el entusiasm o del jo ­ ven rey: todos los franceses unidos lucharán contra España. Carlos IX es­ cribe a Du Ferrier, su representante en Venecia, que «el principal hecho que yo esperaba de su llegada [la llegada del almirante] empieza ya a re­ toñar». Una especie de prim avera marca el entendim iento entre el rey y Coligny. El 13 de diciembre de 1571, desde Chátillon, donde pasa algunos días de descanso, Coligny escribe al rey: «Siempre preferiré lo público y el servicio a Vuestra M ajestad que mi interés particular». La política que preconiza el alm irante, la reconciliación de los france­ ses contra los españoles, es una política razonable, al alcance de la mano. El 1 de abril de 1572, los gueux de la m er [mendigos del mar] tom an Brielle en la isla de Voorn, en la em bocadura del Meusa. El 19 de abril se crea la liga franco-inglesa. Los días 24 y 29 de mayo, Ludovico de Nassau, her­ m ano del príncipe de Orange, se apodera de Mons y de Valenciennes. El incendio em pezaba a arder. La política de Coligny tenía tam bién muchos adversarios. El ejército del duque de Alba, acam pado en los Países Bajos, el más tem ible por su potencia de fuego entre todos los ejércitos de E u­ ropa, aunque no puede nada contra las victorias de los gueux (en definiti­ va carecía de cobertura m arítim a), sí puede hacer mucho contra los ad­ versarios terrestres. El duque 110 tarda en recuperar Valenciennes, asedia Mons, el 17 de junio destruye el apoyo francés que llega a través de (Jenlis para liberar a los asediados. Estos, sin embargo, resisten hasta el 19 de septiem bre, casi un mes después de la noche de San Bartolomé. Estos acontecimientos, incluido el desastre de Genlis, no eran catas­ tróficos. Com plicaron la labor del alm irante pero no le impidieron actuar ni defenderse. Nos parece que estam os oyéndole hablar, m ientras presen­ ta su defensa, exponiendo sus sueños: «Em plear a la nación belicosa en las tierras de otros», «la guerra se hace con hierro y no con oro», «los france­ ses ya no tiemblan como antaño al oír el sonido de los tambores, ahora bailan...», los que impiden la guerra contra España tienen «una cruz roja en el vientre (la Cruz de España)». Coligny ve cómo llega la torm enta. Ve­ amos una de sus frases, discutible como todas las frases históricas. Poco antes de morir, Coligny repetía: «Confío en mi Rey y en su palabra. De otro m odo el vivir en tales alarmas, no sería vivir. Es m ejor m orir con bra­ vura que vivir cien años en paz». Y no trató de ponerse a salvo. No term inam os de explicar, de tom ar la medida de nuestros proble­ mas. Explicar, quizá para no tener que juzgar. En efecto, me gustaría abs­ tenerm e de juzgar, en la medida de lo posible, a los actores trágicos del 24 de agosto de 1572, en el punto álgido de un verano maldito. Incluso a los Guisa, héroes implacables em briagados por el vino de la venganza. Inclu­ so a Catalina de Médicis — ¡y a pesar de todo! Pero cuando la florentina se mueve, toda la m aquinaria m onárquica vacila. Sólo ella hubiese cedido.

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Seguram ente Carlos IX. ¿Cóm o valorar esos odios estructurados, esos en­ granajes maléficos de la política y del miedo? Yo no vacilaría en declarar inocente a Felipe II en su lejano Escorial. Sé perfectam ente que con ello contradigo a Michelet, sé que ningún ex­ pediente es perentorio. Pero lo esencial del expediente español estaba ayer en la serie K de nuestros Archivos Nacionales. Los docum entos le fueron devueltos a España, pero nosotros conservamos un microfilm per­ fecto. ¡Que vayan los escépticos y lo lean! Para acabar, dirigiría mi acusación a los años posteriores a 1559, años de coyuntura económica desapacible hasta cerca de 1575. Siempre mal consejero, el m arasm o económico influyó lo suyo. Por último, creo que el punto de inflexión de la historia del m undo no fue la noche sangrienta, fue el año 1580, cuando, con la conquista españo­ la de Portugal, se desata la lucha por la suprem acía en el O céano... ¡Des­ pués del M editerráneo, el Océano! Una vez tom am os nuestras distancias, vemos cómo se dibuja un pai­ saje en donde el hom bre corre el peligro de desaparecer. Entonces volva­ mos a leer a Michelet. Y en este dilatado paisaje, Coligny vuelve a ocupar su lugar y no deja de crecer: «Su sangre —dice M ichelet— no se derram ó en vano»; su final atroz obliga a los franceses a volver cada cien años a él, a su persona, a su existencia ejemplar.

II.

EN FRANCIA, EL RECHAZO DE LA REFORMA*

Este texto corresponde a la época en que el pensamiento de Fernand Braudel se volvió hacia Francia. Sus reflexiones sobre el protestantismo francés, cuyo eco encontramos en la G ram m aire des civilisations, tenían su lugar natural en el capítulo que debía dedicar a la civilización en L’identité de la Franco. Disponemos de algunos fragmentos de dicho capítulo es­ critos en septiembre de 1985, poco tiempo antes de morir, y a sabiendas de que se trata de borradores en una primera redacción, hemos decidido p u ­ blicarlos (cf. infra, pp. 450-461).

Este breve estudio es un alegato inusual, con sus ventajas — los de un punto de vista novedoso— y sus inconvenientes, pues un alegato abre un debate y no pretende cerrarlo. A ntes de entrar en ello, me parece útil adoptar algunas precauciones y especificar la problem ática a elegir.Todas las realidades y el proceso del hecho «religioso», al situarse en el corazón del ám bito cultural, se som e­ ten en principio a las reglas simplificadoras de un universo particular (las civilizaciones y las culturas), lo bastante original para tener si no leyes —sería dem asiado bonito— , al menos sus reglas tendenciales. En realidad, civilizaciones y culturas viven, como el conjunto de la historia vivida, en el tiempo corto y en el tiem po largo e incluso muy largo. En las páginas que siguen trataré de privilegiar, dejando de lado el tiem po corto, siempre dis­ cutido, la larga duración. Nos condenará a rebasar o a descartar los acon­ tecimientos, los episodios, las circunstancias, los m omentos patéticos que dejo de lado, por cierto, sin especial placer. * Contribución inédita en francés a los Métanges Trevor Roper, 1981. Archivos Fer­ nand Braudel.

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Los derechos de la larga duración son obvios: la Reform a no em pie­ za, por im portante que sea el hecho, cuando en W ittenberg, el 31 de octu­ bre de 1517, en víspera de Todos los Santos, Lutero cuelga sus propuestas en las puertas de la Schlosskirche. Como tam poco term ina, en Francia, con la promulgación (1598) o la revocación (1685) del edicto de Nantes. A n­ tes de 1517 transcurrieron los muy interesantes y largos años de la Pre-Re­ form a, expresión que por cierto no me gusta demasiado; pues, después de todo, la Pre-Reforma ¿no es infiel a su propio nom bre, puesto que condu­ ce a la vez a la Reform a protestante y a la C ontrarreform a católica? En un libro que no tuvo tiem po de escribir, Lucien Febvre se proponía ha­ blar, en lugar de Pre-Reforma, de Tiempos inquietos, y situaba sus inicios más evidentes hacia 1450. Es una expresión que he utilizado mucho y que me gusta mucho. Sin embargo, la preocupación, la angustia, ¿realm ente hi­ cieron valer más sus derechos sobre esta segunda mitad del siglo xvi, cuando Occidente, después de los tumultos, crisis y desastres de la guerra de los Cien Años, estaba viviendo una pujanza sostenida, un verdadero re­ nacim iento biológico, una innegable alegría de vivir, como si una oleada prim averal, universal, de aguas religiosas, lo anegara? En realidad, la R e­ forma ya está ahí, en potencia, elaborándose, más de medio siglo antes de Lutero. Y si sólo consideram os a Francia, ¿direm os que el destino de la Reform a se decidió en 1598? ¿O en 1685? ¿O bien en 1735, cuando el úl­ timo condenado a galeras por ser protestante fue liberado? ¿O incluso en 1787, cuando Luis XVI concede un estado civil a los protestantes que has­ ta entonces carecían por com pleto de él? ¿O incluso en 1980, cuando se estima en dos millones de fieles los efectivos del protestantism o francés? En el tiem po corto, las civilizaciones, que tienen un apetito ilimitado, no dejan, o casi no dejan, de aceptar todos los «bienes», en piezas separa­ das, que sus vecinos proponen o que pasan a su alcance; en el tiem po lar­ go, generalm ente hay adaptación: las aceptaciones definitivas y los recha­ zos categóricos son escasos, e incluso escasísimos. Y, en cada ocasión, aceptar o negar de forma masiva supone para una cultura definirse hasta lo más recóndito de sí misma. La Galia conquistada aceptó a Roma y se vio transform ada por esta aceptación para los siglos futuros; la Francia m oderna, por su parte, rechazó la Reform a, se definió de golpe, se afirmó. Sí, pero ¿por qué razones? ¿En qué circunstancias?

Puesto que un rechazo de tal naturaleza viene de las profundidades, sólo conseguiremos establecerlo descartando la habitual historia de su­ perficies brillantes —esto es, al cabo de una larga operación. Pero quizás, al elegir nuestros cortes, nuestros sondeos, podrem os avanzar con relativa rapidez, especialm ente porque 1& ucronía (la palabra y la cosa fueron in­

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ventadas por Charles Rém usat, en 1876) nos ofrece sus servicios y sus co­ modidades. No cabe duda que es una mala costum bre reelaborar así la historia, en sentido contrario al que fue su curso, cam biar de ese modo los acontecim ientos im portantes para calcular qué pudo haber ocurrido. Pero el juego, para ser ilusorio, no es inútil, pues a su m anera perm ite realizar una evaluación de los acontecimientos, los episodios, los actores que se creyeron o a los que creimos responsables del futuro entero de la historia. ¿H abrían podido, o no, ser diferentes? De modo que la explosión de W ittenberg, el 31 de octubre de 1517, a pesar de su fuerza, no desata el gran proceso de la Reform a sino en la m e­ dida en que el papa León X condena al monje agustino. No es una fanta­ sía exagerada pensar que habría podido buscar una solución de com pro­ miso, pues la tradición de la Iglesia no es hostil a este tipo de respuestas, e incluso se mueve en una perpetua necesidad de aggiornamento, una in­ sistente reformado ecclesiae que se renueva continuam ente. A esta nece­ sidad de novedad, de acomodación, de imaginación creativa, la Iglesia puede decir no, o sí. Bien le dijo sí a san Francisco de Asís y a las órdenes mendicantes. Los historiadores actuales, que ya han superado las pasiones del pasado, reconocen que «los herm anos enemigos estaban a veces, en sus actitudes, en sus m étodos e incluso en sus doctrinas más cerca de lo que unos y otros llegaban a im aginar...» (Jean Delum eau). Aunque la re­ vuelta protestante desgarró «el m anto sin costuras de la Iglesia», ¿no puso en duda al reino de Cristo, de Dios hecho hom bre, pues lo esencial del mensaje cristiano quedó con ello a salvo? Por lo demás, la verdadera rup­ tura de Lutero con Roma no se produjo antes de 1520, después de muchas negociaciones. Desde entonces la suerte está echada: en abril de 1521, en el Reichstag de Worms, Lutero com parece ante Carlos V, que era por en ­ tonces un hom bre joven. Pero ese hom bre joven es ya, y seguirá siéndolo luego, un príncipe de la tradición, respetuoso con lo que se hizo y se pen­ só antes de él. ¿Cóm o iba a dejarse seducir por la novedad dram ática, por un determ inado futuro ya reconocible? En Francia, la hora de la verdad tardará más en llegar. En su prim er im pacto revolucionario, la Reform a sigue siendo exterior a las fronteras francesas y lentam ente impregna el vasto reino. No será hasta cerca de los años de 1534-1535, mucho tiem po después del estallido de W ittenberg, cuando toda Francia se vea afectada por las nuevas ideas; una cartografía atenta da fe de ello sin réplica posible: las ideas luteranas circularon en sus desplazam ientos siguiendo los grandes ejes de la circulación francesa, ante todo el Sena y el cauce del Ródano, pues, hacia el este, la Picardía, la Cham paña, la Lorena todavía no francesa y la Borgoña forman una enor­ me pantalla hostil, difícil de franquear. ¿El protestantism o pudo llegar a Francia por las rutas del mar del Norte y de la Mancha, tom ando del re­

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vés la zona protectora de las provincias del este? En todo caso, entre 1534 y 1535, no hay una ciudad, un burgo, un camino de Francia en donde el protestantism o no haya dejado huella de su paso. Si bien es cierto que no todo fue conquistado, todo quedó en cambio tocado, iluminado. No obstante, en aquellos años los dos campos todavía no se diferen­ cian de forma precisa. En la inmensidad del reino, donde la vida antigua sigue su ritmo habitual, donde la inercia es una fuerza dom inante, todos se encuentran aún iluminados por una luz ambigua, el Zwielichí de la len­ gua alem ana, el francés lo llama media luz o, más prosaicam ente, entre dos luces. Toda la sociedad consciente se ve tentada, está atenta y vacilante. Francisco I al que nos gusta ver bajo la luz dem asiado herm osa del Rena­ cimiento, es el ejem plo vivo y, en cierto modo, temible de esta vacilación, de esta incertidumbre. Cerca de él está su herm ana, la adorable, la adm i­ rable M argarita de las Margaritas, que desde 1526 m antiene contacto con los hum anistas y los reformistas. A lrededor de ella hay proyectos, nove­ dades, nouvelletez, puertas y caminos abiertos... Se trata por tanto de todo un dram a, cuando en 1527 ella se casa con el rey de Navarra y de gol­ pe se ve exiliada de la corte, privada, en realidad, de lo mejor de su in­ fluencia. Pero el rey carece de libertad de acción, ni su corazón ni su m en­ te dejan de verse divididos ante la novedad. Liberado de su cárcel española en 1526, dejó tras de sí a sus dos hijos que quedan como rehenes del enemigo. Sólo quedará tranquilo, libre de este asunto, tras la paz de las Dam as (1529). Y de todos modos, ¿cómo podría seguir adelante, cómo no iba a prestar oídos a un viejo «reaccionario» como el canciller Duprat (que moriría en 1535), dejar de ver la hostilidad venenosa y en ascuas de la Sorbona, contrariar al aparato monárquico, olvidar que el Concordato de 1516 le entregó la Iglesia de Francia que, en justa compensación, con­ virtió al Rey Muy Cristiano en prisionero o casi prisionero del alto clero? De todos modos, en esta época el protestantism o todavía no ha asu­ mido el rostro implacable de Calvino, que no llegó a erigirse en dueño y señor de G inebra hasta después de 1538. Hacia 1530 se conocen incluso muchas figuras tranquilizadoras: la generosa de Zuinglio; la «amable y piadosa» de M elanchthon... Más todavía, en 1532, Enrique VIII de Ingla­ terra le ofrece a Francisco I una alianza «protestante en suma», que ha­ bría de acudir en apoyo, en Alemania, de los príncipes reform ados de Smalkalda. Entre «izquierda y derecha», son palabras de Michelet, Fran­ cisco I vacila, flota, no se com prom ete... ¿Quizá porque elegir la Refor­ ma, o parecer que la elige, supone perder acto seguido a Italia, tenerla en contra? Significa renunciar a unos proyectos, a unos sueños, a «humos», pero tam bién los humos cuentan. «El vulgo —anota un coetáneo— no com prende las razones de la conducta del rey. Es cierto, en mi opinión, que no está mal dispuesto hacia el Evangelio. Si lo disimula es porque no

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puede actuar de modo distinto a causa del clero de su reino. Esperen so­ lam ente a que haya obtenido las partes de Italia que desea y ya verán lo que queda de su amistad con el papa y con los papistas.» ¿Tiene razón este contem poráneo? ¿H asta ese punto Francisco I estuvo interesado en Ita­ lia? Es posible, aunque la idea fija de su vida es la lucha contra el em pe­ rador, contra Cesare como lo llaman los em bajadores de las ciudades de Italia. A hora bien, pongám onos en el nivel fácil de la ucronía, ¡qué acto con consecuencias más amplias y que afecte directam ente al em perador puede haber que una adhesión o una concesión respecto a la Reforma! Si fuese posible em pezar de nuevo la historia vivida, como en un laborato­ rio se repite, según interese, el experim ento realizado, qué herm oso tema de m editación nos ofrecería una Francia que se inclinase sin guerras, casi amigablem ente, según el capricho del rey, por el protestantism o. Una vez dada la media vuelta, la historia de Francia hubiese sido com pletam ente distinta, y con ella, la historia entera de Europa. En todo caso, yo dudo que la m onarquía haya sido, antes y durante nuestras guerras tic Religión, el árbitro, el m aestro de juegos. Incluso en aquellos años que considero, en resumidas cuentas, como fáciles, el rey hu­ biese necesitado una voluntad de la que carecía para impedir que la m a­ quinaria represiva se pusiese en marcha. El engranaje gira por sí solo. En la noche del 17 al 18 de octubre de 1534, se fijan carteles en París, en Orleáns, en Blois y en Amboise, donde se encuentra Francisco I, en la puer­ ta misma de su habitación. I I contenido de los carteles es de una extrem a violencia, pues en ellos se denuncia «la pom posa y orgullosa misa papal», y todo «el tiem po (que se] dedica a campanilleos, disfraces y tales formas de brujerías». ¿lis posible creer, prosigue el texto incendiario, en la transubstanciación, como si Jesucristo estuviese «bajo los accidentes del pan y del vino, escondido y envuelto...»? Como vemos, la violencia ya irrumpe en escena antes de que Calvino aparezca... ¿Cóm o no iba a resultar in­ fluida, contrariada e incluso abortada, la voluble política de Francisco I, cuando la violencia atraviesa la Europa cristiana y encuentra su apoteosis en el apocalipsis de los disturbios anabaptistas, en M ünster (1534-1535)? Iras los carteles, se desata la represión, arden las hogueras, los protes­ tantes am enazados toman sus precauciones y abandonan el reino. Entre los fugitivos está M arot, ya detenido en 1521 y 1532, de modo que huye a la corte de Navarra, luego a Ferrara donde se encuentra con Calvino, tam ­ bién fugitivo. ¿Está todo decidido? No, en 1535 la edición latina de la Institución cristiana de ('alvino, publicada en Basilea, viene precedida de una dedica­ toria al rey. Sin em bargo en 1562 em pezará el dram a de las largas guerras de R e­ ligión. Si yo tuviese el talento de ( laude M anceron y su arte para «cruzar»

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las biografías de los personajes contem poráneos, haría un prim er flash: Francisco I participando, después de los Carteles, en la procesión expiato­ ria que recorrió París en enero de 1535; luego un segundo flash: Calvino y M arot se encuentran en Ferrara... Pero me detengo. No cuesta imaginar, por supuesto, lo que podría ser, con la extensión cronológica necesaria, una historia como esa, en imágenes vivas, dispuestas en una larga serie, que irían hasta Enrique IV, Luis XIII, Luis XIV e incluso Luis X V I... Es­ tas son las historias que se nos cuenta con cierta regularidad, el narrador cambia pero el relato sigue siendo el hilo conductor. No digo que esas his­ torias, que esas m icroobservaciones carezcan de importancia. Nos ense­ ñan, conforme avanzan, muchas cosas; toman en consideración hechos nuevos, detalles hasta entonces inéditos. Pero las grandes cuestiones que plantea el destino de la Reform a en Francia están mal planteadas, o insu­ ficientemente desarrolladas, a veces insospechadas. ¿Q ué ocurre detrás de la política del rey?

Nadie cree ya en el valor de la tesis rápida de Engels, según el cual la Reform a fue en cierta medida una «revolución burguesa», entiéndase de segunda zona, y en cierto sentido la consecuencia, después de 1450 y de 1500, de la creación de las nuevas estructuras del capitalismo. Esta expli­ cación ha sido fácilm ente contestada, pero eso no quiere decir que la his­ toria social y la historia económica no hubiesen participado en el destino m ultiforme de la Reforma. Para Francia, el largo periodo de nuestras guerras de Religión (15621598) coincidió, en térm inos generales, con una cierta buena salud de nuestra economía, gracias a lo cual Francia pudo alim entar esas guerras interminables, soportar la destrucción que causaban y sus gastos eviden­ tes. Francia fue, como la Alem ania de la guerra de los Treinta Años, el punto de encuentro de los m ercenarios de Europa, principalm ente de los cantones suizos y de Alemania. La paz de Augsburgo, en 1555, una espe­ cie de Edicto de N antes avant la leítre, restableció la calma en el interior de los países alem anes; m ientras que, en la lejana frontera de Hungría, la tregua, concluida en 1568 y renovada a continuación, tan sólo dejó subsis­ tir esporádicam ente la guerra; las hostilidades no se reanudaron hasta 1593 y concluyen en 1606... Estas fechas son importantes, pues explican la gran cantidad de m ercenarios alem anes ociosos que, avanzando regular­ m ente por la Lorena y la Cham paña, participan incesantem ente en las guerras francesas. H asta 1593 al menos, pues entonces se produce por una parte un cambio en la coyuntura económica —surgen los años malos— y por otra parte el dificultoso reclutam iento de soldados en Alemania. Por lo tanto se trata de hechos importantes. Seguram ente más im portantes

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que el papel prestado a los subsidios españoles. Ya lo he dicho y lo repito sin duda inútilmente: la noche de San Bartolom é (24 de agosto de 1572) no se explica por las intrigas del enemigo del sur. Del mismo modo, más adelante, los miembros de la Liga [ligueurs|* —disponem os de la relación de los escasos subsidios españoles— no se vendieron a España, se en tre­ garon a sus propias pasiones. Esta explicación, que establecen los docu­ m entos de Simancas y que, después de todo, debería satisfacer un orgullo retrospectivo de los franceses, no consiguió interesar o convencer a la tro­ pa de los historiadores tradicionales. O tro aspecto de la coyuntura europea, el más im portante sin duda, fueron las repercusiones del tratado de Cateau-Cam brésis por el cual, en 1559, Enrique II abandonó las conquistas italianas para dirigir sus esfuer­ zos contra los reform ados del reino. En esta época, como explica el histo­ riador Lucien Rom ier, el verdadero «rey católico» no era Felipe II, el rey de España, sino el rey de Francia. El abandono de Italia suscitó reclam a­ ciones más que intensas entre las tropas francesas y los jefes que lo con­ denan en el Piamonte. Evidentem ente, en 1559, la realeza francesa ya no m antenía su antigua postura de vacilación, de estar por encima del con­ flicto. Con Enrique II, tom a partido. Pero lo importante, junto con el re­ greso de la paz, es la desmovilización de la nobleza al servicio de los ejér­ citos del rey. Para ella la norm a había sido pasar el invierno en su s tierras en Francia y la estación cálida guerreando en Italia. lista desmovilización entraña una crisis social bastante grave, y la pequeña nobleza, que estaba en paro según diríamos hoy, desmovilizada, proporciona su s cuadros mili­ tares a la revuelta protestante. En cuanto a la burguesía, aunque resulta difícil creer en su empuje re­ volucionario, causante de la prim era oleada capitalista, es cierto que a principios del siglo xvi, el bajo clero acogió profusam ente a las nuevas ideas, igual que el bajo clero de 1789 acogería la Revolución que se estaba gestando. A finales de siglo, en cambio, el mismo bajo clero se declara con­ trario a la Reform a, como sucede en París, de 1588 a 1594, donde el último y vigoroso libro de A rlettc Lebigre cuenta lo que fue la Revolución de los curas: una revolución feroz, desatada contra el rey y contra los hugonotes. Más significativa aún es la actitud de la muy brillante élite intelectual —que a decir verdad no era ni nobleza ni burguesía— que dom inó Fran­ cia social y políticamente a lo largo de todo el siglo xvi, que profesó en to­ dos los terrenos una tolerancia y un escepticismo ilustrados, al estilo de M ontaigne, renovando en profundidad los sistemas educativos, apartando a la Iglesia en favor de los m aestros laicos. Estos hombres, a los que des­ * Ligueur: miembro partidario do la Santa Liga o Santa Unión creada a raí/ de la Paz de Monsieur para combatir a la Unión Calvinista. (N. de la T.)

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cribe el libro reciente de George H uppert (Les Bourgeois gentilshommes, 1977) son los hijos, los herederos de las corrientes humanistas. Todos fue­ ron sim patizantes de la reform a evangélica. Y sin embargo, en su inmensa m ayoría, se apartaron del protestantism o a medida que éste se identifica­ ba con la guerra civil, la destrucción del Estado y de la Iglesia en tanto que institución, es decir, del indispensable orden público. Acusados por Calvi­ no de oportunism o, denunciados por los jesuitas como falsos católicos, fue­ ron ellos los que integraron las filas activas de lo que dará en llamarse los Políticos: contribuyeron a acabar con la guerra religiosa, luchando contra esas tropas «of psalm-singing shop clerks who were prcpared to kill and burn in the ñam e of the Lord», como escribió H uppert. No por ello deja­ ron de ser fieles a su ideal, al margen de la reacción que se implantó con el G ran Siglo, y se encontrarán, voluntariam ente o no, apartados del poder. En resum en, por debajo de los acontecim ientos actuaban grandes fuerzas sociales. Fuerzas que alim entaron nuestras guerras de Religión y trabajaron tam bién en su extinción para, finalmente, lograr que la R efor­ ma fracasara en Francia.

Pero ¿por qué Francia, finalmente, incluidos sus intelectuales, rechazó el protestantism o? Es evidente que el problem a debe replantearse en su conjunto. Hacia m ediados del siglo xv, un movimiento secular de recuperación de la fe religiosa cubrió Europa entera y la liberó de sus indiferencias o ignorancias. Este m ovim iento se hallaba presente en todas partes y sin duda en todos los estratos de la sociedad. Imagino incluso que el aum en­ to de la «superstición» popular que conducirá a un furor de la brujería procede de ese mismo m ovimiento de conjunto. Francia, punto de en­ cuentro, cruce de caminos de Europa, participó plenam ente en esta enor­ me transform ación. París fue innegablem ente una de las capitales del hum anismo y Francia tuvo latinistas, helenistas y hebraístas que descu­ brieron las tierras prom etidas de Roma, Grecia, Judea, lo que equivale a situar, en el corazón de una civilización cristiana, una civilización pagana que, se diga lo que se diga, contrasta con ella; al cristianismo tal como fue construido por los siglos y los Padres de la Iglesia, se opone entonces un cristianismo devuelto a sus fuentes evangélicas, puesto que revivirlo su­ pone colocarse en la som bra, en el ejem plo viviente de Cristo. Si la Re­ forma no hubiese estallado brutalm ente en Alemania, probablem ente se habría form ulado una «reforma» distinta, menos violenta, en Francia. Nada impide que, por un instante, imaginemos las consecuencias, las deri­ vaciones del evangelismo de Lcfebvre d ’Etaples (1455-1536). Pero la for­ mulación ruidosa de la Reform a corresponde a Alemania, arrastrada de

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forma casi masiva hasta los Países Bajos de Erasm o, hasta los cantones suizos de Zuinglio... Francia ocupa una posición m eram ente secundaria; y si se ve afectada e incluso alterada, no puede decirse que fuese conquis­ tada, lo que se dice conquistada. Quizá la protege su misma inmensidad, su inercia, la gravedad que la integra en sus costum bres tradicionales. En todo caso, desde la prim era de nuestras guerras de Religión, de 1562 a 1563, es evidente que aunque los hugonotes son en Francia una minoría potente, activa, siguen siendo una minoría. El núm ero no los acompaña. En su mayoría, la población sigue fiel a Roma, a la religión antigua. Es característico que los protestantes no consigan ni tom ar París ni hacerse con la persona del rey. La última pala­ bra correspondió a la mayoría católica del país, lenta como todas las m a­ yorías en movilizarse y en abandonarse a su fuerza. Creo que esos «mu­ chos» decidieron la suerte de las interm inables hostilidades. Es decir, que sin negar su papel, me siento inclinado a minimizar la acción de los je ­ fes católicos más decididos, tanto los hom bres del prim er «triunvirato» —Francisco de Guisa, M ontmorency, el mariscal de Saint-A ndré— como a los propios Guisa tom ados en conjunto. «Los Guisa —escribía Lucien Rom ier, admirable historiador dicho sea de paso— son el orgullo mismo, poseen la inteligencia, el savoir-faire y una creencia teñida de pasión en la razón de la Iglesia que les deberá, por una parle, la salvación del catolicis­ mo en Francia.» Las últimas-palabras que he subrayado no me parecen del lodo con­ vincentes. ¿Acaso las causas que se ganan no están m enudo ganadas des­ de el principio? Es la mayoría católica del país quien apoya a esos actores deslum brantes, convencidos y dramáticos, que se mueven delante, en la zona más iluminada del escenario. El asesinato del duque de Guisa, en Blois, el 23 de diciembre de 1588, por orden de Enrique IIII (se trata, por tanto, de una ejecución, pues el rey es la fuente de la que m ana toda jus­ ticia) estalla a través de toda Francia, porque la víctima es la prim era fi­ gura de la actualidad de este año trágico. Un m em orialista anónim o de Bar-sur-Seine, en la Cham paña, se declara asustado ante la explosión de disputas políticas y religiosas que enardecen entonces a toda Francia: «Des lorz, se bandérent le filz contre le pére, les fréres, oncles et nepveux ...C e mal lut si contagieux q u ’il s’estendit jusques aux femmes, que la mere contre la filie et les propres soeurs s’en faisoient la guerrc et quelques foys s’en haper aux cheveux...» [Desde entonces se fue el hijo con­ tra el padre, los hermanos, tíos y sobrinos ... El mal fue tan contagioso que se extendió hasta las mujeres, que la m adre contra la hija y las propias her­ manas se hacían la guerra y a veces se agarraban de los pelos...] Este texto no justifica todo por sí solo, pero nos dice cuál fue el papel de la mayoría. Fueron esos muchos los que determ inaron el curso de la

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historia. La salvación de la Iglesia se debe al París ligueur, al París de las barricadas, de sus vehem entes predicadores... Es verdad que el París de la Liga parece perder, su apariencia es la del vencido. Cuando Enrique IV entra en la capital, el 22 de marzo de 1594, los ligueurs dem asiado com ­ prom etidos abandonan la ciudad, hacia el norte, en compañía de los sol­ dados españoles, por la puerta de Saint Denis. Son esos exiliados que en­ contram os a m enudo, según reflejan los docum entos españoles, en Bruselas y otras ciudades de los Países Bajos. Y sin embargo, en cierto modo, ellos ganaron, pues lo esencial era la causa católica y, bien, la cau­ sa triunfa. Enrique IV el hugonote tuvo que convertirse. «París bien vale una misa»; debería haber dicho: «Francia bien vale una misa» pues esta misa se la impusieron los franceses, la mayoría. El catolicismo triunfa tam ­ bién con esa oleada de fervor sin igual que m arcará en Francia la prim e­ ra mitad del siglo xvn, el «Gran Siglo». Luego, la m onarquía francesa no descabalgará ni un solo instante de su celo. La toma de La Rochelle (1628) y la paz de Alais (1629) apar­ taron definitivam ente los tem ores del Estado en relación a los protestan­ tes, sospechosos, refugiados en sus «plazas fuertes», de pretender «acan­ tonarse», como las Provincias Unidas en los Países Bajos. Finalmente, Francia, como hiciera España al expulsar a los moriscos (1610-1614), ex­ pulsó a sus protestantes, en 1685, con la revocación del edicto de Nantes. Disculpemos, en último extremo, al m onarca, pues Luis XIV bien pudo creer de buena fe en las conversiones masivas de sus súbditos protestan­ tes, pero acusemos, de paso, a la Francia católica, la Francia m ayoritaria que no cedió. Resulta muy revelador que el gobierno m onárquico pasara, después de la revocación, años relativam ente tranquilos m ientras que los prim eros veinte años del reinado de Luis XIV fueron, en el interior, bas­ tante tumultuosos. El país mostró gratitud al gobierno por esta medida de intolerancia que nos causa irritación y que, retrospectivam ente, no deja de irritarnos a los historiadores y hom bres de hoy. Pero la voluntad francesa de no salirse del marco del catolicismo ro­ m ano se plantea, a su vez, como un problem a, e incluso como el proble­ ma de los problem as... Y un problem a que no es solam ente el de la «si­ tuación» de Francia. El catolicismo que emerge de los conflictos de los siglos xvi y xvn no es solam ente Francia, sino tam bién Italia, Alemania del Sur, la Alem ania renana, Portugal y España. Si cartografiam os esas señales sin ambigüedad, descubrimos que el viejo Occidente, por no de­ cir la vieja Europa, en su conjunto se m antuvo fiel a Roma. En términos generales, en el continente europeo los límites del catolicismo los m ar­ can el Rin y el Danubio. No nos engañemos, esos son los antiguos lími­ tes del Im perio romano. Así nos vemos con lo que podríam os llamar una fantástica acumulación de historia, una colosal tele-historia. Hubo, a fa­

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vor de lo que mucho más tarde será el catolicismo europeo, una priori­ dad cultural y m aterial, la construcción precoz de un universo coheren­ te, en relación al cual la nueva Europa, más allá del Rin y del Danubio, se encontró en situación de inferioridad, subordinada, y en relación a Rom a, en una situación que tiene algo de colonial. La Reform a era a la vez la ruptura con la Iglesia rom ana y la ruptura con la Europa dom i­ nante del sur: un país nuevo sustituye, a la cabeza de la econom ía-m un­ do europea, a un país antiguo que durante mucho tiempo estuvo privi­ legiado. El centro de este mundo económico, durante largo tiem po situado en Venecia, se desplaza a A m beres a principios del siglo xvi, lue­ go, tras algunas vacilaciones, arraiga en A m sterdam a finales del mismo siglo. La fortuna de Europa da un vuelco total... Al respecto, y como ya he expuesto con cierta frecuencia, no creo en la explicación de Max Weber: nada más natural que ese traspaso de poder, de un país que antiguam ente fue rico a un país nuevo rico, el capi­ talismo del norte repite en lo esencial las prácticas e instrum entos del ca­ pitalismo m editerráneo que fue el prim ero en abrir la ruta: el protestan­ tismo no inventó el capitalismo; el norte es sucesor, no un verdadero creador. Pero volvamos a Francia. Situada en la confluencia de dos Europas, una posición que propició cierta am bigüedad. Sin embargo, habiendo es­ tado durante siglos atrapada en la red muy antigua de lo romano, se q u e ­ dó instalada en ella. Quizá le era imposible salir de verdad. La casualidad me llevó a vivir en dos ocasiones, en 1925 y en 19401942, en Mayence, sobre esa línea del Rin que la C ontrarreform a ocupó llena de vigor, con los jesuítas, desde finales del siglo xvi. Los testigos de esta reconquista son las iglesias del Barroco con sus cúpulas y sus arcos conopiales. Construidas con mucho retraso, a m enudo en el siglo xvm, son un testimonio, según creo, y según creía ya en el pasado, de las inercias y fidelidades religiosas de la lejana Francia. Esas iglesias son, fueron, una protección.

III.

LA TERCERA PARTE DE L A I D E N T I D A D D E F R A N C I A :

F R A N C IA EN EL PU N TO MÁS ELE V A D O Y BR IL LA N TE D E SU H ISTO R IA La identidad de Francia, publicación postum a de 1986 es, como todos sabemos, una obra inacabada. El autor anunciaba en su prefacio la estruc­ tura que tendría: «La identidad de Francia se divide en cuatro grandes par­ tes: 1. Espacio e Historia (bajo el signo de la geografía); II. Los Hombres y las Cosas (demografía y economía política); III. Estado, Cultura, Sociedad (donde se trata también de politología, el estudio de las culturas, la sociolo­ gía); IV. Francia fuera de Francia, que rebasa el testimonio habitual de la historia de las relaciones internacionales y sirve como conclusión al con­ junto de la obra». De estas cuatro partes, el autor sólo pudo terminar las dos primeras. Durante el verano de 1985 que precedió a su muerte (el 27 de noviembre), aún dedicó algún tiempo a darle el último retoque, reelaborando espe­ cialmente, con m otivo de una obra inédita cuyos autores acababan de en­ tregarle el manuscrito, toda una parte del último capítulo, relativo a la ha­ cienda en el siglo xvi. En cuanto a la continuación de la obra, sabiendo que sus vacaciones de trabajo terminarían en el mes de septiembre, la pos­ puso hasta el invierno y sólo llevó consigo a su casa de verano una caja de libros, dejando en París sus ficheros, que además estaban aún m al cla­ sificados. No obstante, según su costumbre, em pezó a redactar de m em o­ ria un prim er borrador, entrecortado por muchos espacios en blanco, lo que le permitía reflexionar y poner a prueba sus ideas para sí mismo, o más sencillamente distraerse. Después de lo cual, como era habitual en él, hubiera vuelto a su fichero, y el texto inicial, atiborrado hasta rebosar de notas y de ejemplos, y luego drásticamente reducido, habría quedado transformado de arriba abajo.

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Las páginas que siguen son por lo lanío sólo algunos fragmentos, en form a de esbozo, de esta tercera parte que, salvo alguna que otra cuartilla manuscrita, sólo se ha conservado la mecanografiada; ésta le fu e remitida al autor en el mes de septiembre, en fragmentos no consecutivos, unas veces de un capítulo, otras de otro. Una buena parte de esas páginas fueron rele­ ídas someramente y corregidas (o más bien abreviadas) a lápiz, con una es­ critura rápida, y a veces poco legible (y, en este caso, no queda rastro del manuscrito). Otras, que claramente no fueron releídas, no llevan ninguna corrección (las palabras que la secretaria dejó en blanco no fueron resuel­ tas) y la transcripción mecanografiada es a veces insegura (como queda confirmado si lo confrontamos con el texto de mano del autor; que a veces se ha conservado). El estado del manuscrito planteó varios problemas. E n­ tre otros el de las citas, m uy a menudo incompletas. El nom bre del autor no aparece siempre seguido del de la obra, y ésta puede no constar ¡mientras sí se da la referencia de la página! Hemos optado por simplificar y crear una cierta uniformidad suprimiendo sistemáticamente las pocas referencias de paginación, conservando tan sólo el nom bre del autor y, si se da el caso, el de la obra. Los fragmentos que nosotros publicamos representan algunos pasajes nada más — la primera sección— del capítulo dedicado al Estado y dos lar­ gas secciones (de tres) del capítulo dedicado a la civilización; nada sobre los dos últimos capítulos anunciados por el autor en su breve introducción. Nada tampoco sobre «la Francia fuera de Francia», anunciada aquí como el cuarto y último capítulo del volumen mientras que la introducción gene­ ral preveía reservarle un tomo entero sólo a él. Insisto en que no se trata siquiera de un borrador en el sentido habi­ tual de la palabra, más bien de ideas, de esbozos de un plan, apuntados en el papel con plena libertad, sin preocuparse del estilo ni siquiera, a ve­ ces, de la coherencia. Una coherencia que podem os imaginar a través de este «método» de escritura que él aconsejaba a uno de sus alumnos cuyas investigaciones seguía con interés paternal: «Ahora deberías dedicarte úni­ camente a redactar tu libro, escribir rápido una primera versión sin pre­ tender ser exhaustivo, para delimitar el terreno ... Deja correr la pluma, fíate de tu memoria para el prim er borrador... Luego ya volverás a coger tus fichas, tus vacilaciones y algunos sondeos añadidos dirigidos en el m o ­ mento oportuno a los archivos» (carta del 19 de noviembre de 1969). Y, a las objeciones de su interlocutor, que le habla de interpretaciones todavía difíciles que interrumpieron su primera versión: «No debes pretender en esta primera redacción la perfección, el problema ... es atravesar el terre­ no de cabo a rabo. Por lo tanto, ¡escribe, escribe, escribe! ¡No pretendas ser inteligente, no pretendas ser exhaustivo, no pretendas ser brillante!» (22 de junio de 1970).

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Con este espíritu fueron redactadas las páginas que siguen, que Brau­ del escribió para su uso personal. Insisto en ello pues, a decir verdad, dudé m ucho en seguir el consejo de publicarlas, ya que tenía la impresión, o la certeza, de estar traicionando al autor. (Paule Braudel.)

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FR A N C IA EN EL PU N TO MÁS ELEV A D O Y B R IL LA N TE DE SU H ISTO R IA IN T R O D U C C IÓ N C I.

P

ap.

I: ¿ E

l

E

s t a d o s e r á o m n ip o t e n t e ?

e r m a n e n c ia s , r e g u l a r id a d e s , r e p e t ic io n e s

R em ontar hasta las sociedades primitivas Max W eber tiene razón Las leyes o las reglas de la perm anencia Enigmas, bromas del núm ero restringido La sociedad civil y la sociedad política II. E l e s t a d o : b a s e s y m e d i o s El poder: su extrañeza ///.

E l. ESTADO Y LA UNIDAD DE FRANCIA * C

ap.

II:

La

c iv il iz a c ió n

e n t r e lo s in g u l a r y lo m ú l t ip l e

I. Lo BAJO Y LO ALIO Hay que «historizar» la cultura llamada popular La brujería La lengua francesa conquista Francia Rabelais o la risa carnavalesca del pueblo* II. Los FENÓMENOS DE LARGO ALIENTO Prim er punto: las aceptaciones. Galia acepta el trigo: ¿es un caso signifi­ cativo? — Galia acepta a Roma Segundo punto: los rechazos. Francia no term ina de rechazar la Reform a Tercer punto: las vacilaciones desde el estilo flamígero, el hum anismo y el Renacim iento hasta el Barroco y el Clasicismo C uarto y último punto: milagro o regularidad trivial, proyección y dom i­ nación de la cultura francesa III. A g e n t e s y r i e s g o s : l a p r o d u c c i ó n i n d u s t r i a l Los grupúsculos imperan Rué Saint-Thomas-du-Louvre. — Los amigos de Mersenne. — El doc­ tor Quesnay y los fisiócratas. — Los impresionistas en torno a Fdouard M a n et.— La Revue de synthése y Ilenri Berr* Culturas y sociedad... * ¿Hay coyunturas culturales?*... Francia, cristianismo y cristiandad *

L o s párrafos en cu rsiva n o fu eron escritos.