La Langosta Peregrina en Gran Canaria. Historia de una Maldición

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462 MANUEL RAMÍREZ M U Ñ O Z

LA LANGOSTA PEREGRINA EN GRAN CANARIA HISTORIA DE UNA MALDICIÓN

isiDAD

NACIONAL DE EDUCACIÓN A DISTANCIA

) ASOCIADO DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA

MANUEL RAMÍREZ MUÑOZ, Graduado Social,

Licenciado y Doctor en Geografía e Historia por la UNED (Premio Extraordinario de Doctorado y Premio de Investigación Viera y Clavijo 1992, Sección Letras). Dede 1978 y hasta 1996 fue Profesor del Centro de Estudios Sociales de Las Palmas, dependiente de la Escuela Social de Tenerife, y entre 1992 y 1995 colaboró en el Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Las Palmas, dentro de la programación para Tercer Ciclo, impartiendo cursos para posgraduados. A partir de 1988, y hasta la actualidad, es Profesor-Tutor del Centro Asociado de la UNED de Las Palmas, teniendo a su cargo las asignaturas de Historia Moderna Universal y de España (Facultad de Geografía e Historia) y de Historia de España Moderna y Contemporánea (Facultad de Filología). Es asimismo Seretario del Seminario de Humanidades Agustín Millares Cario, donde lleva a cabo una labor de investigación sobre historia de las instituciones y sobre la vida y la obra de Millares Cario. Entre sus publicaciones destacan los siguientes libros: Historia del Cabildo Insular de Gran Canaria, 1913-1936 (1995). Para las Aves de Paso (Nacimiento de la aviación en Canarias) (1995). La lucha contra el fuego en Las Palmas de Gran Canaria, Historia del Cuerpo Municipal de Bomberos, 1867-1997 (1998, en colaboración con Encarna Galván), El Lazareto de Gando, 1893-1998. De complejo sanitario a establecimiento aeronáutico (2001), El tirma Historia de un Balandro (en prensa, en c o l a b o r a c i ó n con Encarna Galván).

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MANUEL RAMÍREZ M U Ñ O Z

'< V-A í í

La langosta peregrina en Gran Canaria Historia de u n a maldición

Lección Inaugural del Curso Académico 2001-02

UNIVERSIDAD NACIONAL DE EDUCACIÓN A DISTANCIA CENTRO ASOCIADO DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA

2001

© MANUEL RAMÍREZ MUÑOZ

© de esta edición: CENTRO ASOCIADO DE LA U N E D DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA

Director de la Colección: MAXIMIANO TRAPERO Diseño y maquetación: CARLOS CARDOSO GUERRA

Impresión: Imprenta PELAYO c. Rafaela de Las Casas, 8 35014 Las Palmas de Gran Canaria ISBN: 84-95402-01-7 D.L.: G.C.-1104-2001

PREÁMBULO

Mi maestro Antonio de Bétiiencourt Massieu, maestro de muchos y amigo de todos cuantos nos encontramos aquí, suele decir que al vivir el isleño rodeado por el mar, del mar le puede venir todo lo bueno y todo lo malo. Una pequeña reflexión, basada en un punto muy concreto de este último aspecto, es lo que pretendo exponer ante ustedes, en el solemne acto que inicia la actividad académica del curso 2001/. 2002, y para el cual, la dirección del Centro Asociado de la UNED de Las Palmas me ha distinguido, convirtiéndome inmerecidamente en uno más de sus protagonistas, sin más mérito que el de ser un universitario formado en la UNED, y que su actividad, tanto docente como investigadora, se desarrolla bajo el lema que rodea la universal rosa de los vientos de nuestro logotipo: «la sabiduría es lo que tiene más movimiento de todo lo que se mueve». Quiero agradecer, por tanto, la invitación de Cristóbal García Blairsy, nuestro entrañable Director, y manifestar que me invade una especial emoción que no puedo ni quiero disimular, pues subir a esta tribuna a pronunciar la primera lección del curso, constituye un distintivo de oro, que no se puede llevar en la solapa porque su sitio está en el corazón.

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INTRODUCCIÓN

En la memoria colectiva de aquellos grancanarios aficionados al fútbol que rebasamos, algunos con generosidad, el medio siglo, hay un acontecimiento que difícilmente podrá olvidarse. El domingo 17 de octubre de 1954, en una tarde de calima, bajo un calor tórrido, la Unión Deportiva se enfrentaba al Atlético de Bilbao en el Estadio Insular, cuando hizo su aparición una enorme bandada de langostas. El Estadio quedó cubierto con un techo de ocre rojizo, mientras llenaba el aire una monocorde sinfonía producida por el roce de millones de élitros y una alfombra viviente se extendía por el terreno de juego y por el graderío. El partido, que terminó empatado a tres goles, dejó para la posteridad la instantánea fotográfica de los palos y la red de una portería -creo que era la de Carmelo-, cubiertos totalmente de langostas. Un periodista de la época decía que la llegada de la langosta al Estadio fue para «festejar a nuestros jugadores e insuflarles ánimos y energías para llevar a buen fin una epopeya felizmente iniciada»^. La Unión Deportiva iba ganando. No era la primera vez que una plaga de cigarrón berberisco se adueñaba de Gran Canaria. Tampoco sería la última ¿Quienes eran estos extraños, pero al mismo tiempo conocidos visitantes?

En el refranero español, ese compendio de sabiduría práctica «hecha por el pueblo y sancionada

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por el pueblo»^ a través del tiempo, que tan pródigo se muestra con determinados conceptos como mar, ingratitud, mujer, orgullo, matrimonio, riqueza, pobreza, etc., sólo hay tres referencias acerca del término «langosta», dos como animal marino y una a la que desde antiguo ha constituido la más terrible amenaza para una economía esencialmente agraria: La langosta hace la tripa angosta Nunca, tan pocas palabras, tuvieron tanto significado. El refrán, recogido en 1555 por Hernán Núñez, lleva la aclaración «porque exterminan las plantas alimenticias»^, aludiendo a sus efectos destructores y a la situación en la que quedaba el campo tras el paso de una bandada de estos voraces insectos. Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua Castellana de 1611, define la langosta como «animalejo infecto y por mal nuestro conocido, según el daño que hace en los frutos de la tierra [..] plaga y a§ote de Dios por los pecados de los hombres»'*. Definición que aparece relativamente suavizada en el actual diccionario de la Real Academia Española: «insecto ortóptero [..] fitófago, y en ciertas circunstancias se multiplica extraordinariamente, formando espesas nubes que arrasan comarcas enteras»^. Hoy, en la mayoría de las ocasiones, el término «langosta» nos sugiere la carne, con sabor a mar, de un rico y caro crustáceo, capaz de satisfacer las exigencias de los paladares más exquisitos. Pero duran-

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te siglos, y hasta bien entrado el XX, hablar de «langosta» era hablar de dolor, de hambre y de desolación, situación que podemos adivinar mediante una mirada retrospectiva hacia una época en la que el consumo estaba determinado por la producción del campo, y las posibilidades de intercambiar excedentes agrarios eran muy remotas. Una plaga de langostas dejaba a su paso un reguero de desesperación, al ver que en pocas horas desaparecía la cosecha conseguida a duras penas por el campesino canario.

LA LANGOSTA: UNA BIOGRAFÍA APRESURADA

La langosta del desierto, cigarrón berberisco, o langosta peregrina, ortóptero que los entomólogos denominan como schistocerca gregaria, es una especie emigrante que ha sido calificada de mito recurrente en gran parte de las culturas de la tierra, que entró en la historia al arrasar los campos egipcios en la época de los Faraones de la XIX dinastía. De la langosta peregrina hay referencias en esculturas de Nínive y de Babilonia y en la más antigua tradición poética de la India**, encontrándose representada en la tumba de Horemheb en Tebas, siendo la causante de la Octava Plaga de Egipto, cuya mejor descripción se encuentra en la Biblia, en el capítulo X del libro Éxodo, Según el pasaje bíblico, al faltar a su palabra el Faraón e impedir la salida del pueblo hebreo, Moisés le amenazó con una invasión de langostas, «enviando el Señor un viento abrasador» que las levantó, cubriendo toda la superficie de la tierra, talándolo todo, «y no quedó absolutamente cosa ver-

LA LANGOSTA PEREGRINA Í.N GRAN

CAS^

LA LANGOSTA EN EL HORIZONTE CANARIO

El símil de la langosta que aparece en forma de nube no es una mera construcción literaria. En la mente de quienes vivieron las dos últimas invasiones, las de 1954 y 1958, cobran realidad algunas descripciones como la que hace Felipe Trigo en su novela Jarrapellejos, que según avanzaba la plaga se «iba oscureciendo el sol como en un eclipse. Fatídica luz de tristeza turbia, ésta que filtraba el velo de maldición tendido entre el cielo azul y la hermosura primaveral de la campiña»^". O la de Vicente Blasco Ibáñez, en El Papa del Mar, cuando escribe que «nubes de langosta obscurecían el sol en mañanas radiantes, devorando el trigo»^^ Pero es Enrique Nácher, autor de una preciosa novela ambientada en una humilde aldea de pescadores del sur de Fuerteventura y sumi-

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da en aquella dramática pobreza de los años treinta, quien con más fuerza describe esa nube viva contemplada periódicamente por los aterrados ojos del campesino canario. En Cerco de arena, Enrique Nácher dice que «la nube se ensanchaba cada vez más densa sobre todo el horizonte que hmitaba al mar. No un nublado ordinario el que se preparaba, sino una verdadera tormenta que empezaba a oscurecer el sol. Nubes en verdad demasiado bajas y densas» que se agrandaban por momentos «sumiendo el mar en un oscuro revoltijo sin límites»^^

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Plaga de langosta en Sidi Itni, 2-12 1956. Pabellón de suboficiales del Grupo de Tiradores.



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El trágico espectáculo de «horas y horas cayendo millones y millones de insectos después de sembrar una alfombra de cadáveres hasta las costas de Africa»^^, aparece en la obra de diversos autores a partir de la entrada de Canarias en la historia castellana. A través de ALVAREZ Rixo, Viera y Clavijo, Lope Antonio de la Guerra^'', Fray José de Sosa, Juan Núñez de la Peña, Bartolomé García del Castillo^^ y Pedro Agustín del Castillo^*', entre otros, puede establecerse con cierta precisión los momentos más dramáticos vividos en el Archipiélago como consecuencia de la langosta. En la obra de autores más cercanos a nosotros, como Domingo Déniz Grek^^, Agustín Millares Torres^^ o Alejandro Cioranescu^'' se pueden encontrar valiosas noticias, asi como en las actas del Cabildo de Tenerife y en los libros de la Audiencia. También es muy ilustrativo el artículo de Oswaldo Brito González sobre la langosta en Canarias durante el Antiguo Régimen, incluido en el Anuario de Estudios Atlánticos^° El conjunto de todas estas referencias permite recomponer el mapa de las invasiones de la langosta peregrina, tan presente en el acontecer canario y establecer una secuencia, que sin ser exhaustiva y señalando solamente las más importantes, nos puede acercar a la historia de tan poco deseado visitante: 1586-88; 1607; 1635; 1645-46; 1659; 1666; 1676-77; 1680; 1690; 1698; 1703; 1726; 1757-58; 1772; 1778-79; 1798; 18111812; 1833-34; 1844-45; 1856; 1908; 1910; 1932; 1950; 1954, 1958. Quince grandes invasiones entre los siglos XVI y XVIII, cuatro en el XIX y cinco en el XX, son un número más que suficiente para poder adivinar las duras consecuencias derivadas del paso del enemigo.

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Es curioso observar cómo la mayor parte de las invasiones han tenido lugar por las mismas fechas, en la segunda quincena de octubre. Concretamente, la de 1659^7 las cuatro últimas del siglo XX, se iniciaron el día 15, festividad de Santa Teresa. Precisamente, el Cabildo catedralicio acordó en 1666 instituir una fiesta perpetua en honor de Santa Teresa, y declararla intercesora contra las plagas de langosta".

TRAS EL PASO DE LA LANGOSTA

La reseña de las diferentes plagas que azotaron las Islas es demasiado larga, pero con un denominador común: desolación. Cada invasión de langostas fue como un trágico heraldo que sólo anunciaba escasez y hambre, por lo que diversos tratadistas, sobre todo los del siglo XVIII, no vacilaron en presentar un cuadro que se caracteriza por su crudeza. Viera y Clavijo dice que en menos de veinte años, entre 1560 y 1580, y como si se anunciara un triste final, las Islas se vieron afectadas por una serie de acontecimientos debido a la peste, langosta, volcanes, guerras y falta de víveres^^. 1659 no fue precisamente un buen año para las Canarias, pues la alegría que pudo suponer la noticia de la Paz de los Pirineos que puso fin a cuatro décadas de sangrienta guerra entre Francia y España, se vio ensombrecida al verse las Islas acosadas de repente por «innumerables e invencibles ejércitos de enemigos salidos del corazón del África»". Para Viera y Clavijo «una nube inmensa de langosta que cu-

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bría el cielo y la tierra se echó sobre las islas los días 15 y 16 de octubre amenazando la devastación más universal. En poco tiempo no dejaron aquellos insectos cosa verde. Destruyeron las yerbas, huertas, viñas y demás plantas de tal manera que hicieron presa en las hojas de las palmas, que son tan duras, y en las de pita, que no hay animal que las coma. Cuando faltó el follaje de los árboles, se apoderaron de las cortezas, por lo que se secaron muchos, y cuando no hallaron qué comer, se comieron unas a otras infestando las aguas, corrompiendo el aire y atemorizando a los pueblos»'-*. En parecidos términos se expresa Pedro Agustín del Castillo que habla también de la extraordinaria vitalidad de las langostas, pues «se mantenían vivas ensartadas y colgadas más de un mes sin alimentarse de cosa alguna»". La plaga de 1659

Higuera arrasada por la langosta

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coincidió con un eclipse de sol, y fue tal la oscuridad -dice Juan Núñez de la Peña-, «que parecía más cerca de la noche que día, y las langostas caían a tierra, fue este un dia muy temeroso»^*. La plaga no deja tras de sí otra cosa que lamentos, miserias y congojas, dice Bartolomé García del Castillo. «Hallándose pues librada la manutención de nuestras vidas en nuestros afanes y sudores, siendo el único comercio de estos naturales el cultivo de sus campos, ansiando por las flotas de la Ilusión y si todo su anhelo aspira al desembarco en sus hojas ¿qué les restaba para la muerte a los que veían perdidas sus esperanzas viendo consumida la verdura de sus mieses?»^''. Apenas transcurridas dos décadas, el año 1680 fue fatal para las Islas que tuvieron que enfrentarse contra su gran enemigo: la langosta. Dice Viera y Clavijo que «tocábanse los tambores en los pueblos, marchaban las milicias por compañías, despachábanse espías y batidores, matábase infinita, pero no veían que era imposible exterminarla»^». Cuatro años después se repite el cuadro de la langosta devastando sementeras^*, siguiendo el ritmo de una macabra sinfonía formada por el desarrollo armónico de unas notas primigenias. Con frecuencia, durante el Antiguo Régimen, los efectos de una invasión de langostas fueron más duraderos debido a la poca eficacia de los métodos empleados para su extinción. Como la langosta peregrina tiene dos generaciones anuales, si no se actúa

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directamente sobre el terreno donde aova, una nueva plaga sustituirá a la anterior, con menos fuerza destructiva quizá, pero la suficiente para minar el esfuerzo del campesino canario empeñado en restañar las heridas de la anterior. Fray José de Sosa, novicio del Convento de San Francisco, que fue testigo de la plaga de 1659, dice que duró hasta 1662, extendida por todas las Islas de tal suerte, que el problema de la «esterilidad y el hambre» fue el más leal compañero del labrador durante una larga temporada. Por otra parte, la información que proporciona Lope Antonio de la Guerra sobre los avivamientos en la isla de Tenerife en 1780 y 1783, de la plaga que se introdujo en 1778, es una muestra muy representativa del comportamiento de la langosta, que podría

Langosta sobre cardones, 1954 (foto Hernández Ciil)

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extrapolarse a cualquier época. Entre febrero y agosto de 1781, el Cabildo de Tenerife pagó más de 6.000 pesos por las mil fanegas de cigarras que se recogieron"». '~ Y así ocurrió también, ya en el siglo XIX, con la de 1812 recordada por Domingo J. Navarro, que se mantuvo hasta el año siguiente, devastando totalmente los cultivos y desapareciendo más de la mitad del ganado por falta de pastos. En esta ocasión se utilizaron para matar langosta a cien de los prisioneros franceses que se encontraban deportados en Gran Canaria con motivo de la Guerra de la Independencia'*^ Por si faltara poco, también el cigarrón de la tierra se reprodujo en gran número, que acabó por devorar lo poco que quedaba. Tal vez la mayor plaga ocurrida en el siglo XIX fue la que invadió a Gran Canaria en 1844, que aunque Domingo Déniz Grek y Agustín Millares Torres coinciden en que al ser perseguida a tiempo, no causó tanto daño como las anteriores de 1812 y 1833, un memorial del Ayuntamiento de Las Palmas habla de la «horrorosa plaga» de langosta berberisca que asoló los campos grancanarios, de forma tal, que en marzo de 1845 «fueron muy raras las mieses que escaparon de este azote destructor produciendo hambres generales»*^. Entre tan gran número de plagas procedentes de la costa africana, existen noticias de 1893 en que los campos del sur de la Isla se vieron infestados por el llamado cigarrón de la tierra, que se extendió rápi-

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damente por las comarcas de Agüimes e Ingenio, amenazando con extenderse hacia el norte y destruyendo los sembrados dejándolos reducidos a una completa ruina. Es, hasta ahora, una de las pocas referencias del paso de la fase solitaria, a la gregaria, de la normalmente pacífica cigarra autóctona''^ Las mismas zonas anteriores se vieron afectadas en 1908, esta vez por la langosta peregrina, que el Delegado del Gobierno estimaba como «la peor especie y tamaño conocidos»"*", con una extraordinaria capacidad destructiva, como así ocurriría cinco años más tarde con los mismos resultados. 1932 fue un año especialmente difícil para la agricultura canaria, pues a la crisis económica que siguió a la gran depresión de 1929, se unió una plaga de langosta que agravó la situación y que afectó principalmente a las Islas orientales. Tal vez fue esta invasión la que inspiró a Enrique Nacher para escribir uno de los capítulos más amargos de su novela Cerco de arena. Para el Presidente del Cabildo Insular de Lanzarote, infundía «pánico el espectáculo que presentaban los campos invadidos donde no se aprecian los sembrados por estar cubiertos de langostas»"*^. La mayor plaga del siglo XX, que asoló gran parte de la agricultura canaria, tuvo lugar entre el 15 de octubre de 1954 y el 20 de enero de 1955, fecha en que quedó oficialmente extinguida, y en la que gracias al empleo masivo de medios para su destrucción, no tuvo unos resultados tan catastróficos como se esperaban. Pero fue una plaga de magnitud desconocida, puesto que a una invasión le sucedía otra de

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tanta densidad como la anterior. Esta plaga asoló grandes extensiones del sur de Marruecos, y como consecuencia de unas lluvias torrenciales, los insectos, de gran tamaño, penetraron en los establos y viviendas atacando al ganado y a las personas, resultando numerosos niños marroquíes heridos en los labios y en las orejas'"'. En 1958, y también el 15 de octubre, otra gran plaga llamó a las puertas de las costas sureñas grancanarias. Pero se la estaba esperando y, naturalmente, sus efectos no se dejaron sentir como en anteriores ocasiones.

L o s MEDIOS DIRECTOS PARA COMBATIR LA LANGOSTA

Una vez que conocemos la biografía de la langosta, las plagas más importantes que llegaron a Canarias a lo largo de cinco siglos, y la desoladora huella que dejaron a su paso, nos queda hacer una pequeña incursión por la amplísima historia del temible y temido insecto, y tratar de responder a una pregunta, no por simple menos importante, ¿cómo se enfrentó el campesino canario ante tamaño enemigo? Domingo J. Navarro resume los métodos tradicionales: «en vano los hombres, mujeres y niños armados de cacharros, campanas y pitos producían un ruido infernal para levantarlas de los cercados; en vano los curas, con estola y agua bendita pronunciaban con fervor los exorcismos contra el genio del mal; todo fue inútil»''^. A esto hay que añadir la acción del fuego. «Grupos de hombres amontonaban maderos viejos y leña delante de las casas para prote-

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gerse con hogueras de la nube viva...», leemos en la novela Cerco de arena'^*. Anteriormente la madera, y en la primera mitad del siglo XX gasolina y viejos neumáticos, el espectáculo sobrecogedor de los campos incendiados, con el rojo y el amarillo del fuego tiñendo el azul grisáceo del crepúsculo isleño, contribuiría sin duda a acentuar el dramatismo de una situación en la que el humo y el sudor se sobreponían a su propia grandiosidad'*'. En Telde se tenía la firme creencia en la eficacia del humo producido por el cardón, la planta autóctona más representativa de la flora isleña, y que es el tema de un cuadro de José Arencibia Gil que se encuentra en el Museo León y Castillo de la ciudad sureña. Pocas veces la langosta ha sido objeto de una obra de arte, y por esta razón hos Viejos, pintado en 1954, constituye una valiosa excepción que refleja la durísima lucha del campesino canario, en su intento de poner una barrera a los estragos del terrible insecto"'. En la actualidad, y una vez que se conoce perfectamente el ciclo biológico de la langosta y determinadas pautas de comportamiento, la lucha se ha orientado a actuar en las zonas de cría, ya que las invasiones deben cortarse en los lugares de origen y no en los de emigracióm^, y esto se está consiguiendo bajo el auspicio de la ONU, y mancomunando los esfuerzos de varios países, ya que para la langosta las fronteras no existen. Incluso en zonas de emigración, como Canarias, un método eficaz de lucha sería en el momento de la llegada, cuando tienen las alas mo-

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jadas y están en un grado de postración elevado como consecuencia del viaje desde la costa africana. Pero esto que hoy nos parece fácil, era impensable en épocas anteriores porque las grandes extensiones despobladas del sur y sureste de la Isla, dedicadas a una agricultura extensiva, ofrecían el lugar idóneo para que avivase la plaga. Cuando el hombre empieza a divisarla la mayor parte de los medios para combatirla «son infructuosos porque no se practican en tiempo opormno»". Unos medios que son siempre los mismos. Por una parte, «fuegos encendidos en los campos, movilización de los milicianos y de las personas válidas de los lugares para hacer huir a los invasores con el ruido de los tambores o para matarlos a palos y después enterrarlos»". Por otra parte, el Cabildo estimulaba la destrucción de la langosta abonando una cantidad de dinero por cigarra muerta, al amparo del primer texto legal que aparece en España relativo a la extinción de la langosta, la Instrucción de 1755, en la que se dan normas para llevar a cabo campañas eficaces para destruirla en sus primeros estados. Así para el estado de canuto prescribe la roturación de las tierras y la introducción de animales de cerda en lugares infestados, los cuales hozando y revolviendo la tierra, se comerían los canutos. Otro animal que se utilizó tradicionalmente, tanto para este estado, como para los más desarrollados, fue el pavo. Pero esto tenía sus inconvenientes, pues tanto la carne de los cerdos como la de las aves de corral alimentados con langosta, si no se les daba un determinado margen de tiempo, tenía un pésimo sabor,

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aparte de los muchos animales que morían después de darse un atracón de langostas. La. Instrucción de 1755 disponía que los gastos en extinguir la langosta se debían satisfacer con el caudal existente de los bienes de Propios, con lo sobrante de los Arbitrios, o con los depósitos que hubiere, por ser éste un asunto de común beneficio, y en caso de faltar numerario debían solicitarse socorros tanto a las autoridades municipales, como a las eclesiásticas mediante de repartimiento correspondiente. Esto provocaría graves desavenencias entre los Ayuntamientos, el Corregidor y los Jueces Eclesiásticos, unas veces porque los caudales se utilizaban - c o m o en el caso de Santa Cruz de Tenerife y su término, dejando el resto de la Isla en completo abandono-, otras porque las discusiones se alargaban inútilmente en si era cigarra berberisca o de la tierra la que avivó en 1772 y 1780, y otras porque los Hacendados y los Eclesiásticos pretendían que los trabajos los hicieran gratuitamente los pobres y los jornaleros'*. El Clero, lógicamente, defendía su derecho a no contribuir en los repartimientos que obligaban a toda la población". En el informe al Consejo de Castilla, que la Audiencia de Canarias elevó en 1782 sobre el litigio planteado por este asunto, leemos que sólo el Alcalde de Telde, don Juan Travieso, pagó la recogida de 104 fanegas de canuto y 1.502 quintales de langosta en estado de mosquito, empeñándose, aún con la garantía de la Audiencia y su Fiscal, en los 4.080 pesos que importó esta segunda operación. Travieso tuvo que

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hacer frente, no sólo a la deuda, sino que «mucha fue la guerra que con este motivo se movió contra dicho Alcalde por los Hacendados»^^ Ante la plaga de langosta que se inició en 1833, invadiendo las comarcas del Sureste, el Corregidor de la Isla amenazó al Ayuntamiento de Telde con mil ducados de multa si no ordenaba inmediatamente la extinción, haciendo saber al vecindario que cada jornalero debía coger «seis libras de cigarrón y siendo labrador doce, apercibidos de que en caso de no presentarse al señor Alcalde, serían denunciados al Corregidor para su castigo»'^. Don Pedro Hernández Benítez, párroco de Telde, de quien proceden las líneas anteriores, dice que con motivo de la invasión de 1844 el Ayuntamiento acordó que se convocara al vecindario por medio de campanas que tocarían a rebato a las ocho, a las doce y a oraciones, y que salieran grupos de gente a perseguirlas a la playa durante el día, y de noche donde se posaran. Se ordenó una suscripción pública, que no tuvo éxito, y que se exigiera a cada vecino la entrega de catorce libras de langosta por cada persona de la familia mayor de catorce años y de no hacerlo, que dieran un cuarto por cada libra no entregada, destinado este dinero a la compra del insecto, estimulando así a los cogedores. El Ayuntamiento de Las Palmas, al carecer de fondos de Propios, y ante la gravedad de la situación, pues la plaga de 1844 afectó a toda la Isla, acordó un repartimiento vecinal de 3.000 reales vellón entre los mayores contribuyentes, para trabajos de extinción de la misma. Sin embargo, al surgir discrepancias,

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en la sesión del 24 de noviembre se propuso que dicho repartimiento debía hacerse por categorías, entre los que pudieran contribuir, para evitar agravios y disconformidades. El nuevo reparto vecinal, hecho por clases, se estableció en 1.456 reales vellón, cantidad que no llegó a recaudarse del todo y que se empleó en su mayor parte en comprar tea para hachones y pita para amarrarlos, así como en suministrar aguardiente a las personas que se dedicaban a recoger y enterrar la langosta'**. En esta ocasión hubo un vecino, Antonio Roig, que ofreció 200 reales y los gastos de dos peones diarios, pero al final sólo se le pudieron cobrar los 25 que le tocó en proporción en dicho repartimiento". Hay que considerar que una plaga, como hecho histórico, es algo coyuntural, pero la situación creada por ella tiene un amplio significado por las tensiones a que da lugar, sobre todo, en épocas de dificultades económicas y sociales, a las que a veces hay que añadir las ideológicas. Así, por ejemplo, cuando la plaga de 1932 invadió las fincas de varios terratenientes en Fuerteventura, en el Cabildo Insular de Gran Canaria se oyeron voces en contra de ayudar, ya que a los dueños de las mismas les correspondía hacer el gasto necesario para limpiar sus campos de la plaga, «en lugar de derrochar alegremente sus capitales»*". Hasta bien entrado el segundo tercio del siglo XX, los métodos de extinción de la langosta no variaron sensiblemente. Pero a partir de los años cincuenta, el ruido y el humo -de dudosa eficacia-, fueron

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sustituidos por la utilización de medios materiales y humanos de una forma más racional. Así los daños que correspondieron a una plaga de la magnitud de la de 1954 no fueíon tan grandes, gracias al mayor conocimiento de la manera de comportarse la langosta, al empleo de productos químicos, la utilización de aviones y barcos bajo la dirección técnica del Ministerio de Agricultura, y la estrecha colaboración entre el Ejército, la Guardia Civil, el vecindario y las autoridades municipales y provinciales. Incluso se pudieron resolver dificultades de coordinación, debido a los deficientes sistemas de comunicaciones. Por ejemplo, en 1954, en San Nicolás de Tolentino no existía ni telégrafo, ni teléfono, algo difícil de comprender hoy, en la era de los móvilesFZ:

Fundamentación y resultados en la Enseñanza a Distancia. 1996-97. PEDRO LKZCANO MONTALVO: Defini-

ción esencial y comunicación en la poesía. 1997-98. MAXIMIANO TRAreRO: Los nombres guanches. Filología, historia y diletantismo. 1998-99. GUILLERMO GARCÍA-BLAIRSY REINA:

Agronomía marina. ¿Realidad, utopía o necesidad? 2 0 0 0 - 0 1 . JOSÉ ANTONIO MUÑOZ BLANCO:

Internet, una realidad que nos envuelve 2001-02. MANUEL RAMÍREZ MUÑOZ: La lan-

gosta peregrina en Gran Canaria. Historia de una maldición.