Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

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Fray Prudencio de Sandoval

Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

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TOMO V

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Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

Índice del Tomo V Libro veinte y cinco Año 1541 - I - Muerte de Rincón y Fregoso, por cuya ocasión volvieron a las armas franceses contra cesarianos. -Saltean a Rincón. -Culpan al marqués del Vasto y cargan estas muertes. -Relación verdadera de la muerte de Rincón. - II - El Emperador, en Wormes, disputa entre católicos y herejes. -El duque de Cleves pasa a servir al rey: despósase con hija del rey de Navarra. - III - Recesu de la Dieta en Ratisbona. - IV - Pide el francés a Milán. -Niega el Emperador el ducado de Milán que el rey pedía. -Trata el rey de romper la guerra. - V Quiere el Emperador bajar en Italia, para tratar con el Pontífice del Concilio. Es padrino el Emperador en el bautismo de don César de Avalos en Milán. El Emperador quería ir contra Argel: -aconséjanle sus capitanes que no lo haga. -Sale el Papa a recebir al Emperador. - VI - Jornada infeliz de Argel: escribióla Nicolao Villagog, caballero de San Juan. -Armada y gente que el Emperador llevó. - VII - a flota que fue de España. -La nobleza de España que fue en esta jornada. -Don Andrés Hurtado de Mendoza, hijo mayor del marqués de Cañete. -Armada y gente. - VIII - Postura y asiento de Argel. Prepárase Azán Agá para defender a Argel. - IX - Cómo se cercó Argel. Había dentro en Argel mil y quinientos turcos y siete mil moros. -Discreta y valerosa respuesta de Azán Agá. - X - Rebato que dan los alárabes en el campo imperial. -Comienza la tempestad. -Acometen los turcos al real. Llegan los valientes caballeros de San Juan hasta las puertas de Argel. Valeroso hecho del Emperador en una recia escaramuza. -Humanidad del Emperador. - XI - La tormenta grande que vino sobre la flota del Emperador. - XII - Alzase el Emperador de Argel. -Hambre que padecían. -Metafuz: Rusconia. -Comían carne de caballo. -Tratan de revolver sobre Argel. Hernando Cortes, marqués del Valle, se obliga la conquistar a Argel. -El conde de Alcaudete se obliga a lo mismo: piérdense estas cosas por no oír los reyes a todos. -Echan los caballos a la mar. -Valor que mostró aquí el Emperador. -Consuela el Emperador a los suyos humanamente. - XIII Arroja el viento al Emperador en Bujía. -Crueldad de los bárbaros y ánimo de los españoles. -Vuélvese el Emperador a Dios, con ayunos y oración. -Qué ciudad era Bujía. -Deshace el Emperador la armada. -Va el Emperador a Callar. - XIV - Batalla del Carruan. -Gallarda retirada por el valor de Luis Bravo de Lagunas. -Hecho varonil de una castellana. Año 1542. - XV - Vuelve el francés a las armas contra el Emperador. - XVI - Caída de la privanza del condestable de Francia. - XVII - Descubre el francés la guerra en el Piamonte, tomando a traición a Clarasco. -El marqués del Vasto se paga del francés. -En 3

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Picardía comienza el francés crudamente la guerra. -Toma el duque de Orleáns a Lucemburg y ducado de Brabante. -Cobra el príncipe de Orange lo perdido de Brabante. - XVIII - El duque de Güeldria se pone en armas contra el Emperador. -Cobra el príncipe de Orange lo perdido de Brabancia. Traición que se urdía en Ambers, para entregar la ciudad al Güeldres. -Saltean los labradores engañados. -Sale el príncipe de Orange contra Martín Rosem. Arma con gran astucia una emboscada en campo raso, en que coge y desbarata el de Orange. -Huye el príncipe de Orange. -Túrbanse los de Ambers por la rota del de Orange. -Engaño del Jovio. -Peligro y miedo de Ambers. -Requiere Rosem que se rindan al rey de Francia y al de Dinamarca. Responden los de Ambers, que no conocen otro sino al Emperador. -Dicen los de Rosem, que las aguas salobres tragaron al Emperador, y los peces lo comieron, en la jornada de Argel. -Destruye Rosem los edificios fuera de los muros. -Entra gente de socorro en la ciudad. -Los valientes portugueses defienden la ciudad. -Álzase Rosem de ella. -Martín Van Rosem, capitán valeroso y cruel, natural de un lugar en Güeldria que se dice Rosem: y aún dicen que fue hijo de uno que hacía cerveza. -Quiere Rosem tomar a Lovaina. -Defiéndese Lovaina. -Tratan de concierto. -Defiéndenla los estudiantes. Álzase Rosem de Lovaina. -Cómo anduvo la guerra entre franceses y flamencos en Picardía. - XIX - Guerra en Perpiñán que hizo el delfín. -El duque de Alba fortifica a Perpiñán y se mete en él esperando al francés; sale porque se ahogaba entre paredes. -Retiróse en fin de setiembre el francés. XX - Aseguran a Navarra, recelándose del francés. -Ordenanza del duque de Alba. -Provisión de bastimentos en Pamplona. - XXI - Ármase España contra las armas del francés. -Nombra el Emperador al condestable de Castilla por general de Navarra y Guipúzcoa. -Lealtad grande que mostró Navarra en esta ocasión y deseo de servir al Emperador. -Caballeros que se juntaron con el condestable de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava y otras partes. - XXII - Retírase el francés de la cruel guerra que había comenzado, y la que hubo este año en el Piamonte. -Artificio con que el francés ganó lugares en el Piamonte. -Lo poco que el del Vasto podía, por falta de dinero. -Lo que importa premiar los soldados. -El capitán francés Belayo, digno de nombre y fama. -Muere en el camino Belayo. - XXIII - Envía la reina María contra el duque de Cleves. XXIV - Indias: Ordenanza que mandó hacer el Emperador sobre los malos tratamientos de los indios. Va el Emperador a Barcelona. -Juran al príncipe en Zaragoza. -Marqués de Cañete muere. Año 1543. - XXV - Lo que escribió el Emperador a los señores de España sobre la guerra del francés y jornada en Alemaña. .-Poder al duque de Alba, que sea capitán general de España. XXVI - En hebrero, tormenta que padeció el almirante de Francia en el paso de un puerto. -Van los españoles sobre Turín. -Trata el Emperador confederarse con el Papa. -Quejas que forma del rey Francisco. -Deseaba el Pontífice que el pueblo entendiese lo que hacía para concordar los príncipes cristianos. -Pragmática del reino: que ningún extranjero tenga beneficio ni 4

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pensión, ni castellano la pagase. -Aprieta el Emperador, para echar freno, al Pontífice, que haya Concilio. Viene el Pontífice en que haya Concilio. - XXVII - Reconcíliase el Emperador con el inglés en odio del francés. -Lo mucho que merece el rey Francisco, y la nobilísima nación francesa, y lo que España recibió de ella cuando se vio cautiva. -Parte el Emperador de España, y deja gobierno en ella. -Embarcóse primero de mayo en Barcelona. - XXVIII Vistas del Emperador y del Papa. -Terremoto espantoso en tierra de Florencia. -Langostas infinitas talaban los campos. -Juicios que ponían pavor en las gentes. -Sale el Pontífice de Roma a verse con el Emperador. -No quería el Emperador verse con el Papa. -Concertadas las vistas, el Papa se recela, porque llevaba dineros. - XXIX - Procura el Papa comprar al Emperador el Estado de Milán. -No lo consigue. - XXX - Don Diego de Mendoza persuade al Emperador que no dé a Milán. -Cuánto vale la reputación de un príncipe. -Lo que el Emperador hizo con ella. - XXXI Palabra del Emperador. -Su partida a Alemaña, donde se le creía muerto. XXXII - El Emperador, en Alemaña. - XXXIII - Justa causa con que el Emperador hizo guerra al duque de Cleves, y razón del ducado de Güeldres. XXXIV - Hace el Emperador alarde de su gente. -Partió de Bona a 20 de agosto, y cerca el Emperador a Dura. -Llega al campo el príncipe de Orange con la gente de Flandres. -Baten a Dura los imperiales. -Temeraria osadía del capitán Palma. - XXXV - Dan el asalto los españoles. -El capitán Monsalve, natural de Zamora, entra primero. - XXXVI - El conde de Feria se mostró muy valiente en este combate. -Entran los españoles a Dura. - XXXVII - Lo que sintieron los de Dura de las armas y manos españolas. -Hácense temer los españoles, y suena su nombre. -Valencia, del conde de Feria. - XXXVIII - Los españoles que murieron en el asalto. -Saquean y queman el lugar. - XXXIX Parte el Emperador contra la ciudad de Julies, y ríndesele. -Pasa a Remonda. Ríndese Remonda. -Lo que sintió el duque de Cleves cuando supo la toma de Dura. - XL - Marcha el Emperador contra Banalo, villa fuerte en Güeldria. Fortificación grande de la villa. Reconócenlos españoles. -Requiérelos el Emperador. -Ríndese el duque de Cleves. -Clemencia grande del Emperador. Consideración que, para rendirse, el duque de Cleves tuvo. - XLI Condiciones con que se rindió el duque y cesó la guerra. - XLII - Disolvióse el casamiento del duque y Juana de Vendoma. -Casó el duque con hija del rey de romanos. -Recibe el Emperador al duque de Cleves con mucho amor. -Juran al Emperador los de Güeldres y entregan las llaves del Estado. Facilidad con que se acabó esta guerra, por la virtud de los españoles. - XLIII - Llega aviso al Emperador que Barbarroja había tomado a Niza. -El duque de Orleáns entra con ejército por tierras de los Estados Bajos. - XLIV - Va el campo imperial contra Landresi. -Fatiga la gota al Emperador. - XLV - Avisan al Emperador que el rey de Francia venía con su campo. -Fortificación de Landresi. -Don Pedro de Guzmán se dijo don Pedro de Noche. Demostración que hizo el rey de querer dar la batalla al Emperador. -Sitian los 5

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imperiales a Landresi. -Escaramuza entre imperiales y franceses. - XLVI Cómo pasó el representar la batalla el rey al Emperador. -La gente que había en los dos ejércitos. -Sale el Emperador en campo armado, con propósito de dar la batalla al rey. -Dicho notable del Emperador. -Muerte de don Juan Pacheco. -Retíranse los franceses, no se atreviendo a esperar. -Quiere el Emperador atajar el camino al francés, que se retira. -Engaños que hubo en los dos campos por falta de espías. -Por descuido dejó de ser preso el rey de Francia. -Conoce el rey su gran peligro, y trata de huir a cencerros tapados. Jovio culpa al capitán Salazar. - XLVII - Embajada del Emperador al inglés. XLVIII - Viene Barbarroja a Francia con armada del Turco. -Va Barbarroja sobre Niza. -Lastimosa presa de niños cristianos. -Hecho escandaloso de unos frailes. - XLIX - Invierna Barbarroja en Francia. -Corren turcos la costa de España. -Castiga Dios a los que se valen de infieles.

Libro veinte y seis - I - Casamiento del príncipe don Felipe. -Aparato y riqueza grande de Medina Sidonia. -Gasto grande del duque. - II - Casamiento del príncipe don Felipe. Recibimiento que Salamanca hizo a la princesa. -Pedro de Santerbas, notable hombre de placer. - III - Hachazos entre castellanos y andaluces. -Vélanse los príncipes muy a solas. - IV - Un pigmeo extrañamente pequeño. -Lluvias grandes de este año. - V - Orden del Tusón. -En qué manera se llaman los caballeros del Tusón. -Notable hombre llamado Jorge David. Año 1544. - VI Concierto con el de Ingalaterra para la guerra contra Francia. -Murmura la Cristiandad de los reyes. -Lo que se concertó entre el Emperador y rey de Ingalaterra. -Aprestos de guerra del inglés. -El duque de Alburquerque, general inglés. - VII - Qué príncipes se hallan en las Dietas. -Qué cosa es la Dieta y los que se juntan en ella. -Gastó en vino el duque de Sajonia treinta mil florines. - VIII - Solemnidad con que se comenzó la Dieta. - IX Proposición en la Dieta de Espira. -Responden los príncipes a la proposición hecha en nombre de Su Majestad. - X - Respuesta del Imperio a Su Majestad, y lo que ofrece para la guerra. -Humildad con que los tudescos tratan a su príncipe. -Cortesía con que trataban a los españoles. -El Papa y venecianos se espantan del socorro que Alemaña hacía al Emperador. -Requieren los alemanes a los esguízaros que no ayuden al francés. - XI - Pretende el rey de Francia impedir el servicio que en la Dieta le hacían al Emperador. Particulares pretensiones de los príncipes alemanes. Disimúlanse las cosas de la religión a más no poder, con dolor de los católicos. -Celo, prudencia, valor de Carlos V. -Caso notable de fray Hernando de Castroverde en Espira. - XII - Detiénense los herejes en Espira. -Los católicos hacen libremente los oficios divinos. -Sentían bien algunos tudescos de la disciplina y devoción de los españoles. - XIII - Recelos y avisos de la amistad de Andrea Doria con el

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Turco y Barbarroja. -También el de Francia se teme de Barbarroja no le burle. -El de Francia solicita corazones y nuevas amistades. Pide tres cosas a Génova. - XIV - Aprieto grande de Cariñán. -El del Vasto socorre a Cariñán. Batalla entre imperiales y franceses; piérdela el marqués del Vasto. -Habla el del Vasto a los españoles, estando para romper. Vencen los españoles por su parte. -Pierde el marqués del Vasto la batalla. -Los españoles, vitoriosos, se rinden. -Honra que el rey de Francia hizo a seiscientos españoles sus cautivos. - XV - Los franceses, con la vitoria, cobran ánimo y ganan amigos que se declaran contra el Emperador. -En qué día se dió esta batalla. -Llega la mala nueva al Emperador, que estaba en España. -El poco fruto que sacó el francés de esta victoria. -Ayudan muchos al marqués para repararse. -Juan de Vega señalado caballero y de los muy nobles de Castilla. - XVI - Valor con que se defiende el capitán Pirro y sus españoles en Cariñán. - XVII - Engaño de Jovio. -Vencen los imperiales a Pedro Strozi y franceses. -Lo que al Emperador importó esta victoria. - XVIII - Toman los españoles a Pontestura, en el Piamonte. -Miedo de los franceses. - XIX - Jornada grande que el Emperador hizo contra Francia. -Landresi. -Ordena el Emperador la entrada en Francia. -Don Alvaro de Sande corre las fronteras de Francia. Don Hernando de Gonzaga, general del Emperador, se adelanta. -Echase don Hernando sobre Lucemburg. -Ríndese, entrégase a seis de junio. -El bien que se siguió de la toma de Lucemburg. -El daño que hay, tardando las cosas de la guerra o expedición de ella. -Conquista don Hernando otro castillo, Camersi, a 15 de junio. - XX - Parte el Emperador de Espira a diez de junio. -El príncipe Maximiliano acompaña al Emperador. -Nombre de Hernando, amable en España. Mez de Lorena: qué ciudad es. -Partió de Mez a dos de julio. -Campo poderoso que juntó el Emperador. -Rey de Dinamarca. -Falta de bastimentos en el campo imperial. - XXI - Inquietud grande del rey de Francia, y daños que hizo a su reino con ella. -Tributos y trabajos que cargaron sobre Francia, XXII - Fuerzas que había de allanar el Emperador para entrar en Francia. XXIII - Lo que hizo el inglés contra Francia. - XXIV - Combate el campo imperial la villa de Leni, en Lorena. -Tomóse a 29 de julio. -Entran y saquean la villa españoles y tudescos. -Sandelisa se torna. - XXV - Cómo trató de repararse el rey de Francia. -San Desir. -Muerte del príncipe de Orange. Asalto peligroso que los españoles pidieron sin efecto, en que se mostró valiente Luis Bravo de Lagunas. -Lo que se padeció y perdió en los asaltos. Entrégase San Desir a 17 de agosto. - XXVI - Envía el rey de Francia socorro a San Desir, ya de Vitriaco a saco. -Los franceses dicen que se tarde. Desbarátale el duque Mauricio. -Toma rindió San Desir con cautela de unas cartas. - XXVII - Diversos pareceres en el campo imperial sobre proseguir la jornada. -Quiere el Emperador ir sobre París. -Da el Emperador oídos para tratar de paz. -Trátase de paz; aprieta el trato de ella, con celo santo, un fraile dominico que la reina Leonor envió. (Era estudiante en París, y no confesor de la reina, como dice Illescas.) -Vuelven a tratar de la paz primero de 7

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setiembre. -Tenía el campo francés doce mil suizos, ocho mil italianos y algunos gascones y paisanos, y cuatro mil caballos. -Marcha el Emperador de noche, por toparse con el francés. -Firma el rey de Francia los capítulos de paz, por el peligro en que se veía (que se hizo a 17 de setiembre). Destruyen los tudescos las iglesias; roban y saquean lo divino y humano; enójase el Emperador y castiga. -Justicia notable que el Emperador mandó hacer en un criado suyo, por haber saqueado una iglesia. -Conclusión de la paz. -El duque de Orleáns viene a visitar al Emperador. -Remedia el Emperador los desacatos que los tudescos hacían en las iglesias. - XXVIII - Capítulos de la concordia entre el Emperador y el rey de Francia. - XXIX - Avisa el Emperador al rey de Ingalaterra de la concordia. - XXX - Parece ser la concordia en daño del Emperador. Muerte del malogrado Carlos, duque de Orleáns Nuevos recelos de la Cristiandad, y temores de la paz. -Cómo volvió Bolonia a ser del francés. -Duque de Alburquerque sirvió al inglés valerosamente. -Despide el Emperador los españoles, mandándoles que ni sirviesen al francés ni al inglés. -El rey de Ingalaterra llevó los españoles a su servicio. - XXXI - Presa que hizo Barbarroja volviendo para Constantinopla. -Combate el cosario a Puzol. Defienden los españoles. -Sale el virrey en socorro de Puzol. -Presa grandísima que hizo. -Representaban en Constantinopla las presas de Barbarroja en afrenta de la Cristiandad. - XXXII - Resumen de las prosperidades de Barbarrroja. -Su muerte. - XXXIII - Don Álvaro Bazán, general de las galeras de España. -Españoles y franceses pelearon este año en el agua. -Victoria grande que hubo don Álvaro Bazán; el que después fue marqués de Santa Cruz se halló en ella. - XXXIV - Vasallos de las iglesias.

Libro veinte y siete Año 1545 - I - Paz entre los príncipes cristianos. -Trátase del nombramiento de un nuevo Papa. - II - Quienes se Emperador cerca de la corte de Roma contra los herejes. - III - El celo santo que tuvo de remediar los males de Alemaña, cuando no bastase el bien, con fuego y sangre. -El cuidado y pena que el Emperador tenía por las herejías de Alemaña. -Liga que con providencia humana los herejes hicieron. Presunción loca de los herejes de Alemaña. - IV Muerte temprana de la princesa de España. -Murió Carlos, duque de Orleáns. - V - Dieta en Wormes. -Contradicen los alemanes el Concilio en Trento. - VI - Muerte de fray Antonio de Guevara, coronista del Emperador. - VII Alteraciones del Pirú. -Va Blasco Núñez Vela por virrey, en el año 1543. Prende el virrey a Vaca de Castro. -Gonzalo Pizarro, procurador general. Comienzan las juntas y alteración de ánimos. -Levantan los alterados banderas y armas. -Sello real y audiencia en Lima, 1544. -Comienza Pizarro a hacer

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oficio de tirano. -Caravajal, maestre de campo de Pizarro. -Mata el virrey injustamente al fator Illán Juárez. -Retírase el virrey a Trujillo. -Discordia entre el virrey y oidores. -Saquea la gente de guerra la casa del virrey, y casi los oidores le prenden. -Pónense en armas unos contra otros. -Los parientes del fator quieren matar al virrey. -Quieren los oidores enviar medio preso al virrey en España. -Requieren los oidores a Pizarro que deje las armas y derrame la gente. -Pónese Pizarro con su campo a cuarto de legua de Lima. -Amenaza Pizarro con saco y muertes a los oidores. -Dánle los oidores, vencidos del miedo, título de gobernador. -Entra Pizarro en Lima, de guerra, con aparato. Recíbenle, a pesar de la audiencia, por gobernador. -El virrey, que se escapó de la prisión, llama gente y pónese en orden contra Pizarro. -Allanamiento del Pirú.-El licenciado Pedro de la Gasca va a pacificar el Pirú. -Gana Gasca a Hernán Mejía. -Gana a Hinojosa y otros capitanes, con la armada: principio del bien. - Pareceres sobre la venida del presidente. -Entrégase la armada al presidente. -Quiere Pizarro impedir que de la armada no saltasen en tierra. Los partidas que de parte del Emperador se hacían a Pizarro. -Procura Lorenzo de Aldana que la gente levantada entienda el perdón y mercedes que el Emperador hacía. -Vásele gente a Pizarro. -Dicho de Caravajal, viendo írsele a Pizarro la gente. -Alzase Lima por el rey. -Deshecho Pizarro. -Acudía gente al presidente Gasca. -Marcha el presidente, con su campo, al valle de Jauja. -Tiranía grande de Pizarro. Ordena el presidente su campo para acometer a Pizarro.-Pedro de Valdivia, escogido capitán, valió mucho contra Caravajal. -Siéntese Pizarro apretado; requiere al presidente que suspenda la armada. -Alójase Pizarro en sitio fuerte para esperar al presidente. -Ofrece Pizarro la batalla. Cepeda y otros se pasan al campo de los leales. Estando para romper, se deshacía la gente de Pizarro y pasaba al presidente. -Dicho cristiano de Pizarro. Viendo que se le iban todos, ríndese y entrega. -Prenden a Caravajal. -Justician a Gonzalo Pizarro y otros. -Prudencia notable del presidente.

Libro veinte y ocho Año 1546 - I - Llega el Emperador a Espira. Visítanle Landzgrave y el conde Palatino. Dieta en Ratisbona. Acuden católicos y herejes. -Muerte miserable de Lucero. - II - Lo que el Emperador propuso en la Dieta de Ratisbona. - III - Trajo el rey don Hernando a la reina con cinco hijos, de ocho que tenía. - IV - Quiénes se hallaban en Ratisbona con el Emperador. - V - Qué ciudad es Ratisbona. VI - Los de Augusta se ponen en armas. - VII - Los príncipes que ayudaron en esta guerra. - VIII - Junta poderosa de gente de guerra que levanta el Emperador. -Sebastián Xertel. Quién fue. -Camina la gente de Italia para

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Alemaña. -Lo que valía el nombre sólo de Carlos V. - IX - El duque de Sajonia y Lantzgrave escriben al Emperador. -Júntase el campo luterano y el número a que llegaba. - X - Las letras que los luteranos llevaban en sus estandartes. - XI - Prosperidades de los luteranos. - XII - El rey de romanos y duque Mauricio entran por las tierras del enemigo de Sajonia. -Bando del Imperio. Qué cosa sea. -Error del campo de los herejes. -Pirro Colona, valeroso capitán. -Sale el Emperador en campaña, y orden en que se pone. Determinación animosa del César: o morir o vencer. -El duque y Lantzgrave envían una carta al Emperador, y lo que respondió el duque de Alba a los que la traían. -Gente escogida que llegó de Italia al campo imperial a diez de agosto. -Pasa el Emperador el río, y pónese a la banda del enemigo. -Cuidado y temor del enemigo por ver al Emperador de la banda del río por donde él iba. -Semblante que mostró el campo imperial en una arma falsa. -Cuidado del Emperador en mejorarse en los alojamientos. -Orden que tuvo el campo imperial marchando. -Hacía el Emperador oficio de general y capitán cuidadoso. -El duque de Alba reconoce a Ingolstat. - XIII - Escaramuzan una banda de caballos y arcabuceros españoles con los enemigos. -Llegó voz al campo que el enemigo venía a dar la batalla. -Alójase el Emperador. Arrogante presunción del enemigo. -Fuerte alojamiento del enemigo. - XIV Don Álvaro de Sandi y el capitán Arce saltean y maltratan al enemigo. Sentían los herejes las malas noches que los imperiales les daban tocándoles arma. - XV - Acércanse los campos a tres millas. -La mucha artillería que el enemigo tenía, y gran aparato de guerra. - XVI - Orden en que venía el campo enemigo. -Había prometido Lantzgrave a las ciudades rebeldes de prender o matar o echar fuera de Alemaña al Emperador. -Pónese en orden el campo imperial para esperar al enemigo. -Pareceres diferentes sobre dar la batalla al Emperador. -Quieren ojear con la artillería y sacar de su alojamiento al Emperador. -El peligro en que se ponía el Emperador, visitando y reconociendo su campo. - XVII - Batería cruda que los herejes dieron al campo imperial. -Cuidado y peligro con que andaba el duque de Alba. Setecientas balas echaron dentro del campo imperial. -Nueve horas sin cesar jugó la artillería enemiga. -Palabras soberbias de Lantzgrave en desprecio de los imperiales. -Fortifican los imperiales sus alojamientos. -Escaramuzas vistosas y sangrientas. - XVIII - Quiere el duque de Alba ganar una casa al enemigo. - XIX - Proyecto fallido. - XX - Baten el campo imperial con la mesma furia del día antes. -Peligro de la persona imperial. -Mil balas se hallaron dentro del alojamiento. -Alonso Vivas sale a escaramuzar. - XXI Quiere el conde Palatino congraciarse con el Emperador. - XXII - Desafío de Martín Alonso de Tamayo. - XXIII - Vuelven otra vez los enemigos a batir el campo. -Los enemigos alzan el campo a 1 setiembre. - XXIV - Notable incendio en Malinas. - XXV - El trabajo y peligro con que el conde de Bura, con la gente de Flandres, vino a juntarse con el Emperador. - XXVI - No se sabía el camino que el enemigo llevaba. -Engaño del enemigo. -Asientan en 10

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Tonabert. - XXVII - El Emperador sale a ver la gente que trajo el conde de Bura y quiere seguir al enemigo. -Pónese el Emperador en peligro de hacer lo que era de un capitán ordinario. -Pasa el Emperador el Danubio y alójase media legua de Ingolstat, y camina el campo diferentemente. -Ríndese al Emperador Neuburg. - XXVIII - Cuán acertado anduvo el Emperador en esta guerra. -Mostróse el Emperador más clemente que severo. - XXIX - Muestra del ejército imperial. -Parte el Emperador en busca del enemigo. -Reconoce el duque de Alba a los alojamientos del enemigo, y dónde poder alojarse el Emperador. -Quiere el Emperador sacar el enemigo de su alojamiento, que era fuerte. - XXX - Escaramuzas que hubo entre los dos campos. -Toca la gota al Emperador, pero no deja la guerra. -Qué orden se guardó siempre en el marchar. -Sobresalto en el campo imperial, que venía el enemigo. Embaraza el poder ver a los enemigos una niebla grandísima. -La diligencia grande que pusieron en caminar los rebeldes. -Nota lo que dijo el Emperador al duque de Alba diciendo que parecía que los enemigos querían la batalla. -En qué orden se puso el campo. -El príncipe de Piamonte, general del escuadrón de la corte y casa imperial. -Escaramuza el príncipe de Salmona con los enemigos. - XXXI - Vuelve el Emperador otro día a dar vista al enemigo. Procura el Emperador dañar al enemigo, que estaba fuerte en su alojamiento. Toman los imperiales a Tonabert. -Alójase el Emperador en Tonabert sin embarazarle el enemigo. -Pasa el Emperador adelante. -Ríndensele otros lugares al Emperador. -Sigue una banda de imperiales a Xertel. - XXXII - El Emperador va con el duque de Alba a reconocer el camino del enemigo. XXXIII - Quiso el Emperador ir contra Ulma. - XXXIV - Nueva manera de guerra era de alojamiento en alojamiento. -A 20 de octubre ordena el duque de Alba una gruesa escaramuza. - XXXV - Prosiguen las escaramuzas sacándoles a ellas los imperiales. -Encamisada que se dio a los herejes. -Nota lo poco que el español sabía de los coches, agora tan en perjuicio de la caballería y de la honestidad usados. - XXXVI - Fatigan mucho a los alemanes las armas que se les dan de noche. -Mano que el príncipe de Salmona dio una noche a los enemigos salteadores. - XXXVII - Muda el alojamiento el Emperador. XXXVIII - Vuelve a Roma el legado Farnesio. -No pudieron los enemigos salir a pelear. - XXXIX - Tiene correo el Emperador de los buenos sucesos del rey don Fernando, su hermano. -Cuidado grande del Emperador con su campo. -Saludable parecer que tuvo el Emperador de proseguir la guerra, aunque fuese invierno. - XL - Muda el Emperador alojamiento por mejorarse. Notoria ventaja que ya hacía el campo imperial. Ríndese Norling. - XLI Quieren los herejes tratar de paz. - XLII - Quiere el Emperador desalojar al enemigo. -Parten y desamparan los enemigos el campo antes que el Emperador diese en ellos. -Sigue el Emperador al enemigo. -Va el duque de Alba a dar en ellos. -Gana el duque un cerro. -Hácense fuertes los herejes en un monte, y llano. -Falta el día. -Alójanse los unos y los otros. -Cuatro veces los desalojó el Emperador. -Diligencia grande del Emperador por que no se le 11

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fuese el enemigo. -Camina el enemigo toda la noche huyendo. -Luis Quijada va a reconocer. -Nieve y frío grande. -No bastan trabajo, hambre, frío y nieve a quitar al Emperador de seguir al enemigo. - XLIII - Prudencia y valentía del Emperador. - XLIV - Dividiéronse los enemigos; ventaja que pudieran tener. Toma el Emperador la vía de Norling para atajar al enemigo y combatir con él. - XLV - El Emperador quiere romper los enemigos, antes de conquistar las ciudades. - XLVI - Deshácense los enemigos. Tira cada cabeza por su parte. El conde de Bura vuelve a Flandres. - XLVII - Viene el Emperador a Hala de Suevia, ciudad principal rendida. -El conde Palatino procura la gracia del César. -Clemencia del Emperador. - XLVIII - Ulma se reduce. Ciudad poderosa y rebelde. - XLIX - Por qué quiso el Emperador sujetar a Viertemberg antes de pasar adelante. - L - Entra el duque de Alba delante. Síguele el Emperador. -Rinde y sujeta brevísimamente este Estado. - LI Ríndense siete ciudades en un día. -Piden misericordia en lengua española. Amaban al Emperador los alemanes. Llamábanle padre. - LII - Lo que con suma humildad dijeron de su culpa. -Los de Augusta suplican al Emperador perdone a Xertel, que fue capitán de su alteración. -Temen en Augusta. Ríndese. - LIII - Condiciones con que se rindieron muchos caballeros. - LIV Lo que duró esta guerra, en la cual el Emperador hizo oficio de general. - LV Muerte del Cristianísimo rey Francisco, príncipe digno de perpetua memoria y de ser contado entre los grandes del mundo.

Libro Vigesimonono Año 1547 - I - Fuentes para este libro. - II - El duque Frederico de Sajonia cobra lo que de sus tierras le habían quitado. - III - El Emperador quiere ir en persona contra el duque de Sajonia. -El poco caso que del rey don Fernando hacían en Bohemia, y el mucho que del de Sajonia. - IV - Concordia con el duque de Viertemberg. - V - Cómo se sujetaron otros lugares. -Enviudó el rey don Fernando. - VI - El de Sajonia prende al duque Alberto. - VII - Viene rendido el duque de Viertemberg, por el mes de marzo. -Ceremonia con que hizo su satisfacción. - VIII - Llega el Emperador a Gunguen. Prosigue su camino. Prende el de Sajonia al marqués Alberto. -Deja el sajón a Mauricio y diviértese a Bohemia. - IX - Muerte del capitán Madrucho. -Campo que el Emperador llevaba. - X - El rey de romanos se había embarazado de un enemigo. -Pide gente al Emperador. - XI - Disposición y aspereza de la tierra de Bohemia. XII - Llega el rey y el duque Mauricio donde estaba el Emperador. - XIII Parte el Emperador para Eguer, ciudad católica. -Va delante el duque de Alba. -Van en busca del enemigo, duque de Sajonia. -El duque de Sajonia estaba en Maysen, de la otra banda de Albis. -Busca vado el campo imperial. -Niebla 12

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oscurísima. - XIV - Alojamiento y gente del sajón. -Reconoce el duque de Alba el río y vado. Halla el duque vado, y lengua que guíe. - XV - Echanse a nado los españoles para ganar unas barcas. -Ganan las barcas los españoles. Descúbrese el vado. -Desamparan los herejes la ribera. -El villano que descubre el vado. -Pasan el vado y río resistiendo al enemigo. -La majestad y grandeza con que el Emperador pasó el río. - XVI - El Emperador sigue al enemigo. -Lo que dijo el Emperador viendo al crucifijo maltratado de los herejes. -La gente y orden del campo imperial. -Orden y gente del sajón.Príncipes que acompañaban la persona del Emperador. - XVII - Iguálanse con el enemigo. -Nombre que el Emperador dio a su gente. -Carga el duque de Alba en muy buena ocasión al enemigo. -Huyen los enemigos. -Los húngaros ejecutan la vitoria, apellidando: «España, España.» -Destrozo y rota grande del enemigo sajón. - XVIII - Prisión del duque de Sajonia. -Recibe el Emperador al duque de Alba con alegría por lo que tan bien había trabajado. -Los que pretendían ser autores de la prisión del sajón. -Respeto cortés y humano que el Emperador tuvo al duque de Sajonia. -Peligro en que se vió el duque Mauricio. - XIX - El Emperador arma caballeros a muchos que se señalaron en la batalla. - XX - Marcha el Emperador a Viertemberg. - XXI - Notóse una manera de milagro en el vado que el Emperador pasó. - XXII - Clemencia del Emperador. - XXIII - Condiciones con que el Emperador hizo gracia de la vida al duque de Sajonia.` - XXIV - Visita al Emperador la esposa del duque de Sajonia. - XXV - Visita el Emperador a la duquesa de Sajonia. - XXVI Embajadores de grandes príncipes. -Sacan al marqués Alberto de la prisión. XXVII - El duque Enrique de Branzuic fue desbaratado. -Fuerzas que esperaba tener el sajón. -El lantzgrave trata de la gracia del Emperador. Escribe lantzgrave a Mauricio y envía los capítulos y condiciones con que se rinde. -Admite el Emperador este trato. -El Emperador, aunque se trataba de paz, prosigue el camino contra Lantzgrave. - XXVIII - Con qué condiciones se rindió Lantzgrave. -Palabras de Lantzgrave. - XXIX - Contestación del Emperador. - XXX - Legado del Papa llega y da al Emperador la congratulación de parte del Pontífice, y renombre de Máximo y Fortísimo. XXXI - Camina el Emperador costeando a Bohemia, por ponerles freno. XXXII - Reina en Francia Enrico, tan valeroso como su padre. - XXXIII Levantamiento de Nápoles. - XXXIV - Nueva pretensión del rey don Enrique de Francia. -A 10 de setiembre se comenzó la Dieta. - XXXV - Caso desdichado. - XXXVI - Continúa la misma materia. - XXXVII - Quiere el Emperador que los alemanes reciban el Concilio. -Enferma el Emperador en Augusta. -Ruy Gómez de Silva viene a visitarle de parte del príncipe. XXXVIII - Muere Fernán Cortés, capitán digno de memoria. Muerte de Alonso de Idiáquez. -Estatuto de la santa Iglesia de Toledo contra los judíos. Muerte de Enrico VIII, rey de Ingalaterra.

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Libro treinta Año 1547 - I - El ínterin de Alemaña, murmurado contra el Emperador. -Embajadores de Bolonia al Emperador. -Sentencia el Emperador al duque de Sajonia en privación. - II - Manda el Emperador que se guarde el ínterin en Alemaña. III - Van los españoles contra Constancia. -Visita el Emperador las ciudades del Imperio. -Quita el gobierno a los luteranos. - IV - Envía el Emperador a llamar al príncipe su hijo y escribe a los reinos de España. -Justifica el Emperador la jornada del príncipe a Flandres. - V - Encomienda el gobierno de estos reinos a Maximiliano y María. - VI - Tiene Cortes el príncipe en Valladolid, con poco gusto. -Déjase el antiguo servicio de la casa real de Castilla y toma el de la de Borgoña. - VII - Esperaban en Castilla al príncipe Maximiliano. Sálele a recibir el condestable de Castilla. -Despósanse Maximiliano y María. - VIII - Parte el príncipe de Valladolid, y su viaje a Flandres. -Viaje del príncipe, de Calvete. - IX - Llega el príncipe a Bruselas. Viuda memorable, doña Estefanía de Requeséns. -Tratan de jurar al príncipe en Flandres. -Muerte del papa Paulo III, y algo de sus condiciones. -Notable pobreza del Papa. -Julio III, nuevo Pontífice, aficionado al Emperador. - X Notable esterilidad y carestía deste año en Castilla. Año 1549. - XI - Juran a Maximiliano en Bohemia. -El Consejo Real contra los que sacan moneda del reino. -Nacimiento de la reina doña Ana en Cigales. -Llevan el cuerpo de la princesa doña María de Portugal a Granada. Año 1550 - XII - Fiestas que hace el príncipe el día que nació el Emperador. -Difiere el Emperador la Dieta de Augusta para 25 de junio. - XIII - Quería el Emperador volver en Alemaña. -Pártense el Emperador y príncipe. -Provisión del Emperador contra las herejías que comenzaban en Flandres. - XIV - Llega el Emperador a Augusta para tener Dieta. -No quieren los herejes venir a la Dieta. -Ingratitud del duque Mauricio. -Peligro grande en que se metió el Emperador con el celo de la Iglesia católica. -Los protestantes querían quitar el poder al Papa, y darle a los emperadores. - XV - Sentía mucho Lantzgrave su larga prisión. -Junta en Valladolid sobre cosas de las Indias. - XVI - Dragut. Quién fue. - XVII - Dragut. - XVIII - Sale Andrea Doria a buscar a Dragut, año 1549. - XIX - Apodérase Dragut de las villas de Monasterio y Cuza. - XX - Entra Dragut en Africa. - XXI - Sitio fuerte de Africa. - XXII - Dragut. XXIII - Dragut. - XXIV - Prosigue la guerra contra Africa. - XXV - Prosigue la guerra contra Africa. - XXVI - Prosigue la guerra en Africa. - XXVII Prosigue la guerra en Africa. - XXVIII - Prosigue la guerra en Africa. - XXIX

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- Prosigue la guerra de Africa. - XXX - Salta la gente en tierra y sitian la ciudad. - XXXI - Prosigue la guerra de Africa. - XXXII - Prosigue la guerra en Africa. - XXXIII - Prosigue la guerra en Africa. - XXXIV - Salen los de Africa a hacer daño en el campo. - XXXV - Prosigue la guerra de Africa. - XXXVI Prosigue la guerra de Africa. - XXXVII - Hazaña de un valiente portugués. XXXVIII - Dragut. - XXIX - Prosigue la guerra de Africa. - XL - Prosigue la guerra de Africa. - XLI - Sigue la misma guerra. - XLII -Sigue la misma guerra. - XLIII - Sigue la misma guerra. - XLIV - Sigue la misma guerra. - XLV Sigue la misma guerra. - XLVI - Orden en dar el asalto a la ciudad. -Murieron tres hermanos que se llamaron Moreruela, teniendo uno tras otro la bandera. Fortaleza de Africa y fin de su conquista. - XLVII - Embajada del Turco al Emperador y respuesta de Su Majestad Imperial.

Libro treinta y uno Año 1551 - I - El rey Enrico de Francia quiere mover guerra, descontento de la paz que su padre hizo. -Métense franceses en Parma. -El Papa, de suyo pacífico, sale forzado a la guerra. -El Papa y Emperador cercan con sus gentes a Mirándula y Parma. - II - Usa Enrico de las artes del rey su padre. -Quiere inquietar a Alemaña. -Renueva y confirma la amistad con el Turco. - III - Dragut, favorecido del Turco y rey de Francia, se quiere vengar. -Andrea Doria lleva provisiones a Africa, y corre el mar buscando a Dragut. -Enciérrale, y escápasele maravillosamente en la canal de Cantara. -Engaña Dragut a Andrea Doria. - IV - Toma Dragut en los Querquenes la patrona de Sicilia. - V Apercíbense en Italia, con rumor de la armada del Turco. -Armanse Sicilia y Malta. - VI - Da sobre Malta la armada del Turco. - VII - Llega la flota a Marco Muxeto, puerto apartado de Malta. - VIII - Toman los turcos a Triplo. - IX - Guerra entre el Papa y Octavio Farnesio. -Prestó dineros el Emperador al Papa para la guerra de Parma. -Bula de medios frutos que el Papa concedio al Emperador. -Detiénese el Emperador en Augusta esperando lo que hace el francés y armada del Turco. -Responde el Papa al Emperador. - X - Vuelve el príncipe en España con poderes para gobernar. -Carta del Emperador a Castilla. - XI - Poder especial que el Emperador dio al príncipe su hijo. - XII Lo que el Emperador se recelaba de una nueva guerra, que ya se temía, con el Turco, con el francés y con luteranos. - XIII - Atrevimiento de un hermano del duque Mauricio contra el Emperador. -Capítulos entre Enrico, rey de Francia, y Mauricio y Augusto. -Júntanse los alemanes pidiendo la libertad de Lantzgrave. - XIV - Juran en Navarra al príncipe don Felipe. - XV - Palabras y papeles graves y injuriosos entre los príncipes. -Hízose esta liga por medio de Juan Friginio, obispo de Bayona. Año 1552. - XVI - Sale Enrico con poderoso

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campo contra el Emperador. - XVII - Hecho arbitrario y cruel con la duquesa de Lorena, del rey de Francia. - XVIII - Progreso de las armas francesas. XIX - Ambición del rey de Francia. - XX - Va contra Tréveris Enrico. -Pasa contra Argentina. Vale mal. -Gana a Haganoam. -Los herejes protestantes agradecen al francés su entrada en Alemaña. - XXI - Retírase el francés apresuradamente. -Estragos y muertes que el francés hizo. -Toma el francés a Ivosio. - XXII - Cuán mal iba en Picardía al francés. - XXIII - Retirada final del rey de Francia. Conclusión de esta jornada. - XXIV - Mauricio se altera. XXV - Retírase el Emperador del atrevimiento de Mauricio. -Conciértase el Emperador con el duque Mauricio. - XXVI - Vuelve el Emperador a Augusta, con intento de castigar a los alemanes. -Alberto de Brandemburg hace guerra. - XXVII - Entra en Augusta el Emperador. -Entra en Argentina. -Duque de Alba, general del campo imperial. - XXVIII - Sitia el Emperador la ciudad de Metz a 22 de octubre. -Poderoso campo del Emperador. - XXIX - Varios sucesos. - XXX - Prosigue la misma materia. - XXXI - Encamisada que el marqués de Mariñano dio al francés. -Fortifícase el marqués, y da vista al enemigo senés. -Ríndense los enemigos de Sena en Ayvola. - XXXII Acomete el marqués y rinde otros lugares. -Pedro Strozi, con otros capitanes y franceses, viene a socorrer a Sena. -XXXIII - Arman una traición al marqués. -Matan a traición quinientos soldados españoles y italianos. -El prior de Capua urdió esta traición. - XXXIV - Muerte del prior de Capua, gran servidor del rey de Francia. -Tiro con que un labrador mató al prior y a otro. -Tópanse en Pistoya el marques y Pedro Strozi. -Toma Strozi a Santa Bonda. -Acude el marqués sobre Bonda. -Viene Strozi a socorrerla. -Socorro de españoles, y escaramuza apretada. -El duque de Florencia quiere rematar la guerra en una batalla, por excusar los gastos. - XXXV - Sintióse apretado Strozi. -Resuélvese en la batalla. -Vence el marqués a Pedro Strozi. -XXXVI - Hacen muestra ambas partes para volver a pelear. -Rota de Pedro Strozi. - XXXVII - Don Juan Manrique fue gran parte para allanar a Sena y vencer a Pedro Strozi. XXXVIII - Rencuentro de Andrea Doria con Sinán, turco. El rey Enrico pide al Turco que envíe su armada sobre Nápoles. -Alteración de Nápoles viendo la armada turquesca. -Quéjanse los turcos del rey de Francia. -Andrea Doria y don Juan de Mendoza están dudosos de lo que harán. Año 1553 - XXXIX - Vuelve el Emperador a Flandres. -Guerra cruel entre Mauricio y Alberto. -Desafíanse bravamente los dos enemigos Mauricio y Alberto. - XL Guerra en Picardía entre franceses y flamencos. -Toma el francés a Hesdin. Teruana, ciudad frontera de los Países Bajos. - XLI - Prosigue la guerra el duque de Saboya contra franceses. -Desgracia lastimosa en la fortaleza de Hesdin. - XLII - Escaramuzas continuas entre franceses y imperiales. -El francés arma una emboscada. Sálele mal. - XLIII - El rey de Francia se halló 16

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en el campo este día. -Retírase el de Saboya a Valencianes por no se hallar igual al enemigo. -Llegó el rey a Cambray. -Demostración que hizo el rey de dar la batalla cerca de Valencianes. -Retírase el rey y deshace su campo. XLIV - Guerra en Lombardía entre franceses e imperiales. -Toma don Fernando a Orfanela. Fortifícala. - XLV - Saltean los franceses a Vercel. -Va don Hernando de Gonzaga a socorrer a Vercel. -Retírase el francés de Vergel. - XLVI - El príncipe de Salerno. Por qué dejó al Emperador. -Condiciones con que el Turco ofrece su armada al francés. - XLVII - Toman los turcos a Bonifacio. - XLVIII - Quiso el príncipe de España casar con su tía, infanta de Portugal. -Conciértase con la reina de Ingalaterra. Año 1554 - XLIX - Concierto matrimonial del príncipe. - L - Llegó el conde de Agamón a Valladolid con los despachos del casamiento. - LI - Queda la princesa doña Juana por gobernadora de Castilla, y la instrucción que el príncipe dejó. El de Mondéjar, en Indias. -El de Cortes, en Ordenes. -Don Antonio de Rojas, ayo del príncipe. -Don García de Toledo, mayordomo mayor de la princesa. - LII - Embárcase el príncipe. - LIII - Casamiento del príncipe de España, y reina de Ingalaterra. -Llámase rey de Nápoles don Felipe. -Aclaman a don Felipe rey de Ingalaterra. - LIV - La guerra que hubo en Picardía. -Lugares que el rey tomó cerca de Mariemburg. -Julián Romero, valiente español. -Duque de Saboya, general de campo imperial, sale a resistir al francés. -Braveza del rey Enrico. -Destruye los lugares de Henaut. - LV - Sale el Emperador en seguimiento del rey. -Provoca el Emperador al francés a la batalla. -Rehúsala el rey. -Gruesa escaramuza. -Retírase el campo francés, no queriendo la batalla. Revuelven los franceses sobre parte de los imperiales. -Válense valientemente los españoles. -Los que en los reencuentros murieron. -El francés deshace su campo, contento con lo que había hecho. -El Emperador se vuelve a Bruselas. -El de Saboya destruye el condado de San Pablo. -Lo que el de Saboya destruyó riberas del río Somona. - LVI - La guerra que hubo en el Piamonte. Don Alvaro de Sandi, valiente español, fatiga al francés. -Cerca el francés a don Alvaro en Valfanera. -Gómez Juárez de Figueroa socorre a don Alvaro. Don Alonso Luis de Lugo.

Libro treinta y dos Año 1555 - I - Muerte de la reina doña Juana, en Tordesillas, a once de abril, en edad de setenta y tres años. - II - Mala voluntad del nuevo Pontífice. - III - Dieta en Augusta. Preside en ella el rey don Fernando. - IV - Vuelven a las armas

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imperiales y franceses. Júntanse para concordar los príncipes. - V - Fortifica el francés a Marienburg para embarazar con el Emperador. -Los españoles rompen a los franceses. - VI - Abrásanse en guerras franceses. -Flamencos destruyen los campos. -Rompe Orchimont a los franceses. - VII - Don Hernando de Gonzaga, señalado en esta historia por su gran valor y hechos. VIII - Entrada del duque de Alba en Italia. - IX - Frustrado Brisac del primer intento, va sobre los españoles de Brema y Sartirana. -Avisan dos villanos de una emboscada francesa. - X - Prosigue la misma materia. - XI - Bate Brisac a Poma, y rindesele; pasa a sitiar a Valencia. -Los imperiales salen y le hacen rostro. - XII - Baeza. - XIII - Socorre don Lope de Acuña valerosamente y remedia el desorden de los suyos. - XIV - Culpa de la gente de armas del ejército imperial. - XV - Quieren los franceses desbaratar dos compañías del príncipe de Piamonte y conde de Potencia. Mata un tiro a don Hernando de Bobadilla. - XVI - Viene el duque de Alba a socorrer a Ulpián con poderoso campo. -Llega el duque a Valencia a 18 de julio. -Bate el duque el castillo de Poma, y tómale. -Socorre el duque a Ulpián. -Los franceses desamparan las plazas con temor del duque. -Provisiones y gente que el duque metió en Ulpián. -Queda mal proveído Ulpián, y descontentos los soldados. -Envía el duque a reconocer a Santián. -Parecer de don Alvaro de Sandi sobre sitiar a Santián. -Engaño de los capitanes del duque. -Resuélvese el duque de echarse sobre Santián. -Sitia el duque a Santián. -Conoce el duque haber sido engañado. -Retírase el duque de Santián. -Fortifica el duque a Puente Astura. XVII - Va don Lope de Acuña con paga a San Germán. Vese en peligro. Avísale una vieja. -Segundo peligro en que se vio don Lope. -Don Lope de Acuña, quién fue, - XVIII - Monsieur de Brisac y el duque de Aumala vienen contra Puente Astura. -Don Alvaro de Sandi, enfermo, defiende a Ponte Astura, mal fortificada, de treinta mil franceses. -Levántase el francés de Ponte Astura. Pasa a Moncalvo. -Infame hecho de Cristóbal Díaz, ruin capitán.. Hecho notable de don Alvaro castigando al cobarde capitán. - XIX - El duque de Aumala, incitado de un soldado, quiere sitiar a Ulpián. -Mala suerte de Garcilaso de la Vega. - XX - El duque de Aumala tiene sitiado a Ulpián. Consulta el duque de Alba con don Lope de Acuña cómo socorrer a Ulpián, y encomiéndale esta empresa con gran encarecimiento. -Responde don Lope ofreciéndose a la empresa. - XXI - Parte don Lope a socorrer a Ulpián. - XXII - Salen los cercados animosamente a dar en los cercadores. - XXIII - Honrado respeto de Garcilaso de la Vega. -Diversos pareceres entre los capitanes de Ulpián. - XXIX - Baten las casas matas, flacas y mal hechas. -Caen las casas matas. - XXV - Revienta la mina en favor del francés. -Arremeten los franceses. Rebátenlos. - XXVI - Cinco horas y media duró el asalto. - XXVII Solos diez y ocho españoles, y pocos italianos se hallaban en Ulpián. -Quiere rendirse don Manuel de Luna.- Don Lope lo contradice. - XXVIII - Pelean en el agua imperiales y franceses. -Desesperado hecho de los flamencos holandeses. - XXIX - Suspenden las armas imperiales y franceses. -Tregua por 18

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cinco años. -Mueve la guerra el Papa, aunque Papa y muy viejo, y llegó a lo que otros dirán. - XXX - Qué motivo tuvo el Papa para mover la guerra al Emperador, y rey su hijo. - XXXI - Instrución que el rey dio a Garcilaso. Palabras cristianísimas del rey Felipo. - XXXII - Pérdida de Bujía. -Marqués de Cañete, virrey del Pirú. - XXXIII - Renuncia el Emperador en el rey su hijo los Estados de Flandres. -Razonamiento elegante que hizo en la renunciación Feliberto de Bruselas, gran chanciller y del Consejo de Cámara. -Encarga a los flamencos la religión católica. - XXXIV - Lo que dijo el Emperador después de la oración de Filiberto. - XXXV - Responde en nombre de los Estados al Emperador el doctor Jacobo Masio. - XXXVI - Lo que dijo el rey Felipo. Habla el cardinal Granvela, obispo de Arras, en nombre del rey. -Despídese la reina María y pide perdón de su gobierno. -Responde por los Estados el mismo dotor Jacobo. -Jura el rey Felipo los fueros de aquellos Estados y ellos le juran por príncipe y soberano señor. -Carta de renunciación de los Estados de Flandres. - XXXVII - Anuncia el Emperador su renuncia del gobierno de España. - XXXVIII - Treguas entre el Emperador, el rey su hijo y el rey de Francia. -Prende el Papa a los cardenales devotos del Emperador y al embajador Gracilazo. - XXXVIII - Renuncia de Carlos V. ]Escribe el Emperador a los grandes y perlados de España la causa de su renunciación. En Valladolid alzan pendones por el rey Felipe. - XXXIX - Parte el Emperador para España. Historia de la vida que el emperador Carlos V rey de España hizo retirado en el monasterio de Yuste. Año 1556 - I - Diferente género de historia. - II - El monasterio de Yuste.] No tenía el Emperador más que una haca y una mula vieja. -No tenía cabeza para andar a caballo. - III - La pobreza grande de su casa. -Deseos que tuvo en vida de la Emperatriz desta perfección. -Cómo mandó sepultar su cuerpo y el de la Emperatriz. -Lo que dijo dél su confesor sobre la dejación de los Estados. No quiso tener médico particular, sino sólo el del convento. -Lo que dijo a su barbero sobre el hacer sus honras antes de morir. -La humildad y obediencia que mostró en el monasterio. - IV - Lo que le sucedió con los visitadores de la Orden. -Pide el Emperador que no lleguen mujeres cerca del monasterio. - V Repara el Emperador en que la visita fuese tan breve. -Manda pregonar que las mujeres no lleguen cerca del monasterio. - VI - Los cargos que los visitadores le hicieron, y lo que Su Majestad sintió. -Temor o respeto del César de lo que le dijo un fraile. - VII - Ejercicios espirituales de la oración y contemplación. -Amigo de música. -Oído que tenía en ella. - VIII Entreteníase con los criados con toda llaneza. - IX - Celo grande de la le y lo que dijo de la prisión de Cazalla. -Dice que erró en no matar a Lutero.-Que era peligroso tratar con herejes. - X - Ofrécenle los herejes de ir con su ejército hasta Constantinopla, porque los oya. -Lo que respondió. -Lo que dijo 19

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de la prisión de fray Domingo de Guzmán. -Cuán gran hereje fue Constantino. - XI - Prosigue la empezada materia. - XII - El Emperador y San Francisco de Borgia. - XIII - Prosigue la materia empezada. - XIV - Idem. XV- El Emperador escribió algunos de sus hechos. -Juramento ordinario del Emperador. Año 1558 - XVI - Muerte del Emperador a 21 de setiembre, año 1558, en edad de cincuenta y siete años, siete meses y veintiún días, habiendo reinado cuarenta y tres años y gobernado al Imperio treinta y ocho con suma justicia y satisfacción de las gentes. -Pide la unción con la ceremonia que se da a los frailes. -Devoto del sacramento de Eucaristía. -Llega Carranza, arzobispo de Toledo. -Muere con el nombre de Jesús en la boca. -Con esta voz murió la reina su madre. -Cometa que precedió su muerte. - XVII - Ataúd en que pusieron el cuerpo. - XVIII - Viene el corregidor de Placencia, y quiere apoderarse del cuerpo. -Sacan de la sepultura el ataúd y ábrenlo. -Un pájaro notable que se vio cinco noches arreo. - XIX - Honras por el Emperador. XX - Carta de Juan de Vega sobre la muerte del Emperador. - XXI - Honras que el rey don Felipe mandó hacer en Bruselas en la iglesia de Santa Gúdula, jueves y viernes 29 y 30 de diciembre año 1558. La orden que se tuvo en el caminar a las honras de Su Majestad Imperial, jueves 29 a vísperas, con ocho insignias que se llevaron. La casa del rey iba con el orden siguiente. *Honras en Roma *Testimonio de una revelación que tuvo un santo fraile de como el emperador se salvo *Testamento del emperador Carlos V de gloriosa memoria *Codicilo del emperador Carlos V de gloriosa memoria *Copia de una carta que el rey nuestro señor escribió de Flandres a los testamentarios de emperador nuestro señor, que sea en gloria. *Virtud catolica y cristiana del emperador *Protestación muy devota que el emperador Carlos V, Que es en gloria, hacía cada noche cuando iba a dormir *El padre fray Juan de Salcedo

FIN DEL ÍNDICE DEL TOMO V Y ÚLTIMO

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Libro veinte y cinco Año 1541

-IMuerte de Rincón y Fregoso, por cuya ocasión volvieron a las armas franceses contra cesarianos. -Saltean a Rincón. -Culpan al marqués del Vasto y cargan estas muertes. Relación verdadera de la muerte de Rincón. Ya nos llaman las pasiones de los reyes y suenan los aparatos de sus armas, que con tanto engaño pensaron los hombres que en sus días no se vieran. Y para darles principio en este año de 1541, sucedió un caso de harta pesadumbre, y fue la muerte de Antonio Rincón, español tránsfuga, natural de Medina del Campo, que, ausente por sus culpas de España, servía al rey Francisco. Era Rincón hombre de muchos negocios y que sabía bien cualquiera cosa, y por no ser para usar las amas por el gran impedimiento y carga que tenía de muchas carnes, ocupábale siempre el rey en negocios y legacías, y lo más del tiempo residía en Constantinopla. Cuando en Flandres, como ya dije, se trataba de la paz, alteróse Solimán y quiso matar a Rincón; sino que él se puso en cobro, salvo, viniéndose a Francia. Después, como de los tratos de la paz nació mayor pasión y gana de guerra, tornó el rey a enviar a Rincón a Constantinopla con cartas y dineros y otros despachos para Solimán. Partió de Francia en principio de mayo de este año de 1541, y llegando a Turín, comunicó su viaje con César Fregoso, natural de Génova, y rogóle que le acompañase con una banda de caballos hasta Venecia, donde se había de embarcar para Constantinopla. Holgó Fregoso de hacerlo, y al tiempo que se habían de partir sucedióle a Rincón un mal de corrimientos o reumas, a cuya causa dijo que no quería caminar por tierra, sino irse por el Tesín al Po, y por el Po a Venecia, por agua. Fregoso se recelaba de los españoles y tuvo por peligroso este camino, y decía que lo mejor era volver atrás a los Alpes y tomar el camino por tierra de venecianos, o a lo menos correr la posta hasta Plasencia, y de allí caminar por tierra de amigos; pero por más qué lo porfió no pudo persuadirlo a Rincón, que le llamaba con fuerza su desdichado hado.

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Embarcóse en el Tesín en dos barcas; en la una se metieron él y Fregoso con algunos criados, y en la otra pusieron las cartas y despachos, con una gran suma de dineros No se pudo hacer este viaje tan secreto que no lo sintiesen amigos y enemigos. Jamás se pudo averiguar quiénes fuesen los que quisieron atajar los malos pasos que Rincón llevaba contra Dios y contra su rey y señor natural. Los que fueron, ordenaron una emboscada de barcas al entrar del Po, donde se junta con el Tesín. Salieron a embestir las barcas de Rincón algunos enmascarados, sin que alguno pudiese ser conocido, y dieron con tanta furia en la una de las barcas en que iban Rincón y Fregoso, que sin poder huir los mataron, y a cuantos iban con ellos. Los de la otra barca, donde iban los recados y dineros, escaparon huyendo, y ni ellos pudieron ser habidos, ni supieron decir lo que había sido de sus amos. Los matadores tomaron los cuerpos de Fregoso y Rincón, y desviáronlos del camino de tal manera, que por dos meses no se pudo saber si eran vivos o muertos, hasta que ya vinieron a parecer, comidos de perros, que apenas se conocían; a Fregoso faltaba un dedo de la mano, y por aquél le sacaron. Esta mano dicen que le mandó cortar su mujer para enviar al rey de Francia, pidiéndole venganza de quien con tanta crueldad le había muerto el marido. Túvose luego por cierto que el marqués del Vasto había sido en estas muertes, que se habían hecho con su industria, pero él lo negó siempre muy de veras, y aún puso carteles en diversas partes. El Emperador, ni más ni menos, afirmó siempre que ni lo había mandado, ni sabía quién lo hubiese hecho. Hubo en este negocio, como en todos los demás, diversos juicios en el mundo, mas ya, hasta que venga el general, no se sabrá la verdad del hecho. En la manera dicha cuentan la muerte de Rincón y de su compañero César Fragoso, Paulo Jovio, y su secuaz Illescas. Y es la verdadera que el Rincón forajido fue hombre que con el Turco alcanzó mucha gracia, y el rey de Francia hizo grandes confianzas de él. Cada vez que venía de la corte de Solimán, avisaba desde Venecia, y le enviaban los gobernadores del rey Francisco gente que le acompañase y guardase, y de ordinario era el capitán César Fregoso, aunque hartas veces el Rincón pasaba disimulado por tierras del Emperador, hasta hacerse barbero, y haciendo las barbas, y otras veces fraile, y de otras diferentes maneras mudaba el traje; pero cuando iba por tierra de esguízaros siempre le cabía al Fregoso el cargo de acompañarlo hasta Francia. Agora había como seis meses que era venido a comunicar ciertos negocios de su delegación con el rey, y no huyendo del Turco, como la Pontifical dice, 22

Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

sino muy favorecido de él, y aun aprovechado con un muy rico diamante y un sanjaco de oro, no macizo, que aquel bárbaro le dio, y trajo consigo otro embajador del Turco, pero italiano, el cual fue despachado brevemente. El Rincón se quedó el tiempo que digo, porque iba más de propósito que nunca fue a Turquía, y tan de arrancada, que llevaba toda su casa, mujer, y hijos y suegra, que de todo iba cargado; y llegando a Turín y hecho allí alto, le hizo dejar el camino de los Alpes y la aspereza de ellos, no pudiendo sin alguna lástima y dolor ir a caballo; y así, se determinó hacer el camino por agua hasta Venecia, por ir con más descanso (que le fatigaba mucho la pesadumbre grande de sus carnes), pero contra el parecer de Fregoso, y para esto, dejando su mujer y casa en Turín, por no ir tan conocidos, y enviando primero los despachos que llevaba para el Turco, y todos sus papeles con una posta, para que se los guardase el embajador de Francia, que residía en Venecia, se metieron el César Fregoso y Rincón en los barcos, y sucedió lo que dije.

- II El Emperador, en Wormes, disputa entre católicos y herejes. -El duque de Cleves pasa a servir al rey: despósase con hija del rey de Navarra. Estaba el Emperador en Wormes principio de este año de 1541, y aquí hubo una gran disputa entre Juan Echio, varón doctísimo y muy católico, como de sus libros y sermones parece, y Felipe Melantón, hereje, sobre las nuevas doctrinas que se habían comenzado en Alemaña. Halláronse presentes los principales del Imperio, mas no bastó a rendir los secuaces de la mala doctrina lo mucho que Juan Echio hizo confundiéndolos con evidentes argumentos. De Wormes salió el Emperador y fue a Belgio, Merun, Espiray, y de ahí a Ratisbona, para donde se había señalado la Dieta, o junta de los príncipes y ciudades de Alemaña; y mandado que se hallasen los protestantes, y en el principio de marzo comenzaron a venir algunos. En el mes de mayo, cuando ya andaban los tratos enconados entre los príncipes cristianos, y sucedieron las muertes de Rincón y Fregoso, Guillelmo de la Marca, duque de Cleves, el que salió de Gante en desgracia del Emperador (como dije) echando fama que iba a la junta de Ratisbona, por camino secreto desviado, y echando los suyos por diferentes partes fue a Amboisa, donde estaba el rey de Francia. El cual lo recibió muy bien, porque pensaba valerse de él para comenzar la guerra contra el Emperador.

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Trató el rey de casar a este duque con Juana, hija del rey de Navarra, niña de poca edad, y si bien los padres de la doncella no gustaban de ello, antes contradecían, hubo de ser porque lo quiso el rey; y a 12 ó 13 de junio se desposaron con gran solemnidad, y el rey los honró mucho, llevando la esposa de la mano al tálamo y haciéndoles un banquete real. Halláronse presentes los embajadores de Ingalaterra, Portugal y Venecia, y del duque de Sajonia; el del Emperador se ausentó de la ciudad, por no hallarse en la fiesta, que bien sintió era en perjuicio de su dueño. De allí a pocos días el duque se confederó y hizo sus capitulaciones con el rey de Francia en deservicio del Emperador, y sin tocar a la esposa, por ser niña, volvió a su tierra, dejándola en poder de sus padres. De todo tuvo aviso el Emperador, y se quejó del duque de Cleves y del rey Francisco en la Dieta ante los príncipes y procuradores de las ciudades del Imperio, que en ellas estaban allí en Ratisbona, y mostró el derecho que tenía a Güeldres y Zulfania, por muerte del duque Carlos Egmondo. Y queriendo responder a esto los embajadores del duque de Cleves y disculpar a su amo, rogando con humildad perdonase el César el yerro en que había caído, no los quiso oír, antes mostrando enojo se levantó, por donde todos entendieron que la indignación del César había de ser dañosa al duque, como adelante veremos que lo fue.

- III Recesu de la Dieta en Ratisbona. A 29 de julio, viernes, de este año 1541, se concluyó la Dieta celebrada en Ratisbona, y fueron los puntos principales que en el recesu quedaron acordados y conclusos: Que las cosas tocantes a Alemaña, y nuevas opiniones de ella, tocantes a la fe, quedasen en el estado en que al presente estaban, hasta el futuro concilio general o nacional, donde se habían de determinar; y no se celebrando el uno o otro concilio, se remitieron a la Dieta que próximamente se celebrase en Alemaña, la cual quedó acordada desde este día del recesu en diez y ocho meses. Insistieron los estados en que el concilio general fuese en la Germania, y que el Emperador tuviese en él la mano juntamente con el Pontífice, y que si los dichos concilios general o nacional no se tuviesen, Su Santidad enviase a la Dieta un legado con poder suficiente. Que los luteranos, que se decían protestantes, guardarían los artículos en que sus teólogos se habían acordado, sin predicar ni enseñar lo contrario, y que no inducirían ni

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atraerían a sí algunos ni los recibirían en su protección y amparo alguno de la antigua fe y religión. Que los perlados, entenderían en la reformación de las iglesias, así en general, como en lo que a cada uno tocase, en tanto que el Sumo Pontífice proveyese lo tocante a la entera reformación, lo cual los perlados expresamente acetaron y prometieron inviolablemente guardar. Que la paz hecha nueve años antes en Norimberga se observaría y quedarían todas las partes pacíficas, y cesarían las violencias, fuerzas y vías de hecho, como amplamente se especificó en el dicho recesu, so pena de contravenir a la paz del Imperio. Que las iglesias que estaban en las tierras de los protestantes quedarían en su entero ser, sin demolir alguna cosa de ellas hasta después del dicho concilio o Dieta. Que las personas de la Iglesia gozasen de sus bienes eclesiásticos que tenían en las tierras de los protestantes. Que el Emperador disputaría comisarios para determinar las causas y procesos donde hubiese controversia, si era de la religión o no, y cuanto a los que hallasen ser de la religión, los comisarios concordarían las partes, si lo pudiesen hacer, y no pudiendo, enviaran lo que hubiese hecho a Su Majestad, para que declarase en los dichos estados hasta la próxima Dieta. Que todas las otras causas profanas irían a la cámara y justicia soberana, imperial, y a las otras justicias según su cualidad. Que en la Cámara imperial se acabaría y trataría por personas que Su Majestad diputase, y si se hallase falta se reformaría, y daría en ello orden, a fin que la justicia se administrase derechamente y sin parcialidad. Que todos los dichos estados, así católicos como protestantes, entreternían la dicha Cámara imperial por tres años, si antes los dichos estados no hallasen otro remedio para satisfacerla. Reservóse al César la declaración de las diferencias en las cosas que podían concerner al tratado de Norimberga y las demás tocantes a la religión y Cámara imperial. Acordaron los estados de servir a Su Majestad para ayudar luego al rey de romanos, con diez mil infantes y dos mil caballos puestos en Hungría, pagados por cuatro meses, y luego se comenzó a hacer la gente. Demás de esto, ofrecieron veinte mil infantes y cuatro mil caballos, pagados por tres años, para que el César hiciese guerra al Turco, y que Su Majestad eligiese el capitán general que quisiese para esta gente. Que el Emperador pudiese libremente seguir el derecho que tenía contra el duque de Cleves Guillelmo, en el estado de Gueldres y Zulfania. Que Carlos, duque de Saboya, despojado por el rey de Francia, quedase en la protección y amparo del Imperio romano. Que ningún tudesco pudiese haber sueldo ni servir en la guerra a algún príncipe extranjero del Imperio, so pena de ser habido por traidor. Prohibióse con grandes penas la impresión de los libelos difamatorios y injuriosos.

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Diputó el Emperador y señaló personas que pacificasen algunas diferencias particulares que había entre algunos príncipes de la Germania y personas eclesiásticas, así de la antigua religión como de los protestantes. Nombró comisarios para conocer amigablemente las diferencias de Maestrich. Hízose o concertóse una liga entre el Papa, Emperador y rey de romanos, con el cardenal de Maguncia, arzobispo de Salzburz, y otros perlados, y los duques de Baviera y de Brantzuic, y otros príncipes y estados, por la defensa, sustento y amparo de la antigua y católica religión, y cosas dependientes de ella, y se consignó para ella una buena suma de dineros y gente, y se nombraron capitanes generales, por parte de la Germania, el duque Luis de Baviera, y por la otra, el duque de Brantzuic; y se nombraron capitanes, con orden de que siempre estuviesen a punto para lo que se ofreciese, si bien es verdad que todos aquellos estados quedaron tan satisfechos y contentos del modo de proceder del Emperador, y de lo que en la Dieta se había ordenado, que prometían mucha paz en todo y sujeción a lo que se había asentado, y así lo prometían y aseguraban, en general y en particular, todos. Entraron en esta liga los Países Bajos de Flandres expresa y especificadamente, y el condado de Borgoña. Escribieron los estados con eficacia, en favor del duque de Saboya, al rey de Francia, mostrando la sinrazón que se le hacía y que si no se le satisfacía el agravio, el Imperio tomaría la causa de Saboya por propia. Sintieron mal de las liviandades del duque de Güeldres, y oyendo las justas quejas que el Emperador de él tenía, le declararon por enemigo, y el Emperador ofreció que conociendo Guillelmo su culpa, benignamente le perdonaría y daría la investidura de Cleves y Julies. Con esto se dio conclusión a la Dieta.

- IV Pide el francés a Milán. -Niega el Emperador el ducado de Milán que el rey pedía. -Trata el rey de romper la guerra. Y el Emperador, con los príncipes y estados del Imperio, dieron audiencia al embajador del rey de Francia; el cual, con una elegante y prolija oración que por escrito, no fiando de su memoria, refirió, justificó cuánto pudo la parte y pretensión de su dueño, hablando hinchada y afectadamente por presumir demasiado de retórico, con que cansó y provocó más a dormir los oyentes, que a tenerle atención; de tal manera, que cuando acabó su arenga, los más de los oyentes no se acordaban de lo que les había dicho.

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En este tiempo llegó al Emperador un correo con despachos del rey de Francia, pidiendo que le diese el ducado de Milán, que decía haberle prometido en Francia, para su hijo Carlos, duque de Orleáns, dándole el título y privilegio firmado y sellado con las armas y sellos del Imperio. Sabía bien el rey de Francia, que se cansaba en balde pidiendo lo que el César jamás le había de dar. Tuvo siempre este asidero para mover y levantar la guerra, que con tanta pertinacia siguió. Respondió luego el Emperador sin poder decir la respuesta, y manifiestamente dijo que por muchas razones él no podía dar el ducado de Milán, que él daría su hija doña María a Carlos con los estados de Flandres. Sintiéndose el rey Francisco (como decía) engañado, y viendo que ya no tenía que esperar en Italia por bien, determinó romper la paz y hacer la guerra que pudiese, descubiertamente, al Emperador, y comenzó a solicitar los ánimos de los príncipes, para lo cual enviaba su embajador Rincón (como dije) al Turco. Procuró hacer una estrecha amistad con el inglés, aunque hallaba dificultad. Los suizos de los cantones respondieron que se estarían a la mira sin querer ayudar a alguna de las partes. Comenzó a dar color y justificar su causa con la muerte de Rincón y Fregoso, diciendo que por orden del Emperador habían sido muertos contra toda razón y leyes de las gentes. Que el Emperador había quebrado las treguas. Que él no podía, sin perjuicio de su honra, pasar por tal hecho, ni dejar de vengarlo. Que si no le satisfacían de estas muertes, él había de tomar la satisfación y venganza que pudiese. Escribió largo sobre esto Guillelmo Velayo, capitán general en el Piamonte por el rey de Francia, al marqués del Vasto; pero no bastaron las satisfaciones posibles que el marqués hizo. Resuelto, pues, el rey en el rompimiento, prendió a Jorge de Austria, hijo bastardo del Emperador Maximiliano, arzobispo de Valencia, que de España iba por Francia, sin cuidado de estos encuentros para Flandres, y mandóle retener en León, y queriendo el Emperador pagar al rey de Francia el disgusto que le había dado con el desposorio de Juana, hija del rey de Navarra, con el duque de Cleves, fue en la misma moneda, porque en estos días casó a su sobrina Christierna, hija del rey de Dinamarca, viuda de Francisco Esforcia, con Francisco Antonio, hijo del duque de Lorena, que le escoció tanto al rey, y más, que le dio gusto el que hizo del duque Cleves con Juana de Vendoma.

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-VQuiere el Emperador bajar en Italia, para tratar con el Pontífice del Concilio. -Es padrino el Emperador en el bautismo de don César de Avalos en Milán. -El Emperador quería ir contra Argel: -aconséjanle sus capitanes que no lo haga. -Sale el Papa a recebir al Emperador. Acabada la Dieta, hallando el Emperador que para dar orden en el Concilio y para otros negocios de importancia le convenía bajar en Italia y verse con el Papa, despachó un correo pidiéndole que tuviese por bien de se llegar hasta Luca, para que allí se viesen. Muchos juicios se echaron sobre estas vistas, mas yo no estoy obligado a decir lo que los hombres adivinaban, sino lo que hicieron. El Pontífice acetó las vistas; partió el Emperador de Ratisbona con doce mil tudescos y mil caballos que para la guerra que quería hacer en África había levantado. Salióle a recebir en las montañas de Trento el duque Octavio Farnesio, su yerno, hijo de Pedro Luis y nieto del Papa, y antes de llegar a Verona salió el marqués del Vasto, con los más principales de Milán, y soldados viejos españoles. También salieron a recebirle los venecianos, ofreciéndole y sirviéndole con paso seguro, y muchos refrescos con que le regalaron. A 3 de agosto estaba el Emperador en Munión, camino de Milán, donde pensaba estar mediado este mes y al fin de él en Génova, y al principio de setiembre no lejos de Galera, porque iba con prisa y resuelto de verse con el Papa, por los grandes calores que hacía en Lombardía, y cuando hubiese de ser, que sería cerca de Génova y no se detendría sino cinco o seis días por hacer la jornada de Argel, la cual pensaba concluir en cuarenta o cincuenta días a lo más largo, sin estar acordado dónde se había de desembarcar y tenían por más cierto que en la Andalucía. Entró en Cremona y en Lodi, y de allí, con gran recibimiento y fiesta, fue a Milán, donde se admiraron todos de verlo, vestido de luto, que pensaron que había de entrar en hábito imperial. Venía el Emperador triste, como viudo, y porque tenía ruines nuevas de la guerra de Hungría, que andaba muy caliente sobre Buda. Hízole la marquesa del Vasto muchas fiestas y regalos por alegrarlo, y acertó a parir allí un niño antes que el Emperador se fuese, y por contemplación suya y porque fue su padrino se llamó Carlos.

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Partió de Milán para Génova, donde tuvo cartas del rey don Fernando su hermano, en que le decía la pérdida de Rocandulfo y muerte de muchos alemanes y húngaros, y que se temía que el Turco pasaría a Viena; por esto le aconsejaban Andrea Doria y el marqués del Vasto que dejase la jornada de Argel y se quedase en Italia, a lo menos por aquel invierno, que bastaría esto para detener a Solimán y para quebrar las alas a los franceses, que no deseaban sino verle lejos, para comenzar guerra en Lombardía, mayormente que ya era tarde para pasar la mar y necesariamente se había de temer alguna fortuna. Era sano este consejo por estas y otras muchas razones, pero no bastó alguna para mudarle de su propósito, que nuestra desgracia le llevaba a perder los que veremos. En sabiendo el Papa que el Emperador estaba en Génova, aunque era por agosto, que suele ser peligroso caminar en aquella tierra, partió luego para Luca, y el Emperador hizo lo mismo de Génova en las galeras, y tomó tierra en el puerto de Luca, adonde ya estaba el cardenal Farnesio esperando para llevarle a la ciudad. Salieron todos los cardenales y muchos obispos hasta fuera de la ciudad, con grande acompañamiento, y debajo de un rico palio llevaron a Su Majestad a posar en las casas de la república, porque el Papa posaba en las del obispo. Estuvieron allí ocho o diez días, y en ellos visitó tres veces el Emperador al Pontífice, y Paulo le visitó a él una sola; siempre que se hablaban estaba presente el embajador de Francia, que venía a pedir al Emperador que le diese a Rincón y a Fregoso, que aún no eran parecidos sus cuerpos ni se sabía qué se habían hecho, y tenían todos creído que no eran muertos, sino presos. No bastaban juramentos ni satisfaciones, y decía muy bien el Emperador, que del mal sucedido a Rincón él se tenía la culpa, pues siendo enemigo de su patria se había metido donde no había nadie que no pensase que hacía servicio a Dios y a su patria y rey en matarle; y que si el rey quería entender que la tregua era quebrada por aquello, que mucho en buen hora; de otra manera, que por él no quedaría de guardarla fielmente. El Pontífice, a todas estas palabras, callaba; con sólo decir que no quería meterse en determinar si la tregua se había rompido o no; pero, por otra parte, como persona tan prudente, no cesaba de traer a la memoria del Emperador los grandes males que de sus disensiones se seguían en el mundo, como se vía en las guerras de Hungría y en lo que los herejes hacían en Alemaña; pedíale con encaremiento y lágrimas que diese al rey de Francia el Estado de Milán, y que el rey restituiría al duque lo de Saboya. Respondió el Emperador que se agraviaba mucho de que el rey de Francia porfiase tanto en pedir lo de Milán, que con tantos títulos él poseía, y que habiendo sido tantas veces vencido por la pretensión del mismo Estado, quisiese más porfiar y alterar el mundo, y quitarle las armas de los enemigos y interrumpirle sus victorias y hacer otros excesos, indignos de un rey cristiano; y que si él pensase que con dar al rey lo 29

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de Milán acabaría con él, y que quedaría quieto y contento, que por acabar cosas se lo daría; pero que conocía muy bien la condición del rey, que no andaba sino tras poner una vez los pies en Italia, para después pedirle a Nápoles y quitarle a Sicilia, y que pues la paz que le pedían había de ser motivo de mayores males y guerras, y como la brasa o semilla de ellas, y piedra del escándalo, no había para qué hablar más en ella, porque de tal paz no se había de sacar guerra contra los infieles, sino pérdida y diminución de su patrimonio. Viendo el Papa la resolución que en esto tenía el Emperador, no quiso tratar más, sino de persuadirle que dejase la jornada de Argel por este año y se estuviese en Italia, pues para toda la Cristiandad importaba tanto; mas tampoco bastaron razones. Y en lo del Concilio el Papa quiso todo lo que el Emperador pedía, porque sus deseos eran buenos, y miraba como verdadero Vicario de Jesucristo por el bien de la Iglesia. Y diciendo al Emperador muchas razones de cuánto importaba la paz para que el Concilio tuviese buen fin, y de él se sacase el fruto que deseaba en la Cristiandad, para suplicar a Nuestro Señor por ello, y porque al Emperador diese próspero viaje en la jornada de Argel, Su Santidad dijo una solene misa y una letanía, hallándose presentes el Emperador y cardenales, y otro día el Emperador partió a Génova y el Papa a Roma.

- VI Jornada infeliz de Argel: escribióla Nicolao Villagog, caballero de San Juan. -Armada y gente que el Emperador llevó. La inclinación y deseos santos del Emperador fueron de siempre hacer guerra a los enemigos de la fe, y muy contra su voluntad (si bien amigo de las armas) a los católicos. Y se verá ser esto así, porque por más irritado que fue del rey de Francia y de otros príncipes cristianos, jamás se le pidió la paz que la negase, ni movió la guerra sin que primero se la hiciesen. Después que salió de España hemos visto cómo allanó a Gante, pasó a Ratisbona, donde trató de la religión con mejor ánimo que suceso, ordenó las cosas del rey don Fernando su hermano contra el Turco, aunque también tuvieron mal fin; volvió a Italia, y como acabo de decir, se vio con el Papa y supo en Génova, por cartas del rey de romanos, que Solimán se había apoderado de Buda, por lo cual le persuadían y ponían en reputación, que no se apartase de Italia, para socorrer de allí al rey, o volver allá si necesario fuese;

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y al parecer del marqués del Vasto, lo mismo convenía para la seguridad de Lombardía, pues el rey de Francia amenazaba, por la muerte de Rincón y de César Fregoso, que poco antes aconteciera. Hizo con el rey Francisco el Emperador su cumplimiento, enviándole a don Francisco Manrique, obispo de Orense, por embajador, dándole cuenta de esta jornada y ofreciéndole muy buenos partidos cerca de lo que el rey pretendía, si bien no los que él deseaba. Murmuraban algunos alemanes, en especial Filipe Lantzgrave, y el de Sajonia, y otros herejes, diciendo que dejaba Su Majestad a Hungría, y su casa y solar, en las fieras manos del Turco, por irse contra Azán Agá y otros morillos de África. Mas el Emperador, por el amor grande que tenía a los reinos de España, y doliéndose de los males que los de estos reinos padecían, por los continuos asaltos y robos que los corsarios en las costas hacían, quiso aventurar su persona, y ir a quitarles la ciudad de Argel, que ya otras dos veces, como dejo dicho, se intentó conquistar, y hubo mal suceso. De Luca, despedido del Papa, cargado de bendiciones y no de dineros, fue el Emperador a embarcarse a Luni en treinta y cinco galeras o más, que puestas estaban a punto. Mandó que las naos de armada fuesen con los italianos y alemanes a Mallorca. Corrióle viento contrario y recio, que derramando la flota, lo detuvo más de dos días; al fin, entró en Bonifacio de Córcega, y de allí, con buen tiempo, fue al Alguer, ciudad de Cerdeña, donde una labradora presentó a Su Majestad un becerrillo con dos cabezas, recién nacido. Desde allí fue a Mahón, y tardó dos días, y llegaron las galeras a fuerza de brazos y sudor de los remeros, por andar ábrego, y aún se rompieron algunas velas de galera, quebrándose las antenas. Partió de allí y fue a Mallorca, cabeza de aquella isla. Aquí estaban para esta jornada, sin la casa y corte del Emperador, seis mil españoles que llevaba don Hernando de Gonzaga, de los que estaban en Sicilia, cuyo virrey él era, y de Nápoles y de Bona, que aquel año se asolara, en ciento y cincuenta naves y cuatrocientos caballos ligeros. Había otros seis mil alemanes, con Jorge Frontispero, y obra de cinco mil italianos, con Camilo Colona y con Agustín Espínola, en más de cien naos. Eran las galeras hasta cincuenta, sin las que después diré: cuatro de Malta, otras cuatro de Sicilia con don Berenguel de Requesenes, seis de Antonio Doria, cinco de Nápoles con don García de Toledo, dos del señor de Mónaco, otras dos del vizconde Cigala, dos del marqués, que agora es duque de Terranova, siciliano, cuatro del conde Anguilara; las demás eran de Génova, y de Antonio Doria, capitán general de toda la flota. Era mucha y buena la artillería, que con abundancia de pólvora y de pelotas y toda munición, había muchas armas de toda suerte, escalas y hachas, picos y 31

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azadas, y otras cosas tales, muchas calabazas, redomas y botillas para agua, grandísima cantidad de bizcocho, tocino, cecina, queso, habas, garbanzos y otras legumbres, vino, vinagre, aceite, manteca, higos, pasas, almendras y semejantes frutas secas; todo lo cual venía de Sicilia y Nápoles, y que según decía don Hernando de Gonzaga, bastaba para mucho tiempo a tanta gente como iba.

- VII La flota que fue de España. -La nobleza de España que fue en esta jornada. -Don Andrés Hurtado de Mendoza, hijo mayor del marqués de Cañete. -Armada y gente. Mandó también el Emperador hacer otra flota en España, no tan armada de gente como la de Italia, en la cual hubo sobre docientos navíos, los medios escorchapines, tafurcas y otros así pequeños, las demás naos vizcaínas y urcas de Flandres, con mucho bastimento y artillería. La gente de guerra que llevaban fueron cuatrocientos hombres de armas de la guarnición ordinaria, y setecientos jinetes. No hubo infantería a sueldo, pero hubo tantos aventureros, así oficiales y labradores, como caballeros y hidalgos, que fue maravilla, y tan bien armados y vestidos como suelen andar en la guerra los soldados aventajados que llamaban Guzmanes. Fueron asimismo tantos caballeros sin paga ni llamamiento, que sería largo y pesado contarlos, y con tantos criados, y libreas, y jaeces y atavíos de sus personas como nunca en naos hombres entraron para guerra. Los señores de título que allá pasaron fueron don Fernando Alvarez de Toledo, duque de Alba, y capitán general de la flota; don Gonzalo Hernández de Córdoba, duque de Sesa; don Pedro Fernández de Córdoba y Figueroa, conde de Feria, con dos hermanos; don Fernán Ruiz de Castro, marqués de Sarriá; don Hernando Cortés, marqués del Valle de Huaxaca, con sus hijos don Martín y don Luis; don Luis de Leyva, príncipe de Ascoli; don Francisco de la Cueva, marqués de Cuéllar; Juan de Vega, señor de Grajal; don Claudio de Quiñones, conde de Luna; don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete, que tenía a Orán; don Pedro Hernández de Bobadilla, conde de Chinchón; don Pedro de Guevara, conde de Oñate; don Josepe de Guevara, señor de Escalante; don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara y general de la artillería; don Fadrique de Toledo, clavero de Alcántara.

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Iban estos señores en quince galeras de don Bernardino de Mendoza, y llevaban sus caballos, criados, armas y aderezos en naves, y en ellas mucha comida, especial el conde de Feria. Cuento aquí esto, aunque ni llegó a Mallorca la flota, ni con el Emperador a Argel, por no cortar el hilo de la historia de lo que pasó allá, y por acabar de decir todo el aparato y armada de esta guerra, el cual, en suma, fue: sesenta y cuatro galeras, docientas naos de gavia y cien navíos chicos que no la tenían, si bien otros contaban más entonces. Veinte mil soldados, los seis mil españoles, seis mil alemanes, cinco mil italianos, tres mil aventureros de todas naciones, dos mil de caballo, a entrambas filas, sin los de la casa real. No cuento los soldados de galera, que a no llevar cada una más de cincuenta eran tres mil, ni los mozos ni otras personas que suelen seguir el real.

- VIII Postura y asiento de Argel. -Prepárase Azán Agá para defender a Argel. Argel es lugar nuevo, a lo que dicen los moros, y hecho de los edificios caídos de Metafuz, que los de allí nombraban Tamendifusi, y que fue Rusenrio, a Rusconia, pueblo de romanos, y aun por el nombre Rusconia parece cosa de España, donde en los tiempos pasados hubo lugares que se llamaron Ruconia. No es Argel Tipasia, ni Tampoiol Cesárea, morada del rey Juba, que caen más hacia el estrecho; ni menos Arsenaria, como piensan otros, que según Plinio estaba del mar casi una legua. Está puesto Argel en una punta; por hacia norte se mete a la mar, y edificado cuesta arriba, como en tres rincones. Hanme dicho los que le han visto, que casi como Simancas, villa a la ribera del Pisuerga, dos leguas de Valladolid. Tiene Argel en lo alto, donde hay una puerta, un castillo más vistoso que fuerte, aunque después de esta jornada lo han ensanchado y fortificado. Las casas, como están en ladera, gozan todas de la vista de la mar; el peñón, que ya fue de Castilla, y que llaman ellos Gezir, que suena isla, causa que haya puerto, si bien pequeño, y no seguro de cierzo, porque Haradín Barbarroja hizo, después que lo ganó, un gentil muelle de él a tierra con piedras de Metafuz que trajeron españoles cautivos. La ensenada, que va en arco de Argel a Metafuz, que le cae a Levante, rodea cinco leguas, aunque no hay sino tres de punta a punta. Tiene ruin surgidero, si no es en Metafuz, y aún se muda la

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arena, según pareció cuando se vieron después cubiertas las galeras y los otros navíos que dieron al través; y que diesen, tuvieron alguna culpa Andrea Doria y los pilotos, que no sabían aquella costa, puesto que la tormenta fue muy recia. Lo llano de la tierra en que hay dos ríos, dichos Alcaraz y Sesaja, es poco, porque luego comienza la sierra, la cual tiene algunas quebradas o barrancos, especialmente cerca de Argel, y por ser grandes lo hacen fuerte. Tiene por la parte de Poniente más agria cuesta y peor mar. Es Argel de cinco mil vecinos, y aun casas, y de buenos edificios, y de gran policía, porque cada oficio está por sí en su calle o barrio. Es rico por los robos que cosarios hacen y llevan de España y otras costas del mar, y de Italia. Fue mucho tiempo sujeto a los reyes de Tremezen, y últimamente a los de Bujía, cuando el rey don Hernando lo hizo su tributario. Encomendóse luego a Tumi Jeque, de Metafuz, y de ahí a poco a Horruch Barbarroja, el cual se alzó con él, matando al Jeque. Después lo poseyeron los Barbarrojas con gran reputación, así por la pérdida de Diego de Vera y de don Hugo de Moncada, como por el poderío y señorío grande que han tenido en la mar; y cuando allí pasó el Emperador, lo gobernaba Azán Agá, capado, natural de Cerdeña, renegado, y hombre para mucho; el cual, viendo que sentía demasiadamente el pueblo la pérdida y vencimiento de Caramani y Alí Hamet, sacó a la plaza ciertos zurrones de moneda, diciendo que con ella daría otra tal flota. Y sabiendo de la armada y voluntad del Emperador, se apercibió a la defensa, fortificando la ciudad. La gente que dentro tenían cargo de las armas por su mandado, eran ochocientos turcos, los más a caballo, que los otros, o murieron en la de Aborán, o estaban con el Jerife en la guerra de Portugal. Tenía casi cinco mil moros, los más, naturales de allí, que los otros eran mallorquines renegados, de mucho tiempo, y granadinos, y aún muchos moriscos de España, que todos tenían escopetas y buenas ballestas de acero, arma excelente para con agua. Llamó y pagó gruesas compañías de alárabes, que son los que hacen la guerra con sus caballos en Berbería. Mandó, so graves penas, que ninguno sacase ropa de Argel, ni mujeres ni hijos, porque lo defendiesen con mayor esfuerzo, y aun castigó algunos que andaban tristes y ronceros. Y por entretener los suyos, o por desanimar los nuestros, si a sus oídos llegase, hablaba mucho con una vieja hechicera, que habiendo adivinado la perdición de Diego de Vera y de don Hugo de Moncada, agoraba también la del Emperador, y en ella no la engañó el demonio, si bien padre de mentiras, la fama de lo cual anduvo entre los españoles y campo imperial, mayormente cuando comenzó y anduvo la tormenta.

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- IX Cómo se cercó Argel. -Había dentro en Argel mil y quinientos turcos y siete mil moros. Discreta y valerosa respuesta de Azán Agá. Esperando, pues, el Emperador en Mallorca (por volver donde le dejamos) la flota de España, llegó allí una galera de las de don Bernardino, con aviso que toda la flota quedaba en la Ibiza y en la Formentera. El Emperador, entonces, mandó que se fuese a Argel; envió su recámara en ciertas galeras a Barcelona por ir más desembarazado, y partióse luego que hizo buen tiempo, y en dos días llegó a la playa de Argel, el día siguiente, y otro después dieron fondo las naos donde les era mandado, como dio el galeón de Andrea Doria, su capitán, si bien algunos que se rezagaron en Mallorca pasaron a Orán sin poder aferrar allí por los recios aires que comenzaron a soplar, a cuya causa estuvo él Emperador con las galeras en Sarza detrás de Metafuz, tres o cuatro noches, y con Bernardino de Mendoza en las Caxinas, tres leguas al poniente de Argel. Venían dos fustas de Levante, sin saber lo que pasaba o, como dijeron, de saber del Emperador; la una entró en Argel a fuerza y ligereza de remos, y a la otra hundió la galera de Cigala por tomarla. Amaneció, pues, mansa la mar, octava de Todos Santos, que fue de este año 1541, por lo cual mandó desembarcar los españoles en los bateles y esquifes de la flota, con sus arcabuces y comida para dos o tres días. Iba el Emperador en la popa de su galera, que le veían todos. Era su estandarte un crucifijo, y las banderas llenas de cruces. Fue cosa muy vistosa ver ir las galeras a tierra, todas igualmente al remo, con hermosas banderas, con muchos sones y tirando, los barcos llenos de hombres armados. Comenzaron, pues, los españoles a tomar tierra con poca resistencia de los naturales, si bien había muchos por la marina a pie y a caballo, a causa que las galeras tiraban su artillería. Aquel día, y lunes y martes, desembarcaron todos los soldados, y algunos caballos y nueve tiros de artillería de campo, con sus municiones y no mucho bastimento. Pues como el Emperador saltó en tierra, envió luego a Azán Agá pidiéndole que se diese, si no quería guerra, y que se debía dar por volver a ser cristiano, pues era hijo de padres cristianos, y porque los Barbarrojas tenían usurpado aquel lugar y reino tiranamente, y porque se lo pedía y rogaba el

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Emperador de cristianos y rey de las Españas, cuyo vasallo él nació, y que tan poderosa flota y ejército traía; y porque, dándose, le haría crecidas mercedes, con mucha honra y libertad, y los turcos irían libres por do quisiesen, y que asimismo los moros quedarían libres y con sus haciendas y en su secta; pero que en no se dando, pararía en lo que paró en Túnez Haradín Barbarroja, su amo, y quien lo capó, y aún peor, porque los soldados no le darían libertad, ni aun vida, en pena de sus pecados, ni él usaría de clemencia en castigo de su rebeldía. Azán Agá respondió que no quería más honra de cumplir su pleito homenaje, y defenderse de tan grande armada o morir a manos y fuerza de tan excelente Emperador; cuanto más, que nadie libró bien siguiendo el consejo de su enemigo, ni él aún había visto por qué darse. Y que si Su Majestad llevaba buenos soldados y tiros y caballos, que también él se los tenía buenos, y en lugar fuerte y en mar brava, por lo cual esperaba en Mahoma, que Argel, que tan esclarecido era con las pérdidas de Diego de Vera y de don Hugo de Moncada, famosos capitanes españoles, sería mucho más famoso con la nueva tormenta y desventura del Emperador Carlos V. Tal respuesta dicen que dio aquel renegado capón, o creyendo las adivinanzas de la hechicera, o sabiendo que aquel mar suele embravecerse mucho por ese tiempo. Durmió el Emperador aquel domingo en la noche en una casilla que estaba en lo llano. Hizo luego tres haces de su campo; dio a cada una tres tiros de campo, con que atemorizar los enemigos, porque no para hombre de a caballo en sintiendo tirar. Iban los españoles delante hacia la montaña, con don Hernando de Gonzaga, porque los alárabes hacían sus arremetidas por aquella parte. Los alemanes que regía el Emperador caminaban en medio, y los italianos, con Camilo Colona, y entre ellos los comendadores de Malta, que serían hasta ciento y cincuenta, tenían la marina. Caminando, pues, así en orden, tuvieron algunos sobresaltos con los alárabes, porque llegaban haciendo jinetadas y tirando flechas y escopetas con pelotas de estaño, y aun de noche tiraban encarando a los fuegos que por el frío encendían, por lo cual subieron tres compañías de españoles arcabuceros a la montaña, para ojear o arredrar los enemigos; mas acudieron tantos de ellos aquella noche, que la pasaron los españoles, y aun los demás, sin dormir y con harto trabajo, y se hubieron de volver al escuadrón faltándoles pólvora. Mandó ir luego el Emperador a don Álvaro de Sandi con todos los españoles, que ganasen la cuesta y llegasen hasta junto a Argel. Ellos subieron, pero no sin trabajo y fatiga. Echaron mal juicio, porque porfiaban que no, 36

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peleando los alárabes de allí; si bien eran infinitos, asentaron sus tiendas donde les fue mandado. Caminaron los escuadrones con el concierto que digo, llevando la caballería delante, y en la retaguardia el fardaje, o bagaje, y pararon cerca de Argel a poner real entre dos grandes barrancos que servían de foso y vallado, donde no podían llegar, cuanto más entrar, los enemigos sin puente. De lo alto donde estaban los españoles se señoreaba el lugar con la artillería; la tienda imperial, con las de la corte, se armaron entre alemanes y tudescos. De esta manera cercó el Emperador a Argel, habiendo él mismo trazado el real y guiado el ejército con grandísima diligencia y cuidado. Pensaba ganar el lugar con poca dificultad, si bien hubiese dentro muchos defensores, que de los alárabes no se hacía caso siendo tan fuerte el sitio del real; por no ser recia la cerca y estar cuesta arriba y mala de guardar, y porque al tiempo de las arremetidas, o por la batería o por escalas tirarían tanto las naos y galeras, jugando su artillería de junto al muelle, que ocupasen muchos moros allí, por lo cual habían mando a don Pedro de la Cueva y a Luis Pizaño sacar, los cañones dobles y las culebrinas, y otras piezas que fuesen de batir, y a Francisco Duarte, proveedor de la armada, que desembarcase armas, escalas, palas, azadas, picos y cuanto más vino, pan, carne, queso y cosas de comer pudiese, y al príncipe Andrea Doria, que se llegase al muelle con las galeras y navíos de armada.

-XRebato que dan los alárabes en el campo imperial. -Comienza la tempestad. -Acometen los turcos al real. -Llegan los valientes caballeros de San Juan hasta las puertas de Argel. Valeroso hecho del Emperador en una recia escaramuza. -Humanidad del Emperador. Puesto, pues, así el ejército, y haciendo cada uno lo que le mandaba el Emperador, comenzó a llover reciamente de cierzo el martes en la tarde, con un granizo y frío que traspasaba los hombres como tenían poca ropa, y con tan furioso aire, que derrocó las más tiendas del real, y como duró toda la noche, pasáronla todos con trabajo. Amaneció el miércoles con más rigor, y así los soldados apenas podían estar en pie, que los grandes lodos del pisar y la humedad no los sufrían echados. Conociendo esto en Argel, salieron muy de mañana y muy callando un gran tropel de turcos a caballo, y otro de moros y moriscos, mancebos escogidos, ligeros de pies. Mataron las centinelas, dieron luego en tres compañías de italianos que guardaban una puente, con grandes alaridos y grita, y como estaban desvelados, luego los pusieron en huida, matando a

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unos y hiriendo a otros. Despedazaron una bandera, y pasando una hoya llegaron a las primeras tiendas. Envió luego el Emperador allá, en sabiendo lo que pasaba, y certificado del ruido, a Camilo Colona, para que refrenase los enemigos. El cual pasó una puente que entraba entre aquel tercio y la ciudad, con muchas banderas de los italianos, que tenían sus estancias allí donde se peleaba; llegado Colona, y peleando animosamente, detuvo los enemigos. Llegó don Hernando de Gonzaga, que, habiendo reprendido los italianos con grande enojo, pasión y ira, les hizo que siguiesen los turcos por cobrar su honra, contradiciéndolo mucho el Camilo. Arremetió entonces Agustín Espínola con sus compañías de genoveses, y por fuerza hizo que los turcos mostrasen las espaldas, el cual los persiguió hasta tocar muchos de los suyos en las puertas de Argel, que de miedo se cerraron, por lo cual algunos moros no pudieron entrar, y se salvaron por otra parte. Hacíanles mucho daño desde los muros con piedras, saetas y pelotas, pero ellos no se retiraron con tiempo, esperando por ventura socorro, y cuando se retiraron no tuvieron compañeros en que hacer hincapié. Salieron de refresco otros de caballo y de pie, que los apretaron recio, y sobrevino Azán Agá muy lucido, con muchos caballeros y peones, que los forzó a huir. Resistieron un rato los caballeros de San Juan, que llevaban celadas y coseletes, y algunos otros caballeros y buenos soldados, los cuales, a la fin, se hicieron fuertes en un puente de madera que cerca de Argel estaba, hasta irles ayuda. Pelearon desigualmente, porque eran pocos y estaban cansados y hambrientos, y les daba de cara el viento y pluvia, y los enemigos, siendo muchos, estaban holgados, y aprovechábanse bien de las escopetas y mejor de las ballestas, que no les empecía el agua, y tenían, sin todo esto, caballos que a los imperiales faltaban. Causó este rebato desde su principio grande alboroto y arma en todo el ejército, como duró mucho, y porque los españoles no pudieron bajar al ruido, ni cumplía, por andar tejiendo delante de ellos infinitos alárabes que siempre amagaban. Mas el Emperador, que luego se puso a caballo armado, acudió con todo el ejército y tercio de alemanes, que pelean bien a pie quedo, para reparar y recoger los italianos. Envió corriendo tres compañías de ellos adelante, los cuales se volvieron feamente sin calar las picas ni desenvainar sus espadas despuntadas, o por temor de los muchos turcos de a caballo, que con sus turbantes parecían doblados, o por ver cuán determinadamente huían los italianos.

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Entonces el Emperador dio de espuelas al caballo, y con la espada desnuda en la mano los detenía y afrentaba, y a gran andar, aguijando con los demás, les decía en tudesco con grandísima majestad y semblante, que anduviesen solamente a ver huir los moros, y si algo se detuviesen como victoriosos, que les mostrasen los dientes peleando, como alemanes con él, por ensalzar la fe, por honra de su Emperador y por gloria de su nación. Apresuraron con esto el paso, y alegres de ver delante de sí a su Emperador, que tan animosamente los esforzaba y acaudillaba, comenzaron a pelear hablando recio entre sí mismos. No los esperaron mucho los turcos, aunque estaba allí Azán Agá, por guardar sus caballos de las picas, ni los moros, que venían desarmados; todos huyeron muy contentos de la victoria pasada. Con esto cesó la contienda aquel día, en la cual murieron trecientos soldados de la parte imperial, y en ellos tres o cuatro capitanes y ocho caballeros de Malta. Salieron heridos más de docientos, y hasta treinta caballeros de Malta, que tenían cruz blanca. Salió también herido don Felipe Lanoy, príncipe de Salmona. Anduvo el Emperador este día excelentísimo capitán, a dichos de todos, así en el esfuerzo como en prudencia; y estando mojado, que le corría agua la camisa y fatigado del mucho trabajo que había tenido desde que desembarcó, principalmente aquel día, no quiso ir a su tienda, rogando humanamente a todos los caballeros que se fuesen a descansar, hasta poner en recaudo los heridos, que fue grande humanidad.

- XI La tormenta grande que vino sobre la flota del Emperador. Comenzaron a correr grandes ondas de mar, como mensajeras de la tempestad, que luego vino al mejor tiempo que se andaban sacando los caballos, los tiros y pertrechos, al pan y vino, con todo el bastimento que había de comer el ejército, por cuyo inconveniente casi no hubo tiempo de sacar nada, que fue causa de no tomarse Argel. Sobrevino, como poco antes dije, un valiente cierzo que propiamente llaman Nordeste, con tanta revuelta, fuerza y frío y aguaceros, que puso toda la flota en términos de perderse, porque se arrancaban las áncoras y se quebraban los cables, y así curían las naves unas con otras, bambaleábanse tanto que parecían tomar agua con las gavias, y se abrían del mucho ludir despidiendo las estopas calafateadas; por lo

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cual estaban los hombres desvanecidos y desatinados, y así algunos que pudieran pasar la tormenta, si tuvieran sufrimiento, dieron al través, diciendo que por no enloquecer. Llegaba en tan fuerte tiempo la flota de España, y así se hundió casi toda, sino los navíos grandes y recios. En conclusión, se perdieron brevemente obra de ciento y cincuenta navíos menores y mayores con cuanto iba dentro, salvo algunos caballos, y los hombres, aunque algunos se ahogaron, y otros alancearon los alárabes. Esta noche de la tempestad, estando el Emperador con harta congoja, mandó llamar algunos marineros y pilotos, y preguntóles cuanto tiempo se podrían defender y sustentar los bajeles en el agua no cesando la tormenta; respondiéronle que a lo más dos horas. Preguntó qué hora era; dijeron que las once y media. Dijo luego, con semblante alegre: «Pues no desmayéis, que en España se levantan a las doce los frailes y monjas a encomendarnos a Dios.» Dicho por cierto en que este príncipe mostró la fe que en la oración tenía. La misma fortuna pasaron las galeras, porque contrastaron con el viento, sosteniéndose al remo desde medianoche hasta muy alto el día, con gran diligencia de los capitanes y cómitres, y maestría de los pilotos. En fin, no pudiendo más, y por no perecer ahogados si se volcasen tanto dentro en mar, izaron vela y embistieron en tierra algunas galeras. Fue gran lástima (que los llantos no se oían con el ruido de las olas, que bramando quebraban en la costa y navíos trastumbados), ver cómo los alárabes alanceaban los cristianos que salían hechos agua sin armas y las manos juntas pidiendo misericordia, sin que les aprovechase cosa. Encomendábanse unos a los esclavos de galera, que con ajeno mal se rescataban, otros se tornaban a la furiosa mar por miedo de las lanzas jinetas, y otros, no sabiendo nadar, se ahogaban, ni pudiendo antes de conocer el mortal peligro de tierra, por miedo del cual se sufrieron algunas galeras haciendo mil votos los marineros y soldados, que consideraban entre la tormenta de agua, la desventura de tierra. Cuando la galera de Juanitín Doria dio al través con otras, envió el Emperador a don Antonio de Aragón que le socorriese con tres compañías italianas, que fue causa de venirse otras a perder, y que los capitanes de muchas estorbasen a cuchilladas que no se viniesen; tanta gana tenían todos, así soldados y marineros, como galeotes y esclavos. Lo mismo aconteciera en las naos por ir seis o siete compañías de españoles a recoger la gente, lo cual, aunque fue bien proveído, no fue bien acertado, según a muchos pareció. Perdiéronse catorce o quince galeras con su artillería y con mucha ropa y plata labrada, una de las cuales era de don Enrique Enríquez, que otra suya toda la 40

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tormenta pasó sobre las áncoras; las demás se fueron todas en pudiendo al cabo de Metafuz con Andrea Doria, que muy bravo estuvo con los que fueron a dar en tierra, y con los que querían que también él fuese, y muy enojado consigo mismo por no haber acertado el surgidero, y con el Emperador, que porfió a ir tan tarde. Hubo gran tristeza en el ejército por la pérdida de tantos navíos, que les hacían falta para volver a sus tierras, y por la muerte que dieron a tantos, sin moverse a misericordia los alárabes, no queriéndolos tomar por esclavos, aunque fuesen mujeres hermosas, y por quedar desproveídos para poder ganar a Argel, que tanto a todos tocaba; así tuvo sobre ello el Emperador que pensar.

- XII Alzase el Emperador de Argel. -Hambre que padecían. -Metafuz: Rusconia. -Comían carne de caballo. -Tratan de revolver sobre Argel. -Hernando Cortes, marqués del Valle, se obliga la conquistar a Argel. -El conde de Alcaudete se obliga a lo mismo: piérdense estas cosas por no oír los reyes a todos. -Echan los caballos a la mar. -Valor que mostró aquí el Emperador. -Consuela el Emperador a los suyos humanamente. Determinó el Emperador de alzarse de Argel, tomando el parecer de los del Consejo de guerra, si bien lo más que se hacía era por su cabeza, porque no viniese otra tempestad y acabase la flota, y quedasen todos perdidos, y porque no había artillería para derribar la cerca, ni comida para sustentar el cerco, la cual era el todo de aquella guerra, que los Iodos del real, o se secaron o los agotaran, aunque muchos y pegajosos eran, y el frío se remediara con la leña de muchas viñas que allí había. La falta de vestidos era también grande, porque ninguno había sacado más de lo que a cuestas traía cuando se desembarcó. También Andrea Doria le dio priesa que se fuese con todos a Metafuz, donde llevaba las naos, por ser buen embarcadero, y seguro de los alárabes que no podían llegar con sus caballos a la lengua del agua, por haber allí un gran desbazadero. Acordada, pues, la partida, se partieron entre soldados los caballos de la artillería, que con tiempo salieran por no haber otra comida, y después otros muchos de los hombres de armas y jinetes españoles que escaparon o se sacaron de los escorchapines y tafurcas.

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El Emperador, estando fuera de su tienda, viendo cómo se recogía el campo, cubierto con un fieltro blanco preso a la garganta, y lloviznando, paseábase cercado de los señores de título y otros caballeros, sin hablar otra palabra mas de que le oían: Fiat voluntas tua, conformándose, como católico, con la voluntad de Dios. Comenzó a retirarse jueves por la mañana todo el ejército por la orden y camino, que fue llevando en medio los enfermos y heridos. Los de Argel hacían alegrías, según desde las almenas y ventanas mostraban, así por la grande artillería y despojos de las galeras y naves que habían de gozar, como por la retirada del Emperador. Salieron muchos de caballo a picar en el ejército, más que a pelear, y lo mismo hicieron los alárabes, que andaban infinitos en lo alto de la montaña, aunque algunos allegaban haciendo halaracas, pero en sintiendo algún tiror huían a rienda suelta. Aconteció cerca del que escribió esta relación, bajando por una quebrada, y entre viñas, que arremetió un moro de a caballo a un arcabucero español que se había desmandado mucho; el soldado, que debía ser mañoso y artero, echó pólvora en medio del arcabuz y encendióla por engañar al moro; el cual, como vio fuego, y no sintió trueno, corrió a él, pensando que de húmedo no cebaba; entonces el español puso de veras la mecha y apretó la llave, encarando, y derribóle. Durmió el Emperador aquella noche no lejos de una gentil fuente que llaman de la Palma, y que proveyó al ejército. Estaba el real en fuerte sitio, entre la mar y Alcaraz, que venía crecido. Mas los enemigos estuvieron quedos aquella noche. Iba muy crecido Alcaraz de la lluvia pasada, y por rebosar mucho la mar; si bien a la ida se pudo vadear a pie, a la vuelta arrebataba los que intentaban de quererlo pasar, y por esto se hizo de presto una puente con antenas, mástiles, y otra madera de las galeras y naves que allí cerca se perdieron, por la cual pasaron los alemanes y los italianos, y la corte y enfermos. Los españoles y los que tenían caballos pasaron el río a pie por bien arriba de la puente, escaramuzando con los enemigos que anduvieron aquel viernes atravesando mucho y amagando; y aún, tal de ellos hubo que se allegó a picar con la lanza, si bien le costó la vida. En pasando aquel río se volvieron los turcos a Argel y no parecieron más. No había pan, y comían caballos y palmitos con sus majuelas, aunque duros y ruines, que hay muchos allí; otros comían galápagos y caracoles; los tudescos comían cebollas albarranas, que juntamente con beber agua (que para ellos es ponzoña), y dormir desnudos en hoyos, que parecían sepulturas, enflaquecieron malamente, por lo cual se rezagaban mucho, con otros 42

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italianos dolientes, que, como la necesidad de todos no daba más lugar, murieron algunos alanceados. Otro día se pasó Sef Seia el agua hasta los pechos, que lo sufría el suelo. Durmióse esta noche en Metafuz, donde se aposentó el ejército con placer de todos. Fue Metafuz, como dicen, hablando de Argel, Rusconia de Octaviano, o Ruscurio de Claudio, si bien otros piensan que Tipasa, y, a la verdad, todos estos lugares estaban en la Mauritania Cesariense, como en Plinio y otros autores se ve. Pero Tipasa caía más hacia la otra Mauritania. Fue Metafuz antiguamente grande y noble pueblo, según se ve del rastro que aún dura de templos, termas o baños, arcos, bóvedas y piedras labradas con arte. Dicen los moros que lo destruyeron godos, y que de allí se pobló Argel, aunque pudo despoblarse por falta de agua, que no la tienen, sino que la traen de lejos por canales o acueductos, los cuales hoy día están, aunque a pedazos, altos y recios. Hace la mar allí un recodo, que no es mal puerto, por estar abrigado del Nordeste, con la punta de tierra que de alto se lanza en la mar cara Noroeste, y Argel no tiene otro mejor allí cerca, y si la flota surgiera en él, no se perdieran las naves con aquella tormenta, según pilotos después decían, y Argel se tomara. Comenzaron, pues, a sacar de las naves, que ya estaban allí, bizcocho, vino, queso y carnes saladas, y dieron primeramente a los alemanes, y luego a todos, abastada y cumplidamente, y no tardó de haber bodegones y tiendas de frutas secas y agras, y de cosas dulces, que pareció maravilla. De agua se proveían en lagunillas y carreos que había cerca. Comenzó la gente a recrearse, mejorando de comida, bien que algunos no dejaban de comer carne de caballos, si bien desabrida, dulce y muelle; el hígado es lo mejor del caballo, a gusto de todos los que lo comían. Hubo disputa cuál era mejor, embarcar o volver sobre Argel; sobre lo cual hubo muchos pareceres. Unos temían que se revolviese sobre Argel, pues que la victoria era tan cierta desembarcando agora con cuidado lo que convenía, pues que a falta de no lo haber hecho se perdiera el primer acometimiento, y esto, parte, porque no se acertó el surgidero, lo uno, y porque se tuvo gran descuido no temiendo, tempestad, cual vino, en echar luego a tierra caballos, municiones y comida. Lo cual hecho, agora prometíase a los que eran de este parecer una certísima victoria, que, por conseguir, había Su Majestad y el ejército pasado por tantos trabajos, peligros y gastos, y aún parecía cosa vergonzosa retirarse sin hacer más daño al enemigo.

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Pero estaba el Emperador tan lastimado de ver el estrago que por su armada había pasado, que ni negaba lo uno ni resolvía en lo otro. Quisiera recoger las reliquias de sus gentes, por no perderlo todo, y retornar sobre sus enemigos, pero temía la braveza del mar. Otros hubo que dijeron que lo mejor era embarcar, aunque ya no lo quisieran los soldados españoles ni muchos caballeros, y señaladamente, Hernando Cortés, marqués del Valle, que sabía de semejantes trabajos y hambres, y últimos aprietos, y fue el que más perdió después del Emperador, porque se le cayeron en un cenagal tres esmeraldas riquísimas, que se apreciaban en cien mil ducados, y nunca se pudieron hallar; y era tal su ánimo, que no sintió tanto esta pérdida como el poco caso que de él se hizo en esta jornada, porque con haber sido tan valeroso como era, y es notorio, no le metieron en Consejo de guerra ni le dieron parte de cosa que en ella se hiciese, y aún, después de pasada la tormenta, porque decía él que se viniese el Emperador y le dejase con la gente que allí tenía, que se obligaba de ganar con ella a Argel, no le quisieron oír, y aún dicen que hubo algunos que hicieron burla de él. Ningún discreto habrá que no entienda la causa de esto, y más si conoce y sabe la soberbia del español, como si la virtud y nobleza propria no valiese tanto, y según algunos, más que la heredada. A lo mismo que Hernando Cortés, dicen que se ofrecía don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete y capitán general de Orán; o el Emperador no lo supo, o sus consejeros le quitaron de ello. Mandó, pues, el Emperador, resolviéndose en la vuelta, embarcar a cada uno en el navío que vino, si lo hubiese, porque de las naos de Italia, pocas faltaban; mandó echar los caballos de todas a la mar, que fue gran lástima, por que cupiesen los hombres. Las naos se llenaron mucho, porque faltaban pocos, y muy menos que al principio creyeran, de lo cual se quejaban sus dueños, haciendo gran sentimiento por ello, como de daño particular e injurioso, pensando con lo tal amansar al Emperador, que estaba, y con razón, puesto en efectuarlo; mas el Emperador, como cristiano piadoso, antepuso la vida de un hombre, y de muchos, a la de un caballo, y caballos sin cuento que fueran. Fue muchas veces él mismo de nave en nave a los hacer echar o desjarretar, que por lindos los escondían. Hubo gran trabajo y estrechura en repartir y embarcar la gente, por lo cual anduvo el Emperador con mucho cuidado, entrando y saliendo a menudo en la mar, a que recibiesen a todos en los navíos sin quedar alguno, y fue bien menester.

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Finalmente, el autor de esta relación (que no fue a pelear, sino que era un sacerdote docto y curioso) dice que fue en la galera de don Hernando Lobos, embajador de Portugal, y que se embarcó de los postreros de todos, y notó mucho al Emperador, como lo había notado todos aquellos días, y sin lisonja dice: «Él estuvo en todo sabio a gobernar, esforzado a pelear, humano al mal ajeno y fuerte al propio; y si Dios así no lo dispusiera, era digno de acabar gloriosamente aquella empresa.» Y el doctor Illescas dice, por relación de un caballero que se halló en esta jornada, que habiendo el Emperador sabido que Andrea Doria era desembarcado, salió de una tendezuela de lienzo que tenía por posada, para irle a visitar, luego que se alzaron de Argel, y acaso pasó por medio de un escuadrón de infantería, y como le vieron ir hacia donde estaba Andrea Doria, pensaron que se quería embarcar, y dejarlos; y comenzaron todos a murmurar y afligirse, entendiendo quedar sin él. Entendiólo el Emperador, y volvió a ellos el rostro alegre y lleno de amor, y díjoles: «No temáis, amigos, que no me voy; yo os prometo que el primero que aquí ha de quedar seré yo, y de no salir de estos trabajos hasta teneros a todos fuera de ellos.» Palabras con que les puso mil corazones. Embarcáronse, pues, todos; italianos primero, alemanes luego y después los españoles, y antes que acabasen se revolvió el tiempo y el mar con otros aires, que se hubieron de partir cada uno cuando pudo y como pudo.

- XIII Arroja el viento al Emperador en Bujía. -Crueldad de los bárbaros y ánimo de los españoles. -Vuélvese el Emperador a Dios, con ayunos y oración. -Qué ciudad era Bujía. Deshace el Emperador la armada. -Va el Emperador a Callar. Cada piloto y cada hombre quisieron volver donde partió, mas los aires derramaron la flota de tal suerte, que ninguno tuvo derecha su navegación, y queriéndolo así su fortuna, las naos que habían de ir a España fueron a Bujía o a Cerdeña, y aun a Italia, y muchas de las que habían de ir a Italia vinieron a España y a Orán, partiendo todas de un puesto, aunque no a un mismo punto, cosa de contar para los siglos venideros, y que causó grandes y muchas romerías, devociones y votos. Algunas naos de soldados españoles como fueron los postreros a embarcar y; estaban ellas cascadas de la tormenta, se hundieron en Metafuz con los torbellinos antes que pudiesen salir en alta mar; pero no se ahogó toda la

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gente. Dos fueron a dar en tierra, cerca de Argel, y los españoles, según después se supo, rogaron a los alárabes, que como perros a cuerpos muertos cargaron luego a ellos, que los tomasen por esclavos y no los matasen, pues en ello usarían humanidad y gentileza, como hombres de guerra; y visto que, siendo pobres aquellos berberiscos, no los querían por cautivos, y que, como crueles, decían que los tenían de matar, blandiendo sus lanzas por encima de las adargas, tomaron las armas y hiciéronse todos un ovillo, y peleando en cerco caminaron hacia la ciudad; pelearon tan diestramente, que sin morir, hirieron muchos y aun mataron algunos. Llegaron en esto muchos turcos, que bien se conocían en el traje y tocado, a los cuales dijeron los españoles que se rendirían por esclavos si Azán Agá viniese; por tanto, que le fuesen a llamar, y entretanto los guardasen. Llamaron a Azán Agá, y vino luego, y llevólos cautivos, y así salvaron las vidas, ya que no pudieron la libertad. Los alemanes tuvieron muy mala navegación, porque más de cuatrocientos que iban en una nao, nunca pudieron tomar puerto, aunque llegaron muchos en cincuenta días, y cuando lo tomaron estaban tan debilitados y pasados de frío y hambre, que se murieron no pudiendo digerir la vianda. Las galeras corrieron también fortuna, y algunas perdieron la palazón, rompiendo la vela, por la cual fortuna hubieron de ir a Bujía siguiendo la costa, que así lo porfió Andrea Doria, por menor daño, aunque no lo quisiera el Emperador, sino que hicieran fuerza la vía de España; pero como allá se vio con todas las galeras y con otras muchas naos, mandó que todos ayunasen tres días, rogando a Dios por buen tiempo, y que les perdonase sus pecados, y que se confesasen, que así lo hizo él después de haber hecho tres procesiones, porque cesase la tormenta, que verdaderamente parecía que se andaba tras ellos, la cual anduvo tal, que dentro del puerto arrojó un esquife sobre una galera que mató dos remeros, y a unas galeras quebró los remos, a otras las narices, y a otras el castillo de popa; hizo también daño en las naves, porque la carraca Firnara, de Génova, dio en tierra, cascándose por la fuerza del viento y mal suelo para las áncoras, la cual suplió la grandísima falta de comida que había, porque era del bastimento, aunque no la cumplió del todo, y como eran muchos y estuvieron cerca de veinte días, hubo gran falta y carestía, y así llegó a valer una gallina una dobla, y una cabra mil maravedís, y un puerco doce ducados, y aun diez y ocho. Los moros traían algunas aves y vaquillas a vender, que no era mal manjar para quien las podía comprar, y venía hecho a comer caballo.

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Cuán grande pueblo de moros fue Bujía, y cuán noble y famoso, dije cuando fue sobre ella y la ganó el conde Pedro Navarro; ya en este tiempo no era de ver, si bien era de tener para las cosas de Berbería; y así, el Emperador trazó y mandó labrar un castillo, por más fuerza y seguridad. Y en dando señal el cielo de seguridad y templanza despachó a don Hernando de Gonzaga con sus galeras de Sicilia y de Malta, para que se fuese a su gobernación, y las naos de Italia, con Agustín Palavicino, y al conde de Oñate a España, por capitán de las naos que allí estaban, y de la gente que no podía caber en las galeras, el cual fue a Callar de Cerdeña, forzándolo el viento a hacer tan contraria navegación. Llegando a Callar, les hicieron los naturales las fiestas posibles, dándoles el parabién, y a Dios infinitas gracias por haberlos escapado de tan peligrosa tormenta. Tuvo allí las fiestas de la Navidad gastando muchos días antes que a España venir pudiese. Duraba el mal tiempo y crecía la falta de los bastimentos, y así, había bien que pensar sobre tan arduos negocios como éstos dos eran: el uno constriñía a partir, el otro forzaba estar quedos, y ambos amenazaban muerte. Mandaba la hambre salir y el tiempo quedar; y en el consejo de mar unos decían que fuesen a Trípol costeando siempre, y otros a Cerdeña, forcejando al remo, o a Sicilia, navegación larga, difícil y para perecer de sed. Quiso Dios que en esto se levantó Sudoeste, con el cual partió el Emperador de Bujía y fue a Mallorca, y de allí a Cartagena, donde fue bien recibido, como muy deseado que era, porque, según las nuevas que habían tenido y la gran tardanza que había hecho, todos, así en Italia como en España, temían su vida, y a sus enemigos no les pesaba; y este es el fin y suceso de la jornada de Argel, tercera vez acontecida, contando la de Diego de Vera y de don Hugo de Moncada.

- XIV Batalla del Carruan. -Gallarda retirada por el valor de Luis Bravo de Lagunas. -Hecho varonil de una castellana. Después de esta triste y desdichada jornada de Argel, corriendo Andrea Doria con don Hernando de Gonzaga la costa de África, tomó a Caramini, Monasterio, los Esfaques, Susa y la Mahometa; y dejando en Monasterio a don Álvaro de Sande, con el tercio de Sicilia, le dejó orden que diese favor al rey

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Muley Hacén, de Túnez, contra Cidearsa, que se le había alzado con la ciudad de Carruan y se llamaba rey de ella. Estaba Cidearsa puesto en una lengua de tierra que se hace entre dos mares, junto a Monasterio, y para pasar Muley Hacén a su tierra había de romper por fuerza al enemigo, que tenía veinte y dos mil caballos y quince mil infantes, y seiscientos escopeteros turcos, cuyo capitán era Baalij, renegado español, natural de Málaga, hijo de un carnicero llamado Cachorro. El rey de Túnez tenía hasta siete o ocho mil caballos, y los españoles eran como dos mil y quinientos infantes. Tenía puesto su campo Cidearsa una legua de Monasterio. Los españoles determinaron darle batalla, porque de otra manera no tenían paso. Don Álvaro dio noticia al rey de Túnez de su determinación, y ordenó su gente en un escuadrón, a manera de luna, y por vanguardia una manga de cuatrocientos arcabuceros españoles, y los demás, por guarnición, al lado derecho de la batalla. Comenzóse a pelear con tan buen orden y con tanto ánimo, que los de Cidearsa fueron de presto desbaratados, y los cuatrocientos españoles rompieron a los seiscientos turcos, que venían también por avanguardia en el campo contrario. Siguiendo los españoles el alcance desordenados con el calor de la victoria, no se recelando de cosa alguna, salieron de través, de entre unos olivares, hasta catorce mil caballos, que estaban emboscados por Cidearsa, y embistieron en los vencedores con tanta furia, que los moros del rey de Túnez volvieron las espaldas la vía de Susa hacia Túnez. Estaba tan adelante a esta sazón la manga de los arcabuceros españoles, que cuando quiso retirarse a su escuadrón, que aún estaba entero, no lo pudo hacer, y así la cercaron los caballos de Cidearsa y mataron como veinte o treinta soldados, antes que pudiesen ser socorridos de sus amigos. Estando el escuadrón de los españoles a la mira, y no sabiendo qué determinación tomarían viendo huir al rey de Túnez y a sus españoles en tan conocido peligro, salió de entre todos el capitán Luis Bravo de Lagunas, hijo de Sancho Bravo (el que en Valladolid no quiso seguir la Comunidad, por ser leal a su rey), mancebo valiente y animoso, y dijo, como esforzado español, estas palabras: «Señor don Álvaro, socorramos a nuestros hermanos, no sea que por la manga perdamos el sayo.» Y de presto caló su pica, diciendo en alta voz: «Ea, soldados, todos como yo, socorramos a los nuestros.»

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Fueron de tanta eficacia estas palabras, que luego todos a una dijeron: «Bien dice, señores, como caballero: vamos todos tras él.» Y de tal manera cerraron con los enemigos, que recogieron en sí a los suyos, y en muy buen orden se comenzaron a retirar a Monasterio, a donde había quedado con mucha parte del bagaje el capitán Gaspar Muñoz, herido de un arcabuzazo en la pierna. Habiendo, pues, caminado los españoles con tan gallarda retirada, bien legua y media, dieron vuelta sobre ellos los enemigos con grande número de caballos, y embistieron en la retaguardia, donde iban muchos capitanes y personas de oficio. En los primeros golpes atropellaron algunos y rompieron tres hileras del escuadrón; en la cuarta iba Cristóbal de la Fuente, de la compañía del capitán Juan del Río, y Pedro Bernardo de Quirós, asturiano, de los nobles de este apellido, de la compañía de Luis Bravo. Estos dos dieron voces a los que marchaban delante, diciendo: «¿Dónde váis, señores; qué caballos lleváis para huir o qué castillo en que os acoger?» Con estas palabras echaron mano a las espadas, que por la espesura de los caballos no se podían aprovechar de las picas, y el escuadrón todo dio la vuelta, y con tanto ánimo pelearon, que hicieron que los enemigos volviesen las espaldas, y cobraron algunos de los capitanes, que habían sido presos en el primer acometimiento. De esta manera se fueron retirando hasta Monesterio por una vega llana de poco menos de cuatro leguas, sin perder nada del bagaje, ni pieza de artillería, de seis que llevaban de campaña, y sin perder reputación. Hecho digno de memoria, aunque algunos, por descuido o mala voluntad a la nación española, no la hicieron de él, ni de otra hazaña que este día hizo una mujer que se llamaba María de Montano, la cual juntó de presto trecientos mozos de soldados y los armó, dándoles las picas que llevaban en los camellos, y defendió varonilmente el bagaje a quinientos caballos moros que le asaltaron, haciendo ella el oficio de capitán, con su pica, delante de todos, y diciendo: «Ea, hijos, defendamos lo que nos encomendaron; no ganen honra con nosotros estos perros.» Por esta hazaña, de allí adelante tiró paga esta mujer como soldado, y merece tal memoria por ella. Año 1542

- XV Vuelve el francés a las armas contra el Emperador.

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Agradecer podemos al francés, pues dio lugar al César para hacer la desdichada jornada de Argel, y a mí para escribirla breve y sumariamente, porque no hallé relaciones más cumplidas de quien me fiar. La razón pedía que los príncipes cristianos y pechos generosos se condolieran de la rota y pérdida que el Emperador con tanta caballería padecieron, según dejo dicho, peleando, no con turcos, ni moros africanos, sino con los elementos sumamente alterados en tierras de enemigos infieles y inhumanos; pero piérdense los estribos donde reina pasión. Esta atormentaba tanto al rey de Francia, por la negra pretensión de Milán, en que tanto había porfiado, que sin reparar en treguas ni en otros buenos respetos, con achaque de la muerte de sus embajadores, pareciéndole la ocasión buena, por haber vuelto el Emperador tan mal tratado de la tormenta de Argel, juntándose, pues, con el rey de Dinamarca, enviaron a dar los principios de buen año con sus reyes de armas, desafiando al Emperador con soberbias y arrogantes palabras. Despachó sus embajadores al Turco, a Alemaña, a Portugal, a los venecianos y ingleses, procurando levantarlos a todos, aunque en Venecia y Ingalaterra les dieron malas respuestas, diciendo que era cosa indigna oír a un rey que trataba con turcos y lo había metido en la Cristiandad; los demás, con el francés, mandaron pregonar la guerra a fuego y a sangre por todas las fronteras de sus reinos. Que tal fue el pésame que estos reyes, siendo cristianos, le dieron del destrozo que había padecido en Argel, por donde había ido con tan buen celo, y tan en favor y bien de la Cristiandad. El Emperador respondió a sus desafíos como merecían, y a los pregones de su guerra con otros semejantes, en Flandres, a 24 de mayo, y vióse cuán represada estaba la ira del rey de Francia, que, como un mar detenido, rota la presa, revienta; así hizo este príncipe, acometiendo las tierras del Emperador por diversas partes: mandó continuar o volver a la del Piamonte, envió por Artoes y Teruana a Antonio de Borbón; por Brabante, a Martin Van Rosem, con ayuda del duque de Cleves; por Lucemburg, a su hijo Carlos, duque de Orleáns, y por Cataluña, sobre Perpiñán, al delfín Enrique. Amenazaba también por Navarra, y no contento con esto, procuraba la venida del Turco, a cuyo fin le envió un gran presente de seiscientos marcos de plata, maravillosamente labrada, y quinientas ropas de seda, grana, y otras telillas ricas, para dar a los criados del Turco; esto todo contra un príncipe desapercibido y roto, no de enemigos, sino de la furia infernal del mar y vientos, sin dolor ni miramiento de la Cristiandad; pasión extraña, indigna sumamente de quien la hacía.

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Hay bien que decir de estos cuentos. Lo primero que el rey Francisco procuró antes de comenzar esta guerra, fue pedir a Solimán que enviase contra el Emperador su armada. Llevó esta embajada un caballero francés, llamado Polino, persona de harta inteligencia y buenas partes. Halló en el Turco muy buena entrada, y en sus basás y ministros, ofreciendo la guerra como el rey la podía desear. Mandáronle volver a Francia por el orden que el rey quería que hubiese, y hallándole que andaba a caza con mucho contento de las ofertas de Solimán, dentro de tres días volvió a despachar a Polino, mandándole que fuese por Venecia donde el Turco había prometido de enviar a Junusbeyo por su embajador, para que la señoría hiciese guerra al Emperador, y los dos juntos trataron con el Senado de la guerra, formando el francés mil quejas y diciendo palabras muy descompuestas contra el Emperador. Mas por mucho que el francés y el Turco hicieron, los venecianos no quisieron intentar la guerra. Partiéronse a Constantinopla, donde ya estaban harto mudadas las voluntades del Turco, y de los basás, de manera que porque Polino trabajó, no pudo acabar que por este año de 1542 saliese Barbarroja con las galeras del Turco, aunque envió el rey otro segundo embajador, que fue Desio, comendador de San Juan. En estas embajadas gastó el rey casi un año, y en él sucedió al Emperador la desdichada jornada de Argel, de la cual muchos de los príncipes cristianos se dolieron lo que era razón; sólo el de Francia, si bien con nombre y obligación de Cristianísimo, se holgó, pareciéndole que de aquella vez quedaba el Emperador tan quebrantado y deshecho, que no se podría defender de él, y cuando el rey Francisco pensó que tenía el favor del Turco, y que no le faltaría el de venecianos, quiso, según dicen, comenzar la guerra contra su condestable monsieur Anna Montmoransi, con quien estaba indignado y quejoso, haciéndole cargos de que era amigo del Emperador, y que le había estorbado de prenderlo cuando estuvo en Francia, que por amor de él no le había dado a Milán; finalmente, él acriminó tanto la cosa, que estuvo a pique de cortarle la cabeza, y ya que no fue, le quitó cuanto tenía, y le hizo vivir pobremente y sin honra en una granja, que en esto paran de ordinario los más llegados a los reyes, y hasta agora no sé quién se haya escapado.

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- XVI Caída de la privanza del condestable de Francia. Así cuenta la caída del condestable, Illescas, y Jovio algo mejor, y fue cierto el caso de esta manera: Monsieur Anna Montmoransi fue desde su mocedad gran privado de Francisco, y en el mismo grado, o poco menos, lo era monsieur de Brion; y conforme a la privanza de ambos, el rey su amo, andando los tiempos, hizo al uno almirante y al otro condestable, pero siempre se trataron cada uno de estos dos por su privanza con emulación del otro (costumbre de privados ordinaria) hasta que sucedió la guerra que se comenzó año 36, en el cual pasaron palabras bien acedas, y más de lo que se sufría en semejante lugar, que era delante del rey y su Consejo de guerra, entre el condestable, que disuadía aquella guerra y la reprobaba y maldecía, y el almirante, que la persuadía y aprobaba y conforme a este su parecer se comenzó, y pasó gente los montes con el almirante, y tomaron en el Piamonte los lugares del duque de Saboya, que ya atrás quedan dichos; y como después el Emperador cargó sobre Francia y apretó aquel reino con grandísimo miedo, toda la salud de aquella provincia y la defensa de ella puso el rey en manos del condestable, dándole el cargo de aquella guerra, y así lo hizo, muy bien y acertadamente, hasta que el Emperador se retiró y salió de Francia, estando a todo esto el almirante competidor de Montmoransi, no poco desfavorecido a causa de haberse habido flojamente en lo del Piamonte, y dado lugar con su remisión a que se recobrase Fosán, y otras cosas que le imputaban, que le causó andar abatido y retirado de la corte, y estando en un lugar suyo, durando la guerra del año 1537, quieren decir malas lenguas que, por comisión del Emperador o de la reina María, gobernadora de Flandres, le enviaron una persona secretamente ofreciéndole partidos convenientes para sacarle del servicio del rey. De todo lo cual, así de lo del Piamonte como de haber dado oídos a otro negocio y no ser avisado de ello, fue después acusado, y estuvo preso harto tiempo, alrededor de la corte francesa, hasta que el año de 40 ó 41 se determinó su negocio, teniendo ya él tramado otro, que fue haber tomado deudo con la de Estampis, persona grandemente aceta al rey, casando hermano del uno con hermano de la otra, y la causa se determinó un poco rigurosamente contra el almirante, pero acabado de sentenciar le remitió el rey todas las penas, y volvió a su oficio y privanza como de primero, puesto caso que había muy gran diferencia entre la bondad de Montinoransi y la condición del Brion; porque el condestable amaba la paz, si bien era excelente en las armas, y todo su intento y privanza la gastaba en persuadir esto a su amo; por el contrario, Brion era amigo de novedades y que su rey siempre las buscase, y 52

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que sin embargo de cualesquier juramentos y concordias tornase a la guerra siempre que hallase aparejo para ello, y a éste atribuyen la invención de acometer las tierras del duque de Saboya, para cobrarlas con la guerra que virtualmente se hacía al Emperador; y aún también por esta vía, dar molestia a su contrario el condestable, cuya mujer era de aquella casa de Saboya, hija de Renato, hermano del duque, que por otro nombre llamaban el bastardo de Saboya. Pero tornando al propósito, como vio el condestable a su contrario enterado en su primera privanza, y que mediante mujeres la llevaba cimentada, parecióle, como dice Jovio, dejar la corte y retirarse, no pudiendo sufrir a su émulo puesto en la privanza antigua. Y así, estando la corte en Chatelerao, acabado el duque de Cleves de volverse de Francia a su estado, pidió el condestable la licencia que dijo, y se retiró a su villa de Ceutilia, con grande pesar del delfín Enrique, que le quería bien, y le pesaba grandemente de los disfavores que su padre le hacía. De manera que, resumiendo este artículo, la causa de la caída de Montmoransi fue la subida de su émulo, y no de que sospechase el rey que ocultamente favorecía las cosas del Emperador, ni tampoco corrió el riesgo de cortalle la cabeza, como cuenta Illescas, ni le quitó lo que tenía, ni el oficio, ni le hizo vivir pobre, ni en granja alguna, ni la madre del rey tenía enemistad con él, que ya en este tiempo era muerta había diez años, porque murió año 1541 a 14 de octubre. De manera que el condestable dejó de su voluntad la corte y lo que tenía en ella.

- XVII Descubre el francés la guerra en el Piamonte, tomando a traición a Clarasco. -El marqués del Vasto se paga del francés. -En Picardía comienza el francés crudamente la guerra. Toma el duque de Orleáns a Lucemburg y ducado de Brabante. -Cobra el príncipe de Orange lo perdido de Brabante. Después de esto, envió el rey a mandar a Guillelmo Belayo, que era capitán general en el Piamonte, que comenzase a dar principio a la guerra con alguna ocasión, la mejor que él hallase. Estos tratos no fueron tan secretos que el marqués del Vasto no los entendiese, por cierta traición que se descubrió en Alejandría de la Palla. Estaban por el rey en el Piamonte cinco pueblos principales: Turín, Monte Calerio, Sabiñano, Peñoralo y Varulengo, sin otros de menor calidad. Por el Emperador estaban Aste, Vercelle, Ulpián, Fossán, Quier, Quirasco o Clarasco y Alba. Antes que se acabase bien de descubrir la guerra, una noche acomodada saltearon los franceses a Clarasco, y escalando por tres partes, lo entraron y mataron la mitad de los soldados que estaban de 53

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presidio, y lanzó fuera los demás, y se apoderaron del lugar, que es muy fuerte, y de ahí a poco, estando la fortaleza con falta de bastimentos, el capitán Sangrio se dio a partido y la entregó, y lo mismo intentaron hacer en Alba y en Vercelli; mas no les valió, porque Francisco Landriano se lo defendió valerosamente, y el excelente poeta Jerónimo Vida Veronés, obispo de Alba, con su buena diligencia, industria y consejo. El marqués del Vasto juntó luego su gente, ayudando con gente y dineros los milaneses, y antes que los franceses se entendiesen, les ganó doce lugares, pero de poca importancia, que todos ellos juntos no eran tanto como Clarasco. Entonces comenzó a declararse la guerra y salir a luz la intención dañada del rey de Francia, y monsieur de Vandoma se puso en campo junto a Teruana y desbarató una banda de caballos flamencos, y por otra parte el duque de Orleáns tomó a Lucemburgo, sin que la reina María se lo pudiese estorbar, y ganó en aquella comarca otros muchos lugares, porque doquiera que llegaba le abrían las puertas. Quiso el rey hacer otro ejército para sí, y envió a Nicolao Bosum, monsieur de Longavilla, que fuese a Guillelmo, duque de Cleves y Juliers, con seiscientos caballos, y que juntase la gente que pudiese de pie y de caballo, y acometiesen a Brabante, y hiciesen allí cruel y sangrienta guerra, para embarazar a la reina María, echándole la guerra en casa, para que no pudiese socorrer a Lucemburg. Juntó el duque de Orleáns doce mil alemanes y seis mil franceses y tres mil caballos, entre los cuales había quinientos del rey de Dinamarca que había enviado, con muchos nobles de Francia en armas y en sangre, y por el mes de julio fueron contra Lucemburg y arruinaron a Dam Villerio; pusieron fuego a Jubosio, habiéndole combatido algunos días, de manera que se hubo de rendir, y pusieron en él guarnición de soldados, armas y seis tiros gruesos. Juntáronsele aquí al duque otras diez banderas de alemanes, y dos mil caballos que los trajeron de Brabante, que como se dirá, la habían asolado Longavilla y Martín Van Rosem. Rindióseles luego Arlonio, y contra lo que había prometido, lo arruinó y pegó fuego, de lo cual le pesó después, y mandó matar el fuego. De ahí fue contra la ciudad de Lucemburg, y habiéndola tenido cercada pocos días, se dio a partido, dejando salir libremente con sus armas y ropa a los soldados que estaban de presidio, y dando que los naturales quedasen libremente con las haciendas y gobierno como lo tenían, con las cuales condiciones se le entregó. Lo mismo hicieron Mommedio, con que quedó por los franceses el ducado de Brabante, quedando solo por el Emperador Thionvilla.

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Habiendo acabado tan prósperamente el duque de Orleáns esta jornada, puso por gobernador y capitán de Lucemburg al duque de Guisa, y despidiendo la gente volvióse a su padre; mas apenas pudieron padre y hijo solenizar la vitoria, porque aún no era bien llegado el duque de Orleáns a su padre, cuando le vino nueva que el príncipe de Orange, Reinerio Nasau, con su ejército, había acometido a Lucemburg, y la había tomado con todos los lugares que franceses habían ocupado, exceto Jubosio, y los había reducido al Emperador, y que tenía cercado el duque de Guisa en Jubosio. Detúvose el príncipe de Orange en recobrar a Brabante hasta el mes de octubre, y acabada esta empresa fue contra Julia, para vengar en Cleves el daño que Brabante había recebido y pagarla con la misma pena.

- XVIII El duque de Güeldria se pone en armas contra el Emperador. -Cobra el príncipe de Orange lo perdido de Brabancia. -Traición que se urdía en Ambers, para entregar la ciudad al Güeldres. -Saltean los labradores engañados. -Sale el príncipe de Orange contra Martín Rosem. -Arma con gran astucia una emboscada en campo raso, en que coge y desbarata el de Orange. -Huye el príncipe de Orange. -Túrbanse los de Ambers por la rota del de Orange. -Engaño del Jovio. -Peligro y miedo de Ambers. -Requiere Rosem que se rindan al rey de Francia y al de Dinamarca. -Responden los de Ambers, que no conocen otro sino al Emperador. -Dicen los de Rosem, que las aguas salobres tragaron al Emperador, y los peces lo comieron, en la jornada de Argel. -Destruye Rosem los edificios fuera de los muros. Entra gente de socorro en la ciudad. -Los valientes portugueses defienden la ciudad. -Álzase Rosem de ella. -Martín Van Rosem, capitán valeroso y cruel, natural de un lugar en Güeldria que se dice Rosem: y aún dicen que fue hijo de uno que hacía cerveza. -Quiere Rosem tomar a Lovaina. -Defiéndese Lovaina. -Tratan de concierto. -Defiéndenla los estudiantes. -Álzase Rosem de Lovaina. -Cómo anduvo la guerra entre franceses y flamencos en Picardía. Y fue el caso que cuando el duque de Orleáns hacía guerra a Lucemburg, el duque de Cleves juntó doce mil hombres y mil y quinientos caballos, a los cuales dio por capitán a Martín de Rosem, soldado principal de Güeldria, y muy escogido capitán, y echó fama que juntaba esta gente para socorrer al rey de romanos contra el Turco; y como su pensamiento era de seguir al francés y juntarse con él, y para esto había de pasar el río Mosa, y por el condado de Hornes, tomó achaque de que enviaba a Francia por su esposa. Pidió Rosem paso a los de Liege, mas sabiendo el obispo de Cebembergue que el camino que éstos llevaban era contra el Emperador, avisólos para que de ninguna manera los dejasen pasar, y así, los de Liege, puestos en armas, les 55

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negaron y resistieron el paso, saliendo todos los labradores y gente de la tierra a la resistencia. Entendiendo los de Ambers esto, temieron que la jornada de Rosem no era para Hungría ni otra parte, sino contra ellos y su ciudad, que en aquel tiempo era una de las más ricas de Europa, y luego con licencia de la reina María, levantaron algunas compañías de gente y enviáronlas en socorro de los labradores que estaban armados para embarazar aquel paso en Pelandia. Esta gente de Ambers, con otra de los dichos labradores, fueron contra unas banderas de Rosem, que ya habían pasado la Mosa, y dieron en ellos, de manera que volvieron por do habían venido, donde estaba su capitán Rosem, y no fiándose los de Ambers de Rosem, ni del embarazo que le hacían para que no pasase, pusieron guarda en la ciudad, y la fortificaron, y hicieron que todos los extranjeros, principalmente los que eran naturales de Cleves, jurasen de defenderla, y a los que no querían jurar los echaron fuera, y se puso todo el pueblo en armas, nombrando capitanes; enarboló banderas, ordenó las compañías y armó los soldados, reparó los muros, limpió los fosos, puso artillería en las torres y lugares más convenientes. Hicieron capitán general a Cornelio Espanga, por cuyo consejo quemaron todos los arrabales, que tenían una gran población. Pasó Rosem con toda su gente el río Mosa; apartándose de los enemigos, que les quitaban el paso, caminó sin hacer daño para Brabancia, no se mostrando enemigo, porque los de Ambers y otros se quitasen y no le hiciesen resistencia, hasta dar en ellos descuidados; lo otro, porque muchos de los soldados que llevaba no sabían que iban contra el Emperador, y si lo supieran antes de entrar en Brabancia lo dejaran y desampararan las banderas. Por lo que luego hizo este capitán, se echó bien de ver que su camino era contra Ambers, no con esperanzas de entrar la ciudad por solas sus fuerzas, que era dificultoso, sino llamado por algunos traidores, que le habían prometido de pegarla fuego por algunas partes, y que tomarían las armas cuando el pueblo estuviese alterado con el incendio, y se harían señores de una puerta y se la darían abierta para que entrase con su gente, y saquearían aquella opulenta y riquísima ciudad de Ambers. Eran cónsules o alcaldes de ella este año 1542, Lancelote Ursulo y Nicolao Schemero, que con los demás ministros de justicia, con suma diligencia, andaban fortificando y reparándola. De ahí a poco se supo en Ambers que Rosem había tomado el camino, declarándose por enemigo, haciendo guerra y daño en las tierras por do pasaba, que eran del Emperador; porque como hasta allí los soldados de Rosem anduviesen sin hacer daño entre los labradores alojados por las aldeas, comiendo y bebiendo, tomando lo que les daban graciosamente, y por sus 56

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dineros, perdiendo ya con esto el miedo, los que se habían puesto en arma las habían dejado, volviéndose en sus casas y labranza, pasó Rosem sin contradición el río Mosa; luego cada soldado prendió su huésped, y porque no los matasen les daban cuanto tenían. Robaron el ganado y quemaron los campos, derribaban los edificios y iglesias, y quemaban lugares, llegando ya a ser tan bárbaros y crueles, que mataban a quien no les hacía mal; compraban, los que podían, las vidas con dinero. Finalmente, los soldados de Rosem se hicieron tan insolentes, que ya no tenían respeto a Dios ni al Emperador. Tuvieron aviso los de Ambers, que haciendo estos daños había ido Rosem contra Berlam y Hoochstrate, y que rindiéndosele los lugares y aldeas, había tomado la fortaleza, que era de mucha importancia, y había sacado de ella mucha artillería y munición, por lo cual los de Ambers vieron que no se engañaban en pensar que este enemigo iba sobre su ciudad, y más viendo que, trayendo tanta gente, no se embarazaba en algún lugar cerrado, con haber algunos ricos que pudiera tomar y sacar de ellos grandes bienes. Pues como Rosem se detuviese algunos días en Hoochstrate, lugar cerca de Bruselas, el príncipe de Orange, con quinientos caballos y tres mil infantes, que Ambers y buscoducanos le habían dado, a 24 de julio salió de Breda y a grandes jornadas llegó a Ambers para defender la de Breda y Hoochstrate. Partieron para Ambers los de Rosem; júntanse los caminos por donde venían el príncipe y Rosem, en el campo Brescoto y Ekera, por lo cual estaba el buen suceso en la brevedad, y llegar primero el príncipe a meterse en la ciudad o llegar Rosem a cercarla, y así, procuraron darse priesa para ganar el uno al otro la delantera; por esto caminaron con tanta furia para Brescoto. Caminó Rosem con mayor diligencia, y ocupó a Brescoto, y con una nueva invención armó una colada al de Orange en un campo raso y llano, que en todo él no había dónde poderse encubrir un soldado, si no eran unos árboles pocos, que en un bosquecillo estaban allí cerca, y para engañar al de Orange usó de esta estratagema Rosem. Mandó poner cuatrocientos caballos de los que el rey de Dinamarca había enviado con armas negras, que por eso los llamaron los caballos negros. Estos se tendieron en ala, cerca de Brescoto; detrás de ellos puso toda la infantería de rodillas, tendidas las picas, banderas y armas, o bajas al suelo, de tal manera que estando los cuatrocientos caballos, como dije, en ala, cubrían la infantería, para que el príncipe no la viese. Llegó el de Orange, y por falta o negligencia de los descubridores, no tuvo aviso de la emboscada que Rosem le tenía gentilmente armada en el campo abierto y claro, y como no descubrió más que la caballería, pareciéndole poca gente, no hizo caso de ella, pensando que no estaban allí para más que 57

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embarazarle el camino. Mandó el de Orange a Lubberto Turca, capitán de la caballería, que se adelantase y los acometiese, y él con la infantería caminó a su paso en orden. El Turca, con los caballos y lanzas que llevaba, disparando los pistoletes que cada uno llevaba, dio en los cuatrocientos, los cuales se fueron retirando hasta el bosquecillo, o árboles y zarzas, donde se defendían con las escopetas. Apresuróse a este punto el de Orange con la infantería, y apenas habían comenzado a escaramuzar, cuando de una y otra parte se levantaron los soldados de Rosem y cercaron al de Orange, acudiendo al mismo punto la demás caballería y gente de Rosem, de diversos escondrijos, donde estaban metidos y emboscados, y hirieron fuertemente en los del príncipe, el cual viéndose tan apretado y salteado sin pensar, recogió la caballería a toda priesa y tomó el camino de Ambers, retirándose y perdiendo muchos de los suyos; fue harta ventura escaparse. Rindiéronse dos mil infantes arrojando las armas sin pelear, por ser bisoños y poco usados en ellas. Entró el príncipe de Orange con muy poca compañía en Ambers a las siete de la tarde. Turbáronse mucho los ciudadanos con esta pérdida; animólos el príncipe, porque era mozo de gran valor, y la mala ventura no había quebrantado su ánimo brioso; dio orden en poner la ciudad como convenía para esperar al enemigo, y luego fue a visitar a la reina María, que tenía un valor varonil, muy semejante al de César su hermano. De ahí a poco, después del príncipe de Orange, llegó a las puertas de la ciudad, -que también había escapado-, Lubberto Turca con algunos caballeros, aunque Jovio, con engaño, dice que fue preso, libro 41, c. 5. Hubo pareceres en la ciudad si lo admitirían en ella, porque aunque este capitán había siempre servido al Emperador, era natural de Güeldria, a quien servía Rosem; recelábanse de él. Gozóse Rosem con la vitoria; volvió a regocijarla en Briscoto. Otro día asentó su real en los arrabales de Ambers; estuvieron ambas partes aquella noche con grandísimo cuidado y guarda, sin dormir sueño, porque los de Ambers se temían de alguna traición o fuego, que de los que dentro estaban no se fiaban; también temían de que los enemigos, con la oscuridad de la noche, acometiesen a la ciudad por la parte del muro antiguo, que era muy flaco. Rosem y Longavilla también se recelaban, y temían no saliesen de la ciudad por diversas partes, y los salteasen en el real; por manera que el miedo que los unos y los otros tenían, hizo que esta noche pasasen con harto cuidado guardas y espías.

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El mayor peligro que la ciudad tenía era entre Kipdorpian y la puerta colorada; aquí pusieron los ciudadanos personas de mayor confianza. Estando en Ambers las cosas tan miradas y prevenidas para esperar al enemigo, llegó un rey de armas de parte de Rosem, y como si Rosem fuera un rey, les dijo que rindiesen al rey de Francia y al rey de Dinamarca aquella ciudad, porque Rosem, capitán esclarecido con muchas vitorias, hacía aquella guerra en su nombre, y que solamente pedía a los ciudadanos que hiciesen juramento a aquellos reyes, porque sus fueros, privilegios y libertades no solamente se los dejarían perpetuamente, sino también se los acrecentarían; y que supiesen, que si quisiesen más probar sus fuerzas que obedecer sus sanos consejos, él procuraría, plantando su artillería y echándoles encima sus soldados viejos invencibles, que su pertinacia hubiese tan desdichado fin, que tuviesen bien que llorar. Los de Ambers respondieron que no conocían otro señor sino al Emperador Carlos V, y que sin su mandado, a ninguno que trajese armas abrirían. Dijo el rey de armas que al Emperador Carlos ya lo habían comido los peces del mar. Los de Ambers respondieron graciosamente que verían cómo dentro de tres días saldría del vientre de la ballena como un Jonás, y lo tendrían más presto sobre sí de lo que sus reyes quisieran. Fue ardid que los enemigos del César usaron, que luego que se supo la pérdida de su armada en Argel, quisieron hacer creer a todos que el Emperador se había anegado, le habían comido los peces y que sus gentes no traían sino una estatua, con que querían entretener y engañar al mundo. Dijeron más los de Ambers, que ellos no tenían a Rosem por capitán de tan grandes reyes, sino por caudillo de ladrones salteadores, y que le avisaban, que si tocaba a los muros de la ciudad, se le daría la pena que las maldades merecían; con esta respuesta enviaron al trompeta, echándolo por la puerta Kipdorpia. Sintió tanto Rosem la respuesta, que rabioso mandó luego deshacer todos los molinos de viento que estaban fuera de la ciudad, y andaban los suyos en cuadrillas por los campos y sembrados de Vuillibordiano, quemando los panes que estaban para segar. Contra los cuales, los de Ambers dispararon la artillería y mataron algunos. Otro día entraron en la ciudad mil y docientos soldados, mozos robustos que vinieron de la provincia de Wasiana, que es una parte de Flandres que llega hasta Gante, en la otra ribera del río Scaldis, y los gobernadores los armaron muy bien y pusieron en los puestos que más guarda requerían, y en el mesmo día salieron fuera de la ciudad los de Ambers y quemaron y derribaron cuantas casas y quintas había al derredor de la ciudad, viéndolo y llorándolo sus dueños, porque el enemigo no se favoreciese de ello para los ofender o armarles celadas. 59

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Señaláronse muchísimo en defensa de la ciudad, harto más que los naturales, los valentísimos portugueses y algunos mercaderes italianos, alemanes, ingleses, que no como mercaderes, sino como escogidos capitanes, se pusieron en arma con sus banderas, unos en competencia de otros. Como vio Rosem el buen orden que en la ciudad se tenía, y que no le habían dejado lugar para poderles armar alguna emboscada, ni dentro había que esperar traición, sino que todos, con suma fidelidad conforme, se defendía y le ofendían, levantó su campo a 27 de julio al amanecer, haciendo que la noche antes caminase la artillería y bagaje, y con el ruido que en el campo de Rosem se hacía al levantarse, los de Ambers pensaron que se acercaban más a la ciudad para combatirla, que esto temieron siempre, y luego se pusieron en orden con muy buen ánimo para defenderla. Echaron fama algunos traidores en la ciudad, que el enemigo había tomado una parte de ella, y todos con gran alboroto acudieron allí donde se decía que el enemigo había llegado; y hallando que era falso, llevaron la artillería a aquel lugar fuera de la ciudad, donde se oyó el estruendo y alboroto, pensando que por allí querían acometer. De esta manera pasaron la noche toda, y entrado el día, vieron que el enemigo se iba y que ardían todos los molinos de viento, huertos, casas de placer, pero levantó el cerco sin batir a la ciudad Rosem, contra el parecer de sus capitanes, y así, se dijo que le corrompieron los de Ambers con mucho dinero, porque si se pusiera en batirla y combatirla, créese que al primer asalto la entrara, porque la gente que la defendía eran mercaderes y otros no ejercitados ni usados en las armas ni aun tenían acabadas las trincheas en más de una parte, y tenía Rosem en su ejército pasados de doce mil soldados, y dos mil caballos bien armados, toda gente valentísima, y envejecida en las armas, tanto, que decía Rosem que para vencer dos tantos en campaña, no quería meyor número de gente. Comenzó a caminar hacia Lovaina, que en tiempo antiguo fue ciudad famosísima de los grudios. Hizo por el camino el mal que pudo: saqueó a Ranesto y Dusula, pero no osó tentar a Lira, porque los ciudadanos lo hicieron apartar ojeándole con su artillería. Asimismo le resistieron en Lovaina, porque los naturales eran muchos y la ciudad fuerte y estaban dentro gallardos mancebos estudiantes. También había enviado la reina María para defender a Lovaina a Jorge Rollino, señor de Aimeria, con la gente de caballo de su guarda; y a Conrado, conde de Warne Bugij, con trecientos soldados, y a Felipe Dorlano, bailío de Brabante, con docientos. Más, desconfiados de poder defender con tan poca gente una ciudad tan grande, por ser sus muros muy extendidos, que aun para solas las escuelas no bastaban los que dentro para tomar armas había, 60

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atemorizados se salieron estos capitanes con su gente, que causó harto temor en los ciudadanos. Habíase puesto Rosem con su campo a la puerta de Bruselas; supo la huída de aquellos cobardes soldados y el miedo que había en la ciudad, y envióles un trompeta, requiriéndoles que se rindiesen al rey de Francia. Fueron tan honrados y valientes los de Lovaina, que le dieron la respuesta que habían dado los de Ambers. Pusiéronse treguas por pocos días, procurándolas algunos traidores que estaban en la ciudad, y sobornados con dineros que Rosem les dio, andaban atemorizando el pueblo, diciendo que era imposible defenderse, que Rosem traía un ejército invencible y gruesa artillería, que pues la ciudad se había de entrar por fuerza y con notable daño, que mejor era darla con notables condiciones. Comenzaron a tratar de ellas, y cautelosamente dijo Rosem que si se lo pagaban bien, que él levantaría el campo y se iría sin entrar en la ciudad. Quería descuidarlos con esto, y al mejor tiempo dar sobre ellos. Pidió que antes de alzarse le diesen bastimentos para el ejército, y la artillería más gruesa que tenía la ciudad, y más ciertas vasijas de pólvora y ochenta mil florines. Los de Lovaina, no cayendo en la traición que se les armaba, ofrecían cincuenta mil florines, vino y otras vituallas. Admitió esto Rosem, y habiendo traído el vino en cabalgaduras hasta la puerta de la ciudad para entregarlo a los enemigos, los estudiantes de aquella universidad cortaron las sogas con que venían atadas las cargas, y no consintieron que pasasen adelante con ello, recelándose discretamente y adivinando lo que se les urdía, que era embarazar las puertas con las cargas del vino, y arremeter los enemigos y meterse por ellas en la ciudad. No consintieron que se abriesen las puertas, y derramaron el vino, rompiendo los vasos en que venía, y fueron luego los estudiantes, que Dios los llevaba, a la artillería, y disparáronla en los enemigos. Estaban a esta sazón con ellos Meyero Blehemio, capitán general de la ciudad, y Damián Gousio, que en nombre del Senado y pueblo, habían ido a tratar de los conciertos con Rosem, los cuales fueron luego detenidos, y los echaron en prisiones, diciendo que habían en la ciudad quebrantado las treguas disparando la artillería, y que les querían hacer alguna traición; hubieron con esto de dar dos mil florines por su rescate. Perdió Rosem la esperanza que tuvo de tomar la ciudad, y despidiéndose de las musas de Lovaina, alzó su campo contra Corbeco; de ahí fue por otros muchos lugares saqueando, robando y abrasando cuanto podía, porque ellos no trataban de otra cosa, ni fueron para tomar un lugar cercado; por eso dijeron que este Rosem era capitán más de ladrones que de soldados.

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Hiciéronse fuertes en un castillo ochocientos labradores; rindiéronlos, y los degollaron sin perdonar a uno. Llegaron a Flovanio, y a una abadía que allí había, que se rescató con mucho dinero que dieron a Rosem. De esta manera corrieron y maltrataron todo el condado de Namur. Pasaron el río Sombresabis; los labradores de la tierra cortaron los caminos con hondos vallados; atravesaron grandes árboles para embarazarles el paso. Con todas estas dificultades y peligrosos caminos, iban derechos para juntarse con el ejército del duque de Orleáns, cuando estaba sobre Lucemburg, y dábanse gran priesa porque sabían que el príncipe de Orange y el conde de Bura, con poderoso ejército, iban en su seguimiento apresuradamente, por lo cual, pasando otra vez el río Mosa cerca de Masier, lugar de Flandres, asentando el real en sitio fuerte, descansaron algunos días. Y tratando aquí de repartir lo que habían robado, llegaron a desavenirse malamente Rosem y monsieur de Longavilla, y estuvieron así muy encontrados hasta que el duque de Orleáns los compuso y hizo amigos, y como el duque, ganada Lucemburg, se quiso volver para su padre, despidió la gente de Rosem y a él mandó volver a su tierra. Tal fin tuvo la jornada que la gente del duque de Cleves hizo este año, que cierto puso en gran cuidado al ducado de Brabante, a Flandres y a la reina María, si bien su ánimo era de más que mujer. Por otra parte, andaba la guerra entre franceses y flamencos, porque Antonio, duque de Vendoma, gobernador de Picardía, con razonable ejército tomó a Teruana, y al lugar Lilersio, y echó las fuerzas por el suelo y asoló otros lugares y castillos de aquella comarca; quemó y saqueó los campos de San Audemaro y otros lugares, hizo retirar al conde Reusio, y cargado de una gran presa volvió a Picardía y puso los soldados en los presidios. De suerte que con dos ejércitos hizo el rey Francisco este año guerra a las de Flandres, y de la misma manera se trataban en el mar franceses y flamencos, siendo los sucesos varios, unas veces favorables a unos, y otras, a otros.

- XIX Guerra en Perpiñán que hizo el delfín. -El duque de Alba fortifica a Perpiñán y se mete en él esperando al francés; sale porque se ahogaba entre paredes. -Retiróse en fin de setiembre el francés. Tratándose las cosas de Flandres con tanto rigor que no eran menos de tres ejércitos los que por aquella parte andaban contra el Emperador, en tanto

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que el duque de Orleáns estaba en Lucemburg, el delfín Enrico juntó en Aviñón un ejército de cuarenta mil infantes, de los cuales los catorce mil eran suizos, y cuatro mil caballos. Partió con esta gente para Narbona derecho contra Perpiñán, cabeza del condado de Rosellón. El buen suceso que de esta jornada podía esperar el delfín estaba en la brevedad de su camino, para echarse sobre Perpiñán antes que los españoles se metiesen en ella. Mas el Emperador tuvo aviso con tiempo del marqués del Vasto, que con cuidado y gastos de espías sabía los intentos del francés. Poco caso hizo el Emperador de esta jornada del enemigo; pero, con todo, se puso en armas toda España, con tanto aparato como si hubieran de ir a conquistar a Francia. Había falta de caballos, porque en la jornada de Argel se perdieron muchos. Dije cómo se había prohibido el uso de las mulas, para que en el reino hubiese más caballos; algunos por vejez, otros por enfermedad, deseaban las mulas, y así, el Emperador dio licencia que pudiesen andar a mula los que diesen caballos para los hombres de armas, y estando en Monzón a veinte y cinco de julio, pidió a los grandes, títulos y caballeros del reino, que le acudiesen con la gente de armas pagada por cuatro meses, representándoles las sinrazones del rey de Francia, y los demasiados cumplimientos que con él había hecho para atraerle a la paz; y cómo el rey, soberbio con las fuerzas que esperaba del Turco, hacía tales acometimientos. A los cuales quería él en persona resistir, para lo cual estaba en Monzón esperando la gente que había de salir de Castilla en socorro de Perpiñán. A lo cual acudieron todos los señores de Castilla con grandísima voluntad, procurando cada uno mostrar la grandeza de su estado y amor entrañable que a su príncipe tenía. Sería largo contar la gente que cada uno levantó, y los gastos excesivos que hicieron en armas y lucidas libreas. De esta manera, acudieron los castellanos a la defensa de Perpiñán, y todos se dieron tan buena maña, que el francés, avisado del aparato de guerra y de que en Perpiñán se habían metido muchas gentes y municiones, venía con menos calor que había comenzado. También esperaba las galeras de Barbarroja, que tenía creído que Polino las había de traer, que aún no sabía lo que en Constantinopla pasaba. Con el espacio del delfín, tuvieron los españoles lugar para fortalecer a Perpiñán, porque el duque de Alba estuvo allí algunos días y la reparó y ordenó, como aquel gran capitán lo sabía bien hacer. Puso en ella mucha y muy buena artillería, soldados escogidos y bastimentos, encomendóla a los capitanes Cervellón y Machicao, y porque su gran corazón no podía vivir encerrado, salió de ella y púsose en Girona, para recoger allí los hombres de armas que iban de Castilla, y de las galeras de don Bernardino.

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Llegó el delfín a cercar la ciudad, y estuvo algunos días esperando a Barbarroja; como vio que no venía, y que los caballeros se le morían de hambre, y supo que el Emperador en persona venía al socorro de la ciudad, y en ella le trataron mal con algunas salidas, rociadas de artillería; perdidas las esperanzas, aconsejado de sus capitanes levantó el campo y volvióse para Montpellier, donde estaba el rey su padre.

- XX Aseguran a Navarra, recelándose del francés. -Ordenanza del duque de Alba. -Provisión de bastimentos en Pamplona. Antes de esto, con los temores que había de la guerra que el francés quería hacer por todas partes, mandó el Emperador visitar y proveer las fronteras y costas del reino, y entendiendo que el principal acometimiento sería sobre Navarra, donde era virrey y capitán general el marqués de Cañete, el duque de Alba fue a Pamplona para dar orden en su fortificación y defensa, y estando en la ciudad a cinco de hebrero de este año de 1542, ordenó así, para la fortificación de la ciudad y castillo, como para que se proveyese de bastimentos y municiones, que sabiendo que el enemigo la venía a sitiar, el marqués metiese en ella seis mil infantes y quinientos caballos. Que para el sustento de esta gente recogiese treinta y siete mil y setecientos robos de trigo, para cuatro meses. Que para otros mil y quinientos criados que habrá de más de la gente de guerra, encierre otras provisiones de trigo y vino, más de las dichas, hasta quince mil robos todo sin costa ni molestia de los naturales. Que se encerrasen setenta y cinco mil cántaros de vino; que haya tasa en la ciudad. Que se proveyese de diez o doce mil carneros, para que, con otros tantos que la ciudad ofrecía de meter en tiempo de necesidad, con vacas, bueyes y lechones, hubiese bastante provisión. Que encierre veinte mil robos de cebada para los quinientos caballos. Que haga esta provisión el virrey cada año repartiéndola en tres o cuatro partes del reino, y avise siempre a Su Majestad cómo la tiene hecha. Que mande a los alcaldes y justicias de los Consejos donde se hallare trigo o cebada, que sepan a quién y dónde lo venden los dueños, para que habiendo necesidad se pueda ir por ello. Que habiéndose de volver el trigo, o cebada en grano, a los dueños de quien se tomó, sea sin molestia ni costa suya. Que los bastimentos que se distribuyeren a la gente de guerra se les cuenten como costaren al rey. Que se haga cala en el reino del pan, vino y carne, y se comience luego a traer. Que se ejecute luego el orden dado, para que la gente de la tierra venga a abrir los fosos de la ciudad, que era lo que más importaba. Que luego se aderecen las atahonas del rey que hay en la ciudad, que estén muy en orden siempre. Que en el castillo de Estella se 64

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metan tres mil seiscientos y diez robos de trigo para sesenta hombres que en él se habían de poner para su defensa. Que siga y guarde dos memoriales que hizo el capitán Luis Pizaño, firmados de su nombre, para la fortificación de la ciudad y castillo, y luego comience a hacer todo lo demás que pudiere. Que se meta la artillería en el castillo y se ponga encima de las plataformas hechas debajo de los cobertizos, y mande hacer a los artilleros cargadores y cestufadores y cuñas y manuelas que los tuviesen a par de las picas, y pusiesen en carros, y metiesen a caballo. Que soterrasen la pólvora en el patio del castillo. Que los coseletes, arcabuces, picas y otras armas, se pusiesen muy en orden. Que la basura y tierra que se sacare de la ciudad se eche en la parte de las tenerías. Que se meta luego en la ciudad la infantería que hay en el reino, y los más que pudiere en el castillo, y los otros se alojen en la ciudad, donde menos pesadumbre se dé a los vecinos. Que el virrey prometa a los pueblos donde los soldados deben a sus huéspedes, que se les pagará a la primera paga. Que entrada la gente en la ciudad, se haga guardia de día en las puertas, para saber quién entra, o quién sale, y si viniere algún extranjero, el virrey le mande venir ante sí y le examine de dónde es y a qué viene. Que personas extranjeras ni sospechosas anden ni paseen la muralla de la ciudad ni del castillo, lo cual se haga con moderación y templanza, de manera que nadie pueda formar queja. Que se cierren las puertas de noche con tiempo en presencia de la guardia con su atambor, y se ponga guarda y centinelas en la muralla; y si pareciere ser menester ronda de noche, la mande el virrey hacer, y al alba, cuando se abrieren las puertas, se abran en presencia de la guardia y con su atambor. Que el virrey mande cerrar luego las puertas de la ciudad, que en el memorial de la fortificación se mandan cerrar, porque no se ocupe tanta gente en el hacer de las guardias. Tal fue la instrucción que el duque de Alba dejó al virrey, la cual he querido referir por la memoria de tan señalado capitán, y para que los que lo son, vean con qué reglas enseñaba el duque a guardar y defender las ciudades.

- XXI Ármase España contra las armas del francés. -Nombra el Emperador al condestable de Castilla por general de Navarra y Guipúzcoa. -Lealtad grande que mostró Navarra en esta ocasión y deseo de servir al Emperador. -Caballeros que se juntaron con el condestable de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava y otras partes. Tan alterada andaba España y tan puesta en armas con las nuevas que cada día venían de los ejércitos de Francia y venida de Barbarroja, que cada hora había mil novedades, y el Emperador estaba en Monzón, para acudir por aquella parte, porque lo que más se temía era lo de Perpiñán. Y a 17 de agosto, 65

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tuvo aviso de que el rey de Francia quería dar sobre Navarra, entrando por Fuenterrabía a San Sebastián, y luego escribió al condestable de Castilla, diciéndole que según la nueva que tenía de todas las partes, parecía que verían dos ejércitos contra estos reinos de Castilla, el uno a la parte de Perpiñán, y el otro a la de Navarra y provincia de Guipúzcoa, y que tenía aviso que habían tomado el paso de Beovia y que hacían poner en orden muchos bajeles y zabras, para venir por mar y por tierra a cercar a San Sebastián o Fuenterrabía. Y porque para la resistencia y socorro que se había de hacer en Perpiñán había ya proveído de capitán general, y para lo de Navarra y Guipúzcoa era necesario nombrar persona de calidad y estado, y acepto al mesmo Emperador, concurriendo estas calidades en el condestable de Castilla, le dio el cargo y patente de general para el reino de Navarra y provincia de Guipúzcoa, y le mandó poner luego en orden, apercibiendo su casa y deudos, y que con la diligencia posible se fuese a poner en Vitoria, donde se había de recoger el ejército, por estar más a propósito así para lo de Navarra como para la provincia de Guipúzcoa, y le dio cartas para las provincias de Guipúzcoa y Álava, y condado de Vizcaya, corregidores y cabezas de ellas, y para los grandes y caballeros cercanos a la frontera de Navarra, para que acudiesen y hiciesen lo que el condestable les mandase, como capitán general. Y porque si los enemigos viniesen a cercar las villas de Fuenterrabía o San Sebastián, el principal y más presto socorro que se podía hacer había de ser por mar, mandó el Emperador que, pues en Vizcaya y Guipúzcoa había buen recado de navíos, que se tomasen para el socorro los que eran menester, y se aprestasen y armasen con todo cuidado, de manera que fuesen bien armados, artillados y proveídos de municiones, y que se ayudasen de un navío que había hecho la religión, que estaba en el puerto de San Sebastián, muy bien artillado. Mandó, demás de esto, que se entrasen en San Sebastián trecientos soldados viejos, y porque el capitán Villaturiel estaba enfermo y con gota, que mirase el condestable si era bien que se pusiese allí el conde de Oñate o otra persona de respeto. Mandó a Juan de Vega, que era virrey de Navarra, que enviase pólvora, municiones y bastimentos, y cuatro mil ducados, y apercibió todo el reino de Navarra, del cual esperaba sacar seis mil infantes útiles, de los cuales, entrando los enemigos en aquel reino, tenía ordenado de echar los cuatro mil a las montañas, con el marqués de Cortes, mariscal de aquel reino y capitán general de esta gente; los otros dos mil se reservaron para en caso que los franceses entrasen por la puente de la Reina, con otro capitán de los beamonteses, y defendiesen que no le viniesen vituallas, y les hiciesen el daño que pudiesen. Y el reino de Navarra se mostró tan leal, que los que quedaban en sus casas sustentaban a los que iban a la guerra, dando a cada soldado dos ducados cada 66

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mes, y el condestable de Navarra nombró el capitán para los dos mil hombres. Y habiendo de ir el enemigo sobre Pamplona, se había él de meter dentro con estos dos mil, y con todos sus parientes y amigos, y no yendo, habían de acudir en favor de Fuenterrabía y San Sebastián, siguiendo el orden que el condestable de Castilla diese. Esto todo contiene la carta que el Emperador escribió, como dije, al condestable, estando en Monzón, a diez y siete de agosto. Con este bullicio y estruendo de armas estaban estos reinos de España por este tiempo tanto inquietos. El condestable, si bien falto de salud, estando recogido en la casa de la reina (que es suya), acudió a todas estas cosas con el valor y ánimo que su generosa sangre pedía. Vinieron, asimismo, don Álvaro de Mendoza y el diputado de Álava, y el alcalde de Vitoria y el conde de Oñate, don Prudencio de Avendaño, hijo de Martín Ruiz de Avendaño, señalado caballero; don Juan Alonso de Mújica, don Juan de Artiaga, todos ilustres señores, de los solares muy antiguos de aquellas montañas, y juntas y corregidores de Vizcaya con toda la nobleza de estas partes, mostrando su antigua lealtad, nacida de la sangre noble y antiquísima española en los solares de aquellas montañas, donde, según mi opinión, se han conservado los españoles, que primeros, desde los tiempos de Tubal, poblaron a España. A 27 de agosto determinó el Emperador ponerse en Zaragoza para poder acudir a todo igualmente, que así se lo suplicó el condestable, diciendo que era de tanta importancia lo de Navarra como Perpiñán, y que Su Majestad mandase acudir a lo uno como a lo otro. Todos estos apercibimientos cesaron por aquesta parte por haber dado el francés, según queda dicho, sobre Perpiñán, y alzádose con la ganancia dicha.

- XXII Retírase el francés de la cruel guerra que había comenzado, y la que hubo este año en el Piamonte. -Artificio con que el francés ganó lugares en el Piamonte. -Lo poco que el del Vasto podía, por falta de dinero. -Lo que importa premiar los soldados. -El capitán francés Belayo, digno de nombre y fama. -Muere en el camino Belayo. Así cesó por este año la guerra; despidió el rey los suizos, y por descargar a Francia de gente de guerra, mandó al capitán Annibaldo que pasase con todos los italianos al Piamonte y que cercase a Cunio, villa asentada en las raíces de los Alpes, junto a Fosano y Montevico. Hízolo Annibaldo; pero no salió con

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ello, porque los de Cunio pidieron guarnición al marqués y se defendieron con ella valerosamente, y mataron a Guillelmo Blandrato, y hirieron mucho mal a otros capitanes, Juan Turino y San Pedro Corso. Fueron los franceses una noche y cercaron por tres partes a Centallo; tomaron el lugar por fuerza, y la fortaleza se dio a partido. De ahí fueron contra Cariñano, y pusiéronse en un sitio fuerte, temiendo que el marqués del Vasto había de venir a socorrerlo, lo cual entendió el marqués; fue contra Quier, porque supo que el capitán francés había dividido su ejército, enviando parte de la caballería tras el Pado, y que en Carignan habían apretado de tal manera, que había entregado con ciertas condiciones la villa, y se habían metido en ella antes que pudiesen ser socorridos por los imperiales. Después de esto, el capitán francés llamado Bellayo (que era sagaz y valeroso), con dádivas y promesas ganó la voluntad del capitán de Bargesio, de manera que le entregó el pueblo y se pasó como traidor a servir al rey de Francia, y con la misma maña ganó también la fortaleza de Montaltio o Montcalvo, cerca de Montferrat. El arte de este capitán francés estaba en que, sin reparar en gasto, sabía el humor de que pecaban los alcaides y capitanes, que por aquellos lugares tenía el Emperador, y donde le pedían el oro acudía con él, y si había otra pasión por allí, entraba discretísimamente, que es la astucia que el demonio tiene para conquistar pecadores. El marqués del Vasto, si bien era bueno, liberal y generoso, estaba tan pobre y mal proveído, que no tenía fuerzas contra estas fuerzas, que sin duda son las más poderosas del suelo, pues dicen que quebrantan duras peñas. Debía el marqués el sueldo de muchos meses; estaban los soldados grandemente pobres, y las promesas y seguros de mercedes, donde aprieta la hambre y ejecuta la necesidad, pueden y valen nada. Y no piensen los reyes ni príncipes que no premiando a sus soldados harán jamás suerte buena. Y sabe Dios si en estos días hay harta quiebra, y no permita El que la lloremos. Con semejantes mañas, ganó el capitán francés más lugares para su rey que otros derramando mucha sangre, por lo cual en Francia tienen a Bellayo por uno de los capitanes dignos de memoria de su tiempo, siendo, además de los grandes hechos con que sirvió a su rey en la guerra muchos años, de muy noble gente y docto en todas artes, virtud rara entre los nobles, y peregrina entre la gente de guerra, que no trata de más que matar y robar, y aquél es mejor que más mata y hurta.

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Era el capitán Bellayo ya viejo y enfermo, que es consecuente a la vejez, por lo cual estaba algo impedido para seguir la guerra. Pidió al rey le diese licencia, quiriendo retirarse al descanso de su casa. Envió el rey en su lugar, como dije, a Annibaldo con parte del ejército del delfín, y yendo Bellayo (a quien Illescas llama Langeo) a besar la mano al rey, murió en el camino, que no fue pequeña pérdida para el rey Francisco; que el marqués del Vasto y otros le reconocían por el mejor capitán que tenía Francia. Juntó Annibaldo los bisoños que llevaba con los soldados viejos de Bellayo, y fue sobre la fortaleza de San Bovii, y tomóla, matando los que estaban en ella. Diósele el lugar de Chatillovio, saliendo los que en él estaban de su presidio con su ropa y armas. De la misma manera ganó a San Rafael y otros lugares y fuerzas, las cuales, exceto Chatillovio, echó por el suelo, por el daño que habían hecho a Turín. Volvió contra Como, y tomó por partido a Moncaller. En el ínterin mandó batir a Como con la artillería gruesa, seis días sin parar. El marqués del Vasto, viendo que la ciudad no tenía más fortaleza que la lealtad de los que dentro estaban, envióles a Pedro Porcio Vicentino con ciento y veinte soldados viejos de a pie y de a caballo, y otros ciento con Blasio Summaro. Con este socorro y la firmeza de los ciudadanos, las veces que los franceses acometieron el lugar fueron rebatidos con harta pérdida; y, finalmente, hubieron de dejar el cerco y volverse a Carmañola. De esta manera se trataba la guerra en el Piamonte, estando el marqués del Vasto más quedo de lo que él quisiera, por la gran falta de dinero, que es el alma de la guerra.

- XXIII Envía la reina María contra el duque de Cleves. Quiso la reina María pagar al duque de Cleves la jornada y buenas obras que su capitán Rosem había hecho, y envió contra él al príncipe de Orange con muy gran poder. Partió el príncipe por el mes de, octubre de este año, y fue haciendo en las tierras del duque los daños, muertes, robos y quemas que Rosem había hecho en Brabante, pagándole (como dicen) en la misma moneda. Tomó a Zitardo, Juliaco, Hensberga y Suster. Derribó sus muros, allanó las cavas, corrió y saqueó los campos de Dura; y contentándose con esto, porque ya el invierno no daba lugar para andar en campaña, volvióse. Quiso vengarse el de Cleves, y con ayudas del duque de Sajonia y otros príncipes de Alemaña, casi en fin de diciembre, fue contra las tierras del

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Emperador, y cobró todos los lugares que el de Orange había ganado, salvo Hensberga. Fortificó la ciudad de Dura, y puso en ella un grande y firme presidio y guarnición de escogidos soldados. Proveyóla de bastimentos y artillería abundantemente, adivinando la calamidad que fue sobre el vino el año siguiente, según diré. De ahí fue contra Hensberga, porfiando en tomarla; mas acudió el de Orange a socorrerla, y el duque desamparó el cerco, recibiendo en la vuelta daño, y metióse en Julia, que poco antes había fortalecido.

- XXIV Indias: Ordenanza que mandó hacer el Emperador sobre los malos tratamientos de los indios. Va el Emperador a Barcelona. -Juran al príncipe en Zaragoza. -Marqués de Cañete muere. En este año hubo en el Consejo de Indias una rigurosa visita, y de cuatro oidores que había, privaron los dos, y se hicieron las ordenanzas que causaron hartas alteraciones en el Pirú. Mandó el Emperador castigar rigurosamente a unos que se les probó haber puesto unos carteles, dándoles las penas que se dan a los que ponen libelos infamatorios. Fray Bartolomé de las Casas, fraile de la Orden de San Domingo, que fue obispo de Chiapa, dio memoriales al Emperador, diciendo que los indios eran muy mal tratados de los españoles: que les quitaban las haciendas y las vidas cruelmente. Que los ponían en minas, pesquerías y trabajos donde perecían, y las tierras se asolaban, como lo estaban ya grandes islas. Apretaba fray Bartolomé de tal manera, que si se hiciera lo que él quería, no fuera España señora de las Indias. Opúsosele el doctor Juan Ginés de Sepúlveda, coronista del Emperador y su capellán, hombre grave y doctísimo, y sobre todo gran latino. Tuvieron disputas y conclusiones, y el Emperador, por el celo santo que en todo tenía, mandó que ningún indio se pudiese echar en las minas, ni a la pesquería de las perlas, ni se cargasen, salvo en las partes que no se pudiese excusar, y pagándoles su trabajo. Que se tasasen los tributos que habían de dar a los españoles. Que todos los indios que vacasen por muerte de los que agora los tenían, los pusiesen en la corona real. Que se quitasen las encomiendas y repartimientos de indios que tenían los obispos, monasterios y hospitales y otros oficiales del reino, y particularmente se quitasen en el Pirú a todos los que hubiesen sido parte y culpados en las pasiones entre don Francisco Pizarro, y don Diego de Almagro, y estos indios y rentas se pusiesen en cabeza de Su Majestad.

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Esta ordenanza se llevó muy mal, y la ejecución de ella levantó las gentes del Pirú, como se dirá adelante. Había ya llegado a Rosas, puerto de Cataluña, el príncipe Doria con sus galeras, a seis de octubre, y el Emperador se resolvió de ir a Barcelona para comunicar con él cosas de importancia; y así partió de Monzón, lunes o martes, después de los seis de octubre, para entrar en Barcelona el sábado o domingo adelante. Avisó de su jornada al príncipe Doria para que acudiese allí, y mandó que el príncipe de España, su hijo, viniese a Zaragoza a ser jurado en aquella ciudad, y que de allí fuese a Barcelona para lo mesmo. Este año murió en Barcelona don Diego Hurtado de Mendoza, hijo segundo de Honorato de Mendoza, y hermano de Juan Hurtado de Mendoza, señalado caballero que, como tal, murió en la vega de Granada peleando con los moros, en presencia del Rey Católico, por cuya muerte sucedió en la casa don Diego Hurtado, que fue primer marqués de Cañete, que desde niño sirvió en la casa real. Fue montero mayor del rey y guarda mayor de la ciudad de Cuenca, con otros oficios que en aquella ciudad tiene el marqués; fue del Consejo del Emperador, y le sirvió en la primera jornada que de Castilla hizo en Flandres; fue virrey de Navarra ocho años, y caballero de quien el Emperador hizo gran confianza, por la satisfación que de su persona tenía. Murió, como digo, en Barcelona, yendo con gente de guerra a su costa a meter en Perpiñán, cuando el francés venía contra ella. Acabaremos con esto los cuentos del año de 1542, en que el rey de Francia tanto apretó la guerra y alteró a España. Y en el siguiente de 1543... Año 1543

- XXV Lo que escribió el Emperador a los señores de España sobre la guerra del francés y jornada en Alemaña. .-Poder al duque de Alba, que sea capitán general de España. Fueron los principios tan malos como los pasados, por la guerra con que el rey Francisco amenazaba, que si bien se retiró en el pasado con más pérdida que ganancia, no se cansaba de probar su fortuna, vencido del deseo de venganza. Dejó sus guarniciones en la frontera de Ruisellón y Cerdania, Fuenterrabía y San Sebastián, y una banda de alemanes, que entretuvo en la parte de Burdeos. Gastó el invierno en hacer vituallas y otras municiones de guerra, para tornar a tentar y probar si podría hacer algún efeto en daño de

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estos reinos, y de su enemigo el Emperador; el cual, avisado de esto, tenía proveídas sus fronteras y señaladamente a Fuenterrabía, Perpiñán y Salsas, con la gente y demás cosas para su guarda y defensa necesarias, poniendo siempre el ojo, con cuidado y vigilancia, en los pensamientos del francés, que con espías procuraba saber, como diestro y prudente capitán. Y estando en Madrid a 23 de enero de este año, escribió a las ciudades, grandes y caballeros de España, y perlados de ella, el estado en que las cosas estaban, apercibiéndolos para que, como buenos y leales, acudiesen al tiempo que la necesidad lo pidiese, con la voluntad y amor que siempre lo habían hecho, en su servicio y defensión y amparo de estos reinos, y acrecentamiento de las coronas de ellos. Y así, les pide que pues la presente ocasión y necesidad no es menor que la del año pasado, previniesen sus armas, deudos, amigos y vasallos, para que en caso de salir su persona, le sirviesen y acompañasen, que cuando fuese tiempo él avisaría. Y a primero de mayo, estando ya en Barcelona, volvió a escribir a las ciudades y señores de Castilla que el rey Francisco, con suma contumacia, se preparaba para hacer la guerra, y había despertado al Turco para que entrase en Hungría, y por mar enviase su armada contra la Cristiandad, y que así le era forzoso pasar en Italia y Alemaña para proveer la defensa contra un enemigo tan poderoso, o procurar algún medio de paz, que era lo que él más deseaba en la Cristiandad, por su bien y descanso; y que aunque sus deseos eran de estar en España, tiraban de él estas cosas y el peligro tan evidente de la Cristiandad; pero prometía que, con toda brevedad, él volvería, y que en el ínterin gobernaría estos reinos el príncipe don Felipe, su hijo, con otros que adelante diré. Y en la misma ciudad de Barcelona, a primero de marzo y en este año, dio el Emperador su poder y patente de capitán general a don Fernando de Toledo, duque de Alba, mayordomo mayor y del Consejo de Estado, diciendo que sabía el estado en que se hallaban las cosas entre él y el rey de Francia, y cómo había ido a aquella ciudad por estar más a propósito para proveer en el remedio de lo que se podría ofrecer, atendiendo a las preparaciones de guerra que el rey de Francia hacía, ayudándose de todos los medios que podía, y que el Turco, común enemigo de la Cristiandad, con su inteligencia y solicitado venía en persona con grueso ejército por tierra contra la Cristiandad por la parte de Hungría, y enviaba su armada de mar para ofenderla por todos cabos, y especialmente a todos estos sus reinos, señoríos y Estados, y que considerando la necesidad de la cosa y el peligro que se ofrecía, y lo que importaba la buena provisión y remedio, dejando el que convenía para defensión y seguridad de las fronteras de estos reinos de las coronas de Castilla y Aragón en España, tenía deliberado, y estaba resuelto, de pasar en 72

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Italia y Alemaña, para mirar, dar orden y proveer mejor con su persona en lo que se debía hacer en la resistencia de tales adversarios, y también para si podía hallar camino para tener paz en la Cristiandad, y para que, durante su ausencia, convenía, para la defensión de todo, dejar una persona de mucha autoridad, prudencia, experiencia y calidad, y acepta a todos, que tuviese especial cargo de lo hacer. Nombraba al duque de Alba, en quien concurrían todas estas partes, y le daba su poder durante su ausencia, de capitán general de todos estos reinos de Castilla y Aragón, y de sus fronteras marítimas y de tierra, y de toda la gente de guerra.

- XXVI En hebrero, tormenta que padeció el almirante de Francia en el paso de un puerto. -Van los españoles sobre Turín. -Trata el Emperador confederarse con el Papa. -Quejas que forma del rey Francisco. -Deseaba el Pontífice que el pueblo entendiese lo que hacía para concordar los príncipes cristianos. -Pragmática del reino: que ningún extranjero tenga beneficio ni pensión, ni castellano la pagase. -Aprieta el Emperador, para echar freno, al Pontífice, que haya Concilio. Viene el Pontífice en que haya Concilio. En el fin del año pasado, cuando ya era el solsticio brumal, Claudio Annibaldo, gobernador general en el Piamonte por el rey de Francia, despidiendo parte de la gente de guerra que tenía y dejando buen recado en los presidios, partió para Francia el primero día de enero de este año 1543. En los Alpes, en un paso del monte Senis al Novalesio, dio en él una tempestad de nieve y vientos que hacían torbellinos de la misma nieve como del polvo, que es la tormenta más peligrosa que hay en los puertos, porque ciega y hace perder el sentido y camino. Perecieran Annibaldo y los que con él iban de frío, si los naturales de la tierra no los socorrieran, que pasados del frío los llevaron a sus casas y hicieron el regalo que pudieron; mas con todo, quedaron tales, que Annibaldo anduvo toda su vida enfermo, y otros tardaron gran tiempo en convalecer, y algunos se ahogaron allí en la nieve; otros perdieron o los ojos o las manos; finalmente, ninguno de cuantos se hallaron en esta tormento tuvo entera salud los días que vivió; tanta fue la malicia del aire y rigor de frío. Como los españoles vieron que faltaban los principales capitanes de los franceses, pensaron apoderarse de Turín usando de un ardid, que fue una emboscada de ciertos soldados metidos en unos carros de heno. Llegaron con

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toda disimulación hasta entrar por la puerta de la ciudad, y fue su desgracia que al entrar de la ciudad se le cayó a uno la espada, y con el ruido fueron sentidos, y de seis que iban en aquel carro, mataron los franceses los cinco, y del otro supieron lo que intentaban, y pusiéronse a tan buen recaudo, que de allí adelante estaban muy sobre aviso. Fue uno de los muertos el capitán Lezcano, que iba con la gente que había de entrar tras los carros; el capitán Mendoza se retiró con ella, y la puso en salvo. Dióse el rey de Francia tanta priesa el año pasado, que parecía que el Emperador estaba demasiadamente quedo y que tardaba más de lo que debía en salir a satisfacerse de tantos agravios, perdiendo la reputación imperial mucho. Quiso mostrar que no le habían tanto quebrantado el ánimo las bravas y furiosas ondas del mar de Argel, que no hubiese corazón y coraje para satisfacerse del rey de Francia y domar la soberbia de los alemanes, herejes y rebeldes. Para esto quiso ganar la voluntad del Papa y hacerse su amigo, porque ya que no le ayudase como debiera, a lo menos no estorbase, sino que se estuviese a la mira. Comenzó a tratar con él muy de veras, por sus embajadores, que se confederasen en uno contra el rey Francisco, pues con tanto escándalo y daño de la Cristiandad tenía amistad con el Turco y lo procuraba traer contra ella. Escribíóle las muchas razones que de muy atrás tenía para estar quejosísimo del rey, los juramentos que le había faltado, y los que otros de Francia siempre habían hecho con sus padres y abuelos, sin reparar en palabras, casamientos ni treguas, y afeando mucho la inhumanidad del rey Francisco, con que le había querido destruir el año pasado, haciéndole cruel guerra cuando se había de doler de él por el infortunio y destrozo que había padecido en defensa de la religión cristiana, gastando su salud y hacienda y aventurando la vida por castigar cosarios y quitar enemigos a la Iglesia. Finalmente, con un largo discurso de muchas y elegantes razones, concluía cuán digno era de que todos se volviesen contra un rey que, teniendo nombre de Cristianísimo, había en él obras tan contrarias. Esta carta del Emperador fue tan pública y sabida en Roma, que se envió al rey una copia de ella a la cual respondió con otra tan poco cortés y bien apasionada, que entre gente muy ordinaria no se sufriera; mas la pasión envejecida que en el rey había, le hacía perder los estribos y freno de la razón. De aquí se levantaban juicios (y no mal fundados) de la cruel guerra que estos príncipes se habían de hacer muy en daño de la república cristiana. El Pontífice, con su mucha prudencia de tan largos años, deseaba que el mundo entendiese que él, como Padre y cabeza de esta república, deseaba y procuraba su paz y conformidad entre los príncipes de ella. Y así, propuso una 74

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y muchas veces en consistorio, pública y secretamente, a los cardenales el negocio de la discordia de los reyes, para entender de ellos lo que debía hacer, porque él quisiera ni ofender a uno ni ayudar a otro. Hallaba siempre en los cardenales los pareceres según tenían la afición, todos tan banderizados y apasionados, como lo estaban los reyes. Los de la parte del Emperador eran más y más obligados por las mercedes que de él habían recibido, como de príncipe más rico y poderoso, y las que esperaban haber; y así, había más libertad y poder en el consistorio para defender la causa del César; tanto, que muchas veces se propuso que debían declarar al rey de Francia por enemigo común, y privarle del nombre de Cristianísimo, pues contra todo derecho divino y humano tenía paz y amistad con el enemigo capital de la cruz y nombre de Cristo, y se quería valer de él en una causa de suyo injusta, contra el protector y defensor de la Iglesia y de la dignidad pontifical; y, por consiguiente, que debía el Papa confederarse con el Emperador y juntar con él sus fuerzas, para la defensa de la república. El Pontífice, que con su discreción deseaba templar estas pasiones, no quiso determinarse a romper con el rey, temiendo (y con razón) no le sucediese lo que a Clemente con el rey de Ingalaterra, que le negase la obediencia y diese oídos a los desatinos de Lutero. Desabrido el Emperador del poco agradecimiento del Pontífice, a quien había dado su hija Margarita para su nieto, y con ella a Novara y otras tierras, hizo una ley o pragmática harto importante en el reino, y a pedimento de todo él, que ningún extranjero pueda tener beneficio, ni pensión en España, ni nadie la pagase, aunque la debiese. De lo cual no poco se alteró Paulo; pero no por eso mudó parecer, ni quiso confederarse con el Emperador. Visto esto por Su Majestad, comenzó a apretar la plática del Concilio, porque con él se aseguraría que, a lo menos, el Pontífice estaría de por medio. Dejado aparte, que las cosas de Lutero y sus secuaces estaban en tan malos términos, que ya no se podía disimular con ellas; porque los protestantes eran muchos y muy poderosos y Lutero decía y escribía, con más libertad que nunca, cosas intolerables y de gravísimo escándalo. El Pontífice, por muchas razones, vino de buena gana en que se celebrase el Concilio, y señaló por lugar conveniente el que los luteranos querían, para convencer su malicia, y que, sin achaque, todos, y su maestro Lutero, pudiesen venir seguramente a él. El lugar del Concilio fue Trento, ciudad de Austria. Señaló luego, después de haber dado su breve los legados a Reginaldo Polo, inglés y de la sangre real, cardenal gravísimo y muy católico y santo, que por serlo había padecido muchos trabajos y gravísimas persecuciones del rey su tío, y a Paulo Parisio, singular jurista; a Juan Morón, doctísimo cardenal y 75

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ejercitado en negocios, y con gran reputación y crédito de virtud. Con éstos envió otras cien personas doctas, escogidas en Italia y Francia. Luego que se publicó el decreto del Papa, comenzaron a ponerse en orden todos los perlados de la Cristiandad. Dejo otras particularidades, porque no tocan a esta historia.

- XXVII Reconcíliase el Emperador con el inglés en odio del francés. -Lo mucho que merece el rey Francisco, y la nobilísima nación francesa, y lo que España recibió de ella cuando se vio cautiva. -Parte el Emperador de España, y deja gobierno en ella. -Embarcóse primero de mayo en Barcelona. Estas causas, y otras muy atrevidas del duque de Cleves, que luego diré, obligaban al Emperador a pasar en Italia, y de allí en Alemaña, y hacer cruel guerra a sus enemigos. Para esto, quiso asegurarse de todas partes, y como el rey de Francia le había echado al Turco, echarle a él a cuestas un hereje y su antiguo y capital enemigo. Halló bien dispuesta la voluntad de Enrico, que grandemente deseaba vengarse del francés, por ciertas injurias que le había hecho salteándole, como dicen, un casamiento y paz con el rey Jacobo V de Escocia, su gran enemigo, con el cual hizo Francisco liga, y por morir Jacobo mozo, sucedió en el reino de Escocia una su hija. Esta paz del Emperador con el rey Enrico, fue para el papa Paulo sospechosísima y no poco murmurada en la Cristiandad, no reparando el Papa ni los demás murmuradores en lo que Francisco había hecho con el Turco, trayendo sus armadas a robar y cautivar todas las costas de Italia y España, y metiéndole por Hungría y alentando y dando dineros a los luteranos en Alemaña, y otras cosas, tan graves y perniciosas, que la menor igualaba con esta en que tanto quisieron cargar al César. Y es cierto que si el Papa hiciera lo que debía, favoreciendo al Emperador o deteniendo al rey para que no se desmandara tanto, que nunca se hiciera esta amistad. Mas un ánimo irritado, cuanto más noble y generoso, tanto más se arroja, que la virtud de Carlos V y el celo de su honra, no ha tenido par en el mundo. No digo más que esta historia lo dice que procuro con suma rectitud y sin pasión de castellano y de criado de mi rey y señor natural escribirla, sin hacerme parte, sino fiel relator de la verdad.

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Y del rey de Francia y de los franceses siento yo tan bien como si entre ellos naciera, porque merece mucho aquel reino cristianísimo y débeles mucho España, por casamientos de los reyes y de otros particulares y porque en el tiempo de la cautividad y pérdida de estos reinos ayudaron valerosa y cristianamente los caballeros de Francia y por acá se quedaron gran parte de ellos casando y naturalizándose en la tierra y son nuestros vecinos y muy buenos hermanos; y entre hermanos, la ambición y codicia de reinar y de la hacienda causan pasiones mortales, cuales las había entre los dos príncipes, por querernos Dios castigar con nuestras proprias manos. Determinó, pues, el Emperador su partida para Italia, dejando al príncipe don Felipe su hijo, jurado por rey natural y gobernador de estos reinos, dando los negocios a Francisco de los Cobos y la guerra al duque de Alba don Fernando de Toledo, con título de capitán general, el cual se despachó en Barcelona a primero de mayo, año 1545. Pidió el servicio ordinario y extraordinario, y los castellanos diéronle cuatrocientos mil ducados. Tomó prestada grandísima suma de dinero del rey don Juan de Portugal, sobre la conquista de las Molucas, y habiendo primero enviado lo necesario a don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete, para que defendiese a Orán del rey de Tremecén, que estaba rebelado, mediado abril de este año, partió de Castilla para Barcelona, donde Andrea Doria le esperaba con las galeras. Acompañaron al Emperador cuarenta y siete galeras y más de cuarenta naos, con mil soldados de Perpiñán; iban con él el duque de Nájara y el marqués de Aguilar, el conde de Feria, el duque de Alburquerque y no el de Alba, como dice Illescas; don Gaspar Dávalos, arzobispo de Santiago, y los obispos de Jaén y Huesca, Juan de Vega y otros muchos caballeros. Llevó de España setecientos caballos españoles y ocho mil infantes soldados viejos escogidos. Llegó a Génova con esta armada en fin de junio; fue hospedado en la casa de Andrea Doria, con mucha grandeza y regalo. Vinieron a visitarlo el marqués del Vasto y don Fernando de Gonzaga, Cosme de Médicis, duque de Florencia, Pedro Luis Farnesio, padre de Octavio Farnesio, que desde la jornada de Argel acompañó siempre al Emperador, y volvía con Su Majestad en la misma galera con deseo de ver a su mujer. Hizo el Emperador una cosa, que si bien se la pagaron, dio mucho contento a Italia, y fue dar a Cosme de Médicis, duque de Florencia, las fortalezas de Florencia y Liorna, que son dos importantísimas fuerzas, que

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suelen llamar los grillos de Italia. Dio el duque al César ciento y cincuenta mil ducados. Estaba el Emperador con tanta necesidad de dinero, que le obligó a sacarlo de esta manera, y el duque se mostró tan agradecido, que la guarnición que puso en ellas fue de españoles y tudescos, con que dio mucho gusto al Emperador y poco a los italianos.

- XXVIII Vistas del Emperador y del Papa. -Terremoto espantoso en tierra de Florencia. -Langostas infinitas talaban los campos. -Juicios que ponían pavor en las gentes. -Sale el Pontífice de Roma a verse con el Emperador. -No quería el Emperador verse con el Papa. -Concertadas las vistas, el Papa se recela, porque llevaba dineros. En cuidado puso a Italia, y con temor, la venida del César con ejército; fue mayor el miedo cuando supieron que Solimán bajaba otra vez contra Hungría, y que enviaba sus galeras con Barbarroja por el mar inferior, la vía de Francia. Acrecentaron estos temores algunos prodigios y señales del cielo y de la tierra, que en aquella sazón acontecieron, principalmente un terremoto terrible que hubo en tierra de Florencia, en el cual se hundió la villa de Escarperia casi toda, y se cayeron más de quinientas casas de placer, con muertes de dos o tres mil personas, y mucho ganado y bestias, que pensaron todos que el mundo se acababa; y sin esto, salieron de la parte de Hungría tantas y nunca vistas langostas, bermejas y pestilenciales, que decían venir de Turquía, y pasaron por Esclavonia, Croacia y Austria, hasta entrar por Italia y llegar a España, con tanta furia, que por donde pasaban roían y talaban los campos, sin dejar cosa verde, ni árbol ni prado. Y por venir estas langostas de la parte que digo, y ser de tal color, las gentes echaban juicios, diciendo que significaban que los turcos habían de pasar hasta Italia destruyendo y arruinando las tierras por donde habían de venir. Creían esto fácilmente; porque ya se sabía que Solimán era salido de Constantinopla, y que entraría por Hungría muy poderoso. Todas estas cosas tenían al mundo suspenso, atemorizado, y volvíanse los hombres a Dios pidiendo misericordia y el Pontífice mandó hacer plegarias en toda la Iglesia. Y como supo la venida del Emperador, quiso salir a verse con él antes que pasase en Alemaña, y temiendo la venida de los turcos, encomendó la ciudad de Roma, por si acaso pasasen por allí, al cardenal Rodulfo Pío de Carpi,

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persona de grandísimo valor y grande estima, y muy aficionado al Emperador. Mandó a Vitelio que tuviese cuidado de fortalecer y reparar la fortificación que Nicolao V dejó comenzada. Pocos días después que el Pontífice llegó a Bolonia, entró el Emperador en Génova. Ya dije cómo había salido a recibirle Pedro Luis Farnesio, hijo del Papa, y fue porque su padre le envió para tratar negocios de importancia de su parte, porque ya sus pensamientos estaban muy fuera de lo que debía tener un viejo de ochenta años, como diré. Y como el Emperador estaba tan desabrido por la resistencia que había hecho en no querer juntarse con él contra el rey de Francia, casi en ninguna cosa daba a Farnesio buena respuesta, y principalmente, siempre que trataba de las vistas, diciéndole que no había para qué, porque él no había de dejar la jornada, ni hacer paz con sus enemigos hasta verse satisfecho de ellos por sus proprias manos. Y por hacer perder al Papa la esperanza de que le había de ver, envió a mandar a su hija madama Margarita que pasase a Pavía, porque de paso la quería ver allí. Sintió mucho Paulo estos desvíos, y luego envió a Génova al cardenal Farnesio su nieto, cuyas buenas mañas y autoridad bastaron a acabar con el César que se viese con el Papa en Buxeto, lugar puesto en el camino entre Placencia y Cremona. Si bien el Papa solicitó las vistas con el Emperador, y por el interés que diré, después que las tuvo alcanzadas con la palabra del César, llegó la presunción del buen vicio a quererse tantear con él, diciendo que no le tenía de ver con gente de guerra sin él tener otra tanta; y algunos maliciosos lo echaban a que traía muchos dineros, y que temía no se los cogiesen para gastos de guerra. Y así, sobre conciertos después de muchas demandas y respuestas se vieron en el lugar de Buxeto, porque es de dos señores, con cada quinientos soldados, y sus guardas de pie y de caballo, que los unos guardaban la una puerta, y los otros la otra, del castillo donde posaron entrambos, y se hablaron tres veces, sin las primeras vistas, en cinco días que allí estuvieron, las dos yendo el Emperador al Papa, y la otra yendo él al Emperador.

- XXIX Procura el Papa comprar al Emperador el Estado de Milán. -No lo consigue

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La voz que el Papa echó para estas vistas fue al parecer santísima, y con que se acreditó entre muchos que no veían más de las cortesías, y era de pacificar al Emperador con el rey Francisco, y dar calor al Concilio; mas a la verdad, no era sino con codicia de comprar el Estado de Milán para su nieto, obra por cierto pía para ganar el cielo comprando a Milán con la sangre de Cristo, no se contentando con ver sus nietos deudos de un tan gran príncipe y de unos caballeros honrados, hechos duques de Parma y otras ciudades. Pensaba el Papa que el Emperador, apretado con la grandísima necesidad en que estaba, daría fácilmente a Milán por dineros; de suerte que ya tenemos otro codicioso por este ducado, que tanto costó al mundo. Pedía el Emperador luego el dinero, y el Papa, como matrero y viejo, sagaz y que se las entendía, deteníase, no osando desembolsar, por que no le dejasen burlado. Quería, demás de esto, el Emperador, retener en sí los castillos de Milán y Cremona, y otras fuerzas de aquel Estado, y el Papa decía que no había de comprar lo uno sin lo otro. El negocio, finalmente, se apretó tanto, y la necesidad del Emperador era tal, y el dinero de Paulo tan sabroso, que tuvo por acabado este negocio. Y muchos, que deseaban el servicio del Emperador, no sentían bien de esta compra; y don Diego de Mendoza, gobernador de Sena, caballero sabio y discreto, de los más que hubo en su tiempo, le dio un papel con tan vivas y elegantes razones de estado y buen gobierno, que por lo que aprovechó para que esta venta no se hiciese, y por lo que puede aprovechar para que jamás se haga, ni ello ni otra cosa se desmiembre de la corona real, la pondré aquí como se dio al Emperador, quitando lo superfluo y mal sonante, que con la libertad de aquel tiempo dijo.

- XXX Don Diego de Mendoza persuade al Emperador que no dé a Milán. -Cuánto vale la reputación de un príncipe. -Lo que el Emperador hizo con ella. «Bien veo cuán gran osadía es dar consejo a algún príncipe, especialmente a Vuestra Majestad, que así por su divino juicio como por la gran experiencia de las cosas, tiene más prudencia para deliberar, y más ánimo que nadie para ejecutar; pero viendo tanto peligro de la república cristiana, es justo que cada uno socorra en lo que puede, y si no tiene caudal para ayudar en las cosas altas y de importancia, ayude en las menores y más bajas, y haciéndolo de esta

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manera, después a toda la necesidad y obligación común. Así, acordándome que soy cristiano, y vuestro vasallo, satisfaré en lo que pudiere a mi obligación; ya que en otra cosa no aprovechare, a lo menos haré a mi ver lo que debo. Y si la obligación excediere, la intención quedará salva, que es, ser bien encaminadas las cosas de Dios, y por el consiguiente las vuestras, porque por experiencia de lo pasado se puede justamente decir que siempre habéis obrado por su mano, y así, confiado agora en esta buena intención, digo, invictísimo príncipe, que considerado el progreso de todos los príncipes y señores del mundo, la experiencia ha dado a conocer cuánto más vale la reputación y opinión en las cosas de estado y guerra que en otra cosa. Más cosas hizo con ella Alejandro Magno, César y Anibal, que con las lanzas; más gentes trajo a la obediencia del Imperio Romano la reputación de Augusto, que las obras de los Scipiones, de los Metelos, de los Camilos y de otros invictísimos capitanes, donde ha nacido aquel proverbio: Bella fame constante. Y lo mismo ha acaecido a Vuestra Majestad, porque sin dinero, sin hombres, sin otras provisiones, con la gran opinión que vuestros enemigos han tenido de vos, los habéis vencido y sujetado. Esta sola resistió al Turco en Viena, ésta sola defendió a Nápoles de Lautrech, ésta sola ganó a Milán en contradición de todo el mundo; y últimamente, ésta ha defendido a Perpiñán, y por ella sola sois tenido por inmortal entre los hombres. César, hablando de ello, decía que más difícil era bajar del primer escalón al segundo que del segundo al ínfimo. Luego que un príncipe baja un solo grado de la reputación, los amigos desconfían, los enemigos se animan, y la natura de las cosas, por su curso ordinario, le trae al ínfimo grado. Siendo esto, pues, así, tened, invictísimo príncipe, grande cuidado de conservaros en aquella buena opinión y crédito que tenéis, porque a mi ver ninguna otra cosa os sustenta. Creed, señor, que todo el mundo sabe que tenéis empeñado vuestro Estado, consumido vuestro patrimonio, y vuestros vasallos, acabados, y con sola la anchura de la reputación se sustenta vuestro Estado, el cual, no solamente en estos tiempos podéis sustentar y mantener, pero acrecentarlo, porque a mi ver, jamás, estuvistes en mejor punta que agora. Hasta aquí todo el mundo estaba en duda de lo que valíades, y todos vuestros buenos sucesos antes los atribuían al favor de la fortuna, que a alguna provisión de Vuestra Majestad; antes a la poquedad de los enemigos, que al valor ni potencia vuestra. Agora que el rey de Francia una cosa tan pensada, tan proveída y tan asegurada, y con tanto consejo y prudencia tentada, y por persuasión de Clemente y Paulo gobernada, y guiada no fizo nada, y en lugar de ganar perdió, todo el mundo juzga lo poco que valen los dineros y las otras provisiones y lo mucho que vale la reputación, pues con sola ella le vencistes, y finalmente pusistes las cosas en tan buen punto, que todo el mundo conoce lo mucho que valéis y lo poco que vuestro enemigo puede. Con esta jornada habéis asegurado los amigos y puesto terror y espanto a los enemigos, y habéis quedado con tanta reputación, que ninguna cosa intentaréis en esta ocasión que no salgáis con ella. ¿No ve Vuestra 81

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Majestad la poca cuenta que el Papa, y todos los otros príncipes de la Cristiandad, ficieron de vos, cuando el rey de Francia os acometió, y vieron la cosa en duda? ¿No veis que después que lo vieron vencido el mucho respeto que os tienen? Todos miden sus fuerzas con las del francés, y viendo que siendo aquellas las mayores, no pudo nada contra vos, ninguno fía en las que tiene para ofenderos. Por tanto, pues tenéis tantas armas de ventaja, sabed usar de ellas, mayormente en esta ocasión, y no bajéis algún escalón más de la reputación, para cuya conservación no hallo alguna cosa más a propósito que es no hacer Vuestra Majestad de Milán y Sena lo que hecistes de Florencia; porque yo os certifico que en esta ocasión ningún error pudiérades hacer mayor, que dejar aquellas fortalezas al duque, así que por estar en vuestro poder, él estaba más seguro, y vos le entreteníades con respeto y temor, y teniéndole, era forzoso andar a vuestro gusto, y no al suyo ni de nadie. Como porque estando aquella provincia en medio de Italia, dende allí podíades poner freno al Papa y venecianos, y proveer en todas las otras cosas que se podrían ofrecer. Siendo aquella ciudad república, metía a barato toda Italia, siendo el señorío de tantos reducido a uno solo, y siendo vos el señor, podíades hacerla una de las más fuertes provincias de Italia, así por razón del sitio como por las muchas e grandes fuerzas que hay en la tierra, que de una sola batalla no se puede sujetar, porque palmo a palmo es menester ganarse, porque hasta aquí, viviendo el duque con aquella sospecha, era forzado a serviros aunque no quisiese, teniendo agora en sus manos las fuerzas de los Estados, siendo tan grande príncipe, que se puede defender de cualquiera necesidad, y no faltando quien le ayude. Tened, señor, por cierto, que antes usará de las buenas ocasiones para asegurarse y acrecentarse, que de la gratitud que os debe en haberle hecho duque, de duque de burlas duque de veras, como ordinariamente lo hacen hombres de su nación, que no miden más el honor y la fe que por solos sus intereses y necesidades. Y creed, señor, que no será de mejor ni más constante condición que su padre Joanitín de Médicis, que mudó más formas que Proteo; especialmente teniendo más aparejo que el padre para salir con lo que intentare. Y del florentín, en ningún caso de interese se puede ni debe confiar, mayormente pretendiendo que la merced que le habéis hecho no ha sido graciosa, sino una muy pura venta. Teniendo, pues, Vuestra Majestad aquellas fortalezas, ¿qué pudiérades querer de gente o dineros que no alcanzáredes? Agora que está en sus manos, de sujeto se ha hecho libre. Y pudiendo vos absolutamente mandar, os habéis necesitado a rogarlo, y lo que pudiera hacer en aquel Estado el menor soldado vuestro, no sé si podréis vos alcanzarlo. He dicho todo esto para que Vuestra Majestad vea cuán grande error hecistes en esto, y cuánto mayor lo haréis si deis al Papa a Milán y a Sena, porque viendo todos los príncipes de Italia que sin violencia os desposeéis de lo vuestro, presumirán de quitaros lo que os queda por fuerza, porque nadie podrá pensar que por justificar vuestras cosas con el mundo lo hacéis, sino por no tener ánimo ni fuerzas para defenderlo. Mire Vuestra 82

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Majestad que toda la seguridad que tenéis en Italia pende de la retención de Milán, así por ser aquella provincia riquísima y tener tan conveniente sitio para meter ejército forastero por tierra y armadas por mar, por la vecindad de Génova, la cual en ninguna manera podréis sustentar dejando a Milán, como por ser ese Estado la cosa sobre que se contiende, y tal, que con él solo se podría adquirir lo demás, y dejada de cualquier manera la presa, es confesar que no podéis más, y os dais por vencido, y entrándose así en esta opinión, no sólo abajáis muchos grados de la reputación, pero venís a poneros en el último. Y así, de esta manera, ninguna cosa segura tenéis en Italia, así por la natura de esta provincia, inconstancia y poca fe de los naturales de ella, como por la poca satisfación que hay de vuestro gobierno. Allende de esto, teniendo todo el mundo por cierto que sólo el Papa os puso en los peligros pasados y trabajos presentes, moviendo al francés y por consiguiente al Turco contra vos, por sólo necesitaros y traeros a este punto en que estáis, viendo agora que en lugar de vengaros le gratificáis, y en lugar de ofenderle os metéis a bajezas y poquedades, ¿quién estimará vuestra potencia? ¿Ni quién temerá dañaros, pues del daño nace provecho, e de la ofensa la gratificación? Y por este ejemplo, todo el mundo trabajará de poneros en la misma necesidad para traeros a su propósito, y hacer su hecho; como acaeció en Castilla al rey don Enrique IV. Lo cual cuánto daño traiga a un príncipe, aquellos tiempos lo dieron bien a conocer, y Vuestra Majestad lo ha sentido mejor, pues por aquella vía os privó del patrimonio que agora está en poder de los grandes de Castilla. Dejando, pues, a Milán, vengamos a Sena. ¿En qué conciencia, invictísimo príncipe, en qué razón, en qué gratitud ni en qué humanidad puede caber quitar a aquella república la libertad, y darla a vuestro enemigo? Acuérdese Vuestra Majestad de la grande fe, verdaderos ánimos de aquellos ciudadanos; mirad que habiéndose conjurado todo el mundo contra vos, en solos ellos quedó la fe. ¿Qué oficio de leales vasallos, qué demostración de leales amigos y, finalmente, qué obra de excelentísimos servidores, pues luego en satisfacción de la fe, pagarla agora con infidelidad del servicio? ¿Con el daño? Ni bondad, ni razón, ni virtud, ni religión lo permite; mayormente teniendo tanta causa y razón para negar al Papa lo que os pide. ¿Qué príncipe ni hombre os ha ofendido más? Ninguno por cierto; porque si queremos considerar las cosas tales, los ciegos han visto que todo el daño que os procuró el francés fue por su persuasión y traza, y por consiguiente, todo el mal que esperáis del Turco nace y nacerá de esta causa. Si queremos mirar los particulares, ¿quién no sabe las ofensas que os ha hecho? Dejando menudencias aparte, ¿qué injuria jamás habéis recebido de nadie que la que hizo en destruir la casa Colona, estando segurada sobre vuestra fe y estando fundada sobre mucha sangre, en vuestro servicio y de vuestros pasados derramada? ¿Qué mayor afrenta, o por mejor decir, bofetada, dada delante de los ojos del mundo, que la que os dio cuando, contra la palabra dada, no sólo de sustentarla, pero de restituir el Estado a Ascanio, derribó a Palomo, porque 83

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presentó vuestros poderes en Concilio? Y finalmente, ¿qué obra buena jamás os hizo por voluntad, sino por sola su necesidad e interese? Tened, señor, por muy cierto que si el rey de Francia tiene tres flores de lis en sus armas, él trae seis en las suyas, y seis mil en el ánimo, que jamás hallará segura ocasión para demostrarlo, que no lo haga. Mucho más podéis asegurar del rey de Francia en vuestras cosas que no en él, porque el rey es nacido príncipe y procederá como príncipe, y ese otro de hombre no tal, ha venido a la grandeza, en que está, y jamás dejará de obrar como quien es. ¿Queréislo ver? ¿Qué mayor desacato en el mundo se puede hallar que, habiéndoos ofendido como os ha ofendido, y sabiendo que vos lo sabéis, no solamente no tiene vergüenza de parecer ante vos, pero os demanda cosas que no sería justo pedirlas, habiéndoos redimido de turcos? Tiéneos por hombre de poco, usa mal de vuestra paciencia; tiéneos en tan poco crédito, que le parece está en su mano mudaros al subjecto que él quisiere. Y pues esto es así, y tan verdad como la misma verdad, estad, señor, sobre vos, conservad lo que tenéis, trabajad por adquirir lo demás, y manteneros en vuestra reputación, porque yo certifico a Vuestra Majestad que en esa coyuntura, con sólo hallaros fuerte de palabras, le podéis vencer sin otras armas; porque el estado de la Iglesia es más vuestro que suyo; cuanto a la afición, ¿no ven la hora que entender vuestra voluntad, para desechar el yugo que tienen? No hay príncipe en toda Italia que no esté ofendido, no hay hombre que no esté mal contento de él; usad en esta ocasión del hierro y no del ensalmo; porque sin duda conoceréis el provecho muy manifiesto. Y que esto sea así, la experiencia lo ha dado a conocer después que comenzastes a tratarle con un poco de respeto y negociar con autoridad. No podréis creer el grande miedo que tuvo cuando supo el mal recibimiento que hicisteis al legado que fue en España, y el que sintió cuando enviastes a Granvela al Concilio, y últimamente, el que ha concebido de vuestra venida en Italia, sin haber hecho cerimonia, ni cumplimiento con él. El temor de veros venir agora con gente no excede la mala consciencia, perversa y dañada intención que contra vos tiene; en nada se asegura, de todo se teme; y pues le tenéis en estos términos otra vez, exhorto a Vuestra Majestad que sepa usar de la ocasión. Haced poco caso de él; tratadle como a hombre, cuya seguridad y grandeza pende de vuestra voluntad, y pues os halláis en Italia y tenéis, como dicen, las piedras y la cuesta, no os dejéis más engañar. Tomad de veras la espada en la mano y dad fin a tantas miserias como padece la Cristiandad, y no vengáis, de ninguna manera, de concordia, porque no durará más de cuanto le estuviere bien, e ya que dure, será para seis días, que serán según la edad, e ningún Pontífice sucederá, que non impugne lo que él ha hecho; porque para remediarse a sí, e a los suyos, será menester deshacer éstos, como ellos han hecho a los pasados. Y no os mueva a pensar que lo dais a madama, pues Milán es pieza que aunque otra casa no dejásedes al príncipe, le dejábades bien heredado; pues dar a una hija natural lo que sería gran dádiva a vuestro hijo único heredero, no lo sufre la razón, mayormente siendo él varón en casa, 84

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Octavio Farnesio. Dirá, pues, Vuestra Majestad que es cosa difícil proveer a tantas cosas; antes a mi ver es fácil, porque venecianos, viéndolos tan gravemente ofendidos del francés, dándoles seguridad de no ofenderlos y mantenerlos, fácilmente podréis tener pacíficos; teniéndolos quietos en un mismo tiempo, podéis mover contra Roma y las tierras comarcanas, a Nápoles, los vecinos y coloneses ofendidos, porque ellos darán buen recado de aquello contra la comarca de Romania, etcétera, duque de Florencia, Sena y lo que es; cuanto a lo de Lombardía, vuestra persona lo podrá acabar. Conoced cuánto al rey de Francia debéis con el mismo ímpetu y tiempo acometerlo, por las partes que él os acometió con dos ejércitos, cada uno de trece mil hombres, y dos mil caballos con artillería solamente de campo, sin ningún impedimento, y haced que, dejando todas las fronteras, que son fuertes, se metan en las entrañas de Francia, que es bellísima tierra, y por todas partes comienzan todos estos ejércitos a entrar, y con una orden caminar, hasta que se junten; juntos los cuales, así por el número de la gente como por la flaqueza de la tierra y fertilidad del país, fácilmente se podrán sustentar y fortificarse, donde puedan seguramente estar, y oprimir de tal suerte al enemigo, que será forzado perderlo todo, especialmente refrescando Vuestra Majestad la empresa el año siguiente, y teniendo siempre en las fronteras sospecha; lo cual todo podéis muy fácilmente hacer, así por la virtud de vuestros soldados como por el temor y miedo que las gentes han concebido de vos y de los vuestros. Abajada así, por una vía o por otra, al francés y al Papa la furia, las cosas del Turco las hallaréis fáciles, y por ahora, aunque él venga potentísimo, no queriendo otra cosa sino defender, fácilmente lo podréis hacer, así por la gran fortaleza de Viena, como por la necesidad en que está la gente alemana, la cual no podrá dejar de defender su casa, viéndose en peligro de perdella, o ya que estuviese en este peligro, yo ternía por tan justamente ganado lo de casa, como bien conservado lo de ella; pues el Papa y el francés, olvidándose de la obligación de cristianos, porque el interés y pasiones particulares os han necesitado a desampararlo y perderlo...» Otras cosas contiene esta carta, que por ser mal sonantes las dejo. Pudo ser que por lo que don Diego dijo, el Emperador no dio oídos a los tratos de la venta de Milán.

- XXXI Palabra del Emperador. -Su partida a Alemaña, donde se le creía muerto.

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Procuró cuanto pudo el Papa que el Emperador dejase la guerra que quería hacer al rey de Francia y duque de Cleves; pero no lo pudo acabar, por más que dijo. Pidióle audiencia para los cardenales que allí estaban, y el Emperador holgó de ello, con fin de informarlos (aún más de lo que estaban) de la sobrada razón que tenía para hacer esta guerra. Habló por todos el cardenal Marino Grimaldo, hombre neutral, como veneciano no más aficionado a una parte que a otra, insistió con muchas razones mover de este propósito al Emperador. A las cuales respondió el César con pocas palabras que dijo, llenas de majestad y grandeza, que en sustancia fueron: «Bien sé, padres reverendísimos, que tengo satisfecho al mundo, de que siempre deseé la paz y que la he procurado por todos los medios a mí posibles, no más de para poder emplear mis fuerzas contra los infieles. Todos sabéis, mejor que yo, cómo el rey Francisco nunca ha hecho sino estorbar mis designios y alterar el mundo con sus nuevas guerras, por defraudarme envidiosamente del fruto de mis victorias, sacándomelas de entre las manos y mostrándome, en las ocasiones que ha podido, la mala voluntad que de muchos años atrás la Casa real de Francia ha tenido con todos mis pasados y conmigo. Bien sabéis cuántas veces se me han salido de los casamientos, paces y capitulaciones, quebrantando los juramentos y promesas que conmigo y con mis mayores el rey Francisco y los suyos tenían. Acordárseos ha la resistencia que me hizo en lo de mi elección, el negocio y sobornos que trajo para sacarme el Imperio de entre las manos. Y últimamente tendréis memoria que, no contento con todos los agravios que me había hecho y yo le había ya perdonado, esperó sin propósito alguno, con achaque de la muerte de no sé qué hombrecillos, a romper la tregua que conmigo tenía, en tiempo que yo venía de pelear, no con los hombres, sino con los vientos y con el mar furioso. Levantóme una guerra cual vistes, y no contento con hacérmela él, concitó contra mí sus amigos, y aun los míos, y destruyóme con tanta crueldad como todos vieron, el Estado de Brabante; y sobre todo, mete agora moros y turcos contra mí, con tan pernicioso ejemplo y tan inaudita crueldad. Y pues todo esto así es, no hay para qué nadie trate de que yo haga paz con el rey hasta que haya castigado como merecen los rebeldes al Imperio, y tomado por mis manos satisfacción de la perfidia del duque de Güeldres y de otros que me han deservido.» Con estas y otras semejantes razones fundó el Emperador su justicia, de tal manera que ni el Papa ni los cardenales trataron más de estorbarle la jornada. Despidióse de Buxeto y tomó la vía de Alemaña, donde con ardid diabólico, para alterar aquellas tierras y ponerlos en armas, habían sembrado y echado fama que el Emperador era muerto en Argel y que los suyos traían una estatua que se parecía mucho a él. Tenían tan creído esto las gentes, que estando el Emperador en Espira, muchas ciudades de Alemaña y todo el Estado de 86

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Lucemburque enviaron a tomar por testimonio cómo era vivo, y enviaron personas de crédito, que antes le habían visto y lo conocían, para que le reconociesen. Dice un caballero de la cámara, que a otro escribió, lo que digo: «Vea Vuestra Majestad si ha de tener el príncipe nuestro señor mucha confianza de lo de por acá, que parece adivinaba lo que se ha visto en Flandres, que tanto cuesta a España.» Y así se vieron en harto peligro los españoles que don Pedro de Guzmán había llevado a Flandres, porque en muchos lugares no los querían recebir, diciendo que era muerto el Emperador y que los traían para sujetar a Flandres. Los autores de esta mentira fueron (según se dijo) el rey de Francia y el duque de Cleves, que usaron de esta mohatra para poder hacer gente de guerra. Supo el Emperador esto en Espira, y casi al tiempo que iba caminando llegaron a Trento y se presentaron al Concilio por todos los obispos de España don Gaspar de Avalos, arzobispo de Santiago; y don Francisco de Mendoza, obispo de Jaén, y don Martín de Urrea, obispo de Huesca, delante del cardenal Morón; obispo de Módena y legado del Papa.

- XXXII El Emperador, en Alemaña. Llegó el Emperador a Espira, ciudad libre de Alemaña, a 20 de julio, donde se detuvo quince días, para que los caballeros descansasen algo de la jornada larga que habían hecho, y porque la corte se pusiese en orden para salir en campaña. Dio audiencia en Espira a los protestantes que habían aquí enviado, y a algunos señores alemanes, principalmente al conde de Palatín y al arzobispo de Colonia. Suplicaron le perdonase al duque de Cleves, el arzobispo y el embajador del duque de Sajonia, y respondió que con él no habría paz, si no le entregaba las ciudades de Güeldres y Zutfania. Acabada la Dieta de Espira, mandó el Emperador a todos los que allí estaban, en nombre del Imperio y ciudades libres, que levantasen la más gente que pudiesen, y luego partió para Bona por el río Ahim, que está cerca de la

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ciudad de Colonia, cuatro leguas del Estado del duque de Güeldres y Cleves y Julies, y el arzobispo le hizo un solemnísimo recebimiento. Poco antes que el Emperador partiese de España, había partido don Hernando de Gonzaga, capitán general, para que tuviese todo el ejército junto en Bona cuando el Emperador llegase. Volvieron el arzobispo de Colonia y el Conde Palatín a suplicar al Emperador que perdonase al duque, y Su Majestad respondió con cólera extraordinaria y palabras que él no solía decir por su mucha modestia, prometiendo que él castigaría al rapaz, de manera que otro día no se atreviese. Con la cual respuesta quedaron los alemanes bien descontentos y desconfiados de la paz. Este arzobispo estaba ya tocado de la mala seta de Lutero, y consentía que se predicase en todo su arzobispado. El Emperador le habló sobre ello a solas, reprendiéndole su liviandad y mal ejemplo, y dicen que se calentó el César con el celo grande que de la religión tenía, que un teólogo no dijera más que él dijo. Después, representándole quién él era, y su sangre, y la dignidad tan grande que le había dado Dios en su Iglesia, de tal manera le puso, que llorando el arzobispo y pidiendo a Dios perdón, salió de la cámara de Su Majestad, prometiéndole que, en toda su vida no consintiría más en sus tierras más predicadores falsos y malos. Hízolo así, porque los desterró luego de su arzobispado, y al punto que el arzobispo salía tan contrito, entró Granvela, y el Emperador le contó lo que con él había pasado, y le dijo que, aunque su venida de España en aquellas partes no hiciera otro efecto más que aquél, que con él se contentaba.

- XXXIII Justa causa con que el Emperador hizo guerra al duque de Cleves, y razón del ducado de Güeldres. El ducado de Güeldres, al Oriente tiene a Westfalia, al Septentrión a Transiselana y seno de Zuiderzee, y al Occidente, al Estado de Utrecht y parte del condado de Holanda. Del cual, y del ducado de Brabante, se distingue al Mediodía por el río Mosa, y confina con el ducado de Cleves, el cual llega por allí hasta el río Mosa, y divide a Güeldres en dos regiones, aunque no iguales. La mayor es la que acabamos de decir, la cual comprende al condado de Zutphen y los Estados de Veluwe, Betuwe y Maeswel. La otra contiene al 88

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Estado que llaman de Lantvan Kessel, que quiere decir tierra del castillo de Kussel. Extiéndese aquel Estado aquende y allende del río Mosa, del cual y de los otros, adelante diremos. Llámase Güeldres de Gelduba, lugar que antiguamente estaba a la ribera del Rhin o del castillo de Güeldre, donde es ahora la villa de Pont Güelder. Son los güeldreses, por la mayor parte, sicambros, los cuales, en tiempo de Julio César, habitaban allende del Rhin, más abajo de los ubios, en Westfalia, donde es Dusberg y el río Rura, que entra cerca de allí en el Rhin y en el ducado de Bergen, que es del duque de Julies y Cleves, del cual es la principal villa Drisseldorff. Hay allí la villa y río de Sigem, que retiene el nombre de los sicambros, los cuales llaman los alemanes Sigemberger, y Ptolomeo los pone entre los longobardos y busactores menores, el cual parece que usó de la primera y más antigua carta corográfica y descripción de Alemaña. Porque Cornelio Tácito, que fue algo más antiguo, no hace mención de los sicambros en el libro de Alemaña, los cuales Augusto César, después que Druso Germánico los hubo conquistado, los mudó de allí en Francia, y les dio aquellas tierras y campos cercanos, que tantas veces, pasando el Rhin, habían corrido y robado. Las que ellos dejaron fueron ocupadas por los camanos y angrivarios, y después por los francos. Lo cual dio ocasión de errar a muchos, llamando a los francos sicambros y teniéndolos por una misma nación, no porque lo fuesen (aunque es cierto que los francos fueron llamados sicambros), o porque habitaron en las mismas tierras que ellos dejaron, o cerca de ellos. Otros escriben en sus crónicas de Henaut y Lieja, que los francos vienen de troyanos, y se llaman así de su capitán Francon. El cual dicen que fue hijo de Héctor, y vino con muchos troyanos a Hungría después que Troya fue por los griegos destruida, y edificó a la ribera del río Danubio una gran ciudad, la cual llamó Sicambria, de su hijo Sicambro. La cual es agora Buda, así dicha de Budo, hermano de Atila, rey de los hunos, el cual lo mandó echar en el Danubio porque se quería alzar contra él con el reino. Y que docientos años después de la destruición de Troya, los sicambros pasaron de Hungría en Alemaña y ocuparon aquella parte que, del nombre de Francon, hijo de Héctor, llamaron Franconia, porque descendían de él. De allí una parte de ellos pasó en la Baja Alemaña con dos capitanes llamados el uno Troyas y el otro Torgoto, los cuales edificaron la villa de Bona, cerca de Colonia, y a Xanto, que es Santen, en Cleves, y ocuparon toda aquella tierra, la cual llamaron Simbria inferior, donde son los ducados de Cleves, Julies y Güeldres, y lo que más ellos dicen.

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De manera que, como quiera que sea, los sicambros ocupan agora buena parte de la región de los menapios, en el ducado de Güeldres y de Cleves. Habitaban los menapios, que son agora los del ducado de Julies y parte de Cleves y Güeldres, más abajo de los ubios o coloneses, cerca de los eburones, donde había muchas y muy espesas florestas y perpetuas lagunas, y las hay agora cerca de Gorckem, y en tiempo de Julio César tenían también, de la otra parte del Rhin, aldeas, casas, tierras y heredades, de las cuáles fueron echados por los usipetes, y teneteros, que fueron vencidos y muertos por César. Después, los menapios, como Cornelio Tácito muestra, pasaron el río Mosa y quedaron repartidos en diversas partes, y entre otras, como ya habemos dicho, cabe los morinos. En el Estado de Güeldres hubo primero señores, que llamaron tutores o prefectos, los cuales fueron de la Casa de Pont, y continuóse la prefectura en los varones de aquella familia y casa por más de docientos años. Tuvo principio, como algunos escriben, en tiempo del Emperador Carlos Calvo, y fueron los primeros tutores y prefectos de aquella región hechos por el pueblo, Ubicardo y Lupoldo, hijos del señor de Pont, en pago y gratificación del beneficio que de ellos habían recibido, porque mataron una espantosa y cruel fiera que se había criado cerca del castillo que ellos habían edificado, donde es agora la villa de Pont Güelder, la cual destruía toda aquella tierra, y parecía que en sus bramidos decía: «Guelre, guelre», y que de allí se dio nombre al castillo y a la provincia. Hubo seis tutores después de Ubicardo y Lupoldo, que sucedieron uno a otro, todos señores de Pont, los cuales fueron Gerla, hijo de Ubicardo; Gotofredo, Ubicardo, Mergoso, Uvindekino y Ubicardo, el cual dejó una sola hija llamada Adeleide, que casó con Otón, conde de Nasao, el cual fue el primer conde de Güeldres. Dióle el título el Emperador Enrico III en el año de 1079. Falleció la condesa Adeleide, y casó el conde Otón con la hija de Gerlaco, conde de Zutphen, el cual fue muerto con otros muchos por Teodorico V, conde de Holanda, en la batalla que hubo con Conrado, obispo de Utrecht, que fue el vigésimosegundo en la orden. Por aquel casamiento se juntaron los condados de Güeldres y Zutphen, y fue Otón conde de Güeldres y Zutphen. Después del conde Otón sucedieron los siguientes condes: Gerardo, Enrico, Otón II, Otón III, el cual compró la villa y fortaleza de Niumeghem, con toda su tierra y jurisdición, de Guillermo, rey de romanos y conde de Holanda, por 21.000 marcos de plata pura, en el año de mil y docientos y cuarenta y ocho, lo cual confirmó después Rodolfo, rey de romanos. Sucedió a Otón III Renaldo, su hijo, primero de este nombre, y después Renaldo II, su nieto, el cual fue hecho duque de Güeldres por el Emperador Ludovico Bávaro en la ciudad de Francafort, en el año de mil y trecientos y veinte y 90

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nueve. Casó el duque Renaldo, como Frossardo escribe, con María, hija de Bertoldo de Malinas, hombre riquísimo, la cual falleció al cabo de cuatro años, dejando una hija llamada Isabel, y el duque se casó luego con Isabel, hermana de Eduardo III, rey de Ingalaterra. y hubo en ella dos hijos llamados Renaldo y Eduardo, que fue duque de Güeldres después que falleció el duque Renaldo, su hermano, y murió en la batalla que él y Guillermo, su sobrino, duque de Julies, hubieron con Wenceslao, duque de Brabante. Era el duque Guillermo hijo de Guillermo, que fue el primer duque de Julies, y de Juana, hermana del duque Eduardo. Dióle también el título de duque el mismo Emperador Ludovico Bávaro, porque antes sólo tenía título de marqués de Julies. Y porque el duque Renaldo, y Eduardo, su hermano, hijos de Renaldo, primer duque de Güeldres, fallecieron sin herederos, hubo gran contienda sobre la sucesión de aquel Estado de Güeldres, entre el duque Guillermo de Julies, que estaba casado con Juana, hija del duque Renaldo de Güeldres y de la duquesa Isabel, y Juan de Blois, que tenía por mujer a Isabel, hija de la duquesa María, primera mujer del duque Renaldo; y la discordia crecía de tal manera entre ellos, que parara en cruel guerra si no la atajara la duquesa Isabel, que falleció dentro de pocos días, y sucedió en el ducado de Güeldres la duquesa Juana y su hijo Guillermo. El cual fue el cuarto duque de Güeldres, y casó con la hija de Alberto, duque de Baviera, que siendo muy niña había sido desposada con el duque Eduardo de Güeldres, tío de Guillermo, y falleciendo él sin herederos, fue hecho su hermano Renaldo cuarto duque de Julies y Güeldres. El sexto duque de Güeldres fue Arnoldo de Egmont, al cual sucedió Adolfo su hijo, que fue el séptimo duque, padre de Carlos des Egmonts, que fue el octavo y último duque de Güeldres. Frossardo no escribe de Renaldo, cuarto duque de Julies y Güeldres, el cual falleció sin herederos, y aunque entonces el Emperador Sigismundo dio la investidura del ducado de Güeldres a Adolfo, duque de Julies y Berghen, el cual casó con la duquesa viuda, mujer que había sido del duque Renaldo, no tuvo la posesión de él sino Arnoldo de Egmonts, que fue el sexto duque, el cual era bisnieto de una hermana del duque Renaldo cuarto, o, como otros dicen, de Renaldo el segundo, que fue primer duque de Güeldres, y que Arnoldo casó con Margarita, única heredera y hija que había quedado de Juan de Arkel y de Juana, hermana de los duques Guillermo y Renaldo cuarto. Como quiera que ello sea, los duques que hubo en Güeldres son los que habemos contado. Fue el duque Arnoldo preso por Adolfo, su hijo, en Grave, de noche, cuando quería recogerse en su cámara, y le llevó de allí, descalzo y casi desnudo, por medio de los hielos que había (porque era entonces invierno) y le puso en una cruel y oscura cárcel, en la fortaleza de Bueren, que está de allí cinco leguas, donde le tuvo seis meses. Escribe Gerardo Noviomago, que hizo aquello Adolfo por consejo de la 91

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duquesa, su madre, y porque le forzaron los de Nieumeghen, por vengarse del duque Arnoldo, que los trataba mal, y que le tuvo preso siete años en aquella fortaleza de Bueren. Filipo Comineo, caballero y muy privado de Carlos, duque de Borgoña, el cual, como él mismo en sus Comentarios escribe, entendió por mandado del duque Carlos en concertar a Adolfo con su padre Arnoldo; no hace mención de la duquesa, ni menos de los de Nieumeghen, y dice que estuvo seis meses Arnoldo en aquella cruel cárcel, y que el duque de Cleves entró con ejército por Güeldres, quemando y destruyendo la tierra, porque lo soltase. Puede ser, que le tuvo aquellos seis meses en la cárcel, y el otro tiempo, que fueron seis años y medio, fuera de ella, en la fortaleza, con buena guarda. Otros dicen que lo tuvo allí seis años; tanta es la diversidad de los escritores. Lo cual parece ser así, porque nunca lo quiso soltar, ni por guerra que el duque Juan de Cleves y Guillermo de Egmont le hicieron, ni por ruego del duque Carlos, hasta que el papa Paulo II y el Emperador Federico tercio, no pudiendo sufrir tan gran inhumanidad, enviaron al mismo duque Carlos, el cual los trajo consigo a Dorlens, y de allí a Hesdín. De donde se salió secretamente el duque Adolfo, con solo un criado, en hábito de peregrinos, y pasando el río Mosa fue conocido y llevado preso a Namur, donde estuvo detenido, o, como algunos dicen, en Courtray, hasta la muerte del valeroso duque Carlos, que le sacaron de allí los de Gante y le hicieron capitán, y fue muerto en Tornay, que estaba entonces por Ludovico undécimo, rey de Francia. En tanto que Adolfo estuvo preso, falleció el duque Arnaldo, el cual, por la ingratitud y inhumanidad que su hijo había usado con él, dejó por heredero al duque Carlos de Borgoña. El cual pasó en Güeldres, y habiéndosele rendido Venloo, y Goth, hizo lo mismo Nieumeghen, donde estaban Carlos y Filipo, hijos del duque Adolfo, los cuales envió a Flandres para que se criasen, y de allí vino con su ejército a Lobick, donde le vinieron embajadores de Zutphem y Aernehen, y le juraron por su príncipe y señor. Y habiendo conquistado aquel Estado, dejó allí por gobernador a Guillelmo de Egmont; instituyó, según algunos dicen, el Consejo y Chancillería que en Aernehen hay; poseyó el duque a aquel Estado todo el tiempo que vivió, pacíficamente. Después, no quiriendo los güeldreses obedecer al Emperador Maximiliano, vino a Bosseduc, y mandó hacer gente para pasar en Güeldres, y de que lo supieron los de Nieumeghen, Tiel y Bonmel, vinieron a su obediencia y le juraron. Y lo mismo hicieron los de Venloo, que se rindieron, y en fin, con la majestad de su nombre, sin derramar sangre, allanó toda aquella provincia, y le fue sujeta, hasta que volvió Carlos, hijo del duque Adolfo, de Francia en Güeldres, donde había estado después que había sido preso, con Engelberto, conde de Nasau, y otros muchos caballeros flamencos y borgoñones, en 92

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Bethuna, por los francos, que la tenían, pensando tomarla con ardid y concierto que tenían hecho con algunos de la villa, que la querían entregar al Emperador Maximiliano. Vuelto el duque Carlos a Güeldres, en breve tiempo cobró todo el ducado, y le juraron por su señor. Fue príncipe muy belicoso, y tuvo grandes guerras con todos los príncipes comarcanos, y principalmente con Alberto, duque de Sajonia, gobernador en aquellos Estados de Brabante, Henaut, Holanda y Frisa por el Emperador Maximiliano, y Filipo, rey de España, su hijo. Y después, con los capitanes del Emperador, sobre los Estados de Utrecht y Transiselana, que él, como largamente habemos contado, tenía ocupados, los cuales le pusieron en tan grande estrecho y necesidad, que por no perder del todo su Estado, pidió paz al Emperador Carlos V y le fue concedida. Y en Goricom, entre otras cosas que se capitularon, fue que él tuviese en feudo el ducado de Güeldres y condado de Zutphen por el Emperador Carlos V como duque de Brabante y conde de Holanda, y sus herederos que fuesen varones y habidos de legítimo matrimonio; y que si éstos faltasen, que volviesen entonces aquellos Estados a los herederos del Emperador Carlos V como duques de Brabante y condes de Holanda, y que de su vida tuviese el Estado de Groeningen y el castillo de Coevoerden con su tierra; y que después que él falleciese, volviesen al Emperador Carlos V, y así las tuvo, y después de su muerte, como está dicho, vinieron a ser del señorío del Emperador Carlos V. Y aunque por lo que tengo dicho se puede colegir y entender claramente el derecho que el Emperador Carlos V tiene al ducado de Güeldres y condado de Zutphen, quiero, lo más breve que pudiere, escribirlo, porque sepan los venideros cuán justa causa tuvo el Emperador de cobrar por armas lo que de su patrimonio era. Muerto Renaldo IV, duque de Julies y Güeldres, sin herederos, en el año 1424, el Emperador Sigismundo dio la investidura del ducado de Güeldres y condado de Zutphen, como feudos que eran del Imperio, a Adolfo, duque de Julies, y a sus legítimos herederos, que fuesen varones, lo cual hizo en Buda en el año 1425, pero en aquel tiempo, Arnoldo, conde de Egmont, hubo la posesión de aquellos Estados de Güeldres y Zutphen, y no aprovecharon las sentencias contra él dadas, ni menos la investidura que dio el mismo Emperador Sigismundo en Praga, el año 1437 a Gerardo, duque de Julies, hijo de Guillermo, hermano del duque Adolfo, que falleció sin hijos legítimos, para echarle de ellos. El cual, después, dio, cedió y traspasó libremente el ducado de Güeldres y condado de Zutphen en el duque Carlos de Borgoña y en sus

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legítimos herederos y sucesores, de lo cual se hizo instrumento público en el año 1472. Y porque tuviesen más firmeza, procuró el duque Carlos de aplicar y juntar allí todo y cualquier derecho que el duque Gerardo y sus hijos Guillermo y Adolfo pretendiesen tener, porque el duque Gerardo de Julies y sus hijos, vendieron al duque Carlos de Borgoña, cualquier derecho que pretendiesen tener, y les pudiese pertenecer, en aquellos Estados de Güeldres y Zutphen, por precio de ochenta mil florines de oro renenses, y sólo concedieron y renunciaron y traspasaron con juramento con todas las cláusulas, firmezas y otras cosas que en tal caso se suelen poner, y le hicieron donación de todo lo que más o menos pudiese valer de aquella suma, lo cual se hizo en el año 1473. El cual contrato de venta y cesión fue aprobado y ratificado por Guillermo y Adolfo, hijos del duque Gerardo, y lo aprobó y confirmó el Emperador Federico tercio con su autoridad imperial, a suplicación de las partes, y dio la investidura de aquellos Estados de Güeldres y Zutphen al duque Carlos de Borgoña, así por causa de la bendición como por el derecho que primero había adquirido, y los poseyó el duque Carlos pacíficamente todo el tiempo que vivió; y después que él murió, el Emperador Federico tercio dio la investidura de aquellos Estados a Maximiliano, su hijo, y a la archiduquesa madama María de Borgoña, en el año de 1477. En fin, el Emperador Maximiliano, después que falleció la archiduquesa madama María, su mujer, concedió la investidura de aquellos Estados a su hijo, el rey Filipo, y a sus legítimos herederos y sucesores, y siendo el rey difunto, aquellos Estados de Güeldres y Zutphen vinieron de derecho al Emperador Carlos, su hijo, el cual también hubo la investidura de ellos. Pero, porque en aquel tiempo los había ocupado el duque Carlos de Egmont, y los defendía con armas, el Emperador tuvo guerras contra él, como injusto poseedor y violento detenedor que de aquellos Estados era. Y por el bien público, paz y concordia común, hizo diversos conciertos con él, y entre otros el de Goricom, que habemos dicho, en el año 1528, y en Grave, en el año 1536. La conclusión de todos era que si el duque Carlos fallecía sin herederos legítimos varones, que así el ducado de Güeldres como el condado de Zutphen volviesen al Emperador Carlos V y a sus herederos y sucesores, por el derecho antiguo, y acción que tenía. Los cuales conciertos, pactos y convenios aprobó y confirmó el duque Carlos por sus cartas y escrituras públicas, firmadas y selladas de su nombre y sello, y falleció sin herederos legítimos postrero del mes de julio del año 1538. De manera que, así por los contratos de venta y cesión de los duques Arnoldo de Egmont y Gerardo de Julies, los cuales solos tenían derecho en el ducado de Güeldres y condado de Zutphen, como por las investiduras 94

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concedidas al Emperador Maximiliano y archiduquesa madama María de Borgoña, su mujer, y al rey Filipo de España, y al Emperador Carlos, su hijo, y también por los públicos pactos, conciertos y convenciones, de derecho se debía y pertenecía el señorío y posesión de aquellos Estados de Güeldres y Zutphen a Su Majestad. Y aunque tenía el derecho tan claro como habemos mostrado, no dejó por aquello Guillermo, hijo de Juan y María, duques de Julies, Berghen y Cleves, de pretender lo contrario; y que aquel ducado de Güeldres y condado de Zutphen habían pertenecido a los duques de Julies, sus antecesores, y que después de la muerte del duque Adolfo, que sucedió al duque Renaldo, cuarto de Julies y Güeldres, hubo la investidura de aquellos Estados el duque Gerardo de Julies, al cual había sucedido el duque Guillermo, y después la duquesa María de Julies, la cual había resignado y renunciado en él todo el derecho que en aquellos Estados podía tener, y que así por este derecho, que él había adquirido de su madre la duquesa María, como por las sentencias que habían sido dadas en favor de los duques Adolfo y Gerardo de Julies, contra el duque Arnoldo de Egmont, había podido concertarse con el duque Carlos de Egmont y, con consentimiento suyo y de los Estados del ducado de Güeldres y condado de Zutphen, adquirir la posesión de ellos, y que podía romper el derecho y acción que el Emperador Carlos V tiene y los contratos de venta y cesión hechos por los duques Gerardo y Guillermo sus antecesores; y que la cesión en sí era ninguna, parte por causa de la donación, parte por el precio y suma de dineros, que era poca, y por otras razones, que el duque Guillermo de Julies traía y llevaba, las cuales todas fueron redarguidas, confutadas y mostrado el contrario de todo, como se puede ver largamente por un libro que se intitula Asertio juris imperatoris Caroli V, que fue publicado en las Dietas de Ratisbona el año 1541. Y no pudo el duque Guillermo ignorar lo que habemos dicho, pues eran cosas que sus antecesores habían hecho, y fue amonestado y requirido de parte de Su Majestad, antes que él se concertase con el duque Carlos, y le jurasen y recibiesen por señor en aquellos Estados, que no se pusiese en ocuparlo, que ni era suyo, ni de derecho le pertenecía, y le fueron mostrados todos los contratos y escrituras de venta, cesión, investiduras, pactos, convenciones y conciertos, y en tiempo que el duque Guillermo procuraba de ser de conjunto en afinidad y parentesco con Su Majestad, y todo no bastó. Porque el duque Guillermo fue intruso, jurado y recibido por señor en Nieumeghen y en otras villas y lugares que se rebelaron contra el duque Carlos, diciendo que las quería enajenar y dar al rey Francisco de Francia, en el año 1537, y muerto el duque Carlos, que fue luego el año siguiente 1538, y el duque Juan en el año 1539, fue jurado Guillermo su hijo por duque de Julies, Cleves, Berghen y Güeldres. 95

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El cual, siguiendo la condición y designios del duque Carlos, hallándose el Emperador en España, comenzó a inquietar por armas las tierras y señoríos del Emperador de la Baja Alemaña, teniendo hecha secreta liga con el rey de Francia. Y muy al improviso, sin tenerse sospecha de guerra, entró Martín Van Rosem, capitán suyo, con hasta doce mil güeldreses, por Brabante, corriendo y haciendo daños en toda la tierra, y llegó cerca de Ambers, como lo habemos dicho, y viendo que era en vano su acometimiento, dio la vuelta a Lovaina, la cual fue defendida, favoreciéndose de los estudiantes que en ella había. De allí movió por la tierra de Bruselas, y por Henaut, haciendo grandes daños, y se pasó en Francia. Entretanto que esto pasaba, el rey de Francia había entrado en el ducado de Lucemburg y destruido y quemado a Damuila, y tomado por concierto la villa de Lutzelburg, y habiendo casi destruido la tierra, fuele forzado volver en Francia, dejando en Lutzelburg y en Yvodio muy buena guarnición de soldados y gente de armas, lo cual dende a poco lo cobró todo el ejército del Emperador y echó a los franceses de todo aquel Estado. Y al mismo tiempo, Renato de Chalon, príncipe de Orange, capitán general del Emperador, entró con mucha gente de guerra de Brabante por el ducado de Julies, y quemó y destruyó muchos lugares, y hizo rendir a la villa de Dura, a Julies, a Susteren, a Hensberg y a otros lugares, los cuales todos tornó a cobrar el duque Guillermo, excepto a Hensberg. Y al principio del año de 1543 tomó el castillo de Ansburg, destruyó mucha parte del ducado de Limburg, y en lo que quedaba de aquella guerra, acabó después de destruir Martín Van Rosem, su capitán, en el verano siguiente, y lo mismo hizo en el señorío de Valekemburg y Dalem, después que hubo hecho mortales daños en la tierra de Bosseduc, y tomado en el Estado de Utrecht a Amersfoor.

- XXXIV Hace el Emperador alarde de su gente. -Partió de Bona a 20 de agosto, y cerca el Emperador a Dura. -Llega al campo el príncipe de Orange con la gente de Flandres. -Baten a Dura los imperiales. -Temeraria osadía del capitán Palma. Llegó Su Majestad a Bona a 15 de agosto, donde se detuvo cinco días en desembarcar la artillería y poner en orden cosas necesarias para la jornada; tomó muestra de la gente que llevaba, y halló quince mil alemanes altos, cerca de cuatro mil españoles y cuatro mil italianos, que iban muy conformes, porque los alemanes eran tantos, con más de dos mil hombres de armas,

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ochocientos caballos ligeros y con los caballeros de su casa y corte, y arcabuceros, que eran al pie de cuatrocientos caballos, los cuales parecieron bien, aunque los caballos españoles estaban muy mal tratados, por haber andado camino tan largo y trabajoso. Hizo maestro de campo general a Estéfano Colona, y a Juan Jacobo de Médicis hizo capitán de la artillería, y a Francisco Aristino, hermano del duque de Ferrara, dio los caballos ligeros; y su lugarteniente hizo a don Hernando de Gonzaga, virrey de Sicilia; don Álvaro de Sandi y Luis Pérez, Camilo Colona y Antonio Doria eran los capitanes de más nombre de los tercios españoles. Quiso el Emperador que le viese toda su gente, y salió al campo armado de todas armas, con las cubiertas imperiales, y descubierta sin armas la cabeza, y habló a todos animándolos, y representando la justicia que tenían en aquella guerra. Miércoles a 22 de agosto llegó el campo a Dura, ciudad del ducado de Julies, caminando el Emperador armado, llevando la avanguardia españoles y italianos. La tierra donde esta ciudad está es la más fértil de Alemaña. La ciudad tiene el asiento y fortificación al parecer inexpugnable; está sentada en un llano sin padastro alguno; tiene dos fosos de agua, uno pequeño y otro grande, en torno de la villa, con un grueso muro de ladrillo terraplenado, si no era dos o tres picas por una parte donde los de Dura se daban grandísima prisa a acabarla. Tenía algunos traveses, aunque pocos, y mucha artillería menuda, y meneábanla muy bien. Gruesa tenían poca, y ésa mal repartida. Estaba dentro por el duque, en su defensa, Gerardo VIatero, hombre noble y criado en la guerra; tenían dos mil soldados viejos y ochocientos caballos, escogidos uno a uno, sin la juventud de los naturales, que la había muy florida, animosa y aficionados al duque. Había muchos caballeros y hombres de cabo; tenían bastimentes y munición para un año. Salieron de la ciudad los caballeros cuando llegaba el campo imperial, y pusiéronse en una emboscada, en la cual cayeron los caballos italianos, y murieron Huberto, natural de Mantua; Marco Buliano y otros. El jueves de mañana, que fue a 23 de agosto, se envió a la ciudad un trompeta, diciéndoles que se rindiesen al Emperador. Ellos respondieron que no querían, con aquella braveza que suelen tener los que piensan que están muy seguros, y en tan fuerte plaza como ellos estaban.

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Este mismo jueves llegó al campo imperial el príncipe de Orange con el ejército, que la valerosa reina María le había dado. Traía ocho mil alemanes bajos, dos mil borgoñones de armas y quinientos grisones, que se tratan al modo de caballos ligeros. El Emperador le salió a recebir, y él pasó con su campo a alojarse de la otra banda de la villa. Quisieron comenzar luego la batería, porque se tenía nueva que Martín Van Rosem venía con mucha gente en su socorro. Dieron la empresa de la batería y asalto a los españoles y italianos, y así, todo el día gastaron en hacer los cestones para plantar la artillería. A las seis y media de la tarde comenzó a caminar la artillería contra el lugar, y a dos horas de la noche comenzaron los españoles a trabar escaramuza con los de dentro con todas las bandas de la villa, y si bien los de dentro se aprovechaban de la artillería, hizo poco daño en los imperiales, por ser muy oscura la noche. Toda ella se pasó en esta escaramuza, y los del campo imperial tuvieron, si bien con trabajo, tiempo de plantar los cestones y artillería en aquella misma noche. Viernes, día de San Bartolomé, amaneció batiéndose la villa por tres partes; no eran las dos de batería, sino ciertas piezas, para quitar sus traveses. Duró la batería hasta la una después de mediodía. La artillería del lugar, en este tiempo, hizo poco daño en los del campo, pero murieron algunos. Siendo ya la una vieron los imperiales que la artillería hacía poco efeto, porque estaba caliente, y que los de dentro se mantenían y reparaban valientemente de su daño. Determinaron de arremeter a la muralla, y arremetieron con poca orden; desto tuvo la culpa un alférez italiano que, codicioso de ganar honra, tragada la muerte, se adelantó al arremeter, y viéndolo los españoles, arremetieron, y un capitán español que se llamaba Palma, se le adelantó, diciendo: «Si yo fuera hoy don Hernando de Gonzaga, yo os cortara la cabeza, porque una locura será hoy causa que sin orden mueran muchos buenos españoles y muchos buenos italianos», y diciendo esto arremetió a la muralla con este desorden, y así, en el primer asalto fueron muertos y heridos muchos escogidos soldados españoles.

- XXXV Dan el asalto los españoles. -El capitán Monsalve, natural de Zamora, entra primero.

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Poco antes que los españoles arremetiesen, los de dentro, por mostrar su buen esfuerzo, campearon una bandera mojada en sangre, y luego sacaron un fuego artificial, amenazando que a fuego y a sangre habían de morir todos los del Emperador, o echarlos de su fuerte. Duró el combate cerca de tres horas y media, porque la batería había hecho muy poco efeto, y tan poco, que la subida era de una pica de alto, y otra la bajada, y habían de subir de uno en uno, y era tal el paso, que despacio, y sin embarazo, tenían bien que hacer en subir. Los de Dura la defendían con grandísimo ánimo y con mucha diligencia, con arcabuces, mosquetes y piedras y fuegos artificiales, que ya que no hacen mucho daño, espantan. El daño que los de dentro recibían de los españoles, que estaban ya encima de la muralla, encubríanlo muy bien, porque en matándoles alguno de su escuadrón hinchían luego su lugar y escondían el muerto, porque los naturales de la villa no se amedrentasen, los cuales quisieran más darse al Emperador que verse de aquella manera. Catorce arcabuceros españoles se pusieron a una parte del muro que tenía por frente el escuadrón de los enemigos, de los cuales murieron los nueve, y los cinco se repararon con piedras y con los cuerpos de los muertos, y desde allí hicieron gran daño en los enemigos, porque hubo hombre que de siete tiros mató nueve hombres de los contrarios. Cuatro alféreces españoles, por poner cada uno de ellos su bandera adelante, se metieron, con este peligro que digo, en una casa que estaba pegada al muro, los cuales, viendo que no se podían retirar con las vidas, según estaban adelante, y esperando ya que los españoles entrasen en la villa de este asalto, se hacían requerimientos el uno al otro, que, pues ellos habían de morir allí, que arrojasen las banderas que tenían del Emperador a los que estaban fuera, porque no se perdiesen. Esto es lo último que se puede encarecer la valentía de esta nación, que en tal tiempo, sin acordarse de las vidas, trataban de la honra de sus banderas. A esta hora, viendo el Emperador el daño que los suyos recibían (que siempre estuvo puesto en lo más peligroso, mirando cómo los suyos combatían), temiendo lo que suele suceder cuando no se toma un lugar de un asalto, que es el retirar sin orden de los que le combaten, mandó bajar de un cerro un escuadrón de alemanes bajos y otro de hombres de armas, que se acercasen a la batería a tiro de mosquete.

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Entendieron los españoles este temor, y que parecía que se les enviaba socorro, afrentados de esto, y cuando todos esperaban que ellos buscaban alguna buena coyuntura para se retirar en orden de la muralla a su fuerte, comenzaron a pelear de refresco, y cansaron de tal manera con su porfía a los de dentro, que conociéndosela un capitán zamorano que se llamaba Monsalve, echó dentro un soldado, y él saltó tras él, y otros ocho o nueve luego, los cuales dentro, pusieron tal miedo, que los enemigos no tuvieron ánimo para resistir, y en un punto entraron más de mil españoles, pagando el daño que habían recibido, porque de dos mil soldados que había dentro, no escaparon vivos trecientos.

- XXXVI El conde de Feria se mostró muy valiente en este combate. -Entran los españoles a Dura. Vi una relación original, escrita de mano por un caballero que se halló presente, con la puntualidad que he dicho, que es lo que sigo, y concuerda con ella en mucho Ponte Heuterio Delfio, que escribió en latín la vida de Carlos V; sólo dice [que] el conde de Feria y don Hernando de Gonzaga animaban bravamente a los españoles y italianos, y que el capitán Ullateno estaba con un montante en la mano, en una casa muy alta, cerca de la batería, acompañado de los principales soldados de la villa, y de allí proveía a las partes que tenían más necesidad de socorro, haciendo notable daño en los combatientes, lo cual advirtió don Hernando de Gonzaga a los maestros del artillería, y luego asestaron los tiros mayores, y que más alcanzaban contra aquella casa; dieron las balas en los sobrados altos y hundieron la casa, de manera que cogió debajo y hizo pedazos al capitán y a los que con él estaban, y desmayaron con esto los de Dura, y comenzaron a defenderse cobardemente, y los españoles y italianos, de la quinta arremetida, poniendo todas sus fuerzas y haciendo reparo de los muchos cuerpos muertos de los suyos y de los enemigos, entraron a veinte y cuatro de agosto, y mataron cuantos en la ciudad había, ciudadanos y soldados, y los que escaparon, fue valiéndose del dinero que dieron por sus vidas y rescate, y a las pobres mujeres que se acogieron a los templos hicieron mil afrentas, sin tener respeto a los lugares santos, y pegaron fuego a la ciudad, todo contra la voluntad del Emperador, que no hay respeto ni majestad que baste a detener un ejército victorioso. Murieron, de los españoles y italianos que dieron asalto, ochocientos escogidos y valientes soldados. Refirió a Ponte Heuterio esta jornada Jacobo Susio, noble ciudadano de Malinas, que se halló presente, y hizo el dístico numeral siguiente: 100

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Dura incensa jacet, Dura cervice rebellis. Corruit: Augusti mensis et ensis erat.

- XXXVII Lo que sintieron los de Dura de las armas y manos españolas. -Hácense temer los españoles, y suena su nombre. -Valencia, del conde de Feria. Trajeron ante el Emperador un capitán de los rebeldes preso, tan asombrado, que dijo que él no entendía qué había sido aquello, porque dos credos antes que les entrasen los nueve españoles que dije, les parecía que era imposible perderse, y que solos nueve hombres que vieron dentro, les cortaron a los más pláticos las piernas, que aun para huir no las tenían. Preguntóle el Emperador cómo no se habían rendido a tan gran ejército como traía; él respondió que ellos nunca tuvieron plática, ni sabían qué cosa era pelear con españoles, que pensaban que la gente más fuerte del campo imperial eran sus alemanes, y que ellos estaban bien seguros que los alemanes en dos años no les entraran la tierra, y que en el entretanto vendría en el ejército alguna pestilencia o hambre con que se deshiciese. Fue grande el miedo que aquellas gentes comenzaron a tener a los españoles, porque como los veían trepar por las paredes lisas, y por una delgada pica ponerse en el muro alto, y hacer pedazos los hombres, pensaban que tenían uñas como gatos para subir las cercas, y dientes de grifos, con que destrozaban las gentes. Con esto fueron tan amedrentados los que escaparon de Dura, que en las otras plazas donde se acogieron, que tenía fortificadas el duque de Cleves, decían que ellos no habían peleado con hombres, sino con diablos; que los españoles eran unos hombres pequeños y negros, que tenían los dientes y uñas de un palmo, que se pegaban a las paredes como murciélagos, de donde era imposible arrancarlos. No hizo poco efecto este miedo que los de Dura llevaban, para la brevedad de la guerra. Señaláronse mucho, en la batería y asalto de este día, algunos caballeros cortesanos, y el que más, fue el conde de Feria, que con su valor puso grandísimo calor y esfuerzo a los españoles, y fueron pocos los que subieron primero que él en el muro, sino que al arremeter, ciertos caballeros le tuvieron de las piernas y le estorbaron que no se pusiese en tanto peligro, pues no era aquel su oficio; el conde se enojó tanto, que echó mano a la espada para uno. Veíase en el conde la sangre que tenía del Gran Capitán, su abuelo.

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El primer soldado que entró en Dura fue Juan Felices de Urreta, del tercio de don Álvaro de Sande, y luego comenzaron los españoles a decir a voces: Dentro, dentro.

- XXXVIII Los españoles que murieron en el asalto. -Saquean y queman el lugar. Estimó el Emperador grandemente esta victoria, y tuvo por felicísimo el día de San Bartolomé, y con razón, porque no se dio tal asalto después del que dio Carlos de Borbón a Roma. Muertos y heridos, de solos españoles, fueron trecientos y cincuenta, tan valientes y esforzados, que valían por tres mil. Escaparon muy pocos de los heridos, porque les era la tierra muy contraria, y los materiales de que se les hacían las medecinas también eran malos. Murieron hombres de sólo tener la mano pasada de un arcabuz, y otros de haberle llevado un dedo. Murieron, entre estos españoles, dos capitanes; el uno fue aquel valeroso Palma que se adelantó al italiano. Murieron los cuatro alféreces que dije, que deseaban salvar las banderas más que las vidas, y otros algunos hombres de cabo, y oficiales. Otro día sábado, se comenzaron a aprovechar del saco los españoles y italianos. A las dos, después de mediodía, un alemán de los imperiales, por mandado de su capitán, puso fuego al lugar, rabiando de pura envidia de los españoles y italianos, y fue de tal manera el incendio, que, cuando anocheció, estaban quemadas las tres partes de la villa. Quiso Dios que ningún español peligrase de los que estaban dentro, si bien el fuego era bravo. Tiene esta ciudad de Dura la cabeza de Santa Ana, madre de María, madre de Jesucristo, y en la tierra se tenía grandísima devoción con ella. Como vio el Emperador la furia del fuego, y que llevaba camino de abrasarlo todo, mandó que los españoles tomasen esta santa reliquia y la guardasen en el monasterio de San Francisco, que con algunas casas se había escapado del fuego. Este día vióse en trabajo el conde de Feria con algunos caballeros cortesanos, todos españoles, por salvar la iglesia en que se quemaba la cabeza de Santa Ana y otras muchas reliquias y ornamentos, mujeres y niños que se habían recogido allí el día antes, cuando se entró la villa. Pegaron este fuego, como dije, los alemanes, envidiosos de la gloria que los españoles y italianos habían ganado, y del saco que era suyo.

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Eran los alemanes tres tantos que los españoles y italianos, y así se atrevían contra ellos y andaban en gran peligro; y en este mesmo sábado tuvieron entre sí grandes revueltas, porque les quitaban algunos prisioneros y ropas de las que habían saqueado. Dice la relación de quien saco esto: «Nosotros andamos en harto peligro entre ellos, a causa de ser tantos, y los nuestros españoles tan pocos. Bien creo yo que se ha arrepentido Su Majestad de haber traído tan pocos españoles, y así dicen que envió por más.»

- XXXIX Parte el Emperador contra la ciudad de Julies, y ríndesele. -Pasa a Remonda. -Ríndese Remonda. -Lo que sintió el duque de Cleves cuando supo la toma de Dura. Domingo adelante, mandó el Emperador que los naturales de la villa se volviesen a ella dándoles patente para que viviesen seguros y les metió dentro una guarnición de alemanes bajos de hasta mil soldados, y ordenó que se reparase y acabase de fortificar la villa; y en este mesmo día se le vinieron a rendir aquí muchos lugares y villas fuertes del ducado de Julies, y el lunes a 27 del mesmo mes, partió para Julies, cabeza de este ducado, en el cual lugar estaban seis banderas de guarnición y trecientos hombres de armas, a los cuales amedrentó tanto la nueva de la toma de Dura, que no osaron esperar, con estar en uno de los más fuertes lugares del mundo y con tener dentro muy hermosa artillería. La ciudad se rindió a Su Majestad, y dejó en ella dos mil soldados borgoñones de guarnición. No se detuvo aquí el Emperador, ni quiso perder tiempo; luego pasó adelante la vía de Remonda, ciudad del ducado de Güeldres muy importante, por ser de mucho trato y por estar asentada riberas del río Mosa, que es por donde pasan todas las mercaderías de Alemaña para Flandres y Brabante. De esta ciudad recibieron, en todo el tiempo que duró esta guerra, Flandres y Brabante, grandísimo daño. En llegando el Emperador sobre ella, le enviaron a pedir salvoconduto, saliendo doce ciudadanos, los cuales venidos, rindieron la ciudad, con tal que se les prometiese de guardarles sus fueros, y el Emperador lo prometió; y fue otro día a la ciudad con solos los caballeros de su corte armados y cuatro banderas de alemanes bajos que habían de quedar de guarnición. Allí hizo

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todo el pueblo su ceremonia, jurando al César por señor, alzando cada uno dos dedos al cielo, y Su Majestad les prometió de guardarles los fueros y mantener sus costumbres, y tratar como a fieles vasallos. Aquí en esta ciudad se cobró toda la artillería que el príncipe de Orange había perdido el año pasado en una batalla que hubo con el duque de Cleves, que por evitar prolijidad he dejado de contar, con otros muchos encuentros que entre estas gentes hubo. Llevó el Emperador su artillería, dejando en la ciudad lo que convenía para su guarda. Detúvose en ella cinco días, y de aquí quiso proseguir la guerra y su vitoria sin embarazo alguno; para esto, mandó que todos los clérigos y perlados y enfermos que venían en el campo se fuesen a Flandres con una escolta, y así lo hicieron, que no quedó sino el obispo de Jaén para tener cuidado del hospital y heridos del campo. También mandó el Emperador al duque de Nájara, don Esteban Manrique, que se fuese a Flandres, que desde que entró en Alemaña no tuvo día de salud, y le hizo mucho daño quererse esforzar demasiado y andar armado y dormir en el campo, porque lo hacía así el Emperador; tanto puede el ejemplo del príncipe. Y antes que el Emperador partiese de Remonda se envió a rendir un castillo muy fuerte que quedaba atrás, por no hacer caso de él, y no se detener y embarazar algunos días, el cual se llama Citre, y con éste quedó llano y por el Emperador el ducado de Julies. Dejó fortificadas en él cuatro plazas muy fuertes, que se llaman Dura, Julies, Citre, Ayusperque. Por la vía de Colonia supo el Emperador aquí en Remonda cómo había llegado la nueva de la toma de Dura al duque de Cleves una mañana, estándose vestiendo; y sin se acabar de vestir, bajó a los de su Consejo y les dijo: Por esta carta veréis cómo me ha tomado a Dura el Emperador, y cuántos caballeros y buenos soldados en ella me han muerto; ved en el estado que me han puesto vuestros consejos. Y salióse sin esperar respuesta. Su madre del duque estaba mala, y alteróla tanto la toma de Dura, que murió aquel día, caso notable y ordinario en los que se atreven y descomponen con el príncipe a quien deben obediencia.

- XL Marcha el Emperador contra Banalo, villa fuerte en Güeldria. -Fortificación grande de la villa. Reconócenlos españoles. -Requiérelos el Emperador. -Ríndese el duque de Cleves. -

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Clemencia grande del Emperador. -Consideración que, para rendirse, el duque de Cleves tuvo. Miércoles a cinco de setiembre partió el Emperador de Remonda, la vía de Banalo, villa muy fuerte del ducado de Güeldres, la cual está sentada en un llano, ribera del río Mosa, sin tener padrastro alguno, sino un poco de cerro a un lado de la villa. Tenía un grande y hondo foso de agua alrededor, con la fortificación de tierra y rama (que ellos llaman Duba), tan alta como una pica. En esta fortificación tenían hechos sus traveses, que respondían del uno al otro muy en orden, y dos grandes bestiones a las dos partes del lugar, el uno hacia el campo imperial y el otro a la otra parte del campo, dentro del río. De la otra parte del real tenían hecho un caballero de madera, que entraban a él por bocas los de la villa; todo esto estaba muy lleno de artillería; demás de toda esta fortificación, tenían la muralla de ladrillo fuerte y gruesa. Esta machina de bestiones y caballeros se habían de ganar antes que se batiese el lugar, y por esto temían que había de costar mucha gente. Había dentro dos mil y docientos soldados de guarnición, escogidos. Los españoles la fueron a reconocer el jueves adelante, y pareciáles que estaba fuerte muy mucho, y también que la gente que estaba dentro de guarnición era plática, porque ni tiraban tiro perdido ni salían a escaramuzar sino con buen orden, aunque trece españoles arcabuceros se hallaron en una, en que mataron treinta y dos de ellos muy bien tratados. Viernes, siete de setiembre, el Emperador les envió un trompeta con un rey de armas, a decir que se rindiesen, y les daría una paga; ellos respondieron mansamente que estaban muy bien pagados de su amo y que no parecería bien a Su Majestad que ellos, recibiesen paga de otro algún señor. Viendo esto el Emperador, mandó poner en orden para darles tres baterías, y cada día reconocían los españoles la villa y la hallaban más fuerte; «digo fuerte, para perder alguna gente, pero no para dejar de tomarla (dice éste) que a nuestra nación, por acá, a Dios gracias, no se le hace cosa imposible». En ver por dónde se había de batir y en hacer los cestones y aparejar otras cosas, se gastaron cuatro días, hasta los doce de setiembre. Estando ya casi todo apercebido, a doce de este mes vino el duque de Cleves, el que livianamente creyera que el Emperador se había anegado en la jornada de Argel; viendo lo poco que podía fiar en las promesas del rey Francisco, determinó, dejando las armas, echarse a los pies de su príncipe, fiar más de su clemencia que de las armas y fortaleza de las ciudades.

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Llegó a la tienda del Emperador con hasta quince caballeros de los suyos. Su Majestad no le quiso ver; él se fue a la tienda de monsieur de Granvela, de donde negoció que Su Majestad le diese audiencia otro día. Jueves de mañana, a los trece de setiembre, mandó el Emperador a todos los caballeros de su corte que se hallasen a las nueve en la tienda de la capilla, donde sentado en una silla con un dosel a los pies, vestido una ropa suelta de lobos cervales, esperó al duque de Cleves, el cual entró en esta tienda, y con él Enrico, duque de Branzvic, señor alemán, gran servidor del Emperador, y el coadjutor del arzobispo de Colonia, que había de sucederle, y un conde, embajador de la ciudad de Colonia. El duque de Cleves era un muy gentil mozo, alto y muy bien hecho; en el gesto no parecía nada alemán; venía vestido a la francesa, de luto por su madre. El y los otros que tengo dicho, todos cuatro, entrando, se hincaron de rodillas delante del Emperador, sin Su Majestad les hacer cortesía alguna; antes tenía el semblante muy grave, como quien veía delante de sí un vasallo rebelde, que tanto le había ofendido. Estando así de rodillas, comenzó el duque Branzvic una oración en alemán, que tardó cuarto de hora; en sustancia decía: que el duque de Cleves reconocía que había errado, y que pedía a Su Majestad perdón; que ponía en sus manos su Estado, sus vasallos, sus criados y su persona; que Su Majestad hiciese en todo lo que fuese servido, que él confesaba haber errado como mozo mal aconsejado, y que le castigase conforme a su voluntad. En acabando el duque Branzvic, comenzó otra oración el embajador de Colonia, en que se detuvo otro tanto, y casi dijo lo mismo, estando todos de rodillas. El Emperador mandó a su secretario del Imperio que respondiese, en muy pocas palabras, que le perdonaba, si bien su desacato y atrevimiento había sido grande; y acabado esto, Su Majestad le mandó levantar, y se levantó él también, y le tocó la mano riéndose con rostro alegre, que tal era la clemencia del César con los que se le humillaban, si bien gravemente le hubiesen ofendido, digna y natural condición de príncipes. Y habló allí un poco con él, y de ahí adelante le hizo mucha cortesía, como la merecía un príncipe como éste. Hizo lástima ver de rodillas al que el día antes tenía aquel ejército puesto en cuidado. No vino el duque tan inconsideradamente a rendirse como a algunos pareció, porque viéndose tan apretado y perdida Dura, en quien él tenía todas

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sus esperanzas y mayor confianza, y al Emperador tan poderoso después de muerta su madre, que estorbaba la paz por ser muy francesa, habló con el embajador de Francia, que estaba en su corte, que se llamaba don Diego de Mendoza, hijo de don Juan de Mendoza, hermano del marqués de Cañete, don Rodrigo, que se pasó a Francia cuando las Comunidades, al cual preguntándole el duque que si el rey de Francia le podría ayudar con gente y dinero para resistir al Emperador, le respondió que el rey de Francia estaba con mucha necesidad, que creía que no le podría ayudar en nada. Y que él sabía el gasto que el rey tenía, y las gentes que pagaba, y que sólo en este verano le había enviado al mesmo duque trecientos mil ducados. También llamó a Cortes a los del ducado de Güeldres, y les pidió ayuda para resistir al Emperador, y ellos le respondieron que los gastos habían sido tantos, que no le podrían tan en breve socorrer. Viendo esto, y que debía a toda la gente de guerra siete pagas, determinó echarse a los pies del Emperador, que fue el consejo más sano que él pudo tomar. Y para asentar las condiciones con que el duque se ponía en manos del Emperador y él lo recibía, se juntaron algunos ministros de Su Majestad, y otros del duque, y hicieron los capítulos siguientes:

- XLI Condiciones con que se rindió el duque y cesó la guerra. 1.º Que el duque conservará y reterná en la fe católica y obediencia de la Iglesia Romana, todas sus tierras hereditarias, ansí las que al presente posee, como las que a Su Majestad ha de volver, por virtud de este tratado, y los vasallos de ella. Y si alguna cosa se hubiere innovado, lo remediará con toda diligencia. 2.º Que le será fiel y obediente a Su Majestad, y al ilustrísimo rey de romanos, y al Sacro Imperio. 3.º Que renuncia todas y cualesquier ligas y confederaciones que tenga hechas con el rey de Francia, y el que se decía serlo de Dinamarca, y otros cualesquier Estados y tierras hereditarias. 4.º Que adelante no trataría ni haría otras algunas contra ellos, y él y sus herederos, antes si las hiciese las exceptará en ellas expresamente. 5.º Que renunciará pura, plena y libremente en favor de Su Majestad y sus herederos, el ducado de Güeldres y condado de Zutphen, con todos sus 107

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derechos, pertenencias y cualesquier acciones, ansí petitorias como posesorias, que en cualquier manera y por cualquier causa y razón le competiesen y pudiesen en ellas pretender. 6.º Que relajará a los dichos ducado y condado, y a los Estados y súbditos de ellos, cualquier juramento que le hubiesen prestado, consintiendo que juren a Su Majestad y a sus herederos por sus veros y naturales señores, como fieles y obedientes vasallos, debajo del feudo del Sacro Imperio. 7.º Que luego llamará su gente de guerra, y oficiales que tuviere dentro de la tierra del dicho ducado y condado, y alzando y absolviéndoles de cualquier juramento que le hubiesen prestado, les mandará que luego se salgan de ellas, y las entreguen a las personas que diputaren para ello. 8.º Que ayudará y asistirá, y hará todo lo que en él fuere para que Su Majestad, desde agora, haya y tome la posesión de los dichos ducado de Güeldres y condado de Zutphen. 9.º Que restituirá y entregará el castillo de Nemberg a monsieur de Nembergi, y asimismo la villa de Amberfert, con su artillería, a Su Majestad o a los que deputare para ello. 10.º Que hará entregar la villa y castillo de Ranestani y señorío de Comella, como a feudo suyo, por razón del ducado de Brabant, para Su Majestad y de nuevo de la investidura de él, concede a Su Majestad que pueda redemir el castillo de Ranestani, dándole la recompensa en otras tierras, o en dinero, a juicio de buen varón. 11.º Que todos los súbditos y servidores de Su Majestad puedan libremente usar y gozar de los bienes que tuvieren en las tierras del duque, como los gozaran antes de la guerra, y ansimismo por el contrato los del duque en las tierras de Su Majestad. 12.º Que para que Su Majestad sea más seguro de su obediencia, se contenta que se trate entre ellos de nueva confederación y buena vecindad entre las tierras hereditarias de Su Majestad y las suyas, el cual ofrecimiento Su Majestad admitió y consintió que se tratase por los comisarios que para ello se diputaran para asentarla de nuevo e confirmar la antigua. 13.º Su Majestad remitirá y perdonará al dicho duque cualquier ofensa que por lo pasado le haya hecho en cualquier manera, y lo tomará en buena gracia, y tratará y terná adelante como a buen príncipe del Imperio, y tomará a él y a sus tierras y súbditos en su protección.

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14.º Que remitirá, y relajará ansimismo, cualesquier daños, gastos e intereses que Su Majestad y sus tierras y súbditos hayan sostenido, por causa de la guerra comenzada el año pasado, hasta agora, juntamente con los frutos y rentas y emolumentos recibidos por el dicho duque, de los dichos ducados y condados. 15.º Que después de haberse cumplido por el dicho duque lo por él prometido, le restituirá el ducado de Güeldres, el cual tiene en su poder, y todo lo demás que en esta guerra Su Majestad haya ocupado, de sus dominios, para que el dicho duque y sus herederos lo gocen conforme a la natura del feudo, reconociendo en ella a Su Majestad y al Sacro Imperio, remitiendo a los Estados y súbditos de los ducados de Güeldres y Cleves el juramento de fidelidad que cuando les tomó les prestaron, excepto la fidelidad que a Su Majestad, como a Emperador, y al Sacro Imperio se debe, por razón del supremo dominio; los cuales súbditos ha de tener el dicho duque por buenos y fieles vasallos, sin hacerles algún mal tratamiento por haberse dado y sometido a Su Majestad, y prestado el juramento de fidelidad. Lo cual el dicho duque prometió de guardar y cumplir. 16.º Retuvo Su Majestad, de lo susodicho, los castillos y villas de Misversve, y a traer a su beneplácito, el cual prometió que moderaría y abreviaría, según se gobernase el duque. 17.º Reservó asimismo los feudos, de los cuales el dicho duque es obligado a reconocerle como a duque de Brabant, para que después los tomase de Su Majestad, y les prestase juramento de fidelidad, conforme a la natura del feudo. 18.º Reservó también el jusvendi, que le perteneciese en los territorios y dominios que el duque posee con título de empeño. 19.º Que restituya el dicho duque, el dicho castillo y lugar de Ranestani, ton todo su dominio, el cual es del duque: como dicho es le ha de entregar. 20.º E ansimismo, el dominio de Aventudal, Ubinendale y todos los otros bienes que pertenecían al duque, en las tierras hereditarias de Su Majestad, antes de la guerra, de los cuales haya de reconocer en feudo a Su Majestad como a duque de Brabant. Y dar, siempre que fuere requerido, entrada y salida en los castillos y fortalezas que hubiere en las tierras hereditarias de Su Majestad, y a sus herederos, duques de Brabant, y a sus ministros. 21.º Que estos bienes hayan de sostener los mismos que sostenían antes.

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22.º Que remite y perdona a todos los consejeros, adjutores, servidores y súbditos del duque y del dicho ducado de Güeldres y condado de Zutphen, cualquier ofensa que le hayan hecho por haber acudido contra Su Majestad al duque, y la pena que por ello hubiesen incurrido. 23.º Que los cautivos de la una y de la otra parte se hayan de volver sin rescate, pagando solamente el gasto que hubieren hecho del comer. 24.º Que Su Majestad pedirá a los Estados de los dichos ducado y condado, que absuelvan al duque de cualquier juramento, pactos, tratados, obligaciones y convenciones que entre ellos haya. 25.º Que no se puedan exegir de los vasallos los precios de la redención de los incendios, vulgarmente dichos branst hantz, por la una a la otra parte prometidos, antes sean aquéllas libres y absueltos de ellos. Los cuales capítulos fueron loados y aprobados por la una y otra parte, y prometidos de guardar y observar y de no venir contra ellos en manera alguna, con las fuerzas e firmezas acostumbradas de poner en semejantes tratados. 26.º Que el Emperador reciba en su gracia a Martín Van Rosem y se le restituyan sus bienes, y el Emperador lo reciba en su campo y milicia, haciendo Rosem juramento. 27.º Que el Emperador dé seguro y patente, para que Juana, hija del duque de Vendoma, venga de Francia por Flandres a Clivia.

- XLII Disolvióse el casamiento del duque y Juana de Vendoma. -Casó el duque con hija del rey de romanos. -Recibe el Emperador al duque de Cleves con mucho amor. -Juran al Emperador los de Güeldres y entregan las llaves del Estado. Facilidad con que se acabó esta guerra, por la virtud de los españoles. Con estas condiciones se dio fin a la guerra de Güeldres y Cleves. Poco después, el duque casó con María, hija del rey don Fernando, como se dirá, porque luego que el rey de Francia y duque de Vendoma supieron que el duque de Cleves se había rendido al Emperador y compuesto con las condiciones dichas, revocando las que con Francia había hecho, y que con esto estaba en su gracia, no le quisieron dar la esposa Juana de Vendoma. El duque no lo sintió mucho, y el Pontífice dio por nulo el matrimonio hecho con Juana, por haber sido siendo ella niña, y no haber habido ayuntamiento, ni 110

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lugar para sospecharlo; quiriéndolo la misma Juana, casó con otro en Francia, y el duque con mucho contento, con María de Austria. Recibió el Emperador, después de hechas y juradas las condiciones dichas, al duque con mucho amor y cortesía, y le convidó a su mesa. Después vino Martín Van Rosem, senescal de Güeldres, a quien el Emperador hizo mucha merced, y recibió en su servicio, y perseveró en él de ahí adelante con toda fidelidad, y el Emperador le ocupó en muchas guerras, con cargos muy honrados, como este valeroso capitán los merecía. Y de la mesma manera lo hizo el duque, guardando la fe y amistad que había prometido a la Casa de Austria, así en los tiempos adversos como prósperos, y en esto perseveró toda la vida, como príncipe noble y verdadero. Los soldados que estaban en Banalo salieron con sus banderas tendidas, y el Emperador les hizo merced de una paga, por siete que el duque les debía, y los recibió en su servicio con otros del duque. A esta ciudad o villa de Banalo vinieron todos los procuradores de las ciudades del ducado de Güeldres, a jurar al Emperador por señor y entregarle las llaves de las villas y ciudades del Estado. El Emperador les prometió de guardar sus fueros y de no los llevar a Brabante con las apelaciones, que era la cosa que ellos más sentían, por los bandos y enemistades que hay entre brabanteses y güeldreses, y porque antes el Emperador no los quiso quitar esta obligación de acudir con las apelaciones a Brabante, negaron al Emperador y eligieron por su duque a este Guillermo, duque de Julies y Cleves, que era su vecino. De esta manera y con tanta honra del Emperador, en solos quince días, y con tan poca costa (que dijo Su Majestad que no eran ciento y cincuenta mil ducados) se acabó la guerra de Güeldres; que sin duda alguna, pudo este Emperador decir lo que Julio César: Vine, vi y vencí. Y es cierto, y dígolo sin afición de mi gente, que se debe esto a tres mil y quinientos españoles que ganaron a Dura, y espantaron a toda Alemaña alta y baja. Antes que el Emperador partiese de aquí, el príncipe de Orange y Prateo partieron a tomar el juramento por el Emperador a los güeldreses y zutfanos, a los cuales el duque había soltado o alzado el juramento que le habían hecho, y con las ceremonias acostumbradas juraron por su duque y señor al Emperador Carlos V.

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- XLIII Llega aviso al Emperador que Barbarroja había tomado a Niza. -El duque de Orleáns entra con ejército por tierras de los Estados Bajos. Como en esta vida no hay gozo cumplido, no lo pudo ser el de esta victoria, porque aquí en Banalo llegó un correo de Italia que trajo nueva de que Barbarroja había tomado a Niza; y de Hungría vino otra, que el Turco había tomado a Sieteiglesias y a Estrigonia, que era la más importante plaza de Hungría, y que iba sobre Alba-Real, que es otra tal. De ésta estaba muy confiado el rey, que no sólo tomaría el enemigo, porque tenía dentro cincuenta españoles. El rey estaba para salir en campo con buen ejército; trajo esta nueva de Hungría Rodrigo de Guzmán. También vino otro correo de Flandres con aviso de que el rey de Francia, con grueso ejército, entraba en el condado de Artois, que es frontera de Francia, y que había tomado un lugar que se llamaba Landresi, no fuerte, pero que lo fortificaba muy bien, y que el duque de Ariscot, que por el Emperador estaba en esta frontera de Flandres, le iba a socorrer, y resistir al rey, el cual duque llevaba tres mil españoles, que había traído don Pedro de Guzmán, y seis mil ingleses, y cuatro mil alemanes bajos, y dos mil borgoñones y mil quinientos hombres de armas. En tanto el Emperador hacía la guerra al duque de Cleves, el rey de Francia, con mediano ejército, envió a su hijo Carlos, duque de Orleáns, y a Claudio Annibaldo, contra la tierra de Lucemburg. Habían recobrado los flamencos las tierras que por aquí tenía tomadas el rey de Francia, exceto Juvosio y Mommedio, que las tenían franceses bien guardadas. Entró el duque de Orleáns por la parte de Henaut, tomó a Viretonio y a Arlonio, saliendo los que estaban de guarnición. A 10 de setiembre se puso sobre Lucemburg, ciudad muy principal, y cabeza del ducado, que fue el primero título y Estado que se dio al Emperador cuando le bautizaron. Estaban dentro de esta ciudad, demás de los naturales, tres mil y quinientos infantes, con los capitanes Egidio Levancio y Juan Mentesi, con cuatrocientos caballos, que mirando poco por su honra, sin esperar un asalto, siendo tan grande la fuerza y guarnición que había, entregaron la ciudad, saliendo libres con las armas y ropa que tenían. Puso el duque de Orleáns en Lucemburg a Longuevallo con dos mil alemanes y trecientos caballos franceses.

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A 29 de setiembre vino el rey Francisco a Lucemburg, y mandó que no se hiciese daño en los edificios de la ciudad, que había pareceres que era bien arruinarla, diciendo que no se podría él llamar duque de Lucemburg si no tenía la ciudad primaria y antigua del Estado. El duque su hijo hallaba por dificultoso poderla sustentar. Un ingeniero llamado Arlonio se ofrecía de hacerla inexpugnable, con poca fortificación que se le añadiese. El rey tenía consigo cuarenta mil hombres; hízose jurar por duque de Lucemburg, y todo el tiempo que aquí estuvo gastó en banquetes y saraos, y día de San Miguel dio el rey el hábito de San Miguel, que es la caballería más honrada de Francia, en la iglesia de San Miguel de Lucemburg, y dado el orden para fortificar la ciudad, quedando para ello Jerónimo Marino, maestro e ingeniero, natural de Bolonia y capitán de una compañía de italianos, dejando mucha infantería y caballería, de los cuales todos era (como dije) capitán general Longuevallo; salió el rey, y tomó a Theonvilla, con que acabó de hacerse señor de todo este Estado, y dio la vuelta, llevando a su hijo consigo a Francia, porque ya tenía aviso que el Emperador había allanado al duque de Cleves, y que venía con su ejército vitorioso en su busca.

- XLIV Va el campo imperial contra Landresi. -Fatiga la gota al Emperador. Tenían los franceses, con su capitán Reusio, hermano del duque de Ariscote, la villa de Landresi, donde el Emperador quería comenzar a dar a entender y sentir el enojo que tenía del rey de Francia, y la satisfacción que de él quería tomar, por las ofensas recebidas. Habiendo acabado con Güeldres repartióse el campo imperial en tres o cuatro partes, y lo que era la corte, fue por otro; y todo se había de juntar en Valencianes, frontera de Francia, a 23 de setiembre. Cayó el Emperador en la cama por haberle tocado la gota; que ya andaba este gran príncipe fatigado de tan prolijo y doloroso mal, que sus grandes trabajos le habían puesto en ayes de viejos, no mereciendo él sino una muy larga salud y vida, pues tanto importaba en el mundo. Eran ya 8 de octubre, y no estaba determinado dónde iría el campo. Tenía tanta gana el César de hallarse en todo, que pensando estar cada día mejor, tuvo a don Fernando de Gonzaga, su general, dos leguas de Francia, cerca de San Quintín, que es una muy fuerte plaza de aquel reino. Estaba determinado el Emperador en mejorando, salir en campaña y entrar en Francia, con ser ya

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(como es por este tiempo en aquellas partes) muy riguroso el invierno de aguas, nieves y fríos. Martes a 2 de octubre, los franceses, que estaban en Landresi, temiendo lo que sobre sí se les venía, se recogieron a la mitad de lo que tenían fortificado, y los flamencos que estaban sobre ellos les ganaron la otra mitad, y ganaron mala ventura, porque los tenían los franceses desde su fuerte a caballero, recibiendo mucho daño de la artillería, si bien los flamencos se las pagaban, de suerte que venían a deberse muy poco. Había pareceres de que por este invierno quedase cercada Landresi, y que con lo grueso del ejército pasasen adelante. El jueves siguiente tuvo el Emperador correo de Italia, que trajo [la nueva] cómo Barbarroja no osó esperar en Niza al marqués del Vasto, que había ido contra él, y que se fue llevando todos los hombres, mujeres, niños y ropa de Niza, la vuelta de Marsella. Decíase que el rey y Barbarroja andaban desavenidos, y temían muchos que le había de costar caro al rey de Francia aquella mala compañía; por lo menos las galeras, que se alzaría el moro con ellas. Desde aquí despachó el Emperador para todos los príncipes y ciudades de Alemaña, mandándoles que a 13 de deciembre se juntasen en Espira, para la Dieta.

- XLV Avisan al Emperador que el rey de Francia venía con su campo. -Fortificación de Landresi. -Don Pedro de Guzmán se dijo don Pedro de Noche. -Demostración que hizo el rey de querer dar la batalla al Emperador. -Sitian los imperiales a Landresi. -Escaramuza entre imperiales y franceses. Martes de mañana, a los 9 de octubre, vino don Pedro de Zúñiga, con carta de don Hernando, de Gonzaga, en que decía al Emperador que el rey de Francia había caminado mucho, y que estaba en San Quintín, o muy cerca de ella. La vanguardia de su ejército estaba este día a tres leguas del campo imperial, de manera que sus caballos andaban ya envueltos con los imperiales. Tenía el rey Francisco muy fortalecido a Landresi. Estaba dentro el capitán Landa con bastante guarnición, y había fatigado tanto en aquellos días aquella tierra, que por llantos y ruegos de los vecinos quiso el Emperador que la primera empresa fuese a ganar a Landresi.

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Arrimóse al campo imperial hasta un lugar allí cerca, que se llama Guisa, con intención de tomarle primero, antes de acometer a Landresi; pero entróse en él a vista del ejército Pedro Strozi, hijo de Felipe Strozi, con cuatrocientos caballos. Servía este Strozi al rey de Francia después de la muerte de su padre. Pasó el campo a juntarse con el de la reina María, que estaba, como dije, sobre Landresi, con los tres mil españoles que le había llevado don Pedro de Guzmán, que llamaban don Pedro de Noche, por las canciones que componía, y solía cantar en tinieblas dulcemente. Estando en este cerco llegó la nueva de que el rey de Francia en persona venía, y que traía cincuenta mil hombres, y determinación de dar la batalla al Emperador, porque como andaba desavenido con Barbarroja, quería, antes que le faltase y se quedase solo, probar esta ventura; de lo cual el Emperador se holgó infinito, porque era lo que él más deseaba. Miércoles de mañana, a los 10 de este mes de octubre, se retiró el campo imperial de sobre Guisa, porque le faltaban vituallas para venir sobre Landresi. Cargaron los enemigos en la retaguardia. Don Francisco de Aste, capitán general de los caballos ligeros del Emperador, por retirar unos caballos que quedaban escaramuzando, quedó rezagado, y a una carga que los enemigos le dieron, cayó su caballo; algunos caballeros que iban con él, por socorrerle, volvieron, y fueron presos don Francisco de Aste y monsieur de Isiese, hermano de monsieur de Rin, y Alfonso Visal, gentilhombre de la boca. Los enemigos se retiraron con su presa a Guisa. A los 7 de octubre llegó el campo imperial sobre Landresi con muy ruin tiempo; púsole don Hernando de Gonzaga, general del campo imperial, de esta banda de un riachuelo, y para ir a toparse con el rey habíase de juntar con los ingleses y flamencos y esperar que el duque de Ariscote, Buren y Galopo, sus capitanes, pasasen aquel río, y se pusiesen en sus mismos alojamientos, para que todos juntos diesen la batalla, que el rey de Francia decía que la venía a dar, y los imperiales querían y venían a lo mismo. No quisieron los capitanes flamencos hacer lo que don Hernando les ordenaba, y así hubo de pasarse él, donde ellos estaban. El rey Francisco llegó con su campo a Guisa, y partió allí muy en orden, llevando su hijo el delfín en la vanguardia y al almirante Annibaldo en la retaguardia, y el rey llevaba la batalla. Llegó tan cerca del campo imperial, que se pudo trabar una recia escaramuza, y en el mayor calor de ella metió el rey en el pueblo gran cantidad de bastimentos, que los habían bien menester, y gente, y capitán de refresco, sacando de los que antes estaban. Perdióse esta ocasión de batalla, y el rey tuvo lugar de socorrer su pueblo, que le pareció 115

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había hecho harto, y más en representar la batalla; la cual no se dio por lo que dije de no haberse querido juntar el duque de Ariscote, y porque tampoco don Hernando tuvo mucha gana de darla, porque aún no era llegado el Emperador, ni Martin Van Rosem, ni el duque de Sajonia, que venían ya muy cerca. Pareciéndole al rey Francisco que había hecho lo que bastaba para su reputación, levantó el campo y fuese a poner en Cambresi, poco más de una legua de sus enemigos. Detúvose allí dos días, como dicen los franceses, esperando a que el Emperador le presentase la batalla, con intención de no rehusarla, porque el Emperador era ya llegado con la gente de Rosem y Mauricio.

- XLVI Cómo pasó el representar la batalla el rey al Emperador. -La gente que había en los dos ejércitos. -Sale el Emperador en campo armado, con propósito de dar la batalla al rey. Dicho notable del Emperador. -Muerte de don Juan Pacheco. -Retíranse los franceses, no se atreviendo a esperar. -Quiere el Emperador atajar el camino al francés, que se retira. Engaños que hubo en los dos campos por falta de espías. -Por descuido dejó de ser preso el rey de Francia. -Conoce el rey su gran peligro, y trata de huir a cencerros tapados. -Jovio culpa al capitán Salazar. Agora diré muy por menudo este cuento, y por relación de testigos fidedignos que se hallaron presentes, y concuerdan, aunque lo escribieron sin saber unos de otros (ni aún quizá conocerse) y algunos de ellos son extranjeros. El rey Francisco, en los dos días que estuvo entreteniéndose con escaramuzas, escribió a Italia y a otras partes, gloriándose que a pesar del Emperador había proveído a Castil Landresi, y le había representado la batalla, y que el César huía de ella, y que le había de seguir hasta en cabo del mundo. Tenía el rey Francisco en su campo diez mil caballos, y más de cincuenta mil infantes, aunque no muy buenos. Eran los seis mil gascones, doce mil suizos, siete mil güeldreses y otros alemanes, dos mil italianos, veinte y cuatro mil franceses. Tenía el Emperador nueve mil caballos, los mil y quinientos ligeros, y cuarenta y siete mil infantes; los seis mil eran españoles, los siete mil ingleses, y mil italianos. Contaré agora lo que pasó, para que todos sepan la determinación que hubo de pelear, sobre haber pasado los desafíos que se han dicho, y estar tan juntos, y aún dijo el rey de Francia que venía a dar la batalla, y que le había de seguir hasta en cabo del mundo, y acabar de una vez con el Emperador.

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Llegó, pues, el Emperador a su real, jueves día de Todos Santos, que había partido de Dabenes, y el mismo día el rey se alzó de donde estaba, y se fue camino de Francia, y el campo imperial caminó tras él, y estuvieron asentados un tercio de legua un campo de otro, y el Emperador partió viernes y se fue a juntar con su campo, que marchaba en seguimiento del francés, a mediodía en tiempo que estaban los escuadrones hechos, con pensamiento de dar la batalla, y trabada escaramuza de caballos harto reñida. El campo francés estaba sentado junto a un lugar que se dice Tachio de Andresim, del obispado de Cambray, y la persona del rey y delfín dentro del pueblo. Sábado, que pensaron fuera la batalla, salió el Emperador todo armado, salvo la cabeza, por ser conocido, en un caballo encubertado, y ordenó el ejército, animando a cada nación en su lengua; y como setecientos alemanes bajos de caballo, que se adelantaron, peleaban con parte de la caballería francesa, y los españoles, que se alargaron en dos alas hasta llegar a las trincheas, preguntaban de mano en mano a don Hernando de Gonzaga si entrarían; él dijo que no (que no debiera). El Emperador se puso el yelmo, diciendo al escuadrón de su corte, que ya era llegado su día; por eso, que peleasen como caballeros honrados, y si viesen caído su caballo y su estandarte, que llevaba Luis Méndez Quijada, que levantasen primero el pendón que a él. Caló, diciendo esto, la visera, tomó la lanza, y caminó paso ante paso hacia los enemigos. Era poco menos de mediodía; esperó cuatro horas quedo en un lugar, a que saliese a la batalla el rey, como lo blasonaba y decía, que sólo a darla venía, si bien lo atraían y provocaban los españoles pegados a su real. Salieron unos españoles a combatir y tomar el lugar donde el rey estaba metido, echando a la mano izquierda, y pusiéronse un tercio de legua del francés, que unas cuestas impedían que no se viesen. Jugaba reciamente el artillería, y hubo una escaramuza bien trabada y reñida, y en una carga que dieron los franceses mataron a don Jerónimo Pacheco, hermano del marqués de Cerralbo, y cuando los franceses arremetieron estaban los escuadrones imperiales de a pie y de a caballo ya ordenados, y la artillería para dar la batalla. Sonaron reciamente las trompetas, y las voces, diciendo: Arremeter, arremeter. Cargaron más de ochocientos caballeros imperiales en siguimiento de los franceses, que se retiraban a largo paso, cuando entendieron la determinación del campo imperial, y dióseles tal carga, que mataron y prendieron de ellos más de ciento, y los encerraron en sus trincheas, y se hicieron fuertes en su real.

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Luego disparó la artillería imperial, y arremetieron los españoles, caballería y infantería, tocando fuertemente las trompetas, diciendo a grandes voces todo el campo: Batalla, a la batalla, haciendo cada nación los autos y ceremonias que tienen de costumbre, cuando quieren así romper y dar la batalla. Mas el rey de Francia, con ser el que había dicho y escrito que venía a darla, se estuvo quedo, sin querer salir de su fuerte, estando los españoles arrimados a él, y con determinación de romperlo y entrar a combatirlos dentro, y los dos campos tan cerca, que vergonzosamente se pudo rehusar, si don Hernando de Gonzaga, cuando los españoles, arrimados a las trincheas, le preguntaron si entrarían, no se lo negara: dentro en su alojamiento, combatieran al rey. Cuatro horas enteras estuvo el campo imperial de esta manera, incitando y provocando a la batalla. Como no salía, y ya el día se pasaba, el Emperador mandó tocar a recoger a un cuarto de legua del real del rey, que solas unas pequeñas cuestas quitaban el poderse verse unos a otros. Acordóse en el campo del Emperador que otro día, domingo, se echasen unas puentes en un riachuelo que había, para tomar la delantera al campo francés y apretarle de manera que, a su pesar, peleasen. Luego se comenzaron a hacer, y sobre ellas algunas escaramuzas, en que murieron seis ingleses, y hubo otras cosas no de tanta cuenta. Hubo gran falta y descuido en las espías del campo imperial, que no pusieron el cuidado y diligencia que debieran en saber qué gente traía el rey y qué pensamientos tenía, que lo que más importa en la guerra es saber los designios o fines del enemigo. Echaron de ver los imperiales (cuando no lo pudieron remediar) que el campo del rey de Francia no era tan copioso de gente como habían pensado; que sin duda, si hubieran sabido la gente que tenía y la calidad de ella, antes de socorrer a Landresi, le salieran a dar la batalla sin esperar al Emperador, y fuera con mucha seguridad de la victoria, porque en gente y bondad les tenían conocida ventaja. Y también el rey de Francia vino engañado, porque cuando los imperiales estaban sobre Landresi, por el recio tiempo que hacía, le dijeron que no había quedado gente en el campo del Emperador, y por eso pensaba que venía seguro y con ventajas a socorrer su fuerza, y hacia las bravatas de que había de dar la batalla y vencerla. Y así, digo que por falta de espías, perdieron los imperiales el mejor lance del mundo, pues dejaron de prender al rey y al delfín, y desbaratar su campo. Ni tampoco, después que vieron que el sábado se había estado acorralado dentro de sus trincheas, sin querer salir a la batalla, hubo cuidado de procurar saber lo que pensaba hacer el rey, que cierto se vio muy atribulado cuando conoció su peligro, y pensó ser perdido, y según se supo, no se entendía en 118

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otra cosa, sino cada uno en salvarse; y domingo, después de comer, en tanto que los imperiales andaban ocupados en hacer las pontezuelas, los franceses andaban aprestando la fuga. Hicieron grandes fuegos en su campo, de manera que el humo impedía poder ser vistos, ni lo que hacían, y sin grita ni trompeta cargaron todo su fardaje y pusieron a punto la artillería, quitaron los cencerros y cascabeles a los caballos y bestias que la tiraban, y aún dio el rey a un carretero, porque hacía ruido, con el azote; tan callando importaba retirarse. Tomó las llaves de Cambresi, porque ninguno saliese a dar aviso de su partida. Y luego, tras la artillería, caminó la infantería, y el rey, con ochocientos caballos, a dos horas de noche, a la lumbre de un farol, y a medianoche toda la caballería, tan sin orden ni concierto, que por el camino se dejaban los enfermos, y algunos carros de tiendas, con otros embarazos, cuales suele traer un campo, y son en él penosos, cuando es fuerzosa la huida. Los imperiales, sin detenerse en ellos, con codicia de alcanzar al rey y romperle de todo punto, picaban a toda furia. Sintiendo el francés la priesa y cólera del enemigo, ordenaron que el delfín quedase emboscado para dar en los imperiales, que sin recelo caminaban, y saliendo a tiempo dieron sobre los que más de lo justo se habían adelantado, cargándolos con tanta furia y ímpetu, puramente francesa, que los hicieron volver, y dejar el alcance, quedando muertos parte de ellos en el campo. Unos, por salvarse, metiéronse en la espesura de los montes, donde padecieron trabajo por no poder ser tan presto socorridos, y con dificultad y pérdida llegaron al campo imperial, donde ya estaban otros que con mejor tino tomaron el camino derecho, retirándose de la emboscada. Fue el Emperador mal engañado en esta jornada, por la falta de espías y por la traición de otros, que avisaban al francés de lo que entre los imperiales había. Tuvo particulares avisos de un Bosio que, como traidor, le dijo, siendo criado del Emperador, que ni por el pensamiento le pasase romper, ni esperar a que le rompiesen, porque la gente que el Emperador tenía era muy escogida, y que ardían por pelear, y pedían la batalla, y que le había venido al Emperador un gran socorro de Alemaña. Súpose la traición de Bosio, corrompido con dineros; fue luego preso, y en Gante degollado, y hecho cuartos puestos en palos. Tal fue esta jornada famosa entre franceses, gloriándose porque su rey a vista y pesar del Emperador socorrió a Landresi, y se la quitó de las uñas; mas callan la retirada, que todos cuentan como digo, que el rey hizo a 6 ó 7 de noviembre con silencio y bien, de noche, tomando el camino de Guisa.

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Los que se hallaron en esta jornada culpan a don Hernando de Gonzaga, que fue general en ella, y Paulo Jovio, por salvarlo, culpa al capitán Salazar, y fue que cuando el Emperador se acercó tanto con su campo al del francés, que no había más que milla y media de uno a otro, con un pequeño río en medio, para dar al rey la batalla, habiendo dos días que estaba allí, y se la había presentado, y no la quiso acetar, aquella noche que el francés se retiró, envió don Hernando de Gonzaga al capitán Salazar para que reconociese el campo de los enemigos, el cual, tornando de lo hacer dijo a su general que el campo estaba sosegado en el mismo lugar donde aquel día había estado, y que los esguízaros hacían guardia y tenían plantada alguna artillería, y venido el día se descubrió su error, etc. Dice esto Jovio así, y la verdad es que Salazar, reconocido el campo del francés, vino a la tienda de Gonzaga y le dijo estas palabras: «¡Señor, el rey se retira!», y le preguntó cómo lo sabía, y díjole las razones que había para ello. Mandándole volver segunda vez a que lo remirase mejor, tornó y volvió a don Hernando, y se afirmó en lo que había dicho, certificándolo de todo punto, y don Hernando le dijo que era imposible, y que no lo creyese; y con tanto, se salió Salazar de su aposento, tomando testigos de lo que había dicho. Y así, el Emperador dijo otro día a don Hernando de Gonzaga: «Vos me habéis quitado hoy mi enemigo de las manos.» Y excusándose don Hernando con Salazar, quiso averiguar el negocio, y todo paró en palabras y en algunas voces y réplicas con el Salazar, el cual, no osando estar más en el campo, temiendo no le mandase matar el general, se vino a España, diciendo lo que le parecía contra don Hernando; y fue preso por el alcalde Ronquillo en Corte (no sé a cuya instancia), donde estuvo detenido algunos días, y quedó averiguada esta verdad por probanza, y le soltaron, mandándole que no hablase mal de don Hernando de Gonzaga. También dice Jovio que al rey de Francia le pareció que había cumplido con representar la batalla a los imperiales. No sé qué llama Jovio representar la batalla, pues sin acabarse aquella guerra, ni levantarse los ejércitos de aquella comarca, ni la pendencia de Landresi, le presentan a él la batalla y la rehuye, y se retira, y el campo del Emperador, como vitorioso se aposentó en el mismo alojamiento (ceremonia y pundonor antiguo de la honra de la guerra) donde su contrario había estado alojado cuando se retiró; y si antes que el Emperador llegase a su campo don Hernando, no quiso pelear, pareciéndole que no tenía lugar ni ocasión buena para ello, no fue por esto, como el Jovio y la Pontifical dicen, sino que realmente, sabido por el Emperador (que estaba con sus achaques curándose) lo que pasaba, le envió a mandar que no diese la batalla de ninguna manera, hasta que él llegase, y aún hubo más necesidad que ésta, que, sin embargo de este primer mandato, con ciertas excusas que suelen tener 120

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los capitanes deseosos de pelear, lo quería aventurar el mismo Gonzaga, y segunda vez, se le envió a mandar, con monsieur de Granvela, que no diese la batalla hasta que el Emperador, que se quería hallar en ella, fuese llegado al campo; y así, en viniendo, lo primero que hizo fue presentalla a su enemigo y él huir, como queda dicho; tanto temió el rey Francisco la presencia del César, sabiendo que era venido al campo, y no se engañó, porque con dificultad se dejara vencer.

- XLVII Embajada del Emperador al inglés Viendo el Emperador que Landresi estaba bien proveído de bastimentos y munición, y que el rey de Francia se le había ido de las manos, que ya el tiempo era recio, por llegarse el invierno con el rigor que suele en aquellas partes, llevando el campo marchando para Cambray, tuvo aviso el Emperador que algunos príncipes de esta ciudad estaban quejosos de él y de sus soldados, y con tanta alteración que sospechaban estar conjurados e inclinados a franceses, siendo el movedor de esta alteración el obispo de la misma ciudad de Cambray. Quiso asegurar la ciudad, y metió en ella bastante guarnición; procuró, con prudencia y mansedumbre, componer y sosegar los ánimos alterados. Mandó edificar un fuerte castillo sobre un monte que sojuzgaba la ciudad, en el cual se puso la guarnición, y los ciudadanos quedaron llanos, o de grado o a más no poder, y por acariciarlos el Emperador, les confirmó sus privilegios, y así permanecieron en su fe y de la casa de Austria hasta que en el año de 1580 los alcaides, corrompidos con dineros, la entregaron al francés juntamente con la ciudad, de donde salían corriendo y robando las tierras de Henaut y Arras, ni se pudo sacar de las manos de franceses hasta el año de 1595. En el cual, don Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, que en este tiempo era general en Flandres, tomando por fuerza a Dorlan, matando los franceses, pasó con su ejército sobre Cambray y la tomó por combate, siendo casi inexpugnable, y con el favor de algunos ciudadanos se apoderó del castillo, dejando salir los franceses que en él estaban de presidio con toda su ropa, salvo la artillería. No holgaban en otras partes las armas, porque en este mesmo tiempo que el Emperador las trataba con el rey de Francia sobre Landresi, Guillelmo, conde de Furstemberg, en nombre del Emperador, juntó doce mil alemanes y tres mil caballos, y con mucha y buena artillería, fue contra Lucemburg, que

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aún no estaba con los franceses bien fortificada; la cual cercó tan apretadamente, que la puso en necesidad de bastimentos y municiones. Acudió luego el rey de Francia, enviándole socorro de los mejores soldados viejos que tenía, y por su general al príncipe de Melfi, el cual fue con tanta potencia y orden, que Furstemberg se conoció inferior en la gente y aparatos de guerra, si bien no en el ánimo; levantó su campo volviendo para Alemaña. Los franceses proveyeron la ciudad de lo necesario, sacaron a Longevallo con la gente que de guarnición allí había ido, poniendo otra de nuevo, y por su capitán al vizconde de Estauge, y porque ya era insufrible el tiempo, por el rigor de los fríos, vientos y aguas, en tanta manera que los ríos y grandes lagunas se helaron, de suerte que se andaban como la tierra, repartió su gente por los presidios, deshaciendo el campo. En el Piamonte, el capitán Buterio cercó a San Germán, pueblo pequeño, y dióle sin efeto dos asaltos, perdiendo gran parte de los suyos; pero no bastó el buen ánimo y valerosa resistencia de los cercados, porque, no siendo socorridos, muertos y heridos los más principales, se dieron a partido, saliendo con sus armas y ropa y banderas tendidas. De ahí a poco, el mesmo capitán francés tomó a Crescencio y Desnam, con gran dolor del marqués del Vasto, que por falta de dineros, no le habiendo acudido con ellos los cogedores de Milán, no tenía soldado en pie. Quisiera harto el Emperador seguir al rey de Francia y entrarle el reino sin parar hasta cercar a París. Mas viendo que el tiempo no le daba lugar, suspendió las armas y cólera para el año siguiente. Y queriendo juntar las fuerzas posibles, envió a Ingalaterra a don Hernando Gonzaga y a Juan Bautista Gastaldo, para que tratasen y concertasen con el rey el modo que en esto se tendría, poniendo todo su poder contra el de Francia. El de Ingalaterra recibió muy bien estos capitanes, y les hizo mercedes de ricos dones, particularmente a don Hernando, y ofreció con gran voluntad la amistad con el César, y el poder y armas de su reino contra el de Francia, lo uno por lo que estimaba ser amigo del Emperador, lo otro por ser antiguo y casi natural el odio entre ingleses y franceses, y más con la nueva ocasión de lo de Escocia, en que el de Ingalaterra se sentía agraviado.

- XLVIII Viene Barbarroja a Francia con armada del Turco. -Va Barbarroja sobre Niza. Lastimosa presa de niños cristianos. -Hecho escandaloso de unos frailes.

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Cuando reina pasión, piérdese el respeto a lo divino y humano; la que hubo en Francisco fue tan poderosa, que con ser un príncipe tan señalado y cristiano, quiso la amistad del Turco y valerse de sus armas trayéndolas contra los inocentes cristianos, a trueque de vengarse del enemigo. Notorias son las diligencias que para esto hizo, y si valieron más las costas y presentes que hizo a turcos, que Milán, ni Nápoles, porque fue su porfía. Trajo a Barbarroja, cosario poderoso, capitán enemigo de cristianos, con la armada y gente del Gran Turco, y dióle el rey tanta mano y entrada a su reino, que cuando quisiera echarlo de él casi no la tenía, viéndose pobre y afrentado, cargado de maldiciones que los tristes cristianos cautivos le echaban, y que el mismo turco Barbarroja, teniéndole en sus puertos, le escarnecía y mofaba. Fue Polín, embajador del rey, por haber el armada, en seguimiento de Solimán hasta Andrinópoli, donde el Turco quiso tener el invierno, por estar más cerca de Hungría, para la guerra que pensaba hacerla. Tuvo bien que hacer Polín en alcanzar lo que pidía (si bien el mismo Solimán le había prometido la armada) por contradecirlo el bassá Solimán, eunuco que aborrecía mucho a Barbarroja, y aún se dijo que por tener las tierras de don Hernando de Gonzaga. Como se concluyó lo que deseaba, convidáronle Rustán Bassá, yerno del Turco, y el eunuco, y diéronle ciertos vasos de plata y caballos y vestidos, con cartas para el rey y para Barbarroja, con las cuales volvió a Constantinopla, y se metió en la flota que con priesa se había puesto a punto. Partió, pues, Barbarroja en fin de abril de este año 1543, con gruesa armada y muy bien bastecida. Tuvo en Modón ciento y diez galeras y cuarenta galeotas, y otras fustas de diversos cosarios, y cuatro mahonas, con las cuales entró por el faro de Mecina; surgió cerca de Rijoles por tomar agua. Entraron algunos soldados en la ciudad, que estaba sin gente y sin ropa. Comenzaron a quemar casas. Tirábanles con artillería Diego Gaitán y otros soldados, que serían hasta sesenta españoles que guardaban este pueblo, y porque las balas mataron tres turcos y un renegado, se embraveció Barbarroja y batió con furor el castillo con unos cañones que mandó sacar de las galeras; porfió en el combate hasta que los de dentro se rindieron. Dio a saco el castillo, cautivando los hombres. Hubo una hija del Gaitán, hermosa y música, que hizo renegar por tenerla por mujer, y a sus ruegos dejó libre la mujer del alcaide Diego Gaitán con dos criadas, y luego al padre en Tarrachina, al cual trató después como a suegro. Pasó por Poncia, Ostia, Civita Vieja, Pumblin y riberas de Génova, sin hacer daño. En Tolón le salieron a recebir tres galeras francesas, que acaso iban a pedir el cuerpo de Madalón Ornezan al príncipe Andrea Doria. Las cuales, con voces alegres, abatieron las velas tres veces delante la Capitana turquesca, y 123

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bajando el pendón real y otro de Nuestra Señora, alzaron el del Turco, cosa harto indigna de gente cristiana. Pesóle mucho a Barbarroja por haberse parado a combatir el castillo de Rijoles, si bien ya en su vejez venía enamorado de la cautiva cristiana hija del alcaide, entendiendo cuán pocos días antes era ido de allí Andrea Doria, según después diremos. Llegó a Marsella con toda la flota, día de Santiago, pero no entró en el puerto más de con treinta galeras, en que llevó los principales capitanes y cosarios que con él venían. Fue bien recebido (saliendo toda la ciudad a vello) de Francisco Borbón, señor de Anguien, que a la sazón era capitán general de las galeras de Francia. Holgara ya el rey Francisco que Barbarroja no viniera, pues se había pasado la ocasión de la guerra de Cataluña, y la costa que traía era grandísima. Mas por sustentar su reputación y no caer en falta y desgracia con el Turco, mandó que fuese sobre Niza, que a otra parte no se atrevía tanto, por estar todo guarnecido, cuanto por más no incurrir en odio general de la Cristiandad. Bramaba Barbarroja, tirándose de las barbas por haber venido tan larga jornada con aquella gruesa armada. Zahería la poca firmeza del rey; sentía el menoscabo de su propria reputación y temía la ira del Gran Turco, volviendo a Constantinopla sin haber visto al enemigo. Mas habiendo de hacer la voluntad del rey, conforme al orden que del Turco traía, partió de Marsella para Niza con toda la flota, y Francisco Borbón, con veinte y dos galeras, las tres o cuatro del conde de Anguilara, y Polín o Polibio con diez y ocho naos en que iban siete mil provenzanos, gascones, soboranos y florentinos. Desembarcaron en Villafranca de Niza, que por su miedo estaba desierta. Envió Polín, que tenía mano en todos los negocios por el rey, a rogar a los de Niza que se diesen, si no querían ser destruídos y llevados en cautividad. Ellos respondieron que ni querían ni debían, antes escogían el morir como leales y cristianos por su príncipe y su Dios. Luego sitiaron la ciudad por tres partes. Francisco Borbón por un repecho, y Polín por la puerta por do salen a Villafranca, y los turcos, que eran más que los franceses, por su cabo, los cuales hicieron fuerte su real con tanta presteza y arte, que los otros se maravillaron. Tiraron tanto a un nuevo torreón, que lo desmocharon todo, abriendo la cerca por junto de él, y arremetieron a entrar por allí. Los nizardos se defendieron aquel día tan valerosamente, que mataron y hirieron de muerte cien turcos, ganándoles una bandera y más de veinte florentinos,

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despedazando la bandera de León Estrozi, que tomaron competencia con los turcos a subir por la batería. Barbarroja, conociendo que por allí era peligroso entrar, mandó batir la torre de la puerta, que aunque parecía recia, era flaca. Por lo cual, y por el daño que hacían en las casas las galeras francesas con su artillería, se dieron los de la ciudad a Francisco de Borbón, sobre juramento que les guardaría las vidas con las haciendas, y todos sus fueros y privilegios que de los duques de Saboya tenían. Quisieran los turcos la ciudad a saco, que debía ser concierto entre ellos, pero quedaron frustrados por aquella vez, y porque no se la dieron, y los hacían volver a las galeras, quisieran matar a Polín y a Borbón. Ganada que fue la ciudad, trataron de ganar el castillo, aunque inexpugnable pareciese, pensando que se daría, por haber tenido poco antes tratos con algunos de dentro, según adelante diré. Barbarroja, como guerrero o por ver para cuánto eran franceses, les dio a escoger que, o combatiesen el castillo o guardasen el lugar y el campo, diciendo que podrían venir enemigos, como era fama que venían; y como no se determinaron, mofó reciamente de ellos, especialmente de Polín. Asentó con gran presteza ocho tiros de batir, los que dos eran basiliscos, con los cuales derribó las almenas y garitas del castillo, y no dejaba asomar hombre en los muros. También los franceses tiraban por su cabo, y faltándoles pólvora y pelotas, las pedían y compraban de Barbarroja, el cual, por ello, como era libre y decidor, dijo que como era estío, cargaban más barriles de vino que de pólvora, y aún quiso echar grillos a Polín: tanto se vino a enojar, diciendo que lo había burlado en Constantinopla, con encarecer el grandísimo aparato que su rey Francisco tenía para la guerra, y por no acabar la pólvora, sin la cual irían sus galeras en aventura, publicó su vuelta para Constantinopla, enojándose de veras, y diciendo que se lo merecía él, por no haber escarmentado en tratar con franceses, pues los conocía por mentirosos, livianos y flojos. No pudiera venir mayor pesar a los franceses que aquello, mayormente al Polín, que lo trajo, por lo cual se abatió a los pies del cosario como un vil esclavo, suplicándole que no se fuese y prometiéndole grandes cosas, y dineros para los janízaros. Púsose Borbón de por medio, y otros caballeros, que procuraron desenojar al bárbaro, y continuóse el cerco y batería del castillo. Tomáronse unas cartas del marqués del Vasto para Pablo Simón, caballero de la Orden de San Juan y alcaide de allí, por cuyo esfuerzo el castillo resistía, en que le avisaba que dentro de dos días, o tres a más tardar, sería en Niza con todo su ejército, que podría muy bien pelear con los turcos y franceses. Derramóse la nueva por los reales, cayó temor en todos, y fue tal, que les parecía que ya se desgajaban españoles por aquellos montes. Llovió aquella 125

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noche, y dejando sus estancias con la artillería, huyeron sin empacho, unos a la mar y otros a la tierra. Así que, por esto como por la fortaleza del castillo, embarcaron todos de común consentimiento la artillería, levantando el cerco. Los turcos entonces robaron la ciudad, cautivando cuantos pudieron. Envió Barbarroja al Turco, en tres naos, con una galeota, trecientos niños y niñas y monjas, pero quiso Dios que los librasen don García de Toledo y Antonio Doria, y las galeras de Malta y del Papa que corrían la costa de Grecia, porque el rey de Francia, en la otra vida, no penase por ellos, como por otros que por su causa fueron cautivos y negaron a Cristo. Aquí sucedió un caso que fuera bien olvidarlo, mas porque por él se vea la fuerza de la pasión que en estos días había en los franceses contra los españoles, lo diré, y fue que murió en la cadena de una galera de Barbarroja un desdichado español llamado Juan Francisco, que decía ser hijo de un veinticuatro de Sevilla; y otros cautivos españoles lo amortajaron como pudieron. Juntaron entre sí hasta dos ducados de limosna, para enterrarlo y hacer por su alma. Rogaron a un renegado que se llamaba Mustafá, también de Sevilla, que lo sacase a tierra y hiciese enterrar, y diéronle los dos ducados, y con ser de ordinario los renegados peores que los mesmos turcos, tuvo piedad y se encargó de hacerlo, y teniendo ya el cuerpo en tierra a la orilla del mar, dijo a unos frailes franceses (que debían de ir en aquella santa armada) que tomasen aquel cuerpo y que lo enterrasen, y dióles los dos ducados para que hiciesen por su alma. Los frailes se cargaron de hacerlo así, recibiendo la limosna. Pero cuando supieron que el cuerpo era de español, volvieron la moneda a Mustafá, diciendo que quemase o hiciese lo que quisiese de aquel cuerpo, que ellos no lo enterrarían. Escandalizóse tanto el renegado, que echó mano de un palo, pedazo de un remo, y a buenos palos descalabró cuatro o cinco de ellos, y metióse en la galera de Barbarroja y contóle el caso y palos que había dado, que cayó muy en gracia a Barbarroja, y se rió harto de los buenos palos. Luego llegaron los frailes descalabrados, quejándose a Barbarroja de Mustafá, y Barbarroja les afeó con palabras muy pesadas y afrentosas su mal término, y con su licencia y de los cómitres salieron a tierra con guarda de turcos hasta ocho españoles cautivos, y enterraron el cuerpo en sagrado. Y cuando los frailes hacían esto, ¿qué no harían los franceses seglares? Si no es que digamos lo que San Agustín en una epístola, que, como nunca vio mejor hombre que un buen fraile, así no le vio jamás peor que el mal fraile.

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- XLIX Invierna Barbarroja en Francia. -Corren turcos la costa de España. -Castiga Dios a los que se valen de infieles. Apenas era partido Barbarroja, cuando llegaron a Villafranca de Niza el duque Carlos de Saboya y el marqués del Vasto en las galeras de Andrea Doria y genovesas, con algunas otras, y antes de arribar se pensó perder la galera en que iba el marqués, y se quebraron y hundieron otras cuatro, dando en aquellos peñascos con un torbellino que, a deshora (como suele por agosto), se levantó. Avisó de todo ello Polín a Barbarroja, que aún estaba en Santa Margarita, rogándole que no perdiese aquella ocasión y presa tan cierta. Barbarroja partió luego, prometiendo de no faltar a lo que debía; mas paró cerca de Antibo, porque corría Sudueste, o porque no quería entrar en puerto que los enemigos tuviesen, de lo cual se maravillaron los suyos, unos riendo, y aun otros murmurando. El entonces, dijo con gentil disimulación: «Así lo debo a mi hermano Andrea Doria, por lo de Bona, y aun por lo de la Previsa.» Volvióse de allí a Tolón, a invernar con toda su armada. Envió veinte y cinco galeras con Salac, y Azan Ghelesi, su pariente cercano, a correr la costa de España y a visitar su Argel, los cuales hicieron gran daño en Cadaqués, Rosas y Palamós, donde tomaron una galera y otra nao. Combatieron a Villajoyosa en la costa de Valencia; pero defendióseles, y luego atravesaron para Argel, cargados de ropa y gente. Tuvo este invierno Barbarroja gran familiaridad con Andrea Doria, por terceros, mas honestamente. Hubo entonces a Dragut por tres mil ducados, que fue verdugo de cristianos. Fue muy servido y regalado del gobernador y caballeros de Proenza, y bien mantenidos los suyos. Hicieron muchos males los turcos en aquellas tierras, forzando las mujeres y niños, y echando a galera los hombres que hurtaban de noche y por los campos, como se les morían sus galeotes. No consentía Barbarroja tañer las campanas a misa ni a las otras horas. No osaban los clérigos y frailes enterrar los esclavos españoles que morían; tan infames molestias se sufrían en Francia. Salac, en esto, volvió de Argel a Tolón con las galeras que llevara. Quiso de camino robar algo en Cerdeña, y salió a esto y a tomar agua cerca de Oristán, donde ciertos de a caballo le mataron hasta ciento de los que salieron a tierra. Barbarroja, como lo supo, envió allá gran número de galeras, siendo ya hebrero, con el mismo Salac; mas los sardos se dieron tan buena maña, que, según los cautivos españoles después contaban, mataron casi la mitad de los turcos que saltaron en tierra, y fueron los que saltaron dos mil, y los otros, volviendo a Tolón, padecieron tormenta, en que se perdieron algunas galeras y mucha palazón, y para la 127

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rehacer hubo Barbarroja remos de Génova. Ya se pasaba el verano cuando las galeras han buen tiempo de navegar, y Barbarroja se quería volver, que era lo mismo que el rey deseaba; pero andaban ambos en largas, uno por haber dineros, otro por no los dar (o por andar alcanzado no los podía dar) por las muchas guerras de aquellos tres años, que a la verdad él estaba muy pobre y necesitado de dineros, y montaba mucho el sueldo de la armada turca, que había estado un año casi a su sueldo y costa, y tiraba cada mes cincuenta mil ducados y aun más, a lo que todos decían entonces. En fin, se concertaron, y sin las pagas de la gente y bastimentos de galeras, dio el rey a Barbarroja cuatrocientos moros, alárabes y turcos, que Francisco Borbón traía remando en sus galeras, y demás de esto, le dio un rico presente de ropa blanca, plata labrada, sedas, grana; y el fruto que de esto el rey sacó ni fue el Estado de Milán, ni el vengarse de su enemigo, sino desacreditarse a sí y abrasar su reino, y ofender a Dios, pues metía en su viña la bestia más brava que había en el mundo; y no sé si en castigo de esto ha permitido la Majestad divina los muchos trabajos que desde entonces hasta agora ha padecido aquel reino, en tiempo de nuestros pasados cristianísimo escudo y amparo de su Iglesia, porque sabemos que todos los príncipes que por vengar sus pasiones han querido valerse de infieles, siempre libraron mal. Juan Paleólogo, Emperador de Constantinopla, trajo quince mil turcos, que le dio Amurates, contra Marco Cernovichi, señor de Bulgaria, y si bien lo vendió, los turcos le robaron la tierra y llevaron muchos de sus naturales cautivos, y volviendo de ahí a tres años, que fue el mil y trecientos y sesenta y tres, le ganaron por guerra a Galipoli y Andrinópoli, y otros lugares en la Romania, que fue su pago y afrenta, y aun causa que turcos pasasen en Europa. Dicen algunos franceses que Luis, duque de Orleáns, se carteó con Bayaceto cuando venció a Sigismundo, rey de Hungría, por haber la gobernación de Francia, y aun el reino, porque estaba loco su hermano, el rey Carlos VII, el cual fue muerto después por el duque Juan de Borgoña, estando en París su primo y su competidor. Lázaro, señor de Servia, trató con Mahomet, por donde se hubo también de perder aquel Estado. Esteban Cherzech llamó también al dicho Mahomet contra su proprio padre, rey de Bosna, y al cabo le mató el mismo Mahomet, año cerca de 1470. Luis Esforcia, duque de Milán, y florentines, incitaron, a una, a Bayaceto II contra venecianos, y el duque murió preso en Francia y los florentines perdieron después su libertad. También trató de haber favor del mismo Bayaceto II contra el rey de Francia Carlos VIII, el papa Alejandro VI, junto con el rey Alonso, para defender a Nápoles, y el Papa murió de yerbas que le dio, no queriéndolo hacer, su hijo el duque Valentín, y el rey se vio sin reino, que por miedo del rey de Francia y de sus propios vasallos que lo aborrecían, lo renunció en su hijo Fernando; Fadrique, rey también de 128

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Nápoles, pidió turcos al Bayaceto, para defenderse del rey de Francia, Luis XII, que andaba por le quitar el reino, como en fin se lo quitó; mas desconcertóse con el Turco, que vino a capitular con él sobre cuántos habían de ser, porque el rey no quería más de dos mil caballos y dos mil infantes, o cuando más, siete mil, por los poder despedir y mandar a su placer, y el mensajero turco no quería, por mandado de Bayaceto, dar menos de quince mil, la mitad a caballo, por que no recibiesen daño ni enojo en tierras ajenas, o por que se apoderasen de alguna fuerza en aquel reino. Juan, bayboda de la Transilvania, por ser rey de Hungría se sometió a Solimán contra el rey don Fernando, de donde resultaron grandes males en la Cristiandad. Y dejando ejemplos de extraños y provincias remotas, en nuestra España, cuando reinaban en ella moros, los reyes cristianos que se valían de ellos contra cristianos, llevaban siempre lo peor y aun morían en las batallas. Sintióse tanto en la Cristiandad esta venida de Barbarroja, que se propuso en consistorio por algunos cardenales, el quitar al rey de Francia el nombre de Cristianísimo y excomulgarle por haber traído turcos y estorbar la guerra contra ellos, según los embajadores del rey Francisco procuraron en la Dieta de Espira. Mas el papa Paulo III lo disimuló, como disimulaba que viniesen, o por complacer al rey -no se le ajenase de la Iglesia-, o porque no hiciese mal en sus marinas. Y así, se dijo que una vez enviaba por su mandado el cardenal Trana, que de suyo era muy francés, un gran presente de refresco a la armada imperial, pensando ser turquesca, y cogiólo Andrea Doria por Barbarroja. Enrique, asimismo, rey de Francia, siguiendo los pasos de su padre, trajo turcos, como veremos, contra el Emperador, que hicieron mucho daño a los caballeros de Malta en el Gozzo y en Tripol, y a genoveses en Córcega; su muerte desgraciada, y otros trabajos que tuvo, son a todos bien notorios. Dije la venida del marqués del Vasto en socorro de Niza, y retirada de Barbarroja cargado de cautivos. Reparó el marqués lo que el enemigo había dañado en Niza, y vuelto al Piamonte con el ejército, sitió a Módena, y apretóla de manera, que dio partido. Puso en ella guarnición, y porque venía el invierno, dividió la gente por los presidios y volvióse a Milán. Este año vino de África a Italia Muley Hacen, rey de Túnez, a besar la mano al Emperador, que estaba en Nápoles de partida para Alemaña; comunicó con el César algunas cosas contra turcos. Mas por estar tan de priesa de camino para Alemaña, donde pensaba hacer jornada contra el duque de Cleves, según se dijo, le mandó quedar en Nápoles, y que allí esperase hasta que le ordenase otra cosa.

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Libro veinte y seis -ICasamiento del príncipe don Felipe. -Aparato y riqueza grande de Medina Sidonia. -Gasto grande del duque. Daré principio al libro veinte y seis, antes de fenecer el año de mil y quinientos y cuarenta y tres, con el casamiento del príncipe de España don Felipe, que fue nuestro rey y señor, y en estos tiempos era de los gallardos y hermosos (como por sus retratos, al natural y verdaderos, parece) que había en el mundo, siendo sus años verdes y floridos, en éste de cuarenta y tres, solos diez y seis, y lo que hay de mayo, en que nació, al mes de noviembre, en que se veló, que tocaba en el año diez y siete de su edad; y le vimos consumir y acabar tan postrado, llagado y deshecho, y con la paciencia que Job en el muladar, cuando limpiaba las llagas con una teja, volando de esta vida a la del cielo a catorce de setiembre, año de mil y quinientos y noventa y ocho; ejemplo notable de la vida humana y vanidades de ella, pues lo más alto y precioso se marchita, deshace y consume con mayor presteza que la flor del campo verde, alegre y olorosa. Antes, pues, que el Emperador partiese de España, dejó, como ya dije, jurado y por gobernador a su hijo único, don Felipe. Asimismo quedó concertado con voluntad y gusto de estos reinos, que casase con doña María, infanta de Portugal, hija del rey don Juan el III, y de doña Catalina, hermana del Emperador, la que nació en Torquemada. Tenía la infanta diez y siete años, cuatro meses de edad más que el príncipe su esposo. Sábado trece de octubre, entró en Badajoz don Juan Martínez Siliceo, maestro del príncipe y obispo de Cartagena, que después fue arzobispo de Toledo, con mucho acompañamiento, para recibir allí a la princesa, que ya venía de camino para Castilla. Tenía el duque de Medina Sidonia, don Juan Alonso de Guzmán, aparejadas las casas que tiene en esta ciudad con la mayor riqueza y grandeza que se puede pensar, para recebir y hospedar en ellas a la princesa; las colgaduras riquísimas de oro y seda, camas y bufetes de plata, y otras cosas de supremo precio, que si bien pudiera contarlas por menudo, las dejo por no cansar ni cargar la historia. Lunes a quince de octubre, a las cuatro de la tarde, salió el obispo a recebir al duque, el cual venía en una riquísima litera, y los frenos y clavazón de los machos que la traían eran de oro. Salió de ella el duque y subió en un caballo blanco, a la brida o estradiota.

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Venían con el duque el conde de Olivares, su hermano; el conde de Niebla, su hijo; el conde de Bailén, hijo del duque de Béjar; don Pedro de Bobadilla, don Gaspar de Córdoba, Hernando Arias de Saavedra, Monsalve, Gonzalo de Saavedra, don Pedro de León, Perafán de Rivera y otros muchos caballeros, todos con la mayor demostración de criados y riquezas que pudieron traer, que había bien que ver. El duque traía cuarenta pajes con muy rica librea de terciopelo amarillo y encarnado, y treinta lacayos con la misma librea, aunque no tan costosa. Cada paje venía en un hermoso caballo, y tras ellos los atabales, trompetas y chirimías, y seis indios con sacabuches, vestidos ricamente, y en los pechos unas planchas de plata con las armas de Guzmán (eran estos indios músicos del duque). Entraron en la ciudad el duque y el obispo a su lado izquierdo, con toda la caballería y grandísimo acompañamiento. Traía el duque gran casa de criados cuatro mayordomos, cuatro maestresalas, cuatro camareros, y de esta manera todos los oficios doblados. Tenía el duque a su mesa treinta convidados de ordinario. El obispo hacía plato a setenta. Dice esta memoria por muy gran cosa (que para lo que agora pasa con criados, es bien notable) que daba el duque a todos los que con él venían a cada acémila un real, y tanto a cada mozo de espuelas, y a cada mozo de caballos, y a cada acemilero; y, finalmente, a cada persona, y a cada bestia un real, así que de raciones y gastos de mesa se hallaba que gastaba cada día seiscientos ducados. Trajo docientas acémilas, todas con reposteros de terciopelo azul, y las armas bordadas de oro y las cenefas de tela de oro. Otro día visitó el obispo al duque, otro el duque al obispo, y de ahí a dos días, se convidaron de la misma manera. El lunes a 22 de octubre, el duque y el obispo, con toda la caballería que allí estaba, fueron a la puente de Acaya, una legua de Badajoz, para recebir la princesa, como estaba concertado; irían hasta tres mil personas de caballo. La princesa no vino; hubo varios pareceres, no sabiendo la causa porque había faltado, y así, se volvieron sin ella a Badajoz.

- II Casamiento del príncipe don Felipe. -Recibimiento que Salamanca hizo a la princesa. Pedro de Santerbas, notable hombre de placer. Miércoles 31 de octubre, llegó la princesa a la Verde la Zarzuela, donde estuvo hasta el viernes siguiente 2 de noviembre, porque el jueves fue día de Todos Santos. De aquí fue a Coria, ciudad del duque de Alba, donde fue muy bien servida, y estuvo hasta el lunes, que fue a la villa del Campo, donde vino por la posta don Antonio de Toledo, hijo del conde de Alba de Lista, con 131

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cartas del príncipe, a las cuales respondió la princesa. Aquí hubo nueva de que el príncipe vendría disfrazado a la segunda jornada a ver a la princesa. Era la princesa muy gentil dama, mediana de cuerpo, y bien proporcionada de facciones, antes gorda que delgada, muy buena gracia en el rostro y donaire en la risa. Parecía bien a la casta del Emperador, y mucho a la Católica reina doña Isabel, su bisabuela. Traía en su acompañamiento de Portugal al arzobispo de Lisboa, que era un santo varón, y por mayordomo a don Alejo de Meneses, embajador que fue en la corte del Emperador, y por veedor a Diego de Merlo, y por caballerizo mayor a Luis Sarmiento, que estaba en Portugal por embajador. Era camarera mayor doña Margarita de Mendoza, mujer de Jorge de Merlo, cazador mayor del rey de Portugal. Trajo muchas damas castellanas y portuguesas. Sabida por el príncipe la venida a este lugar de la princesa, él y el duque de Alba, y el conde de Benavente, y el almirante, y don Álvaro de Córdoba y otros, se fueron a la abadía, que es del duque de Alba, a caza. Y miércoles siete de noviembre salieron disimulados al camino, y la vieron comer, y por todo el camino fue el príncipe con estos disfraces, encubriéndose, por ver a la princesa, hasta Salamanca. Paró la princesa en Aldea Tejada, una legua de Salamanca, lunes doce de noviembre; confesó y comulgó en este lugar, y después de haber comido, entre la una y las dos salió de Aldea Tejada para entrar en Salamanca. Llevaba vestida una saya de tela de plata, con labores de oro, cubierta una capa de terciopelo morado con fajas de tela de oro, y una gorra de lo mesmo con una pluma blanca, entreverada de azul, con muchos clavos de oro y puntas; y en una mula con gualdrapa de guarniciones de brocado y con sillón de plata, y otra mula delante con la mesma guarnición, cubierta con un paño de tela de oro, y un palafrén delante con una gualdrapa de muchas labores sobre raso blanco, cubierta la silla con un paño de tela de oro, sus mazas de oro delante, y tras ella su camarera mayor, y las damas por su orden, y junto a ella doña Estefanía, mujer del comendador mayor de Castilla. Delante de la princesa venían el duque de Medina Sidonia y el obispo de Cartagena al lado derecho, y al izquierdo el arzobispo de Lisboa, y luego los demás títulos y caballeros, con la música de menestriles. Al pasar de un arroyo que llaman Zurgén, dejó la mula y púsose en el cuartago, y quitóse la capa y fue en cuerpo. Delante de este arroyo, en un campo tres cuartos de legua de Salamanca, salieron a recibimiento hasta mil infantes muy bien aderezados con sus picas y arcabuces y montantes, en orden, con instrumentos músicos de guerra, 132

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puestos de siete en siete en hilera, y antes de llegar dispararon los arcabuces y hicieron sus vueltas y acometidas en forma de escaramuza, y los capitanes, en besando la mano, se apartaron a un lado. Estaban dos bandas de caballos de hasta trecientos y cincuenta o cuatrocientos, puestos en dos recuestos que hacían en un altillo un llano que llaman el Tesán. Eran caballeros de Salamanca, los del bando de Santo Tomás, con marlotas de paño pajizas y blancas, y los de San Benito con marlotas rosadas, todas con muy buenos caballos, y jaeces, lanzas y adargas; que son los dos bandos de la nobleza de la insigne ciudad de Salamanca, cada bando con sus atabales y trompetas. Y comenzaron a salir de una banda y otra, y hicieron una muy vistosa escaramuza, y rodearon la infantería con tanta gallardía, que dieron mucho contento, y se hizo sin desmán alguno, si bien los caballos lo trabajaron. Apartados los caballeros y infantería a un cuarto de legua de la ciudad, salió la Universidad con las ropas y capirotes y borlas, según sus facultades. Besaron la mano a la princesa, y habló uno, diciendo que los reyes de Castilla y de Portugal, sus progenitores, habían siempre hecho merced a esta Universidad, y se sirvieron de ella, y así suplicaban a Su Alteza que lo hiciese. La princesa respondió que así lo haría, y luego le besaron la mano. Luego vino el cabildo de la iglesia Mayor, y hizo lo mismo que la Universidad. Vinieron los regidores y justicia, vestidos de terciopelo carmesí, calzas y botas blancas, y besaron la mano. Fueronse luego a la puerta del río, y estuvieron esperando allí hasta que llegó la princesa, y tomaron el palio y las varas, y Su Alteza entró debajo de él. Llevaba la rienda Luis Sarmiento. En medio del corregidor y tenientes iba el conde de Monterrey, vestido como regidor. Delante de los regidores iban seis hombres labradores (que llaman sesmeros) vestidos con ropas largas de grana, que eran procuradores del común y de la tierra. Todos besaron la mano a la princesa. El príncipe anduvo todo lo dicho disfrazado, en un caballo bayo, con un sombrero de terciopelo negro y un tafetán en el rostro, y una capa con faja de raso por de dentro, y de fuera de terciopelo, y al tiempo del entrar por la puerta de la ciudad se adelantó. Hubo ricos arcos triunfales con invenciones y letras, cuales se pueden imaginar en una ciudad donde hay tanta caballería, y las mejores letras y ingenios del mundo. Pudiera decir muy por menudo todo lo que se hizo, mas temo, aún con lo que digo, cansar. Duró el recibimiento desde la una y media hasta las siete de la noche. Mas eran tantas las lumbres y hachas, que parecía de día. 133

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Posó en las casas del contador Cristóbal Juárez, junto con las casas del alcalde de Lugo, que agora son de don Rodrigo de Babadilla, natural de Medina del Campo. Después que la princesa entró en la ciudad, el príncipe se puso en casa del doctor Olivares, cerca de San Isidro; y la princesa lo supo, y quiso, al pasar, cubrirse el rostro con un abanillo que llevaba; y Perico, el del conde de Benavente (que fue aquel Pedro de Santerbas, que todos conocimos, hombre gracioso y apacible, sin ofender a nadie) hizo que quitase el abanillo, para que el príncipe la viese. En esta casa donde se apeó la princesa estaba la duquesa de Alba con otras muchas damas, que a la princesa besaron la mano; y la princesa hizo grandísimo favor a la duquesa, abrazándola, cuando le fue a besar la mano.

- III Hachazos entre castellanos y andaluces. -Vélanse los príncipes muy a solas. El príncipe se fue a aposentar a San Jerónimo, donde estuvo todo el martes hasta la noche. Anochecido, se vino a la ciudad y entró por la puerta de Zamora sin alguna manera de recibimiento, y las hachas muy delante. Con él venían el cardenal de Toledo y el conde de Benavente, que lo traían en medio. Delante venía el duque de Alba y marqués de Villena y almirante y marqués de Astorga y otros señores y perlados. Su Alteza se fue derecho a apear en la casa del licenciado Lugo, pared y medio de la princesa, donde estaba hecho su aposento, y se desnudó lo que llevaba vestido, y vistió una ropa francesa, y sayo de terciopelo blanco recamado; y después de haber la princesa y el príncipe cenado, cada uno en su casa, a hora de las nueve salió la princesa de su aposento, y con ella el cardenal, y duque de Medina Sidonia, y conde de Olivares, con los que la trajeron, y ella vestida toda de terciopelo carmesí, con guarnición de cordones de oro, que hacían una manera de agredez, y una capa castellana aforrada de brocado, y la mantellina de la misma seda y aforro, asida en el un hombro y caída de los demás, que era insignia de doncella, con muy rica pedrería en la cofia de oro, y con sus damas bien compuestas, vino a la sala que para el desposorio estaba aparejada. Sentóse debajo de un rico dosel, en una silla, de dos que allí estaban en la de mano izquierda, y las damas en pie. De ahí a poco entró en la sala el príncipe vestido de blanco, y la guarnición como la de la princesa, y delante de él todos los señores dichos, los cuales venían de diferentes y ricos vestidos.

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Entrando en la sala, la princesa se levantó, y llegando el uno cerca del otro, se hicieron sendas reverencias bien bajas. Cuando el príncipe llegó al dosel donde estaba la princesa, el duque de Medina Sidonia se la entregó, y el príncipe abrazó al duque con rostro alegre y amoroso. Hecho esto, el cardenal de Toledo los desposó, y luego tocaron ministriles. El príncipe se asentó debajo del dosel al lado derecho, y al izquierdo la princesa; ella, vuelta un poco para él, hablaban y reían, y luego comenzó el sarao. Hubo, mientras andaba el sarao, fino hachazo entre los que trajeron la princesa y los que trajeron al príncipe; unos apellidaban Andalucía, otros Castilla; son pasiones de pajes, y si bien llegaron a las espadas, no hubo muerte. Entre las dos y las tres, después de media noche, el cardenal de Toledo dijo misa en una sala del cuarto de la princesa, donde se velaron estos dos príncipes siendo sus padrinos el duque de Alba y la duquesa. No se hallaron a estas velaciones doce personas; que acabado el sarao, todos se habían ido a sus posadas. Fueron los que se hallaron presentes el arzobispo de Lisboa y obispo de Cartagena y León, y los comendadores mayores, y marqués del Valle y don Pedro y don Álvaro de Córdoba, y don Manrique de Silva.

- IV Un pigmeo extrañamente pequeño. -Lluvias grandes de este año. Trajeron unos portugueses este año por Castilla un hombrecillo pigmeo dentro de una jaula, de edad de treinta años, muy bien barbado. Era tan pequeño, que atravesada una vara por la jaula, le traían dos mozos descansadamente en los hombros; no se había visto enano que fuese tan pequeño como él, porque no tenía tres palmos de los pies a la cabeza, y las piernas tan pequeñas, que en ningún cabo, por bajo que fuese se sentaba, que llegase con los pies al suelo. Ganaban con él largamente los que le traían, porque todos deseaban ver cosa tan monstruosa; tenía buena razón y discurso, salvo que a veces lloraba como niño, cuando se burlaban con él. Las lluvias que por el mes de setiembre deste año comenzaron, fueron tan continuas y largas, que no hubo semana que no lloviese, hasta el mes de agosto del año siguiente de 1544. Hicieron grandes daños en los edificios, 135

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mayormente en la Andalucía y en Granada, Málaga, Alhama, Almería y Baeza. Cayéronse muchas casas, con peligro de muchos. Salieron los ríos de madre, los caminos no se podían andar por las crecientes de arroyos, no se veía el sol claro, particularmente en mayo; perdiéronse muchos panes, y las aguas eran más recias a los tres de menguante, y tres de creciente de cada luna.

-VOrden del Tusón. -En qué manera se llaman los caballeros del Tusón. -Notable hombre llamado Jorge David. La caballería del Tusón, que tanto estiman nuestros españoles, trajo el Emperador a España, dándola a algunos caballeros; aunque el conde de Benavente no la quiso, enviándosela el Emperador, diciendo que él era muy castellano y que no quería insignias de borgoñones, que Castilla las tenía tan antiguas y tan honradas, y más provechosas; que la diese Su Majestad a quien quería más el collar de oro que las cruces coloradas y verdes con que sus abuelos habían espantado tantos infieles. Agora se tiene por gran cosa la caballería del Tusón, y debe de ser porque vino de fuera, porque es rara y porque se la ponen nuestros reyes, teniendo más obligación a las de Santiago, Calatrava y Alcántara, pues gozan tantas rentas de ellas, y ser órdenes tan antiguas, cruces bañadas con tanta sangre por el nombre de Cristo. Decía el Emperador del Tusón que era una ignorancia confirmada con los mayores príncipes del mundo. Diré, pues, en qué forma el Emperador envió a llamar este año al condestable de Castilla, que tenía el Tusón, porque quería dar el hábito o insignia del Tusón, que faltaban muchos caballeros de los veinte y uno, que es el número que había de haber de ellos. La carta de este llamamiento dice así: «Muy caro y fiel primo. Como después del último capítulo general de nuestra Orden del Tusón de oro, que se tuvo en nuestra villa y ciudad de Tornay, en el año de 1531, sean fallecidos veinte y uno caballeros nuestros, cohermanos de la dicha Orden, a los cuales Dios por su bondad infinita perdone, y para elegir otros en su lugar, y juntamente para hacer otros actos necesarios a la dicha nuestra Orden, hayamos propuesto, y con el parecer y deliberación de los caballeros nuestros cohermanos, que están cerca de Nos, acordado y concluido de celebrar capítulo general de la dicha Orden, en nuestra villa y ciudad de Utrecht, el tercero día del mes de mayo próximo

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venidero, que es la solemnidad de la Cruz, y los días siguientes. Por esta causa os encargamos muy de veras, que os halléis en persona en el dicho lugar y día, para hacer vuestro deber, según los estatutos de la dicha Orden, si no fuese todavía en caso, que al dicho tiempo tuviésedes ocupación y impedimento tan legítimo, que pueda bastar para vuestra excusa. En el cual caso os encargamos que constituyáis por procurador uno de los caballeros nuestros cohermanos, así para dar vuestra excusa como para hacer de vuestra parte lo que sois obligado, enviando en el dicho caso al tal caballero cohermano en una memoria fielmente cerrada con vuestro sello, los nombres de veinte y un hombres nobles, de nombre y de armas, virtuosos sin reproche y dignos a vuestro parecer de ser recebidos en la cohermandad y amigable compañía de la dicha Orden en lugar de los muertos, avisándonos por las letras del recibo de ésta, y juntamente de vuestra intención y respuesta sobre esto, con este mismo mensajero. Muy caro y fiel primo, rogamos al Criador os tenga en su santa guarda. De Bruselas, a 5 de diciembre 1543: Charles. Por mandado de Su Majestad: N. Nicolai. El sobrescrito: A nuestro muy caro y fiel primo, caballero y cohermano de nuestra orden del Tusón de oro, el duque de Frías, condestable de Castilla.» Los caballeros que crió el Emperador don Carlos en el capítulo I que fue de la Orden del Tusón, año de 1516, en la villa de Bruselas, en la iglesia de Santa Gaudula, que fue el capitulo XVIII de la dicha Orden, son los siguientes: 1. Francisco, rey de Francia. 2. Fernando, infante de España. 3. Frederique, conde palatín, duque de Baviera. 4. Juan, marqués de Brandemburg. 5. Guy de la Baulme, conde de Montrevel. 6. Hupoer, conde de Mansfelt. 7. Laurencio de Gorvod, barón de Marnay. 8. Jaques de Gaure, señor de Frezin. 9. Antonio de Croy, señor de Tou. 10. Antonio de Lalani, señor de Mantigny.

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11. Carlos de Lanoy, señor de Saincelle. 12. Adolfo de Borgoña, señor de Beures. 13. Filiberto, príncipe de Orange. 14. Félix, conde de Berdembergue. Caballeros criados por virtud de la bula del Sumo Pontífice. 15. Emanuel, rey de Portugal. 16. Luis, rey de Hungría. 17. Miguel, señor de Volquenstani. 18. Maximiliano de Hornes, señor de Trasbeque. 19. Guillelmo, señor de Ribanpierre. 20. Juan, barón de Tracenies. 21. Juan, señor de Vassenare, vizconde de la Leyde. 22. Maximiliano de Bergues, señor de Senembergue. 23. Francisco de Melim, conde de Espinoy. 24. Juan, conde de Egmond. Año de 1518, hallándose el mesmo don Carlos, rey de España, en su ciudad de Barcelona a 2 y 3 y 4 de marzo, nombró los siguientes caballeros, que habían de ser añadidos a los del precedente capítulo. 25. Don Diego López Pacheco, duque de Escalona. 26. Don Frederico de Toledo, duque de Alba. 27. Don Diego Hurtado de Mendoza, duque del Infantadgo. 28. Don Iñigo de Velasco, duque de Frías, condestable de Castilla. 29. Don Álvaro de Stúñiga, duque de Béjar. 30. Don Antonio Manrique de Lara, duque de Nájara.

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31. Don Fernando de Remonsoque, conde de Cardona. 32. Don Pedro Antonio de S. Severin, príncipe de Besiñano. 33. Don Frederique Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla. 34. Don Alvar Pérez Osorio, marqués de Astorga y Trastamara. Año de 1518, a 5, 6 y 8 del dicho mes de marzo, tuvo su segundo capítulo, que fue el 19 de la dicha Orden, el sobredicho don Carlos, rey de España, en el cual eran los siguientes caballeros: 35. Christierno, rey de Dinamarca. 36. Sigismundo, rey de Polonia. 37. Jaques de Lupembourg, conde de Gaure. 38. Adriano de Croy, señor de Beaurain. 39. Guillelmo de Croy, marqués de Arfet. Año de 1531 tuvo su tercero capítulo el dicho rey Carlos, que fue el 20 de la dicha Orden, en su ciudad de Tornay, en el cual crió los siguientes caballeros: 40. Juan, rey de Portugal. 41. Jaques, rey de Escocia. 42. Don Fernando de Aragón. 43. Don Pedro Fernández de Velasco, duque de Frías. 44. Filipe, duque de Baviera. 45. Georgio, duque de Sajonia. 46. Don Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque. 47. Andrea Doria. 48. Don Felipe, príncipe de España. 49. Reginaldo, señor de Brederode. 139

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50. Don Fernando Gonzaga. 51. Nicolás, conde de Salme. 52. Claudio de la Baulme, señor de Sorlin. 53. Antonio, marqués de Bergues, conde de Balhain. 54. Juan de Emin, conde de Bonsu. 55. Carlos, conde de Calain. 56. Comys de Flandres, señor de Praet. 57. Jorge Scheync, barón de Tantembourg. 58. Felipe de la Muoy, gobernador de Tournaz. 59. Felipe de la Muoy, señor de Molembais. 60. Don Alonso de Avalos, marqués del Vasto. 61. Don Francisco de Zúñiga, conde de Miranda. 62. Maximilian Degurud, conde de Bureu. 63. Renato de Chalón, padre [de] Dominges, conde de Rasa. Año de 1545, por el mes de enero, tuvo el dicho don Carlos, rey de España, su cuarto capítulo, y 21 de la dicha Orden, en su ciudad de Utrecht, en el cual crió estos caballeros: 64. Maximiliano, rey de Bohemia. 65. Cosme de Médicis. 66. Don Iñigo López de Mendoza, duque del Infantadgo. 67. Hernando Alvarez de Toledo, duque de Alba. 68. Alberto, duque de Baviera. 69. Emanuel Filiberto, duque de Saboya. 70. Octavio, duque de Parma. 140

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71. Don Manrique de Lara, duque de Nájara. 72. Federico, conde de Fustemberg. 73. Joachin, señor de Ryse. 74. Felipe de Lanoy, padre de Sulmurea. 75. Ponthus de Lalain, señor de Bugnicont. 76. Lamoral, conde de Egmond. 77. Petro de Berchim, senescal de Henaut. 78. Maximiliano de Borgoña, señor de Beures. 79. Pedro Ernest, conde de Mansfelt. 80. Juan de Lignes, conde de Arembergue. 81. Don Pedro Hernández de Córdova, conde de Feria. 82. Juan de Lamoy, señor de Molembayx. Notable fue un hombre que en este año anduvo por Alemaña, el cual, sin ser conocido, decía de sí que era sobrino de Dios, y se llamaba Jorge David, al cual las bestias salvajes, perros y pájaros traían de comer, y le obedecían, y él las hacía hablar y responder en todas lenguas, a propósito, y como si tuvieran razón. Decía este hombre extraño que el reino del cielo estaba vacío y que por eso le había Dios enviado para adoptar los hombres y hacerlos hijos de Dios y herederos y partícipes de los frutos y bienes celestiales, y otras muchas palabras tan absurdas y sin tino, que causaban espanto en aquellas gentes, que con los errores que diversos herejes sembraban, y la llaneza natural que la gente común alemana tiene, era fácil de creer, y dar en mil desatinos. Estos causan las novedades cuando el pueblo ciegamente las admite.

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Fray Prudencio de Sandoval

Año 1544

- VI Concierto con el de Ingalaterra para la guerra contra Francia. -Murmura la Cristiandad de los reyes. -Lo que se concertó entre el Emperador y rey de Ingalaterra. -Aprestos de guerra del inglés. -El duque de Alburquerque, general inglés. El rigor del invierno retiró los reyes y suspendió las armas, pero no las voluntades y coraje para volver a ellas, venido el verano. Vimos cómo el rey Francisco se encerró en Cambresi, y el Emperador en Cambray, y esperando que abriese el tiempo y llegase la primavera del año de 1544, que sus flores eran el bullicio y estruendo furioso de las armas, con el odio mortal que el uno al otro tenía, aparejaban las armas, solicitaban amigos, con las municiones y instrumentos necesarios par a la guerra cruel que el Emperador y rey Enrico de Ingalaterra entendían hacer al de Francia. Y habiéndose de partir el Emperador desde Bruselas para la Dieta que tenía echada en Espira, envió al rey de Ingalaterra por sus embajadores a don Hernando de Gonzaga y a Juan Bautista Gastaldo, para que concertasen con él la manera de esta guerra, como se había de hacer este año. Y antes que don Hernando volviese de Ingalaterra, el Emperador partió de Flandres para la ciudad de Espira, donde llegó en fin del mes de enero, no siendo aún venido alguno de los electores, puesto que ya se comenzaban a juntar otros príncipes y señores de los del Imperio, y, los procuradores de las ciudades. Luego que Su Majestad llegó a Espira, vino don Hernando de Gonzaga con el despacho de Ingalaterra, del cual recibió muchos favores, y un aparador muy rico, que se estimó en más de doce mil ducados; y en lo que tocaba a la guerra, se acordó hacerla de la manera que se dirá. También el Emperador se concordó con el rey de Dinamarca, Christierno, tercero de este nombre, que fue cosa de que los de Flandres se holgaron mucho por la vecindad que con él tienen, y por librarse de las molestias que de él recibían; y el de Francia muy poco, porque perdía amigos, que se le volvían recios enemigos. Tenía, demás de esto, abrasado su reino con tantas guerras, malquisto en él, y peor acreditado en la Cristiandad, por los daños que por su respeto había recebido de los turcos.

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También murmuraban del Emperador el Papa y sus parciales, sangrientamente, por los tratos y amistad que tenía con el rey Enrico, y decían que estaba excomulgado, por haber comunicado con él in sacris; mas él no se mostraba arrepentido, que se había, según lo que de Marco escribe Juvenal, Satyra prima, Bibit, et fruitur Diis iratis. Y Séneca, de Juno, quejosa de Hércules, porque usaba mal de isu ira: Superat (dice) et crescit malis, iraque nostra fruitur, in laudes suas mea vertit odia. Que según andaba la pasión, no sé si tragaran otras al precio, y esperar al Papa futuro por la absolución. Determinóse con el rey, que él entrase por su cabo con ejército formado, y el Emperador otro tanto con el suyo, y cada uno con todas las fuerzas que pudiese, como si solo hiciese la guerra. El de Ingalaterra entró por Normandía en fin de mayo, con veinte y cinco mil hombres y cinco mil caballos, los infantes doce mil tudescos, los demás ingleses; los caballos, mitad ingleses, mitad alemanes. Llevaban consigo a Mos de Veorres; tenía ya hechos grandes aparatos de bastimentos y municiones, que pasaban de seis mil carros los que tenía para el bagaje; y se trató, y el Emperador dio licencia, que el duque de Alburquerque fuese, como fue, por su consejero, y general de su campo, y los españoles estaban muy contentos de que el rey Enrico quisiese hacer tanto favor a la nación castellana. Y dice uno, que porque entendiese el Emperador si son buenos los señores de España para generales y consejeros, como los escuderos de Italia. Sentíanse los caballeros castellanos de que el Emperador no les hiciese favor en esto, porque los había tales, que sin pasión lo merecían, como presto se vio en el duque de Alba, y, viera en otros si se les diera el cargo.

- VII Qué príncipes se hallan en las Dietas. -Qué cosa es la Dieta y los que se juntan en ella. Gastó en vino el duque de Sajonia treinta mil florines. Dentro de veinte días, después que el Emperador llegó a Espira, acudieron muchos de los príncipes de Alemaña; halláronse todos los electores sin faltar alguno, y el duque de Cleves. La Dieta se comenzó y propuso a los 20 de hebrero. Entran en estas Dietas todos los electores, que son seis, tres eclesiásticos y tres seglares, y en diferencia el rey de Bohemia. Los eclesiásticos son, el arzobispo de Maguncia, primero; el de Colonia y el arzobispo de Tréveris.

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Estos dos, entre sí, no tienen precedencia, sino a veces precede el uno, a veces el otro. El de Maguncia es también chanciller mayor del Imperio, y sólo puede proponer la Dieta, y alguno de los otros no, sin ser dos a lo menos. Todos tres preceden a los legos. Los electores seglares son, el conde Palatino primero, y duque de Sajonia segundo, que llevaba el estoque desnudo ante el Emperador, y el tercero es Brandemburg, que llevaba la falda cuando el Emperador va pontificalmente vestido. De éstos, el Palatino no era llegado a este tiempo, que estaba viejo y enfermo, y murió mediada Cuaresma, y sucedió otro, a quien allí en Espira se le había dado el feudo algunos días antes, y ahora se le dio la envestidura. Tampoco eran llegados el de Brandemburg, ni el rey de romanos; mas vinieron, el rey la tercera semana de Cuaresma, y el otro al cabo de ella. Los otros todos se hallaron desde el principio, y con ellos Lantzgrave de Hesia, y todos los señores perlados y procuradores, que son por todos bien cuatrocientos; y la desventura grande era que los más de éstos eran herejes luteranos y de otras sectas. Decían que no había memorial de hombres que hubiesen visto que así se hubiesen juntado y concurrido de grandes años atrás, en Dieta alguna, ni el Emperador se vio con tanta majestad y grandeza como en estas Cortes; y se entendía que muchos de aquellos habían venido de puro miedo, por lo que habían visto pasar por el duque de Cleves en Dura y sus Estados. Que aunque son grandes señores, si Francia estuviera queda, mejor los podría el Emperador castigar que a los de España, que de por sí, no se aunando, ni tienen hacienda ni fuerzas con que se defender. Esta Dieta es como las Cortes de Aragón. Hay tres brazos eclesiásticos y cincuenta y cinco ciudades. Bien es verdad que las ciudades asisten y consienten, pero no tienen voto, sino que han de pasar por lo que los otros hicieren; y tampoco no se casa o anula por el voto de uno ni muchos, lo determinado, sino que la mayor parte vale, y lo que aquella vota tiene fuerza. Júntanse éstos en una casa pública de la ciudad, que acá llaman Corte. Concurren dos veces al día, a las seis de la mañana hasta las nueve, y a las dos de la tarde hasta las cinco. A las horas de salir, ya en cada casa de los señores han tañido o tañen su trompeta, con que llaman a comer a todas sus gentes, porque todos andan muy acompañados. Siempre que salen de casa se barre la casa, que no queda perro ni gato sin que vaya acompañando al señor. Va a caballo, toda la familia a pie, delante muchos escuderos y caballeros vestidos de martas, y con cadenas de oro gruesas al cuello, y la gente de servicio detrás, en cuerpo, con sus libreas.

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Los grandes señores, especial los electores, también llevan su guarda de alabarderos; de ellos dos docenas, de ellos una, como pueden. El mayor señor, que más compañía trae, es el de Sajonia, al cual acompañaba de continuo Lantzgrave, y ambos eran ahora la cabeza de los herejes, que los sustentaban. Luego que estos dos aquí vinieron, dieron un público pregón, que cuantos a sus casas quisiesen ir a comer, o por ración, fuesen. Gastaban tanto, que era fama que el de Sajonia, en solo vino, cuando allí entró, empleó treinta mil florines, que valen a ocho reales y medio, y cuando salía al campo llevaba su gente en muy buenos caballos, y con sus armas que tenía en los lugares comarcanos, y les traían los caballos y se ponían en ellos los de su casa, chicos y grandes, hasta el mozo de cocina; y en volviendo a la posada, tornaban a enviar los caballos al alojamiento, y se quedaban a pie todos, salvo los señores.

- VIII Solemnidad con que se comenzó la Dieta. Cuando la Dieta se hubo de comenzar, que fue, como dije, a los veinte de hebrero, en la capilla mayor de la iglesia principal estaban hechos de tablas, para este fin, a la una parte y a la otra del altar, al largo de la capilla, unos estrados con sus asientos cerrados por las espaldas, y sus antepechos para se poner de rodillas. Estaban los de la mano derecha cubiertos con tapices, y sobre ellos brocado, y por el suelo ricas alhombras, y en las partes más vecinas al altar, estaba un trono cubierto de brocado. Este era para el Emperador, dos gradas más alto que los otros asientos. Tras éste, una grada más abajo, estaba otra silla más pequeña para el rey de romanos, y luego, otra grada más baja, estaba el banco igual, donde se sientan los electores, conforme a las preeminencias que tengo dichas, que entre sí tienen, y lo que sobraba de aquel banco era para algunos príncipes. El estrado de la mano izquierda tenía la forma de éste, salvo que era todo igual y no cubierto de brocado, sino de terciopelo carmesí. Este era para sentarse los perlados que no eran electores, y otros algunos señores. La cabecera habían de tener los más antiguos, por su orden, salvo que cuando vino el Rey de Romanos, se pusieron allí sus dos hijos, de los cuales diré después. Hecho este apercibimiento, el Emperador, en el día susodicho (que era miércoles), salió de palacio acompañado de cuantos había, faltando el de

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Sajonia y Lantzgrave, famosos defensores de los herejes, que por no oír misa no fueron, y precediendo un caballero con el estoque desnudo, que era teniente del de Sajonia, vino el Emperador a la iglesia, y puesto en su trono, y los otros en sus lugares, oyeron misa del Espíritu Santo, como es costumbre antigua para comenzar la Dieta. Díjola el obispo de Augusta; sirvió la paz y Evangelio el cardenal de Maguncia, haciendo este oficio con las mayores ceremonias del mundo. En los lugares de los electores ausentes están sus procuradores. Acabada la misa a la hora de las nueve, se fueron a la casa de la ciudad, y a la puerta de la iglesia estaban esperando Sajonia y Lantzgrave, y los demás que no se hallaron en la misa, y acompañaron al Emperador llevando el estoque el de Sajonia. En la casa había una estufa grande en que estaba un estrado muy alto con su trono, y cubierto de brocado, y con dosel y almohadas para el Emperador, y sus poyos de tabla, como es uso de estufas, para los otros. Al tiempo de sentarse hubo cierta contienda, que el de Sajonia y Lantzgrave dijeron que el duque de Branzvic no debía hallarse ahí, por no ser de los principes electores, que ellos le tenían despojado y quitado del estado. No obstante esto, el Emperador mandó que se sentase, y los otros protestaron que por obedecer lo consentían, pero que no les parase perjuicio para el debate que con él tenían Y porque Lantzgrave y Branzvic venían a sentarse juntos, el conde Palatino Federico (que aún no era elector y después lo fue) dejó su lugar, y se sentó en medio de ellos, con protestación asimesmo que dejaba su lugar porque aquellos eran enemigos y no era bien que estuviesen juntos. Acabados de sentar, este conde Palatino, en nombre del Emperador (porque allí todos hablan por procuradores, aunque estén presentes), comenzó de hablar, dándoles gracias por su venida y haberse juntado a su llamamiento. Hízoles ofrecimiento de favorecer las cosas que les tocasen, rogándoles, que así hiciesen ellos las suyas. Tras esto, el doctor Naves, chanciller del Imperio, leyó en escrito la proposición en lengua tudesca; ella fue larga y sacada en suma.

- IX Proposición en la Dieta de Espira. -Responden los príncipes a la proposición hecha en nombre de Su Majestad.

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Excusóse el Emperador de no haber venido antes en el Imperio, como lo prometió en el recessu de Ratisbona, por haberlo impedido el rey de Francia, acometiendo sus reinos de España, a los cuales dijo haber dejado agora, no obstante la guerra que aún le hacían, y pospuesto todo lo demás de sus tierras patrimoniales, por procurar en el ayuntamiento de esta Dieta el remedio de la Cristiandad, tan necesario como veía todo el mundo claramente, y sabían especialmente los príncipes electores, y otros Estados de la Germania, y se les había declarado lo que a Su Majestad le dolía de no haber podido, a causa de la invasión susodicha, emplear los dos años pasados, y poner todas sus fuerzas, juntamente con las del Imperio, contra el Turco, común enemigo, que tan animosamente y con tanto poder había emprendido, mostrando querer sujetar, no solamente el reino de Hungría, que es la llave de la Cristiandad (lo cual haría si el reino no era ayudado), pero, en caso que viniese a señorearle, procedería a la invasión del Sacro Imperio, y esto todo por el continuo oficio que el rey de Francia hacía con el dicho Turco, dándole avisos de la disensión de la fe, y otras particularidades. Por lo cual ha hecho el dicho Turco los efectos que se han visto en Hungría y en el mar Mediterráneo con la venida de su armada, solicitada por el dicho rey de Francia. Pareciéndole, pues, ser los dos (esto es, el Emperador y el Imperio) una mesma cosa, según lo prometieron en la Dieta de Nurumberga, se haría, mostrando todo deseo de meter la mano en el remedio de las cosas de la fe y disensiones del Imperio, como convenía, buscando algún camino para remediarlo, teniendo Concilio general o nacional, o por otra vía, cual más conveniente pareciese, lo cual todo abría lugar, quitando de por medio el obstáculo de la guerra con el rey de Francia, el cual procuraba impedir todo buen designio de Su Majestad. Los señores del Imperio respondieron dando grandes gracias al Emperador por su buen propósito y santa intención, y por los trabajos que había pasado, y gastos que había hecho por venir a hacer esta Dieta con ellos, y entender en el remedio de las cosas del Imperio, pospuestas las suyas particulares, suplicándole que así lo continuase, pues de sólo él pendía la salud de la Cristiandad y del Imperio, que no tenía otro protector, ofreciéndole de serle siempre leales y obedientes, mostrando saber bien, y dolerse de los estorbos que el rey de Francia siempre le ponía, y daños que su liga y confederación con el Turco en la Cristiandad había hecho y hacía. Después de todo, ofrecieron a Su Majestad estar prestos para le servir, pero que le suplicaban hubiese por bien que ellos entre sí pudiesen comunicar la mejor forma y manera que en ello se podría tener, y que después de bien mirado y consultado, darían cuenta a Su Majestad de lo que hubiesen entre sí acordado.

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Después de esto, ellos se juntaron diversas veces en esta casa, y tratando entre sí lo que convenía, así cerca de lo que el Emperador les pedía como de otras cosas, anduvieron en demandas y respuestas, y hubo algunas disensiones; al cabo se convinieron en declarar el Imperio por su enemigo al rey de Francia y sus aliados, y hacer una común ayuda de todo el Imperio al Emperador, la cual fue acordada en este modo.

-XRespuesta del Imperio a Su Majestad, y lo que ofrece para la guerra. -Humildad con que los tudescos tratan a su príncipe. -Cortesía con que trataban a los españoles. -El Papa y venecianos se espantan del socorro que Alemaña hacía al Emperador. -Requieren los alemanes a los esguízaros que no ayuden al francés. El Imperio dió a Su Majestad veinte y cuatro mil hombres de pie y cuatro mil de caballo, pagados por seis meses, y que el Emperador los mandase hacer cuales quisiese, y poner sus capitanes, coroneles y otros oficiales, repartiendo entre los Estados y ciudades imperiales el dinero que esta gente costase, conforme a lo que cada uno tuviese, y que se diesen a cada soldado seis florines de oro, y al hombre de a caballo doce florines. Tomaron a su cargo de coger el dinero y ponerlo en una cierta ciudad del Imperio, cual bien vista fuese a todos, y que allí entregasen el dinero al tesorero del Emperador en tres tercios y pagas, que fueron primero de junio, primero de agosto y primero de octubre, y le dejaron a su voluntad, que pudiese llevar esta gente contra Francia o contra el Turco, como mejor le pareciese convenir, porque al presente tenían al francés por tan enemigo como al Turco, en razón de hostilidad. Pusieron ciertas condiciones en el dar de esta ayuda, y fueron que Su Majestad proveyese cómo las ciudades imperiales, que están en los confines de Francia, fuesen proveídas de guarniciones para que ninguna repentina invasión de los enemigos las pudiese empecer. Que no hiciese paz con Francia, sin que también Francia la hiciese y firmase con todo el Imperio. Demás de esto, que acabada la guerra de Francia convirtiese esta ayuda que el Imperio le hacía, y más sus fuerzas, en la guerra contra el Turco. Que si por caso antes de correr los seis meses de este año se acabase la guerra con Francia, que el dinero que sobrase, que Su Majestad lo mandase guardar para lo juntar con los de los años venideros para la guerra contra el Turco. Lo cual, no obstante que se pagaría al rey de romanos la parte que le cabía para la defensa de Hungría y Austria, pero suplicaron al Emperador proveyese cómo las provisiones y vituallas de aquellas fronteras de Hungría no fuesen por los 148

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enernigos gastadas, por la falta que harían para la guerra venidera. Pidieron que el Emperador pensase y proveyese cómo los mercaderes del Imperio, que tenían las mercaderías y haciendas en Francia, no fuesen damnificados, porque sería en perjuicio de ellos y del Imperio, y del mesmo Emperador, porque tomando el francés, con ello haría guerra a Su Majestad. Es muy de notar en estas escrituras, autos y proposición y responsión -que, por estar en tudesco, largas y confusas, dejo- la humildad y sujeción con que hablan, que es muy grande, que siendo, como son, por otra parte, soberbios, que no se puede creer la humildad con que tratan y la gran crianza de que usan, que si topaban con un español de mediano talle, se desbonetaban cuantos le veían, si bien fuesen tudescos principales, y se apartaban para dar lugar que pasasen, aunque el español fuese a caballo. Tardaron en resolverse más de dos meses, que si bien desde el principio vinieron en servir al Emperador, no se acabaron de concertar en la manera, especial en el repartimiento del dinero: que querían los señores, la parte que a sus tierras cabía, repartirla ellos -por sacar para sí, con color del Emperador, otra buena parte-. Pareció al Emperador que esto era dañoso, y muy en perjuicio del común, y no quería dar lugar a ello, pero todavía se hubo de hacer, porque vino a determinarse por votos entre ellos, y con negociación de veinte y uno o veinte y dos que eran. Fueron de este parecer los doce, que para esto por su interese particular se juntaron entre sí unos con otros, que de parte del Emperador no hubo sino nueve. Ya que entre sí estuvieron acordados, fueron un día todos a palacio, y allí, por medio de su chanciller, leyeron la respuesta, la cual abrazaba en suma y sustancia lo que arriba tengo puesto de la ayuda y socorro contra Francia. Túvose a mucho esta determinación, y tanto, que los que eran del Emperador entendieron que por ella estarían quedos el Papa y venecianos, y que no se osarían mover, los cuales se sonaba trataban de novedades; y luego sus embajadores les despacharon postas, avisándoles de lo que pasaba, porque los alemanes son muchos, y muy temidos, y siempre fueron tenidos por muy valientes y amigos de las armas. Dióse esta respuesta al Emperador primero de abril, y antes que se le diese, enviaron a avisar a los mercaderes que tenían tratos en Francia para que desembarazasen y pusiesen cobro en las haciendas y dinero. Y porque los cantones de esguízaros tenían asimismo Dieta entre sí, los príncipes del Imperio les enviaron su embajador para les amonestar y requirir no sirviesen al rey de Francia, protestando contra ellos la emienda y castigo. Ellos respondieron diferentemente; los dos cantones ofreciéndose de lo hacer, como lo cumplieron, porque degollaron a los caballeros que contra su 149

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prohibición comenzaron a levantar gente para Francia; los otros cantones dijeron que querían primero avisar al rey de Francia de algunas cosas, y eran, que dejase la amistad del Turco, y su armada la echase de su reino, y les pagase cierta suma que les debía; y si esto hiciese, que le consentirían sacar gente para su defensión, y no de otra forma, y que no le servirían para ofender ni pelear contra el Emperador. Estos cumplimientos hicieron los cantones, pero es gente que raras veces guardan su fe.

- XI Pretende el rey de Francia impedir el servicio que en la Dieta le hacían al Emperador. Particulares pretensiones de los príncipes alemanes. Disimúlanse las cosas de la religión a más no poder, con dolor de los católicos. -Celo, prudencia, valor de Carlos V. -Caso notable de fray Hernando de Castroverde en Espira. El rey de Francia tenía entre ellos su embajador, el cual hacía todas las diligencias posibles, trabajando que le fuese permitido enviar otro a la Dieta del descuento y razón de sí; con intención, se imaginó, de, con dineros y sobornos, corromper algunos señores del Imperio, para traerlos a su parcialidad o impedir la determinación susodicha y servicio que hacían al Emperador; pero no lo pudo hacer, ni alcanzar, ni tuvo efecto su siniestra intención. En tanto que estas cosas en la Dieta pasaban, a vueltas se trataron otras tocantes a la Cámara y justicia imperial, y forma de gobernación, y casos y pleitos particulares, especial del duque de Branzvic contra el de Sajonia, y Lantzgrave, que desde la Dieta pasada le tenían desposeído. Y demás de se tratar por vía ordinaria ante los del Consejo, vinieron ambas partes con todos los electores y príncipes a orar sobre su causa ante el Emperador. También el príncipe de Orange estaba desposeído de otro Estado que le pertenecía, y los mismos Sajonia y Lantzgrave se lo habían quitado; y si bien tenía sentencia en su favor, no había quien se atreviese a tomar la posesión; tan soberbios y tiranos estaban ya Sajonia y Lantzgrave, que llegaron a lo que veremos, dentro de dos años. Las cosas de la religión, que era lo principal que importaba remediarse, por la demasía que había, por nuestra desventura se disimularon y pasaron por ellas, que si bien el celo del Emperador era santísimo estaba tan apretado con la guerra y ofensas que el rey de Francia le había hecho y quería hacer, y también lo que se temía del Turco en Hungría, que hubo de pasar por ellas

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porque estas gentes le ayudasen, esperando coyuntura y tiempo para asentarle la mano, como adelante lo veremos. Llevaban los católicos tal desventura, veían que la dilación era dañosa porque el mal cundía más que el enconoso cáncer, y amenazaban las demasías de los herejes una general corrupción y rompimiento, como sin duda la hubo, y lo que agora no se curó, porque no había disposición en el sujeto, con medecinas suaves, benditas y blandas, adelante lo procuraron curar con hierro y cauterios de fuego, que por brevísimo tiempo aprovecharon, pero luego volvió el cual, que dura hasta hoy día. Es cierto que las fuerzas y autoridad del César eran grandes, mas si pusiera su poderosa mano en uno, levantáranse ciento y juntáranse con Francia y con otros enemigos, tantos, que fuera peor que el monstruoso animal de la hidra, de quien dicen que por una cabeza que le cortaban, nacían siete. Era necesario quitarles la guarida por bien o por mal, que era Francia, y después dar sobre ellos, que así lo hizo el prudentísimo príncipe con el mayor valor y esfuerzo que tuvo ninguno de los romanos, y con tan ardiente celo de servir a Dios, cual no podré aquí pintar. Aconteció aquí en Espira una cosa, que si bien menuda, digna de memoria. Era predicador del Emperador, y andaba en su corte, un buen fraile español que se llamaba fray Hernando de Castroverde. Este predicó aquí, domingo de la Septuagésima, de este año, y dijo, hablando de la fe de España, cómo en ninguna parte estaba más inviolada, ni eran castigados los que contra ella andaban como allí, y que, por tanto, era merced particular de Dios nacer el hombre y criarse en esta provincia, y que en ella había nacido, y en ella entendía morir. Sucedió que a veinte y dos de hebrero, fue herido este fraile de una landre, y se despachó para la otra vida en cuatro días, de que hubo gran alteración en la corte, por el temor de peste; y tanto más, porque pareció a muchos que había sido juicio del cielo, y que luego le había herido con aquel castigo en pena del delito que había cometido en decir aquellas palabras. Esto decían los extranjeros que le habían oído, que fueron muchos; y los españoles sentían que el fraile era bueno y había dicho verdad.

- XII Detiénense los herejes en Espira. -Los católicos hacen libremente los oficios divinos. -Sentían bien algunos tudescos de la disciplina y devoción de los españoles.

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No se desmandaron los herejes en esta Dieta ni hubo sermones de ellos, sino privados, en casa de Sajonia, ni osaron parecer allí los principales autores de las herejías. Los católicos procuraron dar buen ejemplo. Hubo muchos sermones católicos. La Semana Santa hicieron los cortesanos los oficios como en España, hubo procesión de disciplinantes, muy grande, sin que faltase hombre de corte, que no fuese en número de los disciplinantes o con hachas en las manos. Espantáronse los de aquella tierra de lo ver, y juzgaban de diversas maneras: los muy endurecidos decían que aquella sangre que se sacaban no era sangre, sino que mojaban las disciplinas con almagra, y con aquello se teñían las espaldas. Otros se movían a piedad y venían a los acompañar con sus velas, y llorando de devoción, y tocaban sus rosarios en las carnes de los disciplinantes como en reliquias, y decían que en sola España había cristiandad y religión, y que por ser el Emperador señor de tan buenos cristianos, le hacía Dios merced y le daba victorias de sus enemigos. Es la gente común alemana generalmente buena y cándida, sin malicia, que por eso los engañó Lutero y engañan otros herejes.

- XIII Recelos y avisos de la amistad de Andrea Doria con el Turco y Barbarroja. -También el de Francia se teme de Barbarroja no le burle. -El de Francia solicita corazones y nuevas amistades. Pide tres cosas a Génova. Estando el Emperador en Espira tuvo avisos de Italia (fuente y cabeza de todas las novedades y mudanzas y madre sustentadora de las guerras) que entre el turco Barbarroja y Andrea Doria había grandes tratos de amistad, enviándose cada día fregatas el uno al otro, y presentes con demandas y respuestas, de que tuvo algunas sospechas, y aun temores, el rey de Francia, no le hiciese Barbarroja alguna burla pesada, concertándose con el Emperador. Y no iba muy fuera de camino el francés, que, como hay tan poco que fiar de turcos, fácil era a Barbarroja hacerse señor de su armada y aun de Marsella, y al Emperador, si quisiera ganar este enemigo, y traerlo a esto, que el dinero todo lo puede, y tuviera el rey su merecido por haberse fiado de un bárbaro enemigo capital y sin vergüenza de la fe cristiana; por esto procuró él rey despedirlo y echarlo de sus puertos, como queda dicho.

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Y demás de esto, supo el Emperador cómo el rey solicitaba corazones y procuraba amigos para ayudarse de ellos, y que había enviado a Génova pidiendo tres cosas. La primera, que le prestasen seiscientos mil ducados. La segunda, que le dejasen tener embajada allí. La tercera, que consintiesen a sus galeras arribar en sus puertos, y les diesen refresco. Respondió Génova que dineros no los tenían, porque estaban muy gastados en fortificar sus plazas, y los que tenían los habían menester. Embajador, que no había para qué lo tener, porque ellos estaban en servicio de la majestad del Emperador y no querían tratos con Francia. Y cuanto a las galeras, que a su ventura podrían ir y tomar puertos; pero que no le podrían asegurar de las del príncipe Doria, que servían al Emperador. De esta respuesta quedó el rey muy escocido, y tanto, que se tuvo por cierto que trató con Barbarroja que con toda su armada diese sobre Génova, y hubo hartos temores, porque decían que el Turco rehacía su armada y la cebaba con acrecentamiento de otras setenta galeras, aunque no fue lo que se temió, que mejor lo hizo Dios con su pueblo, y el enemigo se fue, como dije. Mas no por eso cesó la guerra ni pararon los tratos de ella que en Francia, Ingalaterra y Alemaña había, y en el Piamonte, que en estos días andaba tan viva, como aquí diré.

- XIV Aprieto grande de Cariñán. -El del Vasto socorre a Cariñán. -Batalla entre imperiales y franceses; piérdela el marqués del Vasto. -Habla el del Vasto a los españoles, estando para romper. Vencen los españoles por su parte. -Pierde el marqués del Vasto la batalla. -Los españoles, vitoriosos, se rinden. -Honra que el rey de Francia hizo a seiscientos españoles sus cautivos. Deshízose el campo del Emperador por la huída o retirada del rey de Francia en Landresi y entrada de invierno, tiempo tan poco aparejado para la guerra, especial en aquellas partes, que es por extremo riguroso. El rey de Francia (que sin duda era buen soldado y capitán solícito, si bien poco venturoso), visto que los imperiales eran flojos y que no se habían aprovechado de la buena ocasión que se les ofreció, cual nunca otra tuvieron, acordó, con la gente que tenía, no dormir y pasarla toda en el Piamonte. Esto hízolo parte por necesidad, por no perder a Turín, que, como el marqués del Vasto, volviendo del socorro de Niza, ganó a Cariñán y otras plazas en contorno, teníale estrechado y apretado, quitando que no entrasen bastimentos ni socorro alguno, y no le podía el francés socorrer sino con

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ejército formado. Y parte también lo hizo porque, según se tuvo, fue solicitado del buen Pastor y los potentados y señorías de Italia, que no podían llevar en paciencia la pujanza y gloria del Emperador, al cual veían supremamente levantado. Cuando este campo caló en el Piamonte, no se hallaba el marqués del Vasto con fuerzas competentes para podérsele oponer y impedirle el paso, porque no tenía sino nueve o diez mil hombres, y de éstos, puestos buena parte en Cariñán, Quier y otras plazas; con los demás, se recogió y estuvo quedo, haciendo saber al Emperador la venida del francés y el estado de las cosas. Bien es verdad que luego, sabida la venida de los enemigos, el duque de Florencia le envió tres mil hombres; y al atambor, en Roma se juntaron otros quinientos españoles, y el cardenal de Trento, con un su hermano, envió otros tres mil; comenzaron a hacer cuerpo y tener forma de ejército. El Emperador tuvo su Consejo luego que entendió el estado de los movimientos de guerra, y porque los consejeros no saben por entero la necesidad, y lo que importa en semejantes ocasiones, por evitar gastos no proveyeron tan cumplidamente como convenía ni como el marqués pedía. Sólo enviaron cuatro mil tudescos que hizo Andalot, así de presto, en el condado de Tirol, cuales los pudo haber, gente flaca y desarmada. En tanto que éstos se juntaban, los franceses cercaron a Cariñán y a Quier y otras plazas, y las dieron batería, de donde se retiraron con pérdida y llenos de vergüenza, sin hacer nada. Había continuas escaramuzas y reencuentros, mejorándose a veces los unos y otras veces los otros, o saliendo de sus plazas a dar armas a sus enemigos, o topándose o poniéndose a asechanzas, que los soldados llaman emboscadas. Y señaladamente lo hicieron bien los de Cariñán, a los cuales tenían más apretados, quitándoles los bastimentos y otras cosas, que cada día salían y les mataban gente, y tomaban sus provisiones y las metían en el lugar. Servía al Emperador en estas guerras el capitán Miguel de Perea, caballero noble, descendiente por línea recta de Rodrígo de Perea, adelantado de Cazorla y camarero del rey don Enrique III. El cual capitán era tan valeroso y ejercitado en las armas, que siendo de poca edad, en la batalla que los castellanos dieron a los franceses en la cuenca de Pamplona, año 1522 (como dejo dicho en el libro X de esta historia) quitó el estandarte real que traía el general francés y lo ganó, y por tan señalado servicio le hizo merced el Emperador y dió cédula con palabras de mucho encarecimiento y estima, para que lo pusiese en el escudo de sus armas, en el dicho año de 1522, y le hizo contino de su casa, que antes que se mudase el servicio de la casa de Castilla, era de los oficios más honrados de la casa real. Año de 1537, por el mes de setiembre, estando el Emperador en Monzón, recelándose de que en Francia se hacía una gruesa armada de trece navíos, con tres mil hombres de pelea, con intención de ir a robar las costas de las Indias, 154

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no se fiando de la armada con que había ido Blasco Núñez Vela, mandó el Emperador que cuatro navíos que andaban guardando el mar de Andalucía se armasen muy bien, y que Miguel de Perea fuese por general de ellos y procurase juntar con Blasco Núñez, para que con más seguridad trajesen a España el oro y plata de las Indias. Hallóse antes de esto Miguel de Perea en la batalla de Pavía y en la jornada de Viena contra el Turco, y después de estos tiernpos en las guerras de Alemaña. Fue capitán y alcaide de la ciudad y fuerza de Melilla, y en otras muchas ocasiones mostró ser un gran soldado. Estaba a cuenta de este capitán el lugar y fuerza de Cariñán, y con los españoles que tenía resistían valerosamente al enemigo; pero como era poderoso no bastaban sus fuerzas, y los italianos que dentro estaban no querían pelear como debían, por el odio, emulación y envidia que de los españoles tenían, pareciéndoles que el capitán que tenían lo era, y que se hacían los españoles dueños en todo, como suele hacer esta nación, por ser de suyo altivos y de bravos corazones. Sabiendo el marqués del Vasto la poca conformidad que en Cariñán había y que los italianos, descontentos por no tener capitán de su nación, peleaban mal, determinó quitar de allí al capitán Miguel de Perea, si bien estaba seguro que por él no se perdería, y sabía cuánto se había mostrado allí resistiendo al enemigo, como el Emperador lo escribió después, dándose por muy bien servido de él. Puso el marqués en Cariñán, en lugar de Miguel de Perea a Pirro Colona, singular capitán italiano, con setecientos españoles y otros tantos italianos y tudescos, del cual luego diremos. Ya que los cuatro mil tudescos fueron llegados, el marqués del Vasto se halló con mil y quinientos españoles y casi cuatro mil italianos, siete mil tudescos y mil caballos ligeros, porque les avisaban de Cariñán que les iba faltando la provisión, acordó de ponerse en orden para ir a socorrerlos, con determinación de dar la batalla a los que se la diesen. Con este acuerdo, comenzó de marchar, y porque para ir a Cariñán era menester pasar el Po, que corre por entre Lombardía, donde él venía, y el Piamonte, do son Cariñán y Turín; y los contrarios, para le estorbar el paso y necesitar a batalla, se habían pasado ya del cabo que venía y héchose fuertes y asentado el real, él quiso desviarse y venirse a esguazar el río por más arriba, si bien con rodeo. Esto era en la Semana Santa, y ya el Emperador, en Espira, tenía aviso que, Viernes de la Cruz o día de Pascua, a más tardar, se daría la batalla. Los franceses, que estaban con propósito de pelear, movieron de Carmañola donde estaban y se acercaron a un lugar que se dice Somarriba, donde el marqués iba a alojar primero día de Pascua, y allí se metieron en un bosquete,

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de ellos cubiertos, de ellos descubiertos, con pensamiento que, visto que eran pocos, el marqués los acometería. Luego que fueron descubiertos por los imperiales, el marqués conoció lo que era, y para entender lo que había en el bosque hizo disparar ciertos tiros del campo a raíz del suelo, los cuales, como dieron en la gente, luego se descubrió la celada; esto era ya tarde; hubo algunas escaramuzas entre ellos, y no más por aquella noche. Y a la mañana, viendo el marqués que no podía pasar sin pelear, acordó de ganar hora, y representóles la batalla, puesta bien en orden su gente y concertados sus escuadrones. Los enemigos, que no deseaban otra cosa, le salieron a ella de muy buena gana. Había en el campo del marqués al pie de mil y quinientos españoles, y mil y trecientos alemanes, soldados viejos, criados en compañía de españoles, y muy amigos de ellos. De éstos se hizo un escuadrón de hasta tres mil, el cual se puso en avanguardia. Había otros seis mil italianos, de que se hizo otro escuadrón que tuvo la retaguardia. Había otros seis mil tudescos bisoños, que tenían el escuadrón segundo del batallón, y más cinco mil italianos, de que se hizo otro que tuvo la retaguardia. Los caballos, que serían hasta mil (cuyo capitán general era el príncipe de Salmona), estaban partidos en tres partes: ciento y cincuenta a las espaldas de los italianos, de al lado derecho de la avanguardia; los demás, algo adelante. A estos tres escuadrones contrapusieron los franceses otros tres, como si fueran puestos de juego de caña. El primero que respondía a la avanguardia tenía seis mil italianos; el batallón en frente de los tudescos del marqués tenía hasta siete mil esguízaros y gascones mezclados. La retaguardia que respondía a los italianos del marqués tenía la otra gente francesa su gente de a caballo, que eran hasta tres mil; estaba dividida en dos partes, entre la avanguardia y batallón; a las espaldas era el golpe, un poco más atrás los restantes. Su artillería estaba a las espaldas de la avanguardia. Su campo estaba recostado hacia Carmañola, tendido a la parte del Mediodía, el del marqués al Setentrión. Envióse pintada esta disposición de los dos ejércitos, con la relación del hecho (como aquí lo cuento) al Emperador, estando en Espira. Antes que el marqués respondiese, hizo una plática a los españoles, diciendo que ya sabían cómo siempre habían sido leales, y por la confianza que tenía en ellos, y tenellos en aquella cuenta, se atrevería a dejarlos sin paga por cumplir con la otra gente, y que se acordasen que servían a su rey y señor natural, y que, como siempre lo hacían, se habían de poner en los mayores 156

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peligros. Ellos respondieron muy contentos, que para ellos no era menester plática, que lo harían como siempre habían hecho, que viese lo que mandaba. Y díjoles que bien veían dónde estaba aquella artillería y el daño que les hacía, que habían de tomarla o morir por ello. Y respondieron, con gran ánimo, que eran contentos, y que así lo harían, y así se pusieron con los mil alemanes que les hicieron espaldas. Hecha señal de batalla, y habiendo jugado la artillería, arremetió la avanguardia del marqués contra la avanguardia francesa con tanto ánimo, que si bien eran más de seis mil esguízaros, luego los rompieron y hicieron en ellos gran matanza, sin serles hecha resistencia. Y ganaron la artillería, y hecho esto pasaron adelante y dieron en sus caballos, y rompiéronlos y pasaron; y prosiguiendo su victoria, y dando en los que huían hasta que llegaron al bagaje, bien dos millas del campo, pensando que los otros escuadrones hacían lo mismo y que los enemigos eran desbaratados totalmente. Estando la cosa en esto, los caballos imperiales, por mandado del capitán, arremetieron por en medio de la avanguardia, que ya no habían gente contra los caballos de los contrarios, a fin de les impedir que no diesen en la infantería; que puesto que la avanguardia española los desbarató y rompió por ellos, pero no para que se deshiciese su fuerza y no tornasen a juntar. Yendo, pues, así la caballería del marqués, los otros salieron a ellos, y fueron tan malos los del marqués, que a sabiendas y de traidores, como algunos creyeron, sin romper lanza volvieron las espaldas tan llenos de temor y desatinados, que sin ver qué hacían, dieron en el batallón del marqués, que era de tudescos bisoños, y los rompieron como a tales, y malos soldados, y los hombres de armas franceses que los seguían entraron tras ellos, y unos, y otros los hallaron y desbarataron. Hecho esto así, los caballos dieron vuelta los unos y los otros por entre las dos retaguardias, y a más no poder, huyeron para Aste. Los esguízaros y gascones, como vieron el batallón del marqués desbaratado, dieron sobre los tudescos y hicieron en ellos grandísima matanza. Aquí los que escriben andan varios, no se conformando: unos dicen que los del marqués dejaron las armas, y sin pelear dieron a huir; otros afirman que pelearon bien, y peleando murieron, sino que cargó sobre ellos, estando desbaratados, toda la fuerza de los contrarios de pie y de caballo; y los mismos tudescos, agraviándose mucho de que digan que ellos habían huido, traen en su defensa que murieron ocho capitanes, y más se quejaban de que el marqués los había puesto en mal lugar, que había mucha agua entre ellos y el batallón de los otros, y por eso no pudieron arremeter al tiempo que la avanguardia arremetió, y cargan de culpa al marqués, diciendo que antes estuvo en Aste que ellos dejasen de pelear, y juraban que con él no entrarían más en batalla si 157

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no se ponía a pie con ellos. Los italianos que estaban en retaguardia, viendo lo que pasaba, o antes que lo viesen, se comenzaron a retirar, puestos en orden, y con sus banderas y armas y ropa, marcharon camino de Aste, y sin recebir daño, ni hacerlo, se salvaron. Deshecho el campo de los españoles, y los mil tudescos de su escuadrón de la avanguardia, que no sabiendo lo que pasaba por sus compañeros se habían tanto adelantado, que se tuvieron por vencedores; pero entendido el desbarato, se aunaron lo mejor que pudieron y se hicieron fuertes, peleando valientemente hasta que todo el campo enemigo los cercó. Entonces, ya que no se podían escapar y que las fuerzas les faltaban por el trabajo que habían tenido, por persuasiones que les hizo Francisco Borbón, general de los franceses, se dieron a prisión hasta seiscientos españoles; bien otros tantos se salvaron con él marqués, que los había mandado estar un cierto puesto, por donde no acompañaron a los otros. Estos que así fueron presos después se soltaron, quitando las armas y desvalijando los que llevaban presos, aunque lo más cierto es, según la relación que uno de estos soldados hizo al príncipe don Felipe (que fue nuestro rey y señor), en este año de 1544, estando en Valladolid, que enviaron los españoles a Francia, que serían hasta seiscientos, y de allí los mandó el rey a traer a España, dándoles de comer y buen tratamiento, y mandando, por todos los lugares por donde pasaban, que no los diesen grita ni se les hiciese alguna afrenta; tan hidalgo corazón y generoso pecho tenía este gran príncipe. Y así llegaron a Narbona, donde los detuvo el capitán de aquella frontera, hasta que el marqués de Aguilar le diese dos parientes suyos que le tenía presos, y si no, que tomaría ciento de ellos, de los mejores y soltaría los otros. Y ellos enviaron un compañero a quejarse al rey de Francia, y otro al príncipe nuestro señor, que dió la relación que digo, si bien no tan cumplida como la que se envió al Emperador, que ambas las tengo y las sigo. De los alemanes recibieron los que quisieron quedar a sueldo; los demás dejáronlos libres, con condición y juramento que no sirviesen al Emperador en los cuatro meses primeros. Murieron del campo del Emperador ocho mil hombres; de los franceses, cuatro mil. Díjose que el rey de Francia había mandado que se diese esta batalla, y que muchos caballeros franceses, deseosos de mostrarse y ganar honra, habían venido por la posta a hallarse en ella. Y que el general se llamaba monsieur de Anguien, mozo de veinte años; el marquésdel Vasto y los que con él iban no pararon hasta Aste. Pareceres hubo que peleó valerosamente, y fue herido en

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una rodilla; otros dijeron lo contrario. y que la herida que llevó en una rodilla fue que, corriendo, topó con otro en la pierna. Reparó y recogió la gente en Aste, que se escapó, que serían siete mil hombres, sin otros que se libraron y derramaron por otros cabos.

- XV Los franceses, con la vitoria, cobran ánimo y ganan amigos que se declaran contra el Emperador. -En qué día se dió esta batalla. -Llega la mala nueva al Emperador, que estaba en España. -El poco fruto que sacó el francés de esta victoria. -Ayudan muchos al marqués para repararse. -Juan de Vega señalado caballero y de los muy nobles de Castilla. Esta fue la mayor adversidad que padeció el Emperador en cosas de guerra, porque hasta este día ninguno hubo victoria de él, ni de su campo, y fue mayor la pérdida, porque si los imperiales vencieran, era cierta la paz y sosiego de la Cristiandad, porque el francés tenía metido su resto, y a perder no le quedaba si no pedir misericordia, que demás del poder del Emperador, toda Italia se declaraba por Su Majestad, sin osar hacer otra cosa. Pero con esta victoria cobraron nuevo ánimo los franceses, y muchos que disimulaban la mala voluntad que tenían al Emperador, se declararon por el francés; y otros, indiferentes, se estuvieron a la mira. Es verdad que si no fue el duque de Ferrara, ninguno, de hecho y con rompimiento, se declaró contra el Emperador, que aunque perdió esta batalla viéronle muy poderoso, y el haberse declarado el Imperio por enemigo del rey de Francia enfrenó a muchos y los tuvo a raya, sin osarse mostrar. La batalla, o la resolución de darse, fue primero día de Pascua de Resurrección, y en el segundo se dió, y es de notar que en tal día se perdió la de Ravena y la de los Gelves. No hay días aciagos ciertos; pero podría haber castigo para los cristianos que en Semana Santa, cuando se hace penitencia y se reciben los Sacramentos, tratan de los robos, y muertes y estupros y otros excesos que consigo trae la guerra. Llegó la nueva de este desbarato y rota al Emperador; primero confusamente, por vía de Milán, y después se tuvo por cierta. El Emperador es de creer que lo sintió, pero no se mostró más triste ni alegre que solía; y a la hora despachó a Juan Bautista Castaldo para el marqués, con cartas y dineros para proveer en lo necesario.

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Seis días después vino correo del marqués y refirió la jornada como se ha contado; sólo se supo el daño más en particular que se recibió, y es que ganaron hasta una docena de tiros de campaña y alguna munición y carros con bagaje. Muertos se hallaron, de ambas partes, ocho mil y trecientos, en que serían tres mil y quinientos tudescos de los imperiales, y cuatrocientos españoles; todos los demás eran enemigos, que si no fuera por la victoria y reputación, mayor daño habían recebido los franceses. Y fueles de tan poco fruto esta victoria, que ni ganaron plaza, ni en Italia hubo alteración que les importase, si no fue que, pasados algunos días, se levantaron el conde de la Mirándula y Pedro Strozi y juntaron hasta nueve o diez mil hombres, y anduvieron por el Estado de Milán robando y gastando la tierra, de los cuales luego diré. Los de Milán, como leales servidores del Emperador, enviaron luego al marqués cien mil ducados para ayuda a repararse, y el duque de Florencia socorrió con alguna gente; y el cardenal de Trento hizo lo mismo. En Roma hubo diversos pensamientos, y si bien había muchos franceses, no se mostraron tanto. El de Burgos, Gambaro y Cibo dieron cuanto tenían a Juan de Vega para hacer gente. Madama Margarita, hija del Emperador, procuró que su marido, Otavio Farnesio, viniese al campo, y porque le halló tibio, dió cuanto dinero y joyas tenía a Juan de Vega para ayuda de conducir gente. Juan de Vega tuvo propósito de se partir luego para el campo, pensando que el marqués estaba mal herido, para recoger las reliquias del ejército y amparar las plazas. Sabido que no estaba tan malo, se detuvo; después le envió a mandar el Emperador que luego partiese y se juntase con el marqués, y Juan de Vega lo hizo, llevando consigo cinco mil hombres. Fue Juan de Vega uno de los grandes caballeros, en paz y en guerra, que en sus tiempos salió de Castilla; es su casa de la nobilísima familia que agora son condes de Grajal.

- XVI Valor con que se defiende el capitán Pirro y sus españoles en Cariñán. Los de Cariñán quedaron lastimados, y, con la misma necesidad y aprieto, con la pérdida de esta batalla, mas no sin ánimo, porque el capitán Pirro Colona era valeroso por extremo. 160

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Los españoles y demás soldados tales, y para mostrar a sus enemigos que no les había quebrado los bríos su victoria, salieron a ellos muchas veces y les ganaron después de la batalla nueve banderas, y les mataron más de ochocientos, y continuaban las salidas y asaltos que hacían, tomándoles los bastimentos con que se sustentaban.

- XVII Engaño de Jovio. -Vencen los imperiales a Pedro Strozi y franceses. -Lo que al Emperador importó esta victoria. Finalmente, la necesidad terrible de bastimentos y municiones venció los fuertes ánimos de Pirro Colona y sus españoles, y se hubieron de rendir, no al cabo de cuarenta días, como dice Jovio, después del reencuentro de la de Ceresola, sino después de dos meses, cuando ya no se comía sino salvados, importando mucho cada día de los que se detuvieron después del hecho de armas para las cosas imperiales, porque de otra manera la guerra estuviera a las puertas de Milán, o quizá dentro de ella. Como se quedaron las fuerzas enteras, y de la suerte que antes estaban, y los cercados con el mesmo vigor y coraje se defendían, fue gran parte para que el marqués se tornase a rehacer de más gente y ponerse en el punto que primero. De manera que los sitiados de Cariñán se detuvieron en su porfía, sin rendirse, hasta 22 de junio, que salieron de Cariñán, habiéndoles dado el día antes la postrera ración, sin haber para otro día más salvados que comer, sino unos pocos de caballos que aún les quedaban vivos, habiendo comido hasta allí seiscientos y tres; pero no género de pan. Y el reencuentro de la Ceresola fue a 15 de abril, que a esta cuenta se detuvieron un mes más de lo que dice Jovio, sin rindirse en este medio tiempo; a 4 de junio por tener ellos ocupado al general Anguiano con el ejército francés que los tenía sitiados, se dió la rota al otro general, Pedro Strozi. Cuanto a las condiciones con que se rindieron los valientes cercados y su capitán Pirro Colona, también las yerra Jovio; la escritura del concierto, al pie de la letra, es ésta: «Yo, Francisco de Borbón y conde de Anguiano, somos contentos de que el ilustre señor Pirro Colona, y los señores coroneles de alemanes, y maeses de campo de españoles, y capitanes y soldados, hayan de salir de la villa de

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Cariñán, dejando la artillería y municiones, y que ellos lleven todas sus armas y banderas, y atambores y pífanos, y caballos, y bagaje, y ropa y dineros, con que salgan con las banderas cogidas y atambores callados, hasta ser pasada la puente. Y serán acompañados hasta Santa Ana por monsieur de San Julián y por monsieur de Ausun. Y que para los heridos y enfermos daremos barcas que los lleven seguros hasta Casar de Montferrat, y que hayan de pasar el río Tesin y estar entre Tesin y Hada por dos meses, y pasado este término, que los españoles se hayan de ir en España o en Nápoles, sin servir a Su Majestad ni hacer guerra al Cristianísimo, por término de ocho meses, y que el señor conde Pirro ha de estar los dichos dos meses en Italia, o do fuera su voluntad, y que después pase en la corte del rey de Francia, y que no salga de ella por ocho meses, con los dos que ha de estar en Italia sin licencia del dicho Cristianísimo rey.» Esta es la escritura del concierto a la letra. Y después de esto, que fue viernes, el sábado el Pirro Colona dijo que antes saldría a dar la batalla y morir todos, si los españoles y tudescos hubiesen de salir de Italia. La cual obstinación viendo el Anguiano, y temiendo aquellos desesperados allí metidos, les añadió que pudiesen los españoles y tudescos quedar en Italia, con que por espacio de ciertos meses no pudiesen hacer guerra al rey. Luego, domingo 22 de junio, salieron de Cariñán. Con la llegada de Juan de Vega al campo del marqués, los de la Mirándula y Pedro Strozi, dejado lo de Milán, estaban determinados a pasar el Piamonte o para se juntar con los que estaban sobre Cariñán para apretar más el negocio y de ahí dar consigo en Francia, de ellos, o todos juntos, porque como el rey no tenía otro ejército y por la parte de Alemaña y Flandres le entraban sus tierras, érale forzoso revocar sus gentes, que estaban en Italia para su defensa, porque así como al principio tuvo manera de divertir al Emperador de las partes donde estaba, con echar el peso de la guerra en el Piamonte y Lombardía, viendo que aquello no le sucedía bien, más de tenerle puesto en necesidad de tornar a traer su gente del Piamonte, para defender lo de Picardía. Y parecía verdaderamente que el ejército que tenía en el Piamonte había de ser causa de su perdición, porque le sustentó todo el invierno con mucho trabajo y costa, y no hizo nada, y cuando lo había menester por verse desarmado, no lo podía haber sin gran dificultad, y sin desesperar de todo lo de Italia. Serían, según se afirmó, los que fueron a pasar el Po por junto a Plasencia, pasados de diez mil hombres, y el marqués del Vasto envió en seguimiento de ellos al príncipe de Salerno y Salmona, con hasta ochocientos caballos y siete mil infantes italianos, para les impedir el paso. No lo pudieron hacer, porque Pedro Luis, hijo de Su Santidad, con los placentinos, les dieron favor y ayuda con barcas, y pusieron estorbos a los del marqués, y desvalijaron a Carlos de Gonzaga, que venía con tres banderas a se juntar con ellos. 162

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Y el título con que Pedro Luis hizo esto fue con que su gente damnificaba las tierras del Papa. Pero esto no embargante, pasaron tras ellos y les fueron siempre en el alcance, y diéronse tan buena maña, que junto con Sarrabal, donde habían enderezado, a ocho leguas de Génova, los alcanzaron, y tomáronlos en cabo que no pudieron huir, sino que hubieron de pelear de necesidad. Hubieron con ellos batalla, y fue así que al principio Pedro Strozi llevaba lo mejor y habían rompido los suyos una avanguardia y ganado seis banderas. Pero cargó el príncipe de Salmona con sus caballos, en que les tenía ventaja (que ellos no tenían sino docientos), y con ellos, y hasta mil arcabuceros, los rompió y desbarató y ganó la victoria. Murieron hasta tres mil, según ellos dijeron, y tomáronse a prisión cinco mil, y entre ellos Pedro Strozi, y el conde Pitillano, el duque de Soma y otros principales. Esto acaeció a 2 de junio, y vino la nueva al Emperador a los 16, a la entrada de Mez de Lorena. Túvose en mucho esta victoria; lo uno por se haber ganado por mano de italianos, que fue la primera cosa que hicieron en servicio del Emperador a solas; lo otro, porque fue en tal sazón y coyuntura, que quebró las alas al rey de Francia y su parcialidad, y les ganó totalmente el placer que tenían de la toma de Cariñán y victoria de Ceresola. Mayormente, que en la otra el francés no ganó palmo de tierra, y perdió tanta y más gente, y ésta, sin pérdida alguna de la parte del marqués, se ganó. Y perdió el rey de Francia todo un ejército, y no sólo le perdió, sino que quedó con mucha dificultad y trabajo para juntar otro. Verdaderamente parecía que hacía Dios las partes del Emperador, porque cuando más caídas se veían sus cosas, entonces volvían y se levantaban con mayor vigor y fuerza.

- XVIII Toman los españoles a Pontestura, en el Piamonte. -Miedo de los franceses. Al mesmo tiempo que esta victoria se hubo, los españoles y tudescos que el marqués tenía consigo, aunque pocos, como no saben cesar ni estar ociosos, fueron a una villa del Piamonte que llaman Pontestura, en la cual había setecientos gascones de guarnición, que la estaban fortificando, y en los seis de junio se la entraron por fuerza, y mataron los gascones sin dejar hombre; tornaron la plaza y siete piezas de artillería. Serían los españoles que tenía el marqués, mil; no se atrevía a juntarlos con los italianos, porque como los españoles son altivos y de buenos pensarnientos y valientes, menguaban a los italianos, llamándolos cobardes y

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traidores por lo de Cariñano, y los italianos sentíanse, indignándose tanto, que se conjuraron para se revolver contra ellos en la primera ocasión y matarlos, y por esta causa los traía el marqués apartados, esperando que creciese el número de los españoles, que llegando a ser tres o cuatro mil, no se atrevieran con ellos, aunque fueran diez mil italianos. De esto que en Pontestura aconteció cobraron tanto miedo los franceses, que muchos desampararon los lugares en que estaban en guarnición, dejándolos a los imperiales, especial una buena plaza que se dice San Salvador. Como veían las gentes que en tan breve tiempo volvía la fortuna tan favorable a la parte del Emperador, comenzaron los pronósticos y profecías, nacidas de la madre de las abusiones en que adivinando lo pasado, y visto lo presente, profetizaban que el Emperador en este año, había de perder la primera batalla, y después había de haber grandes victorias. También se entendió de Roma que a Su Santidad no le había sabido bien la victoria de Sarrabal, porque le había costado sus dineros la gente que allí fue rota. No venía esto bien con lo que siempre publicó este Pontífice, de que él no se quería mostrar por ninguno de los príncipes, y lo tenían sus apasionados por una de las cosas más dignas de memoria, para ejemplo de los sucesores; pero por muchos testimonios se halló que la última paga que el rey hizo a la gente de sus fronteras fue con doblones traídos de Roma, si no fue que se los enviasen algún cardenal o gentilhombre de sus aficionados.

- XIX Jornada grande que el Emperador hizo contra Francia. -Landresi. -Ordena el Emperador la entrada en Francia. -Don Alvaro de Sande corre las fronteras de Francia. -Don Hernando de Gonzaga, general del Emperador, se adelanta. -Echase don Hernando sobre Lucemburg. -Ríndese, entrégase a seis de junio. -El bien que se siguió de la toma de Lucemburg. -El daño que hay, tardando las cosas de la guerra o expedición de ella. Conquista don Hernando otro castillo, Camersi, a 15 de junio. Ya que he dicho parte de la guerra que entre imperiales y franceses pasó este año en el Piamonte, resta agora decir lo que en la guerra de Francia sucedió, que es lo principal que toca a esta historia, por haber andado el Emperador en ella. Todo cuanto el rey de Francia hizo de dos años a esta parte, en que movió la guerra con tantos ejércitos, gastos y aparatos costosos, pérdidas de sus gentes y acabamiento del reino, fue que en el condado de Henaut fortificó a Landresi, lugar de hasta treinta casas apenas, donde fue la guerra del otoño pasado, y en el ducado de Lucemburg ocupó dos plazas, y

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asimismo la fortaleció; la una que se llama Lucemburg, y la otra Yboes, las cuales hizo casi inexpugnables. Este Estado de Lucemburg se junta con Brabancia por parte de Setentrión, y confina con Lorena por Mediodía, y responde a la parte de Francia, que llaman la Campania, o Campaña en su lengua, por el Occidente. Al Oriente tiene Alemaña. Hay hasta París diez leguas, o cerca. Teniendo intento el Emperador de entrar este año por esta parte, como lo hizo, proveyó, con muy acertado consejo, que don Alvaro de Sande, maestre de campo, con hasta dos mil y quinientos soldados que en su tercio tenía españoles, invernasen en torno de Lucemburg, a fin que de allí gastasen y molestasen la tierra de los enemigos, y también impidiesen que no entrasen bastimentos en aquella plaza. Y don Alvaro, como famoso soldado, se dió tal maña, que cada día corría la tierra de Francia y traía las presas y prisioneros, y hizo cosas notables. Ya que vino el verano, cuando era tiempo de comenzar la guerra, el Emperador tenía intención de que la gente se juntase en principio de junio, y no antes. La razón era por ahorrar algunas pagas, y porque cuanto más entrado el verano, habría más provisión en el campo, o por otros respetos. Al principio, el francés juntó el ejército, según dije, de hasta ocho mil infantes, dos mil caballos, para venir a proveer a Lucemburg. Don Alvaro dió aviso, y ahincó mucho, porque le diesen gente para impedirlo, porque si Lucemburg se proveía, tendría el Emperador que hacer todo el verano en la tomar. Por esta causa mandó el Emperador a don Hernando de Gonzaga, su general (cuando estaba en Espira), que luego se partiese para ella. Y así fue, casi mediado mayo. Salió de allí solo, y con algunos caballos y gentileshombres que le acompañaron, y llegado con aquellos pocos españoles y hasta seis banderas de tudescos que recogió, se puso en campo, dando priesa a que viniese más gente, que ya estaba hecha, sino que no tenía tomada la muestra de ella ni pagada. Ello fue así, que dentro de quince días tuvo veinte mil hombres, y de ahí arriba, que era número bastante para estorbar el socorro; pero antes de haberse juntado éstos, los enemigos se acobardaron, y no osando llegar con los bastimentos, se volvieron. Visto esto por don Hernando, y hallándose con bastante ejército, acordó de sitiar el lugar, y echóse sobre él casi al fin de mayo. Había dentro hasta mil y quinientos hombres de guarnición, que estaban con grandísima falta de bastimentos. Estos, como se vieron cercados, y sin esperanza de socorro ni provisiones, tuvieron acuerdo de tratar con don Hernando de rendirse, y

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entregar el lugar. Y concertaron así, que hasta los seis de junio no se hiciesen unos a otros mal, y que si para aquel día no fuese venido socorro, la villa se entregase con toda la artillería y municiones que había dentro, y los soldados se saliesen con sus armas y banderas. En fe y seguridad pusieron en rehenes cuatro capitanes y personas principales en poder de los imperiales. Hízose el concierto último de mayo. La nueva vino a Espira con correo al Emperador, primero de junio, día de Pascua de Espíritu Santo, en el cual también llegó correo de Italia con aviso de la ida de Barbarroja; asimismo, de Flandres, cómo los españoles que se habían levantado en España, eran desembarcados, que todo dió grandísimo contento al Emperador y a toda su corte, y en particular la llegada de los españoles, que bien había echado de ver el César lo que le importaba esta gente. Corrido el término asentado, don Hernando hizo entrar dentro de Lucemburg ciertos capitanes a reconocer si la artillería y municiones estaban gastados o no, y hallóse que todo estaba entero. La cantidad era muy grande, que había más de ochenta piezas de artillería, las cuarenta de ellas gruesas, y las otras menores, y trecientos barriles de pólvora, y muchas pelotas. Entregado todo, los de dentro salieron con sus armas y banderas enarboladas, excepto una que dejaron en señal de la victoria, y se metieron en Francia acompañados de algunas banderas de infantería, porque no hiciesen mal en el camino, ni lo padeciesen. Fue ésta una buena ventura del Emperador, porque sin costa de hombre, ni casi de dinero, recobró lo que tanto tiempo el francés su enemigo había afanado con gasto grandísimo, y tanto más que si por esta vía no se hubiera esta plaza, era necesario que el Emperador se detuviera largo tiempo en el cerco, y se impidía mucha parte del efecto de su jornada. Y cierto que el rey de Francia, dado que era diligente, y muy buen capitán, se descuidó demasiado, o estaba muy flaco, pues en tanto tiempo no proveyó este lugar que tanto le importaba, sabiendo la necesidad que los suyos tenían. Entendióse que él se engañó, por tener conocido que los del Emperador eran tardos y perezosos, y que la gente no se podría juntar hasta mediado junio; y tenía razón, que verdaderarnente hay esta falta en los hechos de guerra de España, que no es poco dañosa, que nunca se provee cosa con tiempo sino cuando ya está la soga a la garganta, y déjanse ir las ocasiones de las manos cada día. Que por nuestros pecados ya se trae en proverbio, que es tardo como el socorro de España. Y lo peor es que se hace el gasto y padece el trabajo, y nada aprovecha, volviendo con vergüenza, las manos en el seno, y aun algunas veces, por la tardanza, y salir fuera de sazón, con ellas en las cabezas. Si aquí 166

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se tardaron tres días más, y don Alvaro de Sande no apresurara tanto el hecho, se perdiera este lance, que fue de los buenos que el Emperador tuvo. Salidos, pues, los franceses de Lucemburg, y metida la guarnición imperial, el campo, sin algún detenimiento, movió de allí, y entró por los campos del ducado de Lorena, hacia la campaña, y a quince leguas de Lucemburg, y once de Mez de Lorena, en un castillo bien fuerte que llaman Camersi, que solía ser del duque y agora era del rey, que se le había tomado por fuerza, y tenía dentro italianos en guarnición, aquí reparó. Y hecho por don Hernando su requerimiento para que se lo diesen, no queriendo los de dentro, él lo sitió y batió dos días y puso tanto temor en ellos, que los que al principio con buenas condiciones no querían, se lo vinieron a dar con las que él quiso, poniéndose a merced. El tomó el castillo sin pérdida alguna de gente, y saquearon el lugar, y los de dentro, desvalijados a uso de guerra, los dejó ir libres. Esto fue a quince de junio, y a los diez y seis lo supo el Emperador, entrando en Mez de Lorena, y no se tuvo en poco, que aquí pensó el francés que tenía (según se sonó) gran estorbo con que embarazar muchos días a los imperiales. A la misma hora vino otra nueva de Italia, de la rota de Pedro Strozi, y lo de la Mirándula, lo de Potenciana y San Salvador en el Piamonte, y cómo la armada turquesca pasaba la canal del Paulín, después de la arrancada de Vaya, que de todo dejo dicho lo que pude bien saber. Fueron muy bien recebidas estas nuevas por el Emperador y los suyos, y para el rey de Francia, por el contrario, dolorosas y malas, aguándole su corta fortuna el gozo que había recibido con la victoria de Carmagnana.

- XX Parte el Emperador de Espira a diez de junio. -El príncipe Maximiliano acompaña al Emperador. -Nombre de Hernando, amable en España. Mez de Lorena: qué ciudad es. Partió de Mez a dos de julio. -Campo poderoso que juntó el Emperador. -Rey de Dinamarca. -Falta de bastimentos en el campo imperial. El Emperador salió de Espira a los diez de junio, fenecidas sus Cortes, y hecho el receso, o tenido su solio con los de la Dieta, trajo consigo a Maximiliano, hijo mayor del rey don Hernando; que era de la edad del príncipe don Felipe de España, aunque algo mayor de cuerpo, y de muy buen parecer y condición. Otro más pequeño, que se llamó don Fernando, envió el Emperador a Flandres, para que estuviese con la reina María su tía, en tanto que andaba la guerra.

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Fueron con él el obispo de Huesca y los clérigos todos de la capilla, exceto media docena que quedaron para seguir el campo, y fuele acompañando el duque de Cleves, y sirviendo; el que el año pasado competía con su tío el Emperador, porque se vean las mudanzas de la fortuna. Deseaban los españoles, que andaban con el Emperador, que trajesen este infante a España, porque era muy lindo, y le amaban todos, y le ayudaba mucho el nombre de Hernando, y con razón, pues tales y tan buenos han sido cinco reyes de este nombre que ha tenido Castilla. Llegó el Emperador a Mez de Lorena, y a los diez y seis de junio, según tengo dicho. Por todo el camino vino muy acompañado de gente de guerra, especial a la entrada, que por lo menos traía tres mil caballos, sin los de a pie. Mez es una gran ciudad, y de las mejores de aquellas partes en asiento y edificio, aderezos de casas, abundancia de mantenimientos, y todas cosas; es muy espaciosa, terná pasados de seis mil vecinos, corre por ella el río Mossella. Llamábase antiguamente Medro Matules; agora, Metio. Tenía grande clerecía, y muchos templos, y el mejor muy insigne, en el cual, entre otras cosas, había un crucifijo de oro puesto en lo alto, tan grande como suelen ser en otra parte los de madera. Era en este tiempo ciudad neutral y libre, mas ya comenzaba a entrar en ella la mala secta de Lutero: que la libertad que este hereje daba a todo género de gente, amable y sabrosa, abría caminos no pensados. Detúvose aquí el Emperador algunos días, recogiendo la gente y formando su campo. Túvolo aquí de cincuenta mil hombres, los cuatro mil gastadores, que sirven para hacer trincheas, levantar caballeros, abrir fosos, allanar caminos y otros semejantes menesteres. Todos los demás son de pelea. Había entre ellos once mil españoles, pocos menos, siete mil caballos; todos los demás eran alemanes altos, y güeldreses, buena gente. Tenía seis mil carros de munición, llevaban puentes, molinos, hornos y otros ingenios de guerra. Esperábanse otros cuatro mil alemanes, que el rey de Ingalaterra había mandado hacer, y habíalos despedido, y el Emperador, porque no se pasasen al francés, los recibió. Juntáronse también con el campo imperial otros quince mil soldados, que el rey de Dinamarca había hecho para dar favor al rey de Francia, y con la amistad que de nuevo tenía asentada con el César, le vinieron a servir. Eran los tres mil de caballo, muy buena gente, los cuales llegaron a Lieja, y estaban pagados hasta víspera de San Juan por el francés y traían banda blanca, y el día de San Juan la pusieron colorada, que era la imperial, de manera que fue el número del campo imperial de setenta mil hombres, los mejores y más lucidos que se habían visto.

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Esto de Dinamarca, aunque sea detenerme algo fuera del propósito, fue así: que aquel reino de Dinamarca, de derecho pertenecía a una sobrina del Emperador, mujer del conde Palatino elector, y un hermano de su padre metióse en él por fuerza (con no sé qué título que aquel reino tiene, que habiendo hermano, no pasa en los hijos hasta morir el hermano) y túvole usurpado algunos años, y porque se temía del Emperador, confederóse con el francés y con los luteranos contra el Emperador. Y en las Cortes de Espira, como ya dije, envió sus embajadores para que tratasen de paz y amistad con algún buen medio, que fue que el rey dejase la liga de los luteranos, y del rey de Francia, y que diese a la princesa mujer del Palatino ciento y cincuenta mil ducados cada año por su vida, y que después ella sucediese en el reino. Por este concierto, hizo la gente que enviaba en favor del rey de Francia y se volvió en su servicio del Emperador. Una falta sola había en el campo imperial, y harto esencial, que era de bastimentos, que por no dar a entender al enemigo, o por no se haber determinado, por dónde había de hacerse la guerra, o por negligencia, no se habían hecho las provisiones con tiempo, como era menester, y algunos dijeron haberle causado no esperar tan próspero suceso en lo de Lucemburg como el que hubo. Demás de esto había otro inconveniente, que las vituallas se habían de traer de muy lejos, y como el francés no tenía ejército para se oponer, ponía las diligencias humanas en impedir que los bastimentos no pasasen, y que en las tierras de las fronteras no los hubiese, y así tenía quemadas aquellas comarcas por donde entendió que el ejército enemigo tenía de pasar. Podían tenerse por muy desventurados sus súbditos, pues en ellos ejercitaba mayores crueldades que los enemigos hicieran, que cierto son de notar, si bien me detengo algo por que vean los reyes los daños que causan en sus reinos sus demasiadas pasiones, y los súbditos lo que deben al rey que los sustenta en paz y justamente, y sin ver cara de enemigo.

- XXI Inquietud grande del rey de Francia, y daños que hizo a su reino con ella. -Tributos y trabajos que cargaron sobre Francia. El rey de Francia, movido con envidia o otra ciega pasión, según es de creer de la potencia del Emperador y su grandeza, que ni él ni los príncipes de Italia jamás pudieron sufrir, so color de vengar la muerte de Rincón y César Fregoso, movió guerra en el año de 1542. Y para moverla, no confiando en sus fuerzas, hizo liga con el Turco, que le envió su armada, como queda dicho; por otra parte, con el duque de Cleves, al cual, por le atraer, dió la princesa de 169

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Navarra por mujer; lo tercero, hizo lo mismo con el rey de Dinamarca, para que todos a un tiempo entrasen en las tierras del Emperador, y para esto, juntando grande ejército, atravesó con los esguízaros y italianos, por las entrañas de su reino, hollándolo y gastándolo todo, como si fuera de enemigos, hasta llegar a Perpiñán. De ahí, visto que no le sucedía bien, con mucha costa suya y poco daño del Emperador, tornó a romper sus tierras por otra parte, y fue a lo de Lucemburg, donde hizo el efecto que he dicho. Desde allí, por ir al socorro de Landresi, llevólo por dentro de sus reinos, hasta el condado de Henaut. Tras esto, retirándose con huída, y metido en lo interior de su reino, envió para que atravesasen otra vez por el otro lado al Piamonte, de manera que no hay cosa en su Estado que los pies de soldados no hollasen, permitiéndoles toda la licencia que en tierra de enemigos tuvieran, robando, cometiendo estupros y abusos abominables. Dejo lo que los turcos en la parte de Tolón, y toda la Proenza, hicieron, deshaciendo las iglesias, convirtiéndolas en mezquitas; vicios contra Dios y la naturaleza de que en todo el reino hubo grandes clamores; de los gastos que en mantener el ejército hizo, no hay que decir sino que fueron innumerables los trabajos en que puso sus súbditos. Faltóle luego el uno de los de su liga, que fue el duque de Cleves; también el de Dinamarca; Barbarroja, fuese desgraciado o poco contento de él, vió a su enemigo poderosísimo a las puertas de su propria casa, como agora estaba el Emperador, y hallóse sin blanca y sin gente. Tenía sus confianzas en los italianos; desbaratáronse malamente en Sarrabal; los esguízaros y gascones estaban, los más, en el Piamonte, y ni los podía haber en breve, ni sin perder las esperanzas de allá, y por eso, como no podía haber junto ejército, no trataba de más que fortalecer sus plazas y gastar los bastimentos, y con todo echaba fama que había de dar la batalla al Emperador, siendo evidente que de ninguna manera podía ser, si del todo no estaba loco porque había de ser dentro en sus reinos, y si la perdía había de perder el reino. Y aún se platicó, que si el Emperador pasaba las fronteras, hallaría dentro hartas parcialidades, porque tenía muy desabridos sus súbditos con las grandes cargas y nuevas imposiciones de tributos que cada día les echaba. Hartas se dijeron, y una fue terrible, que de todas las casas que en Francia había, llevaba alquiler; de esta manera, el que tenía casa propria pagaba al rey lo que pagara si la alquilara o fuera ajena; el que la tenía alquilada acudía con el alquiler al rey y no al dueño. A tal estado vino Francia, y llegó el rey Francisco, por ser tan porfiado. 170

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- XXII Fuerzas que había de allanar el Emperador para entrar en Francia. El intento del Emperador en esta jornada era ir sobre París, y para esto era necesario, y aun forzoso, allanar primero algunas fuerzas que había en el camino. La primera era Camersi, que ya la había ganado y echado por el suelo. La segunda era Leni, donde al presente estaba el campo, y se decía que el rey enviaba a pedir paz, y que venía a ello el condestable monsieur de Montmoransi, que era el hombre de mayor consejo, y más amigo de ella, y aceto al Emperador. La tercera San Desir. La cuarta Reims, donde dicen se coronan y ungen los reyes de Francia, en latín Rhemi; esto es, ya en la Campaña o Campania. La quinta es Chalón, que en latín llaman Catalami, por donde corre el río Matrona, que ellos dicen Marna, y después se junta con Sequana, que va a París dos leguas de ella. Aquí se media el camino desde Mez, y está antes que Reims, y no restan sino veinte y cinco leguas francesas. Luego, en lo interior de la Campaña o Campania, que ellos dicen, está Troya o Troes (que en latín se dice Treca), ciudad populosa y rica. Túvose por averiguado que ganando a Chalón, a la hora se rendiría ésta y otras, sin esperar que el ejército llegase. A la mano izquierda de este camino que el ejército llevaba, cae el ducado de Borgoña, sobre que fue la contienda antigua entre el Emperador y el rey de Francia, y si caminara el ejército por allí, hallara el Emperador muchos de su parcialidad. Parecióles echar por estotro camino más que por el condado de Henaut, donde anduvieron el otoño pasado, porque aquella tierra estaba muy gastada, y había en ellas dos fuerzas inexpugnables, como San Quintín y Perona, que ni tomarla fuera fácil, ni pasar sin ellas seguro ni provechoso. Allende de esto, el ejército inglés estaba por entre la Normandía y Picardía, que es cerca de allí, y si el Emperador fuera por allí, se quitaran los unos a los otros los bastimentos.

- XXIII Lo que hizo el inglés contra Francia.

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El rey de Ingalaterra, por el pacto y confederación que mediante su embajador el año pasado hizo en Molín de Rey con el Emperador, había de entrar este verano por la parte de Calés poderosamente, y hacer guerra contra Francia, y porque hasta aquí la había tenido con Escocia, y era ocupado, no la pudo efectuar. Algunos días antes de éstos hubo una victoria, y con ellas ocupó algunas plazas y saqueó otras, y retiró su campo para lo pasar en Francia. Hacía guerra contra este reino, demás que entre las dos naciones hay antigua y capital enemistad, es porque el rey de Francia le es obligado a pagar cada año cien mil ducados por el derecho del ducado de Normandía, y había ocho o nueve años que no le pagaba blanca, ni hecho con él cumplimiento alguno hasta la primera de este año, que teniendo el rey Francisco lo que ya veía, le envió a requirir con la paz y amistad, ofreciéndole la paga de todo lo que le debía. El inglés, como con las espaldas del Emperador, que ocupaba al francés había hecho su hecho, holgara, según se dijo, de la paz, pero no quiso acetar condición alguna sin dar cuenta al Emperador y saber su voluntad, y conforme a esto envió su embajador a Espira sobre ello. El Emperador fue de parecer, y quiso que él pasase como estaba concertado, y ambos acometiesen cada uno por su parte en un mismo tiempo. Y es así que el rey de Francia temía más al inglés que al Emperador, porque el inglés es ejecutivo, y no sabe perdonar, y el Emperador jamás le negó la paz siempre que el rey la quiso, y el español es de la condición del león, que no tiene manos para los rendidos, ni sabe tener cólera donde no hay defensa, como por el contrario es terrible contra el que resiste.

- XXIV Combate el campo imperial la villa de Leni, en Lorena. -Tomóse a 29 de julio. -Entran y saquean la villa españoles y tudescos. -Sandelisa se torna. Contado he arriba cómo el campo imperial, después de rendida Lucemburg, había ganado a Camersi, que es un castillo fuerte. Desde aquí luego, sin detenimiento, fue sobre una villa que llaman Leni, que es del condado de Lorena, la cual tenía muy fortificada y proveída, así de gente como de bastimentos. Antes que la comenzasen a batir hicieron sus requirimientos a los de dentro para que se entregasen; y no queriendo, fin detenimiento la batería anduvo, y fue tal, que los espantó, y enviaron a tratar de rendirse. En tanto

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que los tratos andaban, no cesaba la batería, y por priesa que se dieron los que platicaban los tratos de paz, se la dieron mayor los soldados, que entraron la villa y la saquearon. Entraron confusamente tudescos y españoles, y los tudescos acudieron al vino y cosas de comer, que había muchas; los españoles, a la ropa, que tenían allí guardada toda la de los lugares de alderredor, y hubieron muy buen saco. Prendieron al señor de la tierra con más de ochenta caballeros, y mucho número de soldados. Demás de lo que los soldados saquearon en la casa de la munición, hallaron mucho trigo, vino y otros bastimentos que nombran provisión para el campo, para dos meses. Sucedió esto a 29 de junio. La artillería cuentan que pasaba de cien piezas. En tomándose Leni, los caballos ligeros fueron a Sandelisa a descubrir, y hallaron que un buen lienzo del muro había derribado el río que echaron por junto para henchir los fosos, y por eso comenzó el campo de darse priesa, porque no se les fuesen los de dentro, o a lo menos no sacasen nada. Segundo de julio movió de Leni, y se escribió o trajo el aviso del muro caído. Levantóse una voz en el ejército, que peleaba Dios por el Emperador, y se le caían los muros, como en Jericó, y se le abrían las puertas de las ciudades como a Carlomagno (que así se escribe de él), porque Carlos V defendía la arca del Testamento. Tomóse fácilmente esta plaza.

- XXV Cómo trató de repararse el rey de Francia. -San Desir. -Muerte del príncipe de Orange. Asalto peligroso que los españoles pidieron sin efecto, en que se mostró valiente Luis Bravo de Lagunas. -Lo que se padeció y perdió en los asaltos. -Entrégase San Desir a 17 de agosto. No se descuidaba el rey Francisco, que así le convenía, viéndose acometido tan poderosamente; con la brevedad que pudo juntó sus gentes, y ante todas cosas envió al duque de Nevers, con quinientos caballos y seis mil infantes, a la campaña de Chalón, que los antiguos llamaron Catalaunum, y a su hijo el delfín envió al río Marna (que en latín llamaron Matrona), para embarazar al Emperador que no pasase a lo interior de Francia, y el rey se puso en Lallonio, donde cada día le venían gentes de diversas partes. Llegáronle diez mil suizos, seis mil grisones, seis mil alemanes, de los cuales todos era general monsieur de Nevers. Envióle del Piamonte monsieur de Anguiano, doce mil infantes italianos y franceses; finalmente, el rey juntó un

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campo de cuarenta mil infantes y seis mil caballos. Con el delfín estaba su hermano el duque del Orleáns, y su ayo Claudio Annibaldo, capitán de larga experiencia y buenos hechos, que fueron a hacer cara al rey de Ingalaterra. Por el mes de julio se puso el Emperador sobre San Desir, que era bien fuerte. Prendió a Vitio y mató los caballos y soldados que llevaban provisión a los cercados. Defendían a San Desir el conde de Sancerra, y monsieur de Landi (que en la defensa de Landresi ganó nombre), al cual a 17 de julio mató una bala desmandada, estando en su casa, que le dió por el celebro. También de parte del Emperador murió desgraciadamente el príncipe de Orange, Reinerio Nasau, al cual, estando combatiendo el lugar, y dando una bala gruesa en las paredes de una casa caída, saltaron algunas piedras que le alcanzaron y hirieron en la espalda diestra. Lleváronlo mortal a su tienda, y el Emperador le fue luego a visitar, y le dió licencia para que testase de todo lo que sin su licencia no podía disponer. No dejó hijos de su mujer madama Ana de Lorena, y así hizo su heredero a Guillelmo Nasau, hermano de su padre, que después fue cabeza de los males y alteraciones civiles de Flandres, no haciendo lo que sus pasados hicieron, como buenos y leales, en servicio de sus príncipes. Otro día expiró el príncipe, sintiéndolo mucho el Emperador. Con esta desgracia murieron, como aquí se ha visto, dos valerosos príncipes de Orange en servicio del César. Abrió la batería camino para dar el asalto, pero no el que convenía, para que no fuese muy peligroso y sangriento. Los españoles quisieron ser los primeros, porque son únicos en esta peligrosa pelea; pidieron licencia al Emperador, el cual se la dió, viendo sus buenos y animosos deseos, pero mandó que primero se reconociese el peligro y disposición que había. Fue Juan de Quirós, alférez del capitán Luis Bravo de Lagunas, a quien ya he nombrado en esta historia. Hizo Quirós tan temerariamente su oficio, que en llegando, sin reparar en nada, se arrojó dentro en el foso, y comenzó a pelear en la batería, y hubieron de acudir don Alvaro de Sandi y otros. Fueles tan mal, que se retiraron con pérdida de quinientos soldados. Esto cuenta así Paulo Jovio, pero quedó muy corto, como de ordinario lo es en cosas que tocan a españoles, si no es en decir mal de ellos; lo que pasó es que habiendo los españoles ganado licencia, y determinádose para el asalto, cupo por suerte la avanguardia, o ir delante a la compañía de Luis Bravo de Lagunas, y como don Alvaro de Sandi lo supo, que era de su tercio, procurando quitar de tan evidente peligro a Luis Bravo, por ser hijo mayor del veedor Sancho Bravo, caballero tan principal como ya he dicho, a quien no era razón dar un sobresalto tan grande, si su hijo moría en el asalto, mandó al sargento mayor Onofrio Spin que trocase las compañías y quitase a Luis 174

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Bravo de lugar tan peligroso. Entendido esto por Luis Bravo, y poniendo en aquel peligro su honra, y que quitarle de él era quitársela, agraviado de don Alvaro quiso prevenir el sargento, y mandó de presto a Juan de Quirós, su alférez, que se mejorase en una trinchea que estaba entre el muro y la batería, adonde el día antes había sido muy mal herido el capitán don Guillén de Rocaful. Entrado, pues, Quirós en la trinchea, siguióle Luis Bravo, y en pos de él otros muchos soldados principales, deseosos de mostrar su valor. Eran ya tantos, que no cabían en la trinchea, y fue forzoso quitar con las picas ciertos ramos, que los de Guillén habían puesto para cubrirse de los enemigos, con lo cual quedaron descubiertos, de manera que los franceses comenzaron a dar carga en ellos a puntería, y brevemente mataron más de treinta soldados. Viendo Luis Bravo que de estarse quedos recibían tanto daño, y que morían sin vender sus vidas como valientes, y considerando que la retirada era no menos peligrosa que el acometer, escogió el partido más honrado, y diciendo: Santiago, y a ellos, comenzó a combatir con tanto ánimo, que a todos los que con él estaban obligó a seguirle, y don Hernando de Gonzaga mandó tocar a armar, y jugar la artillería, como ya estaba determinado que se hiciese. De suerte que, bien mirada la desgracia que allí se recibió, antes se debe atribuir a la determinación honrada y muy digna de quien Luis Bravo era, que no a temeridad y poca prudencia suya, ni de su alférez, si bien es verdad que al principio se creyó que Quirós tenía la culpa, y si no se encubriera por algunos días, corriera peligro su persona; pero después, entendido el honrado respeto de Luis Bravo, que por no ser agraviado quitándole de su lugar, se adelantó, y después, por no morir como cobarde comenzó el combate, Quirós fue perdonado, y a su capitán se le agradeció lo que había hecho, mayormente habiéndose mostrado en otras ocasiones conforme a la obligación que un caballero español tiene. Después de éste, acometieron ochocientos hombres de a caballo, apeándose de ellos, como suele hacerse cuando los asaltos piden, por ser peligrosos, gente de vergüenza y honra, pero no les valió la que en esto quisieron mostrar. Luego fueron los tudescos, y pelearon dos horas; tampoco hicieron más efecto que los otros, y recibieron igual daño. El Emperador mandó hacer señal para que se retirasen. Murieron en estos asaltos, de la parte ¡mperial, setecientos hombres, de los más valientes y atrevidos que en el campo había. De los franceses murieron docientos y cuarenta, de los más principales que dentro de la fuerza había.

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Enojado el Emperador con la muerte del príncipe de Orange y de tantos y tan buenos soldados, y que en su presencia quisiesen porfiar así los de San Desir, mandó apretar el combate, y fue de manera, que ya los cercados no tenían fuerza para resistir, y se hubieron de rendir con estas condiciones: Que se les diesen doce días de término sin hacerles guerra, y pudiesen enviar a su rey para que los socorriese, y no lo haciendo, entregarían el lugar al Emperador. Que la caballería y infantería, con cuatro tiros gruesos, saliesen en orden militar con banderas tendidas, y tocando sus cajas, y se les diese paso seguro; y la demás artillería y municiones quedasen al Emperador. Que dentro de los doce días de treguas, no se aumentasen las municiones, ni se reparasen, sino que quedase todo en el estado presente. Que para el seguro de esto se diesen cuatro personas graves. Trajéronse estas rehenes, y don Hernando de Gonzaga envió un caballero español para que reconociese el lugar y viese cómo en él no se hacía reparo alguno. El Emperador quiso venir en este partido, por no perder su gente y desocuparse para pasar adelante, y toparse con el rey, y apretarle para la batalla y acabar con él de una vez. El mismo deseo tenía el rey de Ingalaterra, que estaba sobre Bolonia de Francia, apretándola cuanto podía.

- XXVI Envía el rey de Francia socorro a San Desir, ya de Vitriaco a saco. -Los franceses dicen que se tarde. -Desbarátale el duque Mauricio. -Toma rindió San Desir con cautela de unas cartas. Como el rey Francisco supo la necesidad de San Desir y peligro en que estaba, envió a monsieur de Brisac con buena parte de su campo para que se metiese dentro. Supo el Emperador de este socorro, y que estaban en Vitriaco, doce millas de San Desir; envió al duque Mauricio con algunas compañías de caballos para que le tomasen una noche descuidado y lo desbaratasen. Dióse tan buena maña Mauricio, que sin perder alguno de los suyos peleó con monsieur de Brisac y lo venció, y por poco le matara; perdiéronse de los de Brisac hasta trecientos hombres, que no quisieron rendirse, haciéndose fuertes en una iglesia. Llegó Martín Van Rosem, y dió en ellos con tanto coraje, que si bien ya se rendían, no los quiso recibir a partido, sino matarlos sin dejar solo uno a vida. Acudieron luego los tudescos a Vitriaco, y saquearon el lugar, sin que Juan Bautista Castaldo lo pudiese estorbar, si bien lo procuró. Puso el Emperador

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en Vitriaco ciertas banderas de tudescos, y ellos al tercero día le pegaron fuego y volviéronse al campo, lo cual sintió mucho el Emperador. Con esta victoria de Vitriaco perdieron los de San Desir las esperanzas del socorro, y así, se rindieron, conforme a lo que estaba capitulado. Cuenta Bellayo que el capitán Sanserrio vino en esta concordia de rendir el pueblo, por unas cartas contrahechas que en nombre del duque de Guisa un atambor francés que del lugar había salido, y pasádose al ejército imperial a rescatar unos cautivos, había llevado. Y que se las había dado disimuladamente un hombre no conocido, fingiendo que era criado encubierto del duque de Guisa, y que había al venido disimuladamente para si pudiese entrar con aquel despacho en la ciudad. Las cartas eran compuestas con todo artificio, contrahaciendo la letra, firma y sello, y estilo que tenían, que en todo parecían a la nota y mano del secretario del de Guisa; de tal manera, que no se podía poner duda en ellas. Hubo lugar para esto, dice el autor francés, porque algunos días antes Granvela había recebido en su servicio un escribiente francés, que tenía un legajo de cartas originales del duque de Guisa, por las cuales sacaron y contrahicieron las otras, que con la disimulación dicha se dieron al atambor, para que las diese al capitán Sanserrio, el cual, no dudando en ellas, entregó el lugar, como queda dicho. Lo que las cartas en sustancia contenían, era que el rey estaba muy satisfecho de la buena y valerosa resistencia que habían hecho en el lugar, y sabía la gran falta que tenían de vituallas y munición, y así les daba licencia para que, con las mejores condiciones que pudiesen, entregasen el lugar, que él no los podía socorrer, porque aún no tenía junto su campo, y se veía acometido por cuatro partes de dos reyes poderosos, con cuatro grandes ejércitos. Sea de esta manera, como dice el autor francés, sea de la suerte que dije, que así lo cuentan todos los demás, San Desir se rindió mediado el mes de agosto, habiendo estado sitiado siete semanas.

- XXVII Diversos pareceres en el campo imperial sobre proseguir la jornada. -Quiere el Emperador ir sobre París. -Da el Emperador oídos para tratar de paz. -Trátase de paz; aprieta el trato de ella, con celo santo, un fraile dominico que la reina Leonor envió. (Era estudiante en París, y no confesor de la reina, como dice Illescas.) -Vuelven a tratar de la paz primero de setiembre. -Tenía el campo francés doce mil suizos, ocho mil italianos y algunos gascones y paisanos, y cuatro mil caballos. -Marcha el Emperador de noche, por toparse con el francés. -Firma el rey de Francia los capítulos de paz, por el peligro en que se veía (que se hizo a 17

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de setiembre). Destruyen los tudescos las iglesias; roban y saquean lo divino y humano; enójase el Emperador y castiga. -Justicia notable que el Emperador mandó hacer en un criado suyo, por haber saqueado una iglesia. -Conclusión de la paz. -El duque de Orleáns viene a visitar al Emperador. -Remedia el Emperador los desacatos que los tudescos hacían en las iglesias. Ganado San Desir, y puesta en él buena guarnición, hubo en el campo del Emperador varios pareceres sobre lo que se debía hacer. Unos decían que se cercase Catalaunio, lugar allí cerca. El Emperador, al cual seguían otros, quería llevar adelante el camino de París, porque tenían relación que ni se hallaría resistencia en todo el camino, ni en la ciudad la defensa necesaria; antes estaban con grandísimo miedo los vecinos, y el que se podía salir por el río Sequana se salía sin que el cardenal Mendonio, a quien el rey la había encomendado, bastase a detenerlos. Tenía el Emperador este parecer por el más acertado, pareciéndole que por este camino, y no por otro, habría ocasión para pelear con el francés, que era lo que él más deseaba, y el rey menos; y porque la mayor parte de los votos era que se cercase Colons, lugar fuerte, levantóse el campo de San Desir con esta voz, lunes a 25 de agosto. Detúvose el Emperador en San Desir, esperando bastimentos y dineros para dar paga. Y los alemanes, a la hora de la oración, decían a voces: Guelte! Guelte!, que es: «¡Dinero! ¡Dinero!» Y al mejor tiempo, que todos entendían que iban a Catalaunio, revolvieron sobre el camino de París y ganaron un lugar que se dice Aspernecto, donde se halló gran copia de vituallas. Tomóse una villa del duque de Guisa, llamada Sanvilla, cuatro leguas de San Desir. Saqueáronla, y pusieron en la fortaleza el alférez Maldonado, que era un valiente español, y tomaron la ciudad de Barri, del duque de Lorena. El rey, que ya no podía con su honor disimular tantas pérdidas, pasó con su campo hasta ponerse a vista del imperial, que no estaba más que solo el río Matrona en medio. El Emperador marchaba por la una ribera del río, la vía de París, y el rey por la otra en su seguimiento, marchando los campos uno a vista de otro. Sintiendo ya el rey su gran trabajo, viéndose tan cerca y dentro en su proprio reino, acometido de un enemigo tan poderoso, y echando de ver que le faltaban las fuerzas para poderse librar de sus manos, deseaba la paz. El Emperador, por su buena condición, holgó de ello, y viernes de agosto, estando a seis leguas de Chalón, que es una ciudad grande, de las principales de Francia, con un salvoconduto que el Emperador había dado, para que viniesen de parte del rey de Francia a tratar de los medios de paz, vinieron el almirante Claudio Annibaldo y el gran chanciller de Francia, y un secretario del rey, y con ellos más de setenta caballeros. Salieron de parte del Emperador 178

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don Hernando de Gonzaga, general del campo, y Granvela, y juntáronse en una iglesia que estaba a cuarto de legua del campo imperial, y todos juntos, y con ellos el secretario Alonso de Idiáquez, y otro secretario que se decía Maestrefox, estuvieron más de seis horas juntos. En este tiempo, los caballeros franceses, con sus cruces blancas, y los imperiales con las coloradas, tuvieron buena conversación, de ellos blasonando de la guerra, y los más cuerdos deseando la paz, hasta que se despidieron y se fueron los franceses, y con ellos, a la venida y a la vuelta, los acompañaron de guardia el maestre de campo don Alvaro de Sandi, con mil arcabuceros españoles de la flor del campo imperial. Otro día sábado, pensando en el campo que habían tenido efecto los tratos de paz, y que la gente se levantaba para marchar la vuelta de Flandres, comenzaron a caminar contra Chalón, y el domingo luego siguiente se pasó a media legua de esta ciudad. Este día hubo una bien reñida escaramuza, donde prendieron hasta treinta de toda suerte de franceses, y los imperiales llegaron a reconocer la fuerza. Trataba de la paz fray Gabriel de Guzmán, fraile dominico, natural de Valdemoro y estudiante de París, y el rey de Francia le agradeció tanto lo que hizo, que le dió la abadía de Logoponte. Y en este mesmo día domingo, vino a suplicar al Emperador que quisiese detenerse y que volviesen a tratar y concluir la paz. Y así, vinieron el lunes siguiente (que no caminó el campo) el mesmo fray Gabriel, el almirante Henebaot, o Annibaldo, Carlos de Mely y el secretario Gilberto Bayardo; y por el Emperador, don Fernando de Gonzaga, y Granvela, y su secretario Idiáquez. Juntáronse en el castillo del obispo de Chalón, que estaba un cuarto de legua del campo imperial, y estuvieron juntos desde mediodía hasta la noche, y tampoco se concertaron; y así, el martes siguiente marchó el campo imperial y pasó por un lado de Chalón, algo desviado por la artillería que tiraban, y se puso una legua pequeña de la otra parte, camino de París, ribera de un río que pasa por ella, que se llama Merlier. Deseaba el Emperador dar batalla al francés, y no la admitiendo, ponerse sobre París; llamó a su tienda todos los coroneles y maestres de campo, españoles y alemanes, y hablólos, diciendo su intento; pero que no lo podía ejecutar si ellos no le ayudaban y seguían fielmente, como siempre lo habían hecho, y que si no lo pensaban hacer así, tomaría otro camino; que sentía dos dificultades: la una, de bastimentos; la otra, de dineros para los pagar. Tenían todos tanta gana de acometer al francés, o a París, que dijeron a voces que fuesen, que esperarían, por el dinero y pagas, y que ellos buscarían la comida.

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Este mesmo día martes, en la noche, tuvo aviso el maestre de campo que el rey de Francia, con el suyo, estaba tres leguas pequeñas de allí, en la ribera de un río. Y así, dejando hechos grandes fuegos y otros ardides, para que pareciese y entendiesen los de Chalón que el campo estaba quedo, mandó el Emperador a las diez de la noche, que era muy obscura, que caminase todo el campo por la ribera del río, sin tocar trompetas ni atambores, y con el mayor silencio del mundo. De esta manera caminaron toda la noche, y cuando amaneció se hallaron frontero del campo del rey de Francia, a media legua, aunque por aquella parte, en medio de los dos ejércitos, corrían dos ríos, a cuya causa, y por estar los franceses en un fuerte sitio, no pasaron. Estaban los franceses divididos en tres partes, la una dentro del fuerte y las dos algo desviadas en unas aldeas, y cuando amaneció y asomó el campo imperial, ya estaban en escuadrones, y se iban juntando al fuerte, por donde se entendió que habían tenido aviso de la venida del campo imperial contra ellos. Este día, pasó el Emperador, con el ejército, una gran legua adelante aun valle que es ribera de un pequeño río, donde se padeció gran trabajo en pasar la artillería y bagajes, por el mal paso que había. Deseaba el Emperador hallar vado y paso en el río, para embestir con el rey y acabar con él. Encargóse a Guillelmo Fustembergo que buscase puente o vado por donde pasase el campo imperial, y este mesmo día, andando en esto, vinieron a tener una recia escaramuza, en la cual los imperiales prendieron muchos hombres de armas francesas y al príncipe de Lixamaria, sobrino de Francisco de Borbón. También los franceses prendieron al conde Guillelmo Fustembergo, que era general de los alemanes, y prendiéronle desgraciadamente, porque le cogieron con solo un paje. Perdióse mucho en él, y el Emperador lo sintió harto. Y el rey estuvo por mandarlo matar, y así se lo aconsejaban sus amigos. No lo hizo por no indignar al Emperador, y hacer de suerte que no diese oídos a la paz, y también por haberse prendido el príncipe de Lixamaria. El enojo que el rey tenía con el conde Guillelmo dicen que fue porque estando en su servicio, se le huyó con más de cien mil ducados, y perdióse aquí, porque deseaba Guillelmo grandemente la batalla, y como él había estado en Francia, sabía la tierra, y vino de noche a reconocer el vado para pasar el ejército; toparon con él unos franceses que le conocieron, y como iba solo, prendiéronlo. Costóle la libertad treinta mil ducados o florines de oro. Había servido al rey Francisco ocho años; probósele que se había alzado con las pagas de los soldados; priváronle y castigaron. Quedó tan afrentado, que se pasó al servicio del Emperador, y fue uno de los que más aborrecían el nombre francés y que más atizó la guerra. Era cosa lastimosa ver la manera de esta guerra, porque no hacían sino ir caminando para París; y los unos y los otros iban abrasando y destruyendo 180

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cuanto topaban, de suerte que tanto daño hacían los naturales como los extraños. Unos lo hacían como enemigos de la tierra; otros, porque sus contrarios no se aprovechasen de ella. El miedo que había en París teniéndose por perdidos, no se escribe. Pusiéronse los estudiantes en armas, levantaron banderas, y todo lo que supieron hicieron para defender la ciudad. Mandó el rey a monsieur de Orges que se metiese en ella con ocho mil infantes y seiscientos caballos. Comenzaron a reparar y fortalecerla, mas todo fuera nada si el Emperador se echara sobre ella y la apretara como podía. Jueves después de la escaramuza caminó el ejército imperial ribera del mismo río media legua, hasta unos prados donde había buen aparejo para pasar y echar puentes y atravesar el río y venir a las manos, que era lo que se procuraba. Y estando esta misma noche determinado y todos avisados para que así se hiciese y dar la batalla al rey, aunque fuese dentro en su fuerte, que lo podía muy bien hacer el Emperador, según era grande el poder que llevaba, y la gente escogida, quiso Dios que esta mesma noche el rey de Francia fuese avisado, y envió luego los que habían tratado de la paz, y trajeron firmado un capítulo particular que el rey no había querido consentir y el Emperador porfiaba sobre él; y con esto se dejó la jornada, que fuera harto lastimosa; y según dicen los que más vieron y entendieron el estado de esta guerra, el rey fuera, sin duda alguna, vencido, y el Emperador se hiciera señor de París y de gran parte de Francia. Ordenólo mejor el Señor, y dió paz a estos príncipes, aunque no más firme que las veces pasadas. Esta noche estuvo el ejército imperial en medio de cuatro grandes lugares, los dos cercados, a los cuales habían pegado fuego antes que llegasen firmados los capítulos de la paz, y ardían tan bravamente, que los campos en derredor estaban claros como el día, porque en algunos de ellos no había casa de todo el pueblo que no ardiese. Y uno de los que se quemaban que se llamaba Perne, estaba el bastimento que el rey había traído para su campo. Y a éste pegaron fuego los mesmos franceses, por quemar los bastimentos y no dejarlos al ejército enemigo; a los otros lugares pusieron el fuego los alemanes que traía el Emperador, como lo hicieron en todos los lugares que toparon hasta que se publicó la paz, y en muchos se emborracharon con el mucho vino que había, y se perdieran si hubiera enemigos que los siguieran, y porque el Emperador los reprendió una vez, encaró uno, tomado del vino, la escopeta para le tirar.

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Después, otro día siguiente, el Emperador caminó adelante hasta que llegó a una villa cerrada y grande que se llama Chatelorit, y en el camino se le alteraron ciertos soldados españoles arcabuceros, y la gente que había dentro y de los de la tierra salieron a pelear con ellos, y los españoles, los rompieron y tomaron una bandera, y entraron en el lugar con muerte de pocos hombres, y si bien los vecinos habían puesto en salvo lo principal de sus bienes y llevádolos por el río, todavía ganaron bien los soldados, y se halló mucho vino y otros bastimentos de que había necesidad. Desde aquí a París hay diez y siete leguas francesas, tan pequeñas, que con una razonable cabalgadura se podían en medio día andar. En este lugar comenzaron a poner fuego en unas casas; no se supo quién había sido el malhechor. El Emperador lo mandó apagar, y pregonar que nadie se atreviese a hacer de allí adelante daños semejantes ni otro alguno. Este día que fue martes, a 10 de setiembre, estuvo el Emperador con su campo en una aldea pequeña, y el miércoles siguiente. Y vinieron otra vez el almirante de Francia y los demás que trataban las paces, a resolver algunas dudas, que aún no se habían determinado. Otro día jueves caminó el ejército cuatro leguas grandes. El viernes siguiente estaban cerca de una ciudad muy grande que es en Picardía, que se llama Sansona. A este lugar se habían adelantado el duque de Sajonia y el marqués de Brandemburg, y otro general de caballos con toda la caballería alemana, a quien el Emperador había prometido el despojo de aquel pueblo, y así llegaron cerca de la ciudad, la cual nunca se quiso rendir, aunque dentro no había gente de guerra, sino algunos naturales y otros aldeanos que se habían recogido allí. Tiraron algunas piezas de artillería hasta que el Emperador llegó, que entonces se rindieron, poniéndose en sus manos. Entró la caballería alemana, y hicieron tanto daño en las iglesias y monasterios, que era gran compasión, porque no dejaron custodia ni cosa que no rompiesen, profanasen y saqueasen, haciendo otras cosas notablemente feas, aunque no hubo prisioneros ni muerte. En un monasterio de San Benito, abadía muy principal que estaba fuera de la ciudad, entraron un portero de cámara del Emperador, que se llamaba Hance, y era alemán, maestro de artillería de los muy privados, y que en el oficio de artillero había servido bien al Emperador en Perpiñán, y otro alemán de la guarda alemana. Rompieron la custodia del Santísimo Sacramento, y sabiéndolo el Emperador los mandó prender, y andando en rastro de ellos, pensando salvarse el Hance, trajo la plata de la custodia al Emperador, diciendo que la había tomado por que no le matasen sus compañeros, y que no la tomasen otros. 182

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El Emperador lo mandó ahorcar de un alto muro a la puerta de la mesma abadía, y como echaron la soga al Hance quebróse, y él cayó abajo, y no se hizo mal, con estar tres picas en alto, que se maravillaron todos, según era de alto, y el alemán pesado. Fue luego el teniente de la guarda a decirlo al Emperador como caso extraño, maravilloso, y un canónigo español que se decía Argüello dio fe a Su Majestad de cómo había pasado así. No se espantó nada el César, sino dijo: «La soga debía de ser ruin; ponelde otra mejor y más gruesa.» Y así se hizo, y le ahorcaron con ella. La insolencia y demasía de los alemanes era insufrible, y disimulaba el Emperador porque así lo pedía el estado presente. Avisado tenía a los de esta ciudad cómo habían de ir allí los tudescos, para que salvasen lo más que pudiesen, y así lo hicieron muchos con barcas por un río grande que pasa por medio del lugar a París; solamente las iglesias y monasterios se confiaron, y tratáronlos como digo. Las monjas anduvieron discretas, que se habían salido con lo más preciso que tenían. Estuvo aquí el Emperador sábado y domingo, lunes y martes, en los cuales días pasó por una puente que hay en el río, todo el ejército. En este tiempo se acabaron de concluir las paces. El miércoles siguiente, el almirante de Francia vino a besar las manos al Emperador, y Su Majestad lo recibió muy bien. Este mesmo día, diez y siete de setiembre, caminó el Emperador la vuelta de Flandres con su corte y alguna infantería alemana y caballos, y llevaba consigo al almirante de Francia. Jueves en la tarde, estando en un lugar que se llama Arepin, vino el duque de Orleáns a besar la mano al Emperador, y salió Su Majestad a recibirlo con mucha alegría, y le aposentaron en palacio, y el viernes, él y el príncipe de Hungría, el almirante de Francia y otros caballeros franceses fueron con el Emperador, acompañándole la gente de guerra. No se alojaba en los lugares por evitar los daños que en ellos hacían los tudescos, que eran tantos y tales, que, cansado el Emperador de sufrirlos, mandó llamar al duque de Sajonia, Mauricio, y al marqués de Brandemburg, y les dijo que estaba muy enfadado de lo que sus gentes hacían en las iglesias, y que si ansí había de ser, que antes perdería sus tierras, y jamás haría gente en la suya. Y ellos, sentidos de esto, hicieron traer muchos ornamentos y otras cosas que habían robado de las iglesias; y se pusieron en poder de una persona que el Emperador nombró, para que se volviesen a sus dueños. Eran tantos los alemanes, que se atrevían a todo; y con los españoles hicieron mil demasías, matando algunos y quitándoles lo que tenían, y quisieron acometerlos y matarlos a todos una noche. Atrevíanse demasiado por verse tantos juntos y ser tan pocos los españoles; y para remediar esto, mandó el Emperador que los españoles fuesen por una parte y los alemanes por otra.

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- XXVIII Capítulos de la concordia entre el Emperador y el rey de Francia. En Crespio, a 19 de setiembre de este año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro, se publicó la concordia y asiento de la paz entre el Emperador y el rey Francisco, que ordenaron y trataron Claudio Annibaldo, almirante de Francia; Carlos Nullio y Bayardo, por el rey; don Hernando de Gonzaga, general de campo imperial; Nicolás Perenoto, señor de Granvela; el comendador de Alcántara don Pedro de la Cueva, y el secretario Alonso de Idiáquez, que ya en estos tiempos era gran parte en los negocios, y de quien el Emperador los confiaba por la fidelidad, asistencia y amor con que servía a su príncipe. Solicitó estos tratos fray Gabriel de Guzmán (a quien la reina doña Leonor hacía merced, y se le dio por ellos la abadía de Longoponte), varón asaz docto y poco venturoso, por lo poco que los reyes suelen agradecer los servicios que les hacen. Los capítulos de la concordia fueron: 1. Que entre el Emperador Carlos V y Francisco, rey de Francia, y los demás que quisieren entrar en esta concordia, haya firme y perpetua paz. 2. Que los súbditos de ambos príncipes paguen los tributos, derechos y portazgos de mercadurías que antiguamente solían pagar. 3. Que todo lo que desde las treguas de Niza hasta este día, de una y otra parte, se hubieron tomado, los restituyan, y no puedan sacar de las fortalezas y lugares más que la comida y tiros que sean suyos proprios. 4. Que al duque de Ariscote le quede salvo su derecho en el condado de Lienis y familia Vergica en San Desir. 5. Que al duque de Saboya se restituyan todas las villas, lugares y fortalezas que le han sido tomadas por cualquiera de las partes, y de la mesma manera al marqués de Montferrat y el duque de Mantua, duque de Lorena, duque de Etanaum. que es del ducado de Lucemburg. 6. Que el rey de Francia deje y restituya la abadía y tierras de Garayana, y se den al Emperador, y hasta que el rey cumpla estos capítulos queden en poder del Emperador el cardenal de Medoni, el duque de Guisa y conde de la Valla. Que se dé al Emperador y a sus herederos el condado de Chacoloy, para que siempre lo posean y hayan.

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7. Que el Emperador y rey de Francia se junten para la guerra que se ha de hacer al Turco, y el rey dé para esta jornada seiscientas lanzas y diez mil infantes de la gente que el rey pidiere. 8. Que el rey haga cesión y traspasación rata, firme, como la hizo en la concordia de Madrid y en otras, de cualquier derecho que pretenda tener al reino de Nápoles, Sicilia, Milán, condado de Aste, derecho de patronazgo que tuvo en Flandres, Artoes, Islas, Duaco, Orchiaco, Tornay, Mortanga, San Amando. Que el rey deje al Emperador y sucesores cualquier derecho que pueda pretender en el ducado de Güeldres y condado de Zutfania. 9. Que de la mesma manera el Emperador cede y traspasa cualquier acción y derecho que pueda pretender en algún Estado y señorío que el rey tenga, exceto el ducado de Borgoña, vizcondado de Auxona, patronazgo de San Lorenzo, condado de Masconio, Auxerre y Barra, en el río de Secuana, de los cuales se dirá después. Renuncia el Emperador el derecho que tiene en las ciudades situadas en la ribera del río Somna, en la castellanía de Perona, Mondiderio, Roiam y condado de Boloña, Guiena y Ponti, sacando Terona, Hemio, Andreovicocon, Bedeborda; finalmente, todo lo que está en los términos y Estados de Arras. 10. Que los vasallos de cada príncipe, aunque hayan servido a la parte contraria de su rey y señor natural, sean restituidos cumplidamente en los bienes que tenían antes que se pasasen de su rey natural al extraño. 11. Que los flamencos que no hubieron nacido en Francia, gocen las heredades que sus parientes allí dejaron, dando por nula y condenando la injusta y mala costumbre que llaman Auvena. Que todos los bienes confiscados por cualquiera de las partes, dados y enajenados, queden en la manera que se hubieron dado y enajenado. 12. Que los privilegios antiguos y modernos de ambas partes queden en su fuerza y vigor y antiguo estado. Y para que esta paz sea perpetuamente firme y estable, el Emperador deje y renuncie para siempre, en favor del rey y sus sucesores, todo el derecho que tiene o pretende tener en el ducado de Borgoña, vizcondado de Auxona, patronazgo de San Lorenzo, condado de Auxerre, Mascony y Barra en el río Secuana, y todo lo a estos Estados anejo y dependiente, y que procurará que dentro de cuatro meses, después de publicada esta paz, su hijo don Felipe, príncipe de España, la apruebe, jure y confirme.

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13. Que el Emperador, en favor y firmeza de esta paz dé su hija la infanta doña María para que case con Carlos, duque de Orleáns, hijo segundo del rey, o la segunda hija de don Fernando, rey de romanos, y que declare en esto su voluntad dentro de cuatro meses después de publicada la paz, y que si el Emperador quisiere casar su hija con el duque Carlos, les dé los Estados de Flandres, que al presente están debajo de su obediencia, con más el ducado de Borgoña y Charlois en dote. Y que entren en la posesión de sus Estados efectuándose el matrimonio después de los días del Emperador, el duque Carlos y sus hijos varones, y en vida del Emperador juren los dichos Estados al duque Carlos, y que el príncipe de España, don Felipe, jure, confirme y apruebe esto. 14. Que hechas las bodas, el Emperador ponga en el gobierno de Flandres al duque Carlos. 15. Que el rey Francisco y su hijo, el delfín, renuncien para siempre y se aparten de cualquier derecho que al ducado de Milán tengan o pretendan tener, y al condado de Aste, y que se procure que ocho días después de la publicación, el delfín y sus hermanos, Carlos, duque de Orleáns, y madama Margarita, confirmen y aprueben esto. 16. Que si María, hija del Emperador, muriere sin dejar hijos, que los Estados de Flandres vuelvan a Felipe, príncipe de España, hijo del Emperador, y a sus herederos. Y al duque de Orleáns, le quede el derecho, salvo cualquiera que tenga, al ducado de Milán y condado de Aste. Y en el mesmo caso quede salvo el derecho que el Emperador y sus herederos tienen al ducado de Borgoña, y vizcondado de Auxona, y patronazgo de San Lorenzo, condado de Auxerre y los demás a este Estado anejos. 17. Que si el duque Carlos casare con la hija segunda del rey don Fernando, se le dé con ella el ducado de Milán, con el condado de Aste y todo lo a ellos anejo, quedando, mientras el Emperador viviere, en su poder el castillo de Milán y de Cremona, y que el Emperador les dé a ellos y sus herederos, siendo hijos varones, el título y colación imperial del Estado; y si el duque de Orleáns no tuviere hijos varones de este matrimonio, esto no obstante quede firme el dicho título y Estado al duque Carlos, y a los hijos que de segundo matrimonio tuviere, como herencia legítima paterna, pero que las segundas bodas que el duque hiciere sean y se hagan con voluntad del Emperador y del rey don Fernando, su hermano. 18. Que las bodas del duque de Orleáns no se difieran más que un año, contado desde el día de la publicación de estos capítulos.

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19. Que el rey Francisco dé a su hijo el duque, en dote para este casamiento, el ducado de Orleáns y el de Borbón, Chastelleraut y condado de Angulema, y que si estos Estados no llegaren a rentar cada año cien mil libras francesas, le añada el ducado de Alanzón, señalando a la duquesa viuda del duque, que murió en Pavía, otros frutos y rentas iguales. 20. Que si el duque de Orleáns no dejare más que hijas, se den a cada una en dote cien mil libras turonenses, y si fuere sola una hija heredera, se le den cien mil libras de contado, y si el duque muriere primero, se den a la hija del Emperador, por su vida, cincuenta mil libras turonenses en cada un año. Y si fuere hija del rey de romanos, se le den treinta mil. 21. Que el rey de Francia restituya a Carlos, duque de Saboya, todas las tierras que le ha tomado, excepto Mommelio y Pignerola, [que] el rey ha de tener con presidio todo el tiempo que el Emperador tuviere los castillos de Cremona y de Milán. 22. Que el duque de Vendoma posea el condado de San Pablo, con el mismo derecho que antes de esta guerra lo poseía. 23. Que el rey de Francia tenga a Hesdín hasta que se determine el derecho que tiene. 24. Que en la causa de Enrico de La Brit, pretenso rey de Navarra, el rey no se entremeta sino como pacificador, ni en guerra que por esta causa hubiere entre ellos, ni se haga parte. 25. Que el rey dé al Emperador sus cartas en forma solemne, en las cuales se diga que Madama Joana, hija de Enrico de La Brit, hace juramento de no querer ni consentir las bodas que estaban concertadas con Guillelmo, duque de Cleves, ni haber consentido en ellas. 26. Que el rey de romanos, que fue el principal en componer esta paz, entre y se entienda en ella, y de la misma manera todos los príncipes cristianos y repúblicas que la quisieren, guardando la obediencia y sumisión que de derecho deben al Emperador. Firmaron y sellaron la carta de esta concordia el Emperador, el rey de Francia y los caballeros y personas doctas que la ordenaron y compusieron. Poco tiempo después, por parecer que convenía así, se añadieron y escribieron:

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27. Que el rey de Francia restituyese al heredero de Reinero Nasau, príncipe de Orange, el principado, de la manera que lo poseía Filiberto Chalonio. 28. Que a Felipo Croviaco, duque de Ariscoti, se haga cumplida satisfacción de todas sus pretensiones, conforme a la concordia que en los años pasados hicieron en Cambray la reina María y madama Luisa. 29. Que el rey vuelva al dicho duque todos los bienes que de su padre y madre le quedaron en Francia. 30. Que si Maximiliano de Borgoña saliere con el pleito, se le vuelvan y entreguen los lugares Creveceusio, Arleusio, Reullio, San Suppleti, Chrastilleusi y Cambresio. 31. Que se dé por nulo todo lo que prometió George de Austria, como sea más de veinte y cinco mil florines, por su rescate. Poco después de esto, restituyó el rey de Francia al Emperador las villas de Jousio y Mommedeo, que estaban por franceses en Lucemburg, y a Landresi, en cuya fortificación tanto había hecho y gastado. El Emperador restituyó al rey, entre otras cosas, San Desir, Levio y Commercio, y de esta manera se fueron volviendo los lugares que unos a otros se habían tomado con tanta sangre y muertes, así en el Piamonte como en Lombardía y en las fronteras de Flandres y Francia, y mandó el Emperador despedir la gente y alzarse de algunos lugares donde en compañía de los ingleses estaban puestos. Publicada la concordia, el Emperador envió con ella al secretario Alonso de Idiáquez, que era de su Consejo de Estado, del hábito de Santiago y comendador de Extremera, para que en Castilla el príncipe don Felipe, que la gobernaba, viese y tratase en el Consejo de Estado cuál sería mejor y más conveniente a estos reinos: dar los Estados de Flandres y Borgoña en casamiento con la infanta doña María, que después fue Emperatriz, al duque de Orleáns, como se dice en el c. 13, o el Estado de Milán, con la princesa doña Ana, hija del rey don Fernando, como se refiere en el c. 17 de esta concordia. Lo que en Castilla se acordó por el príncipe y su Consejo no lo sé; sé, a lo menos, que, con la muerte no pensada y tan temprana de Carlos, duque de Orleáns, cesaron estos tratos y se levantaron nuevos humores, como se dirá.

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- XXIX Avisa el Emperador al rey de Ingalaterra de la concordia. No se descuidó el Emperador de enviar al rey de Ingalaterra, dándole cuenta de las paces que trataba con Francia. Estaba el rey Enrico apretando el cerco sobre Bolonia cuanto podía; el rey respondió que el Emperador hiciese lo que le estuviese bien, mas que a él no le metiese en nada, porque pensaba llevar la guerra adelante. Combatía fuertemente el inglés a Bolonia, y defendíase muy bien la ciudad, porque estaba bien proveída de gentes y bastimentos. Vióse que el rey porfiaba a no quitarse de ella, y que era menester otro ejército tan poderoso que bastase a echarlo de allí. Hubo una falta que fue proveer para el inglés, que el capitán que defendía la ciudad, que se llamaba Vervino, sabía tan poco de guerra, y era de tan vil ánimo, que sin esperar combate sangriento la entregó al inglés, con partido que la gente de guarnición saliese libremente con armas y hacienda, y entregaron la ciudad con grandísima copia de bastimentos, munición y gruesa artillería. Por lo cual, poco después, el rey de Francia mandó cortar la cabeza a este hombre en la plaza de París. En Monstresile, que es otro lugar que los ingleses tenían también cercado, se defendieron valerosamente los franceses de ingleses y flamencos, y guardaron el pueblo a su rey como buenos y leales. Y como se hizo la paz, y los flamencos se fueron, los ingleses perdieron las esperanzas de tomarlo, y fueronse al rey, que estaba en Bolonia, el cual, sabiendo que el rey Francisco, libre del Emperador, iba en su busca, puso en la ciudad muy buena guarnición y dio la vuelta a Calés, y de allí a Londres. Duró la guerra sobre Bolonia todos los días que el rey Enrico vivió, que hasta que murió no la pudo cobrar el de Francia. El Emperador, sin tratar más de guerra, pasó el invierno en Bruselas, donde le vino a visitar su hermana doña Leonor, reina de Francia, y el nuevo yerno Carlos, duque de Orleáns, y dos hijos del rey don Fernando, con los cuales el Emperador tuvo muy buen invierno. Y aquí determinó un pleito que, por la sentencia que el César dio en él, merece memoria; y fue que madama de Vergas, madre del marqués de Vergas, y madama de Bredérode, del linaje del Emperador, topándose las dos en la iglesia de Santa Gudela, de Bruselas, al entrar de una capilla, pasaron grandes porfías sobre cuál entraría delante y había de tener la mano derecha. La competencia fue de tal manera en las dos, y la gente que las acompañó se revolvió de arte, que faltó poco para trabarse una gran pendencia derramando

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sangre. Y no paró la porfía en esto, sino que cada una de ellas quiso probar que era mejor que la otra. Y se trató esta causa en el Consejo Supremo, el cual halló tanta igualdad en su nobleza y estados, que no pudo declarar cuál precedía a cuál, y así las dieron por iguales. Las madamas, no contentas de la igualdad, suplicaron al Emperador que, pues él era el supremo Monarca a quien tocaba la determinación de la justicia y honra, que sentenciase esta causa. El Emperador, teniendo por liviandad tal presunción, dijo: La plus folle aille devant. Que es: «La más loca vaya delante.» Que fue un juicio digno de ánimo imperial. Que la pasión loca de querer ser unos más que otros, en todas partes y naciones reina, y tanto se desvanecen con ella, que profanan los lugares santos, escandalizan las gentes, inquietan los actos y juntas sagradas, cuando para pedir a Dios perdón de sus pecados o que alce el azote de su ira, sacan su cuerpo santísimo, y reliquias de sus santos. El discreto y sabio, si es noble, luce en el lugar humilde más que el necio bajo, si bien se encubren más que los cedros del monte Líbano, en el lugar supremo.

- XXX Parece ser la concordia en daño del Emperador. Muerte del malogrado Carlos, duque de Orleáns Nuevos recelos de la Cristiandad, y temores de la paz. -Cómo volvió Bolonia a ser del francés. -Duque de Alburquerque sirvió al inglés valerosamente. -Despide el Emperador los españoles, mandándoles que ni sirviesen al francés ni al inglés. -El rey de Ingalaterra llevó los españoles a su servicio. Ninguno pondrá los ojos en las condiciones de la concordia hecha entre los reyes, que no imagine que el de Francia era superior, y que el Emperador, por verse apretado, vino en ellas. Y es cosa sin duda, y que aun los mesmos autores franceses la confiesan, que el rey se vio harto trabajado, y el Emperador le pudo poner en mucho aprieto, y así se verá cuál era el corazón del César, y cuán generoso pecho tenía, pues dio a su enemigo, cuando lo pudo destruir, más que cuando se vio acometido con tantos ejércitos, ni cuando estuvo en su casa y amenazado, o con recelos de que le querían detener. Por ser tan aventajadas para el rey Francisco estas condiciones, y tan graves de cumplir para el Emperador, ninguno de los que bien sentían de negocios podía creer que habían de ponerse en ejecución, porque todos tenían por cosa poco menos que imposible que el Emperador se quisiese deshacer de uno de los dos Estados de Milán o Flandres, que tan a cuento le venían. Verdad es que los que conocían la bondad y llaneza del César tenían por cierto que él cumpliría lo que había prometido, y que no quería oscurecer, con

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quebrantar la concordia, la gloria que había ganado con prometer lo que pudiera negar. Pero presto se abrió un camino, por el cual, sin faltar el Emperador, se quedó con lo que tenía; porque dentro de los ocho meses que se tomaron de término para concluir los casamientos, le dio al duque de Orleáns una calentura pestilencial que le quitó en pocos días la vida, con grandísimo dolor del rey su padre y lástima de los que le conocían, porque era amado de todos, y el Emperador lo sintió con harta demostración, porque ya él había llamado al duque hijo, y estaba muy pagado de tenerlo por tal. Los que más le lloraron fueron los milaneses, teniendo ya por cierto que había de ser su señor, y esperaban de él más dulce y agradable tratamiento que de otro alguno, estando con harta necesidad de él, por el riguroso gobierno en que tantos años se habían visto, en poder de soldados franceses y españoles. Por la muerte del malogrado duque comenzaron luego los recelos y los juicios de los hombres, pareciéndoles que la paz que agora se había asentado no duraría mucho, y que habían de resucitar las guerras y pasiones viejas. Y no iban muy descaminados, que volvieron, aunque no con el calor y vida que las pasadas, porque las edades de los dos bravos competidores no tenían aquel verdor ni aceros que cuando el de Francia dijo que habían de haberse como dos enamorados apasionados por una hermosa doncella. Por agora, a lo menos, todos los príncipes cristianos quisieron venir en paz; sólo el de Ingalaterra porfió en la guerra hasta hacerse, como dije, señor de Bolonia, y dejándola a buen recaudo, que fue al tiempo que se concluyó la paz; volviéndose Enrico para su tierra, cuando se quería embarcar acudió el delfín y quitóle parte del bagaje y revolvió sobre Bolonia y estuvo muy cerca de tomarla. Cercóla después el rey de Francia muy de propósito, y vinieron a ser tantos los daños que, por mar y por tierra, franceses y ingleses se hacían, que de puro cansados se concertaron, y Bolonia se entregó al francés por una gran suma de dinero, que había de pagar en ocho años. La principal parte de los buenos sucesos que en esta jornada de Bolonia tuvo el inglés, fue el duque de Alburquerque, don Beltrán de la Cueva, de cuyo valor y prudencia estaba muy pagado el rey Enrico, y, como dije, pidiólo al Emperador para hacerle su general en esta guerra, en la cual el duque, con su hijo don Gabriel de la Cueva (que después le sucedió en el Estado, y fue un gran caballero) y con otros muchos deudos, sirvió al rey Enrico con tanto valor, que por su industria ganó a Bolonia. Y quedó con grandísima opinión en Ingalaterra, no sólo el duque, más la nación española, y así, sucedió que, deshaciendo el Emperador su campo en Bruselas, dejó solo el tercio de don Álvaro de Sandi, que había de pasar a Hungría, y a los demás españoles mandó pasar en España, dándoles navíos y lo necesario, y orden, con pena de 191

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la vida, a cualquiera que quedase sin su licencia, encomendándose esto al capitán Joan de Eneto, para que con rigor lo ejecutase. Luego que fueron embarcados, el rey de Ingalaterra los procuró haber, para servirse de ellos en la guerra contra el rey de Francia, y los españoles, con la buena gana que tenían de ejercitar las armas y gozar de las libertades de la vida del soldado, a pesar de su capitán y contra la voluntad del Emperador, dieron consigo en Ingalaterra, y sirvieron al rey todo el tiempo que duró la guerra, haciendo en ella el oficio de general el dicho duque de Alburquerque. Fin tan dichoso como este tuvo el año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro, asentándose una paz con que todos los príncipes católicos se abrazaron, y luego pusieron los ojos en la reformación del estado cristiano, y que el negocio del concilio universal se concluyese, porque ya no faltaba otra cosa para el sosiego común de todos, sino reducir los herejes a la unión evangélica, y volver las armas contra los enemigos de la cruz, para lo cual principalmente se quedó el Emperador en aquellas partes por algunos años y hizo en ellos lo que presto veremos.

- XXXI Presa que hizo Barbarroja volviendo para Constantinopla. -Combate el cosario a Puzol. Defienden los españoles. -Sale el virrey en socorro de Puzol. -Presa grandísima que hizo. Representaban en Constantinopla las presas de Barbarroja en afrenta de la Cristiandad. Dejé a Barbarroja con su armada, camino de Constantinopla, salteando, robando y cautivando las costas de la Cristiandad. Dije en el principio de esta obra los viles y bajos principios de este cosario; diré agora dos cosas: lo que nos robó y cautivó, y su desventurada muerte, donde fue a ser tizón del infierno, por haberlo sido de la Cristiandad. Acabaremos con él, aunque nos dejó centellas que encendieron y causaron otros fuegos y daños semejantes, como fue un Dragut, y otros tales que aquí diré. Fue Barbarroja de Tolón a Vadi, donde los genoveses le presentaron muchas frutas y sedas, por lo cual prometió de no hacer mal en su ribera. Juntó toda su armada, que buena parte de ella había echado por Córcega, en busca de Joanetín Doria, que poco antes había tomado dos galeotas de cosarios. Escribió de allí Barbarroja al señor de Pomblin, rogándole mucho que le diese un hijo de Zinán Judío, su grande amigo, que tenía por esclavo en

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aquella ciudad desde la guerra de Túnez, para enviárselo a su padre al mar Bermejo, y a la India, donde a la sazón estaba contra portugueses; y si no se lo daba, que le destruiría la isla. El señor Apiano, que tal era su nombre, respondió que no se lo podía dar, por ser ya cristiano, sin grande ofensa de Jesucristo e infamia suya, pero que por su respeto lo haría libre y rico. Barbarroja, desdeñado porque no se lo daba, mandó robar la isla y cautivar la gente, porque otra vez no despreciasen su ruego ni su armada. Apiano entonces redimió la paz, aunque no los cautivos, con aquel esclavo. Al cual Barbarroja hizo capitán de siete galeras, tratándole como a hijo. Del Elba fue la flota a Talamón, y sacando gente y artillería con que combatía, la ganó y robó, desenterrando muertos (inhumanidad poco usada). Corrieron la tierra dos leguas adentro los turcos, con gran presteza, y trajeron mucho ganado y cautivos. Pasó Barbarroja sobre Puerto Hércules, y subiendo artillería a lo alto (con tanta diligencia como trabajo), batió reciamente la ciudad y castillo, y aunque Carlos Mamucio y el capitán Carranza se le dieron, la destruyeron los turcos, poniendo fuego a las mejores casas. Los seneses, que hasta entonces se habían descuidado, si bien sabían el daño que Barbarroja iba haciendo, enviaron de presto don Joan de Luna con los españoles que a la sazón estaban de guarnición en la ciudad, y a Fontacho con muchos seneses, los cuales se metieron en Orbitelo, por hallar perdido a Puerto Hércules; mas ni aun por eso dejó a Barbarroja de hacer balsas en que poner artillería para tirar de cerca a Orbitelo, que está en medio de una laguna, y es fuerte. Y ya se iban de él los españoles y seneses, cuando llegaron Esteban Colona y doce banderas de soldados, y Cipin Vitello con otras dos de caballos que Cosme de Médicis, duque de Florencia, enviaba de socorro, tanto por servir al Emperador como a Sena. Y todos, cobrando ánimos unos con otros, pelearon con los turcos, que ya estaban desbaratados por el campo y tendidos, habiendo desembarcado, y con los que porfiaban desembarcar en esquifes, y los hicieron tornar a las galeras mal de su grado. Barbarroja hizo señal de recoger, y temiendo los arcabuceros españoles que no los aguardara, y los de caballo, que siempre crecían con nueva infantería, y fuese a Gillo, isla de buen vino, allí cerca, a la cual robó cautivando todos los isleños. León Strozi, prior de Capua, que con siete galeras francesas iba por embajador al Turco para excusar al rey Francisco, importunaba mucho a Barbarroja, que tornasen sobre Orbitelo, que importaba grandemente para las cosas del rey en Toscana, y para las del Gran Turco en aquel mar, y aun en Italia, y si no lo tomasen, que hiciesen fuerte al Puerto Hércules, y los dejasen con buena guarnición de turcos y franceses, pues en ello ganaría gran nombre, 193

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y Solimán ternía entrada en Italia y el rey en Toscana, cuya cabeza era Florencia, donde su padre Felipe Strozi ya fuera príncipe. Tal consejo daba el prior de Capua, siendo caballero religioso de San Joan. No sólo entonces lo procuró, más después lo trabajó con grandes revueltas y muertes, y al cabo murió de un arcabuzazo que allí en aquella mesma tierra le dieron, dende a doce años. Bien conocía Barbarroja que el prior decía lo que convenía a las partes de ambos, y que fuera otro espanto para Italia como fue Otranto; pero no quiso aventurar su reputación ni su gente, viendo que los enemigos eran muchos, y aun desconfiando de franceses, porque nunca los cosarios acometen a los apercebidos. Fue Barbarroja de Gilo a Próchita y a la Iscla, víspera de San Joan, en la noche de este año mil quinientos y cuarenta y cuatro. Robólas ambas a dos, aunque no pudo al pueblo de Iscla, por ser muy fuerte y artillado, en odio del marqués del Vasto, que le había quitado del castillo de Niza. Llevó de ellas ochocientas personas, y algunos dicen que más de mil. Don Pedro de Toledo, virrey a la sazón de Nápoles, envió con toda diligencia al capitán Antonio de Barrientos, con trecientos españoles a Puzol, mandando que la gente menuda del lugar se fuese a Nápoles, y luego tras él el capitán Saavedra con otros quinientos, y con hasta docientos caballos ligeros y de armas, teniendo que lo combatirían los turcos. Entró en Baya la flota otro día de mañana, y en tres alas se puso casi las proas en tierra, y echando turcos comenzó de batir a Puzol, y en el combate mató entre otros a Saavedra, que causó miedo y turbación en los demás, si bien por eso no dejaron de tirar con su artillería a las galeras. Los de caballo que guardaban el arrabal, escaramuzaron con los turcos y hiciéronlos embarcar, aunque uno de ellos fue preso por atollar su caballo. Juntó el virrey cuatro mil infantes y más de mil caballos, -tanta es la grandeza de Nápoles-, con los cuales salió a socorrer a Puzol. Barbarroja entonces se recogió, porfiando Salac en la batería, y caminó hacia Salerno con propósito de combatirlo; mas sobrevino Noroeste con tanta furia, que dejando en Zultfan una galeota y dos naos, de cuatro que llevaba, corrió tormenta, y hizo daño en Policastro y otros lugares. Llegó en fin a Lípari, y sacando cuarenta piezas de artillería, comenzó a batir la ciudad reciamente, y batióla doce días arreo. Los vecinos, atemorizados, se dieron por la vida, temiendo la muerte, a consejo de un ciudadano principal llamado Nicolás, y así, todos, que serían cerca de ocho mil, fueron cautivos, salvo el Nicolás, con toda la riqueza del lugar. Pasó el faro de Mecina Barbarroja, y en Fumara de Muro cautivó mil ánimas, y en Ciriati cuatro mil, y otras muchas en aquella costa de Calabria. Tanta presa, en fin, hizo de ropa y hombres, que no cabía en las galeras, y esto todo hizo sin perder más de una, que dio al través en Galípoli de Pulla. Echó 194

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navegando muchos a la mar, maldiciendo los tristes a quien era causa de su desventura, los cuales, de hambre, sed, cansancio y hedor y pretura, se le morían. Entró en Constantinopla muy triunfante; dio a los bajás y criados del Turco, y a las damas del palacio, muchos niños, y mozas, y otras cosas. Las entradas de Barbarroja en Constantinopla, con tantos despojos de la Cristiandad, se representaban delante del Turco, no sin gran vergüenza, y por culpa de los príncipes. Causó, sin este mal, la venida del Barbarroja a Francia, que se retejasen y alterasen los moriscos del reino de Valencia, con esperanza que había de ir allá con su armada, como se lo había prometido, que fuera un terrible caso.

- XXXII Resumen de las prosperidades de Barbarrroja. -Su muerte Llegó la hora miserable de este enemigo, tan valeroso como hemos visto, que de un bajo ollero, cual fue su oficio, llegó a tanto que se tomó con el Emperador y fue rey de Argel y de Túnez, y cabeza de todos los cosarios, después de la pérdida de Rodrigo de Portundo, por donde señoreó nuestros mares, haciendo tantos males en Italia y en España, y porque los hiciese mayores le hizo el Turco su general en el mar, y su bajá, que es lo que más puede dar. Ganó a Túnez con aquella armada, que fue grandísimo negocio para el Turco, y porque no ganase a Sicilia, o Cerdeña, o alguna otra isla, tuvo necesidad el Emperador de echarlo de allí, con notable provecho de la Cristiandad y gloria propria suya. Escapóse Barbarroja por su buena diligencia, que se lo tuvieron a mucho. Pidiólo, después de esto, el rey de Francia al Turco. Mas si bien vino poderoso dos o tres veces, no hizo mucho daño. Aparejaba otra flota para tornar por acá, mas diéronle cámaras con recio flujo, que le duraron mucho, por donde se vino a tullir; acudióle calentura, y matóle, siendo de más de ochenta años. Era bermejo, como tenía el nombre, de buena disposición, si no engordara mucho; tenía las pestañas muy largas, y vino a ver poco. Ceceaba, sabía muchas lenguas y preciábase de hablar lo castellano, y así, casi todo su servicio era de españoles. Fue muy cruel, más que otro algún cosario de su tiempo; avariento sobremanera por llegar al estado que tuvo, y muy lujurioso en dos maneras. Y dicen que se consumió con la hija de Diego Gaetán, que hubo en Rijoles. Fue decidor con agudeza, y aun malicia, soberbio y libre de lengua, especial enojándose. Suplía estos vicios con disimulación y gracias, y con sucederle todas sus cosas prósperamente. Era esforzado y cuerdo en pelear y

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acometer, proveído en la guerra, sufrido en los trabajos y muy constante en los reveses de fortuna, porque jamás mostró flaqueza ni miedo notable. Murió, pues, riquísimo, en las casas de Bixatar, que hizo en Pera. Dejó por heredero, con licencia del Turco, a su hijo Hazam Barbarroja, que a la sazón estaba en Argel.

- XXXIII Don Álvaro Bazán, general de las galeras de España. -Españoles y franceses pelearon este año en el agua. -Victoria grande que hubo don Álvaro Bazán; el que después fue marqués de Santa Cruz se halló en ella. Don Álvaro Bazán se había retirado a su casa, dejando las galeras por haberse sentido de algunos disfavores que se le habían hecho; mas sabiendo el Emperador lo que don Álvaro merecía, y cuánto valía para servirse de él, antes que partiese de España le mandó volver al oficio de general de las galeras de Castilla, y que con toda brevedad fuese a la costa de Vizcaya y Guipúzcoa, y recogiese los navíos y gente que pudiese, por ser extremada la vizcaína en la mar y en la tierra, y que navegase con ellos a Laredo, para que don Pedro de Guzmán, caballero de Sevilla, pasase en Flandres con los dos mil españoles que dije, cuyo maestre de campo general era, y con la demás armada guardase don Álvaro las costas de España de los franceses y otros enemigos, contra quienes estaba la guerra abierta. Partió don Álvaro de Valladolid en diez de abril; fue a Santander buscando por aquella costa navíos para su armada; juntó hasta cuarenta vasos; los quince fueron a Flandres, con la gente que llevó don Pedro de Guzmán, los demás estaban a punto. A cuatro de julio, si bien no había en ellos más que mil soldados, que tenía García de Paredes (no el famoso, que ya era acabado), con título de maestre de campo, y estando a este tiempo por general de Fuenterrabía don Sancho de Leiva, avisó, a ocho del mes, a don Álvaro, que de aquella villa habían descubierto una armada de más de treinta naos francesas, que habían tomado dos vizcaínas, que cargadas de sacas de lana iban a Flandres. Como don Álvaro se hallaba con tan poca gente, pidió luego a don Sancho que le enviase alguna, el cual le envió quinientos arcabuceros con el capitán Pedro de Urbina, teniendo otro correo de Galicia, que a los diez de julio habían pasado los franceses a vista de Laredo, y saqueado las villas de Laja, Curcubión y Finisterra.

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Salió con toda priesa don Álvaro, en busca de los enemigos, a 18 de julio, la vuelta de Galicia, que estaba tan amedrentada o temerosa, por los daños que los franceses hacían, que aún en la ciudad de Santiago no se tenían por seguros, porque habían faltado en algunos lugares más de cuatro mil franceses muy bien armados. Pues día de Santiago, estando la armada francesa sobre la villa de Muros, y por general de ella monsieur De Sana, componiéndose por cierta cantidad de dineros, porque no los saqueasen, dio sobre ellos don Álvaro con veinte y cuatro naos; luego se pusieron en orden para pelear las dos armadas. Embistió la capitana de don Álvaro a la capitana francesa, y echóla a fondo, ahogándose mucha gente; y arribando sobre otra francesa que venía en socorro de su capitana, la rindió también. Peleaban, de ambas partes, con valor y porfía, y duró dos horas, al cabo de las cuales los franceses fueron rendidos y degollados más de tres mil; de la parte de don Álvaro fueron muertos y ahogados hasta trecientos. Atribuyó don Álvaro, como caballero y cristiano, esta victoria al apóstol Santiago, en cuyo día y en cuya tierra se había ganado. En esta batalla se halló su hijo mayor, llamado, como él, don Álvaro Bazán, mozo que no pasaba de diez y seis años; y de esta escuela militar de su padre salió tan gran capitán, como a todos es notorio que lo fue el marqués de Santa Cruz, de quien tendrá bien que escribir el que escribiere la historia del rey don Felipe II. Metieron en el puerto, o playa de La Coruña, toda la armada francesa que se había prendido, y quedó en guarda de ella don Álvaro el mozo, y su padre fue a dar las gracias al apóstol Santiago, donde el arzobispo, y santa iglesia, le recibieron con Te Deum laudamus. Y en toda Galicia hubo general contento. En Valladolid lo recibió el príncipe don Felipe, con la nueva de esta victoria, de la cual se avisó luego al Emperador a Flandres.

- XXXIV Vasallos de las iglesias. Sentíase el Emperador tan alcanzado y falto de dineros con los gastos excesivos hechos en la guerra, que mandó a sus consejos y ministros mirasen qué arbitrios o medios se podrían tomar para remediar necesidades tan urgentes. Acogiéronse a lo bien parado y más rendido, que eran los bienes, jurisdiciones y vasallos de las iglesias y monasterios de Castilla, que los reyes, de gloriosa memoria, y otros caballeros, habían ofrecido a Dios por el favor y

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ayuda que les había dado en las guerras contra los moros, enviándoles santos, que visiblemente los vieron pelear en las batallas, y habían defendido las tierras que tenían, y ganado otras muchas. Como esto no tocaba a los poderosos del reino, ni a los del Consejo, aprobáronlo, y persuadieron al Emperador que los tomase haciendo alguna recompensa a la Iglesia. Pidió breve al Papa, y concediólo en cierta forma, conforme a la relación que le hicieron. Mandó luego el Emperador hacer saber a las órdenes del reino cómo se servía de que le diese los vasallos que tenían, que los sus reyes progenitores les habían dado, con todo lo anejo al vasallaje, y que les daría en recompensa otras tantas rentas como les rendían al presente, sin tener respeto a lo que según justo precio valen. Pero no quiso el Emperador que se hiciese de hecho sin ser oída la Iglesia, y vinieron a la corte muchos religiosos abades de la orden de San Benito y de San Bernardo, los cuales, conociendo el pecho católico del Emperador, y que no quería hacer agravio a nadie, estimando menos el socorro para las guerras que se le ofrecían fuera de estos reinos, y más el bien de los mesmos reinos, y de todas las personas y estados de ellos, y por mostrar esto más a la clara, les mandó que cada uno le dijese lo que cerca de ello sentía, gustando de que también le diesen por escrito lo que de palabra le habían dicho. Lo cual hicieron con muy buenas ganas, no para rehusar si menester fuera de emplear en su servicio las haciendas, muebles y raíces de los monasterios, y las vidas si menester fuesen, sino para mostrar que los que esto aconsejaban y procuraban no miraban tanto lo que convenía a la conciencia, honra y autoridad del César, como a sus proprios intereses o a otros respectos, que no debían ser mirados por personas del Consejo del Emperador; siendo justo atender que había otros estados de gentes más obligados a acudir primero a esto, que las órdenes, y que empleaban lo que tenían menos bien que los eclesiásticos, y que se hallarían otros medios más lícitos y honestos para socorrer al César, que hacer esta novedad en Castilla. Quien más se mostró en esto fue un abad de la orden de San Benito, que se llamó fray Joan de Robles, varón insigne y noble, y de los mejores predicadores que hubo en su tiempo, a quien el Emperador gustó de oír en esta materia; y valieron tanto sus buenas razones, que el Emperador dijo: «Nunca Dios quiera que yo les quite lo que no les di.» Y mandó que no se tratase más de ello, y así se suspendió por entonces. Mas en el año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro volvieron en el Consejo de Hacienda a tratar de lo mismo, y que se quitasen los vasallos a la Iglesia, pues había facultad para ello. Y el mesmo fray Joan de Robles, abad de San Pedro de Alanza, y fray Francisco Ruiz de Valladolid, abad de Sahagún, de 198

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los doctos hombres de su tiempo, suplicaron de ello, como antes lo habían hecho. Y el Emperador quiso que fray Joan de Robles le diese por escrito lo que había dicho en voz, y fue que, para que se entendiese y viese claramente la calidad de este negocio, convenía mirar: lo primero, si era lícito; lo segundo, si ya que fuese lícito y se pudiese justamente hacer, si era cosa conveniente, honesta y buena; lo tercero, dado que fuese lícito y honesto, si era útil y provechoso, que son tres condiciones que deben concurrir en cualquier obra virtuosa, especialmente en las obras políticas que tienen respecto al bien de muchos, cuales deben ser las de los príncipes, que no han de regular sus obras por sus intereses particulares, sino por el bien común de los reinos que gobiernan. Y cuanto a lo primero, se había de presuponer que ningún justo poseedor podía ser despojado sin causa justa, según derecho natural. Que los derechos, acciones y jurisdiciones de las iglesias son bienes raíces, inmóviles y perpetuos, de los cuales hablan los sagrados cánones y concilios, que no se pueden enajenar ni desmembrar de las iglesias sin igual recompensa. Que es hacienda que se posee con justo título, porque los reyes de España y otros caballeros, cuando el reino estaba lleno de enemigos infieles, la daban en cumplimiento de los votos que hacían, porque Dios les diese victoria, y fundaban y dotaban los monasterios con estos bienes. Que sobre este título tan justo, que parece más divino que humano, tenían el de posesión de más de seiscientos y setecientos años, y, en el que menos, más de cuatrocientos. Que no había haciendas en España poseídas con semejantes títulos. Que jamás algún príncipe, de cuantos ha habido en España, intentó inquietarlos ni perturbarlos en esta posesión, y que estos vasallos no se sacaron del patrimonio real, sino de lo que ganaban de los moros, de aquello daban a Dios, y también otros caballeros y señores particulares los daban de sus proprios patrimonios, o comprados con sus dineros. dejándolos con cargas y obligaciones de sufragios y aniversarios perpetuos. Que no habiendo, al presente, culpa ni causa bastante para despojar los monasterios de lo que tan lícita y justamente poseían, parece cosa indigna de un príncipe tan grande y de tanta potencia, querer poner sus manos en la gente más rendida que en su reino tenía. Que no por ser mal gobernados ni por estorbar a los religiosos el gobierno, ni por bastar a suplir las necesidades del César, se les habían de quitar; porque antes eran más bien gobernados y con más caridad y llaneza siendo los perlados, no señores, sino padres piadosos con sus vasallos, ni estorbaban a la quietud de los religiosos, antes

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con la jurisdición cobraban mejor sus rentas, y sin ella gastaban más en pleitos que tenían, y se distraían los ministros del Señor. Que para suplir la necesidad del César, era miseria todo lo que ellos valían, ni luciría ni medraría jamás cuanto destos vasallos se sacase, antes consumiría este dinero como polilla juntándose con los demás dineros y rentas reales, para que nada luciese ni aprovechase. Que para ayuda a los grandes gastos del César, la Iglesia acude con el subsidio y excusado, y pechan y contribuyen, y los que estando en el mundo y en hábito seglar, eran libres y no pecheros. Que no se había de compensar el valor de los vasallos por lo que a los monasterios rentaban las jurisdiciones cada año, pues demás del derecho honorífico, que es de mucho valor, era claro que un regimiento de una ciudad que vale dos o tres mil maravedís cada año, no lo podía Su Majestad tomar, dando por él veinte y cuatro mil maravedís, y venderlo después por dos o tres mil ducados, porque todo aquello que se puede apreciar a dinero, y está en la hacienda, es parte de la hacienda. Que los reyes de España, de gloriosa memoria, dejaron a los monasterios muchas preseas de hacienda, y en ellas engastadas muchas joyas de honor, preeminencias y jurisdiciones, para adorno de la Iglesia, que, como esposa de Cristo, la quiere Dios galana, honrada y estimada. Que sería cosa indecente despojarla, sin darle lo que justamente vale tanto por tanto. Y que sería mayor el mal si se tomase lo que por descargos de conciencia se había dado. Que no vale decir que puede el príncipe tomar lo que sus predecesores dieron, pues esto se ha de entender cuando se hubiese dado sin justo título. Y sería incurrir en las censuras que en el Concilio aureliacense, cap.14, se ponen contra los que toman lo que sus pasados dieron a la Iglesia. Y si puede el príncipe tomarlo para algún bien público, esto ha de ser dando por ello otro tal o mejor, como dice el emperador Justiniano a Epifanio, arzobispo y patriarca de Constantinopla. Y el Papa Nicolao II, escribiendo al arzobispo de Viena, y Graciano, de los emperadores Carlos y Luis, palabras gravísimas, echa maldiciones que ponen pavor contra los que tomaren estos bienes a la Iglesia. De las cuales están llenos los privilegios y donaciones de los reyes, pidiendo a Dios que sean malditos y descomulgados; que se veyan ciegos y desventurados y comidos de lepra. Que en el infierno tengan por compañero a Judas, que vendió al Señor. Y finalmente, que no vean los bienes de la celestial Jerusalén, si en algo quitaren o disminuyeren de aquello que allí dan y ofrecen a Dios.

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Que el Papa puede muy bien mandar, en un evidente peligro, que una provincia favorezca a otra, y una Iglesia a otra, y unos eclesiásticos a otros, por ser doctrina de San Pablo que la Iglesia es un cuerpo, y así se ha de favorecer y ayudar un miembro a otro, el más cercano al más cercano; y cuando el más cercano no pueda, el inmediato, de manera que se guarde la conformidad que hay en un cuerpo natural; pero que esto se ha de entender cuando la necesidad fuere tal, que no pueda por otra vía remediarse, y que cesaba en este caso, como era notorio. Y que de tal manera se ha de hacer el socorro de los frutos eclesiásticos, que si es posible, no pierdan las raíces inmóviles, así como los miembros recios, que favorecen al miembro débil y necesitado, no le dan las carnes ni los nervios, que son como raíces en el cuerpo humano, sino obras y humores, y espíritus vitales, que son como frutos y bienes muebles en el cuerpo. Que los bienes eclesiásticos son en alguna manera del Papa, pero no de todas, para poder hacer de ellos absolutamente lo que quisiere, según la doctrina de Santo Tomás, en el 4 de las Sentencias, dist. 20, c. 3, art. 3; porque el dominio de los bienes temporales que poseen los eclesiásticos no es del Papa, sino de ellos o de sus iglesias, y así, no puede el Papa transferir en nadie el dominio que no tiene. Que el dominio de las haciendas y bienes temporales de los monasterios, los que dieron le pudieron transferir, y las donaciones reales claramente dicen que el dominio se pasó de todo punto en las iglesias y monasterios, a quien se dieron las dichas haciendas y bienes temporales. Que ni aún de los bienes espirituales es el Papa señor, sino dispensador, por lo cual tienen todos los teólogos, que el Papa puede incurrir en el pecado de simonía, como los otros hombres. Lo cual no sería si fuese señor de los bienes de la Iglesia como lo son los seglares de los bienes que poseen. Porque si bien es despensero mayor, al fin es despensero, y no absoluto señor. Que el doctísimo Joan Gerson declara muy bien en qué modo sea el Papa señor de los bienes eclesiásticos, en el tratado que hizo de la potestad eclesiástica, en la consideración 12, y Guillelmo Ocaro, doctor famoso, en el tratado que hace De potestate Summi Pontificis, cap. 7, alegando otros doctores cuya opinión sigue. Y pide, finalmente, sobre todo, al Emperador, mire mucho esta razón; y es que es cosa notoria que no puede el Sumo Pontífice quitar a nadie su hacienda, especialmente lo que es secular, y aplicarla al príncipe, si no fuere ocurriendo cosa en que el que la posee la deba dar, y nadie tiene obligación de dar su hacienda sino para defensa y buena gobernación de su propria 201

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república, y para esto bastaban las rentas reales, como bastaron, cuando eran muy menores, y los trabajos y necesidades del reino mayores, y fueron suficientes para su defensa, y aun para conquistar otros reinos. Que Su Majestad no podía pedir a Su Santidad con buena conciencia, ni Su Santidad concederlo, que sus súbditos, habiendo dado lo que la necesidad y loable costumbre les obliga, que le den contra su voluntad otra hacienda con color de la dicha defensa y gobernación, ni súbdito alguno tiene obligación de darla, aunque los príncipes gasten las dichas haciendas en cosas loables, si las tales cosas son impertinentes a la dicha defensa y buena gobernación de aquestos reinos. Y que se mirase si a Su Santidad se había hecho tal relación, con la cual no obstante todo esto, se les haya de quitar esta hacienda sin dar el justo valor por ella, y se le hubiese declarado como de hacerse esto se sigue, que sin culpa de los monasterios de señores los hacían vasallos de los que compran los territorios y lugares, donde los tales monasterios, que tan privilegiados y exentos los fundaron los reyes, sean agora súbditos y esclavos de los compradores. Y que se debía dar copia de la relación que a Su Santidad se había hecho para que la Iglesia fuese oída, y se le guardase la justicia que tiene. Y cuanto al segundo punto, si era licito, parecía que no, porque nunca los hombres sabios hacen todo lo que pueden, no siendo honesto y conveniente, como lo enseña San Pablo, escribiendo a los corintios, ep. 2, c. 6, el cual, para encarecer esto, torna persona de quien en este mundo puede hacer, sin perjuicio de las leyes humanas, todo lo que quisiere, y dice: Todo me es lícito, mas no todo conveniente. Lícito es, según las leyes, que se ejecuten las penas puestas a los transgresores de ellas; pero no es bien que se ejecuten igualmente con todos, ni por el cabo con todos. Y porque es ansí que no han de hacer los hombres todo lo que de derecho pueden, dice Salomón en el Eclesiastés: No seas demasiado de justo, porque la demasiada justicia es injusticia; esto es, no hagas todo aquello que según rigor de justicia puedes hacer; y que para esto era bien ver si convenía que los religiosos tuviesen vasallos, porque si era bien que los tuviesen, no sería bien que se los quitasen sin culpa bastante o causa justa. Y que mirando lo que primero se dijo, de que estos vasallos vinieron en poder de los monasterios, no porque los religiosos los procurasen, sino porque los príncipes, de su mera liberalidad, y por su devoción, se los dieron con real magnificencia, no ignorando que la gobernación de los vasallos trae consigo muchos embarazos y negocios seglares, contrarios a la quietud y recogimiento que pide la vida monástica, sino que tuvieron por menos inconveniente darles cuidado del gobierno de vasallos que dejarlos con mayores y más continuos trabajos en la cobranza de las rentas que les dejaban. Por lo cual pareció a los reyes de gloriosa memoria, que porque las haciendas de los monasterios se cobrasen con más quietud, y estuviesen más ciertas y seguras, y sobre ellas 202

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tuviesen menos pleitos, convenía que en aquellos lugares donde dejaban hacienda, tuviesen entera judisdición para conservarla y cobrarla. Confiando de los religiosos, como de personas que deben tener más cuenta con sus conciencias, que podrían tales ministros, que mantenían los pueblos en justicia. Y que en este tiempo que los herejes eran tan enemigos de la grandeza y majestad de la Iglesia, no convenía desautorizarla; que los reyes grandes que ha habido en el mundo, desde David y su hijo Salomón, fueron gloriosos por los bienes que hicieron a las iglesias. Esto engrandeció el nombre de Ezequías y Joás; esto hizo a Constantino, a Teodosio y Justiniano ser contados por los más esclarecidos príncipes del mundo, por los favores que hicieron a la Iglesia, y esto dio tantas victorias a los reyes de España contra los moros. De los cuales todos, no se halla que hayan intentado de quitar a los monasterios lo que tienen, antes de aumentarlo y conservarlo. Y pone con esto muchos ejemplos extendidos con muy buenas razones de la veneración y respeto que todas las naciones del mundo han tenido a la Iglesia. Que Roma fue señora del mundo, como dice San Agustín, por ser tan devota de sus dioses, y honradora de la religión. Y que así, aunque a los monasterios no les estuviese bien tener los vasallos, al César le estaba muy mal tomarlos, y era oscurecer la gloria de su sagrado nombre, y disminuir la grandeza de sus hazañas, en lo cual no miraba quien le aconsejaba tal cosa, y quedaría esta mancilla en su corónica. Que la ganancia que de estos vasallos se sacaría sería poca, y nunca luciría, y la pérdida grande y perpetua, pues tocaba al alma y a la honra de un príncipe tan grande y tan católico. Alárgase mucho el abad en estas razones, las cuales fueron tan eficaces en el pecho católico del Emperador, que aunque tenía ganada la gracia del Pontífice, no quiso usar de ella, y es así que en el año de 1528, en las Cortes que tuvo en Madrid, le pidieron muchos procuradores del reino que tomase estos vasallos, y respondió que los vasallos de las iglesias y monasterios eran dotaciones que los reyes sus pasados habían hecho con gran devoción y celo que tuvieron a la religión cristiana, a lo cual él debía tener singular respeto, y que por eso no convenía al servicio de Dios ni al suyo hacer novedad alguna cerca de ello. Y volviendo, como ya dije, a tratar de lo mesmo sus consejeros y otros que trataban de arbitrios arbitrarios, respondió Su Majestad en el año de 1537: «No quiera Dios que yo les quite lo que no les di.» Y agora, estando tan apretado con tantas guerras, tan falto de dineros, tuvo este respecto tan grande, que mandó que no se tratase más de ello. Es cierto que este gran príncipe mostró siempre en todas sus obras cuánto deseaba acertar y no hacer más de lo que era razón y justicia, con mucho temor de Dios y celo de su santo servicio, que en él siempre resplandeció desde su juventud que comenzó a reinar, hasta que se retiró en Yuste, como 203

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en esta historia se dirá. Por donde entiendo que su alma reina en el cielo con eterno descanso, como reinó en la tierra con la mayor gloria y honra que tuvo príncipe de cuantos en su tiempo hubo en el mundo. Pero ya que en tiempo del Emperador no se ejecutó el quitar los vasallos a la Iglesia, hízose en el del rey su hijo, y hemos visto lo poco que han lucido los dineros que de ellos sacaron, los daños notables que han recebido las iglesias y monasterios, y aun los mismos vasallos, que están asolados; y conociendo el rey esto, temeroso de su conciencia, manda en su testamento que se restituyan a la Iglesia, y lo peor es que no hay cosa agora más olvidada, que ciega y causa olvido la codicia de las cosas terrenas.

Libro veinte y siete Año 1545

-IPaz entre los príncipes cristianos. -Trátase del nombramiento de un nuevo Papa El año más descansado de la vida del César, cargado del Imperio, fue éste de 1545, porque el rey Francisco, cansado de las armas continuas y porfiadas, y de los años, que ya le fatigaban, estuvo quedo, contento con la paz que con Carlos había capitulado. El inglés, con la presa de Bolonia, se retiró a su reino. El Turco, con las guerras de Asia, dejó nuestra Europa, y los mares que el cosario Barbarroja inquietaba con la armada, quedaron algo seguros con su muerte. Visitó el Emperador las ciudades de Flandres, trayendo consigo a su hermana la reina María. Los males de la gota y otras enfermedades le apretaban, y más un cuidado de grandísimo peso y consideración, que con celo de verdadero defensor de la Iglesia tenía, sobre la pureza de la fe católica, que en Alemaña estaba muy estragada. Sabía los tratos malos, la multitud de herejes que en aquella gran provincia había y el favor que daban a los destinos de Lutero algunos de los príncipes y ciudades del Imperio. Los cuales les pedían un remedio tan costoso de vidas y sangre, que apenas sus fuerzas bastarían.

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La salud del Pontífice andaba muy quebrada, de suerte que se cuidaba más del que en la Silla Romana había de suceder, que de Paulo Farnesio, que la tenía. Escribíanle de Roma sus ministros y aficionados, les avisase en quién Su Majestad ponía los ojos, para que ellos, con sus fuerzas y amigos, ayudasen; y el César, estando en Bruselas, a 4 de abril de 1545, escribió a Joan de Vega, su embajador en Roma, la satisfacción que tenía de las voluntades en su servicio de los cardenales Carpi y Salviati. Del uno muy poca, y del otro grande; y de la elección del futuro Pontífice, las palabras siguientes: «En lo que toca al futuro Pontificado están en la mano de Dios lo que podrá ser. Aunque no nos querríamos empachar de la creación, sino por lo que toca a la necesidad de la Cristiandad, y obviar los inconvenientes que podrían suceder de no seguir aquella como conviene; porque cierto es gran escrúpulo de conciencia, tomar parte de estas elecciones, y de la culpa que puede haber, no siendo hechas como se deben; y así estaréis advertido para favorecer en tal caso lo que fuere más servicio de Dios, y bien común de la Cristiandad, temporizando en este medio con el dicho cardenal Salviati, con todo el recato y miramiento que veréis convenir al bien de los negocios, pues de aquí allá con el tiempo se verá y entenderá lo que se debe hacer en tal caso.»

- II Quienes se Emperador cerca de la corte de Roma contra los herejes. El cuidado, demás de esto, que el Emperador tenía del remedio de Alemaña, y reducir al gremio de la Iglesia católica romana los que ciegamente se habían apartado de ella, era grande, y deseaba juntar las fuerzas y armas que para jornada tan importante eran necesarias. Estando en Wormes, a 5 de julio de este año, envió a Roma a monseñor de Andalot, su caballerizo, ordenándole que en el camino visitase (y éste fuese el color de su jornada) a la duquesa de Camarino, su hija, señaladamente por su preñada, mostrándole el amor que Su Majestad la tenía y el placer que había recebido de ello, y cerca de esto hiciese con el duque de Camarino, su marido, lo mismo, con Su Santidad y con todos los de la casa Farnesa. Que habiéndose comunicado con el embajador Joan de Vega en Roma, le dijese que después del último despacho y cartas, que se escribieron a 28 de junio al dicho Joan de Vega sobre lo que se había platicado, comunicado y resuelto

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con el obispo Veraldo, nuncio de Su Santidad, se había continuamente entendido en ver examinar y consultar con el secreto necesario las cosas que se debían ver y proveer para hacer la empresa contra los desviados de la fe. Que como este negocio era de tanta importancia, en que iba tanto que se hiciese como convenía, y que cualquier yerro o falta que en la ejecución de ella hubiese podría traer inconvenientes irremediables, se habían hallado en la discusión dificultades, que aunque era muy contra el ánimo y deseo del César, pero se le habían apuntado tan evidentes y claras, que no obstante que de muy mala gana quería consentir en ellas, pero para no usar en esto más con afición, que con la razón que debía en todas las cosas, señaladamente en las de la guerra, serle superior, le había parecido avisar a Su Santidad realmente de lo que en esto se apuntaba; confiando que Su Santidad, con su gran prudencia y larga experiencia, miraría y resolvería lo que más viese ser servicio de Dios, y que en esto se hiciese todo lo que pareciere poderse emprender y hacer con razón; y aun confiarse en la divina clemencia y bondad, que querría asistir en este negocio por su propria causa. Y por esto le despachaba con tanta diligencia, porque haciéndola en todo, pudiese con la brevedad posible entender el parecer de Su Santidad y resolverse en lo que se hubiese de hacer; lo cual difiriría hasta su vuelta. Que demás del grandísimo deseo que tenía de entender en tan buena y santa obra, y aun tan necesaria; y sin la cual es claro que se perdiera la Germanía cuanto a la religión, y traería aún más inconvenientes en todo, veía claramente que la coyuntura y oportunidad se ofrecía muy grande, hallándose allí en persona, desembarazado de guerra contra el Turco y también de cristianos, y teniendo gente española a propósito allí y en Italia; que de todas maneras era forzoso sostenerla, y que tenía la correspondencia tan buena de Su Santidad y de su parte. Y que por ventura podría acaecer embarazo, difiriéndose esta empresa, para que después no se pudiese hacer con tan buena coyuntura y comodidad. Que sólo en contrario de esto había la brevedad del tiempo para hacer esta empresa en lo que quedaba del verano, y la imposibilidad que se hallaba en proveer las cosas necesarias. Y lo que en esto más se dudaba, no ver cómo se podía apercebir, levantar y juntar el ejército, tal y tan poderoso como se requería, aunque tuviese todo el dinero que era menester en la mano, y se hiciese toda la diligencia posible antes de Nuestra Señora de setiembre, a mediado el mes; y señaladamente la gente alemana de caballo, sin la cual no se podía hacer bastante ejército. Y iba mucho en haberla tal que se pudiese fiar de ella en lo que tocaba a la religión; demás que los enemigos harían todo lo que pudiesen para embarazar su camino y juntamiento; y serían muy poderosos la gente de a caballo, y de los mejores de la Germanía. Que también los diez mil infantes y seiscientos lanzas con que el rey de Francia había de ayudar para contra el Turco, o para lo de la religión, a voluntad del César, como Su Santidad lo tenía entendido, para enviarlos después de la requisición, tenía cuarenta días de

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término, se debía considerar cuándo llegaría, si bien no por ello se dejaría de hacer lo que era justo, si lo demás se pudiese proveer con tiempo. Demás de lo cual, también había el no poder hacer los cambios del dinero de tanta suma como era menester, señaladamente sobre la concesión de los medios frutos, ventas de los vasallos de los monasterios y otros expedientes que de fuerza se habían de buscar. Y tanto más, comprendiéndose que los mercaderes de aquellas partes no querrían entender en ello por miedo de los dichos desviados, y los otros mercaderes habían hecho ya muchos cambios, por las guerras que se continuaban en Francia y Ingalaterra, y la ocasión de ellas, teníase por muy dificultoso poder hacer los cambios, y de tanta suma, y haber el dinero para servirse de él al tiempo que sería menester. También había la provisión de las vituallas, señaladamente de carne y vino, y en la parte donde se tenía fin de hacer la masa, y también la artillería y municiones, aunque en esto bien se hallaría medio. Que siendo así, que no se pudiese juntar el ejército antes del tiempo sobredicho, pero que no obstante las otras dificultades ya dichas, se hallase en ser para marchar, todavía se consideraba que no podría entrar en tierra de enemigos antes de los 25 o fin de setiembre, y que entonces ya se sentía comúnmente el frío del invierno, señaladamente en aquellas partes, y era tiempo de muchas aguas, y que viendo esto los enemigos, se deternían en defensión, esperando que no podría ser largo el ímpetu de la guerra, y aunque se ganase algo, y se quisiese sostener, sería en parte trabajosa por el rigor del invierno, y con necesidad de bastimentos que se habrían de traer de fuera, y no impedir a los enemigos que no se fortificasen, preparasen y hiciesen más fuertes durante el invierno para tornar sobre los católicos estando ya cansados, y habiendo gastado mucho con poco efecto, y comenzando la empresa sin poderla acabar; o si se determinase y quisiese hacer, y no se pudiese juntar la gente y provisiones, ni ejecutarse por falta de tiempo, cualquier de estas cosas traería inconvenientes irreparables, y se siguiría la total ruina de los católicos, perlados y otros, y pérdida de la fe, antes que se pudiese dar remedio alguno. Demás de esto, se decía que, según se conocía de la inclinación y costumbres de aquellos desviados, y aún de su obstinación, que era común causa a todos, que comenzando a usar de la fuerza contra ellos, era menester pasarla de golpe adelante, y de manera que ellos viesen que era en tiempo y con disposición y provisión para poderlo sostener, que, como, haciéndolo así, sería el verdadero medio para sojuzgarlos y reducirlos a la razón, también, comenzando por el contrario, se seguiría, más obstinación con la asistencia de las otras setas, y aun de los anabautistas, porque no obstante que los luteranos y otras setas los aborrecían, pero cuando se trata de emprender contra ellos, se aunan y defienden como si fueran una misma cosa. Que asimismo había que el duque Guillelmo de Baviera había resueltamente respondido que no le 207

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parecía que por agora se debiese emprender contra los dichos desviados, y era de creer que aunque él tuviese la voluntad que era razón en esto, para que, como era de su cabeza, difícilmente mudaría opinión, y habría mucho que hacer para atraerlo a que viniese bien en que se hiciese luego esta empresa; señaladamente que se sabía que no tenía dineros, ni medios para poderlos hallar tan presto, ni disponer a sus vasallos para hacer la guerra. Mayormente, que se hallaba muchas y grandes deudas de su hermano, y que tenía que hacer con sus vasallos, y otras cosas que de su muerte habían procedido. Y no solamente era menester que viniese bien cuanto a sí a este negocio, mas también convenía que con su intervención, medio y parecer, se mirase cómo se debía haber la asistencia y ayuda de los eclesiásticos y otros estados católicos, y esto en su tiempo y sazón, para guardar el secreto necesario. Y a lo que se había dicho de los embarazos que podría haber, dicen que, tomando esta jornada con tiempo al principio del verano, que el Turco no la podría impedir, aunque no corriese la tregua adelante, y que ningún príncipe cristiano lo querría embarazar, ni lo podría hacer, ni haber medio para ello, usando de esta presteza; y demás de esto, que se pudiera durante aquel invierno platicar y encaminar para dividir las ciudades de los príncipes y Estados desviados, y aun incitar algunos que, con querellas particulares, y esperanza de vengarse y cobrar lo suyo, podrían particularmente dar en qué entender a estos príncipes, como al, duque de Jassa, por las competencias que tienen con él algunos vecinos, y el lantzgrave con el conde Guillermo de Nasao, y el duque de Branzuic de su parte. Y también había otros príncipes que tenían competencias con las ciudades, lo cual se platicaría y trataría en su tiempo y lugar, y con la disimulación y manera que el caso respectivamente requiría, y la sospecha y temor que entre sí tenían, y lo que entendían que contra ellos se trataba, señaladamente por cartas venidas de Roma, con lo cual estaban agora muy apercebidos y proveídos, y viendo que no se hacen las provisiones, se caería esta voz y fama que había de que se iba contra ellos, y después podrían ser más descuidados en creerlo, y hacerlas provisiones, jugando que sería como lo de agora. Concluye diciendo el César ser esto lo que se apuntaba y ofrecía en negocio tan importante; pero que, con todo, se ofrecía a que, siendo posible vencer estas dificultades, que sobre la brevedad del tiempo se tocaban, que él estaba muy presto a entrar desde luego en esta empresa, si bien fuese con riesgo y aventura. Pero que tocando este negocio no sólo a él, mas a Dios y a Su Santidad, había querido avisar confidentemente, y con el respeto filial que debía, de lo que ocurría, para que si había medio de emprender esta buena obra, desde luego, que se hiciese en el nombre de Dios. Que ya que esto no podía ser agora por las dificultades dichas (que de fuerza se habían de confesar si bien fuesen contra lo que tanto deseaba), que eran grandes, quería también que Su Santidad supiese que su voluntad era y siempre sería la misma, para 208

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que con la ayuda de Nuestro Señor se emprendiese y hiciese el año venidero, y se comenzase a poner las manos en la obra lo más presto y temprano que ser pudiese, y que no se dejase entretanto un solo momento de tiempo de preparar con el secreto que convenía, lo que para esto era necesario, para que se hiciese de manera que Dios fuese servido con ello, y la santa fe remediada, y guardada la autoridad de Su Santidad y de la Sede Apostólica. Y para que esto quedase firme entre Su Santidad y el César, era Su Majestad contento, y deseaba que se capitulase y tratase distinta y particularmente, según ya estaba escrito a Joan de Vega, lo que se había de hacer, y señaladamente, de asegurar, por parte del César a Su Santidad de no tratar ni hacer cosa tocante a la fe sin su expreso consentimiento, ni gastar el dinero que se sacaría de la concesión de los medios, frutos y rentas de los vasallos de los monasterios, sino en esto; ni tampoco tocar en el dinero de los docientos mil ducados que Su Santidad había ofrecido de proveer para esto. Y también confiaba que el Pontífice, como era razón, miraría y proveería que fuesen ciertos para servir a esto en su tiempo, y asimismo los dineros que serían menester para sustentar la gente de pie y de caballo que había ofrecido. Y también miraría Su Santidad en los otros cien mil ducados, demás de los dichos docientos mil, y en lo que más sería menester, según durase la empresa, y que las diligencias se hiciesen con el duque de Baviera y con los otros Estados católicos, como se consideraba deberse hacer de parte de Su Santidad y de la del César, para el buen efecto de la empresa, y guardando el secreto que se requiría para ello. Y asimismo era razón que Su Santidad y el César se uniesen en esto y en todas las cosas que tocasen al servicio de Dios y bien público de la Cristiandad; y señaladamente, que si por esta ocasión de remediar las cosas de la fe, algunos príncipes cristianos se quisiesen mover a embarazarlo, el sentimiento fuese común a Su Santidad y al César, y de su parte hiciese todo lo que fuese menester a su oficio y dignidad para asistir al César, y que, como en cosa común y propria de cada uno, hiciesen ambos todo lo que fuese conveniente. Demás de esto, se había considerado sobre lo que se había apuntado de parte de Su Santidad: Que en la provisión de los dineros que se había contratado de hacer, y también de la concesión de los medios, frutos y rentas de los vasallos de los monasterios, convenía que diese razón al Consistorio, que lo que se platicara y tratara sobre esto con el Consistorio fuese con fundamento de la resistencia contra el Turco, en caso que fuese menester, incluyendo debajo de esto el sostenimiento de la fe católica, y lo que en esto se hallase ser necesario, porque con esta causa se podría justificar todo lo que el 209

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Pontífice quisiese hacer, siendo tan santa y buena obra, y miraría Su Santidad si sería bien que esto se articulase para guardar mejor la disimulación, pues iba tanto en el secreto, con el cual los desviados podrían descuidar, y también con la manera que se podría usar de consentir un coloquio y inducir otra Dieta para el invierno próximo siguiente, en la cual diría el César que se quería hallar personalmente. Pero quería que esto del coloquio y indición de la Dieta fuese sin tocar en alguna manera a lo del Concilio y progreso de él, y con el presupuesto antes dicho, de no hacer cosa alguna en lo de la fe sin consentimiento de Su Santidad, y cuando no pudiese hacer consentir aquellos desviados a que se hiciese el receso con su consentimiento (lo cual creía que no harían), tenía pensado de hacerlo de soberana autoridad imperial, y darles a entender que, si alguno de los Estados contraviniese en ello, que sería con lo que hubiese mandado por el dicho receso, en el cual pensaba poner una cláusula: Que todas las innovaciones hechas desde el precedente receso se quitasen por incluir lo que tocaba al elector de Colonia, y también que todas cosas de hecho, y violencias, desde el dicho receso, y las que se podrían hacer, se juzgasen conforme a derecho, para incluir las ocupaciones que habían hecho el duque de Jassa, marqués de Brandemburg y otros, contra los obispos electos y otras iglesias. Pero que entretenía la cosa hasta que tuviese respuesta de Su Santidad, y también esto del receso no pasaría así sin trabajo y mucho malcontento de los desviados. Hallábase el César con trabajo, por la obstinación del arzobispo de Colonia, y se habían tomado cartas suyas, que escribía a los Estados, en que se veía su perdición. También, por otra parte, se temían los de la Iglesia y ciudad de Colonia de él y del común popular que en todas partes se inclinaban mucho a las novedades heréticas y así se temía una gran ruina en las gentes de aquel Arzobispado. Y el César consultó sobre ello a Su Santidad, pidiéndole que con brevedad le avisase y diese su parecer para hacer lo más conveniente, siendo su fin, en caso que esta empresa no se pudiese hacer aquel verano, de volver a Flandres luego, para dar orden en las cosas de allí, y ser de vuelta en Alemaña para el día de los Reyes, para dar, con el ayuda de Dios, principio a esta santa empresa lo más presto y temprano que ser pudiese el año venidero. Y fue parecer del César, supuesto lo arriba dicho, que se debía dejar el Concilio en pie, procediendo en él en la mejor manera que ser pudiese, y que viniendo a hacerse la aperción, se metiesen adelante cosas que no pareciesen en este principio directamente contra los dichos protestantes y su seta, sino que se tratasen otros puntos que fuesen tocantes a lo general de la Cristiandad, y que se tratase de la reformación y vivir de las personas eclesiásticas, para que los desviados tuviesen menos temor; pero no de manera que lo perdiesen del todo, porque el Concilio, por una parte, y ver estar en ello la generalidad de 210

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los príncipes católicos, y la amistad entre Su Santidad y el César, y que la tendrían sobre sí si hiciesen algún motivo contra los católicos, contra el receso, los hiciese estar quedos a los perlados en el Concilio, por el favor que tan cerca tenían, y a los herejes en no ofenderlos, por el respeto y temor que habían de tener estando tan cerca el César. Con estos avisos tan católicos y bien considerados, acaba el Emperador la instrucción y memoria con que en Wormes despachó a monseñor de Andalot, a 5 de julio de 1545.

- III El celo santo que tuvo de remediar los males de Alemaña, cuando no bastase el bien, con fuego y sangre. -El cuidado y pena que el Emperador tenía por las herejías de Alemaña. Liga que con providencia humana los herejes hicieron. Presunción loca de los herejes de Alemaña. De la cual consta cómo la cosa que más fatigaba su ánima, era la nueva religión de Alemaña y reformación de ella, porque demás de lo que tocaba a la fe católica, que era lo principal que miraba, hallaba otros graves inconvenientes que se seguían si este mal pasase adelante. Que si aquella gran provincia se dividía en nuevas actas y parcialidades sobre la religión, eran forzosas las guerras entre ellos mismos; y fuera de que aquella nobilísima gente y tierra perdía su antiguo honor y decoro, y el nombre tan célebre y honrado que siempre tuvo de cristianísima, se había de consumir en guerras civiles, y a su reputación imperial tocaba y era forzoso, tomar las armas contra sus proprios vasallos y naturales, y se gastarían sus fuerzas y vidas entre sí mesmos, que tanto importaban contra los turcos, que fueron los deseos más eficaces que el Emperador siempre tuvo, y en que el demonio le atravesó mayores estorbos. Pensaba qué medios, qué trazas daría para curar tanto mal no con fuego, ni hierros ardiendo, ni derramamiento de sangre, sino por otros caminos suaves, fáciles y llanos. Lo cual veía dificultoso, si no era que los herejes, nuevos inventores y docmatizadores, se allanasen y volviesen a la obediencia de la Iglesia católica romana; hallaba que se podía hacer, celebrándose un Concilio general de toda la Cristiandad, con potestad plena de la Cámara imperial, y determinándose a que los herejes que rehusasen hallarse en este Concilio, no se quiriendo sujetar a lo que allí se determinase, tomaría luego las armas y les haría cruel guerra, como a rebeldes contumaces, enemigos de la Iglesia y del Imperio romano, para rendir y sujetar rigurosamente a los que con blandura

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no quisieron dejar sus nuevas dotrinas y notorios errores, con la potencia y furor de las armas. En lo cual esperaba el favor del cielo, cuya causa él hacía. Este pecho valeroso y celo cristiano del César, había días que los herejes sentían y temían, y así, como hijos de este siglo y ministros del demonio, que en esto los ayudaba, con providencia humana se habían concertado y confederado diez años antes de este en la ciudad de Smalcalda y en otros muchos conventículos que entre sí habían tenido. Y habían procurado que cayesen en esta liga muchos señores poderosos de Alemaña y fuera, con grandes ciudades poderosas y ricas, cuales las hay en Alemaña. Llamaban a esta liga y conjuración Smalcalda, defensiva de la nueva religión y libertad de Alemaña. Tanto se atrevían ya los herejes de Alemaña, sabiendo el príncipe que tenían, que no estaba hecho a sufrir semejantes demasías, y de la manera que había castigado otros atrevimientos no tan pesados. Fue el atrevimiento terrible hacerse legisladores en la Iglesia, y en la república, presumiendo locamente de hacer, aquellos bárbaros viciosos, una nueva república, nuevo Imperio, nueva Iglesia y queriendo unos idiotas sensuales hacer ciegos a todos sus pasados, desde que recibieron la ley pura y limpia de la boca de los Apóstoles y predicadores santos del Evangelio; y que ellos solos habían sido los alumbrados y favorecidos del cielo para ver y conocer la libertad del Evangelio y el precio de la cruz y sangre de Cristo, con que querían comprar y gozar la vida más ancha y viciosa que tuvo nación del mundo, después que se pobló de hombres. Estos son los que agora tienen en cuidado al santo Emperador, y a mí me han de dar que decir los dos años que vienen después de este.

- IV Muerte temprana de la princesa de España. -Murió Carlos, duque de Orleáns. Y pues he comenzado a llorar lástimas, diré una de harto dolor, que fue de la muerte de la serenísima princesa de España, doña María, mujer del príncipe don Felipe, señor único heredero de estos reinos. Murió esta malograda princesa en Valladolid, a doce días del mes de julio de este año. Parió al príncipe don Carlos el desdichado, a 8 de julio, a las once de la noche, entrando el día nono, según cuentan los astrólogos, que se engañaron harto en lo que de este príncipe dijeron, particularmente el maestre Antonio Pacheco, catedrático astrólogo de Coimbra, y de ahí a cuatro días murió, en domingo. Fue su cuerpo depositado en el monasterio de San Pablo de Valladolid, y a 8 de setiembre de este año, fue la muerte, que dije, de Carlos, duque de

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Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

Orleáns; yendo con su padre y hermano el delfín, con poderoso ejército, a cobrar a Bolonia del inglés, enfermó de una calentura pestilencial. Murió de edad de veintidós años. Era príncipe amable por la condición y rostro que tenía. Murmuróse mucho su muerte y la de su hermano Francisco, que también murió malogrado. Decían que les habían dado veneno, con consejo e industria de Catalina de Médicis, su cuñada, que deseó la muerte de Francisco por verse reina de Francia, y no le pesó de la de Carlos, ni aun a su marido Enrico, tocado de envidia por el favor que el rey, su padre, y el Emperador, le hacían. Luego envió el rey a Claudio Annibaldo, dando cuenta al Emperador de la muerte de su hijo, y pidiéndole que, pues era muerto Carlos, se volviese a confirmar la paz, con otras nuevas condiciones. Esperó Claudio la respuesta del César, y no le dio otra, más de prometer que por su parte él no quebraría la concordia haciendo guerra al rey, si él primero no la hacía; y con esta respuesta tan seca, quedaron algo dudosas las voluntades.

-VDieta en Wormes. -Contradicen los alemanes el Concilio en Trento. Había el Emperador mandado que los príncipes y ciudades de Alemaña se juntasen en Wormes para tener Dieta con ellos, y porque impedido de la gota no pudo él acudir, presidió en esta junta como vicario suyo y rey de romanos, su hermano don Hernando. No se hizo cosa buena, ni por más que el rey les representó cuánto les importaba la paz, y que le ayudasen contra el Turco; no bastó razón, y faltaron muchos, aunque enviaron sus procuradores, con orden que abiertamente contradijesen el Concilio de Trento, y que ellos no obedecerían cosa que el Emperador les mandase, tocante a esto ni a la nueva religión, más de en aquello que bien les estuviese. Con esto se deshizo la Dieta, y el Emperador, cansado ya de sufrir tantas demasías de los herejes, echó la Dieta para Ratisbona, donde, habiéndole dejado la gota, fue en persona.

- VI Muerte de fray Antonio de Guevara, coronista del Emperador.

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Debo hacer memoria de la muerte de fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, coronista del Emperador, religioso muy docto y principal, y de gente ilustre; en cuyo oficio yo sucedí, y en los que a él le sucedieron, y en sus papeles. Murió año de 1545, y sepultóse en una rica capilla que él mandó hacer en el monasterio de San Francisco, de Valladolid. Escribió algunas cosas que andan impresas. De la historia, que era su principal oficio, muy poco y sin concierto, que no le tenía el borrón que iba haciendo, esta mesma historia. Estos papeles hallé en Almenara, aldea de Olmedo, donde él edificó una casa; vílos, aunque muy apriesa, porque los tenía una mujer, y pensaba que en ellos estaba el remedio de sus hijos. En cuatro días saqué de ellos lo que me pareció que se podía poner en esta historia, para la cual no he tenido otra ayuda, y lo que escribió Pedro Mejía, que fue hasta el año de 1529, habiéndose cargado cinco coronistas de hacer esta obra; que en menos de un año comencé y acabé, y tardé en imprimirla, por el poco socorro que tuve, dos años. Murieron este año en Castilla otros muchos perlados y caballeros principales, que así se acaba esta vida y las dignidades de ella, que se desvanecen como el humo y ligeros vapores de la tierra.

- VII Alteraciones del Pirú. -Va Blasco Núñez Vela por virrey, en el año 1543. -Prende el virrey a Vaca de Castro. -Gonzalo Pizarro, procurador general. -Comienzan las juntas y alteración de ánimos. -Levantan los alterados banderas y armas. -Sello real y audiencia en Lima, 1544. -Comienza Pizarro a hacer oficio de tirano. -Caravajal, maestre de campo de Pizarro. -Mata el virrey injustamente al fator Illán Juárez. -Retírase el virrey a Trujillo. Discordia entre el virrey y oidores. -Saquea la gente de guerra la casa del virrey, y casi los oidores le prenden. -Pónense en armas unos contra otros. -Los parientes del fator quieren matar al virrey. -Quieren los oidores enviar medio preso al virrey en España. -Requieren los oidores a Pizarro que deje las armas y derrame la gente. -Pónese Pizarro con su campo a cuarto de legua de Lima. -Amenaza Pizarro con saco y muertes a los oidores. -Dánle los oidores, vencidos del miedo, título de gobernador. -Entra Pizarro en Lima, de guerra, con aparato. -Recíbenle, a pesar de la audiencia, por gobernador. -El virrey, que se escapó de la prisión, llama gente y pónese en orden contra Pizarro. -Allanamiento del Pirú.-El licenciado Pedro de la Gasca va a pacificar el Pirú. -Gana Gasca a Hernán Mejía. -Gana a Hinojosa y otros capitanes, con la armada: principio del bien. - Pareceres sobre la venida del presidente. -Entrégase la armada al presidente. -Quiere Pizarro impedir que de la armada no saltasen en tierra. -Los partidas que de parte del Emperador se hacían a Pizarro. Procura Lorenzo de Aldana que la gente levantada entienda el perdón y mercedes que el 214

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Emperador hacía. -Vásele gente a Pizarro. -Dicho de Caravajal, viendo írsele a Pizarro la gente. -Alzase Lima por el rey. -Deshecho Pizarro. -Acudía gente al presidente Gasca. Marcha el presidente, con su campo, al valle de Jauja. -Tiranía grande de Pizarro. Ordena el presidente su campo para acometer a Pizarro.-Pedro de Valdivia, escogido capitán, valió mucho contra Caravajal. -Siéntese Pizarro apretado; requiere al presidente que suspenda la armada. -Alójase Pizarro en sitio fuerte para esperar al presidente. -Ofrece Pizarro la batalla. Cepeda y otros se pasan al campo de los leales. Estando para romper, se deshacía la gente de Pizarro y pasaba al presidente. -Dicho cristiano de Pizarro. Viendo que se le iban todos, ríndese y entrega. -Prenden a Caravajal. -Justician a Gonzalo Pizarro y otros. Prudencia notable del presidente. Diré aquí las alteraciones del Pirú y sus provincias, que causó Ia ordenanza que se hizo en Valladolid, según dije, año de 1544, porque no he de hacer más que una breve relación; y ellas duraron hasta el año 1549, en que el licenciado Pedro de la Gasca los allanó con sumo valor y prudencia, dejando aquellas tierras remotísimas, y corazones tan alterados, y de suyo altivos, muy en servicio de su rey. No podré guardar aquí el orden de contar cada cosa en su año y en su libro, sino que de fuerza juntos, y en una pella o párrafo, diré recogidamente, antes de contar los hechos de Alemaña, lo que fueron y en lo que pararon estas alteraciones desde el año de 1544, en que comenzaron hasta el de 1549 en que, acabadas, sosegada ya la tierra, Gasca volvió en España. Dije brevemente las ordenanzas que se habían hecho cerca de las quejas que había del mal tratamiento que se hacía a los indios, las cuales se publicaron en Madrid año 1542, y luego se enviaron traslados de ellas a diversas partes de las Indias, de que se recibió muy gran escándalo entre los conquistadores, especialmente en la provincia del Pirú, donde era mayor el daño, porque a todos se les quitaban las haciendas y quedaban, como dicen, a puertas. Murmuraban largo; quejábanse, con sentimiento, al descubierto. Acudieron muchos al Cuzco a dar sus memoriales y quejas al licenciado Vaca de Castro, que gobernaba, y por su consejo enviaron a suplicar de la ordenanza a Su Majestad. Antes que llegasen en España los procuradores de los indianos, habían proveído a Blasco Núñez Vela, caballero vecino de la ciudad de Avila, que a la sazón era veedor general de las guardas de Castilla, para que fuese por virrey, capitán general y ejecutor de la ordenanza al Pirú, y se proveyeron con él cuatro oidores para la audiencia que se había puesto en aquel reino, y todos se hicieron a la vela en el puerto de Sanlúcar de Barrameda primero de noviembre, año mil y quinientos y cuarenta y tres; y el virrey se adelantó sin querer esperar a los oidores, y fue ejecutando las ordenanzas que llevaba.

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Y la primera fue que los indios se volviesen a sus naturalezas, estando fuera de ellas, y en desembarcando en Túmbez, puerto del Pirú, comenzó a ejecutar las ordenanzas en cada lugar por do pasaba, si bien le suplicaron esperase a que los oidores se juntasen en la ciudad de Lima y que los oyesen para bien informar a Su Majestad, él no quiso, de suerte que Blasco Núñez entró en el Pirú, con poco gusto de todos, y aún de los oidores sus compañeros, con quien ya venía desconforme, y ellos con él; y así, tuvo mal fin su jornada. Requirió a Vaca de Castro, con las provisiones que traía, para que él desistiese del gobierno. Luego comenzaron a sentir el rigor del virrey, y había pareceres, y persuadían a Vaca de Castro que no le admitiesen, y que si él no quería ponerse en esto, que se estuviese a la mira, que ellos lo harían, de suerte que ya la cosa se iba poniendo en malos términos. Procuraba Vaca de Castro sosegarlos, mas no bastaba su autoridad, aunque el virrey se lo agradeció poco, y le prendió por sospechas de que era parte en los motines que había. Recogiéronse en el Cuzco muchos de los principales, y comenzaron a juntar armas, y la artillería que había en Guamanga, con grande alboroto. Vino luego allí Gonzalo Pizarro, y nombráronle por procurador general de toda la tierra. Era Gonzalo Pizarro hermano del marqués Francisco Pizarro y de Hernando Pizarro, principales descubridores y conquistadores de esta tierra. Pedían todos a Gonzalo Pizarro que tomase la mano y se hiciese cabeza, para suplicar de las ordenanzas. En lo cual no reparó mucho, porque tenía buen ánimo y había días que deseaba ser gobernador del Pirú. Recogió ciento y cincuenta mil castellanos, trajo consigo hasta treinta personas, y en el Cuzco le recibieron con gran aplauso, y cada día se le juntaban gentes, y de la ciudad de los Reyes venían blasfemando del virrey, diciendo mucho más de lo que hacía para indignar más los ánimos. En el cabildo del Cuzco se hicieron muchas juntas sobre la venida del virrey; unos decían que le recibiesen, y se enviasen procuradores a suplicar de las ordenanzas. Otros, que recibiéndolo una vez y ejecutando las ordenanzas, como lo hacía, les quitaría los indios, y que una vez desposeídos, tarde volvieran a cobrarlos. Resolviéronse en que Gonzalo Pizarro fuese, como procurador general, a la ciudad de los Reyes, y suplicase de las ordenanzas en la audiencia real. Y que fuese acompañado de gente armada, porque el virrey había ya tocado atambores en la ciudad de los Reyes para castigar a los que habían ocupado la artillería, y también porque le tenían por hombre áspero y demasiadamente riguroso, y que hacía de hecho y amenazaba a muchos, y que sin la audiencia real, él no podía hacer nada. Daban otros muchos colores al 216

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venir Pizarro con gente armada, y había pareceres de letrados que lo podían hacer, y con esto levantaron banderas y hicieron gente, y con demasiada pasión se le juntaron muchos. Y el virrey tuvo aviso de este levantamiento, y queriendo juntar gente para remediarlo, llegaron los oidores, y se recibió el sello real en Lima, con gran solemnidad, año 1544. Y se formó la audiencia, pero tan malos concertados los oidores con el virrey, como si fueran enemigos, y no sirvieran todos a un rey y señor. Hay de esto historias particulares, la del contador Agustín de Zárate, y de otros que dicen largamente estas cosas. Diré brevemente lo que basta para ésta del Emperador. Sabido por el virrey y audiencia los aparejos de guerra que Pizarro y otros hacían en el Cuzco, despacharon provisiones, llamando gente con armas para servir al rey. Nombraron capitanes, y hízose un ejército en que había seiscientos hombres de guerra, sin los vecinos de Lima, los ciento de caballo y docientos arcabuceros, y los demás piqueros. Mandó el virrey hacer muchos arcabuces de hierro, y de fundición de unas campanas de la iglesia mayor, que para ello quitó. Prendió al licenciado Vaca de Castro y a otros caballeros, sin hacerles cargo de su prisión; Gonzalo Pizarro, justificando su causa, hizo toda la gente que pudo y salió de la ciudad del Cuzco con campo formado, y hasta veinte tiros de artillería y razonable munición; apartáronsele hasta veinte y cinco hombres principales, que sintiendo cómo el negocio iba dañado y en deservicio del rey, cumpliendo las provisiones en que el virrey y audiencia los llamaban, por caminos encubiertos y desviados de Pizarro, fueron a la ciudad de Lima para servir al rey. Lo cual sintió mucho Pizarro, y si los cogiera les costara la vida; y otros que venían en el campo de Pizarro, procuraron reducirse, viendo que Pizarro iba usurpando autoridad y mando más de lo que convenía al servicio del rey; otros como Pedro de Puelles, teniente de Guanuco, y Jerónimo de Villegas, con cuarenta de a caballo se pasaron al bando de Pizarro, y muchos eran del mismo parecer, y buscaban ocasiones para meterse en su campo, por el interés de la hacienda, que de esto y la mala condición del virrey, los asombraba. Mató Gonzalo Pizarro algunos capitanes principales de su campo, porque sintió que se querían pasar al servicio del rey. Hizo maestre de campo a Francisco Caravajal, soldado que se había hallado en la batalla de Rávena, de los valientes y sagaces capitanes de su tiempo, aunque mal cristiano, y de sus hechos y dichos se escriben cosas notables en las dos historias que dije. Mató el virrey dentro de su casa a puñaladas al fator Illán Juárez de Caravajal, con sospechas de que unos sobrinos suyos se habían pasado al campo de Pizarro. Sintióse mal de esta muerte en la ciudad de los Reyes, que 217

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fue domingo en la noche, 13 de setiembre, año 1545, y la Audiencia hizo proceso sobre ella contra el virrey. Con la muerte del fator acabó el virrey de caer en total desgracia del pueblo, y habiendo pensado esperar a Pizarro en la ciudad Lima, o Reyes, y pelear allí con él, para lo cual había mandado a fortificar, determinó (no se hallando ya seguro en ella) de retirarse ochenta leguas atrás, en la ciudad de Trujillo, despoblando aquella de los Reyes, y en el camino todos los lugares llanos, y haciendo subir los indios a la sierra. Los oidores no fueron de este parecer, y se pusieron en que no habían de salir de allí. El virrey tomó el sello real para llevarlo consigo a Trujillo; puso en un navío los hijos del marqués Francisco Pizarro con el licenciado Vaca de Castro como en prisión, y no bastó razón que no sacase de allí. Supieron los oidores que el virrey les quería llevar el sello real, y ellos lo quitaron al chanciller y lo pusieron en poder del licenciado Cepeda, como oidor más antiguo. Despacharon una provisión para los capitanes y gente de guerra, mandándoles que si el virrey les quisiese hacer alguna fuerza, embarcándolos contra su voluntad, para sacar la Audiencia de allí, se juntasen con ellos y les diesen favor y ayuda para resistirle, pues era contra lo que Su Majestad tenía expresamente mandado. Finalmente, el rompimiento fue tal entre el virrey y los oidores, que una noche se pusieron en armas unos contra otros, y por hallarse el virrey con menos gente, se encerró en su casa, y los oidores se pusieron en la plaza y dispararon algunos arcabuces de una parte y otra, y cien soldados que guardaban la persona del virrey, lo desampararon, y se pasaron a la parte de los oidores, y como la gente de guerra vieron sola la casa del virrey, la entraron y saquearon algunos aposentos de los criados. Viéndose el virrey solo y en tanto peligro, se metió en la iglesia mayor, donde los oidores se habían metido, y se entregó a ellos, los cuales le llevaron en casa del licenciado Cepeda, oidor, armado como estaba con su cota y coracinas. Luego se proveyó que el virrey se embarcase y se viniese a España, porque si llegaba Gonzalo Pizarro y le hallaba preso, le mataría. Y también temían que algunos deudos del fator harían lo mesmo en venganza de su muerte. Tomaron con harto trabajo los oidores la armada, y antes que la tuviesen, temiendo que los parientes del fator habían de matar al virrey, como lo habían intentado, acordaron de llevarlo a una isla que está dos leguas del puerto, metiéndole a él y a otros veinte que le guardasen, en unas balsas de espadañas secas, que los indios llaman enea.

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Y sabida la entrega de la armada, determinaron de enviar a Su Majestad al virrey, con cierta información que contra él hicieron, y se concertaron con el licenciado Alvarez, oidor, para que lo trajese en forma de preso. Los oidores enviaron a hacer saber a Gonzalo Pizarro la prisión del virrey, en la cual él no creía, sino que entendía que era ruido hechizo para hacerle derramar la gente. Requiriéronle que, pues estaban allí, en nombre de Su Majestad, para administrar justicia, y pues habían suspendido la ejecución de las ordenanzas y otorgado la suplicación de ellas, y enviado al virrey en España, que era mucho más de lo que ellos habían pedido, que luego deshiciesen su campo y gente de guerra, y que viniesen de paz, y si para seguridad de sus personas quisiesen, podrían traer hasta quince o veinte de a caballo. Pero no hallaban quién se atreviese a ir con esta provisión. Al fin fueron Agustín de Zárate, contador del rey, con Antonio de Rivera. Dificultad tuvieron en hacer su embajada, porque sabiéndola Pizarro, no gustaba de oirla. Oyólos al fin Pizarro, avisándoles primero de lo que habían de decir; y respondió que dijesen a los oidores, de parte de los procuradores y capitanes de las ciudades, que hiciesen a Gonzalo Pizarro gobernador del Pirú, que así convenía al bien de la tierra, y que no le haciendo, saquearían la ciudad, con riesgo de sus vidas. Volvió Zárate con esta respuesta tan resuelta a los oidores, que los puso en harta confusión y miedo, y entretanto que se trataban estas cosas, Pizarro se puso a cuarto de legua de la ciudad y asentó su campo y artillería, y como vio que se dilató aquel día la provisión, envió la noche siguiente a su maestre de campo, Caravajal, con treinta arcabuceros, el cual prendió hasta veinte y ocho personas que habían favorecido al virrey, que eran de los principales de la tierra, a los cuales puso en la cárcel pública, y se apoderó de ella, sin ser parte los oidores para se lo estorbar, porque en toda la ciudad no había cincuenta hombres de guerra, que todos se habían pasado a Gonzalo Pizarro, con los cuales y con los que él traía, llegaban a mil y docientos, muy bien armados. Y otro día amenazaron a los oidores que si no daban la provisión de gobernador a Gonzalo Pizarro, meterían a fuego y a sangre la ciudad, y serían ellos los primeros que pasarían por ello. Y Caravajal sacó de la cárcel tres o cuatro hombres principales y les colgó de un árbol, diciéndoles donaires; y de tal manera apretaron y amenazaron, que los oidores hubieron de dar la provisión para que Pizarro fuese gobernador de aquella tierra, hasta tanto que Su Majestad mandase otra cosa, dejando la superioridad a la Audiencia y haciendo pleito homenaje de la obedecer, y dio fianzas que estaría a residencia. Recibió Pizarro la provisión, y luego entró en la ciudad en forma de guerra, 219

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llevando delante de sí veinte y dos piezas de artillería de campo, con más de seis mil indios, que traían en hombros los cañones y las municiones, e íbanlos disparando por las calles. Luego iban entrando los capitanes con sus compañías, piqueros y arcabuceros, muy en orden. Y luego seguía el mesmo Pizarro, con tres capitanes de infantería delante de sí, como lacayos, y él en un hermoso caballo, con sola la cota de malla y encima una ropeta de tela de oro. Detrás de él venían otros capitanes con el estandarte de las armas reales, y otro de las armas del Cuzco y otro de las de Pizarro, y tras ellos toda la caballería muy bien armados, a punto de guerra. Y en la plaza ordenó su escuadrón, y de ahí fue en casa del oidor Zárate, que se había hecho malo por no ir a la Audiencia a le recibir, y los oidores le recibieron, y hizo el juramento y dio las fianzas. Después le recibieron los regidores en las casas del Cabildo con las ceremonias acostumbradas. Esta entrada y recibimiento, y el hacerse Gonzalo Pizarro gobernador del Pirú, fue en fin de octubre, año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro, cuarenta días después de la prisión del virrey. Y de ahí adelante, Pizarro administró las cosas tocante a la guerra, y los oidores las que eran de justicia. El virrey Blasco Núñez Vela habíase concertado con el licenciado Alvarez, a quien los oidores le habían dado para que le trajese a Castilla, y saltó en tierra del navío en que iba en el puerto de Túmbez. Allí supo lo que Pizarro había hecho en los Reyes. Despachó provisiones llamando gente y mandando que de las cajas reales le trajesen dineros. Nombró capitanes; contra el cual envió Gonzalo Pizarro algunos capitanes para que le quitasen la gente que llamaban y le desasosegasen. Fue el capitán Bachicao por la mar, derecho al puerto de Túmbez, y pensando el virrey que era Pizarro, y que venía sobre él con todas sus fuerzas, huyó a Quito, porque no se hallaba con más de ciento y cincuenta hombres. Bachicao le tomó los navíos que tenía en el puerto y recogió otros, y cerca de docientos hombres de guerra. Llevó Bachicao en sus navíos al oidor Tejada, y a otros dos que de parte de Gonzalo Pizarro y de la Audiencia venían a dar cuenta a Su Majestad de la prisión del virrey, y de las demás cosas que en el Pirú se habían hecho. Quiso esto Pizarro, si bien contra la voluntad de Caravajal y Bachicao, por deshacer la Audiencia y por satisfacer al pueblo, no pareciese que tan desvergonzadamente y sin respeto de su rey hubiesen procedido. Murió en el camino, de su enfermedad, el oidor Tejada. Llegaron en España Francisco Maldonado y Diego Alvarez de Cueto y pasaron a Alemaña, donde estaba el Emperador. Entre tanto que éstos hicieron su jornada en el Pirú hubo muchas 220

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cosas, que ya los atrevimientos de los levantados iban muy adelante, y si bien el virrey Blasco Núñez Vela, como caballero valeroso, puso las fuerzas posibles para rehacerse, y muchos con toda lealtad le ayudaron, deseando el servicio de su rey, y echar de la tierra tiranos, el poder de Pizarro era ya tan grande, y los capitanes tan diestros y soldados viejos, que viniendo a darse batalla campal, el virrey fue vencido y muerto, con que quedó Pizarro tan señor en la tierra, que tuvo pareceres que se coronase. Fueron muchas las guerrillas y encuentros que pasaron en el Pirú, con gran daño y destruición de la tierra y acabamiento de los españoles. Sabido por el Emperador, que estaba en Alemaña peleando contra los herejes y haciendo la causa de la Iglesia católica, y habiéndose informado de Diego Alvarez de Cueto, cuñado del virrey, y de Francisco Maldonado, que fueron con la relación de los hechos del Pirú, aunque no sabían el último rompimiento y muerte del virrey, detúvose, como suele, el despacho, por estar el Emperador fuera de Castilla, y muy impedido con los negocios de Alemaña, y a veces fatigado de la gota; finalmente, se resolvió que fuese al Pirú el licenciado Pedro de la Gasca, que a la sazón era del Consejo de la Inquisición, de quien se tenía gran satisfacción, por la experiencia que de negocios que se le habían encomendado, de él se tenía. Llevó título del presidente de la Audiencia real del Pirú, con plenario poder para todo lo que tocase a la gobernación de la tierra y pacificación de las alteraciones de ella, y comisión para perdonar todos los delitos y casos sucedidos, o que sucediesen durante su estada. Llevó consigo, por oidores, al licenciado Antonio de Cianea, y al licenciado Rentería, con los despachos necesarios en caso que conveniese hacer guerra. Bien éstos fueron secretos, porque no publicaba ni trataba de más que de los perdones, y de los otros medios de paz que pensaba usar, y con tanto, se hizo a la vela sin llevar más gente que sus criados, por el mes de mayo del año 1546; y llegando a Santa Marta tuvo aviso cómo Melchor Verdugo había sido vencido y desbaratado por la gente de Hinojosa, capitán de Pizarro, y que le estaba aguardando en el puerto de Cartagena, y él determinó pasar al Nombre de Dios sin verse con él, considerando que si lo llevaba consigo causaría escándalo en la gente de Hinojosa, por el odio que con él tenían, y podría ser que no le recibiesen. Y así fue a surgir al Nombre de Dios, donde Hinojosa había dejado a Hernán Mejía de Guzmán con ciento ochenta hombres, que guardasen la tierra contra el Verdugo. El presidente hizo saltar en tierra al mariscal Alonso de Alvarado, que desde Castilla había ido con él, y habló a Hernán Mejía y le dio noticia de la venida del presidente, diciendo quién era y a lo que venía, sin declararse más el uno al otro. El mariscal se volvió a la mar, y Hernán Mejía envió a pedir al presidente que saltase en tierra, y así lo hizo, y Hernán Mejía le salió a recebir en una fragata con veinte arcabuceros, dejando su escuadrón hecho en la 221

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marina, y salió en el batel del presidente y le trajo a tierra, donde le hizo muy gran salva y recibimiento, y hablándose en particular, Hernán Mejía le descubrió su pecho y el deseo que tenía de servir a Su Majestad, y que estaba muy gozoso con su venida, y por ser en ocasión que tenía allí mucha gente de Pizarro, él solo era capitán de ella, y con facilidad la reduciría, y que si quería, alzarían luego bandera por el Emperador, y que entendía que, sabida su venida, y las particularidades de ella, Hinojosa y los demás capitanes harían lo mesmo, sin contradición alguna. El presidente se lo agradeció mucho. Y acordaron guardar secreto por entonces, sin querer hacer novedad alguna. Supo Pedro Alonso de Hinojosa, general de Pizarro, el recebimiento que Hernán Mejía había hecho al presidente, y enojóse, porque no sabía el despacho que traía, y porque se había hecho sin darle parte. Hernán Mejía fue a verse con Hinojosa, y le desenojó y puso en camino; y finalmente, el presidente se hubo con tanta prudencia con estos y otros capitanes, que sin saber unos de otros, les ganó las voluntades de suerte que ya se atrevía a hablar públicamente a todos y persuadirles lo que convenía al servicio de Su Majestad. Valió mucho la buena crianza y blandura grande de que usaba el presidente, y también la autoridad del mariscal Alonso de Alvarado. No se declaró luego Hinojosa, antes envió a avisar de la venida del presidente a Gonzalo Pizarro, y había pareceres de muchos y avisaron de ello a Pizarro, que no le convenía que el presidente entrase en el Pirú. Procuraba cuanto podía el presidente ganar al Hinojosa, alzando dél que fuese uno de los que con él venían de Castilla con cartas a Pizarro; una carta era del Emperador y otra del presidente para Pizarro, en que con mucha blandura el Emperador trata al Pizarro y le manda reciba al presidente y le dé favor y ayuda, y la del presidente la más cortés del mundo. Llevó estas cartas Pedro Hernández Paniagua, natural de Plasencia; partió de Panarná a 26 de setiembre del año de 1546. Alteróse mucho Gonzalo Pizarro cuando supo la venida del presidente, y comunicándolo con sus capitanes y gente principal, hubo entre ellos diversos pareceres. Unos querían que pública o encubiertamente le matasen; otros, que le trajesen al Pirú, y que allí sería fácil hacer de él lo que quisiesen; otros, que le pusiesen en alguna isla con soldados de confianza, y que se juntasen en las ciudades, y se enviasen procuradores a Castilla, para pedir confirmación de lo que pretendían, y que se diese el gobierno del Pirú a Pizarro, y los descargos de la muerte del virrey, pues los había bastantes. Para esto nombraron a fray Jerónimo de Loaisa, arzobispo de los Reyes, y a Lorenzo de Aldana, y a fray Tomás de San Martín, provincial de los dominicos, y rogaron al obispo de Santa Marta que viniese a España con ellos, y Pizarro envió en particular a Lorenzo de Aldana, su criado, para que le 222

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avisase de todo con suma diligencia. El cual, sintiendo mal de lo que Pizarro y los suyos hacían en Panamá, se ofreció al presidente, y él y Hernando Mejía apretaron a Hinojosa para que se pasase al servicio de Su Majestad, que lo hubo de hacer, y se hizo reseña de toda la armada, y se entregó al presidente, y hicieron todos pleito homenaje de le seguir, y servir a su rey, y el presidente recibió las banderas, y las volvió a dar a los mismos capitanes, y el oficio de general a Hinojosa, en nombre de Su Majestad, y embarcáronse todos, que serían como trecientos, y los perlados que venían por embajadores a Castilla se volvieron con ellos para dar el favor que pudiesen, y el presidente envió a la Nueva España y a otras partes pidiendo socorro. Quisieran los de la armada llegar al Puerto de los Reyes sin ser sentidos, por lo mucho que importaba tomar de sobresalto a Pizarro, si bien no se pudo hacer por lo que se dirá. Pero Hernández Paniagua, que llevaba los despachos que dije, llegó al Pirú cuando Pizarro esperaba saber lo que hallaba en Panamá, mediado enero, año 1547. Lleváronle medio preso a Pizarro; mandáronle, so pena de la vida, que no abriese la boca. Dióle Pizarro audiencia delante de sus capitanes y amigos, y que hablase libremente, con protesto que si, salido de allí decía palabra, le costaría la vida. Hubo pareceres que lo matasen, y otros muy desacatados y de peligrosa resolución. Envió Pizarro a llamar a Caravajal, y que trajese toda la plata y oro, y armas y gente que pudiese, y esto sin saber la entrega de la armada, que se había hecho en Panamá por Hinojosa al presidente, la cual llegó al puerto de Trujillo, y allí la recibió Diego de Mora, reduciéndose con otros al servicio de Su Majestad. Supo ya Pizarro cómo tenía perdida la armada, y que no tenía la seguridad que pensaba, y así, nombró nuevos capitanes y les repartió la gente. Tocáronse atambores y dieron pregones para que todos los vecinos de los Reyes se pusiesen debajo de banderas y fuesen a recibir pagas, so pena de la vida. Diéronles dineros largamente a los capitanes para hacer gente. Luego sacaron sus banderas y hicieron reseña de la gente, y en los pendones sacaban letras y cifras que decían el nombre d e Pizarro, y otras adulaciones. Hizo mercedes y largas pagas en la reseña general, y halló en ella mil hombres tan bien armados y aderezados como se podían hallar en Italia. Había mucha cantidad de pólvora; mandó que todos los soldados se pusiesen a caballo. Gastó en todos estos aparejos más de quinientos mil castellanos de oro. Era maestre de campo Caravajal; despachó algunos capitanes a recoger la gente que había en otras partes, en Quito, Arequipa y el Cuzco, Guamanca, con las armas y caballos que pudiesen haber. Justificaba estos hechos Pizarro con las razones más coloradas que podía, y echaba la culpa al presidente de la guerra que intentaba. 223

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Tratóse de que el licenciado Caravajal fuese a correr la costa con gente de guerra. No se hizo porque se fiaba poco de él, y ya de todos se recelaba Pizarro, como es ordinario en los que hacen mal. Hizo que todos los vecinos de la ciudad de los Reyes jurasen de seguirle y no desampararle, haciéndoles un razonamiento muy justificado de las causas que tenía para resistir al presidente y hacerle guerra. Tuvo aviso Gonzalo Pizarro que Lorenzo de Aldana había llegado con unos navíos al puerto, quince leguas del de los Reyes, y acordóse salir de la ciudad con toda su gente y irse a poner cerca de la mar, temiendo que si los navíos llegaban al puerto, habría tan gran turbación en la ciudad, que tendrían lugar los que quisiesen de irse a embarcar, y así se hizo; pregonando, so pena de la vida, que ninguno que pudiese tomar armas quedase en la ciudad, con lo cual había en ella tanta turbación que no se entendían. Descubriéronse otro día tres velas en el puerto; salió Pizarro con su gente, púsose en medio del camino entre la ciudad y el puerto para quitar que ninguno de la ciudad pasase al puerto, ni del puerto a la ciudad. Proveyó Pizarro que un Juan Hernández fuese en una balsa a los navíos, y que dijese a Lorenzo de Aldana que le enviase una persona, y que él quedaría en rehenes para que se pudiesen entender y saber la razón de su venida, y como Juan Hernández pareció solo en la marina, vino el capitán Palomino en un batel, por él, y llevóle a la capitana, y Lorenzo de Aldana oyó lo que decía Pizarro, y reteniendo el Juan Fernández, envió al capitán Peña, y Pizarro mandó que Peña no entrase en el real hasta de noche, porque nadie le hablase, y entrado le dio el poder del presidente y del perdón general que el Emperador hacía, y la revocación de las ordenanzas, y dijo de palabra lo mucho que aquel reino ganaba en obedecer a su rey, y que la voluntad real era que él gobernase, y que para ello enviaba al presidente con poderes tan bastantes, sabiendo lo sucedido en la tierra. A lo cual respondió Pizarro que haría cuartos a cuantos venían en el armada, y castigaría al presidente por su atrevimiento en detenerle los embajadores que enviaba a Su Majestad y la traición que Lorenzo de Aldana le había hecho. Esto dijo delante de sus capitanes, y en particular, que le darían cien mil castellanos si le tomaba el galeón de la armada, en quien estaba toda la fuerza de ella. Mas Peña no dio oídos a esto, antes se enojó mucho de que se lo hubiese dicho, y así se volvió a la mar. Viendo Lorenzo de Aldana que el buen suceso de esta jornada estaba en que los soldados supiesen el perdón y mercedes que Su Majestad hacía a todos, procuró ganar al Juan Fernández, y que él lo hiciese con una cautela tan discreta como peligrosa, y fue: que Lorenzo de Aldana le dio todos los despachos duplicados, y cartas para algunas personas señaladas del campo, y escondiendo las unas en las botas, trajo las otras a Pizarro, y tomándole aparte 224

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le dijo cómo Aldana le había persuadido que publicase el perdón en el campo, y que había tornado aquellos despachos, lo uno por entretener a Aldana; lo otro, porque viese el trato que traía. Pizarro le agradeció el aviso, y concibió dél gran crédito, y de ellas luego el Juan Fernández dio algunas cartas, y hizo perdedizas otras, de manera que vinieron a noticia y poder de sus dueños. Por esta buena diligencia comenzaron a írsele a Pizarro algunos de los principales que le seguían, y si bien él hizo diligencias por cogerlos para justiciarlos, no le valieron todo lo que había menester, que ya se entendía al descubierto la tiranía, y los que le dejaban eran los más y mejores, y los que quedaban, muy temerosos de que el negocio de Pizarro estaba muy de quiebra, así en las fuerzas como en la justificación, y los demás determinaban irse. Llegó a tanto, que a vista de Gonzalo Pizarro se le fueron dos de a caballo, diciendo a voces que Gonzalo Pizarro era tirano, y apellidando al rey. Aquí fue donde dijo Caravajal: «Estos mis cabellicos, madre, dos a dos me los lleva el aire.» Ya Pizarro sentía su perdición y se temía de todos, y comenzó a marchar la vía de Arequipa, huyéndosele muchos cada día. Alzóse la ciudad de los Reyes por Su Majestad, pregonando públicamente con el pendón real las provisiones y perdones que traía el presidente. Sentía ya Pizarro su perdición; envió a llamar a Juan de Acosta que se fuese a juntar con él, al cual también se le fueron muchos, y por más diligencias que hizo en prender y castigar a los que se huían, no le bastaron. Fue al Cuzco, y de allí a Arequipa, donde se juntó con Pizarro, el cual estaba ya tan deshecho, que habiendo tenido mil y quinientos hombres, no tenía más que trecientos, y todo lo que él se disminuía crecía la parte del presidente y de sus capitanes. Habíase ya embarcado el presidente en Panamá con el resto de su ejército muy bien proveído de lo necesario para su armada, de armas y bastimentos, y otras cosas. Llevaba hasta quinientos hombres. Apuertó con buen tiempo al puerto Túmbez. En saltando en tierra, todos le escribieron, ofreciéndose a su servicio, y de todas partes le acudía tanta gente, que ya le parecía no había menester ayuda de otras provincias, y así avisó a la Nueva España, Guatimala y Nicaragua, y Santo Domingo, dando cuenta del buen suceso de sus negocios, y que no había menester sus ayudas. Proveyó que Hinojosa, su general, caminase con la gente hasta juntarse con los capitanes y ejército, que residían en Cajamalca, para que de todos se hiciese un cuerpo, y que Pablo de Meneses fuese con la armada. Y él caminó por los llanos para Trujillo, determinado de no entrar en la ciudad de los Reyes hasta dar fin a esta empresa, y mandó que todos los que estaban por Su Majestad se juntasen con 225

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él en el valle de Jauja, que era sitio conveniente para esperar o acometer al tirano, y donde había abundancia de bastimentos, y así caminó, tomando la sierra con su campo, en el cual había más de mil hombres de guerra con gran gozo esperando verse libres de la ruina de Pizarro, que todos estaban muy escandalizados, viendo muertos más de quinientos hombres principales a horca y cuchillo, que no tenían hora segura con él. Diego Centeno fue siempre muy leal servidor de Su Majestad; vióse en grandes peligros con Pizarro, Caravajal y otros capitanes. Ahora, cuando Pizarro iba tan de caída, se topó con él; procuró ganarle por bien, ofreciéndole buenos partidos; no le valió, y un día 19 de octubre, año 1547, vinieron a toparse. Tenía Diego Centeno más de mil hombres, y entre ellos había docientos caballos y ciento y cincuenta arcabuceros, y los demás piqueros. Pizarro llevaba trecientos arcabuceros muy diestros y ochenta caballos; los demás, hasta cumplimiento de quinientos, eran piqueros. Al fin, rompieron los unos con los otros, y por ser tan diestro Caravajal, maestre de campo de Pizarro, si bien eran la mitad menos, Diego Centeno y sus capitanes fueron vencidos, muriendo de su parte más de trecientos, y de la de Pizarro, ciento, y otros heridos. Supo el presidente la rota de Diego Centeno estando ya en el valle de Jauja, y si bien la disimuló, sintióla mucho, y comenzó a dar prisa para que se juntase su gente; mandó venir la que había en los Reyes, y algunos tiros, armas y ropa, lo cual se hizo con toda diligencia. Pedro Alonso de Hinojosa quedó por general, como lo era cuando entregó la armada; fue maestre de campo el mariscal Alonso de Alvarado, y el licenciado Benito de Caravajal, alférez general, y Pedro de Villavicencio, sargento mayor; y por capitanes de gente de a caballo, don Pedro de Cabrera y Gómez de Alvarado, y Juan de Saavedra, los más leales servidores de Su Majestad. En la última reseña se hallaron setecientos arcabuceros, quinientos piqueros y cuatrocientos caballos, y después se le fueron juntando hasta llegar a número de mil y novecientos hombres de pelea, y así salio el campo de Jauja a 29 de diciembre año 1547, caminando en buena orden la vía del Cuzco en demanda de Pizarro. Llegó al campo el capitán Pedro de Valdivia, que habiendo venido de Chili a la ciudad de los Reyes, y sabiendo el estado de las cosas, fue luego en seguimiento del presidente para servir a Su Majestad. Y con su llegada cobraron mucho ánimo todos, porque los había espantado la victoria que Pizarro, por la gran inteligencia de su maestre de campo Francisco de Caravajal había alcanzado, y cierto le temían, y en las Indias no había quien se le osase oponer ni igualar como Pedro de Valdivia, el cual, en llegando, comenzó como principal a entender con los demás capitanes en las cosas de la guerra. Llegaron a Andaguaylas, donde se detuvieron casi todo el invierno, 226

Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

que fue recio, por lo mucho que de día y de noche llovía, y enfermaron más de cuatrocientos, a los cuales curaron con mucho cuidado. Luego que comenzó a abrir la primavera de este año mil y quinientos y cuarenta y siete, salieron de Andaguaylas, y fueron a ponerse veinte leguas de Cuzco, y esperaron a que se hiciese una puente para pasar el río Apurima, doce leguas del Cuzco. Habían los enemigos quebrado todas las puentes de aquel río, de suerte que parecía cosa muy imposible poderlo pasar si no arrodeaban más de setenta leguas, y así procuraron hacer las puentes, y con harto trabajo, miedo y peligro, y pérdida de caballos, pasaron el río. Envió el presidente a don Juan de Sandoval, caballero de estima por su valor y por ser hijo de don Diego de Sandoval, y nieto de don Pedro de Sandoval, hijo del adelantado Diego Gómez, de donde son los Sandovales de Ontiveros y otros caballeros, en que yo falté tratando de esta familia, y lo enmendaré en lugar conveniente. Pues este caballero don Juan de Sandoval fue con una banda de caballos a descubrir el campo del contrario, y corrieron más de tres leguas sin topar con hombre de Pizarro. Pasóse al campo del presidente Juan Núñez de Prado, natural de Badajoz, y éste fue el que le dio aviso de todo lo que había en el campo de Pizarro, y que Acosta venía con más de trecientos arcabuceros a embarazarles el paso. Por estas nuevas mandó el presidente que marchasen más de novecientos soldados bien armados, y como Acosta vio tanta pujanza, retiróse, avisando a Pizarro lo que pasaba. Subió el presidente con su gente una gran sierra más de legua y media, y descansó allí tres días. Viéndose Gonzalo Pizarro en tanta manera y por todas partes de todo punto tan apretado, envió a requerir al presidente que no pasase adelante y que suspendiese las armas hasta que se supiese lo que el Emperador mandaba. Envió asimismo a hacer grandes ofertas a Hinojosa y a Alonso de Alvarado, y que se juntasen con él. El presidente escribió a Pizarro persuadiéndole que se redujese y haciéndole muy buenos partidos, y enviábale el traslado del perdón, y esto hizo muchas veces en todo este camino, dando los despachos a los corredores, para que topando a los de Pizarro se los diesen, y como Pizarro supo que el presidente había pasado el río y tomado lo alto de la cuesta, salió del Cuzco con nuevecientos infantes y caballos, los quinientos y cincuenta arcabuceros y seis piezas de artillería, y púsose en Xaquixaguana, cinco leguas del Cuzco, en un llano al pie del camino, por donde el real del presidente había de pasar, bajando la sierra, y asentó el campo en lugar tan fuerte, que no le podían acometer sino por una ladera angosta que delante de sí tenía, teniendo a un lado de sí el río y la ciénaga; a otro la montaña, y por las espaldas una honda cava quebrada. Y desde allí, dos o tres días antes que la 227

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batalla se diese, salían a escaramuzar los más valientes, y en pasando el presidente con su campo a alojarse, salió Pizarro con su gente en escuadrones, sacadas sus mangas de arcabuceros, y en orden para dar la batalla, y comenzó a disparar la artillería y arcabuces para que sus contrarios le viesen y oyesen. Quisiera el presidente diferir la batalla con esperanzas de que se le pasarían muchos; mas no le daba lugar su alojamiento y falta de comida, y por el gran hielo y frío que hacía, y ni aún tenía leña para remediarlo, y también les faltaba el agua. Las cuales faltas no sentía Pizarro, porque de todo estaba muy bien proveído. Quisieran Pizarro y su maestre de campo acometer aquella noche secretamente el real del presidente por tres partes, que hicieran una buena suerte; no lo hicieron, porque se les huyó un soldado llamado Nava, y así entendieron que los avisaría. Este Nava, y Joan Núñez Prado, aconsejaron al presidente que se detuviese en dar la batalla, porque de la gente que andaba con Pizarro se le pasaría mucha, particularmente los que habían escapado de la rota de Centeno, que los traía medio forzados, y habiendo bajado la cuesta, si bien con trabajo, se pusieron en orden y se pasaron algunos al campo del presidente, como fue el licenciado Cepeda, oidor que había sido; Garcilaso de la Vega y otros muchos. Pizarro se estaba parado con su campo, creyendo que sus contrarios se le habían de meter en las manos, como lo hicieron en Guaniva. El general Hinojosa caminó con su campo paso a paso hasta ponerse en un sitio bajo a tiro de arcabuz del enemigo, donde la artillería no le podía coger. Ibanse muchos del bando de Pizarro, y rogaban al presidente y sus capitanes que se detuviesen, porque sin riesgo de batalla desharían al enemigo, y estando en esto, una manga de treinta arcabuceros del escuadrón de Pizarro se pasó como los demás, y luego comenzaron a desbaratarse los escuadrones, por enviar tras ellos, huyendo unos para el Cuzco y otros hacia el presidente, y algunos ni tuvieron ánimo para huir ni para pelear. Y viendo esto Gonzalo Pizarro, dijo: «Pues todos se van al rey, yo también.» Aunque fue público que Juan de Acosta, su capitán, dijo: «Señor, demos en ellos; muramos como romanos.»A lo cual dicen que respondió Pizarro: «Mejor es morir como cristianos.» Y viendo cerca de sí al sargento mayor Villavicencio, y sabiendo quién era, se le rindió y le entregó un estoque que traía en el ristre, porque había quebrado la lanza en su mesma gente que se le huía. Fue llevado al presidente, y habló con alguna libertad, y entregáronle a Diego Centeno que lo guardase, y luego fueron presos todos los capitanes, y el maestre de campo Caravajal huyó, y pensando escaparse aquella noche, 228

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escondiéndose en unos cañaverales, se le metió el caballo en un pantano, donde sus mismos soldados le prendieron y le trajeron al presidente; siguieron el alcance; saquearon el real, donde muchos se hicieron ricos. Otro día, después de vencido y desbaratado Pizarro, el presidente cometió el castigo, de él y de lo demás, al licenciado Cianca, oidor, y a Alonso de Alvarado, como maestre de campo suyo, los cuales procedieron contra Pizarro por sola su confesión, atenta la notoriedad del hecho, y le condenaron a que le fuese cortada la cabeza, y que se pusiese en una ventana, que para ello se hizo en el rollo público de la ciudad de los Reyes, cubierta con una red de hierro, y un rétulo que decía: «Esta es la cabeza del traidor Gonzalo Pizarro, que se levantó en el Pirú contra Su Majestad, y dio batalla contra su estandarte real en el valle de Xaquixaguana.» Confiscáronle los bienes y derribáronle y sembraron de sal las casas que tenía en el Cuzco, poniendo en el solar un padrón con el mesmo padrón. Murió como buen cristiano, ejecutándose la sentencia aquel mismo día. Enterraron el cuerpo en el Cuzco muy honradamente. Llevóse la cabeza a la ciudad de los Reyes, para cumplir lo que la sentencia mandaba. Fue arrastrado y descuartizado aquel día Caravajal, y ahorcados ocho o nueve capitanes, y después se hicieron otras justicias, como iban prendiendo. Dióse esta batalla en aquella provincia memorable, lunes de Cuasimodo, que fue a 9 de abril, año de 1548. Hizo el Presidente un solemne perdón en favor de todos los que en esta batalla se habían hallado, acompañando el estandarte real, de todos y cualesquier delitos que hasta aquel día hubiesen cometido. Repartió las tierras y indios de los condenados, entre los que habían servido con lealtad. Señalóse en esta y en otras muchas ocasiones contra Pizarro y sus secuaces Alonso de Zayas, natural de la ciudad de Ecija, de los caballeros de ella de este apellido. Encomendóle a este caballero el repartimiento de Guaqui por sus servicios, que fueron particulares. Puso en orden todas las cosas del reino, con admirable prudencia, con la cual, y con sólo su bonete, allanó un negocio de los más graves y dificultosos que se ofreció al Emperador en todo su tiempo. Donde parece cuánto más valen las letras que no las armas, y la prudencia o sabiduría que la fortaleza; por donde dijo el doctísimo rey de Egipto Trismegisto, que el varón sabio se hace señor de los astros. Asentadas, pues, las cosas de esta manera, el presidente dio la vuelta para España, comenzando a navegar por el mes de diciembre de 1549, y pasó en Alemaña a dar cuenta al Emperador de su muy feliz jornada, merecedora de muy grandes premios.

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Siendo yo estudiante en Alcalá, bien niño, fuí con un tío mío a visitar al licenciado Pedro de la Gasca, que era obispo de Sigüenza, y me parece que era de persona muy disminuida y ruin gesto; mas su valor era grande, como aquí se ha dicho brevemente, y merece contarse entre los claros varones de España. El hizo la iglesia de la Magdalena de esta ciudad de Valladolid, y fundó las capellanías que hay en ella, dejando el patronazgo a sus deudos, que son muy honrados caballeros, y según autores muy graves, de la antiquísima familia, noble y poderosa, de los Gascas romanos. Los Reyes Católicos pidieron a los pontífices, diversas veces, no consintiesen los colectores que se enviaban a estos reinos a recoger y llevar los expolios de los obispos difuntos, por ser novedad y cosa no usada en Castilla, y por la autoridad y rigor que en esto usaban, sacando las haciendas antes que los obispos expirasen, y quitándolas a las iglesias y pobres, cuyas eran de derecho antiguo de estos reinos. Y en este año, en las Cortes que se tuvieron en Madrid, se suplicó por parte del reino lo mesmo, y luego sucedió la muerte de don Jerónimo Juárez, obispo de Badajoz, y sobre sus bienes hubo tantos embarazos con el colector, que el Emperador mandó al Consejo real le consultasen sobre ello. Y ellos, habido su acuerdo, dijeron que, según derecho canónico y concilios, estaba determinado que los expolios de lo que los prelados adquieren por respeto de la Iglesia, son de las iglesias y prelados sucesores en ellas, para proveer las necesidades de las mismas iglesias y de los pobres, y que si los nuncios pretendían que había alguna posesión o costumbre en contrario, la tal se comenzó a introducir pidiendo al principio y contentándose con poca cosa, y por esto no se advertía en ello; y porque no hubo quien procurase por las iglesias, y después, con opresión de las censuras y temor de ellas, ninguno salió a la defensa que convenía, y que así iba creciendo cada día de tal manera, que el daño era muy notable para estos reinos, y que no se contentaban con querer tomar todos los expolios, sino que se querían entremeter a ocupar los bienes adquiridos por intuito de las personas, queriendo y pretendiendo ser testamentarios de los obispos que mueren, no lo pudiendo ni debiendo haber de derecho, y haciendo otras molestias y vejaciones a los naturales de estos reinos; y que, por tanto, les parecía que Su Majestad, como cosa que tanto importa al servicio de Dios y bien de las iglesias, hospitales y de los pobres y huérfanos, y por el beneficio que estos reinos recibían en que la moneda no se saque de ellos, no debía permitir que estas vejaciones se hiciesen de hecho como las intentaban, pues los colectores no habían mostrado otra razón, ni la tenían para las hacer más en estos reinos que en otros de la Cristiandad, y que para efectuar esto, debía mandar que se determinase por justicia, en consejo, para que a Su Santidad se le diese lo que era suyo, y a las iglesias y pobres y naturales del reino no se les hiciese agravio ni vejación de hecho contra lo que estaba determinado por

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derecho, y por la misma Sede Apostólica y concilios generales. Lo cual se había pedido muchas veces por el reino. Esto dice el Consejo al Emperador, y he visto otras consultas y pareceres del mismo Consejo cerca de este punto y de las pensiones que se cargan sobre los beneficios, calonjías y dignidades en Roma, y sobre el dar de los beneficios a extranjeros, que no cesaba el reino de quejarse por los daños que con evidencia recibe. Lo que yo puedo decir es que he visto casi todos los papeles de las iglesias y monasterios de los reinos de Castilla. Desde don Pelayo hasta estos días no se hallará pensión cargada, sino que como Dios daba los frutos, y los perlados y prebendados los llevaban, se gastaba en las mesmas iglesias y feligreses de ellas, como en sus hijos naturales, y así se enriquecían y edificaban los templos. Cuando moría un obispo, los bienes que dejaba se partían en tres suertes: una para la sacristía y fábrica de la iglesia; otra para el obispo que sucedía en ella, y la tercera para el rey, que la llevaba por razón del patronazgo y para los gastos de la guerra contra los enemigos de la fe. Sé muy bien que en estos días los perlados ya no edifican capillas, hospitales ni monasterios, como solían, y vi una iglesia catedral de las principales del reino, donde hay ochenta prebendados, que para salir a recebir al rey no hubo entre ellos ocho mulas, y tan pobres que no se podían sustentar, no les bastando sus prebendas para pagar las pensiones que tenían cargadas, lo cual debe ser general, y así se ha quejado y queja el reino; y si Su Santidad fuese de ello bien informado, lo remediaría como padre piadoso.

Libro veinte y ocho Año 1546

-ILlega el Emperador a Espira. Visítanle Landzgrave y el conde Palatino. -Dieta en Ratisbona. Acuden católicos y herejes. -Muerte miserable de Lutero. Cansaban ya a Dios las abominaciones de Alemaña; ofendían al mundo las herejías; sus vidas corrompidas con torpes costumbres, pedían el remedio riguroso de las armas, si bien para esto había grandes dificultades, porque el 231

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poder de los protestantes era tan grande, que sólo parecía ser poderosa la mano de Dios, y que la del Emperador no bastaría si no era ayudado con especial favor y socorro del cielo. Eran tantas y tales las dificultades que el Emperador tenía, que no había razón ni discurso que alcanzase al medio que se podía tener para remedio de tantos males. Negociar con los protestantes por vía de bien, era nunca acabar, por ser infinitos y poderosos los pueblos que tenían esta opinión. A los cuales en largos tiempos no se podrían traer a una concordia y acuerdo razonable. Si se quería llevar por fuerza de armas, tenía mayor dificultad, porque la confederación y liga que entre sí tenían los herejes, era tan grande, que ninguna parte había, en Alemaña, donde los luteranos no fuesen los más poderosos, excepto Cleves y Baviera, la cual, si bien en la posesión era católica, contemporizaba empero con los herejes mostrándose, por vivir, tan amiga de ellos como de los católicos, de manera que estaba neutral. Todo el resto de Alemaña, no comprendiendo las tierras del rey de romanos, y algunas pocas ciudades imperiales, estaba dentro de la liga Esmarcalda, dicha así por el lugar donde se hizo, y las que fuera de ella estaban eran declaradas luteranas. Las católicas principales eran Colonia, Metz de Lorena, Aquisgrán y otras pequeñas y pocas. Las principales de la liga eran Augusta, Ulma, Argentina, Francfort, ciudades riquísimas y poderosas; sin estas, Juber, Biena, Brunzuic, Hamburg, ciudades principales, y juntamente con ellas otras muchas, cuya número es tan grande que por eso no lo escribo; es verdad que algunas de ellas no estaban en la liga, aunque eran luteranas. De manera que la potencia de las unas y de las otras se podía decir que era la del Imperio. Los príncipes y señores de Alemaña que estaban en esta liga, eran todos los del Imperio, excepto el rey de romanos y duque de Baviera, y duque de Cleves, y otros algunos gentileshombres, que, por ser tan pocos, no hago relación de ellos, y aún de éstos hubo algunos que se hicieron con los luteranos, y fuera del Imperio tenían sus valedores, estando con potencia tan grande, que cada día crecía la soberbia, con ella trataban otras cosas que, demás que eran ruina del Imperio, fueran asimismo la total destruición de la república cristiana. Porque ellos maquinaban un nuevo Imperio, y juntamente con esto, todas las novedades que se requerían para ser nuevo. En este tiempo, estaba el Emperador en Flandres ordenando las cosas que tocaban a aquella tierra, y puestas en la orden que convenía, partió para Alemaña pasando por Utreque, donde hizo el capítulo de la orden del Tusón, y allí la dio a algunos caballeros españoles, flamencos, alemanes y italianos, y visitando todo el ducado de Güeldres, vino a Mastrique sobre la Mosa, donde tuvo ciertas embajadas de señores de Alemaña, los cuales se sentían algo 232

Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

escandalizados de una fama que había, la cual era que el Emperador, con grande gente de armas y mucha infantería iba en Alemaña. Y más, entendido dél que no pensaba en cosa semejante, se desengañaron de lo que habían temido; porque el Emperador no llevaba por entonces más de quinientos caballos, que era la guarda ordinaria que cuando pasaba de Flandres para Alemaña traía. Y acompañado de éstos partió de Mastrique, y aquí se despidió de la reina María, su hermana, y por el ducado de Luxemburg entró en Alemaña, donde si bien las sospechas que los de ella habían tenido, estaban al parecer quitadas, no que por eso estaban tan seguros que no pudiera el Emperador verse en algún peligro, mas determinóse a todo con celo del bien común. Y así llegó a Espira, donde el conde Palatino y su mujer, sobrina de Su Majestad, vinieron a visitarle; también el lantzgrave vino allí, cada uno de ellos por su negocio particular: el conde Palatino del Rhin, a ver si hallaría medio de algún concierto para las cosas de Alemaña y Lantzgrave pensando si podría tratar alguna que fuese a propósito de lo que pretendía. Mas el conde no halló aparejo ni disposición en las cosas, ni Lantzgrave, en el Emperador, nada de lo que quería; y así, se volvieron como habían venido, y el conde, poco después, se juntó con los de la liga luterana. Partió el Emperador de Espira, habiendo estado en ella cuatro o cinco días, y pasando por allí el Rhin, atravesando la Suevia vino a Tonabet y a Ingolstat, y a Ratisbona, ciudad donde estaba convocada la Dieta desde el año pasado. Allí acudieron los príncipes y procuradores del Imperio, pero no el duque de Sajonia, ni el lantzgrave de Hesia, si bien fueron particularmente llamados. Vinieron muchos hombres de letras, católicos y luteranos, porque el Emperador quería que aquí se disputasen aquellas nuevas opiniones, procurando los medios y vías posibles para desengañar aquellas gentes y hacerles acudir al Concilio de Trento, donde ya estaban muchos perlados y religiosos de la Cristiandad. Nombráronse jueces que presidiesen a las conclusiones que se habían de disputar. Señaláronse notarios, y la instrución que habían de guardar y tener en las disputas. La primera junta se tuvo a 17 de enero de este año 1546. Pedían los luteranos jueces y notarios de ellos mesmos, y porfiaron mucho sobre ella. Hicieron otra junta a siete de hebrero; y en éste y otros siete días, se detuvieron en cualificar las conclusiones que habían de disputar, y los libros y doctores que se habían de admitir para argüir por ellos. Era la principal cabeza de los herejes en esta junta Martín Lutero, que huía todo lo posible de ella y de venir a razones, teniendo cierta su confusión, que por esto los tales huyen de la luz. 233

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Comenzaron a dar voces y quejarse que se les hacían agravios en aquellas instruciones que el Emperador había dado, y porque con estos achaques no quisiesen huir el cuerpo a la averiguación de la verdad, se les dieron otras, como ellos las querían; mas como no lo habían de allí, y ya no había achaques de que se valer, vínoles nueva de la muerte vil de su maestro Lutero, y con esto anochecieron y no amanecieron en Ratisbona. Acabó este miserable en estos días como había vivido, llevándole el diablo, a quien él había servido, sin saber de sí ni poderse despedir de lo que dejaba en este mundo.

- II Lo que el Emperador propuso en la Dieta de Ratisbona. El Emperador fue procediendo en sus Cortes ya de todo punto determinado en la guerra. Propuso a los príncipes y procuradores que allí se hallaban las cosas siguientes: 1. Que deseaba mucho que la justicia se administrase en las ciudades y villas del Imperio, y en las de los señores y feudo de él, y que no se hiciesen los agravios que hasta allí habían hecho. 2. Que las penas de la cámara del Sacro Imperio se distribuían de mala manera en muchas partes, consumiéndolas entre sí mesmos, y no acudían al Emperador con ellas como debían y eran obligados; sobre lo cual, por parte de Su Majestad se dijeron algunas razones bien fundadas, para mostrarles la causa justa que había para adjudicarlas al Sacro Imperio, y dándoles a entender cuán grande había sido la usurpación que en esto habían hecho. 3. Que las monedas que corrían, que eran muchas y de diversa ley y estampa, fuesen equivalentes, porque se había de mirar más al bien común, que al de señores particulares, o ciudades, que por poca cosa ocurren grandes pérdidas. 4. Que las preeminencias de los lugares de los electores, y otros príncipes, por ser absolutas, y impuestas más por fuerza que por otro justo derecho, se ordenen de manera que tornen en el ser que antiguamente estaban. 5. Que las ciudades estuviesen todas unidas, como siempre, en obediencia de su Emperador natural, y su defensa, y asimismo todos los príncipes, para su servicio. 234

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6. Que cometía lo tocante a la religión al Concilio que se tenía en la ciudad de Trento, pues estaba abierto, y se guardaba en él lo que siempre se usó y guardó en los pasados. Respondieron a éste. 1. Que en lo que tocaba a la guarda de la justicia, no había cosa que ellos más deseasen, y deseaban que Su Majestad pusiese sus fuerzas por ella, y en deshacer agravios que habían hecho y hacían. 2. Que las penas de la Cámara imperial sabía bien Su Majestad que sus antecesores, y en su tiempo, las habían remitido y dejado, atento los servicios que el Imperio les hacía, pero que eran contentos de obedecer en todo. 3. Que Su Majestad procurase que no pasase moneda que no fuese de valor ni se estampase. 4. Que en lo que era las preeminencias de los lugares de los electores y otros príncipes, les parecía, pues hallaron así sus asientos, holgarían se quedasen sin alterarlos, pero que era bien se reformasen algunos. 5. Cuanto a la obediencia y obligación, que ellos tenían la voluntad que siempre para servir así las ciudades como los príncipes. 6. Que en lo que tocaba a la religión, que ya habían respondido otras veces, y pues hallaban experiencia del coloquio que se celebró aquí, les parecía no debían innovar cosa, sino remitirse al Concilio nacional y libre en Germania, cuando se abriese. Esta respuesta que los alemanes dieron al capítulo 6 de la religión, es lo que ya se ha dicho, de que ellos no querían admitir el Concilio de Trento, y pedían que en una ciudad del Imperio, libre, aunque luterana, se tuviese un Concilio, no general de toda la Iglesia, sino de las iglesias y ciudades de Alemaña, que llamaban nacional, porque en su propia tierra les parecía que serían señores, y se haría lo que quisiesen, y en la ajena, que se habían de sujetar a la verdad, por más que de ella huyesen.

- III Trajo el rey don Hernando a la reina con cinco hijos, de ocho que tenía.

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En el tiempo que aquí estuvo el Emperador, se casó la hija mayor del rey don Fernando, llamada Ana, con el hijo del duque de Baviera, y la segunda, llamada María, con el duque de Cleves. Hubo grandes saraos y regocijos; danzó el Emperador con la reina y con la duquesa de Baviera; cuando les tomaron las manos, dióle una cadena de oro con mucha pedrería rica, que se apreció en veinte mil ducados, y el día de la boda dio tres tusones, uno al novio, otro al príncipe de Hungría, otro al de Piamonte. Conociendo el ánimo del Emperador, comenzaban ya las ciudades de la liga y señores de ella a mostrar abiertamente cuán poco se había de concluir en aquella Dieta de todo lo que el Emperador querría. Y juntamente con esto, se escandalizaban viendo que Su Majestad tenía intención de poner los negocios en aquellos términos que al servicio de Dios y bien de la Cristiandad, y al oficio que tenía, convenían. Para lo cual habían venido algunos coroneles allí a Ratisbona por mandado suyo, y aunque tan pequeños aparejos para guerra tan grande pudieran estar más secretos, no dejaron de saberlo los procuradores de los señores y lugares que allí estaban, porque verdaderamente no les faltaba poder ni astucia. Y así, en 21 de junio se juntaron, y el mariscal del Imperio presentó en la Dieta una petición de parte y en nombre de las ciudades y protestantes, en que decían que ellos habían sabido que Su Majestad mandaba llamar algunos coroneles y capitanes, y que esto era para mandarles hacer infantería. Que suplicaban a Su Majestad se declarase y les diese a entender para qué se hacía este ejército, porque podría ser él tuviese pensamiento contrario de ellos, y no querrían hacelle deservicio, el cual estaría en su mano, pues ellos tenían voluntad de hacerle todo servicio y placer. Que si tenía alguna guerra en alguna parte, les dijese contra quién la quería comenzar, porque ellos procurarían serville en ella, como otras veces lo habían hecho. El Emperador respondió que siempre había tenido las ciudades por buenas, y sus ciudadanos por leales vasallos y amigos, Y así, les rogaba no se alterasen, ni sospechasen alguna cosa de las que les podrían decir los rebeldes. A los protestantes respondió que a los que quisiesen ser sus amigos, y lo eran, él les tenía en lugar de hermanos; pero que quería, como Emperador, hallarse con fuerzas, y así, había mandado hacer aquella gente para castigar algunos rebeldes del Imperio y deshacer agravios, ejecutando justicia, y que quien para esto le sirviese y ayudase, le tendría por bueno y leal servidor, y él sería buen Emperador, y como ellos dicen, gracioso Señor; pero que el que hiciese lo contrario, Su Majestad le tendría en la mesma cuenta que a los rebeldes, por cuya causa la guerra se haría. 236

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Con esta respuesta se salieron los de la liga, y se fueron a sus posadas; y de ahí a poco a sus casas y de sus señores; y de aquí se comenzó la guerra. Diré antes que entremos en ella dónde estaba el Emperador cuando al descubierto se declaró, y los aparejos que en aquel tiempo estaban hechos, porque se entienda cómo fue tan grande la determinación, cuánto la dificultad del hecho.

- IV Quiénes se hallaban en Ratisbona con el Emperador Estaba el Emperador en Ratisbona, donde la Dieta se había convocado, y juntádose en ella el cardenal de Trento, el cardenal de Augusta, el gran maestre de Prusia, el obispo de Panuergue, el obispo de Verguipurg, el obispo de Pasao, el obispo de Trie, el obispo de Mexperglegos, el rey de romanos, el duque de Baviera, el duque Mauricio de Sajonia, no el elector; el marqués Alberto de Brandemburg, el marqués Joan de Brandemburg, hermano del elector, gran luterano; el duque de Branzvic, que Lantzgrave tenía preso; el duque Melcheburg, el Adgraff de la Interberg, y otros señores y personas poderosas de Alemaña.

-VQué ciudad es Ratisbona. Está la ciudad de Ratisbona asentada sobre el Danubio, y es la última de las ciudades imperiales que están sobre este río, hacia la parte de Austria. Su asiento se cuenta en Baviera: es ciudad grande, y entonces muy luterana. Desde allí a Augusta hay diez y ocho leguas, y a Ingolstat, que es el postrer lugar de Baviera, hay nueve. El Danubio arriba, desde Ingolstat adelante hasta Colonia, toda Alemaña, exceto, algunos obispos y pocas villas, era de luteranos, y los que no, por conservarse, daban también vituallas a los enemigos como los otros. El duque de Baviera (si bien católico) trataba estos negocios tan atentadamente, que tardó en determinarse mucho tiempo. La cual indeterminación no causó poca dificultad, porque si con tiempo se determinara, tuviera el Emperador las provisiones un mes antes. Y no hubo este solo inconveniente: mas el rey de romanos, por los negocios que se le ofrecieron, tardó en venir un mes más de lo que el Emperador le esperaba; siendo su venida tan necesaria, cuanto por 237

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las cosas que con él se concertaron se puede ver. Y demás de esto no dejó de dañar poco secreto, y ningún recado que algunos tuvieron, que con pasión o con afición, no supieron callar. De manera que los enemigos lo vinieron a entender antes que los amigos del Emperador, ni cosa de las necesarias estuviesen en orden. Porque el Emperador, entonces, no tenía levantado un alemán, ni los españoles se habían juntado, ni el Pontífice había comenzado a hacer la gente que había ofrecido; solamente la determinación del Emperador era la mayor fortaleza y el poder muy limitado de los católicos que tenía en Alemaña.

- VI Los de Augusta se ponen en armas. Los de Augusta fueron los primeros que comenzaron a levantar gente y ponerse en arma, y esto no con nombre de ser contra el Emperador, porque en el mesmo tiempo dejaban entrar en su ciudad a todos los criados del Emperador que iban allí por armas; y en Nurumberga compraron un ingeniero, y Diego de Torralba, oficial de Francisco de Eraso, dos mil y docientos quintales de pólvora, y mil quintales de mecha de arcabuz, y otras muchas cosas para el artillería, y se llevó todo en salvamento a Ratisbona; pero antes que lo acabasen de llevar de la dicha ciudad, cuando ya no faltaban por enviar más que veinte carros de pólvora, picos y azadones, fue llamado el Torralba al Consistorio de la dicha villa o ciudad Nurumberga, y le dijeron que ellos eran servidores del Emperador, pero que el pueblo estaba medio levantado y tenían carta que Lantzgrave les había escrito, rogando le dejasen entrar con su gente hasta que llegase la gente del duque de Sajonia; por tanto, que luego a la hora se partiesen con lo que más pudiesen, si no querían ser presos, y tomado lo que tenían. Partiéronse luego y caminaron toda la noche, y de ahí a tres días, una mañana llegaron a este lugar trecientos caballos de Lantzgrave para meterse en él con toda la gente que Lantzgrave tenía, y a primero de agosto se supo en la corte del Emperador que Lantzgrave había derribado la puente de Tanaberte, y que en Nurumberga no le habían querido recibir, y se tornaba la vía de Augusta; unos decían que a estorbar el paso a la gente de Italia, otros que al conde de Bura, que venía de Flandres. Ya cuando esto pasaba, el Emperador había enviado sus coroneles para levantar la infantería alemana, los cuales eran Alipeando, Madrucho, hermano del cardenal de Trento, y Jorge de Renspurch, soldado viejo, y que en muchas

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guerras había servido al Emperador, y al Xamburg también se dio otra coronelía, y al marqués de Mariñano, el cual era general de la artillería. Cada uno de estos cuatro coroneles había de levantar cuatro mil alemanes. De estas cuatro coronelías alemanas se hicieron, según costumbre, dos regimientos; el uno se llamaba de Madrucho, en el cual entraba la coronelía del marqués de Mariñano, y el otro se llamaba de Jorge de Renspurch, en el cual entraba la de Xamburg, y después de esto se repartieron entre estos dos regimientos igualmente otras diez banderas que el Emperador mandó hacer al bastardo de Baviera y a otros capitanes. De manera que vinieron a ser cincuenta banderas de tudescos, veinte y cinco en cada regimiento. Proveyó Su Majestad que viniese don Álvaro de Sandi, que estaba en Hungría con su tercio, que eran dos mil y ochocientos españoles, y que el maestre de campo Arce viniese de Lombardía con tres mil españoles; y el marqués Alberto de Brandemburg envió luego por los caballos con que era obligado a servir, que eran dos mil y quinientos, aunque se habían de dar parte de ellos al archiduque de Austria. El marqués Joan, hermano del elector de Brandemburg, se partió luego para traer seiscientos caballos con que servía, y el maestre de Prusia había de traer mil. El duque Enrique de Brandemburg, el Mancebo, cuatrocientos; el príncipe de Hungría, archiduque de Austria, mil y quinientos. Mas toda esta caballería se hacía en tantas partes de Alemaña, que para juntarse hubo después grandísimas dificultades, por estar en medio de ellos y del Emperador todo el poder de los enemigos, como adelante se dirá, y el Emperador en Ratisbona, casi solo, que fue un gran milagro salir, a lo que aquí se verá. La misma ciudad estaba llena de luteranos, y lo eran casi todos los naturales, y no había de quién fiar. Súpose que por parte de Lantzgrave se hacían diligencias por poner fuego a la pólvora que se había traído de Nurumberga, y sucedió que los pajes de Su Majestad posaban en un monasterio junto a una iglesia, donde estaba toda la pólvora, y que una noche dejó un mozo de los pajes pegada una candela a una pared y durmióse, y a la media noche se pegó fuego y puso la corte en gran alboroto y confusión, porque se encendía el monasterio y se quemó mucha parte de él, y si no se socorriera de presto, se perdiera todo. Púsose todo el pueblo en arma, y los de la corte acudieron a palacio por la sospecha que se tenía; pensaron y temieron ser perdidos; porque a perder la pólvora, como los de Ratisbona eran luteranos, y el Emperador no tenía más de mil soldados, pudieran muy al seguro venir los enemigos y hacer lo que quisieran, que les fuera fácil. Con estos sobresaltos estaba el Emperador en Ratisbona; envió el Emperador a decir al conde Palatino, casado con su sobrina, hija del rey de Dinamarca, que por qué se quería perder; que mirase quién era, y que tenía 239

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ochenta años de edad. Respondió el conde que toda su tierra se perdía, y que no podía hacer otra cosa, porque así la había hallado, y que ni ayudaría a Lantzgrave ni sería contra Su Majestad, sino que miraría por su tierra; y en lo que tocaba a la fe, que él estaría por lo que en el Concilio se determinase.

- VII Los príncipes que ayudaron en esta guerra. Los que en esta guerra ayudaron al Emperador fueron: el Sumo Pontífice Paulo III envió por su legado al cardenal Farnesio y ofreció doce mil infantes italianos y ochocientos caballos, pagados por seis meses, y por general de ellos a su nieto Octavio Farnesio, y más trecientos mil ducados. Pero Luis, hijo del Papa, dio docientos caballos; el duque de Florencia otros docientos infantes; el Estado de Nápoles, ochenta mil ducados; el reino de Sicilia, ochenta mil ducados. Otras señorías dieron cada cual conforme a lo que podía. Dicen que, con gran curiosidad, el Emperador mandó que los más doctos cosmógrafos, y que mayor noticia tuviesen de todas las poblaciones, montes, valles, sitios fuertes, ríos, puentes, vados, bosques de esta gran provincia, sacasen una tabla, en la cual cada día estudiaba, y vino a tener tan entera noticia de toda la tierra, como el más natural y cursado en ella; providencia tan acordada, que valió harto para el dichoso fin de tan peligrosa guerra.

- VIII Junta poderosa de gente de guerra que levanta el Emperador. -Sebastián Xertel. Quién fue. -Camina la gente de Italia para Alemaña. -Lo que valía el nombre sólo de Carlos V. Ya en este tiempo se sabía cómo se juntaba en Italia, así la que el Pontífice había ofrecido, como la demás que había de venir. También tenía escrito el Emperador, que el conde de Bura, Maximiliano, levantase en Flandres diez mil alemanes bajos, y tres mil caballos, y que viniese con ellos a Ratisbona. Todo este campo junto, era bastante para combatir con otro cualquiera; mas, siendo fuerza que se había de juntar de tantas partes, no bastaba alguna de ellas por sí sola a ser tan poderosa, que con razón combatiese con alguna de los enemigos. Los cuales, antes que el Emperador tuviese juntos más de setecientos caballos y dos mil alemanes de los de Madrucho, y tres mil de los de Jorge, y los españoles de Hungría, del tercio de don Álvaro de Sandi, 240

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salieron de Augusta con veinte y dos banderas de infantería de la misma ciudad, y seis del duque de Viertemberg, y cuatro de los de Uma, y mil y quinientos caballos con veinte y ocho piezas de artillería, y debajo de nombre que iban contra los soldados que habían de venir de Italia, que decían enviaba el Papa para destruir a Alemaña y derramar en ella la sangre de sus naturales. Que en este negocio no tocaban en el Emperador, ni mostraban que por el pensamiento les pasase de alzar contra él sus banderas, sino contra la gente del Papa. Enviaron a la señoría de Venecia, pidiéndoles que no diesen paso a la gente del Papa, y fueron derechos a la Chusa (llaman Chusa cualquier lugar que cierra algún paso). Y para que esto mejor se entienda, conviene saber que desde Italia, para venir en Baviera, se ha de pasar por Trento; y de allí a Insprug hay un camino, y desde Insprug, para entrar en Baviera, hay dos. El uno por el río abajo viene a Kopfstain, una villa cerrada y fuerte de Tirol, para entrar en Baviera; el otro es más alto hacia Suevia, el cual va por un valle, y a la boca de este valle está un castillo harto fuerte, que cierra la salida de él, y esta es la otra entrada en Baviera. Luego está Fiesen, villa del cardenal de Augusta, donde se había señalado y hecho muestra la gente del regimiento de Alipeando Madrucho, que era de su coronelía, y de la del marqués de Mariñan, que eran los dos de cuatro coroneles tudescos que el Emperador señaló. Después de Fiesen está Queinten, villa imperial de las primeras luteranas, y ambas a dos de la Jesica de Augusta. Y aquí fue donde primero acudieron, pareciéndoles que, cerrando este paso, no pasaría la gente de Italia, que era lo que más les importaba, y así con catorce mil o quince mil hombres, y mil caballos, llevando por capitán a Sebastián Xertel, que primero fue alabardero del Emperador, y cuando el saco de Roma, tabernero, y después, en la guerra de San Desir, preboste de justicia en los alemanes de Su Majestad, con lo cual se había hecho tan rico, que ya era de los principales de Augusta, y por tal fue elegido por capitán general de esta jornada, y después lo fue en toda la guerra de la infantería que las villas daban para ella. Así que ellos, con este campo, llegaron a Fiesen, la cual Xertel tomó sin contradicción alguna, y yendo sobre la Chusa, se le entregó sin esperar golpe de cañón. Alguna culpa echan al capitán del castillo. Estaban cerca de allí cuatro o cinco mil alemanes de los de Madrucho, y del marqués de Mariñan, porque los demás estaban en Ratisbona, asistiendo en la guarda de Su Majestad. Estos mostraron gran voluntad de combatir, mas los coroneles no lo consintieron por ser la ventaja tan conocida; y aunque no lo fuera, no era cordura aventurar la empresa por lo que se ganaba en deshacer la gente de Augusta, pues les quedaban a los enemigos otras fuerzas muy mayores. Y así, los alemanes de Madrucho, se vinieron, por mandado del 241

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Emperador a alojar junto a Ratisbona, y lo mismo hizo Jorge de Renspurg, que había hecho su coronelía cerca de las tierras de Ulma. Luego que los de Augusta tomaron la Chusa, caminaron derechos a Insprug con intención de tomarle, que fuera empresa tan importante, si le acabaran, que pudieran acabarlo demás, porque puestos allí, eran señores de los dos caminos que dije que entran de Tirol en Baviera, y también lo fueran del que viene de Italia y Trento hasta Insprug, de manera que cerraban y señoreaban todas aquellas partes por donde al Emperador le podían venir dineros y gente, mas los de Insprug, que tenían a cargo el gobierno de la tierra, proveyeron tan bien lo que convenía, que los enemigos no llegaron allá con cuatro leguas, porque en seis o siete días se juntaron diez o doce mil hombres, y metiéndose con Castelalto, y parte de ellos dentro, los herejes desesperaron de la empresa. Y así se retiraron, dejando proveída la Chusa y Fiesen. Este Castelalto era un coronel de los más antiguos de Alemaña, vasallo del rey de romanos, el cual después, andando la guerra más adelante, tornó a cobrar a Chusa. Ya en estos días comenzaba a caminar la gente que el Papa enviaba, y ni más ni menos los españoles de Lombardía; y los de Nápoles se habían embarcado en la Pulla, y venían a desembarcar en tierra del rey de romanos, que es junto a la de venecianos, en una villa que se llama Fiume en la Dalmacia, y de allí por Carintia y Stiria habían de venir a Salesburg, y de ahí a Baviera. Los herejes volvieron a Augusta muy descontentos por no haber tomado a Insprug, que fuera para ellos de harta importancia, y mucho más, si cuando de Augusta salieron vinieran derechos a Ratisbona, porque hallaran al Emperador tan sin gente, que el más seguro remedio que tuviera Su Majestad era irse por el Danubio abajo fuera de Alemaña, porque entonces no estaban juntas las coronelías de Madrucho y Jorge, y los españoles de Hungría acababan de llegar, y eran pocos, pues no llegaban a tres mil. Valió el nombre del Emperador por un gran ejército, para que los enemigos no se atreviesen; hízolo esto, y principalmente Dios, cuya era esta causa. Tampoco tenía artillería, que esperaba la de Viena. Así que todo estaba tan desproveído, que si los herejes acudieran, ellos acabaran la empresa sin contradición alguna. Este fue el primer yerro que hicieron; pero, ¿qué maravilla era errar en la guerra, los que contra Dios y su príncipe erraban?

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- IX El duque de Sajonia y Lantzgrave escriben al Emperador. -Júntase el campo luterano y el número a que llegaba. En este tiempo el duque de Sajonia y Lantzgrave escribieron una carta al Emperador, la suma era: Que ellos habían entendido que Su Majestad quería castigar algunos rebeldes y deservidores suyos, que deseaban mucho saber quiénes eran, porque se ponían en orden para servir a Su Majestad y que por ventura, si Su Majestad tenía algún enojo en ellos, y si contra ellos era la armada que mandaba hacer, que ellos estaban aparejados a dar la satisfacción que quisiese. No respondió el Emperador a esta carta, porque no responder a ella era darles la respuesta más cumplida que su insolencia merecía. Ya cuando ellos esto escribieron, estaban juntos, dando orden en acabar de recoger el campo, del cual cuando enviaron esta carta tenían en pie una parte muy grande, y habían enviado a todas las villas de la liga y señores, por la gente que cada uno había ofrecido. Por otra parte, Sebastián Xertel había salido de Augusta con toda la gente que llevó a la jornada de Insprug, y vino a Tonabert, que es seis leguas de Augusta y catorce de Ratisbona, el Danubio arriba, un lugar tan importante como su nombre significa, que quiere decir defensa del Danubio. Es ciudad imperial, pocos años antes hecha luterana, y de la liga. Aquélla tomó Xertel, entrándose en ella, como en lugar de su mala secta y opinión, y allí esperaba para juntarse con la gente de Sajonia y de Lantzgrave. Tenía, estando en Tonabert, gran aparejo para las cosas que tocaban a los de Augusta, porque allí era señor del río Lico, que es el que pasa por ella, y divide a la Baviera de Suevia. También tenía el Danubio, por donde le venían las vituallas de Ulma y de Viertemberg. De manera que el oficio era harto suficiente para alojarse en él un gran ejército, con las cosas que para él son necesarias. Poco después que el campo que con Xertel estaba se había alojado en Tonabert, llegaron el duque de Sajonia y Lantzgrave con el suyo, de manera que todo se vino a hacer un poderosísimo ejército, el cual se había recogido de todas las ciudades de la liga, y señores que entraban en ella. HalIábanse más de cien mil infantes y quince mil caballos, y el que menos dice, es don Luis de Avila, a quien casi en todo sigo, como a testigo de vista tan calificado, y pone de setenta a ochenta mil infantes y nueve o diez mil caballos, y cien piezas de artillería. En los estandartes que cada ciudad o príncipe luterano traían, estaban las letras siguientes:

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-XLas letras que los luteranos llevaban en sus estandartes. En el estandarte de Lantzgrave, que era el general de este ejército, decía: Iam securis ad radicem arboris est: omnis igitur arbor non faciens fructum, bonum, excidetur, et ignem coniicietur. «Ya está puesta la hacha a la raíz del árbol: porque todo árbol que no diere fruto, se ha cortar y echar en el fuego.» En otro del mesmo: Si Deus pro nobis, quis contra nos? «Si Dios es nuestra ayuda, ¿quién podrá contra nosotros?» En las bandas de infantería: In libertatem, vocati estis fratres. «Hermanos, llamados sois para ser libres.» En otra: Pugna pro patria. «Pelea por la patria.» En otra: Verbum Domini manet in aeternum. «La palabra del Señor permanece para siempre.» En otra: In verbo tuo, Domine, laxabimus tela. «Señor, confiados en vuestra palabra lanzaremos nuestros tiros.» En otra: Voe vobis Scriboe et Pharisoei. « ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos!» En otra: Generatio praba et adúltera. «Generación perversa y adúltera.» En otra: Progenies viperarum, quis vos liberabit a ventura ira? Que es: «Generación de víboras, ¿quién os librará de la ira que sobre vosotros ha de venir?» En otra: Noli timere pusille grex: «No temas, pequeño rebaño.» En otra: Deponet potentes de sede, et exaltabit humiles. «Quitará de la silla los muy poderosos, y ensalzará los humildes.» En otra: Non nobis Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam. «No a nosotros, Señor, sino a vuestro nombre dad la gloria.» En otra: In nomine Iesu omne genu flectatur. «Arrodíllense todos al nombre de Jesús.»

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En otra: Domi ne libera populum tuum. «Señor, librad vuestro pueblo.» En otra: In te Domine speravimus non confundemur. «No seamos confundidos, pues en vos, Señor, esperamos.» En otra: Malos male perdet. «Destruirá muy mal a los malos.» En otra: Ecce Babylon cadet, civitas illa magna: in quo miscuerunt nobis, miscebimus illis in duplum. «Mirad que ha de caer la Babilonia, aquella gran ciudad: pagarles hemos al doblo en los mismos males que nos hicieron.» En otra: Qui non intrat per ostium, fur est et latro. «El que no entra por la puerta ladrón es.» En otra: Oves meae vocem meam audient. «Mis ovejas oirán mi voz.» En otra: Perfice Domine, opus quod eoepisti in nobis. «Perficionad, Señor, la obra que en nosotros comenzastes.» En otra: Ideo affligimur, quia credimus, in Deum vivum. «Aflígennos porque creemos en Dios vivo.» En otra: Gratias nos persequuntur. «De gracia nos persiguen.» En otra: Parce illis Domine, quia nesciunt quid faciunt. «Perdonadlos, Señor, que no saben lo que hacen.» En otra: Ab Aquilone veniunt liberatores tui. «Del Septentrión vendrán tus libertadores.» En otra: Venite, eamus, et occidamus bestiam magnam coccineam. «Venid y vamos a matar aquella gran bestia vestida de grana.» En otra: Mater scortationum, et abominationum peribit. «Ha de perecer la madre de las lujurias y abominaciones.» En otra: Domine, in nomine tuo salvum me fac. «Salvadme, Señor, en vuestro nombre.» En otra: Domine, ostende mane potentiam tuam. «Mostrad agora, Señor, vuestra potencia.» En otra: Miserere Domine, populi tui quem redemisti. Que es: «Doléos, Señor, del pueblo que redimistes.»

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En otra: Excidamus qui nos conturbant. «Echemos de la tierra a los que nos perturban.» En otra: Venient plagae tuae, meretrix, peribis cum scortationibus tuis. «Vendrán tus plagas, ramera, has de perecer con tus lujurias.»

- XI Prosperidades de los luteranos Con blasones tan soberbios y arrogantes traían los herejes luteranos sus banderas y estandartes, a los cuales se podía responder con la mesma Sagrada Escritura, que ellos prevaricaban, Ex ore tuo te judico, serve nequam: «Por tu propria boca te condeno, mal siervo.» Hablan soberbios como multitud, y presto los humilló el Señor, a quien ellos ciegamente ofendían. Para resistir a esta gran potencia no se hallaba el Emperador en Ratisbona con más gente de la que tengo dicha, ni otra artillería sino diez piezas que había tomado a la ciudad prestadas, porque la que esperaba no era venida de Baviera. Las nuevas que tenía de su gente, eran que Jamburch tenía hecha su coronelía en la montaña negra, que los alemanes llaman Juareybalt, que con grandísima dificultad podía pasar, porque el camino era por tierra de Ulma, poderosísima ciudad, y enemiga, y por Vitemberg, el más poderoso príncipe de la liga, y que por esto les convenía hacer un rodeo muy grande, viniendo cerca de Constancia, por el lago de ella, y después por Tirol, camino menos peligroso que este otro, mas muy largo. También tenía nueva que los españoles de Nápoles eran embarcados, y que ya venía la gente del Papa, y que los españoles de Lombardía comenzaban a caminar, y el príncipe de Salmona, capitán de la caballería ligera, venía asimismo con seiscientos caballos ligeros, y que la artillería de Viena que por el río arriba venía con barcas, comenzaba a caminar. Todas estas eran cosas que se esperaban, y nada se tenía más del enemigo cerca, con la potencia que he dicho, y las cosas del Emperador pedían tiempo y no todas podían venir a una, y el lantzgrave y Sajonia, si con su gran ejército y sin contradición alguna podían venir a Ratisbona, y hallaran al Emperador con diez, y a lo más, doce mil hombres, y muy poca artillería, y menos vituallas, y la villa no muy fortificada, y los vecinos de ella más enemigos que amigos, pues eran los más luteranos, y aunque el lugar fuera fuerte y seguro, era cosa indigna de la majestad y grandeza de Carlos V dejarse sitiar, no teniendo otro socorro, sino la gente que esperaba. Al parecer de los que lo vieron y sabían la disposición de las cosas, si los herejes vinieran a ellos, sacaban de Ratisbona al Emperador, y sacándole de ella, le sacaban de

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Alemaña. Y fuerales muy fácil el venir, porque no dejaban a las espaldas cosa que los pudiera ofender, si no era una bandera de infantería que estaba en Rain, que es una villa del duque de Baviera, una legua de Tonabert, y dos banderas de infantería que estaban en Ingolstat, con don Pedro de Guzmán, caballero de la casa de Su Majestad. Y aunque había allí gente, el duque de Baviera había en ellos poca demostración de querer dañar al enemigo. Finalmente, ellos dejaron de hacer una empresa muy acabada, y este fue el segundo yerro y muy importante que ellos hicieron, no venir desde Tonabert a juntarse derecho a Ratisbona. Más, ¿cómo es posible acertar los que, contra Dios y contra su rey se atreven? Fueron sobre Rain, el cual se les rindió sin esperar batería, dejando salir la gente que estaba dentro con sus banderas y armas, y sin hacer algún daño en ella, pusieron otra bandera dentro, y de ahí vinieron sobre Nemburg, donde asentaron su campo. La villa estaba por ellos, porque era del duque Oto Enrique, primero de los duques de Baviera, y del conde Palatino, que eran luteranos. El lugar es fuerte, y con puente sobre el Danubio, tres leguas de Tonabert y tres de Ingolstat.

- XII El rey de romanos y duque Mauricio entran por las tierras del enemigo de Sajonia. -Bando del Imperio. Qué cosa sea. -Error del campo de los herejes. -Pirro Colona, valeroso capitán. -Sale el Emperador en campaña, y orden en que se pone. Determinación animosa del César: o morir o vencer. -El duque y Lantzgrave envían una carta al Emperador, y lo que respondió el duque de Alba a los que la traían. -Gente escogida que llegó de Italia al campo imperial a diez de agosto. -Pasa el Emperador el río, y pónese a la banda del enemigo. Cuidado y temor del enemigo por ver al Emperador de la banda del río por donde él iba. Semblante que mostró el campo imperial en una arma falsa. -Cuidado del Emperador en mejorarse en los alojamientos. -Orden que tuvo el campo imperial marchando. -Hacía el Emperador oficio de general y capitán cuidadoso. -El duque de Alba reconoce a Ingolstat. Ya el rey de romanos era partido de Ratisbona para Praga, donde él y el duque Mauricio de Sajonia se habían de concertar por orden del Emperador para entrar en tierra del duque de Sajonia elector. Este duque Mauricio es uno de los duques de Sajonia, porque según la costumbre de Alemaña, todas las casas se reparten entre los linajes de ellas con el mismo título y nombre de la casa principal y cabeza, de suerte que puede haber tres y cuatro duques y archiduques, y este Mauricio, ya que luterano, fue siempre enemigo del duque de Sajonia, su pariente, si bien al

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tiempo que esta guerra se comenzó, estaban en paz. Mas después de comenzada, el Emperador puso el bando del Imperio, al duque de Sajonia y al Lantzgrave, como rebeldes. Este bando del Imperio es dar las tierras de los rebeldes a todos los que quisiesen tomar parte en ellas, y así, el rey de romanos y el duque Mauricio se juntaron para tomar el estado de Sajonia, el cual les venía muy a propósito, porque confinan todas las tierras de él con las suyas. En este tiempo llegó aviso al Emperador, que los enemigos determinaban de tomar Lacuet que es una villa del duque de Baviera, puesta en el camino de Ratisbona para Insprug, que era aquel mismo paso por donde se esperaba la gente que había de venir de Italia y de la Selva Negra, y no había otro por estar tomado el de la Chusa; y si esto ellos hicieran después de la empresa de Ratisbona, no podían hacer cosa más acertada, porque puesto allí (lo cual fácilmente pudieran hacer) dejaban al Emperador encerrado en Ratisbona; y poníanse en parte que ninguna gente de la que el Emperador esperaba (aunque salieran de Tirol) pudieran llegar a Ratisbona, porque los españoles y los italianos habían por fuerza de venir allí, y ni más ni menos los alemanes de la Selva Negra que traía Zamburc, y después de esto pudieran dejar aquel lugar fortificado y proveído, y volverse sobre Ratisbona, a donde haciendo ellos esto, pudiera ser que estuvieran los negocios del Emperador en ruines términos, y por esto él acordó de ponerse a peligro tan evidente, y con su persona ir a defender aquella tierra a la cual se enderezaba toda la fuerza de los enemigos. Y dejando en Ratisbona cuatro mil tudescos y una bandera de españoles, y artillería y municiones, que todo era venido ya de Viena, y dando el cargo de ella a Pirro Colona, aquel escogido capitán que con tanto esfuerzo defendió a Cariñano, el Emperador con el resto del campo, partió para Lancuet, donde llegó en dos alojamientos, y alojando el campo, él no quiso alojar en la tierra, sino fuera de ella. Allí determinó de esperar a los enemigos, y la infantería que de Italia había de venir, si pudiese llegar antes que ellos. La nueva de la venida de los enemigos cada día crecía, y se sabía que habían pasado de Ingolstat, demás de las dos banderas que allí estaban, y de la gente que el duque allí tenía, que era el mayor número, docientos arcabuceros italianos; mas los enemigos pasaron sin hacer ni recebir daño, porque la gente del duque de Baviera, aunque estaban declarados por servidores del Emperador, no se habían dado por enemigos de los otros. Sabiendo el Emperador la nueva, no hizo otra provisión, sino enviar todos los soldados, que esperaban gente que les hiciese hacer conveniente diligencia, én entre tanto eligió una plaza aparejada para combatir con los enemigos cuando viniesen, porque esto era lo que él tenía determinado hacer, pues no lo haciendo se les había de dejar Alemaña en su poder pacíficamente; lo cual no quería el Emperador que fuese así, porque 248

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muchas veces le oyeron decir, hablando en este terrible guerra, que muerto o vivo, él había de quedar en Alemaña; y así, con este determinación, esperó allí a los enemigos, con los cuales pudo tanto la persona y nombre de este gran príncipe, que sabiendo ellos que Ratisbona estaba razonablemente proveída, y él puesto en parte donde ya ellos no podían quitalle la gente que le venía sin pelear con él, y sabiendo que él estaba determinado de hacello, acordaron de parar, estando ya seis leguas del Emperador, y así campeando Minique e Ingolstat se entremetieron en estos días. El duque de Sajonia y Lantzgrave, enviaron un paje y trompeta al Emperador; el paje traía una carta puesta en una vara, como es la costumbre de aquella tierra, que cuando uno hace guerra a otro, le envía una carta puesta así, notificándosela. Estos fueron llamados a la tienda del duque de Alba, capitán general del campo imperial, el cual les dijo que la respuesta de aquello a que venían había de ser ahorcarlos, mas que su Majestad les hacía merced de las vidas, porque no quería castigar sino a los que tenían la culpa de todo, y así los dejaron volver dándoles impreso el bando que el Emperador había dado contra sus amos, por que ellos mismos se lo llevasen. No curó el Emperador de ver la carta, que según se dijo, venía llena de desvergüenzas y blasfemias contra Su Majestad y contra la Santidad del Papa, que en esto Lantzgrave y todos los luteranos eran escogidos maestros de libertades, como lo es toda la gente baja. La infantería italiana llegó a Lancuet casi en este tiempo a 10 de agosto. La cual era una de las hermosas bandas que se había visto salir de Italia; serían diez o once mil infantes, seiscientos caballos ligeros. De todo venía por capitán el duque Octavio Farnesio. Vinieron docientos caballos ligeros que enviaba el duque de Ferrara. También llegaron en estos días los españoles del Lombardía, muy excelentes soldados, y ejercitados en gravísimas jornadas de guerra, casi siempre vencedores en ellas. Poco después de ellos, llegaron los de Nápoles, soldados muy viejos muy buenos, de manera que estos tres tercios eran la flor de los soldados españoles, y ya los alemanes de Jamburg, hechos en la Selva Negra, habían llegado, los cuales, aunque habían rodeado, no dejaron de pasar muchos pasos, peleando con los enemigos que por todas aquellas partes aún tenían gente para poderlo hacer y impedirles el camino. Con esto, el campo imperial tenía forma de ejército, porque tenía el Emperador, con los que estaban en Ratisbona, diez y seis mil alemanes altos, que aún eran veinte mil de paga, por las cuentas que suele haber entre las infanterías, que daban estos; había cerca de ocho mil españoles y diez mil italianos; habían venido seiscientos caballos del marqués Juan de 249

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Brandemburg por Bohemia; el marqués Alberto tenía hasta ochocientos caballos, el maestro de Prusia docientos, porque otros que hubo el marqués Alberto y suyos, y del archiduque, que serían tres mil y quinientos o cuatro mil caballos, aún no eran llegados al reino, el cual era defendido con gente de los enemigos, de manera que el Emperador, con la gente que había traído de Flandres, y con los de su corte y docientos caballos del archiduque, tenían dos mil caballos armados y mil caballos ligeros, muy escogidos todos ellos, y la infantería de la mejor que el Emperador jamás había tenido. Después que todo esto fue junto, partió el Emperador de Lancuet y fue a Ratisbona, por tomar su artillería y la gente que había dejado, y desde allí salir en busca de los enemigos. Llegado a Ratisbona, mandó poner en orden treinta y seis piezas de artillería, parte de ellas de batería y parte de campaña, y dejando tres banderas en guarda de la artillería, se partió con todo el campo la vía de Ingolstat, que era por donde los enemigos andaban. Había desde Ratisbona a Ingolstat nueve leguas; éstas se repartieron en cuatro jornadas y así el primer día anduvo tres leguas y el otro día dos y media, y alojóse con el campo en un lugar sobre el Danubio llamado Nenstat, a 18 de agosto. Allí había un puente sobre el mismo lugar en la ribera, y demás de esta mandó el Emperador echar otras dos hechas de las barcas que traía en el campo para estos efetos, porque determinaba Su Majestad de pasar con toda presteza por allí el río. Estando entendiendo en esto, vino nueva y aviso que el duque de Sajonia y el lantzgrave, con todo su campo, por la otra banda del Danubio, tomaban el camino de Ratisbona. El Emperador envió cuatrocientos arcabuceros españoles a caballo, y dos banderas de tudescos, los cuales pusieron tan buena diligencia, que aquella noche, como el Emperador les mandó, entraron en Ratisbona. La cual con esto estaba ya segura, porque si los enemigos no venían sobre ella, no era menester más gente, y si venían, ésta bastaba hasta que el Emperador llegase a socorrellos. Lo cual se pudiera muy bien hacer, por estar el Danubio en medio de los dos campos; mas ellos, avisados que había en Ratisbona suficiente recado, y temiéndose de que el Emperador quería pasar el río, y les podría tomar las espaldas y quitar las vituallas, habiendo llegado a Ratisbona. dieron la vuelta hacia Ingolstat, dándose mucha priesa a salir de los bosques y pasos estrechos donde se habían metido; en los cuales fue opinión que si advirtiera, se les podía hacer gran daño; mas el no haber en el campo imperial quien supiese los pasos de aquella tierra, y haber ellos hecho diligencia en salir de ellos, lo estorbó. Con todo, se enviaron algunos arcabuceros españoles y caballos ligeros; mas ya llegaron a tiempo que los enemigos habían salido a lo raso, así que no sirvieron de más que traer lengua de que los enemigos caminaban la vía de Ingolstat, aunque a mano

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derecha. Pasó el Emperador la ribera y alójose con su campo en un valle cerca del río. Este alojamiento estaba dos leguas de Ingolstat. El haberse pasado con la diligencia que digo de la otra banda del río, fue de grandísima importancia, porque demás de hacer al enemigo que anduviese con cuidado recogido, y no tan señor de la campaña como había andado, fue ponerle en otro mayor, y temor de que se llevaba determinación de combatir con él cuando el lugar y la ocasión lo pidiesen. Allí se fortificó el campo imperial de una trinchea pequeña, porque el lugar donde el duque de Alba lo había alojado estaba tan bien extendido que no se requería mayor. Allí se tuvo una arma, aunque no salió verdadera. Púsose el campo imperial en orden con tan buen semblante, que se vio la buena voluntad que tenían de venir a las manos y combatir con el enemigo. Al cabo de los dos días partió de aquí el Emperador, teniendo nueva que los enemigos se habían alojado de la otra parte de Ingolstat seis millas, porque fue tanta su diligencia para tomar aquel alojamiento, que se pusieron en él un día antes que el Emperador saliese del suyo. Convenía mucho que el Emperador fuese con diligencia a Ingolstat, por no dejar aquella tierra en peligro que los enemigos la pudiesen tomar. Porque desde ella podían dar fácilmente grande estorbo, para que Maximiliano Egmondio, conde de Bura, con la gente que traía de Flandres, no se juntase con el Emperador, o ya que no la tomasen, que no se viniesen a entrar en un alojamiento que estaba entre ella y el alojamiento de donde el Emperador partía. Mas antes que el enemigo partiese, habiendo el Emperador considerado cuánto importaba, estando ya tan vecino a los enemigos, alojarse siempre superior de ellos, mandó que se visitase dos alojamientos, el uno a una legua grande de Ingolstat, que es el que tengo dicho, y estaba en el mismo camino, y el otro junto a Ingolstat de la otra banda, porque conviniendo tomar el que estaba más cerca de la villa, antes que el campo imperial arrancase del que tenía, llevaba intención a estos dos, para que no pudiendo ocupar el de junto a Ingolstat, se alojasen en este otro. Y por esto, el día antes había enviado a Juan Bautista Gastaldo, maestre de campo general; para que particularmente tuviese reconocidos los dos alojamientos, y él, con la mayor diligencia que pudo, otro día de mañana, a 25 de agosto, partió con todo el campo. El cual iba repartido en esta forma: Los caballos, que eran tres mil lanzas, en tres escuadrones, el uno de mil caballos, que llevaba Maximiliano, archiduque de Austria, príncipe de Hungría. El otro, de otros tantos, llevaba el príncipe de Piamonte. Los otros mil llevaba un hijo del duque de Branzuic. Los otros mil y quinientos caballos del Papa y señores de Italia, llevaban sus proprios capitanes. Repartíase todo el ejército 251

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en tres partes, en vanguardia y retaguardia y bagaje; la artillería y bagaje iban a la mano izquierda, a la banda del rio; la caballería, a la derecha, y en medio, la infantería; primero de la avanguardia corrían mil y quinientos caballos ligeros, asegurando y descubriendo el campo. Tras estos iba la vanguardia, que llevaba el duque de Alba, en esta manera: diez mil alemanes, y a la mano derecha el príncipe Maximiliano con sus mil caballos; a la mano izquierda, una vez los españoles y otra vez los italianos, según les tocaba. Tras la avanguardia se seguía la artillería y bagaje a la parte del río, con el escuadrón de caballos que llevaba el príncipe de Piamonte, y con éstos andaba el Emperador, porque en este escuadrón se comprendía la caballería de la corte, y el Emperador andaba siempre con cinco caballos en los cuales andaban cinco pajes a cuerpo, y llevaban la bandereta de tafetán colorado, que era como la seña y guión para ser conocido Su Majestad. El cual no sosegaba mirándolo todo, cuándo la vanguardia, y cuándo la retaguardia. Tras éstos se seguía la retaguardia, que llevaba el mismo orden de la avanguardia, con el otro escuadrón de caballos. Caminando el Emperador con este orden, llegó al primer alojamiento de los dos que dije, y allí comió un poco, en tanto que la batalla caminaba, porque la vanguardia, ya estaba cerca, y de allí, tomando el duque de Alba consigo veinte caballos, llegó a Ingolstat, y miró el otro alojamiento, que estaba junto a él muy particularmente

- XIII Escaramuzan una banda de caballos y arcabuceros españoles con los enemigos. -Llegó voz al campo que el enemigo venía a dar la batalla. -Alójase el Emperador. -Arrogante presunción del enemigo. -Fuerte alojamiento del enemigo. Este día, por orden del Emperador había enviado el duque de Alba al príncipe de Salmona y a don Antonio de Toledo para que, con parte de la caballería ligera y docientos arcabuceros españoles a caballo, reconociesen los enemigos, con los cuales tuvieron una muy reñida escaramuza, habiendo salido los enemigos a ella tan fuertes como es costumbre entre alemanes. Mas siendo esta escaramuza por los unos y los otros retirada, se tornó por otra parte a comenzar, y de nuevo tornaron a ella, y los enemigos salieron tan acrecentados y fuertes, que llegó aviso al Emperador que el enemigo con todo

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su campo venía a combatir con el suyo, y así mandó luego el Emperador que se pusiesen en orden, y mandando al duque de Alba que de punto en punto le avisase del proceder de los enemigos, él volvió al lugar donde había mandado afirmar la vanguardia, y la batalla, que era en el alojamiento que tengo dicho, que estaba en el mesmo camino que los imperiales traían, escogiendo allí puesto y sitio a propósito para combatir. Puso la infantería en lugar conveniente, y la artillería y gente de a caballo en sus proprios lugares, y así estuvo esperando la venida de los enemigos, que se entendió, según la muestra y semblante, que querían combatir. Pareciéndole al Emperador que ya era algo tarde, y que pues los enemigos no habían dado muestra de combatir, ya no lo harían, quiso caminar. Mas el duque le envió a decir que se afirmase, porque tenía aviso que los enemigos habían dado muestra de querer combatir; mas de ahí a un rato envió a decir que Su Majestad podía caminar, porque el semblante de los enemigos había parado en recogerse dentro de su alojamiento. Este variar fue en algo causa del partir tarde; mas viendo el Emperador cuánto más se aventuraba en esperar a llegar otro día, que no en llegar tarde aquella noche, y cuánto se daba a los enemigos en darles una noche y parte de otro día de espacio para mejorarse de alojamiento, y que habían errado en no estorbarle el paso, llegó con su campo, aunque algo tarde, a su alojamiento, el cual era de la otra banda de Ingolstat, hacia los enemigos, teniendo la villa a las espaldas y a la mano izquierda el Danubio, y un pantano a la mano derecha, y a la frente la campaña. Estas dos partes hizo cerrar el duque de Alba aquella noche, y puso tanta diligencia, que antes que viniese el día, dejó la mayor parte del campo cerrado. No hicieron los enemigos estorbo alguno, que ellos estaban tan fiados en su multitud y ánimos que cualquier tiempo les parecía aparejado para acabar la empresa. Mas estos son los que más presto mueren. Y ansí, con esta confianza Lantzgrave había prometido a toda la liga que dentro de tres meses él echaría al Emperador de Alemaña o le prendería. A las cuales palabras dieron tanto crédito las ciudades, y señores de ellas, que como cosa hecha venían y daban más de lo que les pedían; y con esto se hizo tan poderoso ejército, que tuvo más de ciento y treinta piezas de artillería y munición infinita. Pero ellos, aquella noche, estuvieron quedos, sin hacer más diligencia de traer algunos caballos por la campaña. Estuvo otro día el Emperador en aquel alojamiento proveyendo lo necesario contra lo que los enemigos podían hacer. Los cuales aquel día no hicieron movimiento alguno, Otro día siguiente se fue a reconocer su 253

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alojamiento de ellos que, como tengo dicho, estaba a seis millas pequeñas del imperial, en lugar fortísimo, porque por la mano derecha y por la frente tenían un río hondo y un pantano, lo cual todo era guardado de un castillo que sobre el río estaba asentado por las espaldas de un bosque muy grande y espeso, y por el otro lado de una montañita, donde ellos tenían puesta toda la artillería. Hubo, al reconocer, una ligera escaramuza. Otro día pusieron los enemigos su caballería e infantería en escuadrones y sacáronla en raso. Pensóse que era para venir contra los imperiales; más no fue sino para tomar la muestra de toda su gente, la cual, después de tomada, la redujeron a su alojamiento. Otro día después, se levantaron de allí y vinieron a alojarse a tres millas del campo imperial, en un alojamiento fuerte, que era sobre unas montañuelas, las cuales, aunque tenían el agua un poco lejos, había pensado el Emperador de las tomar, porque estando más cerca del enemigo, le parecía que podía haber más aparejo de dañalle. La disposición de este alojamiento era tal, que el mismo sitio le ayudaba a defenderse.

- XIV Don Álvaro de Sandi y el capitán Arce saltean y maltratan al enemigo. -Sentían los herejes las malas noches que los imperiales les daban tocándoles arma. Aquella misma noche que los enemigos se alojaron allí, el duque de Alba, habiéndolo consultado con el Emperador, envió a don Álvaro de Sandi y a Arce con mil arcabuceros, dándoles orden de lo que habían de hacer, y guías que sabían bien la tierra. Ellos se partieron, y atravesando por unos bosques, dieron en el alojamiento de los enemigos a la una o las dos después de medianoche, y degollando las centinelas, dieron en el cuerpo de guardia, donde mataron más de cuatrocientos de los enemigos, sin perder más que dos, que por yerro fueron muertos de sus proprios compañeros. Duró el matar y dar en ellos, hasta que todo el campo se puso en arma, y así se volvieron, habiéndoles dado un buen sobresalto y bravísima arma, sin pérdida de más de los que dije, que con la oscuridad de la noche se tuvo por cierto que los compañeros los habían muerto. Y aun del uno se dijo que tenía ganado un estandarte.

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Desde los 27 de agosto hasta los 29 no los dejaron sosegar en su alojamiento, y porque los acometían de noche con encamisadas, los llamaban en su lengua traidores, y llevaban muy mal estas malas noches que les daban. El duque Octavio Farnesio, con Joan Bautista Sabello, capitán de la caballería del Papa, y Alejandro Vitello, capitán de la infantería, habían concertado de dar con su gente una muy mala noche a los enemigos, y ansí se comenzó a poner en orden otro día; mas los enemigos, teniendo el mismo pensamiento, habían ocupado cierto lugar en un bosque, en el cual pensaba el duque Octavio hacer su hecho, y los enemigos comenzaron dando en unos sacomanos del campo imperial que estaban en un casal cerca del bosque, y ansí aquel día hubo una escaramuza, que aunque no salió como se había ordenado, fue buena, y los enemigos recibieron daño de los arcabuceros que con Alejandro estaban, y los acometieron, y de una parte y de otra hubo algunos muertos y presos.

- XV Acércanse los campos a tres millas. -La mucha artillería que el enemigo tenía, y gran aparato de guerra. Estaban ya los campos a tres millas uno de otro, y no había en medio de ellos sino un pequeño río, el cual por muchas partes se pasaba, y estos pasos estaban los más de ellos muy más cerca de su campo que del imperial, de manera que las escaramuzas no podían hacerse sin que la una de las partes pasase a esperar. Estando, pues, los dos campos en estos términos, y el Emperador pensando la manera que habría para dañar al enemigo, porque ya estaban los campos tan cerca que levantándose de allí o no levantándose convenía hacello, y teniendo respeto a que era menester gran artificio para moverse del alojamiento, por ser tan inferiores, y los enemigos muy superiores en el número de la gente y mucha artillería, estábanse quedos los imperiales, fatigando los enemigos con las encamisadas y escaramuzas. Visto por Lantzgrave este daño, y que corría peligro de los bastimentos para su ejército, porque el marqués de Mariñano había hecho un bergantín en cierto río y puesto en él una compañía de arcabuceros, y corriendo el río, él tomaba las provisiones que se llevaban al campo de los herejes. Luego que a Lantzgrave llegaron catorce banderas de infantería, que serían siete mil hombres, a los 30 de agosto, se levantó muy en orden y comenzó a

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caminar en amaneciendo, llevando la artillería, la cual ellos podían traer muy bien, por ser toda aquella campaña muy abierta y desembarazada, y era tanta la artillería y munición, que llegaban a ciento y treinta tiros de bronce, y ochocientos carros de balas y pólvora, ocho mil rocines para carretear esta gran machina, trecientas barcas para hacer puentes, seis mil gastadores o azadoneros, sin esta multitud de provisiones, oficiales y ministros para gobernallas. Venían los quince mil caballeros y ochenta mil infantes (aunque otros dicen más), todos muy bien armados y con tanta voluntad de pelear como si conquistaran la casa santa de Jerusalén. Cuando amaneció, había esta infinita gente pasado el río que tengo dicho, y caminaron derechos la vuelta del campo imperial. Dióse aviso al Emperador, y luego subió en un caballo, mandando poner el campo en orden; halló al duque de Alba a las trincheas, que estaba proveyendo lo que convenía, las cuales trincheas no estaban tan altas como el primer día que se hicieron, porque con haberse labrado más en ellas a la gente que salió del campo pasaba sobre ellas, y así estaban bajas y desbaratadas.

- XVI Orden en que venía el campo enemigo. -Había prometido Lantzgrave a las ciudades rebeldes de prender o matar o echar fuera de Alemaña al Emperador. -Pónese en orden el campo imperial para esperar al enemigo. -Pareceres diferentes sobre dar la batalla al Emperador. Quieren ojear con la artillería y sacar de su alojamiento al Emperador. -El peligro en que se ponía el Emperador, visitando y reconociendo su campo. Ya el día 30 de agosto era claro, y una niebla que había comenzado había esclarecido, y así se podía mejor ver el orden que los luteranos traían, el cual era éste. Ellos venían en forma de luna nueva, porque la campaña extendidísima y llana daba lugar para poderse ver todo. A su mano derecha traían el pantano que estaba a la izquierda del campo imperial, el cual era hacia el Danubio, y por esta parte venía un escuadrón de gente de a caballo grosísimo, acompañando ocho o diez piezas de artillería. A la mano izquierda de aquél, un poco apartado, venía otro escuadrón de caballos, también muy grueso, acompañando otras veinte piezas de artillería. Y de esta manera traían toda su caballería, la cual venía repartida en escuadrones, y acompañando la artillería que venía extendida por la campaña como los caballos, y no caminaban en hilera, sino a la par, porque juntamente pudiesen tirar las piezas que quisiesen o pudiesen, y con este concierto sacaron toda su artillería y caballería. Y toda la infantería venía con mucho concierto, toda puesta en escuadrones detrás de sus caballos. 256

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Veíase muy bien la infantería por los grandes y anchurosos espacios que había entre los escuadrones de la gente de armas. De esta manera venía el lantzgrave a cumplir la palabra que había dado a las villas de la liga, de vencer y prender al Emperador, o procurar, con todas veras, echarlo de Alemaña. Ordenóse el campo imperial para combatir conforme a los cuarteles como estaban alojados: los españoles estaban a la frente del enemigo y tenían el pantano a la mano izquierda; luego, junto a ellos, a la mano derecha, estaban los alemanes del regimiento de Jorge, con una manga de arcabuceros españoles; luego estaba dando vuelta hacia ella derecho, la más de la infantería italiana, porque alguna parte de ella se había recogido en el fuerte que se había hecho dentro del pantano. Luego, tras ellos, siempre siguiendo la mano derecha, estaban los alemanes del regimiento de Madrucho; desde ellos hasta la villa, estaba abierto, y así parte de aquel espacio se cerró con las barcas de las puentes que el campo traía, y lo demás que quedaba por cerrar, con la caballería, la cual estaba en cuatro escuadrones, porque si los enemigos con su caballería viniesen por aquella banda, estando la caballería puesta en aquel fuerte, pudiesen combatir con ellos, y también era sitio conveniente para cargar, si por la parte que las trincheas eran más bajas, estaban sus caballos, y para esto se habían dejado algunos espacios entre los escuadrones de la infantería imperial. Luego que los enemigos llegaron a ponerse media legua pequeña del campo imperial, hicieron alto para tener consejo y haber su acuerdo sobre lo que debían hacer; porque un Agustín Berlinguer, capitán de Augusta, era de parecer que diesen la batalla acometiendo al Emperador en sus alojamientos. Lantzgrave y otros tuvieron que sería mejor a puro cañonazo sacar al Emperador fuera, y que por fuerza había de salir desconcertado, y entonces era bien cerrar con él. Y hízose así, plantando su artillería, que eran las ciento y treinta piezas, a la punta del bosque, por manera que con la orden que traían, ciñeron el campo imperial desde el pantano, que era a la mano izquierda, y derecha de los enemigos, hasta casi la mitad de la campaña que estaba a la mano derecha, tirando siempre y tan cerca, que muchas piezas de las suyas, especialmente las que tenían a la mano derecha, no tiraban seiscientos pasos de los escuadrones del Emperador. Tiraba la artillería del Emperador, que eran solas cuarenta piezas; pero la suya era ayudada de la disposición de la tierra y asiento que tenía, más que la imperial. El Emperador había dado vuelta por todo el campo, y visto la orden que el duque de Alba había puesto en él, y después, así como estaba a caballo y armado, se volvió a poner delante de su escuadrón, y de allí algunas veces iba a los escuadrones de los alemanes y los rodeaba, y otras acudía a los españoles, y otras a los italianos, que todo lo rodeaba, y no con pequeño 257

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peligro, porque los tiros daban en los mismos escuadrones a vista del Emperador, los cuales tenían en nada viendo a su príncipe delante de sí, por donde se conoce claramente cuánto vale la presencia del príncipe o general en semejantes ocasiones, cuando tienen opinión entre sus soldados.

- XVII Batería cruda que los herejes dieron al campo imperial. -Cuidado y peligro con que andaba el duque de Alba. -Setecientas balas echaron dentro del campo imperial. -Nueve horas sin cesar jugó la artillería enemiga. -Palabras soberbias de Lantzgrave en desprecio de los imperiales. -Fortifican los imperiales sus alojamientos. -Escaramuzas vistosas y sangrientas. Los enemigos, habiéndose acercado donde a ellos les pareció que bastaba para batir a su placer, hicieron alto con sus escuadrones de caballo y infantería, y comenzaron con todas las banderas de su artillería a batir tan apriesa y con tanta furia, que verdaderamente parecía que llovía balas, y que los demonios andaban por los aires, porque en las trincheas y en los escuadrones no se veía otra cosa sino cañonazos y culebrinazos. El duque de Alba estaba con los españoles a la punta del campo, adonde batía de más cerca la artillería de los enemigos, una pieza de las cuales llevó un soldado que estaba junto a él, que andaba proveyendo todas las cosas necesarias a lo que se esperaba, que era que, después de haberlos bien batido los enemigos, arremeterían, de lo cual dos veces habían hecho semblante muy conocido, y había ordenado que toda la arcabucería estuviese sobre aviso a no disparar hasta que los enemigos estuviesen a dos picas de largo de las trincheas, porque de esta manera ningún tiro de los arcabuces, que eran muchos y muy buenos, se perdería, y si tiraban, de lejos, los más fueran en balde. Y así, mandó que las primeras salvas, que suelen ser las mejores, se guardasen para de cerca. Los enemigos batían todavía de manera que parecía que de nuevo entonces lo comenzaban, hecho alto con sus escuadrones, a los cuales tiraba la artillería del Emperador, más hacía poco efecto por la disposición de la tierra, ni tampoco la de los enemigos hacía mucho daño, si bien muchas veces daba dentro de los escuadrones, tanto que en el del Emperador entraron hartos cañonazos y golpes de culebrinas, pasando las balas tan cerca de Su Majestad, que muchos dejaban de mirar su peligro por el del Emperador, especialmente una bala dio de él tan derecho y tan cerca, que cualquier golpe que hiciera, estaba el peligro muy manifiesto; guardaba Dios este príncipe por el celo con que le servía. Otra bala mató dentro del escuadrón un archero de la guarda de

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Su Majestad, otra llevó un estandarte; otras dos mataron dos caballos; no fue más el daño que se hizo en el escuadrón imperial, con dar muchas piezas dentro de él. En los otros escuadrones, aunque también fueron bien batidos, se hacía poco daño. Seis piezas de las cuarenta que había en el campo del Emperador reventaron este día; una de ellas mató cinco soldados españoles y hirió dos. Los enemigos se daban tanta priesa a tirar, cuanto ellos veían que era menester para desalojar al Emperador, y así no se veía otra cosa por el campo sino balas de cañón y culebrina. Daban junto con esto los herejes voces con una furia infernal, finalmente, ellos echaron este día (que fue 30 de agosto) setecientas balas dentro del alojamiento, que tantas se hallaron, y no mataron más que diez y ocho hombres, y los dos fueron de la guarda de Su Majestad. Y con esta furia y el nunca cesar, no hubo escuadrón que se moviese; y no sólo escuadrón, mas ni un soldado se movió de su lugar ni volvió la cabeza a mirar si había otro más seguro puesto que el que teñía. Ya había durado el batir de los enemigos siete o ocho horas sin cesar, y cuando pareció que estarían cansados de tirar y que tomaban otro disignio, y no venir a combatir viendo que estaban tan conformes, más de lo que habían pensado; lo cual conociendo el Emperador y que ya comenzaba a haber flojedad en ellos, mandó que la gente de a caballo fuese a su alojamiento, y que todos estuviesen aparejados, para que si fuese necesario volviesen a las trincheas. Estaban dentro del campo cerrado a caballo, aunque había trincheas delante, porque como no se habían labrado más de la primera noche, estaban tan bajas por algunos cabos que fácilmente se podían atravesar, y la gente de a caballo estaba puesta donde las trincheas faltaban, y por donde los enemigos podían entrar con su gente de armas. Allí estaba la imperial, de manera que en el campo imperial estaban aparejadas por aquella misma orden que entendían que los enemigos habían de venir a los combatir. Todo el tiempo que los enemigos batían, había tenido el duque fuera de las trincheas algunos arcabuceros españoles, los cuales escaramuzaban con los contrarios que estaban en guarda de su artillería, digo de la que habían traído a la parte del pantano, junto a una casa grande y aparejada para defenderse. Esta estaba seiscientos pasos de las trincheas del campo imperial. Los enemigos la tomaron y proveyeron de arcabuceros, y desde allí defendían su artillería, que estaba delante de la casa, hacia las trincheas. Así que en un mesmo tiempo los enemigos batían y los soldados escaramuzaban, y aflojaba su artillería, y dejaba de batir, habiéndolo hecho nueve horas, y así se comenzaron a retirar más cerca de la casa y del río pequeño que dije, donde había unos molinos, junto a los cuales, y por el río arriba, habían asentado sus pabellones y tiendas 259

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haciendo una trinchea a toda su artillería, en el mismo lugar que aquel día habían tenido, salvo la que estaba a la parte del pantano, que la retiraron más hacia la casa, y así estuvieron en aqueste sitio con sus escuadrones tendidas por la campaña, hasta que anocheció, que se redujeron a donde tenían asentado su campo, el cual tenía el asiento de manera que la una punta, que estaba hacia el pantano, estaba a ochocientos pasos del campo imperial, y la otra de su mano izquierda estaba más lejos, a dos mil y quinientos pasos. Aquella noche, estando Lantzgrave cenando, tomó una copa, y, según la costumbre de Alemaña, bebió y brindó a Xertel, diciendo estas palabras: «Xertel, yo brindo a los que hoy ha muerto nuestra artillería.» A las cuales palabras, Xertel respondió: «Señor, yo no sé los que hoy hemos muerto, mas sé que los vivos no han perdido un pie de su plaza.» Díjose que aquel día había sido Xertel de parecer que se combatiesen las trincheas del campo imperial, y que Lantzgrave no había querido; y dicen que lo miró bien, y que, como por lo que aquel día habían hecho lo podían ver, que con ser tan furiosa la batería, no sintieron flaqueza en los imperiales, antes cuando más espesas andaban las balas salían a escaramuzar, que la gente que el Emperador tenía era tal, que con grandísima dificultad los echaran del alojamiento. Ansí que el consejo de Xertel más era atrevido, y aun temerario, que prudente. Habiendo, pues, tirado los enemigos este día novecientos tiros de cañón y culebrina, llegada la noche se proveyó por el duque de Alba que todos los carros del campo trajesen fajina para levantar los reparos de las trincheas, y todos los soldados por sus cuarteles labraban, de manera que otro día amaneció el campo tan fortificado, que se podía estar detrás de los reparos a la defensa muy seguramente. Juntamente con esto hizo el duque alargar la trinchea aquella noche, tomando mucha parte de la campaña hacia los enemigos, por la parte que los españoles estaban fortificados de la misma manera, y la parte del campo que el día antes había estado abierta se puso en más seguridad. Aquel día los enemigos dejaron descansar su artillería y echaron algunos arcabuceros sueltos para provocar a los imperiales que saliesen a escaramuzar, y así se hizo; porque salieron hasta ochocientos arcabuceros españoles, los cuales escaramuzaron en aquella campaña rasa, y fue la escaramuza de manera que los enemigos fueron forzados de sacar mil caballos en favor de sus arcabuceros, y éstos vinieron en tres escuadrones. El primero sería de cien caballos, los cuales venían a la deshilada, sueltos y esparcidos; los otros venían en su orden, uno en pos del otro.

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Los arcabuceros españoles estaban trecientos o cuatrocientos derramados, y en su retaguardia los demás, que serían quinientos. Los cien caballos de los enemigos, que venían sueltos, embistieron con los primeros arcabuceros, confiados en que el campo era raso, donde por la mayor parte suelen tener ventaja los caballos a la gente de a pie; mas los españoles los recibieron de manera que los hicieron volver huyendo, y así, tuvieron necesidad de que el segundo escuadrón, que traía un estandarte amarillo, viniese a socorrellos cargando en los arcabuceros; mas ellos les dieron una rociada tan espesa, que le abrieron por medio, y volvió las espaldas como los primeros, cargándole siempre los arcabuceros. Vino el tercer escuadrón, que traía un estandarte colorado, que cargándole de la misma manera que a los otros dos, le abrieron y hicieron huir hasta dentro de sus trincheas, quedando muchos heridos tendidos por el campo, y muertos, cosa que el Emperador y todo el campo alabó y encareció como merecía la virtud y esfuerzo de los españoles. Así se acabó la escaramuza y también el día.

- XVIII Quiere el duque de Alba ganar una casa al enemigo. Aquella noche mandó el duque de Alba a los gastadores (los cuales eran bohemios, y serían hasta dos mil, y son los mejores del mundo) que labrasen una trinchea nueva, la cual partió y se tiró a la parte de la casa que tengo dicho que los enemigos habían ocupado, y hasta llegar a cuatrocientos pasos de ella, de manera que los mosqueteros de una parte y de la otra se alcanzaban, de suerte que el campo imperial ya llegaba a cuatrocientos pasos del suyo. Era esta trinchea ayudada de una cierta disposición de tierra, de manera que con lo que en ella se labraba, se llegaba b¡en a cubierto hasta la distancia que dije, que había desde ella a la casa que los enemigos tenían ocupada. La cual ellos también tenían fortificada con trinchea. La del Emperador tenía a cargo don Álvaro de Sandi con su arcabucería española. Obra era de que a los enemigos les pesaba harto viendo cuán a su despecho se llegaban cerca de ellos, y conocióse bien esto por los muchos cañonazos que contino allí tiraban.

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- XIX Proyecto fallido. En este tiempo, el duque de Alba, con orden del Emperador, tenía ordenado de enviar al marqués de Mariñano y a Madrucho con su regimiento, y a Alonso Vivas con su tercio, a degollar tres mil suizos que estaban alojados en el Burgo de Neuburg, los cuales habían dejado allí el duque de Sajonia y Lantzgrave en guarda de cierta artillería que allí estaba, y de la tierra; mas aquel día se habían venido a su campo por mandado de ellos, y así ceso la empresa, la cual hubiera buen efeto, porque ellos estaban de la otra banda de la ribera, y lejos de sus amigos, alojados en arrabales abiertos, y no con mucha guarda. El camino por donde habían de ir los imperiales era muy encubierto y con muy buenas guías, para él; la puente por do habían de pasar junto al campo y, finalmente, todas las como que para ello se requirían, muy bien proveídas.

- XX Baten el campo imperial con la mesma furia del día antes. -Peligro de la persona imperial. Mil balas se hallaron dentro del alojamiento. -Alonso Vivas sale a escaramuzar. Otro día (que fue último de agosto) los enemigos, en la misma orden que el primero, se pusieron en campo y sacando su artillería comenzaron a batir el campo imperial con la misma furia que el día pasado, aunque no acercaron todas las piezas tanto como el primero día, porque la trinchea nueva que el duque había sacado hacia la casa les hizo tener respeto, aunque por aquella parte no llegasen tanto con su artillería. La batería fue bravísima, y comenzada muy de mañana, y batieron por más partes que el primer día. El Emperador oyó misa este día en las trincheas, junto a un caballero que estaba enfrente de ellas contra los enemigos, y allí comió entre los soldados españoles de Lombardía y de Nápoles, y muchos caballeros comulgaron con gran devoción por el notorio peligro en que tenían las vidas. Los enemigos tiraban sin cesar, mas hacían muy poco daño, porque todos los soldados estaban a los reparos, y aunque algunas veces, había piezas que los pasaban, eran pocas. A donde el Emperador estaba murió uno, porque una pieza llevó una alabarda de las manos al que la tenía, y aquella alabarda mató a otro, que estaba cerca de él. Otra pieza de artillería pasó la tienda del Emperador, y la

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sala y cámara donde él dormía, que dentro de la misma tienda estaba hecha de madera. Habiendo los enemigos batido desde la mañana hasta las cuatro de la tarde, tanto que se hallaron mil balas dentro del campo imperial, y mataron sesenta hombres, ninguno de calidad, mandó al duque de Alonso Vivas que saliese con quinientos arcabuceros españoles de su tercio a escaramuzar con unos que los enemigos habían sacado fuera; y la escaramuza fue tan buena, que les ganó la primera trinchea, de dos que tenían, y después revolvió sobre los que estaban en la casa, escaramuzando con ellos hasta que ya era tarde, y habiéndoles dado muchos arcabuzazos, se retiró con muy buen orden a su campo. Esta noche se dio una arma a los enemigos bravísima, como fueron todas las que se les habían dado después que allí llegaron, de manera que los tenían tan desvelados, que teniendo los días en escaramuzas, las noches estaban puestos en arma, como entonces se sabía por los prisioneros, así que el ímpetu y furioso acontecimiento se comenzó a amansar, porque ya los traían tan recogidos, que sus caballos, que solían andar docientos pasos del campo imperial, reconociéndole, no se llegaban a él con mil y quinientos, porque los arcabuceros los tenían tan hostigados y apartados del real, cuyos reparos y trincheas estaban tan delante, y la que se llevaba hacia la casa, porque el Emperador los quería desalojar y echarlos del puesto que tenían, como lo hizo. Así, la trinchea se tiraba hacia la casa, la cual se ganaba con ella, y, ganada, batíase tan fácilmente todo el campo enemigo, que en ninguna manera podían dejar de levantarse.

- XXI Quiere el conde Palatino congraciarse con el Emperador. El conde Palatino del Rin quisiera jugar a dos manos en esta guerra, ayudando con la una a los luteranos, y ésta era la verdadera, porque lo era él y con la falsa engañar al Emperador. Había enviado a los enemigos su gente: trecientos caballos ligeros, todos muy ricamente aderezados, y agora él escribió al Emperador desculpándose; y entre las que daba, era una que enviaba aquella gente al duque de Witemberg por la amistad y liga que con él particularmente tenía muchos años había, y que no la había enviado contra Su Majestad, porque nunca tuvo tal pensamiento ni había tenido jamás, sino que el duque le hizo ir por fuerza al campo de los enemigos.

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- XXII Desafío de Martín Alonso de Tamayo. Siempre hubo escaramuzas en estos días, y algunas particulares de valientes soldados; una tengo obligación de decir, por haberla hecho un montañés honrado, y el hecho tan señalado, que don Luis Zapata, en el Carlos famoso y otras relaciones y libros le escriben, mas no con la particularidad que aquí diré, que fue: Martín Alonso de Tamayo, hidalgo de la montaña de Oña, y del lugar de Tamayo, cerca de aquel gran monasterio de San Benito, se hallaba en esta guerra y era arcabucero del tercio de don Álvaro de Sandi, con el cual se había hallado tres años en Hungría, y en la toma de Dura y otras jornadas. Este día, último de agosto, como el enemigo estaba tan pujante, mandó el Emperador echar bando, que nadie, so pena de la vida, saliese de las trincheas afuera, a escaramuzar, ni a otra cosa, por el peligro que podía haber, que suelen por una escaramuza revolverse los campos, y sin querer, darse y perderse las batallas. Fuera de las trincheas había un foso hecho de la tierra que habían sacado, y en él mandó el Emperador estar ciertas compañías de españoles arcabuceros, para que ojeasen los caballos enemigos, que se arrimaban a las trincheas. Un tudesco, alemán enemigo, que parecía un gigante filisteo, con mucha bizarría y soberbia, había llegado estos días (como se cuenta lo del gigante Goliat) a desafiar cualquiera del campo imperial que quisiese salir a pelear con él, diciendo contra las imperiales palabras afrentosas, y que su nación era la mejor y más valiente del mundo, y los españoles unos cobardes, y que lo haría conocer peleando con uno, y aún con dos, en aquel campo; y llegaba tan cerca de las trincheas imperiales, que se oía de ellas las palabras y blasfemias que el soberbio tudesco decía, de manera que de muchos era oído y entendido; mas ninguno salía, o por el bando que se había echado, o porque no parecía cordura salir a pelear con bestia tan disforme, y que, como desesperado, venía a jugar la vida. El se volvía dando la baya y aún haciendo otras descortesías que no se pueden decir aquí. El Martín Alonso dijo a sus camaradas, que aunque le costase la vida, él no había de dejar de salir y dar el pago que aquella bestia merecía. Tiraban al tudesco con los arcabuces; mas era tan suelto, que huía antes que llegasen las balas, y luego revolvía haciendo los visajes y mofas que las veces pasadas, y

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blandiendo la pica, desafiando con ella. El Martín Alonso estaba fuera de la trinchea del foso, que se había salida para hacer la dicha trinchea, y oyendo las palabras soberbias del alemán tan en afrenta de los españoles, no lo pudo sufrir, y dejando el arcabuz tomó una pica, que no era suya, y a gatas por el suelo se fue más de cuarenta pasos por no ser sentido de los españoles, y al cabo se levantó en pie, y le vieron las centinelas de su campo, que lo dijeron al Emperador, cómo aquel soldado se iba hacia el campo de los enemigos desarmado, con sola una pica arrastrando. El Emperador mandó que le llamasen, y le dieron voces diciéndole: «Soldado, volved acá.» Martín Alonso se hizo del sordo, y caminó adelante, y cuando se acercó al contrario hincó las rodillas en tierra y rezó encomendándose a Santa María, que él tenía por su abogada, con particular devoción; ésto hizo tres veces. El enemigo entendió que de miedo se le arrodillaba, y comenzó a burlarse del Martín Alonso, mas costóle caro la burla, porque hecha su oración el español se levantó, y con muy buen semblante se puso con la pica en orden para acometer al tudesco, el cual hizo lo mesmo. Diéronse dos recios golpes sin hacer presa; al tercero, que parece correspondió a las tres Avemarías que Martín Alonso había rezado, su pica hizo presa por bajo de la barbada, o en la gola de la celada o morrión del tudesco, tan reciamente, que embistiendo Martín Alonso con él, le hizo caer en tierra sin sentido, y como él era tan grande y estaba todo armado, dio tan gran golpe en tierra que quedó atormentado, y sin perder tiempo saltó sobre él Martín Alonso, y con la propria espada que el tudesco traía, le cortó la cabeza con grita y regocijo de los imperiales, que estaban a la mira. Asimismo le cortó las cintas de las armas, y le sacó del pecho una bolsa larga de un palmo en que había tres vasos que valían real y medio, y una mandrágora; tomó la bolsa, y la cabeza y espada, volviéndose con ella para su campo. Luego cargó mucha caballería de los enemigos, por donde Martín Alonso no pudo llevar la cabeza del enemigo, por correr mejor. La arcabucería del campo del Emperador, que estaba en el foso de fuera las trincheas, dispararon contra la caballería enemiga, y los hicieron retirar, y como Martín Alonso se vio libre de ellos, volvió por la cabeza del tudesco, que por defenderse de los caballos había dejado, y la trajo con la espada, y la bolsa que le había quitado, y llegó con todo a la trinchea saliéndole a recibir y abrazar muchos soldados y capitanes que le daban el parabién de la vitoria Martín Alonso se presentó ante el Emperador pidiéndole merced de la vida, que por haber quebrado el bando y salido del foso sin orden a pelear, tenía perdida. El Emperador, con enojo, le mandó confesar y que le cortasen 265

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la cabeza. Suplicaron por él los maestros de campo y muchos caballeros y capitanes, diciendo que semejante hazaña era digna no sólo de perdón, pero de grandes mercedes, pues había sido otro David con el gigante Goliat. Con todo esto, el Emperador estaba duro, y los nueve mil españoles casi en propósito de no consentir que no le quitasen la vida. Sintió el Emperador la indignación de su gente, y como príncipe cuerdo disimuló, y dijo que perdonaba a Martín Alonso; mas fue este perdón de manera, que Martín Alonso se tuviese por seguro; y por esto, agraviado de no se ver premiado conforme a sus servicios, que los tenía hechos bien señalados, acabada esta jornada se retiró a su casa mal contento, como sucede por muchos buenos, y acabó en ella con la pobreza ordinaria de la montaña.

- XXIII Vuelven otra vez los enemigos a batir el campo. -Los enemigos alzan el campo a 1 setiembre. Otro día de mañana, bien temprano, comenzó la artillería de los enemigos a batir el campo imperial, mas ya la mayor parte de sus piezas tiraban de más lejos. Esa furia en el tirar duró hasta mediodía y cesó hasta la tarde, que tornaron a dar otra muy buena rociada. Fueron tantos los tiros que en estos días los enemigos dispararon, que sin las balas que quedaron perdidas, y las que no entraron en el campo, que serían hartas, solamente de las que se recogieron en la tienda del capitán de la artillería, se hallaron mil y setecientas balas gruesas. No cesaban las escaramuzas, y de noche pagaban los imperiales a los enemigos los malos días que de ellos recebían, y esta noche les dieron una encamisada y arma tan ardiente, por la parte de la casa, que les hicieron estar desvelados toda la noche en peso, con las armas y campo en orden. Esto era tan ordinario, que nunca faltaban sus escuadrones de la plaza, y la trinchea del campo imperial estaba tan cerca, que el salir de ella era entrar en la del enemigo. Habían ya perdido allí muchos caballos y muchos soldados muertos y heridos, y demás de esto, la caballería imperial les hacía notable daño, salteándoles las vituallas por todas partes, y con esto pasaban muy gran trabajo. Nunca los dejaban estar sosegados, sino de noche y de día sus caballos e infantería puestos en escuadrón, de manera que ellos determinaron de levantarse de allí, viendo que no les convenía otra cosa. Y aquella noche del primero día de setiembre pasaron el río pequeño la artillería gruesa y carruaje con tanta diligencia, que otro día antes que

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amaneciese no se veía tienda en todo el campo, sino solamente sus escuadrones, que comenzaban a pasar el agua que tengo dicha, aunque ya toda su infantería era pasada, porque esta era la que ellos echaban delante, y toda la caballería en trece o catorce escuadrones con algunas piezas de campaña que quedaron en retaguardia. Con esta orden caminaron la vuelta de Neubeurg; y a los cuatro de setiembre, el Emperador envió algunos caballos ligeros a reconocer bien el camino que los enemigos tomaban, y él, con el duque de Alba y algunos caballeros, fue a ver la orden que llevaban, la cual era esta que digo, que era la artillería gruesa delante y luego la infantería, y tras ella la caballería. Era hermosísima cosa ver los campos llenos de gente, grandes escuadrones de infantería, y los altos cubiertos de escuadrones de caballos. Con esta orden, en dos alojamientos, llegaron a Neuburg. No quiso el Emperador salir a la batalla porque no tenía tantos caballos como los enemigos, que para puestos llanos son muy importantes, y era poner y arriscar a una ventura con mucha reputación, y negocio de tanta importancia. Esperaba la venida del conde de Bura, de quien ya tenía aviso que venía con seis mil caballos y quince mil infantes. Esta jornada diré agora, con otro caso espantable que sucedió en Malinas, ciudad muy principal de Flandres, donde se crió algunos años el Emperador con su tía la princesa madama Margarita.

- XXIV Notable incendio en Malinas. A 7 de agosto de este año 1546, en la villa de Malinas, del ducado de Brabant, tenían en una torre de los muros, cerca de la puerta Necherpolian, gran cantidad de barriles de pólvora. La torre era antigua y tenía algunas aberturas, como suelen hacerlo los edificios viejos. Llamábase Santporta, que quiere decir puerta arenosa. El edeficio de esta torre, por de dentro, era de fuertes bóvedas de cantería. Estaba la pólvora en setecientos barriles en la parte más honda de la torre. Habíase recogido aquí por mandado de la reina María, para gastarla en esta guerra. Vivía dentro de esta torre una pobre mujer vieja, que por limosna le había dado la ciudad que se recogiese allí. Esta mujer, movida de algún buen ángel, consideraba el peligro en que la pólvora estaba por cosa de las quiebras que la torre tenía, que podía por ellas entrar alguna centella y pegar en la pólvora.

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Dio muchas veces memoriales de esto al regimiento y justicia de la villa; no hicieron caso de ellos, como vemos que agora se hace, y más si son pobres los que los dan. Como la vieja vio que no se hacía caso de sus memoriales, tomó su ropilla y salióse de la torre, y fuese a vivir a otra casilla que buscó. Sucedió que en el mesmo día que la vieja se salió de la casa y torre, comenzó a tronar reciamente y echar relámpagos el cielo; esto fue por la tarde, cuando la vieja llevaba su ropa. A las once de la noche volvió a tronar y relampaguear, cayó un rayo con tan mal olor de piedra azufre pestilencial, y entrando el fuego de los relámpagos por los resquicios de la torre encendieron la pólvora. La torre, que era de extraña grandeza, se levantó desde los cimientos en alto como si fuera un ligero copo de lana (tanta es la fuerza de este infernal instrumento) levantada con esta violencia; reventó en el aire antes de caer en tierra, y las piedras y sillares volaron por el aire con tanto ímpetu y violencia como sale una bala de un grueso cañón. Dio la multitud de piedras sobre las casas de la villa y derribó docientas casas, arrancándolas hasta los cimientos. A la otra parte fuera de los muros, que estaban los arrabales, derribó otras docientas y más casas de la misma manera: otros muchos edificios quedaron atormentados; no hubo vidriera en los templos y casas que no se hiciese pedazos; hasta las puertas y ventanas, que estaban cerradas, con sola la violencia del aire se abrieron, haciéndose pedazos. No quedó teja sana en los tejados, las arcas, cofres y escritorios se abrieron de la misma manera, arrancando las cerraduras, y todo esto fue con tanta brevedad, que casi no se pudo percibir más del daño ya hecho. Murieron, de todo género de gente, más de quinientas personas; quedaron heridos más de dos mil, no quedó casa en la villa que no padeciese algún daño notable. Y lo que más admirable es, que muchos que estaban ya acostados, con el bravo estruendo se levantaron corriendo a las ventanas para ver qué cosa era, y las piedras que venían volando, con el ímpetu furioso de la pólvora, les llevaban las cabezas y lo que alcanzaban como si fueran balas de gruesos tiros; otros, con sólo el aire que les daba, caían sin sentido. En muchas casas el marido lloraba la desdichada muerte de la mujer o hijos; en otras, al contrario, que no había cosa con la repentina calamidad sino lágrimas y espanto, que los más no sabían qué era, ni se entendían, ni había ánimo ni aliento sino para llorar su desventura. Pensaron algunos que era el día ultimo del mundo, y no se engañaban mucho, porque semejante y peor mucho será. Sucedieron casos notables, que un muchacho venía de la plaza con una luz en la mano, y un sillar de los que iban por el aire le cogió como si sentara el mozuelo en él, y lo llevó gran trecho, sin le hacer daño más que perder el sentido, y así le hallaron sentado sobre la piedra.

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Muchos, abrasados con la pólvora, quedaron tan desfigurados que parecían negros de Etiopía, y sus propios no los conocían. En una taberna donde se vendía cerveza, estaban dos segadores jugando y bebiendo. Había bajado la tabernera a la cuba a sacarles cerveza, y cuando subió al ruido, halló a estos hombres muertos sentados a la mesa como les había dejado, y los naipes en las manos. Ocho días tardaron en sacar cuerpos de los que habían muerto en las ruinas de las casas, y algunos mal heridos. Hallóse un hombre desnudo metido entre dos paredes. Este preguntaba con muchas lágrimas si era aquella la fin del mundo, y si venía Cristo al juicio universal. Sucedió, como dicen en un abrir y cerrar de ojo todo lo que he dicho; lo restante de media noche adelante quedó el cielo claro, y limpio el aire y sereno, andando la justicia y regidores con hachas y teas encendidas por la ciudad para socorrer a los que pudiesen, y la ciudad toda llena de llantos y lástimas. Sacaron los muertos sin poder conocer quiénes eran unos o otros, y juntos los enterraron en el cimenterio de San Pedro. Estaban algunos cuerpos tan hinchados y negros, que causaban horror. Fue tal la plaga que esta villa padeció, que de todo el ducado de Brabante venían a verla como cosa espantosa y notable. Y no paró en esto el mal; que fuera de los muros de la villa, de la gente de los arrabales que estaban cerca de la torre, murieron más de mil y quinientas personas, que las voló la pólvora, y hallaron a muchos por el campo, otros colgados de los árboles. Hallóse una mujer preñada, muerta en tempestad, y abriéndola sacaron del vientre una criatura viva, que antes de expirar recibió el bautismo. Otra mujer, yendo a cerrar un aposento de su casa, la fuerza del aire la arrancó la cabeza, y dio con ella un tiro de ballesta. Y se notó mucho que una mujer con quien estaba junto en mal estado un ministro de justicia, la hallaron en carnes colgada por sus cabellos de un árbol, y las tripas de fuera hasta el suelo, que ponía asco y espanto. El foso hondo de la ciudad a docientos pasos de una y otra parte de la torre, se secó y cubrió de tierra, quedando tan igual como el llano. El muro donde la torre estaba en la misma distancia de ambos lados, quedó sentido y quebrantado; tenía el foso más de una pica de agua de hondo. Sacó los peces fuera del agua buen trecho en la tierra, arrancó infinitos árboles, y los llevó mucha tierra lejos de su nacimiento, haciendo hacinas de ellos. Abrasó la hoja de otros que no estaban tan cerca, y parecerá duro de creer, aunque fue sin duda, que los árboles que solamente perdieron la hoja y la fruta, con ser agosto, volvieron a echar nuevas hojas y flores y fruto, y maduró algo de ello en este mesmo otoño.

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El autor de quien saqué esto, dice que él leyó en la iglesia de San Pedro, donde sepultaron los que en esta tempestad murieron, que estaban escritos, antes que los calvinistas derribasen las iglesias de esta villa, unos versos numerales que dicen el año, el día y la causa de esta tempestad, así: TVrres ContrItae LaCerant VI pVLVersIs aedes. septena AVgVsti FVlgVre MeCLinlçae. - XXV El trabajo y peligro con que el conde de Bura, con la gente de Flandres, vino a juntarse con el Emperador. Piden las historias alguna variedad, pues se escriben para doctrina; volviendo, pues a la guerra, he de decir el camino dificultoso que Maximiliano Egmondio, conde de Bura, trajo con su gente para juntarse con el Emperador, que no esperaba otra cosa para dar la batalla a Lantzgrave. Púsose en camino el conde de Bura, cuando los luteranos daban la batería al campo imperial, como dije. Alojáse el primero día desde Aquisgrán en Andernaco, donde se le juntaron los españoles y italianos que habían servido en la guerra que el rey de Ingalaterra trajo con Francia, de la cual se habían apartado. Concertándose, como dije, de Adernaco fueron a Confluencia, pasada la Mosa, asentaron cerca de Tubinga. Aquí supo el conde cómo le esperaba para impedirle el paso riberas del Rin, no lejos de Francfordia. El conde de Aldemburg, con veinte y una banderas de gente escogida, y Federico Riembergo con diez banderas, estaba en el paso de Casella, frontera de Maguncia, en la ribera del mismo Rin, y el conde de Bichlingi, con cinco banderas, frontero de Oppenheinij, de manera que toda esta gente se había fortificado en pasos donde forzosamente había de venir el conde de Bura, por cerrárselos, y quitarle que no pudiese juntarse con el Emperador, que sabía cuánto les importaba. Mas el conde, usando de una militar y discreta estratagema, los burló a todos, y hizo huir y desamparar las puestos que en el río tenían. Mandó que diez banderas de infantería, con docientos caballos y muchos atambores y trompetas, pasasen secretamente de noche sin hacer estruendo, de manera que no fuesen sentidos de la otra parte del río Rin, y otro día de mañana, puestos en diversos lugares, comenzaron con grande estruendo a tocar los atambores y trompetas, las banderas tendidas con gran demostración, y caminando despacio, haciendo muestra de que todo el ejército había pasado el río Sabo, y los rebeldes creyeron que toda la gente que el conde traía era aquella que había pasado el río, y llenos de miedo desampararon los puestos que tenían a la ribera del Rin, y caminaron para 270

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Francfordia. Luego el conde de Bura, viendo el paso desembarazado, pasó su gente, parte de ella por Binga y parte por bajo de Maguncia, donde pudo hallar barcas para ello, ayudando a esta diligencia el arzobispo de Maguncia, y hízose todo tan bien, que sin pelear ni perder un hombre pasó el conde, y fue en seguimiento de los enemigos, que se habían retirado camino de Francfordia, y asentó el real a vista de la ciudad, donde estuvo una noche, y quemó un molino de papel que estaba cerca de los muros, sin salir nadie de la ciudad. Otro día levantó las banderas, y llegó a (...). Armóle una emboscada un capitán llamado Reimbergo cerca de Francfordia, pensando coger al conde en ella; mas fue descubierta por los caballos ligeros, que iban delante corriendo la tierra, y ojearon la gente de la celada con la artillería que echaron delante. Siguió el conde su camino seguro. Otro día, bien de mañana, salió con su campo de Mildeburgo y vino a Norimberga, y poco arriba de Nimaro asentó el real; halló por su dinero en todos los lugares de este camino los bastimentos que hubo menester. Caminó de esta manera el conde de Bura con mucho tiento y prudencia, hasta que tuvo aviso que los enemigos venían a toparse con él, y temióse, porque la gente que traía era muy poca en respecto de tanta multitud, y demás de esto venían muy cansados de tan largo y continuo camino; quiso que su gente descansase tres días, considerando en este tiempo lo que fuese más conveniente. Pasados los tres días, en el cuarto, antes que amaneciese, con grandísimo silencio, puestos todos en orden, caminaron, y dejando burlado al enemigo se metió en un monte cerca de Ingolstat. Y venida la mañana, puestos todos en orden, repartidos en tres escuadrones, fue marchando a juntarse con el campo imperial, al cual llegó a 15 de setiembre con siete mil caballos, tres mil del marqués de Brandemburg, y cuatro mil borgoñones, flamencos, güeldreses y frisones, y veinte y cinco mil infantes, toda gente muy lucida, bien armada, y más cuatrocientos escudos que llevó en particular el conde de Bura. Fueron recibidos con mucho contento del Emperador y de todo su campo, haciéndose de una y otra parte unas solemnísimas salvas, y toda la nobleza del campo imperial visitó el conde, dándole mil loores por su buena diligencia. Ya no se temía al enemigo, aunque en estos días le habían llegado de socorro que las ciudades y señores luteranos enviaban dos mil caballos y veinte mil infantes, de suerte que había en los dos ejércitos, que estaban a dos leguas uno del otro, y se veían en cinco leguas de tierra, ciento y cincuenta mil infantes y veinte y cuatro mil caballos, todos o los más soldados viejos y muy grandes capitanes, y con determinación de venir a las manos. Fue muy loable la gran diligencia del conde de Bura, que en tan pocos días, con un ejército de tanta gente y tantos embarazos como trae un campo 271

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consigo, y la contradicción que tuvo de enemigos, pasos dificultosos, emboscadas y temores, todo lo venció la buena diligencia del conde, y su gran industria y valor, y así los estimó y agradeció el Emperador. Tardó catorce días en el camino.

- XXVI No se sabía el camino que el enemigo llevaba. -Engaño del enemigo. -Asientan en Tonabert. Después que Lantzgrave y el duque de Sajonia se habían apartado del Emperador, con pensamientos (a lo que se dijo) de salir al camino a toparse con el conde de Bura, estuvieron en Neuburg dos días, de donde vinieron al Emperador diversos avisos, porque unos decían que los enemigos pasaban el Danubio para entrar en Baviera; otros, que iban a Tonabert. Determinó el Emperador de esperar a ver el designio que tomaban, y al cabo de dos días partieron con su campo, y en dos alojamientos fueron a Tonabert, dejando en Neuburg tres banderas de infantería para defender la tierra. Este fue otro yerro grandísimo que ellos hicieron, porque tenían allí un alojamiento fortísimo con muy gran comodidad de agua y leña, y muchas vituallas, y señores del río por el puente que Neuburg tiene sobre ella, y muchas aldeas para forraje de sus caballos. Tenían el paso libre para correr toda Baviera superior hasta Mebeque; tenían asegurado el paso de Lico, que es el río de Augusta, con la villa de Rain, que de allí tenía tomada, la cual estaba segura, porque para ir allá habían de dejar los del Emperador a Neuburg a sus espaldas. El campo del Emperador no podía ir a Augusta sin que ellos llegasen primero, ni a Ulma tampoco, porque ellos estaban en el paso; mas ellos, no mirando todas estas cosas, o por ventura teniendo respeto a otras, se levantaron de aquel alojamiento y fueron al de Tonabert, haciendo este yerro, que al parecer de muchos fue grande. Habiendo estado en Tonabert el duque de Sajonia y Lantzgrave dos o tres días, Lantzgrave fue sobre una villa del duque de Baviera, que es dos leguas de allí, llamada Lembiguen, la cual se le rindió y él metió comisarios dentro para las vituallas, y habiendo hecho esta empresa, se volvió a Tonabert, a donde tenía su campo en un sitio fortísimo. En todo esto, Lantzgrave escribió a las ciudades muchas cartas, dándoles cuenta de todas las cosas que pasaban, encareciéndoles de manera que daba a entender haber hecho mucho más de lo que había hecho, engrandeciendo las escaramuzas y muertes, y prisiones muy principales, y todo esto fingía porque al cabo de sus cartas siempre enviaba a pedir dineros, lo cual no sería muy agradable a las ciudades, porque ya se acercaba el término en que había

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prometido que había de echar de Alemaña al Emperador o prendelle, y veían que no llevaba el negocio tales términos.

- XXVII El Emperador sale a ver la gente que trajo el conde de Bura y quiere seguir al enemigo. Pónese el Emperador en peligro de hacer lo que era de un capitán ordinario. -Pasa el Emperador el Danubio y alójase media legua de Ingolstat, y camina el campo diferentemente. -Ríndese al Emperador Neuburg. En estos días vino aviso al Emperador cómo Lantzgrave había ido sobre Bendiguen, y que aquél era el camino para ir a encontrarse con el conde de Bura, y que así se afirmaba en el campo de los enemigos. Y el Emperador envió algunos hombres pláticos de la tierra, avisándole del camino que había de tomar, para que, apartándose de los contrarios, pudiese con seguridad venirse a juntar con él, y ya que esto no pudiese ser, seguir al enemigo, y tomalle en medio. Pasaron el Danubio diez o doce mil infantes, y algunas piezas de artillería, y hecho un fuerte sobre el río Lico, junto a Rin, los alojaron allí de manera que ellos se pusieron como hombres que querían hacer cabeza de la guerra en el sitio que habían tomado; porque con el paso del Lico aseguraban lo de Augusta, y con el de Tonabert sobre el Danubio, aseguraban lo de Ulma. Ellos, contentos con esto, se estuvieron quedos, y afirmaron muy despacio en aquel alojamiento, y en este tiempo, esperando el Emperador en Ingolstat, llegó el conde de Bura, como queda dicho. El Emperador salió a la campaña a ver la gente que el Conde traía, que era muy escogida, así la de a pie como la de a caballo, y habiendo reposado dos días, determinó el Emperador de seguir a los enemigos, y acordó que fuese yendo primero sobre Neuburg, lugar proprio de Lantzgrave, porque no era razón dejar esta tierra, que era fuerte y bien proveída, a sus espaldas, especialmente estando sobre el Danubio, que es una ribera tan principal, y que tanto importaba al un campo y al otro. Por lo cual, quiso el Emperador mismo ir a reconocer aquella tierra, y tomando consigo la caballería ligera y alguna parte de la arcabucería española, se partió de Ingolstat muy de mañana, y llegó a Neuburg a buena hora, adonde anduvo reconociendo la tierra, y para hacello mejor se apeó, y el duque de Alba con él; en el cual tiempo, los enemigos tiraban hartos golpes de artillería menuda y arcabuces.

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El Emperador se puso en este peligro, como si fuera un capitán particular, y habiendo reconocido aquella tierra, volvió a Ingolstat, y otro día mandó levantar el campo y que se echasen las puentes sobre el Danubio, que con la que había de la misma tierra eran tres; de manera que en un mismo tiempo pasó el ejército, y se alojó media legua de Ingolstat, camino de Neuburg. Desde este día en adelante caminó el campo con diferente orden que hasta allí había caminado, porque hasta aquel tiempo iban repartidos en dos partes, que eran avanguardia y batalla. La causa de esto era ser el número de la gente tan pequeño, que si se hiciera retaguardia cualquiera parte de estas tres, fuera tan flaca que ninguna de los enemigos dejara de ser más fuerte que ella, por ser tan superiores en el número de gente, y por esto la avanguardia y batalla (que cada una de ellas era de dos escuadrones de infantería y dos de caballería) iban más fuertes, para lo que pudiese suceder. Mas como creció el ejército con la venida del conde de Bura, hubo para hacer el tercio del ejército, y así el conde de Bura una vez iba en avanguardia, con el duque de Alba; otras, cuando le cabía, llevaba la retaguardia, y otras veces el maestro de Prusia y el marqués Alberto. De esta manera, en dos alojamientos, llegó a media legua de Neuburg, donde el mismo día, dos horas después de comer, vinieron los burgomaestros de la villa (que así se llaman los gobernadores de las tierras de Alemaña) y dijeron que darían el lugar debajo de ciertas condiciones. El Emperador los remitió al duque de Alba, que les dijo que si dentro de una hora no se daban a merced de Su Majestad, que se diesen por respondidos y que no curasen de volver más. Ellos hallaron que les convenía hacerlo así, y antes que la hora pasase, hicieron el acto de la entrega de parte de los capitanes que en ella estaban puestos por el duque de Sajonia y Lantzgrave. El rendirse fue a merced del Emperador, para que de los unos y de los otros hiciese lo que fuese servido. Fue gran cosa que un lugar tan fuerte y tan bien proveído, y tan cerca del socorro que le podía venir, y teniendo la puente ganada de la misma tierra por donde el socorro podía venir, rendirse así; túvose en mucho. El lugar fue saqueado, aunque no con voluntad del Emperador.

- XXVIII Cuán acertado anduvo el Emperador en esta guerra. -Mostróse el Emperador más clemente que severo.

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Ya en este tiempo los enemigos habían desamparado a Rain; solamente sostenían el fuerte que habían hecho sobre el Lico. Antes de esto, había habido muchos pareceres que el Emperador no debía ponerse sobre Neuburg, por ser tan aparejada para ser socorrida y defendida. Mas al Emperador pareció hacerlo así; lo cual sucedió tan bien como se ha dicho, que en pocas cosas erró este príncipe. Rendida esta tierra, el duque de Alba, por mandado del Emperador, hizo entrar dentro en la villa dos banderas de tudescos, y la gente de guerra que estaba en ella fue metida aquella noche en una isla que hace el río junto al castillo. Otro día, Su Majestad, con la orden que en el día antes había traído, se vino a alojar en las huertas y arrabales de Neuburg. Allí fueron quitadas las armas a los soldados que habían salido de ella, y aunque pudiera el Emperador quitarles también las vidas, que, como herejes y rebeldes a su príncipe tenían perdidas, más quiso mostrar clemencia que severidad. Y tomándoles juramento que no servirían contra él, les mandó dar licencia. También la dio a los capitanes, habiéndoles mandado decir que no los castigaba porque sabía que, como hombres engañados, habían venido a hallarse en aquella guerra. Ellos dijeron que no solamente engañados, mas que por fuerza habían sido traídos a ella.

- XXIX Muestra del ejército imperial. -Parte el Emperador en busca del enemigo. -Reconoce el duque de Alba a los alojamientos del enemigo, y dónde poder alojarse el Emperador. -Quiere el Emperador sacar el enemigo de su alojamiento, que era fuerte. Habiendo estado el Emperador tres días en el alojamiento de Neuburg, y hecho muestra general del ejército, en el cual se halló número de ocho o nueve mil caballos, y veinte y nueve mil infantes, que aunque era más el nombre faltaban algunos, así por heridos y muertos como por otras enfermedades. Después de recibido el juramento de fidelidad de la villa y tierra, y puesto en ella gobernador, se partió en busca del enemigo, porque su intención era verse con él en lugar igual, que se pudiese combatir. Así deseaba acercársele, y por eso determinó de pasar el Danubio por la puente de la villa, y por otras que allí se hicieron, y ir la vuelta de Tonabert, donde, como dije, los enemigos estaban haciendo cabeza de aquel sitio para toda la guerra. Llegó el Emperador en dos alojamientos a asentar el campo a una legua pequeña del de los enemigos, en un lugarejo que se llama Marquesen. Había desde allí a Tonabert lo que tengo dicho. El camino era poco, mas cuanto a la

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posibilidad de poderse hacer, la distancia era mucha, por ser todo un bosque espesísimo, y no había sino dos o tres caminos, que por cada uno no cabía más que un carro. Y esta espesura comenzaba desde el campo imperial y acababa junto al enemigo, y tomaba desde el río Danubio, que estaba junto a la mano izquierda, y iba tornando a la mano derecha, y prosiguiendo siempre paraba en una villa que estaba dos leguas del campo imperial, llamada Monhan. Mandó el Emperador reconocer estos bosques, y vióse con cuánta dificultad podía un campo caminar por ellos; mas queriéndose acercar a los enemigos, parecióle que, habiendo disposición cerca de su campo de poderse alojar, que haciéndose señor del bosque, con la arcabucería se podía pasar. Y por esto mandó al duque de Alba que reconociese la disposición que había para poner el campo entre el de los enemigos y el bosque; y así, el duque de Alba fue otro día con alguna caballería de arcabuceros, que repartió por el bosque en las partes que convenían, y él con algunos pocos que apartó pasó adelante, hasta llegar donde se acababa, que era tan cerca de la trinchea de los enemigos cuanto un tiro de sacre. El duque tomó consigo cuatro o cinco, y a pie salió un poco fuera del bosque en lugar donde veía muy bien todo el sitio de los enemigos; los cuales estaban tan atentos en labrar, que no tuvieron cuidado de tirar allí, si bien tiraban a otras partes. El sitio que ellos tenían era de esta manera: el bosque, que estaba entre el campo imperial y el enemigo, se llegaba tan cerca de ellos, que no había en medio sino un raso, que tenía de ancho cuatrocientos o quinientos pasos. Acabado este llano, comenzaba una descendida harto áspera, y luego una subida de la misma manera. En lo alto de la subida, por toda la frente de ella, a la larga de como iba el valle que hacía esta subida y descendida, tenían los enemigos hechas sus trincheas y reparos, los cuales iban hasta que por su mano izquierda se juntaban con el bosque; por aquella parte se tornaban a juntar con su campo. De manera que en la delantera servía de foso el valle que tengo dicho, y a su mano derecha se fortificaba con el Danubio, y las espaldas con la villa de Tonabert y el río Prías, que junto a ella entra en el Danubio. De esta manera estaban los enemigos alojados. Para alojar el Emperador su campo no había lugar, porque demás de ser el espacio que había entre el bosque y el campo de los enemigos tan estrecho que era imposible alojar ninguna parte del campo imperial, no había algún medio de tener agua, así por no habella en todo el bosque como por ser la descendida al Danubio muy difícil y áspera, y juntamente con esto, aquel poco espacio que había, donde cuatro banderas no se podían alojar, cuanto más el

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campo, que era todo descubierto de su artillería, estando el suyo muy cubierto de la que contra ellos allí se pusiese. Con esta relación volvió el duque al Emperador, y viendo que por allí no era posible acercarse al enemigo por las causas dichas, comenzó el Emperador a pensar qué orden se tendría para sacar al enemigo de su alojamiento, porque estar ellos allí y el bosque en medio, era nunca llegar la empresa al cabo, y que la guerra fuese muy más a la larga, y así, se acordó que caminase el campo a la mano derecha, la vuelta de la villa que se dice Bendiguen, dejando los enemigos a la mano izquierda. Tenía el Emperador, demás de haber andado por Alemaña muchas veces y tener entendido parte de ella, una descripción universal de todo muy diligentemente hecha, la cual había tanto estudiado, que verdaderamente comprendió el sitio de las villas, y tierras donde están asentadas, con las distancias de las unas a las otras, que más parecía que las había andado personalmente que no que las había visto en pintura, y así tuvo siempre opinión que yendo con su campo sobre Bendiguen venía a estar alojado junto a Norling, y puesto allí estaba en tierra de muchas vituallas, y a las espaldas de los enemigos el sitio aparejado por quitalles todas las que de aquella parte les venían.

- XXX Escaramuzas que hubo entre los dos campos. -Toca la gota al Emperador, pero no deja la guerra. -Qué orden se guardó siempre en el marchar. -Sobresalto en el campo imperial, que venía el enemigo. -Embaraza el poder ver a los enemigos una niebla grandísima. -La diligencia grande que pusieron en caminar los rebeldes. -Nota lo que dijo el Emperador al duque de Alba diciendo que parecía que los enemigos querían la batalla. -En qué orden se puso el campo. -El príncipe de Piamonte, general del escuadrón de la corte y casa imperial. Escaramuza el príncipe de Salmona con los enemigos. Entretanto que el Emperador se vino a resolver en esta determinación, siempre hubo algunas escaramuzas en aquel bosque, topándose los soldados de ambos campos, que salían a buscar lo que había en las aldeas y viñas que por él había; y también algunos caballos salían otras veces, aunque pocas; no fueron muchos los que murieron. Y el día que el Emperador había de partir, mandó levantar el campo de Marquesen, y con la orden acostumbrada, haciendo una niebla grandísima, se vino a alojar a Monhan, una villa del señorío de Neuburg.

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Otro día partió de allí, y vino en la litera, por estar tocado de la gota, y llegando cerca de Bendiguen, el duque de AIba envió los burgomaestros que se habían venido a rendir. Tuvo aviso el Emperador que parecían caballos enemigos en la retaguardia, por lo cual la mandó reforzar luego de alguna arcabucería, porque para la disposición del camino, éstos eran los más necesarios, y así, se pusieron en parte donde pudieron aprovechar si los enemigos hicieran otra provisión o diligencia, mas como no la hicieron, no fue necesario que se hiciese otra alguna. Aquel día se alojó el campo entre Bendiguen y Norling, guardando siempre esta orden: La vanguardia estaba en escuadrón hasta que llegaba la batalla, la cual, en llegando, hacía luego sus escuadrones, y alojábase la vanguardia, y la batalla esperaba que llegase la retaguardia, y, venida, alojábanse todos. Tal orden con sumo cuidado se tuvo en toda la guerra. Alojado, pues, el campo imperial en este alojamiento, se supo cómo el mismo día Norling había recebido dos banderas del duque de Sajonia y de Lantzgrave dentro en la villa, de lo cual se arrepintió bien después, según las disculpas que dio a Su Majestad, cuando se le rindió. En todo este tiempo no se supo que los enemigos hubiesen hecho mudanza más de haber puesto aquellas dos banderas en Norling aquella noche. Después de alojado todo el campo, se enviaron caballos ligeros a reconocer los caminos a la parte de los enemigos, de los cuales se entendió que habían comenzado a descubrir alguna parte de su infantería, y dos escuadrones de caballos y algún carruaje, mas no supieron entender el camino que llevaban. Referido todo esto, el Emperador mandó al duque de Alba que tuviese el campo en orden para cuando amaneciese. En este tiempo vino otro aviso, que los enemigos caminaban derechos contra los imperiales, y que estaban ya cerca. Esto era poco antes que amaneciese, y así, estuvo todo el campo apercebido para cuando viniese el día, el cual amaneció con una niebla tan oscura, que de ello a la noche había poca diferencia. Cabalgó luego el Emperador, y por tener la pierna derecha muy mala de la gota, llevaba por estribo una toca, como en muchos retratos le hemos visto pintado, y de esta manera anduvo todo el día. Después, yendo a la tienda del duque de Alba, almorzó en ella, y allí se ordenó que toda la gente de caballo y de infantería estuviese en sus escuadrones, y no esperar a ordenarlos después que la niebla se alzase; porque si los enemigos venían a combatir (como se decía), hallase la orden conveniente, y el tomasen otro camino y el lugar diera ocasión, se les presentase la batalla, la cual Lantzgrave tantas veces había prometido. A estas horas, la niebla perseveraba en ser tan oscura, que verdaderamente no sólo no 278

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se podían descubrir los enemigos, mas con estar muy juntos los escuadrones, no se descubrían el uno al otro. El Emperador estaba en la tienda del duque esperando el aviso que tendría de los enemigos, los cuales en este tiempo, ayudados de la niebla (que les fue harto favorable), prosiguieron el camino de Norling, y pasaron dos pasos, los cuales no pudieron ser descubiertos de los caballos del Emperador, ni los alemanes que el Emperador traía en su campo lo supieron avisar. Así que a estas horas, que serían las doce de mediodía, ya ellos habían pasado estos dos estrechos, y una ribera donde había un muy mal paso, y ganado la montaña por donde podían caminar hasta Norling, donde se podían defender muy bien de los que quisiesen ir contra ellos, porque así era la disposición de la tierra. Para ganar esta ventaja, ellos tuvieron harto tiempo, porque caminaron toda la noche, y después el día tan cerrado con la niebla, que les servía también de noche, y ellos caminaron con tan buena diligencia, que nunca tal se pensó de alemanes, que de ordinario suelen ser tardos y pesados. Eran ya las doce del día, cuando comenzó a levantarse la niebla, y los enemigos fueron descubiertos sobre las montañas, cerca de Norling, las cuales eran de sitio fortísimo para quien las ocupase. Había entre ellos y el campo imperial una ribera que en pocas partes se podía pasar, si no eran veinte caballos de frente, y la infantería por la puente era el agua hasta los pechos. Esta ribera tenían los enemigos delante de sí y de las montañas que habían ocupado, de la manera que estaba la parte por donde se les había de llegar bien dificultosa. El Emperador a esta hora tenía el campo puesto en orden, y el sol era ya muy claro, y andaba mirando los escuadrones con su toca por estribo. Andando así llegó a él el duque de Alba, que había ido a reconocer al enemigo y saber sus pensamientos; dijo al Emperador que parecía que los enemigos querían la batalla, que viese lo que era servido. A lo cual Su Majestad respondió, que en el nombre de Dios, que si los enemigos querían combatir, que él lo quería también. Estas fueron, en suma, las palabras que el Emperador dijo. Y estando así a caballo (que por su gota no se podía apear), tomó la coraza y los brazales, y luego movió con el campo, el cual iba en esta orden: El duque de Alba llevaba la vanguardia; iba con el conde de Bura con toda su caballería y infantería, y en esta vanguardia iba toda la infantería española, y luego iba la batalla que llevaba el Emperador, con la caballería de su casa y corte, y bandas de Flandres, que eran con estandartes. Allí iba el príncipe de Piamonte, a quien Su Majestad había dado cargo en esta guerra del escuadrón 279

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de su casa y corte. Iban también allí Maximiliano, archiduque de Austria, con toda su caballería; el marqués Joan de Brandemburg con la suya. La infantería de la batalla era el regimiento de Madrucho y los italianos; la retaguardia llevaba el gran maestre de Prusia, y el marqués Alberto el regimiento de Jorge de Renspurg. La vanguardia llevaba diez y seis o diez y siete mil infantes en tres escuadrones y tres mil caballos; la retaguardia sería de siete o ocho mil infantes en un escuadrón, y más dos mil caballos. La caballería de estas tres partes se repartió conforme a lo necesario, poniendo los arneses negros en los escuadrones y parte que convenía, y la gente de armas con lanzas, todo en su lugar. La retaguardia y batalla iban casi a la par, porque el Emperador quiso hacer honra a los capitanes que querían que un día como aquel, en el cual se iba a combatir con los enemigos por frente tan ancha, no pareciese que no les dejaba atrás. Antes que la niebla se hubiese quitado del todo, el príncipe de Salmona había comenzado una escaramuza con los enemigos, y a esta hora que el Emperador caminaba para ellos, aún la escaramuza andaba bien caliente, y por esto había mandado el Emperador al conde de Bura que pasase adelante un poco con sus caballos, porque era bien estar cerca de la ribera, para que si fuese menester pasarla. Estando las cosas en estos términos, ya la batalla del Emperador estaba casi con el paraje de la vanguardia cerca de la ribera. Allí tomando consigo el Emperador al duque de Alba y otros capitanes, se subieron sobre una montañuela, donde se podía ver lo que los enemigos hacían, que en alguna manera parecía tener semblante de aceptar la batalla y decender a lo llano que entre la montaña y la ribera estaba, la cual se procuraba mucho de parte del Emperador, comenzándoles una escaramuza de nuevo con unos arcabuceros españoles que habían pasado el río; mas ellos nunca dejaron la montaña, y siempre estuvieron firmes en proseguir el camino que habían comenzado, lo cual era ya tan cerca de Norling, que su vanguardia estaba en el alojamiento, y por esto el Emperador mandó hacer alto a todo el campo y al conde de Bura, que comenzaba ya a proveer el paso de la ribera con algunos caballos, y se hacía trabajosamente por ser el paso muy estrecho. Esto era ya muy tarde, mas aquel día se combatiera, sin duda alguna, si la niebla no fuera tan oscura, que diera lugar a los enemigos para pasar en salvo los pasos donde se había de venir con ellos a las manos; en el cual tiempo ocuparon las montañetas que tengo dichas, y después, si bajaran a lo llano, como se procuró, cebándolos con la escaramuza, aunque tuvieran alguna ventaja, porque la caballería imperial había de pasar la ribera, y no muy en orden, y la infantería muy mojada, m peleara con ellos; mas habiéndoles presentado la batalla, ellos tomaron otro consejo, alojándose en un sitio tan fuerte, que cuando su 280

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ejército fuera muy menor estuvieran bien seguros. Murmuróse harto en el campo del Emperador y el duque, creyendo todos que se perdió muy buena ocasión de romper al enemigo.

- XXXI Vuelve el Emperador otro día a dar vista al enemigo. -Procura el Emperador dañar al enemigo, que estaba fuerte en su alojamiento. -Toman los imperiales a Tonabert. -Alójase el Emperador en Tonabert sin embarazarle el enemigo. -Pasa el Emperador adelante. Ríndensele otros lugares al Emperador. -Sigue una banda de imperiales a Xertel. Era ya tarde, como tengo dicho, por lo cual el Emperador mandó volver a alojar su campo, y los enemigos hicieron lo mismo en aquellas montañas, aunque aquella noche perdieron hartos soldados y carros, que los caballos imperiales les habían tomado. Otro día acordó el Emperador de volver con su campo y acercarse al enemigo, y así, con el mismo orden que se había tenido el día antes, caminó la vuelta de ellos, y tomó su alojamiento a milla y media de su campo, donde aquel mismo, día hubo una escaramuza de caballos, lo cual fuera grande si el tiempo diera lugar, mas era tan tarde, que aun para alojar el campo no le había, y así, de ambas partes fue retirada. En esta escaramuza, el marqués Joan de Brandemburg, con treinta caballos de los suyos, peleó muy bien, y uno de los duques de Branzuic que venía con el campo de los enemigos, fue allí herido, y de las heridas murió en Norling, y otros algunos, que eran hombres de cuenta entre contrarios, fueron muertos y heridos aquel día, y también algunos de los imperiales. Allí estuvo el Emperador alojado algunos días de este mes de octubre, procurando siempre dañar al enemigo; mas ellos estaban en sitio tan bueno, y tan acomodado de vituallas, que el Emperador halló que convenía buscar otro camino y no estar perdiendo tiempo en solas escaramuzas sin provecho, y el enemigo estaba tan fuertemente alojado, que era menester mucha maña para sacarlo de él. Y buscándola, se acordó que fuese quitándoles el Danubio, el cual era tan importante para cualquiera de los dos campos, que consistía parte de la victoria en tenerlo ganado. Porque las villas que están sobre él son de mucha importancia, por ser suyas las puentes que pasan a Baviera y a mucha parte de Suevia, y en aquel tiempo los enemigos tenían todas aquellas que estaban desde Ulma a Tonabert, y con esto eran señores de grandísimas vituallas, y tenían los pasos de Augusta muy a propósito. Pues viendo el Emperador cómo ganada aquella parte contra los enemigos, ellos perdían mucho y él ganaba gran reputación y se hacía señor de lugares muy necesarios para ganar a Ulma y a Augusta, que eran dos muy principales fuerzas de la liga, hizo una 281

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cosa harto bien considerada, y fue mandar que todos aquellos días se mostrase alguna gente a los enemigos, y una noche envió al duque Otavio con la infantería y caballería italiana, y Xamburg con sus alemanes y doce piezas de artillería, y mandóles que caminasen con diligencia a Tonabert, que era tres leguas de allí. Y dádoles orden de la manera que habían de tener, ellas pusieron tan buena diligencia, que antes del día estaban sobre la villa, la cual comenzaron a batir sin asestarles la artillería, y a escala vista tomaron el arrabal, y luego se rindió la villa, saliendo huyendo por la puerta dos banderas de infantería que allí habían dejado de guardia el duque de Sajonia y Lantzgrave. Tomado Tonabert, quedaron allí dos banderas de guardia, que son seiscientos hombres, y todo el resto de la gente volvió al campo con el artillería. Los enemigos no supieron alguna cosa de esta empresa hasta otro día después, porque aunque están a milla y media los campos, hízose con tanta diligencia y presteza, que, cuando acordaron, ya no había remedio de proveer de remedio. Acabado este negocio, que importaba harto por el sitio que tengo dicho que tiene aquella villa, el Emperador se levantó de su alojamiento, y en un día se puso en Tonabert, y allí se alojó, teniendo a sus espaldas la villa, y a mano izquierda el Danubio. Aquel día los enemigos no se movieron, ni pareció más gente de a caballo de la que tenían ordinariamente en su guarda, ni hicieron estorbo en cosa alguna en el camino, que hubo que pensar, por tener tanta caballería con que poder hacer daño, y más la plática y conocimiento que tenían de la tierra, en que había pasos estrechos y dificultosos de pasar, por donde habían de ir en hilera, y no con mucho concierto. Prevínose a todo por el Emperador, poniendo en los lugares convenientes arcabuceros españoles e italianos; mas no bastaran si los enemigos quisieran, que por lo menos hicieran alojar al Emperador, y perder el tiempo, en que se recibiera daño. El Emperador llegó cerca de Tonabert, donde estuvo aquella noche, y otro día de mañana, por la ribera del Danubio arriba, fue con su campo a Tilinguen, que es una villa del cardenal de Augusta, sobre la ribera, con una puente muy buena. El camino era ancho por ser todo campaña rasa, teniendo a la mano izquierda el Danubio y a la derecha unos bosques muy anchos y espesos que estaban entre el campo imperial y el de los enemigos, y siempre iban prosiguiendo hasta llegar a acabarse junto al río Pres, que es tres leguas sobre Tilinguen, entra en el Danubio, y la campaña por donde caminaba el campo imperial tiene el mismo término; así que, caminando, llevaba a la mano derecha estos bosques, en los cuales hay dos o tres caminos que los han de atravesar los que de Norling quisieren venir a Tilinguen.

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Pues llevando el Emperador este camino, se le vino a rendir una villa llamada Hoster con un buen castillo sobre el Danubio, y después Tilinguen se envió a rendir, la cual había sido tomada al cardenal de Augusta por los enemigos, y tenían dentro de ella una bandera de guardia, mas ésta se salió sabiendo la venida del Emperador, y se alojó aquel día con su campo entre Tilinguen y Lauginguen, la cual es una villa que está una milla más adelante de Tilinguen, con puente sobre el Danubio, lugar fuerte de sitio y de razonable fortificación. En ésta tenían los enemigos tres banderas. Y la que salió de Tilinguen se entró allí, con la cual fueron cuatro, que hacían mil y docientos hombres; mas aquella noche, siendo requeridos por el duque de Alba que se rindiesen a Su Majestad, respondieron muy bravos, diciendo que no querían, porque otro día esperaban socorro del duque de Sajonia y Lantzgrave; mas viendo aquella noche demostraciones de ser batidos, otro día tomaron otro consejo, y antes que amaneciese salieron por el puente llevando el camino de Augusta. Los burgomaestres de la villa salieron a entregarse al Emperador, dando por disculpa que lo hicieran antes si la gente de guerra que dentro estaba no se lo estorbara. En este tiempo tuvo el Emperador aviso que el duque de Sajonia y Lantzgrave venían, y que traían el camino derecho de Lauginguen, a lo cual se dio crédito por haberlo dicho el día antes la gente de guerra que en ella estaba, que otro día esperaban ser socorridos, y así mandó que el campo estuviese en orden para ir a tomar cierto paso, el cual, aunque era ancho y no áspero, era harto conveniente para combatir con los enemigos, los cuales no podían venir por otra parte, habiendo de venir a Lauginguen, y viniendo por allí, no se podía dejar de combatir, o habían de volver atrás; viendo los imperiales, si combatían, el Emperador tenía su campo en sitio harto bueno, y si volvían atrás, perdían su negocio; y así, de una manera o de otra, este día se echara a parte y concluyera esta pendencia. Estando las cosas en estos términos, la villa de Lauginguen se vino a rendir, y se supo de los de ella que no sólo se esperaba socorro del duque de Sajonia y de Lantzgrave, mas que Xertel había estado allí aquella noche con sesenta caballos, y había sacado las cuatro banderas y llevádolas a Augusta. Luego Lauginguen se vino a rendir, y otra villa llamada Gundelfinguen, que está asentada cerca del río Prens. El duque de Alba, por orden del Emperador, hizo que Joan Bautista Sabello, con la caballería del Papa, siguiese a Xertel, y a estas cuatro banderas envió con él a Aldana y a Aguilera, capitanes españoles escogidos, con sus dos compañías de arcabuceros españoles a caballo, y a Nicolao Seco con la suya de italianos, y pusieron tanta diligencia que los alcanzaron, aunque Xertel, con los caballos, ya había ido delante, y con las cuatro banderas tuvieron una buena escaramuza, en la cual prendieron y mataron a muchos, y les tomaron tres piezas de artillería que llevaban de Lauginguen a Augusta. Con esto se volvió Joan Bautista Sabello al Emperador, el cual aquel mismo día, dejando en 283

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Lauginguen dos banderas, se alojó, con todo su campo, pasado el río Prens, sobre su ribera, en una aldea que se llama Solten, tres leguas de Ulma, donde el Emperador iba con designo de ponerse sobre ella, porque teniendo ganadas las tierras que quedaban sobre el Danubio, y habiendo tomado la delantera a los enemigos, quería apretar aquella ciudad, poniéndose en sitio que si ellos viniesen a socorrer los pudiesen combatir con su ventaja, lo cual estaba claro que ellos habían de procurar y si no la querían dejar perder, y así ordenó de partir otro día. Mas a la hora que el campo había de levantarse, algunos caballos ligeros que el Emperador había enviado el día antes a la banda de los enemigos, vinieron con aviso que caminaban, y así, fue necesario, hasta reconocer lo que ellos determinaban de hacer, que el Emperador no desalojase su campo. Envió de nuevo más caballos que reconociesen el camino que los enemigos traían, los cuales habían partido el día antes de su alojamiento sobre Norling, y habían caminado dos leguas muy grandes aquel día; quedábales poco camino hasta el alojamiento que tomaron después, y haberse reconocido tan tarde no fue en todo por culpa de los descubridores, porque como no eran naturales de la tierra, no eran pláticos en ella, y así estuvieron mucho tiempo sin entender a qué parte enderezaban los enemigos; y algunos alemanes que trajeron aviso de esto estuvieron tan desatinados, que ninguna cosa cierta supieron referir.

- XXXII El Emperador va con el duque de Alba a reconocer el camino del enemigo. Ya en este tiempo, los enemigos estaban tan adelante, que saliendo el duque de Alba a reconocer la disposición de la parte por donde se pensaba que iban, sus atambores se oían muy claros, y comenzaba a parecer alguna gente suya, y así el Emperador subió en su caballo con algunos caballeros; tomando al duque de Alba en la compañía, se pusieron en una montañuela donde ya muy cerca venía la vanguardia de los enemigos, la cual traían muy reforzada de gente de caballo, y su infantería a la mano derecha, cerca de unos bosques, y algunas piezas de campaña, con las cuales comenzaron a tirar muy bien, porque Lantzgrave se preciaba de saberse aprovechar de su artillería, como en esta guerra se vio bien. Después que el Emperador hubo muy bien mirado la manera que los enemigos traían, y entendido que iban la vuelta de Gingen, que es una villa asentada una legua del campo donde estaba alojado el Emperador, el río Prens

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arriba, él se volvió a su alojamiento, y los enemigos se alojaron sobre esta villa, y sobre el mismo río. Hubo en este tiempo un poco de escaramuza, mas no cosa de consideración. Hubo pareceres que fuera bien combatir este día con el enemigo; mas mirado que cuando se tuvo aviso de su camino estaba tan cerca de su alojamiento que no se podía dar la batalla cómodamente, porque tenían muy cerca y segura su acogida, de manera que no había tiempo para sacar contra ellos algún escuadrón, ni había lugar de poner en orden el campo, especialmente habiendo de pasar el río Prens, que estaba entre los unos y los otros, tan hondo que no era posible pasarlo sin puentes, y para echarlas era menester tiempo, porque habían de ser muchas para que pudiese todo el ejército pasar con la diligencia necesaria. Así que, si hubo falta en esto, estuvo en ser los enemigos reconocidos a tiempo, que ya no le había para hacer cosa con él, y esto fue por las diversas relaciones que trajeron los corredores, de manera que cuando se vino a saber la verdadera, ya [era] pasada la ocasión, si alguna hubo. Es verdad que se murmuró en todo el campo, creyendo todos que se perdió una buena ocasión, y se dijeron palabras harto malsonantes, y el conde de Bura, que estaba en la delantera, dijo al escuadrón de los españoles: Yo no soy luterano, pero doyme al diablo, y no creo en el Emperador ni duque, ni los veré. Y quiérome emborrachar por quince días. Decía el conde estas palabras, porque ni iba la guerra como él quisiera, y en este día culpó al duque, y aun al Emperador, porque se detuvieron en romper con el enemigo; decían que había días que estaba pronosticado que día de San Francisco había de tener el Emperador una gran victoria y deshacer a los enemigos. Vuelto el Emperador a su alojamiento, los enemigos hicieron muestra con algunos escuadrones de caballos por un llano hacia él, y habiendo una pequeña escaramuza se volvieron al suyo; el cual, si bien estaba dividido entre sí por algunos valles y arroyos que le atravesaban, cada parte de él era fortísima, porque los alemanes saben muy bien alojarse. Otro día, de mañana, amaneció el Emperador con mala disposición, y también el duque de Alba.

- XXXIII Quiso el Emperador ir contra Ulma.

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Este día en la noche estuvo el Emperador en la ida de Ulma, y después de muchas opiniones, finalmente, otro día se tomo resolución de mudar el campo, porque se entendió que ya los enemigos habían enviado a Ulma los tres mil suizos y mil y quinientos soldados de la misma tierra, que era bastante gente para defender aquella ciudad, la cual estando así no era cordura ponerse sobre ella, dejando a las espaldas un ejército de más de cien mil combatientes, los cuales, sin duda, en dejando el alojamiento los imperiales, se habían de poner en él y, ocupado, quitarían las vituallas con muy gran facilidad, porque no podían venir por otra parte sino por allí, y quedaban señores de todas aquellas villas que sobre el Danubio se habían ganado ya.

- XXXIV Nueva manera de guerra era de alojamiento en alojamiento. -A 20 de octubre ordena el duque de Alba una gruesa escaramuza. Ya la manera de la guerra se había vuelto con acuerdo de hacerla de otra suerte, que era de alojamiento en alojamiento, porque ambos estaban asentados a vista el uno del otro, de suerte que cada día había escaramuzas, y parecía que los enemigos querían entretener la guerra y andarse de un alojamiento en otro a vista del Emperador, aunque se decía ya que entre ellos había poca conformidad y contento y mucha falta de dinero. A veinte de octubre quiso el duque que se hiciese una escaramuza algo gruesa más que las ordinarias. Y así, otro día de mañana, se emboscaron tres mil arcabuceros en el bosque que estaba junto al Prens hacia los enemigos seiscientos pasos, y enviando al príncipe de Salmona con algunos caballos suyos, sacó a los enemigos luego, porque comenzó a hacer daño en algunos desmandados que estaban delante de sus alojamientos, y ellos salieron viendo esto tan en grueso como acostumbraron, así de caballos como de arcabuceros a pie, partidos, parte sueltos y parte en escuadrón. El príncipe los supo tan bien traer, que los metió en el mismo lugar que le había ordenado. Allí hubo una muy buena escaramuza ansí entre los caballos como entre los arcabuceros, y cayeron muchos de los enemigos, los cuales se veían por aquella campaña tendidos con sus banderas amarillas, que desta color las traían. En esta escaramuza ellos se aprovechaban de su artillería (como siempre), y, con todo, recibieron muy gran daño; y si bien sus caballos cargaban muy en grueso, los caballos ligeros imperiales los sostuvieron, y tornaron a cargar muy bien, porque andaban entre ellos muchos caballeros principales de todas naciones que servían allí a Su Majestad; mas porque un

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tudesco se había pasado a los enemigos y dádoles aviso, no se pudieron ejecutar algunas cosas que la noche antes se habían ordenado. El Emperador mandó retirar la escaramuza, y ello se hizo (de la misma manera que lo había mandado, que no fue menester mandarlo dos veces) con tan buena voluntad de los contrarios, que juntamente se retiraron ellos por la misma orden.

- XXXV Prosiguen las escaramuzas sacándoles a ellas los imperiales. -Encamisada que se dio a los herejes. -Nota lo poco que el español sabía de los coches, agora tan en perjuicio de la caballería y de la honestidad usados. Viendo el Emperador que los enemigos salían siempre, en siendo provocados, acordó de hacelles algún daño señalado, y así ordenó que un día fuesen los caballos ligeros a las trincheas del enemigo para sacallos de ellas escaramuzando, y puso la caballería tudesca repartida en diez partes del bosque, donde podía estar encubierta, y mandó meter por él la arcabucería española e italiana, y todo el resto del campo hizo estar en orden para lo que fuese menester, y juntamente con esto hizo poner cubiertas algunas piezas de artillería en partes convenientes, y mandó al príncipe de Salmona que con los caballos ligeros hiciese lo que estaba ordenado, que era sacar los enemigos como los días pasados había hecho. Y así salieron de su campo dos escuadrones de caballos, los cuales nunca se apartaron de sus trincheas, sino tan cerca de ellas, que su artillería los podía ayudar. Salieron a escaramuzar, pero con tanto tiento que nunca los pudieron meter donde estaba ordenado, o porque tuvieron aviso, o escarmentados de las pasadas. Todo el tiempo que se escaramuzó estuvo el campo en orden, mas habiendo pasado gran parte del día en esto, todos se volvieron a sus alojamientos. Como vio el Emperador que de día no tenían las escaramuzas el efecto que quería, mandó ordenar para una noche una encamisada, en la cual iba toda la infantería española y el regimiento de Madrucho, y el gran maestre de Prusia y el marqués Alberto con su caballería. Con esta gente partió el duque de Alba aquella noche, y luego el Emperador mandó apercebir lo restante del ejército, y él mesmo fue a esperar en campaña en el aviso que el duque le enviaba, para proveer conforme a lo necesario.

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De esta manera estuvo con algunos caballos que mandó que le acompañasen, armado de su gola y corazas, y cubierta una lobera; y porque la noche era larga y frigidísima cuales son las de aquellas partes, se puso a dormir en un carro cubierto, que en Hungría llaman coche, que ya son bien usados en España (más de lo que conviene), porque el nombre y la invención es de aquella tierra. Y así estuvo esperando los avisos que tenía, para acudir conforme a ellos. Llegó el duque de Alba a media milla del campo enemigo, mas reconociendo que sus centinelas y guardas estaban reforzadas, sospechando lo que era, mandó hacer alto, y reconocido mejor lo que los enemigos hacían, se vio claramente cómo estaban avisados, porque tenían encendidos muchos fuegos, y también tenían grandísimo número de hachas y faroles, los cuales andaban de escuadrón en escuadrón, así que por esta causa, y por tener ellos el sitio y fortificación tan grande que aunque no estuvieran tan avisados y tan sobre aviso, y en todo tan apercebidos como estaban, se había de porfiar mucho si con ellos se llegara a las manos; no hubo lugar la buena orden que en esto le había él dado. Después se supo que aquella noche los enemigos habían sido avisados cuatro horas antes que los imperiales llegasen por una espía suya que salió del campo. Pasando esto ansí, el duque tornó con la gente al alojamiento antes que amaneciese, porque así le fue dada la orden, y no pudo hacer otra cosa, y el Emperador también acudió en la mesma hora. Escapáronse de buena los luteranos, porque se les diera una buena mano, como se esperaba de la gente que iba, y orden que se había dado.

- XXXVI Fatigan mucho a los alemanes las armas que se les dan de noche. -Mano que el príncipe de Salmona dio una noche a los enemigos salteadores. Parecía que la guerra había vuelto a los primeros tres términos, y que los enemigos estaban en alojamiento muy seguro y muy de asiento, por lo cual el Emperador comenzó a buscalles otra entrada, y se trató de ella cómo se había de efectuar para que saliesen con su intento. Mas entre tanto que esto se concertaba, no cesaron de hacerles el mal posible en las vituallas, sacomanos, ferrajeros, y dándoles continuamente arma cada noche, que es cosa que a esta gente da grandísima pena.

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Entre otras cosas, un día, por orden del Emperador, el príncipe de Salmona con sus caballos ligeros, y monsieur de Barbanson, caballero de la Orden del Tusón, flamenco, con la caballería del conde de Bura, fueron hacia la escolta que los enemigos hacían a sus vituallas, y no muy lejos del campo de ellos encontraron con dos escuadrones de caballería harto gruesos, y pelearon con ellos de manera que los desbarataron y mataron, y prendieron muchos de ellos, y tomaron un estandarte con el alférez. Volvieron con esto al Emperador con grandísimo número de prisioneros, carros y caballos. De estos trajeron muchos los caballos ligeros y algunos arcabuceros españoles que con Arce se habían hallado aquel día por aquel bosque. También hubo otras escaramuzas particulares de caballeros, que por mostrarse salían hasta las trincheas del enemigo; había heridos de ambas partes.

- XXXVII Muda el alojamiento el Emperador. Determinó el Emperador de mudar alojamiento por muchas causas, y entre ellas era ver que de la empresa de Ulma no se podía ya tratar, por estar tan fortificada y guarnecida, y junto con esto el alojamiento se dañaba, así con enfermedades de soldados como por el lodo grandísimo que comenzaba, el cual, creciendo un poco, quitaría que la artillería se pudiese mover de allí, ni aun allí aprovecharse de ella; y así, pareció ser más conveniente volverse al alojamiento de Lauginguen, por ser aquel lugar más acomodado para las cosas necesarias en este alojamiento. Antes que el Emperador partiese, murió de su enfermedad el coronel Jorge de Renspurg, soldado viejo, y que en todas las guerras del Emperador había muy bien servido.

- XXXVIII Vuelve a Roma el legado Farnesio. -No pudieron los enemigos salir a pelear. Casi en este tiempo, el cardenal Farnesio, nieto del Papa, que había venido por legado, se volvió a Roma, por algunas indisposiciones que en su salud tenía.

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Partiendo el Emperador del alojamiento de Solten en la orden acostumbrada, vino a alojarse a Lauginguen. Aquel día los enemigos no hicieron otra demostración, si no fue mostrarse un escuadrón de cuatrocientos caballos a vista del campo imperial. Si el duque de Sajonia y Lantzgrave tuvieran gana de pelear, este día tuvieron harta ocasión; mas ellos se estuvieron quedos, aunque tenían sobradas ventajas de sitio y gente, y más, que habían reforzado el campo con quince mil hombres de Viertemberg, y al campo del Emperador faltaba, que habían enfermado muchos alemanes altos y bajos, y de los españoles, y fuera del campo habían ido otros a hacer correrías. De los italianos ya no había cuatro mil, que los demás eran muertos. Mas los enemigos, quedos, dejaron ir en paz al Emperador.

- XXXIX Tiene correo el Emperador de los buenos sucesos del rey don Fernando, su hermano. Cuidado grande del Emperador con su campo. -Saludable parecer que tuvo el Emperador de proseguir la guerra, aunque fuese invierno. El Emperador partió de Solten y se alojó en Lauginguen, donde le vino nueva de los felices hechos del rey don Fernando, su hermano, que haciendo cruelísima guerra con el duque Mauricio, al duque de Sajonia le habían tomado la mayor parte de aquel Estado. Lo cual, porque los enemigos lo supiesen luego, o porque si ya lo sabían viesen que lo sabía también el Emperador, y que se regocijaba en su campo, por lo cual mandó hacer una salva de artillería con muy grande concierto, mostrando todos grandísimo contento y significando tener alegría. Todo el tiempo que el Emperador estuvo aposentado en Lauginguen se ponía cada día a caballo y visitaba el campo en la campaña en torno, como fue costumbre suya muy ordinaria en todas las guerras que se halló, y no dejaba de mirar los lugares que los enemigos podían ocupar contra él, o él contra ellos, los cuales habían venido dos o tres veces a reconocer un castillo que estaba guardado de cincuenta españoles, una milla del campo imperial. Mas siempre se reconocía a tiempo que no se les podía hacer daño, y así lo hicieron un día que de cerca del castillo llevaron ciertas vacas, y siendo seguidos estuvieron en peligro de recibir un gran daño, del cual se escaparon por su buena diligencia. Mas el Emperador, que aquel día había salido con la caballería para este efecto, fue adelante hacia el campo de los enemigos, y consideró que, tomando un alojamiento más cerca de ellos, se podría desde allí hacer algún buen efecto. Y como otras veces había hecho, anduvo mirando todos aquellos lugares, y entre ellos reconoció uno a su propósito, y después de visto se 290

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volvió al alojamiento, a su campo de Lauginguen, el cual estaba ya tal por los lodos tan grandes y pantanos que en él había, que no parecía poderse sufrir, y el tiempo era tan recio, que los soldados y toda la otra gente de guerra pasaban gran trabajo. Y por esto hubo muchos pareceres, y todos conformes que el Emperador debía alojar en campo encubierto y repartillos por guarniciones convenientes, y puestos que desde ellos se hiciese la guerra; mas el Emperador tuvo a todo esto otro parecer y muy contraria opinión, y fue de proseguir la guerra. El cual fue tan saludable consejo como después se vio por experiencia.

- XL Muda el Emperador alojamiento por mejorarse. Notoria ventaja que ya hacía el campo imperial. Ríndese Norling. Estando así en el alojamiento, tan lleno de lodo que aun los carros de las vituallas no podían llegar a él, determinó el Emperador de ir al otro que él había reconocido, llevando el campo en dos partes. La infantería y artillería por la una, y por la otra, más a la banda de los enemigos, la artillería. Tampoco este día vinieron los enemigos a combatir, teniendo un camino acomodado y muy ancho, y muy llano para venir contra la caballería, y la infantería y artillería estaba muy lejos. No debieron de entenderlo, y el Emperador no pudo dar a su campo otro camino, porque los demás que había para aquel alojamiento eran tan estrechos, escabrosos y llenos de bosques muy cerrados. Alojado el campo imperial allí donde digo, hallóse el ejército muy bien acomodado, porque este alojamiento (al cual después llamaban los soldados alojamiento del Emperador) era muy enjuto, y en todas maneras muy diferente del que habían dejado. Tenía mucha leña, agua y de todas partes las vituallas podían venir a él con más facilidad, y sobre todas las bondades que tenía, era que tenía sitio harto fuerte, porque enfrente, contra los enemigos, tenía una montañeta que parecía hecha a mano, muy necesaria, sobre la cual se asentó la artillería, que tiraba por toda la campaña. A la mano derecha tenía un lago y pantanos; a la izquierda, unos bosques que también aseguraban las espaldas por no ser muy extendidos. Estaba tan cerca de los enemigos, que las guardias de ambos campos escaramuzaban ordinariamente, corrían los caballos y tomaban las vituallas que venían a los enemigos, lo cual se hacía con tanta diligencia y tan bien, que por todas las partes que les podían venir los corrían

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los caballos ligeros y arcabuceros de a caballo. Y así, los caminos de Norling y de Tinchpin hasta los de Ulma estaban llenos de gente muerta, y carros quebrados, y vituallas derramadas, y demás de esto, se les daban tantas armas de noche y escaramuzas de día, que no tenían hora segura. Después que se pasaron en este campo del Emperador, comenzó notoriamente a verse la ventaja que a los enemigos se hacía. Y ellos comenzaron a acobardarse y ser remisos en las escaramuzas, que ya no salían como solían con aquel denuedo, coraje, diligencia, y aunque les llegaban a las trincheas, salían pocas veces. Y así, los prendían junto a su campo, y dentro en él comenzaron a sentir otro enemigo más fuerte, que fue la hambre, que ya era tanta que se les pasaban días sin tener bocado de pan, y lo que les causó mayor quebranto fue, cuando ellos pensaban que el Emperador había de apartarse de ellos, y recogerse por el rigor grande del tiempo, entonces se les acercaba y apretaba con más fuerza, y aún quiso más el Emperador apretarlos tomando una montañita que estaba a caballero de ellos, de la cual se podía batir su campo muy fácilmente. Esta se reconoció yendo a escaramuzar a las trincheas de los enemigos por una y otra parte. El duque de Alba, con algunos capitanes y caballeros, vio la disposición de ella, y el Emperador acordó de tomarle, y alojar allí el campo. La orden que para ello, se había de tener era muy buena, y hiciérase así como estaba ordenado, si en este tiempo la ciudad de Norling no enviara a tratar de rendirse, lugar tan importante, que teniéndole no era menester otra fuerza para desalojar a los enemigos, pues poniendo gente de caballo en ella, se les podían quitar las vituallas y municiones cuantas viniesen a su campo, y se les ponía en el campo una hambre más brava que ningún artillería ni otro enemigo.

- XLI Quieren los herejes tratar de paz. En estos días los enemigos estaban ya tales, que acordaron el duque de Sajonia y Lantzgrave que se escribiese una carta al marqués Joan de Brandemburg, hermano del elector, la cual se había de escribir en nombre de un caballero criado del elector. Y la sustancia de ella era que este caballero rogase al marqués hablase al Emperador y le dijese que tenían entendido que Su Majestad era un príncipe muy puesto en razón, y que así, no le parecían mal cualesquier medios de paz, y le hablase en ella poniéndole delante el bien

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que sería para toda la Germania, y por esto ofrecían ciertas capitulaciones que algunos años antes habían tratado con el duque Mauricio tocantes a la religión. Esta carta escribió este caballero llamado Adam Trop, chanciller del elector de Brandemburg, con todas las palabras que pudo para reducir al hermano de su señora que lo tratase con Su Majestad, y con la disimulación posible, encubriendo la necesidad y flaqueza que todos ellos tenían. Esta carta trajo un trompeta al marqués Joan, y él, haciendo relación de ella al Emperador, con acuerdo de Su Majestad, respondió que si el duque de Sajonia y Lantzgrave ponían sus personas y sus Estados en las manos de Su Majestad, que él entonces de muy buena gana le hablaría en la paz; mas que no haciendo esto, no se había de tratar de ella. Oída por ellos esta respuesta, tornaron a escribir por la misma vía, diciendo que los negocios que tocaba a personas y Estados, requirían mucha deliberación, y que por esto, si le parecía que viniesen él y el conde de Bura, y que saldrían el duque de Sajonia y Lantzgrave, y que en un lugar donde les pareciese en la campaña, todos cuatro tratarían de estos negocios y hablarían más largamente. El marqués Joan, por orden de Su Majestad, les volvió a escrebir en respuesta las mismas palabras que antes había escrito, y con esto se quedaron sin haber más réplicas ni tener otra conclusión los medios que los herejes propusieron de la paz.

- XLII Quiere el Emperador desalojar al enemigo. -Parten y desamparan los enemigos el campo antes que el Emperador diese en ellos. -Sigue el Emperador al enemigo. -Va el duque de Alba a dar en ellos. -Gana el duque un cerro. -Hácense fuertes los herejes en un monte, y llano. -Falta el día. -Alójanse los unos y los otros. -Cuatro veces los desalojó el Emperador. -Diligencia grande del Emperador por que no se le fuese el enemigo. -Camina el enemigo toda la noche huyendo. -Luis Quijada va a reconocer. -Nieve y frío grande. -No bastan trabajo, hambre, frío y nieve a quitar al Emperador de seguir al enemigo. En este tiempo, los de Norling, o por disimulación o por no poder echar las banderas que estaban en su guardia puestas por el duque de Sajonia, traían a la larga el trato de rendirse, y por esto determinó el Emperador de tomar la montañeta y desalojar al enemigo por fuerza, porque ya el estar en campaña era insufrible, y tenía voluntad que este negocio se llevase al cabo.

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Y así, determinó que la víspera de Santa Catalina se levantase el campo, y en el mesmo día se batiese el de los enemigos. Para esto, mandó al duque de Alba que con toda diligencia y cuidado (como en tal caso convenía) diese orden, como estaba concertado, que pues lo de Norling se dilataba, él quería seguir este camino, que era más corto, y echar de allí a los enemigos. Esto era ya a los 20 de noviembre. En el cual día hubo una escaramuza en que fue preso un cuñado de Lantzgrave, hermano de otra mujer que entonces había tomado. A 27 de noviembre, el Emperador tuvo aviso cómo los enemigos se levantaban, y esta nueva vino, poco antes de mediodía, porque la espía que la trajo, aunque era natural de la tierra, fue tan oscura la niebla que hizo aquel día, que desatinó y perdió el camino, y así, hasta que ella se levantó no acertó a venir al campo, y por ésta se tuvo el aviso, ya que ellos eran partidos, y puesto fuego a su alojamiento. Súpose cómo habían enviado la artillería gruesa delante, y desde la media noche comenzó su infantería a caminar, dejando de retaguardia toda la caballería, con todas las piezas de campaña que solían traer de vanguardia. Venido este aviso, el Emperador mandó que algunos caballos ligeros fuesen a reconocer claramente su partida. No se veía centinela suya; todas las trincheas estaban desamparadas. Después de haber enviado el Emperador estos caballos, él, con la caballería del conde de Bura, partió luego, y mandando que la otra caballería tudesca le siguiese, hizo que toda la infantería estuviesen en orden para lo que él enviase a mandar, y mandó que luego marchasen hasta setecientos arcabuceros españoles, y él, con los caballos que consigo había tomado, llegó al campo de los enemigos, los cuales estaban ya bien lejos de él, y habían dejado muchos enfermos, porque, a la verdad, partieron con razonable diligencia. El Emperador pasó del campo donde había ya hallado al duque de Alba; allí le vino aviso que los enemigos parecían tres millas italianas lejos, y por esto ordenó que los caballos le comenzasen a seguir entreteniéndolos con escaramuzas. El duque de Alba pidió al Emperador la caballería del conde de Bura, y el Emperador se la dio, siguiéndole siempre con la tudesca. Ya los caballos que el Emperador había enviado para que procurasen entretener los enemigos escaramuzando con ellos, estaban revueltos con los caballos desmandados que ellos traían en su retaguardia, y habían comenzado una buena escaramuza; mas no por eso los enemigos dejaban de caminar, ganando siempre tierra, hacia una montañeta donde tenían mil arcabuceros, y habían pasado de la otra parte de ella toda la caballería, excepto dos estandartes que quedaban sobre ella junto a los arcabuceros. Cuando el duque, con la caballería que llevaba, y la demás con que el Emperador seguía, llegó a vista de ellos casi una milla, la cual en siendo 294

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descubierta por ellos desampararon la montaña, caballos y arcabuceros, y bajaron de la otra parte a un llano que estaba en el camino que su ejército llevaba. El duque puso la diligencia posible en caminar, y ocupó la montañeta que los enemigos habían desamparado, desde la cual a otra montaña más alta, que estaba en el mesmo camino que ellos llevaban, podía haber una gran milla italiana; el espacio que había entre estos dos cerros, todo era llano y descubierto. Los enemigos pusieron, en esta montaña que digo, seis piezas de artillería, con las cuales batían todo aquel raso por donde ya ellos bajados de la montañuela que el duque de Alba había ocupado, caminaban, llevando a su mano derecha, junto a un bosque, los arcabuceros, y la caballería repartida por el llano en ocho o nueve escuadrones. Comenzaron a escaramuzar con ellos los caballos ligeros imperiales, y un estandarte de arneses negros, que son los arcabuceros de a caballo, los cuales, por orden del duque, habían bajado de la montaña para hacer la escaramuza más gruesa, cuando el Emperador, con la otra caballería, estaba ya cerca. Mas los enemigos, a este tiempo, a muy buen trote ganaron tanto camino, que se pusieron debajo de su artillería, la cual comenzó a disparar en su defensa, y sus arcabuceros, por la orilla del bosque, con paso harto largo, se vinieron a juntar con la infantería que tenían en la guarda del artillería que tenían en la montaña, que dije. Ya el Emperador había llegado con pocos caballos al cerro que el duque había ganado, porque los otros le seguían al paso que gente de armas puede andar, y miró lo que se podía hacer para detenellos, de manera que se hiciese algún buen efecto; mas iba el sol muy bajo y quedaba muy poco del día, y los enemigos estaban ya sobre la montaña dicha, y comenzaron a encender muchos fuegos para alojarse. Así que, visto por el Emperador que no había sido posible en aquel día alcanzar los enemigos, por haber tenido el aviso tan tarde, y viendo que los enemigos se alojaban, determinó hacer lo mesmo, y dejando al duque de Alba en la montañuela con toda la caballería, él, ya que anochecía, se volvió a su alojamiento para sacar toda la infantería aquella noche, porque no se diese algún tiempo para que el enemigo se pudiese apartar más, porque el Emperador quería seguirle hasta hallar lugar para romper con él, y si éste no se hallaba, irlos siempre desalojando, como hasta allí había hecho cuatro veces en esta guerra, dos por arte y dos por fuerza; una en Ingolstat, otra en Tonabert, tercera en Norling y cuarta, ésta de sobre Guinguen, la cual fue por fuerza y razón de guerra, como se puede conocer evidentemente por lo que se ha dicho.

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Volvió el Emperador a su alojamiento, y luego mandó poner en orden toda la infantería y la artillería, porque con esta diligencia quería ganar tiempo para otro día, y él, habiendo hecho un poco de colación, se partió, y con una niebla oscurísima y un frío terrible llegó a las dos, después de medianoche, al alojamiento donde había dejado al duque de Alba con la caballería y arcabuceros españoles. Toda la otra infantería y artillería caminaba con diligencia, vigilancia y gran cuidado, como en tal caso requería. Los enemigos veían los fuegos de este campo, y los de éste los suyos; mas ellos, dejándolos encendidos, toda la noche caminaron, y cuando amaneció habían ya pasado el río Prens, y alojádose sobre él junto a un castillo llamado Aydeven, muy fuerte, y del duque de Viertemberg. Aquella noche fue Luis Quijada, capitán de Lombardía, a reconocer lo que los enemigos hacían, y halló que se habían levantado; el duque de Alba lo dijo al Emperador. Era ya amanecido y día claro, mas la nieve que había caído desde antes que amaneciese y caía entonces, era tanta, que subía sobre la tierra dos pies en alto, y por esto estaba toda la infantería tan fatigada y tan esparcida, buscando dónde calentarse, por ser el frío intolerable, que era gran lástima vella, y los caballos estaban muy trabajados de la mala noche, porque allí no habían tenido qué comer, y toda ella habían estado ensillados y enfrenados, de manera que el trabajo del día pasado se les había doblado; mas ni el tiempo ni los otros inconvenientes que he dicho, ni el estar los enemigos fortísimamente alojados, bastaban a quitar al Emperador la voluntad de seguirlos, si no hubiera otra cosa que se tenía por mayor inconveniente que ninguno de los otros, y fue no haber alguna parte donde poder alojar cerca de los enemigos, y que se pudiesen hallar vituallas ni forraje para los caballos, por estar ya aquellas partes muy gastadas y comidas del ejército enemigo, el cual había estado alojado tantos días por allí, y aun en el campo imperial se iban cuatro y cinco leguas por ello, que fuera un trabajo que ni los hombres ni los caballos lo pudieran sufrir, y los enemigos tenían a las espaldas a Viertemberg, tierra fertilísima. De suerte que si se hiciera lo que el Emperador pensaba con su buen ánimo, su campo se ponía en la necesidad y trabajo que tenía el enemigo, y el enemigo no la tuviera con gran parte tan grande, que la hambre y rigor del tiempo, y estar finalmente el enemigo tan adelante, quitaron el seguirlos, y así acordó de echar por otra parte, por donde (aunque el tiempo fuese tan recio como era) tuviesen qué comer y donde se alojar debajo de cubierta, porque ya en campaña era imposible. Así que, aquella noche, tarde, volvió al alojamiento con todo el campo, que fue bien necesario, porque todos estaban muy trabajados, y se repararon algo para poder hacer lo que restaba.

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- XLIII Prudencia y valentía del Emperador. Este desalojar al duque de Sajonia y al lantzgrave de Guingen fue sustancial punto de la guerra, y desde entonces fueron ellos muy de caída y aún casi rotos, por lo que adelante se dirá que comenzó de allí. Y es así que en todo lo pasado no se le ofreció ocasión al Emperador para poder pelear con el enemigo con alguna medianía de lugar y tiempo. Si bien se ofreciera, pareció que no hubiera sido acertado romper con él, porque los sucesos de las batallas son varios, y si se perdiera por el Emperador, siendo vencida su gente, perdíase mucho, y ganandose, fuera imposible que fuera sin gran derramamiento de sangre, y grande perdimiento de hacienda, y muchos hombres menos; y hay gran razón para ello, porque los contrarios eran muchos y había entre ellos muy buenos soldados, aunque no faltaba chusma. Y la mayor prudencia que un buen capitán, experto en el arte y ejercicio de la milicia puede tener, es conservar su ejército y gastar y consumir al contrario con trazas y buenos ardides. Y, en particular, en la guerra de Alemaña, si el Emperador diera la batalla y venciera, si su ejército quedara muy acabado por las muertes de muchos que habían de morir en él, no había tan a mano la gente para rehacerlo y ponerlo con las fuerzas que eran menester para rendir y sujetar las muy poderosas ciudades de la liga. De manera que el Emperador se hubo en esta guerra, no sólo como valiente capitán, pues tantas veces esperó y buscó al enemigo para darle la batalla, mas como muy prudente, pues sin perder su gente, le corrió y levantó de sus alojamientos, y le trajo inquieto y desasosegado hasta ponerlo en el extremo último de perdición.

- XLIV Dividiéronse los enemigos; ventaja que pudieran tener. -Toma el Emperador la vía de Norling para atajar al enemigo y combatir con él. Estuvo, pues, el Emperador en su alojamiento (que llamaban del Emperador) dos días. Allí tuvo aviso que los enemigos luego otro día como se habían alojado en Haydenen, se habían partido en dos partes: la una fue la gente de las villas, la cual parece que tomaba el camino de Augusta, y la otra, que era toda la caballería del duque de Sajonia y Lantzgrave. y sus infantes, iba con ellos. Entendióse que tomaban el camino de Franconia, y sin duda alguna, si

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ellos vinieran a poderse hacer señores de aquella provincia, fuera comenzar la guerra de nuevo, porque tenían gran aparejo de rescatar muchas villas y obispados muy ricos que hay en ella, donde pudieran sacar dineros en cantidad. Tenían abundancia de vituallas y buenos alojamientos, por las muchas poblaciones que tiene, y si por ventura quisieran hacer cabeza de la guerra a Rotemburg, villa imperial, y luterana (aunque de la liga), tuvieran gran ventaja, por la población y fortificación que aquella villa tiene, a la cual fortificación ellos llaman Landeberg, que quiere decir defensa de la tierra, y tuvieran a Franconia a sus espaldas, de la cual se pudieran hacer señores por no haber en ella bastante cabeza para defenderla, y siendo señores de este sitio fueran muy más trabajosamente echados dél que de todos aquellos donde hasta entonces habían sido lanzados por el Emperador, porque iban rotos, y allí se rehicieran con las pagas de sus rescates y abundancia de vituallas, juntamente con los buenos alojamientos, que son tres cosas bastantes a reforzar un campo trabajado y roto. Teniendo el Emperador aviso de esta intención de los enemigos, y habiéndolo él antes sospechado, con la mayor diligencia que pudo levantó su campo y comenzó a caminar la vía de Norling con un tiempo harto trabajoso de aguas y nieves y hielos, y en dos alojamientos llegó a ponerse una milla de la dicha villa en otra pequeña imperial llamada Boffinguen, porque éste era el camino derecho para ir donde tenía la intención, que era Rotemburg, por ponerse delante a los enemigos antes que llegasen, y allí combatir con ellos en el camino, porque prosiguiendo ellos el que tenían comenzado, no podía esto dejar de ser, y el Emperador podía tomarles la delantera fácilmente, porque ellos rodeaban y él iba camino derecho. Llegado el Emperador a Boffinguen, los burgomaestres salieron a rendille la tierra; y un castillo que estaba sobre ella del conde de Fringuen, con gente de guerra, se rindió a voluntad de Su Majestad, si bien antes había braveado un poco. Otro día vinieron los gobernadores de Norling a rendirse, porque estaba el campo tan cerca de ellos, que no había lugar de otros tratos, sino de allanarse y rendirse. El Emperador metió dentro cuatro banderas, habiéndose salido aquella noche antes, dos que estaban dentro del duque de Sajonia y de Lantzgrave, y metiéronse en un castillo que está una milla pequeña de Norling, grande y fuerte, también de los condes de Eringuen, donde ya estaban otras dos. Y así estas cuatro banderas sacaban soldados para escaramuzar con los imperiales, que allí cerca estaban alojados, y mostraban determinación de defenderse. Mas el Emperador envió al conde de Bura con su gente, y en fin, 298

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ellos vinieron a rendirse. El conde trajo las cuatro banderas al Emperador, dejando ir libres los soldados, los cuales quisieron entrarse en alguna villa imperial; mas el Emperador no se lo consintió, y así les hizo que siguiesen el camino que el duque de Sajonia y Lantzgrave habían llevado, por que fuesen como los otros iban.

- XLV El Emperador quiere romper los enemigos, antes de conquistar las ciudades. Después que Norling quedó rendida y con gente de guerra dentro, y puesto por gobernador en todo el condado de Eringuen un hermano de los dichos condes, que era católico, y dejando al cardenal de Augusta en Norling por algunas provisiones que convenía hacerse, partió de Boffinguen, y sin querer entrar en Norling, vino a Tingipin, villa imperial y de la liga, la cual había hecho muestra de no rendirse; mas el duque de Alba había ido aquel día por orden del Emperador, con el artillería y españoles y parte de los alemanes adelante, y amonestado a los de la villa que si una vez se asentaba la artillería sobre ellos serían combatidos y dados a saco: con temor de esto, vinieron a rendirse. El duque de Alba trajo al Emperador los burgomaestres de la villa, estando ya Su Majestad cerca de ella, y deteniéndose allí un día y dejando dos banderas de guardia, partió para Rotemburg. Tardó en este camino dos días, que no fue pequeña diligencia según el tiempo era trabajoso y los caminos, estar ya tales que en ninguna manera se podían andar. Los de Rotemburg salieron a Su Majestad el día antes que entrase, y vinieron a ofrecerle la villa, diciendo que ellos nunca habían dado gente ni dinero contra él, y así era verdad. Supo también el Emperador cómo los enemigos no estaban lejos de allí, y que verdaderamente llevaban intención de hacerse señores de Franconia, y por esto se dio priesa a ocupar a Rotemburg, donde les tomaba los pasos por donde ellos pensaban pasar. Mas el rigor grande del tiempo no daba lugar, y así, todos los capitanes aconsejaron al Emperador que alojase su campo en Norling y en las otras tierras que sobre el Danubio se habían conquistado, y cerca de Ulma y Augusta, y para esto daban razones harto bastantes. Mas el Emperador no quiso sino ir a defender a Franconia, poniéndose delante de los enemigos, porque la empresa de Augusta y Ulma era fácil, rotos los enemigos, y lo que más importaba era no dejarlos rehacer en Franconia. Y

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así, sin reparar en las dificultades que se ofrecían, determinó de caminar y atajarles el camino, o forzarles a que tomasen otro donde acabasen de deshacerse. Este designo fue tan bien atendido como pareció después por lo que sucedió, porque sabiendo los enemigos que el Emperador estaba ya en Rotemburg, dejaron el camino de Franconia y tomaron otro a mano izquierda con un rodeo grandísimo, y por unas montañas harto ásperas, y así hubieron de dejar la mayor parte de su artillería gruesa repartida en algunos castillos del duque de Viertemberg, que estaban por allí cerca, y con esto pusieron tanta diligencia en caminar, que cuando el Emperador estaba en Rotemburg, los enemigos se habían puesto ocho leguas de él, habiendo estado tres el día antes.

- XLVI Deshácense los enemigos. Tira cada cabeza por su parte. -El conde de Bura vuelve a Flandres. Ya ellos iban tan rotos en este tiempo, que las dos cabezas que los guiaban se apartaron, y Lantzgrave se fue con docientos caballos a su casa, y pasando por Francafort, los gobernadores de la villa le fueron a hablar como a vecino y capitán general de la liga, y le pidieron consejo sobre lo que debían hacer. Y les respondió: «Lo que me parece es que cada raposo guarde su cola», que era un proverbio de que él mucho gustaba. Y dada esta respuesta tan resoluta partió con sus caballos, y se fue a su casa. También el de Sajonia tomó otro camino, recogiendo las reliquias del ejército que pudo, y con un grandísimo rodeo caminó hacia su tierra, componiendo por el camino las abadías que había, y sacando de ellas dinero para sustentar los soldados que llevaba; robaba los templos, y de otros lugares sacó el dinero que pudo. El Emperador los escribió consolando a los católicos, diciéndoles que los protestantes habían bien descubierto sus ánimos y malas intenciones, pues era tal su religión que en lo divino y humano así ponían sus manos, que se animasen, que esperaba, con el favor divino, que muy en breve llevarían su debido y merecido pago, que no permitiría Dios que en esta vida quedasen tantos insultos sin castigo.

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Estando el Emperador en Rotemburg, y viendo cuánto se habían alejado los enemigos de él, entendiendo que el tiempo ni la tierra daban esperanza de podellos alcanzar, ordenó de dar licencia al conde de Bura para que volviese a Flandres con la gente que había traído, y mandóle que fuese por Francafort y procurase, por fuerza o maña, ganar aquella tierra; la cual es grande, rica y muy importante. Partido el conde, el Emperador, con el resto del ejército, dio la vuelta sobre las ciudades en quien consistió la fuerza de la guerra pasada, mas el ímpetu y la reputación de la victoria hacía la guerra en Alemaña muy en favor del Emperador, y así, muchas ciudades enviaron allí a Rotemburg sus embajadores rindiéndose, y otras trataban ya hacer lo mismo. Así que, antes que Su Majestad de allí partiese, todas las ciudades y villas imperiales hasta el Rhin, y algunas de las de Suevia, y hasta Sajonia, vinieron rindiéndose a su obediencia.

- XLVII Viene el Emperador a Hala de Suevia, ciudad principal rendida. -El conde Palatino procura la gracia del César. -Clemencia del Emperador. Partido el Emperador de Rotemburg, vino en dos alojamientos a Hala, de Suevia, que era ya de las ciudades rendidas, y de las más ricas de aquella provincia, y de la liga. Allí, por indisposición de su gota, que le apretó mucho, se detuvo algunos días más de los que quisiera. Y en este tiempo, que sería mediado diciembre, el conde Palatino comenzaba a tratar como hombre bien arrepentido, de la demostración que contra Su Majestad había hecho, y pasó tan adelante, que Su Majestad admitió el darle audiencia; que la clemencia del Emperador fue siempre tanta, que se podía decir ser propria virtud suya, y así, se dijo de él que de todo se acordaba, sino de sus ofensas. Vino el conde Palatino allí en Hala a la corte del Emperador, un día que le fue señalada hora, y entró en la cámara donde Su Majestad estaba sentado en una silla por causa de la gota que le trababa los pies. Llegó el conde haciendo muchas reverencias y quitada la gorra; y comenzó a dar disculpas, diciendo y mostrando que si en algo había faltado, él estaba muy arrepentido, y dijo esto con tantas palabras y humildad cuando le convenía. El Emperador le respondió: Primo, a mí me ha pesado en extremo que en vuestros postrimeros días, siendo yo vuestra sangre y habiéndoos criado en mi casa, hayáis

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hecho contra mí la demostración que habéis hecho, enviando gente contra mí en favor de mis enemigos, y sosteniéndola muchos días en su campo; mas teniendo yo respeto a la crianza que tuvimos juntos tanto tiempo, y a vuestro arrepentimiento, esperando que de aquí adelante me serviréis como debéis, y os gobernaréis muy al revés de como hasta aquí os habéis gobernado, tengo por bien perdonaros y olvidar lo que habéis hecho contra mí, y así es porque con nuevos méritos mereceréis bien el amor con que agora os recibo en mi amistad. El conde de nuevo comenzó a dar disculpas, todas las que él pudo, y lo que más movió a todos fue la humildad y las vivas lágrimas con que se descargaba. Que cierto hizo compasión ver un señor de tan alta sangre, primo del Emperador, y tan honrado y principal, con aquellas canas de ochenta años descubiertas; quebrara un corazón, aunque fuera de piedra. De allí adelante el Emperador le trató con la familiaridad pasada, aunque entonces le había recibido con la severidad necesaria.

- XLVIII Ulma se reduce. Ciudad poderosa y rebelde. Ya los de Ulma trataban de reducirse al servicio del Emperador en el mismo tiempo que el conde Palatino estaba en Hala. Llegaron allí, y señalándoles hora por hablar a Su Majestad, entraron en la cámara, donde le hallaron sentado, y estando el conde Palatino delante, se hincaron de rodillas, y con semblante triste y humilde, mostrando lo que tenían en los ánimos, el principal de ellos dijo, en suma, estas palabras: Nosotros los de Ulma conocemos el yerro en que hemos caído y la ofensa que os hemos hecho, lo cual todo ha sido por falta nuestra y de algunos que nos han engañado; mas juntamente conocemos que no hay pecado, por grave que sea, que no alcance la misericordia de Dios, arrepintiéndose el pecador. Y por esto esperamos que quiriendo vos imitar a Dios, tendréis respeto a nuestro arrepentimiento y nos recibiréis a vuestra misericordia. Y así, os pedimos, por amor de la pasión de Cristo, hayáis piedad de nosotros y nos recibáis en gracia, pues nos entregamos a vuestra voluntad con determinación de serviros como buenos y leales vasallos, con las haciendas y la sangre y con las vidas, como lo debemos a tan buen Emperador. Su Majestad le respondió que venir ellos en conocimiento de su yerro era muy gran parte para que él se lo perdonase, y que juntamente con esto, tener él por cierto que, arrepentidos de lo pasado, le habían de servir en lo venidero como buenos y leales vasallos del Imperio, hacia que de mejor voluntad les perdonase, y que así los admitía a su gracia, reservando para sí lo que en

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aquella ciudad convenía que se hiciese, para el bien y sosiego de todo el Imperio. Dieron los de Ulma en servicio a Su Majestad cien mil florines y doce tiros gruesos de artillería, y recibieron diez banderas de presidio.

- XLIX Por qué quiso el Emperador sujetar a Viertemberg antes de pasar adelante. Después, de ahí a pocos días, partió de allí el Emperador, porque si bien el duque de Viertemberg comenzaba a sentir que las banderas imperiales se le acercaban y blandeaba con el temor, aunque no tanto que no fuese necesario que el Emperador, con las armas en la mano, le hiciese venir a su obediencia. Porque teniendo el Emperador a Ulma, tan vecina al ducado de Viertemberg, no era conveniente cosa dejarlo libre con las fuerzas que tenía, y apartarse de él yendo a otra empresa, pues con la ausencia de Su Majestad se podía dar ocasión a cosas nuevas, porque estando Augusta en pie juntamente con aquel Estado, pudieran fácilmente hacer alguna resolución en Ulma. Y para esto tuvieran aparejo, por la vecindad que este Estado con ella tiene, y con otros que naturalmente son inquietos y amigos de novedades, principalmente los franceses; que si Viertemberg estaba fuera de la obediencia tendrían la puerta abierta para todas las revueltas de Alemaña. Así que el Emperador, por estos y otros respetos, determinó de hacer la empresa de aquel Estado, y envió al duque de Alba delante con los españoles, y el regimiento de Madrucho y coronelía de Kamburg, y los italianos que habían quedado, que eran tan pocos, que por eso no digo el número.

-LEntra el duque de Alba delante. Síguele el Emperador. -Rinde y sujeta brevísimamente este Estado. Partido, pues, el duque de Alba con la parte del ejército que digo, y alguna caballería de tudescos, y los trecientos hombres de armas que vinieron del reino de Nápoles, Su Majestad le siguió con la otra parte de los caballos, y el regimiento de tudescos (que habla sido de Jorge y entonces el Emperador le había dado al conde Juan de Nasau). El camino fue derecho a Alprum, que es una villa imperial y fue de la liga, porque de tres entradas que hay para el ducado de Viertemberg por la banda 303

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donde Su Majestad estaba, la de aquella vista es la más llana y más abierta para llevar campo y artillería. Llegado el Emperador a Alprum, el duque de Viertemberg comenzó a apretar más en sus negocios, porque el duque de Alba, de camino, había rendido algunas villas del Estado. Entrado más adelante había reducido a la obediencia de Su Majestad casi todas las villas de él, exceto algunas fortalezas, para las cuales eran menester muchos años de sitio, así por ser fortísimas como por estar bien proveídas. Mas el duque de Viertemberg, tomando el consejo más saludable, vino en todo lo que el Emperador le mandaba, dándole tres fuerzas del Estado, las que Su Majestad quiso escoger. Estas eran: Ahsperg, un castillo muy grande y lleno de artillería y municiones, puesto en un sitio muy fuerte, y Kuthanderg. La tierra era otra villa llamada Porendorf, y ésta es la más fuerte, y por eso estaba la más bien proveída, porque había en ella vituallas para dos mil hombres muchos años, y artillería y munición conforme a esto. En todas estas fuerzas se halló artillería del duque de Sajonia y de Lantzgrave, de la que por ir con más diligencia habían dejado, especialmente en esta villa, por ser señora de una entrada muy importante para aquel Estado; y entregando esto que tengo dicho, dio a Su Majestad docientos mil ducados, y prometió de hacer todo lo que él mandase sin excetar cosa alguna.

- LI Ríndense siete ciudades en un día. -Piden misericordia en lengua española. -Amaban al Emperador los alemanes. Llamábanle padre. Habiendo el Emperador, en tan breve tiempo, sujetado al duque de Viertemberg y asegurado aquel Estado con tener estas fuerzas en su poder, le vino aviso del conde de Bura cómo Francafort se había rendido a la voluntad de Su Majestad, y que él estaba con doce banderas. Dos días después de estas nuevas, vinieron los burgomaestres de la dicha villa, y Su Majestad los recibió con las condiciones que a los otros, reservando en sí lo que para el bien de la Germania convenía que se hiciese. Luego otro día vinieron juntas siete ciudades, todas de la liga, entre las cuales eran Meminguen y Quenten, de manera que antes que Su Majestad partiese de Alprum ya todas las ciudades de Suevia (exceto Augusta) estaban rendidas a su obediencia, porque, como está dicho, ya la victoria y reputación

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del César peleaba por él en todas las partes de Alemaña. Partiendo el Emperador de Alprum, tomó su camino para Ulma, pasando por el ducado de Viertemberg, y en seis jornadas llegó a ella. Mas los de la ciudad habían enviado a los confines de su señorío sus embajadores a recebirle muy acompañados, los cuales le hablaron en español, hincados de rodillas, allí en el campo adonde habían salido a esperar al Emperador que venía de camino. La causa de hablalle en español dicen que fue parecerles que era más acatamiento hablarle en la lengua que era más su natural y más tratable, que no en la propria de ellos. Lo que dijeron fue ofreciéndole la ciudad, y particularmente las personas y haciendas, que unos hombres muy determinados de servir a su príncipe pueden ofrecer. Su Majestad les respondió en español, hablándoles mansa y agradablemente, como ellos dicen, llamándole príncipe gracioso, de la cual respuesta quedaron tan contentos cuanto era razón y mostraron bien la voluntad que al Emperador tenían, que generalmente era amado en toda Alemaña, tanto, que la gente de guerra, ordinariamente, le llamaban Unserlater, que quiere decir, nuestro padre. Este nombre quiso usar un prisionero de los enemigos, que unos tudescos trajeron un día a Su Majestad. Preguntándole el Emperador si le conocía, dijo: «Sí, conozco que sois nuestro padre.» Al cual, Su Majestad dijo: «Vosotros que sois bellacos, no sois mis hijos. Estos que están aquí a la redonda, que son hombres de bien, éstos son mis hijos y yo soy su padre.» Fueron estas palabras oídas del prisionero con gran confusión y con grandísima alegría de todos los tudescos que alrededor estaban. Y demás de esto, con todas las otras gentes era muy bien quisto, porque aun de los que habían andado contra él en esta guerra, a los más se ofrecían a probar que habían sido engañados, y no haber sabido que era contra él, y en su arrepentimiento se vio bien, y un conde muy principal se dio de puñaladas de puro dolor de haber sido contra el Emperador sin saber lo que hacía. Y así estimaron en más volver en gracia del Emperador que las haciendas ni las vidas.

- LII Lo que con suma humildad dijeron de su culpa. -Los de Augusta suplican al Emperador perdone a Xertel, que fue capitán de su alteración. -Temen en Augusta. Ríndese.

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Estando el Emperador en una villa de Ulma, vinieron a él los embajadores de Augusta queriendo hacer lo que las demás ciudades. Pedían los de Augusta que Su Majestad perdonase a Xertel, y si no, que le dejase la hacienda para los hijos. No quiso el Emperador concederles nada desto, y ellos dijeron que Xertel estaba en Augusta con dos mil hombres y otros muchos ciudadanos, y que eran fuerzas que ellos no podrían vencer y echarle fuera. El Emperador les respondió, que él iría presto allá y le echaría. Vueltos a su ciudad con esta resolución, fue tan grande el temor del pueblo, que acordaron de rendirse. Y estando los del Senado en la casa de su consistorio, entró Xertel y díjoles: «Señores, yo sé lo que tratáis, que es concertaros con el Emperador, y porque por mí no lo dejéis de hacer, yo me iré; por ventura este servicio que hago a Su Majestad en irme, y otros que le pienso hacer, serán causa que me perdone.» Dichas estas palabras se fue a su casa, y lo mas encubiertamente que pudo, caminó luego fuera de la ciudad. Los de Augusta vinieron a Ulma, donde ya el Emperador estaba, y dióles audiencia sentado Su Majestad en una silla con todas las ceremonias imperiales acostumbradas; y ellos, hincados de rodillas con toda la humildad posible, dijo uno de ellos: «Tenemos entendido los de Augusta la grandeza de nuestro pecado, y también el castigo que por él merecemos; mas conociendo por experiencia que vuestra clemencia es tanta, que todos los que os han ofendido y después, arrepentidos de sus yerros, os piden misericordia, la hallan en vos, osamos suplicar que, pues nosotros arrepentidos de los nuestros, y con ánimo de serviros mejor que todos, venimos a socorrernos de vuestra clemencia, seáis servido que la que no os ha faltado para con ellos no os falte para con nosotros, y pues nos entregamos a vuestra voluntad, suplicamos que sea de manera que la desgracia que merecemos se torne en gracia, cual de tan piadoso príncipe esperamos.» El Emperador respondió como había respondido a los de Ulma, y después, mandándolos levantar, le vinieron a tocar la mano como los de las otras ciudades habían hecho. Después de rendidos Augusta y Ulma, y Francafort, no faltaba sino Argentina para que las cuatro cabezas principales desobedientes se redujesen a su debida obediencia, y ella lo hizo enviando sus burgomaestres, a los cuales hizo el Emperador el favor y merced que a las demás venciendo con su clemencia más que otro príncipe hiciera con poderosísimas armas.

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- LIII Condiciones con que se rindieron muchos caballeros. Las condiciones con que el conde Palatino y el duque de Viertemberg, y otros caballeros, se redujeron al Emperador, fueron: amistad perpetua con la Casa de Austria, dando por ningunas todas las otras ligas que hayan hecho con otros. Decláranse por enemigos del duque Juan de Sajonia, y de Felipe de Hessen, lantzgrave. Castigan a todos los soldados que han salido a servir a algún príncipe contra el Emperador. Reciben gente de guerra en los lugares que el Emperador quiso poner, y sin éstas, otras condiciones muy honrosas y provechosas para el Emperador.

- LIV Lo que duró esta guerra, en la cual el Emperador hizo oficio de general. Seis meses duró esta guerra, en la cual el Emperador hizo el oficio de capitán general, y los progresos buenos y felices sucesos que en ella hubo se guiaron por su cabeza, y muchas veces contra el parecer y voto de sus capitanes. Y es cierto que le valió tanto a este príncipe, para domar esta ferocísima gente, su buena industria y arte militar, cuanto la buena fortuna que siempre tuvo en todas sus cosas. Quiso pasar lo restante del invierno en Ulma curándose de la gota que le fatigaba y poniendo en orden lo necesario para seguir la guerra, entrado el verano, contra el duque de Sajonia y Lantzgrave.

- LV Muerte del Cristianísimo rey Francisco, príncipe digno de perpetua memoria y de ser contado entre los grandes del mundo. Antes de acabar este año y libro, ya que me da lugar la guerra de Alemaña, diré la muerte del rey Francisco, que pues en vida dió tanto que decir con sus grandes hechos, razón será hacer una memoria de su muerte, que se aceleró algo acabándole los grandes trabajos de espíritu guerras y que tuvo. Murió en París a 30 de marzo, año de 1546, de una fístula, en edad de cincuenta y cuatro años; otros dicen menos. Reinó cerca de treinta y tres; los 307

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veinte y cinco gastó en las guerras tan porfiadas que tuvo con el Emperador, como émulo de su virtud y prosperidad. Era el rey Francisco agraciado en muchas cosas, y así representaba bien la dignidad real. Y como de su natural fuese alegre, cortés, humano y tratable, ganaba muchas voluntades, y principalmente por ser muy liberal en dar; lo cual tanto más en él resplandeció, cuanto el rey Luis, su suegro, fuera por extremo avariento y por tal, aborrecido. Era amigo de holgarse, dado a mujeres tan público que sonaba mal. Hablaba su lengua con gracia, mas era largo, y así los versos que compuso son alabados. Gobernó bien, si no fue al principio, aunque cargó de muchos pechos sus reinos. Fue muy católico, que nunca consintió en su reino luterano, y castigaba con rigor los herejes. Ninguna culpa ni falta se le pudiera poner en esto si no llamara los turcos, en daño y escándalo de la Cristiandad. Algunos franceses y italianos le quieren igualar con el Emperador, mas no tienen razón, si bien añaden al rey lo que quitan al Emperador. Que ninguno sin pasión verá la vida, la justicia, la religión, las victorias, las guerras tan justificadas, los Estados, reinos y señoríos de Carlos V (que son las cosas que a un príncipe hacen grande) que le halle igual en el mundo. Comenzó Francisco a reinar con grande orgullo; pasó con ejército en Italia por nuevo camino, venció los esguízaros en Marignan; ganó el ducado de Milán, prendiendo al duque Maximiliano Esforcia; trató con el papa León en Bolonia, donde se vieron, que le diese título de Emperador de Constantinopla; hizo luego en Noyon un honrado trato de paz y amistad con Carlos, príncipe de Castilla; compitió con él por el Imperio con tanta porfía como se ha visto; deseó sumamente ser duque de Milán, si bien le costó caro, pues le trajeron preso a España; revolvió otra vez a Lombardía y toda Italia, de donde resultó la prisión del Papa y saco de Roma, cerco de Nápoles, la empresa de Cerdeña y otra infinidad de males que dejo dichos; finalmente, sus afanes y continuos cuidados pararon con la muerte, que todo lo acaba, igualando a los reyes con los que no lo son.

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Libro Vigesimonono Año 1547

-IFuentes para este libro. Seguí en el libro pasado de la guerra de Alemaña, año 1546, los comentarios de don Luis de Avila, con algunas relaciones escritas de mano por soldados curiosos que andaban en el campo imperial, que las escribían con cuidado y enviaban a España. En este año seguiré la relación que un soldado que calló su nombre envió al marqués de Mondéjar, cuyo criado dice que había sido y escribióla con tanta diligencia, que dice que escribe lo que vió y que la mayor parte dello lo escribía a caballo como ello iba pasando. Y esta relación es al pie de la letra el segundo tratadillo o comentario que en el librico de don Luis de Avila está, que comienza: Todo el tiempo, etc., y se imprimió en Granada, a 15 de enero, año 1549; y el soldado lo acabó de escribir en Augusta, viernes día de San Martín, año 1547. Por manera que el dicho comentario no es de don Luis, sino de este soldado no conocido. Diré lo que él dice, añadiendo lo más que hallare en las relaciones de mano.

- II El duque Frederico de Sajonia cobra lo que de sus tierras le habían quitado. En el tiempo que el duque Frederico de Sajonia y el lantzgrave habían andado conformes con el campo de la liga de herejes haciendo cara al Emperador, el rey de romanos y el duque Mauricio habían entrado las tierras del duque de Sajonia, rebelde, y héchose señores de la mayor parte dellas. Mas como se deshizo el campo de la liga, el duque de Sajonia recogió una buena parte de él, y sin parar fue a recobrar su Estado, y dióse tan buena maña Joan Frederico, que no sólo cobró lo que le habían tomado el rey y Mauricio, mas aún de sus Estados les tomó parte, y extendió tanto sus inteligencias, que en Bohemia tenía amistades harto bastantes para poner aquel reino en peligro, y

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tomó a Jaquimis, que es un valle principal en aquel reino, y donde son todas las mineras que hay en él. Y esta empresa fue hecha con voluntad de los bohemios, los cuales, con sus disimulaciones fingían el rendirse a la fuerza de los capitanes del duque; de los cuales el principal se llamaba Tumez, y Erne, que, como general andaba en aquella empresa, la cual al principio fue disimulada por los bohemios, mas después se declararon en ella tanto por el de Sajonia, que del todo vinieron a perder el respeto al rey, y aun la vergüenza, como adelante se dirá.

- III El Emperador quiere ir en persona contra el duque de Sajonia. -El poco caso que del rey don Fernando hacían en Bohemia, y el mucho que del de Sajonia. Pues siendo este negocio de tanta importancia, y sabiendo el Emperador lo que pasaba, no sólo por cartas del rey don Fernando, mas también por otras de los que había enviado a saber, particularmente, el estado de aquel reino, dejando los negocios de gobierno en que los días que estuvo en Ulma se ocupaba con las ciudades que se habían rendido y otras que trataban de rendirse, y sin quererse detener a tomar el palo, del cual, por los trabajos pasados, tenía harta necesidad, comenzó a poner en orden su partida y todo lo que era necesario para esta guerra, en la cual se quería hallar en persona, por ser en ella de todas maneras necesaria. Porque el duque Joan Frederico estaba tan poderoso, habiendo cobrado toda su tierra, exceto a Cibicán, y tomado al duque Mauricio todo su Estado, no le dejando más que a Ties y a Lipsia, y a la Cibicán, y se hallaba con cuatro mil caballos y diez mil infantes, gente muy escogida; que era necesario acudir con tiempo, y la presencia y reputación grande de Su Majestad para atajar muchos males y guerras, que el duque de Sajonia podía causar, no le deshaciendo con tiempo, porque es cierto que él tenía toda Sajonia y Bohemia puestas en tales términos, que muy abiertamente le confesaban por amigo, sin hacer caso del rey para cuanto querían hacer por el duque. Y llegaba la desvergüenza de los bohemios a tanto, que con una falsa disimulación detenían las hijas del rey casi como presas en el castillo de Praga. Había el Emperador proveído, antes que saliese de Ulma, algunas cosas que parecían tanto bastantes, que con ellas se pudiera excusar el trabajo de su persona, porque envió ocho banderas de infantería y ochocientos caballos, y con ellos al marqués Alberto de Brandemburg, el cual, demás desto, llevó

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otros mil caballos, y ocho banderas. También envió algunos dineros, que son el nervio y fortaleza de la guerra. Eran fuerzas éstas que, juntas con las del rey y del duque Mauricio, se aventajaban a las del de Sajonia, si la manera de tratar la guerra fuera conforme al aparato della. Mas como adelante se dirá, pasó la cosa algo diferente de lo que al principio se pensó. Y porque más abundantemente fuese proveído lo que al rey tocaba, el Emperador envió a don Alvaro de Sandi con su tercio, y al marqués de Mariñano con ocho banderas de tudescos. Estas fueron mandadas detener, porque la relación de los hechos de Sajonia venía tan llena de necesidad de que la persona del Emperador se hallase presente en esta guerra, que él determinó de no perdonar a trabajo suyo, ni peligro, viendo en el que estaban su hermano el rey y el duque Mauricio, y junto con esto lo que de allí podía resultar para todo lo de Alemaña. Porque si se dejaba crecer el fuego encendido, era poner la victoria pasada en los términos que estaba antes que se alcanzase. Consideradas así estas cosas, el Emperador se resolvió en hacer la jornada, y mandó poner en camino la infantería tudesca y española, con la artillería que tomó de Ulma.

- IV Concordia con el duque de Viertemberg. Con la intercesión del conde Palatino se concluyó el rendimiento del duque de Viertemberg, y se ordenó la escritura de concordia con estas condiciones: «Que porque el duque estaba muy enfermo de la gota, nombre personas que de su parte hagan la reverencia y reconocimiento debido a Su Majestad, y que si estuviere para ello, venga en persona dentro de seis semanas. Que las constituciones que el Emperador hiciere y ordenare, las guardará y cumplirá, y que no dará favor ni ayuda al duque de Sajonia ni a Lantzgrave, ni a otro príncipe, sino sólo al Emperador. Que no hará liga ni concierto alguno con los rebeldes, ni con otro, en el cual no entraren el Emperador y rey de romanos y Casa de Austria. Que no consentirá que se haga gente de guerra en su tierra, ni entre sus vasallos, sin voluntad del Emperador. Que hará que toda la gente noble de su Estado juren y guarden este capítulo. Que dará gente de pie y caballo que acompañen y guarden la persona del Emperador, y aseguren el camino en todos los lugares de su Estado. Que dará y entregará la artillería y municiones que los rebeldes dejaron en su tierra, y más dará para los gastos de la guerra que el Emperador ha hecho a los rebeldes docientos mil florines de oro; la mitad luego, la otra mitad dentro de veinte y cinco días primeros; y

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hasta tanto que haga la dicha paga dará en rehenes las villas y castillos de Asburgum, Kirchemo, Scorendorsio, y recibirá presidio en ellas. Que satisfará y pagará, como el Emperador mandare, todos los daños que en esta guerra hubiere hecho a las personas que los hubieren recebido. Que el duque y su hijo, habiendo de tener pleitos, se sujetarán a los fueros y derechos y costumbres de Borgoña. Que no hará mal ni ofenderá a los súbditos de su Estado que hubieren servido al Emperador en la guerra pasada. Que el derecho que tiene el rey de romanos en Viertemberg quede ileso, entero y sano, según estaba. Que dentro de seis semanas confirmarán estas condiciones su hijo Cristóbal y él, y todos los de su Consejo. Que no se entienda ni entre en esta paz ni condiciones de ella Jorge, hermano del duque.» Hecha y otorgada la dicha concordia, fueron los embajadores del duque a besar la mano al Emperador, y se echaron a sus pies, y en nombre del duque oraron, confesando la culpa y dando las disculpas que pudieron con toda humildad, firmaron la escritura.

-VCómo se sujetaron otros lugares. -Enviudó el rey don Fernando. A imitación del duque se sujetaron otros muchos lugares, pagando algunos suma de dineros para los gastos que el Emperador había hecho, y asimismo dando artillería y otras cosas, en pago y satisfacción de su delito. Estando el Emperador en Ulma llegó nueva de la muerte de la reina de Hungría Ana, mujer del rey don Fernando. Dejó quince hijos y hijas. El Emperador hizo sus honras en Ulma con la solemnidad debida. El duque de Sajonia quisiera conservar a los de Argentina; mas ellos no quisieron su amistad, sino trataron con Antonio Perenoto la confirmación de la gracia que querían del Emperador, y a 21 de marzo vinieron los burgomaestres y trajeron al Emperador treinta mil florines de oro y doce tiros gruesos. Recibieron el presidio que les quiso poner, echando fuera de la ciudad la parcialidad de los protestantes. Hízose esto aunque de parte del rey de Francia había embajadores que los procuraron estorbar.

- VI El de Sajonia prende al duque Alberto. 312

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Por este tiempo andaba el rey de romanos a malas con sus bohemios, que no podía acabar con ellos que tornasen las armas contra el duque de Sajonia; antes, algunos al descubierto hacían contra el rey en favor del duque. Contra éstos envió el Emperador a Alberto de Brandemburg con dos mil caballos y diez banderas de infantería, con las cuales juntó el rey de romanos otras seis banderas y quinientos caballos. Con este campo llegó Alberto a 9 de enero a un lugar, y descuidándose, tuvo el duque aviso, y último de febrero, una noche dio sobre él y lo prendió, como luego diré.

- VII Viene rendido el duque de Viertemberg, por el mes de marzo. -Ceremonia con que hizo su satisfacción. El duque de Viertemberg, por su enfermedad, no había podido venir, como había mandado el Emperador, señalándole tiempo para darle audiencia, mas estando ya con salud, vino el mesmo día que Su Majestad partió de Ulma a dar la obediencia que un príncipe vencido debe a su vencedor y natural señor. Y así, estuvo esperando en la sala que el Emperador acabase de comer. Traíanle cuatro hombres en una silla, por estar tan impedido de la gota. El Emperador salió y pasó junto a él sin mirarlo, lo cual no dejó de notar el duque. Sentóse Su Majestad, y hiciéronse las ceremonias que se acostumbran en semejantes actos, estando el mariscal del Imperio delante con la espada imperial sacada y puesta al hombro. El chanciller del duque y todos los de su Consejo se hincaron de rodillas, descubiertos, y en diciendo los títulos que según su costumbre suelen decir al Emperador, en nombre del duque dijeron: «Con toda la humildad que puedo y debo, me presento delante de Vuestra Majestad, y públicamente confieso que le he ofendido gravísimamente en la guerra pasada, y he merecido toda la indignación que contra mí tuviere, por la cual yo tengo el arrepentimiento que debo, el cual es el que pide la razón, que para tenerlo hay. Y así vengo humilmente a suplicar a Vuestra Majestad por la misericordia de Dios y por vuestra natural clemencia que me perdone y de nuevo reciba en su gracia, porque a él sólo y no a otro alguno conozco por mi primero príncipe y natural señor, al cual prometo que en cualquiera parte que esté le serviré con todos los míos, como humildísimo príncipe, vasallo y súbdito suyo, y con toda aquella obediencia y sujeción y agradecimiento que debo, para merecer la grandísima gracia que agora recibo, y que cumpliré

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fielmente todo lo que en los capítulos Vuestra Majestad me ha dado y se contiene.» A éste respondió el chanciller del Emperador. «La Majestad Cesárea de nuestro clementísimo Emperador ha entendido lo que el duque Uldarico de Viertemberg humilmente ha propuesto, suplicado y ofrecido; y viendo su arrepentimiento, y que públicamente confiesa que gravemente ha ofendido a Su Majestad, y cuán dignamente merece perdón de todas estas cosas, Su Majestad Cesárea, por la honra de Dios y su natural clemencia, especialmente porque el pobre pueblo, que no pecó, no padezca, tiene por bien de olvidar la ira que contra el duque tenía y perdonalle clementísimamente, con condición que el duque conserve y guarde todas las cosas que le ha ofrecido y obligado de guardar.» El duque de Viertemberg dio grandes gracias al Emperador por ello, y prometió de ser siempre fidelísimo. A todo esto estaban de rodillas su chanciller y todos los de su Consejo. El duque estaba sentado en su silla, quitado el bonete y bajo de todo el estrado, porque antes por seis embajadores había enviado a suplicar a Su Majestad le permitiese estar de la manera que su enfermedad pedía, porque en pie, ni de rodillas, era imposible. Fue para los de Ulma esta vista harto admirable, porque como no tienen otro vecino más poderoso, parecíales éste un caso notable en que veían el grandísimo poder del Emperador, que a príncipes tan poderosos así los humillaba y domaba. Pasado esto, el Emperador se puso a caballo y prosiguió su camino.

- VIII Llega el Emperador a Gunguen. Prosigue su camino. -Prende el de Sajonia al marqués Alberto. -Deja el sajón a Mauricio y diviértese a Bohemia. Llegó el Emperador a Gunguen, donde en la guerra pasada los enemigos habían estado alojados, y en el alojamiento tan extendido se vió bien el gran número de ellos y la fortificación que tenían hecha por la parte que se les pensó dar la encamisada, la cual parte éstos tenían tan bien fortificada y entendida, que cualquiera cosa que por allí se pretendiera fuera muy a su ventaja. De allí vino el Emperador a Erlinge, adonde el tiempo, y no se haber purgado, se juntaron para que le cargase la gota, y túvola tan recia que le puso 314

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en tanta flaqueza que a todos quitaba la esperanza de poder convalecer tan presto. Mas él se dio tanta priesa a curarse con todo lo que al presente se podía curar, que comenzó a mejorar y a poderse levantar de la cama. Y en este tiempo, el duque de Sajonia, acrecentándosele siempre el campo, proseguía en sus victorias, haciéndose señor de toda ella, y había deshecho al marqués Alberto y prendídole, lo cual fue desta manera: El marqués Alberto estaba en un lugar que se llama Roqueliz, porque los que gobernaban la guerra contra el duque de Sajonia tenían repartida su gente en frontera contra él, y así el rey de romanos estaba con su campo en Tresen, y el duque Mauricio en Frayberg con la suya, y el marqués Alberto con diez banderas y mil y ochocientos caballos en este lugar que digo. Demás desto, tenían proveída a Zuibica y a Lipsia, la cual algunos días antes había sido combatida por el duque de Sajonia, mas fue muy bien defendida por los que en ella estaban. Era esta villa de Roqueliz, donde el marqués Alberto tenía su frontera, de una señora viuda hermana de Lantzgrave, la cual entretenía al marques Alberto con danzas y banquetes, que son fiestas acostumbradas en Alemaña, y mostrábale tanta amistad, que le hacía estar más descuidado de lo que un capitán debe estar en la guerra, y, por otra parte, avisaba al duque de Sajonia, el cual estaba en Garte, a tres leguas pequeñas con muy buena gente de a caballo y treinta y seis banderas de infantería, y usando de buena diligencia amaneció otro día sobre el marqués Alberto, el cual, por lo que a él la pareció, acordó de combatir en la campaña, y finalmente fue roto y él preso, habiendo peleado más como valiente caballero que como prudente capitán. Hay muchas opiniones. Ponte Heuterio del Fro dice que la mitad de la gente de Alberto estaba dentro en el lugar, y la otra mitad en el alojamiento, y que el sajón acudió al amanecer y les tomó muy descuidados, y que a un mismo tiempo dio en el real y en el otro lugar, y entró lo uno y lo otro, y mató mil y trecientas personas, y ganó trece tiros gruesos, y prendió al marqués, y los demás huyeron. Otros dicen que el marqués salió fuera del lugar a pelear con el duque, y que si detuviera en él, llegaran presto caballos del duque Mauricio a lo socorrer. Otros refieren y afirman que quiso guardar cuatro banderas, que alojaban en el burgo de esta villa, y por eso se puso en campaña con las otras, que estaban dentro de ella. En fin, todas estas opiniones se resumieron en que él perdió cuatrocientos o quinientos caballos muertos y presos, y mucha parte de los otros se recogieron al rey de romanos, y otros algunos quedaron en servicio del duque de Sajonia, el cual ganó todas las banderas de la infantería, de la cual murieron pocos, porque muchos se recogieron al rey, y otro, que fueron presos, juraron

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de no servir contra él, como se acostumbra hacer en Alemaña cuando los vencedores dan libertad a los vencidos. El marqués Alberto fue llevado a Gota, un lugar fortísimo del duque, donde le pusieron a recado. Habida esta victoria por él, no procedió por aquel camino que todos pensaron, que era ir contra el duque Mauricio que le tenía cerca, mas dejándolo estar en Frayberg comenzó a entender en las cosas de Bohemia, y así envió a Teorez y Erne con seiscientos caballos y doce banderas, y se hizo señor del valle de Jaquimistal con muy buena voluntad de los bohemios, si bien disimuladamente era el fundamento de lo que ellos y el duque pensaban hacer. Sabida esta nueva por el Emperador, y viendo que el rey y el duque Mauricio sostenían la guerra, guardando las fuerzas principales, y no sacaban gente de ellas para tentar otra vez la fortuna, él se dio priesa a partir de Nerlinga, donde pocos días antes que partiese vinieron los burgomaestres de Argentina, ciudad fortísima, y poniéndose debajo de su obediencia, como estaba tratado, le juraron por Emperador, lo cual no habían hecho con alguno de los pasados. Renunciaron todas las ligas que tuviesen hechas, y juraron de no entrar en algunas donde la casa de Austria no entrase, y de castigar los soldados de su tierra que hubiesen sido contra el Emperador, y poniendo grandísimas penas a los que de allí adelante tomasen armas contra él.

- IX Muerte del capitán Madrucho. -Campo que el Emperador llevaba. Partido el Emperador de Erlinguen, tomó el camino de Noremberga, llevando consigo dos regimientos de los viejos: el uno del marqués de Mariñano, y el otro de Aliprando Madrucho, el cual poco antes que el Emperador partiese de Ulma murió de calenturas. Perdió el Emperador en él un muy buen capitán y leal servidor. Sin estos dos regimientos mandó hacer otro de nuevo. Este hizo un caballero de Suevia llamado Hanzbalter. Llevaba también toda la infantería española, y los hombres de armas de Nápoles con seiscientos caballos ligeros, mil caballos tudescos del Tayche maestre y del marqués Joan, y del archiduque de Austria. Tenía el Emperador enviado delante al duque de Alba con esta gente, el cual había alojado en torno de Noremberga, exceto algunas banderas que quedaban para acompañar la persona del Emperador, y él estaba ya en Noremberga, donde había hecho el aposento para Su Majestad, y metido ocho banderas, que era el regimiento del marqués de Mariñano, porque la autoridad

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del Emperador así lo requiría, y era necesario; que aunque allí los nobles eran muy imperiales, el pueblo, que es grandísimo, desenfrenóse algunas veces, y era menester ponérsele de manera que temiesen. El Emperador fue recibido en aquella ciudad con gran demostración de placer, y fue a alojar al castillo que era su acostumbrado alojamiento. Allí estuvo cinco o seis días entendiendo en recoger el campo, y en su salud, porque aún sus indisposiciones no eran acabadas desde Noremberga, que era el camino que el Emperador había de llevar para juntarse con el rey y duque Mauricio, derecho a la villa de Eguer, donde por la oportunidad del lugar estaba concertado que se hiciese la masa de la guerra, y se habían de juntar el rey, con sus caballos y algunas banderas de infantería, y el duque Mauricio con los suyos, y así habían concertado a día señalado que fuese en esta villa. El rey partió de Tresen, que es lugar del duque Mauricio y el duque de Frayberge, y dejando a mano derecha las fuerzas de su enemigo. Por Laytemeriz entraron en Bohemia para tornar a traversar los montes de que ella está rodeada, y juntáronse en Eguer con el Emperador. Mas los de Bohemia mostraron entonces abiertamente su intención, y declararon cómo no eran vanas las esperanzas que el duque Joan de Sajonia tenía en ellos, las cuales se extendían a tanto que fue causa de decirse muchas cosas y haber varios juicios.

-XEl rey de romanos se había embarazado de un enemigo. -Pide gente al Emperador. Ya el Emperador había andado tres jornadas después que partió de Noremberga, donde le vino un gentilhombre del rey de romanos diciendo cómo después de haber entrado el rey y el duque Mauricio con la caballería y alguna infantería en Bohemia, un caballero bohemio había juntado mucha gente y cortado los bosques y atajado los pasos por donde el rey había de pasar, por dos o tres partes, por las cuales había querido pasar para venir a Eguer, y éste siempre las había embarazado; que le sería forzoso rodear algunas jornadas, y pasar por las montañas por algunos castillos de ciertos caballeros bohemios que con él venían, y juntamente con esto quería algunos arcabuceros españoles para que más fácilmente pudiese pasar y ser señor de aquellos bosques. El Emperador proveyó todo lo que convenía, aunque no fue necesario que los españoles, llegasen al paso, porque aquellos caballeros que con el rey venían le sirvieron tan bien, que le tuvieron libre y llano el camino, y el otro enemigo no llegó con su gente allí. Llamábase éste Gaspar Fluc, hombre muy

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principal en aquel reino, con quien el rey había tenido ciertas barajas, quitándole la hacienda por delitos suyos, y volviéndosela por le hacer merced. Mas él parece que tuvo más memoria de habérsela quitado que de habérsela vuelto liberalmente, que tal es la condición del ingrato. Cuentan que los que se juntaron para embarazar el paso al rey don Fernando hicieron un banquete, y después echaron suertes cuál sería capitán general, y ordenáronlo de manera que cayese la suerte sobre este Gaspar Fluc, y no por que hubiese en él más habilidad que en otro para este cargo, sino porque tenía más aparejo de gente y dinero y por ser señor de aquellos montes. Finalmente, la mayor parte de aquel reino hizo una muy ruin demostración contra su príncipe y señor.

- XI Disposición y aspereza de la tierra de Bohemia. Ya el rey de romanos había pasado por los castillos que digo, y el Emperador, habiéndolo sabido, estaba tres leguas de Eguer, que es una ciudad de la corona de Bohemia, a los confines de Sajonia mas es fuera de los montes, porque Bohemia es toda rodeada de grandísimos bosques y espesos; solamente a la parte de Moravia tiene entradas llanas; por todas las otras partes parece que naturaleza la fortificó, porque la espesura de las selvas y pantanos que hay, hacen dificultosísimas las entradas. La tierra que se encierra dentro de estos bosques es llana y fertilísima, y llena de castillos y ciudades. La gente de ella es valiente naturalmente y de buenas disposiciones. La gente de caballo se arma como la de los alemanes; la de pie, diferentemente, porque ni tiene aquella orden que la infantería alemana ni traen aquellas armas; porque unos traen alabardas, otros venablos, otros unos palos de braza y media de largo, de los cuales cuelgan con una cadena otro de hierro de largo de dos palmos, a los cuales llaman pavisas; otros traen escopetas y hachetas anchas, las cuales tiran a veinte pasos destrísimamente. Solían estos bohemios en tiempos pasados ser gente de guerra muy estimada; al presente no están en tanta reputación. Lo más de Sajonia confina con Bohemia desde Eguer, teniendo las montañas de Bohemia a mano derecha como van hasta pasado el Albis, que sale de Bohemia y entra en Sajonia por Laytemeriz, ciudad de Bohemia. Ha sido necesaria esta breve descripción de Bohemia para mejor entender lo que se ha de decir.

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- XII Llega el rey y el duque Mauricio donde estaba el Emperador. Estando el Emperador tres leguas de Eguer vino allí el rey, su hermano, y el duque Mauricio, y el marqués Joan de Brandemburg, hijo del elector, que ya su padre se había concertado con el rey, y en el servicio del Emperador, y así envió su hijo para que le sirviese en esta guerra. La gente de caballo que vino con el rey serían ochocientos caballos. El duque Mauricio trajo mil, el marqués Juan Jorge, cuatrocientos; los unos y los otros, bien en orden. Demás de esto, trajo el rey novecientos caballos húngaros, que son de los mejores caballos ligeros del mundo, y así lo mostraron en la guerra de Sajonia del año pasado de 1546, y lo mostraron agora en ésta de 1547. Las armas que traen son lanzas largas, huecas, y dan grande encuentro con ellas. Traen escudos o tablachinas, hechos de tal manera, que abajo son anchos hasta el medio arriba; por la parte de delante se van estrechando, hasta que acaban en una punta que les sube sobre la cabeza; son combados como paveses. Algunos traen jacos de malla. En estas tablachinas pintan y ponen divisas a su modo, que parecen harto bien. Traen cimitarras, y esto que es juntamente muchos dellos, y unos martillos de unas astas largas de que se ayudaban muy bien. Muestran grande amistad a los españoles, porque, como ellos dicen, los unos y los otros vienen de los escitas. Esta fue la caballería que vino con el rey. No trajo infantería, porque en Tresen dejó cuatro banderas, y las otras en entrando en Bohemia se fueron a sus casas; sola una bandera quedó con él, que después mandaron quedar en Eguer. Tampoco el duque Mauricio trajo infantería, porque Lipsia y Zuybica habían de quedar proveídas, pues el duque de Sajonia estaba cerca con ocho o nueve mil tudescos muy bien armados y otros tantos soldados hechos en la tierra, que no eran malos, y tres mil caballos armados muy escogidos, porque las otras doce banderas, y el resto de la caballería, estaba con Tumez Hierne, como está dicho, y repartido por otras partes.

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- XIII Parte el Emperador para Eguer, ciudad católica. -Va delante el duque de Alba. -Van en busca del enemigo, duque de Sajonia. -El duque de Sajonia estaba en Maysen, de la otra banda de Albis. -Busca vado el campo imperial. -Niebla oscurísima. El Emperador partió para Eguer, la cual ciudad era católica, que no era poca maravilla, estando cercada de bohemios y sajones, todos herejes. Luego otro día, como el Emperador allí llegó, vino el rey, que sería a veinte de marzo, y el Emperador se detuvo la Semana Santa y Pascua de Resurrección en esta villa, y pasada la fiesta se partió, habiendo enviado al duque de Alba delante con toda la infantería y parte de los caballos, el cual envió cuatro banderas de infantería y tres compañías de caballos ligeros con don Antonio de Toledo a una villa donde estaban dos banderas del duque de Sajonia, y habiendo una pequeña escaramuza, la villa se rindió, y los soldados dejaron las banderas y las armas. Toda aquella tierra de Sajonia, que es confín de Eguer, es áspera y llena de bosques y de pantanos; mas después que se ha llegado a una villa que se llama Plao, seis o siete leguas de Eguer, la tierra se comienza a extender y abrir, y hay muy hermosos llanos y praderías muy llenas de castillos y lugares. Toda esta provincia estaba tan puesta en armas, y el duque la tenía tan llena de gente de guerra, que muy pocos lugares había donde no estuviesen banderas de infantería, y juntamente con esto él andaba conquistando algunos lugares que hasta entonces no había ganado. En este tiempo, el Emperador, con toda diligencia, caminó la vuelta de su enemigo, porque no había cosa que más desease que topar con él, antes que se metiese en cuatro lugares fortísimos, que son: Viertemberg, Gotta, Sonobalte y Heldrun. El cual había ganado del conde de Mansfelt pocos días antes, y cada uno con nueva tan cierta se holgó mucho. Los descubridores llegaron al lugar donde decían que estaban los enemigos, y no solamente no los hallaron, pero ni aún nueva de que aquel día hubiese parecido caballo ni soldado, sino unos que aquella mañana habían prendido unos caballos ligeros españoles, de los cuales se supo que el duque de Sajonia estaba en Maysen, de la otra parte del río Albis, y había fortificado su alojamiento. El Emperador estuvo aquel día y otro, porque habiendo diez días que la infantería caminaba desde que partió de Eguer, estaban los soldados muy fatigados. Habiendo reposado un día, y estando con determinación de ir a Maysen y hacer allí puente y barcas, porque el duque había quemado las de la villa, y procurar pasar y combatir de la otra banda con el enemigo, le vino nueva cómo fe había levantado de allí y caminaba la vuelta de Viertemberg. 320

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Anduvo acertadísimo el Emperador en toda esta jornada, porque ninguna cosa ordenó que no se ejecutase, y ejecutada, salió como él la había pensado. Y así, sabida esta nueva, consideró que yendo a Maysen con el campo, que era ir el río arriba, se perdería tanto tiempo, que ya el duque de Sajonia por la otra parte estaría con el suyo, no muy lejos de Viertemberg, que era el río abajo, y parecióle que, habiendo vado, por allí podía pasar a tiempo que alcanzase a su enemigo; y informándose de algunos de la tierra, le dijeron que tres leguas el río abajo había dos vados, mas que éstos eran hondos, y que se podían defender por los que de la otra banda estuviesen. En esto vinieron algunos arcabuceros españoles a caballo con el capitán Aldana, que por mandado del Emperador había ido a descubrir a los enemigos, y deste capitán se supo cómo aquella noche se alojaban en Milburg, que es un lugar de la otra banda de la ribera, tres leguas del campo imperial, y que por allí decían que había vado, mas que sus caballos habían pasado a nado. Pareció al Emperador que no era tiempo de dilatar la jornada, y envió luego al duque de Alba para que se proveyese lo que convenía, porque él determinaba de pasar el río por vado o por puente, y combatir los enemigos. Y fundado en esta determinación, ordenó las cosas conforme a ella, la cual a muchos pareció imposible, por estar los enemigos de la otra parte del río y el camino ser largo, y otras dificultades que había, que parecían ser estorbo para la presteza que convino tener. Mas el Emperador quiso que su consejo se pusiese en efecto, y así, mandó que la caballería y las barcas del puente luego aquel día antes que anocheciese caminasen, y la infantería española a medianoche, y luego los tres regimientos tudescos y toda la caballería en la orden acostumbrada de los otros días. Hizo aquella mañana una niebla tan oscura, que ninguna parte deste ejército veía por dónde iba la otra, y de esto oyeron quejar al Emperador, diciendo: ¿Estas nieblas nos han de perseguir siempre estando cerca de nuestros enemigos? Mas ya que llegaban cerca del río se comenzó a levantar, de manera que ya se veía el río Albis, y los enemigos alojados en la otra ribera. Este es el Albis tantas veces nombrado por los romanos, y tan pocas visto por ellos.

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- XIV Alojamiento y gente del sajón. -Reconoce el duque de Alba el río y vado. Halla el duque vado, y lengua que guíe. Estaba el duque de Sajonia alojado de la otra banda en esta villa que se llama Milburg, con seis mil infantes soldados viejos y cerca de tres mil caballos, porque los demás tenía en Tumez Hierne, y los otros habíanse deshecho con las catorce banderas que de camino el Emperador había tomado, y juntamente tenía veinte y una piezas de artillería, y él estaba bien asegurado, porque sabía que si el Emperador iba a pasar por Maysen, él tenía gran ventaja para esperar o irse donde quisiese, y por donde él estaba era difícil pasar por anchura y profundidad del río, y por ser la ribera que tenía ocupada muy superior a esta otra, y guardada de una villa cercada y un castillo, que si bien no era tan fuerte que bastase para guardarse a sí, éralo para defender el río. El alojamiento del campo imperial estaba ya señalado, y repartidos los cuarteles cuando el Emperador llegó, que serían las ocho de la mañana; por lo cual mandó que estuviese la gente de a caballo en la misma orden que estaba, sin alojarse. El sitio del campo imperial era cerca del río, mas había en medio de los dos campos unas praderías y bosques tan grandes que llegaban cerca del río. A la hora que tengo dicho, el Emperador y rey de romanos tomaron algunos caballos y adelantáronse hasta topar al duque de Alba que había ido delante y había bien reconocido los enemigos. Y considerando que siendo el río defendido de ellos mostraba no haber medio de poder pasar, mandó el Emperador que se buscase algún natural de la tierra, que pudiese decir de algún vado mejor que el que se sabía por la relación que hasta allí se tenía, pues no se había de emprender cosa tan grande temerariamente, sino con mucho tiento y conocimiento de lo que se debía hacer. En esto se puso mucha diligencia, y entre tanto, el Emperador y el duque Mauricio con ellos, se entraron en una casa a comer un bocado, y estando poco tiempo allí, salieron para ir donde estaban los enemigos. Y yendo allá, el duque de Alba vino al Emperador y dijo que le traía una buena nueva; que tenía ya noticia del vado, y hombre de la tierra que lo sabía muy bien. Llamábase este lugar de donde el Emperador salió Xefemeser, que en español quiere decir navaja, el cual estaba no muy lejos del vado, al cual después que el Emperador llegó con el rey y duque de Alba, y duque Mauricio, vió que los enemigos estaban a la otra parte dél, y tenían repartida su artillería

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y arcabucería por la ribera y estaban puestos a la defensa del paso y del puente que traían hecho de barcas, el cuál estaba repartido en tres piezas para llevarlo consigo el río abajo con más facilidad. Era la disposición del paso de esta manera. La ribera que los enemigos tenían era muy superior a la contraria, porque de aquella parte era muy alta, y sobre ella estaba un reparo, como los que hacen para cercar heredades, que en muchas partes podían cubrir sus arcabuceros. La parte imperial era tan descubierta y llana, que todas las crecientes del río corrían por allí. Ellos tenían la villa y el castillo que tengo dicho. De esta otra banda todo estaba raso, si no eran algunos árboles pequeños y espesos que estaban bien apartados del agua, la cual por aquella parte que se pensaba que era el vado tenía trecientos pasos de ancho. La corriente, si bien parecía mansa, traía tan gran ímpetu, que no ayudaba poco a la fortaleza del paso, el cual por todas estas cosas que tengo dichas estaba tan dificultoso, que era menester acompañar la determinación del Emperador con arte y fuerza. Y ordenó que en aquellos árboles espesos que estaban apartados del agua, se pusiesen algunas piezas de artillería, y se metiesen ochocientos o mil arcabuceros españoles, y que éstos, juntamente con la artillería, disparasen y arremetiesen, porque por la artillería los enemigos se apartasen y no fuesen tan señores de la ribera, y los arcabuceros viniesen a ser señores de la suya y llegar al agua, si bien la parte era descubierta, la cual, si bien se hacía con dificultad y peligro, era menester hacerse así. Mas en este tiempo, los enemigos, poniendo arcabucería en sus barcas, las llevaban por el río abajo, y así fue necesario que los arcabuceros españoles saliesen a la ribera abierta, lo cual hicieron con tanto ímpetu y valor, que entraron por el río muchos de ellos hasta los pechos, y comenzaron a dar tanta priesa de arcabuzazos a los de la ribera y a los de las barcas, que matando muchos de ellos, se las hicieron desamparar, y así quedaron sin ir por el río más adelante. Esta arremetida de los arcabuceros españoles fue estando el Emperador con ellos, y él, juntamente con los demás, arremetió hasta el río. Allí se comenzó la escaramuza desde la una ribera hasta otra ribera; toda la arcabucería de los enemigos tiraba, y su artillería; mas la del Emperador y sus arcabuceros, aunque estaban en sitio desigual, les daban grandísima priesa, tanto, que se conocía ya la ventaja de la parte imperial, por parecer que los enemigos tiraban algo más flojamente, y por esto el Emperador mandó que viniesen otros mil arcabuceros españoles con el maestre de campo Arce, de los de Lombardía, para que más vivamente los enemigos fuesen apretados.

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Con esto anduvo la escaramuza tan caliente, que de una parte y de otra parecían salvas de arcabucería. Cuando dejaron los enemigos las barcas, quedando en ellas muchos muertos, habían dejado puesto fuego en las más de ellas, y también muchos soldados de ellos no osaron salir por temor de la arcabucería, porque les parecía que levantándose tenían más peligro, y se quedaron tendidos en ellas.

- XV Echanse a nado los españoles para ganar unas barcas. -Ganan las barcas los españoles. Descúbrese el vado. -Desamparan los herejes la ribera. -El villano que descubre el vado. Pasan el vado y río resistiendo al enemigo. -La majestad y grandeza con que el Emperador pasó el río. En este tiempo había llegado la puente de los imperiales a la ribera, mas la anchura del río era tan grande que se vió que no bastaban las barcas para ella, y así, era necesario que ganasen las de sus enemigos, y como para la virtud y fortaleza no hay cosa difícil, tampoco lo fue a los españoles abrir camino en el gran río Albis. Ya en este tiempo los enemigos comenzaban a desamparar la ribera, no pudiendo más sufrir la fuerza de los españoles, mas no tanto que no hubiese muchos a la defensa. Pues viendo el Emperador que era fuerza ganarles su puente, mandó que toda la arcabucería pusiese toda la diligencia posible, y así, súbitamente, se desnudaron diez arcabuceros españoles y se echaron al agua. Nadando, con las espadas traversadas en las bocas, llegaron a los dos tercios de las barcas que los enemigos llevaban el río abajo, porque el otro tercio quedaba en el río arriba muy desamparado dellas. Estos diez arcabuceros llegaron a las barcas, tirándoles los enemigos muchos arcabuzazos desde la ribera, y las ganaron, matando los que habían quedado dentro, y así las trajeron. También entraron tres soldados españoles a caballo, armados, de los cuales el uno se ahogó en presencia de todos. Ganadas estas barcas, y estando ya toda la arcabucería imperial tendida por la ribera y señora de ella, los enemigos comenzaron del todo a perder el ánimo. Llegó el duque de Alba a esta sazón, y dijo al Emperador que certísimamente el vado era descubierto y se podía pasar. Con esto, el Emperador mandó que caminase el campo para pasar el río, como animosamente había determinado, siendo su voluntad de combatir aquel día

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con el enemigo y no darle tiempo a que se metiese en alguna de aquellas fuerzas que tengo dichas, que tan bastantes eran a dilatar la guerra muchos años. Cuando el Emperador llegó al vado, dicen que estaba el duque de Sajonia oyendo un sermón que un hereje le predicaba, según la costumbre de los luteranos. Harto descuido o demasiada devoción de un hereje era, sabiendo que tenía al Emperador porfiando de pasar el río para venir a las manos con él, estarse en sermón. Puso todas las diligencias que pudo para quitar el de la puente de los enemigos y de paso, y aprovecháronle poco o nada, porque sus soldados no pudieron más resistir a los imperiales; desampararon la ribera, y así, el Emperador mandó que la caballería pasase el vado, y que la que traían se hiciese una, para que más fácilmente pasase la infantería española, y luego los tres regimientos de alemanes. Había puesto el duque de Alba tanta diligencia en descubrir el vado, que por todas partes había hecho buscar guías y gente plática del río, entre los cuales halló un villano muy mancebo, al cual habían tomado los enemigos el día antes dos caballos, y en venganza de su enojo y pérdida se vino a ofrecer que él mostraría el vado, y decía: «Yo me vengaré de estos traidores que me han robado; yo seré causa que hoy sean degollados.» Parecía que tenía ánimo divino de otra fortuna mayor que la suya, pues no se acordaba de otra mayor, ni de su pérdida, sino de la venganza que había de tomar, la que ya se le representaba. Venida toda la caballería a la ribera del río Albis, Su Majestad mandó quedar a la guarda del campo nueve banderas de alemanes, de cada un regimiento tres, y quinientos caballos tudescos, y docientos y cincuenta del marqués Alberto, que de la rota de su señor se recogieron al rey, y otros tantos del marqués Joan, y luego mandó que comenzasen a pasar los caballos húngaros, de los cuales, y de los ligeros que el Emperador tenía, ya estaban algunos en el río, y se habían puesto de la otra banda antes que los enemigos hubiesen acabado de salir de la villa, donde dije que estaban, y dado algunas cargas sobre ellos. Mas los arcabuceros españoles, con el agua a los pechos, defendían tan bravamente y tiraban tan a menudo, que los caballos imperiales estaban tan seguros en la otra ribera como en estotra, y más. Y ya que los enemigos comenzaron a alargarse, perdieron del todo la esperanza de sostener el vado; viendo que el Emperador se le había combatido y ganado, hicieron su disignio de ir a una villa que se llama Torgao, si no pudiesen ganar tanta ventaja que llegasen a Viertemberg, o combatir en el camino si para una de estas dos cosas no tuviesen tiempo.

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El duque de Alba, por orden del Emperador, mandó que toda la caballería húngara y el príncipe de Salmona con sus caballos ligeros pasasen el río llevando cada uno un arcabucero a las ancas, y él luego, con la gente de armas de Nápoles, llevando consigo al duque Mauricio y los suyos, porque esta caballería era la vanguardia; luego, el Emperador y el rey de romanos con sus escuadrones llegaron a la ribera. Iba el Emperador en un caballo español, castaño oscuro, que le había presentado mosén de Rique, caballero de la Orden del Tusón, y su primer camarero. Llevaba un caparazón de carmesí franjado de cordones de oro y unas armas blancas y doradas, y no llevaba sobre ellas otra cosa sino la banda muy ancha de tafetán carmesí listado de oro, y un morrión tudesco, y una asta casi como un venablo en la mano. Fue como lo que escriben de Julio César cuando pasó el Rubicón y dijo aquellas palabras tan señaladas que tan extendidamente escribe Lucano: «Al proprio se podía representar a los ojos de los que allí estaban, porque allí veían a César que pasaba un río armado, y con ejército armado, y que de la otra parte no había que tratar sino de vencer, y que el pasar del río había de ser con esta determinación y esta esperanza.» Y así, con la una y con la otra, el Emperador se metió en el agua siguiendo al villano que tengo dicho, que era la guía, el cual tomó el vado más a la mano derecha el río arriba de donde los otros habían ido. El suelo era bueno, mas la profundidad era tanta, que cubría las rodillas de los que iban a caballo por grandes caballos que llevasen, y en algunas partes nadaban los caballos, si bien era poco el trecho. De esta manera salió el Emperador y su campo la otra parte de la ribera, adonde por ser el río más extendido, tenía más de trecientos pasos en ancho. El Emperador mandó dar a la guía dos caballos y cien ducados. Ya la puente se comenzaba a hacer de las barcas que se traían en el campo imperial y de las que había ganado al enemigo, y la infantería española estaba junto a ella para pasar luego que fuese acabada, y en su seguimiento la alemana, que este orden había dado el Emperador. Ya los húngaros y caballos ligeros, dejando los arcabuceros que habían pasado a las ancas, se adelantaron; iban escaramuzando y entreteniendo al enemigo, que caminaba con la mayor orden y priesa que podía, y sin dejar en la villa de Nuburg algún soldado, lo cual al principio se pensó que hiciera, y éste fue uno de los respetos que se tuvo para hacer que pasasen arcabuceros con los caballos ligeros. Mas el duque de Sajonia con todo su campo ganaba siempre la tierra que podía, repartida su infantería en dos escuadrones, el uno pequeño y el otro grueso, y nueve estandartes de caballos repartidos de manera que cuando los caballos ligeros y húngaros imperiales los apretaban, ellos volvían cargando tan espeso, que daban lugar a que su infantería en este tiempo pudiese caminar. 326

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- XVI El Emperador sigue al enemigo. -Lo que dijo el Emperador viendo al crucifijo maltratado de los herejes. -La gente y orden del campo imperial. -Orden y gente del sajón.-Príncipes que acompañaban la persona del Emperador. El Emperador, con el mayor trote que podía sufrir gente de armas, seguía el camino que los enemigos llevaban, en el cual halló un crucifijo como suelen estar en los humilladeros, con un arcabuzazo por medio de los pechos. Esta fue una vista para el Emperador de tanta compasión y piedad, que no pudo disimular la ira y lágrimas, y mirando al cielo dicen que dijo:Exurge domine, iudica causam tuam. Y en nuestra lengua: «Señor, si vos queréis, poderoso sois para vengar vuestras injurias.» Y dichas estas palabras, que quebraron los corazones de los que las oyeron, prosiguió su camino por aquella campaña, tan ancha y rasa que por el polvo que la vanguardia del campo imperial hacía, que era muy grande, que el aire lo traía a dar en los ojos del Emperador y de los que con él venían. El Emperador se puso sobre la mano derecha del aire, con que hizo dos cosas: tener la vista libre para lo que fuese necesario, y lo otro proveer al peligro que se ha visto suceder en no ir los escuadrones con la orden que conviene, porque se ha visto por experiencia que viniendo rompida una vanguardia suele romper la batalla por no ir colocada en el lugar que debe. Así el Emperador proveyó a este inconveniente con ponerse en parte, y el rey con sus dos escuadrones, que siendo su vanguardia puesta en peligro, él estaba a punto para socorrer, cargando en los enemigos, los cuales iban tan fuertes, que era necesario hacer esta prevención. El duque de Alba, con la gente de la vanguardia, yendo escaramuzando siempre, estaba tan cerca, que los enemigos hicieron alto, y comenzaban a tirar toda su artillería, lo cual los alemanes saben hacer muy bien, y por esto el Emperador dio más priesa a igualar con la vanguardia. La infantería imperial no parecía, ni seis piezas de artillería que con ella habían de venir, y no era maravilla, porque al presente no se pudo hacer con tanta diligencia, ni el pasarla tantos pudo ser en breve tiempo. Esto era ya tres leguas tudescas del Albis, y el Emperador se daba gran priesa con la caballería, porque con ella emprendió deshacer al enemigo, y si se esperaba a la infantería tuviera lugar de ponerse en el lugar que quería, donde se ve claramente cuánto pueden en las cosas grandes los consejos determinados. Eran los caballos de la vanguardia imperial los que aquí diré. Cuatrocientos caballos ligeros, con el príncipe de Salmona y con don Antonio de Toledo, y cuatrocientos y cincuenta húngaros, porque trecientos habían sido enviados 327

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aquella mañana a reconocer a Torgao con cien arcabuceros de a caballo españoles, seiscientas, lanzas del duque Mauricio y docientos arcabuceros de a caballo suyos, docientos y veinte hombres de armas de los de Nápoles con el duque de Castro Villa. La batalla en que iba el Emperador y su casa, que era de dos escuadrones; el del Emperador sería de cuatrocientas lanzas, trecientos arcabuceros tudescos de caballo. El del rey era de seiscientas lanzas y trecientos arcabuceros de a caballo. Toda la caballería imperial era ésta, sin bajar un soldado. Iban estos escuadrones ordenados diferentemente de los tudescos, porque ellos hacen la frente de los escuadrones de la caballería muy angosta, y los lados muy largos. El Emperador ordenó los suyos, que tuviesen diez y siete hileras de largo, y así venía a ser la frente dellos muy ancha, y mostraba más número de gente, y representaba una vista muy hermosa, y dicen que es ésta la disposición y orden más segura, cuando la tierra lo sufre, porque la frente de un escuadrón de caballos muy ancho no da tanto lugar que sea rodeado por los lados, lo cual se puede hacer muy fácilmente en un escuadrón que trae la orden angosta, y bastan diez y siete hileras de espeso para el golpe que un escuadrón puede dar en otro. Desto se ha visto el ejemplo manifiesto en una batalla que la gente de armas de Flandres ganó a la gente de armas de Cleves, cerca de la villa de Citar, año de 1543. Los enemigos iban en la orden dicha, que eran seis mil infantes en dos escuadrones, y nueve estandartes de caballería en que había dos mil y seiscientos caballos, y un guión que andaba acompañado de ochenta o noventa caballos. Este era el duque de Sajonia, que discurría proveyendo por sus escuadrones lo que convenía, el cual al principio, no habiendo descubierto sino la vanguardia del Emperador, porque el polvo le quitaba la vista de la batalla, parecióle que facilísimamente podía resistir a aquella caballería; mas un mariscal de su campo llamado Wolferaiz, que había mejor reconocido, le dijo que se apartase un poco a un lado y vería lo que contra sí tenía, y así descubrió la batalla donde el Emperador y el rey iban, en la manera que tengo dicha. La persona del rey iba junta con la del Emperador, su hermano, y en este escuadrón, con Su Majestad, iba el príncipe de Piamonte. Los dos archiduques de Austria, hijos del rey, llevaban el escuadrón del rey. Descubriendo el duque de Sajonia del todo la caballería imperial, y viendo claramente en la orden y en el caminar la determinación que se traía, se envolvió entre sus escuadrones y determinó, con la mejor orden que pudo, ganar un bosque que estaba en su camino, porque le pareció que con su infantería podía estar allí tan fuerte, que venida la noche se podía ir a Viertemberg, que era lo que deseaba; que Torgao no le había parecido cosa segura, porque, según él dijo después, había oído aquella mañana golpes de 328

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artillería que tiraban a los reconocedores que allá habían ido, y él había pensado, viéndose seguido, que la mitad del campo imperial, con el duque de Alba, la ejecutaba, y que la otra mitad llevaba el Emperador a ponerse sobre Torgao, y que no siendo fuerte el lugar, aunque está sobre el Albis, que no era cosa segura dejarse encerrar. O sea esto o otra opinión -que dicen que dejó de ir a Torgao porque no se le acordó ni en aquel tiempo tuvo hombre de su Consejo que se le diese en alguna cosa de las que le convenían-, sea como fuere, en fin, él acordó de procurar ganar el bosque para Viertemberg, y si le conviniese combatir, hacerlo con más ventaja suya. Y para conseguir uno de estos dos efectos, ganado aquel bosque, que es lleno de pantanos y caminos estrechos, mandó a su arcabucería de pie y a toda la de a caballo hacer una carga en toda la caballería ligera imperial, porque más cómodamente la infantería ganase el sitio que él quería, la cual carga hicieron harto vivamente.

- XVII Iguálanse con el enemigo. -Nombre que el Emperador dio a su gente. -Carga el duque de Alba en muy buena ocasión al enemigo. -Huyen los enemigos. -Los húngaros ejecutan la vitoria, apellidando: «España, España.» -Destrozo y rota grande del enemigo sajón. Ya en este tiempo, como está dicho, el Emperador se había igualado con la vanguardia y había hablado al duque Mauricio muy alegremente, y a la gente de armas de Nápoles, diciéndoles las palabras que en un día como aquél un capitán debe decir a sus soldados, y dándoles el nombre que era: San Jorge, Imperio, Santiago, España; así caminaron la vuelta los enemigos al paso que convenía. Yendo así igualados todos los escuadrones, la batalla halló a su mano derecha un arroyo y un pantano grande, donde cayeron algunos caballos, y porque no cayesen todos fue necesario que la batalla se estrechase tanto, que la vanguardia pudiese pasar sin que se mezclase el un escuadrón con el otro, y se desordenasen ambos, y por esta causa vino a ser que yendo al lado pasase la vanguardia delante al tiempo que los enemigos querían comenzar la carga, la cual hicieron con muy buen orden en los caballos ligeros. A este tiempo, el duque de Alba, conociendo tan buena ocasión, envió a decir al Emperador que él cargaba, y así lo hizo por una parte, con la gente de armas de Nápoles, y el duque Mauricio con sus arcabuceros por la otra, y luego su gente de armas; y la batalla, que ya había tornado a ganar la mano derecha, movieron contra los enemigos con tanto ímpetu que a la hora comenzaron a dar la vuelta, y los imperiales los apretaron de tal manera que a

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ninguna otra cosa les dieron lugar sino a huir, y comenzaron a dejar su infantería, la cual al principio hizo un poco de resistencia para recogerse al bosque; mas ya toda la caballería imperial andaba tan dentro de la suya y de sus infantes, que en un momento fueron todos rotos. Los húngaros y los caballos ligeros, tomando un lado, acometieron por un costado, y con una presteza maravillosa comenzaron a ejecutar la vitoria, para lo cual estos húngaros tienen grandísima industria, los cuales arremetieron diciendo España, España, por el amor y sangre que con los españoles tienen, y porque a la verdad el nombre del Imperio, por su antigua enemistad, no les es muy agradable. Desta manera se llegó al bosque, por el cual eran tantas las armas derramadas por el suelo, que ponían grandísimo estorbo a los que ejecutaban la vitoria. Los muertos y heridos eran muchos, unos muertos de encuentros, otros de cuchilladas grandísimas, otros de arcabuzazos, de manera que aunque el morir era uno, las maneras de muertes eran muy diferentes. Eran tantos los presos, que había soldado que traía quince y veinte rodeados de sí. Había muchos hombres que parecían ser de más arte que los otros muertos en el campo; otros que aún no acababan de morir gimiendo, y con las bascas de la muerte revolviéndose en su sangre. A otros se les ofrecía la fortuna como era la voluntad del vencedor; porque a unos mataban, y a otros prendían sin haber para ella más eleción de la voluntad del que los seguía. Estaban los muertos en muchas partes amontonados, y en otras esparcidos, y esto era como les tomaba la muerte huyendo o resistiendo. El Emperador siguió el alcance una gran legua; toda la caballería ligera y mucha parte de la tudesca, y de los hombres de armas del rey, la siguieron tres leguas.

- XVIII Prisión del duque de Sajonia. -Recibe el Emperador al duque de Alba con alegría por lo que tan bien había trabajado. -Los que pretendían ser autores de la prisión del sajón. Respeto cortés y humano que el Emperador tuvo al duque de Sajonia. -Peligro en que se vió el duque Mauricio. Ya estaba la batalla y gente imperial en medio del bosque, cuando el Emperador, que allí estaba, paró y mandó recoger alguna gente de armas, porque toda estaba tan esparcida, que tan sin orden andaban los vencedores como los vencidos, lo cual fue asegurar la vitoria, si algún inconveniente

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sucediera a los que iban delante, porque es cosa cierta que un capitán lo ha de mirar todo. De manera que no ha de decir después «no lo pensé», que no es palabra digna de capitán. Habiendo parado allí el Emperador, que aquí se mostró hoy con un ánimo verdaderamente real, vino el duque de Alba, que había pasado más adelante siguiendo el alcance, armado de unas armas doradas y blancas, con su banda colorada, en un caballo bayo, sin otra guarnición alguna más de la sangre de que venía lleno de las heridas que traía en él. El Emperador le recibió alegremente, y con mucha razón. Estando así, vinieron a decir al Emperador cómo el duque de Sajonia era preso. En su prisión pretendían ser los principales dos hombres de armas españoles de los de Nápoles, y tres o cuatro caballos ligeros españoles, italianos y un húngaro y un capitán español. El Emperador mandó al duque de Alba que le trajese, y así, fue traído delante de él. Venía en un caballo frisón con una gran cota de malla vestida, y encima un peto negro con unas correas que ceñían por las espaldas, todo lleno de sangre de una cuchillada que traía en el lado izquierdo del rostro. El duque de Alba venía a su mano derecha, y así le presentó a Su Majestad. El duque de Sajonia se quiso apear, y quería se quitar un guante para tocar la mano (según costumbre de Alemaña) al Emperador; mas él no lo consintió, ni lo uno ni lo otro, porque venía tan fatigado del trabajo y de la sed, y de la herida, y él era tan pesado por ser demasiado de cargado de carnes, que por esto, más que por lo que merecía, el Emperador le tuvo aquel respeto. El se quitó el sombrero, y dijo al Emperador, según costumbre de alemanes: Poderosísimo y graciosísimo Emperador, yo soy vuestro prisionero. A esto respondió el Emperador: «Agora me llamáis Emperador; diferente nombre es éste del que me solíades llamar.» Y esto dijo, porque cuando el duque de Sajonia y Lantzgrave traían el campo de la liga, en sus escritos llamaban al Emperador Carlos de Gante, y «el que piensa que es Emperador». Y así, los alemanes que eran del Emperador, cuando oían esto decían: «Deja hacer a Carlos de Gante, que él os mostrará si es Emperador»; y por esto respondió el Emperador como digo, y después le dijo que sus pecados le habían traído en el término y estado en que se veía. A estas palabras el duque de Sajonia no respondió palabra, sino alzando los hombros bajó la cabeza, sospirando, con un semblante que movió a compasión, con haber sido un bárbaro tan bravo y tan soberbio. El duque tornó a decir al Emperador que le suplicaba le tratase con benignidad; y éste

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mandó al duque de Alba que con buena guarda le hiciese llevar al alojamiento del río, que era el que se tomó aquel día mismo cuando ganaron el vado. La alegría de la vitoria fue general en todos, porque se entendió entonces cuán importante era, y cada día se echaba de ver más. El duque Mauricio, aquel día, yendo ejecutando la victoria, se vió en peligro de muerte, porque uno de los enemigos llegó por detrás y asestóle el arcabuz, y si le acertara a dar le matara. El cual fue luego hecho pedazos, él y su caballo, por los que con el duque iban. Fueron muertos de la infantería de los enemigos hasta dos mil hombres, y heridos muchos, que dejándolos allí se salieron y salvaron en aquella noche, y otro día fueron presos ochocientos infantes; de los de caballo fueron muertos, según se pudo estimar, más de quinientos. El número de los preso; fue muy mayor, porque entre los alemanes imperiales hubo muchos que, como todos eran unos, pudieron se encubrir mejor. Y los que de cierto se supieron fueron tantos, que los húngaros y caballos ligeros, y la otra gente de armas, ganaron muchos, de manera que no se recogieron en Viertemberg, de los de pie y de a caballo, cuatrocientos hombres. Ganáronse quince piezas de artillería, dos culebrinas largas, cuatro medias culebrinas, cuatro medios cañones, cinco falconetes y grandísima copia de municiones. Y otro día se ganaron otras seis piezas, que por haber caminado con mucha diligencia más que las otras, se habían entrado en un lugar pequeño. Ganóse todo el carruaje o bagaje, en lo cual la gente de a caballo imperial hubo grandísima cosa de ropa y dinero. Ganáronse diez y siete banderas de infantería y nueve estandartes de caballos, y el guión del duque de Sajonia fue preso como su dueño. Prendieron al duque Ernesto de Branzuic, el cual en la guerra pasada era el que traía todas las escaramuzas que los enemigos hacían, y otros muchos principales, y el hijo mayor del duque de Sajonia fue herido en la mano derecha y en la cabeza, y derribado del caballo. Dijo él que había muerto con un pistolete que traía al que le había herido, y los suyos le volvieron a poner a caballo, y así se salvó y entró en Viertemberg. De la parte del Emperador morirían hasta cincuenta de a caballo con los que después murieron de las heridas que allí recibieron. Esta batalla ganó el Emperador a 24 de abril deste año 1547, un día después de San Jorge, y víspera de San Marcos, habiendo doce días que partió de Eguer. Comenzóse sobre el río Albis a las once horas del día; acabóse a las

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siete de la tarde, habiendo combatido sobre el vado y ganádole al enemigo, y seguídole tres leguas como está dicho, combatiéndole siempre hasta el lugar donde con sola la caballería le prendió, rompiendo su infantería y caballería con tanto animo y buena industria cuanto se pudo desear.

- XIX El Emperador arma caballeros a muchos que se señalaron en la batalla Esta victoria tan grande, el Emperador, como católico, la atribuyó a sólo Dios, como cosa dada de su mano, y así dijo aquellas tres palabras de César, trocando la tercera como un príncipe cristianísimo debe hacer, haciendo a Dios autor de todos sus bienes: Vine, vi, y Dios venció. Pareció bien a todos la moderación que el Emperador usó con el duque de Sajonia, porque otro vencedor pudiera ser que contra quien le había ofendido como éste, no templara su ira, ni tuviera el respeto y blandura que con él tuvo; lo cual es más dificultoso de vencer, algunas veces, que vencer al enemigo. Siendo ya tarde, mandó el Emperador recoger la gente y volvióse a su alojamiento, donde llegó a la una de la noche. Otro día se recogió la artillería y municiones que se habían ganado, y grandísimo número de armas, y de nuevo muchos húngaros y caballos ligeros. Trajeron otros muchos prisioneros, porque tres leguas más adelante de donde llegó el alcance, siguieron la victoria, matando y prendiendo. Dio el duque de Alba en guarda al duque de Sajonia al maestre de campo Alonso Vivas, que fue un gran soldado y tuvo el oficio de los soldados españoles de Nápoles, y juntamente el duque Ernesto de Branzuic, que, como es dicho, fue preso en la batalla por un tudesco, vasallo del rey de romanos y criado del duque Mauricio. En este lugar estuvo el Emperador dos días. Quiso el Emperador honrar a los que en esta batalla se habían señalado, y armarlos caballeros; pero viendo que con gran desorden y confusión de los muchos que acudían no podía cumplidamente acabar las ceremonias, contentóse de haber hecho un razonable número de caballeros, y para los demás dijo con voz alta en lengua española: «Seáis todos caballeros.»

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- XX Marcha el Emperador a Viertemberg En este tiempo Torgao se rindió, y el Emperador con todo el ejército determinó ir sobre Viertemberg, cabeza del Estado del duque Juan, y principal villa de las de la elección, y así, como tierra importantísima la tenía el duque fortificada, habiendo comenzado su fortificación veinte y cinco años antes, fortificándola siempre con grandísima diligencia y con grandísimo número de artillería. El camino fue por Torgao, donde estaba un castillo que es de las más hermosas cosas de Alemaña, donde el duque solía irse a recrear.

- XXI Notóse una manera de milagro en el vado que el Emperador pasó. Caminando el campo imperial contra Viertemberg, se supo de los prisioneros cómo el duque esperaba a Tumez y Erve con la gente que había llevado a Bohemia, y veinte banderas que los de aquel reino le enviaban, y mucha gente de a caballo con ellas; mas la presteza del Emperador, que la tuvo siempre en estos negocios de la guerra muy más natural que todos los enemigos que tuvo, atajaron semejantes ligas y socorros. Pasó el Emperador el río Albis media legua más abajo de Viertemberg por una puente hecha de sus barcas y de las ganadas de los enemigos. Notóse aquí, por cosa digna de memoria, que por la parte que el Emperador pasó el vado del río Albis, si bien hondo, otro día después de la batalla no se podía pasar sino a nado, y con grandísimo trabajo, que quiso Dios abrir aquel camino y dar paso a este príncipe, porque sabía el celo con que le servía. Otras dos cosas pasaron que por haber mirado en ellas las escribió el soldado, y son: que pasando la infantería española, anduvo una águila muy baja mansamente dando vuelos sobre ella muy gran rato, y andando así salió un lobo muy grande de un bosque, que mataron los soldados a cuchilladas en medio de un campo raso. Son acaecimientos que permite Dios Nuestro Señor en señal de su favor y voluntad divina. Hizo aquel día muy gran calor, y estaba el sol de color de sangre, y notaron los que lo vieron que no estaba tan bajo como había de estar, según la hora que era. Fue tan advertido esto, y quedó tan recebido de todos, que ninguno puso duda en ello. Y asimismo fue notado aquel día en Noremberga, y en Francia, según el rey lo contó, y en el Piamonte, que le vieron de la misma

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color, con ser tierras bien distantes. Fueron todas cosas tan notadas y tratadas, que por eso hicieron memoria de ellas en las relaciones y cartas que se escribieron a Roma, Italia y España.

- XXII Clemencia del Emperador. Habiendo pasado el Emperador el río Albis, se alojó entre unos bosques a vista de la villa de Viertemberg, cuyo sitio y fortificación es desta manera. La villa es harto grande en su fación y hechura, es cuadrada, muy prolongada por la parte donde ella es más extendida. Tiene el río Albis a cuatrocientos pasos lejos della. Está sentada en un llano muy raso y muy igual, el cual se descubre della sin que haya donde se pueda encubrir alguna gente. Tiene en toda la redonda un foso de agua muy ancho y muy hondo, y un reparo de sesenta pies de grueso, de tierra tan firme, que todo él está lleno de hierba crecida en él desde lo alto hasta el foso, el cual tiene al pie del reparo todo a la redonda un revellín de ladrillo y cal que se hizo para arcabucería, y tan encubierto de foso, que es imposible batirse. Tiene cinco baluartes grandes, y el castillo que sirve de caballero descubriendo la campaña. Por esta parte del castillo viene el cuadro de la tierra a tener la frente más angosta, y por aquí estaba determinado que se batiese, y por esto el Emperador mandó que se trajesen los gastadores que el duque Mauricio había ofrecido, que eran quince mil, y que viniese artillería de Tresén, de la cual había tanto número en aquella villa, que bastaba, quedando ella proveída, a dar la que por batir a Viertemberg era necesaria. Los gastadores fueron tan mal proveídos, que de quince mil que se ofrecieron, vinieron trecientos, y éstos traídos con dificultad. Mas en este tiempo el Emperador había comenzado a oír los ruegos del marqués de Brandemburg elector, que había venido allí, el cual intercedía por el duque de Sajonia con los mejores medios que él podía. Y Su Majestad había considerado algunas cosas, entre las cuales tuvo mucho respeto al duque de Cleves, yerno del rey de romanos y cuñado del duque Juan de Sajonia, que con grandísima instancia había procurado lo que tocaba a salvar la vida al duque su cuñado, con aquella parte de su Estado que fuese posible, por donde comenzó a inclinarse más a la misericordia que se debía tener de un príncipe tan grande, puesto en tan miserable fortuna, que no a poner en efecto la primera determinación, que era cortarle la cabeza, en que como a reo del crimen de la majestad lesa o ofendida, le había condenado. Y así, apretando el duque Joachim de Brandemburg, y más la natural clemencia del Emperador, se comenzó a tratar lo que convenía, porque el duque de 335

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Sajonia fuese castigado, y junto con esto no se dejase de ejecutar la clemencia del Emperador, tan digna de un príncipe cual él era, con la cual se gana más, como dicen de Julio César, que con las armas. Hubo diversas opiniones en lo que tocaba a la vida del duque, porque unos tenían consideración a sólo el castigo, otros consideraban la manera del castigarle con otras calidades que fuesen tan importantes que tuviesen la victoria del Emperador viva para siempre, y consideraban cuánto importaba que no fuesen reducidos a última desesperación los que tenían su confianza en la clemencia del Emperador, de la cual esperaban tomar ejemplo en lo que con el duque de Sajonia se hacía. Y así, tratando lo uno y lo otro, el Emperador se resolvió, conforme a su natural condición, en dar la vida al duque con las condiciones que fueron bastantes para que fuesen recompensa de la muerte de que según justicia era digno. Finalmente ello se concordó de esta manera, y con tales condiciones.

- XXIII Condiciones con que el Emperador hizo gracia de la vida al duque de Sajonia «Que renuncie por sí y por sus herederos la dignidad de ser uno de los siete electores, y quede a voluntad del Emperador el darla a quien quisiere. «Que entregue al Emperador las villas de Gotta y Viertemberg sacando la hacienda que tiene en ellas, con que deje la tercia parte de los bastimentos, con la artillería que hay en ellas. «Que restituya y suelte de la prisión a Alberto de Brandemburg con todos sus bienes libremente. «Que vuelva y restituya todas las cosas que tienen tomadas al gran maestre de Prusia Mansfeldo Volfango. «Que renuncie los derechos de Magdeburg, Halberstan y Hallen, y se somete y sujeta al juicio imperial, y que pague los gastos hechos en su defensa. «Que suelte libremente a Henrico de Branzuic con su hijo, y que de aquí adelante no los inquiete ni perturbe. «Que renuncie las confederaciones que hizo contra el Emperador y rey de romanos, y no pueda hacer otras en las cuales no entren el Emperador y rey su hermano. 336

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«Que los bienes del duque de Sajonia se adjudiquen al Emperador, y parte dellos sean por el rey de romanos, parte para el duque Mauricio, por los cuales ha de dar Mauricio en cada un año cincuenta mil florines de oro. «Que quede con el duque de Sajonia la ciudad de Gotta derribándole la fortaleza. «Que para que el duque de Sajonia pague lo que debe, le dé el duque Mauricio cien mil florines renenses. Y hecha esta paga, queden fenecidos y rematados cualesquier debates y cuentas que entre ellos haya habido. «Que los sajones vasallos del duque que en las guerras pasadas han servido al Emperador, no se les haga molestia ni daño alguno. «Que obedecerá los decretos del Emperador y del Imperio como vasallo dél. «Que los bienes que se dejan al duque de Sajonia los hayan sus hijos y herederos y el duque sea siempre de la parte y servicio del Emperador y de su hijo Filipo. «Que a Ernesto de Branzuic le ponga el Emperador graciosamente en libertad.» Excluyeron de esta concordia a Alberto Mansfeldio con todos sus hijos, y al conde Bechlingo y otros, si dentro de un mes no deshiciesen la gente y banderas. Echóse la fortaleza de Gotta por el suelo; halláronse en ella cien piezas de artillería sin la menuda, y cien mil balas, y las otras municiones conforme a esto. Entregó luego las banderas y estandartes y artillería que había ganado al marques Alberto, y el marqués estaba en Gotta, al cual mandó el Emperador que viniese luego a su corte. En lo que tocaba a la religión, al principio estuvo muy duro, y después respondió tan blando que por entonces pareció a Su Majestad que no era menester tratar más de ello. Su hermano perdió una villa que el Emperador dio al marqués Alberto. Entregó luego al duque todos los castillos que tenía usurpados a los condes de Manflet, y lo de la iglesia de Ulma y monasterios de Sajonia, con lo usurpado a particulares, que quedo a disposición del Emperador. El cual, viendo que lo principal que él pretendía, que era lo que tocaba a la religión, comenzaba a ponerse bien, tuvo por buenas todas estas condiciones, y no 337

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quiso que una sangre tan noble y tan antigua, y que tantos servicios había hecho a la suya en los tiempos pasados, se deshiciese y acabase del todo, y quiso más en esto seguir la equidad y mansedumbre, que no la ira y justo rigor de justicia que el duque merecía. Y compuestas las cosas de esta manera, quedó el duque Joan de Sajonia con vida, y castigado de tal manera, que de uno de los más poderosos príncipes de Alemaña vino a ser de los particulares caballeros de ella. Humilla Dios de esta manera la soberbia de los hombres. Fue muy notable la entereza y valor del duque, que no se le oyó una palabra, ni se le vió semblante ni movimiento de flaqueza, conforme a la fortuna presente, con derribar la adversa castillos roqueros.

- XXIV Visita al Emperador la esposa del duque de Sajonia Rendida Viertemberg, salieron della tres mil hombres de guerra. Estaban dentro della la mujer del duque y su hermana, y los hijos menores. Dentro, en Gotta, estaba el mayor, que había escapado herido de la batalla. Alzó el duque a los de Viertemberg el juramento, y luego abrieron las puertas y salieron a suplicar al Emperador que no entrase en ella soldado extranjero. El Emperador lo prometió y cumplió. Mandó el Emperador que entrasen cuatro banderas de alemanes, y al cabo de dos días Sibila de Cleves, mujer del duque de Sajonia, con su hermano Joan Ernesto y otros parientes, salió a visitar al Emperador y hacerle reverencia, y vino a la tienda donde él estaba, y con ella el hermano del duque de Sajonia y su mujer, hermana del duque de Branzuic, y un hijo del duque de Sajonia, porque el otro quedaba malo en Viertemberg, y el otro estaba en Torgao. Venían acompañándola los hijos del rey de romanos y el marqués de Brandemburg, elector, y otros señores alemanes. Ella llegó al Emperador con toda la humildad que pudo, y no era menester mostrarla, porque una mujer que tenía a su marido en tantos trabajos, y se veía desposeída y tan humillada de la mala ventura, es claro que llevaría el semblante cual le pedía el presente estado; y así, se hincó de rodillas delante del Emperador, mas él la levantó recibiéndola con tanta cortesía, que ninguna cosa le quitó de lo que hiciera cuando ella estaba en su primera fortuna. Fue cosa que a todos movió a piedad. Habló con lágrimas y dolor, y a todo la respondió el Emperador

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clementísimamente, y así, se volvió a visitar, al duque su marido, que estaba en el cuartel del duque de Alba entre la infantería española, y habiendo estado con él se volvió al castillo de Viertemberg.

- XXV Visita el Emperador a la duquesa de Sajonia. Otro día fue el César a visitar a la duquesa, y entró en el castillo. Lo cual pareció a todos muy semejante a lo que Alejandro hizo con la madre y mujer del rey Darío. Escribió el Emperador a las ciudades y príncipes del Imperio dándoles cuenta de la guerra, y convocándolos para la Dieta que quería tener en Ulma a 13 de junio.

- XXVI Embajadores de grandes príncipes. -Sacan al marqués Alberto de la prisión. Estando el Emperador en Viertemberg le vinieron embajadores de Tartaria y de Moscovia, cerca del río Borístenes, que ahora se llama Neporties, y algunos capitanes, a ofrecerse al servicio del Emperador con cuatro mil caballos. El respondió agradeciéndoselo mucho; mas ya la guerra estaba en términos que no eran menester. También vino un embajador del rey de Túnez con ciertos recados que su rey le enviaba, y ofreció otros tantos alárabes. De manera que de la Scitia, podemos decir, y de la Libia, venían las gentes, traídas de la grandeza del Emperador, a servirle. Ya el Emperador había enviado un caballero de su casa llamado Lázaro Esvinde, para que tuviese a Gotta con dos banderas y diese libertad al marqués Alberto, y estuviese en ella hasta que fuese derribada por el suelo; y las otras plazas fuertes se rendían por sus términos, y todo se ordenaba de la manera que convenía, sin que en Sajonia quedase nada por hacer, sino lo del reino de Bohemia, que era vecina, y estaba muy de mala manera contra el rey; mas como los de aquel reino supieron de la prisión del duque de Sajonia, dejaron las armas y enviaron al Emperador con las más blandas palabras y mayores ofrecimientos que ellos pudieron. El Emperador los oyó, y los detuvo hasta despacharlos a su tiempo.

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- XXVII El duque Enrique de Branzuic fue desbaratado. -Fuerzas que esperaba tener el sajón. -El lantzgrave trata de la gracia del Emperador. -Escribe lantzgrave a Mauricio y envía los capítulos y condiciones con que se rinde. -Admite el Emperador este trato. -El Emperador, aunque se trataba de paz, prosigue el camino contra Lantzgrave. Había enviado el Emperador al duque Enrique de Branzuic, el Mancebo, con dos mil caballos y cuatro mil infantes contra los duques de Luneburque, luteranos y de la liga pasada, el cual fue desbaratado de un conde de Mansfelt, rebelde y luterano, y de Tumezbierne, capitán del duque de Sajonia, el cual, con la gente que tenía en Bohemia, por unos grandísimos rodeos se juntó con el conde de Mansfelt, y juntos estos dos tenían cuatro mil caballos y cerca de quince mil infantes. El duque Enrique de Branzuic se quejó después al Emperador de otro capitán que también con comisión de Su Majestad hacía guerra a aquellas ciudades, que no se había juntado con él a tiempo. Hubo pleito entre ellos, y el Emperador mandó prender a los capitanes. Son cuentos que importan poco a esta historia; los que escribieren las de Alemaña los dirán; sólo diré que se iban haciendo las fuerzas del duque de Sajonia tantas, que, como él decía, si el Emperador se detuviera dos días, él le saliera a recibir con más de treinta mil hombres y siete mil caballos, que era un poder harto grande, porque el Emperador no llevaba más que cuatro o cinco mil caballos, y diez y seis mil infantes, si el que las llevaba no valiera tanto que se supliera bien el número de la gente que faltaba para igualar con la del enemigo Y vióse claro que tenía estas fuerzas, pues sin las que él tenía cuando fue preso, y con las banderas que deshicieron antes de la batalla, quedaban cumplidos cuatro mil caballos y doce o quince mil infantes, sin los que esperaba de Bohemia, y así, tenía determinado que ya que no se ofreciese de combatir con las ventajas que él quería, de repartir toda su gente, metiéndose él en Madeburque, y un hijo suyo en Gotta, y otro en Viertemberg, y un capitán en Heldrun, y otro en Sonebalt, y desta manera rodear al Emperador, y hacelle la guerra quitándole las vituallas. Mas todas estas dificultades se vencieron, y así la victoria del Emperador fue tan importante y tan poderosa, que deshizo todos estos pensamientos, y volvió en aire sus trazas, y con esto, luego que desbarataron al duque de Branzuic, se comenzaron a deshacer; y no sólo éstos, mas el lanztgrave, que en estos días no dejaba de intentar todas las cosas que él pensaba que le podían valer, las dejó caer y perdió el hilo y esperanzas de sus tramas y socorros forasteros, para los cuales tenía dados algunos dineros por aquellos que tenían tanta gana como él que las cosas del Emperador no fuesen por el camino que iban, y en esto se verá cuánto importaba en Alemaña la persona del duque Joan de Sajonia y su poder,

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porque después que él fue deshecho y preso, no tuvo fuerza alguna el que pensaba que gobernaba todas las cosas de Alemaña. Mas esta victoria fue tan importante, que luego el lantzgrave comenzó por intercesores, principalmente por medio del duque Mauricio, a quien el Emperador había hecho elector, a tratar su perdón. Propuso al principio condiciones harto grandes, mas no tan bastantes que no quedasen algunas, de manera que se podía decir que negociaba bien. Entendía en ello, junto con el duque Mauricio, el elector de Brandemburg, a los cuales el Emperador tuvo grandísimo respeto, y por su contemplación oyó lo que le proponían de parte de Lantzgrave; mas por tanto no dejó de hacer lo que convenía, y así, le respondió lo que él quería que hiciese, y el lantzgrave replicó añadiendo algo, mas dejaba siempre unas cosas que le convenían, a lo cual el Emperador respondió resueltamente que él no quería tratar con el lantzgrave; que hiciese lo que le pareciese. Esta respuesta se dio a Lantzgrave, el cual estaba ocho leguas del campo, en una villa de Mauricio que se llama Lipsia, y luego se partió con grandísima desesperación, y tanta, que ninguna esperanza le quedó de remedio, sino el que más tenía, y el que decía que por ninguna cosa de este mundo haría, que era ponerse a los pies del Emperador y valerse de su clemencia y mansedumbre tan natural, entregándose a su voluntad, y con esta determinación escribió al duque Mauricio que procurase su venida y la concertase, y de su mano escribió las capitulaciones con que se entregaba, que eran las mismas que el Emperador quería, y así se concertó. La conclusión de todo esto tomó al Emperador en Hala, de Sajonia, camino de las tierras de Lantzgrave, para donde Emperador con su campo caminaba. Y el mismo día que entró en Hala llegó el marqués Alberto de Brandemburg, a quien su Majestad, como está dicho, había dado libertad, y hecho volver los estandartes, banderas y artillería que había perdido, porque no le faltase alguna cosa de las que con la libertad se le podían volver. Holgó el Emperador tanto con él, que una de las más agradables cosas que en estas dos cosas le han sucedido, fue la recuperación de este príncipe, el cual llegando al Emperador le dijo: «Señor, yo doy muchas gracias a Dios y a vos.» Y no dijo más, y en estas pocas palabras dijo harto. Dos días antes que el Emperador partiese de Viertemberg, partió el rey de romanos para Praga con dos o tres mil caballos suyos y de Mauricio y casi seis mil infantes tudescos, con los que después el Emperador le envió, que eran del regimiento del marqués de Mariñano, y el Emperador partió de 341

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Viertemberg para ir contra Lantzgrave, por ser la raíz de donde nacían los males de Alemaña, y era tan necesario arrancalla, que dejándolo de hacer por ir personalmente a Bohemia, como quisiera el rey su hermano, que aunque aquel reino se sujetase, que estaba bien alterado, no por eso Lantzgrave quedaba en término que no fuese menester comenzar la guerra con él, y sujetarle, y lo de Bohemia era más fácil, porque aquel reino y todos los rebeldes de Alemaña tenían puestos los ojos en sí. En Lantzgrave se sustentaban, como en cabeza de quien dependían después del duque de Sajonia. Y por esto quiso el Emperador que el rey partiese luego, porque la reciente victoria y reputación della acrecentaba las fuerzas del rey, para que aquel reino, que ya temía tanto las del Emperador, pudiese con más facilidad ser traído, o por mal o por amor a su obediencia. Un día antes que el rey partiese, los capitanes húngaros vinieron a besar la mano al Emperador y a suplicarle se acordase de socorrer a Hungría. Hicieron una plática acomodada al tiempo y a su fortuna, y el Emperador les respondió consolándolos; y escribió a los Estados de aquel reino dándoles las mismas esperanzas dignas de su persona, y mandó dar a cada uno de los capitanes una cadena de oro de trecientos escudos, y dar una paga a toda la otra gente suya, lo cual ellos estimaron mucho. También dio allí Su Majestad al duque Mauricio la envestidura de la elección con las villas, con que ella suelen andar. Y porque entre las cosas grandes se viese que también tenía memoria de las pequeñas, mandó dar a los soldados que entraron a nado y ganaron las barcas, un vestido de terciopelo carmesí de su librea y treinta escudos a cada uno, y las ventajas en sus banderas.

- XXVIII Con qué condiciones se rindió Lantzgrave. -Palabras de Lantzgrave. Llegado el Emperador en Hala, de Sajonia, que es una villa muy grande del obispado de Madelburg, aunque el duque de Sajonia la había hecho suya, el Emperador se aposentó en las casas que habían sido del obispo, y allí quiso esperar la venida de Lantzgrave para que se pusiese en efecto lo que por intercesión de los electores él había concedido. Las condiciones de la concordia fueron:

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«Que Filippo, lantzgrave de Hessia, con todo su Estado se pone en manos del Emperador sin condición alguna, sino llanamente. Que parezca ante el Emperador y pida perdón y su gracia con toda humildad. Que de aquí adelante esté muy sujeto al Emperador. Que lo que el Emperador ordenare y mandare en bien y buen gobierno de Alemaña, y los mandamientos y provisiones que sobre ello despachare, guarde y cumpla puntualmente sin réplica ni malicia. Que estará a lo que la Cámara del Imperio mandare, y pagará el dinero que le mandaren. Que dará favor y ayuda contra el Turco como la dan los demás príncipes del Imperio. Que se apartará de cualquiera confederación y liga, principalmente de Scamáldica, y entregará al Emperador todas las cartas y papeles que en ellas hubiere hecho, y que no hará más concordias ni ligas, en las cuales no entren el Emperador y rey de romanos. «Que echará de su tierra todos los enemigos del Emperador, y no consentirá algunos en ellas. Que si el Emperador mandare castigar alguno, que él no lo defenderá ni amparará. Que dará camino y paso seguro por su tierra al Emperador y rey de romanos. Que restituirá todos los bienes que hubiere tomado a sus vasallos, por haber servido al Emperador en estas guerras. Que mandará a todos sus vasallos los que están en armas contra el Emperador y rey de romanos, que las dejen, y si no, que procederá contra ellos como contra enemigos, y les tomará los bienes para el fisco imperial. Que dentro de cuatro meses dé al Emperador por los gastos que ha hecho en estas guerras ciento y cincuenta mil florines renenses de oro. Que echará por el suelo todas las fortalezas y municiones que hubiere hecho en su tierra, exceto Zegenhemo y Cassello. Y se ponga presidio en éstas, a nombre del Emperador, y no haga otra fuerza sin voluntad del Emperador. Que entregue toda la artillería y municiones, de las cuales el Emperador ponga en las fuerzas las que quisiere para su guarda y defensa. Que ponga en libertad a Enrico Bransvuico con su hijo Carlos, y les vuelva su tierra, y alce el juramento que sus vasallos le hicieron, y satisfaga los daños que le hizo. Que restituya a Wolfango, gran maestre de Prusia, y a los demás amigos del Emperador, todo lo que les hubiere tomado. Que suelte graciosamente todos los que tuviere presos por razón desta guerra. Que se allane a la justicia y determinación della con todos los que tuvieren que pedirle por agravios que haya hecho. Que sus hijos juren estos capítulos y lo mesmo hagan todos sus vasallos, nobles y plebeyos, y el que no quisiere hacer, se entregue al Emperador. Que asimismo juren estas condiciones el marqués de Brandemburg, príncipe elector, el duque Mauricio, el conde Palatino del Rin, el gran maestre de Prusia. Que en las dudas que cerca de esta concordia se ofrecieren, dé el Emperador su declaración, y se esté a ella. Que se sujetará a guardar lo que en el Concilio de Trento determinaren los padres, como lo han de hacer los demás príncipes protestantes de Alemaña.»

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Alzó el Emperador el bando imperial que contra él estaba dado, y que no le tendría preso perpetuamente. Antes que el lantzgrave viniese a presentarse, sucedió aquí en Hala un caso peligrosísimo, y fue una cuestión entre españoles y tudescos. La cual se encendió tanto y llegó tan adelante, que fue necesario que el Emperador saliese, y se puso en medio de los unos y de los otros. Sólo éste era el remedio que la cólera destas dos gentes pedía, porque ella estaba en tal punto, que sola la persona imperial bastara a templar tal desconcierto, aunque no dejaba de tener Su Majestad algún peligro poniéndose entre dos partes, que ya de furiosas comenzaban a estar ciegas y sin juicio; que la ira demasiada, una breve locura es. Llegado el día en que Lantzgrave había de estar en Hala, de Sajonia, vino con cien caballos, y fuese a la posada del duque Mauricio, su yerno, ya elector, y otro día, que fue a 19 de junio, a las cinco de la tarde, firmó la escritura de la concordia, y luego, a la hora que el Emperador señaló, vino a palacio, acompañándole y llevando en medio el duque Mauricio y el duque de Brandemburg, y tras ellos iban Enrico Brunswico con su hijo Carlos, Filippo y Enrico, y otros muchos caballeros. El Emperador estaba en una sala, y allí presentes el príncipe Maximiliano, archiduque de Austria, Emanuel Filiberto, príncipe de Piamonte; el duque de Alba, general del campo; el gran maestre de Prusia, el arzobispo de Artoes, el de Nurumberg y otros perlados y caballeros alemanes. Los legados del Papa, los del rey de Bohemia y Hungría, los del rey de Dinamarca, el duque de Cleves y de algunas ciudades marítimas y orientales de Sajonia, y otros muchos nobles varones. Hiciéronse las ceremonias acostumbradas en semejantes actos. Llegado Lantzgrave delante del Emperador, quitado el bonete o gorra, se hincó de rodillas, y su chanciller también, el cual, en nombre de su señor, dijo estas palabras: «Serenísimo, muy alto y muy poderoso, muy victorioso y invencible príncipe, Emperador y gracioso señor: Habiendo Filipe, lantzgrave de Hessia, ofendido en esta guerra gravísimamente a Vuestra Majestad y dádole causa de toda justa indignación, e inducido a otras personas a que cayesen en la mesma falta, por lo cual Vuestra Majestad podía usar de todo rigor en el castigo que él merece, él confiesa humilísimamente que con razón le pesa de todo su corazón, y siguiendo los ofrecimientos que él ha hecho para venir delante Vuestra Majestad, él se rinde a Vuestra Majestad de todo punto, y francamente a su voluntad, suplicando humilmente que por el amor de Dios y 344

Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

por su misericordia, Vuestra Majestad sea contento, usando de su bondad y clemencia, perdonar y olvidar la dicha ofensa, y levantar el bando del Imperio, que tan justamente Vuestra Majestad ha declarado contra él, permitiendo que pueda poseer sus tierras y gobernar sus vasallos, los cuales suplican a Vuestra Majestad sea servido de perdonar y recibirlos en su gracia, y él se ofrece para siempre jamás reconocerle a Vuestra Majestad y acatalle por su solo derechamente ordenado de Dios soberano señor y Emperador, y obedecerle y hacer en servicio de Vuestra Majestad y del Santo Imperio todo aquello que un príncipe y vasallo es obligado a hacer, y para siempre perseverar en esto, y que no hará ni tratará jamás cosa contra Vuestra Majestad, mas será toda su vida muy humilde y muy obediente servidor, y reconocerá su gran clemencia del perdón que de Vuestra Majestad ha alcanzado. Para lo cual desea y deseará toda su vida poder para servirlo pon aquel agradecimiento que es obligado; de manera, que Vuestra Majestad conozca por efecto que el lantzgrave y los suyos guardarán y obedecerán lo que son obligados por los artículos que Vuestra Majestad fue servido de otorgalles.»

- XXIX Contestación del Emperador Estas fueron las palabras que el lantzgrave dijo al pie de la letra. El Emperador mandó a uno de su Consejo alemán, que estaba allí, para responder en su nombre, que dijese lo siguiente: «Su Majestad, clementísimo señor, ha entendido lo que lantzgrave de Hessia ha dicho: que si bien el lantzgrave confiesa que le ha ofendido tan gravemente y de suerte que merece todo castigo, aunque fuese el mayor que se puede dar, lo cual a todo el mundo es notorio; mas no obstante esto, teniendo Su Majestad respeto a que se viene a echar a sus pies, y por su acostumbrada clemencia y también por intercesión de los príncipes que por él han rogado, es contento de levantarle el bando que justamente había declarado contra él, y de no le castigar cortándole la cabeza como él merecía por la rebelión cometida contra Su Majestad, ni le quiere castigar con prisión perpetua, ni menos con confiscación de sus bienes ni privación de ellos más adelante de lo que m contiene en los artículos que claramente Su Majestad le concede, y que recibe en su gracia y merced a sus súbditos y criados de su casa, entendiéndose que cumpla lo contenido en sus capítulos, y que no vaya directa ni indirectamente en cosa alguna contra ellos. Y Su Majestad quiere creer y esperar que el lantzgrave, con sus súbditos, se servirá de aquí adelante de la gran clemencia que con ellos ha usado.» 345

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Tales fueron las palabras al pie de la letra que se respondieron a Lantzgrave, y él estuvo todo este tiempo de rodillas, y se levantó sin esperar que el Emperador ni otro lo mandase. Su Majestad no le tocó la mano, ni le hizo alguna señal de cortesía. Era cosa harto notable verle hincado de rodillas y preso el que había el año pasado brindado a seis mil balas que había tirado contra el Emperador, y el duque Enrico de Branzuic, a quien había tenido preso, allí presente, con libertad y en pie, representación verdadera de la poca firmeza y gran inconstancia de la vida humana. Acabado esto, el duque de Alba se llegó a él, y le dijo que se viniese a cenar con él a su posada, y rogó a los electores que le acompañasen, y así sacó a Lantzgrave de palacio, y lo llevó al castillo donde el duque de Alba posaba. Acabada la cena, estuvieron un poco hablando, y siendo ya hora, dijo el duque de Alba a Lantzgrave que había de quedar allí aquella noche con guarda. Turbóse mucho Lantzgrave oyendo esto, y suspenso y sin ánimo, dijo a los príncipes electores que le cumpliesen la fe y palabra que le habían dado, pues fiado de ellos se había puesto en aquel estado. Así se lo prometieron, y animaron con muy buenas razones. Encomendó el duque de Alba la guarda de Lantzgrave a don Joan de Guevara, capitán del Emperador del tercio de Lombardía. Al principio tomó Lantzgrave su prisión impacientísimamente, porque pensó que no siendo la prisión perpetua, la temporal había de ser tan liviana y disimulada, que pudiera él irse a caza a los bosques de Hessen, mas quiso Dios que se cegase el que pensaba que sabía de negocios más que todos los de Alemaña, que pudiera bien ver, que ya que la prisión no había de ser perpetua, poniéndose a voluntad indifinidamente del Emperador, podía ser tan larga y de la manera que él quisiera; diré después lo que en esto hubo. De esta manera puso Dios debajo de los pies del Emperador dos cabezas tan soberbias de los luteranos, y los humilló, pensando el de Sajonia que sabía más de guerra que otro, venciéndolo en la mesma guerra. Y el lantzgrave, que se tenía por muy entendido, habló por su boca y escribió con su mano su condenación. Son juicios de Dios de profundidad infinita.

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- XXX Legado del Papa llega y da al Emperador la congratulación de parte del Pontífice, y renombre de Máximo y Fortísimo. Estando el Emperador en Hala, llegó un legado del Papa. La embajada que trajo fue una gran congratulación de las victorias que Su Majestad había alcanzado, y en el breve que le escribió Su Santidad le puso el nombre de Máximo Fortísimo, renombres tanto bien merecidos, cuanto bien ganados. Acabadas estas cosas, el Emperador partió de Hala habiendo proveído cómo se derribase Gotta, y se trajese la artillería della a Francafort, y también proveyó cómo se derribasen todas las fuerzas de Lantzgrave, exceto una que la dejó; y la artillería y municiones se llevasen de la una parte y de la otra a Francafort, donde mandó juntar toda la artillería y municiones ganadas en estas dos guerras, salvo las cien piezas de Viertemberg, de las cuales mandó llevar cincuenta a Milán y cincuenta a Nápoles. Las docientas que se tomaron a Lantzgrave y las ciento de Gotta, y ciento que dieron las ciudades que el Emperador rindió, cuando deshizo el campo de la liga, se juntaron allí para llevar a Flandres. Destas cuatrocientas, se trajeron a España ciento, con otras ciento y cuarenta que el Emperador tenía para lo mesmo; gran parte destas se pusieron en la Goleta, de donde nos las llevó el Turco.

- XXXI Camina el Emperador costeando a Bohemia, por ponerles freno. Partió el Emperador para Nuremberga llevando el camino de Namberga, no se queriendo apartar de Bohemia, sino irla costeando, por dar calor a las cosas del rey, su hermano, que lo habían bien menester, según estaban peligrosas en aquel reino, y inficionadas con la herejía luterana. Pasó el Emperador por Turingia, tierra muy fértil, si bien llena de pasos dificultosísimos que tenían harto fortificados, de manera que a no ir el Emperador con la victoria, fuera imposible pasarlos. En este camino salió el hijo mayor del duque de Sajonia, que estaba en Gotta, y juró y firmó lo que su padre había capitulado; el Emperador le oyó y recibió muy bien, y después de haber tratado de los negocios, le llamó y le preguntó cómo tenía las heridas de la cabeza y de la mano. Deste favor quedó este príncipe muy contento y pagado, tanto vale la afabilidad y llaneza de los reyes y mayores, que a ellos cuestan tan poco. Llegó

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a Nuremberga; aquí esperó dónde se resolvería él de tener la Dieta, porque en Ulma, donde se había echado, había falta de salud. Aquí llegaron los embajadores o burgomaestres de Lubeck, ciudad poderosísima, mostrando cómo ella nunca había deservido a Su Majestad, y ofreciéndose a perseverar en su servicio. Brema, tomando al rey de Dinamarca por intercesor, trató de su perdón; los duques de Ponurania y Junemburg trataron lo mesmo, valiéndose de todos los que podían, y otros príncipes y ciudades hicieron lo mesmo. Desta manera acabó el Emperador la guerra tan nombrada de Alemaña y domó la gran soberbia de tantos y tan poderosos príncipes y ciudades en tan breve tiempo. Loaron los gentiles a Julio César, porque en diez años sujetó a Francia y engrandeció Roma, que pasase el Rhin y estuviese diez y ocho días en Alemaña. Carlomagno tardó treinta años en sujetar a Sajonia, y Carlos V en menos de un año allanó a toda Alemaña y puso a sus pies todos los príncipes de ella. Era con él, sin duda, la mano del Señor, que todo lo puede.

- XXXII Reina en Francia Enrico, tan valeroso como su padre. Había entrado a reinar en Francia Enrico, hijo del rey Francisco, de ánimo tan inquieto y valeroso como su padre, y criado con la misma ponzoña con que había vivido y muerto el rey Francisco aborreciendo al Emperador. En este mesmo tiempo se supo que había enviado a levantar gente en Mandemburg, y por esto esta ciudad estuvo entera y rebelde, que no se quiso rendir como las otras. Decían que levantaba el rey esta gente para la guarda de su persona, porque se quería coronar solemnemente en Remis; mas el Emperador se persuadía que era para mover la guerra, porque él no había querido firmar la concordia que su padre había hecho. Y así, mandó luego juntar la Dieta en la ciudad de Augusta para el mes de setiembre, ya que en Ulma tenía tan poca salud.

- XXXIII Levantamiento de Nápoles. En el mesmo tiempo que el Emperador andaba victorioso en Alemaña, en Nápoles se levantó un motín harto peligroso, y fue el caso: Era virrey de Nápoles don Pedro de Toledo, persona harto más noble que de buena condición, y así era algo mal quisto, aborreciendo todos su aspereza, que en

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los que gobiernan es por extremo odiosa. Habíale dado el Emperador orden para que en Nápoles se pusiese el oficio de la Santa Inquisición en la forma que los Reyes Católicos la habían puesto en España. Hallábase mucha dificultad en este hecho, porque los napolitanos y todas las demás naciones, salvo la española, tienen por insufrible y más que riguroso este juicio o tribunal de la Santa Inquisición. Antes que el virrey propusiese en Consejo esta determinación, habiéndola secretamente comunicado con algunos amigos y personas de buen celo, aficionados al servicio de Dios y del Emperador, tuvo maneras cómo meter en oficios públicos a muchos destos y a otros de quien se satisfizo que serían de este parecer. Cuando ya le pareció tiempo conveniente para entablar el negocio, propúsole en público con la moderación posible, encareciendo mucho al pueblo el servicio grande que a Dios se haría, y al Emperador, por lo mucho que Su Majestad lo deseaba para el bien de aquel reino. Sería cuando esto se comenzó a tratar en Nápoles el mes de diciembre del año 1546, casi en los mesmos días en que el Emperador acababa de deshacer el campo de la liga. Si bien el virrey temía la resistencia del pueblo, no pensó que llegara a tanto, porque fue notable la alteración que en todos hubo, cuando oyeron que se les quería poner Inquisición, y decían a gritos que antes se dejarían hacer pedazos que consentir cosa tan áspera y peligrosa, con otras palabras de grandísimo sentimiento, que, como gente apasionada, decían. Y todos a una determinaron de no consentir la Inquisición en Nápoles. Hubo de disimular el virrey, por parecerle que era recia cosa y no hacedera, estando el pueblo todo, nobles y gente común, tan puestos en no consentirlo. Puesto este hecho en tales términos, el papa Paulo, que ya sabía lo que en Nápoles pasaba, despachó un breve por el cual declaró pertenecer el fuero eclesiástico y a la jurisdicción apostólica el conocimiento de las causas tocantes al crimen de la herejía, mandando al virrey y a otros cualesquier jueces seglares sobreseyesen en ellas y no se entremetiesen a proceder contra algún hereje por vía de Inquisición ni en otra manera alguna, y reservando en sí la determinación de las tales causas, como de cosa concerniente a la jurisdicción eclesiástica. Con este breve y otros alientos que enemigos del Emperador y sus buenas fortunas les daban, tomaron doblado esfuerzo los napolitanos para no consentir lo que el Emperador quería. El virrey, por no parecer que se dejaba vencer dellos, tornó a insistir en lo que había comenzado, y nombró inquisidores. El pueblo, ayudado de muchos nobles y grandes del reino, hacía sus juntas, y iban al virrey con demandas y respuestas; al fin la causa se barajaba de manera que ya andaban los fieros y las amenazas, y el virrey porfiaba que se había de hacer lo que el Emperador mandaba. 349

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Duró esto hasta el mes de enero de este año de 1547. Un día, muy de mañana, se juntó el pueblo todo en la plaza con una alteración y furor popular, y pareciéndoles que la culpa de la porfía del virrey la tenían el conservador de la ciudad, y los del consejo, a quien el virrey había dado los oficios por tenerlos de su parte, hicieron un decreto público, por el cual privaron al conservador y a otros diez de los del consejo, y dieron el oficio de conservador a micer Joan de Sesa, famoso médico, que era muy bien quisto en el pueblo. Y porque entre la gente noble y la popular no hubiese división, como se temía que lo negociaba el virrey, hicieron entre sí los unos y los otros una liga y amistad, que la llamaron ellos la Unión, por la cual con juramento se prometieron favor y ayuda para contra todas y cualesquier personas del mundo que tratasen de alterar el estado de su República, o perturbarles su libertad. Estaba a la sazón el virrey en Puzol, ciudad allí cerca; supo lo que pasaba en Nápoles; temiendo algún mal mayor acordó de disimular por entonces, y despachó luego enviando a la ciudad al marqués de Vico y a Scipión de Soma, varones prudentes y de negocios. Por los cuales aseguró al pueblo, que él no trataría más de aquel negocio, y que se quedarían como estaban, que se quietasen y dejasen las armas. Que la intención del César era no alterarles su gobierno, ni quitarles sus libertades, ni hacer más de lo que fuese servicio de Dios y bien del común. Con esta tan agradable embajada se allanó luego el pueblo mostrando gran regocijo todos. Y para dar al virrey las gracias, nombraron doce personas que fuesen en nombre de todos. Los cuales se partieron luego para Puzol. El virrey los recibió muy bien, y les hinchó las orejas de lisonjas, con las cuales volvieron contentísimos a su ciudad, y ella quedó muy segura de que ya no se trataría más de aquel negocio. Pasados algunos días, cuando ellos más descuidados estaban, el virrey quiso proceder con rigor y secreto contra los principales movedores del motín pasado. Para esto mandó al regente de la vicaría, que así llaman en Nápoles al juez de lo criminal, que hiciese información y averiguase quiénes habían sido los cabezas en la resistencia pasada. No pudo el regente hacer esto con tanto secreto, que en el pueblo no se entendiese, y luego comenzaron a sentirse y vivir con cuidado, de manera que no cayesen en manos del virrey, cuya áspera condición temían. Y para saber el pueblo de cierto lo que sospechaba, nombraron ciertos diputados, que fuesen a saber del virrey si era ansí lo que se rugía, y a suplicarle no tratase de hacer castigo particular, por lo que toda la ciudad había hecho por público decreto y voluntad. Estando las cosas en este punto, sucedió que llevaban preso a un hombre por deudas, y pasando asido dél un alguacil, por donde estaban cinco mancebos napolitanos nobles, que ninguno dellos pasaba de diez y seis años, el uno dellos conoció al preso, que había sido criado de su padre, y quiso quitarlo a la justicia, ayudándole los otros sus compañeros. Pidieron al alguacil 350

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que mostrase el mandamiento, y por qué le llevaban preso; el alguacil no hizo mucho caso dellos, como eran muchachos; mas como vió que iba de veras, comenzaron todos a dar voces, y a ellos a juntarse gente, y el preso dijo a grandes voces:« ¡Señores, que me llevan preso por la inquisición!» No hubo acabado de decir esto, cuando los cinco mancebillos, y otros muchos, arremetieron al alguacil, y le quitaron el preso, con tanta furia, que fue dicha que no le matasen. Tuvo aviso de este alboroto uno de los regentes de la vicaría, acudió de presto, y prendió los cinco muchachos; púsolos en una torre, y despachó luego al virrey a Puzol, donde aún estaba. El virrey, con su acostumbrada cólera, partió luego para Nápoles, y sin fulminar proceso contra los presos, ni esperar los votos, que conforme a las leyes de aquel reino deben intervenir en las causas criminales, diciendo y haciendo mandó dar garrote dentro en la cárcel a tres de aquellos muchachos, y no contento con esto, mandólos echar muertos por las ventanas en la calle, con un pregón, que so pena de la vida, ninguno fuese osado de los enterrar, ni recoger aquellos cuerpos sin licencia suya. Este tan áspero castigo en mozos tan nobles y de tan tierna edad, y por delito no tan atroz que mereciese tan cruel pena, fue causa de alterar los ánimos de aquella ciudad, que de suyo estaba movida y con ganas de se rebelar. Y a todos pareció mal, y al Emperador una demasía muy grande, lo que el virrey había hecho. La ciudad se puso luego en armas, y el virrey se vió en gran peligro de la vida. Púsose a caballo con hasta docientos hombres que de presto pudo juntar, y si no fuera por la buena diligencia que algunos de los magistrados y personas graves tuvieron para sosegar al pueblo, aquel día viniera con el virrey a las manos, y se derramara harta sangre. Quiso Dios poner tiento en sus manos, y los unos y los otros estuvieron quedos, y el virrey discurrió por toda la ciudad sin pelear, aunque en sus barbas le echaron mil maldiciones y sin hacerle cortesía hombre alguno. Otro día de mañana, sin saber quién fuese el movedor, se puso toda la ciudad en armas, porque se decía que habían salido del castillo trecientos españoles, y sin averiguar si era verdad (que no lo era), tocaron las campanas de todas las iglesias, y se juntó en la plaza todo el pueblo con propósito de pelear con los españoles; como no hallaron con quien reñir, todos juntos, con grandísima grita y alboroto, tomando por bandera un crucifijo que llevaba delante don Hernando de Avalos, marqués de Pescara, que a la sazón era niño y hizo lo que no entendía, discurrieron por toda la ciudad apellidando a gritos: «Unión en servicio de Dios y del Emperador, y en pro de la ciudad.» A cuantos topaban por la ciudad hacíanles jurar la Unión sobre el crucifijo, hasta

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que se otorgó por todos un instrumento público de ella, con ánimo de resistir al virrey con mano armada. Sabía el virrey que el pueblo traía malos tratos con intención de rebelarse, y que había algunas inteligencias con príncipes poderosos, y dello había dado cuenta al Emperador, y el Emperador le había dado orden que resistiese y allanase aquella demasía. Determinó de ponerse de manera que pudiese proceder por todo rompimiento. Y otro día mandó salir del castillo algunos arcabuceros con orden de que matasen a cuantos topasen con armas. Al mismo tiempo comenzaron los tres castillos a disparar la artillería gruesa en la ciudad, haciendo grandísimo daño en todos los edificios. Pelearon tres días contínuos, y murieron de ambas partes no pocos. Los de la ciudad querían que se entendiese que ellos no tomaban las armas contra su rey, sino contra sus malos ministros, y así levantaron un estandarte con las armas imperiales sobre la torre mayor de San Lorenzo, y de allí daban voces apellidando: España, España, viva el Emperador y mueran los marranos, que así llaman a los españoles en Italia por afrentarles. Después de cansados unos y otros de pelear y matarse, pusiéronse de por medio algunos buenos medianeros, y asentaron tregua por algunos días. El virrey prometió de no castigar a nadie hasta tanto que diese noticia al Emperador. Despacháronse luego de la una parte y de la otra embajadores a Su Majestad. Por la ciudad fueron el príncipe de Salerno y Placidio Sanclio; y por el virrey fue don Pedro González de Mendoza, marqués de la Valsiciliana, alcaide de Castelnovo. Durante la tregua, y por todo lo que los embajadores se detuvieron en Alemaña, que era cuando el Emperador proseguía la guerra contra el duque de Sajonia, aunque no se peleaba en Nápoles, y se comunicaban los españoles y napolitanos amigablemente, no por eso dejaban de vivir los unos y los otros con cuidado, haciendo sus guardias y centinelas como en guerra conocida; recelándose ambas partes los unos de los otros. Principalmente el virrey estaba sobre aviso, porque tenía ciertos indicios de que Juan de Sesa, el conservador, y Cesaro Barmiro y el prior de Bari, fraguaban cierta conjuración y trato contra él para levantarse con la ciudad, y por esto procuraba de meter gente nueva en la ciudad, y envió a pedir al duque de Florencia, su yerno, que le enviase socorro de cuatro mil hombres, porque la gente que esperaba de España tardaba; despachó las galeras a veinte de julio para que trajesen esta gente, y el mesmo día acordaron los de Nápoles de saltear a los españoles y matar a todos los que había, antes que se pudiesen juntar más. Y por razón de la tregua estaban doce españoles sobre seguro de los de Nápoles, y, no embargante, trecientos italianos cercaron a los doce españoles y matáronlos.

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Luego que se sintió el ruido tocaron el arma en el castillo y salieron los soldados, y estaban en las casas vecinas al castillo más de trecientos arcabuceros, los cuales mataron algunos soldados. Reconocieron de dónde les venía el mal, y guardáronse mejor. Los castillos comenzaron a tirar de buena manera, y con este favor comenzaron los españoles a entrar por las calles y casas, que estaban llenas de gente armada y vengaron las muertes de los doce españoles de tal manera, que en la casa que hallaban cincuenta napolitanos, los pasaban a cuchillo. Duró este desorden día y noche, sin cesar de pelear. Como la ciudad de Nápoles se vió tan apretada, y que el virrey había enviado por gente a Florencia y la esperaba de España, alzó fuego el bando y destierro a todos los forajidos, y en un día entraron en Nápoles más de cinco mil ladrones, homicidas y otros facinorosos; de suerte que la ciudad se hizo cueva de salteadores. Estos hicieron mayores males que podían hacer los proprios enemigos. No había hacienda segura; las calles amanecían llenas de cuerpos muertos, y otros mil insultos que esta gente perdida hacía. A 22 de julio salieron del castillo los soldados de la compañía de Joan de Mendoza, y comenzaron a ganar la plaza del Olmo hasta la aduana, y parte de la rúa Catalana, con mucha pérdida de gente napolitana, y saquearon toda la rúa y plaza del Olmo, y quemaron las casas. Descuidáronse los de este barrio pensando que diez mil españoles no bastarían en Nápoles para saquear una casa, y con esta confianza no pusieron en cobro sus haciendas. Por otra parte, acometieron las compañías de Diego de Orihuela y otras, y ganaron todo el barrio de San Josef, que es un cuartel de Nápoles, y saquearon todas las casas, entre las cuales hubo el capitán Orihuela de combatir dos casas: una donde había cien hombres, y otra donde estaban cincuenta. Entrólas dentro de dos horas y degolló a todos cuantos halló dentro, y fortificaron lo que habían ganado. Determinó el capitán Orihuela este mesmo día de ganar a Santa María la Nova, porque estaba a caballero de la Encoronada, y hacían daño a los soldados. Ganó asimesmo el monasterio sin perder seis soldados, muriendo de Nápoles más de ciento; y fortificó el monasterio de tal manera, que queriéndolo volver a cobrar los napolitanos, le dieron tres asaltos y no lo pudieron entrar, siendo más de tres mil hombres los que lo combatieron. Escaramuzaron este día en la plaza del Olmo, ni en todo el día y noche cesó la artillería de los castillos haciendo grandísimo daño en la ciudad. Viendo los napolitanos la destruición de su pueblo, enviaron los electos y diputados para que hablasen al virrey, y trataron que las plazas que los españoles habían tomado, se estuviesen con ellas, y que no se hiciese más demostración, contra la ciudad, ni la ciudad contra españoles, hasta que los que se enviaron a Su Majestad viniesen, y que para seguridad de que Nápoles 353

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no volviera a alterarse, que se pusiesen caballeros en los términos y puestos; que los unos y los otros los tuviesen para que no consintiesen hacer algún desorden. Esto concertado, el día siguiente, que fue a 23 de julio en la noche, los napolitanos no guardando su palabra, dieron un asalto al capitán Orihuela más de tres mil hombres para tomarle a Santa María la Nueva. Y visto que en los conciertos no había seguridad, el virrey no los quiso más oír, sino que se hiciese la guerra por mar y por tierra, y así días y noches no hacían los castillos sino tirar a la ciudad y combatirse los soldados de unos bestiones a los otros. Los forajidos tenían más ojo a robar que a vengar las injurias de Nápoles. Habían hecho muchas bravatas contra españoles, mas a 25 de julio, cuando decían que habían de dar en los españoles, dieron en lo más seguro y mas provechoso, que fue en las casas de los proprios napolitanos robándolas y saqueándolas. Que fue para ellos una noche de harta confusión, y para los forajidos de harto provecho; pena merecida, pues en tales fiaban. Otro día, para satisfacerse los de Nápoles, pusieron fuego a un monasterio de monjas que era junto Santa María la Nueva, creyendo que el capitán Orihuela saliera al socorro para poderle matar. Las monjas se encomendaron a los españoles, de los cuales salieron hasta cien arcabuceros, y dieron sobre más de quinientos de aquellos perdidos y huyeron; y así sacaron las monjas y su hacienda y pusiéronlas junto al castillo. Quisieron los de Nápoles dar paga a sus soldados, y César Mormillo, que era su general, les hizo parlamento, diciendo que era muy gran vergüenza que tres descalzos les tuviesen ocupado y saqueado medio Nápoles, y ellos, animados con el refresco de la paga, prometieron que aquella noche tomarían a Santa María la Nueva, y que ganarían hasta la aduana. Vinieron como habían prometido, mas no hicieron más que cansarse, y morir allí muchos de ellos. A 28 de julio salieron a saquear una granjería que tenía el virrey; tomáronle muchas vacas y terneras, y a 29 salieron los continuos con algunos arcabuceros para que se juntasen con la gente de armas que venía a Nápoles que estaba quince millas de la ciudad. Hallaron toda la tierra tan contraria, que no había aldea de cinco vecinos que no les hiciese resistencia, ni les querían dar bastimentos, ni acogerlos; tan alterado como esto estaba el reino todo. Declaráronse como rebeldes Capua, Nola, Aversa, y todo lo que es tierra de labor, que no quisieron llevar un bocado de pan a los españoles, y deshacían los molinos donde solían moler para los castillos. A 2 de agosto llegó a Nápoles el marqués don Pedro González de Mendoza, que había ido como dije a dar cuenta al Emperador de esta alteración de Nápoles. No declaró el virrey el despacho que el marqués había traído, mas de ahí a cinco días vino Placidio Sanclio, que había ido con el príncipe de Salerno, que éste no volvió, que le detuvo el Emperador. Placidio 354

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declaró a los de Nápoles cómo era la voluntad de Su Majestad que obedeciesen al virrey, y que dejasen las armas y las entregasen al virrey, y haciendo un perdón general, excetando treinta cabezas, que de éstas vino orden particular al virrey para que a su tiempo las justiciase, el virrey publicó el perdón, y que luego todos le entregasen las armas. Confusos se vieron los de Nápoles con esto, porque al virrey aborrecían por extremo, y dejar las armas hacíaseles muy duro. Llegaron a 4 de agosto veinte y cuatro galeras al puerto de Nápoles, en que venían dos mil españoles. Luego después de comer, vinieron los diputados, y el virrey les dijo que dentro de tres días le entregasen todas las armas, artillería y municiones de la ciudad; si no, que procedería contra Nápoles como contra enemigos rebeldes a Su Majestad. Los diputados fueron a decirlo al pueblo, y volvieron a decir que se haría como se les mandaba. El día siguiente, que fue cinco de agosto, comenzaron a traer las armas, de las cuales hubo mucha risa entre los soldados españoles, porque eran unos varales de colgar paños, unos arcabuces mochos, y otras armas de esta suerte. El virrey se enojo, y dijo que si no le traían las armas con que habían peleado, que procedería contra ellos. Pusieron algunas excusas, que hasta echar los forajidos fuera de la ciudad, se las dejasen. Eran todas dilaciones con cautela, y a 7 de agosto huyeron de Nápoles los príncipes culpados, y otros muchos, que quedó la ciudad medio despoblada. Salieron este día la infantería española y hombres de armas a castigar a Nola, Capua y Aversa, las cuales luego rindieron las armas. Y a ocho de agosto los de Nápoles llevaron al castillo veinte y cinco piezas de artillería, que era toda la que Nápoles tenía, cañones dobles, y culebrinas y falconetes, y sacres, y medios cañones, y medias culebrinas. A diez de agosto mandó el virrey venir al castillo los diputados, y en entrando se levantaron las puentes, que les puso harto temor. El virrey los dijo que el Emperador le había cometido este negocio, que lo castigase, mas que por ser causa propia, él no lo quería hacer, sino que suplicarían a Su Majestad nombrase jueces, que conociesen dello, y que él quería ser abogado de Nápoles, y no juez. Con estas y otras buenas razones, les dijo que se volviesen a sus casas; lo cual ellos hicieron de muy buena gana, alabando la clemencia del Emperador. De los exceptados huyeron unos, y se pasaron a Francia, perdiendo sus haciendas y patria para siempre. Otros, que fueron los más, dentro de seis años alcanzaron entero perdón del Emperador, que nunca supo negarle, por más que le ofendiesen. La publicación de los exceptados se hizo a doce de agosto, proveyendo el virrey que las galeras tomasen la salida por mar, y la infantería las puertas de la tierra, y luego se leyó el Edicto imperial. Condenó a la tierra en cien mil ducados, demás de los gastos y daños hechos en este levantamiento. Mandó más que Nápoles se desarmase con cuarenta millas alrededor, excepto las personas que al virrey pareciese, que para 355

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seguridad de sus personas sólo se les permitía tener espadas, y no otra arma astada, ni arcabuz, ni pistolete. Quedaron muy lastimados, de esto los de Nápoles, y muchos desampararon la tierra, teniendo por infeliz suerte vivir en ella, siendo la mejor del mundo, según todos dicen. Todos estos males trae una desobediencia a su príncipe, que bien lleno está este libro de estos ejemplos en sola la vida de un príncipe, y así fue siempre, y por eso adviertan los hombres, que el camino más seguro es hacer lo que sus mayores mandan.

- XXXIV Nueva pretensión del rey don Enrique de Francia. -A 10 de setiembre se comenzó la Dieta. Cayó el Emperador por el mes de agosto de este año en una enfermedad de tercia y calenturas, que sus continuos cuidados le acabaron y consumieron la vida, por donde vino a acabarse antes de tiempo; quiso Dios darle mejoría, y convaleció de este mal, para acudir a la Dieta. En estos mismos días acababa el rey de romanos de allanar a los bohemios con las ventajas que quiso, de manera qué acrecentó las rentas reales en cantidad de setecientos mil florines al año, demás de lo que antes estaban, que para aquellos tiempos fue una suma harto grande, porque el reino no lo es. Asimesmo asentaron treguas el Emperador y rey de romanos con el Turco por cinco años, y demás desto los cinco cantones (de trece que hay de esguízaros) que eran católicos, habían enviado embajadores que se hallasen en la Dieta de Augusta, queriendo la amistad y confederación del Emperador, por ser príncipe tan católico y guerrero. Y los ocho que quedaban, que todos eran luteranos, visto que el Emperador procedía con tanta prudencia y mansedumbre, y que con arrebatada cólera no había degollado al duque de Sajonia, ni a Lantzgrave, sino que los quiso oír y componerse con ellos graciosamente, enviaron también sus embajadores para cumularse asimesmo en la dicha Dieta con Su Majestad universalmente. También recibió el Emperador embajadores del rey de Francia con despachos, en que el rey ofrecía su hermana, para que casase con el príncipe don Felipe, que estaba viudo, y que el hijo que tuviesen sucediese en el Estado de Milán, y la corona de Francia renunciaría el derecho que pretendía tener a él, y que quisiese Su Majestad que la hija de don Enrique de Labrit, que había estado concertada con el duque de Cleves, casase con el príncipe de Piamonte, y que el rey restituiría Turín, y lo demás que en Saboya y Piamonte tenía tomado, con que después de los días del dicho don Enrique de Labrit, fuese de la corona de Francia todo lo que el dicho don Enrique

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poseía en Francia de los montes allá. Y que el reino de Navarra quedase para siempre con la corona de Castilla jure hereditario, como reino justamente habido y conquistado. Pedía junto con esto el rey de Francia que el Emperador no diese favor a los ingleses contra Francia, y por otra parte pedían los ingleses que el Emperador no los desamparase. Trataban estos dos reinos de hacerse guerra. Ninguna destas cosas se efectuó como se propuso (si bien parecían justificadas), antes se volvió a la guerra con Francia, como adelante veremos. La Dieta se celebró en Augusta con grandísimo concurso de príncipes y embajadores de diversas partes, y los de Alemaña desearon dar gusto en todo al Emperador. Pidióles que, pues los gastos de las guerras pasadas habían sido tan grandes, como les constaba, le ayudasen con algún servicio, pues la guerra había sido tan justa, y por la defensa del Imperio. Los príncipes y ciudades, con mucha voluntad, sirvieron al Emperador con una buena suma de dineros, de la cual, y de condenaciones que hizo en los que se hallaron culpados por haber ayudado a los protestantes y por otros delitos, dicen que llegó todo el dinero que se hizo a un millón y seiscientos mil florines de oro renenses, y demás de esto, los servicios y presentes particulares que hicieron a Su Majestad y a sus criados, por los buenos despachos que cada uno pretendía, que fue otra gran riqueza, lo cual todo con los quinientos tiros que el Emperador hubo, los sacos y robos que la gente de guerra hizo, las muertes, destruición de lugares, y otros daños que traen las guerras civiles, tales fueron las ganancias que Alemaña sacó de la bendita doctrina de Lutero, y lo que más es, la ira de Dios justa como contra herejes enemigos suyos, habiendo sido sus pasados de los más católicos que ha tenido la Iglesia. Halláronse en Augusta en estas Cortes el rey don Fernando, la reina María la Valerosa, que vino de Flandres a ver al Emperador su hermano, el príncipe Maximiliano, archiduque de Austria, que fue el primero que habló en las Cortes; el duque de Cleves, el cardenal de Trento y otros muchos. Deseaba el Emperador que su hijo el príncipe don Felipe de España le sucediese en el Imperio, como le había de suceder en los reinos. Consideraba el Emperador que la majestad imperial no se podría conservar, antes había de caer no teniendo el Emperador las fuerzas que se requerían, como él lo había visto en las guerras de Alemaña, que si no fuera príncipe tan poderoso, señor de tantos y tan ricos reinos, no fuera posible valerse contra la potencia de Alemaña. Veía que su hermano el rey don Fernando era pobre, y que quedando el Imperio en él, cada príncipe de los de Alemaña se le había de atrever, y el Imperio caería, y aun la religión de aquellas partes con él, que parece vió lo que por nuestros pecados vemos. 357

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Trató esto con la reina María su hermana, que era princesa en quien cabían estas cosas y otras mayores, y siendo ella del mismo parecer, el Emperador la dijo que lo tratara y acabase con el rey don Fernando su hermano, que quisiese renunciar esta dignidad en el príncipe don Felipe, a quien él esperaba allí muy presto. Agravióse grandemente el rey don Fernando, pareciéndole que se le hacía notable afrenta, porque no sólo perdía su propria autoridad y honra, sino que le tendrían en poco, y por hombre de ánimo apocado, y que ofendía y hacía grandísimo agravio a sus hijos quitándoles el derecho que al Imperio podían tener, por darlo a su sobrino. Que el príncipe don Felipe era rico y poderoso; él y sus hijos que eran muchos, no tenían sino unos reinos cortos, en rentas y fuerzas muy limitados, y que la mayor parte con que él y sus hijos se habían de sustentar era un poco de honra y reputación, y que si aquélla les quitaban por darla a quien tanta y tanto tenía, quedarían en unos hospitales. Que su sobrino don Felipe había de ser señor y rey de toda España y de la mitad de Italia y de otros muchos y riquísimos mundos, para cuyo gobierno eran menester grandes fuerzas, y que si se le añadiese la carga del Imperio, más sería confundirlo y ahogarlo con tanto peso, que levantarlo a mayor grandeza. Que mirasen que el príncipe don Felipe era hombre, y que como tal tenía fuerzas limitadas, y el ingenio y capacidad al fin de hombre; y que por tanto, convenía que el Emperador no le dejase con tan grandes obligaciones, que sin duda alguna no habría hombros para ellas y sus cargas. Que se moderase y pusiese tasa en la codicia de engrandecer a su hijo, si no quería que diese con la carga en el suelo y que una ambición desordenada destruyese la casa de Austria. Todo esto dijo este rey con tanta pesadumbre y sentimiento a la reina María su hermana, que sabiéndolo el Emperador no quiso que se tratase más de ello.

- XXXV Caso desdichado Primero día de octubre le vino al Emperador correo con aviso de un caso desdichado, que a Pedro Luis Farnesio, hijo del papa Paulo III, había sucedido en Parma, el cual fue así, comenzando el cuento desde su origen. Heredó, como dije, Enrico, hijo de Francisco, con el reino de Francia la pasión de su padre y deseo de haber el Estado de Milán; quiso favorecerse de Pedro Luis, duque de Parma y Placencia, y tentó de apoderarse de la ciudad de Génova, como de puerto y entrada principal para de allí dar en Milán. Entendióse que el principal movedor de este trato fue el dicho Pedro Luis; el instrumento por cuya mano y diligencia se había de hacer, era el conde Juan Aloisio de Flisco, mancebo noble y valiente y muy llegado al príncipe Andrea Doria. 358

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Ayudaban al conde algunos del bando contrario al de los Adornos, y entre otros el marqués Julio Cibo de Masa. La traza que dieron fue que el conde se apoderase del puerto de Génova, y de las galeras que en él estaban, matando al príncipe y a Joanetín Doria su sobrino y heredero de su casa. Lo cual se había de hacer con el favor de cierta gente que había de traer a su tiempo el marqués de Masa por tierra, y las galeras de Francia por mar desde Marsella. Y porque el negocio tuviese más facilidad, tuvo maneras Pedro Luis cómo el Papa hiciese capitán de sus galeras al conde de Flisco, para que con ellas corriese el mar Mediterráneo y usase oficio de cosarios contra turcos y moros. Con color tan honesta pudo el conde hacer su negocio sin sospecha, tanto que si bien de parte de don Hernando de Gonzaga tenía el príncipe Doria aviso de que en Génova se trataba cierta conjuración contra él, porque así lo sabía de espías que en Francia tenía, y asimesmo don Joan de Figueroa, embajador del Emperador, le advertía que se guardase del conde de Flisco. Jamás el príncipe pudo creer que persona tan noble y a quien él había hecho muchos buenos oficios le tratase traición, con lo cual el conde pudo hacer sus cosas al seguro. Cuando ya todo estaba como era menester para ejecutar su determinación, ordenaron el conde y sus amigos, el principal de los cuales era Bautista Berrino, de hacer un gran banquete para matar en él al príncipe y a Joanetín Doria y al embajador don Joan de Figueroa. Dióse la orden del banquete y acetáronle todos los que habían de ser muertos en él sin recelo alguno. Pero quiso Dios que para el día que había de ser, le cargó al príncipe tan de veras la gota, que no pudo levantarse de la cama, y así se pasó por entonces aquella ocasión. El conde, que de la dilación temía algun inconveniente grande y sabía que los conjurados eran más de los que se requieren para tener el secreto necesario, determinó acelerar el negocio llevándole por vía de notoria fuerza, y de acometer al príncipe con las armas tomándole descuidado en su casa. Para lo cual hizo juntar en su posada algunos de los conjurados, que fueron los principales Bautista Barrini, Gaspar Boti, Francisco Curli, Benito Cresi, Jerónimo Magroli y Pedro Francisco Flisco, a los cuales él hizo un largo y bien ordenado razonamiento, trayéndoles a la memoria la gravedad del negocio que traían entre las manos y la necesidad que había de gobernarse en él con prudencia y sin dilación alguna, pues no les iba menos que la vida y la honra, y todo lo que en esta vida podían tener. Concertados y determinados, se resolvieron en que fuese aquella noche sin más dilación, y juntando hasta trecientos hombres muy bien armados, ordenaron que con los ciento fuese el conde a tomar el puerto y las galeras, y que Jerónimo Ottobono su hermano, y Cornelio Flisco, otro hermano menor, con cada cien hombres, acudiesen el uno a la puerta del Arco, y el otro a la 359

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puerta de Santo Tomás por donde se sale a las casas del príncipe Doria. A todos pareció que ésta era buena traza, y todos se ofrecieron a poner la vida y hacienda en aquel hecho, pareciéndoles cosa fácil. Sólo Paulo Pansa, íntimo amigo del conde, persona de muchas letras y prudencia, fue de contrario parecer, y teniendo por cierto el peligro como cosa tan atroz y llena de dificultades, como amigo verdadero del conde se puso a sus pies y procuró disuadirle aquel propósito, representándole infinitos inconvenientes que de ella necesariamente habían de resultar. Fueron muchas las razones que le dijo; pidióle con lágrimas que considerase que se tomaba con el Emperador, que no había que fiar del rey de Francia, que amancillaba su fama, casa y sangre con un hecho tan infame, matando a quien tantos bienes le había hecho. Finalmente él dijo harto, y aprovechó poco, porque estaba así resuelto y se había de ejecutar el hado de los desventurados que habían de morir; y así, la mesma noche que concertó por los conjurados, que fue a 2 de enero año 1547, el conde y sus dos hermanos con cada cien hombres armados salieron con gran silencio de la posada del conde con tanto orden y discreción, que antes que de nadie pudiesen ser sentidos tenía ya cada uno dellos puesto en ejecución lo que había tomado a su cuenta. El conde hubo en su poder el puerto y las galeras; Jerónimo Ottobono ganó la puerta de Santo Tomás, y Cornelio la del Arco. Joanetín Doria, que se estaba descalzando para meterse en la cama, como oyó el ruido de las armas y le vinieron a decir que la ciudad estaba alborotada sin que se supiese por quién ni a qué propósito, tomó de presto su espada y rodela y salió a la calle sin saber dónde iba. Como él iba ciego y desapercebido, cayó en manos de sus enemigos antes que pudiese saber que lo eran, y matáronle a cuchilladas. Andrea Doria, viejo y trabajado de la gota, oyendo la grita que se hundía el pueblo, y no sabiendo qué fuese, más de cuanto se oía la voz de Francia, saltó de presto de la cama medio desnudo, metióse en una fragata que halló a mano, y así, mal abrigado, haciendo un frío terrible, tomó la vía de poniente por el mar abajo. A la mañana llegó a un lugarejo, cinco millas de la ciudad, adonde saltó en tierra y prosiguió la costa en un caballo por alejarse todo lo que pudiese de Génova hasta ver lo que en ella pasaba. Habíanse encaminado tan a gusto de los conjurados las cosas, que en menos de media hora se apoderaron de las galeras, y del puerto, y de las principales fuerzas de la ciudad; con haber muerto Joanetín Doria y haberse el príncipe puesto en huida, no les faltaba cosa alguna para salir con todo, si no les sucediera el más extraño desmán que se pudo imaginar, porque andando el triste conde de Flisco de galera en galera, quitando la gente del príncipe y poniendo de la suya, fue su desgracia, que con la priesa no miró dónde sentaba el pie, y poniéndole en tablón que 360

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servía de puente entre dos galeras, trastornóse la tabla de manera que el conde cayó en el agua, sin que le viese nadie, sino sólo un esclavo suyo, que se echó tras él en el mar, y ambos quedaron ahogados en ella. No se supo en toda aquella noche la muerte del conde, porque con el mucho ruido y alboroto unos pensaban que estaba en una parte, y otros en otra. A la mañana, como la Señoría entendió lo que pasaba, salió a la plaza puesta en armas; lo mismo hicieron todos los vecinos de la ciudad, nobles y plebeyos, sin saber los unos ni los otros qué partido tomar, ni menos contra quién se habían armado. Unos decían «Imperio», otros «Flisco y Francia», y el conde no parecía. Sabíase ya el trato y no se hallaba el autor, hasta que cayeron en la cuenta que debía de ser el conde uno que vieron caer en la mar aquella noche. Fueronlo a buscar, y halláronle muerto y armado. Lloráronle los suyos y hubiéronle lástima los que no lo eran. Con la muerte deste desdichado, los conjurados desmayaron, los dudosos estuvieron quedos, y los imperiales tomaron ánimo, y la Señoría hizo dejar las armas y puso en sosiego la ciudad. Las otras cabezas de la conjuración huyeron, y al conde colgaron por los pies de la antena de una galera. Enviaron postas y correos en busca de Andrea Doria, y halláronle con Luis Griti su privado, que había llegado a darle la nueva de la muerte de su querido sobrino y heredero Joanetín Doria, y que la ciudad, puerto y galeras quedaban en poder de sus enemigos. Este golpe de fortuna llevó Andrea Doria en el tiempo que ella lo suele dar a los que más ha favorecido en la vida, cuando tenía ochenta y cinco años de edad el príncipe Doria. Sufriólo con muy buen ánimo sin mostrar flaqueza alguna, y estando en esto, llegó el aviso de la muerte del conde y sosiego de la ciudad, y salud de su casa y estado en el mesmo punto que solía estar. Dio luego la vuelta para Génova, y en ella fue recibido con grandísimo aplauso, aunque con hartas lágrimas por la muerte del sobrino. Agradeció al senado y pueblo la voluntad que a sus cosas habían mostrado, y mandó que el cuerpo del conde le volviesen a echar en la mar, para que fuese su sepultura, donde Dios había hecho el castigo. Procedió la justicia contra todos los que habían sido en la conjuración, castigándolos en los bienes, justiciando los que pudieron ser habidos. Derribaron las casas del conde, que eran de las mejores de Génova, y deshicieron su estado y familia, que era de las más nobles y antiguas. El marqués de Masa, que venía ya con gente en favor del conde, como supo su muerte, usó de trato doble, y quiso hacer entender a Andrea Doria que venía a vengar la muerte de Joanetín, que tales dobleces suelen tener los hombres, si bien sean príncipes. 361

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Esta conjuración, si llegara a efecto, fuera dañosísima para el Emperador, porque perdiéndose Génova corrían peligro las cosas de Italia, y estorbaban grandemente las guerras que por este tiempo el Emperador seguía en Alemaña. En todo parece que le ayudaba Dios, que era la fortuna que todos decían que le era favorable.

- XXXVI Continúa la misma materia. Uno de los principales movedores de esta conjuración fue el duque Pedro Luis Farnesio, hijo del papa Paulo III, y si bien no jugó al descubierto, sino con tanto artificio que si bien se imaginase no se le pudiese probar, la conciencia rea, que vale por mil testigos, lo sacó a la plaza, para que a todos constase y fuese pública su maldad, y él cayese en el hoyo que había abierto: donde se conocen los juicios de Dios. Fue, pues, que como Pedro Luis vió deshecha con tan poco fruto la trama que con el conde Flisco tenía urdida, recelándose, como suele el pecador, de que Andrea Doria tenía algunas sospechas de él, quiso satisfacerle, que no debiera, y mostrar cuán sin culpa estaba en las cosas pasadas, para lo cual envió por su embajador al conde Agustino de Landa, dándole el pésame de la muerte del sobrino, y muchas y muy buenas razones con que mostraba su inocencia, y pidiéndole que no diese oídos a hombres bulliciosos y que buscaban ruidos, que dirían lo contrario. Y que en todas las ocasiones que de allí adelante se ofreciesen, hallaría en él un verdadero amigo, y que sería muy contento de dar otra mayor satisfacción siempre que le fuese pedida, para que todo el mundo entendiese la poca o ninguna culpa que en él había. Oyó Andrea Doria esta embajada con rostro alegre mas el corazón estaba de otra manera, porque sabía muy bien la culpa que Pedro Luis tenía. Respondió bien usando de cautela con el cauteloso, para asegurarlo y pagarle el merecido a su tiempo. Quiso Andrea Doria aprovecharse del mismo ministro que Pedro Luis le enviaba, para vengarse de él. Sabía cuán vicioso y mal quisto era Pedro Luis en su tierra, y trató con el conde Agustino, y le persuadió que matase a Pedro Luis. Salió bien a ello el conde, pareciéndole camino cierto y seguro para librar a su patria de la servidumbre en que estaba, y para engrandecer su casa y linaje haciendo al Emperador este servicio, en premio de lo cual prometió Andrea Doria de darle una sobrina suya, hija de Joanetín, para su hijo mayor.

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Concertado esto así, el conde volvió con una respuesta cual Pedro Luis la podía desear, con la cual quedó muy contento y sin recelo de nada. De ahí a pocos días comenzó este conde con otros amigos suyos a tratar de la muerte de Pedro Luis. Halló dispuestos los ánimos de casi todos los nobles de Placencia, que por extremo aborrecían a Pedro Luis y no podían llevar en paciencia una fortaleza que allí edificaba tan fuerte y casi inexpugnable, que les parecía que no había que esperar jamás su libertad. Con el conde de Landa fueron los que principalmente tomaron a cargo este negocio Juan Anguisola, Confaloner, Jerónimo Palavicino y Alejandre su hermano. Dieron éstos avisos de todo a don Hernando de Gonzaga, para que se hallase a tiempo competente con gente cuando fuese menester. Tuvo Pedro Luis algunos indicios de que se trataba contra él alguna conjuración, y comenzó a proveerse de gente y armas por mano de Bartolomeo Villacari, su amigo y privado; pero fue tan descuidado y negligente, que los conjurados, que no dormían, tuvieron tiempo para ejecutar a su salvo la determinación. Estando, pues, el duque bien descuidado en la citadela del castillo que labraba, un día después de comer, que fue 10 del mes de setiembre de este año, el conde Augustino, Juan Anguisola y Luis Confaloner, con otros diez o doce, entraron en la citadela con sus armas secretas. Mataron primero con poca dificultad las guardas de la primera puerta, y subieron a lo alto de la casa, donde el duque estaba casi solo, que acababa de comer, y sus criados se habían ido a lo mismo, y diciendo: Muera, muera el tirano, le dieron muchas heridas hasta que le mataron sin que pudiese decir Dios, valme. Tomaron luego su cuerpo y colgáronle por un pie de la ventana que responde hacia la plaza mayor de la ciudad, y mostrando las espadas desnudas y sangrientas, salieron a la calle apellidando: Imperio y libertad, dos cosas muy agradables al pueblo. Púsose luego toda la ciudad en armas, aunque nadie se movió de su casa, porque ninguno se osaba determinar si acudirían a vengar al muerto, o a defender los matadores, hasta que vieron que todo el senado y nobles holgaban de lo hecho y habían recibido alegremente y debajo de su amparo a los conjurados. Con lo cual todo el pueblo abrazó sin dificultad el dulce nombre de la libertad, y a la hora se dio aviso a don Hernando de Gonzaga, que estaba esperándolo en Cremona, el cual acudió luego a Placencia y se apoderó de la ciudad por el Emperador, con grandísimo aplauso y contentamiento de todos los Estados de ella. Estuvo el cuerpo de Pedro Luis colgado de aquella manera por todo el día. 363

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Otro día siguiente le cortaron la soga y cayo en el foso, y después de haber estado allí otros dos o tres días, le trajeron por las calles arrastrando y estuvo bien cerca de no querer darle sepultura. Y aun dicen que después de sepultado lo volvieron a desenterrar, y no hubo quien tratase de vengar su muerte. Verdaderamente que los mayorazgos excesivos que se hacen con bienes de la Iglesia no tienen otros fines más dichosos. Este remate tuvieron los cuidados de engrandecer Paulo III a su hijo, y dióle tanto, que en este año acabó la vida. Hartas cosas intentó Paulo para vengar la muerte del hijo; quiso hacer liga con Enrico, rey de Francia, no hubo lugar; quiso con los venecianos y matar a Andrea Doria y echar al Emperador de toda Italia; tampoco pudo hacer nada, antes le costó la vida al marqués de Masa, que andaba en estos pasos, al cual prendió don Hernando de Gonzaga y le cortó la cabeza en la plaza de Milán.

- XXXVII Quiere el Emperador que los alemanes reciban el Concilio. -Enferma el Emperador en Augusta. -Ruy Gómez de Silva viene a visitarle de parte del príncipe. El Emperador estaba en Augusta procurando que todos los príncipes de Alemaña quisiesen acetar y tener por bueno el Concilio que se había en Trento. El duque Mauricio, y el de Cleves, y el de Brandemburg vinieron en ello; mas con los otros no se pudo acabar y las ciudades no acababan de resolverse. Llegó a Augusta con gran acompañamiento la mujer de Filipo Lantzgrave, que estaba preso y con guarda de españoles. Pedía esta señora con grandes lágrimas la libertad de su marido; suplicó a la reina María intercediese por ella, y con muchas lágrimas a los príncipes electores que allí estaban; mas el Emperador no quiso por agora hacer lo que le suplicaban, por parecerle que era muy temprano. Tuvo el Emperador en esta ciudad de Augusta una enfermedad peligrosa, que ya le fatigaban mucho los males, aunque los años no eran demasiados. Llegó la nueva de su mal a España estando el príncipe don Felipe en Monzón, donde tenía Cortes al reino de Aragón, que fueron las primeras en que este príncipe se halló. Púsole en cuidado la mala nueva de la poca salud del Emperador su padre, y mandó que Ruy Gómez de Silva, un gran caballero de los más ilustres de Portugal, y que valía mucho con el príncipe, fuese a visitar al Emperador y darle el parabién de sus victorias. Llegó Ruy Gómez a Augusta, y el Emperador se holgó infinito con la embajada de su hijo, y

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deseando gozar enteramente de él le envió luego a llamar, y también porque las gentes de aquellas partes que habían de ser sus vasallos viesen y conociesen el príncipe que tenían. Volvió con este despacho Ruy Gómez a España, y trajo otro del casamiento que se había concertado del Príncipe Maximiliano, archiduque de Austria, hijo mayor del rey don Fernando, con la infanta doña María, hermana del príncipe, hija del Emperador, que es la serenísima Emperatriz que hoy día vive recogida santísimamente en el monasterio de las Descalzas de Madrid con gran ejemplo de toda la Cristiandad. Y asimismo trajo cómo don Fernando Alvarez de Toledo, duque de Alba, mayordomo mayor del Emperador y su capitán general, venía por su mandado a dar orden en el viaje del príncipe y poner el gobierno de su casa, al uso y costumbre de la de Borgoña, como se servía el Emperador su padre. Acabadas las cortes de Monzón, que fueron largas y reñidas, el príncipe partió a 8 de diciembre, día de la Concepción, para la villa de Alcalá de Henares, donde estaban sus hermanas las infantas doña María, doña Joana y don Carlos, hijo único del príncipe. Detúvose en Alcalá algunos días en fiestas de cañas y otros regocijos, que por servirle hicieron, y llegó en este tiempo el duque de Alba con la embajada que dije. Vino con él don Antonio de Toledo, caballerizo mayor del príncipe. Con la venida del duque se acabó de determinar la partida del príncipe, y comenzaron a poner en orden la mudanza de la casa. Partió luego el príncipe de Alcalá para Valladolid, donde se había de aprestar y poner en orden y esperar a su primo el príncipe Maximiliano, que sabía que había partido de Augusta, y llegado a Milán, y embarcado en Génova, y que ya estaría presto en Barcelona. Y así mandó el príncipe a don Pedro de Córdoba que partiese por la posta a Barcelona para que le visitase de su parte y diese el parabién de su llegada. Llegó don Pedro a Barcelona antes que Maximiliano desembarcase. De ahí a pocos días la infanta doña María envió a don Diego de Córdoba, para que de su parte visitase al príncipe su esposo, que ya le sabía que había desembarcado, y que venía para Castilla, recibiéndole y sirviendo en todos los lugares como merecía. El príncipe recibió con mucho gusto a don Diego por el despacho que llevaba y le dio una rica cadena de oro. El príncipe de España y las infantas sus hermanas estaban en Valladolid aparejando el recibimiento del príncipe Maximiliano su primo, esposo y cuñado.

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- XXXVIII Muere Fernán Cortés, capitán digno de memoria. Muerte de Alonso de Idiáquez. -Estatuto de la santa Iglesia de Toledo contra los judíos. -Muerte de Enrico VIII, rey de Ingalaterra. Pues he dicho las cosas generales del año, diré agora algunas particulares y menudas. Murió por el mes de mayo deste año de 1547 Francisco Cobos, natural de Ubeda, comendador mayor de León, duque de Sabiote, secretario mayor del Emperador. De lo que fue y valió con el Emperador y la nobleza que de él hay hoy día en Castilla, no tengo que decir, pues a todos es notorio. Casó con doña María Mendoza, hija del adelantado de Galicia, que viuda vivió y murió en esta ciudad de Valladolid santa y cristianamente. Francisco de los Cobos murió con algunas señales de dolor por dejar esta vida, que aunque es natural el apetito de vivir entre todos los vivientes, amarga mucho más y dolorosa es la muerte en los que con abundancia gozan de esta vida. Fueron muchos los bienes que tuvo este fiel ministro de Su Majestad, pero no todos los que pudo, como han tenido otros con menores servicios en pocos días, los cuales no se lograrán, ni llegarán a la cuarta generación, porque las cosas que apresuradamente crecen, con la mesma presteza se deshacen y son como el humo; y como los hermosos vapores nacidos de los muladares y cienos, en el aire se consumen; solas duran aquellas que con tiento y temor de Dios se adquieren. Murió asimismo este año Fernán Cortés, digno de perpetuo nombre y merecedor de uno de los grandes capitanes y claros varones que ha engendrado España, y que levantó su limpia y hidalga sangre a la grandeza en que está. Hay de esto historias hartas, y merece otras que cumplidamente digan lo que Fernán Cortés hizo. Nombrado he al secretario Alonso de Idiáquez, caballero del hábito de Santiago y comendador de Extremera, del Consejo de Estado del Emperador, a quien sirvió con fidelidad y amor desde el año de 1520 hasta este de 1547. Hallóse en la conquista de Túnez sirviendo a su príncipe, año 1535, y en el año pasado de 1544, en la concordia que se hizo entre el Emperador y rey de Francia, y vino a Castilla a tratar de parte del Emperador con el príncipe don Felipe, su hijo, si sería bien dar a Carlos, duque de Orleáns, la infanta doña María con los Estados de Flandres, o la infanta doña Ana, hija del rey don Fernando, con el Estado de Milán, según dejo ya dicho. Sucediole este año al secretario Alonso de Idiáquez una mortal desgracia, y fue que volviendo de España, donde el Emperador le había enviado, a 18 -según otros, el 11 de junio-, pasando el río Albis con otros ocho que le acompañaban en una barca, cerca de Torgao de Sajonia, unos herejes de Torgao le acometieron, mataron y 366

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robaron. Sintió mucho el Emperador la muerte de Alonso, de Idiáquez, por perder en él un gran ministro de quien hacía toda confianza. Dice Juan Bautista Castaldo, escribiendo a Paulo Jovio, que los matadores fueron unos villanos que le saltearon en el camino. Un rey de armas llamado Claudio Marión, que fue Tusón de Oro, primer rey de armas que andaba en el campo imperial, dice que le mataron, como digo, al pasar del río, y que el gobernador de Torgao fue en esta traición; por la cual Lantzgrave, queriendo dar gusto al Emperador, le mandó justiciar con los demás malhechores que pudieron ser habidos. Hízose en este año de 1547 en la santa Iglesia de Toledo, por orden de su arzobispo, don Joan Martínez Silíceo, el santo y prudente estatuto de que ninguno que tuviese raza de confeso pudiese ser prebendado en ella. Que si bien escogió a algunos, parece muy acertado que la Iglesia primaria de España lo sea en sus ministros, como después acá lo han sido, y vivido con más quietud en el cabildo; porque donde hay alguno de tan mala raza, pocas veces la hay, que es tan maligna esta gente, que basta uno para inquietar a muchos. No condeno la piedad cristiana que abraza a todos; que erraría mortalmente, y sé que en el acatamiento divino, no hay distinción del gentil al judío; porque uno solo es el Señor de todos. ¿Mas quién podrá negar que en los descendientes de judíos permanece y dura la mala inclinación de su antigua ingratitud y mal conocimiento, como en los negros el accidente inseparable de su negrura? Que si bien mil veces se juntan con mujeres blancas, los hijos nacen con el color moreno de sus padres. Así al judío no le basta ser por tres partes hidalgo, o cristiano viejo, que sola una raza lo inficiona y daña, para ser en sus hechos, de todas maneras, judíos dañosos por extremo en las comunidades. Ya que he dicho las muertes de nuestros naturales, diré agora la del rey Enrico VIII deste nombre entre los de Ingalaterra, que pues dio tanto que decir en su vida, sepultarle hemos con esta memoria de su muerte, poco o nada segura de la vida eterna, pues fue hereje enemigo de la Iglesia. Murió este rey en edad de sesenta años; el cual fue muy dotado de los bienes de fortuna y del cuerpo, pero no del alma. Fueralo si los empleara bien, porque era muy hermoso, rico y sabio. Casó con doña Catalina, mujer también hermosa, hija de los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, que había sido casada con su hermano Artus. Alcanzó victoria de sus enemigos personalmente cuando ganó a Teroana, quitándola al rey Luis de Francia, y a Bolonia al rey Francisco, y por sus capitanes cuando venció la flota escocesa del conde Surri Thomas Havard, cuando el mesmo conde mató al rey Jaques de Escocia en una batalla. Favoreció al Papa contra el rey Luis de Francia, y al papa Clemente cuando su prisión, en odio y enemistad del Emperador. 367

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Escribió contra Lutero el libro de Sacramentos, por el cual le dio título de Defensor de la Fe, por Consistorio, el papa León. Hasta aquí fue excelente rey, aunque inconstante en amistades; pero después que mudó mujer y religión, fue malvado. Dejó a la reina doña Catalina, su legítima y verdadera mujer, por ponerse en mal estado con Anna Bolena, su amiga y criada, y habiéndola amado ciegamente, la degolló dentro de tres años por adúltera con Jorge Boleno, su proprio hermano, con quien ella dormía por haber algún hijo varón, y con otros dos caballeros. Tomó por mujer, luego a otro día que aquélla fue degollada, a Jana Semeria, en la cual hubo a Duarte, que murió rey. En muriendo la Jana, envió a Cleves por Ana, hermana del duque Guillén, a la cual dejó luego por fría y que no satisfacía su lujuria, y no tardó en casarse con Catalina Havard, su sobrina, que también la degolló luego, por adúltera con dos caballeros. Casó sexta vez con Catalina Paria, viuda, siendo de cincuenta años. Despeña de esta manera la ceguera del entendimiento. Comenzó a sentir mal del Papa, que le condenó el repudio primero, burlando de las excomuniones y dispensaciones. Y dando cada día más en este error, se llamó soberano de la Iglesia de Ingalaterra, aplicando a su fisco las rentas eclesiásticas, que fue negar al Papa la obediencia. Sobre lo cual martirizó tres monjes cartujos y al cardenal Joan Filguer, obispo de Recostre, y a Thomas Moro, su gran chanciller. Mató asimismo, sobre seguro, a ciertos caballeros capitanes de los que se levantaron en defensa de la Fe católica. Robó las iglesias, despobló los monasterios, deshizo la Orden de Caballería de San Juan de Rodas, echó los cuerpos santos en el río y quitó, finalmente, la fe y religión católica en todo su reino. De lo cual todo hay una larga y muy docta historia.

Libro treinta Año 1547 El ínterin de Alemaña, murmurado contra el Emperador. -Embajadores de Bolonia al Emperador. -Sentencia el Emperador al duque de Sajonia en privación. Las pasiones que se encienden en los pechos secos y viejos mueren y se acaban con mayor dificultad que el fuego que vivamente entra en el hierro o

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madero verde. En el corazón de Paulo III de este nombre, el dolor de la muerte de su hijo Pedro Luis, encendió una pasión y vivos deseos de venganza, olvidado de su vieja y antigua edad, profesión y estado. Consumía sus huesos este fuego, y tanto más cuanto veía mayores dificultades para como deseaba vengarla. Hizo contra Andrea Doria cuanto pudo, y en odio del Emperador compuso una liga, que nombraron defensiva, juntándose con Enrico, rey belicoso de Francia, y con los esguízaros, ordenando que el rey levantase las armas por Saboya, y el Papa por Placencia, por la muerte cruel de su hijo. Para más asegurar el francés sus fuerzas, renovó la amistad o alianza que su padre, el rey Francisco, tenía con los esguízaros por toda su vida asentada, dejando lugar al Papa y a los reyes de Portugal, Polonia, Escocia, Dinamarca, y otros duques y señores, las cuales masas, se hacían contra el Emperador, y el Papa mandó pasar el Concilio de Trento a Bolonia, por que no se hiciese lo que no le cumplía. Pero la mayor parte de los obispos españoles no quisieron salir de Trento, y cierto era ocasión para que los de Alemaña no se sujetasen a la razón, porque siendo sus principales errores sobre la potestad del Papa, y aborreciendo su jurisdición, por extremo abominando la avaricia o codicia de los tribunales de Roma, que más feamente la llaman, no se habían de meter en sus tierras, y con este achaque y no fiar en los seguros que les daban, jamás se concertarían. Y en el principio de este año, Francisco de Vargas y don Martín de Velasco, embajadores del Emperador en Bolonia, donde estaba el Papa con la corte de Roma, y los embajadores de los reyes y señorías de la Cristiandad, en público ayuntamiento protestaron y requirieron al Papa que no tratase de transferir el Concilio, que se hacía en Trento, porque de ello se seguirían grandísimos inconvenientes y daños en la Cristiandad. Mas el Pontífice estaba tan recio y porfiado en que se había de transferir a Bolonia, que no bastaba razón. El Emperador se veía atajado, por no saber qué medio podría haber en esto, porque el Papa quería que fuese en Bolonia, los alemanes que en Alemaña, y no había hecho poco el César en acabar con algunos príncipes alemanes que fuese en Trento. Y los luteranos no querían otro achaque, más de la ocasión que el Papa les daba, sacando de Trento el Concilio, para quedarse ellos como deseaban en su libertad, que llamaban del Evangelio. Como el Emperador vió la indeterminación que en esto había, nombró algunos hombres doctos y católicos. Estos fueron Julio Pflugio, obispo de Nertburgio, y a Michael Sidonio, y a Juan Islebio Agricole, a los cuales mandó que escribiesen una regla de lo que en Alemaña se debía guardar en lo tocante a la religión, hasta la determinación del Concilio. Este fue el libro del Interin, por el cual han querido calumniar tanto al Emperador y hacerle odioso y 369

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sospechoso en las cosas de la potestad del Papa, diciendo que se metió en la jurisdición del Pontífice romano, a quien tocaba el nombramiento de las personas que habían de hacer esto. Y dicen ellos bien, si el Papa y sus obras fueran recebidas en Alemaña, pero aún su nombre era más que odioso, y jamás se acabara cosa con los alemanes por vía del Papa; y el Emperador, prudentemente, quería ir atrayendo y guiando aquella gente feroz, dura y obstinada, hasta ponerlos en el camino de la verdad, y sujetarlos al yugo suave de la Iglesia Católica Romana. Lo cual el César, como protector y defensor de la potestad apostólica, y capitán general de la Iglesia, pudo y debió hacer cuando no bastaban las fuerzas del Papa, y se menospreciaban sus censuras. Y es claro que agora no bastaba en Alemaña que tan extragada estaba, porque armas temporales no las tenía contra una gente brava y poderosa, y las censuras que son el cuchillo de la Iglesia, no las temían; antes mofaban de ellas y no se hacía poco, según estas gentes estaban, en reducirlos a que recibiesen y se obligasen a guardar lo que en Trento se definiese por los padres que allí se habían congregado de toda la Cristiandad, y que en el ínterin guardasen lo que hombres doctos y católicos les dijesen. Que si bien fuera que el Papa, cuyo era, los nombrara, no arrostrando los alemanes a cosas suyas, forzoso fue, por no lo perder todo, que el Emperador lo hiciese a quien amaban como a natural, respetaban como a príncipe, temían como a poderoso que los acababa de castigar. Hablo con sana intención y con el respeto que debo a la Iglesia Católica Romana, cuyo hijo obediente soy, y libro a mi príncipe de las calumnias de sus enemigos que hasta agora duran. Tuvo el Emperador en Augusta embajadores del rey de Polonia, y dioles audiencia delante de los príncipes del Imperio. Pretendía el rey de Polonia que la Prusia tocaba a su reino, y no a las tierras del Imperio, y por esto pedía que se alzase el destierro a Alberto Brandemburg, que se había casado en Polonia y naturalizado en la tierra, y tomado el título de duque, sin autoridad del Imperio. A esto respondió el gran maestre de Prusia, mostrando bastantemente que la Prusia era del Imperio; y así, confirmaron el destierro de Alberto. A 24 de febrero justiciaron en la plaza de Augusta ciertos capitanes por mandado del Emperador, porque siendo del Imperio habían servido al rey de Francia y a los protestantes en las guerras contra el Emperador. Y en este mismo día, juntos todos los príncipes del Imperio, con muchas ceremonias y gran solenidad, dio la sentencia en que privó al duque de Sajonia de la dignidad de elector, y la dio al duque Mauricio, poniéndole de su mano las insignias que estos príncipes usan en semejantes actos.

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- II Manda el Emperador que se guarde el ínterin en Alemaña. A 15 de mayo habían dado al Emperador el librillo del ínterin que Su Majestad mandó ordenar a los tres doctores que nombré. Este día, estando juntos todos los príncipes de Alemaña y procuradores y burgomaestres de las ciudades, habló con ellos largamente, significándoles el amor grande que tenía a Alernaña, y cuánto deseaba su bien, paz y quietud, lo cual no podía haber, ni ellos venir entre sí, si en la religión no eran unos, y se conformaban; y que para esto se había congregado en el Concilio en Trento, en el cual aún no se concertaban, por quererlo sacar el Papa y llevarlo a Bolonia, y que hasta tanto que esto se determinase y en el Concilio se definiesen los artículos sobre que en Alemaña se habían alterado, él había mandado ordenar aquel librico, para que en el ínterin guardasen lo que en él se contenía, lo cual encargaba a todos, general y particularmente. Levantóse el arzobispo de Maguncia, y en nombre de todos dio las gracias a Su Majestad, y que él por todos acetaba el libro, y prometía que guardaría lo en él contenido hasta tanto que en el Concilio se definiese lo que se había de tener. Este librico salió en latín y en alemán y se murmuró harto de él. Mas ni aún lo que en él se contenía quisieron guardar los alemanes, sino estarse en sus errores, y dellos dieron en otros mayores, como hace el pecador, que da de abismo en abismo; hoy día lo están en muchas partes. Concluyéronse los negocios de la Dieta primero día de junio, y se guardaba el librillo del ínterin en Alemaña, y guardara lo que eran obligados de la religión católica, si el Emperador estuviera en aquel reino; mas habiendo de salir de él, por ser forzoso acudir al gobierno de otras partes, los alemanes se volvieron a sus vómitos, como suelen hacer los perros.

- III Van los españoles contra Constancia. -Visita el Emperador las ciudades del Imperio. Quita el gobierno a los luteranos. La ciudad de Constancia, si bien se rendía al Emperador, pedía cosas que no se les podían conceder, y estando ella rebelde en su porfía, el Emperador mandó al maestre de campo Alonso Vivas, que con su tercio de españoles fuese contra ella. Fue y apoderóse de sus arrabales, y queriendo combatir la ciudad, los naturales la defendieron, y pelearon muchas veces con los

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españoles. Murieron de ambas partes algunas personas, y en un asalto mataron de un arcaburazo a Alonso Vivas, y los españoles, vengando la muerte de su capitán, quemaron cien ciudadanos en sus proprias casas. Es Constancia una gran ciudad libre, en los confines de esguízaros. Al fin, ellos se pusieron en manos del rey de romanos, jurándole a él y a sus herederos por señores, y el rey envió quien recibiese el juramento, y puso en ella gobernadores. Habiendo, pues, el Emperador concluído gloriosamente con Alemaña, salió de Augusta, y fue a Ulma, de allí a Espira, Maguncia, Colonia y Argentina, visitando estas ciudades y quitando de ellas el gobierno de luteranos, y poniéndole de católicos. Y por el mes de setiembre entró en Flandres, trayendo consigo al duque de Sajonia y al lantzgrave. Al duque tuvo el Emperador consigo; a Lantzgrave puso en la fortaleza de Malinas con guarda española.

- IV Envía el Emperador a llamar al príncipe su hijo y escribe a los reinos de España. -Justifica el Emperador la jornada del príncipe a Flandres. Ya dije cómo estando el Emperador en Augusta había enfermado gravemente. Y viendo el peligro en que sus continuos males le ponían la vida, envió al duque de Alba para que viniese a España, y le llevase al príncipe don Felipe, su hijo. Escribió su determinación a los grandes y ciudades de Castilla y Aragón, diciendo que ya sabía las causas tan suficientes y necesarias que hubo para salir esta última vez de estos reinos, y pasar en aquellas partes, y cuán forzado fue por razón de los ejércitos que habían entrado en las tierras bajas de Flandres y Brabante, y los propósitos, inteligencias y pláticas que en todas partes andaban para pasar más adelante, si no se remediara y proveyera con su presencia, como con ayuda de Dios Nuestro Señor se hizo, sucediéndole la primera y segunda jornada lo que a todos era notorio, de que redundó tan gran beneficio y bien común de la Cristiandad, y acrecentamiento de sus tierras patrimoniales; asegurándolas de forma que después acá han estado en toda paz y quietud. Y habiendo sucedido así, teniendo delante la necesidad tan evidente que había de ser lo tocante a la religión, justicia y obediencia de la Germania, puesto que siempre había procurado y trabajado en enderezarlo por otros caminos, por no venir en rompimiento, por los inconvenientes que comúnmente trae la guerra, y que, con todo, no se pudo dejar de entrar en guerra y ponerle en campo, confiando en Dios, a quien tenía encomendadas

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sus cosas, favorecería esta causa, como por su infinita bondad lo hizo, y lo trajo al fin que se sabía, por que continuamente le había dado y daba infinitas gracias; y que para acabarlo de poner en el punto y perfección que convenía, había mandado juntar aquella Dieta, que aunque siempre había procurado hacer sus cosas de manera que le diesen lugar para volver a estos reinos, como deseaba, que hasta entonces había diferido la ida del príncipe en aquellas partes. Pero porque habiendo de suceder en tantos Estados, convenía cuanto sé puede pensar, que los viese y visitase, y fuese conocido en ellos de sus súbditos y naturales en su presencia, para poderlo mejor industriar y enderezar en la manera y forma como se debían gobernar, cuando Dios fuese servido de ponerle en ellos; no obstante que de parte de estos reinos con el amor y afición que le tienen, se le había suplicado otra cosa. Por estas y otras causas se había resuelto de enviarlo a llamar, y así quería que fuese luego este año, para dar fin a cosas y desembarazarse, para volverse él en estos reinos, como podía creer que lo deseaba; y que durante su ausencia y la del príncipe quería que la gobernación de estos reinos tuviesen el serenísimo príncipe Maximiliano y su mujer, la infanta María, si bien el rey de romanos, su hermano, deseaba que estos príncipes sus hijos pasasen en Alemaña, por lo que allá importaba su presencia. Y manda que los obedezcan, y que el príncipe se parta luego, y vuelve a prometer su breve venida.

-VEncomienda el gobierno de estos reinos a Maximiliano y María. Viéndose el Emperador con tan poca salud, temía que antes que el príncipe don Felipe, su hijo, llegase a sus ojos, había de perder la vida. Y como príncipe celoso, del bien de sus reinos, deseando que su único hijo, que le había de suceder, acertase en el gobierno de ellos, le envió con el mismo duque de Alba una larga instrución de avisos para que supiese cómo se había de gobernar, y de quién se había de guardar, y de quién fiar, con palabras y advertencias dignas de un príncipe católico y de tan alto y generoso corazón, y pecho tan cristiano. La instrución fue: Avisos o instrución del Emperador al príncipe, su hijo. «Hijo, porque de los trabajos pasados se me han recrecido algunas dolencias, y postreramente me he hallado en el peligro de la vida, y dudando

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lo que podría acaecer de mí, según la voluntad de Dios, me ha parecido avisaros por ésta de lo que para en tal caso se me ofrece. «Y aunque según la continua instabilidad y mudanza de las cosas terrenas, sería imposible daros ley cierta y entera para vuestra buena gobernación y de los reinos, señoríos y Estados que yo os dejaré, todavía con el amor paternal que os tengo, y deseo que acertéis por el servicio de Dios y descargo de mi conciencia y vuestra, tocaré aquí algunos puntos para vuestra instrución, rogando a la divina clemencia y bondad, que es la que hace reinar los reyes, quiera guiar en esto y en lo demás vuestro corazón para que lo enderecéis todo a su santo servicio. Y así, por principal y firme fundamento de vuestra buena gobernación, debéis siempre reconocer todo vuestro ser y bien de la infinita benignidad de Dios, y someter vuestros deseos y acciones a su voluntad, haciendo lo cual, con temor de ofenderlo, tendréis su ayuda y amparo, y acertaréis lo que más converná para bien reinar y gobernar. «1.º Y para que El os alumbre y sea más propicio, debéis tener siempre por muy encomendada la observancia, sostenimiento y defensión de nuestra santa fe y generalmente y en especial en todos los dichos reinos, Estados y señoríos que heredáredes, favoreciendo la debida justicia, mandando que se haga curiosamente, sin excepción de personas y contra todos sospechosos y culpados, y teniendo cuidado y solicitud de obviar en ellos por todas las vías y maneras que podréis con derecho y razón las herejías y sectas contrarias a nuestra antigua fe y religión. «2.º Y porque después de tantos trabajos y gastos que he hecho y sostenido por reducir a nuestra dicha fe los desvíados en esta Germania no se halló otro medio ni remedio suficiente que el del Concilio, al cual, a instancia mía, se han sometido todos los Estados de ella, os ruego y encargo que si no se acabare antes de mi fallecimiento, tengáis la mano y procuréis con el rey de romanos, mi hermano, y los otros reyes y potentados cristianos, que se celebre y efectúe; hagáis en esto de vuestra parte por los reinos e señoríos y Estados que os dejare toda la buena obra y oficio debido conveniente a buen rey y príncipe obediente a nuestra Santa Madre Iglesia. «3.º Demás desto, seréis y os mostraréis siempre obediente de la Santa Sede Apostólica, y la respetaréis y acataréis en todo como conviene a buen rey y príncipe cristiano, y si so color o sombra de ello se hicieren abusos y excesos en los dichos reinos y señoríos en perjuicio vuestro, dello tendréis siempre gran advertencia y respetos que se procure el remedio y que se haga con debido acatamiento y en cuanto se podrá evitar sin escándalo, teniendo fin solamente al remedio de los perjuicios, daños e inconvenientes de los dichos reinos y señoríos. 374

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«4.º Y cuanto a las iglesias y dignidades y beneficios de los cuales el patronazgo, presentación o nominación os pertenecerá, debéis tener muy gran cuidado y miramiento que sean proveídos en personas de letras, experiencia, buena vida y ejemplo, y calificadas para la buena administración de los dichos beneficios y cada uno respetivamente, según su ser y fundación. Y para esto informaos maduramente y de gente que podáis hacer confianza, y sea fuera de sospecha y que no tenga otro fin que el servicio de Dios y descargo de vuestra conciencia. Y demás de esto tendréis advertencia que los tales administren y rijan sus iglesias y beneficios y hagan el oficio que cada uno es obligado, sin apartarse de ello sino con justas y legítimas causas, porque importa muy mucho por el servicio de Dios, exaltación y conservación de nuestra santa fe y religión, buen vivir y salud de las almas de todos. «5.º Y porque la cosa que a Dios más he encomendado es la paz, sin la cual no puede ser bien servido, demás de los otros infinitos inconvenientes que traen las guerras y se siguen de ellas, debéis tener continuo cuidado y solicitud de obviarlas por todas las vías y maneras posibles, y nunca entrar en ellas sino forzadamente, y que Dios y el mundo sepan y vean que no podéis hacer menos. «6.º Y tanto más debéis evitar la dicha guerra por lo que los dichos reinos, Estados y señoríos que heredaréis son y quedan muy cansados, gastados y trabajados de las guerras pasadas, a las cuales he sido forzado siempre por la defensión de ellos, y obviar su opresión, y según las guerras me han sido movidas tantas veces y en tantas partes con este fin, como se debe y es notorio; y así Dios me ha ayudado de manera que si bien he pasado muchos trabajos, con su ayuda (y El sea loado por ello) los he guardado, defendido y añadido a ellos otros de harta calidad y importancia; pero ha sido con gran gasto de todos ellos, tanto, que es mucho menester que descansen cuanto fuere posible, y así os lo encomiendo. «7.º También porque no se ha podido hacer menos de enajenar y empeñar en todos los dichos reinos y señoríos por grandes cantidades, y con gran diminución de la renta y hacienda, y tener yo que hacer en rescatarlo y cobrar, en lo cual debéis entender con cuidado, como yo he siempre deseado de poder descansar y hacerlo ansí, por la obligación y afición que he tenido de continuo en los dichos reinos y Estados, y tengo, de dejarlos enteros. Y aunque de evitar la guerra y apartarse de ella no sea siempre en la mano de los que lo desearían, como muchas veces me ha acaecido, y es tanto más dificultoso a los que tienen tantos y tan grandes reinos, Estados y señoríos, algunos lejos de otros, como Dios por su divina bondad me ha dado y os dejaré, placiendo a El, y que esto consiste en la buena o mala voluntad de los vecinos y otros potentados, todavía me ha parecido avisar, según la 375

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experiencia que puedo tener de éstos, cómo os habéis de haber y guiar, y la advertencia que es menester en ellos. «8.º La principal y más cierta amistad y confianza que debéis tener, es con el rey de romanos, mi hermano, y mis sobrinos, sus hijos, los cuales sé cierto harán toda buena y entera correspondencia con vos, y así usaréis de estrecha inteligencia con el dicho hermano mío, y procuraréis su bien y de los suyos con toda entera sinceridad, y favoreceréis su autoridad imperial y sus cosas, como de vuestro buen tío, porque demás que es esto lo que conviene, y según Dios, y obligación de parentesco tan cercano, esta conjunción y unión sera causa que los que no ternán buena voluntad dejen de mostrarlo contra él y contra vos, y la grandeza del uno favorecerá y reputará al otro; y le podréis comunicar con toda confianza, y consultar vuestras cosas, y vos avisalle también de lo que os parecerá en las suyas, con el respeto que un buen sobrino debe a un tal tío, y según lo he hallado siempre muy buen hermano. «Y así he hecho todo lo que he podido para que fuese elegido en la dignidad de rey de romanos, y establecido en ella y enderezado para que en mi ausencia y caso de fallecimiento pueda gobernar esta Germania, y por esto haré aún todo lo que podré, y a Dios gracias, con el favor y buen suceso que me ha dado en esta postrera guerra, se han enderezado y ordenado las cosas de sus reinos y Estados del dicho mi hermano de manera que están en buena prosperidad y podrá reinar descansadamente. «9.º Tanto más con lo que he dicho arriba, y hecho por la sumisión de esta Germania al Concilio y la orden que espero poner a la observancia de la paz y justicia en ella, y habiéndose hecho la tregua quinquenal con el Turco, y que en todo mi dicho hermano tendrá cuidado cual se conviene, para que las cosas se sustenten en estos términos, pues sabe y entiende cuánto le va, y por el bien general de esta Germania, y para que pueda gobernar en ella con debida autoridad, y también por el respeto de sus dichos reinos y Estados, que los tenga pacíficos, y en obediencia y sujeción. «10.º Demás de esto espero acabar con los Estados de esta Germania, que se cobre y haya una buena suma de dinero pronta, para emplealla en la defensión de ella, sea contra el dicho Turco o otros extranjeros que la quisieren inquietar, y esto entiendo procurar en beneficio común de esta Germania, y aun favor del dicho rey mi hermano. Y viendo claramente, y conociendo que me sería imposible haber dineros en mis reinos y señoríos para tal necesidad, ni vos menos terníades la posibilidad de asistir al dicho rey después de mi fallecimiento, ni los reinos ni Estados lo querrían hacer, como sería justo, siendo tan gastados como están, y teniendo un continuo gasto

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contra infieles, sin los otros vecinos y potentados de quien vos debréis tener siempre recelo y estar sobre aviso. «11º. Y así, viendo la imposibilidad de sacar dineros de mis reinos y señoríos, para lo que pudiese suceder acá, sin dar causa de más inconvenientes, y manifiesto riesgo de ellos, os encargo que lo excuséis enteramente, si no fuese por causa y respeto de los Estados y tierras de Flandres, y de las partes de allá, concertándolas como espero hacerlo en los Estados de la Germania; porque en tal caso sea por agora, o de aquí adelante, me parece muy bien que ellas ayuden contra el Turco y otras necesidades de esta Germania, conforme al asiento que se hiciere, y esto debe bastar para teneros descargados de otra ayuda y asistencia, cuanto a lo demás. «12.º Y cuanto a la dicha tregua que he de mi parte ratificado, miraréis que ella se observe enteramente de la vuestra, porque es razón que lo que he tratado y trataréis, se guarde de buena fe con todos, sean infieles o otros, y es lo que conviene a los que reinan, y a todos los buenos. «Y cuanto al dicho Turco, que importa, no solamente para lo de vuestros reinos y señoríos que heredáredes; pero aún para lo de esta Germania y toda la Italia señaladamente; y por no dar ocasión a franceses de turbar e inquietar la Cristiandad como lo han hecho en lo pasado. Y aun que a algunos podrá parecer que debéis tener solamente cuidado del gobierno de los dichos reinos, Estados y señoríos que os dejare, sin ser más codicioso de las cosas fuera de ellos, así de esta Germania como de otros, dejándolas a quien la tuviere a cargo, todavía la razón, experiencia y ejemplo de lo pasado, han mostrado que sin mirar y tener cuidado de entender los andamientos de los otros potentados y estados de las cosas públicas, y tener amistades e inteligencias en todas partes, será difícil y como imposible poder vivir descansadamente, ni obrar, proveer y remediar lo que se podría emprender contra vos y vuestros reinos, Estados y señoríos que tuviéredes; y tanto más siendo (como es dicho) apartados unos de los otros, e invidiosos, aunque sin razón, y que nunca han faltado a los malignos diversas ocasiones para inquietar y revolver, y mover guerra, y señaladamente contra los que piensan que están desapercebidos. «13.º Y así será bien que con la buena amistad y estrecha diligencia del rey mi hermano tengáis también cuidado de entretener la amistad de los electores, príncipes, potentados de esta Germania, que es cosa que no puede sino convenir, y será a propósito de lo que ternéis, señaladamente en la parte de Italia, y hacia Flandres; pero sin gastar mucho dinero en esto, ni dar pensiones tanto cuanto pudiéredes evitar, porque los de acá quieren precisamente ser pagados; y no embargante esto, hacen poco servicio sin gratificarlos siempre, haciendo alguno; y se ha visto de contino que cuando es menester hacer gente 377

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de guerra desta Germania, se hace con el dinero en la mano, y no os faltarán, pagándolos bien, y los habréis tanto más favorablemente, por el crédito que he conservado con ellos, y con el favor del dicho mi hermano y de los suyos. «14.º Y cuanto a los suizos, debéis tener la misma advertencia, y de no tomarlos en vuestro servicio, cuando no os faltaren alemanes, porque he siempre hallado que es lo más cierto; pero es bien mostralles buena voluntad y afición, y sí hacerles bien tratar y pagar a sus plazos, lo que se les da por la liga hereditaria que tiene la Casa de Austria y Borgoña con ellos, y también si otra cosa se tratare señaladamente por lo que tenéis en Italia, si se acaba todo la liga que agora se trata con ellos. «15.º Y cuanto al Papa presente ya sabéis cómo se ha habido conmigo, y señaladamente, cómo ha cumplido mal lo capitulado por esta última guerra, y dejándome en ella, y la poca voluntad que ha mostrado y muestra a las cosas públicas de la Cristiandad, y especialmente en lo de la celebración de Concilio, no embargante, que con esperanza que él haría buena obra en todo, hice el casamiento de mi hija Margarita con el duque Octavio, su nieto. Pero con todo esto que ha pasado, os ruego que, teniendo más respeto al lugar y dignidad que el dicho Papa tiene, que a sus obras, le hayáis, todo el tiempo que viviere, el debido acatamiento y tengáis por encomendada la dicha mi hija, y sus hijos, y por su respeto al dicho duque Octavio; porque ella me ha sido de contino obedientísima sin otro respeto alguno, ni aun de sus hijos propios, para seguir mi voluntad, y señaladamente en lo de Placencia, y así la debéis amparar y tener cuidado de la protección de ella y de sus hijos. «16.º Y cuanto a lo sucedido en Placencia, háme desplacido de la rnuerte del duque de Castro; pero cuanto a lo demás hecho por don Hernando de Gonzaga, como mi ministro y en mi nombre, pretendo que con buen derecho y razón la pueda y deba tener, y por la autoridad del Imperio, y por el bien público de toda la Italia, y por las obras del dicho duque, si tanto más habiendo enviado a ofrecer al Papa que este negocio se vea y examine, para hacer por vía de concierto o de otra manera, como se viere convenir y se hallara poder hacer concierto, se entendrá con él, y si no os hace privilegio del derecho imperial, para que, según se viere fundado, como tiene que es, os pongáis en razón con el Papa y los suyos, y si fuere menester con la Sede Apostólica, según veréis que fuere justo. «17.º Demás de esto, tendréis advertencia que el Papa presente es cargado de años, y si falta después de mí, procuraréis todo lo que podréis buenamente, que la elección del futuro Pontífice se haga, como lo requiere la gran necesidad de la Cristiandad, o por menos mal, siguiendo la instrución y memoria que para esto he enviado a mi embajador en Roma, en que no se 378

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pretende otro, ni tengo otro fin, sino que se haga buena elección y se obvie a las pláticas contrarias. Y en esta y en las otras creaciones debéis hacer siempre lo semejante, confiando en Dios, que con esto El mirará y aceptará vuestra santa intención. «18. Tenéis con el Papa tres principales dificultades. La una, la del feudo del reino de Nápoles y el concierto que sobre él se hizo con el papa Clemente; la segunda, de la monarquía de Sicilia, y la tercera, por la premática hecha en Castilla; en todo estaréis con advertencia para hacer de vuestra parte lo que es de razón, y si otras diferencias hubiese, las trataréis, como es dicho arriba, con la sumisión y acatamiento que un buen hijo de la Iglesia lo debe hacer, y sin dar a los papas justa causa de mal contentamiento; pero esto de manera que no se haga ni intente cosa prejudicial a las preeminencias reales y común bien y quietud de los dichos reinos y otros vuestros Estados. «19º. Con los otros potentados de Italia no tendréis querella, ni pretensión alguna que se sepa, ni pienso haberles dado ocasión de ella. Y así guardaréis el tratado y liga que tengo con venecianos, por lo que toca a los reinos de Nápoles y Sicilia, y Estados de Milán, del cual os he investido, y también de Placencia, como dicho es, y mostraréis querer y guardar en todo buena amistad con ellos, favoreciéndolos como a buenos aliados todo lo que buenamente habrá lugar. «20.º El duque de Florencia se me ha siempre mostrado, desde que le proveí del Estado, muy devoto y aficionado, y también a mis cosas, y creo que continuará esta amistad con vos, pues ha recibido de mí tan buenas obras, y que haciéndolo así será su propio bien, y por las pretensiones de franceses contra su Estado; demás de esto, por el deudo que tiene con los de la Casa de Toledo. Y así será bien que lo entretengáis en su buena voluntad y favorezcáis en todas sus cosas; porque demás de lo dicho, es de buen seso y juicio, y tiene su Estado en buena orden, y en parte que importa y puede, por estar donde el dicho Estado está situado. «21º. El duque de Ferrara me es muy obligado por la buena justicia que le hice en lo de Módena, Rezo y Rovere, y posponiendo todos otros respetos contra el papa Clemente, por lo cual se movió a hacer muchas cosas contra mí. Y aunque el dicho duque haya siempre dicho y confesado la obligación en que me es, todavía se ha entendido que con el deudo que tiene en Francia, y estar allá el cardenal su hermano en favor, él es muy inclinado a aquella parte, y así contemporizaréis con él, teniendo advertencia de este aviso, y de mirar sus andamientos.

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«22.º Del duque de Mantua podéis hacer confianza, como yo la tengo de sus tíos, el cardenal y don Fernando, y también por el deudo y parentesco que se ha tratado con su voluntad y de la duquesa, con su sobrino y hija del rey de romanos. Y demás de esto, sus Estados de Mantua y Monferrat son muy a propósito de las cosas de Italia, y el dicho Monferrat ha padecido mucho por las guerras, y haber tenido mi parte, en que la marquesa abuela, y la duquesa, madre del dicho duque, se han mostrado siempre muy aficionadas, y lo han tenido por bien los dichos cardenal y don Fernando. «23.º De Génova no pienso asegurarme más por agora y en lo venidero, y efectuándose la cosa o no, debéis tener cuidado que ella esté en vuestra devoción, por lo que toca y importa a la seguridad de toda Italia y a los reinos y Estados de Nápoles, Sicilia y Milán, y no solamente para esto, pero aún para los otros reinos de España, islas de Cerdeña, Mallorca y Menorca, de las cuales también todos los genoveses tienen necesidad, y señaladamente de la vecindad de Milán. Y por estas consideraciones, y con los servidores que tengo de dentro de la dicha ciudad, por beneficios recebidos de mí, y con buena desteridad, espero que ellos se podrán tener en vuestra devoción, también por el respeto del rey de romanos, mi hermano, y por ser amparados de la protección y sombra del Imperio, de la cual reconocen su libertad. «24.º Cuanto a Sena, confiamos que el rey de romanos, mi hermano, tomará la protección y amparo de ella, y como yo siempre la he tenido, por haber sido de continuo devota al Sacro Imperio, y a mí aficionadísima, y aquietándose las discordias que son al presente allá, según espero que será. Y será bien que la favorezcáis todo lo que pudiéredes, y también la república de Luca, porque ellas, por conservación de sus libertades, querrán estar debajo del Imperio y ser contrarias a todos movimientos que se recreciesen en perjuicio de la quietud de Italia. «25.º En la dicha Italia está el conde Galeote fuera de la concordia, por el perdón del cual algunos me han hecho grande instancia, pero no lo he querido perdonar, por la gravedad de los delitos hechos por él, y respeto de su parte adversa, que me ha sido buen servidor, y creo que no faltará quien os ruegue para que intercedáis que el rey de romanos, mi hermano, le perdone, y vos lo recibáis en gracia; pero parece que conviene, por los respetos así dichos, y agora se debe hacer menos, por haber venido a mis manos Placencia, y también ha sido su vida tal, y se ha metido tan adelante con Francia, que no se podría tomar confianza alguna de él. «26.º Cuanto a Francia, yo he hecho siempre todo lo que he podido desde que comencé a reinar, por vivir en paz con el rey francés difunto, y muy buenas obras por ello, y en su consideración hay pasados muchos tratos de 380

Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

paz y de tregua, los cuales nunca ha guardado, como es notorio, sino por el tiempo que no ha podido, revocar guerra o que ha querido esperar oportunidad de dañarme con disimulación; ni han aprovechado todos mis grandes beneficios hechos. Y lo que se puede imaginar y entender del rey moderno, su hijo, y de las pláticas que llevaba en todas partes, se comprende que está puesto en seguir las pisadas y heredar la dañada voluntad de su padre, y que los pasados reyes de Francia han tenido a los nuestros. Pero como quiera que sea, os aconsejo que miréis y tengáis grande advertencia de guardar con él paz, tanto cuanto pudiéredes, y señaladamente por el servicio de Dios, bien público de la Cristiandad, y por lo que importa a los reinos, Estados y señoríos que yo os dejare. Pero por cuanto se entiende ya que el dicho rey moderno no quiere pasar por los tratados hechos entre su padre y mí, y querría sin ratificarlos venir a hacer nuevos tratados, que innovasen los hechos, con fin de tornar tarde o temprano cuando pudiese hallar la oportunidad de contradecir las renunciaciones tocantes a los reinos de Nápoles y Sicilia, y los Estados de Flandres, Artois y Tornay, y el Estado de Milán, y otras cosas contenidas en los dichos tratados, y señaladamente de Madrid y Cambray, siempre os debéis firmar en que las dichas renunciaciones queden siempre y expresamente en su fuerza y ser, y en ninguna manera vais fuera de esto, porque todo lo he adquirido, os vendrá y pertenecerá con buen derecho y sobrada razón. Y si aflojásedes en cosa alguna de esto, sería abrir camino para tornarlo a poner todo en controversia, según la experiencia ha mostrado, que estos reyes, padre y hijo, y sus pasados, han querido usurpar de continuo de sus vecinos, y donde han podido, usado de no guardar tratado alguno, señaladamente conmigo y nuestros pasados, con achaque y color de no poder perjudicar a su corona; y pues esto es así, será mucho mejor, y lo que conviene, sostenerse con todo, que dar ocasión a ser forzado después de defender el resto, o ponerlo en aventura de perderse. «27.º Y pues vuestros pasados han sostenido lo de Nápoles y Sicilia, y también las tierras de Flandres contra los franceses, con ayuda de Dios, asimismo debéis fiar en él que os ayudará a guardallos, cuando los heredáredes, y os pertenecerán con sobrado derecho, como dicho es; y siendo más poderoso en la parte de Italia, con lo de Milán y Placencia, la adherencia que ternéis en aquella parte, y por lo semejante en la de Flandres, con lo que he acrecentado y añadido, es a saber, el ducado de Güeldres y señoríos de Utrech, Frisa, Overeriel y otros, con los cuales los Estados de allá son más poderosos, y teniéndolos unidos se podrán mejor sostener y defender. «28.º Y si os quisieren mover guerra en la parte de Italia, tenéis el dicho Estado de Milán fortificado, y será bien proveído de artillería, la que envío allí de la conquista de Saxa, y se podrá defender del primer ímpetu, que es lo