Historia De La Pintura En Mejico 1879

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HISTORIA DE LA PINTURA EN MÉJICO

Imprenta, plaza de la Armería. 8 duplicado.—Madrid.

Junto

Zara^-'j-

FRANCISCO DE ARRANGOIZ

HISTORIA

PINTURA EN MÉJIC0

MADRID CASA

E D I T O R I A L DE Campomanas. 9.

MEDINA

HISTORIA DE LA PINTURA EN MÉJICO

DIÁLOGO SOBRE L A HISTORIA DE L A

PINTURA

E N MÉJICO.

Con este título publicó un libro en Méjico, en 1872, el Sr. D. Bernardo Couto, muy distinguido jurisconsulto, y tan entendido en pintura y escultura cuanto puede serlo un apasionadísimo aficionado. Se refiere el Diá-< logo al año 1860, en cuya época era Presidente de la Junta de la Academia de Nobles A r t e s el mismo Sr. Couto, uno de los interlocutores; siendo los otros el Sr D. Pelegrin Clavó, catalán, Director de pintura de la Academia, y el literato D. José Joaquín Pesado, otro inteligente aficionado á las bellas artes. De dicho Diálogo he tomado las siguientes noticias. Por ellas verán los lectores cuan grande es el error de las muchas personas que ignoran que en la antigua Nueva

6 España se cultivaron las Bellas Artes, y de ellas con buen éxito la pintura; y cómo con la religión, con las ciencias y con las industrias mecánicas llevaron los misioneros franciscanos aquellas otras nobles especulaciones, siendo uno de ellos el primero que enseñó allí el arte de Apeles. No me habría atrevido á permitir la publicación de estas noticias, siendo completamente ignorante en la materia, si á ello no me hubiera animado, revisándolas, mi distinguido amigo el Sr. D. Pedro de MadrazO. Madrid, Marzo de 1879. FRANCISCO DE A R R A N G O I Z .

I

Las pinturas de los aztecas, de gran interés para la arqueología y la historia, no lo son para el arte: en ellas no hay que buscar dibujo c o r r e c t o , ni ciencia de claroscuro, ni perspectiva, ni sabor de belleza y de gracia. Parece que á sus autores llamó poco la atención la figura humana, que á nuestros ojos es el prototipo de lo bello; así es que no la estudiaron, ni conocieron bien sus proporciones y actitudes, ni acertaron á expresar, por los medios que ella misma ofrece, las cualidades morales y los afectos del ánimo. Pintaban los indios sobre tejidos hechos de filamentos de maguey (Agare americana) ó ixtle (Bromelia sylvestris), sobre pieles adobadas y sobre papel fuerte, que fabricaban de ixtle y de maguey, de algodón y de algunas otras materias. Se servían de tierras minerales, palos de tinte y yerbas para los

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colores, sacando el azul del añil, el purpúreo de la grana, el negro del humo del ocote, especie de pino, etc. (1). Se observa en casi todos sus dibujos que siempre presentaban cubierto en las figuras de ambos sexos lo que el pudor quiere que se oculte. Ninguna relación, pues, tenía la pintura de los aztecas con la europea. Los misioneros llevaron á Méjico la pintura, y empezaron desde luego á enseñarla á los indios. El documento más antiguo que hay sobre el particular, parece ser una carta, que debió escribirse, cuando más tarde, en 1537, de D. Fr. Julián Garces, primer obispo de Tlaxcala, al papa Paulo III, en que habla de las escuelas que se habían establecido en los conventos para los indios, las cuales solian contener hasta trescientos, cuatrocientos y quinientos discípulos, según la holgura de cada población; y entre los ramos de enseñanza que menciona, cuenta expresamente la pintura y la escultura (2). De estas escuelas fué la más célebre la que puso en Méjico y gobernó por muchos años Fr. Pedro de (1)

V . al jesuíta mejicano Clavijero, en BU «Storia

antica del Mes8Íoo>, que escribió en Italia después de la expulsión de la Compañía. (2)

Davila Padilla publica íntegra l a carta en su «His-

toria de la fundación de la provincia de Santiago de M é jico de la orden de Predicadores >.

9 Gante, franciscano, en una capilla de San José, que él mismo edificó: allí se les enseñaba la doctrina, y fué también el primer seminario de toda clase de artes y oficios en Nueva España. Estableció en ella el P. Gante talleres de sastres, zapateros, carpinteros y herreros, y escuela de pintura (1); y parece que él mismo enseñaba ésta á los indios, pues fué aquel insigne religioso persona de gran disposición para toda clase de artes, hasta el punto de llegar á decir uno de . sus contemporáneos que ninguna ignoraba. En aquella época no podia tener la enseñanza que se daba á los indios la extensión que se le da en nuestros dias en la Academia; estaba limitada, según parece, á la copia de los cuadros y esculturas que entonces se llevaban de España, Flandes é Italia. No es verosímil que el estudio del natural y la composición original entraran en los primeros ensayos que se hicieron. Aprovechando, sin embargo, la facilidad de imitar, que, á falta de talento de invención, es com ú n t o d a s las razas indígenas, haciéndoles notar las incorrecciones de dibujo en que antes caian, y facilitándoles los instrumentos y los procedimientos del arte europeo, se logró poco á poco que muchos de ellos adquirieran soltura y acierto en las copias, y em(1)

V . al P. Torquemada, «Monarquía indiana»

10 pezaron á cubrir con sus obras la necesidad que habia de cuadros y de estatuas, ya por la multitud de templos que en todas partes se levantaban, ya por el método de.catequizacion que se empleó con los indios. Era éste presentarles los hechos de la Historia Sagrada en pinturas que un predicador explicaba desde el pulpito, señalándoles con una vara los personajes. También se les hacía representar dramáticamente los sucesos, ya por medio de hombres, ya con santos de talla. Casi todos los misterios se les enseñaron de esta manera, no encontrando los misioneros otra más pronta con gentes rudas que no sabian leer, y á quienes era preciso meterles las cosas por los ojos, como suele decirse familiarmente. Como este modo de catequizar exigía la producción de mayor número de obras artísticas, debió contribuir á que la pintura y la escultura tomaran mucho vuelo desde muy temprano; aunque no pudieran hacer adelantos de importancia al principio en el dibujo y la composición, reducido el arte á la simple copia, para la cual no podían tenerse en Méjico en aquella época cuadros y modelos de primera clase; pues, según observación del Sr. Clavó, «en la misma España empezaba entonces á introducirse el arte que ha prevalecido en los tres últimos siglos, y Alonso Berruguete, discípulo de Miguel Ángel, volviendo de Italia, traia los

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primeros destellos de la escuela llamada del Renacimiento, cabalmente á la sazón en que Hernán Cortos guerreaba en Méjico por conquistar este imperio». De lo que iba de España en los primeros tiempos, existe un Santo Cristo de bulto en el retablo principal de la capilla llamada de Reliquias, en la catedral, que fué un presente de Carlos V á dicha iglesia. En el arte de copiar se habia adelantado mucho en poco tiempo; Torquemada asegura que, si bien mientras duró la gentilidad no sabían pintar hombres hermosos, después que fueron cristianos y vieron los cuadros que se llevaban de Europa, no habia retablo ni imagen que no copiaran bien y contrahicieran. Lo mismo habia escrito el respetable P. Motolinio. Los primeros nombres propios de artistas mejicanos que se conocen son los de Andrés de Aquino, Juan de la Cruz y el Crespillo, indios los tres, á quienes el historiador Bernal Diaz del Castillo compara con Miguel Á n g e l y Berruguete; mas es muy probable que si en Europa se hubieran visto sus obras, no se habrían juzgado merecedoras del elogio que les tributaba el autor de la Historia verdadera de la Conquista, que no tenía motivos para saber nada de bellas artes. Antes de que terminara el siglo xvi, se habia empezado á salir de la estrechez de la copia.

12 Sobre los primeros artistas verdaderos que fueron de España, dice uno que lo era, D. José de Ibarra (1), en carta á D. Miguel Cabrera, que antes que Echave, Arteaga, los Juárez, Becerra, etc., es decir, con anterioridad á los artistas del siglo XVII, pasó á Nueva España Alonso Vázquez, insigne pintor europeo, el cual introdujo buena doctrina que siguieron Juan de Rúa y otros. D. Carlos de Sigüenza y Góngora refiere que las pinturas del altar mayor de la capilla de la Universidad, dedicado á Santa Catalina Mártir, eran de mano' del «excelentísimo pintor Alonso Vázquez», que fueron sus últimas obras, y que con ellas hizo un presente á la Universidad el virey marqués de Montes Claros, que gobernó desde 1603 hasta 1607. Si el virey los mandó pintar, coexistió Vázquez en sus últimos años con Baltasar de Echave, joven todavía. Las obras de Vázquez han desaparecido, pero aún existían algunas en 1682, pues según el mismo Góngora, se pusieron sus últimas pinturas de San Miguel y Santa Catalina en los corredores de la Universidad, en unas funciones hechas á la Purísima Concepción en aquel año. No existen tampoco obras de Andrés de Concha, que fué muy celebrado de sus con(1)

Cabrera copió este fragmento en su «Maravilla

americana», impresa en Méjico en 1756.

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temporáneos, entre otros, de Bernardo de Valbuena en su Grandeza mejicana. Consta, por la Relación hisÚrica de las exequias funerales del rey D. Philippo II, N. S.—México, 1600, que hizo las pinturas del túmulo para ellas en 1599, y un retablo que se habia puesto poco antes en la iglesia de San Agustín, que probablemente desaparecería en el incendio de ésta en la noche del 11 de Diciembre de 1676. P a r a creer que hubo ya en el siglo x v i pintores bien aleccionados, basta saber que al empezar el siguiente se encontraba la pintura en manos de Baltasar de Echave, y que al mismo tiempo que él, florecían en Méjico otros pintores de mérito. En los cuadros de Echave se encuentra v i g o r y lozanía. Habia en la Academia dos de mucho mérito: uno representaba la Visitación de Santa Isabel, y el otro una aparición del Salvador y la Virgen á San Francisco. Los dos cuadros habían pertenecido al retablo del altar mayor de la iglesia de Santiago Tlaltelolco, que se estrenó en 1609, en cuya época escribía Torquemada que la obra de pincel habia sido hecha por un español vizcaíno, llamado Baltasar de Echave, único en su arte. Debe, pues, inferirse que se le consideraba entonces como el primer pintor. Del retablo, monumento histórico de bastante interés para formarse idea d é l a escultura, de la talla y de la arquitectura monumental en Mé-

14 jico en el siglo xvn, cediéronlos padres franciscanos de lal telolco á la Academia dos cuadrosdelos catorce pintados en tabla por Echave. Poseía también la Academia, del mismo autor, otros tres cuadros que representaban la Adoración de los Reyes, la Oración del Huerto y él Martirio de San Poneiano, cedidos los dos primeros por los P P . Filipenses, y comprado el tercero á un particular: todos de gran mérito. Del segundo y del tercero decía el Sr. Clavé: «Confieso que no he encontrado en Méjico figura más resignada, más celestial que la del Salvador orando; creo que el mismo Overbeck con gusto la prohijaría por suya. Es cosa notable encontrar cuadros como éste, pintados aquí antes de la época en que Velazquez y Murillo florecieran en España. El del Martirio de San Poneiano muestra la habilidad de Echave en el desnudo; el torso del cuerpo del mártir, aunque en actitud violenta, y el del sayón que figura en primer término con una tea en la mano, están modelados con pericia; pero era una mano maestra la que con tanta verdad y tanto carácter pintó la cara que asoma abajo, de un soldado que conversa con el que está vuelto de espaldas». No escaseaban las pinturas de Baltasar de Echave: en la puerta grande del convento de San Francisco, convertido hoy en pajar y herrería por la revolución, habia un San

. J5 Cristóbal colosal, pintado en 1601; en los claustros de la Profesa ó casa de los Filipenses, una gloria de San Ignacio, un martirio de las Vírgenes de Colonia y el de San Apronio, pintados de 1610 á 1612, cuadros los tres de gran tamaño y ejecución; en el último eran notables las figuras de dos cautivos cristianos y de algunos soldados. En una de las piezas de la Colegiata de Guadalupe se veia un San Francisco de Paula de tamaño natural; en el claustro de Santo Domingo, el martirio de Santa Catalina, pintados respectivamente en 1625 y 1640. Pintó también Echave la vida de San Francisco de Asis en varios cuadros colocados en los corredores del patio grande del convento de Franciscanos, de los cuales están algunos firmados por él, pero sin que sean al parecer del mérito que sus demás obras, bien por lo que hayan podido estropearse al aire libre, ó porque, y es lo más probable, algún retocador pusiera en ellos su indocta mano. Una Santa Cecilia y una Sacra Familia que habia en San Agustín y en la Profesa, que se atribuyen á Echave, son de las mejores obras de la antigua escuela, por la graciosa invención y la pureza de estilo que en ambas resplandecen. Está Santa Cecilia con un rico vestido, arrodillada mirando á los cielos; baja un ángel á ceñirle una corona de rosas blancas; otro gallardísimo ángel al lado opuesto le da música sentado de-

16 lante de un órgano; hay arriba un rompimiento de gloria, en el cual se descubre á la Virgen teniendo al Niño delante y de frente. En el cuadro de la Sacra Familia está arriba el E t e r n o ' P a d r e ; abajo, en primer término, la Virgen y San José, cuya figura es muy graciosa; llevan por las manos al Niño, el cual, vestido con un magnífico ropaje, mira á lo alto y fija sus ojos en el Espíritu-Santo, que en forma de paloma baja por los aires trayendo en las garras una corona de espinas. En casas particulares existe también alguno que otro cuadro de Baltasar de Echave, á quien, por la costumbre general en Nueva España de llamar á todo vascongado vizcaíno, se decia que él lo era; pero había nacido en Zumaya, enlaprovincia de Guipúzcoa. Trabajóen Méjico por lo menos desde muy al principio del siglo xvn hasta el año 1640; ademas de gran artista, fué filólogo y escritor, y en 1607 imprimió un tratado sobre la antigüedad del vascuence, no escaso de saber y de doctrina, según dice Eguiara en su Bibliotheca nova. También le cita D. José Vargas y Ponce en su Disertación acerca de la lengua castellana: Madrid, 1793. N o era Echave el único artista en su familia, pues á su mujer, también natural de Zumaya, se atribuye un cuadro de San Sebastian que sirve de remate al altar del Perdón en la catedral, que no puede estudiarse hoy por la gran altura á que está y

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por el cristal que tiene delante, si bien la figura del mártir, que es en sustancia una academia, parece trazada con despejo. Corre &n Méjico una antigua tradición de que ella e s señó la pintura á su marido, y D. Cayetano Cabrera, en su obra Escudo de armas de Méjico, dice, hablando del cuadro de San Sebastian, que era «asombro de los profesores del arte, y obra, según tradición, de la famosa Zumaya, célebre pintora en esta ciudad, maestra no sólo en pintura, sino en enseñar al celebrado vizcaíno Baltasar de Echa ve, el primero á quien tuvo por marido y discípulo, y de cuyos padres no degeneraron sus hijos». P o r los mismos años que Echave, se hacía notar por sus obras Luis Juárez. Hay en la Academia un cuadro suyo, regalado á ésta por los religiosos del convento de San Diego, pintado en 1610, de la Aparición del Niño Jesús á San Antonio; dos, de la Anunciación y de la Aparición de la Virgen á San Ildefonso, y otro de la leyenda del Desposorio de Santa Bárbara con el Niño Jesús, adquirido éste de los religiosos de Santo Domingo, en cuyo convento hay porción de otras obras de Luis Juárez, y en el colegio de San Ildefonso un lienzo de la Ascensión del'Señor. Hacia 1621 se hizo el retablo grande que hubo en la iglesia de Jesús María; costó nueve mil pesos: «precio—dice D. Carlos de Sigüenza y Góngora, en su obra Paraíso Occidental—que no pa2

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recerá excesivo á quien haya regalado la vista con la inimitable suavidad de sus pinturas, en que se excedió á sí mismo el mejicano Luis Juárez, pintor excelente y uno de los mayores de aqueste siglo». Su manera y estilo eran tan marcados, que un solo cuadro suyo bien autenticado podia servir de ejecutoria á todos. « L a s cabezas de los ángeles,—dice el Sr. Clavé,—las de las V í r genes, el plegar de los paños, todo parece sacado de un solo molde: también el tono del colorido es idéntico. Por lo demás, Luis Juárez es pintor digno de memoria: se conoce que pertenecía á la escuela de Echave, aunque no llegara á la altura de éste. És de observ a r en el Desposorio de Santa Bárbara la actitud humilde y expresiva de la Santa, en la primer flor de su edad, en el momento en que el Niño le pone en él dedo el misterioso anillo; y luego esa anciana que está al lado y la sostiene y aparece animarla. Es de las buenas figuras que he visto pintadas en Méjico.»

II

No fué Luis Juárez el único pintor de este apellido; en el mismo siglo xvn floreció José Juárez, del cual tenía la Academia un cuadro grande apaisado que representa una Vision celestial de San Francisco. Llega la V i r g e n á visitar al santo llevando al Niño Dios, acompañados de un numeroso cortejo de ángeles que les dan música. Era un cuadro de gran mérito. Habia otros del mismo Juárez: uno apaisado, en la portería del convento de San Diego, representando al Niño Jesús y á San Juan, firmado por él y con fecha de 1642; dos en los claustros de la Profesa, el uno de San Alejo y el Otro de los niños mártires San Justo San Pastor, pintados en 1653, «que estarían bien—decía el Sr. Clavó—en cualquier museo de pinturas; tal es la nobleza de las figuras, su evcetente traza, el color muy bien entendido, y un conjunto en que descansa regala"

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damente la vista. Tengo también por de José Juárez, aunque no están firmados, los tres grandes lienzos que hay en San Francisco, en la escalera que sube de la sala de Profundis, y|representan Milagros del Santo fundador y del beato Sebastian de Orta. Son cuadros de bastante mérito». En el mismo convento de San Francisco habia otro de una visión que tuvo el Santo, cuando un ángel le presentó la redoma de agua cristalina, símbolo de la pureza sacerdotal, y tenía la fecha de 1698; de manera que trabajó por lo menos cincuenta y seis años José Juárez, pues hemos visto que habia un cuadro suyo de 1642. También fué de la misma época y notable artista, Sebastian de Arteaga, notario de la Inquisición, de quien existia en 1860, en el presbiterio de la iglesia de San Agustín, un insigne Santo Tomás metiendo la mano en la llaga del costado del Salvador, y en la Academia un cuadro del Desposorio, «cuya composición—dice Clavó—aunque sencilla, está bien ideada... El pontífice es un personaje g r a v e y respetable, al que sin embargo no faltan dulzura y bondad; mas donde naturalmente apupó su arte el pintor fué en la figura de la V i r gen, doncella tan esbelta, tan bien parada, y a l mismo tiempo tan modesta y ruborosa, que se percibe el encogimiento con que tiende la mano para tocar la del esposo. Bueno es también éste, sobre todo en los paños... El cuadro

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de Santo Tomás, confieso que lo tomaría por de algún bolones de la escuela de Carraccí, si la firma de Arteaga, escrita al pié, no asegurara á éste la gloriado haber ejecutado tan excelente pintura. Está ejecutada con una fuerza y un vigor desconocidos en la escuela mejicana, cuya dote característica es la blandura y la suavidad. Frente á él—en San A g u s tín—está colgado otro cuadro de los Discípulos de Emaus, sumamente estropeado y sin nombre de autor, pero que parece venir de la misma mano, pues campean en él idénticas dotes». De otro Baltasar de Echa ve tenía varios cuadros la Academia; se supone que fué hijo del pintor guipuzcoano del mismo nombre y apellido. Ademas de Cabrera, han dicho Beristain y Valbuena que el primer Echave tuvo hijos pintores; la existencia en el Siglo xvn de tres pintores de este apellido está comprobada, no sólo por la presencia de sus obras, sino por el testimonio de D. Carlos de Sigüenza y Góngora. L a diferencia del festilo entre los dos Echaves se echaba de v e r desde luego, pues, según dice el Sr. Clavé, el primero atildaba y concluía perfectamente sus obras, en las cuales resplandecía excélente gusto y buen conocimiento del arte, y el segundo era pintor dé efecto, qué daba pinceladas enérgicas y no se cuidaba mucho de acabar.

22 El tercer Echave no fué pintor de mérito. De Antonio Rodríguez había en el convento de San Camilo una Sania Teresa, de 1663, y en Belén un San Agustín escribiendo; el segundo cuadro era de algún mérito. P o r el mismo tiempo que este Rodríguez, florecían José Rodríguez y Antonio Alvarado, que pintaron el arco triunfal que erigió la ciudad de Méjico en 1680 para el recibimiento del virey conde de Paredes. Dice D. Carlos de Sigüenza y Góngora que Rodríguez sólo en edad era inferior á los antiguos, y sobre sus retratos hace grandes elogios. Igual le parece Alvarado en la valentía del dibujo y en la elegancia del colorido; pero hay que recordar que Sigüenza y Góngora eran muy inclinados á la hipérbole. Desde que el presbítero D. Miguel Sánchez publicó en 1648 la primer historia ¿le la aparición de la Virgen de Guadalupe, se fijó la atención en la imagen, y empezaron á multiplicarse las copias, no habiendo antes d e e s a época en la ciudad más que una que estaba en Santo Domingo, según asegura el licenciado Robles, analista contemporáneo, en su Diario de sucesos notables. En 1666 se hizo el reconocimiento facultativo del lienzo, ó intervinieron siete pintores, que fueron el licenciado presbítero Juan Salguero; el bachiller Tomás Conrado, hombre de letras; Sebastian López de Avalos, Nicolás de Fuen Labra-

23 da, Nicolás de Ángulo, Juan Sánchez y Alonso Zarate. «Sus obras—escribía de ellos el autor del Eseudo de armas de Méjico hacia mediados del siglo último—aún nos están diciendo sus aciertos»; mas según el Diálogo, no aparecían de todos estos pintores sino unos cuadros apaisados de A v a l o s , que estaban en la capilla de San Cosme de la catedral, y de poco mérito ajuicio de los inteligentes. Pero en el altar de la izquierda de la misma capilla habia seis cuadros sin nombre de autor, que parecían de la escuela mejicana, y llamaban justamente la atención por la armoníade su entonación, que le recordaba al Sr. Clavé la de la escuela de Murillo. El del centro era un San Agustín; otro encima, una Anunciación, y de los cuatro de los lados, uno es San Ignacio y otro San Felipe Neri. Habia en la Academia un lienzo de gran tamaño que representaba El nacimiento del Salvador, de Pedro Ramírez, artista un poco grotesco, aunque no careciera de ejecución, según Clavó. Se le suponía contemporáneo de los Echaves y de los Juárez, y no se sabe si era mejicano ó peninsular. Del presbítero Nicolás Rodríguez-Juárez se veian en los claustros de la Profesa obras suyas: éstas no abundaban, pues siendo eclesiástico, sólo pintaba por afición, y fué hábil retratista. La Academia poseía un cuadro, representando á Santa Gertrudis, pintado

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en 1690, en que «es notable, decía el Sr. Clavó, la dificultad que presentaba el pensamiento que sirvió de tema á la composición. La Santa tenia que estar arrodillada delante del altar, y era preciso sacrificar ó la vista de éste, que el espectador naturalmente espera encontrar al frente, ó la figura de la Santa, que es la protagonista, poniéndola de espaldas. Nicolás Rodríguez salió del embarazo cogiendo al soslayo la escena, pero de manera que, conservando del altar lo bastante para que se comprenda el asunto, la Santa en el rostro y cuerpo se presenta más que de medio perfil. En cuanto á la ejecución, la mesa del altar mismo hace efecto por su sencillez y regularidad; la Santa ofrece un buen total en los paños, en las carnes y en la expresión; y el tono del fondo y el conjunto de la composición dan á la obra cierto aspecto de seriedad y alteza, en que se detiene, no sin miramiento, el espectador». En la capilla de reliquias de la catedral habia en su altar prineipal doce cuadritos de Santos mártires bien acabados, y de bastante gusto, de Juan de Herrera, firmados por él con la fecha de 1698. L e llamaron el Divino, no se sabe si por la perfección de sus obras, ó porque sólo se dedicaba á objetos sagrados. En la escalera del convento de San Francisco de Puebla se veian tres grandes lien-

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zos de mérito, de asuntos de la Orden, atribuidos á un lego, F r . Diego Becerra, pintor á fines del siglo xvn. De Nicolás Becerra habia en el hospital de Terceros de Méjico un cuadro de mérito, pintado en 1693, que representaba á San Luquecio. •" Hubo otros pintores en la segunda mitad del siglo xvu, de los cuales sólo los nombres habían llegado á la Academia, como José Torres, Manuel Arellano y Manuel Luna; y Diego Casanova, Juan de la Plaza y Nicolás Correa, cuyas obras eran de poco mérito. Tenían en el convento de Tepozotlan una serie de cuadros representando La vida de la Virgen, pintados por Juan Rodríguez Juárez. Su composición era graciosa, y excelente la ejecución. Habia del mismo pintor, en los claustros de San Francisco de Querétaro, una vida del Santo y otra de San Antonio, justamente celebradas ambas. En la Academia un San Juan de Dios de cuerpo entero, y en el altar de los Reyes de la catedral La Asunción y La Epifanía, cuadros grandes. « M a s para conocer el mérito de Juan Rodríguez Juárez, dice el Sr. Clavó, es necesario v e r en la iglesia de San Agustín, en la puerta del costado, los dos grandes cuadros que allí dejó y serán perenne monumento d e su gloria: el uno es un San Cristóbal colosal, trazado con v i g o r ó inteligencia; el otro

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representa una Vision de Santa Gertrudis, que está arrodillada en la parte inferior, contemplando, á San Agustín, que aparece arriba en gloria. Tal vez hasta su tiempo no se habia hecho en Méjico pintura que le sacara ventaja. Sin meterme en las comparaciones que hace Beltrami, sin decir que en Rodríguez Juárez hay mucho de Carracci, y que acaso le excede en el colorido y en el dibujo, sí creo que el nombre del primero no acabará mientras el cuadro de Santa Gertrudis exista.» En los ángulos del corredor alto de San Francisco hay otras obras suyas del año 1702, entre ellas una del Juicio de San Lorenzo, en la cual llama la atención no menos la noble flgura del santo diácono, que el grupo de mendigos que lo acompañan. También se distinguió en el retrato como su hermano: en él convento del Carmen hay uno del Virey duque de Linafes, de cuerpo entero, ejecutado por él, de bastante mérito. Sospecho que son también de su mano algunos otros que allí he visto, como el del Marques de Altamira, notable por el carácter y la verdad del rostro.» Fueron hermanos Nicolás y Juan, y sobrinos de José Juárez: el segundo falleció el 14 de Enero de 1728, de cincuenta y dos años.—Beltrami, citado por Clavó, fué un viajero italiano instruido, que estuvo en Méjico en 1824 y 1825.

27 En las Obras de Juan Rodríguez Juárez se observaban dos es tilos correspondientes á dos épocas de su vida: siguió en el primero el colorido que habían usado los pintores mejicanos del siglo xvn; quiso luego darle esplendidez, y adoptó otro que es el que se veia en los cuadros de su segunda época. Fué grande el cambio, y como le siguieron los pintores posteriores, se puede decir que fué el jefe de una escuela nueva mejicana que duró todo el siglo xvm. La novedad introducida por Rodríguez Juárez puede atribuirse, al menos en parte, á inspiraciones de fuera; esto es, al deseo de imitar las obras que en el siglo xvn pudieron empezar á llegar á Nueva España, de pintores sevillanos, y señaladamente del gran Murillo, pues se sabe que antes de ir á Madrid se mantenía en Sevilla pintando defería—como decia Palomino—y que aun hizo una partida de pinturas para cargazón de Indias, con la cual adquirió un pedazo de caudal para costear el viaje á la corte. No es improbable que algo de esta partida fuera á Nueva España, y se cree que la hermosísima Virgen llamada de Belén, que estaba en el coro de la catedral, era obra de Murillo, y regalo que, viviendo aún éste, hizo al cabildo metropolitano un obispo que pasaba para Filipinas y se consagró en Méjico. Según el Museo Pintoresco, tomo III, artículo de Bartolomé Esteban Murillo, y según

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consta del testamento del gran maestro, su hijo don Gabriel, sujeto de gran habilidad en la pintura y de mayores esperanzas, pasó á Indias, donde murió bien mozo. Como se refiere en el Diálogo, el Sr. D. Manuel Posada, arzobispo de Méjico, estaba en la idea de que D. Gabriel habia ido á Nueva España, y que eran obras suyas varios de los cuadros que allí pasaban por de su padre. Pero no es posible que pasara enteramente desconocida la existencia de tan notable artista, y nada prueba que hubiera estado en Nueva España. De Juan Correa habia en la Academia una Santa Bárbara, cuya figura era digna, el colorido templado y no malo el dibujo; en la Profesa, un cuadro que representaba á San José llevando de la mano al Niño Jesús, yá los costados d e s a l i a r del Perdón de la catedral, dos del Purgatorio que tienen la fecha de 1704. Pintó muchos Correa, pues que ha llenado á Méjico de sus obras—dice Beltrami. —Su colorido no es de lo más bello, pero su composición es grandiosa y sublime. Según el Diálogo, le daba más honor que sus obras su discípulo P. José Ibarra, de quien se hablará más adelante. A l P. Manuel, jesuíta, Beltrami le coloca á principios del siglo xvni, y dice que pintaba admirablemente con ambas manos: la Cena, en el refectorio de los padres fernandinos, es una hermosa prueba de su talento. Este

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cuadro no hay religioso de los antiguos que le recuerde en San Fernando, ni ha podido encontrarse apesar de las diligencias que se han hecho. Donde dice el Diálogo que habia un cuadro suyo apaisado, que representaba la Sacra Familia, era en la escuela de Medicina. Un restaurador echó á perder varias de las figuras, mas por las que dejó intactas se veia que era un trabajo de mucho mérito. Cristóbal Villalpando se hizo notable, en primer lugar, según Clavé, por la desigualdad de sus obras: en algunas se detenia con placer la vista por su mérito, al paso que en otras caja hasta parecer menos que mediano. Tales son, por ejemplo, los cuadros de la Pasión en los claustros de San Francisco. En segundo lugar, tratándose de valentía y rasgo de imaginación, tal vez en Méjico ninguno ha tenido más que él. Básteme citar en prueba los grandes lienzos que cubren las paredes de la sacristía de la catedral, y representan La Asunción, La gloria de San Miguel, su Lucha con el Dragón, El triunfo de la Eucaristía ó de la Fe, etc. Aquel hombre manejaba el lápiz y el pincel á grandes tajos. Decía Clavé que no adoptó Villalpando el colorido de Juan Rodríguez Juárez. L a s pinturas de Villalpando eran de 1683 hastal710. Del bachiller Carlos Villalpando, contemporáneo y no se sabe si pariente del anterior, habia en la Academia un buen cuadrito re-

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presentando el Interior de la iglesia de Be' len; y en la de San Agustín un medio punto sobre una puerta, y tenía por asunto L a predicación de San Francisco Javier á los indios, en el cual se notaba algo del colorido que se iba introduciendo en la nueva escuela que adoptaron todos los pintores de la época. De Juan de Aguilar habia algunos cuadros regulares de un Apostolado en el Noviciado de Santo Domingo, pintados en 1714. En 1721 fué nombrado con los dos Rodríguez Juárez, para reconocer segunda vez el lienzo de la Virgen de Guadalupe, Antonio Torres, de quien hay una Ascensión de regular mérito. De Francisco Martínez, notario de la Inquisición, habia en el antecoro del convento de San Francisco un cuadro alegórico de la Gloria del Santo y de su Orden; en el de San Diego, todos los que cubrían las paredes de los corredores bajos del primer patio; en el muro exterior del coro de la catedral, dos cuadros del Martirio de San Lorenzo, pintados en 1736, y en la Academia Dos Evangelistas ejecutados en 1740. Todas las obras de Francisco Martínez eran de mérito. Fr. Miguel Herrera, agustino, de bastante rasgo en la ejecución, fué el autor del gran lienzo que se colocó en la portería del convento del Carmen, durante las fiestas que para solemnizar la. canonización de San Juan de la Cruz hizo la comunidad en 1729; en 1742

31 pintaba todavía. De Nicolás Enriquez posee la familia de Escandon algunos cuadros chicos y de mérito, de la Historia de Alejandro; tenía deól la Universidad una Purísima grande, y la Academia un cuadrito de La Virgen y el Salvador.

III

Don José Ibarra entró en la novedad introducida por Juan Rodríguez. Posee la Academia unas laminitas suyas de la Vida de la Virgen, en las cuales, aunque como en otras de sus obras prodigaba los colores azul y rojo, á que parecía tener particular afición, hay figuras bellas. Mucho mejores que las laminitas son tres cuadros, y particularmente uno de la Circuncisión que hay en la Academia, en que alumbra toda la escena el nombre del Salvador que aparece en lo alto entre resplandores: el grupo de las p ersonas que intervienen en la ceremonia está formado con inteligencia, según dice Clavó. Pero se conocen otras obras más importantes de Ibarra; de ellas son dos lienzos que cubren las testeras del aula mayor ó general del colegio de San Ildefonso, que pintó en 1740, aunque el uno ofrece una alegoría, no muy feliz, en que 3

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se registran el Padre Eterno en la parte superior, San José con el Niño enmedio, y abajo, muertos, los mártires San Josafat, arzobispo, y San Juan Nepomuceno. El otro cuadro, de más mérito que el anterior, es de perspectiva: representa la parte central del interior de un templo; bajo la cúpula se levanta un templete en que San Luis Gonzaga adora arrodillado á la Virgen, la cual aparece con el Niño entre las nubes: en los remates superiores están á los lados San Ildefonso y Santa Catalina; y por último, en dos columnas de delante, se ven las estatuas de Santo Tomás y de un obispo, que acaso será San Agustín. Todas las figuras son buenas; está formada con arte la perspectiva, y en su conjunto, aunque la obra pertenece á un género que los peritos reputan algo extravagante, apesar de haberlo usado profesores como el maestro Pozzo, hace efecto. En el pueblo de Texcoco, cerca de Méjico, hay un cuadro de Ibarra, cuyo dueño, apesar de ser pobre, no quiso venderlo á la Academia aunque se lo pagaba bien. Es un Calvario «que—dice el Sr. Couto— exhala un perfume de devoción que se comunica al espectador», y tiene la particularidad de haber sido probablemente dicho cuadro la última obra grande de Ibarra, pues lleva la fecha de 1756, y consta que él falleció el 22 de Noviembre de ese año. En el Diccionario Universal de Historia y Geografía, reimpreso en

35 Méjico por D. Rafael de Rafael, se dice, aunque sin señalar la fuente de donde se tomó la noticia, que nació en 1688; y su amigo y colega D. Miguel Cabrera aseguraba en el mismo año de 1756, que Ibarra habia llegado á una edad respetable, y conocido, no sólo á los célebres pintores de su siglo, sino á muchos de los que florecieron en el anterior; lo cual no es muy probable, pues no tendría más que doce años al concluirse el siglo xvn, si en efecto habia nacido en 1688. Pero es indudable que su vida fué larga y laboriosa, á juzgar por las numerosas obras que dejó dentro y fuera de la capital; que acababa bien lo que hacía, no siendo de los artistas que buscan el efecto en unos cuantos toques dados con maestría, y que él adquirió ésta en el arte y le ganó la merecida reputación que conserva hasta nuestros dias. Decían que era Ibarra el Murillo de Méjico, y aun que se parecía al insigne sevillano, y á vuelta de pocos años no se creía que fuer ran suyas algunas de sus obras, y se atribuían á artistas extranjeros. Habia quiera asegurara haber visto desencajonar, llevada de Roma, una imagen de Nuestra'Señora de la Fuente, que estaba en el convento de Regina, aunque todavía recordaba el presbítero D. Cayetano Cabrera la prisa que se, habia dado Ibarra para concluirla y entregarla el dia ofrecido, para lo cual trabajó en la

36 noche de la víspera pintando la parte de las cándelas que alumbran á la Virgen, que era lo que le faltaba, según se refiere en el .Escudo de armas de Méjico, libro II, capítulo 8.° Ibarra, como dice Clavó, conduce por la mano al taller de Cabrera. L a buena amistad de estos dos maestros es una lección para ciertos artistas de nuestros días, que sin ser lo que fueron Ibarra y Cabrera, no saben vivir en paz entre sí. Por lo demás, aunque aparezcan juntos los nombres de Ibarra y de Cabrera, no puede igualárseles en mérito artístico, pues fué el segundo en Méjico la personificación del gran artista, del pintor por excelencia. Lo primero que siempre ha llamado la atención en él, es una fecundidad sin ejemplo: sería casi imposible formar una lista de sus obras, pues materialmente llenó de ellas la Nueva España, habiéndolas, no sólo en las grandes poblaciones, sino hasta en algunas de las pequeñas, y aun en las fincas del campo: Provenia su fecundidad, no únicamente de lozanía de imaginación, sino también de una facilidad y soltura de ejecución que hoy no se puede concebir. Ocupa un lugar señalado entre sus obras clásicas la Vida de San Ignacio que dejaron los PP. Jesuítas en los corredores bajos del primer patio de su Casa Profesa, en treinta y dos cuadros grandes al óleo, cada uno con muchas figuras, casi todas del tamaño natural, tra-

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bajados con esmero y bien concluidos. Sorprenderá saber que, según se lee en los cuadros mismos, la obra, empezada el 7 de Junio de 1756, estuviera terminada el 27 de Julio del año siguiente, tiempo que apenas bastaría hoy á un artista ejercitado para pintar tres ó cuatro lienzos como aquéllos; y que en el mismo año de 1756 pintara la Vida de Santo Domingo, que estaba en los claustros del convento del Santo de este nombre (1). Con justicia se ha celebrado á Vicente Carducho por haber cumplido el contrato que hizo en 1626 con el prior de la Cartuja del Paular, comprometiéndose á pintar en cuatro años cincuenta y cinco cuadros de la vida de San Bruno. ¿Qué hombre era, pues, Cabrera, que podia dar cima á empresas cuatro veces más laboriosas que aquélla, y siendo tan notables todas sus obras? A lo que en parte puede atribuirse la celeridad con que las despachaba, es que, según se refiere, tenía un gran taller, un verdadero obrador, en que pintar ban con él varios discípulos, y aun algunos de los maestros más formados de la ciudad, como los hábiles pintores Alcíbar y Arnaez, todos los cuales, naturalmente, pondrían las manos en las obras que se le pedían; de mane(1)

Alojada tropa con frecuencia en dicho convento,

después de la independencia, los soldados han estropeado varios cuadros y otros han desaparecido.

38 ra que éstas, más que de un artista, podrían decirse de una escuela; pero como hay una circunstancia en que debe repararse, que es la unidad de estilo, de color, de entonación y de dibujo que se observa en todo lo que lleva su nombre, y que, á los ojos del hombre inteligente en pintura, lo hace aparecer como obra de una mano, prueba que en los cuadros de Cabrera, no sólo la invención y la traza en grande eran suyas, sino también la ejecución, á lo menos en las partes principales, como las cabezas. Según la opinión de Clavó, es incontestable el mérito de la pintura de Cabrera, aunque no puede decirse que sea totalmente correcto su dibujo; sacando sin embargo ventaja al de la mayor parte de los pintores mejicanos. No tenía tampoco, según el mismo Clavé, la buena escuela ni el acendrado gusto de Baltasar Echave el viejo, ni el vigor que distingue á Sebastian A r t e a g a e n algunas de sus obras; pero hay en él tal magia, que siempre se le ve con placer, siempre gusta, sobresaliendo en las cabezas, que siempre son bellas. L a Academia posee otra de las mejores obras de Cabrera: la Vision del Apocalipsis que pintó para la Universidad, la cual le distinguió y ocupó más que á ningún otro artista. Diéronle pruebas de aprecio todas las corporaciones y personas importantes, pues no

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fué Cabrera de los hombres de mérito en las Bellas Artes que pasan desestimados en vida sin que se les tributen honores hasta después de muertos. El arzobispo D. Manuel José Rubio y Salinas le nombró su pintor de cámara, y con sus obras adornó su palacio; las comunidades, los establecimientos públicos, todos á competencia quisieron tener pinturas de su mano. Pero los que más se señalaron con él fueron los