Grupos, organizaciones e instituciones. La transformación de la burocracia

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GEORGES LAPA88ADE

SERIE RENOVACIÓN PEDAGÓGICA

Grupos, organizaciones e instituciones por

GEORGES LAPASSADE Latransiormaclóndeiaiiürocracia

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Título del original francés: Groupes, organisationes institutions © Bordas, París, 1974

Diseño de cubierta: Marc Valls

Tercera edición, enero de 1999, Barcelona

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© ¿7y Editorial Gedisa,S.A. Muntaner, 460, entlo., 1.' Tel.201 60 00 08006 - Barcelona, España e-mail: [email protected] http.V/www.gedisa.com

ISBN: 84-74324)09-7 Depósito legal: B-4.179/1999

Impreso en Romanyá Valls Verdaguer, 1. 08786 Capellades (Barcelona)

Impreso en España Printed in Spain

Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o cualquier otro idioma.

ÍNDICE

Prefacio a la tercera edición francesa Prólogo de Juliette Favez-Boutonier Prefacio a la segunda edición francesa . Introducción Capítulo Capítulo

.

.

.

I- — Las fases A, B y C

9 11 15 39 43

11. — Los grupos: Investigación — Formación — Intervención . . .

69

Capítulo III. — Las organizaciones y el problema de la burocracia

107

Capítulo IV. — Las instituciones y la práctica institucional

213

Capítulo

V. — Dialéctica de los grupos, de las organizaciones y de las instituciones .

Apéndice Uxico Bibliografía

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289 325

PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN EN FRANCES

Hacia 1963-1964, en momentos en que escribía este libro, habíamos desarrollado en torno del movimiento de grupos una ideología que luego hubo de hallar algún eco en el movimiento de mayo de 1968; de modo especial, la ideología de la «liberación de la palabra». Pero hoy se trata antes bien, dentro del nuevo movimiento de grupos, de incluir en el programa la «liberación del cuerpo». Esta nueva orientación es, en conjunto, antipalabrista, antianalítica. Su horizonte político resulta bastante oscuro. Pero es dable ver los vínculos del nuevo movimiento de grupos con los movimientos de liberación sexual e igualmente con prácticas terapéuticas mucho más antiguas, como las del trance... La ideología microsociológica y micropolítica de la década del sesenta y del número de Arguments de 1962 sobre la psicosociología en sus relaciones con la política se ha vuelto iflactual, y yo no asumo ya las tesis micropolíticas desarrolladas en el presente libro. Pienso, por el contrario, que el nuevo movimiento de grupos de bioenergía, gestait, encuentro y expresión podría tener, dentro de un término más o menos largo, un efecto liberador análogo a los efectos de la dinámica de grupo de hace diez años. Hoy me hallo asimismo muy lejos del análisis institucional tal cual lo definía diez años atrás. La tarea consiste en desconstruir y reconstruir el concepto de institución. Tan necesaria reconstrucción la exigen también los trabajos desarrollados dentro del movimiento de la psicoterapia insti-

tucional que ejercían influencia sobre nuestras primeras investigaciones institucionales. Así, recientemente, F. Tosquelles declara (en Connexions n." 7) que no se debe confundir institución y establecimiento, es decir, la escuela o el hospital... Estas observaciones permiten despejar por el momento una ambigüedad: ya no se definirá el análisis institucional en situación de intervención por la referencia a establecimientos «clientes»; no se trata de analizar esas instituciones. En una palabra, tengo que retomar el problema por la base.' El análisis institucional ha entrado en un período de crisis, y debemos buscar nuevas formas de intervención. La primera parte del libro, que trata de las fases A, B y C, está directamente inspirada en trabajos de Serge Mallet, en su libro sobre la nueva clase obrera, en nuestras charlas y nuestra amistad. Serge Mallet murió en un accidente automovilístico en julio de 1973. Siempre, hasta el día de su muerte, se preocupó por los problemas que aquejaban al movimiento obrero en Fos; al mismo tiempo militaba en el movimiento occitano. Dedico esta nueva edición a su memoria. Georges Lapassade

París, 15 de mayo de 1974.

1. Es lo que haré en mi próximo libro. Le désir et Vinstitution.

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PROLOGO

El estudio de pequeños grupos ha generado entre especialistas de las ciencias humanas la gran esperanza de llegar a descubrir leyes comunes y profundas que rigen tanto al individuo como a la sociedad. De este modo finalizaría un dilema del que la psicología y la sociología de comienzos de siglo sólo podían salir merced a una elección arbitraria, ya que resultaba tan imposible comprender al hombre sin el medio social que le es indispensable como a la sociedad sin los seres humanos que la constituyen. Ahora bien, en el nivel del pequeño grupo las relaciones interprofesionales aparecen vinculadas a las conductas de los individuos y a interreacciones que el observador puede advertir con precisión. Y cuando el pequeño grupo es experimental o casi experimental y está dirigido de acuerdo con diversos modos de ejercicio de la autoridad o se encuentra artificialmente liberado de toda tarea común distinta de la de «estar juntos», se hace presente, en efecto, que aquello que sucede no es una cosa cualquiera, puesto que todos toman conciencia de la presencia de los demás dentro de un clima en el que se capta en vivo el estrecho lazo de cada existencia con la del prójimo. La experiencia del grupo otorga así un sentido nuevo al «Conócete a ti mismo», que sigue siendo la última palabra de toda sabiduría y de toda cura psicológica, pero que también proporciona la prueba de que ese conocimiento para ser cabal, debe tomar en cuenta lo que otros nos revelan acerca de noso11

tros mismos, tanto por el papel que nos asignan como por el que asumimos. La experiencia así adquirida, por indiscutible que sea, plantea muchos problemas. La utilización que, aquellos a quienes tenemos la costumbre de llamar psicosociólogos, hacen de los efectos de la experiencia del grupo para diagnosticar las tensiones que existen entre los miembros de ciertos pequeños grupos naturales y para atenuarlas mediante la facilitación de !a toma de conciencia por los individuos del origen de esas tensiones, ha llevado a pensar que, más allá de las aplicaciones psicológicas o psicoterápicas de tales técnicas, hay posibles consecuencias sociológicas. Si el conocimiento de las leyes que rigen la vida de los pequeños grupos le permite al psicosociólogo establecer en el equipo y la empresa un clima de cooperación y buen entendimiento, reemplazando los conflictos de autoridad o de avidez, ¿por qué no se habrían de utilizar los mismos métodos para poner fin a la lucha de clases y hasta a la guerra? Este optimismo tal vez ingenuo, pero que podría parecer cuando menos simpático, ha sido criticado por razones más políticas que científicas, hasta el extremo de que la extrapolación de las leyes de la vida de los pequeños grupos a las sociedades humanas en su conjunto no sólo se ha visto injustificada, sino además acusada de tapar los designios inconfesos de un política conservadora; peor aún, la sospecha de tal manera arrojada sobre el método se ha extendido hasta las experiencias limitadas a los pequeños grupos. Los psicosociólogos aparecen, así, como agentes de una sociedad que, para defender instituciones caducas, organiza insidiosos y falaces artificios destinados a convertir en sumisos a quienes se hallaban dispuestos a sublevarse. En alguna medida, un opio psicológico que nada tiene que ver con la realidad social, a la que, antes que revelar, oculta. Indiferente a esas posiciones extremas había, no obstante —y la hay aún—, una psicología social carente de toda razón para renegar de los hechos hoy demasiado conocidos por muchas experiencias para que se los considere como «artefactos» sin valor. Acaso haya que extraer ante todo una primera lección de esas polémicas y preguntarse si en el seno de una 12

sociedad, sea la que fuere, se puede crear un grupo siquiera efímero, poseedor de una nueva-estructura, sin ver aparecer en él, o alrededor de él, fenómenos que muestren que a ese grupo no se le puede aislar del medio social íntegro y sobre todo de las instituciones a las que pertenecen los individuos que le componen. Sin dejar, pues, de reconocer el valor de las leyes descubiertas por la dinámica de grupos, hemos de observar que la confianza de los jefes de una institución en la que se ha formado un «grupo experimental» resulta necesaria para que el grupo pueda continuar su experiencia. Y si la evolución de éste inquieta a las autoridades responsables o pone en tela de juicio algunos aspectos de la institución, es el conjunto de la institución quien va a verse reaccionar a la existencia del grupo. Desde luego, es normal y deseable que las instituciones evolucionen. Pero entre la evolución y la revolución la confusión es fácil, sobre todo si, como nos lo enseña la psicología, la resistencia al cambio es propia no sólo de los individuos, sino también de los grupos, y suscita reacciones de defensa que suelen ser extremadamente vivas. De este modo la psicosociología, acusada por algunos de defender a una sociedad conservadora, puede ser considerada por otros como encubridora de peligrosos fermentos revolucionarios y artera socavadora de la autoridad reconocida, de costumbres y tradiciones. Habrá quienes se sientan tentados de sacar la conclusión de que hay, más que una psicosociología, psicosociólogos con sus opciones teóricas y políticas personales. Pienso que para darse cuenta de su error ha de bastarles leer este libro de Georges Lapassade. Cierto es, en efecto, que, si el autor toma a menudo posición, los hechos objetivos de que informa, tanto en el campo de la historia de las ideas como en el plano de la experiencia concreta, no admiten ser tratados como si fueran puntos de vista subjetivos. Y porque he asistido a la evolución de su pensamiento sé cuan respetuoso es Georges Lapassade, de la objetividad de la información, aun cuando aporta a la investigación una pasión que trae consigo, ora el entusiasmo, ora, de ««cuerdo con los mecanismos que recordábamos hace unos instantes, la protesta. Nadie olvida de qué modo las discusiones que provoca, sin parecer buscarlas, 13

se mantienen vivas y enriquecedoras a causa de su vasta cultura y de la honestidad con que se empeña en ellas sin la menor reserva. No ha procurado tener alumnos, pero ha hecho escuela. El hallazgo de este filósofo comprometido íntegramente en una activa investigación ha signado espíritus y suscitado vocaciones cuyos efectos a largo plazo me es dado comprobar, especialmente entre aquellos que exploran, tras él, los difíciles caminos de la «pedagogía institucional». Por eso este libro no necesita, ante un público realmente numeroso, otro introductor que Lapassade mismo. Con todo, se me ha proporcionado la ocasión de testimoniar al autor de la presente obra mi estimación por su trabajo y de destacar el interés que presentan sus investigaciones sobre la autogestión educativa, en particular para la psicología y la pedagogía. Yo no podría olvidar que su pensamiento se desarrolla con una profunda continuidad, puesto que los temas encarados en su tesis relativa a la entrada en la vida se encuentran en este libro juntamente con esa crítica de las ilusiones de la «adultidad» que no aceptamos, quizá, sin reservas, pero que nos parece justificar nuestra certidumbre de que en un mundo difícil y nunca acabado Georges Lapassade nos reserva otros descubrimientos y no nos dite, hoy, su última palabra. Juliette Favez-Boutonier

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PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN FRANCESA

Este libro que trata de los grupos, las organizaciones y las instituciones ha nacido de preocupaciones vinculadas, esencialmente, a mi experiencia en materia de psicosociología. Se trata de un trabajo que me había conducido a comprobar y demostrar, mediante experiencias instituidas, que el origen y el sentido de lo que ocurre en los grupos humanos no es cosa que se deba buscar tan sólo en aquello que aparece en el nivel visible de lo que se ha dado en llamar dinámica de grupo. Así hayan sido creados para la formación de los hombres o para la experimentación e investigación de las «leyes», hay una dimensión oculta, no analizada y, sin embargo, determinante: la dimensión institucional. Propuse entonces (1963) denominar análisis institucional al procedimiento que apunta sacar a luz ese nivel oculto de la vida de los grupos, así como su funcionamiento. El presente trabajo, elaborado a partir de una experiencia pedogógica y psicosociólogica, me había llevado, pues, a conclusiones bastante aproximadas a las tesis desarrolladas por la corriente de la psicoterapia institucional. De ésta se ha retenido el hecho de que los psicoterapeutas institucionalistas han mostrado que la terapia de grupo practicada en colectividad de hospital carece de efectos decisivos si no se toma en cuenta la dimensión institucional de esa colectividad. Para tomarle en cuenta, preciso es trabajar la institución misma; hay que cuidar esmeradamente la institución. Es esta una advertencia demasiado breve para decir con algún rigor qué son hoy por hoy los 15

aportes decisivos de tales escuelas. Pero éstos nos bastan para indicar de qué manera investigadores y expertos se han visto llevados en el curso de estos últimos años a establecer difinitivamente que un «grupo» —y por «grupo» entiendo también una «organización social»— se halla siempre sobredeterminado por instituciones. Si se desea analizar lo que ocurre en un grupo, ya sea éste «natural» o «artificial», pedagógico o experimental, hay que «dmitir como hipótesis previa que el sentido de lo que ocurre aquí y ahora en este grupo tiene estrecha relación con el conjunto del tejido institucional de nuestra sociedad. Existe, luego, una relación de interdependencia entre los conceptos de grupo, organización e institución, así como entre '.os niveles de la realidad social que estos conceptos querrían circunscribir. Desde un punto de vista tópico, las nociones de grupo, organización e institución, que en el lenguaje corriente permiten designar a tres niveles del sistema social, pueden también servir para determinar tres niveles del análisis institucional (o socióanálisis institucional). El primer nivel es el del grupo. Definiremos, pues, el nivel de «la base» y de la vida diaria. La unidad básica es el taller, la oficina, el aula. En este nivel se sitúa la práctica socioanalítica del análisis y de la intervención. En este nivel del sistema social ya hay institución: horarios, cadencias, normas de trabajo, sistemas de control, estatutos y funciones cuya finalidad consiste en mantener el orden y organizar el aprendizaje y la producción. En el taller, las normas del trabajo expresan directamente, como dice Marx, el gobierno del capital dentro de la empresa. Lo que ocurre en esas unidades básicas, en esos grupos reales —^y también en los grupos artificiales reunidos en seminarios de formación—, no tiene que ver, por tanto, con el mero análisis psicosociológico, si por este término se entiende la tentativa de reducir el sistema social a la suma de las interacciones que en éste se producen. Por el contrario, hay que decir, con Kurt Le win, que el análisis del campo de grupo implica el análisis del campo social en su conjunto, o sea, que el 16

análisis de grupo sólo es cierto si se basa en el análisis institucional. En la base de la sociedad las relaciones humanas se rigen por instituciones: bajo la superficie de las «relaciones humanas» (e inhumanas) están las relaciones de producción, de dominación, de explotación... Todo el sistema institucional está ya allí, entre nosotros, aquí y ahora. Se halla en la disposición material de sitios y herramientas de trabajo, en horarios, programas, sistemas de autoridad. En el taller y el aula está presente, aunque disimulado, el poder del Estado. Y en ese mismo nivel básico hay que situar a la familia, a la institución de la afectividad y la sexualidad, a la organización exogámica de los sexos, a la primera división del trabajo, a la primera forma de la relación entre las edades, entre las generaciones. El grupo familiar constituye el cimiento más firme del orden social establecido, el punto donde se efectúa, como lo muestra Freud, la interiorización de la represión, que prosigue en la escuela. Esa es la base del sistema. El segundo nivel es el de la organización. Es el nivel de la fábrica en su totalidad, de la universidad, del establecimiento administrativo. En el nivel de la organización, grupo de grupos regidos asimismo por nuevas formas, se lleva a cabo la mediación entre la base (la «sociedad civil») y el Estado. Para nosotros se trata de un segundo nivel institucional: nivel de los aparatos, de las retransmisiones, del envío de órdenes; nivel de la organización burocrática. En este caso vemos cómo las instituciones ya adquieren formas jurídicas. Tal es, por ejemplo, el nivel de la propiedad privada de los medios de producción. El tercer nivel es el de la institución, siempre que al término se le reserve su significación habitual, que restringe su empleo al nivel jurídico y político. Pero la sociología clásica, sobre todo de Durkheim aquí ya ha desbordado su significación restringida. Tanto para Durkheim como para los sociólogos que le sucedieron, las instituciones definen todo aquello que está establecido, es decir, en otro lenguaje, el conjunto de lo instituido. El tercer nivel es, en realidad, el del Estado, que hace la Ley, que da a las instituciones fuerza de ley. De donde 17

se infiere que en esta sociedad que todavía es la nuestra, lo instituyeme se halla del lado del Estado, en la cumbre del sistema. En cambio, la «base» del sistema está instituida por la cumbre, excepto en período de crisis revolucionaria. Cuando se levanta la represión de la cumbre sobre la base, lo instituyente se revela en las unidades básicas. El habla social queda liberada. Se vuelve posible la creatividad colectiva. Por doquier se inventan nuevas instituciones, que ya no son, o que no llegan a serlo todavía, instituciones dominantes, signadas por la dominancia del Estado. Tal es el esquema a la vez anatómico y dinámico del sistema aquí descrito con los términos de «grupos, organizaciones e instituciones». Es un esquema general que se debe poder aplicar al análisis de todo sistema, a una empresa, una iglesia, un banco, un hospital, una escuela. Daré un único ejemplo —el de la escuela— con el sólo fin de ilustrar todo aquello que ha podido parecer un tanto abstracto en su generalidad.

La práctica pedagógica se establece en tres niveles. E! primero de éstos es el de la unidad pedagógica de base. Es el nivel escolar de «la clase», de la práctica docente. En la pedagogía tradicional domina el curso, la enseñanza magistral. Las reformas introducen trabajos dirigidos, ejercicios prácticos, seminarios, sobre todo en la enseñanza superior. Pero dentro de estas nuevas disposiciones la relación entre educadores y educandos conserva su estructura de poder, basada en la disimetría que opone «el saber» al «no saber». Convengamos en decir, provisionalmente, que es el nivel del «gr«po-maestrosalumnos». De un modo general, así se lo capta, y no se ve que en este grupo está aquello que ha sido instituido. No se ve que la institución determina radicalmente la relación maestro-alumno, la relación de formación en su vivencia misma. El segundo nivel es el del establecimiento: la escuela, el liceo, la facultad universitaria. En el presente libro he denominado a este sistema de las instituciones externas. 18

Al establecimiento se le suele llamar «institución». (La ley de orientación define «Instituciones Universitarias», que son, precisamente, las universidades, deslindadas en Unidades de Enseñanza y de Investigación. El término «institución» ha designado a veces, asimismo, establecimientos de enseñanza.) Este nivel es, ante todo, el de la organización. La estructura de la administración universitaria es, por tradición, autoritaria, bien porque la autoridad emana de una elección (los decanos de las facultades), bien porque resulta de una designación (el director de liceo). Los educandos no participan (siempre dentro de la fórmula tradicional) en el poder administrativo; antes de mayo del 68, las decisiones del decano sólo eran controladas en las facultades por sus iguales, e„:j es, los profesores titulares de cátedras (en el Consejo de Facultad) y los maestros de conferencias (en la Asamblea de Facultad). Aun restringido, ese control de la decisión se hallaba además limitado por el hecho de que el decano estaba y está en relación directa con el poder central, al que representa dentro de la facultad, y por ser juez único de la gestión diaria del Establecimiento. Por último, no corresponde a las instituciones modificar por sí mismas sus estructuras; la reforma sólo puede provenir del Estado. Se ha visto ya, con la promulgación de la «Ley de Orientación», que decreta desde arriba la supuesta autonomía de las universidades. El Estado —tercer nivel— define las normas generales de la universidad (los concursos, las líneas generales de los programas, las nóminas de aptitud para la enseñanza superior). Pero está ya directamente presente en el segundo nivel (aunque no pueda nombrar a su representante, el decano), y está también en el primer nivel, puesto que los profesores controlan la adquisición de los conocimientos. Es visible que los docentes, como entregan los diplomas, son los representantes de la autoridad estatal en la unidad pedagógica básica. Esta descripción sólo es institucional en un nivel directamente señalable: el del poder, de la organización, de los controles. Pero tales criterios no agotan en modo alguno la lista de las normas a las que debemos reconocer un carácter institucional, y éstas son las que definen, en el nivel del «grupo19

clase», los procedimientos de la enseñanza, su ritual, su instalación dentro del espacio pedagógico, la fijación de los horarios, las relaciones de formación en su extrema complejidad, la total ignorancia del estudiante anónimo en los anfiteatros, hasta las relaciones personales y las direcciones de trabajos, la institución de los contenidos como si se tratara de «aquello que se debe retener para el día del examen», la especificidad de la relación pedagógica, el examen... * *

*

En el camino del análisis institucional encontramos, nece sanamente, el Estado clasista y, por esta mediación, la estructura de clase de una determinada formación social. Así, a partir de un grupo sometido al análisis deberíamos hallar, de llevar el análisis todo lo lejos que podamos, el sistema de las clases sociales y sus relaciones. Allí es donde nos conducía hace un instante el ejemplo del sistema universitario. Hoy se reconoce que la institución universitaria es una institución clasista. Pero por ello se entiende, y hay quienes se limitan a este punto del análisis, la segregación social efectuada por la escuela, por el sistema de los exámenes y los concursos, por el lenguaje, por todo aquello que, a partir de la desigualdad cultural, explica la desigualdad real, disimulada por una desigualdad formal, de los niños y los estudiantes situados ante el sistema de enseñanza. Así es como se ha establecido que la universidad es, en efecto, una institución clasista y no una institución neutral del Saber, abierta a todos, protegida de los conflictos de clases, como parece estarlo la Ciencia. Este análisis no es falso, pero sí incompleto. Además hay que mostrar que el sistema jerárquico de la universidad, tal como se reproduce bajo el inmediato control del Estado, se halla directamente ligado a la función de dominación que se le atribuye al Saber dentro de la división del trabajo. La escuela acostusmbra a los hombres a creer que el presunto «saber» otorga un poder de dominación y explotación. El sistema "burocrático —y esto no es nuevo— encuentra uno de 20

sus fundamentos esenciales en los misterios del conocimiento. Marx definía el examen como el bautismo burocrático del Saber. Y claro está que la posesión del Saber es el producto de una iniciación que nos ubica del lado de quienes dominan una sociedad, o que al menos nos f>one a su servicio. En resumen, la universidad es una institución clasista precisamente en la medida en que tiene la función de conservar las jerarquías en nuestra sociedad. Hecha para reproducir los sistemas de dominación, ella misma es una institución dominante. Ahora bien, el Estado clasista no se podría mantener si el conjunto de las instituciones se derrumbara, como sucede en toda crisis revolucionaria. Antes de mostrarlo, tenemos aún que destacar un aspecto de la teoría de las instituciones. Espontáneamente se sitúa al sistema de las instituciones en un nivel de la estructura social. De este modo, toda sociología tiende en nuestros días a distinguir la infraestructura y la superestructura (en lenguaje marxista), o la base morfológica y los sistemas institucionales (en el lenguaje de la sociología surgida de Durkheim). Dentro de esta descripción se pondría a las instituciones en el nivel de la «superestructura». Pero es olvidar, por ejemplo, que las relaciones de producción se hallan instituidas. Y sobre todo, si volvemos una vez más al ejemplo del sistema universitario, rápidamente vemos que a esta institución sólo se la puede comprender como un sitio en el que se cruzan la instancia económica (la universidad posee una función económica vinculada a la plaza dentro de la producción), la instancia política (ya hemos visto su relación con el Estado) y la instancia ideológica (hoy se sabe de qué manera la universidad produce y difunde permanentemente ideología, afirmando, casi siempre, que ésta es la Ciencia). Se puede generalizar el ejemplo de la universidad y decir que una institución no es un nivel o una instancia de un modo de producción o de una formación social. La institución no es, para emplear el lenguaje marxista, una superestructura. Lo que se encuentra en la superestructura de un sistema no es más que el aspecto institucionalizado de la institución. Es la ley, el código, la regla escrita. Es la constitución. Se admitirá que el sistema de las 21

instituciones políticas, del juego político, de los partidos, no se limita a su aspecto institucionalizado, registrado en leyes escritas. También está aquello que ha sido instituido, que no es visible de un modo inmediato y que forma parte de la institución. Esto nos conduce a plantear como principio que la institución no es un nivel o una instancia de la formación social, sino un producto del cruce de los niveles o las instancias. Y este producto está sobredeterminado por el conjunto del sistema a través de la mediación del Estado. * *

*

El Estado se forma en el origen de las grandes civilizaciones, no bien la producción se organiza en gran escala. Al mismo tiempo aparece en ¡os sistemas del «despotismo oriental» la primera clase dominante. Después, una civilización se libera del Estado oriental: en la aurora griega de las sociedades occidentales, el Estado y la clase dominante dejan de coincidir en un todo. La nueva clase dominante fundamenta ahora su dominación en la propiedad privada, y el Estado pasa a ser su «instrumento». En el curso de la historia occidental —una historia específica, que rompió su nexo original con el «modo de producción asiático»— las clases dominantes cambian al mismo tiempo que los Estados. Pero la postura de la clase dominante es siempre el control del aparato estatal. Esto es particularmente claro en el paso de la sociedad feudal a la sociedad burguesa. El Estado se establece entonces en el compromiso de la lucha de clases, hasta el momento en que se convierte, con el advenimiento de la Revolución Francesa, en lo que todavía hoy es para nosotros: el Estado burgués. Marx primeramente y luego Lenin han mostrado este nacimiento y esta función del Estado, lugar de descifre del modo de producción. Para el movimiento revolucionario, esto es determinante, hasta el extremo de que desde hace casi un siglo el análisis político y la acción sólo alcanzan su verdadero punto de legitimidad si el Estado, con su policía, su ejército 22

y su burocracia, se presenta visiblemente como tema primero de la crítica y como el elemento que se debe destruir. Es cierto, en efecto, que la clave del cambio revolucionario estriba en la destrucción del aparato estatal burgués. La sociedad burguesa y capitalista sólo dejará efectivamente de existir cuando haya perdido la cabeza, cuando se la haya decapitado. Un rey guillotinado: ese es el símbolo más directo de una revolución. La revolución no es, así, el golpe de Estado. Por irrisión y mistificación quienes se aseguran el poder por esta vía se proclaman, a veces, revolucionarios. Toda revolución popular es siempre un proceso que comienza a reemplazar al Estado por una soberanía polimorfa, por un nuevo sistema institucional al que no sojuzgue ya la dominación central y en el que las instituciones de la Sociedad dejen de ser instituciones dominantes. La conquista del aparato estatal será posible, escribe Gramsci, cuando los obreros y los campesinos hayan formado un sistema de instituciones capaz de sustituir al sistema actual. Desde la entrada de la revolución, nuevas instituciones, suscitadas por el desarrollo mismo del proceso revolucionario, prefiguran lo que puede llegar a ser la nueva sociedad. Las instituciones de la revolución son los clubes, las asociaciones y, de un modo más general, todo aquello que posibilita la expresión y el ejercicio de la soberanía colectiva. Ea los momentos revolucionarios que conocemos —para atenernos a los más clásicos, es decir, en el 89, en 1848, 1871 y 1917— vemos surgir una y otra vez Asambleas Generales Permanentes que expresan la liberación de lo instituyeme en la sociedad, que instituyen nuevas formas de vida social y que inventan de manera colectiva métodos de regulación. Al mismo tiempo se entabla rápidamente una lucha entre la revolución oficial y la «revolución dentro de la revolución». En T790 se denuncia a la vez a los sostenedores del antiguo régimen y a la anarquía, a los «izquierdistas» y a los «derechistas». En competencia con las instituciones revolucionarias, en la nueva legalidad se construyen instituciones surgidas de la Revolución. Y es ya el reflujo. Con posterioridad a Trotsky, a menudo se ha descrito esta dialéctica interna del proceso 23

revolucionario. La revolución permanente debería significar que la revolución no podrá en rigor producir nunca instituciones acabadas, consumadas, sino, por el contrario, instituir lo instituyente, hacer que la soberanía colectiva no se aliene ya en instituciones que nuevamente se autonomicen. Las instituciones tienden a estatizarse en momentos mismos en que la revolución comienza por abolir el Estado. Las instituciones tienden a volverse autónomas y con ello, nuevamente, dominantes, esto es, al servicio de la nueva clase dominante. El proceso instituyente participa, pues, en la construcción de la nueva clase. Las instituciones pasan a ser instituciones de ésta. Por cierto que mediante un proceso semejante se constituye la nueva ideología. En el 89, las ideas de libertad e igualdad son compartidas por todos y tienen un alcance universal. Pero en seguida la clase dominante las desnaturaliza —las «recupera»—, y la libertad se convierte en su libertad. Restricciones y adaptaciones encauzan en la Declaración de los Derechos del Hombre, desde los primeros textos, la subversión ideológica y logran que las mismas armas sirvan para ocultar y a la vez justificar la nueva dominación. Dentro mismo de la ideología revolucionaria se entabla una lucha en pro de la desviación del sentido y para transformar un discurso verdadero sobre la sociedad en ideología dominante. Desviación de las instituciones, desviación de las ideologías: ambos movimientos, solidarios, son el producto de la crisis revolucionaria. La ideología y las instituciones se convierten en nuevos diques, en nuevas formas de represión social. Entonces el nuevo Estado se mantiene penetrando en la sociedad por todos sus poros, habituando a sus subditos a la obediencia, controlando la información, la moral pública, los modos de actuar y pensar, todo cuanto los sociólogos durkheimianos, ideólogos servidores del Estado, denominaron precisamente, a comienzos de siglo, instituciones. El análisis institucional se propone sacar a luz este doble juego institucional, esta lucha entre aquello intituyente y esto instituido, remontar el Estado a partir de las instituciones dominantes presentes en nuestra experiencia, aquí y ahora. La ideología es un proceso de desconocimiento social. Pro24

híbe el acceso a la verdad, al conocimiento efectivo de la sociedad. El análisis de las ideologías —y de las instituciones, que son siempre sus soportes— sólo se puede emprender a partir de una hipótesis sobre lo que no se ha dicho. ¿Por qué existe lo no dicho, por qué hay «secreto» en los grupos? El análisis sociológico tradicional formula una hipótesis aparentemente parecida sobre el no saber en la sociedad. Es un análisis que supone, en efecto, que la gente no sabe qué es ni qué hace cuando escucha la radio, cuando compra, cuando vota, cuando juzga a la sociedad y el lugar que ocupa en ésta. La sociedad implica siempre por parte de sus miembros un desconocimiento del sentido estructural de sus actos, de qué determina sus elecciones, preferencias y rechazos, opiniones y aspiraciones. Al sacar a luz los parámetros de la estructura social, el sociólogo muestra por qué se prefiere determinado oficio, por qué se decide proseguir tal tipo de estudios. Muestra, al mismo tiempo, que ese análisis no puede ser inmediato, que los sujetos interrogados no pueden encontrar espontáneamente qué los ha determinado. Es una crítica de las posibilidades de una verdad espontáneamente encontrada, pero no se dice por qué se puede manifestar esa espontaneidad. El análisis institucional debe tratar de dar razón de ese desconocimiento, no mediante una simple ignorancia de las estructuras y los funcionamientos sociales, sino por un mecanismo de represión colectivo. Formulará la hipótesis de que al sentido se reprime, de que no podemos decir ni aun pensar lo verdadero, porque una represión social nos prohibe de manera permanente el acceso a la verdad sobre nuestra situación y sobre el conjunto del sistema. La constante represión del habla social, aquello no dicho dentro de los grupos, provendría así en último análisis, de la represión permanente del sentido en nuestra sociedad, represión que encuentra su origen en la dominación mantenida por las clases dirigentes y por su instrumento de opresión: el Estado, quien cumple su función de ocultación «ideológica» a través de las mediaciones institucionales que penetran por todas partes a la sociedad. El Estado controla la educación, la información y la cultura. Mantiene lo no dicho suscitando por doquier —en la prensa, en el in25

tercambio de todos los días— la autocensura, el juego de normas que prohiben la verdadera comunicación. La contraprueba es la liberación de la palabra dentro de la crisis revolucionaria cuando se levanta la represión. La Revolución es el objeto central de la represión. Para evitarla, las ideologías y las instituciones dominantes funcionan y mantienen la adhesión colectiva a la dominación, al mismo tiempo que tratan de evitar el conflicto y la lucha que pudieran poner fin a la dominación. En ese conflicto el sociólogo no es neutral. Su papel consiste, habitualmente, en fabricar ideología, en llenar el silencio de la sociedad con un discuro falso en torno de éste, en colmar permanentemente el «vacío» de las significaciones sociales, en producir «significaciones» para eliminar el sentido. Debido a ello, la sociología es un síntoma de la sociedad. Y por eso la protesta de la Sociedad moderna implica la autoimpugnación de los sociólogos.

Antes de la crisis de mayo, nuestras investigaciones institucionales remataban en un callejón sin salida. Hacía ya mucho tiempo que buscábamos en vano superar desde adentro los puntos de detenimiento de las «ciencias» sociales, en especial de la psicosociología de grupos, de las organizaciones y las instituciones. Al mismo tiempo queríamos desarrollar, con una pequeña minoría de docentes, las técnicas de la pedagogía institucional y de la autogestión. La empresa, a la vez teórica y práctica, exigía la reconstrucción del concepto de institución. Aun cuando muchos sociólogos habían situado este concepto, con posterioridad a Durkheim, en el centro de la teoría sociológica, nosotros habíamos descubierto, a partir de determinadas prácticas psicosociológicas y pedagógicas, la ocultación fundamental y permanente de la dimensión institucional en el aqutahora de las relaciones de producción, de formación, de tratamiento. .. Después de un trabajoso redescubrimiento de la «dimensión institucional» en la práctica y el análisis, algunos de no26

sotros pensábamos que era posible transformar radicalmente la educación, el aula, la universidad y acaso hasta el Estado merced al establecimiento «subversivo» de nuevas instituciones dentro del grupo-clase, y ello a la luz de tentativas paralelas de los psiquiatras «institucionalistas», que inventan nuevas instituciones terapéuticas para las necesidades del tratamiento. Pero progresivamente llegamos a descubrir que este proyecto era profundamente utópico. La crisis de mayo disipó las ilusiones y las desinteligencias. En adelante, la crisis de las instituciones pasó a ser evidente en todos los niveles de nuestro sistema social. Desde luego, las instituciones universitarias siguen en pie, apenas «reformadas»; pero es pura fachada. Detrás sólo hay vacío: la regulación ha reemplazado a las tareas de aprendizaje. Se discute a todas las finalidades, y no hay ya nadie que crea en la validez de esta vieja institución, que sólo logra mantenerse gracias al temor. Ya no se podrá detener la toma de conciencia de todo el mundo, educandos y hasta educadores; respecto de qué significan realmente las instituciones del saber, de la cultura y del aprendizaje. Todo ha quedado al descubierto: relaciones disimétricas entre docentes y alumnos, control de los conocimientos y colación de títulos y formas autoritarias de la designación de docentes. Todo es puesto en tela de juicio por la crisis. Y el detenimiento —provisional— de ésta no ha detenido la disgregación del sistema de enseñanza. Es una crisis desencadenada y animada por los jóvenes. A través de su intervención directa y decisiva en el desorden político hemos verificado qué significa la institución del adulto y su función represiva. La integración dentro del sistema de la vida calificada de «adulta», con sus normas, sus mitos, sus privilegios y sus sojuzgamientos, constituye uno de los instrumentos más eficaces del «control social», es decir, de la contrarrevolución permanente en nuestra sociedad. En el momento de entrar en la vida, los jóvenes descubren el horizonte de la represión, que ha de ser el de toda su vida. Pero lo rechazan, y con ello rechazan al sistema social íntegro. Pese a las diferencias de clase que opinen y separan a los estudiantes de los obreros jóvenes, la solidaridad institucional es causa de que 27

la «clase de la edad» sirva de mediación evidente en las fases de progresivo desencadenamiento de las luchas. En nuestra sociedad, el conflicto central no es el «conflicto de las generaciones»; es la lucha de clases. Pero el rechazo de la integración social por la generación joven se vuelve —o, mejor dicho, es desde un primer momento— un rechazo de la sociedad clasista, descubierta y repelida a partir de una situación institucional específica. En nuestra sociedad los jóvenes se hallan dominados. Pero de ellos y gracias a su rechazo puede advenir un verdadero trastorno del sistema de formación y encuadramiento de la juventud. Por mediación de los jóvenes, la crisis de las instituciones ha alcanzado a las organizaciones capitalistas de producción, pero también, y al mismo tiempo, a las organizaciones de la clase obrera, cuya función institucional ha sido impugnada por los trabajadores. Los obreros han rechazado las negociaciones en la cumbre. Han entrado en la huelga sin previo aviso. Algunos, sobre todo los jóvenes, han encontrado la eficacia de la acción directa, de la transgresión de las normas ya instituidas. La acción directa ha vuelto a ser una práctica subversiva cuya eficacia se ha verificado. Esta crítica de las instituciones universitarias, económicas y sindicales mediante acciones directas, mediante actos (huelga salvaje, ocupación y autogestión como forma de huelga activa), va infinitamente más lejos que la crítica formulada habitualmente contra la burocratización de los establecimientos y los aparatos. En la crítica tradicional los sociólogos muestran las disfunciones burocráticas de las organizaciones, y los teóricos políticos de la burocracia denuncian «la traición de los dirigentes». En otro volumen hemos examinado ya estas críticas, hoy tan conocidas. Pero la crítica activa va más lejos aún. En la actualidad se critica en todas partes las regulaciones institucionales fundamentales de nuestra sociedad. La funciór integradora de las instituciones y el eludir o la disimulación permanente de los conflictos aparecen a la vista de todos. Lo que se suele llamar «crisis de civilización» es fundamentalmente crisis de las instituciones que dan basamento y protegen a la «civilización», aseguran la difusión de sus mensajes, trans28

miten las ideologías dominantes y resguardan la estabilidad y el mantenimiento del orden. Detrás de este orden están siempre las fuerzas de la represión. En una sociedad de desigualdad y dominación, las instituciones dominantes se hallan siempre vinculadas, en mayor o menor grado, a la represión; ellas mismas son represivas. Ya lo subrayaba el sociólogo Max Weber: las instituciones no necesitan el consenso de los «participantes» para existir; les basta con que se las articule sobre el poder del Estado. Y se mantienen gracias a la amenaza. * * Los acontecimientos de mayo fueron para nosotros, por primera vez, una confirmación y una refutación de todo cuanto habíamos podido producir; por tanto, de este libro. Una confirmación, al parecer, si se considera la importancia que en el curso de tales acontecimientos adquirió la ideología de la dinámica de grupo, modificada, mediante la crítica de la burocracia, por los primeros ensayos de autogestión pedagógica. Peto a^l mismo tiempo el acontecimiento hubo de refutar, como ya hemos dicho, la ilusión consistente en tomar demasiado en serio el trabajo de educadores autogestores, de animadores sociales y de psicosociólogos de la intervención. Bien decíamos que nuestro trabajo resultaba ambiguo, que la práctica de los socioanalistas era reformista, aunque soliera presentar de una manera filigranada la impugnación informal en la base de la sociedad y el nacimiento de una sociedad salvaje. No habíamos admitido suficientemente que el levantamiento de la represión —que deja en libertad a las posibilidades y las reivindicaciones instituyentes en los grupos, al mismo tiempo que la verdadera palabra social— sólo podía llegar merced a la directa intervención de los dominados en las escuelas, en las fábricas, en el conjunto de la sociedad, y no por la intervención de aquellos a quienes su estatuto de formadores o de analistas separados sitúan, generalmente, del lado de la represión. Utopía, reformismo, ilusiones sobre las posibilidades de la intervención socioanalítica: esto se hizo evidente cuando la 29

transformación que pensábamos preparar con nuestra práctica institucional llegó de otras partes, es decir, cuando otros abrieron la primera brecha. Nuestra protesta permanecía encerrada en artículos, libros, seminarios, ghettos de ideólogos y expertos, nuestros colegas, que por otra parte, la trataban como una aberración, como un extravío, hasta el día en que los controles institucionales saltaron al nivel de un poder al que nuestras intervenciones jamás podían alcanzar. Cuando estudiantes y obreros pusieron en práctica la acción directa y la ocupación de los sitios instituciones del poder, la liberación de la creatividad instituyente, aguardada en vano en Jos grupos de análisis, invadió la vida diaria. ¿Hay, pues, que oponer la acción directa y revolucionaria al análisis institucional? ¿Hay que renunciar a todo aquello que propone este libro? ¿No se puede, por el contrario, reinventar el análisis, admitiendo que su función es supletoria mientras se halla separada y que el análisis sólo se realiza de veras cuando la sociedad íntegra entra en análisis y conduce el análisis? Si se procura a cualquier precio salvar el análisis, en todo caso hay que reexaminar la regla analítica fundamental, importada del psicoanálisis y que opone el análisis a la acción, excluyendo el paso al acto dentro del trabajo analítico. ¿De qué puede servir una actividad socioanajítica de formación e intervención si nada cambia realmente? Esta es la pregunta que con mayor claridad se les plantea hoy a los analistas. Ciertos psicólogos ya han respondido que una «acción analítica» continua, pero progresiva y «prudente», introduce en la sociedad cambios que en un primer momento son imperceptibles, pero cuyo efecto acumulativo los vuelve eficaces a largo término. Ahora bien, ¿de qué tipo de «cambio» se quiere hablar? ¿Y en beneficio de quién? ¿No implica esta descripción, a lo sumo, una opción reformista no analizada —que es el punto ciego del análisis— trasladada al análisis social? ¿Y hay, además, que continuar oponiendo, como hacen los teóricos de la intervención prudente y controlada, el análisis a la acción salvaje? Hemos visto, por el contrario, que la acción directa puede tener una eficacia analítica que va más lejos que nuestras intervenciones analíticas. No es necesario, 30

para lograr un análisis social, ser un analista diplomado, reconocido, inmerso en el manejo del lenguaje esotérico de la profesión. Un animador de tipo revolucionario puede ejercer en la acción una función analítica reconocida, facilitar con sus observaciones tanto como con sus acciones la revelación de las signifacaciones, mostrar las instituciones en su verdad y obligarlas a decir qué son. Y, sobre todo, una práctica revolucionaria eficaz puede mostrar todos los niveles del sistema institucional que hemos descrito en el presente libro. En mayo redescubrimos, a la luz del acontecimiento, que el Estado no es nada apenas deja de encontrar apoyo en las instituciones dominantes, y que éstas sólo se mantienen en pie gracias al sostén del Estado y de su aparato de represión. Así, por ejemplo, cuando la institución universitaria ya no puede asegurar el orden interno de los establecimientos, la policía estatal suple inmediatamente a todas las policías culturales desfallecientes. El Estado mantiene a las instituciones merced al miedo de los subditos. Al mismo tiempo, éstas arraigan el Poder del Estado y, con ello, de las clases dominantes en el conjunto de la sociedad. Por lo demás, basta leer a Durkheim para comprenderlo. Pero esta comprensión era meramente teórica y se encaminaba, sobre todo, hacia cierta legitimación. Durkheim era un hombre de orden. Le gustaba lo «instituido». El orden institucional descrito por los sociólogos parecía casi «natural», necesario, indispensable. Habíamos olvidado a Marx. La crisis general de las instituciones, la impugnación institucional visible en todas partes desde los acontecimientos de mayo y el regreso del orden instituido revelaron en la práctica lo que algunas investigaciones más teóricas y ciertas experiencias más limitadas, como por ejemplo la autogestión, ya nos habían dejado entrever. Unos cuantos ensayos experimentales limitados a las dimensiones de los seminarios de formación y de las intervenciones socioanalíticas sugerían ya que las sociedades podrían y deberían administrarse de acuerdo con modelos que fuesen rigurosamente lo contrario al funcionamiento social habitual. Pero la percepción experimental de esas posibilidades se veía rechazada por todo el aparato técnico y con31

ceptual de las ciencias sociales y de sus aplicaciones prácticas. Bien fue visto cuando los primeros intentos de autogestión pedagógica chocaron con la burocracia universitaria. Cinco aiíos después, la autogestión se convirtió dentro de las facultades ocupadas en el programa aceptado por todos... ¡durante el mes de la ocupación! Por la misma época se ensayaba la autogestión en las fábricas. £1 orden burocrático se encontraba amenazado por doquier. Durante aquel mayo de 1968 rechazamos colectivamente la práctica de las decisiones reservadas a instancias separadas y protegidas así por el secreto de las deliberaciones. Redescubrimos y experimentamos lo que significaba «el regreso a la base», no ya en el lenguaje burocrático de la consulta o la elección, sino como una práctica permanente, una práctica que sitúa «en la base» el sitio único de la soberanía. Así se rechazó la institución de la separación en todos los niveles de la vida social y política. De allí, la alienación de la soberanía popular a un pequeño número de elegidos dejó de presentarse como una evidencia, como una necesidad natural. Aprendimos a ver en ello nada más que una forma de organización característica de cierto tipo de sociedad. Marx muestra que la burguesía considera contingentes y perecederas las instituciones del feudalismo, pero tiene a sus propias instituciones por naturales y eternas. La entrada en la revolución significa la impugnación activa de las instituciones corrientemente estimadas irreemplazables. Todavía no sabemos de qué modo se las puede exactamente reemplazar. Pero sí sabemos, en cambio, que su destrucción es el acto previo necesario para inventar otras instituciones. Otra crítica, aún ayer limitada a algunos pequeños grupos experimentales, se ha generalizado; es la crítica del voto, encargado de decir la verdad sobre la voluntad de los grupos, dando a conocer la orientación de su mayoría. Ya sabíamos que la mayoría no es necesariamente democrática. Pero el movimiento de mayo reveló aún más: una minoría puede ser la verdadera expresión de una mayoría incierta, funcionar como revelador analítico y crear, merced a su práctica social, un nuevo consenso. Tal es lo que sucede y lo que ya se ha producido en toda revolución. 32

En 1871, durante la Comuna de París, los parisienses inventaron una nueva vida y nuevas instituciones. Las viejas instituciones estatales (el Estado burgués con su ejército, su Ijolítica y su burocracia) habían sido provisionalmente abolidas tlurante aquella primavera en que París era libre. La Comuna era ya la «participación» verdadera: a un tiempo, el gobierno directo y la celebración. Todas las significaciones —económicas, políticas, lúdicras— de la «participación» directa de todos en la vida social se hallaban mezcladas en ese momento de la Revolución. La entrada en la devolución (el «grupo en fusión») siempre implica esa ruptura, esa falla en el sistema y ese despertar de la invención política colectiva. En 1789 es en el Contrato Social en acto; la soberanía de la Asamblea General instituyente; el deterioro del poder central (los departamentos se administran por asambleas elegidas y sin representantes del gobierno central). En clubes, iglesias, en múltiples lugares, la gente se reúne todos los días para impugnar al Poder. 1848 es el despertar de la palabra colectiva en clubes y asambleas, y para comprender el proceso revolucionario ello resulta mucho más significativo que las leyes sobre la organización del trabajo, los talleres, las reformas, la nueva constitución. 1871, la Comuna: tres meses más de debates políticos en las nuevas instituciones de la soberanía. 1917, los soviets: el «sistema» de la Asamblea General Permanente vuelve a encontrarse nuevamente en fábricas, barcos y cuarteles. Todo aquello que se descubre —y redescubre— cada vez es una nueva relación con la política, con el conjunto del sistema institucional: nuevas formas, nuevas instituciones también para la vida diaria. Y cuando esto se consuma, la Revolución se suspende: en 1794, en junio de 1848, en mayo de 1871, en 1918, a partir del momento en que los Consejos comienzan a ceder su función instituyente y su poder al nuevo Estado. Sartre ha descrito esta soberanía colectiva e instituyente como momento del grupo en fusión. Ve en ella una expresión de la Revolución y tiende a presentarla en términos bastante próximos a los de la psicología de multitudes, como si la Revolución efectiva estuviera detrás de ello y en la toma del 33

poder, en el momento ideal del Estado. Para Sartre, el momento de la palabra social liberada por doquier, cuando «todos son oradores» (según la expresión de Montjoie, retomada en Crítica de la razón dialéctica), «significa», simplemente, ¡a revolución. El habla social liberada es para él un significado, no el significante revolucionario central. Además, Sartre no muestra que en ese momento del grupo (las Asambleas de la soberanía, los clubes, todos los concursos revolucionarios son, en efecto, grupos en fusión) la institución ya está ahí, en su condición de movimiento de lo instituyente, ante todo, y luego como movimiento que se efectúa en nuevos grupos institucionales, y porque, en fin, «la multitud» en trance es asimismo «institucional». Sartre se aproxima sobremanera a los análisis psicosociológicos, y de este modo se interpreta en el presente libro, acentuando, incluso, este aspecto. En Crítica de la razón dialéctica, el actor de la historia es el pueblo insurrecto. Pero a la luz de la dinámica de grupo y de su utilización pedagógica, habíamos concedido esta función de revelación social (que Sartre otorga a la multitud en fusión) a un nuevo tipo de animador. En lugar de querer utilizar a Sartre para salvar a los psicosociólogos, habríamos debido mostrar que la sociología de grupos y organizaciones no es más que uno de los signos desviados, deformados por la ideología, del proyecto revolucionario, disimulado en el desorden del Estado, del sistema de producción, de la organización capitalista. La psicosociología anunciaba el proyecto —vago aún, muy mal formulado y encerrado en experiencias demasiado artificiales— de una forma nueva de la soberanía popular, o, para decirlo con mayor exactitud, de reencontrar y redescubrir ésta. En una palabra, en lugar de detenerse en los «problemas» de la regulación y en nuevas recetas, habría sido preferible analizar la impugnación institucional escondida en la experiencia de los grupos. El movimiento de mayo desarrolló esta impugnación con una eficacia completamente distinta. En la crisis de mayo recuperamos, además de la ideología ya difundida en la experiencia limitada de los seminarios, la práctica, sobre todo, del gobierno directo: era la crítica actuante de modelos habitualmente recibidos de la delegación de poder. 34

Desde luego, aquellos grandes temas de mayo de 1968 —el habla social liberada, la decisión colectiva, la crítica permanente del poder que nacía en los grupos, la búsqueda de la verdadera comunicación— ya nos eran conocidos, y hasta fueron descritos en este libro, aquí mismo, a partir de ciertas experiencias activas de la dinámica de los grupos. En algunas publicaciones del 22 de marzo, como por ejemplo en Es sólo un comienzo, encontramos términos que habíamos empleado, pero esta vez para describir, no ya aquello que ocurre en un seminario de psicosociología, sino que ha sucedido en la calle. Se ha dicho que todo el país —digamos, cuando menos, París— se había vuelto por entonces un inmenso «grupo de base». ¿Hay que extraer de allí la conclusión de que los psicosociólogos de grupos prepararon la crisis, o quizá proporcionaron el lenguaje y la ideología? No es cosa que se haya probado. Es cierto que en la experiencia de mayo y en textos surgidos de ella se descubren esquemas y lenguaje que llevan a recordar, no a laboratorios de la dinámica de grupos en estricto sentido, sino a la ideología que se había difundido en las experiencias pedagógicas de pequeños grupos. Pero cuando esto se destaca hay también que hacer observar, rápidamente, que esa liberación del habla social se produjo en la calle, sin preceptores, sin consignas que instituyesen la experiencia. Luego, si se hallan semejanzas, es porque las dos situaciones —el Seminario y la Revolución— tienen por rasgo común el hecho de desenvolverse en cierto espacio libre, a partir de un levantamiento de la represión. La diferencia consiste en que el levantamiento de la represión es mucho más limitado, mucho más ambiguo, en la práctica de seminarios. Si bien es cierto, como recientemente se ha hecho observar,' que el T. Group se ha visto influido 1. Bernard M. Bass, «The anarchist movement and the T-Group: some possible lessons for organizational developpment», /. Appl. Behav. Set., 1967, num. 2, págs. 211-227, citado por Robert Pages en «L'analyse psychosociologique et le mouvement de mai 68», Communications, 1969, num. 12, págs. 46-53. En el mismo artículo. R. Pages desarrolla un punto de vista cercano al nuestro: «. .sería ingenuo creer que la experiencia técnica psicosocial vivida en medio

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por ciertas corrientes del pensamiento anarquista, los animadores de T. Groups no son, generalmente, anarquistas. Algunas aspiraciones de tipo anarquista se abren paso a pesar de ellos dentro del espacio de relativa libertad implicado por la experiencia. Son aspiraciones que encuentran, pues, en el lenguaje contemporáneo determinadas formas de expresión que hallamos en un movimiento en el que los anarquistas militantes han desempeñado un importante papel, al difundir una ideología a través de una práctica. Pero hay que ir más lejos. Esa afirmación de un pensamiento anarquista transformado que se encuentra en experiencias al fin y al cabo tan diferentes como un T. Group y una crisis de tipo revolucionario es el producto mismo de la crisis. El T. Group instituye una situación microsocial en la que cierto número de estructuras quedan artificialmente abolidas; aquí aquello que ocurre se parece, en efecto, a un momento naciente de la historia. De ahí las semejanzas. La diferencia fundamental incumbe a la ausencia de preceptores en el «T. Group de la Revolución». El detonante no es ya el que los psicosociólogos denominan intervención; es la acción directa como práctica revolucionaria. Estas dos prácticas sociales —la práctica de equipos de psicosociólogos intervencionistas y la de movimientos revolucionarios— no son identificables. La acción de psicosociólogos no directivos mantienen una relación pedagógica que es una relación de poder. La acción revolucionaria apunta, en cambio, a la abolición de las diferencias, simplemente a abrir la brecha ^ que le permita a todo grupo conducirse solo y analizarse sin el apoyo de animaestudiantil desde hace algunos años haya podido desempeñar un papel propiamente causal. A lo sumo ha podido otorgar ciertas formas nuevas al actual movimiento». 2. Decíamos: «Los tipos que están en la manifestación son capaces de defenderse solos», y habíamos decidido que el 10 de mayo no habría servido de orden, a fin de que todos se metieran dentto. Dany se habla apostado con dos compañeros en la esquina del bulevar Saint-JMichel y el bulevar Saint-Germain, diciendo; «Corten las cadenas. Nada de cadenas laterales. Que la población pueda entrar en la multitud... Todo el mundo se vuelve su propio servicio de orden», etcétera. En «Mouvement du 22 mars», Ce n'est qu'n debut, continuoHs le combat, Maspéro, 1968, pág. 7.

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dores, que llevan a cabo, al mismo tiempo que el análisis, el «servicio de orden» en grupos de formación.

He aquí un libro ambiguo. La publicación de una obra en estas condiciones, todavía inciertas, se justifica esencialmente por su capacidad de provocación más aún que por su función de información. En términos más tranquilizadores, se ha de decir que un Ensayo de este tipo, de intención fundamentalmente crítica, se justifica esencialmente en la medida en que puede provocar cambios. El porvenir dirá si es esta una función que todavía hoy se le asigna, o si debemos considerar este libro y, sobre todo, aquello que trata como la expresión de una etapa ya superada en la historia de una crisis cuyos primeros comienzos apenas conocemos. Georges Lapassade. Enero de 1970.

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INTRODUCCIÓN

La experiencia inmediata de la vida social se sitúa siempre en grupos: la familia, el aula, los amigos. En el caso del trabajo, el horizonte inmediato de la experiencia lo constituye siempre grupos: es el equipo en la empresa, y el grupo sindical. Pero ya en estas organizaciones aparece, presto, un elemento nuevo; se aprehende al grupo en un sistema institucional: la organización de la Empresa, de la Universidad. En este nivel, la posibilidad de una acción directa sobre las decisiones se aleja; de pronto tengo la sensación de una impotencia, y me parece que las decisiones se toman a menudo en otra parte, sin que se me consulte. La experiencia —primero vivida y luego reflexionada— de esta contradicción les ha planteado a los hombres, hace ya mucho, un problema que la historia no ha podido resolver. No bien una sociedad se organiza —y necesariamente debe organizarse—, los hombres dejan de participar en decisiones esenciales y descubren que están separados de los diferentes sistemas de poder. Esta separación es, como dice Marx, el modo fundamental de la existencia en la «sociedad burguesa». Penetra en todas las esferas de la existencia y hasta en la existencia privada. Los pequeños grupos de la vida diaria se hallan sobredeterminados por la organización de la separación, que alcanza su más alto grado en la moderna sociedad burocrática. Ello ha entrañado reacciones. Primeramente fueron de tipo político; en el siglo pasado algunos pensadores se sublevan 39

contra el orden establecido y anuncian tiempos en los que los hombres al fin podrán organizarse en grupos libres, con que liberarán la espontaneidad creadora de conjuntos sociales. Después, a comienzos del presente siglo, el proyecto se encamina por vías que parecen más científicas, pero que están siempre suscitadas por el progreso de la separación en la nueva sociedad. Los psicosociólogos de grupos y sociólogos de la organización y la burocracia elaboran conceptos y técnicas que tienden, por caminos diversos, pero convergentes, a tratar las disfunciones de la sociedad industrial en el nivel concreto y cotidiano de la existencia en común. Con todo, si miramos más de cerca, descubrimos que esos nuevos caminos y vías tienen por resultado real, no el abolir la separación, sino sencillamente el acomodarla, hacerla más soportable. Las nuevas técnicas de la buena comunicación, de la cooperación, del mando denominado «democrático» facilitan la adaptación de las burocracias modernas a los cambios técnicos y sociales. Inauguran la entrada en un nuevo orden neoburocrático, aun cuando parezcan apuntar más lejos, en dirección de una nueva sociedad controlada por todos sus miembros, que vendría a ser una sociedad de autogestión. Este reformismo burocrático se pone particularmente de relieve en la incapacidad de los psicólogos del grupo para manejar, así en la práctica como en la teoría, el nivel institucional dentro de los grupos. Es un problema que, aun siendo esencial, no ha sido explícitamente encarado. Todo ocurre como si el psicosociólogo fuera, sin desearlo expresamente, el agente de la modernización que le abre camino a una nueva burocracia. No será el psicosociólogo el único que ejerza esa función. Ideólogos, jóvenes dirigentes sindicalistas y cuadros jóvenes de empresas cumplen el mismo trabajo. La «nueva clase obrera» prepara dirigentes para la sociedad neoburocrática y supuestamente «autoadmínistrada» del porvenir, El sistema de la verdadera autogestión es muy diferente. Debería poner fin a la separación entre dirigentes y ejecutantes, entre gobernantes y gobernados. ¿Pero quién admite hoy la validez de este programa? Nos 40

hemos acostumbrado desde la infancia a considerar estas relaciones como datos naturales y eternos de la existencia social. El papel de la escuela resulta esencial para preparar al hombre a aceptar la organización de la separación. Se comprende, así que haya que cambiar la escuela si se desea verdaderamente cambiar la sociedad. La transformación de la escuela no es suficiente, claro está. Pero nada, en cambio, puede cambiar si los hombres no aprenden desde la infancia a construir instituciones y a administrarlas. Este es el origen de aquello que yo llamo autogestión pedagógica, que apunta a modificar actitudes y comportamientos. Si el día de mañana se establecen nuevas estructuras que apunten a permitir por fin la participación de todos en las decisiones, es decir, la autogestión social, de nada ha de servir si los hombres no han aprendido ya a vivir en la nueva sociedad y a construirla de manera permanente, a no fijar jamás el movimiento histórico en instituciones inmutables y separadas del acto instituyente. Así, la oposición histórica entre el «grupo en fusión»,v como dice Sartre, y las Instituciones llegaría a su fin en un mundo en el que los hombres estarían preparados para rechazar la propiedad privada de la organización, que es el signo distintivo de nuestra vida social y su fundamento último. Sidi Bou Said Julio de 1966

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CAPITULO I LAS FASES A, B y C

El descubrimiento de los problemas de grupos, organiza(iones e instituciones, las funciones de psicosociólogos y organizadores consejos en empresas, y la definición de empresas i'omo organizaciones y no ya tan sólo como instituciones económicas: tal el movimiento que comienza, a nuestro parecer, a principios del siglo xx. En rigor, tiene sus precursores y se modifica con la historia. Preciso es situar la «era de los organizadores» y el «capitalismo de organización» dentro del conjunto lie un movimiento histórico.

I.A FASE A En el curso de una primera fase —^la fase A, para retomar el modelo de Touraine—, que es la de la sociedad industrial y capitalista en el siglo xix, las organizaciones de trabajadores se basan en oficios, y ello a pesar del gran desarrollo del trabajo parcelario. Obreros profesionales, polivalentes, organizan sindicatos y desarrollan reivindicaciones de gestión directa («la mina para los mineros»). La ideología anarco-sindicalista es liostil a la acción en el nivel «político», parlamentario. En esas organizaciones no se plantea el problema de la burocracia. Pero (I proletariado del siglo xix no se halla representado, en su conjunto, por organizaciones de masas. 43

En ese momento se elaboran las primeras doctrinas socio lógicas y políticas de la nueva sociedad. Hay que recordar en este punto las grandes corrientes que siguen dominando nuestro pensamiento y que aún hoy constituyen el marco de nuestra acción y de nuestra reflexión. En Fourier es dable ver al verdadero precursor de la psicosociología de los pequeños grupos y hasta de las técnicas de grupo. Esa es, al menos, la tesis que Robert Pages ha establecido a partir de un análisis riguroso del movimiento furierista considerado como portador de un proyecto de experimentación social y político en el nivel en que es actualmente posible una experimentación de ese tipo, o .sea, en el nivel de los pequeños grupos y de las microorganizaciones sociales, ya que para Fourier el grupo liega hasta la dimensión de una empresa. Fourier es profundamente directivo. Propone el plan riguroso y sistemático de una sociedad socialista en el que nada se deja a la improvisación, en cuanto al sistema. Los grupos básicos (de formación, de producción) se integran rigurosamente en un sistema institucional, que asegura su coordinación y sus intercambios. Antes de Lewin y la dinámica de grupo, antes de los cibernéticos sociales, Fourier quiso hacerse el Newton de una sociedad de pequeños grupos, analizar el orden o, mejor dicho, el desorden de la naciente sociedad industrial con referencia a un posible sistema de «armonía» organizado científicamente a partir de las pasiones del hombre y, de un modo más general, de su psicología. Este sistema social de compleja interacción es una interpsicología que da su lugar a las necesidades, es una interpsicología no represiva, no obstante la subordinación del sistema a los planes establecidos por Charles Fourier. Es, desde luego, la ambición «sociocrática», como habrá de decir Auguste Comte, el Human Engeneering, el psicosociólogo- rey. Acíaradc) ío anterior, añadamos que Ja obra ¿e Fourier está plena de anticipaciones de aquello que un siglo después propondrá la psicología de grupos. Muestra, por ejemplo, que los cambios pedagógicos y políticos son necesariamente solidarios; la organización colectiva y colectivista de la sociedad es lo que 44

habrá de permitir una pedagogía de grupo, y «dentro de los grupos los mayores influyen sobre los más jóvenes y se encaminan respectivamente a las funciones útiles, como consecuencia del impulso que imprimen las tribus superiores, las de los querubines y los serafines, que ya forman parte de la armonía activa».

Proudhon criticó severamente la «utopía» furierista. Escribió: «En mi opinión, una idea desventurada de la escuela falansteriana consistió en haber creído que arrastraría al mundo con tan sólo permitírsele plantar su tienda y construir un primer falansterio modelo. Se suponía que un primer ensayo, más o menos exitoso, acarrearía un segundo, y luego, paulatinamente, las poblaciones formarían un alud con las 37.000 comunas de Francia y un buen día se encontrarían metamorfoseadas en grupos de armonía y falansterios. En política y economía social, la epigénesis, como dicen los fisiólogos, es un principio radicalmente falso. Para cambiar la constitución de un pueblo hay que actuar a la vez sobre el conjunto y sobre cada parte del cuerpo p>olítico; nunca podríamos recordarlo demasiado». Es una crítica que se anticipa a las que formulan hoy cierlos sociólogos a los psicosociólogos: se «denuncia» el error de una «revolución» por los grupos, la revolución sociométrica de Moreno, el «seminario» lewiniano, y ello en nombre del hecho previo necesario, que es el cambio social en su conjunto. Pero cuando Proudhon reclama «una soberanía efectiva de las masas trabajadoras, reinantes, gobernantes», da con los sistemas de los grupos y cae a su vez bajo los golpes de las críticas irónicas de Marx. Según el sociólogo Georges Gurvitch, l'roudhon anuncia mejor que Marx la autogestión social; por tanto, el sistema generalizado y descentralizado de grupos. Pero para Marx todo esto sólo representa en el caso de Proudhon un andamiaje meramente abstracto y carente de fundamento. \i\ pensamiento de los grupos es la «miseria de la filosofía»: «...así como del movimiento dialéctico de las categorías sim45

pies nace el grupo, así también del movimiento dialéctico de grupos nace la serie, y del movimiento dialéctico de las series nace el sistema íntegro. ... No se espante el lector ante esta metafísica con todo su andamiaje de categorías, grupos, series y sistemas». Con Saint-Simon comienza una corriente tecnocrática. Para él hemos entrado, después del siglo de las revoluciones, en el siglo de la organización. Los problemas actuales de la organización hallan aquí su fuente; Saint-Simon anuncia el reemplazo de los «políticos» por los «administradores». En 1819 empieza a publicar un «periódico», L'Organisateur, que es el antepasado de las revistas modernas dedicadas a la gestión de las empresas. Auguste Comte prolonga en seguida esta doctrina cuando define el papel de los «sociócratas», quc, sobre la base de la naciente sociología, podrán ayudar a los gerentes de la sociedad industrial en la regulación de ésta. Todo un aspecto de la sociología y de la psicosociología «intervencionista» se halla directamente vinculado a estas doctrinas de la tecnocracia y la «sociocracia». Comte asigna a los sociócratas la misión de transformar los clubes revolucionarios en lugares donde se analicen y traten los conflictos de la sociedad industrial, donde el proletariado aprenda a participar, a ocupar su sitio en la vida de la nueva sociedad. Comte advierte en las doctrinas socialistas de su tiempo cierta verdad: muestran a su manera que la humanidad, llegada al fin a su estado adulto, entrada en la edad positiva, va muy pronto a conocer «la universal cooperación». Toma nota de una «orientación espontánea» del proletariado hacia la sociabilidad efectiva, que se pone de manifiesto, especialmente, en «el memorable apresuramiento de nuestra población en formar por todas partes clubes sin ningún estímulo especial y pese a la ausencia de todo verdadero entusiasmo». Tales soa los clubes revolucionarios y, más cerca de nosotros, las asociaciones obreras. Pero en la era positiva esos clubes deberán perder su función negativa y crítica, para integrarse al nuevo orden espiritual; «...entonces proporcionarán el principal punto de apoyo 46

de la reorganización espiritual... En el fondo, el club está sobre todo destinado a reemplazar provisionalmente a la iglesia, o, mejor dicho, a preparar el nuevo templo». A tales clubes, «templos del futuro», se oponen las doctrinas socialistas desarrolladas por todos los «perturbadores occidentales». El positivismo adopta, pues, la misión de reemplazar la agitación por la cooperación, y la política revolucionaria por la nueva religión, cuyos sacerdotes han de ser los sociólogos o, como con tanta exactitud dice Auguste Comte, los sociócratas. Su papel consistirá, pues, en educar al proletariado dentro de los pequeños grupos que éste organiza espontáneamente y en destruir, al mismo tiempo, las peligrosas utopías sociales que consisten en «recurrir a los medios políticos allí donde deben prevalecer los medios morales». Pero lo temible de esas utopías es, sobre todo, su hostilidad para con la organización jerarquizada de la producción y de la sociedad: «...esta utopía no se opone menos a las leyes sociológicas, por el hecho de desconocer las constituciones naturales de la industria moderna, de las que querría descartar a jefes indispensables. Sin oficiales no hay más ejército que sin soldados; esta noción elemental conviene tanto al orden industrial como al orden militar... Ninguna gran operación sería posible si cada ejecuante debiera ser también administrador, o si la dirección estuviese vagamente confiada a una comunidad inerte e irresponsable», escribe Comte en su Discurso sobre el conjunto del positivismo.

Marx piensa, por el contrario, que el problema no consiste en organizar la sociedad capitalista, sino en trabajar en pro de su desaparición. Para él, el análisis social no tiene la finalidad de dar fundamento a una acción «sociocrática», sino que debe servir al proletariado en su lucha por destruir la sociedad clasista y poner fin a la acción política. Los clubes deben transformarse, no en «seminarios» de educación, sino en partidos del proletariado, en partidos que puedan escoger el atajo 47

de la lucha política para tomar el poder, para poner fin a la separación entre poder y sociedad. Marx vio la importancia de la palabra social y de la discusión de grupo: «En cuanto a la victoria final de las proposiciones enunciadas en el Manifiesto, Marx la esperaba únicamente del desarrollo intelectual de la clase obrera, tal cual debía necesariamente resultar éste de la acción común y de la discusión» (Engels, último prólogo al Manifiesto comunista). Hoy tenemos que comprender la importancia que Marx y Engels asignaron a la discusión, la autoformación del proletariado, la conciencia social y la crítica de las ideologías. Pero en la obra de Marx no hay, ni puede haberlo —dados los fundamentos de sus análisis—, lugar para una teoría positiva de grupos y organizaciones. El autor del Manifiesto y de El capital muestra, por el contrario, que la sociedad industrial y el reinado de la burguesía disuelven las relaciones humanas en todas las esferas de la vida social. Sin embargo, debido a esta necesaria disolución, en la existencia social se cumple un trabajo dialéctico. Así, el estallido mismo del grupo familiar prepara una forma nueva, futura, de las formas destrozadas: «...tanto en la histo-ia como en la naturaleza, la podredumbre es el laboratorio de la vida». Los grupos de trabajo de los viejos oficios también han estallado. la «cooperación» —título de un capítulo de El capital— en las empresas modernas implica sólo una «solidaridad» completamente mecánica y de yuxtaposición; es el trabajo desmigajado, en el que cada cual efectúa únicamente una parte muy especializada en la preparación de los objetos fabricados; los «grupos» no son más que los productos de la división del trabajo y de la concentración industrial de los obreros en fábricas-cuarteles. Pero la Comuna de París ya anuncia, según Marx, el self government de los trabajadores, la autogestión obrera como base del futuro sistema social. La revolución social ha de restablecer, en un nivel superior, la verdadera cooperación. El hecho previo es, necesariamente, el trastorno absoluto del sistema, el cambio radical en la organización capitalista de la producción. Los textos más adelantados de los teóricos marxistas de48

sarrollan aquello que en la obra de Marx se encuentra apenas esbozado. Lenin, por ejemplo, describe una sociedad futura de participación integral de todos y de cada uno en las decisiones: «...la cocinera debe poder gobernar el Estado». Pero en la práctica conserva el modelo autoritario en la organización de la producción, en las relaciones de producción, contra la oposición obrera que desde 1921 reclama la autogestión obrera. Y Trotsky se une a Lenin en este punto, pese a su capacidad de análisis microsocial, que podemos ver, especialmente, en Nuevo curso, donde se desarrolla anticipadamente una verdadera sociometría política de las relaciones dinámicas dentro del Partido y el Estado entre la burocracia y los grupos fracciónales. Sigue en pie la circunstancia de que para Marx y los marxistas la sociedad de grupos se ve rechazada a un lejano porvenir. Nacerá de la decadencia del Estado; por tanto, de la burocracia. Supone una sociedad sin clases.

LA FASE B En la fase B, a partir de principios de nuestro siglo, las grandes empresas industriales se burocratizan; las teorías clásicas de la organización (Taylor, Eayol, etc.) expresan y justifican la burocratización. El acto mismo del trabajo, de la producción, es «burocratizado» por el taylorismo, y al movimiento de los ademanes productores se calcula, se mide, se decide en otra parte, en oficinas de estudios. Se impulsa la alienación hasta sus límites extremos. La separación está en todas partes. Las organizaciones de trabajadores son la imagen contraria y complementaria de las burocracias de producción. El obrero parcelario —remate de un proceso que comenzó en la manufactura, y no ayer— delega todos sus poderes de defensa, representación y palabra en «voceros», en organizaciones que poseen sus agentes permanentes, sus burocracias. Las decisiones de lucha se toman en aparatos que escapan al control de quienes los han elegido. En 1912, R. Michels describe la «ley de bronce» de esas oligarquías, y poco después, en 1917, la discusión se amplía dentro del movimiento marxista. El pro49

blema de la burocracia pasa a ser un problema fundamental de la organización del poder. Por la misma época, esto es, a partir de 1924, otro movimiento interno de las ciencias sociales alza su crítica de las burocracias industriales y busca métodos de tratamiento. El nacimiento de la sociología industrial puede definirse, de acuerdo con la expresión de B. Mottez, como un manifiesto antiburocrático. La misma observación sigue siendo válida para describir y explicar el nacimiento de la psicosociología en la industria a partir de los problemas de la fase B. En 1924, la dirección de la Western Electric Company llama en consulta a Elton Mayo. Se desea examinar ciertos problemas atinentes a factores del rendimiento en la producción. En el curso de un primer período. Mayo observa a un equipo de obreras sacadas de su taller y que trabajan en una habitación especialmente elegida. Un observador-asistente va a seguir el comportamiento diario de las obreras durante dos años; a partir de esos resultados se intentará deslindar qué factores influyen sobre el trabajo de las mismas en el sentido de un mejoramiento del rendimiento. Se modifican determinadas condiciones materiales del trabajo, y el rendimiento aumenta; luego se aumentan los salarios, y el rendimiento sigue aumentando. Un resultado análogo se obtiene con la disminución del número de horas de traba/o, o concediendo la «pausacafé», en el curso de la cual se les sirve té. Son todas mejoras que parecen favorables. Después se vuelve a las condiciones iniciales, pero se observa, pese a todo, que el rendimiento ha mejorado con respecto a lo que era antes de la intervención. Entonces se vuelve necesario esclarecer un factor de rendimiento que no había sido hasta ese momento considerado. Es el grupo. Las obreras mantienen entre ellas buenas relaciones interpersonales, relaciones que facilitan su trabajo. Y esas relaciones «informales», que persisten incluso a través de ciertos cambios en la organización formal, oficial, del trabajo, desempeñan un papel positivo. Se procede, pues, a una segunda experiencia dentro de la misma empresa. En un taller trabajan nueve montadores, tres soldadores y dos verificadores. El trabajo de los soldadores se 50

halla técnicamente subordinado (se trata de una división técnica del trabajo) al de los montadores: deben aguardar a que éstos preparen los bloques para soldar los hilos, y sólo entonces intervendrán, por fin, los verificadores. Nuevos obreros obtienen progresivamente una promoción de su competencia técnica, y el salario se vincula a la producción colectiva. La observación permitió sacar a luz la existencia en cada equipo de un código implícito de existencia en común: ningún obrero procuró llevar individualmente al máximo sus ganancias. Por otra parte, el equipo funcionó como si se hubiera propuesto no superar determinadas normas. Había cierta actualizada solidaridad obrera dentro de una autorregulación del equipo, un sistema «informal» al que era necesario tener en cuenta para comprender correctamente los mecanismos de la producción. Un análisis sociométrico más fino ha permitido deslindar otros elementos: la existencia de subgrupos diferenciados en su comportamiento, fenómenos de ayuda mutua en el trabajo con algunos intercambios de puestos; en una palabra, la vida social del equipo, con sus juegos, sus comportamientos en la producción, sus relaciones, sus conflictos internos, su sistema de roles: tal lo que se ha podido analizar, y la experiencia coincide, así, con el nacimiento de una psicosociología industrial centrada en el análisis de grupos de trabajo. Consiguientemente, el problema de las relaciones humanas dentro de la empresa se ha planteado con toda claridad. El movimiento de las human relations encuentra aquí su fuente. Primero va a dar con la corriente sociométrica y en seguida con otro movimiento, surgido del laboratorio y la investigación: la dinámica de grupo. Ya podemos destacar, con Alain Touraine, que la psicosociología industrial define desde su nacimiento a la empresa como una organización, es decir, como un sistema de redes, estatutos y roles. Ello es a la vez un progreso y un peligro: se corre el riesgo de encerrar en sí mismo al grupo-empresa, sin ver que se halla situado dentro de un sistema social. Tanto el progreso como el peligro se van a precisar con el desarrollo de la sociometría. A fines de la primera guerra mundial, J. L. Moreno, un .•51

psiquiatra de origen rumano, organiza en Viena una escuela de arte dramático inspirada de modo especial en investigaciones de Stanislavsky. Pronto se vuelve una escuela de improvisación que escoge algunos de sus temas y tramas en la más cotidiana actualidad: política, hechos diversos, etc. Un día. Moreno le propone a una alumna suya, llamada Bárbara, abandonar sus papeles habituales de ingenua y asumir el de una vulgar prostituta agresiva e involucrada en un hecho distinto. El compañero de la actriz comprueba entonces una mejoría en el comportamiento privado de ésta; Moreno lo atribuye al cambio de papel. El hecho de desempeñar el nuevo papel tuvo consecuencias terapéuticas, o, como todavía dice Moreno, catárticas. Es un término tomado de la teoría aristotélica del teatro; sin embargo, mientras el filósofo griego asignaba al teatro esa función catártica para con el público. Moreno descubre que la catarsis puede ejercerse sobre los propios actores. De ese modo se efectuó el paso del «teatro de la espontaneidad» al psicodrama, del arte dramático a la psicoterapia. Pero a través de ese progreso se mantiene el tema de la espontaneidad. Moreno asigna al psicodrama la misión de restaurar la espontaneidad perdida en nuestra civilización. Espontaneidad de los orígenes, y de la infancia: en la escena psicodramática, los encargados del drama recuperan un estado de gracia análogo al del nacimiento, tal cual lo comprende Moreno: nacimiento de un ser inacabado y creativo, creativo en razón misma de ese inacabamiento. El psicodrama es regreso a la infancia, a su genio; es descosificación de los papeles sociales petrificados, recuperado impulso creador, con la capacidad de inventar incesantemente soluciones adecuadas a las dificultades de la vida diaria. Al comenzar la sesión, vemos al grupo, a los «clientes», al psicodramaturgo y ayudantes y a veces a un público que también interviene. El primer momento es el de una «fusión» en el grupo, de la creación de un clima, del worming up. Es el necesario desencadenamiento, que habrá de posibilitar la búsqueda progresiva de un tema merced al cual todos se sentirán incumbidos. En seguida, sobre la base de ese tema se elabora la trama, que servirá a la improvisación dramática, momento 52

culminante de la sesión seguido, en fin, de una evaluación por el psicodramaturgo, o juntamente con él, de aquello que se ha manifestado. Tal es la curva ideal de una sesión tomada de un «psicodrama», ya que será conveniente llamar psicodrama al conjunto de sesiones que constituyen el tratamiento de un caso, como por ejemplo la disolución de una pareja, de la misma manera que un «psicoanálisis» .es el conjunto de sesiones que constituyen un tratamiento, una «cura» psicoanalítica. Un conjunto de sesiones, por lo tanto, y, en el curso de ciertas sesiones, una improvisación hablada y actuada: el pricodrama no se limita, como vemos, a juegos de roles, a «sketches» de intención terapéutica. Es una cosa muy distinta; especialmente, constituye una técnica de grupo. Funciona como una psicoterapia de grupo, y por eso Moreno reivindica para sí, igualmente, el título de fundador de las terapéuticas de grupo. Es, en fin, el fundador de la sociometría. Emigrado a los Estados Unidos, Moreno va a encarar en otro plano, más genera!, el problema de grupos. En los jardines de Viena había observado a grupos de niños, y el psicodrama ya orientaba su reflexión hacia las dificultades de las relaciones sociales. Preocupado por un campo de personas desplazadas, comprobaba que éstas se adaptaban con mayor facilidad a la situación cuando se las autorizaba a reunirse según su elección; una observación de este tipo se encuentra, sistematizada, en el «test» de las «elecciones sociométricas», que consiste en interrogar a los miembros de grupo o de organización sobre los compañeros que les agradaría escoger para realizar determinadas tareas o para entretenerse. A partir de los resultados así obtenidos, se puede proceder a un análisis del grupo, descubrir los líderes, situar los rechazos, los subgrupos y las redes. El sociograma es la representación gráfica de esa organización interna del grupo. Es necesario distinguirlo del organigrama, que es la representación gráfica de una estructura oficial: jerarquía de personas y grupos en una fábrica, una escuela, un hospital. La exploración sociométrica revela otras jerarquías y otros sistemas de poder y dependencia. Es raro que sociograma y organigrama coincidan: semejante coincidencia, de ser general, significaría que se acepta íntegramente al sistema social, 53

que todos los miembros del grupo lo han elegido. Moreno ha visto bien, por lo demás, la's implicaciones sociales y políticas de sus investigaciones; su «revolución sociométrica» no es sólo la expresión de un privilegio concedido a los pequeños grupos dentro de un programa de cambio social; además expresa la idea de una revolución permanente en el interior mismo de la revolución social, y la exigencia de no dejar que las sociedades nuevas se burocraticen, abandonen el impulso que produce los cambios decisivos, echen abajo las viejas estructuras y encuentren durante cierto tiempo la espontaneidad creadora de grupos sociales «en fusión». La sociometría se presenta, pues, como una técnica del cambio social. La base es psicológica o, con mayor precisión, interpsicológica: el test sociométrico saca a luz simpatías y antipatías, las estructuras aceptadas y las estructuras rechazadas. Pero al mismo tiempo revela ese complejo sistema de «redes informales» que son fundamentos psicosociológicos reales de un grupo o de un sistema de grupos. Moreno posee el sentido de la dimensión institucional dentro de los grupos; su intervención, justamente célebre, en una entidad de delincuentes jóvenes, descrita en Los fundamentos de la sociometría, muestra con claridad que decide intervenir y situar las redes y los pequeños grupos, modificándolos, en el nivel total de la comunidad, o sea, del sistema institucional, con la distribución social de funciones y todo cuanto hace la institución interna. La intervención sociométrica en grupos e instituciones se halla, luego, animada por una preocupación análoga a la del psicodrama; siempre se trata de liberar la espontaneidad y la creatividad, la capacidad de inventar una historia personal o una historia colectiva. Se trata, por lo tanto, de conocer los grupos, no con un propósito exclusivo de búsqueda, sino, por el contrario, para facilitar los cambios.

El término «dinámica de grupo» aparece por primera vez en un artículo publicado por Kurt Lewin en 1944. Es un 54

texto que precisa al mismo tiempo el vínculo entre práctica y teoría: «En el terreno de la dinámica de grupo, más que en cualquier otro terreno psicológico, teoría y práctica se encuentran vinculadas metódicamente de una manera que, si se la sigue con corrección, puede responder a problemas teóricos y al mismo tiempo fortalecer el enfoque racional de nuestros problemas sociales prácticos, que es una de las exigencias fundamentales de su resolución».' Al año siguiente (1945), Lewin crea el Research Center of Group Dynamics,^ primero dentro del marco del M.i.T. de la Universidad de Cambridge, para adscribirlo luego, en 1948, r la Universidad de Michigan. Sin embargo, la obra científica de Lewin comenzó en Alemania, con trabajos de psicología individual que se deben conocer si se desea comprender el origen y el contenido de conceptos que fundamentan la dinámica de grupo. Podernos distinguir, de acuerdo con Claude Faucheux,^ tres momentos en la carrera de Lewin. Dentro de esta biografía intelectual, el primer período culmina en 1930. Lewin se interesa entonces en asuntos clásicos en psicología experimental: estudio de la voluntad, de las percepciones, del movimiento, etc., y los aborda continuando una importante corriente de la psicología de laboratorio. La psicología experimental pasó por dos fases. Hacia 1890, los psicofísicos alemanes modificaron el método de la psicología sin cambiar su objeto: en lugar de tomar la introspección como vía de acercamiento a la realidad psicológica, el investigador se dirige a los instrumentos de laboratorio. Pero conserva, como objeto de investigación, viejas categorías heredadas de la filosofía escolástica: la voluntad, la inteligencia, la asociación de ideas. En el curso de este período, los teólogos vistieron blusas blancas, como decía Georges Politzer, y ocultaron a Santo Tomás en cilindros registradores. Por la misma época, no obs1. Kurt Lewin, «Constructs in psychology and psychological ecology», Univ. Iowa, St-Child Welf., 1944. 2. D. Cartwright, «The research Center for Group Dynamics», Ann. Arbor. 3. Claude Fauchex, «Introduction á K. Lewin», Psychilogie dynamique, P.U.F., Paris, 1959.

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tante, Freud da fundamento, mediante la práctica psicoanaJítica, a una psicología del «drama humano» mucho más concreta y que además cambia no sólo el método de la psicología, sino también su objeto mismo. El objeto del psicólogo es el individuo existente —o la persona humana— en su historia y su vida de todos los días. Esta nueva orientación va asimismo a ejercer acción sobre el pensamiento y los trabajos de los psicólogos experimentalistas. En el curso de un segundo período, a partir de 1930, Lewin se interesa igualmente en la psicología individual, pero esta vez con una visión diferente. El nuevo objeto de su investigación es la psicología topológica: se esfuerza en construir con este nombre una representación espacial de las situaciones psicológicas y de su medio circundante, en el cual se sitúan regiones. De este modo nos vemos llevados a definir un campo psicológico formado por la persona y el medio circundante. Esta teoría del campo, inspirada en la física (particularmente en el electromagnetismo), sería trasladada luego al estudio de grupos. También se trasladará a otro concepto: el de dinámica psicológica, elaborado ante todo en el nivel de la personalidad y bajo la influencia, en especial, de Freud. El tercer período de la carrera científica que nos ocupa es también un período de investigación experimental. Comienza en 1938, con la hoy célebre experiencia de Lewin y de sus dos colaboradores, Lippitt y White, sobre los «climas sociales».* Todos conocemos hoy esta experiencia, que ha llegado a ser célebre y que muestra claramente el primer paso experimental en este terreno. Pero tenemos que recordar que la carrera de Kurt Lewin conoció hasta 1947 un cuarto y último período, prematuramente interrumpido por su muerte, en el momento mismo en que Lewin, tras haber estudiado el campo psicológico {del individuo) y luego el campo de grupo, encaraba en su teoría y su práctica los problemas del campo social. Hay excesiva tendencia a ver en Lewin, al fundador de una dinámica 4. K. Lewin, R. Lippitt y K. White, «'Patterns' de conduites agressives dans des climats sociaux artificiellement críes» (1939), trad. frac, en: Lewin, Psychologic dynamiquc, ed. cit.

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de grupo que parece reducirse a la ciencia experimental de pequeños grupos. Es un error. Basta leer lo que escribió Lewin en 1943, en momentos de trabajar en el cambio de las costumbres alimentarias, para darse cuenta de que quería cada vez más fundar una ciencia del campo social en la que la intervención del psicosociólogo en situaciones sociales reales ocupe el lugar de la experimentación en laboratorio. Por otra parte, la actividad que aplica hacia el ocaso de su vida en la elaboración de los métodos de formación (que habrían de desarrollarse a partir del centro de formación de Bethel) da asimismo testimonio de una nueva orientación, en la que el dinamista de grupo elabora el conocimiento a partir de una práctica social. El último aporte científico y teórico de Lewin es, pues, la doctrina espistemológica de la action research —investigación activa, o, mejor, investigación comprometida—; por último, el artículo inconcluso que se publicó en 1947, considerado como su testamento científico,' se centra en el proyecto de integración de las ciencias sociales. ¿De qué modo explicar este compromiso de la ciencia? La solicitud dirigida a psicosociólogos por organizaciones industriales y luego por el conjunto de la Sociedad se explica para nosotros, antes que nada, por dificultades de mando, comunicación y funcionamiento que sociólogos como Merton, Selznick y Gouldner definen, con posterioriad a Max Weber, en términos de burocratización. Max Weber había mostrado que la burocracia era la racionalidad en la organización de la empresa. Ahora se viene a descubrir que esa racionalidad es irracional, que la función implica disfunciones. Y al mismo tiempo se advierte que, junto al nivel «formal», oficial, burocrático, existe otro nivel, el de las redes informales, de grupos, de fracciones. La tarea del psicosociólogo consistirá en encontrar el vínculo entre lo formal y lo informal, entre la organización y la motivación; consistirá, por tanto, en «desburocratizar la organización», o, para ser más exactos, en modernizar la burocracia 5. Kurt Lewin, «Frontiéres dans la dynamique de groupe», Psychohgie dynamique, ed. cit.

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mediante una terapéutica de la rigidez burocrática, de la impo sibilidad de comunicarse efectivamente: consistirá en practicar el trabajo en común. Así, el psicosociólogo experto aparece como uno de los agentes de modernización de la burocracia: el agente que, con su trabajo, facilita el paso histórico de la fase B a una face C. Vemos en qué medida este análisis nos separa de las críticas políticas de la psicosociología que aún hoy tienen curso. Hacia 1948, algunos ideólogos «marxistas» han desatado la ofensiva a la vez contra el psicoanálisis y la psicosociología de las relaciones humanas, sin distinguirlas siempre correctamente, pero deformando lo esencial de su acción. Se presentaba al psicosociólogo como el instrumento dócil de la patronal y hasta como un policía de nuevo cuño, encargado de hacer hablar a los obreros dentro de la empresa, para luego informar a la dirección. Se dijo, igualmente, que el psicosociólogo tenía la misión de reemplazar la «desgracia colectiva», política, por una «desgracia privada» y afectiva, de romper la lucha de clases dentro de la empresa, estableciendo buenas relaciones, un buen diálogo entre dirigentes y dirigidos. Al psicosociólogo se lo definía, pues, en términos políticos. Y se lo denunciaba. Se olvidaba que también era aquel gracias al cual salía a la luz y se actualizaba la lucha informal y permanente en ia empresa: perfectamente se puede sostener que ios psicosociólogos han profundizado los análisis de Marx e impulsado el conocimiento de las relaciones de producción en la empresa; * el carácter «reformista» de su acción y el valor revolucionario de sus descubrimientos son ciertos por igual.

LA FASE C El paso histórico a la fase C tiene bases tecnológicas; se ve llevado en su movimiento tanto por la modernización de las técnicas, el desarrollo de la automatización y las transforma6. A menudo se ha desarrollado esta tesis en la revista Socialisme ou Barbarie; véase, por ejemplo, XXVII, pág. 31.

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clones de las industrias modernas (electrónica, petroquímica, etc.) como por modernas formas de gestión (bancos, etc.). Es un movimiento a su vez coordinado con las transformaciones económicas de la sociedad neocapitalista, con variaciones en la composición del capital. Acarrea la aparición de una «nueva clase obrera» que modifica la doctrina y Ja estrategia sindicales.' Inspira el pensamiento de los nuevos planificadores. La burocracia gestora de la fase C pierde su rigidez y es capaz de integrar a los descarriados, de practicar la dinámica de grupo y la democracia interna, de administrar el cambio y de buscar la participación; pero esto no es democracia directa, autogestión verdaderamente colectiva. En cambio, en eso estriba quizá nuestro futuro próximo. La burocracia tradicional ha suscitado sublevaciones y oposiciones violentas en grupos sociales por ella dominados; así fueron apareciendo, por ejemplo, grupos informales en empresas, y grupos fracciónales en partidos y sindicatos. Pero en los sindicatos de nuevo estilo la existencia de fracciones opositoras tiende a desaparecer. Sigue sí en pie los conflictos por el poder y por la modernización dentro de las direcciones burocráticas. No se trata de conflictos entre «base» y «aparato», sino de contradicciones dentro del «aparato». En cuanto a la base, vemos que su voluntad de participación y gestión disminuye en la medida que también disminuye la compulsión, el autoritarismo. El experto en ciencias políticas puede descubrirlo en las sociedades burocráticas en la época de la «destalinización». Esto no significa, sin embargo, la desaparición de todos los problemas. La victoria sobre las enfermedades deja que aparezcan otras enfermedades «de la civilización». Una sociedad neoburocrática habrá de conocer alteraciones individuales y sociales; las sublevaciones de los jóvenes —los planificadores autores de «reflexiones para 1985» lo reconocen— podrán desarrollarse con otras formas y, al transformarse, agravarse. Pero la sublevación no se transforma necesariamente en adap7. Serge Mallet, La nouvelle classe ouvriére. Le Seuil, París, 1963.

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tación activa, en participación. Perfectamente puede ser la expresión de un nihilismo complementario, al parecer, de la modernidad. Y además preciso es seguir viendo que las contradicciones dentro de la burocracia continúan: el conflicto chinosoviético socava la base ideológica y la base política de la unificación burocrática. Al directivismo burocrático se puede oponer, en fin, el principio de la no directividad, profundamente vinculado al proyecto de la autogestión social. * * El psicoterapeuta norteamericano Cari Rogers ha introducido en psicología, como se sabe, el concepto de no directividad. En una reciente publicación * encontramos una generalización del principio de la no directividad, que ya se había hecho presente, con otros nombres, en épocas más lejanas de nuestra historia cultural. Como en el caso de Sócrates, como en el de Rousseau, el punto de partida de la reflexión de Rogers, en educación al menos, es, con absoluta evidencia, una decepción y una autocrítica. Con toda claridad lo dice en la conferencia denominada «de Harvard», publicada en 1961 y cuya difusión en Francia ha provocado no hace mucho algunas protestas (Education Nationale, 18 de octubre de 1962). Rogers bosqueja en ella una autobiografía profesional. «Voy a tratar de condensar lo que he extraído de mi experiencia de docente y de la práctica de la terapia individual y colectiva. No se trata de adelantar aquí conclusiones para personas distintas de mí, ni de proponer un modelo para aquello que haya o no haya que hacer. Son, sencillamente, intentos de explicación actual, en abril de 1961, 8. Cari Rogers, Le développemenl de la personne, Dunod, París, 1966. Véase igualmente al respecto: J. Nuttin, «La thérapeutique non directive», en Psychanalyse et conceptions spiritualistes de l'homme, Lovaina, 1950; G, Palmade, «Note sur l'interview non directif». Bull, Psycho., 8, 1954-55; Max Pages, «Psychothérapie non directive de Carl Rogers», Enciclopédie medícale, vol. «Psychiatrie», 3, 1955; C. Rogers y M. Kinget, Psychothérapie el relation! humaines, Nauwelaerts, Paris, 1962; J.-C. Filloux y C. Rogers, «Le non-directivisme et les relations humaines», Bull. Psycho., 16, págs. 6-7, 1963.

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de mi experiencia». Y sigue la exposición de tesis aparentemente paradójicas; citemos, entre las más características: «Mi experiencia me ha conducido a pensar que no puedo enseñar a algún otro a enseñar [... ] Me parece que todo cuanto se le puede enseñar a otra persona es relativamente poco empleado y tiene poca o ninguna influencia sobre su comportamiento [... ] He llegado a creer que los únicos conocimientos que pueden influir el comportamiento de un individuo son aquellos que él mismo descubre y de los que se apropia». Estos pasajes que acabamos de leer son, por cierto, el primer momento, el momento negativo y hasta destructor, del criterio de Rogers. La consecuencia que éste extrae de ellos carece de ambigüedad: «Mi oficio de docente ya no tiene para mí el menor interés». Ya estamos viendo que se trata de un elemento autobiográfico. Rogers «confiesa» su decepción, su escepticismo de profesor. Pero lo hace sólo para introducir, como vamos a ver, la'idea de que los verdaderos conocimientos no están en el exterior ni son transmisibles, sino que se hallan en cada uno de nosotros y en nuestra experiencia. Hemos reconocido la mayéutica de Sócrates y la educación negativa de Rous.seau. En el caso de Rogers, este pensamiento se hace explícito en una teoría de la experiencia formativa: «Los conocimientos descubiertos por el individuo, las verdades personalmente apropiadas y asimiladas en el curso de una experiencia no se pueden comunicar a otros de una manera directa [... ] Advierto que sólo me intereso en aprender [...] Encuentro satisfactorio aprender, ya sea en grupo, en relación individual, como ocurre en terapia, o a solas. He descubierto que la mejor manera de aprender, es para mí, aunque sea más difícil, abandonar siquiera provisionalmente mi actitud defensiva, para intentar comprender de qué modo otra persona concibe y siente su propia experiencia. Otra manera de aprender es, expresar mis incertidumbres, tratar de planificar mis problemas, a fin de comprender mejor la significación de mi experiencia». El último aserto citado, con el que da término a la conferencia, parece sacar a luz otro aspecto esencial del piensamiento no directivo: es un pensamiento del inacabamiento. Gjncluir es acabar un pensamiento, ponerle término a un pro61

ceso de desarrollo. Si Rogers puede declarar que las «conclu5Íones» transmitidas carecen de valor formativo, ello se debe a la circunstancia de que, al término de su meditación, advierte que el único conocimiento auténtico es conocimiento inacabado y conocimiento de lo inacabado. Tal es el destino de las ciencias en nuestros días: todo teórico de las ciencias, al igual que todo práctico de las técnicas, lo descubre no bien reflexiona en el devenir actual de nuestra civilización. Este elemento de los principios de la no directividad pedagógica, o sea, el inacabamiento del mundo y del hombre, es quizás el aspecto de esta concepción depagógica más recientemente esclarecido y actualizado. Sin duda se hallaba latente en Sócrates tanto como en Rousseau, pero estos dos «precursores» del no directivisrao vivían en momentos históricos en que la posesión adulta de los saberes y las técnicas era un objetivo al que hoy se llega con mayor facilidad. Se comprende así que el tema del inacabamiento, aun cuando esté presente y sea fundamental en sus análisis dialécticos y en sus concepciones negativas de la educación, no se manifieste con el carácter radical que Rogers cree darle. Otra manera de expresar el tema del inacabamiento en pedagogía consiste en poner el acento, como hace Rogers, sobre «las maneras de estudiar que provocan un cambio».' La noción de cambio le permite a Rogers establecer una relación entre su experiencia de psicoterapeuta y su experiencia, más limitada, de profesor. El psicoterapeuta tiene que vérselas, en efecto, con los problemas del cambio; la finalidad de toda psicoterapia consiste en romper los diques que le impiden al cliente desarrollarse o, como también dice Rogers, «crecer». El hecho es que el principio observado por Rogers como fundamental para su empresa terapéutica es el de un crecimiento, que no deja de recordar —a menudo se ha subrayado— la bondad natural de Rousseau, en el sentido psicopedagógico del concepto. Ya recordado este principio, se observará que lo esencial en los análisis propuestos por Rogers se sitúa no tanto en el nivel del crecimiento cuanto en el de la relación terapéutica. En el escrito cuya lección estamos siguiendo, Rogers 9. Carl Rogers, loe. cit.

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evoca «la incondicional mirada positiva del terapeuta, su comprensión empática», es decir, otros tantos aspectos específicos de una relación con el prójimo. La idea de no directividad halla aquí su fundamento: implica, esencialmente, una relación de poder. El libre desarrollo de un ser particular o de un grupo es una consecuencia de este primer principio. En resumen, la no directividad es una política antes de ser una psicología genética, un método terapéutico o una nueva concepción de la pedagogía. Dicho lo anterior, bien se puede precisar, con Rogers, algunos elementos para una depagogía no directiva. El primer aspecto que Rogers propone observar es «el contacto con los problemas». Por esta expresión Rogers entiende el hecho de que «un conocimiento auténtico se adquiere con mayor facilidad cuando está vinculado a situaciones que se captan como problemas». La ilustración experimenta] citada en apoyo de este principio es una observación de lo que ocurre en situaciones menos «directivas» que la enseñanza de autoridad: «He hallado más eficaces los trabajos en seminario que los cursos regulares, y los cursos libres más que los cursos ex-cathedra. Los individuos que acuden a seminarios o a cursos libres son aquellos que están en contacto con problemas a los que reconocen como propios».'" Rogers analiza en seguida aquello que él denomina «el realismo de la enseñanza» y luego las actitudes de «aceptación y comprensión», para pasar de allí al estudio de los medios pedagógicos y del uso que de éstos puede hacer el docente. Un último e importante problema planteado por Rogers incumbe a los propósitos de la educación. Pero el asunto no es específico de la no directividad. Tiene que ver —siempre ha tenido— con la problemática pedagógica. La especificidad de la escuela no directiva sostiene, en cambio, esto: los propósitos reconocidos son los de los individuos formados, y no ya los de los docentes. 10. Ibidem.

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La influencia de Cari Rogers en la pedagogía contemporánea es aún limitada; " por el contrario, su capacidad de impugnación resulta decisiva. El ataque apunta al pedagogo en sus posiciones mejor defendidas, más resguardadas. Y esa es la diferencia fundamental con el reformismo pedagógico constituido por métodos nuevos, esto es, toda la corriente de la escuela activa y de la nueva educación. Hemos escogido en esta ocasión la palabra «reformismo» a fin de inducir una comparación con la política. Sabido es que en política el reformismo es la «revolución» efectuada p)or la «burocracia». De ese modo se evita un cambio radical de la organización social, es decir, el cuestionamiento por todo el grupo de las estructuras del poder. Lo mismo sucede con el reformismo pedagógico: se cuestiona todo, excepto, precisamente, al que cuestiona, o sea, al educador. En cambio, Rogers se cuestiona a sí mismo en su función y hasta en su ser. Se lanza a dudar de su eficacia, y renuncia a las justificaciones y a la buena conciencia. Debido a ello es, en verdad, el heredero de Sócrates y de Rousseau. Pero desde el punto de vista pedagógico va más allá de sus precursores. El método no directivo es más fino en nuestros días; hasta parece que puede llevar a cabo la economía de la manipulación.'^ Por último, como ya hemos dicho, la no directividad de Rogers se define más expdí11. El movimiento de la pedagogía no directiva se ha desarrollado en Francia hace basunte poco, como lo atestigua un número colectivo: «Le groupc maitre-éléve», Education NalionaU, junio de 1%2. Desde entonces, discusiones y polémicas se han efectuado en la misma revista. Pero no por ello se puede sacar la conclusión de que el no directivismo haya verdaderamente entrado, a título de nueva «tendencia», en la pedagogía francesa contemporánea. Al contrario; las reticencias y las resistencias son tan fuertes como las que encuentra la dinámica de grupo no directiva en los medios sindicales y políticos. En ambos casos, por lo demás, damos con la misma, profunda razón: la negativa de los educadores y los dirigentes a ponerse en tela de juicio. 12. A menudo se nos ha objetado este punto. Sócrates sabe, se nos dice, a dónde quiere llegar, y su mayéutica es, por tanto, falaz. Se ha echado en olvido, no obstante, que en este caso se trata del Sócrates de Platón, para quien el método se halla finalmente subordinado a la doctrina. En cuanto a las «manipulaciones» de Jean-Jacques gobernador, ellas son, o bien el efecto de incertidumbrcs, o bien el efecto de las consecuencias del género novelesco de Emilio.

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citamente en función del cambio individual y colectivo, es decir, en función del inacabamiento humano." Si es posible, luego ver en ello un progreso en el plano estrictametne pedagógico, en cambio bien se puede estimar que el pensamiento de Rogers se encuentra, desde el punto de vista de los fundamentos filosóficos y políticos, en regresión con respecto a la actitud socrática y a la rusoniana, habida cuenta de la temporalidad histórica. En efecto, se condenó a Sócrates por agitador político, y todo muestra que la actitud pedagógica y política, en el sentido griego del término, nunca estuvieron separadas en el fundador de la filosofía. En cuanto a Rousseau, es evidente que al Emilio sólo se lo puede comprender en relación con el Contrato social. No olvidemos que la última etapa de la formación es en el Emilio la que corresponde a la experiencia política. A nuestro parecer, Rogers se refugia, por el contrario, en cierto psicologismo. Y tras él hacen lo propio los rogersianos. La neutralidad no directiva pretende ser hoy la neutralidad de un rompimiento de compromiso, de un presunto apoliticismo de científico y terapeuta, que viene a ser nada menos que una opción política no declarada ni explicitada. Por ello, la no directividad de Rogers se detiene a mitad de camino y se encierra en la contradicción, que es la misma de la que adolece la sociedad que ha posibilitado su desarrollo. El rogersismo y, de una manera más general, la «formación no directiva» se desenvuelven dentro de un contexto social propio de una sociedad industrial jerarquizada, en la que se pide a los individuos la suficiente iniciativa como para hacer todo aquello que no pueden hacer los robots: tomar decisiones. Pero al mismo tiempo se aguarda de ellos la sufi13. Al comienzo del libro Psicoterapia y relaciones humanas, Rogers define ante todo una norma de «la madurez». Pero en sus conclusiones desarrolla y asume las aseveraciones de un «cliente» sobre el inacabamiento humano y opone el ideal de una personalidad fluida, en permanente cambio, a la patología de una personalidad cosificada. Es, pues, la misma ambigüedad que encontramos en Freud o en Moreno. Véase a este respecto L'entrée dans la vie.

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cíente «sumisión» o el suficiente self control como para que no pongan en tela de juicio las estructuras, instituciones ni los principios generales del funcionamiento de la sociedad. De allí el pedagogismo calcado de la práctica terapéutica: se considera al individuo y a los grupos como candidatos a una «madurez» psicológica cuya norma llevan en sí y cuyo desarrollo se ha de facilitar. Para Rousseau, contrariamente, la madurez era política. Y no cabe duda que la experiencia política viene a cerrar en el Emilio la maduración individual, la iniciación. Pero la comprensión de esta última etapa de formación nos lleva al análisis del Contrato social, en el que Rousseau muestra que el modelo, familiar de la relación niño-adulto no puede ser fundamento del análisis político del poder. Tenemos aquí dos órdenes diferentes. En cambio, el movimiento no directivo contemporáneo psicologiza a la política en lugar de politizar a la psicología. Según el criterio original de Rogers, la no directividad individual o social no pone en discusión a la directividad estructural. En otros términos, la autoformación no directiva no se basa en la autogestión de esa formación. He aquí su contradicción central. Y no es dable esperar resolverla como no sea reimiendo todo aquello que se ha separado: política y educación, o sea, elaborando principios y técnicas de una autoformación que implique desde un primer momento la gestión de la formación p)or quienes son sus «clientes». Esto no elimina al monitor, al proceptor. No proponemos en pedagogía el laisser-faire. Y el problema del preceptor sigue en pie. Pero acaso el preceptor verdaderamente «no directivo» es aquel que da al grupo de autoformación, y no ya al «grupo de formación», posibilidad de estructurar por sí sólo las condiciones de la pedagogía. Rogers ha hecho avanzar notablemente el problema de la no directividad pedagógica. Pero le ha faltado un elemento esencial: por mucho que formule con toda claridad el problema de la autoformación bajo la conducción del preceptor no directivo, no llega hasta el fondo de su pensamiento, que impli66

ca autogestión de la formación, es decir, politización consciente de la pedagogía.'"'

Pronto veremos que autoformación, autogestión educativa y pedagogía institucional implican, por el contrario, una actividad instituyente de los educandos. Esto permite superar los límites del «trabajo libre por grupos», en donde el maestro debe limitarse, según la expresión de R. Gausinet, a «organizar la escuela». Descubriremos, así, que la verdadera no directividad educativa supone que nos elevemos del nivel de grupos al de instituciones. -^ En este tramo de nuestro camino nos basta subrayar este primer tema, que reúne e ¡lustra cuanto se ha dicho en el presente capítulo sobre el nacimiento y desarrollo de la psicocología de grupos, de organizaciones y de instituciones. Hemos traído a colación el horizonte político y, desde luego, el problema de la autogestión social. Pues bien, también en este plano se plantea el problema de la relación entre grupos e instituciones: la verdadera autogestión social no es tan sólo autogestión de empresas, de escuelas y de organizaciones sociales básicas; es, de ser ello posible, la autogestión de la sociedad en su conjunto. Es la decadencia del Estado y su reemplazo por una autorregulación no burocrática de relaciones entre grupos y organizaciones que constituyen una sociedad. Es así como vemos que el problema de grupos —dando a este término su más amplia significación— remite siempre y necesariamente al de las instituciones. La democracia de los 14. En el artículo, ya citado, del Bulletin de Psychologie, J.-C. Filloux arriba a conclusiones, bastante parecidas. Refiriéndose a la personalidad «ideal» implicada por las ideas de Rogers, escribe: «Pero uno puede preguntarse si semejante persona es posible en este mundo; con mayor exactitud, en el sistema social tal cual es... Quizá una de las implicaciones raás estimulantes de los conceptos de Rogers, tanto en el nivel de la psicoterapia como en el de las aplicaciones psicosociológicas, es de índole tal, que muestra la necesidad de transformar de cierta manera las estructuras si se desea humanizar al .hombre y lograr en todos los niveles una autántica comunicación».

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grupos significa poco menos que nada si no se integra dentro de una democracia institucional. Es una relación descubierta por vías separadas, pero convergentes. Las reflexiones sobre problemas del socialismo, la psicoterapia institucional y la autogestión educativa dan con el mismo problema. No podemos encarar los problemas de grupos sin abordar al mismo tiempo los de las organizaciones y las instituciones.

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CAPITULO II

LOS GRUPOS (investigación, formación, intervención)

LA PALABRA

SOCIAL

Todo grupo se distribuye tareas y elige responsables para asumir determinadas funciones; en suma, todo grupo humano se organiza. Y ello sea cual fuere su finalidad: producción, práctica religiosa, gestión o agitación política. ¿Pero de dónde proviene la organización? ¿Y de dónde proviene el grupo? Un grupo está constituido por un conjunto de personas en interrelaciones, que se han reunido por diversas razones: vida familiar, actividad cultural o profesional, política o deportiva; amistad o religión... Ahora bien, todos los grupos —equipos, talleres, clubes, células— parecen funcionar de acuerdo con procesos que les son comunes, pero que no tenemos costumbre de observar espontáneamente. Vivimos en grupos sin tomar conciencia de las leyes de su funcionamiento interno. ¿Qué «leyes» son éstas? En un equipo de trabajo, por ejemplo —y cualquiera que sea la tarea por realizar—, los principales factores de funcionamiento son un propósito (u «objetivo») en principio común, comunes tareas concretas, un sistema de participación (nos comunicamos según determinadas modalidades), un sistema de dirección o animación del grupo, un conjunto de reglas denominadas de procedimiento (de voto, de presidencia, de secretariado, etc.). El análisis sistemático y 69

científico de los caracteres generales de la vida de grupos ha sido calificada por Kurt Lewin de «dinámica de grupo». En una primera etapa, el giro «dinámica de grupo» designó una ciencia experimental, practicada en laboratorio y en grupos artificiales reunidos con fines de experimentación. Son experiencias que obedecen a reglas fundamentales de toda investigación experimental: control de las variables, accesorios experimentales, cuantificación de las observaciones. Su objeto es el funcionamiento del grupo, la cohesión y las comunicaciones, la creatividad de los grupos, el mando. En una segunda etapa, el mismo giro designó al trabajo del dinamista del grupo, quien, fuera ya de su laboratorio, se ocupará de la «resolución de los conflictos sociales». El psicoanalista «conoce» al individuo a partir de su intervención terapéutica, que apunta a obtener la cura, es decir, un cambio de personalidad. El práctico psicosociólogo «conoce al grupo organizándolo», y a la sociedad modificándola. Su conocimiento científico se establece esta vez a partir de una práctica social, y su laboratorio son los grupos reales, las organizaciones sociales. No es posible conocer y comprender la dinámica de grupo si se ignoran estas dos dimensiones, de investigación y acción. En su sentido original, por tanto, la dinámica de grupo constituye el sector de investigaciones abierto por Kurt Lewin y sus ayudantes hacia 1938-1939. En un sentido más amplio, más popular, el mismo giro tiende a designar también al conjunto de investigaciones experimentales en pequeños grupos y a todas las técnicas de grupo, que constituyen medios denominados de aplicación. Estas técnicas son instrumentos de formación, de terapia, de animación y de intervención que tienen por común denominador la circunstancia de apoyarse en el grupo. Con posterioridad a la muerte de Kurt Lewin (1947), los trabajos en pequeños grupos se multiplicaron, y la psicosociología de grupos pasó a ser un dominio autónomo de la investigación y la acción, con laboratorios, investigadores, sociedades y también sectas e ideologías. En Francia, hoy, el «psicosociólogo» es aquel que trata las relaciones humanas en las em70

presas, o que forma cuadros y trabajadores sociales en seminarios de psicosociología; en resumen, es antes que nada un práctico, como el psicoanalista, del que toma, conceptos y modelos de intervención. En cambio, en 1940 el dinamista de grupo era un laboratorista, al margen de una práctica de grupo desarrollada en otras partes, en el tratamiento de las «relaciones humanas» o en la psicoterapia de grupo. Hay que señalar, pues, la convergencia, al menos parcial, de la investigación y la acción. Examinaremos esta convergencia, encarando sucesivamente: 1. 2. 3. LA

Las investigaciones teóricas y experimentales en los grupos; Los problemas de la formación; La intervención psicosociológica. INVESTIGACIÓN

En dinámica de grupo, la investigación atañe de modo esencial a la cohesión en los grupos, las comunicaciones, la desviación, el cambio y la resistencia al cambio, la creatividad de los grupos y el mando. 1.

La cohesión

La concepción lewiniana de dinámica de grupo comporta definir un grupo como un sistema de fuerzas. De este modo se podrán distinguir, por ejemplo, fuerzas de progresión y fuerzas de cohesión; las primeras son aquellas que «tiran» a un grupo hacia los fines que éste se propone, y las segundas son las que motivan a los miembros en el sentido de permanecer en él. (Fig. 1). En ciertos grupos llamados «naturales» pueden dominar los factores de cohesión; así, en un grupo de amigos que quieren antes que nada (persecución de una finalidad común) «estar juntos». Se han adelantado varios criterios de cohesión; por ejemplo, según Cartwright y Zander,' la 1. D. Cartwright y A. Zander, Group Dynamics: Research and Theory, Tavistock Institute, Londres, 1954.

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fuerzas >- finalidad

cohesión FiG. 1. La cohesión y la finalidad

cohesión se confunde con la atracción ejercida por el grupo sobre sus miembros. Es posible separar dos series de factores: ciertas propiedades del grupo (objetivos, talla, modo de virgani2ación) por una parte, y por otra la propiedad que posee el grupo de satisfacer las necesidades de sus miembros de relaciones interpersonales, seguridad, etc.). Entre los factores de cohesión del grupo podemos distinguir, en función de las finalidades: —La pertinencia de las finalidades (¿se las ha ele,TÍdo bien?); —La claridad de las finalidades; esto implica una concordancia en la percepción de las finalidades por los diferentes miembros del grupo; —La aceptación de la finalidad por los miembros.

FiG. 2. La divergencia de las finalidades y el estallido del grupo.

12

Tales acuerdos de los miembros definen fuerzas de atracción; las divergencias constituyen, en cambio, fuerzas de repulsión. Si dominan las segundas, se pueden observar procesos de estallido de los grupos (Fig. 2). 2.

Las comunicaciones

La noción de «comunicaciones» ha sido importada de la cibernética. Según Norbert Wiener, «la naturaleza de las comunidades sociales depende en gran medida de sus modos intrínsecos de comunicación».^ El problema de las comunicaciones es el de los intercambios dentro del grupo. Podemos abordar los problemas de la comunicación en grupws según varios aspectos. a) Claude Faucheux' distingue dos direcciones de la investigación: —el estudio de las redes de comunicación, en el que, «siguiendo a Bavelas, se busca determinar los efectos de las estructuras de los canales de comunicación sobre la circulación de la información y su estructuración progresiva, así como sobre la respectiva eficacia de ciertas estructuras en la resolución de problemas o en la aparición de determinadas funciones (por ejemplo, el de líder), etc.»; —la dinámica general de las comunicaciones, estudiada, en especial, p)or Festinger.* b) Dentro de una perspectiva de inspiración sociométrica distinguimos: —redes de comunicaciones formales (redes oficiales, tales como las circulares dentro de una administración o una empresa, los informes y las notas de servicio, etc.); 2. 3. 1954. 4. Ann.

Norbert Wiener, Cyhernétique et Sociélé, trad, franc., 1964. Qaude Faucheux, «La Dynamique de groupe», AHHÓe psycholovQue, L. Festinger et al,, «Theory and experiment in social communication», Arbor, 1950.

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—redes de comunicaciones informales (ruidos de pasillos en un congreso, rumores, etc.) c)

Además debemos distinguir:

—procesos de comunicaciones (¿quién habla a quién? ¿Se habla mucho o poco?, etc.); —actitudes y comportamientos de cada uno de los miembros del grupo en la esfera de las comunicaciones (qué actitudes de los animadores de una reunión facilitan o no la comunicación de los miembros, etc.). d)

Existen comunicaciones:

—verbales; —o no verbales (menear la cabeza, leer de manera ostensible el periódico en el curso de una discusión). O

-O-

-O

FlG ). Comunicación en cadena.

(?) En un grupo la información circula: —en cadena (Fig.3); —en estrella (Fig. 4); círculo (Fig. 5).

O'

1^

FlG. 4. Comunicación en estrella 74

U^

^ O

FlG. 5. Comunicación en circulo

Estas estructuras de comunicaciones tienen consecuencias sobre la vida del grupo, sobre su «clima»: la comunicación en estrella favorece el rendimiento, pero puede desarrollar frustraciones y, como consecuencia, manifestaciones agresivas, mientras que la comunicación en círculo es más satisfactoria en el nivel de los sentimientos de los miembros del grupo, pero puede acarrear pérdidas de tiempo. }.

La desviación

También se puede observar en los grupos una presión hacia la uniformidad, que implica en especial, como consecuencia, el rechazo de los desviadores, es decir, de los miembros que no adoptan los valores, normas y finalidades del grupo. Un miembro desviador le plantea un problema al grupo: al mismo tiempo que se tiende a rechazarlo, se puede formular la hipótesis de que bien podría aportarle al grupo elementos nuevos, soluciones a problemas que el grupo se plantea. De allí, pues, los esfuerzos por adherirlo al grupo. La relación con el desviador ha sido objeto de gran número de experiencias. En una de ellas se estudia el rechazo de los desviadores en función de la motivación del grupo: cuanto más fuerte es la motivación, más crece la tendencia a rechazar al desviador (grupos de niños construyen modelos reducidos. Es un concurso. La recompensa para el grupo vencedor puede ser la proyección de un filme, o bien un primer vuelo en avión. En el segundo caso, el rechazo del desviador, que sabotea el trabajo del grupo, será más fuerte que en el primero, en que la motivación es más débil). Otra experiencia. Se reúne un grupo experimental de diez personas, de las cuales tres (psicólogos) tienen que desempeñar un papel preciso, no conocido por los otros siete miembros. El primer psicólogo asume el papel de «individuo modal» que se adhiere a la mayoría; el segundo es el «individuo móvil» que se opone y luego se adhiere, y el tercero es sistemáticamente desviador (opuesto al grupo). Se propone organizar el grupo, y el miembro modal y el móvil obtienen la presidencia, pero al desviador se le propone el cargo de secretario, para 75

controlarlo y hacerlo callar al imponerle la obligación de escribir. En el nivel de las comunicaciones en el grupo se observa una significativa baja de los mensajes en dirección de la persona móvil con posterioridad a su adhesión. El desviador polariza las comunicaciones; luego se observa una baja que tiende a aislarlo cuando se comprueba que no se adhiere. Esto corresponde a una baja en la presión del grupo sobre el desviador con miras a la «uniformación» del grupo. 4.

Las resistencias al cambio. La decisión del grupo

Kurt Lewin estudió en el curso de la primera intervención psicosociológica, dedicada a los cambios de los hábitos alimentarios,' la resistencia al cambio. Otra experiencia, citada a menudo como «clásica», es la de Coch y French en la Harwood Manufacturing Corporation.'* Insistiremos al respecto cuando nos refiramos a la intervención. 5.

La creatividad de los grupos

Los problemas de la inteligencia, el conocimiento y la invención han sido hasta ahora mucho más estudiados en el nivel del individuo que en el de grupos; en este aspecto, hasta la psicología experimental del hombre-individuo está adelantada medio siglo con respecto al estudio experimental de grupos. Para mostrar, no obstante, lo que en este terreno se comienza a hacer, vamos a presentar, aunque brevemente, los trabajos efectuados en Francia por Claude Faucheux y Serge Moscovici dentro del marco del C.N.R.S. y del Laboratorio de Psicología Social de la Sorbona.' Definen estos autores la creatividad como «un proceso de elaboración de representaciones poseedoras de una riqueza de información cada vez mayor». Es lo que sucede en el caso 5. Kun Lewin, «Forces behind food habits: methods of change», hull. Nat. Res. Com. 108, 19i43, págs. 35-65. 6. L. Coch y J. French (h), «Overcoming resistance to change», en: Cartwright y 2ander, Group Dynamics, ed. cit. 7. C. Faucheux y S. Moscovici, «Etudes sur la ctéativité des groupes». Bull. Psycho., XI, 1958, pág. 15.

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del descubrimiento de una ley o en el de una invención científica. Para estudiar experimentalmente la creatividad de los grupos comparándola con la de los individuos, Faucheux y Moscovici han utilizado dos pruebas: las figuras de Euler (Fig. 6) y los árboles de Riguet (Fig. 7).

A2

B2

B3

c,

FiG. 6 a

FiG. 6 b Figuras de Euler

En la primera prueba se proponen al sujeto tableros de un número variable de casillas, que debe completar de acuerdo con ciertas consignas. Por ejemplo, la figura Ga representa un tablero en donde sólo encontramos una vez la misma cifra en cada columna. Se le pide al grupo experimental que complete la figura siguiente (Fig. 6b) en las mismas condiciones (se ve que la casilla por completar, señalada con una x, sólo puede contener la letra B (A y C ya figuran en la línea) y el número 3 (en la columna ya figuran 2 y 1).

FiG. 7 a

FiG. 7 b Arboles de

Riguet

77

En cuanto al árbol de Riguet, constituye una prueba en la que se pide a los sujetos que dibujen árboles combinando siete ramas (o palos) y tratando de encontrar el mayor número posible de árboles diferentes. Los árboles de las figuras la y Ib son semejantes; en cambio, el árbol de la figura 8 es diferente

FiG. 8

—debido a la combinación de los palitos— de los árboles anteriores. En esta segunda prueba se ha aplicado a individuos y grupos dos consignas diferentes: —encontrar el mayor número posible de estructuras (Riguet abierto); —encontrar las 23 estructuras posibles (Riguet cerrado). Sin entrar en el detalle de la experimentación, daremos las conclusiones de estas investigaciones, llevadas a cabo de una manera comparativa, recordémoslo, en individuos y grupos: a) «La superioridad del grupo depende del tipo de tarea. La interacción social no es una garantía de rendimiento más económico; b) Hay un efecto positivo de grupo cuando la organización de la tarea permite una colaboración de los miembros, colaboración capaz de hacer más flexible la percepción de cada uno y de controlar, gracias a reglas existentes, su producción; 78

c) En una prueba en la que es posible un efecto de grupo, estos son más originales que los individuos». El lector verá con suficiente rapidez la importante consecuencia de estas investigaciones en pedagogía experimental, sobre todo, sin que sea necesario insistir más al respecto. Semejantes investigaciones parecen permitir, la solución científica de problemas planteados por la distinción «trabajo individual» y «trabajo en equipo» y efectuar elecciones pedagógicas más lúcidas (especialmente sobre problemas de trabajo en grupo).

LA

FORMACIÓN

La historia de teorías y técnicas de la organización ha pasado por tres fases: 1.° Una fase de racionalismo mecanicista (es el período denominado «de las teorías clásicas», de Taylor, de Fayol);' 2° Una segunda fase, que comienza con Elton Mayo' y se prolonga con la sociometría y la dinámica de grupo, por una parte, y con el análisis de disfuncionamiento burocráticos, por la otra; 3.° La tercera fase (que se esfuerza por superar a la precedente, sin rechazarla por completo, no obstante) se caracteriza por un neorracionalismo (March y Simon) así como por la decidida importancia que se asigna a problemas de poder (Crozier). Las teorías de la formación siguen la misma evolución que las teorías de la organización, de las que son complemento y una de las dimensiones prácticas; 1.° A la primera etapa corresponde la técnica denominada del T.W.L; 8. Taylor, Fayol, en: March y Simon, Les organisations, problémes psychosocidogiques, Dunod, París, 1964. 9. E. Mayo, en: March y Simon, ob. cil.

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2° La reacción de la «formación no directiva», de los seminarios de relaciones humanas y del adiestramiento en diagnósticos de grupos (Bethel, etc.) frente al T.W.I. es, evidentemente, la misma reacción que la de Elton Mayo frente a las concepciones mecanicistas de la organización; 3." La tercera etapa en las teorías y las técnicas de la formación se halla todavía en estado embrionario y experimental. Se apoya en análisis de fenómenos de poder y en un descubrimiento de ías dimensiones institucionales y «políticas» de la formación, sin rechazar, por ello, toda la adquisición de la fase precedente. Llamemos «pedagogía institucional» '" a esta tendencia de la formación. Hay un cuadro que resume el paralelismo: Organización Formación Primera etapa

Teorías clásicas (O.S.T., etc.)

T.W.L

Segunda etapa

Relaciones humanas, dinámicas de grupo, etc.

Formación no directjva. T. Group.

Tercera etapa

Neorracionalismo, estudio de las relaciones de poder.

Pedagogía institucional. Autoformación.

Ya delimitado de este modo el cuadro, vamos ahora a encarar los métodos de formación de la segunda etapa, basados en la dinámica de grupo. Poco antes de su muerte, acaecida en 1947, Kurt Lewin se preocupa en problemas de formación. Muere demasiado pronto para asistir a los comienzos de una experiencia que va a permitir la difusión más intensiva, si no la más fiel, de las conquistas de la dinámica de grupo, a saber, la invención del grupo de formación (T. Group) en Bethel," en 1947-1948, así 10. Véase: Georges Lapassade, «Un probléme de pédagogie institutionneUe», Recherches Universitaires, VI, 1963. 11. Bethel, en: Leland P. Bradford, Jack R. Gibb y Kenneth D. Benne, T. Group theory and laboratory method, 489 págs., John Wiley & Sons Nueva York, 1964.

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como a su difusión en Francia y toda Europa a partir de 1955-1956. La invención del T. Group es fortuita, según Leland P. Bradford, director del Seminario de Verano (N.T.L.) de Bethel (EE.UU.) En efecto, en el curso de una temporada, «los animadores habían contraído el hábito de reunirse al margen de las sesiones para estudiar la dinámica de la sesión transcurrida». (Se trataba, pues, de exposiciones y ejercicios sobre la dinámica de grupo.) «Los participantes (practicantes), enterados, se mostraron profundamente interesados por las discusiones, que muy pronto no se desarrollaron ya sin ellos.» Se trataba, como se dice en la «jerga» actual, de un staff abierto, esto es, de una reunión del equipo de los animadores delante de los practicantes, que de este modo escuchan el diagnóstico de los miembros del equipo sobre el funcionamiento de sus grupos; Vemos, con ello, que los T, Groups, a que cierta representación social define como esotéricos e iniciáticos, descansan en rigor, desde sus orígenes, en un procedimiento pedagógico muy sencillo: el preceptor o monitor formula nuevamente para el grupo de practicantes las modalidades de funcionamiento, lo que ha de posibilitar el aprendizaje, a partir de una experiencia vivida aquí y ahora, de las nociones elementales de la dinámica de grupo (comunicaciones dentro del grupo, procedimientos de tomas de decisión, tratamiento eventual de los problemas de desviación, cohesión del grupo). Esa es al menos la orientación que parece desprenderse de las primeras «concepciones norteamericanas del grupo de diagnóstico»." La forma preferida para la dinámica de grupo es el Training Group o «grupo de formación» (en Francia se lo llama asimismo grupo de base o grupo de diagnóstico). ¿De qué se trata? Esencialmente, de una experiencia vivida de lo que sucede en todo grupo, experiencia discutida en común bajo la conducción de un preceptor. Es una invención pedagógica que 12. Ibidem.

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ha consistido, sobre todo, en constituir un grupo que sea a la vez sujeto y objeto de experiencia: cada cual «se forma» y aprende a «diagnosticar» el funcionamiento de los pequeños grupos observando in vivo, dentro del grupo del que forma parte, los diversos mecanismos, característicos, por hipótesis, de la vida de todo grupo. El principio de un grupo de formación es el siguiente. Entre siete y quince personas (de edad, sexo y profesión diferentes) que no conocen unas a otras se reúnen para efectuar, juntas y durante cierto número de sesiones fijado de antemano, un autoanálisis de grupo. En el grupo está presente un líder de formación pedagógica y psicosociológica, pero no participa en el contenido de los debates. Cuando lo juzga necesario, comunica al grupo su diagnóstico de la situación. Sus «análisis» se sitúan siempre en el nivel del grupo y no de los individuos que lo componen: atañen al proceso, esto es, a la dinámica del grupo, a la comunicación, al sistema de interrelaciones, a la cooperación, a la determinación de las finalidades dentro del grupo. El preceptor practica así la pedagogía no directiva, según la expresión tomada de Cari Rogers." El grupo de formación no tiene en un primer momento fijada su tarea; con mayor exactitud, diremos que esta consiste en expresar los procesos de funcionamiento del grupo, de aprender la «dinámica de los grupos» mediante el autoanálisis de lo que ocurre aquí y ahora. Tal es, en principio, el «programa» u «orden del día» enunciado en la circular de invitación. Al comienzo, los papeles desempeñados por cada miembro no se hallan definidos ni distribuidos. Pero progresivamente y casi siempre de manera tácita el grupo se organiza, toma conciencia de la distribución de los papeles y advierte, finalmente que puede llegar a su autogestión. El grupo de formación obedece a una regla que implica tres «uiúdaes»: —unidad de tiempo: el grupo debe respetar los límites de tiempo previstos: una hora y medía o dos horas por sesión; 13. Véase: CaA Rogers, ob. cil.

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—unidad de lugar: se reúne en la sala prevista al efecto y a las horas indicadas; —unidad de acción: el estilo de participación de cada uno de los miembros y su papel se definen mediante la verbalización, que excluye al acto. Los problemas tratados son, en principio, los del grupo, y por lo demás este es el único nivel en que interviene el preceptor. A los problemas individuales sólo se los discute en la medida en que determinan al mismo tiempo los problemas del grupo actual, aquí y ahora. Según los momentos de la vida del grupo, la orientación y el estilo del preceptor, el acento puede recaer sobre las comunicaciones interpersonales, las «valencias» afectivas, las operaciones, los procesos, las elecciones y los rechazos, la cooperación, las funciones, los estadios de desarrollo del grupo. Pero en todos estos casos el preceptor (animador, líder, formador) se abstiene de participar en el contenido de la discusión, de dar consejos, de distribuir tareas, de organizar el grupo, de proponer temas de debates. Por eso se dice, trasladando a la pedagogía de grupo la terminología de Cari Rogers, que el preceptor es no directivo.^* Los principales caracteres de esta actitud pedagógica son: el preceptor no aporta al grupo ni directivas, ni juicios de valor. A menudo se ha subrayado que el preceptor no directivo no debe suministrar informaciones que puedan ser utilizadas por el grupo como directivas de funcionamiento y vividas como un «alimento gratificante» o arrebatadas mediante manipulaciones. El preceptor despoja, pues, de todo «don» su participación en el grupo. Una imagen cómoda, empleada con suma frecuencia, para informar acerca de una actitud como ésa es la del «espejo». Sin embargo, en la relación del preceptor con el grupo hay más que un simple «reflejo». El preceptor no juzga, no aprueba ni desaprueba; trata de comprender y ayudar al grupo. Así, a su manera, participa en la vida del grupo. Se insiste en el 14. Véase: Cari Rogers, oh. cit., y M. Pages. VOrientation directive en psychothérapie el en psychologie súdale, Dunod, París, 1965.

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hecho de que se trata de sentimientos verdaderamente experimentados por el preceptor, y no de actitudes artificiales y meramente técnicas o estratégicas. Fuera de tales fundamentos de la actitud del preceptor, las modalidades de la acción de éste han de ser, como lo hemos destacado, tan variables como el grupo mismo, puesto que participan de la tnisma evolución. El preceptor puede intervenir mediante: —la reformulación, es decir, el reflejo de su propia imagen sobre el grupo; se efectúa según modos variables. No se trata tanto de un frío reflejo óptico cuanto de una comunicación al grupo de los sentimientos de un participante privilegiado —el preceptor—, considerado como el más capaz de expresar el trabajo dialéctico del grupo; —la interpretación, o sea, el enunciado de causas ocultas o mal percibidas de fenómenos aparentes. También en este aspecto el preceptor sólo devuelve al grupo lo que ha surgido de él. La interpretación se puede efectuar: —en el nivel del grupo: —en el nivel de las relaciones interpersonales a título excepcional (y dentro de una perspectiva más bien «sociométrica» en este caso). La elección del nivel y de la profundidad de la interpretación dependerán, evidentemente, del estadio de desarrollo del grupo y de lo que éste puede aceptar en determinado momento. Esto supone, por tanto, la aplicación del momento oportuno de intervención (timing) y la selección de lo que resulta útil decir. Con frecuencia se ha propuesto aplicar conceptos y modelos psicoanalíticos a la comprensión de lo que sucede en el grupo de formación. La comparación es válida por lo menos en un punto: así como el psicoanalista no hace nada más que esclarecerle al paciente su propio deseo, así también, en nombre de su actitud pedagógica no directiva, el preceptor se conforma con deslindar algunas potencialidades de cambio del grupo, es 84

decir, de deseos. Los dos modos de intervención que hemos señalado son sólo dos niveles de esta acción. Mientras que la reformulación es el enunciado del deseo expresado por el grupo, la interpretación es el deslinde de un deseo aún «latente», inconsciente. Puede permitirle al grupo, por ejemplo, tomar conciencia de lo que bloquea su funcionamiento. Se ha subrayado la necesidad de una evolución de la actitud del proceptor en función de la del grupo; su participación en el grupo sufre esta opción fundamental. Según algunos autores, la maduración de un grupo debería ir hacia la integración progresiva y finalmente realizada del preceptor al grupo. Se trata, naturalmente, de una integración del preceptor al grup>o en calidad de preceptor, pero no como participante emocional. No entrega al grupo su experiencia ni sus emociones. Más de una vez se ha comparado el desarrollo del grupo con el de un individuo. Es una comparación que se debe formular con reserva; tiene, no obstante, la ventaja de destacar dos aspectos importantes de maduración: —el proceso de desarrollo (nacimiento de un organismo, infancia, aprendizaje, «madurez» o «estado adulto», decadencia y muerte); mudanzas y crisis marcan esta evolución, que no es corwinua; —las relaciones sociales características de las grandes etapas del proceso, de un estado de dependencia inicial a un estado ideal de autonomía e independencia del grupo. Diferentes modelos genéticos se han elaborado para informar acerca de esta evolución. Son modelos que datan de 1955 (Bethel) y 1959 (Francia). El porvenir podrá evaluar, sin duda, la evolución de las concepciones francesas, especialmente la declinación de la teoría de los estadios de desarrollo. Como lo permite observar Claude Faucheux en su estudio sobre las concepciones norteamericanas del grupo de diagnóstico, el análisis se sitúa en dos perspectivas diferentes. Bennis y Shepard " 15. Claude Faucheux, «Les conceptions américaines du grupe de diagnostic», hull. Psycho., num. especial, 1959.

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ubicar su análisis en el nivel de las comunicaciones y de las relaciones interpersonales; relaciones con el preceptor, escisiones en subgrupos. Blake " lleva el diagnóstico al nivel de los procesos del grupo, de cooperación, de elección de temas para la discusión, de los modos de toma de decisión, del desenvolvimiento de la discusión y del trabajo en grupos. Estas divergencias, vinculadas a los objetivos de la formación, conducen a diferentes opciones del preceptor: con Bennis y Shepard, el grupo se centra en una mejor comprensión interindividual, mientras que con Blake se centra en las técnicas de progresión que experimenta. En el primer caso se trata de comunicar de manera eficaz; en el segundo, de operar de manera correcta. Esto explica las variaciones en la descripción de los womentos del grupo. Así: —Bennis y Shepard distinguen dos fases: una jase de dependencia seguida de una fase de interdependencia, dividida en secuencias; por lo tanto, fases de interrelaciones. —Blake describe tres fases y muestra, a través de éstas, la progresión del grupo hacia la organización. Claude Faucheux distingue, con los primeros autores bethelianos, cuatro estadios del desarrollo del grupo de «diagnóstico» o grupo de formación: a) la incertidumbre inicial; b) la resolución de los problemas de la relación del grupo con el preceptor; c) la resolución del problema de autoridad' interna del grupo; d) la conducta reflejada. —Max Pages observa igualmente que «los teóricos del T. Group concuerdan, en general, en distinguir tres o cuatro fases»: 16. Véase el informe sobre el «T. Group», Bethel, 1955.

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a) esfuerzos de los participantes para manipular al líder y hacerle desempeñar un papel convencional; fracaso de esos esfuerzos; tentativas de recurrir a métodos clásicos (designación de un presidente, asunto de discusión...); fracaso de tales tentativas; b) el grupo se interroga cada vez más sobre sus propios problemas, pero ansiosamente y sin eficacia, con un recrudecimiento del sentimiento de fracaso; c) intento de cooperación; concesiones mutuas entre los miembros; pero esta solución se deja ver muy pronto como superficial, y los desacuerdos subsisten; d) el grupo parece retroceder cada vez más con respecto a sus dificultades y busca sus verdaderas razones; autoevaluación sin la ayuda del preceptor; progresión hacia las finalidades. —Didier Anzieu ba desarrollado un modelo genético: «...nacimiento, balbuceos y recurso del grupo al preceptorpadre; actitud escolar, comentario de textos y espera de un curso; crisis de adolescencia, dificultad para analizar sus motivaciones y su dependencia, comienzo en la madurez, el sentimiento del «nosotros» y la organización interna: explosión de tensiones y estallido en subgrupos; acceso a una madurez superior mediante el análisis y la resolución de tensiones, mediante el establecimiento de una organización democrática; preparación para la muerte al recapitular la historia del grupo y aspirar a una supervivencia». En un trabajo posterior, Anzieu desarrolla tres «modelos» aplicables al funcionamiento del grupo de formación. El primero es un modelo «cibernético», inspirado en los trabajos de J. y M. Van Bostaele, quienes consideran el grupo como un «sistema en equilibrio cuyos estados corresponden a una serie de operaciones observables». Este modelo nos parece un pariente de los análisis lewinianos sobre el equilibrio casi estacionario en los grupos. Tiende a rendir cuenta del grupo como establecimiento y evolución de una red de comunicación. El segundo modelo es de inspiración psicoanalítica. Cierto número de analogías, de fructíferas com87

paraciones y de reales puntos comunes entre las enseñanzas del psicoanálisis y las del grupo de formación se pueden evidenciar entre ambas técnicas. A decir verdad aparecen, tal cual lo destaca Anzieu, como «complementarias para quien quiere comprender al hombre en su riqueza y actuar en su progresión». El tercer modelo es un modelo dialéctico, inspirado en el análisis de Sartre en su Crítica de la razón dialéctica. También nosotros hemos propuesto, al igual que J. Ardoino, una concepción sartreana del grupo de formación. Pero hoy por hoy pensamos que es esta una concepción a la que hay que revisar profundamente, en función de los problemas de la estructura de las prácticas. De la aparente multiplicidad de concepciones acerca de la progresión de un grupo de formación podemos desprender cierto número de momentos: a) dependencia respecto del preceptor, que se traduce en el pedido de informaciones y directivas; b) fracaso de ese pedido y tentativa de funcionamiento según modos clásicos de reunión; esta fase coincide con una contradependencia y remata, en general, en el fracaso y en la aguda conciencia del fracaso; c) elucidación de las causas personales y de grupo del fracaso, es decir, puesta en evidencia y resolución (por las vías de la catarsis y de una toma de conciencia en niveles variables) de tensiones interpersonales; d) autoevaluación final del grupo, que se entrega a su primer «trabajo» logrado, o sea, a la constitución de su «historia». Este trabajo es también el único posible para el grupo de formación. Significa su constitución como grupo y su muerte. Así podemos observar, que la concepción betheliana de la formación es esencialmente pedagógica. Lo es: —por sus orígenes: una parte importante de los preceptores de Bethel son pedagogos que cooperan con psicosociólogos; —por sus fuentes teóricas: la técnica y la doctrina de Bethel se ubican al encuentro de diferentes corrientes psicoló88

gicas (dinámica de grupo, psicoanálisis, sociometría) y métodos activos; —por sus métodos: la actividad básica de Bethel es, como hemos visto, el Training Group o T. Group, que es, como su nombre lo indica, un grupo de formación. Tal cual escribe T. Meigniez: «En el T. Group, el preceptor habla gustosamente de las leyes generales del grupo, de las que el grupo presente no sería más una ilustración». Es una actividad didáctica. Esto viene a poner en tela de juicio al rigor no directivo: en la intervención del preceptor así descrita es dable ver, en efecto, la transmisión indirecta de un saber. El grupo de formación se presenta un poco, en efecto, como el instrumento de una formación acelerada. La noción misma de «preceptor» (o «monitor») adquiere aquí todo su carácter pedagógico. Junto al T. Group existen en Bethel otras actividades educativas: los talleres de adiestramiento (skill groups) en las técnicas de grupo, las conferencias y exposiciones, etc. La organización de las actividades presenta el mismo carácter escolar; es el empleo del tiempo —bastante tradicional, en definitiva— decidido por los preceptores, que distribuyen a lo largo de la jornada y de la estada las diversas formas de un aprendizaje. Únicamente en el nivel del T. Group, la pedagogía betheliana tiende a ser no directiva. En cambio es directiva, esto es, tradicional —o, diría Rousseau, «positiva»—, en el nivel de estructuras de prácticas. Tal es la profunda contradicción de la formación en Bethel; de ello se comienza a tomar conciencia, al menos en Francia, sólo hoy. En otros términos, y para resumir al respecto, la estada de verano en Bethel constituye una pasantía o prácticas de formación y perfeccionamiento en psicosociología sobre la base de métodos no directivos. Estas prácticas se han organizado tomando en cuenta a todos aquellos que consideran útil perfeccionar sus conocimientos en psicología de grupos.

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No parece que en el sistema betheliano llegue la psicología hasta el análisis del conjunto institucional. Ocurre como si los preceptores bethelianos limitasen el aprendizaje de practicantes al nivel de pequeños grupos, pues no se considera al conjunto de las prácticas como formador de un Grupo total de análisis. En el campo de la psicología social se deslinda de ese modo un sector de relaciones interpersonales y de operaciones microsociológicas que no superan las dimensiones y atribuciones de grupos restringidos (small groups). Para que fuese de otra manera sería necesario, cuando menos, que la totalidad de las prácticas (a saber, la institución betheliana) estuviesen a su vez sometidas a un análisis psicosociológico análogo al que se instituye en grupos de formación. Sería necesario que la pedagogía de Bethel fuese, además de una pedagogía de grupo, una pedagogía institucional. Y no es así. Esta limitación se debe, sin duda: —A factores culturales y estructurales, que incumben a la organización y a la ideología de la sociedad norteamericana, así como a la del conjunto de la sociedad industrial y capitalista. Es esta una sociedad que requiere de sus trabajadores cierta iniciativa y a la vez cierta adhesión a las estructuras existentes; —A razones más técnicas: los grandes grupos funcionan de acuerdo con procesos dinámicos menos inventariados y consiguientemente menos controlables y analizables que los grupos restringidos a diez o quince participantes; —Al psicologismo ecléctico de los animadores de Bethel, que implica la cooperación de las diferentes concepciones psicosociológicas, psicopedagógicas y psicoterapéuticas (entre otras, la concepción freudiana, rogersiana, lewiniana, moreniana, etc.). El modelo betheliano tiene la ventaja de ser el primero en abrir camino dentro de la formación activa en psicosociología; pero conviene señalar sus límites si se desea llevar más lejos aquello que permanece implícito en los modelos practicados dentro de este primer modelo. Debemos reconocerle a la escuela de Bethel por lo menos 90

una cualidad esencial: la invención y difusión de una pedagogía que, sin dejar de conservar ciertos lazos con la escuela nueva, va, no obstante, mucho más lejos hacia la no directividad. La no directividad tiende a ser completa y efectiva, como hemos visto, al menos en el nivel del T. Group (actividad fundamental de Bethel). De allí ha nacido una nueva corriente de pensamiento y acción, una corriente que discute al educador en su relación pedagógica, en su praxis, y que abre camino para un análisis crítico de las relaciones humanas y de la organización social en el mundo contemporáneo a través de la crítica de las relaciones directivas de formación. Tal es lo que subraya el estudio dedicado por J. Ardoino al «grupo de diagnóstico, instrumento de formación»." ¿Instrumento de formación? Hay quienes parecen llegar poco menos que a reconocer en nuestros días que el T. Group tiende a convertirse a veces en un instrumento terapéutico, aunque no pertenezca explícitamente al repertorio de las diversas formas de psicoterapia de grupo —o en grupo— presentadas, en particular, por Slavson,'* Moreno," etcétera. El T. Group sigue siendo, en principio, un instrumento que apunta a formar y no a sanar. Su actual clientela se divide, sin embargo —como bien lo ha destacado Pingaud—,'^° en clientela pedagógica (trabajadores sociales, educadores, cuadros) y clientela terapéutica (los mismos, a veces, y que acuden a título individual). Hay otros métodos de formación en grupo y por él; citemos la discusión de casos, utilización pedagógica del psicodrama, etc.; en todas estas técnicas el aspecto «dinámica de grupo» sigue estando presente, más o menos acentuado, más o menos «manejado» según las circunstancias, escuelas y necesidades. Se emplean estos métodos, o por lo menos algunos de ellos, en Seminarios de formación en la dinámica de grupo, que 17. J. Ardoino, Prupos acíuels sur l'Education, Gauthier-Villars, París, 1964. 18. Slavson, La psychologie de groupe, trad, franc, P.U.F., París. 19. J. Moreno, The first book on group psychotherapy, Beacon House, 1932, 1957. 20. Bernard Pingaud, «Une experience de groupe». Les Temps Modernes, marzo de 1963.

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cada equipo organiza en Francia tomando en cuenta una variada clientela (educadores, cuadros, sindicalistas), pues el principio del T. Group y de los seminarios (en los cuales sigue siendo el instrumento «básico») lo constituye la heterogeneidad social de los participantes. Ya podríamos considerar los grupos de diagnóstico o los grupos de discusión de «casos» como técnicas de grupo. Pero hay otros, que son más sencillos y que apuntan, sobre todo, a animar encuentros, reuniones. Casi siempre son procedimientos que no implican necesariamente el criterio psicosociológico esencial, esto es, el análisis de grupo. Se trata de técnicas y procedimientos que muestran a las claras las ambigüedades de una psicosociología práctica que alega ser a la vez liberadora y, dentro del mismo movimiento, utilitaria y reformista. Es una ambigüedad aún más visible en el nivel de las prácticas de la intervención.

LA

INTERVENCIÓN

Para los psicosociólogos, intervención significa acción dentro de una organización social, a solicitud de ésta y con miras a facilitar ciertos cambios. Para esto proceden, en primer lugar, a entrevistas individuales o de grupos, y luego a una primera síntesis, que comunican (feed-hack) al conjunto de Cuadros o, incluso, de trabajadores de la organización «dienta». Comienza entonces una segunda fase de trabajos en comisión (desde el primer momento de la intervención se ha constituido un equipo de encuesta que reúne a psicosociólogos y a responsables de empresa). La intervención prosigue, así, a través de las reuniones de equipos. Con el análisis de resultados de entrevistas, y por la acción sobre ciertas estructuras de la organización y las reuniones de comisiones, progresivamente se asiste al deshielo de las comunicaciones; los servicios entran en contacto... Pero además se necesita que la dirección sea capaz de asumir también ella los cambios y las tensiones que suscita la socioterapia. Suele ocurrir que, por diversos pretextos, se interrumpa el trata92

miento. En rigor, esto significa generalmente que se ha descubierto la voluntad general del grupo. Cada cual ha podido entreveer la posibilidad de participar en las decisiones, de administrar la empresa. Tal es el horizonte último y verdadero de la intervención psicosociológica: no el privilegio del grupo, sino la autogestión de todos los grupos, de las organizaciones, de la sociedad en su conjunto. La autogestión social no es, como todos saben, un modelo psicosociológico; es un producto del movimiento socialista, de la experiencia del proletariado. Si la psicosociología da hoy con este problema, ello se debe a varias razones; antes que nada, todas las investigaciones efectuadas en grupos han mostrado que los mejores resultados se obtienen en la productividad cuando todos «participan» en las decisiones. En seguida, la autogestión social supone, si se desea evitar la burocratización, un constante refinamiento de métodos de decisión colectiva en el nivel de comités de gestión, de los sistemas reguladores. Los yugoslavos comienzan a descubrirlo y a practicar la dinámica de grupo. Por último, y quizá sobre todo, la psicología les recuerda a los «políticos» y a los tecnócratas que el socialismo no es tan sólo un asunto de economía y de institucines jurídicas; también supone un cambio en la cultura, én las motivaciones, en la vida afectiva de los grupos. La primera intervención es la de Kurt Lewin hacia 1943, lo vemos intervenir en conflictos sociales, como por ejemplo los raciales, facilita modificaciones que se consideran necesarias y trabaja en pro del cambio de las costumbres alimentarias en períodos de escasez. En 1943 se trataba de facilitar la compra y el consumo de menudos de vacunos en seis grupos de trece a diecisiete amas de casa. Tres grupos asistieron a exposiciones de 45 minutos dedicados a destacar la riqueza en vitaminas de los menudos y a una serie de consejos culinarios. Los otros tres grupos participaban en discusiones colectivas con un experto en nutrición puesto a dispiosición del grupo. Se obtuvieron los siguientes resultados: el tres por ciento de las amas de casa de los tres primeros grupos y el treinta y dos por ciento de los otros grupos cambiaban sus «hábitos alimentarios». Estos resultados muestran la eficiencia de las decisiones adoptadas en grupo; muestran, igualmente, que el 93

psicosociólogo conoce los grupos al modificarlos, de acuerdo con el principio lewiniano de la «investigación activa» (action research), e inauguran, por último, un nuevo campo de investigación, que habrá de consistir en analizar y tratar los problemas del cambio social. Otra intervención citada muy frecuentemente es la que se registró en una empresa de confección —la Harwood Manufacturing Gjrporation— Coch y French. La empresa tropezaba con la resistencia que ofrecía el personal a los cambios en los puestos de trabajo realizados por la dirección en función de la evolución de las técnicas, resistencia que se manifestaba en la caída del rendimiento, los despidos, la hostilidad para con la dirección, el retardo del reciclaje. La experiencia se efectuó con cuatro grupos de obreros: —en el primer grupo (dieciocho obreros) se explicó simplemente la necesidad de cambios; —en el segundo grupo, representantes del personal participaban en las decisiones; —en los otros dos grupos (siete obreros) todos los trabajadores participaban en las decisiones. En estos últimos grupos fue donde mejor se aceptó el cambio, mientras que la mayor resistencia la opuso el primero.^' Es célebre la intervención que efectuó el doctor Elliot Jaques ^ en una fábrica de cojines eléctricos —la Glacer Metal Company— situada en los aledaños londinenses, que cuenta con unos mil quinientos trabajadores. La intervención comienza en abril de 1948 con una primera fase de implantación de la intervención (se determina la función de los psicosociólogos, que no tienen función de dirección de la empresa, que son simplemente «consultores»). En julio de 1948, intervención del equipo de ocho miembros, dirigidos por Jacques. Este equipo se atiene a la disposición del colectivo. Entre 1948 y 21. Véase nota 20. 22. Elliot Jacques, The changing culture of a factory, Drvden Press, Nueva York, 1952.

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1951 lo consultan diferentes grupos, que solicitan su ayuda para resolver problemas de remuneraciones, de comité de delegados del personal, etc. A través de esas intervenciones se analiza la estructura social de la empresa, su «cultura» (convenciones, costumbres y tabúes) y la personalidad de sus miembros. Se trabaja especialmente en facilitar las comunicaciones dentro de la empresa, en clarificar las funciones, en precisar las resf>onsabilidades. La intervención psicosociológica en empresas y, de un modo más general, en organizaciones sociales presenta ciertos rasgos fundamentales; podríamos ilustrarlos con un fragmento literario. En El castillo, de Kafka, vemos que K., el agrimensor, llega a la aldea con la intención (¿o la misión?) de determinar «fronteras»: es su oficio. Pero busca al «cliente» -—individuo u organización— que lo ha llamado, y muy pronto choca con las resistencias del grupo, que adquieten diferentes formas y se ponen de manifiesto a través de ciertos síntomas: ¿cómo telefonear al castillo? Las comunicaciones funcionan mal. El castillo es una organización petrificada, «burocratizada», con su secreta complejidad, que descubre el psicosociólogo cuando aborda los problemas de su sociedad por el lado de una organización que lo llama para consultarlo. La intervención psicosociológica en los grandes grupos (empresas, administraciones, escuelas, hospitales, etc.) implica cierto número de técnicas específicas. Se efectúa un primer diagnóstico a partir de entrevistas y cuestionarios: la finalidad consiste en adquirir a la vez un conocimiento objetivo de la organización dienta y en saber de qué modo sus miembros perciben la organización. (Así, determinada organización practica una política de ventas, o de producción, o de publicidad, etc., y sus miembros acusan con mayor o menor claridad esa política, la aceptan o la rechazan.) Además, toda empresa es un «grupo de grupos». Reúne equipos, oficinas, talleres, según ciertas formas de organización. Entre esos grupos, la información circula de acuerdo con modalidades formales (circulares, etc.) o informales (rumores...). Tales comunicaciones tropiezan con ciertas barreras, que se pueden levantar. Esta puede ser una de las finalidades de la 95

intervención, que alcanza una nueva fase gracias a la comunicación (denominada feed-back) de los primeros resultados, a los que se puede trabajar por grupos en el curso de reuniones que implican ciertas técnicas de animación. Desde el comienzo de la intervención, suele hallarse el esfuerzo por ubicar grupos reguladores entresacados de los miembros de la organización dienta. Con estos grupos o comités prosigue el trabajo y se amplía, provocando la implicación cada vez mayor y más profunda de los demás miembros de la organización. He ahí, la finalidad buscada: provocar que los miembros del grupo tomen a su cargo los problemas que en principio les conciernen aquí y ahora; buscar con ellos las soluciones, determinar los cambios necesarios y facilitar los que provocan resistencias. Ya se ve el camino recorrido desde las primeras investigaciones de Elton Mayo: hoy, el taller se sitúa dentro de la totalidad de la empresa; a los pequeños grupos se los analiza dentro de su contexto institucional, y no se concibe ya que la intervención pueda limitarse a un sector parcial. La experiencia llevada a término en la Glacier Metal Company por Elliot Jaques, y que atañe a todo el sistema de la empresa, adquiere, así, un sentido completamente distinto del de las investigaciones proseguidas, veinte años antes por Elton Mayo, en algunos talleres testigos de la Western Electric Company. Otro tanto se puede decir respecto de las intervenciones de Max Pages y D. Benusiglio ^' en empresa, y de la de André Levy^* en una institución psiquiátrica. * *

23. D. Benusiglio, «Intervention psychosociologique dans une grande entreptise de distribution», Hommes el Techniques, XV (169), 1959. 24. A. Levy, «Une intervention psychosociologique dans un service psychiatrique», Sociologie du Travail, 1953. J. Dubost ha efectuado intervenciones en medio rural: «Psychologie Industrielle», Hommes et Techniques, XV (169), 1959, y A. de Peretti lo ha hecho en medio educacional: «Relations entre directeurs, professeurs et eleves», Education Nationale, núm. especial, 14 de junio de 1962.

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La intervención parte ^ «del funcionamiento psicosocial de la empresa: problemas de coordinación entre servicios denominados funcionales y servicios llamados de ejecución, entre sedes sociales y unidades descentralizadas; problemas vinculados a la incomprensión de los políticos de la empresa, o a su interpretación en sentidos divergentes; cuadros que no terminan de aceptar las nuevas funciones propias de ellos; métodos de mando inadaptados al contexto social; mecanismos inadecuados de contrata, de formación, promoción y remuneración: todos estos problemas interesan a la empresa en la medida que es una organización social, es decir, un conjunto de grupos sociales (grupos de trabajo tales como servicios o talleres, sindicatos, sociedades, asociaciones patronales, clubes, partidos políticos...). El funcionamiento psicosocial de la empresa es el funcionamiento de cada uno de estos grupos y sus relaciones mutuas; es, en términos más precisos aunque aún muy generales, la manera en que se vinculan las estructuras de grupo (de finalidades, de funciones, de normas, de sanciones), las comunicaciones entre los miembros del grupo y las motivaciones o los deseos de los miembros del grupo». Como vemos, a la empresa misma (o a la escuela, liceo, hospital) se la puede definir como un grupo (o un «grupo de grupos»), cuya dimensión excede, evidentemente a la de «pequeños grupos» (small groups), habitualmente estudiados en laboratorio. La dinámica de grupo no es, o no es tan sólo, una dinámica de pequeños grupos; también y al mismo tiempo es una dinámica social que recae sobre «grupos» constituidos por empresas, organizaciones sociales, instituciones. El funcionamiento psicosocial de las empresas cambia incesantemente, como cambia el conjunto de la sociedad industrial. En una primera aproximación, se puede decir que el psicosociólogo «consultor», que interviene en la empresa, es requerido para facilitar los cambios, más o menos como el psicoanalista y, de un modo más general, el psicoterapeuta son «prácticos 25. M. Pagís, «Elements d'une sociothérapie de l'entieprise». Hommes el Techniques, XV (169), 1939.

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del cambio». Pero ya hemos citado, precisamente a propósito de las resistencias al cambio, los trabajos de Kurt Lewin (cambio de los hábitos alimentarios) y los de Coch y French, atinentes a la discusión de grupo y la decisión colectiva. Con esa presentación nos encontrábamos ya, al nivel de la intervención en el terreno de grupos sociales naturales más bien que en el de experimentación de laboratorio. Estas experiencias se orientan a la vez hacia la investigación pura acerca del funcionamiento de los grupos (su «dinámica») y hacia la socioterapia de ciertos conjuntos sociales, pues así como en biología humana el laboratorio y la clínica médica se esclarecen de manera recíproca (tal como lo ha mostrado Georges Canguilhem en El conocimiento de la vida), así también en dinámica de grupo hay interacción entre el trabajo experimental en laboratorio y el trabajo clínico en el terreno, sin que por ello sea este una aplicación del primero. Cx)n esta aclaración, ¿cómo se desarrolla una intervención? Max Pages distingue tres etapas, que le parecen corresponder a la de los grupos de formación (T. Group): una fase de toma de conciencia, otra de diagnóstico y una tercera de acción. La fase de toma de conciencia «consiste en localizar dificultades sociales desconocidas hasta entonces. En el estadio de la toma de conciencia se las advierte aún de una manera parcelaria; no se las relaciona entre sí». La fase de diagnóstico es aquella en el curso de la cual el grupo (es decir, en este caso, la empresa) «descubre la existencia de una compleja red de causas que actúan sobre el funcionamiento del grupo y sus dificultades». La fase de acción es aquella en cuyo curso «se fija en una empresa nuevos objetivos a una función, se reforma el organigrama, se establecen comités o comisiones de vinculación, se toma posición respecto de las nuevas normas que rigen las actitudes del personal de los servicios entre ellos». La intervención supone técnicas: las encuestas, efectuadas por medio de entrevistas o cuestionarios, que implican el informe (denominado feed-back) a los interesados; las investiga98

dones sobre las comunicaciones y las estructuras; ^ las investigaciones acerca de la diferencia de percepción de las finalidades y las funciones en el interior de grupos de trabajo; el estudio sistemático de las barreras a la comunicación a lo largo de un circuito de trabajo que reúna diferentes operaciones tendentes a una toma de decisión única (por ejemplo, registro de un artículo nuevo en un almacén); estudio de las elecciones sociométricas dentro de un grupo; organización de reuniones para examinar los resultados de una encuesta, implicando esto la participación ampliada de los miembros de la empresa en la intervención, que de este modo llega a convertirse en una «encuesta-participación». Ya se ve que en el curso de los últimos años el término «dinámica de grupo» ha adquirido una significación cada vez más amplia a partir de su estricta significación inicial, que hacía de ella la ciencia experimental del funcionamiento de los grupos. Se ha podido comprobar que esta «ampliación » ya existía en el proyecto lewiniano de acción social, de intervención reflexionada y rigurosa en procesos sociales, de action research. 1 ° Pero muy pronto la corriente lewiniana se halló mezclada con otras corrientes de investigación y acción, a las que habría sido igualmente necesario presentar si nos hubiéramos propuesto un estudio exhaustivo de todas las investigaciones sobre los grupos: la corriente «interaccionista», en la que Claude Faucheux " distingue una subtendencia «naturalista» en el caso de Homans y una subtendencia «experimentalista» en el de Bales,^' para citar sólo dos autores; la corriente sociométrica, fundada por Moreno,^ pero ilustrada por un alto número de investigaciones y prácticas; la corriente psicoanalttica, ilus26. 1965. 27. 28. Social 29.

Véase: Levy, Psychologie sociale. Textes fondamentaux, Dunod, París, Claude Faucheux, La Vynamique de Groupe, ob. en. Bales. Véase en: Hare, Borgatta, Bales, Small Croups, studies in interaction, Knopf, Nueva York, 1955. J. Moreno, Les fondements de la sociométrie, P.U.F., París, 1954.

trada sobre todo en la escuela inglesa por W. R. Bion; ^ la corriente factorialista, ilustrada por Cattell. 2° En el nivel de difusión y utilización de la dinámica de grupo por diferentes grupos sociales hemos visto desarrollarse: —su utilización en medio familiar, animada en Francia por la Escuela de los Padres; —la utilización en medio pedagógico, a la que ilustra bien un número especial de Education Nationalej '' —la introducción de los métodos de grupo en sindicatos y especialmente en el sindicalismo estudiantil, presentada por Recherches Universitaires}^ La psicosociología se «politiza». Lo vemos en su práctica y en los esfuerzos de elaboración teórica. Ya no es posible ignorar el aporte relativamente indirecto y crítico de Jean-Paul Sartre en su Crítica de la razón dialéctica?^ Hay asimismo que mencionar la colaboración de varios psicosociólogos franceses en un número de la revista Arguments?* Aquí encaramos el problema esencial. Las intervenciones psicosociológicas chocan siempre con las mismas objeciones ideológicas. En ello sólo se quiere ver el último descubrimiento de las clases dirigentes en su esfuerzo por manosear a los trabajadores e instituir la colaboración de clases dentro de la empresa capitalista. No es cierto que la realidad sea tan simple. Sí lo es el hecho de que la intervención en los grupos suele proponerse explícitamente reducir las tensiones, hacer aceptar los cambios (de puestos, de personal, de «política»). Pero cierto es también que toda intervención 30. W. R. Bion, Recherches sur les petits g,roupes, trad. £t. de E. E. Herbert, P.U.F., París, 1965. 31. «Le groupe maitre-éléves», education Rationale (XXII), 14 de junio de 1962. 32. «Les méthodes de groupe et le mouvement étudiant», Recherches Urtíversiíatres (4-5), 1963. 33. Jean-Paul Cartre, Critigue de la raison dialectique, Gallimard, París, 1960 [hay ed. en español: Crítica de la razón dialélica. Losada, Bs. As.]. 34. «Vers une psychosociologie politique», Arguments (25-26), 1962.

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incrementa la toma de conciencia de los problemas y deja al descubierto todos los sistemas informales y conflictuales producidos por el antagonismo de intereses. Hay que entablar de otro modo la discusión sobre la significación social y política de la intervención. Resulta notable que la crítica del burocratismo se desarrolle actualmente en Francia en un número cada vez mayor de organizaciones y grupos. Citaré los clubes, el sindicalismo estudiantil, el C.N.J.A., todos los grupos en los que la ideología «modernista» expresa una mudanza, un cambio. ¿Qué cambio? El que interesa a la sociedad neocapitalista; el advenimiento de los managers, el nacimiento de una nueva burocracia, más flexible, ágil, capaz de administrar el cambio técnico y social, el paso histórico de la fase B a la fase C. Ahora bien, en esas organizaciones y esos grupos es donde el psicosociólogo encuentra nuevos «clientes».^' El «cliente» del psicosociólogo es siempre una organización, sea la que fuere. Es importante proceder siempre al análisis sociológico si se desea comprender quién es cliente y por qué. El primer cliente lo constituían organizaciones industriales que trataban de resolver problemas de la burocratización (de tipo B). Los nuevos clientes no son las burocracias tradicionales de organizaciones profesionales, sindicales y políticas. Estas se mantienen a la defensiva y hasta en el rechazo. Los modernistas de la burocracia, en cambio, solicitan la intervención de los psicosociólogos. Pero aquí aparece un nuevo proceso, el mismo, en rigor, que se podía describir a partir de intervenciones en empresas industriales. En un momento dado, la colaboración tiende a hacer lugar a la «crisis». El psicosociólogo no es completamente el instrumento; no suministra el instrumento que de él se esperaba. No es, como diría Sartre,^ «el arma que hay que 33. Estos nuevos clientes son las neoburocracias de tendencia modernista de la Fase C. 36. Véase: Jean-Paul Sartre, Crítica de la razón dialéctica: «Problemas de método», ed. cit.

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arrancar de manos de capitalistas para volverla contra ellos»; o, mejor dicho, sí es eso, pero al mismo tiempo es otra cosa. Llamado jx)r la organización, desarrolla sobre esta base de partida una acción que dice estar al servicio de todos los grupos y que libera a un movimiento capaz de superar las nuevas formas, aun las más modernistas, del poder, de la autoridad. Consideremos un poco más detenidamente el fundamento teórico de la práctica psicosociológica. Este fundamento es, en estos momentos, la dinámica de grupo. Ahora bien, ocurre que el proyecto fundamental de la dinámica de grupo es la autogestión social. En efecto, el psicosociólogo práctico se considera siempre como si estuviera al servicio de todos los grupos —acabamos de recordarlo—, y no de un grufx) entre los grupos; esa es, por cierto, su paradoja, o, si se prefiere, su doble juego. Convocado por la organización capitalista o por la organización burocrática, entrista en esas organizaciones, sólo puede intervenir a pedido de ellas dando la palabra a todos los grupos, a todos los individuos, a todos los miembros de la organización. Claro está que justamente por ello suele llegar el «cliente» a detener la intervención, es decir, cuando descubre que ésta amenaza con desbordar su cálculo inicial, que no se realiza íntegramente en su beneficio, en el sentido económico del término. ¿Y cómo podría ser de otra manera? El psicosociólogo auténtico no quiere escoger. Se niega a ser el instrumento manipulador de los manipuladores que lo han contratado. Y si acepta el trato, lo hace a costa de un renunciamiento a lo que fundamenta su práctica. El fundamento de la intervención, o sea, la teoría psicosociológica verdadera, no se halla, por tanto, en discusión en los desvíos que algunos puedan ejercer en su nombre, pues la verdadera orientación teórica y práctica de la dinámica de grupo entra en las miras de una sociedad igualitaria liberada de los grupos dominantes, de las ideologías del desconocimiento, de la falsa conciencia. No deseamos en manera alguna indicar que la psicosociología pueda reemplazar a formas más antiguas de teoría y práctica revolucionarias. Tampoco decimos que el psicosociólogo no directivo prefigure al nuevo dirigente político, ni aun que 102

dirigentes del movimiento obrero deban integrar la psicosociología como han integrado a su saber y su práctica la teoría económica. Solamente afirmamos que dentro de su sector de acción, y a partir de una situación ambigua como lo son hoy todas las situaciones políticas, el psicosociólogo puede, si quiere y si logra fundamentar su práctica en una teoría vigorosa, participar en la superación de conflictos, y alienaciones que signan la sociedad actual. Pero esto solamente podrá hacerlo si asume parcialmente la situación tal cuál se le presenta y que hoy se define, por la ideología del modernismo. El psicosociólogo asume el modernismo, para al mismo tiempo y en el mismo acto desbordarlo y preparar ya su declinación. En este punto nos unimos a la posición definida por Max Pages: «El psicosociólogo debería estar dispuesto a aceptar todos los compromisos, pero sin comprometerse: tal es la esencia del no directivismo. No comprometerse: no colusión. Se puede actuar en el nivel de estructuras y conductas sin dejar de abrirse a lo que significa en profundidad el comportamiento respecto del cual se interviene... Por tanto, buscar significaciones profundas sin confundirlas con el plano de la realización. Por ejemplo, es importante la manera en que se toma la decisión. Se puede efectuar un curso magistral, si no ha salido éste de una decisión autoritaria. Es un compromiso. Se puede organizar una encuesta estructurada y dar consejos. El psicosociólogo responde a esas demandas, pero apunta, no obstante, más lejos...». * * Este último aspecto de las contradicciones con que choca la psicosociología aparece con mayor claridad en el momento en que el práctico interviene en organizaciones políticas para las cuales la política sigue siendo un asunto separado y «privado» dentro del conjunto del campo social. Al negar, en el límite, la alienación en esa nueva voluntad política, «managerista*, el psicosociólogo apunta a un más allá de la política, 103

aun cuando el discurso que formula y la forma que da a lo que libera posean caracteres de utopía. Por el momento, las fuerzas informales llevadas a rechazar esa ideología no aceptan que el psicosociólogo las determine mientras éste sea parcialmente el delegado dentro de los grupos de la nueva burocracia, a no ser que lo haga sólo como balbuceo casi patológico, «zumbido» del individuo despolitizado y privatizado. Pero tal vez esos balbuceos son, en rigor, la más visible, auténtica y «avanzada» expresión de la negatividad. Tal vez se presenten un día como primeros síntomas de un recuestionamiento práctico y «revolucionario», o, por el contrario, nihilista, pues el nihilismo es el complemento del modernismo de la sociedad neoburocrática en formación. Digamos, a título provisional, que saca a luz a un «proletariado sociométrico»," que es también, ya, un «proletariado político».^ Pero mientras trabaja en la superación de su propia alienación profesional y política, que acabamos de situar; mientras se juzga a sí mismo un hombre en lucha en la historia, actor y atento a la palabra social, el psicosociólogo (socioanalista), en el momento mismo en que la sociedad política recurre a él, sigue pareciendo inasimilable, marcado siempre en su acto por el signo de la más profunda «despolitización», más allá de la política separada, y difundiendo «modelos funcionales» o estructurales separados radicalmente de su origen sociopolítico. Por fin queda al descubierto, con esto, el lugar de la psicosociología, la índole de su trabajo. No las organizaciones sociales en condición de tales; no, siquiera, el aprendizaje de la comunicación, de la cooperación y de la gestión, y no tampoco la educación social o terapéutica. Todo esto se presenta siempre a la atención, a la escucha psicosociológica como expresión debilitada de una dimensión más honda. El psicosociólogo es aquel, que con su práctica, instituye en la sociedad cierto campo del habla, de la palabra. Hay que partir de esta evidencia inmediata, a la que, sin embargo, no 37. Expresión tomada de Moreno. 58. Georges Lapassade, «Bureaucratie dominante et esclavage politique», Socittlisme o Barbarie (XL), junio-agosto de 1965.

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se la ha articulado hasta hoy. Así sea en el grupo de análisis o en la intervención, el «material» es lenguaje, y el proyecto consiste en liberar un habla plena, más allá de las ideologías, más allá del desconocimiento, más allá de la utilización de la palabra en los grupos para la dominación. La burocracia, el grupo, la organización y el individuo sólo están allí, en el aquí y ahora de este campo, en la medida en que se enuncian en él, o, por el contrario, en la medida en que las instituciones pueden impedir en el grupo, mediante la censura social, el surgimiento de la expresión. En el grupo de análisis, las desinteligencias son permanentes, como permanente es también el fracaso de la comunicación, a imagen de nuestro mundo. Al mismo tiempo, todos se esfuerzan por comunicar, por decir quiénes son y por aprender a hablar con su propia voz. El sociólogo tiene que ver con el lenguaje. También él. En la encuesta interroga y recibe respuestas. Pero éstas sólo son para él un significante entre otros significantes (los estatutos, datos económicos, signos de pertenencia social, funcionamientos institucionales). En cambio, gracias al psicosociólogo queda la palabra no sólo privilegiada, sino además reconocida, en definitiva, como el lugar exacto de su práctica. Así como el significado de la escritura automática nace de la equivalencia y la asociación establecidas entre todos los materiales del discurso (con exclusión de toda referencia exterior), así también el significado del grupo sólo aparece en el habla plena, haciendo transparentes para ellos mismos a los miembros del grupo. La regla del grupo de análisis es «decirlo todo»; el principio de la intervención es el compendio del habla del grupo y su puesta en circulación. Estos dos ejemplos bastan para indicar de qué modo el concepto de PALABRA SOCIAL debería permitir elaborar por fin los principios del socioanálisis. En este terrenq, todo está por hacerse, o poco menos. Pero ya se han elaborado muchas indicaciones tanto en los análisis de la «falsa conciencia»^' de la representación social* como 39. J. Gabel, La Fausse conscience, Ed. de Minuit, 1962. 40. S. Moscovia, La psychanalyse, son image et son puUic, P.U.F., París. 1961.

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en las corrientes que consideran hoy al psicoanálisis como apertura de un campo del lenguaje *' y al psicodrama analítico *^ y la terapia institucional como búsqueda de los significantes.''^ Son éstas investigaciones que se sitúan de manera inmediata en las fronteras de la investigación psicosociológica que hay que emprender.''^ La psicosociología no es sólo, ni lo es ante todo, el sitio de encuentro y de conflicto entre el individuo (psicología) y la sociedad o la cultura (sociología). Tampoco es el punto donde se debe estudiar la conciencia social (cosa que para algunos es otra manera de finir el carácter «colectivo» de la psicología). Parece ser, antes que nada, el enfoque de la palabra social con sus deformaciones, su inconsciente y sus mecanismos de desconocimiento tal como se dan en el lenguaje, «aquí y ahora», desde el instante en que se instituye la regla fundamental de decirlo todo en el grupo y por él.

41. 1956. 42. 1956. 43. 44. habla o

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J. Lacan, «Champ de la parole et de la conscience», Psychanalyse (I), 0 . Anzieu, Le psychodrame analytique chex Venfant, PU.F., París, F. Tosquelles, Pédagogie et psychothérapie institutionelle, París, 1966, Esta investigación define a la psicosociología como una técnica del palabra social.

CAPITULO III

LAS ORGANIZACIONES Y EL PROBLEMA DE LA BUROCRACIA El término organización tiene por lo menos dos significaciones: 1) por una parte designa un acto organizador que se ejerce en instituciones, y 2) por la otra apunta a realidades sociales: una fábrica, un banco, un sindicato son organizaciones (hacia 1900, la sociología decía «instituciones»). Llamaré, pues, organización social a una colectividad instituida con miras a objetivos definidos, tales como la producción, la distribución de bienes, la formación de hombres. Los tres ejemplos propuestos designan a empresas, en el más amplio sentido del término, y, con mayor precisión, a una empresa industrial, a una empresa comercial y a una institución de educación. Hasta una época reciente, el estudio de la organización y las organizaciones no eran objeto, como lo han destacado March y Simon, de un enfoque autónomo. No se encontraba un capítulo especial referido a organizaciones en manuales de ciencias sociales. Era un estudio que no parecía ser capaz de constituir una rama específica del saber y de la práctica. Pero la situación ha evolucionado, y acaba de nacer una sociología de las organizaciones. Se descubre que existe una «dinámica de organizaciones», como existe una dinámica de grupos, lo cual implica, por hipótesis, que en el nivel de estructuras y funcionamiento hay rasgos comunes entre conjuntos aparentemente tan diferentes, diremos para retomar ejemplos recién 107

citados, como la fábrica, el banco y el sindicato. Pero es cosa que se ha descubierto con mucha lentitud y merced a aproximaciones sucesivas. De modo especial, el problema de las organizaciones se ha planteado a través del problema de la burocracia. Es comprensible. La organización suscita un interés teórico y práctico desde el instante mismo en que funciona mal. Pero este enfoque «funcional» ha ocultado al verdadero problema, que es político. Vamos a ver cómo, y ello a través de un examen crítico de las teorías de la burocracia.

I.

UN PROBLEMA

POLITICO

El Estado de Hegel debe ser el triunfo de la Razón: los conflictos son sobrepasados, cuando no suprimidos, y de allí en adelante la historia sólo tiene ya que desarrollar la sociedad burocrática. Este es el fin de la disparidad que yuxtaponía hasta entonces, en el curso de la historia pasada, las voluntades individuales y la voluntad colectiva, las corporaciones y todos los restos ya caducos de los tiempos antiguos. Lentamente, la universalidad ha surgido del trabajo que fue cumpliéndose con el correr de los siglos, y la historia ha alcanzado al fin su edad adulta. La filosofía hegeliana quiere ser, primero y principal, una filosofía de la madurez. La madurez cumplida es la madurez política, en la que los hombres superan el egoísmo subjetivo del hombre privado, para cumplirse y realizarse plenamente en la existencia política. Eso es lo esencial de la obra. Claro está que se puede discutir acerca del punto de saber si el Estado hegeliano es autoritario o, por el contrario, liberal, e interrogar a Hegel sobre muchos otros problemas. Una vez más, sin embargo, lo que cuenta ante todo es la proclamación de una Razón que por fin se realiza, que se vuelve efectiva y que pluebla el curso del mundo. Es la afirmación de que la historia está acabada. Es esta una idea que sigue siendo profundamente actual. Así, un siglo después de Hegel, Max Weber describe la buro108

cracia como empresa de racionalización integral de la producción y de la vida social, lo cual conduce a E. Morin a presentar a Weber como «el Hegel de la burocracia».' Realmente, la idea fundamental de Max Weber, que domina los análisis contemporáneos, ya se encuentra en Hegel. Hegel proclama que la burocracia tiene por misión introducir la unidad en la diversidad, el espíritu del Estado en la sociedad civil. La burocracia es la Razón en acto en el mundo; es el advenimiento de una nueva sociedad, un poco como el individuo adulto, salido ya de las vacilaciones de la infancia, organiza su conducta y se vuelve al fin dueño de su historia. Hegel anuncia de este modo, «justificándola», la era de la burocracia como nuevo rostro de la historia, aurora de tiempos modernos. Y muy cierto es que, de Hegel aquí ese destino de la historia puede parecer haberse cumplido: acaso hemos entrado en la época de la burocracia mundial, es decir, en un sistema burocrático que parece haber superado progresivamente las diferencias entre los «regímenes», entre los sistemas político-económico, para extender por doquier el mismo modelo de organización social y preparar un Gobierno Burocrático Mundial. Marx Rechaza el análisis de Hegel. Muestra así la negatividad burocrática: es un sistema «racional» profundamente irracional. La burocracia estatal no es aquello que parece ser, y de allí saca como conclusión que se la debe destruir. La paradoja consiste en que la historia parece haber dado la razón a Hegel en contra de Marx y en nombre de Marx. La destrucción del capitalismo con la forma descrita por Marx ha dado origen a sistemas burocráticos que parecen hallar su justificación teórica en la filosofía hegeliana del Estado antes que en la Crítica de Marx. Es este un enfrentamiento de las doctrinas que no ha hallado, aún hoy, una conclusión verdadera. Cualesquiera que 1. E. Morin, «Ce que n'est pas la bureaucratie», Arguments (17), 1960.

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sean nuestras preferencias, no sabemos de manera cierta cuál es nuestro porvenir. Nuestra incertidumbre actual es la expresión de un siglo y, sobre todo, de medio siglo de debates dentro del pensamiento marxista, debates tendentes a decir qué es la burocracia política cuál es su origen y cuál su estatuto en el mundo de nuestros días. En 1841-1842, según J. Molitor,^ Marx redacta una Crítica de la filosofía hegeliana del Estado que contiene su primero y más extenso estudio dedicado al problema de la burocracia. Landshut y Mayer, editores de las obras de juventud de Marx, presentan la significación general de ese escrito sobre la filosofía política hegeliana: «Marx sigue siendo, quizá, el hegeliano más cabal. En efecto, qué idea se adentraría más en el sentido de la filosofía hegeliana que la de pensar que, con posterioridad al acabamiento de la filosofía como filosofía, la primera operación del espíritu debe ser forzosamente la no filosofía absoluta» (Introducción).' Y escriben ambos autores: «El punto de vista de que parte Marx en su crítica es una negación pura y simple, no del todo expresamente discutida, del punto de vista filosófico como tal. Al referirle lisa y llanamente a lo que comúnmente se llama realidad, corta por lo sano al problema filosófico de saber qué es, propiamente hablando, la realidad... Como punto de partida de su crítica del Estado hegeliano, Marx toma, pues, la realidad empírica, efectivamente eficaz, de la experiencia inmediata». A decir verdad, Marx encuentra descrita la «realidad empírica» en el texto mismo de Hegel. En repetidas oportunidades lo subraya en su crítica: la teoría de Hegel es «la simple descripción de la situación empírica de algunos países», y «lo que Hegel dice del poder gubernamental no merece llevar el nombre de exposición filosófica. La mayoría de los párrafos podrían 2. (Ervres completes de Karl Marx, CEuvres philosophiques», trad, de J. Molitor, t. IV: 'Critique de la philosophic de l'Etat de Hegel', A. Costes, París, 1948. Salvo expresa indicación, tomamos nuestras citas de Marx de esta edición. i. Véase: G. Lapassade, «Le deuil de la philosophic (Kierkegaard et Marx)», Etudes Philosophiques. 1963.

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figurar, palabra por palabra, en el código civil prusiano»; por último, «Hegel nos da una descripción empírica de la burocracia». La teoría hegeliana no es, por tanto, una «lógica» que sustituya al objeto; es una lógica del objeto. De alguna manera, Marx ve en Hegel a un sociólogo no crítico de la burocracia prusiana, y su crítica de Hegel viene a ser, así una crítica sociológica y política de esa burocracia, y, de allí, una crítica más general de la burocracia del Estado, elaborada a través de los conceptos y el modelo del análisis hegeliano: Estado, Sociedad Civil. La burocracia es el cuerpo administrativo del Estado. El gobierno es quien asegura su reclutamiento y su formación: «Los individuos están obligados a probar que son aptos para los asuntos de gobierno, esto es, rendir exámenes. Al poder gubernamental corresponde elegir, para las funciones públicas, determinados individuos». Los burócratas son asalariados del Estado: «La función pública es el deber, la vida de los funcionarios. Es, pues, necesario que el Estado les fije un sueldo». El cuerpo de burócratas constituye una «clase media», que es «la clase de la cultura». Tal es, en esencia, el rostro de la burocracia en la presentación de Hegel, y tal va a ser el punto de partida de la crítica. En primer término, «Hegel no desarrolla contenido alguno de la burocracia, sino tan sólo algunas determinaciones generales de su organización 'formal', y es muy cierto que la burocracia no es más que el formalismo de un contenido situado fuera de ella». Por oposición a la sociedad civil, que es lo real, la burocracia es consiguientemente, pura «forma», a la que Hegel le asignaba, no obstante, la misión de ser un tercer mediador entre el gobierno y el pueblo. Esta misión de la burocracia suscita otra fórmula irónica de Marx: es, dice, «Cristo» con respecto a la sociedad civil, el Cristo enviado por el Padre, que en este caso es el Príncipe, para que el mensaje del Padre sea escuchado. En la sociedad civil están las corporaciones: «...la corporación es la burocracia de la sociedad civil; la burocracia es la corporación del Estado... Allí donde la 'burocracia' es un prin111

cipio nuevo, donde el interés general del Estado comienza a convertirse en un interés aparte y, luego, un interés real, la burocracia lucha contra las corporaciones [... ] El mismo espíritu que crea en la sociedad la corporación crea en el Estado la burocracia. No bien se ataca al espíritu de la corporación, se ataca asimismo al espíritu de la burocracia, y si anteriormente ésta combatía la existencia de las corporaciones para hacerle lugar a su propia existencia, ahora trata de salvaguardar con todas sus fuerzas la existencia de las corporaciones para salvar el espíritu corporativo, que es su propio espíritu». La sociedad civil es la vida social real; es, de acuerdo con la expresión de Jean Hyppolite, el mundo donde los individuos trabajan, intercambian, concluyen contratos. En este ejemplo, es, por tanto, «el mundo de la economía política».* Las corporaciones —organizaciones de este «mundo»— son, según Marx, su «burocracia». Pero además dice que es una «burocracia inacabada». La burocracia estatal es, en cambio, «corporación acabada», pues «la corporación es la tentativa de la sociedad civil de convertirse en Estado, y la burocracia es, así, el Estado que se ha transformado realmente en sociedad civil». Esta relación entre la burocracia y las corporaciones es conflictiva. El conflicto es el del antiguo mundo, con diversidad de estructuras, y el mundo nuevo, el Estado moderno, que quiere unificar lo diverso, introducir en todas partes la ley de la burocracia. En este sentido, el análisis de Hegel anuncia el de Max Weber. Marx pone de relieve el fracaso de ese análisis cuando pretende transformarse en advenimiento de la racionalidad. Y muestra que Hegel no puede disimular los conflictos y los antagonismos que estallan por doquier dentro de ese «sistema». El orden es meramente formal: la burocracia «entra en conflicto en todas partes con las finalidades reales». Y «todas las cosas tienen, pues, dos significaciones: una real y otra burocrática». De allí la disimulación: el «espíritu general de la burocracia es el secreto, el misterio, guardado en su seno por la jerarquía, 4. Hegel, Principios de la filosofía del derecho. Noticias de Jcan Hyppolite.

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y hacia afuera es su carácter de corporación cerrada». Por último, la contradicción existe dentro mismo de la burocracia; consecuentemente, de los burócratas. En ella y ellos coexisten el espiritualismo vacío y el sórdido materialismo. Este último estalla en el arrivismo del funcionario: «La finalidad del Estado pasa a ser su finalidad privada; es la caza de puestos más encumbrados: hay que abrirse paso». La burocracia es un peligro que amenaza a la sociedad civil. Hegel lo previo, y muestra las posibilidades de protección: la jerarquía, el conflicto, las «instituciones de la soberanía de arriba», la «formación moral e intelectual» de los funcionarios, la «grandeza del Estado». Marx muestra el carácter ilusorio de tales «protecciones». Del análisis hegeliano retiene simplemente esta declaración: el verdadero espíritu de la burocracia es la «rutina administrativa» y el horizonte «de una esfera limitada». En resumen, es lo contrario de la creación y es, también. To contrario de la reconciliación. La burocracia es, por tanto, lo contrario de la razón. El segundo enfoque o aproximación marxista de la burocracia se refiere al «despotismo oriental». Este sistema de organización social fue descrito por los viajeros y conquistadores * (Pizarro, Barnier); en seguida, por la economía política inglesa (Richard Jones en 1931 y John Stuart Mil} en 1848) y la filosofía política del siglo xviii (sobre todo, Montesquieu en El espíritu de las leyes), y últimamente por Marx y algunas corrientes del marxismo. En su libro sobre el «despotismo oriental», K. Wittfogel muestra de qué modo Marx enfocó y a la vez marró el análisis de aquello que ya Stuart Mill llamaba burocracia dominante y los marxistas llaman, con Marx modo de producción asiático. En este sistema económico-político, la sociedad se divide en dos clases: burócratas y gobernados. Marx describe su funcionamiento económico y su superestructura política: el Estado, dirigido por el déspota. Pero nunca dijo con claridad cuál era la clase dominante que «poblaba» el Estado asiático. Engels dijo una vez que en la «sociedad En español en el original. (N. del T.)

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asiática» los individuos dominantes se hallan unidos para formar una «clase dominante», y que la base de ese poder clasista era la función de un Estado «empresario general de la irrigación». Ahora bien, con posterioridad a Adam Smith y Locke, Marx y Engels siempre sostuvieron que en la historia occidental el Estado tiene por función «proteger la riqueza» (Adam Smith), esto es, estar al servicio de la clase dominante. También habrían debido mostrar, lógicamente, que el Estado oriental era igualmente, sin propiedad privada y como aparato de funcionarios, la primera clase dominante. No lo hicieron, al menos de un modo sistemático. Pero las tesis sobre «la nueva clase dominante» hallan aquí el principio de su análisis. Es, pues, conveniente precisar qué fueron esos primeros Estados de la historia —los Estados chinos, egipcios, indios— cuya significación descubre Marx hacia 1853. En la sociedad primitiva, la explotación de la tierra es colectiva; la comunidad se basa en «los vínculos de sangre, de lenguas y costumbres». La tierra pertenece a la comunidad, que es la propietaria colectiva de ella; es lo que Marx y Engels llaman «comunismo primitivo». En ese sistema comunitario, el individuo posee la tierra sólo indirectamente. Un esquema del sinólogo húngaro F. Tokei sitúa el papel mediador de la comunidad entre el individuo y la tierra;' el grupo, la comunidad, es quien tiene la función de «tercer» mediador: el grupo es primero. Antecede al individuo. Podemos distinguir en esta primera etapa dos subestadios: el de la ocupación de la naturaleza por la caza, la recolección y la pesca y luego el de su transformación por la agricultura. La evolución continúa en seguida con la aparición de la artesanía y la primera división social del trabajo; es una división que constituye, como dice también Marx, una forma primera, «primitiva», de separación. Pero además se trata, simplemente, de una separación funcional; es una forma de organización social, de distribución de tareas, y no de explotación y dominación. Implícitamente seguimos admitiendo que esa «sociedad 5. F. Tokei, Sur le mode de production asiatique, Le CERM, París, 1%2.

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primitiva», original, precede a las grandes formas políticas y económicas de la separación. La Eolítica no es asunto de unos pocos, sino de todos; la economía es colectiva.

(Individuo)

-»C ^.^^-"^"'^ (Comunidad)

T (Tierra) Después, en el curso de una larga evolución, la sociedad se divide en clases sociales sobre la base de'un nuevo sistema de producción y organización: el modo de producción asiático, en el curso del cual «los individuos dominantes se unen para formar una clase dominante», la primera clase dominante en la historia de las sociedades, que se encuentra separada de las comunidades dominadas sobre la base de las funciones de organización; progresivamente, individuos que sólo ejercían en un primer momento «un poder de función» terminan por ejercer «un poder de explotación». En este punto se efectúa el primer paso de las funciones de organización al poder burocrático. La burocracia que nace en los grandes imperios «asiáticos» no es definible en términos de disfunción de las organizaciones, de patología organizativa. En su forma inmediata, llamamos «burocracia» a la organización del poder. La progresiva formación de la primera burocracia, su constitución como clase, es muy conocida desde que se desarrollaron las investigaciones acerca del «modo de producción asiático». En determinadas circunstancias materiales —escasez del agua necesaria para el riego, o, por el contrario, inundaciones que exigen el concurso de todos los esfuerzos para drenar los suelos inundados— se hace necesario un trabajo de coordinación, al mismo tiempo que la cooperación, su indispensable complemento. Se necesita una «unidad concentradora»; de allí, organizar es coordinar, planificar los grandes trabajos, y es dirigir y controlar la ejecución de tareas que no tienen ya la medida del pequeño grupo, de la comunidad primitiva. En ese momento nace el Estado: es el gran empresario de 115

la irrigación.' Las comunidades primitivas subsisten; el suelo sigue siendo propiedad colectiva, pero poco a poco se vuelve propiedad «eminente» del nuevo poder. Este puede efectuar, ante todo para los grandes trabajos de interés colectivo, masivos reclutamientos periódicos de los gobernados. La nueva estructura se puede representar, como lo hace Maurice Godelier,^ con un esquema nuevo:

(E) Estado

(I) Individuo

,(C) Comunidad

T Tierra

(C)< Comunidad

(I) Individuo

T Tierra

Desde ese momento, el vínculo del individuo con su comunidad y con la tierra «cae» dentro de una nueva estructura y pasa por una nueva mediación. Por otra parte, el control social no es ya sólo asunto de toda la colectividad; ahora lo ejercen funcionarios (así los llaman los historiadores del despotismo oriental), funcionarios que primeramente ejercion, en efecto, una función técnica y que han pasado a ser burócratas desde el instante en que esa función dio origen al poder separado. 6. Friedrich Engels, Anti-Duhring, Editions Sociales, París, pág. 212 [hay edición en español: F. Engels, Anti-Dühring, Editorial Hemisferio, Buenos Aires. 1956]. 7. Maurice Godelier, Le mode de production asiatique et les schémas marxistes d'évolulion, Le CERM, París, 1962.

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Tal es, pues, el primer gran paso de la organización funcional a la burocracia dominante. Un grupo de funcionarios se convierte en clase burocrática cuando determinado número de condiciones entran a realizarse: paso de la división técnica a la división social del trabajo; ejercicio únicamente por los funcionarios de las tareas de dirección, innovación y regulación del trabajo, y no ya por el conjunto de la comunidad; explotación de los trabajadores mediante la prestación de un servicio y el descuento de un plus sobre la producción. La acumulación de este plus es visible en los tesoros reales, tales como los de los Incas en el momento de la conquista española. El Rey Inca, cubierto de oro, se define a sí mismo como un funcionario, el primer funcionario del Estado. El antropólogo A. Caso' muestra que el Rey en los sistemas del despotismo oriental posee las tierras, «no en condición de individuo, sino como funcionario». Esos son los rasgos específicos esenciales de la primera burocracia. Las clases dirigentes han de basar con posterioridad su dominación sobre la propiedad privada de los medios de producción. Pero la primera clase dirigente asegura su dominación únicamente sobre la base de la función organizativa. Esta es, históricamente, la primera fuente de la burocracia; se presenta, pues, como su raíz elementaL De esta forma vemos que es el acto de organizar, la organización en el sentido activo del término, lo que fundamenta a la burocracia en sus privilegios de clase dirigente, de grupo social en el poder. Esa acción antes que nada reguladora es la que da nacimiento a la forma específica de dominación social sobre la base de la producción. La burocracia es, así una forma de organización de la producción: hay burocracia cuando la organización de la sociedad ha pasado a ser propiedad privada de unos pocos. La burocracia es, pues, una estructura social y un sistema de poder cuya primera forma histórica es el modo de producción denominado «asiático», al que yo prefiero llamar modo de producción burocrático. 8. A. Caso, «Land tenure among the ancient Anthropologist, LXV (4), agosto de 1963, pág. %8.

mexicans», American

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Esta figura histórica, esta génesis de la burocracia, nos conduce a considerar como un momento histórico y lógicamente posterior la definición de la burocracia y sus fuentes en términos funcionales y disfuncionales, en términos modernos. El primer momento de la burocracia es el del paso de la gestión a la dominación y la explotación. Es un momento político. La primera definición de la burocracia sólo se puede enunciar, por tanto, en términos de clase dirigente. Esto es lo que no han visto autores tan diferentes en punto a criterio y proyecto como Merton y Sartre: ambos hacen aparecer la burocracia a partir de un proceso interno de burocratización de las organizaciones. El análisis de las primeras burocracias muestra, por el contrario, que hay que partir de las formas de organización de la producción para comprender de qué modo pueden los organizadores convertirse en estadistas, llegar al poder y dominar las sociedades. En el modo burocrático de producción, característico de los grandes imperios chinos, egipcios, aztecas e incas —para citar no más que los ejemplos más conocidos—, en esos grandes imperios, decimos, la explotación de los campesinos y los artesanos por una aristocracia de nobles y funcionarios del Estado no es individual, puesto que la prestación suplementaria de servicios es colectiva y la renta de bienes raíces se confunde con el impuesto, y puesto, además, que una y otro son la exigencia de un funcionario que no procede en su nombre, sino en el de su función dentro de la comunidad superior. El individuo, hombre libre en el seno de su comunidad, no está protegido del déspota ni por la libertad ni por la comunidad de la dependencia respecto del Estado. La explotación del hombre por el hombre adquiere en el seno del modo burocrático de producción una forma a la que Stuart Mill califica de «esclavitud política» y Marx de «exclavitud generalizada». Es, como vemos, una esclavitud distinta de la esclavitud privada, grecolatina, característica de otro modo de producción. La esclavitud burocrática se realiza por la explotación directa y colectiva de un grupo por otro grupo. Pero, «dentro de este marco, la esclavitud y la servidumbre individuales pueden no obstante aparecer como consecuencia de guerras y conquistas. 118

Esclavo y vasallo se vuelven propiedad común del grupo al que pertenece su amo, que a su vez depende de su comunidad y está sometido a la opresión del Estado». La «sociedad asiática» realiza de ese modo el primer paso histórico de la libertad de grupos a su esclavitud colectiva, de la división funcional del trabajo a la división social y política, de la organización a la burocracia. Tal fue el primer movimiento de la historia. Al mismo tiempo originó un gran desarrollo de las fuerzas productivas, del saber y la cultura, que preparó el advenimiento del mundo occidental. Occidente conoce, a partir de su nacimiento en la Grecia antigua, un desarrollo típico y singular. La historia se vuelve historia de la propiedad privada y de la lucha de clases. En este nuevo curso de la historia, el estatuto del Estado no es ya el del Estado llamado «asiático», lo cual altera igualmente el estatuto histórico de la burocracia. El Estado occidental se convierte en un foco de conflictos, en la postura de las luchas entre grupos y clases. La sociedad se organiza de otra manera, esto es, de acuerdo con las nuevas estructuras: democracia política en Grecia con organización esclavista de la producción; organización de la sociedad feudal, con un nuevo estatuto de la propiedad privada; organización específica de la sociedad capitalista, en la que la burocracia pasa a ser el instrumento del Estado. El estatuto de la burocracia cambia, pues, con los momentos de la historia, Pero siempre está sostenido por un movimiento hacia la dominación. Es lo que muestra Tocqueville cuando se refiere, en El antiguo régimen y la revolución, al movimiento de la centralización administrativa y burocrática llevado a cabo por la monarquía absoluta, y es lo que muestra asimismo Taine en sus Orígenes de la Francia contemporánea. Marx conoce, pues, ese primer origen de la burocracia, que aparece no bien unos «organizadores» se separan del grupo y toman el poder. Pero Marx no coloca el problema en el centro de sus análisis. Para él, la burocracia siempre ha de designar a la casta parasitaria, al instrumento del Estado (con el ejército y la policía), de un Estado que a su vez es también un «instrumento». 119

Hay que leerlo, por tanto, a partir de una perspectiva como la nuestra, o que puede ser la nuestra, para encontrar en su descripción de la sociedad asiática otra dimensión del problema, otro posible estatuto —que ya ha existido en la historia— de la burocracia. Sigue en pie la circunstancia de que para Marx la burocracia desaparecerá con el advenimiento de la sociedad socialista y la progresiva decadencia del Estado. La burocracia desaparecerá juntamente con la compulsión estatal, para dejar su lugar a la organización. Lo dice en lenguaje tomado de Saint-Simon, quien describe el posible paso de la «administración de los hombres a la administración de las cosas». Pero para el autor de El capital es un problema futuro: la sociedad en la que él vive y a la que describe, esto es, la sociedad capitalista, no puede llegar a una verdadera organización de la economía, y, sobre todo, la tarea no consiste en ayudarla a organizarse; consiste en destruirla. La perspectiva de Marx no es lo que Herbert Marcuse llama «capitalismo de organización»; es el socialismo. También para los utopistas lo es: describen la organización futura e ideal de la sociedad. Pero para Marx ser «utopista» es eso. Es anticipar, diríamos de manera «directiva», la organización que ha de darse la sociedad cuando haya hecho la revolución. Y no obstante, en cierto modo, Marx ha «visto» que la moderna burocracia puede nacer en la fábrica, en la empresa industrial. Se lo ve a punto de formular esta génesis de la organización cuando describe el movimiento que va de la cooperación al maquinismo moderno. Desde el punto de vista de la estructura de los textos de El capital comprobamos, esencialmente, que en las páginas dedicadas a la empresa Marx describe, a título de comparación, las viejas burocracias «orientales», el modo de producción asiático. Esa analogía estructural me lleva a creer que, para Marx, la moderna burocracia industrial se construye formalmente como las antiguas burocracias asiáticas. Y aquí tenemos el tercer nivel de nuestro enfoque. Marx describe las etapas que desembocan en el maquinismo industrial a partir de la artesanía y la manufactura. Es una descripción que va a ser retomada destacando el aspecto que aquí 120

nos ocupa, a saber, la formación de los sistemas de organización de la producción. Marx comienza por describir la cooperación. El término «cooperación» ha adquirido en el lenguaje actual un valor positivo: significa el trabajo en común aceptado y hasta deseado, el equipo, el espíritu de grupo... No lo emplearemos en esta primera fase con esta significación. Simplemente se tratará, ante todo, de un «concurso de fuerzas»,' de una «solidaridad mecánica».'" Marx da de ello una definición precisa: «...cuando varios individuos funcionan juntos con miras a una finalidad común dentro del mismo proceso de producción o en procesos, aunque diferentes, conexos, su trabajo adquiere la forma cooperativa»." El autor de El capital descubre, sin embargo, la importancia de la «moral del grupo» y anuncia, en el lenguaje desusado de la psicología de su tiempo, los descubrimientos futuros de la psicosociología: «Además del nuevo poder que resulta de la fusión de un alto número de fuerzas en una fuerza común, el mero contacto social produce una emulación y una excitación de los espíritus animales (animal spirits) que hacen elevar la capacidad industrial de ejecución... Esto proviene del hecho de que el hombre es por naturaleza, si no un animal político, según la opinión de Aristóteles, un animal social en todos los casos».'^ Así, aun cuando no deseada ni organizada desde el exterior, la cooperación posee también su dinámica interna, y esta dinámica interna, y esta dinámica «psicológica» es descubierta por Marx como uno de los factores aptos para incrementar la productividad del grupo. Marx lo descubre —para ser más exactos, lo publica— en 1867, y sólo sesenta años después, en 1927, 9. Destuft de Tracy, Elements d'idéologie, París, Í826, pág. 80. 10. Emile Durkiicim, La division du travail social. 11. Marx, Le capital, ed. cit.. I, 11, pág. 18. 12. Ihid. Marx cita además aqui, en apoyo de este punto de vista psicosociológico anticipado (uiu psicosociología al servicio de la productividad), este pasaje de un informe de investigación: «En la época de la cosecha y en otras ^pocas semejantes, cuando es necesario apresurarse, la urea se cumple más rápido y mejor si se emplean muchos brazos a la vez». Véase igualmente pág. 22, sobre los «espíritus animales».

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Mayo y sus colaboradores verifican la intuición de Marx y terminan por otorgarle un estatuto científico. La primera organización del trabajo en común, la cooperación, supone un medio de concentración que, al borde de Ja civilización industrial, lo suministra la acumulación del capital: «En general, los hombres no pueden trabajar en común si no se hallan reunidos. Su reunión es la condición misma de la cooperación. Y para que los asalariados puedan cooperar, es necesario que el mismo capital y el mismo capitalista los empleen simultáneamente y compren, por consiguiente, a la vez su fuerza de trabajo»." Esa cooperación sólo es posible y efectiva porque se la organiza desde el exterior: «...la concentración de los medios de producción en manos de los capitalistas industriales es, por lo tanto, la condición material de toda cooperación de los asalariados»." El organizador de la cooperación es el capital: «En los comienzos del capital, su gobierno sobre el trabajo posee un carácter puramente formal y casi accidental. El obrero trabaja, pues, a las órdenes del capital sólo porque le ha vendido su fuerza; trabaja para él sólo porque carece de los medios materiales para trabajar por cuenta propia. Pero no- bien hay cooperación entre obreros asalariados, el gobierno del capital se desarrolla como una necesidad para la ejecución del trabajo, como una condición real de producción. En el campo de la producción las órdenes del capital pasan a ser, de allí, tan indispensables como lo son las del general en el campo de batalla»." Marx plantea en seguida, claramente, como un producto de la necesidad histórica, el problema del poder y la dirección en la empresa: «Todo trabajo social en común que se desarrolle en una escala suficientemente grande reclama una dirección '* para armonizar las actividades individuales. La dirección 13. Ibid., pág. 22. Seguimos los capítulos de El capital del Libro I. t. II, capítulos XIII, XIV y XV [siempre Ed, Sociales]. 14. Marx, ob. cii., pág. 23. 15. Ibid. 16. Claro es el razonamiento. Es análogo al que explica el nacimiento de la burocracia en los grandes imperios asiáticos, nacimiento vinculado, como hemos visto, a la necesidad de coordinar, de planificar, de organizar la coope-

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debe llenar las funciones generales que extraen su origen de la diferencia existente entre el movimiento de conjunto del cuerpo productivo y los movimientos individuales de los miembros independientes de que se compone. Un músico que ejecute un solo se dirige a sí mismo, pero una orquesta necesita un director. Esta función de dirección, de vigilancia y mediación pasa a ser la función del capital desde que el trabajo a él subordinado se vuelve cooperativo, y, como función capitalista, adquiere caracteres especiales»." Prosigamos con la lectura de El capital. Se puede delimitar con exactitud el lugar en que Marx sitúa su análisis, mostrar lo que ya advierte de la burocratización de la empresa, pero mostrar también cómo y por qué dirige el aspecto esencial de su atención, no a este nivel, sino al del sistema económico, que dentro de la empresa da fundamento al sistema de poder. Vemos que ese paso de un nivel al otro del análisis se efectúa con toda nitidez cuando escribe: «En manos del capitalista la dirección no es sólo la función especial que nace de la naturaleza misma del trabajo cooperativo o social, sino que también es, y lo es eminentemente, la función de explotar el proceso del trabajo social, función que descansa en el inevitable antagonismo entre el explotador y la materia a la que explota»." Saquemos una breve conclusión en lo que concierne a la obra de Marx (y de Engels). No encontramos en Marx una teoría completa y sistemática de la organización, pero sí: a) una primera teoría de la burocracia, desarrollada en 1845 a partir de una crítica de Hegel y su filosofía del Estado; b) un análisis del despotismo oriental, que habría podido conducir a Marx a comprobar que, desde el instante en que la ración y el trabajo (forzado) en común. Desde luego que estamos en el derecho de afirmar que Marx identifica los dos modelos (agrícola e industrial) y que debido a ello hace en estas páginas constante referencia al M.P.A. 17. Ibid., pág. 23. 18. Ibiá.

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organización se vuelve propiedad privada, los organizadores han tomado el poder y la burocracia ha pasado a ser una clase dominante. Pero esto Marx no lo dice; lo dirán mucho tiempo después, hacia 1940, algunos marxistas; c) un análisis de la empresa industrial y capitalista, que anuncia, a nuestro parecer, una teoría de la burocracia industrial en su génesis y su estructura. Pero también aquí se trata simplemente de un punto de partida, y la preocupación central de Marx no estriba en ello. Ha de ser preocupación de sus sucesores. Lenin La nueva burocracia rusa —la nueva clase— no nació súbitamente, como un cáncer que crece sobre el deterioro progresivo, del «reflujo» y la degeneración del impulso revolucionario inicial. Ya está en 1917. Está en el pasado político de Rusia, en el modo de producción asiático de la época de los zares. Está en determinadas concepciones teóricas de los bolcheviques, ganadas por los modelos de la sociedad burguesaburocrática de Occidente. Está en las primeras decisiones para construir la nueva industria soviética, cuando Lenin y Trotsky rechazan las tesis de la oposición obrera en favor de la dirección colectiva de las fábricas y prefieren la dirección autoritaria con los métodos de producción del taylorismo. La burocracia es ya visible, en fin, en la represión de Cronstadt. No se la puede hacer nacer, por tanto, en 1923, como pretenden los trotskystas y, por ejemplo, Pierre Broue cuando escribe: «El bolchevismo [...] desemboca, a partir de 1923, en la dictadura del Partido, es decir, de la burocracia, sobre el proletariado»." Lo que sí hay que decir es que en 1923 se vuelve más clara la toma de conciencia del burocratismo. Y hay que agregar que éste no es «privilegio» del nuevo Estado ruso, sino que es la marca muy general de la sociedad industrial en el primer cuarto de siglo; no es, pues, cosa de asombrarse ver 19. Pierre Broue, Arguments (25-26), pág. 61.

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que lo descubran en el mismo momento Elton Mayo en los Estados Unidos, Kafka en Praga, Moreno en Viena, Lukács en Budapest y Breton en París. Lenin plantea en 1921 el problema de la burocracia. Lo hace en estos términos: «Al 5 de mayo de 1918 el burocratismo no figuraba en nuestro campo visual. Seis meses después de la Revolución de Octubre, tras haber destruido de arriba abajo el antiguo aparato burocrático, no experimentábamos aún los efectos de este mal. Pasa un año más. El Octavo Oangreso del Partido Comunista ruso, que se lleva a cabo del 18 al 23 de marzo de 1919, adopta un nuevo programa, y en él hablamos francamente, sin temor a reconocer el mal, sino, por el contrario, deseosos de desenmascararlo [...] hablamos de un 'renacimiento' parcial del burocratismo en el seno del régimen soviético. Dos años más transcurren. En la primavera de 1921, con posterioridad al Octavo G^ngreso de los Soviets, que ha discutido (diciembre de 1920) el problema del burocratismo, y después del Octavo Congreso del Partido Comunista ruso (marzo de 1921), que ha efectuado el balance de las discusiones estrechamente relacionadas con el análisis del burocratismo, vemos que ante nosotros se levanta este mal, aún más claro, más preciso, más amenazador». Y Lenin se interroga sobre las fuentes del burocratismo, sobre las fuentes de la burocratización: «¿Cuáles son los orígenes económicos del burocratismo? Son, principalmente, de dos tipos: por una parte, una burguesía desarrollada necesita, justamente para combatir al movimiento revolucionario de los obreros y, en parte, de los campesinos, de un aparato burocrático, primero militar, luego judicial, etcétera. Esto no existe entre nosotros. Nuestros tribunales y nuestro ejército están dirigidos contra la burguesía. La burocracia no está en el ejército, sino en las instituciones a su servicio. Entre nosotros, el origen económico del burocratismo es otro: es el aislamiento, la dispersión de los pequeños productores, su miseria, su incultura, la falta de carreteras, el analfabetismo, la ausencia de intercambios entre la agricultura y la industria, la falta de vinculación, de acción recíproca entre ambas. Ese es, en considerable medida, el resultado de la guerra civil. [...] El burocra125

tismo, herencia del 'estado de sitio' superestructura basada en la dispersión y la desmoralización del pequeño productor, se ha revelado en plenitud». Como vemos, mediante un análisis socioeconómico de la realidad soviética en sus comienzos procura Lenin informar acerca de lo que sucede. No invoca, pues —como hacía, por ejemplo, Rosa Luxemburg en su Historia de la Revolución Rusa—, la política adoptada por el Partido, el papel esencial del Partido. En función de su análisis, propone al fin los remedios: «Para provocar una afluencia de fuerzas nuevas, para combatir con éxito al burocratismo, para superar esta inercia nociva, la ayuda debe provenir de las organizaciones locales, de la base, de la ejemplar organización de un 'todo'. Se necesita conceder la máxima atención a las necesidades de los obreros y los campesinos; solicitud infinita para el restablecimiento -de la economía, aumento de la productividad del trabajo, desarrollo de los intercambios locales entre la agricultura y la industria...». Este análisis de Lenin con su riqueza y sus limitaciones, volvemos a encontrarlo, en otro estilo, en Trotsky. Trotsky Examinaremos sucesivamente, a partir de Trotsky y dentro del orden en que éste formuló históricamente los problemas: 1. La burocratizacíón dentro del Partido;* 2. La teoría de la burocracia definida como «casta parasitaria»; 3. Por último, la posición de Trotsky con respecto a la teoría de la burocracia, «nueva clase dirigente» (B. Rizzi). Este punto lo trataremos en el próximo capítulo. Pero ya que presentamos las concepciones de Trotsky, hay que decir desde luego esto, y subrayarlo: nunca, en ninguna parte, consideró Trotsky que la burocracia pudiera llegar a ser, ni en la URSS 20. León Trotsky, «Cours nouveau», De la devolution, Ed. de Minuit, París, 1964.

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ni en parte alguna, una nueva clase dominante. Hasta afirmó lo contrario, al revés de lo que dice Rizzi. Son trotskystas disidentes (Rizzi y Burnham, y luego en Francia el grupo de Socialismo o Barbarie) quienes rompieron con Trotsky y el trotskysmo precisamente sobre este problema fundamental. Mal se comprende que aún hoy haya intelectuales, marxistas, convencidos de buena fe de que las tesis de Rizzi y las de Djilas son trotskystas. Insistiremos respecto de esta mala inteligencia. Después de la Revolución, Lenin y especialmente Trotsky plantean el problema de la burocratización (el Partido Qjmunista [bolchevique] lo plantea en 1923). La crítica trotskysta de la burocracia soviética —estrato parasitario que produjo a Stalin— se desarrolla en el curso de los años de destierro. Se trata de críticas que verdaderamente popularizaron la crítica de la burocracia en los medios políticos. Sin embargo, el análisis que del burocratismo formula Trotsky comienza mucho antes; con exactitud, en el momento mismo en que Lenin, poco antes de morir, descubre el peligro del burocratismo. A este respecto, el documento más importante es la serie de artículos publicados por Trotsky en Pravda bajo un título que ha llegado a ser célebre: Nuevo curso. El análisis de la burocracia por Marx se centraba ante todo en la filosofía de Hegel y era, como tal, especulativo. Después, Marx vio, especialmente en La guerra civil en Francia, la necesidad de destruir en su conjunto la organización de la sociedad burguesa y, por tanto, echar abajo su «aparato burocrático». Pero esto sigue siendo un programa, una línea propuesta a la acción. En cambio, Trotsky descubre, como Lenin, el problema de la burocracia en el corazón mismo de su experiencia, en torno de él, en la realidad soviética al día siguiente de la Revolución, sólo unos pocos años después de Rosa Luxemburg. Para el Trotsky de 1923 el burocratismo es una enfermedad de funcionamiento, cuya génesis y estructura describe y cuyas fuentes busca. La- burocracia ha de ser en seguida una capa social parasitaria: nunca llegará hasta el extremo de considerarla como una nueva clase, según la expresión de Djilas. 127

Vamos a examinar ahora la teoría del burocratismo desarrollada en Nuevo curso. Lo primero que encontramos en este texto es una definición: el burocratismo es «la autoridad excesiva de los comités y los secretarios», que «resulta del hecho de haber transferido al Partido los métodos y los procedimientos administrativos acumulados durante estos últimos años». Otra fuente, vinculada al problema de las generaciones: «...desempeñando el papel de director del Partido y absorbida por los problemas de administración, la antigua generación se ha habituado y sigue habituándose a pensar y decidir por el Partido, e instaura preferentemente para la masa comunista métodos puramente escolares, pedagógicos, de participación en la vida política: cursos de instrucción política elemental, verificación de los conocimientos, escuela del Partido, etcétera. De ahí el burocratismo del aparato, su aislamiento respecto de la masa, su existencia aparte». La precedente descripción introduce la fórmula clave de todo el trabajo: para Trotsky, el burocratismo es, en primer término, «el hecho de que el Partido vive en dos planos distintos»: la base, privada de participación efectiva, y el aparato burocratizado. Aquí volvemos a encontrar los «dos planos» antagónicos descubiertos por Marx en la teoría hegeliana del Estado: la burocracia y la sociedad civil. Pero en este caso, es decir, en el Partido burocratizado, el corte se ha producido dentro de la misma organización. Y he aquí de qué manera «la mayoría de los miembros» del Partido sienten, según Trotsky, la fractura: «Que el aparato piense y decida bien o mal, el hecho es que con harta frecuencia piensa y decide sin nosotros y en lugar de nosotros. Cuando se nos ocurre manifestar incomprensión, alguna duda, o expresar una objeción, una crítica, se nos llama al orden, a la disciplina; las más de las veces se nos acusa de hacer oposición y hasta de querer constituir fracciones. Somos devotos del Partido hasta la médula de los huesos y estamos dispuestos a sacrificarlo todo por él. Pero queremos participar activa y 128

conscientemente en la elaboración de sus decisiones y en la elección de sus modos de acción». La burocratización es un proceso de degeneración: «...en su gradual desarrollo, la burocratización amenaza con desvincular de la masa a los dirigentes, con llevarlos a concentrar su atención únicamente sobre los asuntos administrativos, de designación... Estos procesos se desarrollan lenta y casi insensiblemente, pero se revelan con brusquedad». Después de esta descripción, todavía muy general, presentada en su primer capítulo, Trotsky pasa en el segundo a la búsqueda de las causas: «...está claro que el desarrollo del aparato del Partido y la burocratización inherente a ese desarrollo los engendran, no las células de fábricas agrupadas por intermedio del aparato, sino todas las demás funciones que ejerce el Partido por intermedio de los aparatos estatales de administración, de gestión económica, de mando militar y de enseñanza. En otros términos, la fuente del burocratismo reside en la creciente concentración de la atención y las fuerzas del Partido en las instituciones y aparatos gubernamentales, y reside en la lentitud del desarrollo de la industria». También en otros términos, la burocratización del Partido Comunista soviético es, en 1923, la consecuencia directa e inmediata del hecho de que el Partido, llegado al poder, reproduce en su funcionamiento interno la burocratización del Estado que describía Marx en su crítica de Hegel. La burocratización del Partido es la consecuencia del hecho de que la «dictadura del proletariado» se ha convertido, en 1923 —como bien hubieron de subrayarlo tanto Rosa Luxemburg como la oposición obrera (con menos claridad)—r, en la dictadura del «Partido del proletariado». Claro, esto Trotsky no lo dice; decirlo sería poner en tela de juicio el fundamento mismo del sistema político en el que él participa, la vinculación entre el Partido y el poder. Trotsky no es Djilas; en el camino del análisis, se detiene, describiendo con claridad y rigor los síntomas, pero buscando soluciones en una «terapéutica» política, la de un «nuevo curso». No obstante, prosigamos con él este análisis: «El único medio de triunfar sobre el sistema corporativo, sobre el espíritu 129

de casta de los funcionarios, estriba en la realización de la democracia». Y en seguida, nuevamente: «El burocratismo del Partido no es, repetimos, una supervivencia en vías de desaparición de! período anterior; es, por el contrario, un fenómeno esencialmente nuevo, un fenómeno que se desprende de las nuevas tareas, de las nuevas funciones, de las nuevas dificultades y de las nuevas faltas de! Partido. El proletariado realiza su dictadura por el Estado soviético. El Partido Comunista es el partido dirigente del proletariado y, por consiguiente, de su Estado. Todo el problema consiste en realizar en la acción este poder sin fundirlo con el aparato burocrático del Estado, a fin de no exponerse a una degeneración burocrática». Gjmo vemos, Trotsky no considera la posibilidad de buscar por el lado de los principios, fundamentales de la «dictadura del proletariado» el origen último de la burocratización. Es el límite imposible de franquear por su análisis. Puede, sin duda, denunciar: «Todos los asuntos se hallan concentrados en manos de un pequeño grupo, a veces sólo de un secretario, que designa, destituye, imparte directivas, impone sanciones, etcétera». Pero la solución que Trotsky propone una y otra vez —y que no ha de obtener— radica siempre y simplemente en introducir «la democracia viva y activa dentro del Partido». Solución muy próxima, en definitiva, a la que podría proponer en la misma situación, y de consultársele, un lewiniano ortodoxo. Hemos citado a Lewin. Es dable hallar otros parentescos entre el análisis trotskysta y los análisis de dinámica de grupo en el tercer capítulo de Nuevo curso, capítulo que lleva por título, precisamente, «Grupos y formaciones fracciónales». La formación de fracciones y el esfuerzo por comprender la significación sintomática de su existencia son un medio privilegiado de aproximación, aunque aparentemente indirecta, al fenómeno burocrático. Los burócratas denuncian y condenan a las fracciones sin ver que la verdadera fuente de éstas es, precisamente, el burocratismo: «...la resolución del comité central dice claramente que el régimen burocrático es una de las fuentes de las fracciones». Trotsky va, luego, a desarrollar esta proposición. 130

Ante todo resume el proceso: «Los matices de opiniones y divergencias episódicas de puntos de vista pueden expresar la lejana presión de intereses sociales determinados y, en ciertas circunstancias, transformarse en grupos estables; éstos pueden, a su vez, adquirir tarde o temprano la forma de fracciones organizadas». En seguida muestra que no basta prohibir las fracciones para evitar su nacimiento: «Sería 'fetichismo de organización' creer que, sean cuales fueren el desarrollo del Partido, las faltas de la dirección, el conservadurismo del aparato, las influencias exteriores, etc., basta una decisión para preservarnos de los reagrupamientos y los trastornos inherentes a la formación de las fracciones. Eso sería, además, dar prueba de burocratismo». Trotsky al desarrollar su tesis sobre el burocratismo (todavía no dice en Nuevo curso «la burocracia») como un fenómeno de degeneración que alcanza a las organizaciones políticas: partido, sindicato, aparato estatal. En otros términos, en la primera etapa de su obra el teórico de la revolución permanente ^' describe el fenómeno burocrático como un fenómeno patológico. En la segunda etapa, esto es, durante el destierro, Trotsky va a enfrentar un nuevo problema, que habrá de convertirse, poco a poco, en el problema central de una generación: ¿constituye la burocracia, soviética o no, verdaderamente una nueva clase, en el sentido marxista del término? Esta ha de ser la tesis de Rizzi y después de Djüas. Pero Trotsky nunca admitirá tal análisis. Ahora necesitamos, pues, analizar esa tesis, que presenta a la burocracia como una clase social, para situar luego la respuesta de Trotsky. Bruno Rizzi En 1939, Bruno Rizzi ^^ publica un libro: La burocratización del mundo. Aplica a la burocracia soviética el concepto 21. León Trotsky, «La Revolution permanente», en De la devolution, ed. cit. 22. Bruno Rizzi, ha bureaucratisation du monde. París. 1939.

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marxista de clase social definida por su situación dentro de la producción y la economía. Veamos de qué manera resume su demostración. «En realidad, el Estado burocrático entrega de diferentes maneras la plusvalía a sus funcionarios, formando una clase privilegiada, instalada en el Estado. En la sociedad soviética, ios explotadores no se apropian directamente de la plusvalía, como el capitalista cuando guarda en su caja de caudales los dividendos de su empresa, sino que lo hacen de una manera indirecta, a través del Estado, que guarda en su caja toda la plusvalía nacional para distribuirla luego entre sus funcionarios. Buena parte de la burocracia —a saber: los técnicos, los directores, los especialistas, los stajanovistas, los logreros, etcétera— está de algún modo autorizada para tomar directamente sus emolumentos, que son muy altos, de la empresa por ella controlada. Esos funcionarios disfrutan además, al igual que todos los burócratas, de los 'servicios' estatales pagados con la plusvalía [...] En su conjunto, la burocracia arrebata la plusvalía a los productores directos mediante un colosal incremento de los gastos generales en las empresas 'nacionalizadas'... Vemos, pues, que la explotación pasa de su forma individual a una forma colectiva, en correspondencia con la transformación de la propiedad. Se trata de una clase en bloque, que explota a otra clase, en correspondencia con la propiedad clasista, y que luego pasa, por vías interiores, a la distribución entre sus miebros por medio de su Estado propio (hay que contar con la herencia de los cargos burocráticos). Los nuevos privilegiados consumen la plusvalía a través de la maquinaria del Estado, que no es sólo un aparato de opresión política, sino también un aparato de administración económica de la nación. [...] La fuerza-trabajo ya no la compran los capitalistas; ahora la monopoliza un solo amo: el Estado. Los obreros ya no van a frecer su trabajo a diferentes empresarios, para escoger a aquel que mejor les convenga. La ley de la oferta y la demanda no funciona más. Los trabajos se hallan a merced del Estado» (págs. 64-65). Para Rizzi, la burocracia es la última clase dominante. Su supresión no puede dar origen más que a la sociedad sin clase 132

que debía suceder, según Marx y Engels, a la desaparición de la burguesía y a la fase de dictadura del proletariado. Tal es el «revisionismo» de Bruno Rizzi. Cree éste que debe comprobar el nacimiento en la URSS de una nueva clase dominante y agrega, pues, al concepto marxista de prehistoria este último eslabón: la burocracia. Al mismo tiempo trata de probar que es éste el último eslabón de la cadena: «No sentimos simpatía alguna por esta sociedad burocrática, pero comprobamos su necesidad histórica. No obstante, hay que pagar aún el precio de una clase dirigente. Sobre este punto no nos hacemos ilusiones, y bueno es que tampoco se las hagan los productores dirigidos: únicamente su presión política hará disminuir la presión económica y beneficiará a toda la sociedad, así como fue bienhechor el movimiento sindical proletario que impulsó a la producción capitalista hacia un perfeccionamiento siempre mayor. Creemos firmemente en el porvenir de una sociedad sin clases y hasta estamos persuadidos de que esta nueva sociedad, actualmente en gestación, será la última de las sociedades divididas en clases. La clase dirigente termina por ser sólo una con la burocracia política, sindical y técnica, que en las pasadas sociedades actuaba por poder en interés del patrono capitalista y feudal y de los patricios, y también en su propio interés. La última clase dirigente de la historia se halla tan próxima a la sociedad sin clases, que niega su condición de clase y de propietaria». La diferencia entre la nueva clase dirigente y las clases dirigentes que se sucedieron en el pasado consiste en que ya no posee la propiedad «privada» —es decir, jurídicamente establecida— de los medios de producción. Pero tal reconocimiento jurídico no es necesario para su dominación: «La propiedad clasista, que en Rusia es un hecho, no resulta por cierto de un registro en notaría alguna o en ningún catastro. La nueva clase explotadora soviética no necesita de tamañas pamplinas; tiene en sus manos la fuerza del Estado, y eso vale mucho más que los viejos registros de la burguesía». Otro rasgo importante y diferencial de la nueva clase: entre sus miembros no hay acumulación privada de capital. Al destacar esta diferencia, Rizzi no hace otra cosa que recordar 133

esto: entre el modelo de organización y explotación capitalista y el nuevo modelo burocrático no es necesaria la identidad absoluta para autorizar a presentar a la burocracia como una nueva clase. Lo esencial es que «el Estado se convierte en el patrono y el director económico por mediación de una nueva clase privilegiada, a la que la sociedad deberá pagar los gastos de esa dirección, en el curso de un nuevo capítulo de la historia. La nueva clase dirigente no persigue como finalidad la acumulación indefinida de la riqueza individual; se contenta con buenos sueldos, con una vida feliz, y continúa con el programa económico de 'servir al público' organizando la producción, ahora, sin cálculos capitalistas. Una parte de la producción estatal puede e incluso debe ser deficitaria; lo que importa es que la producción aumente y sea activa en su complejidad». Rizzi añade esto todavía: «"...estamos de acuerdo en que la nueva clase dirigente se alzará con una buena parte del pastel de la producción autárquica. Es la regla; está en la índole misma del tipo de sociedad que se forma. Si la burocracia no puede demostrar de manera tangible que es capaz de elevar el nivel económico de los productores directos, su suerte está echada. Pero no contemos demasiado con las finalidades humanas y el perfeccionamiento del individuo que la nueva clase se propone. Debe ésta, sin embargo, mejorar las condiciones económicas de las poblaciones sometidas si desea conservar su predicamento. Su función histórica habrá concluido cuando revele ser incapaz de perseguir esta finalidad». Ya se sabe, por último, que la tesis de Rizzi la hicieron suya Djilas en Yugoslavia ^ y Burnham en los Estados Unidos; ^ por su parte, este último cree que la nueva clase surge del interior mismo del capitalismo, merced a la progresiva toma del poder por los organizadores: «Los managers ejercerán su control sobre los instrumentos de producción y obtendrán un derecho preferencial en la distribución de los productos, no directamente, en su carácter de individuos, sino gracias & su 23. M. Djilas, i a nouvelle classe dirigeante, Plon, Parfs, 1937. 24. Bumhaffl, L'he des organisateurs, Plon, París, 1947, con prólogo de L. Blum.

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control del Estado, que será propietario de los instrumentos de producción. El Estado, es decir, las instituciones que lo componen, será, podemos decir, 'la propiedad' de los directores. No se necesitará más para hacer de ellos la clase dirigente». De este modo vemos que la tesis de la nueva clase, si resultara válido aplicarla universalmente, esto es, tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética, parecería anunciar un porvenir propio de una burocracia que iría dominando poco a poco todo el mundo, un mundo progresivamente burocratizado. TROTSKY Y EL PROBLEMA DE LA BUROCRACIA DEFINIDA EN TÉRMINOS DE CLASE SOCIAL En su análisis crítico de la URSS staliniana, Trotsky parece a veces al borde de una definición de la burocracia —^y esto antes que Rizzi— en términos de clase dominante. Pero rehusa ir hasta el fondo de la tesis, porque distingue rigurosamente la raíz económica que determina la existencia de una clase social y las técnicas políticas características de su dominación. Los caracteres de la capa burocrática soviétiva «se relacionan en su esencia con la técnica política de la dominación clasista. La presencia de la burocracia, con todas las diferencias de sus formas y de su peso específico, caracteriza a todo régimen de clase. Su fuerza es un reflejo. La burocracia, indisolublemente ligada a la clase económicamente dominante, se alimenta con las raíces de ésta, y se mantiene y cae con ella».^ Tal es la tesis. En lo esencial, Trotsky no revisará esa posición, y de ahí su respuesta a Rizzi: sin duda, la burocracia «engulle, disipa y dilapida una parte importante del bien nacional. Su dirección le resulta extraordinariamente cara al proletariado... Sin embargo, los departamentos más amplios, los bistecs más jugosos y aun los Rolls-Royce no hacen todavía de la burocracia una clase dominante importante... Cuando la burocracia, para hablar con sencillez, roba al pueblo (que es lo que en diversas y variadas formas hace toda burocracia). 25. León Trotsky, La qualriéme internationale el ¡'URSS, 1938.

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tenemos que vérnoslas, no con una explotación de clase, en el sentido científico de la palabra, sino con un parasitismo social, aunque sea en muy grande escala. El clero medieval era una clase, o un 'estado social', en la medida en que su dominación se basaba en un determinado sistema de propiedad de bienes raices y de servidumbre. La Iglesia actual no es una clase explotadora, sino una corporación parásita. Por eso la burocracia soviética, aun cuando consuma improductivamente una parte enorme de la renta nacional, se halla al mismo tiempo interesada, por su función misma, en el desarrollo económico y cultural del país; cuanto más alta sea la renta nacional, mayor será el monto de esos privilegios. No obstante, respecto del fundamento social del Estado soviético, el auge económico y cultural debe socavar las bases mismas de la dominación burocrática». Uno de los argumentos de Rizzi era, según vimos, el descubrimiento de rasgos comunes entre la burocracia stalinista y las burocracias fascistas; ya en 1937 había Trotsky admitido la existencia de semejantes rasgos. Pero al mismo tiempo limitaba el alcance de la analogía: «Nunca he afirmado que la burocracia soviética sea igual a la burocracia de la monarquía absoluta o a la del capitalismo liberal. La economía estatizada crea para la burocracia una situación completamente nueva y abre nuevas posibilidades, tanto de progreso como de decadencia. La analogía es mucho mayor entre la burocracia soviética y la del Estado fascista. También ésta trata al Estado como si fuera propiedad suya. Impone serias restricciones al capital privado y a menudo provoca en él rezongos. A título de argumento lógico, podemos decir: si la burocracia fascista lograra imponer cada vez su disciplina y sus restricciones a los capitalistas, sin resistencia efectiva de parte de ellos, podría transformarse gradualmente en una nueva 'clase' dominante, absolutamente análoga a la burocracia soviética. Sin embargó, el Estado fascista pertenece a la burocracia solamente en cierta medida. Estas son las tres palabritas que el camarada Rizzi olvida voluntariamente, pero que tienen su importancia. Son, incluso, decisivas. Si Hitler intenta apropiarse del Estado y, por su intermedio, de la propiedad privada 'totalmente' y no 136

tan sólo 'en cierta medida' va a chocar con la violenta oposición de los capitalistas». A partir de lo anterior podemos ver de qué manera podía al fin Trotsky oponer a los argumentos de Rizzi otros argumentos: «Bruno Rizzi mete en un mismo saco a la economía planificada de la URSS, al fascismo, al nacional-socialismo y al New-deal de Roosevelt. Todos estos regímenes poseen, sin duda, ciertos rasgos comunes, que en último análisis están determinados por las tendencias colectivistas de la economía moderna. Ya antes de la Revolución de Octubre formulaba Lenin de este modo las particularidades esenciales del capitalismo imperialista: concentración gigantesca de las fuerzas productivas, acentuada fusión del capitalismo de los monopolios con el Estado, tendencia orgánica hacia la pura dictadura como efecto de esa fusión. Los aspectos de centralización y colectivización determinan a la vez la política de la revolución y la de la contrarrevolución; pero esto no significa en absoluto que sea posible identificar revolución, termidor, fascismo y 'reformismo' norteamericano». Gyorgy Lukács: la cosificación y el problema de la burocracia Hacia 1920, el problema del marxisto es esencialmente el de la revolución de la economía y la lucha de clases. Lo que Marx dice al respecto preocupa sobremanera a sus continuadores: Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburg. Entre ellos, el joven Lukács adquiere cierto aspecto de francotirador. Aborda a Marx en un nivel completamente distinto, en otro horizonte. No ya a Marx pensador político, en el sentido habitual del término (teoría del Estado, de la lucha de clases, de la toma del poder), sino a Marx pensador de la alienación y de la cosificación universal del mundo capitalista moderno. Este cambio de perspectiva se deja ver en una «Nota» ^ añadida, como debida 26. Gyorgy Lukács, Histoire et conscience de classe, nota, pág. 127.

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a un escrúpulo repentino, al texto sobre la cosificación * inserto en Historia y conciencia de clase: «Si en este contexto —escribe Lukács— no hacemos hincapié en el carácter de clase del Estado, etc., es porque nuestra intención consiste en captar la cosificación como fenómeno fundamental, general y estructural de toda sociedad burguesa. De otro modo, el punto de vista clasista ya debería haber intervenido con motivo del estudio de la máquina». En efecto, la descripción del trabajo obrero en las páginas del mismo ensayo dedicadas a la organización industrial —dentro de un instante insistiremos al respecto— abren un horizonte completamente distinto dentro del pensamiento marxista. El concepto fundamental de Lukács es, en 1920-1922, el de la cosificación, o sea, lo que transforma a los seres y las cosas en res ontológica, humana y prácticamente vacías de toda esencia, de todo sentido vivificante. La cosificación metamorfosea a la actividad humana —totalidad engendrada por la producción humana—, y todos los fenómenos con los que tenemos que ver se vuelven hostiles, extraños. Lo que Hegel había captado como devenir de la alienación y que Marx analizó ciertas veces como fenómeno de la alienación y otras como carácter fetichista de la mercancía pasa a ¿er, en el caso de Lukács, cosificación. Una ilustración particularmente esclarecedora es en este punto toda la obra de Kafka. Acabamos de evocar a Kafka, novelista de la cosificación (El castillo es la burocracia, pero el conjunto de la obra kafkiana es descripción de un universo cosificado y burocrático); a Kafka, cuya obra es contemporánea del mencionado escrito de Lukács. Igualmente contemporáneas son otras tentativas de descosificación cultural: el surrealismo, cuyo primer manifiesto data de 1924; el psicodrama, inventado por Moreno en 1923. En la Europa de la década del veinte, sobre todo en la Europa central de posguerra, el problema de la cosificación en la cultura (la novela, la filosofía, la poesía, el teatro y el jazz) se vuelve un problema fundamental de la vida social. Ahora ve* Cosificación o reificación. Preferimos el primer término, por su mayor claridad y para evitar pleonasmos inútiles. CN. del T.)

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mos cómo pudo Lukács inaugurar, dentro de ese contexto, una forma original de regreso a Marx, forma que había de ser, por lo demás, rápidamente condenada: su libro de 1923 se convierte en libro maldito. No obstante, es un libro particularmente moderno y actual y permite encarar el problema de la cosificación como un problema general de la sociedad contemporánea. Lukács entiende por burocracia el cuerpo de funcionarios; no sólo, como en el caso de Marx, los funcionarios del Estado, sino también los empleados de oficina de cualquier lugar: de las empresas industriales y, de un modo más general, de todas partes donde haya organización (de la producción, de la distribución, de la formación...). El problema de la burocracia se convierte en problema de las organizaciones. Es la perspectiva abierta por Max Weber, pero situada y comprendida dentro de la perspectiva de la cosificación analizada por Marx en El capital. Lukács dice ser, en ese mismo ensayo, marxista. Leamos, por lo demás, las primeras líneas: «No es en modo alguno por casualidad que las dos grandes obras de la madurez de Marx, las que procuran describir el conjunto de la sociedad capitalista y mostrar su carácter fundamental, comiencen por un análisis de la mercancía... El problema de la mercancía se presenta no sólo como un problema particular, ni aun como el problema central de la economía tomada como una ciencia particular, sino como el problema central, estructural, de la sociedad capitalista en todas sus manifestaciones vitales». Antes del ejemplo de la burocracia, se nos propone una primera ilustración de ese proceso; se trata del trabajo obrero en el mundo industrial moderno, con el taylorismo. Luego viene el análisis de la burocracia: «La burocracia implica una adaptación del modo de vida y de trabajo y también, paralelamente, de la conciencia a las presuposiciones económicas y sociales generales de la economía capitalista, tal como lo hemos comprobado respecto del obrero en la empresa particular. La racionalización formal del Derecho, del Estado, de la Administración, etc., implica, objetiva y realmente, una descomposición semejante de todas las funciones sociales en sus elementos, una búsqueda de las leyes racionales y formales 139

que rigen estos sistemas parciales, separados con exactitud unos de otros, e implica en la conciencia —como resultado, subjetivamente— repercusiones semejantes debidas a la separación entre el trabajo y las capacidades y necesidades individuales de quien lo efectúa; implica, por lo tanto, una división del trabajo, racional e inhumana, tal cual la hemos hallado en la empresa, en cuanto a la técnica y el maquinismo». Ya Marx había mostrado en el análisis del trabajo industrial la reducción de la cualidad a la cantidad —por ejemplo, del «tiempo vivido», diría un Bergson, al tiempo de los relojes—: «...la cantidad lo decide todo, hora por hora, jornada tras jornada», escribía Marx en Miseria de la filosofía. Lukács traslada este análisis a la descripción de la burocracia, en la que encuentra «un desprecio incesantemente creciente de la esencia cualitativa material de fas 'cosas' con que se relaciona la manera burocrática de tratarlas». Y recuerda Lukács, además, «la necesaria y total sumisión del burocratismo individual a un sistema de relaciones entre cosas, su idea de que precisamente el 'honor' y el 'sentido de responsabilidad' exigen de él una sumisión total sepiejante»; en dos palabras, la ética misma del burócrata no es más que una moral de la cosificación, una moral de la sumisión íntegra al mundo cosificado de la burocracia. También aquí la mejor ilustración está, sin duda, en Kafka, en su Colonia penitenciaria. Con la cosificación, Lukács propone una teoría de los orígenes de la burocracia moderna, teoría derivada del análisis realizado por Marx del carácter fetichista de la mercancía. Para Lukács, la burocracia es la organización, la institución, cosificada, congelada. Se podría, se debería vincular a esta cosificación burocrática su complemento, al que los marxistas denominan «falsa conciencia». En el libro que ha dedicado a demostrar sus mecanismos, primero en el nivel de las sociedades políticas y en seguida en el nivel de la patología individual, J. Gabel muestra claramente cómo un poder totalitario y burocrático va acompañado de ideologías cosificadas, basadas en las falsas identificaciones (las «amalgamas»), antidialécticas y como inmovilizadas en el tiempo. La falsa conciencia es, di140

riamos, la «burocratización» de la conciencia. En un artículo que destaca la dimensión psicosociológica del problema, el mismo autor ha mostrado las relaciones entre marxismo y dinámica de grupo y cómo las técnicas de grupo se han convertido, dentro de determinado contexto histórico, en técnicas de la descosificación. Paul Cardan Los análisis que Paul Cardan ha dedicado recientemente a las formas actuales de la burocracia han surgido de la corriente marxista. Los examino, pues, en este lugar sin olvidar que Cardan recurre igualmente a los datos de las ciencias sociales. Cardan proporciona una definición de la burocratización: «Por burocratización entendemos una estructura social en la que la dirección de las actividades colectivas se halla en manos de un aparato impersonal organizado de manera jerárquica, que actúa supuestamente con arreglo a criterios y métodos 'racionales', económicamente privilegiado y compuesto de conformidad con reglas que, en rigor, él mismo dicta y aplica»." En esta definición se reconocen a la vez el recuerdo de Max Weber y de Trotsky y la marca de una orientación más próxima de quienes definen la burocracia como nueva clase dominante. Reconocemos la inspiración weberiana en los rasgos atinentes a la organización jerárquica de la «racionalidad» de los métodos; pero a «racionalidad» se le añaden unas comillas que Max Weber no utilizaba. La influencia de Trotsky es visible, asimismo, si nos acordamos de la fórmula de Nuevo curso: «...el burocratismo es un fenómeno social como sistema determinado de administración de los hombres y las cosas». Pero ya vimos que para Trotsky la burocracia representa una «capa parasitaria» antes que un verdadero privilegio económico. Por 27. Paul Cardan, «Le mouvement, révolutionnaire sous le capitalisme modeme», Socialiime ou Barbarie (32), pig. 99. (Designamos con la sigla S. ou B. la serie de artículos aparecidos bajo el mismo tittilo en los números 31, 32 y 33 de !a revista.)

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lo demás, Trotsky retoma la fórmula de Marx y Lenin, quienes definen la burocracia en términos de «parasitismo social». El privilegio económico, en cambio, es ya la explotación, la apropiación de una plusvalía; es lo que define a una clase dominante. Es la noción teórica de Cardan. Cardan define en seguida tres fuentes del burocratismo. Origínase éste, ante todo, en la producción: «La concentración y la 'racionalización' de la producción acarrea la aparición de un aparato económico en el seno de la empresa capitalista, cuya función consiste en la gestión de la producción y de las relaciones de la empresa con el resto de la economía. En particular, la dirección del proceso del trabajo —definición de las tareas, ritmos y métodos; control de la cantidad y calidad de la producción, vigilancia, planificación del proceso de producción, gestión de los hombres y de su 'integración' a la empresa, etc.— implica la existencia de un aparato específico e importante».^ La segunda fuente se halla en el Estado: «La profunda modificación del papel del Estado, transformado ahora en instrumento de control y hasta de gestión de un número creciente de sectores de la vida económica y social, va a la par de una hinchazón extraordinaria del personal y de las funciones de lo que siempre ha sido el aparato burocrático por excelencia».^ Y la tercera fuente se sitúa en las organizaciones políticas y sindicales. Ya hemos examinado este punto en el capítulo dedicado a las burocracias políticas. Pero el aporte fundamental de Cardan consiste en mostrar cómo la burocratización tiende a generalizarse en todos los sectores de la vida social: «A partir de cierto momento, la burocratización, la gestión de las actividades por aparatos jerárquicos, se convierte en la lógica misma de la sociedad, su respuesta a todo. En la etapa actual, hace ya tiempo que la burocratización ha dejado atrás las esferas de la producción. 28. Loe. cil., pág. 100. 29. Ibid. Precisiones estadísticas acerca de esa «hinchazón» del personal de las administraciones estatales en Francia se encontrarán en: A. Sauvy, í^ Bureacratie, colección «Que sais-je?», P.U.F., París, 1956.

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la economía del Estado y la política. El consumo se ha indudablemente burocratizado, en el sentido de que ni su volumen ni su composición se dejan ya a los mecanismos espontáneos de la economía y la psicología [...], sino que forman el objeto de una actividad de manipulación siempre más rigurosa de aparatos es(>ecializados correspondientes (servicios de venta, publicidad y estudios de mercado, etc.). Hasta los entretenimientos se burocratizan. Se lleva a cabo un grado cada vez mayor de burocratización de la cultura, inevitable dentro del contexto actual, si no es que también la 'producción' o, cuando menos, la difusión de la cultura ha pasado a ser una inmensa actividad colectiva y organizada (prensa, libros, radio, cine, televisión, etc.). Hasta la investigación científica se burocratiza».* Cardan elabora, por último, una especie de «modelo» descriptivo de esa «pesadilla climatizada» ^' que vendría a ser una sociedad global y no ya tan sólo una organización burocra tizada. De esta forma tenemos que una sociedad burocrática es, en especial, una sociedad: 1." que ha logrado transformar a la enorme mayoría de la población en población asalariada; 2.° en la que la población se halla integrada a grandes unidades de producción impersonales (cuya propiedad puede pertenecer a un individuo, a una sociedad anónima o al Estado) y se la ha dispuesto de acuerdo con una estructura jerárquica piramidal; 3° en la que el trabajo ha perdido toda significación por sí mismo...; 4." en la que el «pleno empleo» se realiza, poco más o menos, de manera permanente. Los trabajadores asalariados 30. I hid., pág. 101. 31. Ibid., pág. 111. Esta expresión de tono romántico, así como otras expresiones de Cardan, parece darle la razón, en cuanto a su estilo, a la observasión de Michel Crozier sobre «la gran corriente pesimista revolucionaria que tan profunda influencia ha ejercido sobre el pensamiento social y político occidental del siglo xx (y que va) desde Rosa Luxemburg y León Trotsky hasta Bruno Rizzi, Simone Weil, C. Wright Mills y Socialisme ou Barbarie».

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—manuales o intelectuales— viven en una seguridad de empleo casi cabal, si «se conforman»; 5.° en la que las «necesidades, en el sentido económico, o mejos dicho comercial y publicitario, del término, aumentan regularmente con el poder de compra» y son objeto de una creciente manipulación de los consumidores; 6 ° en la que la «evolución del urbanismo y el habitat [...] tiende a aniquilar a la localidad como marco de socialización y soporte material de una colectividad orgánica»; ^ 7° en la que la vida social en su conjunto conserva «apariencias democráticas», con partidos y sindicatos, etc., pero en la que tanto esas organizaciones como el Estado, la política y la vida pública en general se hallan profundamente burocratizadas; 8.° en la que, por consiguiente, la participación activa de los individuos en la «política» [...] no tiene, objetivamente hablando, ningún sentido; 9.° en la que, por consiguiente, «la irresponsabilidad social se vuelve un rasgo esencial del comportamiento humano»; 10." en la que, por fin, «la filosofía de la sociedad es el consumo por el consumo en la vida privada, y la organización por la organización en la vida colectiva»."

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EL ENFOQUE

ADMINISTRATIVO

La formulación del problema de la burocracia en términos políticos conduce a definir lo esencial: la burocracia termina por presentarse como una clase que detenta la propiedad privada de la organización. Pero el enfoque técnico y científico 32. Acerca de este pumo, véase, por ejemplo: Lewis Mumford, Les Cites a travers l'hisloire. 33. Cardan, loe. cil., págs. 109, 110 y 111.

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del mismo problema conduce, como vamos a verlo, a enriquecer el contenido del concepto. El primer intento moderno de organización de la producción es el que efectúa a comienzos del presente siglo Frederick Winslow Taylor.^ Quiere éste resolver los problemas del trabajo industrial mediante la racionalización del trabajo obrero. Comienza, pues, por distinguir dentro de las relaciones de producción las funciones de dirección y las funciones de ejecución. ¿De qué modo puede la ejecución de las directivas llegar a ser la más racional posible? ¿Cómo eliminar, en la aplicación del orden todos los desórdenes y todos los gastos inútiles de movimientos, de energía? ¿De qué manera podría un buen ejecutante tender a una «perfección» comparable a la de la máquina construida según cálculos que implican la economía más rigurosa de las acciones necesarias? Para este ingeniero, el modelo ideal es la máquina. Pero la fábrica también necesita hombres que trabajen en las máquinas: es preciso que los trabajadores no sean distintos de la máquina a la que deben atender. Por lo demás, al funcionamiento de la empresa en su conjunto se lo puede también comparar y hasta identificar con el de una máquina, y en ese conjunto mecanizado hay que situar todo trabajo obrero capaz de un rendimiento óptimo. En el otro nivel, el de la dirección, la mecanización no podría adquirir la misma forma que en la definición de los ejecutantes. Sin embargo, también aquí tenemos tendencia a eliminar los factores perturbadores, tales como la subjetividad y las irregularidades del comportamiento humano. El jefe racional es, dentro de lo ideal, objetivo y consecuentemente impersonal, si desea mantenerse correctamente en su lugar dentro del gran reloj que vendría a ser la fábrica. Por último, entre dirigentes (jefes) y ejecutantes (obreros) los pasos intermedios, el aparato de control y los capataces serán funcionales, y las funciones serán coordinadas por jefes jerárquicos, dueños de un papel centralizador. 34. F. W. Taylot, Principes d'organisalion scientifique des usines, Dunod, París, s.f. ha Direction des Ateliers, Dimod, París, s.f.

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March y Simon ^ recuerdan que la teoría de la departamentalización se la puede hacer remontar a Aristóteles (Política, IV, 15). Pero en su forma moderna aparece con Luther Gulick, Haldane (1923), Fayol (1930), Urwick, etc., que son los teóricos de la gestación administrativa. El problema que se presenta ahora en el nivel de la organización se vincula al crecimiento del tamaño de las empresas y a la diversificación de las actividades. Hay, pues, que reorganizar el trabajo de dirección, fundar una técnica de mando no sólo en la cumbre, sino además en todos los sectores («departamentos») de la empresa. Entonces se va a reunir en departamentos especializados las producciones semejantes. Esto supone una especialización por objetivos (\a otra posibilidad vendría a ser la especialización por tareas). Esto supone una elección basada en un cálculo de rentabilidad que permita determinar qué es aquí preferible: la departamentalización en función de las tareas o la departamentalización en función de los fines (productos), que son dos criterios de especialización. Podemos, luego, definir, como hace Fayol, seis funciones en la empresa moderna, desde la función de administración y dirección, en la cumbre, hasta las funciones de ejecución, en la base. March y Simon resumen de este modo la escuela de la departamentalización: «En una organización que posea la habitual estructura piramidal, cada tarea debe comprender únicamente actividades pertenecientes a un solo departamento, aquel al que pertenece el empleado que ejecuta esa tarea». Gulick destaca las ventajas de la organización por objetivos: 35. J.-G. March y H. A. Simon, ob. cit. Recordemos que este libro distingue tres fases en las teorías de las organizaciones y !a burocracia: a) En el curso de la primera fase se elabora la teoría «clásica» de la organización, con Taylor y su «teoría fisiológica de la organización», así como con las teorías de la departamentalización (Fayol, Gulick, Urwick, etc.). El hombre en el trabajo es «una mano», h) La fase a la que podríamos llamar «psicosociológica» y que pone el acento en los aspectos afectivos (motivaciones, relaciones humanas); los autores ubican aquí las teorías de la burocracia por Merton, Selznick y Gouldner. En el curso de este período se considera que el trabajador tiene también «un corazón», c) El tercer período es el del neorraciohalismo, con nuevas teorías de la innovación y con la consideración de que el hombre es también «un cerebro».

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«Antes que nada, hace más segura la ejecución de todo objetivo o programa determinado de cualquier amplitud al poner toda la operación bajo la dependencia de un solo director, que posee el control directo de todos los expertos, oficinas o servicios que deben intervenir en la ejecución del trabajo. Nadie tiene que mezclarse. El director no espera a los otros directores; no tiene que considerar su apoyo o su cooperación, ni apelar al plano superior para despejar un conflicto. Puede consagrar toda su energía a la realización de su misión». Y un poco más adelante: «Los departamentos provistos de un objetivo deben hallarse coordinados de modo de no entrar en conflicto y trabajar armónicamente».'* Se puede considerar que la tercera etapa en la elaboración de la teoría clásica de la organización comienza con un nuevo crecimiento en los Estados Unidos de las empresas idustriales, que se convierten en organizaciones gigantescas. Entonces se va a plantear con mayor claridad aún el problema de la dirección del trabajo en la empresa. Como muy justamente observa A. Levy," «el centro de interés de las teorías de organización se ha desplazado de la organización del trabajo obrero al de los grandes directores. Esto es una consecuencia natural del hecho de que a todos los problemas se los había supuesto resueltos por la mera existencia del jefe». Y Levy añade que en el curso de ese período «los principales problemas estudiados son los de la formación, la motivación de cuadros, la definición de objetivos y la de las comunicaciones». Un autor más reciente de esta escuela de los «organizadores», al mismo tiempo que práctico, es Peter Drucker; para él, «el problema del desarrollo de la empresa es, sobre todo, un problema de actitudes y de comportamiento del dirigente». 36. L. H. Gück y L. Urwick, Papers on the science of administration, Nueva York, 1937. 37. A. Levy, «Problemes d'organisation et de structure dans la perspective des theories classiques», en Hommes et Enlreprises (17-18), año HI, enerofebrero de 1959.

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Drucker distingue entre organizaciones verticales y organizaciones planas.^ —En las organizaciones verticales el control se extiende, cuando mucho, a seis o siete subordinados. —Las organizaciones planas poseen una jerarquización me nos estricta. Se comprueba, por ejemplo, que las comunicaciones son mejores en las organizaciones planas que en las verticales. Drucker estudia igualmente el grado de autonomía de las unidades de producción en funciones del grado de control sobre esas unidades y del grado de su coordinación con otras unidades dentro de la empresa. De este modo, el análisis estructural de la empresa se vuelve más complejo. En cambio, lo que sigue en pie en el curso de este tercer período de la «ciencia de las administraciones» es una concepción algo modificada del jefe y del principio de autoridad. Siempre el jefe es quien coordina y sigue siendo el responsable. Y sobre todo sigue en pie una idea fundamental; Fayol la expresa con toda claridad: hay hombres que son dirigentes «por naturaleza», y otros que sólo son aptos para ejecutar. El orden burocrático es un orden «natural». Pongamos fin a este repaso sobre la elaboración de las teorías clásicas de la organización con Levy: «Si estas teorías han sufrido variaciones, ello se ha debido, sobre todo, al efecto de la urgencia de algunos problemas que una y otra vez se les han planteado a los jefes de empresa: especialización y racionalización del trabajo obrero, organización administrativa y asignación de tareas, y finalmente organización de la función de dirección»." La primera teoría de la organización nació de los proyectos de racionalización del trabajo y su gestión. La primera forma «burocrática» moderna de las relaciones de producción se encuentra en el taylorismo. Taylor acentúa la división de tareas en el comportamiento del hombre en el trabajo y sistematiza 38. Peter Drucker, La pratique du commandement, Editions d'Organisation, París, 1957. 39. A. Levy, ob. cil., pág. 9.

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la distinción entre los «dirigentes», que elaboran la tarea, definen las normas, etc., y los «ejecutantes», que aplican la consigna y a los cuales no se les pide pensar. La moderna forma contemporánea de burocratización comienza, así, con la nueva «organización científica del trabajo». Luego viene una doble reacción: la de los trabajadores organizados y la de los nuevos psicólogos y sociólogos de empresa, que descubren el factor humano en la alienación creada por el maquinismo industrial. La crítica psicológica de la frase precedente lo es por partida doble: por una parte incumbe al trabajo (con su carácter parcelario, su monotonía, su pérdida de significación) y por la otra a la organización de la empresa. Este es el momento de la sociometría, de las relaciones humanas. La crítica sociológica, elaborada fundamentalmente como respuesta a Max Weber, se desarrolla en la misma dirección, pero muy a menudo también en el olvido de la dimensión política. Ahora, antes de proponer una teoría nueva, necesitamos proceder al examen crítico de tales aportaciones.

111. 1.

LA CRITICA

PSICOSOCIOLOGICA

La primera etapa: lo formal, o el organigrama, y lo informal (Elton Mayo, J. Moreno)

Signan el primer momento de la crítica de las teorías «clásicas» de la organización las célebres experiencias de Elton Mayo en la Western Electric Company. Mayo saca a la luz la existencia de un sistema «informal» de relaciones que desempeña, en rigor, un papel esencial —aunque desconocido— en la producción. Más o menos por la mismo época, la sociometría descubre asimismo en las colectividades humanas organizadas sistemas de relaciones humanas completamente diferentes de los oficializados por el organigrama de la institución. Sin que se haga expresa mención, lo que está por nacer es una nueva teoría de la burocracia, o, con mayor exactitud, de la oposición a la burocracia. La coexistencia y el conflicto de ambos sistemas, esto es, el sistema oficial y el sistema sociométrico, es la coexistencia y la oposición del orden formal, oficial y burocrá149

tico y de un orden informal, clandestino y antiburocrático. En estas redes, los trabajadores constituyen una sociedad igualitaria y de cooperación, aun cuando, sean redes que no se proporcionan un aparato que se oponga al aparato de producción, tal el caso de los estudios sociométricos. Sencillamente, lo espontáneo se opone aquí a lo cosificado, la cooperación a la jerarquía, la humanidad de las relaciones a la inhumanidad de la máquina administrativa. En estas primeras investigaciones acerca de las relaciones humanas encontramos, pues, una teoría invertida de la burocracia, comprendida a partir de lo que no es, de lo que se opone a ella. 2.

La segunda etapa: la dinámica de grupo

Viene luego el movimiento denominado dinámica de grupo. Tampoco en este caso se echa explícitamente mano a la noción de burocracia: los psicosociólogos la abandonan a los sociólogos. Sin embargo, la imagen que se desprende de los estudios de los pequeños grupos e, igualmente, el ideal democrático perseguido por Kurt Lewin y sus alumnos se oponen de modo directo al funcionamiento -burocratizado. Para esta escuela, el ideal del grupo es su autorregulación con la plasticidad de los roles, el leadership democrático, la supresión de los obstáculos a la comunicación. E. Enriquez lo subraya,** y nosotros ya hemos desarrollado el examen del criterio psicosociológico en el capítulo anterior. Hemos mostrado que la función efectiva, aunque ambigua, de la psicosociología consiste en modernizar la burocracia. Vamos a ver que la crítica sociológica conduce, en realidad, al mismo resultado. IV.

EL ENFOQUE

SOCIOLÓGICO

Max Weber La primera fuente del pensamiento teórico de Max Weber es la historia política, lá sociología de la burocracia estatal, 40. E. Enriquez, en VAdaptation, obra colectiva.

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inaugurada por Marx, y el análisis marxista de la economía. Max Weber se sitúa, así, al encuentro de las corrientes que exploran el devenir de la sociedad moderna. La idea de una sociología de la organización, o de las organizaciones, halla aquí su iniciación. Por lo demás, el mismocamino se habría de encontrar en la elaboración contemporánea de una ciencia de los grupos. Los grupos humanos fueron en un primer momento objeto de preocupaciones prácticas, de orden industrial (Elton Mayo), terapéutico (Moreno) y político (corrientes del socialismo utópico). Sobre estas prácticas se elabora en seguida, lentamente, una dinámica de grupos, cuya hipótesis fundamental, necesaria para la constitución de una ciencia universal, reza que todo grupo, sea cual fuere su objetivo (producción, terapia, formación, etc.), debe en principio obedecer a las mismas leyes de funcionamiento, y que la tarea científica consiste en descubrir éstas. Otro tanto ocurre con respecto a la dinámica de las organizaciones. Llega un momento en que se advierte que debe haber caracteres comunes al conjunto de las organizaciones sociales, es decir, de los grandes grupos estructurados, o de esos grupos de grupos que persiguen objetivos diversos. Lo que se presentará como «formaHsmo» es, en este sentido, una necesidad de la investigación científica. Max Weber llama burocracia al sistema de administración o de organización que tiende a la racionalidad integral. Define a la organización burocrática mediante cierto número de rasgos característicos. En lo esencial, citemos: L° «El principio de las competencias de la autoridad, generalmente ordenado por reglas fijas», que determinan las atribuciones de los funcionarios con las «funciones oficiales» y prevén medios de coerción. En este aspecto, Max Weber destaca la universalidad que atribuye a su modelo de la burocracia: «En todo gobierno legal, estos tres elementos constituyen la autoridad burocrática, y dentro del marco de la vida económica privada constituyen la dirección burocrática». En otros términos, el primer carácter esencial de la burocracia se debería encontrar en todas las 151

formas sociales de la organización, en todos los sectores organizados de nuestra sociedad, desde el Estado hasta la empresa. Insistiremos al respecto. Pero primero examinemos los demás caracteres. 2." La burocracia está jerarquizada. Este es también un principio universal: «El principio de autoridad jerarquizada se encuentra en todas las estructuras estatales y eclesiásticas, como en los grandes partidos políticos y las empresas privadas. El carácter burocrático no depende en absoluto del hecho de que su autoridad reciba la denominación de privada o de pública»; 3." La importancia de los documentos escritos en las comunicaciones intraburocráticos. «La gestión de la organización moderna descansa en documentos (legajos o archivos) que se conservan en su forma original. De ahí la pila de funcionarios subalternos y de escribientes de todo tipo. El cuerpo de los funcionarios en actividad de la administración juntamente con el aparato del material y los legajos forman un buró.» La importancia del documento escrito, con destino al interior, pero también al exterior, queda así subrayada. También para ilustrar esto basta recordar la extravagante abundancia de las, notas de servicio y de las circulares de toda especie que pueden ser suficientes para ocupar a verdaderos batallones de jefes de servicios, secretarias y dactilógrafas; 4.° La función burocrática «presupone normalmente una formación profesional rigurosa». Marx ya destacaba, por lo demás, en su Critica de la filosofía hegeliana del derecho la importancia de los exámenes en el reclutamiento de los funcionarios y en su carrera; 5." El funcionario consagra todo su tiempo a la administración; en su vida, su trabajo es una actividad principal; 6.° El acceso a la función y su ejercicio suponen conocimientos técnicos: aprendizaje jurídico, técnicas de gestión, etc. Max Weber subraya igualmente los rasgos de la personalidad burocrática: «La burocratización separa radicalmente a la 152

actividad oficial del campo de la vida privada. Los fondos y los bienes públicos se hallan claramente separados del patrimonio particular del funcionario [... ] El principio se extiende hasta el jefe de empresa: la vida profesional está separada de la vida doméstica; la correspondencia administrativa, de la correspondencia privada; los intereses del negocio, de la fortuna personal». La administración burocrática «sucede a la administración por los notables». Aquí vemos la diferencia con otros tipos históricos de gestión, como por ejemplo el de la sociedad feudal, en que «el soberano hace ejecutar las medidas más importantes por intermedio de su mesnada personal, de sus compañeros de mesa y de los fieles de su corte». Max Weber ha recalcado lo que él denomina «ventajas técnicas de la organización burocrática» en el contexto de la sociedad industrial y capitalista: «La economía capitalista de mercado, le exige hoy a la administración una ejecución de los negocios lo más acelerada posible y, no obstante, precisa, clara y continua». Ante todo, la burocratización ofrece el máximo de posibilidades, por la división def trabajo dentro de la administración en función de puntos de vista puramente objetivos, distribuyendo las diferentes tareas entre funcionarios formados especialmente y que se adaptan a ellas cada vez más debido a un continuo ejercicio. En este caso, la ejecución objetiva significa ejecución de acuerdo con «reglas calculables», sin relación con los individuos. Tal es, pues, el modelo de la organización burocrática según Max Weber: descripción tipológica, esquema ideal, que muestra la estructura de la organización. Pero en este mismo autor hallamos una segunda dimensión, que no se puede separar de la primera y que prolonga a ésta. Max Weber ha recordado que en las condiciones de un poder burocrático supremo la masa de la población se ve reducida, íntegra, a la categoría de «gobernados», quienes ven alzarse ante ellos «un grupo dirigente burocráticamente estratificado» que puede ocupar «una situación absolutamente autocrática», y ha dado a este propósito ejemplos tomados de los imperios burocráticos de la antigüedad china en especial. Por último, apoyándose en el 153

pasado histórico, describiendo el presente y reflexionando desde 1917 en la experiencia rusa, se propuso ubicar el porvenir de la burocracia. Indiquemos una vez más, el parentesco evidente de su reflexión con la de Hegel, antes de precisar cómo ve Weber el porvenir. Para ambos autores, vivimos en cierto modo el «fin de la historia». No en el sentido de que la historia se detenga definitivamente, como un tren en su rincón, sino en el sentido de que la historia occidental, con su curso singular, sus luchas históricas, sus cambios en la estructura de las clases, puede llegar a su fin con la era de los organizadores; en el límite, con una organización internacional y burocrática en escala planetaria. Esta organización puede mejorar permanentemente, funcionar sin terror ni violencia, reemplazar a la compulsión forzada por la televisión, instalar —ya lo hemos dicho en un informe prospectivo y planificador dedicado al año 1985— la felicidad de la población. El fin de la historia (Hegel) y el porvenir de la burocratización (Max Weber) son esto: la era de la organización y el hombre de la organización. Max Weber aplica la expresión «sistema de transmisión», no a la burocracia, sino simplemente al aparato burocrático, porque, dice, «siempre se plantea la pregunta: ¿quién domina el aparato burocrático existente?». Ya estamos viendo la evolución sugerida: el poder de decisión pasa a ser totalmente interno del aparato burocrático cuando la burocracia se ha convertido en la nueva clase. La burocracia es retransmisión, aparato de transmisión, mientras haya en la sociedad una clase dirigente que «domine» también a la burocracia. Así se le presenta a Marx cuando éste descubre en el Estado, con su burocracia, un instrumento a disposición de la clase dominante. Pero Max Weber ha advertido y anunciado un paso histórico de la burocracia como aparato a la burocracia como nueva clase dirigente en la sociedad: «A la burocratización pertenece el porvenir», dice. Y «la burocracia estatal dominaría si el capitalismo desapareciese, y lo haría a solas». Max Weber ha escrito esto en 1917, el mismo año en que Lenin verifica que «el monopolio ha evolucionado, en general, en monopolio de Estado». De este modo encontramos en Max 154

Weber la doble teoría de la burocracia que siempre hallamos en esta indagación: la burocracia como tipo de organización de los grupos sociales en la sociedad y la burocracia como poder central de la sociedad —como clase dominante—. En un capítulo posterior insistiremos en este aspecto. J.-G. March y H.-A. Simon han observado con justeza que los análisis dedicados por Max Weber a la burocracia tienen más afinidades con las teorías «mecanicistas» de la organización (teorías de Urwick y Gulick) que con las que se han sucedido en el curso del período psicosociológico. Max Weber quiso mostrar, en efecto, «hasta qué punto la organización burocrática es una solución racional a la complejidad de los problemas modernos».'" No obstante, «Weber va más allá de la representación 'mecanicista' de manera significativa. Ha analizado en particular la relación existente entre un funcionario y su empleo. Pero, de manera general, ve a la burocracia como un dispositivo adaptado a la utilización de las capacidades especializadas».''^ Diremos, sobre todo, que Weber parece pertenecer al primer período de elaboración de una ciencia de las organizaciones, en la medida en que insiste, como Taylor o como Fayol, en la posibilidad y la necesidad de racionalizar el trabajo. La diferencia importante es que no se trata ya de un práctico —ingeniero o administrador— quien se preocupa de organizar. Weber es un sociólogo, y esto supone cierto retraso con respecto a los objetivos de producción. Sigue en pie el hecho de que este sociólogo es el teórico de una racionalización burocrática que le parece históricamente necesaria, cuando no íntegramente aceptable: «Las burocracias —escribe— tienen una eficacia mayor (en cuanto a los objetivos perseguidos por la jerarquía formal) que otras formas posibles de organización». Los sociólogos de la burocracia insisten, por el contrario —si utilizan en un primer momento de sus anáUsis el modelo weberiano—, en la «irracionalidad» burocrática, o, en el ien41. J.-G. March y H.-A. Simon, ob. cií. 42,

Ibiíi.

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guaje de Merton, en los disfuncionamientos de las burocracias.^ March y Simon han destacado el carácter común a las teorías de Merton (1940), Selznick (1949) y Gouldner (1954). Estos tres autores «utilizan como principal variable independíente cierta forma de organización, o de procedimiento organizativo, destinada a controlar las actividades de los miembros dentro de la organización».^ Un esquema resume este «dispositivo teórico» común. Se subraya en él el hecho de que las teorías que vamos ahora a examinar por separado pertenecen «a una sola categoría de teorías».*' Utilización de una representación «mecanicista» como dispositivo de control ^^___-(A) ^ ^ Consecuencias ^r-""'^ previstas (B)

--> Consecuencias imprevistas (C) FiG. 9

Merton La teoría de Merton '*' destaca el disfuncionamiento en el mvú de \os aprendizajes entre ios miembros de la organización burocrática. Al comienzo del modelo (digamos, en A de la Fig. 9) hay de parte de la jerarquía dirigente una «exigencia de control» que «toma la forma de una insistencia en aumento sobre la fidelidad del comportamiento»; esto significa que la 43. Cabe recordar que el término burocracia ha conocido en el vocabulario de la sociología norteamericana una verdadera inflación, hasta llegar a ser el equivalente, o poco menos, de la noción de organización. Para convencerse de ello basta una simple mirada a la lista bibliográfica (casi 1.000 trabajos detallados) proporcionada por S. N. Eisenstadt en su informe «Bureaucratic et Bureaucratisation», Current Sociology, Vil (2), 1958. 44. March y Simon, loe. cit. 45. Ibid. 46. R. K, Merton, «The unanticipated consequences ot purposive social action», Am. Social. Rev. (1), 1936, págs. 894-904. «Bureaucratic structure and personality». Social Forces, XVIII, 1940, págs. 560-568.

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jerarquía quiere estar en condiciones de prever los comportamientos aguardados a partir de un programa. Es el esquema mecanicista de la organización, un esquema teórico que en la realidad va a acarrear no sólo las consecuencias esperadas y previsibles (B), sino también —y este es el elemento nuevo de la teoría— consecuencias imprevisibles e inesperadas (C). Así, la insistencia sobre la fidelidad va a provocar la rigidez —inesperada— de las conductas y, de ahí, una serie de consecuencias igualmente «no deseadas». Un esquema, simplificado por March y Simon, proporciona el aspecto esencial de los circuitos. La rigidez del comportamiento arrastra, según Merton, tres consecuencias esenciales. Primeramente satisface la exigencia de fidelidad y responde a la necesidad de preservación del sistema; en seguida incrementa las reacciones de defensa de la actividad individual y, por último, hace aumentar la suma Je las dificultades encontradas con la clientela. En efecto, el desarrollo de la rigidez en el funcionario, de la actitud ritual, hace Pedido de control

i Insistencia sobre la fidelidad

Defensa en la acciónindividual

Rigidez de las conductas y reacción de - -defensa organizativa del estatuto

Necesidad experimentada de una defensa de la acción individual

; Suma de las dificultades ccn la clientela Resultados deseados Resultados no deseados FiG. 10.

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más difícil la adaptación a las tareas; al mismo tiempo desarrolla un espíritu de casta que cava un foso entre la burocracia y su público. Pero estos conflictos con los «clientes» refuerzan, en cambio, la necesidad de control, que de este modo se ve fortalecida a pesar de sus consecuencias no deseadas (Fig. 10). Se puede estar de acuerdo con M. Crozier en el sentido de que para Merton «la disfunción aparece como la resistencia del factor humano a un comportamiento que se intenta obtener mecánicamente».'*' Esa es una traducción de su análisis al lenguaje de las «relaciones humanas», es decir, de una corriente de las ciencias sociales que se caracteriza por el hincapié que hace sobre el carácter mecánico, no humano, de las teorías «clásicas» de la organización.''* El estudio de R. K. Merton es psicológico, y psicosociológíco por otro aspecto: describe comportamientos individuales en el sistema burocrático; muestra la elaboración de una personalidad rígida dentro de un marco institucional que lleva a rechazar la creatividad y la innovación. Si Max Weber ya elaboraba una tipología del funcionario burócrata en el nivel de los estatutos y las funciones, Merton va más lejos por esta vía cuando subraya las consecuencias psicológicas de la cosificación.*^ Merton deja sin resolver cierto número de problemas; no ha respondido a ellos, como lo destaca Crozier: «¿Por qué las organizaciones permanecen apegadas al modelo mecanicista, desde que éste no les proporciona los resultados deseados? Y si lo mantienen, ¿por qué no asistimos al deterioro de la organización? Después de todo, si verdaderamente las consecuencias del empleo del modelo mecanicista debieran obligar a utilizar cada vez más control y reglamentación, entonces de47. M, Crozier, Le phénomene hureaucratigue, Le Seuil, París, 1964. 48. Un excelente ejemplo de esta crítica de las teorías «clásicas» de las organizaciones a partir de las posiciones de la psicosociología de los grupos y las relaciones humanas se encuentra en el estudio, ya citado, de A. Levy «Problérnes d'organisation et de structure dans la perspective des theories classiques», Hommes et enireprises (17-18), año III, enero-febrero de 1959. 49. La cosificación del sistema, para emplear el lenguaje de Lukács, entraña una cosificación de los grupos y los individuos, que de rebote fortalece a la cosificación del sistema. Véase Hisloire et Conscience de classe, ed. cit.

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beríamos hallar cada vez más disfunciones. Merton no ha formulado estos problemas, pues no ha querido poner nuevamente en discusión el análisis de Weber. Su objetivo consistía solamente en mostrar que el 'tipo ideal' contiene una parte considerable de ineficacia y en comprender cuáles eran las razones de la separación entre el modelo de Weber y la realidad».'" Selznick Selznick sitúa en el primer momento de su modelo (en A, para retomar el esquema que resume los tres modelos) a la delegación de autoridad, técnica de control que produce consecuencias inesperadas. La consecuencia esperada por la jerarquía dirigente respecto de esa departamentalización es «la suma del adiestramiento en las competencias especializadas»: se aumenta la experiencia del empleado en terrenos limitados y se mejora su capacidad para tratarlos al restringir su atención a un número limitado de problemas. La consecuencia inesperada, no deseada, disfuncional, radica en que las divergencias de interés se han incrementado entre los subgrupos dentro de la organización. Estos subgrupos van a perseguir objetivos «subalternos» con respecto al objetivo global de la organización en su totalidad: habrá, pues, divergencia de los objetivos. De allí el incremento de los conflictos entre los grupos, que repercute en el contenido de las decisiones. Es un universo del conflicto: «Cada subgrupo trata de afirmarse integrando su política en la doctrina oficial de la gran organización, para legitimar sus exigencias».^' Pero al mismo tiempo la organización pasa a ser un campo de operaciones tácticas para los subgrupos, cuyos miembros interiorizan los objetivos calificados de «subalternos» en detrimento de los objetivos de la organización, que se los realiza y a la vez se los «tuerce». En una palabra, las consecuencias de la delegación de autoridad, o de la departamentalización, no son tan racio50. M. Crozier, oh. cit. 51. March y Simon, oh. cil.

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nales como en un primer momento se las pudiera creer: la jerarquía dirigente debe contar con la divergencia de las finalidades y con el «espíritu pueblerino» o «de grupo» entre los ejecutantes, como muestra el esquema de la Fig. 11. Delegación de autoridad \ \ \ Suma del adiestramiento en competiciones especializadas

Divergencia de los intereses

interiorización por los ejecutantes de los objetivos subalternos

G)n tenido de las decisiones Resultados deseados Resultados no deseados FlG. 11.

El comentario de Crozier pone de relieve las implicaciones esenciales de este análisis: 1.° «Para él, la presión burocrática cae de su propio peso, y el problema que quiere tratar es el del valor de los esfuerzos realizados paca sustraerse a eiía; 2° La organización burocrática especializa y fragmenta las funciones para hacer más neutro e independiente al experto, pero de ese modo tiende a crear un espíritu de casta y tenta160

ciones de alianza con los intereses, que cristalizan en torno de esas funciones; la disfunción que se desarrolla se la combatirá, naturalmente, con un reforzamiento de la especialización»; 3.° Selznick «presenta un nuevo problema, cual es el de la participación y el poder. Es cierto que sólo lo considera a propósito de la solución por dar a las dificultades sobrevenidas, y no como la fuente misma de éstas, lo cual equivaldría a poner en tela de juicio el marco weberiano en el que continúa oficialmente participando»." Gouldner Como Merton, como Selznick, Gouldner «intenta mostrar cómo una técnica de control destinada a asegurar el equilibrio de un sistema subalterno altera el sistema superior, con retroacción sobre el sistema subalterno»." Después de haber distinguido entre burocracia-pericial y burocracia-punitiva, encara de manera esencial el estudio de la segunda, para mostrar el círculo vicioso que se establece en ella. Los estudios funcionalistas de la organización constituyen en la escuela norteamericana un importante aporte teórico. Muestran los atolladeros en que se meten las primeras teorías de la organización en razón de su mecanicismo implícito. Desde luego, el ser vivo no se deja reducir a la mecanización: la vida tiene sus normas. ¿Significa esto que habría que reemplazar el modelo «mecánico», el de las teorías clásicas, por un modelo de tipo orgánico y vitalista, el que sugiere, por ejemplo. Cannon ^ cuando concluye, de la sabiduría del cuerpo, en una posible sabiduría del cuerpo social, en una homeostasis social? En este sentido, la organización vendría a ser un organismo. ¿Pero son de un mismo tipo los desórdenes del organismo y los conflictos del cuerpo social? ¿Pueden las clases sociales en lucha cooperar en determinado grupo, como hacen las 52. M. Crozier, oh. cit. 53. March y Simon, oh. cit. 54. Cannon, La sagesse du corps.

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glándulas endocrinas en la «organización» del cuerpo humano? Aquí es donde la noción mertoniana y posmertoniana de disfunción —noción de inspiración biológica— revela toda su ambigüedad. Es una noción de tipo organísmico, en el sentido de que tiende a considerar una organización social, una empresa, una administración, como una totalidad acabada, consumada, con su finalidad interna y ubicada simplemente en un medio social (la «clientela» de la organización, diría Merton, es este medio), como el organismo vivo se halla situado en su medio de vida y responde a sus solicitaciones, ataca, se defiende, se alimenta... Una burocracia funcional sería aquella que, gracias a su equilibrio interno, pudiera igualmente responder a la demanda circunvecina de los clientes. ¿Pero es de verdad pertinente este modelo —implícito— de una totalidad acabada y susceptible de estabilización (No se halla estabilizada, y eso es la burocracia disfuncional.) Se puede pensar, por el contrario, que la unidad de un grupo o de una organización social está siempre en otra parte, en «totalidades» sociales más vastas, y en la historia. Así, desde el punto de vista económico, la empresa se vincula al mercado nacional, supranacional y hasta mundial. Pero desde el punto de vista social es un sitio en el que actúan luchas sociales, conflictos que no se encuentran en la empresa... En una palabra, la organización no podría ser lo que puede ser un organismo animal: una totalidad acabada. Es siempre una totalización en curso aprehendida en conjuntos más vastos. Por último, ¿es posible agotar el problema mismo de la burocratización mediante una exploración interna y un diagnóstico del disfuncionamiento? Este tipo de diagnóstico puede ser válido, una vez más, para las disfunciones de un organismo, de un ser vivo, que se halla, desde luego, en un medio y que es agresivo o acogedor, pero que forma totalidad dentro de ese medio heterogéneo. El «medio» de la organización es, en cambio, un lugar de modelos en el que las estructuras burocráticas existen en una escala más amplia que la de una empresa, y, se puede arriesgar la hipótesis, inversa de la del funcionalismo, de una penetración de modelos externos de burocratización. viéndosela burocratizada en parte desde el exterior. 162

El análisis funcionalista es en resumen, una descripción que puede dar fundamento a una intervención terapéutica; no es una explicación: no es fuente del sentido. Se puede admitir, como dice Crozier, en un momento de la investigación, una sociología funcionalista. Tocante a la búsqueda del sentido, tenemos que continuarla luego en otras direcciones. Que es lo que propone Michel Crozier.

Michel Crozier Los trabajos de investigación, formación e intervención en la empresa han puesto de relieve las frustraciones del trabajador, sus resistencias a la «racionalización» integral de su trabajo. Son trabajos que subrayan también la dificultad de las organizaciones burocráticas tradicionales para responder a las presiones del medio, para funcionar adaptándose al cambio continuo de la moderna sociedad industrial. La aportación de esas investigaciones y técnicas es fundamental. Sin embargo, recientemente se ha podido comprobar que la energía así empleada en el análisis y manejo de la dimensión humana y afectiva de las organizaciones ha podido conducir a subestimar los problemas de poder en las relaciones sociales. La lucha de los hombres es una lucha por el poder; mientras dure ha de dar nacimiento a estrategias y tácticas que apuntan a la conquista del poder o a su protección, cuando ya se haya conquistado. Incluso un «equilibrio burocrático» sigue incidido por luchas y negociaciones. Michel Crozier ha basado sus análisis del sistema de organización burocrática en esa dimensión del poder.'' Y dice que no se puede comprender el funcionamiento de una organización «sin tener en cuenta los problemas de gobierno»; emplea el término «gobierno» por analogía con el vocabulario de la ciencia política.'* Toda teoría política implica una definición 55. Michel Crozier, Le phénoméne bureaucratique, Le Seuil, París, 1963. 56.' Ihid., pág. 242. La elaboración teórica de Michel Crozier se ha (ksarroUado sobre todo en la tercera parte de su libro titulado Le phénomine

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general de la organización social; por tanto, uno o varios axiomas iniciales. Para Crozier, este axioma es el de que «toda acción cooperativa coordinada requiere que cada participante pueda contar con un grado suficiente de regularidad por parte de los demás participantes, lo cual significa, en otros términos, que toda organización, sea cual fuere su estructura y cualesquiera sus objetivos e importancia, requiere de sus miembros una porción variable, pero siempre importante, de conformidad».'' Hasta comienzos de este siglo se obtenía la conformidad, generalmente, mediante la violencia y el terror. El ejemplo es de orden militar. Las empresas industriales adoptan en el siglo XIX el modelo militar: los analistas de esa sociedad, ya Comte, ya Marx, destacan la analogía de los dos tipos de organización. La fábrica funciona como el cuartel. A comienzos del siglo XX se ataca al mismo modelo militar, por obra de Taylor, en el nivel de la organización industrial, pero la organización revolucionaria lo conserva: Lenin se inspira, a comienzos de este siglo, en las estructuras del ejército para definir una estructura del partido, en la que la disciplina estricta es igualmente «de rigor». Por último, las órdenes religiosas han interiorizado los fines y el terror para mantener la cohesión del grupo: la orden de los jesuítas es la mejor ilustración de ello.'* Las organizaciones modernas continúan utilizando, de manera permanente, la compulsión; pero sus formas exteriores se suavizan progresivamente. Por lo demás, ahora tienen que bureaucratique desde el punto de vista de la teoría de las organizaciones; con precisión aún mayor, en el capítulo VII: el sistema de organización burocrática. De este capítulo tomamos, en lo esencial, los elementos de análisis y de constitución del «modelo» de la organización burocratizada. 57. Ibid. 58. Consúltese a Michel Crozier: en materia de sociología histórica resulta erróneo descuidar «los documentos que poseemos relativos al funcionamiento de las primeias grandes organizaciones comerciales, de los primeros ejércitos permanentes y de las órdenes religiosas. La teoría de las organizaciones podría verse esclarecida gracias al renacimiento de esos estudios dentro de un espíritu más sociológico. Valdría la pena estudiar, en particular, las analogías desde el punto de vista de las formas de organización entre las órdenes religiosas... y las primeras grandes organizaciones comerciales, como las de los mercaderes anseáticos».

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vérselas con un personal ya educado con miras a la conformidad: «El ciudadano y el productor han conquistado en el curso de un aprendizaje mucho más extenso de la vida social una capacidad general para adaptarse o 'conformarse' a reglas que impone la participación en 'organizaciones'»." Why te ha descrito generosamente"" esa formación del hombre de la organización. Riesman ha mostrado " de qué modo el extero-condicionamiento de los hombres se ha convertido en un elemento esencial de la civilización moderna. Todos estos autores han insistido, por lo demás, respecto del papel de los métodos de formación para la preparación de la «personalidad burocrática» en ocasión de su entrada en la organización, así como para el sustento de las conductas necesarias para la nueva disciplina.*^ Por último, han aparecido técnicas de previsión tales, que las organizaciones modernas pueden tolerar con mucha mayor facilidad la desviación y los compromisos parciales»." La consecuencia no es un decaimiento de Ja burocracia provocada por declinación alguna de formas autocráticas de mando. La burocracia actual es un complejo tejido de meca59. Ibid. 60. Whyte, L'Homme de l'organisation, trad, franc, Plon, París, 1959. 61. D. Riesman, La foule solilaire, trad, franc, Arthaud, París, 1964. 62. Esta es una interpretación unilateral. Si bien es cierto que las técnicas de grupo pueden ser un instrumento de aprendizaje y difusión de conductas conformistas, igualmente cierto es que son un instrumento de toma de conciencia y hasta de impugnación. Y esto no es un accidente o un beneficio secundario. Son métodos que han nacido de la necesidad —experimentada por los dirigentes de la producción— de suscitar, cuando menos entre los cuadros, una iniciativa ajustada a los fines que persigue la organización. No se trata, por tanto, de un condicionamiento absoluto, de una mecanización más sutil del hombre y de una simple manipulación, como lo afirman ciertos críticos. Los seminarios de formación apuntan a suscitar una creatividad compatible con las estructuras actuales de las empresas. Y en eso estriba, como pronto vamos a ver, la ambigüedad y los verdaderos límites de una formación en las relaciones humanas, pues la organización no está hecha sólo de relaciones: no es reducible a fórmulas psicológicas. Hoy no se ignora ya la dimensión precisamente psicológica de la producción. Sigue en pie su dimensión organizativa, institucional, o, como dice Michel Crozier, política. La formación ha desconocido hasta ahora la dimensión política, y sólo recientemente, con D. Cartwright, la dinámica de grupo ha orientado sus investigaciones hacia los problemas del poder social y de las relaciones de poder. 63. Michel Crozier, ob. cit.

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nismos y relaciones al que cada sociólogo de las organizaciones se esfuerza por analizar, por clasificar, por vincular, en fin, dentro de la sistematización de un modelo. Crozier distingue ante todo cuatro rasgos esenciales: la «extensión del desarrollo de las reglas impersonales, la centralización de las decisiones, el aislamiento de cada estrato o categoría jerárquica y el concomitante incremento de la presión del grupo sobre el individuo: el desarrollo de relaciones de poder paralelas en torno de las zonas de incertidumbre que subsisten».^ Examinemos estos cuatro caracteres de la burocracia. 1.° El desarrollo de reglas .impersonales dentro de la organización burocrática era también uno de los rasgos observados por Max Weber. Estas reglas burocráticas son particularmente visibles en la función pública y en las empresas de! Estado, que constituyen, por lo demás, el terreno de investigación de Crozier. Tal universo de las reglas es, ante todo, el sistema de concursos representados por los exámenes de admisión y ascenso en las categorías (los «estratos») jerárquicas. Antes que Max Weber, ya Marx daba a observar la importancia «ritualista» del concurso en la burocracia estatal. Otra reglamentación que tiende a despersonalizar la carrera del funcionario es el principio de la antigüedad: da normas a la distribución de los puestos, a los pasos de un puesto a otro, a los cambios en los índices de sueldo.*' Son, pues, reglas que protegen de la arbitrariedad y el favoritismo, pero al mismo 64. Michel Crozier, ibid. 65. Así, en nuestra educación nacional, hasta las notas de inspección se calculan de acuerdo con la antigüedad del docente. Las promociones se efectúan con mucho mayor frecuencia por la «antigüedad» antes que por la «selección». En las comisiones paritarias, los sindicatos velan por la aplicación de estas reglas, sin dejar de conservar márgenes de negociación con la administración. Dicho esto, se podría mostrar que el juego de los márgenes forma a su vez parte, en este ejemplo, del funcionamiento burocrático. Por último, la desviación, aun cuando sea pedagógica, puede ser controlada por un acuerdo tácito de las partes; más vale estar cerca del retiro que ser un recién iniciado si se quiere innovar en pedagogía; la explicación racionalizada (en el sentido freudiano del término) de este rasgo invoca la experiencia del docente maestro de su clase, experiencia vinculada a la edad y a la práctica. El permiso para innovar llega a la edad en que uno ya ha perdido las ganas. Esta resistencia a la novedad pedagógica es, por lo demás, un buen ejemplo de la resistencia al cambio en el universo burocrático.

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tiempo son un freno al desarrollo de la personalidad y la creatividad. La seguridad está primero, y el jefe sólo está allí para velar por que se apliquen esas reglas.* La regla protege: es, dentro del sistema una defensa a la vez contra los superiores y contra los subordinados." Pero al mismo tiempo aisla: tiende a eliminar el carácter personal de las relaciones profesionales. A decir verdad, nunca se alcanza del todo esta tendencia de la regla. Subsisten los márgenes dentro de los cuales los protagonistas pueden encararse y negociar. Los conflictos por el poder persisten en ese universo regulado y pueden manifestarse y desplegarse incluso a través de las reglas, poniéndolas al servicio del desarrollo de los conflictos. 2° La centralización de las decisiones es el segundo rasgo del sistema de organización burocrática. Pese a la multiplicación de las reglas que permiten decidir en cada caso, a veces es necesario decidir o, incluso, crear otras reglas. Se necesita entonces que el poder legislativo exista sólo en la cumbre, es decir, allí donde las presiones personales tienen menos probabilidades de actuar, de obtener resultados imprevisibles, de encarnar la arbitrariedad. Pero la actividad legislativa o de arbitraje en la aplicación de la regla obliga a ser más cuidadoso con el funcionamiento de la organización antes que con su expansión en el mundo. De este modo se evitan los riesgos de la iniciativa personal, cualesquiera que sean sus consecuen66. Para tomar nuevamente un ejemplo pedagógico: el Inspector verifica antes que cualquier otra cosa que se apliquen los programas, que se respeten los horarios, que el empleo del tiempo concuerde con las instrucciones del ministerio. Controla asimismo la conformidad de los métodos y de la ideología. Se me ha hecho saber la actitud de un Inspector General que, pese a estar reputado de «liberal», felicitó a un joven profesor por su autoridad al oponer la rigidez de su curso —incomprensible, por lo demás, para los alumnos— al aventurerismo de otro profesor joven que organizaba charlas en su clase y manifestaba, con ello, un interés activo por métodos que ponen en tela de juicio el curso ex cathedra. En otra parte, esta vez en la enseñanza primaria, el Inspector se queja de no poder calificar a un maestro que pone en práctica métodos activos, porque su enseñanza y el clima de su clase escapan a las normas previstas por la Inspección. En este caso, las reglas de la tradición son el marco indispensable dentro del cual se puede ejercer el «juicio». 67. Una defensa: no olvidemos que el universo burocrático es un universo de sospecha, de vigilancia y a menudo hasta de delación.

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cias. Pero el resultado es un incremento de la rigidez de la organización: quienes deciden están lejos de los problemas concretos y diarios de la organización, y quienes están, en cambio, cerca de estos problemas no pueden hacer otra cosa que aplicar las reglas, aun cuando éstas paralicen las Vonductas de adaptación. Como vemos, también en este caso es la distribución del poder dentro de la organización quien da fundamento a la creación y aplicación de las reglas. La descripción de este conocido rasgo de la organización —la importancia asignada a los reglamentos, el respeto fetichista de éstos y su constante invocación— supone un juego, oculto o visible, del poder dentro de la organización, de ese poder que está en el origen de la regla tanto como en su aplicación. 3.° El aislamiento de cada categoría jerárquica es el tercer rasgo del funcionamiento burocratizado. Entre las categorías, entre los «estratos», se establecen barreras protectoras, que por otra parte impiden el desarrollo de redes informales o sociométricas de relaciones capaces de recortar la separación de los estratos: el espíritu de casta actúa contra el espíritu de clan. Dentro de la casta, que es un «grupo de iguales», se ejercen presiones sobre el individuo para adecuarlo a la moral del grupo y provocar su adhesión a sus propios objetivos.** En estos grupos van a actuar las normas que definen y protegen la categoría profesional, y el individuo miembro de la casta debe adherir a esas normas y, en caso de necesidad, defenderlas. Michel Crozier introduce aquí una interesante hipótesis, cuando muestra que esos «estratos» tienen un papel esencial en la génesis del mecanismo burocrático denominado «desplazamien68. Se trata de un mecanismo que actúa hasta en las organizaciones sindicales y políticas, que han reconocido e instituido un derecho de tendencia, es decir, el derecho de desviación con respecto, eventualmente, a la mayoría. Pero la desviación en este Sistema debe ser por lo menos compartida por cierto número de participantes, para que se la reconozca y oficialice como «tendencia». En seguida, dentro de la tendencia que se organizo, las presiones con miras a la adecuación se ejercen por lo menos con tanta fuerza como en el conjunto de la organización. El derecho de tendencia ya no actúa dentro de las tendencias, donde el problema se va a encontrar con que es, hasta el estallido de las fracciones, consecuencia del burocratismo, en la medida en que «la burocracia es una de las fuentes fundamentales de las fracciones».

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to de los fines». Se trata, como es sabido, de un aspecto fundamental del funcionamiento burocrático: el fin original de la organización no es la organización misma y su supervivencia, sino la tarea para la que ha sido creada. Este fin se ve desplazado cuando el medio, esto es, la organización, se convierte en un fin en sí. Ahora bien, los subgrupos jerárquicos persiguen la defensa de sus propias ventajas dentro de la organización, y el nuevo fin tiende a sobrepasar a los fines de la organización en su conjunto, y ello pese a la afirmación de la coincidencia entre fines de grupo y fines de organización. 4." El último rasgo del funcionamiento burocrático descrito por Crozier es el desarrollo de relaciones de poder paralelas. A pesar de la rigidez del sistema burocrático, a pesar de su conservadorismo y a pesar, también, del esfuerzo por hacer previsible y calculable todo cambio, siempre quedan zonas de incertidumbre en las que van a actuar «relaciones de poder paralelas» o, en otros términos, informales.^ Este último tér69. No es «informal» el término que emplea Crozier. Pero toda su descripción de las relaciones de poder tiende a presentar éstas y su complejo sistema como un conjunto casi clandestino con respecto a la estructura oficial de la organización. Es una guerra permanente dentro de la burocracia, pero es una guerra que tiene sus propias leyes, que no han sido codificadas. Este juego del poder se parece sobremanera, por lo demás, al que describe Roger Vaillan en La Loi, aunque Crozier, que ha previsto la analogía, declara, a propósito de la dominación de los obreros de mantenimiento en el «Monopolio», que éstos no hacen la ley dentro del taller. Esta estrategia característica de las relaciones de poder es observable, en fin, no sólo en el funcionamiento de las organizaciones; volvemos a encontrarla como dimensión constante de las relaciones humanas, relaciones de trabajo, relaciones terapéuticas, relaciones amorosas, con sus estrategias. Otro ejemplo literario: Les Liaisons dangereuses es la novela del amor analizado en términos de relaciones de poder, y toda novela de amor tiene su parte en este aspecto de la vida amorosa. En campos un tanto diferentes, como la cura psicoanalítica o la conducción de los grupos de formación, también se podría dar parte a este tipo de relaciones. Sigue en pie el problema que Crozier no plantea y que es, sin embargo, inmediatamente perceptible: ¿por qué las luchas por el poder? ¿Y qué poder?