El Retorno De La Metafora En La Ciencia Historica Contemporanea

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EL RETORNO DE LA METÁFORA EN LA CIENCIA HISTÓRICA CONTEMPORÁNEA INTERACCIÓN, DISCURSO HISTORIOGRÁFICO Y MATRIZ DISCIPLINARIA

INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS Serie Teoría e Historia de la Historiografía

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FERNANDO BETANCOURT MARTÍNEZ

EL RETORNO DE LA METÁFORA EN LA CIENCIA HISTÓRICA CONTEMPORÁNEA INTERACCIÓN, DISCURSO HISTORIOGRÁFICO Y MATRIZ DISCIPLINARIA

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO MÉXICO 2007

DOCTOR FERNANDO BETANCOURT MARTÍNEZ

Instituto de Investigaciones Históricas Universidad Nacional Autónoma de México Ciudad Universitaria México, D. F., C. P. 04510

Primera edición: 2007 DR © 2007, Universidad Nacional Autónoma de México Ciudad Universitaria, 04510. México, D. F. INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS

Impreso y hecho en México ISBN 970-32-4291-X

Índice

o.........................................

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Un modelo epistemológico para la historia. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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La transformación de la filosofía, el derrumbe del modelo general y el ascenso de la historiografía . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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La lógica de investigación y la representación historiadora: entre ciencia y literatura o..............................

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INTRODUCCIÓN

Metáfora, interacción y saber histórico: el trabajo del sentido.

o.

139

La escritura de la historia: sistemas conceptuales, narrativa y referencialidad metafórica ..........................

o.

177

A MANERA DE CONCLUSIÓN o..............................

221

BIBLIOGRAFÍA .......................................... o.

233

Introducción

El presente estudio tiene a la metáfora como su figura principal. Poniendo a prueba las formas de pensamiento contemporáneas, se trata de averiguar cuál es su pertinencia para el saber histórico contemporáneo. Las preguntas centrales que le sirven de guía son las siguientes: ¿es posible pensar que la metáfora tiene cabida en la operación historiográfica? Y si esto es así, ¿cuál es la función precisa que cumple en el trabajo cognitivo de los historiadores? Con esta forma de interrogación se postula una perspectiva particular: el acercamiento entre metáfora y ciencia. De hecho, éste es un trabajo de epistemología de la ciencia histórica que se dirige a mostrar que la metáfora tiene valor central para el estatuto de la disciplina. Salta a la vista, en primera instancia, que tales interrogantes y tal perspectiva necesitan justificarse dado que tradicionalmente, desde el siglo XVIII, no existe nada más alejado del campo científico que la metáfora. Si tomamos precisamente a la tradición de pensamiento que emerge en el seno de la filosofía moderna occidental, digamos que desde la vertiente cartesiana en adelante, entonces las preguntas resultan ser simplemente ociosas. Si a eso le agregamos que la extensión de la filosofía hacia el campo científico se concreta como pensamiento autorizado sobre lo que es el conocimiento en general, la ociosidad se convierte en impertinencia. Sin embargo, existen dos maneras de justificar el marco de interrogación que, además de ser al final complementarias, permiten superan tanto la ociosidad como la impertinencia. Una de ellas es propiamente teórica y se desprende de un ejercicio crítico sobre la filosofía de la ciencia que ha tenido lugar a lo largo del siglo XX. Lo notorio es que ese ejercicio crítico se gesta en el cuerpo mismo de la filosofía y tiene como rasgo central la siguiente consideración. Como producto autorizado, la filosofía de la ciencia supone que las maneras por las cuales define el contenido y los alcances del conocimiento científico no pueden ponerse en duda ya que con ello se termina afectando lo que vendría a ser su objeto de reflexión, esto es, las ciencias mismas.

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EL RETORNO DE LA METÁFORA

Este núcleo de creencias indubitables, lo que voy a definir en un sentido como "epistemología" a lo largo de la exposición, se ha transformado durante la segunda mitad del siglo xx en un conjunto de afirmaciones no justificadas y que se han presentado de manera apriorística. En la base de este conjunto de afirmaciones no justificadas se localiza el presupuesto que ve a la metáfora como figura totalmente opuesta al trabajo científico. Supone que el inconveniente central de aquélla para los procesos cognitivos radica en la introducción de valores morales, formas de experiencia estética y contenidos emotivos, que terminan por desfigurar la producción de conocimientos objetivos. Un conocimiento objetivo es aquel que, obtenido por vía metódica, es confirmado necesariamente por medio de un proceso de verificación empírica, de modo que en él se valora cómo un enunciado científico permite describir y explicar un hecho material. De ahí que, por tanto, la ciencia explica hechos. Los enunciados metafóricos, por su parte, son de un tipo tal que nunca pueden ser verificados empíricamente. De tal suerte, la oposición metáfora/ciencia es correlativa a la oposición que existe entre hecho y valor. 1 La filosofía de la ciencia tiene en la afirmación siguiente uno de sus puntales: la condición para producir conocimientos objetivos radica en asegurar una situación de neutralidad valorativa a lo largo de la aplicación del método científico. La crítica ha consistido en mostrar que esta clase de afirmaciones no puede ser justificada ni demostrada desde los criterios de verificación científica, esto es, constituye una afirmación indemostrada. Es un juicio de valor que, sin embargo, se ha presentado como un juicio cuya naturaleza estriba en permitir la fundamentación teórica del trabajo científico. Fundamentar de manera teórica a la ciencia, es decir, con juicios de esta naturaleza, corresponde por derecho propio a la epistemología. Lo que ha salido a la luz por medio de la crítica es que la epistemología idealiza lo que debería ser la ciencia olvidándose de los modos en que proceden los científicos. Y estos modos de la operación científica efectiva no están precedidos de neutralidad valorativa alguna. Con ello se reconoce en la actualidad que en los diversos aspectos de esta operación, por ejemplo, en la construcción de teorías y 1 "Una forma más sofisticada de defender la dicotomía hechos-valores consiste en argumentar, con Reichenbach, que las afirmaciones factuales [... ] pueden ser confirmadas o disconfirmadas mediante el método científico, mientras que no pueden serlo los 'juicios de valor' [... ]. Mi propia concepción, para ser francos, es que no hay tal cosa como el método científico." Hilary Putnam, Las mil caras del realismo, traducción de Margarita Vázquez Campos y Antonio Manuel Liz Gutiérrez, Barcelona, Piadós, 1994, 161 p., p. 139.

INTRODUCCIÓN

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modelos, en la discusión entre científicos, en la delimitación de criterios de relevancia y en los discursos escritos en donde presentan sus resultados, la ciencia no sólo acepta sino que requiere de la función metafórica. La otra justificación es de carácter histórico. El panorama hasta aquí presentado induce a considerar que la epistemología ha perdido relevancia como tarea de fundamentación. Si el presente es un trabajo definido como epistemológico sobre la historia, parece revelarse una aguda contradicción. Lo que resuelve la contradicción precisamente tiene que ver con un proceso de transformación histórica que ha alcanzado, por diversas vías, a la filosofía y a sus objetos privilegiados de reflexión, es decir, a las ciencias mismas. En ese proceso el pensamiento filosófico se ha visto obligado a considerarse desde un horizonte histórico que le señala límites determinados a sus pretensiones absolutistas. No hay duda de que la epistemología que se desarrolló a lo largo del siglo XIX se pensó a sí misma con los atributos necesarios para alcanzar autonomía respecto de los cambios históricos a tal grado que incluso estaba en capacidad de establecer las condiciones del trabajo científico como invariables. 2 El argumento central que justificaba la ahistoricidad de la filosofía de la ciencia consistía en considerar que la dependencia hacia las situaciones históricas implicaba dejarla indefensa frente al relativismo que predominaba en esa esfera. De forma parecida afectaba esto a la ciencia y a la filosofía, aunque tal afectación se mostraba en diferentes planos: la filosofía se incapacitaba con ello de acceder al fundamento cognitivo, mientras las ciencias lo hacían respecto del estatuto de verdad de sus representaciones. Esto suponía, en otras palabras, que la ciencia y el pensamiento que la normaba como operación cognitiva por excelencia, no podían verse limitados por el contexto dado que los hacía depender de una esfera precientífica en la que reinaban los ambiguos lenguajes naturales. Pero la historización alcanzó tanto a la ciencia como a la filosofía,3

2 Richard Rorty, La filosofia y el espejo de la naturaleza, traducción de Jesús Fernández Zulaica, Madrid, Cátedra, 1983, 355 p., p. 18. 3 Respecto de la historización de los saberes, Foucault escribió lo siguiente: "Así, la cultura europea se inventa una profundidad en la que no se tratará ya de las identidades, de los caracteres distintivos, de los cuadros permanentes con todos sus caminos y recorridos posibles, sino de las grandes fuerzas ocultas desarrolladas a partir de su núcleo primitivo e inaccesible, sino del origen, de la causalidad y de la historia". Michel Foucault, Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas, 24a. ed., traducción de EIsa Cecilia Frost, México, Siglo XXI, 1996, 375 p., p. 246. En cuanto a la historización de la filosofía, véanse sus comentarios sobre Kant recogidos en un pequeño pero importante texto: "Qué es la Ilustración", en

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lo que significa un cambio abrupto en la valoración del trabajo teórico. Si la epistemología trataba de transparentar las condiciones esenciales (fundamento) de todo conocimiento posible, se ha visto en la necesidad de reconsiderar su pretendida autonomía contextual, pero con ello se vacía de legitimidad como pensamiento normativo. Traducido este proceso a la cuestión del conocimiento, se puede afirmar que sus procedimientos están determinados por elementos contextuales, sociales y culturales, es decir, por un horizonte previo, no apriorístico y no trascendental, que introduce en ellos elementos que provienen de su situación. Lo anterior no se queda sólo al nivel de los procedimientos científicos sino que alcanza también a los conceptos centrales de la filosofía de la ciencia; conceptos como el de verdad, ciencia e incluso el de epistemología no han quedado al margen de la transformación histórica. No cabe ya la consideración que afirma que sus contenidos refieren a una cualidad salvaguardada de los efectos de la contingencia. Como afirma la historia conceptual alemana (Begriffsgeschichte) , sus contenidos semánticos expresan y sintetizan experiencias históricas, de ahí que no se pueda entender siempre el mismo contenido independientemente del momento y del contexto histórico en que son usados. En su acepción historiográfica, por ejemplo en Koselleck, la Begriffsgeschichte sostiene una doble apreciación: los conceptos son medios de elaboración de la experiencia social humana que condensan historicidad y, al mismo tiempo, poseen ellos mismos una historia posible de ser clarificada. 4 En suma, este proceso histórico desmiente igual que el trabajo crítico la oposición hecho/valor, pero en este caso extiende el desmentido hasta la oposición lenguaje científico/lenguajes naturales. Si existe dependencia contextual en el caso del conocimiento científico entonces se sigue de ahí que tales contextos, es decir, mundos de la vida expresados en lenguajes naturales, introducen contenidos metaforizados propios de éstos en el trabajo científico. Si se entendía por epis-

Saber y verdad, edición, traducción y prólogo de Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría, Madrid, La Piqueta, 1991, p. 197-207. 4 Cfr. Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, traducción de Norberto Smilg, Barcelona, Paidós, 1993, 368 p. Véase también Reinhart Koselleck y Hans-Georg Gadamer, Historia y hermenéutica, introducción de José Luis Villacañas y Faustino Oncina, Barcelona, Paidós, 1997, 125 p.; Y Joaquín Abellán, "Historia de los conceptos (Begriffsgeschichte) e historia social. A propósito del Diccionario Geschichtliche Grundbegriffe", en La historia social en España. Actualidad y perspectivas. Actas del I Congreso de la Asociación de Historia Social. Zaragoza, septiembre 1990, coordinación de Santiago Castillo, Madrid, Siglo XXII Zaragoza, Diputación de Zaragoza, 1991, p. 47-63.

INTRODUCCIÓN

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temología un núcleo de afirmaciones invariables que justificaban el marco del conocimiento científico, gracias a la conjunción de las dos instancias aludidas, crítica y cambio histórico, se entiende en la actualidad con esa noción un trabajo de descripción de las disciplinas en dos grandes niveles: los procesos operativos y sus estructuras discursivas. El trabajo que desarrollo respecto de la ciencia histórica es epistemológico si tomamos como punto de partida la segunda acepción. De ahí que busca describir desde el marco disciplinario los dos niveles aludidos, bajo la perspectiva de que la metáfora encuentra valor en ambos, es decir, en la lógica de la investigación histórica y en las representaciones escriturísticas que de ahí se siguen. Pero esta hipótesis expande las atribuciones de la metáfora: no sólo tiene cabida en la base disciplinaria y en la escritura historiográfica, sino que incluso es un elemento que permite tanto al conjunto operativo de la primera como a la exposición escriturística de acontecimientos del pasado. De tal modo que seguir en los dos niveles disciplinarios las formas que adopta el proceso metafórico debe permitir una autodescripción del conjunto de la ciencia histórica. En otras palabras, analizar la función que tiene la metáfora en la historia deriva en un planteamiento de carácter epistemológico. Para abordar tal hipótesis se presenta como necesario desarrollar un cierto enfoque histórico. El concepto de autodescripción se revela central en este punto. Sin duda la epistemología tradicional en su primera acepción lleva a cabo una descripción de la historia, pero este ejercicio es posibilitado por presupuestos ahistóricos, digamos que por los criterios de la teoría pura. Para Alfonso Mendiola este rasgo permite caracterizarlo como heterorreferencial, es decir, realizado desde una exterioridad filosófica y cuya naturaleza es distinta a la del saber histórico. Autodescripción supone un esfuerzo por mostrar desde postulados históricos el espacio delimitado de la disciplina, yen tal sentido es autorreferencial: no se lleva a cabo desde exterioridad filosófica alguna sino desde el espacio mismo del conocimiento histórico. 5 Un problema emerge con esta distinción: referirse a la historia en términos históricos delimita una paradoja, la historia descrita en términos históricos. Si la epistemología tradicional describió de una manera particular a la ciencia histórica, para realizarla se atuvo a una estructura semántica cuya característica es la de estar constituida por afirmaciones 5 Alfonso Mendiola, "El giro historiográfico: la observación de observaciones del pasado", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 8, n. 15, 2000, p. 181-208, p.191-192.

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ahistóricas. 6 Por tanto, ¿qué semántica puede ser la adecuada para el ejercicio de autodescripción? Ante todo una que no sea extraña a la propia historia, incluso que se aplique a sus áreas de investigación y que los conceptos involucrados permitan expresar esa carga de historicidad. Para tratar de resolver la paradoja señalada se introduce en el ejercicio de auto descripción el vocabulario, o una parte de él, que utiliza la historia de la ciencia a partir de Kuhn. ¿Qué justifica la utilización de tal vocabulario? Primero, es un vocabulario apto para la investigación en un área historiográfica, y segundo, sobresale por su interés en delimitar los procesos históricos que han dado pie a la emergencia de las ciencias modernas. Existe aun algo más en esta recuperación: tendencialmente la historia de la ciencia kuhniana ha revelado mayores posibilidades reflexivas que las que puso en juego la filosofía de la ciencia. En dos puntos se revela esta amplitud. Primero, en la visión pragmática que desarrolla, esto es, permite mostrar reflexivamente en sus diferentes niveles el campo de la praxis científica. Segundo, lleva a cabo un desplazamiento notable respecto de la cuestión de los discursos científicos, desalojando paulatinamente el tratamiento anterior que se centraba sólo en la cualidad objetiva de las representaciones y en su formulación lógico-conceptual. Por tanto, pongo a prueba parte de este vocabulario con el fin de determinar su valor para la auto descripción de la ciencia histórica yen los puntos de cruce, por así decirlo, en los que participa destacadamente la función metafórica. La anterior formulación trae aparejada la siguiente consideración: este trabajo no es, no puede serlo, una historia de la historiografía moderna. Su objetivo central es desplegar un ejercicio de autodescripción de la ciencia histórica que permita revelar el papel cognitivo que juega la metáfora. El enfoque histórico, si se quiere incluso historicista, se juega al nivel de una nueva acepción de epistemología en la que la condición del conocimiento histórico hunde sus 6 "Este cambio, quizás como todo cambio que se da en una cultura basada en el texto impreso, no ha terminado por transformar las semánticas que usamos para describir la ciencia de la historia, pues ha resultado difícil asumir la paradoja que significa referirnos a las auto descripciones de la historia, dicho de otro modo, a la historia descrita desde la propia historia: la historiografía. Sin embargo, las dos cuestIOnes que empiezan a iluminarse con el 'giro historiográfico' son: primero, que reflexionar sobre la historia no significa salirse de la ciencia histórica e invadir el terreno de la filosofía, sino que la reflexión de la historia se hace desde la propia ciencia histórica: la historia historizando su propia práctica; y segundo, que la reflexión de la historia ya no es una actividad secundaria y que realizan algunos miembros de la comunidad de historiadores, sino que la propia investigación histórica necesita de ella para poder llevarse a cabo." [bid., p. 192.

INTRODUCCIÓN

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raíces en el campo de la historicidad. En su momento abordo la significación de esa noción. Aquí sólo señalo la consideración general. De manera más precisa, la condición histórica de la disciplina de la historia es precisada desde la función metafórica. Su rasgo central, esto es, un saber contextualizado, situado, se revela cuando analizamos el papel que tiene la metáfora en la base operativa y en la esfera de las representaciones escriturísticas. Para Michel de Certeau el proceso de fabricación de las representaciones historiográficas se oscurece por el privilegio dado a la referencia del pasado. De tal modo que la condición presente y el lugar del saber se ocultan cuando sólo nos atenemos a la situación pasada de la que se habla. La operación historiográfica consiste en un tipo de análisis que muestra precisamente el condicionamiento presente del saber histórico. De hecho, para este autor, la historia es histórica debido justamente a que es un saber situado y no tanto porque habla del pasado? Este tipo de orientación que se desprende de las propuestas de Michel de Certeau, particularmente las que se resumen bajo la noción operación historiográfica, tiene cabida a lo largo del presente trabajo y está enfilada a destacar este rasgo contextual del saber histórico, entre otros. Aparte de la contextualización, el enfoque histórico se refiere al paso de una noción de epistemología a otra cuyo contenido es muy diferente. Como ya he mencionado, este proceso consiste en un cambio histórico que afectó sustancialmente a la filosofía, por ello es necesario dar cuenta de las grandes líneas de fuerza de esta transformación. Sigo en este punto a las dos corrientes filosóficas que han terminado por sobrepasar los límites de la filosofía de la ciencia clásica, pero sin suprimir el problema del conocimiento en general. Me refiero a la filosofía anglosajona o filosofía analítica y a la hermenéutica filosófica de origen alemán. El sobrepasamiento de la epistemología se concreta en el ámbito del giro lingüístico y en el desarrollo de sus implicaciones respecto de la mediación lingüística de todo conocimiento. El panorama de esta transformación debe explicitarse en relación directa con la ciencia histórica. De tal forma que trato de mostrar cómo 7 "La frágil y necesaria frontera entre un objeto pasado y una praxis presente comienza a tambalearse desde el momento en que al postulado ficticio de un dato que debe ser comprendido, lo sustituye el examen de una operación siempre afectada por determinismos y que siempre puede ser reconsiderada, siempre dependiente del lugar donde se efectúa dentro de una sociedad, y por lo tanto especificada por problemas, métodos y funciones propias." Michel de Certeau, La escritura de la historia, 2a. edición revisada, traducción de Jorge López Moctezuma, México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1993, 334 p. (El Oficio de la Historia), p. 53.

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se definió un marco epistémico para la disciplina desde el horizonte filosófico anterior y cómo perdió legitimidad en el proceso de su transformación. A este marco lo denomino modelo general epistemológico y se sintetizó a partir del siglo XIX en un ideal de historia desde el cual se la describió como modalidad del conocimiento científico. Con la introducción de la problemática contemporánea del lenguaje tal modelo se vio fuertemente afectado hasta su disolución definitiva en la segunda mitad del siglo XX. A partir de los dos postulados centrales que fueron aplicados a la historia, la respuesta particular a la relación cognitiva por antonomasia, esto es, el status del sujeto cognitivo y la esfera de empiricidad objetual, por un lado, y la naturaleza del discurso verdadero, por otro, articulo el panorama de esa transformación. Uno de los resultados cruciales de este proceso es la paulatina elevación de la narración como problema filosófico pero también como elemento perteneciente al status científico de la historia. Se puede entender su importancia porque la narrativa es, en el panorama de la reflexión contemporánea, instancia definitoria de la escritura historiográfica. Al mismo tiempo se presentó una suerte de inversión del primado teórico que gobernó a la reflexión filosófica, dejando su lugar a una consideración sobre los ámbitos prácticos que ha revelado importancia central para el problema del conocimiento. 8 Ambas cuestiones fueron sustituyendo a los dos principios epistémicos que se encontraban en la base del modelo general, pero además, resultan coincidentes con las propuestas de la historia de la ciencia kuhniana. De tal forma que la justificación del vocabulario que introduciré se desprende de la pérdida de legitimidad de la perspectiva epistemológica fuertemente formalista. Finalmente, la otra cuestión que se relaciona con el enfoque histórico se centra en la figura metafórica. La metáfora no se ha mostrado inmune a la transformación, tanto del pensamiento filosófico como de la retórica. En buena medida el presente trabajo se dirige a la cuestión de qué se puede entender por metáfora. Encuentro dos grandes maneras de abordar la cuestión. Si se toma el marco retórico tradicional y que será recuperado en el siglo XX sobre todo por la lingüística, 8 "Tras no haber menester ya las culturas de expertos de ninguna justificación y haberse hecho con el poder de definir qué criterios de validez debían admitirse en cada caso, la filosofía dejó de disponer ya de criterios de validez distintos y propios que pudiesen quedar intactos ante la evidencia del pr;mado categorial de la práctica sobre la teoría. Así, una y otra vez saltan a la vista consecuencias de ello que disputan a esa razón situada toda pretensión universalista." Jürgen Habermas, Pensamiento postmetafísico, versión castellana de Manuel Jiménez Redondo, México, Taurus, 1990, 280 p. (Taurus Humanidades), p. 60.

INTRODUCCIÓN

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la metáfora se entiende como un tropo entre otros que introduce un cambio en la significación de la palabra. El efecto más importante de esta postura consiste en ubicarla como fenómeno de sustitución de un sentido literal por otro sentido figurado. La teoría de la sustitución implica que la metáfora es una figura que atañe a la forma y al estilo expresivo, pero que carece de poder cognitivo: como ornamento es una figura vacía que sólo sirve para potenciar la expresividad de un contenido que, por definición, es de diferente naturaleza de la de la forma estilística. Esta comprensión de la metáfora es la responsable de que, durante más de doscientos años, se la considerara como opuesta al orden científico y por tanto se exigiera su marginación por parte de la filosofía moderna interesada por la ciencia. La otra manera de comprenderla, y que es la que me sirve de guía, afirma que ella pertenece al fenómeno general de la comunicación humana. Tiene cualidades de comprensión del mundo que se expresan de manera lingüística al ser comunicadas. Esta perspectiva supone que ella es un vehículo fundamental para la comprensión de la experiencia temporal. Para esta propuesta, la metáfora, o más bien la función metafórica, actúa como elemento que posibilita formas cognitivas aunque diferentes al ideal científico. En efecto, se trata de función y no de figura que afecta sólo al plano del enunciado, de tal manera que se apunta hacia una expansión en las atribuciones que desde antaño la definían. Para seguir este proceso de expansión de la función metafórica acudo a dos autores importantes para la tradición hermenéutica: Hans Blumenberg y Paul Ricoeur. En particular me interesa destacar desde sus diferencias el proyecto metaforológico del primero y que encontró aplicación en el panorama de una historia de la filosofía en términos de historia conceptual (Begriffsgeschichte), mientras que del segundo se trata de su propuesta semántica que permite postular una reflexión sobre las diferencias en las modalidades de discurso, en concreto las que se presentan entre el discurso filosófico y el poético. En el primer caso, la visión de Blumenberg sobre las conexiones de los sistemas conceptuales con los mundos de la vida es sustentada desde luego por la opción de una radicalización de la historia conceptual, cosa que permite seguir los procesos que, partiendo de campos metafóricos históricamente constituidos, son expresados en el nivel conceptual. De ahí que todo sistema conceptualmente delimitado puede ser explicado desde sus conexiones hacia atrás con los campos de significación que están localizados en la experiencia histórica. Si la filosofía ha considerado que el concepto permite instaurar una relación

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directa entre el sujeto y la realidad, y que puede ser manifestada bajo condicionamientos lógicos, para Blumenberg lo propio de la racionalidad humana consiste en la imposibilidad de relación directa con lo real y ello está presente en el concepto mismo. Se trata de una racionalidad que no puede escapar a las mediaciones que utiliza, particularmente, a la mediación de lenguaje o simbólica. Es desde la distancia delimitada por las mediaciones como los seres humanos comprenden lo real y la metáfora tiene un papel central en los sistemas de mediación. Por su parte, Ricoeur acentúa cómo la función metafórica, superando la simple descripción, adquiere un valor referencial en la innovación semántica que pone en juego. Tal innovación anima incluso los discursos conceptuales y permite expresar aquello que, tomando en cuenta sus propios límites lógicos, no estarían en capacidad de formular. Su enfoque trasciende la oposición tradicional de explicación y comprensión: articulando un camino viable para combinar ambas instancias en el orden discursivo, permite plantear en otros términos la relación entre literatura y discurso historiográfico. En este caso es el proceso metafórico el elemento que permite entender la forma de su combinación discursiva. En suma, estos tres niveles que se articulan en el enfoque histórico, esto es, auto descripción disciplinaria, cambio profundo en las formas del pensamiento contemporáneo y valoración de la metáfora como forma cognitiva, deben permitir formular un planteamiento epistemológico de la ciencia histórica. Su desarrollo formal está planteado de la siguiente manera. El primer capítulo presenta los rasgos del modelo general epistemológico desde los cuales se describió a la ciencia histórica, a partir del siglo XIX, poniendo énfasis en los dos principios epistémicos que fueron aplicados. Sobresale sin duda aquí su marco de pertinencia, es decir, la filosofía de la ciencia que se fue desarrollando previamente. El capítulo siguiente muestra el panorama de su transformación aguda, tanto del marco como del modelo general, a partir de las dos tradiciones ya mencionadas, filosofía analítica y hermenéutica. Se siguen con atención los procesos que adquirieron mayor importancia para la historia. En este punto se destaca cómo, perdiendo legitimidad los criterios de descripción anteriores, la historiografía expande su atribución hacia el trabajo de fundamentación disciplinaria. El tercer capítulo se detiene en el proceso por el cual la narratividad se convierte en un elemento característico del saber histórico. La elevación de la narratividad tuvo por marco los últimos esfuerzos por delimitar el saber histórico desde la filosofía de la ciencia. El es-

INTRODUCCIÓN

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fuerzo consistió en extrapolar la modalidad de explicación científica, el modelo nomológico deductivo, con el fin de analizar la justificación de las afirmaciones que los historiadores producen sobre el pasado. Sus límites formalistas abrieron el terreno para un ejercicio que tendió a vulnerar las bases mismas del modelo, a tal grado que permitió la introducción de las temáticas narrativistas. En este apartado se discuten sus bases reflexivas y el tipo de problemas a que dieron lugar. Los dos últimos capítulos abordan la discusión particular sobre la metáfora y ambos apuntan a un ejercicio de aplicación al ámbito de la disciplina histórica. A partir del proyecto metaforológico de Blumenberg, en el quinto capítulo se lleva a cabo propiamente un ejercicio de auto descripción de su base disciplinaria, es decir, de la lógica de investigación histórica. Mientras en el último apartado, la semántica de la metáfora desarrollada por Ricoeur es aplicada a un trabajo análogo pero en el nivel de las representaciones discursivas. En estos dos capítulos se abordan las maneras reflexivas que dotaron de pertinencia la expansión de la metáfora al campo del conocimiento en general. Antes de continuar, debo hacer patente mi agradecimiento a los miembros del proyecto de investigación El impacto de la cultura de lo escrito en la historia de México, siglos XVI-XX. Una aproximación desde la historia cultural, financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y la Universidad Iberoamericana, por haber dado cabida e impulso a este trabajo. Los comentarios, sugerencias y observaciones que en diversos momentos se me formularon sin duda han resultado sumamente productivos.

Un modelo epistemológico para la historia

En este capítulo busco establecer el trasfondo desde el cual se produce el retorno de la metáfora en el pensamiento contemporáneo y en la historia. Ese trasfondo no es otro que el marco epistemológico a partir del cual se definieron los contenidos y los límites del conocimiento que esa disciplina aporta. Interesa mostrar, por tanto, los rasgos filosóficos originarios desde los cuales se describió la historia como ciencia, al tiempo que, por la modalidad que tomaron, se exigió la marginación de lo metafórico de sus nuevas atribuciones cognitivas. En lo que sigue describiré de manera muy general cómo se articuló un modelo clásico de carácter epistemológico para la disciplina histórica, deducido desde el desplazamiento que sufrió la filosofía moderna como filosofía de la ciencia. Resulta necesario definir este modelo en vistas a tratar, posteriormente, el vuelco crítico que sufrió el pensamiento epistemológico y que abrió las puertas, o por lo menos dejó espacio, para una descripción de la historia de un tipo muy diferente. Se trata de medir la distancia que guarda un concepto de epistemología aplicada a la historia y propia del pensamiento decimonónico, con un posible concepto contemporáneo desde el cual los objetivos y cualidades de la ciencia histórica, cambian profundamente. Considero que gracias a esta transformación la metáfora adquirió una nueva pertinencia para el saber histórico, dejando atrás o superando las posturas para las cuales este elemento era totalmente opuesto a los discursos de intención científica.

La inclusión de la historia moderna en el campo del conocimiento A partir del siglo XIX la historia fue considerada una disciplina eminentemente cognitiva, por lo que sus atribuciones y límites tenían que ser delimitados desde el tipo de conocimiento que producía. Lo que en ese momento se le asignó como tarea fue desarrollar un trabajo de descubrimiento sobre el pasado; de ahí que formular, desde una serie de reglas específicas, un conocimiento fiable de las realidades pasa-

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das se convirtió en su objetivo central. Este último, por lo demás, la legitimó frente al campo científico moderno en su conjunto y frente a la sociedad, desprendiéndose desde él incluso una cierta función social por la que tenía que responder. Se convirtió en ciencia, expresando con ello un índice de discontinuidad respecto del proceso histórico de la historia misma. En las últimas décadas del siglo pasado apareció un conjunto de trabajos que mostró cómo la emergencia moderna de la historia, asumida necesariamente como trabajo científico, significó una ruptura con las maneras tradicionales de considerarla, es decir, con la visión clásica de la historia como pluralidad de relatos sobre acontecimientos pasados, cuyo objetivo se plasmó desde mucho tiempo antes a partir de la relación vinculante entre el pasado y el presente. Esos relatos respondían a las formas por las cuales los acontecimientos narrados significaban, para los individuos, marcos normativos de conducta presente.! Narrar una historia revelaba, a los que escuchaban o leían el relato, elementos morales que se imbricaban en su mundo presente de praxis. Pero de la moralización al trabajo de conocimiento no existe línea de continuidad; no hay una vía que permita pasar, progresiva o acumulativamente, de la ejemplaridad del pasado para la vida presente a la objetivación del mismo como mundo de hechos susceptible de descripción y explicación, lo que termina afectando nuestra comprensión de la historiografía como una manera de establecer la continuidad histórica de la historia. La problemática anterior parece depender de una cuestión más de fondo, a saber, la modernidad inaugura una ruptura entre ciencia y moral impensable desde los marcos anteriores de pensamiento, pero gracias a la cual la ciencia desbrozó su propio camino. Fue una de las condiciones que permitieron su emergencia a partir del siglo XVII y, por tanto, es lógicamente anterior no sólo a la constitución del campo científico, sino también a la aparición de la disciplina moderna de la historia. En los marcos de pensamiento que postulaban un fundamento de carácter teológico, considerando aquí al denominado conocimiento natural o la también llamada filosofía natural, se estableció como cuestión a dilucidar de qué manera, desde la esfera divina, se establecieron 1 Uno de esos trabajos, quizá el más influyente debido a su fuerza argumentativa y a su enfoque de historia semántica, es el de Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, traducción de Norberto Smilg, Barcelona, Paidós, 1993, 368 p. Véase en particular el capítulo 2: "Historia magistra vitae", p. 41-66. Revísese también, del mismo Koselleck, su libro historiajHistoria, traducción e introducción de Antonio Gómez Ramos, Madrid, Trotta, 2004, 153 p.

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las leyes mediante las cuales se estructuraron los objetos inanimados, mientras la moral era vista como aquel mandato que se instituía al nivel de la elección de la acción humana. Ambos niveles no eran distintos en especie, a pesar de la diferencia que se deducía del automatismo que preñaba a la naturaleza frente a la capacidad humana de elección mora1. 2 Posteriormente y gracias a la pérdida de orientación teológica en el pensamiento moderno, lo que se presentaba como conectado a un mismo fundamento incondicionado, invariable y supramundano, independientemente de las formas variables que adoptaba, fue objeto de una distinción creciente que parece no haber cesado. Filosofía natural y filosofía moral se convirtieron en conjuntos reflexivos sin conexión posible; en tanto la primera se fue convirtiendo en pensamiento epistemológico dada la prioridad que fue alcanzando la ciencia para el conjunto de la filosofía moderna, la segunda fue objeto de una reducción sin precedentes, desprendiéndose de ella formas de saber que, como la psicología y las ciencias sociales, rompieron su vínculo secular con la problemática ética. 3 Uno de los episodios centrales de la disyunción entre moral y ciencia es, precisamente, la obra kantiana, obra que los enfrenta desde una distancia ya insalvable pues se encuentran sometidos a los términos de una diferenciación fundamental: los condicionantes de la razón teórica no pueden coincidir con aquellos que se encuentran del lado de la racionalidad práctica. Incluso por debajo de la formalización de ambas en su tratamiento kantiano y de la recurrencia al juicio reflexivo como puente conector, la constante que se presenta es la de una fragmentación cada vez más evidente en la racionalidad moderna, a tal grado que la moral, vinculada de antaño al campo de las creencias religiosas, encontró su formulación moderna a partir de Kant en términos de racionalidad específica al problematizarla desde la cuestión formal de los juicios morales, de tal forma que su legitimidad y validez pasó a depender de su desprendimiento respecto de los prejuicios. 2 J. B. Schneewind, "La corporación divina y la historia de la ética", en La filosofía en la historia, compilación de Richard Rorty, J. B. Schneewind y Quentin Skinner, traducción de Eduardo Sinnott, Barcelona, Piadós, 1990, p. 205-226, p. 211-212. " Alasdair Macintyre, "La relación de la filosofía con su pasado", en La filosofía en la IJÍstoria, op. cit., p. 50. Al respecto, este autor escribió en la misma página lo siguiente: "El proceso mismo de reordena miento ha sido transformador, y las transformaciones se han extendido, más allá de las disciplinas académicas, a la lengua de la vida cotidiana. Es característico que los análisis de costos y beneficios, las evaluaciones psicológicas de los rasgos de la personalidad y los estudios del orden y desorden político se lleven a cabo en la actualidad en una forma que supone que ésas no son actividades esencialmente morales. El campo de la moralidad se ha reducido junto con el de la filosofía moral".

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Aún así, razón teórica y razón práctica se constituyen en instancias paralelas porque están determinadas por usos diferenciados, es decir, por el uso teórico, por un lado, y por el uso práctico, por otro. 4 En adelante, el conocer será concebido como labor especial que requiere de elementos que no se encuentran al mismo nivel que aquellos presentes en la esfera de la praxis humana. La diferenciación entre mundo de hechos, lo que vendrá a ser más claramente para el siglo XIX lo empírico por antonomasia, y mundo de valores, moral, política y estética, fue una constante desde el siglo XVIII. 5 Esta dicotomía absoluta, profundizada y sostenida hasta bien entrado el siglo XX al grado de una institución cultural, ponderaba que hechos y valores pertenecían a esferas diametralmente distintas, de ahí que los enunciados de hecho tengan una base objetiva sobre la cual decidir su verdad o falsedad, base objetiva de la que carecen los enunciados valorativos. 6 Esa situación que explica por qué estos últimos no pueden enmarcarse en una discusión racional: no son cognitivos, en el sentido de poder expresar una realidad externa por medio de representaciones internas. La metáfora quedó subsumida en el mundo de valores, representando todas aquellas afectaciones que terminaban por inhibir las cualidades cognitivas. Precisamente, la idea arraigada de manera 4 "Así, de manera análoga, la regla de largo alcance tendría que comenzar por distinguir cuál es la operación, si se trata de un uso teórico o práctico. Los criterios del uso teórico giran sobre la construcción correcta de la realidad. Las afirmaciones del uso teórico son comprobadas al servirse de la realidad. En cambio, no hay manera de servirse de la moralidad. Ella pertenece al ámbito de lo que debe ser y no de lo que es. Por eso el criterio del uso práctico depende de la universalidad." Carlos Mendiola Mejía, "La función de la 'razón práctica' en la argumentación kantiana", Revista de Filosofía, México, Universidad Iberoamericana, año XXXIV, n. 102, 2001, p. 383-397, p. 394. 5 Ya Hume lo señaló de la siguiente manera: "La razón consiste en el descubrimiento de la verdad o falsedad. La verdad o falsedad consiste a su vez en un acuerdo o desacuerdo con relaciones reales de ideas, o con la existencia y los hechos reales. Por consiguiente, todo lo que no sea susceptible de tal acuerdo o desacuerdo es incapaz de ser verdadero o falso y en ningún caso puede ser objeto de nuestra razón. Ahora bien, es evidente que nuestras pasiones, voliciones y acciones son incapaces de tal acuerdo o desacuerdo en cuanto que son hechos y realidades originales completos en sí mismos, sin implicar referencia alguna a otras pasiones, voliciones y acciones. Es imposible, por consiguiente, que puedan ser considerados verdaderos o falsos, contrarios o conformes a la razón". David Hume, Tratado de la naturaleza humana. Autobiografía, 3a. edición, edición preparada por Félix Duque, Madrid, Tecnos, 2002, 841 p., p. 619-620. 6 Hilary Putnam, Razón, verdad e historia, traducción José Miguel Esteban Cloquell, Madrid, Tecnos, 1988, 220 p., p. 132. Para Putnam el descrédito de la dicotomía hecho y valor comenzó cuando se aceptó que incluso los enunciados objetivos de la ciencia presuponen necesariamente conjuntos delimitados de valores.

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tan firme sostenía que los hechos correspondían a instancias externas (esa base objetiva presuntamente independiente), mientras que los valores eran esencialmente internos, es decir, subjetivos? Una de las expresiones más contundentes de esta ruptura en el campo de la historiografía fue la sustitución del plural historias (historie) por un nuevo concepto "singular colectivo" (la historia), cosa que resume la ambivalencia moderna entre un saber sobre los acontecimientos y el mundo de los acontecimientos mismos. 8 Desde esa ambivalencia la historia se desplazó hacia un terreno que parecía muy lejano de las concepciones clásicas que veían con desconfianza todo ámbito contingente, por más que se esforzaran en dotar a la historia humana de una meta moral satisfactoria. En términos generales se puede designar el desplazamiento que sufrió la historia como el paso de una visión característicamente metafísica o teológica hacia otra que la delimita como una operación metodológica propia del trabajo científico. Anteriormente la historia se ocupaba de establecer de manera lingüística las áreas de la experiencia temporal a partir de criterios morales de acción. La retórica aseguraba la correspondencia entre la forma de la representación lingüística y la necesidad de orientación moral de la praxis humana. Si se puede hablar de un método histórico, éste no era más que una especie de teoría general de la representación que permitía actualizar el pasado de los hombres, y era la retórica la que aportaba los elementos constitutivos de tal teoría. Al mismo tiempo que se institucionaliza el paradigma historista se introduce una concepción de la historia que, rompiendo con el objetivo moralizante previo, rompe también con el espacio normativo de la retórica, pues la historia se delimita ya como una operación metodológica mediante la cual se asegura el conocimiento de la experiencia temporaJ.9 Estableciéndose como disciplina profesional, como 7 Richard Rorty, La filosofia y el espejo de la naturaleza, traducción José Miguel Esteban Cloquell, Madrid, Tecnos, 1988, 220 p., p. 310. B "De repente hemos hablado de la historia, de la 'historia misma', en un singular de difícil significación sin un sujeto ni un objeto coordinados. Esta locución única, completamente usual para nosotros, procede también de la segunda mitad del siglo XVIII. En la medida en que la expresión 'historia' se imponía a la de Historie, la 'historia' adquirió otro carácter. Para apostrofar el nuevo significado se habló de historia en y para sí, de la historia en absoluto, de la historia misma -simplemente de la historia-o Droysen resumió este proceso diciendo: 'Por encima de las historias está la historia'." Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, op. cit., p. 52. 9 J6m Rüsen, "La escritura de la historia como problema teórico de las ciencias históricas", en Debates recientes en la teoría de la historiografia alemana, coordinación de Silvia Pappe.

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un dominio de expertos que deben ser formados de una manera determinada, el método histórico propiamente dicho se concibió como aquel que designa los procesos de investigación histórica. De ahí que en el establecimiento moderno de la historia como ciencia, una de las líneas de fuerza a partir de la cual se legitimó haya sido el combate contra la retórica misma, buscando en su alejamiento de ella su nuevo espacio de pertinencia como forma de saber. La teoría general de la representación fue sustituida por una problemática de la representación científica que debía dar contenido ahora a la escritura de la historia. Jorn Rüsen expresó este proceso en los siguientes términos: El cambio fundamental de los puntos de vista guías del pensamiento histórico, reflejado en esta transformación conceptual del "método histórico", llevó también a una aguda crítica sobre la retórica. La retórica ya no es entendida como seguro de la coherencia formal de la escritura de la historia, sino como enseñanza del arte de hablar que el historiador no sólo no necesita para convencer a su público, sino que además pone en peligro el carácter científico de su escritura de la historia. Típica de esto es una aseveración de Droysen en la que una "obra de arte retórica" es designada como lo opuesto de su "representación histórica".lo

El pensamiento filosófico y la historia: hacia una descripción filosófica de la disciplina La retirada de la retórica del campo de atribuciones historiadoras, las formas de la representación literaria del pasado, dejó un espacio que fue ocupado por los aspectos metódicos que regulan la escritura científica como expresión de los procesos de investigación. De tal modo que, dejando de ser la historia una empresa moralizante, su deslizamiento hacia el campo científico introdujo no sólo la distinción previamente mencionada entre hecho y valor, sino también habilitó a una reflexión de tipo filosófico sobre la historia característicamente decimonónica. Aparecen, así, las filosofías de la historia, también denominadas con un talante crítico filosofías especulativas. Walsh nos legó traducción Kermit McPherson, México, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco/Universidad Iberoamericana, 2000, 504 p. (Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades. Serie Historia/Historiografía), p. 235-263, p. 238. 10 ¡bid., p. 238-239.

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una descripción de ellas que parece oportuno recordar. Tomando a Hegel como ejemplo clásico de filosofía de la historia, la inconveniencia que revela, según Walsh, se localiza en su tamiz innegablemente metafísico. La especulación sobre la historia busca no tanto la recuperación de los acontecimientos pasados y las maneras por las cuales los historiadores acceden a esa recuperación, sino acercarse al sentido global y final del acontecer, cosa que puede ser deducible a partir del trabajo aportado por el historiador aunque no necesariamente. Es un nivel superior a la denominada por Hegel historia crítica. Los dos aspectos que desprecia el nivel especulativo, el conjunto de los acontecimientos reales del pasado y las modalidades de su conocimiento, quedarían por debajo de una reflexión que, por sus alcances y por el tipo de problemas que la guían, conduce a una visión metafísica de la historicidad. Dos tipos de problemas enfrenta la filosofía de la historia. Primero, dotar de orden lo que aparece como mundo caótico de acontecimientos inconexos. Para esta perspectiva la historia empírica no se encontraba en posibilidades de ir más allá de la mera sucesión de hechos con el fin de revelar la trama subyacente del devenir. Segundo, sólo la especulación filosófica está en situación de mostrar, definitivamente, su esencial racionalidad. Contra el supuesto de que la historia no podía ser una forma legítima de saber pues el devenir humano se encuentra signado por la irracionalidad, estas filosofías se encargaban de defender el punto de vista contrario: la historicidad está gobernada por una lógica inmanente que incluso permite, cuando e&¡>eculativamente se detentan sus claves, predecir el futuro. ll Lo que vino a resultar en una contradicción lógica rápidamente resaltada por los críticos, pues cómo es posible establecer el sentido del devenir, lo que sería el resultado o producto del proceso histórico, cuando sólo se tiene frente a sí un conjunto limitado de hechos y no a la historia en su totalidad. Ello exige un punto de vista excéntrico a la historia (los ojos de dios) dado que sólo así se 11 W. H. Walsh, InlrodllcóÓlllllll filosofill de la Izislorill, 9a. edición, traducción de Florentino M. Torner, México, Siglo XXI, 1980, 256 p., p. 23 Y s. Danto encontró una orientación central en el trabajo de Walsh, perceptible en su propia distinción: la filosofía sustantiva de la historia trata de dar cuenta del significado total de la historia, del conjunto del pasado v del Conjunto del futuro, mientras la filosofía analítica acepta la limitación propia del conocimiento histórico, es decir, nuestra ignorancia del futuro. Arthur C. Danto, AlllllyliClll piJilosol'lly (lf iJislorJj, New York, Cambridge University Press, 1965, 318 p., p. 16. Véase también Willi,lm Dray, "Philosophy and historiography", en COlIIl'llllioll to llisloriogml'ln/, edición de Michael Bentley, LondonjNew York, Routledge, 1997, p. 763-782, p. 763-765.

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puede percibir lo ocurrido, lo que está ocurriendo y lo que, por necesidad, debe ocurrir en el futuro. Me interesa mostrar que la irrupción de la historia en el campo del conocimiento tuvo como efecto una suerte de constitución ambigua y que ha tendido a presentarla bajo una descripción particular y diferenciada. A partir de esta descripción, que puede considerarse propiamente como un modelo dominante, la historia moderna se circunscribe a la esfera de una estructura compuesta de tres grandes niveles: en ella se localiza primero el ámbito empírico de los acontecimientos, dotado ya de una nueva significación pues alude al mundo de la acción humana revalorado por la modernidad; en segundo lugar se encuentra el conocimiento posible sobre los acontecimientos pasados, es decir, aquella forma cognitiva que dota de explicación científica a los hechos ocurridos al revelar sus conexiones, sus regularidades y las formas de la continuidad y los cambios históricos; finalmente, el tercer nivel le corresponde a lo que Walsh caracterizó como filosofías especulativas de la historia y cuyos rasgos ya han sido señalados. En este mismo sentido, Ankersmit ha presentado un panorama coincidente al distinguir también tres niveles sucesivos en la historia moderna, "el del pasado en sí" que define el campo objetual, aquel que tiene que ver con las formas posibles del conocimiento de ese pasado y que Ankersmit lo nivela a las formas lingüísticas que posibilitan expresión referencial (las formas de hablar sobre el pasado), teniendo como tercer sector a la reflexión filosófica que se dirige hacia las conclusiones obtenidas por los historiadores y establece su justificación formal. 12 Tres planos que postularían a la historia desde el campo empírico que determina·'a su objeto, desde los procesos de investigación que tratan metódicamente a ese campo empírico produciendo explicaciones justificadas, y, coronando la empresa, un tipo de reflexión que tema tiza los procedimientos de la investigación y los dota de justificación teórica. Para este autor las filosofías de la historia representan un molesto problema para la distinción entre el segundo y el tercer nivel, mientras Walsh las ubica como elementos definitorios del último plano de la misma forma en que lo hizo Hegel. Más allá de las diferencias, me interesa la forma en que esta visión se fue convirtiendo en un supuesto evidente que alimentó las formas modernas de auto descripción de la disciplina histórica. No parece existir desacuerdo sobre el hecho de que la historia sólo puede definirse 12 F. R. Ankersmit, Historia y tropología. Ascenso y caída de la metáfora, traducción de Ri· cardo Martín Rubio Ruiz, México, Fondo de Cultura Económica, 2004, 470 p., p. 118.

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en oposición a las filosofías especulativas de la historia, pues las modalidades argumentativas que produce tendencialmente rebajan las capacidades cognitivas de aquélla. Puestas bajo sospecha en tanto muestran evidentes rastros teológicos, han sido sometidas a un escrutinio que puso en primer plano sus insatisfactorias respuestas a la pregunta sobre las esperanzas de futuro. Sus residuos metafísicos y escatológicos chocan frontalmente con los contenidos científicos presuntamente definitorios del saber histórico, pues el rasgo que la establece desde el siglo XIX como conocimiento, es decir, su empiricidad, es esquivado o marginado por la forma y los objetivos propios de las filosofías de la historia. Incluso los procedimientos puestos en práctica por la historia como ciencia empírica señalan su necesaria referencia pretérita en forma tal que su relación con el futuro queda signada por un tratamiento muy diferente al especulativo: la historia problematiza el futuro a partir de los resultados que la investigación aporta, mientras la perspectiva especulativa tiende a resolverlo en un solo conjunto unitario que trasciende el nivel empírico al dejar aparecer un sentido teleológico. El nivel trascendental propio de la historia empírica como saber es de un carácter muy diferente ya que es impuesto por otro tipo de reflexión filosófica, la epistemología, que dejando de atender al sentido transmundano del devenir en su conjunto se interroga sobre el nivel trascendental puesto en juego por la labor cognitiva. En todo caso, el modelo al que recurrente mente se ha echado mano para articular una descripción tradicional del saber histórico, presenta esos tres planos destacados por Walsh y Ankersmit, y a reserva de decidir qué reflexión filosófica encuentra cabida en el tercero, o una filosofía de la ciencia o una filosofía de corte especulativo, resulta necesario señalar ciertos elementos que atañen a la delimitación de un modelo de corte epistemológico que, supuestamente, debía definir los límites del c,onocimiento histórico.

Los fundamentos teóricos de la ciencia histórica Indudablemente el primer aspecto se encuentra circunscrito por el carácter de empiricidad de todo conocimiento. La ciencia histórica se define como tal por esta problemática, es decir, por las modalidades desde las cuales se conforman campos empíricos dados a la labor de conocimiento. Constituyen aquello que se ofrece al proceso de descubrimiento científico por el hecho de instituir, en el marco de ese cam-

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po empírico, conjuntos de objetos que deben ser explicados a partir de los procesos de investigación histórica. Este ámbito objetual es central porque permite distinguir, en la generalidad de un campo, por ejemplo, el pasado humano, objetos que circunscritos al campo posibilitan aprehensión cognitiva, no así el campo en su conjunto. Los acontecimientos o hechos históricos vienen a ser esos elementos desagregados que permiten, a este nivel, presentar el saber histórico como una ciencia de hechos. Siendo éste su rango objetual, ha sido pensado como indubitable ya que legitima la referencia realista a un punto tal que no necesita de justificación teórica, según las posturas propias que se desarrollaron en el siglo XIX. Ya sea como lo dado, según las perspectivas positivistas, ya sea como una deducción operada desde la generalidad del campo, según la hermenéutica romántica, los objetos del conocimiento histórico se encuentran exentos de problematicidad teórica. Siendo sólo susceptibles de descripción y explicación, por un lado, o de alcanzar una comprensión lograda de sus conexiones internas, por el otro, ambas posturas coinciden en la evidencia que rodea a la ocurrencia de los acontecimientos o hechos. En rigor, la distinción objetual es primariamente ontológica y sólo secundariamente epistemológica, ya que opera como distinción de sustancialidad al establecer que el objeto se encuentra dotado de una consistencia diferente a la que instituye al sujeto de conocimiento. De modo tal que la naturaleza propia del campo objetual se distingue ontológicamente de la naturaleza del sujeto cognoscente. En tal sentido, la esfera objetual permite realizar la distinción ontológica entre realidad y apariencia, donde la primera se encuentra referida al espacio de propiedades fenoménicas y sometida a la evidencia sensible, de acuerdo con la tradición empirista,13 mientras la segunda será delimitada desde el campo de la estética moderna y, en cierto sentido, también tendrá que ver con cuestiones éticas. Ahora bien, la problematicidad aparece, más bien, al nivel de las operaciones cognitivas que se ponen en juego para dar cuenta de esos objetos empíricos. En otras palabras, cuando de lo que se trata es de captar las propiedades fenoménicas del ámbito objetual por medio de una serie de operaciones científicas. En este nivel encuentran cabida los instrumentos conceptuales que organizan el conocimiento sobre eventos ocurridos y que deben permitir una descripción lo más exacta posible del pasado real; esto es lo que define propiamente al "Richard Rorty, op. cit.. p. 85.

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conjunto operacional de tipo científico de la historia. Dos elementos cruciales determinan, según este modelo, al conjunto operativo: el método, que unifica los procedimientos en secuencias lógicas, y la forma conceptual que toman las representaciones de los eventos pasados, es decir, el discurso historiográfico. El método se especifica tomando como base la cualidad mediada que le es propia, situación que se debe a la base documental como principio de la investigación. El hecho de que la relación cognitiva con el polo objetual no pueda establecerse de manera inmediata, pues los hechos son pasados, obliga a introducir una base indirecta que, sin embargo, no resulta problemática para este modelo. 14 Correlativamente, el conocimiento histórico se materializa en la esfera de la representación, siendo esta esfera la escritura de la historia en el sentido de sistema conceptual. Como resultado del conjunto operativo, la escritura de la historia, como toda escritura científica, presenta como cualidad aquella que permite producir representaciones objetivas o exactas de la realidad del pasado. De nueva cuenta, ya sea como descripción y explicación de los acontecimientos que estudia la historia, ya posibilitando comprensión de esos eventos para una conciencia histórica que, sólo así, los torna inteligibles en el marco general del devenir, la objetividad de las representaciones viene a ser premisa básica para la legitimidad epistémica del saber histórico. Pero hay que agregar que los problemas que se presentan en la configuración operativa del saber histórico sólo pueden ser abordados y resueltos en términos teóricos, más precisamente, en la esfera de una teoría de la historia constituida desde el marco general que presenta la filosofía de la ciencia moderna. Como subproducto dirigido a la especificidad que presenta el saber histórico, lo que viene a cuestionar la premisa central del positivismo en cuanto a la unidad metódica de las ciencias, la teoría de la historia recupera los desarrollos que la filosofía de la ciencia imprime en cuanto a la legitimidad, objetividad y función social del conoci14 Así, aunque la formulación clásica de esta situación se base en considerar que a pesar de la cualidad indirecta que tiene la relación con el ámbito objetual, es posible remontarla hacia una reconstrucción de los hechos a partir de las huellas documentales. En un texto paradigmático de esta postura, escrito a finales del siglo XIX se apunta lo siguiente: "La historia se hace con documentos. Los documentos son las huellas que han dejado los pensamientos y los actos de los hombres en otros tiempos [ ... l. Para deducir legítimamente de un documento el hecho que guarda la huella, hay que tomar numerosas precauciones". C. V. Langlois, C. Seignobos, Introducción a los estudios históricos, traducción de domingo Vaca, Buenos Aires, La Pléyade, 1972, 237 p., p. 17.

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miento científico, ateniéndose a una suerte de labor de traducción dé esas problemáticas generales para permitir su aplicación al campo de la historia. El carácter normativo de la teoría respecto de la lógica de la investigación histórica se debe al supuesto que señala que los asuntos que caen en su competencia no pueden ser abordados y resueltos al nivel de la operación metódica, pues su naturaleza epistémica, que finalmente se encuentra relacionada con el carácter del conocimiento humano, requiere de instrumentos de aclaración en términos de juicios de justificación. Éstos dependen, más bien, de la reflexión filosófica en la medida en que, siendo excéntrica a la operación científica, se asegura con ello la posibilidad de clarificar las pretensiones de objetividad del conocimiento producido por las ciencias empíricas. De ello se desprende que para el caso de la historia, y dejando de lado momentáneamente los problemas que se presentan a partir de las distinciones entre ciencias propiamente empíricas y las ciencias sociales y humanas, las cuestiones teóricas involucradas en la producción de conocimiento en esta rama particular deben estar en consonancia con lo que se presenta en el conjunto de las ciencias. La filosofía de la ciencia asegura un marco general y homogéneo, en otras palabras, clarifica el fundamento del conocimiento porque se dirige a la condición que lo hace posible, mientras la teoría de la historia trabaja para asegurar que los conocimientos históricos se adecuen a tal fundamento; finalmente, la investigación histórica tiene lugar como forma de explicación del pasado. Esta imagen supuso que la labor teórica de fundamentación del conocimiento era la que permitía mantener la integridad de las diversas disciplinas científicas, independientemente de sus diferencias ontológicas o epistémicas y, con ello, adquirir un papel cultural homogeneizante y global por sobre los particularismos que dominaban a cada una de las ramas del saber. 15 Ese postulado permitió presentar una autodefinición de la filosofía, de su objeto y función, y desde la cual se legitimó frente a las ciencias, pero también estableció las formas tradicionales de su interrelación, en donde la filosofía debía guardar un status privilegiado frente a la labor propiamente cognitiva. Su aporte radicaba en la capacidad de 15 "De todas las maneras, la mayoría de los filósofos de ambos lados del Canal ha seguido siendo kantiana. Aun cuando afirman que han 'ido más allá' de la epistemología, han llegado al acuerdo de que la filosofía es una disciplina que se encarga del estudio de los aspectos 'formales' o 'estructurales' de nuestras creencias, y que cuando las examina el filósofo realiza la función cultural de mantener la integridad de las demás disciplinas, limitando sus afirmaciones a lo que puede 'fundarse' adecuadamente." Richard Rorty, op. cit., p. 153-154.

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elevar los conocimientos adquiridos de manera contingente, los procesos de investigación científica, a un nivel no contingente que revelara el trasfondo primario al que respondían, en otras palabras, volver autoconsciente s a las ciencias mismas de la validez de sus procedimientos. Estableciendo los criterios de validación a los que cada forma de saber debía adecuarse, por lo menos idealmente, la filosofía llegó a adquirir una nueva dimensión frente a las consideraciones tradicionales, esas que aseguraban que la vía filosófica consistía en un ascenso gradual pero seguro hacia la captación de la totalidad del mundo por medios teóricos. Los fundamentos de la moral, de la naturaleza, de la acción, etcétera, correspondían a lo que la filosofía podía resolver, pero desde este modelo, me refiero al que intento describir desde el ascenso de las ciencias modernas, se trasladó esa intención hacia los marcos de la teoría del conocimiento. Una cita de Rorty, que aparece en ese estudio célebre que le dedicó a la filosofía en su transformación epistemológica, parece pertinente introducir aquí. Lo que vincula la filosofía contemporánea con la tradición de Descartes-Locke-Kant es la idea de que la actividad humana (y la investigación, la búsqueda del conocimiento, en especial) se produce dentro de un marco que se puede aislar antes de la conclusión de la investigación -un conjunto de presuposiciones que se puede descubrir a priori-o La idea de que existe dicho marco sólo tiene sentido si pensamos que viene impuesto por la naturaleza del sujeto que conoce, por la naturaleza de sus facultades o por la naturaleza del medio dentro del cual actúa [... ]. La idea de que puede haber eso que se llama "fundamentos del conocimiento" (de todo conocimiento -en todos los campos, del pasado, presente y futuro-) o una "teoría de la representación" (de toda representación, en los vocabularios conocidos y en los que ahora no podemos ni imaginar) depende de la suposición de que existe semejante constricción a priori. 16 Para Rorty la transformación de la filosofía a partir del siglo XVII, aunque más precisamente se nota esto en el XIX, recupera la forma de la intención, dar cuenta de los fundamentos, bajo un ropaje nuevo: la teoría del conocimiento. Con este proceso se inaugura otra forma de relación con la historia. Si la filosofía moderna se auto definió como una forma de pensamiento capaz de concretar la capa de condicionantes a priori del conocimiento, ello explicaría por qué las ciencias, 16

[bid., p. 17-18.

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operando al nivel de la experiencia, resultan incapaces de alcanzar de manera efectiva esa constricción de la que habla Rorty, es decir, el fundamento del conocimiento Y Así, no pueden ser análogos los procedimientos contingentes que tienen lugar en la aprehensión cognitiva del mundo, con aquellos que se localizan en las condiciones que hacen posible el conocimiento humano. De tal forma que la relación entre historia y teoría, entre saber histórico y filosofía, es de la misma naturaleza que la que existe entre el trabajo cognitivo en general y la filosofía. Parecía evidente, entonces, que la fundamentación teórica de la historia no podría ser realizada desde el interior mismo de la disciplina sino desde su exterioridad filosófica, pues, como ya se señaló, la fundamentación de este saber particular debía elaborarse desde una perspectiva generalizante, englobante, esforzándose por hacer coincidente esa labor con la fundamentación general del conocimiento científico. El caso paradigmático en este sentido es el de Dilthey. Forzado a reconocer la particularidad del conocimiento histórico, cosa que ofrecía retos de índole filosófica que no podían simplemente resolverse echando mano a ciertas partes del modelo científico dominante (la ciencia natural), la fundamentación a la que Dilthey se abocó no pudo más que recoger las modalidades a partir de las cuales establecer una validación epistemológica de la historia. Más allá de la singularidad metódica que fue posible aislar, y con lo cual se buscó colocar a las ciencias del espíritu al mismo nivel de cientificidad que tenía el conocimiento de la naturaleza, era claro que los criterios de validación eran los mismos que aseguraban todo conocimiento objetivo de lo real. Teniendo como objeto a los fenómenos histórico-sociales, las ciencias del espíritu estaban obligadas a desarrollar, desde esta especificidad, los criterios de objetividad, los principios lógicos y metodológicos, que permitían delimitar su naturaleza gnoseológica. Esto sólo era posible desde una perspectiva abstracta, decimos ahora teórica, en tanto ella es la que muestra, en palabras de Dilthey, "la conexión interna de las ciencias particulares del espíritu, las fronteras dentro de las cuales es posible en cada una de ellas el conocimiento, y la relación recíproca de sus verdades". 17 El concepto de experiencia introducido arriba se entiende aquí en su formulación más básica. es decir, como aprehensión de mundo por una conciencia. Cabe destacar que esa aprehensión se produce sólo en el ámbito de la finitud y de la contingencia. Véase la discusión en torno al concepto de experiencia en Hans-Georg Gadamer, Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica, traducción de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito, Salamanca, Sígueme, 1977, 687 p., p. 421 Y s.

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Con ello Dilthey determinó que esta solución de carácter teorético debía ser ubicada en el rango de atribuciones de una crítica de la razón histórica, "es decir, de la capacidad del hombre para conocerse a sí mismo y a la sociedad y la historia creadas por él".18 La distancia filosófica a partir de la cual Dilthey aborda las cuestiones gnoseológicas de las ciencias del espíritu obedece a un precepto kantiano, a saber, el trabajo de fundamentación del conocimiento, independientemente de la esfera de realidad a la que responda, consiste en un procedimiento por el cual se aíslan principios de orden trascendental, mientras cada una de las ciencias se encuentra circunscrita a un orden inmanente dado por sus campos objetuales. Si la cualidad histórica se destaca en cada una de las ciencias y determina el nivel que adquieren los conocimientos que producen, los principios o fundamentos que los vuelven posibles son por tanto ahistórico s e invariables. El acceso a estos principios y fundamentos tiene que ser operado por una forma de pensamiento igualmente trascendental; a ello se aboca la filosofía. El modelo, entonces, institucionalizó la relación por la cual la historia dependía de una labor teórica desarrollada por fuera de la investigación, que no es otra cosa que el establecimiento de la relación tradicional entre reflexión teórica y práctica científica. La reacción contra la filosofía especulativa de la historia se entiende, a partir de este modelo ideal, por el hecho de que no aporta esa clase de contenidos apriorísticos respecto de la validación cognitiva de la historia y sí, en cambio, grava de manera subjetivista toda posibilidad de su cientifización. 19 Por tanto, el lugar de la filosofía de la historia de corte idealista tendría que ser ocupado por la teoría de la historia, espacio de reflexión que adquiere legitimidad de la misma manera que la adquiere, desde el siglo XIX, la filosofía de la ciencia. La esfera que determina la investigación histórica introduce una serie de vocabularios funcionales adecuados para relacionarse con los objetos empíricos, por tanto son factuales en el sentido en que permiten recuperar la estructura verdadera y última de la realidad del pa18 WilheIm Dilthey, Introducción a las ciencias del espíritu. En la que se trata de fundamentar el estudio de la sociedad y de la historia, traducción, prólogo, epílogo y notas de Eugenio Ímaz,

México, Fondo de Cultura Económica, 1978, 426 p., p. 117. La crítica de la razón histórica viene a ser para las ciencias del espíritu un espacio de fundamentación análogo a lo que fue, para las ciencias naturales, la crítica de la razón pura kantiana. Se trata del despliegue de una conciencia crítica que, por su propia fuerza y atributos, establece los límites del conocimiento posible para esa particular esfera de realidad a la que se refiere Dilthey, es decir, los productos culturales del espíritu humano. 19 Warren B. Walsh, Perspectives and patterns. Discourses on history, Binghamton (New York), Syracuse University Press, 1962, 148 p., p. 70-71.

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sado. Pero el vocabulario de fundamentación no puede tener esa cualidad factual, sino que, estando por encima de los vocabularios funcionales, recupera por medios teóricos la estructura última del conocimiento objetivo; por así decirlo, no recupera lo real sino la esencia que determina el conocimiento de lo real. Esto tuvo consecuencias importantes en el orden de establecer una forma de distinción entre historiografía y teoría de la historia que, además, fue normativa hasta la disolución del modelo general.

Historia, historiografía y teoría de la historia: una diferenciación desde la epistemología Si dicho modelo puede ser tomado como un paradigma o matriz disciplinar,zo concediendo que es asegurado por vía teórica y que además viene a ser el marco a partir del cual tienen lugar las investigaciones históricas particulares, entonces se puede decir que busca normar los vocabularios en su conjunto. La historiografía, entendida como revisión de los vocabularios factuales generados y utilizados por los historiadores, aporta autocomprensión respecto de la escritura de la historia y de los procesos metódicos desde los cuales se produce. Lo que quiere decir que actúa tratando de reconducir las formas variadas de la escritura de la historia hacia el paradigma, midiendo las graduaciones que se van presentando de manera acumulativa en términos de cientificidad creciente. De ahí que su dimensión haya sido vista como secundaria y dependiente respecto de la investigación de hechos. Carlos Mendiola presentó una manera de entender el papel de la historiografía que coincide, en términos generales, con lo que he venido sosteniendo. Considerando el propósito de la reflexión de la teoría de la historia, se puede decir que ésta pretende "fundamentar" a la historia, mientras que la historiografía, de acuerdo con su propósito, pretende "verificarla". Dicho con mayor precisión, busca cómo se pretendió verificar la historia en el momento en que se escribió. Ya se ha dicho que ambas reflexionan sobre la validez de la historia. Entonces, la primera 20 J6m Rüsen, "Origen y tarea de la teoría de la historia", en Debates recientes en la teoría de la historiografía alemana, coordinación de Silvia Pappe, traducción Kermit McPherson,

México, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco/Universidad Iberoamericana, 2000, 504 p. (Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades. Serie Historial Historiografía), p. 39.

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quiere mostrar el fundamento o legitimidad que tiene la historia para afirmar con validez. Y a su vez, la historiografía quiere mostrar la manera en que se verifica la afirmación que hizo la historia. 21 La investigación histórica y sus resultados aportan la materia prima para la historiografía, es decir, las afirmaciones que los historiadores hicieron respecto del pasado. Su papel consiste en establecer las condiciones por las cuales las afirmaciones sobre el pasado pueden ser válidas, pero bajo el entendido de que esas condiciones cambian conforme pasa el tiempo; son afirmaciones tomadas de manera histórica. El marco histórico de validación, por así decirlo, constituye el criterio central de la historiografía, aspecto que es coherente con la lógica del modelo general. De ahí que las afirmaciones que los historiadores realizan sean siempre contingentes, a grado tal que se acercan a lo que la filosofía de la ciencia conoce como juicios de carácter sintético, es decir, juicios referentes a verdades empíricas susceptibles de falseación. Por su lado, la teoría de la historia trata de fundamentar a la disciplina de la historia, en otras palabras, al conjunto de afirmaciones verdaderas que sobre el pasado formulan los historiadores, pero desde elementos constitutivos que no son contingentes. Al respecto, Carlos Mendiola señala lo siguiente: "La fundamentación que quiere alcanzar la teoría de la historia sólo puede lograrse en el ámbito de la necesidad".22 Esto es así porque la teoría se mueve en un nivel analítico que permite transformar el conjunto de afirmaciones empíricas verdaderas en un registro de verdades universales y necesarias. Las afirmaciones factuales pueden ser falseadas por medio de procesos de validación, las segundas no, pues se presentan como indubitables. La oposición analítico-sintético, que ha funcionado no sólo en el sentido expreso de una distinción correlativa a los diferentes niveles en que se mueve la ciencia y la filosofía de la ciencia sino también como legitimación de esta última, sorprendentemente parece explicar el papel de la historiografía y su relación con la teoría 21 Carlos Mendiola Mejía, "Distinción y relación entre la teoría de la historia, la historiografía y la historia", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 3, n. 6, 1996, p. 171-182, p. 173. 22 [bid., p. 174. Mendiola se cuida de asumir que la distinción entre historiografía y teoría de la historia descansa sólo en el hecho de que la primera verifica las afirmaciones mientras la segunda se ocupa de la fundamentación dejando de lado el problema de la verificación. Por el contrario, lo que se desprende de la teoría de la historia es una serie de criterios que verifica las pretensiones de validez de la historia. Es decir, ofrece un modelo de lo que debe ser la historia, considerando que la historiografía se encuentra en la misma dimensión que la investigación histórica: es empírica por su objeto.

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de la historia, pero bajo las mismas bases que explican la diferencia entre práctica científica y teoría de la ciencia. No hay que olvidar que precisamente la crítica a la filosofía de la ciencia tuvo un punto fuerte al mostrar la falta de legitimidad de esta distinción, lo que finalmente ha conducido a la aceptación de que la teoría tendría que ser pensada más bien como proceso de autorreflexión de la disciplina histórica, situación que rompe con la dependencia de todo marco filosófico normativo. 23 Lo anterior no quiere decir que se rompan definitivamente las líneas comunicativas entre historia y filosofía. Formulando la cuestión de esta manera se llega a un punto en el que los historiadores nos vemos obligados a introducir un cambio radical en el papel y la función de la historiografía, y la filosofía puede aportar a ello herramientas reflexivas de primera importancia. Regresando a los niveles que conforman el modelo general, puedo decir que la historiografía se ubica en el mismo plano que la investigación histórica; al mismo nivel operativo que produce conocimientos sobre un pasado nivelado en términos empíricos, pero a un lado de la investigación y dependiendo de ella. Su diferencia estriba en el tipo de relación que guardan ambas con el pasado, es decir, con el objeto empírico. Mientras la investigación se relaciona de manera directa con el campo objetual, de nueva cuenta según la lógica del modelo, la historiografía lo hace de forma indirecta. Mide las gradaciones que se presentan en los sucesivos acercamientos al pasado que produce la investigación. No es tanto una esfera de reflexividad sobre el conjunto de la disciplina y sus relaciones con los ambientes sociales, sino que se encuentra atenida a un análisis de los procedimientos de la investigación con el fin de asegurar, lo más posible, rangos de objetividad que sean intersubjetivamente comprobables. Se puede afirmar, de acuerdo con lo anterior, que su función está ubicada en el plano metodológico, por lo que debe identificar los diversos aspectos heurísticos, los modos de tratamiento de fuentes, la pertinencia de hipótesis y modelos explicativos, entre otros. Sus análisis orientan la praxis de investigación del presente, aunque por lo general se refieran al pasado, es decir, a los historiadores de otras épocas. Cada investigación actual no puede obviar a la historiografía, pues ella le aporta legitimidad a las perspectivas teóricas involucradas, a los modelos aplicados, a los nuevos tratamientos de fuentes, a la in-

23 Véase una sugerente presentación de argumentos críticos a la oposición analítico-sintética, sobre todo formulados por Quine, en F. R. Ankersmit, op. cit., p. 120 Y s.

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clusión de otros cuerpos documentales, a las hipótesis actuales supuestamente más afinadas que las anteriores, etcétera. Bajo la forma de una contrastación, dado que la historiografía aísla las maneras pasadas de hacer historia y mide su pertinencia, se establecen las bases que dotan de validez a las nuevas formas de hacer historia, en el entendido de que su legitimidad depende de la distancia alcanzada respecto de los tratamientos anteriores. En esto consiste el proceso de falseación y validación de las afirmaciones factuales realizadas por los historiadores, función que alcanza también a los análisis historiográficos realizados sobre historiadores del presente; eso es notorio, por ejemplo, en los llamados estados de la cuestión o las historiografías temáticas. Por tanto, tiene como objeto establecer con la mayor precisión posible cómo se realiza metódicamente la conjunción entre las afirmaciones fácticas y la realidad del pasado, o por lo menos su progresivo acercamiento. Lo anterior no quiere decir que la validación de las afirmaciones sea realizada bajo procedimientos empíricos propiamente dichos, es decir, llevando a cabo la contrastación directa entre los enunciados de los historiadores y la realidad en sí del pasado, cosa por demás imposible. Más bien, el proceso de validación se realiza bajo la contrastación que lleva a cabo la historiografía entre los procedimientos anteriores (aquellos que pertenecen a los historiadores del pasado) con los procedimientos actuales. En otras palabras, la validación es un proceso de orden metódico porque es ahí donde sólo se pueden validar las afirmaciones desde el tipo de procedimientos utilizados por los historiadores, por ejemplo, desde el aparato documental utilizado o por la naturaleza de las variables explicativas, señalando así sus adecuaciones respecto de normas metódicas contemporáneas. La validación que realiza la teoría de la historia no es de orden metódico, se localiza, antes bien, en el espacio de legitimidad cognitiva a la que responden las afirmaciones factuales. Ella ofrece respuestas plausibles a los retos escépticos que ponen en duda la posibilidad misma del conocimiento histórico. 24 Más adelante volveré con detenimiento sobre el escepticismo y su relación con la epistemología; por el momento me basta destacar que la teoría de la historia se enfrenta a este tipo de posturas, situación que se debe a la ubicación moderna de la historia en el campo del conocimiento. Regresando a la línea argumental, el papel de la historiografía moderna 24 Carlos Mendiola Mejía, "Distinción y relación entre la teoría de la historia, la historiografía y la historia", op. cit., p. 173.

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consiste en tema tizar la relación que guarda el discurso historiador con el pasado real, tratando de esclarecer los aspectos metódicos que aseguran esa relación, dotándola, con ello, de una cualidad objetiva que pueda ser demostrada de manera intersubjetiva. En palabras de Michel de Certeau: "La historiografía (es decir 'historia' y 'escritura') lleva inscrita en su nombre propio la paradoja -y casi el oxímoronde la relación de dos términos antinómicos: lo real y el discurso. Su trabajo es unirlos, y en las partes en que esa unión no puede ni pensarse, hacer como si los uniera". 25 Esta forma de diferenciar entre investigación histórica, historiografía y teoría de la historia establece límites precisos a la práctica científica que se lleva a cabo en la historia y a la teoría que se encarga de validar sus alcances cognitivos. Constituye, por tanto, un marco de creencias comúnmente aceptadas tanto por los historiadores como por los filósofos que se han preocupado por la historia. Esta situación parece ser característica de un horizonte de pensamiento que llega, por lo menos, hasta la segunda mitad del siglo XX, momento en el que se profundiza un trabajo crítico que se centra en examinar la legitimidad de las creencias. Cabe hacer notar que estas creencias son del mismo tipo que las sostenidas por los filósofos de la ciencia, aunque requieren de un rango singular de aplicación pero dependiente del marco epistemológico general. Someter a un examen crítico su validez y su legitimidad, como sucedió en un momento determinado del siglo XX, ha consistido en despojarlas de su pretendida naturaleza a priori, proceso que terminó en una deslegitimación del cuerpo mismo de la epistemología. En ambas esferas la creencia se presenta como aquella afirmación o conjunto de afirmaciones que no requieren justificación; su validez está dada a priori, por eso son instancias últimas que se ubican en el nivel de la teoría pura, ya sea bajo el perfil tradicional de una teoría de la ciencia, ya sea como una versión más delimitada y aplicable al caso particular del saber histórico.

25 Michel de Certeau, La escritura de la historia, 2a. edición revisada, traducción de Jorge López Moctezuma, México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1993, 334 p. (El Oficio de la Historia), p. 13. En este mismo libro se refirió a la situación presente de la historiografía y a su relación particular con el pasado, en los siguientes términos: "La historiografía trata de probar que el lugar donde se produce es capaz de comprender el pasado, por medio de un extraño procedimiento que impone la muerte y que se repite muchas veces en el discurso, procedimiento que niega la pérdida, concediendo al presente el privilegio de recapitular el pasado en un saber. Trabajo de la muerte y trabajo contra la muerte". ¡bid., p. 19.

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Matriz disciplinaria, paradigma y ciencia histórica La diferenciación establecida de manera epistémica entre lógica de investigación, historiografía y teoría de la historia se presta a descripción desde las nociones kuhnianas de matriz disciplinaria y de paradigma. En su libro La tensión esencial, Kuhn aborda la problemática abierta por la introducción de la noción paradigma, así como de los malentendidos y ambigüedades que se han presentado desde su análisis sobre las revoluciones científicas. Allí Kuhn distingue dos niveles de significación con el objeto de despejar un cierto campo de aplicación válido. En primer lugar señala un sentido global del término paradigma que, por tanto, abarca todos los compromisos compartidos por un grupo científico determinado, mientras que el segundo se refiere sólo a una clase de compromiso particular, por lo que viene a ser un segmento o subconjunto delimitado a partir del primer sentido. 26 Debe destacarse que en estos dos usos de la noción paradigma se hace notar por sí misma una orientación decididamente sociológica ya que obligatoriamente se relacionan ambas con comunidades científicas, es decir, con cuerpos o grupos sociales que han alcanzado, por un lado, un alto grado de diferenciación, y por otro, una cohesión como grupo a partir de procesos de socialización. De hecho, los dos sentidos a que ha dado lugar la noción de paradigma sólo pueden entenderse y proyectar fuerza analítica porque refieren a espacios y a cuerpos sociales definidos. Ahora bien, de los procesos a partir de los cuales se decantan compromisos compartidos por el grupo destacan los siguientes rasgos: una forma de comunicación profesional y dominante dentro del grupo, tendencias pedagógicas y de reclutamiento, formas de acreditación social específicas, pautas de identidad grupal, procesos de socialización internos, etcétera. 27 Desde los elementos comunes, aquí simplemente 26 Thomas S. Kuhn, La tensión esencial. Estudios selectos sobre lu tradición y el cambio en el ámbito de la ciencia, traducción de Roberto Helier, México, Fondo de Cultura Económica, 1982, 380 p., p. 318. 27 "Según esta opinión, una comunidad científica consiste en quienes practican una especialidad científica. Hasta un grado no igualado en la mayoría de los otros ámbitos, han tenido una educación y una iniciación profesional similares. En el proceso han absorbido la misma bibliografía técnica y sacado muchas lecciones idénticas de ella [... l. Dentro de tales grupos, la comunicación es casi plena, y el juicio profesional es, relativamente, unánime. Como, por otra parte, la atención de diferentes comunidades científicas enfoca diferentes problemas, la comunicación profesional entre los límites de los grupos a veces es ardua, a menudo resulta en equívocos y, de seguir adelante, puede conducir a un considerable y antes

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esbozados, se establecen los criterios que permiten formular problemas a los que se abocan los miembros de una comunidad, los modos autorizados para resolverlos y las formas reconocidas de validación intersubjetiva de teorías. Es decir, se constituyen criterios de relevancia que funcionan de manera más o menos estable por un cierto tiempo, o sea que son criterios dados desde un marco operativo de ciencia que no presenta anomalías o que puede integrarlas sin ser cuestionado. Su función consiste en determinar qué tipo de problemas resulta relevante para una comunidad en un lapso, con lo que finalmente se orienta el conjunto de la investigación científica. Esto es lo que Kuhn denomina ciencia.normal. Así planteado el problema, nuestro autor propone sustituir la noción paradigma, tomada de acuerdo con el primer sentido apuntado arriba, por el concepto de matriz disciplinaria, ya que en su opinión este último es menos confuso. Así, una matriz disciplinaria instituye el espacio de la operación científica normal, por tanto delimita el conjunto de creencias compartidas por una comunidad científica durante un tiempo. Señala tres tipos de componentes básicos de la matriz disciplinaria que le dan sustento a los compromisos adquiridos: las generalizaciones simbólicas, los modelos y los ejemplares. Los primeros elementos, las generalizaciones simbólicas, se refieren a expresiones que son empleadas sin cuestionamiento por el grupo; son componentes formales y lógicos del tipo "La acción es igual a la reacción", o "La composición química está en proporciones fijas por peso". Ejemplos posibles de generalizaciones simbólicas y tomados de la discusión que abordó la teoría de la historia decimonónica serían las siguientes afirmaciones: Los nexos entre hechos históricos pueden ser explicados o comprendidos, o Cualesquiera que sea la

vía, el conocimiento histórico recupera metódicamente la realidad del pasado. Si estas expresiones se cuestionan, según entiendo, se cae en el escepticismo; poner en entredicho la expresión Los nexos entre hechos históricos pueden ser explicados o comprendidos irremediablemente pone en entredicho la posibilidad del conocimiento histórico en su conjunto, de acuerdo, por supuesto, con lo que se entendía por conocimiento en el siglo XIX. Ahora bien, Kuhn hace notar que estas generalizaciones se encuentran desprovistas de significados empíricos, es decir, no están interpretadas. 28 Se puede decir que los modelos, segundo componente de la matriz disciplinaria, introducen esquemas de interpretación de las insospechado desacuerdo." Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, traducción de Agustín Contin, México, Fondo de Cultura Económica, 1975, 319 p., p. 272. 28 Thomas S. Kuhn, La tensión esencial, op. cit., p. 323.

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generalizaciones simbólicas y en ese sentido preparan el terreno para su desplazamiento, bajo formulaciones diferentes, hacia el campo empírico. Esto tiene lugar porque los modelos introducen analogías preferentes por medio de las cuales interpretan las generalizaciones, según Kuhn, y tienen por tanto un valor heurístico que se expresa en los modelos de investigación empírica. Finalmente, los problemas concretos de investigación a los que se enfrentan los científicos y las formas autorizadas para resolverlos constituyen el tercer componente de la matriz. Son ejemplos estándar sostenidos por una comunidad y en ese sentido son paradigmáticos, con lo que Kuhn ilustra la segunda función del término paradigma. Hacia este sentido, es decir, el paradigma como ejemplos estándar o normales, apuntó Kuhn originariamente en la Estructura de las revoluciones científicas, y no como el conjunto de compromisos compartidos, siendo este último sentido recuperado por la noción matriz disciplinaria. 29 La confluencia de estos componentes es lo que da consistencia a las realizaciones cognoscitivas de un grupo disciplinario determinado. Aplicando esta discusión al modelo que he venido trabajando, es posible afirmar que la distinción que se presenta entre investigación de hechos e historiografía es del mismo tipo que la que existe entre matriz disciplinaria y paradigma. En tal caso, la investigación, o sea el nivel que produce afirmaciones sobre el pasado, coincide con los criterios que Kuhn delimita para la matriz disciplinaria y sus tres componentes: generalizaciones simbólicas que delimitan y orientan la constitución de modelos, y especificación de ejemplos estándar que son aplicados a investigaciones futuras. La historiografía, por tanto, se encarga de establecer paradigmas a partir de su labor de contrastación y de validación histórica de afirmaciones fácticas. Trabaja propiamente para validar las formas paradigmáticas que orientan la investigación futura en cuanto a formulación de problemas y la especificación de vías metódicas adecuadas para resolverlos. La discusión historiográfica, a la que necesariamente deben recurrir los historiadores, tiene por función definir un conjunto o conjuntos de ejemplos estándar, mediando en ello una discusión sobre los criterios de relevancia que permita llegar al establecimiento de acuer29 Fue desde luego, el sentido de "paradigma" como ejemplo normal lo que, en un principio, me hizo decidirme por tal término. Por desgracia, la mayoría de los lectores de La estructura de las revoluciones científicas no se dio cuenta de lo que para mí era la función primordial, y emplea "paradigma" en sentido aproximado a lo que ahora prefiero llamar "matriz disciplinaria". [bid., p. 331, n. 16. Véase también Mary Fulbrook, Historical theonJ, London, Routledge, 2002, 228 p., p. 31 Y s.

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dos racionales. Se suponía que el acuerdo racional se basaba en un análisis de cada investigación realizada con el fin de resaltar los modos y los grados de su acercamiento a lo real, finalmente lo que caracterizaría a todo acuerdo respecto de los criterios de relevancia y de elección de teorías en el campo de las ciencias empíricas. Desde la obra de Kuhn sabemos que los acuerdos alcanzados en los paradigmas científicos se alejan sustancialmente de esa suerte de medición de objetividad, de modo que se acercan más a las formas por la cuales se consiguen acuerdos en términos sociales y prácticos. Rorty comenta en los siguientes términos esta discusión. Los críticos de Kuhn han contribuido a perpetuar el dogma de que sólo donde hay correspondencia con la realidad [es] donde hay posibilidad de acuerdo racional, en un sentido especial de "racional" cuyo paradigma es la ciencia. Esta confusión se ve fomentada por nuestro uso de "objetivo" en sentido de "que caracteriza la concepción en que estaríamos de acuerdo como consecuencia de un argumento no perturbado por consideraciones irrelevantes" y de "que representa las cosas tal como son".30 Esta función de la historiografía se complementa con la validación de las afirmaciones temporales por medios metódicos; más bien esta segunda depende de la delimitación de paradigmas, de criterios de relevancia y de los acuerdos alcanzados. La afirmación de Michel de Certeau citada arriba, es decir, la historiografía enfrenta la relación entre discurso y realidad del pasado, se presta a ser enmarcada en esta función más general, pues los aspectos metódicos de la investigación sólo resultan pertinentes a la luz de la discusión entre historiadores respecto de los paradigmas. Así, los acuerdos intersubjetivos alcanzados, y de los que se deducen métodos de investigación histórica, se encontrarían gobernados por algo que no puede ser intersubjetiva según el ideal de ciencia, a saber, la cualidad referencial de los discursos históricos. Pretendidamente la validación consiste en resaltar la relación especial que se produce entre las afirmaciones de los historiadores y sus objetos (el pasado real) y no por un ejercicio dialógico que se modela, más bien, desde la práctica social. Pero si se destaca la relación intersubjetiva que posibilita los acuerdos en el seno de las comunidades de historiadores, los criterios que intervienen en su validación están delimitados por algo que no coincide con los parámetros de ob-

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Richard Rorty, op. cit., p. 303.

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jetividad, supuestamente los únicos que deben gobernar la discusión al interior de los grupos científicos. Lo que se hará evidente, a lo largo del siglo XX, es que estos acuerdos están gobernados por la misma lógica que posibilita los acuerdos en el ámbito de la práctica social cotidiana. La importancia de la historiografía, entonces, se inscribe en una suerte de análisis histórico de las representaciones (discursivas) que produce la disciplina histórica. Lo anterior quiere decir que el valor de la historiografía consiste en relacionar los fundamentos del conocimiento histórico con los paradigmas que funcionan en el ámbito de la investigación. 31 No puede realizar una labor de fundamentación, cosa que lleva a cabo la teoría de la historia, pues "lo que hace es expresar que esta seguridad [la fundamentación teórica] está presente, al dar la escritura de la historia por sentada y al no presentar fundamentos tematizados debido a la indiscutibilidad de su capacidad como soporte".32 Con este planteamiento la historiografía, vista como un conjunto especial de afirmaciones realizadas por historiadores cuyo objeto es otro conjunto de afirmaciones sobre el pasado, adquiere naturaleza metadiscursiva. La diferencia entre estas dos esferas enunciativas, los enunciados historiográficos y los que resultan de la investigación histórica, está dada por el hecho de que la primera no se justifica idealmente en términos referenciales mientras que la segunda sí. De acuerdo con su naturaleza metadiscursiva la historiografía define y legitima los discursos históricos. Esta situación se debe a que, finalmente, ella pertenece al segundo componente de la matriz denominada historia. Pero hay que precisar una cuestión aquí involucrada. El modelo general, instituido de manera teórica y cuya integridad y defensa le corresponde a la teoría de la historia, no es análogo a los modelos operativos, el segundo componente de la matriz, según Kuhn, y que he tratado de ubicar en términos de historiografía. Este modelo general tiene que ver con el conjunto de creencias que se encuentra detrás de la matriz y de los paradigmas, es decir, con un ideal de historia prefigurado desde el presente, mientras que la historiografía trabaja con paradigmas propios de la ciencia normal referidos al pasado. Mientras no se cuestionen los marcos generales de las creencias, la historiografía funciona verificando enunciados temporales de acuer- do con los paradigmas (ciencia normal); expresa, así, la seguridad de los fundamentos de ese ideal de historia, mientras que orienta de ma31

Jorn Rüsen, "Origen y tarea de la teoría de la historia", op. cit., p. 43.

32

[bid., p. 45.

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nera práctica la constitución de modelos y la delimitación de ejemplos estándar. Pero cuando entran en crisis los fundamentos, cuando se cuestiona el conjunto de las creencias, esta función de la historiografía cambia dramáticamente pues se resquebraja la solidez paradigmática. Es cuando se presenta una historiografía que interroga críticamente la validez de las disposiciones normativas del paradigma, esforzándose por designar los términos de las investigaciones históricas bajo un conjunto normativo que no está todavía fundamentado. 33 En este caso, la historiografía amplía su rango de atribuciones con un especial interés en temas epistemológicos de fundamentación. Por otro lado, cada paradigma, como responde a "compromisos de la comunidad de historiadores", se especifica en un lenguaje propio (las afirmaciones sobre el pasado), de ahí que la comunicación entre paradigmas requiera de un ejercicio de traducción de un lenguaje a otro. Para Carlos Mendiola, la función de la teoría de la historia consiste en volver posible ese ejercicio de traducción entre paradigmas. 34 En este último caso, se trata de un ejercicio de conmensurabilidad de los lenguajes paradigmáticos, ejercicio que deja aparecer los elementos formales, necesarios y comunes a todo paradigma en un marco de ciencia normal. En la medida en que la historiografía funciona como instancia de verificación, su forma de operar consiste en permitir la discusión entre historiadores, teniendo como telón de fondo las delimitaciones de los paradigmas y los compromisos previos. La presencia de desacuerdos en la discusión historiográfica, lo que viene a ser la forma normal de la historia, es posible definirla bajo el término inconmensurabilidad, es decir, esa incapacidad de traducir los términos de una teoría propia de un paradigma a otro; por ejemplo, para el caso de la historia, existiría inconmensurabilidad entre los lenguajes de las teorías que pertenecen a la historia económica y aquellos que pertenecen a la historia política. 35 El hecho de que los significados de los 33

[bid., p. 52.

"Para que pueda haber comunicación o conexión entre los paradigmas, tendría que ser posible traducirlos a un mismo lenguaje. Esta traducción es posible por medio del modelo que muestra un ideal de historia. Mediante diferencias y semejanzas con el modelo, puede traducirse un paradigma y ser comparado con otros. El modelo no es atemporal, pertenece al presente y podrá refutarse, mas por el momento es el único instrumento que permite esta traducción. De esta manera, la teoría de la historia y la historiografía tienen otra relación de dependencia. La primera da la posibilidad de comparar esos paradigmas y la segunda muestra los paradigmas en su particularidad." Carlos Mendiola Mejía, "Distinción y relación entre la teoría de la historia, la historiografía y la historia", op. cit., p. 178. 35 Mary Fulbrook presenta en su libro, Historical theory, una serie de ejemplos pertinentes que ilustran la situación de inconmensurabilidad entre teorías historiográficas. Véanse p. 37 Ys. 34

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términos de una teoría no puedan traducirse sin pérdida a los significados de los términos de otra, no establece que el desacuerdo deba resolverse apelando a su conexión con la realidad, introducida aquí como instancia ontológica de definición. 36 Siendo éste el proceso de verificación que lleva a cabo la historiografía bajo valoraciones metódicas, no tiene funcionalidad en una situación de inconmensurabilidad, pues a pesar de no ser traducibles dichos términos funcionan de manera adecuada al interior de sus paradigmas. La concepción ideal es que existe un lenguaje unificado de la ciencia a partir del cual la traducción entre teorías que pertenecen a paradigmas diferentes es posible, y ese lenguaje es el de la epistemología. De ahí que, siendo este lenguaje la orientación central de la teoría de la historia, ella tenga como atributo hacer conmensurables todos los discursos historiográficos traduciéndolos a un conjunto de términos teóricos que no están al mismo nivel que los términos empíricos que supuestamente conforman a las teorías particulares. 37 Si todo paradigma específico orienta la constitución de un vocabulario aplicable sólo a ese paradigma, tal es la idea que subyace al concepto inconmensurabilidad, la teoría de la historia recurre a un vocabulario no dependiente de paradigma alguno, por tanto es un vocabulario de fundamentación que sostiene a los vocabularios particulares que se aplican a la investigación. En otras palabras, el lenguaje de fundamentación que pertenece a la teoría de la historia se expresa en la manera por la cual, desde una situación dada de inconmensurabilidad, logra traducir los lenguajes particulares propios de los paradigmas. De tal forma que la fundamentación que ejerce la teoría sobre la práctica de investigación y la historiografía se desarrolla como un proceso de justificación de las creencias que sostienen a ambas, digamos en el nivel de producción de generalizaciones simbólicas, en la legitimación de sus pretensiones de validez frente a los retos escépticos, y, finalmente, posibilitando la traducción entre paradigmas. 36 "Afirmar que dos teorías son inconmensurables significa afirmar que no hay ningún lenguaje, neutral o de cualquier otro tipo, al que ambas teorías, concebidas como conjuntos de enunciados, puedan traducirse sin resto o pérdidas." Thomas S. Kuhn, El camino desde la estructura. Ensayos filosóficos, 1970-1993. con una entrevista autobiográfica, compilación de James Conant y John Haugeland, traducción Antonio Beltrán y José Romo, Barcelona, Paidós, 2001, 384 p., p. 50. Véase la réplica de Kuhn a las críticas formuladas a su concepto de inconmensurabilidad en este mismo texto, p. 47 Y S. 37 Richard Rorty, op. cit., p. 316. Por supuesto, Rorty se refiere aquí a la función general que tiene la epistemología como conmensurabilidad, función que le viene de la idea de ciencia unificada.

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Subjetividad, objetividad y escepticismo: los límites del modelo epistemológico de la historia Ahora bien, dos tipos de problemas atraviesan estas tres instancias (la producción de generalizaciones simbólicas, los retos del escepticismo y la conmensurabilidad interparadigmática) y expresan el esfuerzo por racionalizar las creencias. Por un lado, la relación cognitiva entre el sujeto historiador y el objeto entendido como lo real pasado, por otro, la naturaleza objetiva propia de las representaciones científicas. En cuanto al primero, la relación sujeto-objeto, adquiere rango de problemática básica en el sentido en que establece con precisión las condiciones de todo conocimiento histórico posible, a partir de resolver de qué manera el polo subjetivo no interfiere con el resultado objetivo final, es decir, con la construcción de representaciones verdaderas del pasado, o, a pesar de existir interferencias, cómo se llega de todos modos a una base objetiva indubitable. El problema consiste en establecer cómo es posible un conocimiento objetivo marginando lo más posible los inconvenientes del entendimiento intersubjetiva. Ésta es una cuestión teórica porque se dirige a fundamentar, en última instancia, la naturaleza cognitiva de la historia; adquiere, por tanto, la consistencia de un principio ordenador establecido desde el trabajo teórico. Es decir, no puede poner entre paréntesis esta posibilidad sino, por el contrario, es supuesto fundamental del que se deriva esa relación misma. Desde la obra kantiana y desde el predominio ejercido por la filosofía de la ciencia, el sujeto ha de ser entendido como instancia trascendental mientras el objeto se encuentra ubicado al nivel de instancia empírica, de tal modo que abordar el problema del conocimiento significa poner en juego los términos de su relación. A pesar de la discusión decimonónica respecto de la diferenciación de métodos entre las ciencias naturales y las del espíritu, hasta Dilthey mismo se concibió que la solución no estaba en distanciarse de la oposición sujeto-objeto, ya que había que repensarla desde un estatuto especial, donde el sujeto venía a ser instancia de involucramiento psicológico con sus objetos puestos en el pasado. 38 De ahí que el sujeto cognitivo 38 "Dilthey parte inicialmente de una problemática kantiana: 'la constitución de las ciencias de la naturaleza está determinada por la manera en que se da su objeto, esto es, la naturaleza'. Dilthey no ve la inmediata diferencia lógico-trascendental entre los 'modos de comportamiento' de las ciencias de la naturaleza y las del espíritu, en la existencia de dos

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en las ciencias del espíritu adquiere un status particular como instancia de percepción empática, lo que sustituye la percepción sensorial propia de la experiencia científica natural. Llama la atención que en el horizonte de la hermenéutica romántica se deslice, casi subrepticiamente, un supuesto de carácter positivista expresado en una aceptación acrítica de la oposición mencionada. En todo caso, esta oposición introduce una distinción central en el seno del saber histórico al recuperar la diferencia ontológica entre lo trascendental y lo empírico; su importancia se deja ver en que, primero, delimita el espacio del saber histórico frente al campo de lo histórico, y segundo, eleva la contraposición entre pasado y presente como forma de legitimar toda la cuestión de la objetividad de las representaciones historiadoras. 39 Lo que salvaguarda la cualidad científica de la historia es, precisamente, la distancia cognitiva entre un sujeto historiador y su saber (instancia trascendental), por un lado, con un pasado objetivado entendido como núcleo de empiricidades (instancia empírica), por otro. Evidentemente se encuentra en la anterior cuestión el problema de la diferenciación entre hecho y valor, dado que la historia pretende una base objetiva sobre la cual decidir la validez de las afirmaciones sobre el pasado que debe dejar fuera, según la teoría de la historia tradicional, las opiniones de orden valorativo que los historiadores pueden formular, opiniones que de ninguna manera se ciñen a los enunciados de hecho. 40 Pero los enunciados de hecho, neutralizada ya la carga valorativa, suponen la presencia de un sujeto transhistórico o trascendental, que es finalmente el que los formula, diferenciado previamente de un yo empírico. A la teoría de la historia le parecía que este último, el yo empírico, sólo puede formular enunciados subjetivos, es decir, valorativos, y por tanto introduce una distorsión en la captación objetiva del pasado que se expresa en los enunciados de hecho. 41 formas diversas de objetivación, sino en el grado de esa objetivación." Jürgen Habermas, Conocimiento e interés, versión castellana de Manuel Jiménez, José F. Ivars y Luis Martínez Santos, Madrid, Taurus, 1986, 348 p., p. 149. 39 Alfonso Mendiola y Guillermo Zermeño, "De la historia a la historiografía. Las transformaciones de una semántica", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 2, n. 4, 1995, p. 245-261, p. 247. 40 Hilary Putnam, op. cit., p. 198. 41 Ankersmit comenta que el historismo, al asumir esta distinción sujeto-objeto excluyó de sus consideraciones el mundo de la experiencia histórica. Al oponer el sujeto historiador al mundo de la experiencia histórica, el historismo redujo el primero a una instancia de carácter trascendental que tuvo, como ideal, la suposición rankeana de que podía el historiador ocupar el lugar de Dios en la contemplación del pasado. F. R. Ankersmit, op. cit., p. 420-421.

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La teoría de la historia lleva a cabo una justificación del saber histórico recuperando esta distinción cognitiva (sujeto empírico y sujeto trascendental), de la que se desprenden generalizaciones simbólicas que serán asumidas por la investigación y la historiografía como una defensa frente a postulados escépticos. Más adelante, en las páginas 48-53 del presente capítulo, expongo un ejemplo de generalización simbólica, el postulado de la doble transparencia propuesto por Ankersmit. Ahora bien, las posturas escépticas, es decir, aquellas que dudan de que el conocimiento objetivo sea posible dada la persistencia de enunciados valorativos en las afirmaciones de los historiadores, se orientan hacia los aspectos teóricos de la fundamentación, no tanto se interesan en los procesos de investigación histórica y en la discusión historiográfica. De ahí que se dirijan hacia el meollo mismo de la posibilidad cognitiva de la historia. El problema es que, para el escepticismo, existe una barrera insalvable para el conocimiento objetivo del pasado en tanto los enunciados valorativos, de los que no se pueden eximir los historiadores, son inverificables. No es posible decidir racionalmente si estos enunciados son verdaderos o falsos, pues dependen de puntos de vista esencialmente subjetivos, puntos de vista que no son comprobables bajo los criterios científicos estándar. . Richard Rorty ha señalado cómo la filosofía de la ciencia nació enfrentada a los retos de un escepticismo que ponía en cuestión el trabajo cognitivo de la ciencia en general, dado que en la labor científica no se podía obviar la mediación de formas subjetivas de aprehensión que terminan ocultándonos la realidad. 42 El punto central del cuestionamiento escéptico recaía, precisamente, en la ocultación subjetiva de la realidad. Por más que el positivismo se esforzara por esquivar simplemente el reto escéptico, en la recuperación que la filosofía realizó de la temática cognitiva se vio obligada a dar una respuesta plausible. No parece haber dudas de que se articuló una posible defensa por medio de la labor de fundamentación teórica del conocimiento. En tanto ella muestra, a contrapelo de su orientación apriorística, que 42 Richard Rorty, La filosofía y el espejo de la naturaleza, traducción de Jesús Fernández Zulaica, Madrid, Cátedra, 1983, 355 p., p. 213. En este mismo texto, página 51, Rorty hace un apunte de importancia respecto de la forma del escepticismo moderno: "Mientras que en el mundo antiguo, el escepticismo había sido una cuestión de actitudes morales, un estilo de vida, una reacción a las pretensiones de las modas intelectuales del momento, el escepticismo al estilo de las Primeras meditaciones de Descartes era una pregunta perfectamente definida, precisa, 'profesional': ¿Cómo sabemos que lo que es mental representa algo que no es mental?" En otras palabras, ¿qué puede asegurar que las representaciones internas (subjetivas) sean representaciones fieles de algo que no es interno, es decir, lo real?

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el centro de creencias no puede ser arbitrario porque finalmente son susceptibles de justificación racional, la epistemología hizo recaer la defensa del conocimiento en postulados realistas, ya por medio de asegurar que las representaciones de lo real en ningún caso se veían obstaculizadas por elementos subjetivos porque éstos eran necesariamente ajenos, ya afirmando que, a pesar de introducir aspectos valorativos, al final esas representaciones eran materia de verificación y por tanto de cualificación en términos objetivos. Se entiende que una de las cuestiones vitales en esta discusión haya sido la de la escritura científica, pues en ella se juega, más que en ningún otro terreno, la certeza y la exactitud de las representaciones, cosa que el escepticismo pone en tela de duda. Lo notable en esta discusión es que desde entonces exista una curiosa relación simbiótica entre epistemología y escepticismo. Parecería que toda respuesta teórica dada desde la certeza de las representaciones (realismo) termina empujando los retos escépticos más que resolviéndolos definitivamente. "Toda teoría que entienda el conocimiento como exactitud de la representación, y que afirme que sólo se puede estar razonablemente seguro sobre las representaciones, hará inevitable el escepticismo."43 Esta simbiosis resulta ser sólo un efecto de este género filosófico que, como sistema, trató de resolver la relación sujeto-objeto. Llevada hacia el terreno de la teoría de la historia, en cuyas atribuciones figura de manera destacada enfrentar los retos del escepticismo, la problemática parece resumirse en una discusión sobre la temática de la subjetividad en el conocimiento histórico. La carga subjetiva que grava las representaciones en la ciencia histórica es tan evidente, por supuesto si se compara con las ciencias naturales, que hace mucho más difícil el trabajo de fundamentarla por la vía de su exactitud. La principal constricción en este punto se deduce de la relación pasado-presente y que por la decidida orientación epistemológica de la teoría de la historia se buscó volverla análoga a la relación sujetoobjeto. La postura tradicional, que pertenece por derecho propio al modelo que he venido presentando, considera que el hecho de que el historiador se distinga ontológicamente del conjunto de eventos pasados, introduce la distinción epistémica entre sujeto cognoscente y objeto por conocer. Esto fue así porque de lo que se trataba era de alcanzar la verdad del pasado, prescripción establecida desde el ideal de historia científica predominante.

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Ibid., p. 111.

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Por tanto, la discontinuidad que domina la relación entre el presente del historiador (lo que es) y el pasado (lo que ya no es), debe ser del mismo tipo que la discontinuidad que existe entre la situación del sujeto cognoscente y aquella que determina su campo objetual. La idea anterior resulta de su extracción de un postulado central de orden epistemológico: el ámbito de la experiencia en el que se localiza el objeto debe ser diametralmente diferente a la esfera de la experiencia científica. Se juega en esto una cuestión central para la historia, a tal punto que la distinción tajante entre pasado y presente adquiere rasgo de condición de posibilidad para que pueda definirse como productora de conocimientos científicos. Si se le atribuye al pasado la condición de ser campo objetual que debe ser descrito por medios metodológicos, el presente se confirma como lugar de producción cognitiva. El argumento adujo que garantizar los conocimientos producidos por los historiadores dependía de que la disciplina, en el orden de su operación, los mantuviera salvaguardados de intromisión valorativa alguna. Al excluir la experiencia del sujeto, el mundo de valores culturales en el que vive el historiador, la objetividad quedaría asegurada, alcanzado también una situación controlada el nivel de las operaciones intersubjetivas por medio de las cuales se comprueban y aceptan las teorías científicas. 44

El principio trascendental de la teoría de la historia El precepto es, en suma, que los conocimientos producidos y la comprobación empírica que puede ser repetida una y otra vez si se respetan los controles metodológicos se verían libres de todo rastro subjetivista sólo al bloquear los condicionamientos históricos del sujeto. Y aquí el aporte kantiano es indiscutible. El sujeto cognoscente que tiene injerencia en los procesos científicos sólo puede quedar instituido como instancia trascendental; como tal no tiene correspondencia con el sujeto empírico que se encuentra anclado y determinado por la experiencia 44 Hans-Georg Gadamer, op. cit., p. 421. En esta parte Gadamer se refiere a los postulados de Dilthey, haciendo notar que éstos se encuentran afectados por una deficiencia que le viene de su adopción al concepto científico de experiencia. Tanto en las ciencias naturales como en las ciencias del espíritu, y la obra de Dilthey sería la demostración de ello, se acepta acríticamente el que la experiencia deba ser objetivada a tal grado que excluya todos los momentos históricos. Al marginar la historicidad de la experiencia se suponía que se marginaba, al mismo tiempo, aquellos inconvenientes que obstaculizaban el trabajo científico: el mundo de los perjuicios y de los valores.

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histórica. La teoría de la historia se ha esforzado por traducir este tipo de preceptos epistemológicos con el fin de librar a la ciencia histórica de los ataques escépticos. El historiador, que se encuentra en el presente, tiene (o más bien, debe tener) los rasgos propios de todo sujeto cognoscente, particularmente el de poder de bloquear los elementos que le son añadidos por su ubicación temporal y su inmersión contextual. Adquiriendo un status trascendental él puede abocarse a la tarea de producir conocimientos sobre un pasado del que se diferencia ontológicamente. A pesar de la distancia que separa los grados de objetivación en las ciencias naturales y en las ciencias del espíritu, le subyace un presupuesto común. Dada previamente la unidad de la ciencia como principio rector, nos es permitido asumir que la naturaleza del sujeto cognoscente no varía y, por tanto, su meta es la misma: la objetivación de la experiencia del objeto cualesquiera que sea la naturaleza de ésta. La teoría de la historia tradujo esta normatividad en un postulado que Ankersmit denomina de la doble transparencia. La fidelidad a la normatividad epistemológica se expresa en que este postulado asume, como principio, la naturaleza trascendental del historiador en el sentido de sujeto de conocimiento (Ankersmit lo llama sujeto consciente transhístóríco). La doble transparencia está referida, primero, a la realidad histórica que los documentos o textos revelan; y, segundo, a las intenciones historiográficas del historiador que encuentran en el texto un vehículo adecuado. 45 Ankersmit discute este doble postulado desde el terreno de la historiografía, lo que para mí es el espacio de validación de los enunciados temporales. A su juicio, desde el periodo posterior a la segunda guerra es notorio el ascenso de la historiografía como esfera reflexiva, la historia de la escritura de la historia, sobre la teoría de la historia tradicional. Aceptándolo, habría que decir que el doble postulado que opera historiográficamente es un producto teórico recuperado al nivel de los paradigmas, ya que el marco normal de la ciencia ha entrado en crisis. 45 "La historiografía tradicional se basa en lo que podría denominarse un postulado de doble transparencia. En el primer sitio, el texto histórico se considera 'transparente' respecto de la realidad histórica subyacente, que el texto de hecho revela por vez primera. A continuación, el texto histórico se considera 'transparente' respecto del juicio del historiador sobre la parte pertinente del pasado, o en otras palabras, respecto de las intenciones (historiográficas) con que los historiadores escribieron el texto. De acuerdo con el primer postulado de transparencia, el texto nos ofrece una visión 'a través del texto' de una realidad pasada; de acuerdo con el segundo, el texto es el vehículo totalmente adecuado para las posturas o intenciones historiográficas del historiador." F. R. Ankersmit, op. cit., p. 246.

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En todo caso éste sería un ejemplo notable de cómo la problematicidad a la que trata de dar respuesta la teoría de la historia, es decir, la subjetividad y el cuestiona miento escéptico, encuentran concreción en los análisis historiográficos. Desde el vocabulario que he intentado aquí desarrollar se puede decir de otra manera: el trabajo de fundamentación también introduce generalizaciones simbólicas (el postulado de la doble transparencia de Ankersmit) en los paradigmas que pone a prueba y verifica la historiografía (modelos y ejemplos estándar). Ahora bien, el primer postulado de transparencia permite garantizar "un telón de fondo inmutable" a partir del cual observar la evolución de las representaciones historiadoras. El segundo establece una "intención autoral" que asegura que la evolución que observa no sea sólo un reflejo personal producto de la lectura de los textos históricos. A pesar de que estos dos postulados parecen contradecirse ya que la intención del autor "destruye la visión sin obstrucciones del pasado", su expresión historiográfica ha tendido a volverlos complementarios. 46 En tal caso, la capa de intencionalidad que gobierna las interpretaciones de los historiadores no puede ser vista como expresión de intereses particulares, digamos de un punto de vista individual, ya que está en consonancia con la búsqueda de la realidad del pasado a través de textos. Para que la complementación de estos dos postulados tenga lugar se requiere, primero, la fijación epistemológica de una realidad pasada constante e independiente del historiador, y segundo, un "sujeto trascendentalmente consciente e incontaminado de forma histórica".47 y esta tarea la llevó a cabo la teoría de la historia, tarea que no es otra que la traducción, al campo de la historia, de la relación cognitiva por excelencia que se aisló desde el modelo de la ciencia natural. El logro sobresaliente consistió en dar una respuesta aparentemente sólida al escepticismo, al tiempo que definió los límites científicos de la historia. Paradójicamente, el que el sujeto de la historia fuera considerado de manera trascendental y colocado frente a una realidad pasada independiente de él, determinó un vaciamiento de historicidad del sujeto como resultado de la forma teórica que la normaba. Pero esto no fue un caso excepcional.

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[bid., p. 247. [bid., p. 250. Ankersmit define este doble postulado de la transparencia como una he-

rencia del historismo decimonónico, y, recurriendo a la obra de Gadamer, hace notar que ella permaneció fiel a la tradición filosófica desde la cual emergió la noción de conciencia trascendental.

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Así también la filosofía de la ciencia veía una barrera infranqueable para el conocimiento objetivo en la naturaleza histórica del sujeto cognoscente. Podríase reconocer historicidad en la esfera del objeto, lo que de hecho hizo la ciencia moderna al introducir variables temporales en las explicaciones que formulaba de sus objetos, pero no así en el elemento que determinaba toda explicación científica. Los peligros que acarreaba el reconocimiento de la historicidad del sujeto eran de dos tipos: o bien se caía en el irracionalismo propio de una historia modelada de manera azarosa, o el historiador se volvía tributario de las posturas relativistas sostenidas desde un perspectivismo irresoluble. Para la disciplina de la historia la disyunción fue la siguiente: o se desvanecía la realidad pasada como susceptible de objetivación en el sentido en que su reconstrucción dependía de los juicios aportados por el historiador, o esos juicios se encontraban imposibilitados de legitimación teórica porque eran inverificables y arbitrarios. El postulado de la doble transparencia funciona precisamente en esta disyunción. Frente al desvanecimiento escéptico de la realidad pasada como el último criterio para decidir la justeza de los enunciados del historiador, afirma que, más allá de las interpretaciones conflictivas que puedan formularse sobre esa realidad, su objetividad depende de la captación de lo real, y éste es un principio incuestionable. Frente a las posturas relativistas, afirma la posibilidad de verificar, por medio de controles metodológicos, el grado de esa captación a pesar de la mediación textual de la que se sirve el historiador. W. H. Walsh hace referencia a que, tratando de sobrepasar las inconveniencias que tiene la carga subjetiva en el trabajo del historiador, se han llegado a posturas que tienden a complementar estos dos postulados. Digamos que han sido consideradas elementos indubitables para la matriz disciplinaria de la historia. Pero esto ha sido así en una primera fase; gradualmente, el primer postulado ha terminado bajo un escrutinio crítico curiosamente cercano al escepticismo. Walsh llama teoría de la perspectiva a aquella que supone que en toda historia tienen cabida elementos subjetivos aportados por el historiador, esto es, el punto de vista presente y que le es determinante. 48 Esto no quiere decir que la historia rompa con criterios de objetividad puesto que las conclusiones del historiador están formuladas desde 48 W. H. Walsh, Introducción a la filosofia de la historia, op. cit., p. 134. Walsh apunta que el argumento más importante de la teoría de la perspectiva hace confluir dos factores anteriormente antitéticos: "los elementos subjetivos aportados por el historiador (su punto de vista) y los testimonios de los que parte, que debe (o más bien debiera) aceptar gústenle o no". Ibid.

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controles metodológicos estrictos. A pesar de que los puntos de vista que expresan los historiadores en sus reconstrucciones del pasado no pueden ser materia de razonamiento explícito, sus obras no deben ser juzgadas en función de estos prejuicios. De modo que, para Walsh, si bien la objetividad resulta moderada y secundaria dejando de ser un criterio central para decidir qué obra histórica es mejor que otra, es decir, en nuestra capacidad de juzgarlas tiende a desaparecer el grado en que reflejan la realidad del pasado, el criterio pasa a conformarse en términos de qué reglas, propias de la disciplina, han sido acatadas. Siendo estas reglas como las que a continuación se describen: "examen minucioso de los testimonios, aceptar las conclusiones sólo cuando hay buenas pruebas de ellas, conservar la integridad intelectual en los razonamientos, etcétera". 49 A pesar de que la teoría de la perspectiva introdujo una discusión intensa que no ha concluido, su cambio de orientación supone un alejamiento notable de las posturas trascendentales que estaban detrás de los postulados señalados por Ankersmit. Pero ello resulta ser objeto de un examen que nos permita precisar cómo y de qué manera se transformó el modelo originariamente epistemológico. Hasta aquí es posible afirmar que el tipo de respuestas que aportó la teoría de la historia, sin duda de carácter epistemológico, señala su relación simbiótica con retos escépticos de los que no pudo desprenderse. Éstos la acompañaron durante todo el periodo en el que este modelo teórico fue considerado dominante y vendrían a explicar los cauces por los que transitaron los intentos de reformularlo en el siglo xx. Aún así, la discusión teórica originaria trató de mantenerse en torno a los dos elementos que se definieron centrales para el modelo general: en primer lugar, la relación cognitiva planteada en términos clásicos entre el sujeto historiador y su campo objetual considerado como el pasado real, y en segundo, la naturaleza objetiva de las representaciones historiadoras. La explicación de esta reticencia radica en que, para la lógica del modelo, prescindir de cualquiera de estos principios significaba, ni más ni menos, que prescindir de todo rasgo científico en el terreno de la disciplina histórica. Los signos de la transformación se dejaron ver cuando estos dos elementos de los que dependió la fundamentación teórica de la historia en su emergencia moderna, siglo XIX, fueron materia de un trabajo crítico que intentó eliminar sus inconvenientes profundizando, por otro lado, otro tipo

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[bid., p. 135.

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de orientación epistemológica. Mientras tanto, la metáfora aguardaba mejores tiempos desde los territorios de lo impensado y lo acientífico. No tardaría mucho en reaparecer en el campo de la historia, revelando cualidades insospechadas para un sujeto que quiere conocer el mundo y para un discurso que lucha por representarlo. Emergerá, paradójicamente, en esos dos elementos insustituibles para el modelo que la fundamentó de manera cognitiva.

La transformación de la filosofía, el derrumbe del modelo general y el ascenso de la historiografía

En el apartado anterior se pasó revista al proceso por el cual se articuló un modelo general para la ciencia histórica desde el tipo de reflexiones que caracterizaron a la filosofía de la ciencia. Ahora, en este capítulo, entramos en el proceso de su disolución. Parto de que para explicar por qué perdió legitimidad ese modelo articulado en términos de teoría de la historia, tiene que tomarse en cuenta la transformación general que sufrió la filosofía en el siglo xx. Una disgregación del campo filosófico y la inclusión entre paréntesis del conjunto de problemas que le legó su propia tradición son los elementos que determinan su cambio de orientación. Hasta no hace mucho tiempo a la filosofía le parecía impensable definirse sin establecer una relación primordial con el conocimiento científico. En este campo encontraba los objetivos más elevados y las problemáticas más cruciales para entenderse a sí misma como forma de reflexión. Pero fue alcanzada por la profundidad de un cambio histórico que la obligó a saldar sus propias cuentas. Por la vía del giro lingüístico y, de manera paralela, desarrollando una perspectiva pragmática entre otros aspectos, fue dejando en el camino el tipo de discusiones que la identificaron como forma de pensamiento desde el siglo XVII. La suma de estos vuelcos da por resultado su alejamiento paulatino de la epistemología tradicional. Varias cuestiones se encuentran involucradas en el proceso. Destacaré de entre éstas por lo menos dos. El regreso de la metáfora al campo del conocimiento científico, pero ahora con un planteamiento diametralmente diferente de aquel que fue el responsable de su marginación. Lo que interesa es precisar bajo qué postulados se produce tal retorno, cosa que desarrollaré en su momento. Y segundo, las implicaciones que para la base disciplinaria de la historia se presentaron a partir de la disgregación y del cambio de orientación del pensamiento filosófico. En este punto es necesario abordar puntualmente el problema de cómo resultó seriamente afectado el ideal de historia sostenido por el modelo general. Cabe asumir que las relaciones y diferenciaciones previas entre teoría de la historia, historiografía e investigación histórica pierden el

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sostén fundamental que aportaba la filosofía de la ciencia. De ahí que la historiografía llegue a adquirir una serie de atribuciones que no tenía en el modelo general y por las cuales vendrá a constituirse en el espacio teórico de la disciplina. Espero demostrar que, en esta expansión historiográfica, los dos problemas centrales a los que se abocará coinciden con aquellos otros por los cuales se torna factible la introducción de la metáfora en el problema del conocimiento. La vía rectora para abordar la transformación de la filosofía y del modelo general, del ascenso de la historiografía y el retorno de la metáfora, la constituyen aquellos dos problemas individualizados, precisamente, por el pensamiento epistemológico y que resultaron cruciales para el ideal de historia, a saber, la relación sujeto-objeto y la objetividad de las representaciones científicas. Antes de empezar resulta necesario hacer la siguiente aclaración. La apreciación general que desarrollo en los primeros dos puntos de este capítulo no entra en una exposición sistemática y profunda de la transformación de la filosofía, puesto que sólo me resulta necesario referirme a este proceso dado que permite entender el cambio en el horizonte reflexivo contemporáneo. Destaco sólo tres rasgos generales en cuanto a este tema, a saber, giro lingüístico, el privilegio que adquirió la praxis frente a la teoría (enfoque pragmático) y, finalmente, el reconocimiento de la historicidad como límite del pensamiento filosófico (perspectiva historicista). Una forma de seguir la emergencia de los rasgos aludidos consiste en enfocar la problematicidad que va impregnando a la relación entre lo trascendental y lo empírico inaugurada por la filosofía moderna desde la tradición cartesiana. La exposición se atiene a mostrar de manera resumida cómo pierde valor filosófico esta relación en su conexión con los tres rasgos mencionados. En los dos siguientes apartados (El vuelco pragmático de la filosofía de la ciencia y la metáfora y El cambio de las creencias: la inclusión de la metáfora en el campo científico) introduzco la obra de Thomas S. Kuhn con el fin de destacar de qué manera se concreta dicha transformación del pensamiento filosófico en una nueva mirada sobre la ciencia, amén de las implicaciones que arroja para el conocimiento histórico.

Trascendentalismo, empirismo y giro lingüístico: dos tradiciones filosóficas ¿En qué consistió la transformación de la filosofía que tuvo lugar a lo largo del siglo xx? En términos generales es posible decir que tal proceso residió en el hecho de que la filosofía misma se despojara, paula-

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tinamente y de manera profunda, del papel que tradicionalmente se le había asignado desde Descartes: alcanzar por medios teóricos el fundamento ya sea de la moral, de la vida o del conocimiento. Cuando se habla de fundamento se especifica un procedimiento reflexivo que se decide a desvelar la unidad de mundo por debajo de las diferenciaciones que en cada caso corresponden. La singularidad en que se mueven los actos morales, los acontecimientos de la vida humana y los procesos cognitivos, es referida a una esfera última sólo desde la cual es posible su explicación. Los saberes y las disciplinas que tienen a su cargo estos aspectos parciales quedan por debajo de la filosofía en tanto que ellos se detienen a explicitar los contenidos de esas singularidades, mientras los filósofos los organizan desde una unidad previa que introduce coherencia en la diversidad. 1 El fundamento hacia el que se dirige la filosofía se equipara, por tanto, a lo que resulta necesario y a 10 que es universal; por su parte, la singularidad en que se mueven los saberes y las disciplinas es instituida por su dependencia al mundo de los fenómenos y, por eso mismo, a lo contingente. 2 Lo anterior explica por qué la filosofía acreditó superioridad en sentido normativo: ella aportaba un marco general que venía respaldado por criterios de constitución de mundo, al tiempo que los saberes y las disciplinas encontraban su lugar en el mundo. Este marco dotaba de coherencia a los diversos contenidos porque la perspectiva que lo posibilitaba no se encontraba al mismo nivel contingente sino que lo trascendía. Por eso también el fundamento se encontraba relacionado con una capa de esencialidades a priori, es decir, con aquello que antecedía al mundo y a la experiencia. La filosofía, en la medida en que alcanzaba ese sustrato apriorístico, se capacitaba para dar cuenta de la unidad del mundo. Desde luego, esta visión clásica de la filosofía fue modificada sensiblemente por el ascenso gradual de las ciencias modernas. La búsqueda del fundamento se vio enfocada en lo tocante al conocimiento científico de la naturaleza. Dejando más o menos de lado la cuestión de la totalidad del mundo, totalidad que se expresaba en cada una de 1 "Una totalidad en sí racional, sea la del mundo o la de la subjetividad formadora de mundo, asegura a sus miembros o momentos particulares la participación en la razón. La racionalidad es pensada como racionalidad material, como una racionalidad que organiza los contenidos del mundo o que es legible en tales contenidos. La razón es una razón del Todo y sus partes." Jürgen Habermas, Pensamiento postmetafisico, versión castellana de Manuel Jiménez Redondo, México, Taurus, 1990, 280 p. (Taurus Humanidades), p. 45. 2 Richard Rorty, La filosofia y el espejo de la naturaleza, traducción de Jesús Fernández Zulaica, Madrid, Cátedra, 1983, 355 p., p. 149.

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sus partes, a partir del siglo XIX la filosofía definió sus atribuciones privilegiando los contenidos aportados por las ciencias empíricas. Esta modificación consistió en una reducción en cuanto a las exigencias que se desprendían del acceso a la totalidad; pero el que se restringiese su campo reflexivo fue lo que permitió que la filosofía se convirtiera en filosofía de la ciencia o epistemología. Si bien hubo esta restricción en su orientación como forma de pensamiento, sin embargo la intención pareció seguir siendo la misma: tomando como punto de partida esta esfera limitada (el campo científico) debía dar cuenta de las condiciones que explican todo conocimiento posible, donde las condiciones sólo podían ser universales, necesarias y a priori. Además, es de destacar que en esta modificación el sujeto de conocimiento se elevó a referencia central, mientras que la experiencia natural, lo empírico, se instituyó como objeto hacia el cual se orienta aquél. El primero, el sujeto, es pensado como instancia eminentemente productora, en tanto el objeto hacia el que se dirige adquiere una consistencia de materialidad dada, es decir, no producida. 3 El conocimiento científico consiste en un tipo de explicación de los objetos materiales por medio de conceptos y categorías que no se encuentran simplemente al nivel de la naturaleza del objeto; estas explicaciones conceptuales son producidas por el sujeto. Si la fuerza productiva del sujeto depende de una capacidad cognitiva que se le encuentra agregada de suyo (es interna) la pregunta central de la epistemología puede ser planteada como sigue: ¿de qué manera es posible un conocimiento interno fiable de algo que es externo y variable? La respuesta que se dio en el siglo XIX fue que esto es posible porque el sujeto tiene una consistencia trascendental que permite construir representaciones internas exactas de objetos externos. La idea de un sujeto o conciencia trascendental que no depende para conocer de la naturaleza del mundo empírico puesto que está dotado de atributos internos, es recuperada por la filosofía de la ciencia. Por tanto, el fundamento de todo conocimiento posible depende de la estructura del sujeto cognoscente y esta afirmación se convirtió en un postulado indubitable. 4 La instancia trascendental en el sentido 3 "[ ... ]la razón distingue entre lo dado y lo producido; dicho de otra manera, el conocimiento distingue entre la cosa (lo externo, lo empírico) y lo conceptual o categorial (lo interno, lo trascendental)." Alfonso Mendiola, ·'Las tecnologías de la comunicación: de la racionalidad oral a la racionalidad impresa", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 9, n. 18, 2002, p. 11-38, p. 19. 4 "Las esencias ideales se transforman en determinaciones categoriales de una razón productora, de suerte que ahora, en un peculiar giro reflexivo, todo queda referido al Uno de esa

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de conciencia o subjetividad fue vista como instancia originaria de las representaciones científicas. Dar cuenta de ella por medios teóricos significaba una labor propiamente introspectiva: el propio sujeto se dirige a sí mismo con el fin de transparentar las operaciones productoras internas, de ahí que tienda hacia la autoconciencia de sí. En el siglo XIX la diferencia radicaba sólo en la naturaleza del campo objetual, diferencia que no alcanzaba al sujeto cognoscente: las ciencias naturales se conectaban a un ámbito de experiencia ontológicamente diferente a la experiencia del sujeto, mientras las ciencias del espíritu destacaban la participación del sujeto en el mundo sociocultural que estudiaba. En estas últimas, el acceso a los productos culturales e históricos de la humanidad es posibilitado por una comprensión que abre desde adentro sus particularidades para un sujeto que participa de ellas, cosa imposible de realizar en las ciencias naturales. 5 Pero aún así, lo que se observa es que la distinción entre lo interno (sujeto trascendental) y lo externo (mundo objetual) funciona también en las ciencias del espíritu: la variabilidad que domina a los productos culturales es reconducida a la interioridad productora. En tanto esa variabilidad se concreta en materialidades susceptibles de descripción por sí mismas (los productos externos del espíritu humano), éstas sólo pueden ser comprendidas desde la subjetividad que las generó. En suma, esta problemática de lo interno y lo externo se concretó en términos de la relación entre lo trascendental y lo empírico. A pesar de que esta relación reveló fisuras, por ejemplo para el positivismo decimonónico, sólo hasta mediados del siglo XX fue materia de crítica profunda. El positivismo del siglo XIX colocó el acento en el campo empírico, sosteniendo que las atribuciones del sujeto trascendental obstaculizaban la formación de representaciones objetivas de lo real. Con ello desplazó el fundamento cognitivo del polo trascendental al campo objetual de las ciencias, consideración que, en su opinión, alcanzaba dignidad prescriptiva. En palabras de Habermas, el positivismo, al entender de manera objetivista al mundo, fuerza la introducción de una ontología de los hechos que se desinteresa por la situación y el sta-

subjetividad generante. Ya se entienda la razón en términos jundamentalistas: como una subjetividad que posibilita al mundo en conjunto, ya se la conciba en términos dialécticos: como un espíritu que a través de la naturaleza y de la historia se da a sí mismo cobro en ese proceso en que consiste, en ambas variantes la razón sale confirmada como reflexión autorreferencial a la vez que totalizadora." Jürgen Habermas, Pensamiento postmetafísico, op. cit., p. 42. 5 ¡bid., p. 46.

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tus del sujeto. 6 Este desplazamiento abrió las puertas para el desarrollo posterior del empirismo lógico al tipo del Círculo de Viena. Pero en el horizonte decimonónico no había forma de romper con los términos de la relación. Ya sea asumiendo el privilegio del ámbito trascendental, en la medida en que de él depende la explicación científica, ya sea reconduciendo la explicación en términos de realidad objetual limitando las atribuciones trascendentales del sujeto, no se cuestionó la legitimidad de la relación misma. De ahí que uno de los signos que anuncia la transformación de la filosofía en el siglo xx se localiza, precisamente, en la pérdida de legitimidad de la relación entre lo trascendental y lo empírico. La tensión a la que dio lugar fue objeto menos de una resolución final desde el pensamiento filosófico, que fuente de una creciente problematicidad, a tal punto que la filosofía contemporánea se decidió, finalmente, por desalojarla de sus preocupaciones. Aunque esto no fue fácil ni producto de una resolución rápidamente adoptada. Se fue haciendo evidente sólo al calor de una discusión que, por momentos, se hizo tan profunda que generó posiciones aparentemente irreconciliables. Más aún, la contraposición entre un plano trascendental que asegura la constitución de los objetos de conocimiento, por un lado, y la naturaleza de los juicios por medio de los cuales estos objetos se explican, por otro, entró en conexión con dos de las tradiciones filosóficas más importantes del siglo XX. Estas dos tradiciones, que buscaron separarse profundamente desde principios de siglo, se relacionan con el tipo de filosofía que se desarrolló en los países anglosajones y en Alemania. La problemática empírica explica la recurrencia de la filosofía analítica en su etapa originaria (primera mitad del siglo xx) a pensarse como reflexión autorizada sobre la ciencia, mientras que ubico la dimensión trascendental como uno de los elementos centrales recuperados por la fenomenología alemana. Así, la primera de estas tradiciones adoptó como interés filosófico prioritario las estructuras conceptuales que, ateniéndose 6 Refiriéndose a la denominada teoría de los elementos de Ernest Mach, Habermas señala lo siguiente: "La tarea que se propone el positivismo -esto es, la fundamentación de una ciencia, entendida de manera objetivista en una ontología de los hechos- no puede ser resuelta por la teoría de los elementos de Mach, y no porque éste proceda de manera materialista, sino porque su materialismo primario amputa la cuestión epistemológica acerca de las condiciones subjetivas de la objetividad del conocimiento posible. La única reflexión que se permite es la que sirve para la autoeliminación de la reflexión sobre el sujeto cognoscente". Jürgen Habermas, Conocimiento e interés, versión castellana de Manuel Jiménez, José F. ¡vars y Luis Martínez Sar.tos, Madrid, Taurus, 1986, 348 p., p. 91.

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a los elementos materiales que descubrimos a nuestro alrededor, dotan de exactitud a las representaciones científicas. De tal manera que por el tipo de orientación que adoptó la filosofía analítica se vio en la necesidad de llevar a cabo una recuperación del empirismo, por lo menos en su primera etapa, pero bajo un punto de vista que se interesa por las estructuras conceptuales que soportan toda referencia a lo real. Con esto último fue adquiriendo relevancia el plano lingüístico. Precisamente, el análisis consiste en un trabajo de clarificación de los problemas filosóficos vía la clarificación de los aspectos lingüísticos y lógicos en que éstos se materializan? La tradición alemana, por su parte, puso el acento en el carácter trascendental del sujeto y en la profundización de la perspectiva apriorística. Por medio de la perspectiva apriorística, en opinión de esta tradición, se explicitan los procesos por los cuales la conciencia aprehende el mundo más allá de las cualidades del conocimiento científico. Sus diferencias teóricas, sus modos de tratamiento así como los nuevos problemas que intentaron resolver, pueden ser explicados atendiendo a los téi"minos de su oposición. De ahí que la tradición anglosajona se pensó como una vertiente que se esforzaba por profundizar el interés filosófico sobre la ciencia, corrigiendo los "errores" que, según ella, adoptó la filosofía anterior. Estos errores se hacían recaer en la perspectiva apriorística y en la problemática trascendental que se articuló alrededor del sujeto. Ambas cuestiones carecen de significado cognoscitivo y pueden ser relegadas a los planos valorativos, literarios o emotivos, pero nunca guardan relación con la ciencia. Representan lo contrario a la búsqueda de certeza, de estructura y de rigor científico. Una palabra resume el rechazo de la filosofía analítica a la tradición alemana: idealismo. 8 Entiendo por idealismo aquella postura que parte de considerar al mundo existente como no verdadero, como falsa realidad, mientras 7 "La diferencia entre el resto de la filosofía y la filosofía analítica en torno del lenguaje es que la última concibe los problemas filosóficos como producto de malentendidos del lenguaje." Fernando Álvarez Ortega, "Filosofía analítica: una caracterización básica", Revista de Filosofía, México, Universidad Iberoamericana, año XXX, n. 88, enero-abril 1997, p. 26-53, p. 42. 8 "Por otra parte, la tradición del idealismo alemán había venido a parar -en Inglaterra y América- a lo que se ha descrito adecuadamente como 'una continuación del protestantismo por otros medios'. Los idealistas se proponían salvar los 'valores espirituales' que el fisicismo parecía descuidar, invocando argumentos de Berkeley para liberarse de la sustancia material y argumentos hegelianos para liberarse del ego individual (al mismo tiempo que prescindían totalmente del historicismo de Hegel)." Richard Rorty, La filosofia y el espejo de la naturaleza, op. cit., p. 157.

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lo realmente verdadero descansa, ya sea en el ámbito de las representaciones mentales (lo pensable), ya sea en la conciencia originaria pura (lo subjetivo o el ego trascendente). Define, por tanto, una operación que va de lo propiamente aparente, lo material y contingente, hacia una interioridad, el sujeto trascendental, que la eleva y la concreta en la idea. 9 El idealismo permitió a la tradición alemana volver a plantear el papel de fundamentación general como correspondiente al trabajo filosófico. Ese papel, que se oscureció con el ascenso de las ciencias naturales, debía ser retomado por medio de una intensificación de la conciencia en el sentido de instancia constituyente de mundo. Siguiendo al idealismo alemán, en la medida en que la conciencia trascendental (la interioridad productora) es instancia constituyente puede ser pensada como conciencia originaria, es decir, como fundamento de toda experiencia posible. Para esta tradición el máximo inconveniente de la filosofía analítica consistía en su dependencia de una visión estrecha totalmente incapaz de acceder al sustrato originario. Al quedarse la tradición anglosajona en el horizonte limitado del objetivismo, digamos que en la naturaleza de las representaciones científicas, se incapacitaba desde luego para interrogar al origen de esas representaciones. La diferenciación creciente entre el plano trascendental y el polo objetual dio pie al establecimiento de una disputa de grandes vuelos entre aquellas dos tradiciones filosóficas: la oposición entre idealismo y realismo. El realismo, también conocido como objetivismo, viene a ser el polo opuesto a la consideración realizada arriba respecto del idealismo. Su principio central afirma que el mundo no puede ser sólo una proyección de la conciencia originaria, pues es una estructura que existe de manera independiente de los sujetos y de las afirmaciones que éstos hacen para describirla. Pero el hecho de que se puedan hacer afirmaciones sobre los hechos materiales y objetivos de la realidad permite introducir el precepto de que existen representaciones verdaderas porque éstas recuperan sus propiedades y, por tanto, los explican, siendo las ciencias las formas más altas de representaciones verdaderas. lO Esta disputa fue central en el sentido de que ponía a discusión la naturaleza misma del conocimiento científico: si el punto de 9 Alfonso Mendiola, Retórica. comunicación y realidad. La construcción retórica de las batallas en las crónicas de la conquista, México, Universidad Iberoamericana, 2003, 431 p., p. 16. 10 Cfr. Hilary Putnam, Las mil caras del realismo, traducción de Margarita Vázquez Campos y Antonio Manuel Liz Gutiérrez, Barcelona, Paidós, 1994,161 p.

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partida era idealista, se ponía en entredicho la cualidad de representaciones verdaderas que pueden ser verificadas más allá de la intención subjetiva del científico; en el caso contrario, el empirismo supuestamente explicitaba la forma en que operaba el conocimiento objetivo siempre y cuando mantuviera a raya las implicaciones metafísicas que arrastraba el idealismo. La filosofía del siglo XIX dispuso los términos de esta disputa, aunque para ella era evidente que la estructura del sujeto cognoscente delimitaba el condicionante trascendental y por tanto a priori de todo conocimiento posible. El planteamiento de la relación entre un polo trascendental y otro empírico no era fuente de problematicidad; lo fue más claramente para el siglo XX. La disciplina histórica se vio envuelta en esta disputa, de ahí el postulado de la doble transparencia señalado por Ankersmit y tratado en el capítulo anterior. Incluso para Richard Rorty la forma que adoptó esta discusión no consistió en otra cosa que en el desarrollo de dos tipos de actitudes diferentes respecto de la obra kantiana. De tal manera que a la tradición anglosajona le pareció a todas luces inconveniente la solución trascendental que se desprende de Kant. Dependiendo de una base tan resueltamente idealista, tal solución obligó a subsumir todo el edificio de la epistemología a criterios equivocados respecto de la naturaleza de la ciencia, siendo uno de ellos las denominadas "verdades sintéticas a priori". "En la tradición alemana, por el contrario, la defensa de la libertad y la espiritualidad mediante la noción de 'constitución' siguió en pie como misión distintiva de la filosofía." 11 La defensa de la orientación trascendental recayó en una filosofía que se entendía a sí misma como un espacio de fundamentación mucho más amplio que el que ofrecía el conocimiento científico, mientras fuera del continente europeo se planteaba el problema de cómo reconducir a la filosofía a una forma de pensamiento más acorde con lo que la ciencia era. Buscando liberarse de las limitaciones idealistas, la filosofía anglosajona planteó un programa tendiente a establecer las formas lógicas de las proposiciones científicas. Frente al giro trascendental en el que se vio sumergida la filosofía desde Kant y Hegel, la posibilidad de encon11 Richard Rorty, La filosofia y el espejo de la naturaleza, op. cit., p. 153. En esta consideración, la filosofía analítica, es decir, la tradición anglosajona, resultó para la tradición alemana una vertiente rechazable debido a su carácter no trascendelltal y antimelafisico. En tal rechazo jugaba de manera importante una crítica a la reducción positivista del papel de la filosofía: ésta no podía ya ser sólo la contraparte reflexiva de la ciencia, tal y como quería el positivismo decimonónico, pues tenía que recuperar una visión más englobante y general de los aspectos culturales, visión que se encontraba obstruida por el énfasis epistemológico.

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trar una salida por medio del giro lingüístico 12 se fue convirtiendo en una idea que ganaba rápidamente adeptos. Lo que se percibió, particularmente a partir del periodo de entre guerras, fue que el pecado no consistía tanto en una falta de empiricidad, por un lado, o en un exceso de trascendentalismo, por el otro, sino en la labor inútil de complementar términos que irremediablemente conducían sólo a discusiones interminables entre posturas idealistas y realistas. 13 Superar las limitaciones del idealismo e incluso los términos de la disputa era algo que sólo podía ser posible desde la mirada distante del filósofo, que, al enfocar a la ciencia, garantizaba un análisis clarificador respecto de las proposiciones lógicas que permiten al científico hablar del mundo. Al introducir en esa mirada filosófica sobre la ciencia las estructuras lingüísticas que soportan nuestras imágenes del mundo, se desliza un quiebre con las soluciones tradicionales, pues ahora ya no resulta satisfactorio de ninguna manera ni el supuesto de una conciencia originaria ni la correspondiente concepción naturalista del objeto (es decir, como lo dado).14 Esto se hará cada vez más evidente en los desarrollos que experimentó la tradición anglosajona. La situación se presentó de manera muy diferente en la tradición alemana. Si bien en un primer momento sobrepasar los límites estrechos de la epistemología significó asumir el acuerdo de que la filosofía, encargada de estudiar "los aspectos formales o estructurales de nuestras creencias", adquiere la función cultural de salvaguardar la integridad de las otras disciplinas, posteriormente se movió 12 "A partir del 'giro lingüístico' la conciencia se vuelve impenetrable porque la conciencia sin lenguaje aparece como un ser incognoscible. Esta primera encarnación de la razón formulará el postulado: el pensamiento sólo existe objetivado en emisiones construidas lingüísticamente. Ya no se puede demostrar que se piense con recursos universales y prelingüísticos, como sostuvo la filosofía de la conciencia, sino que todo pensamiento se hace desde un lenguaje concreto, y por ello historizable. Lo social se convierte en lo cultural. Por tanto, 'el giro lingüístico' terminará hablando de racionalidades y no de racionalidad." Alfonso Mendiola, "Las tecnologías de la comunicación. De la racionalidad oral a la racionalidad impresa", op. cit., p. 21. 13 Habermas arroja luz sobre esta contraposición, que no sería otra que expresión del dualismo propio de lo trascendental y de lo empírico, en los siguientes términos: "En la construcción de la teoría cobra predominio, bien la posición intramundana del sujeto, bien la posición que ocupa el sujeto trascendiendo al mundo. O bien trata el sujeto de entenderse en términos naturalistas a partir de lo que conoce como procesos en el mundo, o bien escapa de antemano a esta autoobjetivación declarando en términos idealistas como fenómeno básico de la vida consciente la relación misma del estar a la vez en y fuera del mundo, que cada acto de reflexión actualiza". Jürgen Habermas, Pensamiento postmetafísico, op. cit., p. 29. 14 [bid., p. 55.

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hacia otros horizontes reflexivos. 15 Revisando los alcances de la filosofía hegeliana, encontró en el espíritu objetivo y en el proceso de su superación los medios por los cuales volver a plantear la cuestión de la autocomprensión. 16 De tal forma que la filosofía fenomenológica llegó a sostener como reivindicación de largo alcance el que la autocomprensión, lograda por medios puramente reflexivos, resulta de una absoluta transparencia de uno consigo mismo y que transforma la conciencia de sí en un tipo de saber indudable más fundamental que cualquier saber positivo Y Pero en su orientación propiamente hermenéutica paulatinamente se va desarrollando un ejercicio de autocrítica que coloca a la conciencia originaria bajo sospecha. Al calor de la inflexión que significaron los temas de la finitud, de la temporalidad y de la tradición cultural, enderezados contra las posturas trascendentales, la fenomenología adquirió un interés nuevo respecto de las materializaciones de la conciencia en el ámbito de la experiencia histórica, al tiempo que descubrió que sus concreciones en la práctica del mundo de la vida tenían como vía privilegiada al lenguaje. Cuando la fenomenología se transformó en filosofía hermenéutica, tanto la carga idealista como los supuestos de carácter trascendental se tornaron en cuestiones que debían ser dejadas atrás. También a la fenomenología le llegó el momento de la definición: rompiendo con las formas de pensamiento que le dieron cuerpo a su propio núcleo originario, encontró en el giro lingüístico el espacio donde proyectar su dimensión hermenéutica. Desde aquí se abocó a profundizar un enfoque no epistemológico sobre el problema del conocimiento humano, aduciendo que las estructuras lingüísticas, aquellas que permiten la interpretación del mundo, son instancias que anteceden a la actitud teórica de objetivación. Esta actitud es lo propio de un sujeto aislado (la conciencia) que por medios reflexivos convierte en objeto aquello a lo cual se dirige. Para la hermenéutica, antes bien, la interpretación que se vuelve su materia de reflexión se encuentra referida a los procesos por los cuales aclaramos significados, siempre en ámbitos signados por la praxis social. La hermenéutica no se centra ya en la conciencia trascendental, como lo hizo la filosofía anterior, pues lo subjetivo no pertenece a una situaRichard Rorty. La filosofía y el espejo de la naturaleza, op. cit., p. 154. Hans-Georg Gadamer, "Los fundamentos filosóficos del siglo xx", en La secularización de la filosofía. Hermenéutica y pos modernidad, 3a. edición, compilación de Gianni Vattimo, traducción de Carlos Cattroppi y Margarita N. Mizraji, Barcelona, Gedisa, 1998, p. 89-112, p. 94. 17 Paul Ricoeur, Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica /1, 2a. edición, traducción de Pablo Corona, México, Fondo de Cultura Económica, 2002, 380 p., p. 28. 15 16

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ción de libertad absoluta en tanto que está vinculada a la lengua y a la comunidad de hablantes con la que se comparte un mundo de significados.1 8 De manera paralela, la filosofía analítica logra desplazar de su centro de atención a los análisis lógicos de los discursos científicos, sustituyéndolos paulatinamente por los análisis sobre el habla común y los procesos comunicativos que le son correspondientes. 19 Esto supuso un desplazamiento de su orientación epistemológica centrada en la cualidad referencial que guardan los lenguajes científicos. Para ambas tradiciones el giro lingüístico colocó en la palestra el viejo problema de las relaciones entre el pensamiento y su expresión lingüística, aunque aportando soluciones que se alejaron sustancialmente de las respuestas alcanzadas hasta el siglo XIX. Karl-Otto Apel, en su ya famoso trabajo intitulado La transformación de la filosofía, establece que la distinción entre pensamiento y lenguaje, presente ya desde Platón, alcanzó a las modernas filosofías del lenguaje por la vía de dos postulados complementarios. El primero consiste en una concepción del lenguaje que reduce su función a la pura capacidad de designación, de tal suerte que aquél tendría como objeto dar expresión pública a las ideas y conceptos o a los contenidos de carácter mental. El segundo afirma que estas expresiones lingüísticas son traducciones externas, o si se quiere, expresiones superficiales de los actos internos que se producen al nivel de la conciencia. Tanto uno como el otro derivan en una estrechez abstractiva del lenguaje que lo reduce a una simple función instrumental y secundaria. 2o Pero desde el giro 18 Hans-Georg Gadamer, "Los fundamentos filosóficos del siglo xx", 01'. cit., p. 111. En esta misma página, Gadamer formula el siguiente apunte respecto de cómo, despojando de privilegios a la conciencia trascendental, se termina despojando a la filosofía de atributos especiales: "También está presente aquí la crítica que nuestro siglo lleva a cabo contra el espíritu subjetivo. Es evidente que lengua y concepto se hallan tan estrechamente unidos que la opinión que sostiene la factibilidad de 'usar' los conceptos, es decir, por ejemplo, 'a esto le doy un nombre', rompe casi siempre la perentoriedad del filosofar. La conciencia individual no posee tal libertad, si es que quiere conocer filosofando. Está vinculada con la lengua, que no es solamente de los hablantes, sino del coloquio que las cosas mantienen con nosotros". 19 Fernando Álvarez Ortega, "Filosofía analítica: una caracterización básica", 01'. cit" p. 37. 20 Karl-Otto Apel, La transformación de la filosofía, 2 v., versión castellana de Adela Cortina, Joaquín Chamorro y Jesús ConilI, Madrid, Taurus, 1985, v. 11, p. 134 Y s. En el mismo sentido, Juan José Acero, comentando la obra de Apel, escribe lo siguiente: "La intencionalidad del lenguaje, diríamos hoy con el término acuñado por Brentano, es prestada; la intencionalidad de la mente es originaria. Si se asiente a semejante concepción de las relaciones entre lenguaje y pensamiento, la conclusión es inequívoca: la filosofía del lenguaje es un capítulo de la filosofía de la mente", Juan José Acero, "La recepción de la filosofía analítica por Apel: el significado y su validez", en Discurso y realidad. En debate COI! K.-O.

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lingüístico el lenguaje es asumido como una institución social que permanece externo a la conciencia y, por tanto, expresa el mundo de relaciones en que viven los seres humanos; depende entonces del contexto práctico en el que se usa. Desde el impulso contextualista que vendría a caracterizar al horizonte de pensamiento de la segunda mitad del siglo XX, la razón deviene en instancia encarnada siempre en un lenguaje. 21 Recordemos una de las tesis fuertes de la hermenéutica, sobre todo en Gadamer: la universalidad del lenguaje supone pasar a una nueva instancia donde pensamiento y lenguaje se unifican. Pensar, por tanto, no es una operación que pueda reconducimos a la conciencia como interioridad constituyente, más bien señala un rasgo fundamental que toca el corazón mismo de la filosofía: es uso de un lenguaje. y esto se reveló como algo crucial para ambas tradiciones. Así, la hermenéutica deja de lado el problema del ser como conciencia trascendental, alentando un punto de vista que ve en toda comprensión, incluyendo la comprensión del ser, un acontecimiento de carácter lingüístico. En ese sentido, la cuestión del fundamento es desplazada por la cuestión de la comprensión del mundo lingüísticamente mediada y realizada como instancia constituyente. De manera paralela, la filosofía analítica sustituye las experiencias de la conciencia por la relación comunicativa que entablan los sujetos hablantes. Este aspecto de la transformación de la filosofía, es decir, el giro lingüístico, termina por desmentir el rasgo que subyace a la relación entre lo trascendental y lo empírico: el espacio de la interioridad subjetiva frente al espacio de la exterioridad objetual. Podría decirse que sólo puede reconocerse el ámbito de la exterioridad, pues el significado de una expresión no consiste en la captación de un contenido mental o subjetivo ni en su referencia material perceptible. Lo que está en juego, más bien, es el contexto del diálogo y de los intercambios lingüísticos, esto es, la naturaleza hermenéutica del lenguaje. Es en el medio lenguaje donde se producen los juegos de la interacción humana, donde cristalizan los discursos y los acuerdos, haciendo posible las interpretaciones de la experiencia, los propios conceptos y nuestras imágenes del mundo. Por tanto, lo que se sostieApel, edición de Domingo Blanco Fernández, José A. Pérez Tapias y Luis Sáez Rueda, Ma-

drid, Trotta, 1994, 270 p., p. 115. 21 "El siglo XX, al encarnar la razón en el lenguaje, empezó a explicar el saber científico de manera sociohistórica. Este tipo de observación de la ciencia poco a poco dejaría de ser filosófico y se convertirá en sociológico." Alfonso Mendiola, "Las tecnologías de la comunicación. De la racionalidad oral a la racionalidad impresa", op. cit., p. 21.

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ne en la actualidad es que es un elemento social historizable, es decir, el lenguaje, el que actúa como espacio constituyente del pensamiento. Para decirlo de otra manera, el rendimiento del lenguaje desaloja al rendimiento de la conciencia, donde aquél deja de ser revestimiento secundario de una intelección ya realizada de antemano en el ámbito de las ideas. Con ello el a priori del lenguaje viene a sustituir al a priori de la conciencia. En suma, los dos principios centrales que parecían gobernar toda posible meditación sobre el conocimiento científico, la cualidad trascendental del sujeto cognoscente y la objetividad que pertenece a la órbita de las representaciones científicas, se fueron desvaneciendo en el seno de las dos grandes corrientes que supuestamente estaban encargadas de garantizar su continuidad hacia nuevas modalidades filosóficas.

Filosofía analítica y hermenéutica: la superación de la temática cognitiva Por un lado, el acento trascendental y apriorístico se fue perdiendo para una hermenéutica que, en diálogo con su propia tradición (la hermenéutica romántica pero también la filosofía idealista), se encontró con la necesidad de afirmar más bien la distancia que la separaba de ella. Por otro, el objetivismo que ejercía soberanía en el terreno de las proposiciones científicas, primero, bajo la forma certera en que éstas captaban lo real; segundo, bajo la estructura conceptual cuya concordancia entre enunciados estaba asegurada de manera lógica, se diluyó también para esa filosofía analítica cuando se dio cuenta de que no quedaba en pie casi nada de su venerable tradición empirista. En ambos casos, el desvanecimiento de esos dos principios como efecto del giro lingüístico significó una súbita superación de los límites más o menos claros de la epistemología, y digo súbita si tomamos en cuenta la rapidez que tomó el proceso: unos cuantos decenios, quizá no más de cinco. Pero la superación no tomó lo forma de una resolución de los problemas pendientes de orden cognitivo con instrumentos teóricos de aclaración más afinados. La insatisfacción con la epistemología movilizó el proceso de superación como un sobrepasar sus límites estrechos, introduciendo una expansión reflexiva y un conjunto de problemáticas que, desde la óptica de la filosofía de la ciencia, no tenían relevancia teórica. Lo que sin duda fue motivo de algo más que una inquietud para la filosofía analítica dado que, desde los primeros momentos del empirismo lógico, proclamó su fidelidad a la tarea de encontrar nuevos caminos para

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la fundamentación teórica de la ciencia, aunque esto haya sido por medio de un análisis aclaratorio de las proposiciones detrás del cual se destacaba su función referencial. Lo paradójico resulta en que esas dos tradiciones, enfrentadas a partir de la coyuntura que ha sido descrita al principio de este capítulo, terminaran el siglo xx tan cercanas, compartiendo intereses y problemas, enfoques, estilos y hasta vocabulario filosófico. No sería aventurado el suponer que dicha superación de los marcos tradicionales de la teoría del conocimiento fuera producto de un deslizamiento hermenéutico de la filosofía analítica, hasta el punto que terminó con las resistencias que comprensiblemente se le opusieron en su seno. Pero está también el caso opuesto, es decir, una constante utilización de la hermenéutica de los instrumentales analíticos más vistosos; por ejemplo, la teoría de los actos de habla o las aportaciones de Wittgenstein respecto de los juegos de lenguaje. Con el fin de establecer un mejor entendimiento sobre la confluencia de estas dos tradiciones filosóficas en cuanto a su recurrencia pragmática, en lo que sigue retomaré un argumento de Richard Rorty. En el capítulo anterior afirmé que la epistemología y su aplicación regional, la teoría de la historia, se preciaban de ejercer una función de conmensurabilidad explicable sólo por su deseo de alcanzar un fundamento invariable de todo conocimiento posible. Esa función consistía en traducir las aportaciones particulares de los discursos factuales a un principio que les es común y que no resulta factual. Desde el terreno común parecía indudable que las desviaciones existentes en las afirmaciones factuales, o sea, los desacuerdos presentes entre discursos específicos, encontraban resolución. Decir que desde el terreno común se posibilitaba solventar los desacuerdos es, para Rorty, decir que existen "fundamentos que sirven de base común para juzgar las pretensiones de conocimiento".22 Si los enunciados factuales son de naturaleza contingente, el ejercicio de conmensurabilidad determina un fondo no contingente desde el cual medir la desviación producida por aquéllos y corregirla por medio de la base común. En el polo opuesto, la inconmensurabilidad se presenta como una situación en la que, no existiendo ese fondo no contingente y no habiendo por tanto manera de resolver los desacuerdos, los discursos científicos se ven impelidos hacia el relativismo. Pero si se superan los criterios epistemológicos queda poco margen de duda para pensar que sale indemne la función de conmensurabilidad. 22

Richard Rorty, La filosofía y el espejo de la naturaleza, op. cit., p. 289.

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Si bien en la primera etapa de su giro lingüístico, la filosofía analítica se esforzó por mantenerla al suponer que el lenguaje altamente formalizado proporcionaba un esquema universal desde el cual aclarar todo contenido proposicional, su posterior deslizamiento por la vía hermenéutica terminó con toda duda al respecto. ¿Por qué? Para Rorty hay en ello involucrado un cambio radical en el tipo de racionalidad que ha gobernado a la filosofía desde el siglo XVII. El que pueda ser aislado un fundamento por medios filosóficos significó lo propio de una racionalidad que se esfuerza por salir de los desacuerdos. Ellos son sólo producto de particularismos, de situaciones singulares que nos atan al marco estrecho de los dogmas y de los prejuicios. Se circunscribe así el nivel de la simple opinión, es decir, de la doxa. Lo racional consiste en el camino inverso: superar particularismos es acceder a un conocimiento del conjunto, a una visión de la totalidad tal y como vimos al inicio de este capítulo. Desde ahí se torna claro cómo cada elemento singular se encuentra conectado a una misma base y es entonces posible revisar sus relaciones. Tal es el camino que nos conduce a la ciencia, a la episteme, es decir, a ese nivel en el que las proposiciones se encuentran respaldadas por un marco de justificación a diferencia de la simple opinión. El filósofo tendría asignada la tarea de guardián de una racionalidad así planteada, cuyo principio está conformado por un punto de partida neutral que permite revisar y legitimar las opiniones personales de cada uno. Según Rorty, este punto de partida neutral aporta un método eficaz para discriminar las afirmaciones personales, es decir, particulares. 23 Pero resulta que la hermenéutica sostiene otro tipo de racionalidad, una que no consiste en descubrir un fundamento incondicionado con el cual cubrir las distancias entre los particularismos, que no supone que el conocimiento aportado por la neutralidad del supuesto método posibilita resolver las diferencias de opinión. Es, en suma, una racionalidad del diálogo que asigna un papel diferente al filósofo: intermediario entre discursos. Rorty delimita esas dos formas de racionalidad de la siguiente manera: 23 "Los intentos de reemplazar la opinión por el conocimiento se ven siempre frustrados por el hecho de que lo que cuenta como conocimiento filosófico ello mismo parece ser objeto de opinión. Un filósofo que tiene puntos de vista idiosincráticos sobre los criterios de eficacia filosófica no deja, por ello, de ser visto como un filósofo [... ]. Ante esta situación, uno se siente tentado a definir la filosofía como la disciplina en la que se busca el conocimiento pero sólo se pueden encontrar opiniones." Richard Rorty, El giro lingüístico. Dificultades metafilosóficas de la filosofia lingüística, seguido de Diez años después y de un epílogo del autor a la edición castellana, introducción y traducción de Gabriel Bello, Barcelona, Paidós, 1990, p. 48-49.

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Creo que la idea de que la epistemología, o alguna disciplina que la suceda adecuadamente, es necesaria para la cultura confunde dos papeles que puede desempeñar el filósofo. El primero es el del intermediario socrático entre varios discursos. En su tertulia, por así decirlo, se consigue que los pensadores herméticos abandonen sus prácticas encerradas en sí mismas. En el curso de la conversación se llega a compromisos o se trascienden los desacuerdos entre discursos y disciplinas. El segundo papel es el de supervisor cultural, que conoce el terreno común de todos y cada uno -el rey- filósofo platónico que sabe lo que están haciendo realmente todos los demás tanto si lo saben ellos como si no, pues tiene conocimiento del contexto último (las Formas, la Mente, el Lenguaje) dentro del que se están haciendo. El primer papel es el adecuado para la hermenéutica, el segundo para la epistemología. 24 El papel de supervisor cultural requiere de una previa objetivación del mundo para, posteriormente, validar las pretensiones de cada afirmación individuaL Para el intermediario no hay forma de objetivar al mundo pues lo que tenemos delante, por así decirlo, son conjuntos de afirmaciones que sólo pueden alcanzar validez de manera intersubjetiva. Esta segunda modalidad, la validación por medios intersubjetivos, consiste en un estorbo para el supervisor cultural, y si no se puede desechar totalmente se le tolera como forma subordinada a la validación objetiva. De forma que todo enunciado puede ser revisado teniendo en cuenta sólo sus pretensiones de verdad o falsedad, sin inmiscuir a las relaciones intersubjetiva s desde las cuales se emiten. Para Habermas es la racionalidad comunicativa la que se deja ver en el segundo procedimiento y ella se establece desde las condiciones que han de cumplirse para alcanzar un consenso además de los criterios que miden sus pretensiones de validez, criterios que no responden en última instancia a procesos de objetivación. Al nivel de las condiciones resalta el hecho de que cada participante en el diálogo se encuentra determinado por "un saber de fondo" común, un mundo, pero que no resulta equiparable al mundo objetivado que se expresa a través de aserciones descriptivas, esas que pueden validarse en términos de verdadero o falso. Se trata de un mundo, dice Habermas, que no es falseable. Este mundo no falseable es el marco para que los participantes puedan lograr entendimiento respecto de lo que sucede en el mundo. 25 Cuando se presentan disensos, Richard Rorty, La filosofia y el espejo de la naturaleza, op. cit., p. 289. "Según este modelo, las manifestaciones racionales tienen el carácter de acciones plenas de sentido e inteligibles en su contexto, con las que el actor se refiere a algo en el mundo 24

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es decir, cuando no se llega a una situación de consenso, la comunicación continúa dando cabida a la revisión crítica de las afirmaciones por medios argumentativos. Es dable afirmar, entonces, que la filosofía analítica dio los pasos necesarios para acercarse a este modelo de racionalidad comunicativa, despojándose del ejercicio de conmensurabilidad propio de la epistemología. En su nueva orientación encontró que las formas del diálogo social no sólo tienen injerencia en los procesos cognitivos sino que le son determinantes, y esto a contrapelo de la primacía epistemológica que la definió como corriente de pensamiento. Si en su lucha contra la metafísica y la filosofía idealista les había contrapuesto aquellas modalidades a partir de las cuales se construyen enunciados verdaderos, queriendo suprimir con ello sus modos confusos de lenguaje y la carencia de significado de sus tesis filosóficas, descubrió en la problemática abierta por la racionalidad comunicativa recursos críticos de una dimensión mucho más amplia y al mismo tiempo más radicales. 26 Mientras la fenomenología, transformada a golpes de hermenéutica, pudo solventar desde ella los serios inconvenientes que acarreaba por sus raíces trascendentales e idealistas. El argumento de Rorty tiene su punto fuerte al sacar a la luz la emergencia de nuevas formas de racionalidad: las racionalidades procedimentales. El papel del supervisor cultural se sostiene sólo por la suposición de que está armado de una razón que organiza los contenidos del mundo, como señaló Habermas. 27 Esto alude a un proceso por el que pasó la filosofía moderna y el pensamiento contemporáneo en general: la sustitución de una razón con atribuciones de totalidad (razón absoluta) a una serie de racionalidades restringidas a su espacio de operación. Mientras la primera se piensa como material o sustancial dado que el mundo es una sustancia racionalmente estructurada, sus contenidos son recuperados por un sujeto que participa del mismo orden racional. Pero las racionalidades procedimentales sólo pueobjetivo. Las condiciones de validez de las expresiones simbólicas remiten a un saber de fondo, compartido intersubjetivamente por la comunidad de comunicación [... j. Funciona más bien como una especificación no corregible de las relaciones que en principio se dan entre las experiencias que los perceptores tienen en común sobre lo que cuenta como un mismo mundo." Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, J. Racionalidad de la acción y racionalización social, versión castellana de Manuel Jiménez Redondo, México, Taurus, 2002, 517 p .. p. 31. 26 Para tener una idea de los acuerdos y desacuerdos de Rorty respecto de la racionalidad comunicativa habermasiana, véase Richard Rorty, El pragmatismo. l/na versión. Alltinlltoritarismo en epistemología y ética, traducción de Joan Vergés Gifra, Barcelona, Ariel, 2000, 304 p., p. 82 Y s. 27 Vid. supra, nota 1.

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den depender de la operación restringida en la que tienen lugar; esto es, de las formas prácticas que se ponen- en juego en espacios limitados, de ahí que también sean conocidas como racionalidades formales. En otras palabras, las racionalidades dependen de los contextos en que se ubican y de los conjuntos de procedimientos que no sólo definen al campo científico, sino que retroceden por detrás de él al recuperar los modos racionales del diálogo social. 28 Hay todavía otras cuestiones que me interesa resaltar en esta convergencia y en las que se percibe una mayor implicación para el saber histórico. Si la filosofía analítica, por así decirlo, se hermeneutizó y la hermenéutica se dejó invadir por la analítica, ello probablemente no sea más que el indicio de algo que modificó sustancialmente al conjunto vasto de la filosofía contemporánea y que fue paralelo al tema de la nueva racionalidad, a saber, su inmersión como forma de pensamiento en la esfera de la historicidad. Si esto es así, entonces tanto la hermenéutica como la filosofía analítica pueden ser caracterizadas como historicistas y en un sentido en el que probablemente estaría de acuerdo Rorty. Por supuesto, la noción de historicismo es toma en sentido filosófico amplio, no como caracterización de una vertiente historiográfica particular. En este último caso se ha utilizado la noción de historismo. Historicismo se entiende en oposición a los planteamientos ontológicos tradicionales que parten de la problemática del ser como presencia indiscutible o también como esencia. La metafísica desde Platón supuso que la instancia contingente, es decir, histórica, no podía tener cualidad alguna en la resolución de los problemas filosóficos, dado que éstos estaban referidos no a la apariencia sino a la capa de esencialidades que la determinaba (mundo verdadero). El rompimiento con los marcos metafísicos permitió abandonar toda pretensión esencia lista y enmarcar los productos humanos en un horizonte histórico sólo desde el cual adquieren significación. 29 También aquí se juegan cosas importantes respecto de la relación de estas dos tradiciones con la epistemología y con los postulados desde los cuales se diversificaron. Recordemos que una de las condiciones que exigía la epistemología era un sustrato ahistórico para examinar los procesos cognitivos. 3D Su explicación radicaba en considerar que las estructuras en las que tienen lugar estos procesos no poJürgen Habermas, Pensamiento postmetafísico, op. cit .. p. 48. Hans-Georg Gadamer, Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica, traducción de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito, Salamanca, Sígueme, 1977, 687 p., p. 454. 30 Richard Rorty, La filosofía y el espejo de la naturaleza, op. cit., p. 18. 28 29

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dían ser temporalmente dependientes, dado que su rigor tenía que estar en relación inversamente proporcional a su conexión con elementos contextuales. De ahí sus múltiples reservas y objeciones al nominalismo o al relativismo, tachados por lo general de aquello que resultaba lo más grave para esta teoría: estar anclados en una perspectiva historicista. Se sigue de lo anterior que, por los inconvenientes historicistas, los contenidos teóricos podían ser oscurecidos por aspectos de índole práctica, siendo éstos totalmente extraños a la naturaleza epistémica del conocimiento científico. Por su parte, la afirmación de trascendentalidad pasaba necesariamente por la desvinculación de los estratos originarios, en particular la subjetividad constituyente, de aquellos elementos empíricos que estorbaban su delimitación precisa. Piénsese en ese proceso eidético por el cual se dejaba aparecer la instancia del ego trascendental, limpiando el camino de toda adherencia empírica. La discusión de la fenomenología con la psicología se reducía precisamente a eso, la cualidad empírica de esta última y por la cual debían ser desvinculadas. En la tradición idealista de la fenomenología hasta antes de su conversión hermenéutica se presentan evocaciones indudablemente platónicas. Su preponderancia por lo universal, necesario y supratemporal, reduce el espacio de lo contingente a un conjunto de apariencias que no se ve cómo puedan afectar a las instancias originarias. Aunque a la aparición y desarrollo de las ciencias del espíritu se le deba la introducción de una perspectiva mundana, cosa no presente en las operaciones sintéticas que se localizan en el ámbito de las ciencias naturales, ello no condujo a un mentís del idealismo. Su procedimiento fue sustituir las operaciones sintéticas por el concepto de vivencia, pretendidamente más adecuado para las ciencias del espíritu. Así, los productos del espíritu humano y que se resumen en la cultura, fueron comprendidos como instancias preestructuradas alcanzando de esta manera dignidad trascendental. Si a esto le agregamos su consideración antropologizante sobre la naturaleza humana como estrato invariable y colocado frente a sus manifestaciones culturales variables, cosa que por lo demás da origen a un campo objetual claramente diferente al que pertenece a las ciencias naturales, se profundizan sus alcances idealistas. Para las posturas críticas el historismo decimonónico ejemplificó los inconvenientes de llevar al campo de la investigación histórica presupuestos de corte idealista como los anteriores, pues aquél termina sustrayendo elementos contingentes del mundo para reconducirlos "al

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proceso de constitución del mundo".31 Resumiendo, para la filosofía analítica en su etapa de empirismo lógico, la historicidad debía rechazarse pues invariablemente introduce un relativismo injustificado de carácter subjetivo en aquello que sólo podía ser justificado teórica y formalmente, mientras la fenomenología la rechazaba precisamente por lo contrario, es decir, por ocultar la subjetividad constituyente. Recusando una y otra esos índices de ahistoricidad que guardaban sus correspondientes tradiciones terminaron por aceptar su involucramiento en el campo de la finitud. Para la fenomenología, la argumentación desarrollada por Heidegger en Ser y tiempo estableció el momento de la inflexión: el Dasein subraya una problemática filosófica de nuevo tipo, en donde la subjetividad queda despojada de atributos trascendentales y se ve entregada a las dimensiones de historicidad que se desprenden de su situación en el mundo. La implicación general alcanza a romper con la filosofía del sujeto, dado que desde el Dasein se replantea la cuestión de la intersubjetividad, en un primer momento considerado todavía desde un plexo de mónadas individuales generadoras de mundo, para después trasladar la cuestión al medio del lenguaje. La hermenéutica posterior a Heidegger se encargará de profundizar el énfasis en la historicidad por la vía de un lenguaje que se resiste a la absolutización. 32 En el otro campo, el reconocimiento de la historicidad como marco determinante en la producción de conocimientos científicos, adquirió, para la filosofía analítica, el carácter de un pensamiento postempirista, e incluso postanalítico como en el caso de Rorty.33 Digamos que la neutralidad valorativa que salvaguardaba la búsqueda de objetividad, esa posibilidad de reproducir los condicionantes empíricos que están del lado del objeto con herramientas representacionales, quedó desplazada por la consideración inversa. Los contextos sociales y culturales, los espacios de la praxis social y sus formas comunicativas, y aun más, los procesos de fabricación de las representaciones que guardan con aquéllos relaciones complejas, definieron las líneas centrales para otra clase de filosofía de la ciencia. La obra de Thomas S. Kuhn permite seguir la concreción de la transformación de la filosofía ya que sintetiza los tres rasgos que he desarrollado- giro lingüístico, enfoJürgen Habermas, Pensamiento postmetafísico, op. cit., p. 51. Cfr. Richard Rorty, Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contemporáneos, traducción de Jorge Vigil Rubio, Barcelona, Paidós, 1993, 280 p., p. 49 Y s. 33 Jürgen Habermas, Pensamiento postmetafísico, op. cit., p. 15. 31

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que pragmático y reconocimiento de la historicidad- en otro tipo de tratamiento respecto del conocimiento científico.

El vuelco pragmático de la filosofía de la ciencia y la metáfora Entroncando estos postulados en la obra de Kuhn, la historia de la ciencia adquirió el rango de una disciplina que no sólo aclaraba los procesos de constitución de las ciencias modernas, sino que, al mismo tiempo, resolvía los problemas que la epistemología dejó pendientes o que simplemente no podía encarar. La filosofía de la ciencia tradicional apostó por resolver las cuestiones teóricas involucradas al nivel de las representaciones científicas, mientras que para Kuhn la historia aportaba un enfoque que rompía con sus idealizaciones: la primera trabaja desde un ideal de ciencia (lo que debería ser la ciencia en todo tiempo y lugar), la segunda desde lo que la ciencia era en un momento determinado y en un contexto específico. Las dimensiones pragmáticas de la historia de la ciencia son innegables: introduciendo aspectos de praxis precientífica en los territorios de la praxis científica, acotó las atribuciones que la teoría pura pretendía dominar. Desde entonces, la filosofía de la ciencia sobrevivió impulsando una autorreflexión de corte muy diferente y desarrollada desde los límites de cada forma de saber. 34 Esto termina en un postulado que ya nos parece obvio: si hay un fundamento del conocimiento no puede ser otro que uno de carácter social, donde la praxis cotidiana se especifica desde las relaciones que se establecen entre el mundo y las personas. Como uno de los efectos más importantes que se desprendieron de la obra de Kuhn, y que algo debe decir a la ciencia histórica, se 34 Para Habermas la filosofía de la ciencia, obligada a renunciar a la primacía teórica terminó por renunciar también a la búsqueda de un acceso privilegiado a la verdad. En esta renuncia se deja ver una modificación profunda de las relaciones entre teoría y praxis. En sus propias palabras: "Desde esa situación [se refiere a esa doble renuncia] puede, entonces, el pensamiento filosófico volverse a la ciencia en conjunto e impulsar una autorreflexión que vaya más allá de los límites metodológicos y de la teoría de la ciencia y que -en un movimiento opuesto al de las fundamentaciones últimas del saber, que la metafísica pretendiótraiga a la luz los fundamentos de sentido que la formación de las teorías científicas tienen en la práctica precientífica. El pragmatismo desde Peirce a Quine, la hermenéutica filosófica desde Dilthey a Gadamer, también la sociología del conocimiento de Scheler, el análisis husserliano del mundo de la vida, la antropología del conocimiento desde Merleau-Ponty a Apel y la teoría postempirista de la ciencia desde Kuhn han venido sacando a la luz tales relaciones internas entre génesis y validez. Incluso los rendimientos cognitivos esotéricos tienen raíces en la práctica del trato precientífico con cosas y personas. Queda sacudido el primario clásico de la teoría sobre la práctica". [bid., p. 60.

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encuentra la inversión en las formas de tratamiento reflexivo respecto del conocimiento en general. Éste ya no puede ser abordado desde la autonomía de la razón teórica o desde el prestigio de una verdad obtenida metódicamente y validada sólo por criterios empíricos, pues el reto consiste, precisamente, en pensar al conocimiento por fuera de la epistemología convencional, cosa que debe alterar el status de la teoría de la historia. Al reconocer la importancia de los ámbitos prácticos en la emergencia y desarrollo de las ciencias, una obligación reflexiva y una contingencia radical se convierten en las dos coordenadas centrales para otra forma de filosofía de la ciencia. Curiosamente, es la historia de la ciencia a partir de Kuhn la que aporta ambas dimensiones. Porque su labor consiste tanto en una historización de la lógica de la ciencia como de la filosofía misma, el cúmulo de desplazamientos operacionales determina ahora lo que ayer era tema de reflexión epistemológica. Demostrando que las ciencias no pueden escapar del marco aportado por la historia, se llega a una consecuencia que cambió el rostro de la filosofía analítica: sus condiciones de posibilidad ya no se localizan al nivel de un fundamento apriorístico, ni siquiera por el lado objetual; ellas están en relación más bien con un trasfondo -a priori histórico lo denominó Foucault- en el que los episodios temporales corresponden a los marcos de su legitimidad. La vía adoptada, como puede notarse, es aquella que va del ámbito de la teoría y de la cualidad objetiva de las representaciones a la práctica como régimen de procedimientos convencionales, esto es, el espacio de la operación científica. La transformación de la filosofía, dibujada desde las dos tradiciones más importantes para la ciencia histórica, significó un abrupto quiebre de las convenciones epistemológicas. En este quiebre la superación de la metafísica jugó un papel central, tal y como he querido mostrar, inmiscuyéndose en ello tanto la fenomenología como la filosofía analítica, aun tomando en cuenta las diferencias que a principios del siglo xx eran tan evidentes y que se fueron diluyendo. Por otra parte, cabe destacar una última convergencia quizá más sorprendente que las anteriores y que fue saliendo a la luz como efecto de este quiebre. En el desapego a la epistemología, por un lado, y en la distancia que se alcanza en relación con las posturas trascendentales e idealistas, por otro, la metáfora va emergiendo con un rango de temática filosófica importante. Destaca en el trabajo analítico su rechazo frontal a la metáfora debido a la prioridad que le otorgaba a los lenguajes formalizados y a los temas del empirismo. Previamente

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la filosofía analítica había definido desde el modelo de lenguaje ideal los discursos científicos. Este modelo neutral permitiría encontrar una sintaxis lógica de las proposiciones por debajo de la sintaxis históricogramatical, corrigiendo con ello los errores en las emisiones lingüísticas. Si los discursos científicos correspondían al modelo de sintaxis lógica, es decir, eran lenguajes lógicamente correctos, los inconvenientes del habla ordinaria resultaban de la ignorancia de tal estructura profunda. 35 La ambigüedad y la falta de significado literal en las expresiones comunes impiden los procesos cognitivos dado que éstos sólo se pueden alcanzar por medio de lenguajes lógicamente correctos, es decir, que expresan significado literal. La imposibilidad de expresar significado literal en los lenguajes naturales le viene de su naturaleza metafórica. Con esta problemática parecía claro que sólo en los lenguajes científicos se encontraba la posibilidad de designar lo real, vía significados literales conectados a referentes no lingüísticos. Pero en su vuelco hacia el habla ordinaria, las reservas previas que se expresaron a lo metafórico como modelo de todo lenguaje impropio, que termina obstaculizando la cognición, fueron levantadas. Cobrando cualidades insospechadas o más bien reprimidas en la historia moderna de la filosofía, la metáfora llegará también en su momento al terreno de los lenguajes científicos altamente formalizados. Mientras la fenomenología se había mostrado indiferente a las crÍticas que se le dirigieron desde los bandos contrarios, y no excepcionalmente desde la filosofía analítica, debido al carácter metafórico que predominaba en su vocabulario. La metáfora y la metafísica habían estado bajo sospecha de confabulación desde mucho tiempo atrás. Se entiende que el vocabulario de la metafísica comparte con el habla común la ignorancia respecto de esa estructura profunda de sintaxis lógica. La preponderancia metafórica que presenta tal vocabulario se debe al hecho de que es un lenguaje que espera ser corregido lógicamente; cuando se corrija, es decir, cuando se convierta en lenguaje lógico, los problemas que plantea y que considera significativos (la subjetividad constituyente, por ejemplo) desaparecerán automáticamente al desvelarse su grado de insignificancia o de confusión lingüística. 36 Richard Rorty, El giro lingüístico, op. cit., p. 58. Rorty señala que la acusación más seria que se le formuló a la metafísica (y por tanto a la metáfora) es que no recurría a enunciados significativos, dado que éstos provienen sólo de dos procedimientos a los que no puede recurrir, la derivación a partir de definiciol1es yaxiomas y la verificación empírica. De ahí que Carnap establezca la tesis de que la filosofía es una rama de la lógica. Al respecto señala Rorty: "Esta tesis era en sí misma un reflejo de la con35 36

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Ahora bien, la convergencia de la fenomenología hermenéutica con la filosofía analítica se presenta en los dos postulados que, constituidos por la reflexión epistemológica, signaron su disyunción. En cuanto al primero, el proceso metafórico adquiere relevancia en el seno de las relaciones que guarda un sujeto con el mundo: en un caso, la imagen de una relación inmediata y sin interferencia entre el sujeto cognoscente y el objeto por conocer pierde relevancia; en el otro, el mundo de la experiencia histórica determina los horizontes subjetivos en los que se mueven las personas sin que ese mundo sea susceptible de objetivación absoluta. En cuanto al segundo, las representaciones quedan inmersas en una perspectiva por la cual, desde la no inmediatez de la realidad, la objetivación por medios discursivos resulta imposible. Para ambas tradiciones filosóficas los sistemas de mediación, fundamentalmente el lingüístico, constituyen los referentes de las palabras que usamos para hablar de las cosas. Con esto se pone en entredicho a esa añeja teoría de la verdad como correspondencia directa entre enunciado y realidad. De ahí a la consideración de que la base de las representaciones es de carácter metafórico sólo hay una pequeña distancia.

El cambio de las creencias: la inclusión de la metáfora en el campo científico En lo que sigue voy a mostrar brevemente un ejemplo que, en mi opinión, resulta ilustrativo de cómo alcanzaron concreción las modificaciones de esos dos postulados (la dualidad sujeto-objeto y la objetividad de las representaciones) en relación con la metáfora. De nueva cuenta el ejemplo está tomado de Kuhn; aquí asumiré sin discusión que su obra puede ser enmarcada en la tradición de la filosofía anglosajona y por tanto se le puede observar como signo de otra disposición más general hacia la ciencia. Posteriormente trataré esta cuestión con más vicción de Carnap de que los filósofos decían las extrañas cosas que decían porque no entendían la 'sintaxis lógica del lenguaje' [... ]. Tanto Carnap corno Ayer sostienen que el mismo tipo de análisis que desvela la confusión de Heidegger mostraría que ciertas proposiciones son (cognitivamente) significativas y otra no. De lo que nadie se dio cuenta en aquel periodo (la mitad de los treinta) fue que el único procedimiento de Carnap para decidir si un lenguaje dado era lógicamente correcto consistía en si sus proposiciones eran o no susceptibles de verificación (o confirmación) por uno y otro de los métodos mencionados antes. En consecuencia, ni unos ni otros vieron que la pregunta' ¿existen proposiciones significativas que no son susceptibles de verificación (o confirmación) por cualquiera de los métodos estándar?', no era en sí misma una pregunta que pudiera ser contestada sin circularidad por la 'lógica' ". Ibid., p. 56-57.

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detalle desde la óptica de la hermenéutica contemporánea. Ahora bien, para Thomas S. Kuhn, el que se haya sostenido la imagen tradicional de la ciencia prácticamente inalterable hasta la primera mitad del siglo xx se debe a un cuerpo de creencias común que no había sido ni tematizado ni, por tanto, objeto de cuestionamiento. Dos tipos de afirmaciones (o generalizaciones simbólicas) alimentaban la creencia en esa imagen debido a que, pretendidamente, recogían lo que en sustancia era la vida científica: la ciencia explica hechos y la verdad de las teorías depende de la exactitud con que se dé cuenta de la naturaleza de los hechos observados. 37 Kuhn mismo había sido educado para creer en esa imagen de la ciencia de la que posteriormente se alejaría. Nótese que la creencia, aportada por procesos educativos dentro de una tradición particular, es desarrollada por medio de elementos que determinan su contenido, pero lo que sostiene tales elementos, la creencia, no se presta a justificación explícita. Por ello este autor señalará, posteriormente, que la labor de la filosofía de la ciencia consiste en racionalizar la creencia de modo tal que la salvaguarde de cuestionamiento: la racionalización consiste en mostrarla como indubitable frente a los retos escépticos. Ahora bien, los hechos son dados, es decir, previos a la formulación de teorías que deben aportar su explicación; por tanto éstas no son dadas, a diferencia de los hechos, sino metódicamente producidas. El cambio en esta imagen de la ciencia comenzó en el momento en que estas dos afirmaciones se volvieron problemáticas, es decir, cuando el cuerpo de creencias fue sometido a revisión y dejó de ser indubitable. La primera afirmación implica que los hechos aportan una base objetiva para la observación en el sentido en que no necesitan demostración alguna: están ahí, son accesibles para todos e independientes del proceso de observación. En tanto dados, el científico los descubría o se topaba con ellos dentro de la multiplicidad que domina el mundo fenoménico. Esta afirmación coincide con la relación cognitiva de sujeto-objeto dado que esta dualidad, como hemos visto en el capítulo anterior, establece el proceso de conocimiento desde la

37 "Los pilares más importantes de entre los que tengo en mente eran dos: primero, que los hechos son anteriores e independientes de las creencias para las que se dice que proporcionan evidencias, y segundo, que lo que surge de la práctica de la ciencia son verdades, verdades probables, o aproximaciones a la verdad sobre un mundo externo independiente-de-la-mente y de-la-cultura." Thomas S. Kuhn, El camino desde la estructura. Ensayos filosóficos, 1970-1993. con una entrevista autobiográfica, compilación de James Conant y John Haugeland, traducción de Antonio Beltrán y José Romo, Barcelona, Paidós, 2001, 384 p .. p. 146.

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independencia de cada uno de sus componentes, esto es, desde la diferencia ontológica que se introduce. Pero esta concepción fue modificada cuando los hechos dejaron de ser sustancia dada al reconocer que existían procedimientos previos para identificarlos, introducidos por los propios científicos y que requerían de un aparato conceptual altamente sofisticado. Incluso este aparato permitía eliminar o por lo menos reducir los desacuerdos que se presentaban en la observación, pues los mismos fenómenos daban lugar a resultados diferentes. Fue entonces cuando otros factores, muchos de ellos aportados por la documentación histórica, fueron vistos como intereses que tenían un papel positivo en la formación de las teorías científicas, mientras la filosofía de la ciencia seguía considerando que estos factores carecían de importancia alguna para la racionalización de la imagen de la ciencia y por lo tanto eran eliminables. Me refiero a factores contextuales, podría decirse elementos valorativos (el poder, la autoridad y otras características políticas, señala Kuhn) que contradicen la neutralidad de la observación. Al socavar la legitimidad de la primera afirmación se llega a un punto en el que los hechos dejan de ser considerados sustancias previas a la labor de investigación y, correlativamente, son asumidos como productos de una observación metódicamente controlada. En otras palabras, se pierde la distancia ontológica entre sujeto y objeto. Pero aun en el caso de la verdad, la segunda afirmación de Kuhn, digamos de los criterios por los cuales una teoría particular es evaluada y considerada como explicación adecuada de los fenómenos, los desacuerdos fueron también fuente de inconformidad con la imagen tradicional. Si la "plataforma arquimediana" era la que permitía evaluar teorías y dictaminar sobre su verdad, es decir, si tenían correspondencia con el mundo real, resulta que la documentación histórica desmiente la uniformidad de los criterios que ponía en práctica. Según Kuhn, esa plataforma era aquella que sostenía que las observaciones de los hechos eran neutrales, idénticas para todos e independientes de teorías y creencias, mientras las teorías encontraban imbricación con la realidad gracias a su universalidad y al carácter experimental del que se derivaban. La imagen tradicional sostenía que la aplicación de estos criterios, tal y como sucedía en la observación, actuaba como medio de eliminación de desacuerdos. Pero estos desacuerdos no eran eliminados por la neutralidad de la plataforma arquimediana, sino más bien por otros factores también desechados por la filosofía de la ciencia: la competencia entre paradigmas, los consensos y las negociaciones en el seno

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de grupos científicos. Lo que interesa resaltar es que, para Kuhn, la valoración de las teorías científicas no se lleva a cabo tampoco desde criterios de neutralidad, es decir, desde la correspondencia entre realidad y teoría explicativa de esa realidad. 38 Por tanto, el carácter objetivo de las representaciones científicas dejó de estar sostenido por una realidad sustancial previa a todo intento de explicarla, independiente de los procesos de observación y, finalmente, referente último de toda actividad teórica. Así, el correlato de una realidad producida por el acto de observación, proceso metódico inicial, sería, en la esfera de los resultados (representaciones), una realidad producida desde las estructuras discursivas de las ciencias. Si podemos aceptar el anterior planteamiento de Kuhn, entonces el segundo postulado que he intentado delimitar y que atañe a la cualidad objetiva de las representaciones, dejó de ser motivo de creencia indubitable. Me parece que Kuhn, en el fondo, se refiere precisamente a ello. Pero habrá que agregar que esto sucedió por el hecho de que la teoría que racionalizaba la creencia, la teoría del significado señalada por Rorty, entró en crisis. El supuesto más importante de esta teoría era que existían representaciones privilegiadas y que se diferenciaban de otra clase de representaciones porque eran las únicas que podía expresar la estructura última de la realidad. A la par, existía también un procedimiento para identificarlas, estudiarlas y producir otras representaciones igualmente privilegiadas. Ese procedimiento era el análisis lógico del lenguaje. Y dado que las representaciones están constituidas por proposiciones, el análisis consistía en evaluar sus inferencias y desde ahí derivar los significados correspondientes; al final, el procedimiento confirma los significados en términos de referentes objetivos. 39 Así, la derivación lógica se complementa con la confirmación aportada por la experiencia sensorial. El quid de la cuestión es que las representaciones científicas son reconocidas como el modelo de representaciones privilegiadas porque ellas ejemplifican lo que debe ser toda proposición significativa. Por tanto, los lenguajes científicos, combinando concepto (derivación y definición) con intuición (confir38 La pérdida de validez de la noción de verdad como correspondencia dio pie a reconducir la cuestión, en la generación de historiadores de la ciencia posterior a Kuhn, hacia consideraciones de interés motivados por juegos de autoridad y de poder en el seno de las comunidades científicas. La creencia, en el caso del conocimiento científico, pasa a ser entonces la "creencia de los ganadores". Kuhn se opone a este rasgo de lo que denomina "el programa fuerte" de historia de la ciencia. [bid., p. 136-137. 39 Cfr. Richard Rorty, La filosofía y el espejo de la naturaleza, op. cit., p. 237 Y s.

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mación empírica) adquieren el rango de paradigma de lenguaje correcto. La objeción tanto para Kuhn como para Rorty consiste en que no hay la neutralidad requerida ni en los procesos de derivación lógica ni en la confirmación empírica, y esto se debe a que ambos procesos no son incondicionados. 40 De ahí que Kuhn sostenga que la valoración de las teorías científicas no se encuentra asentada en una plataforma neutra de observación empírica de los hechos, pero tampoco esa valoración depende de su acercamiento a lo real. Los criterios de valoración son más bien secundarios y equívocos: precisión aproximativa, consistencia, amplitud de aplicación, simplicidad, etcétera. Lo que quiere decir que las teorías "raramente o nunca se pueden comparar con la realidad".41 Por otro lado, si las dos afirmaciones que presenta Kuhn ya no se sostienen en la actualidad, bien podría pensarse que su lugar ha sido ocupado por dos afirmaciones contrarias de naturaleza escéptica. El desmoronamiento de la epistemología ha dado pie precisamente a dotar de relevancia al escepticismo en el panorama del pensamiento contemporáneo. Eso se hace notar en un conjunto amplio de autores y obras no necesariamente conectados entre sí. Pero también ha dado pie al resurgimiento de la metáfora, cosa que no está en relación directa con el escepticismo. De manera más precisa, esas dos afirmaciones pueden ser sustituidas, cada una en el nivel que operaban, por dos cualidades que pertenecen a la esfera del lenguaje figurado. El contraste es que este lenguaje, bajo la discusión que en el primer momento del giro lingüístico se presentó en la filosofía analítica, fue señalado como modelo de todo lenguaje incorrecto, es decir, no significativo, no referencial. Frente a esto, las dos cualidades de la metáfora y, que han sido destacadas por Kuhn mismo, son, justamente, la interacción y la referencialidad. Veamos en qué consisten de manera general estas dos cualidades que son de suma importancia para entender por qué la metáfora encuentra cabida en la temática del conocimiento.

Richard Rorty, El giro lingüístico, op. cit., p. 57. Thomas S. Kuhn, El camino desde la estructura, op. cit., p. 141. Este autor resume la transformación que ha sufrido la imagen tradicional de la ciencia en tres puntos: "Primero, la plataforma arquimediana fuera de la historia, fuera del tiempo y del espacio, ya es cosa del pasado. Segundo, en su ausencia, la evaluación comparativa es todo lo que hay. El desarrollo científico es como una evolución darwiniana, un proceso conducido desde atrás más que dirigido hacia una meta fija hacia la que su crecimiento la acerca cada vez más. Y tercero, si la noción de verdad tiene un papel que desempeñar en el desarrollo científico [oo.], entonces la verdad no puede ser algo como la correspondencia con la realidad". [bid., p.142-143. 40 41

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Interacción y referencialidad metafórica En una serie de comentarios al trabajo de Richard Boyd y recogidos en su último libro bajo el título La metáfora en la ciencia,42 Kuhn asume de este autor, primero, que la metáfora es un fenómeno de interacción, y segundo, la consideración de que la ambigüedad metafórica permite la introducción y uso de términos científicos tales como masa, calor, compuesto, electricidad, etcétera. Como interacción es posible decir que expresa relaciones de semejanza entre términos o temas. En tal sentido, no sólo proporciona "una lista de los aspectos en los que se asemejan", sino también, y aun más determinante, provoca las "semejanzas de las que depende su función".43 Si bien el fenómeno de la semejanza se ve introducido aquí a un nivel análogo al de la relación sujeto-objeto, no hay equivalencia entre una y otro, puesto que la semejanza no consiste en establecer relaciones a partir de una diferencia ontológica previa. Por el contrario, señala un proceso inverso al de la aprehensión cognitiva, ya que en éste prevalece una diferenciación entre sustancias independientes, mientras en la semejanza actúa, primero, un índice de familiarización, y segundo, depende siempre de los criterios involucrados para hacer resaltar analogías. Si tomamos la aseveración clásica del empirismo de que el mundo existe independientemente de los sujetos, de sus conceptos y representaciones, y dado que este mundo independiente está compuesto de cosas, hechos objetivos y propiedades, se sigue de ahí el que el sujeto pueda lograr aprehensión cognitiva, es decir, describir y explicar las propiedades de los hechos objetivos, porque transfiere la percepción de esos objetos en datos manejables conceptualmente. Pero la interacción aportada por el fenómeno de la semejanza no tiene nada que ver con ese proceso que va de la percepción sensible al entendimiento racional. En la metáfora no hay datos sobre hechos objetivos que existan independientemente de nosotros y a partir de los cuales establecer comparaciones y delinear semejanzas respecto de las propiedades de los objetos. Las relaciones de semejanza metafórica se establecen al nivel del sentido, de los términos, como afirma Kuhn. Esto quiere decir que entendemos las semejanzas por medio del contexto (sentido con textual) , en otras palabras, el mundo al que nos referimos y en el que resaltamos esas relaciones es un "mundo proyectado" de 42 43

[bid., p. 233-245. [bid., p. 234.

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manera significativa, donde los intercambios entre los sentidos de las palabras se encuentran "sobrepuestos a un mundo percibido".44 Por otro lado y en cuanto a la referencia, Kuhn hace notar que los científicos utilizan una clase particular de términos que son aplicados a la naturaleza. Estos términos pueden ser de dos clases: de observación, o también denominados empíricos, y de carácter teórico. Los primeros intervienen en la esfera experimental y aportan el contenido empírico que se deduce de la observación directa. Éstos son los términos que pueden ser falseados y constituyen la base para los términos teóricos, o bien, desde los términos teóricos se derivan enunciados de observación con el fin de verificarlos posteriormente. Los segundos, los enunciados teóricos, tienen como tarea el reunir conjuntos de leyes empíricas en un aparato conceptual; digamos que es el modo de su exposición y por tanto no son susceptibles de falseación ya que están determinados por una relación silogística. Su forma es el rigor lógico, mientras el contenido está en relación directa con la legalidad aportada por la verificación empírica. La relación que se establece entre estas dos clases de términos es la misma que existe entre el modo de exposición y el contenido. Pero la utilización de estos términos por parte de los científicos no se lleva a cabo "mediante el aprendizaje de una lista de los criterios necesarios y suficientes para determinar los referentes de los términos correspondientes".45 Ahora bien, la ambigüedad de la metáfora participa en el proceso de introducción de términos y en su posterior uso, precisamente por44 Paul Ricoeur hace hincapié en que si resulta oportuno hablar de un sentido contextual implicado en la interacción, entonces es posible hablar de una percepción metafórica del mundo, y en esto va en juego un problema crucial para la hermenéutica: "Esta última posibilidad de comprender un enunciado parece recalcar, pero ya de un modo crítico, el movimiento espontáneo, evocado anteriormente, de percepción metafórica del mundo. Nosotros considerarnos este modo de comprender el mundo corno el paradigma de una concepción hermenéutica de la metáfora. El 'dominio de la metáfora', corno sugiere el propio 1. A. Richards, será entonces el 'del mundo que nos forjarnos para vivir en él'. El autor no prosigue su investigación en esta línea; se limita a evocar el caso del psicoanálisis en el que la 'transferencia' -precisamente otra palabra para designar la metáfora- no se reduce a un juego de palabras, sino que actúa sobre nuestros modos de pensar, de amar y de obrar; en efecto, en la densidad de las relaciones vitales descifrarnos las situaciones nuevas en términos de figuras -por ejemplo, la imagen de la paternidad- que realizan la función de 'vehículo' respecto de esas situaciones nuevas consideradas corno 'dato'. El proceso de la interpretación prosigue entonces en el plano de los modos de existir. El ejemplo del psicoanálisis, brevemente evocado, permite al menos percibir el horizonte del problema retórico: si la metáfora consiste en hablar de una cosa con términos de otra, ¿no es también metáfora el pensar, sentir o percibir una cosa con los términos de otra?" Paul Ricoeur, La metáfora viva, 2a. edición, traducción de Agustín Neira, Madrid, Trotta, 2001, 434 p., p. 115-116. 45 Thomas S. Kuhn, El camino desde la estructura, op. cit., p. 234.

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que éstos no son objeto de clarificación referencial previa. No es el caso que un científico deba esperar a que a cada término se le apliquen los criterios de análisis de la teoría del significado, con el fin de establecer de manera precisa cada uno de sus referentes materiales. El científico más bien aprende el uso de los términos por medio de esquemas aceptados de referencia, esquemas que ya han sido aplicados al nivel de los ejemplos estándar. 46 Boyd restringe el paralelo de la metáfora sólo a los términos teóricos, puesto que supone que la ambigüedad referencial no debiera tener cabida en los términos observacionales: éstos parecen estar conectados claramente a referentes materiales puesto que los tenemos frente a nuestros ojos. No hay lugar a la metáfora en los enunciados empíricos por el hecho de que la definición referencial (el nombre) está asociada directamente a una descripción clara del objeto. Podemos decir que algo es un pez (establecer el referente del término) y al mismo tiempo describir las cualidades del pez sin equívocos. En este punto Kuhn pretende ir más allá de Boyd: si los términos en los que interviene la metáfora corresponden al estrato de los enunciados teóricos, lo mismo pasa con términos observacionales, por ejemplo, distancia, tiempo, pájaro, pez. Si en lo tocante a la primera afirmación se tiende a cuestionar el precepto empirista de un mundo material que existe independientemente de los sujetos, en la segunda se cuestiona la distinción observacionalj teórica porque no es posible seguir pensando, según Kuhn, en la existencia de términos observacionales puros ni en la posibilidad de articular descripciones neutras sin interferencias contextuales. El punto que interesa destacar aquí es cómo la metáfora, de manera indirecta, postulando una relación de semejanza, determina una particular conexión entre lenguaje y mundo. 47 Pero si los procesos metafóricos permiten establecer conexiones entre lenguaje y mundo, ¿en qué consiste este mundo? Reconociendo Kuhn la inconveniencia del supuesto que afirma que las teorías científicas "proporcionan aproximacio46 "Hay algo de acertado en la afirmación de Putnam de que el referente de 'carga eléctrica' se fija apuntando a la aguja de un galvanómetro y diciendo que 'carga eléctrica' es el nombre de la magnitud física responsable de su desviación." [bid., p. 236. Éste es un procedimiento ostensivo y delimitado por la teoría causal de la referencia (el nombre se conecta a una causa), pero que no da información sobre otros eventos que hacen referencia al nombre carga eléctrica. De tal modo que el aprendizaje se lleva a cabo por medio de una ostensión múltiple. Sólo a través de múltiples ejemplos el científico se encuentra capacitado para utilizar adecuadamente los términos, relacionándolos a referentes con precisión funcional. 47 "En estas observaciones finales, 'metáfora' refiere a todos aquellos procesos en los que la yuxtaposición de términos o de ejemplos concretos exige una red de semejanzas que ayudan a determinar el modo en el que el lenguaje se conecta al mundo." [bid., p. 241.

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nes cada vez mayores a la naturaleza"48 o a la realidad, podría decirse que el mundo que la metáfora acerca al lenguaje no es el mundo empírico real, por otra parte postulado por la visión "ontológica" de Boyd, y al que se avanza de manera sucesiva. Se trata de un mundo construido desde el lenguaje; es mundo hablado en tanto resultado de la conexión entre experiencia y lenguaje, donde la noción de experiencia, insisto, no coincide con la experiencia empírica. Como he afirmado anteriormente, establece una relación de sentido a sentido, no de sentido aportado por el lenguaje y referente material propio del mundo objetivo. El referente fijado por los procesos metafóricos sería, entonces, un referente construido de manera lingüística. Por tanto, el rodeo metafórico es un proceso por el cual se fija el referente de los términos usados cuando toda definición precisa se presente como imposible; se dice que va de la polisemia a la producción y estabilización de un sentido. Con la noción de proceso metafórico, Kuhn amplía la cuestión: no sólo el proceso metafórico actúa al nivel de los términos o enunciados, sino que también resultan determinantes en la creación y el funcionamiento de modelos científicos, así como en la producción y la elección de teorías. Como hemos visto, la discusión se enmarcó en el espacio terminológico de la ciencia (enunciados individuales), pero el apunte anterior supone elevar el proceso a una esfera discursiva más amplia. Tres tipos de implicaciones resulta importante señalar y corresponden a las tres temáticas que me interesa profundizar en adelante valiéndome, para ello, de las aportaciones de Hans Blumenberg y Paul Ricoeur. Primero, la metáfora se encuentra en relación directa con el fenómeno de interacción (semejanza); segundo, la función metafórica opera en términos referenciales, y, tercero, se produce una expansión del ámbito original de la metáfora. Tomada primero como fenómeno tropológico o figura, centrado por tanto al nivel de la palabra y la frase, ahora se le vincula con el espacio más vasto del discurso. Lo notable es que en estas tres cuestiones se presenten coincidencias con los tra48 [bid .. p. 243. Más adelante, afirma: "Boyd habla una y otra vez del proceso de cambio de teoría como un proceso que implica 'la acomodación del lenguaje al mundo'. Como antes, la idea clave de su metáfora es ontológica: el mundo al que se refiere Boyd es el mundo real, todavía desconocido, pero hacia el que la ciencia avanza por sucesivas aproximaciones. [... 1 ¿Qué es el mundo, pregunto yo, si no incluye la mayoría de las cosas a las que el lenguaje renl hablado en un momento dado refiere? ¿Era la Tierra realmente un planeta en el mundo de los astrónomos precopernicanos que hablaban un lenguaje en el que las características sobresalientes para el referente del término 'planeta' excluían a la Tierra? [... 1¿Acaso lo que nosotros referimos como 'el mundo' es un producto de una acomodación mutua entre la experiencia y el lenguaje?" [bid., p. 244-245.

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bajos que Paul Ricoeur le ha dedicado a la metáfora y que sintetizan los modos por los cuales la tradición anglosajona la ha reflexionado. Introduciendo modificaciones a la visión tradicional que se tenía de la semejanza y considerándola dentro del campo de atribuciones de la "teoría de la referencia indirecta", encontraría su lugar como un fenómeno que libera función referencial "mediante la suspensión del valor descriptivo de los enunciados".49 Por otro lado, Ricoeur señala que la metáfora debe ser ubicada en su carácter predicativo, no nominativo, de tal manera que su expresión tiene lugar al nivel de la frase como unidad discursiva, no en la palabra tomada de manera aislada. Por tanto, esta postura soporta su extensión al discurso mismo asumido como unidad. 50 Pero también son notables los entrecruzamiento s con la obra de Blumenberg. Transformando esas cuestiones en los cimientos de una metaforología, el pensamiento filosófico se ve enfrentado a un ejercicio de historización en el que, como reflexión, re encuentra sus vinculaciones con los mundos de la vida y de la experiencia cotidiana. Teoría y praxis se convierten en elementos de una interacción tal que ha venido a cambiar el rostro de la fenomenología. Hasta aquí dejo el panorama de la transformación de la filosofía que he tratado de seguir a partir de algunos autores que pertenecen a las dos tradiciones filosóficas mencionadas. Me ha bastado presentar sólo algunas de las líneas de fuerza que han impulsado su cambio histórico y que tienen relación directa con el tema general de este trabajo. Estas líneas confluyen en el desmoronamiento de la epistemología como su núcleo característico y enmarcan el retorno de la metáfora. Dejando de ser elemento accesorio, estilo de discurso, cuestión de estética y arte, ella ha retornado como un problema central en el orden del conocimiento humano. Antes de pasar al análisis de esas tres temáticas descritas arriba (interacción, referencialidad y discurso) es necesario mostrar de qué manera el proceso de cambio filosófico arroja implicaciones directas para el saber histórico. La cuestión es que la disciplina histórica se encontró condicionada a una fundamentación de corte epistemológico; así que entonces, con el derrumbe de la epistemología clásica por medio del giro lingüístico, del enfoque pragmático y de la perspectiva historicista, ¿qué tipo de fundamentación resulta ahora pertinente? ¿Desde qué bases y desde qué problemáticas resulta posible una nueva descripción de la disciplina histórica? Paul Ricoeur, Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica 11, op. cit., p. 27. Paul Ricoeur, La metáfora viva, op. cit. Véase en particular el estudio lII, "Metáfora y semántica del discurso", p. 93-136. 49

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Historiografía, fundamentación y autodescripción disciplinaria El proceso que siguió la filosofía contemporánea, descrito de manera apretada hasta aquí, debía significar algo más que una matización para la reflexión teórica sobre la historia. La cuestión parece obvia. Si la teoría de la historia se definía en una suerte de paralelismo con la filosofía de la ciencia, al calor del giro lingüístico, de las nuevas formas de racionalidad que le hicieron perder su rostro reconocible desde el siglo XVII y, finalmente, por la pérdida de preponderancia de la teoría, su futuro se encontraba condicionado a la transformación del pensamiento epistemológico. Los cuestionamientos profundos a que fueron sometidos aquellos principios que le eran inherentes a su papel de fundamentación, es decir, las generalizaciones simbólicas (especificación y racionalización de las creencias), su defensa frente al escepticismo y la traducción interparadigmática (conmensurabilidad), y no sostenibles ya, o por lo menos modificados sensiblemente en el seno de la filosofía de la ciencia, con el tiempo debían alcanzar la fundamentación del saber histórico dada su dependencia del marco filosófico general. Además, si el cuestionamiento se centró en esos dos postulados que resultaron básicos para la disciplina histórica, a saber, la relación sujeto-objeto y la cualidad de objetividad propia de las representaciones, su descripción como ciencia quedaba afectada seriamente. Entonces, al venirse abajo los cimientos del modelo general de corte epistemológico y que permitía su auto descripción, bien puede hablarse de que la historia se vio envuelta en una aguda crisis de fundamentación. Y ésta es una situación que le debía demandar un esfuerzo reflexivo de otro tipo, una autorreflexión sistemática según Rüsen,51 junto con la introducción de problemáticas que no estaban presentes en su origen moderno. En cuanto a la primera exigencia, la autorreflexión necesariamente tenía que reconsiderar el estatuto mismo de la teoría de la historia, particularmente su relativa independencia respecto de los procesos metódicos de investigación. 52 Pero replantear las relaciones entre teo51 Jorn Rüsen, "Origen y tarea de la teoría de la historia", en Debates recientes en la teoría de la historiografía alemana, coordinación de Silvia Pappe, traducción de Kermit McPherson,

México, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco/Universidad Iberoamericana, 2000, 504 p. (Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades. Serie Historial Historiografía), p. 37-81, p. 39. 52 [bid., p. 51.

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ría y práctica científica en el seno del saber histórico de hecho supone discutir los alcances del ideal de historia que el siglo xx heredó. Contando con que el modelo general aportaba el marco para las diferenciaciones entre teoría, historiografía e investigación de hechos, el presupuesto de que la fundamentación alcanzada por la primera debía sus bondades a la distancia filosófica que guardaba con los otros dos niveles era funcional, si -y sólo si- se mantenía dicho marco. Cuando el modelo se resquebrajó, la conveniencia de independencia teórica pasó a convertirse en un inconveniente, quizá el más grave de la teoría de la historia. De ahí que una autorreflexión centrada en la lógica de la investigación tienda a convertirse en el nuevo núcleo teórico de la disciplina histórica. El resultado es algo que se ha venido observando de manera cada vez más insistente, esto es, la historiografía va adquiriendo atribuciones teóricas que no tenía o por las que mostraba una acentuada indiferencia. Su interés no resulta ya restringible sólo a las cuestiones tradicionales de verificación de enunciados temporales, sino que va, en mi opinión, sustituyendo la función de fundamentación de la que anteriormente se preciaba la teoría de la historia. La disposición desde la cual era justificado describir las cualidades del saber histórico, una disposición resueltamente epistemológica, condicionaba el hecho de que las descripciones adquirieran sólo una forma teórica; por eso los dos principios a que me he referido estaban involucrados en esta tarea. Describir teóricamente al saber histórico consistía en establecer las distinciones necesarias entre sujeto historiador y campo empírico, así como revelar las condiciones necesarias para producir representaciones verdaderas. Estos dos campos tenían que aportar los elementos metodológicos imprescindibles para el orden práctico de la historia. Ankersmit menciona que, aunque el historismo alemán del siglo XIX fue el origen de muchos de los aspectos controvertibles de la historiografía moderna, "contaba con una conciencia de la práctica de la historia que de manera tan notoria se echa de menos en la filosofía de la historia anglosajona".53 Pero hay que insistir en que, incluso para el historismo el privilegio en la tarea de fundamentación recayó en las condiciones que nos permiten aceptar como verdaderas las afirmaciones de los historiadores. Y este tipo de cuestiones sólo podía ser resuelto desde el marco teórico de justificación. Tanto para unos como para otros la lógica 53 F. R. Ankersmit, Historia y tropología. Ascellso y mida de la /I/elnfom, traducción de Ricardo Martín Rubio Ruiz, México, Fondo de Cultura Económica, 2004, 470 p., p. 95.

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de investigación es un producto de la lógica de las ciencias y no a la inversa. La distancia entre una y otra se constituye por la problemática que involucra a la fundamentación, es decir, racionalización de las creencias, defensa frente al escepticismo y conmensurabilidad. Y éstos no eran problemas que razonablemente encontraran solución desde la práctica historiográfica. Digamos que para esta perspectiva no era posible recuperar de manera teórica las condicionantes de la matriz disciplinar ni de los procesos de validación de las afirmaciones empíricas, acudiendo sólo a una discusión historiográfica anclada en la particularidad de este tipo de saber. Pero desde la transformación de la filosofía ya no encuentran cabida los esfuerzos por racionalizar las creencias desde un marco unitario y que deba estar colocado por encima de cada disciplina particular. La fundamentación se dirige de manera esencial a racionalizar las características y los procesos que se presentan en las diferentes matrices disciplinarias. Al perderse la distancia filosófica que aseguraba la fundamentación se introduce una visión pragmática; y es esta perspectiva centrada en los órdenes prácticos de las disciplinas científicas la que sustenta ahora los ejercicios de auto descripción. Perdiendo validez el modelo general, las diferenciaciones entre marco teórico, validación de las afirmaciones empíricas y matriz disciplinar se ven afectados de manera profunda y es entonces cuando la historiografía sufre una expansión en su campo de atribuciones. Para 10m Rüsen esta expansión adquiere por lo menos cuatro características. En primer lugar, la historiografía, sin perder su orientación hacia el campo disciplinar de las ciencias históricas, tiene que representar la especificidad de este campo en ausencia de un marco previo de fijación normativa. En este caso, la historiografía adquiere la función teórica de normar la especificidad disciplinaria sin estar subordinada a un conjunto de creencias establecidas a priori; en sentido contrario a la tradición epistemológica, las normas expresan la lógica de investigación y por tanto son a posteriori. 54 54 Para Habermas los intereses rectores del conocimiento en las ciencias sociales vienen determinados por motivaciones prácticas, no son resultados de la aplicación de criterios inmanentes a la ciencia ni a la teoría de la ciencia. En tal sentido, agrego, son a posteriori y no producto de una imposición teórica previa. Generalizando, las normas que regulan los aspectos metódicos, el tratamiento de fuentes y las interpretaciones que se siguen de ellos, encuentran en motivaciones prácticas, incluso más allá de la disciplina, sus determinaciones finales. Cfr. ]ürgen Habermas, La lógica de las ciencias sociales, 2a. edición, traducción de Manuel ]iménez Redondo, Madrid, Tecnos, 1990, 506 p., p. 33 Y s.

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Aquí la función normativa se encuentra adscrita a los marcos disciplinarios a partir de los cuales se establecen acuerdos y consensos entre los historiadores. La segunda característica tiene que ver con la función de fundamentación y se encuentra orientada a las transformaciones que afectan a la matriz disciplinaria en su conjunto. Rüsen afirma que la tercera característica consiste en confrontar los procesos metódicos de investigación con la escritura de la historia y ello con el fin de hacer explícitas sus implicaciones teóricas respecto de la matriz disciplinaria. En otras palabras, analiza las relaciones existentes entre la lógica de la investigación y la esfera de las representaciones historiadoras, teniendo como objeto aclarar los efectos que presenta esta relación en el ámbito disciplinario. Por último, la historiografía se transforma en una subdisciplina de la ciencia histórica, al contribuir a solucionar sus problemas de fundamentación. En este sentido, ella trabaja en el incremento de eficacia del trabajo teórico. 55 Cabe señalar que la transformación y expansión de la historiografía está señalada por esa crisis de fundamentación epistemológica que deja atrás el periodo de funcionamiento nonnal de la disciplina. Las anomalías le vienen de dos rubros: las que atañen al núcleo de las creencias que sustentaban a la teoría de la historia y las que se presentan en términos paradigmáticos. Las primeras han sido ya reseñadas arriba y pueden ser sintetizadas en dos aspectos: fundamentar la disciplina pasa a ser una tarea de descripción de la lógica de investigación y de un análisis que muestre cómo se especifica esta lógica en una estructura discursiva particular. Respecto de las segundas, las anomalías paradigmáticas, resulta necesario decir que no se circunscriben tanto a los límites disciplinarios como a la continuidad de la disciplina misma. Esto tiene que ver con la expansión y la diversificación de los campos de investigación histórica que se produjeron a lo largo del siglo xx. El modelo epistemológico previo se enfrentó a un campo mucho más restringido, mientras que el crecimiento de atribuciones teóricas de la historiografía se las tiene que ver con una aguda especialización que va desde las temáticas económicas, demográficas, de historia serial, hasta las mentalidades y la historia intelectual. Acompañando a este proceso de diversificación paradigmática o, más bien, forzado por él, la disciplina se vio en la obligación de interrelacionarse con campos diversos del conocimiento social, agrupando en la especialización modelos teóricos, métodos y criterios que se habían mostrado lejanos a las orientaciones de investigación de los historiadores. De tal manera 55

Jom Rüsen, "Origen y tarea de la teoría de la historia", op. cit., p. 52-53.

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que a la falta de una esfera unitaria que dé centralidad teórica a la disciplina en cuanto a los principios cognitivos, se le debe agregar la creciente introducción de enfoques que amplían la base disciplinaria y que al mismo tiempo la disgregan. 56 La ampliación de la base disciplinaria se traduce en una situación de dispersión paradigmática y la historiografía la enfrenta articulando un tipo de auto descripción que tiende a reconstituir sus límites. 57 Lo que anteriormente era un ejercicio de conmensurabilidad de los lenguajes historiadores, ejercicio dado desde principios cognitivos a los que debían responder cada uno de éstos, se ve sustituido por una referencia a los horizontes prácticos de investigación que les son comunes, siendo esta cuestión la más importante para la reflexión historiográfica contemporánea. La auto descripción disciplinaria no consiste ya tanto en la especificación de un campo de conocimiento, esa región particular de lo real que la define frente a otras disciplinas y a la que se le agregan procedimientos metódicos ad hoc. La interdisciplinariedad no es un problema para el historiador. Desde que se dejó atrás ese ideal de historia expresado en la posibilidad de dar cuenta de lo heterogéneo, de lo diverso del pasado y sus hechos, explicando sus conexiones por medio ya sea de generalizaciones explícitas, ya por medio de leyes universales, es posible asumir que los historiadores hacen algo muy distinto. Los historiadores contemporáneos parten de modelos, de unidades formales y edificios teóricos. Con el fin de hacer resaltar sus desviaciones, así como sus errores y límites. La individualización es el resultado de la operación metódica. En palabras de Michel de Certeau, lo importante está "en la relación entre dichos modelos y los límites que trae consigo su empleo sistemático y, por otra parte, en la capacidad de transformar dichos límites en problemas que puedan tratarse técnicamente".58 El uso de modelos y métodos ajenos introducidos en 56 Cfr. Georg G. Iggers, Historiograplzy in the twentietlz celltury. Frol11 scientific objectil'ity to the postmodern c/zallenge, New England, Hanover and London, Wesleyan University Press, 1997, 182 p. Resulta útil este texto en cuanto a una descripción de la creciente interdisciplinariedad de la historia, sobre todo de la que resulta del cambio de las ciencias sociales en el siglo xx. Sin embargo, la tesis que se agrega a esta descripción, el peligro de integridad de los principios cognitivos de la historia por los retos del pensamiento postmoderno, es bastante cuestionable. Quizá no sea más que una expresión que echa de menos la pretendida solidez del modelo epistemológico anterior. Véase los comentarios críticos a este texto en: Guillermo Zermeño Padilla, "Sobre la crítica 'posmoderna' a la historiografía", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 5, n. 9, 1997, p. 221-229. 57 Jorn Rüsen, "Origen y tarea de la teoría de la historia", op. cit., p. 55. 58 Michel de Certeau, La escritura de la historia, 2a. edición revisada, traducción de Jorge López Moctezuma, México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1993,

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la investigación histórica resulta central en la definición disciplinaria y viene a ser un proceso de falseación que se aplica menos a las afirmaciones individuales que hacen los historiadores sobre el pasado, que a los conjuntos formales que se expresan en sus discursos y en los modelos que éstos ponen a prueba. Con ello el pasado no es propiamente su referencia originaria, digamos que no es ciencia del pasado, sino que desde el presente confronta la viabilidad de los modelos y lo que resulta de esta operación técnica es precisamente el pasado como resto, como diferencia: el pasado es, por tanto, el resultado de una operación que lleva al límite la significabilidad de los modelos. 59 De tal manera que, dejando atrás la construcción de relatos sobre los orígenes, el procedimiento metódico común de la historia reside en poner a prueba las formas de racionalidad del presente. Así, la crisis de fundamentación de la historia, y que debe encontrar salida por vía historiográfica, se relaciona con la pérdida de legitimidad del modelo epistemológico, pero también influye en ella la transformación de la historia misma. Si la idealización previa que articuló y defendió la teoría de la historia se ha desacreditado, habrá que señalar que gran parte de la responsabilidad se le tiene que atribuir a la distancia habida entre lo que hacen realmente los historiadores y lo que deberían hacer bajo los términos de una prescripción ideal. Esta distancia no ha cesado de profundizarse. El cambio histórico de la filosofía le permitió reconocer los alcances y límites de su propia reflexión; paralelamente, la historia se sometió a un proceso análogo: una "mutación epistemológica" que ha terminado por desplazar tanto sus objetivos como su base metódica 334 p. (El Oficio de la Historia), p. 91. Precisamente esta problemática será abordada en la parte que le dedicó a los aportes de este autor. 59 Carlos Mendiola hace el siguiente comentario respecto de la obra de Michel de Certeau, particularizando lo dicho arriba en relación con los límites de la disciplina y al proceso de falseación de modelos no originariamente históricos: "Un ejemplo de fundamentación que no tiene su núcleo en la verdad es la que hace Michel de Certeau. Él la fundamenta en la institución, que está constituida por la comunidad de historiadores. Éstos comparten un código de honor y se encargarán de su cumplimiento. Desde la institución está marcada la frontera entre las ciencias y lo que no lo es. No cabe la posibilidad de confusión porque la propia institución determina qué es historia y qué no lo es. La verificación para De Certeau no corresponde con criterios de verdad, sino de pertinencia; esto es, la importancia de intervenir en situaciones determinadas. Por eso, para él lo importante son el momento y el lugar en que algo es dicho. El objetivo de la historia es la política. Debe falsear los modelos que las ciencias proponen en beneficio de la humanidad. Esta falsificación se realiza mostrando el pasado como lo no contemplado por el modelo". Carlos Mendiola Mejía, "Distinción y relación entre la teoría de la historia, la historiografía y la historia", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 3, n. 6, 1996, p. 171-182, p. 179, n. 9.

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anteriores. Ejemplo de ello se encuentra en una visión transformada del documento histórico, centro de lo que durante el siglo XIX era la definición misma del método histórico por antonomasia. El tributo al documento, su base metódica, se sostenía por la consideración de que, precisando los contenidos que escondía, interrogando su verdad y relacionándolo con otros, era factible reconstruir el pasado del cual había emanado. Individualizando hechos a partir de él, el historiador se encontraba capacitado para explicar sus interconexiones causales. Su objetivo era, por tanto, construir una visión coherente del pasado o de algunas de sus parcelas. La mutación se deja ver cuando su base metódica, los documentos, pierden todo valor expresivo y se convierten en un instrumento técnico que no sólo hay que manipular y agrupar sino construir con los criterios de otros instrumentos, los modelos y métodos de disciplinas afines y no tan afines. Son estos segundos instrumentos los que señalan las formas adecuadas para construirlos y manipularlos. No hay, propiamente hablando, documentos históricos sin modelos y métodos previos que, en sentido estricto, no son históricos. Los métodos económicos, sociológicos, etnográficos, psicológicos, etcétera, determinan desde la construcción de series adecuadas, de conjuntos y/o de relaciones hasta las reglas que miden su significabilidad y pertinencia. Por tanto, el objetivo consiste en evaluar los alcances de los modelos y métodos, no de la base documental con la que se confrontan. Ese apretado diagnóstico que Michel Foucault elaboró de la historia en los años sesenta del siglo pasado, sigue teniendo para nosotros un alto valor crítico en aras de pensar los términos de su mutación. y el gran problema que va a plantearse -que se plantea- en tales análisis históricos no es ya el de saber por qué vías han podido establecerse las continuidades, de qué manera un solo y mismo designio ha podido mantenerse y constituir para tantos espíritus diferentes y sucesivos, un horizonte único, qué modo de acción y qué sostén implica el juego de las transmisiones [... ] el problema no es ya de la tradición y del rastro, sino del recorte y del límite; no es ya el del fundamento que se perpetúa, sino el de las transformaciones que valen como fundación y renovación de las fundaciones. 6o

La operación científica de la historia consiste, entonces, en evaluar estos modelos e identificar, al final de su aplicación a un conjun60 Michel Foucault, La arqueología del saber, 16a. edición, traducción de Aurelio Garzón del Camino, México, Siglo XXI, 1996,355 p., p. 7.

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to documental, aquellos elementos que se le resisten, que no se dejan homogeneizar por el modelo pero que esperan tratamiento ulterior. La diferencia era anteriormente un obstáculo para la investigación científica de la historia; ahora se ha convertido en aquello que busca establecer. Por otra parte, la evaluación histórica de modelos que no son evaluados de esa manera en sus disciplinas de origen, permite apreciar el nuevo papel de la historiografía y su expansión. La falseación metódica que lleva a cabo sigue estando al nivel de un análisis histórico de corte sintético, es decir, empírico, pero ya no se circunscribe a la esfera de los enunciados emitidos por el historiador ni a una medición de sus alcances realistas respecto del pasado. La base documental aporta una evaluación de carácter sintético pero aplicada al conjunto del modelo expresado discursivamente. Esto es particularmente importante dado que la evaluación sintética permite encontrar los límites de cada modelo e identificar sus posibles correcciones, las cuales serán puestas a prueba desde la misma base documental. Las correcciones son de varias clases: modificación de los principios de elección, ya sea que se requiera un tratamiento exhaustivo de la base documental o bien del tipo de muestras, determinaciones estadísticas o elementos representativos; corrección en los niveles de análisis, por ejemplo en los conceptos y campos semánticos utilizados para resaltar referencias en el corpus documental; en los niveles de análisis que tienen que ver con su tratamiento (cuantitativo, cualitativo, por correlaciones, por frecuencias, etcétera); en la determinación de relaciones para caracterizar conjuntos (relaciones funcionales, causales, por analogía, etcétera).61 Todo esto también ha venido a modificar la situación paradigmática de la disciplina, puesto que cada paradigma, en su situación de ejemplos estándar, se encuentra mediado y determinado por la evaluación sintética de los modelos. Para la lógica de la ciencia la cuestión era otra: tomando como base una perspectiva nomo lógica deductiva, los enunciados de observación hacían la tarea de validación empírica pero porque eran desagregados de un conjunto más vasto, los enunciados teóricos que expresaban leyes generales. El método de la explicación causal, y no había otro, permitía correlacionar ambos donde la

61 Rasgos destacados por Foucault y que denomina como el nuevo campo metodológico de la historia. Reconociendo estos problemas como parte de su núcleo disciplinario, habrá que agregar que ellos no se refieren tanto a los métodos originales de los historiadores sino a las formas de tratamiento y modificación de métodos contrastados con la base documental. La tarea de contrastación sí es específica de la disciplina. Michel Foucault, o". cit., p. 17.

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falseación sólo correspondía a los enunciados de observación. Falsear era una falla en la correlación entre leyes generales y la subsunción a esas leyes de los casos particulares observados. Se falseaban enunciados en tanto el método permanecía invariable, mientras que en la historia, insisto, se falsean métodos y no enunciados individuales. La cuestión que en este punto resalta es que la historiografía los valida en la esfera de investigación pero también ejerce esa función al nivel de los-resultados discursivos. Dos problemáticas emergen de la tarea de fundamentación que lleva a cabo la historiografía: primero una descripción reflexiva de la lógica de investigación, y segundo, un análisis crítico de su expresión discursiva. La operación científica de la historia y sus modalidades (la esfera del contenido) por una parte, y la estructura escriturística donde se plasman los resultados (esfera de exposición) por la otra. Contenido y exposición delimitan la dimensión teórica de la historiografía y su función autodescriptiva. Ésta es la base para un planteamiento de carácter epistemológico diferente, ya que discutir estos dos niveles y aclarar sus relaciones es acceder a una fundamentación de la ciencia histórica. Y es en esos dos campos de la fundamentación donde la metáfora adquiere pertinencia para la disciplina de la historia. Resumiendo, en este capítulo he intentado mostrar a grandes trazos la transformación de la filosofía y sus cambios de perspectiva respecto del conocimiento científico. Tomando la obra de Kuhn como referencia, he podido establecer que en tales cambios de perspectiva es donde hay que ubicar el doble papel que juega la metaforicidad en la producción cognitiva (interacción y referencia). En este marco de transformaciones es, finalmente, donde se disipó el ideal de historia y la descripción tradicional de su matriz disciplinar, siendo sustituido por una historiografía a la que se le exige, ahora, un alto contenido reflexivo. Pero, ¿en qué puede consistir un ejercicio de fundamentación basado en la asunción de la historiografía? ¿Cómo es posible especificar los niveles de contenido y exposición en esa tarea? Y más aún, ¿de qué forma precisar para el saber histórico las funciones de interacción y de referencia metafóricas? En el siguiente capítulo intentaré responder a las dos primeras interrogantes, mientras la tercera será abordada, tal y como adelanté, a partir de las obras de Hans Blumenberg y Paul Ricoeur.

La lógica de investigación y la representación historiadora: entre ciencia y literatura

En este capítulo pretendo analizar los diferentes esfuerzos que se dieron por objeto replantear el estatuto del saber histórico pero en un marco de deslegitimización de la epistemología tradicional. El problema, que fue paulatinamente aislado, consistió en cómo describir la disciplina sin recurrir al expediente de la teoría del conocimiento, pero al mismo tiempo, sin caer en el extremo opuesto, es decir, en una visión alejada de los procesos cognitivos específicamente históricos. En otras palabras, delimitar la forma de este campo de saber más allá de los dos principios que habían establecido un tratamiento fuertemente normativo y del modelo general de carácter epistemológico que se le buscó aplicar. Pero el mentís a estos dos principios no podía conducir a un planteamiento que obstaculizara la adscripción de la historia al campo científico. El problema era que la adscripción científica de la historia sólo podía ser establecida desde esos dos principios y desde el marco general. Ello condujo a una discusión sobre el saber histórico que tendió a vulnerar su marco tradicional de fundamentación teórica. Aun cuando se presentó un último intento por vincular a la historia con la forma de la explicación científica por excelencia, intento llevado a cabo por el neopositivismo lógico, el resultado no se redujo a discutir simplemente los términos de la disyuntiva, es decir, si la historia es ciencia y bajo qué términos o no es ciencia y por qué. La reflexión posterior aportó una superación precisamente de esta disyunción. En su desarrollo llegó a plantear que la labor de fundamentación debía recoger una perspectiva histórica, siendo ésta la única posibilidad de dar cuenta de lo que la historia es como disciplina. Ello exigió tomar como punto de partida la naturaleza de la investigación histórica, esquivada una y otra vez por los requerimientos epistemológicos. Tres cuestiones se fueron revelando. Primero, la descripción de la historia supone dar cuenta de la matriz disciplinar que la sostiene, e involucra el campo social y las formas de la operación y de la praxis que se produce en su interior. Esto sustituyó a la problemática del sujeto cognitivo trascendental.

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La segunda cuestión es replantear la naturaleza de las representaciones historiadoras. Tomando como vía la cuestión de la escritura de la historia, fue emergiendo su característica central, esto es, la estructura narrativa que gobierna los discursos historiográficos. Por supuesto, la condición para este replanteamiento fue alejarse de la cualidad representativa que permitía valorar su rango de objetividad; ello se expresó como un resurgimiento de la literatura en el plano escriturístico del saber histórico. La tercera cuestión es el reconocimiento de las nuevas atribuciones teóricas de la historiografía. De ahí que la fundamentación de la disciplina adquiera perfiles de autodescripción y cuyo territorio problemático está delimitado por los dos primeros puntos. Lo que se pretende demostrar en este capítulo es que estos elementos conforman una plataforma epistemológica de la historia de naturaleza diferente a la anterior. Por tanto, se presenta necesario aclarar los contenidos y los límites de un nuevo concepto de epistemología. Tal trabajo se presenta como preparatorio para aclarar la función de la metáfora en el trabajo cognitivo de la ciencia histórica, pues sólo por medio de esta nueva acepción pueden ser delimitadas aquellas cualidades que tienen lugar en la base disciplinaria.

Explicación científica y saber histórico Ankersmit afirma que lograr una comprensión más abarcante de lo que la historia es requiere de un enfoque que suprima toda consideración epistemológica respecto del conocimiento del pasado. Tomando en consideración que la filosofía anglosajona de la historia se ha mostrado inmune a la transformación historicista de la filosofía de la ciencia (transformación que describí en el capítulo anterior), ha llegado el momento de forzar un cambio de orientación. Ese cambio está representado, en opinión de Ankersmit, por una filosofía de la historia narrativista que es, para todo efecto teórico y práctico, antiepistemológica. 1 Este efecto se explica porque la escritura de la historia ha 1 "¿Quién no estaría consciente de la profunda medida en que la filosofía de la ciencia se ha historizado desde Kuhn? De una manera o de otra, los filósofos de la historia se las han ingeniado para ignorar por completo este cambio de frente en la filosofía de la ciencia. Por extraño que resulte, la filosofía de la ciencia contemporánea es mucho más historicista que la filosofía de la historia, con la excepción, por supuesto, de la tradición narrativista antiepistemológica desde White." F. R. Ankersmit, Historia y tropología. Ascenso y caída de la metáfora, traducción de Ricardo Martín Rubio Ruiz, México, Fondo de Cultura Económica, 2004, 470 p., p. 149.

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pasado a tener un interés prioritario en el orden de la disciplina, cuestión que ha sido o, bien, esquivada por las posturas teóricas tradicionales o, en el mejor de los casos, circunscrita al marco de aquellas consideraciones lógicas que deben cubrir las representaciones científicas. La corriente anglosajona interesada por la historia ha centrado su atención en la naturaleza de la explicación histórica y en el tipo de leyes generales de las que echa mano. Debido sobre todo al predominio del empirismo lógico, esta filosofía crítica se presenta como una reflexión sobre los juicios emitidos por los historiadores y los criterios de verdad que le pueden ser aplicados. Por ello es una derivación de una vertiente filosófica más general: la filosofía analítica. Pero a diferencia de ésta, la filosofía de la historia anglosajona pareciera tener más resistencia a las implicaciones del giro lingüístico. No es una filosofía del lenguaje que busque analizar a la historia a partir del tipo de construcciones lingüísticas que le dan forma. Porque ha reducido la discusión sólo a la aplicabilidad de un esquema lógico de las proposiciones historiadoras y al proceso deductivo que las conecta a leyes generales, terminó incapacitada para abordar esa dimensión más importante de las representaciones producidas por los historiadores: la escritura de la historia. 2 Mientras que, en una vertiente diferente, asumir la estructura narrativa que predomina en esas representaciones consiste en llevar los postulados de la filosofía del lenguaje (digamos que la filosofía analítica después de Wittgenstein) al campo de la historia, y, por tanto, superar las limitaciones inherentes a los tratamientos epistemológicos. De ahí que, para este autor, existan al respecto dos tipos de posturas claramente diferenciadas: la filosofía de la historia epistemológica y la filosofía de la historia narrativista. El dilema que plantea la presencia y el enfrentamiento de estos dos enfoques dominó gran parte del panorama del siglo xx. Hay que precisar que por filosofía de la historia epistemológica se entiende esa reflexión que busca aclarar los contenidos y el procedimiento científicos de la historia, pero donde el problema central que se debate no pertenece a la particularidad de la disciplina. Esto es, la discusión sobre qué tipo de conocimiento produce la historia viene a ser sólo una etapa en una discusión más general sobre el conocimiento científico y sobre la pertinencia de los tratamientos teóricos. El problema general es de orden filosófico; más precisamente, atañe al ámbito de una filosofía de la ciencia no transformada todavía por la radicalidad del giro lingüístico y para la cual el paradigma dominante sigue siendo el ejem2

[bid., p. 95.

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plo aportado por el lenguaje significativo de la ciencia. El centro de la cuestión tenía que ver con las consideraciones positivistas respecto de la unidad del conocimiento científico más allá de su aplicación a esferas de realidad diferenciadas, por ejemplo, el conocimiento de la naturaleza o el de la sociedad, el que es posible establecer en el mundo físico o aquel que corresponde a los fenómenos culturales. Si era posible aclarar los contenidos propiamente científicos del saber histórico, entonces "se justificaría la pretensión positivista respecto de la unidad de toda la investigación científica y racional".3 La reconstrucción racional de nuestro conocimiento, dada desde el núcleo constitutivo común, legitimaría, además, a la filosofía de la ciencia como una disciplina fundamental, la única capacitada para llevar a término esa reconstrucción racional. Tratando de mantener a raya al historicismo por medio de la delimitación del núcleo constitutivo común del conocimiento, la filosofía se encontraba en disponibilidad de establecer cuáles criterios eran los adecuados para juzgar las pretensiones de cada disciplina. Finalmente ella determinaba qué disciplina podía ser considerada ciencia y qué otra no cumplía de manera estricta con los criterios. 4 Éste era el propósito de la filosofía de la historia epistemológica: medir cómo y de qué manera la historia cumplimentaba los rangos de exigencia del conocimiento científico y, al hacerlo, demostrar cómo en un espacio marginal (la historia) se expresaba el núcleo constitutivo común de toda labor cognitiva. En tal sentido, esta filosofía no partía del ideal de historia, o sea del modelo general epistemológico de la historia, con el fin de describir cada uno de los procedimientos metodológicos y teóricos propios de la disciplina, entre ellos la producción de representaciones escriturísticas del pasado, sino en asegurar la extrapolación del modelo del conocimiento natural hacia el territorio de las ciencias blandas. De ahí que los criterios que fue delimitando tenían que ver con aquellos que la filosofía de la ciencia identificó previamente en el campo del conocimiento natural. Según W. H. Walsh estos criterios son materia de deducción a partir del concepto mismo de ciencia: Aplicamos la palabra "ciencia" al conocimiento que a) se adquirió metódicamente y está sistemáticamente relacionado; b) consiste en un cuerpo de verdades generales o por lo menos lo contiene; e) nos permite hacer predicciones acertadas y en consecuencia controlar el ) Ibid., p. 100. • Richard Rorty, La filosofía y el espejo de la Ilaturaleza, traducción de Jesús Fernández Zulaica, Madrid, Cátedra, 1983, 355 p., p. 248.

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curso futuro de los acontecimientos, en alguna medida al menos; d) es objetivo, en el sentido de que todo observador sin prejuicios debería admitirlo si se le presentasen las pruebas, cualesquiera que fueran sus predilecciones personales o sus circunstancias privadas. 5 Cabe hacer notar que en el punto "b" de esta relación se encuentra la consideración de que las verdades de las que trata la ciencia se refieren a verdades universales que se expresan en proposiciones susceptibles de verificación o confirmación estándar. Teniendo presente estos criterios, la labor de la filosofía de la historia consiste en determinar de qué manera el saber histórico cumple con cada uno de ellos y puede, en consecuencia, ser considerada ciencia. Se entiende que a la falta de alguno de estos criterios su calificación final se ve seriamente afectada. Un examen de este tipo no consiste, por tanto, en autodescribir desde los límites disciplinarios el conjunto de prácticas que llevan a cabo los historiadores y que terminan en representaciones discursivas. Precisar los alcances metódicos del conocimiento histórico, su sistematicidad, el conjunto de verdades que se expresan en leyes generales y, finalmente, su grado de objetividad, se resumen todas ellas en el problema de la explicación histórica y su grado de coincidencia con la explicación científica en general. Sobre tal problemática giró la discusión en la filosofía anglosajona de la historia y dio origen a dos clases de posturas que, no obstante sus divergencias, reconocían una misma base problemática. Los criterios señalados por Walsh tomaron concreción en lo que Ankersmit llama el modelo de la ley aclaratoria (MLA) y que resulta análogo al modelo nomológico deductivo de corte neoempirista. Articulado sobre la cualidad de la explicación científica fue discutida su aplicación al conocimiento histórico, o bien desde una perspectiva claramente positivista, o tomando seriamente en cuenta la divergencia que presentaba la historia respecto del MLA. En el primer caso, encontramos una orientación que puede resumirse en los trabajos en que Hempel trató de dirimir la aplicación del modelo al conocimiento histórico. 6 En el segundo se ubican los discípulos de Collingwood compartiendo las bases de lo que Olafson denominó hermenéutica analítica, y 5 W. H. Walsh, Il1troducciól1nla filosofín de la historin, 9a. edición, traducción de Florentino M. Torner, México, Siglo XXI, 1980, 256 p., p. 38. 6 Cfr. Cad Gustav Hempel, La explicación científica. Estl/dios sobre In filosofía de la ciel/cia, versión castellana de M. Frassineti de Gallo, Buenos Aires, Paidós, 1979, 485 p. Y también, "La explicación científica en la ciencia y en la historia", en C. G. Hempel et ni., Teorin de In historin, compilación de Corina Yturbe, México, Terra Nova, 1981, p. 31-64.

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aunque pudiera parecer inconveniente situarla en la misma esfera epistemológica debido a su pertinaz idealismo, su bifurcación se entiende sólo a partir de la misma interrogante asumida por la primera: ¿cuáles son las bases justificadas de la explicación histórica?? Para Ankersmit el carácter epistemológico de ambas posturas es innegable, lo que termina inhibiendo la capacidad de acceder reflexivamente al problema de la narrativa como parte constitutiva del conocimiento histórico. Éste es precisamente el límite que comparten. Por su lado, el modelo hempeliano adoptó como tesis central el que las leyes generales expresadas en proposiciones cumplen, o más bien, deberían de cumplir, la misma función en las ciencias naturales que en la historia. Esta función es deductiva ya que los acontecimientos históricos singulares encuentran su explicación causal al subsumirlos a leyes generales, es decir, al incluirlos en un marco de regularidades aunque sean hipotéticamente planteadas. Es la misma forma, planteó Hempel, en que los fenómenos naturales singulares son explicados deductivamente. El argumento consiste en mostrar que un acontecimiento singular es susceptible de deducción lógica a partir de dos premisas. La primera se encarga de describir hechos particulares que se toman como situaciones antecedentes o condiciones iniciales (O, C2 ... , O). La segunda premisa se refiere a "uniformidades expresadas por leyes generales" (Ll, L2 ... , Lr). Estas dos premisas constituyen el explanans. 8 Mientras el acontecimiento que se quiere explicar ("E") puede ser deducido si las dos premisas del explanans son formuladas convenientemente, es decir, si no existen errores lógicos en las premisas. No hay errores lógicos cuando se verifican empíricamente las situaciones antecedentes, si las uniformidades corresponden realmente a leyes generales y si se encuentran vinculadas adecuadamente las premisas y la conclusión. El acontecimiento "E" consiste propiamente en la conclusión que se sigue de las premisas y es el enunciado que describe al acontecimiento denominado explanandum. El argumento es gráficamente mostrado por Hempel de la siguiente forma: 7 "La naturaleza epistémica de la hermenéutica analítica es particularmente pronunciada. Como demostraron Van der Dussen en su disertación y Meiland en un admirable librito, la teoría de la recreación de Collingwood fue en su origen una respuesta a la pregunta epistemológica referente a cómo es posible el conocimiento histórico (en pocas palabras, la respuesta se resume como sigue: el conocimiento histórico es posible porque al recrear los pensamientos del agente histórico, esos pensamientos se traen al presente y pueden así investigarse aquí y ahora)." F. R. Ankersmit, op. cit., p. 104. Mientras que la vertiente neopositivista, agrego yo, responde que el conocimiento histórico es posible porque se adecua a la forma de la explicación científica, como todo conocimiento posible. 8 Carl G. Hempel, "La explicación en la ciencia y en la historia", op. cit .. p.33.

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C1, C2 ... , Ck

L1, L2 ... , Lr E

"Al tipo de explicación así caracterizado lo llamaré [escribió Hempel] explicación nomológico-deductiva, en tanto viene a ser una subsunción deductiva del explanandum bajo principios que tienen el carácter de leyes generales; en tanto que responde a la pregunta: ¿ 'Por qué ocurrió el acontecimiento-explanandum'?"9 En cualquier caso y por obra del modelo, toda respuesta debe mostrar que dicho acontecimiento resultó de las condiciones antecedentes especificadas y combinadas con leyes generales aplicadas al caso; por eso se le conoce también como modelo de la ley aclaratoria. Ahora bien, este modelo expresa el ideal de ciencia empírica y resume los criterios señalados por Walsh, es decir, conocimiento metódicamente obtenido, sistematicidad, leyes generales y objetividad como conocimiento verificado. Pero también incluye la cualidad predictiva de la ciencia empírica, donde esta cualidad se conecta a la deducción lógica operada entre explanans y explanandum, es decir, señala que, en todos los casos en que se presenten ciertas condiciones antecedentes y combinadas con leyes generales aplicadas al caso, necesariamente se presenta la ocurrencia del acontecimiento "E". El dictamen hempeliano sobre la incapacidad de la historia por cumplir con el proceso de derivación lógica que permite explicar un acontecimiento singular, se debe a que no encontró en la disciplina la premisa de regularidades expresadas en leyes generales. De la explicación débil, la cuasi explicación, hasta los esbozos de explicación, Hempel señaló una especie de déficit que aleja a la historia del ideal aceptado de ciencia. Como hemos visto, el modelo nomológico deductivo, que subsume lo singular a leyes cada vez más englobantes, introduce factores explicativos por medio del establecimiento de relaciones causales entre acontecimientos; esta situación es la que no se produce en el caso del saber histórico. Aun cuando introduce una forma de explicación genética y otra por razones motivadoras, la pretensión va en el sentido de cubrir la insuficiencia que presenta la historia y que la aleja definitivamente, según Hempel, de la norma ideal. Al descubrir que gran parte de las tesis o hipótesis que utilizan los historiadores provienen de la economía, de la sociología o de la ciencia política, y que otras consisten en afirmaciones no justificadas, Hempel se topa con la estructura narrativa como el espa9

[bid.

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cio deficitario de la historia. Es ella la que impide su adscripción al modelo científico de explicación al no poder ser reconducida a una lógica deductiva y conceptual. En ese sentido, el estudio que Hempel le dedicó a la historia bien puede ser visto como uno de los últimos intentos de matizar un ideal de objetividad científica que supuso eliminar una serie de operaciones utilizadas por los historiadores, pero que no coincidían con los procedimientos asépticos de la ciencia. Por fuera de la concesión que se vio obligado a realizar, Hempel rehusó reconocer valor epistemológico a procedimientos que se fundaban en la empatía, la comprensión o la interpretación, ya que en su opinión nada tenían que ver con la naturaleza del objeto histórico. Después de Hempellos seguidores del modelo nomológico deductivo se dieron a la tarea de disminuir las diferencias existentes ente el modelo y los rasgos particulares del conocimiento histórico. lO Lo que siguió, y por la vía de un debilitamiento cada vez más pronunciado del modelo, fue la admisión de que la explicación histórica funciona de manera diferente a como lo hace la explicación en las ciencias naturales, esto es, no debe ser juzgada aquélla por criterios normativos tan exigentes puesto que se debe tomar como base de todo análisis los criterios que dependen de su singularidad. Si el debate filosófico en este punto tendía a buscar ejemplos que demostraran la pretendida unidad del conocimiento científico, la historia terminó aportando un contraejemplo que sólo podía ser razonado en términos positivos, no como déficit explicativo, a condición de romper con la base normativa del modelo, es decir, con el supuesto de que sólo hay una forma de explicación científica. Una parte importante de las objeciones formuladas al modelo de la ley aclaratoria provino de la hermenéutica analítica.

Acción intencional e inferencia histórica Ankersmit sostiene que esta vertiente se diferencia claramente de la hermenéutica alemana por el hecho de que aborda el problema de la explicación de la acción humana intencional, mientras la segunda se atiene a la cuestión del texto y su interpretación. Pero también los objetivos 10 "Tras Hempel, los partidarios del modelo nomo lógico se han propuesto fundamentalmente la tarea apologética de minimizar las discordancias entre las exigencias del modelo 'fuerte' y los rasgos específicos del conocimiento histórico de hecho. El precio pagado ha sido el 'debilitamiento' del modelo para asegurar su viabilidad." Paul Ricoeur, Tiempo y Izarrncióll 1. Configuración del tiempo en el relato histórico, traducción de Agustín Neira, México, Siglo XXI, 1995, 371 p., p. 200.

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son distintos: mientras que los discípulos de Collingwood sostenían que la acción puede alcanzar explicación científica aclarando las intenciones de los sujetos, la tradición alemana de la hermenéutica hasta Gadamer no ve el pasado como fuente de datos sino de significados mediados textualmente. l1 La marcada consistencia epistemológica de la hermenéutica analítica resulta evidente, y ello le viene precisamente de la problemática abierta por Collingwood. No debe causar extrañeza que aquí se combinen una decidida línea idealista con la preocupación por alcanzar la base epistémica del conocimiento histórico; hemos visto, en los capítulos anteriores, cómo se han combinado los requerimientos empíricos con cualidades de origen trascendental sin menoscabo para la filosofía de la ciencia, por lo menos hasta que se superaron las bases reflexivas que la alimentaban. Ello significó que el intento de Collingwood por elaborar una concepción científica de la historia se distanciara del modelo nomológico pero sólo hasta cierto punto. Tal distancia se aprecia si tomamos en cuenta las dos proposiciones básicas aportadas por este autor. Primero, el interés del conocimiento histórico está puesto en la esfera de la experiencia humana y en el pensamiento que le da origen. Segundo, el entendimiento que logra es posible porque el historiador se encuentra en disposición de captar la naturaleza interior de los acontecimientos históricos, al recrear los pensamientos de los sujetos que los actuaron. 12 Por supuesto la conexión con Dilthey salta a la vista. Las ciencias del espíritu se singularizan por dirigirse a su materia de estudio desde adentro ya que, en tanto se circunscriben a la experiencia humana, ellos son objeto del compartir directamente vivido. Y lo que puede ser vivido directamente son aquellos rubros de la experiencia humana en sentido amplio: sentimientos, emociones, pensamientos, razonamientos. Collingwood se atiene a la consideración de Dilthey, aunque sostuvo que lo que resulta materia de reconstrucción histórica son los pensamientos y no el fondo de emociones y sentimientos que no alcanzan materialización expresiva. Pero incluso los historiadores se ven obligados a discriminar entre actos de pensamiento, de tal modo que la recreación sólo se refiere 11 "La hermenéutica alemana quiere que elijamos una posición ventajosa fuera o encima del pasado en sí; la hermenéutica anglosajona requiere que penetremos siempre más profundamente en el pasado. Es una característica de la hermenéutica alemana -en especial Gadamer- su marcada indiferencia a la llamada mens auctoris, mientras la 'hermenéutica analítica' no tiene otro objetivo que reconstruirla." F. R. Ankersmit, op. cit., p. 103-104. 12 Mary Fulbrook, Historical theonj, London, Routledge, 2002, 228 p., p. 124.

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a aquellos actos autoconscientes, las formas internas del pensar reflexivo e intencional que se expresan en conductas externas. Las acciones de los hombres en el pasado se toman inteligibles cuando el historiador tiene a la mano pruebas o descripciones de su realización y a partir de ellas se puede inferir el proceso intencional hasta el pensamiento racional que las originaron. Según Collingwood, "todo lo que se necesita es que haya pruebas de cómo se ha realizado ese pensar y que el historiador sea capaz de re-crear en su propia mente el pensamiento que estudia, representándose el problema donde se originó y reconstruyendo los pasos por donde se intentó darle solución".13 Por tanto y a diferencia de lo que pasa en el mundo físico, la acción humana es materialización externa de contenidos internos racionales, es, pues, acción motivada por razonamientos de carácter práctico. Esto quiere decir que la explicación histórica se articula a partir de inferencias, que tienen su base en el mundo de la experiencia y son compartidas por todos, tanto por el historiador como por los sujetos históricos, por eso es posible recrearlas a pesar de que no son observables directamente. Precisamente, los discípulos de Collingwood pusieron el acento en esta forma de explicar las acciones humanas por medio de inferencias prácticas, profundizando en aquellos aspectos que permitían sacar a la luz, por otros medios, esa capa de intencionalidad que las motivó. Resalta el hecho de que la inferencia práctica se convirtió en uno de los puntos fuertes del debate porque puso en cuestión buena parte del modelo nomológico deductivo. Plantear la posibilidad de reconstruir los razonamientos de los sujetos actuantes es cosa que no se ajusta al tipo de regularidades que se expresan por medio de leyes generales. Primero, la acción intencional es singular, y segundo, la generalidad que se introduce por medio de la recreación es de diferente naturaleza de las generalidades con las que trabajan las ciencias empíricas; tiene que ver, más bien, con compartir inferencias que se producen en toda vida humana. Así, la explicación de la acción por razones, por ejemplo en Dray, ya postula que la recreación realizada por los historiadores no tiene que identificarse con ciertas capacidades psíquicas misteriosas, puesto que lo que en realidad se lleva a cabo es una conexión lógica entre intención y acción, de tal modo que se intentó limitar las implicaciones idealistas de Collingwood. Todo sujeto racionalmente dotado establece un equilibrio lógico, un cálculo, que le permite saber en qué contexto y con qué elementos 13 R. G. Collingwood, Idea de la historia, 2a. edición, traducción de Edmundo O'Gorman y Jorge Hernández Campos, México, Fondo de Cultura Económica, 1980, 323 p., p. 299.

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la acción se presenta apropiada. El historiador reconstruye la forma lógica de este cálculo exponiendo, a partir de las evidencias disponibles, las intenciones que perseguían los sujetos en el pasado. Pero esto viene a sustituir la explicación de tipo causal del modelo nomológico por una regla normativa que, de todos modos, depende de una aserción tan general como la que sigue y que tiene problemas para ser verificada: toda

persona racionalmente dotada tiene la disposición a actuar de manera racional. Lo que interesa resaltar aquí es que las desavenencias entre los seguidores del modelo nomológico y los de la hermenéutica analítica después de Collingwood se localizaban no tanto en la cuestión de si había que desechar o no el modelo de la ley aclaratoria, sino más bien hasta qué punto había que flexibilizarlo para que cubriera el mundo de las acciones intencionales. Nótese que no juega aquí realmente la contraposición de explicación causal versus interpretación, si así fuera, desechar el modelo en su conjunto tendría que ser la raíz de las diferencias; pero esto no era el meollo del asunto; aún más, ni siquiera tenía que ver propiamente con la naturaleza de la explicación histórica. El centro de la discusión, tal y como lo formulé al principio de este capítulo, era la demostración de la unidad del conocimiento científico, independientemente de la disciplina que sirviera como territorio para la demostración. Ankersmit sostiene que el resultado final del debate, que no dio pie a la victoria de unos y a la derrota de los otros, deja ver que son más importantes sus similitudes que sus diferencias. Resalto de entre ellas la marcada indiferencia respecto de la práctica real de la historiografía y, en sentido inverso, la preponderancia que ambas vertientes dieron al tema de la explicación histórica. Al cabo de la discusión, los efectos previsibles se concentraron en una visión abstracta de la disciplina que parece resumirse en una serie de procedimientos totalmente ajenos a los historiadores. Pasar por alto la práctica real de la disciplina histórica implicó que ambas posturas, es decir, la explicación nomo lógica y la acción intencional, mostraran una acentuada indiferencia por la problemática de la escritura historiadora, siendo tal problemática la que permite acceder a la cualidad interpretativa que le es propia. En sus propias palabras: "Sin embargo, ahora se ha perdido de vista que la tarea del historiador es en esencia interpretativa [... ]. Precisamente a causa de su preocupación epistemológica de atar el lenguaje del historiador lo más cercanamente posible al pasado en sí, la filosofía de la historia nunca fue capaz de desplegar sus alas y convertirse en una filosofía de la interpretación histórica".14 14

F. R. Ankersmit, op. cit., p. 113.

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Recuperar la cUfllidad interpretativa de la historia está en función de adoptar el enfoque de la filosofía de la historia narrativista. Dejando de lado la manera por la cual los enunciados historiográficos se conectan con la realidad del pasado, ella eleva a problema central la escritura de la historia en un marco de filosofía del lenguaje, esto es, llevando a cabo para la historia lo que el giro lingüístico supuso para la filosofía de la ciencia. Y para Ankersmit no debería haber duda de que la obra de Hayden White puede ser reconocida como el umbral de este desplazamiento. Tres razones, que a su vez se encuentran vinculadas a tres implicaciones que se desprenden de la obra de White, permiten sostener tal aseveración.

El ascenso de la narratividad Primero, la determinación por la cual son ahora los instrumentos lingüísticos de los que se sirve el historiador los que deben ser analizados para entender cómo opera la interpretación, sin que tal análisis suponga abordar su conexión con una pretendida realidad en sí del pasado. En ese sentido, la filosofía de la historia narrativista aborda el lenguaje desde una perspectiva histórica ya que, como construcción, depende del contexto desde el cual se emite. Segundo, esa construcción lingüística de los historiadores adopta una forma específica, es decir, narrativa. La trama narrativa permite dar sentido a un conjunto de acontecimientos que por sí mismos y tomados individualmente son incapaces de postular. Tal producción de sentido se encuentra conectada a la manera por la cual se traman en una secuencia; si se cambian los criterios de la trama cambia necesariamente el sentido del relato. Tercero, la forma narrativa, o sea, las representaciones construidas por los historiadores, responde a una estructura profunda de carácter retórico, es decir, a una lógica figurativa. Los tropos, la metáfora, la metonimia, la sinécdoque y la ironía constituyen los elementos básicos de la conciencia histórica. 15 15 "Pero el número de estrategias explicatorias posibles no es infinito. Hay, en realidad, cuatro tipos principales, que corresponden a los cuatro tropos principales del lenguaje poético. Por consiguiente, las categorías para analizar los diferentes modos de pensamiento, representación y explicación presentes en campos no científicos -como la historiografía- las encontramos en las modalidades del propio lenguaje poético. En suma, la teoría de los tropos nos proporciona una base para clasificar las formas estructurales profundas de la imaginación histórica en determinado periodo de su evolución." Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, traducción de SteJla Mastrangelo, México, Fondo de Cultura Económica, 1992, 432 p., p. 40.

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Es notable el vuelco que introduce este tipo de planteamientos respecto del debate anteriormente reseñado. De entrada se toma en serio la contraposición explicación causal versus interpretación, a tal punto que no queda resto alguno de la serie de interrogantes epistemológicas que habían gobernado a la filosofía anglosajona. Así, los procedimientos interpretativos que tienen lugar en la esfera narrativa son de naturaleza diferente de la de procedimientos de la explicación causal que subsumen acontecimientos bajo la lógica de proposiciones generales. Pero también adquiere otra dimensión si se le compara con la hermenéutica analítica, sobre todo con su énfasis en la recreación de los actos de pensamiento que movilizan los procesos históricos. La narrativa histórica no permite recrear ni los pensamientos ni al pasado en su conjunto tal y como fue, pero tampoco entiende la acción intencional desde la asunción del punto de vista del participante. No se borra la escritura de la historia para dejar aparecer a los acontecimientos pasados; manteniendo la opacidad del lenguaje, sugiere un punto de vista presente, desde el cual se significan conjuntos de acontecimientos. 16 Pero hay que aclarar que la distancia de White respecto de la hermenéutica analítica no es tan profunda como sí lo es respecto del modelo nomológico deductivo. A pesar de que Ankersmit se esfuerza por mostrar que no existe continuidad alguna entre la filosofía de la historia anglosajona y la filosofía de la historia narrativista, buena parte del terreno para la asunción de una obra como la de White fue preparada desde el campo "enemigo". Sólo los ejemplos de Dray, Danta, Gellie, Mink, Walsh, entre otros, mostrarían la deuda originaria que hay que pagar. Esto es más claro con el concepto de acción intencional. Un aporte de estos autores ha consistido en "establecer el estatus epistemológico de la narratividad, considerado como un tipo de explicación especialmente apropiado a la explicación de los acontecimientos y procesos históricos, frente a los naturales"Y Esto fue algo crucial dado que permitió establecer el estatuto narrativo como una forma específica de tratamiento de las acciones intencionales, diferen16 "De hecho a la historia -el mundo real que se desarrolla en el tiempo- se le da sentido de la misma manera que el poeta o el novelista intenta dar sentido, es decir, dotando a lo que originalmente parece ser problemático y misterioso, con el aspecto de una forma reconocible, porque es familiar. No importa que el mundo sea concebido como real o sólo imaginado; la manera en que se le dota de sentido es la misma." Hayden White, "El texto historiográfico como artefacto literario", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 1, n. 2, p. 9-34, p. 33. 17 Hayden White, El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, traducción de Jorge Vigil Rubio, Barcelona, Paidós, 1992, 229 p., p. 47.

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ciada de las relaciones causales que dominan en el mundo físico. Se hizo cada vez más evidente que las primeras no podían ser subsumidas a la explicación causal, a pesar de que se ponía en entredicho el tema de la unidad de la ciencia. En opinión de White, hay que agregar al inventario de los aportes a la cuestión narrativa lo que se fue trabajando en otras regiones de Occidente; por ejemplo, la perspectiva semiológica de autores como Barthes, Derrida, Benveniste y Genette, planteamientos que concluyen en el tema del código narrativo como una estructura lingüística que genera efectos de realidad; también la hermenéutica alemana ha tenido un papel importante desde Gadamer a Ricoeur, mostrando cómo la narración se encuentra ligada de manera sagital al problema de la temporalidad humana. 18 El cúmulo de estos análisis previos terminó abriendo la puerta a un reconocimiento central: tomando como base las obras de historia, cosa que no se llevaba a cabo, la temática fue desplazada del campo epistemológico, el concepto de explicación científica, hacia la poética, es decir, hacia los procesos de construcción literaria del texto. La estructura narrativa que determina las representaciones en la historia no puede más que ser vista como lo que es, un hecho de carácter estético. Esto supuso revisar las relaciones entre historia y literatura desde una perspectiva diametralmente diferente a la que había sido utilizada anteriormente para justificar su distinción. Desde la asunción de la narrativa los criterios que anteriormente se establecían para delimitar con precisión su diferencia han perdido validez. De entre ellos destaca aquel que planteaba que entre los enunciados y la realidad extradiscursiva existía una relación de equivalencia exacta, de tal manera que el discurso científico tenía la capacidad de acceder a la realidad por medio de enunciados no equívocos. Con esta clase de argumentos era posible distinguir entre la escritura científica y la escritura literaria, entre mundo de la verdad metódica y mundo de la ficción. Se entiende que en la literatura no podía tener cabida la pretensión realista de articular representaciones con cualidades referenciales. De ahí se desprende que las ciencias, y entre ellas la historia, se diferenciaban por el hecho de aspirar a la verdad objetiva, es decir, a construir enunciados verdaderos sometidos a un proceso de validación, en contraposición con la ficción literaria que escapa a todo marco de verificación empírica. White precisa que la narración histórica combina estratos literarios, la forma narrativa, con contenidos que 18

[bid., p. 48.

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vienen de la ciencia -por ejemplo conceptos y categorías- sin que puedan aislarse unos de otros ya que esto desfiguraría la escritura historiadora. El contenido expresa la parte informativa, es decir, acontecimientos que pueden ser tomados de manera individual. Éstos pueden ser comprobados documentalmente uno por uno. La forma literaria consiste en la trama que los organiza de manera poética, forma que depende de elementos prefigurados por la tradición del historiador. La forma no depende de la base documental y por tanto no puede ser comprobada. Lo importante es que la parte literaria corresponde a la estructura formal del conocimiento histórico que, por supuesto, no puede agotarse en los aspectos informativos, sino en la manera de organizarlos, establecer sus relaciones, sintetizarlos y significarlos como conjunto narrativo. Debido a esta particularidad de carácter literario se abre la puerta a la metáfora en el discurso historiador. Ella viene a operar al nivel de la trama narrativa y permite precisamente los procesos de organización, relación, sintetización y significación. Así planteada la cuestión, la narración es un proceso que transforma la percepción originaria de los datos adquiridos (acontecimientos individuales) a un modo diferente de tipo figurativo que abarca todo el conjunto de acontecimientos. La escritura historiadora explica introduciendo esta transformación figurativa porque presenta una coherencia global que da sentido al conjunto. En palabras de White, la narración histórica es una metáfora extendida en el sentido en que articula una estructura simbólica que no se reduce a reproducir los acontecimientos que incluye. Va más allá de toda pretensión realista. Permite relacionar estos acontecimientos presentados en un conjunto narrativo con aquellas formas de nuestra tradición literaria con las que estamos familiarizados. 19 Es decir, establece relaciones de semejanza entre la trama narrativa y nuestro contexto cultural. Esta función metafórica está por encima de la función tropológica que orienta en una u otra dirección al conjunto del 19 "La narrativa histórica no imagina las cosas que indica; sugiere imágenes de las cosas que indica, de la misma manera que lo hace una metáfora. Cuando un conjunto dado de acontecimientos es entramado como una 'tragedia', esto significa sencillamente que el historiador ha descrito así los acontecimientos como para recordarnos esa forma de ficción que asociamos con el concepto 'trágico'. Entendidas debidamente, las historias no deberían ser leídas jamás como signos no ambiguos de los acontecimientos que asientan, sino más bien como estructuras simbólicas, metáforas extendidas, que hacen 'parecer' a los acontecimientos reportados en ellas, a alguna forma con la cual ya nos hemos familiarizado en nuestra cultura literaria." Hayden White, "El texto historiográfico como artefacto literario", op. cit., p. 23.

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relato. Esto me interesa abordarlo detenidamente en el capítulo final. En suma, es acertado ver a la historia, en opinión de White, como un saber que se articula por medio de sucesivas transformaciones escriturísticas; desde los criterios que maneja para determinar lo que es histórico, desde la selección y la ordenación de los acontecimientos en una secuencia temporal (crónica) hasta la configuración narrativa y el entramado final, la marca definitoria de la historia se localiza en el sentido de estas transformaciones. 2o Su trabajo inicia con textos, no con el pasado en sí, y por medio del trabajo interpretativo ofrece al final otra clase de productos textuales. Es propiamente un procedimiento de traducción de los textos del pasado al texto narrativo final. 21 En este punto de la discusión convendría resumir en tres puntos la superioridad del enfoque narrativista por sobre la filosofía anglosajona de la historia, tanto en su vertiente empirista como en su desagregado hermenéutico. Primero, su énfasis antiepistemológico; no es ya con el tipo de problemas que enfrentaba esa filosofía como se puede dar cuenta de lo que la historia es realmente. No es resolviendo cómo el historiador puede relacionarse con su campo empírico por medio de una explicación causal que apele a leyes generales, pero tampoco recreando los razonamientos de los sujetos en términos disposicionales, como podemos describir acertadamente al saber histórico. Segundo, dar cuenta de la estructura que gobierna a la escritura de la historia consiste ahora en el problema teórico central, incluso por encima de la lógica de investigación. Las representaciones historiadoras, es decir, los resultados de la investigación, adquieren una dimensión que había sido ocultada por el privilegio que merecieron los procedimientos metódicos, esos que presuntamente las garantizarían. Sólo que las representaciones exigen un análisis muy diferente de los anteriores y que buscaban aclarar las maneras por las cuales se ligaban a lo real. Tercero, al producir una oscilación de la historia del polo cientificista al polo estético, las cuestiones involucradas en la narrativa suponen atender al nivel literario de la historia como definitorio del campo disciplinar. 22 Ahora bien, para Ankersmit una descripción 20 Alfonso Mendiola, "La historia, un saber alegórico", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 1, n. 2, 1994, p. 217-223, p. 223. 21 F. R. Ankersmit, op. cit., p. 130. 22 "Al mismo tiempo, se hizo ineludible, por razones disciplinarias de autoconservación de las ciencias históricas, encontrar criterios con los que su particularidad y su tarea en el contexto de otras ciencias pudiesen ser determinadas claramente. En el entretanto, este criterio ha probado ser la estructura narrativa de las afirmaciones históricas. Y con la narración

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adecuada de la historia supone profundizar el desgajamiento de la disciplina de todo marco epistemológico, atendiendo al estatuto narrativo por medio de una deliberación esencialmente estética. Y esto significa ir más allá de lo planteado por Hayden White. Él apuntó en la dirección correcta, la narrativa, pero habrá que despojar sus propuestas de inconvenientes que todavía hacen perdurar una cierta evocación cognitiva. Para ello es necesario romper con las posturas tropológicas ya que, a diferencia de lo que podría pensarse en un primer momento, siguen siendo solidarias con los "ideales cognoscitivos cientificistas". Bien mirado, lo que llevó a cabo White fue un proceso de sustitución: la tropología toma el lugar y la función en el campo del saber histórico que tenían la lógica y el método científico para el pensamiento epistemológico. Es una sustitución que deja intacta la intención subyacente: "el esfuerzo occidental y fáustico de conquistar de manera cognoscitiva al mundo físico e histórico que habitamos".23 De tal manera que los cuatro tropos señalados por White adquieren una consistencia trascendental: ellos permiten determinar las condiciones de posibilidad para toda representación histórica. La tropología condiciona la forma y la orientación que adquieren todas las modalidades posibles de la representación, por lo que es concordante con el trascendentalismo kantiano. Resulta aún más clara la evocación trascendentalista en el caso de la metáfora, nos dice Ankersmit. Esta figura retórica se encuentra en White en relación con la captación de lo real, aunque ella sea indirecta y simbólica. Nos exhorta a ver una parte de la realidad con ojos figurativos, por así decirlo. Tal punto de vista se encuentra anclado, igual que en el trascendentalismo kantiano, en un sujeto trascendental que organiza al mundo pero que, al mismo tiempo, se mantiene como un "punto ciego" nunca clarificado. Objetiva la realidad mientras que no puede objetivarse a sí mismo. como esquema fundamental, la afirmación sobre el pasado humano calificado genuinamente histórico, la escritura de la historia se convierte en tema como el proceso en el que las ciencias históricas realizan esta particularidad como ciencia." Jom Rüsen, "La escritura de la historia como problema teórico de las ciencias históricas", en Debates yecielltes e// la teoyia de la historiogmjia Olenllllltl, coordinación de Silvia Pappe, traducción Kermit McPherson. México. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad AzcapotzalcojUniversidad lberodmeric.ma, 2000, 504 p., p. 248. 2.1 La tropología no es necesariamente una ruptura radical con la ciencia ni con sus ideales, y esto se destaca, según Ankersmit, desde las propias declaraciones de White. En particular, cuando afirma que el único instrumento que "el historiador tiene para dotar de significado a sus datos, de hacer conocido lo extraño [las cursivas son de Ankersmit], comprensible el misterioso pasado, son las técnicas del lenguaje figurado". F. R. Ankersmit, op. cit., p. 27.

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Bases para una socioepistemología de la historia Me parece que la objeción de Ankersmit consiste en una reformulación de esa sospecha que he mencionado ya: existe una metafísica consustancial a la función metafórica y de la que no es posible que se desprenda. En tal sospecha indudablemente ha participado de manera destacada la crítica que se enderezó, desde la filosofía misma, contra la tradición ilustrada. Conformándose bajo la etiqueta de pensamiento postmoderno, nos asegura que el trabajo de desconstrucción de los grandes discursos que ha formulado esa tradición y que deja aparecer sus fuertes implicaciones metafísicas, pasa necesariamente por desenmascarar los campos semánticos y metafóricos que los han sostenido. Así, la crítica a la metafísica occidental debe asumir la crítica a ese puñado de metáforas de base que le han dado cuerpo. Ésta es la estrategia que siguió Richard Rorty. Al desmontar el andamiaje trabajosamente construido por la filosofía en términos de teoría del conocimiento, salen a la luz las metáforas visuales (la mente como espejo que reproduce 10 real, por ejemplo) que han sido tomadas al pie de la letra como un centro de creencias indubitables. Acabar con las convicciones filosóficas de la epistemología es, por tanto, una labor que muestra lo injustificado de ese centro de creencias. El periodo en que podíamos confiar en ese conjunto de metáforas visuales ya ha pasado para la filosofía contemporánea. Pero también se encuentra involucrado aquí el problema señalado por Derrida. Para este autor 10 metafórico establece una solidaridad indiscutible entre el sujeto, el sentido y la verdad, cosa presente desde Aristóteles. Esto revela que la metáfora ha sido totalmente tributaria de la expansión del logocentrismo occidental. De ahí que la respuesta aportada por la diseminación y la différence sea un camino viable frente a la presencia soberana de un sentido que se restaura a sí mismo. 24 Ankersmit resume ambas posturas de la siguiente manera: "Se concluye que, en términos cognoscitivos, el yo trascendental y el punto de vista metafórico cumplen funciones idénticas. La filosofía trascendental es intrínsecamente metafórica, y la metáfora intrínsecamente trascendental".25 24 Véanse al respecto los trabajos ya famosos de Jacques Derrida, Márgenes de la filosofía, Madrid, Cátedra, 1989, 372 p., Y La desconstrucción en las fronteras de la filosofía. La retirada de la metáfora, traducción de Patricio Peñalver Gómez, Barcelona, Paidós, 1989, 122 p. 25 F. R. Ankersmit, op. cit., p. 33.

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Por tanto, la caída de la metáfora vendría a expresar en realidad la caída del edificio epistemológico que ha gobernado la reflexión sobre la historia. Lo que se recusa en la perspectiva de White es que la vía tropológica continúe prisionera de los intentos de apropiación del pasado. Esto es lo que corrige una visión no kantiana y no metafórica como la que sostiene la historia de las mentalidades, según Ankersmit. Esta visión, a diferencia de la propuesta tropológica de White, no se deja reducir a la dimensión del escrito historiográfico, sino que se conecta con un replanteamiento de lo que ha quedado fuera de la reflexión, esto es, el campo de la experiencia histórica. Lo que me interesa discutir en lo que sigue es más bien una perspectiva contraria a la de Ankersmit y que se resume en la siguiente interrogante: ¿cómo es posible plantear una perspectiva epistemológica en la que encuentre cabida la metáfora, pero que al mismo tiempo no sea coincidente con el planteamiento clásico de la teoría del conocimiento? Al final del capítulo anterior adelanté algo al respecto. Tomando como centro la noción de auto descripción y asociada a la expansión y nuevas atribuciones de la historiografía, señalé que resulta factible pensar en una nueva fundamentación del saber histórico. Como auto descripción, entiendo que se trata de llevar al terreno reflexivo la forma operativa de la disciplina, la estructura discursiva por medio de la cual presenta sus resultados y, finalmente, la relación compleja que se establece entre ambos niveles. Una cosa es afirmar, como lo hace Rorty, que la epistemología ha dejado de ser el centro reflexivo de la filosofía, puesto que ya no define su territorio problemático ni el tipo de problemas que enfrenta, y otra muy diferente que no puede haber ya espacio alguno para algo denominado epistemología aplicada a los ámbitos disciplinarios. Me parece que Ankersmit confunde ambas cuestiones. Porque entiende que epistemología es algo de suyo rechazable por sus implicaciones trascendentales y, por reducir todo a proceso cognitivo, no se da cuenta de que el concepto que utiliza es entendido de manera ahistórica. He tratado de describir cómo ha perdido legitimidad una epistemología general que se dirigía a descubrir el fundamento último de todo conocimiento, sea en la naturaleza, sea en la sociedad. Éste es el edificio que se ha derrumbado tendencialmente: la teoría del conocimiento que ha idealizado lo que pensó que era la ciencia, y su aplicación regional, es decir, la teoría de la historia. Lo que no significa que esté clausurado absolutamente el camino para articular otra noción de epistemología muy diferente, una noción que, de acuerdo con lo que he expuesto, sea tomada de manera histórica. Su-

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poner que a esta noción se le encuentra asociado un sentido preciso e invariable, un campo apriorístico, es lo que me parece que hace Ankersmit. Pero los conceptos, como toda construcción humana, se encuentran determinados históricamente. Los términos de su transformación pueden ser resumidos así: en sentido ahistórico, epistemología definía un cuerpo homogéneo de afirmaciones al1alíticas que expresaban verdades universales y necesarias sobre la ciencia; tomada en sentido histórico, delimita ahora un campo de investigación sobre las disciplinas cuya cualidad es la de ser sintético, esto es, empírico. 26 Y la cualidad sintética, que ahora asocio a la noción epistemología, resume muy bien su nueva orientación. No busca delimitar verdades universales y necesarias para las ciencias y para la historia, puesto que se especifica de manera regional. En el sentido de la discusión que abordé en el capítulo anterior, puedo decir que no se trata de un trabajo de la razón que transparenta de manera absoluta contenidos universales susceptibles de aplicación singular, sino de un ejercicio reflexivo ubicado al nivel de las racionalidades procedimentales y restringidas. No es un cuerpo de afirmaciones formuladas en términos excéntricos a cada disciplina científica, sino que busca describir desde cada matriz disciplinar el orden de sus operaciones. No una epistemología como esfera unitaria de proposiciones generales, sino epistemologías regionales. Pero al mismo tiempo determina que la reflexión epistemológica sobre las matrices disciplinares debe formar parte de las mismas matrices; es autorreflexión y autodescripción. Por tanto, epistemología de la historia quiere decir reflexión sistemática que aclara la lógica de la investigación histórica y su estructura discursiva. En buena medida la discusión que arrojó el tema de la narratividad, incluso más allá de la tradición anglosajona, opuso al espacio metódico de investigación el carácter narrativo de la escritura historiadora. Si bien la narrativa expulsó de la historia los criterios de racionalidad de la explicación nomológica, un resultado neto fue considerar como autónoma a la narratividad literaria de todo criterio de racionalidad.

26 "La crisis de lo evidente se da cuando empieza a ser tematizado, y al ser tematizado [... ] se descubre su raíz histórico-social. Esta acción por medio de la cual una proposición pasa de ser ahistórica a histórica expresa los cambios de la sociedad. Las evidencias dejan de serlo porque las sociedades cambian. Y este cambio, que convierte una verdad analítica (ahistórica) en sintética (histórica), es lo que pretendemos analizar con respecto de los fundamentos del discurso de la historia en su transición del siglo XIX al XX." Alfonso Mendiola y Guillermo Zermeño, "De la historia a la historiografía", 01'. cit., p. 252.

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Esta situación pareció conducir a una especie de disyuntiva: o bien se atienen a los procedimientos metódicos del saber histórico (incluso a los marcos teóricos que ahí funcionan), o bien se centra el análisis sólo en la estructura narrativa. 27 En otras palabras, se oponen como sustratos difícilmente conciliables la lógica de la investigación y la escritura de la historia. El problema se expresa también en la obra de White, particularmente en Metahistoria, y ha conducido, nos dice Alfonso Mendiola, a "una pérdida de la frontera entre lo literario y lo científico". Para salir de la disyunción, la historia es ciencia o es literatura, es necesario establecer una diferenciación mínima entre discurso de ficción y contenido de verdad, esto es, "encontrar los criterios de verificabilidad del discurso histórico".28 Por supuesto, tales criterios ya no pueden ceñirse a la valoración realista del relato. En suma, el territorio epistemológico de la historia no sólo consiste en el ejercicio de auto descripción de la lógica de investigación, por un lado, y en el análisis reflexivo de la estructura discursiva, por el otro. Debe dar respuesta, además, a cómo la narración está determinada contextualmente, no sólo en términos sociales amplios, sino por criterios que pertenecen a la matriz disciplinar. 29 No es posible pasar por alto que la disciplina ha estado sometida a un proceso de institucionalización muy pronunciado desde el siglo XIX. De hecho la noción matriz disciplinar establece un espacio social particular por sus implicaciones sociológicas. Centrarse sólo en la dimensión escriturística nos conduce a otra forma de idealización de la historia. En esto consiste, a grandes rasgos, el campo de la epistemología de la historia, asumiendo, desde luego, una perspectiva diferente (es decir, histórica) de la que sostiene Ankersmit. Ahora bien, lo que busco demostrar es que en una epistemología así entendida hay espacio justificado para involucrar a la metáfora. En este punto se hace notar una cierta ambigüedad en el tratamiento de la metáfora por parte de Ankersmit. A fuerza de criticarla por las implicaciones metafísicas que pretendidamente arrastra, Ankersmit echa mano, precisamente, de metáforas. Como si con el uso clarificador que aporta la metáfora 27 J6m Rüsen, "La escritura de la historia como problema teórico de las ciencias históricas", op. cit., p. 252-253. 28 Alfonso Mendiola, "La historia, un saber alegórico", p. 223. 29 "En otras palabras: debe mostrar a través de la narración el contexto de constitución de la ciencia histórica, que es anterior a, y es la base de la investigación y de la escritura de la historia como apropiación del pasado humano, y ha de investigar sistemáticamente los factores aquí determinantes." J6m Rüsen, "La escritura de la historia como problema teórico de las ciencias sociales", op. cit., p. 254.

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fuera posible sacar a la luz sus inconvenientes. De tal manera que, para demostrar sus argumentos antimetafóricos, este autor termina planteando argumentos metafóricos. 3D Tomando en cuenta lo ya expuesto respecto de Kuhn, es posible formular la siguiente apreciación esquemática: el proceso metafórico tiene lugar en las dos esferas definitorias de la ciencia histórica, esto es, en la lógica de la investigación y en el espacio escriturístico. Al nivel de los procesos metódicos, especifica la aplicación de modelos y teorías, está presente en la formulación de hipótesis propiamente históricas que se derivan de los modelos y teorías, y, finalmente, participa de manera destacada en el ejercicio interpretativo que lleva a cabo el historiador de su base documental. En cuanto a la escritura, la metáfora se presenta solidaria de la estructura narrativa. Su función en el ámbito de las representaciones historiadoras está localizada en los procedimientos de generación de sentido. Pero también existe proceso metafórico por fuera de estos dos niveles. Me refiero al contexto de la experiencia histórica que permite al historiador delimitar aquellos temas que pueden ser tratados, precisamente, bajo investigaciones particulares. Sobre el fondo común de la experiencia temporal (la esfera de saber implícito) actúan relaciones de semejanza que articulan nuestra conciencia histórica. Todo esto puede ser resumido bajo los términos ya señalados de semejanza e interacción. Hay que agregar, sin embargo, que tal espacio epistemológico no es otro que la historiografía transformada en ejercicio de fundamentación. En palabras de Mendiola y Zermeño: La historiografía actual estudia tanto la forma de investigación del historiador como su objeto terminado, desde el horizonte de la sociedad en donde se lleva a cabo. La historiografía es una autoobservación 30 Procedimiento que está presente desde el inicio de su texto. Por ejemplo, cuando discute la conveniencia de regresar a Aristóteles en relación con el problema de la sensación. Tomando precisamente una metáfora aristotélica, la impresión de las sensaciones sin la materia de las sensaciones, a la manera de la impresión de un anillo de hierro o de oro en la cera, plantea lo siguiente: "Lo que queda claro de esta metáfora es que todo el significado de la concepción aristotélica de experiencia y conocimiento es diametralmente opuesto a la moderna a que estamos acostumbrados desde Descartes y Kant. El propósito de la metáfora es sugerir un máximo de continuidad (tanto epistémica como ontológica mente, como diríamos hoy) entre el objeto de la percepción y sensación o el acto de la percepción; la identidad en cuanto forma del anillo y la impresión que deja en la cera genera esta sugerencia de continuidad." F. R. Ankersmit, Historia y tropología, p. 55-56. No es este el único caso en el que desarrolla una argumentación metafórica, lo que daría pie a un análisis muy interesante de cómo opera su función al nivel del discurso, a pesar de las reticencias que Ankersmit presenta a la metáfora.

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de lo que lleva a cabo el historiador cuando escribe libros de historia, y esta autoobservación es hecha en términos histórico-sociales [... ] no es el estudio de las ideas o métodos del historiador, sino de las prácticas sociales que lleva a cabo como miembro de la institución historiográfica. Podemos resumir diciendo que la historiografía estudia socioepistemológicamente el quehacer del historiador. 31 En el párrafo anterior la palabra clave es socioepistemología; la historiografía es un estudio socioepistemológico de la disciplina, 10 que viene a señalar la gran distancia que guarda un enfoque tal del que nos presenta Ankersmit. Los aspectos que he mencionado arriba bajo el rubro autodescripción han sido ya trabajados, y dentro del conjunto de autores que los han desarrollado destaca, sin duda, Michel de Certeau.

Fundamentación y enfoque pragmático de la historia Quisiera introducir ahora algunos elementos aportados por De Certeau y que han resultado de una gran riqueza reflexiva para la problemática socioepistemológica de la historia. Del conjunto vasto de su obra sobresalen aquellos trabajos en los que planteó la cuestión de la escritura de la historia y que han venido a demostrar la necesidad de reflexividad para la disciplina. Esto resalta aún más porque, paralelamente a su trabajo, se fue haciendo evidente la crisis de fundamentación que la envolvió. En el proceso de desmoronamiento de los marcos epistemológicos por los cuales se asignaba a la historia un contenido cognitivo determinado, un proceso metódico lógicamente aislable y una modalidad escriturística referida a lo real, De Certeau mostró cuál podía ser un nuevo campo de fundamentación legítimo. La puerta de entrada a ese campo consiste en formular una nueva forma de interrogación. Consistentemente, una pregunta crucial orienta cada propuesta específica, cada argumento desarrollado por De Certeau: ¿cómo se hace la historia? ¿De qué se trata este oficio? 32 En 11 Alfonso Mendiola y Guillermo Zermeño, "De la historia a la historiografía. Las transformaciones de una semántica", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 2, n. 4, 1995, p. 245-261", p. 257. 12 "¿Qué fabrica el historiador cuando 'hace historia'? ¿En qué trabaja? ¿Qué produce? Interrumpiendo su deambulación erudita por las salas de los archivos, se aleja un momento del estudio monumental que lo clasificará entre sus pares, y saliendo a la calle, se pregunta: ¿De qué se trata en este oficio? Me hago preguntas sobre la relación enigmática que mantengo con la sociedad presente y con la muerte, a través de actividades técnicas." Michel de

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efecto, ahora se trata de interrogar centralmente al espacio práctico que rige un oficio. El talante pragmático de la interrogación resulta evidente, mientras que la teoría de la historia tradicional partía de una interrogación diametralmente opuesta: ¿cómo es posible el conocimiento objetivo de la realidad pasada? Preguntar por la naturaleza del saber histórico ha conducido a una descripción primariamente teórica sobre sus contenidos cognitivos, sobre los procesos metódicos que lo garantizan y los resultados conceptuales a los que puede llegar. Alejándose de los esfuerzos por normar el trabajo del historiador, este autor nos propone analizar las condiciones de fabricación de las representaciones historiadoras. Hay aquí una inquietud básica y una apuesta. Como inquietud busca excavar el suelo de nuestras seguridades, en problema tizar lo que hasta hace poco era considerado evidente, todo esto desde la aceptación de una labor interminable que reconoce sus propios límites y la fragilidad del lugar desde donde mira. Como apuesta, trata de llevar a la historia, igual que Rorty a la filosofía, por la senda de su propia historización. Historizar quiere decir convertir en acontecimiento lo que ha sido pensado como externo al campo histórico. Resulta altamente paradójico que la historia misma sostuviera un esfuerzo por pensarse desde una diferenciación básica con su campo de estudio; si éste se definía como el mundo de los acontecimientos, el saber sobre los acontecimientos no podía tener la misma consistencia temporal. La noción de acontecimiento, prestigiada de nueva cuenta a partir de los trabajos de Michel Foucault, no se ubica en el mismo plano que la noción de hecho o suceso. No refiere a algo que ha pasado ni determina la importancia de ese algo en una cadena temporal por medio de relaciones causales. Refiere, más bien, a un campo regular de prácticas en el que emerge, adquiere ciertos rasgos funcionales, se ve inmerso en procesos discontinuos y se articula de cierta manera con otros campos de prácticas institucionales, económicas, etcétera. Más que una sustancia o estado de cosas, pertenece al orden de la relación y de lo pensable. 33 Certeau, La escritura de la historia, 2a. edición revisada, traducción de Jorge López Moctezuma, México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1993, 334 p. (El Oficio de la Historia), p. 67. 33 "Si el 'hecho' es lo que es aprehendido por la percepción natural y ordenado por el conocimiento (empírico o científico), el 'acontecimiento' es lo que no puede ser percibido ni conocido, lo que sólo puede ser pensado." Mario Teodoro Ramírez, "Deleuze y la filosofía", Revista de Filosofía, México, Universidad Iberoamericana, año XXXJII, n. 97, enero-abril 2000, p. 54-86, p. 56. "La noción de 'acontecimiento' funciona más bien como un concepto-límite,

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Entonces, preguntar por el cómo de la historia significa enlazar una práctica (una disciplina), un resultado determinado (una narración) y la relación que se establece entre estos dos niveles. 34 En esta formulación podemos ver qué entiende De Certeau por fundamentación de la historia. Fundamentar significa lograr una comprensión de la relación que se presenta entre un lugar institucional, una serie de procedimientos técnicos, sintéticos e interpretativos, y un texto o discurso particular. La condición de un trabajo como este consiste en utilizar un enfoque de carácter relacional. Los objetos que son materia de la curiosidad científica de los historiadores tienen la cualidad de ser construidos; no son condición sino resultado de una serie de operaciones que se desarrollan en el seno de la disciplina. Creo que es este el horizonte en el que se ubican las investigaciones que De Certeau le dedicó a la historiografía y por eso la noción de práctica adquiere relevancia. La tarea de fundamentación, por tanto, revela un cambio tal de atribuciones que, en su perspectiva, se trata de privilegiar ese ámbito que anteriormente no tenía "pertinencia" o "valor teórico" 35 en vistas a la búsqueda de cientificidad. Si el régimen de prácticas que ponen en juego los sujetos de las ciencias quedaba relegado como un inconveniente sin interferencia en la cualidad de sus productos, esto se debía a la obligación de medir sólo el valor intrínseco de los enunciados y de habilitar su competencia en términos de verificabilidad referencial. Pero De Certeau nos propone otra cosa: un trabajo de análisis que comienza con un gesto inaugural (¿ruptura instauradora?), esto es, remitir toda escritura al lugar donde se produce. Ahora bien, en este esfuerzo de fundamentación, la noción de práctica plantea dos órdenes de problemas: la operación escriturística propia de las ciencias modernas (el espacio de la producción para De Certeau) y el lugar social que le da pertinencia (la institución). Cómo pensar su relación se convierte de esta manera en la dificultad teórica de la que se desprenden modalidades de análisis que no se contentan con las soluciones textualistas ni con las adscripciones como la idea de lo que ha sucedido realmente, que, como sucede con el noúmeno kantiano, se piensa, pero no se conoce." Paul Ricoeur, Historia y narratividad, introducción de Ángel Gabilondo y Gabriel Aranzueque, traducción de Gabriel Aranzueque, Barcelona, Paidós, 1999, 230 p. (Pensamiento Contemporáneo, 56), p. 103. 34 "Por esta razón, entiendo por historia esta práctica (una 'disciplina ') su resultado (el discurso), o su relación bajo la forma de una 'producción'." Michel de Certeau, op. cit., p. 35. 35 Michel de Certeau, Historia y psicoanálisis: entre ciencia y ficción, traducción de Alfonso Mendiola, México, Universidad Iberoamericana/Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, 1995, 160 p. (El Oficio de la Historia), p. 109.

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sociales a las que se subordinan los intelectuales (clase social, ideología, etcétera). Si esa relación constituye el problema teórico más acucian te, De Certeau lo enfrenta asumiendo una ambigüedad de principio pero que no resta nada a los alcances reflexivos: ella es característica de la historiografía contemporánea. ¿De qué ambigüedad se trata? Se ha considerado que la escritura de la historia constituye la culminación lógica de los procesos de investigación y de las determinaciones disciplinarias. Habría coherencia, por tanto, ya que la representación expresa discursivamente (en forma narrativa) el contenido aportado por la lógica de la investigación. Ejemplo de esta postura puede ser J6rn Rüsen. Existe, para este autor, un ajuste básico entre la investigación y la forma de la historia como estructura narrativa, de forma tal que ésta viene a ser la continuación por medios literarios de la lógica que gobierna a aquélla. 36 De Certeau establece una situación contraria y que tiene que ver con la naturaleza de los elementos que se relacionan. Primero, una praxis científica definida desde un conjunto de reglas que determinan operaciones,37 y segundo, una escritura de ficción incapaz de acreditarse en términos referenciales u objetivos. De modo que la escritura de la historia no puede ser vista como proceso de ajuste de la lógica de investigación. De ahí que los términos de esta tríada analítica, es decir, el lugar social, las prácticas científicas y la escritura, no soporten un examen ya sea reductivo, suponiendo que el discurso limita todo el territorio de la disciplina, ya sea por el lado del determinismo, reclamando las orientaciones previas del historiador singular, teóricas, ideológicas, institucionales, como aquellas que encuentran expresión transparente en el discurso. El problema, por tanto, es el siguiente: ¿cómo acceder a un tipo de análisis del discurso historiográfico que esquive la reducción subjetivista y la autonomización del texto? A este problema también intenta responder la hermenéutica filosófica. Pasemos, entonces, a la propuesta que 36 "La escritura de la historia y la investigación histórica ya no son opuestos; la investigación misma está siempre (en sus puntos de vista que la guían) ajustada a la forma de la 'historia' como estructura de afirmaciones históricas, y la escritura de la historia es la continuación de la investigación con otros medios (literarios)." Jom Rüsen, "La escritura de la historia como problema teórico de las ciencias históricas", op. cit., p. 253-254. 37 "El término de científico, bastante sospechoso en el conjunto de las 'ciencias humanas' (donde se le sustituye por el término de análisis), no lo es menos en el campo de las 'ciencias exactas' en la medida en que ese término nos remite a leyes. Se puede definir, sin embargo, con ese término la posibilidad de establecer un conjunto de reglas que permitan 'controlar' operaciones proporcionadas a la producción de objetos determinados." Michel de Certeau, La escritura de la historia, p. 68, n.5.

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Michel de Certeau elabora en este punto en particular. La cuestión de la ciencia histórica no se agota en el discurso, afirmación que expresa la orientación general de Michel de Certeau y por la cual este autor toma distancia de los postulados estructuralistas. Ellos fueron los responsables de que durante algún tiempo se sostuviera la idea de una total autonomía textual, de tal forma que los análisis sobre los saberes encontraron pertinencia en teorías del discurso que lo veían como autosostenido por sus propias reglas internas, esto es, se pensaba que la cuestión del sentido podía ser resuelta sólo atendiendo a su producción escriturística. De la objetividad externa al discurso se pasó a la objetividad prescrita por el texto. 38 En el transcurso se percibió la inconveniencia de hacer recaer en los sistemas formales de tipo inconsciente el privilegio de una explicación que desestima los usos sociales de tales sistemas. El ejemplo clásico lo aporta la lingüística estructural que, desde Saussure, impulsó la consabida distinción entre lengua y habla, dicotomía que si bien permitió recusar toda intervención subjetiva, terminó por convertir en accesorio los actos enunciativos. 39 Al considerar la acción del habla como un hecho puramente lingüístico, como la actualización de una serie de posibilidades inscritas en el sistema formal de la lengua, Saussure aísla su objeto, que es la lengua, de todas las condiciones históricas y sociales implicadas en sus usos. Lo anterior se desprende de la necesidad de darse un campo de objetividad que le otorgue el estatuto de ciencia a la lingüística; y por supuesto que los problemas que se desprenden del habla se veían tan 38 Quizá uno de los estudios más importantes elaborados desde esta vertiente, fuertemente influenciada por el estructuralismo, es el libro de Michel Foucault, Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas, 24a. edición, traducción de EIsa Cecilia Frost, México, Siglo XXI, 1996,375 p. En esta impresionante investigación sobre la emergencia de las ciencias modernas, particularmente aquellas que establecen un nexo con el pensamiento antropológico, las ciencias del lenguaje, de la vida y el trabajo, es notorio el énfasis en las formas discursivas que éstas adquieren y por las cuales son susceptibles de tratamiento analítico. 39 "Los corolarios que especifican esta tesis (ella misma dependiente del 'primer principio' saussuriano, a saber la arbitrariedad del signo), y que oponen la sincronía a los acontecimientos, indican la tradición que Saussure generaliza al elevarla a la cientificidad y que, por dos siglos de historia, ha constituido en postulado de la labor escrituraria la fractura entre el enunciado (objeto escribible) y la enunciación (acto de decir). Dicho esto último al dejar de lado otra tradición ideológica, igualmente presente en Saussure, y que opone la 'creatividad' del habla al 'sistema de la lengua'." Michel de Certeau, La invención de lo cotidiano J. Artes de hacer, traducción de Alejandro Pescador, nueva edición establecida y presentada por Luce Giard, México, Universidad Iberoamericana/Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente/Centro Francés de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, 1996, xXV-229 p. (El Oficio de la Historia), p. 172.

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aleatorios que no había cómo introducirla justificadamente en tal campo. Ésta es la perspectiva que Gianni Vattimo considera al tomar distancia del estructuralismo, en tanto evidencia una "exageración formalista" para la cual sólo es digno de estudio aquello que se presenta "como manifestación de algún principio estructurante", pero también encuentra en él una cierta solidaridad con el positivismo, sobre todo por el efecto inhibidor que tiene respecto del sujeto del saber. 40 En consecuencia, ambas perspectivas sostienen una pretendida posición neutral del observador o científico. Pero la necesidad de acercarse a las prácticas del habla, los speech act de la filosofía analítica, es la que ha abierto las puertas para una renovación, no sólo de la lingüística, sino de todo el panorama reflexivo contemporáneo, incluyendo por supuesto a las filosofías de las ciencias. De tal modo que hoy el problema es cómo retornar al lenguaje común desde las regiones de abstracción y exactitud formal en que residen los lenguajes especializados. Tal retorno significa la recuperación del habla por una comunidad histórica, sólo dentro de la cual tienen lugar los lenguajes formales de los saberes particulares. 41 Regresando a la obra de Michel de Certeau, no es posible desdeñar el hecho de que eso que denominamos ciencias tiene un sustrato material discursivo bajo la forma de lenguajes particulares que siguen determinadas reglas. Como apunta la filosofía analítica, son juegos de lenguaje dependientes de códigos que permiten diferenciar enunciados verdaderos de enunciados falsos, punto en el que se distancia de las respuestas subjetivistas que ligan los discursos a la conciencia parlante. Para De Certeau ésta es una dimensión que se debe tomar en cuenta y en el caso de la historia el código que funciona como 40 "El método estructural, llevado a sus últimas consecuencias, reduce a inesencialidad los contenidos, porque colocaba en una situación de abstracta neutralidad, nunca tematizada, al sujeto ausente del método mismo. Los contenidos a los cuales el método se aplica [ ... ] se tornan inesenciales en la medida en que el interés del observador se pretende como puramente cognoscitivo." Gianni Vattimo, Ética de In illterpretncióll, traducción de Teresa Oñate, Barcelona, Paidós, 1991, 224 p. (Paidós Studio, 85), p. 58. Así, para Vattimo, el tema de las esencialidades dejadas de lado por el estructuralismo son ahora asumidas desde exigencias historicistas. Lo que explicaría por qué la hermenéutica toma el relevo al poner el acento en la "pertenencia" de observante y observado a un "horizonte común". 41 Tenemos como ejemplo "el trabajo semiótico de Umberto Eco, que, en los últimos años, viene manifestando un interés creciente por los aspectos pragmáticos de la semiótica, mientras su centro de atención se desplaza paralelamente desde Saussure a Peirce, con todo lo que ello comporta". En este cuadro tiene su lugar Jacques Derrida, cuyos trabajos últimos "se caracterizan por el interés cada vez más marcado en la ubicación institucional del filósofo, y, en general, en el 'conflicto de las facultades' o sea, en los aspectos pragmáticos e históricoconcretos de la metafísica y su deconstrucción". lbid., p. 60.

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productor de enunciados con sentido está determinado por la construcción narrativa. Pero lo anterior es sólo una parte del problema, de ahí su característica relacional, pues hay que abordar, además, su conexión con una serie de prácticas no discursivas que intervienen, aún de manera determinante y por fuera del texto, en la producción y adquisición final del sentido. Y aquí se presenta, aunque desplazada, la cuestión de lo "real" en dos dimensiones: "lo real como conocido" (lo que estudia el historiador) y "lo real como implicado por la operación científica (la sociedad actual a la que se refieren la problemática del historiador, sus procedimientos, sus modos de compresión y finalmente una práctica del sentido)". Lo real es el resultado del trabajo historiador, pero es también el postulado que lo permite. "La ciencia histórica se apoya precisamente en su relación mutua. Su objetivo propio es el desarrollo de esta relación en un discurso."42 Por un lado, la narración histórica, el lugar de las representaciones del pasado, nos remite a una realidad ya desaparecida. Por otro, hay una realidad implicada y que corresponde al lugar social que permite (autoriza) la fabricación de las representaciones. En el proceso de reconstrucción de eventos pasados se tiende a oscurecer sus conexiones sociales presentes. Pareciera que la condición de posibilidad de una ciencia está en función de borrar el lugar social de toda reconstrucción histórica, el lugar del saber. Si se aspira a una historicidad de la historia misma, esto supone abordar el "movimiento que enlaza una práctica interpretativa a una praxis social",43 en otras palabras, reconocer que nuestro acceso a la realidad pasada se da por medio de textos que la construyen de acuerdo con pautas de sentido propias de nuestro presente, conduce a la necesidad de interesarse por las prácticas que gobiernan la producción de los discursos, eso que De Certeau denomina la realidad implicada en las operaciones científicas (técnicas). Así, entre la escritura y el contexto se define un tipo de territorio de análisis que bien podía ser considerado el objeto mismo de la historiografía. Ésta ya no trata de los procedimientos que permiten dar cuenta del pasado, digamos, de la validación histórica de las afirmaciones factuales, más bien busca determinar las modalidades por la cuales nos referimos "al mundo pasado por medio de significados".44 Michel de Certeau, La escritura de la historia, p. 51. lbid., p. 35. 44 Alfonso Mendiola y Guillenno Zerrneño, "De la historia a la historiografía", op. cit., p. 256. 42 43

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El campo de la historiografía y la lógica de la diferencia De esta manera De Certeau delimita la noción de operación historiográfica. En efecto, se dibuja con ello la complejidad de un régimen de prácticas (operaciones) que tiene como fin la producción de interpretaciones históricas, tomando como rasgo histórico no su referencia pretérita sino su ubicación social actual, bajo el entendido de que con esto se plantea el proceso su fabricación. Responde a una elaboración que se presenta condicionada, primero, al espacio donde se realiza "(un reclutamiento, un medio, un oficio, etcétera)"; segundo, por las diversas herramientas técnicas que se utilizan, es decir, "varios procedimientos de análisis (una disciplina)"; y, tercero, por la forma que adquieren los productos "(una literatura)".45 Cuando se alude a la práctica se plantea por supuesto el problema de los límites de una disciplina. Tales límites no se refieren a las fronteras que resguardan ciertos contenidos viables de conocimiento, sino a las relaciones entre un decir y un hacer, entre una serie de actos de enunciación y los contextos de praxis científica que los sostienen. Esas relaciones son también componentes de la matriz disciplinar de la historia. Las generalizaciones simbólicas, los modelos teóricos adaptados a las exigencias de la investigación documental y los paradigmas que delimitan la formulación de problemas y las formas de su resolución historiográfica son actos de enunciación en el espacio social que contiene a la operación histórica. He mencionado que existen posturas para las cuales las operaciones metódicas, las teorías que los historiadores utilizan para manejar sus fuentes documentales y los modelos interpretativos de los que se sirven guardan continuidad con su expresión discursiva. Pero en el otro extremo, se asume una ruptura entre los contenidos científicos y la estructura literaria narrativa. Ésa parece ser la postura tanto de White, por lo menos en Metahistoria, como de Ankersmit, a pesar de las reservas que este último formuló al modelo tropológico. Existe en la actualidad un cierto consenso en considerar que estos dos niveles constituyen el campo teórico de la historiografía. Pero, ¿cuál sería para De Certeau, entonces, la manera adecuada de formularlo? Contestar a ello consiste en definir el nuevo territorio epistemológico del saber histórico. En mi opinión, De Certeau lo delimita en términos de una lógica de la diferencia, lógica que actúa en el seno disciplinario mismo de la historia y que, al mismo tiem45

Michel de Certeau, La escritura de la historia, p. 68.

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po, permite caracterizarla. Tres principios son los que dan cuerpo a la historiografía contemporánea y que permiten clarificar la fundamentación que pone en juego la disciplina. Primero, los historiadores nos enfrentamos a una pérdida de referencialidad en los discursos que producimos. Pero esta pérdida no es resultado de una incapacidad o de una deficiencia; es sólo el reconocimiento, por fin hecho explícito, de que es imposible la tarea de revivir el pasado. 46 Segundo, a resultas de lo anterior, el pasado es para el saber histórico lo absolutamente otro; constituye la marca misma de la alteridad de la cual no puede desembarazarse. Por el contrario, como saber, la historia dibuja una de las maneras, no la única, por la cual el presente entabla un diálogo desde la distancia con su otredad. Tercero, la alteridad que se localiza en esa forma por la cual hablando del pasado marcamos simbólicamente el lugar del presente, funciona también en el interior mismo del saber que habla del pasado. Pero aquí adquiere otra valoración que tiene que ver con la ambigüedad antes mencionada: es una lógica de la diferencia que encuentra acomodo en el espacio que diferencia el hacer y el decir historiográficos. Por eso De Certeau afirma que este saber se articula más bien en términos de una ciencia-ficción, un entre dos: entre ciencia y ficciónY Ni ruptura absoluta ni continuidad; el campo del saber histórico se articula por medio de una particular relación entre esos polos anteriormente considerados opuestos. La proximidad que adquieren aquí depende de la historiografía misma: en una acepción práctica, ella adquiere status científico en el orden de sus operaciones, mientras que el producto elaborado se encuentra determinado por lo propio de la narración histórica. Desde antaño, aunque no más allá del siglo XVIII, la historia ha buscado acreditarse en el campo científico tratando de ocultar lo fic46 Franc;ois Dosse, "Paul Ricoeur, Michel de Certeau et I'histoire: entre le dire et le faire", en Carlos Barros (editor), Historia a debate. Actas del II Congreso Internacional "Historia a Debate" celebrado del 14 al lB de julio de 1999 en Santiago de Compostela. Coruña, Historia a Debate, 2000, t. 1, p. 61-94, p. 65. 47 "Pero otra lógica está aquí en juego, que no es la de las ciencias positivas. Ella comenzó a retornar con Freud. Su elucidación sería una de las tareas de la historiografía. Bajo este primer aspecto, la ficción es reconocible ahí donde no hay un lugar propio y unívoco, es decir, ahí donde lo otro se insinúa en el lugar. El papel tan importante de la retórica en el campo de la historiografía es precisamente un fuerte síntoma de esta lógica diferente. Considerada a continuación como 'disciplina', la historiografía es una ciencia que no tiene los medios para serlo. Su discurso toma a cargo lo que más resiste a la cientificidad (la relación social con el acontecimiento, con la violencia, con el pasado, con la muerte), es decir, lo que cada disciplina científica debió eliminar para constituirse." Michel de Certeau, Historia y psicoanálisis, p. 74.

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cional que opera en sus escrituras, suponiendo que la forma metódica que domina sus procedimientos asegura la captación de lo real al nivel de las representaciones. Se entiende, entonces, que la labor de desmarcar a la historia de la ficción haya sido coherente con el modelo de verdad científica, pues en él no pueden encontrar acomodo elementos que más bien definen el campo opuesto, es decir, la literatura. Marcando una exterioridad (la ficción), y sólo desde ella, la historia ha podido pensarse a sí misma como científica. Su falta de "limpieza científica" explica el hecho, central para toda ficción, de encontrarse dominado por la metaforicidad: "cuenta una cosa para decir otra, se escribe en un lenguaje del cual hace salir, indefinidamente, efectos de sentido que no pueden ser ni circunscritos ni controlados".48 Si bien se desmarca de la ficción, eso no quiere decir que el proceder mismo (tomar distancia de la ficción) no sea ficcional, hecho notorio por De Certeau cuando hace hincapié en los "funcionamientos de la ficción en el discurso historiador". No es, por tanto, algo que se encuentre en el polo opuesto de la historia como productora de conocimientos sobre el pasado. La ficción es un fenómeno propio de la escritura historiadora, pero tiene también lugar en los procesos de construcción de modelos, hipótesis o teorías. Está dentro de la historia en tanto que ella es un saber que articula sucesivas transformaciones escriturísticas. Así también, para Foucault, la ficción no pertenece al orden de la imaginación o la fantasía, es un fenómeno de biblioteca y como tal se conforma desde los circuitos modernos de lo escrito. No es una rebelión o negación de lo real, pues se extiende entre los signos, de libro a libro; "nace y se forma en el intervalo de los textos".49 Más allá de la intención prescriptiva que obliga a la escritura a llegar a coincidir con las cosas, lo ficticio es un fenómeno ligado de manera esencial a la escritura y al libro. Porque careciendo de referencialidad material, la escritura se entiende siempre en referencia a otros ámbitos escriturísticos. De ahí que la ficción se refiera, también para Foucault, al espacio que media entre las palabras y las cosas. 50 Esta distancia entre las palabras y las cosas, es decir, la ficción misma, como elemento propio de la esfera del discurso alcanza también

48 [bid .• p. 51-53. Todas las referencias incluidas en el párrafo de arriba corresponden a esta paginación. 49 Michel Foucault, "La biblioteca fmltáslica", p. 99. 50 Michel Foucault, El pensamiento del afuera, traducción de Manuel Arranz, Valencia, PreTextos, 1988, 82 p., p. 27-28.

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a todas las producciones escriturísticas de la ciencia, pues las hipótesis y modelos participan de la misma materialidad discursiva que los informes finales que tienen el rango de productos científicos acabadOS. 51 Todos los productos historiográficos se encuentran alterados por lo que les falta de lo real. La ficción que descubre el jesuita francés pone en juego otra circunstancia historiadora al transmitir, por medio de representaciones, la praxis que produce el pasado del que habla y no tanto un objeto perteneciente a un pasado lejano temporalmente. Por tanto, las relaciones que tradicionalmente oponen un pasado objetual al presente historiador son alterados por la ficción escriturística, al señalar que toda construcción o interpretación tiene como condicionante el lugar actual que mezcla, en un discurso, lo mismo (el presente de una práctica) y lo otro (la alteridad del pasado), por más que se esfuerce en presentar, en el discurso mismo, una lógica de sucesión que marca una frontera temporal aparentemente incuestionable. La disciplina histórica es histórica, entonces, no por la referencia al pasado que se sustenta en el relato, sino porque el pasado se reintroduce en el lugar presente de una operación. 52 Es, como señala nuestro autor, el trabajo del tiempo como impensado en el interior mismo del lugar del saber. La ciencia histórica reintroduce en su praxis todas las condicionantes que aísla en su objeto de estudio. Hablando del pasado, ella expresa, queriéndolo o no, sabiéndolo o no, la historicidad que la determina como conocimiento. De Certeau pretende elevar a un plano reflexivo esta situación (historizar a la historiografía) de ahí que su empresa se entienda como un intento por marcar los límites de una auto descripción históricamente ilustrada de la historiografía. En tal descripción, la disciplina histórica se encuentra determinada por la ambivalencia entre el polo científico y la narrativa histórica. Estos dos planos le son interiores y consustanciales a un grado tal que 51 "La historiografía también utiliza las ficciones de este tipo cuando construye los sistemas de correlaciones entre unidades definidas corno distintas y estables; cuando, en el espacio del pasado,.hace funcionar hipótesis y reglas científicas actuales y, de esta manera, produce modelos diferentes de sociedad; o cuando, más explícitamente, corno en el caso de la econometría histórica, analiza las consecuencias de hipótesis contrafactuales." Michel de Certeau, Historia y psicoanálisis, p. 53. 52 "Esta combinación sería lo histórico mismo: un retorno del pasado en el discurso presente. Más explícitamente, esta mezcla (ciencia y ficción) enturbia la ruptura que instauró la historiografía moderna corno relación entre un 'presente' y un 'pasado' distintos, uno 'sujeto' y otro 'objeto' de un saber, uno productor del discurso y el otro representado. De hecho, este ob-jeto, ob-jectum, supuestamente exterior al laboratorio, determina desde adentro las operaciones. ¡bid., p. 68.

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la historia no es capaz de renunciar a uno de ellos sin perder su fisonomía moderna. La praxis investigadora es nada sin la exposición literaria, mientras el discurso sería sólo novela sin la acreditación que la institución le endosa y sin la cientificidad de la que le dota el aparato técnico. La noción literatura no define un conjunto de géneros específicos frente a otros, por ejemplo la novela histórica frente a la poesía. Señala, más bien, lo propio de todo género: es escritura. Todo acto escriturístico, cualquiera que sea el dominio particular al que pertenezca, es ya en sí mismo un acto literario. El acto literario (acto escriturístico) se instituye desde la pérdida de referencialidad que le es propia. Se encuentra dominado por la pérdida de realidad, por la ausencia de lo real que determina toda construcción discursiva. Por eso, escribió De Certeau, la escritura (es decir, la literatura) consiste en cubrir ausencias produciendo representaciones. Escribir es la puesta en marcha del duelo: "La historiografía es una manera contemporánea de practicar el duelo. Se escribe partiendo de una ausencia y no produce sino simulacros, por muy científicos que sean. Pone una representación en lugar de una separación."s3 Eso es la literatura, un proceso que cubre la pérdida con un simulacro escriturístico. En estos dos polos se localiza uno de los problemas epistemológicos centrales de la historia. Los procesos característicos de la operación científica consisten en darse un objeto de estudio y delimitar las modalidades de tratamiento pertinentes. Es un proceso de extracción, señala De Certeau, al que le sigue una inversión. Las unidades aisladas por la lógica de la investigación son sometidas a un desgaste escriturístico. Así, al trabajo de aislar un objeto por medio de prácticas le sigue el "gesto literario" de esa praxis, es decir, "un discurso que nos cuenta una historia".54 Pero el paso de la praxis investigadora a la construcción textual no puede ser abordado de manera aproblemática. Ya señalé que la diferencia o la alteridad no sólo se refieren a la relación pasado objetual-presente historiador, sino que pertenece a la lógica operativa de la historiografía. Por tanto, se puede decir, tal y como hace De Certeau, que el texto invierte la lógica que gobierna la investigación historiadora.

53 Michel de Certeau, La fábula mística siglos XVI-XVII, traducción de Jorge López Moctezuma, México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1993, 353 p. (ElOficio de la Historia), p. 21. 54 [bid., p. 36-37.

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La inversión escríturística La historiografía adquiere status cognitivo cuando las interpretaciones que construye las hace pasar como interpretaciones de hechos. Sin embargo, lo real postulado en la literatura historiadora no se corresponde con lo real que interviene en el orden de las prácticas. La figuración del pasado que produce la ficción disloca el conjunto de procedimientos que constituyen el hacer del historiador. Ahora bien, los signos de esta inversión literaria se expresan en tres tipos de coacciones. Una primera se refiere a la diferencia temporal por la cual el relato, introduciendo una seriación cronológica en la exposición, marca como comienzo lo que es el punto de llegada de la investigación. Y a la inversa, el relato, orientándose hacia un punto cronológico, el presente, termina por hacer pasar como producto aquello que es la condición misma de la investigación. En tanto lo cronológico es una representación parcial del tiempo, un tiempo referencial, la escritura puede tomar distancia del tiempo que pasa. La segunda toma al relato histórico como una estructura de conclusión determinada por el deber de acabar. Siendo arquitectura estable de elementos, es decir, un sistema, se desarrolla siempre siguiendo pautas teleológicas. El fin, anunciado incluso previamente en la introducción, da sentido a todas las partes integrantes del sistema, donde la coherencia no sólo se refiere a la relación de cada parte, sino a la manera por la cual se alcanza la conclusión. Frente a esto, la investigación es interminable por el hecho de que ahí funciona una "táctica de la desviación en lo referente a la base proporcionada por los modelos", siendo contradicha por el sistema. La tercera se refiere a la obligación dada al sistema de ser estructura plena, sin huecos o lagunas que destruyan su propia coherencia. Más aún, como sistema opera llenando lagunas y tapando los huecos con producciones de sentido. Mientras la investigación capta como límite al pasado, como laguna (lo que no es más), por tanto ella acepta el reto de la carencia. Para De Certeau la inversión introducida por estas coacciones, el orden cronológico, el sistema de coherencia que se impone a las desviaciones y, finalmente, la ocultación de la carencia, convierten el discurso en una imagen invertida de la práctica. Aunque habrá que reconocer que la escritura se encuentra controlada por la praxis, al mismo tiempo funciona como su instancia de inversión. Lo es cuando hablando de la carencia la oculta, cuando esquiva las desviaciones y cuando, marcando puntos como en un mapa, crea una cartografía

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cronológica de la muerte y la exorciza. 55 La escritura historiadora, sin embargo, es esfera productiva. La producción ficcional no consiste sólo en la presentación de los resultados a los que llega la investigación. Va más allá de toda cualidad simplemente expositiva. Los modelos del pasado que construye el historiador discursivamente no coinciden, sin más, con los modelos teóricos y metódicos que intervienen en su praxis investigadora. Esto constituye la señal de otra lógica de la inversión: ella, como discurso, como sistema de coherencia, es una construcción desdoblada. Es una instancia en la que actúan dos planos diferentes: una semantización, es decir, un aparato o modelo conceptual aislable pero que debe encontrar expresión en un desarrollo narrativo. La mixtura propia del discurso, que pretende conjugar la semantización con la narrativización, en realidad problematiza el paso de un contenido verdadero a una expansión como sucesividad temporal de corte narratiVO. 56 Estos dos términos heteróclitos internos al discurso historiográfico son contradictorios a grado tal que la narrativización erosiona paulatinamente la semantización, es decir, el contenido de verdad al que se dirigen los modelos conceptuales son desgastados por la resistencia y expansión del relato, de ahí que los enunciados narrativos no puedan ser acreditados desde el tipo de predicación, falso o verdadero, que le es inherente a todo sistema conceptual. Por eso para De Certeau el paso de uno a otro género, es decir, de la semantización a la narrativización, significa un proceso por el cual la "verificabilidad de los enunciados se sustituye constantemente por su verosimilitud".57 Los criterios lógicos para decidir sobre la verdad de las proposiciones en los sistemas conceptuales, criterios para distinguir entre enunciados verdaderos y falsos, no encuentran cabida en la expansión narrativa, por lo cual es ella la que le imprime una forma diametralmente diferente al discurso historiográfico: los criterios por los cuales son valorados los enunciados narrativos tienen que ver, más bien, con la plausibilidad. De ahí la importancia que adquiere la autoridad para la esfera del discurso, pues permite cubrir la pérdida de rigor científico por medio de procedimientos literarios que aportan confiabilidad. La institución, por lo demás, actúa en el mismo sentido. 55 Michel de Certeau, La escritura de la historia, p. 101-103. Todas las referencias incluidas en el párrafo de arriba corresponden a esta paginación. 56 ¡bid., p. 108-109. 57 ¡bid., p. 110.

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De Certeau destaca en este plano el papel que cumple la cita como procedimiento literario: es el medio de enlazar al texto con su exterioridad semántica, de hacerse pasar como aquello que asume una parte de la cultura y de asegurar credibilidad referenciaJ.58 La cita, por tanto, dota de autoridad al discurso historiográfico al tiempo que introduce un "cierto efecto de lo real", pero no desde un punto exterior sino desde el orden del discurso mismo. Por eso De Certeau habla de metalenguaje, pues la relación que guarda el historiador con sus fuentes citadas se articula, en el discurso historiador, como una relación entre el lenguaje del primero y el lenguaje propio del segundo, con una diferencia notable respecto del sentido tradicional de la noción metalenguaje: el historiador no domina la distancia que se establece entre ellos, de ahí que su léxico no se distinga formal y lógicamente de la lengua que interpreta. 59 El procedimiento es textual. En el espacio de la página el historiador conecta su texto con otros textos, eso es la cita: un sistema de enunciados (los del historiador) sostenidos por una referencia a otros sistemas de enunciados (los de sus fuentes). La autoridad y plausibilidad del discurso historiográfico se sostiene por esa referencia a lo ya dicho, no a lo mostrado detrás de lo dicho, es decir, no por medio de una verificación empírica de enunciados que permita contrastar realidad y discurso. "El ardid de la historiografía consiste en crear 'un discurso eficaz disimulado en el que el verificador aparente no es otro que el significado de la palabra como acto de autoridad'." 60 Ése es el poder productivo de la ficción; es decir, pasando de la semantización a la narrativización, de un género a otro, paso que es señal de una metáfora, apuntó De Certeau, el saber histórico puede articular coherencias (los historiadores llaman a ello proceso histórico) donde no las hay, armar modelos de actuación desde cuadros pasados, aparentar explicar cuando narra, pero todo esto en términos de simbolización: diciendo algo sobre el pasado, incluso fingiendo que se aplica sobre capas de realidades anteriores, dice o significa otra cosa: un trabajo que se orienta hacia los "desgarrones del tiempo". Es la metáfora la que no sólo permite el paso de un género al otro, sino la que establece el carácter entimemático de la explicación histórica, la que opera en la relación intertextual con la cita, la que alienta el acto de referencia hacia lo ya dicho como autoridad; en suma, la que [bid. p. 111. [bid. 60 [bid., p. 112. 58 59

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hace que el discurso historiográfico en lugar de mostrar o describir simplemente los acontecimientos pasados, los signifique. 61 La inversión literaria en que consiste el relato asume la tarea de significar la diferencia yendo más allá de lo dicho, pero esa inversión no es otra que la que pone en juego la metáfora en el discurso historiográfico. Proporcionando a la muerte una representación, el saber histórico hace del relato una metáfora: es un rito de entierro ya que con las tumbas que ofrece la escritura desmarca el lugar presente de los vivos. 62 Tiene como función llevar al lenguaje lo que significa el pasado para nuestro espacio actual de intercambios, sostiene nuestras referencias a la otredad; en suma, es la manera por la cual nos enfrentamos a la violencia del tiempo. Como se ve, muchas cosas actúan en el mismo lugar, es decir, en la metáfora, introduciendo el movimiento de una fabulación equívoca en los modelos historiográficos que se dicen como literatura y de ahí hasta el desarrollo narrativo de una serie de eventos. Pero lo equívoco tiene que ver, además, con la aparición de otro retorno en el seno del saber histórico: la de aquellas figuras que más se han resistido a la cientificidad, lo afectivo, las creencias, la temporalidad. Al igual que en la mística, la metáfora en la historia desplaza, altera y seduce por medio de imágenes. 63 Su leyes ocultar, por tanto, la nada, llenar con sentido los vacíos dejados por los conceptos de que se sirve el historiador. Los juegos metafóricos, como juegos de lenguaje, evocan imágenes del pasado que pueden contarse en leyendas, haciendo de la historia el mito moderno: esa extraña combinación de trabajo científico y ficción literaria, de operación y escritura. En este capítulo me he interesado por las modalidades de descripción del saber histórico a partir del derrumbe del modelo prescriptivo y general articulado desde la filosofía de la ciencia clásica. Los últimos intentos por reactualizarlo y que se resumieron en el modelo lbid., p. 116. "La escritura tiene una función simbolizadora; permite a una sociedad situarse en un lugar al darse en el lenguaje un pasado, abriendo así al presente un espacio: 'marcar' un pasado es darle su lugar al muerto, pero también redistribuir el espacio de los posibles, determinar lo que queda por hacer, y por consiguiente utilizar una narratividad que entierra a los muertos como medio de fijar un lugar a los vivos." lbid., p. 116-117. 63 "Los juegos lógicos que se desarrollaban en el interior de un sistema lingüístico estable, los reemplaza con 'transformaciones' de un sistema en otro y por usos o reutilizaciones inéditas en cada campo [... ). Remite a una pragmática de la comunicación entre sitios (o "experiencias") inconexos. Tiende también a superar esta diversidad, a unir, a través de mil desviaciones, los elementos; a restaurar una unidad de tipo dialógico." Michel de Certeau, La fábula mística siglos XVI-XVII, p. 146-147. 61

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LA LÓGICA DE INVESTIGACIÓN Y LA REPRESENTACIÓN HISTORIADORA

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nomológico deductivo, mostraron la necesidad de repensar la historia recurriendo al conjunto de sus particularidades. De entre ellas fue destacando, por supuesto, la narrativa histórica. Pero lo que se hizo evidente en el desarrollo de la discusión es que, circunscrita sólo a la narrativa como característica central, la historia ha venido a perder la posibilidad de diferenciarse del campo literario. Esto puso en entredicho todo ejercicio de fundamentación como saber. Por eso resulta importante la aportación de Michel de Certeau. Un proceso de investigación como campo de praxis científica, por un lado, y una construcción narrativa como forma literaria, por otro, señalan al terreno historiográfico como aquel que legítimamente puede lograr una nueva auto descripción de la disciplina. En esta discusión se ha revelado algo que me parece crucial. Como ciencia productora de significaciones sobre el pasado, la historia requiere del proceso metafórico tanto en el ámbito de la matriz disciplinaria como en el sustrato literario de sus representaciones. Debo abordar, entonces, el problema siguiente: ¿en qué consiste la función metafórica y por qué ahora encuentra cabida en el campo de la ciencia histórica? ¿Qué papel específico juega en la producción de conocimientos sobre el pasado? De manera más precisa, ¿qué podemos pensar por interacción y por referencia metafórica? Para tratar de contestar a esto voy a recurrir a la tradición fenomenológica. Esta tradición se ha singularizado por llevar la metáfora al nivel de un problema central en el orden de la reflexión filosófica; desprendiéndola de las implicaciones metafísicas, ella muestra la naturaleza hermenéutica de lo metafórico y su importancia para abordar la cuestión del conocimiento humano sin tener que reducirlo a la perspectiva de la filosofía de la ciencia.

Metáfora, interacción y saber histórico: el trabajo del sentido

Voy a desarrollar en este apartado y en el que le sigue el tratamiento fenomenológico de la metáfora. Entendiendo a la hermenéutica como su cristalización, la tradición fenomenológica se ha interesado por la metáfora porque involucra un problema central de orden filosófico: permite encarar las cuestiones más generales del sentido y de la interpretación. Dejando de lado las objeciones a lo metafórico por las implicaciones metafísicas que suponía, la filosofía hermenéutica descubrió su importancia precisamente por lo contrario, es decir, porque permite superar la visión trascendental en cuanto a la producción significativa y al ejercicio interpretativo que exige. La diferencia central que guarda con la hermenéutica anterior se encuentra precisamente en una visión no subjetivista de la temática del sentido y de la interpretación, que, además, beneficia un enfoque epistemológico de la historia como el que he avanzado en el capítulo anterior. Hemos visto las implicaciones que se desprenden para la ciencia histórica cuando se toman como principios centrales propuestas de corte idealista como las de Dilthey o Collingwood. Si resulta plausible caracterizar al saber histórico como una forma de saber hermenéutico, las formas de producción de sentido y el trabajo de interpretación que lleva a cabo requieren una descripción que supere los inconvenientes psicológicos y de introspección a los que por lo general aspiraban aquéllas. Los límites del planteamiento trascendental se dejaban ver en el desarrollo de la temática de la intencionalidad y su expresión metódica, esto es, la comprensión empática articulada como reconstrucción de los actos internos originarios. En la formulación clásica de la fenomenología y que alcanza concreción en la obra de Husserl, se trataba de llegar por vía reflexiva al fundamento último de la subjetividad; el sentido venía a ser sólo la manifestación intencional de una conciencia amparada de todo involucramiento empírico. Pero la hermenéutica posterior no se ha dejado reducir a los marcos de esa filosofía de la conciencia que había determinado, antes de Heidegger, la orientación fenomenológica.

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Es de sobra conocido en qué consistió el impulso heideggeriano para conectar el problema del sentido a las manifestaciones lingüísticas y donde la comprensión de un sentido mediado por signos constituye lo propio de la esfera de la experiencia histórica. El fenómeno de producción de sentido, por tanto, se deja circunscribir como un acontecimiento socio-lingüístico. Este cambio de orientación en la tradición fenomenológica, producto de una sostenida crítica a Husserl, resulta central para un entendimiento del campo hermenéutico actual. Gran parte de su esfuerzo filosófico ha consistido en poner el énfasis en las dos dimensiones que comporta dicho acontecimiento: la materialidad del lenguaje y la inmanencia social del sentido. Pero no sólo la orientación temática ha cambiado, también ha sido materia de desplazamiento los modos de tratamiento. Esto último está en referencia con las posibilidades de estudio hermenéutico del mundo de la praxis humana. Sentido, interpretación y metáfora son elementos imbricados por el uso de un lenguaje, por las formas lingüísticas que nos permiten comprender el mundo que habitamos, pero también aportan patrones de orientación a nuestras formas de actuar. De tal modo que la hermenéutica de la que se trata aquí adopta al lenguaje como centro de sus preocupaciones. Si el lenguaje delimita el territorio hermenéutico entonces nos permite acercarnos al fenómeno del conocimiento humano desde una perspectiva diferente a la de la epistemología tradicional. Algo se vislumbra ya respecto del problema de la metáfora: en realidad no hay problema con la metáfora. En tanto que la usamos y la interpretamos en la vida diaria, en nuestro trato con otros y con las cosas, no llama a inquietud pues responde a los contornos históricos de nuestra praxis. La metáfora es un fenómeno que pertenece a la historicidad, está en relación directa con nuestro estar en el mundo, cosa que desmentiría, por otro lado, la sospecha de ahistoricidad que se desprende de la metafísica. El problema surge cuando se advierte su uso en contextos de producción cognitiva. Establecido un pesado andamiaje para salvaguardar a los lenguajes lógicos y referenciales de las ciencias de toda interferencia metafórica, se explica la inquietud cuando se reconocen los rastros de su ambigüedad en el trabajo científico. Pero la hermenéutica afirma que, finalmente, no hay motivo de alarma, pues la forma por la cual conocemos e interpretamos los ámbitos de nuestra experiencia histórica y cotidiana resultan ser coincidentes, en cierta medida, con el conocimiento científico. El grado de esta coincidencia puede ser mostrado desde la disciplina histórica y en los dos puntos que han interesado a la hermenéutica filosófica, es decir, sentido e interpretación.

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Al introducir estas dos cuestiones se lleva a cabo una suerte de sustitución de los dos criterios epistémico s clásicos, la relación cognitiva entre un sujeto dotado de cualidades trascendentales frente al mundo objetual y la expresión discursiva del saber en términos referenciales. Toca presentar, entonces, el tratamiento que la hermenéutica ha desarrollado en ambos niveles y en donde se expresa su interés reflexivo por la metáfora. Tomaré para ello como guía a dos autores, Paul Ricoeur y Hans Blumenberg, que se han revelado como insustituibles en el horizonte filosófico contemporáneo. Primero trataré de delimitar el proyecto metaforológico de Blumenberg, lo que me permitirá abordar la función de interacción metafórica. Después resulta necesario abocarse al análisis semántico propuesto por Ricoeur con el fin de delimitar la función referencial que le es propia. En ambos casos el trabajo consiste en plantear cómo y de qué manera interacción y semántica de la metáfora arrojan implicaciones centrales para describir al conocimiento histórico. Aclaro que esta distinción se presenta crucial para lo que sigue, pues me permite circunscribir la función de interacción en la esfera práctica de la disciplina, de tal modo que se puede afirmar que su función es de tipo prediscursivo en el sentido de texto escrito. Mientras que la semántica señala los rasgos de un funcionamiento esencialmente discursivo en el plano de las representaciones historiadoras. Precisamente me interesa mostrar, primero, que las diferencias entre Blumenberg y Ricoeur y aparte de las propiamente filosóficas, se pueden explicar ateniéndose a la distinción aludida, esto es, al plano diferenciador en que cada uno plantea la cuestión de la metáfora. En segundo lugar, es necesario delimitar en qué consiste el proyecto metaforológico de Blumenberg para, posteriormente, llevar sus propuestas a un ejercicio descriptivo de la lógica de investigación histórica.

La superación hermenéutica de la filosofía de la conciencia: dos modalidades Es ampliamente reconocida la dimensión ontológica de la hermenéutica contemporánea. Ella busca, en tanto ontología, volver a plantear la pregunta central por el ser, olvidada según Heidegger en la historia de la metafísica. El olvido del ser que caracterizaría a la metafísica se expresa, primero, en una determinación negativa del ser (aquello que no puede ser el ser), y segundo, por una concepción que lo comprende como pura presencia, es decir, como aquello que de hecho existe en tanto realidad presente e indiscutible. La hermenéutica toma en se-

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rio la recomendación heideggeriana, aunque tienda a conducirla por otros caminos. Recuperar esa pregunta significa interrogarse por las posibilidades de la autocomprensión de los seres humanos en el mundo moderno. Tanto para Blumenberg como para Ricoeur hay en ello una exigencia central involucrada: la autocomprensión debe ser una tarea filosófica que rompa con la filosofía de la conciencia. En un caso, la conciencia no preside, como instancia última, las sucesivas materializaciones que se expresan en el mundo fáctico de la historicidad. En el otro, la comprensión no resulta una tarea de regreso hacia el fundamento de la conciencia, ya que toda comprensión de sí es una labor mediada de manera lingüística, una labor que se pierde, por así decirlo, en las innumerables interpretaciones posibles. En esto Blumenberg se presenta más radical: la autocomprensión no puede corregir, a pesar de sus bases novedosas, la esencial indeterminación del ser. La filosofía se resiste, según Blumenberg, a ser pensada como una labor de corrección de una situación inicial desventajosa de la que poco a poco se sale para alcanzar un status de autoafirmación ilustrada. Dejando atrás al mito, la filosofía ha querido clarificar la instancia del ser de manera total y absoluta por medio de conceptos y categorías, es decir, juicios sustentados en evidencias claras. 1 Desde los preceptos cartesianos, el ideal perseguido por el pensamiento moderno ha consistido en alcanzar un estado final en el lenguaje filosófico, asunto que no pocas veces se ha entendido como su conversión a ciencia. En cuanto un juicio capta lo dado, traduciendo intuiciones en fórmulas conceptuales, se sigue de ello que la filosofía, como sistema conceptual, logra un estatuto de definitividad en sus elaboraciones. Cito una anotación pertinente de Blumenberg: Ese ideal de objetivización total se correspondería con lo completo de la terminología, que capta la presencia y la precisión de lo dado en conceptos definidos. En ese estado final, el lenguaje filosófico sería, en sentido estricto, puramente "conceptual": todo puede definirse, así que todo tiene también que definirse, ya no queda nada lógica-

1 "El Romanticismo es, seguramente, un movimiento contrafilosófico, pero no por ello indiferente e improductivo para la filosofía. Ninguna otra cosa tendrían los filósofos que analizar con más celo que la oposición a su causa. Éstos deben tener muy claro que la antítesis de mito y razón es una invención tardía y poco afortunada, ya que renuncia a ver como algo, ya de suyo, racional la función del mito en la superación de aquella arcaica extrañeza del mundo, por muy caducos que hayan sido considerados, retrospectivamente, sus medios." Hans Blumenberg, Trabajo sobre el mito, traducción de Pedro Madrigal, Barcelona, Paidós, 2003, 679 p., p. 57.

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mente provisional, lo mismo que ha desaparecido la 11lorale provisoire [... ]. Pero una vez conseguido su estado conceptual definitivamente válido, la filosofía tendría al tiempo que perder todo interés justificable por investigar la historia de sus conceptos. 2 Lo que salva a la filosofía de quedar atrapada en los juegos equívocos de la fantasía consiste en el esfuerzo sostenido por esquivar la precipitación y la prevención que ya Descartes dispuso como elementos negativos. En ellas se advierte una carga de irracionalidad o de irreflexividad a la que no puede sucumbir el pensamiento filosófico, pues impediría su ascensión al estado conceptual definitivo. De suyo la precipitación nos hace partícipes de una prisa irreflexiva, mientras la prevención invoca "a los ídolos de Francis Bacon". Ambas formas de la fantasía nos precipitan "a la pérdida de la presencia exacta", de ahí la necesidad de conjurarlas por medio del lenguaje filosófico. Pero Blumenberg se esfuerza por llevar a la filosofía por la senda contraria; en este punto se hace evidente su acercamiento a Giambattista Vico. Él contrapuso al intento cartesiano precisamente la "lógica de la fantasía", aquello de lo cual tendría que alejarse, expresando así el hecho de que al hombre no le está permitida "la claridad de lo dado" pues en el orden de lo humano sólo podemos tener como garantía lo que él mismo es capaz de producir: "el mundo de sus imágenes y constructos, de sus conjeturas y proyecciones, de su 'fantasía', en ese nuevo sentido productivo desconocido para la Antigüedad".3 En el orden de sus atribuciones, la reflexión filosófica sólo puede realizar afirmaciones no demostrables, esto es, no autorizadas por su vinculación a lo dado de acuerdo con la regla cartesiana, pero cuya pertinencia y eficacia está en decir lo que de otra forma continuaría siendo indecible. Estas formulaciones provisionales logran un tipo de entendimiento sobre algo que, de no hacerlo, seguiría siendo para nosotros desconocido e inquietante. De ahí que sea un pensamiento autorizado menos por unos conceptos demostrables por su vinculación a lo dado, que por la fuerza persuasiva que adquieren de modo argumentativo. Dos cuestiones resaltan en lo anterior y que definen la orientación general de Hans Blumenberg. Primero, su recurrencia a la noción de razón insuficiente. En el orden de lo humano predomina una forma de razón que no alcanza el rango de absoluto pues se encuentra anclada en el orden de lo contingente, contentándose enton2 Hans Blumenberg, Paradigmas para una metaforología, traducción y estudio introductorio de Jorge Pérez de Tudela Velasco, Madrid, Trotta, 2003, 257 p., p. 41-42. 3 [bid., p. 42-43.

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ces con elaboraciones provisionales pero eficientes en lograr comprensión de mundo. La invocación a la razón insuficiente, sin embargo, no puede ser tachada como una rendición de corte irracionalista, pues su funcionalidad en la esfera de los mundos de vida no excluye el uso de razones, auque en este caso sean difusas. 4 Los seres humanos, en su precaria situación, dada la fragilidad de su condición frente a la naturaleza, necesitan de tales construcciones provisionales y contingentes para afrontar los interrogantes que se les plantean en el curso de su existencia histórica. Segundo y como correlato a lo anterior, el enfoque historicista que Blumenberg pone en juego de manera recurrente. La filosofía se ve impelida a enfrentar como punto de partida la condición de indeterminación del ser, asumiendo que esa condición le pertenece como rasgo de historicidad, como involucra miento en el orden temporal. Mientras que la historia de la filosofía tradicional encuentra en la evidencia que rodea al ser el único punto de anclaje en un panorama dominado por la diversidad de escuelas y tradiciones, de ahí que la autognosis constituya desde antiguo el propósito supremo de la indagación filosófica. 5 Siguiendo en este punto a Heidegger, el ser es un evento de carácter histórico por el cual no puede ser visto como fundamento invariable y trascendental. De ahí que la autocomprensión que se puede lograr es un ejercicio de interpretación determinado por situaciones y momentos temporales precisos. De ese modo Blumenberg rompe con la filosofía de la conciencia. Aunque hay que reconocer en ello una distancia que lo separa de los planteamientos ontológico-hermenéuticos de Ricoeur. Para el filósofo francés el marco que aporta la filosofía reflexiva permite plantear el interrogante ontológico central desde la problemática moderna de la interpretación. 6 Tomando como base el he4 "Pero el principio de razón insuficiente no ha de ser confundido con el postulado de renunciar a razones, como tampoco la 'opinión' designa una actitud infundada, sino fundada de una forma difusa y no metódicamente reglamentada. Cuando se tiene que excluir procedimientos indefinibles y cuyo límites son inciertos hay que mostrarse cautelosos con el reproche de irracionalidad; en el ámbito fundamentador de la praxis vital lo insuficiente puede ser más racional que insistir en proceder de 'una forma científica' y es, desde luego, más racional que disfrazar decisiones ya tomadas con razonamientos tipificados como 'científicos'." Hans Blumenberg, "Una aproximación antropológica a la actualidad de la retórica", en Las realidades en que vivimos, introducción de Valeriano Bozal, traducción de Pedro Madrigal, Barcelona, Paidós, 1999, 173 p., p. 133. 5 Cfr. Ernest Cassirer, Antropología filosófica, traducción revisada de Eugenio fmaz, México, Fondo de Cultura Económica, 1994, 335 p., p. 15 Y s. 6 "Los problemas filosóficos que una filosofía reflexiva considera más importantes se refieren a la posibilidad de la comprensión de uno mismo como sujeto de las operaciones

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cho de que las formas modernas de pensamiento han dado por resultado una concepción del sujeto que tiende a dispersarlo, la cuestión es cómo plantear un principio unificador a partir de las operaciones diferenciadas que pone en juego como sujeto cognoscente, como instancia de responsabilidad moral y como fuente de elementos valorativos. De forma tal que la fenomenología hermenéutica tiene como aspiración central la de acceder a la "coincidencia perfecta de uno consigo mismo".7 Sin embargo, las nuevas bases filosóficas que Ricoeur introduce buscan romper con las implicaciones idealistas que hasta Husserl acarreaba la fenomenología y de los marcos metafísicos que se han adherido históricamente a la ontología. Ello quiere decir poner en juego un ejercicio crítico respecto de la tradición filosófica de la que abreva la hermenéutica. De tal modo que la interrogante de la que parte Ricoeur, ¿cómo es posible la autocomprensión?, desplaza el marco desde el cual ha sido legitimada anteriormente: cualquier respuesta posible carece ya de pretensiones metafísicas, esto es, basadas en un concepto fuerte de verdad. Es una ontología sin absolutos lo que resulta posible traducir bajo el término variación hermenéutica de la fenomenología. El idealismo husserliano se expresa más claramente en el hecho de plantearse un fundamento último del ser al nivel de una conciencia trascendental inalcanzable, por lo que Ricoeur sostiene que la variación hermenéutica de la fenomenología viene a ser el cumplimiento de sus postulados reflexivos. De lo anterior se deduce que la hermenéutica es una forma de oposición no a la fenomenología como cuerpo filosófico distinguible, sino a la reducción idealista introducida por Husserl. Por eso afirma que la hermenéutica pone en juego un distanciamiento dialéctico de las tesis fundamentales en que Husserl colocó a la fenomenología. Es una antitética que aspira a evitar lo propio del idealismo, esto es, la prescripción de una introspección que lucha por alcanzar a la conciencia purificada. Es idealismo lo que expresa una postura que, partiendo de la decisión de atenerse a la realidad como sentido dado para una conciencia, termina casi necesariamente en una concepción de la conciencia como campo universal de todo posible sentido. cognoscitivas, volitivas, estimativas, etcétera." Paul Ricoeur, Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica 1/, 2a. edición, traducción de Pablo Corona, México, Fondo de Cultura Económica, 2002, 380 p., p. 28. 7 "La fenomenología primero, y la hermenéutica después, no dejan de situar esta reivindicación fundamental en un horizonte cada vez más alejado, a medida que la filosofía adquiere las herramientas conceptuales capaces de satisfacerla." [bid.

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A ella le es inherente un efecto psicologizante, incluso por debajo de la batalla emprendida por Husserl contra el psicologismo, teniendo en el otro frente a los supuestos naturalistas y positivistas. Con esto se entiende el trabajo de Ricoeur como una variante hermenéutica que permita reconducir la reflexión hacia un planteamiento mejor ubicado de la subjetividad. ¿Cuáles son estas nuevas bases? Primero, sustituir la justificación última de Husserl con la problemática ontológica de la comprensión, lo que comporta un punto de vista que parte de la pertenencia o inclusión que "engloba al sujeto supuestamente autónomo y al objeto presuntamente opuesto". Planteamiento que se entiende porque el idealismo husserliana termina sosteniendo la fundamentación bajo la relación sujeto-objeto. 8 Segundo, a los sucesivos retornos a los que se ve impelido Husserl, esto es, los retornos a la intuición, Ricoeur le opone una comprensión mediatizada por la labor interpretativa. Si bien ella ha pertenecido desde el siglo XIX a la epistemología de las ciencias históricas, soporta un proceso de generalización. Con esta nueva situación se la introduce en una perspectiva tan amplia que, dejando de lado su utilización simplemente metodológica en las denominadas ciencias del espíritu ya que para ellas tenía sólo rango de técnica o herramienta de esclarecimiento objetivo, ahora "designa la tarea de explicitación que se vincula con toda experiencia hermenéutica".9 El esfuerzo de Dilthey por asegurar una base epistemológica a la historia, en otras palabras, por dotarla de una fundamentación de tipo cognitivo, encuentra vinculación con la perspectiva idealista de Husserl, lo que vendría a explicar el hecho de que, desde Schleiermacher hasta Dilthey mismo, hermenéutica sea sólo una cuestión técnico-metódica que aseguraría cierto rango de objetividad. Ricoeur, por el contrario, apunta a la universalidad de la interpretación como forma de establecer otro tipo de vínculo: el que relaciona la explicitación hermenéutica a un horizonte ontológico, cuestión también presente en Gadamer. Tercero, la temática del fundamento último desaparece al tenor de un sujeto sometido, a su vez, a la crítica fenomenológica. La herH "Lo que la hermenéutica cuestiona en primer lugar del idealismo husserliana es que haya inscripto el descubrimiento inmenso e insuperable de la intencionalidad en una conceptualización que reduce su alcance, la relación sujeto-objeto. De esa conceptualización resulta la exigencia de buscar lo que da la unidad al sentido del objeto y la de fundar esta unidad en una subjetividad constituyente." [bid., p. 44. Agrega Ricoeur que la pertenencia del objeto a la subjetividad implica que la cuestión de la fundamentación no puede, sin más, llegar a coincidir con la justificación última que se puede alcanzar. 9 [bid., p. 45-46.

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menéutica supone que la interpretación es un proceso abierto no susceptible de conclusión definitiva, al tiempo que postula la pertenencia previa del sujeto a un mundo compartido con otros: más que una subjetividad aislada o un sujeto impersonal se trata de la pertenencia del sujeto al mundo. De ahí se sigue que frente al supuesto idealista que ve la autocomprensión "como comunicación interiorizada", la variación hermenéutica que Ricoeur introduce en el campo fenomenológico observa a un sujeto inmerso en una red de comunicación intersubjetiva. Con las herramientas aportadas por la crítica de las ideologías y por el psicoanálisis, Ricoeur sostiene que con su auxilio es posible completar la filosofía de Heidegger en el sentido de una crítica del sujeto. Merced a la "eficacia de la historia", o sea, a su pertenencia a la tradición histórica, este sujeto participa de los caracteres propios de ella, a saber, la dialéctica de la distancia y la proximidad mediada por las formas comunicativas que adquiere. Y aquí Ricoeur destaca una forma de mediación básica: los textos, pues no existe autocomprensión que no esté mediada por aspectos lingüísticos concretados en un espacio particular. El texto da a la hermenéutica directriz respecto de la teoría del sujeto. Permite recuperar la pregunta por el ser en una forma diferente a la tradición fenomenológica; si ella ha buscado acercarse al ser como instancia o presencia originaria, el problema para Ricoeur consiste en pensar el sentido del ser. Siendo la condición lingüística lo involucrado en el sentido la tarea hermenéutica sería, entonces, "aprehender el sentido a partir del enunciado".lO Dos modos de entender el papel de la hermenéutica se plantean hasta aquí. Podría decirse que la filosofía en Blumenberg se presenta como una tarea de despedida de todo horizonte ontológico. En su opinión no es posible ya destacar, sobre el fondo de historicidad e incertidumbre que determina a los seres humanos, horizontes de sentido enfáticos. Es finalmente una despedida a la metafísica como forma de pensamiento que la modernidad pone en crisis. Blumenberg puede ser caracterizado como un Ilustrado sin ilusiones, según afirma Wetz,l1 para el que la tarea de la filosofía es llevar a cabo una reflexión prudente 10 Paul Ricoeur, El discurso de la acción, 2a. edición, traducción de Pilar Calvo, Madrid, Cátedra, 1988, 154 p., p. 133. 11 "Reflexión sin metafísica es expresión de una vida consciente sobre la base de un inquirir y meditar que no se arredra ante nada, pero que tampoco alberga ninguna expectativa en promesas de sentido imposibles de ser cumplidas. No contar ya con ellas es el precio que hemos de pagar por vivir en el presente y no en el pasado." Franz Josef Wetz, Hans Blumenberg. La modernidad y sus metáforas, traducción de Manuel Canet, Valencia, Alfons el Magm'nim, 1996, 194 p., p. 183.

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que, sin embargo, no se arredra ante la necesidad de seguir inquiriendo en una época dominada por la imposibilidad de encontrar las grandes respuestas. Y en ello la historia revela una tarea nada secundaria: la de situar al cuerpo mismo de la filosofía en el ámbito de la finitud humana, la de señalar su carácter histórico como forma de pensamiento, asumiendo que la aspiración a la universalidad ha consistido en un olvido de la contingencia que hay que corregir desde el trabajo filosófico. 12 Mientras Ricoeur, por su lado, se esfuerza en retomar los alcances ontológicos para una hermenéutica que, reconociendo el plano de la historia efectual, quiere recuperar un sentido unitario para el sujeto moderno. Dos formas diferentes de asumir los alcances de la hermenéutica que, al mismo tiempo, determinan tratamientos divergentes respecto de la metáfora. Si bien ambos participan en el esfuerzo por dotarla de legitimidad reflexiva, permitiendo con ello su extensión hacia el terreno del conocimiento, sus objetivos son muy diferentes. Para Blumenberg la metaforología es un tipo de análisis histórico que subyace a los conceptos propios de la filosofía y que permite enfrentar de otra manera la relación del hombre con lo real; la metáfora presenta así importancia histórica en el orden del conocimiento humano. Mientras Ricoeur, por su parte, la ubica como un elemento que tiene un papel sin duda importante que jugar en la esfera de una filosofía hermenéutica interesada en recuperar proyección ontológica. Tomando en cuenta esta diferencia de objetivos, el análisis que de sus obras se puede llevar a cabo se enfrenta al problema de cómo reconducir, desde las amplias cuestiones filosóficas involucradas, esa nueva legitimidad de la metáfora hacia planteamientos epistemológicos en el plano del saber histórico. Tal es la problemática que a continuación pretendo desarrollar. Entramos, a partir de aquí, a las modalidades por la cuales el retorno de la metáfora alcanza al discurso filosófico y al pensamiento moderno en general.

Metaforología, praxis y discurso filosófico La orientación hacia la historicidad presente en Blumenberg toma la forma de una investigación sobre las relaciones entre los ámbitos teó12 "El antihistoricismo, en sus diversas formas, es un intento de olvidar, al menos, la contingencia de la posición de uno mismo en el tiempo, de, al menos, simular -dado que resulta imposible de cumplir- un postulado de igualdad para todas las épocas." Hans Blumenberg, "Rememorando a Ernest Cassirer. Recepción en la Universidad de Heidelberg del Premio Kuno Fischer el año 1974", en Las realidades en que vivimos, op. cit., p. 173.

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ricos -la teoría pura tomada a su cargo por los filósofos- y la praxis o los mundos de la vida entendidos como esferas de efectividad de la existencia. Cobra por tanto una importancia crucial para este autor averiguar de qué manera el "sostén motivacional constante de toda teoría" puede ser localizado en "las conexiones hacia atrás con el mundo de la vida",13 lo que finalmente induce a la desaparición de esa pretendida autarquía que era vista tradicionalmente como condición fundamental del pensamiento teórico. Su proyecto general, por tanto, se presenta como una revisión de la historia de la filosofía y de sus conceptos, mostrando que éstos se encuentran circunscritos a espacios semánticos determinados. La cuestión que me interesa hacer notar, por tanto, se dirige hacia la radicalización operada por la obra de Blumenberg. Podría decirse que lleva hasta su límite el proyecto de una historia conceptual (Begriffsgeschichte) que, si bien trata del pensamiento occidental desde la antigüedad clásica a la edad moderna, y en ese sentido se presenta como una versión de la historia de la filosofía, no se contenta con documentar los avatares históricos de una serie de conceptos atendidos por la filosofía y vistos como instancias fundamentales para todo proceso de clarificación. Si los conceptos pueden ser entendidos como aquellos elementos que permiten establecer claridad sobre los fenómenos que refieren, dotando de exactitud terminológica al bagaje discursivo de la filosofía y de la ciencia, para Blumenberg este esfuerzo es desmentido por una cualidad de inexactitud que le es propia a todo concepto. Esa inexactitud le viene a los conceptos de su naturaleza histórica. Aclarar contenidos conceptuales para la Begriffsgeschichte consiste en rastrear las discontinuidades que se presentan al nivel de su significación y esto sólo se logra al contextualizar su uso. Por tanto, ningún contenido lógico delimita a los conceptos de manera apriorística; sería éste el caso si se tratara de conceptos puros, cuyos contenidos fueran preservados respecto de todo cambio histórico en virtud de la forma apofántica que asegura su vinculación referencial. Aludir a contenidos semánticos, en sentido inverso, es una opción que destaca la cualidad impura de todo concepto, de tal manera que éstos se encuentran necesariamente referidos a los campos prácticos del discurso, a las formas de su uso y, según nuestro autor, a los aspectos imaginativos del ser humano. Así, contenidos lógicos y significación no coinci13

Hans Blumenberg, "Aproximaciones a una teoría de la inconceptualidad", en Naufra-

gio con espectador, traducción de Jorge Vigil, Madrid, Visor, 1995, 117 p., p. 98.

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den de ninguna manera, a tal grado que la segunda desemboca en la cuestión del cruce entre historia y lenguaje como problemática general, mientras la primera no reconoce la historicidad que se desprende del lenguaje visto como medio de comunicación. Las configuraciones teóricas mismas, que se sustentan en la reunión compleja de elementos conceptuales, tienen en la equivocidad una función mucho más amplia, y por supuesto diferente, que la de asegurar un estatuto preciso y fiable a una "consciencia discursiva" con el fin de distinguir la realidad de las simples quimeras. 14 Blumenberg pretende un punto de partida diferente en el desarrollo de la historia conceptual: nuestros modos de enfrentar y entender la realidad no están anclados en intuiciones inmediatas de lo real, intuiciones que son traducidas a definiciones normativas en términos conceptuales. Por el contrario, la insuficiencia de un concepto se expresa como disonancia, como ruptura de la pretendida continuidad que va de la experiencia intuitiva a su captación definitiva por parte de una conciencia. Con lo anterior se pone en entredicho el supuesto básico del objetivismo: el mundo es un conjunto de hechos cuyas conexiones pueden ser descritas y explicadas por medio de enunciados teóricos. De ahí se sigue que la certeza de nuestro conocimiento sobre los hechos tenga como base la experiencia sensible. La forma en que la Begriffsgeschichte opera pone en juego el entrecruzamiento de dos órdenes de problemas, a saber: primero, un estudio de la eficacia histórica de los conceptos (nótese que no se trata de medir su eficacia teórica), y segundo, un tipo de análisis que busca especificar su uso en contextos significativos. Así, los conceptos no son vistos como magnitudes atemporales sino como nociones que dependen de los contextos específicos de uso y son estos los que los dotan de eficacia. De tal manera que son índices interpretativos respecto de la realidad y al mismo tiempo, o quizá debido a ello, factores de orientación práctica. Descubre esta corriente un carácter vinculante en los conceptos cuya significabilidad depende menos de su capacidad de capturar la realidad que de su inmersión en el terreno de la praxis. 15 Debido a ello, Blumenberg sostiene que por debajo del concepto se encuentra una especie de déficit nunca cubierto pero que deter-

14

[bid., p. 98-99.

Para una presentación de la historia conceptual alemana, véase la introducción de José Luis Villacañas y Faustino Oncina, al libro: Reinhart Koselleck y Hans-Georg Gadamer, Historia y hermenéutica, introducción de José Luis Villacañas y Faustino Oncina, Barcelona, Paidós, 1997, 125 p., p. 9-53. 15

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mina nuestra referencia a la realidad. Paradójicamente y actuando a contracorriente de la clarificación lógico-objetiva, es una capa de inconceptualidad (esa disonancia aludida anteriormente) la que nos da la posibilidad de expresar lo real de manera indirecta y mediata. El proceso aquí no puede ser conducido por vías formales pues lo que sostiene la referencia del concepto a lo real es más bien un proceso metafórico. El conocimiento objetivo supone una relación inmediata y directa entre el sujeto y su objeto a describir, mientras el proceso de carácter metafórico, operando en la base de todo marco conceptual, señala una relación indirecta, mediata y selectiva con lo real,16 Esto sería lo propio del conocimiento humano en general, totalmente concordante con su condición central: la indeterminación del ser (el ser histórico). La inconceptualidad, característica del proceso metafórico, señala otro rasgo destacable al sostener que su función esta dada en el ámbito de los mundos de la vida: es ahí donde los conceptos adquieren significabilidad. Contraponiendo una valoración de la metáfora como forma irreductible del pensamiento a la postura que la ve como elemento accesorio o residual, Blumenberg nos propone una historia del pensamiento occidental sobre la base de este elemento arcaico que, sin embargo, no cesa de insinuarse en la base misma de la filosofía. Aún más, las metáforas se convierten, para él, en el elemento básico del lenguaje de la filosofía al ampliar el alcance de sus aserciones, al mostrar aquello que no puede ser objeto de manifestación bajo los puros aspectos lógicos y conceptuales. "La metáfora reclama una originalidad en la que están arraigadas no sólo los ámbitos privados y ociosos de nuestra experiencia, los mundos de los paseantes o de los poetas, sino también los aspectos elaborados y extrañados en la jerga especializada de la posición teórica." 17 Así que la problematicidad que adquiere la historia de la filosofía y del pensamiento moderno viene a ser el marco donde Blumenberg hace aparecer la cuestión de la metáfora. Ella ha sido para Occidente la forma de poner en juego el arte de las distancias. El "como sí... " que le es propio a la metáfora actúa de manera sustitutiva, poniendo en 16

Hans Blumenberg, "Una aproximación antropológica a la actualidad de la retórica",

op. cit., p. 125. En este mismo texto y en la misma página, el autor señala lo siguiente: "La carencia humana de disposiciones específicas necesarias para un comportamiento reactivo frente a la realidad, en definitiva, su pobreza instintiva, representa el punto de partida para la cuestión antropológica central, a saber, cómo ese ser, pese a su falta de disposición biológica, es capaz de existir. La respuesta se puede resumir en la siguiente fórmula: no entablando relaciones inmediatas con esa realidad". 17lbid., p. 100.

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lugar de los objetos reales construcciones simbólicas que son las que permiten habitar el mundo. Siendo un nivel prereflexivo o pre-conceptual el que determina a las metáforas y siendo su capacidad más distintiva el postular horizontes globales de sentido, estos horizontes quedan fuera de las posibilidades de los discursos representativos, por ejemplo, el de la filosofía, si es que en ella ha encontrado espacio el ideal de objetividad total. Estos discursos no pueden cumplir con las exigencias de interpretación y de orientación que se localizan en las formas del lenguaje traslaticio, ya que expresan respuestas a un tipo particular de interrogantes: aquellas que se refieren al conjunto de la vida, a la infinitud del universo, al todo del mundo y al sentido global de la historia. Las metáforas se relacionan con las exigencias de sentido que no pueden ser solventadas por los discursos de tipo directo que se encuentran animados por el ideal de precisión conceptual. Para Hans Blumenberg tales discursos se muestran afectados por las figuras del lenguaje traslaticio, particularmente por la metáfora, ya que ella es la que permite delimitar relaciones de semejanza por excelencia. Denomina modelo implicatorio18 a esta forma por la cual los sistemas conceptuales se encuentran orientados por un trasfondo de tipo metafórico. La unidad de sentido que se puede descubrir detrás de los sistemas conceptuales depende de campos metafóricos que orientan y animan a complejos de enunciados. Se entiende, por tanto, que el proyecto de construcción de una metaforología se sustenta como análisis del lenguaje filosófico, o más bien, intenta precisar de qué manera intervienen las metáforas en los discursos abstractos y reflexivos que se han formulado en la historia de la filosofía. 19 En tal sentido, la metaforología se presenta como un trabajo inscrito en el renglón más amplio de la historia conceptual, articulando sistemas terminológicos con sustratos metafóricos, las expresiones lingüísticas con las representaciones figurativas anteriores a todo trabajo conceptual. Por un lado, las metáforas se precisan como fenómenos de traslación de sentido; por otro, operan también transferencias hacia los estratos conceptuales, pero en este último caso bajo una cualidad que interesa destacar: tales transferencias, que se producen hacia los sistemas conceptuales, son conceptualmente irresolubles. A este fenómeno de transferencia Blumenberg le denomina metáfora absoluta. Y a diferencia de las metáforas comunes, no pueden ser sustitui18 19

Hans Blumenberg, Paradigmas para una metaforología, op. cit., p. 56. [bid., p. 44.

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das por formas de lenguaje directo, abriendo por medio de imágenes la posibilidad de expresar contenidos semánticos relacionados con el fondo de la existencia. 20 Para Blumenberg las metáforas absolutas son objetos históricos que presentan dos cualidades: se encuentran referidas a la totalidad y presentan rasgos de orientación. En el primer caso, actúan como patrones interpretativos y teóricos, mientras que en el segundo, cumplen funciones pragmáticas; es decir, establecen patrones de orientación de la acción. Ambas cualidades se entrecruzan de modo tal que es posible hablar de que las metáforas absolutas tienen relevancia en términos de verdad histórica, pero en el sentido de que, tanto su contenido como su referencia orientativa, permiten expresar verdades de corte pragmático. "Indican así a la mirada con comprensión histórica las certezas, las conjeturas, las valoraciones fundamentales y sustentadoras que regulan actitudes, expectativas, acciones y omisiones, aspiraciones e ilusiones, intereses e indiferencias de una época".21 Bajo el supuesto de que las metáforas absolutas representan el todo de la realidad jamás experimentable y encuentran sustento en los estratos de los mundos de la vida, esas conexiones hacia atrás que guardan los sistemas teóricos, se entiende que son formas que mantienen a distancia a la realidad, pero al mismo tiempo permiten configurar, por medio de construcciones humanas, la capa de obviedad propia de lo cotidiano. Hay dos cuestiones involucradas en la anterior afirmación. La primera tiene que ver con la noción mundo de la vida y que contiene referencias indudablemente husserlianas. Blumenberg entiende de manera primaria esta noción tal y como lo hace Husserl: "como un universo de lo dado de antemano y que se da por sentado, de lo obvio".22 Sin embargo, se separa de la suposición husserliana que contrapone este mundo de lo sobreentendido a la auténtica misión de la filosofía fenomenológica, es decir, la autocomprensión que resulta del distanciamiento del mundo de la vida. Por tanto, para Husserl la cualidad de obviedad no puede encubrir elemento positivo alguno, antes al contrario, es necesario salir del estrato de lo incuestionablemente dado para acceder a una compren20 "Las metáforas absolutas 'responden' a preguntas aparentemente ingenuas, incontestables por principio, cuya relevancia radica en que no son elimina bIes, porque nosotros no las planteamos, sino que nos las encontramos ya planteadas en el fondo de la existencia." [bid., p. 62. 21 [bid., p. 63. 22 Hans Blumenberg, "Mundo de la vida y tecnificación bajo los aspectos de la fenomenología", en Las realidades en que vivimos, op. cit., p. 48.

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sión reflexivamente lograda. La cualidad negativa de lo obvio está circunscrita al hecho de que ese mundo se encuentra determinado por una dimensión contingente que permanece oculta. Esto hace que Husserl proyecte una distinción básica entre mundo concreto de la vida (espacio de lo contingente y de lo obvio) y mundo originario de la vida (propio de la subjetividad trascendental).23 Precisamente Blumenberg entiende la noción como mundo concreto de la vida. pero introduciendo criterios que la desfiguran para una fenomenología trascendental, particularmente su entrelazamiento con la noción de praxis. Así, tanto patrones de interpretación como esquemas de orientación, competencias sociales, habilidades adquiridas y comportamientos típicos señalarían todavía su pertenencia al rubro de aquello que se sobreentiende.

Mundo de la vida, metáforas absolutas y metafóricas Pero aquí la valoración de obviedad no puede ser negativa, como en Husserl, puesto que aparece ya cargada de elementos indiscutiblemente positivos: incluye también formas de conocimiento y modos de comprensión aunque no puedan identificarse con el ámbito de la razón teórica. 24 La segunda cuestión se relaciona con los contenidos cognitivos y de comprensión que resultan de la imbricación de la metáfora en el mundo de la praxis. Así, Blumenberg entiende la noción de mundo de la vida de un modo tal que, en las "posiciones fácticas de las realizaciones de la vida cotidiana",25 funciona una racionalidad práctica que puede ser entendida como doxa, es decir, como esfera de la opinión, pero sólo si se le adjunta un tipo de conocimiento y de comprensión que expresa fiabilidad, familiaridad y amparo a una existencia siempre amenazada. Aquí no se necesita de teoría alguna que describa de manera ilustrada la cotidianidad, que nos vuelva conscientes de la fraFranz Josef Wetz, op. cit., p. 114. "Aquello que al principio debía ser puesto aparte, entre paréntesis, en la reducción fenomenológica, a fin de dejar el campo libre a las investigaciones eidética s independientemente de las posiciones fácticas de las realizaciones de la vida cotidiana, se llena más y más de significado, atrae cada vez más la atención del fenomenólogo y, sobre todo, acaba con la primacía de la posibilidad sobre la realidad, vigente originariamente en la fenomenología, empezando a reclamar un interés especial el factum de un determinado estado de conciencia, esto es, el del mundo de la vida." Hans Blumenberg, "Mundo de la vida y tecnificación bajo los aspectos de la fenomenología", en Las realidades en que vivimos, op. cit., p. 50. 23 24

25

[bid.

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gilidad de lo obvio, y esto porque funciona sin necesidad de esclarecimiento teórico previo. Su significabilidad viene dada por la función que cumple la metáfora en la esfera de la praxis: mantener a distancia a la realidad por medio de construcciones de sentido, bajo la consideración de que tales construcciones permiten la comprensión pese al distanciamiento que logran alcanzar. Las metáforas son imágenes, entonces, a través de las cuales vemos el mundo sin que se presuma que lo reflejan objetivamente, tal y como es. En ese sentido es que se puede hablar de ese caso particular de metáforas no como un conocimiento cierto de las cosas, sino más bien como un saber implícito que actúa al nivel de las formas históricas culturales, si se entiende a la cultura como un repertorio de distancias institucionalizadas. Blumenberg denomina a este saber implícito como el principio de la razón insuficiente. De ahí que los mundos de la vida presenten una cualidad retórica indiscutible. En este punto Blumenberg pone en juego una visión de la retórica apuntalada sobre elementos antropológicos que tienen como efecto, primero, negar la perspectiva moderna que la ubica sólo como teoría de los tropos, y segundo, elevar la metáfora a un caso que escapa a las atribuciones propias del lenguaje figurado. En esta última afirmación, la metáfora no se ubica como un simple ornamento de lenguaje (cuestión de estilo o de expresividad), tampoco como fenómeno primitivo, esa primera etapa superada en el desarrollo del pensamiento conceptual (forma de pensamiento confuso); Finalmente, deja de tener legitimidad el ver a la metáfora como un caso más de lenguaje figurado, si se entiende que éste presenta como característica introducir un sentido impropio, ambiguo, frente a los discursos teóricos que postulan un sentido propio y preciso. La metáfora absoluta no es un tropo sino que pertenece a nuestro estar en el mundo, con lo cual se produce una coincidencia con el tratamiento de Ricoeur. Ahora bien, una cuestión resaltada por Blumenberg una y otra vez se refiere a la cualidad histórica de las metáforas absolutas. Como objetos históricos pueden ser ubicadas en los estratos temporales en que emergen y en los que adquieren valor de uso; mientras que es posible también someterlas a escrutinio en los momentos en que sufren revitalización. En ambos momentos históricos, la metáfora absoluta revela eficacia en el sentido en que satisface una serie de necesidades. El análisis de las metáforas, que es también histórico, requiere entonces una perspectiva particular: interrogar la función que en cada caso cumplen. Esto se convierte en un principio metódico de la investigación metaforológica, del cual se deduce un criterio de procedimiento, a

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saber, es necesario llevar a cabo cortes longitudinales históricos que permitan identificar o delimitar un material sobre el cual trabajar, por un lado, al tiempo que oficien de guías para articular una "interpretación del contexto intelectual en cuyo interior se sitúan", por otro. Los cortes se realizan en un terreno donde metáfora y concepto se encuentran unidos en la esfera de expresión de un pensador o de una época. 26 Metaforología es, por tanto, una investigación que, cortando en el espesor de un material determinado, trata de establecer las múltiples conexiones que se dan entre estratos conceptuales y metafóricas anexas. Por ejemplo, en el campo conceptual en el que su ubica la noción de verdad es posible descubrir conexiones con las metafóricas de la luz, de la potencia, de la desnudez, etcétera, gracias al modelo implicatorio. Si bien las metáforas no necesariamente encuentran manifestación lingüística, un conjunto conceptual o un complejo de enunciados adquieren unidad de sentido cuando se "descubre la representación metafórica que les sirve de guía, y en la que esos enunciados pueden ser leídos".27 Por tanto las metafóricas son sólo estratos (campos o representaciones metafóricas), mientras la metaforología da cuenta de las maneras variables en que esos estratos sostienen sistemas conceptuales o llenan las retículas vacías que dejan los conceptos. No es tanto una teoría general de la metáfora si entendemos por tal a un sistema conceptual que busca clarificar el fondo de realidad opacado por el lenguaje figurado. Más bien, el trabajo de la metaforología consiste en articular las historias de esas conexiones, aunque lo hace sin ofrecer un metarrelato que extrapole rasgos particulares a condicionamientos generales; ella acepta el único nivel que como investigación histórica le resulta adecuado, es decir, el nivel de la particularización. Por esto se puede afirmar que la metaforología construye fragmentos de historias o historias fragmentadas que captan desde lo singular ese mundo de relaciones. Por oto lado, las metafóricas ignoran la perspectiva metaforológica, lo que quiere decir que le es indiferente el grado reflexivo que la segunda alcanza. Si las metafóricas se constituyen como espacios de absolutizacíón (las metáforas absolutas), la metaforología desabsolutiza a las metafóricas particulares, en otras palabras, las constituye precisamente como metafóricas y cuya pertinencia es históricamente cambiante.

26 27

Hans Blumenberg, Paradigmas para una metaforología, op. cit., p. 91-92. [bid., p. 57.

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Blumenberg introduce en este punto la relación entre metáfora absoluta y metafísica, pero a diferencia de esa crítica que se contenta con deducir sus posturas antimetafísicas por medio de un desvelamiento del papel que tiene la metáfora en Aristóteles, señala que tal relación debe ser vista de manera histórica. La desvalorización moderna del mito, pero también de la religión y de la metafísica, se produce cuando los vocablos de totalidad y de orientación dejan de ser tomados de manera literal; eso es lo que lleva a cabo la metaforología: una desliteralización de la metáfora absoluta. Lo que significa que en las épocas premodernas éstas fueron asumidas literalmente, conservando así su fuerza vinculante por el hecho de haber sido tomadas al pie de la letra, derivando entonces hacia posturas ontológicas. La misma filosofía de la historia moderna puede ser entendida como una metáfora proyectada desde la exigencia de interpretación literal. Con la introducción de un índice reflexivo en el seno de la metaforología las metafóricas pierden definitivamente su incuestionada obviedad, pero para Blumenberg sigue en pie la exigencia de sentido que se desprende del absolutismo de la realidad. Por eso si bien la modernidad pierde toda posibilidad de respuesta a las interrogantes que motivan las metáforas absolutas, ello no quiere decir que desaparezcan las preguntas mismas. La metáfora absoluta, como hemos visto, irrumpe en un vacío, se proyecta sobre la tabula rasa de lo teóricamente incompletable; aquí ha ocupado el lugar de la voluntad absoluta, que ha perdido su vivacidad. A menudo, la metafísica se nos mostró como metafórica tomada al pie de la letra; la desaparición de la metafísica llama de nuevo a la metafórica a ocupar su lugar. 28 Lo anterior supone que la metafórica es ya una metafísica degradada, pero que guarda en su núcleo, casi como un secreto, el tamiz de las cuestiones que no han podido ser dejadas atrás. Sobre el 28 [bid., p. 257. Compárese el párrafo de arriba con las siguientes frases que Blumenberg le dedica a Kant: "En la comprensión de la libertad como principio condicionante de la moralidad nada se ha ganado al conocer que 'ya' la síntesis de las representaciones sería una operación del intelecto. Este equívoco es sin embargo más antiguo de lo que creen sus recientes inventores; está ya en la admirada interpretación kantiana de Simmel y, tras ella, en el intento de su filosofía de la historia de conseguir algo con ella contra el historicismo determinista. El hombre 'haría' en libertad o en más libertad su historia, porque la síntesis de sus representaciones sería 'la acción' de su entendimiento. Pero esto es sólo el engaño de una metáfora absoluta, que fue tomada al pie de la letra. Hans Blumenberg, "Aproximaciones a una teoría de la inconceptualidad", en Naufragio con espectador, op. cit., p. 117.

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telón de fondo de la incertidumbre inaugurada por la época moderna, las metafóricas siguen teniendo un lugar porque continúan formulando preguntas sobre la totalidad y sobre las pautas de orientación general aunque no aporten respuestas vivaces, lo que sin duda es altamente contrastante. Si hay cabida en este mundo para una metafísica degradada que no presta ya elementos de seguridad absoluta para los seres humanos, la metafórica consiste entonces en un resto del pasado. Con esta problemática Blumenberg parece asentar el edificio de la metaforología sobre una suerte de universal antropológico, aunque reconozca a la situación de carencia como su postulado central, pues tanto en el pasado como en el presente moderno, y a pesar de la desaparición de la metafísica, el hombre no puede renunciar a la inquietud que lo mueve hacia horizontes enfáticos de sentido, por más que en la época moderna toda respuesta en esos términos carezca de contenido. La pregunta sería entonces, ¿no es más bien Blumenberg y no el hombre en general, el que no puede desalojar de su panorama reflexivo las desmedidas exigencias de sentido que se traslucen en las preguntas por la totalidad y por las pautas de orientación? Sin embargo, resulta crucial el que nos ofrezca un panorama plagado de historias de significados sin duda provisionales y contingentes que definen los límites de todo campo metafórico. Pero progresivamente el proyecto de la metaforología sufre un desplazamiento que va dejando de lado la prevalencia de las metáforas absolutas, siendo sustituidas por una noción de metáfora que se concibe como "un caso especial de inconceptualidad". En este desplazamiento, las metafóricas se consideran "modalidad auténtica de comprensión de conexiones que no pueden circunscribirse al limitado núcleo de la 'metáfora absoluta' ".29 Como un caso hermenéutico ejemplar, la metáfora puede ser vista como un rendimiento del lenguaje que comunica comprensión del mundo. Así tomada, no es reducible al nivel de insuficiencia del concepto, pero tampoco soporta necesariamente los criterios de totalidad y de orientación propios de la metáfora absoluta. La metafórica expresa más que lo que definen los conceptos teóricos, y menos de lo que ambiciona la metafísica. Son formas de producción de sentido ya que en ello radica nuestra manera de elaborar mundos donde vivir, pero su valencia es sin duda limitada. La metáfora está presente en todos los sistemas interpretativos que se ubican en la historia del pensamiento occidental; cada uno repre29

[bid., p. 97.

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senta una posible respuesta a los desafíos planteados por el anterior. Historizar esos sistemas interpretativos consiste en mostrar que sus criterios de validez dependen de límites precisos en razón de la metafórica que funciona en su seno. Como productora de sentido, ella soporta la función central de los patrones interpretativos: mantener a distancia la prepotente realidad, por un lado, y desde esta distancia dar sentido a un mundo que en sí mismo carece de él, en otras palabras, humanizarlo. Es la modernidad o las formas modernas de pensamiento las que objetivan los sistemas de interpretación, lo que comporta su desmontaje crítico. La crítica es aquí una labor que vulnera la obviedad de los sistemas, la que muestra su vinculación con una metafórica precisa, la que degrada las metáforas absolutas a campos metafóricos bien delimitados. El paso de las sociedades que encontraban en las metáforas absolutas constancias de carácter metafísico, a las sociedades modernas, es el paso de un sentido enfático a una pluralidad de sentidos históricos que se expresan metafóricamente. Y en este proceso encuentra su lugar el saber histórico: él objetiva, más que la realidad de pasado, los patrones interpretativos que han sido formulados, los desmonta en términos de reflexión crítica quitándoles obviedad, al tiempo que señala que los patrones interpretativos de nuestro presente deben también ser sometidos a este proceso. Las historias que encontraban su lugar en el mito o en el pensamiento religioso estaban sometidas a criterios metafísicos; contar historias se convirtió en uno de los vehículos centrales que expresaban, para los que las escuchaban, imágenes de totalidad y patrones morales que guiaban su actuar. Las historias permitían dotar de sentido y volver familiar a una realidad extraña. El saber histórico moderno, por más científico o profesional que se quiera, sigue teniendo la forma de un distanciamiento institucionalizado, es decir, produce sentido por el hecho de postular metafóricas y desplegarlas temporalmente. La diferencia entre las historias y la historia científica no está en la superación de la metáfora por un sistema conceptual, de la imaginación por la verdad por así decirlo, sino en que la función de las primeras se encontraba en el orden de la metáfora absoluta, mientras que la segunda las desliteraliza y las muestra como metafóricas particulares. De ahí que incluso en su definición moderna como ciencia, la historia impulse un socava miento de las bases mismas de la metafísica. Su papel no consiste en recuperar lo perdido, en ese trabajo imposible de la recreación del pasado, "sino más bien la de recortar el alcance de nuestras expectativas, cuya insatisfacción está

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en la base de este sentimiento de carencia".30 Ahora bien, aunque el trabajo metaforológico de Blumenberg se entienda dentro del campo de los conceptos filosóficos y se aplique a ciertos episodios de la historia de la filosofía, me parece que se puede extrapolar la función metafórica hacia el interior del saber histórico entendido como disciplina particular.

La interacción metafórica como componente metahistórico Hasta aquí dejo esa suerte de presentación general de las posturas de Blumenberg respecto de la cuestión de la metáfora. A partir de este punto trataré de conectar la perspectiva que ofrece Blumenberg con los procesos que tienen cabida en la lógica de la investigación histórica propiamente dicha. Me ubico en ese nivel en el que se producen las operaciones científicas, el proceso de fabricación de las representaciones para de Certeau, y que define uno de los polos fundamentales de la historia. Para ello tomo como guía la idea de traslado metafórico de Blumenberg y que entiende como un desarrollo particular que pone en comunicación a los sistemas conceptuales con campos metafóricos. Pero también tomo su principio metódico, esto es, las metáforas se delimitan a partir de su funcionalidad. De tal modo que el traslado metafórico que interviene en la fabricación de referencias sobre el pasado puede ser descrito de acuerdo con la función que cumple en el campo operativo de la historia. Comienzo por introducir, entonces, la función de interacción en la base disciplinaria en los mismos términos en que Blumenberg lo hace para la historia de la filosofía: ella relaciona ámbitos de la experiencia histórica con campos semánticos que la elevan a formas de comprensión. En palabras de Blumenberg, las metafóricas sirven como "transporte de la reflexión, sobre un objeto de la intuición, a otro concepto totalmente distinto, al cual quizá no puede jamás corresponder directamente una intuición".31 Por medio de este trabajo de interacción y de construcción de sentido los seres humanos circunscriben las experiencias temporales, estabilizándolas gracias a la referencia a un campo metafórico particular y a su relación con conjuntos conceptuales. Con ello se lleva al lenguaje y se comunican

30 31

Franz Josef Wetz, op. cit., p. 163. Hans Blumenberg, Paradigmas para una metaforología, op. cit., p. 46.

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(es decir, se socializan) ya sea eventos, hechos históricos o el cúmulo de experiencias temporales compartidas, que si no fueran transportadas a las palabras se quedarían como instancias mudas de la intuición incapaces de ser socializadas. Pero su función es pragmática y por tanto no deducible como principio de reflexión teórica, aunque posibilite precisamente el trabajo reflexivo. 32 Participa este fenómeno, entonces, en la construcción de una suerte de conciencia histórica;33 el objetivo consiste en volver inteligible el ámbito temporal movilizando conceptos y relacionándolos a metáforas. Cabe aclarar, por tanto, que este fenómeno no pertenece a la epistemología de la ciencia histórica, aunque tenga cabida en ciertos aspectos de la base disciplinaria que posteriormente intentaré aclarar. Es, por tanto, un fenómeno general de naturaleza hermenéutica que dota a los individuos y a los grupos humanos de la capacidad de volver tratable la extrañeza del tiempo. Aún reconociendo que va más allá del trabajo cognitivo, los historiadores recurren a este proceso de interacción ya que permite delimitar del fondo temporal lo que es propiamente histórico, es decir, actúa como condición de la ciencia de la historia. Es una función previa a la investigación histórica, a los sistemas conceptuales y a la formulación discursiva de las interpretaciones que nos ofrecen los historiadores. Es un componente heurístic0 34 que posibilita circunscribir objetos y/o eventos para ser tratados, posterior-

¡bid. J6m Rüsen, "La escritura de la historia como problema teórico de las ciencias históricas", en Debates recientes en la teoría de la historiografía alemana, coordinación de Silvia Pappe, traducción Kermit McPherson, México, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco/Universidad Iberoamericana, 2000, 504 p. (Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades. Serie Historia/Historiografía), p. 235-263, p. 254. 34 Phillip Stambovsky, "Metaphor and historical understanding", Histonj and TllCory, Middletown (Connecticut), Wesleyan University, v. 27, n. 1, 1988, p. 125-134, p. 126-127. Stambovsky utiliza la tipología desarrollada por Maurice Mandelbaum para delimitar los roles que la metáfora juega en el saber histórico. Tal tipología señala tres grandes rubros: la función heurística, la descriptiva y, finalmente, el componente cognitivo. La primera, la heurística, permite las preguntas que guían la investigación histórica, mientras la descripción se establece al nivel de la narrativa histórica (o de la literatura) para, finalmente, permitir la construcción de edificios interpretativos más generales. Nótese la coincidencia de estos roles con la triple mimesis propuesta por Paul Ricoeur y que tiene por objeto reconstruir las operaciones hermenéuticas que van del "fondo opaco del vivir" a la configuración narrativa y a la refiguración del tiempo. Cfr. Paul Ricoeur, Tiempo y narración 1. ConfiguraciólI del tiempo en el relato histórico, traducción de Agustín Neira, México, Siglo XXI, 1995, 371 p., p. 113 Y s. Debo aclarar que la distinción que utilizo entre metaforología, metáfora sintética y campo semántico, puede resultar análoga a la tipología de Stambovsky. 32

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mente, de manera metódica, explicados narrativamente y articulado en interpretaciones sancionadas de forma historiográfica. Convencionalmente el concepto heurística ha servido para delimitar dos esferas del trabajo científico. El contexto de descubrimiento es aquel que aprecia un papel positivo de los valores propios del científico en la formulación de problemas de investigación. Por otro lado, el contexto de justificación vendría a asegurar que los resultados que aporta la ciencia se encuentren respaldados por criterios estrictos de evaluación que inhiban cualquier factor valorativo o subjetivo. El contexto de justificación debía aportar un estándar de evaluación fijo que, al codificarse, mostrara cómo cada teoría o hipótesis particular puede ser comprobada empíricamente, sin interferencia de las prácticas científicas o de la creatividad del investigador. 35 Por tanto, la heurística se encontraba circunscrita sólo al plano de la formulación de problemas de investigación, bajo el entendido de que si la creatividad o los valores sociales tienen aquí alguna función, su tamiz de irracionalidad debía ser objeto de contención mediante la aplicación de los estándares de evaluación estrictos. No está por demás mencionar que dentro de las cualidades heurísticas destaca la interpretación, a la que podía acudir el científico siempre y cuando no se la extrapolara hacia los resultados. Por la vía de una expansión de la heurística hacia el contexto de justificación, se ha demostrado que los procesos de evaluación de teorías e hipótesis científicas no pueden estar exentos de los compromisos previos a la investigación, de los consensos y disensos que se producen en las comunidades de investigadores, puesto que los lenguajes científicos están orientados por paradigmas. El concepto heurística supone que la racionalidad por la cual se formulan problemas no puede depender de reglas lógicas o de algoritmos aplicados a las normas de validación, ya que se relaciona, más bien, con habilidades prácticas e interacciones comunicativas desarrolladas en la comunidad de especialistas. Pero el momento originario de tales habilidades y formas de interacción no se localiza en el seno de esas comunidades, sino en el contexto social y cultural en el que está situada, lo que alude al fenómeno de interacción que me interesa destacar.

35 Ana Rosa Pérez Ransanz, "Heurística y racionalidad en la ciencia", en El concepto de heurística en las ciencias y las humanidades, coordinación de Ambrosio Velasco Gómez, México, Universidad Nacional Autónoma de México/Siglo XXI, 2000, p. 27-37, p. 33.

MET ÁFORA, INTERACCIÓN y SABER HISTÓRICO

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La función de interacción metafórica que va del "fondo opaco del vivir" a la experiencia mediada lingüísticamente, hasta alcanzar formas de comprensión o de inteligibilidad, la relaciono con el concepto de Metahistoria. Si White introdujo el concepto con el fin de distinguir las representaciones históricas particulares del espacio anterior que las posibilita, bien puede decirse que los campos metafóricos pertenecen, precisamente, a esa instancia a partir de la cual se generan representaciones de las experiencias históricas, y que tales representaciones, previas a las de los historiadores, tienen una funcionalidad en el orden del saber histórico profesional. Pero el concepto Metahistoria acepta precisiones. Hans Ulrich Gumbrecht presentó una distinción triple entre el pasado, la historicidad y el saber histórico, que puede ser utilizada para el caso que me ocupa. En esta distinción lo que es propiamente metahistórico, y entendiendo por ello una instancia que tiene carácter previo a las representaciones históricas, es "la tridimensionalidad de lo que llamamos el tiempo" y que permite distinguir entre pasado, presente y futuro. 36 Pertenece a lo que se ha denominado orden del tiempo o también regímenes de historicidad, y para este autor el origen de esta instancia se localiza en la forma temporal de la conciencia humana. Así, el pasado se instituye desde la capacidad de "retención" de los momentos que de hecho han pasado ya, el presente constituye la instancia de referencia de la conciencia temporal, mientras el futuro se presenta como horizonte de expectativas, para usar la denominación de Koselleck, en otras palabras, como la anticipación de los momentos que se aproximan según Gumbrecht. La distinción de esta estructura respecto del nivel de la historicidad está dada por el hecho de que el pasado, o más bien la tridimensionalidad pasado, presente y futuro, se expresa socialmente de manera diversa. Cada sistema social establece modos de significar esa tridimensionalidad. "Se podría decir que la historicidad es el nivel en el cual cada sistema cultural se relaciona con el pasado de manera propia. La forma específica del sistema cultural de tratar al pasado es lo que llamamos 'historia'." 37 Podríamos entender por metahistoria, entonces, aquel espacio que permite configurar los elementos que pertenecen a lo histórico precisamente como tales. Si bien la noción universal introduce problemas, lo que me interesa destacar de lo anterior es que, más que un sentido }6 Hans Ulrich Gumbrecht, "Sobre la desintegración de la 'Historia' y la vida del pasado", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 11, n. 23,2003, p. 55-71, p. 58. }7 [bid., p. 60.

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EL RETORNO DE LA METÁFORA

transhistórico O trascendente, el concepto metahistoria señala una estructura compartida social y culturalmente que posibilita comprensión sobre los aspectos de la historicidad. Es un marco donde la relación pasado, presente y futuro se torna susceptible de tratamiento lingüístico y reflexivo. 38 Las metafóricas aportan un conjunto de soportes semánticos a partir de los cuales se expresan esos contenidos de carácter temporal, por ello corresponde a la esfera de los elementos metahistóricos. La función de interacción, por tanto, consiste en la acción de trasladar eso que Blumenberg llamó objetos de la intuición, objetos enmarcados en las esferas de una praxis temporalizada, hacia los modos de expresión propios de los contenidos lexicalizados de una cultura. Utilizando los términos de Gumbrecht, el paso va del nivel donde se significa la tridimensionalidad del tiempo hacia los modos específicos de tratamiento del pasado. Son traslados metafóricos que tienen como rasgo, primero, no la intuición pura desincorporada de las acciones interpretativas de los sujetos, sino la acción interpretativa digamos primaria de esa intuición, y segundo, la intuición interpretada (aunque hay que reconocer que sólo existen intuiciones interpretadas y no la intuición pura previa al acto interpretativo) es nivelada con significaciones de carácter temporal. Éstos son los campos metafóricos que se incorporan a estructuras de sentido y que se encuentran conectados con metáforas particulares por medio de imágenes. Introduzco aquí una distinción de estas metafóricas con lo que puede ser considerado propiamente como campo semántico, el cual no constituye el salto hacia atrás pre-teórico del que habla Blumenberg,39 sino su continuación hacia delante por medios teóricos. 18 "Si bien es cierto que cada ser tiene una experiencia del tiempo. desde siempre. no se trata aquÍ de tomarla en cuenta en su integridad, yendo de los más vivido a lo más elaborado, de lo más íntimo a lo más compartido, de lo más orgánico a lo más abstracto. Nuestra atención, insisto, está enfocada ante todo y sobre todo hacia las categorías que organizan esas experiencias y que permiten expresarlas; de manera más exacta aún, hacia las formas o los modos de articulación del pasado, el presente y el futuro como categorías o formas universales. ¿De qué manera, variable en función de los lugares, los tiempos y las sociedades, se ponen a funcionar dichas categorías, que son a la vez categorías de pensamiento y de acción? ¿De qué manera lo,gran hacer posible y perceptible el despliegue de un orden del tiempo? Fran