El Metodo Y La Medida En Sociologia

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© 1964 by Free Press of Glencoe A División of Macmillan Publishing Co., Inc.

Traducción de Eloy Fuente Herrero. © 1982 EDITORA NACIONAL Madrid (España) I.S.B.N.: 8 4 - 2 7 6 - 0 5 9 9 - 4 Depósito Legal: M - 40037 - 1982

Impreso en UNIGRAF S.A. Fuen labrad a Madrid.

CULTURA Y SOCIEDAD T eo ría y m étodo Serie dirigida por José Vida! Beneyto

AARON V. CICOUREL

EL METODO Y MEDIDA EN SOCIOLOGIA Traducción de Eloy Fuente H errero

EDITORA NACIONAL T o rr e g a lln d o , 10 - M a d rid -16

A Merryl

PROLOGO A LA EDICION ESPAÑOLA

Agradezco a la Editora Nacional la oportunidad que me da de escribir este prólogo a la edición española del libro y aprovecharé esta invitación para exponer prim eram ente algunos temas que se planteaban en el m om ento de escribir el libro. Queremos se­ ñalar también la importancia que siguen teniendo los datos de la etnometodología, la lingüística y la filosofía del lenguaje, que han llegado a form ar parte del nuevo m ovim iento llamado de la «ciencia cognoscitiva». Por tanto, siguen siendo válidos hoy m uchos aspectos teóricos de este libro, no obstante haber pasado tanto tiempo desde que se publicó por vez primera. En gran parte, es reacción a la enseñanza de metodología que recibí siendo estudiante. Al seguir los cursos habituales de metodología, como el m étodo de escalas, el análisis demográfi­ co, la investigación mediante encuestas y la proyección de experimentos, me sorprendía lo que me parecía ser una falta de medios analíticos para estudiar el marco de la vida cotidiana. Naturalmente, había estudios de observación participante según la teoría de la interacción simbólica, pero que no relacionaban el sentido de la acción social con la conducta lingüística, paralingüística y no verbal de los participantes en la interacción social. Me sorprendía, además, que m is cursos de estadística y matemáticas pareciesen inadecuados para estudiar los temas fun-

dam entales de la teoría sociológica. Se articulaban mal la teoría, la metodología y las observaciones necesarias para comprender y verificar los conceptos teóricos. Al principio, traté de formular las cuestiones teóricas, para exponer después los actuales recursos metódicos, con objeto de indicar posibles modificaciones de la teoría y del método. Pero a¡ term inar el libro, me convencieron de que no debía publicarlo en su form a original: era objetable que se presentase primero la teoría y después la metodología. Me dijeron que sería impropio comenzar un libro sobre métodos con un capítulo sobre la teo­ ría. Lo que me parecía que faltaba era el reconocimiento de que toda orientación teórica y problema sustancial exige su propia perspectiva metodológica. Según a qué universidad acudiese, el estudiante atendería a unos u otros temas teóricos y seguiría unos u otros m étodos. A pesar de haberse hecho muchos planes nue­ vos de estudios durante los últimos veinte años, los estudiantes tienen que enfrentarse con gran variedad de teorías y métodos. Siguen separando la teoría y el método en su propia investigación y pocas veces entran a examinar el fundamento y la inconsisten­ cia relativos de diferentes perspectivas teóricas y metodológicas. Sirvieron también de motivo a este libro varias cuestiones teóricas que se han asociado al término de «etnometodología*, no empleado entonces, pero que ha llegado a atribuirse a gran parte de este libro. lx>s etnometodólogos trataban de revisar las cuestiones teóricas fundamentales en sociología utilizando escri­ tos fenomenológicos como los de Edm und HusserI, Maurice Marleau-Ponty, Aron Gurwitch y Alfred Schütz. Se creía que ¡as. gran­ des teorías sociológicas no comprendían hasta qué punto el mundo fenoménico reflexivo del actor obra como mediador for­ zoso entre lo que se llama a menudo estructura social en sentido macroscópico y las teorías del actor sobre las actividades reales de la vida cotidiana. Expuesto brevemente, el argumento era que no podem os comprender en realidad lo que se llama macroestructuras sociales si no tomamos en serio la idea de Max Weber de la acción social como algo relacionado con tas circunstancias del marco natural en evolución. Las estructuras sociales que ¡Ja­ mamos sistema de clasificación (stratlficatiori) social o formas de organización política han de ser recreadas relacionándolas con el modo com o los actores arreglan sus asuntos en las circunstan­ cias cotidianas. Así, el mundo fenoménico de actor es de un inte•

rés primordialt que me llevó a ciertos terrenos juera de la socio­ logía para hallar los necesarios elementos del lenguaje y del sentido que acercasen a la teoría y al. método. Me ocupo de la medida porque trataba de abordar la manera como las unidades de análisis de cualquier proyecto de investiga­ ción han de concordar con el-lenguaje y el razonamiento que se utilizan en los asuntos cotidianos. En la investigación sociológica, és procedimiento típico obtener diversos tipos de información de los sujetos, descubriéndola mediante una entrevista o una encues­ ta, o computando cierto resultado com plejo o ejemplo de con­ ducta. Nos empeñamos en utilizar métodos que crean unidades de análisis ajustadas a los modelos estadísticos o matemáticos. Me interesaba sugerir que buscásemos una matemática adecuada a los particulares tipos de unidades teóricas reales que emplean las personas en la vida cotidiana al describir y atribuir causalidad a sus asuntos cotidianos. Descubriendo las unidades que utilizan las personas al hablarse o hablar de otros en las organizaciones sociales cotidianas, estaríamos en mejor posición para compren­ der qué modelos podrían ser adecuados para analizar y represen­ tar la estructura social. Por ello, expongo diversos métodos bien conocidos por los sociólogos, tratando de señalar en cada caso cómo deben, pueden o deben jormar parte de ellos las actividades reates del actor. El argumento general, repetimos, es que quizá no podamos com ­ prender cuál será un método apropiado para examinar o verijicar una teoría sin una explicación de cómo piensan, sienten y actúan fas personas al ocuparse de sus asuntos en la vida cotidiana.. Los capítulos dedicados a la investigación sobre el terreno, a la en­ trevista y a la investigación mediante encuestas siguen siendo una exposición válida de la sociología presente. El capítulo sobre la demograjía quizá no sea tan bueno como podría serlo hoy y el peor de todos quizá sea el dedicado a los m étodos históricos. E n obras posteriores se han abordado muchos de estos temas. Al escribir este libro habla comenzado también varios estu­ dios empíricos, finalm ente publicados, para probar los conceptos vertidos. Seguí otros estudios sustanciales de acuerdo con varios métodos. Era un nuevo aspecto incluir el lenguaje al estudiar la estruc­ tura social. Pocas veces había sido objeto de investigación socio­ lógica y, en la época en que lo escribí, los sociólogos no creían

que el lenguaje debiera ser un elemento esencial en el estudio de la estructura social. Desde luego, los antropólogos y, por ser más precisos, los lingüistas antropológicos conocían m uy bien que el lenguaje, el pensamiento y la cultura están relacionados estrecha­ mente, pero los sociólogos se las arreglaban en cierto modo para tratar el lenguaje como un recurso meramente pasivo, como me­ dio de representar una información cuyo sentido se entendía como un aspecto natural de la estructura social. La atención de este libro al lenguaje ha tenido como conse­ cuencia im portante la aparición de nuevas orientaciones de la investigación sobre la enseñanza y el proceso de socialización. Vem os ahora que muchos investigadores atienden activamente a la relación entre el lenguaje y la estructura social al estudiar los marcos de enseñanza y la interacción entre madre e hijo. Este tipo de estudios requiere que los estudiantes de Sociología apren* dan conceptos y métodos de investigación lingüísticos que pue­ dan emplearse en la investigación sobre el terreno. Los capítulos sobre la entrevista y la investigación mediante encuestas, que hoy siguen siendo parte integrante de la investígación sociológica, han sido actualizados en algunas publicacio­ nes recientes del autor. En las páginas siguientes, abordaré bre* vemente, para el lector español, aspectos de la dirección que ha tomado este trabajo. Una cuestión esencial en el empleo de encuestas y entrevistas es la necesidad de identificar los conocimientos que posee el s u ­ jeto en eí m om ento de ser entrevistado o de sometérsele a un c u e s t i o n a r i o de encuesta. L a entrevista no es tan difícil en este sentido como la encuesta, pero hay dificultad en ambos casos, porque la misma pregunta ofrece al sujeto un marco que puede s e r l e bastante nuevo y, en el caso de las preguntas cerradas, re­ sultarle dudoso su sentido. Con otras palabras, la entrevista y la e n c u e s t a tratan de reducir el marco dé la pregunta y, en e l caso de la encuesta, el marco de la respuesta, de manera que se obtéñga del sujeto üna serie bastante reducida de respuestas. L a finalidad es lim itar la pregunta de tal manera que se prevean, e incluso señalen en el caso de las encuestas, todas las respuestas que puedan darse. E t investigador trata de agregar las respuestas y, a m enos que se lim iten las opciones, este proceso de agrega­ ción puede resultar m uy engorroso en el caso de las preguntas abiertas.

Las entrevistas y las encuestas imponen limitaciones al tra­ tamiento de la información, por obligar al entrevistado a atender a una pregunta particular y a un conjunto particular de resul­ tados u opciones posibles. El investigador confía en estas lim ita­ ciones para lograr la agregación de respuestas que sus conclusio­ nes precisan. La entrevista y la encuesta suponen un sistema de pregunta y respuesta que es parte del modo como se realizan los actos lingüísticos en la vida cotidiana. Estos sistemas de pregunta y respuesta tienen muchos aspec­ tos formales que no puedo abordar en este prólogo. Hemos de tener presente su carácter para crear una metodología adecuada de la entrevista y de la investigación mediante encuestas. Se su­ pone que el entrevistado comprenderá los aspectos fonológico, sintáctico, semántico y pragmático de cada frase empleada y po­ seerá, además, cierto dominio impreciso de conocimientos sobre el mundo real para poder contestar a las preguntas sustanciales. Si las preguntas que se hacen al entrevistado comprenden una información con la que no está familiarizado, a m enudo es algo imposible de saber para el investigador, por causa de las respues­ tas cerradas que se ofrecen. Por tanto, hemos de tener alguna manera de apreciar la validez de los conocimientos que suponen las preguntas, independientemente de que se las haga con res­ puestas cerradas. Hay otras limitaciones para el sujeto, entre las que se cuentan las limitaciones al tratamiento de la informa­ ción, como la necesidad de tratar varias fuentes de información, a la vez que ha de recurrir a la memoria para complacer al inves­ tigador. Ahora bien, una dificultad de las encuestas es que los conocimientos y la clase social del entrevistado no se atienden como limitaciones pertinentes a la manera como se comprenden las preguntas y se dan tas respuestas. Lo que sucede es que, habitualmente, conocemos la clase so­ cial del sujeto como parte de la encuesta y, después, buscamos correlaciones entre una medida de clase y las respuestas a dife­ rentes series de preguntas. Pocas veces proyectam os las pregun­ tas, si es que lo hacemos alguna vez, con objeto de predecir y conocer los razonamientos que se hacen por las experiencias de clase social. Necesitaríamos encuestas cuasi-experimentales en que se pidiese a los entrevistados que m anifestasen sus ideas so­ bre sus respuestas a las preguntas cerradas. Tales respuestas nos

capacitarían para reconstruir los conocimientos y el modo de ra­ zonar del entrevistado. E l que distintos entrevistados puedan atribuir diverso conte­ nido a la misma pregunta complica las estructuras de conoci­ m iento que inferimos de las respuestas. Al emplear un sistema de clasificación total y abstracto o una serie de reglas de cifrado para clasificar las respuestas, com prom etem os nuestra interpre­ tación de cómo entendió las preguntas el entrevistado y de la clase de intenciones que podemos atribuir a las respuestas. Los puntos del cuestionario no son meramente textos individuales c o m p l e t o s , sino que se hacen base para inferir macroestructuras que se asemejan a aquéllas de que informan los investigadores sobre la comprensión textual. Los entrevistados buscan una com­ prensión más general de las diferentes preguntas que se les hacen, a pesar de las tentativas del investigador de desordenar la presen­ tación de preguntas relacionadas por las hipótesis del proyecto. Asi, tenem os al entrevistado buscando un modelo que satisfaga sus propias ideas sobre la finalidad de la entrevista o de la en­ cuesta. Por ello, se convierte en participante activo, tratando de desarrollar sus propias hipótesis sobre lo que está sucediendo, las intenciones que tiene el investigador, tratando de adivinar qué pueda haber detrás de las preguntas. Naturalmente, muchos entrevistados pueden optar por contestar a las preguntas m uy rápidamente, para que la entrevista sea lo más corta posible, no recurriendo a su memoria sino en mínima parte. Quiero decir que, en las circunstancias normales de la investigación mediante encuestas, no se presta atención al tratamiento de la información por parte del entrevistado, a su comprensión de lo que se le pre­ gunta. Necesitamos, por tanto, una teoría del razonamiento y del análisis textual como proceso de comprensión, si hemos de en­ tender la manera como las entrevistas y las encuestas descubren y reconstruyen el conocimiento que de la estructura social tiene el actor. Sin una teoría de la comprensión, no tendremos manera de saber cóm o interactúan los conocimientos del entrevistado con las preguntas de la encuesta o de la entrevista. Hoy se investiga mucho sobre los procesos y tas estructuras de comprensión del razonamiento y de los textos. Los modelos que se emplean pueden ayudam os a comprender en qué medida la utilización de los da­ tos de encuestas y entrevistas pueden aclarar la teoría sociológica.

Creo que, a menos de tener un medio de aclarar el proceso de comprensión implicado en la interpretación de las preguntas, no podremos relacionar las ideas del investigador y del actor sobre la estructura social. Los sociólogos son sensibles a los muchos problemas de la aplicación, cifrado y organización de los cuestionarios para su análisis, pero suelen ser insensibles a los problemas de trata­ miento de la información con que se tropieza en estas tareas. Muchas encuestas se hacen en la m ism a cultura de que es nativo también el investigador. La vida en una sociedad occidental sig­ nifica una socialización paulatina de los posibles entrevistados, de modo que suelen ser bastante flexibles ante las exigencias de las encuestas, en especial, cuando las circunstancias de la vida cotidiana los obligan a someterse a sem ejante actividad al tener que tratar con diversas instancias burocráticas. Por eso, sabemos m uy poco del proceso de comprensión de las encuestas sobre el terreno y dentro de los centros de investigación, donde se pro­ yectan las preguntas y se analizan los datos. Al realizar encuestas en otras culturas, con frecuencia se in­ corpora a nativos instruidos en la m ism a metodología, y que tá­ citamente pueden salvar las diferencias culturales. El conoci­ miento cultural necesario para que el investigador extraño com­ prenda la entrevista y las preguntas no es cuestión empírica. En la interacción cotidiana, los m iem bros de un grupo que hablan corrientemente de los sucesos políticos, económicos y so­ ciales son sensibles a las limitaciones que im ponen los intercam­ bios con los de otro y conocen también lo limitado del saber de los miembros del grupo. La gente suele cortar sus observaciones por lo que crean a una persona capaz de comprender, lo que se ha demostrado incluso en la investigación infantil, sabiéndose que las madres y los niños mayores utilizan una clave lingüística diferente para hablar con el niño menor, con objeto de facilitar la comprensión. A menudo se olvida la idea de emplear distintos registros lingüísticos en la entrevista y en la encuesta, porque redactamos preguntas normalizadas, aferrándonos a ellas aunque los entrevistados no vayan a ser capaces de entenderlas. Recientemente, unos cuantos sociólogos han comenzado a estudiar esta cuestión, variando la redacción de las preguntas para ver si se produce variación en las respuestas. Algunos de estos estudios fuin tratado también de m ostrar cómo pueden in­

fluir sobre las respuestas las diferencias en el empleo de pregun­ tas cerradas y abiertas. Por ejemplo, puede demostrarse que, si se pregunta algo a los entrevistados de lo que no sepan nada, m uchos contestarán a la pregunta si el cuestionario no incluye explícitamente la categoría «Ño sé». Sin embargo, muchos entre­ vistados están dispuestos a adm itir su ignorancia. Otros harán una «conjetura culta, pero errónea» sobre el tema, a pesar de carecer de información. Con otras palabras, muchos de estos sujetos no tienen las actitudes por las cuales se les pregunta. No tienen los conocimientos que se ajusten a las preguntas que se les hacen. l¿a utilización de preguntas de cuestionario abiertas y cerra­ das supone que los entrevistados poseen los conocimientos perti­ nentes. Se supone, además, que las respuestas reflejan actos, o actitudes, o creencias, que se manifiestan en el marco de la vida cotidiana en que los entrevistados suelen interactuar con otros. Tenem os que estudiar independientemente la comprensión del contenido de la pregunta respecto de las limitaciones del marco y del conocimiento del entrevistado* L o cual quiere decir que he­ mos de saber algo de la relación entre lo que se pregunta y lo que se dice al entrevistado sobre la encuesta y la manera como la gente habla de los mismos temas en la vida cotidiana. Los aspectos técnicos de las encuestas ocultan a menudo el grado en que la metodología puede satisfacer la relación entre la teoría y el mundo cotidiano que se representa. Necesitamos datos de los marcos de la vida cotidiana que puedan ser comparables con los tipos de preguntas de cuestionario que hacemos a los entrevistados en un marco artificial. A menos de tener cierta idea de cóm o son comparables los marcos cotidianos con lo que nos dicen las personas en los marcos artificiales, será difícil que com­ prendamos en qué medida las encuestas y las entrevistas puedan aclarar nuestro conocimiento de la estructura social. Al utilizar preguntas cerradas, esperamos que los entrevista­ dos puedan reconocer como evidente la clase de objetos que se enuncia en cada punto, expectativa derivada de la supuesta prue­ ba anterior de cada pregunta del cuestionario, antes de aplicarlo en su redacción definitiva. Pocas veces nos hacemos cuestión de la posibilidad de que los conceptos o clases de conceptos expues­ tos al entrevistado pueden no estar claramente definidos en su mente. E n ambos casos, el carácter cerrado de la encuesta ga­ rantiza una respuesta «adecuada*, en tanto el entrevistado esté

dispuesto a tomar una de las opciones que se le presentan. Se supone que las diferencias de ideas del investigador y del con­ sultado sobre un concepto o clase quedan salvadas por la peque­ ña prueba anterior al cuestionario definitivo. Permítaseme concluir este prólogo a la edición española seña­ lando que, al hacer investigación por encuestas buscamos, por ejemplo, una serie de verificaciones complejas de la producción de datos y del análisis subsiguiente, examinando las pautas que resultan, debidas a la redacción de las preguntas de diversa ma­ nera, a través de diferentes grupos y en m om entos diferentes. Otra fuente de verificación en las encuestas puede verse en los enormes adelantos habidos en la teoría de la muestra y en la ca­ pacidad del investigador para escoger diferentes consultados. Lo más difícil es seleccionar una muestra de la conducta. En el caso de la conducta electoral, hallamos una c o r r ^ ^ . dencia bastante estrecha con lo que dice la gente en respuesta a una pregunta de cuestionario y la manera como vota en realidad. Pero otros te­ mas no resultan tan bien y, otros, nada bien en absoluto. De manera que siempre hemos de enfrentarnos con esta cuestión de la validez, porque no tenemos claridad sobre la conducta que indifican los cuestionarios. Las personas no son m uy precisas al describir su propia conducta cuando se les pide que contesten a preguntas directas. La dificultad fundam ental está en la falta de teorías consis­ tentes. En su lugar, solemos confiar en que se descubran pautas en las respuestas, que nos orienten hacia explicaciones teóricas a posteriori. Pocas veces la teoría orienta explícitamente la inves­ tigación sociológica. Esperamos que los datos de las investiga­ ciones decidan qué conceptos teóricos parecerían apropiados. Seguramente, los demóscopos refinados encontrarán objeta­ bles muchos de estos comentarios. Querrán hacer la pregunta siguiente: ¿Cómo sabremos cuándo podremos dejar de utilizar más comprobaciones para examinar la cuestión de la validez? Podría hacerse la m ism a pregunta sobre los posibles remedios basados en mis sugerencias sobre la utilización de teorías del razonamiento y del análisis textual: ¿Cómo sabremos cuándo de­ jar de utilizarlas? No hay respuesta clara a estas preguntas, pero debemos observar que, en realidad, todos los métodos de recogi­ da de datos que siguen los sociólogos padecen los m ism os pro­ blemas con que tropiezan las encuestas. A menos de tener teorías

c o n s i s t e n t e s , no podremos decidir en qué medida un método particular y los datos que produzca nos dirán algo que merezca la pena conocer. Todos estamos obligados a enfrentam os con el m ism o proble­ ma del sentido o de la interpretación, independientemente de que utilicem os encuestas, textos, estadísticas demográficas, entrevis­ tas extensivas, observación participante o cintas sonoras o visua­ les. El tema de la interpretación pocas veces es objeto de las encuestas y, mucho menos, de cualquier otro tipo de investigación sociológica. Precisamente, el tema de la interpretación es el pro­ blema de la comprensión. He argumentado en todo este prólogo que la encuesta y la entrevista carecen de fundam entos teóricos que concuerden con la r e c i e n t e evolución de las teorías del uso lingüístico y de la comprensión. El seguir dependiendo de encuestas y entrevistas exige que demos a estos métodos un firm e fundamento teórico, a fin de evitar el anquilosamiento de los actuales métodos de investigación esenciales a la sociología. El análisis del razona­ m iento y el análisis textual son parte integrante de toda investi­ gación sociológica, de la cual la encuesta y la entrevista no son más que un capítulo. Relacionando la investigación sobre el razonamiento y los textos con las encuestas y las entrevistas, podrem os llegar a hacer verificaciones realistas de la teoría so­ ciológica, siguiendo unos métodos concordantes con el mithdo citidiano de aquéllos a quienes estudiamos.

Aaron V. C ico u rel Universidad de California - San Diego Departam ento de Sociología M arro-abril 1982

EL METODO Y LA MEDIDA EN SOCIOLOGIA

PROLOGO

En estas páginas he tratado de anotar algunas ideas y pro­ blemas que me han servido de orientación y dificultad en mis estudios, como profesor de un curso de introducción a la m eto­ dología y en mis investigaciones; sistematizando un material conocido, aunque en gran parte inédito, por los estudiantes de metodología y los investigadores que se ocupan de la medición del proceso social. El problema típico de la medida en sociolo­ gía, por una parte, son teorías implícitas con vagas propiedades y operaciones relacionadas de manera desconocida con unos pro­ cedimientos de medida, cuyas propiedades cuantitativas explíci­ tas, por otra parte, delimitan precisamente dichas operaciones. Este libro tiene un tono programático, por no ofrecer ' solu­ ción", en el sentido de m ostrar con exactitud cómo podem os ela­ borar mejores medidas. Mi contestación a los lectores que no gustan de declaraciones programáticas es que una solución prác­ tica exige ciertas aclaraciones teóricas y me tame todo lógicas, acla­ raciones no completamente programáticas, que están vinculadas explícitamente a métodos concretos de investigación sociológica. He tratado de precisar qué problemas debe abordar la sociología, si los investigadores han de conseguir una interacción más im ­ portante entre la teoría, el método y los datos. En vez de buscar técnicas de medida “m ejores* y más *rigurosas", seria más fecun­

do elim inar muchas tentativas sociológicas de medida, buscando una explicación de las teorías y conceptos que aclarasen si la sociología presente ofrece o puede producir propiedades numéri­ cas, y cuáles. La aclaración de la teoría sociológica en relación con las correspondientes propiedades, relaciones y operaciones aritm éticas tiene que ir unida a la aclaración del lenguaje socio­ lógico que utilizan los investigadores y al lenguaje y el sentido vulgar que emplean el actor del sociólogo y el “vulgo”. Las pre­ sentes categorías de los datos se ordenan o cuantifican indepen­ dientem ente de sus vínculos explícitos con la teoría, mientras que, al m ism o tiem po, nuestros métodos se basan en los sentidos y procedim ientos vulgares para conseguir conexiones a posteriori entre la teoría y los datos. Comencé a interesarme por escribir este libro en la universi­ dad de California - Los Angeles, estudiando con W. S. Robinson. Sus lecciones sobre metodología han sido fundamentales para las ideas que expongo en estos capítulos. Fueron de particular estím ulo sus lecciones sobre la validez y la fidelidad, por la ar­ gumentación general de que el investigador sociológico tiene que basarse en los “conceptos populares” de su materia, en las clasificaciones del especialista o del cifrador y en sus propias interpretaciones personales de los hechos y datos para poder mdar sentido” a los resultados y lograr algún tipo de sistematiza­ ción, Su observación conexa de que en sociología pocas veces podrem os lograr un máximo de validez y fidelidad con las actua­ les técnicas de investigación estimularon m i interés por buscar vínculos más explícitos entre la teoría y la medida. Dos años de colaboración con Harold Garfinkel m e introdu­ jeron en la obra de Alfred Schutz, haciéndome comprender mejor el papel de la teoría en el método y la medida sociológicos. Esta colaboración resultó estimable para comprender cómo las teo­ rías sociológicas formales se relacionan ambiguamente con el lenguaje y el pensamiento vulgares del sujeto y del investigador. En estas páginas quedará de manifiesto cuánto debo a la obra de Schutz y a la exposición de Garfinkel. Pero empecé este libro después de m i asociación con Garfinkel y quizá me aparte bas­ tante de sus propias ideas sobre los mismos temas o semejantes. No he recibido el favor de sus críticas, pero he tratado de acotar sus ideas, expuestas en obras publicadas e inéditas, dentro de los ¡Imites de no habérseme permitido citarlas directamente.

Me han sido útiles las discusiones con mis antiguos colegas de la universidad del Noroeste y quiero dar las gracias particular­ mente a Donald T. Campbell, Scott Greer, M itchell Harwitz, Herbert Hochberg (actualmente en la Universidad de Indiana), John Kitsuse y Norton Long. En la Universidad de CaliforniaRiverside me han sido útiles las discusiones con Egon Bittner, Thomas Morrison, Stanley Stew art y Howard Tucker. Durante los veranos en la Universidad de California-Berkeley he aprendido m ucho en conversación con John Gumperz, David Kíatza, Sheldon Messinger, William Petersen, June Rum ery y Harvey Sacks. Muchas personas han leído varios borradores de parte o todo el original, habiéndose incorporado sus valiosas sugerencias a la redacción final. Quiero reconocer particularmente la ayuda de Howard S. Becker, Gerald Berreman, John -Gumperz, Mitchell Harwitz, David Harrah, Peter McHugh, Williám Petersen, Stanley Stewart, Arthur Stinchcombe, Howard Tucker y Robin M. W il­ liams, Jr. La arrolladora, aunque siempre constructiva y estim a­ ble crítica de William Petersen ha sido de especial importancia para revisar los capítulos I y IX , habiendo estimulado, además, una revisión general del original. Han sido especialmente valio­ sas las sugerencias editoriales de la señora Aliñe Pick Kessler, antes de la “Free Press", habiendo hecho muchas contribuciones importantes al estilo y a la claridad. La señora Donna Lippert ha ofrecido una asistencia mecano gráfica oportuna y generosa. Quiero dar las gracias a la Fundación ' Dora and Randolph Haynes" por su beca del verano de 1961, que me perm itió redactar los primeros capítulos del original. Quiero dar las gracias tam ­ bién a diversos editores y autores por él perm iso para citar sus obras.

A. V. C. Buenos Aires, enero 1964.

Al ocuparnos de los fundam entos de la investigación socioló­ gica, debemos examinar y revisar continuamente sus primeros principios. Con este libro, espero confirmarla examinando críti­ camente los fundam entos del m étodo y de la medida en sociolo­ gía, particularmente, en el plano del proceso social. Comparto la idea de R. M. Maclver en Social Causation de que «la estructura social es, en su mayor parte, creada». El tipo social de nexo causal, *a diferencia del nexo físico..., no existe independiente­ mente de los objetivos y motivos de los seres sociales», requirien­ do una metodología que se ajuste a la peculiaridad de los hechos sociales l. Me interesan, por tanto, los problemas del método y la medida que se plantean cuando los sociólogos estudian lo que Max Weber llama «conducta significativa» o «acción social» 2. 1 R. M . M acI v e r : Social Causation (Ginn), Boston, 1942, págs. 20-21. 1 Max W eber : The Theory of Social and Economic Organization, trad. por A. M. Henderson y Talcott Parsons (Oxford University Press), Nueva York, 1947, pág. 88. Véanse dos excelentes exposiciones de la obra de Weber y de su imortancia para la teoría y el método en sociología: Peter W in c k : The Idea of a ocial Science (Routledge and Kegan Paul y Humanities Press), Londres y Nue­ va York, 1958, especialmente los capítulos II, IV y V; y John R e x : Key Problems of Sociologicat Theory (Routledge and Kegan Paul), Londres, 1961, esp. caps. I, V, VI, IX y X. Hay en este libro una ciara explicación sobre las diferencias entre los fundamentos sustanciales de la teoría y de la investigación sociológi­ cas. Mi propia exposición de los capítulos siguientes basada en la teoría socio­ lógica apenas tratará de los temas teóricos sustanciales que plantea Rex, sino

g

Supongo, en prim er lugar, que las decisiones metódicas en la investigación sociológica tienen siempre su correspondencia teórica y sustancial; en segundo lugar, que los supuestos teóricos del m étodo y la medida en sociología no pueden considerarse independientem ente del lenguaje que emplean los sociólogos en su pensam iento e investigación. Mi supuesto jundam ental es que la aclaración del lenguaje sociológico es importante, porque la estructura y el uso lingüísticos afectan a la manera como las per­ sonas interpretan y describen el mundo. Como los sociólogos han creado sus propias terminologías teóricas y tratan frecuen­ tem ente con estos términos, a menudo diversos, por una parte, del lenguaje y la sustancia de las teorías de otros y, por otra parte, del lenguaje de las personas en la vida cotidiana, cuya con­ ducta les interesa explicar y predecir, es muy probable que que­ den confundidos la sintaxis y el sentido de estos lenguajes3. La investigación y la medida en sociología requieren algo así como una «teoría de la aplicación» y una teoría de l o datos para po­ der distinguir, por una parte, entre la presencia y los procedi­ m ientos del observador y, por otra, el material que titula «datos*. La confusión del lenguaje sociológico sobre teorías sociológicas y los hechos sociales y el lenguaje que utilizan los sujetos en es­ tudio es un problema fundamental en la investigación sobre el terreno y en otros métodos de investigación, como el análisis de contenido y los experimentos de laboratorio. En este libro se presta mucha atención al papel del lenguaje, especialmente del lenguaje cotidiano y de las formas paralingüisticas de comuni­ cación en la investigación sociológica. Se atiende también a discutir los sistemas matemáticos y de medida que se emplean al presente en la investigación socioló­ gica. No quiero decir que los hechos socio-culturales no puedan medirse con las fórmulas matemáticas existentes, sino que los hechos fundam entales de la acción social deben aclararse antes de im poner postulados de medida con los que puedan no estar en correspondencia. Y para discutirlos, m e he servido a menudo que se ocupará sobre todo de la «teoría Fundamental», en la que supongo se basarán todas las diversas teorías sustanciales que él explica. * El lenguaje cotidiano y la sintaxis y el sentido que se asocian a los vocabu­ larios vulgares son fundamentales en la comunicación habitual de la vida coti­ diana. El supuesto decisivo es aue las personas que emplean este lenguaje, por definición, creen saber de qué habla cada uno. Se dan más precisiones en los capítulos 2 y 9.

de una ficción: unas condiciones de medida difícilm ente asequi­ bles en nuestro presente estado de conocimientos. Por último, se determ inan en esbozo los elementos de la ac­ ción social supuestos en muchas de las decisiones metódicas que toman los sociólogos durante su investigación.

BREVE RESUMEN

En el capítulo primero se aborda con cierto detalle el proble­ ma de la medida. Se exponen las dificultades para establecer cla­ ses de equivalencias en la teoría y la investigación sociológicas, prestándose atención a algunos problemas peculiares que implica la medición de los hechos socio-culturales. La tesis esencial del capítulo es que las medidas presentes no son válidas porque re­ presentan imponer procedimientos numéricos externos, tanto al mundo social observable, descrito em píricam ente por los soció­ logos, como a las conceptualizaciones basadas en dichas descrip­ ciones■. Llevada al extremo, esta idea parecería señalar que, por no tener intrínsecamente propiedades numéricas los conceptos en que se basan las teorías sociológicas, no podemos saber qué pro­ piedades numéricas buscar en los datos correlativos, cualesquiera sean. Examinando los capítulos del II al V III, se verá que no tomo esta postura extrema. Los capítulos sobre la observación parti­ cipante, la entrevista, los cuestionarios cerrados, el m étodo de­ mográfico, el análisis de contenido, la investigación experim ental y la lingüística no proponen que los sociólogos detengan toda investigación y medida hasta haberse aclarado las categorías fun­ damentales de la vida cotidiana y haberse ordenado axiomática­ m ente sus propiedades numéricas. E stos capítulos sobre los di­ versos métodos de investigación, en cambio, tratan de aclarar las clases de equivalencias sociológicas en el plano de la teoría fun­ damental y sustantiva, no de hallar «m ejores» medidas. En este empeño, concuerda con las actuales tentativas de reforzar los fundam entos metodológicos de la investigación sociológica. Las dos orientaciones que han aparecido obrarán así:

1. La teoría y la investigación actuales tratan de aclarar los fundam entos teóricos y de medida de la disciplina considerando a cada proyecto de investigación y exposición teórica como em ­ presa sustantiva y, a la vez, como tentativa de explicar la teoría y la m e d id a 4. 2. Se han creado minimodelos para terrenos particulares de interés (como la investigación de pequeños grupos) que puedan ser axioma tizados. Y con estos proyectos a pequeña escala tra­ tam os de saber si un terreno delimitado puede recibir tratamien­ to num érico sin quedar totalmente falseados. N inguno de estos programas puede eludir una determinación im plícita del modelo de actor que se supone al formular y reali­ zar la investigación. El segundo programa exige ocuparse explí­ citam ente de qué constituye una medida precisa en sociología, en oposición a la medida arbitraria6. Si los sociólogos adoptan el prim er enfoque, la medida será vaga y difícilmente precisa, porque la m ayor parte del esfuerzo se dedicará a aclarar el len­ guaje y la expresión cotidianos, el lenguaje sociológico sobre la vida cotidiana y un metalen guaje sobre los conceptos que tratan del lenguaje sociológico sobre la vida cotidiana. El capítulo IX expone algunos elementos de la acción social y tni idea de qué es lo que debe incluirse inicialmente en el m o­ delo que del actor tiene el sociólogo, esto es, antes de determinar los problemas sustanciales en estudio. Este capítulo final — que a lg u n o s lectores pueden preferir leer primero, porque gran parte de su contenido está supuesto en todo el libro— quiere ser, pues, una explicación introductoria de los tipos de material teórico cfundam ental» supuestos en las decisiones metodológicas.

« V. el interesante articulo de James F. S hort, Jr.; Fred L. S trootbeck y Des* mond S. C artw rigkt : «A Strateey for Utüizing Research Dilemmas», Sociological Inquiry, 32 (Spring 1962), 185-202. ’ Puede verse una importante tentativa de tratar la conducta de pequeños grupos con modelos formales en: J. B e r g e r , B. P. Cohén, J. L. S n e l l y M. Z elditch, Jr.: Tvpes of Formalization in Small Group Research (Houghton Mifflin), Bostón, 1962. Desgraciadamente, no se aborda adecuadamente en este libro la cuestión de si los modelos creados falsean las propiedades fundamentales o sustanciales en estudio. » Se llama medida precisa la correspondencia exacta entre los elementos sus­ tantivos y las relaciones en estudio y los elementos y relaciones dispuestos en el sistema de medida. La medida arbitraria es una correspondencia discrecional o impuesta entre los elementos, las relaciones y las operaciones.

Al insistir en que los sociólogos no prestan atención suficiente a estudiar las variables «subjetivas», especialmente las que con­ tribuyen al carácter contingente de la vida cotidiana, espero sub­ rayar la importancia de elaborar modelos de acción social que determinen los m otivos típicos, los valores y los tipos de acción dentro del contexto de un medio de objetos con propiedades vul­ gares, como las creadas por Weber. Esta explicación ofrece un modelo del actor que no reduce la acción social a variables sico­ lógicas y supone que tas clases de equivalencias, al menos en el plano conceptual, pueden determinarse dejando pendiente el problema de la medida. Se supone que es posible establecer cla­ ses de equivalencias en el plano conceptual que se correspondan con correlatos de un medio observado. He eludido la cuestión de si la sociología es una «ciencia» y su materia puede someterse definitivam ente a cierta especie de cuantificación, suponiendo implícitamente que éstos son objetivos razonables. Mis motivos son los siguientes: como no tenem os ahora sistemas teóricos que puedan axiomatizarse significativa­ m ente de modo que originen propiedades numéricas en correspon­ dencia, por ejemplo, con los números enteros o reales (y que, presumiblemente, sean isomorfas a ellas), difícilm ente podrem os m edir con rigor tos hechos sociales. Diré que el interés actual de ta sociología por el título de «ciencia» y su insistencia en los «da­ tos cuantitativos» oscurece la predicción y la explicación no triviales, por hacerse arbitraria la medida. Aunque el físico tiene también problemas enrevesados de medida, puede indicar expe­ rimentos repetibles que conducen a una verificación no trivial de importantes predicciones. Los conceptos teóricos de la s o c io ­ logía son todavía ambiguos y están disociados de su medida en situaciones de investigación. La medida actual en la investigación sociológica puede ser de valor para ofrecer un conocimiento in­ tuitivo sobre la estructura de la teoría y los conjuntos adecuados de relaciones entre los elementos de la teoría, pero tas medidas, y las teorías con tas cuates se suponen relacionadas, siguen sien­ do ambiguas, por no relacionarse con lo que Nagel llama «reglas explícitas de correspondencia* 7. En vez de emplear tanto tiem po 7 Emest Nagel: The Structure of Science (Harcourt, Brace), Nueva York, 1961, esp. cap. VI: «The Cognitive Status of Theories».

y dinero en estudios que sólo consiguen una medida arbitraria, deberíam os emplear más tiem po en aclarar nuestras teorías y buscar correlatos en el mundo observable. El enfoque que suge­ rim os no evitará la investigación empírica; evitará los datos que se estim an valiosos sólo porque podemos meterlos dentro de un conjunto de categorías que constituirán una «escala* u ofrecerán una prueba de significación. Las discusiones sobre si la sociología es una «ciencia», o si sus teorías y datos pueden someterse a cuantificación, serán prema­ turas si no podemos convenir en qué es teoría y en si nuestras teorías pueden enunciarse de manera que originen propiedades num éricas con correlatos en el mundo observable.

LA MEDIDA Y LAS MATEMATICAS

Las técnicas de investigación y las escalas de medida de cual­ quier ciencia pueden considerarse como problema de la sociolo­ gía del conocimiento. En cualquier momento, el conocim iento depende del particular estado de los métodos empleados y el conocimiento futuro dependerá del desarrollo de los m étodos actuales. Es im portante preguntarnos si las pretensiones de cono­ cimiento se basan en métodos que se corresponden con las teo­ rías y los datos recogidos o si las técnicas de investigación y escalas de medida en que se basan estas pretensiones tienen poco más que una relación de m etáfora o sinécdoque con dichos datos y teorías K Si nuestro interés empírico por el problem a del 1 Los términos de metáfora y sinécdoque y el empleo que hacemos de ellos han sido sugeridos por Harold Garfinkel. Con empleo de sinécdoque quiere de­ cirse la práctica de los sociólogos de admitir que las afirmaciones teóricas y empíricas representen un conjunto amplio, sin precisar cómo encaja la parte en el resto de la teoría o en el resto de los datos. En este contexto, significa que se utilizan frecuentemente teorías de la medida de manera que «representen» una demostración apropiada de la correspondencia entre los elementos de la teo­ ría supuesta y los elementos empíricos originados por el sistema de medida, cuan­ do en realidad no se ha cumplido tal correspondencia. Así ocurre especialmente cuando se analizan los datos sin precisar cómo contribuye la teoría a la inter­ pretación que se sigue, concentrándose en el método del análisis y suponiendo que el resto, en cierto modo, va de suyo, sin que el investigador tenga que tomarse más molestias. En el caso del empleo metafórico, los sociólogos utilizan

sistemas matemáticos como análogos a cierta doctrina teórica o se emplea una teoría de la medida que más bien tiene cierto «parecido» con los díalos recogidos que una correspondencia demostrable entre sus elementos, relaciones y las ope-

orden social depende de tales métodos, y si estos métodos no se em plean con exactitud, resultará decisivo estudiar las técnicas de investigación y las escalas de medida para comprender qué se considerará «conocimiento» en una época determ inada. Véanse las cuestiones siguientes: 1. Los métodos de investigación sociológica que tratan de m edir las propiedades de la acción social, ¿qué supuestos teó­ ricos implican? 2. Los supuestos teóricos, ¿originan propiedades de medida adecuadas a los datos que arrojan determinados procedimientos m etódicos? 3. ¿Cuáles son las condiciones necesarias para establecer una medición precisa y rigurosa en el estudio del proceso social? Son tres cuestiones que señalan el tema fundamental de este libro: la relación de la metodología y de la medida con la teoría. Toda exposición sobre las consecuencias teóricas de los procedi­ m ientos metódicos y de medida en sociología exige una digresión sobre los conceptos actuales de la medida, digresión necesaria, porque los sociólogos utilizan una forma mucho más general de medida que los naturalistas, y a menudo más atenuada. Por ello, el estudio de la medición en sociología exige cierta perspectiva técnica en que situar la práctica sociológica.

P E R S P E C T IV A TECN ICA

Comencemos con unas cuantas observaciones sobre los sis­ axiom áticos1. Conviene distinguir entre los cifrados (unÍnterpreted) y los descifrados (interpreted). Es cifrado un sistema axiomático formalizado, abstracto, que sólo comprenda términos lógicos, como «o», «y*, «no», y símbolos seleccionados arbitra­ r i a m e n t e , como $, %, J. Estos sistemas son útiles porque adte m a s

ráciones que permiten. Lo importante en este caso es que los sociólogos, en su

yuxtaponen a menudo las afirmaciones teóricas a las empíricas, esperando que el lector se encargue de demostrar una correspondencia sólo señalada por el investigador, quien no precisa con exactitud cuáles son los elementos, relaciones y operaciones relacionados. * Véase Hebert H ochberg: «Axiomatic Systems, Pormalization, and Scientifie Theories»; y May Brodbecx: «Models, Meaning, and Theoiy», en L. Gross (ed.): Symposium ort Sociological Theory (Row, Petersan), Ev&nstan, 1959. » H o c h b e r g , ídem, pág. 424. in v e s tig a c ió n ,

miten deducciones y pruebas en operaciones claras, guardando de los errores que acom pañan con frecuencia al empleo de tér­ minos descriptivos (descifrados, significativos)4. Los sistem as matemáticos, cuando son cifrados, se componen de meros sím­ bolos, verdades lógicas o tautologías. Así, pues, el sistema axiomá­ tico formalizado no se refiere necesariam ente al m undo real. Un sistema axiomático descifrado com prende térm inos des­ criptivos, además de lógicos. La sustitución de los símbolos y verdades lógicas de un sistem a axiomático cifrado, abstracto, por términos descriptivos y enunciados em píricos conduce a un sis­ tema descifrado5. Los axiomas o postulados de un sistem a axio­ mático cifrado pueden convertirse en las leyes científicas de un sistema descifrado. Por tanto, los sistemas axiomáticos descifra­ dos exigen que se dem uestre una correspondencia entre los ele­ mentos, relaciones y operaciones de los siste me m atem ático y sustantivo en cuestión. Las consecuencias exigen que se deter­ minen las propiedades de medida de las teorías. Así, el ejem plo de Zetterberg de un sistem a axiomático con propiedades ordina­ les significa que, en la teoría del suicidio de Durkheim, las pro­ piedades sustantivas se lim itan a las ordinales del sistema de m edida6. Dado que estas limitaciones pueden reducir mucho la escala de medida, plantean tam bién la cuestión de si sem ejante escala es adecuada para m edir los procesos sociales, como se proponía la teoría de Durkheim. Teorías implícitas y explícitas.—No todas las teorías son de carácter axiomático. Una teoría com puesta por un conjunto de leyes y definiciones que se relacionan deductivamente es un sis­ tema axiom ático7. No todos los sistemas axiomáticos son teorías. Provisionalmente al menos, convendrá distinguir entre estas dos clases de teorías. El prim er tipo, la teoría implícita, puede defi­ nirse en general como un conjunto de definiciones y de enuncia­ dos descriptivos de form a no axiomática y que, por tanto, no deben tomarse como un conjunto de leyes relacionadas. Lo cual no quiere decir que tales teorías no puedan com prender leyes o que no existan relaciones entre sus definiciones y enunciados descriptivos. De hecho, diversas teorías im plícitas pueden tener 4 H ochberg: op. cit., págs. 424-425. * Brodbbck: op. cit., págs. 376-378

* Hans Zetterberg: On Theory and Verification in Sociology (Tressler Press), Hueva York, 1954. 1 Hochberg: op. cit., págs. 376-378.

«cierta» ambigüedad, cuyo grado sólo podrá precisar quienquiera las haya creado o utilizado. Llamamos ambigüedad a la falta de sistem atización en la estructura conceptual, y según criterios ex­ te rn o s. La «complejidad» de muchas teorías implícitas en socio­ logía estrib a en la utilización de diversas clases de tipologías, paradigm as y recursos semejantes. Las teorías sociológicas son principalm ente implícitas, con algunos islotes de sistematización y m edida. Teoría explícita es un sistema axiomático descifrado, como lo definimos antes \ En sociología, realmente, no existen teorías explícitas, aunque se ha intentado «sim ularlas»9. Resumiendo, observamos que los sistemas matemáticos son per se sistemas axiomáticos (abstractos, formalizados) cifrados que com prenden símbolos y signos cifrados y enunciados tauto­ lógicos, m ientras que algunos sistemas teóricos comprenden sis­ temas axiomáticos empíricos o teorías explícitas. Cuando los axiom as de un sistema matemático tienen la misma estructura que las leyes de una teoría explícita: 1) pudiendo convertirse los axiom as del sistema matemático en leyes de la teoría explícita; 2) habiendo una correspondencia exacta entre los términos de los dos sistem as y sus enunciados; y 3) manteniéndose las conexio­ nes lógicas entre los axiomas y las leyes, respectivamente* ambos sistem as son isomorfos. La cuestión pertinente es cómo suponen tales isomorfismos los sociólogos que construyen o emplean «mo­ delos matemáticos» y «modelos de medida» con teorías implí­ citas y qué consecuencias se siguen para la teoría y el método. ¿Podem os derivar de teorías implícitas proposiciones reducibles a m edición rigurosa? ¿H a de haber teorías axiomáticas para que haya medida? No tengo respuestas claras, pero las tocaré segui­ damente. La medida.—Mucho de l o que se ha escrito en sicología y so­ ciología sobre la medida está sacado de la obra del físico Norman C a m p b e l l . Recientes libros de Torgerson y Churchman y Ratoosh 10 dan excelente información de diversas exposiciones sobre la medida y sus fundamentos matemáticos. Gran parte del tra­ * Las expresiones de teorías «explícitas» e «implícitas» han sido sugeridas por en comunicación personal. * V. Herbert S im ó n : «A Formal Theory on Interaction in Social Groups», American Socioloeicai Review, 17 ( a b r il 1952), 202-211; y Joseph B e r c e r , B e m a r d P. C ohén, J- Laurie Sneia y Morris Z e id itc h , Jr.: Types of Formalization in SmalU Group Research (Hougnton Mifflin), Boston, 1962. « Warren T o r g e r s o n : Theory and Method of Scating (Wiley), Nueva York, 1958; C. West Churchman y P. Raidos»: Measuremcnt (Wüey), Nueva York, 1959. H ochberg

bajo sobre la medida en sociología se ha hecho en los terrenos llamados corrientem ente sicología social y demografía, habién­ dose concentrado en la creación o empleo de sistemas m atem á­ ticos para describir la interacción de pequeños grupos, m edir actitudes y analizar datos demográficos. Campbell define la medida como la atribución de números (numbers) o, más en general, de cifras (numeráis) para representar p ropiedades11. Nagel la llama «la correlación de números con cosas que no son números» ,2. Stevens señala que, hablando en general, «es la atribución de cifras a objetos o hechos siguiendo unas reglas. Y el que puedan atribuirse cifras según norm as diferentes ocasiona distintos tipos de escalas y distintos tipos de medidas# u. Para Coombs, «en las ciencias físicas, la medida significa habitualm ente atribución de núm eros a observaciones (hecho que se llama "program a”) y el análisis de los datos con­ siste en m anejar dichos números u operar con ellos. Frecuente­ mente, ha intentado hacer lo mismo el sociólogo que toma la física por modelo. La tesis es... que el sociólogo que sigue tal procedimiento, a veces, violentará sus datos» M. Según Torgerson: La m edición atañ e a las prop ied ad es de los o b jetos, no a los m is­ m os objetos. Así, en n u estro uso del térm ino, no es m en su rab le un palo, aunque sí podrían serlo su longitud, peso, diámetro y dureza,. M edir una prop ied ad im plica, pues, a trib u ir núm eros a sistem as p a ra rep resen tarla. Y, p a ra ello, h a de p revalecer un isom orfism o, es decir, una relación exacta, e n tre ciertas ca ra c terístic a s del sistem a num érico im plicado y las relaciones e n tre d iversas can tid ad es (ejem ­ p los) de la propiedad p o r m edir. La esencia de este p ro ced im ien to es la atrib u ció n de n úm eros de tal m an era que se refleje esta co rrespondencia exacta e n tre dichas características de los n ú m ero s y las co rresp o n d ien tes relaciones e n tre las cantidades 15.

Las cifras pueden ser sencillamente un conjunto ordenado de elementos en correspondencia exacta con el sistem a numérico. El número y la cifra no siempre son intercam biables, como se 11 Norman C a m p b e ll: What is Science? (Dover), Nueva York, 1952, p á g . 110. 11 Em est N agel: «Measurement», Erkenntnis, 2 (1931), 313-333. ** S . S. S tevens : «Mathematics, Measurement, and Psychophysics», en S . S . S tevens (ed.): Handbook of Experimental Psychology (Wiíey), Nueva York, 1951. pág. 1.

14 Clyde Coombs: «Theory and Methods of Social Measurement», en L. F e s t in g e r D. K atz (eds.): Research Methods in the Behavioral Sciences (Dryden), Nueva York. 1953, pág. 472.

y

u T o rg b rso n :

op.

cit.,

p á g s . 14-15.

supone en las citas de Campbell y Stevens. Reese observa que «las cifras, por las que se entiende sencillamente un grupo de signos o símbolos convencionales en un trozo de papel, tienen u n orden convencional» Muchos autores no aclaran esta dis­ tinción entre cifras y números al tratar de la medida. Sobre esto. Reese cita a Campbell: Al hablar de la atribución de cifras, convendrá volver a subrayar que son cifras lo que se atribuye, no números. Como dice Campbell, «sería difícil evitar la impresión de que intervienen la idea de núme­ ro y las reglas de la aritm ética. Desde luego, están estrecham ente relacionadas con la medida; pero si no reconocemos que no son esenciales, no entenderemos esta relación» l7.

E sta distinción es im portante a fin de aclarar el sentido de a trib u ir cifras a objetos sin especificar qué sistema algebraico de operar con números es aplicable. Es posible crear un sistema m atem ático que utilice cifras para representar un sistema teórico su stan tiv o , pero no especifique si las operaciones m atemáticas d esarro llad as o implícitas en el sistema se refieren a algún sis­ tem a numérico particular. El sistema matemático puede reali­ zarse sin especificar un sistema numérico, dejando sin aclarar la cuestión de los postulados de medida. Puede idearse un mode­ lo m atem ático formal, un sistema descifrado, que no diga nada sobre cómo deben medirse los hechos observables que en él se producen. Muchas utilizaciones formales de los temas m ate­ m áticos tienen poco que ver con la ciencia social empírica. A me­ nos que puedan hacerse deducciones útiles con consecuencias em píricas, esos inventos se quedan en ejercicios intelectuales de dudosa importancia. C hurchm an ha expuesto el problem a general de la m edida: La atribución cualitativa de objetos a clases y la atribución de núm eros a objetos son dos recursos a disposición del m edidor para producir información generalmente aplicable. Pero, ¿qué recurso es m ejor? La sorprendente consecuencia de esta propuesta es que la m edida es una actividad decisoria y, en cuanto tal, debe estim arse según criterios de decisión. En este sentido, esto es, tomada la medición como actividad decisoria destinada a alcanzar un objetivo, no tenemos todavía una teoría de la medida. No sabemos por qué hacemos lo que hacemos. *.

Antes aludíamos a varias formas de racionalidad. El deseo «egoísta» de «comodidades* frente a «orgullo de padres» se en­ tienden como alternativas a las que llega por opción deliberada, pero no se sobreentiende racionalidad estricta en el proceso de » Family Planninq, Steririív, and Popuíatlon Growth, pág. 119. » Pbiersbn: op. ctL, pág. 240.

elección, lo cual indica que la racionalidad de la decisión es rela­ tiva a la finalidad que pretende alcanzar. Por ejemplo, el «bien de la sociedad», el hijo previsto, las «comodidades» presentes de ía pareja, las aspiraciones futuras, etc. Podemos entender las consideraciones de Petersen relacionando específicamente las pro­ posiciones teóricas sobre la m anera de sentido común de tom ar decisiones con las ideas del actor sobre las «comodidades» y el «orgullo» con respecto al nivel de vida y a los hijos. Según nuestra argum entación, las ideas del demógrafo y del sociólogo sobre la población deben com prender la noción de que el pensamiento «racional», deliberado, consciente, sobre el tam a­ ño de la familia está lim itado por m uchos rasgos de sentido común de la vida cotidiana, que incluyen cosas señaladas por Petersen, como las condiciones com unitaria^ por las que una pareja sin hijos se siente «desplazada» o la idea de la esposa de que cuatro hijos «estaría bien». Queda sin aclarar la noción de una discusión «racional» entre un m arido «bien educado» con una m ujer «bien educada» como determ inante im portante del tamaño de la familia. La racionalidad de las técnicas para lim itar el tamaño de la familia no significa que se conduzcan conforme a la racionalidad esencial a la utilización de técnicas anticonceptivas, incluso las parejas de nivel m ás elevado de instrucción y más acom odadas económicamente, es decir, las familias que, permaneciendo constantes los demás factores, pue­ dan ser más «racionales». Compárese con la explicación de No­ tes tein: 1. El alto grado de la n a ta lid a d de los c u a re n ta ha p o sp u esto definitivam ente la fecha en que pu ed an preverse en térm in o s rea­ listas poblaciones m áxim as. E stá m ucho m enos claro que el auge de la natalidad haya añ ad id o m ucho m ás a la población que lo que podría haberse ts p e ra d o a fines de siglo... 2. E n este tip o de p oblación (E sta d o s U nidos y E u ro p a Occi­ dental), en que existe g ran m edida de regulación racional de la fecundidad, es p ro b ab le que los in crem entos anuales de la población se distrib u yan de m a n e ra irre g u la r a tra v é s del tiem po, p o rq u e la n atalid ad es sensible a los cam bios de la atm ó sfe ra política, social y económ ica. E stos cam bios p ro d u cen irreg u la rid ad es en la d is tri­ bución p o r edades, que a rro ja n com plicados p ro b lem as de a ju ste socio-económico u . “ Frank W. Notestein: «The Population of the World in the Year 2000», en J. J. Spengler y O. D. Duncan (eds.): Demographic Analysis (The Free Press of Glencoe), Nueva York, 1956, pág. 37.

N otestein parece atribuir regulación racional a la fecundidad, pero dice después que la «natalidad es sensible a los cambios de la atm ósfera política, social y económica». Presumiblemente, son las fam ilias individuales, o más precisamente, los actores indi­ viduales quienes son sensibles a la situación política, social y económ ica. El demógrafo, aun de inclinación sociológica, gusta de señalar que se interesa por la conducta de agregados. Sin em bargo, las explicaciones de Petersen y Notestein significan que la distribución de la natalidad, la mortalidad, la migración y sem ejantes requieren alusiones explícitas e implícitas a las fuerzas sociales y a las decisiones de los actores, que no son de fácil medición. La simple clasificación requiere justificación teó­ rica. Notestein, por ejemplo, alude a las fuerzas sociales y a las decisiones de los actores al describir las «regiones con creci­ m iento de transición» y las «regiones de elevado potencial de crecimiento» ,J. En cuanto a aquéllas, dice que «han comenzado ya procesos de modernización que reducen la fecundidad y la m ortalidad» y que «siguen siendo im portantes la fam ilia agraria y las actitudes ante la natalidad que la acompañan, pero están siendo modificadas por la penetración de una comunidad de m entalidad crecientemente urbana y secular» H. En cuanto a esta noción de elevado potencial de crecimiento, observa que «la tasa de natalidad es muy elevada y bastante resistente al cambio para garantizar un rápido y sostenido crecimiento de la población cada vez que sea posible conseguir algo menos que una m orta­ lidad extrem adam ente elevada» 15. Además, «si hubiese gran can­ tidad de capitales que fuesen utilizados para el desarrollo, estas regiones podrían sostener una población mucho mayor que al presente, ofreciéndole un nivel de vida mucho más alto que el actual... Por otra parte, el desarrollo disminuiría la t^sa de mor­ talidad mucho antes de que comenzasen los procesos de reorien­ tación social, más lentos, que dan impulso a la tasa de nata­ lidad» w. Este tipo de explicaciones de Notestein y otros demógrafos suponen muchas variables complejas que requieren clarificación teórica antes de poder lograrse una medida precisa. La distri­ “ Frank W. Notestein: op. cií., pág*. 3843. " Idem, pág. 38. u Idem, pág. 39,

bución de la natalidad, de la m ortalidad y de la migración puede cruzarse por la edad, el sexo, la ocupación, nacionalidad, raza, estado civil, ingresos, etc., pero, no obstante, se citan como variables explicativas procesos sociales complejos difíciles de me­ dir y a menudo menospreciados, a los que el demógrafo alude implícita o explícitamente. Las generalizaciones producidas su­ ponen procesos sociales más fundam entales, de los que sabe­ mos muy poco. Por ejem plo, Notestein observa: Los p roblem as m ás difíciles so n los que se e n c u e n tra n en los terren o s de las ciencias sociales y de la técnica social (social engineering). Son los procesos relacionados del cam bio social, económ ico y político, que se hacen esenciales e n los p ro b lem as del crecim iento de la población. E stos p ro b lem as del cam bio deben e s ta r en el cen tro de las disciplinas sociales. D esgraciadam ente, las ciencias sociales, com prendida la d em ografía, tien en poco que a p o rta r. S a­ bem os m uy poco sobre los p rocesos del cam bio y n o nos esfo rzam o s m ucho por aprender. S in em b arg o , es del conocim iento m ás ad e­ cuado de los procesos del cam bio en los te rre n o s dem ográfico, so­ ciológico, económ ico y político del que p o d rán depender las p ro b a ­ bilidades de continuos ad elan to s e n el b ien e star san itario y m a te ria l de m edia raza h u m an a 17.

Los demógrafos no consultan seriam ente las teorías del p ro ­ ceso social fundamental: cómo perciben e interpretan las perso­ nas su medio, de m anera que las definiciones culturales alteran continuam ente los significados que se atribuyen a las m aterias incluso más precisas e inequívocas. Cambia el significado que se deriva incluso del «buen» conocimiento médico y científico y de las más «obvias» condiciones sociales, económicas y políti­ cas que convencerán a las personas de tener o no tener más hijos; de comer o no com er ciertos alim entos y vivir más; de aprender a reconocer ciertos «signos» para buscar más pronto asistencia médica; dv notar las situaciones políticas para actu ar en consecuencia; de reconocer las condiciones económicas p ara no em igrar a otra zona; de adquirir conocimiento sobre las ocu­ paciones que necesitan más personal, para hacer el cam bio ne­ cesario; y así sucesivamente. Al buscar una serie racional de condiciones en sus datos, el demógrafo, aun reconociendo que las pautas culturales conform an la racionalización progresiva de la sociedad, atribuye continuam ente racionalidad a su actor, aun afirm ando al mismo tiempo la im portancia de factores sociales,

económ icos y políticos muy dudosos. Es obvio que hace falta a cla ra r en qué medida la racionalización de la sociedad, la urba­ nización y las formas seculares de pensar son transformaciones de racionalidad estricta en sentido científico. Lo cual origina m o stra r cómo alteran la racionalidad estricta definiciones cul­ turales y pautas de acción basadas en conceptos de sentido co­ m ún del parentesco, las relaciones prim arias, las creencias reli­ giosas, la salud, la «buena vida», etc. Al aludir continuamente a estos factores culturales complejos, el demógrafo parece creer que ha llegado tan lejos como debía y que no le hace falta más examen, porque las variables culturales no se someten a la misma cuantificación que la natalidad, la m ortalidad y la migración. El dem ógrafo elude estudiar más las variables que llama culturales porque son difíciles de estudiar y comprometen su interés por los datos «firmes». Está también la tendencia a confundir la política y el «buen» plan con la imposición y ejercicio de un orden social. Ello es evidente en el interés del demógrafo por el óptimo de población y por los «problemas de población». Las «realidades» demográficas se consideran más objetivas porque su representación empírica es más fácil que los datos sobre el proceso social cotidiano. No queremos negar la influencia de los factores biológicos y físicos, sino reconocer que los conceptos cu ltu rale s cuyas propiedades de medida desconocemos son un rasgo necesario de las distribuciones que trata de explicar y predecir el demógrafo. Se supone, negándolo a menudo, que estas definiciones culturales y normas de conducta en el plano de la interacción social pueden comprenderse con procedimientos y definiciones racionales que m ostrarán cómo se corresponden con las distribuciones demográficas. Los sociólogos se interesan por estudiar cómo destruye o altera las estructuras tradicionales de la vida cotidiana la racionalización de la sociedad. Los demógra­ fos suponen que los efectos de la racionalización son conocidos y que puede lograrse racionalmente el equilibrio «óptimo» de la población. Tanto el sociólogo como el demógrafo presuponen que nociones como la racionalidad y la racionalización son con­ ceptualm ente claras y mensurables. La noción de que el tamaño de la familia depende de la racio­ nalización de la vida cotidiana ha llevado a demógrafos como Notestein a suponer que algo así como un hom bre «racional» estabilizará gradualmente su propia conducta» estabilizando la

distribución de la población en los países occidentales y occidentalizados. Petersen ha subrayado la influencia de nociones más vulgares, como las «comodidades» y el «orgullo de padres»; estas dos nociones se proponen como variables culturales. No obs­ tante, la teoría que considere cualquier cosa, cualquiera que sea, como «racional» en cuanto al plan fam iliar tiene que dar calidad de variable a la noción de racionalidad. Ello no significa que en la vida cotidiana no exista la opción racional. Schutz declara explícitamente que la «racionalidad» existe m anifiestam ente en la vida cotidiana, y fundam entalm ente consiste en el interés por la «claridad y distinción» cuando son consecuentes con el interés práctico y las circunstancias del actor: Ello no quiere d ecir que no exista la opción racional en la esfera de la vida cotidiana. De hecho, sería suficiente in te rp re ta r los té r­ m inos de claridad y distinción en un sentido m odificado y re strin ­ gido, a sab er, com o la clarid ad y distinción adecuadas a las exigen­ cias del in terés p ráctico del a c to r... Lo que quiero su b ra y a r es que el ideal de la racionalidad no es ni puede se r un rasgo p ecu liar del p ensam iento cotidiano ni pu ed e ser, por tan to , un principio m etó ­ dico de la in te rp re ta ció n de los con juntos hum anos en la vida co­ tid ian a 18.

Garfinkel, en un artículo basado en la obra de Schutz, obser­ va que el investigador no puede considerar que las justificacio­ nes científicas se corresponden con las norm as de interpretación por el actor de los hechos de la vida cotidiana, sino sólo como ideales que orientan sus propias actividades como sociólogo 19. Garfinkel enumera las diversas propiedades racionales de la con­ ducta y las condiciones en que ocurre una conducta racional de diferentes tipos en los sistemas sociales. El siguiente sum ario de sus consideraciones más elaboradas señala brevem ente algu­ nas circunstancias diversas en las cuales podríam os decir que el actor actúa «racionalmente»: a) la categorización y com paración por el actor de las experiencias y objetos; b) la utilización por el actor de medios que sirvieron en situaciones anteriores para conseguir soluciones a las presentes; c) el análisis de diversas alternativas p o r el actor y las consecuencias que podrían deri­ varse de acciones diferentes; d) el interés del acto r por las ex­ “ Alfred Schutz: «The Problem of Rationality in the Social World», op. cit.,

págs. 142-141 " Harold Garfinkel: «The Rational Proper ties of Scien tifie and Common Sen se Activities», Behavioral Science, 5 (enero 1960), pág. 76.

pectativas que podrían derivarse de la catalogación que él u otros hacen de los hechos; e) la tentativa del actor de establecer ciertas reglas que lo capaciten para predecir situaciones futuras y redu­ cir los elementos de sorpresa, y f) que el acto r se perm ita cierta posibilidad de elección teniendo diversos motivos para tom ar alguna *. La sustancia de los comentarios de Garfinkel es que el soció­ logo debe establecer un modelo del actor que le perm ita decidir, tanto las propiedades teóricas, como las empíricas de las ju sti­ ficaciones de la acción. Arguye que las justificaciones estricta­ m ente científicas no pueden obedecerse en la vida cotidiana, porque crearían condiciones anómicas o absurdas en la interac­ ción del actor con los dem ás21. El problema al estudiar los datos demográficos, como en sociología en general, es elaborar un m odelo que distinga las justificaciones del investigador como observador científico, el sentido vulgar que emplean las organi­ zaciones y el persohal para interpretar y clasificar los hechos en categorías y las norm as interpretativas del actor para entender su medio. El problema de la racionalidad en el análisis de la población está también en la siguiente exposición sobre el urba­ nismo y la urbanización. Petersen observa las dificultades para distinguir entre urba­ nismo y urbanización. Señala que «el urbanismo, la cultura de las ciudades, es la forma de vida de sus habitantes; la urbaniza­ ción es el proceso de formación de ciudades o la condición de ser una ciudad. La correlación entre ambos, que se pudo suponer una vez, ahora tiene que ser tema de investigación em pírica»21. El urbanism o se contrapone a cierto tipo ideal, como el de la «sociedad tradicional» («folk society»), según Redfield. Como s e ñ a l a Petersen, Redfield, entre otros, ha caracterizado la socie­ dad tradicional como pequeña, consuetudinaria, espontánea, per­ sonal y orientada al parentesco, por citar unas cuantas caracte­ rísticas, m ientras que Wirth (basándose en Simmel), llama al urbanism o impersonal, competitivo, de dominio formal, super­ * Harold G a r f i n k e l : op. cit., págs. 73-75. El lector se dará cuenta de que estas caracterizaciones de la acción vulgar «racional» dan a entender cierta especie de cálculo, pero es curioso que falte su forma real. Se pone el énfasis sobre lo «ra­ zonable», lo «explícito» y lo «eficaz». Aunque estos caracteres son recompensados en la vida cotidiana, no tienen la precisión esencial a los cánones de la investísación científica ideal ni a los requisitos para programar una computadora. * Idem, pág. 82. * PEmtSBN*. op. cit., pág. 180. Subrayado en el orlglnaL

ficial, transitorio y caracterizado por relaciones secundarias, por mencionar los rasgos generales. Citemos de nuevo a Petersen: E n el análisis de la población, el elem ento m ás in te re sa n te de la p olaridad es quizá el expuesto d etallad am en te p o r W eber en su c o n traste en tre lo tra d ic io n a lista y lo racional. Con p alab ras suyas, el tradicionalism o es «la creencia en la c o stu m b re cotidiana com o norm a inviolable de conducta». «La dom inación q u e se apoya en este fundam ento, es decir, en la devoción p o r lo que real, su p u e sta o p resum iblem ente ha existido siem pre», es lo que él llam a «auto­ rid ad tradicionalista». E l m odelo racional, p o r o tra p a rte , d en o ta «la consecución m etódica de una fin alid ad practica y d efinitivam ente d ad a a través de un cálculo cad a vez m ás preciso de los m edios adecuados», o, en el p lan o a b stra c to , el «creciente dom inio teórico sobre la realidad p o r m edio de conceptos cada vez m ás preciso s y abstractos». El secto r racio n al de la cu ltu ra, en resum en, com p ren d e todo ám b ito de la vida social en q u e se bu sq u e conscientem ente p o r m edios no m ísticos un fin realizable. E n la definición de la cu ltu ra p o r Tylor, la fe, el a rte , la m oral, la c ó stu u ib re y los h á b ito s son prin cip alm en te no racionales, en el sen tid o de W eber; pues tienen funciones, pero n o finalidades: no son a d ap tacio n es im agi­ nadas conscientem ente p a ra sa tisfa c e r necesidades definidas. Con frecuencia, tam b ién son, en p a rte , no racionales incluso el «cono­ cim iento» y las «capacidades», que pueden to m arse com o los ele­ m entos racionales de e sta definición de la c u ltu r a 23.

Petersen señala acertadam ente los rasgos «no racionales» de la cultura definidos por Tylor. Pero es posible una confusión, debida a la caracterización que hace Petersen de los sectores racionales de la cultura como «todo ám bito de la vida social en que se persiga conscientemente por medios no místicos un fin realizable». Las observaciones de Schutz y Garfinkel sobre las propiedades de la racionalidad son más precisas, dando a enten­ der que en la obra de W eber quedan muchas cosas sin determ i­ nar. No puede esperarse, desde luego, que Petersen ofrezca un extenso análisis de la racionalidad en un libro sobre la población. Considerar la acción racional y «no racional», o tradicional, como simple dicotomía no es adecuado, porque algunos fenómenos que se incluirían en estas dos alternativas no están suficientem ente abarcados por ninguna de ellas. Esto es evidente en la alusión de Petersen al «conocimiento» y a las «capacidades» como, «en parte, no racionales». Se ve m ejor la dificultad de em plear los tipos ideales de Weber al observar Petersen que «la evolución de las civilizaciones adelantadas a p a rtir de las sociedades prim i­

tivas ha consistido en gran m anera en la extensión del ámbito de la acción racional» 2\ No quiero decir que las civilizaciones «adelantadas» no incor­ poren o no puedan incorporar más acción racional, sino que la fa lta de toda precisión conceptual y empírica sobre lo que quiere decirse exactam ente con racionalidad y tradicionalismo en dife­ rentes planos de análisis y sectores de la sociedad hace difícil m o stra r en qué difieren las civilizaciones «adelantadas» o en qué aspectos son las mismas que las sociedades «primitivas». Las frases siguientes de Petersen atribuyen importancia decisiva a un concepto de la racionalidad que parece darle sustancia y es­ tru c tu ra invariables: «En el Occidente moderno en particular, la opción calculada entre actos alternativos sobre la base de sus probables consecuencias es una pauta de conducta habitual. En la técnica y en el comercio, dos amplios terrenos vitales cuyo elem ento racional es fuerte en muchas culturas, el hombre occi­ dental ha alcanzado el último extremo: el método científico y la c o n ta b ilid a d . Y, lo que es más im portante en este contexto, esta idea se ha difundido de estas instituciones a otras, como a la n a ta lid a d , que en otras culturas están reguladas típicamente por norm as tradicionalistas» a. Llam ar «racional* a una cultura en que esté presente la téc­ nica científica plantea la cuestión de por qué no aprovechan auto­ m áticam ente la técnica y actúan «racionalmente» las personas de todos los niveles de instrucción que conocen su eficacia y existencia. Más im portante, la anterior documentación ilustrativa de los demógrafos sociológicos no es clara sobre cómo «se difunde de esas instituciones a otras, como la natalidad...», la idea racio­ nal del m étodo científico y de la contabilidad, influyendo a los padres a ser «racionales» en su utilización de los anticonceptivos, en su análisis de cuántos hijos deben tener, su potencial futu­ ro, etc. La presente crítica exagera algo el énfasis sobre una «racion alid ad * indefinida, si recordamos la anterior cita de Petersen, según la cual existe el deseo de «comodidades» y «orgullo de padres» y la explicación de Notestein sobre la im portancia de la «atmósfera» social, económica y política para el tam año de la familia. No digo que haya contradicción, ni que Petersen y No­ testein estén equivocados, sino que sus im portantes comentarios * P e t e r s e n : op. cit., pág. 182. 0 ídem, págs. 182-183.

reflejan un conjunto de supuestos teóricos no aclarados, y que deben precisarse. Lo que queremos saber —como también, segu­ ram ente, Petersen y Notestein— son los obstáculos y la influencia del aumento de la racionalidad sobre el pensam iento tradicional, o vulgar y los actos de la vida cotidiana. El deseo de «comodi­ dades» y de «orgullo de padres», adem ás de la «atm ósfera social, económica y política», como contingencias de la vida cotidiana no son condiciones, sin embargo, que el actor satisfaga con ju s­ tificaciones científicas. Pero el pequeño grupo de sociólogos al que pertenecen Petersen y Notestein utiliza datos demográficos que reconocen la pertinencia de las justificaciones del actor y las variables culturales. La mayor parte de las ideas dem ográficas sobre el hom bre han subrayado su creciente tecnología racional. Y aunque la raciona­ lidad se vincula al creciente urbanism o, industrialización, conta­ bilidad racional, gestión burocratizada de las organizaciones y a la tecnología dirigida por el m étodo científico, pocos dem ógra­ fos reconocerían la pertinencia de los estudios sobre las organi­ zaciones complejas, según los cuales la estructura y las ideologías «informales» o extraoficiales son muy decisivas para com prender cómo se tom an las decisiones. Los demógrafos y los ecólogos pocas veces se interesan por m ostrar em píricam ente cuál es la diferencia ideológica entre la vida tradicional (folk) o rural y la vida urbana y la influencia de la ideología sobre las decisiones cotidianas del actor. Los sociólogos señalan la im portancia de la familia, de los grupos prim arios y de los medios de difusión para las decisiones cotidianas. No hay estudios, sin em bargo, que con­ trapongan la decisión «primitiva» y la urban a en la vida cotidiana y pocas veces son comparables las m onografías existentes. Pocos estudios han superado el análisis ideal-típico polarizado. La idea de que las justificaciones tradicional y científica de la acción se superponen y de que son im portantes las contingencias locativas por tipo de actor requiere un estudio empírico. Aunque en demo­ grafía falta interés por la teoría explícita, la existencia de datos demográficos, aparte de sus inconvenientes, ha tenido mucha influencia sobre los estudios sociológicos. El problema se ha equivocado, porque tanto los sociólogos generales, como los orientados a la demografía han hecho pocos esfuerzos p o r am­ pliar y operativizar la abreviada exposición de W eber sobre la autoridad tradicional y por form ular una precisión más detallada

de la racionalidad. Estos conceptos han retenido su cualidad ideal-típica, habiéndose limitado su aplicación a formulaciones ab strac ta s sobre la industrialización, el urbanismo, la migración, el tam año de la familia y semejantes. La existencia de datos de­ m ográficos no ha servido más que para impedir la clarificación conceptual. El uso de tipos ideales polarizados y de correlaciones ecológicas * oscurece el análisis de los elementos clasificados den tro de ellos, lim itando el orden posible de combinación de esos elem entos e impidiendo, por tanto, detallar las propiedades de esos tipos para m ostrar su interacción y combinación. Sin una teoría que nos explique o nos oriente, las polaridades, como racional-irracional y tradicional-urbano, se sostienen arbitraria­ m ente y no se ofrece la posibilidad de «combinaciones» según la teoría de conjuntos. El gran número de nacimientos acciden­ tales que m uestran los estudios sobre el tamaño de la familia puede interpretarse que revela la persistente intervención o «su­ pervivencia» de definiciones culturales tradicionales sobre el plan familiar. Estos datos revelan diferencias en cuanto a la existencia de medios sanitarios, programas asistenciales y cono­ cim ientos sobre cuándo procurarse asistencia. Los estudios sobre las «actitudes» de los padres ante el tamaño de la familia supo­ nen con frecuencia que prevalece la «racionalidad», lo cual es­ tru c tu ra los tipos de preguntas que se hacen. Estos estudios no miden los procesos sociales dentro de los cuales se toman las decisiones «racionales» o vulgares. En vez de cruzar el tamaño de la familia por los ingresos, la instrucción, la ocupación, la religión y semejantes, quizá fuese más significativo preguntarnos cómo entienden la vida familiar, en general, las familias habitua­ das a la instrucción y a los procedimientos científicos, a diferen­ cia de las no habituadas. Y en especial, si prestan consideración cuidadosa al número de hijos deseados o a su espaciado; si hacen estimaciones de sus ingresos futuros, y con qué cuidado; con qué preocupación utilizan sus métodos y recursos anticonceptivos; en resumen, qué tipo de justificaciones se emplean al decidir sobre el tamaño de la familia, la migración o los cambios de trabajo.

” Cfr. W. S. R o s in s o n : «Ecological Córrelaíiona and the Behavior of Indi­ viduáis», American Sociological Review, 15 (Junio 195(0, 351-357.

En este epígrafe final, quisiera m ostrar la utilidad de las téc­ nicas demográficas, describiendo una en particular, la tabla de m ortalidad, y tratando de señalar cómo pueden clarificarse los supuestos teóricos que encierra su utilización, de modo que pue­ da aplicarse m ejor en la investigación sociológica. Comencemos con la descripción que hace George W. Barclay de la tabla de mortalidad: La tabla de m o rtalid ad es el h isto ria l de un gru p o o co n ju n to (cohort) hipotético de personas, conform e dism inuye g ra d u alm en te p o r los fallecim ientos. E l h isto ria l com ienza con el nacim ien to de cada m iem bro y p rosigue h asta q u e todos h an m u erto . El co n ju n to pierde una p roporción p re d e te rm in ad a a cad a edad, re p rese n tan d o , p o r tanto, una situ ació n im aginada a rtificialm en te. Lo cual se hace p o r m edio de unos cu an to s su p u esto s sim plificadores, que se pueden exponer com o sigue: a) El con ju n to está «cerrado» fren te a la em igración y a la inm i­ gración. Por consiguiente, no hay m ás cam bios de m iem b ro s que p o r las pérdid as deb id as a fallecim iento. b) Las personas m ueren a cad a edad según un p ro g ra m a fijad o de antem ano, y que no varía. c) El conju n to proviene de c ie rta c an tid a d fija de n acim ientos (que se establece siem p re en u n nú m ero redondo, com o 1.000, 10.000 o 100.000) llam ada la «raíz» de la ta b la de m o rtalid ad . E ste asp ecto norm alizado facilita la co m p aració n en tre diferen tes ta b las de m o r­ talidad. Además, la p roporción de su pervivientes desde el nacim ien to h a sta cualquier edad d eterm in ad a queda c la ra de un vistazo a la m ism a tab la: p o r ejem plo, si de un co n ju n to inicial de 10.000 so b re­ viven 5.420 m iem bros a la edad d e trein ta y cinco años, significa que han alcanzado e sta edad ex actam en te el 54,2 p o r 100. d ) A cada edad (exceptuando los p rim e ro s años de vida), los fallecim ientos se d istrib u y en p o r igual e n tre un cum pleaños y el siguiente. Es decir, que la m ita d de los fallecim ientos esp erad o s de los nueve a los diez años o c u rren cuando en todos los casos se h a alcanzado la ed ad de nueve años y m edio. (Un poco después verem os la significación de éste supuesto .) N orm alm ente, el co n ju n to tien e m iem bros de sólo un sexo. Se p uede e la b o ra r una ta b la de m o rta lid a d de am bos sexos ju n to s, pero la diferencia de la m o rta lid a d m asculina y fem enina en la m ayor p a rte de las ed ad es es su ficiente p a ra ju s tific a r q ue se las considere a p a r te 21. 9 G. W. Barclay: Techniqu.es a f Population Analysis (Wiley), Nueva York, 1956, págs. 93-94.

Se verá que la tabla de m ortalidad puede entenderse como modelo p ara caracterizar elementos del orden social. Las normas que orientan la conducta en este orden pueden enunciarse con bastante precisión. El modelo, o población ideal, puede utilizarse de modo que se deriven estimaciones probabilistas de períodos futuros, dadas ciertas condiciones precisables. Este modelo se ha aplicado a una variedad de problemas M. La tabla de mortalidad quiere m ostrar una serie ideal de condiciones en las que se pro­ duce una distribución determinada. El rasgo esencial del modelo invierte los supuestos sobre cómo se las arregla la gente para «sobrevivir» a cada fase sucesiva en cierta organización, m atri­ monio, edad cronológica y semejantes. Como todos los modelos, exagera ciertas condiciones en el sentido de un experimento ideal. El cotejo se hace m ostrando prim eram ente cómo se logra una distribución determ inada paso a paso a través del tiempo, su­ puestas unas condiciones particulares. Esto permite predecir estados futuros según supuestos precisables facilitando al inves­ tigador com parar su distribución «proyectada» con la efectuada «naturalmente». Mostrándose lo que ocurriría, a diferencia de lo que ocurrirá si se mantienen ciertas condiciones, es posible iden­ tificar algunas fuentes de las que contribuyen a las variaciones, digamos, en la mortalidad. Pero, si hemos de utilizar la tabla de m ortalidad como modelo de predicciones más precisas, hace falta una información teórica más detallada. Tenemos que hacer nuevas distribuciones que reduzcan el marco de posibilidades de modo que podamos examinar los casos reales para verificar la validez del modelo ideal. Entonces podríamos hacer que las condiciones imaginadas artificialmente y que arrojaron la dis­ tribución proyectada se correspondiesen más exactamente con la teoría fundam ental y sustantiva. Los demógrafos prefieren trabajar con datos de los que saben a menudo que tienen inconvenientes, pero con los que se sienten «cómodos». Frecuentemente, eso es consecuencia de su fácil acceso a la información reunida por los organismos locales, esta­ tales, nacionales e internacionales, y agrupada ya en forma cuana Vid. M. Kjumer y otros: «Application of Life Table Methodology to the Study of Mental Hospital Population», reimpreso de Psychiatric Research Reports, núm. 5 (American Psychiatric Association), Washington. D. C., junio 19S6. M Kjumer y otros: >A Method for Determination of Probabilities of Stay, Release, and Death, for Patients Admitted to a Hospital for the Mentaltv Dencient: The Experience of Pacific State Hospital During the Period 1948-1952», Am. I. Mental Deficiency, 62, 1957.

titativa o cuantificable. Esos datos provienen de fuentes sobre las cuales pocas veces los demógrafos tienen autoridad y su carácter de agrupados evita inconvenientes y asim ilar nueva in­ formación que perm itiría más alternativas teóricas. Hace falta estudiar cuidadosamente las condiciones que rodean a la elabo­ ración de una distribución determ inada, si ha de estim arse efec­ tivamente el valor de ios datos. Los inconvenientes de estos estu­ dios se deben a la tergiversación de los historiales por las ideas vulgares del personal que tiene que registrar los datos brutos de acuerdo con cierta serie de reglas. Cada alteración sucesiva sigue influyendo la distribución final. Sin estudiar estas influencias, el demógrafo tiene que aventurar determinaciones secundarias de las fuentes de error e imponer ciertas reservas al análisis y ex­ posición de sus datos. Con estas consideraciones sobre la tabla de m ortalidad, ape­ nas bosquejada, queremos subrayar la im portancia de precisar explícitamente los supuestos teóricos antes de utilizar los datos demográficos. Estos datos adolecen de limitaciones organizati­ vas, lo cual ha llevado a una teorización muy abstracta, y que no se ajusta a los datos sino con posterioridad. Ahora bien, la teoría es difícil de convertir operativam ente, excepto para obte­ ner medidas generales que adm itan una variedad de interpreta­ ciones. Estas interpretaciones suponen habitualm ente procesos sociales fundamentales. A menos que el demógrafo busque m ar­ cos teóricos más elaborados que señalen explícitam ente supuestos sobre el proceso social, pocas veces sabrá si tendrá tam bién otros datos que confirmen o desacrediten sus hipótesis. La falta de precisión teórica de la mayoría de las explicaciones demográficas de los recuentos descriptivos ha llevado a una falta de interés, e incluso a la eliminación del proceso social. Las ex­ posiciones que hacen los demógrafos sobre toda una economía o sociedad, sobre las áreas m etropolitanas, las regiones geográ­ ficas, las poblaciones rurales y urbanas, etc., dan a entender que tales caracterizaciones generales, no sólo son las más «im portan­ tes», sino también que, en cierto modo, son independientes de los procesos sociales que pueden haber contribuido a originarlas. La tendencia es a cosificar la estructura social. La consecuencia es que la estadística vital, el m aterial del censo y los datos sobre la migración deben o pueden tratarse como independientes de los procesos sociales fundam entales. Pero al menos unos cuantos

dem ógrafos hablan explícitamente de diferencias de «actitudes» ante la fecundidad, la influencia de la «atmósfera* social, eco­ nóm ica y política, de los llamados factores «atracción-repulsión» en la migración, la influencia de la «tensión profesional» sobre la m ortalidad y de la resistencia de los «factores culturales» a las innovaciones técnicas. Estos son sociólogos orientados a la de­ m ografía y se encuentran en minoría entre los demógrafos. Los dem ógrafos suponen a menudo influjos culturales, pero estas variables culturales no se vinculan explícitamente, o no se las considera pertinentes a las «realidades» demográficas; quiere decirse, una vez más, que son las «realidades verdaderas» las m ás im portantes. Comprender por qué y cómo se las arreglan las personas en su vida cotidiana, qué es lo que origina eso que se llama «realidades demográficas», exige estim ar cuáles son las norm as que orientan los significados cotidianos de sentido co­ mún. Analizar los datos demográficos exige conocer cómo se com binan estos significados con los procedimientos de docu­ m entación para producir las regularidades que titulamos «estruc­ turas sociales». Un ejemplo extremado de mi argumentación, que no niega muchas utilizaciones im portantes de la estadística vital, sería considerar la edad y el sexo como posiciones «conseguidas» que requieren se especifiquen aquellas condiciones en que se tra ta a las personas como «varones» o «jóvenes» u «homosexua­ les» por las imputaciones de los demás, cómo se entienden a sí mismas y cuidan su presencia mutua. El demógrafo puede tom ar justam ente la edad y el sexo (y la raza, identificada por las ofi­ cinas del empadronamiento, los hospitales y los censos) como datos, pero puede haber ocasiones en que el sociólogo quiera saber en qué condiciones las personas se creen, o creen a otros, «demasiado viejos» para emigrar, o para empezar en un nuevo empleo, para volver a ser «madre», etc. A mi parecer, la medición de estas características para fines sociológicos no puede tom ar la forma que ofrecen la información de estadísticas vitales ni las oficinas del censo. Las representaciones cuantitativas suminis­ tradas por los organismos que producen estas distribuciones no se corresponden necesariamente con los criterios del sociólogo para lograr una medida precisa. El método demográfico se compone de técnicas p ara conver­ tir una información precifrada en datos que tengan apariencia de rigor, cuantificación y verificación precisa de hipótesis. Aun­

que las distribuciones de la natalidad, la m ortalidad, la nupcia­ lidad, las migraciones, y sem ejantes fuesen representación casi perfecta de hechos reales, la utilización sociológica de los datos demográficos seguiría estando lim itada a su interpretación por sus propias teorías del proceso y de la estructura y a reducir el marco de posibilidades de m anera que puedan verificarse hipó­ tesis más elaboradas y de derivación teórica con datos indepen­ dientes, recogidos por los métodos del investigador. Las m ism as distribuciones adquieren pertinencia dentro del contexto de los términos cotidianos y organizativos en que se recogieron y el sociólogo ha de estar preparado a menudo para estudiar estas condiciones cotidianas y organizativas. La utilización sociológica de tales datos puede depender de derivaciones teóricas indepen­ dientes y de otros datos basados en un examen más com pleto de las decisiones que intervinieron en la elaboración inicial de la información oficial. Unos datos independientes, basados en con­ ceptos de im portancia sociológica, buscarían los elem entos del proceso social que están supuestos en las distintas distribuciones de la natalidad, la m ortalidad, la nupcialidad, el divorcio, la migración, etc. Técnicas como la tabla de m ortalidad son contri­ buciones estimables p ara obligar al investigador a explicitar sus supuestos y a sobrepasar las lim itaciones de los datos dem ográ­ ficos precisados.

EL MATERIAL HISTORICO Y EL ANALISIS DE CONTENIDO

El m aterial histórico y el análisis de contenido no son m éto­ dos de investigación sobre el terreno, como la recogida de datos mediante la participación real, la entrevista, los cuestionarios, los censos, etc. Estos métodos se refieren habitualm ente a m ate­ riales producidos en el pasado, y que en muchos aspectos son registros singulares y manifestaciones de conducta que el soció­ logo trata de reconstruir o analizar a través de cierto conjunto de categorías interpretativas. Este se basará presum iblem ente en una teoría que tenga la finalidad de explicar y reconstruir el m a terial1. Incluyendo en el mismo capítulo la utilización de m a­ teriales históricos y del análisis de contenido, quiero subrayar que los m ateriales sometidos a análisis histórico o de contenido deben ser ordenados por cierta teoría sociológica, incluso en los casos en que el investigador es de suponer esté reconstruyendo la teoría de la sociedad de otro. 1 En este capítulo seguimos muy de cerca a Louls Gottschalk, Clyde Kluckhohn y Robert Annell: The use of Personal Dacuments in History. Anthropology and Sociology (Social Science Research Council), Nueva York, 1947; Bernard B e r e l SON: Contení Analysis in Communicative Research (The Free Press of Glencoe), Nueva York, 1952; Dorian Cartwricht: «Analysis of Qualitative Material», en L. F e s t i n g e r y D. K a t z : Research Methods in the Behavioral Sciences (Holt, Rinehart and Winston), Nueva York, 1953, páas. 421-470; e Ithiel De S o l a P o o l (edj: Trends in Contení Analysis (Unlversity o f Illinois Press), Urbana, 111., 1959.

Los m ateriales históricos y el análisis de contenido son útiles al sociólogo para señalar hipótesis, verificarlas con posterioridad bajo diversas limitaciones y para ayudarle a establecer una pers­ pectiva general en que situar las fuentes contemporáneas de datos. Sería difícil, si no imposible, una verificación precisa de hipótesis en el m omento presente, porque nuestros conceptos y fuentes de datos son demasiado confusos. El perfeccionamiento de la teoría origina técnicas más precisas para descomponer estos m ateriales en unidades más precisas de análisis. Los materiales no científicos contemporáneos e históricos encierran sesgos y el investigador generalmente no tiene acceso al marco en que se produjeron; no siempre están sujetos a análisis y cotejo los sig­ nificados pretendidos por el productor de un documento y las c ir c u n sta n c ia s culturales que rodearon su recogida. Es d ifícil separar la reconstrucción o recreación de las imputaciones e in n o v a c io n e s que impone la propia perspectiva del investigador. Merece citarse aquí la siguiente afirmación de Gottschalk: «Tiene que e sta r seguro [el historiador] de que su relación procede ver­ daderam ente del pasado y de que su imaginación se dirige a la recreación, y no a la creación» 2. Y prosigue: E s una p ero g ru llad a decir que el h isto riad o r que conozca m ejor ]a vida contem p o rán ea com prenderá m ejor la vida pasada, pues las generaciones p resentes sólo pueden entender a las pasadas en tér­ m in o s (parecidos o no) de su pro p ia experiencia... P or lo general, pu ed en h acer las m ejores analogías y co n trastes los historiadores q u e tengan m ás para escoger, es decir, la m ayor experiencia, sabidu­ ría y conocim iento. No hay p erogrullada que nos diga cóm o a d q u irir m u ch a experiencia, sabiduría y conocim iento ni cóm o tran sfe rir e s ta s cualidades a la com prensión del p a sa d o 1.

Es la capacidad imaginativa del historiador para entrar en este juego conceptual comparado, respaldada por la argumen­ tación lógica y la cuidadosa utilización de documentos, lo que explica significativamente el pasado. La medida en que el pasado pueda explicarse puede variar según los máteriales disponibles y la información complementaria, por ejemplo, una lengua y sin ta x is particulares que incluyan estructuras de sentido tácitas y requ ieran com prender la vida cotidiana de las personas y épo­ cas particulares. 1 Louis G o t t s c h a l k : «The Historian and the Historical Document», en Gorrrsouix, KLUdHMN y Amcell, op. cit., pág. 9. Subrayado en el original. * Ibid.

Según Gottschalk, hay una serie de reglas generales desarro­ lladas y utilizadas por los historiadores para decidir la autenti­ cidad y el tipo o fuente de los datos. El historiador se centra a menudo sobre un período particular de interés para él tratando de abstraer los rasgos generales y específicos de ese lapso, aten­ diendo a los elementos sustantivos de una sociedad, grupos o personas de ella. El problema para el análisis de contenido es em plear una teoría que sea lo bastante precisa para capacitar al investigador a determ inar de antem ano qué buscará en cierto conjunto de materiales, cómo habrá de identificar y extractar el m aterial, cómo tendrá que sistem atizarlo y, por último, cómo deberá deci­ dirse su significación. La m edida en el análisis de contenido, como en el análisis de los documentos históricos, exige que el investi­ gador (o cifrador) utilice cierto esquema a priori de m anera normalizada. El observador, como lo hace en la investigación sobre el terreno, toma el papel de instrum ento de medida. Atri­ buye significación al m aterial de tal m anera que se descubra y se recuente adecuadamente el contenido equivalente. En el resto de este capí tulo examinaremos las consecuencias de estos proce­ dimientos para el valor de los documentos históricos y el análisis de contenido.

LOS DOCUMENTOS HISTORICOS

Gottschalk, hablando del problem a tem poral de la fidelidad' en la manifestación de opiniones, editoriales, ensayos, discursos, octavillas y cartas al director, dice: De hecho, hay una escu ela de h isto riad o res p a ra quienes los valo­ res y las ideas cam bian con los p eríodos históricos, lo que es u n principio justificab le de estética, m o ralidad y política en u n a época lo puede se r m enos en o tra y que las form as de pen sar son relativ as a las condiciones co n tem p o rán eas que surgen de la a tm ó sfe ra h istó ­ rica y cu ltural de una zona y época d eterm in ad as. E sta idea, que niega la validez d e p rin cip io s ab so lu to s en h isto ria , se llam a a veces relacionism o histórico, o historicism o. In siste en la relación d e las ideas con las circ u n sta n c ias h istó ric as (com prendidas o tra s ideas); m antiene que las id eas son ú n icam ente «función re fle ja d e

la s condiciones sociológicas de que surgieron». E ste tipo de reía» c io n ism o histórico es estrech am en te afín a la sociología del cono­ c i m i e n t o (Soziologie des W issens). Va de Hegel y M arx a Meinecke y M annheim , p asando p o r W eber y T ro e lts c h 4.

E n no ta de pie de página al pasaje citado, el au to r observa que T roeltsch y Mannheim insisten en que su «tipo de historicism o no incluye el relativismo histórico, al que distinguen del r e l a c i o n i s m o , y que rechazan por negar todo concepto de con­ servación y totalidad. Defienden Ja búsqueda de absolutos...». G o tts c h a lk está en contra de la noción de que el conocimiento histórico es siempre relativo a las condiciones de la época y lugar en que ocurrieron Jos hechos, pero estaría de acuerdo en que, si hemos de com prender los escritos de épocas pasadas, hem os de entender la época suficientemente bien para determi­ n a r si existe o no una relación significativa entre la obra y su tiem po. Así, pues: ... Aun siendo cierto, indudablem ente, que en gran p a rte reflejan a tm ó sfe ra cu ltu ral de su época (Zeitgeist, «clima de opinion», m ilteu . -), el h isto ria d o r que no conozca ya bien esas épocas p articu ­ l a r e s no p o d rá decir en qué m edida han sido influidos los docu­ m en to s, o h an chocado, o han ejercid o u n a influencia sobre esa a t m ó s f e r a cultural. Por ello, ha de estud iarse el Zeitgeist p ara enten­ d e r p lenam ente todo docum ento personal; y, sin em bargo, tam bién es c ie rto que ios docum entos de un período capacitarán al historia­ d o r p a ra e stim a r m ejo r su atm ósfera c u ltu r a l5,

la

Así, pues, presumiblemente, el investigador necesita una teo­ ría que trate de establecer qué relaciones invariables existen a través del tiempo, además de los rasgos particulares y variables de épocas determinadas. El problema del sentido vuelve a ser e se n c ia l. Gottschalk es claramente consciente de este problema y reconoce la necesidad de determ inar los significados denota­ tivos y connotativos en vigor en la época en que se produjo un d o c u m e n t o , «pues el sentido de las palabras cambia a menudo, d e generación en generación». Así, «la misión del historiador no es sólo com prender lo que significan formalmente las palabras del documento, sino también qué quiere decir su testim onio»4. El historiador y el sociólogo que hace análisis de contenido se e n fre n ta n con el mismo problema del sentido. Las decisiones « lo u ís G ottschaií: op. cit., págs. 25-26. » Idem, pág- 27. • Idem , p*«- » -

sobre la importancia de un m aterial determ inado para el análisis han de ser aconsejadas por algún criterio. G ottschalk lo subraya, indicando qué difícil es lograr acuerdo sobre las «causas funda­ mentales» de un hecho histórico 7. Lo mismo puede decirse del análisis de contenido, por cuanto el núm ero de variables independientes es virtualm ente infinito, según las categorías em plea­ das y las «regularidades» que se derivan. La teoría del investigador tiene que buscar invariantes, reco­ nociendo y estudiando a la vez las condiciones tem porales que influyen sobre el proceso social y la estru ctu ra social. Gottschalk reconoce el problem a de la sociología del conoci­ miento en la exposición siguiente: R ecapitulando, hay al m enos tre s m an eras en que el p resen te determ in a cóm o in te rp re ta rá el h isto ria d o r el pasado. La p rim e ra se deriva de la ineludible tend en cia a co m p ren d er la conducta de o tro s a la luz de las p ro p ia s p a u ta s de conducta; com o consecuen­ cia, se pro d u cen analogías sicológicas e n tre los procesos m en tales del h isto ria d o r y los de las p erso n alid ad es h istó ricas que e stu d ia. La segunda se debe a que la a tm ó sfe ra intelectu al co n tem p o rán ea es un facto r decisivo en la elección de tem as p a ra investigación dei h isto ria d o r..., p o r no c ita r la selección y disposición de sus d ato s. La tercera viene de u tiliz a r el h isto ria d o r, com o si fuesen un lab o ­ rato rio , los hechos actu ales: de los episodios y evoluciones de su p ro p ia actualidad, el h isto ria d o r saca analogías históricas con los episodios y evoluciones del pasado. Así, la h isto ria se co n vierte en el «pasado viviente», la m em oria del hom bre viviente, significativa, p ero que tiene poca re a lid a d o b jetiv a, excepto en ta n to pueda con­ firm arse m ediante an álisis crítico de un testim onio perviviente *.

AI utilizar documentos históricos o m ateriales contem porá­ neos para sacar información o que trata como datos, el investi­ gador se basa en su conocimiento vulgar cotidiano de la vida en torno suyo, así como en su conocimiento general de diversos temas relacionados con el que estudia. Para un historiador, la teoría es a veces una serie de generalizaciones sobre cierto pe­ ríodo, m ientras que para el sociólogo que hace análisis de con­ tenido incluye presum iblem ente un marco analítico con propie­ dades invariables que se corresponden con los hechos em píricos. El investigador tiene que relacionar las categorías con cierta teoría sobre el proceso social y la estru ctu ra social, m ostrando

cómo llegó a crear las categorías y las reglas por las cuales el m aterial se sistematizó en categorías.

EL ANALISIS DE MATERIALES CUALITATIVOS

G ran parte de la investigación sociológica requiere análisis de m ateriales cualitativos. La noción de «contenido de comunica­ ción» (la frase empleada por Berelson) 9 es obvio que puede refe­ rirse a cualquier conjunto de estructuras simbólicas a las que pueda atribuirse sentido conforme a cierta serie de reglas. Así, cuando el sociólogo utiliza los documentos oficiales, por ejemplo, de un manicomio, una prisión o juzgados, se produce cierta form a de análisis de contenido de la comunicación. Todo inves­ tigador que haya trabajado con documentos oficiales ha experi­ m entado los problemas de entender informaciones incompletas, a m enudo abstractas y sumamente condensadas, de hechos com­ plejos. Invariablem ente, las organizaciones crean diversas mane­ ras de com unicar material oficial y extraoficial que no está registrado, pero no obstante se lo trata como información fun­ dam ental al escribir y leer las informaciones reales. Los docu­ mentos oficiales se escriben a menudo para que el lector vea a la organización en el m ejor de sus aspectos. Por ello, tanto las co n sig n a s propagandísticas que emplean los rusos, como los «temas» de algunas novelas u obras de teatro, la «estructura de p erso n a lid a d » del escritor que revelan ciertos pasajes de un libro o los registros oficiales de clientes o empleados de organizaciones complejas, reflejan algo «comprensible», pero hemos de recordar que el carácter manifiesto y particular de las estructuras de sentido comunicadas pueden variar con la manera como se reu n ieron los materiales, el público (audience) previsto por el escritor, el diverso público al que pueden dirigirse los m ateriales en consideración y el lenguaje utilizado y las definiciones cul­ turales y subculturales que se emplean. El análisis de contenido es estimable para sugerir hipótesis y desarrollar una comprensión más amplia de las sutilezas y mati-

ces de la expresión simbólica. ¿Cuáles son sus métodos? Berelson observa que: ... El análisis de con ten id o se lim ita o rd in a riam en te al contenido m anifiesto de la com unicación y n o rm a lm en te no se hace de m odo d irecto según las intenciones la te n te s que el contenido pueda ex* p re s a r ni p o r las re sp u estas la te n te s que pueda describir. E stric ta ­ m en te hablando, el análisis de co n ten ido atien d e a «lo que se dice», y no a «por qué el conten id o es así» (por ejem plo, los «m otivos»), ni a «cómo reacciona la gente» (p o r ejem plo, «recursos» o «res­ puestas») ,0.

La definición de Berelson subraya la im portancia del conte­ nido de comunicación, que es independiente de los motivos o razones del escritor para escribir, el público al que se dirige, los efectos deseados o las interpretaciones reales de cierto público. Berelson señala tres motivos de ello: 1) la escasa validez del análisis, p o rq u e puede h aber poca segu­ rid ad , o ninguna en absoluto, de que las intenciones y resp u estas a trib u id a s ocurriesen realm ente, a falta de d atos directo s so b re ellas; 2) la escasa fidelidad de ta l an álisis, po rq u e es im p ro b ab le que diferentes c ifrad o res a trib u y a n m a terial a las m ism as categ o rías de intención y re sp u e sta con el suficiente acu erd o y 3) la posible circu larid ad que im plica estab lecer relaciones en tre intención y efecto, p o r u na p a rte , y el contenido, p o r o tra , cuando éste se a n a ­ liza en térm inos alusivos a aquéllos 11.

Cartwright se opone a la limitación del análisis de contenido al contenido «manifiesto» y «comunicativo» por Berelson, pre­ firiendo sustituir el térm ino «comunicativo» por «lingüístico» y suprim ir la reducción al contenido m anifiesto u. Excepto en estas objeciones, está de acuerdo con Berelson. Otro requisito del análisis de contenido, según Berelson, es que las categorías analíticas sean suficientem ente precisas p ara perm itir que diferentes cifradores obtengan los mismos resulta­ dos al examinar el mismo cuerpo de m aterial. Lo cual quiere decir que las categorías han de ser precisables por un cuerpo de teoría y por una serie de reglas de cifrado que sean invariables para la interpretación de ellas por el usuario. Berelson habla después de la necesidad de un análisis «siste­ mático» que estudie «todo el contenido pertinente..., según todas “ Bernard Berelson: op. cit., pág. 16. íbíd.

"

las categorías pertinentes al problema» 13. Sin embargo, observa después que un segundo significado de «sistemático» alude a la preocupación por asegurarse todo el m aterial pertinente a la verificación de una hipótesis. Pero sólo cierto contenido perti­ nente será im portante para ciertas categorías pertinentes a la verificación de una hipótesis. El segundo significado de «siste­ mático*, dice Berelson, pretende «eliminar un análisis parcial o sesgado que seleccione únicamente aquellos elementos del con­ tenido que se adapten a las tesis del analista» w. Si la teoría dice explícitam ente qué elementos son pertinentes, será precisable el m aterial que refute las hipótesis del investigador. Por último, Berelson indica que ciertas categorías analíticas deben aparecer en el análisis de contenido de tal manera que p erm itan afirmaciones de relativo énfasis, como en cuanto al grado de existencia o falta de un punto. Este requisito establece el interés por cierta form a de análisis cuantitativo, aunque sólo signifique anotar una frecuencia con «más» o «a menudo» ,5. Berelson relaciona después varios supuestos del análisis de contenido. El prim ero atiende a la supuesta correspondencia entre la intención del mensaje (independiente de la intención latente de sus creadores) y el contenido y entre el contenido del m aterial y su efecto sobre cierto público. El carácter de las in­ tenciones originarias se considera solamente por el contenido m anifiesto del mensaje. Los presuntos efectos del contenido sobre cierto público se toman también del contenido manifiesto. El peligro, por parafrasear a Coombs, es que puedan idearse categorías para asegurarse de que el análisis de contenido pro­ ducirá m aterial «a favor» 16. Es dicífil dem ostrar que el método del análisis no asegure los resultados imponiendo categorías sus­ tantivas sin más justificación —teórica o empírica— que la me­ todológica. Está claro que hace falta una teoría precisa con me­ didas independientes de sus conceptos básicos para eludir este peligro. El supuesto implícito de Berelson, no totalmente preci­ sado, es que el contenido del mensaje en cierto modo comunica significados que pueden im putarse, tanto al emisor como al re­ » B e r e l s o n , op. cit., pág. 17. MIdem, pág. 17. “ Ibíd. m c i y d e Coombs: «Theory and Methods of Social Measurement», en L. F e s t in c e s v D. K*iz (eds.): Research Methods in the Behaviorat Sciences (Dryden), Hueva York, 1953, pág. 471.

ceptor, muy independientemente de la inform ación sobre las actividades cifradoras y descifradoras de estos actores. No nos sorprende el siguiente supuesto de Berelson de que es «signifi­ cativo el estudio del contenido manifiesto». Y prosigue: «Este supuesto exige que se acepte el contenido como un "lugar común de encuentro" para el com unicador, el público y el analista. Esto es, el analista de contenido supone que los "sentidos" que a trib u ­ ye al contenido, clasificándolos en ciertas categorías, se corres­ ponden con los "sentidos" pretendidos por el com unicador o entendidos por el público. Con otras palabras, se supone que hay un universo común de razonam iento entre las partes p erti­ nentes, de manera que el contenido m anifiesto puede tom arse como unidad válida de estudio» I7. Berelson reconoce la idea de que diferentes «predisposiciones sicológicas del lector» pueden confundir el sentido de un m ensaje, pero arguye que pueden concebirse diferentes «planos» de comunicación de tal m anera que un continuo sirva de modelo. Ciertas comunicaciones son claramente comprensibles para cualquiera y otras comunicacio­ nes son susceptibles de tantas interpretaciones como diverso sea el público Defiende la utilización de «materiales de com unica­ ción relativamente denotativos, y que no trate de m ateriales rela­ tivamente connotativos» w. He aquí un curioso supuesto: cree en una cultura común, inequívocamente convertible a form as simbólicas escritas. Los sentidos de esta forma se supone que están en correspondencia exacta con las intenciones e ideas del escritor y del público. No discutimos la existencia de una cultura com ún entre el com uni­ cador, el público y el analista. Pero, ¿cuáles son las propiedades del concepto de cultura común en que se basa el análisis de contenido? ¿Qué tipo de discrepancias se considera existen entre las intenciones de los comunicadores y sus manifestaciones, las expectativas y percepciones del público y, p o r últim o, las expec­ tativas y percepciones del analista? Este no es un problem a pecu­ liar del análisis de contenido. Todo investigador sobre el terreno se enfrenta con la misión de decidir cómo debe atribuirse senti­ do a los hechos. Pero, en el análisis de contenido, el proyecto no puede comenzar sin cierta determ inación previa de los problem as 17 B e r e l s o m : op. cU., pág. 19. “ Ibid. • Idem, pág. 20.

largüísticos y de las definiciones culturales presupuestas en cada análisis. Como el análisis de contenido trata exclusivamente del sentido de comunicaciones verbales, es obvio que las categorías utilizadas suponen reglas que definan los ám bitos de sentido a los que deban atribuirse los elementos de la comunicación. El supuesto de que es posible una descripción cuantitativa del con­ tenido de comunicación por la frecuencia de ciertas característi­ cas definidas exige que las categorías empleadas estén en cierta correspondencia precisable con las características y que existan clases de equivalencias entre éstas, permitiéndose así que haya recuento. Pero Berelson no explica los supuestos teóricos y los procedim ientos metodológicos para producir clases de equiva­ lencias. El que un investigador encuentre «sesgo» que pueda «contarse» en cierto» periódicos, revistas y novelas no quiere decir que los autores de tal «sesgo» y el público lo adviertan e interpreten como tal. Si el análisis del contenido m anifiesto reve­ lase la intención y percepción del comuriicador y del público, el analista de contenido asum iría la función de «informar» a los sociólogos y a los profanos sobre el «sentido verdadero» de tales medios. El artículo de Cartwright ofrece una idea más crítica del aná­ lisis de contenido, aunque trata de m ostrar su utilidad si puede satisfacer algunos de los siguientes procedimientos, que requiere explícitamente: H ay dos tipos básicos de cuestiones que se plantean en la m ayo­ ría de los estudios descriptivos: 1) ¿Cómo v arían los m ateriales sim ­ bólicos a trav és del tiem po? y 2) ¿cómo d ifieíen en tre sí los m ate­ ria le s producidos p o r d istin tas fuentes?... AI establecer tendencias al paso del tiem po y al co m p arar clases diferentes de m ateriales, es esencial que se utilicen el m ism o sistem a de categorías, las m is­ m a s definiciones o perativas de éstas y las m ism as unidades de re g istro y de enum eración p a ra cu an tificar los m ateriales que se co m p aran 20.

Cartw right reconoce que muchos análisis de contenido son de poca importancia, porque se preocupan de «contar» y ofrecer datos numéricos «objetivos». Pero, para él, no es dudosa la cues­ tión de cómo puede variar al paso del tiempo el sentido cultural de los m ateriales simbólicos, por escritor, lector y analista.

Lo que falta, pues, en Berelson y Cartw right es toda referen­ cia explícita a las reglas norm ativas que orientan las in terp reta­ ciones del comunicador, del público y del analista sobre el sen­ tido de las comunicaciones m utuas. Es difícil form ular cuáles son las reglas que orientan la interacción en la com unicación directa, aun cuando el investigador esté dispuesto a señalar las justificaciones de la acción que suponga su teoría, adem ás de las medidas independientes de sentido. Cada expresión verbal está sujeta a una interpretación diferente por algún público precisable (comprendido el investigador) y, por ello, no puede en­ tenderse aparte de las norm as que dirigen el análisis del m aterial y las reglas que se im putan al público al cual se dirige. La reciente conferencia sobre el análisis de contenido p atro ­ cinada por la Comisión de Lingüística y Sicología del Consejo de Investigaciones Sociológicas21 ofrece algunas ideas y datos excelentes sobre la im portancia del lenguaje y del significado para el análisis de m aterial cualitativo y hace mucho p o r resolver algunas de las dificultades citadas. Se han discutido especial­ mente las dificultades del análisis cuantitativo de contenido, el problema de si los sentidos pretendidos del orador o escritor difieren del uso ordinario de las palabras y de su interpretación por el analista, en especial, al cifrar, además de los contextos locativo y conductivo de la comunicación Hay un comentario crítico de Mahl sobre el «modelo repre­ sentativo» (como el que utilizan muchos sociólogos, sicólogos y politólogos, y suele verse en obras como la de Berelson, en que se da por supuesta la validez nominal del contenido m anifiesto) y una exposición del «modelo instrum ental»: La expresión «m odelo representativo» fue em pleada p o r el a u to r [M ahl] p a ra d escrib ir el enfoque según el cual los estad o s conduc­ tivos de un o ra d o r están rep resen tad o s n ecesariam ente de m odo d irecto en el contenido sim bólico de los m ensajes que em ite: p o r c ita r el ejem plo que utiliza Osgood en el capítulo a n te rio r, cuando una p ersona dice que e stá a su sta d a o habla de cosas esp a n to sas, se tom a com o que está a su sta d a . En realidad, se supone tam b ién lo inverso: que cuando e stá asu stad a, las p ala b ras de cu a lq u ier m en ­ sa je que em ita a lu d irá n fo rzo sa m en te al «miedo», a «cosas esp an ­ tosas» o «experiencias espantosas». P o r ta n to , este p u n to d e v ista supone la validez n om inal del contenido léxico m an ifiesto de u n

" De que informa Pool: Trends in Contení Anaiysis, loe. cit. n AJexander L. George: «Quantitative and Qualitative Approacbes to Content Anaiysis», ibíd., págs. 7-32.

m e n sa je . Sin em bargo, tra s este sim ple valor nom inal hay una in feren cia m ás fundam ental y p en etran te del punto de vista rcprese n ta tiv ista : el supuesto im plícito de que existe una relación isom o rfa entre los estados conductivos y las propiedades cuantitativas del contenido léxico. Así se m uestra en la frecuencia con que los e n fo q u es del contenido m anifiesto suponen, p o r ejem plo, que cuan­ t a s m ás unidades de contenido haya en una m u estra de lenguaie s o b re una em oción, tan to m ayor será la intensidad de esta emoción e n el o ra d o r al tiem po en que em itió el contenido. En esta suposi­ ció n de isom orfism o se b asan tam bién las interpretaciones del aná­ lisis de contingencias, p a ra las cuales estas contingencias en los m e n sa je s reflejan d irectam en te asociaciones conductivas

Los partidarios del punto de vista representativista suponen que la relación entre los estados conductivos y los mensajes pue­ de determ inarse analizando la semántica de las expresiones es­ critas u orales. «Por ello, reducen su análisis a los contenidos de los mensajes, definiendo el contenido la semántica tradicio* nal». E n este aspecto, difieren de los partidarios del punto de vista instrum ental, quienes «suponen que las prácticas del len­ guaje sólo pueden determ inarse investigando esas mismas prác­ ticas, incluyendo en el análisis los contextos locativos o no léxicos de los mensajes» *. Lo esencial de las observaciones de Mahl puede verse en su distinción entre la «semántica tradicional» y los «contextos no léxicos de los mensajes». Saporta y Sebeok plantean una cuestión s e m e j a n t e al hablar de palabras que tienen la misma «distribu­ ción», pero sentidos diferentes: La d istrib u ció n de una form a lingüística significa la sum a de to d o s sus am bientes... Así, «si A y B tienen am bientes idénticos, excepto prin cip alm en te en las frases que com prenden a am bos, de­ cim os que son sinónim os: oftalm ólogo y o culista...» En resum en, ¿cóm o sabem os que asiento y silla son de significado m ás sem ejante q u e asiento y p u erta ? Un problem a epistem ológico que debe exami­ n a r s e f i n a l m e n t e e s la posibilidad de cierto m étodo no distributivo de h a lla r la diferencia de sentido; en caso contrario, el argum ento se h ace circular, pues la única p ru eb a de diferencia de significado re su lta ser la diferencia d istributiva. Tiene que hacerse factible un m éto d o independiente p a ra d eterm in ar diferencias de sentido antes de que se haga verificable cualquier afirm ación sobre correlatos d is trib u tiv o s 23. ® G e o r g e F. p á g s . 8 9 -9 0 .

M a h l:

«Exploring Emotional States by Content Analysis», ibid.,

Idem. pág. 105. n g o l S aporta y Thomas A. S ebbok: «Línguistic and Content Analysis», ibid., n¿as. 135-137. Dentro de esta cita de S a t o t a y S ebbok hay otra cita de Z. S. H a m Íi s : «Distributional Stnicture», Word, 10 (1954), 146-162.

El «problema epistemológico», o problem a de m étodos no distributivos para llegar al sentido, recibe más atención en el resumen que hace Pool de la conferencia, al decir: «La mayor parte de los métodos de análisis de contenido utilizan al cifrador como juez sobre qué form as léxicas transm iten qué sentidos de interés. Se han basado en el sentido común de un cifrador, quien, desde luego, era u n usuario del lenguaje en que se hacía el análisis. Su sentido común lo capacita para reconocer, por ejem ­ plo, que las expresiones "un hom bre de c o raje”, "un valiente" y “un tío con agallas” significan lo m ism o»26. El problem a de los significados equivalentes no puede resolverse m ediante un aná­ lisis lingüístico per se ni con las definiciones del diccionario sobre las propiedades sem ánticas m anifiestas de las expresiones. Y si hemos de confiar en jueces hum anos, tendríam os que saber todo lo posible, parafraseando a Pool, sobre cómo cifra y desci­ fra los mensajes la «com putadora humana». Pero reconocer la im portancia del sentido vulgar —como lo hacen explícitam ente Pool e, implícitamente, todos los libros sobre el análisis de con­ tenido— no quiere decir que se reconozca o se insista en el estudio de cómo las personas atribuyen sentido a su medio y establecen clases de equivalencias basadas en definiciones de diccionario y en el uso del lenguaje cotidiano, los gestos, las apariencias, las cualidades tonales de la voz y semejantes. En su lugar, se supone a menudo que tal sentido es evidente, que los hablantes nativos de una lengua son más o menos intercam bia­ bles, que es suficiente estudiar el contenido m anifiesto o que los jueces son intercam biables. La investigación sociológica sigue sin reconocer demasiado el problem a de la estru ctu ra del cono­ cimiento vulgar.

CONCLUSION

Nuestra breve exposición del empleo sociológico de los m ate­ riales históricos y del análisis de contenido ha tratado de mos­ tra r la im portancia de las estructuras de sentido tácito para com prender documentos como los diarios, periódicos, entrevis* Ithiel Db Sola Pool: «Trends ln Coatent Analysis Today: A Summary», tbíd., pág. 226.

tas, informaciones oficiales y novelas. Los métodos actuales sue­ len im poner sentido a los m ateriales al seleccionar y sacar lo que parece im portante. Es como decir que se atribuye sentido ai contenido por el mecanismo del método que, presumiblemente, pretende «descubrirlo». Resumiremos este capítulo con las si­ guientes consideraciones: 1. El investigador no puede estim ar las condiciones que lievarón a la producción del documento sin tener cierta teoría que explique el sentido vulgar empleado por el actor y por la estruc­ tu ra social dentro de la cual se produjo el material. 2. Ei análisis de contenido del m aterial supone que ciertos «temas» son invariables para el contenido connotativo de la comunicación. Tales «temas» son parte de la teoría del investi­ gador, que es independiente de la perspectiva del actor. 3. Es difícil establecer la distribución modelo de los dife­ rentes tipos posibles de expresiones que contienen los documen­ tos. El investigador está obligado a suponer que la m uestra que utiliza es representativa. El contexto de situación puede faltar por completo, como ocurre con los documentos públicos, o puede describirse desde el punto de vista de un solo participante u observador. 4. La interpretación de cualquier documento, novela o infor­ me periodístico está sujeta continuamente a la posibilidad de revisión a la luz de nuevas informaciones, o por «haberlo pen­ sado mejor». Es difícil cum plir con las condiciones que reducen las posibilidades de revisión y de verificación de hipótesis exi­ giendo que los datos contengan rasgos particulares dictados por la teoría, porque en la selección de datos obran factores desco­ nocidos y el carácter del contenido informativo se decide pos­ teriorm ente. 5. Los materiales pueden contener expresiones idiomáticas, jergas o connotaciones de grupo que el investigador debe tra ta r a menudo de determ inar sin conocimiento previo de los objetivos del escritor o de su m anera de interpretar el mundo.

6. El investigador se enfrenta a m enudo con docurru los que se ha atribuido ya sentidos norm alizados y que veces podrá investigar independientem ente. Tales sentido quieren un modelo del actor que tenga en cuenta las m m como se da expresión a los sentidos culturales a través de sím ­ bolos escritos. 7. El cifrador de docum entos y de m ateriales de los medios de difusión, según los autores, tiene que ser una «persona sen­ sible» que pueda detectar los m atices del m aterial simbólico. Pero, idealmente, el cifrador debe funcionar tam bién como un autóm ata que cifra diversas respuestas, frases, expresiones y comentarios conforme a una serie de norm as preestablecidas que proporcionan una correspondencia precisa entre cierta form a expresa y el objeto al que alude. 8. Hace falta una teoría de los signos para el análisis de contenido y para el historiador. Eso está muy reconocido en cuanto al historiador que ha de descifrar una simbolización an ­ tigua y medieval. En cuanto al sociólogo, pocas veces constituye preocupación, al suponer con dem asiada frecuencia que el len­ guaje de los m ateriales que somete a análisis de contenido con­ tiene estructuras de sentido «obvio», que simplemente requieren un «recuento» bajo un conjunto de categorías a priori o ex post jacto. 9. El sociólogo no puede perm itirse confiar en su propia com ­ prensión vulgar al hacer el análisis de contenido de las com uni­ caciones. Sí lo hiciese, le resultaría im posible distinguir entre lo que puede entender por causa de su m arco teórico y lo que puede entender como miembro de la m ism a sociedad (o incluso del mismo público) al que se presentó la comunicación. 10. Un artículo periodístico, docum ento público, noticia ra ­ diofónica o anuncio televisivo puede escribirse bajo la dirección editorial de muchas personas con una variedad de intenciones distintas. La m anera como el público percibe e interpreta estas comunicaciones puede variar con el público y las ideas norm ati­ vas de los comunicadores sobre su m edio en el momento de la comunicación; y con los diferentes tipos sociales de actores, que

p u eden estar en diferentes órdenes estructurales y locativos de la sociedad, y cuya actitud ante la comunicación puede depender de su identidad social y de sus posiciones y papeles oficiales y extraoficiales. 11. Las intenciones con que se produce la comunicación pue­ den ser independientes de las interpretaciones que de aquéllas hace el sociólogo, e independientes de los actores expuestos a ésta (y que pueden desconocerlas, confundirlas, tergiversarlas, etcétera). 12. Las categorías para clasificar «capítulos» o elementos de la comunicación, presumiblemente derivadas de la teoría del sociólogo, han de concordar, no sólo con este concepto teórico del contenido, sino también con la percepción del actor. El aná­ lisis de contenido, sin embargo, puede o p tar o no por estudiar los que produjeron la comunicación. Los objetivos del emisor p u ed en ser pertinentes o no al estudio, según por lo que se interese. 13. El que se hagan y se hayan hecho análisis de contenido denota la frecuente esperanza de que en la comunicación existan regularidades o pautas significativas, pero no podemos suponer la significación de un análisis de contenido únicamente en virtud de su categorización y cuidadoso recuento de los puntos clasifi­ cados bajo estas categorías, a menos de saber cómo decide el investigador cuáles son sus categorías y cómo las ha de utilizar, con referencia a los supuestos teóricos intrínsecos al método de análisis.

LOS PROYECTOS EXPERIMENTALES EN SOCIOLOGIA

En este capítulo considerarem os la im portancia de los p ro ­ yectos experimentales para realizar en marcos no reales, con objeto de verificar la teoría sociológica La finalidad es reco­ mendar una investigación experim ental sobre el problem a del sentido cultural como condición necesaria para una sociología experimental que pueda exam inar teorías sobre la asunción de papel y la organización social. Frecuentemente, se critica a los experimentos de sociología y sicología social por ser demasiado «artificiales». Estas críticas no estiman la creación de una situación experimental p ara poder manejar las condiciones en que sea posible predecir cierto resul­ tado o resultados determinables. Hay confusión, frecuentem ente, cuando se considera el experimento como una tentativa de repro­ ducir situaciones de la «vida re a l» 2. 1 Vid. Donald T. C ampbell: «Factors Relevant to the Validity of Experiments in Social Settings», Psychologicat Bulletin, 54 (julio. 1957), 297-312; y «Quasi-Experimental Desígns for Use in Natural Social Settings», original inédito. Estos artículos de C ampbell son útiles en cuanto a los experimentos en marco natural y de laboratorio. Su trabajo ofrece una información general sobre los problemas a l realizar experimentos en un marco social natural. Vid., además, J . B ergf.r , B. P. Cohén, J. L. S hell y M. Z elditch, Jr.: Types of Formalization in Small Group Research (Houghton Mifflin), Boston, 1962. 1 Vid. la exposición de Festinger: «Laboratory Experiments», en L. Festincer y D. Katz (eds.): Research Methods in the Behavioral Sciences (Dryden), Nueva York, 1953, págs. 136-172.

C reer que en sociología no son posibles los experimentos de la b o ra to rio se debe a la idea de que nuestras variables son oscu­ ras y de que no podemos precisar cómo han de m anejarse (ex­ cepto en los ejercicios teóricos y empíricos que no nos com­ p ro m eten con procedimientos operativos precisos). La falta de soluciones al problema del sentido en sociología y sicología so­ cial evita que pasemos, de las proposiciones abstractas que lla­ m am os teoría, a los procedimientos operativos que permiten un m anejo cotejado de variables im portantes. La investigación sobre el terreno pocas veces hace más precisa la teoría, porque sus técnicas se basan invariablemente en observaciones confusas difíciles de medir o en datos «agrupados» que suponen signifi­ cados nunca conceptualizados, ni estudiados independientemente de los objetivos sustantivos por los que se recogieron originaria­ mente. E l lenguaje, los gestos y el sentido utilizados para idear las preguntas e interpretar las respuestas informan al investiga­ d or im plícitam ente sobre las correspondencias entre el concepto, los procedim ientos operativos y las observaciones. Las observa­ ciones relatadas son a menudo ideas abstractas basadas en ideas vulgares implícitas, utilizadas para decidir el significado y perti­ nencia de las percepciones del investigador3. La experiencia del investigador sobre un hecho (objeto o cuestión) y las circunstan­ cias que la rodean no son forzosamente idénticas con la experien­ cia del sujeto o de otro investigador sobre el mismo objeto social. El mismo objeto puede em itir una serie de propiedades, idénticas en todas las ocasiones, pero pueden ser experimentadas de modo diferente por el investigador y el sujeto. Lo cual pone en duda el sentido del objeto como estímulo idéntico para dife­ rentes sujetos, especialmente si el investigador supone que él y sus sujetos perciben el objeto de manera idéntica. Dos experimentos de sicólogos sociales han revelado la in­ fluencia de las reglas normativas de conducta, en condiciones experim entales, sobre la percepción e interpretación de los obje­ tos físicos. En su experimento, Asch se sirvió de siete ayudantes por cada sujeto experimental para m ostrar que las percepciones declaradas de los miembros del grupo influyen de m anera impor­ tante sobre el sujeto experim ental4. El trabajo de Sherif con el r v id Alfred S c h u t t : ■Concept and Theory Formation in the Social Sciences», Tit* Journal of Philosophy, LI (abril 1954), 266-267.

« E. Asea: «Effects of Group Pressure upon the Modification and Distortíon

efecto autocinético m ostró que los juicios de los sujetos experi­ mentales pueden ser influidos por los juicios de participantes pagados \ Estos no son m ás que dos de los muchos experimen­ tados proyectados para m ostrar que los rasgos norm ativos de las estructuras sociales influyen y regulan las percepciones, in­ terpretaciones y conducta de los sujetos. Estos experimentos de sicólogos sociales ofrecen datos muy im portantes en apoyo del concepto sociológico de las estructuras norm ativas como inde­ pendientes de la constitución sicológica de los actores indivi­ duales. Si el significado de los objetos físicos puede ser alterado drásticamente por las reglas norm ativas que dirigen la acción social, los objetos sociales (por ejem plo, los objetivos, la au to ri­ dad, la risa o el enfado) presentan el nuevo problem a de que, al estimularlos experim entalm ente (o al estudiarlos sobre el terre­ no), el investigador tiene que distinguir entre sus propias percep­ ciones e interpretaciones y las de sus sujetos sobre los mismos objetos sociales. Establecer consenso entre el investigador y los sujetos sobre las propiedades de un objeto social singular es condición necesaria para crear clases de equivalencias con fines de medida. La presentación de objetos sociales (p. ej., puntos de cuestionario o relaciones de autoridad en condiciones experi­ mentales) del investigador a los sujetos exige suponer que se refieren a las mismas observaciones sensoriales, al mismo campo visual y experiencia del hecho social. Otro supuesto es que una descripción por el investigador de una conducta observada será idéntica u «obvia» a cualquier otro observador. Además, se su­ pone que los sujetos experim entan invariablem ente los mismos estados que im putan las descripciones del investigador. La rela­ ción entre el signo y el objeto social no es exacta. Las instruc­ ciones verbales pueden parecer norm alizadas (especialmente, si se presentan en grabación electrónica), pero su carácter y sentido «obvios» no pueden darse por supuestos. Las ideas del observa­ dor y del sujeto para in terp retar el «mismo» medio de objetos requieren más clarificación conceptual y em pírica si han de verificarse experim entalm ente las teorías sociológicas. of Judgements», en H. G u etzio w (ed.): Groups, Leadership and Men (C a rn e jn c Press), Pitsburgo, 1951, págs. 177-190. 5 M. Sherip: «An Experimental Approach to the Study of Attitudes», Sociometry, I (1937), 90-98.

De las ambigüedades esenciales a la gestión por el actor de sus asuntos diarios en la vida cotidiana no se sigue que el soció­ logo deba m edir también de forma ambigua y no estructurada las m aneras del actor de estar en el mundo. E studios como los citados de Asch y Sherif son precisos en cuanto a lo que se maneja en el experimento; y las respuestas son directam ente comprensibles sin recursos elaborados de medida. La finalidad del experimento de Asch estaba clara y no exigía in tro d u cir estructuras de sentido derivadas específicamente de u na textura teórica ni la creación de procesos sociales artificiales y estru ctu ras sociales no fácilmente comunicables. El estudio de Sherif trataba de sum inistrar un estímulo ambiguo, para permi­ tir la posibilidad de que un sujeto influyese sobre los juicios de otro. Pero la misión del experimentador se confunde cuando llega a crear un sentimiento de «rechazo» entre los sujetos, de percepción de «aceptación» o de «amabilidad», de grupos «privi­ legiados» y «postergados», o «jerarquías» y semejantes. La per­ cepción de los objetos sociales supone estructuras de sentido más ambiguas que la percepción de objetos físicos6. Habitual­ mente, los investigadores confían en su conocimiento vulgar sobre las dimensiones de la percepción social. Pero si una noción de esta especie, por ejemplo, la «amabilidad», se entiende como una especie de continuo, con grados altos y bajos de expresión medidos en una escala de cierto tipo, o incorporada al estudio, o im puesta posteriorm ente a un conjunto de respuestas, el sistema de medida transform a los conceptos vulgares de esta noción en el producto mensurable deseado. No se trata de obtener medidas operativas; ni se pretende negar la importancia o pertinencia de los experimentos de Asch, Sherif, Festinger, Kelley, Thibaut y otros. «Variables» como la «cohesión», el «rechazo» o la «ama­ bilidad» no son significativas automáticamente por haberlas he­ cho operativam ente mensurables cierto conjunto de preguntas u opciones sociométricas. La medida operativa de tales conceptos • F p. K ilp a tr ic k y W. H. I tte l s o n : «The Size-Distance Invariance Hypothesis». p5ychoiogicat Review, 60 (1953), 22.V232; A. Ambs , Jr.: An In terpretiv e Manual

for the Demonstrations in the Psychological Research Center, Princeton Vniversityí The Sature of Our Perceptions, Prehensión, and Behavior (Princeton University Press), Princeton. 1955; Egon B ru n s w ic k : Perception and the Representa­ r e besign of Psychological Experiments (Unhrersity o f California Press), Berkeley, 1956.

no tiene en cuenta explícitam ente los sentidos vulgares tácitos en que se emplean. El tipo más obvio de m edida en los experi­ mentos sociales es la explicación precisa por el observador, en sencillos términos descriptivos, de las diferencias predichas. Ti­ tular «datos» a las «consecuencias» de una serie de descripciones generales esenciales a los procedim ientos de cifrado y a las ins­ trucciones de un experim ento no constituye, ni un estudio rigu­ roso, ni aun siquiera un experim ento elegante. Cada variable sociológica está situada en una perspectiva tem ­ poral particular. Variables locativas o estructurales como la ocupación, la edad y el sexo contienen condensaciones inexpresas de sentidos culturales pertinentes. Las variables que determ inan la percepción social com prenden am biguas «reglas» culturales de interpretación y no pueden tom arse como evidentes. Si nos falta la suficiente precisión teórica para saber cómo idear y comunicar sencillas instrucciones a sujetos experim en­ tales que creen estructuras sociales, nuestro conocimiento de los procesos sociales básicos será dem asiado lim itado para proyectar las acciones de los sujetos de m anera que arrojen una diferencia claramente observable en cierto tipo de sentido social. Un expe­ rimento que trate de crear diferencias de «cohesión» o de «jerar­ quías de posición social» supone que conocemos los elem entos interactivos por los que se origina, m antiene, altera o suprim e la «cohesión» y la «posición social». La m anera como se entienda la «cohesión» y la «jerarquía» ofrecerá las claves operativas para su creación y alteración experim entales. Conceptos como los de «cohesión» y «posición social» suponen un conjunto de definiciones que se pueden producir y convertir operativam ente mediante instrucciones precisas que transm itan estructuras de sentido fácilmente com prensible para los sujetos. Está claro que las variables no son locativas o estructurales per se y el investi­ gador no puede suponer que lo sean y que, en consecuencia, tienen un sentido evidente 7. Los sicólogos sociales han realizado experi mentos de laboratorio con variables culturales (entendidas er. términos sicológicos), m ientras que muchos sociólogos y antropólogos han solido preferir la investigación sobre el terreno. 1 Puede verse un ensavo que muestra la relación y la importancia de las variables culturales para la investigación mediante encuestas y su aplicación a los problemas de interés sustancial para los sociólogos: Bennett M. B ercer: «How Long is a Generation?», The British Journal of Sociology, XI (marzo 1960), 10-23.

h ab itu alm en te en las situaciones cotidianas, ofrecen estabilidad e in tro du cen cambio para el actor y otros en la acción concertada. Tipificar los objetos y hechos perm ite al actor atribuir sentido a situ a cio n es diferentes; hace comprensibles el cambio y las apa­ riencias am biguas y capacita al actor para m antener un medio estable fre n te a hechos equívocos, molestos o absurdos. El a c to r de Thibaut responde a un medio que el experimen­ ta d o r ha hecho dudoso para originar consecuencias diferentes. Si tuviésemos que repetir el experimento, ¿cómo sabríamos que in­ troducim os el mismo grado de «frialdad antipática», «calor», «am abilidad» o «estímulo»? Una respuesta sería, si obtenemos las m ism as conclusiones o semejantes. No niego la importancia ni la pertinencia de la investigación de Thibaut, sino que pido una explicación clara de los rasgos que manejó, presumiblemente con éxito, pero que quedan desconocidos para el lector y para cualquiera que desee repetir el experimento. El estudio de Thi­ baut y o tro s semejantes son útiles, sin embargo, porque el éxito que consiguen subraya la im portancia de ser explícitos sobre nuestro concepto de la estructura de la acción social y las ope­ raciones que introducimos. Según podemos concluir, el experi­ m ento m uestra que los actos del experim entador comunicaron ' sentidos advertidos e interpretados por los sujetos de manera, al parecer, semejante, como pretendía el investigador, y que dichos sentidos fueron compartidos también por los observado­ res que estim aron la interacción y cifraron los cuestionarios. Esto puede entenderse como una demostración experimental de una cultura común, que es manipulable y puede ser observada en cuanto tal, pero en la que no siempre podemos estar seguros de qué elementos son los que originan los resultados. Se dan procedimientos operativos, pero no son obvios ni verdaderam ente v e r i f i c a b l e s por el lector. Ni siquiera sería adecuada una película de todo el experimento, aunque serviría para ilustrar los resul­ tados. Sin una serie de reglas de procedimiento por las que decidir si hay «cohesión», y cuándo se manifiestan tipos particu­ lares de conducta, queda claro que tendremos que basam os en nuestro conocimiento vulgar para determ inar el sentido, incluso de 1a película. Los mismos comentarios pueden hacerse en cuanto al expe­

rimento de Harold H. Kelley sobre las jerarquías de posición I0. En éste, las instrucciones dadas a los sujetos dan a entender for­ malmente la creación de diferencias de posición y los resultados indican que el autor pudo producir diferencias que pueden esti­ marse como interesantes y significativas. Pero es difícil saber con precisión cómo se produjeron e interpretaron los resultados y, mucho más, por qué no serían igualmente aplicables unas ins­ trucciones alternativas. ¿Es evidente que dando a las personas ciertas instrucciones que sitúen claram ente su lugar en cierta jerarquía creada se com prenderán siem pre estas instrucciones? Lo im portante es que quedan sin form ular conceptualm ente los supuestos de Kelley sobre el proceso social fundam ental. Ha supuesto una cultura común utilizada im plícitam ente. La sitúación experimental puede estar estructurada de m anera que, con cotejos experimentales, puedan elim inarse ciertas diferencias de posición, pero está claro que los sujetos responderán al experi­ mento según estén acostum brados a responder en la vida coti­ diana. Pero si no sabemos algo sobre cómo llevan los sujetos su vida cotidiana (en cuanto individuos y en cuanto actores genéri­ cos), quizá no podamos saber qué los mueve a responder en el experimento. Con la exposición anterior hemos querido anim ar a utilizar experimentos para estudiar los procesos sociales fundam entales de la vida cotidiana que originan estructuras sociales. E studiar experimentalmente los procesos sociales fundam entales es un requisito necesario para los tipos de estudio como los realizados por Thibaut, Kelley y otros. En el epígrafe final de este capítulo trataré de indicar brevemente cómo serían tales experim entos, de describir dos ejemplos y de señalar más experim entos que con­ vendría hacer. Supongo que la cultura, entendida como un sis­ tema de acción, puede ser estudiada experim entalm ente y acla­ rarse y medirse sus elementos teóricos fundam entales. EL PROCESO SOCIAL FUNDAMENTAL Y EL PROBLEMA DEL ORDEN SOCIAL

En tesis doctoral que tra ta de verificar experim ental mente la invariabilidad de lo que Schutz llama rasgos estables de la acción “ «Communicatión in Experimentally Created Hiervrehies», en Caktwright y

Zander, op. cií., págs. 443-461.

social, H arold Garfinkel presentó a estudiantes la Preparación de M edicina una grabación ficticia de una entrevista real entre un «entrevistador de admisión a Medicina» y un «solicitante de ingreso en la Facultad» u. El «solicitante» fue «programado» como «patán» y se proyec­ tó que su s respuestas violasen lo que el experim entador considera­ ba com o una conducta relativamente adecuada. Un apéndice del estudio, con la entrevista grabada, ofrece a l lector una expli­ cación literal de las propiedades violadas y de cóm o se «progra­ mó» e sta ineptitud general. Todos los sujetos experimentales crey ero n que el «solicitante» no tendría éxito y que se había c o n d u c i d o inadecuadamente. Después, a cada cosa que decía el sujeto en descalificación del «solicitante», el experimentador lo c o n tra d ecía , revelando información que no se había dado ante­ rio rm e n te y que podía favorecer al sujeto. Después de poner a los e stu d ia n te s frente a esta b a rrera de contradicciones, se los invitaba a escuchar por segunda vez la grabación. Aunque la m ayoría de ellos consiguieron «reinterpretar» al «solicitante», c o n s i d e r a n d o que tendría «éxito» (habiéndoseles dicho que lo recibirían «a banderas desplegadas»), Garfinkel informa que la c o n f u s i ó n predicha y pretendida (es decir, el fracaso de la acción social estable) no salió tan bien como se esperaba, aunque hubo un m arcado aum ento de la «ansiedad medida» entre la prim era e n t r e v i s t a y la segunda. Los estudiantes pudieron transform ar al « s o l i c i t a n t e » , de patán sin probabilidades, en aspirante afortu­ nado. Según podemos entender, estos resultados manifiestan que l a s i t u a c i ó n experimental era «realista» y se ajustaba a los re­ su ltad o s esperados- Mérito im portante de este experimento es que simulaba condiciones realistas. Otra ventaja im portante está en la utilización de procedimientos experimentales que pueden repetirse fácilmente. Los inconvenientes son la dificultad de pro­ ducir o determ inar el carácter «convincente» de la entrevista sim ulada del solicitante y las dificultades de m edir la ansiedad. El haberse realizado el estudio sin solución explícita a estos dos

ii Harold G a r f i n k h .: The Perception of the Other: A Study in Social Order, tesis d o c to r a l. Universidad «Harvard», 1952. Se informa brevemente de este ex­ p e r i m e n t o en la versión corregida de una relación leída en la reunión anual de la A sociación Estadounidense de Sociología, de Washington, en 1957, titulada: «A C o n c e p t i o n of and Experimenta with Trust” as a Condition of Stable Concerted ActioD».

problemas supone la existencia de una solución tácita al p ro ­ blema del sentido. Buscando indicadores más precisos de confusión y, por consi­ guiente, la existencia de norm as sociales (como m edida directa del orden estable), Garfinkel recurrió a estudiar los juegos, p o r­ que adm iten identificar las expectativas de la situación de algu­ nos jugadores (actores). El juego com prende una serie clara de reglas dentro de las cuales pueden obrar las expectativas habitua­ les del juego. Garfinkel razonaba que pudiendo fijarse en las «reglas básicas» y «expectativas constitutivas» de un juego com o el ajedrez, podría com prender m ejor las variaciones de las ex­ pectativas y de las estrategias generales que podrían obrar inde­ pendientemente, aunque tam bién ser lim itadas por esas reglas básicas. Lo cual le perm itiría m ostrar las sem ejanzas y las dife­ rencias entre los juegos y las situaciones de la vida real. Q uería exam inar experimentalmente las situaciones reales utilizando el juego como enfoque. Tanto en su prim er experimento con el estudiante de Prepa­ ración de Medicina, como en los posteriores con juegos, p articu ­ larmente, el de «ceros y cruces» *, Garfinkel se interesaba por someter a verificación experim ental las nociones de Schutz sobre la fenomenología constitutiva de la vida cotidiana. Tales dem os­ traciones m anifestarían que existen propiedades invariables del orden social y que pueden m anejarse experim entalm ente. Si­ guiendo en el marco teórico de Schutz, es im portante producir un experimento que revele la existencia de un conjunto invaria­ ble de «normas constitutivas» o «propiedades» que los usuarios o actores «entiendan normales» para el particular «orden cons­ titutivo» del cual forman parte. Así, se pone el énfasis sobre las propiedades de normas o «reglas» invariables, no sobre su con­ tenido real. Lo general en los trabajos de Schutz y Garfinkel es la indica­ ción de que, al quebrantarse o violarse las propiedades de las norm as constitutivas, habrá confusión, caos o una brusca deten­ ción de la acción social. Lo teórica y em píricam ente im portante es que todos los hechos, independientem ente del «juego», tienen su «signo (accent) constitutivo». La obra de Garfinkel m uestra * En el original, «ticktacktoe», llamado también •naughts and crosses». Como el tres en raya, pero marcando ceros un jugador y, el otro, cruces. (T.)

que tales experimentos son posibles, que abordan los procesos s o c i a l e s fundamentales de las estructuras sociales y que descu­ b ren posibles fundamentos de una sociología experimental. G arfinkel emplea el juego de ceros y cruces para ilustrar las « reglas constitutivas». Se invita a un sujeto a jugar una partida con el experim entador, se le hace salir'y, entonces, el experimen­ ta d o r b o rra la marca que ha hecho, trasladándola a otro punto, y hace inm ediatam ente la suya, con toda naturalidad. Los sujetos se m u estran algo confusos y aturdidos, de m anera que no pueden ju g a r la partida en estas condiciones, a menos que sigan dos orientaciones generales. En prim er lugar, por ejemplo, el sujeto puede aparentar que la jugada indebida es en realidad correcta, o puede aparentar que se está jugando a un juego «diferente», d ejan d o de hacer comentarios por el momento, aunque a menu­ do pensando para sí que quizá haya «buenas razones para todo esto». Ocurre cierto tipo de actividad «normalizadora». O, en se­ gundo lugar, si el sujeto trata verdaderamente de seguir el juego com o si fuese un ceros y cruces «regular», puede reaccionar con m olestia y confusión. P or tanto, si el actor trata de adaptarse al «signo constitutivo», no quedará forzosamente confuso, cre­ yendo que la situación es absurda y caótica. Pero si intenta per­ m anecer bajo el «signo constitutivo» originario, encontrará di­ fícil entender como «normal» lo que sucede. La diferencia entre los experimentos de Thibaut, Kelley y otros citados y los que ha hecho Garfinkel está en las cuestiones teóricas abordadas, en el tipo de los elementos teóricos funda­ m entales precisados y en la manera en que se creó la atmósfera e x p e r i m e n t a l . Thibaut y Kelley suponen que cierto orden particu­ lar de hechos es «normal» y tratan de descubrir experimental­ m ente si el orden que ellos entienden como «normal» es el «acertado». Suponen que, en estimación de los sujetos experimen­ tales, su caracterización del escenario está dictada por las ins­ trucciones y, además, que las variaciones experimentales se en­ tenderán como variaciones de un orden ya constituido por sus instrucciones y estructuración inicial. Y los resultados que obtie­ nen revelan un éxito considerable. Sin embargo, no podemos estar seguros sobre el cómo y porqué de su éxito. Creen en un m undo que, tanto el sujeto como el experimentador, dan por supuesto, pero quedan oscuros los procesos sociales fundamen­ tales implícitos. No se aborda explícitamente la cuestión de lo

que entienden en común los sujetos y el experim entador como invariable sobre el escenario social. Se basan en su propio cono­ cimiento vulgar de las «reglas» del juego para entender el expe­ rimento, para producir los resultados experimentales y p ara analizar los datos. Garfinkel se hace una pregunta más fundam ental. Su trab ajo puede ser considerado un estudio cómo es que m anera pueden concebir en absoluto, y m ucho menos cum plir su finalidad, los ex­ perimentos corrientes en psicología social y sociología. No se p re­ gunta: ¿cómo creamos y variam os experim entalm ente la cohe­ sión y la jerarquía de posiciones?, sino: ¿cómo cream os o suponemos el conocimiento teórico y em pírico que hace falta para producir tales estructuras?, ¿cuáles son los rasgos funda­ mentales de la acción social?, ¿cómo han de identificarse y mantenerse sus propiedades estables?, ¿ c u á k r ^ n los procedi­ mientos operativos que deben utilizarse, tanto para m ostrar su existencia como para perm itir su manejo experim ental? La estrategia de Garfinkel es com enzar por una situación conside­ rada como «normal», p ara tra ta r de crear después sistem ática­ mente «desorden», confusión o caos. Los procedim ientos que arrojen caos indicarán a la inversa los elem entos de un orden estable. Abordando una variedad de procedim ientos que utilizan los sociólogos en su investigación cotidiana, he tratado de m o strar la pertinencia de una postura teórica particular. Comenzamos por preguntarnos si las expresiones lingüísticas, su sentido cul­ tural implícito y las definiciones vulgares tácitas de la situación que introducim os en las instrucciones experimentales, en los programas de entrevista y en los cuestionarios son com prensi­ bles para todos los sujetos de nuestra m uestra. ¿Consideran to­ dos los sujetos el m ismo «signo constitutivo»? Y si así ocurre, ¿cómo es posible en absoluto? Hemos supuesto que el actor ha de considerar cierto orden constitutivo de los hechos y ha de respetar cierto «signo consti­ tutivo», si ha de m antener cierta relación con su medio y sus semejantes. Por eso, el investigador por encuestas no puede elu­ dir el problema de la «relación*. Pues el entrevistado puede optar por no respetar el «orden constitutivo» definido por el cuestionario, a menos que el entrevistador le proporcione cierta base. El investigador por encuestas puede creer que el entrevis­

tado e sta rá contento por contribuir a un «estudio científico en beneficio de la Humanidad», pero eso no es algo que podamos d a r p o r supuesto. Aun si así fuese, ello no garantizaría la re/a* ción, ni el m utuo entendimiento de los sentidos. Y esto es cierto en especial cuando, para muchos entrevistados, el interrogatorio es en realidad una intrusión en su intimidad, la invasión de un orden que puede ser sagrado para el sujeto. La manera como redactam os los cuestionarios y creamos las situaciones experi­ m entales que se consideran «válidas», «significativas», etc., es ya un p rim e r orden de cosas que ha de estudiar el sociólogo. Hacen falta dem ostraciones experimentales y sobre el terreno de las propiedades del orden social. Si el su jeto no acepta o entiende las variaciones experimen­ tales com o pretende el experimentador, no obstante, puede supo­ nerse que rige un orden fundamental común para ambos. Este orden común existe antes del experimento, se «suspende» o «abandona» temporalmente durante el experimento y se vuelve a adoptar, term inado el experimento. Si el orden experimental es un sim ulacro del orden común, aquél sólo podrá entenderse con referencia a las propiedades de éste. El orden constitutivo o co n ju n to de reglas ofrece al actor la base para atribuir estructu­ ras de sentido de modo que pueda entender lo que ha sucedido o e stá sucediendo. Por ello, las instrucciones del experimentador definen el orden. Experim entar con las propiedades de las «re­ glas» llega a ser misión necesaria para una sociología experi­ mental. T erm inaré este capítulo con algunas breves consideraciones sobre unas cuantas de estas propiedades y sus posibilidades ex­ perim entales: 1. El sentido tácito que se supone durante la interacción.— Podríam os indagar sobre las consecuencias de no m antener sen­ tidos en reserva durante la interacción social. Lo cual querrá de­ cir hacer que los sujetos expresen qué opinan sobre otros, sobre la situación y los hechos y cualesquiera otros estímulos, en gene­ ral a través de cualquier serie experimental de hechos. Se deja­ rían en suspenso todas las suposiciones sobre el carácter de evidentes de propiedades y «signos», como las reglas de la eti­ queta, las relaciones de autoridad y semejantes. Se podrían simular las relaciones entre vendedores y clientes y entre em-

pleadores y empleados, las interacciones entre estudiantes y pro­ fesores y los intercambios entre oficiales y reclutas. Será difícil lograr imponer la noción de dejar en suspenso experim entalm en­ te los sentidos particulares, pero ello m ostrará cómo son invaria­ bles estos sentidos particulares en condiciones experimentales. Preguntándonos qué clases de tipos sociales, en qué situaciones simuladas tratarán de im poner el uso de sentidos particulares, y con qué consecuencias, obtendrem os un cuadro conciso de la im portancia de los sentidos tácitos y de las imputaciones reser­ vadas para m antener estable el orden social y producir cambio. Otra m anera de examinar estos sentidos sería la de hacer que el actor no aceptase la noción de que sus actos serán com pren­ didos por otros miembros del grupo. En consecuencia, cada paso que dé exigirá las explicaciones más elaboradas en cuanto a su intención, motivo, finalidad, etc. Además, d e s j d e cada afir­ mación tendrá que preguntarse si los demás lo han com prendido o no. Garfinkel señala que, si los demás se niegan a reconocer los comentarios del sujeto sin pedirle continuam ente más explica­ ciones, surgirá la misma ru p tu ra (confusión) de la acción estable concertada l2. Ello podría producirse si las observaciones de los demás sobre cada expresión se acom pañasen, por ejem plo, de una petición de definiciones operativas. Las tentativas experi­ mentales de «programar» estas propiedades ofrecerán la base p ara manifestar, tanto sus rasgos esenciales como los vulgares. 2. Otra propiedad susceptible de estudio experimental es la de las «normas» que rigen la adecuada distancia física durante la interacción social. Garfinkel propone que un «gancho» aborde al sujeto experimental de m anera que la distancia física que los separe sea, en realidad, inexistente, haciéndole todo el rato pre­ guntas habituales o «triviales» y llevando una conversación «nor­ mal». La distancia física es una característica de toda interacción social. Es una propiedad de todos los intercam bios personales, aunque sus variaciones puedan tener una am plia serie de conse­ cuencias en momentos diferentes, o en personas diferentes, en diversas relaciones de posición y en situaciones distintas. El variar experimentalmente la distancia física m anifestaría cómo esta propiedad estructura las norm as o «reglas» que se entienden “ Garfinkel: «Common Sense Knowledge of Social Structures», relación leída en el IV Congreso Internacional de Sociología, de Milán, en 1959.

com o obligatorias para las personas durante la interacción. Esta p ro p ied ad informa la definición de la situación por el actor. 3. Otra propiedad que inform a la definición de la situación p o r el actor puede verse en la noción de Goffman de «distancia de papel» li, que se refiere a la separación entre la propia iden­ tificac ió n del actor y el papel social que asume durante la in­ te ra c c ió n social. Suponiendo que esta propiedad sea una variable de todos los encuentros sociales, será de esperar que las varia­ cio n es de la distancia de papel producidas experimentalmente a lte ra rá n las normas o «reglas» que rigen los intercam bios so­ ciales. El otro papel deducido comprenderá la estimación por el a cto r de la distancia de papel del otro y de la manera cómo d e b e rá conform arse en consecuencia su propio papel subsiguien­ te. Las significaciones verbales y no verbales que comunican distancia de papel ofrecen las estructuras de sentido para dedu­ c ir el grado y tipo de distancia de papel que pretende el otro. Se dan por supuestas una m ultitud dé propiedades percibidas e interpretadas a la manera vulgar, a menos que sus elementos parezcan falseados a los participantes, que entonces distinguirán ¡o «inhabitual» de lo «habitual». Cierta conducta se considera «apropiada», por ejemplo, para las personas de una edad crono­ lógica determ inada, para las personas que deseen ser considera­ das como varones o hembras, para los que quieran manifestar «interés», «preocupación», «felicidad», «desdicha», «frialdad» y sem ejantes. Muchas de estas propiedades tienen un conjunto indefinible de elementos, que sólo se revelan negativamente cuan­ do se los somete a falseamientos extremados, por ejemplo, del vestido, de los gestos o del lenguaje. Las artes de la interacción cotidiana informan la definición de la situación por el actor y la a c t i v i d a d de asunción de papel que éste ejecuta. Por ello, hay «reglas» y propiedades que obran estructurando lo que el soció­ logo llama ordinariam ente «normas». Estas «reglas» y propieda­ des son invariables para el tipo y sustancia real de las «normas* que rigen la acción social en situaciones particulares. El estudio de estas «reglas» y propiedades ofrece un fundamento experi­ mental para medir las estructuras básicas de sentido en todos los hechos sociológicos.

u Erving Goffman: Social Encounters (Bobbs-Merrill), Indianápolis, 1961.

EL LENGUAJE Y EL SENTIDO

La comunicación hum ana es tan com pleja que, en gran parte, ha de reducirse a conducta autom ática, a reglas im plícitas, a menudo, sin conocimiento consciente y con poco o ningún es­ fuerzo. En el libro The First Five M in u tes1 aparece una de las narraciones más atractivas de cómo entran el lenguaje y el sen­ tido en las situaciones que debe analizar el sociólogo. £1 análisis que hacen los autores de la conducta lingüística y paralingüística durante los cinco prim eros m inutos de una entrevista psi­ quiátrica sirve de modelo excelente para un análisis sociológico de la entrevista o hechos sem ejantes (por ejem plo, el diálogo en los marcos naturales sobre el terreno), tanto para fines su stan ­ tivos, como para estudiar las propiedades invariables de la con­ ducta social. The First Five M inutes plantea cuestiones im por­ tantes, como: ¿Qué dice cad a p a rtic ip a n te ? ¿P or qué lo dice? ¿Cómo lo dice? ¿Qué efecto p ro d u ce al o tro p a rtic ip a n te ? ¿C uándo y cóm o se in­ troduce nuevo m a te ria l en el cu ad ro , y quién lo Hace? ¿Q ué se com unica sin sab erlo ? ¿Cóm o cam b ia la o rien tació n d e c a d a p a rti­ cipante, conform e sigue el tra to , y p o r qué, y cóm o lo sab em o s, y

1 Robert E. P t t t e n g b r . Charles F. H o c x e t t y John J. Minutes (Paul Martineau), Itaca, Nueva York, 1960.

D a n b iy :

The First Five

có m o lo sabe el o tro p a rtic ip a n te y, si lo sabe, en v irtu d de qué p r u e b a ? 2.

El conocim iento sobre las pautas de énfasis y cómo deben re g is tra rse durante una entrevista nos puede decir algo sobre u n rasg o fundam ental de todos los procesos sociales, así como so b re el sentido cultural propuesto por el hablante con respecto a cierta cuestión sustantiva. Un tem a continuo a través de todo el libro ha sido el aserto im plícito y explícito de que la medida en sociología en el plano del proceso social no puede ser rigurosa sin resolver los proble­ m as del sentido cultural. Comprender el problema del sentido exige una teoría del lenguaje y de la cultura. En este capítulo esbozarem os algunos elementos del lenguaje y la importancia que tienen para una teoría del sentido o cultura. La exposición será breve, selectiva, proyectada para introducir a los sociólogos en algunos temas y en las obras generales. En este bosquejo de Lamb puede verse un enunciado general y diáfano de la postura que m antienen hoy muchos lingüistas: Llam am os e stratificativ a la clasificación que exponem os, porque uno d e sus caracteres principales es el de reconocer u n a serie de e s t r a t o s o capas e stru ctu rales en el lenguaje. El lenguaje, por su n a tu r a le z a , relaciona sonidos (o grafías, es decir, signos, por ejem ­ plo, so b re papel) con significados, relación m uy com pleja que re­ su lta ser analizable según una serie d e clasificaciones en form a de clave (code), cada una de las cuales enlaza dos estrato s próximos. El e stra to e stru c tu ra l superior, el sem ém ico, tiene unidades directa­ m en te relacionadas con el significado. E stos sem em as pueden en­ ten d erse com o cifrables (encodable) en unidades del e stra to inm e­ d ia ta m e n te inferior, que, a su vez, pueden cifrarse tam bién, y así sucesivam ente, hasta te rm in a r con unidades directam ente relacio­ nadas con el h abla o la escritu ra (es decir, con fonem as o grafem as), que, p o r últim o, pueden se r dichos o escritos según el caso. La clave q u e relaciona cada p a r de estrato s próxim os es un conjunto de reglas estratificativas, cuya form a explicam os abajo. La razón de esta gran com plejidad de la e stru c tu ra lingüística es que los sonidos y los significados, p o r su naturaleza, se tipifican independientem ente; tan to los sonidos com o los significados tienen su propio conjunto de relaciones estru ctu rales. Los sistem as fonémicos tienen que ad a p ta rse al habla y a los órganos auditivos, mien­ tra s que los sistem as sem ém icos tienen que ad ap tarse a las pautas de pensam iento. Además, el proceso de cam bio lingüístico afecta a estos dos e stra to s de m an era diferente. En consecuencia, serla im­ posible una estrech a correspondencia e n tre am bos. Lo m ism o es cierto respecto de los lenguajes escrito s, p orque los sistem as de

e sc ritu ra se basan en los lenguajes hablados, de m odo que suelen ten er estrech a co rresp o n d en cia con los sistem as foném icos, p ero no con los sem ém ico s3.

Una idea básica y general en la lingüística es que debe inten­ tarse determ inar «las propiedades fundam entales de las gram á­ ticas logradas. El último resultado de estas investigaciones debe ser una teoría de la estructura lingüística en que los mecanis­ mos descriptivos utilizados en gramáticas particulares se expon­ gan y estudien en abstracto, sin referencia precisa a lenguajes particulares» \ Chomsky se interesa por un mecanismo que se­ pare la forma gramatical de las secuencias agram aticales de un lenguaje. Con tal mecanismo, según Chomsky, la gram ática del lenguaje debe generar únicam ente las secuencias gram aticales; y el criterio de la adecuación de la gramática es la aceptación, por un hablante nativo, de las frases que genera \ Entre ciertos lingüistas, se da la tendencia a preocuparse por los rasgos formales del lenguaje y, únicam ente sobre la base dé estos rasgos formales, por idear operaciones que asum an las propiedades de un sistem a cerrado. Es com prensible, porque pueden lograrse fácilmente propiedades de medida para siste­ mas cerrados, pudiendo despreciarse el desagradable problem a empírico de qué es «aceptable» para un hablante nativo. Choms­ ky concluye: A p e sa r de la im p o rtan cia y del in terés innegable de la Sem ántica y de los estudios esta d ístic o s del lenguaje, parece que no tienen directa pertin en cia al p ro b lem a de d e te rm in a r o c a ra c teriz a r el co njunto de expresiones gram aticales. Creo que estam o s obligados a concluir que la g ra m á tic a es au tó n o m a e independiente del signi­ ficado y que los m odelos p ro b a b ilistas no ofrecen com prensión p a rtic u la r de algunos p ro b lem as fu n dam entales de la e s tru c tu ra s in tá c tic a 6.

Es im portante observar aquí la postura de Chomsky porque, aun rechazando la noción de que la gram ática pueda ser pro­ gramada enteram ente por medio de una m áquina o modelos probabilistas, rechaza tam bién que la estructura sintáctica de1 Sidney M. Lamb: Outline ofSira tifica tio nal Grammar (Associated Students of the University of California Bookstore), Berkeley, 1962, pág. 3. Subrayado en el original. 4 Noam Chomsky: Syntactic Structures (Mouton and Co.), La Haya, 1957,

p en d a del sentido. «La gramática no nos dice cómo sintetizar una expresión especial; no nos dice cómo analizar una expresión d eterm inada... Cada gram ática es, sencillamente, una descrip­ ción de cierto conjunto de expresiones, en particular, las que ella genera» \ No obstante, es de esperar que las frases genera­ das por una gramática sean aceptables para un hablante nativo, p o r tanto, la gramática tiene que generar frases aceptables, pero puede haber frases agramaticales que sean «comprensibles» para el hablante nativo, o algunos hablantes nativos, o un conjunto de ellos que constituyan una subcultura, etc. Las formulaciones de Chomsky y Lamb buscan, dondequiera sea posible, las ventajas del sistem a matemático cerrado. Prestan poca atención al pro­ blem a deí antropólogo y del sociólogo de enlazar el sonido y las p au tas de pensamiento con el sentido cultural y con el lenguaje según se habla y escribe. Muchos lingüistas se interesan solamente por la correspon­ dencia entre pautas de sonidos, sistemas fonémicos, estructura lingüística, análisis lingüístico y el objetivo general de la des* cripción gramatical *, Su interés fundamental es describir el lenguaje en sus propios términos, sin reducirlo a, digamos, la fi­ siología del habla, la acústica del sonido o los elementos neuroló* gicos que intervienen. El problema^ del sociólogo (y más obvia­ mente, el problem a del antropólogo, pues ha reconocido siempre el valor del lenguaje) es m anifestar de un modo u otro la impor­ tancia del sentido cultural, así como del gesto, de la entonación y del énfasis para la manera como se percibe e interpreta, se escoge y se transm ite el lenguaje durante la acción social. Por tanto, la existencia de frases gramaticalmente correctas en una lengua y su empleo en la investigación sociológica no garantiza q u e los sujetos entrevistados perciban e in te r p r e te n las, pregun^ tas de la misma m anera que el entrevistador. La adecuación de uña teoría del lenguaje se basa en la comprensión y uso del hablante nativo; sin embargo, aunque las «reglas» que rigen la «gramaticidad» puedan ser claras y coherentes, algunos «hablan­ tes nativos* (por ejemplo, los entrevistadores) pueden no ser c o m p re n d id o s por otros «hablantes nativos» (p o r ejemplo, los 7 Noam Chomsky: op. cit., pág. 48. Vid. la clara exposición de Hilary Putnuii: «Some Issues in the ITieonj of Grammar», en Proceeding of Symposia in Applied

Mathematíes, XII (1961), Strucíure of Ltmguage and tís Mathematical Aspects,

25-42.

■ vid. L m r op. cit., págs. 44.

entrevistados). El sociólogo puede pedir consejo a un lingüista que juzgue la gramaticidad de su cuestionario, pero siem pre le quedarán sin resolver problem as de sentido, a menos que consi­ dere tam bién las diferencias dialectales, de expresiones idiomáticas, énfasis, entonación y gesto. Las «reglas estratificativas» cita­ das por Lamb suponen un conjunto de sentidos culturales, si considera que todos los estratos diferentes que describe están dentro del terreno de interés para el lingüista. Ahora bien, estos supuestos significados necesarios p ara la expresión lingüística «aceptable» siguen siendo dudosos, tanto en el estudio del len­ guaje, como de la conducta so cia l9. He aquí un claro enunciado del problema general: La clave de c a ra c tere s em p lead a p o r el oyente no agota la in fo r­ m ación que recibe de los sonidos del m ensaje. E n la fo rm a del sonido tiene indicios p a ra id e n tific a r al em isor. C orrelacionando la clave del hab lan te con su p ro p ia clave de carac tere s, el oyente puede d edu cir el origen, el nivel de in stru cció n y el m edio social del em i­ sor. Las propiedades n a tu ra le s del sonido p erm iten la identificación del sexo, la edad y el tipo sico-fisiológico del em isor y, p o r últim o, la identificación de un conocido 10.

En observación de Jakobson y Halle, el lingüista que estudia una lengua desconocida comienza como criptoanalista hasta que puede descubrir poco a poco la clave, pareciéndose cada vez más a un descifrador (decoder) nativo. El sociólogo, por ejem plo, al entrevistar, no puede perm itirse tra ta r su propia lengua desde la perspectiva de un hablante nativo, sino que .tiene que tom ar la postura de un criptoanalista cuando aborda una lengua extraña. La estrategia del lingüista es com binar el lenguaje «acciden­ tal» y «no accidental» n (como el habla cotidiana con la poesía * Vid. la importante obra de Ludwig W it t g e n s t f in . Philosophical InvestíOxford, 1953; J. L. A u s t i n : Warnock, Oxford University Press), Londres, 1961, especialmente el capítulo 3: «Other Minds», y el capítulo 6: «A Plea f o r Excuses»; y Stanley C a v e l l : « M u s t We Mean Wnat W e Say?», Inquiry, 1 (Autumn 1958) 172-212. ” Román J akobson y Morris H alle: Fundamentáis of Language (Mouton and Co.), La H a y a , 1956, pág. 11. Vid. también B a sil B er n stein : «Some Sociological Determinants of Perception», British J. Sociology, 9 (1958); «A Public Language: Some Sociological Implications of a Linguistic Form>, British J. Sociology, 10 (1959); «Language and Social Class*, British J. Sociology, 11 (1960); «Linguistic Codes. Hesitation Phenomena and Intelligence», Language and Speech, 5 (eneromarzo 1962); y «Social Class, Linguistic Codes and Grammatical Elements», Language and Speech, 5 (octubre-diciembre 1962). , r C. F. Vobgeun: «Causal and Noncausal Uttcrances within Unified Structure», en Thomas A. Sebbok (ed.): Style in Language (The Technology Press y Wiley), Nueva York, 1960, págs. 57-68.

ations, trad. por G. E. M. Anscombe (Blackwell), f 'hilosophical Papen (ed. t>or J. O. Urmson y G, J.

y las m atem áticas), estableciendo una disciplina formal que los un ifiq ue estructuralm ente antes de examinar los elementos se­ m ánticos del lenguaje. Pero esta estrategia, como observa Voegelin, elude el problema de la selección lingüística y lo diferente que puede ser en las expresiones accidentales y en las no acci­ dentales. De modo semejante, Chomsky critica a Lounsbury por to m ar en su valor literal las respuestas de los informadores, suponiendo que indican autom áticam ente «sentido», que lo que se dice es precisamente lo que se quiere decir. El argumento de Chomsky es que, al escribir Lounsbury: «En el análisis lingüís­ tico, definimos operativam ente el contraste entre form as por las diferencias de las respuestas significativas», entiende el sentido dem asiado en general —como toda respuesta al lenguaje—, espe­ cialm ente cuando pueden emplearse mecanismos lingüísticos que no dependan de la definición de la situación por el su je to ,2. Una cuestión im portante es cómo el análisis semántico puede perm itirse tra ta r como evidentes las maneras (las «reglas») se­ gún las cuales los sujetos atribuyen sentido a los hechos. El an tro p ó lo g o sobre el terreno supone, como el lingüista estructuralista, que com parte y comprende los sentidos vulgares preten­ didos p or sus sujetos..., incluso en las sociedades iletradas. Mu­ chos de estos supuestos incluyen sentidos que expresan estados de ánimo, como «molestia», «contento» y «amabilidad», trans­ mitidos por la entonación de la voz, la distancia física y el empleo general de sentidos culturales vulgares derivados de la sociedad m aterna del observador. Las siguientes consideraciones de Chomsky proponen una es­ trategia im portante para medir los hechos sociales: Más en general, parece que la noción de «com prender una frase» tiene que se r analizada p arcialm ente en térm inos gram aticales. P ara co m p ren d er una frase, es necesario (aunque, desde luego, no sufi­ ciente) re c o n stru ir su representación en cada plano, com prendido el plano tran sfo rm ativ o , en el cual las frases m edulares en que se basa una frase d eterm in ad a pueden entenderse, en cierto sentido, com o los «elem entos de contenido elem ental» con los que se cons­ truye d icha frase. Con o tra s p alab ras, u n a consecuencia del estudio form al de la e stru c tu ra g ram atical es ilu m in ar una tra m a sintáctica en que pu ed a apoyarse el análisis sem ántico. Convendrá que la explicación del sen tid o se re fie ra a esta tra m a sintáctica funda­ m ental, au n q u e las sistem áticas consideraciones sem ánticas no pa~ u

C h o m sk y :

op. cit., págs. 97-100. Cfr. Floyd G. Lounsbury: «A Semantic Analysis Usag e* , Language. 32 ( e n e r o - m a r z o 1956), 154-194.

o f th e P a w n e e K in s h ip

rezcan c o n trib u ir a d e te rm in a rla p rim e ra m en te. Sin em bargo, la noción de «sentido e stru c tu ra l» , en oposición a la de «sentido léxi­ co», p arece b a sta n te sospechosa y es dudoso que los m ecanism os g ram aticales del lenguaje se utilicen con la suficiente consecuencia p a ra que se les p u ed a a trib u ir d ire c ta m e n te sentido. No o b sta n te , sí vem os m uchas correlacio n es im p o rtan te s, de m odo p erfec tam en te n atu ral, en tre la e s tru c tu ra sin tá c tic a y el sentido; o, p o r decirlo de o tra m anera, vem os que los m ecanism os g ram aticales se em plean m uy sistem áticam en te. E sta s correlacio nes p o d ría n fo rm a r p a rte de la m a te ria en u n a teo ría m ás general del lenguaje que se ocupase de las conexiones e n tre la sin tax is y la sem án tica 13.

La estrategia que propone Chomsky ha obtenido mucho favor entre los lingüistas. Así, Saporta critica «las tentativas de iden­ tificar la gramaticidad, como la empleamos aquí, o con la vul­ garidad, por una parte, o con la literalidad del sentido, por otra. Según la idea propuesta por Chomsky, y que adoptam os, tales identificaciones parecen injustificadas. Por ejemplo: "La m iseria quiere compañía", aunque al menos tan vulgar, es menos gram a­ tical que la sinónima: "Las personas que son m iserables quieren compañía”, debido a las diferentes clases de nom bres que re­ presentan "m iseria” y "personas". De modo sem ejante, parecen carecer de im portancia las nociones semánticas, pues tanto las expresiones gramaticales como las agram aticales pueden ser igual­ mente absurdas» M. Instando a que se distingan y m idan inde­ pendientemente la gram aticidad, las nociones estadísticas y las nociones semánticas, Saporta observa su elevada correlación, pero no se interesa por lo decisivo que sea lo que conocemos en un terreno (los sentidos com partidos por los m iem bros de la misma cultura) para com prender otro terreno (como la gram a­ ticidad). El ejemplo que pone es interesante, porque «la m iseria quiere compañía», como versión abreviada de «las personas que son miserables quieren compañía», supone un conjunto tácito bastante elaborado de sentido cultural en cualquier form a de esta expresión. El sentido de una expresión no es totalm ente in­ dependiente de su gram aticidad, a pesar de las ten tativ as/ de crear reglas sobre los grados de gram aticidad, por confiar el lingüista en los sentidos culturales vrlgares del hablante nativo. El uso implícito por el lingüista del conocim iento vulgar al construir frases gram aticalm ente «correctas», cuyo significado u Chomsky: op. cit., p á g s . 107-108. M Sol S aporta: «The Application of Lingüistica to the Study of Poetic Language», e n S bbbok: Style in Language, op. a t., pág. 92. Subrayado e n ei original.

cree que se comprenderá intuitivam ente, supone que él y el «ha­ b lan te nativo» comparten un ancho campo de sentidos vulgares im plícitos. Lo embarazoso de mi argumentación para los sociólogos está en suponer que el lingüista debe consultar al antropólogo y al sociólogo sobre la estructura y dinamismo del sentido cultural. D esgraciadam ente, el sociólogo (y el antropólogo) se basa a me­ nudo en el mismo conocimiento vulgar tácito que ha adquirido com o cualquier otro miembro de la sociedad. El meollo del pro­ blem a, tanto para el lingüista como para el sociólogo, puede verse en la distinción entre las pautas de pensamiento y el sen­ tido, según se aprende en una cultura determinada, y las unida­ des de los lenguajes hablados y escritos (siguiendo la formula­ ción de Lamb) que pueden ser estratificadas. El sociólogo (y el antropólogo) o el lingüista no pueden descartar el problema epistemológico planteado por la hipótesis Sapir-Whorf (como ocurre a veces), independientemente de la coherencia interna que pueda encontrarse en la estructura del lenguaje y en las insti­ tuciones sociales, como el parentesco, por ejemplo. La experien­ cia de los hechos y de los objetos de su medio que tiene el actor, sus pautas de pensamiento y los sentidos con que se enlazan se com unican por medio del lenguaje accidental y no accidental y a través de unidades habladas y escritas. La poca corresponden­ cia entre estos dos sistemas paralelos, el accidental y el no acci­ dental, hace tanto más im portantes sus interrelaciones, por cuan­ to al p asar de una a la otra forma de razonamiento y en la comunicación en general, siempre tenemos un pie, por decirlo así, en el mundo vulgar de la vida cotidiana a. Las condiciones o «reglas» que nos facilitan pasar de lo accidental a lo no acciden­ tal suponen que conocemos la estructura de ambos y, en particu­ lar, los detalles de cómo llegan a enlazarse.

H Vid. Alfred Scrutz: «Symbol, Reality, and Sodety», en Lyman Bryson, Louis F i n k e l s t e i n , Hudson Goacumd y R. M. MacIver (edsj: Symbote and Society (Harper), Nueva York, esp. págs. 147-189. Las ideas de Schutx sobre el significa­ do se exponen en el capitulo siguiente.

El empleo del lenguaje como medio de investigación socioló­ gica tiene que distinguir entre los elementos institutivo e innov ativ o 16. «Saussure llama al elemento institutivo lengua y, al elemento innovativo, habla; por definición, estos dos ju n to s ago­ tan el lenguaje» 17. Esta distinción señala la im portancia de saber algo sobre los signos que una persona recibe de otros m iem bros de la misma comunidad lingüística, y que contribuyen a su com­ petencia como oyente en la conversación cotidiana. La lengua, como sistema, puede estudiarse en cuanto a sus rasgos estruc­ turales y a su potencialidad de razonam iento. Es un depósito regido por reglas que pueden estar muy form alizadas. «Los ha­ blantes nativos (excluidos los estudiosos) iguoVc.n la histo ria de su propia lengua, lo cual quiere decir que esta historia no es pertinente al sistema, según lo conocen...» u. Ahora bien, la len­ gua es la base del habla, pero el habla es tam bién la base del cambio del lenguaje, por su uso real en la vida cotidiana. Por tanto, la lengua representa, tanto los conocim ientos oficiales (si hay documentos escritos), como los tradicionales que tienen los miembros de la sociedad en que se da la comunicación. El ha­ bla es el uso innovativo del lenguaje por medio del cual se crean día tras día nuevas definiciones de la situación. El sociólogo no puede evitar esta distinción al form ular un proyecto de investi­ gación, al hacer preguntas y analizar respuestas. El que las expresiones conpprendan palabras con cierta orde­ nación y con perfiles tonales implica que los actos de definición de la situación y de asunción de papel de un conjunto de acto­ res en la comunicación verbal puedan ser conceptualizados a grandes rasgos y puedan ser sometidos a previa verificación empírica. Diversos actos lingüísticos pueden ser clasificados sin­ tácticamente en «expresiones locativas» y «expresiones de res11 Esta distinción se debe a Ferdinand db S aussure : Cours de Linguistique Générale (ed. por Charles Bally y ALbert Sechehaye, Payot), París, 4.* ed.. 1949. El empleo que hago de estas nociones de Saussure lo he sacado de Ruíon S. W e l l s : «De Saussure's System of Linguistics», en Martin Joos (ed.): Readings in Linguistics (American Council of Leamed Sodeties), Washington, 1957, pági­ n a s 1-18. n W e lls ,

toe. cit., 11 Idem, pág. 9.

p á g . 9. S u b r a y a d o e n e l o r i g in a l.

puesta» ,9. Las expresiones de respuesta se basan habitualmente en una respuesta a otras expresiones. «En contraste con las ex­ p re sio n e s de respuesta, una expresión locativa es la generalmente em pleada para iniciar un razonamiento o conversación: "¿Cómo está usted?", "Le voy a decir una cosa", "¿Tiene usted libros?"» ®. Ziff pasa a describir algunas de las «condiciones» en que las expresiones «locativas» y «respondientes» estructuran las situa­ ciones de la acción social. No es éste el lugar para ensayar un a n álisis detallado de todos los recursos y conceptos que los lin­ güistas y semánticos pueden ofrecen a los sociólogos. Sólo quiero in d ic a r posibles estrategias que puede seguir la medida en socio logia y la im portancia de los estudios lingüísticos para fom entar su desarrollo. Los medios y conceptos del lingüista y del semán­ tico ofrecen posibles procedimientos operativos para desmenuzar el sentido cultural y la estructura de la acción social21. En las observaciones de W ittgenstein sobre el sentido, puede verse otro punto de vista relacionado: que el sentido de una p alab ra debe comprenderse por su uso, en que sentido es uso a . El análisis de Ziff equilibra esta discusión; está de acuerdo con las consideraciones de Chomsky antes citadas. Ziff subraya la im portancia, tanto de las estructuras sintácticas, como de las condiciones locativas que alteran el sentido. La inclusión del énfasis sintáctico es un argumento im portante contra la idea de que el sentido es una ficción locativa porque el uso cambia con­ tinuam ente.

e l s e n t id o y la m edida

Aunque los métodos de los lingüistas estructuralistas facili­ tan las estrategias de medida para el problema general del sen­ tido, ha habido algunas tentativas especiales de medirlo directa» Paul Ziff: Semantic Analysis (Comell University Press), Itaca, Nueva York, págs. 79-80. » Idem, pág. 80. 11 El lector podrá ver ejemplos precisos en N. C h o m s k y , M. H a l l e y Fred L u k o f f : «On Accent a n d Juncture m English», en M . H a l l e y otros (eds.): por Román Jakobsort ÍMouton and Co.), L a H a y a , 1956, págs. 65-80. Ademas, N C h o m s k y : Syniactic Struc tures, op. cit., cap. 7 : «Some Transformations in E n g l i s h » ; Roger Brown y Albert G i l m a n : «The Pronouns of Power and Solldanty», en S ebhik: Style m Language, op. cit., págs. 253-276. a L . W i t t g e n s t o i n : Phitosophiau Investigattons, op. cit.

mente, que merecen com entario. Vienen a propósito los siguientes párrafos de Lounsbury: 1) Los rasgos sem án tico s pueden reconocerse de m ás de una m anera en el lenguaje. Algunos pueden reconocerse claram en te, con identidades foném icas in d ep en d ien tes, m ie n tras que o tro s pu ed en se r reconocidos en cu b ierto s, m ezclados con otro s rasgos sem án tico s en diversas iden tid ad es foném icas, c o m p a rtid a s c o n ju n ta y sim ul­ táneam ente. 2) E n un solo rasgo sem án tico se m ezclan a veces los dos m odos de reconocim iento lingüístico: algunos rasgos aparecen, p o r decirlo así, en algunos p u n to s p a ra h a lla r id en tid ad in d ep endiente en la e stru c tu ra seg m en taria de u n lenguaje, pero desap arecen en o tro s puntos, siendo id en tificab les sólo com o posible c o n tra ste e n tre va­ rios segm entos ya irred u cib les. 3) H ay dos m odos posibles de tr a ta r esta s categorías «desapa­ recidas» en la d escrip ció n lingüística: a) puede dárseles calidad m orfém ica, forzando leída, corregida y ampliada en la reunión anual de la Asociación Esta­ dounidense de Sociología, de Washington, en 1957. Puede verse otra idea atrac­ tiva con muchos caracteres semejantes, en los interesantes artículos de O. K.

Garfinkel opta por tra b a ja r con los juegos com o ilu stració n de situaciones estables porque perm iten al investigador d e sc rib ir una sucesión de hechos sociales en que cada jugador tiene cierto tipo o esquema de conocim ientos sobre lo que hacen y p re te n ­ den él y los demás jugadores. Las reglas básicas del juego indi­ can qué considerarán «normal» los jugadores que tra te n de cum ­ plirlas *. Las reglas básicas se definen por tres propiedades, que se llaman «expectativas constitutivas»: 1) las «expectativas cons­ titutivas» trazan una serie de lím ites dentro de los cuales cad a jugador tiene que tom ar sus decisiones independientem ente de gustos y disgustos personales y de planes y consecuencias p a ra sí mismo y para los demás. Las opciones son independientes del número de jugadores, de las form as de las jugadas y del te rre n o del juego; 2) cada jugador supone una norm a de recip ro cid ad con respecto a las alternativas que son obligatorias p ara to d o s y 3) los jugadores suponen que lo que esperan de los dem ás se entiende e interpreta de la m ism a manera 37. Garfinkel observa que las «expectativas constitutivas» pu ed en atribuirse a un conjunto particular de hechos posibles y no a otros, pudiéndose decir que ofrecen el «signo c o n stitu tiv o » de este conjunto particular de hechos. El conjunto relacionado de hechos posibles al que se atribuyen las «expectativas c o n stitu ti­ vas» recibe el título de «orden constitutivo de los hechos del juego» M. Así, pues, para Garfinkel, el juego se define p o r sus re­ glas, a las que se adscriben «expectativas constitutivas». Y o b ser­ va que es posible crear un juego nuevo elim inando el «signo constitutivo» de un conjunto de hechos posibles, atrib u y én d o lo a otro conjunto. Además de estas reglas básicas, hay o tro s dos tipos de reglas que son caracteres decisivos de cualquier juego. M o o r e y A . R. A n d e r s o n : «Some Puzzling Aspects of Social Interaction», The Review of Metaphysics, XV (marzo 1962), 409-433; «The Structure of Pcrsonality», ibíd., XVI (diciembre 1962), 212-236; y «The Formal Analysis of Normative Concepts», American Sociological Review, 22 (febrero 1957), 9-17. M G a r f i n k e l ; «A Conception of and Experiment with “T rust”...», op. cit., pág. 5. El lector observará que la formulación de Garfinkel, en cuanto se me alcanza, no admite explícitamente la posibilidad de un conflicto sostenido en el tiempo, porque en realidad no aborda el conflicto sustancial per se, sino los rasgos estables de las situaciones cotidianas y de juego, que han de regir aun habiendo un conflicto sustancial entre los participantes. Por tanto, se supone ue existe cierto orden fundam ental o conjunto de reglas, que adm iten el conicto sustancial y la armonía. No elimina el conflicto sustancial (por ejem plo, discusiones y desacuerdo continuos), sino que, simplemente, no es tema del tra ­ bajo. ” Idem, págs. 5-6. " Idem, pág. 6. Subrayado en el original.

§

G a r f i ñ é las llama las «reglas del juego preferido» y las «con­ d iciones impuestas por el juego». L as «reglas del juego preferido» se distinguen de las reglas b ásicas por ser de cumplimiento discrecional p ara el jugador, que define el «procedimiento correcto» dentro de los límites de las reglas básicas, pero las «reglas preferentes» suelen obrar in­ d ep en d ien tem en te de aquéllas. Esta independencia procede de d iv e rs o s tipos de juego tradicional, de procedimientos «eficaces», de preferencia estética, y semejantes, que son libres para el juga­ d o r 39. Las condiciones impuestas por el juego sirven para expli­ c a r finalm ente cómo se va a seguir, y se corresponden con cada c o n ju n to de reglas básicas. Las decisiones de los jugadores están lim itadas siempre por ellas, y son independientes de la victoria o d e rro ta . Describen las características generales del juego, pero son invariables para cada situación particular del juego, porque sie m p re entran en cada decisión. Garfinkel ve un buen ejemplo de las condiciones impuestas po r el juego en el ajedrez, en que las reglas básicas ofrecen una situación de perfecta información en to d o momento. Un juego diferente, con diferentes reglas bá­ sicas, puede ofrecer tales condiciones. Así, en el póker, la situa­ ción es muy distinta y las condiciones impuestas por el juego son tales que cada decisión incluye un grado diverso de inse­ guridad. E ste análisis nos facilita distinguir las condiciones variables de juego y precisar qué reglas están «sobre la mesa» en cada si­ tuación particular. La noción de reglas básicas como conjunto de propiedades invariables permite al observador describir las pau­ tas que sirvan para definir el juego correcto o «normal». Estas reglas pueden determ inarse antes del juego real y facilitan mane­ ja r el escenario para predecir las consecuencias para los jugado­ res que no las cumplan. Ahora bien, las condiciones y reglas del juego, ¿nos ofrecen un modelo adecuado para caracterizar y e stu d iar las «reglas» de conducta de la vida cotidiana? Como respuesta previa a esta pregunta, convendrá precisar qué es lo que consideramos como las ventajas de emplear el modelo del juego para com prender las norm as y la asunción de papel.

1. El modelo del juego capacita al investigador para hablar

convincentemente sobre los distintos tipos de «reglas» que res­ peta el actor en su m edio percibido. 2. Comprender las condiciones y reglas del juego perm ite precisar a priori lo que será «extraño» o «inhabitual» y, en con­ secuencia, lo que podremos llam ar «esperado» y «apropiado». 3. Saber algo sobre las propiedades de las reglas constituti­ vas perm itirá a los sociólogos precisar las propiedades que con­ tribuyen a la estabilidad de la acción social. 4. La capacidad de precisar o identificar las reglas constitu­ tivas y las reglas preferentes facilitará al investigador utilizarlas en experimentos p ara descubrir el carácter 117 as consecuencias de tipos determinados de interacción social. 5. La noción de «signo constitutivo» capacita al investigador para entender cómo varía a través del tiempo el escenario social o la definición de la situación. 6. El modelo del juego nos proporciona una base para pre­ cisar cómo entiende el actor el papel del otro, según qué «reglas», y cómo conforma su propio papel en consecuencia. Ello exige cierto análisis del problem a del sentido cultural en la vida coti­ diana y de cómo se atribuye locativam ente a los objetos, las rea­ lidades y los hechos a través del tiempo. Garfinkel observa que, extendiendo la noción de propiedades constitutivas a la vida cotidiana, las actuales preocupaciones por la calidad moral de las norm as, su calidad jurídica o el uso con­ suetudinario no serán los problem as decisivos que deberá abor­ dar inicialmente el sociólogo, sino que deberá preocuparse fun­ damentalmente por cómo las «normas» definen lo que G arfinkel llama los hechos «que se entienden norm ales». Entonces, el so­ ciólogo podrá hablar de «medios organizados normalmente» y de «medios desorganizados socialmente» dentro de la misma textu­ ra, es decir, sin juzgarla (negativam ente) dentro de un contexto moral. La proposición de Garfinkel de que los hechos percibidos tienen una estructura constitutiva requiere una explicación m ás detallada. El concepto m edular que em plea Garfinkel para considerar

las b ases de la acción social en la vida cotidiana es el de la fia n za »■ Es cuestión fundam ental al respecto: ¿cómo perciben e in te r p re ta n su vida cotidiana los miembros de un grupo o so­ cied ad ? ¿De qué m anera llegan a ser considerados los objetos, los h e c h o s y las realidades como «normales», que «tienen sen­ tido» o que son «comprensibles»? La noción de «confianza» ex­ plica la obediencia de las personas a un «orden constitutivo de los hechos». Sin embargo, este orden, ni se percibe explícitamente, ni se conoce uniformem ente por una población determinada. La a m b ig ü e d a d de las «reglas», además de las diferencias de per­ cepción, ^ interpretación y de móvil para obedecerlas señalan que el a c to r tiene que «confiar» en su medio ante la inseguridad, pero señala tam bién una base del cambio social. Puede haber o no m ás inform ación que aclare o no el escenario social. La no­ ción de «confianza» significa que el acto ha de «aceptar» y basar­ se en definiciones de la situación que son posiblemente dudosas y p ara las que no existen reglas explícitas. Si el «signo constitu­ tivo» resp eta d o por los actores puede precisarse conceptualmente y d e fin irse operativam ente en condiciones experimentales, ten­ drem os una base para describir lo que podría «entenderse nor­ mal». Un modelo de norm as y de asunción de papel tendría que dividir lo «que se entiende normal* en un conjunto de elementos que constituyesen condiciones variables por las que el actor in te rp re ta su medio. La noción de hechos que se entienden normales dirige la aten­ ción del investigador a: 1) la tipicidad de los hechos cotidianos y su probabilidad; 2) el modo como se comparan con los hechos del p a sa d o , indicándose cómo podrían estimarse los hechos fu­ turos; 3) la atribución por el actor de significación causal a los hechos; 4) la m anera como los hechos encajan en las relaciones típicas de medios y fines de un actor o sociedad y 5) el modo co m o los hechos se estiman necesarios para el orden natural o moral de un actor o sociedad ®. La manera como el actor percibe su medio tiene su raíz en un m undo definido culturalmente. Las n orm as o reglas de conducta practicadas e impuestas variarán por tipicidad, comparabilidad, probabilidad, significación causal, e s q u e m a de medios y fines y el carácter del orden natured o mo­ r a l La asunción de papel dependerá de las mismas variables. El

proceso de asunción de papel obliga al actor a decidir, durante la interacción, el carácter del papel del otro en condiciones de inseguridad. Es difícil encontrar un juego con reglas p ara todas las posibilidades que puedan o tengan que surgir. D urante la interacción social, los actores acuerdan seguir, a menudo tácita­ mente, cierto conjunto de reglas explícitas o im plícitas. Además, está el problem a de que el ritm o de las jugadas, su duración y semejantes no son m aterias sobre las que el jugador tenga un dominio completo. Sin embargo, todos estos problem as de los juegos resultan rasgos, como m uestra Garfinkel, que el sociólogo debe clasificar dentro de una «definición de la situación» m ás precisa. Propone que la noción de «signo constitutivo» puede ser un rasgo integrante de todas las clases de hechos, desde el juego hasta la ciencia y desde la vida cotidiana h asta el sueño. Las diferencias entre el juego y la vida cotidiana señalan las dificultades que puede esperar encontrar el sociólogo al tra ta r de m edir los estados conductivos que reflejan norm as y de estu ­ diar el proceso de la asunción de papel. Una diferencia decisiva está en que en el juego el ritm o supone un contexto delim itado en que ha de decidirse el éxito y el fracaso, pues la partida hecha es lo que Garfinkel llama un «episodio encapsulado»4I. Por tanto, el resultado del juego no depende en absoluto del desarrollo de las situaciones posteriores «externas» a las condiciones de la p a r­ tida. En los asuntos de la vida cotidiana no se puede decidir p ara un período indefinido. O hay que volver a decidir una y o tra vez. Otra cosa es que induce a error hablar de «reglas» y «normas» de la misma m anera que hablam os sobre las reglas básicas y preferentes de un juego. El térm ino «regla», cuando se usa en la vida cotidiana, no tiene la misma precisión y sentido que en el juego. Porque los hechos de la vida cotidiana no tienen las condiciones de límites absolutos que vemos en el juego. Cuando en el juego se viola una regla básica, term ina la p artid a o se perturba su «normalidad» lo suficiente para que el jugador que­ de confuso, debiendo recurrir a cierta especie de «norm aliza­ ción» tí. Sin embargo, en la vida cotidiana es difícil en co n trar 41 Garfinkel: op. cit., págs. 27-28. * Idem, pág. 23. Garfinkel expone conclusiones de estudios sobre el juego de ceros y cruces que apoyan esta postura. Los resultados más llamativos son los ue se obtuvieron con niños de cinco a once años, que quedan confundidos cuano se viola una regla, básica. Los adultos suelen cambiar de orientación, consi­ derando que la violación es «divertida», o que se trata de un juego «diferente», o desconfiando de la persona del experimentador.

S

v io lacio n es de las «reglas» o «normas» que provoquen una ines­ ta b ilid a d claramente mensurable del orden social. Las llamadas «reglas» de la vida cotidiana se violan continuamente, a menudo sistem áticam ente, comprendidas las costumbres, sin que poda­ mos m o stra r una amenaza precisa e inmediata, o incluso a corto plazo, a la estabilidad del orden social. Solemos decir que si estas transgresiones continúan sistemáticamente a través del tiem po con gran núm ero de participantes, el ord en social «se d e rru m b a rá » ; este argumento, sin embargo, no precisa «por cu án to tiempo», ni «cuántos participantes», ni «cómo será esa in estab ilid ad » . Además, no tenemos manera de conocer qué nuevas form as de orden social aparecerán. La solución de Gar­ finkel a este problema es concentrarse en las propiedades de los hechos que se entienden normales y del orden constitutivo de tales hechos, no en las «reglas o normas» per se. Las «reglas» o «norm as» sociales no tienen los límites de las reglas básicas de un juego; su estructura temporal es básicamente diferente. E sta diferencia de estructura temporal puede explicarse por las propiedades invariables de las reglas de un juego, en oposi­ ción a las de la vida cotidiana. Las reglas básicas de un juego son calculables, por tener límites suficientes para perm itir deci­ siones inequívocas sobre cuándo ha ocurrido algo «extraño», «inhabitual» o enteramente «irregular». En la vida cotidiana se «quebrantan» las leyes, siguiéndose varios procedimientos elabo­ rados para aclarar lo que llega a ser invariablemente un proble­ ma ambiguo. Ello es cierto de nuestra determinación de las violaciones de las norm as jurídicas; la policía, los testigos, el jurado, el juez, el defensor y el fiscal, la víctima y el acusado pueden tener apreciaciones muy fundadas que, en conjunto y al mismo tiempo, sean contradictorias, superpuestas y vagas. La situación se complica cuando nos enfrentamos con apreciaciones de m aterias no jurídicas e imprecisas: la estimación del carácter de otro, del estado de ánimo, del atractivo físico, de los objetos artísticos, del cónyuge y semejantes. Quisiera considerar las «reglas» de la vida cotidiana como esencialmente «incalculables», en el sentido de la medición ordinaria, por la discrepancia entre su descripción ideal y su carácter de practicadas e impuestas. Esta «incalculabilidad» no ha de verse meramente en los juicios del actor, sino también en el modelo que de él tiene el observa­ dor. Lo cual no quiere decir que sea imposible un modelo preciso

de los juicios del actor, sino que las m edidas ordinarias que en­ contramos, por ejemplo, en la lógica bivalente, en las escalas ordinales y en la teoría m atem ática del juez no describen adecua­ damente las decisiones cotidianas. Para desarrollar este tem a, he­ mos de examinar con más detalle el proceso de asunción de papel. Hemos de decidir cómo entiende el actor el papel del otro y las propiedades que constituyen la estru ctu ra tem poral de las decisiones cotidianas.

LA ASUNCION DE PAPEL Y EL SENTIDO

Decir que los límites de las decisiones cotidianas son «incalcu­ lables» es una caracterización equívoca de la estru ctu ra de las decisiones cotidianas. Afirmo que las m edidas existentes no tie* nen en cuenta los rasgos dudosos de estas decisiones. Para que los tengan en cuenta, habrá que extender las medidas existentes para que incluyan la medición de los juicios som etidos a las contingencias de las definiciones variables de la situación atrib u i­ das al escenario social por el actor. Las dificultades inherentes a este problema conceptual pueden ilustrarse exponiendo el libro de Thomas C. Schelling, The Strategy o f Conflict en que se tra ta de m ostrar explícitam ente la influencia de lo que se llam a conducta «irracional» sobre las opciones en los juegos de estra­ tegia. Lo que Schelling llam a «irracional» —un sistem a de valores incoherente, un cálculo erróneo, poca com unicación e influencias casuales o fortuitas— es un suceso corriente en la vida cotidiana y, con nuestros presentes conocimientos,, no está sujeto a m edi­ ción precisa con los mecanism os ordinarios. Pero la explicación de Schelling no es lo suficientem ente detallada p ara tra ta r de los matices del proceso de asunción de papel ni de cómo el acto r define la situación y conform a su propio papel. La noción del juego de estrategia, en que cada jugador basa su opción en lo que espera haga el otro, es básica para la asunción de papel, pero no está claro cómo llega a definirse el escenario y se llega a configurar el propio papel en la interacción subsiguiente. Aun° Thomas C. Schelling: The Strategy o f Confllct (Harvard Univer&ity Press), Cambridge, 1961.

que la exposición de Schelling subraya el carácter «incalculable» de los ju icio s o decisiones cotidianos, empleándose las medidas o rd in arias, su obra da por supuestos exactamente aquellos ras­ gos del sistem a social de los cuales el sociólogo ha de dudar. Por ejem plo, al proponer que el experimentador junte a jugadores «cooperantes» y «no cooperantes» y oriente a los jugadores hacia «sistem as coherentes o incoherentes de valores», supone que las norm as y l ° s valores son claros y fácilmente precisables, y que el p r o c e s o d e asunción de papel no está afectado gravemente por sus diferencias de percepción, interpretación y motivos de obe­ diencia. Pero, ¿cuáles son las dificultades patentes? ¿Qué elementos de la asunción de papel exigen una explicación más precisa s i han de aclararse los problemas de medida? W ard Edwards ilus­ tra los rasgos difíciles de la asunción de papel en situaciones ex­ perim entales en que el experimentador y el sujeto com partan p re s u m ib le m e n te el mismo lenguaje, empleando términos que se supongan claros e inequívocos. Observa: M uchas de las instrucciones em pleadas m ás corrientem ente en los ex p erim en to s sicológicos son, en el m ejo r de los casos, am biguas y, en el peor de los casos, in tern am en te contradictorias. P or ejem ­ plo, co nsiderem os una prueba de rapidez m ental. Sus instrucciones dicen: «C onteste ta n ta s preguntas com o pueda. Tiene diez m inutos p a ra e sta p a rte de la prueba.» ¿Qué se espera haga el sujeto? ¿Debe c e r c i o r a r s e de que cada contestación es correcta, reduciendo los e r r o r e s , pero ocupándose de pocas preguntas, relativam ente? ¿Debe c o n t e s t a r ta n ta s preguntas com o sea posible, tratan d o de adivinar las contestacio n es que no s e p a ? ¿O ten d rá que a d o p ta r alguna com­ b i n a c i ó n de estas tácticas, y qué com binación? Las instrucciones no lo dicen. De hecho, las instrucciones le hacen cum plir una im posi­ bilid ad : dicen que debe co n testar a un m áxim o de preguntas ha­ ciendo un m ínim o de errores. Son instrucciones incoherentes. Una co m p u ta d o ra rechazaría, p o r no ten er solución, un problem a que se le p re se n ta se con tales instrucciones. Las personas, que son m ás tr a t a b l e s y m enos lógicas, cum plen estas tareas todos los días. única m an era de hacerlo es p ro cu rarse cierta especie de instruccio­ nes p ro p ia s que su stitu y an a esas im p o sib les44. E d w a r d s señala, además, que surgen los mismos problemas en otras situaciones experimentales en que se incluye el tiempo, el n ú m e r o de respuestas correctas y el número de respuestas in­ correctas. Y apunta que las instrucciones incoherentes o ambi-

m u/ariT"Edwards: -Costs and Payoffs are Instructiona», Psychological Review, l96l), 275-276.

68 (Ju ü o

guas es «más probable que se den cuando se define como ideal una ejecución perfecta (por ejem plo, todas las preguntas deben contestarse acertadam ente), pero sin dar la inform ación que facilite al sujeto estim ar la relativa inconveniencia de diversos tipos de desviaciones de la perfección»45. Para evitar la incohe­ rencia y ambigüedad de las instrucciones a los sujetos, Edw ards propone que el experim entador explique al sujeto la táctica óp­ tima, aunque los experim entos han dem ostrado que los sujetos pocas veces siguen esa táctica cuando se les revela. Y supone que la eliminación de contradicciones internas reducirá el erro r experimental, haciendo más fácil de in terp retar el experim ento. La parte más interesante del artículo de Edw ards está en sus observaciones sobre el papel de los criterios estim ativos que si­ guen el experim entador y el sujeto. Plantea la cuestión de los efectos de las diferencias de criterio entre eerim entador y los sujetos, señalando el obvio problem a de decidir la im por­ tancia o sentido de los resultados experim entales. Observa que «el dinero quizá sea la dimensión estim ativa más utilizada y en­ tendida en general en nuestra cultura; casi todos los sujetos entenderán la afirmación: "Su propósito en este experim ento es volver a casa habiendo ganado tanto dinero como pued a"» 46. El artículo de Edwards señala inequívocam ente el problem a de definir la situación de modo que el experim entador conozca las propiedades del medio de objetos que tanto él como los actores en estudio han de percibir e in terp retar de la m ism a m anera y ante las cuales se espera que m uestren un móvil com plem entario de obediencia. Se debe inform ar a los sujetos sobre los criterios estimativos que se espera sigan. AI explicar un experim ento o redactar un cuestionario p ara m edir la asunción de papel, el investigador debe tener cierta form a de conceptualizar el medio del actor y su móvil cultural para percibirlo e interpretarlo. Pero la argumentación de Edw ards supone que el sentido del criterio estimativo, en su caso el dinero, está bastante claro y regulari­ zado para que la investigación del experim entador no se vea confundida por las variables culturales que son consideraciones necesarias en los experimentos sicológicos. Pero si esto es cierto en cuanto a los experimentos sicológicos, ¿no será cierto tam bién respecto de los experim entos y encuestas sociológicos? ¿Cómo * Ward Edwards: op. cit., pág. Z76. * Idem, pág. 281.

íé significan nuestros datos sustantivos si no problema de los criterios estimativos planteaComprender la manera como el actor entiende upone que se ha resuelto el problema de cómo su medio. Pero el carácter de esta comprensión es un problem a que pocas veces han elaborado *or ejemplo, ¿cómo decide el sujeto el sentido un cuestionario?) Tal investigación exigiría que el sociólogo oneciese de otra m anera una solución al problema p la n te a d o p o r Edw ards; a saber, determinando cómo atribuye el a c to r sen tid o s culturales en la asunción de papel y señalando las p ro p ie d a d e s variables e invariables de estos sentidos culturales.

que la exj de losr>?. m ientras que el miembro representado tiene su realidad en otro ám bito de sen­ tido, como el mundo de la ciencia, la fantasía y sem ejantes. Los cuatro tipos de parejas que explica Schutz y las m arcas, indicaciones, signos y símbolos que expone implican ciertos ras­ gos fundamentales de la vida cotidiana a los que ha prestado mucha atención. Toda exposición de los elem entos analíticos de la interacción social en general y de la asunción de papel en particular requiere referencia explícita a la situación social to tal en que ocurre la asunción de papel. Los siguientes elem entos de la situación social pertinentes a la asunción de papel, aunque no son exhaustivos, se presentan como esenciales al esquem a de Schutz: 1. Reciprocidad de las perspectivas.—La conexión en tre el signo y lo signado supone que: 1) en la vida cotidiana, el acto r da por supuesto que él y los dem ás actores tendrán la m ism a experiencia si se intercam bian los lugares y 2) el acto r supone «que las diferencias originales en nuestros sistemas particulares de pertinencias pueden despreciarse para el fin del m om ento y que él y yo, que “nosotros", interpretam os los objetos, realidades y hechos actual o potencialm ente comunes de m anera "realm ente idéntica", es decir, suficiente p ara todos los fines posibles»57. Nuestros mundos coinciden. «Los dos flujos del tiem po interior, el suyo y el mío, se sincronizan con el hecho del tiem po exte-

pior» »f perm itiendo a nuestros actores una base para comunicar­ se m u tu a m e n te . La reciprocidad de perspectivas nos dice que la fid e lid a d de la asunción de papel supone experiencias comunes que h acen a tal actividad contingente a las interpretaciones, du* ra n te la interacción, que dan a los objetos, hechos y realidades los actores interesados. 2. L ° s conocimientos del actor.—Schutz observa que la ma­ yor p a rte del conocimiento del actor se deriva socialmente de los d e m á s . El conocimiento está distribuido socialmente y los cono* c i m i e n t o s de un actor difieren de los de otros w. Los actores de la vida cotidiana, a fin de comunicarse sobre m aterias aprobadas s o c i a l m e n t e y dadas por supuestas, tienen que hacer ciertas su­ p o s i c i o n e s sobre qué conoce su vecino y cómo conocen ambos el « m i s m o » h ech o 60. Los conocimientos del actor llegan a ser, pues, u na v a r i a b l e de su entendim iento del papel del otro y de cómo lleva su propio papel. 3. La tipificación.—El conocimiento socialmente distribuido que se da por supuesto en la comunicación cotidiana se inter­ c a m b i a en un contexto en que el actor tipifica, tanto su conducta c o m o la del o tro 61. E n el intercam bio de conocimiento social­ m e n t e aprobado y distribuido se suponen papeles sociales y expectativas típicas. «El conocimiento socialmente aprobado está com puesto... de un conjunto de instrucciones que sirven a cada m iembro del grupo para definir su situación de manera típica en la r e a l i d a d de la vida cotidiana» “ . El lector observará, como lo hace Schutz, que estas consideraciones se rem ontan explícita o Implícitamente a los escritos de Simmel y Durkheim que se o c u p a n de la conciencia individual y colectiva; de Cooley en su n o c i ó n de la «persona-espejo» y de G. H. Mead en sus conceptos del «otro generalizado», el «yo» y el «mí» Sin embargo, lo que falta en sus escritos es la atención precisa y la calidad de variable * Schutz: op. cit., págs. 164-165. * Vid. Schniider: «Tne Role of the Category of Ignoran ce in Sociological Theory*- op- cit. m Sofurz: «Common-Sense and Scientific Interpretaron of Human Actlon», phüosophy ond Phenomenotogical Research, 14 (septiembre 1953), pág. 10. •* Ibíd., págs. 1M4. a Scáviz: «Symbol, Reality, and Society», ov. cit., pág. 194. « Cfr Schutz: «Common-Sense and Scientific Interpreta tkm of Human Actíon*. op. cit., págs. 13-14.

que Schutz atribuye al m undo de la vida cotidiana como base para nuestro entendim iento de los objetos, realidades y hechos, m ostrando los tipos de em parejam ientos que enlazan los signos con lo que signan y que las marcas, las indicaciones y los signos son las referencias «representativas» que estru ctu ran este enten­ dimiento. Los símbolos, como form as superiores de referencias representativas, tienen sus raíces en esta realidad de la vida cotidiana, pero estructuran tam bién nuestro entendim iento de los objetos, realidades y hechos que rebasan nuestra experiencia de la vida cotidiana. Las realidades que trascienden de la vida cotidiana, como la ciencia, el arte, la fantasía y la poesía, no pue­ den entenderse sin referencia a la vida diaria. Schutz observa que el mundo de la vida cotidiana, como conjunto de estru ctu ras de sentido subjetivo aprobadas socialm ente y dadas por supuestas, se corresponden con la noción de Thom as de la definición de la situación. El problema del sentido subjetivo requiere, pues, que la comunicación cum plida en el proceso de asunción de papel reciba calidad de variable según las m aneras como los actores puedan intercam biarse y se intercam bien relaciones de signo y referente. Precisemos: 1. Supóngase que «definición de la situación» quiera decir lo mismo que «signo constitutivo». El signo constitutivo de un conjunto particular de hechos proporciona el «sentido de reali­ dad» que Schutz atribuye a la teoría de W illiam Jam es de muchos subuniversos entendidos como realidades diferentes. 2. El problema del sentido en tra en el cuadro inm ediata­ mente, pues: ... A fin de lib e ra r a esta im p o rta n te idea de su m arco sicológico, en vez de m uchos su b u n iv erso s de la realid ad , p refe rim o s h a b la r de ám bitos fin ito s de sen tid o , en c a d a uno de los cuales podem os pon er el signo de realid ad . D ecim os á m b ito s de sentido, y n o de subuniversos, p o rq u e es el sen tid o de n u e stra s experiencias, y no la e stru c tu ra ontológica de los o b je to s, lo que con stitu y e r e a lid a d 64.

Un conjunto determ inado de experiencias se llam a ám bito finito de sentido cuando m uestra un «estilo cognoscitivo especí­ fico». Un mundo social o una realidad particular, en cuanto ám­ •* Alfred Saiurz: «On Múltiple Realities», Philosophy and Phenomenolagical Research, V (junio 1945), 551. Subrayado en el original.

bito fin ito de sentido, como la noción de «orden constitutivo de los hechos», capacita al observador para precisar las propiedades del m ed io de objetos a las que responde el actor. 3. E l estilo cognoscitivo, u orden constitutivo de los hechos, o signo de realidad, en cuanto conceptualizado por el observador, es un m odelo para decidir cómo interpreta el actor sus experien­ cias d u ran te la interacción social. Dicho de otra m anera, el mo­ delo ofrece una base para decidir, desde el punto de vista del actor, la «extrañeza», los rasgos «habituales» o «normales» de su cam po visual y pensamientos particulares, es decir, la base p ara entender el otro papel. 4. Schutz dice que pasar de un ámbito finito de sentido a cjtro es u n «choque». Por ejemplo: H ay tan innum erables tipos de d istin tas experiencias trau m áticas que puedo p oner el signo de de dorm irse, com o salto al m u n d o de los sueños; la tran sfo rm ació n in te rio r que sufrim os cuan­ do se levanta el telón del teatro , com o paso al m undo de la rep re­ sen tació n ; n u estro cam bio radical de ac titu d cuando, a n te un cuadro, p e rm itim o s que n uestro cam po visual se lim ite a lo que está d entro del m arco, com o paso al m undo pictórico; n u estra perplejidad, que 5e re la ja en risa, cuando al escuchar un chiste estam os dispuestos p o r breve plazo a acep tar el m undo ficticio de la chanza com o u n a r e a l i d a d , en relación con la cual el m undo de n u estra vida cotidiana to m a un c a rá c ter de necedad; coger el niflo su juguete, com o tra n ­ sició n al m undo del juego; etc.**.

c o m o ám bitos finitos de sentido en los r e a l i d a d . Algunos ejem plos: el choque

Estos distintos ámbitos finitos de sentido —el m undo de los sueños, el arte, la fantasía, la experiencia religiosa, diversos tipos de enferm edad mental, la ciencia, etc.— tienen su peculiar estilo cognoscitivo. 5. Cada estilo cognoscitivo, como las reglas del juego o el orden constitutivo de los hechos está orientado por un conjunto bilidad de experiencias, su base para decidir qué es lo que se entiende normal, inhabitual, y semejantes, y ofrece algo así como un conjunto de límites. Schutz supone que el térm ino «finito» quiere transm itir la imposibilidad de pensar en una fórm ula de

transform ación que capacitase al actor a relacionar u n ám bito con otro. 6. Según Schutz, «el paso de uno a otro sólo puede darse con un "salto", como lo llama K ierkegaard, que se m anifiesta en la experiencia subjetiva como un choque» Ello equivale a una modificación radical de nuestra disposición m ental o aten­ ción a los objetos y hechos en torno. 7. El estilo cognoscitivo de todo ám bito finito de sentido u orden constitutivo de los hechos está orientado por un conjunto de «reglas» que ofrecen al actor la base p ara decidir la disposi­ ción mental o actitud apropiadas y necesarias, el tipo de espon­ taneidad precisa, una perspectiva tem poral particular, u n a form a particular de experim entarse y el tipo del m undo intersu b jetiv o de comunicación e interacción social en m archa. Para Schutz, la noción de realidades m últiples es una base para p ro d u cir una tipología de ám bitos finitos de sentido o distintos m undos so­ ciales.

FUNDAMENTO FILOSOFICO

Mi interpretación de los escritos de Schutz y Garfinkel sobre el carácter de las «reglas» que rigen la conducta de la vida coti­ diana y sobre las propiedades de tales «reglas» (o, al m enos, de algunas de ellas), recoge varios conceptos tom ados de la filosofía de Edmund Husserl. El problem a del sentido es esencial en la obra de Husserl y convendrá citar brevem ente el m ovim iento fenomenológico para inform ar al lector sobre el origen y m otivos para escribir este lib ro 67. En los escritos de H usserl, aparece u n a variante de la hipótesis Sapir-W horf al decir que el lenguaje es constitutivo de experiencia y que todo entendim iento de cóm o se comunican las personas exige com prender el lenguaje utiliza­ do, pero una comprensión por la cual el analista sólo podrá reba“ S chutz :

op. cit.,

p á g . 554.

n V. un «celente libro básico: Herbert S p t e g e l b e r g : The Phenomenologicat Movemení. A Historical Introduction (Nijhoff), La Haya, 1960, 2 vols. Se verá otra excelente revisión general en: Richard S c m m itt : « I n Seaich of Phenomenology», The Review of Metaphysics, XV (marzo 1962). 450-479.

s a r el problem a de las realidades múltiples en la medida en que tra te com o objeto de investigación el mundo cotidiano del actor (así com o su propio mundo cotidiano y científico). Al mismo tiem po, como observamos en el últim o capítulo, «sentido cultu­ ral» no es sinónimo de «expresión lingüística», sino que exige e stu d ia r las categorías vulgares de la experiencia y su correspon­ dencia lingüística. U na noción im portante es la de intencionalidad, ideada por H u sserI, y que explica Aron Gurwitsch M: C onocer un o b jeto q uiere d ecir que, en la presente experiencia, conocem os ese o b jeto com o el m ism o q ue conocim os en la expe­ rie n c ia pasad a y com o el m ism o que podem os e sp e ra r conoeer en u n a experiencia fu tu ra ; com o el m ism o que, hablando en general, podem os conocer en u n núm ero indefinido de actos rep resen ta­ tivos

E l fenómeno de la permanencia del objeto se refiere, por ello, a los distintos actos perceptivos que exacto r toma como idénti­ cos. E l sentido de un gesto o conjunto de actos para el actor no puede decidirse por una descripción exacta del objeto como lo percibe un observador «objetivo» que utilice métodos indepen­ dientes o su propio juicio. La intencionalidad alude a la corres­ pon d en cia entre la experiencia y conciencia de un objeto y los actos en que ese objeto está incorporado. Esa correspondencia, sin embargo, no es exacta y los mismos estímulos que se utilizan p ara producir una experiencia y conciencia de cierto objeto en un sujeto no producen forzosamente la misma experiencia y con­ ciencia en otro sujeto. Por ello, la distribución de las respuestas a estímulos idénticos no revela necesariamente el carácter de la perm anencia del objeto. No obstante, puede lograrse la perma­ nencia, atribuidos los mismos sentidos, cuando se ofrecen dife­ r e n t e s estímulos a diferentes sujetos. Las condiciones en que se da la permanencia del objeto son decisivas, porque nunca puede lograrse una medición exacta, particularm ente, mediante simples procedim ientos operativos ligados al supuesto de que idénticos estím ulos o actos producen la misma experiencia y conciencia de los objetos en los sujetos. Lo cual quiere decir que la relación m «On the Intentionality of Consciousness», en Marvin Fakber (ed.): PhitotovhicaJ Bssays in Memory o f Edmund HusserI (Harvard University Press), Cambridge r 1940, págs. 6543. • Idem, Pág. tfTSubrayado en el oiiginaL

entre el lenguaje y el sentido exige una referencia a las contingen­ cias externas a las disposiciones form ales o estructurales. Los procedimientos operativos para m edir el sentido han de tener en cuenta que la conciencia y experiencia de un objeto por parte del actor no sólo están determ inadas por el objeto físico tal como se expone o indica, sino tam bién por las im putaciones que le atribuye. La noción de intencionalidad y sentido puede aclararse con referencia al concepto de «horizonte»70. Los si­ guientes comentarios de Kuhn explican la noción de H usserl de «horizonte interno» en relación con la intencionalidad: El m arco de u n cu ad ro , a u n q u e no fo rm a p a rte de él, sirv e p a ra co n stitu ir su to talid ad . De m odo sem ejan te, el ho rizo n te d e te rm in a lo que enm arca. El e s ta r e n m a rc a d o el o b je to p o r u n h o rizo n te es im p o rtan te p a ra su m an ifestació n . Su fo rm a de se r es esen cialm en te un «ser dentro». P o r tan to , el hor i z ont e , , noci ón o rie n ta tiv a , nos facilita d e sc u b rir cóm o el m edio m atiza el sen tid o del o b je to ... «Horizonte» no es m ás q u e o tro n o m b re p a ra la to ta lid a d d e las organizadas po ten cialid ad es seriales e n c e rrad a s en el o b je to com o nóema, esto es, com o el o b je to p reten d id o de un a c to «intencional». El «rayo de la conciencia» ilu m in a u na pequeña esfera c e n tra l, el su stra to sensorial d ad o d ire c ta m e n te a n u e stra percep ció n visual, auditiva, olfativa o táctil. E n to m o d e este foco hay u n h a lo de percepciones poten ciales , 186. demográfico, el método, 163. diferencial semántico, 240.

E encuestas, 148. — actividades prelim inares, 147. — com entarios críticos, 155. — a gran escala, 147. — organización, 156. — práctica, 146. — teoría, cifrado y cuantificación, 158. —■utilización, 156. énfasis, pautas de , 228. entrevista, 102, 110. — alternativas, 140, 145. — características de la «buena» #n m

— — — — —

la com unicación en la 227. definiciones id io sin cráticas, 126. despego en la -, 119, 123. efecto social, 119. enfoque fenom enológico, 115,

estudios-modelo, 89, 147. evitación, 136. experiencia, 162. expresiones locativas y de respues­ ta, 235.

122 .

— — — — — — — — —

enfoque cognoscitivo, 131. dos enfoques, 113. los erro res, 113, 130. e stru c tu ra d a , 72, 85. extensiva, 87. fenom enología d e la, 122. form as, 109. grabación de la 138. los hechos y las reg las vulgares en la 137. — la - com o in teracción, 116, 135. — no e stru c tu ra d a , 148. — la intuición en la 111. — la observación en la -, 92. — prescripciones d e p ap el, 125. — problem as, 112. — program a, 112, 136. — la relación en la 123, 136. — reserva, 137. — la «sinceridad» en la 112. — teo ría de la :, 115. — la - com o teo ría d e la in te ra c ­ ción, 133. entrevistado, 154, 137. en trev istad o r, 111, 137. — com prensión del *, 111. — e rro res del -, 110. — flexibilidad, 127. — el - «ideal», 129, 138. — el - com o in fo rm ad o r, 146. — sus reacciones, 118. — sesgo del 120, 122, 129, 135, 738, 150. — el - «tram poso», 156. enunciado del p roblem a, 103. epistem ológico, el problem a, 203,234. equivalencia lógica, 52. equivalencia, clases de, 52, 138. escenario social, 153. espacio-atributo, 53. espacio-propiedad, 53. estadísticos, recursos, 149. •estad o s internos», 149, 254. e stru c tu ra y proceso, 57. e stru c tu ra s finitas, 60. e stru c tu ra s sociales, 186.

— las normas y las -, 254.

F familia, tam año de la. — las ideas culturales y el 168. — la racionalidad y el •, 176, 182. fidelidad, 111. 113, 135. finita, regla, 60. First Five M inutes, The, 227. Folkways, 262.

G gram ática, 63. — el lenguaje y la

229, 233.

H habla y lengua, 235, 239, 244. hechos, tipicidad de los, 270. hechos sociales, m edidas de los, 59. — y acción social, 57. hipótesis Sapir-W horf, 63. historial sencillo, 81, 103, 140. historicism o, 193. históricos, m ateriales, 189. horizonte interno y externo, 285. hostilidad y relación, 123.

I imagen, 42. im putaciones, 124, 137. índices e indicadores, 43, 48, 50, 57, 147. inform ación, 103.

— «oculta», 146.

L

— previa al cuestionario, 148. — r e c o g i d a d e -, 78.

inform adores, tipos de 97. inform e, 105. inspección, 159. integridad, 60. i n t e r a c c i ó n social, 54, 84, 90, 93, 111, 126, 222. — principios básicos, 94. interiorización, 153. interpretación, 91, 95. — reglas de -, 154. — - y de revisión, 204. intuición del investigador, 39. intuicionism o y formalismo, 60. investigación. — proyecto, 103. — teoría y método en la 69, investigación sobre el terreno, 44, 71. — le entrevista en fa -, 102. ~ «instrucciones» y realidades en la 104, — los objetivos, 103. — obras sobre la -, 72. — sentidos atribuidos a los he» chos en la 199. — teoría y método, 69, 210. — térm ino de la -, 99. investigación sociológica, 45. — clasificación, 42. — condiciones, 71. — la entrevista en la 71. — la m edida y la -, 29. Investigador.

— aceptación del 27. — el problem a ético, 88. — sensibilidad al mundo, 49. isomorfos, sistem as, 36.

laboratorio, experim entos de, 210. lapso, 78. lengua y habla, 235, 239, 244. lenguaje, 63. — la com prensión y el 51. — cotidiano, 150. — el - y el estudio del sentido, 235. — el - de la m edida, 52. — papel del -, 26. — reglas del 243. — el sentido y el 201, 225, 235. — teo ría del 230. lingüística, la com unicación y la, 229. lingüístico, sistem a, 63. locativos. — facto res 116, 126, 152. — v ariables