Lectio Divina 06

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GIORGIO ZEVINI

Lectio divina para cada día del año

y PIER

GIORDANO CABRA

(eds.)

Plan general de la colección

LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO *1. *2. *3. *4.

Adviento Navidad Cuaresma y Triduo pascual Pascua

*5. Ferial - Tiempo *6. Ferial - Tiempo Ferial - Tiempo Ferial - Tiempo Ferial Ferial Ferial Ferial

- Tiempo - Tiempo - Tiempo - Tiempo

Ordinario Ordinario Ordinario Ordinario

- año - año - año - año

par par par par

(sem. (sem. (sem. (sem.

Ordinario Ordinario Ordinario Ordinario

- año - año - año - año

impar impar impar impar

1-8) 9-17) 18-25) 26-34)

(sem. (sem. (sem. (sem.

1-8) 9-17) 18-25) 26-34)

volumen 6

Ferias del Tiempo ordinario (semanas 9-17, años pares)

Domingos Tiempo Ordinario (A) Domingos - Tiempo Ordinario (B) Domingos - 'Tiempo Ordinario (C) * Publicados.

TRADUCCIÓN: MIGUEL MONTES

EDITORIAL VERBO DIVINO Avda. de Pamplona, 41 31200 Estella (Navarra) España 2002

En este volumen han colaborado: (9 a semana), a a ANTONIO GENTILI (10 - 12 semanas), a ANDREA GRILLO (13 semana), a MARÍA PÍA GIUDICI (14 semana), a a MONASTERIO «S. CHIARA», CORTONA (15 - 17 semanas). AMEDEO CENCINI

El editor agradece la amable concesión de los derechos de los textos reproducidos y permanece a disposición de los propietarios de derechos que no ha conseguido localizar.

Siempre que ha sido posible, el texto bíblico se ha tomado de la Biblia de La Casa de la Biblia.

Disposición de las lecturas én las ferias del Tiempo ordinario (de la 9a ala 17a semana del ciclo par)

9

2 Pedro; 2 Timoteo

Marcos 12

10

1 Reyes 17-22

Mateo 5

11

1 Reyes 17-22; 2 Reyes

Mateo 5-6

12

2 Reyes;

Lamentaciones

Mateo 7-8

13

Amos

Mateo 8-9

14

Oseas; Isaías

Mateo 9-10

15

Isaías; Miqueas

Mateo 10-12

16

Miqueas; Jeremías

Mateo 12-13

17

Jeremías

Mateo 13-14

Cf. Tabla III del Ordo Lectionum

© 2000, 22000 by Editrice Queriniana, Brescia - © Editorial Verbo Divino, 2002 - Es propiedad - Printed in Spain - Impresión: GraphyCems, Villatuerta (Navarra) - Depósito legal: NA. 901-2002 ISBN 84-8169-490-8

Missae

Lunes 9 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 2 Pedro 1,1-7 1

Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a cuantos por la fuerza salvadora de nuestro Dios y Salvador Jesucristo han obtenido una fe de tanto valor como la nuestra. 2 Que la gracia y la paz abunden en vosotros por el conocimiento de Dios y de Jesús, Señor nuestro. 3 Dios, con su poder y mediante el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y potencia, nos ha otorgado todo lo necesario para la vida y la religión. 4 Y también nos ha otorgado valiosas y sublimes promesas, para que, evitando la corrupción que las pasiones han introducido en el mundo, os hagáis partícipes de la naturaleza divina. 5 Por eso mismo, poned todo vuestro empeño en unir a vuestra fe una vida honrada; a la vida honrada, el conocimiento; 6 al conocimiento, el dominio de sí mismo; al dominio de sí mismo, la paciencia; a la paciencia, la religiosidad sincera; 7 a la religiosidad sincera, el aprecio fraterno, y al aprecio fraterno, el amor.

*»• La segunda Carta de Pedro refleja una silwación crítica por la que pasó la Iglesia de los primeros decenios del siglo II, tensa entre la exigencia de proliu id ¡/.lición (también intelectual) en el mensaje crisli;um, ni

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amparo de falsos maestros y falsas doctrinas, y el replanteamiento de la doctrina tradicional sobre el retorno de Cristo, en u n a confrontación valiente con la historia. El fragmento de hoy subraya, sobre todo, el primer aspecto. Es la comunidad la que habla a todos los creyentes en Cristo, «a cuantos por la fuerza salvadora de nuestro Dios y Salvador Jesucristo han obtenido una fe de tanto valor como la nuestra» (v. 1), y, por consiguiente, también la gracia y la paz junto con las «valiosas y sublimes promesas» (v. 4), que ahora - e n Cristo resucit a d o - hacen a los creyentes «partícipes de la naturaleza divina» (v. 4). El cristiano es alguien que toma conciencia del don recibido con u n a inteligencia agradecida o un «conocimiento» pleno y agradecido (el término «conocimiento» aparece tres veces en estos pocos versículos), puesto que se siente a m a d o por Dios con un a m o r de predilección y decide ser coherente con la gracia que actúa en él, una gracia más fuerte que «la corrupción que las pasiones han introducido en el mundo» (v. 4). El pasaje présenla también las etapas intermedias y finales de este recorrido que conduce de la fe a la «vida honrada», como actitud constante que proporciona ánimo en las dificultades; desde la vida honrada al «conocimiento», como apertura de la mente al esplendor de la verdad; del conocimiento al «dominio de sí mismo», fruto de la participación en la vitalidad del Resucitado; del dominio de sí mismo a la «paciencia», que no es simple resignación, sino fuerza en las pruebas y resistencia a las oposiciones externas; de la paciencia a la «religiosidad sincera», es decir, a la relación con Dios, verdadero centro y corazón de la vida del creyente; de la religiosidad sincera al «aprecio fraterno», fruto natural de la intimidad afectiva con Dios, y de este aprecio a la «caridad», al agapé, al amor pleno e iluminado, síntesis y punto de llegada de todo camino creyente.

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Evangelio: Marcos 12,1-12 En aquel tiempo, Jesús les contó esta parábola: -Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y edificó una torre. Después la arrendó a unos labradores y se ausentó. 2 A su debido tiempo envió un siervo a los labradores para que le dieran la parte correspondiente de los frutos de la viña. 3 Pero ellos le agarraron, le golpearon y le despidieron con las manos vacías. 4 Volvió a enviarles otro siervo. A éste lo descalabraron y lo ultrajaron. 5 Todavía les envió otro, y lo mataron. Y otros muchos, a los que golpearon o mataron. 6 Finalmente, cuando ya sólo le quedaba su hijo querido, se lo envió, pensando: «A mi hijo lo respetarán». 7 Pero aquellos labradores se dijeron: «Este es el heredero. Matémoslo y será nuestra la herencia». 8 Y echándole mano, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. 9 ¿Qué hará, pues, el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los labradores y dará la viña a otros. 10 ¿No habéis leído este texto de la Escritura: La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular; " esto es obra del Señor, y es admirable ante nuestros ojos? 12

Sus adversarios estaban deseando echarle mano, porque se dieron cuenta de que Jesús había dicho la parábola por ellos. Sin embargo, le dejaron y se marcharon, porque tenían miedo de la gente.

*•• El sentido de esta parábola hemos de leerlo sobre u n determinado fondo literario (el «Canto de la viña» de Is 5) e histórico (el rechazo de la salvación por parte de Israel, que mata a los profetas). También hemos de identificar a los personajes a partir del mismo doble esquema de referencia: el dueño-constructor es Dios; la viña y la torre simbolizan a Israel; los labradores representan a los jefes de los judíos a los que se quitará la viña; los siervos son los numerosos profelas y hombres de Dios enviados a lo largo de la historia del

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pueblo elegido; el hijo muerto, rechazado y convertido después en piedra angular, es Jesús. La parábola une, por consiguiente, los dos extremos: el amor de Dios Padre, que llega a enviar a su Hijo, y el rechazo de los jefes de Israel, que llegan a matarlo. Su finalidad es contar no sólo el pasado, sino también la historia futura: la próxima (la muerte de Jesús) y la que continúa en el tiempo y en las opciones de cada hombre ante aquel a quien el Padre ha constituido como piedra angular, resucitándolo de la muerte. E n torno a su persona y al misterio de su muerte y resurrección es donde se decide para cada h o m b r e la acogida o el rechazo de la salvación. Y ello sin derecho alguno de primogenitura ni de elección preferente, sino jugando hasta el final con nuestra propia libertad y responsabilidad, hasta escoger identificarnos con este mismo misterio. Dios, en su juicio, premiará el valor de esta libertad.

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en efecto, dar turno a Dios, sino que es el Eterno el que viene a nuestro encuentro según los m o d o s y tiempos, personas y circunstancias, que él m i s m o decide, tanto en el prójimo antipático como en el pobre exigente, tanto en la vida como en la muerte. No hay aquí nada de automático o de mágico; se trata de u n camino que nos conduce cada día desde la fe, que sabe reconocer en cualquier parte u n a ocasión de salvación, a la paciencia, que se deja probar tanto en las cosas pequeñas como en las grandes; desde la intimidad cordial con Dios a la caridad, que es capaz de a m a r a cada persona como don del Padre. Así pues, en verdad, «todo es gracia». La vida se transforma, construida sobre la piedra angular escogida por el Padre, y la muerte celebra el encuentro con Aquél a quien h a b í a m o s esperado y a quien n o siempre h a b í a m o s sido capaces de reconocer. ORATIO

MEDITATIO Vivimos porque u n a Voluntad buena nos ha preferido a lo no existencia. Llegamos a ser creyentes porque Dios, la suma Benevolencia, junto con la vida, nos ha dado la fe. Estamos salvados en la medida en que sepamos reconocer y aceptar, cada día de nuestra vida, la propuesta de salvación que nos llega a través de tantas -y con frecuencia inéditas- mediaciones h u m a n a s . «Todo es gracia», hasta la prueba y el martirio, aunque es preciso que aprendamos a «reconocer» el don que viene de lo alto tal como se presenta cada día a cada uno de nosotros, «disfrazado» de mil formas y semejanzas terrenas, también en el acontecimiento inesperado - y tal vez i n o p o r t u n o - de la siempre misteriosa mediación de lo divino. No nos corresponde a nosotros,

Dios, Padre nuestro, tu a m o r por nosotros es grande y eterno. Desde que el h o m b r e existe, no haces más que buscarlo, porque quieres que conozca tu a m o r por él. Y aun cuando el hombre te volvió la espalda, enviaste a tu Hijo, revelación perfecta de tu corazón. Perdóname, Padre, porque quién sabe cuántas veces habrá pasado junto a mí Aquél a quien Tú has enviado sin que yo me diera cuenta. Los viñadores de la parábola evangélica m a t a r o n al hijo del dueño; quizás yo haya hecho aún peor, porque no le he prestado ninguna atención, porque le he considerado insignificante, superfluo, o lo he convertido en tal en aquellos en quienes no he sabido reconocer como signo de tu presencia y del a m o r que no se da por vencido. Ahora comprendo que esta parábola la contaste por mí; ha/ que no sea en contra de mí.

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Abre los ojos de mi corazón y de mi mente. Acaba con mi presunción y... oblígame a no dejar que te vayas, como hicieron después, por miedo, los jefes de los judíos, y a no dejarte pasar en vano por mi vida, sino a ser capaz de reconocerte como el Emmanuel, como Aquel que se hace carne cada día en mi vida, como la vid fecunda que ha plantado el Padre en mi viña. Para que dé fruto en ella, hasta la muerte... CONTEMPLATIO Me he propuesto demostraros que Dios nos «cultiva», y nos «cultiva» como un campo a fin de hacernos mejores. Es el Señor quien dice en el evangelio: «Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos» (Jn 15,5). «Mi Padre es el viñador» (Jn 15,1). ¿Qué hace un agricultor? Os lo pregunto a vosotros, que sois agricultores: ¿qué hace un labrador? Me parece que cultiva el campo. Por consiguiente, si el Padre es agricultor, posee un campo y cultiva su propio campo y espera obtener frutos del mismo [...]. En consecuencia, dado que Dios nos cultiva, nos hace mejores, puesto que también el agricultor mejora el campo al cultivarlo y busca en nosotros mismos el fruto a fin de que nosotros lo cultivemos. Su obra de agricultor respecto a nosotros consiste en el hecho de que no cesa de extirpar con su Palabra los gérmenes malos de nuestro corazón, de abrirlo, por así decir, con el arado de su Palabra, de plantar en él los signos de los preceptos y esperar el fruto de la vida de fe. Cuando hayamos recibido en nuestro corazón esa acción de Dios que nos cultiva de manera que le tributemos el culto justo, no nos mostraremos desagradecidos con nuestro agricultor, sino que le ofreceremos el fruto con el que estará contento. Sin embargo, nuestro fruto no le hará más rico, sino que nos hará a nosotros más felices (Agustín, Sermón 87, 2,3; 1,1, passim).

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Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios, con su poder y mediante el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y potencia, nos ha otorgado todo lo necesario para la vida y la religión» (2 Pe 1,3).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La gracia barata es el enemigo mortal de nuestra Iglesia. Hoy combatimos en favor de la gracia cara. La gracia barata es la gracia considerada como una mercancía que hay que liauidar; es el perdón malbaratado, el consuelo malbaratado, el sacramento malbaratado; es la gracia como almacén inagotable de la Iglesia, de donde la cogen unas manos inconsideradas para distribuirla sin vacilación ni límites; es la gracia sin precio, que no cuesta nada. Porque se dice que, según la naturaleza misma de la gracia, la factura ha sido pagada de antemano para todos los tiempos. Gracias a que esta factura ya ha sido pagada, podemos tenerlo todo gratis. Los gastos cubiertos son infinitamente grandes y, por consiguiente, las posibilidades de utilización y de dilapidación son también infinitamente grandes. Por otra parte, ¿qué sería una gracia que no fuese gracia barata? La gracia barata es la gracia como doctrina, como principio, como sistema; es el perdón de los pecados considerado como una verdad universal; es el amor de Dios interpretado como ¡dea cristiana de Dios. Quien la afirma posee ya el perdón de sus pecados. La Iglesia de esta doctrina de la gracia participa ya de esta gracia por su misma doctrina. En esta Iglesia, el mundo encuentra un velo barato para cubrir sus pecaaos, de los que no se arrepiente y de los que no desea liberarse. Por esto, la gracia barata es la negación de la Palabra viva de Dios, es la negación de la encarnación del Verbo de Dios (Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sigúeme, Salamanca 5 1999, p. 15).

Martes 9 a s e m a n a del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 2 Pedro 3,12-15a.l7-18 Hermanos: 12 Esperad y apresurad la venida del día de Dios, ese día en el que los cielos se desintegrarán presa del fuego y los elementos del mundo, abrasados, se derretirán. B Nosotros, sin embargo, según la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en la que habite la justicia. 14 Por tanto, queridos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad vivir en paz con Dios, limpios e irreprochables ante él, 15 considerando como salvación la paciencia de nuestro Señor. 17 En cuanto a vosotros, queridos, puesto que conocéis esto de antemano, manteneos en guardia para que no os arrastre el error de los malvados y se derrumbe vuestra fortaleza. 18 Creced en gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y por siempre. Amén. *•• El fragmento de hoy es u n a reflexión sobre el estado del cristiano que «espera la venida del día de Dios» {cf. v. 12), día que pertenece a Dios por excelencia. El autor de la carta pretende recordar a los creyentes el objeto y el sentido de esta espera. En primer lugar, lo que esperamos son «unos cielos nuevos y una tierra nueva»

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(cf. Is 65,17; 66,22), en los que se manifestará Cristo y se manifestará en todos los ámbitos - e n la «justicia»- el proyecto de Dios, que ahora es sólo un deseo. Ahora bien, esta espera es algo completamente distinto a u n a espera pasiva. Quien vive ya desde ahora en medio de la piedad y la santidad puede apresurar incluso la venida del día del Señor, puesto que realiza ya en esta tierra, en la pequenez de su historia, lo que será la justicia típica del día de Dios. Por eso invita el autor de la carta a sus destinatarios «limpios», como las víctimas ofrecidas a Dios en el culto del Antiguo Testamento, e «irreprochables ante él», «en paz con Dios» (v. 14), como ocurrirá en el domingo sin ocaso de la vida futura. En estas circunstancias, se vuelve secundario el problema del «cuándo» vendrá este «día de Dios». Lo que cuenta es la magnanimidad del Señor, que organiza los tiempos y la historia siguiendo una amorosa perspectiva de salvación. Ese designio es desconocido para los impíos, mientras que es objeto de conocimiento progresivo por parte del creyente. Este último sabe que aún tiene que seguir descubriendo a Cristo hasta la manifestación completa del día del Señor. A él sea la gloria, ahora y tal como aparecerá en aquel día. El «amén» final indica que el escrito debe ser leído en la asamblea dominical de los cristianos.

Evangelio: Marcos 12,13-17

En aquel tiempo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos B le enviaron unos fariseos y unos herodianos con el fin de cazarlo en alguna palabra. 14 Llegaron éstos y le dijeron: -Maestro, sabemos que eres sincero y que no te dejas influir por nadie, pues no miras la condición de las personas, sino que enseñas con verdad el camino de Dios. ¿Estamos

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obligados a pagar tributo al cesar o no? ¿Lo pagamos o no lo pagamos? 15 Jesús, dándose cuenta de su mala intención, les contestó: -¿Por qué me ponéis a prueba? Traedme una moneda para que la vea. 16 Se la llevaron, y les preguntó: -¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le contestaron: -Del cesar. 17 Jesús les dijo: -Pues dad al cesar lo que es del cesar y a Dios lo que es de Dios. Esta respuesta les dejó asombrados.

*•» En el centro del evangelio de hoy figura una pregunta hipócrita. Los herodianos y los fariseos no buscan ninguna respuesta; lo que quieren sobre todo es poner a Jesús en u n a situación embarazosa, haciéndolo odioso para la autoridad romana o para la muchedumbre. La respuesta de Jesús, sin embargo, evita la trampa de la rígida alternativa y aprovecha la pregunta para brindar un criterio decisivo para la vida cristiana. Dios y el cesar no se contraponen entre sí, no se encuentran en el mismo plano: existe un primado de Dios, pero que no priva al Estado de sus derechos. En virtud de este principio, el cristiano aprende a obedecer no sólo a Dios, sino también a los hombres, porque la raíz de toda autoridad deriva en última instancia del Eterno. Precisamente de este principio dimana la libertad de conciencia, al amparo de toda idolatría del poder y acogiendo la respectiva soberanía de la Iglesia y el Estado. «Esta respuesta les dejó asombrados» (v. 17b): los que antes querían cazarlo en alguna palabra quedan asombrados ahora por el mensaje de libertad contenido en las palabras de Jesús.

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18 MEDITATIO

Esperar y apresurar el día del Señor. Dar a Dios y al cesar lo que le corresponde a cada uno. En estas imágenes encontramos descrita la vida del cristiano. Ésta es, antes que nada, acontecimiento de espera, anuncio de que el Esposo no ha llegado todavía, nostalgia de un amor más grande que todo afecto humano, como un deseo extinguido... Pero, al mismo tiempo, el creyente vive y celebra cada día como día del Señor, indica en él la presencia misteriosa del Esposo, expresa la alegría del encuentro con él, del deseo inextinguible. Algo así como una espera que se realiza y se vuelve cada vez más intensa y acelera en cierto modo la venida del Señor. Por eso el cristiano no se evade del mundo ni de la historia, sino que está bien implantado en ellos, precisamente para indicarle al mismo mundo lo que hay en él de Dios y debe volver a Él, o bien, lo que en el corazón humano pertenece al Altísimo y sólo en él encuentra la paz, y también lo que es corruptible y tiene que ser abandonado; lo que es bello, pero con una belleza que pasa; aquello que tal vez pueda atraer al corazón hecho de carne, pero no lo puede llenar del todo después. No por desprecio a lo humano, sino -al contrario- para darle a todas las realidades su justo peso y mantener viva la esperanza del «día de Dios», en el que todo lo terreno (afectos y esperanzas, debilidades y angustias...) se fundirá en el fuego del amor eterno. Y habrán «unos cielos nuevos y una tierra nueva»...

ORATIO Señor, Dios de la historia, Eterno sin tiempo, te alabo porque has creado también nuestra historia y nuestro tiempo. Ambos te pertenecen y están repletos de ti. De ti proceden y a ti deben volver, del mismo modo que nuestra persona, con todo lo más humano que posee, como el

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deseo de vivir y de amar... Cuando llevamos a cabo tal recorrido y confesamos que, verdaderamente, tú eres la fuente y el término de lo que somos y tenemos, nuestro tiempo entra en tu eternidad y nuestra historia se convierte en historia de salvación, al tiempo que la vida celebra tu soberanía y la muerte es como una vuelta a casa. Perdóname, Dios, que haces nuevas todas las cosas, por todas las veces que he pretendido apropiarme de mi tiempo y no he sabido esperar la novedad de tu día; por todas las veces que no he sabido reconocer tu imagen en las cosas y he dirigido hacia mí lo que hubiera debido «devolverte». En esas ocasiones, en vez de soñar con «unos cielos nuevos y una tierra nueva» y reconocer el alborear de tu día, he preferido ilusiones inmediatas y satisfacciones más seguras en apariencia, gustos y sabores ya conocidos y ya viejos, aunque sólo para encontrar al final aburrimiento y frustración, o ese regusto doloroso del placer que se repite por inercia, tristemente semejante a sí mismo. «Maestro, tú que eres sincero», enséñame a esperar el día de Dios y, mientras lo espero, «a dar a Dios lo que es de Dios»: todos los latidos de mi corazón, cada aliento de mi vida.

CONTEMPLATIO También tú, si enciendes el candil, si recurres a la iluminación del Espíritu Santo y ves la luz en la luz, encontrarás la dracma en ti: ya que ha sido puesta en ti la imagen del Rey celestial. Cuando Dios, al principio, hizo al hombre, lo hizo «a su imagen y semejanza», y puso esta imagen no en el exterior, sino dentro de él [...]. El Hijo de Dios es el pintor de esta imagen; y puesto que el pintor es tal y tan grande, su imagen puede ser oscurecida por la desidia.

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aunque no puede ser cancelada por la maldad. En efecto, la imagen de Dios permanece siempre, aunque le sobrepongas la imagen de lo terreno (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, XIII, 4). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Nosotros esperamos nueva» (2 Pe 3,13).

unos cielos nuevos y una tierra

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Que venga el alba, oh Dios, el día de tu sonrisa Dios de todos los nombres y de todos los pueblos, Madre y Padre nuestro, Señor de la historia, Señor del amor, alfa y omega de los tiempos. Te hablo en nombre de los perdedores, de parte de los que ya ni siquiera tienen nombre [...]. Te hablo de parte de aquellos que ni siquiera representan una cifra en las frías estadísticas. Amo, oh Dios, las alegrías del fotón, del tiempo y del espacio; amo la lente que lanza su insistente mirada al universo; amo la magia sagrada que alivia el dolor y difiere la muerte; amo las manos de quien penetra en el misterio mismo de la vida. Amo la forma, el sonido, el color. Amo el don de la palabra que has puesto en mi boca. Pero ya te hablarán otros de la alegría del Arte y de la magia de la Ciencia. Yo te hablo del dolor. Te hablo del hambre, oh Dios, de la muerte. Te hablo de parte de quienes sembraron sueños y han muerto con un bocado de esperanza amarga en la garganta. Te hablo de parte del que resiste en medio ae la noche. Te hablo, oh Dios, de los que velan. Desde aquí saludo los tiempos venideros.

Martes

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Saludo el tiempo en el que por fin encuentre las manos que construyan contigo «un cielo nuevo y una tierra nueva». Manos nuevas para poblar el mundo de colores. (Micaela Najlis, poetisa nicaragüense).

Miércoles 9 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 2 Timoteo 1.1-3-6-12 1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, para anunciar la promesa de la vida que está en Jesucristo, 2 a Timoteo, mi hijo querido; gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo. 3 Doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia limpia, según me enseñaron mis mayores, y me acuerdo de ti constantemente, noche y día, en mis oraciones. 6 Por ello te aconsejo que reavives el don de Dios que te fue conferido cuando te impuse las manos. 7 Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de ponderación. 8 No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; antes bien, con la confianza puesta en el poder de Dios, sufre conmigo por el Evangelio. 9 Dios nos ha salvado y nos ha dado una vocación santa no por nuestras obras, sino por su propia voluntad y por la gracia que nos ha sido dada desde la eternidad en Jesucristo. 10 Esta gracia se ha manifestado ahora en la aparición de nuestro Salvador, Jesucristo, que ha destruido la muerte y ha hecho irradiar la vida y la inmortalidad gracias al anuncio del Evangelio, " del cual yo he sido constituido heraldo, apóstol y maestro. 12 Ésta es la razón de mis sufrimientos, pero yo no me avergüenzo, pues sé en quién he puesto mi con-

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Miércoles

fianza y estoy persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio.

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*•• La segunda Carta a Timoteo parece ser que fue la última que escribió Pablo antes de morir. En consecuencia, tiene todo el sabor de un auténtico «testamento espiritual» en el que se respira una trémula, aunque también serenísima, espera del final inminente. Pablo está en la cárcel y escribe en unos términos apesadumbrados a Timoteo, su discípulo predilecto, por el que ora noche y día, y le aconseja que «reavive» (literalmente, «atice») el don de Dios. En el pasaje de hoy, tras el saludo (w. 1-3), viene una primera parte (w. 6-12, aunque continúa hasta 2,13), en la que Pablo exhorta a Timoteo a luchar y a sufrir por el Evangelio. Para Pablo, la «Buena Noticia» es «la promesa de la vida que está en Jesucristo» (v. 1), «que ha destruido la muerte y ha hecho irradiar la vida y la inmortalidad» (v. 10). El apóstol es un hombre elegido por Dios para llevar al mundo este evangelio de la vida no con «un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de ponderación». A causa de este anuncio, debe esperarse la hostilidad del mundo, hasta el punto de verse privado de la misma libertad. Pablo no se avergüenza de ello e invita a Timoteo a no avergonzarse de sus cadenas; éstas son el precio del testimonio fiel, de la vocación santa, de la gracia otorgada en Cristo Jesús y revelada ahora en el misterio de su encarnación. Constituyen el signo paradójico de una libertad nueva, la que nace de la fe en él y de la certeza de su fidelidad hasta el último día, el día en el que la vida destruirá a la muerte para siempre.

Evangelio: Marcos 12,18-27 En aquel tiempo, ,s se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

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-Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si el hermano de uno muere y deja mujer, pero sin ningún hijo, que su hermano se case con la mujer para dar descendencia al hermano difunto. 20 Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y, al morir, no dejó descendencia. 21 El segundo se casó con la mujer y murió también sin descendencia. El tercero, lo mismo, 22 y así los siete, sin que ninguno dejara descendencia. Después de todos, murió la mujer. 23 Cuando resuciten los muertos, ¿de quién de ellos será mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella. 24 Jesús les dijo: -Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. 25 Cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos ni ellas se casarán, sino que serán como ángeles en los cielos. 26 Y en cuanto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? 21 No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.

**• La cuestión planteada por los saduceos en el evangelio de hoy es, una vez más, tendenciosa; sin embargo, proporciona a Jesús la ocasión de presentar en sus justos términos el sentido de la vida más allá de la muerte. En aquellos tiempos, además de los saduceos, que negaban la resurrección, estaban también los rabinosfariseos, que la afirmaban, aunque con cierta libertad interpretativa. Había entre ellos, en efecto, quienes consideraban que sólo resucitarían los justos, sólo los judíos o todos los hombres, mientras que otros creían que los difuntos resucitarían en su corporalidad originaria, incluidas las enfermedades. Más tarde, en los tiempos en que fue redactado el evangelio de Marcos, ejercía una gran influencia el pensamiento helenístico-pagano. Este último prefería hablar de inmortalidad del espíritu, capaz por su propia naturaleza de sobrevivir más allá del cuerpo, liberándose de la prisión que éste representaba. La enseñanza de Jesús responde un poco a todos, poniendo en el centro la verdad del amor de Dios: si Dios

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ama al hombre, no puede abandonarle en poder de la muerte, sino que lo unirá consigo, fuente de la vida, para hacerlo inmortal. Por lo que respecta a la modalidad de ese estado futuro, la respuesta de Cristo es que la vida de los muertos escapa de los esquemas del m u n d o presente: será una vida diferente, porque es divina, eterna, comparable a la de los ángeles, de suerte que el matrimonio y la reproducción carecen en ella de sentido. Tampoco podrá ser en modo alguno una especie de prolongación de la vida presente, sino una vida nueva, en la que entra todo el hombre, no sólo el espíritu, sino toda la realidad humana, que se verá transformada misteriosamente. Con todo, hay u n a cosa absolutamente cierta: la razón fundamental hemos de buscarla en la fidelidad del Eterno: la promesa de la resurrección no es u n derecho del hombre, sino la inevitable consecuencia o la medida ilimitada del amor divino, más fuerte que la muerte.

MEDITATIO El cristianismo es el evangelio de la vida. La vida es la Buena Noticia que el cristiano anuncia a un mundo cada vez más inmerso en una cultura de muerte. Y, en verdad, se trata de una buena noticia, porque sólo quien cree en Cristo puede hablar de una vida «que ha destruido la muerte» y creer en la inmortalidad futura. Es más, no puede dejar de hacerlo, con el espíritu de fortaleza y de amor que se le ha dado, sin miedo ni timidez. Del mismo modo que Pablo, en la cárcel y esperando el final, proclama con valor la promesa de la vida en Cristo Jesús, tampoco el cristiano pide que le dispensen del drama del sufrimiento o de la derrota de la muerte, sino que, precisamente en el interior de esta común experiencia o desde lo hondo del abismo, anuncia la esperanza de la vida que no muere.

Miércoles

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Su testimonio se vuelve así creíble, porque es completamente h u m a n o y está abierto de par en par a la gracia, como si los dos abismos, el de la fragilidad terrena y el del poder celestial, se tocaran en él, como en un tiempo se encontraron (o se recapitularon) en la cruz de Jesús. Por eso, Dios Padre resucitó al Hijo, del mismo modo que librará de las cadenas de la muerte a todo creyente que no se avergüence del Evangelio de la vida. Nuestro Dios, en efecto, «no es un Dios de muertos, sino de vivos».

ORATIO Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, Dios amante de la vida, en ti existe todo lo que es, de ti recibe toda criatura su aliento y su vida. Si tú no existieras, no existiría yo, pero si tú existes, vibra en mí un temblor de eternidad. Te alabo, Padre, porque tú eres mi origen y, por consiguiente, también la razón de mi existencia, la certeza de mi vivir para siempre, mientras que yo, sólo por vivir, soy tu gloria. En efecto, «no alaban los muertos al Señor, ni los que bajan al silencio. Nosotros bendecimos al Señor ahora y por siempre» (Sal 115,17ss). Sin embargo, muchas veces la vida que me has dado no ha sido capaz de cantar tu alabanza, como si me avergonzara de ti y de tu Evangelio o temiera la incomprensión y el rechazo a causa del mismo. O bien, tal vez estoy dispuesto a dar testimonio de tu Evangelio y de la misteriosa belleza de la vida humana, pero sólo cuando me van bien las cosas o cuando tu Palabra confirma lo que yo siento y las expectativas de los otros. Ando aún lejos de comprender que también es posible anunciar tu nombre en medio de la prueba y del sufrimiento, incluso al que está pasando por la prueba, porque en todo caso la vida humana, don tuyo, es digna de ser vivida, y porque también a través de su muerte puede anunciar

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tu Reino el justo. Concédeme, Padre, el valor de Pablo, que incluso desde la cárcel, con cadenas, proclamó el Evangelio de la vida. Reaviva tu don en mí, para que opte por llegar a ser, como él, prisionero libre de Cristo, dejándome cautivar para siempre por las cadenas del a m o r divino, que ha vencido a la muerte para siempre.

CONTEMPLATIO Por lo que a mí toca, escribo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco que yo estoy pronto a morir de buena gana por Dios, con tal de que vosotros no me lo impidáis. Yo os lo suplico: no mostréis conmigo una benevolencia inoportuna. Permitidme ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Halagad más bien a las fieras, para que se conviertan en sepulcro mío y no dejen rastro de mi cuerpo, con lo que, después de mi muerte, no seré molesto a nadie. Cuando el m u n d o no vea ya ni mi cuerpo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo. Suplicad a Cristo por mí, para que por esos instrumentos logre ser sacrificio para Dios. No os doy yo mandatos como Pedro y Pablo. Ellos fueron apóstoles; yo no soy más que un condenado a muerte. Ellos fueron libres; yo, hasta el presente, soy un esclavo [...]. De nada me aprovecharán los confines del m u n d o ni los reinos todos de este siglo. Para mí, mejor es morir en Jesucristo que ser rey de los términos de la tierra. Quiero a aquel que murió por nosotros; quiero a aquel que por nosotros resucitó. Y mi parto es ya inminente. Perdonadme, hermanos, no me impidáis vivir; no os empeñéis en que yo muera; no entreguéis al m u n d o a quien no anhela sino ser de Dios; no me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado

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Miércoles

allí, seré de verdad hombre. Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios (Ignacio de Antioquía, Carta a los romanos, 4, 6ss). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No eres un Dios de muertos, sino de vivos» (cf. Me 12,27). PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Y, para terminar, me gustaría estar en la luz, quisiera tener, por último, una noción recopiladora y sabia sobre el mundo y sobre la vida: me parece que esa noción debería expresarse como agradecimiento. Esta vida mortal, a pesar de sus aflicciones, de sus oscuros misterios, de sus sufrimientos, de su fatal caducidad, es una realidad hermosísima, un prodigio siempre original y conmovedor, un acontecimiento digno de ser cantado con gozo y gloria: ¡la vida, la vida del hombre! No es menos digno de exaltación y de feliz estupor el marco que rodea la vida del hombre: este mundo inmenso, misterioso, magnífico, este universo de las mil fuerzas, de las mil leyes, de las mil bellezas, de las mil profundidades. Es un panorama encantador... El teatro del mundo es el designio, hoy todavía incomprensible en su mayor parte, de un Dios creador, que se llama Padre nuestro y que está en el cielo. Gracias, oh Dios, gracias y gloria a ti, oh Padre. Esta escena fascinante y misteriosa es un reverbero de la primera y única Luz (del testamento espiritual de Pablo VI, passim).

Jueves 9 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 2 Timoteo 2,8-15 Querido hermano: 8 Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según el Evangelio que yo anuncio, 9 por el cual sufro hasta verme encadenado como malhechor, pero la Palabra de Dios no está encadenada. 10 Por eso todo lo soporto por amor a los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación de Jesucristo y la gloria eterna. " Es doctrina segura: Si con él morimos, viviremos con él; 12 si con él sufrimos, reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; 13 si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo. 14 Recuerda estas cosas y ordena, en nombre de Dios, que nadie se enzarce en discusiones vanas, que no sirven para nada, si no es para la perdición de los que escuchan. 15 Cuida de presentarte ante Dios como un hombre probado, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, como fiel pregonero del mensaje de la verdad.

*•• La vida del cristiano es la vida de Cristo en él; es una participación siempre renovada en la muerte y en

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la vida gloriosa del Señor, que, en cierto modo, sufre y resurge a u n a vida nueva en aquel que cree en Él. Como Pablo, encadenado por el Evangelio «-como malhechor» (v. 9), aunque también seguro de reinar con él (v. 12). De ahí podemos extraer dos consecuencias. En primer lugar, que los sufrimientos del cristiano participan del valor redentor de los sufrimientos de Cristo y son, de hecho, instrumento de salvación en la medida en que el cristiano - c o m o le gusta decir a Pablo- sufre por Cristo y muere con él (cf. w. 11.12). Desde el momento en que el Hijo del Eterno murió en la cruz, ya no hay sufrimiento terreno que sea inútil, ni creyente que no se sienta responsable de la salvación de los demás. Es la comunión de la cruz lo que da, a cada individuo, la fuerza para soportarlo todo por los hermanos, «para que ellos también alcancen la salvación de Jesucristo y la gloria eterna» (v. 10). Entonces -segunda consecuencia-, la vida del cristiano se convierte en una existencia pascual, gracias a la memoria de la resurrección de Jesús (v. 8) y gracias a la profecía de su propia resurrección (v. 11); una existencia que proclama la fidelidad del Eterno, mayor que cualquier infidelidad h u m a n a (v. 13). Por eso el cristiano no se enzarza en «discusiones vanas» (v. 14), ni se avergüenza de la Palabra que debe anunciar, aunque deba sufrir por ella, porque es Palabra de la verdad y nunca podrá ser encadenada (v. 9).

Evangelio: Marcos 12,28-34 En aquel tiempo, 28 un maestro de la Ley que había oído la discusión y había observado lo bien que les había respondido se acercó y le preguntó: -¿Cuál es el mandamiento más importante? 29 Jesús contestó: -El más importante es éste: Escucha, Israel, el Señor nues-

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tro Dios es el único Señor. 30 Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. " El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que éstos. 32 El maestro de la Ley le dijo: -Muy bien, Maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro fuera de él; " y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. 34 Jesús, viendo que había hablado con sensatez, le dijo: -No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se atrevía ya a seguir preguntándole. *+• El tono de la pregunta del maestro de la Ley, a diferencia de Mateo y Lucas, no es aquí, en Marcos, ni polémico ni tendencioso, sino simplemente teórico y escolar, sin trampas más o menos escondidas. Al contrario, parece darse u n reconocimiento recíproco de la exactitud y de carácter pertinente de la respuesta del otro por parte de cada uno de los interlocutores. Al mismo tiempo, la cuestión planteada era en aquellos tiempos una pregunta clásica y debatida con frecuencia; tampoco era nueva del todo la respuesta de Jesús. E n realidad, se trata de la cuestión central para él y para todo creyente: es la pregunta a la que Jesús intentará responder con toda su vida. De todos modos, el Maestro le brinda al maestro de la Ley, interlocutor leal, una respuesta precisa y rigurosamente bíblica, no sólo por los envíos a Dt 6,4ss y Lv 19,18, sino porque sólo es posible entenderla dentro de la revelación, según la cual nuestro amor a Dios y al prójimo supone un hecho precedente y fundador: el amor de Dios por nosotros. Éste es el dato que precede a cualquier otro, el origen y la medida del amor humano. Si éste nace del amor divino, debe medirse sobre la base

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del mismo, amando a toda la humanidad, amando a cada hombre sin distinción y con toda nuestra propia humanidad: corazón-mente-voluntad. De todos modos, Marcos no se contenta con estas especificaciones, sino que introduce en su texto otras dos importantes notas particulares: una observación polémica sobre el culto (v. 32), que recupera la antigua batalla de los profetas contra el ritualismo embarazoso que separa la oración del amor, y la afirmación del monoteísmo (w. 29.32), en abierta polémica con el ambiente pagano en que vivía la comunidad de Marcos, afirmación destinada a dejar bien sentado que sólo de Dios -es decir, de haber puesto a Dios en el centro de su vida- puede venirle la libertad al hombre. Esa libertad es ya signo del Reino que viene.

MEDITATIO Dios creó al hombre a su semejanza, le dio u n corazón capaz de dejarse amar y de amar a su vez. Pero no sólo le hizo capaz de amar a su manera, divina, no se contentó con verter su benevolencia en el ser h u m a n o haciéndolo amable, sino que activó en él una capacidad afectiva que no es ya sólo humana. Éste es el signo más grande del amor de Dios hacia el hombre: el Creador no se ha guardado, celosamente, su poder de amar, sino que lo ha compartido con la criatura. En realidad, Dios no hubiera podido a m a r más al hombre. Ésa es también la razón de que éste sea asimismo el primer y más importante mandamiento: antes de ser mandamiento, es el don más grande. Y si vale más que todos los holocaustos y sacrificios, eso significa que el hombre lleva a cabo la mayor experiencia del a m o r divino cuando ama de hecho a la manera de Dios, más aún que cuando ora y adora, porque es entonces, y sólo entonces, cuando puede descubrir cómo ha sido amado

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^ o r el Eterno, hasta el punto de haber sido hecho capaz de amar a su manera. Precisamente en esta línea invita Pablo a Timoteo y a todo creyente a sufrir y a morir con Cristo por la salvación de los hermanos. Pero, entonces, no se da aquí sólo la comunión redentora de la cruz; antes aún está el misterio sorprendente de la comunión de Dios con el hombre, del a m o r divino con el amor humano. Gracias a esta comunión, el amor de Dios se hace ya presente y visible en esta tierra; más aún, Dios mismo es amado en un rostro h u m a n o y el corazón de carne produce ya desde ahora latidos eternos.

ORATIO Dios del amor, tú eres el Señor y el Maestro, sólo tú tienes las palabras de la vida y puedes revelar al hombre su verdad y su dignidad. Todos quisiéramos saber qué es importante en la vida, para no correr en vano; y si te preguntamos es porque tú eres amor y sólo el amor conoce la verdad y no se la guarda para sí. Concédenos comprender también que la grandeza del hombre está en el amor: en la certeza de ser amado desde siempre por el Señor del cielo y de la tierra y en la certeza de poder amar al mismo Creador junto con sus criaturas. En esto consiste la grandeza humana, y es h u m a n a y divina a la vez; es mandamiento, pero antes es don; es reposo y felicidad para el alma, pero también lucha contra el egoísmo y la desesperación; es la verdad de donde nace la libertad, la libertad de depender en todo de aquél a quien amamos y a quien estamos llamados a amar; por consiguiente, de ti, que eres el amor. Concédeme, Padre, esta libertad: la libertad de entregarte mi vida, para que tú la conviertas en un evangelio, historia y providencia de amor para muchos hermanos; la libertad de amarte a ti y a todos con el corazón del Hijo, hasta la cruz.

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CONTEMPLATIO Si Cristo vino fue, sobre todo, para que el hombre supiera cuánto le ama Dios y lo aprendiera para encenderse más en el amor de quien lo amó antes, y para amar al prójimo según la voluntad y el ejemplo de quien se hizo próximo prefiriendo no a los que estaban cerca de él, sino a los que vagaban lejos; toda Escritura divina escrita antes fue escrita para preanunciar la venida del Señor; y cualquier cosa que haya sido transmitida después con las cartas y confirmada con la autoridad divina habla de Cristo e invita al amor: está claro que no sólo toda la Ley y los profetas, que hasta entonces eran toda la Sagrada Escritura, por haberlo dicho el Señor, se apoyan en estos dos preceptos del amor a Dios y al prójimo, sino también todo lo que, a continuación, ha sido consagrado para la salvación, así como los volúmenes de las divinas Escrituras confiados a la memoria. Por lo cual, en el Antiguo Testamento está oculto el Nuevo, y en el Nuevo está la revelación del Antiguo. Según esta ocultación, los hombres materiales que entienden sólo de modo material han estado sometidos, tanto entonces como ahora, por el temor al castigo. En cambio, según esta revelación, los hombres espirituales que entienden de manera espiritual, a quienes, por estar piadosamente palpitantes, fueron reveladas las cosas ocultas y piden ahora, sin soberbia, que no les queden ocultas las cosas reveladas, esos hombres han sido liberados por la caridad entregada. En consecuencia, ya que nada es más hostil a la caridad que la envidia, y la soberbia es madre de la envidia, el Señor Jesucristo, Dios hombre, es al mismo tiempo prueba del amor divino por nosotros y ejemplo de h u m a n a humildad entre nosotros, a fin de que nuestro mayor mal sea sanado por la medicina contraria, que es aún más grande. Gran miseria, en efecto, es el hombre soberbio, pero la misericordia del Dios humilde es aún mayor. Ponte, pues,

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como fin este amor, al que referirás todo lo que digas; cuenta todas las cosas de manera que la persona a la que hablas crea al escuchar, espere al creer y ame al esperar (Agustín, De catechizandis rudibus, 4,8-11).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Si con él morimos, viviremos con él» (2 Tim 2,11).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Al envejecer nos damos cuenta de inmediato de que todo se reduce a poquísimas certezas. Para mí, estas certezas son tres: a pesar de todo, el Eterno es Amor; a pesar de todo, somos amados; a pesar de todo, somos libres. Ojalá consiguiera comunicar estas tres certezas [...], en particular la certeza de que esta misteriosa libertad que hay en nosotros no tiene otra razón de ser que hacernos capaces de responder al Amor con el amor. La estupenda belleza de la libertad no consiste en el hecho de hacernos libres de, sino libres para: para amar y para ser amados. N o , el infierno no son los otros; el infierno es la soledad de quien, absurdamente, ha pretendido ser autosuficiente. Cuando alguien me pregunta: «¿Por aué venimos al mundo?», me limito a responder: «Para aprender a amar». Estamos destinados a encontrar el Amor, cuya hambre se hace sentir en forma de vacío dentro de nosotros [...]. Podemos plantearnos un montón de preguntas: ¿por qué tantas imperfecciones, tantos sufrimientos? Si tenemos la certeza de que el Eterno es Amor, de que somos amados, de que somos libres para poder responder al Amor con el amor, todo lo demás no son más que «a pesar de todo». O h nubes, aunque os transforméis en crueles tempestades, no conseguiréis hacer negar la existencia del sol (Abbé Pierre, Testamento, Cásale Monf. 1994, 75ss).

Viernes 9 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 2 Timoteo 3,10-16 Querido hermano: 10 Tú, en cambio, has seguido atentamente mis enseñanzas, mi conducta, mis planes, mi fe, mi paciencia, mi amor, mi constancia, " mis persecuciones y pruebas, como las que tuve que soportar en Antioquía, en Iconio, en Listra. ¡Cuántas persecuciones he sufrido, y de todas me ha librado el Señor! '2 Todos los que quieran llevar una vida digna de Jesucristo sufrirán persecuciones. " Pero los malvados y los impostores irán de mal en peor, extraviando a otros y extraviándose ellos mismos. 14 Tú, por tu parte, permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste, sabiendo de quién lo has aprendido, 15 y que desde la infancia conoces las Sagradas Escrituras, que te guiarán a la salvación por medio de la fe en Jesucristo. 16 Toda Escritura ha sido inspirada por Dios, y es útil para enseñar, para persuadir, para reprender, para educar en la rectitud, " a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer el bien.

*• En los primeros versículos del capítulo 3, Pablo recuerda a Timoteo los dolorosos acontecimientos de su primer viaje misionero (cf. Hch 13,50; 14,5-6.1 ^;

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2 Cor 11,23-33), de los que el mismo Timoteo (oriundo de Listra) fue testigo, y, probablemente, u n testigo fuertemente impresionado. Pablo quiere recordar que el discípulo de Cristo debe saber ya desde el principio que, a ejemplo y según las palabras de su Maestro, tiene que sufrir persecuciones (v. 12), pero intenta sobre todo reconocer la fidelidad del Señor, que lo ha liberado de todas las adversidades. Por eso no debe temer Timoteo, sino permanecer «fiel» a lo que ha aprendido y le ha sido transmitido. Pablo subraya aquí, en realidad, dos dimensiones vitales de la fe, a saber: el hecho de que la fe es antes que nada recibida o bien acogida de las Escrituras (del Antiguo Testamento), que introducen a la fe en Jesucristo, y, a continuación, del testimonio de otros creyentes, como nuestros mismos familiares (su madre y su abuela, en el caso de Timoteo) y otros «testigos» (Pablo sobre todo), para ser sometida, después, a u n proceso de aprendizaje que lleva a la convicción personal (v. 14), esto es, a la fe como sabiduría cristiana, síntesis de conocimiento orante y de praxis coherente, que, de todos modos, pasa a través de la prueba: es la dimensión de la fe probada y vivida. En esta lógica, la Escritura desempeña un papel decisivo para «enseñar, para persuadir, para reprender, para educar en la rectitud» al «hombre de Dios» (v. 16), creyente y maestro de la fe: ésta, en efecto, «ha sido inspirada por Dios» o bien tiene su origen en Aquel que, sirviéndose de la inteligencia humana, se ha revelado al hombre y continúa comunicándosele, a través de la misma Palabra (cf. Dei Verbum, 11), y sosteniéndole en la prueba de la vida.

Evangelio: Marcos 12,35-37 En aquel tiempo,35 Jesús tomó la palabra y enseñaba en el templo diciendo:

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-¿Cómo dicen los maestros de la Ley que el Mesías es hijo de David? 36 David mismo dijo, inspirado por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. 37

Si el mismo David le llama «Señor», ¿cómo es posible que el Mesías sea hijo suyo? La multitud le escuchaba con agrado.

**• La sección precedente había terminado con la observación de que «nadie se atrevía ya a seguir preguntándole» (v. 34), y ahora es el mismo Jesús quien toma aquí la iniciativa, encaminada a brindar una enseñanza de la máxima importancia sobre el misterio de su persona y hacer más sutil el velo de su secreto mesiánico. Según la tradición judía común, basada en la promesa de Natán (2 Sm 7,14) y confirmada por los grandes profetas de la esperanza mesiánica, el Mesías debía ser u n descendiente de David. Ahora bien, en el Sal 110,1 llama David «Señor» al Mesías: «¿cómo es posible que el Mesías sea hijo suyo? (v. 37). Con esta pregunta, dejada en suspenso, rompe Jesús u n a vez más ciertos esquemas previos dados por supuestos, que parecen eliminar la fatiga del creer o dar por descontada la experiencia espiritual, e invita a todos los oyentes y a todos nosotros a no dejar de buscar, de profundizar y reflexionar, a dejarnos escrutar por el misterio de esta persona y por las dudas e incertidumbres ligadas al misterio, a no presumir de saberlo ya todo y a interrogarnos por la calidad de nuestra presunta «experiencia de Dios»... Porque eso exige la fe. En realidad, Jesús no rechaza en absoluto la ascendencia davídica del Mesías, sino que provoca a sus oyentes para que superen la lógica limitada de la continuidad histórica dinástica, puesto que la promesa de Dios va más allá de los criterios de la sucesión heredi-

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taria; nos invita a no encerrarnos en u n a interpretación literal del dato bíblico, porque el don del Padre en el Hijo va m u c h o más allá de lo que nuestra mente puede comprender, y será siempre u n don sorprendente e inédito. Por eso, si antes «nadie se atrevía ya a seguir preguntándole», ahora «la multitud le escuchaba con agrado» (v. 37). MEDITATIO Anunciar el Evangelio de Jesús significa, de manera inevitable, dirigirse al encuentro del rechazo, cuando no a la persecución: el Maestro no sólo lo había dicho, sino que incluso ligó una bienaventuranza a la persecución: «Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía» (Mt 5,11). Pablo, y con él otros muchos testigos a lo largo de la historia, han experimentado esta bienaventuranza, han vivido la persecución como experiencia de la fuerza y de la presencia de Dios prometidas al apóstol fiel. Podríamos decir que esta bienaventuranza es el distintivo del auténtico cristiano, de aquel que «permanece fiel» en la prueba: fiel a la Palabra que ha escuchado y que continúa anunciando en cada ocasión; firme en su certeza de que ésa es su vocación y su misión, por la que vale la pena gastar la vida y arriesgarse a la impopularidad; firme en la búsqueda de Dios a la luz de la Palabra que él nos ha revelado, que trasciende toda pretensión h u m a n a y está envuelta por el misterio; firme en la esperanza de que la semilla de la Palabra dará fruto a su tiempo, tal vez gracias a su sacrificio y aunque él no lo vea; firme en unir la vida a la Palabra, para que no sólo las acciones, sino también los gustos y los deseos, los sentimientos y los proyectos queden plasmados por ella; firme en el valor de provocar y plantear las palabras justas, las que obligan en primer lugar a él, al creyente y

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maestro de la fe, a interrogarse sobre su misma experiencia espiritual, pero se muestra tenaz asimismo en la fuerza de anunciar una Palabra perennemente contra corriente, a un Mesías que no se presenta según las expectativas de la mayoría, u n Evangelio que no confirma las previsiones y pide a todos la honestidad de convertirse... Entonces, si el apóstol permanece firme en la Palabra, puede sucederle también algo que, con frecuencia, parece inesperado y le sucedió al mismo Jesús: que más allá del rechazo inicial y, a veces, sólo aparente, la gente «le escuchaba con agrado».

ORATIO Te doy gracias, Señor, por tu Palabra, que cada día ilumina mi vida y da sentido a lo que hago, porque me enseña y convence, me corrige y va formando en mí el hombre nuevo. Te doy gracias porque tu Palabra me da fuerza y me sostiene en las pruebas, porque en ella resplandece la verdad como el sol y es dulce como la miel. Pero te doy gracias también por aquellas veces en las que tu Palabra es oscura y misteriosa, dura y amarga y penetra en mí como «espada de doble filo», poniendo al desnudo mis miedos y heridas, los monstruos y demonios que hay dentro de mí, o me provoca a buscar donde no quisiera, allí donde no me lleva el corazón, más allá de mis gustos. Perdóname, Verbo del Padre, por todas las veces que he renunciado a la búsqueda y a dejarme guiar por la Palabra, perdóname porque otras veces he anunciado sin pasión tu Palabra y la he olvidado y confundido con otras palabras, y luego incluso la he hecho callar, por miedo o engorro, por vil complacencia o respeto humano, o porque sentía en mí su reproche antes que nada. Perdóname si he buscado en otra parte la roca donde construir mi casa.

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Te ruego que me concedas el valor de Pablo en las pruebas. Haz que aprenda, como Timoteo, a «permanecer fiel» a la Palabra y a lo que la Iglesia me ha enseñado, p a r a que mi fe sea u n a fe recibida de la Escrit u r a y p r o b a d a p o r la vida. Concédeme, Jesús, tu arte de saber plantear las p r e g u n t a s justas, a mí y a los otros, aquellas que n o dejan vías de escape, a fin de que la Palabra me conduzca cada día m á s al u m b r a l del misterio, de tu Misterio, y tenga la fuerza necesaria p a r a anunciarlo.

CONTEMPLATIO Tú que escuchas prueba t a m b i é n a tener tu propio pozo y tu propia fuente, a fin de que t a m b i é n tú, cuando cojas en tus m a n o s el libro de las Escrituras, puedas e m p e z a r a expresar asimismo p o r tu propia inteligencia u n a cierta comprensión. Según lo que has aprendido en la Iglesia, prueba tú t a m b i é n a beber de la fuente de tu espíritu, dentro de ti está la fuente de agua viva [...]. Así pues, purifica tu espíritu p a r a beber tú también, finalmente, de tus fuentes y sacar agua viva de tus pozos. Si has acogido, en efecto, en ti la Palabra de Dios, si has recibido de Jesús el agua viva y la has recibido con fe, se convertirá en ti en fuente de agua que b r o t a para la vida eterna en el mismo Jesucristo nuestro Señor (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, XII, 5).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste» ( 2 T i m 3,14).

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Preguntémonos con valor: ¿hemos experimentado alguna vez el elemento espiritual en la vida del hombre? [...]. Pero ¿dónde habita, en qué consiste la experiencia real de lo espiritual? Veámoslo en concreto con algunos ejemplos tomados de nuestra vida cotidiana. ¿Hemos decidido alguna vez permanecer en calma, por ejemplo, cuando queríamos defendernos por haber sido tratados de manera injusta? ¿Hemos perdonado alguna vez a aluien sin que nadie nos diera las gracias por un perdón que se aba por descontado? ¿Hemos obedecido alguna vez no porque estuviéramos obligados a hacerlo o porque de no haberlo hecho se hubieran puesto las cosas mal para nosotros, sino simplemente en virtud del misterioso, silencioso e incomprensible ser que nosotros llamamos Dios y por su voluntad? ¿Hemos sacrificado alguna vez cualquier cosa sin recibir ningún agradecimiento por ello, e incluso sin ningún sentimiento de satisfacción interior? ¿Hemos estado alguna vez absolutamente solos? ¿Hemos decidido hacer en alguna ocasión algo a partir exclusivamente del juicio de nuestra conciencia, por razones difíciles de explicar a los otros y evaluadas en la soledad personal más absoluta, con la conciencia de no poder delegar en nadie una decisión por la que deberemos responder durante toda la eternidad? ¿Hemos intentado amar a Dios alguna vez incluso cuando no sentíamos el apoyo de grandes entusiasmos espirituales, y él parecía ausente y distante de nosotros, y sentíamos estar con él tristes como la muerte y la aniquilación absoluta? ¿Hemos intentado en alguna ocasión amar a Dios incluso cuando nos parecía estar perdidos en el vacío, llamar a alguien que se obstina en permanecer sordo, o ser echados en un abismo aterrador sin fondo, donde todo parecía incomprensible y carente de sentido? ¿Hemos realizado alguna vez un trabajo que, para ser ejecutado, nos pedía el coraje de olvidarnos de nosotros mismos e ignorarnos, casi traicionarnos, o con la sensación de pasar por estúpidos o de hacer algo terriblemente estúpido? ¿Nos hemos mostrado alguna vez buenos y cordiales con alguien que ni nos ha mostrado ni nos muestra, sin embargo, el menor signo de gratitud y comprensión, e incluso cuando ni siquiera hemos tenido el consuelo interior de sentirnos buenos, desinteresados, generosos [...]?

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Busquemos dentro de nosotros experiencias como éstas [...]. Si las encontramos, podemos decir que hemos tenido experiencias espirituales y que hemos acogido la acción del Espíritu de Dios que obra en nosotros [...]. Sólo entonces podremos decir que hemos experimentado lo sobrenatural, que hemos hecho la experiencia de Dios (K. Rahner, Theological Investigations, III: The Theology of the Spiritual Life, Londres 1974, pp. 86-90 [nuestra traducción es una síntesis de la inglesa] [edición española: Escritos teológicos: Teología de la vida espiritual (tomo 7), Taurus, Madrid 1969]).

Sábado 9 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 2 Timoteo 4,1-8 Querido hermano: ' Ante Dios y ante Jesucristo, que manifestándose como rey ha de venir a juzgar a vivos y muertos, te ruego encarecidamente: 2 Predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, corrige, reprende y exhorta usando la paciencia y la doctrina. 3 Porque vendrá el tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados de sus propias concupiscencias, se rodearán de multitud de maestros que les dirán palabras halagadoras, 4 apartarán los oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. 5 Tú, sin embargo, procura ser prudente siempre, soporta el sufrimiento, predica el Evangelio y conságrate a tu ministerio. 6 Yo ya estoy a punto de ser derramado en libación, y el momento de mi partida es inminente. 7 He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe. 8 Sólo me queda recibir la corona de salvación que aquel día me dará el Señor, juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa.

*» Si esta carta es considerada como el testamento espiritual de Pablo, la perícopa que hemos leído hoy

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representa su parte más apesadumbrada y conmovedora. El tono se vuelve más intenso, puesto que, por un lado, percibe el apóstol la peligrosidad del error doctrinal, que se hará más seductor en los últimos tiempos (w. 3ss), y, por otro, siente ahora próximo su propio fin (w. 6-8). Y llama como testigos al mismo Dios y a Cristo, en cuanto juez de vivos y muertos, para rogar encarecidamente a Timoteo que no recurra a todo para anunciar a todos el Evangelio de la salvación. Debe sentirse responsable de ese anuncio; de su escucha, en efecto, viene la salvación (cf. Rom 10,17). A buen seguro, los tiempos son difíciles: esa Palabra correrá siempre el riesgo de ser sofocada por las «fábulas» de los falsos maestros, mientras que el «prurito» de la novedad prevalecerá sobre la escucha de la verdad. Ahora bien, el apóstol nunca puede rendirse: deberá vigilar, ser capaz de soportar, llevar a cabo su obra de anunciador del Evangelio hasta el fondo (v. 5), hasta entregar la vida, como Pablo... Sabe éste que será condenado y que su fin es inminente, pero eso no le entristece en absoluto. Es más, tiene el ánimo lleno de alegría, como el atleta que se acerca a la victoria (w. 7ss). Porque su sangre, es decir, su vida, está a punto de ser ofrecida como sacrificio de amor a Dios, como la vida del Hijo, y es muy bello vivir y morir entregándose uno mismo por la salvación de los otros. Además -segundo motivo de alegría profunda-, «el momento de mi partida es inminente» (y. 6), como una nave que zarpa para volver a su patria, y es también muy bello volver al Padre y Señor después de haber llevado a cabo con fidelidad la misión recibida, es como volver a casa. En todo caso, es la fidelidad de Pablo, que responde de los perjuicios que pueda ocasionar, lo que constituye la verdadera apelación a la fidelidad de Timoteo; fidelidad, sobre todo, en no traicionar el depósito de la verdad que le ha sido confiado por el Señor. Será entonces el mismo Señor el que le dará «la corona de justicia» no como premio debido estrictamente, sino

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como respuesta amorosa a todos aquellos que «esperan con amor su venida gloriosa» (v. 8).

Evangelio: Marcos 12,38-44 En aquel tiempo, 38 decía Jesús también a las muchedumbres mientras enseñaba: -Tened cuidado con los maestros de la Ley, que gustan de pasearse lujosamente vestidos y de ser saludados por la calle. 39 Buscan los puestos de honor en las sinagogas y los primeros lugares en los banquetes. 40 Éstos, que devoran los bienes de las viudas con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso. 41 Jesús estaba sentado frente al lugar de las ofrendas y observaba cómo la gente iba echando dinero en el cofre. Muchos ricos depositaban en cantidad. 42 Pero llegó una viuda pobre, que echó dos monedas de muy poco valor. 43 Jesús llamó entonces a sus discípulos y les dijo: -Os aseguro que esa viuda pobre ha echado en el cofre más que todos los demás. 44 Pues todos han echado de lo que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir.

*•• Dos son, en sustancia, las actitudes que Jesús censura en los maestros de la Ley: la vanidad y la hipocresía. La primera se manifiesta en la ostentación de sus anchas capas, en la búsqueda de los saludos y de los primeros puestos en las asambleas litúrgicas; la segunda es la falsedad que revelan ostentando una gran devoción, al prolongar, por ejemplo, los tiempos de oración a la vista de todos, una falsedad que se vuelve desvergonzada a través de la contradicción evidente que existe entre esta religiosidad exhibida en público y el comportamiento opresor que tienen con los débiles y los indefensos. Los escribas o maestros de la Ley son personas de corazón impuro, incapaces de entregarse a Dios v al prójimo, y aunque hagan, como en este caso, ric;i.s

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ofrendas al templo, en realidad sólo se aman a sí mismos y están convencidos de ser indispensables para la causa de Dios. A diferencia de la viuda pobre a la que Jesús vio echar en el tesoro del templo dos monedas de poco valor, prácticamente nada. Pero era todo lo que poseía; no piensa en grandes gestos, ni en «ayudar a Dios», pero tiene el corazón puro, le ama y se entrega a él por completo. Por eso la pone Jesús como ejemplo a sus discípulos: diríase que el Maestro ha encontrado lo que andaba buscando. Una vez llegado el final de su labor de enseñanza en el templo, recupera el tema que había señalado al comienzo, cuando había desaprobado la seguridad y la jactancia de los maestros de la Ley y los fariseos y contestado el innoble mercado que allí (en el templo) se desarrollaba con el consentimiento de los sacerdotes. Ahora concluye Jesús exaltando el auténtico valor religioso del gesto de una viuda, para anunciar que los pobres, en especial los pobres de sí mismos, no los poderosos en el plano cultual o institucional, son la tierra buena que hará fructificar la semilla evangélica, el lugar de encuentro con Dios.

MEDITATIO Pablo, muriendo en la cárcel, y la viuda del templo: ¿qué tienen en común estos dos personajes tan diferentes? El valor de amar y vivir lo que creen, llevando a sus últimas consecuencias, en el plano del comportamiento, su propia fe y sus propias convicciones. Por esa razón ha terminado Pablo en la cárcel, y va a encontrarse con la muerte anunciando aún el Evangelio, entregando en todo momento todo lo que es. Lo mismo ocurre con la viuda alabada por Jesús: no posee prácticamente nada, pero ofrece a Dios todo lo que tiene, incluso lo que necesita para vivir. No encontramos aquí sólo la exalta-

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ción de la fe de los apóstoles o de los mártires, ni la de los sencillos y los humildes; lo que se celebra aquí es la fuerza de la fe y su coherencia, fruto de una pasión interior que se desposa con la convicción de la mente y encuentra la consecuente actuación en la vida práctica. Pablo está, literalmente, devorado por la pasión del Evangelio y de su anuncio, del mismo modo que la viuda está totalmente apresada por el carácter central y por el primado de Dios en su vida; y cuando la fe se vuelve pasión que cautiva la mente, el corazón, la voluntad, los sentidos, la emotividad, las manos, los pies, en suma, todo, entonces el creyente ya no teme entregar a Dios -por amor y sólo por a m o r - todo lo que tiene y es. Aunque fueran sólo «dos monedas de muy poco valor», ante Dios da siempre «más que todos los demás», más que el m u n d o entero...

ORATIO Señor, qué rica es tu Palabra y qué clara tu enseñanza. En ellas encuentro mi vida, lo que soy y lo que me pides que llegue a ser. Cómo me reconozco, hoy, en la mezquindad de corazón de los maestros de la Ley, en esa autosuficiencia que nos hace presuntuosos frente a Dios y falsos ante la gente. Qué distante me siento y, al mismo tiempo, qué atraído por el ejemplo de Pablo y de la viuda. Concédeme, Señor, la coherencia de Pablo; esa coherencia que, primero, le lleva a la cárcel y, después, le da la fuerza -y la autoridad moral- para pedirle a Timoteo que tampoco él tenga miedo de anunciar el Evangelio. Concédeme la fe animosa y lineal de la viuda, que se entrega por completo y no se guarda nada porque está segura de que tú la proveerás. Debe de ser muy bello vivir así, con esta coherencia y esta certeza. Pero debe de ser también muy bello prepararse para morir de este modo, sintiendo la propia muerte como el inevitable

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desenlace de u n a vida convertida en don de manera progresiva, eligiendo morir como sangre «derramada en libación». Señor, cuando llegue «el momento de mi partida inminente», concédeme, en mi pequenez, poder decir también: «He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe». Y la nada de la muerte se transformará en el todo de la vida contigo.

CONTEMPLATIO Por consiguiente, la oblación de la Iglesia que dice el Señor se le ofrece por todo el mundo, es un sacrificio puro y acepto a Dios; no porque Él tenga necesidad de nuestro sacrificio, sino porque quien lo ofrece recibe gloria al momento mismo de ofrecerlo, si su oblación es aceptada. Al ofrecer al Rey nuestra oblación, le rendimos honor y le mostramos afecto. Esto es lo que el Señor, queriendo que lo hiciésemos con toda simplicidad e inocencia, enseñó a ofrecer diciendo: «Si al presentar tu oblación ante el altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu oblación ante el altar, primero ve a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24). Lo propio es, pues, ofrecer a Dios las primicias de su criatura, como dice Moisés: «No te presentarás con las manos vacías en la presencia del Señor tu Dios» (Dt 16,16). De este modo, en las mismas cosas en las cuales el ser humano muestra su gratitud, Dios reconoce su agradecimiento y recibe el honor divino. No se condena, pues, el sacrificio en sí mismo: antes hubo oblación, y ahora la hay; el pueblo ofrecía sacrificios, y la Iglesia los ofrece, pero ha cambiado la especie, porque ya no los ofrecen siervos, sino libres. En efecto, el Señor es uno y el mismo, pero es diverso el carácter

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de la ofrenda: primero servil, ahora libre; de modo que en las mismas ofrendas reluce el signo de la libertad, pues ante él nada sucede sin sentido, sin signo o sin motivo. Por esta razón, ellos consagraban el diezmo de sus bienes. En cambio, quienes han recibido la libertad han consagrado todo lo que tienen al servicio del Señor. Le entregan con gozo y libremente lo que es menos, a cambio de la esperanza de lo que es más, como aquella viuda pobre que echó en el tesoro de Dios todo lo que tenía para vivir (Le 21,4) (Ireneo de Lyon, Contra las herejías, IV, 18, lss).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo» (2 Tim 4,2).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Nuestro Dios es un Dios extraño, tiene gustos personalísimos y singulares; en particular, tiene una predilección decididamente paradójica e incluso evidente a lo largo de la historia de la salvación: una predilección que podríamos llamar predilección por la nada. ¿Acaso no ha creado Dios todo «de la nada»? Y desde entonces es precisamente desde la nada desde donde empieza toda su obra. Sus ojos parecen ponerse con predilección, dice L. Libby, sobre lo que está vacío para llenarlo de gracia. Es lo que vemos que sucede en muchos episodios del Antiguo y del Nuevo Testamento. Empezando por la viuda de Elias (2 Re 4,1 ss), que no tenía ya nada en casa: ni marido, ni renta, ni alimento, ni dinero, ni expectativas. Nada, aparte de la espera de la muerte inevitable, la nada por excelencia. Y así, cuando Elias le pide de comer, recoge toda la nada que tenía, lo que le había quedado para una vida ahora próxima a terminar y los canta-

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ros vacíos que las vecinas le prestan...; y ahora tiene lugar el milagro, la nada se convierte en todo: promesa de una vida dada y garantizada por Dios, riqueza inesperada, vacío llenado misteriosamente por la generosidad divina. Desde una viuda del Antiguo Testamento a una viuda del Nuevo Testamento. Una viuda propuesta además por Jesús a sus discípulos como ejemplo [cf. Me 12,38-44). Esta mujer no tiene nada, sólo le quedan dos monedas de poco valor, un par de monedas de las más pequeñas que circulaban por entonces; absolutamente nada frente a las ricas ofrendas que hacían muchos ricos al templo. Sin embargo, para Jesús, «esa viuda pobre ha echado en el cofre más que todos los demás. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenia para vivir» (Me 12,43ss). Y, una vez más, la nada se convierte en el todo: lo es y llega a serlo en la realidad de aquello que la mujer (no) poseía; lo es sobre todo en sus intenciones y en el gesto hecho con «todo» el corazón; lo es, por último, para Jesús, que transforma aquella nada en una ofrenda agradable a Dios [...]. Se trata de una propuesta singular de santidad: «recoger nuestra nada», presentarla a él, ofrecérsela con todo el corazón y dejar aue descienda sobre ella su bendición y... multiplicación. La santidad se vuelve entonces cada vez más, como la nada del hombre repleta por completo de Dios (A. Cencini, «... Come rugiada dell'Ermon...», Bolonia 1 9 9 8 , pp. 8 9 - 9 1 , passim).

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LECTIO

Primera l e c t u r a : 1 R e y e s 17,1-6 1

Elias, natural de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: -¡Vive el Señor, Dios de Israel, a quien sirvo, que en los próximos dos años no habrá lluvia ni rocío si yo no lo ordeno! 2 Luego el Señor le dirigió su palabra: 3 -Márchate de aquí en dirección a oriente y ve a esconderte en el torrente Querit, al este del Jordán. 4 Beberás el agua del torrente y yo enviaré a los cuervos para que te alimenten allí. 5 Marchó Elias y, siguiendo las órdenes del Señor, se fue al torrente Querit, al este del Jordán. 6 Los cuervos le traían pan y carne por la mañana y por la tarde, y bebía el agua del torrente.

**• Reemprendemos hoy la lectura del libro Primero de los Reyes, que habíamos iniciado la cuarta semana del tiempo ordinario. E n él se habla de la sucesión davídica, del reino de Salomón y del cisma político-religioso (931 a. de C.) entre las diez tribus del Norte (Israel, con capital en Samaría) y Judá y Benjamín (con capital en Jenisalén). El reino del Norte conoció la alternancia de una decena de casas reinantes, mientras que el del Sur fue regido siempre por la estirpe de David.

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Las lecturas de los libros de los Reyes siguen con el «ciclo de Elias». Procedía éste de Galaad (Transjordania), donde estaba vigente un yahvismo vigoroso. El profeta había sido enviado al rey Ajab (874-853), esposo de la fenicia Jezabel, hija del rey de Tiro y Sidón. Ésta había introducido en Samaría el culto de Baal, el dios de Tiro propiciador de la lluvia (1 Re 18,19), que, sin embargo, no está en condiciones de asegurarla a sus devotos. Elias, cuyo nombre significa «el Señor es mi Dios», es puesto a salvo y protegido directamente por el cielo. Como los judíos en el desierto, se alimenta de manera milagrosa con pan y carne. Los «profetas anteriores» (nuestros «libros históricos»), así llamados por la tradición judía, nos presentan una historia que se hace teología. En efecto, los libros de los Reyes constituyen una sección de la historia sagrada escrita con la intención de mostrar que la alianza entre Dios y su pueblo se rige por el principio de la retribución: si el pueblo es fiel, Dios lo bendice; si es infiel, lo abandona a u n destino de muerte. El lector de estas páginas está invitado, no obstante, a ver en las calamidades que se abaten sobre el pueblo infiel «castigos» divinos destinados a la conversión. En nuestro caso, la sequía es signo de la reprobación divina de los cultos cananeos patrocinados por Jezabel, que se convirtió en símbolo del sincretismo religioso (Ap 2,20). De hecho, Israel estuvo siempre amenazado por los cultos paganos arraigados en la tierra de la que tomó posesión bajo la guía de Moisés y de Josué.

Evangelio: Mateo 5,1-12 En aquel tiempo, ' al ver a la gente, Jesús subió al monte, si- scnló, y se le acercaron sus discípulos. 2 Entonces comenzó ¡i enseñarles con estas palabras:

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Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos. 4 Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará. 5 Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra. 6 Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque Dios los saciará. 7 Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. 8 Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios. 9 Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios. 10 Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. " Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. 12 Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

*+• Los capítulos 5-9 de Mateo constituyen una sección compacta, como se desprende de las dos frases, sustancialmente idénticas, que les sirven de marco (4,23 y 9,35). La sección abarca el «sermón del monte», verdadera carta magna del Reino (capítulos 5-7), y la narración de diez milagros (capítulos 8-9), presentándonos, por consiguiente, a Cristo maestro, cuya divina Palabra no sólo está dotada de autoridad, sino que es también eficaz. El evangelista Mateo considera a Cristo como el nuevo Moisés, como aquel que comunica la «nueva Ley» en el monte de las bienaventuranzas -el monte-, cuya imagen anticipadora era el Sinaí. El que estamos examinando es el primero de los cinco grandes discursos pronunciados por el Señor y comienza con la proclamación de las ocho bienaventuranzas del «Reino» (palabra que se repite en la primera y en la última), a las que se añade otra más. La inminencia del Reino apela a la conversión; la perspectiva escatológica que parece dominar la proclamación de

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las bienaventuranzas se traduce en un mensaje de salvación y se resuelve como imperativo moral, puesto que traza «un modo perfecto de vida cristiana» (Agustín). La expresión «pobres en el espíritu», si bien no se encuentra en el Antiguo Testamento (aunque aparece en los textos de Qumrán), refleja un aspecto fundamental: la espera del Reino por parte de los últimos. A ellos está reservada la posesión de la tierra prometida (Sal 37,11) y, por consiguiente, del Reino, cuya instauración, según la esperanza bíblica, está destinada a registrar por lo menos un arranque ya desde aquí abajo: «... suyo es el Reino de los Cielos». El consuelo está presentado como u n rasgo característico de Dios y como don mesiánico por excelencia (Is 61,2; cf. Le 2,25). El mismo Cristo se considera u n Consolador, y con este título anuncia el don del Espíritu Santo (Jn 14,26; 15,26; 16,7). La «justicia» (término que se repite cinco veces en el sermón del monte) indica el recto cumplimiento de la voluntad divina, perseguido con impulso y determinación (hambre y sed), y, por consiguiente, connota el acceso a la salvación y constituirá la razón misma de la encarnación del Verbo: su nombre será «Señor-nuestra-Justicia» (Jr 23,6). De ahí se sigue el imperativo: «Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). La misericordia pasa a ser, de prerrogativa divina, aspecto cualificativo del discípulo: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Le 6,36). La misericordia, en efecto, prevalecerá sobre el juicio (cf. Sant 2,23). «Corazón puro» es una expresión que se repite en las Escrituras (Sal 24,3ss; 51,12; 73,13; Prov 22,11, etc.) y es sinónimo de «corazón sencillo» (cf. Sab 1,1; Ef 6,5), que no tiene doblez (Sant 4,8). Ésta es la condición que hace posible la visión de Dios, visión que no se concede al hombre en esta tierra (Ex 33,20), sino que está preparada para el cielo, cuando «lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2),

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«cara a cara» (1 Cor 13,12). «Constructor de la paz» es Dios mismo (Col 1,20), definido repetidamente por Pablo como «el Dios de la paz». A Cristo, su Enviado, se le anuncia como el rey mesiánico pacífico (Zac 9,9), «Príncipe de la paz» (Is 9,15), una paz que da a sus discípulos (Jn 14,27; 16,33; cf. Le 2,14). La paz constituye, por último, u n «fruto del Espíritu» (Gal 5,22; Rom 14,17). Los «hijos de la paz» (cf. Le 10,6) no podrán dejar de ser, por consiguiente, «hijos de Dios». La persecución «a causa de la justicia» (Le 6,22 precisa: «a causa del Hijo del hombre») no es otra cosa que el precio que hay que pagar por la coherencia y por el testimonio evangélico. La invitación a alegrarse en medio de la tribulación y en medio de las pruebas ha sido ampliamente recibida en la experiencia apostólica (Hch 5,41; 2 Cor 1,5; 12,10; Sant 1,2-4; 1 Pe 1,6; 4,12-16, etc.). La participación en los sufrimientos de Cristo, acogidos en beneficio de su Iglesia (Col 1,24), nos asocia a la gloria de la resurrección (Flp 3,10ss).

MEDITATIO El Verbo no nos habla ya a través de intermediarios, sino en persona («abriendo su boca»), y con su enseñanza restituye el hombre a sí mismo, lo hace más humano. La Ley nueva empieza sustituyendo el orgullo, triste herencia del pecado original, por la humildad, que es «principio de la bienaventuranza» (Glosa). Aquí reside la paradoja que atraviesa todo el sermón del monte, verdadero código de liberación, rechazado por el «hombre natural incapaz de percibir las cosas de Dios» (cf. 1 Cor 2,14). En efecto, «la bienaventuranza empieza allí donde para los hombres comienza la desventura» (Ambrosio). Las bienaventuranzas evangélicas abarcan el obrar y el padecer del creyente, que, por eso mismo, recibe el título real de «hijo de Dios».

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Me planteo algunas preguntas. ¿Me reconozco como u n «mendigo» respecto al Señor? ¿Me considero antes que nada a mí mismo «tierra prometida», de la que debo «tomar posesión» a través de un camino de interioridad y de dominio de mí mismo? Y con respecto a la humanidad, ¿«hago duelo» por los males que la afligen? ¿Dejo aflorar esta triple actitud del espíritu que caracteriza al pueblo de las bienaventuranzas...?

ORATIO Señor Jesucristo, tú subiste al monte con tus discípulos para enseñar las cimas más altas de las virtudes, y desde allí, al transmitirnos las bienaventuranzas, nos enseñaste a llevar una vida virtuosa a la que prometiste el premio. Concédeme a mí, frágil criatura, escuchar tu voz, así como ejercitarme en la práctica de las virtudes, conseguir su mérito y, por tu misericordia, recibir el premio. Haz que pensando en la recompensa celestial no rechace su precio, sino que la esperanza de la salvación eterna mitigue en mí el dolor de la medicina terrena e inflame mi ánimo con el luminoso cumplimiento de obras buenas. Concédeme a mí, miserable criatura, la bienaventuranza fruto de la gracia en esta vida, para poder gozar de la bienaventuranza de la gloria en la patria celestial (Landulfo de Sajonia, Vita Jesu Christi).

CONTEMPLATIO Escuchemos con extrema atención las palabras del Señor. Fueron dichas, entonces, para todos los que estaban presentes, pero está claro que fueron escritas para todos aquellos que vendrían a continuación. Por

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eso se dirige Jesús en su sermón a los discípulos, pero no restringe lo que dice a sus personas; hablando en general y de modo indeterminado, declara «bienaventurados» a todos (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 15, 1). «Dichosos los pobres en el espíritu.» Jesús precisa: «en el espíritu». Quiere hacernos comprender que aquí se trata de la humildad, no de la pobreza material. Dichosos aquellos que, gracias a un don del Espíritu Santo, han perdido su propia voluntad. Es a este tipo de pobres a quienes se dirige el Salvador, hablando por la boca de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Nueva a los pobres» (Is 61,1) (Jerónimo, Comentario al evangelio de Mateo). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichosos los pobres en el espíritu» (Mt 5,3). PARA LA LECTURA ESPIRITUAL También el mundo, Señor, proclama sus bienaventuranzas, diametralmente opuestas a las tuyas: dichosos los ricos que no se fijan en la miseria de los otros, sino que acumulan riquezas sólo para sí mismos. Hazme comprender, Señor, dónde está la verdadera riqueza esa que prometes a quienes te siguen. También el mundo, Señor, alardea sus promesas, diametralmente opuestas a las tuyas:

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dichosos los poderosos que no piensan en el débil necesitado de ayuda, sino que avanzan seguros por su camino. Hazme comprender, Señor, cuál es la fuerza invencible que das a tus fieles. También el mundo, Señor, ostenta su justicia, diametralmente opuesta a la tuya: dichosos los listos que no piensan en los otros, sino que los explotan para su propio éxito. Hazme comprender, Señor, dónde puedo encontrar la sensatez que tú garantizas a quien la busca. También el mundo, Señor, presenta su manifiesto, diametralmente opuesto al tuyo: dichosos los vividores que no se preocupan del mañana, sino que buscan arrebatar el momento fugaz. Hazme comprender, Señor, cuáles son las verdaderas alegrías, esas que no permites que falten a tus hijos. (C. Ghidelli, Beatitudine evangeliche e spirítualitá laicale, Brescia 1996, pp. 21 ss).

Martes 10a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 17,7-16 En aquellos días, 7 al cabo de algún tiempo se secó el torrente a causa de la pertinaz sequía. 8 Entonces, el Señor le dijo: 9 -Levántate y vete a vivir a Sarepta de Sidón; yo ordenaré a una viuda de allí que te alimente. 10 Elias se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad, vio a una viuda recogiendo leña. La llamó y le dijo: -Por favor, tráeme un vaso de agua para beber. 11 Cuando ella iba por el agua, Elias le gritó: -Tráeme también un poco de pan. 12 Ella le dijo: -¡Vive el Señor, tu Dios, que no tengo una sola hogaza; sólo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza! Precisamente, estaba recogiendo estos palos para preparar algo para mi hijo y para mí; lo comeremos y luego moriremos. 13 Elias le dijo: -No temas; ve a casa y haz lo que has dicho, pero antes hazme a mí una hogaza pequeña y tráemela. Para ti y para lu

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hijo la harás después. 14 Porque así dice el Señor, Dios de Israel: No faltará harina en la tinaja ni aceite en la orza hasta el día en que el Señor haga caer la lluvia sobre la tierra. 15 Ella fue e hizo lo que le había dicho Elias, y tuvieron comida para él, para ella y para toda su familia durante mucho tiempo. 16 No faltó harina en la tinaja ni aceite en la orza, según la palabra que el Señor pronunció por medio de Elias.

**• La mano del Dios de Israel obra también en tierra pagana y guía a Elias hacia una localidad costera del Líbano, donde tendrá asegurado el alimento. El prodigio que realiza es el signo que da autenticidad a su misión. No es, por tanto, Jezabel y sus falsos dioses, sino una viuda inerme quien puede dar testimonio de la intervención de YHWH en favor de los que en él confían. Y, puesto que se trata de una extranjera, el episodio abre una perspectiva universalista que tomará cuerpo con el Nuevo Testamento: la viuda de Sarepta se convierte en el tipo de los paganos llamados a la mesa del Reino. El sentido del episodio podemos tomarlo de la cita del mismo por Jesús en la sinagoga de Nazaret (Le 4,24-26): el profeta a quien no escuchan los suyos tiene más crédito en tierras paganas. Por otra parte, podemos establecer una comparación entre la viuda de Sarepta y la del evangelio (Me 12,41-44; Le 21,1-4), para subrayar su gran generosidad. Pero no sólo esto: la viuda se contrapone asimismo a Jezabel, cuya insaciable avidez condena el autor sagrado (cf. 1 Re 21,1 ss).

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barro, sino que se pone sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos.

**• Quien sigue el nuevo código de vida encerrado en las bienaventuranzas será sal de la tierra y luz del mundo. El «vosotros» enfático parece diferenciar la conducta cristiana de la conducta de los fariseos y los paganos, a quienes el sermón del monte hace referencia en más ocasiones. La responsabilidad del cristiano, por otra parte, tiene un valor cósmico, planetario. La sal encierra una pluralidad de significados. Es un condimento insustituible. Posee propiedades conservantes. Se usaba en la realización de sacrificios (Lv 2,13) y, por consiguiente, asumía un carácter «consagratorio», y en caso de que hubiera perdido el poder de salar, era «pisoteada» con un gesto desacralizador. Por último, la sal alude a la sabiduría (Me 9,50) y con ella debemos condimentar nuestras palabras (Col 4,6). Los discípulos son «luz del mundo» no de modo diferente a Cristo, que es la fuente de la misma (Jn 8,12). «¿Acaso se trae la lámpara para taparla...», suena al pie de la letra el paralelo de Me 4,21. Si la luz se pone bajo esa vasija de barro, bajo el moyo, un recipiente con el que se medía el grano, se apaga inevitablemente (eso es lo que se hacía en aquel tiempo para apagar u n a luz sin que hiciera humo). El evangelista volverá, a continuación, sobre la imagen de la luz (Mt 6,22ss).

Evangelio: Mateo 5,13-16 MEDITATIO n

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará? Para nada vale ya, sino para tirarla fuera y que la pisen los hombres. " Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. 15 Tampoco se enciende una lámpara para taparla con una vasija de

El hombre «ha sido creado para realizar obras buenas» (Ef 2,10), para irradiar la luz que Cristo derrama sobre él (cf. Ef 5,14). El Señor, que es la lumen illuminans, la luz que ilumina, nos transforma en lumen illuminatiuu,

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la luz que se refleja sobre nosotros (Gregorio Magno). La comunidad de los «iluminados» (Heb 6,4; 10,32) viene a constituir aquel candelabro de oro, imagen de la Iglesia, donde Cristo establece su morada (Ap 1,13). El candelabro de los siete brazos remite, en la tradición judía, a la totalidad del tiempo (la primera semana del Génesis) y a la totalidad de la persona, resumida, de manera simbólica, en los sentidos superiores con sus siete orificios (dos ojos, dos orejas, dos narices y la boca). Meditaré reflexionando en qué medida irradian luz mis sentidos, a través de los que interactúo con la humanidad y con el cosmos. ¿En qué medida mis sentidos, encendidos por el fuego del Espíritu, se comunican con Dios?

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Señor, tú que has dicho: «Venid a mí y seréis iluminados» (cf. Sal 34,6), difunde tu luz en mi corazón. Enciende mis sentidos con el fuego del Espíritu de Pentecostés, para que pueda yo «caminar a la luz de tu rostro» (Sal 90,16). Concédeme irradiar tu luz en medio de los hombres, para hacer desaparecer las tinieblas de la ignorancia y del pecado.

tra que era necesario darles aquellos grandes preceptos. Dice, en sustancia, que esa enseñanza les será confiada a ellos no sólo para su vida personal, sino también para la salvación de todos los hombres. No os envío -parece decir- como fueron enviados los profetas en otros tiempos a dos ciudades, o a diez, o a veinte, o a u n pueblo en particular, sino que os envío a la tierra, al mar, al mundo entero, a este m u n d o que vive en la corrupción. Al decir «Vosotros sois la sal de la tierra», da a entender que la sustancia de los hombres se ha vuelto insípida y se ha corrompido por los pecados. Por eso les exige sobre todo a sus apóstoles aquellas virtudes que son necesarias y útiles para convertir a muchos. Cuando un hombre es sencillo, humilde, misericordioso y justo, no mantiene encerradas en sí mismo esas virtudes; hace que esas fuentes excelentes broten de su alma, se difundan en beneficio de los otros hombres. Por otra parte, quien tiene un corazón puro, quien es pacífico, quien sufre persecuciones a causa de la verdad, pone su vida al servicio de todos [...]. Pues bien, si vosotros no tenéis suficiente virtud para comunicarla a los otros, parece concluir Jesús, tampoco tendréis bastante para vosotros mismos (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 15, 6).

CONTEMPLATIO

ACTIO

ORATIO

Después de haber exhortado, oportunamente, a sus apóstoles, los consuela Jesús de nuevo con sus alabanzas. Dado que los preceptos que les había dado eran muy elevados y estaban infinitamente por encima de la Ley antigua, para evitar que se quedaran asombrados y turbados y dijeran: «¿Cómo podremos cumplir estas grandes cosas?», afirma a renglón seguido esto: «Vosotros sois la sal de la tierra». Con estas palabras les mues-

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vosotros sois sal, sois luz» {cf. Mt 5,13ss).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Se impone la pregunta sobre cómo debemos entender hoy estas afirmaciones [de Jesús transmitidas por Mateo]. Más con-

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cretamente: ¿a auién se refiere: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo, vosotros sois una ciudad situada en la cima de un monte»? Personalmente, me costaría mucho aplicarme a mí estas expresiones. Pero también se me plantean muchas dificultades a la hora de referirlas a la Iglesia de hoy. Pienso más bien en esas personas y comunidades que, dentro de la Iglesia - y fuera de la misma-, viven las bienaventuranzas o se esfuerzan en hacerlo: pienso en los pobres, en aquellos que se muestran solidarios con los oprimidos, en cuantos se comprometen con un mundo más justo sin recurrir a la violencia, y en otros más. Podría suceder que también yo forme parte de ésos. Lo espero. Podría ser que toda la Iglesia fuera un día sal de la tierra y luz del mundo. Lo espero. Ahora bien, si no pertenezco ya a esta categoría de bienaventurados, es importante que sepa que los destinatarios de las bienaventuranzas, los discípulos y las discípulos de Jesús hoy, podrían ser para mí luz, podrían ayudarme a descubrir el sentido de la solidaridad. Una cosa es cierta: quien quiera ser hoy sal de la tierra y luz del mundo no puede volverse él mismo mundo. Debe seguir unas huellas diferentes, las huellas dejadas por Jesús, aun cuando choque con el modo de ver y de juzgar de la sociedad y de la Iglesia (H. J. Venetz, // discorso aella montagna, Brescia 1990, p. 44).

Miércoles 10a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 18,20-39 En aquellos días, 20 Ajab convocó a todos los israelitas y a todos los profetas en el monte Carmelo. 21 Elias se adelantó hasta el pueblo y dijo: -¿Hasta cuándo vais a andar cojeando de las dos piernas? Si el Señor es Dios, seguid al Señor, y si lo es Baal, seguid a Baal. El pueblo no dijo nada. n Entonces Elias continuó: -Sólo he quedado yo de los profetas del Señor, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. 23 Pues bien, dadnos dos novillos. Que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña, sin encenderla. De igual manera prepararé yo el otro. 24 Que ellos invoquen el nombre de sus dioses; yo invocaré el nombre del Señor. El que responda con el fuego, ése será el verdadero Dios. Respondió el pueblo: -De acuerdo. 25 Elias dijo a los profetas de Baal: -Elegid vosotros el novillo y comenzad, porque sois más. Invocad el nombre de vuestro dios, pero sin prender fuego. 26 Les entregaron el novillo, lo prepararon y se pusieron ¡i

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invocar el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, gritando: -¡Baal, respóndenos! Pero no se oía voz alguna, ni respondía nadie. Ellos seguían danzando en torno al altar que habían hecho. " Al mediodía, Elias se puso a burlarse de ellos y les decía: -¡Gritad más fuerte! Baal es dios, pero quizás esté ocupado con negocios y problemas o esté de viaje; tal vez esté dormido y se despertará. 28 Ellos gritaban más fuerte y, según su costumbre, se hacían cortes con espadas y lanzas, hasta hacer correr la sangre por su cuerpo. 2" Después del mediodía, se pusieron en trance hasta la ofrenda del sacrificio vespertino. Pero no se oía voz alguna, nadie respondía ni hacía caso. 30 Entonces Elias dijo a todo el pueblo: -Acercaos a mí. Y todo el pueblo se acercó. Elias rehizo el altar del Señor, que había sido destruido. 3I Tomó doce piedras, una por cada tribu de los hijos de Jacob, a quien el Señor había dicho: «Israel será tu nombre», 32 y con ellas levantó un altar en honor del Señor. Lo rodeó de una zanja con cabida para dos medidas de simiente; 33 dispuso la leña, descuartizó el novillo, lo puso sobre la leña 34 y ordenó: -Llenad cuatro cántaros de agua, y echadla sobre el holocausto y sobre la leña. Luego dijo: -Hacedlo otra vez. Y lo hicieron. El añadió: -Hacedlo una vez más. Y por tercera vez la echaron. 35 El agua corría en torno al altar, hasta llenar la zanja. 36 A la hora de la ofrenda del sacrificio, se adelantó el profeta Elias, y dijo: -Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios de Israel, que yo soy tu siervo y que por orden tuya hago todo esto. 3? Respóndeme, Señor, respóndeme, para que sepa este pueblo que tú eres el Señor, el verdadero Dios, y que eres tú el que hará volver el corazón de tu pueblo hacia ti. 38 Entonces bajó el fuego del Señor, consumió el holocausto y la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua de la zanja.

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Al ver esto, el pueblo se postró en tierra y exclamó: -¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!

*» La sequía continuaba -estamos ya en el «tercer año» (1 Re 18,1)- y Elias se encuentra escondido para huir del exterminio de los profetas de YHWH, O sea, de los más fervientes seguidores del yahvismo, llevado a cabo por Jezabel. Elias desvía contra el rey Ajab la acusación de introducir el desorden en Israel e invoca el «juicio de Dios», desafiando a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal en el monte Carmelo, donde había un venerado altar de YHWH destruido por orden de Jezabel. El griterío para invocar al dios de Tiro y la puesta en trance de sus profetas hasta el paroxismo no consiguieron obtener el milagro, que sí se produjo, sin embargo, a la hora en la que los israelitas ofrecían el sacrificio vespertino. Al reconocimiento del verdadero Dios le sigue la venganza en la persona de los falsos profetas (v. 40, omitido en el texto litúrgico).

Evangelio: Mateo 5,17-19 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: " No penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la Ley y los profetas; no he venido a abolirías, sino a llevarlas hasta sus últimas consecuencias. 18 Porque os aseguro que, mientras duren el cielo y la tierra, la más pequeña letra de la Ley estará vigente hasta que todo se cumpla. " Por eso, el que descuide uno de estos mandamientos más pequeños y enseñe a hacer lo mismo a los demás, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Pero el que los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos. **• Después de haberse referido a su propia enseñanza, Cristo toma posición respecto a la enseñanza tradicional e introduce, de un modo solemne y con autoii-

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dad, su propia enseñanza con el «amén» («Pero yo...»), que significa: «Es verdadero, es digno de fe» lo que os voy a decir. Esta expresión es u n motivo que se repite en el sermón del monte (5,18.26; 6,2.5.16). «Jesús anunció, en u n primer momento, todas las bienaventuranzas, con el fin de allanar y preparar el ánimo de sus oyentes y hacerlo así más dispuesto y sensible para recibir toda la nueva ley» (Juan Crisóstomo). La Ley y los profetas eran toda la Escritura (eran, en efecto, las dos fuentes de las que bebía la liturgia sinagogal; podríamos citar Jn 6.31.45 con el doble envío al Éxodo y a Isaías). Jesús, antes de sintetizar su enseñanza en u n a frase lapidaria y programática (Mt 7,12), precisa su actitud y la de sus discípulos respecto a la Ley antigua. No se trata de abolir (término que, en Mt 24,2; 26,61, se aplica al templo; la Ley y el templo tienen su cumplimiento y, por consiguiente, su consumación en Cristo), sino de llevar a la plenitud de su perfección, como señala repetidamente el evangelista (Mt 1,22; 2,15.17; 3,15; 4,14, etc.). Se puede decir que todo el sermón del monte constituye la ejemplificación de este axioma. Sin embargo, dado su carácter «provocador», se acusará a Cristo de pretender destruir la Ley y los profetas (variante de Le 23,2). El Maestro se opone a u n a visión formal y legalista del cumplimiento de los preceptos de Moisés, recordando la importancia que tiene la intención. La actitud interior es equiparada a la acción exterior. La intención cualifica a la acción, y ésta da cuerpo a la intención. Así pues, el Maestro apunta a la interiorización de los preceptos, hasta el punto que el cumplimiento de la voluntad divina deberá superar el practicado por los escribas y los fariseos (v. 20, que la liturgia ha situado en la lectura siguiente). Refiriéndose a los escribas, Cristo actualiza la enseñanza de los padres recogiendo su alcance profundo (5,21-48). En cuanto a los fariseos, condena la no autenticidad de su

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conducta religiosa, lanzando una vigorosa llamada a la interioridad (6,1-18).

MEDITATIO En la ley divina «hasta las cosas consideradas como menos importantes están colmadas de misterios espirituales y todas se encuentran recapituladas en el evangelio» (Jerónimo). Por consiguiente, Cristo «ha cumplido con la doctrina, y con el ejemplo ha llevado a cabo la verdad interior» de la Ley antigua (Ruperto de Deutz). Al meditar las enseñanzas del Señor, me detengo antes que nada en la autoridad con la que fueron pronunciadas. Tomo conciencia de cómo nos urge Cristo para que interioricemos la Ley y cómo considera la conciencia como medida de la moralidad y, en consecuencia, la convierte en u n a bienaventuranza: «Al ver a uno trabajando en sábado, le dijo: Amigo, dichoso tú, si sabes lo que haces...» (variante de Le 6,5). Me pregunto, por tanto, si vivo de manera consciente el instante presente.

ORATIO Señor, «todas las obras de justicia» realizadas por mí «son como un trapo inmundo» (cf. Is 64,5) a causa de los fines segundos que las inspiran. Las hacen impuras el orgullo, la hipocresía, el cálculo, el interés. Me reconozco incapaz de ser u n fiel cumplidor en las cosas grandes, porque olvido y minimizo las pequeñas. Libérame de la tentación farisaica de contar con mi justicia o de querer parecer justo a los ojos de los hombres y concédeme conseguir tu justicia.

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CONTEMPLATIO

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ahora bien, me preguntaréis vosotros, ¿de qué modo no abrogó Cristo la Ley? ¿De qué modo dio cumplimiento a la Ley y a los profetas? Por lo que se refiere a los profetas, confirmó con sus obras todo cuanto éstos habían predicho sobre él; por eso dice siempre el evangelista: «A fin de que se cumpliera todo lo que habían dicho los profetas». Cuando nació, cuando los niños le cantaron un himno maravilloso, cuando se montó en una burra, y en una infinidad de circunstancias, cumplió las profecías, unas profecías que nunca se hubieran cumplido si él no hubiera venido al mundo. Por lo que se refiere, sin embargo, a la Ley, la cumple antes que nada porque no transgredió ninguno de los preceptos legales. Sus palabras, recogidas por Juan, atestiguan, en efecto, que los cumplió todos: «Es conveniente que cumplamos así con toda justicia»; dijo también a los judíos: «¿Quién de vosotros podrá acusarme de pecado?», y, por último, a los discípulos: «Se acerca el príncipe de este mundo. Y aunque no tiene ningún poder sobre mí». El profeta ya había previsto esto cuando dijo: «No cometió pecado».

Pero los únicos que pueden tener esa justicia mejor [que la de los escribas y los fariseos; cf. 2.20] son aquellos a quienes Cristo habla, los que él ha llamado. La condición de esta justicia mejor es el llamamiento de Cristo, es Cristo mismo. Resulta así comprensible que Jesús, en este momento del sermón del monte, hable por primera vez de sí mismo. Entre la justicia mejor y los discípulos, a los que se la exige, se encuentra él. Ha venido para cumplir la Ley de la antigua alianza. Este es el presupuesto de todo lo demás; Jesús da a conocer su unión plena con la voluntad de Dios en el Antiguo Testamento, en la Ley y los profetas. De hecho, no tiene nada que añadir a los preceptos de Dios; los guarda, y esto es lo único que añade. Dice de sí mismo que cumple la Ley. Y es verdad. La cumple hasta lo más mínimo. Y al cumplirla, se «consuma todo» lo que ha de suceder para el cumplimiento de la Ley [...]. La justicia de los discípulos es justicia bajo la cruz. Es la justicia de los pobres, de los combatidos, hambrientos, mansos, pacíficos, perseguidos por amor a Cristo; la justicia visible de los que son luz defmundo y ciudad sobre el monte, por la llamada de Cristo. Si la justicia de los discípulos es «mejor» que la de los fariseos se debe a que sólo se apoya en la comunidad de aquel que ha cumplido la Ley; la justicia de los discípulos es auténtica justicia porque ahora cumplen la voluntad de Dios observando la Ley (Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sigúeme, Salamanca 5 1999, pp. 76-79).

[Por otra parte, cumplió la Ley] mediante los preceptos que iba a dar. En efecto, nada de cuanto dice Jesucristo en el evangelio tiene que ver en absoluto con abrogar, sino más bien con extender y completar la Ley antigua (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 16, 2).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que se cumpla todo».

Jueves 10a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 18,41-46 En aquellos días, 41 Elias dijo a Ajab: -Vete a tu casa tranquilo, porque ya se oye el ruido de lluvia torrencial. 42 Elias subió a la cima del Carmelo y se postró en tierra con el rostro entre las rodillas. 43 Y dijo a su criado: -Sube y mira hacia el mar. El criado subió, miró y dijo: -No veo nada. Elias insistió: -Sube hasta siete veces. 44 A la séptima, dijo el criado: -Sube del mar una nube pequeña como la palma de una mano. Elias le dijo: -Corre y di a Ajab: Engancha y márchate antes de que la lluvia te lo impida. 45 Y en un momento el cielo se oscureció con nubes, sopló viento y cayó agua en abundancia. Ajab montó en su carro y marchó a Jezrael. 46 Elias se ciñó y, con la fuerza del Señor, fue corriendo hasta Jezrael y llegó antes que Ajab.

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**• Tras haber invitado a Ajab a poner fin al ayuno que había realizado para impetrar la lluvia, sube Elias al Carmelo y entra, probablemente, en la cueva (todavía se conserva el testimonio) donde solía recogerse para orar. La posición que toma, atestiguada asimismo en las antiguas tradiciones egipcias y mesopotámicas, indica u n a profunda concentración, aunque también el despertar de energías interiores capaces de influir sobre los mismos elementos naturales. Ésa es la relectura que realiza Santiago en los versículos 16-18 del capítulo 5 de su carta (al pie de la letra): «Mucho puede la oración energética [en griego, energumene] del justo. Elias, que era un hombre de nuestra misma condición, oró intensamente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses; oró de nuevo, y el cielo dio la lluvia». Y comenta Ambrosio: «La voz salida de la boca ayuna de Elias cierra el cielo». La lluvia, traída por el viento de poniente, tras una súplica insistente -siete veces-, no tardó en llegar. Jezrael, situada a una docena de kilómetros al norte de la actual Genin, era la segunda capital de los reyes de Israel. Evangelio: Mateo 5,20-26 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 20 Os digo que si no sois mejores que los maestros de la Ley y los fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.2I Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados: No matarás, y el que mate será llevado a juicio. 22 Pero yo os digo que todo el que se enfade con su hermano será llevado a juicio; el que le llame estúpido será llevado a juicio ante el sanedrín, y el que le llame impío será condenado al fuego eterno. 23 Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego, vuelve y presenta tu ofrenda. 25 Trata de ponerte a buenas con tu adversario mientras vas de camino con él, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te

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metan en la cárcel. 26 Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. *•• Se inicia la serie de seis antítesis con las que Jesús «pone al día» la antigua Ley con la misma «autoridad» (Mt 7,29) con la que fue promulgada por Dios {«se dijo» es un pasivo divino que equivale a decir: «Dios dijo»). «¿Quién entre los profetas o entre los justos o entre los patriarcas se expresó alguna vez de este modo?», se pregunta Juan Crisóstomo. «Ninguno; ellos solían empezar sus discursos con las palabras "esto dice el Señor". Pero no obra así el Hijo de Dios.» Conocemos ya la premisa de esta relectura de los mandamientos, cuyo antiguo orden respeta Cristo a fin de mostrar su continuidad con el nuevo: el cumplimiento {«justicia») de la voluntad divina debe «superar la medida» practicada por los escribas y los fariseos, es decir, por los comentadores autorizados de las Escrituras y por los escrupulosos observantes de la Palabra divina. La «justicia», esto es, la vida recta, incluye u n aspecto civil: el cumplimiento de la Ley, y un aspecto religioso, el cultivo de la piedad. La primera antítesis tiene que ver con el quinto m a n d a m i e n t o (Ex 20,13; Dt 5,17). Jesús compara el homicidio material con el intencional, que puede conocer diferentes modalidades: la ira, el desprecio {rhaká, traducido por «estúpido», indica cabeza vacía, sin cerebro y, según Agustín, se trata m á s bien de u n a interjección que expresa u n impulso negativo del ánimo) y la ofensa, para los que está previsto el «juicio» del tribunal local, la sentencia del sanedrín (el tribunal sup r e m o con sede en Jerusalén) y, por último, el fuego de la Gehena, la proverbial hondonada situada al sudoeste de la Ciudad Santa, considerada, a partir del Nuevo Testamento, como lugar de eterna maldición. El mandamiento de no irritarse, señala Juan Crisóstomo, «es

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el cumplimiento y el perfeccionamiento del que prohibía matar. Quien se abstiene de la ira se abstendrá con m u c h a más facilidad del homicidio, y quien refrena su propia indignación con mayor facilidad conseguirá detener sus manos. La ira es la raíz del homicidio. Quien corte esta raíz cortará con menor dificultad todas sus ramas o, mejor aún, incluso impedirá que broten». E n ese estado de ánimo no tiene sentido la ofrenda de sacrificios de acción de gracias o de expiación, que incluso han de ser interrumpidos a pesar del carácter sagrado del culto, para ocuparse enseguida (¡de inmediato!) de recomponer el orden social. Cristo equipara u n a situación de índole moral y puramente interior con u n a grave impureza legal que implicaba la suspensión del rito, según la enseñanza profética: «Misericordia quiero y no sacrificios» (cf. Mt 9,13; 12,7). Y no menos contraproducente sería presentarse al juicio divino en estado de litigio, pensando que Dios condonará nuestra deuda sin que nosotros la hayamos condonado antes a nuestro h e r m a n o (cf. Mt 6,12). En ese caso, deberemos pagar hasta el último «céntimo».

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omisión de la ayuda al hermano cuando la necesita para salir de una situación de odio y de rechazo. El presunto estado irreprensible en que se encuentra el oferente le favorece también en el plano psicológico, puesto que ha conservado íntegro su propio corazón, ya que no tiene nada contra el otro. Pasando revista a las personas con las que mantengo un contacto más directo, tomo conciencia de mis relaciones (benévolas, tolerantes, discriminantes, de juez, desconfiadas, envidiosas, etc.) y, si fuere necesario, las vuelvo a formular a la luz de la enseñanza evangélica.

ORATIO ¡Cuántas veces, Señor, llevo a cabo mi «servicio sacerdotal» presentándote sacrificios espirituales en el altar de un corazón no reconciliado! Y me olvido de que tú apartas la mirada de quien está separado de su propio hermano. Antes incluso de levantarme para ir al encuentro de mi hermano, me pondré en un estado de benevolencia y empezaré a «hablar a su corazón» (Os 2,16) para regalarle mi estima, la reconciliación y la paz.

MEDITATIO Al imponernos dar el primer paso hacia el prójimo, Cristo pone de relieve «el deber de la reconciliación, aunque sea difícil» (Jerónimo). En efecto, no dice: «Si tienes algo contra tu hermano», sino si «tu hermano tiene algo contra ti». En esto el discípulo imita al Maestro, el cual murió «por nosotros cuando aún éramos pecadores» y «nos reconcilió con Dios cuando éramos sus enemigos» (Rom 5,8.10). Por otra parte, el cristiano ofrece en el altar del corazón «el sacrificio agradable a Dios» (Rom 12,1) y por eso debe ser inmune no sólo al rencor, sino también a la

CONTEMPLATIO Hay, por tanto, grados en estos pecados. En primer lugar, nos irritamos y retenemos la emoción que se forma en el interior. Si, más tarde, la misma turbación arranca al que está airado u n sonido que no tiene significado, pero que atestigua con el mismo prorrumpir la emoción del alma, de modo que con ésta ofendemos a aquél contra quien estamos irritados, el hecho es, a buen seguro, más grave que cuando la ira que se levanta se esconde en el silencio. Si, además, no sólo se oye la voz del que es menospreciado, sino también la pala

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bra que indica y califica el ultraje dirigido a aquél contra el que se profiere, no cabe duda que es un poco más que si se oyera sólo la expresión de menosprecio. Así pues, en el primer caso tenemos un solo dato, esto es, la ira en sí; en el segundo, dos, la ira y el sonido que indica la ira; en el tercero, tres, la ira, el sonido que indica la ira y, en el mismo sonido, la demostración de un ultraje deliberado. Examina ahora también las tres imputaciones: la del proceso, la de la condena y la de la gehena del fuego. En el proceso se da aún la posibilidad de la defensa. Sin embargo, en lo que tiene que ver con la condena, aunque también haya un proceso, el hecho de tenerlo claro induce a advertir que en este paso difieren en algún aspecto. Parece precisamente que sea competencia suya la emisión de la sentencia. En efecto, aquí no se discute con el culpable mismo si ha de ser condenado o no, sino que aquellos que lo juzgan se paran a tratar la pena con la que es oportuno condenar a alguien que, evidentemente, es preciso condenar. A continuación, la gehena del fuego no propone como incierta ni la condena que se desprende del proceso ni la pena del condenado que se desprende de la condena; en la gehena son ciertas la condena y la pena del condenado (Agustín, El sermón del Señor en el monte, 1, 9.24).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ve primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,24).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Si alguien nos dice: «No matar», la cosa no nos inquieta demasiado. ¿Cuántas veces tenemos ocasión de matar? Estamos acostumbrados a interpretar la falta de oportunidades (y nues-

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tra falta de valor) como virtudes, e incluso nos hacemos ilusiones al respecto. Decimos, en efecto: « N o he matado. Al menos en este punto nadie puede reprocharme». Ahora bien, Jesús, casi radiografiando nuestros mecanismos de justificación y de defensa, prosigue: «Pero yo os digo que todo el que se enfade con su hermano será llevado a juicio y condenado a muerte». Ahora el asunto se pone peligroso. Y es que aquí estamos todos implicados. ¿Quién podría decir que no alimenta ningún rencor? Y de una manera lenta, pero inevitable, empieza a faltarnos el terreno bajo los pies. Si hasta ahora habíamos creído que podríamos colocamos en la parte de los justos frente a Dios, puesto que no habíamos cometido ningún homicidio, ahora, en cambio, hemos sido desenmascarados como asesinos, porque Jesús no parece establecer ninguna diferencia entre un asesino y el que se enfada con su propio hermano. En todo caso, ambos merecen la condena a muerte•[...]. Heme aquí cogido en una desnudez total. Ya no puedo esconderme detrás de ningún mandamiento. Estoy indefenso del todo, completamente impotente, y como tal me entrego a Dios, que es el único que puede salvarme de la muerte. M i confianza no se basa ya en la observancia de los mandamientos. El único que puede salvarme es Dios; él es quien puede liberarme de la muerte. Una cosa es cierta: la antítesis de Jesús inserta a la persona en un movimiento que no es posible esperar de ley alguna» (H. J. Venetz, // discorso della montagna, Brescia 1990, pp. 56ss).

Viernes 10a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 19,9a-ll-16 En aquellos días, 9 cuando Elias llegó al monte, entró en una gruta. " El Señor le dirigió su palabra: -Sal y quédate de pie ante mí en la montaña. ¡El Señor va a pasar! Pasó primero un viento fuerte e impetuoso, que removía los montes y quebraba las peñas, pero el Señor no estaba en el viento. Al viento siguió un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. n Al terremoto siguió un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Al fuego siguió un ligero susurro. 13 Elias, al oírlo, se cubrió el rostro con su manto y, saliendo afuera, se quedó de pie a la entrada de la gruta. Y una voz le preguntó: -¿Qué haces aquí, Elias? 14 Respondió: -Me consume el celo por el Señor todopoderoso, porque los israelitas han roto tu alianza, han destruido tus altares y han matado a tus profetas. Sólo he quedado yo, y me buscan para matarme. 15 El Señor le dijo: -Anda, regresa por el camino del desierto a Damasco, y a tu llegada unge a Jazael como rey de Siria; 16 a Jehú, hijo de

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Namsí, como rey de Israel, y a Eliseo, hijo de Safat, de Abelmejolá, como profeta sucesor tuyo.

••*• A pesar del prodigio que había realizado, Elias sigue estando amenazado de muerte por Jezabel y de ahí que se aleje por el desierto al sur de Judá, deseándose la muerte por inanición. Pero el ángel del Señor le hace encontrar dos veces una hogaza de pan y una jarra de agua, y le dice que se alimente en vistas al largo camino que le llevaría al Horeb, es decir, al monte Sinaí, lugar tradicional de las revelaciones divinas. Una vez llegado, entra Elias en la gruta (¿la misma de Moisés, que todavía era venerada?) para pasar allí la noche. Elias manifiesta la angustia que siente frente a la perversión de su pueblo; se ha quedado solo (w. 10 y 14) en la defensa de la religión de los padres. Pero Dios confirma su vocación por medio de una teofanía. Ahora bien, no se trata de u n a teofanía que se sitúe en la línea de las clásicas {cf. Ex 19; Hch 2), que implicaban u n a serie de fenómenos atmosféricos y telúricos excepcionales, sino que Dios se manifiesta en el «tenue murmullo del silencio» (así dice, al pie de la letra, el texto hebreo), como para volver a llevar a Elias a su propia interioridad, para que encuentre en la «gruta del corazón» al Señor en el que habría de encontrar la fuerza para reemprender el camino. El profeta se cubre el rostro en señal de respeto y con la conciencia de que nadie puede ver el rostro de Dios y seguir con vida. La experiencia de Dios está destinada a que Elias reemprenda su propia misión. Y, en efecto, Elias ya no estará solo: le esperan «siete mil hombres», aquellos cuyas rodillas no se han doblado ante Baal y cuyos labios no lo han besado (v. 18). Por otra parte, deberá ocuparse de realizar algunas cosas importantes: la unción del rey de Damasco {cf 2 Re 8,7-15), la de Jehú, rey de Israel (2 Re 9,1-13), que ordenará la muerte de Jezabel

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y de toda la familia real, así como la investidura profética de Eliseo. Estos hechos forman parte, sin embargo, del «ciclo de Eliseo». Evangelio: Mateo 5,27-32 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: " Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que todo el que mira con malos deseos a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho es ocasión de pecado para ti, arráncatelo y arrójalo lejos de ti; te conviene más perder uno de tus miembros que ser echado todo entero al fuego eterno. M Y si tu mano derecha es ocasión de pecado para ti, córtatela y arrójala lejos de ti; te conviene más perder uno de tus miembros que ser arrojado todo entero al fuego eterno. 31 También se dijo: El que se separe de su mujer que le dé un acta de divorcio. n Pero yo os digo que todo el que se separa de su mujer, salvo en caso de unión ilegítima, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una separada comete adulterio.

*+• Cristo, señala Juan Crisóstomo, «combatía los vicios con la gran autoridad de u n legislador, empezando por los que son más comunes en nosotros, a saber: la ira y la concupiscencia (las pasiones que más nos tiranizan y son más inherentes a la naturaleza humana), reprimiéndolas con todo esmero». De ahí se sigue que la segunda y la tercera antítesis tienen que ver con el sexto y con el noveno mandamientos (Ex 20,14.17 y Dt 5,18.21). Cristo asocia el adulterio del cuerpo al del corazón. Decir ojo derecho y mano derecha significa referirse a toda la persona a través de las funciones primarias del ver y del obrar. Prescindiendo además de que el lado derecho es considerado, por definición, como el más importante, está el hecho de que quien era minusválido de este lado era considerado inhábil. La doble amputación sirve para indicar el radicalismo con el que estamos

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llamados a seguir los mandamientos divinos. Ese radicalismo se aplica asimismo en el caso del divorcio, consentido por la Ley antigua (Dt 24,lss), pero al que Cristo considera igualmente como adulterio legalizado {cf Mt 19,3ss). El único motivo que puede legitimar el repudio es el «caso de unión ilegítima» (aquí y en Mt 19,9). Esta cláusula, exclusiva de Mateo, es posible que indique simplemente el adulterio, con el que se infringe el carácter sagrado del vínculo matrimonial en el ámbito judeo-cristiano o las uniones consideradas como ilegítimas en el ámbito judío {cf Hch 15,20.29). Debemos señalar que la toma de posición de Cristo tiene puesta la mirada en la defensa de las categorías más débiles y en el restablecimiento del orden social. No en vano la enseñanza impartida aquí en relación con las mujeres será recogida también respecto a los niños (Mt 18,1-10).

MEDITATIO Jesús no sólo confirma el principio de la intencionalidad en el obrar humano, sino que indica también su precio: amputar y eliminar cuanto es ocasión de mal. Lo que quiere el Señor no es, qué duda cabe, la minusvalía del cuerpo, sino la «circuncisión del corazón» (Jr 4, 4), o sea, acabar con la «esclerocardia» -«fue por la dureza de vuestros corazones...»: Mt 19,8- que rompe el vínculo sagrado del amor. En este punto se me impone una auténtica ecografía del corazón, bajo la guía del implacable diagnóstico propuesto por Cristo en el evangelio de Marcos (7,2lss): «Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez». Haré

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seguir la toma de conciencia de u n a sincera y resuelta «toma de distancia».

ORATIO Señor, aun cuando mi conciencia no me reprochara el adulterio del cuerpo, me reconozco adúltero en la mirada, en la imaginación, en el sentimiento, en el pensamiento. Y aun cuando mi corazón no me reprochara nada de todo esto, ¿cómo podría considerarme inmune del adulterio espiritual que cometo cada vez que tú, oh Señor, no ocupas el primer lugar en la jerarquía de mis afectos, de mis intereses, de mi deseo de amor? Confieso ante ti, Señor, que, mientras me preocupo de la integridad del cuerpo, atento a que ninguno de mis miembros tenga que sufrir, no me preocupo de la integridad del espíritu, sino que lo dejo a merced de las pasiones y prisionero de los instintos.

CONTEMPLATIO Cristo no vino sólo a impedirnos deshonrar nuestro cuerpo con actos culpables, sino a restablecer también la pureza del alma, incluso antes que la del cuerpo. Dado que es en el corazón donde recibimos la gracia del Espíritu Santo, éste se preocupa, antes que nada, de purificar nuestro corazón así como todo lo que es interior en nosotros. No cometas adulterio con los ojos y no lo cometerás con el corazón: puesto que el Señor ha condenado la ira de manera absoluta, prohibiendo no sólo el homicidio, sino excluyendo asimismo el mínimo sentimiento en este sentido, ahora le resulta más fácil establecer esta ley.

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Ahora bien, si todo esto os parece demasiado duro, acordaos de lo que dijo el Señor antes en las bienaventuranzas y veréis que es posible y fácil observar sin más estos mandatos. En efecto, ¿cómo podrá un hombre sencillo y amigo de la paz, u n h o m b r e pobre de espíritu y misericordioso, llegar a repudiar a su mujer? ¿Cómo podrá el que está dispuesto a reconciliarse con los otros estar en lucha con su esposa? Pero Jesús no facilita el cumplimiento de la Ley sólo de este modo, sino también de otro; en efecto, deja al h o m b r e u n a posibilidad legítima de separarse de su mujer: «en caso de fornicación» (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 17, 1-4, passim).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Arroja lejos de ti lo que te sea un obstáculo» Mt 5,29).

(cf.

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La vinculación a Jesucristo no abre paso al placer que carece de amor, sino que lo prohibe a los discípulos. Puesto que el seguimiento es negación de sí y unión a Jesús, en ningún momento puede tener curso libre la voluntad propia, dominada por el placer, del discípulo. Tal concupiscencia, aunque sólo radicase en una simple mirada, separa del seguimiento y lleva todo el cuerpo al infierno. Con ella, el hombre vende su origen celestial por un momento placentero. No cree en el que puede devolverle una alegría centuplicada por el placer al que renuncia. No confía en lo invisible, sino que se aferra al fruto visible del placer. De este modo se aleja del camino del seguimiento y queda separado de Cristo. La impureza de la concupiscencia es incredulidad. Por eso hay que rechazarla. Ningún sacrificio que libere a los discípulos de

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este placer que separa de Jesús es demasiado grande. El ojo es menos que Cristo y la mano es menos que Cristo. Si el ojo y la mano sirven al placer e impiden a todo el cuerpo la pureza del seguimiento, es preferible renunciar a ellos a renunciar a Jesús. Las alegrías que proporciona el placer son menores que sus inconvenientes; se consigue el placer del ojo y de la mano por un instante, y se pierde el cuerpo por toda la eternidad. Tu ojo, que sirve a la impura concupiscencia, no puede contemplar a Dios (Dietrich Bonnoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sigúeme, Salamanca 5 1999, p. 83).

Sábado 10a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 19,19-21 En aquellos días, " Elias marchó de allí y fue en busca de Elíseo, hijo de Safat, que estaba arando; tenía doce yuntas de bueyes, y él llevaba la última. Elias pasó junto a él y le echó encima su manto. 20 Elíseo dejó la yunta, corrió detrás de Elias y le dijo: -Deja que me despida de mi padre y de mi madre; luego te seguiré. Respondió Elias: -Despídete, pero vuelve, porque te he elegido para que me sigas. 21 Elíseo se apartó de Elias, tomó la yunta de bueyes y la sacrificó. Coció luego la carne, sirviéndose de los aperos de los bueyes, y la distribuyó entre su gente, que comió de ella. Luego se fue tras Elias y se consagró a su servicio.

**- Comienza el «ciclo de Elíseo», rico propietario de tierras. La indumentaria es la expresión de quien la lleva y de sus prerrogativas. Eso explica la «investidura» de Elíseo por medio del manto de Elias, que constituye el signo de la vocación profética. El radicalismo de las

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elecciones de Dios está atestiguado por la despedida de Eliseo, que se deshace de los bueyes y del arado, dejando padres y oficio. Cristo será aún más exigente cuando advierta al que pretendía despedirse de los suyos antes de seguirle: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el Reino de Dios» (Le 9,62).

Evangelio: Mateo 5,33-37 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: " También habéis oído que se dijo a nuestros antepasados: No jurarás en falso, sino que cumplirás lo que prometiste al Señor con juramento. 34 Pero yo os digo que no juréis en modo alguno; ni por el cielo, que es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, que es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran rey. 36 Ni siquiera jures por tu cabeza, porque ni un cabello puedes volver blanco o negro. " Que vuestra palabra sea sí cuando es sí, y no cuando es no. Lo que pasa de ahí viene del maligno.

**• La cuarta antítesis tiene que ver con el segundo y el octavo mandamientos (Ex 20,7.16; Nm 30,3ss; Dt 23,22-24). En la sociedad judía se abusaba del recurso, con frecuencia en falso, al juramento (Mt 23,16-22). Y dado que el nombre divino era sagrado e impronunciable, se eludía el obstáculo refiriéndose al cielo, a la tierra, a Jerusalén, a la propia cabeza del que juraba. Jesús exige la sinceridad más total, subrayando que las palabras que pronunciamos de más para falsificar la verdad proceden del maligno, de aquel que es «mentiroso por naturaleza y padre de la mentira» (Jn 8,44). No son pocas las páginas bíblicas que denuncian el daño de la palabra ociosa: Mt 12,36; Ef 4,29; 5,3-5.12; Sant 3,1-3. La Carta de Santiago se hace eco de la enseñanza de Cristo: «Pero sobre todo, hermanos, no juréis ni por el cielo, ni por la tierra, ni hagáis ningún otro tipo de juramento. Que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para no incurrir en condenación» (Sant 5,12). «La verdad evangélica

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-señala J e r ó n i m o - acepta el juramento, dado que la simple palabra del fiel equivale al juramento mismo».

MEDITATIO «La boca dice lo que brota del corazón» (Mt 12,34). «Si uno piensa que se comporta como un hombre religioso y no sólo no refrena su lengua, sino que conserva pervertido su corazón, su religiosidad es vana» (Sant 1,26). De ningún otro comportamiento h u m a n o se dice que «hace vana» la religión (aquí, «vano» recuerda a los ídolos, considerados igualmente u n a nulidad total) como del hablar inútil y falso, cuya expresión más desconcertante es el recurso desconsiderado al juramento. Investigaré sobre las patologías de los dichos de mi boca, dado que «antes de oírle hablar no alabes a nadie, porque ahí es donde se prueba un hombre» (Eclo 27,7). ¿Son vacías, ociosas, insignificantes, embusteras, inexpresivas, estúpidas, expeditivas, vulgares mis palabras? La asimilación vital de la Palabra divina me permitirá «hablar con las palabras de Dios» (1 Pe 4,11), «hablar con gracia» (Col 4,6), o sea, hablar bajo la inspiración del Espíritu Santo: «Pues no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará a través de vosotros» (Mt 10,20).

ORATIO Purifica, Señor, mis labios con el fuego de tu Espíritu. Que las palabras salidas de mi boca puedan ser el reflejo de tu eterna Palabra, viva y eficaz hasta el punto de penetrar en el alma de los hermanos como espada que revela los pensamientos del corazón y como bálsamo que alivia sus llagas.

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Lo que está más allá del «sí» y del «no» es el juramento, no el perjurio. Este último es tan claramente de origen diabólico, y no sólo superfluo, sino contrario y malvado, que no hace falta que nadie nos lo diga. «Lo que pasa de ahí» es, sin embargo, lo superfluo, lo que va más allá de lo necesario y se añade por redundancia: eso, precisamente, es el juramento. Pero ¿por qué dice Jesús, podréis preguntarme, que el juramento procede del maligno? Y, si tiene tal origen, ¿por qué era admitido en la Ley antigua? Podríais preguntarme lo mismo a propósito del repudio de la mujer. ¿Por qué se considera ahora adulterio lo que en u n tiempo estuvo permitido? ¿Qué podríamos responder a estas preguntas, a no ser que las leyes de entonces estaban adecuadas a la fragilidad y a la debilidad de aquellos que las habían recibido [...]? Pero ahora el repudio es considerado como adulterio y el juramento está prohibido porque proviene del maligno, puesto que Cristo nos ha proporcionado los medios para vivir con u n a mayor perfección la virtud (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 17, 5).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que vuestra palabra sea sí cuando es sí, y no cuando es no» (Mt 5,37).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El juramento es la prueba de la mentira que reina en el mundo. Si el hombre no pudiese mentir, el juramento sería innecesario. Por eso el juramento es un dique contra la mentira. Pero

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al mismo tiempo la fomenta, porque allí donde sólo el juramento reivindica la veracidad última, se concede, simultáneamente, un ámbito vital a la mentira, se le admite un cierto derecho a la existencia. La ley veterotestamentaria rechaza la mentira con el juramento. Jesús rechaza la mentira prohibiendo jurar. Tanto aquí como allí sólo se pretende una cosa: aniquilar la falsedad en la vida de los creyentes. El juramento que la antigua alianza colocaba contra la mentira quedó en manos de la mentira misma y fue puesto a su servicio. Quería asegurarse mediante él y crearse un derecho. Por eso Jesús debe atrapar la mentira en el mismo sitio donde se refugia, en el juramento. Este debe desaparecer porque se ha convertido en refugio de la mentira [...]. El precepto de la veracidad plena es sólo una nueva palabra en la totalidad del seguimiento. Sólo el que está ligado a Jesús en el seguimiento se encuentra en la verdad total. N o tiene que ocultar nada ante su Señor. Vive descubierto en su presencia. Es reconocido por Jesús y situado en la verdad. Está patente ante Jesús como pecador. N o es que él se haya manifestado a Jesús, sino que cuando Jesús se le reveló en su llamada se conoció a sí mismo en su pecado. La veracidad plena sólo existe al quedar descubiertos los pecados que también son perdonados por Jesús. Quien confesando sus pecados se encuentra ante Jesús en la verdad, es el único que no se avergüenza de ella, sea cual sea el lugar donde haya que proclamarla (Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sigúeme, Salamanca 5 1999, pp. 87-88).

Lunes 11 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 21,1-16 En aquel tiempo, ' después de esto, sucedió que Nabot, el jezraelita, tenía una viña en Jezrael, junto al palacio de Ajab, rey de Samaría. 2 Y Ajab dijo a Nabot: -Cédeme tu viña para hacer una huerta, pues está contigua a mi palacio. En su lugar te daré un huerto mejor o, si lo prefieres, su valor en dinero. 3 Nabot dijo a Ajab: -¡Líbreme el Señor de darte la heredad de mis antepasados! 4 Ajab regresó a palacio triste e irritado por la respuesta negativa de Nabot, el jezraelita. Se acostó, se volvió contra la pared y no quiso comer. 5 Su esposa Jezabel se acercó a la cama y le dijo: -¿Por qué estás de mal humor y no quieres comer? 6 Él respondió: -Es que he hablado con Nabot el jezraelita y le he dicho: «Véndeme tu viña o, si lo prefieres, te daré un huerto a cambio». Y él ha respondido: «No te la cederé». 7 Su mujer le dijo: -¿Eres tú realmente rey de Israel? Levántate, come y no te preocupes. Yo te daré la viña de Nabot, el jezraelita.

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Ella escribió unas cartas en nombre de Ajab, las selló con el sello real y se las envió a los ancianos y notables de la ciudad de Nabot. 9 En las cartas decía: Proclamad un ayuno y haced que Nabot se siente delante de la asamblea. 10 Poned ante él dos hombres perversos que declaren contra él diciendo: «Ha maldecido a Dios y al rey». Sacadlo fuera y matadlo a pedradas. " Los ancianos y notables de la ciudad de Nabot procedieron como les había mandado Jezabel en las cartas. 12 Proclamaron un ayuno y llevaron a Nabot ante la asamblea. " Llegaron los dos hombres perversos, se sentaron frente a él y acusaron a Nabot ante el pueblo diciendo: -Nabot ha maldecido a Dios y al rey. Lo sacaron fuera de la ciudad y lo mataron a pedradas. 14 Y mandaron a decir a Jezabel: -Nabot ha muerto apedreado. 15 En cuanto lo supo Jezabel, dijo a Ajab: -Levántate y toma posesión de la viña de Nabot, el jezraelita, el que se negó a vendértela, pues ya no vive; ha muerto. 16 Al oír esto, Ajab se levantó, bajó a la viña de Nabot, el jezraelita, y tomó posesión de ella.

**• El rey Ajab no sólo confía más en los manejos políticos que en la protección divina (capítulo 20), sino que se mancha también con un doble y grave crimen por instigación de su mujer, Jezabel, ávida de extender las posesiones de la casa real. El hurto y el homicidio perpetrados a espaldas de Nabot, el campesino israelita atacado en su propia tierra, indican la degradación moral de la monarquía, a pesar del montaje que parece conferir legalidad a lo obrado por el rey: proclamación del ayuno y convocación de la comunidad, como se acostumbraba a hacer en estado de catástrofe nacional. La maldición del rey, en no menor medida que la de Dios, implicaba la lapidación (Ex 22,27; Lv 24,16) siempre que estuviera acreditada por dos testigos (Nm 35,30; 1)1 17,6), que aquí resultan falsos.

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Evangelio: Mateo 5,38-42 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 3S Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. i9 Pero yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal; al contrario, a quien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; 40 al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto; 4' y al que te exija ir cargado mil pasos, ve con él dos mil. 42 Da a quien te pida, y no vuelvas la espalda al que te pide prestado.

*s más conocidos y temidos de Francia, que sale con un libro en el que anuncia, con una seguridad inexpugnable, que Dios es una evidencia, un hecho, una Persona encontrada de manera inesperada por el camino [...]. «La Cosa» tuvo lugar en Sudamérica, en un congreso: una caída sobre el borde de cemento de una piscina, una fractura, la larguísima espera de socorro. [Louis Pawels] añade: «Estaba solo, todos habían vuelto al albergue para la comida. Mientras me desplomaba en tierra, sentí que no estaba cayendo por casualidad: advertí con claridad que «Alguien» me había empujado. Y lo había hecho para decirme «algo». Yacía abandonado sobre el cemento, fracturado. El dolor era lancinante; sin embargo, me invadió una inmensa, una inexplicable alegría. Cuando, por fin, acudió alguien y me llevaron en camilla, mi cuerpo estaba herido, pero mi alma exultaba. Era como si aconteciera el nacimiento de Cristo para mí, en aquel mismo momento: era mi Navidad, una Navidad en septiembre. Por vez primera en mi vida, conocí la alegría» (V. Messori, Inchiesta sul crístianesimo, Turín 1987).

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Jueves 16a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 2,1-3.7-8.12ss 1

El Señor me dijo: Ve y proclama en Jerusalén: Así dice el Señor: Recuerdo tu amor de juventud, tu cariño de joven esposa, cuando me seguías por el desierto, por una tierra baldía. 3 Israel estaba consagrado al Señor, era la primicia de su cosecha; todo el que comía de ella lo pagaba, la desgracia caía sobre él, oráculo del Señor. 7 Yo os traje a un vergel y os di a comer sus frutos y sus bienes. Pero vosotros entrasteis y profanasteis mi tierra, convertisteis mi heredad en un lugar aborrecible. 8 Los sacerdotes no preguntaban: «¿Dónde está el Señor?». Los guardianes de la Ley no me conocían; los pastores se rebelaron contra mí; 2

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348 los profetas profetizaban en nombre de Baal, siguiendo a dioses inútiles. 12 Pasmaos de ello, cielos, temblad llenos de terror. Oráculo del Señor. 13 Que mi pueblo ha cometido un doble crimen: me han abandonado a mí, fuente de agua viva, para excavarse aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua.

*•• La palabra que el Señor confía a Jeremías para que la transmita tiene aquí la forma de una requisitoria severa y apasionada, en la que YHWH pone a Israel frente a sus propias responsabilidades y le pide cuentas de su infidelidad a la alianza. Dios tiene presente en el corazón y en la mente el tiempo del Éxodo y de la estancia en el desierto, un tiempo idílico de comunión, en el que el pueblo respondía con docilidad y obediencia a su amor absoluto (v. 2). Por su parte, Dios ha tutelado de todos los modos posibles a Israel, su propiedad (v. 3), y, fiel a la promesa, lo guió a la rica y fértil tierra de Canaán (v. 7 a). El cambio de actitud del pueblo motiva la acusación: una vez en sitio seguro, Israel abandonó a su Dios; su pecado ha profanado la tierra que habita y que es santa por ser de Dios (v. 7b). Es extraordinariamente grave que los guías del pueblo (sacerdotes, reyes, profetas) hayan sido los primeros en traicionar la alianza volviéndose a los ídolos. Toda la creación está llamada a ser testigo de un hecho tan absurdo: aunque el pueblo ha experimentado la plenitud de vida en la comunión con el Dios vivo, lo abandona ahora prefiriendo a los ídolos. Es el mismo estúpido dramatismo de quien, sediento, en vez de dirigirse a la fuente de agua viva, prefiere po-

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nerse a excavar aljibes que, al agrietarse, acaban por perder el agua que retenían (w. 12ss).

Evangelio: Mateo 13,10-17 En aquel tiempo, 10 los discípulos se acercaron y le preguntaron: -¿Por qué les hablas por medio de parábolas? 11 Jesús les respondió: -A vosotros Dios os ha dado a conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. n Porque al que tiene se le dará, y tendrá de sobra, pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará. " Por eso les hablo por medio de parábolas, porque aunque miran no ven, y aunque oyen no escuchan ni entienden. ,4 De esta manera se cumple en ellos lo anunciado por Isaías: Oiréis, pero no entenderéis; miraréis, pero no veréis, 15 porque se ha embotado el corazón de este pueblo, se han vuelto torpes sus oídos y se han cerrado sus ojos; de modo que sus ojos no ven, sus oídos no oyen, su corazón no entiende, y no se convierten a mí para que yo los sane. 16 Dichosos vosotros por lo que ven vuestros ojos y por lo que oyen vuestros oídos; " porque os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

**• Al comienzo del largo «sermón en parábolas», inserta Mateo la pregunta sobre el «porqué» de las parábolas y del rechazo de la Palabra de Jesús por parte de Israel. Era ésta una pregunta importante para los cristianos de las primeras comunidades, que, por una parte, se encontraban frente a la necesidad de explicar e inter-

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pretar u n tipo de anuncio que se había vuelto inaccesible de manera inmediata y, por otra, sufrían la oposición y el escándalo del pueblo elegido, que, en una gran parte, no había acogido al Mesías. La respuesta parte del reconocimiento de la antítesis aparecida ya en la parábola del sembrador: hay quien se muestra disponible y quien, por el contrario, ofrece resistencia a la Palabra de Jesús. La diferente disposición interior establece la diferencia entre el «ver» y el «oír»: conversión y consecuente bienaventuranza para los unos, incomprensión y exclusión del don para los otros. El texto profético de Is 6,9ss, en el que Dios anuncia al profeta los obstáculos que encontrará en el ejercicio de su misión, da razón de lo que antes Jesús y después la Iglesia tendrán que vivir. Si bien el lenguaje semítico refiere a Dios la causa primera de los acontecimientos, no es ciertamente él quien determina la docilidad y la dureza del corazón. El hombre está llamado a asumir en primera persona la responsabilidad de su propia elección frente a la Palabra que hoy se le dirige, puesto que hoy es el tiempo favorable para la salvación (cf. 2 Cor 6,2).

MEDITATIO

No es difícil ver, si miramos alrededor, cuántas relaciones superficiales existen. Y no sólo las de «conveniencia», en las que apenas se intercambian el saludo o dos palabras sobre el tiempo o sobre el partido de fútbol, sino también en otras que son fundamentales: entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre personas que comparten una misma opción religiosa, existencia!... Vemos relaciones sin raíces profundas, que terminan. Y estaría bien que nos preguntáramos por qué resulta tan difícil embarcarse en u n compromiso que dure toda

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la vida. La Palabra del Señor nos propone hoy que miremos dentro de nuestro corazón, que lo toquemos, que verifiquemos la disponibilidad que tiene para hacer u n esfuerzo e ir más allá de la superficialidad; también en nuestra relación con el Señor. De manera diferente, nos escapa el sentido de lo que vivimos, y puede pasarnos que seamos como los judíos, que, por no mostrarse disponibles a comprometerse a fondo con el Señor, rechazaban su amor vivificante por cultos de muerte. Resulta paradójico, pero tal vez no alejado de nuestra experiencia, que -estando hambrientos de a m o r - no veamos a Dios, que es amor, y no escuchemos en serio su Palabra; que -estando desorientados por el vacío y la falta de sentido del vivir- cerremos los ojos y los oídos frente a quien nos da testimonio de Dios como verdad y como vida. Toquemos nuestro corazón: todavía estamos a tiempo de convertirnos.

ORATIO Es verdad, Señor, a veces soy precisamente u n holgazán. El empleo de productos de todo tipo «listos para usar» me ha acostumbrado al «todo fácil», al «todo enseguida», y me he convencido de que también en las cosas del espíritu funcionan las cosas así. Confieso, Señor, que he preferido las muchas palabras brillantes, aunque inconsistentes, proclamadas por el charlatán de turno, a tus palabras, duras de comprender, pero vivificantes. También yo he pensado que la fe en ti era una baratija infantil, u n a baratija que hemos de conservar en el desván, metida en el baúl de los viejos recuerdos... Perdóname, Señor, no he comprendido nada. Sostén en mí el deseo de convertirme a ti: necesito unos ojos limpiados por la fe y unos oídos que no se confundan entre tantos sonidos, sino que sepan distinguir tu voz. Necesito sobre todo, Señor, un corazón disponible para

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acoger la verdad sobre ti y la verdad sobre mí, dispuesto a amar y suficientemente humilde para dejarse a m a r como tú quieres amarlo. Lo necesito y sé que tú estás dispuesto desde hace mucho tiempo a darme todo esto: sólo estás esperando mi «sí». Entonces podré correr y calmar mi sed ardiente no en los «aljibes» de la moda y del mercado, sino en la «fuente de agua viva» de tu Palabra y de tus sacramentos. Y tal vez, si yo voy, también otros vendrán conmigo.

CONTEMPLATIO Oh, si tú, Dios misericordioso y Señor piadoso, te dignaras llamarme a la fuente para que también yo, junto con todos los que tienen sed de ti, pudiera beber del agua viva que m a n a de ti, fuente de agua viva. Oh Señor, tú mismo eres esa fuente eternamente deseable, en la que continuamente debemos beber y de la que siempre tendremos sed. Danos siempre, oh Cristo Señor, esta agua viva que brota para la vida eterna. Tú lo eres todo para nosotros: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios. Te ruego, oh Jesús nuestro, que inspires nuestros corazones con el soplo de tu Espíritu y que traspases con tu amor nuestras almas, para que cada uno de nosotros pueda decir con toda verdad: «Hazme conocer a aquel que ama mi alma» (cf. Cant 1,6); estoy herido, en efecto, por tu amor (Columbano, Instrucción XIII sobre Cristo fuente de vida, 2ss).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que mis ojos vean, y que oigan mis oídos».

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PARA LA LECTURA ESPIRITUAL «Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado: "Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis"» (Le 10,23). Una bienaventuranza que, sin embargo, ni siquiera a los discípulos les sirvió de mucho. Y es que, aunque fueron testigos oculares de las maravillas del Reino, y fueron compañeros de Cristo y compartieron con él los días y fueron comensales suyos, a pesar de todo se ha escrito de ellos que -todos- al final le abandonaron y le traicionaron. Con eso está dicho lo difícil que resulta ser coherente y creer de verdad y aceptar a Cristo. Una bienaventuranza que yo, por ejemplo, pienso que me podría ser atribuida con gran dificultad. Es cierto, la pregunta es sólo una: ¿Ha sido creído Jesús alguna vez en serio? ¿Quién le ha acogido? «Dichosos los ojos que ven...». No, esos ojos no eran dichosos, porque «no veían». ¡Si al menos fueran bienaventurados nuestros ojos! ¡Y decir que nosotros vemos, que sabemos! Estamos convencidos de que no hay otras respuestas a estas benditas cuestiones eternas: por qué sufrir, por qué morir, cómo salvarnos, qué hacer para tener la vida. Estamos convencidos de que él es la respuesta que todos buscan, la razón por la que vale la pena luchar. No, nuestros ojos no son dichosos. Ni siquiera vemos el mal mortal que nos causamos con nuestras propias manos. Está escrito que no es con la dialéctica como Dios quiere salvar al hombre. Puedo hacer el más bello discurso religioso, pero si no tengo fe no me ayuda en nada. Más aún, si no tengo ni fe ni amor tampoco sirve de nada: dado que el amor es el signo supremo de la fe, el signo verdadero en el que creo (D. M. Turoldo, Anche Dios é inte/ice, Cásale M. 1991).

Viernes 16 a s e m a n a del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 3,14-17 14

Volved, hijos apóstatas, oráculo del Señor, porque yo soy vuestro dueño. Tomaré uno por ciudad y dos por familia y os conduciré a Sión. 15 Os daré pastores que sean fíeles a mí, y os pastorearán con inteligencia y sabiduría. 16 Y cuando hayáis crecido y os hayáis multiplicado en esta tierra, oráculo del Señor, no se hablará más del arca de la alianza del Señor. No se pensará más en ella ni se la mencionará, no se echará de menos ni se hará otra. " Entonces llamarán a Jerusalén «Trono del Señor», todas las naciones se reunirán en ella, en el nombre del Señor, y abandonarán los proyectos de su corazón obstinado.

*•• Después de las palabras de reprensión por el pecado de idolatría, he aquí la exhortación a convertirse dirigida por el profeta a sus contemporáneos. «Volved»: es la palabra-clave de la invitación al cambio de vida. Este último implicará, antes que nada, el reconocimiento de YHWH como único Señor, como verdadero guía del pueblo. Los reyes y los jefes, sus representantes, actuarán entonces de manera responsable, de acuerdo con su voluntad manifestada en la ley sinaítica (w. 14ss). A la

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exhortación le sigue la promesa de un futuro aún más espléndido que el pasado antes anhelado (cf. Jr 2,2ss), en el que Dios será el único rey de Jerusalén. Su presencia hará superflua la del arca de la alianza, cuya desaparición nadie echará de menos. El reconocimiento de la soberanía de Dios unirá a todos los pueblos, que, perdida la dureza de corazón, seguirán su voluntad y no sus propios proyectos (w. 16ss).

Evangelio: Mateo 13,18-23 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 18 Así pues, escuchad vosotros lo que significa la parábola del sembrador. 19 Hay quien oye el mensaje del Reino, pero no lo entiende; viene el maligno y le arrebata lo sembrado en su corazón. Éste es como la semilla que cayó al borde del camino. 20 La semilla que cayó en terreno pedregoso es como el que oye el mensaje y lo recibe en seguida con alegría, 21 pero no tiene raíz en sí mismo, es inconstante y, al llegar la tribulación o la persecución a causa del mensaje, en seguida sucumbe. n La semilla que cayó entre cardos es como el que oye el mensaje, pero las preocupaciones del mundo y la seducción del dinero asfixian el mensaje y queda sin fruto. 23 En fin, la semilla que cayó en tierra buena es como el que oye el mensaje y lo entiende; éste da fruto, sea ciento, sesenta o treinta.

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corazón es obra del maligno, del que es mentiroso desde el principio (cf. 1 Jn 2,22; 3,8). El hombre secunda esa obra cuando vive de modo que no permite a la Palabra de Jesús arraigar en su vida. De esta forma, distrae fácilmente su atención de ella y deja que los sufrimientos, las incomprensiones, las riquezas, ocupen todo el espacio de su corazón y de su mente. Da frutos abundantes, por el contrario, quien es dócil a la Palabra de Jesús: figura entre los «bienaventurados» (Mt 13,16) a los que ha sido revelado el misterio del Reino; figura entre los «pequeños» en los que se complace el Padre y a los que introduce en la comunión trinitaria (cf. Mt 11,25-27).

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**• La explicación de la parábola del sembrador desplaza la atención desde aquel que esparce la semilla a las causas de su diferente recepción. Al explicitar la comparación, se pasa de la constatación del resultado, combatido aunque a fin de cuentas sorprendente, de la predicación del Reino de Dios por parte de Jesús y de los continuadores de su obra, a la consideración de los motivos que llevan a los oyentes a cerrarse o abrirse al anuncio y, por consiguiente, a la conversión. El evangelista, releyendo la parábola de manera alegórica, pone de manifiesto que el fondo de la dureza de

MEDITATIO La Palabra del Señor nos invita hoy, con la imagen de los diferentes terrenos, a reconocer nuestra disponibilidad para acogerla. A la constatación de la presencia de obstáculos que impiden la obtención de un fruto abundante le sale al encuentro la llamada suave, pero insistente: «¡Vuelve! ¡Conviértete!». Allí donde nos encontremos, en cualquier lugar donde -tal vez- nos hayamos perdido, allí mismo somos buscados, porque interesamos profundamente a ese Dios que nos ama hasta tal punto que nos renueva el don de la vida cada día y que no nos quita la posibilidad de ser sus amigos, ni siquiera cuando nosotros mismos le decimos, de palabra o con hechos, que no queremos saber nada de él. Volver parece una derrota, u n a experiencia humillante; sin embargo, es el preludio de u n a sinfonía de vida verdadera, capaz de satisfacer los deseos más profundos e inexpresados. Dios, nuestro Padre, continúa velando a la puerta de casa para captar la primera señal del regreso de su hijo, de cada uno de nosotros. Nuestra respuesta a la Palabra nace del dejarnos interpelar por la pregunta, como si

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nos la dirigiera el Señor: «Sea cual sea el "terreno" en el que reconoces estar, ¿quieres volver a mí?». ORATIO Gracias, Señor, por hacerme volver a ti. Tu voz, que con tanta suavidad me dice: «¡Vuelve!», me hace sentir todo el amor que me tienes, tu espera, tu deseo de mí. Tú me deseas más a mí que yo a ti. Si me alejo de ti, tú continúas buscándome; si no escucho tu voz, tú continúas esparciendo como semilla tu Palabra, de manera abundante. Si dejo caer tu invitación en la nada, tú me la renuevas cada día; más aún, en cada instante. Gracias, Señor, por tu fidelidad. Me hace bien saber que eres así, no para alargar el tiempo de mi retorno sosegándome según mi conveniencia, sino para no desanimarme cuando me dé cuenta de que sigo preso en condicionamientos interiores y exteriores de los que todavía no me he liberado. Gracias, Dios fiel, por continuar pronunciando tu Palabra para mí. Con la fuerza y el apoyo de tu Espíritu sé que puedo caminar por el camino de la conversión, del retorno a la verdadera casa tuya y mía. Y escuchar en ella tu voz con el corazón desembarazado de todo lo que hasta ahora me ha bloqueado para vivir como hijo, para llamarte y sentirte como eres: mi padre. Ahora comprendo, Dios mío, que ése es el fruto que puedo dar y que tú esperas de mí.

CONTEMPLATIO Seremos verdaderamente dichosos si lo que escuchamos o cantamos lo ponemos también en práctica. En efecto, nuestra escucha representa la siembra, mientras

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Viernes

que en las obras tenemos el fruto de la semilla. Quisiera exhortaros a no ir a la Iglesia y quedaros, después, sin dar fruto, es decir, a escuchar tantas hermosas verdades sin moveros, después, a obrar. Hermanos, no teníamos obras buenas, sino que todas eran malas. Sin embargo, aun siendo tales las obras de los hombres, no los abandonó la misericordia divina. Es más, Dios mismo envió a su Hijo a redimirnos al precio de su sangre. Esa es la gracia que hemos recibido. Vivamos, por tanto, de u n a manera digna de la misma, para no ultrajar un don tan grande (Agustín, Sermón 23a, 1-4, en CCL 41, 321-323). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vuelvo a ti, oh Dios: tú eres mi Señor».

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Corazón duro. Así podemos sintetizar la situación de los terrenos incapaces de recibir la Palabra de la manera debida (camino, pedregal, espinas). Podemos plantear así nuestro problema: ¿cómo es que escuchamos las palabras justas y, después, cuando hemos salido de la iglesia, hacemos las equivocadas? Nos defendemos de la Palabra, porque la consideramos peligrosa, porque puede empujarnos a realizar gestos locos, ciertamente incómodos. No hemos de buscar la culpa en nuestra poca cultura (Jesús no eligió a los Doce entre los más cultos, ni tuvo la pretensión de que rueran licenciados), ni siquiera en nuestra indignidad (Jesús reveló una verdad que guardaba con gran celo nada menos que a una mujer de mala vida, la samaritana: «Soy yo, el que está hablando contigo»). La causa profunda hemos de buscarla en una actitud de fondo nuestra que está equivocada. Precisamente en nuestro corazón duro. El terreno ya está ocupado por nosotros mismos, por nuestros esquemas, por nuestros prejuicios, por nuestro «sentido

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común». Hemos de pensar si acaso no habremos contribuido también nosotros a volver «insólito» el Evangelio, cuando, en realidad, debíamos hacerlo habitual, común, en la vida de cada día, en medio del mundo, frente a cualquier situación. ¡Si nos tomáramos en serio la Palabra! ¡Si la lleváramos a la vida! De manera habitual. La Palabra de Dios, con nuestra colaboración, es capaz de realizar el milagro: hacer florecer el desierto. Hacer germinar la semilla hasta en medio del árido pedregal de este mundo (A. Pronzato, Vangeli scomodi, Turín 1983 [edición española: Evangelios molestos, Sigúeme, Salamanca 1997]).

16a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 7,1-11 1

El Señor dirigió esta palabra a Jeremías: -Ponte a la puerta del templo y proclama esta palabra: Escuchad la Palabra del Señor, vosotros todos, hombres de Judá, que entráis por estas puertas para adorar al Señor. 3 Así dice el Señor todopoderoso, Dios de Israel: Enmendad vuestra conducta y vuestras acciones y os permitiré habitar en este lugar. 4 No os fiéis de palabras engañosas repitiendo: «¡El templo del Señor! ¡El templo del Señor! ¡El templo del Señor!» 5 Si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones, si practicáis la justicia unos con otros, 6 si no oprimís al emigrante, al huérfano y a la viuda; si no derramáis en este lugar sangre inocente, si no seguís a otros dioses para vuestra desgracia, 7 entonces yo os dejaré vivir en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres desde antiguo y para siempre. 8 Pero vosotros os fiáis de palabras engañosas que no sirven para nada. 9 No podéis robar, matar, cometer adulterio, jurar en falso, incensar a Baal, correr tras otros dioses que no conocéis, 10 y luego venir a presentaros ante mí, en este templo consagrado a mi nombre, diciendo: «Estamos seguros», y seguir cometiendo las mismas abominaciones. u ¿Acaso tomáis este templo consagrado a mi nombre por una cueva de ladrones? ¡Muy bien, pues yo también lo miraré así! Oráculo del Señor. 2

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*+ La Palabra del Señor manda a Jeremías a la entrada del templo, lugar santo por excelencia, por ser morada de Dios. El profeta condena la hipocresía de los que se acercan por allí queriendo dar culto a Dios, mientras transgreden sus mandamientos. Nadie puede considerarse a salvo del castigo divino sólo porque entra en el templo y ofrece sacrificios, cuando, a renglón seguido, es injusto, mata, roba, comete adulterio, jura en falso y mantiene una práctica sincretista de la fe (w. 5-10). Ya es absurdo sólo pensar que Dios pueda mostrar connivencia con tales acciones abominables. Él ve las obras que realiza cada uno. El templo es el lugar santo porque Dios está presente: quien entre en él debe vivir de manera conforme a esa santidad. Pero si alguien es malo, hace malo el lugar más santo, y eso no puede dejar de merecer el castigo de Dios (v. 11). Suena de nuevo la llamada a la conversión. Consiste ésta en mejorar la propia conducta y las propias acciones, es decir, en vivir según los mandamientos de Dios: juzgar según la justicia, establecer relaciones sociales equitativas y respetuosas con cada uno, abandonar todo compromiso con la idolatría (w. 3-5).

Evangelio: Mateo 13,24-30 En aquel tiempo, 24 Jesús les propuso esta otra parábola: -Con el Reino de los Cielos sucede lo que con un hombre que sembró buena semilla en su campo. " Mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 26 Y cuando creció la hierba y se formó la espiga, apareció también la cizaña. " Entonces los siervos vinieron a decir al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es posible que tenga cizaña?». 2S Él les respondió: «Lo ha hecho un enemigo». Le dijeron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». z9 Él les dijo: «No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo. 30 Dejad

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que crezcan juntos ambos hasta el tiempo de la siega; entonces diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, pero el trigo amontonadlo en mi granero».

*•• La segunda parábola propuesta por Jesús presenta también u n a siembra llevada a cabo por dos sembradores. El primero siembra buena semilla, el otro siembra semilla de plantas nocivas que se mezclarán con el trigo. Jesús compara el Reino de Dios - p o r consiguiente, la Iglesia (que es su inicio) y, en sentido lato, toda la h u m a n i d a d - con este campo en el que conviven el trigo y la cizaña. Si el instinto de los criados les lleva a eliminar de inmediato el elemento nocivo, la lógica del dueño es diametralmente opuesta. Jesús nos presenta de este modo el corazón del Padre: así como el dueño del campo deja que crezcan juntas las plantas nuevas y las nocivas, que sólo serán separadas en el tiempo de la siega para seguir una suerte diferente, así Dios tampoco interviene para desarraigar el mal que está presente en la Iglesia y en el m u n d o - e n última instancia en el corazón del h o m b r e - , y sólo en el momento del juicio se hará evidente quién ha obrado el bien y quién ha obrado el mal. La acción del maligno, puesta ya de manifiesto en la explicación de la parábola del sembrador (cf. Mt 13,19), es acogida aquí en el despliegue de la historia. Al exceso de celo de quien quisiera ver triunfar el bien y está dispuesto por ello a eliminar violentamente en nombre de Dios tanto el mal como al que lo hace, se contrapone la tolerancia del Padre, que, lejos de ser mero pacifismo o indiferencia, conoce los tiempos de crecimiento y el corazón de cada uno. Como cantaba ya estupefacto el autor del libro de la Sabiduría (11,23): «Tú tienes compasión de todos, porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan».

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A la mentalidad de los «puros», que no quieren entrar en contacto con los «impuros», se contrapone la del Dios tres veces Santo que ama al pecador, come con él, lo abraza y celebra una fiesta por el retorno a casa (cf. Le 15,11-24).

MEDITATIO El mal es tan evidente y sus consecuencias nefastas nos afectan del tal modo que nace en nosotros de una manera espontánea la rebelión. Constatar la imposibilidad de defendernos de él nos hace gritar: ¿no podría Dios erradicar el mal de una vez por todas, eliminando el sufrimiento provocado por las enfermedades, y también por la prepotencia, por el egoísmo de tantos...? ¿No podría morir el que hace tanto daño y siembra dolor, evitando la muerte injusta de tantos? Estas preguntas brotan del dolor y del sentido de impotencia que nos hace experimentar el mal. Dios no parece responder, del mismo modo que tampoco dio una respuesta inmediata al grito de Jesús crucificado, sino «tres días después» con la resurrección. El misterio del mal nos hace reflexionar sobre la paciencia de Dios, una paciencia incómoda asimismo para el que padece viendo sufrir a sus hijos, aunque tampoco puede disminuir el don más grande que nos ha hecho: la libertad. Por nuestra parte, hemos de preguntarnos cómo usamos esa libertad: si la ponemos al servicio del bien o del mal. No es posible llegar a un compromiso, y cuando llegue el momento de encontrarnos cara a cara con Dios se hará manifiesto a todos la opción que hayamos tomado. No ha de servirnos de máscara una religiosidad que se limita a prácticas exteriores, pero sin que el corazón se implique en ella. La pregunta que más tiene que ver con nosotros, entonces, no es tanto: «¿Por qué existe el mal?»; sino: «¿Qué hago yo para desarrollar el bien?».

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ORATIO Tu paciencia, Dios mío, tiene algo de escandaloso. Me resulta incomprensible. Va contra tus mismos intereses, en especial cuando tolera que el mal marque a tu Iglesia de manera llamativa: ¿acaso no la has constituido para que sea testigo de tu santidad? Con el corazón siempre dispuesto a señalar la viga en el ojo ajeno, aunque incapaz de aceptar tener que quitar la paja del propio, no comprendo tu modo de actuar, tal vez porque intuyo, y con razón, que me propones hacer lo mismo. Estoy aquí, hoy, rezándote, porque sé que no soy capaz, instintivamente, de tener esta paciencia si no te pido lo que dijiste que nunca negarías: el Espíritu Santo, uno de cuyos frutos es precisamente la paciencia. Haz, Señor, por medio de tu Espíritu, que yo comprenda lo que cuenta de verdad, a saber: que el bien se difunda, crezca, se vigorice. Hazme comprender que el mal no se arranca a fuerza de juicios, que, en el fondo, no me cuesta nada pronunciar, sino empezando yo mismo a no darle cobijo en mi corazón. «Hacer el bien» es algo más que una intención piadosa: ayúdame, Señor, a mejorar la calidad de mis relaciones con los otros, a hacer transparentes mis acciones y sincera mi profesión de fe. Junto a ti, Señor, que yo te alabe con mi misma vida.

CONTEMPLATIO Volved al Señor, vuestro Dios, de quien os alejasteis por el mal que hicisteis, y no desesperéis nunca del perdón por la gravedad de las culpas, porque la infinita misericordia las cancelará todas, por muy graves que sean. El Señor es, en efecto, bueno y misericordioso. Prefiere la penitencia a la muerte del pecador. Es paciente y rico en compasión y no imita la impaciencia de los hombres;

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m á s aún, espera durante m u c h o tiempo nuestra conversión. Está plenamente dispuesto a perdonar y a arrepentirse de la sentencia condenatoria que había preparado para nuestros pecados. Si nos arrepentimos del mal que hayamos hecho, también él se arrepentirá de la decisión de castigo que había adoptado y del mal con el que nos había amenazado. Si cambiamos de vida, también él cambiará la sentencia que había predispuesto. Cuando decíamos que nos había amenazado con el mal, no nos referíamos, a buen seguro, a un mal moral, sino a u n a pena debida justamente a quien ha faltado. Después de que el Señor nos haya concedido su bendición y haya perdonado nuestros pecados, podremos ofrecer nuestros sacrificios a Dios (Jerónimo, Comentario a Joel, en PL 25, 967ss).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú lo ves todo, Señor» (cf. Jr 7,11).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La cualidad esencial para vivir en comunidad es la paciencia: reconocer que nosotros mismos, los otros y toda la comunidad necesitamos tiempo para crecer. Nada se hace en un solo día. Para vivir en comunidad es preciso saber aceptar el tiempo y amarlo como a un amigo. Es terrible ver a algunos jóvenes, entusiastas, que tenían como un gran ideal compartir con los otros y llevar una vida comunitaria, perder en unos cuantos años las ilusiones, sentirse heridos, volverse irónicos, después de perder todo el gusto por entregarse, y quedar encerrados en movimientos políticos o en las ilusiones del psicoanálisis. Eso no quiere decir que la política o el psicoanálisis carezcan de importancia. Ahora bien, resulta triste que algunas personas se cierren porque se han sentido desilusionadas o porque no han podido

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aceptar sus límites. Hay falsos profetas entre los que viven en comunidad. Esos tales atraen y estimulan los entusiasmos, pero por falta de sensatez o por orgullo llevan a los jóvenes a la desilusión. El mundo comunitario está lleno de ilusiones, y no siempre resulta fácil distinguir lo verdadero de lo falso, sentir si crecerá el buen grano o si vencerán las malas hierbas. Si pensáis fundar comunidades, rodeaos de mujeres y de hombres sensatos, que sepan discernir. Pido perdón a todos aquellos que han venido a mi comunidad o a nuestras comunidades del Arca llenos de entusiasmo y se han sentido desilusionados por nuestra falta de apertura, por nuestros bloqueos, por nuestra falta de verdad y por nuestro orgullo (J. Vanier, La comunitá, luogo del perdono e della festa, Milán 1980 [edición española: La comunidad, lugar del perdón y de la fiesta, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1998]).

Lunes 17 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 13,1-11 1

El Señor me dijo: -Vete a comprar una faja de lino y póntela en la cintura, pero no la laves. 2 Yo compré la faja, como me había dicho el Señor, y me la puse en la cintura. 3 De nuevo el Señor me dijo: 4 -Toma la faja que has comprado y que llevas puesta, vete al Eufrates y escóndela allí en la grieta de una roca. 5 Fui y la escondí junto al Eufrates, como el Señor me había mandado. 6 Mucho tiempo después, el Señor me dijo: -Vete al Eufrates a buscar la faja que yo te mandé esconder allí. 7 Fui al Eufrates y tomé la faja del lugar donde la había escondido; la faja estaba ya podrida y no servía para nada. 8 Entonces el Señor me habló así: 9 -Así dice el Señor: De la misma manera voy a deshacer el orgullo de Judá, la gran soberbia de Jerusalén. 10 Este pueblo malvado, que se niega a obedecer mis mandatos, que hace caso a su corazón obstinado y va tras otros dioses para darles culto y postrarse ante ellos, quedará como esa faja, que ya no sirve para nada. " Pues como la faja se ciñe a la cintura del hombre, así me había ceñido yo a Israel y a Judá, oráculo del

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17a semana

Señor, para que fuesen mi pueblo, mi renombre, mi alabanza y mi adorno, pero no me han hecho caso.

**• La Palabra del Señor conduce a Jeremías a realizar una acción simbólica. Las acciones del profeta, típicas del profetismo, e incluso su misma vida, se convierten en mensaje dirigido a los presentes, a cada uno en particular o, en ocasiones, al mismo profeta. La reacción que tales acciones suscitan son, por lo general, de escarnio, de desprecio y, en cualquier caso, de incomprensión. El profeta interviene entonces explicitando el mensaje o interpretando el acontecimiento, que contiene, según los casos, un aviso, una amenaza, un deseo. En este pasaje se le pide a Jeremías que compre una faja de lino, que se la ponga varios días y la esconda después en la grieta de una roca del río (w. 1-5). El mensaje queda ilustrado por medio de una doble comparación: del mismo modo que la faja se ciñe al cuerpo de quien se la pone, así también Israel estaba llamado a adherirse al Señor, respondiendo de manera positiva a la alianza con la que el Señor se había ligado antes a él. Puesto que el pueblo ha contravenido la alianza no escuchando la Palabra del Señor, siguiendo sus propias ideas y hasta dedicándose a la idolatría, ha faltado a su vocación, ha dejado de cumplir el servicio para el que Dios lo había elegido, convirtiéndose, como una faja podrida, en algo que ya no sirve para nada (w. lOss).

Evangelio: Mateo 13,31-35 En aquel tiempo, 3] les propuso Jesús otra parábola: -Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. 32 Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo pueden anidar en sus ramas.

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Les dijo otra parábola: -Sucede con el Reino de los Cielos lo que con la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. 34 Jesús expuso todas estas cosas por medio de parábolas a la gente, y nada les decía sin utilizar parábolas, 35 para que se cumpliera lo anunciado por el profeta: Hablaré por medio de parábolas, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

*+• Con las parábolas del grano de mostaza y de la levadura, pretende añadir Jesús otros elementos a la comprensión del misterio del Reino de Dios. Ya ha hablado de la oposición que encuentra la Palabra (cf. Mt 13,3-7) y puesto en guardia contra la impaciencia de los que pretendan eliminar de inmediato los obstáculos (cf. 13,27-30). Ahora pone de relieve el contraste entre unos inicios bien modestos y desarrollos extraordinariamente grandes. En efecto, así como la semilla pequeña tiene en sí u n a energía capaz de hacerla germinar hasta convertirla en un árbol de notables proporciones (w. 31ss), así también se dilatará el Reino de Dios, que, en estos m o m e n t o s , parece destinado a la derrota. Y así como la fuerza irresistible de un poco de levadura hace ferment a r u n a gran cantidad de harina (v. 33), así también la Palabra de Dios, recibida en el corazón del hombre, le a b r e a la Verdad y, «escondidos» entre la gente, los crist i a n o s de todos los tiempos se convierten en portadores del alegre anuncio y en testigos del a m o r de Dios por t o d o el mundo. Con las palabras del salmista, Mateo da u n a respuesta ulterior a la pregunta del «porqué» de las parábolas: con ellas no se pretende ocultar, sino ayudar a penetrar, de manera profunda, en el misterio de Dios y de su Reino (w. 34ss).

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Lunes

MEDITATIO

Nuestro tiempo, que contempla el predominio del «hombre económico», está escandido por el ritmo frenético e implacable de la eficiencia, de u n a productividad que debe ser eficaz a cualquier precio. Parece imposible sustraerse a esta lógica. La Palabra del Señor nos propone una lógica diferente para leer al hombre y su vida terrena: Dios está presente en el corazón de la realidad, puesto que es su Creador. San Pablo dirá que ni quien planta ni quien riega es determinante para el resultado final; sólo lo es Dios, que da el desarrollo y el crecimiento a la semilla y, más tarde, a la planta {cf. 1 Cor 3,7). Dios, lejos de invitarnos a u n a inactividad fatalista, nos proporciona el criterio del compromiso, exhortándonos a la confianza en él y a la esperanza. El h o m b r e es verdaderamente tal si se adhiere a Dios, si responde con todo su ser al amor de Dios. La dignidad, el valor del h o m b r e para Dios, se basa en el ser y no en el tener o el hacer. ¿Y para nosotros? ¿No nos arriesgamos muchas veces a dejarnos deslumhrar por las luces del éxito m u n d a n o y aturdir por la publicidad sistemática, por la que nos dejamos arrastrar aquí o allá, lejos de nosotros mismos y de Dios, tras aquel que hace más ruido? La Palabra de Dios, su incidencia en la historia, parece destinada al fracaso; el testimonio de los cristianos se presenta como un fenómeno de una minoría ilusa. Es el momento de renovar nuestra fe en el poder del Espíritu Santo y nuestro compromiso en la adhesión a su inspiración.

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ORATIO La fiebre del protagonismo hace presa en todos, oh Señor. Tampoco yo, en mi pequenez, me siento inmune a ella. Te agradezco que me hagas comprender que soy, ciertamente, necesario, pero no indispensable. A veces, las mismas circunstancias de la vida me obligan a tomar conciencia de ello, pero yo me agito, me rebelo, me siento también ofendido, porque no veo reconocido mi valor, que, a menudo, considero superior al de los otros... Te doy gracias por repetirme que sólo en comunión contigo, oh fuerza mía, lo puedo todo {cf. Flp 4,13) y participo en el milagro de producir resultados grandiosos, diferentes a los que podemos leer en los balances industriales de final de ejercicio, pero cuyos frutos nutren el ser de m a n e r a profunda. Necesito que m e lo recuerden, para aprender esa verdadera sabiduría que me hace vivir como si todo dependiera de mí y, al mismo tiempo, como si todo dependiera de ti.

CONTEMPLATIO Por nosotros mismos, somos ramas secas, inútiles, infructuosas, e incapaces de pensar, por lo general, cosa alguna por nosotros mismos; toda nuestra capacidad viene de Dios, que nos ha hecho idóneos para el servicio y capaces de cumplir su voluntad. Nuestras obras, como un pequeño grano de mostaza, no son en modo alguno comparables en grandeza al árbol de la gloria que producen; sin embargo, tienen, a pesar de todo, la fuerza y la virtud para producirlo, porque proceden del Espíritu Santo, el cual, por medio de u n a admirable infusión de su gracia en nuestros corazones, hace suyas nuestras obras, aunque nos las deja al mismo tiempo a nosotros.

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Nos deja, como parte nuestra, todo el mérito y todo el provecho de nuestros favores y de nuestras buenas obras, y nosotros, por nuestra parte, le dejamos todo el honor y toda la alabanza, reconociendo que el inicio, el progreso y el remate de todo bien que llevemos a cabo depende de su misericordia. Nosotros le damos la gloria de nuestras alabanzas, y él nos da la gloria de su alegría (Francisco de Sales, Teotimo, o Trattato dell'amor di Dio, Milán 1989, pp. 788ss [edición española: Tratado del amor de Dios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995]).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios escoge lo que es pequeño»

(cf. Mt 13,31).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Hace algún tiempo me sucedió un episodio que me afectó en lo profundo del alma. Estaba en Roma; esperaba el autobús en la parada que se encuentra casi enfrente de la iglesia de San Juan de Letrán. Estaba conmigo mi madre. Se me acercó una señora muy anciana, vestida con un pequeño abrigo negro, ya lustroso por el uso inveterado al que había sido sometido. Caminaba a pequeños pasos, con la típica rigidez senil del tronco, de la cabeza y de las manos. Me preguntó si quería comprar una protección de hilo de algodón rojo de ganchillo, de esas que sirven para coger ollas y cazuelas sin quemarse. Cogido así, de improviso, dije que no me interesaba. Entonces la viejecita se alejó sin insistir y sin dirigirse a nadie más. Me arrepentí de inmediato, porque comprendí que lo importante no era que yo tuviera necesidad de esa protección, sino que ella tuviera necesidad de venderlas a fin de poder ganar algo. Intercambié una mirada con mi madre, que la alcanzó enseguida y le preguntó a cuánto las vendía. «A mil liras la pieza, señora», res-

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pondió; «las he hecho yo misma a mano. Tengo noventa y dos años...». «Le compro las cinco que lleva», dijo mi madre, abriendo el monedero. La viejecita miró a mi madre con una sonrisa cansada y apenas marcada; sin decir nada, se alejó con su andar tranquilo, un andar que dejaba inmóviles los brazos, los hombros y la cabeza. Esta escena la he repensado, meditado, contemplado dentro de mí muchas veces, no sabría decir cuántas. La viejecita ya se había alejado: qué otra cosa - o quién- nos convenció, para comprar no una, sino todas las protecciones que vendía. Esa es la cuestión: hay una fuerza en el ser pequeño, pobre, sufrido y remisivo; una fuerza, sin embargo, que no le es propia, una fuerza que le viene de fuera. Alguien se la ha puesto dentro, alguien que la posee. No es cuestión de perderse en muchas averiguaciones, Señor, porque sólo hay Uno que pueda poseer tal fuerza, sólo Uno puede haber pensado hacer todo esto: tú. Tú la pusiste en la humildad de aquella viejecita, aunque la pusiste también en el corazón de quien la vio y la sintió. Es la única fuerza que ha existido siempre, que existe y que existirá siempre, la única fuerza que forma una sola cosa contigo, que hace de ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un único Dios: la fuerza de tu amor o, mejor aún, la fuerza del amor que eres (A. Marchesini, Piccolo come un seme d¡ senape, Bolonia 1993).

Martes 17 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 14,17-22 17

Mis ojos se deshacen en lágrimas noche y día sin cesar, porque un gran desastre alcanza a la doncella de mi pueblo y su herida es incurable. 18 Si salgo al campo, no hay más que muertos a espada; si entro en la ciudad, sólo las angustias del hambre. Profetas y sacerdotes andan errantes y desorientados por el país. 19 ¿Has desechado totalmente a Judá? ¿Has dejado de amar a Sión? ¿Por qué nos hieres sin remedio? Esperábamos la paz, pero no hay mejoría; el tiempo de la salvación, pero sólo hay espanto. 20 Reconocemos, Señor, nuestra maldad y la culpa de nuestros antepasados. Hemos pecado contra ti. 21 Por el honor de tu nombre, no nos rechaces,

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378 no profanes el trono de tu gloria; acuérdate, no rompas tu alianza con nosotros. 22 ¿Acaso hay algún ídolo de los gentiles que haga llover? ¿Dan los cielos la lluvia por sí solos? ¿No eres sólo tú, Señor, Dios nuestro? Nosotros esperamos en ti, porque eres tú quien hace todo eso.

*» El contexto en el que fueron confiadas a Jeremías estas palabras corresponde a una grave calamidad nacional: la sequía {cf. Jr 14,lss) y la guerra (cf. v. 18). A la descripción del deplorable estado en que se encuentra el país, herido de muerte y sin nadie que pueda guiarlo (w. 17ss), le sigue una oración de súplica. En ella intercede Jeremías ante Dios en favor del pueblo. Apela al compromiso asumido por YHWH en el momento de la alianza, en virtud de la cual no es posible que se haya alejado del pueblo de manera definitiva. Le recuerda la promesa de la salvación y de la paz, que no reinan sin embargo (v. 19); le invita de manera acongojada a no hacer desaparecer el pacto, a no abandonar al pueblo, que, por supuesto, le ha disgustado con su infidelidad, pero ahora reconoce sus propios pecados. Israel no tiene méritos para jactarse, pero el profeta implora a Dios apelando a su fidelidad: el Señor fiel (cf. Ex 34,6) no puede faltar a sí mismo (Jr 14,21). Él es el creador de Israel y de todo lo que existe (v. 22). Sólo él es digno de confianza (v. 22d), y por eso se confía a él el profeta, intercesor solidario con el pueblo por cuya suerte llora de manera incesante (v. 17). Evangelio: Mateo 13,36-43 En aquel tiempo, 36 dejó Jesús a la gente y se fue a la casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron:

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-Explícanos la parábola de la cizaña del campo. 37 Jesús les dijo: -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; 38 el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña, los hijos del maligno; 39 el enemigo que la siembra es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores, los ángeles. 40 Así como se recoge la cizaña y se hace una hoguera con ella, así también sucederá en el fin del mundo. 41 El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su reino a todos los que fueron causa de tropiezo y a los malvados 42 y los echarán al horno de fuego. Allí llorarán y les rechinarán los dientes. 43 Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos que oiga.

*• La explicación alegórica de la parábola de la buena semilla y de la cizaña presenta la antítesis entre «los hijos del Reino» y «los hijos del maligno». Cada hombre pertenece a la familia de aquel cuya palabra ha recibido y puesto en práctica. La vida terrena es el tiempo durante el que es posible escoger. A su término tendrá lugar el juicio, representado con la imagen escatológica -clásica en la Biblia- de la siega (v. 39). En ese momento se pondrá de manifiesto la diferente suerte merecida, respectivamente, por los «malvados» y por los «justos»: llanto y rechinar de dientes eterno para unos y brillo eterno para los otros (w. 42ss). La invitación dirigida de nuevo a escuchar y entender la Palabra (v. 43b) hace comprender la urgencia y el carácter dramático de la decisión que hemos de tomar. Al mismo tiempo, la explicación de la parábola, explicación que tiene lugar en casa sólo para los discípulos (v. 36), pretende aliviar la turbación de las primeras comunidades cristianas, que constataban la presencia del mal en su interior, y frenar la impaciencia de los que pretendían arrogarse el poder de hacer justicia.

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La potestad de juzgar -repite J e s ú s - corresponde al «Hijo del hombre» y la ejercerá cuando llegue «el fin del mundo», tal como pone de manifiesto el evangelista Mateo en su evangelio (cf. 25,31-46).

MEDITATIO El mal está presente por doquier, incluso en aquellas realidades que son signo de la santidad y que, por consiguiente, quisiéramos inmunes de tal herencia h u m a na. Agustín, cuando habla de la Iglesia «santa y pecadora», levanta acta de la presencia del mal en la comunidad de los cristianos, que es sacramento de la presencia de Dios en el m u n d o . El apóstol Pablo toma en su raíz esta realidad cuando observa que desearía hacer el bien y, sin embargo, hace el mal. La comunidad de los «puros», de los intocables por el mal, no es la comunidad de los discípulos de Jesús, u n a comunidad formada por pecadores que h a n pasado incluso por la experiencia del a m o r misericordioso que perdona y salva. De ahí surge en el corazón esa humildad que atrae la complacencia de Dios y también la simpatía de los otros. Entonces podremos descubrir una cierta solidaridad con aquellos que hacen el mal, porque no somos mejores que ellos. La oración se convierte en el instrumento eficaz para ayudarles e incluso para confirmarnos a nosotros mismos en la opción de pertenecer al Señor, prenda de la verdadera vida en el tiempo y de plenitud en la eternidad. Si tenemos u n a conciencia más iluminada que la suya respecto al bien y al mal, no ha de servirnos para autorizarnos a proceder a hacer juicios sumarios, sino de compromiso para hacer el bien con las acciones y las palabras. El ejemplo arrastra.

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Cuántas veces, Señor, soy uno de esos que lanzan imprecaciones porque las cosas van mal y se precipitan sobre el primer chivo expiatorio con el que se topan, encontrando con frecuencia poderosos aliados en los medios de comunicación. Hoy, sin embargo, quiero pedirte por este m u n d o y por esta Iglesia de la que formo parte. Hay muchas cosas que no funcionan, es cierto: veo el pecado y la injusticia, veo tomar decisiones poco respetuosas con la dignidad y la unicidad de la persona, veo que prevalecen los intereses de u n a parte... Veo el mal fuera de mí y antes que n a d a dentro de mí. Te ruego, Señor, que no te canses de perdonar. Envíanos la luz de tu Espíritu a todos nosotros, para que realicemos el bien y no el mal, para que cada uno aporte su contribución a fin de hacer más bello este mundo y esta Iglesia.

CONTEMPLATIO Debemos, por ende, hermanos, andar con toda diligencia en lo que atañe a nuestra salvación, no sea que el maligno, logrando infiltrársenos por el error, nos arroje, como la piedra de u n a honda, lejos de nuestra vida [...]. Huyamos de toda vanidad, odiemos absolutamente las obras del mal camino. No viváis solitarios, replegados en vosotros mismos, como si ya estuvierais justificados, sino, reuniéndoos en un mismo lugar, inquirid juntos lo que a todos en común conviene [...]. Hagámonos espirituales, hagámonos templo perfecto para Dios. En cuanto esté en nuestra mano, meditemos el temor de Dios y luchemos por guardar sus mandamientos, a fin de regocijarnos en sus justificaciones.

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El Señor juzgará al m u n d o sin acepción de personas: cada u n o recibirá conforme obró. Si el h o m b r e fue bueno, su justicia marchará delante de él; si fue malvado, la paga de su maldad irá también delante de él («Carta de Bernabé», II, 9; IV, 10-12, en Padres apostólicos, BAC, Madrid 2 1968, pp. 774-778).

ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Reconocemos,

Señor, nuestra maldad» (Jr 14,20).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Se dice: o bien Dios puede impedir el mal y entonces no es bueno porque no lo hace; o bien Dios no puede impedir el mal y entonces no es omnipotente. En ambos casos le falta a Dios un atributo esencial: o la bondad o la omnipotencia. La realidad nos advierte que no nos es lícito volcar en Dios (o sólo en Dios) nuestras responsabilidades. Hablo, como es natural, del Dios cristiano. Un Dios en cuyo plan, lo sabemos, era prioritaria la libertad para sus criaturas. No quiso un lager (campo de concentración) para reclusos ni una ruda guardería para eternos niños, sino un mundo poblado de hijos responsables. Libres, por tanto, de elegir entre el bien y el mal. Libres de comportarse como santos o como bribones. Su «ocultación», la discreción del claroscuro en que se ha envuelto a sí mismo y en que ha envuelto su Ley, su negativa a comportarse como un gendarme, son valores fuera de duda. En consecuencia, tienen un coste: a veces terrible. Somos cristianos - y no podremos ser otra cosa- porque logramos creer sólo en el Dios que se manifestó en aquel judío de Galilea. Sólo este tipo de omnipotencia en el fracaso y en el sufrimiento escapa a la pregunta sobre la presencia invencible del mal, que, mucho antes de ser un elegante problema para la filosofía, es un drama para nosotros, hombres de carne y hueso.

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Es un hecho objetivo que sólo el Dios de Jesús, el Dios en quien cree el cristiano, es el único que no puede ser implicado en la blasfemia del hombre por la marea de dolor que asciende a menudo y le ahoga. «No hay otra respuesta radical y definitiva al problema del mal aue la cruz de Jesús, en la cual sufrió Dios el mal supremo, y lo hizo de manera triunfal, porque lo padeció hasta el final. Esta respuesta elimina el escándalo de un Dios tirano que se complace en los sufrimientos de sus criaturas, proponiendo, sin embargo, un escándalo aún mayor (Jacques Natanson) (V. Messori - M. Brambilla, Qualche ragione per credere, Milán 1997).

Miércoles 17 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 15,10.16-21 10 ¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de pleitos y contiendas con todo el mundo! No he prestado, ni he pedido préstamos y, sin embargo, todos me maldicen. 16 Cuando encontraba tus palabras, yo las devoraba; tus palabras eran mi delicia y la alegría de mi corazón, porque he sido consagrado a tu nombre, Señor, Dios todopoderoso. 17 No me senté a disfrutar con los que se divertían; agarrado por tu mano me senté solo, pues tú me llenaste de indignación. 18 ¿Por qué es continuo mi dolor, y mi herida, incurable y sin remedio? Te has vuelto para mí arroyo engañoso de aguas caprichosas. 19 Entonces el Señor me respondió así: Si vuelves a mí, haré que vuelvas y estés a mi servicio;

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386 si separas el metal de la escoria, tú serás mi portavoz; que vuelvan ellos a ti, no tú a ellos. 20 Te pondré frente a este pueblo como sólida muralla de bronce: lucharán contra ti, pero no te vencerán, pues yo estaré contigo para salvarte y librarte. Oráculo del Señor. 21 Te libraré de la mano de los malvados, te salvaré del puño de los violentos.

>*• El texto litúrgico forma parte de una de las llamadas «Confesiones de Jeremías», fragmentos escritos en primera persona en los que vierte el profeta sus propios sentimientos y deja aflorar su ánimo, desahogándose con Dios por la dureza de la misión que le ha confiado y hasta por su misma existencia, cuyo fracaso percibe. Jeremías, que tanto hubiera deseado la paz, y que, sin embargo, a causa de la Palabra, es objeto de contiendas y de pleitos (v. 10), deplora haber nacido. Recuerda el entusiasmo y la alegría del primer encuentro con la Palabra del Señor, convertida después en el centro y el sentido de toda su vida. A la iniciativa de Dios le había seguido la disponibilidad total de Jeremías, el compromiso de toda su persona en la decisión consciente de estar consagrado a Dios (v. 16). La soledad, el distanciamiento de las compañías festivas, fueron la consecuencia de esta dedicación absoluta a u n a Palabra que va contra corriente y que sus contemporáneos rechazan e incluso combaten (v. 17). De ahí procede el agudo sufrimiento que siente Jeremías sin posibilidad de curación y el grito de denuncia de su propia situación frente a Dios, que se le ha vuelto engañoso como un arroyo de aguas caprichosas. Por toda respuesta (w. 19-21), el Señor le confirma al profeta su arduo mandato, pidiéndole de nuevo su entera disponibilidad, renovándole la promesa del éxito final de su misión, garantizado por su misma presencia. La Palabra que le había seducido en un tiempo deberá «encar-

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narse» aún más en Jeremías. Fiel a ella, el profeta recibirá la fuerza necesaria para resistir a todos los adversarios.

Evangelio: Mateo 13,44-46 En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: 44 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo deja oculto y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra ese campo. 45 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con un mercader que busca ricas perlas y que, 46 al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

**• En el marco del sermón dirigido a los discípulos en casa icf. Mt 13,36), las parábolas del tesoro encontrado por casualidad en el campo y de la perla largo tiempo buscada y por fin encontrada ponen el acento en la alegría de quien ha comprendido el valor del Reino de Dios. Se trata de una alegría tan penetrante y profunda que hace posible la venta de cualquier otro bien para comprar el campo donde está escondido el tesoro o adquirir la perla preciosa. Acoger la Palabra de Jesús y tener acceso al misterio del Reino de Dios no es, por tanto, únicamente u n a experiencia de contraste y de paciente tenacidad, como sugerían las parábolas del sembrador y de la cizaña, sino que es también y sobre todo u n a experiencia de alegría. Junto a esta enseñanza principal, las parábolas plantean la exigencia del radicalismo en la opción por el Reino: no es posible llegar a soluciones de compromiso; es preciso darlo todo si queremos gozar del a m o r de Dios. El hombre experimenta esto como don inesperado y como fruto del empeño: Dios se ofrece en virtud de su libre iniciativa, más allá de cualquier posible mérito del hombre. Haciéndose buscar, dilata en él el espacio del deseo.

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MEDITATIO Hay dos tonalidades en las lecturas que hoy nos ofrece la liturgia. Está la alegría de quien ha encontrado el sentido de su vida en una palabra, la de Dios, que le ha abierto el corazón, y por la que no vacila en comprometer toda su vida renunciando a todo lo demás, y esta la desolación de quien siente la inutilidad de su vivir, el fracaso de sus esfuerzos, aunque sean sinceros. Con frecuencia coloreamos la vida con una u otra escala cromática. Tal vez empleamos con mayor frecuencia la segunda. El Señor nos dice algo importante: la alegría del encuentro con él, saboreada en un momento preciso que ha iluminado nuestra existencia, constituye el fundamento que debemos redescubrir de continuo. Es la memoria que nos garantiza lo esencial: la certeza de que el Señor está vivo y presente junto a nosotros. La pesadez del vivir, la constatación de haber fracasado, son experiencias dolorosas y lancinantes, que desgarran por dentro, que estallan en un grito: «¡Basta!». Volver a encontrar la alegría del momento del descubrimiento, o bien desear proseguir la búsqueda si todavía no hemos encontrado, es la verdadera aventura de la vida, es su sentido más profundo. Vale la pena entregarlo todo por esto. Dejémonos atraer por el Señor, que, como hizo con el profeta, nos dice hoy a nosotros: «Si vuelves a mí, haré que vuelvas y estés a mi servicio» (Jr 15,19).

ORATIO Tengo necesidad de ti, Señor, de tu presencia, que da vigor a mis fuerzas e impulso a mi corazón. Necesito saborear la dulzura de tu amistad, dejarme deslumhrar por el esplendor de tu belleza. Tengo necesidad de apa-

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sionarme por tus cosas y de descubrir que sólo perteneciéndote soy de verdad yo mismo. No es fácil encontrar a precio de saldo el coraje de arriesgar. Y - m e doy cuenta de ello- no es el resultado de una operación lógica. El coraje necesario para apostarlo todo, toda la existencia, por ti, Señor, apoyados en tu Palabra, es algo que pertenece al orden del corazón, y es posible si acepto dejarme abrasar interiormente por el fuego del Espíritu, por tu amor creador. Que yo también pueda saborear, Señor, tu bondad y tu dulzura... Así, lo menos que podré hacer será dejarlo todo por ti y gritarte una vez más: «¡Aquí estoy, Señor!».

CONTEMPLATIO Si Cristo habita en nuestros corazones por medio de la fe, como dice el divino apóstol, y todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento están escondidos en él, entonces todos los tesoros de la sabiduría y del conocim i e n t o están escondidos en nuestros corazones y se revelan al corazón en la medida de la purificación alcanzada p o r cada uno mediante los mandamientos. Éste es el tesoro escondido en el campo del corazón, y todavía no lo has encontrado a causa de tu pereza. Si, en efecto, lo hubieras encontrado, habrías vendido ya todo lo que tienes y habrías comprado este campo. Como u n labrador que busca u n campo adecuado p a r a trasplantar algún árbol silvestre y encuentra por casualidad u n tesoro inesperado, así es todo asceta humilde y sencillo. El asceta experimentado es u n agricultor espiritual que trasplanta como un árbol silvestre la contemplación de las cosas visibles orientada a la percepción sensible en la región de las realidades inteligibles, y encuentra un tesoro, es decir, la manifestación, p o r la gracia, de la sabiduría que hay en los seres

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(Máximo el Confesor, La filocalia, II, Turín 1983, 107 y 116). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tu Palabra es la alegría de mi corazón» (cf. Jr 15,16).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La alegría del Evangelio es propia de quien, tras haber encontrado la plenitud de la vida, queda suelto, libre, desenvuelto, sin temor, no cohibido. Ahora bien, ¿creéis acaso que quien ha encontrado la perla preciosa empezará a despreciar todas las otras perlas? En absoluto. Quien ha encontrado la perla preciosa se vuelve capaz de colocar las otras en una escala de valores justa, para relativizarlas, para juzgarlas en relación con la perla más bella. Y lo hace con extrema sencillez, porque, teniendo como piedra de toque la preciosa, es capaz de comprender mejor el valor de las otras. A quien tiene la alegría del Evangelio, a quien tiene la perla preciosa, el tesoro, se le dará el discernimiento de los otros valores, de los valores de las otras religiones, de los valores humanos que hay fuera del cristianismo; se le dará la capacidad de dialogar sin timidez, sin tristeza, sin reticencias; más aún: con alegría, precisamente porque conocerá el valor de todo lo demás. Quien busca la alegría en seguridades humanas, en ideologías, en sutilezas, no puede encontrar esta alegría. La alegría del Evangelio es Jesús crucificado, que llena nuestra vida perdonando nuestros pecados, dándonos el signo de su amor infinito, llenándonos día y noche con su alegría profunda. Cuando carecemos de soltura, cuando estamos espantados, cuando somos perezosos, temerosos, cuando estamos preocupados por el futuro de la Iglesia y de nuestra comunidad, eso significa que no tenemos la alegría del Evangelio, sino sólo algunas sombras, algún eco lejano, intelectual, abstracto, del mismo. Acoger el Evangelio es acoger su fuerza y apostar por

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ella, confiarnos a Cristo crucificado, que quiere llenarnos de su alegría (Cario Maria Martini, La gioia del vangelo, Cásale M . 1988 [edición española: La alegría del evangelio, Sal Terrae, Santander 1996]).

Jueves 17 a s e m a n a del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 18,1-6 1

El Señor dirigió esta palabra a Jeremías: -Baja en seguida a casa del alfarero; allí te comunicaré mi palabra. 3 Bajé a casa del alfarero, y lo encontré trabajando en el torno. 4 Si se estropeaba la vasija que estaba haciendo mientras moldeaba la arcilla con sus manos, volvía a hacer otra a su gusto. 5 Entonces el Señor me dijo: 6 -¿Acaso no puedo yo hacer con vosotros, pueblo de Israel, igual que hace el alfarero? Oráculo del Señor. Como está la arcilla en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos, pueblo de Israel. 2

*•• La Palabra del Señor cita a Jeremías en casa del alfarero. La actividad cotidiana del artesano aparece como símbolo del modo de obrar de Dios. El profeta, instruido por la Palabra del Señor, comprende el mensaje que deberá anunciar al pueblo, verdadero destinatario de esta acción simbólica. Como el alfarero, al modelar los utensilios, deshace los que no salen bien y a m a s a de nuevo la arcilla para hacer otros, así YHWH,

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que es el Creador y Señor de todos los pueblos, puede eliminar al que no vive según su voluntad. Su juicio es inapelable y no se trata de u n gesto autoritario, sino pedagógico: el castigo es una ayuda para comprender el propio error y convertirse. Como la arcilla está en manos del alfarero, así está Israel en manos de Dios. La imagen, además de evocar la idea de la potestad absoluta de Dios respecto al pueblo, sugiere la de su atento cuidado, a fin de que el pueblo viva con rectitud, de modo semejante al del artista, que, al modelar un objeto, pone todo su cuidado para que salga bien. Evangelio: Mateo 13,47-53 En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: 47 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con una red que echan al mar y recoge toda clase de peces; 48 una vez llena, los pescadores la sacan a la playa, se sientan, seleccionan los buenos en cestos y tiran los malos. 49 Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos 50 y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes. 51 Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Habéis entendido todo esto? Ellos le contestaron: -Sí. 52 Y Jesús les dijo: -Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas. " Cuando Jesús acabó de contar estas parábolas, se marchó de allí.

»» La parábola de la red que, echada al mar, recoge peces comestibles y no comestibles ahonda en el significado de la parábola de la cizaña. Así como en la red se encuentran peces buenos y malos, también en la comu-

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nidad de los discípulos de Jesús hay quien acoge y vive su Palabra, primicia del Reino, y quien la rechaza o se muestra indiferente. La distinción tendrá lugar al fin de los tiempos y corresponde a Dios realizarla (w. 47-50). Es importante para los discípulos comprender el misterio del Reino que Jesús les ha revelado mediante las parábolas, o bien entender con la mente y con el corazón la Palabra y vivirla a través de la obediencia de la fe. Es preciso el asentimiento personal del discípulo (v. 51), a fin de que siguiendo a Jesús y a ejemplo suyo pueda ser u n comunicador y u n testigo de toda la voluntad salvífica del Padre, tal como la manifestó en la antigua y en la nueva alianza (v. 52). MEDITATIO Dios es el Señor de nuestra existencia: ¿lo creemos de verdad? En ocasiones decimos: «Estamos en sus manos», y lo decimos, tal vez, con un tono de resignación, el de quien constata una evidencia a la que no se puede sustraer. Sin embargo, podríamos probar a dejarnos arrebatar el corazón y la mente por esta imagen: estamos en manos del Señor. Manos que calientan y protegen, manos que guardan y apoyan, manos que alientan y que están abiertas para acoger a toda hora. Manos - t a m b i é n - que dejan marcharse a quien no quiere quedarse y que, al final, juzgarán, respetando de todos modos la decisión que cada uno haya tomado. Manos que exhortan, las de Dios, que invitan y tranquilizan. Manos que entregan un tesoro del que extraer riquezas y que es su misma manifestación como amor que se entrega. Dichosos nosotros si lo comprendemos, cada vez de una manera más profunda, a través de todas las circunstancias de la vida, las duras y las más fáciles. Eso es lo que Jesús intentó decirnos con las parábolas. ¿Lo hemos comprendido?

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Gracias, Dios mío, por el cuidado que tienes conmigo: no dejas que rae falte nada para que pueda conocerte y responder a tu don de amor. Tú me has creado y me custodias en la vida, una vida que me dejas libre de orientar como quiero. Sin embargo, tú sabes cuál es mi verdadero bien y espías angustiado mis movimientos, sufriendo cuando me cierro al amor. Al final del tiempo mirarás conmigo mi vida, recorriendo sus momentos uno tras otro. Entonces tendrá lugar el juicio. Gracias, Señor, por hacerme comprender hoy que con el presente preparo el futuro. Con mi presente, vivido en docilidad a ti, a tu don, a tu Palabra. Gracias, Señor, por tenerme en tus manos.

CONTEMPLATIO Mientras estemos en esta vida -puesto que nuestra vasija, por así decirlo, es de arcilla recién salida del torn o - estamos siendo fabricados a la manera de u n alfarero, tanto en lo que toca a la maldad como en lo que corresponde a la virtud. Ahora bien, el alfarero nos fabrica de manera que podamos aceptar tanto el hecho de que se pueda romper nuestra maldad, para convertirnos en u n a nueva criatura mejor, como el hecho de que nuestro progreso, después que haya tenido lugar, sea reducido a una vasija de arcilla recién salida del torno. Ahora bien, cuando hayamos llegado más allá de esta era presente, cuando hayamos llegado al final de la vida, entonces seremos aquello en lo que nos hayamos convertido, tras haber sido templados o bien con el fuego de las flechas incendiarias del Maligno (Ef 6,16) o bien con el fuego divino -puesto que nuestro Dios es también «un fuego devorador» (Heb 12,29)-. Si, digo yo,

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nos convertimos, bajo la acción de éste o de aquel fuego, en esto o en aquello, si nos rompen, no podremos ser rehechos ni nuestra condición podrá mejorar. Por eso, mientras estemos aquí, es como si estuviéramos en manos de un alfarero, quien, si la vasija se cae de sus manos, puede ponerle remedio y hacerla de nuevo. Vigílate, pues, a ti mismo, porque mientras estés en manos del alfarero y te encuentres todavía en el acto de ser modelado, no caigas por ti mismo fuera de sus manos. Es cierto que nadie puede cogerse de la mano de Dios; sin embargo, nosotros mismos, por negligencia, podemos caer de sus manos (Orígenes, Omelie su Geremia, Roma 1995, pp. 221ssy225ss). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Haznos comprender, Señor, tu Palabra» (cf. Mt 13,51).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Vino la Segunda Guerra Mundial, con todo el dolor que quedó grabado de manera indeleble en mi memoria. No quise tomar partido sino por el amor y contra el odio. En un país oprimido por la ocupación enemiga, sostuve que los cristianos están obligados a amar a sus enemigos y que defraudarlos sistemáticamente con las pruebas normales y las manifestaciones del amor fraterno es pecado grave. Tuve amigos entre los comunistas y en el Ejército alemán, entre los colaboracionistas, en la Resistencia y entre los voluntarios que combatían contra los rusos en el frente oriental. Eso me trajo a menudo dificultades. Y es que casi todos los que se comprometían personalmente estaban convencidos de que la patria, Europa, Dios, el Orden Nuevo y todos los restantes ideales únicamente podían ser servidos de una sola manera: la que ellos mismos consideraban justa.

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Después de la guerra, puse la misericordia por encima del derecho. Mendigué amor para el enemigo derrotado. Defendí a los inermes, a los prisioneros, a los expulsados de sus casas y de sus tierras, a los perseguidos, a los pobres y a los oprimidos. Esto fue el comienzo de mi verdadera vocación. La esencia de mi vocación consiste en enjugar las lágrimas de Dios allí donde llore. Como es natural, Dios no llora en los cielos, donde mora en una luz inaccesible y goza eternamente de su felicidad infinita. Sus lágrimas corren, sin interrupción, por el rostro divino de Jesús, que, aun siendo uno con el Padre celestial, aquí, en la tierra, sobrevive y sufre, está hambriento y es perseguido por los enemigos de los suyos. Las lágrimas de los pobres son las suyas, puesto que Jesús ha querido identificarse enteramente con ellos. Y las lágrimas de Jesús son lágrimas de Dios (W. van Straaten, Dove Dio piange, Roma 1969 [edición española: Donde Dios llora, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1971 ]).

17 a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 26,1-9 1

Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, el Señor me dirigió esta palabra: 2 «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo del Señor y proclama, sin omitir nada, todo lo que yo te mando decir a los que vienen de las ciudades de Judá para dar culto en el templo. 3 Tal vez te hagan caso y se conviertan de su mala conducta. Si lo hacen, yo me arrepentiré del mal que pensaba hacerles para castigar sus malas acciones. 4 Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis; si no cumplís la Ley que os he prescrito; 5 si no escucháis las palabras de mis siervos los profetas, a quienes yo os envío sin cesar y vosotros no hacéis caso, 6 trataré a este templo como al santuario de Silo, y todas las naciones citarán el nombre de esta ciudad en sus maldiciones. 7 Los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo oyeron a Jeremías pronunciar estas palabras en el templo del Señor. 8 Y cuando Jeremías acabó de decir lo que el Señor le había mandado decir a todo el pueblo, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo le apresaron, diciendo: -Morirás por esto. 9 ¿Por qué profetizas en nombre del Señor diciendo que este templo correrá la suerte del santuario de Silo y que esta ciudad será devastada y despoblada? Entonces todo el pueblo se abalanzó sobre Jeremías en el templo del Señor.

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*+• Este fragmento abre u n a nueva sección del libro de Jeremías (capítulos 26-29), que se distingue de la precedente (capítulos 1-25). En la que ahora comienza, se narran en prosa las circunstancias relativas a los mensajes del profeta. Concretamente, el capítulo 26 presenta el contexto de las palabras pronunciadas por el profeta en la entrada del templo y recogidas en el capítulo 7. Durante el reinado del impío Joaquín, que había frustrado las esperanzas de reforma religiosa suscitadas por su padre, Josías, pronuncia Jeremías el duro discurso del que aquí se nos ofrece una síntesis. El Señor envía al profeta al templo, presumiblemente con ocasión de una fiesta religiosa que atrae a muchas personas a Jerusalén (v. 2), a proclamar unas palabras importantes, unas palabras que deberá pronunciar sin omitir nada: está en juego la conversión del pueblo o su castigo (v. 3). Jeremías llama a todos a la responsabilidad respecto a la Palabra del Señor, cuya escucha constituye el punto de partida para convertirse. Precisamente con este fin ha ido enviando Dios, a lo largo de toda la historia de Israel, a los profetas, hombres de la Palabra (v. 5). Ahora bien, quien no sigue las advertencias de los profetas y no se comporta en conformidad con la Palabra del Señor no puede pretender encontrar la salvación sólo por el hecho de frecuentar el templo. La actitud asumida respecto a la Palabra es discriminadora: si escucharla y obedecerla es vivir, no escucharla y no obedecerla es morir. En este caso, el pueblo depositario de la bendición será maldito en virtud de su elección (v. 6).

Evangelio: Mateo 13,54-58 En aquel tiempo, M fue Jesús a su pueblo y se puso a enseñarles en su sinagoga. La gente, admirada, decía: -¿De dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? 55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y

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Judas? 56 ¿No están todas sus hermanas entre nosotros? ¿De dónde, pues, le viene todo esto? 57 Y los tenía desconcertados. Pero Jesús les dijo: -Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa. 58 Y no hizo allí muchos milagros por su falta de fe.

*•• Terminado el «sermón en parábolas», recoge Mateo otro material narrativo, cuyo variado contenido marca la progresiva separación entre Jesús e Israel y manifiesta la formación específica dada al grupo de los discípulos {cf. Mt 13,54-17,27). El episodio que abre la sección, y que constituye el fragmento litúrgico de hoy, narra el rechazo que opusieron a Jesús sus paisanos. Del estupor inicial producido por su enseñanza (v. 54) se pasa a la pregunta fundamental sobre la identidad del Nazareno. Los fariseos habían respondido a ella declarándolo afiliado al bando del príncipe de los demonios, por cuya autoridad habría hecho los milagros {cf 12,24). Los habitantes de Nazaret, sin embargo, no dan respuesta alguna. El conocimiento que tienen de su paisano y de su familia se convierte en un obstáculo para creer que sea él el Mesías: no es posible que u n hombre de la condición de Jesús tenga «esa sabiduría y esos poderes milagrosos» (v. 55ss). Jesús constata a través de su propia experiencia la verdad del dicho proverbial que reza: «Nadie es profeta en su tierra» {cf v. 57). La suerte de su mensaje y de su misma persona no es diferente a la reservada a los profetas del Antiguo Testamento y de todos los tiempos: rechazo, burla, desprecio, persecución; a menudo, también muerte violenta. Y dado que los milagros suponen la fe, que es lo único que permite comprender su verdadero significado, la incredulidad de los habitantes de Nazaret se convierte en un impedimento para que Jesús pueda hacerlos (v. 58).

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MEDITATIO La fe es acogida y adhesión total a la persona de Jesús. No es posible aceptar a Jesús en parte, sólo en aquellos aspectos que puedan parecemos más agradables y comprensibles. Si aceptar a Jesús y la Palabra del Padre que él nos comunica lanza por los aires nuestras ideas y proyectos, incluso religiosos, si descubrimos que Jesús es diferente de la imagen que nos habíamos hecho de él, entonces se nos presenta la ocasión de convertirnos, es decir, de abandonar nuestros puntos de vista y dirigir nuestra mirada sobre Jesús tal como es, disuadiéndonos de nuestros razonamientos. Si esto nos incomoda demasiado y nos mofamos de quien nos invita a n o camuflar el rostro de Dios, difícilmente podremos ver los signos de su presencia vivificante entre nosotros. La invitación a escuchar a los profetas va rebotando a lo largo de los siglos y llega hasta nosotros. En Jesús se ha pronunciado la Palabra de Dios de manera total, y desde hace dos mil años nunca han faltado en la Iglesia hombres y mujeres que con su vida, sus escritos y su predicación han reavivado entre sus contemporáneos la conciencia de la belleza y las exigencias del Evangelio. También hoy están presentes entre nosotros, pero ¿los escuchamos?

ORATIO ¡Haz Que te conozca, Señor! No quiero quedar encerrado en las angustias de mis ideas sobre ti, unas ideas tan mezquinas, tan limitadas... Haz que te conozca como eres, en tu belleza, en tu verdad, en tu sencillez. Haz que te conozca. Y para ello, Señor, libérame de los sucedáneos de los que me rodeo, de las falsas certezas en las que me apoyo. Deseo, quiero declarar mi fe en ti,

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Señor siempre sorprendente, que remueves mis certezas construidas a la medida de mi tranquilo vivir. Oh Dios, a quien tengo miedo de entregarme y cuya falta me consume; Dios de mi mediocridad y de mi nostalgia del absoluto; Dios que caminaste en Jesús entre nosotros y exaltaste nuestra vida, haz que te conozca, porque, oh Señor de mi vida, creo en ti.

CONTEMPLATIO Bajó de los cielos a la tierra por causa de la humanidad que sufre; se revistió de nuestra humanidad en el seno de la Virgen y nació como hombre. Él fue quien nos sacó de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al Reino eterno. Fue perseguido en David y deshonrado en los profetas. Fue él quien se encarnó en el seno de la Virgen, fue colgado en la cruz, sepultado en la tierra y, resucitado de entre los muertos, subió a las alturas de los cielos (Melitón de Sardes, «Homilía sobre la Pascua» 65-67, en SC 123,95-101). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que yo te escuche, Señor, y me convierta a ti» (cf. Jr 26,3).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL ¿Decir en veinte renglones quién es Jesucristo? Para los cristianos, Jesús es Dios. -Aunque no para todos: la divinidad de Cristo ha dividido desde siempre a la cristiandad. - Pocos dogmas como éste han sido defendidos o combatidos con tanta fo-

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gosidad. - La imagen de Cristo se refleja siempre en la conciencia de cada uno según sus propios conocimientos. Para los judíos, durante los siglos de su exilio, el Crucificado ha sido también e¡ Crucificador. En nombre de Cristo se han promulgado leyes antisemitas, en nombre de Cristo ha sido discriminado, perseguido, expulsado, asesinado con excesiva frecuencia Israel a ruegos de muchas Inquisiciones. Jesús: un vínculo de unión entre Israel y los gentiles, que une y separa en igual medida. Justo, sabio, profeta: un «loco» entre los «locos» de Israel, en la medida en que toda verdadera profecía confina con la locura que condena nuestra sensatez. Un judío «central», decía Martin Buber. Un judío único, como todos y cada uno podemos constatar. Único por su esplendor y por la contradicción que ha introducido -como una levadura- en el corazón de las naciones. Un misterio -así prefieren definirlo los teólogos cristianos, a los que responden con el silencio los teólogos judíos-. Pero veinte líneas son incluso demasiadas para hablar de un misterio. O bien, en ese caso, es que el que lo intenta no sabe de lo que está hablando (André Chouraqui, en A.-M. Carré [ed.], Per leí, chi é Gesü Cristo?, Roma 1 973 [edición española: Para ti, quién es Jesucristo, Narcea, Madrid 1972]).

Sábado 17a semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 26,11-16.24 En aquellos días, " los sacerdotes y los profetas dijeron a los jefes y a todo el pueblo: -Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como habéis escuchado con vuestros propios oídos. 12 Pero Jeremías dijo a todos los jefes y al pueblo: -El Señor me ha enviado a profetizar contra este templo y contra esta ciudad todo lo que habéis oído. " Así que enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, obedeced al Señor, vuestro Dios, y el Señor se arrepentirá del castigo con el que os ha amenazado. '" En cuanto a mí, estoy en vuestras manos; haced de mí lo que os parezca bueno y justo, 15 pero sabed que, si me matáis, seréis responsables de la muerte de un inocente, vosotros, esta ciudad y sus habitantes, porque es verdad que el Señor me ha mandado a que os anuncie todas estas cosas. 16 Los jefes y el pueblo entero dijeron a los sacerdotes y a los profetas: -Este hombre no es reo de muerte, porque nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios. 24 A Jeremías lo protegió Ajicán, hijo de Safan, y por eso no lo entregaron en manos del pueblo para que lo mataran.

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^ Este fragmento es continuación del leído ayer y presenta la reacción a la vigorosa advertencia pronunciada por el profeta en la entrada del templo. Las autoridades religiosas denuncian a Jeremías ante los jefes y ante el pueblo, acusándole de profetizar la destrucción del templo y de Jerusalén, «santos» ambos por ser morada de Dios. Anunciar su final era pronunciar una blasfemia que merecía la sentencia de muerte (v. 11). Jeremías reivindica en su defensa el mandato recibido del Señor (v. 12). Con todo, precisa que el centro de su mensaje no es la destrucción de Jerusalén y de su templo, sino la conversión del pueblo: eso es lo que desea el Señor, y a su obtención se dirige la amenaza del castigo que, sin embargo, si la advertencia consigue el efecto esperado, no será llevado a cabo (v. 13). Jeremías sabe que es, en verdad, profeta de YHWH: los jefes religiosos y políticos se abstienen de condenar a muerte a un inocente, cuya sangre pesaría sobre su conciencia como u n a culpa ulterior que, ciertamente, no quedaría sin castigo (w. 14ss). El fragmento litúrgico concluye con el v. 24, en el que se indica que Jeremías salvó la vida gracias a la protección que le otorgó u n personaje dotado de autoridad frente a los jefes del pueblo.

Evangelio: Mateo 14,1-12 1

Por entonces, el tetrarca Herodes oyó hablar de Jesús, 2 y dijo a sus cortesanos: -Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos; por eso actúan en él los poderes milagrosos. 3 Es que Herodes había detenido a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. 4 Pues Juan le decía: -No te es lícito tenerla por mujer. 5 Y, aunque quería matarlo, tuvo miedo al pueblo, que lo tenía por profeta.

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Un día que se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público y agradó tanto a Herodes 7 que éste juró darle lo que pidiese. 8 Ella, azuzada por su madre, le dijo: -Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista. 9 El rey se entristeció, pero por no romper el juramento que había hecho ante los comensales, mandó que se la dieran, 10 después de enviar emisarios para que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel. " Trajeron la cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, la cual a su vez se la llevó a su madre. 12 Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús.

**• Después de contar cómo rechazaron a Jesús sus paisanos, inserta el evangelista el relato del martirio de Juan el Bautista, tomando como motivo la reacción de Herodes Antipas al oír hablar de Jesús y de sus obras (w. lss). Herodes, a quien los romanos le habían reconocido la jurisdicción sobre Galilea y Perea, había decretado el arresto y la posterior decapitación del Bautista a causa de la fuerte denuncia por parte de este último del pecado del tetrarca. Este había repudiado a su consorte y tomado como mujer a la esposa de su hermano (w. 3-5). La intransigente llamada del Bautista a la observancia de la ley moral se había vuelto insoportable para la pareja adúltera. Si bien la voluntad homicida de Herodes estaba frenada por el temor de una sublevación popular -y, añade el evangelista Marcos, por cierta estima que el tetrarca alimentaba por el Bautista (cf. Me 6,20)-, no ocurría lo mismo con Herodías. Por eso, cuando Herodes le juró a la hija de ésta darle lo que le pidiera, «Herodías consiguió que le entregara la cabeza de Juan (w. 6-11). La muerte del Bautista, cuya noticia llevaron a Jesús los discípulos de aquél (v. 12), es el último eslabón de una cadena de acontecimientos a través de los cuales ha llevado Juan a término su propia misión de

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precursor. Jesús comprende que está llamado a recorrer el mismo camino.

MEDITATIO

En los discursos de despedida que siguieron a la Última cena, Jesús declaró: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Jesús es la verdad desconocida y combatida por los que se dejan instigar por aquel que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). Ahora bien, el que sigue a éste no llega a la vida, sino a la muerte. Sin embargo, tiene tantos seguidores porque en este m u n d o el éxito de la elección parece producir un efecto contrario: los testigos de la verdad son aplastados, hechos callar, muertos en los lager (campos de concentración) de ayer y de hoy Es una constante de la historia que estallan persecuciones allí donde hay alguien que dice de modo claro y comprensible, con su vida y con sus palabras, la verdad de Dios. La verdad es incómoda, del mismo modo que es incómodo el amor, porque implica la renuncia a nuestros propios intereses egoístas y pide la apertura al otro. La Palabra del Señor, una vez más, nos sirve de espejo. ¿En qué rostro nos reconocemos? ¿En el de Jeremías y en el de Juan el Bautista? ¿O en el de los sacerdotes y en el de los profetas corruptos, o en los de Herodes y Herodías?... Escuchemos, hoy, la voz del Señor, que es la voz de la verdad.

ORATIO Perdona, Señor, mi poco coraje. Me siento muy semejante a tu apóstol Pedro, que, cuando le preguntaron

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si era de los tuyos, negó incluso conocerte. El miedo a perder la compañía de alguien o un mal entendido respeto h u m a n o me frenan a la hora de pronunciar las palabras, de realizar acciones coherentes con ese Evangelio que, sin embargo, deseo vivir. E n ciertos lugares es motivo de vergüenza declararse cristiano. Concédeme tu Espíritu de fortaleza: que yo me deje calentar el corazón y encuentre en ti una alegría más fuerte que cualquier miedo. Haz de mí también u n testigo de la verdad que tú eres.

CONTEMPLATIO Dichosos los que han sufrido como los profetas. A alguien que, viviendo con pleno celo y censurando a los que pecan, tuviera que comprender que ha de ser odiado y estar expuesto a insidias, así como perseguido y escarnecido a causa de la justicia, no sólo no le disgustarán estas cosas, sino que se alegrará y exultará con ellas, porque está convencido de que recibirá a cambio u n a gran recompensa en los cielos de manos de aquel que lo ha comparado a los profetas, por haber padecido los mismos sufrimientos. Es preciso, por consiguiente, que aquel que vive con celo la vida profética y ha sido capaz de acoger al Espíritu que había en los profetas, reciba desprecio en el m u n d o y entre los pecadores, a quienes resulta embarazosa la vida del justo (Orígenes, Comentario al evangelio de Mateo, Roma 1998, I, pp. 141ss). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Siguen enviando, Señor, profeta a tu Iglesia».

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PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Para los que se han especializado en el arte de descubrir el lado bueno en cada criatura, ninguna es sólo maldad. Para los que se han especializado en el arte de descubrir el alma de verdad que hay en cada ideología, la inteligencia no es capaz de adherirse aferrar total. No has de temer a la verdad, porque, aunque pueda parecerte dura y herirte de muerte, es auténtica. Has nacido para ella. Si intentas encontrarla, si dialogas con ella, si la amas, no hay mejor amiga ni hermana mejor. Hasta el fondo, no te detengas. Es una gracia divina empezar bien. Pero es una gracia mayor aún continuar por el buen camino, mantener el ritmo... Ahora bien, la gracia de las gracias es no perderse y, resistiendo aún o dejando ya de hacerlo, a jirones, a pedazos, ir hasta el fondo (H. Cámara, // deserto é fecondo, Asís 1982 [edición española: El desierto es fértil, Sigúeme, Salamanca 1986]).

Novena semana Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

7 15 23 31 39 47

Décima semana Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

55 63 69 77 85 93

Undécima semana Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

99 105 113 121 129 137

Duodécima Lunes Martes

145 153

semana

Índice

412 Miércoles Jueves Viernes Sábado

161 169 177 185

Decimotercera Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

semana

Decimocuarta Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

semana

Decimoquinta Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

semana

193 199 205 211 217 223

229 237 245 253 261 269

Decimosexta semana Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

277 285 291 299 307 315

323 331 339 347 355 361

413

índice

Decimoséptima Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

semana 369 377 385 393 399 405