La Universitaria

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LA UNIVERSITARIA

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LA UNIVERSITARIA

CAPITULO I

La lluvia golpeaba con fuerza los cristales de la ventana de su pequeña habitación de estudiante ; habitación que pertenecía a un piso de los compartidos, de esos que suelen utilizar los universitarios, para que la estancia en la ciudad, le resulte más barata, más ajustada a sus posibilidades económicas, las de una hija de una familia de clase obrera. Los temas que estaba estudiando, lejos de motivarla, de fomentar su curiosidad, solo conseguían aburrirla; pero su fuerza de voluntad era poderosa y conseguía mantener su atención en los apuntes; tenía que prepararse aquellos temas, tan nuevos para ella, pero tan necesarios para introducirla en la rutina de su curso. Las noticias que le habían dado en su casa este último fin de semana, sobre la situación económica familiar, no habían sido buenas; su padre, sostén único de la economía familiar, se había quedado en el paro; la empresa, en la que llevaba veinte años trabajando, había cerrado sin perspectivas de volver a abrir; aquello suponía, que no podría continuar sus estudios.

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Sin poder contar con los escasos medios que le proporcionaba su padre, le resultaría imposible mantenerse en la ciudad, pagar la parte que le correspondía del piso, ni poder comprar lo necesario para alimentarse, ni para los transportes públicos; es decir, no podría continuar sus estudios; la situación era desesperada. Ante la imposibilidad de concentrarse en los estudios, decidió dar un paseo, más tarde seguiría estudiando, ahora quizás tomara un café con su amiga Paloma, una recién licenciada, que ya había solucionado sus problemas económicos más inmediatos, trabajaba para un despacho de abogados de cierto prestigio, lo que le permitía tener un nivel de vida suficiente; sin duda, su amiga Paloma era la voz de la experiencia. Estando ya en el portal del edificio, bajo la placa de cobre que anunciaba el despacho de abogados al que pertenecía Paloma, todavía dudó Cristina, si debía entrar a verla o si era razonable visitarla a aquella hora, en pleno horario de trabajo; pero la gravedad de su situación, la hizo decidirse . La oficina, situada en el principal del enorme edificio, era muy funcional, con muebles muy prácticos, nada lujosos ni recargados; a la entrada, había una recepcionista, sentada a una mesa acristalada, provista de un enorme teléfono que era la centralita del despacho; desde ella, la muchacha distribuía las llamadas y los clientes a los diferentes despachos; a ella se dirigió Cristina, ya la había visto en otras ocasiones, pero no le resultaba demasiado simpática. 4

Le dijo a la recepcionista que quería ver a Paloma, pero esta le comunicó que en aquel momento estaba reunida con un cliente; que si quería esperar, podía sentarse; así lo hizo, no tenía prisa y no le importaba esperar, ya que había decidido ver a su amiga. Unos minutos después, salió el cliente, la recepcionista llamó por el teléfono interior a Paloma y le dijo que la esperaba Cristina; la recepcionista le hizo una señal a la muchacha, indicándole que podía pasar al despacho. Paloma estaba de pie junto a la puerta, esperándola; la verdad es que Paloma era una mujer de gran belleza, espectacular podría decirse, a sus treinta años, estaba en pleno esplendor de su cuerpo y de su rostro; su estatura, superior al metro setenta centímetros, su larga melena negra, sus ojos del mismo color, grandes y rasgados hacia sus sienes, su rostro redondo y armonioso; contribuían sin duda a su espectacular belleza. Vestida con un suéter azul claro, muy ajustado a sus grandes pechos erectos y amenazantes, ceñido a sus hombros fuertes, anchos, insultantes por su rectitud sorprendente; en su cintura, se ceñía un cinturón ancho, negro, rematado por una gran hebilla. Cubriendo sus poderosos muslos, extraordinariamente cincelados, unos pantalones negros que se ajustaban de forma agobiante a sus caderas, resaltando su anchura y la prominencia de sus nalgas; sin duda una mujer excepcional.

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Se besaron y Paloma, pasó su brazo derecho sobre los hombros de Cristina, llevándola hasta la silla que había frente a la mesa; ella se sentó al otro lado de la mesa, en su sillón giratorio. - Cuéntame, Cristina, cariño ¿Qué te trae por aquí? - Tengo que hablar contigo Paloma, necesito consejo y como sin duda eres mi amiga con más experiencia, recurro a ti; tengo un grave problema; mi padre se ha quedado en paro y ya no puede ayudarme, así que necesito un trabajo y tu consejo. - Lo siento Cristina, sabes que tus padres me caen muy bien; no te quepa la menor duda de que haré lo que pueda; pero sabes que el tema del trabajo está muy malo. - Tengo que hacer algo Paloma, no me queda más remedio, haré lo que sea necesario, quiero seguir estudiando. - Te veo muy decidida Cristina; voy a contarte una historia, pero te exijo dos condiciones, la primera, tu compromiso de que no se la vas a contar a nadie y la segunda, que en el caso de no decidirte, la olvidarás por completo; si acaso lo cuentas, perderás mi amistad y yo siempre negaré habértelo contado ¿Estas de acuerdo? - Estoy de acuerdo, ya me conoces, tienes mi palabra. - Hace algunos años, cuando yo empezaba en la facultad, me sucedió algo parecido a lo que te ha pasado a ti; por razones diferentes, en mi caso fue una separación; pero la consecuencia 6

fue, que me quedé sin ingresos, en los comienzos de mis estudios y sin medios; pero tuve la suerte de conocer a una persona que me propuso algo, me sorprendió, incluso tardé en decidirme, pero no me quedó otro remedio; gracias a aquella decisión, pude terminar mis estudios. - Cuéntame de lo que se trata, nunca lo contaré Paloma. - Pues esta persona me propuso prostituirme, desde luego no en la calle ni en lugares de mal gusto; ella dirige a un grupo de muchachas, universitarias en su mayoría, ella las llama “sus ángeles de Charly”, chicas de buena educación, discretas, a las que ella les proporciona clientes que las requieren para fiestas, cenas de negocios, asistencia a recepciones y para otras cosas de las más pintorescas; pero siempre se trata de gente de muy buena educación y que exigen discreción, todo está muy bien pagado. - ¿Podías tú decidir si acudías a una cita o no? - Por supuesto, yo siempre decidía; ella tiene unas fichas de clientes en las que ves al interesado y sabes sus costumbres y apetencias, los hay de los más variados, pero tú eliges. - Me has sorprendido Paloma, tengo que pensarlo ¿Puedo? - Claro que puedes, tú decides; si aceptas, te presentaré a esa señora; lo que te pido es que te lo pienses bien; solo te la presentaré si estas decidida. - ¿Tendré que acostarme con mucha gente? 7

- Solo con quien quieras; ten en cuenta que a mí me daba trescientos euros por cada encuentro; depende de la necesidad de dinero que tengas, puedes ser más o menos selectiva. - Es decir, que ¿Podría elegir la persona y el momento? - Siempre tienes la libertad de elegir, tanto el cuando, como con quien y cuanto. - ¿No sabes de otro trabajo? - Quizás pudiera buscarte algo, pero ten en cuenta, el tiempo que tendrías que dedicarle a ese trabajo, para obtener un dinero similar; por lo tanto, el tiempo que te quedaría para ir a clase y para estudiar. Se marchó Cristina; se despidió de Paloma, prometiéndole que se lo pensaría y que no diría nada a nadie ; tomó el camino del parque para regresar a su casa; aquello no podía consultarlo con nadie, la decisión era suya y solo suya. Mientras caminaba por el parque, cruzando bajo los frondosos álamos, le daba Cristina mil vueltas a su cabeza; si se decidiera por aquello y sus padres se enteraran, esto podría matarlos; pero mientras caminaba por el parque, recordó que su amiga Adela vivía allí cerca; recordó que esta, el año pasado, también tuvo un grave problema económico y que se puso a trabajar, creía recordar, que en un supermercado o algo parecido.

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La verdad es que el bloque de pisos en el que vivía su amiga, dejaba mucho que desear, bastante viejo y ajado, con escaso mantenimiento de pintura y poca limpieza, unas escaleras que discurrían entre dos bloque s y que no podía saberse bien si eran interiores o exteriores. En el tercer piso, casi el último, una puerta pequeña y de la que no podía saberse muy bien su color, le dio acceso al piso de su amiga, al que compartía con varias compañeras. Salió su amiga a abrirle la puerta, Adela traía puesta una bata y una gastada toalla liada a la cabeza, su aspecto dejaba bastante que desear, causó una devastadora impresión en el espíritu de Cristina; pero Adela se alegró mucho de verla. - ¡Que alegría tía! Estaba deseando verte Cristina ¿Qué te trae por mi “chabolo”? - Venía a consultarte sobre un problema, he recordado que el curso pasado te pusiste a trabajar; me veo obligada a buscar trabajo, un problema familiar, me obliga a currar; en mi casa, nos hemos quedado sin ingresos; así que vengo a pedirte consejo. - Pues mi consejo es muy sencillo, no intentes mezclar estudio y trabajo, es imposible, no harás ni una cosa ni la otra; decide lo que puedes o quieres hacer; te explico mi caso, para sostener esta mísera vida que llevo, tengo que trabajar todos los días, nueve o diez horas, en jornada partida, no hay tiempo para nada más, no

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es posible, la que te diga lo contrario, te está engañando; si lo intentas no harás ni una cosa ni la otra y te agobiarás. - ¡Pero Adela! ¿Tú lo has intentado de verdad? - Con todas mis fuerzas, te lo digo Cristina, es imposible, no hay ni tiempo ni dinero. Continuaron las amigas hablando de este tema, le dieron mil vueltas, buscaron distintas posibilidades, pero ninguna se adaptaba a la realidad de un trabajo, las empresas no quieren saber nada de estudios ni de zarandajas, solo trabajo. Tras dejar a su amiga Adela, que tenía que arreglarse y retornar a su trabajo, Cristina continuó su caminar hasta su casa, cabizbaja, meditabunda, sumida en sus más profundos pensamientos; aunque intentó, cuando llegó a su casa, concentrarse en los estudios, en sus apuntes, no lo consiguió, así que decidió acostarse, irse a la cama, ya que el día había vuelto a sus comienzos y volvía a llover. Cuando decidió Cristina meterse en la cama, se acordó de su amiga Paloma, de su cuerpo espectacular; era cierto que llevaba una ropa cara y que ella sabía sacar partido a lo que la naturaleza le había dado, pero ¿Tenía ella un cuerpo como el de su amiga? ¿Un cuerpo que llamase la atención de los hombres? Decidió desnudarse delante del espejo del armario de su cuarto, hacerse un profundo examen. Era evidente, que su rostro era agraciado, siempre se lo habían dicho, era redondeado, de anchos pómulos, algo marcados; sus ojos de un 10

verde intenso, muy rajados y expresivos, enmarcados en dos cejas finas que resaltaban su expresión; era su boca un poco grande, pero de labios muy carnosos y deseables; en cuanto a su nariz, era perfecta, ni grande ni pequeña, recta. La ropa que llevaba, solo tapaba, cubría, no resaltaba nada; más bien, disimulaba todas sus formas; comenzó Cristina por desprenderse de la amplia camisa, al dejarla caer, aparecieron dos tetas, apretadas y disimuladas por un sujetador con muy poca gracia; enseguida se desprendió del nefasto sujetador y aparecieron dos mamas grandes, erectas, con dos pezones pequeños, rodeados de unas rojísimas aureolas, ruborizadas por una continua excitación, propia de su juventud aún incipiente e insultante. Su estrecha y marcada cintura, cincelada por e l deporte, se abría y daba paso a unas caderas anchas, pero no en exceso, que sostenían en su lugar a unas nalgas apretadas y redondas, graciosamente levantadas por la curva de su columna vertebral; que las alzaba, de forma que parecía ofrecerlas. Sus muslos, rectos y agraciados, largos y bien formados, de formas fuertes y sensuales; el ver todo aquello la animó, le dio fuerza para intentarlo; se puso un amplio pijama de franela y se fue a la cama. La noche estuvo llena de sueños de todo tipo; primero, soñó en una vida anodina como compañera de trabajo de Adela, trabajando con ella,

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como cajera de un supermercado; aquella pesadilla llegó a despertarla, sobre saltada, angustiada. Hubo otro sueño, este llegó cuando la mañana estaba ya cerca; quizás traído por las primeras luces del día; en él, pudo verse estudiando en su facultad, sin problemas económicos, vestida con ropa elegante y cara, cosa que nunca había tenido, no se lo había podido permitir; en su sueño, aparecía un hombre maduro, de unos cincuenta años, de aspecto atlético y elegante que acababa metiéndose en su cama, el sueño adquirió tal apariencia de realidad, que Cristina llegó a sentir sus caricias y sus besos. Las manos de aquel hombre era hábiles y expertas y sabían buscar los lugares de su cuerpo que más placer le producían; se afanaron aquellas manos fuertes y suaves al tacto, en palpar sus pechos, en llenarlos de caricias, centrándolas en sus pezones y sus aureolas; también procuraba agarrarlos en su totalidad; aunque para ello, necesitaba ambas manos; por fin empleo sus labios y toda su boca, chupando y succionando como si quisiera amamantarse, mientras sostenía la teta con ambas manos, estrujándola con suavidad; ahí llegó el primer orgasmo de la muchacha. Aquel hombre, robusto, grande, atlético, de manos grandes y suaves, tomó las manos de Cristina y las llevó hasta su entrepierna; allí descubrió la muchacha un pene grande, duro, de punta suave y blanda; aquello le trajo a la memoria, la vez que vio a un muchacho, a un albañil que trabajaba en su casa; que hacía un pequeño arreglo en su patio y 12

que al terminar, fue a ducharse al cuarto de baño; ella subió a la pequeña terraza, donde había una pequeñísima ventana, que servía de respiradero;

desde

allí,

sin

ser

vista;

pudo

ver

al

muchacho

completamente desnudo, que blandía entre sus piernas un enorme miembro erecto por el agua templada. Recordaba perfectamente, que aquella fue la primera vez que sintió un orgasmo, que entonces no sabía lo que era, pero se lo explicó una amiga más puesta en esos menesteres, que tenía un novio al que masturbaba todas las tardes. En el sueño, se aplicó Cristina en las caricias, de forma que sintió un segundo orgasmo, tan fuerte, que cuando perecía que aquello se culminaría de inmediato, se despertó. Como siempre, tuvo que esperar turno para ducharse, luego regresó a su dormitorio y se vistió, estaba decidida a ir a ver a su amiga Paloma y darle la contestación, quería probar aquello, deseaba que su amiga le presentara a la señora que se encargaba de las citas; no quería dejar de estudiar por ninguna circunstancia, lo tenía que evitar. Cuando Paloma la vio llegar a su despacho, sobretodo, cuando vi o la sonrisa que adornaba su boca, estuvo segura de lo que le pediría, de la decisión que había tomado; deseó Paloma no haberse equivocado, esperaba que Cristina supiera enfocar con discreción el asunto. Se trataba de una casa clásica en el centro de la ciudad, una casa de apariencia señorial; provista de un enorme portón de madera, labrado 13

con motivos florales y de plantas exóticas, puerta gruesa, remachada con clavos de bronce, provista de dos aldabas doradas; al entrar, un zaguán con zócalo de azulejos decorados a mano, de estilo sevillano, que remataba una cancela de hierro forjado que daba acceso a la casa y que enmarcaba unos preciosos cristales en vidriera. Tiró Paloma de una fina cadena, que hizo sonar una campana en el interior; no tardó en salir Remedios, una señora de unos cincuenta años, que conservaba una buena presencia; sin duda rescoldo de lo que fue; de lo que llegó a ser como mujer pública. Una señora corpulenta, muy alta, pero bastante pasada de peso; dueña de una gran melena negra recogida en un moño italiano, muy bien peinado; mantenía, a pesar de su exceso de peso, unas formas muy femeninas y agraciadas; su rostro se alegró con una amplia sonrisa al ver a las jóvenes y reconocer a Paloma. - ¡Dichosos los ojos que te ven Paloma! Cuanto tiempo sin vernos ¿Qué me traes? - ¡Hola Remedios! Yo también me alegro de verte; te traigo un diamante en bruto, para que lo talles a tu gusto. - Pasemos a mi despacho, allí podremos hablar de negocios con toda tranquilidad. Las condujo Remedios por un largo pasillo, alicatado con azulejos de cerámica sevillana, las llevó hasta un amplio cuarto, muy apartado de la zona más social de la casa. 14

Una mesa muy funcional ocupaba la zona central del despacho; tras ella, una estantería igual de funcional, repleta de carpetas; a la izquierda de la mesa un amplio sofá, tapizado en tonos muy claros, amplio, cómodo; al lado contrario, una pantalla con el correspondiente proyector y una pequeña mesa, con cámaras fotográficas de diferentes tamaños y algunos otro útiles para la fotografía. - ¿Por qué quieres dedicarte a esto Cristina? - Necesito dinero para poder seguir estudiando. - Esa es una buena razón querida; pero esto es como todo, una profesión, que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. - Ya me lo imagino doña Remedios, lo que espero, es que me proporcione algo de dinero y tiempo para estudiar. - Eso es posible, pero depende de ti, en cuanto al dinero, puedes ganar casi lo que quieras, depende del tiempo que le dediques y de la voluntad que le pongas. - Yo no necesito mucho dinero, pero sí necesito tiempo libre. - Veamos tus posibilidades amiga Cristina ¡Desnúdate, qué date en ropa interior! Su rostro enrojeció, sus mejillas parecían arder; pero no lo dudó, se quitó el jersey y la camisa; luego se desprendió de los pantalones; la señora se le quedó mirando, la hizo girarse en varias ocasiones, en distintos sentidos, luego, mientras abría uno de los cajones de la mesa, del que sacó una cajita con un conjunto de braga y sujetador, le dijo: 15

- Creo Cristina, que estas serán de tu talla, debes tirar con mucho cuidado, el conjunto que llevas puesto, tíralo en la papelera y ponte estas, te sentarán mucho mejor. - Pero perecen muy pequeñas señora. - No me llames señora, eso solo lo hace la criada y no siempre, tú debes llamarme Remedios; lo de pequeñas, eso es relativo, pruébatelas y ya decidiremos, no queremos tapar. No

sabía

Cristina

como

ponerse, que

ángulo

ofrecer

a

sus

acompañantes, para taparse algo; pero finalmente, se desprendió de la ropa vieja, que en nada la favorecía; luego se colocó la nueva muda que le había dado Remedios; la diferencia resultó evidente; hasta ella, no pudo evitar mirarse en el espejo; sin duda, aquellas prendas, de un tono mucho más claro que las que ella llevaba, de color carne , conseguían resaltar sus formas y sus encantos. La braga, un tanga que desaparecía entre sus glúteos y apenas podía verse en su cintura y en su pubis, sin conseguir tapar completamente su exuberante mata de pelo. En cuanto al sujetador, más que sujetar, resaltaba sus grandes tetas, prietas y turgentes, queriéndose escapar del encierro impuesto. - Está bien niña, vamos a sentarnos y hablar de esto ¡No te vistas aún! Puede incluso que tenga por ahí algo que pueda servirte. - Pero yo no sé como puedo pagarte esto Remedios.

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- No te preocupes de esto ahora; esto es como un uniforme de trabajo, lo necesitas, no puedes trabajar para mí y vestir con esos harapos, eso habrá que cambiarlo. - Estoy dispuesta a trabajar para ti Remedios, pero cuéntame algo más. - Empezaremos por lo más sencillo, por el acompañamiento a fiestas o a cenas de negocios; así romperemos el hielo y veremos si sirves; se tratará de acompañar a señores maduros a una fiesta, de ser su pareja, ser educada y cariñosa y terminar acostándose con él en su hotel; puede ser que en vez de una fiesta, se trate de una cena de negocios, pero el fin es el mismo; para ello debes aprender a comer con corrección y sabiendo usar los cubiertos. - Me interesa saber dos cosas ¿Podré elegir o rechazar a mi acompañante? Y también ¿Cuánto cobraré por eso? - Antes de asignarte a alguien, te lo mostraré en fotografía y te haré una descripción de cómo e s; en ese momento, puedes decir sí o no, luego ya no puedes rechazarlo; por este trabajo cobrarás cuatrocientos euros por cada noche. - Estoy de acuerdo ¿cuando empezamos? - Empezaremos por hacerte unas fotografías, pasarás a tener una carpeta en mi archivo; en las primeras fotografías que muestro al cliente, no te ve el rostro, solo el cuerpo; una vez que elije, entonces y solo entonces le muestro el rostro. 17

- Eso me parece muy bien Remedios ¿Dónde tengo que hacerme las fotografías? - Las fotografías te las haré yo; nadie más debe intervenir en esto; además, solo yo podré utilizarlas, siempre con tu permiso. Comenzó Remedios a ordenar a Cristina, diferentes poses y a realizarle fotografías con su cámara digital; sabía la señora exactamente lo que debía resaltar de la niña, fotografió sus pechos, sus nalgas, sus caderas, mostrando sus principales encantos; hizo mucho hincapié en fotografiar su sexo, con el vello rebosante, lo hizo por delante, obligándola a alzar las piernas y por detrás, mostrando su sexo enmarcado entre sus grandes nalgas y sus muslos; para ello se ayudó del practico sofá; para finalizar, fotografió su rostro. Terminado el trabajo fotográfico, le entregó quinientos euros para que se comprase alguna ropa; le aclaró que aquello era solo un adelanto para ropa y por si tenía alguna necesidad inminente; También le entregó un teléfono móvil, nuevo sin estrenar, y con el que se pondrían en comunicación; le pidió que solo lo usara para comunicarse con ella.

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CAPITULO II

No habían pasado dos días desde la reunión con Remedios; Cristina, no apagaba el teléfono ni de día ni de noche; a mediodía, sonó el teléfono, su sonido sorprendió a la muchacha, cuando acababa de salir de clase, vestida con sus nuevas ropas, que habían cambiado su aspecto, aunque procuró que su indumentaria, no chocara con lo que llevaban sus compañeras. - ¡Dime Remedios! - Ya sabemos como nos llamamos, no es necesario que digamos nuestros nombres por teléfono; necesito verte esta tarde a primera hora ¿Puedes estar en mi casa a las cuatro? - Allí estaré. El corazón de Cristina, golpeaba su pecho como un tambor dislocado, parecía querer salirse de su encierro y buscar cualquier salida, tal era su excitación, provocada sin duda por el aviso de Remedios y por lo que eso significaba.

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A las cuatro en punto, llamaba Cristina a la puerta de la casa; tiraba de la fina cadena que hacía sonar la campana en el interior; Remedios abrió la cancela de hierro forjado y cristal profusamente colorido. - Pasa Cristina; sin duda tu aspecto ha cambiado, vamos al despacho, tengo que hablar contigo. - Estoy a tus ordenes Remedios, aunque estoy muy nerviosa. - Eso es normal, ya lo esperaba, pero solo sucede las primeras veces, creo que te adaptarás pronto. Delante caminaba Remedios, recorriendo con autoridad, el largo pasillo alicatado con azulejos decorados a mano; caminaba seguida muy de cerca por Cristina, que procuraba dominar sus nervios y mantener la serenidad a pesar de las circunstancias. Cuando entraron en el despacho, le indicó Remedios a Cristina, que tomara asiento, mientras la señora, comenzó a buscar en sus carpetas del archivo, extrayendo una; con la carpeta en la mano, fue a colocarse al lado de Cristina; Remedios se mantenía de pie, pero inclinada sobre la mesa, lo que le permitió abrir la carpeta y mostrársela a la muchacha. En la primera página, había una fotografía de cuerpo entero, de un hombre maduro; aparentaba unos cincuenta años; de muy buena presencia, alto, atlético, elegante y con un rostro muy simpático, que mostraba una sonrisa franca y distendida. - Este es Manolo, don Manuel para sus empleados, un empresario que es cliente nuestro desde hace mucho tiempo; cuando le 20

mostré ayer, tus fotografías, se declaró muy interesado; tanto que me ha pedido, que fueras tú quien lo acompañara esta tarde y noche, a una reunión de empresa; que fueras su pareja para hoy ¿Te gusta? - ¿Debe gustarme, es necesario? - Lo es, sobre todo la primera vez que trabajas; también lo he elegido muy bien; es un hombre atractivo y educado; sin desviaciones ni manías raras; sin duda el ideal para comenzar tu carrera profesional; no siempre encontraremos cosas como esta. - Me parece bien Remedios, haré mi trabajo. - Te aconsejo, que lo enfoques de otra forma; si consigues interesarte por tu cliente, sin sentimiento, solo deseo; no solo disfrutarás más de tu trabajo, si no que conseguirás sacar más beneficio; el cliente, cuando se siente deseado, se vuelve muy generoso y suele dejar muy buenas propinas. - ¿Lo de las propinas es aparte de mis honorarios? - Claro niña, las propinas me las dejan también a mí, pero son para ti; además, si quedan contentos, requieren tus servicios con mayor frecuencia; una buena profesional es un tesoro, para mí y sobre todo para ellos. - Creo que debes enseñarme muchas cosas, yo no se nada de esto; tienes que ayudarme.

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- Por supuesto que te ayudaré, pero no tengas prisa; por eso elijo con mucho cuidado los que van a ser tus primeros trabajos; cuando los vayas haciendo, comentaremos cada cosa cada detalle, yo te iré corrigiendo. - ¿Cómo es este Paco, explícame? Yo acepto el trabajo. - Ya te he dicho que es un hombre delicado, educado y respetuoso; estará más pendiente de que tú sientas placer, que del suyo propio; así debe ser, tú debes mostrarle estar sintiendo placer, sin exagerar; incluso si puedes sentirlo, mucho mejor, pero sin pasarte, sin alharacas. - Lo procuraré Remedios ¿Como debo vestirme? - Ahora, una vez que lo has aceptado, iremos a comprarte ropa; él me hadado las instrucciones de cómo debes ir y me ha dado dinero para que te compres ropa; también me ha dicho, que espera de ti un servicio, aparte del sexual; él te lo explicará, si lo haces bien, habrá propina, Has quedado con él a las nueve en la cafetería de su hotel. Después de todas estas explicaciones, ambas mujeres salieron del despacho y de la casa; se dirigieron a la zona de tiendas; sabía ya Remedios lo que buscaba; la ropa que necesitaba Cristina y donde podía encontrarla, solo tenía que hacerse algunas pruebas. Se lo había dejado muy claro Manolo, quería ropa de joven ejecutiva; debía representar el papel de una joven abogada que hacía su trabajo 22

para la empresa, a las órdenes de Manolo; pero este esperaba de ella algo más, eso se lo explicaría él en su momento. Entraron las dos mujeres en una elegante tienda, en la que tenían a Remedios, por una cliente muy importante, que les traía a elegantes señoritas a comprar sus vestidos más en la moda. Tras algunas pruebas, media hora después, el aspecto de Cristina, era verdaderamente impecable; seguro que si la veía alguna de sus antiguas compañeras o amigas, no la reconocería; le resultaría imposible relacionar a aquella joven ejecutiva, con la estudiante pueblerina, despreocupada de su apariencia y atrapada en la falta de medios de su familia, en la escasez. Un traje de chaqueta azul claro, con una falda ajustada a sus amplias caderas y una camisa, también azul, algo más oscura, cerrada en su pecho por un lazo del mismo color que dejaban mostrarse bajo su tejido fino, a dos enormes pechos que luchaban por salir; que conseguían disimularse en cierta medida, al no llevar sujetador. En la bolsa de papel, con la marca de la tienda, llevaban la ropa que había traído puesta, que también era nueva, del día anterior; hasta la ropa interior la llevaba nueva, a juego con la falda y con la blusa, unas escuetas bragas, que apenas tapaban nada, más bien resaltaban cosas, eso sabía hacerlo Remedios, tenía experiencia en la seducción; el tiempo que faltaba hasta la hora de la cita, lo empleó Remedios en darle

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consejos e instrucciones, que le serían útiles, desde modales, hasta formas de usar los cubiertos. Algunos minutos antes de las nueve, entro Cristina en la cafetería del hotel; provista con un gran bolso a juego con el resto de su indumentaria y en el que llevaba, todo lo necesario, para pasar una noche en el hotel, incluida una sugestiva y corta bata que le serviría de pijama; no dudó en tomar asiento en una visible mesa. Cuando entró en la cafetería Manolo, la reconoció enseguida, se acercó a la mesa, tomó su mano y la besó; luego tomó asiento a su lado y la observó con detenimiento; sin duda, estaba preciosa, impecable, esta Remedios, era sin duda una profesional. - Tenemos que irnos, hemos quedado en un restaurante cercano, podemos ir andando; allí cenaremos con alguna gente con la que comparto negocios y sobre la que tengo que explicarte algunas cosas muy necesarias. - Estoy a tus órdenes Manuel, dime lo que tengo que hacer y lo haré, es como debe ser. - Iremos hablando mientras caminamos; por cierto, estás preciosa, los vas a impresionar. Ambos salieron de la cafetería a la calle, el restaurante estaba a unos cien metros de allí, así que irían dando un paseo; Manolo le ofreció su brazo, para que lo agarrase mientras caminaban.

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- Vamos a ser ocho, al menos eso creo, si no hay sorpresas; debes hacer algo de amistad con una tal Carmen, una señora de unos cuarenta y cinco, morena y bastante llamativa; si no me equivoco, será ella la que se aproxime a ti; que no te vea mucho interé s en relacionarte

con ella; será ella la que

se

aproxime

a ti;

permíteselo, nos interesa que haga amistad contigo. - ¿Quién se supone que soy? - Eres una joven abogada que trabajas para mi empresa; pero procura dar pocas explicaciones, deja que sea ella la que se explique; me interesa saber algunas cosas de las que pretende la empresa de su marido; que también estará en la cena. - ¿Cómo sabré lo que debo averiguar, lo que nos interesa? - Este asunto, no es para hacerlo en un día, tú hoy, permítele que haga amistad contigo; no la fuerces, pero permite que se acerque a ti; si quiere quedar contigo para tomar algo otro día, dale facilidades, luego averiguaremos lo que pretende hacer su marido en unos nuevos terrenos que ha adquirido en un polígono industrial del extrarradio. Así, cogidos del brazo, llegaron a la puerta del restaurante; los recibieron a la puerta y los condujeron a la mesa que tenían reservada, allí estaban ya algunos de los comensales, hombres de negocios, algunos venían acompañados, otros no; se encargó Manuel de presentárselos a todos; aún no estaba Carmen, ni su marido. 25

Comenzaron a servir algunas copas y las conversaciones comenzaron a animarse; a Cristina, le resultaba difícil entrar en ellas; pero eso estaba a punto de solucionarse, pocos minutos después, llegaron Carme y su marido; Manolo hizo hincapié en la presentación de estos, para que Cristina se diera cuenta de que eran ambos, a los que debía prestar especial atención. Tras los saludos, nada tuvo Cristina que hacer, Carmen se hizo sitio entre los invitados, para sentarse junto a la joven; el marido, por su parte, buscó asiento en el lado contrario; no tardó Carmen en iniciar la conversación con Cristina, en acapararla, sobre todo cuando se dio cuenta de que era la pareja de Manolo. Sin ningún preámbulo, la atosigó a preguntas; que Cristina supo esquivar sin ser grosera, procurando caerle simpática, dejándose querer; en definitiva, haciendo lo que le había ordenado Manolo; no tardó Carmen en decirle por primera vez, que podían verse otro día. - ¿Llevas mucho tiempo en la empresa, Cristina? - No mucho, además, yo solo me ocupo del asesoramiento legal, estudio cada contrato, cada asunto y luego doy mi informe, se lo doy personalmente a Manolo. - Ya veo que tienes mucha relación con él ¿No sé si se me nota, pero a mí me gusta mucho? - ¿Estás enamorada de él?

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- No Cristina, enamorada no, eso no sé lo que es; solo te he dicho que me gusta mucho ¿Te gusta a ti? - Yo tengo mi novio, que es el único hombre que me interesa. - No digas tonterías, eso no es verdad, confiesa que te gustan los hombres, unos más que otros ¿O te gustan las mujeres? - No, no me gustan las mujeres, por otro lado, tienes razón, no puedo evitar que me gusten los hombres; unos más que otros. - Ahora estás hablando con sinceridad ¿Te gusta Manolo? - La verdad es que no está mal, es muy interesante. - Pues a mí me vuelve loca, se lo comería todo, pero no encuentro el momento ¿Crees que te acostarás con él esta noche? - No creo Carmen, es mi jefe y es mayor que yo; aunque la verdad es que me resulta interesante. - Ya empiezas a caerme bien, te voy a contar un secreto; llevo obsesionada con él desde hace unos meses, porque aunque lo conozco desde hace mucho más tiempo; hace unos cuatro meses, conocí a una mujer que se había acostado con él un par de veces y me contó algunos pormenores que me obsesionaron. - ¿Y piensas contarme esos pormenores? - Claro que te lo contaré, me dijo que tiene un cuerpo espectacular, grande, atlético, musculoso; pero eso se ve; en lo que no se ve, te diré, que tiene un pene enorme; me contaba esta amiga, que lo agarraba con una mano, luego con la otra y aún quedaba espacio 27

casi para otra; pero tan grueso, que con su dedo anular y pulgar, no conseguía abarcarlo ¿Te lo imaginas? - Realmente impresionante; aunque no tengo mucha experiencia, me parece enorme, sorprendente. - Pero eso, no es lo más sorprendente; por lo visto, es un artista al utilizar su lengua, sus labios y dientes, de forma muy cariñosa sobre tu sexo; decía ella que nunca le habían hecho nada igual ¿Te imaginas un “Sesenta y nueve” con él? - La verdad es que tiene que ser algo muy especial Carmen. - Yo creo que debe ser algo irreverente, pecaminoso, una gozada. La cena fue extraordinaria y mientras duró, no paró Carmen de hablar con Cristina y no se dio por satisfecha, hasta que no intercambió con ella los números de teléfono, en ese momento, consideró que su misión había terminado por el momento. Al finalizar la cena, Carmen se despidió de forma muy cariñosa de Cristina y le dejó encomendado, que la llamara al día siguiente, para contarle lo que había sucedido esa noche, fuera lo que fuera, aunque no sucediera nada especial. La tomó Manolo del brazo y la llevaba de nuevo por la acera, con dirección al hotel; a esas horas, el paseo resultaba muy agradable, era ya noche cerrada y comenzaba a refrescar, así que se decidió Manolo a pasar su brazo sobre los hombros de Cristina.

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Resultó agradable entrar en el hotel, el calor de su vestíbulo, proporcionó un ambiente muy confortador; Cristina se dejaba llevar y Manolo sabía donde tenía que llevarla. - Creo Cristina, que debemos tomar una copa antes de subir a la habitación ¿Te apetece? - Me parece bien, aunque yo no tomaré más alcohol. - No es necesario que lo tomes; tomarás lo que tú quieras, eso es cosa tuya, tu decisión. Bajaron al sótano y entraron en un salón que estaba en penumbra, en el que sonaba una música suave y empalagosa; a la derecha una pequeña barra en la que se pedían y se pagaban las consumiciones, que luego se llevaba a la mesa. - Te apetece una botella de cava, o prefieres otra cosa; yo, de todas formas, voy a pedir cava para mí. - Entonces, yo me tomaré una copita, solo una copa Manolo, no estoy acostumbrada. Fueron a sentarse en una pequeña mesa, que estaba situada en la zona de penumbra; desde la barra, no podía verse; la mesa estaba rodeada por dos sillas y un pequeño sofá, que daba su espalda a la barra; frente a la mesa, muy cerca, una pequeña pista de baile llena de sombras, a la que tan solo iluminaban las lámparas de la lejana barra. El camarero, los siguió con la bandeja, en la que llevaba una cubitera con la botella sumergida en agua helada con hielo y dos copas de fino 29

cristal labrado; colocó la cubitera y sirvió dos copas, tras esto se marchó a ocupar de nuevo su puesto en la barra. - ¡Brindemos Cristina! Te felicito por tu buen quehacer con Carmen; pero ahora olvidémonos de eso, la noche es para nosotros. - Tienes razón Manolo, ahora ocupémonos de nosotros; estoy muy interesada en comprobar algunas cosas que me contó Carmen. - ¿Te contó algo sobre mí? - Eso son secretos de mujer, no insistas, no te diré nada. Dieron un sorbo a las copas; por su parte, Manolo, apuró la copa de un solo sorbo, Cristina fue mucho más parca y devolvió la copa sobre la mesa; se incorporó Manolo, que tomó la mano de cristina y la sacó a bailar sobre la pequeña pista. Cristina se dejó llevar y Manolo la abrazó con fuerza; estaba deseando hacerlo; aplastar contra el suyo, el magnifico cuerpo de la muchacha, que desprovista de la chaqueta, ofrecía sus enormes pechos, libres bajo su fina camisa y que se aplastaron contra el pecho de Manolo. Continuaron bailando durante unos minutos, las manos de Manolo se afanaban en palparlo todo, llegando incluso, a palpar sus pechos, a comprobar su turgencia y calibre con sus manos; por su parte, Cristina acariciaba su espalda, mientras mantenía su cara pegada a la de Manolo. Tomó Manolo, mientras la besaba en la boca por primera vez, la mano de Cristina con la suya, la dejó caer al lado de su cuerpo y cuando

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estuvo relajada, la llevó hasta su pierna, donde comenzaba a marcarse, en plena erección su miembro viril. Inducida por la mano de Manolo, la mano de Cristina, comenzó a palpar sobre los pantalones, el enorme bulto que se marcaba en ellos; lo palpó con delicadeza, mientras seguían fundidos en un beso largo y profundo; la excitación de Cristina subía por momentos y cuando las manos de Manolo, se afanaron de nuevo en palpar las grandes tetas de Cristina, esta estuvo a punto de caer, se le aflojaron las piernas y todo el cuerpo, tuvo que ser Manolo el que la sujetara con fuerza, para evitar su caída; la muchacha había tenido un primer orgasmo. La llevó hasta el pequeño sofá, frente a la mesa en la que estaba la cubitera y las copas; Manolo, tras ayudar a Cristina a tomar asiento, rellenó de nuevo unas copas y le entregó la suya a Cristina, brindaron, bebieron y dejaron las copas sobre la mesa, tras lo que Manolo se empleó de nuevo a fondo en masajear las tetas de la chica, esta vez, abriendo algún botón de la camisa, para que le permitiera a sus manos tocar la piel, acariciar sus pezones y sus aureolas. La excitación de la niña subía de nuevo, mientras la besaba, Manolo desabrochó su bragueta y guió la mano de Cristina, hasta su interior; ella se ocupo de buscar hasta encontrar el miembro en erección; entonces comenzó a acariciarlo, primero con mucha suavidad, palpando con sus dedos las partes más blandas.

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De nuevo la mano de Cristina se puso en tensión y agarró con tanta fuerza el miembro de Manolo, que parecía querer estrujarlo; su garganta emitía sonidos guturales y otro orgasmo se apoderó de su cuerpo. Quiso que ella se desahogara, hasta que una vez terminado un largo orgasmo, quedó de nuevo relajada y tranquila, casi tumbada en el pequeño sillón. Decidió Manolo, que debían tomar otra copa y subir luego a la habitación, ya era hora de hacerlo, de lo contrario, sería él mismo el que tendría un orgasmo y sería una lastima no aprovecharlo en la muchacha; así que tras tomar otra copa de cava y colocarse bien las ropas, abandonaron el bar y fueron hasta el ascensor, para subir a su habitación, haciéndolo directamente, sin pasar por recepción. Tanto en el ascensor como en el pasillo, mantuvieron la compostura; no era bueno llamar la atención ante las cámaras de los pasillos; así que una vez ante la puerta de la habitación, sacó Manolo la tarjeta que abría la puerta y que también encendía las luces del interior. Tomó Manolo asiento en la cama y le dijo a Cristina, que comenzara a desnudarse lentamente y colocando las prendas que se quitaba en el armario, colgándolas cuidadosamente; de esa forma Cristina hizo un desnudo lento y artístico, mientras Manolo le indicaba algunas posturas y movimientos con mucha plasticidad erótica; también se ocupó de palpar sus nalgas y de introducir su mano entre las piernas de la muchacha. 32

Hizo Manolo, que, una vez desnuda, pusiera sus codos sobre la cama, mientras colocaba las rodillas en el suelo, sobre la alfombra; Manolo acarició sus nalgas desnudas y luego introdujo su mano, grande, de dedos largos y fuertes, entre sus piernas, acariciando su sexo, tocando con sus dedos el clítoris de Cristina, que estaba en erección. Se arrodilló Manolo tras Cristina, puso sus manos en sus caderas y llevó su boca y su lengua hasta el sexo de la muchacha, comenzando a acariciar sus labios y su clítoris; no tardó en obtener otro orgasmo de la muchacha, que dejó caer sobre la cama, su cabeza y su pecho. Dejó Manolo descansar a Cristina, mientras él mismo se desnudaba y colgaba su ropa en el armario, lo hizo con parsimonia, dando tiempo al tiempo; como lo hace el matador de toros, dando tiempo al animal a que se recupere; ahora lo hacía, para que Cristina recuperara el resuello; cuando estuvo totalmente desnudo, llamó la atención de la muchacha, quería que lo viera al completo; que pudiera disfrutar de la enorme erección que presentaba. Hizo que Cristina se tendiera en la cama; él se tendió en sentido contrario, para practicarle un sesenta y nueve en toda regla, así lo hizo, permitiendo a Cristina gozar de algo que no conocía; todas las experiencias sexuales de Cristina, las había tenido con un primo suyo, cuando ambos se ocultaban en el pajar, durante las siestas de verano; era su primo un par de años mayor que ella,

fue el que la enseñó a

disfrutar del sexo cuando ella tenía trece años; en las calurosas siestas 33

de los veranos que pasaban juntos, en casa de sus abuelos; pero estas experiencias fueron siempre incompletas y llenas de inexperiencia, aunque tuvieron también mucho encanto y emoción. La noche fue larga y placentera, Manolo la penetró en numerosas ocasiones y ella sintió innumerables orgasmos, hasta quedar rendida en la cama; ambos durmieron hasta que los despertó el sol, que penetraba a raudales por el gran ventanal de la habitación. Tras ducharse, desayunaron y se despidieron, dándoles Manolo las últimas instrucciones sobre lo que debía hacer con Carmen. Por la tarde, ya casi de noche, tras salir de clase, fue Cristina a ver a Remedios, estaba deseosa de ver el resultado de su primer encuentro, quería ver el dinero que le había producido, pero también quería conocer la opinión de Manolo y la de Remedios, aquello era muy importante para su futuro universitario. - La verdad hija, es que lo has dejado maravillado; te ha dejado una buena propina y te pide que atiendas la llamada de Carmen; dice que es muy importante. - No sé si hice bien dejándole el número del teléfono, el que tú me distes para uso exclusivo nuestro. - No tiene importancia; ese teléfono lo dejarás ya para esas cosas, yo te voy a dar ahora otro teléfono nuevo, para que sea solo entre nosotras, privado nuestro. - ¿Hasta que punto ha sido agradecido Manolo? 34

- A parte de tu paga, te ha dado quinientos de propina y ha quedado en volverte a llamar dentro de dos o tres días, para ver si tienes información de Carmen; llegó a afirmar, que todos tus orgasmos le parecieron reales. - Fueron reales Remedios, no he disfrutado tanto en mi vida, creo que llegué a perder el conocimiento. - Ten cuidado con eso niña; debes mantener el dominio de la situación en todo memento.

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CAPITULO III

Al día siguiente; tras una sola noche, no esperó mucho doña Carmen, telefoneó a Cristina; se le notaba la agitación, el enorme interés, el desasosiego que tenía su espíritu; posiblemente, esa noche, su mente había estado ocupada con pensamientos impuros hacia Manolo. - ¡Buenos días Cristina! - Me alegro de escucharte Carmen, dime lo que quieres. - Me gustaría tomar una copa contigo este mediodía ¿Puedes? - Podría a las dos, antes no puedo, tengo trabajo. - Está bien, las dos es buena hora, podemos vernos en la cafetería que hay junto al restaurante en el que cenamos la otra noche ¿Te parece bien? - De acuerdo Carmen, allí estaré , a las dos en punto. El resto de la mañana, la utilizó Cristina para sus clases en la facultad; sus compañeras, veían en ella un fantástico cambio, parecía otra persona, mucho más elegante y refinada, mas mundana, incluso parecía más culta y sus compañeras la tomaban más en cuenta. 36

A las dos en punto, entró Cristina en la cafetería; allí, sentada en una mesa, estaba Carmen; la ropa que traía hoy era mucho más llamativa que el otro día, a pesar de su madurez, intentaba parecer una jovencita, llegando a rozar el ridículo; marcando demasiado sus abundantes carnes, ya algo flácidas en algunos lugares. Además de cuarentona, sin duda Carmen se había abandonado algo en el cuido de su cuerpo; aunque había sido una mujer guapa, ahora ya no lo era, las carnes se habían acumulado en su cintura y en su trasero, también se había acumulado la grasa en sus tetas, haciéndolas enormes, pero Carmen parecía estar orgullosa de ellas. - ¡Gracias por venir Cristina! Siéntate y pide algo – Le hizo Carmen una señal al camarero para que viniera. - Quisiera una copa de vino blanco, frío – Le dijo Cristina al camarero, que fue a buscarla. - ¡Cuéntame Cristina! ¿Qué pasó con Manolo? - Pues tuviste tú razón, pasé toda la noche con él; también tenías razón en todo lo demás ¡Que barbaridad! - ¿Lo pasaste bien, no Cristina? - Cierto lo pasé muy bien. - Pues yo necesito que me ayudes ¿No te habrás enamorado? - Nada de amor, solo sexo; eso me lo has enseñado tú; se disfruta mucho más del sexo sin mezclarlo con sentimientos absurdos.

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- Apenas he

dormido esta

noche, la

verdad es que estoy

obsesionada con Manolo y con lo que tú me has contado, ahora mucho más; así que tienes que ayudarme, haré lo que haga falta; puedo ofrecerle información muy importante para él. - ¿Qué clase de información Carmen? - Una información que salvaría su empresa de plásticos; mi marido tiene en proyecto construir una empresa que competiría con ella; pero con nuevas técnicas, que reducirían un veinticinco por ciento los costos; esto le impediría competir. - ¿Estarías dispuesta a dar información sobre esa técnica, a cambio de pasar un par de noches con Manolo? - Estaría dispuesta a eso y a mucho más, díselo a Manolo. Quedaron calladas por un momento, mientras el camarero traía unas copas; Carmen le pidió que trajera un plato de gambas blancas de Huelva; allí eran extraordinarias. - Me rompes el corazón Carmen, no creo que ningún hombre se merezca tanto sacrificio por parte de una mujer; me está dando vueltas en la cabeza una idea. - Pues cuéntame esa idea, no me tengas en ascuas. - ¿Podrías



conseguir

una

copia

comprometerte mucho? No me

de

gusta que

importante por tampoco. - Podría, sin que me comprometiera en nada. 38

ese

proyecto,

sin

hagas algo tan

- Pues escucha bien cual es mi idea; me traerías una copia completa del proyecto; metida en un sobre cerrado y lacrado, que yo guardaré en mi caja fuerte; pondremos entonces en marcha un plan que tengo; utilizaría una bruja para que Manolo, se enamorara o se sintiera muy atraído por ti, irresistiblemente atraído; siempre yo tendría el proyecto, cerrado y lacrado en mi caja fuerte; solo lo utilizaría si fuera imprescindible, pero si la bruja consigue su objetivo, tras haber conseguido a Manolo, yo te devolvería tu proyecto, ya no sería necesario un mayor precio. - ¿Sería ese encantamiento de Manolo para siempre? - ¿Acaso quieres tú que sea para siempre? - No, siempre es mucho tiempo, solo unos días. - Así será Carmen, dos o tres días, no más. - No sabes cuanto te agradezco tu colaboración, estoy obsesionada con Manolo, sueño con él. - Pues en cuanto me traigas el proyecto, en sobre cerrado y lacrado, iniciaré el asunto de la bruja, esa misma tarde; pero ten en cuenta Carmen, que la bruja cobra por estas cosas; creo que son mil euros, o algo así. - Eso no será ningún problema Cristina; nos vemos mañana aquí mismo, a esta misma hora, traeré una copia del proyecto y los mil euros ¿Te parece bien?

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- Mañana a las dos, dalo por hecho, ahora disfrutemos del vino y de las gambas. La conversación continuó de una forma más distendida que hasta ese momento, ambas mujeres disfrutaron del vino y de las gambas; era el vino, un afrutado de la zona del condado, que le estaban sirviendo muy frío, como corresponde a un vino blanco y joven. Cuando terminó Cristina sus clases de la tarde en la facultad, fue a buscar a Remedios; tras la acristalada puerta de la señorial y cé ntrica casa; un minuto después de tirar de la cadena, apareció Remedios, que la besó y la hizo pasar hasta su despacho. - Tengo nuevas noticias; me he reunido con Carmen y ha quedado en entregarme mañana una importante información; esto me gustaría hablarlo con Manolo. - Me pondré en contacto con él mañana por la mañana; así podremos reunirnos todos aquí, mañana por la tarde. - Es buena idea; ella me entregará los documentos a medio día; pero hay un inconveniente; los documentos me los entregará en sobre cerrado y lacrado; no debemos de romper el sello, sacaremos

los

documentos,

los

fotocopiaremos

y

los

regresaremos al sobre, sin que se note nada. - No te preocupes de eso, tengo la persona adecuada, es un experto en esas cosas; el abrirá el sobre y volverá a cerrarlo tras las fotocopias. 40

- Esta persona, no debe ver los documentos, no debe saber lo que contiene el sobre. - No te preocupes, no sabrá nada, ni nada le interesa; el que sin duda estará muy interesado, será Manolo. Se marchó Cristina, tenía cosas que estudiar y apuntes que pasar a limpio; quería adaptar su nueva vida, a la vida universitaria; se trataba de compaginar los estudios con su nuevo trabajo; así que debía saber separar unas cosas de las otras. Al salir de la facultad, al día siguiente, acudió de nuevo Cristina a la cafetería; allí la esperaba Carmen, que traía el enorme sobre, cerrado y lacrado, lo traía doblado y dentro de una gran carpeta; al tomar asiento Cristina, frente a la mesa que ocupaba la señora, esta le entregó la carpeta; también le entregó un pequeño sobre, que sin duda contenía dinero, en billetes grandes, a juzgar por su poco volumen. - ¡Gracias por venir Cristina! Aquí tienes la carpeta con el sobre que contiene el proyecto, también este pequeño sobre con los mil euros para la bruja. - Muy bien Carmen, desde ahora mismo, está en marcha tu encargo; nos volveremos a ver mañana aquí mismo y te daré las instrucciones necesarias; yo he quedado con la bruja esta tarde; mañana te contaré como ha ido todo. - Confío en ti Cristina, mañana nos veremos, ahora tomemos un vino y unas gambas ¿Te apetece? 41

- Me apetece Carmen, es una hora muy adecuada para tomar una copa y una tapa, para disfrutar de la buena vida. Guardó el pequeño sobre en su bolso, pero no prestó demasiada atención a la carpeta que contenía el gran sobre con el proye cto; no quería Cristina conceder importancia a aquello, como si para ella no fuera importante. Tras un par de copas, y algunas gambas más, ambas mujeres se marcharon; cada una por su sitio, con la promesa de verse allí mismo al día siguiente, a la misma hora. Dedicó Cristina la tarde a sus clases y a sus compañeros, antes de acudir con la carpeta a ver a Remedios y a Manolo; esto lo hizo después de su última clase, cuando estaba la tarde en sus últimos momentos de luz; sobre las siete y media; en la casa, la esperaban ansiosos, expectantes, Remedios y Manolo; ambos se precipitaron sobre la cancela cuando tintineó la campana. Los tres fueron al despacho, caminaron con rapidez por el pasillo, en silencio; podía palparse la tensión, la expectación, la ansiedad; una vez en el despachó, casi le arrancaron a Cristina la carpeta; al ver el sobre lacrado, todos se contuvieron y esperaron las palabras de la muchacha; que se hicieron esperar unos instantes que parecieron eternos. - No debemos romper el sobre, eso forma parte del trato; dentro de dos días debo devolvérselo integro, impoluto.

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- No tendremos que esperar mucho, estoy esperando a un amigo que lo abrirá sin problema. - Espero que llegue pronto, estoy impaciente por ver el contenido y poder comprobar su alcance – Dijo Manolo. - Mientras tanto, os explicaré el resto del trato al que he llegado con ella; se supone que tengo amistad con una bruja, que te hará un hechizo, por el que te volverás loco de pasión por ella; esta pasión, durará al menos dos días; el sobre con el proyecto, es solo una

garantía;

durante

esos

dos

días,

te

entregarás

apasionadamente a ella y luego le devolveré el sobre ¿Lo has entendido Manolo? - Lo he entendido, espero que lo que haya dentro del sobre, tenga la suficiente importancia; de todas formas, veremos si soy capaz de interpretar con ella escenas de amor. - Nadie ha hablado de amor Manolo; solo pasión, nada de sentimientos amorosos, eso ha quedado muy claro; ella no está enamorada de ti, solo te desea. Mientras hablaban, llegó el amigo de Remedios, que lo había conducido la criada hasta el despacho; al entrar, solo dedicó un escueto saludo a los presentes; luego, cogió el sobre y se dirigió a la cocina, él conocía a la perfección la casa; lo seguían todos los demás, hasta los poyetes; allí tomó una gran cacerola puso agua y añadió una serie de

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productos que traía en unos frascos; fueron al menos tres frascos los que vertió en la cacerola, que puso sobre el fuego. Esperaron pacientemente hasta que comenzó a hervir, el olor era casi insoportable, esto obligó a conectar el extractor de humos, entonces colocó el sobre muy próximo al útil de cocina, hasta que el vapor lo impregnó y lo ablandó hasta ponerlo absolutamente flácido; entonces sacó un fino cuchillo, de doble filo, con el que abri ó el sobre sin provocar en él daño alguno, con una habilidad de profesional. Sacaron el contenido del sobre, pero el propio sobre, lo devolvieron al despacho, colocándolo en un lugar protegido de la estantería; no debía sufrir ningún daño ni alteración; advirtió el manipulador, que volvería cuando lo llamara Remedios, para volver a colocarlo todo como estaba. Se empleó a fondo Manolo en el examen del proyecto, leyendo la memoria; minutos después, tuvo claro la importancia del contenido, lo que podía significar para él. - Me llevo este proyecto, de esta forma, lo estudiaré y copiaré todo lo que me interese; mañana lo traeré, pera introducirlo de nuevo en el sobre, para que todo quede igual. - Ten en cuenta Manolo, que mañana, debes presentarte a las dos y cuarto, en la cafetería, junto al restaurante en el que cenamos la otra noche, allí estaré yo con Carmen; a partir de ese momento, debes ocuparte de ella durante al menos dos días, con sus

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respectivas noches; debes tener en cuenta, que la bruja ya te habrá hechizado. - Lo tendré en cuenta, no lo olvidaré, tu trabajo ha sido fantástico Cristina; antes de esa hora, me pasaré por aquí para dejar todo el proyecto en su sitio y que el manipulador, pueda terminar su trabajo. Al día siguiente, tras sus clases, a las dos en punto, entró Cristina en la cafetería; allí estaba Carmen, esperando, expectante, impaciente; estaba sentada en una mesa y frente a ella, una copa de vino blanco, muy frío; tan frío, que la escarcha se depositaba como una capa blanquecina, sobre el fino y estilizado cristal. La muchacha se dirigió a la mesa, permitiendo que se dibujara una sonrisa en su juvenil rostro, sonrisa que pretendía mostrar su triunfo, su éxito en todos los terrenos; todo esto, mientras se acercaba a la mesa que ocupaba Carmen; después tomó asiento frente a la señora. - Me da una gran alegría verte, mi querida Cristina ¿Qué noticias me traes? - Buenas noticias, la bruja hizo su trabajo anoche y ahora, de un momento a otro, aparecerá Manolo por esa puerta; he quedado aquí con él. - No me pongas nerviosa mujer, esto es muy emocionante ¿Hay alguna cosa que deba hacer?

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- No tienes que hacer nada especial, deja que sea Manolo el que tome la iniciativa, deja que sea él el que haga. Los ojos de Carmen, mostraron con claridad, que había entrado Manolo en la cafetería; los ojos de la señora, mantuvieron fija su mirada en un solo punto; además de su mirada, también quedó fija su atención, su boca entreabierta y el rubor subió a sus mejillas, cuando se acercó a la mesa y tomó asiento. - Me alegro de veros; imagino, que me permitiréis invitaros a unas copas y a algo más, luego os invitaré a comer ¿Qué os parece? - Yo te lo agradezco Manolo, pero no me puedo quedar, tengo un trabajo muy importante; pero me imagino que Carmen podrá acompañarte ¿No es así Carmen? - Está bien Manolo, comeré contigo; me imagino que lo haremos aquí al lado ¿No es así? - Como tú quieras Carmen, estoy a tu disposición. - Que cosas me dices Manolo, no me las tomaré al pie de la letra. Aprovechando la conversación entre Carmen y Manolo, Cristina se levantó, se despidió y se marchó, con la excusa de que tenía trabajo; por su parte, Manolo y Carmen continuaron con sus arrumacos, aderezados por alguna copa de vino y alguna tapa. La comida, no fue muy abundante; parecía que ambos tuvieran prisa; aunque la que más prisas tenía era sin duda Carmen, que deseaba comprobar en lo que terminaba todo aquel preámbulo. 46

- No has comido mucho ¿Quieres algún postre, dime Carmen? - No tengo mucho interés en el postre, un café solo, italiano. - Lo que a mí me apetecería Carmen, de verdad, sería una buena y larga siesta. - Que maravilla ¿Quien pudiera? - Pues mi hotel, está aquí al lado y tengo dos camas en mi habitación; podemos darnos una siesta; yo creo que tenemos la suficiente confianza y ya somos adultos. - Creo Manuel, que lo que tú quieres es que seamos adúlteros, no adultos; pero está bien, iremos a tu hotel. Tras la comida y los cafés, dieron un corto paseo hasta el hotel; por el camino, se dedicaron alguna sonrisa de complicidad, aunque procuraron evitar los contactos físicos, ya no eran unos niños y la calle no era el lugar más apropiado. Una vez en el hotel, procuraron pasar desapercibidos, como si no fueran juntos; así llegaron hasta el ascensor; por el pasillo, Carmen caminaba un par de pasos por detrás de Manolo; lo que no pudo evitar, fue alguna risita nerviosa; quizás disfrutaba ya, adivinando lo que se le venía encima esa siesta. Entró primero Manolo, que dejó la puerta abierta, ella lo hizo inmediatamente después, cerrando la pue rta tras ella, luego fue directamente hasta Manolo, abrazándolo y besándolo.

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- Me apetece darme una ducha antes de ir a la cama; si quieres, puedes ayudarme; desnudémonos y mientras me ducho, tú Carmen, enjabona y frota mi espalda. - Tienes razón Manolo, nos ducharemos los dos juntos. Después de quedar completamente desnudos, Carmen no podía apartar sus ojos del miembro de Manolo, que presentaba una erección superlativa; ayudado probablemente por la pastilla roja que se había tomado con el café, sin que Carmen pudiera apreciarlo; como sabía que no se sentiría especialmente excitado por Carmen, había decidido tomar aquella importante ayuda. Cuando entraron en la ducha, las manos de Carmen, untadas con abundante gel, frotaban y palpaban todo su cuerpo, aunque no podía evitar Carmen, acabar siempre su trayectoria, en los genitales de Manolo; hasta que terminó por arrodillarse frente a él, mientras los mojaba el agua tibia de la ducha, afanándose en una felación, sus manos, acariciaban sus testículos con la punta de sus dedos. Tuvo Manolo que levantarla y cerrar el agua de la ducha; ya que Carmen, que sentía un orgasmo tras otro, parecía incapaz de reaccionar; fue entonces cuando se afanaron en secarse el uno al otro. Sabía manolo, que

no tardaría mucho en tener una primera

eyaculación, así que la llevó a la cama; le indicó que pusiera sus manos sobre ella y que mientras estaba de pie, le ofreciera sus grandes nalgas; entreabiertas sus piernas, para facilitar que Manolo, comenzara a hacer 48

caricias en su sexo con su mano izquierda; cuando comprobó que estaba suficientemente lubricado, la penetró por detrás, mientras con sus manos sujetaba sus caderas. Tras algunos rítmicos movimientos, empujones, que procuraba paliar con la sujeción de sus manos; podía verse desde atrás, como Manolo empujaba, mientras entre sus piernas, los testículos que colgaban, se balanceaban, golpeando en las piernas de Carmen; cosa que sobre excitaba a la señora, que tuvo un largo y ruidoso orgasmo, tan largo y ruidoso, que pudo escucharse en todas las habitaciones limítrofes. Manolo abrazó con fuerza, con sus brazos, las caderas de Carmen, mientras eyaculaba abundantemente; luego quedaba sobre ella en la cama, ambos derrumbados por el agotamiento y el placer. Tras unos minutos de reposo, Manolo se

apartó de

Carmen,

extrayendo su miembro del interior; pero la mayor sorpresa de la señora, fue ver que el miembro de Manolo, continuaba en erección, sin duda por causa de la pastilla, pero a ella le daba igual, ignoraba esa circunstancia, así que se arrodilló de nuevo y se afanó en una nueva felación; gustándose con los restos de su eyaculación. Viendo que aquello continuaba grande y duro, empujó a Manolo, hasta dejarlo caer de espaldas sobre la cama; allí se subió ella a horcajadas sobre las caderas de Manolo, siendo ella la que lo poseyó con movimientos de sus caderas arriba y abajo, a un lado y a otro; apoyada

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sobre sus pies que se mantenían sobre la cama, al lado de las caderas del hombre. Esta vez, el orgasmo de Carmen, fue aún más ruidoso; agarrada a las manos de Manolo, que las usaba como bridas, para sujetarse y conseguir una máxima penetración; hasta sentir que llegaba a tocar el fondo de su vagina; lanzaba Carmen desgarradores gritos de placer, luego suspiraba y de nuevo gritaba. Tuvo Manolo, que aprovechar un momento de relajación de Carmen, para salir de debajo, buscar una bata con la que cubrir su continuada erección y llamar al bar, para que le subieran una botella de cava con dos copas y una cubitera. A las ocho de la noche, seguía Carmen, poseyendo a Manolo de todas las formas imaginables; pero entonces “sonó la campana”, Carmen reconoció que debía pasar la noche en su casa, no le quedaba otro remedio; en el caso de pasar la noche fuera, debía haberlo planeado de otra forma. - Estaría encantada de pasar la noche contigo, pero es imposible Manolo, tendremos que vernos mañana por la mañana. - Está bien, nos veremos mañana, de esa forma también damos descanso a nuestros cuerpos, ya que nuestro deseo no decae ¡Mira Carmen como la tengo!

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Seguía Manolo presentando una enorme erección, pero estaba realmente agotado, al borde del colapso, así que aquello le venía a la perfección. - Nos veremos mañana para desayunar ¿Te parece bien Manolo? - Tenemos que vernos un poco más tarde, nos veremos a la una, así habré yo resuelto mis asuntos en la oficina y tendremos toda la tarde para nosotros, ahora nos damos una ducha y nos vamos. Ambos entraron en la ducha, el agua tibia no contribuía a bajar la erección de Manolo, así que Carmen, mientras lo enjabonaba y lo enjuagaba, seguía agarrada al miembro que tanto placer le había proporcionado; acabó haciéndole una felación, hasta que Manolo cerró el agua de la ducha, solo entonces se secaron, se vistieron y salieron de la habitación; ya en el vestíbulo, tomaron direcciones diferentes. A esa misma hora, Cristina visitaba a Remedios en su casa; cuando ambas mujeres estuvieron sentadas en el despacho, hablando en la intimidad, pudieron contarse lo sucedido durante el día, comenzó explicándose Remedios. - Esta mañana, después de las doce, estuvo aquí Manolo, está verdaderamente muy impresionado contigo; dice que con esta documentación ha salvado su empresa; me la ha devuelto y ya ha venido mi amigo y ha cerrado el sobre; ya lo tienes dispuesto para cuando quieras devolverlo.

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- Por mi parte, he dejado juntos, acaramelados, a Manolo y a Carmen; creo que todo va bien. - Te ha dejado Manolo, otra propina, esta es importante, son tres mil euros ¿Estás contenta? - Muy contenta Remedios; pero ese dinero deberíamos compartirlo ¿No te parece? - No te preocupes niña, ya me ha dejado a mi otra importante propina, tú a lo tuyo; por cierto, tengo otro trabajo para ti, no debes dedicarte a Manolo en exclusiva, aunque sea un cliente importante, solo debes darle su lugar, pero no la exclusiva. - De acuerdo Remedios, tú mandas, dime quien es el siguiente. - Lo primero que debes hacer, ahora que tienes dinero suficiente, es salirte del piso compartido y tomar un apartamento pequeño, para ti sola; sin tener que dar explicaciones; tengo aquí una tarjeta, ve a ver el apartamento, esa es decisión tuya.

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CAPITULO IV

Por la mañana, recibió Cristina un recado de Remedios; ya había aprendido la señora, que era preferible mandarle un mensaje, mejor que llamarla, ya que existía la posibilidad de encontrarla en clase y entonces, lo más probable, es que no pudiera contestar al teléfono; ya le había explicado Cristina, que cuando entraba en clase, lo ponía en modo de silencio y vibración, solo para saber que la habían llamado. El mensaje era escueto, solo decía: “Trabajo interesante, ven a comer conmigo”; así que al terminar la última clase de la mañana, Cristina se presentó en la casa de Remedios. - Te estaba esperando niña, iremos a comer fuera, a un restaurante que hay muy cerca de aquí; te gustará. - Como tú digas, sabes que tú mandas y yo obedezco. - ¡Menos guasa niña! Por cierto estás preciosa, tu gusto ha ganado mucho últimamente. - Mi gusto y mi buen criterio, ha subido al mismo ritmo que mi cartera, es curioso, pero así ha sido ¡Cosas que pasan!

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- También ha subido tu sentido del humor niña; me alegro de eso; pero ahora hablaremos mientras comemos; he reservado una mesa; es un restaurante pequeño, familiar y muy acogedor, te gustará, ya lo verás. Muy cerca de la casa de la señora, estaba el pequeño restaurante, no más de veinte mesas, quizás menos, todo muy limpio y atendido por una muchacha de “muy buen ver”, joven, inteligente y espabilada, que enseguida reconoció a Remedios y las condujo a una mesa apartada. La comida que allí se servía, era de las que suele comerse en las casas andaluzas, guisos populares hechos con

mucho esmero

y con

ingredientes de primera calidad; nada preguntó la muchacha de lo que querían comer; simplemente se ocupó de componer la mesa y de traer el vino el pan y acto seguido, el primer plato; unos garbanzos con coliflor, que solo con su olor, despertaban los más íntimos apetitos de cualquiera; tenía su olor, algo de afrodisíaco. Sin duda alguna, Remedios había ya convenido cual sería la comida, todo estaba decidido, así era la señora. - Ten en cuenta que esto es como si comieras en casa; no hay nada que elegir, te gustará. - Estoy segura de que sí, cuando como en mi casa, no me preguntan lo que quiero comer; simplemente me ponen la comida por delante.

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- Me alegro de que te lo tomes así; tengo un cliente muy especial para ti, es algo diferente; solo puede servirme alguien como tú, ya veremos si te decides. - Me estas intrigando; explícame algo más. - “Con la iglesia hemos topado Sancho”; se trata de un cura o sacerdote o clérigo o como quieras llamarle; tengo que explicarte varias cosas de él; sinceramente es algo especial; requiere a alguien inteligente y con sentido del humor. - ¿Se trata de un cura viejo o joven o como? - En realidad, se trata de dos curas, uno tiene setenta años y el otro, poco más de cuarenta; pero para satisfacerlos, hay que tener dotes de actriz; intentaré explicártelo. - ¿Los dos a la vez? - Sí, pero el viejo, solo mira, todo lo más una furtiva caricia, el que actúa es el más joven. - Eso tiene mejor cariz, cuéntame más cosas Remedios, no me voy a asustar ya de nada. En ese momento, la señora tuvo que callarse, la camarera retiraba los platos, mientras les preguntaba si querían repetir, las dos dijeron que no, por lo que la camarera les puso unos flanes de huevo como postre ; enseguida retomó la palabra Remedios. - Te explicaré algunas cosas más; como el viejo, fue capellán en un colegio de monjas, parece que necesita excitar su imaginación, 55

con las niñas vestidas de uniforme; muy posiblemente abusó de algunas, y esto lo motiva; tendrías tú, que vestirte con un uniforme

que

nos proporcionará el

cura

más joven; que

adaptaremos a tus medidas y con el que montarás un teatro, con confesión incluida, en el que el viejo, será espectador. - ¿Cuánto nos pagaran por eso? - Serán quinientos fijos; dependerá de tu actuación y de hasta que punto consigas excitar al viejo, la cuantía de la propina. - Está bien, nos pondremos en marcha. - Por cierto ¿Cómo va lo de tu mudanza? - Me mudaré hoy mismo, tenías razón Remedios, mis compañeras, comenzaban a hacerse muchas preguntas; lo que les he dicho, es que la cuestión económica de mi casa se ha resuelto gracias a una herencia y que ya no hay problemas. - Muy bien planteado Cristina, “ojos que no ven, corazón que no siente”; por cierto, esta tarde, tendré el uniforme en casa y vendrá una modista que nos echará una mano; te espero a las siete. Las dos mujeres, acabaron su comida con un café; luego, cada una se marchó a su casa; Cristina pasó por su casa a recoger unos apuntes y luego se fue a la facultad; quería asistir a sus clases hasta que llegara la hora de ir a casa de Remedios. Diez minutos después de las siete, tiraba Cristina de la cadenita e inmediatamente sonaba el tintineo de la campanita de llamada; 56

enseguida apareció frente a la cancela la señora, que venía acompañada por una señora ataviada con un delantal a rallas; se la presentó a Cristina como Petra, la costurera. Sobre la mesa del despacho, estaba el colegial uniforme, compuesto por una falda a cuadros grandes, rojos, azules y otros mezcla de ambos tonos, la falda estaba provista de tirantes del mismo tejido, que se cruzaban en el pecho y luego buscaban su espalda; también formaba parte del uniforme, una camisa de color crudo, cerrada con botones. Se desnudó Cristina, quedando tan solo con sus bragas en forma de tanga, que resaltaban sus redondas y abundantes nalgas; ahora, Cristina no solía llevar sujetador; sus grandes tetas, no necesitaban sujeción ninguna, ellas solas se mantenían erectas. Se puso primero la camisa, que le quedaba ajustada, tanto que no podía abrochar todos sus botones; pero eso no era ningún problema, ya que le quedaba un gracioso y amplio escote; que dejaba ver con generosidad sus pechos; en cuanto a su longitud, la camisa cubría hasta la mitad de sus nalgas, dándole un aspecto muy sexy. La costurera, Petra, estaba estupefacta, embobada con la muchacha; aunque pasaba de los cincuenta, le seguían gustando las muchachas jovencitas; pero Cristina la había impactado, tanto que mantenía su boca abierta y parecía paralizada por la impresión. Cuando le pusieron la falda, fue evidente, que esta necesitaba algunos arreglos, ya que era tan corta, que no llegaba a tapar sus nalgas; pero 57

rápidamente se inclinó la costurera, comprobando que en el bajo de la falda

había

tela

suficiente, lo descosió

con la

tijera, mientras

aprovechaba para mirar y tocar todo lo que pudo; luego, con alfileres, fue

probando distintos largos, que

Remedios se encargaba de

supervisar. Por fin llegaron a un acuerdo sobre el largo de la plisada falda, llevándolo hasta el lugar justo, hasta donde tapaba toda la nalga; eso mientras se mantuviera derecha Cristina, por que en cuanto se inclinaba, dejaba al descubierto las dos re dondas y prominentes masas de sus nalgas. Cogido con alfileres el bajo de la falda, se desprendió de ella Cristina, también de la camisa; provocando que la costurera trabara su lengua cuando explicó, que pensaba tenerlo todo, para el medio día siguiente ; lo metió todo en una bolsa y se marchó Petra. Cuando quedaron solas, no pudieron contener sus risas; reían sobretodo de las caras que había puesto la costurera y de su desazón al ver desnuda a Cristina. - Mañana te espero para comer, tendré dispuesto que venga el cura a las cinco de la tarde, él te recogerá y te llevará al lugar que han elegido; al parecer, lo que pretenden, es que te confieses con el viejo, vestida de colegiala; el viejo te irá sonsacando y procurando calentarte, como hacía él con sus alumnas; será el más joven, el encargado de conseguir otras cosas, para que lo vea el viejo. 58

- A las dos y media, estaré en tu casa, comeremos y estaré contigo. Era esa la primera noche, en que Cristina dormiría en su nuevo apartamento, pequeño pero muy coqueto; la cocina estaba separada del salón por una barra de madera, como un pequeño bar; solo un pequeño dormitorio y un cuarto de baño, muy completo, con bañera, pero con solo un lavabo, todo muy pequeño, nuevo y moderno, funcional. El apartamento tenía un gran armario empotrado en la pared, con puerta por el dormitorio y por el salón; esto le permitía colocar adecuadamente su ya amplio vestuario y una intimidad que no tenía en el otro piso, en el compartido. Lo que más la gustaba era la mesa de metacrilato, que había en el salón, que podía replegarse sobre la pared, pero que le permitía estudiar a solas, mientras escuchaba música o veía la televisión en un aparato de plasma, cosa que ella no había tenido hasta ese momento. Minutos antes de las dos y media, llegó Cristina a la puerta de la casa; no le hizo falta tirar de la cadena para que sonara la campana; tras la cancela estaba Remedios, dando las últimas instrucciones a la criada y pendiente de la llegada de la niña; así que en cuanto la vio en el zaguán, abrió la cancela y se dispuso a salir a la calle. Se dirigieron al pequeño y cercano restaurante, instalado en una vieja casa habilitada para tal fin; la camarera, las condujo a la misma mesa que ocuparon el día anterior y siguió un proceso similar; solo varió el menú; hoy le sirvieron una ensalada con aguacates, tomate cherry y 59

lechuga silvestre, también rúcula y rábanos; de segundo plato un entrecot de ternera no muy hecho; les pusieron de postre una macedonia de fruta del tiempo y un café solo. Procuró Remedios que la comida no fuera demasiado pesada; había que tener en cuenta que la niña tenía trabajo fuerte esa tarde; sabía la señora, lo pesados que podían llegar a ser los curas, sobretodo cuando de temas de sexo se trataba; así que tras el café, ambas se levantaron de la mesa y fueron a la casa; de allí debía salir vestida. Una vez en el despacho, comenzaron a probar el uniforme a Cristina; empezó por desnudarse y quedarse con unas bragas tanga; esto no le gustó a Remedios, que le dijo a Cristina que se las quitara; la muchacha quedó completamente desnuda; la señora buscó y encontró, en uno de los cajones de la mesa de su despacho, unas bragas muy elásticas, casi transparentes, que se ajustaban al cuerpo de Cristina como un guante de cirujano, eran del color de la carne. Cuando Cristina se enfundó aquellas bragas, había que fijarse mucho para ver que llevaba algo, solo podían verse sus poderosas nalgas y su vello púbico, que se trasparentaba con claridad, tras el leve tejido de las bragas; encima, se puso la camisa, que ahora, tras los retoques de la costurera, le quedaba mucho mejor; muy ajustada, pero mejor. En camisa, con las bragas transparentes como única ropa y con tres botones de su pechera desabrochados, estaba encantadora; más aún, cuando se puso la falda del uniforme, la cortísima falda, que apenas 60

conseguía disimular las exuberantes nalgas, que parecían querer salir por todas partes; tuvo que ocuparse Remedios, de graduar la altura que los tirantes, imprimían al bajo de la escueta falda plisada. Comprobó Remedios la altura de los bajos, desde todos los ángulos, miró estando ella de pie, sentada, sentada en el suelo, quería comprobar lo que los demás podían ver; sabía que en el arte de la seducción, es más importante, lo que se insinúa que lo que se enseña y en ese arte, ella era una artista; una vez estuvo conforme con la altura de la falda, con el ajuste de los tirantes y de la camisa, decidió Remedios pasar al capitulo del peinado. Utilizó la corta melena negra de Cristina, para hacerle dos pequeñas trenzas, muy infantiles, que le dieron el toque definitivo, le imprimieron un aspecto de niña, que le costó trabajo admitir hasta a Remedios, que tomó siento y la miraba extasiada, mientras le pedía que girara a uno y a otro lado, que se inclinara adelante y detrás, para comprobar hasta donde se le veía. Todo estaba conforme, ambas estaban de acuerdo en el aspecto que había adquirido Cristina; ahora sí parecía una colegiala; una niña muy desarrollada, exuberante podía decirse, pero ese era su aspecto; fue en ese momento, cuando sonó la campanilla de la puerta; tras la cancela estaba el cura, vestido con un traje gris, sin alzacuello. Los ojos del cura se abrieron como platos, al ver a Cristina ataviada con el uniforme, su sorpresa fue tanta, que no podía creerlo; por una 61

parte, si él hubiera visto esta niña en un colegio, no le hubiera calculado más de trece años, al observar sus formas femeninas, le hubiera parecido increíble para esa edad; pero sin duda, era el aspe cto que deseaba para presentar la muchacha a su eminencia. - ¿Qué le parece Padre? ¿Le gusta así? - Verdaderamente impresionante Remedios; no he visto nunca nada igual, ni podía imaginármelo; a su eminencia, le va a encantar; pero tendremos que ponerle algo por encima, para poder llevármela y entrar en el palacio. - No se preocupe padre, ya lo tengo pensado; tengo una capa que vendrá a la perfección para la ocasión, “una buena capa, todo lo tapa” ¿Está de acuerdo Padre? - Seguro que sabes hacerlo Remedios; sin duda la niña está inmejorable. Trajo Remedios una fina capa de seda de un azul oscuro, con un cuello de encaje blanco, que todo lo tapaba y daba a Cristina el aspecto de una niña que viniese a una catequesis. La entrada en el palacio, la hicieron por una pequeña puerta lateral, subieron por unas estrechas escaleras, hasta el primer piso; allí recorrieron un buen tramo por fastuosos pasillos, llenos de obras de arte, pinturas del renacimiento, esculturas e imágenes del barroco, tapices del siglo trece y otras, que no consiguió apreciar Cristina; que

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mantenía erguida su cabeza, con la dignidad que da la inteligencia y la nobleza, aunque estuviera recién adquirida. Cristina, ya había asumido su papel; ella se imaginaba ser una niña de una importante familia, con problemas de dirección espiritual, que la habían llevado a un extraordinario y experimentado director espiritual, para que la confesara y aconsejara. Si la habían impresionado los pasillos, más la impresionó el despacho del confesor; el oropel era tremendo, creyó entrar en un mundo aparte, en otra realidad; evidentemente no había entrado en el cielo; ni siquiera estaba cerca de él. Al entrar en la extraordinaria estancia, el cura, que le había jurado que se llamaba Pedro, la despojó de su capa y fue a colgarla en una percha; luego desapareció tras una puerta y pasados menos de dos minutos, regresó ataviado con una sotana. Miró y remiró Pedro, llamémosle Pedro, a la muchacha; realmente estaba esplendida; incluso había tomado la pose de niña buena; o tal vez mala, pero sin duda una niña; en ese momento entró su eminencia, ataviado con su sotana negra; con unos ribetes en rojo, en los puños y en la abotonadura de su pecho; también era púrpura su birrete. Ofreció el prelado la mano, armada con su anillo, a la muchacha; luego fue a sentarse en un pequeño sillón y le pidió

que tomase el

reclinatorio y se arrodillase a su lado; sin duda con la intención de confesarla; con premura, aproximó Cristina el reclinatorio. 63

- Quiero confesar padre; he pecado y solicito su perdón. - Pero tú eres una niña, no puedes tener muchos pecados hija, cuéntame tus dudas ¿qué edad tienes, quizás trece años? - Casi padre, casi; pero mis apetencias por los hombres, son tan grandes, que no se si son normales. - ¿Te gustan mucho los hombres? ¿te gustan los de tu edad o mayores? - Me gustan todos padre, de todas las edades, cada cual tiene lo suyo; hace ya dos años, un vecino con cuatro años más que yo, me enseñó a disfrutar del sexo; durante las siestas de las vacaciones del verano, me llevaba a unas dependencias de la enorme casa de pueblo de mis abuelos; el muchacho, era el hijo del pastor, por lo que conocía a la perfección, todas las dependencias de la casa; también sabía mucho sobre las apetencias de las mujeres; me llevaba allí y comenzaba por acariciar mi cuerpo; acariciaba con sus jóvenes manos, mis pechos juveniles, que ya iniciaban tendencia a crecer; acariciaba mis muslos, luego mis nalgas y entre ellas, acariciaba mi sexo con sus dedos. La respiración del viejo sacerdote, se agitaba, al tiempo que se excitaba por lo que contaba Cristina; tal era su agitación, que tuvo que acudir en su ayuda el padre Pedro.

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- No te preocupes Pedro, estoy bien, deja a la niña que siga contándome sus preocupaciones. - El muchacho, terminaba por sacar de su bragueta, su miembro en erección y me enseñó a acariciarlo con mi mano, hasta conseguir que eyaculara. - ¿Te producía eso satisfacción hija? - Mucha satisfacción padre, aunque también me producía cierta intranquilidad, como si algo me faltara, como si necesitara algo más; eso me lo enseñó un empleado de la casa; este era bastante mayor, quizás tuviera dieciocho años, tal vez más, trabajaba este muchacho, en las naves de los cerdos de mis abuelos y un buen día; nos vio entrar en la dependencias apartadas, donde nos solazábamos; luego, aprovechó que me vio sola en el patio y se me acercó; me explicó entonces, que nos había visto y que también había visto todos nuestros juegos, con los que yo tanto disfrutaba; me explicó entonces, que mi amigo era muy joven y que su experiencia era escasa; me prometió que si me veía con él a solas, me proporcionaría mucho más placer; me juró que su miembro era mucho mayor y que sabía como utilizarlo; todo ello me inquietó y luego resultó cierto, nos vimos un día en una de las chozas que rodeaban el patio del ganado y allí, introdujo su enorme miembro entre mis piernas y en mi vagina; el placer que

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me proporcionó, fue indescriptible padre; tardé mas de media hora en recuperar mi respiración normal. Cristina, arrodillada en el reclinatorio, algo volcada sobre el hombro del clérigo, sus codos en el respaldo del reclinatorio y su cabeza reclinada sobre el hombro del prelado; permitía al padre Pedro, que se mantenía sentado tras la muchacha; desde su posición, tuviera una magnífica perspectiva de las nalgas de Cristina; estaba el cura obsesionado con la magnífica visión que podía observar, bajo las cortas faldas de la supuesta colegiala y la magnificencia de sus nalgas cubiertas por las finas y ajustadas bragas del color de la carne; que permitían que se trasparentara, la oscuridad del canal que transcurría entre sus glúteos; apreciar como se oscurecía este canal, al introducirse entre sus magníficos muslos, que se mantenían algo separados entre sí. Ante las confesiones de la niña, el prelado, cada vez estaba más excitado, tanto que se le acercó el cura, para comprobar sus constantes vitales; lo que aprovechó el confesor para darle un recado; le pidió al cura que acercara su oído a su boca y le dijo: - Alza las nalgas de la niña, baja sus bragas y poséela aquí mismo, en el reclinatorio, mientras sigue confesando. El cura, que estaba deseando, le hizo caso; alzó las nalgas de Cristina, mientras ella mantenía sus codos en el reclinatorio y su cabeza en el hombro del prelado; bajó sus bragas y levantó su sotana, que no escondía nada debajo, solo su miembro en erección; en esa postura 66

comenzó a penetrarla, muy suavemente, con parsimonia y leves movimientos oscilantes y rítmicos. Cristina, comenzó a pronunciar suaves jadeos al oído del prelado, seguidos de leves y contenidos gritos de placer. - Cuéntame lo que sientes en cada momento niña ¿Qué te parece? - Me gusta mucho padre, tanto me gusta que creo que es pecado. - No te preocupes niña, estas en el confesionario; voy a comprobar lo que te están haciendo. El prelado introdujo su mano entre las piernas de Cristina; al buscar, encontró los testículos del cura, que colgaban libres entre las piernas de la muchacha; se balanceaban adelante y atrás. La mano del confesor siguió buscando, y encontró el tronco principal, grueso y duro, que penetraba en el sexo de la niña, entre su vello, espeso y rizado; el prelado lo palpó todo con deleite. - No puedo aguantar más tiempo este placer ¡Toque padre con su dedo en mi clítoris, por favor; espero no morir de placer! El viejo confesor, supero la línea roja de lo soportable y cayó de bruces sobre el suelo, destrozando su nariz, que sonó como una nuez al cascarse; ese incidente, hizo que el cura interrumpiera abruptamente su coito con Cristina y se abalanzara sobre el prelado. Tras una breve inspección, que incluyó una comprobación del pulso y de la respiración; la cara del cura quedó blanca como la pared; sin duda el prelado había muerto, su corazón no lo había podido soportar. 67

- ¡Está muerto! ¡Vaya un problema! No toques nada Cristina, tienes que irte; debes salir por donde hemos venido, te pones la capa y te vas. - ¡Ni hablar! No pienso irme, yo no he hecho nada y esperaré a la policía; si me voy, luego las culpas caerán sobre mí; yo no tengo nada que ocultar. - Te daré un buen dinero si te vas sin que nadie te vea. Por un momento, los dos quedaron en un absoluto silencio; esto les permitió pensarlo durante unos segundos. - ¿Y si te doy mil euros, te irías? - Ni hablar padre, no lo haré. - ¿Y si te diera dos mil? - Si me da tres mil, me voy ahora mismo y no diré nada; me comerá el gato la lengua. - Está bien, pero no debes contar esto ni a Remedios, a nadie. - Si me das tres mil, mi boca será una tumba; pero debes ir mañana a pagar a Remedios lo habitual, con una propina para mí, que parezca como siempre. Fue el padre Pedro hasta un cajón de la mesa del despacho, extrajo tres mil euros y se los entregó a Cristina; esta lo cogió, se los introdujo en sus bragas, se puso su capa y salió del despacho, caminó con autoridad y elegancia a lo largo de los pasillos; no le costó trabajo

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encontrar la salida, ni la pequeña puerta por la que entraron; luego tomó un taxi y se fue a su apartamento. Al día siguiente, a medio día, fue Cristina a la casa de Remedios, que la esperaba con una sonrisa de oreja a oreja; la hizo pasar a su despacho y la sentó frente a la enorme mesa. - Ha estado aquí el padre Pedro; está muy satisfecho de tu comportamiento y de tu actuación; ha dejado una propina; por cierto, muy generosa; además de tus honorarios y los míos, ha dejado mil euros de propina para ti. - ¿Te parece que está bien, lo crees suficiente? - ¿Te parece poco a ti? - No, te pregunto, por que tú sabes lo que suele dar ¿Te ha dicho algo más? - Me ha dicho que te felicite por tu profesionalidad y discreción; no sé con exactitud, lo quiere decir con eso. Se marchó Cristina, sin estar segura de si su actuación había sido la adecuada, por lo de no decir nada de lo sucedido a Remedios; había dado su palabra y no sabía las consecuencias que traería todo aquello; pero esa noche durmió a pierna suelta.

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CAPITULO V

Al salir de clase, eran casi las dos, la avisó su teléfono de que tenía un mensaje; cuando pudo comprobarlo, vio que era de Remedios, que de nuevo la invitaba a comer; decía tener cosas que tratar con ella; así que puso rumbo a la casa. La señora, la estaba esperando, al verla tras la cancela, fue la señora la que salió de la casa; estaba vestida como para ir a la calle, para ir a comer al pequeño restaurante al que solían ir; Remedios, se agarró con fuerza

del

brazo

de

Cristina; ambas caminaban

por

la

acera,

fuertemente unidas. - Ha sucedido algo sorprendente ¿Sabes niña, que ha muerto el obispo, con el que estuviste antesdeayer en el palacio? - La verdad es que lo sabía, pero le prometí al cura que no te contaría nada; ahora ya lo sabes y mi promesa ya se ha cumplido. - Cierto, así que espero que me des más detalles; ahora comprendo la buena propina que te dio; los curas suelen ser muy tacaños y esa propina me sorprendió. - Me imagino, que también te daría propina a ti ¿No es así? 70

- Así es niña; ahora espero que me des más detalles de lo sucedido. - Claro que te los daré, pero tienes que prometerme que no le dirás al cura, que te he contado nada; ante él, solo sabrás lo que has leído en el periódico; nada habrás sabido por mí. - De acuerdo Cristina, nada diré de lo que me cuentes; nosotras debemos tener nuestros secretos. Todo se lo contó con detalle Cristina; todo menos lo del dinero, eso suponía, que era cosa suya y solo ella debía conocerlo; en ese momento, llegaban al pequeño restaurante y fueron a sentarse en la mesa de siempre. - Fuiste muy hábil desapareciendo de la escena sin que nadie te viera en el palacio; eres inteligente, hábil y tienes sangre fría; tengo un nuevo trabajo para ti niña; se trata esta vez de un importante político, que seguro que habrás visto en televisión con cierta frecuencia. - ¿Se trata de un famoso? - Cierto Cristina, se trata de un famoso; pero exige absoluta discreción; está obsesionado con eso; de echo, tendrás que llegar sola hasta la habitación del hotel; lo mejor que puedes hacer allí, es fingir que no lo conoces, que no lo has visto en tu vida ; por otra parte es un hombre débil y cobarde; tampoco su potencia sexual es importante; es más, creo que es impotente; algo sencillo para ti, lo manejarás con facilidad. 71

- ¿Qué es lo que quiere exactamente de mí? - Quiere hablar y que le hagas caricias, que lo masturbes; todo con delicadeza y con sensualidad. - ¿Cuánto pagará? - Pagará tus honorarios, como siempre, la propina dependerá de ti; me sorprendería que este diera una propina muy grande; pero después de lo que has conseguido con los curas, nada me sorprenderá de ti. - ¿Cuándo y donde será? - Tendrás que estar esta noche a las diez en su habitación del hotel; en esta tarjeta, llevas el nombre y la dirección completa; sé discreta, es lo fundamental para él. - Es necesaria alguna vestimenta especial. - Nada especial en cuanto a la indumentaria, tiene que ser elegante, pero discreta. Tras la tradicional comida, compuesta por un potaje y alguna fruta, más un café, ambas mujeres volvieron a la casa; pero Cristina, ni siquiera entró; se fue a la facultad, donde tenía clase esa tarde. A las diez en punto, entró Cristina en el hotel; entró a través de la cafetería; su indumentaria, un sobrio traje de chaqueta, eso sí, ceñido con fuerza a sus caderas, le daba un aspecto de ejecutiva impecable, a lo que ayudaba una cartera de ejecutivo, en la que llevaba algunas

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mudas de ropa interior y sus útiles de aseo personal; lo suficiente y necesario para pasar una noche, ni más ni menos. Llamó a la puerta de la habitación, no podía evitar sentir cierto nerviosismo; había olvidado preguntar a Remedios sobre el aspecto de su cliente; sin duda, cada vez era más profesional; cada vez le importaba menos el aspecto físico del cliente. Incluidos los tacones, su interlocutor, no llegaba al hombro de Cristina, debía haberla avisado Remedios y se hubiera puesto zapato plano; aquel hombre bajito, gordezuelo y con escaso pelo en toda la parte superior de su cráneo; que podía ver la muchacha desde arriba, le dedicó una amplia sonrisa y la hizo pasar con premura, luego asomó su cabeza, para poder ver el pasillo, miró a izquierda y a derecha, para comprobar que nadie había visto la llegada de la muchacha. Sin duda ese acto demostraba su paranoia, ya que el aspecto de Cristina era el de una secretaria de dirección, que no hubiera llamado la atención de nadie; pero si alguien hubiera visto su actitud inexplicable, esto lo hubiera delatado; lo hubiera puesto en evidencia; era su forma de ser, tan insegura y paranoica. Dejó cristina su portafolio en uno de los laterales del sofá y se desprendió de sus zapatos, que colocó junto a la cama y caminó descalza sobre la alfombra; a pesar de ir descalza, seguía siendo más alta que Trino, llamémosle Trino al político, que seguía nervioso y que no fijaba su atención en nada; hasta que consiguió poner sus ojos en el 73

cuerpo de Cristina; este atrajo su atención como atrae la muleta al toro; sin duda no fue una atracción sexual, solamente lo sorprendió. Poco a poco, fue ganando confianza Trino, que se atrevió a hacer una atrevida proposición a Cristina. - Quizás quiera usted señorita, ponerse más cómoda, sin un atuendo tan estricto. - Mi nombre es Cristina y yo quería pedirle permiso, para ponerme un camisón que traigo en mi maletín o portafolios, como quiera llamarle, algo más informal; también le pediría que pida algo de beber; para mí algo suave. - Puede ponerse Cristina lo que de see, en cuanto a la bebida, pediré, además de un cava, algo para picar, algo suave ; esto lo paga todo, mi tarjeta oficial, no hay problema. - Me parece muy bien, la noche es larga y es bueno tener algo para picar, sobretodo, si lo paga el estado. Entró Cristina en el cuarto de baño, acompañada de su diminuto maletín, su portafolio; tomó una leve ducha y colocó sus útiles de baño en su lugar, ella misma se puso sobre su piel, unas bragas y su transparente y corto camisón, que podíamos llamar “picardías”; bajo él, todo podía transparentarse, podían verse con claridad sus grandes tetas, desafiantes y altivas; en sus caderas, se intuían más que se veían, las bragas trasparentes y del color de la carne, que dejaban ver bajo su

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tenue tejido, su frondoso vello púbico, casi insultante, bajo el transparente camisón, cortísimo y ceñido a sus caderas. La observaba Trino, mientras se peinaba la muchacha ante el espejo, calzada con unas zapatillas de fieltro; sobretodo, cuando alzaba los talones, con sus muslos apoyados en el lavabo, frente al espejo, el cortísimo camisón, que dejaba al descubierto gran parte de sus nalgas, que se quedaban al aire, bajo el corto camisón, apenas cubiertas por las transparentes bragas que sabían marcar el oscuro canal que resaltaba entre sus glúteos. Andaba el político, extasiado en su admiración de las oscuras formas que descubría bajo las bragas transparentes de la muchacha, cuando sonaron unos golpes en la puerta de entrada; sin duda se trataba del camarero, provisto con las bebidas y viandas que había pedido; las que le servirían para pasar la noche. Se acercó Trino a cerrar la puerta del cuarto de baño; cuando se giró Cristina, le hizo señas con su mano, de que permaneciera en silencio; abrió al camarero y le indicó el lugar donde debía dejar el carrito con la cena fría y el cava; también avivó su marcha, mientras le daba una corta propina y le decía que cargara la cuenta a la habitación; asegurándose de que no viera ni pudiera intuir a la muchacha. Fue de nuevo a buscar a cristina, para invitarla a que tomara asiento frente a la pequeña mesa, en la que se irían sirviendo la cena fría y las copas, durante la sosegada cena que ambos se prometían. 75

No perdió detalle el político, del corto y espectacular desfile de lencería que le brindó Cristina en su caminar desde el aseo, hasta la silla que le brindaba Trino frente a la pequeña mesa; al sentarse, al inclinarse hacia delante, mostró sus nalgas en toda su espectacularidad, tanto que estuvo tentado Trino de acariciar la parte más oscura, que destacaba entre sus piernas; el final del oscuro canal, que llegaba desde el final de su columna vertebral, hasta la unión de sus poderosos muslos. Al quedar sentada la muchacha, mostraba sus dos hermosas y erectas tetas, que el tenue picardías, no conseguía disimular, más bien todo lo contrario; las realzaba, las enmarcaba en un espectacular entorno, lleno de tenues sutilezas, que procuraban resaltar sus rotundas formas, prietas, redondas, erectas y turgentes, marcadas por aureolas rojas, provocativas, hechizantes. Ambos se servían directamente en sus pequeños platos y Trino se encargaba de mantener llenas las copas de cava; en ese entorno, comenzaron

su

conversación

sobre

los

temas

que

el

político

consideraba transcendentes. - ¿Tienes opinión sobre temas políticos Cristina? - Claro que tengo opinión sobre política; lo que sucede , es que a lo mejor no te gusta escucharla. - ¿Eres de una tendencia política muy diferente a la mía? - No se cual es tu tendencia política; pero tengo mala opinión de las personas que se dedican a la política; no de las ideas, ni de las 76

tendencias; si no de las personas que viven de las ideas e ilusiones de los demás. Unas copas de cava, les hicieron cambiar de conversación, alejarse de la política y regresar al asunto que se traían entre manos en este momento; tras alguna copa de cava y algunas tapas de queso, de jamón y

de

paté;

la

conversación

fue

tomando

mayor

intimidad

y

profundizando en el tema que los había traído hasta aquí. - Tengo

que

sincerarme

contigo

Cristina,

a

pesar

de

tu

extraordinaria belleza, de tu espectacular cuerpo, te resultará muy difícil obtener de mí un orgasmo, verdaderamente difícil. - Me imagino, que si lo consigo, tendré algún premio. - Sin duda que lo tendrás; cuando le pague a doña Remedios, te dejaré una sabrosa propina; eso en el hipotético e improbable caso de que lo consigas; de todas formas, como le pago con la tarjeta oficial, no me importa dejar propina; ella sabe hacer la factura especificando temas muy diferentes de los que nos traemos entre manos. - Veo, que te resulta fácil pagar con la tarjeta; eso es bueno para mí, me imagino que será legal; intentaré por todos los medios, que tengas un orgasmo. Retiró su silla y se puso en pie, de nuevo resultó evidente el espectacular cuerpo de Cristina, que se trasparentaba bajo el escueto y tenue camisón; podían verse con claridad sus grandes y turgentes tetas, 77

sus amplias caderas, ceñidas por unas bragas también trasparentes, que permitían ver bajo ellas, el oscuro y denso bello de su sexo. Todo esto, llamaba la atención de Trino, llamémosle Trino; pero apenas despertaba su libido, que resultaba bastante más complicada de excitar; así que decidió Cristina, que lo mejor era desnudarlo y llevarlo al baño, lleno con agua algo más que templada. Aquella petición de Cristina para que se desnudase, mientras ella llenaba la bañera; lo puso algo nervioso, dubitativo, lo que lo llevó a hacer algunas confesiones. - Tengo que advertirte Cristina, que la tengo muy pequeña; espero que no te haga demasiada gracia ¡No te rías, por favor! - Te aseguro que no lo haré; yo las he visto de muchos calibres y tamaños, siempre he preferido que no sean grandes; las más pequeñas, son más manejables ¡Me gustan pequeñas! Esto le dio confianza a Trino, así que comenzó a desnudarse; en el cuarto de baño, tras las piernas de Cristina, que estaba arrodillada en la pequeña alfombra, frente a la bañera; mientras la llenaba y comprobaba la temperatura del agua, mientras mezclaba algo de gel y sales. Colocó Trino su ropa muy ordenada en la percha, a la vez que miraba el soberbio espectáculo que ofrecía Cristina, con sus nalgas al aire, volcada sobre el borde de la bañera, con sus piernas entreabiertas, mostrando nítidamente sus glúteos, separados por un oscuro canal

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central, que se introducía entre sus muslos, haciéndose más ancho, más grande; permitiendo ver su sexo, cubierto por las trasparentes bragas. Ese espectáculo por sí mismo, hubiera bastado para excitar a cualquier hombre, pero no a Trino, que procuraba tapar con sus manos su sexo desnudo; tuvo que ser Cristina, que puesta de pie frente al político, apartó sus manos para poder ver su sexo al natural. Se arrodilló Cristina, frente al sexo de Trino, sobre la alfombrilla de la bañera, y comenzó a examinarlo con detenimiento, con dulzura y empeño, también le sirvió para ocultar una sarcástica sonrisa que sin duda se le hubiera escapado; una vez dominado su primer impulso le dijo al político: - Es preciosa, pequeña, pero preciosa ¡ahora, métete en la bañera y déjame trabajar! - Eso me lo dices para conformarme, para darme coba. - Nada de eso, métete en el agua; está a la temperatura ideal. Cuando estuvo Trino sentado en la bañera, Cristina se desnudó por completo y se sentó tras él, pegada a sus espaldas, abrazándolo con sus brazos, apretando sus tetas contra su espalda y colocando sus piernas en paralelo con las del político. Al ser tan pequeño su compañero, tan pequeño y tan orondo; daba la impresión de que Cristina tuviese un muñeco entre sus brazos; muñeco al que comenzó a acariciar y después; también comenzó a hablarle, si no conseguía excitarlo con su cuerpo, lo haría con su palabra. 79

- Te contaré alguna historia de pasión, que no apasionante, mientras te acaricio; de esa forma procurare excitarte, mediante el tacto y el oído; tú debes cerrar los ojos y concentrarte en mi relato y en mis caricias. - Eso me gusta; detrás de ti, sobre tu cabeza, tienes el interruptor, apaga la luz del cuarto de baño; con la luz del dormitorio tendremos suficiente. - Cuando era yo muy jovencita, una niña, no tenía más de trece años, tuve mis primeras experiencias con un muchacho dos años mayor que yo y que a mí, me parecía muy mayor, muy hombre. - ¿Te poseía el muchacho? - Tanto como eso no, comenzamos por escondernos en unas apartadas dependencias de la casa de mi abuelo, a las horas de la siesta, cuando

todo el mundo

dormía; allí, jugábamos y

explorábamos nuestros cuerpos; acariciaba él mis pechos, mis pequeñas tetas, muy sensibles a cualquier contacto de sus manos, que hacían entrar en erección mis tiernos e inmaduros pezones, que parecían querer reventar y en los que yo, sentía un enorme calor; en ellos y en mi entrepierna, que también se excitaba sobremanera, produciéndome en la zona, picores, erecciones y calor, muchísimo calor. - ¿Y tú, que le tocabas a él?

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- Después de acariciar mis pequeñas tetas, mis pezones, mis muslos y mi sexo, siempre sobre mis bragas, comenzaba el muchacho a excitarse, entonces dejaba caer sus pantalones y sus calzoncillos; me mostraba su sexo en erección, tomaba asiento entre mis piernas, de espaldas a mí; como tú estás ahora; entonces conducía mis manos hasta su miembro en erección y me inducía a acariciarlo; como hago ahora contigo. - ¿Era muy grade su pene? - Demasiado grande, enorme, tenía que agarrarlo con ambas manos y darle masajes arriba y abajo; estos masajes, lo ponían aún más grande, más grueso y duro. Entonces, se dio cuenta Cristina de algo; al explicar las características del miembro masculino, pudo notar una cierta excitación en el inmaduro gordito; ella y su espe ctacular cuerpo desnudo, no eran capaces de producir en Trino, la más mínima excitación; pero por el contrario, la sola descripción de un gran pene en erección, había conseguido excitarlo; su pequeño pene, había experimentado una incipiente e insuficiente erección. Aquella circunstancia, hizo cambiar la estrategia de Cristina; ya sabía lo que le gustaba y por ahí insistiría; sin duda a Trino le gustaban los hombres y pasaba olímpicamente de las mujeres, aunque estas fueran tan espectaculares como Cristina; pero esa realidad no la admitía el político, no quería reconocerla. 81

- Cuando el muchacho estaba más excitado, tanto que acariciaba mis piernas y gemía de placer, mientras yo continuaba dando masajes con mis manos a su miembro, que se ponía duro como una piedra, pero de suave piel y de mullida y suave cabeza, roja como una fresa. - ¿Tenías que darle masajes durante mucho tiempo? - No demasiado, en un par de minutos, su órgano erecto, escupía con fuerza un líquido espeso y pegajoso, calido; que casi siempre caía sobre unas pacas de paja que había a casi un metro. Notaba Cristina, que la excitación de Trino, subía por momentos, cosa que notaba de forma incipiente, casi insignificante, en su minúsculo pene; incluso en sus pequeñísimos testículos; así que decidió seguir por ese terreno, mientras no paraba de acariciar su pequeño pene. - ¿Solo tenías que hacerle masturbaciones? - Eso cambió, cuando un buen día, nunca mejor dicho lo de buen día, apareció en casa de mi abuelo un muchacho mayor que nosotros; tenía al menos dieciséis años, tal vez diecisiete y observando

nuestras

argucias,

esperó

el

momento

para

abordarme; recuerdo que me dijo algo que me impresionó; me dijo: “tengo que enseñarte algo”, me llevó a un lugar apartado del patio de la gran casa de mi abuelo; allí sacó su miembro y me lo enseñó, sin mediar palabra, me lo dejó ver y luego, tomó mi mano y la llevó hasta que se lo acaricié. 82

- ¿Era grande? - Verdaderamente imponente; yo quedé impresionada, era una niña; fue entonces, cuando alzó mi falda, colocó mis manos sobre un poyete de azulejos, bajó mis bragas, abrió un poco mis piernas y comenzó a restregar aquel enorme miembro por mis genitales; poco a poco comencé a notar que penetraba, cada vez más; hasta que llegó al fondo; ya no podía entrar más; entonces, eyaculó en el fondo de mi vagina aquel liquido espeso y caliente, que calentó todo mi sexo. Notó en ese momento Cristina, que se estremecía y que la punta de su diminuto pene, se humedecía; incluso se le escapó algún suspiro que podía ser de placer, el político había eyaculado, o algo parecido. Quedó

extasiado

Trino,

se

dejó

lavar

por

Cristina,

estaba

completamente entregado; luego se dejó secar y por fin, se dejó caer sobre la cama y durmió hasta el amanecer. Al día siguiente, después de las clases en la facultad, acudió Cristina a la casa de Remedios, a la casa del centro de la ciudad; cuando tiró cristina de la cadena, la esperaba Remedios, que la hizo pasar a su despacho; sin duda estaba impresionada, esta niña, obtenía de los hombres lo que quería. - Vuelves a dejarme de una pieza Cristina; tu habilidad es providencial, el político, además de pagar, te ha dejado quinientos

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de propina; eso, para alguien como él es inconcebible ¿Cómo lo haces? - Con tiempo y meditación ¿Estas satisfecha? - Muy satisfecha Cristina; como no voy a estarlo, me proporcionas clientes satisfechos y dinero ¿Qué más puedo pedir? - Cuando puedas me proporcionas clientes más apetecibles. - Para obtener dinero, debemos olvidarnos de nuestro propio disfrute; hay cosas más importantes.

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CAPITULO VI

No habían pasado más de dos días, desde la última vez que se vieron; desde la cita con el político; cuando al salir de clase, cerca ya del mediodía, recibió un mensaje de Remedios en su teléfono, diciéndole que necesitaba verla a la hora de comer. Aquello se había convertido ya en una norma, cada vez que tenía Remedios que comunicar a Cristina algún tema de trabajo, la citaba para comer en aquel restaurante de comida realizada a la forma casera; basada en recetas muy tradicionales y populares. Como siempre, unos minutos después de las dos, estaba Cristina ante la cancela de hierro forjado y colorido cristal; no necesitó tirar de la dorada cadenita, que hacía sonar la campana, avisadora de la presencia de alguien en el zaguán. Agarradas del brazo, cruzaron la calle en dirección al restaurante; donde ese día, le tenían preparado un plato muy especial; era la época de ello y les habían dispuesto un guiso de carne con “Gurumelos”, una seta de extraordinario sabor y de nombre científico Amanita ponderosa. 85

Nunca había probado Cristina aquella exquisitez, de sencilla y popular preparación; un plato tradicional de la zona, que solo es posible degustar en épocas muy concretas como es el otoño; también disuade de su consumo, su elevado precio; ya que es un producto escaso y que solo lo pueden recoger los entendidos. - Tengo para ti un nuevo cliente; igual de raro que los demás, ni más ni menos; pero como eres la mejor en manejar estos asuntos y además sacas producto de ellos; siempre te aviso a ti la primera; la decisión de aceptarlos o no, es tuya. - En el fondo, me gusta, es un desafío a mi inteligencia y a mi mano izquierda; también resulta rentable. - Cierto Cristina, te resulta rentable; pues este caso también puede ser rentable; hay que tener en cuenta que este oficio, como todos los oficios, es para trabajar; para gozar, te buscas un novio. - Está bien Remedios, cuéntame de lo que se trata esta vez, a ver si consigues sorprenderme. - Está bien niña; esta vez es una mujer, además, una gran mujer, te llamará la atención. Aquella afirmación, dejó muda a Cristina por unos instantes, que fueron breves pero intensos; también consiguió que el vino que sorbía en ese momento la muchacha, se fuese por el otro lado, obligándole a toser y a esperar un momento, antes de retomar su conversación. - ¿Qué es lo que quiere de mí esa mujer? 86

- Esa mujer, piensa como un hombre , es un hombre en todos sus deseos y apetencias, pero con un cuerpo de mujer; asimila eso y utilízalo a tu favor; además de ser lesbiana, es terriblemente rica y poderosa; no se si tú sabrás, que cuando una mujer así es rica, culta y poderosa, entonces es lesbiana; por el contrario si es pobre e inculta, entonces, solo es una “tortillera”. - ¿Qué más me puedes decir? - Solo quiero preguntarte

si aceptas el trabajo; tienes que

confirmármelo, tendrías que verla esta tarde. - ¡Que bien me conoces! Está bien acepto ¿Dónde tengo que verme con ella? - Aquí tienes la dirección; ten en cuenta que es su casa, no es ningún hotel ¡Compórtate! - Oriéntame sobre la ropa; dime algo Remedios. - Tienes que ir discreta y muy femenina; ella es un hombre, más hombre que otros ¡Te darás cuenta! Antes de marcharse del restaurante, Cristina echó un último vistazo a la tarjeta que le había entregado Remedios; besó a la señora y se marchó; debía estar en la casa a las seis y media; solo tenía tiempo para ir a una clase y para cambiarse de ropa; parece que a la señora le gustaba iniciar sus sesiones temprano, sin duda era una mujer de costumbres algo diferentes.

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La casa de su nueva cliente, estaba en un viejo y clásico barrio de la ciudad, solo necesitó cinco minutos, para llegar caminando desde su facultad, hasta la casa de Rufina; ese era el nombre de la señora, de su interlocutora para esa tarde. Aprovechó Cristina, que las tardes eran algo frescas, para colocarse una fina gabardina sobre su vestimenta; un útil “cúbrelo todo” sobre su indumentaria, que podría resultar llamativa para caminar por la calle; ya que aunque no era estridente, quizás motivaba demasiado a sus posibles admiradores, con los que sin duda, se hubiera cruzado por la calle, siempre imposibles de evitar. Protegida con la gabardina, pasó Cristina mucho más desapercibida; aunque nunca pasaba desapercibida del todo, a pesar de ir cubierta por la gabardina, desde

el cuello hasta su pantorrilla; simplemente los

movimientos que sus caderas imprimían a la gabardina, que permanecía desabrochada en toda su longitud, atraían la atención de los más intuitivos, de los de mayor imaginación, que no dudaban en volverse a mirarla, a admirar el balanceo de su cuerpo. Frente a la enorme fachada, impresionada por la magnitud del enorme portón de madera labrada, vieja, algo rajada por el paso del tiempo y el impecable ataque de la intemperie; en la que solo el barniz, parecía nuevo e impecable, recién aplicado, muy cuidado; Cristina, tuvo la necesidad de comprobar en su tarjeta, que aquella era la dirección correcta. 88

Solo entonces, se atrevió Cristina a entrar en el amplio, desmesurado Zaguán, alicatado con artísticas cerámicas y decorado con bajorrelieves de piedra y de azulejos en cada resquicio de sus paredes; iluminadas por candelabros de hierro forjado. Una enorme y desmesurada cancela, cerrada por cristal opaco, parecía ser el único acceso al palacio; a su izquierda, poco más arriba de su cabeza, una campana de bronce , dorada, ejercía de llamador; el tañer de la campaña, rompió el sobrecogedor silencio que parecía manar de la casa, como si pretendiera dejarlo todo quieto, inerme. Un viejo mayordomo, uniformado con un chaleco de rayas amarillas y blancas, bajo el que destacaba una blanquísima, impecable camisa, cerrada por una cinta anudada en pajarita a su cuello, le daban un aspecto siniestro, fuera de su tiempo; que sin duda ya había pasado; ahora, solo se ocupaba de mantener el orden y el concierto entre el resto del numeroso servicio, todo uniformado. Con enorme y calculado esfuerzo, abrió el mayordomo la pesada cancela, lo suficiente para permitir entrar a Cristina; un leve saludo con su cabeza, fue todo el saludo que le dedicó el mayordomo; tras cerrar, no sin esfuerzo, la monumental cancela; condujo a la muchacha hasta una apartada salita de color verde; allí le dijo que esperara. Los ojos de Cristina, recorrían las paredes repletas de cuadros, unos más grandes y otros muy pequeños; también había tres vitrinas, repletas de figuras de porcelana y de otros elementos decorativos. 89

Andaba Cristina interesadísima en la observación de obras de arte, cuando en la pequeña sala verde, entró Rufina; una señora de gran porte, casi tan alta como cristina, aunque más corpulenta, sin llegar a la obesidad; tendría la señora cincuenta años y conservaba un rostro agraciado, terso, redondo, rematado por un trabajado moño italiano tras su negrísimo pelo. Sus anchas espaldas, su estilizada cintura y sus proporcionadas caderas, le imprimían un porte señorial y armonioso; vestía un traje verde, algo ceñido en sus caderas, remarcándolas, sin exageraciones; que cubría sus piernas hasta unos centímetros por debajo de sus rodillas y que tapaba sus grosezuelos brazos, hasta por debajo de sus codos; sus manos, rematadas por largos y ágiles dedos, agarraron por los hombros a cristina, aproximándola y besándola. - ¡Buenas tardes Cristina! Me alegro de conocerte ¡Dame tu gabardina, la colgaré en la percha! - Gracias doña Rufina. - Llámame Rufina, si vamos a ser íntimas amigas, es mejor que nos tuteemos; por cierto vienes guapísima, te sienta muy bien este traje; empezaremos por enseñarte la casa. Tras esto, recorrieron la mayor parte del palacio, haciendo hincapié en las obras de arte que andaban esparcidas por doquier; en aquella casa era fácil perderse, pensó Cristina; siempre que no te acompañara alguien que la conociera, como sucedía con la señora. 90

Cuando entraron en el dormitorio principal, le pareció a Cristina, que habían cambiado de mundo; allí era todo modernísimo, dominado por una inmensa cama con colchón de agua que se mantenía templada, con la posibilidad de regular la temperatura; había espejos por doquier, también una pantalla para proyecciones y un gran televisor de plasma colgado del techo, sobre los pies de la cama. Tanto el proyector como la pantalla, el televisor y el sistema de iluminación, además de la cama, podía manejarse desde los mandos que había en la mesilla de noche. Tras el superficial reconocimiento de la casa, regresaron ambas a la salita verde; allí, una encofiada criada, les había servido el té, acompañado por unas pastas; Rufina despidió a la chica del servicio, quería quedarse a solas con Cristina. - Por fin estamos solas, quiero hablar contigo de muchos temas, de cosas indefinidas, para que nos permita conocernos mejor. - Podemos hablar de lo que tú quieras, estoy a tu disposición. - ¿Sabes algo de arte, de pintura, de literatura, de escultura etc.? - Me interesa el arte Rufina; evidentemente no me considero experta en nada, lo que más me gusta es la literatura, pero también la pintura. - Se ve que eres una muchacha cultivada y con inquietudes artísticas; háblame de algún escritor que te interese.

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- En poesía, el que más consigue tocar mi fibra, ponerme los vellos de punta, es Miguel Hernández, también Machado. - Estoy muy de acuerdo contigo; aunque no era representante del pueblo inculto, como quieren hacernos creer; tenía mucha más cultura de la que nos cuentan; pero eso no resta importancia a su poesía; a lo que en Andalucía llamamos el pellizco. - Sabía eso que me dices, pero eso no influye en mi gusto por él, simplemente,

consigue

hacerme

sentir

los

más

diversos

sentimientos; en cuanto a la novela, son muchos los autores que me gustan; como don Benito Pérez Galdós, y sobretodo Cervantes con su Quijote y sus novelas ejemplares. - Eres muy clásica; poco revolucionaria; cambiemos de tema ¿Qué opinas de la homosexualidad? - La verdad es que no tengo una opinión demasiado formada sobre el tema; sé que cada uno, tiene derecho a tener sus propias apetencias y tendencias; sin que los demás, pretendan imponerle las suyas; pero sé poco de los pensamientos, de los sentimientos de un homosexual. - ¡Muy equilibrado tu juicio! Eso es imprescindible para entender al homosexual, además de que cada persona es diferente y tiene sus propios sentimientos y apetencias. - Explícamelo tú, me gustaría aprender, de lo contrario, caemos en el juicio fácil de meter a todos en el mismo saco. 92

- El principio general, es bastante sencillo, mis sentimientos y apetencias, son los de un hombre, con mis particulares gustos; a mí por ejemplo, me gustan las mujeres estilizadas pero atléticas, con grandes pechos y amplias caderas; con fuertes muslos y glúteos prominentes y respingones; en definitiva, una mujer como tú; cuando vi tus fotografías en casa de Remedios, que dé impresionada, me hechizaste. - Te pregunto Rufina algo muy personal ¿Qué pretendes de mí? - Esa

es

una

buena

pregunta

Cristina,

Pretendo

poseerte,

acariciarte, gozar de tu cuerpo. - ¿Cómo puedes poseerme? Entiendo lo de

acariciarme y lo de

gozar de mi propio gozo, pero lo de poseerme, lo veo más complicado. - Te enseñaré algo, un artilugio, un apero, pero eso será cuando subamos

al

dormitorio,

cada

cosa

en

su

tiempo;

ahora

disfrutemos del té, luego disfrutaremos de la cena y por fin subiremos al dormitorio ¿Quieres algo especial de cena? - Tengo buena boca, ya lo verás, así que dejo que me sorprendas; lo único de lo que te informo, es de que prefiero cenas ligeras. - Tienes razón Cristina, no

te

preocupes, será

muy ligera;

fundamentalmente verduras y frutas; las cantidades, las decidirás tú, nadie te forzará a comer. - Te lo agradezco Rufina, de esa forma me siento más cómoda. 93

Cambió en ese

momento Rufina el tema de la conversación,

procurando la señora, llevarlo hacia el comprometido asunto de las creencias, tanto religiosas como hacia otro tipo de misterios sociales. - ¿Eres muy creyente amiga Cristina? - No participo demasiado en temas religiosos; en mi casa, como es natural, son todos muy creyentes, rayando en el fanatismo; pero yo a raíz de mi pubertad, quizás de mi entrada en conciencia, cuando cumplí los quince años; me hicieron profundizar en mis pensamientos; algunos sucesos que vi en televisión, algunas desgracias que pude ver en los noticiarios; me llevaron a pensar: ¿Cómo alguien tan bueno y poderoso, puede permitir estas cosas? - Tienes razón niña, puede uno entrar en mayores profundidades filosóficas, sobre doctrinas estrictas contra todo lo que no sea la ortodoxia, que marca la cúpula de la iglesia; pero eso es más enrevesado y difícil de entender por el pueblo; pero lo que acabas de decir, es mucho más esclarecedor y sencillo de entender. - Cierto Rufina, o bien ese ser no es tan bueno como ellos dicen, o quizás no es tan poderoso ¿Para qué lo necesitamos entonces? - Es mejor Cristina, basarse en la ley natural y en la propia conciencia; alejarse de profetas y visionarios; alejarse de los autonombrados hijos de Dios, aunque la sociedad, te exige siempre, renunciar a parte de estas creencias.

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Disfrutaron ambas mujeres de la conversación durante un buen rato; repartieron su tiempo entre la conversación sosegada y el anisete, que complementó al té, con el propósito de abrir el apetito para la cena; aunque el apetito de Rufina, llevaba un buen rato desbocado; con la relajación provocada por la distendida conversación, las piernas de Cristina se habían distendido y sentada en el cómodo sillón, con sus rodillas separadas, le permitían a Rufina ver con claridad sus bragas, esto la tenía completamente alterada. A las ocho en punto, entró en la salita verde una de las sirvientas, provista de uniforme y de cofia, que les comunicó que la cena estaba lista, ambas mujeres, se levantaron de sus asientos, Cristina seguía a Rufina un paso por detrás, hasta que esta la cogió por la cintura y la llevó hasta el comedor. Sorprendida con las obras de arte , que poblaban las paredes de los enormes corredores, tapizando cada metro de pared; hasta que llegaron ante una puerta de madera y cristal que daba acceso al inmenso comedor, quizás más de ciento cincuenta metros cuadrados de comedor; con una gran mesa central a la que la rodeaban veintidós grandes sillas de madera labrada y con asiento de cuero. Se encargaba del servicio, un estirado camarero, uniformado con levita oscura, camisa blanca y pajarita negra; que comenzó por servirles el vino, un tinto de la rivera del Duero, reserva del noventa y cinco; sirvió

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primero solo un poco en la gran copa de Rufina, que lo probó y dio permiso para que acabara de servir las copas. Mientras degustaban el exquisito vino, comenzaron a servirles un aliño de espárragos trigueros a la plancha, con ajitos picados, rúcula, rábanos y otras verduras picadas; realmente, algo extraordinario que Cristina consiguió disfrutar; tras los espárragos, vinieron unas “Tanas” a la plancha; estas son setas, “Amanita cesárea” para concretar más. De postre, sirvieron un exquisito arroz con leche, que acompañaron con un suavísimo licor; tras esto, ambas mujeres abandonaron la mesa y subieron al dormitorio; allí, en la inmensa estancia, en cuyo lateral derecho, había un gran cuarto de baño, provisto de una gran bañera. Le pidió Rufina a la muchacha, ser ella la que la desnudase; mientras se llenaba la bañera con agua a la temperatura adecuada, que se regulaba en el mando; la señora la desnudaba con mucha parsimonia; de una en una le quitaba las prendas y las colgaba en el armario, luego la observaba con detenimiento, la examinaba y la palpaba; después le quitaba otra prenda y repetía la misma operación. Cuando retiró su camisa y aparecieron sus dos grandes y erectas tetas, Rufina dedicó unos minutos a examinarlas, a palparlas, tanto en todo su volumen, como zona por zona; se detuvo e specialmente en sus pezones; primero los palpó con sus dedos y luego los besó, los chupó, los lamió; dejando que su lengua jugase unos minutos con ellos,

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mientras observaba, de vez en cuando, la expresión de relajante placer y satisfacción de la muchacha. Cuando se arrodilló Rufina, para retirar las pequeñas bragas, lo hizo con

parsimonia, lentamente, permitiendo que

Cristina, levantase

primero un pie y luego el otro; cogió la pequeña prenda y la apretó con fuerza entre sus manos; luego la llevó hasta su boca y la olió, aspirando su aire con fuerza, profundamente. Las manos de la señora, mientras permanecía arrodillada, comenzaron a acariciar las nalgas de Cristina, besaba sus caderas y por fin se decidió a besar su vello púbico, disfrutando al mismo tiempo, de su olor a hembra, a mujer. Tras algún minuto, en el que estuvo extasiada con los olores y sabores del pubis de Cristina, la señora introdujo los dedos de su mano izquierda, entre los muslos de Cristina, obligándola a entreabrir sus piernas, para permitir que los dedos de la señora, pudieran acariciar sus genitales, sin dejar de acariciar sus nalgas con la otra mano. Fue Cristina la que tomó la decisión de ir hasta la bañera, que tenía ya el nivel de agua adecuado, Rufina se desnudó rápidamente, dejó su ropa sobre una silla y fue a meterse en la bañera, sentándose a las espaldas de

la

muchacha; cruzó sus piernas, abrazando sus caderas y

colocándolas sobre las de Cristina. Sentada en esta posición, comenzó a enjabonar la espalda y el pecho de la muchacha; empleándose a fondo en masajear las tetas y los 97

hombros; todo con mucha suavidad y deleitándose en ello; luego se deleitó con la misma intensidad en enjuagar las mismas zonas. Se puso en pie Cristina animada por la señora; permaneciendo esta sentada, de esa forma enjabonó sus caderas, sus nalgas, sus piernas e insistió en su pubis, luego lo enjuagó todo con esmero y delicadeza. Al salir de la bañera, puso Rufina el mismo esmero en el delicado y minucioso secado del cuerpo de la muchacha; realmente estaba disfrutando la señora del cuerpo de Cristina. Tras secarse con una gran toalla, Rufina fue has el armario y sacó un traje de un tejido muy elástico, finísimo, podríamos llamarle tenue, una especie de culote. También sacó un braguero; un arnés, que sostenía un enorme pene de silicona; se ajustó este arnés a su cintura y a sus piernas con cintas elásticas, que lo hacían firme, como si fuera un autentico pene. Sobre este braguero se colocó el culote, que se ajustaba a todo su cuerpo, cubriendo desde su cuello hasta la mitad de sus piernas, hasta la zona próxima a sus rodillas; todo él de un color carne, mejor podíamos decir de color piel, dando la sensación de que no llevara nada, de que estaba completamente desnuda y portando un potentísimo falo. Sentada sobre la cama, observaba Cristina a Rufina, en todos sus quehaceres, estaba muy impresionada; todo aquello salía fuera de su comprensión; pero ella estaba dispuesta a aprender, a comprenderlo todo y de todas formas, aquella mujer le caía muy bien. 98

Mientras Cristina continuaba desnuda, tumbada sobre la cama, a modo de maja desnuda, Rufina disminuyó la luz y puso en marcha el proyector, que comenzó a proyectar sobre la blanca pantalla, una película, en la que podía verse una playa y sobre la arena dorada, casi blanca, podían verse unos muchachos que jugaban al voleibol; atléticos, estilizados, movimientos

de

cuerpos

imposibles

musculosos

y elásticos,

y

que

dejaban

se

le

que

realizaban

marcaran

sus

espectaculares formas y unos genitales que difícilmente ocultaban sus ajustados y elásticos bañadores. La atención de Cristina, se centró en aquellos cuerpos dorados por el viento y el sol; sus ojos no podían despegarse de ellos, incluso fijó su atención en uno que le gustaba más que los demás; mientras, Rufina, se tendió en la cama tras ella y comenzó a acariciar sus hombros primero y sus pechos luego, mientras no dejaba de llamar la atención de la muchacha, sobre detalles del aspecto físico del atlético muchacho. Las caricias de la señora, fueron extendiéndose a otras partes del cuerpo de Cristina, mientras no paraba de hablarle de las excelencias del atlético cuerpo del muchacho; los dedos de Rufina, mientras acariciaban las nalgas de Cristina, fueron poco a poco colándose entre ellas, alcanzando por detrás el sexo y el clítoris de la muchacha , acariciándolo con su dedo índice. Notó primero la señora, como Cristina abría sus piernas, permitiendo un mejor acceso de su mano a la plenitud de su sexo; l uego pudo 99

escuchar algún ruido gutural en la garganta de la muchacha, mientras su mirada parecía atrapada por las imágenes de la película, que subía de tono por momentos; mientras todos los jugadores se dirigían a las duchas y el agua comenzaba a resbalar sobre sus cuerpos bruñidos por le viento y el sol; cincelados por el deporte, Cristina se colocó sobre sus rodillas, manteniendo sus codos en la cama y ofreciendo con libertad sus nalgas a Rufina, que comenzó a poseerla con su pene de silicona; en le mismo momento en que los muchachos se desprendían de sus bañadores y mostraban, sus miembros en erección, provocada por la calidez del agua y la cámara; se centraba en mostrar detalles cada vez más concretos, de los penes en erección. Rufina la poseía con fuerza y acariciaba con sus manos las desnudas tetas de Cristina, mientras, sentía un largo y sonoro orgasmo, que la señora disfrutó tanto como ella. Las películas fueron sucediéndose; cambiando los temas y el lugar donde se exhibían los atléticos muchachos, en la playa, en campos de fútbol, en otros de rugby y así sucesivamente; cada vez que Cristina se excitaba con las imágenes, Rufina aprovechaba para poseerla. Una de las veces en que más se excitó Cristina, fue con una corta película sobre animales; en ella se mostraba a varios animales poseyendo a sus hembras; una de estas imágenes, fue la de un gran macho de elefante poseyendo a una joven hembra mucho más pequeña que él; el macho, pesaría cuatro o cinco veces más que la joven hembra 100

y el miembro del macho era tan grande como un tronco de árbol, pero en contra de lo que pudiera parecer, la hembra, aullaba de placer. Aquella escena excitó muchísimo a Cristina y consiguió arrancar de ella un último orgasmo, tras el que ambas mujeres quedaron dormidas sobre la cama y no despertaron hasta la mañana siguiente. Como siempre, tras una noche de trabajo, a mediodía del día siguiente, Cristina apareció en casa de Remedios; esta la recibió con una gran sonrisa y la condujo hasta el despacho. - No esperaba menos de ti; pero siempre consigues superar mis expectativas amiga Cristina; la señora ha quedado contentísima y querría reservarte un día en la semana para ella. - ¿Cómo se ha portado con la propina? - Esta vez ha superado lo que yo esperaba de ella; ha dejado mil de propina para ti, a parte de lo mío y de tus honorarios, verdaderamente impensable. - ¿Me dejarás que te invite hoy yo a comer? - Hoy no puede ser Cristina; en este sobre llevas lo tuyo y ya te llamaré, hoy tengo otro trabajo que requiere toda mi atención. Salió de la casa Cristina, con el sobre en el bolsillo de su gabardina; esa tarde la dedicaría a estudiar; el tiempo estaba algo revuelto y no tenía ganas de ir a ningún sitio, la pasaría en su apartamento.

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CAPITULO VII

El viento y la lluvia, conseguían convertir el final de la mañana, en un momento desagradable; procuraba Cristina, refugiarse bajo su colorido y pequeño paraguas plegable; cosa que no resultaba fácil, con aquel viento de poniente y aquella fina lluvia que castigaba sus piernas, por debajo de su falda, que no llegaba a tapar sus rodillas. Decidió Cristina, cruzar la pequeña plaza, para refugiarse en una cafetería que había en la esquina contraria; pensaba tomar allí una copa de vino y una tapa de tortilla; tenía el estómago vacío, no había tomado nada desde las ocho de la mañana, hora a la que tomó un café con leche y media tostada con aceite; a esas horas, no le apetecía comer nada más; pero ahora, su estómago reclamaba algo con urgencia. Una vez sentada en el pequeño salón de la cafetería, frente a una pequeña mesa, se despojó de la gabardina y guardó el pequeño paraguas, ya plegado, en su gran bolso, que también le servía para llevar sus apuntes y otros aparejos de utilidad; una vez acomodada,

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comprobó su teléfono, que lo había tenido en silencio hasta ese momento. En su teléfono, había un mensaje no leído, era de Remedios, en ese teléfono, no podía ser de nadie más: “Te espero para comer, tenemos un negocio pendiente”; esto alteró los planes de Cristina, así que se tomó con rapidez la copa de vino tinto y la tapa de tortilla; ya más repuesta en su necesidad alimenticia, tomó la decisión de ir a la casa de Remedios, que no estaba muy lejos de allí. Al ponerse en pie Cristina, no pudo evitar atraer la atención de los clientes de la cafetería; con su vestido de punto, de múltiples colores, a rayas oblicuas, que se ceñía a su cuerpo como un guante; por un momento, hasta que se puso la gabardina de color hueso, atrajo toda la atención de la concurrencia. Tuvo que pelear con el paraguas, hasta llegar a la casa de la señora y protegerse en el zaguán; hasta que no entró y cerró el pequeño paraguas, no cesó su pelea con el viento y el agua. Le abrió Remedios la cancela, la estaba esperando y desde la cocina, pudo verla llegar; la hizo pasar, no tenía intención Remedios de salir de la casa, viendo el mal tiempo de ese día, el viento y la lluvia; que amenazaba con no cesar en toda la tarde; había decidido comer en la casa y por ello, en ese momento, tenía toda su atención en la cocina, donde se estaba cocinando un oloroso guiso; unas lentejas con todos sus avíos y andaba Remedios preocupada de que todo se hiciera 103

correctamente, de que la cocinera, una vieja sirvienta de gran confianza, hiciera las cosas a su gusto. - Pasa al despacho Cristina, hablaremos del asunto que nos ocupa. - Algún día, tendrás que enseñarme a cocinar; estoy dispuesta a ser tu sirvienta durante un tiempo. - No digas tonterías Cristina; tu profesión, no dura para siempre, eres como un deportista de elite, aprovecha tu momento, ahora solo tienes que ocuparte de ella y de tus estudios, tiempo tendrás para otras cosas. - Creo que tienes razón, vayamos al trabajo. Las dos mujeres entraron en el despacho y Remedios, se ocupó de cerrar la puerta por dentro; quería privacidad para la conversación que tenían que mantener con Cristina; sabía Remedios, que algunas tendrían las orejas dispuestas a escuchar cualquier cosa. - Tengo un nuevo cliente para ti; ya sabes que siempre te reservo las cosas especiales, las que más dinero te pueden dar. - Muchas gracias Remedios, pero creo que además de tu interés por mi economía, también te mueve algún otro tipo de motivación. - Dejémoslo estar, te explicaré los pormenores de este trabajo: se trata de un hombre de mediana edad, unos cincuenta años, de buen ver, educado y que te recibirá en su casa. - Por lo que me dices, no tiene nada de especial; pero estoy segura de que hay algo más. 104

- Eso es cierto, este hombre vive en su casa con su mujer, una señora de su misma edad, pero muy influenciada por la religión; al parecer, por una enfermedad y a causa de un tratamiento muy agresivo, ha quedado totalmente inapetente. - Ahora empieza a ponerse esto interesante; sigue contándome. - Eres incorregible Cristina, está bien, el marido la ha convencido, de que tiene la obligación de satisfacerlo, por eso del deber conyugal; así que han decidido de mutuo acuerdo, que mediante una comedia, en la que han intervenido otras y ahora tú. - ¿Otra vez de actriz? Esto me gusta Remedios, cuéntame mi papel. - Tú, serás una secretaria que viene a su casa, por razones de trabajo, para redactar unos documentos, llegas con ropa algo provocativa y comienzas a seducir al marido; cosa que consigues; mientras ella, consigue mediante plegarias y ruegos, recuperar a su marido, que después de haber gozado de ti, se arrepiente y rechaza tus encantos, luego regresa a la disciplina conyugal. - Creo que es suficiente, lo he entendido ¿Cuándo debo estar allí? - Hoy a las ocho, te presentaras en esta dirección, armada de carpetas y minifalda. Le tendió Remedios una tarjeta con la dirección en la que debía presentarse, luego se levantaron y regresaron a la cocina, para ocuparse de las lentejas, Cristina se unió a las dos mujeres en la preparación del

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guiso, que empezaba a desprender unos aromas que despertaban el apetito de cualquiera. Cuando el guiso estuvo preparado, las dos fueron al comedor, donde tomaron asiento y dieron cuenta de sendos platos de la sabrosa legumbre; tras ellos, les trajeron una fuente con uva, ya lavada, de la que cada una se sirvió un racimo; para terminar, se tomaron dos cafés solos y bien cargados, tipo italiano. Después de las clases en la facultad, Cristina fue a su apartamento, se dio una ducha y eligió con cuidado la ropa que debía ponerse; tenía la impresión que hoy tendría una importancia especial la ropa; como siempre, no se puso sujetador, se había acostumbrado ya a no llevarlo; después, eligió unas bragas con bastantes encajes, no demasiado pequeñas, aunque sí ajustadas, de forma que se introducían entre sus nalgas y realzaban sus glúteos, adornándolos con sus bordes de encaje, que también se encargaba de adornar los remates de su vello púbico. Eligió un vestido de una sola pieza, bastante ajustado y con su borde inferior, un palmo por encima de su rodilla; e n tejido de punto, de color verde muy claro; se ajustaba con tanta fuerza a su pecho, que dejaba en evidencia los pezones de sus tetas y las enmarcaba por su parte inferior, permitiendo ver sus sensuales curvas, mostrándolas en toda su exuberancia. Sobre aquella ropa, muy funcional y llamativa, se enfundó su gabardina y cogió su bolso grande, en el que llevaba carpetas de 106

trabajo, apuntes y ropa interior de recambio, por si fuera necesaria; así equipada, abandonó el apartamento, tomó un taxi y le dio la dirección al taxista; se trataba de un chalet en una lujosa urbanización del extrarradio de la ciudad, bastante alejada del centro. Ante la puerta metálica del llamativo chalet, se detuvo el taxi, cuyo conductor, estaba pendiente de lo que podía ver bajo la corta gabardina de Cristina; sobretodo, cuando separó sus piernas para bajarse del vehiculo; luego pagó y despidió al taxista; mientras llamaba al timbre del interfono, que había en uno de los muros que sostenía la enorme cancela, que se abrió impulsada por un silencioso motor eléctrico. Recorrió Cristina el corto camino asfaltado, que conducía desde la cancela, hasta el soportal de la casa; el camino, estaba flanqueado de naranjos, que en esas fechas estaban cargados de fruta; tanto que parecía que alguna de las ramas se rompería por no poder soportar el peso de tan sabroso fruto. Mientras se acercaba a la puerta de la casa, pudo observar, como las cámaras de seguridad, giraban, siguiendo su aproximación hasta el soportal del enorme edificio; incluso ya en el soportal, una cámara fijada sobre la puerta, continuaba vigilando cada uno de sus movimientos; tanto, que cuando se disponía a llamar, golpeando la puerta con la gran aldaba de bronce dorado, antes de golpear, se abrió la puerta. Tras la puerta, apareció una señora de mediana edad, que la miraba con gran curiosidad; llevaba la señora puesto, una especie de hábito, de 107

los que se llevan o llevaban por promesa, de color púrpura; se trataba de una bata sin formas, que cubría su cuerpo, desde su cuello hasta cerca de sus tobillos; solo un cordón dorado a forma de cinturón, amarrado a su cintura; daba algo de forma al vestido. Ni siquiera ese amago de darle forma, conseguía marcar una sola curva femenina en la señora, que con sus hombros caídos y encorvados sobre su pecho, sus caderas estrechas y caídas, además de sus delgadísimos tobillos, mostraba un aspecto desfajado y poco cuidado. - Me imagino que tú serás Cristina; mi nombre es doña Filo; te estaba esperando ¡Pasa! - Buenas tardes doña Filo, vengo a hacer un trabajo, creo que me está esperando su marido. - Cierto, te está esperando mi marido, pero primero quiero hablar yo contigo, quiero que nos conozcamos. La señora condujo a Cristina a través de algunos pasillos que sin duda, evitaban las estancias principales y que la llevó hasta una extraña habitación, no muy grande y llena de santos y de vírgenes; colocadas en diferentes altares, a distintas alturas, jalonadas por numerosas velas, que las unas ardían y las otras no. En un banco de madera, similar a los que hay en las pequeñas capillas, incluido un larguero de madera para arrodillarse, constituían todo el mobiliario, además de dos reclinatorios; tomo asiento doña filo en el

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banco y a su lado se sentó Cristina, que aún conservaba pue sta su gabardina; la una al lado de la otra. - Te explicaré cual es la situación Cristina, mi marido y yo somos muy religiosos; quizás yo más que mi marido, pero eso es normal; el hombre es siempre más superficial; pero, hace unos años, sucedió algo que

marcó nuestro matrimonio, una molesta

enfermedad, imposibilitó nuestras relaciones maritales; siendo más concreta, me impidió tener relaciones a mí. - Eso es un grave problema para un matrimonio. - Sin duda Cristina; como yo comprendo que mi marido, sigue teniendo ciertas necesidades; tras algunas discusiones y consultas con mi director espiritual, accedí a que una señorita, pudiera visitarlo; siempre aquí en casa, cada quince días, para que él desahogue

sus necesidades más perentorias; pero siempre

ocupándome yo de la cuestión moral del asunto; lo primero que debe ser; es que no haya en el cumplimiento del deber conyugal, ningún atisbo de placer, sobre todo en la muchacha que se ocupa del desahogarlo; en lo posible, tampoco debe sentir él, ningún placer, o al menos, el menor posible. - Sin duda doña Filo, por mi parte, puede estar tranquila, este es mi trabajo y yo le puedo garantizar que no sentiré ningún placer; en cuanto a su marido, solo puedo decirle que lo intentaré.

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- Por mi parte es lo suficiente; yo siempre estaré presente durante todo tu trabajo, también vigilaré que lo hagas bien, de eso dependerá la propina y el que te llamemos otra vez; hay algo que debo aclararte hija, en esta casa, todo el dinero es mío, mi marido no tiene nada y siempre ando procurando que nada tenga; así me garantizo, que solo pueda tener las relaciones que yo le permito y le pago; mientras fui yo la que me ocupé de sus necesidades sexuales, te garantizo que nunca sentí placer. Aquellas reflexiones, dieron a Cristina, una idea lo suficientemente clara de lo que sucedía en aquella casa y de cual debía ser su actuación; eso no era sencillo, pero era su trabajo. Tras aquellas aclaraciones, se arrodilló doña Filo; inmediatamente, también lo hizo Cristina, que contestó a todas las oraciones de la señora; después de rezar, fueron ambas al comedor, allí las esperaba Ernesto, el marido; se trataba de un hombre de unos cincuenta y cinco años, alto y fornido, sin llegar a la obesidad, pero cerca de ella; en conjunto, tenía un físico agradable que en otros tiempos pretéritos, debió resultar muy atractivo. Ayudó la señora a Cristina, a desprenderse de la gabardina y después, la colgó en una percha de la pared; las miradas del matrimonió, quedaron atrapadas por el espe ctacular cuerpo que podía adivinarse bajo el ajustado vestido.

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Como ya eran las nueve de la noche, una muchacha del servicio, comenzó a servir la cena; fue Filo la encargada de bendecir la mesa mediante una corta oración; primero fue una sopa, luego una tortilla francesa y por fin, una macedonia de frutas; había sido una cena ligera, como requerían las circunstancias. Tras la cena, todos consideraron que había llegado la hora de que Cristina realizara su trabajo, así que se fueron al dormitorio; allí le pidieron que se desprendiera del vestido, bajo él, solo tenía Cristina unas bragas, ribeteadas por finas tiras de encaje , que enmarcaban sus poderosas nalgas; sus pechos erectos y al aire, parecían un desafío a la ley de la gravedad. - Quizás te apetezca lavarte Cristina, o cualquier otra cosa, ahí tienes el cuarto de baño – dijo Filo. - Voy a ducharme, una ducha rápida, vuelvo enseguida. - Yo entraré contigo, te ayudaré – Afirmó Filo. Las dos mujeres entraron en el cuarto de baño, la señora se ocupó de cerrar la puerta tras ella; en cuanto terminó de ducharse y de secarse Cristina, le colocó la señora una amplia bata; tan amplia y larga, que solo se ocupaba de tapar, de disimular cualquier forma de su cuerpo. Cuando salieron las mujeres del cuarto de baño, entró Ernesto, se ocupó también la señora de cerrar la puerta de nuevo, hasta que dos minutos más tarde, la abrió otra vez; traía Ernesto una bata corta y que no había cerrado del todo, dejando que se viera su pene en erección. 111

Tenía el hombre un miembro adecuado y bien proporcionado, que llamó la atención de Cristina; circunstancia de la que se dio cuenta Filomena y se apresuró a cerrar la bata de su marido. Tomó asiento filomena en una cómoda silla, algo baja, casi una descalzadora y trajo hacia sí a Cristina, colocando la cabeza de la muchacha en su regazo, mientras acariciaba con sus manos, su rostro y su pelo; quedaban las nalgas de Cristina, alzadas, frente a Ernesto, pero aún cubiertas por la larga y austera bata. Se aproximó Ernesto, hasta llegar a rozar con su pelvis, las nalgas de Cristina y se agachó, con la clara disposición de alzar la bata de la muchacha, pero Filomena, le llamó la atención y fue ella, la que desde su posición, sentada, tiró de la bata, hasta dejar al descubierto, parte de las nalgas de la muchacha, solo lo suficiente. Emocionado Ernesto, por la visión que se le brindaba, comenzó por acariciar con su mano el sexo de la muchacha, con cuidado, sin hacer gestos estridentes, ya que lo observaba Filomena, para cortar cualquier exceso; pero con su dedo, grueso y fuerte, comenzó a acariciar el clítoris de Cristina; con la pretensión sin duda, de conseguir alguna excitación en la muchacha, que le hiciera lubricar su sexo. No tardó Cristina, en sentir los primeros calores de la excitación, que procuraba no exteriorizar, para que Filomena no los apreciara; por su parte, también con disimulo, continuaba Ernesto acariciando los lugares más recónditos del sexo de la muchacha; ya comenzaba a apreciar 112

ciertos resultados en forma de humedades; incluso su fino olfato, detectaba ciertos excitantes efluvios, provenientes del sexo de Cristina, pero no exteriorizaba ninguna reacción. Proseguía Filomena, observándolo todo, sentada en la pequeña silla, con la cabeza de Cristina en su regazo y pendiente de que la bata, no descubriera demasiado, solo lo imprescindible, las nalgas de

la

muchacha; pero esto lo aprovechó Cristina, para introducir su mano izquierda y todo su brazo, bajo su cuerpo, llegando hasta tocar los dedos de Ernesto, que proseguían acariciando su sexo. Nada podía ver de todo aquello, ni siquiera se lo imaginaba Filomena, lo que sucedía bajo la bata de Cristina; Ernesto aproximó su sexo en erección, hasta que llegó a contactar con los dedos de Cristina, que lo agarró con fuerza y comenzó a moverlo arriba y abajo, acariciando con su glande, rojo, grande, blando y suave, todo su sexo. Poco a poco, con suavidad, fue introduciéndolo en su vagina, sin permitir que la penetrara del todo, impidiéndolo la mano de la muchacha, que seguía agarrando con fuerza el duro y grueso miembro, imprimiéndole movimientos arriba y abajo, a izquierda y derecha; cosa que le provocaba un tremendo placer, que se esforzaba en que no se expresara en su rostro. No paraba de observarlo todo Filomena, que fue consciente de que su marido, había conseguido penetrar a Cristina, cuando vio una sonrisa en su rostro; pero no sabía la señora, que la sonrisa se produjo, cuando 113

Cristina retiró su mano del pene del hombre, permitiéndole penetrarla por completo y llevando su mano hasta los testículos, comenzando a acariciarlos con sus dedos, a sopesarlos. Aquello, no tardó en provocar un orgasmo en Ernesto, que resultó evidente; la que tuvo que disimular el suyo, fue cristina, que lo encubrió lanzando un par de gritos contenidos; haciendo que parecieran gritos de dolor, lo que en realidad eran suspiros de placer. Solo permitió la señora, que su marido estuviera acoplado un minuto, enseguida, hizo que ambos se incorporaran y obligó a Ernesto a que cerrara su bata; para tapar su miembro, que a media erección, mostraba un brillo provocado por la lubricación, mientras que de su punta colgaba un hilo de semen. - ¿Me imagino, que ya tendrás suficiente, viejo verde? - El trato, mi querida esposa, es que debo hacerlo hasta quedar satisfecho, agotado e incapaz de tener una nueva erección. - El caso marido, es que le has hecho daño a la muchacha; la has elegido demasiado joven, por lo que con ese miembro tan enorme, le haces daño. - No se preocupe señora, no pasa nada, estoy acostumbrada y mi obligación es satisfacer a mi cliente. - ¡Que buena eres Cristina! ¿Te apetece tomar un té o algo caliente?

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- Un té estará bien señora y no hay prisa don Ernesto; mis honorarios incluyen una noche completa, así que, tómese el tiempo que necesite, sin prisa. Doña Filo, mandó llamar a una de las criadas y le pidió que trajera té, acompañado por algunas pastas, mientras, Ernesto entró en la ducha, una refriega con agua templada, lo recuperaría antes; cuando salía Ernesto, cubierto por su corta bata, llamó la criada a la puerta. - Tiene que acompañarme señora, la cocinera tiene una duda sobre las pastas. - No tardaré en regresar, esperarme, será un minuto. No tardó Ernesto en aprovechar la circunstancia, tomó posición en el quicio de la puerta y desamarró su bata, comprendió enseguida Cristina lo que quería su cliente, así que se arrodilló y comenzó a realizarle una felación; se empleó a fondo, sabía que Filo, no tardaría en regresar. Escucharon a Filo, que regresaba dos minutos más tarde, acompañada por la criada, que portaba una bandeja con el té y las pastas; dejó Cristina lo que estaba haciendo y se dirigió al cuarto de baño, tomaría una ducha rápida mientras servían el té. Durante unos minutos, mientras colocaban el servicio del té y la bandeja con las pastas, estuvo Cristina en la ducha; cuando salió del cuarto de baño, podía verse a la muchacha, con la misma larga e insípida bata que había llevado durante todo el tiempo; durante toda su actuación ante aquel excéntrico matrimonio. 115

Habían colocado tres sillas, iguales a la que ocupó Filomena durante el coito que habían mantenido Ernesto y Cristina, alrededor de una pequeña mesa, sobre la que habían acomodado el servicio de té y la bandeja con las pastas; ocupó Cristina la silla que quedaba libre y comenzaron una animada tertulia. La encofiada criada se marchó, salió del dormitorio, no sin dedicar una última mirada a la pequeña reunión, antes de cerrar la puerta tras ella; todos se encontraron liberados tras la salida de la sirvie nta; eso los indujo a conversar. - Tu profesión hija, debe ser muy desagradable; recuerdo cuando era yo la encargada de satisfacer las necesidades de mi marido; recuerdo lo mal que lo pasaba, había dos cosas que oprimían mi espíritu; por un lado el malestar físico, el dolor tan desagradable y por el otro, la incomodidad moral, sabiendo que con ese acto, andaba muy cerca del pecado, de la inmoralidad más abyecta. - Es verdaderamente cierto señora, esos son los inconvenientes de mi profesión; como excusa, solo le puedo decir, que me permite continuar mis estudios, es un trabajo que me deja el suficiente tiempo libre para dedicarlo a mis clases. - Pero andas siempre circundando el pecado, eso es muy grave. - Para contrarrestar eso señora, dedico todos los días, al menos dos horas

a

la

penitencia, al

sacrificio,

al

sufrimiento, a

mortificación; eso alivia mi espíritu atormentado. 116

la

- Bien hecho hija, me caes bien; eso debía hacer el impío de mi marido, pero él es un descreído. Mientras saboreaba el té y las exquisitas pastas, entre sorbo y sorbo, observó Cristina, que de nuevo Ernesto, comenzaba a presentar una erección; decidió entonces, acelerar los acontecimientos, de esa forma terminaría antes con tan incómoda visita; así que cada vez que se inclinaba a servirse té o a coger una pasta, procuraba dejar bien a la vista del marido, una de sus enormes tetas. Aquello lo excitó tanto a Ernesto, que dos sorbos después, se escapó su pene por la abertura que se producía en su bata; cosa que escandalizó inmediatamente a Filomena. La señora trató infructuosamente de ocultar el miembro de su marido; faena que le resultó imposible, ya que era tan grande la erección, que la corta bata, no tenía tejido suficiente para cubrirlo; pero enseguida acudió en su ayuda Cristina. - Aguarde un momento doña filo, creo que ha llegado el momento de proporcionarle a su marido una segunda sesión, recuerde que esa es mi obligación, mi trabajo; pero esta vez me va a permitir que lo organice yo, no hará falta que nadie se mueva. - Está bien hija, organízalo, yo permaneceré pendiente. Se puso en pie Cristina y se acercó a Ernesto que permanecía sentado, apartó un poco la pequeña mesa y abrió del todo la bata del marido, apareciendo su sexo en todo su esplendor; luego, Cristina, apartando 117

unos centímetros su bata, introdujo las piernas del hombre entre las suyas, hasta que las rodillas de la muchacha, llegaron a la altura de las caderas de él, tomando asiento sobre sus piernas, introduciendo su mano, para conducir el miembro del hombre hasta introducirlo en su sexo, poco a poco, sin retirar su mano por el momento. Se ocupó Filo de mover su silla, hasta quedar muy cerca de su marido y de Cristina, que se mantenía erguida, sentada sobre las caderas de Ernesto, con sus dos manos ahora sobre los hombros del hombre; sin mostrar emoción alguna ni movimiento alguno pero sí hacía algo que nadie podía ver, pero que Ernesto podía sentir. Como a pesar de su erección, sabía Cristina, que al ser su segunda eyaculación, aquello podía llevar un tiempo apreciable a aquel hombre maduro, fomentó que este deslizara su mano bajo su bata hasta llegar a su teta izquierda, la del lado contrario al que estaba sentada en su silla la señora, que se mantenía atenta y pendiente. Se afanaba Ernesto en masajear la teta de Cristina, sin que su mujer pudiera observarlo; aquello los excitaba, aunque la muchacha mantenía su rostro impasible, consiguió concentrarse lo suficiente, como para realizar una habilidad que ella tenía muy oculta; conseguía que su vagina, se contrajese y extendiese, mediante movimientos peristálticos de su musculatura vaginal; aquello proporcionaba un masaje , que multiplicaba el placer tanto de él como el de ella; aunque tenía que reprimir todos sus impulsos, que en el momento de máxima tensión, 118

durante la eyaculación de Ernesto, que coincidió con el orgasmo de la muchacha; tuvo Cristina que simular una dificultad respiratoria, para disimular sus rítmicos e incesantes jadeos. Entonces se dio por rendido Ernesto, por lo que pudo Cristina despedirse del matrimonio y pedirles que llamaran un taxi; pero Ernesto no lo permitió, le dijo a Cristina, que la llevaría su chofer hasta donde ella quisiera. Cuando al día siguiente, acudió a casa de Remedios, a eso de las dos, esta la recibió como siempre, con una amplia sonrisa y con un abultado sobre. - Tienes que contármelo niña ¿Cómo lo consigues? Los has dejado encantados, tanto al marido como a la señora; tengo que reconocer, que eso me parecía imposible. - Te aseguro que te lo contaré, incluso puede que te revele alguno de mis secretos.

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CAPITULO VIII

Se acercaban las navidades y por lo tanto, comenzaban los exámenes parciales en la facultad de derecho; hacía algunos días que no recibía mensajes de Remedios; eso le había venido bien, ya que había tenido más tiempo para estudiar, para preparar los exámenes. Mientras tomaba un café en la cafetería de la facultad; había aprovechado que tenía una hora libre entre dos clases, para tomar un café y una tostada con aceite de oliva; su pensamiento, se ocupó en ese momento, en los recuerdos de su casa; llevaba mucho tiempo sin ir al pueblo, sin ver a sus padres y demás familiares; quizás debía aprovechar el próximo fin de semana para pasarlo con ellos. Recordó, que debía ponerse una ropa más adecuada para ir al pueblo, no podía llamar la atención, ni demostrar gran poder adquisitivo, todo lo contrario; tenía que mostrar que pasaba cierta necesidad, que le costaba llegar a fin de mes; también era importante, tener muy bien preparada la historia que contaría sobre su trabajo, sabía Cristina, que la agobiarían con preguntas. 120

Decidió Cristina, que esa tarde, después de las clases, iría a comprarse algo que estuviera en consonancia con su posición y circunstancias; sus cambios habían sido muy llamativos, pero no podía mostrarlos en el pueblo y ante sus padres; también tendría que reprimir sus ganas de ayudarlos económicamente; eso llamaría mucho la atención. Los pensamientos de Cristina se vieron truncados por la realidad, cosa que suele suceder con mucha frecuencia; tras la última clase de la mañana, se dirigía Cristina a comer, en un lugar frecuentado por estudiantes; esa era una de las costumbres que no había perdido; pero al abandonar el recinto de la facultad, sonó un mensaje en su teléfono; se trataba de Remedios, pidiéndole que fuera a comer con ella. El tiempo era bueno, la ciudad era iluminada por un sol radiante, favorecido por la limpidez de la atmósfera, cosa de la que se encargaba todas las mañanas, el rocío; que caía al amanecer, favorecido por las diferencias de temperatura entre las primeras horas de la tarde, en las que se alcanzaban los veinticinco grados y las primeras horas de la mañana, donde apenas se alcanzaban los diez grados; pero a esas horas, le sobraban a Cristina todas las prendas de abrigo que se había encasquetado por la mañana. Al llegar al zaguán de la casa, tras la cancela, la estaba esperando la señora; sin duda había decidido ir a comer a su restaurante favorito; conociéndola, pensó Cristina que incluso habría encargado ya la comida.

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Abrió Remedios la cancela y salió al zaguán, mientras daba las últimas órdenes a la criada; luego dio un beso rutinario a Cristina y la cogió del brazo; el contrario al que llevaba colgado el abrigo, el mismo que utilizó por la mañana temprano, cuando acudió a la facultad; fuertemente agarradas del brazo, cruzaron la calle y se encaminaron al pequeño restaurante. Al entrar en el restaurante, fueron a sentarse en la mesa que siempre lo hacían, se la tenían reservada y la camarera, se comportó de una forma similar; tras quitarle a Cristina el abrigo y llevarlo hasta una percha cercana, fue a traerles el vino, un tinto de la rivera del Duero; junto con el vino, también les trajo el pan de pueblo, cortado en gruesas rebanadas que rebosaban sobre la pequeña panera. Antes de que comenzaran a plantear el nuevo trabajo, poco después de que Remedios hubiera probado el vino y hubiera autorizado a que llenaran las copas, trajeron el impresionante y oloroso guiso de pies de cerdo con patatas, una exquisitez que Cristina reconoció adorar y llevar años sin probar; sin duda era un guiso adecuado para aquellas fechas, comenzando el mes de diciembre, entonces comenzó su exposición Remedios, que estaba deseando exponerlo. - Me tienes impresionada niña, tu habilidad para resolver relaciones complicadas, me impresiona. - ¿Quiere decir eso que me has preparado otro embolado?

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- Cierto, te he buscado otro caso especial; pero he de aclararte algo, con tus trabajos especiales, ganas mucho más que cualquier otra de tu nivel; por ejemplo, una que se dedique a trabajos llamémosle normales, necesita hacer tres trabajos para ingresar lo mismo que tú; pero ya sabes que eres tú la que decide si hace un trabajo o no lo hace. - Tienes razón Remedios, pero me gusta protestar de vez en cuando, si no protesto, parece no tener importancia. - A ti te proporciono casos, en los que hay que pensar y que actuar, los otros casos, es simplemente follar con gente normal. - Está bien, cuéntame como va a ser esta vez. - Un viejo cliente mío, me ha pedido algo muy especial, quiere hacerle a su hijo de dieciséis años, un regalo muy especial; por lo visto, es un muchacho muy tímido, que ha terminado el bachiller con muy buenas notas; pero al parecer tiene pocas relacione s con muchachas, es muy tímido y no le gustan las fiestas normales de sus compañeros; el padre, ya te digo que es cliente mío, quiere para su hijo a alguien muy especial; no quiere regalarle a una prostituta, quiere otra cosa. - ¿Acaso no soy yo una prostituta? - Eres alguien especial mi niña, quiere este padre, que su hijo no sepa que tú eres alguien pagado; debes ser la hija de un amigo, una universitaria, que sus padres la dejan un fin de semana con 123

él, porque ellos van de viaje a Roma y la hija tiene un novio con el que no quieren dejarla sola; la traen a casa de su amigo, que está en una ciudad, lo suficientemente alejada y desconocida para el novio; del resto, te tienes que ocupar tú. - Pero estamos hablando de un fin de semana, son dos días. - Por eso paga el doble, más la propina; por cierto, vive en un chalet fantástico, en el que tendrías tu propia habitación; vendría el a recogerte mañana sábado por la mañana; debe parecerle al niño, que es una conquista suya, que consigue convencerte y debes enseñarle todo lo que sepas o puedas. - Está bien, me hago cargo del trabajo ¿Dónde tengo que verlo? - Te recogerá a las diez de la mañana del sábado, en la estación de autobuses, en Plaza de Armas, frente a las escaleras principales, llevaras una pequeña maleta con ruedas y un gorrito de lana. Cuando todo estuvo aclarado, las dos mujeres habían dado cuenta del plato de manitas de cerdo con patatas; la camarera, les ofreció la posibilidad de repetir, cosa que ambas rechazaron; pidieron el postre, que consistió en unas castañas en dulce, traídas de Aracena, de muy buen sabor y bien guisadas. Diez minutos antes de que dieran las diez de la mañana del sábado, estaba Cristina, bajo la rampa de escaleras que descendían desde la estación de autobuses hasta la plaza; a su lado, una pequeña maleta de color hueso, provista de ruedas. 124

Llevaba Cristina, unos vaqueros, rotos y desgastados, muy cómodos; sobre ellos, una camisa de color claro y liso, sobre la camisa, un jersey sin mangas de un rojo muy llamativo; unos zapatos de tacón bajo y sobre su cabeza, un gracioso gorro de lana también de color claro, como su camisa. Un mercedes azul, se paró frente a las escaleras, bajó la ventanilla del lado de la acera, que le indicó a Cristina, mediante unas se ñas de su mano, que se acercara; en ese lugar no se podía aparcar; cuando se acercó Cristina, el hombre maduro que conducía le habló. - ¿Eres Cristina? Me manda Remedios. - Sí, soy yo. - Pues mete la maleta en el maletero y sube al coche. El maletero del enorme coche, se abrió, accionado sin duda por un resorte que se manipulaba desde el interior del coche; Cristina colocó su pequeña maleta en el interior del maletero y fue a subirse en el asiento delantero, al lado del conductor. - Me llamo Javier; ya me has confirmado que tu nombre e s Cristina; sin duda eres preciosa; espero que mi hijo, que también se llama Francisco Javier, pero al que todos llamamos Fran, por no confundirnos, sepa apreciar el regalito. - Gracias por lo de regalito, lo aprecio en lo que vale, me refiero al comentario.

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- No te enfades niña, es que me has impresionado; en otra ocasión será de otra forma, pero hoy vamos a lo que vamos, ahora es a mi casa; allí está mi hijo, él supone que eres la hija de un amigo, me imagino que

ya te lo habrá explicado Remedios; pero lo

importante, es que piense que es él quien te conquista y que le enseñes todo lo que puedas. - Lo haré, me he comprometido a ello. - Dice Remedios, que además de guapa, cosa que salta a la vista, eres muy inteligente y una buena comediante. - Llamémosle así. Casi media hora después, entraban en una gran finca, a la que daba acceso una cancela de hierro, lo suficientemente grande como para permitir la entrada de grandes camiones; los olivos, jalonaban el camino que conducía a la gran casa, un enorme edificio de estilo colonial, como construida por un indiano, cosa que en definitiva, era como había sucedido, de allí provenía la fortuna de Javier. El coche rodeó la casa y paró en una puerta lateral, la que daba acceso a un gran patio y a una escalera de servicio que subía al piso superior, a los dormitorios, evitando toda la zona noble de la casa. - Este será tu dormitorio Cristina, deja la maleta y bajemos para que te presente a Fran, luego podrás colocar tus cosas. - Está bien, bajemos a conocer al niño.

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En una sala que servía de biblioteca y de sala de estudios, estaba Fran, sentado frente a una pequeña mesa y con un libro abierto sobre ella; cuando entraron en la sala, el muchacho se puso en pie . Era Fran muy alto; a pesar de sus dieciséis años, mediría ya, ci ento ochenta centímetros; muy delgado, longilineo y algo cargado de hombros; de rostro aniñado, que mostraba un incipiente bigote sin afeitar, pero su rostro tenía cierta gracia; piernas delgadas y largas, dedos muy largos y piel algo demacrada; sin duda pasaba demasiado tiempo delante de los libros. - Atiende Fran, esta es cristina, la hija de un buen amigo mío y que va a pasar el fin de semana con nosotros; sus padres se han ido de viaje y se quedará aquí hasta el domingo por la noche; trátala bien, debe pasar un buen fin de semana; si queréis dar una vuelta por la finca, puedes coger el viejo Jeep. - ¡Hola Cristina! Me tienes a tu disposición, podemos hacer lo que quieras; desde jugar al tenis, hasta visitar el invernadero o dar una vuelta por la finca. - ¡Gracias Fran! Por ahora iré a mi cuarto para colocar las cosas en el armario. - Yo os dejo niños, tengo cosas que hacer; no se si vendré a comer, no me esperéis; llamaré por teléfono para avisar.

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Se marchó el padre sin decir nada más, dejaba aquel asunto en manos de Cristina, seguro que ella sabía como hacerlo, así que en cuanto el padre los dejó; tomó la iniciativa Cristina. - Si te parece bien Fran, me gustaría colocar mis cosas en el armario, sacarlas de la maleta; pero no estoy segura de saber llegar a mi cuarto ¿Puedes acompañarme? - Claro Cristina, no tengo otra cosa que hacer ¡Vamos! Subieron los dos muchachos, en las escaleras, dejó Fran, que Cristina subiera delante, de esa forma, pudo ver con nitidez, los muslos y gran parte de las nalgas de Cristina; que en absoluto trató de ocultarlas, consideró la niña, que había que ir calentando al imberbe. Una vez en la habitación, Fran estaba completamente embelesado con Cristina, con lo que había visto en las escaleras; ahora la observaba colgar sus ropas, que no eran muchas las que traía en la maleta. - Mira esta falda Fran, es de gimnasia, no es de tenis, pero creo que puede servir y podemos jugar algún set. - Claro Cristina será perfecta; con ella un Niké y unas zapatillas, estarás equipada. - Pues vuélvete de espaldas, no es necesario que te vayas, voy a cambiarme. En la pared de enfrente, había un gran espejo, en el que Fran, podía ver reflejada a Cristina con toda claridad; igual que si la estuviera

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mirando de frente; no es que Cristina no se hubiera dado cuenta, pero disimuló, hizo como si no lo hubiera visto. Vuelto de espaldas a Cristina, el muchacho, podía verla con claridad, además, jugando con ambos espejos, el de la pared y el de la puerta del armario, que estaba entreabierta; podía verla desde todos los ángulos en todo su esplendor; se desprendió Cristina de toda su ropa, quedando tan solo con un escueto tanga, que apenas cubría nada, ni por delante ni por detrás; el muchacho estaba hipnotizado. Colgó la ropa que se había quitado con toda parsimonia, luego se preocupó de colocar bien sus mínimas bragas, de tantear sus grandes tetas; mientras se las miraba en el espejo del armario; comprobó como se veían sus nalgas, de un lado y del otro y por fin se puso la corta falda blanca, luego se enfundó un polo blanco, que se ajustó con perfección a sus tetas turgentes y erectas. Mientras abandonaban la habitación, en dirección a la pista de tenis, pudo observar Cristina la erección que se marcaba en los pantalones del muchacho; sin duda había obtenido su objetivo; mientras bajaban las escaleras, no paraba Fran de tocar con su mano izquierda, lo más evidente de su erección, lo agarraba y lo apretaba, como queriendo reprimirla, pero parecía obtener el resultado contrario. En un lateral de la gran casa, en el lado norte, estaba la pista de tenis, rodeada por altas y finas alambradas, que impedían que las pelotas se fueran muy lejos; fuera de las alambradas, había unas pequeñas casetas, 129

que servían de vestuarios y de duchas, hacia ellas corrió Fran, para cambiarse de ropa. Tras unos minutos, salió de una de las casetas Fran, equipado como para jugar, con su pantalón blanco y corto y un polo del mismo color; allí estaban también las raquetas y las pelotas; cuando le entregó una raqueta a Cristina, su erección resultaba aún más evidente; sin duda la cortísima falda de la muchacha, que dejaba al descubierto sus poderosos muslos y la evidencia de sus tetas, bajo el polo blanco; en el que se marcaban a la perfección sus pezones, erectos como dos rosetas rojas y desafiantes, no ayudaban a relajar a Fran. Pretendiendo desviar su atención, dispersar su obsesión; enseguida comenzó Fran el peloteo, pero apenas conseguía centrarse; parecía que su mano izquierda estuviese deseando soltar la pelota, para agarrar la punta de su pene, que parecía querer romper su pantalón corto. Observando Cristina la excitación creciente, consideró que era el momento oportuno de llevarlo al límite; por lo que aprovechando que Fran tiraba fuera la pelota con mucha frecuencia; cada ve z que tenía que recogerla, doblaba su cintura y mostraba al muchacho sus nalgas y el resto de su sexo, que ya no tapaban sus escuetas bragas, que se habían introducido entre sus glúteos y en su sexo. Cuando repitió aquello en varias ocasiones y procuró mostrar el movimiento de sus tetas cada vez que golpeaba la pelota, el muchacho se quedó quieto, como congelado, tiritando y con su mano izquierda 130

agarrando con fuerza su pene; no podía ni moverse, estaba paralizado por la excitación. Decidió Cristina que había llegado el momento de hacer algo, así que, con la raqueta y la pelota en la mano, se dirigió al lugar donde estaba paralizado Fran, doblado y con ambas manos agarrando su pene. - ¿Qué te pasa Fran? Así no puedes jugar, si quieres, lo dejamos. - No se lo que me pasa, no me había pasado nunca; yo he visto a mujeres muy guapas, pero tú eres diferente. - Está bien, voy a ver si puedo aliviarte ¡Vamos al vestuario! La siguió el muchacho hasta la caseta del vestuario, sin poder apartar su mirada, de las nalgas de Cristina, que tras los movimientos del juego, su falda había dejado al descubierto. Una vez dentro, sin cerrar la puerta, recogió Cristina las dos raquetas y la pelota, las puso a un lado; luego sin dudarlo, introdujo su mano en el calzón de Fran y agarró con fuerza el pene del muchacho; una vez que lo tuvo agarrado y la vista del muchacho se fijó en el techo, la vista perdida; Cristina, bajó entonces el calzón y comenzó a masturbarlo, con suavidad; de vez en cuando, lamía su mano y proseguía con la masturbación, suave pero enérgica. Tomó asiento Cristina en el pequeño banco de madera, para que le resultara más cómodo, para manejarlo a una altura más adecuada; el muchacho, comenzó a jadear primero y a gritar un momento después y

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acto seguido, eyaculó con tal fuerza, que fue el semen a estamparse , en la percha de la pared de enfrente. Comenzaba la mano de Fran, a acariciar el hombro de Cristina, pero esta lo interrumpió con brusquedad, mientras apartaba su mano. - Escúchame Fran, esto te lo he he cho, para que podamos terminar el partido y para que no te duelan los testículos. - Gracias Cristina, me he quedado más tranquilo, más relajado. - Pues ahora vamos a jugar, yo también necesito relajarme. Los dos jóvenes, continuaron con su partido; ahora, ya conseguían intercambiar

algunos

golpes;

aunque

procuraba

ahora

Cristina,

disimular algo sus formas, ser menos explícita; aquello, con la indumentaria que llevaba, resultaba muy difícil; cada vez que se agachaba, le enseñaba el culo al muchacho, cada vez que saltaba, su falda subía por encima de su cintura, lo que con las bragas que portaba, mostraba sus nalgas y todo lo demás; mientras sus tetas, se cimbreaban a uno y a otro lado. El ama de llaves, apareció en el soportal de la mansión y llamó a los chicos para comer, debían cambiarse de ropa antes de acudir al comedor, así que ambos corrieron a sus habitaciones, que estaban en el piso superior, la una muy cerca de la otra; cada uno entró en su habitación y en su cuarto de baño; tomaron una ducha y se cambiaron de ropa, colocándose alguna ropa más formal.

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En el comedor, en una gran mesa, el servicio, había puesto los dos cubiertos, el uno junto al otro, en la esquina más próxima a la cocina; la formalidad dominaba el ambiente , mientras les sirvieron la sopa; pero al comenzar con el segundo plato; aprovechando la presencia de la criada que les servía; Fran, deslizó su mano bajo la mesa y comenzó a acariciar los muslos de Cristina, su mano llegaba hasta la unión de ambas piernas, acariciando con sus dedos la entrepierna de la muchacha. Nada, ningún gesto hizo Cristina, salvo que hacía ademanes de cerrar sus muslos, pero eso no hacía más que excitar a Fran, que insistía con más fuerza y solo dejaba de hacerlo, cuando la sirvienta se marchaba del comedor, con rumbo a la cocina, para traer algo más y los dejaba solos; en ese momento, contraatacaba Cristina. - ¡Déjame en paz Fran! Me prometiste quedarte tranquilo. - Cierto, pero no puedo resistirme ¡Estas buenísima! - Te dije Fran, que te lo haría solo una vez; ya no hay más. - Si me prometes hacerme otra pajita, te dejo en paz. De nuevo regresó la sirvienta e inmediatamente , la mano de Fran, volvió a trastear entre las piernas de Cristina; cada vez era más atrevido, introduciendo sus dedos bajo las bragas, buscando el sexo de la niña; incluso llegó a introducir la punta de uno de sus dedos en su vagina; pero en ese momento se marchó de nuevo la sirvienta a la cocina, en busca de los postres. - De acuerdo Fran, te haré otra en el dormitorio, si te estas quieto. 133

- Me estaré quieto Cristina, pero promete que me harás otra de esas que tú llamas “pajas”. - Te la haré, pero hay dos condiciones; la primera es que te quedarás quieto hasta entonces y la segunda, que me hará tú a mí otra cosa que yo te diré. - ¡Vale, lo haré! Diez minutos después, habían terminado de comer y ambos subieron a sus dormitorios a hacer una siesta; subía Fran tras Cristina, procurando ver algo, pero nada veía; Cristina, viendo el interés del muchacho, subió algo sus faldas, permitiéndole ver lo que quería. Cada uno entró en su cuarto; pero solo unos minutos después; enseguida que comprobó que nadie los había seguido, entró Fran en el dormitorio de Cristina, que ya se había quitado la ropa y solo llevaba una cortísima bata roja de seda; Fran, cerró la puerta tras rebasarla y se quedó mirando a la muchacha, que coquetea frente a él, jugando con los festones de su bata. Por fin tomo asiento en la cama Cristina, inclinó un poco su cuerpo hacia atrás y llamó a Fran, indicándole que acercar su oreja has su boca, entonces le dijo: - Si quieres que te haga otra vez una paja, debes tú antes, comerme el coño, despacio y con cuidadito; esto, el que lo hace bien es mi novio, pero no te preocupes te enseñaré.

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Se había quedado sin habla el muchacho, pero cristina lo cogió de la mano y lo llevó hasta tenerlo entre sus piernas, luego le dijo que se arrodillase, entre sus rodillas; Cristina abrió su bata y sus piernas, luego tomó su cara entre sus manos y la llevó hasta muy cerca de su sexo, entonces le dijo: - Dame con tu legua y con tus labios aquí, justo aquí. Cuando Fran comenzó a lamer, Cristina lo ayudaba abriendo su sexo con sus dedos, ofreciéndoselo para que lo lamiera; no tardó en aprender el muchacho, ayudado por los consejos y las indicaciones de Cristina, que no tardó en sentir su primer orgasmo; cosa que animó a Fran, que se empleaba a fondo con su lengua y con toda su boca. Abrazó Cristina a Fran con sus piernas, rodeando su espalda con ellas y no le permitió levantarse de allí, hasta sentir un segundo y escandaloso orgasmo. Durante unos minutos, ambos se quedaron tendidos sobre la cama durante unos minutos; pero pronto, se incorporó Fran, que presentaba una erección que estaba a punto de estallar. - Ahora te toca a ti Cristina, ya no puedo más, me duelen los testículos. - No te preocupes, desnúdate y ven. Un minuto tardó Fran en desprenderse de la ropa que dejó caer en el suelo; esperaba el muchacho, que le hiciera una paja, pero lo tomó de los brazos y lo tendió sobre ella, le ayudó con su mano a encontrar el 135

lugar, luego lo abrazó con sus brazos y con sus piernas, permitiéndole que la poseyera en toda su amplitud. Después de eyacular una primera vez, Fran no perdía su erección, así que le permitió Cristina, que la mantuviera dentro de su vagina, hasta que algunos minutos después, tuvo una segunda eyaculación; fue entonces cuando se le quedó flácida y abandonó el nido. Aquello no se lo esperaba Fran, el creía, que Cristina, solo lo iba a masturbar, no se esperaba poder realizar el acto completo y menos con aquella impresionante mujer; se sentía eufórico; pero Cristina, lo sacó de su estupor y le pidió que se marchara a su dormitorio. Los dos jóvenes, durmieron un rato en sus respectivas camas, antes de ducharse; tuvo que ser Cristina, la que llamase a la puerta del dormitorio de Fran. - Date prisa Fran, que vamos a dar una vuelta por la finca, hace muy buena tarde y me apetece dar un paseo. - Enseguida salgo, espérame abajo, solo necesito cinco minutos. - Está bien, no tardes, que ahora se hace de noche muy pronto. Al bajar, Cristina atravesó las zonas más nobles de la casa, el enorme salón, lleno de muebles clásicos y de trofeos de caza; después un vestíbulo y por fin la enorme puerta principal, de la que solo se abría un portillo, por el que se accedía a los soportales. Sentada en unos sillones de mimbre, colocados frente a una mesa también de mimbre, sobre la que brillaba un grueso cristal con dibujos 136

esmerilados en todo su derredor; esperó Cristina a que bajara Fran, que necesitó unos minutos para encontrarla. - Iremos a dar una vuelta con el jeep, te enseñaré la finca Cristina, no toda, pero sí lo más interesante. - ¿Es muy grande? - Tiene seiscientas hectáreas, la mayoría son cultivo de olivos, pero hay unas doscientas hectáreas de monte bajo y encina; es la zona más interesante. - ¿Hay caza en esa zona? - Hay mucho conejo y perdiz, si tenemos suerte, las veremos, te gustará Cristina; pero tenemos que darnos prisa, pronto caerá la noche y entonces, ya no veremos nada. Ambos jóvenes, fueron a la parte trasera de la casa, dando la vuelta al enorme edificio; allí estaban las cocheras; en un lateral, junto a otros vehículos, estaba el Jeep, descapotado y con las llaves puestas; un rudimentario vehículo, muy útil para andar por terrenos ásperos; era el único vehiculo que le permitía usar su padre, solo por los caminos de la finca, sin poder salir de ella. Primero recorrieron los caminos más llanos y arreglados, rodeados de olivos en perfecto orden, alineados, puestos simétricamente, como las fichas de ajedrez sobre un tablero; pero marchando con rumbo norte, pronto estuvieron fuera de la zona cultivada y entraron en la dehesa,

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con su monte bajo y sus encinas, que parecían salpicadas, sin orden alguno, entre las que crecía una vegetación salvaje. En la parte más alta de una colina, el agreste camino giraba a la izquierda; fue el lugar elegido por Fran para aparcar el coche fuera del camino, bajo una encina; frente a ellos, se extendía una pequeña meseta con mucha hierba de diferentes alturas; desde allí podrían ver algunos bandos de perdices, que ya empezaban a mostrar cierto celo y los bandos comenzaban a romperse, a dividirse, para que los machos, pudiesen pelear por las hembras. Todo esto se lo explicaba Fran a Cristina, y le advertía que para poder verlos, debían permanecer callados durante un tiempo prudencial; así lo hicieron, Cristina no apartaba sus ojos de las hierbas, estaba deseando ver a las perdices; tras unos minutos en silencio, la mano derecha de Fran, comenzó a acariciar la pierna de Cristina; no tardó mucho el muchacho en emplear ambas manos y buscar con afán, las bragas de la muchacha; ella tuvo que pararle los pies. - ¡Aquí no! Luego esta noche en la habitación. - Pero mira como estoy; es que estás riquísima tía. - Haremos un trato; ahora, te hago una paja mientras vemos las perdices, luego tienes que dejarme tranquila y después de cenar, vas a mi cuarto, prometo enseñarte cosas nuevas. - Está bien, acepto el trato, me parece justo.

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Nada tardó Fran, en desabrochar su cinturón, abrir su bragueta y bajar un palmo sus pantalones; dejando al descubierto su sexo sobre excitado, con su pene estirado al máximo; sin duda era aún algo delgado, pero tenía una adecuada longitud; aún tendría que engrosar con el tiempo; los que si eran muy pequeños eran sus testículos, sin duda no estaban completamente desarrollados. Comenzó Cristina a dar masajes en el pene del muchacho, muy lentamente, con su mano izquierda, para poder seguir pendiente del campo, del pasto, de donde en cualquier momento podrían verse las perdices; de vez en cuando, humedecía su mano con su lengua y continuaba con el rítmico masaje. No paraba Fran de lamentarse, con lamentos de placer que excitaban a Cristina, pero ella se contenía y continuaba con su rítmico y monótono masaje, pero no tardó en hablar Fran. - ¡Dale más fuerte que ya me viene! Humedeció entonces Cristina su mano derecha y con ella, comenzó a dar masajes más enérgicos, más rápidos, apretando con mayor fuerza; apuntando con el miembro del muchacho hacia su lado izquierdo, para evitar que la eyaculación cayera sobre ella. Un grito contenido de placer, indicó el momento exacto en el que se producía la eyaculación principal del muchacho, el semen, salió disparado fuera del coche y solo luego, cuando fluyó con más fluidez, chorreó por su miembro, mojando la mano de Cristina; que sacó un 139

pañuelo y limpio su mano y el miembro del muchacho; para terminar de limpiar su mano, la muchacha la lamió con su lengua; quería probar el sabor del semen del muchacho. Mientras Fran colocaba sus pantalones en su lugar, sobre el campo aparecieron las primeras perdices; algunos minutos después, pudieron verlas corretear sobre la meseta que había frente a ellos; a su derecha, sobre una piedra, un macho comenzó a cantar en tono desafiante llamando

a

la

hembra

que

quisiera

acercarse;

Cristina

estaba

disfrutando del espectáculo, pero su gozo llegó al éxtasis, cuando tras un silbante vuelo, otro macho, vino a cantar en una zona próxima; sin duda, aquello era un desafío en toda regla. Con suma precaución, ambos machos comenzaron a aproximarse; alternaban arranques de

furia, seguidos por

una

corta

carrera

arrastrando sus alas por el suelo; luego volvían a pavonearse el uno al lado del otro, así hasta que estalló la pelea y los machos blandie ron sus espuelas al aire, se golpearon, hasta que uno de los dos cedió y se batió en retirada, agachado su cuerpo y yendo a ocultar su vergüenza, entre las hierbas más altas. El vencedor, desgarró su garganta en un desafiante canto, hasta que una hembra oportunista se le acercó, echándose en el suelo delante de él, invitándolo a poseerla, cosa que el macho hizo; luego ambos desaparecieron del lugar, con un corto vuelo.

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Mientras regresaban, la tarde comenzaba a hacer lugar a la noche; en esas horas del crepúsculo, el campo comenzaba a moverse con mayor soltura; desde su coche descubierto, vieron a los conejos cruzar el camino y una atrevida liebre, corrió a su lado durante bastantes metros, hasta que bajó sus orejas, pegándolas a su lomo, acelerando hasta perderse entre la maleza. Cuando entraron en la casa, decidieron ir un rato a la biblioteca, mientras esperaban que estuviera la cena preparada; allí podrían leer un rato y charlar de sus cosas con tranquilidad. - No tengo muy claro Cristina, lo que opinas sobre el amor, sobre el sexo. - Pues resulta bastante sencillo Fran; el amor es una entelequia, un sobrecalentamiento de sexo; tanto que hace perder la razón y la visión de la realidad, pero dura poco, no es muy importante. - Dices que el amor no es importante ¿No sientes amor por tu novio? - Claro que no, mi novio me atrae, que ya es mucho; luego, representa una posibilidad de futuro; pero eso no me preocupa mucho ahora, soy muy joven y solo quiero aprender y sentir, ya tendré tiempo de otras cosas. - ¿Y esos matrimonios, ya viejos, que se aman? - No Fran, eso es otra cosa, lo primero es que eso no es frecuente, pero además, las raras veces que eso sucede, ese es otro tipo de 141

amor, eso es el cariño y nada tiene que ver con la pasión de los años juveniles, son cosas diferentes, a las que se les quiere poner el mismo nombre. - ¿Cómo defines lo que hay entre nosotros? - Tenlo claro Fran, lo nuestro es un juego, un divertido juego de niños. Durante la cena, pretendió Fran proseguir con el juego y cada vez que la criada estaba sirviéndoles, aprovechaba para acariciar los muslos de Cristina, que se lo permitía, con tal de no llamar la atención de la sirvienta; por razones diferentes, ambos terminaron pronto con la cena, por su lado Fran, estaba deseoso de saber lo que le haría Cristina y ella, estaba

deseando

irse

del

comedor,

para

evitar

las

continuas

provocaciones del muchacho. Durante el trayecto de subida a las habitaciones, al ascender por las estrechas escaleras de servicio, las manos de Fran, no estuvieron quietas ni un momento, continuamente buscaron los muslos de Cristina e intentaron llegar hasta su sexo. Cada uno entró en su habitación y ambos fueron a la ducha; también coincidieron en colocarse sobre sus pieles, tan solo sus batas; la de Cristina era roja, de seda, muy corta, provocativa, insinuante; la de Fran, a cuadros, oscura, más larga y austera; ambos se reunieron de nuevo en la habitación de la muchacha.

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Tomó Cristina la iniciativa, aunque las manos de Fran intentaron abrir la corta bata de la muchacha, esta no se lo permitió; fue ella la que abrió por completo la bata de Fran y lo sentó sobre la cama; terminó de descolgar la bata de sus hombros, dejándola tendida sobre la cama, quería ver sus hombros casi famélicos, escuálidos, plegados sobre su pecho; la excitaba comprobar sus formas de niño, de inmaduro. Se arrodilló cristina en el suelo, sobre la alfombra y comenzó una felación; esto impresionó de tal manera a Fran, que lo dejó estupefacto, con la vista perdida, mirando al techo. Los ojos de Fran, se pusieron en blanco, cuando las manos de Cristina comenzaron a acariciar sus inmaduros testículos; pero cuando intuyó, que la excitación estaba a punto de estallar, abandonó la felación y se puso en pie, se desprendió de la bata, quedando completamente desnuda frente al muchacho, amenazándolo con sus tetas, que en ese momento, parecían haber agudizado sus pezones. Comenzó Cristina a recolocar la escena, para ello, hizo que Fran se tendiera a todo lo largo de la cama; extendido, con sus finos y largos brazos, con sus finas y largas piernas ocupándolo todo; en el centro, su largo y fino pene en erección; sobre él, se tendió Cristina, que por señas primero y de palabra luego, le indicó que debían hacer un “sesenta y nueve” que el muchacho comenzó a disfrutar de inmediato. No tardó Fran en tener una eyaculación en el interior de la boca de Cristina; a ella no le desagradó y aprovechó parte de su semen, el que 143

seguía chorreando de la punta de su pene aún en erección y lo utilizó para lubricar todo el miembro. - Te voy a pedir ahora una cosa Fran, vas a penetrarme por detrás; será una penetración anal; siempre he querido hacerlo con mi novio, pero él, la tiene muy gorda y no me cabe; con la tuya creo que será posible; ponte por detrás, sobre mis nalgas, yo te ayudaré, tú solo tienes que empujar, será muy fácil. Se puso Cristina a cuatro patas, con sus rodillas y sus manos sobre la cama, e indicó a Fran, que se colocara tras sus nalgas, luego agarró con su mano izquierda el fino pene y lo dirigió al lugar adecuado, al que ella deseaba; en cuanto empezó Fran a empujar, comenzó a penetrarla; no sin algún esfuerzo, el miembro entró por completo y una vez dentro, eyaculó

de

nuevo,

produciendo

en

el

muchacho

un

gran

estremecimiento, que lo llevó a introducirlo por completo, provocando en Cristina un gran alarido de placer. Por la mañana, cuando despertaron, cada uno en su cama, recordó Fran, como se empeñó Cristina en que cada uno debía dormir en su dormitorio, pero de nuevo tuvo Fran deseos de poseerla, así que tras ducharse, fue al dormitorio de cristina, cubierto con su bata. Encontró a Cristina desnuda sobre su cama, de lo primero que sintió deseos, fue acariciar y chupar sus tetas, enseguida se puso manos a la obra y tras tener la suficiente excitación, la poseyó dos veces; también la poseyó dos veces en la siesta, tras la comida. 144

Cuando llegó su padre, a eso de las siete de la tarde, los encontró a los dos en la biblioteca, enfrascados en una discusión sobre poesía griega; los dos jóvenes se despidieron muy cariñosamente y Cristina, cogió su pequeña maleta, que ya tenía preparada. - Espero Cristina que regreses pronto a pasar otro fin de semana con nosotros; he tenido mucho placer en conocerte y me has enseñado mucho, cosas que nunca olvidaré. - También yo he aprendido mucho Fran, espero no tardar mucho en verte, he tenido muchísimo placer en conocerte. Subió Cristina al coche tras dejar su maleta en el maletero; luego Javier, le pidió información sobre lo ocurrido; durante el trayecto, se lo contó todo con detalle; Javier, la llevó hasta donde ella le dijo, a muy poca distancia de su pequeño apartamento. Como siempre, a medio día del lunes, Cristina, tras sus clases, fue a ver a Remedios, que la estaba esperando; la señora la pasó a su despacho, cuando ambas tomaron asiento. - No dejas de sorprenderme, aquí tienes tu sobre; como siempre es abultado, lo que me hace intuir tu éxito. - Cierto, te aseguro Remedios, que esta vez, como casi todas, yo también lo he pasado bien.

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CAPITULO IX

Con todas las calles engalanadas, repletas de guirnaldas luminosas y de otros motivos navideños; casi todos los días, tenía Cristina que acudir a algún examen parcial a su facultad; entre los exámenes y las horas de estudio necesarias para prepararlos, tenía el día muy ocupado. Aquella mañana, había tenido que afrontar uno de los parciales más complicados, para el que había tenido que estudiar muchas horas; así que había decidido ese día, darse un homenaje; comer en un buen sitio y tomarse la tarde libre. Pero como siempre sucede, lo que uno planifica, no siempre puede hacerse; mientras tomaba una cerveza en la cafetería de la facultad, intentando decidir el lugar al que iría a comer, sonó su teléfono; era un mensaje de Remedios: “Te espero a las dos para comer”. No podía hacer otra cosa, tendría que acudir a la casa de la señora; no tenía mucho interés en hacer trabajos ahora, pero al menos, tendría que acudir y escucharla, luego discutiría con ella sobre los días y las horas; eso era lo más razonable, lo que se esperaba de ella.

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A las dos en punto, tiraba Cristina de la fina cadena que hacía las veces de llamador; como siempre, Remedios la estaba esperando tras la cancela, arreglada como para salir a la calle; sorprendió a la muchacha, que hoy, venía la señora acompañada por otra; sin duda una posible cliente; eso comenzó a intrigarla, a llamar su atención. Se la presentó Remedios como Rafaela; aunque la señora sería de la misma edad que Remedios, parecía mucho mayor, sin duda estaba menos cuidada y ponía menos empeño en su aspecto, con ropas más vulgares y pasadas de moda. Como siempre, entraron en el restaurante, donde tenían una mesa reservada; pero esta vez, la mesa era mayor y estaba en una habitación apartada, pequeña y con una sola mesa; habitación, en la que incluso podía cerrarse la puerta y quedar completamente independientes, en absoluto privado. - Ahora comeremos y después de comer, tendremos una larga sobremesa ¿Tienes algo que hacer esta tarde Cristina? - Tengo la tarde muy libre, de hecho, pensaba ir al cine o algún lugar que me permitiera distraerme de mis exámenes. - Pues tu distracción esta tarde , vamos a ser Rafaela y yo, así que ahora disfrutemos de la comida, sin prisa; he pedido que nos hagan algo muy especial; el vino también es bueno. - Está bien, os dedicaré mi tarde de descaso, también disfrutaré del guiso que nos han preparado ¿Qué nos han hecho hoy? 147

- Pues he encargado que nos tengan un vino muy especial, se trata de un vino de la rivera del Duero, un Protos de 1.995, algo realmente exquisito, que nos comenzarán a servir en las copas adecuadas, inmediatamente, luego nos servirán unos chícharos con

langostinos;

de

postre,

comeremos

unas “Bollas con

Chicharrones”, acompañadas de unos licores. - La cosa promete y los postres, pueden dar lugar a una amplia tertulia. Hablaron poco las tres mujeres durante la comida; se emplearon en disfrutar del delicioso guiso, perfectamente acompañado por un vino aterciopelado y con cuerpo; les sirvieron el guiso en una gran fuente honda, de cerámica vidriada, de la que cada una se sirvió todo lo que quiso; la niña, se sirvió tres veces y disfrutó del sabroso guiso. Cuando dieron por terminado el plato principal, la camarera les trajo una fuente con las “Bollas con chicharrones” además de un orujo de almendra, casi helado y metido en una cubitera con hielo picado; también les trajo tres pequeñas copas, para servirse el licor. - ¡Déjanos solas y cierra la puerta al salir Felisa! La camarera cerró la puerta, dejando a solas a las tres mujeres, que no perdieron el tiempo y enseguida, comenzaron a hablar de sus negocios, que en pocos minutos se volvieron interesantes. - Hablemos de lo nuestro; mi amiga Rafaela; que es amiga mía desde hace muchísimos años; necesita ayuda de una profesional. 148

- Me imagino, que soy yo esa profesional; está bien, contadme el asunto; decidme de que se trata. - Procuraré ser breve, mi amiga, como te he dicho, tiene una sobrina, que ha heredado una importante fortuna, de la que mi amiga Rafaela, es la administradora legal; hasta ahí, todo está bien, a su sobrina, se le ha ocurrido meterse a monja de clausura; esto lo estropearía todo; la fortuna iría a parar a la orden, que se convertiría en la administradora única, con lo que Rafaela, pasaría a ser un cero a la izquierda. - Seguid explicándome, no se me ocurre muy bien lo que yo puedo hacer, cual sería mi tarea en esto. - Está empeñada mi amiga Rafaela, en que la culpa de todo, la tiene, la falta de interés que tiene su sobrina Concha, en todo lo que sea un hombre; considera, que si ella adquiriera ese interés, todo cambiaría; ahí es donde entras tú, en ser capaz de despertar ese interés por los hombres en Concha. - Está bien, cuente me usted doña Rafaela, cosas de su sobrina ¿Qué es lo que hace? ¿Cuáles son sus aficiones? ¿Cómo la conoceré? - Mira hija, mi sobrina, estudia primer curso de Filosofía, es de tu edad; su única afición es la religión; desde que murieron sus padres, no piensa en otra cosa, está obsesionada, no tiene ni amigos ni amigas, solo las monjas. – Dijo Rafaela. 149

- Lo entiendo, pero no tengo claro como podré acercarme a ella; además, en todo caso, esta sería una misión larga, llevaría mucho tiempo, mucho trabajo. Mientras hablaban, degustaban las exquisitas bollas, aclarando sus gargantas con tragos del aguardiente helado y dulce; aquello animaba su conversación y les ayudaba a ver las cosas más claras, más fáciles; sin duda allanaba las dificultades. - En este caso, seré yo la voz de la experiencia - Dijo Remedios – Hemos pensado, que nos podíamos dar en principio, un plazo de una semana, siete días; cada uno de esos días, lo pagará mi amiga al precio de tarifa, es decir serán cuatrocientos para ti por cada día de trabajo; en el caso de que haya sustanciosos y evidentes avances, este plazo podría prorrogarse, al mismo precio y de mutuo acuerdo. - Me imagino señoras, que habrán pensado en algo más, para el caso de que consigamos el objetivo. - Veo que eres inteligente niña – Añadió Rafaela – Cierto, si consigues el objetivo de hacer que a mi sobrina se le vaya de la cabeza el asunto de entrar en clausura, recibirás quince mil euros, aparte de tus honorarios por día. - Es muy interesante la proposición, tomaré otra copita, para aclarar mis ideas. - Piénsatelo bien Cristina, es toda una fortuna. 150

De nuevo las tres mujeres, se ocuparon de los dulces y del aguardiente, que hacían una mezcla casi perfecta y que le daban además la oportunidad de tomarse un tiempo para pensar. - Me queda una única duda señoras ¿Cómo y donde conoceré yo a Concha? - También hemos pensado en eso; Rafaela, le diría a su sobrina que tú eres la hija de unos amigos suyos y que la acogerás en tu apartamento durante sus exámenes, una semana; de esa forma tendrás tiempo de todo, de conocerla y de convencerla. - Está bien, acepto por una semana, pero no me comprometo a nada, solo a intentarlo ¿Cuándo la traerá? - Será mañana – Afirmó Rafaela - Nos vemos en el bar de tu facultad a medio día, a la una, ella vendrá conmigo y traerá su maleta. Las mujeres, siguieron disfrutando durante un buen rato, de aquellas delicias; sabía Cristina, que no debía abusar de los dulces y del licor, ella tenía que seguir viviendo en gran medida de su cuerpo y por lo tanto debía cuidar su peso. Dedicó Cristina la mañana, a estudiar en la biblioteca de la facultad; a eso dedicó su tiempo, hasta que se acercaba la una, entonces fue la muchacha a la cafetería, para esperar la llegada de Rafaela y de su sobrina a la cafetería universitaria.

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En cuanto apareció en la puerta de la cafetería Rafaela, la reconoció Cristina; la señora seguía teniendo la misma imagen de cateta que el día anterior, en nada había mejorado; venía seguida de una joven, que sin duda sería su sobrina; Cristina se puso en pie y le dedicó algunas señas con la mano para atraer su atención. Indudablemente, Concha, era tan cateta como su tía, lo que pasa es que se le notaba más, llamaba más la atención al ser más joven; no era concha demasiado alta, quizás ciento sesenta centímetros; cosa que resaltaba más a causa de sus zapatos, casi planos y que nada ayudaban a paliar su falta de altura. En cuanto a las formas de su cuerpo, nada podía apreciarse, debido a un vestido amplio y sin forma, de tono grisáceo, que se completaba con una rebeca amplia y de tono más oscuro que el vestido; su vestimenta, bien podía ser el de una monja vestida de calle. Su pelo negro, caía en una melena corta y sin gracia, por lo que su rostro que no era feo, más bien agradable y gracioso, pasaba desapercibido por completo. - ¡Buenas tardes Cristina! Aquí estamos; esta es mi sobrina Concha, que te acompañará esta semana, mientras hace los exámenes parciales. - ¡Hola señora! ¡Buenas tardes Concha! Soy Cristina; nos vamos a mi apartamento, para que dejes la maleta; luego iremos a comer y esta tarde a estudiar, nada de fiesta, estamos en examen. 152

- No te preocupes Cristina, yo soy poco amiga de fiestas y tengo exámenes, igual que tú. Diez minutos después, estaban las dos muchachas en el apartamento, doña Rafaela, había puesto una excusa y se había marchado, quería dejarlas solas cuanto antes, pera que las muchachas pudieran intimar; en el salón, había un pequeño sofá cama, que sería la cama de Cocha durante los días que estuviera allí; colocaron la ropa de Concha en el armario y se fueron a comer al mismo lugar en el que lo hacía normalmente Cristina. Mientras les servían la comida, pudo observar Cristina, un brusco acceso de rubor en el rostro y el cuello de Concha, este rubor había coincidido con la entrada en la sala, de un grupo de jóvenes. - ¿Conoces a alguno de los que han entrado? - No, no conozco a nadie, yo no conozco a muchachos en la facultad, procuro no relacionarme con ellos. - Me ha parecido ver que te ruborizabas y he creído que conocías a alguno. - No Cristina, me pasa algunas veces, incluso llegan a darme sofocos; puedo llegar a ponerme muy mal. - Eso es normal y natural a nuestra edad, son las hormonas, no podemos evitarlo; a mí también me pasaba. - ¿Ya no te pasa Cristina? - No, ahora mucho menos, casi nada. 153

- Como has llegado a evitarlo, es muy embarazoso; explícame Cristina como lo haces. - Comenzó

hace

unos meses, llegó

a

ser

tan

evidente

y

embarazoso, que mi madre se dio cuenta, un día y me llevó al médico; este me mandó a un endocrino y fue este último el que dio con la solución. - ¿Cuál fue esa solución? Me interesa saberlo, porque algunas veces solo es el rubor, pero en otras ocasiones, me dan sofocos y palpitaciones; todo muy desagradable. - Me preguntó el internista por si tenía novio; como le dije que no, me aconsejó dos cosas buscarme un novio o en su defecto, recurrir a la masturbación; ya que lo del novio podía llevar mucho más tiempo. - ¿Solucionó eso el problema? - Por completo, ahora tengo novio y además me masturbo; ya que no siempre tengo a mano al novio; eso lo hago cuando las hormonas me llaman con urgencia. Las muchachas continuaron con la comida y Cristina desvió la conversación hacia otros temas, no quería que Concha interpretara que ella podía tener algún interés en el asunto. Tras la comida, regresaron al apartamento y ambas muchachas organizaron sus cosas y se pusieron a estudiar, ambas tenían examen al día siguiente y tenían que prepararlos; Cristina se había preparado una 154

pequeña mesa junto a su cama y había cedido la mesa del salón, para que la utilizara Concha, de esa forma ambas gozaban de independencia y podía concentrarse mejor en sus respectivas materias. Durante la larga tarde, ambas muchachas se emplearon a fondo en el estudio; cuando ya caía la tarde, cuando la oscuridad penetraba por amplio ventanal del salón, salió de su habitación Cristina, que se dir igió a Concha. - Yo voy a tomar un baño, luego pienso ir a cenar algo y despejarme; tú puedes hacer lo que quieras, pero si te apetece, puedes venir conmigo, así nos despejamos. - Está bien Cristina, después de tu baño, yo tomaré otro y nos iremos a cenar. Entró en el baño Cristina, sin cerrar la puerta, comenzó a desnudarse y a colocar se ropa sobre el respaldo de una silla, cuidadosamente, parsimoniosamente, hasta quedarse completamente desnuda; no pudo evitar Concha, fijar su mirada en el cuerpo desnudo de Cristina, que le llamó poderosamente la atención; las espectaculares formas de la muchacha, la mantuvieron absorta unos minutos, hasta que Cristina se introdujo en el agua tibia de la bañera; solo entonces pudo Concha concentrarse de nuevo en sus libros. Llevaba Cristina algunos minutos en el agua, gozando de su suave temperatura, mantenía la puerta del cuarto de baño, casi cerrada, solo

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una raja de cuatro dedos, separaba la hoja de la puerta de su bastidor; de esa forma, no le molestaba la corriente de aire que podía entrar. Pudo escuchar Concha, desde su mesa, algunos chapoteos y algunos lamentos que atrajeron su atención; así que se acercó hasta la rendija y a través de ella, pudo ver a Cristina, que se estaba masturbando, tendida en la añera, con sus ojos cerrados, con su mano derecha entre sus piernas y con la izquierda acariciando, apretando, pellizcando sus tetas; daba Cristina gritos y suspiros que mostraban un gran placer. Dio Concha un corto paso atrás, para poder seguir viendo la escena, pero asegurándose de no ser vista; pudo observar Concha, que su amiga, utilizaba algún instrumento que introducía y sacaba de su vagina, con una cadencia lenta unas veces y rápida las otras, cuando sus suspiros y lamentos eran más fuertes, más intensos. Pasados unos minutos, Cristina quedó en absoluto reposo, relajada, con su boca abierta y sus ojos que comenzaban a abrirse, lánguidos y con un cierto estrabismo; solo entonces extrajo el instrumento, se trataba de una especie de pene de un material elástico; lo enjuagó y lo puso junto a ella, en el borde de la bañera. Regresó Concha con rapidez a su mesa, como si nada hubiera visto ni oído; podía escuchar una suave canción que cantaba Cristina mientras se secaba y se colocaba la bata; pudo ver que metía el instrumento, en el bolsillo de la bata. - Ya tienes libre la bañera, puedes bañarte mientras me visto. 156

- Iré a la bañera y me bañaré , necesito un baño, luego iremos a cenar, para descansar y poder estudiar de nuevo otro rato. Comenzó Concha a desnudarse, mientras llenaba la bañera, sin cerrar la

puerta,

tenía

prisa, el

rubor

había

invadido

toda

su

piel,

especialmente sus mejillas y su cuello, en cuanto terminó de colgar la ropa en la percha, se introdujo en la bañera; mientras se lavaba, se enjabonaba con gel, frotaba sus juveniles carnes, el rubor no cesaba, por el contrario se extendía, al mismo tiempo que crecía su excitación. Una vez tendida, y mientras enjuagaba su piel, su excitación llegó al sofoco, a la taquicardia, todo ello debido a la excitación provocada por el recuerdo de lo que había visto hacer a Cristina; se asustó Concha y llamó a cristina, seguía con su bata mientras se peinaba, preparándose para salir a cenar; la muchacha acudió a ayudar a su amiga. Se acercó a la bañera y comprobó su pulso; pudo ver a simple vista el rubor que lo invadía y dominaba todo; así que decidió intervenir; sacó del bolsillo de su bata el pene de silicona y mientras remangaba la manga derecha de su bata, para permitir que su mano pudiera entrar en el agua tibia, sin mojarse. Comenzó Cristina a hacer caricias con el instrumento de silicona en el sexo de Concha, mientras con su mano izquierda acariciaba la frente de la niña; inmediatamente comenzó a tranquilizarse, a relajarse en el agua templada, tanto que intentó apoderarse ella del instrumento, agarrarlo con su mano; pero mientras lo hacía, lo extrajo Cristina del agua y lo 157

untó con abundante gel; luego, agarrado con las manos de ambas mujeres, regresó a las caricias y se ocupó Cristina de que penetrara en la vagina; cosa sencilla con la lubricación del gel, que lo facilitó en gran medida, aunque hubo que vencer la débil resistencia del virgo de Concha, que cedió con suavidad. Desde ese momento, se encargó Concha, de mover el artilugio de silicona, lo hizo primero muy lentamente y con mucha suavidad, pero la intensidad crecía, conforme crecía la excitación. Enseguida, Cristina llevó la mano izquierda de Concha hasta sus tetas y la indujo a que se las acariciara; después, se levantó y dejó sola a cocha, permitiéndole que se masturbara con tranquilidad; Cristina regresó a su dormitorio, para continuar con su peinado y preparándose para salir a cenar. Desde allí, desde su dormitorio, escuchó Cristina los lamentos y suspiros de Concha, que a juzgar por la duración de su masturbación, de sus altos y sus bajos en los gritos y en las lamentaciones, tuvo al menos tres orgasmos; cuando hubo acabado, todo quedó en silencio y enseguida salió Concha del cuarto de baño, cubierta por su bata y con una toalla liada a su cabeza. Una vez vestidas, ambas fueron a una pizzería cercana para cenar alguna cosa; ambas pidieron pizzas muy cargadas de verduras, también pidieron sendos vasos de cola, mientras los disfrutaban: - ¿Te has quedado más tranquila Concha? 158

- Tienes razón Cristina, mucho más tranquila, mucho más relajada, me parece mentira ¿Con que frecuencia tengo que hacerlo? - Eso depende de ti, ya te lo irá pidiendo el cuerpo, debes hacerlo cada vez que te apetezca ¿Te ha gustado? - Muchísimo, quizás demasiado, pero la verdad es que me ha sentado muy bien, me ha encantado. - Pues eso no es nada, cuando terminemos de cenar y volvamos a casa, te enseñaré otro aparato que tengo, te gustará mucho más que este, pero no se puede usar en el baño. No podía saberlo Cristina, pero quizás la curiosidad o talvez el deseo, fueron los motivos que hicieron que Concha se apresurase en terminar su cena; todo aquello, le estaba resultando a Cristina, mucho más sencillo de lo que esperaba. Media hora más tarde, las dos muchachas entraban en el apartamento; Cristina hizo como si no se acordara de la que habían hablado en la pizzería y se puso en su pequeña mesa ante sus libros; esto obligó a Concha a tomar la iniciativa: - Me dijiste antes Cristina, que me enseñarías algo diferente. - Tienes razón Concha, perdona, se me había olvidado. Se levantó Cristina de su silla, frente a la pequeña mesa de estudio, se dirigió al armario y de una caja que tenía en el fondo, en uno de los laterales, sacó un gran pene de silicona, de colores llamativos y que

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tenía hasta un mando a distancia; se trataba de uno de esos consoladores a pilas y con muchos extras. - ¿Qué es esto? ¿Cómo funciona? - Funciona como el mando a distancia de un televisor; se introduce esto en la vagina y se sujeta con estas cintas elásticas a tus nalgas, para que no se salga, entonces se pulsa el “ON” y observa. El artilugio, comenzó a contorsionarse , a realizar movimientos de estiramiento y de contracción, a oscilar a izquierda y a derecha; todo esto provocó las risas en las muchachas, en Concha se trataba de una risa nerviosa, de deseo. - Anda Concha, chúpalo, es increíble, huele y sabe a fresa. - ¿En la realidad, también se chupa? - Claro hija, eso es lo que más les gusta a los hombres; esas cosas requieren más tiempo, ya te las iré enseñando; pero hasta después de los exámenes, no hay practicas con hombres; eso nos haría perder mucho tiempo; cuando acaben los parciales haremos lo que tu quieras. - ¿Qué es este pequeño filamento que se mueve por encima del pene, pegado a él? - Eso se encarga de excitar, de acariciar el clítoris, es fantástico, una pasada, te pone a cien. - ¿Cuánto dura esto, cuanto le aguantan las pilas? - Puede durar toda la noche; una noche de placer extremo. 160

- ¿Me lo dejarás esta noche? - Claro, aquí lo tienes, cuando terminemos de estudiar, cuando nos vayamos a la cama, es todo tuyo. - Cuando vayas a ponerlo en marcha, estaré contigo, te ayudaré a instalártelo y te enseñaré las posibilidades que tienes. Las dos muchachas, tomaron asiento ante sus mesas de estudio, ante sus libros de texto y sus apuntes; media hora más tarde, quizás no podía aguantar más el deseo, la zozobra; se dirigió Concha a Cristina; sin duda se había reprimido durante un rato, pero estaba deseando probar aquel nuevo artilugio. - Estoy ya cansada Cristina, me voy a la cama; ahora estoy perdiendo el tiempo, no consigo concentrarme en los libros; mejor me acuesto y mañana aprovecharé más el tiempo. - Está bien ¿Te ayudo con el artilugio? - Si, por favor, ayúdame Cristina. - Comienza por desnudarte. Comenzó Concha a desprenderse de su austera ropa y a colocarla en una silla, junto a su cama; le pidió Cristina que se desprendiera también del patético sujetador, que en nada favorecía su figura; cuando la vio Cristina completamente desnuda, solo con las bragas; las tenía algo grandes, pero que le podían ser muy útiles en esta ocasión; comprendió que la ropa que llevaba Concha, no la favorecía en nada; el cuerpo era

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muy bueno; algo pasada de carnes, pero muy bien colocadas y con unas proporciones que serían muy agradables para un hombre. Tenía Concha unas caderas adecuadas a su corpulencia, unas nalgas robustas, de formas muy contundentes; anchos hombros, que sostenían erguidas sus tetas, muy armoniosas, de rojas aureolas y pezones erectos; sus piernas robustas, pero bien formadas y una estatura, adecuada para todas estas proporciones. Le dijo Cristina, que se tumbara en la cama, mientras lo hacía, fue al cuarto de baño para traer una crema hidratante, con la que untó todo el miembro de silicona, luego comenzó a acariciar con la punta del consolador el sexo de Concha, que había bajado sus bragas hasta la mitad de sus piernas, las mantenía entreabiertas, para facilitar el trabajo de Cristina. Comenzó el consolador a entrar con facilidad en el sexo de Concha; ayudaba a eso, tanto la crema que había untado al miembro, como la humedad propia de su sexo, que sin duda estaba expectante y deseoso; tras la penetración, colocó los arneses elásticos, ajustándolos a las nalgas de la muchacha; después, subió las bragas, para que también sirvieran de sujeción. Hacía Concha ostensibles gestos con su boca, que indicaban la excitación que ya sentía, al tener dentro aquel miembro de silicona; fue entonces, cuando Cristina, presionó la tecla del “ON” y se puso en marcha el aparato, que estaba regulado en los niveles mínimos; a pesar 162

de esos niveles, el estremecimiento de Concha, resultó evidente, intentaba Cristina, explicarle el sencillo funcionamiento, mientras le hacía entrega del mando; para que fuera ella, la que decidiera la intensidad adecuada. Varios gritos de Concha, le indicaron a Cristina, que había regresado a su mesa, la subida de intensidad que había dado a su instrumento y que le provocaba intensas sensaciones de placer; era evidente para Cristina, la altísima sensibilidad a los placeres del sexo de Concha; cada vez le parecía más sencillo aquel trabajo. Desde su mesa de estudio, pudo escuchar los estremecimientos y los lamentos de placer de Concha, hasta que pareció quedarse dormida; la continuada ausencia de ruidos, llevó a Cristina a acercarse hasta la cama de su amiga; efectivamente, estaba dormida, pero no se había quitado el aparejo; seguramente estaría dominada por dulces sueños, en el cielo de Eros y de sus acólitos. A las tres de la mañana, seguía Cristina concentrada en sus estudios; comenzaba a plantearse, la posibilidad de dejarlo, de irse a la cama y descansar, para tener tiempo suficiente de descaso y llegar con su mente despierta al examen parcial que tenía al día siguiente; fue en ese momento, cuando de nuevo escuchó lamentos y susurros en el sofá cama; se asomó con cuidado suficiente para no ser vista por concha, que en ese momento, había puesto de nuevo en marcha su juguete.

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Sin duda, Concha se había despertado en medio de la excitación de un sueño erótico y enseguida, había puesto en marcha el singular artilugio, que comenzó a contorsionarse en el interior de su vagina, a moverse en todos los sentidos; al mismo tiempo, que con el filamento que se ajustaba a la parte superior de los labios del sexo, acariciaba su clítoris y le proporcionaba un placer intensísimo, que la obligaba a emitir suspiros y suaves gritos, a la vez que extendida sobre la cama, desnuda, acariciaba con fuerza sus tetas desnudas, pellizcaba sus pezones y sus aureolas. Después de dormir algunas horas, a las ocho de la mañana, se despertó Cristina; había descansado bien al menos durante seis horas, decidió darse un baño, relajarse y ponerse de nuevo a estudiar , hasta la hora del examen que era a las doce; pudo comprobar que Concha, continuaba profundamente dormida. Mientras estaba en el baño, sumergida en el agua lo bastante caliente, escuchó de nuevo lamentos en el salón; de nuevo volvía Concha a poner en marcha el artilugio; no quiso Cristina interrumpirla y le permitió retozar sobre la cama durante un rato, hasta que por lo que escuchaba, dedujo que se había quedado relajada, tras sentir algún orgasmo o quizás más de uno; solo entonces salió del baño Cristina y comenzó a arreglarse, como para sentarse ante su mesa de estudio. Llevaba ya dos horas estudiando Cristina, cuando se levantó Concha y fue al cuarto de baño; aprovechó entonces Cristina, para preparar una 164

cafetera en la cocina; para cuando salió Concha del cuarto de baño, ya estaba Cristina, tomando una taza de hume ante café con leche; eran ya las diez de la mañana. Cuando salió Concha del cuarto de baño, sus ojeras eran evidentes, sin duda daban a entender que había tenido una nuche llena de sueños ajetreados,

de

no

haber

dormido

de

forma

muy

placida;

inmediatamente, la invitó Cristina a que la acompañara con una taza de café; Concha se lo sirvió muy cargado y tomó asiento en un taburete, frente a la pequeña barra de madera que separaba el salón de la cocina. - ¡Vaya una noche que he tenido! El aparato ese, me va a matar; creo que es demasiado para mí. - ¿No te gusta Concha? - Claro que me gusta, quizás me gusta demasiado, no sé cuantas veces lo he usado esta noche; habré tenido por lo menos catorce o quince orgasmos, he perdido la cuenta. - Tienes que tomártelo con tranquilidad; eso es como todo en esta vida, tomado con mesura es muy bueno, pero si se abusa, puede llegar a ser un problema. - Posiblemente tengas razón; pero quería preguntarte una cosa ¿Cuándo se hace con un hombre es mejor o peor? - Sin duda es mucho mejor; pero eso ahora no te lo pienso demostrar hasta el viernes, pasado mañana, cuando termine los parciales; entonces quiero yo darme un homenaje ; si quieres 165

puedes acompañarme, aunque para eso tendremos que cambiar tu indumentaria, pareces una monja. - Está bien Cristina, yo también me concentraré en los exámenes, pero me tienes que prometer, que el viernes me lo enseñarás, me ayudarás a disfrutar de un hombre. - Te lo prometo, el viernes por la tarde saldremos de cacería; a mí, también me gusta, es lo que más me gusta. - Ahora Cristina, tienes que ayudarme a limpiar el consolador, no quiero estropearlo, pienso usarlo antes de que llegue el viernes. - Pues habrá que ponerle pilas, después del tute que le has dado esta noche, debe estar listo. Durante los tres días que las separaban del viernes, hubo que cambiarle dos veces las pilas al aparato; a pesar de que concha, también aprendió a utilizar el otro, el manual. El viernes a mediodía, ambas comían en el estudiantil restaurante que había cerca de su apartamento; ya habían acabado con los exámenes y cada vez estaban más cerca las navidades; ya no tendría excusa Cristina para no ir a su casa, así que tendría que terminar cuanto antes con este trabajo; luego, se tomaría unos días de descanso. Tomaron una comida ligera; habían decidido ir de compras tras la sobremesa, que fue corta; había conseguido Cristina, convencer a Concha, de que debía cambiar su austera indumentaria; ya había cambiado su mente, ahora tenía que cambiar su aspecto, principalmente 166

su ropa; así que fueron a algunos grandes almacenes, tampoco querían cosas de diseño, solamente funcionales y actuales. El aspecto de Concha, dio un espectacular vuelco, unas medias claras, una falda vaquera, lo suficientemente corta y un niké, lo suficientemente ajustado, hicieron el resto; también compraron algo más de vestir, como un vestido de lana ajustado, juvenil, de cuello vuelto y mangas largas; compraron también ropa interior adecuada a las circunstancias; sin duda el aspecto de la muchacha cambió como de la noche al día. Fueron al apartamento tras las compras, allí decidirían lo que utilizarían esa noche para ir de fiesta; se inclinó Cristina, por que fueran las dos con los vestidos de lana ajustados, muy similares en sus formas, pero de muy diferentes colore s. A las ocho de la tarde-noche, entraron las dos jóvenes en un bar de copas muy amplio, con varias zonas de diferente intimidad y en el que a esas horas no había demasiada gente; la idea de Cristina, consistía en hacer un primer intento de ligar a primera hora; en caso de no conseguirlo, cambiarían de lugar, ya que más tarde, estaría el bar demasiado concurrido. Pero a esas primeras horas, no habría más de veinte personas, distribuidas en un local muy amplio, que disponía de dos zonas bien diferenciadas, una junto a la barra, para estar de pie o sobre un taburete en la barra y otra, con pequeños veladores rodeando una pequeña pista de baile, esta zona, estaba dentro de una ostensible penumbra. 167

Tras pedir unas copas, unos “Mojitos”, estaban las dos muchachas semisentadas sobre unos taburetes, en una esquina de la barra, sentadas de forma, que mostraban sus extraordinarios cuerpos, ceñidos por sus ajustados vestidos de lana; cuando se le acercaron dos muchachos que no dudaron ni un momento en presentarse y entablar conversación con ellas; lo de muchachos era un decir, porque ambos estaban próximos a los cuarenta. Dos hombres elegantes, educados, que enseguida las invitaron a unas nuevas copas, todo eran galanterías y cumplidos hacia ellas; aprovechó Cristina, que el que se había aproximado a ella, la invitó a bailar, para comenzar a poner las cosas en su lugar. Aceptó Cristina la invitación a bailar, para dos cosas diferentes; aprovechando, que el cuarentón, la achuchaba con fuerza, comenzó Cristina a acariciar sus nalgas, sus piernas luego y agarrando con fuerza el miembro en erección del hombre; que se sintió sorprendido, muy agradablemente sorprendido. - ¡Disculpa

mi

atrevimiento!

Quería

asegurarme,

no

quiero

sorpresas, mi amiga, es la primera vez que está en la ciudad y hemos salido con la intención de “echar una canita al aire” y ha dejado

en

mis

manos

esa

equivocarme. - ¿Qué te ha parecido Cristina?

168

responsabilidad,

no

quiero

- Está muy bien, es aceptable, debes tener en cuenta, que con estas cosas te llevas muchas sorpresas; te quiero explicar algo, las dos somos universitarias y hemos terminado esta exámenes

parciales

del

primer

trimestre;

mañana los

hemos

decidido

celebrarlo; pero debes tener en cuenta que mi principal interés, es que mi amiga se lo pase bien, yo debo quedar en un segundo plano y vosotros me habéis parecido interesantes. - Conmigo, podéis contar para lo que queráis, también tengo el día muy libre y mi estudio, no está lejos de aquí; te aseguro que pondré a vuestra disposición todo mi conocimiento y mi cariño. - Yo tengo que consultarlo con mi amiga, así que volvamos a la barra y consultemos con nuestros respectivos socios. Una vez en la barra, fue cristina la que pidió disculpas y le dijo a Concha, que charlaba animadamente con Federico, que la acompañara al aseo, lo que suelen hacer las mujeres para hablar; de esa forma, también dejaban a Federico y a Alejandro, con la oportunidad de aclarar sus posturas, su posición. - ¿Qué te perecen Concha? - ¿Te refieres a los muchachos? A mí me gustan ¿Y a ti? - Me parecen que no son unos muchachos, que estos han cumplido los cuarenta, pero a mí me parecen bien; quizás sea mejor que tengan experiencia; tengo que contarte un secreto, mientras

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estaba bailando con Alejandro, le trasteé entre las piernas y tiene una buena pieza, nos puede valer. - Que lagarta eres Cristina; pero me alegra saber que te parece bien, a mí me gustan. Regresaron las dos mujeres a la reunión de la barra, sin duda, ellos también habían hablado y habían llegado a un acuerdo, sabiendo ya ambos las intenciones de Cristina; por eso, ambos estuvieron de acuerdo, en que lo mejor era marcharse de allí, ir a cenar y luego tomar unas copas en el estudio de Alejandro, donde podrían completar la velada, fuera la hora que fuera. Puestos de acuerdo, las dos parejas, salieron del bar; los dos hombres, las dejaron caminar delante, sin duda, para apreciar sus cuerpos en todo su esplendor. Fueron a comer a un cercano restaurante, los cuatro parecían tener prisa en terminar con el tramite de la cena, que fue frugal; después fueron al estudio de Alejandro; pudieron ir andando, ya que estaba realmente cerca de donde habían cenado. Se trataba de un pequeño estudio de arquitectura, con sus mesas de dibujo, sus archivos de planos y una mesa de trabajo, una amplia mesa de despacho, sobre la que Alejandro puso las copas y la cubitera, luego abrieron una botella de cava y sirvieron las copas; tras darles un trago, Alejandro puso música, redujo la luminosidad, hasta dejarla en la que entraba por el ventanal que daba a la pequeña terraza. 170

Tras dar otro sorbo a la copa, Alejandro abrazó a Cristina y se pusieron a bailar; Federico hizo lo propio con Concha, abrazándola con fuerza, a lo que respondió la muchacha entregándose por completo al abrazo de su pareja; aunque no perdía de vista a su amiga Cristina y a su acompañante. Unos minutos después, llamaba la atención de Concha, un siseo de Cristina, que la llamaba a fijarse en sus manos; procuró ponerse al contraluz del ventanal, para poderle mostrar los que tenía en su mano; había bajado la bragueta de Alejandro y había extraído el pene erecto del cuarentón y lo blandía en su mano como un preciado tesoro. Los ojos de Concha, no perdían detalle de lo que hacía su amiga y ella, procuraba imitarla en todo, así que enseguida, también ella mostraba el miembro de Federico; prisionero en su mano, se lo enseñaba a su amiga, orgullosa de que el suyo era más grande. Algún giro de baile más tarde, pudo comprobar Concha, que Cristina se había arrodillado y colocada al contraluz de la ventana, hacía una felación, sobre el miembro de Alejandro, deleitándose con ella, mientras acariciaba sus testículos, que los había sacado también del encierro en sus pantalones y los exhibía al aire, sin dejar de acariciarlos con la punta de sus dedos. Inmediatamente

la imitó Concha, que

gritaba desaforadamente

obligada por un espectacular orgasmo que apenas la dejaba respirar y

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que terminó obligándola a sacar de su boca el miembro que chupaba, teniendo que pasar a masajearlo y a lamerlo. Decidió Cristina que era hora de dar otro paso; se acercó a Concha, la agarro de los hombros y la alzó; una vez la tuvo en pie, alzó su vestido, sacándolo completamente por la cabeza y dejándola tan solo con las pequeñas bragas. Al trasluz del ventanal, el cuerpo de Concha resultaba espectacular; el contraste de luces y sombras, conseguía remarcar las curvas del cuerpo de Concha, que parecían acentuarse en el claroscuro al contraluz del ventanal, desde el que podía verse la ciudad. Se ocupó Cristina de desnudar a Alejandro, luego lo sentó en un gran sillón e hizo que Concha se arrodillase frente a él y comenzase a realizarle una felación; Alejandro comenzó a relajarse; después trajo a Federico al que también desnudó por completo y le indicó, que poseyera a Concha desde atrás. Se encargó Cristina, de hacer de mamporrera, de ayudar a Federico a poseer a Concha; después se encargó de mover el miembro de Federico en el interior de la vagina de Concha y de acariciar sus testículos, mientras con su dedo índice, acariciaba el clítoris de la muchacha. Los orgasmos de Concha no llegaban a sucederse, simplemente, un continuo orgasmo se había instalado en el pecho de la muchacha, un lamento exhalaba continuamente de su garganta, cuando dejaba

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momentáneamente de chupar el órgano que sujetaba con fuerza con su mano derecha. Mientras descansaban un momento, tras la primera eyaculación, Alejandro, agarró con fuerza un tirador que había en el armario, tiró de el y extrajo una gran cama de matrimonio, en ella se instalaron los cuatro y allí, se sucedieron las posesiones de concha; la poseyeron de mil formas y se ocupaba Cristina, de que todas las fuerzas de los dos hombres, fueran a parar sobre Concha, que fueran siempre hacia ella y así fue, hasta que los hombres quedaron rendidos y los cuatro quedaron dormidos sobre la gran cama. Durante la noche, se despertó Concha dos o tres veces, exigiendo en cada una de ellas, la penetración de alguno de los hombres, hasta dejarlos completamente exhaustos. Por la mañana, antes de ducharse, tuvieron ambos que poseer a Concha, solo entonces consintió vestirse y marcharse; pero antes de que se fueran, le hizo Federico un comentario a Cristina: “Esta muchacha es una ninfómana, nunca he visto nada igual”. Las dos jóvenes, se marcharon del estudio, hasta que encontraron un lugar donde desayunar, una céntrica cafetería, que a esas horas, estaba repleta de gentes desayunando, se sentaron en una de las pocas mesas que quedan libres y pidieron sendos desayunos; café con leche y tostadas con aceite y jamón; ambas necesitaban reponer fuerzas, sobretodo Concha, que había gastado muchas energías. 173

Tras el primer desayuno, pensaban tomar un segundo, mientras lo pedía Concha, Cristina se acercó al aseo, sabía que en esos aseos había un teléfono público; desde él, llamó Cristina a Remedios, le dijo que localizara a doña Rafaela, que era importante que viera los cambios efectuados en Concha; estas palabras alegraron mucho a Remedios, que le pidió que fueran a comer a una conocida pizzería y que Rafaela y ella, se pasarían a eso de las dos por allí, de forma casual. Tras apurar el segundo desayuno hasta la última migaja, las dos amigas, fueron al apartamento, se arreglarían y dedicarían lo poco que restaba de mañana en comprar algunas cosas, tenía en ello mucho interés Concha, a la que empezaba a preocupar mucho su aspecto. Se ducharon y se cambiaron de ropa; Concha se encasquetó sus medias blancas, que llegaban casi hasta sus abundantes nalgas, sobre ellas, la corta falda vaquera y en su pecho, una camisa muy colorida y un niké sin mangas muy ajustado, bajo ellas, solo sus grandes y prominentes tetas, sin sujetador. Por el contrario, Cristina se había vestido mucho más discreta, quería permitir que fuera Concha, la que más llamara la atención; con aquella vestimenta, no le resultaba complicado, ya que debía tener cuidado al caminar y sobretodo al inclinarse hacia delante, ya que enseñaba el final de sus medias y sobre ellas los dos poderosos muslos y hasta el principio de sus nalgas. - ¿Voy bien Cristina? ¿No llamo mucho la atención? 174

- No demasiado, aunque algo sí la llamas; pero eso es lo que debemos hacer las mujeres, si queremos atraer el interés de los hombres. - ¿La llamaré yo? Quiero atraerlos Cristina; por cierto, lo de anoche fue fantástico. - Estuvo bien; también yo me lo pasé muy bien; estaban bien dotados los dos ¿Verdad? - Yo

no

tengo

mucho

donde

comparar,

pero

a



me

proporcionaron mucho placer, perdí la cuenta de los orgasmos. - Sí Concha, la verdad es que fueron muchos, estos se portaron muy bien, nos poseyeron un montón de veces. - No me lo recuerdes, que me excito muchísimo, me pongo a punto del orgasmo solo de recordarlo. Salieron del apartamento en dirección a un centro comercial; cuando cogieron las escaleras eléctricas, aquello fue un espectáculo; un grupo de muchachos que habían subido a las escaleras tras ellas, tres escalones más abajo, podían ver con claridad las pequeñas y ajustadas bragas de Concha, tan ajustadas que se introducían entre sus nalgas casi hasta desaparecer. El grupo de muchachos las fue siguiendo todo el trayecto, incluso las acompañaron hasta la sección de ropa femenina; luego perdieron la esperanza de ver nada más y se marcharon, no sin antes, hacerle a

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Concha algunos comentarios, que la hicieron ruborizarse, más por la excitación que por la vergüenza. Se probaron alguna ropa y ambas compraron lo que consideraron que necesitaban; Concha compró algunas minifaldas y algunos ajustados suéter de diferentes colores; por su lado, Cristina, se compro algunos pantalones vaqueros y algún suéter

no demasiado ajustado, estos

serían los que utilizaría para ir al pueblo, debía pasar lo más desapercibida posible ante su familia. Abandonaron los grandes almacenes, cargadas con las bolsas, cuando era ya la hora de comer, así que decidieron ir a la pizzería, a la que había concretado Cristina con Remedios; allí comerían algo, antes de ir a su apartamento, para hacer una siesta reparadora. Estaban las dos muchachas sentadas en una mesa próxima a la gran cristalera que las separaba de la calle, cuando por la acera, vieron venir a Remedios y a Rafaela; la primera reacción de Concha, fue tirarse del bajo de la corta falda vaquera para intentar tapar sus muslos todo lo posible, aunque no fue mucho. Las vieron de frente, ya se había colocado Cristina en el lugar adecuado, sabía por donde aparecerían las señoras; que se volvieron y entraron en el local, dirigiéndose a la mesa; por un momento, Rafaela se quedó con la boca abierta, de pie frente a Concha, mirándola, examinándola; luego la hizo levantarse y tras admirarla, la abrazó.

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Tomaron asientos todos y se dispusieron a comer pizza, aunque no eran las pizzas del especial agrado de las señoras; era tal la alegría de ambas, que no dudaron en pasar por el aro. - ¡Que guapísima estás Concha! Me alegra mucho verte vestida así, tan juvenil, tan alegre; un poco atrevida, pero mucho mejor. - ¡Gracias tía! He aprendido mucho de Cristina; me alegro de haber pasado estos días con ella. - Por cierto Concha, te he encontrado un apartamento par ti, muy cerca del de Cristina y de la facultad, mañana iremos a verlo. - Muy bien tía, iremos a verlo cuanto antes, aunque estoy muy a gusto con Cristina, no quiero molestarla más. - Esta tarde sobrina, nos iremos al pueblo, mañana domingo iremos a ver a las monjas, para concretar lo tuyo, pero el lunes estaremos en el apartamento. - Para lo de las monjas, te pido que me busques una excusa, no quiero ir a verlas tía Rafaela, lo de las monjas lo aplazaremos, soy aún muy joven y he decidido pensarme lo de mi ingre so en el convento. No pudo reprimir Rafaela un grito de alegría; se levantó y abrazó a su sobrina; todo había sucedido incluso mejor de lo que ella había previsto; así que decidieron comer pizza, ir al apartamento a hacer la maleta y marcharse al pueblo a pasar la navidades; regresarían el lunes para cerrar lo del apartamento; también les dijo Cristina, que ella se 177

marcharía el domingo por la tarde a su pueblo, ya tenía comprado el billete; pero que antes tenía unas cosas que hacer; quedó con Remedios en tener una comida de despedida el domingo. Al terminar con las pizzas, todos se levantaron y salieron del local, marchaban delante las dos muchachas y tras ellas las señoras; no pudo evitar Rafaela, dedicar una mirada al aspecto de Concha y decir una frase al oído de Remedios: “Esto es increíble, esta Cristina es una artista”. El domingo, a las dos de la tarde, llegó Cristina a la casa de Remedios; pasaron primero al despacho; allí le entregó la señora el sobre a Cristina; cuando lo guardó en el bolso, salieron hacia el restaurante. - Me da vergüenza decirte lo alucinada que me tienes, eres increíble. - Gracias por todo, y felices navidades, Remedios, esta tarde me marcho al pueblo, a pasar las fiestas con mi familia. - Ya veo que has optado por la discreción en tu indumentaria, estoy de acuerdo con todo lo que haces; espero que me saludes al regreso, nos veremos en casa después de reyes; tienes que pasar a recoger tu regalo; los reyes se portarán bien contigo.

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CAPITULO X

En el andén de la estación de autobuses, vestida con vaqueros y un abrigo, llevaba como toque personal, un gorro de lana, que le daba un aire gracioso a la austera vestimenta; de la mano, una mediana maleta, con la ropa adecuada y suficiente para pasar una semana en el pueblo; tuvo que elegir la ropa con mucho cuidado, incluso su ropa interior, que no podía ser la que ella usaba a diario en la capital. A la caída de la tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse tras los cerros que rodeaban al serrano pueblo, el autobús comenzaba a callejear buscando la plaza del pueblo, donde tenía la parada, al lado de la vetusta iglesia, frente al ayuntamiento; eran las siete de la tarde, cuando Cristina bajó del autobús. Sobre la elevada plaza, la aguardaba toda la familia; no esperaba Cristina aquel recibimiento tan concurrido; hasta la mayoría de sus primos la esperaban en la plaza; tanta gente de su familia había, que tuvo dificultades para abrazar a su padre y a su madre; que en su

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juventud, fue una mujer de banderas, pero ahora se doblaba sobre su columna, tanto hacia abajo, como sobre su pecho. Su padre, aún mantenía la arrogancia en su cuerpo, pero su rostro, estaba marcado por las preocupaciones; sin duda por las dificultades económicas, que al parecer eran muchas y de difícil solución, sobre todo a su edad, hacía ya algún año que había cumplido los cincuenta y eso, en el pueblo, significaba el paro indefinido. Abrazada por sus padres y flanqueada por sus parientes, caminaba Cristina hacia su casa; su primo Pepe, un mocetón de veinte años, se había apoderado de su maleta y la guardaría con su vida si fuera necesario, hasta entregarla en la casa de la familia. Todo el pequeño y serrano pueblo, se había enterado del regreso de la niña, una de las pocas estudiantes universitarias y la única que era miembro de una familia obrera; todos tomaron asiento en derredor de la grande y austera mesa del comedor y el padre, sacó una botella de aguardiente para el que quisiera una copa, el hombre estaba eufórico y una

chispa

de

alegría,

adornada

por

un

par

de

lágrimas,

chisporroteaban en sus envejecidos y hundidos ojos negros. La reunión familiar duró hasta que fue la hora de cenar, entonces, su madre se ocupó de despedir a todo el mundo, alegando que la niña tenía que descansar; mientras se despedían, todos pidieron a Cristina que los visitara en su casa, a todos dijo Cristina que así lo haría, les prometió visitarlos en los próximos días. 180

Cuando todos se hubieron marchado, Cristina cogió la maleta y la puso sobre la mesa, de ella extrajo varias cajas; una era una caja de polvorones y mantecados de Estepa, otra más pequeña, contenía mazapanes de Montoro y otra, contenía chacina de la sierra; la alegría de todos fue grande, la madre lloraba de felicidad y el padre intentaba tragar un nudo que se le había formado en la garganta. - ¡Pero hija! ¿Cómo has hecho esto? Este dinero te hará falta para tus gastos en la ciudad. - No madre, estas cosas, me las han regalado en mi trabajo, forman parte de la bolsa que regalan a cada empleado por navidad; yo no hubiera podido comprarlas. - Muchas gracias hija, es una gran ayuda para nosotros; ahora, mientras hablas con tu padre y te tomas una copita, solo una, iré yo a la cocina a preparar la cena; prepararé unos huevos pasados por agua, de los de nuestras gallinas del corral; de postre unas batatas en dulce, también cultivadas por nosotros; te las he preparado con mucha canela, como sé que te gustan. La madre, se fue hacia la cocina y dejó solos al padre y a la hija, para que pudieran hablar de sus cosas; el padre, se levantó de la silla que ocupaba y fue a sentarse junto a su hija, tomó sus manos, la miró a los ojos procurando dominar su emoción. - ¡Hija! Las cosas están muy mal, en el pueblo no hay trabajo ninguno, pero en el caso de que haya alguno, ya no quieren 181

personas de mi edad, prefieren a los más jóvenes y en el campo, no hay para nada. - Si usted quiere padre, yo dejaré los estudios y me vendré al pueblo, para ayudar en lo que sea. - Eso no es una buena idea hija; nada puedes hacer en el pueblo, no hay trabajo ni para ti ni para mí; pero hay algo que me dio ayer una esperanza. - Cuénteme algo agradable padre, déme alguna esperanza, está llenando mi pecho de zozobra. - No es esa mi intención, pero debes saber, que ayer, fui a hablar con don Pedro, el alcalde, para contarle mi situación y pedirle una ayuda; ya sabes que él, además de ser el alcalde , es alguien muy rico, con muchas fincas y con un gran capital en acciones y otras propiedades como casas, pisos, locales y otras cosa que yo no sé; pues me dijo que ahora mismo, no tenía trabajo; pero luego se quedó pensando y me preguntó por ti. - ¿Le preguntó por mí? ¿Y que es lo que quería de mí? - Me preguntó por tus estudios, por tu trabajo y por todo lo demás; incluso me preguntó por si tenías novio; todo se lo expliqué y luego me dijo, que tenía mucho interés en hablar con nosotros, eso tras explicarle yo, que te esperábamos para esta tarde. - ¿No tiene padre, ninguna idea de lo que puede querer?

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- No tengo ninguna idea hija, pero él es buena persona y cualquier cosa que nos proponga, al menos tendremos que escucharlo, ten en cuenta que es del pueblo y que conoce a nuestra familia desde que nació; mi padre, tu abuelo, fue manigero de su padre, el aprecia a nuestra familia y no tiene más remedio que respetarla; no nos propondrá nada irrespetuoso, ni nosotros lo admitiríamos, eso tienes que tenerlo seguro. - Pues mañana iremos a verlo padre, veremos lo que nos dice. En ese momento los llamó la madre desde la cocina, cenarían los tres en la mesa que había junto al hogar, aquel lugar era más acogedor y más caliente y a esas horas, se hacía sentir el frío de la sierra, que descendía por las laderas del cerro Canelo y recorría una por una todas las calles del pueblo, desde arriba hasta abajo; dejando helados a todos los transeúntes que no conocieran el pueblo; el que lo conocía, sabía que los días que soplaba el solano, no eran aptos para andar a esas horas por las calles. Cenaron los tres, los huevos del corral que había preparado la madre, luego añadieron algo de fiambres, de los que había traído Cristina y por fin, el guiso caliente de las batatas en dulce, que tanto gustaban a la muchacha, también a su padre. Se ocupó el padre de cerrar adecuadamente las puertas de gruesa madera y las contraventanas, era necesario defenderse del penetrante frío que bajaba de la sierra, helando cañadas y valles, arroyos y 183

humedales, convirtiendo sus cristalinas aguas serranas en carámbano transparente, cortante, helador. La casa, de una sola planta, coronada por un soberado en el que se guardaban herramientas y semillas, melones de invierno, pimientos secos, guindillas, ajos y otros bienes necesarios durante el invierno; la componían tres dormitorios, el salón y la cocina, amplia y abierta al patio, un cuarto de baño pequeño, solo contenía una ducha, la taza del váter y un lavabo pequeño. La habitación de Cristina, su dormitorio, no tenía ventana, solo una puerta que daba al pasillo y otra que lo comunicaba con el dormitorio de sus padres; el suelo de toda la casa, excepto el pasillo central, era de barro cocido. Por la mañana, desayunaron los tres, en la cocina, una taza honda, con café y leche y unos dulces típicos del pueblo, unas perrunillas de manteca de cerdo; tras el desayuno, le recordó el padre a Cristina, que debían ir al ayuntamiento para ver al alcalde. - No nos olvidemos de esa visita hija, yo creo que las diez, puede ser una buena hora, es cuando suele estar solo en su despacho. - Está bien padre, haremos lo que usted diga, no tengo yo argumentos para contradecirlo. - Pero os pido una cosa, con lo que os proponga, no le contestéis inmediatamente, él es un hombre muy inteligente y es mejor que pensemos, que meditemos la respuesta – Interpuso la madre. 184

- De acuerdo madre, nos lo pensaremos con tranquilidad. A las diez en punto, padre e hija e ntraron en el ayuntamiento y le dijeron al

funcionario ordenanza que estaba en la puerta, que le

comunicara al señor alcalde, a don Pedro, que ellos estaban esperando para verlo. Cinco minutos más tarde, regresó el funcionario, que les dijo que lo siguieran, este los condujo hasta el despacho de don Pedro; primero entró el ordenanza y luego les dijo que pasaran; el alcalde los estaba esperando de pie tras su mesa. - Pasad, estaba deseando que vinierais; sentaros y charlaremos un rato, tengo varias cosas que preguntaros, sobre todo a ti Cristina; como ahora estas en la universidad, nos visitas poco en el pueblo; recuerdo cuando eras una niña y jugabas en la plaza; pero ahora ya tendrás hasta novio ¿No es así? - No señor alcalde, no tengo novio, ni compromiso siquiera. - Cosa rara en una muchacha tan guapa; me imagino que estás volcada en tus estudios ¿No es cierto? - Me imagino que será eso don Pedro, el caso es que no tengo compromiso alguno. - ¿Qué es exactamente lo que estas estudiando Cristina? - Estoy en primer curso de derecho don Pedro. - ¿Te interesaría involucrarte en política, trabajar para mi partido?

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- Suena interesante don pedro, pero ¿Me permitiría seguir con mis estudios? - Claro que sí, de otra forma no nos interesaría. - ¿Dónde y como tendría que hacer ese trabajo? - Está bien Cristina, vamos a hablar de política, pero para eso debes dejarnos a solas José, tu hija y yo, necesitamos una hora para hablar a solas, puedes esperarla en tu casa. Aquello sorprendió a Cristina, pero ella le hizo una señal a su padre para que se marchara y la esperara en la casa; a ella ya había pocas cosas que la sorprendieran y esta salida del alcalde , le daba buena esperanza, le traía cierta alegría; su padre abandonó el despacho. - Hablaremos con claridad Cristina, ahora que estamos solos, te diré que mi idea es pedirte que te cases conmigo, pedirte en matrimonio, eres sin duda la mujer que necesito. - Me deja de piedra, ciertamente esto no me lo esperaba don Pe dro, ¿Ha tenido usted en cuenta nuestra diferencia de edad? - Si Cristina, lo he tenido en cuenta, pero debes permitirme que te lo explique todo; te pido por favor que me escuches, que guardes en secreto todo lo que te voy a decir y luego, con tranquilidad, decidas tu respuesta. - Tenga por seguro don Pedro que escucharé con toda mi atención su proposición y sus pormenores, no le contaré nada de lo que

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me diga a nadie; solo después de escucharlo con atención y de pensármelo, le contestaré. - Eso Cristina, me da idea de tu gran inteligencia; cosa que es mucho más importante que la belleza; entonces proseguiré con mi explicación; tú puedes interrumpirme cuantas veces quieras y preguntar lo que no entiendas; lo primero que debo dejar claro es que tengo cincuenta y cinco años, que soy muy rico y que también soy impotente, absolutamente impotente; por lo tanto, no es sexo lo que busco en ti. - Me sorprende a cada momento ¿Qué es lo que pretende entonces? - Bien observado, tú si que me sorprendes a mí, con tu serenidad y paciencia; pretendo tener uno o dos hijos, que sean mis herederos y quiero para ellos, una madre inteligente, guapa y físicamente sana, para trasmitirle la mejor herencia genética. - Ahora vuelve a desconcertarme ¿No me

ha dicho que es

absolutamente impotente? - Cierto Cristina, así es, soy impotente y estéril; pero esto fue causado por un accidente que tuve en la finca “La Serrana”, eso es desagradable y te lo contaré otro día, en el caso de que lleguemos a un acuerdo; el médico, un buen amigo mío, tuvo la feliz idea de extraerme en aquel mismo momento, dos muestras de semen y congelarlas, luego extirpó sin contemplación. - Pretenderías entonces una inseminación artificial ¿No don Pedro? 187

- Cierto, así sería, y lo de tener uno o dos, sería posible que lo habláramos y llegáramos a un acuerdo. - ¿Qué tipo de vida pretende que hiciéramos? - Tendrías que guardarme fidelidad, como si tuviéramos vida de matrimonio normal, nada de otros amantes; a cambio de eso serías una mujer rica; en cuanto a la satisfacción sexual personal, existen métodos como la masturbación, métodos que me imagino que no conocerás aún, pero ya lo harás. - ¿Qué sucedería con mis estudios? - Continuarías estudiando, tengo un buen piso en la ciudad, vivirías en él y yo, iría y vendría, no olvides que ante los ojos de los demás, serías mi amante esposa, solo eso debería parecer. - ¿Cuándo terminara mis estudios, podría trabajar? - Por supuesto, podrías ejercer tu profesión, yo te ayudaría a entrar en la política, eso solamente si te gusta; serías libre para ejercer tu profesión, solo nuestros hijos estarían por encima de eso. - ¿En cuanto a mis padres, qué sucedería? - En el mismo momento que aceptes, tu padre, pasaría a ser manigero de mis tierras, con un sueldo digno; eso lo sería incluso antes de casarnos, en el mismo mome nto que me dieras tu palabra de honor. - Tengo otra duda don Pedro ¿Sería en una sola cama o en camas separadas? 188

- Sin duda en camas separadas, incluso si insistes, dormiríamos en habitaciones separadas; aunque sería bueno, que diéramos imagen de matrimonio normal. - Tengo que pensármelo don Pedro, le contestaré en pocos días, se lo prometo. - Está bien Cristina; de todas formas, en caso de que aceptes, habría que especificar muchos más detalles; todo lo dejaríamos por escrito, en unas capitulaciones matrimoniales, un contrato privado entre tú y yo, firmado ante notario, todo muy claro. - Me voy don Pedro, le contestaré cuanto antes. Salió del despacho Cristina; todo aquello le había cogido de sorpresa, así que paró en la cafetería de la plaza, tomaría un café y comenzaría a poner en orden sus ideas; no debía precipitarse, la cuestión, era muy delicada e importante. Por fin decidió Cristina ir a su casa; no sabía bien como enfocar el tema, pero tenía la sospecha de que su padre poseía más información de la que le había dado; en definitiva eso no era importante, lo que realmente importaba era lo que ella decidiera, lo cierto es que no lo tenía claro; para ella era evidente que la decisión tenía que ser suya, ya que las consecuencias serían para ella y solo para ella. Evidentemente tendría que escuchar a los demás, que pretendía que fueran solo sus padres, luego tomaría ella la decisión; aunque

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consideraba imprescindible hacerlo en frío; aquella decisión era bueno reposarla, dejarla dormir algún día junto a su almohada. Al entrar en su casa y recorrer el pasillo central, con sus baldosas de barro cocido y el estrecho corredor central, empedrado con pequeños cantos rodados, como los que hay en todas las casas que tienen corral, en el que habitualmente tienen bestias de tiro para la labranza; pudo ver a sus padres, sentado él en frente a la pequeña mesa, mientras su madre, comenzaba con los preparativos de la comida. Los dos fijaron en ella sus miradas, mientras Cristina se acercaba a la cocina; cuando entró en la dependencia, se desplomó,

más que se

sentó, sobre una de las sillas de palo y enea que había frente a la rustica mesa de tablas sin barnizar, en crudo, sobre la que solían hacer los tres, la mayoría de las comidas. - Cuéntanos niña ¿Qué quería de ti don Pedro? – Preguntó la madre. - No te lo vas a creer madre, me ha pedido matrimonio. - Repítelo hija, no creo haber escuchado bien, cuéntanoslo otra vez a tu padre y a mí. - Sí madre, ha dicho que pretende casarse conmigo y me pide opinión para pediros mi mano. Ahora si se le escapó un grito a la madre, que tuvo que tomar asiento junto a su marido y su hija y necesitó agarrar la mano de ambos para recuperar el resuello, sinceramente la proposición había cogido a la mujer a contrapié. 190

- ¿Qué le has contestado, Cristina, hija? - No le he contestado nada madre, le he dicho que necesito unos días para pensarlo, no he querido ofenderlo con una respuesta apresurada e insolente. - No hija no debes hacer eso, es un hombre muy poderoso y rico, mucho más de lo que puedes imaginarte, tenemos que pensarnos esto bien, despacio. El padre permanecía callado, sin abrir su boca, con la mirada perdida, sin duda metido en sus pensamientos, sin atreverse aún a opinar, aunque algo supiera, sin duda aquello superaba sus expectativas, pero sí le hizo un comentario a su hija: “Este hombre, tiene tres fincas muy grandes, una bodega, un molino de aceite y una multitud de pequeñas fincas; con una sola de sus pequeñas fincas, viviríamos nosotros con comodidad”, luego los tres siguieron en silencio. Rompieron el silencio unos aldabonazos en la puerta, se asomó José, que se vio sorprendido por la presencia de dos hombres, eran empleados de don Pedro, que venían cargados; el uno con un jamón de los grandes y el otro con una caja de diferentes chacinas aún frescas; sin duda hechas en el pueblo, en una reciente matanza. - Traemos estos regalos, de parte de don Pedro, son regalos de bienvenida a Cristina ¿Dónde lo ponemos? - Dejadlos aquí en la cocina.

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- Traemos tres cajas más, una con tocino curado, otra con dulces de manteca y otra con botellas; ahora los traemos. - No podemos aceptar esto – Dijo Cristina. - Don Pedro nos ha dado órdenes, nos ha dicho que lo dejemos aquí y que no admitamos devolución; que si no los tomáis dentro, que los dejemos en la puerta, son nuestras órdenes. - No podemos rechazarle el regalo a don Pedro Cristina; dejadlo todo en la cocina, ya lo colocaré yo; dadle las gracias a don Pedro de mi parte, aunque el regalo sea para mi hija – Dijo la señora. - Gracias señora, lo pondremos todo aquí. Tras dejar las cajas y el jamón; los dos obreros, aceptaron una copa de anís, que les ofreció José, ya que no podía darles propina; luego se marcharon de la casa, tanto José como su mujer, miraban a Cristina; sabía la niña, que aquellos regalos, había salvado las navidades de la familia. - Debéis saber – Dijo Cristina – Que tome la decisión que tome, nadie en el pueblo debe saber nada sobre la proposición de don Pedro, le di mi palabra de eso, de que nada se sabría sobre este asunto, hasta que la decisión estuviera tomada. - No te preocupes hija, dejaremos que lo pienses, la decisión será tuya, pero hay algo que me intriga ¿Qué pasará con tus estudios?

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- Me ha prometido madre, que podré terminarlos, que viviríamos en su casa de la ciudad y que pondría todos los medios para que yo me dedicara solo a los estudios. - Pero hija, si vienen hijos, no podrás hacerlo, te lo dice tu madre. - No madre, no habrá hijos hasta que yo termine y me sitúe. - Hija, el es muy mayor, y no creo que pueda esperar tanto tiempo, le entrará la prisa. - Eso no será así, te lo aseguro; dice además que haremos unas capitulaciones, donde todo quedará claro y especificado; el resto de la conversación, ya te la contaré. Dejó Cristina a sus padres colocando las provisiones que les habían regalado, lo hacían con toda ilusión; parecían niños pequeños con un juguete nuevo; hasta hace unos minutos, no sabían como resolver el problema que se les venía encima en las navidades, ahora todo era diferente, podrían hasta invitar a los amigos y a la familia, pero tenían que tener cuidado, nadie podía saber nada sobre la procedencia de aquellos regalos, se lo había dejado claro Cristina. Mientras ellos se ocupaban de colocar todo aquello, tenían hasta güisqui, algo inesperado para ellos; Cristina, salió a dar un paseo, quería estar sola, en aquel momento extrañaba a la señora, a Remedios; ella sabría aconsejarla bien, pero en aquellos momentos, no creía que fuera adecuado abandonar el pueblo.

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Mientras caminaba sin rumbo preciso por un camino que rodeaba el pueblo, pudo ver a lo lejos a su viejo amigo el pastor, que sentado sobre una piedra, vigilaba a su ganado, que en esta ocasión eran unas cabras; sintió deseos de hablar con él, de recordar los felices momentos de las siestas de verano, cuando iniciaron sus juegos eróticos e infantiles en aquellos mismos lugares, bajo alguna protectora encina. Los zapatos que llevaba, no eran los más adecuados para caminar por aquellos lugares agrestes y llenos de piedras y de hierbas de todos los tamaños y texturas, en las que se mezclaban la tierna hierba nutritiva para el ganado y los duros y agresivos pinchos procedentes de plantas resecas del año anterior, lo que la obligó a desistir de tomar la ruta más corta y optar por rodear el cerro siguiendo el angosto se ndero. Durante unos minutos, debido al rodeo que se vio obligada a dar, perdió de vista al pastor; al rodear una enorme encina, casi milenaria, medio oculta por sus ramas, de nuevo apareció a su vista el joven pastor, que permanecía sentado sobre la misma piedra, de espaldas a ella; pero al fondo del camino, apareció una nueva figura; esto la hizo detenerse, permanecer parapetada tras el espeso follaje de la encina; desde donde ella podía ver sin ser vista. Cuando se aproximó la figura que avanzaba por el camino, pudo reconocer Cristina a su prima Filomena, que avanzaba directa hacia el pastor; decidió observar sin ser observada, ver lo que sucedía, así que

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permaneció oculta, incluso procuró buscar el mejor sitio, el más cómodo y más oculto a la posible mirada de cualquiera de los dos. La prima Filomena, se aproximó al pastor, lo besó en la frente y abrazó su cabeza, que la tenía a la altura de su cadera, ya que el muchacho no se había movido de su asiento; mantenía el pastor, su mano izquierda agarrando la vara y la derecha, rodeó las caderas de Filo; luego la introdujo bajo las faldas de la muchacha, en busca sin duda de acariciar sus nalgas, cosa que agradeció Filo abrazando con mayor fuerza su cabeza, apretándola contra sus caderas. Agarró Filo la mano derecha del pastor; tuvo para ello que alzar sus faldas y apartarla de sus nalgas; tiró entonces de él, hasta obligarlo a levantarse; esto puso en alerta a Cristina, hasta que comprobó hacia donde se encaminaban; sin duda se dirigían a una pequeña edificación de piedra; un viejo puesto para la caza de la perdiz con reclamo; un cerco de piedras de un metro de altura, sin techo y cuya entrada se abría a lo más alto, al cerro; disimulada por un acebuche. Al incorporarse el pastor, pudo comprobar Cristina, que había ganado en corpulencia; su cuerpo había crecido en todas sus dimensiones, se había hecho más hombre, más ancho, más robusto; se dejó llevar por la mano de Filo hasta el interior del puesto; de esa forma se protegían de las miradas indiscretas de quienes pasaran por el camino o por la zona del valle, pero totalmente a la vista de Cristina, que se había subido a la encina, a horcajadas sobre una rama, para no perder detalle. 195

- Todos los días no puede ser Filo; ten en cuenta que yo también tengo una mujer y vamos a conseguir que se de cuenta. - Tú puedes con esto y mucho más, estoy segura de ello; anda, déjate de tonterías y hazme lo que tú sabes. Alzó Filomena sus amplias faldas, hasta llevarlas a la altura de su boca, allí mordió el festón; tomó asiento, sobre una piedra a media altura y permitió que el pastor, tomase asiento en otra piedra más baja, entre sus piernas; tomó el pastor las pantorrillas de Filo y las puso sobre sus hombros, mientras se empleaba a fondo en el sexo de la joven; ella mantenía apartadas sus bragas con su mano izquierda. Durante algunos minutos, se empleó el pastor en tal empeño, hasta conseguir de ella algunos orgasmos, que resultaban apreciables, por la fuerza con que aplastaba Filo el rostro del pastor, tirando de la cabeza de este hacia sí, con su mano derecha. El pastor dejó luego caer sus pantalones, mientras Filo se ponía en pie y daba la vuelta, colocando sus manos, en la misma piedra donde antes se había sentado y ofreciendo sus nalgas al pastor, que ofrecía una espectacular imagen, con los pantalones en sus tobillos y su pene, que había crecido tanto en el último año, como su cuerpo, tanto en grosor como en longitud. Entre quejas y sollozos de Filo, el pastor la penetró y no se la sacó, hasta que ella tuvo dos orgasmos más y quedó rendida, con sus brazos sobre la piedra y sus nalgas al aire. 196

Sin duda, algo sabía filo, sobre el pastor, algo con lo que lo mantenía extorsionado, chantajeado y obtenía de él aquellas satisfacciones; por que era evidente que el pastor, no tenía ningún interés en ella; pero aquello, también quitó todo el interés que pudiera tener Cristina. Dejó Cristina, que se marcharan ellos, luego la muchacha, volvió a tomar el camino de su casa; había tomado la decisión de ir a la ciudad para hablar con Remedios; iría por la mañana y regresaría a medio día. Pensativa, cabizbaja, caminaba Cristina por las calles del pueblo; su mente escudriñaba todas las posibilidades de su ineludible decisión; aunque no podía impedir, que su pensamie nto regresara a cada momento a la escena del puesto de perdiz; después de todo, aquel pastor había sido su primer amor, su primer compañero de juegos sexuales; estaba segura de que su prima tenía algún as en la manga, que utilizaba para chantajear al pastor. Entró en su casa, mostrando un rostro de evidente preocupación, se acercaba la hora de la comida y hoy la madre , no tenía problemas para preparar la comida, estaba la señora contentísima, alegría que se mostraba en su mirada, en la sonrisa de su boca y en las cancioncillas que musitaba entre dientes, mientras preparaba los avíos para la olla. - He pensado madre, que mañana iré a la ciudad, iré a primera hora, muy temprano y a mediodía estaré de vuelta; quiero hablar con una profesora mía, he de consultarle algunas cosas antes de tomar la decisión definitiva. 197

- Me parece bien hija que hables con quien necesites, debes estar muy segura; ahora vamos a comer y esta tarde visitarás a la familia; creo que lo mejor es no contar nada a nadie hasta que no tengas tomada la decisión. Durante la comida, apenas hablaron, nada sobre el asunto del alcalde, solo algunas cosas sobre la facultad y los estudios, pero todos, parecían estar pendientes de la decisión de Cristina. La tarde, la dedicó Cristina a ir de una en otra casa de la familia, sin dejar a una sola de sus tías; pero dejó para la última, la casa de su tía Filomena, donde vivía su prima Filo. Cuando entró en la casa de su tía, caía ya la noche, la señora, la recibió con un calido abrazo y múltiples besos; el recibimiento de su prima, fue mucho más frío, aunque las tres se sentaron en la cocina y se dispusieron a tomar unas copas de anís dulce, del que se fabricaba en el pueblo y unos dulces de manteca, provenientes de la matanza del cerdo. - Cuéntanos sobrina, como te van los estudios en la ciudad. - Muy bien tía, aunque al principio todo me costó mucho; cuando mi padre se quedó parado, tuve que buscarme un trabajo y nada fue sencillo tía, ahora estoy más acoplada. - ¿Tienes novio hija? - No tía, no tengo tiempo de esas cosas; además no conozco a casi nadie en la ciudad.

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- Bueno hija, pero tendrás compañeros y amigos de facultad y de trabajo. - De eso tengo poca cosa tía ¿Y tú prima, tienes novio? - Si prima tengo novio, es un muchacho que trabaja en la ciudad y solo viene los fines de semana; me aburro mucho en el pueblo; tienes mucha suerte prima Cristina. - Eso según se mire, aquí en el pueblo, nos conocemos todos, somos amigos, pero en la capital no es así. - Recuerdo prima Cristina, que tú eras muy amiga del pastor; verás cuando se entere de que estás aquí; seguro que va a verte. - Eso, prima Filo, solo fue una amistad de niños, nada más. - Pero bien que te lo pasabas con él en el pajar del abuelo. Tuvo Cristina que pellizcarse para no saltar, pero hizo lo que le enseñó su madre, contar hasta diez antes de contestar. - Cuando éramos niñas prima, todas jugábamos con los niños, recuerda que jugábamos todos juntos, pero eso no significaba nada, eran cosas de niños, juegos inocentes; como cuando tú te escondías junto a los hermanos, a los mellizos; eso prima, eran juegos de niños. - Tú Filo, deja a tu prima y ocúpate de lo tuyo, que bastante tienes; termina tu copa Cristina, y coge un dulce hija; que te agradezco mucho tu visita.

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Cuando Cristina abandonó la casa de su tía, estaba bastante alterada, pero se había controlado; lo de los mellizos, paró a su prima; le hizo recordar que su prima conocía a la perfección, los tejemanejes que se traía con los dos hermanos. No tardó mucho esa noche, en quedarse dormida Cristina, tenía que levantarse antes del amanecer, el autobús, salía a las siete de la mañana; pero su padre, la despertaría y la acompañaría hasta la parada; después de todo, no llevaría equipaje ninguno, no lo necesitaba. Antes de las ocho de la mañana, estaba ya Cristina en la gran estación de la ciudad, como era demasiado temprano, tuvo tiempo de desayunar en una cafetería próxima a la casa de Remedios, esperaría allí hasta que fueran las nueve de la mañana; sabía Cristina, que Remedios, a esa hora estaba ya dispuesta para todo. Desde la cafetería, pudo ver Cristina, como abrían

el portón de

madera de la casa, eso significaba que la señora estaba en la cocina, posiblemente tomando un café; eso decidió a Cristina a llamar, a tirar de la cadenita que movía la campana. La criada, la hizo pasar; Cristina pudo ver a Remedios en la cocina y hacia ella se encaminó; la cara de sorpresa de Remedios, fue de las que hacen época; la señora dejó la taza del café sobre la encimera de granito y abrazó a Cristina, luego se ocupó de servir nuevos cafés para las dos; una vez tuvieron las humeantes tazas en las manos, ambas se dirigieron

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al despacho, buscando la intimidad que proporcionaba la gruesa puerta de madera. - Tengo que consultarte algo muy importante Remedios; solo tengo un rato, a mediodía debo estar de vuelta en el pueblo. - Está bien Cristina, cuéntame lo que te sucede, hazlo despacio y con detalle. Durante casi media hora, estuvo Cristina relatando a Remedios todo lo sucedido con el alcalde; le contó todo con detalle; relatando cada uno de los pormenores de toda la historia. - Tienes hija que pensártelo muy bien, es algo que será muy importante en el resto de tu vida. - ¿Crees entonces que debo decirle que no? - Todo lo contrario hija; opino que debes decirle que sí; pero debe s tenerlo todo muy pensado, muy meditado, muy medido; ten en cuenta, que el matrimonio, no es más que un lance en nuestra profesión; la mujer tiene que ejercer siempre de prostituta, ese es nuestra verdadera y honrosa profesión. - Pero hay mujeres que se casan por amor ¿No es cierto Remedios? - Lo de estar enamorada es un estado de ensoñación, no es real y de todas formas es pasajero; si hubiera una excepción, ella solo confirmaría la regla. - Nunca podré enamorarme; esa no era mi idea; ese no era el guión que soñaba yo para mi vida. 201

- Claro que podrás enamorarte; por un tiempo, como todas, podrás enamorarte cuantas veces quieras; cada vez que desees a un hombre podrás enamorarte de él; al día siguiente estarás preparada para enamorarte de otro, o no. - Eso podría significar que siempre estaría engañando a mi marido. - No hija; tú no engañarás a nadie; en tu caso, ese matrimonio es un engaño en sí, de forma que tú no engañarías a nadie; se trataría tan solo de una pantomima, de una comedia, no habría engaño alguno. - ¿Cuál es entonces tu opinión Remedio? - Creo que debes decirle que sí, luego habrá que amarrarlo todo en esas capitulaciones que te propone. - ¿Nada más que eso Remedios? - Hay alguna cosa más Cristina; es muy probable que antes de casarse, quiera comprobar tu virginidad, pero también tendremos solución para eso; tengo un médico amigo, que sabría colocarte un virgo que nadie sabría distinguir del original. - ¿Y si quiere comprobarlo mañana, en cuanto le diga que sí? - Lo tendrás muy fácil, le dirás que eso se comprobará cuando esté todo firmado, uno o dos días antes de la boda; con eso controlarás ese asunto. - ¿Qué te parece lo de las capitulaciones, donde pediremos consejo?

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- Tengo unas capitulaciones que hizo una antigua cliente mía y de las que yo conservo una copia; si quieres, podemos hacer unas fotocopias y te las llevas; están en esta carpeta. Se levantó Remedios y cogió una carpeta de la zona baja del armario que utilizaba como archivo; de ella extrajo un fajo de papeles que le entregó a Cristina. - Toma hija, acércate a la papelería y saca fotocopias; no quiero desprenderme de este documento; cuando regreses tomaremos otro café y te contaré algo más, algo que te interesará mucho; mientras vas, tomaré una ducha. Tras dar un último sorbo al café que quedaba en su taza, abandonó Cristina la casa y fue a hacer las fotocopias; diez minutos después, estaba de regreso en la casa; en la cocina, la esperaba Remedios, recién duchada y mucho más arreglada; le ofreció otra taza de café a la muchacha y ambas entraron de nuevo en el despacho. Tomó Remedios las capitulaciones y las devolvió a su sitio en el archivo; le gustaba conservar sus cosas en orden, esa era la única forma de poder encontrarlas de nuevo. - Como te dije antes, tengo otro secreto que decirte; conozco a una maquilladora cinematográfica, ella puede, tras media hora de trabajo, maquillarte de tal forma, que no te conozca ni tu madre; es increíble lo que es capaz de hacer con un poco de maquillaje y algo de silicona. 203

- ¿Para qué puede servirme eso? - Para cuando regreses hija; podremos continuar haciendo trabajos, sin que nadie pueda reconocerte; pero eso lo hablaremos en su momento, cuando llegue su hora; ahora ve a cumplir con tu trabajo y recuerda que tienes que venir a recoger tu regalo de reyes, es importante. Durante el tiempo en que estuvo en el autobús de regreso al pueblo, no pudo Cristina dejar de sonreír, cada vez que se acordaba de los diferentes consejos que le había dado Remedios, sin duda era una buena amiga y estaba llena de experiencia y de recursos. Con sus papeles metidos en una carpeta de plástico y colocada bajo el brazo, caminaba Cristina hacia su casa; no faltaba mucho para la hora de la comida y la verdad es que estaba deseando llegar a su casa y comer uno de esos guisos de su madre. Estaban sus padres sentados en la cocina, hacia ellos se dirigió la muchacha con una sonrisa dibujada en su boca; tomó asiento en una de las sillas de palo y enea y esperó a que tomaran asiento sus padres. - Cuenta hija ¿Has visto a tu profesora? - Si madre, la he visto y me alegro mucho de haber ido a verla, me lo ha dejado todo muy claro. - ¿Has tomado una decisión? - Sí madre, he decidido aceptar la proposición de don Pedro; ahora iré a decírselo y le diré que lo llame a usted padre, para pedirle mi 204

mano; pero tengo que deciros algo importante, debéis dejar que sea yo la que maneje los tiempos. Un apagado grito se escapó de la garganta de la madre, sin duda era un grito de alegría; el padre mantuvo la compostura, pero no pudo reprimir una leve sonrisa en su boca; sin duda aquella decisión solucionaba su vida, que estaba tan oscura hasta ayer. Dejó cristina los papeles en su dormitorio, en su armario y salió de la casa con dirección al ayuntamiento; no podía perder mucho tiempo, eran ya más de las doce y el alcalde podía marcharse en cualquier momento; entonces tendría que esperar al día siguiente y ya era nochebuena, cosa que podía retrasarlo todo varios días. Al entrar en el ayuntamiento, se dirigió al ordenanza, al que le dijo que le dijera al alcalde que deseaba verlo; el funcionario, le preguntó el nombre y se marchó hacia el despacho, un minuto después salía el ordenanza y tras él el alcalde, que salió a la puerta para recibir él personalmente a Cristina. - Pasa Cristina, me alegro de verte; entra y toma asie nto. - Gracias don Pedro; quería contestarle personalmente y lo antes posible. - ¿Has tomado una decisión ya? - He decidido señor alcalde aceptar su amable proposición. - ¡Gracias Cristina! No te arrepentirás; dedicaré mi vida a procurar tu felicidad. 205

- Con respecto a lo de las fechas, debemos tomárnoslo con tranquilidad; creo que lo primero señor alcalde, sería que le pidiera mi mano a mi padre. - Así será Cristina, iré esta misma tarde, a las siete; llevaré un anillo de pedida y le comunicaré que desde mañana, pasa a ser manigero de todas mis fincas; otra cosa cristina, desde ahora, como somos novios oficiales, debes llamarme Pedro. - De acuerdo Pedro, nos vemos esta tarde a las siete, se lo comunicaré a mis padres. La acompañó hasta la puerta del despacho, allí besó su mano y esperó a que ella desapareciera escaleras abajo, siguiendo sus movimientos con admiración; sin duda, podría presumir de mujer joven y monumental. Una de las razones de haberla elegido, había sido sin duda el historial sanitario de la familia de Cristina, se había preocupado mucho el alcalde, de elegir una buena herencia genética para sus hijos, del otro tipo de herencia, ya se ocuparía él. Cuando contó Cristina en su casa, lo de la petición de mano de esa tarde; por parte de su madre, todo fue nerviosismo, mandó llamar a sus dos hermanas, para que la ayudaran en la limpieza y en la preparación de la casa; quería que todo estuviera perfecto, dentro de lo que esa perfección era posible en la humilde casa. A las siete en punto, ante la puerta de la casa de Cristina, se detuvo el coche del alcalde, se bajaron del vehículo, el alcalde, muy trajeado y dos 206

de los hombres de su confianza; la expectación en la calle era enorme ; a don Pedro, lo recibió el padre, que lo sentó en el salón, frente a l a mesa, en la que había dispuesto algunas botellas y algunos dulces típicos de la navidad; el alcalde, consideró que lo oportuno era brindar con un anís seco, de los que se fabricaban en el pueblo, en la destilería de don Pedro; los dos hombres se pusieron en pie y brindaron por la novia, luego se abrazaron. Tras la primera copa, se sirvieron otra, al tiempo que las mujeres, también tomaban asiento junto a ellos; ellas se sirvieron unas copas de anís dulce, de la misma marca, pero más propias para el delicado paladar de las mujeres; entonces se decidió a hablar el alcalde. - Está bien, ha llegado el momento de hablar del asunto que nos ha reunido aquí; así que amigo José, le comunico que vengo a pedirle la mano de su hija Cristina. - Es un gran honor para nosotros, que se haya fijado usted en nuestra hija, son muchos los méritos de mi hija, pero no me corresponde a mí hablar de ellos; así que don Pedro, después de haber hablado con mi familia y en particular con mi hija, le concedo su mano. Los dos hombres se pusieron en pie y se abrazaron; luego don pedro sacó del bolsillo de su chaqueta un anillo, con una preciosa piedra azul, se trataba de un zafiro que fue de su madre; aquel anillo fue el que utilizó su padre, para pedir la mano de su madre. 207

- Este es el anillo Cristina, con el que pretendo sellar nuestro compromiso; no solo tiene un gran valor económico, su principal valor es sentimental; con este anillo, pidió mi padre la mano de mi madre. - ¡Gracias Pedro! Lo recibo y procuraré ser digna de él y de ti. Todos volvieron a brindar y Pedro besó la mano de Cristina; luego entraron en una amable conversación que podríamos llamar familiar; fue entonces cuando entraron los hombres de don Pedro, llevaban entre ambos una caja con vinos y turrones. - Creo José, que ya que somos familia, debemos hablar de la cena de mañana, de la cena de Noche Buena, te pregunto por si consideras que debemos celebrarla en mi casa o aquí ¿Qué te parece a ti? Lo dejo a tu elección y haré lo que tu digas; mi casa es más grande, pero vosotros sois más familia; yo estoy solo. - Creo don pedro, que será mejor aquí, en la casa de la novia, es lo normal; nosotros tenemos más familia, que tendrá que venir. - Muy bien José, también debo decirte, que desde mañana, pasarás a ser mi manigero; así que pásate por mi despacho en el ayuntamiento; allí hablaremos de tus responsabilidades y de las condiciones económicas. Todo aquello tenía abrumado a José, que optó por no contestar nada; parecían haberse acabado todos sus problemas; pero don Pedro sacó la conversación de nuevo sobre la boda. 208

- Tengo

en

mi

despacho,

un

borrador

de

capitulaciones

matrimoniales; me gustaría Cristina que lo leyeras, que anotaras todas la correcciones que te parezcan oportunas y así llegaremos a un consenso ¿Te parece bien querida Cristina? - Estoy de acuerdo Pedro, me pasaré por tu despacho después de navidad. - En cuanto a la fecha de la boda, he pensado que podría ser en Julio, cuando tú hallas terminado tu curso. - Me parece adecuado, también lo hablaremos cuando vaya a tu despacho. Durante la celebración de la Noche Buena y de la navidad; el principal tema de conversación en el pueblo, se centró en el compromiso del alcalde con Cristina; había opiniones para todos los gustos; pero las felicitaciones a uno y a otro eran continuas. Pasaron las fiestas y se tuvo que incorporar Cristina a sus estudios, a las clases en la facultad; tras el primer día de clases, a mediodía, como había prometido, se acercó Cristina a ver a Remedios; la alegría de la señora fue enorme; enseguida, le propuso Remedios ir a comer al pequeño restaurante; allí buscaron una habitación privada, en la que poder hablar con libertad. Le explicó Cristina todo lo sucedido, todo se lo describió con detalle y Remedios, hizo todas las preguntas que consideró oportunas, sobre fechas y formas; le pareció muy bien lo de la fecha para Julio y se 209

interesó por el contrato de las capitulaciones; decidieron que tendrían que reunirse en estos días para ir aclarándolo todo, sin prisas pero sin pausas, había que hacerlo. Tras la comida, fueron a casa de Remedios a tomar café; aprovechó ese momento Remedios, para darle su regalo, le hizo entrega de un pequeño cofre de plata lleno de perlas naturales, sin engarzar, para que ella pudiera decidir lo que se hacía con ellas; quería mostrarle a Cristina, que en la vida, siempre está todo por decidir. Arreglaron las mujeres una cita para el día siguiente, tenían que hablar con el médico, sobre el tema de lo de la reparación del virgo; también tenían que reunirse con la maquilladora; quería Remedios, hacerle unas pruebas a Cristina. Al día siguiente, había decidido Cristina perderse algunas clases, volver a media mañana a la casa de Remedios; la señora le había facilitado las citas necesarias; fueron primero a ver al médico, este la estuvo examinando y le dijo que para reponer el himen, solo tendría que llamar por teléfono para decidir el día que quería realizarse la pequeña intervención; también le advirtió que debía hacérsela al menos una semana antes de ser reconocida; le aseguró que no habría ningún problema en que la reconociera cualquier médico. Fueron luego a ver a la maquilladora, a la que le gustó mucho el tener la posibilidad de ejercer de nuevo su profesión con libertad, luego le hizo una pequeña demostración; durante media hora, se empleó a fondo 210

la maquilladora y cambió de tal forma el aspecto de Cristina, que ni ella misma se reconocía ante el espejo; cuando ambas fueron a comer al restaurante, nadie la conocía; ni incluso cuando lo explicaba, llegaban a creerlo; verdaderamente, la maquilladora era una artista. Dedicaron un rato después de comer, a leer el borrador de las capitulaciones que le había entregado el alcalde; efectivamente, como había supuesto Remedios, había un artículo en el que se exigía un certificado médico de virginidad; en un primer momento, pensó Cristina en suprimir ese artículo, pero el sabio y prudente consejo de Remedios, le dijo que lo permitiera, al final eso correría en su favor; entre otras cosas, le quitaba cualquier remordimiento sobre e l engaño que le harían al señor alcalde, ya que aquella pretensión le quitaba cualquier honorabilidad, cualquier legitimidad. Se

quedó

encargada

Remedios,

de

llevar

a

su

abogada

las

capitulaciones, tanto el borrador que le había entregado el alcalde, como el que ya tenía Cristina; le explicaría el caso y haría una recopilación que las favoreciera. Resueltas todas aquellas cosas, las dos mujeres fueron a tomar un café a una cafetería cercana, que les permitiera hablar con tranquilidad de todo lo que les había sucedido ese día, que había sido tan intenso. - Bien Cristina, creo que tenemos resueltas las mayorías de las cosas, ahora tenemos que hablar tú y yo de lo nuestro. - ¿Puedes decirme Remedios que es lo nuestro? 211

- Hija, nuestro negocio ¿No creerás que con la edad que tienes, puedes entregar a un lisiado, tu cuerpo y tu alma para siempre? - ¡Anda! Amiga Remedios, cuéntame lo que estas pensando ¿Cuál es tu plan? - Hay dos cosas principales; tú tendrás que disfrutar de tu sexualidad de vez en cuando y también tendrás que echarme una mano cuando yo tenga un asunto que resolver, de esos que nos gustan a las dos. - ¿Cómo has pensado que hagamos eso? - Empezaremos por el disfrute de tu sexualidad, eso creo que podremos resolverlo mañana; estoy esperando una llamada de un cliente muy especial y puede que esta vez lo deje para ti; pera que disfrutes de él antes de que restauremos tu himen; no vamos a hacer el trabajo dos veces. - ¿Es ciertamente muy especial? - Lo es Cristina, muy especial; yo sé que tú sabrás disfrutar de él, te mandaré un mensaje mañana o pasado, cuando venga a reclamar mis servicios; luego, cuando ya no sirva para nada lo del virgo, por que haya cumplido su misión, continuaremos con nuestros trabajos, de forma más selecta, con menos frecuencia, solo nos ocuparemos de casos muy especiales, pero eso en su momento. - Está bien Remedios, mañana iré a clase y estaré esperando tu mensaje, lo esperaré con verdadera ansiedad. 212

Pasaron dos días, sin que Cristina recibiera ningún mensaje; el que si vino a visitarla, fue su novio el alcalde, quería enseñarle la que sería su casa en la ciudad; después de invitarla a comer, fueron a un lujoso edificio de uno de los barrios más céntricos e importantes de la ciudad, en el sexto piso del edificio, poseía el alcalde un piso enor me, de más de trescientos metros cuadrados habitables, prácticamente nuevo e impecablemente amueblado; muy moderno, le enseñó un enorme dormitorio, dotado de una gran cristalera abierta a levante y de un cuarto de baño espectacular; con dos camas separadas, entre las que se podía incluso desplegar una mampara, que convertía a las dos camas en absolutamente independientes. - Este Cristina, será nuestro dormitorio cuando estemos casados; ahora, para mantener las apariencias, tu dormitorio serás este otro; aunque puedes elegir el que tu quieras; vendrá Petra, mi ama de llaves para llevar la casa, tu solo tienes que ocuparte de tus estudios; ella hará la comida y limpiará la casa; en caso de necesitar ayuda, llamará a alguien; tú solo te tienes que ocupar de tus estudios. - Está muy bien el piso; entonces dejaré el mío y me mudaré ¿Cuándo puedo hacerlo? - Puedes hacerlo mañana mismo Cristina. - Lo haré el lunes, tengo un compromiso con una compañera; en cuanto ella llegue me mudaré. 213

- De acuerdo Cristina, cuando tú quieras, pero te pido que lo hagas cuanto antes. Prosiguieron viendo todo el piso, cada uno de sus detalles; la verdad es que era una jaula magnífica; pero una jaula sin lugar a dudas, amplia, luminosa, lujosa; después de verlo todo, se marchó el alcalde y le entregó a Cristina una copia de las llaves del piso, para que fuera trayendo cosas, si lo consideraba oportuno; la informó, que desde mañana mismo estaría allí Petra, que se iría encargando de limpiar y colocarlo todo adecuadamente. Sintió nostalgia Cristina al entrar en su apartame nto, poco tiempo había tenido para disfrutar de él; pero había otra cosa de la que tendría que ocuparse; indudablemente, no toda la ropa que tenía en el armario del apartamento, podría llevarla al piso; así que la llevaría a casa de Remedios; ella no tendría problema en guardársela. Al salir de clase, a mediodía, sonó el teléfono de Cristina, era un mensaje de Remedios; como siempre, le pedía que fuera a comer con ella; algo se estremeció dentro del pecho de la niña. Como otras veces, Remedios la estaba esperando y no dejó que tirara de la cadena, salió ella al zaguán y la cogió del brazo, arrastrándola hacia la calle en dirección al restaurante; su picarona sonrisa, indujo un escalofrío en el cuerpo de Cristina; sin duda tenía noticias sobre el nuevo y excitante cliente.

214

Una vez en el restaurante y mientras daban algunos sorbos al exquisito vino de la rivera del Duero no cesaba de sonreír; esperó Remedios hasta que le trajeron la olla con el guiso y se la dejaron en el centro de la mesa; una vez que se quedaron solas, habló Remedios. - Esta tarde, llegará la persona de la que te hablé; te pido Cristina, que si aceptas el trabajo, lo trates con extremo cariño; se trata de un subnormal, un deficiente mental; me lo deja su padre y lo recoge al día siguiente. - Me dejas de piedra Remedios ¿Un subnormal? - Un encantador y guapo deficiente, bellísimo y bien dotado, extraordinariamente bien dotado; educado, correcto, amable y bellísimo hombre; te aseguro Cristina, que no se parece a nada de lo que has conocido; te hará disfrutar hasta el éxtasis. - Me sorprendes, me dejas sin palabras; está bien Remedios, como lo hacemos, explícame. - Esta tarde, sobre las siete, lo dejará su padre; se irá contigo a donde tú digas; te presentaremos como su tía Cristina, te obedecerá en todo; te aconsejo, que lo lleves a tu apartamento; dormirá con su tía y hará lo que le digas. - ¿Qué edad tiene? - Debe estar a punto de cumplir los treinta; pero su cerebro anda por los ocho o diez.

215

Tras la comida, se marchó Cristina, quería asistir a un par de clases y a las siete, estaría de nuevo en casa de Remedios, después de haber pasado por su apartamento y haberse cambiado de ropa. Cuando entró en casa de Remedios, quedó impactada; allí estaba Ricardo; a primera vista un hombretón de unos treinta años, ciertamente bellísimo y atlético, perfectamente vestido, con un traje gris, rematado por una corbata azul; impecable, bien peinado, como para ir a un bautizo, que se quedó mirando a Cristina, que traía un ajustado vestido azul muy elegante y escueto. - Te presento Ricardo, a tu tía Cristina, hoy dormirás con ella, en su casa, que está muy cerca de aquí - ¿Dónde cenaré tía Cristina? - Cenaremos los dos en mi casa, compraremos antes, de camino a casa, unas hamburguesas y nos las comeremos a solas. - ¿Tienes refresco de cola en tu casa tía Cristina? - Sí Ricardo, tengo, pero solo puedes beber una; anda vámonos a casa, antes de que sea más tarde. Fue Ricardo el que cogió la mano de Cristina, dispuesto a seguirla hasta donde ella dijera, cogidos de la mano, salieron de la casa; mientras caminaban por la acera, seguidos por la atenta mirada de Remedios, resultaba evidente la diferencia de estatura; la muchacha, apenas llegaba al hombro de Ricardo.

216

Después de parar en la hamburguesería que les cogía de paso y recoger unas hamburguesas y unas patatas fritas, llegaron a su apartamento, donde perdieron media hora en comer, cosa que produjo gran deleite en Ricardo, la comida y sobre todo el refresco de cola, que sin duda eran sus dos debilidades. - Ya hemos cenado Ricardo, ahora debemos irnos a la cama. - Yo siempre me baño antes de irme a dormir tita Cristina. - Pues entonces iremos al baño, tienes que desnudarte y colgar tu ropa en el armario, todo bien puesto. Mientras Ricardo se desnudaba y colocaba su ropa con mucha minuciosidad en el armario, Cristina abrió los grifos de la bañera y ella también se quitó el vestido y se puso una bata; para cuando terminó, Ricardo estaba completamente desnudo, provocando la admiración de Cristina, que por un momento se quedó frente a él boquiabierta. El cuerpo de Ricardo era enorme y atlético, pero aún más grande, resultaba

su

pene, que

estaba

a

media erección

y destacaba

ostensiblemente entre sus piernas, tapando en gran parte sus enormes y oscuros testículos; ella no había visto nada parecido. El muchacho, dotado de inteligencia de niño y miembro de caballo, le sonrió

y fue a la bañera, tocó el agua

con la mano, y comenzó a

meterse; Cristina, comprobó la temperatura del agua, la reguló un poco y llenó sus manos de gel, iniciando el enjabonado del pecho de Ricardo, que se dejaba hacer, sin perder la sonrisa de su boca. 217

- ¿Te importa si me baño contigo? Así acabamos los dos a la vez. - No me importa tita, aquí cabemos los dos. Cuando cristina se quitó la bata, los ojos de Ricardo, parecieron quedar prendidos de las enormes tetas de Cristina, también se fijó en sus redondas y prominentes nalgas, cuando se giró para colgar la bata en la percha y se las mostró en todo su esplendor. Fue a sentarse Cristina frente a él y pasó sus piernas sobre las del muchacho, luego comenzó a untar con gel su pecho grande y atlético y también puso gel, en la manos del muchacho, induciéndolo a hacer lo mismo que hacía ella; enseguida se afanó Ricardo en masajear las tetas de Cristina, en untarlas con el suave gel, en acariciar sus pezones y sus aureolas, en buscar en ellas cada recoveco. Le ordenó Cristina al muchacho, que se girase, que le diera la espalda; cosa que este hizo inmediatamente, de esta forma comenzó la muchacha a untar y masajear su e spalda; luego lo enjuagó todo, finalmente, le pidió que se pusiera de pie, mientras ella permanecía sentada, de esta forma, pudo lavar todo su sexo, que ahora mantenía una completa erección; introdujo Cristina su mano delicadamente entre sus piernas, lavando testículo por testículo, frotando cuidadosamente, despacio y con suavidad el gigantesco y grueso pene. Le ordenó que se sentase frente a ella, para que el agua lo enjuagara todo; pero volvió a untar de gel el poderoso miembro, luego subió sus nalgas encima de las caderas de Ricardo, y ayudó con su mano a que el 218

enorme miembro, comenzase a penetrarla; mientras ella se agarraba con fuerza a los hombros del muchacho. Ayudado por el suave gel, no le resultó difícil al miembro penetrar, a pesar de su grosor, pero pronto sintió Cristina, que llegaba hasta el fondo de su vagina; debía tener cuidado, podía hacerle daño; aunque el tremendo

placer

que

la

invadió, pronto

la

hizo

olvidarse

del

inconveniente; lo que comenzó a sentir, fueron los espasmos de su vagina, que excitada, comenzaba a contraerse y extenderse, comenzaba a apretar con fuerza aquel grueso miembro. Quizás por eso, no tardó en eyacular Ricardo, sintió cristina como el calido y viscoso semen, inundaba el fondo de su vagina, al mismo tiempo que ella sentía un segundo orgasmo, que la llenó de placer. Decidió Cristina que debían salirse del agua e ir ya a la cama, así que se esmeró en enjuagarlo todo, luego salió del agua, se colocó su albornoz y le indicó a Ricardo que saliera también de la bañera; lo secó con esmero y delicadeza y le puso una bata, tras esto, lo condujo a la cama, donde ella se despojó de su bata y también lo desnudó a el, ambos desnudos se introdujeron bajo las sabanas. Arropados, las manos de Ricardo, comenzaron a acariciar los pechos de Cristina, poco después buscaron sus nalgas, todo aquello era un mundo de juegos para el muchacho, que enseguida volvió a tener una erección; no se había equivocado Cristina, al provocar el primer orgasmo del muchacho en la bañera; sin duda debido a su juventud, 219

mantenía una gran capacidad sexual; por lo que ahora en el segundo coito, necesitaría más tiempo y le proporcionaría a ella mayor placer. Cuando la mano izquierda de Cristina, que mantenía agarrado el miembro de Ricardo; aunque no podía abarcarlo, debido a su grosor, lo animó a que se subiera sobre ella y lo condujo hasta el lugar que debía entrar, entre sus piernas. No retiraba Cristina la mano del miembro del muchacho por dos razones, para moverlo y ayudar a su penetración y para evitar que entrara demasiado rápido y pudiera hacerle daño, pero lo guió con mucha maestría, hasta que lo sintió dentro por completo; luego retiró su mano, permitiendo que llegara hasta el fondo. Pasó cristina sus piernas por detrás de las de Ricardo, abrazando con ellas las nalgas del Muchacho y dejando que este se esforzara en moverse, en contorsionarse en dar adelante y atrás; sabía Cristina que esta vez tardaría más en eyacular, así que se ocupo ella en entregar se al propio placer, en sentir el mayor numero de sensaciones, e n gozarlas con mayor intensidad, en llegar a su éxtasis. Al menos media hora tardó el muchacho en eyacular, a pesar de emplearse a fondo en acariciar todo su cuerpo, en chupar sus tetas, en agarrar con toda la fuerza de sus dedos, las prietas nalgas de Cristina; en ese tiempo, tuvo Cristina tiempo de sentir al menos cinco orgasmos. Cuando ambos acabaron, se ocupó Cristina de arroparlo y arroparse y ambos se quedaron dormidos, placidamente abrazados; no separaba 220

Ricardo, una de sus manos, de las tetas de la muchacha, aunque estaba dormido, continuaba acariciándola. Cuando eran algo más de las tres de la madrugada, en una de las vueltas que dio Cristina en la cama, se despertó y quedó mir ando al muchacho; era realmente bello y dormido, mucho más; no pudo reprimir el deseo de tocar a Ricardo y su mano, buscó bajo las sabanas y tropezó con la polla del muchacho, que estaba ahora en una flácida erección, así que decidió agarrarla con suavidad, sentirla, sopesarla, mientras recordaba todo el placer que le había proporcionado. Bajo la suave presión de la mano de la muchacha, el órgano, parecía comenzar a despertarse, como si latiera al ritmo de su corazón; a cada latido, se hacía un poco más grande, un poco más dura; no tardó en presentar una erección en toda regla; pero el muchacho seguía durmiendo; ella tuvo una ocurrencia, se dio media vuelta y sin soltar la polla, colocó sus nalgas frente a las caderas de él y comenzó a restregar el miembro en erección por entre sus piernas, por detrás, recorriendo arriba y abajo el canal que había entre sus glúteos. Casi sin darse cuenta, la cabeza del enorme miembro comenzó a introducirse entre sus muslos primero y en su vagina después; comenzó luego a empujar hacia atrás con sus nalgas y a abrirlas con sus manos, hasta que poco a poco se introdujo casi por completo; decidió entonces permanecer quieta, sintiendo la polla dentro de ella, dándole masajes con las rítmicas contracciones de su vagina. 221

De nuevo pudo sentir varios orgasmos y en uno de ellos, quedó sumida en un profundo y placentero sueño, que la llevó hasta la mañana, hasta que la despertó el sol que entraba a raudales por la ventana de su dormitorio. Se puso Cristina una bata, solo la bata sobre su piel, y fue a preparar un café en la cocina; el pitido de la cafetera, despertó a Ricardo, que también recogió su bata del suelo y se la colocó; le preguntó Cristina por lo que quería para desayunar; su respuesta fue que quería leche con cacao y azúcar. Después de que Cristina diera algunos sorbos a su café y de que Ricardo, tomara asiento en uno de los dos taburetes que había frente a la barra que separaba la cocina del pequeño salón. Al sentarse, se abrió la bata de Ricardo, que calló a lo largo de sus piernas, dejando al descubierto sus órganos sexuales; Cristina se quedó mirando la entrepierna del muchacho, su enorme polla en erección; se le acercó entonces, hasta dejar sus tetas frente a él, luego dejó que se abriera su bata, dejándolas al descubierto, frente a su rostro, enseguida se empleó en ellas el joven, tanto con la boca como con las manos; estas manipulaciones incrementaron su erección. Lo cogió de las manos, le quitó la bata y lo sentó en un amplio y gran sillón, sin brazos; luego, Cristina dejó caer su bata y se puso de pie en el asiento del sillón, colocando sus pies al lado de las caderas del

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muchacho, se agachó y agarró el miembro con su mano izquierda llevándolo hasta su vagina. Una vez estuvo la polla en su lugar, comenzó Cristina a hacer suaves sentadillas sobre ella, permitiendo que entrara y saliera, despacio, con suavidad; mientras Cristina se empleaba en esto, Ricardo, llevaba sus manos hora a las tetas, hora a las nalgas de la muchacha y disfrutaba del momento de forma ostensible. - Así Ricardo, fóllame, acaríciame, chupa mis tetas, agarra mis nalgas y mis piernas. - Siento mucho placer tita Cristina, creo que voy a morir de placer. - ¿Te gusta hijo? ¿Vendrás a dormir conmigo otro día? - Si quiere mi padre, vendré todos los días; de verdad que voy a morir de gusto, eres mi tita favorita. Terminó

Cristina

por

sentarse

sobre

las caderas de

Ricardo,

concentrando toda su voluntad, sobre las contracciones de su vagina y sobre las caricias que le dedicaba el muchacho; esto le hizo entrar en un orgasmo continuado, que no terminó hasta que la calida eyaculación del joven, llenó de calor el fondo de su vagina. Tardó unos minutos Cristina en tomar la decisión de apearse de las caderas de su macho; entonces, ambos tomaron una ducha y terminaron de vestirse, para poder salir a la calle; la mañana era fantástica, fría pero despejada y luminosa.

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Mientras caminaban por la acera de la concurrida avenida, Ricardo no soltaba la mano de su tía Cristina, jugaba con ella como lo hace un niño de ocho años; reía y la miraba con sus ojos infantiles y candorosos. Dejó Cristina al muchacho en casa de Remedios, ella se encargaría de devolverlo a su padre; cuando se despidió la muchacha, Ricardo le dio dos besos en las mejillas, le dijo a remedios que vendría a comer con ella el día siguiente, sobre las dos.

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EPÍLOGO

Las clases continuaban con su monótona cadencia y pronto llegaron los exámenes de junio; el calor se hacía ya dueño de la ciudad, pero las noches eran maravillosas; a Cristina le encantaba quedarse a estudiar en la enorme terraza del piso, del que había pasado a ser su casa; la suya y la de Pedro, aunque él venía poco por la ciudad. Ahora, durante la época de exámenes, la había relevado Pedro, de sus obligaciones sociales; de acompañarlo a los actos públicos y sociales a su trabajo de representación social, de acompañar a su marido. Los exámenes marchaban muy bien, la mayoría de asignaturas las había aprobado por parciales y no tenía que presentarse al final, aunque en alguna, lo hacía para mejorar nota. Con su amiga Remedios, mantenía una relación distendida, fructífera y placentera; le proporcionaba los mejores casos, los más interesantes; indudablemente le debía mucho; el asunto de su virginidad, lo resolvió muy satisfactoriamente, tanto que Pedro le pidió el certificado del mismo médico que le había hecho la intervención, resultó ser el 225

ginecólogo, amigo personal del alcalde; por lo que no hubo ningún problema, ni siquiera hizo falta que la revisara. En el pueblo todo marchaba muy bien y Pedro, se portaba muy bien con sus padres; una de las cosas con las que más disfrutaba Cristina, era con sus visitas a la finca “La Serrana”, donde montaba a caballo y disfrutaba de la extraordinaria fauna y flora en las fechas de vacaciones. También

se

ocupaba

Remedios de

satisfacer

sus necesidades

sexuales, por cierto, veía con cierta frecuencia a Ricardo, pero también a otros no menos interesantes. Todo aquello cambió tres años más tarde; cuando tras los exámenes de Junio, tomaron la decisión de que ya era hora de que Cristina tuviera un hijo, mediante inseminación artificial; cuando Cristina tuvo certeza de su embarazo, todo cambió y decidió dedicar su vida a su hijo y a su profesión, sin ninguna concesión a otras costumbres y placeres. Cuando le comunicó su decisión a su amiga Remedios, esta la aplaudió y se volcó con ella; cuando salía de su casa le dijo: - Sabes que siempre seré tu amiga y que aquí me tendrás, la vida suele hacerse muy larga, tú siempre me tendrás amiga Cristina, seré el consuelo de tu aburrimiento.

FIN

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