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Español Pages [300] Year 1936
DE LA 1» EDICION
LA LUCHA DE CLASES A TRAVES DE LA HISTO RIA DE MEXICO.
Por el Prof. Rafael Ramos Pedrueza
La revista “ LUX,” órgano cul tural y de combate del "Sindica to Mexicano de Electricistas/’ agrupación obrera de firme y lim pio historial socialista, inicia con esta obra una nueva actividad que está llamada a preatar incalcula bles beneficios a nuestras clases la borantes, cuya evolución dentro del terreno social, es ya un hecho in discutible. La sola enunciación del libro bastaría a hacerlo atractivo _a loe ojos de los trabajadores mexicanos ansiosos de una más sólida prepa ración intelectual en su lucha con tra la burguesía dominante, si a la bella promesa que encierra no se aunara la garantía de firma tan prestigiada como la del profesor RAFAEL RAMOS PEDRUEZA. cu ya recia personalidad es tan co nocida y admirada entre el prole tariado, por el acento de sinceri dad. de integridad y de altivez que imprime a todas sus obras, _de fran ca y Bevera ideología socialista. “ LA LUCHA DE CLASES A TRAVES DE LA HISTORIA DE MEXICO.” observada a través de un espíritu de rectilínea raigam bre revolucionaria y descrita con el estilo fluido al par que vigoroso que caracteriza a su autor, habrá de convertirse en breve plazo en el libro de texto de los trabajado res, de los oprimidos, a cuyas pági nas—fuentes puras de información acerca de los sácrificios del pue blo mexicano, a través de los im perios autóctotonos, de los conquis tadores hispánicos, de las invasio nes y atropellos de extranjeros ambiciosos y de la dominación de los burgueses de dentro y de fue ra—deberán acudir cada vez que necesiten saturar su ánimo de ener gía para proseguir su lucha perenne hasta sacudir el yugo que los opri me y alcanzar la meta de sus jus tas aspiraciones. El éxito de esta obra —asegura do de antemano — constituirá el timbre de gloria más preciado pa ra nuestru Sindicato que emplea sus recursos en dar vida a una Editorial; es decir, a una fuente de ilustración y progreso para el pueblo, fincando su porvenir en la Escuela, el Libro y el Periódico, a diferencia de otras organizaciones sindicalistas que han perecido sin dejar rastro«, por haber desdeñado medio* de lucha tan poderosos.
LA LUCHA DE CLASES A TRAVES DE LA HISTORIA DE MEXICO
OBRAS DEL MISMO AUTOR Sugerencias Revolucionarias para la
Enseñanza
de la Historia. Estudios Históricos, Sociales y Literarios. La Estrella Roja. Crímenes de los Imperialismos. Emiliano Zapata y el Agrarismo Nacional. José M . Morelos y Pavón, Precursor del Socialis mo en México. (Todas agotadas.)
EN P R E P A R A C I O N Javier Mina, Representativo de la Lucha Clasista en Europa y América. La Estrella R oja. (Segunda edición, con nuevos e importantes datos.) La Estrangulación Capitalista en Europa y Améri ca. (Crónicas de viajes.)
Rafael Ramos Pedrueza
L A LUI DE L A
HISTORIA DE M EXICO
ENSAYO
MARXISTA
SEGUNDA EDICION CORREGIDA y AUMENTADA.
TOMO I
MEXICO, MCMXXXVI
Propiedad asegurada conforme a la ley
'talleres
Gráfircm
«is ts
M nclón.— M éxico.— J.BS3
A los Maestros y Estudiantes Antiimperialistas. Rafael Ramos Pedrueza.
LA SECRETARIA DE EDUCA CION PUBLICA ACORDE CON SU PROGRAMA DE PRODIGAR CULTURA CLASISTA PROLETA RIA A LAS MASAS PRODUC TORAS INTEGRANTES D E L PUEBLO MEXICANO. ORDENO LA SEGUNDA EDICION DE “ LA LUCHA DE CLASES A TRAVES DE LA HISTORIA DE MEXICO ” DEL CONOCIDO EDUCADOR RAFAEL RAMOS PEDRUEZA —25,000 EJEMPLARES— CO RREGIDA Y AUMENTADA POR SU AUTOR, QUIEN INSERTA DOCUMENTOS TRASCENDEN TALES PARA EL DESARROLLO DEL NACIONALISMO REVOLU CIONARIO, CON LA CERTIDUMB R E D E SATISFACER L A S MULTIPLES DEMANDAS QUE PARA ADQUIRIRLA HAN HE CHO MAESTROS DE DIVERSOS LUGARES DE LA REPUBLICA Y ALENTAR LA FECUNDA LA BOR DEL PRESTIGIADO PRE CURSOR DE LA ESCUELA SO CIALISTA EN MEXICO.
OPINIONES SOBRE LA PRIMERA EDICION Sociedad de Relaciones Culturales entre }a Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas y el Extranjero (YO ES). Moscú, 17 de octubre de 1935. .. .En cuanto a su libro “La Lucha de Clases a Través de la Historia de México,” lo hemos mostra do a varios de nuestros historiadores, quienes lo encontraron sumamente interesante, apreciando, so bre todo, la tentativa de mostrar la Historia de Mé xico, desde el punto de vista marxista, y esperan que usted continuará este trabajo tan valioso.— E. Pokhitonod— Jefe de la Primera Sección Occidental.
Miramar par Théoule. Alpes Maritimes. Junio 9 de 1934. Mi querido camarada y amigo: Recibí su libro y, antes de concluir la lectura, tengo que agradecerle haberme enviado este ejem plar y también felicitarlo porque me es fácil ver que las nobles ideas expresadas en este libro, son las que animan la noble causa de los verdaderos revolucio narios. Es bajo el signo de estas ideas que los dos servimos, que estrecho amistosamente sus manos. — Suyo. Henri Barltusse.
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Leningrado. Unión Soviética, 10 de mayo de 1935. ...E ncontré su libro tan interesante, que lo separé en partes y ordené su traducción al ruso por los estudiantes más aventajados en español, para que esta traducción pueda ser empleada como manual suplementario en nuestro Instituto.—Pro fesor Simón Shamsonov.
Correspondencia particular del Director Gene ral de Educación. Jalapa, Ver., Méx., 5 de agosto de 1934. . . . “La Lucha de Clases a través de la Historia de México,” la lie leído con detenimiento, me lia he cho meditar, ha presentado a mi criterio el panora ma real del desenvolvimiento de México; la juzgo una obra de altos y verdaderos quilates, la primera que de un modo conexo y basándose en el materialis mo histórico, estudia el proceso de nuestro país.— Profesor Gabriel Lucio. México, noviembre 5 de 1935. . . . U n ensayo, en efecto, es su libro y en sus aciertos y en sus insuficiencias, señala un camino para este género de investigaciones, que conocido para muchos, no ha sido hasta ahora, que yo sepa, sistemáticamente aplicado, por nadie entre nosotros. De este ensayo, abrigo una segura convicción, puede
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nacer una maciza interpretación económica de la historia mexicana, que es de esperarse sea muy pron to emprendida.— Enrique González Aparicio. . . . Por eso el trabajo de llamos Pedrueza ha tenido que afrontar enormes obstáculos que no pue den superarse de un golpe. Pero el esfuerzo realiza do para abrir el nuevo camino, con ánimo esforzado, con sinceridad y entusiasmo, debe recibir la recom pensa que merece. Con trabajos como el de Ramos Pedrueza, se abre un nuevo ciclo en nuestra histo ria.—Alfonso Teja Zabre. Mazatlán, a 10 de agosto de 1935. . . . Su libro “ La Lucha de Clases” ha sido nuestro guía en la cátedra de Historia que doy en la Escuela Normal de este Puerto. Los resultados que obtuve durante el año escolar 1934-1935, fueron positivos para la formación de conciencia de clase y antimperialista entre mis alumnos, que lo son los maestros de las Escuelas locales, quienes siguen un curso en la Normal.—Eduardo Vargas Sánchez. “ Ruta.” — Diciembre de 1934.—Por José Hancisidor. . . . Se impone reconocer que Ramos Pedrueza es el primer historiador mexicano que se traza la difícil tarea de canalizar nuevos rumbos en la obser vación y crítica de los hechos históricos en nuestro país. Aunque algunas fallas surgen en su obra, no
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empañan su valor real. Valor que radica esencial mente en la clarificación de ciertos hechos históri cos y en la ruta que marca esta nueva aportación del autor de “ Estrella Roja,” cuyo esfuerzo ningún historiador podrá ignorar en lo futuro.
“ Unificación Ferroviaria.” México, junio, 1934. —Por José María Benítez. . . . “ La Lucha de Clases a Través de la Historia de México,” es un libro que no tiene antecedentes en nuestro medio, ni por su tendencia proletaria, ni por la valentía con que está escrito, ni por la exhibi ción brutal y descarnada que ofrece de las pugnas entre poderosos y oprimidos. Es una voz potente, sólidamente preparada, largamente ejercitada en los mítines obreros, en las conferencias revolucionarias, en las conversaciones siempre rápidas y centellan tes contra los opresores de todas las latitudes. Hay que alabar algo más en el fuerte escritor: su tesón, su voluntad puesta en forma desinteresada al servi cio de la causa de los oprimidos.
“ El Nacional.” 27 de junio de 1934. . . . Es admirable en este libro, ver cómo sin faltar los datos necesarios para la comprensión del problema social que se expone, se logra sortear há bilmente el peligro de caer en un cúmulo de datos
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cansados. El prestigio del autor, de sobra conocido entre los trabajadores por su acento de sinceridad, en un sello de garantía para el lector. “ El Universal.” Octubre 3 de 1934. .. .Aparte de los méritos intrínsecos, en el tra bajo del señor Profesor Ramos Pedrueza, concurren motivos que lo imponen a la simpatía del público proletario, a quien especialmente está dedicado; constituye una de las todavía escasas realizaciones de interpretación materialista de la Historia de México. “ Universal Hustrado.” 7 de febrero de 1935.— Por Alejandro Aragón. . . .El Profesor Ramos Pedrueza logró llegar al fin que se proponía: hacer de su libro un mensaje que lie rara a la conciencia de las masas proletarias, la luz de que por mncho tiempo quiso privárseles. El Profesor Ramos Pedrueza ha sabido mantenerse dentro de la verdad histórica —que le ha valido ga narse tantos adeptos y discípulos que lo admiran— la cual expresa siempre, con una valentía propia de quien sabe que no puede ser desmentido. “ Crisol.” Noviembre de 1934.—Por Leopoldo Ramos. . . .U n centenar de valiosas deducciones de ca rácter económico, imprimen hondo interés a esta
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obra, queremos pues recomendarla al proletariado nacional. El obrero debe leerla atentamente; podrá explicarse, así, más de una de las incógnitas del pasado y adquirir, por lo mismo, la destreza inte lectual necesaria para penetrar en el móvil íntimo de los acontecimientos del presente. En suma: una obra buena, fuerte y generosa.
“ Revista de Revistas.” 8 de julio de 1934.—Por Antonio Acevedo Escobedo. . . . Se debe al Profesor Rafael Ramos Pedrueza, firme espíritu revolucionario, una contribución muy interesante para fijar el origen y desarrollo del pro letariado nacional: es su libro “La Lucha de Clases a Través de la Historia de México” . . . A través de la sencilla exposición que de todos los anteriores as pectos sociales se hace en el libro, se deja ver el alcance del esfuerzo interpretativo realizado por el autor. Ramos Pedrueza, con modestia, asegura que el trabajo es deficiente y apenas servirá de guía en las más intrincadas caminatas que emprendan otros historiadores marxistas. Exagera; porque ya es bas tante que él haya transitado solo, con garbosa ac titud, un camino que nadie antes que él recorrió con aliento paralelo.
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“ New York Times.” Septiembre 6 de 1934. LA LITERATURA MEXICANA MARCA EL PASO
Por Maurice Ealperín. ...E n tre los libros más destacados que ban aparecido recientemente en México, figura “ La Lu cha de Clases a Través de la Historia de México,” por Rafael Ramos Pedrueza. Aunque no es un estu dio de gran extensión, sin embargo, constituye una excelente introducción a un objetivo descuidado por mucho tiempo — no obstante su grande importan cia— para una comprensión profunda de la Historia Mexicana. “ Gaceta de Literatura.” Agosto 10 de 1934. .. , “ La Lucha de Clases a Través de la Historia de México,” es un libro modesto, cuya misión será debidamente comprendida por las clases trabajado ras a las cuales está dirigido con la sinceridad de que es capaz su autor, un miembro de las falanges proletarias, cuya actuación apostólica y orientado ra es ya proverbial.
preliminar
La Importancia de los estudios históricos aumen ta a medida que los problemas económicos y socia les se hacen más numerosos, profundos y compli cados, al relacionarse los acontecimientos pretéritos con los actuales y futuros, comprobándose que la historia es el fundamento de la sociología y su co nocimiento el medio más adecuado para orientación de criterios y vocaciones, constituyendo, además, el prólogo de las ciencias jurídicas y sociales y estí mulo eficiente de facultades artísticas y literarias. El método del materialismo histórico conquista creciente y sólido prestigio, porque es el único ca paz de auscultar y exhibir profundas raíces de he chos pasados, demostrando que el factor más tras cendente para el proceso de la historia, es el eco nómico, estructura de toda sociedad, en torno del que, otros: jurídico, religioso, filosófico, artístico, etcétera, constituyen las superestructuras. Sólo este método da a la historia carácter de ciencia po sitiva, comprobando la teoría de la lucha de clases, manantial de fuerza revolucionaria. Profundos pensadores contemporáneos afirman que la única interpretación científica de la historia,
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es su interpretación materialista. El brillante histo riógrafo, M. Pocrovski, llega a sostener qne la his toria, así construida, pertenece a las ciencias natu rales, haciendo audaz y original paralelo entre la arqueología y la paleontología. El método del materialismo histórico es aceptado y sostenido actualmente no sólo por los marxistas y adictos al socialismo científico, sino por muchos ilustres profesores de diversas Universidades, quie nes afirman que el factor económico es el primor dial para la explicación científica y racional de la Historia. (Edwin R. A. Seligman de la Universidad de Oviedo, José M. Sampere, doctor en Derecho, Harold J. Lasky, de la Escuela de Economía de Londres.) La enseñanza de la historia, aplicando métodos burgueses, creadores de falsedades y apariencias con finalidades hipócritas en favor de la clase explota dora, es un lastre para la emancipación económi ca de las masas productoras; un error de tremen das consecuencias para la infancia y la juventud, a quienes destina a ser arrolladas por el oleaje pro letario, ascendente y formidable; un crimen, porque obstrucciona y retarda la inevitable y justa Revo lución Social. La enseñanza de la historia —basa da en su interpretación económica materialista— capacita a jóvenes y adultos para el cumplimiento de su misión social emancipadora. En los países coloniales y semicoloniales —México entre los úl-
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timos—, la primera finalidad que debe perseguirse, es el desarrollo de la conciencia an{imperialista. Este trabajo es deficiente; no hay materiai co pioso en México, de investigación sobre la lucha de clases. Es esfuerzo intenso y embrión de futuros es tudios que indudablemente habrán de elaborar his toriógrafos marxistas. En él, se intentan presentar los episodios más trascendentes de nuestra histo ria, consumados a través de la lucha de clases. Las masas, verdaderas creadoras de la historia y de la producción, actúan en primer término, aparecien do, en segundo, los hombres, representativos de aquéllas, exhibiéndose acciones militares, únicamen te para complementar el conjunto de la construc ción histórica. No afirma “ Imparcialidad.” El historiador es re presentativo de su clase social; defiende sus inte reses, franca o indirectamente. Este estudio se iden tifica con la clase productora. Es un eco de la voz proletaria —requisitoria—, contra su explotación.
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O R G A N IZ A C IO N
DEL
TR A B A JO
EN
LA EPOCA PREH ISPAN ICA.— C AR ACTER M A T E R IA L IS T A
DE
LA
C O N Q U IS T A
E S P A Ñ O L A .— E S T R U C T U R A CO LO N IAL
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CAPITULO I El medio geográfico guarda estrecha relación con el desarrollo histórico. Las migraciones que tuvieron lugar en el dilatado territorio llamado después de la conquista, .Nueva España, obedecieron princi palmente a la necesidad de alimentación de sus di versos pobladores. El estudio del etnólogo Miguel O. de Mendizábal, “ Influencia de la Sal en la Distribución Geo gráfica de los Grupos Indígenas de México,” de muestra la importancia que las salinas prehispá nicas tuvieron para la formación de pequeños y nu merosos señoríos. En la obra del mismo autor, “ Ensayos Sobre las Civilizaciones Aborígenes Ame ricanas,” se expone la lucha entre dos vigorosas ramas del tronco indígena, Náhoas y Olmecas, pro vocada y sostenida por factores económicos, termi nando con la destrucción del imperio tolteca. En la época prehispánica, los trabajadores que poblaron aquel territorio estaban agremiados, pero no como en la Edad Media, con cierto carácter de re sistencia a la explotación feudal, sino para disci plinar la producción, agrupándose por oficios y pro-
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fesiones (canteros, talabarteros, carpinteros, fa bricantes de mosaicos de pluma, tejedores, orfebres). La gran masa realizaba pesadas labores. Los tamemes “ cargadores,” “ macehuales,” peones y los esclavos —cuyo nivel de vida era semejante—, ha cían veces de bestias de carga y de tiro, transpor tando fardos y cultivando tierras. Todos los traba jadores contribuían al enriquecimiento y esplendor de las clases privilegiadas: el rey, la corte, los seño res integrantes de la nobleza superior. La inferior se componía de comerciantes. El rey era el propietario de las tierras y entrega ba parte de ellas a los nobles, sacerdotes y guerre ros. Grandes extensiones territoriales, reservábanse para los privilegiados, sin embargo de ser su núme ro muy reducido en relación a las grandes multitu des productoras. A los peones, cargadores y esclavos, ge entregaban tierras, llamadas calpulli y calpullalli, pequeñas en relación a las de la nobleza, por lo que tenían que alimentarse con extrema sobriedad y vi vir pobremente. Sin embargo, los esclavos en Amé rica, llevaban una existencia mucho menos dolorosa que en el viejo mundo, pues se les trataba pa triarcalmente y poseían una raquítica parcela y una choza. El amo que torturaba o asesinaba a su esclavo, era castigado con gran severidad. Es interesante evocar que la producción —espe cialmente bajo los decretos de Netzahualcóyotl— estuvo perfectamente organizada, consignándose lo* derechos y obligaciones de los trabajadores, ocupan
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do según sus profesiones y ofieios, barrios en la culta ciudad de Texcoco llamada “ La Atenas de Anáhuac.” Recordemos que el maguey para los pue blos del centro de México equivalió a la palmera en el antiguo Egipto. Inmenso número de trabajadores vivía de esa industria: de las púas hacían agujas; de la planta, papel —el mejor asemejábase al papi ro— ; de las fibras, hilo. Utilizábanse las pencas pa ra construcción de habitaciones, y la concavidad cen tral para recoger y conservar agua. Las artes supe riores alcanzaron tal perfección que muchos histo riógrafos las conceptúan más interesantes que las europeas, particularmente la orfebrería, cuyos ar tículos de oro y piedras preciosas constituían exqui sitos adornos de reyes, príncipes y primera nobleza, representando mariposas, pájaros y fieras, muchos de ellos destinados a juguetes magníficos, de movi miento, gracias a ingeniosos mecanismos, para re creo de niños privilegiados. En la obra “ México. Su Evolución Social.” Tomo II, página 56, se dice: “Pa rece innegable que eran hábiles los indígenas orfe bres, y por lo mismo es de lamentar que, en 1527, prohibiera el Emperador el ejercicio en México de tan hermoso arte. Con razón exclama el continuador y comentador del padre Cavo, al mencionar la mal aconsejada disposición de esa Cédula real: (Por esta bárbara providencia se acabaron aquellos sa bios plateros que fundían de un golpe un pez, con una escama de oro y otra de plata.)” Los teji dos, particularmente de algodón, causaron la ad-
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miración de ios españoles: mantos soberbios, pin tados y bordados de hilos de oro, pedrería y finísi mas plumas. Las sandalias —cactlis— de los señores eran de láminas de oro y correas bordadas de hilos de ese metal y piedras preciosas. Joyas, penachos, insignias, muebles, decoraciones, tapices y tronos, fueron objeto de vehemente admiración. Los mosai cos de plumas con apariencias de pinturas de vivos colores, representaban una paciencia extraordina ria. Frecuentemente un artífice dedicaba un día en tero estudiando dónde debía colocar la pluma. Todos esos primores eran gozados exclusivamente por las clases privilegiadas. Sus productores rara vez los poseían. La población muy numerosa y aglomerada en grandes ciudades y fértiles campos, se dividía en cuatro grandes clases: primera, reyes y nobleza su perior, integrada por los más altos jefes de los sa cerdotes y de los guerreros y los funcionarios de mayor jerarquía. Segunda: señores secundarios. Sa cerdotes y guerreros de jerarquía inferior y comer ciantes. El jefe de éstos —Pochteca— tocaba los lí mites entre las noblezas superior e inferior. Terce ra. Artífices y artesanos. Productores técnicos que realizaban personalmente o dirigían la fabricación de artículos bellos y útiles. Cuarta. Tamemes, macehuales y esclavos, destinados al transporte de pe sados bultos, al cultivo de la tierra y a rudas fae nas. Había esclavos por voluntad, vendiéndose a sus amos, temporal o definitivamente, a condición
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de qne los libraran de la miseria. Por castigo, va riando el tiempo hasta ser vitalicio. Por guerra, los prisioneros de combate. La propiedad, privada y colectiva, se vigilaba efi cazmente, castigándose el robo con gran severidad; pero nunca se consideraron ladrones a quienes, aco sados por el hambre, tomaban algunas mazorcas o puñados de frijol para aplacarla. En las ordenan zas de Netzahualcóyotl, se prevenía que “ los inten dentes no se sentaran a su mesa hasta que los traba jadores carentes de labor lo hicieran.” El rey fué el primero en dar ejemplo, estando acompañado (a la hora de comer) de numerosas personas sin tra bajo. Los terrenos que no se cultivaban durante dos años, pasaban a ser propiedad colectiva, a con dición de sembrarse. El carácter materialista de la empresa conquis tadora y colonizadora, patrocinada por las monar quías española y portuguesa, se comprueba por sus antecedentes, descubrimientos y exploraciones, generados por sed insaciable de oro y poderío. Co lón inquietó, por sus enormes ambiciones, al Bey de Portugal don Juan II, quien esquivó la alianza con el genial aventurero, temeroso de tener que amen guar la opulencia de su trono, por la participación que aquél exigía de la Corona al realizar su pro yecto de marchar hacia el Oeste, retornando por el Oriente, para llegar por mar a las tierras asiáti cas. Colón, fascinado por el espejismo de montañas de oro y vida esplendorosa, habló siempre de cargos
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de Virrey y Almirante de las tierras y mares que descubriese, vinculados a su descendencia, y de sus derechos a la décima parte de las rentas de esas tierras y a la octava parte del producto del comer cio. El descubridor de las Américas, de inteligen cia deslumbradora y voluntad inquebrantable, fué el precursor de los feroces conquistadores; el pri mer hombre blanco que ordenó torturas y asesina tos de indios; el representativo de una clase social europea, tan audaz y valerosa, como avara y cruel; clase integrada por aventureros sin escrúpulos y traficantes afiebrados por ansia de oro y gloria. La iglesia apoyó el apoderamiento de islas, tierra firme y riquezas en favor de los monarcas de Espa ña y Portugal. El Papa Alejandro VI, concedió a España las islas y tierra firme que se descubriesen en el océano occidental, invistiendo a la Corona de Castilla de un derecho sobre vastas regiones des conocidas. Igual concesión se había hecho a la Co rona de Portugal, y para armonizar ambos dere chos, el Papa, por bula de 4 de mayo de 1493, ima ginó una línea de polo a polo, a la distancia de cien leguas al Oeste de las islas Azores, concediendo a la Corona de Portugal todo lo que estaba al Oriente de dicha línea, y a España todas las naciones infieles, al Poniente de la misma; pero después de graves discusiones, se acordó por las dos Coronas cam biar la línea alejandrina, fijando el límite en el meridiano que se trazara a 360 leguas al Occidente de las islas de Cabo Verde.
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A la llegada de los conquistadores hispánicos, las dos clases superiores se aliaron a ellos, con la espe ranza de conservar sus riquezas y vida suntuosa. Las otras clases fueron arrastradas a esa alianza por obediencia tradicional y sugestión religiosa. Re cuérdense los pactos del cacique y de la nobleza totonacas y del Senado de Tlaxcala con Hernán Cortés. Recuérdese también la servil actitud de Moctezu ma Segundo y de su corte, durante los 8 meses que permanecieron los españoles en Tenoclititlán. Las clases productoras, con el valor que da el sufrimien to y con el ímpetu de quienes nada tienen que perder, fueron a la lucha contra los blancos, seguros de que los aliados se convertirían en esclavos. Algu nos heroicos representativos de las masas, expia ron en la tortura y en el cadalso su convicción polí tica: Xicoténcatl, Coanacoch, Cuauhtémoc. Los conquistadores aprovecharon con admirable acierto la situación de estos pueblos y la lucha de clases, no armada, pero sí existente dentro de su es tructura social. Afirman algunos historiadores que el millar de españoles se vió reforzado por trescien tos mil guerreros indígenas, aliados, sin cuya ayu da la conquista hubiera sido imposible. El impe rio azteca cavó su propia tumba; la explotación de todos los pueblos que lo integraron encontró una revancha al reforzar a sus enemigos, los guerreros blancos. El imperio azteca se desintegró al choque de los oprimidos transformados en vengadores, bajo la dirección de los capitanes españoles.
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El extraordinario Injo de los grandes señores az tecas, contrastaba con la vida miserable de los pue blos conquistados. La política de Cortés, ofreciendo liberación, tuvo un éxito absoluto. Resistieron sola mente las masas que formaban la triple alianza (México, Acolhuacán y Tlacopan), fortificadas por el ejemplo y las fuertes personalidades de sus repre sentativos. Sostienen los historiadores reaccionarios que el fin de la conquista española en América fué la difu sión del cristianismo. Investigaciones basadas en la interpretación económica de la historia, comprueban que la verdadera finalidad fué materialista: pose sión de oro, plata, piedras preciosas, joyas, minas, riquezas que pudieran adquirirse en poco tiempo, transformando a los aventureros en grandes seño res. Esa interpretación histórica, comprueba tam bién que la propaganda religiosa no fué un fin, sino un medio, para la adquisición y conservación de opulentos bienes materiales. La tendencia religiosa fué siempre inculcar la resignación y la obediencia, enervando a las masas para impedir toda rebeldía a la inicua explotación colonial. Los aventureros no venían a conquistar —se pregonaba— , sino a propagar generosamente la fe católica, y a realizar la conversión de los indígenas. Hacían intimaciones en cada pueblo de que tomaban posesión, notifi cando a los nativos, en castellano, que no enten dían, y a distancia en que no podían oír, que debían sujetarse al Rey de las Españas y al Papa, sucesor
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de Ban Pedro, quien donó las Indias a la Corona. La menor resistencia era castigada con tormentos y muerte. Nicolás de Ovando, que gobernaba la is la Española “ eristianísiinamente,” en concepto de Gomara, pacificó la provincia de Jaragua “ con que mar 40 indios principales, y ahorcar al cacique Cuaorocuya, y a su tía Anacoana,” propagando así la religión católica. Las simples apariencias de re pugnancia a la nueva religión, eran castigadas con inaudita ferocidad, arrojándose a niños a los mas tines, y sujetándose en los troncos de los árboles, con herraduras y clavos, a hombres y mujeres, que allí quedaban abandonados para escarmiento. Carlos Pereyra, en su obra “Lecturas Históricas Mexicanas. La conquista del Anáhuac,” página 57, dice: “ Su inconsciencia no les permitía recelar cuando llegaron los blancos. Antes de 20 años, casi habían desapareció o.’’ El comentario se refiere a las numerosas islas antillanas en donde la pobla ción indígena, que era muy copiosa, fué aniquilada y substituida por negros de ambos sexos, compra dos en Africa, en calidad de esclavos, para repoblar y realizar faenas agotadoras. Las doncellas obsequiadas a los castellanos, por los caciques, y violadas frecuentemente por aqué llos, eran antes bautizadas, y cumplido el requisito cristiano, se realizaba el amancebamiento. Es cierto que hubo algunos frailes piadosos y justicieros, como Las Casas; pero constituyeron excepciones, que confirman la generalidad. El poa> L. O.— «.
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tulado “ La religión es el opio del pueblo,” fra se demoledora de Carlos Marx, se comprueba en la Historia de América, porque el veneno admi nistrado en dosis enormes, produjo efectos tan terribles, que se palpan todavía. El cristianismo empeoró la situación de los nativos. Las armas ofensivas y defensivas de hierro y fuego de los con quistadores, superiorísimas a las usadas por los pri meros — edad de piedra—, no detuvieron su obra destructora, por la doctrina cristiana. Los caballos, desconocidos en América, no evitaron que los in dígenas realizaran faenas de bestias de carga; ga loparon sobre cuerpos cobrizos, constelados de san gre, aplastando pechos y cráneos con sus cascos. (En el bien documentado Estudio Histórico-Jurí dico, “ Los Intereses Particulares en la Conquista de la Nueva España” de Silvio A. Zavala, Pag. 7, aparecen dos pequeños párrafos que simbolizan el carácter de la conquista hispánica: “ No basta de cir que la finalidad era expedicionar sobre el Con tinente, porque había varios géneros de expedicio nes. La que analizamos se proponía rescatar oro, o sea trocar con los naturales de los países que se visitaran, oro por cuentecillas de vidrio y otros objetos de poco valor. La ganancia se persigue, pues, a través de una permuta ventajosa. Otras empresas se organizaban para fundar poblaciones en las tie rras descubiertas, y las había también muy frecuen tes para saltear indios, o sea un merodeo más o
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menos legal para apresar esclavos que se vendían para el trabajo de las Islas.” ) El Tribunal del Santo Oficio no tuvo jurisdic ción sobre los indígenas, porque no poseyeron bie nes que pudiesen ser confiscados. La Inquisición fué un organismo político, con posibilidades de acumulamiento de grandes riquezas. Sus víctimas fue ron especialmente propietarios de opulentas fortu ñas, y pensadores audaces, calificados de “ peligro sos,” por sus doctrinas. Bajo la apariencia de celo religioso, la verdade ra finalidad de esa institución, fué un terrible do minio de la realeza, en España y sus colonias. Frecuentemente encontramos la palabra “ Epope ya”' aplicada a la piratería, consumada en gran es cala por los conquistadores. La literatura reaccio naria la prodiga para glorificar a Cortés, a Pizarro y otros asesinos y ladrones. Los investigadores y profesores de historia, socialistas, debemos oponer nos enérgicamente a que se califiquen de héroes a los aventureros y verdugos de hombres, mujeres y niños inermes. Este cargo no lo hacemos al pueblo hispano, integrado por grandes masas de trabajado res, quienes con su esfuerzo, sudor y sangre reali zaron la producción española, sosteniendo —en compañía de los pueblos coloniales, sus hermanos en el dolor de la explotación— el lujo de reyes, nobles y gentiles hombres, minoría parasitaria, que en España como en sus colonias, gravitó sobre inmen sas multitudes laboriosas, Ninguna responsabilidad
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tuvo el oprimido pueblo español en crímenes mons truosos del millar y medio de malhechores, audaces y brutales, autores de la piratería conquistadora. Ninguna ventaja obtuvo el pueblo español —explo tado siempre por reyes y príncipes del Estado y de la Iglesia—, de los tesoros arrancados por la conquista, y la gigantesca explotación que consti tuyó el coloniaje. Antes y después de esa conquista, padeció hambres, miserias y todas las torturas in herentes al feudalismo, que en España se prolongó hasta el siglo X V II, y cuyas fuertes raigambres perduran todavía. Nuestro ataque va directo a los bandoleros san guinarios; a la realeza y a la nobleza, ciegas y sor das a las heridas y alaridos de los pueblos martiri zados, a los grandes comerciantes, radicados en la Península Ibérica, particularmente en Sevilla y Cá diz y a los residentes en la Nueva España, avaros insaciables que amasaron enormes fortunas con su dores, lágrimas y sangre de indios, negros y mes tizos. Los cronistas españoles —testigos oculares en su mayoría— sólidamente documentados, condenan con vehemente severidad la codicia y perfidia de los conquistadores y de sus descendientes. El libro “ Carácter de la Conquista Española en América y en México, según los Textos de los Escritores Pri mitivos,” por Genaro García, consigna lo siguiente: “ No hay para qué decir (escribe Alonso de Zurita), la multitud que se ha copsumido y se consume, lie»
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vándolos cargados a las conquistas y entradas, y otros para servicio de la gente de guerra, sacándo los por fuerza de su natural, y apartándolos de sus mujeres e hijos, deudos y parientes, y de ellos vol vían muy pocos o ninguno, porque todos perecían allá o por ios caminos, o en llegando a sus casas; y yo oía a muchos españoles decir en el Nuevo Reino de Granada que de allí a la gobernación de Popoyán no se podría errar el camino, porque los huesos de hombres muertos los encaminaban; y están en los caminos unas aves que en cayendo el indio les sacan los ojos, lo matan y se lo comen; y aconteció que indias que iban cargadas mataban a las criaturas que llevaban a los pechos y decían que no podían con ellas y con la carga, y que no querían que finie sen sus hijos a pasar el trabajo que ellas pasaban. Y en Guatemala oí decir a un procurador de aquella Audiencia, que siendo soldado, yendo a una entra da o conquista, vió que atravesando una ciénaga o pantano se le cayó a un soldado español la daga y se le hundió en la ciénaga, y como no la podía ha llar, acertó a llegar una india con su carga y una criatura a los pechos, y le tomó la criatura y echóla en el lugar donde se le cayó la daga, porque era ya de noche y la dejó allí plantada ; y al otro día volvió a buscar su daga y decía que había dejado a la criatura por señal. Y no hay para qué decir cómo los llevaban en colleras, y el tratamiento que les hacían por todo el camino y cómo en cansándose el indio o la india con la carga, les cortaban la ca
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beza por no pararse a desensartar la cadena y re partían la carga en los demás.” Decía el bachiller Luis Sánchez: “ Todos cuantos pasamos a las Indias vamos con intención de volver a España muy ricos, lo cual es imposible, pues de acá no llevamos nada y allá holgamos sino a costa de sudor y sangre de los indios.” Manifestaba por su parte el Oidor Salmerón: “ Es imposible imagi nar la avaricia, el desorden y la pereza de los espa ñoles . . . Si tienen repartimientos, no piensan sino en sacar de éstos el mayor partido posible, sin preo cuparse absolutamente del bienestar o de la instruc ción de los indios. Si no los tienen, vienen desver gonzadamente a pedirnos con qué v iv ir ...” “ Como los españoles en aquel tiempo se veían señores de una tan extendida tierra, poblada de gente innume rable y toda ella sujeta y obediente a lo que les qui sieren mandar, vivían a rienda suelta, cada uno co mo quería y se le antojaba, ejercitándose en todo género de vicios. Y trataban a los indios con tanta aspereza y crueldad que no bastaría papel ni tiempo para contar las vejaciones que en particular les ha cían.” “ Aunque los indios tuvieren antiguamente esclavos... les trataban como a parientes y vasallos; los españoles les trataban como a perros.” Podemos juzgar más exactos a los dominicos residentes en la Española, que dijeron años antes: “ Eran tenidos los perros por los españoles en harta más estima que no los indios, y más vallan.” El padre Motolinía di ce: “ Los españoles estimaban a los naturales en menos que a bestias.” Fray Juan de Zumárraga es
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cribe que “ en la provincia (Michoacán), despue blan sus pueblos y casas y han resuelto (los indios) que se vayan a los montes y ninguno tenga partici pación con su mujer, por no hacer generación que a sus ojos hagan esclavos y se los lleven fuera de su naturaleza.” “ Muchos miles de indios se mataron voluntariamente.” “ ¿Qué han de hacer los indios si ven que hay (preguntaba Mendieta) salteadores asalariados de los ganaderos y estancieros, a tres cientos pesos por año, que les roban y cautivan sus hijos pequeños e hijas llegando a boca de noche a sus pueblos para cogerlos descuidados y con un achaque los llaman y cogen y ponen sobre sus caba llos y los transportan muy lejos de allí, para que no atinen a volverse y saben que ninguno de éstos por ello ha sido castigado?” Manifestaban a la Emperatriz en 1531 los Oi dores de México que “ de esta suerte Ñuño de Guzmán había hecho perecer a quince mil indios de carga de esta Ciudad y de las cercanías.” Con toda precisión Gil González Dávila, aludien do a la Iglesia de México, manifestaba: “ En su tiempo, desde el año de 1524 hasta 1539 bautizaron los religiosos dominicos y franciscanos en México y sus contornos, 10 millones quinientos mil indios,” lo que comprueba su populosidad. Pa semos ahora a estudiar la despoblación que produjo en Anáhuac la conquista. “ Dejamos establecido en el libro segundo cómo Cortés empezó desde Potonchán la matanza de los naturales y cómo desde Tlaxcala llevó sus guerras
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a sangre y fuego, talando de raíz poblaciones ente ras —“ y les quemé (nos manifiesta al referirse a unas cuantas horas de devastación) más de diez pueblos, en los que hubo pueblos de más de tres mil casas.” “ No de otra manera acabó la principal provincia de Nueva España, la gran Tenochtitlán.” “ Todos sus habitantes (escribe Dorantes de Carran za), los acabó la guerra, como acabaron en las Islas de Santo Domingo, millón y medio de indios.” “ Aquellas guerras de exterminio, las hambres y pestes que ocasionaban y principalmente la crueldad cada vez más inhumana con que los españoles conti nuaron tratando a los indígenas, fueron causa de que muy pocos años después de la conquista, hubie sen perecido más de dos millones de indios en la Nueva España.,> (Documentos de América, tomo X I, jíágina 245.) En una relación de 1579 sobre la provincia de Tabasco consta lo siguiente: “ Tiene esta provincia de Tabasco tres mil indios escasos; han venido a mucha disminución desde su pacificación por haber sido poblada de más de treinta mil indios.” Otro tanto pasó en Otzolotepec, “ siendo 30,000 los vecinos que en él había cuando entró el Marqués del Valle, ahora se hallan sólo ochocientos tributa rios.” (Tomo IX, página 225, Documentos de Amé rica.) En 1552 escribían varios religiosos a la monar quía española acerca del nuevo reino de Galicia: “ Y cuanto a los servicios personales de pueblos y esclavos y naborías e indios de carga, es tanta la
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disolución y desorden que. . . tenemos por cierto, como por experiencia liemos visto, se acabarán los indios, que quedan como en muchos valles y provin cias donde solía haber mucho número de pueblos y gente, está ya todo destruido; lo cual no se puede dejar de sentir sin gran dolor y lágrimas.” Cartas de Indias, página 109. Corrieron los años, y la destrucción de los natu rales no cesó; poco tiempo después de escrita la carta que acabamos de citar escribía Alonso de Zu rita acerca de la Nueva España en general: “ No hay la tercia parte de la gente que había.” Hacia 1584 vino a México como Comisario Gene ral de su Orden Fray Alonso Ponce; en la relación de su viaje se asienta respecto a Texcoco: “ Dicen que cuando llegó ahí el Marqués del Valle la prime ra vez, había 60,000 indios de guerra, y que pasados algunos años los contaron y no hallaron sino 18,000, y cuando el padre Comisario General llegó ahí, ape nas había 5,000, y de esta manera van mermando en toda la Nueva España, así por pestilencias y mor tandades que ha habido, como por malos tratamien tos que les han hecho.” Fray Bartolomé de las Casas, en su “ Historia de la Destrucción de las Indias,” dice: “ En la Isla Es pañola, que fué la primera, como decimos, donde entraron cristianos y comenzaron los grandes estra gos y perdiciones de estas gentes y que primero des truyeron y despoblaron, comenzando los cristianos a tomar las mujeres e hijos a los indios para servir se y para usar mal de ellos y comerles sus comidas
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que de sus sudores y trabajos salían; no contentán dose con lo que los indios les daban de su grado, conforme a la facultad que cada uno tenía, que siempre es poca, porque no suelen tener más de lo que ordinariamente han de menester y hacen con poco trabajo, y lo que basta para tres casas de a diez personas cada una, para un mes, come un cris tiano y destruye en un día, y otras muchas fuerzas y violencias y vejaciones que les hacían, comenzaron a entender los indios que aquellos hombres no de bían de haber venido del cielo. Y algunos escondían sus comidas y otros sus mujeres e hijos, otros huían se a los montes para apartarse de gente de tan dura y terrible condición. Los cristianos dábanles de bo fetadas y puñadas y palos, llegando a poner las manos hasta en los señores de los pueblos. Y llegó esto a tanta temeridad y desvergüenza, que al ma yor rey de toda una Isla, un capitán cristiano, le violó por fuerza su propia mujer. De aquí comen zaron los indios a buscar maneras para echar a los cristianos de su tierra; pusiéronse en armas, que son harto flacas y de poca resistencia, y menos de fensa (por lo cual todas sus guerras son poco más que acá juegos de cañas y aun de niños). Los cris tianos con sus caballos, espadas y lanzas, comienzan a hacer matanzas y crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos, ni dejaban niños ni vie jos, ni mujeres preñadas ni paridas, que no desba rrigaran y hacían pedazos, como si dieran en unos apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cu chillada abría el hombre por medio o le cortaba la
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cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban de cabeza con ellos en los ríos por las espaldas, riendo y burlando, y cayendo en el agua decían: “ bullís, cuerpo de. . . tal.” A otras criaturas metían en la espada con las madres jun tamente y todos cuanto delante de sí se hallaban. Hacían unos horcas largas que juntasen casi los pies a la tierra y de 13 en 13, a honor y reverencia de nuestro Redentor y de los doce apóstoles, y po niéndoles leña y fuego los quemaban vivos. Otros ataban y liaban todo el cuerpo de paja seca, y pe gándole fuego, los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y de ellos llevaban colgando y decíanles: “ Andad con cartas” (conviene a saber) ; llevad las nuevas a las gentes que están huidas en los montes. Comunmen te mataban a los señores y nobles de esta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas, poniéndoles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos eu aquellos tormentos desesperados, se les salían las ánimas.” “ Una vez vide — dice el Padre Las Casas— que teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores (aún pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros), y porque daban muy grandes gritos y daban pena al Capitán y le impedían el sueño, mandó que los aho gasen ; y el alguacil, que era peor que el verdugo
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que los quemaba (y sé cómo se llama y aun sus pa rientes conocí en Sevilla), no quiso ahogarlos, antes les metió con sus manos palos en las bocas, para que no sonasen, y atizóles fuego hasta que se asaron despacio, como él quería. Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas. Y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras, huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje huma no, enseñaron y amaestraron lebreles, perros bra vísimos, que en viendo un indio le hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco. Estos perros hicieron gran des estragos y carnicerías, y porque algunas veces, raras y pocas, mataban los indios, algunos cristia nos, con justa razón y santa justicia, hicieron ley entre sí que por un cristiano que los indios matasen, habían los cristianos de matar cien indios.” Todo este libro denuncia crímenes semejantes. La población indígena isleña fué totalmente aniquilada en veinte años; para repoblarla se trajeron negros africanos. En el mismo volumen Las Casas afirma que en 40 años, los españoles asesinaron en América 15 millones de indios. Fray Servando de Teresa y Mier, criollo y sacer dote católico, afirma que los españoles quitaban a los indios sus ídolos de piedra y que si entregaban oro, plata o pedrería, se los devolvían para que con tinuasen adorándolos. El mismo autor y otros de indiscutible prestigio, afirman que “ la conquista y
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el coloniaje impidieron a los indios asearse, pues se les prohibió bañarse obligándolos a robar para vi vir y embruteciéndolos con pulque, aguardiente y fanatismo.” Los reyes de España admiraron muchas de las leyes de los pueblos aborígenes por justas y acertadas; entre ellas, mencionamos la que imponía mayor castigo al delincuente de alta posición que al humilde trabajador, por igual delito, considerán dolo más responsable y más pernicioso su ejemplo. En 300 años los “ civilizadores” no enseñaron a los indios a leer ni a escribir. Continuaron siendo bestias de carga, nutriéndose con maíz y frijol, pe ro en menor cantidad, trabajando más, por lo que su alimentación fué deficiente. En las colonias americanas pertenecientes a Es paña, se calcula que había a principios del siglo X IX , 20 millones de habitantes (Pereira, Historia de América), y que sólo el uno por ciento eran es pañoles, o sean 200,000. En la Nueva España, al co menzar la guerra de independencia, había 6.000,000 de habitantes, y sólo 60,000 peninsulares. Para estos pequeños grupos y sus familias (1.000,000 de perso ñas en toda la América Española; 300,000 en la Nue va España), eran cultura, teatros, fiestas de arte y escuelas superiores. Para las enormes masas indí genas no había más cultura que la enseñanza de la doctrina cristiana resumida en el deber de resig narse en esta vida a todas las injusticias y explota ciones, para salvar las almas, destinadas en la otra a eterna bienaventuranza.
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La conquista destruyó millones de vidas, obras de arte, templos, palacios, monumentos, esculturas, cerámica, pinturas, códices, archivos y bibliotecas, conteniendo copiosa producción científica. Todo lo que no podía transportarse y aprovecharse mate rialmente, estaba condenado a la destrucción. En cambio, no fueron destruidos el oro, las joyas y los objetos de valor, negociables. Este fuá el verda dero carácter de la conquista española en América y su real finalidad fué absolutamente materialista, aunque valiéndose de medios y apariencias espiri tualistas. Los aborígenes, antes de la conquista hispánica, tuvieron por monedas, primero el trueque, más tar de granos de cacao y mantas de diversas dimensio nes y valores; después, por la expansión del impe rio azteca, polvo de oro en cañones de plumas de aves y trozos de cobre (los salarios pagados en es pecie imposibilitan el cálculo de su equivalencia en monedas contemporáneas). Los pobladores de la región que se llamó des pués de la conquista, Nueva España, tuvieron ca racteres distintivos, vigorosamente definidos: MayaQuichés, grandes artistas —arquitectos, estatua rios, pintores—, interpretando con raro acierto direcciones de geniales maestros, para edificar tem plos y palacios, sobre pirámides, comprobando su lúcida colaboración en las creaciones plásticas. Toltecas, pacientes y refinados artífices en varias in dustrias; maestros de las grandes masas pobla-
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doras del Anáhuac. Tolteca, significa poseedor de alta cultura. Totonaca, consumadores de obras ad mirables en cerámica y escultura. Zapotecas y Mixtecas, orfebres notables. Acollmas Chichimecas, cons tructores de soberbios edificios y caminos, creando a la vez numerosos centros educativos. Micliihuacanos, rivales de los pobladores de la región cen tral, en las producciones industriales y artísticas. El pueblo azteca poseyó, en alto grado, cualidades guerreras; sus armas y fortalezas fueron las mejo res de la América prehispánica. Sus Pochteca —je fes de comerciantes—, fueron poliglotas, embajado res, sociólogos. Tenochtitlán fué la ciudad más im portante, y el emporio mercantil más opulento del Continente, a la llegada de los blancos. El imperio azteca edificó 40,000 templos y adoratorios en sus vastos dominios. La propiedad de la tierra y la organización del trabajo en la Nueva España no mejoró sino conser vó y en algunos aspectos empeoró la condición de las clases productoras. En vez de ser el emperador azteca el primer propietario de la tierra, lo fué el rey de España; en lugar de tierras para los guerre ros indios, aparecieron los enormes latifundios, do nados a los conquistadores y a sus descendientes (tierras realengas y mercedes reales), para premiar hazañas y amistades con los soberanos españoles. Los derechos de los sacerdotes aztecas fueron substituidos por los derechos de los sacerdotes ca tólicos. Cuando la independencia se inició, la Igle-
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sia era dueña de las tres cuartas partes de la rique za colonial. Lucas Alarnán, historiador católico, exaltado reaccionario y testigo presencial de las condiciones en que se encontraba la colonia, afirma: que la riqueza de la iglesia era inmensa y el clero era un enorme acreedor hipotecario. El oro, la plata, las gemas, los tesoros de orfebrería, que en otro tiempo pertenecían a las noblezas aborígenes, pa saron transformados y “ cristianizados” a los tem plos católicos, a los príncipes de la iglesia y a los grandes funcionarios de 1a, colonia. El cristianismo se transformó en gigantesca empresa bancaria, ob teniendo fabulosas ganancias y cuantiosos réditos por préstamos hipotecarios. El crecido número del clero regular y secular, parasitario, pesaba abru madoramente sobre las masas productoras, obliga das a sostenerlo. Había conventos, por ejemplo, con 100 monjas y 500 servidoras. Los pocos frailes que al principio de la colonia llegaron en la miseria, viviendo de la mendicidad, se convirtieron en com pacta multitud, propietaria de haciendas, iglesias, palacios y empresas lucrativas. Los calpulli y calpullalli —tierras para, los pueblos— fueron substi tuidos por los ejidos y fundos legales para asentar poblados. Los artífices y artesanos españoles; por excepción, indígenas, fueron agrupados en barrios y calles de las principales ciudades de la Nueva España (plateros, talabarteros, tejedores), con la di ferencia de que estos gremios estaban regidos por cofradías, cuyo patrón era algún santo o santa, a fin de que su carácter religioso permitiese al clero Ínter-
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venir en sus asuntos interiores y refrenar todo inten to de mejoramiento económico, predicando siempre la pobreza, la humildad y la renunciación a los bienes materiales. Esta clase se encontraba en con diciones parecidas a la de los productores técnicos de Anáhuac. La real cédula de 1790 abolió los gremios en la Nueva España, minuciosamente reglamentados, requiriéndose autorización, previo examen, para el establecimiento de todas las industrias. Después de dicha cédula, los artesanos quedaron en libertad pa ra establecer giros industriales. La gran masa indí gena estaba destinada al peonaje, a los rudos traba jos de minas y a transportes de mercancías. Los ne gros, más resistentes, vendidos y comprados en cali dad de esclavos, hacían también trabajos agotado res. Gran parte del mestizaje dedicábase a oficios y actividades inferiores, recibiendo cortos jornales; el asignado a los indios (refiere Humboldt), era de dos reales diarios, mermado por tributos, tiendas de raya, deudas y réditos patronales. Las castas (población de color, resultante del cruce de razas di versas, blancos, indios, negros y sus descendientes, subdividiéndose cada vez más, con el transcurso del tiempo), se llamaban “ infames” y se veían con des precio. Hombres y mujeres pertenecientes a ellas, no podían usar “ alhajas, bordados, armas, insignias, condecoraciones, trajes de damas y caballeros, ni concurrir a fiestas y espectáculos adonde asisten los nobles y las personas de sangre pura.” L.
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Los negros, esclavos legales; los indios, esclavos de hecho, no podían tener armas ni caballos. Los indios eran “ gentes sin razón y menores de edad” cualesquiera que fuesen sus años y sexo y no podían otorgar documentos de compra venta mayores de $ 5.00. Esta era la verdadera situación de los habi tantes de las colonias españolas en América. Es indispensable insertar y extractar algunos do cumentos, para tener una idea de las condiciones económicas en que se encontraba el pueblo de la Nueva España, llegando a veces a sufrir prisio nes para satisfacer la codicia de sus explotadores, quienes hipócritamente invocaban la moralidad con el propósito de justificarse. En el Volumen V II de los Documentos para la Historia Económica de México, el historiador Luis Chávez Orozco, refiriéndose a las condiciones de la industria y la agricultura en México, a fines del si glo X V III y principios del X IX , dice: “ Tales Docu mentos son importantísimos para conocer el pun to de vista y la actitud del incipiente capitalismo colonial, frente a las limitaciones que le imponía la estructura del país, que a la sazón aun adoptaba for mas económicas genuinamente feudales.” Entre di chos Documentos se consigna la “ SOLICITUD DE VARIOS FABRICANTES DE PUEBLA Y V A LLAD OLID SOBRE PERMISO PARA ARRE GLAR OPERARIOS Y FABRICAR PAÑOS Y BA YETQNES DE MEJOR CALIDAD, Y MAS AN-
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CHO. Ano de 1800, cuyo fragmento más expresivo se inserta.” íPágs. 30 a 33.) “ Creemos que el medio que a esto conduce y con viene, es la observancia puntual de las ordenanzas del gremio, y la aplicación de las penas que en ella se establecen a los transgresores, y consideramos que a menos de que los operarios de tejidos de la nas no vivan sujetos al encierro, dispensándosenos para esto, facultad en los casos que la justicia lo ca lifique, jamás se conseguirán los adelantos del arte, ni los aumentos de la industria, y nunca dejarán los que los sucedieron, de dirigirse por los mismos sendexos, inspirados del ejemplo y confiados de que les protege su natural libertad. En nada se ofende ésta cuando se trata de esclavituar (sic) al operario, sino de que se contenga a los términos de su honesto destino y ocupación, siu la cual es fuerza que entregado al vicio, a la holga zanería y a la ociosidad, que tanto aborrece la ra zón y el derecho, carezca del alimento y el vestuario que tan a poco costo íe proporciona y franquea el mismo destino. Parece, en su aspecto, rigurosa, la providencia: por ello es que, en las circunstancias del día, cede en obsequio de la causa pública, que a todas horas exclama por la exterminación del vicio y de la ocio sidad, y Tío pudiendo esto surtir el verificativo que desean los derechos de la política y los oficios de la razón, sino por el medio propuesto, es en nuestro concepto indispensable el arbitrio, al menos ínterin
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se olvidan las perjudiciales corruptelas que experi mentamos los que tenemos oficinas que dependen de las manos del estado grosero y de la voluntad de operarios que por no tener conocimiento del pun donor y de la civilidad, se dejan ir con descaro y desenfreuo, más bien que a la libertad, al liberti naje, con insuperable agravio del derecho político. No es libertad la que arrastra al hombre a los vínculos de la iniquidad y al escándalo, ni la que le contrae a su ruina y miseria, sino la que le dis pensa sus comodidades por su trabajo e industria, y pues esto es innegable, ¿cómo ha de dudarse que la providencia del encierro en las propuestas circuns tancias, lejos de profanar el libre albedrío del operario viciado de costumbres, antes le es benefi cioso? Porque cuando más se acomode al arreglo de sus respectivas ocupaciones, tanto más adelante en su ejercicio, en sus premios y en la utilidad co mún. La necesidad en que a los artesanos pone su misma indolencia, flojedad y acostumbrados vicios, les presta ocasión a la continuación de robos que ejecutan en nuestros obrajes, extrayéndose de ellos las lanas para venderlas en el baratillo, en las calles y en las casas que hay ocultas, destinadas a tejidos de angosto, como son jergas, cordoncillos y frezadas, de que no sólo se sigue perjuicio a los obrajeros de ancho, por los desfalcos que reportamos, siuo tam bién al público, por la facilidad que encuentran los vendedores de dar salida a las lanas de colchones
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de los diluntos, que de continuo mueren de enferme dad contagiosa. Estas y otras muchas consideraciones nos obli gan a suplicar a Vuestra Señoría se sirva elevar esta vuestra representación a la inspección de dicho Señor Excelentísimo, para que su Superioridad se digne poner el remedio, haciendo que de nuevo se publiquen, por bando, las ordenanzas de obrajes, y permitiéndonos la clausura de operarios, hasta el número que respectivamente necesitemos, con facul tad de compelerlos al trabajo, una vez que se ha yan comprometido, por los suplementos y préstamos que les hacemos en sus necesidades: declarando di cho señor Excelentísimo no deber pasar a otra ofi cina el operario que fuere deudor a otra, ínterin no devengue con su personal trabajo lo que debiere en la primera, que el que fuere sospechoso de fuga con escalamiento, como se ha notado de experiencia, pueda 'mantenerse con grillete hasta que satisfaga el alcance que contra él resulte, y que se nos permita extraer a nuestros deudores, operarios de cuales quiera otras casas u oficinas en que se oculten, in terviniendo la autoridad judicial. Y porque en las distintas castas de que se compo ne este vecindario, hay muchos jóvenes que por la in acción de sus padres se hallan sin oficio, nos parece importante se nos dispense libertad para obligar los que consideremos a propósito a que aprendan el de tejedores de ancho, con cuyos proyectos creemos conseguir el fin a que se dirigen las providencias, y
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esperamos adelantar el arte, hasta donde más pueda el arbitrio, en cuyo caso protestamos dentro de bre ve tiempo manifestar a Vuestra Señoría más aventa jadas nuestras muestras de los tejidos de nuestros obrajes, para que se sirva dirigirlas a la Superioridad de Su Excelencia, a fin de que se sirva dispensar su alta protección a los dueños de obrajes, en justo ob sequio de la causa común, por tanto, A Vuestra Señoría suplicamos se sirva hacer co mo pedimos, que en ello recibiremos gracia y justi cia, juramos en forma, etc. Pedro Antonio de la Sota”
“ Porque los indios (dice el capítulo 4? de la or denanza 91 de las de gobierno de N. E.) son fáciles en recibir dineros y obligarse por ellos, y siendo mucha cantidad, quedan casi en esclavonia y de suer te que jamás puedan pagar, etc. Parece, pues, que el peligro de la esclavitud, no se funda en la habili tación anticipada de más de cinco pesos, sino el pri var al indio de la libertad de ir a servir a otra parte, integrando al dueño lo que le debe. Por eso la orde nanza 93, entre las citadas, declara: que el capítulo Jp de no dar a los indios que sirven en los obrajes dinero adelantado, se entiende con los indios que en ellos estuvieron forzados y sin libertad de poder en trar y salir cuando quisieren, y no con los que tu vieren la dicha libertad, a los que se les puedan dar
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adelantados cada mes dos pesos, de forma que al año no exceda de veinte y cuatro pesos lo que se hubiere dado adelantado a cada indio. Así se pensaba el aüo de 1579, tiempo en que como nadie ignora, y las mismas ordenanzas citadas io demuestran, eran imponderables los abusos que se hacían del ser vicio de los indios, así contra su libertad, como con tra la humanidad y el buen trato, tiempo en que escaseando el dinero, y abundando todo lo demás, valían tanto veinte y cuatro pesos, como ahora cien to. Sobre este principio discurren los labradores, que no siendo otro el objeto de las acertadas últimas providencias, que cerrar la puerta a toda especie de esclavitud de los indios, sin duda no ha sido su es píritu prohibir al labrador que supla al indio trein ta o más pesos, siempre que éste quede con libertad para no servir a aquel hacendero, volviéndole lo que le debiere, o ya sea porque en otra parte se lo suplan, o ya porque los adquiera por otro honesto rumbo. De otro modo, tan lejos estaba el evitarse el peligro de esta especie de esclavitud, que quizá se incurriría en otra mayor. Porque si el indio que de be a un labrador más de cinco pesos, se exponía a los riesgos de esclavizarse a uno, el que debiera treinta a seis, podría llamarse esclavo de todos ellos. Parte de la representación hecha por la Jnnta de Ciudadanos al Conde de Gálvez, sobre la prohibición de suplementos o habilitación a los indios que exce dan de cinco pesos, fechada en México el 22 de abril de 1788.” (Obra citada, Vol. II, págs. 73 y 74.)
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Diversos salarios “ En la hacienda de Cliazumba, del 31 de octubre de 1779 hasta el 31 de octubre de 1780: Juan Anto nio con Gerónimo Teresa, ganaban cuatro pesos mensuales — dos pesos cada uno—, de los que te nían que pagar un peso cuatro reales de tributo anual. (Obra citada. Vol. III, pág. 109.) Unicamente les daban trabajo durante el año, con salario paga do, de 9 a 10 meses. Salario para un soltero en la ci tada hacienda, y durante la misma temporada anual: Juan Aguilar, por mes, cuatro pesos seis reales. (Obra citada. Vol. III, pág. 106.) En la misma ha cienda, y por igual tiempo, el arriero Domingo Soriano, doce pesos anuales, o sea uno al mes. El pas tor Francisco Miguel, diez pesos dos reales anuales. (Obra citada. Vol. III, pág. 105.) En Otumba —mar zo de 1791—, un maestro de escuela de primeras le tras, ganaba un peso por semana, excluyéndose la Santa, en que no percibía sueldo. Total, cincuenta y un pesos anuales. (Obra citada. Vol. V, pág. 65.) En la hacienda de San Lucas, año de 1780. Un vaquero, cuatro pesos al mes. Un caporal, cinco pesos ai mes. Un mayordomo, ciento cincuenta pesos, al año. En las listas de raya se les descontaban las raciones de maíz que recibían, sin haber trabajado, y el sala rio de dos días que faltaban al trabajo, aun cuando fuera por enfermedad. Los peones se alquilaban por día, durante la siembra y la ciega, pagándoles uno
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o dos reales diarios. (Obra citada. VoL III, págs. 140 y 141.) Se perseguía franca o hipócritamente a los barre teros, por la venta de lo que les tocaba por partido. Sin embargo, se lee lo siguiente; “ En Pachuca, don Manuel de Moya sólo trabaja dos minas, sin dar salarios a los operarios, mante niendo a ingenio o partidof su labor.” (Obra citada. Vol. V III, pág. 3.) “ Estas cuatro minas, después del referido tumul to, las han trabajado y poblado hasta el día los ope rarios a su discreción, porque sus administradores no han podido contener el orgullo con que se mane jaban.” (Obra citada. Vol. V IH , pág. 6.) “ Que lo propio se ejecute con el (bando) de 31 de diciembre de 1766, expedido para esta jurisdic ción, donde se previene que los que se opongan a los recogedores y demás providencias de colectar gen te, para la labor de las minas, sean remitidos con sus correspondientes causas, a la Superioridad de V. E., a fin de que se les imponga la pena de doscien tos azotes y ocho años de presidio, llevándose igual mente a efecto dicho bando en cuanto a que los ope rarios no anden juntos arriba de cuatro de día o de noche, en poblado o fuera de él.” (Obra citada. Vol. V III, pág. 46.) Don Antonio de Mendoza decía en sus “ Apunta mientos y Avisos” a su sucesor don Luis de Velasco; “ Jornales de Indios.”— “ Agora su majestad tiene mandado que se les crezca el jornal porque le pa-
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rece que es poco. Cuando ello se hizo, y aun el pre sente, según la calidad, de los indios y lo poco que trabajan, bastaba el cuartillo; pero porque han cre cido entre ellos ios mantenimientos, si le pareciese a Vuestra Señoría les podrá acrecentar a diez marave díes, y se les da . . “ El cuartillo o cuar tilla que se pagaba a los indios, apenas equivalía a tres centavos. Se calcula que a fines del siglo X V III y principios del X IX , los salarios variaban entre 9, 12 y 18 centavos, con excepción de algunos cen tros mineros en qué era superior.” (Obra citada. Yol. III, pág. 5. Introducción de Primo Villa Michel.) Es de advertir que don Antonio de Mendoza, quien juzgaba que se , está con siderado como uno de los
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daba demasiado a los indios mejores virreyes.
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La insurrección de mineros —hoy se diría acaecida en el actual Estado de San Luis Potosí, seguida de sanguinarias re presiones da una idea de la cruel existencia que arrastraban los trabajadores durante el coloniaje. En la “ Historia de San Luis Potosí” por Manuel Muro. Tomo I. Cap. V. Los Tumultos de 1767. Pág. 78, se lee: “ Los operarios de las minas del Cerro de San Pedro, vecinos del mismo mineral y del pueblo de San Nicolás, venían siendo extorsionados hacía mucho tiempo, y privados de los legítimos derechos que las leyes les concedían.” Se expresa después que aisladamente intentaron sin conseguirlo obtener justicia de sus superiores, por lo que expusieron sus quejas, en 6 puntos, pidiendo se remediasen sus
ga Revolucionaria—
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condiciones, en un ocurso dirigido al Alcalde ma yor, General don Andrés de Urbina y Eguiluz, en los últimos días de abril de 1767. El e x p r e s a d o Alcalde se limitó a enseñar el escrito de los tra bajadores a los diputados del Mineral y los dueños de minas, quienes descargaron su cólera sobre los infelices quejosos, corriendo a varios y aumentando los sufrimientos de los demás. Convencidos aquellos explotados de que su solicitud produjo efecto con trario, abandonaron los trabajos de las minas, reuniéndose con el vecindario de San Nicolás, Cerro de San Pedro y Valle de Armadillo, dirigiéndose a la ciudad, para exigir al Alcalde la justicia que pedían. El 27 de maj o de 1767, más de 3,000 hom bres penetraron a aquella población llegando a la casa del Alcalde, quien se escondió fuera de su do micilio. Los trabajadores apoyados por el pueblo de San Luis, demandaban justicia con voces es tentóreas. Su imponente actitud aterrorizó a los comerciantes explotadores. El general envió un comisionado, ofreciendo a los mineros que serían atendidas sus quejas, pero que se retiraran para evitar inquietudes a la ciudad y poder reunir el Ayuntamiento para tomar acuerdo. Los huelguistas se retiraron ordenadamente, esta bleciendo su campamento en Soledad de los Ran chos. Esperaron 10 días sin ser atendidos. El Alcal de entretanto, sigilosamente, había pedido refuerzos armados para castigar a los rebeldes. El 6 de junio, entraron nuevamente a la ciudad exigiendo la re solución pedida. El Alcaide firmó un convenio,
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comprometiéndose a resolver favorablemente la ex presada petición y ordenó la libertad de los presos que se le pidieron. Los huelguistas volvieron a sus hogares. El Ayuntamiento acordó algunas conce siones, mientras se daba aviso al Virrey de los hechos anteriores. Poco después se dió a conocer el Decreto del Rey Carlos III, expulsando de los do minios españoles a los jesuítas, por lo que los áni mos se excitaron aún más (demasiada conocida es la habilidad de los religiosos de la Compañía de Jesús para despertar adhesiones en todas las clases sociales). Los tumultos llegaron a un grado que alarmó a las autoridades realistas por el creciente número y enérgica actitud de las masas opositoras a la expulsión de los jesuítas. El General don José de Gálvez, Visitador y jefe del ejército, dispersó a los amotinados, ejerciéndose tremendas represalias. Durante mucho tiempo se hizo creer que los tumul tos de mineros fueron provocados exclusivamente por 1a. expulsión de los expresados religiosos, ocul tando la verdadera causa económica; la indigna ción de las masas por las explotaciones y duros tratos de que eran víctimas. La severidad implaca ble de las autoridades realistas recayó particular mente en los directores de la huelga mencionada. Los gobernadores de pueblo, todos indios, y los más caracterizados rebeldes a las iniquidades expues tas, fueron condenados a muerte, ordenándose que sus cuerpos fuesen exhibidos, por fragmentos, en sitios públicos, para escarmiento de sediciosos. Sus familiares y descendientes, expulsados de sus hoga
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res, con prohibición de volver jamás a ellos. Sus jacales, demolidos y sembradas de sal las tierras en que se edificaron. Otros muchos condenados a sufrir cientos de azotes y a trabajos perpetuos o por mu chos años, en climas insalubres como en las forta lezas de San Juan de Ulúa y La Habana. Los ba rreteros, por el crimen de pedir justicia que les per mitiese vivir, pues morían de hambre y fatiga, por millares, sufrieron, según diversas condenas: horca, mutilaciones, golpes, torturas y encarcela mientos. La justicia colonial llegó al extremo de ordenar que fuesen despoblados los ranchos de la Soledad y de la Concepción, congregándose a todas las familias de los rancheros en el sitio donde se halla la Ermita de la Soledad, para que edifiquen sus casas, dentro de la jurisdicción señalada por las autoridades. En la obra mencionada, página 106, se lee: “ Con atención a ser crecido el número de reos sediciosos y los graves delitos y la justicia me pre cisan condenar al último suplicio, mandé traer un verdugo hábil del pueblo de San Luis de la Paz que, con el de esta ciudad, lia comenzado a ejecutar en los delinquentes la pena de horca, cortando y conduciendo las cabezas a los parajes donde deben perseverar hasta que las consuma el tiempo y siendo justo que se pague a dichos ejecutores, prevengo a V. disponga se les satisfaga a falta de caudales de gastos de justicia, seis pesos por cada ajusticiado, y que los dividan por mitad entre los dos verdugos. Nuestro Señor guarde a V. los muchos años que deseo. San Luis Potosí, 13 de agosto de 1767.—
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Joseph de Gálvez.—Señor General D. Andrés Urbina.” A los habitantes de las rancherías y congrega ciones, sospechosos de rebeldía, se les prohibió usar vestidos a la española y llevar el pelo largo. Los trabajadores de las minas, durante los tres siglos de la dominación colonial, sufrieron inmen sas fatigas en el desempeño de sus faenas, expo niendo constantemente sus vidas, particularmente por los derrumbes e inundaciones y por sus muchas horas de labor. El malacate era la única máquina que ayudaba al trabajo muscular. La revolución industrial, que desde fines del siglo X V III se había difundido en Europa, tardó muchos años en llegar a México. Cercana ya la consumación de la indepen dencia nacional, fué expedido el Bando Sobre Má quinas de Vapor, con fecha 11 de mayo de 1819, por el Virrey don Juan Ruiz de Apodaca, que auto rizaba la introducción, sin derechos, de máquinas de vapor para el desagüe y extracción de metales de las minas, traídas de los Estados Unidos o de Inglaterra, prometiendo premiar a los dueños de mi nas que establezcan dichas máquinas, con la Gran Cruz de Isabel la Católica, ofreciendo premios a los demás empresarios mineros, en proporción de su celo y actividad para emplear máquinas de vapor. El Bando expresado se comunicó a la Nueva Es paña, por orden del Rey Fernando V II, siendo el conducto su Ministro de la Guerra, don Francisco de Eguía. Es de advertir que desde el 2 de noviem bre de 1803 se inició el propósito de las autoridades
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realistas para el establecimiento de las máquinas de vapor en las minas y para la exploración y cui dado del carbón de piedra. Las disposiciones men cionadas demuestran el apoyo del Rey a la burgue sía embrionaria de las colonias españolas en Amé rica. En el Perú se apoyó con entusiasmo la intro ducción de esas máquinas para su rica minería. (Tomado del Volumen IX. Documentos para la His toria Económica de México. La Introducción de la Máquina de Vapor en México.) El Barón de Ilumboldt, en los últimos tiempos de la Colonia, estimaba que el promedio con que contaban los indios para todos sus gastos familiares, eran cincuenta y dos pesos anuales. En la primera época del coloniaje, los salarios eran mucho me nores, o no existían, muriendo de hambre los tra bajadores y sus hijos. Esa fué la herencia de los conquistadores. Sus fatales resultados se palpan, aun después de la revolución iniciada en 1910... No debe olvidarse que los gremios de la Nueva España, aunque sometidos incondicionalmente a las autoridades realistas y eclesiásticas, comprendían la aristocracia de las clases productoras. Estaban integrados por industriales, artesanos-técnicos (pa trones, compañeros, aprendices). Los últimos, con el tiempo, ascendían a compañeros y éstos a patro nes, enlazándose en vínculos matrimoniales entre sí, por lo que esas industrias gremiales eran fami liares. Generalmente se heredaban, por costumbre, las profesiones. Los agremiados eran españoles; por
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excepción se admitían indios; pero éstos no llegaban a patrones; los negros jamás entraban a los gre mios, organizaciones medioevales, que gozaban de grandes privilegios económicos y en la sociedad, comparados con otras clases de trabajadores. Opues tas eran las condiciones de los jornaleros de hacien das, minas y obrajes, indígenas en su gran mayoría. Los españoles eran propietarios, directores, vigi lantes. Los obrajes fueron precursores de los talle res mecánicos y factorías modernas. Las conspiraciones e insurrecciones que hubo en la Nueva España —algunas incubadas en el extran jero— , tuvieron múltiples orígenes, siendo éstos de carácter económico, principalmente, aunque con ro percusiones políticas y sociales. Se exponen los principales, económicos: La mitad del presupuesto (que era de 20.000,000 de pesos de ingresos anuales), salía de la Nueva Es paña para la Metrópoli y otras posesiones, carentes de recursos, dejándose de realizar urgentes mejoras en el territorio productor de esa suma; caminos, irrigaciones, hospitales y escuelas. Agréguese la es trangulación de la agricultura, la industria y el co mercio para, que obtuviesen grandes ganancias los terratenientes de la Nueva España, los industriales de la península y los comerciantes de ambas; por lo que sólo se cultivaban pequeñas superficies de las grandes haciendas, se impedía el establecimiento de industrias en las colonias, destinándolas a vastos mercados de consumo de la industria ibérica; se pro hibía comerciar a las colonias entre sí y con otros
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países, permitiéndose únicamente con la metrópoli y por determinados puertos, conducente todo ello al enriquecimiento de unos cuantos mercaderes. Entre las trabas para el desarrollo comercial de la Colonia, debe citarse la alcabala, particular mente en relación con las mercancías destinadas a la Capital del Virreinato, pues se asignaba el 4% al desembarcar la que venía de España, cargándose otro tanto al llegar a la ciudad de México, por lo que la alcabala, duplicada alcanzaba el alto im puesto de 8%. Esto mismo acaecía en las regiones internas de la Nueva España, por lo que se calcu laba que limitándose la alcabala a la entrada de efec tos extranjeros, el tráfico mercantil se duplicaría. (Documentos para la Historia Económica de Méxi co. Yol. II, págs. 42 y 43.) Afirman historiadores partidarios del apoderamiento hispánico, que el gobierno colonial era ex celente y que una paz venturosa para todos sus ha bitantes fué su benéfico resultado. La falsedad es absoluta. Las conspiraciones, isurrecciones y tumul tos, precursores de la guerra de Independencia, com prueban lo contrario. De 1F»21 a 1810, hubo 8 cons piraciones, para arrancar a España la más rica de sus colonias, dirigidas sucesivamente por: el propio Cortés; su hijo, el Marqués del Valle; el Duque de Escalona, virrey; Lombardo de Guzmán, criollo, sabio, genial y desequilibrado; Pedro de la Portilla, recaudador de rentas de la Capital de la Colonia; Jol
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sé de Iturrigaray, virrey; el Capitán García Obeso; el cura Hidalgo. El licenciado Julián Castillejos, a principios de 1809, circuló una proclama sosteniendo la justicia y necesidad de la independencia de México. El do cumento era anónimo, pero se le hizo responsable. Confesó ser el autor, y fué remitido prisionero a España, en donde fué indultado por decreto de las Cortes Generales y Extraordinarias de 30 de noviem bre de 1810, y olvido general de 15 de octubre an terior. Regresó a la Nueva España; pero inmedia tamente fué reducido a prisión, porque el Virrey Venegas se ofendió por las frases de natural desaho go vertidas por Castillejos. No se conocen los resul tados del segundo proceso. A principios de 1809, las autoridades realistas encausaron a Fray Miguel Zugasti, por haber ha blado duramente contra el gobierno virreinal, y los españoles europeos, afirmando que no había mayor infelicidad que la de ser criollo. Fué enviado prisio nero al Castillo de San Juan de TTlúa, con destino a España, el 17 de abril de 1809; pero falleció de vó mito, el 3 de mayo siguiente. Igual suerte tuvo el que debió ser su compañero de viaje a la Metrópo li, Fray Melchor Talamantes (heroico precursor, en 1808), quien murió de igual enfermedad, en la mis ma prisión, sin que las cadenas que lo atormenta ban se le quitasen en su agonía. Es deber de justicia consignar, entre los precur sores de la independencia de las colonias españolas
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en América, al Conde de Aranda, Ministro del Rey Carlos III, representativo de la clase liberal progre sista de España y sus dominios. En la memoria se creta presentada al expresado monarca, después de haber firmado el tratado de París, en 1783, expresa con admirable previsión el temor de que al engran decerse la República Federal de los Estados Unidos, se apodere de las ricas posesiones del imperio es pañol, El proceso histórico, ha comprobado la ra zón que tuvo el Conde de Aranda. Para prevenir el mencionado peligro, propone la independencia co lonial en el Continente americano, como sigue: “ V. “ M. debe deshacerse de todas las posesiones que “ tiene sobre el Continente de las Américas, conser“ vando solamente las islas de Cuba y Puerto Rico, “ en la parte septentrional, y alguna otra que pueda “ convenir en la parte meridional, con el objeto de “ que pueda servirnos de escala de depósito para “ el comercio español. “ A fin de llevar a efecto este gran pensamiento, “ de una manera conveniente, a la España, se de“ ben colocar sus infantes en América: el uno, rey “ de México, otro rey del Perú y, el tercero, de la “ Costa Firme. V. M. tomará el título de empera“ dor. “ Las condiciones de esta grande sesión, deberán “ ser que V. M. y los príncipes que ocuparen el “ trono español, en clase de sucesores de V* M., sean “ siempre reconocidos por los nuevos reyes, como “ jefes supremos de la fam ilia: que el rey de Nueva
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“ España pague cada año en reconocimiento por la “ sesión del reino, una renta anual de marcos de “ plata, que deberá remitirse en barras, para hacer* “ las amonedar en Madrid o en Sevilla; el rey del “ Perú deberá hacer lo mismo en cuanto al oro, proi¿ ducto de sus posesiones. El de la Costa Firme en“ viará cada año su contribución en efectos coloniales, sobre todo en tabaco, para proveer los al“ macenes del reino. “ Estos soberanos y sus hijos deberán siempre “ casarse con los infantes de España o de su familia. “ A su vez, los príncipes españoles se casarán con “ las princesas de los reinos de ultramar. Así se es“ tableccrá una unión íntima entre las cuatro coro" ñas; y al advenimiento a su trono, cada uno de es“ tos soberanos deberá hacer juramento solemne de “ llevar a efecto estas condiciones. “ En cuanto al comercio, deberá hacerse bajo el Apie de la mayor reciprocidad. Las cuatro naciones “ deberán mirarse como unidas por alianza más es“ trecha, ofensiva y defensiva, para su conservación “ y prosperidad. “ No hallándose nuestras fábricas en estado de “ proveer a la América, de todos los objetos manu factu rados, de que podría necesitar, será preciso “ que la Francia, nuestra aliada, le ministre todos “ los artículos de que estuviésemos en imposibilidad “ de enviarle, con exclusión absoluta de Inglaterra. “ A este efecto, los tres soberanos, al subir a sus “ respectivos tronos, harán tratados formales de cq~
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“ mereio, con la España y Francia, sin establecer ja“ más relaciones algunas con los ingleses. Por lo de“ más, como dueños y soberanos de Estados nuevos, “ podrían hacer lo que más les conviniese. “ l>e la ejecución de este plan, resultarán grandes “ ventajas. La contribución de los tres reyes del “ Nuevo Mundo, importaría más a la España que la plata que hoy saca de América. La población au“ mentaría, pues cesaría la emigración continua que “ hoy se nota en estas posesiones. ‘‘ Ni el poder de los tres reinos de América, una “ vez ligados por las obligaciones que se han pro“ puesto, ni el de España y la Francia, en nuestro “ Continente, podrían ser contrarrestados en aque“ líos países, por ninguna potencia de Europa. Se po“ dría también evitar el engrandecimiento de las co“ lonias Angloamericanas, o de cualquier otra poten“ cia que quisiese establecerse en esta parte del mun* “ do. En virtud de esta unión con los nuevos reinos, “ el comercio de España cambiaría las produceio“ nes nacionales con los efectos coloniales de que “ pudiésemos tener necesidad para nuestro consumo. “ Por este medio, nuestr a marina mercante se au“ mentaría, y la marina militar se haría respetar so mbre todos los mares. Las islas que he nombrado “ anteriormente, administrándolas bien, y poniéndo“ las en buen estado de defensa, nos bastarían para “ nuestro comercio, sin tener necesidad de otras po" sesiones; en fin, gozaríamos de todas las ventajas “ que nos dá la posesión de la América, sin tener que
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“ sufrir ninguno de sus inconvenientes.” ( “ Comenta ños a las Revoluciones de México.” Gibaja y Patrón, Tomo í, págs. 377 y 380.) No solamente en el interior de la Nueva España acaecieron conspiraciones, sino en la misma España, Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. Se resu men los movimientos más importantes: en junio de 1705, dos negociantes criollos de Puebla, acompaña dos de un religioso, llegaron a Madrid, con objeto de exponer la penosa situación en que se encontraban en la Nueva España, y su propósito de convertirla en república independiente, con ayuda del gobierno de Inglaterra, si no se atendían sus demandas. Ce dían a Inglaterra el puerto de Veracruz y la isla de San Juan de Ulna, comprometiéndose el gobierno de la nueva república a no recibir mercaderías de Europa, que no llegasen en navios británicos, Se des conocen los motivos por los que no se realizó el pro yecto mencionado, y aun se le supone falta de se riedad; pero se comprueba la acción preimperialis ta del gobierno británico, intentando penetrar a una estratégica y productiva región agrícola del actual Estado de Veracruz. (Documentos para la Historia de la Guerra de Independencia de México. J. E. Hernández y Dávalos. Tomo II, pág. 620.) En Nueva Orleans se siguió una causa contra va rios sujetos que pretendieron emancipar a la Nueva España, y darle un gobierno propio; pero aliado y protegido de los Estados Unidos, 10 de enero—6 de mayo de 1807, en la que se poue en claro que con
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anterioridad a 1805, Mr, Worfeman había ideado un proyecto para ia conquista de las Provincias Espa ñolas en América, que contó con muchos, y algunos, muy distinguidos partidarios, quienes formaron una asociación “ Mexicana” para emancipar a ia .Nue va Espaüa de la dominación europea, erigiéndola en Gobierno independiente, bajo ia protección de ios Estados Unidos. La causa consideró como princi pales responsables ai Juez James Workmau (cita do), y al Coronel Lewis Kerr. En dicha causa se alude a Aarón B u i t , Vicepresidente de los Estados Unidos, quien trató de invadir a la Nueva España (comprobándose así la ofensiva del preimperialis mo yanqui). Los acusados fueron absueltos por la Corte de los Estados Unidos. (Documentos Históri cos Mexicanos. Jenaro García. Tomo I, págs. XV y X V I de la Introducción, y página I de ia Traduc ción de la Causa mencionada.) El ministro de España en los Estados Unidos, don Luis de ünis, denunció al Virrey Venegas, quien gobernaba la Nueva Espaüa, que tuvo noticia del plan del Gobierno de aquella nación, para anexarse el territorio en que se encontraban las Provincias de Texas, Nuevo Santander, Coahuila, Nuevo Mé xico y parte de la Provincia de Nueva Vizcaya y la Sonora. Ese territorio estaba comprendido al Nor te de una línea recta entre la desembocadura del río Bravo y la costa del mar Pacífico. Dicha de nuncia fué fechada en Filadelfia el 1? de abril de 1812. (Documentos para la Historia de la Guerra
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de Independencia de México. J. E. Hernández y Dávalos. Tomo II, págs. 115 a 146.) El expresado plan es una comprobación del intento de apoderamiento uel preimperialismo yanqui. La influencia ejercida por ios enciclopedistas y la revolución francesa, en las colonias españolas de América, tuvo enormes trascendencias. El seminario de México, íué foco de rebeldías. Juan José Pastor Morales, seminarista audaz, a los 25 años —octubre de 1754—, provocó un proceso de la inquisición por la defensa de la república, liber tad e independencia, expresando que América era víctima de un Gobierno tiránico. Calificaba al Rey de España, a los Magistrados y al Príncipe de la Paz, de ‘‘picaros.” Se atrevía a tachar de corrupción al Papado. Criticaba al Santo Oficio; leía obras prohibidas, y sustentaba ideas liberales, apoyadas en la filosofía de Voltaire, Rousseau, D’Alambert y otros pensadores revolucionarios. Sostuvo en público que el sistema republicano no atacaba las religiones, y que desearía vivir en un país donde hu biera libertad de conciencia. Fray Juan Ramírez de Arellano, guardián del convento de Texcoco, expresó iguales tendencias —1794— y un gran amor por los criollos e indios. Ata có la tiranía de los reyes, “ porque asesinaban o liber taban a los hombres, según su antojo.” Elogió a la Asamblea de París. Afirmó que la separación de España, mejoraría las condiciones de México. Al hablar de los 40,000 sacerdotes franceses, emigra-
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dos por la revolución, dijo a otro fraile “ Vea usted cuánta polilla había en el reino de Francia.” La inquisición lo procesó; sin embargo, fué nom brado guardián del colegio de Santiago Tlaltelolco, propagando siempre sus ideas. Después, fué in ternado en las cárceles secretas. El médico francés, Mateo Coste, radicado en la provincia de Oaxaca, fué acusado por el Goberna dor de La Habana ante la inquisición — 1792—, por intentar la sublevación de la Nueva España, des embarcando en Veracruz la Vieja, negros de Santo Domingo. El Virrey, conocedor de la denuncia, co misionó al Capitán de fragata, Ignacio Olaeta, pa ra capturar al acusado, pero sin conseguirlo, no obstante los fuertes gastos hechos en más de un año transcurrido. El doctor Coste era un ardiente partidario de la revolución francesa. El poeta peruano Pablo de Olavide, admirador de Voltaire y Rousseau, fué condenado a ocho años de reclusión, en un convento de España; pero algu nos ministros de Carlos III facilitaron su fuga a Francia, en donde burlando a la Inquisición, envió a España y América una circular revolucionaria, en la que decía que el pueblo gobernaba en Francia, ofreciendo asilo a los defensores de la humanidad; que amaba la heroica revolución francesa, cima de los derechos del hombre. Terminaba invitando a la nación española a sacudir el yugo y convocar a Cortes, expresando las miserables condiciones en que el pueblo se encontraba.
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Ante la Inquisición de Méjico, cuya jurisdicción abarcaba basta parte de la América Central, fué denunciado Fray José Antonio Mejía, elocuente predicador y hombre de ideas muy avanzadas pa ra su tiempo, admirador del movimiento realizado por la burguesía ilustrada, laboriosa, revoluciona ria, apoyada por el pueblo de Francia, hasta de rrocar a la realeza y a la nobleza parasitarias. La denuncia se hizo en mayo de 1798, causando al mencionado fraile español, que habitaba en una lejana región de Nicaragua, grandes padecimien tos. Don Juan Antonio Montenegro originario de Sayula, joven, culto, revolucionario, fué también de nunciado ante ese terrible Tribunal, en octubre de 1793, por “ ideas funestas, y partidarismo de la re volución francesa,” condenado a destierro de las Cortes, de Madrid y México, por diez años, veinte leguas en contorno, debiendo cumplir los dos pri meros, recluso en el colegio de Misioneros Apostó licos de Santa Cruz de Qnerétaro. Don Manuel Esteban de En derica, español, su frió también las persecuciones del Santo Oficio, con denado a semejante destierro, por diez años. El español Juan Guerrero, contador de la Nao de China, también fué procesado por la Inquisición, considerándosele “ Responsable del intento de Inde pendencia de la Nueva España/’ Debe mencionár sele entre los precursores ideológicos de la emanci pación nacional.
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El Capitán dei Regimiento de Dragones, Juan Marta de Murgiel, nacido en Francia, ae suicidó a los 39 anos de edad, después de un cautiverio de un mes y un día, en las cárceles de la Inquisición, en donde sufrió terriblemente, acusado de “ Simpati zar con los postulados de la revolución francesa.” El mismo fiu tuvo el médico francés, Esteban Maurei, quien con unas espabiladeras se rompió la arteria carótida, desesperado por su prisión en el Santo Oficio, acusado de igual delito. El ilustrado Conde de Gálvez, ha sido también considerado como un precursor de la Independen cia nacional. En ei interesante Preliminar de don Nicolás Rangel, al II Tomo de “ Los Precursores Ideológicos de la Guerra de Independencia,” se lee este pinto resco final: “ Involuntariamente recordamos el an tiguo Café de la Concordia, viejo centro de re unión, en donde fueron aprehendidos los france ses que, so pretexto de esparcir el ánimo, tratan de los asuntos de la Francia revolucionaria. Allí fueron sorprendidos y puestos en prisión los fran ceses que tolerara Revillagigedo y que el demasiado celoso Branciforte mandó aprehender. Las causas seguidas individualmente, perfüanse apenas en los extractos que se publican, los que in extenso verán la luz en posteriores volúmenes. Pero llamaremos la atención acerca de este Café —donde por prime ra vez se cantó LA MARSELLESA, acompañada al clave por el músico de la catedral, José Jimé-
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nez.” (“Los Precursores Ideológicos de la Guerra de Independencia.” Tomo I, Preliminar de Nicolás Rangel, págs. Y a IX .) Insurrecciones hubo en todas las regiones de la ex tensa colonia. Los negros, particularmente en las selvas veracruzanas, levantáronse contra sus verdu gos. La insurrección fue calmada por el humanitaris mo del Virrey don Luis de Yelasco I I ; pero algún tiempo después, los malos tratos continuaron. Sien do Presidente de la Audiencia —que gobernaba a principios del siglo X V II—-, don Pedro de Otálora, presbítero, licenciado, y Oidor Decano, se mandaron ahorcar 29 negros y 4 negras, cortándose sus cabezas y exhibiéndose en escarpias, en la plaza principal de la ciudad de México, únicamente por los rumores de que los negros tenían el proyecto de rebelarse, sin que existiesen pruebas de la supuesta conspi ración. El indio Mariano de Nayarit y el panadero Ja cinto Canek en Yucatán, acaudillaron rebeliones de indios. En la muy “ noble y leal” Ciudad de México, un gran tumulto provocó el incendio del Pa lacio Municipal y difundió el pánico entre los habi tantes, con la presencia de masas indígenas, enlo quecidas por el hambre y los malos tratamientos. “ El 16 de junio de 1691, a causa del hambre, y motivada por la ruina de la siembra plagada de langosta, hubo una sublevación de indígenas en Tlaxcala, la cual fué secundada en México con un motín popular, del que resultaron incendiados
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el palacio de los Virreyes y las casas de Cabildo. El Virrey se vió obligado a refugiarse eu el convento de San Francisco. Tiempo después, y por sospechas, el gobierno virreinal hizo ahorcar a media docena de tlaxcaltecas, acusándolos de que habían sido los incendiarios del palacio virreinal. No obstante aquel cruel escarmiento, poco tiempo después hubo nue vo motín en Guadalajara.” (Efemérides Nacionales. Pag. 165. Ricardo Pérez.) Durante los tres siglos de la dominación hispá nica, muchas tribus indígenas arrastraron vidas trashumantes en selvas y serranías preñadas de peligros, cazadas como fieras, antes que incorpo rarse a la “ civilización.’’ Millares de indios pere cieron en esa vida, prefiriendo la muerte a una existencia miserable, particularmente en el norte de la Nueva España. Las rebeliones fueron algu nas veces vencidas por la intervención de hábiles prelados, quienes consiguieron con sus prédicas su jetar a las masas y calmar su desesperación. Las más fueron ahogadas en sangre, asesinándose cruel mente a sus jefes, como a Jacinto Canek en Yucatán. Aplicando el método del materialismo histórico, a la evocación hecha, se impone el siguiente resu men: La organización de los trabajadores, en los pueblos prehispánicos, fué sólidamente reglamenta da, sirviendo su explotación a reyes y nobles. Las clases privilegiadas se aliaron a los castellanos, para conservar su posición. La conquista española en América, tuvo finalidad materialista; las cuatro
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clases sociales nativas fueron substituidas por otras cuatro equivalentes: Reyes y nobleza supe rior, por virreyes y funcionarios de alta categoría. Nobleza inferior, por peninsulares y criollos ricos. Artífices y artesanos (indios) por operarios técni cos (españoles en gran mayoría) integrando los gremios de la Nueva España. Tamemes (cargado res), macebuales (peones) y esclavos, por masas de indios y negros, destinados a burdas faenas. La propiedad de la tierra tuvo modalidades semejantes, aunque con distintos nombres. Siguieudo la dialéctica de la historia — marxista—, debe hacerse la siguiente interpretación. Te sis: Intensa explotación por una minoría privile giada — casta parasitaria integrada por sacerdotes y guerreros— , sobre la mayoría productora. Antí tesis: Rebelión de numerosos pueblos oprimidos por los grupos privilegiados de la Triple Alianza —Imperio Azteca, Reinos de Acolhuacán y Tlacopan— , aliándose a los blancos. Síntesis: La con quista y el establecimiento del régimen colonial es pañol, unificando políticamente, en un territorio mayor de 4.000.000 de kilómetros cuadrados, apro ximadamente, a conquista dores y conquistados.
CO N TRADICCIONES E N TRE LA IN ICIACION Y LA CONSUMACION D E LA IN D EPEN D EN C IA .— PRIN CIPIO D E LAS GUERRAS CIVILES EN M E XICO , PARALELO E N T R E MORELOS Y
BOLIVAR, REPRESENTATIVOS D E LAS
GUERRAS D E IN D EPEN D EN CIA D E NUEVA ESPAÑA Y SU DAM ERICA
C A P IT U L O I I
Estudiaremos el desarrollo de la guerra de In dependencia y las primeras causas de nuestras san grientas luchas civiles, destruyendo con pruebas irrefutables el falso argumento reaccionario, de que la independencia fué prematura, por no estar el pueblo mexicano preparado para gobernarse por sí mismo, desprendiéndose de la maternal tutela his pana. Nunca los aprovechados del coloniaje permi ten que se instruyan los explotados. En Nueva Es paña, sólo existían 29 centros culturales y 11,118 iglesias, al comenzar la guerra de Independencia. Si hubiera sido a la inversa, la situación del pueblo habría sido muy distinta. Entre las causas externas más importantes de la indepedencia nacional, deben citarse las siguien tes: El ejemplo contagioso de los Estados Unidos emancipándose de Inglaterra (1776 a 1783). La in fluencia de las ideas propagadas por la Revolución Francesa. Libertad, Igualdad, Fraternidad. Dere chos del Hombre y del Ciudadano y Soberanía de los Pueblos (1789 a 1795), difundiéndose en los dominios del imperio español en América, no obs-
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tante las precauciones que se tomaron para impe dir su penetración. La invasión del ejército de Na poleón I, en España, posesionándose de las más ricas y estratégicas regiones de su territorio, en viando prisionera a la familia real, a Bayona, Francia, para colocar en el trono a su hermano José Bonaparte, lo que trajo por consecuencia, que al intentarse la independencia de la Nueva Es paña ofreciéndose la Corona a Fernando V II, cau tivo, no se atacase al soberano legítimo, “ Rey por la gracia de Dios,” sino al usurpador francés, quien regía, por la violencia, los destinos de la nación. La Decadencia del imperio español, iniciada desde mediados del siglo X V II, agudizada hasta el extre mo, a x>rincipios del X I X ; decadencia que en el proceso histórico constituyó la transición del feu dalismo en desintegración, al sistema capitalista, incipiente en Europa, desde el siglo X V III. Los peligros constantes de las flotas, por guerras in ternacionales, piratas y corsarios, restringiendo intensamente el comercio y la prosperidad de Es paña y sus posesiones, en los últimos tiempos de virreinatos y capitanías generales, en América. Consumóse la conquista española con la alianza de las clases privilegiadas indígenas. Las modali dades de las propiedades de la tierra, sustituyeron a las aborígenes y los gremios coloniales a los gre mios indígenas, pero quedando en más penosas con diciones las clases oprimidas. Las tierras llamadas “ mercedes reales,” fueron para premiar hazañas y
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amistades con los soberanos de España, como an tes fueron para los nobles. Los ejidos y fundos lega les sustituyeron a los “ Calpullis y Calpullallis.” Los gremios de la Nueva España, regidos por co fradías religiosas, predicando siempre obediencia y resignación, sustituyeron a los gremios de artesa nos indios. Se ha dicho y debe repetirse lo que sigue: Los negros eran oficialmente escfavos, pudiendo ser comprados y vendidos hombres y mujeres, como bestias en el mercado. La mitad del presupuesto anual de ingresos, o sean diez millones de pesos, salía de la Colonia, dejándose de hacer mejo ras —escuelas, caminos, irrigaciones, hospitales, etcétera— , causando hondo malestar en toda la población de la Nueva España. La agricultura es taba en pésimas condiciones. De los enormes lati fundios de los españoles, sólo se cultivaban pe queñas fracciones. Esos territorios represen taban un fuerte crédito financiero. La industria estaba estrangulada, porque se quería que la Nue va España, como las demás colonias, fuesen merca dos de consumo de la industria española. No debía producirse, sino consumirse en las colonias. El co mercio estaba limitado y prohibido el tráfico con todos los países del inundo, y aun el de las colo nias entre sí. Unicamente se permitían transaecio nes mercantiles con España y por determinados puer tos. En consecuencia, este agudo malestar económi co, social y político —porque todos los puestos pú
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blicos de importancia eran desempeñados por espa ñoles—•,produjo la explosión revolucionaria de 1810. El estandarte levantado por Hidalgo fué “ Inde pendencia y Tierras.” El obispo, Abad y Queipo, de Michoacán y arzobispo Lizana de México, excomul garon a Hidalgo “ por revolucionario y enemigo del orden social y atacar la propiedad de la tierra,” declarando en sus pastorales que “ no se creyere a aquel mal sacerdote revoltoso, que prometía tierras que no daría.” Edicto del Obispo de Michoacán Abad y Queipo, insertado en “ México a Través de los Siglos.” Yol. Til. Apéndice. Documentos. 3 Pág. 758. “ Que en cuanto al cura Hidalgo y sus secuaces intentan persuadir y persuaden a los indios, que son los dueños y señores de la tierra, de la cual los despo jaron los Españoles por conquista, y que por el mismo medio ellos la restituirán a los mismos In dios; en esta parte el proyecto del Cura Hidalgo, constituye una causa particular de guerra civil, de anarquía y destrucción ” En la obra citada, Vol. III. Pág. 130, aparece la proclama del arzobispo Lizana, fechada el 18 de oc tubre de 1810, donde dice: “ Hijos míos, no os dejéis engañar: El Cura Hidalgo, procesado por hereje; no busca vuestra fortuna sino la suya; como ya os tenemos dicho en la exhortación del 24 de sep tiembre: Ahora os lisonja con el atractivo hala güeño de que os dará la tierra; no la dará y os quitará la fe; os impondrá tributos y servicios
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personales, porque de otro modo no puede subsistir en la elevación a que aspira y derramará vuestra sangre y la de vuestros hijos.” En las regiones dominadas por ejércitos insur gentes, Hidalgo decretó medidas agrarias para me jorar la condición económica de las masas indíge nas: “ Don Miguel Hidalgo y Costilla, Generalísimo de América, etc., por el presente mando a los jueces y justicias del distrito de esta capital que inmedia tamente procedan a la recaudación de las rentas vencidas hasta el día, por los arrendatarios de las tierras pertenecientes a las comunidades de los natu rales, para que enterándolas en la Caja Nacional, se entreguen a los referidos naturales las tierras de cultivo, sin que para lo sucesivo puedan arren darse pues es mi voluntad que su goce sea única mente de los naturales en sus respectivos pueblos.” “ Dado en mi Cuartel General de Guadalajara, a 9 de diciembre de 1810.”—“ Miguel Hidalgo y Costi lla, Generalísimo de América.—Por mando de 8. A . Licenciado Ignacio Rayón, Secretario.—Francisco Hernández, Coronel.” Hidalgo, resuelto a repartir tierras, para mejo rar las angustiosas condiciones de los indios, pro yectaba el establecimiento de un Instituto Agrario, adelantándose 125 años a la reciente creación del Departamento Agrario. El culto escritor Luis Cas tillo Ledón, de reconocida seriedad en asuntos históricos, investigador de la obra de Hidalgo, auto rizó al autor a exponer que posee el documento que
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comprueba el proyecto de Hidalgo para la fundación del mencionado Instituto Agrario. Los historiadores reaccionarios han hecho seve ros cargos a Hidalgo, por atentar contra la pro piedad privada, particularmente al tomar Guana juato, Valladolid y Guadalajara. Esos cargos se convierten en aprobaciones —juzgados por la moral clasista-proletaria— porque realizó entonces reivin dicaciones justas en favor de las masas explotadas, hambrientas, semidesnudas___ Al tomar posesión de la Alhóndiga de Granaditas entregó a los barreteros que se le unieron y que se encontraban en la miseria, barras de plata, diciéndoles: “ tómen hijos esta plata que han arrancado con sus manos de las entrañas de la tierra y que los gachupines han aprovechado desde hace si g l o s . .. . ” Y frente a grandes almacenes, colmados de víveres, abrió sus puertas, diciendo paternalmen te a multitudes famélicas de indios: “ que satisfacieeen su hambre con aquellos alimentos, acumula dos por sus opresores a costa de su m is e r ia ....” Barreteros y peones gozaron, por excepción y acci dentalmente, de bienestar y hartura, gracias a la justiciera audacia y energía del cura de Dolores, representativo indiscutible de compactas masas, es pantosamente tiranizadas y que conservaban, por tradición tricecular, el odio de sus ancestros, para sus opresores y verdugos, desde la conquista. Hidalgo fué el iniciador de la insurrección eman cipadora de la Nueva España, hábilmente prepara
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da, ofreciendo el trono de nna “ Monarquía Tem plada” a Fernando VII. Atentar contra el Rey constituía un sacrilegio; se había hecho creer al pueblo que era el representante de Dios en la tie rra, gobernando por su gracia y voluntad. Los his toriadores, enemigos de Hidalgo, afirman que no fué iniciador de la independencia, sino instrumento de los criollos para entregarles la autoridad polí tica, arrebatada a los españoles. Este concepto demuestra, desde el punto de vista marxista, falta de conciencia de clase, porque entre los criollos ha bía ricos y pobres, llegando la diferencia hasta el seno de las familias, pues los primogénitos here daban fortuna y títulos nobiliarios, de sus ascen dientes. A los hermanos menores se les designaba con el despectivo epíteto de “ Segundones” y vivían subordinados a la voluntad del mayor, esperando de su generosidad, amparo y ayuda que hiciese ama ble su existencia. La lucha de clases dividió tam bién a las instituciones religiosas; el alto clero aliado a la privilegiada, fulminó excomuniones so bre los insurgentes; el clero pobre, apoyó la causa emancipadora. Los historiadores que no aplican el método del materialismo histórico, confunden la lucha de ro erás, con la lucha de clases. Hidalgo, lanzado a la revolución de independen cia antes de su madurez, por haberse descubierto la conspiración, tuvo, sin embargo, el proyecto de organizar políticamente el nuevo Estado, convocan
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do a un Congreso en el que estuviesen representa das todas las provincias del reino, organizándolo políticamente con la estructura de “ Monarquía Templada,” vocablo que equivale a una mezcla de patriarcal y constitucional, tendiente a moderar la autoridad del Rey. Respecto a la estructura econó mica de la colonia emancipada, Hidalgo proyectaba confiscar los bienes de los españoles y sus fami liares “ criollos españolizados” en beneficio del pue blo mexicano, lo que no pudo realizar por la breve dad de su lucha y sil caída. Decretó —efectuándolo en las regiones dominadas por el ejército insurgen te— la abolición de la esclavitud y de los tributos abrumadores, que pesaban sobre los indios. Hidal go, fué el primer libertador de esclavos en el Con tinente Americano. Proyectaba también repartir tierras entre los indígenas como se ha mencionado. Su proyecto de estructuración social, fué difundir las artes, los oficios y una cultura rudimentaria, entre las masas laboriosas. En comprobación, deben citarse sus esfuerzos constantes para establecer industrias que aprovechasen particularmente a los indo-mestizos: cultivo de moreras para fabrica ción de sedas, alfarerías, fábricas de loza, viñedos; organizando pláticas amenas, bandas de música, coros y diversiones, que instruyesen y recreasen a los pobladores de las rancherías, sujetas a su ju risdicción parroquial. Así se explica el respeto y amor que le prodigaron siempre las masas abo rígenes.
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Morelos, revolucionario de mentalidad avanzadí sima para su época; poseedor de luminosa visión política, profesó firme admiración por la persona lidad y obra de Hidalgo, de quien fué discípulo en el colegio de San Nicolás, Valladolid. Glorificó su memoria en el punto 23 para la Constitución Polí tica de la Nueva Nacionalidad. Sus frases son ex presivas respecto al iniciador de la independencia: “ Que igualmente se solemnice el 16 de septiembre todos los años, recordando siempre el mérito del Grande Héroe, el señor don Miguel Hidalgo.” El Gobierno virreinal expidió un decreto orde nando que todas las tierras del Estado se repartie ran entre los peones, quienes debían recibir, para su cultivo, capitales que serían tomados de las cajas municipales. Estas se encontraban vacías. El de creto era un engaño a los indios, para evitar la re volución agraria. (Petzcousky, Historia de la Revo lución de México.) Publicamos la parte más importante de un de creto, expedido en España, desde 1807, cuando co menzaron las insurrecciones en sus Colonias de Amé rica, base del expedido en la Nueva España (1813). “ 15. De las mismas tierras restantes de valdíos y realengos, se asignarán las más a propósito para el cultivo, y a todo vecino de los pueblos respectivos que lo pida y no tenga otra tierra propia, se le dará gratuitamente por sorteo, y por una vez, una suerte proporcionada a la extensión de los terrenos, con tal que el total de las que así se repartan en cual-
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qnier caso, no exceda de la cuarta parte de los di chos valdíos o realengos, si éstos no fuesen suficien tes, se dará la suerte en las tierras labrantías de propios y arbitrios, imponiéndose sobre ellas, en tal caso, un canon redimible de la misma en el quinque nio, hasta el fin de 1807, para que no decaigan los fondos municipales. “ 16. Si alguno de los agraciados por el prece dente artículo, dexase en dos años consecutivos de pagar el canon, siendo de propios la suerte, o de te nerla en aprovechamiento, será concedida a otro vecino más laborioso que carezca de tierra propia. “ 17. Las diligencias para estas concesiones se ha rán también sin costo alguno por los Ayuntamientos, y las aprobarán las diputaciones provinciales. “ 18. Todas las suertes que se concedan... lo se rán también en plena propiedad para los agracian dos y sus sucesores... pero los dueños de éstas suer tes no podrán enagenarlas antes de cuatro años de como fuesen concedidas, ni sujetarlas jamás a vin culación, ni pasarlas en ningún tiempo, ni por títu lo alguno, a manos muertas. “ 19. Cualquiera de los agraciados referidos o sus sucesores que establezcan su habitación per manente en la misma suerte, será exento por ocho años, de toda contribución o impuesto sobre aquella tierra o sus productos. “ 20. Este decreto se circulará no sólo a todos los pueblos de la monarquía, sino también a todos
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los ejércitos nacionales, publicándose en éstos de manera que llegue la noticia de cuantos individuos los componen.” Más tarde, Morelos, con mayor energía, dictó al gunas disposiciones económicas y sociales que daban a la guerra de Independencia un carácter definido de lucha de clases y revolución agraria. Lucha de clases entre oprimidos y opresores. Oprimidos: los insurgentes, y opresores los realistas. Para tener idea de la grandeza de Morelos y de la trascendencia de su obra económica y social, léa se el siguiente decreto y sus puntos principales pa ra la primera Constitución Política de México. “ MEDIDAS POLITICAS QUE DEBEN TOMAR LOS JEFES DE LOS EJERCITOS AMERICA NOS PARA LOGRAR SU FIN POR MEDIOS LLANOS Y SEGUROS, EVITANDO LA EFU SION DE SANGRE DE UNA Y OTRA P A R T E : “ Sea la primera. Deben considerarse como ene migos de la Nación, y adictOB al partido de la tira nía, todos los ricos, nobles y empleados de primer orden, criollos y gachupines; porque todos estos tie nen autorizados sus vicios y pasiones en el sistema y legislación europeas, cuyo plan se reduce en subs tancia a castigar severamente la pobreza y la tonte ra, que es decir la falta de talentos y dinero, úni cos delitos que conocen los Magistrados y Jueces de esos corrompidos Tribunales.
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“ Este es un principio tan evidente, que no necesi ta de otra prueba que la de tender los ojos por cua lesquiera de las providencias y máximas diabólicas del tirano Venegas, quien está haciendo un virrey mercantil, servilmente sujeto a la desenfrenada co dicia de los comerciantes de Cádiz, Yeracruz y Mé xico, y bajo este indefectible concepto, deben tirar sus líneas nuestros libertadores, para no aventurar la empresa. “ Síguese de dicho principio, que la primera dili gencia que sin temor de resultas deben practicar los generales o comandantes de divisiones en América, luego que ocupen alguna población grande o peque ña es, informarse de la clase de ricos, nobles y em pleados que haya en ella, para despojarlos en el momento de todo el dinero y bienes raíces o muebles que tengan, repartiendo la mitad de su producto entre los vecinos pobres de la misma población, para captarse la voluntad del mayor número, reservando la otra mitad para fondos de la Caja Militar. “ Segunda: Para esta providencia, debe proceder una Proclama compendiosa, en que se expongan las urgentes causas que obligan a la Nación a tomar este recurso con calidad de reintegro, para impe dir que las tropas llamadas del Rey, hostilicen los pueblos, con el objeto de saquearlos, pues sabedores de que ya no hay en ellos lo que buscan, no empren derán tantas expediciones. “ Tercera: El repartimiento que tocare a los veci nos de dichas poblaciones, ha de hacerse con la ma
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yor prudencia, distribuyendo dinero, semillas y ga nados con la mayor economía y proporción, de mane ra que nadie enriquezca en lo particular, todos que den socorridos en lo general, para prendarlos, conciliándose su gratitud; y así, cuando se colecten diez mil pesos partióles, se reservarán cinco mil para el fondo, y los otros cinco mil se repartirán entre aque llos vecinos más infelices, a diez, quince o veinte pesos, según fuese su número, procurando que lo mismo se haga con las semillas, y ganados, etc., sin dejarles muebles o alhajas conocidas, que des pués se las quiten los dueños, cuando entren las tro pas enemigas. “ Cuarta: Esta medida deberá extenderse al oro y demás preciosidades de las iglesias, llevándose cuen ta para su reintegro, y fundiéndose para reducirlo a barras y tejos portátiles, disponiendo los ánimos con referir en la Proclama las profanaciones y sa crilegios a que están expuestos los templos con la entrada del enemigo, y que esto se hace para liber tarlos de tales robos. Este producto se conservará íntegro para los gastos de una guerra tan santa. “ Quinta: Deberán derribarse en dichas poblaciones todas las Aduanas, Garitas y demás edificios reales, quemándose los archivos, a excepción de los libros parroquiales, pues sin esta providencia jarnos se logrará establecer un sistema liberal, nuevo, para lo cual es necesario introducir el desorden y la con fusión entre los Gobernadores, Directores de Ren tas, etc., del partido realista.
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“ Sexta: En la inteligencia de que para reedificar es necesario destruir lo antiguo, deben quemarse to dos los efectos ultramarinos de lujo que se encuen tren en dichos pueblos, sin que en esto haya piedad o disimulo, porque el objeto es atacar por todas partes la codicia gachupina, dejando inutilizados los pudientes de los lugares para que no puedan comer ciar con ellos en dichos efectos, causando iguales o mayores extorsiones. “ No hay que temer la enemistad de los despojados, porque, a más de que sou muy pocos, comparados por el crecido número de miserables que han de re sultar beneficiados, ya sabemos todos, por experien cia, que cuando el rico se vuelve pobre, por culpa o por desgracia, son impotentes sus esfuerzos, y los gachupines le decretan el desprecio. “ Séptima : Deben también utilizarse todas las ha ciendas grandes, cuyos terrenos laboríos pasen de dos leguas, cuando mucho, porque el beneficio posi tivo de la agricultura consiste en que muchos se dediquen con separación a beneficiar un corto terre no que xmedan asistir con su trabajo e industria, y no en que un solo particular tenga mucha extensión de tierras infructíferas, esclavizando millares de gentes para que cultiven por fuerza en la clase de gañanes o esclavos, cuando pueden hacerlo como pro pietarios de un terreno limitado, con libertad y be neficio suyo y del público. Esta es una medida de las más importantes, y por tanto, deben destruirse todas las obras de presas, acueductos, caseríos y demás
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oficinas de los hacendados pudientes, criollos o ga chupines, porque como se ha dicho, a la corta o la larga, han de proteger con sus bienes las ideas del déspota que aflige al reino. “ Octava: Debe también quemarse el tabaco que se encuentre, así en rama como labrado, docilitando a las pueblos para que se acostumbren a privarse de este detestable vicio, que no solamente es dañoso a la salud, sino también el principal renglón con que cuenta Venegas para fomentar la guerra tan cruel que está haciendo con los productos incalculables de esta maldita renta. Si Moreno y Moctezuma, cuan do estuvieron en Orizaba y Córdoba, hubieran que mado más de cuarenta mil tercios de tabaco, inuti lizando a los vecinos pudientes de aquellas villas, hubieran puesto al tirano en la mayor consternación, precisándolo tal vez a capitular, porque estas hosti lidades les son más sensibles a los gachupines, que cuantas victorias consiga el ejército de América con tra las tropas enemigas, porque la pérdida es siem pre de criollos y no de intereses. Finalmente, estas propias medidas deben tomar se contra las minas, destruyendo sus obras, y las haciendas de metales sin dejar ni rastro, porque en esto consiste únicamente nuestro remedio. La mis ma diligencia se practicará con los ingenios de azú car, pues lo que necesitamos por ahora es que haya semillas y demás alimentos de primera necesidad pa ra mantener las vidas, sin querernos meter a proyec tos más altos, pues todo esto quedará para después
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do haber destruido al Gobierno tirano y sus saté lites, conteniendo su codicia con la destrucción de sus arbitrios con que nos hacen la guerra, y despo jando a los pudientes del dinero con que le auxilian. Este plan es obra de muy profundas meditaciones y experiencias: si se ejecuta al pie de la letra, ya te nemos conseguida la victoria.”
PUNTOS PRINCIPALES PARA LA CONSTITU CION POLITICA: 39 Que todos sus sacerdotes se sustenten de to dos, y sólo los diezmos y primicias, y el pueblo no tenga que pagar más obvenciones que las de su de voción y ofrenda. 59 La Soberanía dimana inmediatamente del pue blo, el que sólo quiere depositarla en sus represen tantes, divididos los poderes de ella en Legislativo, Ejecutivo y Judiciario, eligiendo las provincias sus vocales, y éstos a los demás, que deben ser sujetos sabios y de probidad. 99 Que los empleos los obtengan sólo los ameri canos. 10. Que no se admitan extranjeros, si no son artesanos capaces de instruir, y libres de toda sos pecha. 11. Que la patria no será del todo libre y nues tra mientras no se reforme el Gobierno, abatiendo el tiránico, substituyendo el liberal y echando fuera
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de nuestro suelo al enemigo español, que tanto se ha declarado contra esta Nación. 12. Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, mo deren la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus cos tumbres, aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto. 13. Que las leyes generales comprendan a to dos, sin excepción de cuerpos privilegiados, y que éstos sólo lo sean en cuanto el uso de su ministerio. 15. Que la esclavitud se proscriba para siem pre, y lo mismo la distinción de castas, quedando to dos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud. 16. Que nuestros puertos se franqueen a las na ciones extranjeras amigas, pero que éstas no se in ternen al reino por más amigas que sean, y sólo haya puertos señalados para el efecto, prohibiendo el des embarco en todos los demás, señalando el 10% u otra gabela a sus mercancías. 22. Que se quite la infinidad de tributos pechos e imposiciones que más agobien y se señale a cada individuo un 5% en sus ganancias, y otra carga igual, ligera, que no oprima tanto, como la alcabala, el estanco, el tributo y otros, pues con esta corta contribución, y la buena admiinstración de los bie nes confiscados al enemigo, podrá llevarse el peso de la guerra y honorarios de empleados. L.
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28. Que igualmente se solemnice el (lía 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la independencia y nues tra santa libertad comenzó, pues en ese día fuó en el que se abrieron los labios de la Nación para recla mar sus derechos, y empuñó la espada para ser oída, recordando siempre el mérito del grande héroe, el señor don Miguel Hidalgo y su compañero don Ig nacio Allende.” Demuestran estas disposiciones que Morelos que ría un Gobierno barato; que los funcionarios no ac tuasen para ganar sueldos crecidos, sino modestos, a fin de no imponer pesadas contribuciones. En su pintoresco lenguaje de cura de pueblo, decía a los licenciados Quintana Roo y López Rayón, al hablar de la Constitución Política de la República Indepen diente: “ Quiero que quede abolida la esclavitud y todo lo que a ella huela.” Morelos demostró su conciencia clasista, al de fender los intereses de las masas oprimidas, orde nando que se considerasen sus enemigos, a los espa ñoles y criollos ricos. Estimó que los pobres podían tomar parte en la causa emancipadora, junto con mestizos, indios y negros. Morelos fué fusilado el 22 de diciembre de 1815. pero en sus cinco años de lucha puso los cimientos del obrerismo y del agrarismo contemporáneos. Con sideró indispensable el reparto de las grandes ha ciendas para crear la pequeña propiedad y mejo rar a los agricultores que labran la tien*a con sus
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manos. Declaró que era necesario el aumento de jor nal a los trabajadores, para que pudiesen vivir co mo hombres y no como bestias. Morolos fué hombre sencillo. Sus palabras, subra yadas por los hechos, son grandes como las monta ñas. Cuando, careciendo de recursos, sitiado en Cuautla, con sólo dos mil hombres contra diez mil de Calleja, éste le ofreció el indulto, Morelos respal dó el oficio con esta frase: “ Concedo igual gracia a Calleja y a los suyos.” Después de una serie de victorias, ordenó a sus tropas: “ Esta noche, a acuartelarse en Oaxaca.” La ciudad fué tomada a los realistas, horas después. Si Morelos hubiese vivido, la Independencia se habría hecho en condiciones completamente distin tas de las realizadas por Iturbide. La Colonia de Nueva España era enorme. Recuérdese la extensión perdida por la invasión americana de 1847. Agrega da Centroamérica, sin derramamiento de sangre, gracias a la Indepedéncia, México abarcaba desde Panamá hasta la región que hoy pertenece a los Estados Unidos (Alta California, Nuevo México y Texas), 5.000,000 de kilómetros cuadrados. El pueblo mexicano habría crecido vigorosamente dueño de sus tierras inmensas, sin hambre, ni de sangramientos, causados por incesantes guerras in teriores. Los despojos territoriales sufridos en 1847 y 1854, así como la penetración imperialista poste rior a 1371, habrían encontrado resistencias mayo
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res que las que han tenido que vencer, por la pro bable fuerza numérica e ideológica de la población mexicana. Morelos, Jefe de la Revolución agraria y representativo de las clases oprimidas, habría realizado —dados su talento genial y voluntad in quebrantable— una obra de trascendencia extra ordinaria, en el gobierno del México independiente. Su ejemplo y tradición revolucionarios, habrían —probablemente— ejercido benéfica influencia en todos los países americanos, emancipados del colo niaje español. Desde la muerte de Morelos, hasta el Plan de Iguala, celebrado entre Guerrero e Iturbide, la lu cha emancipadora tuvo por núcleo principal el Sur de la Nueva España. Hubo una excepción en el Oriente y el centro; la expedición de Javier Mina, rápida y deslumbradora —epopeya y tragedia— fi nalizada con el fusilamiento del héroe navarro, de 28 años de edad, representativo de la lucha de cla ses; defensor audaz de las oprimidas, en España contra la penetración militar del Imperio de Napo león I, y en México contra la explotación colonial y el abyecto régimen de Fernando VII. Mina fué un libertador intemacionalista: generoso, románti co, genial. El general Guerrero, abnegado y perseverante en la lucha armada, pero ingenuo en intrigas políti cas, entregó el mando a Iturbide, demostrando su desinterés. Su inexperiencia convirtió la victoria en contrarrevolución. Iturbide fué la antítesis de Mo-
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reíos. Aristócrata por nacimiento, enemigo de la independencia cuando ésta tuvo por finalidad la emancipación de campesinos y artesanos; cruel y ambicioso al tornarse Emperador. Se le asignaron § 1.5üU,U00.0ü anuales para gastos de la familia im perial. (Iloy equivaldría, apoximadamente, a ----§1.000,000.00 al mes.) Se le regaló un terreno en Texas, de 20 leguas cuadradas. Para sostener su cor te suntuosa, deslumbradora, decretó la miseria de las masas, agotadas por once años de lucha. Iturbide declaró: “ Amo a la Independencia, pero odio a los insurgentes. Sólo deben tomarse en cuen ta los méritos desde el Plan de Iguala.” Hidalgo, Morelos, fueron bandoleros para Iturbide. Los in surgentes quedaron postergados, y sus enemigos, los realistas, llevados al poder, burlando al pueblo mexicano. Esta burla tuvo una revancha. Es el principio de nuestras guerras civiles. Desde enton ces, existen dos partidos: el opresor y el oprimido. Los oprimidos se llamaron republicanos, y los opre sores imperialistas. Continúa la lucha. Continuará hasta que las masas conquisten su definitiva libe ración económica. Esas fueron las contradicciones entre la inicia ción y la consumación de la Independencia. Es de cir, banderas opuestas: la de Morelos, “ Independen cia y Tierras,” y la de Iturbide, “ Independencia y Privilegios.” Todas las riquezas quedaron en manos de los españoles, quienes se opusieron, en 1820, a la vigencia de la Constitución de Cádiz, porque otor
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gaba iguales derechos políticos a los nacidos en Es paña y en sus Colonias. Los privilegiados querían la Independencia, pero para ellos, y con un imperio deslumbrador, mientras el pueblo se debatía en la miseria. Debe repetirse que las contradicciones entre la iniciación y la consumación de la Independencia, fueron orígenes de nuestras guerras interiores. No como afirman autores reaccionarios, que se debiertra a que no estaba preparado el pueblo mexicano para su independencia. A los pueblos oprimidos los exalta a su liberación, la tiranía. Sus opresores les impiden instruirse. Para comparar las finalidades y caracteres de las guerras de Independencia en Sudamérica y Nueva España, precisa un paralelo entre sus dos mayores representativos: Bolívar y Morelos. De las obras “SIMON BOLIVAR” por los más grandes escritores americanos, y BOLIVAR Y SUS TENIENTES ” por Giro Bayo. “ En Bolívar halla un escritor —el venezolano Arcaya— muchos de los rasgos presentados por Lombroso, como indicio de los orígenes y nexos psiquiá tricos del genio, y apunta los siguientes: EsteHlidad: El Libertador no dejó descendencia de su ma trimonio, ni tampoco, que se sepa, hijos ilegítimos. Delirio: El convite de Angostura, ofrecido a W. Irving, cuando Bolívar sube de pronto a la mesa del
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banquete, y va de un extremo a otro, pisando cuanto en ella había, y exclama ante los circunstantes, sor prendidos: “ Así iré, del Atlántico al Pacífico, hasta acabar con el último español.” Hiperestesia psíqui ca: Muchos sucesos prueban la vivísima sensibilidad de Bolívar, generadora de acciones impulsivas, ins tantáneas, provocadas por cualquier motivo que le chocase.. . ; por eso también la inquietud de su ca rácter, la impaciencia que le dominaba, los accesos de melancolía, precedidos y seguidos por períodos de anormal animación, verdaderas crisis nerviosas, en fin, que en los últimos años de su vida produje ron en él aquel raro estado de ánimo que él mismo describe en su correspondencia, análogo al de su pri mera juventud, después de la muerte de su esposa, en 1802. Volviendo a esta época, vemos cómo, repues to entonces por los consuelos de su maestro Rodrí guez, pasa de la tristeza más profunda a los mayores excesos contrarios. “ En Londres gasté 150,000 francos en tres meses. Me fui después a Madrid, donde sos tuve un tren de príncipe. Hice lo mismo en Lisboa; en fin, por todas partes sustenté el mayor lujo y prodigué el oro a simple apariencia de placeres,” escribía en 1804 a la baronesa de Tobriand, su prima. En esta misma carta habla de estar atormentado por vagas incertidumbres... Locomotividad: Desde muy joven se fué a Europa, y luego pasó largos años en viajes por aquel continente, y después en América. En la guerra de Independencia perdió varias cam pañas por esa ansia de movimiento que a. su vez, en
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parte, le impulsó a aquellas gloriosísimas expedicio nes a través de los Andes. Agotamiento precoz: Este rasgo, indicado por Sergi, se encuentra en Bolívar, quien a los cuarenta y siete años en que murió de tuberculosis pulmonar, representaba ser un sexage nario, según observaciones de testigos contemporá neos.” “ La oratoria era el fuerte del Libertador. Eso se explica por la consciencia de su valer, por su cul tura, que nadie le niega, por la naturaleza de los asuntos que trata y, sobre todo, por el encumbra miento político que da despejo al orador y fascina a los oyentes. En suma, la literatura de Bolívar vale por los tópicos en que se emplea, no por su enjundia artística. Algunas de sus proclamas son sobresalientes, pe ro su mérito queda anegado, porque las prodiga con demasía; bien es verdad, como escribe O’Leary, que fuera de su elocuencia, poco tenía el Libertador que dar a su ejército: unos cuantos pesos a los jefes y oficiales, y un real a cada soldado, era lo único con que podía recompensarlos, porque se necesitaba to do el dinero que se recaudaba para la compra de armas.” “ En lo que también parece que se exceden los pane giristas del héroe, es en hacerle superior a cuantos guerreros en el mundo han sido. Alejandro el Mag no es nada comparado con él. Véase lo que escribe el chileno Vicuña y Mackenna: “ Desciende sobre la costa del Coro, y es el señor de Venezuela; pasa
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los Ande» Septentrionales y se hace dueño por su propio derecho de Nueva Granada; pasa el Juanarnbú, y el Ecuador es suyo; pasa el Matará, y el Perú le pertenece; pasa el Desaguadero y da su propio nombre a JBolivia. Y todavía, de pie en las rígidas mesetas del Potosí, el águila de Orinoco bate sus alas fatigadas, y mirando con sus ojos al Pacífico y al Atlántico, quisiera ir a posarse a la vez a los cam pos del Pudeto y de Ituzaingó, para decir: Toda la América es mía.” “ La Historia — escribe a su vez Fombona—, no conoce guerrero cuyo caballo haya ido más lejos y cuyo teatro militar fuera tan extenso. Ni los capi tanes europeos Gonzalo de Córdoba, Carlos X II, Fe derico el Grande, ni los guerreros fabulosos del Asia, Gengiscán o Tamerlán, han recorrido triunfantes tantas tierras como él.” Y en otra parte: “ Cuando él (Bolívar) toma 3,á00 hombres y con ellos tra monta los Andes, no es que se reduce a pasar monta ñas con un puñado de éstos, como se pudiera creer, considerando las cosas en abstracto... Salva, ade más, un obstáculo natural como los Andes, consi derados insuperables, y ensancha su radio de acción guerrera en 90,000 leguas cuadradas, extremo des conocido por cualquier otro capitán.” Hay palabras de Bolívar, de una honda tristeza. . . Poco antes de morir, al ver que la Federación Americana se desmoronaba, y que el Congreso de pueblos americanos no había tenido éxito, y al pal par las grandes injusticias humanas, decía esta ira-
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se: “ He arado en el mar.” Y en su agonía, sus últi mas palabras, casi en secreto, dan una idea de la grandeza y dolor de aquel hombre: “ En la historia de la humanidad, los tres más grandes tontos y so ñadores que ha habido, son: Jesucristo, el Quijote y yo.” Fué Bolívar culto, aristócrata, grande derrocha dor de oro, fuertemente individualista. Bolívar, San Martín y sus tenientes colaboradores Sucre, O’Higgins, jamás tocaron la propiedad privada. Su ideal fué una liberación exclusivamente política. Se inserta, por considerarse interesante, el co mentario del escritor marxista Mirachcvski, refe rente a las relaciones entre el preimperialismo inglés y la liberación sudamericana del dominio español. La distribución de las fuerzas en la lucha por el dominio imperialis ta en la América del Sur y del Cari be. Internacional Comunista No. 11. Pág. 454. Por Y. Mirachevski. “ La llamada “ guerra de independencia” en la América del Sur y del Caribe (1808-1826), no tuvo un carácter de movimiento verdaderamente demo crático y nacional revolucionario. Los diferentes grupos y camarillas (Bolívar, San Martín y otros) que encabezan esta lucha, estaban estrechamente ligados con los terratenientes reaccionarios criollos y con la burguesía, que no deseaban compartir el
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poder y los beneficios con las clases dominantes españolas y portuguesas; temiendo como a la muer te la acción de las masas populares, y no queriendo entrar en el camino de la revolución democrática, se ligaron estrechamente con Inglaterra, que asumió el papel de “ protector” de los “ patriotas” de la América del Sur. El Gobierno inglés abastecía ex traoficialmente a los rebeldes de la América del Sur y del Caribe de dinero, armas e instructores militares, prestándoles al mismo tiempo un abierto apoyo diplomático. Aun en el Congreso de Viena (1815) a pesar de todos los esfuerzos del emperador ruso, Inglaterra impidió a las potencias europeas dar una garantía colectiva a la dominación colo nial de España; más tarde hacía fracasar, siste máticamente, las tentativas de España de apoyarse en la “ Santa Alianza” en la lucha contra los rebel des de la América del Sur y del Caribe. Todo esto aseguró a Inglaterra la situación do minante en los países de la América del Sur y del Caribe. “ La guerra de independencia” condujo sola mente a que la dependencia de España y Portugal fuera substituida por la dependencia de Inglaterra. En el transcurso de todo el siglo X IX el capital inglés casi no tuvo rivales en esos países. Todos los negocios bancarios, todo el tráfico marítimo, casi todos los ferrocarriles, se encontraban en manos inglesas. La burguesía inglesa, apoyándose en los elementos “ nacionales” burgueses terratenientes de los países de la América del Sur y del Caribe, ex
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traía de ellos colosales beneficios. Más tarde empe zó una afluencia del capital alemán y francés, pero Inglaterra predominaba tanto por el volumen de sus inversiones, como por la extensión de su comer cio. Unicamente en Méjico y en los países de la América Central, el papel de Estados Unidos era grande antes de la guerra mundial, pero en todos los países de la América del Sur, su influencia eco nómica y política, carecía de importancia.” Morelos, hijo de un carpintero, tratando en sus correrías arrieras con peones y artesanos, en campos y mesones, tuvo una idea profunda y luminosa del dolor de los de abajo, de los oprimidos; por eso dic tó decretos como el insertado, que jamás habrían firmado Bolívar y San Martín. Señaló Morelos la solución de grandes problemas actuales: agrarismo y obrerismo. Si Bolívar fué ge nial y poseyó la vasta cultura que Morelos no pudo adquirir, el último proclamó la República, siendo su actuación económica y social clasista, audazmente revolucionaria, repartiendo bienes, aboliendo escla vitud y diferencias de castas. San Martín libertó en el Sur, Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile y una parte del Perú. El resto, hacia el Norte, lo libertó Bolívar. En aquellas in mensas extensiones, y en luchas gigantescas, no se tocó la propiedad privada. Los enormes latifundios continuaron. No se pensó siquiera en mejorar eco nómicamente a las masas productoras. La guerra sólo se hacía coa finalidad política.
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En la Nueva España, desde el momento en que se inició la lucha con el grito de Dolores, se prome tieron tierras a los pueblos. Morelos, con mayor au dacia, con visión más clara, con ímpetu más enérgi co, con mejor fortuna, venciendo a sus enemigos, repartió tierras en los lugares que dominó, dictó leyes que acababan con el latifundio; influyó para que los trabajadores fuesen mejor remunerados. Después, en ninguna de las naciones del Conti nente Americano se efectuó obra tan radical como la Reforma Mexicana. No hubo en América una ley que nacionalizase todos los bienes del ^lero, destru yendo el más grande y poderoso de los latifundios. Más tarde, la Revolución Agraria, iniciada por Zapa ta, proclamaba el Plan de Ayala, declarando: “ La Tierra Libre para todos los Mexicanos.” Artículos semejantes al 27 y 123 de la Constitu ción Política Mexicana, vigente, mejorando econó micamente a los trabajadores rurales y urbanos, no se consignaron en América antes de 1917. Siguiendo el ejemplo de México, otros países ame ricanos realizan la reforma agraria. Después de la Revolución de 1910, comienza a pensarse en los pro blemas agrarios y obreros, para mejoramiento eco nómico de las masas. El ejemplo lo dió el pueblo me xicano, y a éste el más revolucionario representati vo de sus trabajadores: José María Morelos y Pa vón. Ante el criterio clasista, interpretando econó micamente la historia, Bolívar, con ser tan grande (soldado, legislador, literato, creador de pueblos), es
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inferior a Morelos, porque fné individualista, liberal-clásico. Morelos, desde aquellos tiempos, hace más de un siglo, en época de espantoso fanatismo, cuando el virrey Conde de Croix declaraba: “ Los va sallos han nacido para callar y obedecer, y no para mezclarse en los altos asuntos del gobierno,” pro clamaba la Constitución Republicana, tendiendo a emancipar económicamente a las masas productoras. Morelos vivió y murió pobre. Fué el precursor del socialismo en México, y el más grande de los revolu cionarios del Continente. Se insertan algunos datos estadísticos que dan clara idea sobre las condiciones económicas de la Nueva España y de las colonias españolas en Amé rica, hacia el final de la victoriosa Guerra de Inde pendencia. Se agrega a continuación un interesan tísimo documento que comprueba la lucha entre los preimperialismos, inglés, poderosamente desarrolla do, y estadounidense, incipiente, disputándose ricas extensiones territoriales de América. Desde 1790 hasta 1820, las importaciones, de efectos de otras co lonias españolas y extranjeras, por Veracruz, ascen dieron a ? 259.200,000. La exportación anual de Nueva España era de $22.000,000. La Nueva España suministró a la casa de Mone da de México, desde 1790 hasta 1803, la suma de $ 1,355.-152,000. El total que se supone durante el período colonial, prodigado por las minas de la Nue va España, ascendió a $2,029.952,000,
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El total de los envíos de las colonias americanas a España, durante 311 años de dominación, ascendió a $ 4,400.000,000, extraídos de sus minas. Esa enor me riqueza no benefició en lo más mínimo a los tra bajadores de España, como debe repetirse. En las colonias de América quedaron inmensos socavones y cientos de miles de barreteros tuberculosos. De la Colección de Documentos para la Histo ria de la Guerra de la Independencia de México, de 1808 a 1821, coleccionados por J. E. Hernández y Dávalos, 49 tomo, págs. 145 a 146. Número 53. Luis de Onís al Virey, sobre el plan del gobierno de los Estados - Unidos para anexar el territorio que adquieran. Abril P en Filadelfia. Exmo. Sr.— Muy Sr. mió.— Cada dia se van des arrollando mas y mas las ideas ambiciosas de esta república, y confirmándose sus miras hostiles con tra España. V. E. se halla enterado ya por mi co rrespondencia, que este gobierno no se ha propuesto nada méno3 que el de fijar sus límites en la desem bocadura del rio Norte ó Bravo, siguiendo su curso hasta el grado 31 y desde allí tirando una línea rec ta hasta el mar pacífico, tomándose por consiguien te las provincias de Tejas, Nuevo Santander, Coahuila, Nuevo México y parte de la provincia de Nueva Vizcalla, y la Sonora. Parecerá un delirio este proyecto a toda persona sensata, pero no es
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ménos seguro que el proyecto existe, y que se ha levantado un plan expresamente de estas provincias por órden del gobierno, incluyendo también en di chos límites la isla de Cuba, como una pertenencia natural de esta república. Los medios que se adop tan para preparar la ejecución de este plan, son los mismos que Bonaparte y la república romana adop taron para todas sus conquistas; la seducción, la intriga, los emisarios, sembrar y alimentar las di sensiones en nuestras provincias de este continente, favorecer la guerra civil, y dar auxilios en armas y municiones á los insurgentes: todos estos medios se han puesto en obra y se activan diariamente por es ta administración contra nuestras posesiones. Sucitóse como V. E. sabe, por estos americanos, la re volución de la Florida occidental; se enviaron emi sarios para hacer que aquellos incautos habitantes formasen una constitución y declarasen su indepen dencia; y verificado esto, hicieron entrar tropas ba jo el pretexto de que nosotros no estábamos en es tado de apaciguarlos, y se apoderaron de parte de aquella provincia, protestando en virtud de mis re presentaciones y de los papeles que hice publicar bajo el nombre de “ un celoso americano,” que no por eso dejaría de ser la Florida objeto de negocia ción; trataron de corromper al brigadier Folck go bernador de Panzacola, y á otros jefes, sin fruto: dieron posteriormente órdenes al general Mathews, gobernador de la Georgia, para que sedujese a los habitantes de la Florida oriental y a la tropa, ofre
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ciendo cincuenta fanegadas de tierra á los que se declarasen por este gobierno, pagarles sus deudas y conservarles sus sueldos. En virtud de mis oficios, se ha calmado un poco este medio inicuo, pero no se ha abandonado: se proteje abiertamente por la administración a todo español descontento, y al pa so que en el pais se le desprecia, y aun se rehúsa su admisión en toda sociedad, sin distinción de clase ni partido, se le estimula por aquella para que se sirva de todas sus conexiones en los países españo les á fin de fomentar la independencia. No hay pa raje quizá en nuestras Américas, en donde no haya emisarios napoleónicos y de este gobierno: estos se unen en todas partes para fomentar la guerra civil y la independencia, pero con distintas miras; pues Napoleón quiere que le sirvan estos americanos pa ra su proyecto, y ellos fingiendo que trabajan por él, obran para sí: son infinitos los socorros en ar mas que han enviado á Caracas y á Buenos Aires, y es sabido que la independencia de Cartagena fué de resultas de un armamento de fusiles que llevaron de aquí los diputados cartagineses Omaña y La Las tra, y verosímilmente de las instrucciones que les su girió este gobierno. En el dia, ha comisionado esta administración á un abogado de Nueva Orleans, de mucha fama, para que se ponga en relación con los insurgentes de ese reino; les ofrezca todo genero de auxilios en dinero, armas y oficiales para ha cer la guerra á las tropas del rey, y entre la ca terva de emisarios que tiene sembrados por aquel l
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pais, ha pasado ya uno hacia Natchitoches, para es coger el punto donde pueda hacerse con seguridad el depósito de todos estos auxilios. Al paso que este gobierno emplea todos estos ar dides para conseguir el objeto de revolucionar la América, acaba de consagrarse por un acto del con greso, la reunion á la provincia ó Estados de NuevaOrleans, de la parte de Florida que media entre el Misisipí al rio Perla, y para salvar en cierto modo un hecho tan escandaloso y la representación que hice en nombre del rey, cuando supe que iba á tra tarse de ello, han añadido otra vez la cláusula de que no por eso dejará de ser objeto de negociación ; bien que indicando bastante claro que la negociación nunca podría versar sobre devolución del territorio, sino sobre compensación. Para dar un aspecto de la mejor inteligencia con la España, y de sus de seos de conservar con ella la paz y buena armonía que existe, afectan dar la mayor atención á las re petidas representaciones que he hecho contra los corsarios que se arman en estos puertos, y se han dado efectivamente las órdenes mas ejecutivas, pa ra que se cele el abuso que se hace de estas costas para introducir los géneros robados, y para aprovi sionarse para el corso: se han hecho ya algunos ejemplares contra los corsarios franceses, y ha ha bido una presa española conducida a estos puertos devuelta al propietario, deduciendo los derechos del pleito y la mitad de su valor, que se ha dado á los apresadore8, pero en medio de esto, no debe per
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derse de vista que los decretos del congreso, para levantar setenta y cinco mil hombres de tropa, con el pretexto de tomar el Cañada, son real y verda deramente destinados para fomentar nuestras di sensiones y para aprovechar las circunstancias que se presenten, á fin de ir ejecutando el plan que he manifestado á Y. E. con respecto á nuestras pose siones, ya sea por medio de conquista, ya sea por el de inducirlas á que entren en esta confederación. He creído de mi deber dar á V. E. todas estas noticias, para que no perdiendo de vista unas ideas tan perjudiciales á la seguridad de ese precioso rei no, confiado al zelo de V. E., se sirva adoptar las medidas de precaución que le dicte su ilustrado ta lento, para destruir tan infernales tramas, hijas de la política de Bonaparte y connaturalizadas ya en este suelo republicano, mas que en ninguno otro de la Europa. El consuelo que podemos tener contra tan perver sos designios es, que esta administración falta de medios para armar y mantener el ejército que ha decretado, y amenazada de una guerra contra Ingla terra, retrocederá de sus proyectos siempre que en su ejecución halle la más mínima resistencia, y que solo se contentará con emplear el medio bajo de la intriga, seducción, y fomento de nuestras disensio nes, fácil de contener con una bien meditada ener gía, para castigar severamente a los que se emplea sen en estos manejos, y con una actividad infatiga ble para descubrirlos.
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Dios guarde á V. E. bu vida muchos años. Fila delfia, l 9 de Abril de 1812.—Exmo. Sr.—B. L. M. de V. E. su mas atento servidor.—Luis de Onis.— Exmo. Sr. Virey de Nueva España. El resumen de este capítulo, conforme a la dia léctica marxista, es el siguiente: Tesis: Explota ción desenfrenada del 1% de la población —60,00G españoles peninsulares— sobre el resto —6.000,000— postergados económica, política y socialmente. An títesis: Desagrado profundo de todos los oprimi dos contra la minoría privilegiada y gérmenes cons tantes de rebeldía. Síntesis: Guerra de Indepen dencia, iniciada con finalidades emancipadoras ; pero consumada —mediante habilísima maniobra— en favor de la clase explotadora, constituyendo en relación a la causa inicial, una contrarrevolución.
EL ASESINATO D E G U ERRER O .— T E N D E N CIAS REFORM ISTAS D E GOM EZ FARIAS.— GOLPE
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ESTADO R E A C C IO N A R I O -
CONSTITUCION C E N T R A L IS T A .— V E R D A DERO O RIG EN D E LA GU ERRA D E TEXAS
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CAPITULO III Después del derrocamiento y ejecución de Iturbide, se estableció la República, basada en la Cons titución de 1824. Autorizaba sólo una religión —la católica— , conservando privilegios y fueros para el ejército y el clero. Establecía el régimen federal; igualdad de derechos políticos; libertad de prensa y de pensamiento. La clase privilegiada se opuso, de tal manera, a esos insignificantes progresos, que con actividad extraordinaria el clero y el partido espa ñol consiguieron que se reconociera a España una deuda de 8.000,000 de pesos, que importaba el sos tenimiento del ejército realista durante la guerra de Independencia. Quitábase a la Nación esa suma en época de miseria, para indemnizar al ejército que hizo la guerra contra su liberación. Durante el gobierno de Victoria, México estuvo representado en el Congreso de países americanos, en Panamá, convocado por Bolívar. La hegemonía yanqui estorbó hábilmente el desarrollo de la unión de pueblos no anglosajones. En esa época, el Emba jador de los Estados Unidos, Poinset, introdujo lo gias masónicas a México, con tendencias pre-impe-
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rialistas dividiendo a los ex insurgentes. Al termi nar el período, hubo dos candidatos al Gobierno: el general Vicente Guerrero y el general Manuel Gó mez Pedraza. Guerrero era jefe del rito masónico yorquino, liberal, de fuertes tendencias democrá ticas, con firme resolución de mejorar a los campe sinos y arrancarlos de la gleba, permitiendo que saliesen de las haciendas en que trabajaban, en bus ca de mejor suerte y mayor salario. Gómez Pedraza, antiguo realista, grandilocuente orador, de vasta inteligencia, fuertemente ligado al partido espa ñol. En las elecciones (manejadas hábilmente por el partido reaccionario y por las clases acaudaladas que financiaron el triunfo de Gómez Pedraza), once legislaturas votaron por él y nueve en favor de Guerrero; pero los elementos insurgentes y las masas campesinas, especialmente del Sur, amenazaron con la sublevación si Gómez Pedraza iba a la Presiden cia. Este renunció, pero el Congreso declaró nula su elección y Presidente a Guerrero, bajo la pre sión del ejército. Guerrero aceptó. Desgarró la ley; pero salvó a la Nación, porque muy poco tiempo des pués llegó la expedición española de 4,000 hom bres, a las órdenes del brigadier Barradas, para re conquistar a México y sujetarlo de nuevo al trono español. Si Gómez Pedraza hubiera ido a la Pre sidencia, con sus compromisos para el partido espa ñol y los intereses creados, no hubiese batido con energía, como lo hizo Guerrero, a la expedición es pañola, que aunque con un número de hombres no
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muy crecido, traía abundantes armas, parque, di nero y documentos, a fin de incendiar de nuevo al país en una guerra, para que la independencia con quistada en once años de heroísmos se perdiese. (Medio año después de consumada la Indepen dencia nacional, se inició en territorio mexicano el primer brote de intento para reconquistar la colonia. “ El día 3 de abril de 1822, soñando con una reacción en favor del gobierno español, las fuerzas que se encontraban en Texcoco se sublevaron de acuerdo con el regimiento de Castilla que se encon traba en Cuernavaca. El General Anastasio Bustamante con temerario arrojo y sólo con 300 dragones obligó a los reaccionarios a capitular; fué este uno de los hechos más gloriosos de su carrera militar.” (Página 91. Capitulación de Juchi. 3 de abril de 1822. Efemérides Nacionales. Ricardo Pérez.) Nuevo in tento de reconquistar a México para España se ve rificó en 1825. El padre Arenas y el General Arana, representativos de las castas eclesiástica y militar, dirigieron ese movimiento, severamente reprimido por el Presidente, General Victoria.) Guerrero envió a los generales Santa Anna y Mier y Terán a batir a Barradas, quien había desembar cado en Tampico, y esperaba refuerzos; pero los ver daderos combatientes mexicanos fueron los campe sinos del Estado de Tamaulipas, constantemente ar mados, quienes con gran denuedo debilitaron a las fuerzas invasoras, de tal manera, que fué muy fá cil a Santa Anna obtener la victoria.
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En México se liixo creer que sólo ed ejército y el clero pudieron obtener ese triunfo; el ejército, di rigido por Santa Anna, y el clero, por sus rogati vas y su influencia política. La actuación de Guerrero, desalojando el terri torio nacional de invasores, que volvieron a Espa ña, despertó inquietud en las clases conservadoras, temerosas de su popularidad y prestigio. El nuevo Presidente estaba dispuesto a exterminar al parti do realista, que continuaba existiendo en el México independiente, y a establecer una democracia agra ria, mejorando las condiciones de los campesinos. Aquel hombre incorruptible, se vió traicionado por el Vicepresidente, general Anastasio Bustamante. Es necesario recordar que la Constitución de 1824 tenía graves defectos. Declaraba electo Presidente de la República al ciudadano que tuviese mayor vo tación, y Vicepresidente al que le siguiese en número de votos. De manera que el Partido Liberal llevó a la Presidencia al General Guerrero, con un progra ma revolucionario, y el partido Conservador llevó a la Vicepresidencia al general Bustamante, con un programa reaccionario. Guerrero y Bustamante eran hombres de ideolo gía contraria. La Constitución estaba en serio peli gro al gobernar el país dos hombres postulados por partidos opuestos, con programas antitéticos. El re sultado fué el Plan de Jalapa y la sublevación de Bustamante, obligando a Guerrero a refugiarse en
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el Sur, apoyado por el viejo insurgente don Juan Alvarez, y por los campesinos. El Congreso declaró a Guerrero “ incapacitado pa ra gobernar,” sancionando su substitución por el general Bustamante, quien recurrió entonces a una infamia monstruosa: exhausto el Tesoro Nacional, ofreció ? 50,000.00 al aventurero genovés Francisco Picaluga, porque entregara al general Guerrero (es te cohecho sentó precedente en las lides políticas mexicanas). Invitado por Picaluga a comer, en su bergantín “ Colombo,” Guerrero cayó en su poder, partiendo de Acapulco al pequeño puerto de Huatulco, Oaxaca, donde lo puso en manos del capitán Gon zález. Y así fué cómo Guerrero, representante de jus tos intereses agrarios, fué condenado a muerte por el crimen de “ Lesa Nación” (Traidor a la Patria). Aquel bravo insurgente que en Tixtla, a las órde nes de Morelos, inició heroica carrera militar, desde soldado, hasta general, durante once años de lucha, llevando en su cuerpo gloriosas cicatrices, fué ca lumniado y humillado. Se le desconoció su grado de Divisionario, y calificado de “ faccioso,” fué fusilado a las 7 de la mañana del 14 de febrero de 1831, en Cuilapa, Oaxaca. La indignación popular fué inmensa; hubo su blevaciones en todas partes, y Santa Anna, aprove chándose de su prestigio de caudillo de la República y de campeón del liberalismo, se puso al frente de las fuerzas sublevadas, hasta conseguir los trata dos de Zavaleta, en los que el Congreso declaraba
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Presidente legal, durante algo más de dos meses, que faltaban para concluir el período, al general Gó mez Pedraza. El asesinato de Guerrero demuestra que en la historia, siempre el factor económico es decisivo; bastó una ligera amenaza de amparar a los campesinos contra los grandes hacendados, de defender a las masas indígenas contra los criollos ricos, y el resto del partido español; es decir, ini ciar el gobierno del pueblo, para que las clases pri vilegiadas decretaran la muerte del gran insurgente y se calumniase hasta su memoria, declarándolo “ Traidor a la Patria.” Desde los primeros tiempos de la Colonia y no obstante la intensa explotación de las clases privi legiadas, peninsulares y novo-hispanas, particular mente eclesiásticas, sobre las masas indígenas, se dictaron leyes, repartiendo las tierras en forma de ejidos, aunque en proporciones miserables. Después de consumada la independencia política de México, hubo aspiraciones agrarias en toda la nación. El historiador, abogado, Andrés Molina Enríquez, en su interesante libro “ La Revolución Agraria de Mé xico” Vol. III. Pág. 91, expresa que “el doctor Francisco Severo Maldonado, jalisciense, elaboró un proyecto para resolver los problemas de la nación, concediendo mucha importancia a las leyes agra rias.” Se insertan en ese volumen los artículos más importantes de dicho proyecto de ley agraria, en los que se manifiesta la tendencia de ocupación de terrenos baldíos; de nacionalización de la propiedad
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privada y de un impuesto territorial. El expresado proyecto fué publicado en “ El Fanal del Imperio” en 1823. El citado historiador, Molina Enríquez, termina su comentario sobre el doctor Maldonado con estas interesantes frases: “ Sus apreciaciones acerca de la propiedad mediana y acerca de las ven tajas que ella ofrece, son justas: sus propósitos de nacionalización de todas las tierras, serían ahora mismo de palpitante actualidad; y los procedimien tos que indica para llegar a tal nacionalización, revelan espíritu práctico y conocimiento positivo de las cosas. ¿ No creen nuestros lectores, como nosotros creemos, que el Doctor Maldonado merece el título de 'primer iniciador de las reformas agrarias de nuestro país?” En el volumen citado, pág. 101, se in serta la ley que declara perteneciente al Estado de México todos los bienes que administraban los mi sioneros de Filipinas y existen en su territorio. La iniciativa de esa ley se debió a don Lorenzo de Zavala, a quien el expresado señor Molina Enríquez conceptúa autor de la ley cumbre y monumen to cima de la legislación agraria nacional, a la vez que el más alto y el más profundo político de este país y cuya memoria ha sido infamada por los crio llos, como la de Guerrero, Ocampo y Juárez, acu sados de traición a la Patria. La expresada ley fué aprobada por el Congreso del Estado de México, en 29 de marzo de 1833. En el citado volumen se hacen también acertadas apreciaciones sobre las tenden-
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tías de reformas agrarias de estadistas criollos, con referencia especial al doctor Mora. El autor respeta al señor licenciado Molina Enríquez, por su honorabilidad, cultura y autori dad en asuntos raciales y agrarios de México; pero no está de acuerdo en los dos puntos siguientes: La ley expedida por Zavala fué útil para su tiempo ; pero no toca la propiedad privada en general, sino exclusivamente la eclesiástica, siendo en consecuen cia menos revolucionaria que el artículo 27 de la Constitución de 1917 que previene el fraccionamiento de todos los latifundios, fundándose en que la nación mexicana es la propietaria originaria de la tierra. Don Lorenzo de Zavala fué un exaltado liberal, in teligente, cultísimo, historiador eminente, preocu pado por los problemas económicos y sociales de las masas explotadas; un político notable que pres tó indiscutibles servicios al pueblo mexicano; pero precisamente por sus facultades y cualidades, es más responsable ante la Historia, por haber acepta do la Vicepresidencia de la República de Texas, se gregada de territorio mexicano, con diversas cons titución y bandera. Zavala fué un instrumento del preimperialismo yanqui, resuelto al apoderamiento de Texas para anexarla y obtener mayores territo rios con posterioridad. Es verdad que Zavala fué víctima de grandes injusticias y persecuciones del gobierno mexicano, retardatario y tiránico; pero su deber, sin discución, era sufrir abnegadamente o rebelarse, poniendo su gran prestigio al servicio de
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las masas explotadas mexicanas y no favorecer el plan de apoderamiento mencionado, dando lugar a que se interpretase que una de las causas de acep tar la Vicepresidencia de Texas, fué defender la cuantiosa fortuna que poseía en terrenos de aquella región. Hacia el año de 1830, se inició el desarrollo de la industria nacional mexicana. En la obra publi cada por la Secretaría de la Economía Nacional, “ Documentos para la Historia Económica de Mé xico.” VoL I. Pág. 4, se consigna la Ley QUE ES TABLECE UN BANCO DE AVIO PARA FOMEN TO DE LA INDUSTRIA NACIONAL. Tiene fecha 16 de octubre de 1830 y consta de 12 artículos. El capital de dicho Banco debe ser de 1.000,000 de pe sos. En el informe y cuentas que el Banco expresa do presenta en cumplimiento de dicha ley, aparece que se propusieron fomentar distintas compañías en las industrias que a continuación se enumeran: México: Hilados y Tejidos de xilgodón. Tlalnepantla: Establecimiento de Colmenares, Máquinas para aserrar madera y tejidos de lana. Puebla: Tejidos de algodón y de alfombras y tintorería y estampa dos. Cuencamé: Tejidos de algodón y lana. San An drés Tuxtla: Máquina para despepite de algodón. Tlaxcala: Tejidos ordinarios de algodón. León: Cría de gusanos de seda y tejidos de algodón y lana. San Miguel Allende: Fábrica de papel. Celaya: Hi lados y tejidos de algodón. Querétaro: Fábrica de paños. San Luis P otosí: Maquinaria de agricultura
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y minería. Parral: Tejidos de algodón y lana. Morelia: Explotación de fierro y tejidos de algodón. Chihuahua: Tejidos de algodón y lana. La Junta del Banco enterada de que la mayor parte de los pueblos mencionados apoyaba las fábricas textiles, resolvió iniciar esa industria. En el mismo informe se expone la parte relativa al arribo de las máqui nas y a las dificultades para que algunas llegasen a su destino, por falta oportuna de pago, revueltas militares, carencia de vías de comunicación. Los pedidos se hicieron a los Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Se expone también la aplicación de las máquinas y el estado de las fábricas. En 25 de mayo de 1832, la Dirección del Banco hace una iniciativa para que el gobierno pueda negociar nn empréstito hasta de 100,000 pesos para continuar las obras co menzadas por el Banco. Se estudian las causas del atraso de la industria nacional y la conveniencia de traer técnicos extranjeros y animales útiles, tales como carneros merinos, camellos jóvenes, vicuñas y llamas del Perú, cabras del Tibet. En el informe citado, se hacen interesantes apreciaciones sobre la minería y la agricultura y la necesidad de moder nizar las labores para el desarrollo de ambas. El Banco de Avio fué extinguido por Decreto de 23 de septiembre de 1842, fundándose en que no pudo realizarse el proyecto de fomento a la indus tria nacional, por varios motivos, particularmente por guerras intestinas y necesidad de emplear todos Jos fondos de la nación en la defensa de su indepen-
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dencia. El Decreto está firmado por el Presidente y General Antonio López de Santa Anna. En el mismo volumen se inserta la discusión habida en la sala de sesiones del H. Congreso de Puebla sobre el proyecto del C. José María Godoy y compañía para establecer cierto número de tela res en la República, que proporcionen un nuevo in greso al Erario Público, en 26 de febrero de 1829. El proyecto fué rechazado por diversas causas. Se hicieron nuevas elecciones para 1833-1836, re sultando otra vez dos hombres antitéticos en el po der: Presidente, general Antonio López de Santa Anna —el más grande histrión que registra la histo ria de México— , y Vicepresidente, doctor Valentín Gómez Parías, uno de los hombres más puros y de mayor elevación moral, cuya memoria aún escarne cen los explotadores de las masas. Santa Anna pidió licencia para retirarse a su ha cienda “ Manga de Clavo,” Veracruz, y dejó en la Presidencia, encargado del Poder Ejecutivo, a Gó mez Farías, con la intención de que éste iniciase audaces reformas económico-sociales. Santa Anna es taba resuelto a traicionar oportunamente al parti do liberal federalista, convirtiéndose en paladín de la reacción y del régimen centralista. Valentín Gómez Farías, inmediatamente que es tuvo en el poder, envió revolucionarias iniciativas, ante el Congreso Federal. Lázaro Gutiérrez de Lara dice en su “ Historia del l
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Pueblo Mexicano” refiriéndose al Congreso del Es tado de México: “ Primero. Se declaran pertenecientes al Estado de México, todos los bienes que administraban los mi sioneros de Filipinas, y existentes en el Territorio del mismo Estado. Segundo. El Gobierno mandará dividir en por ciones suficientes, para alimentar una familia, los terrenos que pertenecen a fincas rústicas de esos bie nes, mandando que se valúen por peritos, después de hecha la división. Tercero. Cuando esa operación se haya verifica do, las distribuirá entre los ciudadanos que quieran tomarlas a censo perpetuo, a razón del cinco por ciento anual. Cuarto. Las cantidades que resulten de este cen so, se destinarán a la composición de caminos y con ducción de aguas para usos útiles, en las municipa lidades en que estén las fincas ubicadas. Esta ley del Congreso del Estado de México no era más que un reflejo de lo que pasaba en el resto del país. “ Toda la sociedad —dice un escritor cle rical—, estaba en continua agitación, a causa de las peticiones que diariamente aparecían en la prensa, solicitando que la propiedad rural fuera repartida de una manera proporcional, yendo dirigido el ataque más bien contra el clero.” (Manuel Rivera Cambas. Los Gobernantes de México, t. II, p. 176.) “ En algunos Estados se prohibía la inmigración de miembros de las órdenes religiosas, mientras que el
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Vicepresidente, ahora Presidente, Gómez Parías, a la cabeza del Congreso Nacional, se rodeaba de los ciudadanos más capaces y progresistas, excluyendo militares y clérigos. “ En el Congreso Nacional se debatían y adopta ban leyes que por su sabiduría y grandeza de miras no tenían comparación ni aun con los más gloriosos trabajos llevados a cabo en el resto del mundo ci vilizado; sabiduría y grandeza de leyes que destru yendo el poder del privilegio, encarnaban la liber tad y la democracia, anunciaban el glorioso adveni miento del pueblo; advenimiento magnífico que vino a destruirlo el partido clerical, al hundir a la Na ción en la sombría tragedia de la guerra de Texas. “ El Congreso decretó las leyes del 19 y 24 de oc tubre de 1833, estableciendo la enseñanza laica, gra tuita y obligatoria en todo el país, suprimiendo el privilegio clerical de mantener escuelas y expedir títulos profesionales. El clero, exasperado ante es te golpe mortal a su poder moral —poder que le había dado el más absoluto dominio sobre la inteli gencia de la Nación— , instigó a las tropas de la ciudad de México, para que se rebelaran en contra del Gobierno. Gómez Farías, apoyado por los cuer pos de cívicos, organizados con tal objeto, suprimió inmediatamente el cuartelazo, desarmando a la sol dadesca. “ Después de la supresión de este prematuro mo tín, se expidieron por el Congreso en rápida suce sión, leyes dirigidas al corazón del privilegio “ abo
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liendo los subsidios pecuniarios que pagaba el go bierno nacional al clero,” “ aboliendo el pago obli gatorio de diezmos y de impuestos a la Iglesia” y “ relevando a los miembros de todas las órdenes re ligiosas, de los votos monásticos.” No se olvidaron de dar una ley ordenando “ se sujetara a juicio cri minal a los que habían tomado parte en el asesinato de Guerrero.” “ Estos golpes de muerte, enderezados al poder ma terial y moral del clero, fueron infligidos en medio de las más trágicas condiciones sociales. El cólera se había extendido en todo el país, y sólo en la ciu dad de México, dos mil cadáveres fueron sepulta dos en un día. Un velo de muerte obscurecía la tie rra, escuchándose por dondequiera los gritos de ago nía de las víctimas, y las dolorosas lamentaciones de sus deudos. Frío y calculador en medio de la ago nía nacional, el clero se aprovechó de aquella opor tunidad, manipulando el sufrimiento popular en fa vor de sus intrigas políticas. Procesiones religiosas con imágenes cubiertas de luto, y sacerdotes vesti dos de negro, seguidos por miles de penitentes, mar* chaban por las calles, a todas horas del día y de la noche, orando y lamentando con gritos plañideros, llamando en alta voz al pueblo al arrepentimiento —“ Dios había mandado, en su divina cólera, aque lla calamidad, para castigar a la nación mexicana por las iniquidades cometidas por el Gobierno libe ral”— . . : J
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“ Estas histéricas maquinaciones eran contestadas por el Congreso, con leyes que decretaban “la con fiscación de los bienes dedicados a las misiones de Alta y Baja Californias, para uso del Gobierno. La misma medida se extendía a los “ bienes de la mi sión del Santo Rosario de Filipinas,” haciendo de esta manera, una política nacional de la política ini ciada por la Legislatura del Estado de México. Se había llegado a la meta feliz de la libertad humana en aquel corto y fecundo reinado del pueblo; un pa so más, y el privilegio hubiera caído hecho pedazos, y la democracia hubiera sido un hecho real y efec tivo en la República. “ El Congreso había manifestado la intención de confiscar toda la propiedad clerical y repartirla pro porcionalmente entre el pueblo. Se procedió también a dar el golpe de muerte a la fuerza efectiva del pri vilegio, emprendiéndose la tarea de suprimir el ejér cito, creando previamente en su lugar un baluarte permanente de las libertades populares, con la or ganización de cuerpos cívicos, milicias de ciudada nos, sujetas al Gobierno de los Estados, cuyos go biernos serían en lo futuro creados por decisión po pular.” Inmediatamente el ejército y el clero, viendo ame nazados sus privilegios, tramaron cuartelazos y ex comuniones. En Chalco, el coronel Unda; en Morelia, el coronel Escalada, se levantaron a los gritos de “ Religión y Fueros,” y “ Muera Gómez Furias” — así lo apodaban—, haciendo una campaña despiadada,
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calumniosa, incendiando el país en una gigantesca llamarada de fanatismo. Santa Anna, revelándose como un genial actor —es lástima que no se hubiera dedicado al Teatro— , fingió gran indignación por la revuelta; se puso a la cabeza del ejército, se autocapturó por fuerzas aparentemente enemigas, fingiendo después esca parse. El clero y el ejército lo declararon dictador y salvador de la patria. Entonces, quitándose la más cara, se convirtió en caudillo reaccionario y cam peón del centralismo. Expulsó del país a Gómez Farías y a ilustres liberales, y proclamó el régimen cen tralista, llamado de las siete leyes, a fines de 1836. El asesinato de Guerrero, que Gómez Farías se pro puso castigar severamente, quedó impune. El principal responsable, general Bustamante, candidato conservador, fué impuesto por Santa Anna. ¡En vez del patíbulo merecido, la Presidencia de la Kepública por ocho años! Al nuevo Congreso y a los puestos de elección, sólo podrían ir per sonas de alta posición. El noventa por ciento de la población quedaba exento de derechos. El supremo poder Conservador se integró por un Comité de cinco miembros de la confianza del alto clero. Tenía derecho para juzgar al Presidente, a los Ministros, magistrados, diputados, y para reformar la Constitución. Era el verdadero poder nacional. El resultado de tales infamias, fué la pérdida de Texas.
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Debemos afirmar que la verdadera causa y res ponsabilidad del embrollo de Texas, fué la tenden cia de apoderamiento del gobierno de los Estados Unidos de territorios, particularmente hacia el Sur. Es oportuno insertar la parte relativa del dictamen del Conde de Aranda previendo, con admirable lu cidez, lo que acaeció, dándole plena razón el desarro llo del proceso histórico. “ Sin entrar, pues en ninguna de estas conside raciones, me limitaré ahora a lo que nos ocupa sobre el temor de vernos expuestos a los peligros que nos amenazan de parte de la nueva potencia que aca bamos de reconocer, en un continente en que no existe ninguna otra en estado de contener sus pro gresos. Esta República federal ha nacido pigmea por decirlo así, y ha tenido necesidad del apoyo y de las fuerzas de dos potencias tan poderosas como España y la Francia, para conseguir su indepen dencia. Vendrá un día que será un gigante, un co loso terrible en esas comarcas. Olvidará entonces los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y no pensará más que en su engrandecimiento. La libertad de conciencia, la facilidad de establecer nuevas po blaciones sobre inmensos terrenos, así como las ventajas que brinda el nuevo gobierno, atraerán agricultores y artesanos de todas las naciones, por que los hombres corren siempre tras la fortuna y dentro de algunos años veremos con mucho dolor la existencia amenazadora del coloso de que hablo.
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El paso primero de esta potencia, cuando haya llegado a engrandecerse, será apoderarse de las Flo ridas, para dominar el Golfo de México. Después de habernos hecho de este modo dificultoso el comercio de la Nueva España, aspirará a la conquista de este vasto imperio que no nos será posible defender conr tra una potencia tan formidable, establecida sobre el mismo continente y a más de eso, limítrofe. Esos temores son muy fundados, señor, y deben realizarse dentro de pocos años, si acaso antes no acontecen algunos trastornos todavía más funestos en nuestras Américas. Este modo de ver las cosas, está justificado por lo que ha acontecido en todos los siglos y en todas las naciones que han comen zado a levantarse. El hombre es el mismo en todas partes: la diferencia de los climas no cambia la na turaleza de nuestros sentimientos: el que encuentra ocasión de adquirir poder y de engrandecerse, se aprovecha de ella. ¿Cómo podremos pues, nosotros esperar que los americanos respeten el reino de Hueva España, cuando tengan facilidad de apode rarse de este rico y hermoso país f Una sabia polí tica nos aconseja tomar precauciones contra los males que puedan sobrevenir. Este pensamiento ocupó toda mi atención después de que, como minis tro plenipotenciario de V. M., y conforme a su real voluntad, y a sus instrucciones firmé la paz de París. Consideré este importante asunto con toda mi atención de que soy capaz, y después de muchas re flexiones debidas a los conocimientos así militares
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como políticos que he podido adquirir en mi larga carrera; creo que no nos queda para evitar las gran des pérdidas, de que estamos amenazados, más que adoptar el medio que tengo el honor de proponer a Y. M.” (Págs. 375 y 377. Tomo I. Comentarios a las Revoluciones de México. Por Gibaja y Patrón.) En el capítulo primero se han hecho referencias a los intentos de apoderamiento por gobiernos de los Estados Unidos de territorios de Nueva España. La preparación de la Guerra de Texas se hizo con finalidades preimperialistas, aprovechando la com plicidad entre la aristocracia feudal del Sur de los Estados Unidos y la aristocracia católica mexicana. Los colonos de Texas no querían levantarse, estaban conformes con su situación, aunque resueltos a tra bajar dentro del orden, contra el centralismo, a fa vor de la Constitución Federal de 1824. En los Estados Unidos había once senadores, por once Estados esclavistas, negreros del Sur, y once senadores por once Estados antiesclavistas, del Nor te. Era necesario un nuevo Estado para tener ma yoría. El Sur de los Estados Unidos luchó con ha bilidad extraordinaria, enviando cuerpos filibuste ros para la segregación de Texas. Cuando en México la masa consciente y revolucionaria se vió traiciona da (porque iba a la Presidencia de la República el asesino de Guerrero), se estableció el régimen cen tralista, y el Presidente obligó a los gobiernos de los Estados a que todas las contribuciones, sosteni
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miento del ejército y opulencia de privilegios, pe saran sobre la masa productora; el Gobierno reac cionario provocó una guerra extranjera. La aristocracia, el clero y el ejército pretoriano, hicieron todo lo que pudieron para conseguir que la colonia texana se levantara en armas. Gutiérrez de Lara, en su libro “ Historia del Pue blo Mexicano,” dice lo siguiente: “ Para estudiar a fondo, y mejor comprender cuá les fueron los motivos que produjeron la guerra de Texas, y cuáles fueron los resultados producidos por esta guerra, debemos tener presentes los siguientes fundamentos que son, pudiéramos decir, la clave que nos dará la explicación de dicha guerra: Primero: El clero necesitaba la guerra. La gue rra con un país extranjero era, en los tiempos de que nos ocupamos, de absoluta y vital necesidad, como único medio para conservar su poder, para la clase privilegiada mexicana, integrada por el clero, ejército y aristocracia. Segundo: El Sur esclavista de los Estados Uni dos, necesitaba la guerra. La guerra con una poten cia, era absoluta y vitalmente necesaria en esta épo ca, para la clase privilegiada esclavócrata del Sur, en Estados Unidos, con objeto de desviar la atención del pueblo de aquella nación, del conflicto entre el Norte y el Sur, y como el único medio para la esclavocracia, de conservar su control en el Congreso americano.
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Tercero: Los esclavistas del Sur necesitaban la anexión de Texas, por razones puramente políticas y no por necesidad de más terrenos. En vista del creciente y rápido desarrollo del Norte industrial, el Sur feudal se daba cuenta de que solamente au mentando el número de sus representantes en el Se nado nacional, por medio de la adquisición de más territorio esclavista en que organizar nuevos Esta dos que mandaran tal representación; sólo Texas podía llenar tales condiciones, pero si no lograba tal anexión, la pérdida de su dominio político y econó mico en d país, era irremediable. Cuarto: Hasta el último momento, los texanos fue ron leales a México. Los colonos texanos nunca fue ron partidarios de separarse de México, y sólo hasta el último momento, cuando empujados a la desespe ración por las bandas de mercenarios aventureros americanos, y los cuerpos de soldadesca mexicana, se vieron por la fuerza obligados a tomar parte en el embrollo. Quinto: Existió un tácito entendimiento entre Andrew Jackson y Santa Anna. Aun cuando miles de vidas fueron sacrificadas y la herencia de un odio de razas fué legada a los dos pueblos, y que persiste todavía, este conflicto nunca fué visto como cosa se ria por ninguna de las dos clases privilegiadas ame ricana o mexicana, que lo provocaron. Nunca el Mi nistro de Eelaciones Exteriores, Lucas Alamán, ni el Presidente Santa Anna, obraron en desacuerdo
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con los deseos de Andrew Jackson y su gabinete en Washington. Sexto: Los intereses del clero en México y los in tereses dé los esclavistas del Sur, en Estados Unidos, eran idénticos. Los intereses de las dos clases pri vilegiadas eran los mismos; el uno robaba para con servar su supremacía en Estados Unidos; el otro consentía en ser robado, para conservar su suprema cía en México. Solamente los pacíficos e industriosos colonos texanos, los mercenarios aventureros americanos y los desdichados soldados mexicanos, fueron los que su frieron en el conflicto. Séptimo: El fanatismo religioso fué empleado por ambas partes privilegiadas, para inflamar el con flicto. La población de Texas era una de las más ardientes sostenedoras del sistema federal en Méxi co, aunque resignada a aceptar el sistema central, con tal de que hubiera paz, y cuando menos la mitad de ella profesaba la religión protestante. El clero utilizaba esta circunstancia en sus propósitos, ape llidándolos “ herejes,” para hacer del conflicto una “ Guerra Santa.” Por otra parte, el fanatismo pro testante en los Estados Unidos, fué también utiliza do por los agentes asalariados de los esclavistas del Sur, para inflamar la población protestante del Nor te, y conseguir su cooperación en la guerra, que se hacía aparecer ostensiblemente como el único me dio de librar a los colonos protestantes americanos de las persecuciones inquisitoriales del clero roma
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no de México. Teniendo presentes los mencionados siete hechos fundamentales, la hipócrita traición y la incidiosa perfidia en el embrollo de Texas, el asunto se manifiesta sencillamente como una de las ilustraciones clásicas y simples de las tácticas usa das por el Gobierno de la clase privilegiada. “ El Gobierno del general Bustamante, como todo Gobierno de cuartelazo, necesitaba de una guerra extranjera como único medio capaz de evitar la gue rra civil, debido a que ante el gran peligro nacional, el patriotismo tiene que unir a todos bajo una sola b an d era...” (F. Bulnes. Las Grandes Mentiras de Nuestra Historia, p. 757.) “ El militarismo en toda su extensión, fué aplica do por el Gobierno del Vicepresidente Bustamante a los colonos de Texas.” (F. Bulnes, Las Grandes Mentiras de Nuestra Historia, p. 286.) “ Bien es que esta aversión a los militares, ade más de ser peculiar y característica de aquellos ha bitantes (los colonos), era fomentada también por las demasías escandalosas que se notaron en algu nos de los oficiales que residieron en aquellos paí ses, y que por desgracia no fueron castigados como la ordenanza lo d isp on e...” ( General Blas Filisola, Guerra de Texas, t. II, p. 86, testigo presen cial.) “ El general Terán tomó esta ley como pretexto para despojar a todos los colonos de raza sajona de los terrenos que se les habían concedido con ante rioridad a dicha ley, dándole un efecto retroactivo,
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injusto e ilegal. Si la Historia no suministrara más pruebas de que la revuelta de Texas fué el resulta do de un plan deliberadamente puesto en práctica y concebido por el partido clerical, este último ataque irracional e injusto a los derechos elementales de legítima posesión de los colonos, bastaría para pro bar nuestra tesis. “ El coronel Nicolás Condelle comenzó sus fun ciones en Goliad, Texas, poniendo al alcalde en 1a. cárcel y exigiéndole, pistola en mano, cinco mil pe sos a que llegaban los fondos muncipales, amena zándolo con matarlo o mandarlo a pie a Béjar, en calidad de prisionero, si no los entregaba en el pla zo de diez horas. Despojó a los habitantes de sus ar mas, cuando el departamento de Béjar era el más asolado por los bárbaros, y consignó al servicio de sus filas a los ciudadanos más recomendables, y por último, ordenó que cada familia mantuviese a cinco soldados.” ( Yoakum, History of Texas, v. II, p. 13.) “ El 31 de agosto de 1835, cuarenta y un días an tes de que los colonos se sublevaran y cincuenta y seis días antes de que el Gobierno pudiera tener noticias de la sublevación, en atención a la distan cia que hay de Texas a la capital, el Ministro de Relaciones dirigió a los Gobernadores y jefes po líticos de los Estados, bajo la sugestión clerical, la circular siguiente: “ Circular de la Secretaría de Relaciones. Excita ción a los Gobernadores y jefes políticos, para con
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servar el orden en su demarcaciones, con respecto al alzamiento de los colonos de Texas. . . Los colo nos establecidos en Texas, acaban de dar el testi monio más inequívoco del extremo a que puede lle gar la perfidia, la ingratitud y el espíritu inquieto que los anima, pues olvidando lo que deben al Go bierno supremo y a la Nación que tan generosamen te los admitió en su seno, les ha dado fértiles terre nos que cultivar, y proporcionándoles todos los re cursos para vivir con comodidad y abundancia, se lian sublevado contra ese mismo Gobierno, hacien do armas contra las de la Nación, bajo el pretexto de sostener un sistema cuyo cambio ha pedido una mayoría inmensa de mexicanos, ocultando así las miras criminales de desmembración del territorio de la República.” (Colección de Leyes, Decretos y Circulares. Dultlán y Maza, tomo que comprende los años de 1835 a 1840.) “ Lo repito, la mayoría de los colonos texanos es taban dispuestos a aceptar hasta el Centralismo, con tal que no fuese en realidad el militarismo.” (Obra citada, pág. 365.) “ Fué muy grande el interés que los agentes revo lucionarios de Texas lograron despertar entre las sociedades y corporaciones religiosas más influyen tes y acaudaladas, por sus quejas lastimeras, de que México oprimía la conciencia de los colonos. Tales agentes pedían a nuestras diversas sectas que influ yesen en los sentimientos del pueblo americano pa
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ra que los ayudasen a sacudir la persecución reli giosa.” (Conklin, A. New History of Texas, p. 105.) “ En 1S35, el estado de cosas se había vuelto su mamente critico. En aquel año el Gobernador del Estado de Coahuila y Texas, legalmente electo, Agustín Viesca Fonseca, fué arrojado de su puesto por medio de la fuerza militar, por el general Santa Anna. El Congreso local se puso del lado del Gober nador, dando un decreto en abril, 1835, en que lo autorizaba para organizar cuerpos de cívicos que sostuvieran, por medio de la fuerza, la soberanía del Estado. En vista del avance amenazador del ejér cito encabezado por Santa Anna, Viesca Fonseca creyó conveniente cambiar la capital de Monclova a Béjar y, mientras este cambio se efectuaba, fué he cho prisionero en unión del Congreso, por el general Cos, quien inmediatamente asumió el mando del Es tado, estableciendo el régimen de gobierno militar.” “ En el sitio de Béjar, Austin perdió 600 de los 1,200 hombres que tenía, desertados en muy pocos días, y después, de la caída del pueblo los colonos que habían permanecido en las filas, las abandona ron, volviendo todos a sus ocupaciones, pero organi zando antes de desbandarse un comité legislativo revolucionario, que mantuviera la insurrección en favor, no de la independencia, tampoco de la ane xión a los Estados Unidos, sino en favor de la Cons titución Mexicana de 1824. “ Se había prometido a los voluntarios de Béjar pagárseles mensualmente. Cuando no se cumplió es-
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ta oferta, empezaron a abandonar gradualmente el servicio, hasta reducirse su número a ochenta hom bres.” ( Yoakam, History of Texas, v. II, p. 114.) El 1G de febrero de 1836, el coronel Fann, coman dante de Goliad, donde se encontraba estacionada la mayoría de los voluntarios, escribía al Comité de Texas, quejándose amargamente de que los colonos permanecían en sus casas, abandonando la defensa del país, enteramente a los esfuerzos de los volun tarios am ericanos...” ‘‘Para esta fecha, había solamente mil cien volun tarios en Texas, y de éstos sólo sesenta eran colo nos.” (Kennedy, pág. 85.) Santa Anna invadió a Texas con 6,000 hombres, y después de cometer los mayores atropellos, fusi lando prisioneros, rematando heridos, incendiando casas y sementeras, para provocar un levantamiento verdadero, de acuerdo con el gobierno de los Estados Unidos, se dejó sorprender, en San Jacinto, pasan do a Wàshington a conferenciar con Jackson, Presi dente de aquella Nación, siendo objeto de grandes consideraciones. ¡ Era ya el prólogo de la guerra con los Estados Unidos, y la traición! (Santa Anna ha bía resuelto huir por el Golfo de México.) En lugar de recibírsele como a un traidor, por haber reconocido la independencia de Texas, se le hizo el homenaje merecido a un héroe. La prensa ca tólica hizo circular la noticia de que aquel hombre se había convertido en mártir. Durante su prisión l.
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en San Jacinto, se enlutaron los edificios públicos, y por su libertad se cantaron Te Deums. La anexión de Texas a los Estados Unidos, 9 años después, pro vocó la guerra con esa Nación, la pérdida de más de la mitad del territorio nacional, y del prestigio del ejército. Las masas de combatientes de ambos países, fueron víctimas de intrigas de las clases pri vilegiadas, y sucumbieron 75,000 hombres (50,000 mexicanos y 25,000 americanos), perdiendo México, por la segregación de Texas, 665,048 kilómetros cua drados, y en total, más de 2.000,000 de kilómetros cuadrados. El clero — católico y protestante— engendró los odios de razas, laborando tenaz, criminalmente, pa ra que fueran realidades las guerras de México con tra Texas y los Estados Unidos, sirviendo los cre cidos intereses económicos de las aristocracias, feu dales, de México, y del Sur de los Estados Unidos, necesitadas de la lucha sangrienta, para desviar aquí la indignación popular, y continuar allá la ex plotación esclavista. La opinión de los gobiernos de Inglaterra y Francia, desde que se inició la separación de Texas de territorio mexicano, hasta su anexión a la Unión Americana, nueve años después, fué contraria en absoluto a esa segregación; claro está que no por respeto a México, ni por servir a la justicia inter nacional, sino por las rivalidades que se manifes taban ya en esa época, entre el preimperialismo europeo (franco-inglés en este caso) y el estadouni
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dense. La actuación de los citados gobiernos fué astuta, sutil, disimulando sus verdaderas intencio nes y sin atreverse a un rompimiento con el gobierno americano. La pugna entre el preimperialismo euro peo y el yanqui, se agudizó durante la intervención francesa en México (1862 a 1867) en que los gobier nos de Francia, Inglaterra, España, Bélgica, Austria y el Vaticano, aprobaron la intervención en la Re pública Mexicana, frente al gobierno de la Unión Americana, resuelto entonces, a la aplicación de la Doctrina Monroe, para provecho de sus intereses. El comentario dialéctico —marxista— de este capítulo es el siguiente: Tesis: Independencia po lítica de México; quedando las masas productoras en condiciones más angustiosas que durante el colo niaje, por derogarse las Leyes de Indias, que al me nos protegían, aunque humillantemente, a los indios, dotando de ejidos a sus comunidades; soportando el peso abrumador de altos impuestos para el sos tenimiento del opulento Imperio de Iturbide; con servando los españoles sus propiedades territoria les, mineras y comerciales, en virtud de que ni el Plan de Iguala, ni los Tratados de Córdoba, conte nían medidas confiscatorias. Establecimiento de la República, con finalidades, entre otras, de amino rar la fuerza económica y política del Partido Es pañol, intensificándose esta tendencia favorable a los indios y mestizos, bajo el gobierno de Guerrero. Iniciativas reformistas en toda la República, parti cularmente en el Estado de México, con la in
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tención de mejorar, material y moralmente, al pue blo, abrumado por la miseria y el fanatismo. Antí tesis: Los españoles residentes en México, y los criollos españolizados y herederos de sus fortunas, oponiéndose a todas las reivindicaciones de las cla ses oprimidas, llegando a provocar intentos de re conquista de México para España, recurriendo a delictuosas acciones a fin de sostenerse en el poder político y sobornando, con ayuda del clero, a Santa Anna; iniciándose una serie de traiciones, de gra vísimas consecuencias para la Nación Mexicana. Síntesis: Afirmación de la nacionalidad por la vic toria contra la reconquista; asesinato del Presiden te Guerrero; establecimiento del régimen centra lista, derogando al federal; guerra y segregación de Texas (en complicidad las clases explotadoras de México y Sur de los Estados Unidos) sirviendo al apoderamiento anglo americano.
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CAPITULO IV La expansión continental preimperialista, anglo americana, sostenida por sus gobernantes, desde la época colonial, consumó la segregación de Texas, aprovechando hábilmente las ambiciones económi cas de los sudistas negreros, resueltos a continuar el infame régimen esclavócrata, a quienes convenía la independencia primero y la anexión después de ese territorio, para contar con un voto más en el Senado de su República. No hubo divergencias esen ciales entre la política tortuosa del Presidente Jackson y la traidora actuación de la aristocracia feudal mexicana, que necesitaba de una guerra in ternacional para desviar el ímpetu revolucionario de las masas explotadas. Texas quedó segregada. El Congreso mexicano no autorizó la separación. Cuando el pueblo se dió cuenta de que en esa guerra de conveniencia, murieron muchos mexicanos, se iniciaron sublevaciones de los campesinos más re volucionarios, quienes tomaron el puerto de Tainpico y otras regiones de Tamaulipas, extendiéndose la justificada rebelión a varios lugares de la Repú blica.
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Entonces se recurrió, por la reacción (que tenia postergados a los liberales, y que había llevado a la Presidencia, al asesino de Guerrero, general Busta mante), a provocar otra guerra extranjera, encon trándose la oportunidad cuando el gobierno de Fran cia reclamó seiscientos mil pesos por daños causa dos a súbditos franceses por disturbios en México. (Un pastelero pedía indemnización por 60,000 pesos.) Se llamó a esta guerra, que en realidad fué un blo queo de puertos mexicanos, “ de los pasteles.” La suma era exagerada; pero esta circunstancia no justificaba que Bustamante rechazara todo arre glo. Se negó, en forma declamatoria, diciendo: “ Que antes pasarían los invasores sobre montones de ca dáveres, que pagarse esa deuda infame, por ser con traria al honor nacional.” Fué bombardeado Vera cruz, donde Santa Anna, con su temperamento tea tral, para recuperar prestigio, atacó a los franceses, cuando se retiraban; una bala de cañón le voló la pierna izquierda, y volvió a ser “ el héroe que daba su sangre preciosa — decía el clero—•, por su pa tria.” Se creyó de nuevo en él. Santa Anna volvió a ser factor de gran importancia en la funesta po lítica mexicana. Poco después de ese bombardeo, y bajo una insinuación del gobierno inglés, la suma fué pagada, quedando en ridículo el gobierno me xicano. El pueblo, eterna víctima, tuvo que compen sar con elevados impuestos las pérdidas durante el bloqueo, que suspendió el comercio internacional durante varios meses. Se pudo llegar a un acuerdo
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equitativo, pero había especial empeño en provocar la guerra, y el gobierno de Bustamante, para des viar la indignación popular, exaltó el sentimiento nacional, al que el pueblo siempre ha respondido y después pagó la cantidad reclamada, sin arreglos. (1838). La reclamación fué injustificada. 400,000 pesos se entregaron al Gobierno francés, por indemnizacio nes reclamadas, mediante la documentación respec tiva. No hubo reclamantes por 200,000 pesos que se invirtieron en mejoras materiales en la ciudad de París, al recibirse el total de la indemnización exi gida que importaba 600,000 pesos. El Ejecutivo fran cés fué atacado duramente en el Congreso de París, por la injusta expedición y la fraudulenta reclama ción a México. Los años de 1840 a 1843 transcurrieron en medio de desórdenes continuos. Los mismos conservadores, generales o civiles, se levantaron constantemente en armas, porque determinados impuestos lesionaban los intereses de algunos hacendados y comerciantes, o porque aquéllos no eran llamados a puestos pú blicos lucrativos, ensangrentando a la nación, por el reparto del botín, con sacrificio del pueblo. Gue rra de castas en Yucatán, guerra sangrienta provo cada. Los indios se levantaron contra los blancos, quienes los trataban como esclavos, ultrajándolos de manera infame. Los hacendados de Yucatán ven dían a los de Cuba hombres y mujeres indígenas, como bestias, con la complicidad de las autoridades.
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Este inicuo comercio se describe y comprueba con irrefutable documentación en la “ Historia del Infa me y Vergonzoso Comercio de Indios Vendidos a los Esclavistas de Cuba por los Políticos Yucate cos desde 1848 basta 1861. (“ Justificación de la. Kevolución Indígena.” Garlos R. Mcnéndez. Revista de Yucatán, 1923.) Campeche también ardía. El país estaba debili tado, no pudiendo reunir ni el cincuenta por ciento de su presupuesto. Los conquistadores angloamericanos encontra ron una magnífica ocasión para iniciar la invasión. Esta se hizo con hipocresía, como de costumbre. Se declaró que “no se quería la guerra, sino la paz; pero que la anexión de Texas era necesaria para los Estados Unidos.” En 1844 el Senado americano declaraba que “ no debía anexarse Texas, porque era un ultraje a México;” pero en 1845, aparentan do actuar bajo la presión nacional, el Congreso americano aprobó la anexión de Texas. Se exigía a México que pagara indemnizaciones en el plazo de 14 días, tratando de aparecer ante la opinión —por la prensa, el púlpito y las declaraciones ofi ciales—, que la nación americana era amenazada de invasión por el pueblo mexicano. Los agresores aparecían agredidos. La clase privilegiada mexi cana contribuyó a esta guerra que no amenazaba sus intereses y conjuraba el peligro de una insu rrección armada de los trabajadores. Era la re petición, en gran escala, del embrollo de Texas.
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En comprobación se consigna lo siguiente: el ge neral Paredes Arrillaga, quien con 6,000 hombres marchaba de México a detener el avance de los americanos, al llegar a San Luis Potosí se pronun ció, arrollando a las fuerzas leales; regresó a Mé xico y el Presidente, general Herrera, fué derroca do, usurpando la presidencia el general Paredes, mientras se establecía una monarquía católica, ofre ciéndose el trono al infante don Enrique, cuñado de Isabel Segunda. La Corte de España proporcionó cien mil pesos para esta intriga. El clero en México, fué responsable de este proyecto criminal. La res ponsabilidad no ha sido negada ni por los au tores más reaccionarios. Hubiera sido de enorme trascendencia que el primer golpe lo hubiera da do el ejército mexicano porque se habría sembrado el desconcierto en las tropas americanas. La guerra se provocó entre dos pueblos que no se odiaban. El resultado sólo aprovechó a las castas privilegiadas de ambas naciones. Todas las batallas se perdieron por el ejército mexicano ganándolas el americano, no por falta de valor de nuestros voluntarios y sol dados, sino por un conjunto de circunstancias, mo rales y materiales. La única victoria fué La Angos tura; las tropas mexicanas desalojaron a las ene migas; pero sin obtenerse fruto de aquélla, por trai ción del general Santa Anna. Los armamentos mexicanos eran antiquísimos; habían sido comprados a Inglaterra, y usados por el ejército de Wellington. Los cañones y rifles enemi
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gos eran superiores a los mexicanos. De 18,000 hom bres que salieron del Centro de la República, 4,000 sucumbieron de fatiga y sed, en ©1 camino a Salti llo. Agotados por la marcha a través del desierto, combatieron muchas horas, y vencieron al ejército invasor en Angostura. Santa Anna se había com prometido a llevar al desastre a las fuerzas mexi canas; no le convenía que triunfaran. Ordenó retro ceder, pretextando el cansancio de las tropas, y se perdió la oportunidad de aniquilar al enemigo y ob tener un gran botín de guerra. También en Tampico, Santa Anna ordenó que se desartillaran las fortifi caciones. Además, gran cantidad de equipo fué arro jado al mar. Después ordenó que no se atacase a la columna americana, en su marcha de Saltillo a Tampico habiendo podido destruirla en los pasos difíciles por la sierra. Las derrotas mexicanas de Palo Alto, La Resaca y Monterrey, dieron al enemigo parte del Norte. En Chihuahua, la batalla de Sacramento fué ganada por las fuerzas enemigas que, combinadas, se pose sionaron de la costa de California, del Estado de Sonora y de todo el territorio Norte. En la batalla de Veracruz, es de notarse la heroica defensa contra fuerzas superiores: 13,000 hombres componían la Es cuadra de Scott. Enorme desastre causaron los ca ñones que bombardearon el puerto; sólo 3,000 hom bres para defenderlo, a las órdenes del general Mo rales. El general Durán, en el fuerte de San Juan de Ulúa, mandaba otros 1,000. La resistencia cedió
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ante la superioridad de la artillería naval. La ciu dad fué semidestruída, muriendo muchos habitan tes, entre ellos mujeres y niños. Santa Anua afirmó que iba a lavar la mancha de Veracruz. Contra la opinión de su Estado Mayor, se posesionó de Cerro Gordo. El desastre: más de 9,000 hombres quedaron derrotados, con 50 por cien to de bajas. Otra grave responsabilidad del clero, fué cuando Gómez Facías, Vicepresidente encarga do del Poder Ejecutivo, le pidió ayuda económica para la lucha. Inmediatamente, al grito de “ Reli gión y Fueros,” y “ Muera el Hereje Gómez Facías,” sublevó a los batallones llamados polkos, integra dos por jóvenes aristócratas y artesanos católicos. Mientras los americanos desembarcaban en Veracruz, se ensangrentaba la capital, hasta que Santa Anna quitó a Gómez Farías el poder, y ordenó que no se tocasen las propiedades del clero. Este, que decía estar muy pobre, entregó 2.000,000 de pesos a Santa Anna y a sus cómplices. Las batallas del cen tro, fueron: Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec. Todas se perdieron. En la primera, Santa Anna, celoso de la gloria de Valencia, no qui so ayudar con oportuno refuerzo en el momento en que, según afirman los técnicos, se hubiera podido ganar esa batalla, haciendo retirar al enemigo con una carga de caballería. Cerca de 8,000 hombres del general Alvarez, bajo las órdenes de Santa Anna permanecieron inactivos. En Churubusco, recorda mos la defensa del Convento; las ejemplificadoras
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palabras de Anaya, al general americano: “ Si hubie ra parque, no estarían ustedes aquí.” En el Molino del Rey la bravura y sacrificio de los mexicanos fue ron inútiles, por la traición de Santa Anna. La de fensa del Colegio Militar y del Bosque de Chapultepec, en la que el general Bravo cayó prisionero y en donde varios cadetes sucumbieron heroicamente. La bizarría del batallón de San Blas: pereció des de su último soldado, hasta su coronel Xicoténcatl. La muerte del general León, de los coroneles Gelati, Balderas, y miles de mexicanos. En resumen, las fuerzas americanas tomaron la capital, ondeando el pabellón de las barras y las estrellas en el Palacio Nacional. Más de 5,000 per sonas que espontáneamente iban a combatir, hom bres, mujeres y niños, fueron arrasados por las ba terías americanas. El ejército de Santa Anna no combatió; abandonó la ciudad (10,000 hombres). Santa Anna marchó hacia la costa, y se fué como acostumbraba, al extranjero, dejando un manifiesto declamatorio, y llevando un capital por su traición. Poco tiempo después, el Congreso, por mayoría de votos, firmó los tratados de paz, por los cuales México entregó a los Estados Unidos más de la mitad de su territorio (Texas, Nuevo México, Alta California. Se decían pobres; resultaron riquísi mos ; poseían minas de oro, cobre y tierras fértiles). México recibió, en cambio, 15.000,000 de pesos, que fueron a parar a manos del clero y de los princi pales intrigantes y responsables. Se canceló la den-
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da de México con los Estados Unidos, por 3.250,000 pesos. Mediante 18.250,000 pesos se entregó enorme territorio, perdiéndose, además, el prestigio del ejército y del Gobierno. Murieron 50,000 mexicanos y 25,000 americanos, trabajadores arrancados de sus hogares para una guerra inicua, creyendo que iban a salvar a sus paí ses. El Gobierno de los Estados Unidos gastó . . . 150.000,000 de dólares, 200 barcos y gran cantidad de trenes de carros para consumar el despojo más infame que la historia registra. El agente Slidell vino con poderes del Gobierno americano, fingiendo trabajar por la paz. Se confir mó que era un espía para informar sobre las con diciones de México. Además, el Estado de Texas terminaba en el río de Las Nueces, al Norte del Bravo. El Gobierno de los Estados Unidos, con toda perfidia, declaró que no eran los límites del Esta do de Texas el río Nueces, sino el río Bravo, afir mando que su territorio estaba invadido. La prensa de allá encendió los ánimos. Se calumniaba a los mexicanos, llamándonos bandidos, invasores. Aquí se habló con odio de los americanos. Murieron . . . 75,000 hombres, pobres y laboriosos, para realizar el despojo, sembrándose el odio de razas, tan útil a los intereses expansionistas y feudales. Algunos fragmentos de documentos históricos comprueban la complicidad del clero y de la clase privilegiada de México, con la aristocracia esclavis ta de los Estados Unidos preparando y sosteniendo
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la sangrienta guerra entre las dos naciones. Se in sertan en el capítulo siguiente. Se resume el capítulo actual conforme a la dia léctica marxista, en los términos siguientes: Te sis: Primer intento de dominio político preimpe rialista por el gobierno de Francia. Alianza di simulada del gobierno inglés en favor de la tenta tiva expuesta. Resolución de apoderamiento de te rritorio mexicano, previa la invasión americana, preparada durante diez años, siendo la causa de finitiva de la guerra entre las dos naciones, la anexión de Texas a la Unión Americana. Antítesis: Resistencia del pueblo mexicano al pago de una deuda injustificada exigida por el gobierno fran cés. Organización deficiente de la defensa nacio nal contra la invasión americana. Síntesis: Pago de la reclamación hecha por Francia, pesando so bre la clase productora. Traición de Santa Anna; egoísmo de altos jefes militares y de las clases pri vilegiadas de México, particularmente el clero, an te el peligro de la invasión extranjera. Consuma ción del despojo territorial de la nación Mexicana, mayor de 2.000,000 de kilómetros cuadrados. Destrucción de riquezas nacionales. Pérdida de 75,000 trabajadores de ambos países y millares de heridos y mutilados, sembrándose odios racia les y nacionales, entre pueblos víctimas de injus ticias y explotaciones semejantes.
FRAGM ENTOS D EL C A PITU LO X , G U ERRA CON LOS ESTADOS UNIDOS, TOMADOS D E ‘ •EL PUEBLO M E XICAN O
Y
SUS LUCHAS
PO R LA L IB E R T A D ” por Lázaro Gutiérrez de Lara. (Pág. 159.)
i. o— - «
CAPITULO V Antes y durante la guerra, el clero preparó y obró enteramente de acuerdo con los esclavistas america nos; no sólo arregló que los mexicanos fueran de rrotados sino que su intento manifiesto fué el de que se derramara la última gota de sangre patrio ta. Con este acuerdo y objeto, los generales clerica les entregaron al enemigo puntos estratégicos sin disparar un solo tiro, emboscaron miles de peones patriotas, en él desierto, sin agua, abandonándolos allí para que perecieran de hambre y de sed, vícti mas de la intemperie, sin armas ni municiones y entregados en manos del enemigo, con el propósito, por parte de los generales clericales, de que los me xicanos fueran exterminados. La única resistencia efectiva en la guerra ofrecida a las fuerzas ame ricanas, fué la opuesta por cuerpos de voluntarios operando como guerrilleros independientemente de los jefes militares. Con este propósito, el general Gaynes, del ejérci to americano, invadió Texas, ocupando Nacogdoches, y cuando el ministro mexicano en Wàshington pro testó ep contra de esta violación del derecho ínter-
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nacional, se le negó hasta la cortesía de una respues ta, viéndose obligado a retirarse. Siendo este insul to, insuficiente para provocar la declaración de gue rra, el Presidente Jackson prosiguió en su política de agresión, haciendo reclamaciones exageradas y ridiculas al Gobierno mexicano, por ofensas y per juicios imaginarios cometidos en contra de ciuda danos americanos y sus propiedades, por parte de ciudadanos mexicanos: “ La administración (Gobier no americano), creyó necesario mandar una nota quejándose de ofensas supuestas en contra de ciu dadanos americanos, acompañada de las reclama ciones más exageradas.” (J. Williams, Review of Causes, p. 24.) “ El Departamento de Estado no es tá en posesión de las pruebas y las circunstancias de las ofensas cometidas que se alegan por las par tes quejosas.” E-1 Departamento de Estado del Go bierno de Wàshington, al perseguir esta política criminal, tenía, como hemos dicho, un propósito bien definido : “ Era solamente hacia una nación débil, a una nación cuya hostilidad se provocaba para ulte riores propósitos, a la que la administración trata ba con tal insolencia.” (J. Williams, Review of Causes, p. 49.) Las reclamaciones mencionadas se presentaron al Gobierno mexicano de la manera más insolente posible, acompañadas de la amenaza de intervención armada, si no eran satisfechas dentro del término de 14 días. “ Mr. Forsythe, Jefe del De partamento de Estado, era en tal ocasión el agente , más a propósito y Ellis el instrumento más a propó-
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sito ; el último era un esclavista de Mississippi. Que ría la guerra, quería también a Texas y desempeñó al pie de la letra las instrucciones que había reci bido.” (Bancrojt, History of Mexico, v. III, p. 309.) Jackson, en su mensaje relativo, dirigido al Congre so, concluía con estas palabras: “ Por lo que reco miendo que se dé una ley autorizando las repre salias y el uso de la fuerza naval de los Estados Unidos por el Ejecutivo, en contra de México, para imponer dichas represalias, y para que en el caso de que el Gobierno de México rehúse amigablemente una satisfacción completa a las reclamaciones, la próxima que se haga, llevarla a cabo por nuestros soldados, en el Golfo de México.” “ Desde el día de la batalla de San Jacinto (en la que salió derrotado y fué hecho prisionero Santa Anna, en Texas), to das las actividades del Gobierno de la Unión esta ban encaminadas al propósito expreso de romper las negociaciones y precipitar la guerra contra México, con el objeto de obtener no sólo la anexión de Te xas, sino de todo el territorio al Norte del Río Gran d e ... las instrucciones del 20 de julio de 1836, del Secretario de Estado, Mr. Ellis, inmediatamente des pués de aquella batalla, eran con la premeditada intención de producir una ruptura, y fueron pues tas en ejecución con toda fidelidad. . . La carta de Ellis, del 26 de octubre de 1836, al señor Monasterio (Ministro de México en Wàshington), marcaba los primeros síntomas, y ningún ciudadano de corazón, de los Estados Unidos, puede leerla lo mismo que la
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contestación dada a ella por el señor Monasterio, sin sentirse avergonzado de su país.” (Carta de Jonn Quincy Adarns.) Desde que por el tratado de 1830 Santa Anua había reconocido la independencia de Texas, lus colonos no habían manifestado ni el me nor deseo de anexarse a los Estados Unidos. Esta indiferencia fué causa de ansiedades e impaciencias por parte de los esclavistas del ¡Sur, como se ve por la nota de enero 4 de 1844, dirigida por Mr. Upshur, Secretario de Estado del Gobierno americano, al agente americano en Texas, y que, hablando ue la actitud de los colonos, dice: “ En lugar de ser ellos j nosotros los mejores amigos, parece inevitable que nos vamos a volver los más encarnizados ene migos. Sin la anexión de Texas, nos será imposible sostener la institución de la esclavitud por 10 años más, probablemente ni siquiera por la mitad de ese tiempo.” “ Texas asegurada, México exasperado y rotas las relaciones diplomáticas, todo era ya fa vorable para asegurar la guerra que se había cal culado, y que resultaría en la conquista de valio sísimo territorio, incluyendo la muy deseada Ca lifornia. Tal guerra, para ser popular, o por lo me nos tolerada en los Estados del Norte de la Unión, era necesario hacerla aparecer como provocada de liberadamente por México. Sería un golpe maestro el hacer aparecer hipócritamente el que se trataba de llevar a cabo las negociaciones pacíficamente, y aun aparentar cierto espíritu conciliatorio. No te niendo esto resultado —y se tendría buen cuidado
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da que no lo tuviera—, se provocaría a México para que diera el primer golpe, entonces se haría apare cer como una guerra defensiva por parte de los Es tados Unidos y no de agresión, y de esta manera la conciencia nacional quedaría satisfecha. Esta fuó la política adoptada por el Presidente Polk y la que obtuvo el éxito más infame.” (Bancroft, History of Mexico, v. 6, p. 340.) Mr Bagby, Senador por el Estado de Alabama, hablando ante la Cámara de Senadores en Wàshing ton, decía: “ La vida de un ciudadano de los Esta dos Unidos es más valiosa que las vidas de cien mil mexicanos, hombres, mujeres y niños.” El buque que traía a Santa Anna, al ser regis trado en las aguas de Veracruz por el Comandante de la Armada americana, David Canor, fué apresa do; pero a Santa Anna personalmente, guardándo sele toda clase de consideraciones, se le permitió desembarcar en obediencia a las instrucciones reci bidas del Departamento Naval de los Estados Uni dos en Wàshington. Dichas instrucciones decían: “ Mayo 13 de 1846. Comodoro: Si Santa Anna tra ta de entrar a puerto mexicano, déjelo usted pasar sin molestia. Respetuosamente de usted, George Bancroft.” Para darnos cuenta exacta hasta qué límite llegó la traición por parte del clero y la infamia por par te del gobierno de Wàshington, nos bastará tener en cuenta el mensaje que el Presidente Polk dirigió al Congreso americano el 8 de diciembre de 1846, en
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que, con el descaro piratesco que ha caracterizado siempre la política del gobierno americano, anuncia ba la conveniencia y el buen acuerdo para permitir a Santa Anna la vuelta a México por lo favorable que Santa Anna había de ser en México a los inte reses americanos, debido a su gran influencia en el ejército y el partido clerical. Por su parte Santa Anna prometió al Presidente Polk que sus parti darios y amigos se pondrían del lado de las fuerzas americanas. (News-Leader, Richmond, Ind.) Gómez Farías, como Presidente, se encontró fren te al problema de obtener los fondos necesarios, no solamente para sostener la administración, sino pa ra los gastos de la guerra. Vió que no había más que un camino posible que seguir y lo siguió iniciando ante el Congreso la promulgación de la siguiente ley, que fué adoptada. Artículo l 9 Se autoriza al gobierno para propor cionarse hasta quince millones de pesos, a fin de continuar la guerra con los Estados Unidos, hipo tecando o vendiendo en subasta pública los bienes de manos muertas, al efecto indicado. Artículo 29 Se autoriza al gobierno para que emplee los fondos colectados en virtud de esta ley, en defensa de la patria, debiendo rendir cuenta al Congreso sobre la inversión de dichos fondos, ca da seis meses. Esta medida aconsejada por las circunstancias como uno de los pocos medios para la salvación de
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la patria fué, como era de esperarse, recibida por el clero con la más rabiosa oposición. “ Este golpe al clero, cuyo egoísmo había causado más de una desgracia a la Nación, causó un efecto terrible: como entonces dominaba por medio del confesonario to das las conciencias, como extendía su influencia hasta el sagrado del hogar doméstico, en la esposa, en los hijos y las hermanas, fácil le fué hacer una tenaz oposición a la citada ley; pero esta oposición y todos los esfuerzos del clero se estrellaron ante la energía del vicepresidente Gómez Farías.” (G. Baz, Vida de Juárez, p. 34.) Es verdad que el Con greso expidió la ley a pesar de la feroz oposición del clero; pero su efecto fué en gran parte nulo y sin cumplimiento, debido a que los gobernadores clericales de los Estados rehusaron ponerla en eje cución. “ El Presidente Polk, al mismo tiempo que mantenía una guerra de devastación con toda hipo cresía, manifestaba públicamente sus deseos por la paz. Sus partidarios en la prensa abogaban por el arrasamiento de las ciudades mexicanas y por la destrucción inhumana de vidas mexicanas. Estos sentimientos bárbaros se agravaban todavía más con el hipócrita y falso pretexto que los inspiraba bajo el falso supuesto de que “ México había provo cado la guerra.” {Bancroft, History of México, v. 5, p. 547.) “ Saqueos, carnicerías, crueldades, el matar a los heridos en los campos de batalla; y aun en muchos casos quemar hombres vivos, han sido anotados por parte de altas autoridades oficiales,
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como parte de la historia de la guerra con México.” (Livcrmore, War with México, p. 263.) Veamos cómo se expresaba la prensa americana: “ Destrúyase la ciudad de México a raíz de la tie rra sobre la que se levanta. Hágase desaparecer Puebla, Querétaro, Jalapa, Saltillo, Monterrey, de la misma manera, y después auméntense nuestras demandas,” decía uno. “ Hasta que aplastemos a los mexicanos y llevemos la destrucción y la pérdida de vidas hasta el fondo de sus mismos hogares, y los hagamos crujir bajo el peso de nuestra mano de hierro, entonces seremos respetados,” decía otro. El periódico órgano de Polk, “ The Union,” inspi rado por el mismo espíritu, decía: “ Debemos de bus car la paz e imponerla a nuestros enemigos, hacién doles sufrir la maldición de la guerra.” “ En marzo de 1847, los cónsules extranjeros escribieron al ge neral Scott sobre los terribles resultados del bom bardeo. The New York Herald decía que el bombar deo había convertido la ciudad en ruinas bajo las cuales habían sido sepultados un gran número de no combatientes: hombres, mujeres y niños.” {Bañ erojt, History of México, v. 5, p. 546.) Habiendo ocupado Veracruz, el general Scott pu blicó una proclama que fué universalmente distri buida y que siendo promulgada después de aquella horrenda carnicería de mujeres y criaturas inde fensas, ponía de manifiesto la más profunda bajeza, la más intensa hipocresía y la más cínica depra vación. Dicha proclama decía: “ Mexicanos: a la
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cabeza de un poderoso ejército cuya fuerza se du plicará bien pronto, y una parte del cual avanza ya sobre vuestra capital, al mismo tiempo que otro ejército a las órdenes del mayor general Taylor, está en marcha del Saltillo con dirección a San Luis Potosí, creo en mi deber dirigiros la palabra. Mexicanos: los americanos no son vuestros enemi gos, sino am igos... Somos amigos de los habitan tes pacíficos del país que ocupamos, amigos de vues tra santa religión, de sus prelados y ministros. En nuestro país se halla establecida la misma iglesia y abundan allí los devotos católicos, siendo respeta dos por nuestro gobierno, nuestras leyes y nuestro pueblo. Desde un principio he hecho cuanto estaba en mi arbitrio para poner bajo la salvaguardia de la Ley Marcial y proteger contra los pocos hombres malos que hay en este ejército, a la iglesia de Mé xico, a los habitantes inofensivos y sus propieda des. . En esta proclama el general Scott no hacía otra cosa sino manifestar públicamente, en repre sentación del Presidente Polk, la profunda amistad, el respeto y solidaridad hacia su común aliado y cómplice en aquella guerra: el clero mexicano. Des pués, y cuando tuvo lugar la ocupación de la Ca pital, veremos cómo los clericales banquetearon y festejaron a Scott brindando por la “ Anexión de México a los Estados Unidos.” '‘Luego que el general Scott se posesionó de la pla za de Veracruz, entró en relaciones con el obispo de Puebla, que era entonces don Pablo Vázquez, por
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el conducto del cura Campomanes de Jalapa, y el obispo le dijo: Si me garantizas que serán respeta das las personas y bienes de los eclesiásticos, yo te ofrezco que en Puebla no se disparará un solo tiro. Aceptado, dijo el general americano. El obispo, pa ra cumplir su palabra, hizo que sus agentes intriga ran en el Congreso del Estado para que fuese nom brado gobernador el hermano de su secretario, don Rafael Izunza, y éste, luego que se encargó del go bierno del Estado, pasó una comunicación al gobierno general, en que le decía que, no teniendo Puebla elementos con qué defenderse, no debía es perarse que aquella ciudad hiciese resistencia al ejército invasor; hizo más aquel prelado: por su influencia, don Cosme Furlong, que era el coman dante general, despachó a Izúcar de Matamoros to do el armamento y material de guerra que habían dejado en la plaza los cuerpos que por allí habían transitado para atacar al enemigo en Veracruz y en Cerro G ordo... Esto lo vi yo; lo de la comuni cación de Izunza me lo refirió don Manuel Baran da, que era Ministro de Relaciones. El ejército ame ricano entró en Puebla como en plaza amiga, tan sin cuidado, que los soldados formaron pabellón en los portales y se tiraron a dormir. Se esperaba a aquel ejército en Puebla con cinco mil cargas de maíz. El general Scott mandó poner guardias en honor al obispo. {Zerecero, Memorias, págs. 74 y 75.) “ En Puebla, Scott recibió agentes secretos del general Santa Anna para llevar a cabo definitiva
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mente las negociaciones en qne se pactaron las ga nancias que el último había de obtener por sus bue nos servicios en favor del Presidente Polk. El re sultado fué que Scott se comprometió a entregar diez mil pesos al contado y un millón tan luego como el tratado de paz se hubiera firmado, debien do este dinero entregarse de los fondos secretos de que Scott disponía. Cuando estos arreglos se hu bieron hecho, Santa Anua manifestó que para lle varlos a cabo, en vista de los sentimientos patrió ticos en la capital, opuestos a los tratados de paz, era necesario que el ejército americano avanzara y que amenazara la ciudad de México asaltando sus fortines. (Véase fíancroft, History of México, v. 5. págs. 465 y 466.) “Los habitantes de México resistieron durante tres días, en las calles y en las plazas, desde las azo teas y balcones, a las fuerzas in va soras, sin que Santa Anna, que permanecía en Guadalupe Hidal go, a media legua del sitio del combate, pensase en auxiliarlos; un ataque en esos momentos hubiera cambiado la faz de la guerra.” {G. Haz, Vida de Juárez, p. 51.) “ Los sacerdotes católicos eran respetados, y las iglesias estaban abiertas a todas horas, sin que ja más censurasen ninguno de sus actos, ni se prohi biesen las procesiones ni las fiestas públicas. El ge neral Scott, qne tenía formado un alto concepto de la ilustración y virtudes del clero mexicano, mani festó que respetaría y haría respetar la» creencias
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de la Nación, y merced al tino y talento del limo. Se ñor Arzobispo don Juan Manuel Irizarri, la iglesia mantuvo sus derechos y fué respetada.” (Zaina-cois, Historia de México, v. 13, p. 49.) No puede haber prueba más elocuente de la existencia del entendi miento mutuo y la buena voluntad que existía entre el clero y los invasores; y cuando el general Scott nombró el ayuntamiento para la ciudad de México, pidió al clero consejo para hacer la selección de sus miembros. Más tarde, en un día de campo que se dió en su honor, los munícipes clericales brindaron a la salud del ejército americano y por la “ Anexión de México a los Estados Unidos,” mientras que en los campos de batalla miles de patriotas mexicanos cubrían con sus cadáveres el suelo patrio.” El tesoro no existía, el cobro de impuestos era imposible, y cuando algunos de los periódicos libe rales sugirieron que el gobierno arreglara un em préstito garantizado con los bienes del clero, el ge neral Scott se apresuró a atacar esta sugestión con la publicación de la Circular de 23 de noviembre, que decía: “ Habiendo tomado posesión de la ciudad de México y sus inmediaciones, el ejército de Esta dos Unidos, el día 14 de septiembre, todos los de rechos y autoridades del gobierno mexicano en y sobre el territorio así ocupado, quedan investidos en los Estados Unidos; y, por lo tanto, ninguna transacción de bienes eclesiásticos será legal si no es hecha con el consentimiento de las autoridades de Estados U n id os,,,” De este modo todo el po
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der de la nación americana se empleaba en la pro tección de los intereses materiales del clero. Era necesario pagar a los agentes clericales que, «irviendo tan fielmente a su amo, el clero, no menos leales servidores del Presidente Polk, y para este efecto se acordó que los Estados Unidos pagarían a la administración clerical mexicana la suma de quince millones de pesos, que más tarde se repar tieron entre los miembros de la administración cle rical como el premio obtenido con la deshonra pa tria y el asesinato del pueblo. La guerra había terminado por fin, y ¿cuáles fue ron sus resultados? En Estados Unidos los negre ros verían coronado su complot con la victoria en México; el clero se erguía más poderoso que nunca, mientras el pueblo, humillado y desmoralizado por la derrota, era incapaz de oponer ya más resisten cia. mientras que los quince millones recibidos del Presidente Polk llenaban los bolsillos de los que habían traicionado a la patria, en tanto que su suelo estaba cubierto con los cadáveres de miles de peones y miles de viudas y huérfanos que lloraban en silencio la muerte de sus deudos ante el amena zador espectro del hambre.
ULTIM A D IC T A D U R A D E SANTA ANNA. — REVOLUCION D E AYU TLA.— CONSTITU CION D E 1857
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CAPITULO VI Después de la invasión americana, se sucedieron en el Poder Ejecutivo Federal varios civiles y mi litares — licenciado De la Peña y Peña, generales Arista y Herrera, licenciado Cevallos— cuyas ad ministraciones honestas hicieron un poco menos an gustiosas las condiciones de las clases productoras. El clero y los señores feudales, disgustados, no abandonaban su proyecto de monarquía, y para rea lizarlo recurrieron a la dictadura de Santa Anna, quien fué traído del destierro adonde su traición lo había arrojado (América del Sur). El l 9 de abril de 1853, de acuerdo con las ins trucciones enviadas por don Lucas Alamán — cere bro del clero— , tomó posesión Santa Anna, con ca rácter de dictador, del Poder Ejecutivo. La dicta dura temporal fué declarada vitalicia por el Congreso, con facultades para nombrar un sucesor en caso de muerte, gobernando al país aun después de su fallecimiento. Los enormes latifundios paga ban contribuciones insignificantes en relación a su verdadero valor. Las propiedades de la iglesia es taban exentas.
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Las pequeñas parcelas fueron gravadas con altos impuestos. Las contribuciones directas pagadas por los consumidores abrumaban al pueblo. Fueron creados impuestos sobre ventanas, puer tas y animales domésticos, haciendo verdaderamen te desesperada la situación de las clases humildes. La recaudación no se invirtió en mejoras, escuelas, hospitales, etc., sino en el sostenimiento de un ejér cito pretoriano —70,000 hombres— cuyos jefes reci bían crecidos sueldos, aumentándose frecuentemen te con los percibidos por altos puestos civiles. Ese ejército pesaba sobre un pueblo de 7.000,000, cu ya inmensa mayoría sufría miseria y hambre. La aristocracia, entregada a la vanidad de una nobleza exótica (Orden de Guadalupe, presidida por Santa Anna), agotó los recursos económicos de la nación. Clero, aristocracia y ejército acaparaban todas las riquezas, sin producir nada, negando toda ayuda económica a las masas. Recurrió entonces —la dictadura santannista— a nueva traición. La venta del territorio de la Mesi lla, Noroeste de la República Mexicana, en.......... $ 10.000,000 al gobierno de los Estados Unidos, otor gándose, además, vergonzosas concesiones a ciuda danos americanos, firmándose el inicuo tratado el 13 de diciembre de 1853. Algunos historiadores, Rui nes en primer término, afirman que la venta del te rritorio de La Mesilla no se pudo impedir porque de haberse opuesto el gobierno mexicano, el de los Estados Unidos habría tomado por fuerza esa re
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gión. Este argumento no es sostenible. Si por la fuerza se roba un girón de territorio nacional, ol gobierno autor del despojo quedará como verdugo. Autorizando el gobierno mexicano la venta, repar tiéndose su importe Santa Anna y su camarilla, es discutible la responsabilidad del comprador al apro vechar esa situación. El gobierno mexicano contrajo grave responsabilidad histórica, por traicionar los intereses nacionales. La indignación del pueblo estalló a raíx de la ven ta de La Mesilla y dos meses después la efervescen cia revolucionaria se manifestó por medio del Plan de Ayutla, expedido el l 9 de marzo de 185á en esa ciudad, firmado por el coronel Florencio Vülarreal. El éxito de dicho Plan fué inmediato. Su aceptación significó un formidable movimiento revolucionario. No era motín ni cuartelazo, consumados por el mi litarismo. Era el pueblo desesperado, armándose pa ra derrocar al tirano y transformar un régimen jus tamente odiado. El coronel Villarreal no gozaba de gran popularidad ni alto prestigio; pero su bande ra, desconociendo la dictadura santannista y la ad hesión de hombres conocidos y prestigiados (gene rales Juan Alvarez, Ignacio Comonfort y civiles Melchor Ocampo, Santos Degollado, Juárez, todos liberales prominentes), dieron impulso gigantesco a la revolución de Ayutla. Después de sangrientos combates y extendido el movimiento revolucionario a toda la nación mexi cana, el dictador Santa Anna huyó al extranjero,
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dejando un declamatorio manifiesto al pueblo me xicano (12 de agosto de 1855). La revolución había triunfado plenamente. Varios grupos del autiguo ejército santannista realizaron maniobras a favor del nuevo régimen, luchando porque en la Presidencia interina quedase alguno de los suyos. El triunfo re volucionario impidió aquella maniobra. Designa do por el partido liberal, se encargó de la Presiden cia de la República interinamente el general don Juan Alvarez, iniciando leyes y decretos en favor de las masas productoras; la Ley Juárez (Ministro de Justicia) suprimiendo fueros del ejército y del clero en materia civil. Se expidió la Ley Lerdo (Mi nistro de Ilacienda), ordenando la desamortización de todos los bienes de la Iglesia (25 de junio de 1856). Esta Ley no destruía la propiedad eclesiásti ca; únicamente la ponía en circulación, obligando al clero a vender sus fincas rústicas y urbanas, recibiendo su importe, o bien quedando con el ca rácter de acreedor hipotecario sobre cuyo valor se prestaban sumas en efectivo para empresas pro ductivas. El partido liberal amenazaba dividirse en dos grandes grupos. La renuncia de la Presidencia presentada por el general Alvarez, entregó el Poder Ejecutivo al general Comonfort, quien más tarde traicionó — influenciado por el clero a través de su anciana madre— al movimiento reivindicador ini ciado en Ayutla. El licenciado Molina Enríquez en su obra “ La Revolución Agraria de México,” Libro III, Pág. 111, dice: “ Después, el pronunciamiento
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del general Doblado, no fué sino el avieso modo de provocar la renuncia del general Alvarez, como los incidentes referidos en la exposición de Ocampo, provocaron la renuncia de este último. Ya hemos dicho que Alvarez, como Guerrero con Iturbide, hi zo mal en ceder a Comonfort; debió de haber im puesto su voluntad, y entrar, como lo indicaba Ocampo, resueltamente por el camino de las re formas . . . Sentía en suma la potencia latente que representaba; pero padecía del mismo mal que Gue rrero con Iturbide; más que el temor del resultado de una larga lucha con Comonfort, en la que segu ramente habría salido él victorioso, obedeció al atávico, al invencible reconocimiento de la supuesta mayor aptitud del criollo. En el momento del con flicto, debió haber retenido el poder con energía: haber privado de todo mando a Comonfort; y haber nombrado luego a otro en lugar de éste. Comonfort habría cedido. Algo más tarde, Juárez procedió así con González Ortega.” A la interpretación del licenciado Molina Enríquez, referente a don Juan Alvarez, genuino re presentativo de los mestizos mexicanos, debe agre garse la interpretación materialista de la historia, consistente en afirmar que los criollos desde el coloniaje y después del México independiente, han tenido fortunas de que ha carecido la mayoría de los mestizos, gozando por ello de privilegios polí ticos (lucha de clases por el predominio económi
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co y, en consecuencia, social), hasta que las justas rebeldías armadas, del mestizaje, han acelerado el proceso histórico. Después del triunfo revolucio nario iniciado en 1D10 algunos politicos, civiles y militares, se deslumbran ante la cultura criolla, particularmente universitaria, aunque sirva a las clases privilegiadas. Todavía se toma en cuenta para juzgar a una personalidad, unilateralmente, su ilustración sin auscultar su estructura moral. La gran lección de la historia, aprovechada me diante la cotidiana experiencia de la vida, por las masas explotadas, consiste en la convicción de que no son las personas de mayor talento y erudición quienes colaboran en el progreso y bienestar de la humanidad, porque esas facultades al servicio del privilegio, como acaece habitualmente, perju dican a las clases oprimidas. Quienes en verdad benefician a los pueblos, son sus héroes y sus már tires. En nuestra historia, se destacan luminosa mente las siluetas de Hermenegildo Galeana, quien no sabía leer, y Vicente Guerrero, de insignificante cultura. Estos hombres, como muchos generosos mexicanos, no fueron “ intelectuales;” pero supie ron sacrificarse por la oprimida colectividad. La fascinación que ejercen muchos intelectuales, re nuentes a proletarizarse, débese al prejuicio feudalburgués, de que es despreciable la actividad ma nual, concediéndose indebida supremacía al tra bajo de la mente sobíe el muscular. Aun se juzga
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que sólo es bella la producción intelectual (libros, estatuas, lienzos, sinfonías). Urge la afirmación revolucionaria de que la pro ducción material es creadora y hermosa. Bellas son las actitudes del sembrador que arroja al sur co la simiente; del obrero, fabricante de telas, edi ficador de hogares, constructor de maquinarias, guía de potentes locomotoras y raudos trenes; del piloto aviador que rasga los aires vertiginosamen te. Esa afirmación no significa desprecio para la técnica, sino certidumbre de que puesta al servi cio del pueblo, realiza elevada misión; en tanto que un eficiente tecnicismo, comprado por agentes ca pitalistas, perjudica a la mayoría productora. No tardaron en estallar insurrecciones militares provocadas y sostenidas por el clero. La más im portante fué la de Puebla, que costó grandes ba tallas y mucha sangre. El general Comonfort, al frente de 15,000 hombres, tomó esa ciudad, cayendo numerosos prisioneros, a quienes generosamente se negó a fusilar castigando a todos los jefes y ofi ciales a servir como soldados rasos en las filas del ejército liberal. Entre los más notables figuró el general Miguel Miramón. Dominadas las insurrecciones militares, el Con greso se ocupó en elaborar la nueva Constitución, iniciando sus debates el 5 de febrero de 1856. Un año después, el 5 de febrero de 1857, la Cons titución Política de la República Mexicana era so lemnemente proclamada.
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La nueva Constitución estaba inspirada en los postulados de la Revolución Francesa: “ Derechos del Hombre y del Ciudadano —Igualdad, Libertad, Fraternidad”— , teniendo a la vez cierta influencia en su estructura la Constitución de los Estados Unidos del Norte. Otorgaba las siguientes libertades: de pensamiento, de enseñanza, de portación de armas, de circulación por todo el territorio de la Repúbli ca. Prodigaba las siguientes garantías: Abolición de la prisión por deudas, de las costas judiciales. Prisión sólo por delitos que merezcan pena corpo ral; libertad bajo fianza a los acusados, prohibi ción de permanecer presos más de tres días sin la notificación del auto de formal prisión; defen sa libre en todo juicio civil o penal; careo obli gatorio con testigos; conocimiento del acusador si lo hubiere: poner a disposición del acusado los da tos que necesitare y que existan en el proceso, abolición de la pena de muerte, prohibida severa mente para los delitos políticos; prohibición de que un juicio criminal tenga más de tres instancias; pro hibición a los militares de exigir servicios a los particulares; indemnización previa en caso de uti lidad pública; prohibición de monopolios y estan cos; recurso de amparo. Entre los Constituyentes figuraron pensonalidades notables por su rectitud, inteligencia y cultura (Ignacio Ramírez, Francisco Zarco, Ponciano Arriaga, Guillermo Prieto, Melchor Ocampo, Valentín
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Gómez Farías y otros muchos cuya actuación era garantía de honorabilidad y eficiencia). Sin embargo, la Constitución de 1857 carecía en absoluto de postulados económicamente favorables a las masas productoras. Fué un movimiento de li beralismo clásico, transformando las conquistas de una victoriosa revolución pequeño-burguesa, en le yes que arrebataban el poder político a la clase terrateniente-feudal, para entregarla a profesio nistas, artesanos y rancheros. El movimiento revo lucionario iniciado en Ayutla y sostenido hasta el triunfo de la República sobre el Imperio de Ma ximiliano, fué una miniatura de la Gran Revolución Francesa. Es oportuno, para definir el liberalismo, en que se fundamenta toda revolución burguesa, in sertar un párrafo pleno de lucidez, escrito por D. S. Mirsky en su admirable libro “ Vida de Lenin” —Pág. 253— . “ Sería interesante trazar, a propósi to de esto, un paralelo entre las dos grandes re voluciones de la historia, la rusa y la francesa. Ambas se encarnan en grandes hombres, pero la primera está encarnada en un revolucionario, Lenin, y la última en un contrarrevolucionario, Na poleón. (Pues es obvio que ninguno de los grandes revolucionarios de 1792-94 — ni Dantón, ni Marat, ni Robespierre, ni St. Just— eran del mismo orden de individual grandeza.) El paralelo es instructi vo porque proyecta una intensa luz sobre las leyes que condicionan la elevación de los grandes hom bres. El origen de la diferencia es la diferencia
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esencial entre una revolución burguesa y una re volución proletaria. Una revolución burguesa es, objetivamente, distinta de lo que es subjetivamen te. Para los que la liacen, constituye la aurora de una nueva era de justicia universal y de general bienestar. Pero su finalidad objetiva es simplemen te el establecimiento de una sociedad preparada para el más alto desarrollo de la empresa indus trial capitalista. De aquí la inevitable tragedia de sus dirigentes idealistas: lo que ellos creen ser su objetivo no puede alcanzarse por los medios a su alcance. No era posible escapar a Termidor, y el último resultado de la revolución se halla repre sentado en el restaurador del “ orden” y no en los conquistadores de la libertad, en Napoleón y no en Robespierre. La revolución proletaria es subjetivamente lo mismo que es objetivamente. El fin que se propone es accesible por los medios que emplea. El fin de la lucha revolucionaria es la instauración de una era de construcción socialista. Sus dirigentes son los héroes de la victoria, no de la tragedia. Terniidor es únicamente un espectro que surge en la mente de los hombres de escasa fe, que se duermen en el camino (y así, en menor escala, se convier ten en las figuras trágicas de la revolución). El hombre que personifica la revolución es Lenin, el demagogo del asalto revolucionario y el primer ar quitecto de la construcción socialista.”
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Por esto, a pesar de la Constitución de 57, cuya tendencia era favorable a las clases humildes, pero sin preceptos concretos, la mejoría económica que obtuvieron los trabajadores fué insignificante. Des de luego la libertad, como en la revolución france sa, no existió para los explotados en forma de libertad económica. Sólo tuvieron libertad para morir de hambre cuando sus patrones los despedían o clausuraban sus empresas. La igualdad política y social no pudo ser realidad, porque existiendo diferencias económicas clasistas, la igualdad es un mito. La fraternidad tampoco pudo ser verdadera. Fraternidad entre hacendados y peones o indus triales y obreros, es tan utópica como fraternidad entre tigres y corderos. Los derechos del hombre, teniendo como base el derecho natural que es el derecho a la vida, resultaron también una fantasía, porque el derecho de propiedad se antepuso al de recho natural, permitiéndose la supresión del trabajo remunerado en haciendas y factorías, con denándose a sus trabajadores a la miseria y al hambre. El primero de los derechos es el derecho a la vida y para vivir precisa comer, abrigarse, etc. Siendo para el proletariado el tínico medio adqui sitivo el trabajo personal, al carecer de éste, carece de medios de subsistencia. La Constitución procla ma el derecho de reunión, de libertad de pensa miento y de palabra; pero para que las masas explotadas se reúnan y organicen, precisan con ciencia de clase y salones en que verificar sus
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asambleas; para que expresen su pensamiento y aspiraciones, requiérense periódicos y libros. La libertad de cultos tampoco pudo ser una realidad, porque el clero sutilmente influenció a las fami lias católicas, a fin de que compensaran la protesta de cumplir y hacer cumplir la nueva Constitución, con una contraprotesta secreta, obligándose a ve lar por el triunfo del catolicismo (la contrapro testa subsiste aún). Respecto al recurso de ampa ro, interpretado de acuerdo con la doctrina marxista, debe afirmarse que no puede ser efectivo en una sociedad burguesa que aunque se llame “ Re pública” constituye con mayor o menor disimulo, una dictadura capitalista. El amparo en estas condiciones, tranquiliza a las masas por medio de la ilusión de la justicia social, al impedir —apa rentemente— atropellos por parte de las autorida des sobre los particulares; pero en realidad, el recurso de amparo no sirve a los intereses económi cos de las clases explotadas. El amparo contra procedimientos arbitrarios de las autoridades, ni aun después ha surtido sus efectos. A través de los años, comprobamos que siempre que se trata de asesinatos políticos o de grandes intereses económicos, el amparo del Poder Judicial contra el Ejecutivo, llega fuera de tiempo, sin impedir el atentado que consuman autoridades militares o ci viles... (Las raras excepciones confirman la ge neralidad.) En los Constituyentes hubo la aspira ción de mejorar las condiciones de vida de los
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trabajadores mexicanos, pero sosteniendo la pro piedad privada, de los latifundios y de la incipien te burguesía nacional. La Constitución previene que todos los ciudadanos tienen derecho al produc to íntegro de su trabajo y que ninguno puede ser obligado a trabajar sin la justa retribución. Hubo economistas notables en el Congreso. Ninguno de ellos mencionó las palabras, sueldo, jornal, salario; pero la falta de precisión al hablar del producto íntegro del trabajo y la justa retribución, impidió que la mejora económica se realizase. Los demás postulados quedaron también escritos por falta de posibilidades. La esclavitud quedó abolida, pero el asalariado de hecho es un esclavo que se vende, no una sola vez, sino constantemente durante todo el tiempo que trabaja. Aunque la instrucción se declaraba libre, gratuita y obligatoria, las condi ciones económicas de las masas productoras im pedían gozar de ese beneficio a niños y adultos. En cuanto al derecho de portar armas, prodigado con el objeto de que el pueblo mexicano se armase pa ra defender las conquistas revolucionarias trans formadas en leyes constitucionales, no tuvo aplica ción, porque la enorme mayoría de los mexicanos era pobre y las armas y el parque costaban mu cho. Un pueblo armado es invencible; pero armar millones de campesinos, significaba poseer exorbi tantes cantidades en efectivo para ellos. El derecho de tránsito por toda la República, tampoco puede tener aplicación para la masa proletaria, porque
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para viajar se necesita dinero. La prisión por deu das quedó abolida, pero las haciendas continuaron siendo cárceles disimuladas, porque los peones es taban sujetos a la gleba por deudas de varias generaciones, anticipos en efectivo, mercancías fiadas en tiendas de raya, etc., y de hecho las au toridades locales impedían el paso de los esclavos rnrales a otras haciendas o a las ciudades, mien tras no liquidaran sus cuentas con los terratenientes. Tal vez los constituyentes más revolucionarios, particularmente Ponciano Arriaga, Diputado por el Distrito Federal, e Isidoro Olvera, por el Estado de México, tuvieron la intención de que el artículo 27 Constitucional amparase a la masa campesina, teniendo en cuenta que el enorme latifundio cle rical pasaba al dominio de la nación, integrada por el conjunto de sus habitantes, siendo la enorme mayoría, la clase productora, especialmente agrí cola; y una minoría insignificante, la clase privi legiada. La buena intención no pudo transformarse en realidad reivindicadora de los explotados del campo, porque el ambiente no era propicio para una reforma concreta y definitiva. A este respec to es justo insertar el párrafo escrito por el licen ciado Molina Enríquez en su citada obra “ La Re volución Agraria de México.” Libro III. Pág 114. “Acerca del problema vital de las tierras, muy po co y sólo de un modo incidental se ocupó el Con greso Constituyente, pues todo se redujo a un voto particular y a un proyecto, que ni siquiera fueron
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discutidos; el voto particular fué el del diputado del Distrito Federal Policiano Arriaga, sobre el dictamen general del proyecto fundamental de la Constitución; y el proyecto fué el que con el titulo de “Proyecto de la Ley Orgánica de la Propiedad de la República” presentó el diputado del Estado de México, Isidoro Olvera.” Los dos trabajos a que acabamos de referir nos, fueron de mucha importancia, porque revela ban la comprensión de lo mucho que habían sufrido y sufrían las clases populares por causa de la ma la distribución de la propiedad, y produjeron el efecto de mantener vivo el interés social sobre esa clase de cuestiones; pero en realidad de los hechos prácticos y positivos, no llegaron a tener trascen dencia alguna, porque los remedios indicados por sus autores en el articulo concreto de sus proposi ciones respectivas, presentaban inconvenientes tan fáciles de ver, que a ellos se debió el poco interés que tomó el Congreso de tales trabajos. La exposición del voto del diputado Arriaga, entre otras cosas decía: “ Mientras que pocos individuos están en po sesión de inmensos e incultos terrenos, que podrían dar subsistencia para muchos millones de hombres, pueblos numerosos, crecida mayoría de ciudadanos, gime en la más horrenda pobreza, sin propiedad, sin hogar, sin industria ni trabajo. Ese pueblo no puede ser libre, ni republicano, ni mucho menos venturoso, por más que cien constituciones y mi llones de leyes proclamen derechos abstractos, teoL. C ¿ - l l
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rías bellísimas, pero impracticables, en consecuen cia del absurdo sistema económico de la socie d a d ... Se proclaman ideas y se olvidan las cosas. Nos divagamos en la discusión de derechos y pone mos aparte los hechos positivos. La Constitución debía ser LA LEY DE LA TIERRA. Pero no se constituye ni se examina el estado de la tierra.” El proyecto del diputado Olvera, está en el mis mo caso que el voto del diputado Arriaga; sus considerandos podrían servir ahora mismo para una Ley Agraria irreprochable. En la parte relati va dicen: “ Considerando,. . . Que una inmensa ex tensión del terreno se halla estancada en manos que descuidan de su cultivo y de la explotación de sus riquezas naturales, con lo que se perjudica gravemente a la agricultura, a la industria, al co mercio, se priva de esos medios de subsistencia a la clase trabajadora, y se detiene el progreso del país: Que es notoria la usurpación que han sufrido los pueblos de parte de varios propietarios, bien por la fuerza o por otras adquisiciones legales: Que esta usurpación ha solido extenderse hasta el fundo legal y la agua potable de las poblaciones.. . ” La Constitución Política de 1857 fué un esfuerzo enorme, vibrante de buena voluntad de la pequeña burguesía revolucionaria, en favor del pueblo me xicano, pero esterilizado por el liberalismo clásico. La clase privilegiada acogió con odio la nueva Constitución; el clero la declaró “ herética,” aunque no tocaba dogma religioso. Los grandes térrate-
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nientes, señores feudales mexicanos, la combatieron prodigando intrigas y oro hasta conseguir que el general Comonfort, Presidente de la República, ba jo la influencia del amor filial, la derogase, adhi riéndose al Plan de Tacubaya, proclamado por los reactores el 17 de diciembre de 1857. Poco después intentó ponerla en vigor nuevamente. Era tarde; el partido liberal lo desconoció, encargando del Po der Ejecutivo Federal al Presidente de la Suprema Corte de Justicia, licenciado Benito Juárez. El par tido conservador pagó el enorme servicio de Co monfort desconociéndolo, declarando a su vez Pre sidente de la República al general Félix Zuloaga. Comonfort, abrumado de vergüenza y de remordi miento, por su gravísimo error, salió del país. Los dos partidos se enfrentaron en sangrienta lucha. La reforma comenzada en 1854 con el Plan de Ayutla y que habría de triunfar sólidamente hasta 1867, tuvo durante tres años (principios de 1858 a fines de 1860), un carácter intensamente trágico. Sangrientas y continuas batallas en los campos, choques de ideas a todas horas y en todas partes, disensiones profundas, hasta en la intimidad de los hogares, provocando divisiones familiares. Algunos historiadores la llaman equivocadamen te Guerra de Reforma o de Tres Años. En realidad fué un drama gigantesco, que se prolongó 13 años 4 meses. (1854 a 1867.) Resumen dialéctico de este capítulo: Tesis: La aristocracia terratemepte-feudal, asesorada por
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la organización eclesiástica, tomó el poder político a través de la dictadura vitalicia de Santa Anna. Esa clase social fué vencida por el movimiento re volucionario iniciado en Ayutla, oponiéndose a la Constitución de 1857 hasta conseguir su derogación por el golpe de Estado de Comonfort. Antítesis: La pequeña burguesía, que se había ido robusteciendo desde 1830, pudo mediante el apoyo del campesinaje, veinticinco años después, arrancar el poder político a la casta feudal y elaborar la citada Constitución. Síntesis: La guerra de Reforma, provocada por el antagonismo entre la aristocracia terratenientefeudal apoyada por la iglesia y la pequeña burgue sía, respaldada por las masas campesinas, sugestio nadas con la ilusión de un mejoramiento económico que las redimiese de su espantosa miseria y que no llegó a realizarse, ni con el triunfo de la Revolución de Ayutla ni con la Constitución de 1857.
L A R E F O R M A .— LA IN T E R V E N C I O N FRANCESA.— EL SEGUNDO IM PERIO.— D IC T A D U R A S P E Q U E Ñ O -B U R G U E SA S D E JUAREZ Y LERD O
CAPITULO V II Varios historiadores han llamado Guerra de Tres Años a la lucha armada de la Reforma, porque co menzó en enero de 1858 y terminó en diciembre de 1860; pero en realidad el movimiento reformista se inició con la Revolución de Ayutla en marzo de 1851 y terminó con el triunfo de la República en junio de 1867, abarcando trece años 4 meses de en cadenadas luchas clasistas. La privilegiada —que integraban terratenientes feudales y clero— rechazó enérgicamente la nueva Constitución. La oprimida —compuesta de pequeños burgueses, incipiente pro letariado y campesinaje— sostuvo con ardor la mis ma Constitución. Bastó una remota posibilidad de frenar la explo tación de las masas productoras, para que la clase amenazada en su privilegio y avaricia, hiciera presión, pérfida, tenaz, implacable, hasta conseguir que el Presidente de la República, Comonfort, diese un golpe de estado criminal, derogando la Consti tución Política que tantos esfuerzos y sacrificios había requerido para su elaboración y vigencia.
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Un período trágico, sangrante, incendió al país. La lucha de clases tomó proporciones de catástrofe. La privilegiada, desconociendo la Constitución y proclamando al general Zuloaga Presidente Interi no de la República, combatía por la inviolabilidad de su esplendor e ilimitada explotación de los tra bajadores. La oprimida, integrada por los llama dos “ Rojos-Ckinacos-Puros,” combatía, a su vez, por el derecho a la vida y el sostenimiento de garantías políticas y sociales, indispensables para no sucum bir. El choque fué formidable. El clero, dando a la guerra un carácter religioso que no tenía, porque no tocaba el dogma, sino los bienes materiales de la iglesia, intensificó esa lucha de clases que siempre ha reprobado hipócritamente. Un abismo dividió a los mexicanos protagonistas de la batalla gigantes ca, en la que se jugaba el porvenir nacional. Hasta el fondo de los hogares, saturados de rencores, llegó el divisiouismo. El fanatismo religioso separó ideo lógicamente, esposos, padres, hijos y hermanos, ahondando los odios y rivalidades. Los choques militares resonaron en todo el país, particularmente en el centro—Guanajuato, Jalis co, Zacatecas, San Luis Potosí—, coreados por acci dentes dramáticos, tragedias y epopeyas como el intento de asesinato de Juárez y su Gabinete en Guadalajara, salvados por la elocuencia y audacia de don Guillermo Prieto; el asesinato de los libe rales y estudiantes de Medicina en Tacubaya, el 11 de abril de 1859; las victorias de liberales unes
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veces, de reaccionarios otras, transformando el medio social de las regiones en que se efectuaban. El gobierno reformista se estableció en Veracruz, interinamente, rechazando dos veces las tropas del general Miramón, que intentaron tomar aquel Puer to. En aquella fortaleza inexpugnable del clásico li beralismo, se promulgaron las Leyes de Refor ma que hicieron trepidar a todo el país, siendo las más importantes: Nacionalización de los bienes de la iglesia; matrimonio convertido en acto civil; secularización de los cementerios; prohibición de poseer bienes a las comunidades y otras leyes secun darias; pero todas tendientes a una completa trans formación de la economía y la sociedad feudales. Los legisladores de la Reforma, con buena voluntad, pero con gran torpeza, se propusieron mejorar las condiciones económicas de las masas indígenas, mas su jacobinismo, exaltado hasta el delirio, les llevó a la prohibición de que las comunidades todas, po seyeran bienes inmuebles, dando por resultado esa medida, que los ejidatarios tuviesen que perder la posesión de sus parcelas, las que pasaron a poder de aventureros poco escrupulosos, extranjeros en su mayoría. Las grandes haciendas de la iglesia pa saron también a particulares, quienes se purifica ron de excomuniones, otorgando limosnas crecidas a la misma. Cuando se palpó este mal y se tuvo la resolución de restituir los ejidos a quienes disfru taban de su producto, ya era tarde y la expropiación
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hecha a lo« nuevos dueños fué en extremo difícil, porque los amparaban las leyes reformadoras. El 26 de septiembre de 1859 se celebró el Tratado Mon-Almonte en representación de los gobiernos de España y del presidente-general Miramón, recono ciendo créditos inicuos en favor de la monarquía española, a quien se otorgaban facultades que vul neraban la dignidad de México. El primero de di ciembre del mismo año se concertó un segundo tra tado entre Me. Lane y Ocampo, representantes del gobierno de los Estados Unidos y de Juárez, res pectivamente. Este convenio fué indiscutiblemente atentatorio a la soberanía nacional, porque pro digaba derechos de tránsito a tropas y ciudada nos norteamericanos, en el Norte, Noroeste e Istmo de Tehuantepec, entregando de hecho esas regiones del país a la voracidad yanqui. Ambos tratados ul trajan el decoro nacional de México, constituyendo graves errores y responsabilidades históricas de los partidos en pugna. Los defensores del Tratado McLane-Ocampo, aducen, para justificarlo, que fué la natural consecuencia del primero, porque al pac tar una alianza con España, daba derecho al gru po liberal para realizarla a su vez con el gobierno estadounidense. Ese débil atenuante, no exculpa el error cometido, porque un partido que combate he roicamente por la libertad económica y política de un pueblo, está obligado a rechazar todo principio de apoderamiento extranjero. Esos dos tratados son exponentes de la rivalidad entre los preimperialis-
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mos europeo y angloamericano, basándose este en la elástica y artera doctrina Monroe. Se inserta, por su relación con el tratado Mac. Lane-Ocampo, el Apéndice de la obra “ México y los Estados Unidos de América.—Apuntaciones para la Historia del Acrecentamiento Territorial de los Estados Unidos a Costa de México desde la Epoca Colonial basta Nuestros Días.— Con un pró logo de D. Francisco Sosa. 1913.”—Por Alberto Ma ría Carreño. Edición de 1922. Págs. 505 a 515. ADVERTENCIA “ El gran empeño que distinguidos amigos míos han expresado de conocer desde luego algunos, por lo menos, de los valiosísimos documentos que he podido encontrar acerca de las pretensiones terri toriales de los Estados Unidos con posterioridad a la guerra, me ha movido a publicar en un apéndice, los relativos a las negociaciones iniciadas entre Don Miguel Lerdo de Tejada, Don Melchor Ocampo y Don Benito Juárez, y los propios Estados Unidos de América; arreglos increíbles que tuvieron como base la cesión de la Baja California y el tránsito a perpetuidad por el Istmo de Tehuantepec, inde pendientemente de otros derechos de vía tan im portantes como éste, en la región Norte del país, y de diez leguas cuadradas a uno y otro lado de cada uno de esos derechos de vía. Lo singular de la documentación que poseo es: que en tanto que Santa Anna, Zuloaga y Miramón,
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tachados de traidores, categóricamente rehusaron tomar en consideración la venta de la Baja Cali fornia, Ocampo y Miguel Lerdo de Tejada, autori zados por Juárez, no tuvieron empacho en discu tirla y declarar que estaban Juárez y su gobierno dispuestos a efectuarla. Conveniencias políticas y no patrióticas, como lo comprobaré en su tiempo, apartaron por fin del tratado Me. Lane-Ocampo la cesión de la Baja Ca lifornia. Van estos documentos sin comentario alguno, pa ra cumplir el ofrecimiento hecho a mi distinguido amigo el eminente historiador Victoriano Salado Alvarez, de que le daría yo la oportunidad de ser él quien primero los comentara. El resto de los documentos aparecerá en mi libro: “ Santa Anna, Zuloaga, Miramón y Juárez en sus relaciones con los Estados Unidos del Norte.” En tonces publicaré también las fotografías de los tres documentos que ahora salen a la luz por vez prime ra y las de otros tan interesantes como éstos. Cada documento en inglés lleva su correspon diente traducción al castellano.
A. M. O. Nota del autor de “ La Lucha de Clases a Travé» de la Historia de México.”—Hasta la fecha —prime ro de mayo de 1936— no ha sido editado el libro a que se refiere el historiador Alberto María Carrefío.
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"Mr. Churchwell en representación de los Esta dos Unidos, los Sres. D. Melchor Ocampo y D. M i guel Lerdo de Tejada en representación del Go bierno de D. Benito Juárez, convienen en que éste ceda a la vecina República del Norte la Baja Cali fornia, dos derechos de vía en el Norte del país, diez leguas cuadradas a uno y otro lado de esos derechos de vía y el tránsito libre y perpetuo a través del Istmo de Tehuantepec.
PROTOCOLO que contiene ciertas condiciones y estipulaciones convenidas por los Sres. Ocaiupo y Lerdo de Tejada por una parte y el Sr. Churchwell por la otra, como las más apropiadas para for mar la base de futuras negociaciones entre el Go bierno Constitucional de México y el de los Estados Unidos. Io En vista de la peculiar situación del Terri torio de la Baja California, el cual desde que filé ce dida la Alta California a los Estados Unidos ha que dado separado y desintegrado del cuerpo princi pal de la República Mexicana, el
Gobierno Consti tucional consentirá en traspasar la soberanía sobre dicho territorio a los Estados Unidos, por una re
muneración que después será convenida entre las partes contratantes. 29 El Gobierno Constitucional de México conce derá igualmente a los Estados Unidos los derechos de vía para tránsito, a través del territorio mexica no, que en seguida se mencionan:
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I. De El Paso a Guaymas, en el Golfo de Ca lifornia ; II. De algún punto del Río Grande a Mazatlán en el mismo Golfo. México además concederá a las compañías que designen los Estados Unidos y a todo lo largo de las líneas de tránsito, secciones de tierra a uno y a otro lado, con una extensión de diez leguas cua dradas. Cada una de dichas líneas de tránsito será protegida, si fuera necesario, de las depredaciones de indios hostiles, por medio de guarniciones mili tares, compuestas ya sea de tropas mexicanas o de los Estados Unidos. De igual manera se estipulará que los mismos Estados Unidos gozarán de un de recho de vía perpetuo a través del Istmo de Tehuan tepec. 39 Se estipulará de igual manera, que una par te de los fondos que México recibirá de los Estados Unidos como un equivalente de las anteriores con cesiones de territorio y derechos de vía, se reservará en el contrato que se firme, con el propósito de ex tinguir la deuda de México para con los tenedores ingleses de bonos. 49 Las dos partes contratantes convendrán de igual manera en el nombramiento de comisionados con el fin de ajustar las reclamaciones de sus res pectivos ciudadanos; serán compensados del mismo fondo, y tendrán su asiento en la ciudad de México. 59 Habrá perfecta reciprocidad en el comercio y en la navegación y en las relaciones directas tí indirect»» entre las dos partes contratantes.
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6° Ningún derecho de tránsito se cargará a los artículos de un país, que pasen a través del otro. 7° Ninguno de los dos países podrá favorecer en el comercio o de alguna otra manera a otro país, sin que esos beneficios resulten comunes a las par tes contratantes. 89 Se otorgará protección eficiente a los ciuda danos de uno de los dos países, que residan o ten gan negocios en el otro. 99 Se añadirá una estipulación a virtud de la cual, en el caso de ejercerse los derechos de vía, el Gobierno de México se reserva el derecho de formular un tratado especial aplicable en casos de guerra.” Mr. Robert M. Mac Lañe recuerda al Gobierno de Juárez, en Yeracruz, los convenios propalados entre ese Gobierno y Mr. Churchwell y le pregunta si está dispuesto a llevarlos a término. MEMORANDUM El Sr. Churchwell en una carta confidencial dirigida al Presidente en 22 de febrero de 1859, le manifestó que el Gobierno del Presidente Juárez ejercía jurisdicción sobre todos los Estados del Nor te y del Sur de México (en número de dieciséis) y que estaba en situación para tratar, desde el punto de vista político, respecto a las relaciones extran jeras del Imperio. Manifestó además y de modo particular, que
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dicho Gobierno estaba preparado para negociar con el Gobierno de los Estados Unidos respecto de on cambio de la línea limítrofe entre México y los Es tados Unidos, así como para otorgar un derecho de vía perpetuo a través del Istmo de Tehuantepec, con otros tránsitos o derechos de vía, desde puntos del Río Grande al Golfo de California. Los proyectos de tratados propuestos por el Gobierno de los Estados Unidos según las instruc ciones al Sr. Forsyth, presentan ampliamente las miras de aquel Gobierno respecto de la compra de territorio y del derecho de vía a través del Istmo de Tehuantepec, cuando el Presidente Comonfort ejercía las funciones de Ejecutivo en la República de México. Las mismas ideas generales deberán prevalecer en cualquier tiempo en el arreglo de los detalles de una negociación para cualquier cambio de la linea divisoria, de tal manera que se incluya el territorio de la Baja California dentro de los límites de los Estados Unidos, así como para establecer tránsitos y derechos de vía entre las aguas del Atlántico y las del Océano Pacífico. Dos de esos tránsitos, ade más del de Tehuantepec, solicitados por los mismos Estados Unidos, serán: 1.— Un tránsito o derecho de vía desde un punto del Río Grande del Norte, entre su desem bocadura y Presidio de Río Grande y la ciudad de Mazatlán sobre el Golfo de California, vía Monclova o Saltillo y a través del Estado de Durango por la ruta que pueda indicarse.
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2.— Un tránsito o derecho de vía de la ciudad de Guaymas en el Golfo de California, vía Hermosillo y Magdalena, a un punto de la línea limítrofe Sur de los Estados Unidos, cerca del rancho de Nojales (sic) aproximadamente diez leguas al Sur de Tubac y cerca de 111° de Longitud Oeste. El Sr. Churchwell hizo constar, además, que el Gobierno del Presidente Juárez, al arreglar el límite Norte de México de tal manera que la Baja Cali fornia quede incluida dentro de los límites de los Estados Unidos, y al conocer el derecho de vía y tránsitos del Atlántico al Pacífico a través del te rritorio mexicano, estaba dispuesto a estipular: 1. —El arreglo de todas las reclamaciones de ciudadanos de los Estados Unidos contra México. 2. —El libre comercio conforme al principio de perfecta reciprocidad (mutualidad) en todos los tránsitos y en cuanto sea practicable en el comercio general entre México y los Estados Unidos. 3. —La protección eficiente de las personas y propiedades en tránsito a través de los mismos. Además de los puntos anteriores, queda la cuestión de ajustar algún medio satisfactorio por el cual México y los Estados Unidos puedan impe dir las incursiones hostiles de indios en territorio de cualquiera de las dos Repúblicas, desde un lado u otro de la línea divisoria de México. Al iniciar las relaciones políticas con la Re pública de México, el Presidente de los Estados Unidos no llenaría fielmente los deberes de la rama ejecutiva del Gobierno, si dejara de asegurarse: l
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1. —De que existe un Gobierno en México que posee el derecho político para arreglar honorable y satisfactoriamente las cuestiones que se discutían cuando se suspendieron las relaciones entre los dos países. 2. —De que tal Gobierno está dispuesto a ejer cer sus derechos políticos y su poder en los asuntos antes expresados, con un espíritu leal y amistoso. En la determinación de estos puntos, el Pre sidente de los Estados Unidos sólo está influencia do por los bien reconocidos principios de la ley nacional y por un profundo y gran deseo de bien estar y de la prosperidad mutuos de los dos países. —Robert M. Me Lañe.—Veracruz, México, abril 4 de 1859. Respuesta afirmativa y autógrafa de Mel chor Ocampo. El Sr. Churchwell informó con exactitud al 8r. Presidente de los Estados Unidos asegurándole: U—Que existe en Méjico un Gobierno en posesión del derecho político de ajustar de una manera hon rosa (!) i satisfactoria las cuestiones que estaban pendientes cuando se suspendieron las relaciones de los dos países. 2P— Que dicho Gobierno está dis puesto a ejercer su derecho político en tales premi sas con un espíritu de lealtad i amistad. Los sucesos posteriores nada han cambiado ni contra la existencia i poder de este Gobierno, ni
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en Ja buena voluntad que conserva de terminar amis tosa i lealmente los puntos pendientes entre México i los Estados Unidos, de manera que resulten en bien i ventajas mutuas de ambos países.—M. Ocam po. (Rúbrica.)—Veracruz, abril 5 de 1859.” Afortunadamente ninguno de los dos Tratados filé puesto en vigor. El primero, porque el gobier no de Juárez al triunfar lo desconoció. El segun do, porque el Senado americano siguiendo su habi tual e hipócrita táctica, lo desaprobó. El gobierno estadounidense prestó sólido apoyo al de Juárez, previo su reconocimiento. Uno de los actos más trascendentes, fué la orden comunicada a Mr. Jarvis, Comandante de los buques fondeados cerca de Veracruz, para que atacara a los barcos “ El Mar qués” y “ Miramón,” considerados filibusteros por haberse armado en La Habana, con tripulación ex tranjera, careciendo de patente gubernamental. La fragata de guerra “ Saratoga,” cumpliendo aquella orden, capturó en Antón Lizardo a los barcos mencionados, fracasando así el intento del general Miramón de atacar entre dos fuegos, por mar y tierra, al puerto de Veracruz, baluarte del gobierno liberal. En Cuba, colonia española, se prestó ayuda a la expedición del gobierno reaccio nario. La pugna entre los preimperialismos aludi dos, es indiscutible en este caso. La lucha continuó extremadamente sangrienta hasta que el 22 de diciembre de 1860, el general Je sús González Ortega aniquiló al ejército mandado
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por el general Miramón en la batalla decisiva de Calpulalpan. El partido conservador quedó destrui do militarmente. En enero de 1861, el gobierno de la República, presidido por Juárez, se trasladó de la ciudad de Veracruz a la de México. Las fuerzas militares reaccionarias se fragmenta ron en guerrillas. Uno de los núcleos más peli grosos para los liberales se extendió en los Estados de México y Michoacán. El guerrillero español Lindoro Cajiga, al servicio de la reacción, asaltó el ho gar del gran liberal don Melchor Ocampo en su ran cho de Pomoca. El eminente pensador, tachado de anarquista por sus enemigos, se había retirado de la política, entregándose al estudio en el seno de la familia, afirmando que había triunfado el partido liberal y se abstenía de toda actividad militante. La ferocidad reaccionaria había condenado a muerte a su formidable enemigo. Ocampo fué asesinado por la guerrilla de Cajiga y su cadáver colgado de un árbol, para escarmiento, se dijo, de los enemigos de la iglesia. El general don Santos Degollado pidió al Congreso de la Unión se le designase jefe de una columna militar para batir a las guerrillas conser vadoras y vengar la muerte de Melchor Ocampo. El general Degollado partió a la lucha. En el Monte de las Cruces murió combatiendo. El joven general Leandro Valle, quien se consideraba hijo espiritual del general Degollado, venerando, además, la me moria de Ocampo, solicitó a su vez se le comisiona se para combatir a las fuerzas enemigas del ge
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neral Leonardo Márquez. Marchó al combate, cayó en una emboscada y fué fusilado en el siniestro Mon te de las Cruces. Con este generoso militar perdió tres de sus mejores jefes el Partido Liberal en el fatídico año de 1861, en el que también se firmó el tratado tripartita en Londres (31 de octubre) hu millante para México, por estipularse la interven ción de los gobiernos de Inglaterra, Francia y Es paña, a fin de hacer efectiva la deuda exterior de la República Mexicana, cuyos pagos se habían sus pendido por órdenes del Gobierno de Juárez, en vista de las angustiosas condiciones económicas en que se encontraba el Erario Federal. A principios de 1862 llegaron a México las escua dras de las tres naciones, ocupando el personal mili tar de la española, el Puerto de Veracruz. Juárez, ha ciendo un esfuerzo titánico, reanudó el pago de la deuda internacional, cesando el principal motivo pa ra la intervención. Los gobiernos de España e Inglaterra reclamaban, además, por varios asuntos: asesinato de cinco es pañoles; expulsión del Ministro de España, don Pedro Pacheco y pérdidas económicas por diversas causas. El licenciado don Manuel Doblado, representan te del Gobierno de Juárez, tuvo el acierto de conven cer a los jefes de las expediciones mencionadas, ge nerales Prim, Dunlop y Wicke, de que no había
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motivos justificados para intervenir en México, Re gresaron a Europa dos de las tres escuadras. El gobierno liberal había castigado con toda energía a los asesinos de los citados españoles, y expulsado al Ministro de España con toda justifi cación, por mezclarse en asuntos de México, y de mostró que había la mejor voluntad por parte de dicho gobierno, para el saldo de las deudas com probadas, existiendo la circunstancia de que extre mó su rectitud, al grado de mandar pagar 000,000 pesos extraídos por tropas del general Miramóu, de la Legación inglesa. La escuadra francesa llegó a Veracruz, mandada por el Almirante J urien de la Graviére, estando las fuerzas de tierra a las órdenes del General Lorencez, y actuando como comisario imperial, en repre sentación de Napoleón III, el Ministro de Fran cia en México, Dubois de Jáaligny. El gobierno de Juárez, resuelto a impedir la gue rra con Francia hasta donde el decoro nacional lo permitiese, envió al licenciado don Manuel Doblado, Secretario de Relaciones Exteriores, para tratar con los Jefes de la expedición. Se permitió a las tropas francesas que acampasen en Jalapa, Orizaba y Tehuacán, a fin de salvarlas del peligro de la fiebre amarilla que existía en Veracruz, pactándose que, en caso de romperse las hostilidades, regresarían ha cia el oriente de la línea de fortificaciones, cerca de la costa. El Delegado del Gobierno Republicano la boró eficientemente en favor de la paz, demostran-
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do que la guqrra era absurda y que no había motivo alguno para la intervención francesa. El preimpe rialismo galo había resuelto convertir a México en una semicolonia regida por Maximiliano de ilapsburgo, incondicional de .Napoleón i l í , por lo que las hostilidades se rompieron. Desde 1854 ya ese mismo preimperialismo había visto con simpatía la aventura filibustera del Conde Rousset de Baoulvon, intentando apoderarse de la Baja California y de So nora para penetrar hacia el interior de México, al frente de 400 filibusteros franceses, fracasando, gracias al arrojo y energía del general Yáííez y sus 300 soldados, quienes derrotaron a la columna fili bustera fusilando a su jefe en Guaymas. Ese pre imperialismo exaltó la ambición del Duque de Moray, medio hermano, favorito y Ministro de Na poleón III, dándole participación de 30% en el sucio negocio del usurero suizo Jecker, quien pres tó $ 750,000.00 al gobierno de Miramón, reclaman do $ 15.000,000.00 por la devolución de esa suma y los réditos. Los jefes de la expedición, violando la palabra empeñada en los convenios de La Soledad, ordena ron el avance de las tropas. El general Lorencez es cribió a Napoleón III que, “al frente de 6,000 sol dados franceses era dueño de México y que su pene tración al interior sería un paseo triunfal, pues no se atreverían a desafiar a sus tropas las abyectas y miserables chusmas republicanas.” Estas palabras fueron desmentidas por la brillante victoria obteni
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da el 5 de mayo de 1862, por el general Zaragoza y su ejército, 4,000 hombres, indios de Zacapoaxtla en su mayoría, quienes rechazaron con enormes pér didas a las columnas francesas, apoyadas por gru pos de mexicanos traidores. Fué preciso un año— 17 de mayo de 1863—para que cayera Puebla en poder de 30,000 soldados franceses y 6,000 mexicanos, alia dos, dirigidos por el general Forey, substituto de Lorencez, en capitulación heroica, ordenada por el de fensor de Puebla, general Jesús González Ortega, quien con 16,000 hombres sostuvo el sitio hasta el agotamiento de los víveres, disolviendo las clases y tropa, sin que los jefes y oficiales pidiesen garan tía de la vida, destruyendo el armamento, negán dose más tarde a firmar un acta en que prometían no combatir contra las tropas imperialistas, sin tomar en cuenta las amenazas de muerte que se les hicie ron, y negándose a cobrar haberes de la Pagaduría Francesa, sin embargo de la miseria en que muchos se encontraban. En mayo de 1S64, Carlota y Maximiliano des embarcaron en Veracruz, dirigiéndose a México pa ra tomar posesión del trono imperial. El viaje de Maximiliano fué muy costoso —500,000 pesos—, así como las fiestas de recepción que se le hicie ron. El país se encontraba en espantosa miseria. Sin embargo, el sueldo asignado al Emperador, fué de $ 1.500,000.00 y $ 250,000.00 a la Emperatriz, cada año, suma que hoy, por el poder adquisitivo de la moneda en aquella época, representaría la
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suma de 10.000,000.00 a 12.000,000.00 de pesos aproximadamente, o sea la enorme cifra de.......... $ 1.000,000.00 de pesos al mes. El gobierno de Juárez abandonó la ciudad de Mé xico, marchando hacia el Norte, negándose a salir de territorio nacional, aun en los días de mayor pe ligro. Las tropas francesas obtuvieron al principio al gunas victorias; pero cuando los jefes republicanos conocieron su táctica, pudieron batirlas y alcanzar grandes triunfos. Escobedo en el Norte, Régules y Corona en el Centro, Porfirio Díaz en el Sur y otros generales en distintos puntos de la República. La guerra duró cinco años; de la primavera de 1862 a la primavera de 1867, en la que Napoleón III retiró las fuerzas francesas; quedaron grupos de voluntarios belgas y austríacos y las tropas mexi canas imperialistas. Después de algunas batallas, Maximiliano, Mejía y Miramón cayeron prisioneros en Querétaro, entregando su espada el primero, al vencedor, general Mariano Escobedo—15 de mayo de 1867— siendo juzgado y fusilado el Emperador y sus dos generales en el Cerro de las Campanas, el 19 de junio del mismo año. En la defensa nacional se libraron aproximada mente 1,200 batallas, sucumbiendo 73,000 soldados republicanos, 12,000 imperialistas mexicanos y 25,000 soldados franceses. El gobierno de Francia perdió, además, 900.000,000 de francos y el prestigio de su política militar e internacional.
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¡Se consignan algunas cifras que dan idea de las angustiosas condiciones económicas en que se ha debatido el pueblo mexicano en sus luchas contra las ambiciones extranjeras, desde el establecimien to de la primera república federal, hasta el fin de la intervención francesa. Desde el año de 1825, hasta el de 1867, o sean -13 anos, los presupuestos de iugresos sumaron $ 450.927,470.66, y los de egresos, en igual periodo, $ 746.849,352.20. El deficiente total en esos 43 años, ascendió a $295.931,881.54. Lo anterior comprue ba la bancarrota de los gobiernos republicanos. El presupuesto fluctuó, anualmente, entre $ 4.431,474.25 como mínimo de ingresos y $ 17.658,942.29 como máximo. El de egresos, entre $ 6.141,250.00, mínimo, y $ 40.733,961.91, máximo. La Reforma está ligada históricamente a la In tervención Francesa y al Imperio, prólogo de ambos y epílogo del movimiento de Ayutla de 1854, enca denando fuertemente un período de trece años cua tro meses, durante el cual se expidieron leyes re volucionarias. Dentro de ese período, intensamente dramático y de profunda trascendencia en la Historia de Méxi co, la Convención que acude a Miramar trae al Archiduque Maximiliano, transformado en Empe rador, quien liberal al principio, sostiene las Leyes de Reforma, intenta amparar a los indios, por me dio del mejoramiento de sus condiciones económicas y sociales, iniciando un movimiento agrario favora
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ble a las comunidades indígenas y de extensión cul tura!, de las ciudades a los campos. Posteriormente, el Emperador de México se entrega a la reacción y después de la retirada de las tropas francesas, cae en el Cerro de las Campanas y su cadáver enviado a la Corte de Austria, es una trágica y severa ad vertencia de que “ así terminaría en México toda intervención extranjera” que defiende más que mu rallas y ejércitos, las fronteras nacionales, recibien do toda Europa una tremenda y elocuente lección. México perdió miles de vidas de trabajadores ar mados, pero salvó la integridad y soberanía de la Nación, dejando de pagar cerca de 403.000,000 de pesos que habrían importado los gastos de indein nización de guerra y sostenimiento del Imperio, en el caso de que éste se hubiese consolidado. Además, la República conquistó un gran prestigio en el ex tranjero, admirándose la heroica abnegación del pue blo mexicano. La resistencia nacional a la Intervención France sa, no solamente trajo enormes beneficios a la na ción mexicana; no solamente fué una gran victoria nacional sobre ejércitos extranjeros; no solamente un triunfo resonante de la justicia contra el crimen, de la verdad sobre el error, de la República sobre la Monarquía. Su repercusión asumió caracteres in ternacionales. Contribuyó a la unidad de los Esta dos Unidos y a la victoria de los abolicionistas so bre los esclavistas, porque durante la formidable guerra separatista, la aristocracia feudal negrera
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del sur de los Estados Unidos, había pactado se cretamente con Napoleón III el apoyo militar de su ejército y de la Marina de Guerra, prometiendo el César francés que, una vez desarmadas las guar niciones republicanas de México y substituidas por fuerzas mexicanas imperialistas, el ejército francés — 40,000 hombres— pasaría por la frontera mexica na a los Estados Unidos, en donde sería reforzado y la marina francesa bloquearía o bombardea ría los puertos del Norte de aquella nación, a fin de asegurar la separación del Norte y del Sur, en caso de no poderse obtener una victoria definitiva del Norte, que asegurase el régimen esclavista en toda la Nación. Las fuerzas republicanas no pu dieron ser desarmadas, haciendo necesaria la per manencia del ejército francés en México, por lo que el criminal proyecto de Napoleón III y el feudalis mo negrero, no pudieron triunfar. Además, la In tervención Francesa en México (“ El más bello pen samiento de mi reinado,” como llamó Luis Napo león a esta infamia), contribuyó a la caída del Im perio Francés y a la creación de la República. La In tervención Francesa en México no fué popular en Francia. Unicamente Napoleón el pequeño, el Duque de Morny, el usurero Jecker y una camarilla ab yecta, interesada en la explotación de la Amé rica Latina, comenzando por México, apoyaba la in tervención. La burguesía liberal francesa era ene miga del proyecto, que fué atacado en el Parla mento por sus principales representativos Favre y
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Thiers. Los más grandes pensadores revoluciona rios fueron enemigos también; Víctor Hugo, el más glorioso, escribió al pueblo mexicano que “ no era el pueblo francés sino los esbirros de Napo león III quienes ultrajaban su soberanía, acon sejándole resistir con implacable energía y ofre ciéndole su nombre para acompañarlo en la derrota o en la victoria.” Los trabajadores franceses eran aún más enemigos de la intervención, no querían ser carne de sacrificio para aquella empresa delic tuosa que repugnaba, en nombre de la fraternidad obrera y de la lucha de clases. La resistencia del pueblo mexicano a esa intervención coincidió con un gran movimiento anticapitalista. El establecimien to de la Primera Internacional en Londres—septiem bre de 1864—en la que el genio de Carlos Marx se manifestó en todo su esplendor señalando a los asa lariados el medio de su emancipación económica. (Francia, Austria, Bélgica, España, Inglaterra y el Vaticano, estaban pendientes del resultado de la Intervención Francesa en México.) Por otra parte, los países Latinoamericanos fueron beneficiados con la resistencia nacional mexicana al apoderamiento francés; por esto los trabajadores del Uruguay enviaron al general Za ragoza una medalla conmemorativa con una cordial felicitación por la victoriosa defensa de Puebla con tra el Ejército Francés; por esto los trabajadores de varios países, particularmente Colombia, pre sionaron a sus Congresos, a fin de que felicitasen
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al Gobierno Republicano por la resistencia y triun fo contra la guerra de conquista. El Congreso de Colombia, por aclamación, declaró a Juárez “ Bene mérito de las Américas.” Justo es afirmar que la Reforma y la resistencia nacional de México con tra el preimperialismo galo, generaron admiración en Italia y Alemania, ávidas de realizar sus respec tivas unificaciones nacionales, y cálido aplauso en el pueblo francés, revolucionario por tradición, y porque estaba decepcionado del Segundo Imperio, regido por Napoleón el pequeño, entregado a la burguesía de Francia. Garibaldi, Manzini, Cavour, llamaron a Juárez y a sus colaboradores “hermanos de ideales.” Emi lio Castelar, el más grande de los oradores españo les tuvo palabras de admiración para los reformis tas mexicanos. Víctor Hugo escribió a Juárez una hermosa carta pidiéndole la vida de Maxi miliano, en la que glorificaba la Reforma y la de fensa de la República Mexicana. Combés, uno de los más grandes políticos y Ministros de la Francia contemporánea, decía en un elocuente discurso: “ Ojalá que Francia tuviese algunos hombres como Juárez, sus Ministros y algunos reformistas, pa ra poder solucionar el penoso y prolongado con flicto que implica entre nosotros la separación de la Iglesia y el Estado.” Debe también afirmarse que, indirecta y humilde, pero indiscutiblemente, la re forma y la defensa de la República Mexicana con tra la guerra de apoderamiento organizada por
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Napoleón III, contribuyeron a la caída del segun do imperio y del César a raíz de la victoria del militarismo prusiano. Se estableció —resultado in mediato— la Comuna de París (de la que fué prisionero Jecker). La ideología de la masa obre ra estaba saturada de indignación contra los pre imperialistas y los burgueses, debido en parte a la criminal aventura de la intervención francesa en México. Afirman los enemigos de Juárez, de la Reforma y de la defensa nacional, que no fueron el Gobierno Republicano, ni el pueblo de México, quienes arro jaron al Ejército francés del territorio nacional, sino el gobierno estadounidense. La pugna entre los preimperialismos galo y angloamericano obligó al citado gobierno a reconocer al de Juárez, des conociendo al de Maximiliano, prestando al pri mero fuerte apoyo moral sin que esta circunstan cia destruya, ni siquiera amengüe, la heroica re sistencia del pueblo mexicano a la tentativa de apoderamiento para convertir nuestro país en una semicolonia francesa. 73,000 soldados republicanos muertos e innumerables heridos por la defensa na cional, realizaron la segunda independencia de México. El citado gobierno no aplicó la doctrina Monroe al llegar a costas mexicanas las escuadras intervencionistas europeas, en 18G2, permitiendo la venta de armas y parque a las tropas francesas y a sus aliadas mexicanas y negando repetidas vecen esos elementos de guerra a los ejércitos republi-
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canos; limitándose a manifestar su deseo de que el ejército francés saliese de territorio mexicano, en tono mesurado y cuando la orden de regresar a Francia había sido dictada por Napoleón III. En cuanto al aspecto económico de la interven ción, es justo afirmar que su causa esencial fué la enorme ambición de apoderamiento para exten der la hegemonía francesa. La suma de $ 200,000.00 reclamada por el gobierno francés era demasiado insignificante para que su pago pudiese organizar una expedición militar, incomparablemente más costosa. Ya hemos dicho que el proyecto de Napo león era extender el apoderamiento francés a la América Latina, siendo México la primera colonia. Ya hemos dicho también que el negocio Jecker sig nificaba la adquisición fraudulenta de 75 millones de francos y que en ese negocio estaba interesado el Duque de Moray, ligado al Emperador de Fran cia en varias empresas financieras. También la am bición influyó en que Maximiliano aceptase el im perio de México. Napoleón III lo decidió, diciéndole “ Os ofrezco un trono sobre una montaña de oro.” Y justo es recordar que los gastos para la familia imperial alcanzaban a cerca de dos millones de pe sos al año, en una época en que el peso mexicano tenía el mismo valor que el dólar, siendo el costo de la vida en México mucho menor que en la actualidad. Conviene también a la justicia histó rica recordar que varios jefes del ejército francés fueron obsequiados pródigamente por la aristocra-
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cia mexicana traidora y que a la sombra de sus altos puestos obtuvieron fabulosas ganancias, en fraudulentas empresas, como el General Bazaine, quien con un grupo de militares poco escrupulosos, organizó un contrabando en grande escala, de mer cancías francesas, llegadas a México con el título de “ Servicio de su Majestad Imperial,” haciéndo se creer que estaban destinadas a Maximiliano y su familia, cuando en realidad eran para venderse a precios más bajos que los del mercado, arruinán dose por la competencia, al comercio mexicano. Vencida la intervención francesa, el Gobierno Re publicano entró triunfalmente a la capital de la República, en julio de 1867. Juárez y sus colabora dores se consagraron a pacificar el país, ahogando en sangre los movimientos retardatarios; a depurar y reducir el ejército nacional que pesaba abruma doramente sobre el pueblo; a renovar y extender la educación pública, con tendencias liberales, co locándose en un alto puesto docente al gran pen sador positivista Dr. Gabino Barreda, creando numerosas y urgentes escuelas — Preparatoria, Co mercio, Artes y Oficios para Hombres y Mujeres, Ciegos, Sordo-Mudos— y extendiéndose la cultura popular a los pequeños poblados, rancherías y cam pos; a estipular contratos para los primeros ferro carriles y telégrafos; a crear el México contempo ráneo. La muerte sorprendió al Patricio cuando comenzaba a cosechar la copiosa siembra de toda su existencia. L.
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Entre los caudillos indígenas más notables de la época, debe mencionarse a Manuel Lozada. Jefe de compactas masas coras, hizo una fortaleza del Najarit. Sus enemigos lo apodaron “ El Tigre de Alica,” refiriéndose a sus sanguinarias correrías por la sierra de ese nombre. Se le acusa también de haber puesto su ejército al servicio de los par tidos conservador y liberal y al imperio de Maxi miliano. Fué fusilado en Tepic en 1873, por fuer zas del general Ceballos, a las órdenes del Presi dente Lerdo. Actualmente se inicia la tendencia de reivindicar su memoria, afirmándose que fué un defensor de los indios, explotados y utilizados en sus luchas armadas por conservadores y libe rales igualmente. El más serio de sus defensores es el licenciado Andrés Molina Enríguez, quien en el III Yol. de su obra: “ La Revolución Agraria de México,” páginas 151 a 153, dice: “ Manuel Lo zada, que al frente de los nayaritas o coras, hizo por la reinvindicación de todos los indios, el inten to más audaz, mejor organizado y de mayor po tencia, que ha tenido lugar desde la conquista. . . Por supuesto, en torno de Lozada se ha formado la leyenda criolla de siempre, que lo pinta desal mado y feroz, carnicero y cruel, llamándolo El Ti gre de Alica. Era sencillamente un agricultor, qué hacía con los detentadores de las tierras de abajo, lo que esos detentadores hacían con ellos, los de los fiscos escuetos de arriba. . . El poderío de Lozada
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duró muchos años, porque tenía no sólo capacida des de caudillo, sino de administrador: hizo con beneficio de todo el Occidente, del Puerto de San Blas, un Puerto Libre; supo obtener y distribuir rentas: acuñó moneda con el sello de Guadalajara, pero con peso y ley rigurosamente legales; y man tuvo a la región nayarita en un estado de pros peridad, a que no había llegado antes, y que no ha podido recobrar después.” Lerdo Presidente Interino primero y Constitu cional, pocos meses después, continuó la política juarista, extremándola en jacobinismo. Las corpo raciones religiosas fueron vigiladas y destruidas constantemente, comprendiéndose, a las Hermanas de la Caridad. Su política anti-imperialista y reeleccionista contribuyó a su caída. Se opuso a la penetración de capital norteamericano en México, comprendiendo su peligro. Expresó, según exponen algunos panegiristas “ Entre la fuerza y la debili dad, el desierto” o sea, entre los Estados Unidos y México, el aislamiento, para evitar la expansión im perialista. Era partidario de que se acometieran grandes empresas, pero con capital mexicano, de preferencia, y si esto no era posible, con capitales de varias naciones europeas, sin dar a ninguno la preeminencia, para evitar la hegemonía económica tras de la cual viene siempre la política. Lerdo, grandilocuente orador parlamentario, cultísimo po lítico^ honrado y . enérgico estadista, cometió e l .
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grave error de querer perpetuarse en el poder, pro vocando decepción y disgusto generales, dando oportunidad para que la insaciable ambición del general Díaz triunfase, derrocándolo de la pre sidencia, tras la formidable batalla de Tecoac, lanzándolo al destierro—Estados Unidos— , destru yendo después el resto del gobierno legal, que que daba, en la limpia personalidad del presidente de la Suprema Corte de Justicia, Lie. José María Igle sias, Presidente Interino de la República, según postulado constitucional, en los combates de Gua najuato, estableciendo su férrea y prolongada dic tadura al asaltar el poder a fines del año de 1876. Se resume este capítulo conforme a la dialéc tica marxista, en los siguientes postulados: Tesis: La clase terrateniente-feudal y el clero se oponen tenazmente al más insignificante mejoramiento material y social de las clases oprimidas, siendo derrotadas por éstas, militarmente, por lo que so licitan ayuda de los gobiernos de España, Ingla terra, Francia y el Vaticano, para la intervención en México y establecimiento de un Imperio que garantice sus intereses clasistas, sostenido por el ejército francés. Antítesis: Las clases oprimidas (la pequeña burguesía a la vanguardia) sostie nen la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma más revolucionarias aún, contra la estructura feu dal de la sociedad, triunfando en la lucha armada. Después., organizan la defensa nacional para re
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chazar la intervención extranjera. Síntesis: Guerra y triunfo de la Reforma. Resistencia durante un lustro contra la intervención militar de Francia hasta la salida de su ejército del territorio nacio nal. Derrocamiento del Segundo Imperio en Mé xico y victoria de la República. Establecimiento de los gobiernos liberales, pequeño-burgueses, de Juárez y Lerdo. NOTA.—En el apéndice de este tomo se insertan los tratados Mon-Almonte y Me Lane-Ocampo y la impugna ción hecha al primero por el Gobierno de Juárez.
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D IC T A D U R A PORFIRISTA
CAPITULO V III
El Gobierno Republicano presidido por Juárez, reconoció como deuda total, la exterior de México, 63.325,180 pesos. Ese gobierno desde 1867 en que triunfó, hasta el 18 de julio de 1872— muerte de Juárez—, tuvo por finalidad principal: el renaci miento económico de México. Los altos sueldos, se disminuyeron a petición del Ejecutivo; el Ejército, que alcanzaba cifras elevadas, se redujo a 20,000 hombres y gran parte de los gastos se dedicaron a educación pública. Fué a Juárez y no a Porfirio Díaz a quien se de bieron los primeros contratos de ferrocarriles y telégrafos y la supresión de las alcabalas. Los gobiernos de Juárez y Lerdo tuvieron que dominar las rebeldías del ejército reaccionario. El General Díaz se levantó, en La Noria, y fué venci do; huyó al extranjero, en donde estuvo en acecho para asaltar el poder. Lerdo, después de una época de interinato y de su período constitucional, trató de reelegirse, por ambición política, no económica; pero el am biente era desfavorable a la reelección, y entonce»
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Díaz lauzó su rían de Tuxtepec, reformado en Pa lo Blanco. Al venir de Nueva Orleans, combatió con gran éxito militar al gobierno de Lerdo, derro tándolo definitivamente en la batalla de Tecoac, Tlaxcala. Lerdo comprendió que era inútil toda resistencia j para evitar derramamiento de sangre se dirigió a los Estados Unido». El Presidente de la Suprema Corte de Justicia, Lie. José María Iglesias, asumió el poder recono cido por un pequeño grupo de gobernadores, ins talando su gobierno en Guanajuato. No quiso ad herirse al Plan de Tuxtepec; aquel hombre respe tuoso de la Constitución no reconoció un gobierno emanado de la violencia. Vencedor el grupo militar del General Díaz, el Lie. Iglesias se refugió en los Estados Unidos, que dando aquél dueño de la Nación. (Iglesias nunca aceptó puestos públicos, ofrecidos por el General Díaz. Se negó a colaborar en la “ Política de Conci liación.” ) A fines de 1876, el General Díaz inauguró su dic tadura, que debía durar hasta mayo de 1911—35 años—con el intervalo del gobierno del General González, que fué en realidad continuación del de Díaz, sustituido en el poder, durante cuatro años. El gobierno de Díaz ha sido muy discutido. Sigue siéndolo y lo seguirá por mucho tiempo. Para unos fué honorable, grandioso, de los mejores que ha tenido México. Para otros, desastroso, nefasto, pro-
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Tocador de desórdenes y revoluciones. Aplicando el criterio clasista, juzgamos la dictadura pcrfiriana en la siguiente forma: Excelente para los explota dores. Desastrosa para los explotados. Cuando Díaz tomó posesión del poder, la deuda extranjera era de $ 03.325,180.00 y al dejarlo, esa deuda, compren diendo la de los ferrocarriles, que pesaba indirec tamente sobre la Nación, ascendió a mil millones (aproximadamente). La Dictadura Porfirista se sostuvo sobre estas bases: consolidación fraudulenta de la deuda na cional; destrucción de las incipientes democracias agraria e industrial; política de apoyo absoluto a la clase privilegiada; corrupción de la prensa y de los intelectuales. La deuda creció fraudulentamente de la cuma in dicada, a cerca de 200 millones de pesos, dando de recho a que los tenedores de bonos pudiesen adqui rir tierras a 3, 5 y 7 centavos la hectárea y al valor del 35% del que aparecía en el Catastro. Las com pañías deslindadoras, integradas por extranjeros en su mayoría, contaban con toda la protección del gobierno y así despojaron a una multitud de pe queños agricultores mexicanos, que vivían libre mente del cultivo de sus parcelas. Cerca de un mi llón, que con sus familias podían estimarse en cinco millones de mexicanos, fueron despojados de su propiedad por la fuerza y condenados a la escla vitud del peonaje. Del funcionamiento de estas compañías deslindadoras, que aprovechando la flexi-
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bilidad de las leyes de amortización, penetraban en ejidos y pequeñas propiedades agrícolas, apropián doselas, resultaron los latifundios inmensos, carac terísticos del porfirismo feudal. 72.000,000 de hectáreas fueron arrebatadas así a pequeños agricultores. En Papantla, Ver., 20,000 personas vivían mo desta, pero libremente, del cultivo de sus tierras. Los cuerpos rurales, de acuerdo con las fuerzas del ejército, obligaron a aquellas familias a dejar esas tierras. Como hubiese resistencia de cam pesinos armados para defender las suyas, fueron asesinados en masa por las tropas porfiristas. Hay pruebas plenas de este acontecimiento, cita das, de sus documentos de origen, en el libro de Gutiérrez de Lara, “ Historia del Pueblo Mexica n o;” en las “ Obras Políticas” de Luis Cabrera y en los principales panegiristas del General Díaz, quie nes en gran parte fueron sus partidarios, y des pués, para congraciarse con la revolución, denun ciaron estos crímenes. Se calcula que fueron asesi nados más de seis mil campesinos en esa región, propiedad más tarde de algunas familias latifun distas. En Chihuahua existía un núcleo de indómitos montañeses — Tomochic. Se provocó un levanta miento de acuerdo con el cura del lugar y se lan zaron tropas federales (cerca de dos mil hombres) contra el grupo insignificante de montañeses (me nos de doscientos), que defendían sus tierras y que
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por ese sólo hecho perecieron —todos— por las ba las porfiristas. Se incendió finalmente el pueblo, acabando con mujeres y niños, quienes murieron quemados. Algunas tribus indígenas, por su tenaz rebel día, estructura económico - social y perseverancia política para sostener autoridades emanadas de sus propios grupos, han tenido en nuestra historia ca racteres de nacionalidades. Deben mencionarse den tro del movimiento campesino mexicano. Una de las más interesantes, es la tribu yaqui. Su historia requiere un amplio estudio que no cabe en este En sayo Marxista. Algunos datos exponen su fuerza y energía y deben atraer a etnólogos e historiógrafos, para realizar estudios profundos. La historia del pueblo yaqui, es la historia de una guerra prolon gada desde la época precolonial, sostenida con to dos los pueblos vecinos (excepción de los mayos, con quienes tienen múltiples afinidades). Después de la conquista, los yaquis combatieron contra los capitanes españoles. Consumada la independencia, continuaron en rebeldía contra el gobierno mexi cano. Las tradiciones prehispánicas, la documen tación de las autoridades del Virreynato de la Nue va España y del México independiente, afirman que “ no se han conocido indios que combatan más bra vamente.” En sus batallas, han vencido ejércitos mandados por temibles guerreros indios, osados ca pitanes españoles y técnicos militares mexicanos. Sus breves épocas de paz, han sido aprovechadas
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para reorganizarse militarmente. No sólo han po seído un valor ejemplificante y una perseverancia heroica en numerosas acciones de guerra, demostra tivas de una resistencia física extraordinaria, so portando largos asedios sin alimentos y fatigas abrumadoras. Han poseído la fuerza de la justicia, porque sus enormes facultades guerreras, no han sido empleadas en expansiones conquistadoras, si no en defensa de sus tierras, por Jas que han tenido y tienen profundo amor. Los nombres de sus jefes guerreros, se han per dido en el período secular, previrreinal y de la dominación española. En el México independiente, se destacan: Juan Banderas, quien dirigió una cam paña formidable para exterminar a los “ yoris” (blancos) en 1S25. En la época porfiriana, Cajeme y Tetabiate. Estos tres jefes, durante cortos inter valos, se sometieron; pero a condición de tener le yes y autoridades propias, y como no se cumplie ran los pactos, volvieron a levantarse y tras heroica resistencia, fueron capturados y fusilados. La cau sa principal de las rebeldías yaquis, ha sido el des pojo de sus fértilísimas tierras. Durante la Dicta dura Porfirista, aquél se llevó a cabo con procedi mientos inicuos, entregándose la mayoría de esas tierras, mediante concesiones injustificadas, a em presas extranjeras, realizadoras de la penetración imperialista. (Kichardson Construction Company, Land Yaqui Company.) La campaña del yaqui, fué uno de los negocios más lucrativos en el ñ or-:
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oeste de la República. Se procuraba prolongarla indefinidamente, convirtiéndola en una verdadera mina, que enriqueció a varios funcionarios civiles y militares. Se capturaba a los indios en las ha ciendas donde trabajaban como peones, con el pre texto de que integraban grupos rebeldes o estaban en connivencia con ellos. Les aplicaban tormento, para que denunciaran a sus compañeros; los asesi naban en ocasiones, ahorcándolos, sin tomar en cuenta su honradez y laboriosidad. Tanto los pri sioneros hechos en las haciendas, como en los com bates, en su gran mayoría, eran vendidos a los ha cendados de Yucatán, haciéndoseles trabajar en las fincas lienequeneras, abrumadoramente, torturándo los al menor síntoma de rebeldía. El producto de la venta de esos esclavos, se distribuía entre el Gober nador del Estado de Sonora y los Jefes de Operacio nes Militares de la región. Las mujeres eran reparti das entre la soldadesca federal. Los niños, recogidos por familias aristócratas, eran educados para sier vos, y se les infundía odio y desprecio para su tri bu. Impresionantes tradiciones populares del valle del Yaqui, expresan la grandeza moral de la raza. Es proverbial su fidelidad a los amigos y protecto res. El amor a su región es tan intenso, que mu chos de ellos han emprendido el viaje a pié, desde el centro de Yucatán, hasta Sonora. Están consi derados como los primeros agricultores y guerri lleros de México. Varios caudillos mexicanos los han utilizado, enfrentándolos, a sus hermanos triba
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les, recompensando sus valiosos servicios militares, cou asesinatos y explotaciones. Se citaba el caso, frecuente, de guerreros yaquis capturados en unión de sus mujeres e hijas, prefiriendo matarlas a de jarlas como botín de guerra, en poder de oficiales y soldados del Ejército Federal. El autor de este libro tuvo ocasión de compro bar la gratitud de los yaquis, a quienes les pres tan servicios, exponiendo, sin vacilar, la vida, pa ra corresponderlos. Comprobó también su trágica altivez: En el muelle de Guaymas tuvo lugar una escena inolvidable: Un yaqui joven y vigoroso, de portado a Yucatán. La mujer, entregada a la es colta federal. Un niño de dos años, destinado a una aristocrática familia sonorense. La madre, enlo quecida, toma al niño por los pies y estrella su ca beza contra las piedras del muelle, antes que darlo a sus enemigos (yoris). “ La nación ha perdido en esa guerra infruc tuosa e interminable muchos de sus hijos, y a otros de los más laboriosos les ha arrancado los terrenos que cultivaban para pasarlos a favoritos del gobier no, que no los cultivan, ha empobrecido todo el Estado de Sonora quitándole sus mejores labrado res y más hábiles mineros, y ha gastado 50.000,000 de pesos en esa guerra.” ( “La Sucesión Presiden cial en 1910.” Francisco I. Madero. Pág. 203.) Acontecimientos parecidos tuvieron lugar en Yucatán, particularmente en Quintana Roo. Las represiones Sanguinarias a los indios mayas fueron
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típicas del gobierno del General Díaz. El pueblo maya posee también caracteres distintivos de na cionalidad. Desde tiempos muy remotos han con servado los integrantes de poblaciones y campos, sus tradicionales costumbres, facultades y cualida des notables. Los mayas son extremadamente pa cíficos, laboriosos y aseados. Fué necesaria la bru tal ofensiva porfirista, persiguiéndolos como fieras en las selvas vírgenes del Sureste, para que se re solviesen a defenderse contra la violencia. Nume rosos hacendados yucatecos acumularon enormes fortunas, explotando a sus trabajadores mayas co mo esclavos. Aún existen viejos peones de fincas henequeneras, con las espaldas tatuadas por latiga zos de los capataces y con huellas de hierro can dente para marcarlos como a bestias, quienes re cuerdan la imposibilidad de pasar a otras hacien das o regiones de la República, porque los perros de presa lo impedían. Sería muy extensa la narra ción de las espantosas crueldades llevadas a cabo por el porfirismo, para destruir la incipiente demo cracia agraria. Otro sostén de la Dictadura fué la destrucción de la naciente democracia industrial. Tenaz opo sición a que se legislara en favor de los obreros. La huelga, considerada como delito; disuelta siem pre por balas del ejército pretoriano, incondicio nalmente al servicio de las poderosas empresas im perialistas. La comprobación de la feroz ofensiva dictatol.
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rial contra el naciente proletariado mexicano, para garantía del capitalismo extranjero, es de impor tancia medular en la exposición de la lucha de cla ses desarrollada dentro del territorio nacional; pe ro requiere una documentación amplísima. En este breve manual histórico no es posible presentarla. No obstante, se citan algunos fragmentos de la in teresante selección de “ Documentos para la His toria Económica de México —Volumen V I— . Datos para la Prehistoria del Socialismo en México. Co lección de artículos de José María González (Sas tre), prologada por el historiógrafo Luis Chávez Orozco. En la obra mencionada se afirma que: “Al consolidarse por el año de 1870 la producción ca pitalista en México, se produjo en nuestro país el fenómeno que se había presentado algunas décadas antes en Europa: a saber, la proletarización del ar tesanado.” Se estudia después la alianza entre la pequeña burguesía y las masas proletarias para lu char contra el amenazante capitalismo, recurrien do primero a la organización mutualista y después a la cooperativa; comprobándose el fracaso de am bos medios de lucha, con referencias históricas. (La primera agrupación mutualista “ Sociedad Particu lar de Socorros Mutuos,” funcionando desde junio de 1853, defendiendo al artesanado desde 1864. Círculo de Obreros, integrado el 16 de septiembre de 1862. Congreso obrero organizado por dicho Círculo con carácter permanente desde 1876 hasta 1880.)
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Se describe la vida aterradora de los obreros, particularizándose en la fábrica de “Hércules.” Vi ven en bohardillas que forman calles contiguas a la fábrica, teniendo que comprar a precios elevados alimentos, vestidos, calzado, para ellos y sus fami liares. Entran al trabajo a las cinco de la mañana en punto, terminando a las 9 de la noche, y a veces horas después, siendo despedidos por el menor re tardo y la falta más leve. En esa fábrica existe una numerosa y disciplinada fuerza, que no paga el go bierno, sino sus dueños, para castigar al que falte a su deber y conducirlo a inmundas mazmorras, que tienen a su disposición los propietarios, quienes juz gan y sentencian al infeliz operario. Los obreros de las fábricas de algodón del Valle de México, tra bajaban en algunas, hasta las once de la noche, te niendo que atravesar grandes distancias para lle gar a sus hogares, frecuentemente en medio de la lluvia y del frío, levantándose a las cuatro de la ma ñana para ir a reanudar sus tareas. En 1877 ya se hablaba en México de superproducción, afirmán dose que la oferta del trabajo era tan superior a la demanda, que ni la migración a los Estados Uni dos consiguió elevar los salarios. La consolidación del capitalismo destruyó las relaciones entre maes tros y oficiales de tradicional cordialidad, surgien do la lucha entre capitalistas y asalariados, ini ciándose las huelgas en 1865. Las masas se agitan en 1877, por el contagio de los trabajadores ferro carrileros norteamericanos. Se integra un grupo
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de escritores socialistas revolucionarios, de filiación anarquista, surgido del artesanado. Entre las huel gas, debe mencionarse la efectuada en la factoría “ San Manuel,” Apizaco, Tlaxcala, clausurada du rante más de una semana. Los trabajadores rebel des se amotinaron el día 9 de junio de 1898, acumu lando gran cantidad de piedras. Los esquiroles, seducidos por los directores de la empresa, se en frentaron a sus compañeros, para combatir, arma dos. Una fuerza de rurales esperaba los aconteci mientos, con la resolución de apoyar a los 'partida rios del orden. El gobernador del Estado, Coronel Próspero Cahuantzi, con habilidad, dominó la huel ga, sometiéndose los rebeldes a la explotación, por la amenaza de la fuerza militar. (Efemérides Na cionales. Ricardo Pérez. Pág. 159.) El prólogo aludido termina con esta afirmación: “ Réstanos tan sólo advertir una cosa muy impor tante, por cierto, y es la de que al consolidarse la dictadura porfiriana (con la consolidación de la bur guesía, que se asoció con el clero en la fanatización de las masas) fueron ahogadas, por diversos pro cedimientos, todas las manifestaciones de lucha del proletariado. Este aherrojamiento de los impulsos obreros y campesinos que anhelaban por su libera ción, es lo que se llama en la Historia de México, La Paz Porfiriana. Los pródromos de la Revolu ción de 1910, son las huelgas de Cananea y Río Blanco, en que el proletariado, a pesar de la formi dable coacción en que vivía y por el desarrollo que
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había alcanzado ya, acierta a descubrir en la or ganización sindical, la táctica que habrá de condu cirlo a las primeras conquistas por su reivindica ción.” Eu la acertada selección de artículos del inte ligente y culto sastre José María González, que se ha mencionado, aparecen frases reveladoras de la situación que entonces prevalecía y de las decepcio nes sufridas por los asalariados al principio del régimen porfirista. ‘‘Y hoy que los robados desean recobrar lo que en justicia les pertenece; hoy, que se cansaron de ser tributarios de sus verdugos; hoy, que piden justicia, se les llama (Pág. 29.) Si nada se ha de hacer en favor del indígena, si la indife rencia ha de continuar para ellos; si el gobierno no se ocupa en mejorar la condición de esos seres desgraciados — que también son hombres—, enton ces no nos quejemos. Hoy, por instinto proclaman el ; mañana, por derecho, proclamarán la guerra de castas, y entonces no se les culpe___ Nuestra protección, nuestros cuidados, deben ser ahora para esos que no han cometido más crimen que no hablar el castellano. (Pág. 30.) Hemos tenido ocasión de conversar con varios indígenas suficientemente ilustrados, y nos han manifestado que las reclamaciones que están haciendo ante los tribunales para que los hacenda dos les devuelvan los terrenos que les han usurpa do, tienen por base una promesa que les hizo don Porfirio Díaz, cuando era pronunciado, promesa que
nes, enemigos de la sociedad.
comunistas, ladro
comunismo
mexicanos extranjeros
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encierra un compromiso solemne de hacerles justi cia; o, en otros términos, según se comprende, el señor Díaz, para engrosar sus filas y hacer que los indígenas se adhiriesen voluntariamente al Plan de Tuxtepec, les ofreció que así que triunfase les da ría lo que reclamasen, sin más que más, como pre mio a sus sacrificios. Si tal cosa es cierta, fue, no cabe duda, una imprudencia del actual Presidente, imprudencia que puede traerle funestos resultados; porque los mismos que lo elevaron pueden derro carlo. (Pág. 31.) Devolver a los indígenas lo que les pertenece, aumentarles el jornal; tratarlos con las consideraciones debidas a todo ser racional; ilustrarlos, alejarlos del escandaloso fanatismo de que son presa; disminuirles las horas de trabajo; conservarlos, siquiera porque trabajan para enri quecer a unos cuantos. Sólo esto puede conjurar la tormenta que se anuncia___ Aún es tiempo, aún puede conjurarse la tormenta: menos política en el gobierno y menos egoísmo en los hacendados, me nos morosidad en los jueces, menos indiferencia en la prensa y más estudio de esta cuestión social, y evitamos el peligro. Aunque se nos ha llamado co munistas y se cree que queremos parodiar la Comu na Francesa, nuestra conciencia nos dice que no es cierto: Si ser comunista consiste en pedir justicia, en reclamar derechos, en aspirar al bienestar del obrero, en desear el mejoramiento de los indígenas, en pretender conseguir la armonía del Capital y del Trabajo por medio de las ventajas mutuas equita
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tivas, entonces nos llenamos de orgullo porque nos llaman así. (Pág. 33.) Cuando alguna vez hemos hablado con energía, defendiendo a todos los traba jadores de las fábricas del Valle, inmediatamente nos han atacado algunos periódicos, llamándonos comunistas, ladrones, holgazanes, revoltosos, etc., y no han contestado nunca a nuestras preguntas ni a nuestras proposiciones.. . . La desesperación obli gó a los operarios de la fábrica “ El Aguila” a re belarse contra sus opresores y a dar publicidad a un documento que pone de manifiesto el engaño tan grosero, tan infame, de que se valen algunos ricos para aumentar sus capitales, cercenando una parte muy respetable del trabajo del o b re ro .... ¿Cómo llamarán a esa chicana los defensores de los propie tarios de fá b rica s?... ¿Que los operarios se quejan injustamente porque les roban el 3% de su traba jo; que son ingratos con los que les hacen tanto bien? (Pág. 44.) Si esto no se hace, si, contra todo principio de derecho, de justicia, de conveniencia, se insiste en llevar adelante el antiguo régimen tan vicioso, tan desacertado, tan criminal, día llegará en que la fuerza bruta lo arregle todo; entonces no os quejéis, no profiráis blasfemias, no derraméis lágrimas, porque vosotros, y sólo vosotros, tenéis la culpa. (Pág. 46.) Cargos muy serios resultan al se ñor Ives Limantour, propietario de la hacienda de la Tenería, en el Estado de México, por haberse to mado unos terrenos del pueblo de San Simonito Tlacomulco, sin títulos legales, sino por medio del
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a b u s o .... Como este hecho que denunciamos, hay muchísimos en toda la República, y por eso se ve que hay tanta resistencia de parte de los ricos para tratar esta cuestión en el terreno legal. . . . Como se ve por este documento (el escrito presentado por el pueblo de referencia), el señor Limantour come tió un abuso injustificable, pues no era ciertamente tan pobre que necesitase aumentar sus posesiones con los terrenos de los pueblos de San Simonito; el señor Limantour es uno de los extranjeros que más provecho sacó de la desamortización de los bienes del clero, cuando los mexicanos apenas pudieron aprovechar los despojos, de esos cuantiosísimos bie nes, y a pesar de esa ventaja se mermó una gran parte de lo que constituía la riqueza de unos pobres indígenas que apenas pueden comer maíz y legum bres. (Pág. 50.) El obrero y el indígena se quejan de la tiranía que el rico ejerce sobre ellos; y al obrero y al indígena se les apellida, por esa queja, comunistas. (Pág. 58.) El pueblo mexicano forma un Estado, un Estado imposible, desde el momento que las leyes son absolutamente favorables a una clase y desfavorables a o t r a .... Porque el rico, el empleado, el militar, el caballero de industria, el vago que vive en las cantinas y que se llama gente decente, forman un Estado privilegiado, Estado de verdugos y ladrones; mientras la clase benemérita, la clase que trabaja, la que todo lo anima y lo en grandece por medio del trabajo, no tiene garantías, no tiene leyes que la protejan, es desgraciada, tiene
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hambre y frío y carece de instrucción, porque así conviene a la otra clase; éste es el segundo Estado, compuesto de hombres honrados y víctimas. (Pág. 7 5 ) ... Siguen tomando de leva a pacíficos y hon rados ciudadanos, como ha sucedido últimamente en Coahuila, adonde un jefe insolente llamado Pedro de León, plagió a quince labradores que volvían de sus ranchos después de haber trabajado todo el día___ Seguid tomando de leva. Publicad vuestra Ley de Amparo. Proteged más los garitos. Colocad en los puestos públicos a los reaccionarios y traido res. Continuad prostituyendo la prensa con vues tros escritos, comprados con el dinero del pueblo. Seguid haciendo una burla del sufragio libre. Au torizad más a vuestros jefecillos para que se cons tituyan en nuestros verdugos. Proteged más y más a los hacendados para que no sólo sigan poseyendo los terrenos robados a los indígenas, sino que orde nen a vuestros soldados que sigan asesinando a los apoderados de los pueblos, como ha sucedido en el Estado de Hidalgo. Seguid matando de hambre a la clase obrera. . . . El pueblo ha sido engañado. Le prometisteis garantías y se las robáis. Le prome tisteis la libertad del Municipio, y nunca el Mnni cipio es más esclavo. Le prometisteis gloria y le dais infierno. (Págs. 81 y 8 2 )-----No queremos ya motines, porque el último nos ha traído la regla mentación del juego y la restricción del amparo, crímenes que no se pueden perdonar; queremos, si
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a tal grado llegamos, una verdadera Revolución ” (Pág. 86.) En el Volumen IX de “ Documentos para la Historia Económica de México.— Orígenes del Agrarismo en México.— Recopilación de L. Cliávez Orozeo.—Publicaciones de la Secretaría de la Econo mía Nacional.— México, D. F. 1936,” se exhibe el infierno del feudalismo, en que agonizan los indios y peones de México durante el primer período pre sidencial de Porfirio Díaz y el trágico contraste entre sus promesas antes de llegar a la presidencia y sus hechos de gobernante. Algunas quejas del peonaje oprimido, al Gran Círculo de Obreros de México; a redactores de periódicos revoluciona rios y a las autoridades, son intensamente desgarradoras. Es interesante anotar que ya en esa época, algunos periódicos revolucionarios, que vivían de milagro y que desaparecieron mediante brutales represiones, ostentaban títulos clasistas-proletarios: El Socialista, El Hijo del Trabajador, La Comuna, La Internacional, La Revolución Social. En los fragmentos de esa prensa, se expresa dramáticamen te la indignación de los trabajadores de tierras y máquinas, por las befas de que fueron víctimas al creer en Porfirio Díaz y por las espantosas tiranías que destrozaban sus vidas laboriosas. Los minero* mexicanos de Cananea percibían la
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mitad del importe del jornal asignado a los extranje ros, por iguales horas de trabajo. (Tres dólares loa extranjeros y tres pesos los mexicanos.) Las peticio nes de igualdad de salarios, fueron rechazadas. La policía, integrada por quinientos hombres, ganando $ 5.00 cada uno, sufría la ignominia de ser pagada por la empresa industrial, sin recibir sueldo alguno del Ayuntamiento de Cananea, ni del Estado de So nora. Los trabajadores mexicanos — 8,000 aproxima damente— organizaron una manifestación de pro testa, declarándose en huelga. Al acercarse a las oficinas de la compañía, altos empleados yanquis, los provocaron, burlándose de ellos, en tanto que los bañaban con mangueras. Algunos mexicanos lanzaron piedras, recibiendo en cambio balas. Exal tados los manifestantes, quemaron un depósito de madera perteneciente a la empresa. Después, el pri mer accionista y Director de la explotación, William Green, audaz aventurero, y 300 soldados norteame ricanos a las órdenes del Capitán Rynning, pene traron a territorio nacional, para dominar la huel ga, asesinando a numerosos obreros, entre quienes se encontraban mujeres y niños. Cientos de cadá veres cubrieron “ La Mesa” y “ El Ronquillo,” prin cipales núcleos mineros de Cananea. El Dictador aplaudió el procedimiento del gobernador de Sono ra, Rafael Izábal, quien autorizó la entrada de la tropa yanqui. Algunos dias después llegó a Cana nea un poderoso contingente militar de las tres ar
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mas, para ‘‘salvar el orden y la civilización.” (Ju nio 1906.) Las matanzas de Río Blanco fueron semejan tes. Los trabajadores de esas factorías textiles, su frían los miserables jornales impuestos por sus amos extranjeros, trabajando 11 y 16 horas diarias. Para defenderse contra el hambre y la fatiga pidie ron un aumento de diez centavos diarios los hom bres, y cinco las mujeres y los niños, y dos horas menos de jornada. Se preparó una de las represiones más sanguinarias y feroces que consigna nuestra historia contemporánea. Un fuerte contingente de tropas federales a las órdenes del Subsecretario de Guerra, General Rosalino Martínez, marchó de la capital de la República a la región fabril, tomando posiciones estratégicas, sigilosamente, en la alta no che, dentro de la fábrica y sus alrededores. Se en gañó a los obreros, asegurándoseles que iban a ser satisfechas sus demandas y que podían reanudar sus labores cotidianas. Un agente provocador, ex tranjero, de apellido Garcín, injurió a los trabaja dores, llamándolos: “ mendigos canallas” y a las mu jeres “ prostitutas.” Se exaltaron los ánimos___ Un toque de campana fué la señal de la venganza capitalista. . . . Rápida, implacablemente, se consu mó el asesinato colectivo de los trabajadores, por el crimen de intentar la disminución de su miseria y fatiga----- El enorme patio de la fábrica y sus cercanías, quedaron cubiertos de cadáveres y heri dos, a quienes se remataba cobardemente. La per-
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sedición, técnicamente organizada, amplió su radio en toda la comarca contigua a las factorías de Río Blanco. Dos trenes llevaron su fúnebre cargamen to — cuerpos de hombres, mujeres y niños, destro zados— para arrojarlos al mar en las costas de Veracruz. Mientras se realizaba el macabro viaje, en el patio de la fábrica, enrojecido por la sangre obrera, caliente todavía, se sirvió un lunch - cham paña, en el que se patentizó la grande amistad en tre los industriales franceses y el “ Héroe de la Paz” , Porfirio Díaz. No se ha podido investigar el número de las víctimas. Es un deber evocar a Lucrecia Toriz, obrera de esas factorías, por su va lentía y abnegación. Desafiando la muerte animó a sus compañeros durante la desesperada lucha del proletariado contra el capitalismo y sus pretorianos. Fué la heroína de la tragedia de Río Blanco. (7 de enero de 1907.) Otros asesinatos de obreros, como el de los tra bajadores de Velardeña, complacieron a los capi talistas extranjeros. Hay que advertir que algunos industriales, para halagar a los obreros mexicanos, querían el aumento en sus jornales; pero el gobier no de Díaz se opuso declarando: “ Que era peligro so despertar sus ambiciones; que no debían crearse necesidades a los jornaleros; que todos los obreros querrían entonces ganar mucho dinero y que la prosperidad del país se vería amenazada por no dar garantías al capital extranjero.” Se opuso tam-
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bién, tenazmente, a que obtuvieran una disminución en su jornada de trabajo y al derecho de huel ga. Tampoco permitió indemnización por accidentes del trabajo. La política de “ pan y palo” era clara y definida. Si había un joven intelectual que se destacase al ter minar su carrera, se le convertía en un adulador servil; si se negaba, se le nulificaba o encarcelaba por medios calumniosos; de este modo se llevaron a cabo actos odiosos privando de la libertad a va rios jóvenes revolucionarios, abnegados y valero sos, en las mazmorras de San Juan de Ulúa. La ley fuga era procedimiento frecuentísimo. De un político preso se decía que al querer fu garse, había tenido la guardia necesidad de ma tarlo, haciéndole una descarga por la espalda. “ Ley fuga” fué nombre aplicado a esos asesinatos. La dictadura debe condenarse por su actuación clasista. Lucha de clases que ha existido y existirá mientras choquen intereses opuestos. Dictadura feudal mexicana —en complicidad con la burguesía internacional— sostenida con sangre y vida de tra bajadores mexicanos. Durante aquel gobierno, clasista - privilegiado, toda organización obrera revolucionaria fué impo sible. Tras magníficos edificios (muchos de los cuales, como el Palacio Legislativo y el Teatro Nacional han sido inútil y abrumadora carga), y el esplep-
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dor deslumbrante de la aristocracia, siempre apo yada por el clero; el pueblo, burlado y humillado, agonizaba de hambre. En México existían la Universidad y algunas es cuelas destinadas a la alta y media burguesía, úni camente. La enorme masa — rural y obrera— care cía de toda posibilidad de cultura. No había centros educativos, rurales ni obreros. El programa fué mantener a las clases productoras en absoluta igno rancia, fomentando vicios y fanatismos para explo tarlas. Un “ educador” —Lie. Pablo Macedo— , “ Cien tífico,” declaró en un brindis ante Porfirio Díaz: “ Con usted, señor Presidente, iremos hasta la igno minia;” la promesa fué cumplida. Se ha glorificado al gobierno dictatorial por que al renunciar el General Díaz, dejó en la Teso rería Nacional sesenta millones de pesos, afirmán dose que durante su larga gestión administrativa hubo paz y prosperidad, sin precedente, llegando sus panegiristas, nacionales y extranjeros —previas excelentes remuneraciones—, a llamarle el “ Hace dor del México Contemporáneo” ___ Prosperidad económica, equilibrio presupuesta^ vías de comu nicación, crédito exterior, diplomacia infalible, di fusión cultural en toda la nación-----Todo esto y más se atribuía al César mestizo, adulado como un D ios.. . . El proceso histórico ha comprobado la fal sedad de esas afirmaciones. Varios escritores, porfiristas en su mayoría —el ingeniero Francisco Bulnes particularmente— , han demostrado, con docu-
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mentaciones irrefutables, la bancarrota que hubo en realidad durante el porfirismo. A ese respecto citamos “ El verdadero Díaz y la Revolución,” del mencionado autor, parte segunda, que comienza con el capítulo “ La Dictadura No Tuvo Obra Eco nómica,” en la que, con gran talento y lógica inexo rable, se exhiben como apariencias y no realidades, las grandezas de esa dictadura. En el libro de Lá zaro Gutiérrez de Lara, “ Historia del Pueblo Me xicano y sus Luchas por la Libertad,” Pág. 369, se demuestra con acopio de datos que una de ias fábulas de más relumbrón, que se han explotado para dar brillo a las glorias de Díaz, es la de in troducción y construcción de los ferrocarriles en la República. En ese capítulo —5 páginas— se de nuncia con palpable justificación, el pavoroso de sastre de la política ferrocarrilera dictatorial, ha ciéndose un paralelo entre el costo de los ferroca rriles y la construcción de vías y material usado, llegándose a la conclusión de que se cometió un fraude monstruoso en beneficio de intereses extran jeros. En cuanto a los millones acumulados en la Tesorería Nacional, a costa de la miseria popular, debe afirmarse que en los 35 años de dictadura, pudieron y debieron invertirse esa suma y otras mayores, en múltiples y enormes obras de previsión social, para beneficio de las masas oprimidas. En vez de cumplir ese deber, se dejó al pueblo una deu da de mil millones de pesos —aproximadamente— por empréstitos usurarios y créditos ferrocarri-
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leros, pesando éstos, en realidad, sobre la nación. La producción total —agrícola e indus trial— nunca pasó anualmente de seiscientos mi llones de pesos, no obstante el auge y demanda de algunas materias primas. El 30 de junio de 1910, los capitales de todos los Bancos de México, sumaron 1 172.765,400. Los fondos de reserva ascendieron a $ 6.461,426. Los bancos hipotecarios emitieron bonos por $44.904,600. La cantidad de emprés titos hipotecarios ascendió a $ 46.872,918. El pre supuesto del último afío dictatorial, fué de.......... $ 102.294,030.43. La deuda federal exterior, de $ 576.000,000. La de ferrocarriles, poco después de la caída de Díaz, de $ 393.472,602.64, sin intereses. Recuérdese que el total de la deuda exterior antes de la Dictadura, era poco mayor de $ 63.000,000. En la citada obra de Bulnes, se exponen deta lles comprobados sobre los desastres económicos, culturales, diplomáticos, militares y policíacos, de la dictadura porfirista. Tomando en cuenta, como factor primordial, el económico, presentamos las siguientes consideraciones para explicar el desarro llo industrial y mercantil de México, realizado no por, sino a pesar de la dictadura: Las grandes em presas fundidoras y metalúrgicas instaladas en Mon terrey y San Luis Potosí, obtuvieron favorables con cesiones en 1890, levantándose la industria minera de la plata, no obstante su fuerte depresión, de biéndose su instalación en territorio mexicano, a una serie de circunstancias de carácter internacioL
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nal. El primer año anmentó la producción, de 39 a 74 millones de pesos. El perfeccionamiento para be neficio de minerales argentíferos, gracias a un in ventor metalurgista, benefició a México en grau escala. El procedimiento de cianuración, fué apli cado al oro en 1891, elevándose la producción, de 3 millones de pesos a 50 millones de pesos, al año, en el de 1900. Gracias al descubrimiento de la luz eléctrica en lámparas y poco después a la genera ción de fuerza motriz, exigiendo gran demanda de cobre, provocó la subida de este metal, dando por resultado un auge sin precedente en centros mine ros, como los de Cananea, Sonora y Santa Rosalía, Baja California. La producción total minera, de metales preciosos industriales, en México, anual mente, ascendió, de 40 millones en 1893, a 170 mi llones en 1906, gracias al perfeccionamiento de la técnica industrial en el mundo. En 1896, las cose chas de las fibras henequeneras de Manila, dismi nuyeron extraordinariamente por la lucha liberta ria contra España, provocando un alza inusitada del henequén, producido en Yucatán, principal sur tidor de esa materia, para el mercado mundial. El uso de automóviles y camiones elevó el precio del caucho. México lo exportó en 1893, por valor de un millón de pesos. En 1908, la exportación fué de 10 millones. Desde el año de 1S97, se redujeron grandemente los derechos de importación de gana dería a territorio de los Estados. Unidos, por el crecimiento de su población. Los Estados fronte-
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rizos -—Sonora, Chihuahua, Coahnila y Tamaulipas— exportaron grandes cantidades de ganado. La exportación de productos mexicanos, por los acontecimientos mencionados, subió de 84 millones de pesos, en 1893, a 300 millones, en 1910. La si tuación del indio fué aún más angustiosa que du rante el coloniaje, pues su ración de maíz en aque lla época era de 33 litros y un tercio y, en 1910, de 8 litros y medio, o sea, la cuarta parte. La obra de la Dictadura, fundamental, debió ser la irrigación del país, como ha comenzado a serlo después de su derrocamiento. (Extracto de las páginas 357 a 359 del Capítulo “ El Aspecto Económico,” de la obra “ Historia de México. Una Moderna Interpretación.” Alfonso Teja Zabre.) No tuvo mérito directo el gobierno dictatorial de Porfirio Díaz en el desarrollo económico de Mé xico. Diversas circunstancias coadyuvaron a la in tensificación de la industria y del comercio, nacio nales. En cuanto a la agricultura, está comprobado por datos estadísticos, que no hubo un solo año du rante la dictadura en que dejaran de importarse artículos de primera necesidad, como el maíz y el frijol, los que después de la revolución se han ex portado a diversos países. La situación angustiosa del peonaje contras taba con la opulencia de los grandes hacendados. Las pequeñas propiedades rústicas, pagaban contri buciones tan altas, que sus dueños preferían tra bajar como asalariados en las haciendas. Enormes
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propiedades rurales, prácticamente, quedaban exen tas de impuestos, pues los que pagaban, eran irri sorios, obteniéndolos de sus peones, por medio de las inicuas tiendas de raya, en las que se entrega ban artículos de primera necesidad a precios ma yores que los que tenían en los mercados, pagán dose con ese procedimiento, los salarios de hambre. Porfirio Díaz, General del ejército republica no, defensor del movimiento reformista y de la so beranía nacional contra la intervención francesa y el imperio de Maximiliano, honrado, valiente, de indiscutible talento militar y de grandes capacida des administrativas, pudo ser un estadista benéfico para el pueblo mexicano. Prefirió servir a la clase privilegiada, sostenida fielmente por la iglesia católi ca, abriendo puertos y fronteras a la penetración imperialista. Por sus antecedentes meritísimos al colaborar con Juárez en el período de más intensos sacrificios y de pruebas tremendas, su responsabi lidad histórica es mayor. El hombre que pone sus facultades al servicio, siempre, de una clase opreso ra, es menos culpable que aquel que traiciona su propia labor, degenerándose, de libertador en tirano. El General Díaz traicionó su programa en el pos tulado fundamental “ No Reelección.” Traicionó a su casta y a su clase, mestizaje y pequeña burguesía. Traicionó a las masas indígenas que lo siguieron al proclamar el Plan de Tuxtepec, alentadas por su promesa de defensa contra el despotismo feudal. Traicionó a sus mejores amigos y a su» más enér-
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gicos partidarios. Traicionó a la nación mexicana, entregando sus recursos naturales a los industria les y banqueros extranjeros. Fué el gran verdugo del pueblo mexicano. Su nefasta política de conci liación, llegó al extremo de estrechar con una ma no, la diestra de la masonería, de la que formaba parte con el más alto grado (33), y con la otra, la siniestra del alto clero, representante de la insa ciable codicia vaticana, burlando las Leyes de Re forma, cuya proclamación y sostenimiento tanta sangre mexicana costaron. La cultura superior venía de la alta burguesía francesa. Los textos se estudiaban en francés. La influencia de aquella nación sobre el arte y la cien cia, era excesiva. Se repetían y copiaban ideas y formas. La literatura, no obstante algunos de sus inteligentes y cultos representativos, estaba plaga da de imitaciones y galicismos. Se despreciaban tipos y costumbres mexicanos. Algunas prosas y versos eran traducciones de originales franceses, con insignificantes variaciones. La resolución de atraer a la dictadura a los intelectuales, desorien tándolos y degenerándolos, era indiscutible. La adulación no era una bajeza, sino un deber. La censura, no un derecho, sino un crimen. Así se ex plica que los más destacados intelectuales de aque lla época (oradores, poetas, prosistas, catedráticos, periodistas, cultivadores de artes plásticas, músi cos, filósofos, pensadores en general) callasen ante la delincuencia dictatorial, incluyendo la traición
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a la Rc*pnhlica Mexicana, entregada a la voracidad capitalista internacional, cauiundo en cambio, pe rennemente, a la progresista y portentosa adminis tración del General Díaz y a las bellezas y refina mientos de las aristocracias extranjeras, particu larmente la francesa. Las excepciones crearon en la historia un excelso contraste de luz y sombra. Héroes y mártires cayeron asesinados o en mazmo rras, después de poner su verbo y su pluma al ser vicio de la justicia popular, defendiendo a las ma sas oprimidas de México. Fué en la época porfiriana cuando se volvió a instituir la Universidad Nacional, adoleciendo de una indebida y excesiva admiración a todo lo ex tranjero, con indiferencia y desprecio del naciona lismo. Los prestigios del talento y la erudición, se personificaron en los “ Científicos,” acentuándose la injusticia de juzgar unilateralmente a las per sonas. Aquellas que prodigaban su inteligencia e ilustración a la Dictadura, quedaban consagradas, abiertas de par en par las puertas de la prosperi dad a torlas sus actividades intelectuales. El mal echó raíces tan hondas, que todavía nos deslumbra mos ante “ Sabios Teorizantes” y “ Académi cos Reaccionarios.” Todavía nuestros intelectua les — con excepciones—- sienten asco, repugnancia, inquietud, terror, frente a las masas de asalaria dos, incapaces, no obstante su “ cultura,” de com prender la belleza emanada de la fuerza creadora de esas multitudes, palpitantes, coloridas, que sim-
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bolizan la honrada labor, que liace posible la vida y que genera la riqueza y el bienestar, acaparados inicuamente por la minoría privilegiada. Se sos tiene injustificadamente, que es la actuación inte lectual la que valoriza ai individuo, haciéndose abs tracción de su parte moral. Este grave y difundido error, altera en nuestro medio el juicio histórico. Es tiempo de que la justiciera realidad se impon ga. Los “ Científicos,” inteligentes, cultísimos, re finados, sirvieron con gran eficiencia al gobierno dictatorial de Porfirio Díaz y en consecuencia a la terrateniente aristocracia criolla de México y a la burguesía internacional, estrangulando astuta y despiadadamente a nuestro pueblo----En el apogeo de la Dictadura, un trabajador humilde, Jesús García, maquinista, supo sacrificar se sin vacilación, por su deber, salvando a los ha bitantes del mineral de Nacozari. Su instantánea y heroica resolución de arrebatar un tren cargado de explosivos — incendiado uno de sus furgones—, dió tiempo a que la formidable explosión tuviese lugar lejos del poblado, sin causarle daño. Sucum bió cumpliendo su abnegada labor, transfigurán dose en mártir. No estudió en Universidad alguna. Su elevada conciencia lo impulsó a prodigar su vida en beneficio de la colectividad. Aprendió a inmolarse en el gran libro del trabajo y del do lor. . . . Nunca la paz fué espontánea durante el porfirismo. Hubo justificadas rebeliones del campe-
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siiiaje, de las masas obreras, de intelectuales revo lucionarios, entre éstos, periodistas y estudiantes heroicos, maestros no sólo didácticos, sino de hom bría; de políticos honestos; pero la deficiencia de las vías de comunicación y la corrupción de la prensa, impidieron conocer esos brotes, precursores de la Revolución iniciada a fines de 1910. La con signa oficial era ocultar la verdadera situación y justificar los monstruosos delitos gubernamentales, como los asesinatos en masa, en campos y fábricas y las traiciones frecuentes para satisfacer la codi cia de explotadores internacionales. Incondicionales aduladores del gobierno feudal-burgués, llamaron a Porfirio Díaz “ El Héroe de la Paz” , afirmando que en los 35 años de su admi nistración — comprendiendo a la del General Gon zález— reinó una paz gloriosa, demostrativa de la conformidad del pueblo mexicano con el expresado gobierno. La ironía es cruel y más palpable a medi da que se desarrolla la conciencia clasista nacional. Pocos gobernantes mexicanos han sido más justa y tenazmente atacados que el Dictador Oaxaqueño. Las insurrecciones militares permanecieron ignora das por falta de comunicaciones y más aún debido a la tremenda censura oficial. Las más importantes fueron 15, ramificadas algunas ampliamente y con brotes en diversas fechas. Se iniciaron desde el ano siguiente del gobierno porfirista (1877) por el Co ronel Pedro Valdez, en el norte de la República, proclamando la restauración lerdista, continuando
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las que se expresan: General Mariano Escobedo, en igual región y con las mismas finalidades (1878). Lorenzo Hernández en Jalapa, con ramificaciones en Tlapacoyan (1878). Grupos rebeldes en todo el Territorio de Tepic (1877 a 1879). General Miguel Negrete (1879). Francisco Nava en Tlacotalpan (1879). En la costa del Estado de Veracruz y en ese afío fatídico para los revolucionarios lerdistas. se consumó el asesinato de las víctimas de ese puer to por el General Mier y Terán, obedeciendo la cé lebre orden “ Mátalos en caliente” . General Jesús Ramírez Terrones en Sinaloa y General Manuel Márquez en Baja California; ambos movimientos en 1880. General Trinidad García de le Cadena — fraternal amigo del Dictador— asesinado, moribun do de disentería, en el Estado de Zacatecas (1876). General Francisco Ruiz Sandoval, dirigente del “ Partido Revolucionario Mexicano” , cuya matriz actuaba en los Estados Unidos; fué batido cerca de Laredo (1890). En la tercera reelección de Porfi rio Díaz (1892) desbordó la indignación por el con tinuismo, en una tumultuosa columna de manifes tantes, integrada por obreros, profesionistas, escri tores y estudiantes. La manifestación fué brutal y sanguinariamente reprimida por los sicarios del César, en la Capital de la República. En 1893 bro taron rebeldías militares y civiles en los Estados de Coahuila y Guerrero; en éste, fué jefe el General Canuto Neri. Los sublevados fueron batidos con la ferocidad acostumbrada. En 1900 —16 de septiem
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bre— los campesinos, barreteros y empleados de Concepción del Uro (Zacatecas), celebraron el ani versario de la independencia, incendiando la Presi dencia Municipal y apoderándose de esa población, enloquecidos por los sufrimientos e injusticias que sufrían cotidianamente, desde hacía muchos años. Una poderosa columna militar recuperó la ciudad, asesinando, hiriendo y golpeando a indefensos habi tantes, sin respetar a las mujeres y niños, con la du reza habitual del salvaje pretorianismo porfiriano. (Estos datos están extractados de la obra “ El Antiporíirismo,” del Coronel Rubén García.) La mayoría de las insurrecciones militaristas se realizó de 1877 a 1900. Desde la última fecha — 1900— hasta principios de 1911, los movimientos revolucionarios fueron integrados por civiles: cam pesinos, obreros, periodistas, estudiantes. La Dictadura porfirista estaba condenada a muerte, porque amenazaba implacable y constante mente la vida del pueblo mexicano. En la mayoría de los países que habían alcanzado algún adelanto social, los trabajadores de factorías y tierras esta ban protegidos por legislaciones que reconocían, aunque embrionariamente, algunos derechos de los asalariados. Estos derechos fueron totalmente des conocidos duraute la anquilosada Dictadura porfi rista, incapacitada para toda evolución. La pugna entre los imperialismos inglés y esta dounidense, se acentuó en México durante los años de 1909 y 1910. Concesiones a empresas británicas;
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negativa para que el gobierno de los Estados Uni dos continuase disponiendo de la extensa Bahía Magdalena en Baja California; ofrecimiento gene roso de Porfirio Díaz al presidente de .Nicaragua, José ¡Saúlos Zcluya, poniendo a su disposición un barco y asilo en la Bepública Mexicana, colmaron la paciencia del imperialismo yanqui, el que aceleró el desplome de la Dictadura. Sangrienta burla evidenció el histrionismo de aquel régimen, con la entrevista Díaz - Creelman, en la que el Dictador expuso: “ Que había llegado el momento en que el pueblo debería entrar a las pug nas democráticas; que él vería con mucho gusto que se formasen partidos políticos que sostuvieran candidatos a la presidencia de la República, para entregar el poder en manos jóvenes y robustas” La indignación se desbordó trágicamente al consu mar el Partido Científico la séptima imposición del General Díaz, escarneciendo la voluntad popu lar de llevar a la primera magistratura a Francis co I. Madero, candidato del Partido Antirreeleccionista y de las masas oprimidas. Esa indignación se intensificó por la forma ultrajante en que fué conmemorado el Primer Centenario de la Indepen dencia Nacional (1910). Todas las fiestas fueron exclusivamente para la aristocracia internacional. Para el pueblo — verdadero heredero de la epopeya de Hidalgo— no hubo acceso a ninguno de los fes tivales. Para el pueblo hambriento y semidesnudo, enorme masa de peones y obreros, no hubo fies
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tas; no «e les permitía siquiera transitar por las calles principales de las ciudades. El contraste era infame. El peón, el indio y el obrero, hambrientos, ambulando por los campos y barrios miserables de las ciudades. En los palacios, la burguesía extran jera y el feudalismo nacional, embriagándose de orgullo y de champaña. Así se celebró el primer centenario de la inde pendencia nacional. Surgió Madero, visto al principio con despre cio por el gobierno porfirista. Después se le calum nió, persiguiéndose a sus partidarios en todas par tes. Las manifestaciones se disolvían sanguinaria mente. El 18 de noviembre de 191U, se realizó la epopeya de Aquiles Serdán y un grupo de maderis tas en la ciudad de Puebla, contra fuerzas pretorianas. Todos los hombres fueron asesinados. El 20 de noviembre del mismo año, la fusilería libertaria inició la Revolución en el JNorte. El dictador, enemigo implacable de los traba jadores mexicanos, huyó a Europa el 30 de mayo de 1911. Conclusiones dialécticas de este capítulo: Te sis: Dictadura clasista, sostenida por el latifundismo feudal y la burguesía internacional, explo tando brutalmente al campesinaje y proletariado. Antítesis: Agitación por la pequeña burguesía, par ticularmente intelectual, en las masas oprimidas, revelándoles su espantosa situación y posibilidades de remediarla. Síntesis: La Revolución Mexicana iniciada el 18 de noviembre de 1910.
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TRATADO MON-ALMONTE
Artículo l 9 Habiendo sido juzgados ya por los tribunales los principales reos de los asesinatos co metidos en las haciendas de San Vicente y Cliiconcuac, y ejecutada en sus personas la pena capital que se les ha impuesto (1) el gobierno de México continuará activamente la persecución y castigo
(1) El 25 de septiembre de 1856 fueron ejecutados en México los reos Camilo Cruz Barba, de dieciocho años; Nicolás Leite, de cuarenta y tres; Inés López, de veinti cuatro, jornaleros; Miguel Herrera, de treinta y tres años, fabricante de azúcar, y Trinidad Carrillo, de cuarenta, labrador, todos indios de las haciendas y pueblos de Tierra Caliente, que aparecieron como autores de los asesinatos cometidos en las haciendas de San Vicente y Chiconcuac, crímenes (jue no tuvieron ningún carácter político como habían supuesto los enemigos de México. Salieron, pues, sobrando enteramente las horribles inju rias que los periódicos españoles arrojaron sobre el ge neral don Juan Alvarez y el Partido Liberal.
(Copia tomada del libro “ México a través de los Siglos.” Pág. 39G. Tomo V.)
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de los demás cómplices que hayan logrado hasta hoy eludir la acción de la justicia, y activará to dos los procedimientos a fin de que tengan el debido castigo los culpables de los crímenes perpetrados en el mineral de San Dimas, Departamento de Durango, el 15 de septiembre de 1856, tan luego como dicho Departamento vuelva a la obediencia del gobierno mexicano o puedan ser aprehendidos los reos o autores de dichos crímenes. Artículo 2? El gobierno mexicano, aunque es tá convencido de que no ha habido responsabilidad de parte de las autoridades, funcionarios y emplea dos, en los crímenes cometidos en las haciendas de San Vicente y Chinconcuac, guiado, sin embargo, del deseo que le anima de que se corten de una vez las diferencias que se han suscitado entre la Repiiblica y España, y por el común y bien enten dido interés de ambas naciones, a fin de que ca minen siemjjre unidas y afianzadas en los lazos de una amistad duradera, consiente en indemnizar a los súbditos españoles a quienes corresponda, de los daños y perjuicios que se les haya ocasionado en las haciendas de San Vicente y Chiconcuac. Artículo 3° Movido de los mismos deseos ma nifestados en el artículo anterior, el gobierno me xicano consiente en indemnizar a los súbditos de S. M. C., de los daños y perjuicios que hayan su frido por consecuencia de los crímenes cometidos el 15 de septiembre de 1856, en el mineral de San Dimas, Departamento de Durango.
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Artículo 49 Animado (le los propios sentimien tos expresados en los artículos anteriores, y abun dando en los mismos deseos, el gobierno español consiente en que las referidas indemnizaciones no puedan servir de base ni antecedente para otros casos de igual naturaleza. Artículo 59 Los gobiernos de México y España convienen en que la suma o valor de las indemniza ciones de que tratan los artículos anteriores, se determine de común acuerdo por los gobiernos de Francia y de Inglaterra, que han manifestado ha llarse dispuestos a aceptar este encargo, que des empeñarán por sí o por sus representantes, tenien do en cuenta los datos que presenten los interesados y oyendo a los respectivos gobiernos. Artículo 69 El tratado de 12 de noviembre de 1853 será restablecido en toda su fuerza y vigor como si nunca hubiera sido interrumpido, ínterin que por otro acto de igual naturaleza no sea de común acuerdo derogado o alterado. Artículo 79 Los daños y perjuicios, cuyas re clamaciones se hallaban pendientes al interrum pirse las relaciones, y cualesquiera otros que du rante esta interrupción hayan podido dar lugar a nuevas reclamaciones, serán objeto de arreglos ulteriores entre los dos gobiernos de México y Es paña. Artículo 89 Este tratado será ratificado por S. E., el Presidente de la República Mexicana, y por S. M. la Reina, de España, y las ratificaciones L.
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se canjearán en París dentro de cuatro meses con tados desde esta fecha, o antes si fuere posible. En fe de lo cual los infrascritos Plenipotencia rios lo han firmado y sellado con los sellos res pectivos. Hecho por triplicado en París, a veinte y seis días del mes de septiembre del año del Señor de mil ochocientos cincuenta y nueve.—Firmado.— Juan N. Almonte.—Firmado.—Alejandro Mon. (Copia del Archivo Histórico Diplomático Mexicano. Número 13. EL TRATADO MON-ALMONTE. Publicaciones de la Secretaría de Rela ciones Exteriores. Págs. 131-133.) *
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EL GOBIERNO CONSTITUCIONAL A LA NACION.—En la situación difícil en que México se encuentra cuando tiene más necesidades de pa triotismo y previsión en la dirección de su política, un hecho ofensivo a su dignidad y gravoso a sus intereses, ha venido a poner de manifiesto hasta dónde pueden perjudicar las tendencias de los enemigos de la libertad.— El partido que, fundando los títulos de su poder en la defección de una parte de la fuerza armada, se ha establecido en la ciudad de México, denominándose Gobierno de la Repúbli ca, sin embargo de que ésta le ha rehusado su re presentación en más de dos años de lucha, ha concluido en París con el representante de S. M. C., en septiembre del año anterior, un tratado injus to en su esencia, extraño a los usos de las naciones
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por los principios que establece, ilegítimo por la manera en que ha sido ajustado, y contrario a los derechos de nuestra patria. Estas calificaciones no son hijas del espíritu de partido, ni de las pasiones que éste engendra o excita con frecuencia: no son tampoco el resultado de prevenciones indignas ha cia la nación española. En la noble misión del Go bierno legal, en el noble y patriótico interés que le guía, no caben otros sentimientos ni otros deseos que el sentimiento de la justicia y el deseo del bien público. El análisis del documento indicado, las reflexiones que sugiere su lectura, bastan para acreditar la razón y la buena fe del mismo Gobier no en este particular, así como que se halla en la obligación de impedir que su silencio en este grave negocio pueda traducirse en una aquiescencia na cional.— Ocho artículos contiene el convenio cele brado entre el representante de D. Miguel Miramón y el de la Reina de España. For el primero de di chos artículos se impone al Gobierno mexicano la obligación de continuar activando la persecución judicial y el castigo de los cómplices de los delitos cometidos en las haciendas de San Vicente y Chiconcuac, así como de los responsables de los suce sos, no menos deplorables, ocurridos en 1856, en San Dimas, Estado de Durango.— Según los ar tículos 2^ y 39, aunque el Gobierno mexicano está convencido de que no ha habido responsabilidad de parte de las autoridades, funcionarios ni emplea dos, en los crímenes referidos, consiente en indem-
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nizar a los súbditos españoles de los daños y per juicios que se les hayan ocasionado, a consecuencia de dichos delitos. El Gobierno español consiente (artículo P?) en que estas idemnizaciones no sirvan de base ni de precedente para otros casos de igual naturaleza. Francia e Inglaterra determinarán (artículo 5?) el valor de las indemnizaciones con cedidas.—Por el artículo 6? se establece en toda su fuerza y en todo su vigor, el tratado de 12 de noviembre de 1853, sin que se haga mención algu na ni incidentalmente, de la revisión de créditos no españoles.—Los daños y perjuicios (artículo 79) por reclamaciones pendientes, serán arregladas por convenios ulteriores, y las ratificaciones de ese tratado se canjearán en París (t. 89) dentro de los cuatro meses contados desde la fecha en que quedó firmado.— Claramente se advierte que este convenio es humillante para nuestro país. ¿Cómo, a qué título y en virtud de qué derecho consentir en las indemnizaciones estipuladas una vez que el Go bierno de D. Miguel Miramón declara que está convencido de la inculpabilidad completa de los agentes del poder público? ¿En qué se fundaría este consentimiento? Si fuera un principio de derecho de gentes la responsabilidad pecuniaria por perjui cios procedentes de delitos del orden común, la nación española no habría consentido en que se declarase que las concesiones hechas en eso punto por el Gobierno mexicano no podrían servir de pre cedente en los casos futuros. Así, pues, su confor midad en esa declaración viene a probar que estaba
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persuadido de la injusticia de la demanda. Ni po día ser de otra manera, pues el representante de S. M. C. no podía ignorar que la obligación de las naciones, respecto de los delitos del orden común, directamente perjudiciales a los extranjeros, es perseguir y castigar, con sujeción a sus respectivas leyes, a los autores de aquéllos, y no la de conceder indemnizaciones pecuniarias por los daños que cau sen esos delitos; y es ciertamente extraño que la persona que figuraba en el convenio como repre sentante del supuesto Gobierno de México, baya admitido para su país, contra toda razón y contra todo derecho, obligaciones que la misma parte re clamante no vacilaba en declarar implícitamente infundadas, obligaciones que, si existieran, acaba rían por reducir a la nulidad la independencia nacional. Para persuadirse de que esta última ase veración es del todo exacta, bastará considerar que no está en la posibilidad de Gobierno alguno, cua lesquiera que sean sus medios de acción, impedir la perpetración de delitos del orden común, y que si hubiera de conceder indemnizaciones a los súb ditos de las naciones amigas, por los perjuicios que de ellos se les originaran, acabaría por agotar su tesoro y todos sus elementos de subsistencia.—¿Por qué, pues, ese partido que se permite arrojar sobre sus adversarios aun la fea nota de infidencia a la patria, se ha humillado hasta el grado de consentir en una exigencia a todas luces infundada? Las naciones sólo pueden acceder a justas solicitudes,
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pues de otro modo, y toda vez que su honor sea comprometido, quedan expuestas al menosprecio y exigencias de las demás.— Tampoco es decoroso para la nación permitir que, a la sombra de la buena fe de los tratados, sea adulterada su deuda, ni que se trafique en su perjuicio con créditos que no pueden ser legalmente protegidos por aquéllos, ¿ i ’or qué el Gabinete de Madrid no ha de consentir en la revisión de esos créditos, cuando su buen nom bre lo reclama, cuando la buena fe y el interés mismo de los créditos españoles de buena ley lo están exigiendo?— Deber es, por tanto, del Gobier no legítimo oponerse a que, por la condescendencia interesada de un partido sin conciencia, se sancio nen abusos que en caso alguno pueden ser ampa rados por la ley de las naciones. La responsabili dad de los Gobiernos no puede fundarse sino en la denegación absoluta de justicia. Si México no se encuentra en este caso, no hay derecho para suje tarlo a tina condición despreciable a los ojos del mundo civilizado. La independencia, el honor, el buen nombre, los grandes intereses de un pueblo, no deben ser una ilusión para los mexicanos, sino una realidad respetable para propios y extraños.— Felizmente el tratado en cuestión no perjudicará los intereses de la República ni cederá en menos cabo de su buen nombre, porque ha sido ajustado y ratificado por personas no autorizadas para tra tar en nombre de México. Un partido político, cuyo poder procede de una rebelión que la mayoría del país condena; una facción que con las fuerzas
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sublevadas está impidiendo en las ciudades del centro la libre emisión del voto público; un partido que lia inaugurado su poder manifestando que se ría el Gobierno de algunos departamentos, de al gunas ciudades, según el apoyo que la nación quisiera darle; un partido, en fin, que, no obstante la horrible guerra que ha sostenido y fomentado durante dos años, valiéndose de todo género de medios, no ha podido adquirir la representación que busca, no es ni puede ser el gobierno de la .Re pública Mexicana.—El Gobierno Constitucional no expondrá aquí los títulos en que descansa su po der : ellos están en la ley y en la conciencia pública. Muy en breve tendrán término los motines que des trozan el seno de la patria y ponen en peligro su gloriosa independencia, y la autoridad legal se alzará incontrastable para salvar a ésta y para ase gurar las garantías de nacionales y extranjeros.— México está en la mejor disposición para hacer a España estricta justicia, para concederle cuanto sea debido, para cumplir lealmente los tratados; pero quiere que esto sea conforme al derecho de gentes, y que la consideración de su debilidad o de su poder, de su buena o mala organización polí tica no influya en el arreglo de sus diferencias. Quiere que se le estime como a un pueblo libre y soberano, y que el sentimiento de la justicia sea el que presida en todas sus estipulaciones: en una palabra, quiere que la buena fe y la razón domi nen exclusivamente en sus arreglos diplomáticos
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y que nadie tenga derecho para menospreciar a un pueblo que ha sabido conquistar su independencia, y que hoy mismo está dando testimonio, en medio de sus presentes desgracias, de que tiene la con ciencia de su dignidad.— El Gobierno Constitucio nal no puede consentir en la afrenta con que un partido político quiere manchar al país. Cumple, pues, a su deber, para que llegue a conocimiento del mundo civilizado, protestar como en efecto pro testa de la manera más solemne, contra el tratado referido, celebrado en París en septiembre del año anterior, manifestando que sus cláusulas no pue den comprometer los intereses de México, por falta de poderes en las personas que, por su parte, han intervenido en él y declarar que se conserva el derecho de arreglar las diferencias pendientes con España, conforme a los principios de justicia uni versal, y de un modo conveniente a la dignidad de ambas naciones. Heroica Veracruz, enero 30 de 1860. —Benito Juárez, Presidente interino.— Santos De gollado, Ministro de Relaciones Exteriores.—Ma nuel Ruiz, Ministro de Justicia.—Miguel Lerdo de Tejada, Ministro de Hacienda.— Ignacio de la Lla ve, Ministro de Gobernación.—José Gil Parte Arro yo, Ministro de la Guerra.—José de Emparan, Mi nistro de Fomento. TRATADO MC LANE-OCAMPO “ Artículo l 9 Por vía de ampliación del artículo 8^ del tratado de 30 de diciembre de 1853, cede la República Mexicana á los Estados Unidos y sus
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conciudadanos y bienes, en perpetuidad, el derecho de tránsito por el istmo de Tehuantepec, de uno á otro mar, por cualquier camino que actualmente exista ó que existiese en lo sucesivo, sirviéndose de él ambas repúblicas y conciudadanos. “ Artículo 29 Convienen ambas repúblicas en proteger todas las rutas existentes hoy ó que exis tieren en lo sucesivo al través de dicho istmo, y en garantizar la neutralidad del mismo. “ Artículo 39 Al usarse por primera vez bona fide, cualquiera ruta al través de dicho istmo, para transitar por ella, establecerá la República Mexi cana dos puertos de depósito, uno al Este y otro al Oeste del istmo. El gobierno de México no impon drá derechos á los efectos ó mercancías que pasen bona fide por dicho istmo, y que no estén destinados al consumo de la República Mexicana. No se improndrán a los extranjeros y sus propiedades que pasen por ese camino contribuciones ni derechos mayores que los que se impongan á las personas y los bienes de los mexicanos. La República de Méxi co continuará permitiendo el tránsito libre y des embarazado de las malas de los Estados Unidos, con tal que pasen en balijas cerradas y que no hayan de distribuirse en el camino. En ningún caso podrán ser aplicables á dichas malas ninguna de las cargas impuestas 6 que en lo sucesivo se impusieren. “ Artículo 49 Conviene la República Mexicana en establecer por cada uno de los puertos de depó sito, uno al Este, otro al Oeste del istmo, reglamen tos que permitan que los efectos y mercancías per-
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tenecientes a los ciudadanos y súbditos de los Es tados Unidos ó de cualquiera país extranjero, se depositen en almacenes que al efecto se construirán, libres de derechos de tonelaje y de toda otra clase, excepto los gastos necesarios de corretaje y almace naje, cuyos efectos y mercancías podrán ser retira dos subsecuentemente para transitar al través de dicho istmo y para ser embarcados en cualquiera de dichos puertos de depósito para cualquiera puerto extranjero, libres de todo derecho de tonelaje y otras clases; y se les podrá sacar también de dichos al macenes para la venta y el consumo dentro del te rritorio de la República Mexicana, mediante el pago de los derechos hoy puestos ó que dicho gobierno mexicano tuviese á bien cobrar. “Artículo 5V Conviene la República Mexicana en que si en el algún tiempo se hiciere necesario em plear fuerzas militares para la seguridad y protec ción de las personas y los bienes que pasen por al guna de las precitadas rutas, empleará la fuerza necesaria al efecto; pero si por cualquiera causa dejase de hacerlo, el gobierno de los Estados Uni dos, con el consentimiento, ó á petición del gobierno de México, ó de su ministro en Washington, ó de las competentes y legales autoridades locales, civi les ó militares, podrá emplear tal fuerza con este y no con otro objeto; y cuando, en la opinión del gobierno Mexicano, cese la necesidad, inmediata mente se retirará dicha fuerza. “ Sin embargo, en el caso excepcional de peli gro imprevisto ó inminente para la vida ó las pro
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piedades de ciudadanos de los Estados Unidos, que dan autorizadas las fuerzas de dicha República para obrar en protección de aquéllos, sin haber obtenido previo consentimiento, y se retirarán dichas fuer zas cuando cese la necesidad de emplearlas. “ Artículo 0^ La República de México concede á los Estados Unidos el simple tránsito de sus tro pas, abastos militares y pertrechos de guerra por el istmo de Tehuantepec, y por el tránsito ó ruta de comunicaciones á que se alude en este convenio desde la ciudad de Guaymas, en el golfo de Califor nia, hasta el rancho de dogales, ó algún otro punto conveniente de Ja línea fronteriza entre la Repúbli ca de México y los Estados Unidos cerca del 111° grado Oeste de longitud de Greenwich, dándose in mediato aviso de ello á las autoridades locales de la República Mexicana. Y asimismo convienen las dos repúblicas en que se estipulará expresamente con las compañías ó empresas á quienes se concede en lo sucesivo el acarreo ó transporte, por cualesquiera ferrocarril ú otras vías de comunicación en los pre citados tránsitos, que el precio de transporte de las tropas, efectos militares y pertrechos de guerra de las dos repúblicas, será á lo sumo la mitad del pre cio ordinario que paguen los pasajeros ó las mer cancías que pasen por dichos caminos de tránsito; quedando entendido que si los concesionarios de pri vilegios concedidos ya, ó que en lo sucesivo se concedieren sobre ferrocarriles ú otras vías de co municación por dichos tránsitos, rehusaren recibir por la mitad del precio de transporte las tropas,
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armas, abastos militares y municiones de los Esta dos Unidos, el gobierno de éstos no les dispensará la protección de que hablan los artículos 29 y 59, ni ninguna otra protección. ‘‘Artículo 79 La República Mexicana cede por el presente á los Estados Unidos, á perpetuidad, y á sus ciudadanos y propiedades, el derecho de vía ó tránsito al través del territorio de la República de México, desde las ciudades de Camargo y Mata moros, ó cualquiera punto conveniente del Río Grande, en el Estado de Tainaulipas, por la vía de Monterrey, hasta el puerto de Mazatlán, á la entra da del golfo de California, en el Estado de Sinaloa; y desde el rancho de Nogales ó cualquier punto con veniente de la línea fronteriza entre la República de México y los Estados Unidos cerca del 111° gra do de longitud Oeste de Greenwich, por la vía de Magdalena y Hermosillo, hasta la ciudad de Guaymas en el golfo de California, en el Estado de Sono ra, por cualquier ferrocarril ó ruta de comunicación, natural ó artificial, que exista actualmente ó existie re ó fuere construido en lo sucesivo, del cual usa rán y se servirán en la misma manera y con igua les condiciones ambas repúblicas y sus respectivos ciudadanos, reservándose siempre para sí la Repúbli ca Mexicana el derecho, de soberanía que al presente tiene sobre todos los tránsitos mencionados en este tratado. Todas las estipulaciones y reglamentos de todas clases aplicables al derecho de vía ó tránsito al través del istmo de Tehuantepec y en que han
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convenido ambas repúblicas, se hacen por el pre sente extensivos y aplicables á los precitados trán sitos ó derechos de via, exceptuando el derecho de pasar tropas, provisiones ó pertrechos de guerra desde el Río Grande hasta el golfo de California. “Artículo 89 Convienen asimismo las dos re públicas en que, de la adjunta lista de mercancías, elija el Congreso de los Estados Unidos las que, siendo producciones naturales, industriales 6 fabri cadas de una de las dos repúblicas, puedan admi tirse para la venta y el consumo en uno de los dos países, bajo condiciones de perfecta reciprocidad, bien se las reciba libres de derecho, bien con el de recho que fije el Congreso de los Estados Unidos; proponiéndose la República Mexicana admitir los artículos de que se trata al más módico tipo de de recho y hasta completamente exentos del mismo, si el Congreso de los Estados Unidos conviene en ello. Su introducción de una á otra de las dos repúbli cas tendrá efecto por los puntos que los gobiernos de ambas designen, en los límites ó fronteras de las mismas, cedidos y concedidos para los tránsitos y á perpetuidad, por este convenio, al través del istmo de Tehuantepec ó desde el golfo de California hasta la frontera interior entre México y los Estados Unidos. Si México concediera privilegios semejantes á cualquiera otra nación en los extremos de los pre citados tránsitos sobre los golfos de México > Cali fornia y sobre el mar Pacífico, lo hará teniendo en cuenta las mismas condiciones y estipulaciones de
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reciprocidad que se imponen á los Estados Unidos por los términos de este convenio. Lista de mercancías, adjunta al artículo 8 “ Animales de todas clases.—Arados y barrotes de hierro, sueltos.— Arroz.— Cacería y huevos fres cos.— Azogue.— Carbón de Piedra.— Carnes frescas, saladas y ahumadas.— Casas de madera y de hierro. —Cueros al pelo.— Cuernos.— Chile ó pimiento co lorado.— Dibujos y modelos de máquinas grandes, edificios, monumentos y botes.— Botes de todas cla ses y tamaños para la navegación de los ríos de la frontera.—Escobas y materiales para hacerlas.— Bo cados para caballos (Bridle Bits).— Frutas frescas, secas y azucaradas.— Tipos, espacios, planchas para imprimir ó grabar, reglas, viñetas y tinta de im primir.—Libros impresos de todas clases á la rús tica.— Arcos.— Madera en bruto y leña.— Manteca y queso.— Mapas geográficos y náuticos y planos to pográficos.— Mármol, en bruto y labrado.— Máqui nas é instrumentos de agricultura, y para el laboreo de minas, y para el desarrollo de las artes, y las ciencias, con todas sus piezas sueltas ó para ser compuestas.— Palos de tinte.— Pescado, alquitrán, trementina y cenizas.— Plantas, árboles y arbus tos.— Pizarras para techos.— Sal común.— Sillas de montar.— Sombreros de palma.— Estuco (gypsum).— Vegetales.— Pieles de carnero.— Toda clase de granos para hacer pan.— Harinas.— Lana.—To cino.— Sebo.—Cuero y efectos de cuero.—Toda cía-
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ee de tejidos de algodón, excepto la llamada man ta trigueña. “ Artículo 99 En aplicación de los artículos 14 y 15 del tratado de 5 de Abril de 1831, en el cual se estipuló lo relativo al ejercicio de su religión para los ciudadanos de México, se permitirá á los ciudadanos de los Estados Unidos el ejercer libre mente su religión en México, en público ó en pri vado, en sus casas ó en las iglesias y sitios (pla ces) que se destinen al culto, como consecuencia de la perfecta igualdad y reciprocidad que, según dice el segundo artículo de dicho tratado, sirvió de base al mismo. Podrán comprarse las capillas ó sitios para el culto público, serán consideradas como propiedad de los que las compren, como se compra y se conserva cualquiera otra propiedad, exceptuando de ello, sin embargo, á las comunida des y corporaciones religiosas, á las cuales las actuales leyes de México han prohibido para siem pre el obtener y conservar toda clase de propieda des. En ningún caso estarán sujetos los ciudadanos de los Estados Unidos, residentes en México, al pago de empréstitos forzosos. “ Artículo 10. En consideración á las prece dentes estipulaciones y por vía de compensación á las rentas ó que renuncia México permitiendo el transporte de mercancías libre de derecho por el territorio de la República, conviene el gobierno de los Estados Unidos en pagar al gobierno de Mé xico la suma de 4.000,000 de duros, dos de los cuales se pagarán inmediatamente después de canjeadas
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las ratificaciones de este tratado, y los otros dos millones quedarán en poder del gobierno de los Estados Unidos, para pagar las reclamaciones de ciudadanos de los Estados Unidos contra el go bierno de la República Mexicana, por daños y perjuicios sufridos ya, después de probada la jus ticia de esas reclamaciones según la ley y el uso de las naciones y los principios de equidad, y se pagarán las mismas prorrata, hasta donde lo per mita la citada suma de dos millones, en cumpli miento de una ley que expidirá el Congreso de los Estados Unidos, para la adjudicación de la misma, y lo restante de esta suma se devolverá á México por los Estados Unidos, en caso de que sobrase algo después del pago de las reclamaciones reco nocidas como justas. “ Artículo 11. Este tratado será ratificado por el presidente de los Estados Unidos, con el consen timiento y consejo del Senado de los Estados Uni dos, y por el presidente de México, en virtud de sus facultades extraordinarias y ejecutivas, y las respectivas ratificaciones serán canjeadas en la ciu dad de Washington, dentro del preciso término de seis meses, á contar desde la fecha de su firma, ó antes si fuese posible, ó en el asiento del gobierno constitucional, si el presidente y el Senado de los Estados Unidos hicieren algunas alteraciones ó enmiendas que fueren aceptadas por el presidente de la República Mexicana.
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Artículos Convencionales “ Por cuanto, á causa de la actual guerra civil de México, y particularmente en consideración al estado de desorden en que se halla la frontera in terior de México y los Estados Unidos, pueden presentarse ocasiones en que sea necesario para las fuerzas de las dos repúblicas obrar de concierto y en cooperación para hacer cumplir estipulacio nes de tratados y conservar el orden y la seguridad en el territorio de una de las dos repúblicas; por tanto se ha celebrado el siguiente convenio: “Artículo 19 Si se violaren algunas de las es tipulaciones de los tratados existentes entre Mé xico y los Estados Unidos, ó si peligrara la segu ridad de los ciudadanos de una de las dos repúblicas dentro del territorio de la otra y el gobierno legí timo y reconocido de aquélla no pudiere, por cual quier motivo, hacer cumplir dichas estipulaciones ó proveer á esa seguridad, será obligatorio para ese gobierno el recurrir al otro para que le ayude á hacer ejecutar lo pactado y á conservar el orden y la seguridad en el territorio de la dicha repú blica donde ocurra tal desorden y discordia, y en semejantes casos especiales pagará los gastos la nación dentro de cuyo territorio se haga necesaria tal intervención; y si ocurriere algún desorden en la frontera de las dos repúblicas, las autoridades de ambas más inmediatas al punto donde el des orden obrarán de concierto y en cooperación para arrestar y castigar á los criminales que hayan perl
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turbado el orden público y la seguridad de una de las dos repúblicas, y con este objeto podrá arres tarse á los culpables en cualquiera de las dos re públicas y entregárseles á las autoridades de la república en cuyo territorio se haya cometido el crimen: la naturaleza y carácter de esa interven ción, lo relativo á los gastos que ocasione y á la manera de arrestar y castigar á dichos criminales, serán determinados y reglamentados por un con venio entre el departamento ejecutivo de los dos gobiernos. “ Artículo 29 Este convenio será ratificado por el presidente de los Estados Unidos y por el Presi dente de México, en virtud de sus facultades ex traordinarias y ejecutivas, y las respectivas ratifi caciones serán canjeadas en la ciudad de Washing ton, dentro del preciso término de seis meses, á contar desde la fecha de su firma, ó antes si fuese posible, ó en el asiento del gobierno constitucional, si el presidente y el Senado de los Estados Unidos hicieren algunas alteraciones ó enmiendas que fue sen aceptadas por el Presidente de la República de México.” (Copia tomada del libro “ México a través de los siglos.” Tomo V. Páginas 404-405.)
I N D IC E
íá « . Opiniones sobre la primera edición..................
9
Preliminar..............................................................
17
Organización del trabajo en la época prchispánica. Carácter materialista de la con quista española. Estructura colonial___
23
Contradicciones entre la iniciación y la con sumación de la Independencia. Principio de las guerras civiles en México. Paralelo entre Morelos y Bolívar, representativos de las guerras de independencia de Nueva España y Sudamérica.................................
79
El asesinato de Guerrero. Tendencias refor mistas de Gómez Parías. Golpe de Estado reaccionario. Constitución Centralista. Verdadero origen de la guerra de Texas.
117
Primera guerra con Francia. Invasión Ame ricana............................................................... 149 Fragmentos del capítulo X. Guerra con los Estados Unidos. Tomados de “El Pue blo Mexicano y sus Lucilas por la Liber tad.” Por Lázaro Gutiérrez de Lara. (Pág. 159.)
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294 Págs.
Ultima Dictadura de Santa Anna. Revolución de Ayutla. Constitución de 1857.............. La Reforma. La Intervención Francesa. El Segundo Imperio. Dictaduras PequeñoBurguesas de Juárez y Lerdo................... Dictadura Porfirista............................................ Apéndice.................................................................
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197 231 269
2* EDICION La segunda edición de “ La Lu cha de Clases a Través de la His toria de México" de Rafael Ramos I’ edrueza, constituye una trascen dente victoria de la cultura cla sista nacional, por su valentía, vigor y palpitante estructuración. Por primera vez en México se interpreta económicamente el pre térito. comprobándose los aconte cimientos medulares con exube rante documentación. Cada uno de los capítulos termina con un re sumen diaiéctico-marxista (tesis, antítesis, síntesis), que permite a sus lectores la plena comprensión de los hechos y su encadenamiento a través del tiempo. Por su fondo y forma, este libro profundo y atrayente prodiga a los maestros las posibilidades para la enseñanza de nuestra historia, con criterio clasista y finalidad eman cipadora de masas explotadas. Su mérito esencial radica en que desde la primera hasta la última de sus páginas, que laten y sangran, se exhiben las terribles fuerzas de las conquistas y sutiles perfidias de los imperialismos, torturando al pueblo mexicano. Su estudio _ crea y desarrolla fuertemente conciencio antimperialista. LIC. EUGENIO MENDEZ. Dele gado del Partido Socialista de las Izquierdas en el Frente Popular Mexicano.
Clarificada por la dialéctica mar xista y enriquecida con una copiosa documentación contra el imperia lismo y la reacción, la segunda edición de “ La Lucha de Clases a Través de la Historia.” del compa ñero Profesor Rafael Ramos Pedrucza. de limpio historial antimperia lista. dará a las masas explotadas mexicanas cultura clasista, para su emancipación económica. GASTON LAFARGA. Profesor de la Universidad Obrera.