La Invencion De La Cronica

  • 0 0 0
  • Like this paper and download? You can publish your own PDF file online for free in a few minutes! Sign Up
File loading please wait...
Citation preview

1er PREMIO CASA DE -

LAS AMERICAS 1991

La Invención de la Crónica

EDICIONES

LETRA BUENA

© 1992 Ediciones Letra Buena S.A. Santos D um ont4459 (1427) Bs. As. Argentina ISBN 950-777-021-6 Impreso y hecho en Argentina Hecho el depósito que preve la Ley 11.723

SUSANA ROTKER

LA INVENCION DE LA CRONICA

E D I C I O N E S L E T R A

B U E N A

A Tomás Eloy M artínez

Reconocimientos

La idea de esta investigación comenzó en 1983 en la Universidad de Maryland, durante un curso que dictaba la profesora Graciela Nemes; el azar hizo que me asignara el análisis de la crónica de José Martí sobre la muerte de Jesse James. Aquella exposición en clase se amplió en una monografía, que fue sucedida por otras y otras hasta que derivó en un trabajo de investigación durante más de cinco años a lo largo de las bibliotecas, archivos de microfilmes y hemerotecas de Washington, Caracas y Buenos Aires. Debo la idea de comparar la prensa norteamericana, La Opinión Nacional de Caracas y La Nación de Buenos Aires a Jorge Aguilar Mora. Lector exigente, corrigió este trabajo sin descuidar detalle y me enseñó además que, para intentar desmadejar la compleja red de la literatura de una época, debía tomar en cuenta las corrientes del pensamiento, la historia y los distintos modos de producción textual. Parte de la investigación y la escritura del trabajo contó con el apoyo de una beca del programa latinoamericano del Social Science Research Council. Agradezco a Joan Dassin, Francine Massiello y Doris Sommer, porque ayudaron a definir en aquel entonces la importancia de un género discursivo que está entre el periodismo y la literatura. Mi gratitud también para Saúl Sosnowski, quien siempre encontró el modo de resolver los trastornos que solían derivarse de mi situación itinerante. No menos puedo decir del generoso apoyo de Evelyn Canabal, Danusia Mesón y muy especialmente de Alicia Ríos, sin cuya sostenida solidaridad a lo largo del tiempo y la distancia nunca hubiera podido concluir las muchas etapas de estudios y de vida que confluyen en este libro. En otro nivel, agradezco al profesor Michael Zapalla sus

observaciones acerca de los recursos retóricos del Siglo de Oro; a José Emilio Pacheco por su apoyo a mis exploraciones en la retórica de lo sublime; a Sylvia Molloy y María Luisa Bastos por los materiales que me enviaron; al apoyo de Saúl Yurkievich y de Richard Morse, a quien debo el descubrimiento de los poemas neoyorquinos de Sousa Andrade. Mi gratitud para mis padres, siempre cargando libros para mí de un extremo al otro del continente. También en Caracas, mi recono­ cimiento a Sergio Dahbar, Juan Liscano, Alfredo Chacón y María Julia Daroqui, por su generosidad y entusiasmo. Debo una mención aparte a quienes fueron mis compañeros en los tiempos de la crítica cultural y el diarismo y, muy especialmente, al equipo de “Feriado” y a todos los redactores que desde las páginas tempranas de El Diario de Ca­ racas intentaron la aventura de un lenguaje propio, en la frontera entre la literatura y el periodismo. Agradezco a Julio Ramos, porque su trabajo doctoral —sobre la modernidad y las crónicas de Martí— fue mi interlocutor frecuente, y porque durante una investigación que llevó a cabo en la Argentina jamás dudó en compartir sus inteligentes reflexiones. En Buenos Aires, mi reconocimiento para Beatriz Sarlo por sus recomendaciones y apoyo durante el proceso de investigación, a Ezequiel Martínez por la disposición y la premura con la que fotocopió materiales casi inencontrables, a Josefina Ludmer y Ana María Amar Sánchez, quienes me facilitaron materiales útiles para elaborar el marco teórico. También al siempre estimulante y entrañable Noé Jitrik, a Celina Manzoni y a mis compañeros docentes en la cátedra de Literatura Latinoamericana II de la Universidad de Buenos Aires, por integrarme a un medio de trabajo intelectual en constante actualización; a Andrea Hirsch, Tununa Mercado, Jorge Balán, Susana Pravaz, Luis y Cristina Horstein, por su fe; a Estela Lanari por invitarme a dictar un seminario sobre la crónica en la Universidad de Mar del Plata, donde confronté mis sistemas de lectura con profesores de literatura y periodistas. Agradezco también al miembro del jurado y a Casa de las Américas por el Premio al Mejor Ensayo de 1991, que me otorgaron por este libro. Dos reconocimientos centrales: uno, a mi hija Sol Ana, quien inició su vida mientras yo elaboraba el proyecto de esta investigación y que, a pesar de no haber conocido desde entonces más que mudanzas de un país a otro y una presencia obsesionada frente a la computadora, la reescritura, o la revisión de fichas y apuntes, ha

sabido ser la alegría misma. A pesar de las muchas dificultades, decidí persistir en el esfuerzo y llegar hasta el final de este trabajo en homenaje a esa alegría. El otro reconocimiento es para Tomás, quien ha sido mi compañero desde los tiempos del periodismo y el activo instigador de mi regreso a los estudios universitarios y a la literatura. Le debo la escritura de Lugar común la muerte y de varios artículos publicados en los periódicos de Caracas, a través de los cuales^ descubrí tanto el es­ plendor que puede tener la fusión literaria/periodística como el amor, casi antes de haberlo conocido personalmente. Le debo la dedicación, la fidelidad a sus propias obsesiones y su pasión literaria, su compañerismo y las sugerencias intelectuales que atraviesan este trabajo de punta a punta tanto como mi propia vida.

LA CRONICA MODERNISTA Y LA CRITICA LITERARIA Cada estado social trae su expresión a la literatura; de tal modo, que p o r las diversas frases de ella pudiera contarse la historia de los pueblos, con más verdad que p o r sus cronicones y sus décadas. fosé Martí ("Elpoeta Walt Whitman”)

Más de la mitad de la obra escrita de José Martí y dos tercios de la de Rubén Darío se componen de textos publicados en periódicos.1 Sin embargo, la historia literaria ha centrado el interés básicamente en sus poesías. A pesar de la importancia de las crónicas periodísticas para comprender una etapa fundamental de la cultura hispanoamericana, ese desinterés por parte de la crítica ha afectado no sólo la total valoración de la obra de Martí y Darío sino la de los escritores modernistas en general, como si su producción poética hubiera estado totalmente divorciada de sus textos periodísticos. La omisión es notable. La relación entre ambas formas de escritura fue tan estrecha, que durante el período sólo hubo dos cronistas ajenos al servicio de la poesía —José María Vargas Vila y Enrique Gómez Carrillo—, mientras que los demás creadores de “arte puro” se volcaron no sólo en poemas, sino en ensayos y crónicas: Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Ñervo, Julián del Casal, Luis G. Urbina, José Juan Tablada, José Enrique Rodó. En su estudio sobre Rubén Darío y el modernismo el crítico Angel Rama notó que “la búsqueda de lo insólito, los cercamientos bruscos de elementos disímiles, la renovación permanente, las audacias temáticas, el registro de los matices, la mezcla de las sensaciones...” —hasta entonces aceptadas como características de la poesía modernista—, eran también esencia de las transformaciones sociales finiseculares y de la experiencia periodística, interpretada como la incipiente profesionalización del escritor. Cualquier lectura de las crónicas revela que en ellas se introdujeron rasgos que caracterizaron en buena medida los textos poéticos modernistas: plasticiHad y expresividad impresionista, parnasianismo y simbolismo, incorporación de la naturaleza, búsquedas en el

lenguaje del Siglo de Oro español, la absorción de la velocidad vital He la nueva sociedad.industrializada.2 Y, aún más: “el nacimiento del periodismo literario, (...) por venir a cumplirse en manos de artistas excepcionales supuso la dignificación de esa misma actividad pe­ riodística. El resultado fue el brote de la crónica como género nuevo en las letras hispanoamericanas”.3 Uno de los objetivos de este trabajo es estudiar las crónicas —centralmente las que escribió José Martí como corresponsal en Nueva York—, como artífices de la renovación de la prosa en América latina. Sin embargo, el sentido que anima la investigación no es la mera atracción por lo casi inédito. Las características de la crónica como género mixto y comojugar de encuentro del discurso literario y periodístico permiten postular preguntas apasionantes acerca de la institución literaria y de la cultura. La intención subyacente, entonces, además de intentar marcar algunos parámetros específicos acerca de la crónica como escritura, es cuestionar no sólo la imagen conven­ cional del modernismo y sus torres de marfil, sino los conceptos sobre la autonomía del arte, la especificidad de lo literario, la función so­ cial de la literatura; repensar temas como el valor y la tradición, la historia de la literatura como progreso, la modernidad, la hegemonía del discurso de un grupo de poder o clase social. La idea es intentar una aproximación a la época y a los textos vistos ambos como una tensión problematizadora; es decir, leer también a través de las crónicas otra forma de las prácticas discursivas: con signos de interacción entre institución, sociedad y formas de discurso.4 Y por ello se deben hacer primero algunas acotaciones teóricas sobre estos temas.

La IDEA DEL ARTE: UNA INSTITUCIÓN SOCIAL

El “arte” y “lo estético” no son valores absolutos, dependen de la convención que la sociedad acepta en un momento dado. Es como la biblioteca de Walter Benjamín: la versión de “lo valioso” puede ser desempaquetada y reordenada; lo que merece consideración es como un “estado de la mente”, movible de acuerdo con el momento de vida.5 El arte es una institución social. Se trata de un aparato que produce normas, prescripciones, que regula la producción y la recepción de las obras de arte, los géneros, las jerarquizaciones; hasta lo estético mismo no es una propiedad real del objeto, pues “el

fenómeno que fue portador privilegiado de la función estética en una época o un país determinado, puede perder esta función en otra época y otro país”.6 La costumbre acerca de lo que se considera verdaderamente “literario” o “artístico” dentro del modernismo tiene mucho que ver con los patrones culturales imperantes durante la primera mitad de este siglo. Esto implica una comprensión de la escritura tamizada por los distintos momentos de la teoría crítica: romántica, formalista, estructuralista, marxista, etcétera. En general, la mayoría de los estudios publicados han tendido a privilegiar la estilística, la inter­ pretación simbólica, la relación vida del autor/obra y lo que los mismos escritores afirmaron sobre sus textos. Otra víajde reconstrucción de ia experiencia literaria se ha definido^par ejemplo, a través de la sucesión de los diferentes modos de concebir y representar la realidad/7 \sí, la historia interna de la literatura ha ido mostrando las variaciones de los métodos y las premisas de interpretación y selección. Además de esas premisas —que tienen que ver con la suma de conocimientos con los que se cuenta en una etapa social dada—, si­ guen interviniendo los hábitos mentales y de clase: un conjunto de elementos en absoluto inmutables. Por ello, como ha dicho R.G. Collingwood, “a causa de estos cambios, que no cesan jamás,(...) cada nueva generación tiene que reescribir la historia a su manera”;8 por ello, explica, cada presente tiene un pasado que le es propio y toda historia es opinión. Entonces, sea cual fuere el criterio empleado por la crítica literaria de acuerdo con la época, lo cierto es que la canonización de determinada escritura modernista en detrimento de un vasto sector de la producción textual de los mismos autores ha correspondido a un proceso de interpretación. La marginación de las crónicas no responde a un criterio “científico” o inapelable; es el resultado de una inter­ pretación selectiva, hecha a menudo como una domesticación de la lectura y situada a su vez sobre capas sucesivas de otras lecturas. Hace falta excavar desde otros ángulos y territorios para ampliar el horizonte de comprensión.

Los escritores modernistas contribuyeron a sentar los cánones diferenciadores entre “arte” y “no arte”, incitando modos de lectura y su propia crítica. Aunque no lo hicieron en el sentido vanguardista de

los manifiestos, proclamaron su poética tanto en los prólogos de sus obras como en los innumerables artículos que escribieron sobre los autores que admiraban y, especialmente, sobre ellos mismos. Martí escribió sobre Casal; Baldomero Sanín Cano sobre Tosé Asunción _SíTva;^inado Ñervo sobre Enrique González Martínez, Manuel Díaz Rodríguez y L e o p o I^ L a^ ^ ^ S ste soEteRicardo'Jaimes FreyígfJosé