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Spanish Pages 172 [87] Year 2023

El espejo de la guerra
María Inés Tato (directora)
El espejo de la guerra Sociedad y cultura en el siglo XX
Luis Esteban Dalla Fontana
Gonzalo Berger Mulattieri
Lucas Maubert
Agustín Daniel Desiderato
José Manuel López Torán
Mariana Moraes Medina
Salvador Lima
María Inés Tato
Manuel de Moya Martínez
Madrid • Santiago • Montevideo • Asunción • Lima • Bogotá • Buenos Aires • México
Índice
El espejo de la guerra : sociedad y cultura en el siglo XX / María Inés Tato ... [et al.] ; director María Inés Tato. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : SB, 2023. 172 p. ; 23 x 16 cm. ISBN 978-631-6503-36-7 1. Guerras. 2. Historia Militar. 3. Historia de la Cultura. I. Tato, María Inés II. Tato, María Inés, dir. CDD 306
ISBN: 978-631-6503-36-7 1ª edición, septiembre de 2023 © María Inés Tato, 2023 © Sb editorial, 2023 Piedras 113, 4º 8 - C1070AAC - Ciudad Autónoma de Buenos Aires Tel.: +54 11 2153-0851 - www.editorialsb.com • [email protected]m.ar WhatsApp: +54 9 11 3012-7592
Introducción........................................................................................
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María Inés Tato Director: Andrés C. Telesca ([email protected]) Editora: Juana Colombani ([email protected]) Diseño de cubierta e interior: Cecilia Ricci ([email protected])
Imagen de cubierta: Foto del ejército soviético marchando sobre las calles recientemente liberadas de Kiev, noviembre de 1943 (Foto de DarioStudios).
El ideario militar en crisis. Los efectos de la Gran Guerra en el ámbito militar argentino............... 13 Luis Esteban Dalla Fontana Introducción..................................................................................... 13 La visión de los militares argentinos.................................................. 15 La influencia del contexto local ........................................................ 18 Las derivaciones institucionales que convulsionaron a los oficiales....... 23
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmi sión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permi so previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Reflexiones finales............................................................................. 27 Lecturas sugeridas............................................................................. 29 Trincheras de papel. La Primera Guerra Mundial en la prensa de Tacna y Arica (Chile) ...... 31 Lucas Maubert La prensa tacno-ariqueña en los albores de la Gran Guerra y su tratamiento del estallido bélico................................................... 32 La neutralidad y la relación con los países vecinos: la prensa local y la situación internacional de Chile........................... 37 ¿Aliadofilia, germanofilia o neutralidad? La división ideológica del campo periodístico tacno-ariqueño frente a la Gran Guerra......... 40
Entre propaganda y polémicas: las ambiguas relaciones con las colonias europeas.............................. 43
La mujer y la guerra: la experiencia armada de las españolas (1936-1939)............................. 101
Conclusiones..................................................................................... 46
Gonzalo Berger Mulattieri
Lecturas sugeridas............................................................................. 47
Introducción..................................................................................... 101
Una contienda en cautiverio: emociones y vivencias de prisioneros en la Gran Guerra....................... 49
La sublevación cívico-militar del 17 de julio de 1936........................ 103
José Manuel López Torán Los prisioneros de la Gran Guerra: un estudio pendiente.................. 49 Percival Lowe: el “huésped involuntario” del Káiser........................... 51 Ernst Kleiber: un largo cautiverio en el lejano Turkestán................... 55
Las experiencias previas: contexto internacional y referentes peninsulares.................................................................... 105 La movilización inicial: las milicianas................................................ 106 Las mujeres soldado del Ejército Popular de la República.................. 114 Epílogo............................................................................................. 115
Karl Hermann Förster: cartas presas desde la vecina Francia.............. 59
Lecturas sugeridas:............................................................................ 116
Conclusiones..................................................................................... 64
Los impactos de la Segunda Guerra Mundial en la Argentina. Una mirada marítima........................................................................... 117
Lecturas sugeridas............................................................................. 65 La Legión Extranjera Francesa en la era de la guerra total (1914-1945)................................................ 67 Salvador Lima
Agustín Daniel Desiderato Introducción .................................................................................... 117 El Graf Spee y la Batalla del Río de la Plata........................................ 118
La Legión en el siglo XIX.................................................................. 68
El rol de la Armada Argentina........................................................... 121
La Legión en la guerra de trincheras.................................................. 70
Malvinas en clave bélica.................................................................... 125
Reinvención de la Legión en el período de entreguerras..................... 74
La pérdida de los buques Uruguay, Río Tercero y Victoria................. 127
Entre De Gaulle y Pétain: la Legión dividida..................................... 76
Submarinos alemanes en Argentina................................................... 129
Conclusión........................................................................................ 80
A modo de cierre............................................................................... 131
Lecturas sugeridas............................................................................. 82
Lecturas sugeridas............................................................................. 132
A la sombra del sol naciente: Manchukuo y la propaganda japonesa (1931-1945)............................. 83
La Segunda Guerra Mundial y los escritores del Cono Sur.................... 133
Manuel de Moya Martínez
Mariana Moraes Medina Los escritores latinoamericanos ante el desastre.................................. 133
Manchuria, Japón y la invasión de 1931............................................ 83
La Francia literaria: poetas del exilio, sufrimiento y fraternidad......... 136
La pacificación.................................................................................. 85
Persistencia y renovación de las formulaciones épicas......................... 140
La legitimación del nuevo Estado...................................................... 86 La otra cara de la moneda.................................................................. 95
Otro modo de decir: selección y montaje de literaturas extranjeras en revistas................................................... 145
El crepúsculo imperial....................................................................... 97
Conclusión: una literatura para ir a la guerra..................................... 148
Lecturas sugeridas............................................................................. 99
Lecturas sugeridas............................................................................. 149
Las raíces de la cultura de guerra: el caso de Malvinas........................... 151 María Inés Tato Introducción..................................................................................... 151 Un crescendo reivindicativo.............................................................. 154 Algunas conclusiones......................................................................... 165 Lecturas sugeridas:............................................................................ 166 Sobre los autores.................................................................................. 167
Introducción1
María Inés Tato
La guerra es un fenómeno esencialmente social. Lejos de librarse exclusivamente en el campo de batalla, también involucra a la sociedad, a la que demanda hombres para engrosar las filas de sus ejércitos y recursos materiales para sostenerse en el espacio y en el tiempo, a la que impone sacrificios y penurias. Sin embargo, esta movilización incitada desde el Estado para sostener el esfuerzo bélico no es unilateral, sino que suele dialogar con iniciativas emanadas desde la propia sociedad. En efecto, a menudo la guerra es el espejo en el que la sociedad ve reflejadas sus aspiraciones, identidades, autorrepresentaciones y disposición a recurrir a las armas en nombre de una causa colectiva. La constatación de los intrincados vínculos entre guerra y sociedad sólo se ha abierto camino en el campo de los estudios bélicos en las últimas décadas. Hasta entonces, predominaba una mirada de la guerra casi estrictamente limitada a la dimensión militar, centrada en las batallas y sus facetas operacionales, en el protagonismo de los estrategas y líderes militares, en las fuentes documentales oficiales. Hacia la década de 1980, la historia de la guerra comenzó a nutrirse de los aportes de dos corrientes historiográficas en diálogo: la historia social y la historia cultural. Como resultado, hizo su aparición la “nueva historia militar” o “historia social y cultural de la guerra” o “historia cultural de la guerra”, denominaciones que, con matices, aluden 1 Esta obra contó con el financiamiento de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad de Buenos Aires a través de un subsidio para la organización de Reuniones Científicas. |9
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a un enfoque que amplió los horizontes de los estudios militares. Estos dejaron de focalizarse exclusivamente en los altos mandos para atender también al conjunto de los combatientes, a los civiles, a la interacción de la guerra con la política, con la economía, con la cultura. En consecuencia, se expandió el universo de problemas y objetos abordables por la historia de la guerra, así como sus fuentes y herramientas de análisis. Asimismo, el denominado “giro espacial” de los estudios históricos, experimentado a partir de la década de 1990, habilitó la reconsideración de los marcos geográficos y de los actores de los conflictos. Esta nueva orientación historiográfica en sus diversas expresiones (como la historia global y la transnacional) propone superar los límites de los Estados nacionales como unidad de análisis de los procesos históricos, pone énfasis en la circulación, las conexiones, las interacciones y los intercambios entre diferentes contextos espaciales, percibidos en términos relacionales, y cuestiona el eurocentrismo. Aplicada a la guerra, esta perspectiva permite descentrar el fenómeno bélico e incorporar a las denominadas “periferias”, es decir, a los países neutrales y/o a beligerantes de participación tardía o limitada en los conflictos. Las contribuciones incluidas en este volumen colectivo son tributarias de esta renovación de los estudios sobre la guerra y, en algunos casos, se ubican en la intersección de las dos tendencias historiográficas arriba mencionadas. Los capítulos se ordenan cronológicamente y abordan la Primera Guerra Mundial (1914-1918), la creación del Estado títere de Manchukuo como resultado de los conflictos entre Japón y China (1931-1945), la guerra civil española (1936-1939), la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y las décadas previas a la Guerra de Malvinas (1982). Luis Esteban Dalla Fontana reconstruye los impactos de la Primera Guerra Mundial en el pensamiento profesional del Ejército argentino, evidenciando los alcances globales del conflicto. Los militares de diverso rango analizados en este capítulo se abocaron a extraer lecciones y nuevos aprendizajes de la Gran Guerra con vistas a aplicarlos al ejercicio específico de su rol: la defensa nacional. Asimismo, fueron partícipes activos de los intensos debates en torno a la guerra que sacudieron a la sociedad argentina en su conjunto. Lucas Maubert también aborda las reverberaciones locales de la Gran Guerra, en su caso en Tacna y Arica, territorios en disputa entre Chile y Perú tras la Guerra del Pacífico (1879-1883). A través del examen de la prensa local, recupera la circulación en la región de representaciones de ese conflicto global, y su performatividad local, evidente en la apropiación y lectura de la guerra europea desde el prisma del diferendo entre ambas naciones sudamericanas.
Introducción
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Por su parte, José Manuel López Torán se interesa en las experiencias de prisioneros de guerra de ambos bandos beligerantes en el marco de la Primera Guerra Mundial. Desde la perspectiva de la historia de las emociones y por medio de tres registros documentales diferentes –los diarios personales, las cartas y las tarjetas postales–, reflexiona sobre el esquivo contexto emocional de los excombatientes en cautiverio. En su capítulo, Salvador Lima se ocupa de los voluntarios enrolados en la Legión Extranjera francesa y de las transformaciones de su perfil durante las dos guerras mundiales como respuesta a los imperativos de la guerra total. Subraya la complejidad de las motivaciones que en el período condujeron al alistamiento de voluntarios en ese cuerpo y su consecuente reorganización. Manuel de Moya Martínez, por su parte, analiza una de las principales herramientas empleadas por Japón con vistas a legitimar la ocupación de Manchuria en los albores de la década de 1930: la propaganda. Este recurso, habitual a partir de la Gran Guerra, se utilizó en este caso para obtener consenso en torno al expansionismo nipón en la región, encarnado en el Estado de Manchukuo, subordinado al gobierno imperial. Gonzalo Berger Mulattieri se adentra en otro conflicto de amplias repercusiones en el siglo XX: la guerra civil española. Más precisamente analiza el compromiso armado de las mujeres que actuaron como voluntarias del Ejército Popular Republicano. Reconstruye sus experiencias como combatientes, así como los prejuicios y obstáculos que debieron afrontar en su militancia. Desde una mirada signada por la historia global, Agustín Daniel Desiderato repasa varios episodios de la Segunda Guerra Mundial estrechamente ligados a la Argentina. Además de recuperar algunos acontecimientos navales que se desenvolvieron en aguas locales, retoma las reflexiones de la Armada en torno a los efectos de la conflagración sobre la soberanía nacional y sobre su propia misión en esos tiempos agitados. Mariana Moraes Medina también revisita la Segunda Guerra Mundial, pero desde otro ángulo, el de sus impactos en el campo intelectual del Cono Sur. A través de una amplia gama de producciones literarias de escritores de Argentina, Chile y Uruguay, revive los posicionamientos y los debates dominantes en ese ámbito y su conexión con los avatares de la contienda mundial. Por último, la que suscribe estas líneas registra cómo desde mediados de la década de 1960 la “cuestión Malvinas” en tanto causa nacional argentina experimentó una radicalización que condujo a postular el uso de la fuerza para la recuperación del archipiélago, ocupado por el Reino Unido desde 1833. Traza
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así una genealogía de la legitimación social de la guerra como instrumento de la política en la que puede inscribirse el conflicto armado de 1982. En suma, el lector encontrará en esta obra una muestra representativa de los aportes de la historia sociocultural y de la historia global al estudio de la guerra en el siglo XX. A través de diferentes estudios de caso filiados con esas pujantes perspectivas de análisis, ofrece un acercamiento a los nuevos temas, fuentes y herramientas conceptuales que permiten aprehender un fenómeno omnipresente en la historia de la humanidad, y de innegable vigencia y actualidad.
El ideario militar en crisis. Los efectos de la Gran Guerra en el ámbito militar argentino
Lecturas sugeridas Bourke, Joanna. “New military history”. En Palgrave Advances in Modern Military History, editado por Matthew Hughes y William J. Philpott. Londres: Palgrave Macmillan, 2006. Compagnon, Olivier y Pierre Purseigle. «Géographies de la mobilisation et territoires de la belligérance durant la Première Guerre mondiale». Annales. Histoire, Sciences Sociales 71: 1 (2016): 37-64. Horne, John. “End of a Paradigm? The Cultural History of the Great War”. Past & Present 242: 1 (2019): 155-192. Winter, Jay. The Cultural History of War in the Twentieth Century and After. Cambridge: Cambridge University Press, 2022.
Luis Esteban Dalla Fontana
Introducción La Primera Guerra Mundial provocó un potente y destructivo sismo que afectó a todos los principios de la doctrina militar vigente en la época, a la vez que tiró por tierra el estilo de vida aceptado por décadas y trajo consigo la idea de que la decadencia de Occidente se había transformado en realidad. El sinnúmero de controversias, discusiones académicas y científicas que generó continúan en la actualidad motivando estudios e investigaciones que abordan no solo los campos tradicionales a los que de suyo afectaría cualquier guerra, sino también otros relativamente inexplorados como la capacidad expansiva de sus repercusiones, las distintas geografías involucradas y, por ende, su condición de global y conectada, causa de los considerables efectos que ocasionó en las regiones periféricas como la Argentina. Otras disputas se focalizaron en torno a la inmensa carga de potencialidades ideológicas que desplegó en tanto fenómeno bélico multidimensional, permitiendo, por ejemplo, que un sector de la sociedad europea de entonces lo interpretara como necesario y aceptable. Esta convicción de que la guerra resultaba ser el medio para depurar los vicios que presentaba el mundo, que significaba el despertar de la libertad, que iba en contra del capitalismo materialista y del imperialismo descarnado, no debería resultarnos sorprendente ni excesiva, pues muchas de las corrientes de pensamiento así lo propiciaban. Aquella guerra que se había pensado como una forma de resolver las alteraciones de la política europea alcanzó tal grado de conexión con el resto del mundo que superó la capacidad de dirección de los funcionarios y militares de | 13
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turno, quienes no supieron de qué manera detener o modificar su vertiginosa escalada. Nunca imaginaron el alcance real de sus derivaciones; consideraron que, en tanto moderna, iba a ser rápida, móvil y de corta duración. Pero los hechos los superaron y los sistemas de gestión y control cayeron en entropía, una situación frente a la cual –recordando la expresión de Macbeth– les resultó igual abandonar el lago de sangre en el que se habían internado que continuar navegando en él. Finalmente, el enfrentamiento criminal llegó y abrió las puertas de un nuevo ciclo en la historia. Por su parte, los militares quedaron desorientados al ponerse en discusión y en oposición la doctrina de guerra decimonónica con la realidad del siglo XX. Un choque que tuvieron que soportar tanto en lo personal como en lo doctrinario y procedimental. No obstante, no debe olvidarse que ni ellos ni los líderes políticos actuaron por sí solos: las masas movilizadas contribuyeron a impulsar la catástrofe al alentar los objetivos de grandeza y la reivindicación de los altos valores nacionales que siempre han necesitado de la sangre de la ciudadanía llevada a las armas para seguir ocupando la cima de los ideales heroicos. Así también, la inflexible postura de los vencedores que asignó exclusivamente a Alemania la culpabilidad de los hechos tuvo sus más firmes bases en aquella misma incapacidad política. En este sentido, son muy pasibles de certeza las palabras que expresaron el káiser Guillermo II y su canciller –así como el mismo John Maynard Keynes– respecto de que a los aliados solo les interesó la venganza y cargar sobre el vencido todo el peso de la reparación de un sistema despedazado.1 En el presente capítulo se explica cuáles fueron los procesos históricos que motivaron especialmente a los militares argentinos a tomar una posición intelectual y a expresarse a través de sus escritos frente al estallido, desarrollo y consecuencias de la Gran Guerra. Para ello, abordamos algunos de los debates ideológicos suscitados por la contienda, producto de las diferentes percepciones de quienes tuvieron que vivirla de cerca, y la forma en que significaron sus efectos. Asimismo, analizamos las principales derivaciones del conflicto en esta región periférica, que condujeron a la conformación de un contexto local convulsionado con el que convivieron los integrantes del ejército y desde el que interpretaron a la guerra como el catalizador de un cambio superador y trascendente no solo para el ámbito militar sino para toda la humanidad.
1 Wilhelm II, The kaiser’s memoirs (Nueva York/Londres: Harper, 1922); Theobald Bethmann Hollweg. Reflections on the World War (Londres: Thornton Butterworth, 1920); John Maynard Keynes, Las consecuencias económicas de la paz (Barcelona: Crítica, 1987).
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La visión de los militares argentinos La situación de inestabilidad global observada a la distancia por los oficiales argentinos los llevó a convertirse en entendidos del conflicto moderno, sirviendo de interfaz, de mediadores, en el marco de una cultura de guerra. Impactados por las características que alcanzaron los hechos europeos produjeron un aporte particular y transmitieron sus propias representaciones, dando forma a una renovada percepción del ideario militar del siglo XX en su versión temprana. Aunque europea en sus inicios y siempre lejana según la visión física y lineal de la geografía, la contienda dio a los militares locales un marco abundante para la obtención de enseñanzas desde la perspectiva profesional. “Esta guerra […] debe llevarnos a la reflexión, sin apasionamientos, debemos observarla serenamente, tratando de orientarnos para deducir lo que nos conviene. […] Seguramente se deducirán muchas enseñanzas de detalle”,2 sostuvo un capitán. “Pasarán siglos, las generaciones se renovarán y la guerra europea que vivimos seguirá sirviendo de fuente inagotable a las controversias”, aseveró el teniente coronel Emilio Kinkelin.3 Ratificando estas apreciaciones y frente al profundo dilema controversial que la conflagración provocó en el pensamiento militar, otro oficial argentino contemporáneo de los hechos sentenció que “la Gran Guerra […] fue un laboratorio de experimentación fecunda al que por centurias tendrá el militar que recurrir cuando desee obtener una visión clara sobre cualesquiera de los problemas profesionales”.4 Los uniformados justificaron la guerra no únicamente porque era la razón de ser de su profesión sino porque constituía un indelegable instrumento de la política para resolver con determinación los problemas insolubles de la diplomacia. Para ellos estuvo muy lejos de ser inmoral, pues elevaba el espíritu individual y nacional, y colocaba al país en una posición de primacía ante sus adversarios: “[Este choque armado enseña que] cuando una nación preparada militarmente, en la acepción más amplia de la frase, se levanta como un solo hombre, convicto y confeso de la justicia de su causa y de su fuerza, respondiendo a los propósitos del gobierno y con plena confianza en él, esa nación es irreductible”.5 Si bien se la consideraba un fenómeno indeseado –y que debía resolverse rápidamente y bien–, la guerra era útil en su esencia y estaba muy lejana de 2 Álvaro Alzogaray, “La guerra europea. Deducción y reflexiones”. Revista del Círculo Militar 181 (febrero de 1916): 97. 3 Corresponsal de “La Nación” en Alemania, Dos años de guerra (Buenos Aires: Librería Cervantes, 1916), 47. 4 Nicolás Accame, La Nación y la guerra (Buenos Aires: Círculo Militar, 1940), 50. 5 “Crónica militar. Guerra europea”. Revista del Círculo Militar 178 (noviembre de 1915): 744.
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la categoría de la maldad. En ese escenario, tampoco centraron su análisis en tratar de encontrar a los culpables de la guerra sino en explicar los fundamentos que permitían reconocerla como una herramienta de la política para la solución de los diferendos internacionales. “¿Qué civilización no ha sido guerrera? […] [La guerra es] una ley biológica que consiste, precisamente, en la lucha por la existencia”.6 “La razón de existir es la suprema ley. Ella invita a la destrucción del que tiene más para tomarle sus riquezas”,7 aseveró otro escritor militar. En esa misma línea, uno de sus colegas afirmó que las ideas que sostenían los pueblos enfrentados en la guerra europea “obedecen a exigencias perentorias históricas, sin otro dilema que hegemonía o muerte”.8 Por ello, los principales conceptos que orbitaron en torno a la beligerancia no se vincularon con la denostación ni la condena de las razones ni los fundamentos de las decisiones, sino con ideas como honor, patria, desagravio, respeto y glorificación de la bandera, y la imperativa necesidad de desarrollar un moderno sistema de defensa nacional. La contienda mundial los enfrentó con la degradación de muchos de los paradigmas sostenidos por décadas, incluyendo las hipótesis bélicas y geopolíticas. En tal sentido, uno de los uniformados analizó sin ocultar su sorpresa las contradicciones que surgían de los primeros sucesos. Al ver que Rusia había dado el puntapié inicial, explicó la forma en que cambiarían los pronósticos estratégicos, pues siempre se había pensado que los provocadores serían Alemania y Francia. “Hoy no [sucede] nada de eso. Los rusos han sido los iniciadores y, por lo tanto, los primeros interesados en el conflicto”.9 A la par de esa controversia, el quiebre conceptual que experimentó la doctrina referida a los conflictos armados causó un fuerte impacto en la oficialidad. Comprendieron que los preceptos militares heredados del siglo anterior y los dogmas tradicionales habían iniciado su tránsito hacia la claudicación, pues los medios y recursos facilitarían una destrucción completa del adversario: “la conflagración europea que acaba de producirse […] puede resumirse así: diez y seis millones de soldados [irán a la] lucha desde el mar Negro al mar del Norte, y desde el Báltico al Mediterráneo. […] Ese es precisamente el desconsolador dilema”.10 Casi nada guardaba algún estrecho vínculo con 6 Argentina, Buenos Aires, Archivo General de la Nación (AGN) Archivo Uriburu, José Félix Uriburu, Legajo 2578, documento 433. 7 Oberlain, “La nacionalidad”. Revista del Círculo Militar 167 (noviembre de 1914): 308. Las cursivas son del original. 8 Gaspar Soria, “El oficial argentino. El ejército debe sustentar los ideales del pueblo”. Revista del Círculo Militar 194 (marzo de 1917): 140. 9 Mayor Arteaga, “La Triple Alianza y la Triple Entente. El plan de guerra”. La Nación, 3 de agosto de 1914. 10 Mayor Enrique Jáuregui, “Hecatombe”. La Nación, 4 de agosto de 1914.
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lo aprendido y con lo proveniente del legado decimonónico. Los cambios no fueron solo sorprendentes sino sorpresivos. Kinkelin lo resumió con claridad: “cuesta trabajo [entender] el pensamiento general de esta carnicería. De los ideales que empujaron a los pueblos al campo de batalla, van quedando apenas los rastros. Hoy se mata por matar”.11 Las transformaciones tecnológicas que desembocaron en el escenario tetradimensional del conflicto moderno tampoco pasaron inadvertidas para los oficiales. Tanto así fue que el interés por el conocimiento de los aeroplanos, su fabricación y su empleo se apoderó de muchos de ellos y no dejaron de alertar cada vez con mayor asiduidad a las autoridades nacionales para que impulsaran ese recurso militar: “El empleo de la 5a Arma [la aeronáutica] en la guerra actual es una evidencia; y ese uso intensivo que se hace del explorador alado justifica [las inversiones]. […] Nuestro país se ha ocupado poco, hasta ahora, de organizar la 5a Arma. […] Ha de mantenerse en embrión mientras no reciba una impulsión vigorosa de las autoridades superiores”.12
Con base en la misma idea, propusieron la elaboración local de proyectiles explosivos para ser lanzados desde el aire y la instalación de fábricas militares13 para producir los insumos necesarios, a fin de que “la Defensa Nacional [quede] asegurada para todas las contingencias del futuro”.14 Esto se había transformado en una urgente necesidad, más aún cuando se sabía que Brasil había instalado una fábrica de explosivos que le permitía gastar “la tercera parte de lo que invertía antes en adquirir dichos productos en el extranjero”.15 Siempre basados en los sucesos europeos, publicaron varios y extensos estudios acerca de la obligación de contar con ferrocarriles nacionalizados que facilitaran el transporte militar,16 fundamentales para la ejecución de las operaciones de guerra: “Nuestros legisladores tienen alguna vez que ocuparse de 11 Emilio Kinkelin, “La Batalla Británica del Somme”, 1916, en Emilio Kinkelin, Mis correspondencias a La Nación durante la guerra europea. Tomo II (Buenos Aires: Guillermo Kraft, 1921), 123. 12 Raúl Barrera, “De la guerra actual. Explosivos”. Revista Militar (Círculo Militar) 172 (abril y mayo de 1915), 272. 13 “Granadas para aeroplanos”. Revista del Círculo Militar 170 (febrero de 1915), 121-123. 14 Barrera, “De la guerra actual. Explosivos”, 273. 15 Juan Müller, “¿Conviene establecer en el país fábricas de pólvora y explosivos?”. Revista Militar del Ministerio de Guerra 288 (enero de 1917), 17-21. 16 “Bibliografía. Ferrocarriles Nacionales (Transportes Militares)”. Revista Militar del Ministerio de Guerra 277 (febrero de 1916), 154.
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estas cosas, imponiendo a las empresas ferroviarias las necesidades de la Nación. […] Es muy posible que la terminación de la guerra va a [provocar] el éxodo de obreros para Europa, [por lo que] hay que habilitar al ejército para que intervenga en los ferrocarriles”.17 Esta cuestión fue una de las tantas lecciones de la guerra que los uniformados incorporaron a su ideología y que llevó a que, impactado por el despliegue y basado en sus observaciones directas durante la guerra, Basilio Pertiné explicara de forma minuciosa las capacidades ferroviarias que los principales adversarios habían desplegado en el conflicto mundial para llevar a cabo sus magistrales maniobras.18
La influencia del contexto local La crisis del ideario militar se produjo en paralelo con la realidad que se vivía fuera de los cuarteles citadinos y de los lejanos y fronterizos, ya que las primeras noticias que llegaron desde Europa anunciando las movilizaciones iniciales y la ruptura de la paz provocaron un clima de oposición que creció vertiginosamente en el seno de la sociedad argentina. Las repercusiones fueron instantáneas y variadas. La tarea desplegada por los intelectuales y por los medios de comunicación fue el principal motor de la movilización ideológica en torno al conflicto y sirvió no solo para ahondar la separación de las visiones y de las opiniones sino para catalizar el plan propagandístico iniciado por los dignatarios extranjeros. La prensa sirvió para vehiculizar aquella travesía transversal a la que se refiere María Inés Tato en La trinchera austral y para llegar, de esa forma, a la inevitable polarización.19 El intercambio de pareceres alcanzó, en algunos casos, ribetes de una virulenta batalla entre los grupos antagónicos y fue parte de la conmoción que estaba provocando la guerra, influyendo en el interés y el pensamiento crítico y reflexivo de los escritores uniformados. Sus opiniones se imbricaron en el mosaico sociocultural de la Argentina de entonces, que evidenciaba una transformación sorprendente para los protagonistas de la época. Ellos accedieron a los mismos medios gráficos y muchos escribieron para esos periódicos. Estaban muy bien informados sobre los episodios operacionales, políticos, económicos y culturales 17 Francisco Torres, “Ferrocarriles nacionales y del Estado. Empleo de las tropas de ingenieros”. Revista del Círculo Militar 190 (noviembre de 1916), 654 y 658. 18 Basilio Pertiné, Algunos acontecimientos de la Gran Guerra, 1914-1918 (Buenos Aires: Talleres Gráficos de G. Pesce, 1919), 16. 19 María Inés Tato, La trinchera austral. La sociedad argentina ante la Primera Guerra Mundial (Rosario: Prohistoria, 2017).
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vinculados con la contienda, datos que provenían en su mayor parte de las publicaciones de la prensa y que repercutieron en su forma de pensar y de significarlos. Sobre la base de la configuración del contexto local, sus características y el permanente incremento conflictivo, esos intelectuales militares no permanecieron incólumes ante la fuerte influencia de aquel flujo de opiniones y juicios que llegó a los extremos de una polaridad cuasi clausewitziana. No fueron dos o tres los autores que estuvieron involucrados en las disputas que derivaron en ciertas conclusiones situadas en los extremos; la mayoría se comprometió con la guerra y su desenlace, dando una forma particular a aquel ambiente local. La propagación de ideas disímiles y contrapuestas fue constante y, por cierto, de gran proyección y de alto impacto sociocultural y específicamente militar. La guerra, en tanto hecho e instrumento de la política, era la cuestión medular que daba sentido a la profesión de las armas; por ende, la que había estallado en Europa jamás dejó de captar la atención de aquellos escritores. Aunque formados en una lógica profesional particular, los oficiales también se ubicaron mayoritariamente en uno de los agrupamientos en los que se había dividido la comunidad local y sostuvieron que la victoria quedaría en manos del ejército “alemán, de una flexibilidad y de un poder tan inmenso que [difícilmente] sea aplastado [aunque] luche contra una [fuerza] más poderosa. […] Es el caso de aplicar el dicho criollo: ‘la breva es bastante difícil de pelar’”.20 Sin embargo, conforme fueron pasando los meses y las circunstancias de la guerra mostraron algo más horroroso que las supuestas eficacia y eficiencia de la conducción militar, algunas voces censuraron enérgicamente los procederes de aquel ejército modélico del que casi todos habían abrevado. Por caso, un oficial superior escribió que “la acción de los submarinos alemanes desde su comienzo ha sido contraria al principio reconocido que en los tratados reglan la neutralidad. […] Se aproxima más a la acción condenable del pirata que a la esforzada [actividad] del combatiente”.21 Como el resto de la ciudadanía, también estuvieron atentos a la divergencia social desencadenada por las disputas en torno a las cuestiones derivadas del conflicto y a las resoluciones del gobierno que ubicaron al país en una situación política y jurídica idéntica a la adoptada por la mayoría de los Estados del planeta. Asuntos tales como la neutralidad, la soberanía nacional, las agresiones directas contra el patrimonio y la jurisdicción geográfica del país, la afectación de la economía local, la transformación de la teoría y praxis de una guerra, no fueron ajenos a sus intereses. 20 Uriburu, Legajo 2578, documento 433. 21 Francisco Chouciño, “La guerra submarina”. La Argentina, 5 de septiembre de 1915.
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Neutralidad interpelada, neutralidad agredida Las controversias en torno a este recurso político ocuparon las páginas de las publicaciones con interpretaciones diversas, tanto en un sentido doctrinario como práctico, de las que los militares no estuvieron fuera. Uno de ellos expresó que la invasión alemana a Bélgica y la violación de su neutralidad se fundamentaban y justificaban en que eran una necesidad estratégica imperativa. Imposibilitados geográficamente de avanzar por otro lado, fue su única alternativa “para dirigirse sobre París por el camino más corto”. No fue sorpresivo, pues hacía años que esto estaba dentro de las probabilidades esgrimidas por el Estado Mayor belga.22 Algunos lectores entendieron que el coronel interpretó la neutralidad como un obstáculo teórico, un tópico más de la doctrina sostenida por Gran Bretaña para las cuestiones diplomáticas, pasible de ser violado. Uno de sus severos críticos fue Francisco Barroetaveña, quien lo acusó de hacer una defensa del “atentado alemán contra Bélgica” y justificarlo en el hecho de que a mitad del siglo XIX el entonces primer ministro británico ya había previsto un posible desconocimiento de la neutralidad belga. El jurista argentino intentó demostrar el contenido tendencioso de las afirmaciones del militar asegurando que tal conducta criminal estaba presente en el ideario alemán desde hacía años y era considerada como parte necesaria de las operaciones de guerra: las ideas que la sostenían podían encontrarse “en [las] obras del estado mayor alemán y en los libros de estrategia de sus autoridades militares, como acaba de comprobar el coronel Martín Rodríguez, en La Nación”.23 De forma vehemente, días después volvió a insistir en que tamaña agresión “para nuestro coronel, se convierte en una doctrina [ideada] por los ingleses hace medio siglo, que ahora aprovechan los alemanes. No, coronel, doctrina es un cuerpo de principios, no la falacia y la doblez contra el honor de la firma [que convirtieron a Bélgica] en teatro de crímenes y horrores”.24 En rigor de verdad, Rodríguez había expresado su opinión sobre la decisión alemana de invadir Bélgica en el marco de la ruptura de la neutralidad, pero no para justificar algún tipo de desmán o atrocidad contra la población civil ni mucho menos con la intención de defender o propiciar tales actitudes al mejor 22 Martín Rodríguez, “La Gran Guerra. Hipótesis y comentarios”. La Nación, 14 de agosto de 1914. 23 Francisco Barroetaveña, “El crimen de esta guerra. La fragilidad de nuestra civilización”. El Diario, 17 de agosto de 1914, reproducido en Francisco Barroetaveña, Alemania contra el mundo (Buenos Aires: Otero & Co., 1916), 89. 24 Francisco Barroetaveña, “Alemania y Esparta. Analogías sorprendentes. A través de 2.600 años”, 2de septiembre de 1914, en Alemania contra el mundo, 112.
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estilo de un criminal de guerra. De hecho, en el texto no mencionaba nada acerca de ello. Se limitó a manifestar que hacía “años que los escritores militares belgas habían predicho con argumentos irrefutables que la próxima guerra franco-alemana traería inevitablemente la violación del territorio belga”.25 En el escenario local el mantenimiento o abandono de la neutralidad fue un tema central que trajo aparejada, por carácter transitivo, la constante crítica al gobierno central. Su trascendencia fue de tal magnitud que caracterizó al contexto en su totalidad. Ello derivó en que una parte de la sociedad argentina la calificara como el eslabón que amalgamaba a la mayoría de los países del mundo a los que resultaba indispensable mantenerse unidos. Significaba un acto moral, un ejemplo de dignidad nacional, de defensa de la propia soberanía, que conducía a la unión entre el pueblo y el gobierno. Se la señaló como un testimonio de valentía, decencia y fortaleza frente a la intolerable alternativa de una ruptura diplomática que simbolizaba aparecer como un país vasallo de las naciones poderosas, transformadas en adalides de la lucha sin cuartel contra Alemania. La repercusión que adquirió como valor nacional condujo a que se exigiera la imposición de una neutralidad moral americana. Debía ser entendida, además, como una posición conveniente desde el punto de vista económico, que daba protección a la fuerza laboral. En tanto elemento bisectriz del escenario local, la neutralidad sirvió para reclamar la intervención de las autoridades frente a lo que pudiera vulnerarla. Toda acción que perjudicara el mantenimiento de la no beligerancia, por mínima que pareciera, fue criticada y convertida en un motivo de constantes disputas. En contra de ella hubo quienes entendieron que permanecer entre sus preceptos representaba defraudar a los pueblos que se estaban desangrando contra la hostilidad alemana. Semejante ubicación jurídica alejaba definitivamente al país del sector del mundo que respetaba la verdadera cultura y la única actitud racional aceptable, que era vencer a Alemania por todos los medios. Desde luego, este último fue uno de los razonamientos con el que los militares no solo no estuvieron de acuerdo, sino al que, en algunos casos, se opusieron sin dilaciones a través de sus textos. “Yo creo que [la neutralidad] es más valiente que unirse a las más poderosas naciones de Europa y América para ir contra las más débiles”,26 sostuvo uno de ellos. El rupturismo se vio también entre los legisladores nacionales que votaron suspender las relaciones diplomáticas.27 Fue sostenido por innumerables notas 25 Rodríguez, “La Gran Guerra. Hipótesis y comentarios”. 26 José Rodríguez, “Neutralidad necesaria”. Revista Militar 195 (abril de 1917), 236. 27 Diario de sesiones de la Cámara de Senadores de la Nación, 19 de septiembre de 1917,
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y artículos que justificaron una decisión de quiebre. Inclusive, se difundieron las expresiones rupturistas de un sector de los socialistas, a pesar de su oposición doctrinaria a cualquier guerra o idea que tuviera un mínimo de influencia militar, pues era vista como un recurso del capitalismo. Pero a pesar de tanta insistencia, el presidente Hipólito Yrigoyen mantuvo su inflexibilidad ante las presiones para cambiar la postura neutral. Lejos de coincidir con algunos escritores de la época o con los dichos del ministro alemán en Buenos Aires respecto de “que en el fondo [el primer mandatario] tenía simpatía por Alemania”,28 resultó ser la decisión de mayor equilibrio y templanza, con apoyatura estratégica y geopolítica; la de mayor coherencia política, alejada de la mera retórica criolla que impulsaba el rupturismo. Para los intérpretes militares, el país debía mantenerse neutral pues, entre otras tantas cosas, así se dejaba muy clara la exaltación de la nacionalidad frente al concierto mundial. Por caso, el joven teniente Juan Domingo Perón expresó que él era “absolutamente neutral y más que neutral, argentino y contrario a toda nación que pueda abrigar la más insignificante perfidia”.29 No obstante, el contexto no dejaba de ser complicado para la oficialidad en lo que se refería a la defensa nacional –su principal preocupación–, que a raíz de la expansión del conflicto mundial se veía, cuando menos, comprometida. Entre los extremos de esa dicotomía osciló su pensamiento, pues la integridad del país parecía estar en juego ante los hundimientos de buques propios, el bloqueo de aguas jurisdiccionales, la inestabilidad social, las irregularidades económicas, el espionaje y la intervención de los diplomáticos beligerantes, las manifestaciones de algunas colectividades de inmigrantes y la conflictividad que aún persistía entre los países de la región, a pesar de las intenciones contenidas en los tratados internacionales. ¿Sería la neutralidad definitivamente olvidada si las agresiones aumentaban? ¿Qué debería hacer el ejército ante un posible cambio en la línea adoptada por el gobierno? Alrededor de estas cuestiones surgieron algunos indicios de una probable movilización militar. Un oficial advirtió que “el país debe preocuparse de intensificar la defensa nacional. 1º Porque no sabemos qué papel puede reservarnos todavía el actual conflicto mundial. 2º. Porque en el 962-1007; Diario de sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación, 24 de septiembre de 1917, 87-153. 28 Karl von Luxburg, Nachdenkliche Erinnerung. Ungewöhnliche Erlebnisse eines Diplomaten aus vier Erdteilen (Aschach: Selbstverlag, 1953), 87. 29 Jorge Crespo, El coronel. Un documento sobre la vida de Perón (1895-1944) (Buenos Aires: Ayer y Hoy, 1998), 11.
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concierto sudamericano debemos conservar el equilibrio si no queremos ver […] despedazado nuestro territorio”.30 Ante la probabilidad de que el gobierno nacional se pusiera del lado de los aliados, el general Uriburu le advirtió a Yrigoyen sobre las preocupaciones en el seno del ejército acerca de la decisión que adoptaría el presidente. Aparentemente, si se le declaraba la guerra a Alemania, los uniformados dejarían su solapado estado de asamblea y pasarían a una activa revolución.31 Esos rumores fueron usados por los diplomáticos que cumplían funciones en Buenos Aires aprovechando la fractura social que comenzaba a hacerse cada vez más evidente. No faltaron en ese ambiente de espionaje y propaganda las alusiones a las diferencias entre Argentina y Chile y a la discusión diplomática con el Reino Unido por “la prolongada cuestión de la soberanía sobre [las] islas [Malvinas]”.32 Informaron que los militares eran progermanos y admiradores de las organizaciones alemanas. Un funcionario británico recordó que Argentina había contratado “a oficiales alemanes como instructores para el ejército, y, también, muchos oficiales argentinos se capacitaron en Alemania. […] La actividad de esos [profesores] hizo que su país llegara a ser muy popular en el Ejército Argentino”.33 Por su parte, el jefe de la legación francesa manifestó que eran “los primeros admiradores y los mejores propagandistas de Alemania”34 y estaban indudablemente instruidos y organizados en los lineamientos del modelo teutón.
Las derivaciones institucionales que convulsionaron a los oficiales En ese orden de ideas –y en virtud del contenido conceptual propagado y de los acontecimientos vividos en aquella época–, además de lo relacionado con la conmoción en desarrollo por causa de los enfrentamientos armados y del 30 Guerrero, “Necesidad de que el país intensifique su defensa nacional”. Revista Militar (Círculo Militar) 204, enero de 1918, p. 10. 31 Weinmann, Ricardo. Argentina en la Primera Guerra Mundial. Neutralidad, transición política y continuismo económico (Buenos Aires: Biblos, 1994), 124. 32 United States of America. Departament of State. Office of The Historian. Papers Relating to the Foreign Relations of the United States, 1914, Supplement 1, The World War. File No. 1126. The Chargé d’Affaires in Argentina (George Lorillard) to the Secretary of State, American Legation, Buenos Aires, December 22, 1914. 33 United Kingdom. London, The National Archives, FO 118/335. Dispatch from Mr. Norman to Sir E. Grey, September 19, 1914. 34 Ministère des Affaires Étrangères, France. Fond de guerre. Dossier 190. Documento Nº 63, 12 juillet 1916. Le Ministre de France en Argentine à Son Excellence M. Briand, Président du Conseil.
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impacto tecnológico, les preocupó la continuidad del ejército como institución fundacional, fundamental, imprescindible e insustituible en el marco del Estado, un asunto que había sido puesto en duda en más una oportunidad y no por pocas personalidades influyentes. Los uniformados insistieron en la necesidad de que se entendiera la importancia del ejército: “militaricemos democráticamente; hagamos de cada ciudadano un salvaguardia de los interesas comunes, y disfrutemos de la paz perfecta que todos anhelamos. […] El progreso exige ejércitos capaces. […] De ahí la necesidad de su existencia permanente”, afirmó el capitán Torres.35 ¿Qué impedía un aprovechamiento de las circunstancias para que se profundizara el debate sobre la permanencia institucional, legal y legítima del ejército? Si algo había quedado demostrado a medida que la guerra progresaba fue que el derecho, la norma jurídica en general, podía modificarse según las necesidades de los que se consideraban más poderosos, fueran estos foráneos o propios. Cabe recordar que el Reino Unido, desde el primer día del inicio de las hostilidades, modificó los principios de la navegación interoceánica y de cabotaje; se apoderó del control de las aguas jurisdiccionales; determinó cuál mercadería se podía comerciar y cuál no; secuestró parte del patrimonio del Estado y de la ciudadanía argentina imponiendo su poder; apresó a extranjeros residentes en el país y mientras viajaban en los buques mercantes nacionales; sus empresas despidieron a los obreros de nacionalidad alemana y austriaca; sus agentes desplegaron medidas de propaganda invasivas y sus escuadras libraron combates y persecuciones en las aguas de jurisdicción argentina. Así también, algunos políticos reivindicaron normas jurídicas en desuso que servían para justificar el secuestro y la incautación de los bienes de otros países, como fueron las referidas al jus angariae (el derecho a requisar temporalmente propiedades de neutrales). Hubo permisos especiales y tolerancia excesiva ante las acciones de los funcionarios extranjeros. Por lo tanto, si la estructura jurídica podía ser modificada según la conveniencia circunstancial, también podía serlo aquella que se vinculaba con el ejército. Las circunstancias habían alimentado ese debate. No solamente se había empleado a los militares como policía represora para enfrentar reacciones y medidas de fuerza de obreros y trabajadores –como en las huelgas de 1909, 1913 y 1916–, sino también como medio de utilidad política para el gobierno de turno. Además, subsistían otros problemas devenidos de la implementación 35 Francisco Torres, “El Ejército Argentino. Ventajas de su existencia permanente. Influencia social que ejerce sobre la nacionalización de la raza”. Revista Militar del Ministerio de Guerra 281 (junio de 1916): 414-415.
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del servicio militar obligatorio y de cómo en algunos sitios se desarrollaba la instrucción de los conscriptos. Asimismo, había intranquilidad en ciertos sectores de la sociedad por las opiniones parciales de las oficiales referidas a la guerra que, aparentemente, violaban las disposiciones gubernamentales que prohibían a los “oficiales [publicar] opiniones que puedan herir las susceptibilidades de las naciones beligerantes”36 y comprometer la imparcialidad del país. El ejército, además de germanófilo en su gran mayoría, constituía la más clara representación del militarismo, cuya mayor expresión era la Alemania del káiser y, por ende, repudiable para algunos. Pero, demostrando que la realidad era la única verdad a atender más allá de las disputas políticas y la particularidad de las ideas, la oficialidad focalizó su atención en el estado de inseguridad e indefensión que experimentaba el país. Ello llevó a que su razonamiento girara en torno a repudiar y contrarrestar una idea controversial, contradictoria e irritante que circulaba en algunos foros políticos: la de negar la necesidad de mantener al ejército para ir a una guerra persiguiendo tal o cual objetivo, pues no representaba ya un fundamento esencial para su existencia. Lo nuevo –según los detractores de la institución armada–, lo que debía estructurarse, era un esquema defensivo diferente, razonable y efectivo para posicionarse ante las pretensiones de los adversarios y para propiciar la paz sin llegar al choque de fuerzas operacionales. La propuesta les parecía basada en una actitud tendenciosa de parte de sus mentores antes que asentada en un análisis serio y profesional, pues no daba solución a una probable situación de beligerancia. ¿Cómo se podía conciliar la neutralización de una agresión o del peligro sobre la soberanía nacional sin emplear activamente al instrumento armado y si se fustigaba ostensiblemente al militarismo? ¿Cómo congeniar la pasividad con el despliegue de un sistema defensivo eficiente? ¿Se imponía pensar en un ejército sin militares? ¿O en uno con militares sin tropa que mandar, sin medios que emplear, sin recursos de los cuales disponer? Visiblemente impactado por la contienda mundial, el teniente Julio Chechi fue uno de los jóvenes oficiales que no escatimó sus fuertes expresiones para criticar a los que propiciaban esas posturas: los detractores de la guerra, […] los espíritus utópicos […] tienen aún el coraje de culpar al mil y una veces mentado “militarismo” del desencadenamiento de esta guerra [mundial]. […] Siguen empecinados en sus viejos errores, algunos 36 Servicio Histórico del Ejército. “Publicaciones sobre la actual guerra europea”. Boletín Militar 3932 (24 de agosto de 1914): 738.
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obstinados, [sin recordar que] la nación que olvide el elemental y principal deber de prepararse para su defensa, comete un verdadero caso de suicidio colectivo.37
Fueron muchas las voces militares que expresaron su desasosiego frente a aquellas ideas, a las que interpretaron como un desconocimiento de la realidad a la que la humanidad estaba sometida por causa de la guerra mundial y como la clara intención de promover el pacifismo a ultranza y la anulación del ejército. Frente a ello, llamaron la atención de las autoridades gubernamentales y de los legisladores, responsables de “meditar sobre ese cuadro sombrío [y] evitar enamorarse de falsas teorías, de creer que los abrazos y las buenas palabras alejan los peligros. Prever es sabio”.38 Por su lado, unos años después, otro militar manifestó: quienes atacan hoy las instituciones armadas se fundan principalmente en que son ellas las causas de la guerra. […] Solo ven en el [ejército] que tiene armas, que estas disparan tiros y matan gente, [pero lo que olvidan] estos censores es que fue siempre brazo y no cerebro [en el marco de] la política. […] De este error de concepto nacen las utopías sobre la paz mundial.39
Sumada a todo ello –e imbricada en esas controversias subyacentes como sustrato latente del contexto bélico–, estuvo presente la idea de que en el futuro inmediato los conflictos entre las naciones iban a resolverse exclusivamente por medio del arbitraje. Esto iba directamente contra la doctrina militar y la teoría de la nación en armas, única posibilidad concebida por los uniformados como efectiva para la sobrevivencia del país. A los militares argentinos les bastó con observar la situación particular de Alemania en la guerra para entender el camino que debía seguir la Argentina a fin de evitar caer en una emboscada internacional que comprometiera su existencia. A propósito de ello, el teniente coronel Ruzo se preguntó: “¿cómo puede vivir tranquilo un pueblo en la ignorancia de los peligros que acechan su presente y amenazan su porvenir? ¿Cómo es posible que una nación haga caso omiso de los peligros […] y no se preocupe de contar con los medios necesarios para [defenderse]?”40 37 Julio Chechi, “Realidad y utopía”. Revista del Círculo Militar 172 (abril y mayo de 1915), 286-287. 38 X.X., “Primeras consecuencias de la guerra”. Revista del Círculo Militar 194 (marzo de 1917), 146-147. 39 Francisco Vélez, “Razón de ser del Ejército. Su evolución entre nosotros y su estado”. Revista Militar (Círculo Militar) 225 (octubre de 1919), 1746-1747. 40 Benedicto Ruzo, “El problema de nuestra preparación militar”. Revista Militar (Círculo Militar) 210 (julio de 1918), 1225.
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Reflexiones finales Frente a la conmoción que provocó el conflicto mundial y la crisis a la que llegó su ideario, los militares tuvieron su propia visión de lo acontecido y tomaron partido de forma determinante. Ello los posicionó ante el enrarecimiento del ambiente de la época. No se detuvieron en la manifestación meramente emocional ni partidaria, sino que se valieron hábilmente de los hechos para no perder su espacio. En ese sentido, ¿cuál fue el recurso más eficiente con el que contaron los escritores militares –en tanto mediadores culturales– para demostrar la necesidad de no solo mantener al ejército sino de incrementar su poderío? Pues la Gran Guerra. Las circunstancias de su estallido, las ideas precedentes, el fracaso de la política interna e internacional de los beligerantes, las formas de su inicio, su expansión, sus consecuencias destructivas, su duración aparentemente interminable, les proporcionaron todo lo que necesitaban para fundamentar las razones por las que era imperioso contar con una fuerza terrestre tecnológica y doctrinariamente capaz de asegurar y de mantener la soberanía nacional en todo el territorio de la república. Por ello atendieron a sus repercusiones desde el primer momento en que se perfiló la ruptura diplomática y el inmediato pasaje al enfrentamiento por las armas; por ello observaron con detenimiento e interés el escenario convulsivo y complejo en el que les tocó vivir. La información que difundían los periódicos y las revistas sobre la contienda, lo que estaba sucediendo con las agresiones a la propiedad nacional, la expansión de las ideas revolucionarias que llegaban desde Europa, eran motivos sobrados para convencer a la comunidad y a los poderes del Estado de que el instrumento militar fuera convenientemente considerado como imprescindible e irreemplazable. Y, sobre todo, adecuadamente financiado. El contexto que se configuró como consecuencia de la conflagración mundial les dio pie y plataforma para que pensaran y escribieran sobre la necesidad de terminar con la obsolescencia de los medios disponibles para el combate y modernizarlos. Desde la básica instrucción de tiro para el infante raso, pasando por la coordinación de la artillería, el alcance de los cañones, el desarrollo de la radiotransmisión, la actualización del material de pontoneros hasta el despliegue estratégico de los ferrocarriles bajo supervisión militar, los vehículos blindados, la aviación de combate y las fábricas militares, provocaron la agitada movilización de su pensamiento profesional. Aquellas noticias que se conocieron por los medios de comunicación, las controversias doctrinarias de las que participaron notables intelectuales y
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políticos; los emotivos textos de los poetas y literatos vinculados con la desgracia de la contienda mundial, las opiniones de los que no toleraban la existencia de las fuerzas armadas excepto con una función limitada, entre otras situaciones derivadas del clima de beligerancia que atravesó el contexto de la época, conmovieron las fibras íntimas de los que se consideraban profesionales de la guerra aunque solo fueran, en aquella ocasión, meros observadores. Ese agitado ambiente que se generó en la periferia en la que ellos habitaron tuvo un impacto directo en su forma de pensar. Los oficiales comprendieron que el factor tecnológico iba dejando cada vez más de lado el romanticismo de los viejos combates vividos por aquel Inválido del poema de Bartolomé Mitre que pedía frente a la puerta de una iglesia, como un mendigo, “una limosna, por Dios”41 después de haber luchado heroicamente en los campos de Maipú y Ayacucho. La Gran Guerra había matado las expresiones decimonónicas; por causa de la catástrofe mundial, los que quedaban incapacitados o heridos se presentaban por millones y con patologías que provocaban una consternación indisimulable, pero sin evitar que algunos permanecieran olvidados y postergados para siempre. Nada tenía de romántico tal escenario. La mala levadura a la que Rubén Darío había aludido en Los motivos del lobo, aquella con la que –según él– el hombre nacía, había producido las máquinas de muerte que disparaban inmensos y veloces proyectiles explosivos o gaseosos que, a pesar de ocasionar horrorosas consecuencias, eran y serían la realidad de la guerra moderna, e impulsaban a pensar con mayor velocidad en el campo de combate, ya no únicamente con la del infante a pie o la del jinete de los años pasados, sino con la de la tecnología, con determinación e inteligencia. Sin dudas, los hechos bélicos por sí mismos y el contexto local derivado de la contienda mundial pusieron a los uniformados de pie frente a una guerra diferente, moderna, innovadora, que había llevado al ideario militar al centro de una crisis profunda y medular de la cual no quedaba otra salida más que aprender. “¿Cuáles son las enseñanzas […] que sugiere esta espantosa catástrofe que amenaza destruir y paralizar por mucho tiempo la civilización europea? Muchas, y tantas, que sería tarea muy larga enumerarlas […] es nuestro propósito dar forma a esas ideas”,42 afirmó un escritor militar. Y así lo hicieron, no permanecieron inactivos; por el contrario, sobre la base de las influencias de aquel escenario se lanzaron a opinar y a escribir respecto de cómo debía ser el instrumento militar 41 Bartolomé Mitre, “El inválido”, en Rimas (Buenos Aires: Carlos Caravalle Editor - Imprenta y Librerías de Mayo, 1876), 87. 42 Oberlain, “La nacionalidad”, 307.
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de las décadas por venir. La Gran Guerra había sentado las bases para ello, y sobre ellas, en toda su dimensión y alcance, se apoyaría el ejército del futuro.
Lecturas sugeridas Dalla Fontana, Luis Esteban. “La Gran Guerra y los escritores militares argentinos”. En Guerras del siglo XX. Experiencias y representaciones en perspectiva global, 45-62, ed. por María Inés Tato, Ana Paula Pires y Luis Esteban Dalla Fontana. Rosario: Prohistoria, 2019. Dalla Fontana, Luis Esteban y María Inés Tato. “La metamorfosis de la guerra en primera persona: las crónicas del Teniente Coronel Emilio Kinkelin (1914-1918)”. Cuadernos de Marte. Revista Latinoamericana de Sociología de la Guerra 20 (2021): 121-145. Rinke, Stefan. América Latina y la primera Guerra Mundial. Una historia global. México: Fondo de Cultura Económica, 2019. Tato, María Inés. La trinchera austral. La sociedad argentina ante la Primera Guerra Mundial. Rosario: Prohistoria, 2017. Weinmann, Ricardo. Argentina en la Primera Guerra Mundial. Neutralidad, transición política y continuismo económico. Buenos Aires: Biblos, 1994.
Trincheras de papel. La Primera Guerra Mundial en la prensa de Tacna y Arica (Chile)1
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“La gran conflagración europea, tan temida desde hacía años, ha estallado, con sus tan temidas repercusiones mundiales. [...] Repetimos que la pobreza de las noticias telegráficas hace que quién sabe estemos juzgando los hechos sobre bases insuficientes”.2 Con estas palabras el diario La Opinión –publicado en la ciudad de Tacna, en la frontera chileno-peruana– daba a conocer al público en 1914 la difícil tarea que tendría la prensa chilena frente al estallido del conflicto bélico más grande jamás visto. El acceso a la información, así como su veracidad y su manejo por parte de los periodistas, resultarían ser problemas constantes hasta el final de la guerra. Este capítulo explora el panorama periodístico chileno frente al estallido de la Primera Guerra Mundial, centrándose en el análisis de los periódicos de la frontera norte de Chile, más precisamente en los territorios de Tacna y Arica. Es importante considerar las disparidades regionales del país al momento de estudiar las inclinaciones ideológicas de la prensa y de la opinión pública chilena frente a la Gran Guerra. La prensa escrita es una fuente de información valiosa para la investigación histórica y particularmente para el estudio de las sociedades latinoamericanas 1 Esta investigación es resultado del proyecto ANID Fondecyt Regular n° 1230223 (Chile). 2 “La gran conflagración”, La Opinión, 8 de agosto 1914. | 31
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de los siglos XIX y XX por la importancia cultural y la gran circulación de este medio. Diarios, semanarios y revistas nos permiten entender las percepciones del mundo y los imaginarios colectivos de una sociedad. La prensa local o regional ofrece además la posibilidad de matizar y entender más detalladamente las implicaciones de ciertos procesos nacionales y mundiales. Es fundamental el tratamiento periodístico de la Gran Guerra en la prensa de Tacna y Arica para comprender cómo la sociedad local se posicionó en relación al magno conflicto que había estallado en el Viejo Continente. A través del análisis de diferentes periódicos de la región, examinaremos los cuestionamientos políticos, ideológicos y culturales inducidos por el estallido bélico europeo. En particular, recurriremos a los periódicos ariqueños El Ferrocarril y La Aurora, y los tacneños El Pacífico, El Heraldo y La Opinión. Estas publicaciones nacieron en un espacio fronterizo marcado por los antagonismos nacionales entre chilenos y peruanos, lo cual repercutió en el ámbito de la información. La prensa tacno-ariqueña fue un actor fundamental en la creación de representaciones locales de la guerra, con una omnipresencia de noticias bélicas en sus páginas. Nos preguntaremos por la procedencia de sus informaciones y cómo abordaron la cuestión de la neutralidad y de las repercusiones del conflicto en Chile y América Latina. Tras una contextualización del panorama periodístico tacno-ariqueño en el marco del litigio diplomático chileno-peruano, analizaremos el tratamiento de la guerra de 1914-1918 por parte de los periódicos de la región. Mostraremos cómo estas publicaciones tuvieron que adaptarse a las dificultades generadas por el conflicto europeo, como la desinformación y la propaganda, para posteriormente identificar sus posicionamientos frente a la guerra. Finalmente, daremos cuenta de las polémicas entre los diferentes periódicos y con las colonias extranjeras respecto a la guerra.
La prensa tacno-ariqueña en los albores de la Gran Guerra y su tratamiento del estallido bélico Tras la Guerra del Pacífico (1879-1883), el Tratado de Ancón, firmado entre Chile y Perú, estableció un plebiscito de autodeterminación en los territorios de Tacna y Arica. Este nunca se concretó y generó importantes tensiones tanto en las Cancillerías de ambos países como entre las poblaciones locales. Tras el fracaso de un arbitraje estadounidense, los territorios fueron divididos en 1929. De este modo, el Departamento de Tacna fue devuelto a Perú, mientras que el de Arica permaneció chileno. Durante estos años de litigio diplomático, el
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Estado chileno implementó una estructura político-administrativa sostenida en el control social de las poblaciones locales y en la reproducción de los valores nacionales chilenos, con el propósito de chilenizar los territorios en disputa con vistas al plebiscito previsto. Este proceso suscitó resistencias de parte de los pobladores peruanos de la zona: hubo frecuentes y violentos enfrentamientos nacionalistas entre chilenos y peruanos, incluso fuera de la región. A lo largo del medio siglo de litigio entre Chile y Perú sobre el destino de este espacio fronterizo, la prensa –tanto local como nacional– constituyó una herramienta fundamental usada por los países involucrados para defender sus intereses diplomáticos y difundir discursos nacionalistas. Estas publicaciones fueron utilizadas para diseminar sentimientos patrios en la población local y para defender los intereses de los Estados ante la eventualidad de un plebiscito. ¿Cuál era el panorama de la prensa tacno-ariqueña cuando estalló la guerra en el Viejo Continente? En 1914, todos los periódicos de la zona eran prochilenos. En efecto, las publicaciones peruanas dejaron de aparecer en 1911, clausuradas por la autoridad administrativa chilena hasta el año 1925. Es decir, pese a que la provincia de Tacna todavía contaba con una mayoría de población peruana (particularmente en los Departamentos de Tacna y Tarata), ésta tenía solamente acceso a fuentes de informaciones chilenas y todos los periódicos apoyaban la política de chilenización y la acción del gobierno. Pese a esta situación, los ciudadanos peruanos seguían informándose acerca de la vida política y social de su patria. Primero, los diarios chilenos solían reproducir artículos de diarios peruanos, como El Comercio, a menudo con el fin de generar controversias acerca del litigio diplomático chileno-peruano. Segundo, con los constantes flujos migratorios que transitaban por la provincia de Tacna, circulaban las informaciones y a veces los viajeros llevaban consigo periódicos peruanos. Por último, la información circulaba por vía telegráfica. Así lo demuestra la noticia publicada por el diario El Ferrocarril de Arica cuando estaban por cesar las hostilidades en Europa: “por comunicaciones particulares recibidas en este puerto se sabe que los diarios de Lima en su edición de ayer publicaron la noticia de la rendición incondicional de Alemania”.3 La provincia de Tacna no contaba con muchos periódicos. Era muy difícil que los diarios subsistieran debido a la situación particular que vivía la región, sobre todo después de la clausura de las imprentas peruanas: los periódicos chilenos se disputaban los lectores y suscriptores que seguían siendo un grupo minoritario en la población. Durante estos años, el analfabetismo seguía sien3 “La rendición de Alemania”, El Ferrocarril, 8 de noviembre de 1918.
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do un problema importante en la zona. Según el censo de 1907, un 47,7 % de la población de la provincia no sabía leer o escribir, aunque esta tasa era menor en los centros urbanos de Arica y Tacna.4 En cuanto la diversidad ideológica dentro del campo periodístico tacno-ariqueño, a diferencia de otras regiones, durante estos años la provincia de Tacna no contaba con diarios obreros o de izquierda. Sólo existían publicaciones liberales, radicales y conservadoras. Otro diario, que vio la luz en 1915, tuvo una frontal oposición con el Pacífico: el tacneño El Heraldo, diario del partido radical chileno. En su edición inicial, hizo del decano de la prensa regional su adversario ideológico al señalar que “el diario clerical es el instrumento del error, de la autoridad, de la injusticia social”.5 En efecto, el Pacífico se caracterizó por su conservadurismo, nacionalismo y clericalismo. Por el contrario, el principal diario ariqueño, El Ferrocarril, pese a su nacionalismo estaba empeñado en la misma oposición frontal con El Pacífico. Se trataba de una publicación liberal, cuya línea editorial y objetivos políticos podrían resumirse en crecimiento económico, progreso y chilenización de la provincia. La contienda ocupó un lugar muy importante en la prensa latinoamericana desde los primeros disparos de los cañones, con la difusión continua de cablegramas, noticias del frente, testimonios u opiniones de cronistas. A pesar de las dificultades de comunicación, desde un principio la guerra estuvo omnipresente en los diarios tacno-ariqueños, no solamente a causa de los trastornos económicos que acompañaron el estallido bélico europeo. Las secciones “La conflagración europea” en El Pacífico y “Las guerras europeas” en El Ferrocarril pasaron a ocupar diariamente casi una página entera de estos diarios, cuyas ediciones no superaban las cuatro o seis páginas: del 1° de agosto al 31 de diciembre de 1914, el 80,95 % de las portadas de El Pacífico contenían al menos un artículo relacionado con la guerra europea, entre relatos de batalla, testimonios y opiniones, una situación que se repetía en El Ferrocarril. En Tacna, el Pacífico informaba de la agitación reinante entre los extranjeros que vivían en la ciudad y del interés del público en general, dando cuenta de que los diarios eran “arrebatados en la calle, las imprentas se ven asediadas día i noche por una multitud de curiosos” y que en los clubs y círculos sociales el tema central de discusión era el conflicto europeo.6 Esta omnipresencia 4 Instituto Nacional de Estadísticas, Censo de la República de Chile: levantado el 28 de noviembre de 1907 (Santiago: Universo, 1908), 29. 5 “El Heraldo”, El Heraldo, 4 de noviembre de 1915. 6 “Ansiedad pública”, El Pacífico, 3 de agosto de 1914.
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de contenido bélico se mantendrá hasta el cese de las hostilidades en 1918 e incluso después. Muestra de aquello, aún después de un año de guerra, El Pacífico observaba en julio de 1915 que “en las calles i plazas, en los salones i las tertulias, en los periódicos i en las revistas, todos parecen poseidos del furor de la guerra; es la primera palabra, el asunto preferente, el tema obligado”.7 La Gran Guerra marcó una nueva era respecto al control de las naciones beligerantes sobre el manejo de la información y la organización de la propaganda. Desde los primeros días de la guerra hubo una censura telegráfica impuesta por las naciones beligerantes que generó un clima de incertidumbre tanto diplomática como económica en el mundo entero. Los beligerantes rápidamente entendieron al conflicto como una guerra comunicacional en la cual las agencias de noticias y las compañías de cables desempeñarían un rol fundamental. En América Latina las compañías de cables submarinos eran británicas y estadounidenses: en Chile, la principal era la llamada línea Galveston, de la Central & South American Telegraph Company, que partía de Londres hasta llegar a Santiago, mientras que la principal agencia de noticias en la región era la francesa Havas.8 Los países aliados tuvieron una posición prácticamente hegemónica en el ámbito de la información y de la propaganda al principio de la guerra, sobre todo después de que procuraron cortar los cables submarinos alemanes, obligando a este país a recurrir a la radiotelegrafía vía países neutrales para comunicarse con el extranjero. El Ferrocarril dio cuenta de la primacía informativa aliada en Chile afirmando que el cable transmitía diariamente informaciones “a todas luces parciales para uno de los bandos contendientes en la guerra”.9 Por su parte, las autoridades administrativas chilenas, apoyadas por la prensa, trataron de tranquilizar a la población frente a estas permanentes contradicciones y desmentidos mediante la publicación de avisos y artículos optimistas, en un contexto de pánico bursátil y de alza repentina de los precios de los artículos de consumo.10 En Tacna y Arica los periódicos locales, utilizando las mismas fuentes que periódicos santiaguinos o incluso reproduciendo los mismos artículos, publicaban noticias sumamente contradictorias e incluso numerosas noticias falsas. Esto suscitó intensas críticas tanto de los lectores como de los mismos periodistas. 7 “El gran día de Tacna”, El Pacífico, 24 de julio de 1915. 8 Carrellán, Juan Luis, “Las imágenes del comienzo de la Primera Guerra Mundial en El Mercurio de Santiago de Chile: De la tragedia de Sarajevo al inicio del conflicto europeo”, Cultura, hombre, sociedad 27 (2), 153-173. 9 “Algo que el público debe saber. Los elementos de información”, El Ferrocarril, 28 de octubre de 1914. 10 “Alarmas infundadas”, El Ferrocarril, 3 de agosto de 1914.
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Los siguientes extractos de prensa dan cuenta de este estado de ánimo de la opinión pública local:
La neutralidad y la relación con los países vecinos: la prensa local y la situación internacional de Chile
Me sublevan las noticias contradictorias con que las diversas ajencias informativas vienen tomándonos el pelo desde que en Europa sonó el primer disparo. Ya no se puede creer de la guerra sino lo que podemos comprobar o lo que sentimos de ella, como por ejemplo, la crisis i el zarandeo de tiros en nuestras costas.11
A diferencia de la mayoría de los países americanos, Chile permaneció neutral hasta el final de la Primera Guerra Mundial. ¿Cómo los periódicos tacno-ariqueños enfrentaron el principio de neutralidad dictado por el Estado chileno a lo largo de la contienda? En las semanas posteriores al inicio del conflicto se multiplicaron los debates sobre la posición de diversos sectores, incluida la prensa. Finalmente, primó la opinión de que ésta debía reflejar la neutralidad de Chile. El Pacífico hizo saber a sus colaboradores que no aceptaría más artículos que pudieran “mortificar el amor patrio de los residentes estranjeros”.14 De forma general, los artículos periodísticos apoyaban la política exterior chilena bajo cualquier circunstancia desde antes de la guerra en razón de la situación diplomática particular en que se encontraba la provincia de Tacna. Pese a sus diferentes posiciones ideológicas y políticas, los diarios de la región debían demostrar unidad sobre los asuntos internacionales, lo que explica un absoluto consenso neutral en la prensa tacno-ariqueña durante los primeros años de la guerra. A partir de 1917, cuando Alemania amplió su campaña submarina y los Estados Unidos entraron en la guerra, esta neutralidad noticiosa fue más difícil de mantener. Ambos eventos obligaron a los países latinoamericanos a replantear su neutralidad. Ante el recrudecimiento del conflicto y la posibilidad de que participaran naciones americanas, el Ferrocarril opinaba que el país debía mantenerse firme en su posición porque de todas formas su aporte militar en la contienda sería muy marginal.15 El Pacífico consideró por su parte que si los eventos seguían agravándose en algún momento los países neutrales tendrían que intervenir en el conflicto “resguardando sus propios intereses y los del mundo entero, lesionados por una lucha nacida al calor de los odios y ambiciones”.16 La neutralidad adoptada por el Estado chileno –compartida con países como Argentina o México– se mantuvo hasta el final de la guerra pese a las presiones ejercidas por ambos bandos. De este modo, los periódicos tacno-ariqueños siempre abogaron por mantener la línea diplomática neutral adoptada por el gobierno. Por ejemplo, El Heraldo afirmaba que “la neutralidad de Chile deberá mantenerse extrictamente ante los acontecimientos que se están suscitando y no torcerse, á uno ni otro lado”.17 Opinión que compartía su
La molestia hacia el control informativo de los beligerantes y la contradicción de las noticias telegráficas fue particularmente aguda durante los primeros meses de la contienda por diversas razones. Primero, la intensidad de las operaciones bélicas durante las primeras semanas y la creencia de que se trataría de una guerra breve hicieron que varios lectores se sintieran frustrados de no poder formarse una opinión propia de los acontecimientos. Segundo, la censura y la propaganda en la transmisión de la información fueron fenómenos nuevos, al menos a una escala tan grande, por lo que la opinión pública latinoamericana tuvo que acostumbrarse y cambiar sus hábitos. Así lo indicaba un periodista del Ferrocarril en 1917 cuando reconocía que “procuraremos condensar modestamente en las reducidas columnas del diario, la marcha de los sucesos, tales como se generan. El lector, con la fotografía a la vista, hará las deducciones”.12 A raíz de esta incertidumbre informativa, numerosos rumores recorrieron las calles de la provincia debido a la multiplicidad de fuentes de información y a las constantes contradicciones de las noticias telegráficas recibidas de Europa. Se habló de victorias aplastantes del ejército italiano, de la inminencia de la ruptura diplomática estadounidense-alemana o de ofertas de paz aceptadas por las naciones beligerantes. Hasta se anunció la llegada a Arica de tres grandes submarinos alemanes en 1916.13 La mayoría de los diarios chilenos dependían de las agencias de noticias europeas, en particular considerando que el Estado chileno, con motivo de su neutralidad, tomó la medida de prohibir el funcionamiento de estaciones telegráficas particulares. Ante la dificultad de creer fidedignamente las informaciones proporcionadas por los diarios en vista de la constante propaganda de las naciones beligerantes, el lector se convirtió en un sujeto mucho más activo, que tenía que cruzar informaciones y ejercer una lectura crítica de los acontecimientos para formarse una opinión al respecto. Esta dificultad se acentuaba en un espacio fronterizo como la provincia de Tacna. 11 “De sábado a sábado”, El Ferrocarril, 12 de diciembre de 1914. 12 “La guerra mundial”, El Ferrocarril, 17 de octubre de 1917. 13 “A última hora”, El Heraldo, 27 de diciembre de 1916.
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“A nuestros colaboradores”, El Pacífico, 12 de octubre de 1914. “Por lo que dice el cable”, El Ferrocarril, 7 de febrero de 1917. “La campaña de los submarinos”, El Pacífico, 2 de febrero de 1917. “La neutralidad de Chile”, El Heraldo, 13 de abril de 1917.
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colega de Tarata La Sierra, que señalaba que “mientras no tengamos que sufrir directamente el más leve atropello en nuestra soberanía, la actitud de Chile es y debe ser la de un espectador imparcial”.18 El llamado a no romper la neutralidad fue compartido por El Ferrocarril; sólo una vez, poco antes de que terminara la guerra, reprodujo un escrito de Carlos Fernández Peña abogando por que Chile rompiera relaciones con Alemania e ingresara en la guerra al lado de los aliados.19 Salvo esta excepción y algunas colaboraciones externas a favor de uno u otro bando beligerante, los diarios tacno-ariqueños se posicionaron globalmente por el respeto al principio de neutralidad. El involucramiento de la mayor parte del continente americano en la guerra constituyó un momento crítico para la postura internacional de Chile, en particular respecto a sus vecinos del norte, Perú y Bolivia. Estos países rompieron relaciones diplomáticas con Alemania después de que los Estados Unidos entraron en guerra, con el objetivo de aprovechar su cercanía al bando aliado para resolver sus conflictos territoriales con Chile. En particular, encontraron en la doctrina internacional idealista del presidente Woodrow Wilson y sus “catorce puntos” una legitimación de sus demandas territoriales. Este alineamiento de los países vecinos con la política internacional estadounidense no pasó desapercibido en la prensa local tacno-ariqueña. Así, El Ferrocarril interrogaba irónicamente la dimensión estratégica de la actitud diplomática del país altiplánico: “Bolivia ha declarado que apoya la actitud de los Estados Unidos, en su protesta por la guerra submarina alemana. ¿Habrá divisado algún submarino... en sus costas?”20 Aunque los litigios territoriales entre los exbeligerantes de la Guerra del Pacífico habían sido relegados a un segundo plano frente a la magnitud de la guerra que estremecía a Europa, las tensiones entre estos países permanecían vigentes. Sería particularmente el caso entre Chile y Perú en los últimos meses de la guerra. Perú tenía la esperanza de que los Aliados recompensaran la ruptura de relaciones diplomáticas con Alemania apoyando su reivindicación territorial en contra de Chile. La diplomacia peruana buscó imponer esta problemática en la agenda internacional, desplegando una propaganda que asimilaba la situación de Tacna y Arica con la de Alsacia y Lorena, territorios perdidos por Francia tras su derrota frente a Prusia en 1871.21 A juicio de los diplomáticos y periodistas peruanos, la neutralidad conservada por Chile y sus 18 “Conflicto Europeo-Americano”, La Sierra, 26 de abril de 1917. 19 “El deber y el interés de Chile en la hora presente”, El Ferrocarril, 10 de septiembre de 1918. 20 “La guerra submarina”, El Ferrocarril, 22 de febrero de 1917. 21 Maubert, Lucas, “¿Otra Alsacia-Lorena en América del Sur? El asunto de Tacna y Arica a través de la prensa francesa (1918-1929)”, Aldea Mundo 25 (50) (2020).
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lazos con Berlín debían ser considerados como un apoyo tácito al Imperio alemán, que había participado en la reforma de su ejército a fines del siglo XIX. Al equiparar la situación de Alsacia-Lorena con Tacna-Arica, se asociaba a Perú con Francia y a Chile con Alemania, por lo que, del mismo modo que Alemania tendría que devolver los territorios anexados una vez finalizada la guerra, Chile debería hacer lo propio con los incorporados tras la Guerra del Pacífico. En Perú, numerosos artículos periodísticos apoyaron esta perspectiva. Por ejemplo, el diario limeño La Prensa sostuvo en julio de 1918 esta analogía, equiparando el actuar “odioso y condenable” de Chile en Tacna y Arica con la administración alemana en Alsacia y Lorena.22 Sin embargo, al igual que el resto de la prensa chilena, los periódicos tacno-ariqueños se opusieron tajantemente a la retórica diplomática del país vecino. A juicio del Ferrocarril, “las provincias francesas debían ser alemanas mientras una guerra victoriosa las quitara de manos del poseedor; las provincias de Tacna y Arica deben estar bajo la soberanía chilena mientras se dá cumplimiento a un tratado solemne”.23 De esta forma, la realización del plebiscito o una nueva guerra eran las únicas opciones consideradas por la prensa chilena, rechazando toda intervención extranjera o arbitraje. Esta nueva disputa retórica tendría consecuencias graves, pues incentivó un nacionalismo exacerbado en ambos lados de la frontera. Ya en 1917, en respuesta a una serie de artículos del diario limeño El Comercio sobre la compra de submarinos por parte de Chile, el director del Pacífico, Manuel Donoso López, escribió un artículo desafiante en el cual amenazaba al Perú, una manera de dirigirse también a los lectores peruanos de la región: “No se alarme nuestro colega ‘El Comercio’ porque tomamos precauciones para el porvenir, ya que Chile ha sabido y sabrá hacer bueno uso de sus armas, que no se han de emplear sino para hacer respetar nuestros derechos y para defender nuestro honor”.24 Las tensiones escalarían a un nivel más alto tras la polémica de la “Alsacia-Lorena de Sudamérica” y sobre todo una vez firmado el Armisticio entre los Aliados y Alemania. En las ciudades de Iquique y Pisagua ocurrieron mítines reclamando la anexión definitiva de Tacna y Arica, y la expulsión de los ciudadanos peruanos, lo cual suscitó réplicas en Perú. Las manifestaciones tomarían un curso violento en ambos países. El cónsul chileno en Paita fue obligado a irse de Perú y varios residentes peruanos de Tarapacá y Tacna resultaron violentados y expulsados por los manifestantes. Este proceso culminaría 22 Citado en “El problema del Pacífico”, El Pacífico, 26 de julio de 1918. 23 “Alsacia y Lorena peruanas”, El Ferrocarril, 11 de noviembre de 1918. 24 “Nuestra política internacional”, El Pacífico, 2 de mayo de 1917.
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con la salida forzada del cónsul peruano de Iquique el 24 de noviembre de 1918, por lo cual los gobiernos en Santiago y Lima anunciaron el retiro de todos sus representantes consulares. Aunque las relaciones diplomáticas entre ambos países estaban rotas desde 1911, este episodio hizo temer un nuevo estallido bélico en la región. Si bien no llegaría a concretarse una nueva guerra, a juicio de los diplomáticos peruanos las situaciones de violencia en contra de sus connacionales en el norte de Chile venían a reforzar el paralelo con la situación de Alsacia y Lorena. En síntesis, podemos observar que el desarrollo de la Gran Guerra ocasionó una apropiación por parte del campo periodístico tacno-ariqueño de las temáticas globales suscitadas por la guerra y un resurgimiento de las tensiones territoriales locales entre Chile y Perú. A ello se sumarían inclinaciones ideológicas de los diferentes periódicos hacia algunas de las naciones en guerra que vinieron a suscitar otras controversias.
¿Aliadofilia, germanofilia o neutralidad? La división ideológica del campo periodístico tacno-ariqueño frente a la Gran Guerra Tras el estallido bélico en Europa, en los artículos publicados en los periódicos de Tacna y Arica se notaron tendencias a favor de una u otra nación beligerante. El diario ariqueño El Ferrocarril, principal órgano de prensa del puerto de Arica, fue acusado por ciertos lectores de aliadofilia en su tratamiento de las informaciones de guerra debido a que recibía sus noticias telegráficas de la agencia francesa Havas. Su inclinación hacia el bando aliado se pudo observar además en varias ocasiones en artículos en los que se indignaba por la destrucción de la catedral francesa de Reims por los alemanes o afirmaba que era “incuestionable que hoy día la faz guerrera es favorable a Francia”.25 La preferencia del Ferrocarril por la causa aliada puede también evidenciarse a través de ciertas editoriales. Por ejemplo, con motivo del aniversario patrio francés en 1915, publicó que “es sin duda el pueblo mas intelijente. El pueblo que ha sabido constituirse en orgulloso vástago, en representante verdadero de la Raza Latina, gloriosa i vieja raza a que pertenecemos”.26 El mismo año, una carta de un lector extranjero hizo alusión a esta aliadofilia señalando que “parece que es partidario dela causa delos aliados yo nome estraño un cavallero como Usted nole queda otro camino sino el de la Justicia i sivilisasion”.27 Final25 “La guerra europea”, El Ferrocarril, 5 de noviembre de 1914. 26 “14 de Julio”, El Ferrocarril, 14 de julio de 1915. 27 “Un ‚crovato‘ valiente”, El Ferrocarril, 19 de julio de 1917.
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mente, en 1917 otra carta de un lector “neutral” se quejaba de que “todos los dias su apreciable diario no habla sino de victorias italianas, de gran yusticia delos aliados de gran valor delos franceses ingleses norteamericano canadiense belga africano australiano y a la Rusia la llama traicionera i despois covarda”.28 Estas acusaciones en contra del diario ariqueño llegaron incluso más allá de las fronteras chilenas: se publicaron artículos críticos a su línea editorial en Bolivia, como en el diario germanófilo La Vanguardia, editado en La Paz, en 1915.29 Resulta interesante, por lo demás, que surgieran polémicas transfronterizas entre diarios de diferentes países neutrales, lo que da cuenta de la intensa circulación de la información a escala continental. En la capital provincial, Tacna, El Pacífico pudo identificarse en un primer tiempo como un órgano periodístico a favor de los Imperios Centrales. En efecto, contaba con canjes regulares procedentes del cónsul del Imperio Alemán en Tacna, Ludwig Koch, y del cónsul de Austria-Hungría en Arica, Alejandro Visscher von Gaasbeek. Estos diplomáticos transmitían telegramas oficiales respecto del desarrollo de las operaciones militares en Europa o respondían a artículos referentes a las operaciones militares. Por otra parte, en ciertas editoriales El Pacífico dejó entrever simpatías hacia Alemania, como en una columna relativa a la opinión pública en Arica: “se nota en este puerto una marcada corriente de simpatía para lo que se refiere a Alemania, siguiéndose con interés creciente las incidencias del conflicto que hasta hoi se diseña mui a favor de los prusianos”.30 Además, publicaba regularmente editoriales firmadas por “un alemán” u “otro alemán” favorables a Berlín y Viena. El antagonismo ideológico entre El Pacífico y El Ferrocarril dio lugar a frecuentes interpelaciones directas entre ambos diarios, como cuando este último acusó a su colega tacneño de haberse dedicado “con admirable desplante a terjiversar y desformar los hechos en forma tal que los aleja definitivamente de la verdad” respecto a los acontecimientos europeos.31 En este sentido, la estrategia de atacar la credibilidad de los periódicos no solo era instrumentalizada por las partes involucradas en el conflicto bélico, sino también por los mismos órganos de prensa. La Opinión era una publicación liberal en Tacna, que se oponía frontalmente a El Pacífico, fuera por el clericalismo o por la germanofilia supuesta de su director, Luis Nebel Fernández: “Para nadie es un mito la marcada parcialidad que gasta ‘El Pacífico’ en favor de los 28 29 30 31
“Una curiosa carta”, El Ferrocarril, 6 de octubre de 1917. “Por nuestro derecho”, El Ferrocarril, 27 de marzo de 1915. “Se comenta”, El Pacífico, 25 de agosto de 1914. “No hay tal”, El Ferrocarril, 17 de diciembre de 1914.
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alemanes, cuyo Director tiene que inclinarse hácia ese lado por correr en sus venas sangre tudesca, que ya se ha visto que no es tan fria como se pensaba”.32 Según señalaba la publicación tacneña, el solo hecho de tener parentesco directo con ciudadanos de los países beligerantes debería bastar para que fuera motivo de cuidado para la autoridad. Es decir, para ciertos sectores de la opinión pública, la neutralidad chilena peligraba ante la opinión de cualquier europeo o hijo de europeo. Incluso se cuestionó la legitimidad del señor Nebel como director del Pacífico. Las acusaciones de germanofilia en contra del Pacífico cesaron rápidamente en 1915 cuando Nebel Fernández dejó la dirección del diario. Al contrario del Ferrocarril, que tuvo el mismo director a lo largo de la guerra, el diario tacneño cambió regularmente de directores, lo que influyó en cambios de su línea editorial, por lo que podemos considerar que pasó de una marcada germanofilia en el primer año de guerra hacia una moderada neutralidad. Otras publicaciones que salieron a la luz después de iniciada la Gran Guerra –como El Heraldo en Tacna o La Aurora en Arica– tuvieron también que posicionarse frente a la contienda. El primero tuvo un tratamiento en apariencia neutral de la contienda europea hasta su desaparición en 1917. Sin embargo, ciertos artículos tuvieron un tinte proalemán, como cuando un periodista estimó que era “justo reconocer el superior talento de Guillermo II i el poder invencible del pueblo que gobierna” o “que una nación que posee hijos con tan grandiosos dones, no puede morir, la humanidad debe velar por ellos; su sacrificio, es ya sublime!”.33 Por su parte, La Aurora optó por un tono sarcástico e irónico en cuanto a su cobertura del conflicto, que fue explícito desde la declaración de intenciones de su primera edición: “La Aurora no dirijirá las masas, no fijará rumbos ni será órgano de nadie. En su modesta esfera de accion, La Aurora no pretenderá contribuir al acercamiento de los hombres ni a la paz Europea ni al mejoramiento de ninguna raza y solo aspirará a valer veinte centavos”.34 Aunque La Aurora no evidenció netamente preferencias hacia uno u otro bando beligerante a lo largo de la guerra, su relación con el diario germanófilo La Vanguardia, editado en La Paz, al que alabó en diversas ocasiones y del cual recibía canjes regulares, puede llamar la atención.35 Si bien la provincia de Tacna no contaba con muchos periódicos, resulta sorprendente la variedad de líneas editoriales entre los diarios chilenos de la provincia, así como la evolución del tratamiento periodístico de alguno de 32 “Grave peligro nacional”, La Opinión, 20 de noviembre de 1914. 33 “Natalicio de S.M. Guillermo II de Alemania”, El Heraldo, 27 de enero de 1916; “El ingenio alemán. Proesas del siglo jamas soñadas”, El Heraldo, 11 de julio de 1916. 34 “Programa”, La Aurora, 1° de noviembre de 1914. 35 “La Vanguardia”, La Aurora, 28 de noviembre de 1915.
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ellos. Más allá de los posicionamientos de cada publicación, podemos observar que la guerra tensionó las relaciones entre los diversos periódicos, los cuales, pese a ser de ciudades distintas, dialogaron y discutieron entre ellos, lo que da cuenta de una significativa identificación regional. Sin embargo, otros actores desempeñaron un papel clave relativo al tratamiento periodístico de la guerra: las colonias europeas residentes en Tacna y Arica.
Entre propaganda y polémicas: las ambiguas relaciones con las colonias europeas Era común que miembros de las distintas colonias extranjeras rectificaran o denunciaran públicamente informaciones que estimaban erróneas. Los miembros más “notables” de las colonias se hicieron presentes a lo largo de la contienda para defender sus intereses patrios. La importancia de las colonias extranjeras dentro de las sociedades locales obligó a los diarios a adaptarse y a considerar a este segmento particular de lectores y suscriptores. Por ejemplo, después de la entrada de Italia en la contienda en 1915, El Pacífico insertó en sus páginas un servicio telegráfico especial para la colonia italiana y El Ferrocarril contrató un corresponsal italiano en Iquique dedicado a entregar informaciones especiales para aquélla, que era la comunidad europea más numerosa de la provincia. Los miembros de las colonias extranjeras solían rectificar y desmentir cualquier información contraria al honor de sus patrias de origen, a veces en forma brutal. El contexto bélico influyó ciertamente en la estrategia adoptada, siendo el ataque –vía la desacreditación o la ironía– el modo de expresión más común y las polémicas entre periodistas e inmigrantes europeos abundaron a lo largo de la guerra. Ya en los primeros días de la conflagración la comunidad alemana residente en Arica expresó su insatisfacción respecto al tratamiento de la guerra por parte del Ferrocarril, un hecho dado a conocer al público por su director, Antonio Torres: En varias ocasiones, el Director-propietario de este diario, habia sido advertido de que la distinguida colonia alemana de Arica estaba descontentísima y aún mas, usando las propias espresiones de nuestros informantes, furiosos en contra El Ferrocarril, con motivo de las noticias desfavorables para Alemania que publicaba dia a dia. [...] Sería muy curioso que el Director de una publicacion por temor de herir susceptibilidades de estimables estranjeros de la localidad, aunque estos sean sus amigos, se resista a dar al público las noticias que recibe de una de las mejores ajencias de informaciones del mundo.36 36 “A la colonia alemana”, El Ferrocarril, 12 de agosto de 1914.
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Otra polémica surgiría en noviembre de 1914 cuando la firma comercial alemana Dauelsberg y Cía. decidió renunciar a sus avisos publicitarios en ese diario, atacando la veracidad de las informaciones de la agencia Havas.37 Esta actitud fue respaldada por otros miembros de la colonia alemana, demostrando la cohesión de dicha comunidad. Según ellos, desde el estallido bélico el señor Torres se había empeñado “en escojer de entre sus canjes artículos abiertamente denigrantes no solo para nuestra patria sino para nuestro emperador i los demas hombres mas prominentes del imperio aleman”.38 Además, afirmaron que el director del Ferrocarril había sido sorprendido insultando a la nación alemana en una discusión en el seno del único club social de la ciudad, del cual varios alemanes eran miembros. Para mantenerse alejados de dichas polémicas, los diarios locales debían ser muy cautelosos en la forma de informar sobre las acciones bélicas, evitando las quejas de las colonias europeas. En 1915, un artículo del Pacífico desató la furia de la colonia italiana, que consideraba que dicho artículo era injurioso y desprestigiaba a la colectividad: 48 de sus miembros decidieron entablar una acusación judicial en contra del diario. El incidente fue resuelto mediante un acuerdo con el director del diario y el redactor del artículo por medio de la publicación de otro desmintiendo las aseveraciones del anterior.39 En 1916, el Heraldo reprodujo un artículo sumamente crítico de La Verdad de Taltal que trataba sobre el desaliento italiano frente a su situación militar. En él se exponía que Italia se dirigía hacia un desastre después de haber cometido “el acto mas innoble que rejistra la historia de las relaciones internacionales”, al haberse vuelto en contra de Alemania y Austria, sus antiguos aliados.40 Aunque el diario se excusó el día siguiente, señalando que el artículo había sido publicado por error, sin pasar por la censura de la redacción, numerosas casas comerciales italianas de Tacna tomaron la decisión de suprimir sus suscripciones al Heraldo.41 Estos episodios dan cuentan de la significativa influencia de la colonia italiana en la provincia, gracias al peso financiero de varios de sus miembros en la subsistencia de los periódicos locales. En 1917, El Pacífico publicó en la pizarra del exterior de su edificio una noticia relativa a una supuesta toma de la ciudad de Goritzia por las tropas austro-alemanas, junto con una retirada del ejército italiano a través de la región del Isonzo. Italianos residentes en Tacna contradijeron esta información con el 37 “Un incidente curioso”, El Ferrocarril, 5 de noviembre de 1914. 38 “Aclaración”, El Ferrocarril, 7 de noviembre de 1914. 39 “La colonia italiana de Tacna”, El Ferrocarril, 25 de enero de 1915. 40 “El desaliento en Italia”, El Heraldo, 8 de agosto de 1916. 41 “Dos cartas”, El Heraldo, 10 de agosto de 1916.
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argumento del “conocimiento que tienen de esa accidentada y difícil zona”.42 Este anecdótico episodio llama la atención por dos razones. La primera es el criterio de autoridad de ciertos extranjeros para desmentir información telegráfica por el simple hecho de conocer la zona mencionada, sin tener mayores antecedentes sobre las operaciones militares que se estaban llevando a cabo. La segunda es que no solamente las páginas del periódico constituían un espacio de discusión y eventualmente de confrontación, sino también el edificio mismo de la redacción. A ese lugar llegaban los europeos a entregar material propagandístico, los transeúntes iban en búsqueda de las últimas noticias antes de que salieran impresas y se debatía acerca de los acontecimientos más recientes. Por ejemplo, El Heraldo señaló en 1916 que la batalla de Verdún “ha interesado á la opinión pública nuestra, y son frecuentes las solicitudes de informes que recibimos de quienes, simpatizando con uno u otro bando, ó interesándose por el aspecto general del conflicto, desean estar, pronto, al corriente del desarrollo de los sucesos”.43 Las tensiones nacionales fueron importantes a lo largo de la Gran Guerra y las colonias extranjeras entendieron la importancia de la prensa para defender los intereses de sus patrias, pese a la neutralidad chilena. Por ejemplo, el Vicecónsul de Gran Bretaña distribuía regularmente folletos y libros a la prensa local, una acción común entre el cuerpo consular tacno-ariqueño, por lo cual no debe extrañar que en una misma página de El Pacífico se publicaran conjuntamente informaciones telegráficas proporcionadas por los Consulados de Alemania, Italia y Gran Bretaña. Sin embargo, no sólo los diplomáticos quisieron mover la balanza de la opinión pública local a su favor. Era común que ciudadanos o empresas europeos entregaran propaganda a los periódicos, como lo hizo la casa comercial Vda. de Nugent, descendientes de británicos en Arica.44 La propaganda realizada por los agentes diplomáticos europeos en los diarios generó diversas polémicas, por lo general entre los agentes consulares británicos y alemanes. Una publicación en particular suscitó la ira de los diplomáticos franceses y británicos: La Gaceta Militar. Esta revista editada en Santiago publicaba contenido germanófilo que era reproducido en el resto del país. Incluso era compartida directamente por los diplomáticos alemanes a periodistas locales. Por ejemplo, en el contexto de la polémica suscitada en Arica respecto a las acusaciones de aliadofilia en contra de El Ferrocarril, Antonio Torres señaló que el Cónsul alemán Alejandro Visscher y el señor 42 “La pizarra de El Pacífico”, La Aurora, 30 de octubre de 1917. 43 “La gran batalla de Verdun”, El Heraldo, 27 de marzo de 1916. 44 “Agradecemos”, La Aurora, Arica, 8 de febrero de 1917.
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Carlos Gierke vinieron a conversar con él sobre el tema: “el señor Visscher me entregó personalmente dos recortes de ‘La Gaceta Militar’ de Santiago, que contenían conceptos favorables para el ejército aleman”.45 Existía sin duda un doble estándar por parte de los diplomáticos europeos respecto al rol de la prensa chilena. Por un lado, los diplomáticos proveían de información a los periódicos, buscando influenciar a la opinión pública. Por otro, eran los primeros en acusar de falta de imparcialidad cuando éstos publicaban artículos desfavorables y en hacer llamados a la censura. Por lo general, en reacción a un artículo cuyas informaciones consideraban falsas o desfavorables a los intereses de sus países, los consulados europeos enviaban cartas a los redactores de los diarios para que rectificaran las “informaciones erradas” o solicitaban ejercer su derecho a réplica. En caso de que los redactores no accedieran a lo solicitado, los diplomáticos protestaban directamente ante el Ministerio de Relaciones Exteriores, generalmente con el argumento de que, en virtud de la neutralidad adoptada por el Estado chileno, las publicaciones periódicas debían adoptar la misma posición. Desde el estallido bélico europeo de agosto de 1914, hubo entonces una guerra comunicacional librada por las naciones beligerantes en los países neutrales. El dominio de los aliados sobre los cables submarinos y las agencias de noticias les dio una ventaja inigualable en el campo de la información, logrando difundir una intensa propaganda sobre su situación militar y ejercer censura sobre las noticias que les eran desfavorables. Si bien Alemania logró contrarrestar en parte esta gran desventaja inicial gracias a sus representantes diplomáticos y a la organización de sus colonias establecidas en América Latina, nunca pudo igualar la fuerza comunicacional de los aliados en esta parte del mundo.
Conclusiones A diferencia de otras ciudades chilenas, como Valparaíso con las Noticias Ilustradas de la Guerra o Iquique con La Victoria de los Aliados, en Tacna y Arica no surgieron publicaciones dedicadas exclusivamente al tratamiento periodístico de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, la guerra estuvo omnipresente en las páginas de los diarios tacno-ariqueños desde el inicio de la guerra austro-serbia hasta el armisticio del 11 de noviembre de 1918. Incluso después del término de las hostilidades, los diarios siguieron publicando artículos sobre este acontecimiento. La Primera Guerra Mundial dio a los periódicos un sinfín de contenido para publicar, entre relatos de las operaciones militares, 45 “Aclaración”, El Ferrocarril, Arica, 7 de noviembre de 1914.
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testimonios de soldados, reproducciones de artículos de prensa extranjera, fotografías, editoriales y columnas de opinión. Existió en este sentido un pragmatismo de los periódicos locales, llenando páginas con información diversa de la guerra en respuesta a un interés evidente de los lectores por seguir el desarrollo del conflicto, pero también a una escasez de contenido informativo en el día a día regional. Gracias a este amplio tratamiento periodístico de la contienda, la sociedad tacno-ariqueña tomó tempranamente conciencia de su magnitud y de sus posibles repercusiones para la región y para el mundo entero, a pesar de cierto control de las noticias publicadas por la prensa local, producto de la censura de las potencias aliadas o de la autoridad administrativa chilena. La prensa se convirtió en un medio de control social para las autoridades chilenas para calmar al público y difundir las medidas administrativas implementadas en la región, por ejemplo, en cuanto al respeto de la neutralidad. La posición de los periódicos locales no resultó sencilla, ya que fueron atacados o se atacaron entre sí durante las fases más tensas de la guerra. La relación que mantuvo la prensa local con las colonias europeas fue extremadamente ambivalente, ya que éstas entregaron a los periódicos información con el fin de realizar propaganda nacional, pero no aceptaban la difusión de noticias o artículos contrarios a sus intereses, convirtiendo al campo periodístico en una extensión de la guerra, aunque no violenta. Pese a acusaciones de parcialidad en su contra, los periódicos casi siempre reconocieron ante sus lectores que la información, sobre todo durante los primeros meses, era escasa y posiblemente manipulada. Aun así, hubo intensos debates políticos e ideológicos en Tacna y Arica acerca de la conflagración europea, entre publicaciones favorables a los Aliados o a los Imperios centrales y otras defendiendo la absoluta neutralidad adoptada por Chile. Incluso las publicaciones neutrales ponían la guerra en el centro de su tratamiento periodístico, muestra del interés de este tema para sus lectores. Por lo tanto, es posible afirmar que el escenario periodístico tacno-ariqueño reprodujo a escala regional los cuestionamientos y desafíos que enfrentó el resto de la prensa latinoamericana, atravesada por debates sobre la neutralidad, la relación político-cultural con Europa y el desafío de la modernización de la labor periodística.
Lecturas sugeridas Compagnon, Olivier. “‘Si loin, si proche...’ La Première Guerre mondiale dans la presse argentine et brésilienne”. En L’envers de la médaille. Guerre, témoignages et représentations, editado por Jean Lamarre y Magali Deleuze, 77-91. Québec: Presses Universitaires de Laval, 2007.
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Lucas Maubert
Compagnon, Olivier, Camille Foulard, Guillemette Martin y María Inés Tato (coords.). La Gran Guerra en América Latina, una historia conectada. México: CEMCA, 2018. Fernández Domingo, Enrique. “La Première Guerre mondiale et le Chili: de la propagande et la maîtrise de l’information à la redéfinition de l’identité nationale”, Guerres mondiales et conflits contemporains, 264 (4) (2016): 91-110. González, Sergio. La llave y el candado. El conflicto entre Perú y Chile por Tacna y Arica (1883-1929). Santiago: LOM, 2008. Maubert, Lucas. “Trenches on Latin American screens and football fields: cultural and sporting life in Tacna and Arica (Chile) during the First World War”. War & Society 41 (2) (2022): 107-128. Skuban, William. Lines in the sand. Nationalism and Identity on the Peruvian-Chilean Frontier. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2007. Tato, María Inés. La trinchera austral. La sociedad argentina ante la Primera Guerra Mundial. Rosario: Prohistoria, 2017.
Una contienda en cautiverio: emociones y vivencias de prisioneros en la Gran Guerra
José Manuel López Torán
Los prisioneros de la Gran Guerra: un estudio pendiente El devastador conflicto armado que sacudió Europa entre 1914 y 1918 modificó prácticamente todos los parámetros que hasta ese momento habían definido el arte de la guerra. Por ejemplo, la envergadura de la contienda obligó a la movilización de decenas de millones de personas a fin de poder neutralizar los voluminosos ejércitos del bando contrario. Igualmente, la incorporación del potente armamento industrial propició una escala de destrucción inédita dentro de la historia bélica. Por otro lado, los combates pasaron a librarse por primera vez desde las alturas gracias a las prestaciones que trajo consigo la incorporación de la aviación al mundo bélico. Y, también como parte de esa profunda espiral de cambios, la línea que hasta el momento había separado el frente y la retaguardia quedó desdibujada para siempre, en la medida en que quienes permanecieron en sus hogares sufrieron de lleno los horrores de combates. Ciudades de Francia, Bélgica o del Imperio alemán se consolidaron como espacios en los que se decidirían los designios de la guerra, bien por la ocupación enemiga o bien por su destrucción. Un espacio intermedio entre los sangrientos frentes de batalla y la castigada retaguardia fueron los campos de prisioneros, destino al que fueron llevados millones de hombres y en el que permanecieron retenidos largas temporadas. | 49
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Desde el preciso momento en el que resultaban capturados, su experiencia de guerra se veía modificada por completo, ya que dejaban atrás los riesgos del frente, pero ante ellos se les abría un nuevo mundo de peligros e incertidumbres. Con ello, las reglas que marcarían su día a día y los miedos instalados en sus mentes se verían rápidamente alterados, ya que pasaron de temer la muerte en combate a ver comprometida su supervivencia por las duras condiciones en las que vivían. Del mismo modo, la constante actividad de los combates daba paso a una amarga monotonía que conseguía minar la moral de los internos y provocaba en ellos una profunda tristeza de la que rara vez conseguían escapar. Si bien la cuestión de los prisioneros de guerra ha acompañado durante largo tiempo a la historia bélica, lo cierto es que ha sido en las guerras contemporáneas cuando el fenómeno ha tomado unas dimensiones considerables. Algunos de los episodios más destacados del siglo XIX, por volumen de combatientes que resultaron capturados durante las hostilidades, fueron las campañas napoleónicas y la guerra civil americana. En el primero de los casos, al margen de las decenas de miles de combatientes que perecieron en los campos de batalla o murieron a causa del frío o de la falta de alimento, estudios recientes exponen que los rusos llegaron a capturar a más de 110.000 prisioneros de la Grande Armée durante los seis meses de 1812 que duró la campaña napoleónica en el Imperio ruso. Por su parte, en la guerra civil americana esa cifra se calcula que pudo ascender hasta los 400.000 hombres entre los dos bandos implicados. Sin embargo, a pesar del gran salto cuantitativo experimentado en ambos enfrentamientos decimonónicos, los mayores cambios llegarían de la mano de las dos conflagraciones mundiales que estallarían con la nueva centuria. El siglo XX deparaba para el mundo bélico un auténtico panorama de dolor y el caso de los prisioneros no supuso, ni mucho menos, una excepción. Se calcula entre ocho y nueve millones el número de combatientes que resultaron apresados durante la contienda de 1914, un dato abrumador que demuestra la magnitud del asunto.1 No obstante, a pesar de tal envergadura, sigue conformando un capítulo poco conocido dentro del contexto de la Gran Guerra, en parte por la absoluta preeminencia de las noticias que llegaban sobre los movimientos en el frente y por haber quedado ensombrecido por las terribles situaciones que se vivieron en los campos de concentración en el segundo de los conflictos mundiales. Además, dentro del mundo académico no fue hasta los últimos años del siglo XX cuando se detectó un cierto interés por conocer esta otra realidad de
la guerra. Sin embargo, si bien es cierto que con el tiempo han visto la luz un buen número de estudios centrados en los prisioneros, la línea general que han mantenido es la de mostrar aspectos de su día a día, describir el modo en el que cada bando capturaba combatientes enemigos y otras cuestiones similares. En contraste, los aspectos emocionales de esos protagonistas se han tenido menos en consideración, a pesar de la inagotable fuente de información que aporta de cara al mayor conocimiento de la contienda y de sus profundas consecuencias en toda una generación de europeos. Con esta premisa como punto de partida, la presente investigación, basada en el análisis de las experiencias que tres prisioneros impregnaron en diarios, cartas y tarjetas postales, pretende ayudar a la reconstrucción del universo emocional de aquellos millones de individuos que experimentaron la doble situación de estar bajo el miedo constante de los peligros de la guerra y afectados por los duros efectos que conllevaban tanto la privación de libertad como de contacto físico con sus seres queridos. Con el fin de obtener una visión amplia a la par que cercana a la realidad vivida, se decidió huir de las generalidades a las que acostumbran los estudios de este tipo y poner de lleno el foco en historias concretas. De este modo, se decidió recurrir a tres tipos de fuentes documentales distintas con dos objetivos principales: presentar las múltiples opciones con las que contamos a la hora de acceder al objeto de estudio y mostrar los rasgos característicos que los testimonios poseen en función del soporte sobre el que han sido plasmados. Igualmente, se ha buscado ofrecer ejemplos de prisioneros de diferentes naciones y con internamiento en territorios dispares con el propósito de poner rostro y voz a experiencias de ambos bandos y exponer las variaciones que el lugar de reclusión imprimía en tales vivencias. En este sentido, el lector encontrará en las próximas páginas un recorrido por tres espacios diferentes en los que se entremezclan alusiones a los hechos narrados por sus protagonistas con breves apuntes acerca de los rasgos distintivos que el soporte en cuestión ofrece para el estudio.
La primera historia que conoceremos tiene como protagonista al capitán británico Percival Edward Lowe,2 quien fuera capturado por las tropas del Káiser a pocos kilómetros de París, en el departamento del Aisne, apenas comenzado el conflicto. Durante su periodo cautivo pasó por diferentes campos alemanes
1 Jochen Oltmer. Kriegsgefangene im Europa des Ersten Weltkriegs. Paderborn: Schöningh, 2006.
2 Véase el diario completo en https://archive.org/details/CaptainPercivalLowePOWDia riesWWI/mode/2up.
Percival Lowe: el “huésped involuntario” del Káiser
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hasta que en 1917 pudo regresar a su hogar gracias a un intercambio de prisioneros que tuvo lugar en Suiza. A través del diario que de manera paciente fue redactando durante aquellos años, podemos conocer de primera mano y con todo lujo de detalles las vicisitudes que experimentaban quienes corrían su misma suerte y resultaban apresados en el trascurso de las hostilidades. Las prestaciones que los diarios proporcionan para el estudio de momentos especialmente convulsos como son las guerras resultan infinitas. Sin duda, una de las mayores ventajas que presentan es que se construyen directamente sobre experiencias individuales, de manera que solo a través de ellas es posible acceder a los hechos concretos que narran. En lugar de depender de relatos contados de segunda mano u obtenidos a través de informes oficiales, los diarios proporcionan una visión única y personal, de manera que se posicionan como una herramienta de primer orden para el objeto que se presenta en estas páginas. Los campos de prisioneros constituyen un universo propio, con sus códigos, sus reglas y sus particulares ritmos. En este sentido, si accedemos a datos emanados directamente de individuos que viven tal experiencia desde dentro, podremos construir la realidad que enmarcaba la vida en estos lugares desde una perspectiva más cercana. Esto incluye una variedad de detalles sobre la rutina diaria, la comida, la higiene, la salud, las condiciones de vida o las relaciones afectivas con los demás prisioneros. Igualmente, en ellos se imprime un evidente carácter subjetivo que colma los relatos de alusiones a los sentimientos o emociones que el individuo experimenta en cada circunstancia. No obstante, el valor de los diarios de guerra aumenta solo cuando se comprenden, se utilizan adecuadamente y se atiende a las diferentes condiciones que moldean la plasmación por escrito de tales experiencias. Por ejemplo, resulta fundamental a la hora de aproximarnos a uno de estos estudios de caso saber si fueron escritos en el momento en el que ocurrían los hechos o si se redactaron tiempo después. Los recuerdos no son imágenes estáticas que permanecen invariables y está comprobado cómo conforme se aleja el evento que deseamos rememorar, más posibilidad hay de que nuestra mente cree una percepción “construida” que modifique ciertos aspectos de la vivencia real. Por otro lado, nuestros estados de ánimo influyen sobremanera en el modo en el que dejamos por escrito un episodio vivido. De esta manera, las emociones que envuelven un determinado suceso resultan más intensas en el momento en el que está ocurriendo o poco tiempo después, mientras que se van diluyendo según nos alejamos de ese instante. Este hecho es trascendental a la hora de tener en consideración una de estas fuentes, en la medida en que adoptan un formato sensiblemente distinto en cada situación. La experiencia acumulada con este tipo de fuentes primarias nos lleva a confirmar que, cuanto mayor es el intervalo temporal existente, más
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posibilidades hay de que el relato adquiera tintes de crónica, donde predomina la narración o la descripción aséptica de los hechos y pierde fuerza el componente emocional que sí acompaña a aquellos fragmentos escritos poco después de haber tenido lugar. Curiosamente, el propio Lowe aporta un dato crucial en una de las primeras páginas del diario que permite situar el momento en el que dejó por escrito los eventos que refiere. Tal y como anuncia, los textos son fruto de un extraordinario ejercicio de memoria gracias al cual pudo sortear los riesgos que conllevaba redactar este tipo de escritos: Durante toda mi estancia como huésped involuntario del Káiser, escribí mi diario. Esto estaba “fuertemente prohibido” y en cada registro (y eran numerosos) tenía que esconder mi pequeño libro. Finalmente, cuando tuve la suerte de ir a Suiza, no parecía haber ninguna posibilidad de sacarlo de contrabando de Alemania; así que después de leerlo detenidamente lo destruí. En Constanza se llevaron un duplicado del diario que escribí a base de abreviaturas; si el huno3 se toma la molestia de descifrarlo, espero que le gusten mis críticas sobre sus pequeñas costumbres. Naturalmente en la época en la que lo escribí me sentía más amargado que ahora, de todos modos, no deseo volver a ver o conocer a otro de su raza.4
Más allá de esta particular circunstancia, uno de los puntos fuertes de este extraordinario testimonio personal es la capacidad que tiene, gracias a su eficaz narrativa, de transportarnos a los escenarios por los que discurrió su duro viaje desde que fue capturado en tierras francesas hasta que cruzó las fronteras alemanas para ser internado en sucesivos campos. En ese periplo, aporta datos de gran relevancia que nos permiten conocer cuestiones como las rutas por las que eran transportados los convoyes de cautivos hasta las tierras del Káiser o el diferente tratamiento que recibían en función de su nacionalidad: Por la noche llegamos a nuestro destino, un pueblecito en la vía férrea. El único incidente real fue un general alemán que paró su coche, se apeó y lanzó un torrente de improperios sobre nuestras cabezas inglesas […] Mientras esperábamos en la estación recibimos la visita de varios oficiales alemanes. Uno de ellos me dio tabaco, el primer cigarrillo que fumaba desde hacía varios días. Pero pronto nos dimos cuenta de que nosotros y los franceses estábamos en 3 Como resulta conocido, los hunos, al mando de su famoso líder Atila, invadieron el Imperio Romano en el siglo V. Este hecho les sirvió para ser recordados con temor en la memoria europea. En consonancia, este calificativo despectivo estuvo muy extendido en los países aliados para describir al ejército alemán. Con ello buscaban subrayar la brutalidad del enemigo, al que calificaban de cometer atrocidades de manera reiterada. 4 Traducción del autor.
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condiciones muy diferentes. Mientras que a los franceses sólo les preguntaron si llevaban armas, a nosotros nos registraron minuciosamente. Además, nos insinuaron que, si uno de nosotros escapaba, fusilarían a los demás. Puede que fuera un farol o puede que no.5
Además de ese trato recibido, otro de los aspectos de mayor importancia que encontramos en las páginas del diario de Lowe es el relativo a la manutención. Tanto en este como en el resto de los testimonios analizados en este capítulo, se ha podido constatar que el hambre era un elemento omnipresente en todas las experiencias de cautiverio durante la Gran Guerra. Esta situación fue especialmente significativa en el caso de aquellos individuos que cumplían su periodo de internamientos en los campos alemanes, donde las raciones de alimentos se fueron haciendo más escasas conforme la guerra se prolongaba. El Imperio alemán, asediado por los aliados en todos sus flancos, vio comprometida seriamente su capacidad de producción y, ante la incapacidad de cubrir todos los escenarios, dio clara prioridad al abastecimiento de los soldados que seguían combatiendo en el frente. Así, los civiles experimentaron diferentes episodios de escasez y racionamiento y, por supuesto, los prisioneros fueron los últimos de la lista a la hora de recibir alimento, siendo frecuente la desnutrición. Una evidencia clara son las constantes referencias a este asunto que detectamos en las narraciones del capitán británico, aunque bien es cierto que también deja claro que, por su condición de oficial de alto rango, contaba con un trato favorable si lo comparamos con otros compañeros: “Esta fue la última ración de comida gratis que recibí del gobierno alemán. Ahora comenzamos nuestro viaje por ferrocarril hacia su patria. Nuestra escolta no era realmente muy mala. Sin embargo, no habríamos tenido nada que comer durante nuestros dos días en el tren, de no ser por los franceses”.6 Por último, si bien las alusiones a los sentimientos son más escasas que en los siguientes dos ejemplos, lo cierto es que de manera sucinta imprime algún dato sobre ciertas situaciones concretas. Por ejemplo, al final del volumen, cuando relata su llegada a Suiza para ser liberado, describe que respiró con alivio cuando se percató de que había dejado atrás el Imperio alemán y que había entrado en suelo helvético: “A su debido tiempo, el tren se puso en marcha. En poco tiempo vi las garitas alemana y suiza al lado de la línea. El médico suizo me estrechó la mano y me dijo: ‘Ahora estás en Suiza’. Un suspiro de alivio aquí no estuvo fuera de lugar”.7 5 Traducción del autor. 6 Traducción del autor. 7 Traducción del autor.
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Como se puede apreciar, es indudable que los diarios son una fuente importante de información sobre las emociones y los pensamientos de los prisioneros de guerra. De manera recurrente plasman en ellos sus miedos y aluden a sentimientos como la ansiedad, la tristeza, el dolor, tanto físico como emocional, así como su sentido de la lealtad hacia su país y hacia sus “compañeros de armas”. Finalmente, aunque por cuestiones de espacio no se han recogido referencias a las relaciones que se forjaban entre prisioneros, lo cierto es que de manera recurrente se aportan datos acerca del apoyo que se brindaban durante sus complicadas estancias y los lazos afectivos que se creaban entre ellos.
Ernst Kleiber: un largo cautiverio en el lejano Turkestán El segundo testimonio nos trasporta a los lejanos campos de prisioneros de la Rusia imperial, a la vasta región del Turkestán. Su protagonista, Ernst Kleiber, nació en 1886 en Budweis, conocida localidad bohemia, y estudió ingeniería civil en la Universidad Técnica de Praga. En agosto de 1914 fue llamado a filas y en febrero de 1915 fue capturado por las tropas rusas durante la ofensiva invernal en Przemyśl. Poco tiempo después, sería llevado al campo de Perovsk, en el Turkestán ruso, y en octubre de 1916 al campo de Osh, en Asia Central, como se puede seguir en la secuencia de tarjetas postales que envió a su madre durante su periodo en cautiverio. Además de por el hecho de sumar una fuente documental diferente al elenco recogido en estas páginas, se ha considerado interesante incluir este ejemplo por la particular lejanía en la que se encontraba cautivo respecto de su localidad natal. Esta circunstancia imprimía un carácter muy concreto a las vivencias narradas en la correspondencia, ya que la enorme separación física entre los prisioneros y sus familiares comportaba serios condicionantes. Mientras que para los combatientes alemanes que eran internados en Francia el tiempo de espera no solía ser superior a una semana, quienes corrían peor suerte y eran destinados a los solitarios campos rusos debían asumir largas esperas de más de veinte días en el mejor de los casos para conseguir que sus misivas llegaran a su destino. Además, a los dilatados tiempos de recepción se le sumaban frecuentes pérdidas o extravíos por los sucesivos sistemas por los que debían pasar, algo que sin duda complicaba considerablemente la comunicación y repercutía negativamente en las emociones de los internos. Las primeras noticias que Kleiber trasladó a sus familiares fueron remitidas el 30 de marzo de 1915. Apenas unas pocas palabras dirigidas a su madre bastaron para intentar calmar el nerviosismo que intuía que reinaría en su hogar ante la ausencia de noticias: “¡Querida madre! Envío los primeros sa-
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ludos desde Rusia. Gozo de buena salud y estoy bien, teniendo en cuenta las circunstancias. Volveré a escribir pronto. Un beso, Ernst.8 Unos días después, el 7 de abril, encontramos nuevos datos sobre el recorrido que estaba realizando desde que fuera capturado y antes de que llegara a su destino. Al igual que en el caso anterior, el mensaje resulta extraordinariamente escueto; sin embargo, al mencionar la localidad de Penza, indirectamente aporta un dato relevante que nos permite discernir su itinerario: “¡Querida madre! De camino al Lejano Oriente, envío un cordial saludo a todos mis seres queridos desde Penza. Ernst”.9 Y el 26 de mayo ha sido posible detectar la primera comunicación enviada desde el campo de prisioneros en el que permaneció retenido, un mensaje algo más extenso en el que se recogen ideas como la preocupación ante la ausencia de noticias por parte de sus familiares o el deseo, nuevamente, de tranquilizar a sus seres queridos: ¡Querida madre! Aunque telegrafié a Budweis hace 4 semanas con mi dirección, apenas he recibido respuesta todavía. Volveré a telegrafiarle. En cualquier caso, te ruego que me informes por telegrama de cómo van las cosas en casa en cuanto recibas mi tarjeta. Gozo de buena salud. No tengo noticias tuyas desde octubre y estoy muy preocupado. Perovsk se encuentra a orillas del Syr-Darya en Russ. Turkestán. El Prof. Klauzal y el Secretario de Estado Swoboda también están aquí. De corazón. Saludos a todos, Ernst. Dirección: Ingeniero Kleiber, prisionero de guerra, Perovsk, oblast de Syr Darinsk, Rusia.10
Como se puede observar, en esta ocasión la fuente documental seleccionada ha sido la tarjeta postal, formato que, al igual que los diarios, resulta de extraordinaria idoneidad para el estudio de las vivencias particulares de quienes se vieron inmersos en la contienda. Sin embargo, antes de conocer en detalle los datos que el joven combatiente bohemio nos legó en sus escritos, conviene dar algún breve apunte sobre el soporte y desglosar las particularidades que presenta para el análisis histórico.
8 Traducción del autor. Véase el texto completo en alemán en el siguiente enlace: https:// europeana.transcribathon.eu/documents/story/item/?item=1220851. 9 Traducción del autor. Véase el texto completo en alemán en el siguiente enlace: https:// europeana.transcribathon.eu/documents/story/item/?item=1220853. 10 Traducción del autor. Véase el texto completo en alemán en el siguiente enlace: https:// europeana.transcribathon.eu/documents/story/item/?item=1220856.
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Estas pequeñas cartulinas comenzaron a circular a mediados de 1869 en el Imperio austrohúngaro y, tan solo unos meses después, la guerra recibía con los brazos abiertos a este nuevo formato postal. Como demuestran algunas publicaciones recientes, la postal demostró tener una profunda relación con el mundo bélico prácticamente desde los inicios de su andadura. Tanto es así que su propia puesta en marcha en países como Francia o el Imperio alemán estuvo vinculada directamente con episodios armados y, además, su época dorada coincidió precisamente con los años de la Gran Guerra. Durante esta contienda, el número de postales que circularon por los sistemas de correos de toda Europa no conoció precedentes ya que alrededor de 30.000 millones de tarjetas se habrían enviado y recibido entre agosto de 1914 y noviembre de 1918.11 Al tratarse de un medio de comunicación interpersonal huelga decir que, en un marco como la Primera Guerra Mundial, en el que decenas de millones de personas fueron separadas de sus seres queridos a causa de los combates, las prestaciones que podía ofrecer eran infinitas. Sin duda, los combatientes fueron los principales beneficiados, ya que a través de estas pequeñas cartulinas podían seguir en contacto con los seres queridos que permanecían en la retaguardia. Por su parte, estos últimos acudían a ellas con el fin de tener noticias de sus esposos, padres o hijos que se jugaban la vida a diario en el frente. Igualmente, los prisioneros hicieron un uso intensivo de estos soportes, ya que para muchos de ellos la simple redacción del mensaje, por escueto que fuera, suponía evadirse por unos instantes de la triste realidad que los rodeaba. Los gobiernos de las naciones beligerantes rápidamente entendieron las oportunidades que se les abrían ante sí, por lo que pronto establecieron sistemas, e incluso diseñaron ejemplares exprofeso, para cubrir esas necesidades comunicativas. Además, desde el punto de vista del control de la información que circulaba, el hecho de que los mensajes fueran concisos y al descubierto permitía a los censores realizar sus tareas de manera más rápida. En efecto, la brevedad es uno de los elementos que definen la comunicación escrita a través de las postales y, aunque pueda parecer que eso merma su interés como fuente, lo cierto es que estos soportes documentales aportan innumerables datos para explorar el universo emocional en el que se vieron inmersos a causa de su particular situación. Por ejemplo, si apreciamos los tres textos que se presentan a continuación, enviados por Kleiber entre el 28 de junio y el 26 de septiembre de 1915, podremos observar un sentimiento 11 Guus de Vries. The Great War through picture postcards. Barnsley: Pen & Sword Military, 2016, 9.
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absolutamente frecuente en las experiencias de prisioneros de guerra: la desesperación producida por la ausencia de respuestas desde su hogar. ¡Querida madre! Sigo sin tener noticias suyas (¡desde octubre de 1914!) y estoy muy preocupado. Ya he telegrafiado 3 veces, una a ti, la segunda al Bgmstr.12 Taschek, la última a Karl Lampl. En cualquier caso, te ruego que me telegrafíes a Perovsk, Turkestán, Rusia, inmediatamente después de recibir esta tarjeta. Por lo demás, gozo de buena salud. Besos y saludos a todos de tu querido Ernst. ¡Escribe con diligencia!13 ¡Querida madre! Por desgracia, aún no tengo señales de vida de Budweis. He recibido una tarjeta de Emmy Z. de Praga; debe de haber conseguido la dirección a través de ti. He recibido tres tarjetas de Linz. Por favor, telegrafíeme inmediatamente cómo están las cosas en casa […] Sigo muy preocupado por ti, ya que el telegrama de Karl sólo contenía 2 palabras. Pero, por favor, sólo telegrafía, ya que las cartas tardan demasiado y son inseguras. Con besos y saludos de tu Ernst.14 ¡Querida madre! ¡Todavía no tengo noticias tuyas! Probablemente soy el único, ya que la mayoría de mis compañeros tienen algunas tarjetas de sus casas. Te ruego encarecidamente que me escribas muy a menudo y que me informes de tu estado por telegrama en cuanto recibas esta tarjeta. Estoy muy preocupado por ti y, por tanto, muy deprimido […] Por lo demás, estoy sano y bien. Con saludos cordiales y besos. Tu Ernst.15
Si bien la estructura que mantiene es exactamente la misma en todos los mensajes, la angustia experimentada parece ir en aumento conforme pasan los meses sin noticias, ya que en el tercer extracto habla directamente de que la situación le hace estar “muy deprimido”. El hecho de no recibir respuestas era interpretado por los prisioneros de diferentes maneras. Por un lado, con preocupación ante el temor de que algo malo les hubiera ocurrido a sus seres queridos durante su ausencia y, por otro, con cierto recelo, en la medida en que el silencio también podía ser percibido como una falta de interés por parte de sus familiares o incluso de olvido hacia ellos. Ciertamente, este era 12 Abreviatura de Bürgermeister, alcalde en alemán. 13 Traducción del autor. Véase el texto completo en alemán en el siguiente enlace: https:// europeana.transcribathon.eu/documents/story/item/?item=1220859. 14 Traducción del autor. Véase el texto completo en alemán en el siguiente enlace: https:// europeana.transcribathon.eu/documents/story/item/?item=1220869. 15 Traducción del autor. Véase el texto completo en alemán en el siguiente enlace: https:// europeana.transcribathon.eu/documents/story/item/?item=1220871.
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uno de los mayores temores que experimentaron quienes fueron separados de sus familiares durante largo tiempo en situaciones tan convulsas. Esto provocaba un profundo malestar en los prisioneros hasta el punto de que llegaban incluso a recriminarles la falta de consideración que percibían. Precisamente, en su último mensaje, Kebler le reprocha a su madre que seguramente él sea el único que no ha recibido correspondencia del hogar. Casi con total seguridad, a pesar del enfado o malestar del emisor, la no respuesta debía estar provocada por algún tipo de incidencia en los procesos de envío, ya que, si nos percatamos, pasan años sin que el joven combatiente reciba ni una sola respuesta. En este punto es donde cobra relevancia el ejemplo que se ha decidido mostrar, ya que quedan patentes las serias complicaciones que las enormes distancias físicas tenían en los sistemas de correos y su fuerte impacto en la moral de unos prisioneros a los que se les sumaba estar a miles de kilómetros de sus hogares y totalmente incomunicados. Finalmente, y a la vista de los ejemplos recogidos, el lector habrá podido comprobar las diferentes impresiones que estos documentos aportan si lo comparamos con el testimonio de Lowe. El componente de crónica del diario brilla por su ausencia en estos breves comunicados y, frente a la descripción pormenorizada de múltiples experiencias cotidianas que el combatiente británico plasmaba en las páginas de su diario, en las postales los prisioneros tendieron a reflejar otros aspectos como el interés por conocer el estado de sus familiares, su estado de ánimo o algún apunte sobre las actividades que realizaban cotidianamente. Además, en esas escuetas referencias omitían cualquier dato que pudiera alterar o preocupar a sus familiares, de manera que las experiencias contadas siempre resultaban un tanto dulcificadas, como también veremos a continuación en el caso de las cartas.
Karl Hermann Förster: cartas presas desde la vecina Francia Si bien las tarjetas postales supusieron una verdadera revolución dentro de las comunicaciones de ese mundo en guerra, las cartas conformaron el otro gran pilar de la correspondencia bélica. A pesar de que a simple vista puedan parecer dos formatos similares, la realidad es que proporcionan resultados de análisis sensiblemente diferentes, a la par que complementarios, para terminar de comprender los sentimientos y los pormenores del día a día de tantos millones de personas movilizadas. En primera instancia, la longitud de los mensajes impregnados en las cartas es sensiblemente superior. Mientras que en el soporte anterior el texto tenía que ajustarse de manera inexcusable al espacio de la cartulina utilizada, en esta
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ocasión los límites son mucho más flexibles, de manera que los remitentes tendían a recrearse en todo tipo de detalles y a abordar una variedad más amplia de vivencias. De esta manera, en las cartas plasman relatos más ricos que proporcionan información sustancial, no únicamente centrada en su estado físico o emocional, como hemos tenido oportunidad de comprobar en el apartado anterior, sino en todos los elementos presentes en su día a día en el interior de esos espacios carcelarios. No obstante, es importante recordar que los esquemas de control postal también estuvieron presentes en el caso de las cartas y, en consecuencia, sabían que debían tener cautela a la hora de dar ciertos datos si querían pasar el tamiz de la censura. Cada pieza de correspondencia remitida conforma un documento único en sí mismo, tanto por lo que se cuenta en sus líneas como por los datos que se pueden extraer a partir del resto de los elementos presentes. Por ejemplo, el tipo de papel o la calidad de este, en el caso de las cartas, es un indicador de la situación por la que atravesaba el territorio donde se encontraba el remitente. Conforme avanzaba la guerra y los efectos económicos se agudizaban, el papel fue perdiendo calidad debido a la escasez y a las grandes dificultades de transporte. De esta manera, en aquellas zonas más castigadas esa cuestión se vio más acentuada, de ahí que, para la investigación que nos ocupa, podamos intuir las mayores o menores complicaciones que un campo de prisioneros pudo llegar a tener en función de tal evidencia material. Por su parte, otro de los elementos adicionales son los sellos que se van estampando en los sobres conforme la misiva va recorriendo su camino. Aunque de manera general suele ser algo que tiende a dejarse a un lado, nos dan claves sobre el camino que seguía el correo hasta llegar a su destino, sobre los corredores que se establecieron para facilitar una eficaz distribución de semejante volumen de piezas o sobre las especificidades con las que contaban, en este caso los prisioneros, para remitir sus cartas. De las decenas de ejemplos a los que se ha tenido acceso en diferentes archivos europeos, se ha optado por incorporar en estas páginas la historia de Karl Hermann Förster, combatiente alemán nacido en 1882 en HohensteinErnstthal, Sajonia. Para Förster la guerra comenzó cuando fue reclutado en marzo de 1915. Después de participar en varios combates, fue capturado por las tropas francesas y hecho prisionero el 25 de septiembre de ese mismo año. Durante el tiempo que permaneció cautivo en los campos de Blaye o Gaujacq (Francia), fue impregnando en sucesivas misivas enviadas a su hogar aspectos relevantes sobre su estado de ánimo y sobre su día a día. La primera de ellas fue remitida el 3 de octubre desde Blaye, el que sería su lugar de internamiento provisional hasta ser trasladado a Gaujacq. Uno de los puntos más interesantes
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de esta carta es la pormenorizada información que concede sobre los utensilios que se encontró al llegar, sobre el trato recibido por parte de quienes se encargaron del transporte y sobre el régimen de comidas que seguían. Con todo ello no buscaba sino transmitir un mensaje de calma a sus seres queridos a fin de reducir la desazón que pudieran estar experimentando. Igualmente, otro dato significativo es la alusión directa a su estado emocional. Según describe, se encuentra “bastante bien y de buen humor”, algo cuanto menos llamativo dadas las circunstancias. Además, deja constancia de la buena alimentación que está recibiendo, un hecho no muy habitual entre las experiencias de los prisioneros de la Gran Guerra. Blaye, cerca de Burdeos, 3 de octubre de 1915 ¡Mi querida Friedel!16 Habrás pasado muchas horas angustiada, pero esta carta pondrá fin a esas horas de ansiosa esperanza y espera. Lo primero y más importante: estoy bastante bien y de buen humor. Fui hecho prisionero por los franceses el 25 de septiembre a las 6 de la tarde. Nuestros transportistas del Schalchtfeld fueron muy amables con nosotros y nos dieron algo de beber de su cantina (buen vino tinto) y bisquit (similar a nuestras galletas de campo) para comer. Pude mantener una conversación razonable con ellos. El martes 28 llegamos a Blaye, donde nos alojamos en la antigua fortaleza situada en una colina. Directamente al oeste, detrás de nuestra fortaleza, hay un estuario de unos 2 km de ancho, muy hermoso.17 Aquí también estamos bien alimentados, café a las 6 de la mañana, comida a las 11 y cena a las 6 de la tarde. El almuerzo y la cena son calientes, y cada hombre recibe también 1 libra de pan de trigo puro al día. También recibimos cada uno: 1 toalla, 1 pañuelo, 1 plato, 1 cuchara, 1 vaso y 1 manta grande y bonita, además de jabón […].18
Las cuatro páginas que conforman esta primera carta constituyen un sinfín de elementos de gran relevancia que arrojan múltiples datos sobre diferentes realidades en los campos. Por ejemplo, en las líneas sucesivas, Förster recoge una larga lista de deseos en la que va enumerando todo aquello que pretende que sus familiares le hagan llegar. Ya se ha mencionado con anterioridad que, 16 Diminutivo para referirse a su esposa, Frida Förster, a quien dirige todas las cartas. 17 Esta referencia alude, casi con total seguridad, al punto donde se encuentra el río Garona con el Dordoña, formando entre los dos el estuario de Gironda, que se extiende varios kilómetros hasta el Atlántico. La ciudadela que menciona tiene unas vistas privilegiadas sobre las aguas, de ahí que causase esa sensación al joven combatiente. 18 Traducción del autor. Véase la carta completa en alemán en el siguiente enlace: https:// europeana.transcribathon.eu/documents/story/item/?item=1173217.
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durante la Gran Guerra, la recepción de correo fue esencial para su bienestar emocional. Sin embargo, no solo los mensajes se posicionaron como sanadores de la desazón producida por la separación física. Los paquetes también proporcionaban consuelo material y psicológico, de ahí que en un buen número de cartas solicitaran recibir lotes de sus hogares, como bien recoge el propio Förster. Por un lado, los alimentos que solicitaban les servían, por ejemplo, para completar unas dietas que en un alto porcentaje de los casos resultaban insuficiente en cantidad y en variedad. Por otra parte, los recuerdos de sus casas o los retratos de sus familiares conseguían crear una atmósfera especial para los prisioneros, ya que tener cerca tales objetos personales los transportaba al calor del hogar y les permitía evadirse de la soledad y del desafecto que experimentaban a diario. Quisiera: 1 lápiz, papel de carta, cepillo de dientes con jabón, mis zapatos de fieltro, 1 camisa, 2 pares de calcetines, 1 par de calzoncillos, 1 par de zapatos. Calzones, 1 p. Suelas, 1 p. Manguito, paquete de 2. miel artificial, 1 mermelada, así como, si es posible, en latas de conserva: café molido. También puedes añadir galletas […]. Se permiten paquetes de hasta 5 kg y nos dijeron que es aconsejable hacer sólo paquetes grandes porque los pequeños pueden perderse fácilmente por el camino. Hoy podré enviar una tarjeta a mi padre y le escribiré que quien quiera enviarme algo que te lo envíe a ti, tú lo recoges y luego haces un paquete más grande. Además, le ruego que me envíe inmediatamente 10 marcos por giro postal (el tío Hermann le indicará cómo hacerlo). Agradece en mi nombre a la familia P. Ritter los regalos de amor que me han enviado, ya que sólo puedo escribirte a ti y a mi padre […]. Repito. No te preocupes por mí, el buen Dios me ha ayudado y me seguirá ayudando. Con saludos y besos de corazón para ti, querida, para mis queridos niños y abuelos, soy tu querido Karl.
Dos semanas después el joven volvió a dirigirse a su familia para informar de las novedades. Al contrario que en la carta anterior, en esta ya se detecta cómo el grado de detalles que aporta va en detrimento. Lejos de suponer un elemento singular, lo cierto es que se trata de una tendencia constatada en no pocas historias de prisioneros y varias son las causas que se han podido identificar. Por ejemplo, durante los primeros días todo resultaba novedoso y cualquier actividad, por sencilla que fuera, era considerada sumamente interesante para ser transmitida a los familiares. El estado de ánimo se deterioraba notablemente tras llevar varias semanas internos y, por último, la monotonía terminaba por minar la moral. De hecho, si observamos el fragmento siguiente, veremos cómo el propio Förster alude a esto último cuando afirma que “un día pasa tan uniforme y tranquilo como el siguiente”. Más allá de esa
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circunstancia, la cantidad de información relevante que aporta sigue siendo cuantiosa y en las pocas líneas que se han seleccionado podemos fijarnos en cuestiones sobre la higiene en los campos (“envíame también algo contra los piojos”) o sobre la alteración de la noción del paso del tiempo a consecuencia de la monótona vida interna y del aislamiento exterior al que eran sometidos. Blaye, cerca de Burdeos, 17 de octubre de 1915 ¡Mi querida Friedel, queridos hijos y suegros! Ayer se cumplieron ya 3 semanas desde que soy prisionero, cómo vuela el tiempo, aunque imagino que para vosotros no habrá pasado tan deprisa, pero espero que hoy a más tardar hayáis recibido mi carta del día 3, que tras una ansiosa espera al menos seguro que os trajo la certeza de que sigo vivo. No puedo contarte más noticias, aquí un día pasa tan uniforme y tranquilo como el siguiente, no sabemos lo que pasa fuera de nuestro campo de visión, al fin y al cabo, tampoco queremos saberlo […] Todos estamos esperando con ansia el primer paquete y el dinero, te pido que me envíes otros 10 marcos F inmediatamente después de recibir esta carta y lo siguiente: hilo de zurcir y zurcidores (sin aguja), 1 par de calcetines sin estrenar, hilo blanco y negro (con 1 aguja), 1 peine de bolsillo, así como azúcar claro, café molido, cubitos de sopa de pollo, 3 paquetes de miel de apicultor y 1 mermelada […] Por favor, enviadme también algo contra los piojos. Escríbeme algo de parte de los niños y de tus padres también, cómo te anhelo a ti y a todos vosotros, pues debe llegar y llegará el día en que esta esperanza se vea satisfecha […].19
Si bien las dos primeras misivas son remitidas desde la pequeña localidad ubicada en las inmediaciones de Burdeos, la tercera y última que se recogerá en estas páginas se envió ya desde su nueva ubicación, el campo de Gaujacq, situado a varios kilómetros al sur del anterior. Otro elemento diferenciador de este tercer escrito es que en él se detecta más fácilmente la mella que la experiencia del cautiverio está dejando en su estado emocional. El primer síntoma que evidencia la pérdida de esa aparente alegría inicial es la alusión a que los días nublados o lluviosos se dejan sentir en su estado de ánimo. Lejos de terminar ahí, apenas unas líneas más abajo detectamos un nuevo elemento: cuando menciona lo doloroso que resulta ser el único que no ha recibido el paquete que les encargó a sus familiares. Al igual que comprobábamos en una de las tarjetas postales de Ernst Kleiber, el no sentirse correspondido y no obtener respuesta por parte de sus familiares era motivo de profundo malestar y los reproches eran su mejor arma para combatir ese desánimo emocional. 19 Traducción del autor. Véase la carta completa en alemán en el siguiente enlace: https:// europeana.transcribathon.eu/documents/story/item/?item=1173229.
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Gaujacq (Landas) 7 novbr. 1915 ¡Mi querida Friedel, queridos hijos y padres! Empieza a ser otoño aquí, se ha puesto nublado y lluvioso, aunque a veces toca algún día con el tiempo más espléndido, este tiempo nublado y lluvioso se traslada a mi estado de ánimo. Algunos de mis camaradas que vinieron conmigo desde Blaye hasta aquí recibieron dinero hoy, y mañana hará 14 días que el camarada Leuschner recibió 2 paquetes, sólo yo debo ser uno de los desafortunados que no reciben nada. No quiero reprochártelo, pues supongo que no es culpa tuya el que aún no haya recibido nada, pero sigue siendo doloroso para mí […] Ayer trabajé por primera vez (movimiento de tierras) por 20 céntimos al día. Ayer por la tarde todos recibimos también 1/4 de litro de vino tinto. Hoy y el jueves almorzamos gulash, que es algo delicioso. La cocina nos suministra agua caliente todos los días a mediodía y por la noche. Lo único que falta es café de casa, pero esperemos que llegue pronto, así como una carta […]20
Además del evidente deterioro observado en la moral del prisionero, otro de los puntos que conviene destacar es la referencia que incorpora a las tareas que ha empezado a realizar. El régimen de trabajo era un elemento común en todos los campos y, en consecuencia, también en los testimonios que trasladaban por escrito. Aunque casi siempre eran tareas que requerían grandes esfuerzos físicos, en ocasiones se percibía como una de las pocas vías de escape con las que romper la monotonía que inundaba el interior de los campos. De esta manera, comprobamos una vez más cómo cualquier elemento nos aporta datos sobre el complejo universo emocional por el que atravesaban los prisioneros durante sus periodos de internamiento.
Conclusiones Como se ha podido apreciar, las vivencias de los prisioneros de guerra ofrecen un sinfín de oportunidades a todos aquellos que deseen adentrarse en las esferas más íntimas de un conflicto tan desgarrador como fue la Primera Guerra Mundial. Si bien es un campo absolutamente complejo e inabarcable, a través de contribuciones como la que se presenta, centradas en testimonios personales concretos, se pueden ir perfilando una serie de patrones que nos lleven a comprender mejor el tema que se aborda. Con la estructura elegida para el capítulo se buscaba que el lector tuviera oportunidad de conocer diferentes realidades dentro del fenómeno estudiado, 20 Traducción del autor. Véase la carta completa en alemán en el siguiente enlace: https:// europeana.transcribathon.eu/documents/story/item/?item=1173234.
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ya que, si bien se habla comúnmente de los prisioneros de guerra como una entidad uniforme, las realidades que hay detrás resultan tan variadas como número de individuos se conocen. De esta manera, comparando la situación experimentada por tres combatientes internados en tres territorios diferentes se pretendía dejar constancia de la multiplicidad de variantes que detectamos en este asunto. Así se decidió dejar cubierta la diversidad lingüística, territorial y documental. Estrechamente relacionado con este último aspecto encontramos la siguiente evidencia que se pretendía mostrar con el presente trabajo: la variedad de fuentes que nos adentran en los campos de prisioneros. Con la selección adoptada se buscaba constatar de qué manera es posible recurrir tanto a diarios como tarjetas postales o cartas para descender hasta diferentes vivencias y conocer las emociones que pudieron experimentar todos aquellos individuos que de un modo u otro fueron privados de su libertad física en algunos de esos campos. A su vez, gracias a la comparativa ofrecida, se han podido constatar los diferentes registros que cada una de las fuentes ofrece a quien las consulta. Como se ha ido detallando en las páginas precedentes, los relatos en cada uno de los soportes son diferentes, ya que mientras que los diarios ofrecen narraciones amplias y prolijas en detalles, las cartas y postales son escuetas y las informaciones muy sucintas y predominan referencias a los estados de ánimo y al interés por conocer detalles sobre el estado en el que se encuentran los familiares. Entre los posibles factores que explican esas importantes divergencias hemos detectado, por ejemplo, la presencia o no de censura. Si bien los diarios en buena parte de los casos se redactaban a posteriori, siguiendo los esquemas de libros de memorias, los dos formatos de correspondencia debían pasar por estrictos controles de censura para poder llegar a su destino. Esta situación, evidentemente, influía en gran medida en los detalles que los soldados trasladaban a sus seres queridos, ya que se temía que si no el mensaje nunca llegaría a ser enviado. No obstante, esta situación, lejos de suponer un elemento que reste valor a las fuentes, aporta igualmente información de enorme valor para el estudio del objeto abordado. En definitiva, una serie de testimonios o vivencias que nos permiten huir de las manidas generalidades a las que estamos acostumbrados y poner rostro a tantos millones de personas que experimentaron de primera mano el terror de las modernas guerras industriales.
Lecturas sugeridas Jones, Heather. Violence against prisoners of war in the First World War: Britain, France and Germany, 1914-1920. Cambridge: Cambridge University Press, 2011.
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Kochavi, Arieh J. Confronting captivity: Britain and the United States and their POWs in Nazi Germany. Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2005. Lewis-Stempel, John. The war behind the wire: the life, death and glory of British prisoners of war, 1914-18. London: Weidenfeld & Nicolson, 2014. López Torán, José Manuel. “La evolución de la tarjeta postal y las guerras contemporáneas: dos caminos encontrados (1869-1945)”. Fotocinema. Revista Científica de Cine y Fotografía 23 2(021): 271-97. Médard, Frédéric. Les prisonniers en 1914-1918: acteurs méconnus de la Grande guerre. Saint-Cloud: Soteca 14-18, 2010. Mikaberidze, Alexander. “Napoleon’s Lost Legions. The Grande Armée Prisoners of War in Russia”. Napoleonica. La Revue 3 (21) (2014): 35-44. Van Emden, Richard. Prisoners of the Kaiser: the last POWs of the Great War. Barnsley: Pen & Sword, 2000.
La Legión Extranjera Francesa en la era de la guerra total (1914-1945)
Salvador Lima
Sería vano querer establecer un paralelismo entre el soldado de Francia y el legionario extranjero. Éste es un ser aparte: llegado a la Legión por espíritu de aventura, o para escapar de un pasado cargado o de una existencia difícil, se encuentra en un medio en el que no se le pregunta ni quién es, ni qué ha hecho. Al comprometerse, puede atribuirse un estado civil de fantasía con un nombre cualquiera; se renueva a sí mismo. Si ha cometido errores, no le faltarán oportunidades de rehabilitarse arriesgando su vida o simplemente sometiéndose a la disciplina, una disciplina que es dura, y que debe serlo. General Frédéric Hellot1
La Legión Extranjera Francesa es un caso singular en la historia de la guerra en la Edad Contemporánea: una unidad profesional de voluntarios extranjeros, insertada en la estructura del Ejército francés y destacada en la frontera colonial, en una era en la cual prevalecían las aspiraciones del nacionalismo estatal y su cara militar, el ejército de ciudadanos conscriptos. Asentada sobre la antigua tradición del mercenariado extranjero, la Legión fue creada como recurso militar ocasional para la conquista de Argelia y, desde entonces, atravesó un proceso de institucionalización que hizo de ella el principal instrumento de guerra del Ejército colonial francés. Por su estricta profesionalidad, su exotismo colonial y sus modalidades de reclutamiento, 1 “La Legión extranjera”, Le Figaro, 1º de mayo de 1931. | 67
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adquirió un espíritu de cuerpo único y se convirtió en objeto de interés para la literatura, la prensa y el cine. Sin embargo, su ingreso definitivo en el imaginario francés ocurrió a raíz de los dos conflictos globales de 1914-1918 y 1939-1945, que obligaron al gobierno francés a emplear la Legión en el territorio nacional y en situaciones para los cuales estaba mal preparada. La movilización masiva de la guerra total, las implicancias ideológicas de las dos guerras mundiales, así como las formas que adquirieron los combates en Europa, muy distintos de las campañas en el Magreb, impactaron en el funcionamiento de la Legión y en su propia narrativa interna. Este capítulo explora la evolución de la Legión Extranjera durante la era de la guerra total (1914-1945), así como las ideas y las tradiciones que la formaron. Considerando el contexto histórico de formación de la Legión, analizar su desenvolvimiento durante las dos guerras mundiales, así como su momento de transformación en el período de entreguerras, permitirá encontrar diferencias y similitudes entre las motivaciones de las dos generaciones de voluntarios que lucharon en ella, las decisiones tomadas por sus oficiales ante la politización de la guerra, la evolución de su imaginario y de su cultura militar, así como la relevancia del reclutamiento extranjero en el contexto de los conflictos europeos.
La Legión en el siglo XIX Hubo tres tipos de razones que impulsaron la creación de la Legión el 9 de marzo de 1831: militares, sociales y políticas. En primer lugar, en 1830, el rey Carlos X de Borbón había ordenado la conquista de Argelia, aprovechando un incidente diplomático y necesitado de una causa nacional que acallase las protestas contra su reinado. Tras la Revolución de Julio de 1830, el rey Luis Felipe de Orleans heredaba un conflicto en el Magreb del cual no podía retirarse sin dañar el honor francés y para el cual carecía de los medios militares adecuados. En 1815 se había abolido la conscripción militar, manteniendo un pequeño ejército formado a partir de militares bonapartistas, aristócratas repatriados y mercenarios suizos, elementos poco afectos a la monarquía constitucional. En segundo lugar, debido al fracaso de las experiencias revolucionarias de 1830, miles de exiliados alemanes, suizos, belgas, neerlandeses e italianos habían encontrado refugio en París, donde esperaban continuar con la causa republicana. Esto implicaba un reto importante para Luis Felipe, que debía asegurar su propia supervivencia en el cambiante escenario de la política francesa y de las calles parisinas. Por estos motivos, la idea de un cuerpo militar voluntario para luchar en Argelia parecía ser una buena manera de mantener lejos y ocupados a los oficiales refractarios y a los radicales extranjeros.
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Desde el principio, la heterogeneidad de la Legión provocó numerosos conflictos. Al lado de veteranos de las guerras napoleónicas, coexistían personas sin experiencia militar. Además, su procedencia de países en conflicto también generaba diferencias entre los propios soldados. De ahí la decisión de agrupar a los voluntarios en regimientos nacionales. En cuanto a la oficialidad francesa, veía el servicio en esta unidad de exaltados y aventureros como una forma de degradación profesional. En abril de 1832, la Legión tuvo su bautismo de fuego contra la resistencia argelina a la colonización francesa (1830-1847) y luego fue utilizada en España en el marco de la Primera Guerra Carlista (1833-1840), durante la cual se tomó la trascendental decisión de establecer el principio de la amalgama y abandonar los regimientos por nacionalidad. De este modo, se intentaba borrar las lealtades previas del legionario con su patria de origen y fortalecer el vínculo emocional con la propia Legión. Para ordenar la instrucción de los voluntarios extranjeros, en 1843 se instalaron las principales instituciones de la Legión en la localidad multicultural de Sidi-Bel-Abbès (Argelia), cuyo imaginario orientalista contribuyó a la difusión del mito legionario. Tras su participación en los conflictos internacionales del Segundo Imperio, como la guerra de Crimea (1853-1856) y la intervención francesa en México (1862-1867), la Guerra franco-prusiana (1870-1871) supuso para los legionarios el primer desafío en suelo francés. La emergencia de la invasión alemana urgió al gobierno a implementar la contratación por la duración de la guerra, eliminando el compromiso fijo de cinco años. Una vez derrotada Francia, la Legión tomó parte en la represión de la Comuna de París, en mayo de 1871, evento que creó desconfianza en la izquierda política francesa hacia los regimientos extranjeros. Aunque el socialismo no estaba necesariamente en contra de la expansión de ultramar, desconfiaba de un cuerpo de mercenarios, aislados de la sociedad francesa, leales a sus propios oficiales y culpable de todo tipo de tropelías en los parajes coloniales. Lo cierto era que la Tercera República había encontrado en el imperio una causa que podía reparar el orgullo nacional luego de la derrota ante Alemania. Gracias a sus aventuras en Indochina, Madagascar, África Occidental y el Magreb, la Legión fue imaginada como una tropa de europeos que luchaba en escenarios salvajes y contra pueblos bárbaros. Comandada por oficiales franceses, las filas de la Legión estaban abiertas a todos los extranjeros, sin requisitos de documentación. Esto permitía el alistamiento de ciudadanos franceses, que podían hacerse pasar como suizos o belgas. El anonimato y la lejanía de sus bases de ultramar alimentaron una leyenda que describía a la Legión como una unidad de aristócratas arruinados, jóvenes descorazonados, prófugos de la justicia o burgueses de mentalidad aventurera. En realidad, lo que había en los regimientos extranjeros era un
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grupo humano muy diverso en términos de nacionalidad, pero muy homogéneo en cuanto a orígenes sociales. Desocupados, desertores, criminales, hombres endeudados y alcohólicos, la Legión nutría sus filas en los márgenes de la sociedad burguesa europea. Las condiciones socioeconómicas de la Europa de la Belle Époque expulsaban de la vida civil a miles de desahuciados que encontraban en la Legión un reclutamiento sin trabas burocráticas que les garantizaba salarios y comida, uniformes, escape de la vida común y, como sostenía la narrativa legionaria, la rehabilitación social y personal. Aunque los oficiales reclutadores no eran muy selectivos en cuanto a la moral y los antecedentes de los voluntarios, sí se resistían al alistamiento de africanos o asiáticos. Como parte del racismo estructural de la época, se sostenía que así se mantenía la identidad de la Legión como una unidad de hombres blancos luchando contra pueblos de color. Otra lectura podría interpretarla como una suerte de gueto militar que ejemplificaba la actitud ambivalente de Francia hacia los inmigrantes. De hecho, la Legión no era un buen ejemplo del proceso de asimilación de inmigrantes en Francia. Tras sus años de servicio, pocos legionarios solicitaban la ciudadanía francesa. Los voluntarios rara vez lo buscaban y los oficiales no lo promovían. Lo común era la deserción, el reenganche o la muerte. Al mismo tiempo, la unidad funcionaba como una especie de depósito donde otros regimientos del Ejército francés enviaban a sus elementos más indeseables. La mala calidad de los soldados, sumado a lo ridículo de las pagas y el destino incierto en las colonias, terminaban por espantar a los mejores oficiales del servicio en la Legión.
La Legión en la guerra de trincheras La Legión iniciaba el siglo XX portando una doble reputación contradictoria de unidad de marginales pendencieros y de cuerpo de elite a la vanguardia de la civilización. La contradicción fue profundizada por el reclutamiento masivo de agosto de 1914, cuando la movilización de extranjeros deseosos de luchar por la República creó una tensión entre el carácter profesional de la Legión y su deber legal de integrar a los miles de voluntarios idealistas que se ofrecían en el Ejército francés. El Ministerio de Guerra había anunciado que la nacionalidad francesa se facilitaría a todos los extranjeros inscritos en la Legión y también habilitó centros de reclutamiento allí donde se hallaba la mayor parte de la población inmigrante: París, Lyon y Toulouse. Además, los voluntarios podrían comprometerse por la duración de la guerra. A estas medidas debe agregarse la labor reclutadora de los consulados franceses y el poder de la propaganda de la Entente en el exterior, que describía la guerra
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como un combate existencial entre los valores de las democracias occidentales y el militarismo alemán. Unos treinta comités de distintas nacionalidades fueron creados en suelo francés para encauzar el reclutamiento voluntario de los extranjeros que siguieron el llamamiento en defensa de la República francesa. Especialmente permeables a esta narrativa fueron los estudiantes, periodistas e intelectuales extranjeros residentes en Francia, convencidos de la moralidad de la guerra contra Alemania y provenientes de naciones donde la francofilia era la norma común entre las elites ilustradas. Polacos, checos, armenios, suizos, belgas, griegos, italianos, españoles y latinoamericanos, vieron la guerra como la gran aventura de su juventud y la lucha por una civilización francesa a la que deseaban pertenecer. Entre los últimos no faltaron francófilos más arriesgados que cruzaron el Atlántico para enrolarse. Después de todo, las repúblicas latinoamericanas estaban muy influidas por la cultura y las ideas políticas de Francia por las preferencias de sus clases dirigentes y la política cultural de la República francesa en las principales capitales del continente americano. Por estas razones, para septiembre 1914, entre los regimientos en África y los nuevos voluntarios, el Ejército francés llegó a registrar 43 mil reclutas extranjeros, de los cuales 17 mil permanecieron en la Legión. Con todo, la Legión no movilizó a la totalidad de sus hombres en el conflicto. Los regimientos extranjeros en activo permanecieron en Marruecos, Argelia y Tonkín. Si, por un lado, Francia no tenía interés en desguarnecer sus colonias, se trataba de unidades conformadas en un 30 % por soldados alemanes y austríacos, en los cuales, según se creía, no se podía confiar en los campos de batallas europeos. De ahí que el Ministerio de Guerra ordenase la creación de cuatro nuevos regimientos de marcha de infantería extranjera para la guerra en Europa, a partir de los voluntarios recién enlistados y legionarios seleccionados en África. Una buena parte de los nuevos voluntarios estuvo conformada por hombres de clase media, hipnotizados por la idea de participar de una gran aventura y de defender la República. No pocos de este grupo eran judíos exiliados por los pogromos del Imperio zarista o activistas de izquierda de la Europa mediterránea. También hubo miles de trabajadores inmigrantes, residentes en Francia y sometidos a todo tipo de situaciones irregulares, que se enlistaron en la Legión para obtener reconocimiento social y derechos civiles. En el caso particular de los italianos, su gran número motivó la decisión de agruparlos en el 4º Regimiento de Marcha de la Legión Extranjera, también conocido como Legión Garibaldina, en honor de Giuseppe Garibaldi, héroe de la unificación italiana y paradigma del voluntario extranjero. Siguiendo la tradición familiar, al mando de ella estuvo su nieto Giuseppe “‘Peppino” Garibaldi. Tratando de emular a su abuelo, Peppino había saltado de la actividad empresarial a las aventuras
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militares durante toda su juventud. Para noviembre de 1914, se encontraba al mando de un regimiento de 2.100 italianos, a quienes incentivó a utilizar las clásicas camisas rojas de los voluntarios de su abuelo en las guerras italianas. Por esta y otras razones, las relaciones de Peppino con los oficiales franceses fueron muy malas. Los comandantes formados en Saint Cyr no se tomaban a bien las excentricidades del nieto de Garibaldi, cuya formación militar era nula y su sed de gloria, excesiva. En su conjunto, los cuatro regimientos de marcha soportaron bajas muy elevadas por la rigidez de las tácticas frontales del general Joseph Joffre y, tras el fracaso francés en penetrar la línea alemana en Champaña, en marzo de 1915, fueron disueltos. No sólo habían sido diezmados por la muerte, las heridas y las enfermedades del frente, sino que también sufrían una hemorragia de hombres trasladados a otras unidades del Ejército francés. Estos traslados se debían tanto a necesidades militares, como a las solicitudes de miles de voluntarios extranjeros, que se sentían expulsados por el espíritu de cuerpo de la Legión. Además, con la entrada en guerra de Italia, la mayoría de los legionarios italianos fue retornada al ejército de su país. Como fuese, todo indica que el rendimiento de los regimientos de marcha dejó mucho que desear, no solamente por el apresuramiento con el que fueron instruidos y enviados al frente, sino también por los choques culturales en su seno interno. El entusiasmo inicial de los idealistas de todas las nacionalidades solo fue igualado por el engaño que sufrieron al ser colocados en la Legión Extranjera, cuya atmósfera de unidad mercenaria era diametralmente opuesta a sus valores ilustrados y patrióticos. Como era habitual, los judíos fueron el blanco principal del maltrato de los viejos legionarios y de los cuadros de un Ejército francés donde predominaban los elementos nacionalistas y antisemitas. Los hábitos de los legionarios “africanos”, la tiranía de los suboficiales y la vida en los cuarteles espantaba a los ciudadanos acostumbrados a hacerse oír y a decidir por sí mismos en las sociedades democráticas. Los propios oficiales y sargentos de la Legión se sentían poco inclinados a aceptar a estos personajes de la Europa burguesa, excesivamente liberales, cultos e individualistas para los parámetros de la Legión. En cambio, los voluntarios de origen proletario se adaptaron mucho mejor a los regimientos extranjeros. Al final de cuentas, el ritmo de trabajo en las fábricas y en los puertos y las carencias de la vida obrera de inicios del siglo XX no distaban tanto de la rudeza, la apatía y las penurias cotidianas en la Legión. En definitiva, la Legión pagó el precio de la actitud ambigua que Francia ejercía hacia los extranjeros en su territorio. En lugar de ser incorporados a la sociedad francesa por medio de los regimientos metropolitanos, el gobierno francés los destinaba al gueto legionario. ¿Cómo resolvió la Legión esta ten-
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sión? Permaneciendo fiel a sus tradiciones. Al definir su personalidad como una unidad profesional, purgó a los individuos que no se adecuaban a su cultura militar y en noviembre de 1915 formó el Regimiento de Marcha de la Legión Extranjera (RMLE), que contó con 13 mil hombres, seleccionados cuidadosamente entre voluntarios de 1914 y legionarios veteranos. Por otro lado, otros batallones activos de la Legión conformaron el Regimiento de Marcha de África (RMA), junto a unidades de zuavos y tiradores senegaleses, participando en las campañas de Serbia, Gallipoli y Salónica. La Legión fue entonces reducida en tamaño, pero ganó en eficiencia y el RMLE fue uno de los regimientos franceses más condecorados de toda la guerra, luchando a la vanguardia de ofensivas como el Somme, Aubérive, Verdún y el Marne. Formado esencialmente por hombres de trayectoria africana, su acometividad en el frente se evidenciaba por unas desproporcionadas cifras de bajas, no solo de soldados, sino también de oficiales. Su propio comandante, el coronel Jean Duriez, pereció en Aubérive en abril de 1917, siendo reemplazado por Paul-Frédéric Rollet, a quien le esperaría un futuro de notoriedad en la Legión. Las acciones del RMLE en la Gran Guerra convirtieron a la Legión en parte fundamental de la narrativa nacionalista francesa y dieron cuerpo a su leyenda en el exterior. En 1918, el gobierno de los Estados Unidos aprovechó su fama para impulsar el voluntariado en la Fuerza Expedicionaria Estadounidense, a través de los relatos sobre la Legión en la prensa local. Para maximizar la campaña, se invitó a un contingente de 86 legionarios a visitar los Estados Unidos, donde asistieron a eventos en su honor en Nueva York y Washington. Allí fueron recibidos en el Capitolio y en la Casa Blanca por el presidente Woodrow Wilson. El viaje fue instrumentalizado por la prensa francesa y estadounidense, con motivos políticos, para producir una opinión pública favorable a la guerra y a la expansión del gasto militar. Los periódicos utilizaban un estilo apologético que elevaba a los legionarios a la categoría de paladines de la libertad y del progreso, ocultando los cientos de motivaciones distintas que empujaban a los voluntarios a recurrir a la Legión y la verdadera naturaleza de los legionarios “africanos”. En todo caso, el 14 julio de 1919, la Legión marchó en el desfile de la Victoria, por los Campos Elíseos de París, bajo las aclamaciones de los ciudadanos. Si la reputación de la Legión en el Frente Occidental fue bien ganada, su utilidad objetiva en el panorama total de la guerra había sido limitada. La unidad deliberadamente derrochó o eliminó fuentes importantes de reclutamiento, al negarse a asimilar a aquellos elementos que no se adecuaban al ethos legionario. Además, la Legión tendía a luchar en la vanguardia y sufría enormes pérdidas, que no siempre se podían reemplazar. Como consecuencia,
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a medida que el conflicto se prolongaba y las bajas se multiplicaban, el RMLE fue enflaqueciéndose, hasta contar con poco más de mil hombres hacia el final de la guerra. El mal manejo de la ola inicial de voluntarios, la reputación peligrosa de la Legión y la propagación del conflicto a países que podrían haber proporcionado voluntarios fueron factores que se combinaron para preocupar a los oficiales acerca del destino de la unidad. A esto cabe agregar la reticencia del mariscal Hubert Lyautey, residente general en Rabat, a enviar refuerzos desde las bases de la Legión en Marruecos, donde las tribus disidentes siempre buscaban promover la deserción entre los legionarios descontentos. Tras el armisticio, la vieja generación de legionarios “africanos” del RMLE había perecido en las trincheras y gran parte de la Legión fue desmovilizada con la paz. Al mismo tiempo, Francia había extendido sus intereses coloniales con la adquisición de Siria y Líbano, mediante el sistema de Mandatos de la Sociedad de Naciones. Cuando en 1919 la defensa de un imperio extendido y de la frontera en el Rin urgieron a reiniciar las campañas de reclutamiento de los regimientos extranjeros, el problema de la carencia de hombres se transformó en uno de sobreoferta. Las conmociones políticas y la crisis económica de Europa Central y Oriental en la posguerra empujaron a la Legión a miles de voluntarios inestables, mal alimentados, provenientes de naciones que habían luchado contra Francia. El problema no estaba solamente en la tropa, sino que la escasez de jefes también implicaba problemas de organización y de liderazgo. Para mantener su identidad como unidad colonial, era necesario un momento de reorganización y de reinvención. Tal tarea fue asumida por un personaje decisivo en la historia legionaria: el coronel Rollet, “padre de la Legión”.
Reinvención de la Legión en el período de entreguerras Hijo de una familia de militares y graduado de Saint Cyr, Rollet entró en la Legión en 1899, en la cual haría casi toda su carrera, pasando por Madagascar, Argelia, Marruecos y las trincheras del Frente Occidental. Condecorado con la Legión de Honor, en 1919, regresó a Marruecos, al mando del RMLE, reconvertido en el 3° Regimiento Extranjero de Infantería (REI), en Fez, para luego ser trasladado al 1° REI, en Sidi-Bel-Abbés, en 1925. Desde entonces, Rollet se consagró a la selección e instrucción de los nuevos reclutas y a la mejora de las condiciones de servicio y retiro de la unidad. Para 1931, año del Centenario de la Legión, fue ascendido a general de brigada y había hecho de Sidi-bel-Abbès la ciudad sagrada de la unidad gracias a la construcción del monumento a los caídos, la asistencia de los veteranos y la normalización de la tradición legionaria en torno a la conmemoración de la batalla de Camarón
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y el mito de la rehabilitación. Sin hacer preguntas sobre el origen de cada voluntario, la Legión daba a los desorientados la posibilidad de borrar un pasado conflictivo, adquirir honores y rehabilitarse ante la sociedad. El gran objetivo de la narrativa promovida por Rollet era lavar la imagen de la Legión, vista públicamente como depósito común de pendencieros, criminales y desertores, así como dotar de una identidad común a un cuerpo de mercenarios extranjeros que atravesaba un momento de crisis. Si la Gran Guerra había traído a la Legión a una masa de francófilos y patriotas, desde 1923 la unidad se había visto inundada de voluntarios extremadamente politizados, movilizados por las convulsiones políticas de la Europa de entreguerras. Socialistas y demócratas exiliados de la Italia fascista, contrarrevolucionarios rusos, espartaquistas y militantes de izquierda alemanes y comunistas de todas las naciones europeas buscaron en Francia un refugio y en la Legión, un modo de vida y de continuar sus respectivas luchas. De ahí el esfuerzo de Rollet por fomentar un cuerpo de tradiciones que consolidase la identidad común para todos los legionarios y los hiciese olvidar sus ideas políticas. Las actividades de Rollet también involucraron cambios organizacionales a la vista del desafío de los caudillos marroquíes que, en las zonas del Rif y de los Montes Atlas, contestaban la autoridad del sultán Yusuf ben Hassan y del Protectorado hispanofrancés. En 1921, las tribus rifeñas refractarias se habían organizado en torno a la figura de Mohammed Abd el-Krim, quien anunció al mundo la independencia de la República del Rif y se lanzó a la guerra contra los españoles. Tras cuatro años de enfrentamientos, Abd el-Krim atacó los puestos franceses, entusiasmado como estaba por sus éxitos iniciales y por el apoyo de la opinión pública internacional. La respuesta fue implacable, ya que Francia y España coordinaron sus fuerzas y, en poco más de un año, destruyeron la rebelión organizada. A los legionarios del 1° REI y del 3° REI, Francia agregó unidades coloniales veteranas de la Primera Guerra Mundial, mientras que España formó su fuerza de choque con los Regulares Indígenas y el Tercio de Extranjeros, unidad creada a imagen y semejanza de la Legión. Tras el exilio de Abd el-Krim, las bandas de los Montes Atlas siguieron oponiéndose a los franceses hasta que, en 1935, fueron finalmente derrotadas por los regimientos legionarios y las tropas coloniales. Aunque el norte de África fue el hogar operacional y espiritual de la Legión, sus batallones también vieron acción en otras zonas convulsas del imperio francés. En 1925, las tensiones entre las elites árabes y las autoridades francesas explotaron en la Gran Revuelta Siria, un levantamiento generalizado de distintas facciones nacionalistas y religiosas, que reclamaban la independencia de Siria y Líbano. El 5º batallón del 4º REI y el 4º escuadrón del 1º REC de la Legión fueron despachados a la zona y
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colaboraron en la represión de la insurrección, terminada en 1927. Pocos años después, en 1930, estalló un motín de vietnamitas del Ejército colonial francés en la guarnición de Yên Bái, Tonkín, apoyados por partidos nacionalistas. El 5° REI y otras unidades del Ejército francés contraatacaron y, en tan solo un día, derrotaron a los amotinados y forzaron a los políticos nacionalistas a marchar al exilio en China.
Entre De Gaulle y Pétain: la Legión dividida Rollet se retiró del Ejército en 1935, de modo que no participó de la enorme expansión de la Legión en la Segunda Guerra Mundial. Nuevamente, como en 1914, la Legión se veía ante la doble disyuntiva de manejar a la minoría de legionarios alemanes en un conflicto contra Alemania, y de reclutar y adaptar a una oleada de voluntarios comprometidos con ideas políticas. Las leyes de Nuremberg y la expansión de la Alemania nazi a costa de Checoslovaquia y Austria vieron un incremento exponencial en las masas de exiliados que se enrolaron en la Legión. Ante la amenaza de guerra, en 1938 el Ministerio de Guerra había convocado a filas a legionarios pasados a reserva, promovido las campañas de reclutamiento y recuperado la modalidad de contratación por la duración de la guerra. Luego, en abril de 1940, la Legión incorporó a un buen número de republicanos españoles, que habían cruzado los Pirineos el año anterior, escapando de la derrota en la Guerra Civil (1936-1939). Inicialmente confinados a campos de concentración junto a sus familias, a los españoles se les ofreció la posibilidad de colaborar con Francia mediante las Compañías de Trabajadores Extranjeros o la Legión. Unos 1.100 hombres, los más comprometidos con la causa antifascista, se unieron a los regimientos extranjeros. Al igual que en la Gran Guerra, los regimientos activos del Magreb, Levante e Indochina permanecieron allí para guarnecer los intereses franceses y para retener lejos del frente europeo a los legionarios procedentes de los estados enemigos, como Alemania, Austria e Italia. De este modo, la Legión participó de la Segunda Guerra Mundial mediante nuevos regimientos, organizados entre septiembre de 1939 y marzo de 1940. En el campamento de La Valbonne, al este de Lyon, a partir de veteranos reenganchados y legionarios del Magreb, se formó el Grupo de Reconocimiento de División de Infantería nº 97 y el 11º REI. Allí también se organizó el 12º REI, con una mezcla de cuadros legionarios, reservistas y voluntarios contratados por la duración de la guerra. Al otro lado del Mediterráneo, en Sidi-Bel-Abbés, fue creada la 13° Media-Brigada de la Legión Extranjera (MBLE), con legionarios de Marruecos y de Argelia que se ofrecieron a luchar en Europa. Sus jefes fueron dos héroes de la Primera
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Guerra Mundial: el coronel Raoul Magrin-Vernerey y el capitán Pierre Koenig. En cuanto a la masa de militantes antifascistas, el Ministerio de Guerra creyó que sería mejor agruparlos en regimientos por fuera de la estructura legionaria. Así fue como, en Le Barcarés, en los Pirineos Orientales, se formaron los 21°, 22° y 23° Regimientos de Voluntarios Extranjeros (RMVE). Casi todos sus mandos fueron oficiales y sargentos traídos de los regimientos de África o veteranos de la Legión. En su conjunto, hacia 1940, el Ejército francés contaba con 83 mil soldados extranjeros en sus registros. La mayoría de los voluntarios centroeuropeos eran profesionales, activistas y burgueses cultos y politizados, justamente el tipo humano que siempre la Legión había evitado. Fuesen polacos, checos, judíos o alemanes, habían sido perseguidos y desterrados por la Alemania nazi. En cuanto a los españoles, habían luchado durante tres años contra un movimiento nacionalista muy cercano a los regímenes fascistas y muchos de ellos portaban concepciones democráticas sobre el Ejército o tenían vínculos con el Partido Comunista. En su conjunto, se trataba de hombres que habían sacrificado mucho por sus naciones o por sus ideales políticos, de modo que resultaba muy difícil para los oficiales de la Legión adoctrinarlos y disciplinarlos para que olvidasen sus vidas pasadas y limitasen su horizonte a los cuarteles legionarios. El compromiso de los nuevos voluntarios con la Legión era temporal, su lucha no era la defensa del imperio colonial francés, sino una causa de orden moral contra el fascismo. Tal como en 1914, hubo entonces un choque de mentalidades entre los viejos legionarios y los voluntarios de la guerra. Por este motivo, los nuevos regimientos no fueron movilizados al frente hasta que la invasión alemana se hizo inminente. Con todo, poco pudieron hacer por la defensa de Francia y, tras la capitulación del gobierno del mariscal Philippe Pétain, en junio de 1940, fueron disueltos. Solo la 13° MBLE corrió un destino distinto. Luego de luchar en la campaña de Noruega, la ofensiva de la Wehrmacht la había obligado a regresar al Hexágono y se hallaba en Bretaña cuando le llegaron las noticias del armisticio. Desde Brest, la 13° se embarcó a Escocia, para luego trasladarse a Trentham Park, en Stoke, donde los ingleses construyeron un campo para los soldados franceses que habían decidido huir del continente. Los legionarios se encontraron ante la posibilidad de continuar la lucha contra Alemania o de volver al norte de África, una decisión con altas implicaciones morales y que era menos evidente de lo que se cree. En primer lugar, el Ejército francés había sido completamente derrotado y los que se hallaban en Trentham no habían oído por radio el llamamiento del 18 de junio de Charles de Gaulle al reagrupamiento de las Fuerzas de la Francia Libre (FFF). Además, la mayoría de ellos
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sentía poco afecto por los ingleses, especialmente luego de haberse sentido abandonados en la evacuación de Dunquerque. Otros no deseaban más que volver a Francia y olvidarse de la guerra. Al final, la visita del mismísimo De Gaulle al campamento de Trentham y la decisión de Magrin-Vernerey y Koenig de seguir luchando terminó por convencer a la mayoría de los legionarios. De los 1.619 hombres que habían quedado de la 13°, unos 900 siguieron a sus dos comandantes detrás de la causa gaullista, mientras que el resto fue embarcado a Marruecos. Al igual que en el Levante e Indochina, los comandantes del Ejército francés en África eran, en su mayoría, simpatizantes de la Revolución Nacional de Pétain, que aceptaron al nuevo gobierno como legítimo y abrazaron una neutralidad que los eximía de tener que colaborar con los alemanes o de seguir a De Gaulle. Hombres de trayectoria colonial, sentían más animadversión por el Imperio británico que por Alemania, sobre todo luego de que la Real Armada destruyese la flota francesa en Mers el-Kébir. Su espíritu de lucha podía verse apagado también por el hecho de que en 1940 Alemania parecía encaminarse hacia la victoria total. Además, el mariscal Pétain era el “león de Verdún”, una eminencia nacional y un hombre con mucho ascendiente sobre el Ejército, mientras que De Gaulle era un oscuro general acusado de alta traición, cuyo llamamiento sonaba a una bravata sin destino alguno. Entre el armisticio, las deserciones y las presiones de Alemania por repatriar a los legionarios alemanes y austríacos, la Legión en África fue reducida de 50 mil a 18 mil hombres. El clima entre los oficiales oscilaba entre el descontento, la depresión y la apatía. Aunque se trataba de militares profesionales que obedecieron al gobierno de Vichy sin hacer demasiadas preguntas, probablemente muchos de ellos no se sentían a gusto al ser aislados del más grande conflicto bélico de su generación. En el otro extremo, la 13° MBLE, bajo el mando del coronel Koenig, participó en las campañas de las fuerzas gaullistas en Dakar, Gabón, Eritrea y Sudán, entre septiembre de 1940 y abril de 1941. Luego, como parte de la Brigada Francesa del Oriente, se unió al Ejército británico para hacer la campaña del Levante. Entre las fuerzas de Vichy en Siria se hallaba el 6° REI de la Legión, cuyo comandante, el coronel Fernand Barre, era un abierto partidario de Pétain que había purgado al 6° REI de sus elementos gaullistas. Tras casi un año luchando en nombre de De Gaulle, los hombres de la 13° habían adquirido un auténtico compromiso con la causa aliada. La política de la guerra había penetrado la Legión profesional de Rollet y se vio en la campaña propagandística previa a los combates en Siria, donde la 13° y el 6° se lanzaron acusaciones recíprocas de colaboracionismo y de traición. Aunque el fuego cruzado entre
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los dos regimientos fue inevitable, sus oficiales habían hecho todo lo posible por no enfrentarse en el campo de batalla. Con la caída de Damasco y la rendición de las autoridades de Vichy en Siria, llegó la confrontación personal entre los jefes de la Legión. A los legionarios del 6° REI, Koenig les ofreció incorporarse a la 13° MBLE o ser repatriados a Francia, pero Barre se opuso fervientemente a luchar por De Gaulle y la mayoría de sus hombres lo siguió. Integrada en la 1ª Brigada de la Francia Libre (BLE) del ahora general Koenig, la 13° participó en la campaña de las fuerzas aliadas en el norte de África, entre mayo de 1941 y noviembre de 1942. Su primer encuentro con alemanes e italianos fue en Bir Hakeim, Libia, donde, a pesar de haber tenido que abandonar sus puestos, la brigada de Koenig pudo retrasar el avance enemigo. Con todo, en la segunda batalla de El Alamein, en Egipto, el desempeño de la 13° fue muy cuestionable. Los legionarios tuvieron problemas con los tanques y los vehículos proporcionados por los ingleses, sus comunicaciones por radio fallaron y sufrieron todo el poder del Afrika Corps de Erwin Rommel. Su propio comandante, el coronel Dimitri Amilakvari, pereció en la batalla. Los soldados de la frontera colonial eran aptos para el combate de infantería, pero, ante los desafíos de la guerra moderna, su capacidad de respuesta parecía limitada. Así lo interpretó el general Bernard Montgomery, que retiró a la 13° del frente. Mientras tanto, el general Henri Giraud, en contacto con los comandantes angloamericanos, se hacía con mando del Ejército francés en Marruecos y Argelia, luego de los desembarcos aliados, en noviembre y diciembre de 1942. Para la campaña de Túnez, Giraud ordenó la creación del 3° Regimiento Extranjero de Infantería de Marcha (REIM), el cual tuvo un rol muy secundario en la victoria aliada. A inicios de 1943, la 13° regresaba a Sidi-Bel-Abbés, donde fue gélidamente recibida por el 1° REI. Abiertamente leales a Pétain, los oficiales del 1° se enfrentaron con sus colegas de la 13°, ya que éstos recorrían las barracas de la capital legionaria tratando de seducir a los soldados con mejores pagas y el prestigio de la causa aliada. Los conflictos entre gaullistas y petainistas marcaron la vida de la Legión durante lo que quedó de la guerra, a pesar de la unificación de las fuerzas de Giraud y de De Gaulle, a mediados de 1943, en el Ejército Francés de Liberación. Desde entonces, la 13° fue organizada de acuerdo con los parámetros del Ejército estadounidense y, reforzada con legionarios de Marruecos, tuvo un papel destacado en la campaña italiana. Por otro lado, el 3° REIM se reconvirtió en el RMLE, también uniformado y equipado por el Ejército estadounidense. Integrados en el 1° Ejército Francés del general Jean de Lattre de Tassigny, los legionarios de la 13° SBLE, el RMLE y el 1° Regimiento Extranjero de Caballería combatieron hasta el final por la liberación
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de Francia, desde el desembarco en Provenza, en el verano de 1944, hasta la batalla de los Vosgos y la invasión de Alemania, en mayo de 1945. Mientras la Francia metropolitana era liberada, la situación en Extremo Oriente era especialmente difícil. Aprovechando la derrota del Estado de Vichy en marzo de 1945, las tropas japonesas habían ocupado la Indochina francesa, masacrando civiles y militares franceses. El 5° REI de la Legión en Tonkín escapó a duras penas, llegando a la frontera china luego de una marcha mortal de 93 días y 1500 kilómetros. Humilladas y deshechas, las fuerzas francesas habían perdido toda su reputación de invencibilidad en Indochina, dejando el campo libre para que la Liga por la Independencia de Vietnam o el Viet-Minh lanzase en agosto de 1945 su revolución contra el Protectorado francés. En el otro extremo del imperio, el Norte de África había aportado 170 mil soldados al Ejército de Liberación, por ende, el gobierno provisional de De Gaulle había hecho muchas promesas a los líderes nacionalistas acerca del futuro de sus países. Sin embargo, en mayo de 1945, en Argelia, el Ejército francés masacraba a los manifestantes anticolonialistas en Sétif, Guelma y Ketarra. De este modo, Francia se adentraba en el brumoso escenario de la descolonización de su imperio. Nervio y músculo de las fuerzas coloniales, la Legión sería una pieza clave en los conflictos de Indochina (1945-1954) y Argelia (1954-1962), que forjaron para siempre la memoria colonial francesa y la fama de los legionarios como soldados del imperio.
Conclusión En una era dictada por el expansionismo imperial y el predominio de la nación como elemento ordenador de la sociedad, la Legión supo ofrecer a los desorientados y los exiliados de la Europa burguesa un refugio castrense donde rehacer sus vidas. Ahora bien, la Legión estaba organizada para manejar regimientos reducidos de mercenarios en escenarios coloniales, por lo que tuvo graves problemas para adaptarse a las exigencias técnicas y a las cargas ideológicas de la guerra total. La Gran Guerra llevó a la Legión al territorio francés y movilizó a miles de voluntarios extranjeros, ansiosos por luchar por Francia, para quienes el choque cultural con los veteranos de África fue brutal. Purgado de los idealistas, el RMLE tuvo una acción destacada en el Frente Occidental, mientras el resto de los regimientos activos permanecía en las colonias, guarneciendo los intereses imperiales franceses y aislando a los legionarios alemanes de la guerra con su nación de origen. Entre 1915 y 1918, la eficacia de la Legión en construir un cuerpo profesional y acometedor en la guerra de trincheras elevó su prestigio al máximo, convirtiéndola en objeto predilecto de la propaganda nacionalista francesa.
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Tras la paz, la desaparición de la vieja generación de legionarios y la expansión de la unidad con voluntarios politizados puso en peligro su identidad y su misión. De ahí el esfuerzo del general Rollet por consolidar el espíritu de cuerpo. Mediante una labor de reorganización estructural y de reinvención de tradiciones, Rollet logró dotar a los legionarios de una continuidad con un pasado heroico y una identidad profesional desligada de lealtades nacionales o políticas. O al menos esto fue lo que intentó. La era de los fascismos trajo a la Legión miles de militantes de izquierda y judíos exiliados, altamente comprometidos con causas patrióticas y políticas, quienes veían en la Legión no un destino profesional sino un medio para continuar la lucha antifascista. El encuentro con los oficiales y los veteranos de la Legión fue más áspero que en 1914, si se tiene en cuenta que lo que predominaba en ésta era un clima de ideas conservadoras, imperialistas y abiertamente antisemitas. Al igual que otros comandantes del Ejército francés, los jefes de la Legión debieron decidir si continuar la lucha detrás de De Gaulle o plegarse a la neutralidad con el gobierno de Pétain. Así, la Legión de Rollet se politizó y la campaña en Siria puso a los legionarios de la 13° SBLE y del 6° REI en lados opuestos del campo de batalla. La Segunda Guerra Mundial también puso en evidencia los problemas técnicos e intelectuales de la Legión para adaptarse a la guerra moderna. Entrenados para las escaramuzas coloniales, los legionarios de la 13° SBLE sufrieron enormemente el enfrentamiento con la Wehrmacht. Al final de cuentas, la reunificación de las fuerzas militares francesas y su reorganización y equipamiento bajo los parámetros estadounidenses fueron los factores que salvaron a la Legión de ser marginada de la campaña de Liberación. En síntesis, la Legión no salió indemne de las conflagraciones mundiales. La movilización masiva de extranjeros en 1914 y 1939, las narrativas nacionalistas e ideológicas de los dos conflictos y la dificultad en adaptarse a la movilidad y la tecnología de la guerra total transformaron a la Legión conocida hasta entonces. La leyenda legionaria podía ofrecer imágenes orientalistas de un cuerpo de elite en la vanguardia de la civilización, así como relatos brutales de una unidad de criminales, pero lo que había detrás de la ficción era una unidad compleja, comandada por oficiales poco ortodoxos y poblada de hombres de diversas categorías nacionales y sociales que se dirigían a la Legión por un sinfín de motivos personales, económicos o ideológicos. Para 1945, la Legión había demostrado que, con todas sus dificultades y limitaciones, había podido adaptarse a las fluctuaciones de la guerra. La descolonización abriría una etapa nueva que, una vez más, confrontaría a los oficiales legionarios con todos los problemas morales de la época y que moldearía la reputación de la Legión en el siglo XX.
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Lecturas sugeridas Comor, André-Paul, La Légion étrangère : Histoire et dictionnaire. París: Robert Laffont, 2013. Larroumet, Marie. Mythe et images de La Légion étrangère. París: L’Harmattan, 2004. Oliva, Gianni. Fra i dannati della Terra. Storia della Legione Straniera. Milán: Mondadori, 2014. Porch, Douglas. The French Foreign Legion: A Complete History of the Legendary Fighting Force. Nueva York: Skyhorse Publishing Inc, 2010. Soulié, Pierre. Paul-Frédéric Rollet : père de la Légion étrangère. París: Italiques, 2007.
A la sombra del sol naciente: Manchukuo y la propaganda japonesa (1931-1945)
Manuel de Moya Martínez
Manchuria, Japón y la invasión de 1931 Desde comienzos del siglo XX, los japoneses habían gozado de una destacada influencia en la región de Manchuria, situada en la parte nororiental de China y limítrofe con Rusia a lo largo de cientos de kilómetros. A raíz de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), el país del sol naciente había logrado establecerse en la zona: la península de Lüshunkou y el puerto de Dalian se convirtieron en una concesión territorial, para lo cual se estableció una guarnición local, el denominado Ejército de Kwantung. Existía también una línea férrea que enlazaba el puerto con el interior, que quedó bajo gestión de una nueva empresa: la Compañía del Ferrocarril del Sur de Manchuria. Durante las siguientes dos décadas se incrementó la influencia japonesa con la llegada de nuevas inversiones e incluso de población procedente de la metrópoli. Todo este proceso se desarrolló coincidiendo en el tiempo con la debilidad del poder central chino tras la caída del Imperio Qing, en 1912, y el inicio de la era de los señores de la guerra. Este hecho favoreció que el control de Manchuria fuera detentado por caudillos militares que en la práctica la gobernaban como si de un territorio independiente se tratase. A esto se unía la circunstancia de que en la zona del noreste también proliferaban un gran número de grupos dedicados al bandidaje, cuyas actividades se veían amparadas por el vacío de poder y una geografía difícil. Para 1930 había crecido el interés nipón por | 83
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la región, que contaba con abundantes recursos naturales. En algunos círculos militares de Tokio también cobraba fuerza la idea de establecer en Manchuria y Mongolia una base de operaciones terrestre frente a una posible agresión de la Unión Soviética contra Japón.1 El 18 de septiembre de 1931 tuvo lugar un incidente en la zona del Ferrocarril del Sur de Manchuria durante el cual resultó destruido un carril. Aunque se trató de un atentado provocado por elementos extremistas de la guarnición nipona, sirvió de pretexto para lanzar una expedición de castigo contra los chinos. Una pequeña fuerza militar asaltó la ciudad de Mukden, capturándola en apenas unas horas. Las autoridades civiles de Tokio esperaban que el asunto no pasara de un conflicto local, pero el mando del Ejército de Kwantung dio la orden de extender las operaciones. Durante los siguientes meses se enviaron más unidades japonesas a la región y los avances se extendieron por todo el territorio. La ocupación se vio facilitada por la débil resistencia de las fuerzas chinas y la colaboración de algunos elementos locales. Para febrero de 1932 los japoneses habían logrado hacerse con el control de Manchuria, incluidas sus principales ciudades. Surgió entonces la cuestión de qué debía hacerse con el territorio conquistado. Desde un principio, los políticos de Tokio habían sido contrarios a este desarrollo de los acontecimientos y rechazaban la ocupación. Sin embargo, entre los círculos militares predominaba el deseo de no retirarse de las zonas ocupadas y mantener su control a largo plazo. Finalmente, se optó por promover la escisión de las provincias del noreste y crear una nación títere que estaría bajo el control de Tokio. El nuevo país sería conocido por el nombre de Manchukuo. Los ocupantes situaron como jefe de Estado al que había sido el último emperador de China, Aisin-Gioro Puyi, quien se prestó a colaborar tras haber recibido promesas de una posible restauración en el trono. Las hostilidades entre los japoneses y los chinos quedaron congeladas hasta comienzos de 1933, cuando se reiniciaron al norte de la Gran Muralla. Tras varias semanas de combates, las fuerzas niponas lograron imponerse, ocupando una porción de territorio y amenazando a la antigua capital imperial, Pekín. Ambos bandos iniciaron entonces conversaciones de cara a alcanzar un alto el fuego, que acabaría desembocando en la llamada Tregua de Tanggu. Los contendientes acordaron la creación de una zona desmilitarizada entre sus respectivas áreas de control, al tiempo que la provincia de Rehe quedó integrada en Manchukuo. Aunque China consiguió ganar tiempo para reorganizarse, el 1 Shin’ichi Yamamuro, Manchuria under Japanese dominion (Filadelfia: University of Pennsylvania Press, 2006), 26-29.
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acuerdo suponía reconocer de facto la existencia del títere japonés en Manchuria. A partir de ese momento, los japoneses tuvieron las manos libres para desarrollar sus planes en su nuevo protectorado.
La pacificación La relativa facilidad con la que las fuerzas japonesas se habían hecho con el control de la región no supuso que el establecimiento del nuevo régimen se hiciera sin oposición. Aunque la creación del nuevo Manchukuo fue presentada bajo el pretexto de dotar a la etnia manchú de su propio país, la realidad era que los chinos Han constituían el grupo étnico mayoritario de la zona, siendo el origen de muchas de las revueltas que empezaron a surgir contra el nuevo dominio. En ese contexto, el Ejército de Kwantung había incrementado considerablemente su tamaño original, al tiempo que se convertía de facto en la guarnición nipona de Manchuria. Con el tiempo, el Estado manchú también dispuso de sus propias fuerzas armadas bajo una estricta supervisión nipona. En la primavera de 1932 tuvo lugar el primer gran levantamiento contra la ocupación nipona, liderado por el general Ma Zhanshan. Se daba la circunstancia de que este caudillo militar inicialmente había resistido a los invasores y luego pasó a colaborar con ellos. Tras declararse en rebeldía, Ma consiguió reunir un ejército de grandes dimensiones que se hizo fuerte en las zonas rurales y montañosas. Sus éxitos tácticos y la fama que adquirió fueron tales que los japoneses tuvieron que despachar un gran número de tropas para suprimir la revuelta. Se pusieron en marcha diversas estrategias que buscaban pacificar el territorio, como el desalojo de aldeas campesinas o el cerco y destrucción de los guerrilleros en grupos aislados. Para mediados de 1933 la mayor parte del ejército rebelde había sido aniquilado y sus restos debieron retirarse a la Unión Soviética. La supresión del levantamiento de Ma Zhanshan no puso fin al movimiento de resistencia en Manchuria, que se reactivaría de forma intermitente durante el resto de la década. En ese período operaron agrupaciones armadas ligadas a los nacionalistas (Kuomintang) y a los comunistas, siendo estos últimos los que alcanzarían un mayor éxito en sus acciones contra los ocupantes. Cabe señalar que los antiguos bandidos manchúes también tuvieron un importante peso en la composición orgánica de la guerrilla. En general, estas formaciones armadas consiguieron reunir miles de efectivos, si bien su equipamiento y formación no siempre eran óptimos. Su modus operandi se centraba en el hostigamiento de las fuerzas de ocupación y los elementos colaboracionistas, aunque en ocasiones también tenían lugar ataques contra las líneas de ferrocarril o pequeños puestos de guardia.
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Dados los éxitos iniciales que habían tenido las revueltas pro-chinas, la propaganda nipona no dudó en exaltar sus victorias cuando estas empezaron a producirse. Sobresale el caso de Yoshiko Kawashima, una espía de origen manchú que estuvo al mando de una unidad de caballería dedicada a las acciones antiguerrilla. Sus fuerzas estuvieron compuestas por entre tres mil y cinco mil efectivos, muchos de ellos antiguos bandidos cuya lealtad había sido sobornada. Kawashima llegó a ser descrita en la prensa nipona como la “Juana de Arco” de Manchukuo, en su rol de comandante contra las bandas de chinos que hostigaban al poder constituido. La propaganda también contribuyó a enmascarar la represión, pues muchas de las acciones dirigidas contra la resistencia china eran presentadas como meras operaciones policiales contra el bandolerismo local. Para el período 1937-1938 la represión ejercida por los japoneses y sus colaboradores había conseguido desmantelar el fenómeno insurreccional en buena medida. Las matanzas de civiles y los traslados de población minaron de forma efectiva el apoyo popular a la guerrilla, al tiempo que también eliminaban sus bases de apoyo y avituallamiento. La última partida armada de la resistencia se mantuvo activa hasta su localización y destrucción en febrero de 1940. A partir de esa fecha se pudo dar por completada la pacificación de Manchukuo, circunstancia que sería convenientemente explotada por la propaganda nipona.
La legitimación del nuevo Estado El establecimiento de un nuevo Estado sobre la Manchuria ocupada no fue visto con buenos ojos por la comunidad internacional. El gobierno japonés intentó que la Sociedad de Naciones reconociera la ocupación a través de la declaración de independencia de Manchukuo. No obstante, este propósito no se llegó a materializar dado que ello era incompatible con los tratados internacionales.2 Japón optó entonces por emprender una huida hacia adelante y en octubre de 1932 reconoció diplomáticamente a Manchukuo, siendo la única nación que lo hizo. Ante aquella tesitura sumamente adversa, tanto los japoneses como las autoridades colaboracionistas en Manchuria pusieron en marcha una campaña propagandística con el fin de dar legitimidad al nuevo país y mejorar su imagen exterior. 2 Tucker, David. “Colonial Sovereignty in Manchuria and Manchukuo”. En The State of Sovereignty: Territories, Laws, Populations, ed. por Douglas Howland y Louise White (Bloomington: Indiana University Press, 2017), 83-87.
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En un principio, los promotores de Manchukuo habían sostenido que su creación buscaba la liberación del pueblo manchú de la opresión china y el establecimiento de un país propio. Sin embargo, su propaganda acabaría haciendo énfasis en los valores del panasianismo de cara a presentar la armonía multiétnica de las poblaciones que habitaban el territorio. El relato nipón también hizo mucho énfasis en presentar a Manchuria como una región atrasada y mal gestionada, en la que el bandolerismo campaba a sus anchas. Como parte de la misión “civilizadora” que habían asumido los japoneses, estos fomentaron la modernización del país mediante la tecnología y la arquitectura. En la nueva capital, Hsinking, se levantaron grandes bulevares, zonas ajardinadas y un distrito gubernamental que incluía edificios monumentales destinados a acoger las sedes de los ministerios. Esta moderna urbe de líneas limpias contrastaba con el estilo abigarrado que todavía imperaba en las ciudades de origen chino. Los proyectos de modernización incluían la puesta en marcha de una industrialización a gran escala que tomaba como modelo los planes quinquenales de la Unión Soviética. Durante los siguientes años, por toda la región se levantaron altos hornos, factorías de automóviles y aeroplanos, plantas químicas o centrales eléctricas. Para atender a este incipiente tejido industrial fueron mejoradas las comunicaciones, construyéndose miles de kilómetros de carreteras y vías férreas. También se promovió una explotación intensiva de los recursos naturales, en especial de los minerales situados en el subsuelo. La agricultura también experimentó una etapa de expansión al calor de la llegada de los colonos japoneses y la introducción de maquinaria moderna. Al cabo de unos años, Manchuria producía materias primas, productos químicos, acero, materiales de construcción, equipo industrial, aviones y vehículos a motor, etc. Uno de los lemas del nuevo Estado fue el de las “cinco razas bajo una misma unión”, cuyos orígenes arrancaban en los primeros tiempos de la República china. Este principio enfatizaba la armonía existente entre los principales grupos étnicos del país: los Han, los manchúes, los mongoles, los Hui y los tibetanos. La bandera republicana de 1912 recogía este espíritu con franjas de colores que representaban por igual a las respectivas poblaciones: rojo, amarillo, azul, blanco y negro. Todos estos fundamentos se mantuvieron vigentes hasta 1928, fecha en que el Kuomintang los desechó. Los japoneses recuperaron en 1932 el antiguo lema para su uso en Manchukuo, pero manipularon su significado original para referirse a los manchúes, los chinos Han, los japoneses, los coreanos y los mongoles. La bandera de Manchukuo también reutilizó los colores de la enseña de 1912, si bien el amarillo (por los manchúes) tenía una mayor presencia respecto al resto de tonalidades.
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verdadera naturaleza de sus acciones. Por otro lado, se pretendía otorgar una cierta legitimidad a la creación de Manchukuo, pues el jefe de Estado era de etnia manchú. Poco importaba que Puyi fuera una marioneta en manos de los mandos del Ejército de Kwantung, cuya actitud dócil e indolente no constituía un obstáculo a los abusos perpetrados por la ocupación. Aun con todos los esfuerzos que estaban desarrollando los ocupantes y sus colaboradores locales, estos no pudieron borrar el estigma internacional que seguía prevaleciendo por la tutela de Tokio. Desde 1932, ninguna de las grandes naciones había otorgado reconocimiento diplomático a lo que seguía siendo considerado como un mero protectorado nipón impuesto sobre territorio soberano chino. Por si esto fuera poco, hacia 1934 sólo dos pequeños países de Hispanoamérica –El Salvador y República Dominicana– habían dado ese paso. La falta de legitimidad internacional motivó que la propaganda perseverara durante los siguientes años en su esfuerzo por cambiar esta tendencia.
La propaganda en el exterior Imagen 1: Cartel propagandístico de Manchukuo sobre la armonía racial
El anticomunismo fue otra de las cartas que jugó la propaganda japonesa con fines legitimadores. Durante aquellos años, la Unión Soviética se hallaba inmersa en un proceso de industrialización a gran escala y comenzó a enseñar su músculo militar, lo que alimentó ciertos temores de una posible expansión de la ideología comunista por Europa y Asia. A esto se une el hecho de que en Manchuria existía una importante colonia formada por rusos blancos que se habían exiliado tras la victoria bolchevique en la guerra civil. Entre los exiliados operaban varias organizaciones políticas de extrema derecha, entre las cuales sobresalía el Partido Fascista Ruso. Bajo este prisma, los japoneses llegaron a presentar a Manchukuo como un bastión anticomunista frente a la amenaza soviética. Tras haber atravesado una etapa de interinidad, la coronación de Puyi como emperador en 1934 supuso que el país adoptara la monarquía como forma de organización del Estado. De este modo, Manchuria pasó de ser un régimen con formas seudorrepublicanas a reconstituirse en un imperio, con todos sus rituales y elementos ceremoniales. El paso que se había dado apenas si tuvo trascendencia en la política real, pero sí poseía un alto valor propagandístico. Con el ascenso al trono de Puyi, los japoneses buscaban, por un lado, conectar simbólicamente con el antiguo Imperio Qing de forma de enmascarar la
Al margen de las actividades que se desarrollaban en Manchukuo, las autoridades de Tokio pusieron en marcha una profusa labor propagandística. Esta iniciativa buscaba, por un lado, hacer frente a la mala imagen que se había generado en el exterior como resultado de la invasión, especialmente entre los países de Occidente. La condena unánime de la Sociedad de Naciones había evidenciado hasta qué punto los japoneses estaban aislados dentro de la comunidad internacional. Pero también se hacía necesario justificar ante el público local las bondades de esta aventura colonial en el continente asiático. No eran pocos los que albergaban dudas de cara a este proyecto o, incluso, mostraban abiertamente su oposición por considerarlo una agresión contra una nación soberana. En un contexto en el que los militares incrementaban progresivamente su preponderancia sobre los asuntos civiles, el gobierno nipón acabó poniendo todos los recursos posibles al servicio de la causa imperial. Se movilizó desde los medios de comunicación al cine, la literatura, el arte o la publicidad. A modo de ejemplo, la industria cinematográfica se subió a este carro y apostó por la realización de un cine patriótico que debía ser consumido por las audiencias nacionales. Las autoridades, por su parte, pusieron en marcha una importante campaña para animar a los campesinos japoneses a emigrar y establecerse en suelo manchú. Esta iniciativa no solo buscaba contribuir a la colonización de la nueva colonia, sino también proporcionar una válvula de escape a muchas familias arruinadas por la crisis económica de 1929. Durante el resto de la
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década de 1930, varios centenares de miles de campesinos nipones emigraron a territorio manchú, instalándose en comunidades agrícolas. Contando con la asistencia japonesa, Manchukuo llegó a hacerse un hueco en las ferias mundiales de Chicago 1933 y Nueva York 1939 con el fin de aprovechar la plataforma que ofrecían ambos eventos para autopromocionarse. La Compañía del Ferrocarril del Sur de Manchuria desempeñó un rol destacado en este aspecto, en tanto que financió la realización y distribución de la propaganda estatal. Entre los materiales que llegaron a circular sobresalían los textos bilingües, las fotografías, las películas o las grabaciones de audio. Las imágenes que se transmitían al público internacional eran las de un país joven y dinámico que combinaba la modernidad con la tradición, recurriéndose con frecuencia a elementos del folclore local y al exotismo orientalista. No obstante, el resultado de estas iniciativas fue poco exitoso en cuanto a su impacto real. Mayor éxito alcanzaron las campañas publicitarias de la Compañía del Ferrocarril del Sur de Manchuria de cara al público occidental, pues en parte consiguieron romper la percepción negativa que había imperado desde 1931 como si de una foto fija se tratase. En este sentido, destaca lo ocurrido en 1934 con la inauguración del “Asia Express”, un nuevo servicio ferroviario de altas prestaciones que recibió numerosos elogios por parte de varios periódicos norteamericanos. El viaje inaugural había contado con la presencia de un grupo de reporteros de los Estados Unidos, país que desde la primera hora había rechazado reconocer diplomáticamente al Estado manchú. Así pues, durante esos años muchos turistas occidentales llegaron a visitar Manchukuo atraídos por folletos en los que imperaban las imágenes idealizadas y los relatos estereotipados. En algunos países occidentales también circuló propaganda de Manchukuo, en ocasiones disfrazada como literatura con carácter divulgativo. No faltaron los publicistas de la causa manchú, aunque en términos generales su influencia fue muy reducida. Sirva de ejemplo lo ocurrido en España, país en el que proliferaron tempranamente las opiniones a favor y en contra de las acciones japonesas dentro del ámbito mediático. Esta dinámica cambió a raíz del estallido de la Guerra Civil y los cambios que se produjeron en el plano diplomático. El reconocimiento diplomático de Manchukuo por la España franquista en diciembre de 1937 favoreció la difusión de propaganda por los medios de comunicación. En esa labor sobresalieron algunos autores como Andrés Révesz o Gaspar Tato Cumming, este último autor de varios libros con un alto contenido publicista sobre Manchukuo.3 3 De Moya Martínez, Manuel. “La imagen española de Manchukuo a través de la prensa y la propaganda”. En La Historia habitada. Sujetos, procesos y retos de la Historia Contemporánea
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Imagen 2: Pósteres propagandísticos de Manchukuo
Los ferrocarriles, una vía de progreso Dentro de los planes de desarrollo económico el ferrocarril estaba llamado a tener un papel crucial. Para comienzos de la década de 1930 ya existía en la región manchú una importante red ferroviaria que se había venido desarrollando bajo el influjo de las inversiones extranjeras, especialmente de Rusia y Japón. Uno de esos trazados, el llamado transmanchuriano, permitía un enlace más corto del ferrocarril transiberiano con la ciudad portuaria de Vladivostok. La Compañía del Ferrocarril del Sur de Manchuria (más conocida entre el público por su acrónimo japonés Mantetsu) controlaba varias líneas, como la que conectaba las ciudades de Changchun y Dalian. Su influencia económica en la zona fue tal que con el paso de los años también llegó a poseer industrias, altos hornos, centrales de electricidad, explotaciones agrícolas y una cadena de hoteles.
del siglo XXI, ed. por Francisco Acosta, Ángel Duarte, Elena Lázaro y María José Ramos Roví (Córdoba: UcoPress, 2023), 1815-1826.
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Tras la ocupación japonesa de la región fueron implementados una serie de cambios acordes con la nueva situación política. Se estableció una empresa estatal, Ferrocarriles Nacionales de Manchukuo, que asumió la titularidad de la mayor parte de las líneas existentes. En la nueva red también se acabaría incluyendo el trazado del transmanchuriano, que desde la década de 1900 había estado administrado por Rusia. Este cambio de titularidad tuvo una fuerte carga simbólica, ya que las autoridades lo presentaron de cara al público como el retorno de una infraestructura nacional a manos manchúes. Al control estatal solo escaparon las líneas operadas por la Compañía del Ferrocarril del Sur de Manchuria, que mantuvieron su independencia bajo la égida japonesa. De hecho, los técnicos de la Mantetsu gozaron de una gran influencia en las labores logísticas y de planificación sobre toda la red ferroviaria, reflejando quién ostentaba el poder real. Se proyectó un plan decenal de expansión de la red ferroviaria que incluía la construcción de nuevas líneas e instalaciones, de cara a incrementar los volúmenes de tráfico. A finales de 1939, siete años antes de lo previsto inicialmente, la red había aumentado su tamaño hasta alcanzar los 10.000 kilómetros.4 Cabe señalar que muchas de las vías que se tendieron en esos años no estaban destinadas al transporte de pasajeros, sino que tenían un fin industrial o militar. De forma paralela, también se acometió una mejora del material rodante y el parque motor con la incorporación de potentes locomotoras manufacturadas en Japón. La propaganda oficial no desaprovechó la ocasión de celebrar estos avances técnicos, elevándolos a la categoría de logros nacionales. En ese contexto, la Mantetsu puso en marcha un tren de pasajeros denominado “Asia Express” que enlazaba el puerto de Dalian con la capital manchú, Hsinking. Este nuevo servicio, que fue inaugurado en 1934, contaba con potentes locomotoras de diseño aerodinámico que alcanzaban unas velocidades muy competitivas. Estas máquinas eran capaces de desarrollar unos 120 kilómetros por hora, estando a la altura de los grandes expresos europeos de la época. Los vagones estaban equipados con sistemas de refrigeración y calefacción, algo muy poco habitual en los trenes de la época, mientras que algunos coches estaban ambientados lujosamente como salones. Como remate, el vagón de cola presentaba una cubierta acristalada desde la que se podía observar el paisaje durante el transcurso del viaje. Sus condiciones de confort y sus innovaciones técnicas motivaron que este tren expreso cosechara un gran éxito entre el público, tanto entre los viajeros 4 Hansen, Alvin H. y Guy Greer, Urban Redevelopment and Housing (Washington: National Planning Association, 1941), 45.
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nipones como entre los turistas occidentales. El servicio acabaría adquiriendo un renombre tal que la propaganda de la Mantetsu no dudó en explotar esta circunstancia, para lo cual realizó una importante campaña propagandística. Su imagen apareció inserta en muchos folletos de la época e incluso los libros de texto infantiles de Manchukuo llegaron a incluir pasajes sobre este tren. La estampa del “Asia Express” atravesando las praderas manchúes se convirtió en un icono del país, al tiempo que también simbolizaba la modernización y el futuro que traía Japón al continente asiático. La publicidad de la Mantetsu consiguió que la fama de este tren expreso llegase incluso a los países occidentales. Al calor de los éxitos del Asia Express, en la metrópoli se empezó a plantear incluso la posibilidad de construir un tren de alta velocidad que enlazara Tokio con la capital manchú. El trazado debía atravesar el fondo del mar mediante un túnel y, tras alcanzar la península coreana, llegar hasta Mukden y Hsinking. Esta ruta también fue contemplada como una alternativa a la vía marítima, que podía ser obstruida en caso de conflicto armado. En 1940, el ministro de ferrocarriles Shōzō Murata llegó incluso a señalar la necesidad de implementar este eje ferroviario con el fin de garantizar el futuro económico del continente asiático. Aunque el proyecto nunca llegó a materializarse como tal, desde sus inicios la idea fue objeto de una amplia cobertura mediática y acabaría contribuyendo a estimular en la conciencia popular la idea de un Japón tecnológicamente superior. Otro de los recursos que empleó profusamente la propaganda japonesa fue el turismo, cuyo auge estuvo animado en parte por la mejora de las comunicaciones. A través de rutas especialmente preparadas, los visitantes nipones u occidentales podían entrar en contacto con un Manchukuo idílico que aunaba la modernidad con la tradición. La ciudad de Mukden, antigua capital de la dinastía Qing, se encontraba entre los lugares más visitados. Entre los atractivos se encontraban el antiguo Palacio Imperial, los mausoleos de los Qing y el Museo Nacional, así como un monumento-memorial levantado por los japoneses que conmemoraba el “Incidente de Manchuria” de 1931. Este panorama contrastaba con el ambiente que había en la ciudad de Harbin, donde los turistas japoneses podían visitar el barrio europeo y deleitarse en sus cabarets con las actuaciones de las bailarinas rusas.
El papel del cine La gran pantalla también sirvió para los propósitos propagandísticos nipones en Manchuria. En la primavera de 1937, se creó la Asociación de Cine de Manchukuo, como una iniciativa conjunta de las autoridades manchúes y la
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Compañía del Ferrocarril del Sur de Manchuria.5 Más conocida por su forma abreviada en japonés, Man’ei, en sus estudios de cine se produjeron numerosas películas de corte propagandístico que bendecían las bondades de las políticas imperialistas japonesas. El principal promotor de este proyecto fue Masahiko Amakasu, un oficial del ejército que se dedicó en cuerpo y alma a producir films propagandísticos para las audiencias del Imperio japonés. La Man’ei dispuso de abundantes medios técnicos, incluyendo cámaras de rodaje fabricadas en la Alemania nazi. El equipo de los estudios solía ser de carácter mixto, contando con personal de origen local y nipón. A través del cine, los japoneses se esforzaron por introducir en el público de Manchukuo todo un conjunto de ideas que reiteraban las bondades y beneficios del nuevo régimen. La modernización, el desarrollo económico, la armonía y la cooperación entre las razas del país se convirtieron en conceptos habituales. En las salas de cine, los noticiarios oficiales se hacían eco de las mejoras en los transportes o de los avances en la construcción de los nuevos edificios gubernamentales en la capital, Hsinking. Los films comerciales constituyeron una importante plataforma de difusión de este tipo de imágenes y de mensajes abonados al relato oficial. En esta cuestión, el principal rol fue desempeñado tanto por la Man’ei como por las compañías cinematográficas niponas, aunque la Mantetsu también contribuyó a la generación de materiales audiovisuales a través de su unidad de filmación. De entre las películas que reproducían los lugares comunes de la propaganda oficial cabe citar el caso de Byakuran no uta (1939), que mostraba a los japoneses instalados en Manchuria desde una óptica positiva. Este concepto ya había aparecido representado años antes en el largometraje germano-japonés Die Tochter des Samurai (1937), que llegó a glorificar la colonización de Manchuria como una suerte de nueva tierra.6 En Byakuran no uta el relato también presentaba una dicotomía según la cual los japoneses –desde los ingenieros de la Mantetsu a los colonos agrícolas– trabajaban con entrega por la construcción de Manchukuo, mientras que entre los nativos no faltaban las actitudes negativas y los individuos desleales al nuevo régimen. Incluso se hacían alusiones directas a la actividad de la guerrilla china y sus ataques contra los intereses nipones. En unos términos mucho más conciliadores se manifestaba la película Geishunka (1942), donde las relaciones entre japoneses y manchúes eran 5 High, Peter B. (2002). The Imperial Screen: Japanese Film Culture in the Fifteen Years’ War, 1931-1945. Madison: The University of Wisconsin Press. p. 273. 6 Law, Ricky W., Transnational Nazism: Ideology and Culture in German-Japanese Relations, 1919-1936 (Cambridge: Cambridge University Press, 2019), 231.
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presentadas bajo la forma de una armoniosa cooperación entre pueblos cuasi hermanos. No pasa desapercibido el hecho de que uno de los protagonistas de la historia, un ciudadano japonés destinado en Manchukuo por motivos laborales, establecía relaciones con los nativos e intentaba aprender mandarín en un esfuerzo por integrarse. El film también sobresale respecto a otros títulos por el hecho de dar visibilidad a los rusos blancos, los cuales aparecían celebrando sus costumbres y tradiciones ante la curiosa mirada de los asiáticos. Este cine propagandístico tuvo en la actriz Yoshiko Yamaguchi a uno de sus principales íconos. Nacida en la ciudad manchú de Liaoyang en 1920, en el seno de una familia nipona, hablaba con fluidez tanto el japonés como el mandarín. Su don de lenguas y sus notables dotes de canto le permitieron representar papeles en los que interpretaba a personajes femeninos de China o Manchuria como si de una nativa se tratase. El público chino de la época así lo llegó a pensar, al igual que las audiencias de Japón. Esta creencia popular se vio reforzada por el hecho de que se ocultaran de forma deliberada los verdaderos orígenes de Yamaguchi, al punto de que esta utilizó el nombre artístico de Ri Kōran. Bajo la Man’ei no solo fue la principal estrella de la compañía, sino que también acabó simbolizando la imagen femenina de la colaboración manchú-japonesa.
La otra cara de la moneda En la filosofía china el Yin y el Yang es un concepto que hace referencia a dos fuerzas opuestas pero que al mismo tiempo se encuentran interconectadas entre sí. Esta podría ser una forma adecuada de describir el proceder de los japoneses en Manchuria, donde las acciones de buena voluntad tenían en realidad un trasfondo mucho más pernicioso de lo que estas aparentaban a primera vista. Desde bien pronto, las autoridades trataron de exaltar las bondades del nuevo régimen a los ojos del público. Sin embargo, los esfuerzos de la propaganda nipona por convertir a Manchukuo en una colonia modélica no pudieron ocultar el lado oscuro que llegó a alcanzar la ocupación. Desde la primera hora, uno de los lemas propagandísticos más repetidos fue que Manchukuo constituía un país nacional en el que coexistían armoniosamente varias comunidades. Sin embargo, la dinámica habitual estuvo dominada por una fuerte desigualdad étnica. En la cúspide de la jerarquía social se encontraban los japoneses, que disfrutaban de una posición superior respecto al resto de la población a pesar del hecho de que solo eran una minoría. Tras ellos se encontraban el resto de los grupos, subordinados a la superioridad de la “raza” nipona. A los manchúes, mongoles y rusos se les otorgaron ciertos
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privilegios con el fin de que colaborasen con el nuevo régimen. La situación de los chinos Han, sin embargo, no era tan favorable: sobre el papel continuaban siendo el grupo étnico más numeroso de la zona, pero en la práctica se encontraban sometidos a todo tipo de discriminaciones. En muchos casos, no pasaban de ser ciudadanos de tercera clase, relegados al último escalón social. En materia económica, el éxito de los planes de industrialización y aprovechamiento de los recursos naturales dependió en buena medida del uso masivo de mano de obra esclava. En las fábricas o en las explotaciones mineras, los obreros trabajaban en unas condiciones muy duras y a cambio de un jornal mínimo. Por otro lado, la explotación de las materias primas no se hacía en beneficio de la población local, sino a mayor gloria del Imperio del sol naciente, que carecía de muchos recursos esenciales para su tejido industrial. El grado de subordinación fue tal que en apenas unos años la economía manchú acabaría convirtiéndose en un apéndice del esfuerzo bélico japonés. Manchuria también distó mucho de ser una arcadia feliz para los campesinos japoneses que se establecían allí. Las labores agrícolas revestían una gran dureza y en ocasiones el clima podía ser muy adverso, especialmente durante los meses de invierno. En ocasiones, las relaciones de los colonos con la población local eran conflictivas, cuando no abiertamente hostiles. Se daba la circunstancia de que las autoridades habían expropiado muchas de las tierras de cultivo a sus propietarios originales mediante medidas coercitivas y desahucios forzosos. Todo esto favoreció que en las comunidades rurales japonesas se hiciera vida separada respecto a los nativos, lo que a su vez contribuiría a consolidar las distancias existentes entre los grupos étnicos. La agricultura de Manchukuo no solo se especializó en la producción de soja y trigo, de gran importancia alimentaria. El cultivo de las plantas adormideras constituía la base principal para la elaboración de opio, una droga que desde el siglo XIX había tenido una fuerte implantación social en China. El tráfico de opio llegó a ser un lucrativo negocio en manos de los japoneses y sus colaboradores locales, al punto de convertirse en un monopolio del Estado que dejaba muchos ingresos fiscales. También se incentivó su consumo con el fin de debilitar la voluntad de resistencia entre la población nativa. Con los años, la adicción a este narcótico alcanzó a un gran número de personas y acabaría generando un grave problema de salud pública. Las secuelas eran tales que muchas personas nunca lograban recuperarse y muchos fallecían. La producción y distribución del opio constituían un imperio con muchas ramificaciones, llegando a intervenir empresas que procesaban el cultivo para obtener productos como la morfina o la heroína. El tráfico de opioides
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de origen manchú trascendió la propia región hasta alcanzar una dimensión internacional, circulando por numerosos países. Incluso el propio Ejército de Kwantung participó en estas actividades, que constituían una importante fuente de financiación propia. Era este un negocio en el que participaban altos funcionarios de la administración nipona, comerciantes y oficiales del ejército. De entre todos ellos, cabe citar el caso del general Kenji Doihara, cuya implicación fue tal que el opio acabó convirtiéndose en un vicio personal. Aún con la gravedad que alcanzaron estos hechos, todo ello palidece si se compara con los casos de experimentación humana que llevó a cabo el ejército japonés. Hacia 1932 se decidió la creación en Manchuria de una unidad formada por especialistas que se dedicarían a la investigación química y biológica con fines militares. Los mandos a cargo de la operación optaron por utilizar a personas a modo de “cobayos” con el fin de estudiar los efectos que tenían los experimentos en los seres humanos. Algunas de las pruebas realizadas consistían en la inoculación de enfermedades como la peste bubónica, el cólera o la viruela, mientras que en otros casos los pacientes eran sometidos a largas temporadas de inanición o, incluso, a amputaciones y vivisecciones. Para los experimentos se recurría a personas de distintas edades y de ambos sexos, siendo muchos de ellos opositores políticos o miembros de la resistencia. La inmensa mayoría de las víctimas eran chinos de etnia Han, aunque se tiene constancia de que también fueron empleados algunos eslavos de origen ruso. Los equipos japoneses llegaron a desarrollar una serie de armas biológicas que años después utilizarían en su invasión al resto de China con efectos devastadores. La Unidad 731, cuya sede estaba cerca de Harbin, fue la que mayor celebridad alcanzó por este tipo de operaciones, aunque en territorio manchú llegaron a estar operativas otras secciones dedicadas a fines parecidos. La cuestión de las cifras de víctimas sigue siendo compleja. Sólo en el caso de la Unidad 731, se estima que sus actividades causaron entre 10.000 y 12.000 muertes.7
El crepúsculo imperial Uno de los leitmotivs de la propaganda nipona era que el país del sol naciente buscaba implantar la paz y la prosperidad en Asia oriental. Sin embargo, esta supuesta paz no duraría mucho. Apenas unos años después de haberse suscripto la Tregua de Tanggu, en junio de 1937 se reiniciaron las hostilidades entre China y Japón. En menos de un año, las fuerzas imperiales se habían hecho 7 Gamsa, Mark, Manchuria. A Concise History (Londres: IB Tauris, 2020), 101.
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con el dominio de un amplio territorio que iba desde Pekín hasta Nankín, Shanghái y Wuhan. Sin embargo, en contra de lo que muchos esperaban, la resistencia al invasor no se desmoronó y se mantuvo firme. Las acciones japonesas en suelo chino crearon una fuerte alarma en la Unión Soviética, lo que acabaría desembocando en varios choques armados entre ambas potencias. La interminable guerra en China acabó perdiendo relevancia mediática mientras el foco japonés se desplazaba hacia otras áreas, en un contexto de crecientes cambios. En el verano de 1940, la victoria de la Alemania nazi sobre Francia llevó a los círculos de poder en Tokio a plantearse la posibilidad de establecer un Nuevo Orden nipón en Asia. Ya por aquellas fechas, el ministro de Asuntos Exteriores, Yōsuke Matsuoka, hablaba sin ambages de una “Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental” en la cual los nipones tendrían un rol central. Japón también inició un acercamiento a Alemania e Italia, países con los cuales firmaría en septiembre de 1940 una alianza militar, el Pacto Tripartito. A pesar de que la guerra contra China seguía sin haber concluido, los planificadores militares de Tokio creían estar en condiciones de poder hacerse con el control de Asia. En diciembre de 1941 la Armada Imperial Japonesa atacó la base naval de Pearl Harbor, tras lo cual el país entró de lleno en la guerra mundial. Durante los siguientes meses, las fuerzas niponas fueron encadenando victoria tras victoria, mientras lograban conquistar un enorme espacio que iba desde Birmania y las Indias Orientales Neerlandesas hasta Nueva Guinea y las islas Aleutianas. Los ejércitos aliados se mostraron impotentes ante estos avances. En la metrópoli, muchos civiles japoneses habían recibido con frialdad la entrada en guerra, pues eran conscientes de las pocas posibilidades que tenía el país de imponerse militarmente frente a todos sus enemigos. Sin embargo, por un momento llegó a parecer que la bandera del sol naciente acabaría ondeando sobre Asia oriental y el océano Pacífico. A comienzos de 1942, mientras en el Japón metropolitano se celebraban las victorias militares, en Manchukuo se conmemoró un evento muy singular: el décimo aniversario de la fundación del país. Para la ocasión, las autoridades no escatimaron ni en festejos públicos ni en propaganda: carteles, tarjetas postales, sellos, etc. Tras haber recorrido un largo camino, el experimento manchú finalmente entraba en la edad adulta y se erigía en un ejemplo de lo que deparaba la vía japonesa para Asia. En aquel momento, también parecía que iba a quedar atrás la etapa de ostracismo internacional. Para esas fechas, más de una docena de naciones reconocían a Manchukuo: Italia, España, la Alemania nazi, la Francia de Vichy, la Unión Soviética, Finlandia o Dinamarca, entre otros. Incluso el líder colaboracionista chino, Wang Jingwei, llegó a realizar una visita oficial al país en mayo de 1942.
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La Conferencia de la Gran Asia Oriental que se celebró en Tokio en noviembre de 1943 vino a ejemplificar la dinámica propagandística del Nuevo Orden japonés. El evento contó con la asistencia de varias delegaciones procedentes de las zonas bajo control nipón: China, Birmania, Filipinas o Manchukuo, entre otras. La representación manchú estuvo encabezada por el primer ministro Zhang Jinghui, que para esas fechas ya había adquirido la fama de ser un mero peón de los funcionarios japoneses. Ciertamente, esta actitud era mucho más representativa del espíritu que imperaba en la conferencia que las pomposas declaraciones de buena fe y cooperación entre los pueblos asiáticos. No obstante, en apenas unos años este Nuevo Orden se acabaría desvaneciendo. Desde la batalla de Midway, en junio de 1942, quedó claro que Japón no podría imponerse a los Aliados en una guerra rápida. Durante los siguientes años, el país sufrió una serie de reveses militares, mientras el círculo defensivo nipón se iba estrechando cada vez más. Desde su nacimiento, Manchukuo había constituido en la práctica una marioneta cuya supervivencia dependía de la propia suerte que corriera su patrocinador. En la primavera de 1945, la Alemania nazi fue derrotada y muchos colaboracionistas manchúes empezaron a ser conscientes de que la suerte estaba echada. El 9 de agosto, la Unión Soviética lanzó una invasión a gran escala contra los territorios septentrionales del Imperio japonés. En pocos días, el antaño poderoso Ejército de Kwantung se desmoronó como un castillo de naipes, mientras que el experimento manchú colapsaba en medio del caos.
Lecturas sugeridas Barret, David P. y Larry N. Shyu. Chinese collaboration with Japan, 1932-1945. The Limits of Accommodation. Redwood City: Stanford University Press, 2001. Culver, Annika A. Glorify the Empire Japanese Avant-Garde Propaganda in Manchukuo. Vancouver: UBC Press, 2013. Matsusaka, Yoshihisa Tak. The Making of Japanese Manchuria, 1904-1932. Cambridge: Harvard University Press, 2003. Mitter, Rana. The Manchurian Myth: Nationalism, Resistance, and Collaboration. Berkeley: University of California Press, 2000. Villamor, Rubén. La Segunda Guerra Sino-Japonesa (1931-1939). El Frente de China I. Zaragoza: Historia Rei Militaris, 2020. Young, Louise (1998). Japan’s Total Empire: Manchuria and the Culture of Wartime Imperialism. Berkeley: University of California Press.
La mujer y la guerra: la experiencia armada de las españolas (1936-1939)
Gonzalo Berger Mulattieri
“He oído gritarles a las muchachas que desfilaban en una manifestación entusiasta: «Así me gusta, las mujeres al frente, a dar el pecho», y ellas contestarles cantando a coro: Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, en el frente de Madrid, primera línea de fuego”.1
Introducción Durante las primeras décadas del siglo XX, la inmensa mayoría de las mujeres españolas, especialmente las que pertenecían a los sectores más desfavorecidos de la sociedad, estaban sometidas a los estereotipos culturales extendidos a propósito de lo que se consideraba el único comportamiento femenino “apropiado”, que vinculaba a la mujer de forma estricta con la maternidad, la crianza de los hijos y el hogar. Estos principios inamovibles prevalecían sobre todo en el ámbito rural, que abarcaba todavía a gran parte de la población, y donde las mujeres, en general poco politizadas y sin vínculos con las movilizaciones urbanas de los años diez y veinte, tenían que compaginar el cuidado de sus familias con largas jornadas de trabajo en el campo. Al margen de la compleja situación laboral y familiar, sus perspectivas de empleo y sus oportunidades de participación política estaban también limitadas por la ausencia de instrucción primaria que padecían. Aunque es cierto que en los entornos urbanos las mujeres se incorporaban de manera cada vez más 1 María Teresa León, Memoria de la melancolía (Sevilla: Renacimiento, 2020). | 101
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evidente a la actividad industrial, su presencia se concentraba en empleos no cualificados, por los cuales percibían una retribución económica inferior a la de sus compañeros. Se esperaba de ellas, además, que asumiesen las labores domésticas y el cuidado de los hijos, y los compaginaran con las exigencias de su puesto de trabajo. La doble carga que suponía aportar un salario y responsabilizarse de las tareas del hogar dejaba poco espacio para la educación y la actividad política. Al mismo tiempo, los prejuicios relativos al carácter “antinatural” del trabajo de las mujeres hacían que la mano de obra femenina resultase con frecuencia “invisible”. Cuando comenzaron a unirse al movimiento obrero y acudir a los centros culturales, las pioneras tuvieron a menudo que enfrentarse a la hostilidad de sus compañeros de militancia, quienes, con su actitud sexista, contradecían por completo su expreso apoyo –que resultó retórico y nominal– a la educación y la emancipación de las mujeres. El 28 de enero de 1930, después de prácticamente siete años de dictadura y suspensión de los derechos constitucionales, el general Miguel Primo de Rivera presentó su renuncia ante el rey Alfonso XIII. El 14 de abril de 1931, dos días después de las elecciones municipales, fue proclamada la Segunda República española; el rey se había exiliado en Francia. Se inauguraba así una época de cambios y esperanza en el futuro para buena parte de la sociedad española. La instauración de la República era el primer paso hacia la modernidad europea, un paso que llegaba tarde, sin duda, pero llegaba. Pronto se pusieron en marcha las reformas y pronto también surgieron los primeros problemas. Para algunos, los cambios eran poco significativos; para otros, extremadamente profundos. El contexto internacional no ayudaba: el sistema económico mundial había quebrado, la reacción autoritaria y los movimientos fascistas alcanzaban fuerza en el corazón del continente y los movimientos revolucionarios marxistas se preparaban para la confrontación. España no se hallaba al margen de estas dinámicas. Con todo, la República comenzó a caminar con firmeza: se puso fin, por medio de una ley constitucional, a los privilegios de la Iglesia y del Ejército, se aprobaron el sufragio universal y los derechos sociales, se consolidó la democracia. En las elecciones generales a las Cortes Constituyentes de junio de 1931, se permitió por primera vez que las mujeres se presentasen como candidatas. Aunque aún no se había aprobado el sufragio universal, tres mujeres fueron elegidas diputadas de las Cortes Generales: Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken. A pesar de que el activismo político femenino era un hecho desde hacía décadas en el seno de movimientos revolucionarios,
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sindicales y asociativos de carácter feminista, la posibilidad de participar en la política institucional impulsó la creación de nuevos espacios desde donde animar a las mujeres a comprometerse y colaborar con la República, y contribuyó a generar una conciencia ciudadana en un segmento de la población que, hasta aquel momento, había vivido en gran medida alejado del orden político. Sin embargo, la persistencia de un modelo cultural y social fuertemente patriarcal, que se aferraba a la domesticidad femenina, hizo que los nuevos hábitos se alcanzaran más lentamente que los cambios legislativos. Finalmente, en las elecciones generales del 19 de noviembre de 1933, las mujeres pudieron ejercer su derecho al voto. De esta manera, se hacía realidad una de las grandes reivindicaciones de la lucha feminista. El resultado de aquellas elecciones fue una ajustada victoria de las derechas reaccionarias, que rápidamente habían entendido las reglas del juego democrático y se habían reagrupado en una única fuerza electoral, lo que facilitó que accediesen al Gobierno de la República. Como consecuencia directa de ese resultado, gran parte de las reformas emprendidas por el Gobierno anterior quedaron en suspenso o fueron derogadas. La situación política se deterioró con rapidez. El año 1934 fue especialmente duro. Las instituciones catalanas, lideradas por el presidente Lluís Companys, se alzaron contra el Gobierno de la República y proclamaron el Estado catalán. En Asturias, un frente obrero se levantó en armas y estalló la revolución. Además, los jornaleros andaluces iniciaron la ocupación de latifundios propiedad de los grandes terratenientes. El Gobierno de la República reaccionó de forma expeditiva: las revueltas fueron aplastadas y todas las organizaciones de izquierdas resultaron duramente reprimidas. Durante los meses siguientes, los muertos se contaron por decenas y las cárceles se llenaron de militantes y activistas políticos.
La sublevación cívico-militar del 17 de julio de 1936 “En ese sombrío y sucio espacio abierto, entre las vías de la línea férrea y los arrabales de Barcelona [...] De las callejas del barrio de pescadores, de las retahílas de vagones aparentemente vacíos y de la vieja plaza de toros saltan verdaderas manadas de fieras humanas [...] Hay por aquella barriada diversas fábricas, y especialmente una, famosa en Barcelona, conocida por la Fábrica del Cáñamo, en donde trabajan miles de mujeres caídas en la más espantosa descomposición social y envenenadas por el más exaltado odio de clases. Y ahora, al llegar el episodio final, toda esa inmunda gusanera sale a la luz del sol
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[...] Muchas de las mujeres desgarradas que llegan con los asaltantes blanden en sus diestras largas y punzantes agujas de las que en su oficio se sirven para coser las piezas de cáñamo”.2
Las elecciones generales del 16 de febrero de 1936 dieron como resultado el triunfo de las fuerzas agrupadas en el Frente Popular. Las izquierdas volvían a constituirse como Gobierno de la Segunda República. La consecuencia directa fue el aumento de la tensión social en los pueblos y ciudades de España. La amnistía y el retorno a sus comunidades de las presas y presos políticos condenados por las huelgas, disturbios e insurrecciones de Asturias, Cataluña y Andalucía provocaron una doble situación: de un lado, la posibilidad de un futuro en el que pudiesen disfrutar de libertad y amplias dosis de progreso social, intuido por parte de la población y los militantes de las organizaciones del Frente Popular; del otro, la reacción de los estamentos sociales más autoritarios y conservadores. Esta circunstancia derivó en un incremento de la conflictividad social que se tradujo en enfrentamientos en las calles y manifestaciones diarias. La tensión y la amenaza de un nuevo golpe de Estado protagonizado por los militares aumentaban día tras día. Desde inicios del mes de julio de 1936, las organizaciones del Frente Popular se mantenían a la expectativa. De esta manera, no es extraño que, al iniciarse la insurrección de los militares, centenares de civiles y miembros de las fuerzas de orden público que dependían del Gobierno salieran a la calle con la intención de enfrentarse a las fuerzas sublevadas y en defensa de la República. Las mujeres no fueron una excepción; centenares de ellas combatieron a los insurrectos en las calles de las principales ciudades españolas. En Barcelona, Madrid, Valencia y San Sebastián, el colectivo femenino participó de la confrontación. Cientos de mujeres se sumaron a los combates callejeros de manera espontánea y, en algunos casos, pagaron con su vida el enfrentamiento y la oposición activa contra los sublevados. Aunque gran parte del territorio peninsular y la mayoría de las grandes ciudades españolas se mantuvieron leales al Gobierno, la situación posterior al intento de golpe de Estado evolucionó hacia una confrontación armada de alta intensidad. La primera iniciativa de las organizaciones del Frente Popular y las instituciones republicanas fue la creación de un ejército de civiles voluntarios, las Milicias Populares, donde se alistaron algunos miles de mujeres españolas. Las voluntarias acudieron desde todos los rincones de la península a los centros 2 Joaquín Arrarás, Historia de la cruzada, vol. V (Madrid: Ediciones Españolas, 1942), 56.
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de reclutamiento organizados en las ciudades, para posteriormente marchar al frente de combate con sus unidades.
Las experiencias previas: contexto internacional y referentes peninsulares “Yo escapé de Oviedo el lunes, 20 de julio. Sentí la necesidad imperiosa de salir al campo y unirme a mis camaradas antifascistas para luchar contra la reacción. Dos días más tarde recibí un recado de mi madre, que había quedado en Oviedo, en que me decía: ‘A tu hermano Daniel le han fusilado; pero no te preocupes y sigue luchando’. Y aquí estoy”.3
Aunque para muchas de las combatientes de las jornadas callejeras de julio de 1936 esta experiencia implicó su primer contacto con la violencia, las armas y la brutalidad de la guerra, para muchas otras sólo se trató de un salto cualitativo en su experiencia relativa a la participación en la violencia política y la acción directa. Algunas de las experiencias previas, por citar tan solo unas, fueron las huelgas generales de 1901 y 1902, y las acontecidas entre 1917 y 1920. También la trascendental insurrección popular barcelonesa de 1909. Este conjunto de procesos conflictivos –tanto de carácter laboral como social– consolidaron la acción colectiva femenina en un movimiento más organizado, a través de los sindicatos de clase y del Partido Socialista. Mujeres de las principales agrupaciones obreras tomaron la decisión consciente de emplear la violencia política, posicionándose en contra de los discursos normativos de género que abogaban por la desvinculación entre las mujeres y las armas. Sin duda este es el caso de las militantes anarquistas Juliana López Mainar, María Luisa Tejedor, Ramona Berni Toldrà y Pepita Not. Todas ellas formaron parte, junto a los conocidos hermanos Ascaso, Juan García Oliver y Buenaventura Durruti –entre otros destacados militantes anarquistas–, del mítico grupo de acción Los Solidarios, que se mantuvo activo durante la década de los años veinte. Además, las mujeres españolas contaban con diversos referentes de movilización femenina en conflictos armados de alta intensidad, que sin duda fueron observados por ellas y sus organizaciones. Entre ellos, dado el relevante contexto revolucionario en el que se formaron, destaca el caso de los “Batallones de la Muerte” soviéticos. La orden número 1, de febrero de 1917, emitida por el Soviet de Petrogrado, permitió a Maria Bochkareva impulsar la creación de 3 Entrevista realizada por Antonio Soto a Pilar Lafuente, hermana de Aida Lafuente, en el cuartel de Sama y publicada en el diario Estampa el 13 de septiembre de 1936.
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diversos batallones femeninos, pero, aunque la formación de estos batallones movilizó algunas decenas de miles de combatientes, el escepticismo de sus compañeros masculinos primero las relegó a funciones de vigilancia de infraestructuras en la retaguardia y posteriormente condujo a la desmovilización de estas unidades y a la redistribución de sus efectivos en los servicios auxiliares y sanitarios. Aun así, la imagen de las mujeres soviéticas como elementos activos de la revolución y del Ejército Rojo sin duda actuó como modelo referencial para las militantes de las organizaciones obreras españolas. Pero fue la experiencia de la insurrección asturiana de 1934 la que consolidó, de manera notoria, el binomio guerra y mujer en España. Aunque desconocemos el número de combatientes que participaron de la insurrección de Asturias, lo que sí podemos afirmar es que la batalla y la posterior represión marcaron de por vida a toda una generación de mujeres; la violencia, la determinación y el uso de las armas no eran ajenos a la mayoría de las voluntarias que combatieron a los sublevados en 1936, especialmente en el frente del Norte peninsular. La socialista Aida Lafuente ejemplificó de manera categórica a la militante femenina asociada a la lucha armada. La joven murió al pie del monte Naranco, cerca de Oviedo, en los últimos días de los combates. Su mitificación, a modo de ejemplo, sirvió a las organizaciones obreras para formar y concientizar a sus militantes femeninas durante el periodo anterior al estallido de la guerra civil española, y ejerció una notable influencia sobre la movilización femenina en julio de 1936.
La movilización inicial: las milicianas “Durante los primeros días del mes de agosto […] mi novia Pepita me dijo que en el cuartel Bakunin, se estaba formando una columna que iba a salir pronto para el frente de Aragón y que ella se había apuntado como voluntaria. Yo le dije: ‘si tú te vas, yo voy contigo’. Así fue, nos apuntamos en el grupo cuarenta y cinco de la quinta centuria de la columna Ascaso”.4
Si en algún caso se puede hablar de acción voluntaria en un contexto de conflagración armada, ese es el de las combatientes antifascistas durante la guerra civil española. En ningún supuesto se preveía la opción de que las mujeres se incorporasen a unidades de combate. Existen sin duda diversos factores que pueden explicar esta situación. Además de las experiencias previas anteriormente referidas, que tuvieron un impacto destacable sobre las militantes más activas, es 4 Juan López, Memorias del exilio (Cailloux sur Fontaines: inéditas, 1957).
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evidente que el efecto transformador de las reformas impulsadas por la Segunda República tuvo un peso determinante en el empoderamiento de las mujeres españolas. Sin duda, el momento “revolucionario” que vivía el país acabó por normalizar esta actitud transgresora. Asimismo, al igual que en el caso de los hombres, el alto grado de politización de este grupo de mujeres, su cultura política, facilitó su rápido encuadramiento en las columnas de combatientes. Durante los meses iniciales del conflicto, algunos miles de mujeres desempeñaron tareas exclusivamente destinadas hasta la fecha a los hombres, llegando incluso a proyectarse unidades militares en Barcelona y Madrid formadas únicamente por mujeres. Parece evidente que muchas de las voluntarias identificaban al fascismo y a la reacción de las fuerzas políticas conservadoras como su enemigo, y no solo de clase: también lo consideraban una grave amenaza para sus derechos recientemente adquiridos como ciudadanas, que las situaban en igualdad con los hombres. En otros casos, la motivación, tal como sucede con los combatientes masculinos, fue el incentivo económico que les ofrecía el Ejército y que les permitía sobrevivir en el contexto de guerra que vivía el país. En cualquier caso, como una gran mayoría de los combatientes masculinos voluntarios en las milicias, las mujeres antifascistas se ofrecieron a participar del horror de la guerra para contribuir a construir un mundo que, según sus parámetros ideológicos, debía ser mejor y más justo. Al mismo tiempo, algunas de ellas, las más avanzadas políticamente, consideraron que había llegado el momento de demostrar que estaban absolutamente capacitadas para mostrarse en igualdad de condiciones que los hombres, incluso en aquel espacio reservado al universo de la masculinidad: el campo de batalla. En otras palabras, con su sacrificio en el combate, reivindicaban para las mujeres la victoria y el derecho conquistado a gozar de los privilegios del triunfo y de la construcción del nuevo mundo que se avecinaba. De las milicianas se ha afirmado de manera recurrente y taxativa que fueron pocas, no combatieron, eran muy jóvenes –casi niñas–, acompañaban a sus maridos, padres o hermanos, estuvieron pocos días en el frente o simplemente fueron objeto de la propaganda de guerra. De esta manera, se les atribuye falta de madurez en sus decisiones, carencia de autonomía política y de determinación, dependencia de los hombres, poca o nula combatividad y escasa participación –prácticamente simbólica y amplificada por su carácter propagandístico–. De las mujeres soldado, las que formaron parte del Ejército regular republicano, apenas existen referencias. El testimonio de la experiencia en combate de Ramona Siles, veterana de la campaña de Mallorca y del frente aragonés, es claro y contundente:
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Luché en el frente de Mallorca y el de Aragón durante la guerra de España. Había bastantes mujeres en el ejército español porque iban escasos de hombres. Las mujeres utilizaban pantalones, nuestros trajes de batalla eran algo así como los uniformes de una fábrica de calderas. Y sí, yo normalmente llevaba un arma que también utilizaba. No sé si maté algunos soldados de Franco, pero lo intenté en las batallas donde participé. Pienso que a lo mejor maté alguno. El reportero añade “y dicho esto –[Ramona]– siguió cortando sándwiches”.5
También es significativa la biografía de Consuelo Sarmiento Martin, veterana de los frentes de Mallorca y Aragón, donde combatió hasta el 14 de julio de 1937 y de donde se marchó sólo cuando fue forzada a hacerlo por sus superiores. Una vez finalizada la guerra, decidió retornar a Madrid acompañada de su madre. La noche del 11 de mayo de 1939 llegaron a la capital y se dispusieron a pasar la noche en la estación de metro. A las 4 de la madrugada las despertaron a patadas. Las llevaron a las dependencias de la Falange de la calle Nicasio Gallego y las encerraron en habitaciones separadas. Poco rato después, cinco falangistas violaron repetidamente a Consuelo, que en aquel momento tenía 24 años.6 Sin duda, las violaciones y abusos sexuales contra las mujeres fueron habituales durante y después de la guerra, más aún en las grandes ciudades y las semanas posteriores a la entrada de las fuerzas de ocupación. El hecho excepcional de este lamentable episodio, que nos da una idea del carácter de Consuelo, es que al día siguiente de la agresión, en pleno mes de mayo de 1939, en una Madrid que acababa de claudicar tras años de asedio y dura resistencia y donde se estaba llevando a término una dura represión contra los vencidos, la antigua miliciana se personó en la comisaría del Servicio Nacional de Seguridad, la policía, donde presentó una denuncia contra los falangistas que la habían agredido, recogida por el inspector Claudio Camarero López y el agente Antonio Albarracín Rodríguez. Como era de esperarse, la denuncia no tuvo ningún efecto y el 3 de febrero de 1943 el auditor de guerra cerró el expediente. Los casos de Ramona y Consuelo son sólo dos ejemplos del carácter y la personalidad de muchas de las mujeres que formaron parte del colectivo de combatientes. Aunque es relativamente extenso el número de biografías y testimonios de milicianas o brigadistas publicados hasta la fecha, gran parte de la historiografía de la transición mantuvo y mantiene los discursos discriminatorios sobre las mujeres combatientes, impulsados por la prensa republicana o por testimonios que posteriormente recogieron los hechos. 5 Marshall Mateer, “Ramona’s story: from the Aragon front to activism and married life in London”, International Brigade Memorial Trust 39/2 (2015), 12-13. 6 Archivo General e Histórico de Defensa. Fondo Madrid 6018, Legajo 3743.
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Tal y como ocurre para el caso de los combatientes masculinos, son escasos los estudios de base que cuantifiquen la participación de las voluntarias en la guerra civil española. Aun así, la última actualización de los estudios derivados del proyecto “Mujeres en guerra: vida y legado de las mujeres combatientes en la guerra civil española”7 determina, de manera preliminar, que no menos de 4.000 mujeres formaron parte de las Milicias Populares y del Ejército Popular de la República. Las edades extremas de estas mujeres se sitúan entre los 14 y los 67 años. La franja de edad más documentada sitúa las edades entre los 21 y 30 como las de mayor volumen, aunque el registro de las nacidas en 1916, las que tenían 20 años, es el que obtiene un número más alto. Los orígenes de las voluntarias se corresponden con todos los estratos sociales: algunas eran analfabetas y otras tenían formación superior; se habían divorciado, casado o eran solteras; podían atender exclusivamente a cuestiones domésticas, ser profesionales cualificadas, trabajar en las fábricas o el campo, o realizar trabajos temporales sin cualificación. El perfil político es amplio: estas mujeres estaban vinculadas orgánicamente a organizaciones anarquistas o comunistas, pero también a socialistas, republicanas, vascas o catalanistas. Hasta la fecha, sólo existía la percepción de que las organizaciones obreras más radicales habían aportado combatientes femeninas. El dato explícito de no adscripción a ninguna organización es ilustrativo del grado de politización de la sociedad española de los años treinta y, concretamente para el caso de las combatientes, sólo tres manifestaron no pertenecer a ninguna organización política. El origen geográfico parece corresponderse con los núcleos de población urbanos, feudo de las instituciones republicanas y de las organizaciones obreras. Es plausible pensar que este escenario favoreció la puesta en práctica de nuevas formas de relación social y la emancipación de la mujer, especialmente en las ciudades de Madrid y Barcelona. El estudio de las fuentes documentales concluye que estas voluntarias lucharon diseminadas por las decenas de unidades que intentaban organizarse en la extensa geografía peninsular y que combatieron en todos los escenarios de la contienda, no solamente en el frente de Aragón o Madrid. Además, estuvieron presentes en la campaña de las Baleares, en el frente del Norte, en los combates de Andalucía y Extremadura y, durante los meses finales de la contienda, en territorio valenciano y catalán. Los datos relativos a las defunciones muestran los casos de 80 combatientes que murieron en acción de guerra o a consecuencia 7 Datos consultables en el Museo Virtual de la Mujer Combatiente: http://www.mujeresen guerra.com/
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de las heridas recibidas, a las que se han de sumar 32 combatientes que constan como desaparecidas en combate, según los registros de la época. La miliciana, una vez alistada en una columna, marchaba al frente con el resto de la unidad. En general, durante los primeros compases de la guerra, la relación con los combatientes masculinos fue positiva; numerosos testimonios explican que “ellas”, en el frente de combate, eran consideradas como “uno más”, incluso alguno las definió como auténticas “leonas”. De esta manera, se podría concluir que las mujeres combatientes no eran vistas por sus compañeros como prototipos de feminidad: Otra cosa que me choca es que hay mujeres. Llevan pantalones y hacen exactamente lo mismo que los hombres. Inútil mencionar que aquí la vanidad no sirve para nada y que las mujeres no utilizan ni lápices de labios ni polvos. La mayoría lleva los cabellos cortados como los hombres, tanto que a veces es difícil distinguirlas.8
El anarquista Cristóbal Pons recordaba así en sus memorias a dos de las milicianas que combatieron bajo su mando en Mallorca: Aproveché la ocasión para enseñar el manejo del fusil ametrallador a dos compañeras jóvenes de 18 años, llamadas María Costa y María Ferrer. Se habían unido a nosotros al zarpar de Ibiza en una goleta, cuyo patrón era un joven compañero de las juventudes libertarias de Ibiza. Las dos Marías se embarcaron en el último instante. Yo quise persuadirlas para que desembarcasen, pero se empeñaron en seguirnos […] Así, el grupo 19 de julio se vio forzado a aceptar a las dos Marías, que distinguíamos por la rubia y la morena. Como veremos más adelante fueron buenas luchadoras, me siguieron en todas partes como servidoras de fusil ametrallador, para el que cada una llevaba una mochila con los peines de balas.9
La escena que narra Pons se desarrolla en las horas previas al desembarco de Mallorca, tras la liberación de Ibiza, en agosto de 1936, y continúa en relación a los duros combates de la ofensiva republicana sobre Son Carrió el 26 de agosto de 1936: “Las dos Marías no me abandonaron ni un momento, siempre atentas a que no faltara el peine del fusil ametrallador. Se protegían bien para que no me preocupara por ellas. Ellas me lo decían así: ‘No te preocupes por nosotras, siempre estaremos a cubierto’”.10 8 Hanns-Erich Kaminski, Los de Barcelona (Barcelona: Parsifal, 1937). 9 Tomeu Miquel y Jordi Maíz, Cristòfol Pons Tortella: Memorias de un anarquista vol. 1 (1907-1936) (Palma: Calumnia, 2021), 143-144. 10 Ibid., 251.
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John Keegan afirmaba que, si es cierto que los niveles altos de testosterona se corresponden con la masculinidad, de la que la agresividad es una característica, los niveles bajos de esta sustancia no corresponden a una ausencia de coraje o combatividad.11 La cuestión de fondo para justificar el rechazo de parte de los combatientes hombres en relación con la participación de las mujeres en los frentes de combate como sujeto activo se puede vincular a los valores asociados a la masculinidad por parte de la cultura patriarcal –imperante en la España de los años treinta del siglo XX, también entre los militantes de las izquierdas– y a las muestras de coraje, o en su defecto a la cobardía, dadas en combate. Es decir, muchas de las mujeres mostraron igual o más coraje que sus compañeros hombres en el desarrollo de las operaciones militares. Este hecho podría haber provocado que, según los roles de la época, muchos de los combatientes sintieran amenazada su masculinidad. Además, sabemos que el rendimiento en combate de las mujeres fue el mismo que el de los varones; incluso podríamos especular que en muchos casos fue superior, dadas las abundantes menciones de acciones en combate destacables protagonizadas por mujeres en las memorias de los combatientes. Así expresaba la cuestión del rendimiento femenino durante la contienda armada un extenso artículo publicado en la portada del diario El Combate, de la Columna Ortiz, del día 9 de octubre de 1936. En el artículo titulado “La mujer ante la guerra”, el autor, el reputado militante libertario Francisco Carrasquer, se dedicó a justificar por qué las mujeres no podían combatir en el frente. El texto confronta el idealismo igualitario en relación con el género y la realidad física que los diferenciaba según el autor. Estas diferencias impedían a la mujer dedicarse a la guerra de manera natural: es un organismo inevitablemente débil […] su formación corporal crea en la mujer dificultades serias para el combate […] los senos impiden grandemente la desenvoltura en el manejo del fusil […] en la batalla hay que correr, y la mujer no puede hacerlo como puede el hombre […] en la batalla hay que emplear la fuerza y probar la resistencia; y nosotros sabemos de la mayor parte de las mujeres, por no decir todas, que no pueden mantener el fusil en puntería y sin apoyo alguno.
Y, como conclusión, el texto decía: ¿Que la mujer da menor rendimiento que el hombre? Pues por estimación a nuestra causa, y como hombres que vivimos la responsabilidad de estos mo11 John Keegan, Historia de la guerra (Madrid: Turner, 2014), 119.
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mentos decisivos en la historia, hemos de hacer que esas armas bandolereadas por mujeres den su máximo rendimiento en las manos fuertes y vigorosas de los hombres que se hallen dispuestos a tomarlas. Lo contrario es sabotear nuestra revolución, saboteando nuestra economía y nuestra guerra.12
Dejando de lado razones como el coraje o la combatividad y destacando únicamente la cuestión física, aun cuando aceptásemos los estereotipos, habría que valorar hasta qué punto constituye un factor determinante en una conflagración como la guerra civil española, donde se puso de manifiesto la tecnificación del uso de armamento y su especialización en los diversos escenarios de combate. Los trabajos de Jelena Batinic y Svetlana Alexiévich refuerzan esta idea y evidencian que las mujeres soviéticas y yugoslavas contribuyeron con gran determinación, y en todo tipo de funciones y armas, a la victoria contra las fuerzas del Eje entre 1941 y 1945.13 Según se observa en la documentación de la época, la tendencia a expulsar a las mujeres del frente en el periodo previo a la militarización de las milicias fue consolidándose de manera sutil a través de órdenes verbales concretas impartidas por oficiales de graduación media o por los mandos políticos de las columnas, en combinación con la presión social y mediática ejercida sobre las propias mujeres. En cualquier caso, este hecho no afectó a todas las unidades, lo que explica que hayamos podido documentar que en algunas de ellas las mujeres siguieron en sus puestos, mientras que en otras fueron dadas de baja todas las combatientes. Al referirnos a la presión mediática, hacemos alusión a las diversas campañas publicitarias o de la prensa, gubernamental o de las diferentes organizaciones políticas, donde se aludía a las mujeres como portadoras de enfermedades de trasmisión sexual en el frente o a lo conveniencia de que la mujer trabajara en la retaguardia. En efecto, a partir de octubre de 1936 se inició una campaña de desprestigio en relación con las mujeres combatientes, aunque esta no sólo se puede atribuir al Gobierno o al Ejército republicano: también la postura formal de las principales organizaciones políticas fue beligerante con las voluntarias en el frente. Años después de finalizar la contienda, la antigua miliciana del 5º Regimiento Fidela Fernández de Velasco hizo alusión durante una entrevista a la campaña de difamación que habían sufrido: 12 Diario el Combate CNT-FAI Segunda Columna, Caspe, 9 de octubre de 1936. 13 Svetlana Alexiévich, La guerra no tiene rostro de mujer (Barcelona: Random House, 2013) y Jelena Batinić, Women and Yugoslav Partisans. A History of World War II Resistance (Cambridge: Cambridge University Press, 2015).
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Sí que había prostitutas, pero estaban sobre todo en la retaguardia. Allí ejercían su oficio. Pero eso no tenía nada que ver con nosotras, con las que luchaban. Y nuestros camaradas lo sabían muy bien. Ninguno se hubiera atrevido a acercarse demasiado. No nos veían como mujeres. Ni que hubiesen querido. Nosotras estábamos en las trincheras tan sucias y empiojadas como ellos, luchábamos y vivíamos igual que ellos. Para ellos no éramos mujeres sino sencillamente uno más.14
La combatiente vasca Casilda Hernández también hizo referencia en sus memorias a esta cuestión: Eso de la que la mujer aquella iba al frente para acostarse con los milicianos... todo eso es mentira. Ahora bien, nadie podrá evitar que donde hay mujeres y hombres se creen simpatías y afinidades; algunos lo llaman atracción química o atracción celular, y que se formen lazos, sobre todo en lugares alejados de las zonas urbanas como el frente de Aragón. Pueden existir contactos físicos, morales y espirituales, entre el hombre y la mujer que se encuentran en el frente. Lo contrario sería una aberración.15
En cualquier caso, el período entre el otoño de 1936 y la primavera de 1937 fue decisivo para el descenso numérico de las mujeres que combatieron en las Milicias Populares. A partir de ese momento se toleró su presencia si así lo permitían los jefes políticos o militares de la unidad, pero no se continuó alentando el alistamiento de las mujeres y se amparó el envío a la retaguardia de las milicianas cuando se consideró oportuno. Así se observa en el informe de José del Barrio –exsecretario general del sindicato UGT en Cataluña y hombre fuerte del PSUC en el frente de Aragón– del día 23 de diciembre de 1936, relativo a la depuración y encuadre en la División Carlos Marx de la Columna Libertad, procedente del frente de Madrid. Debemos tener en cuenta que el texto habla de limpiar la unidad de elementos ideológicamente no afines al PSUC y otros elementos considerados perjudiciales, entre los que se incluye, sin más, a todas las mujeres de la columna: “Mañana saldrán de viaje (para Barcelona) cerca de 20 mujeres que han traído y que no nos hacen ninguna falta”. También en el caso del Comité de Guerra de la Columna Tierra y Libertad, formada por combatientes de la regional catalana de la CNT –en ese momento desplegada en Cuenca–, y que decidió, en el pleno de delega14 Ingrid Strobl, Partisanas: La mujer en la resistencia armada contra el fascismo y la ocupación alemana (1936-1945) (Barcelona: Virus, 1989). 15 Luis Jiménez, Casilda miliciana. Historia de un sentimiento (Donostia: Txertoa Argitaletxea, 1985).
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dos del 25 de enero de 1937, la expulsión de las mujeres de la columna que procedían de la zona de Madrid. Tan sólo se permitió la permanencia de las milicianas que habían salido con ellos desde Cataluña, pero fueron retiradas de la primera línea de combate y pasaron a ocuparse de las tareas auxiliares en el Comité de la columna.
Las mujeres soldado del Ejército Popular de la República Sabemos que algunos cientos de combatientes permanecieron en el frente tras el periodo de desmovilización de las unidades milicianas a partir de noviembre de 1936 y se integraron a las nuevas unidades del Ejército Republicano como soldados. Estudios recientes apuntan que, más allá de la movilización armada femenina de los meses iniciales del conflicto y especialmente a partir del proceso de militarización de las milicias y con la creación del nuevo Ejército Popular, en noviembre de 1936, varios miles de mujeres se encuadraron, en sucesivas etapas y en diferentes funciones y cuerpos, en la estructura del Ejército español y como militares profesionales hasta el final de la contienda en abril de 1939. La evidencia de que continuaron allí es que se han documentado varios miles de mujeres que combatieron encuadradas en el Ejército Popular de la República o en los cuerpos de seguridad del Estado. También es destacable el número de mujeres que fueron ascendidas a oficiales o suboficiales por sus méritos en combate en el Ejército republicano. El debate sobre el decreto ministerial de octubre de 1936, firmado por el presidente de la República Francisco Largo Caballero y en el que supuestamente se hacía alusión a la expulsión de las mujeres de los frentes de guerra, ha sido superado en los últimos años. De hecho, esa orden no existió nunca de manera oficial. Es más, las mujeres españolas fueron militarizadas, de manera paulatina y a medida que las necesidades de la guerra total se imponían sobre los sucesivos gobiernos republicanos, hasta llegar a su movilización general en enero de 1939.16 Este hecho constata que la retirada de las mujeres no fue una orden específica cursada por el Ministerio de Defensa de la República. Sin expulsión explícita y mediante una inclusión de facto, el Gobierno republicano fue pionero en Europa occidental en facilitar la integración de mujeres en un ejército regular.17 16 Esther Gutiérrez, Las mujeres militares en la Guerra Civil española. Política, sociedad y Administración Militar de la II República (1936-1939) (Tarragona: URV, 2022). 17 Sara Hernández y Luis Ruiz, Mujeres combatientes en el ejército popular de la República (1936-1939) en El pasado que no pasa. Guerra Civil española a los ochenta años de su fi-
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Epílogo El binomio mujer y guerra no es una cuestión que pueda ser simplificada mediante conceptos o abstracciones teóricas; en este binomio actúan diversos condicionantes que alteran en cada caso el resultado. Como explica Carol Cohn,18 las “mujeres” no son un grupo monolítico, sino individuos cuyas identidades, opciones y experiencias son moldeadas por factores que incluyen su edad, clase económica, etnia, religión, sexualidad, capacidades físicas, cultura, nacionalidad estatal e identidad nacional y su posicionamiento en los procesos económicos locales y globales. Como resultado de todo esto, sus relaciones con la guerra se conforman por estos múltiples factores, a los que se ha de añadir su capacidad de pensar y decidir en función de las dinámicas políticas, sociales y personales que las rodean a lo largo de sus vidas. En consecuencia, las combatientes de España no pueden ser consideradas como anomalías históricas: ni en su versión más optimista, la heroína, ni en la más negativa, la que se aleja absolutamente del canon femenino de la época. Al acercarnos a sus trayectorias vitales y a su actitud ante la guerra, podemos observar que no eran ni más ni menos que mujeres de su tiempo, llenas de anhelos y de contradicciones. Que no existe un patrón que las pueda definir a todas por igual; que afrontaron de diversas maneras la violencia, la frustración, la lucha o la derrota. Es un hecho que el marco social y político español de esos años influyó en el caso de estas combatientes y marcó irremisiblemente el destino de muchas de ellas. Su vinculación con la guerra evolucionó en la medida que lo hizo el entorno político del territorio republicano. Cualquier aproximación al fenómeno de las combatientes en la guerra civil española ha de combinar, forzosamente, cuatro elementos vectores: el geográfico, el temporal, el ideológico y el administrativo. La combinación de estos cuatro factores da como resultado un fenómeno histórico que obedece a cuestiones simétricas, pero que a su vez responde a realidades asimétricas. Por descontado, a estos condicionantes hay que sumar el efecto estructurador del machismo imperante, también entre los militantes de las izquierdas españolas. Aun así, la experiencia en combate de las españolas impactó de manera notoria en la opinión pública europea y marcó un precedente que sin duda tuvo su reflejo en la movilización de cientos de miles de combatientes femeninas que contribuyeron al esfuerzo bélico en la decisiva conflagración mundial que se desarrolló a partir de septiembre de 1939. nalización, editado por Eduardo Higueras, Ángel Luis López Villaverde y Sergio Nieves Chaves (Cuenca: 2020), 277-292. 18 Carol Cohon, ed., Women and Wars (Cambridge: Polity Press Ltd, 2014), 26.
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Gonzalo Berger Mulattieri
Lecturas sugeridas Berger, Gonzalo. “La mujer combatiente en la Guerra de España: milicianas y mujeres soldado”. Alcores. Revista de Historia Contemporánea 26 (2023). Berger, Gonzalo. Las milicias antifascistas: De las calles a las trincheras. Catalunya, 1936 (Manresa: Bellaterra, 2022). Berger, Gonzalo. Milicianas. La historia olvidada de las combatientes antifascistas (Madrid: Arzalia, 2022). Cohn, Carol, ed. Women and Wars (Cambridge: Polity Press Ltd, 2014). Gutiérrez, Esther. La invisibilidad de las mujeres soldado en el Ejército republicano. En La Guerra Civil en las comarcas del Vinalpó 80 años después, editado por Pedro Payá López (Alicante: PUA, 2020).
Los impactos de la Segunda Guerra Mundial en la Argentina. Una mirada marítima
Agustín Daniel Desiderato
Introducción La Segunda Guerra Mundial fue el conflicto más mortífero de la historia humana, con un promedio de víctimas que hoy se cuenta entre los 50 y 70 millones. Fue un enfrentamiento de naturaleza total y global que enfrentó a las potencias del Eje –Alemania, Italia y Japón– con los Aliados –Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética, entre otros– durante el periodo 1939 y 1945, aunque parte de la historiografía sigue discutiendo la precisión de esas fechas. Este capítulo se ocupa de la Segunda Guerra Mundial, pero no para reseñar sus principales hitos, ni organizar sus causas y consecuencias; para ello, existe una importante literatura que ya ha trabajado el tema en forma extensa y detallada. Lo que propone este texto es presentarle al lector cierto cuadro orientativo e introductorio sobre algunos de los impactos marítimos y navales de ese enfrentamiento en la Argentina. El capítulo se encuentra organizado en varias partes. En el primera se narra el episodio ocurrido con el acorazado de bolsillo Graf Spee en el Río de la Plata. En la segunda se describen algunos de los efectos de la guerra en la Armada Argentina, especialmente en aspectos materiales, operativos y organizativos, mientras que en la tercera se aborda el tema Malvinas y se analiza cómo las Islas fueron entonces percibidas por el gobierno y las autoridades navales argentinas. Finalmente, se trabaja el impacto de la faceta marítima de la guerra sobre el tráfico mercante nacional y la rendición de los submarinos alemanes en el puerto de Mar del Plata, en julio y agosto de 1945. Para este trabajo se han utilizado diarios, revistas, documentos oficiales, informes reservados, | 117
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memorias y cartas personales, y se ha prescindido de la mayor parte de la terminología que suelen contener los textos asociados a las temáticas navales.
El Graf Spee y la Batalla del Río de la Plata Ni bien se inició la guerra, el Alto Mando Alemán buscó interrumpir las líneas de comunicaciones y suministros de sus enemigos, aunque para ello solo disponía de unas pocas unidades: el crucero pesado Hipper, los cruceros de batalla Scharnhorst y Gneisenau, y los acorazados de bolsillo Deutschland, Scheer y Graf Spee. Estos tres últimos eran buques de diseño revolucionario, adelanto notable y gran poder de fuego, que Alemania había desarrollado como respuesta a las limitaciones que le imponía el Tratado de Versalles. El Deutschland y el Graf Spee fueron empleados como corsarios de superficie, con órdenes precisas de atacar solo buques mercantes. Si encontraban unidades de guerra debían evitar el combate y romper el contacto por todos los medios posibles. El Almirantazgo británico formó varios grupos para dar caza a los corsarios alemanes. Uno de ellos, al mando del comodoro Harwood y conformado por los cruceros pesados Cumberland y Exeter y los ligeros Ajax y Achilles, había sido destinado al Atlántico Sur, donde operaba el Graf Spee, que ya había hundido nueve mercantes entre septiembre y diciembre de 1939. Los británicos fueron determinando la posición del Graf Spee, a través de diferentes informes, y llegaron a la conclusión de que este continuaría hacia el Río de la Plata o bien a las Malvinas. Harwood apostó a lo primero y concentró sus fuerzas –con excepción del Cumberland, que debió abandonar la formación para dirigirse a Malvinas y solucionar allí algunos desperfectos técnicos– a unas 300 millas de la costa de Uruguay. Su presunción fue cierta y el encuentro se produjo en la mañana del 13 de diciembre, frente al Río de la Plata. El Graf Spee fue el primero en abrir fuego. Con sus seis cañones de 280 milímetros, castigó severamente al Exeter, inutilizándole el puente, varios órganos de gobierno y gran parte de su artillería; también llegó a causar daños en el Ajax.1 Pero la refriega tampoco había sido gratuita para el acorazado alemán, que consumió buena parte de sus municiones y recibió varios impactos. Uno de ellos en la planta generadora de vapor de alta presión, con la que se purificaba el aceite lubricante de los motores de propulsión. Esta era una avería seria, porque dejaba al 1 Cuando terminó la batalla, una patrulla aeronaval argentina informó haber avistado al Exeter, muy escorado, navegando lentamente hacia las Islas Malvinas. El gobierno ofreció la Base Naval de Puerto Belgrano para realizar reparaciones de emergencia, pero la invitación fue declinada por los británicos.
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buque sin combustible purificado y la reserva solo le alcanzaba para 24 horas de navegación. Fue entonces cuando el capitán Hans Langsdorff tomó la decisión de alejarse rumbo al oeste, cubriéndose con una cortina de humo, para buscar la protección de un puerto neutral. El lugar elegido fue Montevideo, a donde el Graf Spee entró en la madrugada del 14 de diciembre. El gobierno uruguayo ofreció una estadía de 72 horas, que de ningún modo alcanzaban para concretar las reparaciones necesarias; sin embargo, más tiempo hubiera significado una violación de las convenciones internacionales vigentes. De todos modos, ese tiempo se aprovechó para enterrar a los muertos, atender a los heridos y evaluar la situación general. Langsdorff le manifestó a Berlín sus intenciones de avanzar hasta el límite de las aguas jurisdiccionales y abrirse paso librando combate hasta agotar sus municiones. Se le respondió que tenía completa libertad de acción, pero que, si fracasaba en su cometido, debería hundir el barco a cualquier costo. La avanzada tecnología del Graf Spee no podía caer en manos enemigas. Antes de la batalla, la Armada Argentina le había encomendado al moderno crucero ligero La Argentina patrullar por fuera del Río de la Plata y reforzar allí al Independencia, un obsoleto acorazado que por entonces funcionaba como guardacostas. Si el combate ocurría en aguas nacionales, el crucero debería interponerse entre el Graf Spee y las fuerzas aliadas, para hacer valer los derechos del país como neutral.2 Por ello, y como el buque La Argentina había sido construido en el astillero Vickers-Armstrong de Inglaterra y su apariencia era muy similar a los cruceros británicos Ajax y Achilles, tenía la orden adicional de pintar la bandera nacional en sus costados y de iluminar durante la noche otra que llevaba izada en su mástil. El 17 de diciembre, a las 18.00 horas, el Graf Spee zarpó de Montevideo. Mientras salía del estuario del Plata, dos remolcadores y una chata –Coloso, Gigante y Chiriguana– que provenían de Buenos Aires, iban y venían del acorazado, llevando a tierra a gran parte de la tripulación. Algunos fueron internados en Argentina y otros en Uruguay. A las 19.55 se oyó una fuerte detonación: Langsdorff había decidido hacer estallar el Graf Spee, con bombas de relojería, para que el buque no cayera en manos enemigas. Los marineros fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes y los oficiales en el Arsenal de la Marina y en la Escuela de Mecánica de la Armada, bajo la supervisión de Edmund von Thermann, embajador alemán en Buenos Aires. Días después, en circunstancias que hoy no están del todo claras, Langsdorff acabó con su 2 Argentina declaró su neutralidad el 4 de septiembre de 1939, durante la presidencia de Roberto M. Ortiz, de la Concordancia, una coalición conservadora que llegó al gobierno en 1932.
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vida de un disparo en la cabeza. Su cuerpo fue sepultado con todos los honores en el Cementerio Alemán, junto al Cementerio de la Chacarita. La documentación existente en los archivos argentinos es muy variada y permite reconstruir parcialmente lo que ocurrió con la tripulación, luego del hundimiento del acorazado. El capitán de navío Walter Kay, primer oficial del Spee, fue el sucesor de Langsdorff y quedó a cargo de la tripulación, que permaneció internada en la isla Martín García y en las provincias de Córdoba, Mendoza, San Juan y Santa Fe. Algunos contrajeron matrimonio con mujeres argentinas, pero otros lograron fugarse y continuaron luchando en la guerra. Cuando el capitán Dietrich Niebuhr, ex agregado naval alemán en Buenos Aires, fue interrogado por los Aliados en 1946, declaró que una buena cantidad de fugas se habían producido al principio del internamiento, antes de que los oficiales fueran llevados a Martín García o mientras iban de camino allí. Otros lo habían hecho después, pero también hubo muchos que no fueron capaces de salir del país y con el tiempo terminaron atrapados o forzados a regresar y entregarse.3 Esta historia de los marineros del Graf Spee en Argentina suele aparecer con regularidad en las columnas de opinión que publican los diarios con motivo del aniversario de la Batalla del Río de la Plata; sin embargo, también hubo muchos otros episodios que, aunque breves, merecen ser rescatados. Uno de ellos es el que mencionamos a continuación. Existió una excelente relación de respeto y camaradería entre el personal de la Armada y los marinos alemanes. Así lo advierte, por ejemplo, el interesante intercambio epistolar que tuvieron el capitán Walter Kay y el contraalmirante argentino Gonzalo Bustamante, por entonces comandante de la Escuadra de Ríos. Los internados en Martín García no dejaron de expresar su agradecimiento “por la benevolencia y camaradería prestada […] en cada momento”.4 Incluso, llegaron a elaborar juguetes –patos, perros, liebres y autitos de madera, camas para muñecas, gallitos sobre ruedas y carritos con caballos– para los huérfanos del Asilo Naval.5 Estos juguetes han sido elaborados especialmente para los huérfanos de la Armada Argentina de parte de los internados en esta [isla]. Como entre ellos hay 3 Mario Rapoport, ¿Aliados o Neutrales? La Argentina frente a la Segunda Guerra Mundial (Buenos Aires: Eudeba, 1988), 190-192. 4 Argentina, Archivo del Departamento de Estudios Históricos Navales [en adelante DEHN], Fondo Bustamante, “Carta de Walter Kay a Gonzalo Bustamante”, 05/09/1941. 5 La Sociedad Asilo Naval fue creada el 20 de septiembre de 1891 como una asociación benéfica dedicada a la asistencia y apoyo integral de los niños y jóvenes hijos del personal militar y civil de la Armada. Actualmente se llama Hogar Naval Stella Maris y se ubica en el barrio de Floresta, en la ciudad de Buenos Aires.
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bastantes padres de familias cuyos niños sienten la ausencia de su padre, ellos comprenden tanto mejor la deplorable suerte de los niños, que para siempre carecen del cariño paternal y por eso les sería un gran contento si sus pequeños obsequios excitarían un poco de alegría en los corazones de estos pobres chicos.6
Las demostraciones de afecto perduraron durante los años siguientes, a pesar de la prolongación de la guerra y el internamiento. Como nueva expresión de “sincero agradecimiento”, por la “camaradería” que le habían ofrecido sus pares de la Armada Argentina, los internados otra vez prestaron sus manos y elaboraron cien juguetes con motivo de Navidad y el Día de los Reyes Magos, “esperando que [esos] obsequios modestos [ayudarán] a causar un reflejo de alegría en los ojos de los chicos [del Asilo Naval] en [ese] día de fiesta”.7
El rol de la Armada Argentina El Ministerio de Marina era la cartera de gobierno responsable de todo lo referido a la Armada, la navegación, el tráfico mercante y la industria naval. Se había creado en 1898 y era el máximo representante del Estado sobre las aguas navegables de la Nación. Sus funciones más importantes eran proteger y defender los intereses del país sobre sus mares y costas, respetando los tratados y convenciones vigentes; adquirir, construir, reparar, reformar y mantener los buques de guerra y reclutar e instruir a las tripulaciones; dirigir los asilos navales y las instituciones educativas, bibliotecas y archivos de la Marina; vigilar la navegación de los mares, lagos, ríos y canales, y cuidar de los faros, puertos, arsenales, parques, talleres, diques, estaciones, almacenes y depósitos; supervisar las exploraciones y las tareas hidrográficas y cartográficas; controlar los despojos de los naufragios y atender los salvamentos; registrar las matrículas de los barcos mercantes, realizar el arqueo de embarcaciones y autorizar el ejercicio de prácticos y maquinistas; y, por último, ejercer de policía sobre la extracción de los productos naturales en las islas y costas, y sostener las comunicaciones con las poblaciones del sur del país. Desde el inicio de la guerra, el Ministerio de Marina siguió de cerca la situación en los frentes y se mantuvo informado sobre las intenciones de los beligerantes. El capitán de fragata Eduardo Ceballos, por ejemplo, se encargó de enviar informes sobre la situación política y militar de Alemania. Observó las operaciones y el material bélico empleado en la campaña en Francia, el 6 DEHN, Fondo Bustamante, “Carta de Walter Kay a Gonzalo Bustamante”, 04/01/1942. 7 DEHN, Fondo Bustamante, “Carta de Walter Kay a Gonzalo Bustamante”, 24/12/1942.
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asalto a Narvik (Noruega) y el ataque aéreo a la base naval británica de Scapa Flow, solo por citar algunos casos. Con esa información que el Ministerio recibía de sus agregados navales en el exterior, se elaboraron trabajos y estudios sobre lo que podría ocurrir si la guerra eventualmente llegaba a Sudamérica; para ello, se comparaban las capacidades militares de las potencias del Eje con los países de la región. La principal preocupación era lo que ocurriría si Alemania y sus aliados decidían atacar América y realizar conquistas territoriales en el continente. Se consideraba algo poco probable, por lo menos en el corto plazo, pero, aun así, Argentina debería estar en condiciones de asegurar su propia independencia territorial y política. En ese sentido, se proponía el siguiente curso de acción. Mantener una actitud de expectativa vigilante ante el desarrollo de los acontecimientos en Europa. Seguir de cerca las actividades políticas en los países americanos, sin entrar a considerar la coordinación de la defensa en su conjunto. Preparar nuestra defensa al máximo posible contra toda clase de ataques exteriores e internos y establecer en forma independiente planes de cooperación militar para ayudar al Uruguay y al Brasil. Dejar que los Estados Unidos procedan independientemente, en la solución de los problemas que puedan derivarse del intento por parte de Alemania e Italia, de apoderarse de las colonias aliadas y territorios americanos al norte del Ecuador.8
El ministro de Marina, almirante León Lorenzo Scasso, señalaba que, si bien en 1939 las Escuadras de Mar y de Ríos habían proseguido con su adiestramiento regular, efectuando entrenamientos de artillería, torpedos y defensa antiaérea, las circunstancias del conflicto europeo habían obligado a incrementar la actividad en los buques y eso derivó en varios problemas. Ambas escuadras realizaron constantes y activos patrullajes de vigilancia para hacer respetar la neutralidad del país sobre su litoral marítimo y fluvial. Esa permanente navegación provocaba desgaste en las unidades y demandaba mayor actividad en los talleres, mayor uso de equipos y repuestos, y mayor uso de fondos. No todos los buques podían mantener ese intenso ritmo de trabajo; tampoco estaban en condiciones de eficiencia, si tocaba entrar en batalla contra una fuerza agresora. La Flota poseía unidades al borde de la obsolescencia, con capacidades ofensivas y defensivas que ya no respondían a las exigencias de un combate moderno. Los acorazados Moreno y Rivadavia, por ejemplo, que durante mucho tiempo habían sido el núcleo del poder naval argentino, tenían 30 años de servicio y ya habían llegado al límite de 8 DEHN, Fondo Dehn, Caja 200, “Apreciación de la situación estratégica”, 19/06/1940, 10-16.
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su vida operativa; por eso era necesario reemplazarlos. Para hacer frente a las necesidades logísticas, operativas y materiales señaladas, el Ministerio de Marina pidió al Congreso más fondos –por entonces recibía solo el 6 % del presupuesto nacional, una suma demasiado exigua que en ocasiones obligaba a la Armada a restringir y relegar muchas de sus obras y actividades– y que se construyera un astillero en Río Santiago para dar un servicio más eficiente a los buques de la Escuadra. También se pedía la sanción de una nueva ley de armamentos navales, pues la anterior, la 11.378 votada en 1926, ya tenía sus fondos agotados y no había llegado a cumplirse en su totalidad. En febrero de 1940, la Armada llevó a cabo su tradicional revista naval frente a la ciudad de Mar del Plata, ante las miradas atentas del presidente Roberto M. Ortiz, la mayor parte de su gabinete y la curiosidad del público. De la revista participaron las escuadras de mar y ríos –veintinueve unidades de guerra, entre buques de superficie y submarinos– y cincuenta aviones de caza y bombardeo. En el crítico contexto bélico que transitaba buena parte del mundo, la importancia de la Revista Naval era doble: no solo exhibía el poderío militar nacional sino su capacidad disuasoria. De todos modos, el Ministerio de Marina no estaba del todo conforme con ello y el contraalmirante Mario Fincati –que en septiembre había reemplazado a Scasso– reiteró las limitaciones materiales que la Armada tenía para desarrollar su activa vigilancia en el mar. Los talleres se exigían al máximo, para que las unidades estuvieran listas ante cualquier emergencia, pero se insistía en la necesidad de renovar el material existente. El conflicto mundial demostraba lo imperioso que era poseer una Armada fuerte, capaz de dar estabilidad y seguridad a las rutas marítimas, que eran las principales vías del comercio exterior, de las cuales el país dependía en su mayor parte. Se precisaba de un plan orgánico a la medida de esas necesidades, aprobado por el Congreso Nacional, que pudiera asegurar la defensa del país contra cualquier imprevisto; también era necesario crear una Marina Mercante Nacional. La guerra había causado la destrucción de una parte considerable del tonelaje marítimo internacional, además de la desviación de muchos buques de las rutas que habitualmente frecuentaban. Eso había traído la consecuencia de una intensa escasez de bodegas que creaba problemas muy graves para la Argentina, incapaz de colocar en el exterior sus exportaciones y, a la vez, de abastecerse de las manufacturas y materias primas que necesitaba su economía. El problema argentino no era más que una manifestación de un problema continental que había sido examinado por el Comité Económico Financiero Interamericano que funcionaba en Washington, el cual deliberó y recomendó a las repúblicas americanas que adquirieran los buques de bandera extranjera que se encontraban refugiados en sus puertos por encontrarse interrumpida su
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actividad comercial regular a causa de la situación internacional. Fue así como en 1941 el Congreso Nacional dispuso la creación de la Flota Mercante del Estado –por ley 12.736– incorporando dieciséis mercantes italianos –luego se sumarían otros alemanes, franceses, daneses y rumanos– que se encontraban refugiados en puertos argentinos. Por supuesto, el número de transportes adquiridos no alcanzaba a cubrir las necesidades comerciales del país, pero había dado cierto alivio a un grave problema de carácter impostergable: dar salida a la producción nacional con medios propios.9 La marina mercante propia es y ha sido siempre un anhelo nacional. Está en el interés argentino desarrollarla de acuerdo a sus necesidades y conveniencias. El fenómeno de su creación en tiempo de guerra no es precisamente una improvisación, sino el aprovechamiento de una oportunidad favorable. No puede dejarse de reconocer que la intensidad de su tráfico comercial en tiempo de paz justifica, tanto como las necesidades de su propia defensa nacional, el mantenimiento de una marina mercante nacional y la prosecución de una política marítima apropiada.10
Otro hito fundamental del año 1941 fue la aprobación de la ley 12.690 de adquisiciones navales, por la que se autorizaba al Poder Ejecutivo a invertir en la Armada hasta 712 millones de pesos moneda nacional. Con ese dinero se esperaba incorporar un acorazado, 3 cruceros ligeros, 6 submarinos, 4 destructores, 20 lanchas torpederas y 220 aviones, todos con sus correspondientes municiones, torpedos, bombas, minas, cargas de profundidad, repuestos y demás elementos de combate. También se pautaba la reparación y modernización de los buques que la Flota tenía en servicio, la construcción de unidades auxiliares, la adquisición de material antiaéreo y otros medios necesarios para la defensa de costas, y la ampliación de las bases en tierra. Sin embargo, cuando Argentina buscó proveedores de armas se encontró con algunos inconvenientes. La negociación con Estados Unidos no prosperó, porque el gobierno de ese país dispuso que únicamente vendería material a la Argentina si esta rompía sus relaciones con el Eje. Las gestiones con Alemania e Italia también se vieron frustradas. Berlín se excusó argumentando que sus propias necesidades bélicas no le permitían disponer de armas para la venta. Cuando se produjo el golpe de 1943, el gobierno de facto del general Pedro 9 Argentina, Archivo del Honorable Congreso de la Nación (en adelante HCDN), “Mensaje y proyecto de ley aprobando el convenio, relativo a la adquisición de los buques mercantes italianos refugiados en puertos argentinos”, Buenos Aires, 5/09/1941. 10 “No hay ningún motivo para que la Argentina deje de ser neutral, dice el señor almirante León Scasso”, en El Pampero, 18/12/1942.
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Pablo Ramírez intentó de nuevo obtener material bélico y para ello dictó el decreto n° 9006, que autorizaba la ampliación de la ley 12.690 a los fines de adquirir también 2 portaviones, 220 aviones, doce submarinos y ocho destructores. A ese efecto, se le pidieron informes al agregado naval argentino en Alemania, capitán de fragata Eduardo A. Ceballos, quien cumplió sus órdenes haciendo contactos y remitiendo presupuestos de adquisiciones. Pero esas gestiones tampoco prosperaron y la Armada permaneció el resto de la guerra realizando sus patrullajes de soberanía utilizando únicamente los medios disponibles.11
Malvinas en clave bélica La Segunda Guerra Mundial resignificó el valor estratégico que tenían las Malvinas. Ubicadas frente al estrecho de Magallanes, próximas al pasaje de Drake y al canal de Beagle, las Islas operaban como un punto de control bioceánico entre el Atlántico y el Pacífico y le servían a Gran Bretaña de punto logístico para los buques de su flota. De hecho, el Exeter realizó allí reparaciones de emergencia luego de su encuentro con el crucero alemán Graf Spee, en la Batalla del Río de la Plata, en diciembre de 1939. El gobierno argentino siguió de cerca la situación de las Malvinas. Varios hechos así lo comprueban. Por ejemplo, durante la guerra una sección de tres aviones Consolidated P2Y-3A, bajo las órdenes del teniente de navío Salustiano Mediavilla, realizó el primer vuelo a las Islas. El despegue se hizo en la madrugada del 22 de enero de 1940, con condiciones meteorológicas favorables. Los tres hidroaviones se detuvieron frente a Los Salvajes, al noroeste de Malvinas, sin ser detectados y, una vez cumplido su objetivo y fotografiadas las Islas, emprendieron el regreso. Esta acción demostró la factibilidad de unir por aire y con los medios existentes el archipiélago con el continente, aunque el operativo nunca fue hecho público. La Armada había elaborado informes confidenciales y reservados que describían la situación general de las Islas, dando datos acerca de la población, las condiciones sanitarias, las fuerzas militares, las telecomunicaciones y los establecimientos más importantes, como Puerto Stanley, Goose Green y Darwin. Advertía que a las Islas las defendían dos pelotones de infantería, un destacamento de artillería, una sección de ametralladoras, otra de comunicaciones y algunas baterías de mediano y grueso calibre; también existían algunas estaciones radiotelegráficas, pero no había comunicación con ningún cable 11 Eventualmente, y por razones políticas, Argentina rompió relaciones diplomáticas con el Eje el 26/01/1944. Finalmente declaró la guerra a Alemania y Japón el 27/03/1945.
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submarino. Estos informes evidenciaban el interés particular de la Armada por conocer las características del terreno, la distribución de los núcleos urbanos y, sobre todo, la composición y número de los efectivos militares.12 El Ministerio de Marina también había elaborado estudios que intuían escenarios posibles sobre lo que podría ocurrir con las Malvinas durante la guerra, por ejemplo, si Alemania derrotaba a Gran Bretaña y se hacía con el archipiélago en calidad de botín de guerra. Pero no solo se temía que otra potencia ocupara Malvinas, también generaba preocupación lo que podría ocurrir con Estados Unidos. Si entraba en guerra contra Japón y Alemania, y una perturbación afectaba transitoriamente al canal de Panamá, el gobierno estadounidense podría observar con interés la importancia estratégica de las Islas. Y si se mantenía neutral, tampoco podría dejarse de ver la importancia que las Malvinas podrían tener para la política de expansión y absorción económica y comercial que caracterizaba a Estados Unidos. Frente a esos escenarios, el Ministerio de Marina elaboró algunos cursos de acción posibles, teniendo como objetivo la defensa de los derechos argentinos y la eventual recuperación de las Islas. Una primera opción era que Gran Bretaña las devolviera pacíficamente, algo que para las autoridades ministeriales solo podría tener éxito si el gobierno se manejaba con habilidad política. Otra posibilidad era recuperarlas de Alemania e Italia, si eventualmente derrotaban a los británicos y se hacían con ellas, en calidad de reparación de guerra. Este último caso resultaba factible siempre y cuando el Eje no tuviera una mirada estratégica sobre Malvinas y sus intenciones futuras no incluyeran operaciones militares en Sudamérica. Por último, se contemplaba la vía de las armas, una opción que para muchos oficiales parecía el único medio seguro de recuperar el archipiélago.13 En ese último caso, vale la pena destacar el trabajo que elaboró el capitán de fragata Ernesto Villanueva, en septiembre de 1941, para la asignatura “Operaciones combinadas” que entonces dictaba el teniente coronel Benjamín Rattenbach, en la Escuela de Guerra Naval. Lo de Villanueva había sido una suerte de ejercicio que proponía la recuperación de las Malvinas mediante un “golpe de mano”, un ataque sorpresa por la vía de una operación combinada entre la Armada y el Ejército. La guerra actual ha hecho evolucionar la política internacional en tal forma, que es de temer la transferencia de las islas a otra nación […]. La República 12 DEHN, Fondo Dehn, Caja 200, “Escuadra de Mar. Memoria sobre las Islas Malvinas”, Puerto Belgrano, 28/09/1940. 13 DEHN, Fondo Scasso, Caja 5, Legajo 4, “Apreciación de una situación estratégica”, Buenos Aires, 19/06/1940.
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Argentina debería preparar secretamente un golpe de mano en forma de apoderarse de las islas antes de que cambien de dueño y crear así una situación de hecho a su favor. Se trata, pues, de restituir al país un archipiélago que le pertenece, cuya situación estratégica es de vital importancia para la defensa marítima de la nación, aparte de la vida económica propia que pueda persistir y desarrollarse en él y que constituye un índice de riqueza importante restado al patrimonio nacional.14
Primero se incomunicaría a las Islas, destruyendo las estaciones radiotelegráficas de Puerto Stanley y Bahía Fox, y luego se realizaría un desembarco en la playa de la Bahía Urania, al sur de la Bahía Anunciación, mientras la Escuadra levantaba en la Bahía Cow su base de operaciones. Se suponía que la única fuerza existente organizada para la defensa se componía de un grupo de 200 voluntarios, bien equipados, pero de escasa preparación militar, que podría ser eventualmente reforzado por personal de algún crucero anclado en Puerto Stanley. Sin embargo, llegado ese caso, el refuerzo no pasaría de los 300 hombres, haciendo a la defensa local no superior a los 500 efectivos. Para enfrentar ese dispositivo, Villanueva señalaba que la Escuadra Argentina –conformada por dos acorazados, dos cruceros pesados y uno ligero, doce destructores, un buque tanque y nueve rastreadores– podría transportar, sin ningún inconveniente, un batallón de Infantería de Marina en pie de guerra –organizado en 3 compañías de fusileros y una de ametralladoras pesadas, una batería de artillería y una sección de comunicaciones– al mismo tiempo que dos transportes trasladaban a 750 efectivos del Ejército. En suma, la fuerza expedicionaria argentina sumaría un total de 1750 hombres.15 El Estado Mayor General del Ejército se interesó por el estudio de Villanueva y le pidió una copia a Rattenbach, quien la envió junto con algunos comentarios y apreciaciones personales. En síntesis, opinaba que el plan no ofrecería mayores dificultades, aunque lo complejo no sería recuperar las Islas sino defenderlas de una tentativa de reconquista británica y, sobre eso, Rattenbach observaba que el trabajo de Villanueva no decía nada.
La pérdida de los buques Uruguay, Río Tercero y Victoria En el frente marítimo, el recurso inicial de Gran Bretaña y sus aliados había sido la adopción de un bloqueo naval para negarles a las potencias del Eje el acceso 14 DEHN, Fondo Dehn, Caja 200, “Ocupación de las Islas Malvinas”, Buenos Aires, 26/09/1941. 15 Ibid.
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a minerales, metales, combustibles, alimentos y otros suministros. La respuesta de Berlín fue similar: un contrabloqueo que estrangulara el comercio marítimo enemigo, empleando, sobre todo, submarinos. Ambas estrategias constituían el núcleo de lo que la historiografía llama la Batalla del Atlántico, una campaña militar en sí misma, desarrollada en un teatro de operaciones inmenso y por largo tiempo, entre 1939 y la rendición incondicional de Alemania en 1945. Por efecto de la guerra, Argentina debió soportar la pérdida de los vapores Uruguay y Río Tercero, y del petrolero Victoria. El primero pertenecía a la compañía Mihanovich y llevaba un cargamento de cereales con rumbo a Amberes cuando el 27 de mayo de 1940, a la altura del cabo Villano, frente a las costas españolas, fue interceptado por un submarino alemán que lo hizo estallar con bombas automáticas. La tripulación fue evacuada en los botes, pero permaneció a la deriva durante 36 horas hasta que finalmente fue rescatada por un vapor griego. El tercer oficial Luis Bravo le diría más tarde a la prensa “Tuvimos suerte de avistar el vapor […] estábamos exhaustos y a punto de morir de hambre”.16 Después del hundimiento del Uruguay, el gobierno argentino resolvió prohibir los viajes a Europa. El segundo buque fue el Río Tercero, un viejo carguero a carbón que Argentina compró al gobierno de Italia en agosto de 1941, cuando dispuso la creación de la Flota Mercante del Estado. Se llamaba anteriormente Fortunstella y pertenecía a los armadores Fratelli Rizzuto, de Génova. En la mañana del 22 de junio de 1942 fue torpedeado y hundido por un submarino alemán, cerca de Nueva York, mientras navegaba de regreso a Buenos Aires. El hecho conmovió a la opinión pública, una vez que la prensa reveló la declaración que el primer oficial del Río Tercero había hecho ante el consulado argentino en Nueva York. El buque fue impactado por dos torpedos que entraron por el lado de estribor y se hundió en solo cuatro minutos. Cinco tripulantes –Clemente Álvarez, Roberto Emilio Giménez, Justino José Aguilar, Luis Santiago Protto y Ángel Elfi– murieron ahogados; el resto, incluido el capitán Luis Pedro Scalese, logró salvarse. El tercero era el Victoria, un buque tanque de la Compañía Argentina de Navegación Dodero. A comienzos de 1942, mientras llevaba un cargamento de lino hacia Estados Unidos, resultó atacado con dos torpedos, sin previo aviso, a 300 millas del cabo Hatteras. Sus tripulantes, creyendo que el hundimiento era inminente, abandonaron el buque, pero este siguió a flote y resultó capturado por la guardia costera de los Estados Unidos. Fue remolcado a puerto, reparado y rebautizado Culpepper, y volvió a la actividad portando la bandera estadounidense. 16 “Argentines reach port”, The News Herald, 01/06/1940.
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Submarinos alemanes en Argentina Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, la Armada Alemana contaba esencialmente con los submarinos costeros tipo II –de bajo tonelaje y corto radio de acción– y los oceánicos clase VII y IX. El VII era el preferido del comando naval alemán por tratarse de una unidad de gran radio de acción, pero a la vez pequeña, de fácil maniobra y difícil detección en horas de oscuridad. El tipo IX era de mayor tamaño y tenía el doble de alcance, y había sido diseñado para operar en teatros distantes, como las costas estadounidenses, el Índico, el Pacífico o el Atlántico Sur. Al principio, Alemania poseía solo unos pocos submarinos, pero con el correr de la guerra llegó a construir más de mil. Los diseños fueron perfeccionándose hasta dar con los últimos y más avanzados tipo XXI, que tenían baterías de mayor capacidad y, por ello, podían permanecer más tiempo debajo del agua, navegando a mayor velocidad y de forma más silenciosa. La Armada Argentina había sido informada de que algunos submarinos alemanes podrían tratar de utilizar el Paso Drake para cruzar del Atlántico al Pacífico, por lo que el Ministerio de Marina dispuso la vigilancia de la zona al este del meridiano del Cabo de Hornos con aviones navales y destructores, mientras otros buques de guerra, estacionados en Ushuaia, efectuaban patrullajes en el estrecho de Lemaire y la isla de los Estados para impedir que los submarinos buscaran refugio en esa zona. Los patrullajes se realizaron con todos los medios disponibles, aunque estos eran rudimentarios y anticuados para la época, especialmente por las armas y los sistemas de detección de los buques argentinos. El 6 de marzo de 1942, la Tercera División de Torpederos –conformada por los buques San Juan, San Luis y Misiones– avistó una estela y movimientos en la superficie del mar frente a la entrada de Golfo Nuevo. Se activaron los hidrófonos e inmediatamente el San Juan detectó una embarcación sumergida, a unos dos mil metros de distancia, por su aleta de babor. Durante las siguientes 48 horas la división continuó recibiendo contactos esporádicos, pero la búsqueda finalizó sin resultados. Con anterioridad otros hechos ya habían ocurrido en la misma zona, por lo que el ministro de Marina, contraalmirante Mario Fincati, dispuso que a partir de ese momento todos los buques de la Escuadra procedieran al hundimiento de cualquier unidad submarina, que se encontrara sumergida en aguas territoriales. Casi al final de la guerra, cuando Alemania ya había firmado su rendición incondicional pero Japón aún luchaba en el Pacífico, dos submarinos alemanes se rindieron a la Argentina: el U-530 y el U-977. El 10 de julio de 1945 se rindió en la Base Naval de Mar del Plata el submarino U-530, un tipo IX comandado por el capitán Otto Wermuth. Horas antes la tripulación había arrojado al mar el cañón de cubierta, los torpedos,
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el equipamiento electrónico, las cartas de navegación, la bitácora y el libro de claves. De inmediato fueron interrogados por las autoridades, que insistieron en saber si el submarino trajo jerarcas nazis a bordo y si había tenido algo que ver con el hundimiento del crucero brasileño Bahía.17 A eso el capitán Wermuth respondió que no y que simplemente el U-530 había zarpado de Kiel, el 19 de febrero, y puso rumbo a la Argentina una vez recibió la noticia de la rendición alemana. Concluidos los interrogatorios, se firmó el acta de rendición y la bandera argentina se izó en el mástil del submarino. El U-977 era un submarino del tipo VIIC, que el 2 de mayo de 1945 había partido de Noruega, bajo el comando del capitán Heinz Schäffer, con la misión de apostarse frente a Southampton y, si era posible, entrar en el puerto y causar tantos destrozos como fuera posible. Pero todo eso cambió cuando, a los pocos días de haber zarpado, llegó una transmisión del cuartel general alemán que informaba de la capitulación y les ordenaba a todos los submarinos que salieran a la superficie, desmontaran sus armas, izaran banderas blancas o azules y se rindieran a los Aliados. El capitán Schäffer le comunicó la noticia a sus hombres, para decidir junto a ellos el rumbo a seguir. En principio, les propuso dos opciones: abandonar el barco o arriesgarse y dirigirse a la Argentina. En su memoria –publicada varios años después de la guerra– se manifiesta del siguiente modo: Hemos de decidir lo que vamos a hacer. Podemos izar la bandera blanca, hundir el submarino o internarnos en un puerto de algún país que se haya portado honorablemente durante la guerra. Uno de nuestros maquinistas conoce la Argentina y se ha mantenido en contacto con amigos suyos que residen allí, de manera que está bien informado sobre esa república sudamericana y también yo tengo en ese país amigos y conocidos. Es un país de gran futuro… Creo, a juzgar por lo que sé, que es el estado sudamericano más progresivo, con vastos recursos naturales y grandes extensiones sin explotar, donde cualquier individuo tiene todas las posibilidades de labrarse un porvenir. […] tenemos suficientes víveres para llegar a la Argentina y ahorrarnos el amargo pan del cautiverio.18 17 El Bahía fue un crucero de la Marina de Brasil que naufragó el 4 de julio de 1945, tras el fin de la guerra, a causa de una fuerte explosión que mató a gran parte de su tripulación. Solo se salvó un pequeño grupo de marinos, que permaneció a la deriva durante varios días hasta que un carguero británico los rescató. Las autoridades brasileñas pensaban que el incidente había ocurrido durante una práctica con los sistemas antiaéreos, pero la rendición del U-530 en Mar del Plata, solo seis días más tarde, llamó la atención de los mandos aliados, que sospechaban que el Bahía podría haber sido hundido, en realidad, por un submarino alemán. Y en esa dirección fueron los interrogatorios a los tripulantes del U-530 y el U-977. 18 Heinz Schäffer, U-977. Hazañas del último submarino alemán en la Segunda Guerra Mundial (México: Azteca, 1962), 156.
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La tripulación deliberó. De los 48 tripulantes, 16 querían reunirse con sus familias en Alemania. Eran hombres casados, casi todos suboficiales y los más antiguos a bordo; finalmente fueron desembarcados cerca de Bergen, frente a la costa, en botes de caucho, durante la noche. El resto emprendió una larga y penosa navegación de más de 100 días –66 de ellos en inmersión– y consiguió llegar a la costa de Mar del Plata. El 17 de agosto, el U-977 se entregó a los rastreadores Seguí y Py y al submarino Salta de la Armada Argentina y, luego de identificarse por medio de señales luminosas, fue abordado por una dotación de presa, al mando del teniente de fragata Rodolfo Sáenz Valiente, que lo llevó a la Base Naval de Mar del Plata. El acta de rendición se firmó al día siguiente y, una vez revisada la documentación, los tripulantes fueron trasladados a la isla Martín García para ser allí interrogados. Cuando al capitán Schäffer se le preguntó por qué había decidido llevar al submarino a la Argentina, contestó: El comandante de la Flotilla [argentina] preguntó por qué, exactamente, había escogido la Argentina para entregarnos. Esa pregunta no era difícil de contestar. Las reglas de la guerra disponen que todo el material de guerra perteneciente a la potencia vencida pase a ser propiedad de los vencedores y por eso ahora la Unión Soviética debe estar en posesión de todos nuestros adelantos técnicos. Por consiguiente, había procurado cumplir las órdenes del almirante Dönitz de rendición –tan pronto como había podido comprobarlas– de manera que fuera ventajosa para un país que ya había demostrado su caballerosidad hacia la Marina Alemana en el caso del acorazado de bolsillo Graf Spee. Había tenido que pensar también en el bienestar de mi gente. No había otro país enemigo del cual pudiera esperar tan buen trato. Nunca había habido odios entre la Argentina y Alemania, sino una situación de honorable hostilidad y esto sólo por un tiempo relativamente corto.19
Posteriormente, las tripulaciones del U-530 y U-977 fueron trasladadas a los Estados Unidos para ser sometidos a nuevos y hondos interrogatorios. Un contingente de 33 estadounidenses, que por vía aérea había llegado previamente a la Argentina, tomó posesión de los submarinos y los llevó hasta Boston, donde se les estudió su tecnología y terminaron hundidos como blancos.
A modo de cierre Este capítulo presentó un esbozo de algunos de los impactos marítimos de la Segunda Guerra Mundial en la Argentina, prescindiendo de la mayoría de los términos y tecnicismos que suelen presentar los estudios navales. 19 Ibid., 192.
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Se detallaron algunos de los episodios que han recibido bastante atención de la historiografía, entre investigadores formados, aficionados a la historia y público entusiasta, como la actividad del Graf Spee en el Río de la Plata o la rendición de los submarinos alemanes U-530 y U-977 en el puerto de Mar del Plata. Pero también han sido abordadas otras cuestiones menos conocidas, como la actividad que la Flota nacional desarrolló durante el conflicto y su lucha por mantener los patrullajes de vigilancia en las aguas jurisdiccionales, a pesar de la obsolescencia de sus medios y los magros recursos disponibles. De igual modo, fueron exhibidos los análisis y estudios que el Ministerio de Marina –máximo organismo ejecutor de la Armada– hizo sobre la Segunda Guerra Mundial, el rol estratégico de las Islas Malvinas y la situación geopolítica regional. A pesar de las presiones de los Aliados, la República Argentina insistió en su neutralidad y no fue hasta casi el final del conflicto que declaró la guerra a las potencias del Eje. En ese sentido, podría decirse que su involucramiento con el fenómeno bélico fue casi nulo y, sin embargo, eso no evitó que el país experimentara importantes impactos producto de la conflagración. Aquí se han mostrado algunos de esos efectos, sobre todo los de índole marítima y naval –que por cierto no suelen suscitar el interés de los investigadores, mayormente enfocados en otros campos, como el político y el diplomático– con la intención de buscar una mirada de coyuntura que permita poner en evidencia, por un lado, el carácter total y transnacional de la Segunda Guerra Mundial y, por otro, la interconexión de ese hecho histórico con la realidad argentina.
Lecturas sugeridas Arguindeguy, Pablo y Horacio Rodríguez. Las fuerzas navales argentinas. Historia de la flota de mar. Buenos Aires: Instituto Nacional Browniano, 1995. Desiderato, Agustín Daniel. Defensa e intereses marítimos. Un estudio acerca de la influencia de la Primera Guerra Mundial en la Armada Argentina (1914-1928). Buenos Aires: Teseo Press, 2023. Luqui-Lagleyze, Julio. “Diplomacia naval en tiempos de guerra: la agregaduría naval argentina en Alemania y España durante la segunda guerra mundial”. Temas de historia argentina y americana, 21 (2013), 64-87. Pertusio, Roberto y Guillermo Montenegro. El poder naval y el entorno geopolítico (1890-1945). Buenos Aires: Instituto de Publicaciones Navales, 2004. Scheina, Robert. Iberoamérica: Una Historia Naval, 1810-1987. Madrid: San Martín, 1987. Tato, María Inés y y Germán Soprano, dirs. Malvinas y las guerras del siglo XX. Buenos Aires: Teseo Press, 2022.
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Mariana Moraes Medina
Los escritores latinoamericanos ante el desastre A principios de 1940, gravemente preocupada por el nuevo conflicto mundial, Luisa Luisi, poeta y pedagoga uruguaya, escribía a su par chilena Gabriela Mistral: Todo el porvenir me aparece siniestro: es mucho soportar dos guerras en el curso de una vida; no comprendo la fortaleza de los que la viven, ya que su sola presencia a la distancia es capaz de hacer tanto daño moral. Espero de todo corazón que la muerte me lleve antes de ver el desastre final que ha de ser inmenso, aún en el mejor de los casos, que lo sería, al triunfo de los aliados. Y no comprendo tampoco la serenidad de espíritu de los que pueden entregarse a su obra literaria en medio de la angustia opresora de este terrible momento.2
1 Este trabajo es resultado del proyecto FONDECYT Posdoctoral n° 3190376 “Escritores del Cono Sur ante la Segunda Guerra Mundial: redes, cooperación intelectual y representaciones a través de revistas culturales y archivos (1939-1947)”, financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID). 2 Luisa Luisi. El ojo atravesado II. Correspondencia entre Gabriela Mistral y los escritores uruguayos, ed. por Silvia Guerra y Verónica Zondek. (Santiago de Chile: Lom, 2007), 197. La carta no incluye fecha, pero por su correlación con cartas de Mistral correspondería ubicarla en el periodo que va de febrero a abril de 1940. | 133
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Luisi no llegó a ver el final de la guerra, pues el desenlace de una larga enfermedad segó su vida en abril de ese mismo año. A la luz de este hecho, su testimonio –que por sí solo sugiere la densidad que los sucesos ligados a la “guerra total” tuvieron en la obra de muchos escritores y artistas latinoamericanos– refleja con mayor vigor la percepción colectiva de estar contemplando la última y definitiva efracción del mundo civilizado. La expansión de los conflictos a sociedades no beligerantes, ubicadas a miles de kilómetros de distancia, constituye una de las notas destacadas de la guerra moderna y aparece representada como una “angustia cotidiana” en la correspondencia, los diarios personales y la obra de toda una generación de artistas. Esta atmósfera o estado de ánimo que fue prevalente, en especial, entre septiembre de 1939 y los sucesos de 1940 que derivaron en la capitulación de Francia, revivía la desazón provocada por la guerra civil en España, percibida como campo de pruebas del fascismo. El asesinato del escritor Federico García Lorca significó para muchos la confirmación de que Francisco Franco y sus aliados llevarían adelante una guerra particular contra la inteligencia y resultó decisivo para que intelectuales de las más diversas tendencias se aglutinaran bajo un mismo compromiso. La implicación de los escritores con la política mundial había venido elaborándose durante los años de entreguerras bajo el influjo de los organismos internacionales enfocados en la cultura, como el PEN Club Internacional y el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual. Este tipo de iniciativas, ligadas al internacionalismo liberal, colaboraron en afianzar un estatuto que sería bastante duradero entre la intelligentsia occidental y que depositaba en los intelectuales el cumplimiento de ciertos deberes y responsabilidades dentro de la sociedad y, en particular, en la lucha por la defensa de la cultura, el entendimiento entre los pueblos y la paz. De allí deriva la confianza con la que los escritores latinoamericanos reclamaron un lugar de enunciación en el teatro de la nueva guerra mundial y de su condición de élite letrada periférica pero segura de sí misma, bien integrada desde la década de 1920 a un circuito cultural transnacional. El alto grado de implicación con la suerte de Europa se expresó en la producción literaria y mediática como un imaginario de fraternidad, de comunión emocional y política con los pueblos afectados. Los llamamientos a la separación, en cambio, representaron voces aisladas, como el caso del poeta argentino Oliverio Girondo, quien en 1940 y a contrapelo de la sensibilidad dominante publicó un ensayo en el que manifestó el “hartazgo por Europa”: “hoy cada cual comienza a comprender, de acuerdo con su sensibilidad olfativa, que urge apartarse de ella antes de que llegue a un estado de completa descom-
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posición”.3 Para él había llegado el momento “de dirigirle un saludo expresivo y recogernos, momentáneamente, dentro del propio cascarón” y aprovechar la oportunidad para resolver los problemas nacionales. Y es que, precisamente, la guerra europea fue trasfondo y un aguijón de debates y posicionamientos en la política interna de cada país. A las tensiones entre propuestas conservadoras y liberales, se sumaron cambios de orden económico y geopolítico que resultarían decisivos. Los golpes de estado de José Félix Uriburu en Argentina y de Gabriel Terra en Uruguay proyectaron la sombra de los proyectos autoritarios y dieron marco a la hibridación representada por los fascismos criollos. Por su parte, Chile, distanciándose de la matriz de la república oligárquica, apoyó el proyecto de renovación democrática de Pedro Aguirre Cerda, concretó su instalación en el orbe liberal por la vía de la cooperación económica ofrecida por Estados Unidos y se mantuvo tensionado por la gravitación de los intereses alemanes en el país (el tamaño de la colonia alemana y las células del partido nazi desde 1932 determinaron la organización del más grande y eficiente partido nazi en América Latina). En lo que hace a las prácticas de escritura, se abrió una nueva etapa para la literatura política y la invectiva. Una miríada de pronunciamientos y ensayos morales quedaron diseminados en impresos periódicos y sueltos, aparte de otros textos que responden a moldes y fórmulas de la épica, la elegía y el encomio. Por constituir un material disperso y efímero, además de fuertemente marcado por las circunstancias, estos escritos han sido esquivos para la labor de la crítica y la historiografía literaria. Lo cierto es que las obras de autores locales creadas en relación con la guerra permiten abordar su relación con la construcción de discursos e imaginarios dominantes en el periodo (antifascista, aliadófilo y panamericanista, y las derivas particulares probritánica, francófila, soviética), que tuvieron enorme pujanza en el debate acerca de la participación o la neutralidad ante el conflicto. En las páginas que siguen se propone un recuento crítico panorámico y misceláneo sobre el papel de la literatura en tiempos de la Segunda Guerra Mundial en el contexto regional de Uruguay, Chile y Argentina. A través del examen de obras de autores locales (o instalados en América durante el periodo) y de la selección y montaje de textos en revistas literarias, se procurará revisar algunos usos de lo literario en tiempos de guerra.
3 Oliverio Girondo, “Nuestra actitud ante el desastre”. Obra completa. Edición crítica, ed. por Raúl Antelo. (París: ALLCA, 1999), 327.
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La Francia literaria: poetas del exilio, sufrimiento y fraternidad La noticia de la caída y ocupación de Francia por los ejércitos del Tercer Reich fue recibida con inmensa conmoción en las dos márgenes del Río de la Plata. La percepción de Francia como “patria espiritual” alimentó fervorosas muestras de adhesión pública en homenajes, actos y discursos. La edición de textos de literatura francesa en revistas y libros (en español, en francés o en ediciones bilingües) se multiplicó y mostró la lealtad al legado literario y al idioma de Francia, largamente percibido como la “lengua de la cultura” y que acusaba ya su debilitamiento ante el ascenso del inglés como nueva lingua franca. Todas las iniciativas confluían en construir una suerte de retaguardia latinoamericana que ofreciese apoyo moral a la nación gala en su eclipse. La arraigada identificación de lo francés con la literatura y el pensamiento mantuvo en vilo a la francofilia local por la suerte de los intelectuales de ese origen afectados por la guerra. Las condiciones de vida de estos “sacerdotes seculares” eran materia de la correspondencia de latinoamericanos notables y de notas de prensa, y motivaban iniciativas de ayuda como las que llevaron adelante los comités de solidaridad con los escritores franceses organizados en las dos márgenes del Plata y que lograron embarcar varias toneladas de víveres, ropa y cinta para máquinas de escribir repartidos en París por la librera Adrienne Monnier. Entre los escritores que consiguieron partir al exilio –un grupo muy particular de la migración generada por la guerra pues manifestaron un campo fuertemente tensionado por la ocupación alemana y el colaboracionismo– instalaron con su presencia una extensión de aquella patria espiritual tan añorada entre los locales y generaron colaboraciones variadas con la cultura de acogida. La edición de revistas y colecciones francófonas durante la guerra, exponentes de la prensa transnacional en tiempo de guerra, podría iluminar su inclusión en el fenómeno de la vida cultural francesa –si bien transterrada, esto es, fuera de la zona de conflicto– bajo la ocupación alemana. Las revistas funcionaron como mediadoras autorizadas de la guerra para una comunidad de lectores transterrada o migrante, pero también para el auditorio francófilo. En Buenos Aires, Roger Caillois, sociólogo y crítico literario francés a quien la guerra había sorprendido en su estadía austral, emprendió la edición de Lettres Françaises con la ayuda de Victoria Ocampo, quien puso el capital inicial y la infraestructura de su revista para su publicación. Pensada originalmente como el suplemento de Sur en francés, Lettres Françaises funcionó como canal de contacto tanto entre los escritores exiliados como los que subsistían amordazados en Francia. La revista de Caillois, que circuló entre 1941-1947, contó además con un sello editorial homónimo y una colección
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(“La Porte Étroite”). En la selección de literatura francesa realizada por Caillois tuvo gran protagonismo la poesía, que según el director de la publicación revelaba los males de cada tiempo mejor que los textos referenciales. Jules Supervielle y Alexis Léger, más conocido como “Saint-John Perse”, poetas consagrados, exiliados en América, son los dos autores que destacan en el canon de Caillois. Tenían en común, además, su condición de franceses nacidos en América. El primero había nacido en Montevideo y migrado a Francia a corta edad. Inició su obra poética bajo la influencia del surrealismo. Mantuvo una estrecha relación con Uruguay y Argentina, pues su familia mantenía su arraigo en ambas márgenes del Plata. De hecho, el inicio de la guerra coincidió con una de sus visitas a Montevideo, por lo que permaneció allí hasta que pudo retornar a su Francia liberada en 1946. La firma de Supervielle es la más reiterada en las revistas literarias del período, en gran medida debido a que el autor se convirtió en todo un símbolo de Francia para la región. Su obra Poèmes de la France malheureuse, publicada por primera vez por Caillois en 1941, puede considerarse la más significativa y punzante del período. El poemario condensó el estado de ánimo de los franceses en el extranjero, la mezcla de vergüenza y dolor por la “Francia cortada al medio”,4 fruto del régimen de Vichy. Saint-John Perse, nacido en las Antillas francesas, se formó en Derecho en París y trabajó como embajador y secretario del Ministerio de Relaciones Exteriores francés. El gobierno de Vichy lo destituyó de la nacionalidad francesa y confiscó sus bienes debido a que se negó a servir al régimen como diplomático. Se exilió entonces en Estados Unidos, donde se desempeñó en un puesto en la Biblioteca del Congreso. De los primeros tiempos del destierro nació Exil (1941), un poema extenso, de gran hondura lírica, que exhibe el dominio de la poesía moderna e integra el imaginario veterotestamentario de la diáspora y de la épica antigua; sin duda, una de las mejores obras compuestas a la sombra de la guerra y un hito de la literatura del exilio francés: “Y es la hora, oh Poeta, de declinar tu nombre, tu nación y tu raza”.5 Caillois publicó el poema en la revista y luego también en el sello editorial de Lettres Françaises.6 De este modo, revista y sello francófonos colaboraron con el armado de un canon del exilio francés en América y al mismo tiempo contribuyeron a abonar el imaginario de fraternidad y cooperación al consagrar a figuras intersticiales.
4 Jules Supervielle. “1940”. Poèmes de la France malhereuse (1939-1941). (Buenos Aires: Éditions des Lettres Françaises, 1941), 32. Traducción de la autora. 5 Saint-John Perse, Exil, en Lettres Françaises 5 (1942), 11. Traducción de la autora. 6 Saint-John Perse, Exil (Buenos Aires: Éditions des Lettres Françaises, 1942).
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Al otro lado del Plata, se editaba Les Cahiers Français, primero a cargo de Jules Bertrand y más tarde de Paul Larnaudie, profesores de las instituciones dependientes de la Sociedad Francesa de Enseñanza en Uruguay. La revista se publicó de forma mensual entre 1936 y 1948, básicamente a partir de las colaboraciones de los profesores agregados y la reproducción de textos de escritores franceses reconocidos. La función primordial consistía en fungir como órgano de publicidad de los establecimientos educativos de Francia en el país; si bien dicho servicio se mantuvo durante la guerra, la revista adquirió en algunos momentos el carácter de tribuna desde la que difundir un discurso de unión de la colectividad y de defensa de la perennidad de la lengua francesa. La literatura tuvo especial interés en este momento. Por un lado, enfatizando su función expresiva para posibilitar la confluencia de la comunidad en el dolor colectivo por la patria ocupada (como Lettres Françaises, Les Cahiers también publicó poemas de Supervielle y textos de otros escritores de referencia para el exilio). Por otro, sirvió para volver a hacer presente, tanto a través de lo textual como de diversos recursos gráficos, la idea de fraternidad entre las dos naciones, francesa y uruguaya, un aspecto fundamental de la diplomacia cultural del periodo de la guerra. Se destaca la presencia entre sus colaboradores de Jacques Duprey, profesor de historia del Liceo Francés, quien realizó una recuperación crítica de Montevideo ou une Nouvelle Troie (1850) de Alexandre Dumas, novela en la que el escritor narró el Sitio Grande de Montevideo, que contó con la intervención de la Legión francesa en apoyo al gobierno sitiado. Duprey publicó su ensayo Alejandro Dumas, Rosas y Montevideo7 y luego marchó a unirse a las Fuerzas Francesas de Liberación en el norte de África. El imaginario heroico del siglo XIX, histórico y literario, volvía a actualizarse en tiempos en los que nuevamente eran necesarios el humanitarismo y la cooperación heroica transnacional. Por último, una mirada a la literatura de la inmediata posguerra. Tanto en las revistas francófonas mencionadas como en otros soportes impresos en los meses que siguieron a la Liberación circularon escritos que, si bien respondían a diversos géneros textuales (poemas, crónicas, testimonios, ensayos), compartían una misma intención: dar cuenta de las experiencias de la vida bajo la ocupación, la prisión en campos de concentración, la lucha por la liberación de Francia, los padecimientos físicos y morales de los que permanecieron en el frente. En Les Cahiers Français aparece una selección bajo el título “Poèmes de la France souffrante” (“Poemas de la Francia sufriente”). Son, mayormente, textos marcados por la espera, la muerte y la desesperación, pero también por 7 Jacques Duprey. Alejandro Dumas, Rosas y Montevideo (Buenos Aires: Rodríguez Giles,1942).
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un hondo sentido del sacrificio y la fe, como en “Recours au poème” (“Apelación al poema”) de Pierre-Henri Simon, profesor, poeta y ensayista católico, deportado a los campos de Núremberg, Münster y Lübeck: ¡Ay! Señor, tú quisiste este sufrimiento que sube hacia nuestras frentes como el agua concédenos la gracia y la suerte suprema de descubrir la perla en el fondo del amargo abismo. Sí, ¿qué importa la noche, el destierro, la soledad, si la estrella de Dios surge en el cielo invernal?8
En muchos casos, la decisión de publicar estos escritos en revistas literarias se fundó más que en la cualidad estética de los mismos, en el deber moral de testimoniar y de participar, aunque más no fuera textualmente, de la suerte de aquellos que debieron permanecer en Francia o que sirvieron en el frente. La misma voluntad de documentar el padecimiento y el sacrificio de los franceses se evidencia en el libro Antología de la resistencia francesa, preparado por Yvette Billod, esposa de Roger Caillois, y publicado en Buenos Aires en 1945. 9 La obra reúne una serie de artículos, poemas, cartas y testimonios traducidos por ella recopilados de revistas francesas, periódicos clandestinos y libros publicados entre 1940 y 1945. La presentación de la antología está firmada por la escritora María Rosa Oliver (intelectual argentina que desarrolló un gran activismo en la órbita del comunismo internacional), quien apuntó que a través de los mismos “el lector latino americano y español podrá enterarse un tanto de lo que aconteció en Francia durante esos cuatro años cuando la traición y la entrega eclipsaron su luz para el resto del mundo”.10 Conviven en la selección textos anónimos, otros de intelectuales consagrados como André Malraux, Emmanuel Mounier, Paul Valéry, Henri Michaux, Louis Aragón, André Gide, entre otros, de figuras de la Resistencia y de ciudadanos de a pie. Los testimonios de estos últimos destacan por el valor y sacrificio con el que enfrentaron todos los riesgos. Yvette Caillois organizó el material en cuatro secciones. La primera recopila textos de protesta de los intelectuales bajo la censura impuesta por Vichy y el nazismo. La segunda reúne la rebeldía del pueblo e incluye un conjunto de cartas escritas por hombres que aguardaban su ejecución, textos potentes, con detalles de las condiciones de vida y de los 8 Pierre-Henri Simon, “Recours au poème”, Les Cahiers Français 97-98 (1944), 13. Traducción de la autora. 9 Yvette Caillois (ed.), Antología de la Resistencia Francesa. (Buenos Aires: Hemisferio, 1945). 10 María Rosa Oliver. “Prefacio” en Caillois, Antología, 7.
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juicios por los nazis. La tercera, la lucha de los franceses en el extranjero, en el movimiento de liberación, y de los que organizan la resistencia al interior de Francia. Finalmente, el epílogo da cuenta de la acción de los maquis y la reconquista. La mayoría de los textos están precedidos por una breve nota editorial que informa sobre la fuente y brinda algún detalle relevante de su contexto de producción. La obra no sólo cumple en transmitir conocimiento sobre los hechos acaecidos y guardar la memoria de un tiempo terrible, sino que transporta además a través del impreso el sufrimiento de los otros. Mirarlo (leerlo) fue también una forma de lealtad –uno de los afectos políticos más potentes del tiempo de guerra–, un comparecer ante la desgracia nacional para la diáspora francesa o de la “patria espiritual” de la que la francofilia latinoamericana se sentía parte.
Persistencia y renovación de las formulaciones épicas Con cada periódico retorno de la guerra ha vuelto también la poesía épica, uno de los géneros más antiguos y prestigiados en el canon tradicional de Occidente desde la Ilíada homérica en adelante. Invasiones, sitios, victorias y derrotas, el repaso de los enemigos y los muertos, las heridas y cicatrices, el honor y el sacrificio, las hazañas colectivas han sido parte de la construcción de un imaginario de lo grandioso y lo extraordinario mayormente en torno de la violencia. El vínculo de ésta con lo sagrado, un vestigio atávico pero poderoso y persistente, alienta indudablemente la idealización o sacralización de los eventos bélicos y su perennidad como tema e imaginario para la poesía y otras artes. En la literatura contemporánea y al calor de las dos guerras mundiales, el poema épico mantuvo su atractivo y su vínculo con los modelos de la tradición clásica y renacentista, pero incorporó las innovaciones formales y técnicas del romanticismo y la vanguardia. A partir de Walt Whitman, el bardo de la modernidad, la democracia y las masas trabajadoras, la épica, con el “canto” como fórmula, se expande más allá de las escenas de guerra, privilegiando un humanismo que lo hizo muy popular entre los poetas antifascistas al servicio de la República española. Durante la Segunda Guerra Mundial, el discurso épico-heroico se manifestó en diversas direcciones, siguiendo los pasos de los diversos frentes y ejércitos. Con la mirada puesta en el frente oriental, en 1942 el poeta chileno Pablo Neruda, mundialmente reconocido por su trayectoria poética (el segundo Nobel de Literatura para Chile después de Gabriela Mistral) y política, integrado en las redes del comunismo internacional, escribió el Canto a Stalingrado. La batalla y el sitio de la ciudad homónima se extendió desde el 23 de agosto de
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1942 al 2 de febrero de 1943. En este poema, Neruda vincula la sangre que fluye en el enfrentamiento de Stalingrado con la derramada en España y se queja del “mundo que deja morir solos a sus héroes”, por ello representa el deseo de los latinoamericanos de alcanzar a Stalingrado para darle auxilio: Ciudad, Stalingrado, no podemos llegar a tus murallas, estamos lejos. Somos los mexicanos, somos los araucanos, somos los patagones, somos los guaraníes, somos los uruguayos, somos los chilenos, somos millones de hombres.11
Por entonces Neruda se desempeñaba como cónsul de Chile en México y leyó por primera vez el texto en la Sociedad de Amigos de la Unión Soviética. De forma casi inmediata el poema fue pegado en formato de carteles en los muros de la Ciudad de México. Tras la victoria del Ejército Rojo, Neruda compuso el Nuevo canto de amor a Stalingrado (1943), también publicado en esa ciudad, en una edición del Comité de Ayuda a Rusia en Guerra. En este poema, aparecen representados todos los ejércitos aliados (el ingreso de los americanos, una Francia que se rearma fuera de fronteras o el ataque de “los grandes leones de Inglaterra”) al golpe del del estribillo “Ya no estás sola, Stalingrado”.12 Otro caso interesante para aquilatar la reformulación de lo épico-heroico y su uso entre los latinoamericanos es la obra 338179 T.E. (1942) de Victoria Ocampo. Se trata de una biografía del escritor inglés Thomas Edward Lawrence, quien fue oficial del ejército británico durante la Primera Guerra Mundial en Oriente. Si bien la admiración de Ocampo por el autor era bastante evidente (también encargó traducciones de sus obras para publicarlas en la revista y en el sello Sur entre 1944 y 1947), resulta difícil no relacionar la publicación de esta obra laudatoria sobre un poeta-soldado en la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial con el compromiso de la autora con la causa aliada. En este sentido, 338179 T.E podría interpretarse como una forma de instalar el significante inglés en un momento álgido del movimiento probritánico en Argentina. Como se comprueba en el ensayo, Ocampo pretende rescatar no sólo al escritor sino también al combatiente que vivió entre los árabes y animó su rebelión contra el dominio otomano, lo que le deparó ser conocido como “Lawrence de Arabia”:
11 Pablo Neruda, “Canto a Stalingrado” [1942], en Obras completas. (Barcelona: Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 1999), I, 395. 12 Pablo Neruda, “Nuevo canto de amor a Stalingrado” [1943]. Obras completas, I, 396.
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La vida, el pensamiento, la acción del Coronel Lawrence, tan ardientemente fundidos, me parecen un tema de meditación muy apropiado para fortificarnos en una época en que ser indeciso, flotante, pusilánime, complaciente con las propias debilidades, indulgente con los propios intereses, dividido y debilitado por esta anarquía interior, contribuye más que nunca a romper el equilibrio ya tambaleante del mundo moral.13
Las características morales de su biografiado resultan muy afines a la literatura del momento, una literatura edificante elaborada en respuesta a la crisis europea. De acuerdo con la mirada de Ocampo, lo más destacado de la trayectoria vital de Lawrence es su capacidad de sacrificio físico y moral y esto determina que su representación exhiba notas de gran romanticismo. La edición de esta obra por Sur, como otras que conceden un franco protagonismo a los escritores ingleses, también podría asociarse con una estrategia de intervención política y cultural oblicua y que va más allá de la voluntad de la autora y editora de dar a conocer a sus lectores la literatura de sus preferencias personales. En la misma inspiración probritánica se inscribe un poema de circunstancia del poeta y filósofo uruguayo Emilio Oribe, titulado “La campana del Ajax”. Si bien el texto está fechado en 1949, el poema refiere a un hecho histórico de la Segunda Guerra Mundial: la batalla del Río de la Plata. Estos versos de Oribe persiguen la exaltación heroica de la Armada británica a partir de la acción de los tres buques ingleses (Ajax, Exeter y Achilles) que se batieron contra el acorazado alemán Admiral Graff Spee provocando la rendición de éste frente a las costas de Montevideo en diciembre de 1939. Durante la guerra, el autor tuvo una trayectoria destacada y versátil al servicio del antifascismo como traductor, poeta, colaborador de diversas revistas y agente cultural con vinculaciones con representantes del gobierno inglés y norteamericano en el Río de la Plata. Terminada la guerra, visitó universidades inglesas con el auspicio del British Council. Precisamente a raíz de uno de esos viajes, compone este texto. Según consigna una nota del editor, el texto fue escrito por Oribe para acompañar la entrega de la mencionada campana al gobierno y al pueblo uruguayo en agradecimiento por la hospitalidad brindada a las naves británicas entre 1939 y 1941. El acto se realizó en Londres el 18 de julio de 1949 y consistió en la entrega de la campana al encargado de negocios de Uruguay en aquella ciudad por oficiales de la Armada británica y Eugen Millington-Drake, quien había sido embajador británico en Montevideo durante los primeros años de la guerra. Impreso en forma de suelto por la Friends of Uruguay Society en versión bilingüe (español-inglés), con una traducción 13 Victoria Ocampo. 338179 T.E. (Buenos Aires: Sur, 1942), 21.
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firmada por G. R. Coulthard, bibliotecario del Hudson Institute, el poema no fue recogido en ninguna de las obras publicadas de Oribe, lo que le agrega singularidad y estimula su rescate. A través de cinco secciones, el poeta va modulando los usos de las campanas y los distintos momentos de la vida del hombre que acompañan, hasta llegar a las campanas de los barcos en tiempos de guerra, trance en el que asumen “un significado más extraño y solemne”14 y se transforman en testigos de los hombres que caen en la lucha, pero también de los que salvan su vida y que ahora escuchan las campanas de su aldea. La campana del Ajax, ligada a las batallas del mar, se transforma en símbolo del heroísmo “y no se sabe si es el océano, / el crepúsculo, la historia /o si la eternidad es la que canta” a través de ella.15 La que antes sirviera como campana en una guerra de imperios se desplaza en el poema de Oribe para reubicarse en un punto periférico “junto al hogar y al amor de los nuevos hombres latinos”, conmemorando de este modo la comunión de la cooperación militar y de los pueblos en la lucha por la libertad. Por último, un segmento particular del heroísmo se construyó en torno al papel de Estados Unidos en la guerra. En el Cono Sur, su ingreso al conflicto fue representado como la entrada de todos los países de la América Hispana en la guerra, la ilusión ante una participación continental en la lucha por la liberación de Europa. Este acontecimiento favoreció la construcción del mito político de Franklin Delano Roosevelt como apóstol de la democracia y figura decisiva en el desenlace de la guerra. Un ejemplo de ello es el Canto a Roosevelt (1945) del uruguayo Juvenal Ortiz Saralegui, una oración fúnebre por el presidente norteamericano. Ortiz Saralegui, uno de los escasos poetas vanguardistas de Uruguay, sirvió como escritor y periodista a la defensa de la República española a través del Boletín de la AIAPE (sección uruguaya) y combatió la nazificación de la cultura desde el ámbito público como redactor del Boletín Antinazi. Su admiración por la figura de Roosevelt formaba parte de una corriente bastante extendida en el antifascismo latinoamericano debido a la cercanía del presidente con la causa de la República (se esperaba que Estados Unidos fuera capaz de terminar con el franquismo después de terminar con Hitler) y al intenso trabajo de su Oficina de Asuntos Interamericanos, a través de un plan de diplomacia de las letras que sirvió para captar a los escritores del continente a través de la doctrina panamericanista. 14 Emilio Oribe, “La campana de Ajax”, Colección Emilio Oribe, Archivo Literario de la Biblioteca Nacional de Uruguay. 15 Oribe, “La campana de Ajax”.
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La cercanía de la muerte del líder (el 12 de abril de 1945) y del fin de la guerra alimentó una imaginación santificadora, muy útil a la construcción del mito de Roosevelt y del papel de Estados Unidos en el conflicto. En este contexto se inserta el Canto a Roosevelt, construido en franca intertextualidad con el Canto al presidente Lincoln de Whitman y dividido en catorce secciones que se podrían reducir temáticamente a tres: caracterización y pensamiento de Roosevelt; su muerte y el llanto del continente, y su trascendencia y apoteosis en la clausura de la guerra. Ortiz Saralegui concibió su poema desde la impureza genérica, en tanto es oda, elegía, hagiografía y poema épico. En la sección titulada “En una muerte manantial de héroes” (VIII), el presidente norteamericano es representado como un héroe de la guerra, como el gran artífice de la liberación de Europa. Su muerte irrumpe en el escenario de guerra: Entre los estampidos de la guerra, entre las proclamas y gritos; entre el desvelo de las madres de los soldados; junto al temblor de los rehenes; sobre la nieve de Alaska que da la mano a la nieve de Rusia a través de un mar yerto, pero hermano; encima del desierto; debajo de la lluvia del trópico, al sol amante, al espionaje de la luna, cae un árbol, una piedra, un pájaro, una campana, un canto, llamado pura y simplemente Roosevelt!16
Así, en la muerte del presidente norteamericano confluyen todas las muertes de la guerra: “Llévate a tu morada/los juncos de la sangre numerosa/de los náufragos;/ el descenso mortal de los aviadores”.17 La composición de Ortiz Saralegui constituye una de las numerosas expresiones artísticas nacidas de la “hora americana”. Permite, además, pensar los vínculos entre literatura y propaganda, entre el papel de los escritores y de la imaginación poética en tiempos de guerra.
16 Juvenal Ortiz Saralegui, Canto a Roosevelt (Montevideo: Amauta, 1945), 23-24. 17 Ortiz Saralegui, Canto a Roosevelt, 24.
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Otro modo de decir: selección y montaje de literaturas extranjeras en revistas Algunas revistas literarias de la época recurrieron a antologías para representar e intervenir de forma oblicua en la guerra. Junto con los autores, la selección de lenguas y naciones establecería una cartografía de aliados y enemigos, puesto que las revistas operan como dispositivos gráfico-discursivos que exhiben al mismo tiempo que ocultan. A estos efectos, el análisis de los dispositivos meta y paratextuales implicados en la selección y montaje de textos en revistas puede ser útil para observar algunas de las prácticas editoriales desarrolladas por las revistas literarias durante la guerra. El primer caso que se propone aquí se compone de los tres monográficos de literaturas extranjeras gestionados por Victoria Ocampo para Sur y publicados sobre el final de la guerra. La revista, publicación asociada a una concepción liberal y europeísta de la cultura, circuló entre 1931 y 1979, y durante la Segunda Guerra Mundial desarrolló gran actividad en torno a la causa aliada. Los tres números vieron la luz en este orden: Estados Unidos (Sur 113/114, 1944); Francia (Sur 147/149, 1946) e Inglaterra (Sur 153/156, 1947), y estuvieron compuestos por un importante volumen de colaboraciones y un arte de portada que replicaba los colores de la bandera de cada nación homenajeada. Estos números especiales se corresponden con las literaturas de los países aliados, con excepción de la Unión Soviética, nación con la que la revista tuvo escasa afinidad. En cuanto al contexto de publicación de estos monográficos, se enmarcan en la tensión entre las posturas culturales del nacionalismo, alimentada en esa coyuntura principalmente por el triunfo del peronismo, y del internacionalismo liberal. Procurando tal vez atenuar la estridencia del arte de portada para la recepción nacional, Ocampo recurrió a otro paratexto para justificar su empresa: el prólogo. Allí expuso, al inicio de cada monográfico, los criterios empleados para su selección, proponiendo, por lo general, que reunía a escritores poco conocidos o por entonces aún no traducidos de la literatura estadounidense, francesa e inglesa. Una cosa más llama la atención en estos prólogos: la necesidad de justificar la pertinencia de una antología de literatura extranjera. Ocampo debió pensar en cuál sería el lugar de sus números especiales en un amplio caudal de impresos y de discursos sobre la actualidad del mundo que circulaban en la época. En el caso del dedicado a Estados Unidos, escribió: “Esta antología no tiene otro propósito que el de ofrecer al lector de lengua española la ocasión de echar una ojeada sobre la literatura y, a través de la literatura, sobre la vida contemporánea en los Estados Unidos, tal como la sienten y piensan unos
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cuantos escritores aún poco leídos entre nosotros. Creemos que puede ser más instructiva y sutilmente reveladora que la mayoría de los artículos de la prensa”. La afirmación responde a la distancia que la editora deseaba tomar en relación con el periodismo, pues creía que había “más probabilidades de vislumbrar la dirección del porvenir en el rumbo de un escritor de categoría que en el editorial de un diario de tirada fabulosa o en los últimos telegramas de la Associated Press. No me inspiran confianza esas brújulas”.18 Con Francia, el prólogo parece escrito con prisa y es el menos extenso de los tres; en él, Ocampo despacha rápidamente una selección que no recurre a los grandes nombres de la literatura francesa –por otra parte, de sobra conocidos por sus lectores a través de la publicación continua de textos de escritores galos, más la labor desarrollada por la hermana de Sur, Lettres Françaises–. En el prólogo al número de Inglaterra, Ocampo opone el discurso literario al político. Mediante una cita del escritor Osbert Sitwell que afirma que Shakespeare sobrepasa a Waterloo como victoria inglesa, la editora eleva la trascendencia de la labor de los poetas sobre la de los hombres de Estado. Nuevamente retoma la idea de que la literatura alumbra mejor la verdad que otros discursos. Pero en este caso, responde de antemano a las críticas que sabe recibirá: la de conducir un proyecto extranjerizante, fijado en potencias imperialistas, y seguramente el hecho de que había permanecido en Europa alrededor de dos meses como invitada del British Council (lo que facilitó la gestión de los textos que formarían parte del número): En el mundo de las letras, a ninguna persona sensata se le ocurriría declarar su independencia literaria; nos encontramos felizmente en un plano distinto. Nos sentimos ligados unos a otros por indisolubles lazos espirituales. Declararnos vasallos de Shakespeare o Dante, de Cervantes o de Racine no nos humilla, nos agranda. […] Y por eso este número especial de SUR no es un número de propaganda. ¡Dios nos guarde! Sólo se propone dar a conocer algunos nuevos valores. Y es un libre testimonio de amor espiritual por Inglaterra; por la Inglaterra que, a través de ciertos hombres, de ciertas obras, de su inmensa riqueza literaria, se ha hecho nuestra y nos ha hecho suyos sin proponérselo.19
De este modo, los números especiales de Sur no sólo evidencian la performatividad de la guerra sobre las imágenes culturales de las naciones, sino también el afianzamiento de un discurso que legitima un espacio de conciencia global, una pertenencia a una comunidad mundial (recortando a algunos países y lenguas) que se refleja en la construcción del canon literario. 18 Victoria Ocampo, “Introducción”, Sur 113/114 (1944), 9. 19 Victoria Ocampo, “Introducción”, Sur 153/156 (1947), 10-11.
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Otro caso de interés en relación con las operaciones de selección y montaje de textos extranjeros es el de Babel. Revista de arte y crítica, dirigida por el escritor, crítico literario y editor judeoargentino Samuel Glusberg, más conocido en Chile como Enrique Espinoza, seudónimo que adopta al instalarse allí en mayo de 1939. Babel fue fundada en Buenos Aires junto a un sello editorial homónimo en 1921. La época argentina se extendió hasta 1929. La revista resurgió en Santiago de Chile en 1935 para publicarse hasta 1951. Glusberg representa al marxismo crítico y la integración de una postura profundamente americanista. Su proyecto revisteril apuntó a la selección y traducción de textos publicados en la prensa mundial como forma de acercar a los lectores latinoamericanos, que dominaban casi exclusivamente el castellano, a lo que se producía en otras lenguas. El propio título de la revista revela este sentido ecuménico, en el que converge también la voluntad humanista y solidaria de su director. Todo ello se condensa en el lema asociado al título y que se compone de unos versos de Rubén Darío: “Aquí se confunde el tropel / de los que a lo infinito tienden / y se edifica la Babel / en donde todos se comprenden”. Un aspecto llamativo de la revista de Glusberg durante la guerra fue su atención a la literatura alemana, una de las grandes afectadas por el conflicto. La publicación perseveró en “dar a leer” autores en lengua alemana ya sea reproduciendo sus obras o a través de textos críticos que las abordaran. En este punto, dos escritores se revelan como los favoritos para el editor y su grupo: el filósofo Karl Marx y el poeta Heinrich Heine, autores judíos en lengua alemana a los que el propio Espinoza aborda juntos en un ensayo.20 El gesto se asemeja al espíritu de lo que venía desarrollando la revista de Udo Rukser y Albert Theile y que constituye un caso raro en el universo revisteril chileno durante la guerra, las Deutsche Blatter, las “páginas alemanas” con las que algunos exiliados germanos buscaron construir un espacio de resistencia al nazismo. A esta intervención de Espinoza proponiendo un canon de autores “impuros” para el criterio del racismo hitleriano, se agrega el caso del número especial publicado en 1945 bajo el título “La cuestión judía”. En un contexto local, donde el Movimiento Nacionalsocialista de Chile, iniciado por Jorge González Von Marées en 1932 y continuado luego por el escritor Miguel Serrano, mantenía adeptos y publicaciones, este número especial de Babel procuró instalar una tribuna para la representación y voz de la cultura y de los intelectuales judíos en América Latina. El volumen no cuenta con una introducción del editor que explicite la justificación ni el criterio empleado para la selección de textos, a excepción de una cita de Friedrich Nietzsche, filósofo alemán tradicionalmente asociado a la ideología 20 Enrique Espinoza, “Heine y Marx”, Babel 19 (1944): 7-9.
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nazi. El fragmento seleccionado reza: “El pensador preocupado del devenir de Europa debe, en todas sus especulaciones sobre este porvenir, contar con los judíos y los rusos como factores más ciertos y probables en el juego y conflicto de las fuerzas”.21 La declaración, escueta pero no menos potente, instala la inspiración política y heterodoxa que guía al editor al componer este número. Lo que sigue es un fragmento de un libro de Waldo Frank, titulado “El judío en nuestro tiempo”; una encuesta sobre la cuestión judía a la que respondieron Baldomero Sanín Cano, Ernesto Montenegro, Arturo Capdevila, Joaquín García Monge, Víctor Serge, un poema de Gustav Regler (“Los niños del ghetto”), un ensayo de José Carlos Mariátegui titulado “El renacimiento judío” y una reseña firmada por el propio Espinoza sobre Mester de judería, de Carlos Grünberg. El ensamblaje de textos representa así no sólo el acto de afirmación emprendido por los editores judíos en la posguerra, el rechazo del antisemitismo y la inscripción de la identidad judía en la identidad latinoamericana, sino el trazado de un discurso de solidaridad universal. Las revistas literarias componen, de este modo, como artefactos o cual tela de retazos montados, cosidos entre sí, figuraciones que también permiten leer la guerra y sus derivas para América Latina.
Conclusión: una literatura para ir a la guerra Asomarse a los rastros de la Segunda Guerra Mundial en la cultura impresa latinoamericana es palpar la densidad de la experiencia bélica más allá de los frentes y abrirse a la idea del conflicto como evento latinoamericano. Este trabajo propuso un recorrido a través de textos que responden a diversos géneros literarios y discursivos, y “performan” emociones colectivas de la guerra, así como otros procedimientos implicados en la representación y lectura de los eventos históricos por una comunidad periférica. El comentario de casos apuntó a dar cuenta de la creatividad de los escritores locales enfrentados a la mediación del evento y a distinguir cuál era su lugar en el conflicto europeo, lo que expresa el fenómeno de reformulación de las relaciones culturales entre América Latina y Europa, y la instalación de un nuevo orden mundial que había comenzado a diseñarse a partir de la Gran Guerra. El papel de la literatura en la creación de un espacio de conciencia mundial que vinculara epistemológica y emocionalmente a comunidades distantes amerita más atención crítica que la considere junto con el panorama de la industria cultural a la hora de pensar las intervenciones política, cultural y emocional ejercidas sobre comunidades distantes. 21 Friedrich Nietzsche. “La cuestión judía”, Babel 26 (1945). s/p.
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Lecturas sugeridas Cramer, Gisela y Ursula Prutsch (eds.). ¡Américas unidas! Nelson A. Rockefeller´s Office of Inter-American Affairs (1940-46). Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert, 2012. Favret, Mary. War at a distance. Romanticism and the Making of Modern Warfare. New Jersey: Princeton University Press, 2010. Moraes. Mariana. “En busca del enemigo oculto: intelectuales y revistas antinazis en el Uruguay de la Segunda Guerra Mundial”. Letral 24 (2020): 1-21. Moraes, Mariana. “Parce que c´est la France!: cooperación heroica y sufrimiento en Les Cahiers Français durante la Segunda Guerra Mundial”, Universum 36.1 (2021): 49-68. Moraes, Mariana. “Giselda Zani, los escritores franceses y las redes de cooperación de la posguerra, 1946-1947”. En Redes intelectuales y redes textuales. Formas y prácticas de la sociabilidad letrada, 381-396, ed. por Liliana Weinberg. México: IPGH – CIALC, UNAM, 2021. Nitschak, Horst. “Las Deustche Blätter (Hojas alemanas) en Chile (1943-1946): Una revista alemana del exilio en los márgenes de la historia literaria”. Revista Chilena de Literatura 77 (2010): 1-9. Viu, Antonia. “Lloremos y traduzcamos. La Segunda Guerra Mundial y la Cooperación Intelectual desde Babel. Revista de revistas (1939-1940)”. En Homo dolens. Cartografías del dolor: sentidos, experiencias, registros, 418-434, ed. por Rafael Gaune y Claudio Rolle. Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica, 2018.
Las raíces de la cultura de guerra: el caso de Malvinas
María Inés Tato
Introducción Cuando el 2 de abril de 1982 la ciudad de Buenos Aires recibió la noticia del desembarco de tropas argentinas en las islas Malvinas, la Plaza de Mayo –escenario icónico de numerosos episodios destacados de la historia argentina– se vio desbordada por miles de manifestantes. Portando banderas, entonando el himno nacional y cánticos populares adaptados a la ocasión, los ciudadanos movilizados desplegaron carteles y pancartas improvisados con leyendas que sintetizaban el sentido que le otorgaban al acontecimiento. La mayor parte de las consignas reafirmaban los derechos soberanos argentinos sobre el archipiélago, en manos británicas desde 1833, y celebraban su restitución: “Falkland Malvinas argentinas”, “150 años pirateadas, al fin recuperadas”, “Malvinas recuperadas. Viva la Patria”. Otras se dirigían desafiantes a las autoridades británicas, anticipando los estereotipos que durante las siguientes semanas las asociarían con la piratería y el colonialismo: “La soberanía no se negocia, piratas”, “Good bye Queen. God save Argentina”, “Thatcher go home”. Algunos carteles enlazaban el desembarco del 2 de abril con las invasiones inglesas al Río de la Plata a principios del siglo XIX, repelidas por los pobladores del entonces virreinato durante la Reconquista de Buenos Aires: “Remember 18061807”. En consecuencia, la “Operación Rosario” –como se denominó el plan militar que condujo al desembarco en Puerto Stanley– parecía constituirse en una suerte de tercera reconquista, dando continuidad a esa gesta decimonónica y concretando una demanda de casi un siglo y medio, compartida por varias generaciones de argentinos: la recuperación de las islas Malvinas. | 151
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Este territorio irredento operaba como un factor aglutinador de voluntades en otras circunstancias divergentes y hasta antitéticas, aunadas circunstancialmente por la celebración de un anhelo largamente acariciado. En ese sentido, algunos carteles y estribillos se encargaron de explicitar que el respaldo a la iniciativa no entrañaba necesariamente un aval a la dictadura militar en otros terrenos: la pancarta con la leyenda “Malvinas sí! Proceso no!” señaló elocuentemente esa distinción. A lo largo del país, las calles y las plazas fueron testigos de idénticas celebraciones masivas y entusiastas por el desembarco en las islas. En esos primeros días de abril no se contemplaba que la acción lanzada por la Junta Militar del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) pudiera conducir a un conflicto armado, aun cuando algún cartel solitario en la Plaza de Mayo rezara “Soberanía o guerra”. Con la Operación Rosario, la Junta había apostado a que el hecho consumado de la ocupación de las islas forzara al Reino Unido a hacer concesiones en las empantanadas negociaciones diplomáticas que estaban en pleno desarrollo. Sin embargo, cuando poco después la Task Force se dirigió al Atlántico Sur como respuesta al desembarco argentino y la vía diplomática se tornó infructuosa, la guerra se convirtió en una realidad patente e irreversible. A pesar de este drástico giro de los acontecimientos, la sociedad continuó brindando un vasto apoyo a la iniciativa de recuperación de las islas a través de un intenso activismo que la atravesó transversalmente. Argentinos de diversa extracción social, política y geográfica –e incluso extranjeros residentes en el país– expresaron su solidaridad a través de numerosas acciones: solicitadas de apoyo publicadas en la prensa, envío de cartas de aliento y encomiendas a los combatientes, donaciones en dinero y especie, enlistamiento de voluntarios. A lo largo del conflicto, el gobierno argentino encargó varios sondeos de opinión, que corroboraron el respaldo social a la guerra. El 8 de abril el primero de ellos arrojó un apoyo unánime a la decisión de recuperar las islas, calificada como “acertada”, “oportuna” y “un acto de soberanía inevitable”, y la convicción de que las Malvinas “no deben ser devueltas a ningún precio aun a costa de la guerra”. En otra encuesta realizada en las vísperas del cese al fuego, el 79 % de los consultados continuaba confiando en la victoria argentina. Frente a la eventualidad de que el Reino Unido lograra capturar la capital de las islas, el 41 % afirmó que Argentina debía “recurrir a la ayuda de otros países y continuar la guerra hasta sus últimas consecuencias”, el 22 % que debía “continuar luchando con sus propios recursos, sin ayuda externa” y sólo el 31 % estimó que la guerra debía concluir.1 1 Juan B. Yofre, 1982. Los documentos secretos de la Guerra de Malvinas/Falklands y el derrumbe del Proceso (Buenos Aires: Sudamericana, 2011), 260-261, 469-471.
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¿Por qué amplios sectores de la sociedad argentina avalaron con su activa movilización el recurso a la guerra? ¿Cómo se explica la suspensión temporal de los antagonismos que enfrentaban a muchos de ellos con la dictadura y la decisión de encolumnarse tras su campaña militar? La respuesta a estos interrogantes descansa en la cultura de guerra que durante los 74 días del conflicto amalgamó a la sociedad en torno al esfuerzo bélico. ¿Qué entendemos por “cultura de guerra”? Este concepto puede ser definido como el conjunto de prácticas y representaciones que permiten sublimar y justificar los rigores y sacrificios que la guerra impone a combatientes y civiles, y estimular su movilización alrededor de ella a través de diversos dispositivos culturales. A menudo se presupone que la cultura de guerra implica una ruptura con la preguerra, una suerte de paréntesis que, entre otras cosas, legitima el recurso a una violencia no admisible en tiempos de paz.2 Sin embargo, la cultura de guerra apela a un imaginario fundado en valores, emociones, estereotipos y símbolos compartidos que en buena medida preceden a la guerra. Podría incluso afirmarse que su efectividad depende del anclaje que logre establecer con elementos culturales preexistentes. En el caso del conflicto de 1982, la cultura de guerra que cimentó el compromiso y el activismo de la sociedad tuvo como eje a la “causa Malvinas”, esto es la convicción socialmente compartida en la legitimidad de la reivindicación de la soberanía argentina sobre ese archipiélago austral y la voluntad de reincorporarlo al patrimonio territorial nacional. Sin embargo, el reconocimiento de un reclamo soberano no conlleva necesariamente la disposición al empleo de la fuerza para concretarlo. ¿Cómo se llega entonces a atravesar la delgada línea que separa al pacifismo de la beligerancia? Frecuentemente se considera que el consenso social en la Guerra de Malvinas fue el resultado casi exclusivo de la propaganda oficial y de la campaña exitista de los medios. Sin duda, la propaganda estatal estimuló la movilización de la sociedad y encontró un eco complaciente en los medios de comunicación. Tanto la prensa escrita como la radial y la televisiva adoptaron una actitud triunfalista y un exagerado optimismo que, a medida que pasaban los días, reflejaba cada vez menos el devenir del conflicto armado o la información de los partes oficiales. No obstante, sin descartar la influencia de estas herramientas sobre la opinión pública, en este capítulo sostendremos que el uso de la fuerza como recurso para la recuperación de las islas fue contemplado por la sociedad civil mucho antes de 1982. En tal sentido, examinaremos varios hitos que dan cuenta de las lejanas raíces 2 Acerca de este concepto, véase Eduardo González Calleja, “La cultura de guerra como propuesta historiográfica: una reflexión general desde el contemporaneísmo español”. Historia Social 61 (2008).
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sociales de la cultura de guerra y que permiten encuadrar el Conflicto del Atlántico Sur en el largo plazo.
Un crescendo reivindicativo El diferendo con el Reino Unido en torno a las islas Malvinas se remonta a 1833, cuando una expedición británica expulsó del archipiélago a los representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata e inició una ocupación de facto que sólo se interrumpiría fugazmente en 1982. Las autoridades de las Provincias Unidas –y luego las de la Confederación Argentina y de la República Argentina que las sucedieron– presentaron en vano reiterados reclamos de soberanía. Con el correr de las décadas, ese conflicto territorial que enfrentaba a dos Estados en el terreno diplomático fue tornándose en una causa nacional, compartida por amplios sectores de la sociedad. Aunque la historiografía aún no ha dilucidado cuándo se produjo ese tránsito, hay evidencias de que en las primeras décadas del siglo XX la cuestión Malvinas ya había adquirido un alcance social extendido. Diversas iniciativas de actores estatales y civiles confluyeron en la difusión social del reclamo de soberanía, sintetizado en el lema “Las Malvinas son argentinas”, transmitido de generación en generación. La reafirmación de los derechos argentinos y la demanda de restitución de las islas se expresaron con énfasis diversos pero coincidentes en el recurso a la vía pacífica para la resolución del ya centenario litigio. La creación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945 refrendó la convicción en la negociación como mecanismo para la recuperación del archipiélago. De hecho, dos décadas después la Asamblea General de este foro internacional contempló el reclamo argentino: a través de la Resolución 2065, las Naciones Unidas reconocieron la existencia de un diferendo entre la Argentina y el Reino Unido en torno a la soberanía sobre las islas, que situó dentro de los procesos de descolonización de la posguerra, e instó a ambas naciones a iniciar negociaciones bilaterales para resolverlo. Paradójicamente –al menos en apariencia–, este avance en el plano diplomático convivió con una radicalización de las modalidades de expresión de las demandas de la sociedad acerca de la cuestión Malvinas, que –como veremos a continuación– quedó evidenciada en sucesivos episodios.
Reconquistas simbólicas El 8 de septiembre de 1964 el piloto argentino Miguel Fitzgerald, a bordo de un avión Cessna 185, aterrizó en la pista de carreras ubicada en las cercanías
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de Puerto Stanley. En su brevísima permanencia en territorio malvinense, desplegó una bandera argentina y entregó a un isleño que presenció su descenso una proclama dirigida “Al representante del gobierno ocupante inglés”. El documento reafirmaba los derechos geográficos, históricos y jurídicos de la Argentina sobre las islas, y denunciaba el “despojo perpetrado por los corsarios de la fragata Clío” en 1833, que había constituido un “acto de piratería y avasallamiento de la soberanía argentina”. Asimismo, Fitzgerald anunció la voluntad argentina de “poner término a la tercera invasión inglesa” y de recuperar el territorio insular, que “hoy ocupo simbólicamente”, autodefiniéndose como una “avanzada de este ideal patriótico”.3 Concluida su misión, el piloto retornó inmediatamente al continente. El 28 de septiembre de 1966 tuvo lugar un nuevo acto reivindicativo en territorio malvinense, coincidiendo con la visita no oficial de Felipe de Edimburgo –príncipe consorte de la monarca británica– a la Argentina. Esta vez se trató de una acción armada, planificada por un militante nacionalista ligado al peronismo –Dardo Cabo– y su pareja –la periodista María Cristina Verrier–: el denominado “Operativo Cóndor”. Un grupo comando de 18 militantes nacionalistas fuertemente armados secuestró un vuelo comercial de Aerolíneas Argentinas que se dirigía a Río Gallegos y lo forzó desviar su rumbo a las Malvinas, con los pasajeros y la tripulación a bordo. El DC-4 aterrizó en la pista de carreras en la que Fitzgerald había descendido dos años antes. Los “cóndores” izaron siete banderas argentinas, rebautizaron a la capital de las islas como “Puerto Rivero” –en homenaje al gaucho que en 1833 habría resistido la ocupación británica– y le exigieron al gobernador el reconocimiento de la soberanía argentina sobre el archipiélago. Tras el obvio rechazo de su reclamo y varios días de negociaciones, se entregaron y fueron embarcados con destino a la Argentina, donde fueron juzgados y condenados a prisión. ¿Cómo interpretar los vuelos de Fitzgerald y de los cóndores en un contexto signado por el optimismo ante el inicio de las negociaciones bilaterales auspiciadas por las Naciones Unidas? El gesto simbólico del aterrizaje de Fitzgerald no pretendió sustituir la iniciativa del Estado argentino ni alentar soluciones de fuerza, sino que estuvo explícitamente orientado a respaldar el accionar diplomático oficial: como ciudadano, he podido, por mí y ante el mundo, descender en territorio nacional para ratificar la soberanía argentina en el archipiélago y reiterarle al representante del gobierno usurpador inglés que “no hemos sido ni seremos un 3 Héctor Ricardo García, La culpa la tuve yo (Buenos Aires: Planeta, 2012), 222-223.
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país de conquistadores, pero tampoco aceptamos que se nos pretenda conquistar”, como bien lo ratificara el canciller de mi país, en agosto último. Esta actitud personal, que interpreta los sentimientos y la vocación del pueblo argentino, coincide con la decisión de la Organización de las Naciones Unidas, de considerar en el más alto tribunal internacional las legítimas reivindicaciones de mi patria sobre el territorio malvínico.4
En el caso del Operativo Cóndor, no hubo una referencia directa a la gestión del diferendo, sino una apelación a la acción y al involucramiento de la ciudadanía, como se desprende de su proclama: La responsabilidad de nuestra soberanía nacional siempre fue soportada por nuestras fuerzas armadas. Hoy consideramos le corresponde a los civiles, en su condición de ex soldados de la Nación, demostrar que lo aprendido en su paso por la vida militar ha calado hondo en sus espíritus. [...] Estamos aquí porque hemos preferido los hechos a las palabras.5
El significado atribuido a esta iniciativa no fue unívoco, ni siquiera para sus protagonistas: algunos lo definieron como un mero acto simbólico de reafirmación de la soberanía, en tanto que otros le atribuyeron la fallida intención de tomar el control efectivo sobre las islas. Lo cierto es que este acontecimiento derivó en una suspensión temporal de las conversaciones en curso entre los gobiernos argentino y británico. Los actos simbólicos de 1964 y 1966 inspiraron poemas y canciones, como la chacarera “El gaucho de las Malvinas”, de Juan Ponce y Fernando Panet, o el poema de Miguel Tejada “Quede grabado este 8 de septiembre”, ambas composiciones dedicadas a Fitzgerald pocos meses después de su hazaña aérea. Tejada también fue autor del libro Canto a las Malvinas argentinas, que reivindicaba el Operativo Cóndor y vaticinaba una próxima recuperación de las islas. Tanto el aterrizaje de Fitzgerald como el Operativo Cóndor también cosecharon otras expresiones de apoyo, que evidenciaron un extenso consenso social en torno a la causa Malvinas. Fitzgerald fue recibido como un héroe a su llegada al aeroparque de Buenos Aires, donde una nutrida multitud lo vitoreó, arrojó flores a su paso y lo acompañó en una caravana por distintos puntos de la ciudad. En ocasión del Operativo Cóndor, hubo manifestaciones callejeras en diversas ciudades del país, en las que se registraron algunos incidentes 4 Ibid., 223-224. 5 “Una proclama histórica”, Crónica, edición de la mañana, 29 de septiembre de 1966.
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violentos, como la quema de la Union Jack, disparos contra la residencia del embajador británico y ataques a consulados del Reino Unido, y en las que abundaron los volantes y las consignas antibritánicos. Las repercusiones públicas de ambas acciones muestran un talante social crecientemente más extremo respecto al reclamo de soberanía sobre las Malvinas, que se acentuaría en la década siguiente.
Exhortaciones a la acción Las negociaciones con el Reino Unido continuaron con altibajos en los años subsiguientes. En 1968 ambos países acordaron un Memorándum de Entendimiento para solucionar de manera pacífica la disputa sobre la soberanía de las islas que, sin embargo, no fue suscripto debido a la resistencia de diversos sectores de la sociedad británica. Dos años después se retomó el diálogo y en 1971 se consensuó un Acuerdo de Comunicaciones, que fomentaba el establecimiento de vínculos económicos y culturales entre las islas y la Argentina, y excluía la cuestión de la soberanía. A partir del Acuerdo, se establecieron vuelos regulares entre las Malvinas y el continente, empresas estatales argentinas como Yacimientos Petrolíferos Fiscales y Gas del Estado comenzaron a proporcionar servicios a los isleños, y se facilitó el acceso de estos a hospitales y escuelas en territorio argentino. Cuando al año siguiente el gobierno argentino propuso la inclusión de la soberanía en la agenda de discusión, las autoridades británicas se mostraron reticentes y las conversaciones sobre ese aspecto crucial para la Argentina se estancaron. En consecuencia, la Asamblea General de las Naciones Unidas emitió en 1973 y 1976 sendas resoluciones reconociendo el esfuerzo argentino e instando a acelerar la solución del diferendo. A lo largo de los años, se barajaron distintas alternativas (un condominio angloargentino, la administración conjunta de las islas o su arriendo por parte de la Argentina como paso previo a la transferencia de la soberanía), pero ninguna de ellas prosperó. No es de extrañar que la decepción y el descontento ante el estancamiento de la vía diplomática hayan alentado demandas e iniciativas que contemplaban el recurso a la fuerza en una Argentina crecientemente atravesada por la conflictividad social y la violencia política. Sin pretensión de exhaustividad, analizaremos a continuación algunas de las voces que en esos convulsionados años setenta reivindicaron estrategias de acción directa para lograr la recuperación del archipiélago. En 1971 el poeta Enrique González Trillo publicó en forma de libro un extenso poema titulado Estas Islas son nuestras. Además de historiar la usurpa-
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ción, sus versos lamentaban la falta de decisión de la sociedad para recuperar ese patrimonio territorial: Humilladas, perdidas en la bruma, hoscas en el furor de la impotencia, desde hace más de un siglo nuestras islas están en manos extranjeras. No hemos sabido con el puño firme y el corazón en varonil protesta rescatarlas del yugo en el que gimen para que libres a la Patria vuelvan. ¿Qué esperamos? La historia no la escriben los cobardes que todo mal aceptan, sino los que se enfrentan con el destino para imponer al mundo su conciencia.
En particular, González Trillo arremetía contra la dirigencia política que a lo largo de la historia nacional no había estado a la altura de los próceres del siglo anterior: todos ellos desde su cielo heroico de recuerdos nostálgicos nos contemplan absortos, acongojados, como si por una inexplicable desgracia contemplaran a gente de otra estirpe, de otra raza, viéndonos en la inercia fatal de un indeciso resolvernos sobre algo que toca al honor y al patriotismo. [...] ¿Tendrán los viejos héroes que levantarse de sus tumbas para que nos sean restituidas las islas en la hora de su angustia? ¿No sabemos nosotros ocupar su lugar?
El poeta desestimaba el camino de la diplomacia, que se habría mostrado infructuoso para lograr la restitución de las Malvinas, y, en cambio, incitaba apasionadamente al uso de la fuerza: Cedimos. Cedimos siempre. Perdimos la hombría del coraje que nos hacía distintos y que fue la consigna y la divisa de los criollos de antes y la trocamos por las argucias de una diplomacia cobarde, sin fervor en las venas, ni honra en el corazón ante el ultraje. [...] Hoy sentimos que la vergüenza nos colorea las mejillas, hoy sentimos que no somos dignos de nuestra estirpe argentina,
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mientras en las islas no flamee única y soberana la bandera azul y blanca de la patria. Hoy sabemos que todo lo demás son mentiras, que hace un siglo y medio la diplomacia artera y fría nos promete el retorno de las islas y que allá, en medio del mar permanecen cautivas. [...] Irredentas. No santificadas en su cruento despojo por nuestra sangre, sin holocausto de héroes ni de mártires, en la soledad y el silencio de su desesperado cautiverio, sin saber cuándo volverán a nuestro ensueño y se reintegrarán en libertad sagrada a nuestro suelo. Allá está la tierra despojada e inerme, Tierra argentina que no fue protegida hasta la muerte. [...] No tuvimos entonces, ni ahora, el valor ni la audacia de responder a ese zarpazo con la segura razón de las armas.6
En 1973 el periodista y escritor Juan Carlos Moreno –autor de Nuestras Malvinas, un éxito editorial publicado por primera vez en 1938, que contó con numerosas reediciones corregidas y aumentadas a lo largo de las décadas– se planteó el rumbo que debía adoptarse en caso de que el Acuerdo de Comunicaciones no concluyera en el reconocimiento efectivo de la soberanía argentina. Aunque partidario de una solución pacífica, aseveró que Si al término de un lapso prudencial no llegara a concretarse el objetivo perseguido, el gobierno argentino estará eximido de seguir negociando y de aguardar más. [...] en caso de fracasar las gestiones para la solución definitiva del problema, correspondería el envío de un buque de la Armada con un contingente dispuesto a ocupar las islas, acción que sin duda contará con el respaldo de las Naciones Unidas y el apoyo del pueblo argentino.7
Por entonces arreciaron los cuestionamientos de referentes de diversos partidos políticos al curso de las negociaciones diplomáticas, especialmente tras las exploraciones en busca de hidrocarburos en las adyacencias de las islas en el marco de la crisis del petróleo desatada en 1973. El diputado nacional Antonio E. Moreno, del partido Vanguardia Federal, conceptuó inconducente la política de concesiones a los isleños y sostuvo enfáticamente: “si alguien 6 Citado en José A. da Fonseca Figueira, Cómo los poetas les cantaron a las Malvinas (Buenos Aires: Plus Ultra, 1978), 79-86. 7 Juan Carlos Moreno, La recuperación de las Malvinas (Buenos Aires: Plus Ultra, 1973), 23, 283.
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me expulsa de mi casa y yo le proveo desde afuera y a mi costo de elementos para que viva mejor en la casa usurpada, el usurpador aplaudirá públicamente mi gesto, pero nadie podrá impedir que en su fuero íntimo piense que soy un imbécil”. Algunos dirigentes exigieron al gobierno argentino una posición más firme en las conversaciones bilaterales, como los senadores nacionales por la Unión Cívica Radical Hipólito Solari Yrigoyen, Carlos Perette y Luis León (las críticas acerbas de este último a la política exterior oficial le valieron ser retado a duelo por el embajador argentino en Londres, Manuel de Anchorena). Otros representantes políticos propusieron lisa y llanamente la ocupación del archipiélago por la fuerza, como fue el caso de Fausto Mombelli, diputado nacional por el partido Acción Chubutense. La prensa no se quedó a la zaga de estas demandas. El periódico nacionalista Mayoría sostuvo que era factible la recuperación de las islas por medio de “un centenar de hombres armados y corajudos”, en tanto la revista Panorama se preguntó en la tapa: “Malvinas. ¿Habrá que invadirlas?”.8 En ese clima de opinión exacerbado, el canciller argentino Alberto Vignes efectuó a mediados de diciembre de 1974 unas polémicas declaraciones que habrían de tener consecuencias impensadas: en una rueda de prensa, planteó que la restitución del archipiélago austral a la Argentina sólo podría lograrse “invadiéndolas o negociándolas”. Tres días después, el popular diario Crónica lanzó una campaña para reclutar voluntarios dispuestos a invadir las islas. Cabe destacar que este periódico porteño de altísima circulación –sus tres ediciones diarias superaban los 500.000 ejemplares, que llegarían a 800.000 a mediados de la década de 1970– venía concediéndole a la cuestión Malvinas un lugar preeminente en sus páginas desde su aparición en 1963. Su fundador, el periodista Héctor Ricardo García, se autodefinía como un “fanático del ‘tema Malvinas’ [...] que me apasionó desde el primer grado inferior, cuando me enseñaron que eran nuestras y estaban usurpadas”.9 De hecho, Crónica había tenido la primicia exclusiva del vuelo de Fitzgerald a las islas en 1964, al que le dio una amplísima cobertura en sucesivas ediciones. Asimismo, en 1966, por invitación de Dardo Cabo, García había abordado el vuelo que terminó desviado a las islas, siendo así testigo privilegiado del Operativo Cóndor, que cubrió con exclusividad. Por último, en noviembre de 1968 el periodista había vuelto a las islas acompañado por Fitzgerald en calidad de piloto del diario. Sin embargo, su viaje –que no 8 Las opiniones citadas fueron tomadas de Sebastián Carassai, Lo que no sabemos de Malvinas. Las islas, su gente y nosotros antes de la guerra (Buenos Aires: Siglo XXI, 2022), 164-167. 9 García, La culpa la tuve yo, 219.
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contaba con autorización– no revistió el carácter reivindicativo de los episodios de 1964 y 1966, sino que estuvo movido por el interés periodístico de entrevistar a Lord Chalfont, Ministro de Asuntos Exteriores británico, de visita en Stanley. Rememorando esos antecedentes del compromiso del diario con la causa Malvinas, la agencia de noticias France Presse lo calificó de “campeón periodístico de la soberanía argentina en las islas”.10 En la portada de su 5ª edición del 16 de diciembre de 1974, Crónica instó a la presidenta de la Nación, María Estela Martínez de Perón –conocida como Isabel– a recurrir a la acción directa para recuperarlas: “¡Atrévase, Isabel! ¡Todos la vamos a apoyar! Invadir las Malvinas. Basta de palabras, discursos y reclamos: ‘Crónica’ ofrece reclutar voluntarios”. El diario de García proclamó abiertamente su voluntad de contribuir a la reintegración del archipiélago al patrimonio argentino: Desde sus propietarios, directivos y jefes, hasta el más humilde de sus empleados, son, desde ya, voluntarios para recuperar ese trozo de tierra gaucha donde se sintetiza el avasallamiento de nuestra soberanía por obra y gracia de la descarada actitud inglesa. Nuestros medios están a total disposición de la argentinización de las Islas Malvinas y si alguien con raíz profundamente popular tiene que iniciar el reclutamiento de voluntarios (al margen de la decisión oficial que quizá deba respetar las marañas diplomáticas), con mucho orgullo estamos dispuestos a hacerlo.
Remitiendo al lema del periódico (“Firme junto al pueblo”), el diario se presentó como el vocero del reclamo social sobre Malvinas y expresó llanamente el dilema que se le presentaba a la Argentina: La coincidencia es total y plena, la reconquista de las Islas Malvinas no debe ni puede demorarse más. O son restituidas de inmediato por su decadente usurpador, o deben ser recuperadas de manera fulminante por los medios que correspondan, incluido la invasión. Dicho de otro modo: o las devuelven o las reconquistamos.11
García declaró su disposición a colaborar materialmente para la recuperación del archipiélago: “Hay que reconquistar las Malvinas cuanto antes, de la manera 10 “Campeones periodísticos de la soberanía en el archipiélago”, Crónica, edición de la mañana, 17 de diciembre de 1974. 11 En mayúscula y negrita en el original: “¡Echar al intruso!”, Crónica, edición de la mañana, 17 de diciembre de 1974.
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más inmediata y eficiente [...] si no conseguimos botar dos barcazas para llegar, pongo mi avión, lo lleno de voluntarios y ocupamos las Malvinas”. Interrogado sobre las repercusiones negativas que la campaña podría tener sobre las negociaciones oficiales, expresó: “¿Acaso las islas no son nuestras? Cuando estemos allá, ¿acaso nos van a venir a sacar nuestros propios compatriotas?”12 La convocatoria de Crónica suscitó una entusiasta reacción de la sociedad. En cuestión de horas, miles de argentinos enviaron su adhesión por teléfono, por carta, por telegrama, o se apersonaron en las oficinas del diario, declarando su voluntad de “dar su sangre para afirmar, de una vez y para siempre, la realidad histórica: Las Malvinas son argentinas”. Dos días después de iniciada la campaña, el periódico de García anunció tener registrados 16.000 voluntarios, que un día después habían ascendido a casi 20.000.13 En sus sucesivas ediciones, el diario proporcionó los datos personales de los argentinos de todas las edades y profesiones, hombres y mujeres, procedentes de todo el territorio nacional, que se habían enlistado, y reprodujo los testimonios de algunos de ellos fundamentando su decisión. Asimismo, la iniciativa del periódico recabó la adhesión de figuras del deporte y del espectáculo, sindicatos, asociaciones civiles y políticos de diversa extracción partidaria, e inspiró varios proyectos parlamentarios. Así, el diputado nacional Juan Carlos Cárdenas, de Vanguardia Federal de Tucumán, sostuvo que la ocupación británica del archipiélago constituía un casus belli y, en consecuencia, presentó un proyecto de ley para concederle al Poder Ejecutivo Nacional “la autorización suficiente para tomar, en el momento que lo considere oportuno, las medidas de hecho necesarias para recuperar la posesión de las Islas Malvinas”. La propuesta se fundaba en el artículo 67 de la Constitución Nacional, que reconocía al parlamento la facultad de “autorizar al PE para declarar la guerra o hacer la paz”.14 Su ya mencionado colega Antonio E. Moreno fue autor de otro proyecto de ley facultando al Poder Ejecutivo a “lanzar un virtual ultimátum al gobierno británico a fin de que abandone el archipiélago en un plazo perentorio, bajo amenaza de ruptura de relaciones y ocupación armada”. Al saludar la campaña de Crónica, el diputado criticó la excesiva prudencia oficial y avaló la recuperación aun al precio de la guerra: “¿Que costará sangre al país? ¡Qué le
vamos a hacer!”15 Por su parte, el Senado emitió por unanimidad de todos los bloques partidarios una declaración acerca del “Derecho y deber de defensa de las Islas Malvinas por parte de cada argentino”, destinada a
12 “Al lanzar ‘Crónica’ la idea de dejar la diplomacia. Pide voluntarios para invadir las Malvinas”, La Opinión, 17 de diciembre de 1974. 13 “Todos listos para invadir las Malvinas. Ya somos 16.000” y “Si usted no figura ¡perdón! Hay miles”, Crónica, 6ª edición del 18 de diciembre de 1974 y 5ª edición del 19 de diciembre de 1974, respectivamente. 14 “Todos los rincones sacudidos por un grito de liberación: las Malvinas a cualquier precio. Diputados: motivo de guerra”, Crónica, 5ª edición, 17 de diciembre de 1974.
15 “Del diputado Moreno: ¡basta de prudencia!”, Crónica, edición de la mañana, 19 de diciembre de 1974. 16 “Por nuestra campaña para recuperar las Malvinas. En Diputados piden clausurar ‘Crónica’”, Crónica, edición de la mañana, 20 de diciembre de 1974. 17 Luis Clur, “Guerra, ‘voluntarios’ y otras variantes. Invasión o diplomacia, dos caminos que envuelven a las Malvinas en una polémica”, La Opinión, 18 de diciembre de 1974. 18 “Clausuran ‘Crónica’”, Crónica, 6ª edición, 20 de diciembre de 1974.
Expresar que todo argentino tiene el pleno derecho y el irrenunciable deber de manifestar su libre opinión en defensa de las Islas Malvinas como parte integrante de la soberanía territorial del país. [...] Apoyar toda acción de movilización popular en defensa de las Islas Malvinas como parte del territorio argentino.16
Así como la campaña del diario obtuvo un amplio apoyo social, fue rechazada por el gobierno argentino. El ministro Vignes –cuyas declaraciones habían desencadenado la avalancha de reacciones favorables a una acción armada– expresó al respecto: “Puede ser una acción bien intencionada, pero que escapa a la tradición pacifista de la Argentina, que siempre ha resuelto sus problemas internacionales por medio de negociaciones directas o arbitrajes. Por esa razón y como canciller no puedo avalar la invasión”.17 Pocos días después, por medio de un decreto presidencial, se procedió a la clausura de Crónica por tiempo indeterminado. Se acusó al periódico de violar el artículo 22 de la Constitución Nacional “arrogándose facultades para la convocatoria de la defensa nacional, interfiriendo las tratativas normales conducidas por el Poder Ejecutivo Nacional”. Se consideró que su campaña pretendía “suplantar a los órganos naturales de representación del pueblo argentino con la excusa de una causa noble, que encubre una actitud tendiente a desbaratar todo intento legal de reivindicación que el gobierno persigue” y provocaba “un estado de ánimo en la población que perturba el quehacer nacional y, de este modo, perjudica [...] la justa reivindicación del territorio nacional en cuestión”.18 A las principales autoridades del diario se las acusó de alterar la paz social y el orden institucional, y de inducir a la sedición. La clausura fue levantada por disposición judicial un año después y meses más tarde García y otros directivos de Crónica fueron sobreseídos de los cargos que se les habían imputado. A mediados de 1975, en la Legislatura de la provincia de Chaco, en el marco de una sesión de homenaje a la ley nacional que dos años antes había establecido
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el 10 de junio como Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas, volvió a reflotarse la idea de una acción militar. Legisladores del oficialismo y de la oposición coincidieron en que “la reafirmación de derechos sobre dichas islas debe hacerlo nuestro país de manera concreta mediante una invasión armada”. La legisladora María Luisa Lucas sostuvo que “hay que hacer algo más que reclamar, hay que exigir la devolución de las Malvinas y sancionar a Gran Bretaña por la usurpación”. Su colega Adam Pedrini, por su parte, afirmó que “ha de alegrar el espíritu argentino cuando las Fuerzas Armadas decidan lisa y llanamente la invasión de las Islas Malvinas, para recuperar nuestro prestigio”.19 En los años subsiguientes, la profundización de la crisis económica y política le restó protagonismo a la cuestión Malvinas, aunque esta reemergió ocasionalmente. José A. da Fonseca Figueira había ganado en 1973 un concurso dedicado a la historia de las Malvinas en el marco de un celebrado programa de preguntas y respuestas; un año más tarde, se había anotado como voluntario en la campaña lanzada por Crónica. En 1978, en su compilación de poemas referidos a las Islas, consideró inviable la estrategia diplomática adoptada hasta entonces por la Argentina y reivindicó un accionar más radical: Ha llegado la hora de la restitución de las Malvinas al Gran Patrimonio Nacional, y si nuestros derechos no quisieran ser reconocidos, el avance de los invasores será interrumpido con el coraje y la fuerza que nos legaron los intrépidos y gloriosos gauchos, marinos y granaderos que forjaron a punta de sables y miras de cañón la libertad de esta generosa tierra [...] [Es] hora de que nos devuelvan las Malvinas por las buenas o las recuperamos con el poder de las armas, porque hace 145 años [...] que no cesamos en reclamar con justicia el territorio insular [...] y no toleramos que sigan burlándose de nuestra paciente espera y nuestra buena fe, mediante el juego de acuerdos diplomáticos que contribuyen a demorar la devolución de las Malvinas.20
Estos testimonios trasuntan un ánimo social marcado por una renovada impaciencia y por la frustración y el desasosiego frente a los limitados resultados de las negociaciones en torno a la cuestión Malvinas, que contrastaba con la cautela de las máximas autoridades oficiales. No fue casual, en consecuencia, que años más tarde la sociedad avalara el drástico cambio de orientación que la Junta Militar le marcó al tratamiento de la cuestión Malvinas con el lanzamiento de la Operación Rosario. 19 “Malvinas: diputados proponen invasión”, Última Hora, edición matutina, 17 de junio de 1975. 20 da Fonseca Figueira, Cómo los poetas les cantaron a las Malvinas, 204-205.
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Algunas conclusiones Desde los inicios del diferendo entre la Argentina y el Reino Unido en torno a las Malvinas, tanto el Estado argentino como la sociedad civil optaron por un temperamento pacífico para reivindicar la soberanía, a pesar del resultado estéril de los sucesivos reclamos. En las décadas de 1960 y, sobre todo, la de 1970, sin embargo, se observa un progresivo distanciamiento entre ambos en lo que respecta a la estrategia a adoptar para la recuperación del archipiélago. Alentados por la apertura de un espacio multilateral de negociación explícitamente estimulado por las Naciones Unidas a través de la Resolución 2065, los gobiernos –tanto civiles de diferente signo partidario como militares– que se sucedieron al frente del Estado en esos años persistieron en la vía del acercamiento diplomático. En cambio, diversos actores sociales comenzaron a manifestar una actitud más combativa. En una primera fase en la que las negociaciones diplomáticas daban sus primeros pasos, Fitzgerald entendió su fugaz aterrizaje en las islas como un refuerzo del accionar oficial. En cambio, los cóndores representaron la transición hacia una fase de valoración positiva de la acción directa, que habría de experimentar un notable ascenso a partir de 1973. En esa creciente inclinación por una solución armada influyeron tanto las perspectivas de la existencia de recursos hidrocarburíferos en las adyacencias de las Malvinas en el marco de la crisis del petróleo como una creciente decepción ante la falta de avances concretos en materia de soberanía en las negociaciones posteriores al Acuerdo de Comunicaciones entre la Argentina y el Reino Unido. Pero esa transformación también resultó inescindible de la radicalización de la vida política argentina de esos años. La sucesión de golpes de Estado y gobiernos democráticos débiles, el recurso a canales corporativos en detrimento de los representativos y la reivindicación explícita de la violencia armada modelaron un clima social proclive a las soluciones extremas y al relegamiento de las vías institucionales. En ese contexto, intelectuales, periodistas y hasta funcionarios postularon abiertamente y a viva voz la necesidad de imprimirle un rumbo radical a la cuestión Malvinas, aunque ello implicara la eventualidad de una acción armada. En la mayoría de los casos, se trató de operaciones declamatorias. Sin embargo, la campaña del diario Crónica incluyó la convocatoria a voluntarios dispuestos a movilizarse para una toma de facto de las islas; la popularidad de este periódico y su notable alcance social y geográfico le dieron a la reivindicación de la acción directa una importante proyección social. Enmarcar la movilización en torno a la Guerra de Malvinas en un espectro temporal más amplio contribuye a comprender más cabalmente la disposición
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de la sociedad a avalar en 1982 el recurso a la acción armada y a rastrear los antecedentes de la cultura de guerra que hizo eclosión por entonces. A lo largo de los años, la noción de que el uso de la fuerza constituía un mecanismo legítimo para la recuperación del archipiélago se fue instalando en amplios sectores de la sociedad, de manera tal que ese factor central de la cultura de guerra estaba presente con anterioridad a 1982 en el imaginario social. En ese sentido, el vasto consenso del que gozó el Conflicto del Atlántico Sur no constituyó un hecho aislado, una novedad resultante exclusivamente de la propaganda oficial y mediática, sino que reconoció asimismo una continuidad con propuestas previas de soluciones extremas que se remontaban por lo menos a una década y media atrás.
Sobre los autores
Lecturas sugeridas: Carassai, Sebastián. Lo que no sabemos de Malvinas. Las islas, su gente y nosotros antes de la guerra. Buenos Aires: Siglo XXI, 2022. Guber, Rosana. ¿Por qué Malvinas?: De la causa nacional a la guerra absurda. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2001. Lorenz, Federico. Todo lo que necesitás saber sobre Malvinas. Buenos Aires: Paidós, 2014. Palermo, Vicente. Sal en las heridas. Las Malvinas en la cultura política contemporánea. Buenos Aires: Sudamericana, 2014. Tato, María Inés y Luis Esteban Dalla Fontana, dirs. La cuestión Malvinas en la Argentina del siglo XX. Una historia social y cultural. Rosario: Prohistoria, 2020. Tato, María Inés y y Germán Soprano, dirs. Malvinas y las guerras del siglo XX. Buenos Aires: Teseo Press, 2022.
Gonzalo Berger Mulattieri es Doctor en Historia por la Universidad de Barcelona (España), docente universitario y miembro del grupo de investigación NEXUS de la Universitat Pompeu Fabra (UPF). Es autor de Milicianas: La historia olvidada de las combatientes antifascistas (Arzalia, 2022) y Las milicias antifascistas: De las calles a las trincheras. Catalunya, 1936 (Bellaterra, 2022), entre otros libros, artículos y monografías. Se especializa en la Guerra Civil española y el fenómeno del voluntariado en los conflictos europeos contemporáneos. Es investigador principal de los proyectos “Las Milicias Antifascistas: cultura política y movilización popular” y “Mujeres en guerra: vida y legado de las mujeres combatientes en la Guerra Civil española”, y codirector del proyecto “Espacios de la Batalla de Mallorca”. Luis Esteban Dalla Fontana es Magíster en Historia de la Guerra por la Universidad de la Defensa Nacional (UNDEF), Licenciado en Ciencias de la Educación por el Instituto Universitario del Ejército (IUE) y doctorando en Historia de la Universidad Torcuato Di Tella (Argentina). Es oficial superior de Infantería del Ejército Argentino con el grado de coronel (retirado) y Veterano de la Guerra de Malvinas. Fue Secretario Académico de la Escuela Superior de Guerra del Ejército (2011-2014), Secretario Académico del IUE (2014-2016) y Decano de la Facultad del Ejército de la UNDEF (2016-2019). Profesor y Director de la Maestría en Historia de la Guerra de la Facultad del Ejército. Investigador del Grupo de Estudios Históricos sobre la Guerra, Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, unidad ejecutora UBA/CONICET. Su línea de investigación es la Guerra de | 167
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El espejo de la guerra. sociedad y cultura en el siglo xx
Malvinas y el impacto de la Primera Guerra Mundial en el Ejército Argentino. Es autor de artículos y capítulos de libros colectivos, coautor de Falklands/ Malvinas 1982: A War of Two Sides (Routledge, 2023) y coeditor de Guerras del siglo XX. Experiencias y representaciones en perspectiva global (Prohistoria, 2019) y La cuestión Malvinas en la Argentina del siglo XX. Una historia social y cultural (Prohistoria, 2020). Manuel de Moya Martínez es Doctor en Historia por la la Universidad de Córdoba y Licenciado en Historia por la Universidad de Granada (España). Se ha especializado en Historia contemporánea, particularmente de España, Alemania y Japón. Su línea de investigación se ha enfocado en los medios de comunicación y la propaganda. Entre sus publicaciones se cuentan “La invasión japonesa de Manchuria vista por la prensa española (1931-1934)” (Mirai. Estudios Japoneses, 2019); “La visita de los príncipes de Takamatsu a España en 1930. Impacto e influencia en su época” (Historia y Genealogía, 2019); y “Propaganda y percepciones españolas de Japón durante la Segunda Guerra Mundial: una visión a través de la prensa” (Revista Universitaria de Historia Militar, 2021). Agustín Daniel Desiderato es Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Magíster en Historia por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), Profesor en Docencia Superior por la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) y Licenciado en Historia por la Universidad del Salvador (USAL) (Argentina). Es Becario Posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con sede en el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, unidad ejecutora UBA/CONICET, donde co-coordina el Grupo de Estudios Históricos sobre la Guerra (GEHiGue). Es Profesor en la Maestría en Historia de la Guerra de la Escuela Superior de Guerra, Facultad del Ejército, UNDEF. Se interesa por la historia marítima argentina de los siglos XIX y XX y la historia social y cultural de la guerra. Es autor de Defensa e intereses marítimos. Un estudio acerca de la influencia de la Primera Guerra Mundial en la Armada Argentina (1914-1928) (Teseo Press, 2023) y de varios capítulos de libros y artículos publicados en revistas especializadas. Salvador Lima es Magíster en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bolonia (Italia), Magíster en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid (España) y Licenciado en Historia por la Universidad del Salvador (Argentina). Es investigador doctoral en Historia en el Instituto Universitario Europeo (Italia) y becario “Salvador de Madariaga” del Minis-
Sobre los autores
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terio de Universidades de España. Su área de especialización es la historia de la guerra y, en particular, el estudio de soldados transnacionales y Legiones extranjeras. José Manuel López Torán es Doctor Internacional en Historia Contemporánea y profesor e investigador en la Universidad de Castilla-La Mancha (España). Está especializado en el estudio de las guerras modernas y sus múltiples efectos sobre el territorio y la población implicada. Sus investigaciones se centran en la propaganda visual y las emociones. Ha realizado varias estancias académicas en instituciones internacionales de Francia, Alemania o Bélgica, y participado en proyectos europeos en los Países Bajos e Irlanda. En los últimos años ha publicado los resultados de sus líneas de investigación en revistas científicas, monografías y capítulos de libros colectivos, entre los que se cuentan La batalla por las emociones: La tarjeta postal en las guerras mundiales (2023); “Y la guerra entró en los hogares: noventa años de propaganda y fotografía bélica (1855-1945)” (Historia & Guerra, 2022) y “Conflictos en primera persona: una aproximación a la correspondencia de guerra en Europa y América (18001945)” (Revista Humanidades de la Universidad de Costa Rica, 2021). Lucas Maubert es Doctor en Historia por la Universidad de Tarapacá (Chile). Investigador del Grupo de Estudios Transfronterizos (GET), del Grupo de Investigaciones Históricas de Migraciones (GIHM) de la Universidad de Tarapacá y del Grupo de Estudios Históricos sobre la Guerra (GEHiGue). Sus líneas de investigación se relacionan con la historia de las relaciones internacionales transatlánticas y las repercusiones de la Primera Guerra Mundial en el espacio fronterizo chileno-peruano. Entre sus trabajos se cuentan “Entre pasiones e intereses: la percepción francesa del conflicto para Arica y Tacna (1879-1929)” (Aldea Mundo, 2017); “Ecos de Sarajevo en el desierto: representaciones e impactos del estallido de la Gran Guerra en Tacna y Arica (1914)” (Diálogo Andino, 2020) y “Trenches on Latin American Screens and Football Fields: cultural and Sporting Life in Tacna and Arica (Chile) during the First World War” (War in History, 2022). Mariana Moraes Medina es Doctora en Literatura Hispánica y Teoría de la Literatura por la Universidad de Navarra (España), Profesora de Literatura por el Instituto de Profesores Artigas (Uruguay) y Licenciada en Letras por la Universidad de Montevideo. Integra el Sistema Nacional de Investigadores de Uruguay. Actualmente se desempeña como docente en el Consejo de Formación en Educación, y como profesora investigadora en el Centro de Documentación y Estudios de Iberoamérica y en las facultades de Humani-
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El espejo de la guerra. sociedad y cultura en el siglo xx
dades y de Comunicación de la Universidad de Montevideo. Su investigación se ha enfocado en las relaciones entre literatura, historia intelectual e historia cultural, fundamentalmente a través del estudio de la literatura de viajes, las revistas culturales, las redes y la circulación de ideas en América Latina. Es autora de diversos trabajos publicados en revistas y volúmenes colectivos, y del libro Turistas intelectuales. Viaje, política y utopía en María Rosa Oliver y Ezequiel Martínez Estrada (2020). María Inés Tato es Doctora en Historia y Profesora de Enseñanza Media y Superior en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigadora Independiente del CONICET en el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, unidad ejecutora UBA/CONICET, donde fundó y coordina el Grupo de Estudios Históricos sobre la Guerra (GEHiGue). Profesora en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y en la Maestría en Historia de la Guerra, Escuela Superior de Guerra, Facultad del Ejército, Universidad de la Defensa Nacional. Sus investigaciones se centran en la Primera Guerra Mundial en la Argentina y en la cuestión Malvinas desde una perspectiva de historia sociocultural. Es autora de La trinchera austral. La sociedad argentina ante La Primera Guerra Mundial (Prohistoria, 2017), coautora de Falklands/Malvinas 1982. A War of Two Sides (Routledge, 2023), editora de Transatlantic Battles. European Immigrant Communities in South America and the World Wars (Brill, 2022) y coeditora de La Gran Guerra en América Latina. Una historia conectada (CEMCA, 2018), Guerras del siglo XX. Experiencias y representaciones en perspectiva global (Prohistoria, 2019), La cuestión Malvinas en la Argentina del siglo XX. Una historia social y cultural (Prohistoria, 2020) y The Global First World War. African, East Asian, Latin American and Iberian Mediators (Routledge, 2021), entre otros trabajos.