El cuerpo deseado. La conversación pendiente entre feminismo y anticapacitismo 9788412603736


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El cuerpo deseado. La conversación pendiente entre feminismo y anticapacitismo
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ANDREA GARCÍA·SANTESMASES FERNANDEZ

EL CUERPO DESEADO LA CONVERSACIÓN PENDIENTE ENTRE FEMINISMO Y ANTICAPACITISMO

KAÓTICA LIBROS

Todas las imágenes contenidas en esta obra están libres de derechos o han sido cedidas por sus autores.

© Texto original: Andrea García-Santesmases Fernández

© Imagen de cubierta: Gustavo A. Díaz © Diseño: Kaótica Libros © Edición: Kaótica Libros kaoticalibros.com [email protected] Colección Teorías del Caos, I O

Editado en Madrid, España Primera edición: marzo, 2023 Depósito Legal: M-3934-2023 ISBN: 978-84-126037-3-6 Todos los derechos reservados

A II rights reserved

Impreso en España Printed in Spain

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pú­ blica o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares salvo las excepciones previstas por la ley. Si precisa fotocopiar o digitalizar algún fragmento de esta obra contacte con el Centro Español de Derechos Reprográficos me­ diante el correo electrónico [email protected].

EL CUERPO DESEADO LA CONVERSACIÓN PENDIENTE ENTRE FEMINISMO Y ANTICAPACITISMO

Andrea García-Santesmases Femández

Kaótica Libros

A mi tía Rocío

(in memoriam)

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INTRODUCCIÓN: EL DESEO DE CHLOE

E

n julio de 2013, Chloe Jennings-White, una científica británica licenciada en Cambridge, decidió «salir del armario» y explicar pública­ mente lo que sus allegados ya sabían: vivía en un «cuerpo equivocado» 1 • Su corporalidad, bípeda, sana y funcional, le era ajena. Sentía que sus piernas no le pertenecían ya que su «verdadero cuerpo» era uno parapléjico en el que sus extremidades inferiores no tuvieran sensibilidad ni movilidad. Desde la infancia, Chloe se provocó accidentes a la espera de lograr seccionarse la médula espinal y convertirse en paralítica. Como no lo consiguió, solicitaba ayuda médica para transformar su cuerpo sin tener que poner en riesgo su vida. A la espera de la intervención -para la que ya había encontrado un cirujano, pero cuya tarifa aún no podía asumir­ utilizaba silla de ruedas a diario para vivir acorde con su autoimagen corporal de lesionada medular. Que­ ría compartir públicamente su experiencia para lu­ char contra el estigma que rodea a su condición y

1

Este caso ha sido reportado por numerosos medios de comuni­ cación. La noticia más completa en castellano puede consultarse en: https://www.abc.es/sociedad/20130901/abci-trastorno-biid­ apotemnofilia-201308302052.html

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plantear su tránsito como equiparable al de la transe­ xualidad, de ahí que se denomine transabled. El deseo de Chloe es ininteligible hoy en día. Produce incredulidad y desagrado, cuando no directa­ mente espanto, más aún cuando explica que no es la única que lo experimenta como una necesidad peren­ toria e inevitable. Desde un punto de vista médico, se considera que estas peticiones son fruto de un tras­ torno, denominado Body Identity Integrity Disorder (BIID) que hace que personas sanas se identifiquen como «discapacitadas», generalmente amputadas. El término habitual por el que se las conoce es wannabe, aunque de manera minoritaria hay quienes, como Chloe, buscan politizar su demanda y se denominan transabled. Los medios de comunicación, así como la industria cultural contribuyen a su patologización, retratándoles como mentalmente perturbadas y un peligro para sí mismas2 • Al fin y al cabo, ¿cómo va a desear alguien aniquilar una parte sana y funcional de su anatomía? Sin embargo, otros deseos de cambio corporal y modificación estética radical no reciben el mismo estigma. En las sociedades contemporáneas, el cuer­ po, más aún el femenino o feminizado, es sometido a un riguroso escrutinio y a una tasación, del ojo ínter2 Para un análisis más detenido de la representación mediática y cultural de lo wannabe/transabled, puede consultarse García-Santes­ mases y Centeno (2015) --en el que también analizamos lo devotee y lo pretender- o Hurtado (2015). Este tema se abordará en mayor profundidad en el quinto capítulo de este libro.

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no y del ajeno, que deriva en continuas interven­ ciones estéticas y quirúrgicas. Pero esto no es una moda pasajera, como explica la antropología del cuerpo (Esteban, 2004; Le Breton, 2010), desde tiempos inmemoriales se han marcado y modificado los cuerpos en pro de la adecuación cultural, por ejemplo, a través de la sustracción ritual de una parte o la perforación cutánea mediante escarificaciones. El cuerpo se constituye en «marca del individuo» (Le Breton, 2010: 153), un medio a través del cual mos­ trar y performar una identidad personal y colectiva. Así pues, ¿qué tiene de espeluznante la petición de Chloe Jennings-White de modificar su cuerpo para adecuarlo a su imagen corporal? El nivel de violencia al que las personas como ella quieren someter a sus cuerpos no dista tanto del que conllevan otras cirugías socialmente aceptadas, médicamente avaladas y públicamente subvencio­ nadas porque están destinadas a «(re)integrar» a la persona en la normalidad: funcional (por ejemplo, estiramiento de huesos de menores con acondro­ plasia para que alcancen una altura estándar), esté­ tica (cirugías de reconstrucción mamaria post-cán­ cer) o de género (cirugías de reasignación sexual mediante vaginoplastia o faloplastia para personas transexuales). La modificación radical de los cuerpos, incluso la amputación de sus partes, en pro de la mejora de la autoimagen y/o la adecuación de la misma a la identidad, está a la orden del día.

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¿Dónde reside, pues, el horror del deseo transa­ bled? No es en la amputación en sí, sino en el tipo de cuerpo deseado: un cuerpo abyecto. Un cuerpo que solo puede ser aceptado desde la resignación, nunca desde el deseo, pues conlleva des-incorporar su capa­ cidad y, con ella, su productividad, su inserción exi­ tosa en el mercado capitalista. Deseo inasumible en esta crisis perpetua del Estado del Bienestar. De hecho, Chloe explica que, entre otras críticas, la acu­ san frecuentemente de «querer convertirse en disca­ pacitada para recibir ayudas públicas» 3• Las personas dependientes deben ser las mínimas posibles, inten­ tar no molestar o, en todo caso, inspirar realizando proezas. Como dice el activista anticapacitista An­ tonio Centeno (2012) «o eres Stephen Hawking o mejor que te quieras morir pronto, como Ramón Sanpedro». El propio deseo de morir resulta más inteligible que el deseo de querer vivir siendo dis­ capacitado.

Y esto, ¿qué tiene que ver con el feminismo? ¿Qué relación puede haber entre una mujer británica que quiere cercenarse la médula espinal y las discu3 El libro Tullidos: austeridad y demonización de las personas discapacitadas, de la periodista británica Frances Ryan, analiza, de

forma brillante y pormenorizada, la relación entre los recortes en ayudas y prestaciones y los discursos que se han generado en RU para justificarlos: «Las personas discapacitadas -antaño motivo de compasión y atención- se han convertido en objetos de sospecha, demonización y desprecio. Y esto se hizo oficial: bajo la austeridad, el único grupo social que supuestamente era intocable pasaba ahora a ser imposible de costear» (Ryan, 2020: 23).

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siones actuales en tomo al género, la violencia o la sexualidad? ¿Por qué la concepción social, y la orga­ nización material, en tomo al (potencial) cuerpo dependiente podría ser no solo pertinente sino esencial para la reflexión feminista? La dependencia es algo que estremece al femi­ nismo, un fantasma que acecha en las sombras y al que se intenta sortear. Desde el feminismo de la primera ola hasta muchas de las reivindicaciones contemporáneas, las mujeres piden igualdad, acceso, oportunidades: «Retirad las barreras, nosotras pode­ mos»: podemos trabajar, competir, luchar, ganar. Incluso, tal y como explica la sexóloga Katherine Angel en El buen sexo mañana. Mujer y deseo en la era del consentimiento (2021), el movimiento MeToo y su defensa del consentimiento se basa en un ideal de mujer fuerte y empoderada, que sobrevive a los abu­ sos y los denuncia, que sabe lo que quiere y puede expresarlo, que debe querer decir un sí afirmativo y gozoso. No es de extrañar que a esta superwoman híper productiva no le casen bien los cuidados, mucho menos los que desvelan su propia vulnerabilidad. Puede que esta sea una de las razones por la que un feminismo que, hoy en día, se proclama intersec­ cional, siga ignorando el capacitismo como generador de desigualdades intrínsecamente ligadas al sistema patriarcal. El capacitismo, tal y como lo define la teórica de referencia en Estudios de la Discapacidad Piona Campbell (2009), refiere a un sistema de

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jerarquización social que marca determinados cuer­ pos y funcionamientos como discapacitados y, al mis­ mo tiempo, veladamente, otros como capacitados. Como ocurre con todos los sistemas de poder, la posición de privilegio (en este caso la posición capacitada) no está marcada por lo que parece la forma natural y esperable de estar en el mundo. Mientras que variables como el género o la raza han sido desnaturalizadas -y por tanto las discriminaciones que generan visibilizadas y denunciadas- queda un largo camino por recorrer en la lucha contra el capacitismo, que lleve a problematizar las dicotomías (capaz/incapaz, válido/inválido, sano/enfermo) que categorizan y estigmatizan a determinados sujetos. Pero ¿es el capacitismo suficiente para entender el rechazo visceral que genera el cuerpo deseado por Chloe? ¿Lo que perturba de su devenir corporal es simplemente que se convierta en un cuerpo depen­ diente e improductivo? ¿o qué papel juegan las expectativas de género a la hora de juzgar su deseo de modificación corporal? ¿Qué ansiedades suscita que quiera abandonar la feminidad normativa (capa­ citada) y abrazar una feminidad diversa? Se precisa de una mirada feminista para atisbar una respuesta a estas cuestiones. La feminidad es, por defecto, capacitada, es decir, cuando se piensa en una «mujer» se está pensando en una mujer con una determinada competencia física e intelectual. Lo mismo ocurre al pensar en el «hombre promedio», se le atribuyen, de manera automática, ciertas caracte-

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rísticas físicas, mentales e intelectuales que parecen naturales pero que responden al tipo ideal capacitado. El reverso de la moneda se encuentra en el sujeto promedio discapacitado que suele concebirse como desgenerizado, es decir, que la categoría discapacidad opaca el género de la persona. Por tanto, capacitismo y patriarcado no actúan de manera independiente, sino que se coproducen a la hora de (in)validar cier­ tos cuerpos. Y, también, como en el caso de Chloe, ciertos deseos. Este libro, El cuerpo deseado, analiza la intersección entre patriarcado y capacitismo y plantea la conver­ sación tan postergada como urgente entre sus lectu­ ras críticas: el feminismo y el anticapacitismo. Dicha conversación pone en jaque algunas de las tesis históricas de ambos movimientos y obliga a repensar postulados teóricos y consensos activistas. El sujeto ideal del feminismo, la «mujer», ha sido contestado y enriquecido gracias a la crítica interseccional, pero se continúa pensando en términos capacitistas, para muestra de ello algunas propuestas contemporáneas «feministas» sobre la organización de los cuidados o la lucha contra la violencia machista. Asimismo, el anticapacitismo precisa de una mirada feminista que apunte cuestiones problemáticas sobre, por nombrar las discusiones de mayor actualidad, la asistencia sexual o qué significa una «vida independiente». To­ dos estos debates se abordan en este libro.

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La conversac1on pendiente entre feminismo y anticapacitismo se articula en tomo a cinco grandes temas: la identidad de género (Cap. l. Las ruedas del patriarcado), la organización social de los cuidados (Cap. 2. Afectos, cargas y alianzas), la producción y sub­ jetivación de la violencia (Cap. 3. Heridas y silencios), la reivindicación de la sexualidad (Cap. 4. Las prótesis del placer) y la politización de la diferencia (Cap. 5. Una identidad en disputa). Esta propuesta de conversa­ ción parte de años de reflexión y activismo, de vín­ culos personales, de investigaciones cualitativas4, de docencia académica y de mi implicación en diferentes proyectos políticos, como el documental Yes, we fuck/ 5 • 4 Comencé a trabajar los cruces entre género y (dis)capacidad durante mis estudios de licenciatura en Sociología y Antro­ pología. Posteriormente, en el Máster de Investigación en Sociología, pude realizar una investigación más profunda sobre el tema: mi TFM (publicado posteriormente en: García­ Santesmases Fernández, 2015) abordó la construcción de la identidad de género en personas con lesión medular a través de la elaboración de itinerarios corporales. Y, más adelante, en la tesis doctoral «Cuerpos (im)pertinentes: un análisis queer-crip de las posibilidades de subversión desde la diversidad funcional» (García-Santesmases Fernández, 2017), a través de una investi­ gación etnográfica, rastreé la reivindicación en torno a la sexua­ lidad por parte del activismo anticapacitista español. Durante el periodo postdoctoral amplié el foco y pasé a colaborar en inves­ tigaciones sobre cuidados, violencia, salud mental y envejeci­ miento. De todas estas experiencias, colaboraciones y reflexio­ nes, se nutre este libro. 5 Yes, we fuck! (Centeno y de la Morena, 2014) es un proyecto documental que aborda, de manera explícita y radical, la sexua­ lidad en personas con diversidad funcional. Para más información: www.yeswefuck.org.

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En consecuencia, este texto se sitúa en el espacio hí­ brido entre la academia y el activismo, tan incómodo como estimulante. Cada uno de los cinco capítulos pone en diálogo diferentes fuentes y recursos como son: los datos etnográficos fruto de las investigaciones realizadas; los productos culturales (novelas, películas, can­ ciones); las vivencias personales (autobiografias, dia­ rios) y colectivas (manifiestos, documentales); y las representaciones mediáticas (prensa, TV, celebrities, redes sociales). Todas estas fuentes de información se entienden como narraciones e imaginarios, inten­ cionalmente ficcionados o no, que vertebran el cons­ tructo sociocultural denominado discapacidad. Y, vela­ damente, su correlato, también naturalizado y despo­ litizado, la capacidad. Precisamente, para no olvidar que ambas categorías --capacidad y discapacidad-, no remiten a condiciones biológicas fijas ni a identi­ dades esenciales, en este texto se pondrán en cursiva. Y, cuando se aluda a las personas designadas como discapacitadas, se utilizará personas con «diversidad funcional (DF)»6 , término desarrollado en el contexto español por el activismo anticapacitista. Término acuñado por el Foro de Vida Independiente y Divertad (FVID), articulación española del Movimiento de Vida Inde­ pendiente, en contraposición a designaciones como discapacidad o minusvalía que denotan negativamente la diferencia. Diversidad funcional busca subrayar que todas las personas funcionan (se desplazan, piensan o se comunican) de manera diferente y que el problema reside en la discriminación que sufren algunos fun­ cionamientos debido al capacitismo vigente. De esta forma, en 6

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Los cincos ejes de discusión propuestos (el género, los cuidados, la violencia, la sexualidad y la politización de la diferencia) están estrechamente relacionados, por lo que su diferenciación es, eviden­ temente, una mera estrategia analítica. Asimismo, precisarían, para ser entendidos en toda su comple­ jidad y para orientar políticas públicas, de una mirada interseccional mucho más amplia. Al igual que este libro defiende que capacitismo y patriarcado se coproducen y no se pueden ni deben intentar solu­ cionar o diagnosticar problemáticas sociales sin cruzarlos, lo mismo acontece con otros ejes de desi­ gualdad social como el clasismo o el racismo. No obstante, un análisis de este calibre desborda las posibilidades de este texto que se limita a escrudiñar, con tenacidad, uno de los alambres de la madeja interseccional. En consecuencia, el objetivo de El cuerpo deseado: la conversación pendiente entre feminismo y anticapacitismo no es definir una propuesta firme y de consenso sobre cómo se deben organizar los cuidados, legislar la violencia o qué política de la identidad es más hacer­ tada, sino confrontar, e intentar hibridar, la reflexión feminista y la anticapacitista en torno a estas temá­ ticas. Por tanto, este libro plantea más dudas que respuestas, propone incomodar más que solucionar lugar de ser denominadas «personas con discapacidad», este activismo revindica ser nombradas como «personas discriminadas por su manera de funcionar» lo cual se acota en «personas con diversidad funcional».

1231

con el fin de afrontar una conversación pendiente, urgente y necesaria. En un momento de crispación política y atrincheramiento en esencialismos identi­ tarios, este libro invita a conversar y a atreverse a de­ batir y disentir desde la complicidad y la potencial alianza.

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1: LAS RUEDAS DEL PATRIARCADO (EL GÉNERO)

e

«Los símbolos indicadores de váter adaptado solo reconocen un nuevo género: figura en silla de ruedas. No hay diferencias. Al parecer, entre las piernas solo tenemos una silla». (Marta Allué, 2003: 194)

uando se piensa en un «hombre» o en una «mujer», difícilmente lo primero que viene a la mente es una persona ciega, en silla de ruedas o con autismo. Se suele proyectar un indi­ viduo sano, con una funcionalidad normativa, que puede moverse, sentir, entender y actuar de forma adecuada a lo que corresponde con la feminidad y la masculinidad. Y las personas con DF no acaban de encajar en esas categorías tal y como explica la ac­ tivista anticapacitista Marita Iglesias (2012): «No se nos considera ni hombres ni mujeres». Los baños adaptados para