El Caso Mondiu

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Gonzalo España

El caso Mondiú '

Narrativa/ A' o veia N egra

Ediciones B

Gonzalo España nació en Bucaramanga en 1945. Realizó estudios de economía en la Universidad de Antioquia. Ha dedicado su vida a la historia, incursionando en la narrativa de carácter histórico y policiaco. Ha publicado Humboldt, el muchacho de la Cruz del Sur, Mutis, el sabio de la vacuna, Leyendas de mie­ do y espanto, Cinco disparos y una canción, Prodigios de la flora y la fauna. Relatos de la Conquista y La Biblioteca, entre otros.

Gonzalo España

EL CASO MONDIÚ

Barcebm • Bogotá • Buenos Aires • Caricas1 Madrid ■ México • Montevideo • Santiago de Chile

1

1“ edición: mayo 2011 © Gonzalo España, 2011 © Ediciones B Colombia S.A., 2010 Cta 15 N° 52A • 33 Bogotá D.C (Colombia) www.edicionesbcom.co Director editorial: Alfonso Carvajal Rueda Diseño de carátula; Diego Martínez Cclis Diagramación: María López < llave Corrección de estilo! Alvaro Carvajal Rozo

ISBN: 978-958-8294-91 -9 Depósito legal: Hecho Impreso en Colombia - printed in Colombia Impreso por. Nomos Impresores •

DIGITALIZADO POR PIRATEA Y DIFUNDE. SE ALIENTA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL DE ESTA OBRA SIN PERMISO. VIVA LA PIRATERÍA COMO FORMA DE RESISTENCIA CONTRA LA PROPIEDAD PRIVADA DE LAS IDEAS. ANTI COPYRIGHT

Conoceré al asesino cuando conozca la víctima. Georges Simenon, El difunto filántropo.

INDICE

Capítulo primero Frutas de temporada / 10

Capítulo segundo Música de temporada / 51

Capítulo tercero La orden del cojón rayado / 87

Capítulo cuarto EL breviario de Chardelos de Lacros / 131

Capítulo quinto Reflejo en una calva locuaz / 161

Capítulo sexto EL club del buey Apis / 205

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DEDICATORIA

Los crímenes literarios no podrían ser, ni el género policíaco tampoco, sin el fundamental aporte del crítico, que es como el forense interesado del caso. En Colombia, este género literario estará siempre en deuda con e! profesor Hubert Poppel, autor del primer grao sumario analítico, inquisitivo y literalmente exhaustivo de las obras y autores policíacos en este país. Esta novela quiere reconocer sus pesquisas, su paciencia y su ge­ nerosidad.

y

10

CAPITULO PRIMERO

Frutas de temporada

I

12

1 Salomón Ventura empezó a calar la peligrosa amenaza de las mutaciones que se operaban en él, en su atormentado in­ terior, la noche que regresó a casa derrotado y herido por el fracaso de uno de sus más dispendiosos trabajos -y en lugar de consolarse leyendo las sentencias de Beccaria, de Ossorio, de Sola Cañizares, de Rabasa, o de cualquiera otro de los grandes tratadistas, en cuyos textos se había formado y a menudo ha­ llaba aliento para continuar- se encontró empacando la ropa, con decisión de marcharse.

Por lo general, cada que llegaba a uno de estos extremos, tomaba el teléfono para comunicarle a su esposa la decisión de renunciar e iniciar el siempre aplazado regreso. Liz perci­ bía casi de inmediato su congoja. «¿Estás triste, verdad?», le preguntaba con una velada dosis de satisfacción personal. La pregunta provocaba una inmediata reacción defensiva. «No, triste no, tal vez un poco cansado, la jornada ha estado muy dura», decía forzando la voz, tratando de impedir que ella captara esa evidente fragilidad quebradiza. Pero el registro de su fortaleza tenía fisuras tan hondas que nada acallaba los ecos del anunciado desastre. El colofón no tardaba en llegar. Liz, una mujer de olfato muy fino, psicóloga profesional, captaba el más mínimo cambio de clima, y nunca se mordía la lengua para abstenerse de hablar: «Lo siento por ti, querido, este país no lo arregla la probidad de un solitario y heroico funcionario».

La ironía intentaba remarcar un especial desinterés ante la terca decisión de su esposo. -¿Qué piensas que debería hacer?

—Te queda el honrado recurso de huir -respondía ella.

Con eso bastaba para que Salomón Ventura levantara de nuevo la cabeza. «No voy a marcharme como denotado, no. La guardia muere pero no se rinde». B

-Esa no fue la frase del tal Cambronne -interpelaba la voz del otro lado de la línea.

—¿No? ¿Entonces cuál fue? -No lo tomes a mal, querido, pero la frase fue merde.

—Al diablo con el derrotismo. El aforismo le quedaba bailando en la cabeza días enteros, torturándolo, horadándolo. «El honrado recurso de huir». ¡Era tan sabio, tan honesto! Acababa por olvidarlo con el tiempo, cada que emprendía una nueva jornada con bríos renovados; mas la imposibilidad de la justicia no tardaba en llevarlo a un nuevo callejón sin salida.

No se trataba de que no se pudiera poner tras las rejas a un asesino barato, a un uxoricida dementizado por un ataque de celos, a un carterista de andén. Frente a esta clase de delitos, la Fiscalía había adquirido una relativa eficacia, los delincuentes comunes y corrientes atestaban las cárceles. Se trataba de que, frente a lo grande, a lo oscuro, a lo ecuménicamente petjudicial y perverso, todos eran impotentes: la ley, la justicia, los aparatos de control. Ante la corrupción administrativa que drenaba a manos llenas las arcas del Estado, ante el crimen a gran escala que operaba a través de la extorsión y el secuestro, y tenía como blanco al ciudadano productivo y pacífico, ante la justicia aplicada por manos privadas y ante muchas otras grandes ignominias, no había nada qué hacer. Estas aberrantes modalidades permanecían amparadas por un sistema infran­ queable, una muy evasiva pero conocida especie de Omerta, la ley del silencio, la impunidad absoluta. Las investigaciones se hundían en un laberinto sin salida cada que se internaban en los dominios de las instituciones legales e ilegales que repre­ sentaban el poder del delito. Vivir separado de una esposa a la que aún amaba, soportar un clima en extremo tórrido y enervante, trabajar hasta el agotamiento y no obtener resultados palpables era algo que 14

inevitablemente lo desmoralizaba. Pero más grave aún era que sus grandes maestros de jurisprudencia ya no lograran fortalecerlo. Estaba convencido de que, tarde que temprano, la tozudez de no concederle razón a las ironías de Liz acabaría por resquebrajarse. Terminaría aceptando la derrota.

Pero entonces Alcandora * se las arreglaba para hacerle un guiño en medio del infortunio, para lanzarle un aliento fresco e inesperado, para detenerlo.

Estos guiños, estos dulces momentos de ternura, estas in­ esperadas lozanías, eran la estación de las frutas. Sus efluvios y luminosidades lograban que Alcandora pareciera una ciudad completamente distinta.

Las calles sucias y abochornadas del puerto, los pestilentes mechones de la refinería que a toda hora aplastaban las cabezas de los pobladores, las pobres y destartaladas barriadas, todo el feo conjunto de un lugar concebido a contrapelo de lo más esencial de la vida, continuaba allí, seguía siendo triste, seguía dando miedo entrar y mirar. Salomón Ventura no entendía por qué, habiendo sido fimdada en un valle ilimitado, al recodo de un río majestuoso, donde la llanura caliente se extendía sin fronteras hasta donde alcanzaba la vista, donde sobraban la luz, el agua, el aire y la tierra, a sus moradores se les obligaba a vivir en un pedazo de suelo donde a duras penas cabía un cuarto de tablas, sin zona verde ninguna, con una sola puerta y una sola ventana, en medio de un calor insufrible. «Esta penuria física sólo puede dar cabida al delito», pensaba, y se decía una y otra vez que Alcandora, antes que nada, lo que necesitaba era un buen concepto de urbanismo. Toda esa fealdad seguía allí, dominaba el paisaje de la ciudad, la vida y la suerte de sus pobladores, los hundía y los manchaba;

• Alcandora: boguen o luí i muría que «e enriende a h orilla de un rio para indicar a los navegantes que eviten el lugar, por razones de peligro

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pero a ratos, en medio de los calores extremos, en medio del sopor y la indolencia corporal, en medio de la incuria y la derrota, estallaba la cornucopia del trópico.

Era la estación de las frutas, una faceta desconocida, atercio­ pelada y fragante, que ponía juventud en el alma: la naturaleza reventando en cascada. Daba gusto oír corear por las calles las uvas caimaronas,los verrugosos zapotes, las suculentas chirimoyas silvestres, las guamas de gruesos estuches, los mangos dorados, los nísperos arenosos que vendedores de espalda desnuda y brillante arrastraban en grandes y vistosos arrumes, sobre zorras de palo. Sólo el pescado tenía una estación semejante. Dos veces al año, las calles del puerto mostraban los blancuzcos y tornasola­ dos manchones de escamas dejados a su paso por los buhoneros, que donde eran requeridos para vender su mercancía estacio­ naban los carros de palo y pesaban, descamaban y trozaban. Si el interesado se tomaba el trabajo de bajar hasta el muelle encontraba ejemplares fuera de serie, pudiendo hacer el viaje de regreso con un gran bagre a cuestas. Salomón Ventura había contemplado la escena decenas de veces: parroquianos con un gran bagre a la espalda, como en la etiqueta de los frascos del aceite de hígado de bacalao. La imagen le recordaba un adagio que inevitablemente aplicaba a su oficio de administrar justicia: «con el bacalao al hombro».

Aun así, cualquier enojo resultaba pasajero en la estación de las frutas, porque sus aromas exóticos, sus colores, sus tex­ turas y la suma de sus encantos poseían un poder especial, tan nítido y refrescante, tan potenciador, que todo se asimilaba a una fragante primavera. Un poder que emanaba de sus formas, de sus pulpas fragantes, hasta de sus cáscaras calcinadas bajo el sol. Igual ocurría en época de subienda, cuando la masiva salazón de bagres y bocachicos, llevada a cabo en los playones de la orilla, poma un olor picante en el aire, opacando el tufo de los gases quemados en los mechones de la refinería.Todo |6

esto hacía que la vida pareciera soportable, el clima se tornaba casi benigno, la esperanza posible.

Salomón Ventura sabía, nadie necesitaba decírselo, que lue­ go de cuatro largos años de enervante labor, la Fiscalía Tercera Delegada a su cargo no mostraba un balance positivo. Los altos índices de criminalidad continuaban creciendo en el puerto. Algunos incordios adicionales, como la avasalladora estupidez de ciertos funcionarios, y la incuria de otros, completaban el cuadro. Pero la estación de las frutas mitigaba estas asperezas y desilusiones. Y aquel año, para mayor emoción, la del madroño trajo una inesperada sorpresa. Liz llamó muy de mañana, desde la capital. Su voz denotaba una cierta fragilidad que él no tardó en advertir, aunque todavía se hallaba un poco dormido. Le indagó si tenía algún problema. —He perdido el trabajo —respondió ella, al borde del llanto. —¿Qué harás ahora?

La respuesta lo dejó sentado en la cama.

-Tengo los nervios destrozados. He pensado que una tem­ porada a tu lado me caería bien. —¡Acá! ¿En Alcandora?

Llevaban tres años separados. Era lógico que indagara pri­ mero por cosas como si existía otra mujer, o que al menos pre­ guntara si el clima estaba demasiado insalubre, pero se limitó a permanecer callada al otro lado de la línea, aguardando a que él tomara la iniciativa. Como buena psicóloga,era experta en silen­ cios e inflexiones. Salomón Ventura tuvo una bonita ocurrencia: -Estamos en plena estación de las frutas. Creo que eso va a gustarte.

2 Los siguientes días se le vio despejado y ufano, dueño de un entusiasmo contagioso. Valeria, cuyas agudas antenas le 17

permitían seguirlo desde su puesto de trabajo, lo sorprendía a ratos silbando por lo bajo.

Pero no sólo se mostraba contento, sino inusualmente co­ municativo. Contra su reserva habitual, comentaba con cierta ligereza las incidencias de los procesos, dejando escapar una que otra apreciación, generalmente lapidaria: «Este asunto quedará impune, el inspector Mondragón actuó aquí como un asno vendado». «¡Pobre acusado! ¡Su abogado sabe tanto de derecho como de arameo,y debe estar cobrándole una millonada!». Fra­ ses y comentarios de este jaez no se le habían escuchado nunca, eran una clara muestra de su repentina e inusitada extroversion. Una mañana soltó a Valeria la causa de su buen humor. —La señora Liz de Ventura está llegando -explicó—. Me en­ cuentro un poco nervioso, porque ha dicho que viene a quedarse.

Valeria puso todo el empeño de su espontánea sencillez en mostrarse emocionada, en fingir una alegre sorpresa y una sincera complacencia, y al mismo tiempo en aplaudir el suceso, con tan mala fortuna que en el esfuerzo por no traicionar sus verdaderos sentimientos estuvo a punto de perder el control. Le temblaron las manos, le estalló un tic incontrolable en las comisuras de la boca, le titilaron los párpados como si se le hubiera estrellado una mugre en la córnea. Por suerte, el fiscal Ventura no captaba con facilidad los detalles de las cosas que no le interesaban. La oficina continuó su ritmo normal. El único cambio perceptible tuvo lugar en las flores, en el tono de las flores que Valeria llevaba todos los días al despacho, para adornar el florero del escaparate de los libros de juris­ prudencia. Los arrebolados brochazos de los platanillos, de las madreselvas y de los búcaros silvestres dieron paso al blanco apagado y azuloso de las azucenas y otras flores de capilla. Sobra decir que se trataba de una selección absolutamente incons­ ciente. La sutileza pasó desapercibida al fiscal lo mismo que a ella, ocupada en el trabajo con la misma disciplina de siempre. IX

Pero el día que su jefe salió con rumbo al aeropuerto, para recoger a la esposa que llegaba, sin saber por qué, sin atreverse siquiera a considerar la causa de su pesadumbre, la pobre se encontró llorando a lágrima viva.

3 Todo cambió en forma inimaginable con la llegada de Liz. Las pilas de expedientes acumulados en los anaqueles, mu­ das efigies de la esterilidad judicial represada, carga imposible de soportar en las espaldas, adquirieron de repente la inespe­ rada dignidad de los viejos archivos. La lentitud del engranaje judicial, en lugar de atormentarlo como el torniquete de un garrote vil que le presionara una vértebra cervical, le brindó de pronto una complicidad exquisita. El tiempo volvió a ser generoso, la vida fluyó suavemente, sin importar si los procesos tenían o no solución, si llegaban o no a su fin. Aquello había empezado a ocurrir desde el momento mis­ mo en que Liz desembocó por la escalerilla del avión, cuando al poner un pie afuera de la nave el aletazo del calor entrapó su blondo y suave cabello, esponjándolo y desparramándolo encima de su cabeza, a la manera de un afro pasado de moda, al tiempo que licuaba el maquillaje esparcido con delicadeza en su rostro. Salomón Ventura, que la observaba sin perder un detalle a través de la puerta vidriera, comprendió de inmediato que en lo sucesivo estaba obligado a buscar los lugares donde ese cuerpo, delicado y vulnerable, soportara con menos rigor los embates del trópico. La seguridad de esta callada promesa no le permitió mostrarse tan efusivo como hubiera querido al momento de abrazarla y besarla. Por fortuna, a ella le encantó el pequeño piso en Los Altos del Convento, donde habitual­ mente circulaba una corriente de aire. Al asomarse a una de las ventanas posteriores y descubrir el espectáculo lujurioso 19

de la selva, una exclamación escapó de su boca. «¡Qué cuadro un bello! ¡Qué colores!». La mesa de LaTratoria de Pietro y la piscina del Hotel Regis brindaron también una inesperada complicidad al reencuentro. La justicia había pasado a un se­ gundo plano, Salomón Ventura continuaba enamorado de su esposa, su única obstinación radicaba en abrir puertas ocultas en aquel mundo perdido, puertas que permitieran a Liz res­ pirar, espacios donde no corriera el riesgo de ahogarse. Para su sorpresa, lograrlo no resultó tan difícil como lo esperaba.

Algo que sin lugar a dudas contribuyó a mitigar la aspereza de su acomodo, fue la temporada del madroño. Liz quedó fas­ cinada desde un principio con el sabor ligeramente acidulado y crujiente de esa fruta, cuya pulpa le hacía cosquillas en los dientes. Salomón se apresuró a traer a casa nísperos y chiri­ moyos, uvas caimaronas y mandarinas de fragantes cubiertas. A Liz, comúnmente muy pálida, aquellos manjares le ponían colores en el rostro. Escribía una pequeña monografía, no le desagradaba per­ manecer en casa mientras su esposo trabajaba. Cuando el calor la agobiaba demasiado, simplemente escapaba, abordaba un taxi al pie de las sombreadas calles en caracol de Los Altos del Convento, y se iba a nadar. Era una mujer independiente y ac­ tiva. Confiado en que por propia iniciativa buscaría su confort, Salomón Ventura llevaba sin apremio sus propias labores. Casi todos los días aparecía en el despacho con grandes paquetes de frutas, parte de las cuales ofrecía a Valeria. Ella las mordía con el abandono del despecho, y las encontraba eternamente agridulces.

Las flores de Valeria y las frutas del fiscal, la vida, como una bayadera, transcurriendo entre impensados extremos. Salomón Ventura había dejado de acosar y apurar a los cuerpos investi­ gadores. Total, seguía siendo terriblemente cierta la frase pro­ nunciada por un alto jerarca de la Fiscalía General: «En este país 20

todo el mundo puede encontrar a los malhechores buscados por la justicia: los periodistas, los camarógrafos de televisión, los familiares de los secuestrados, las víctimas de extorsiones y chantajes, el cartero. ¡Todo el mundo, menos los aparatos de seguridad!». ¿Entonces a qué afanarse?

Es preciso anotar, sin embargo, que aquel sentimiento de placidez y embotamiento, rayano en la dejación, no obedecía a un cambio de mentalidad, sino a Liz. Liz le había traído la paz. Sus prioridades, puestas en el trabajo de la oficina y en los asuntos pendientes, radicaban ahora en regresar al hogar. Allí encontraba siempre un plato ligero de buena comida, un buen trago de whisky, una amena conversación con una inteligente mujer. A veces jugaban a las cartas, a veces salían. Cuando hacía demasiado calor, iban a dar un paseo bajo las arboledas del barrio. Un domingo se atrevieron a navegar en las ciénagas.

4 Ninguno de los dos llegó a sospechar lo que pudiera signi­ ficar semejante experiencia. Salomón Ventura había escuchado decir que existían por lo menos siete clases distintas de ciénagas alrededor de Alcandora, y que estos extraños y desconocidos estanques formaban una especie de mar interior, cuya exten­ sión se acercaba al medio millón de hectáreas navegables. En ciertas épocas del año tenían lugar en ellas campeonatos de esquí acuático y pesca de sábalo, pero en sus aguas y meandros también aparecían cadáveres, y algunos de los caños que las intercomunicaban servían de corredores logísticos al hampa y a los alzados en armas. La generalidad de la gente prefería abstenerse de estas maravillas naturales.

Está por demás anotar que su pragmática condición de funcionario judicial jamás le hubiera permitido imaginar una 21

aventura de esta clase, y que sólo la urgencia de buscar espacios que ampliaran el universo respirable de Liz lo llevó a despreciar cualquier clase de riesgo. Sin anunciar nada con anterioridad, el sábado al mediodía se presentó en casa portando una canasta de provisiones y frutas, una botella de vino y un mapa sacado de algún expediente. En aquel papel figuraban todos los caños y conexiones que unían a las ciénagas. —Vamos a conocer una Venecia encantada -dijo indicándole a Liz el extenso laberinto.

Ella se mostró fascinada y se dejó llevar. Muy temprano en la mañana, el domingo, alquilaron un pequeño bote en un rústico embarcadero, metieron adentro las vituallas, abordaron con paso inseguro, y a golpes de remo se internaron en un estanque de aguas azules, que era en definitiva el más cerca­ no y abierto de los lugares, y el único seguro entre todos. La gente prefería permanecer allí por prudencia, y porque allí era posible remar, pescar, nadar, tomar el sol, o leer. Un mar de agua tibia y sedosa, ideal para el cutis de Liz, que sin embargo se embadurnó lo mejor que pudo con una enorme cantidad de protector solar.

Unos minutos después, las pequeñas embarcaciones de los paseantes circulaban a su lado, el cuerpo torneado de la rubia desconocida suscitaba el comentario de los tripulantes. Salomón Ventura se apartó a punta de remo, buscando un extremo boscoso, donde según el mapa debía encontrarse la desembocadura de uno de los caños. Al hallarla, metió en el pasadizo la proa del bote. La dificultad estribaba en que los canales se ramificaban, aumentando el riesgo de extraviarse, pero avanzó confiado en el croquis. Se deslizaban bajo una bóveda de árboles frondosos, el calor se iba haciendo cada vez más intenso. Un nuevo estanque, esta vez penumbroso y ca­ llado, sembrado de plantas flotantes, abrió ante ellos un manto aceitoso. El agua era tan oscura que el enamorado gondolero 22

temió pudiera tratarse de una de las ciénagas contaminadas por las deyecciones de la refinería. Después de confirmar que no olía ni sabía a petróleo, le explicó a Liz que no debían extrañarse si chocaban con un pacífico manatí, pues aquel era su hábitat preferido. Tras veinte minutos de marcha, un manglar impenetrable se encargó de estrechar los márgenes del oscuro recinto. Las intrincadas raíces, en cuyos dedos fue preciso apoyar el remo para impulsar el bote, amenazaban atraparlos. De nuevo otro caño umbrático y caluroso, y unos minutos después una cié­ naga cubierta en su totalidad por una nata de polen dorado, cernido en suave lluvia desde un techo de altos guayacanes centenarios. Liz se arrancó el traje de baño y se arrojó al agua desnuda, sin previo aviso. Salomón Ventura se abstuvo de advertirle que aquel era también el hábitat predilecto de la babilla. En lugar de gritar, prefirió morir con su esposa y la siguió al agua, aunque sin arrancarse el pantalón. Adentro metió continuas zambullidas, tratando de anticipar el peligro. Eran buenos nadadores, jugueteaban como peces, Liz nunca imaginó que un lugar así pudiera existir en el mundo, el sol se colaba a través del follaje y tocaba su cuerpo bajo el agua con dedos tibios y atrevidos, como luces de iluminación en un escenario nudista. Todo era muy excitante, pero Salomón Ventura terminó por decirle que podía existir cierto peligro. Ella regresó al bote de inmediato.

Confiado en el mapa, y en la tranquilidad que emanaba de los ojos de su esposa, continuó remando por un prolongado laberinto. Muy a menudo se hallaban al amparo de bóvedas vegetales, otras veces navegaban a cielo abierto. De todas ma­ neras, Salomón Ventura sabía que aquellos corredores corres­ pondían a una ciénaga paralela a la de las aguas azules, desde la cual, a través de diferentes pasadizos, se podía regresar al lugar de donde habían partido. Liz se dejaba llevar. El retorcido y en ocasiones monstruoso andamiaje de los árboles brindaba 2J

la imagen de una alucinante metrópoli. Él pensaba en aquel preciso momento que el mundo sería excelente si fuera per­ fecto, como la sensación de absoluta serenidad que le producía aquel paseo; ella se decía que ojalá nunca faltaran el desorden y la imperfección en el mundo.

Fue un día inolvidable, una experiencia sin igual, un ver­ dadero regalo del trópico, salvo que Salomón, por causa del sol recibido, y de llevar encima demasiado tiempo el pantalón empapado, se sintió un poco febril al regreso. Pensó que un buen baño le quitaría el malestar y entró de lleno en la ducha, donde al acabar de desnudarse descubrió que tenía algo pegado del escroto. Era de esperarse que se tratara de algún residuo vegetal, o cosa parecida, un trocito de madera, una hoja en proceso de descomposición, pero al querer desprenderlo encontró que se le había adherido férreamente a la piel, y le hacía resistencia. Tras tironearlo varias veces se desprendió, haciéndolo sangrar en abundancia.Ya con él en la mano,confirmó espantado que se trataba de un bicho animado. Casi no podía creerlo.

¡Una auténtica sanguijuela! Se limpió con mucho jabón y luego se purificó con un chorro de alcohol. Por un rato le ardió horrible, peor quizás que una quemadura. Decidió no contárselo a Liz, no quería inculcarle temores que les impidieran ser de nuevo felices en el remanso perdido de las ciénagas.

Ella aún toleraba muy peregrinamente su proximidad. Cuando hacían el amor, se duchaba de inmediato y se apar­ taba, buscando un resquicio fresco del apartamento, donde apuraba en silencio un trago de whisky y fumaba un cigarri­ llo. Sólo parecía rehuir del calor, pero Salomón Ventura sabía que también lo rehuía a él. Esto le resultaba incomprensible. Una noche la sorprendió llorando. Se vio precisado a poner en ejercicio todas sus desconocidas dotes de actor para fingir 24

que no se había dado cuenta. No quena forzarla, sabía que la inserción en el extremo y candente universo de Alcandora le tomaría mucho tiempo. Lo importante era que no optara por huir, como la primera vez.

5 Las dulzuras de aquel inesperado interregno coincidieron con una temporada de baja criminalidad en el puerto. Todo hubiera sido perfecto, extremadamente romántico, casi feliz, si el abogado Laurentino Cristófor no afea la fiesta con el bochornoso «Caso Mondiú».

El sórdido asunto, como muchas de las cosas de la justicia local, se conoció primero en la cafetería del Palacio, un lugar convertido en sustituto del foro por la jauría de los litigantes, que allí daban rienda suelta a las ocurrencias más inverosími­ les y mordaces, a las consejas más absurdas y a los chistes más vulgares. Tres o cuatro entre todos llevaban la voz cantante, las sillas de los demás se agrupaban a su alrededor, Lauren­ tino Cristófor era a la fecha uno de ellos. Pero también los comentarios de los crímenes más atroces, los detalles que la defensa alegaría ante los tribunales, la cabala de las sentencias que impartirían los jueces azuzados por los fiscales y muchas otras cosas, constituían allí un diario acontecer. El gacetillero Aleuitas Botero, encargado de la página roja de La Diana de Alcandora, tenía por costumbre permanecer en el lugar dos o tres horas cada mañana, pescando sus chivas. El batiburrillo resultaba cosa seria,aunque en el fondo no tenía nada de serio. Arrancar carcajadas era su principal y único objeto, gastar las inútiles horas de la mañana, durante las cuales no podía hacerse otra cosa que esperar la aparición de las listas de reparto, a lo sumo atalayar a un diente ingenuo y desorientado. Los esta­ llidos de la hilaridad mañanera de los litigantes perturbaban el 25

trabajo en las oficinas, y llegaban como un eco ofensivo hasta la Fiscalía Tercera Delegada, donde enfurruñaban el semblante de Salomón Ventura. -Holgazanes -se le oía rezongar cada que una de aquellas estruendosas carcajadas masivas ponía a vibrar el pocilio de café sobre su escritorio.

Todo recomenzó, como en el eterno ciclo de los tiempos y los días, la mañana que Laurentino Cristófor llegó con la foto. Era una foto absurda y horripilante. El objeto inicial del juego no parece haber sido otro que el de tentar a Aleuitias Botero, quien se mostró inmediatamente dispuesto a pagar una pequeña suma por ella, siempre y cuando le certificaran su autenticidad.

—Lo único que puedo decirle es que este prodigio es real, aunque su dueño esté muerto -afirmó Laurentino.

El reportero intuyó que el asunto había salido de la morgue y no volvió a mencionar lo del pago, aunque se moría por escuchar la historia completa. -La historia completa también puedo contársela —explicó el abogado-. Este supermacho vivía aquí en Alcanfora. Era el elemento humano más evolucionado de la creación, pero ha sido eliminado por algún envidioso. Resultaba visible que Cristófor había amanecido bebien­ do, su rasca se mantenía viva con los traguitos de brandy que el administrador de la cafetería le servía en pocilios de café. La foto fue pasando de mano en mano, los litigantes movían incrédulos la cabeza, entre abochornados y risueños.

—Entramos en la era de los chistes gráficos -acotó uno de ellos.

-No se trata de un chiste -rezongó Laurentino-. Este hom­ bre, con todo y lo que ustedes ven ahí, está tendido en uno de los bancos de la morgue.

Aleuitias Botero aguzaba el oído para no perderse una sola palabra. 26

-¿Muerte violenta?

-Muerte violenta.

El abogado Higinio Angarita deslizó una suspicacia:

-Producto, sin lugar a dudas.de su configuración corporal. -Estoy absolutamente seguro -lo secundó Laurentino Cristófor.

De tanto inclinarse para escuchar, el reportero volteó el pocilio de café tinto que tenía al frente. Su libreta de apuntes naufragó en una mancha negra. La foto fue puesta a propósito en las manos de la barren­ dera de la planta baja del Palacio, una mulata vieja con muchas verrugas en el rostro llamada Eloísa, prostituta retirada del oficio desde hacía por lo menos tres lustros. Eloísa la tomó y la examinó como si se tratara de un oscuro acertijo. No parecía entender el cuadro porque no veía bien de cerca, y porque la foto había dejado por fuera la cabeza y casi todo el tronco del occiso, a fin de privilegiar el detalle. De pronto, su cara se iluminó con la luz del asombro, los ojos le sobresalieron de las órbitas,una carcajada estridente y mahciosa escapó de su boca. La mano con que se cubrió de urgencia los labios no impidió que su exclamación llenara todo el recinto:

-¡Cipote mondiú! Una salva de carcajadas saludó la exclamación. El caso acababa de ser bautizado de manera espontánea.

Esa mañana.la perversidad de los litigantes llegó a extremos odiosos. Un grupo de ellos invitó a su mesa a la barrendera y le pagó un café con leche y un par de empanadas, para inte­ rrogarla en detalle. -Cuéntanos, Eloísa, tú que conoces. ¿En tus largos años de oficio, viste alguna vez una cosa semejante?

Ella se santiguó, antes de responder.

—¡Virgen bendita, si me descubre en éstas el Consejo Na­ cional de la Judicatura, me despiden de inmediato! 27

—Nosotros te defenderemos. Pero antes cuéntenos la verdad.

-Una vio y conoció muchas cosas, como al malabarista Mi­ jangos, que era capaz de levantar todo el cuerpo sobre su propio palo, brazos y piernas en alto. Un día hizo una demostración en el salón principal de «El batán del lord», donde la finada Anabel. Si estos ojos no lo hubieran visto, no lo creería. Otros hombres tenían cosas monstruosas y deformes, que más que asombro daban miedo. Pero nunca llegué a ver algo como lo de la fotografía de ahora. ¡Le llega a las rodillas, Dios me ampare!

En medio del alboroto, Laurentino Cristófor constató que el reportero de La Diana había desaparecido. Una sonrisa maliciosa puso una línea delgada en su cara de gato.

6 La vida y la muerte bailaban y reñían a espaldas de Salo­ món Ventura, se trenzaban y tejían nuevos procesos judiciales, pero inevitablemente uno de cada tres de estos llegaría a sus manos, pues sólo existían tres fiscalías delegadas en el puerto. El crimen de José Bonifacio sería uno de ellos.

Sin embargo, en tanto esto ocurría, una transformación inusitada había empezado a vivirse en su vida matrimonial, desde el mismo domingo del paseo por las ciénagas. O pro­ piamente desde ese domingo no, sino un par de días después, la mañana del miércoles, cuando Liz descubrió en el cuerpo de su esposo nuevas y sorprendentes proporciones. Tenía un ojo muy agudo, difícilmente dejaba escapar un detalle.

Acababan de ducharse, ella para espantar el calor y el sudor acumulados en su piel durante la noche, él para disponerse a salir al trabajo. En el acto de secarse quedaron uno frente al otro. Entonces Liz tuvo que decirse a sí misma que tal vez nunca había reparado de manera atenta en Salomón. Lo en­ contró bello y atlético, mucho más masculino, los queloides 28

de la antigua herida en el vientre se habían casi borrado; pero no se trataba de eso, sino de lo grande que lo tenía. Le fiie inevitable quedarse mirándolo, con la mirada fija en el recién descubierto prodigio. -¿Qué miras? -preguntó él, agachándose para averiguar de qué se trataba.

-Te estás convirtiendo en un superdotado con el paso de los años. Y era verdad, Salomón Ventura hubo de reconocer que encontraba su propio sexo como si lo mirara a través de un vidrio de aumento. Levantó los ojos y la halló casi ruborizada. Sonrió. La perturbación causada en los dos por aquel incidente, y la desinhibición contagiosa que le siguió, produjo que en el curso de la mañana se dijeran algunas cosas obscenas a través del teléfono. Cosas que jamás se decían. Ella sostuvo el tono provocador: sí, era cierto que lo tenía más grande, deseaba pasar incrustada en él toda la noche. Salomón lo palpaba a través de su ropa. Efectivamente, sus genitales estaban más grandes, se sentía más armado, más poderoso, no cabía en sus interiores.

Semejante diálogo abrió un capítulo inesperado en la historia de la pareja. Ese mediodía, a la hora del almuerzo, terminaron copulando como fieras. Por la noche, Salomón Ventura volvió a sentirse febril. Se tomó una aspirina, le costaba trabajo conciliar el sueño, pasó muy agitado. Liz, en cambio, durmió plácidamente.A la maña­ na volvieron a mirarse. Ella experimentó ahora una sensación todavía más extraña. La cara de su esposo denotaba el cansancio de una noche mal dormida, tenía bolsas azulosas debajo de los ojos, el ceño demasiado fruncido a pesar de sus deseos de mostrarse jovial, pero sus genitales estaban más fuertes, más vigorosos, más altaneros; sobra decirlo, más atractivos.

-¿Querido, qué te pasa? -se atrevió a preguntarle, descon­ certada por completo. 29

El resto de la semana continuó en la misma tónica. De pronto. Salomon Ventura se sintió seguro de que la tenía de­ rrotada, la dominaba sexualmente, la había convertido en su esclava. Y en verdad, Liz de Ventura era una loca furiosa que se había esclavizado a su sexo.

7 La noticia, como era de esperarse, apareció al día siguiente, pero no en la forma deseada por Aleuitias Botero, su autor. Al reportero de La Diana le había bastado dirigirse a pasos apresurados a la morgue, donde el auxiliar del legista, con quien mantenía una relación de carácter institucional, le suministró una completa relación del occiso. La Diana de Alcandora retribuía estos informes con pequeñas propinas. El doctor Culer, médico forense en propiedad.no asistía nun­ ca al anfiteatro, su trabajo se limitaba a certificar la idoneidad de las necropsias que el auxiliar le describía por teléfono, y a firmar las actas que le enviaba a casa. Quien rajaba, medía, escarbaba y cosía los cuerpos era el ayudante, el verdadero hombre de la morgue, a quien todos apodaban «Cadavro».

Su nombre de pila se desconocía. «Cadavro» vivía de tiempo continuo en la morgue, no tanto porque careciera de otra clase de madriguera, sino por exceso de trabajo. Muy pocas veces se le veía en las calles del puerto. Una o dos veces al mes, los días de paga, escapaba para llevar parte de su salario a una vieja solitaria y enferma que habitaba una casita de latas junto a la línea del ferrocarril. Esta mujer probablemente era su madre. «Cadavro» no demoraba en la visita, pues decía que los muertos le tomaban ventaja. En su recorrido de ida y de vuelta evitaba las calles concurridas. Su cuerpo expelía un olor que abatía el sistema inmunológico de los humanos al cruzarse con él, obligándolos a apartarse. 30

«Cadavro» poseía la ficha técnica del occiso, su nombre, su edad, el número de su documento de ciudadanía, y también conocía sus limitaciones mentales, sus miserias, sus oficios, sus escondrijos. Posiblemente, en anteriores épocas de la vida, habían compartido lugares y actividades comunes, tal vez el mismo barrio o la misma calle, tal vez el mismo trabajo.Todas estas cosas se las refirió a Aleuitias Botero de manera explícita.

Aleuitias tomó nota y se hizo a un juego de fotos impac­ tantes. Después se pasó la tarde completa redactando el artículo más tierno de su carrera de periodista. Una verdadera novela. Al terminar lo dejó, junto con las fotos,sobre el escritorio del director, luego se marchó a casa.

A la mañana siguiente, con el primer cigarrillo del día en la boca, abrió el periódico y buscó la noticia. Le gustaba leerse en letras de molde, sentirse dueño de la plaza. Era entonces cuando repasaba lo escrito y se percataba de sus errores e in­ consistencias, cosas de las que no se culpaba. «Al mejor sastre se le va una puntada», decía. La noticia no estaba. El perverso director de La Diana se había limitado a colocar la foto del occiso desnudo, con su enorme falo en primer plano, en un discreto recuadro escogido como para no ser visto al final de una página interior. «¿Fue por eso?», preguntaba el insulso encabezamiento que le habían colocado, y en el pie de foto, en párrafo escueto, la siguiente tontería: «Cadáver de N.N. ultimado de diecisiete disparos hace aproximadamente tres o cuatro días. El cuerpo fue arrojado a un lote vacío, a la entrada del barrio La Luisa. Las autoridades judiciales se preguntan si su descomunal configuración física tuvo algo que ver con el trágico fin».

Aleuitias se presentó una hora después en la oficina del di­ rector con la renuncia en la mano, pero el hombre, un gigantón calvo y sonriente, mucho más alto que él, no lo dejó hablar.

-El artículo irá mañana -anticipó guiñándole un ojo, mientras estrujaba con malicia el puro que mantenía en la 31

boca- Estas noticias no son para soltarlas al buen tuntún, sino antecedidas de una buena expectativa. Dejemos que la foto haga su trabajo y alborote el avispero. Y en efecto, a pesar de su discreta ubicación, el recuadro acaparó las miradas de todos los lectores, y despertó una oleada de risas, comentarios y asombro general en el puerto. «¡Pero si es José Bonifacio, el barrendero!», «¡El recogedor de basuras!», «¡El bobo de la calle novena!», «¡Quién iba a pensar que estuviera dotado de semejante manera, podía haberse ganado la vida en forma muy diferente!». Si en lugar de Alcandora, la publicación hubiese aparecido en cualquier otra ciudad del mundo, el escándalo no se hubiera hecho esperar. Los abonados hubieran cancelado la suscripción, el obispo de la diócesis habría dedicado al libelo un tajante sermón. Pero en Alcandora esas cosas no ocurrían, Alcandora conservaba intacta su moral de antiguo campamento petro­ lero perdido en la selva, de barriada prostibularia. Los abuelos no tenían historias para contar a sus nietos, como no friera la crónica del viejo y gigantesco lupanar que había sido el lugar. La Diana precisó al día siguiente que la foto había sido publicada «exclusivamente con el objeto de colaborar con las autoridades en la identificación del occiso», y que gracias a las numerosas llamadas del público lector, este objetivo había sido alcanzado. Seguía entonces el novelón redactado por Aleuitias Botero. La edición se agotó, las ventas se triplicaron.

Aquello, de alguna manera, era el indispensable condimento de la vida en un lugar como aquel.

8 Muy al contrario de la relación que lo ataba desde vieja data con el reportero de La Diana, el contacto de «Cadavro» con el abogado Cristófor había sido completamente fortuito. 32

Alguna oficina municipal, o la misma empresa del ferroca­ rril, amenazaban cada cierto tiempo con desalojar a las gentes que levantaban sus ranchos en las proximidades del tendido férreo. La última vez había llegado un escueto papel donde se estipulaba un plazo perentorio para abandonar el terreno, la benevolencia con los invasores de las vías públicas tocaba a su fin. El auxiliar del legista comprendió que necesitaba la ayuda de un abogado, e indagó a su jefe al respecto. «Hay uno muy eficaz, todo el mundo habla de él en el puerto», le dijo el doctor Culer: «Se llama Laurentino Cristófor».

Fue así como «Cadavro» metió las narices en la pequeña oficina del litigante,y cuando esto ocurrió, el abogado experi­ mentó un repentino enfriamiento. Aquel sujeto no sólo llevaba adherido a la piel y a las ropas el olor de la muerte, sino que compartía su clima. Por simple ley física, un cuerpo caliente neutraliza su temple en uno frío. Durante años el calor corporal de «Cadavro» había sido sustraído por los durmientes eternos que atendía a diario; ahora él era también un témpano vivo que enfriaba el ambiente a su paso. Una especie de Nosferatu verdoso, de voz ramificada, cavernosa y profunda. Cristófor agradeció que no se encontrara presente ningún cliente en aquellos momentos, pues lo hubiera espantado, quizás para siempre. El individuo, por su parte, se tomó todo el tiempo del mundo para explicar el problema. . —¿Cuánto lleva la señoraVirtuosa viviendo en ese lugar? -lo interrumpió el abogado,apenas pudo hacerse una idea del caso.

«Cadavro» la había llamado «pariente», «una pariente muy cercana y querida». Laurentino coligió que debía tratarse de su progenitora, pero no deseaba prolongar la visita y se abstuvo de entrar en detalles. Con su único brazo metió una doble hoja en el rodillo de la máquina de escribir, insertó en medio el papel carbón y se puso a machacar las teclas en for-

ma frenética. El libelo acabó diciendo que la señora Virtuosa Arenales tenía derecho adquirido de posesión sobre el terreno que ocupaba, por llevar viviendo en él más de quince años continuos. «Numerosos testigos pueden certificarlo. Cualquier acción orientada a despojarla de su legítima propiedad debe estar precedida por una justa indemnización. Esta oficina re­ presentará sus intereses para todo efecto legal, y procederá a reclamar por vía judicial cualquier daño en su contra». Arrancó las hojas del rodillo, las firmó y se las entregó al hombre de la morgue, quien las recibió con manos ansiosas. —Las llevarás en persona a la oficina que ha pasado la carta; en persona, así como escuchas; harás que firmen la copia y que te la devuelvan. Consérvala en tu poder. Aquí me encuentras si continúan el asedio, o proceden de cualquier otra forma.

«Cadavro» agradeció el gesto del abogado con una vacilante sonrisa, al tiempo que preguntaba cuánto debía. Laurentino se limitó a responderle que nada. La devoción filial que había descubierto en aquel ser extraño y marginal había despertado su aprecio. El oficio de despresador era ciertamente un oficio maldito,pero quizá mil veces más digno que el de los abogados. Con la carta del jurista en la mano, el hombre de la morgue se presentó en la oficina que pretendía el desalojo. Su tez lívida, las cejas alzadas, los ojos vivos en las cuencas oscuras, la sifosis prominente que le alzaba los hombros y le hundía la cabeza, pero ante todo el perceptible olor a carroña que emanaba su piel, causaron un susto terrible entre las secretarias. La encar­ gada del procedimiento firmó la copia temblando, al tiempo que se sentía impregnada de una indeleble pestilencia. Tan pronto el visitante salió de la oficina, se levantó y fue corriendo a lavarse las manos, para descubrir, al volver del lavabo, que el papel continuaba sobre la repisa de la baranda. Lo tomó por una de las puntas, como a una rata muerta, distanciándolo cuanto podía de su cuerpo y de su nariz, lo archivó en una carpeta 34

sin nombre que lanzó en el último de los cajones posibles, y corrió a lavarse las manos por segunda vez. Nunca volvió a diligenciarse nada al respecto.

Unos días después, cuando Laurentino Cristófor ya se había olvidado de la visita, el terrorífico asistente del legista lo telefoneó. Reconoció la voz con la misma impresión que le despertaba su presencia cercana. Lo escuchó con marcada atención. El sujeto decía querer hacerlo confidente de cierta iniquidad, de cierta abominable injusticia. El abogado pensó en un primer momento que se trataba de una manera de agrade­ cerle y corresponder sus servicios; pero algo insondable en la voz, algo que parecía el eco lacerante de una herida abierta, le indicó que más bien se trataba de un nuevo pedido de ayuda. Venciendo mil repugnancias, visitó esa misma tarde la mor­ gue. Aquel lugar no sólo lo rechazaba, sino que lo abatía. En una o dos ocasiones había estado adentro y había salido enfermo, la exhumación de un cadáver resultaba menos traumática. Sin saberse el por qué,los ocasionales visitantes buscaban los bancos de cemento donde se depositaban los cuerpos, se apoyaban en ellos y lloraban, antes de desmayarse. Este era el lugar más desolador de Alcandora.

Como lo había sospechado, se trataba de una nueva soli­ citud. El cuerpo sobre la losa correspondía a un ser humilde que en vida había limpiado alcantarillas y recogido basuras en las calles más infelices del puerto, y que al momento de su muerte ganaba la vida arreglando jardines caseros. «Cadavro» suministró todos estos datos mientras el abogado observaba. -¿Por qué crees que lo mataron? —indagó.

-No debía nada a nadie. No tenía capacidad de hacer mal -respondió el abrecadáveres, con fría pero perceptible indig­ nación, apretando los dientes hasta hacerlos crujir. Sin agregar más, acabó de retirar la sábana que cubría los despojos achaparrados y nervudos del occiso. 35

-Sí -aceptó Laurentino, observando lo que emergió bajo el trapo—. Este hombre estaba hecho sólo para el amor.

Un rato después se tomó el trabajo de volver con una cámara prestada, sacar la foto y hacerla revelar. Después se dedicó a emborracharse.

9 Cristian D. Rey, veterano profesional reconocido como la primera autoridad sanitaria del puerto, por haber dirigido durante más de treinta años el Dispensario Central del Orien­ te, publicó tres días después en la misma Diana un llamativo comentario. Uno más de los pequeños artículos que acostum­ braba enviar cada semana, casi siempre referidos a cuestiones sanitarias como el control del zancudo y otros problemas. Pero esta vez sorprendió al público con una declaración salida de todo contexto: ¡No podía creer que el tamaño del miembro viril del occiso aparecido en el diario fuera natural! A conti­ nuación agregó su alegato.

«En mi larga experiencia al frente del más afamado dispen­ sario blenorrágico del Oriente, nunca conocí un caso seme­ jante, pese a que por allí desfilaron toda clase de patologías. Es casi seguro que el hecho reseñado obedezca a una severa lesión traumática, probablemente causada por la rotura de la trama areolar, efecto que pudo ser causado por un aplastamiento seve­ ro del miembro en estado de flaccidez. Cualquiera sea la razón, el hecho debió suceder en vida del occiso. En tal circunstancia, la tumefacción resultante produce un aumento de diez o más veces el volumen regular del órgano. La otra razón posible sería un contagio severo de elefantiasis. Por la costumbre de bañarse en las ciénagas circundantes, esta enfermedad ha sido registrada en algunas ocasiones en nuestra ciudad, ya que las

picaduras de las sanguijuelas pueden inocularla en las partes nobles de los bañistas. De no ser así, estamos en presencia del auténtico y mitológico Priapo, dios de la sexualidad». Laurentino Cristófor leyó el comentario muy en la mañana y sonrió, pensando que el destino no quería dejar las cosas en paz. No tenía medios de mantener vigente un reclamo de jus­ ticia para el pobre ocupante de la losa del anfiteatro, tampoco podía representarlo porque carecía de un poder legal, pero mientras alguien hiciera ruido, por pequeño que fuera, alguna luz podía abrirse. De inmediato buscó en el listín telefónico el número del doctor Rey, ante quien se identificó como abogado en ejercicio apenas el viejo galeno levantó la bocina. -Lo llamo para felicitarlo por la excelente nota del día de hoy, apreciado doctor Rey, y para invitarlo a exponer sus autorizados conceptos ante un grupo de juristas interesados en el caso.

-¿Con quién? ¿Con quién hablo? -interrumpió la cascada voz del otro lado de la línea. Laurentino se identificó como abogado en ejercicio y repitió la invitación. Había supuesto muy bien que al viejo y jubilado galeno le encantaría presentarse nuevamente en público, y así se lo confirmó la siguiente pregunta, formulada en un tono acucioso:

-¿Dónde? ¿Dónde es que debo hablar? —Nos gusta sesionar en la misma cafetería del Palacio de Justicia, apreciado doctor. Allí resulta fácil congregarnos, las reuniones en otros lugares no cuentan con igual concurrencia. Cristian D. Rey terminó por aceptar encantado. Después de treinta años de dispendioso ejercicio, las sombras del retiro tenían mucho de triste. Que de pronto la gente lo tuviera en cuenta restituía su antigua dignidad personal y científica.

Corrió a contarle el suceso a su esposa. 37

10 Finalmente, Salomón Ventura no aguantó más. Se conside­ raba un esposo realizado y feliz, el sexo le había deparado una semana inolvidable, su amada esposa le había correspondido a plenitud; pero se sentía enfermo, demolido, se había puesto amarillo, estaba agotado, tenía cuarenta grados de fiebre y ya no quería ni siquiera pensar en lo que llevaba entre las piernas. Sencillamente lo hallaba inconcebible y horrendo. Liz llegó a la misma conclusión.

—Puede estar pasándote algo —advirtió. Esa mañana acudió a la oficina muy pensativo,Valeria lo notó al rompe y se dijo que algo andaba mal. Lamentó que fuera un día de mucho trabajo, acababa de dejar en su escritorio más de media docena de expedientes. Pobrecillo.

El hombre pareció concentrarse en su diaria labor, pero era sólo una postura aparente. Sencillamente se encontraba abati­ do, sudaba, no podía levantar la cabeza. Acababa de tocarse las ingles y había descubierto dos enormes ganglios inflamados. «Está claro que me he convertido en el supermacho», se dijo sintiendo que la fiebre le cuarteaba los labios. «Ahora tengo cuatro pelotas».

Tramitó una cita médica y fue a someterse a un examen que le resultaba molesto desde todo punto de vista. —No vaya usted a pensar que he visitado una casa de citas, o cosa por el estilo —advirtió en forma terminante al especialista que lo examinó—. Sencillamente se me pegó una inmunda sanguijuela mientras nadaba en la ciénaga. —Es mejor internarlo —instó el médico. —¿Y que media docena de enfermeras se la pasen conmigo de mano en mano? Jamás! No regresó a la oficina en todo el resto de la semana. Le 38

habían prescrito inmovilidad absoluta y altas dosis de penicilina, padecía nada menos que de un singular contagio de elefan­ tiasis. Al embate de esta locura alcanzó a convertirse en la más extravagante criatura del universo. Con lo único que podía compararse, y que pudo compararlo Liz, era con las fotos del cadáver que La Diana continuaba publicando todos los días.

Por fortuna, su organismo vigoroso y saludable respondió al tratamiento. Dos o tres días bastaron para que se desinfla­ mara y recuperara sus exactas proporciones. Liz se alegró del regreso a la normalidad. -Todo en este lugar termina por convertirse en una pesa­ dilla -concluyó en tono apenado.

11 Era un hombre delgado, ligero, sin peso, de apenas mediana estatura, nariz aguileña, amarilla y descarnada en el filo;blanco bigote, anteojos plateados, traje de fino bastante amarillo a causa de las muchas planchadas; zapatos de lona, bastón con empuñadura dorada, una configuración elegante y fuera de tiempo. La gente de Alcandora se había vestido así cincuenta años atrás. Laurentino Cristófor temió que su presencia re­ sultara demasiado arcaica, los médicos de ahora vestían de paisanos y caminaban en mangas de camisa. Pero sus temores no prosperaron.Aquella tarde, los abogados aguardaban ansiosos cualquier cosa al respecto.

-¿Es cierto, apreciado doctor Rey, que alguien pueda tener tan fuerte el miembro viril como para levantarse en él? -pre­ guntó casi de entrada el abogado Bermúdez, a quien lo había dejado muy impresionado la historia de la barrendera Eloísa sobre el malabarista Mijangos. El viejo médico vaciló, corno al embate de un golpe inesperado. La pregunta parecía rebotarle adentro, movía la cabeza a lado y lado. Finalmente dijo: 39

-Es tan fuerte el tallo fibroso del órgano sexual masculino en tiempos juveniles, que en estado de erección efectivamente podría soportar, sin romperse, todo el peso del cuerpo. Que alguien haya logrado levantarse sobre él es cosa que desconozco. No se me ocurre cómo podría hacerlo. Creo que sobrevendría una catástrofe.

-Hablemos de esa lesión, por favor -rogó Laurentino, en tono académico. -Se trata de un trauma extremadamente doloroso. La rotura de la trama areolar suele ocurrir en estado de erección coital, a causa de un yerro causado por un movimiento excesivamente brusco y desaforado. La hinchazón es violenta y puede tomar varias semanas en rescindir. Tuve varios pacientes afectados por ese grave accidente. Si mal no recuerdo, uno de ellos fue el doctor Céspedes Acuña, colega de todos ustedes. Céspedes Acuña, Céspedes Acuña, Céspedes Acuña, todos intentaban recordar. El galeno se refería a un experto litigan­ te de tal vez dos o tres décadas atrás, que sólo en forma muy ocasional se dejaba ver en la cafetería del Palacio. Los ojos se iluminaron de aviesa picardía. Los comentarios y las risas llenaron el recinto.

-Yo sí he notado al pobre doctor Céspedes Acuña caminar muy morrongo —comentó uno de los presentes. Laurentino Cristófor se estallaba de risa.

-La armazón del cuerpo cavernoso del pene, consistente en una cubierta fibrosa de unos dos centímetros de espesor, asume una gran rigidez en estado de erección. Una leve za­ fada, un golpe inesperado, una manipulación brusca, pueden romperla. Aquí las putas bravas acostumbraban romperle la verga al caballero que las sacaba de quicio. Lo hacían como rompiendo un leño. Otras los mordían, atendí muchos casos -prosiguió el viejo galeno, que se había elevado al nivel del debate académico. 40

-¿Alguien en particular que usted recuerde? —preguntó muy ladino el abogado Morales. -No recuerdo a nadie en particular. Este puerto fue un campamento de obreros y putas. Un buen porcentaje de va­ rones debe ostentar esas cicatrices.

A continuación, deseoso de complementar sus afirmacio­ nes, refirió una escena familiar: -En mi barrio, cuando llegué aquí, éramos Marta y yo. El resto eran unas trescientas mujeres. Las había de todas las procedencias, peruanas, venezolanas, panameñas, chocoanas, antioqueñas, mompoxinas. Acompañaban a mi mujer al mercado, iban a misa, se hacían largas visitas, tejían, imaginen ustedes a las personas más decentes, sociables y colaboradoras del mun­ do. Pero el sábado después del mediodía, provenientes de los campamentos donde habían pasado la semana, empezaban a llegar los obreros. Las trescientas se emperifollaban y asumían su verdadera condición a partir de las dos de la tarde. Marta y yo permanecíamos solos, aferrados de la mano en el corredor, escuchando la refriega y el bochinche, mientras me llegaba la hora de correr al dispensario, a coser heridas y a desintoxicar borrachos. El lunes por la mañana desaparecían los obreros, ellas regresaban a sus casas, dormían hasta el atardecer y se le­ vantaban como si nada hubiera ocurrido, otra vez convertidas en las señoras más santas y decentes que nadie puede imaginar. Este era otro planeta. El abogado Angarita formuló una pregunta alrededor de un caso que había representado en cierta ocasión: -Hace algunos años apoderé a un muchacho que ultimó a una damisela que le sopló el pene. Declaró haber cometido su crimen por considerar que el intento de la mujer iba di­ rigido a causarle la muerte. ¿Qué tiene eso de cierto, doctor Cristian Rey?

El viejo médico vaciló otra vez, como si en lugar de ocupar una mesa recibiera embates en un ring de boxeo. 41

-Es también una práctica común en los lupanares -aca­ bó por responder-. Existe la creencia maliciosa de que a un hombre pueden matarlo de esa manera, al amparo del felatio. Que yo conozca, esta clase de lesión no existe en ningún tratado de medicina legal, ni de traumatología. Los conductos seminales de un hombre en estado de excitación están llenos de fluidos efervescentes. Retrotraerlos mediante un soplo, por enérgico que éste sea, equivale a devolver una bala soplando por la boca de un fusil.

—¿Ni siquiera una hinchazón de pelotas? —comentó por lo bajo el abogado Lacio. Era casi imposible contener el estallido de risa.Algunos de los presentes literalmente se retorcían en sus sillas. -Asevera usted, en su autorizado artículo, doctor Cristian Rey, que el tamaño viril del occiso José Bonifacio no puede ser natural, sino producto de una severa lesión -cortó Laurentino, tratando de contener la explosiva hilaridad que amenazaba la conferencia-. Me gustaría que tratara de explicarse.

—Eso es lo que pienso, nunca antes conocí dimensiones semejantes. Pero sería necesario examinarlo muy de cerca, porque lo único que he visto es la fotografía de La Diana, lo cual no es materia confiable. La idea es que puede tratarse del castigo de un delito sexual. En ocasiones, los adúlteros y los violadores terminan castrados, o por los menos severamente apaleados.

—Esa es mi teoría —intervino el abogado Valenzuela, que se daba aires de magistrado en el caminar y el actuar, y había permanecido callado hasta entonces-. Se trata del castigo de un delito sexual. El sujeto abusó de algún menor y fue dado de baja. Esa es la norma aquí, y en muchas otras partes. —Ya no se castra a la gente, nos hemos vuelto un país ci­ vilizado -refutó el abogado Lacio—. Tampoco se le aplasta el órgano sexual a nadie. 42

-¿Asevera usted que esta ejecución, llevada a cabo con die­ cisiete disparos y un sinnúmero de garrotazos sobre el miembro viril de un pobre infeliz, constituye un acto civilizado? -in­ terpeló a su vez el abogado Enriquez, en abierto tono burlón. La discusión se fue por allí, el doctor Cristian D. Rey a duras penas pudo exponer uno o dos conceptos adicionales. En determinado momento, se levantó de la mesa. -Espero, señores, que mis aclaraciones hayan sido útiles declaró con la insegura dignidad de una sonrisa agridulce. Una salva de aplausos lo despidió. Cristófor aprovechó aquel momento de máximo desorden para levantarse y acom­ pañarlo hasta la entrada del Palacio.

-Solo existe una manera de despejar la duda -le fue di­ ciendo mientras avanzaban por los corredores, tomándolo del brazo-: Que usted examine personalmente el cadáver. —Eso sería lo ideal, me gustaría hacerlo, pero acuérdese que estoy retirado, y no cuento con autorización legal -argumentó el viejo médico, dando muestras de un decidido entusiasmo. -Si aguardamos una autorización legal, tendríamos que interponer un pleito y esperar hasta la eternidad. Para ese en­ tonces estaremos muertos -declaró Laurentino-. En cambio, un taxi puede llevarnos de aquí a la morgue en solo quince minutos.

El doctor Rey se detuvo a mirarlo, gratamente sorprendido. -¿Puede usted...?

-¡Por supuesto que puedo!

Se dejó llevar como si se tratara de una pilatuna infantil.

12 Media hora después se apearon ante el portón de la escueta bodega donde funcionaba el anfiteatro. «Cadavro» abrió y les 43

dio paso con una leve inclinación de cabeza. Desfilaron entre las losas donde descansaban numerosos cuerpos azulencos, Laurentino evitaba mirar. El olor a formol y a descomposición contenida era tan fuerte como una barrera física, pero el viejo médico no se inmutaba: las blenorragias que había diagnostica­ do durante toda su vida le habían curado la nariz para siempre. El cadáver de José Bonifacio medía a lo sumo uno con cin­ cuenta. Era de contextura casi ovalada, absolutamente maciza. El aspecto mongoloide de su cara resaltaba en la penumbra. De los labios gruesos y un poco retraídos asomaban unos dientes grandes, cuadrados, uno de ellos partido, y un trozo de lengua. La frente abombada estaba rota en el centro por un enorme agujero. «Cadavro», con singular devoción, lo había mantenido cubierto con la sábana blanca de la cintura para abajo. —Descúbralo, quiero verlo —ordenó el galeno.

El lóbrego auxiliar retiró el trapo, Cristian D. Rey se inclinó con científica curiosidad, cambiando sus anteojos por un nuevo par extraído del bolsillo de la chaqueta de lino. Al comienzo su cara no denotó ningún tipo de sorpresa, pero a medida que apreciaba los detalles fue cambiando en manera notoria. —¡Mondiú! -exclamó—. Es un órgano completamente sano. Parece un injerto de burro. Laurentino no pudo evitar que una sonrisa asomara en sus labios. Sus ojos chocaron con los de «Cadavro», que seguía el ritual grave y mudo. La severidad de ese rostro condenaba escuetamente el sacrilegio de la risa.

Otra vez la sensación de frío, adentro hacía frío, aunque no existiera ninguna instalación de aire acondicionado. Un leve crepitar venía de algún lado, en alguna parte algo se achi­ charraba lentamente. Una pequeña llama azulada alcanzaba a traslucirse a través de una cortina de plástico. El ayudante de la morgue cocinaba su almuerzo, o cosa parecida, el olor a grasa derretida resultaba insufrible. 44

-Aquí no existe lesión ninguna -declaró formalmente el doctor Cristian Rey, levantando la cabeza-. Nunca vi un falo de tamaño semejante, es más, ni siquiera lo imaginé. Ahora puedo decir que lo he visto todo. Comenzó a examinar otras partes del cuerpo: los hombros, los brazos, las manos, las muñecas.

-Me sorprenden aún más estas manos -dijo de pronto-. Aquí hay una cantidad impresionante de oficios. Este hombre ha sido en vida ladrillero, entejador, enfardador y mil cosas más. Se hizo a un lado y tomó a «Cadavro» de la mano, para explicarle con paciencia los secretos de las callosidades.

-Fíjate que era zurdo -le dijo—. El que hace ladriDos de­ sarrolla este callo entre el pulgar y el índice de la mano que utiliza, por el cuchillo con que se raspan y emparejan los la­ drillos. El entejador tiene callosidades gruesas e irregulares en ambas manos, y se le pelan las yemas de los dedos, como en este caso. Al enfardador, la cabuya con que cose los fardos le encallece el borde cubital de la mano con que tira. Toca aquí, ¿puedes sentirlo? Este pobre muchacho era una muía de carga. Laurentino tomó al viejo médico por el brazo, para invi­ tarlo a salir.

-Es suficiente -susurró—. Ningún criterio puede ser más autorizado que el suyo. Necesitaba escapar con urgencia de aquel horrendo lugar, de permanecer adentro un minuto más, el estómago le daría un vuelco. Acababa de hacerse una idea muy clara de lo po­ día estar crepitando sobre el fuego del hornillo oculto tras la cortina de plástico.

Se decía, acababa de recordarlo, que «Cadavro» vendía grasa derretida de cadáver; excelente para el tratamiento de toda clase de dolencias e hinchazones reumáticas. En Alcandora abundaba el reumatismo. 45

13 Tener el caso de José Bonifacio en las manos no le agra­ dó para nada a Salomón Ventura. Observar las fotografías del occiso adjuntas al expediente le causaba a la vez repugnancia y temor. Por unos instantes llegó a pensar que aquel muerto infeliz había querido reencarnar en él, apoderarse de su cuerpo, brotar en su piel. Se veía a sí mismo, hinchado y elefantiásico, tirado en una bandeja,a consideración del público. ¡Dios mío!, exclamaba, sin saber todavía que el caso había sido apodado precisamente «Mondiú».

Sin embargo, haber salido airoso de su breve y penosa enfer­ medad le había despejado la mente, y esto le inspiró desde un primer momento una corazonada feliz al respecto. Algo le dijo que la calidad de las armas utilizadas en la ejecución arrojaba un indicio: José Bonifacio había sido ultimado por gente de cierta categoría social. Se lo corroboraba también el lugar del hallazgo del cadáver, a la entrada del barrio La Luisa, un vividero de ricos. Del cuerpo del occiso habían sido extraídas cinco clases distintas de proyectiles. Aunque no existía aún el respectivo informe de balística, que no vendría antes de tres o cuatro semanas desde Mayolis, un conocedor de oficio como el ins­ pector Mondragón los clasificó fácilmente. Correspondían a revólveres y pistolas de marcas prestigiosas, caras y escasas en el puerto. Por la ubicación de los impactos, era fácil concluir que el desgraciado había alcanzado a correr. Tenía perfora­ ciones en la espalda, las piernas, los glúteos, los riñones y las palmas de las manos, levantadas a última hora en un instintivo intento de protegerse. No se trataba de tiros certeros, más bien puntería de chapuceros baratos, puntería de principiantes. Sólo un disparo era necesariamente mortal: el de la frente. Le había sido propinado desde muy corta distancia, a manera de tiro de gracia, como lo indicaba el tatuaje de pólvora.

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Este tipo de armas costosas sólo las poseían los hombres de las fuerzas oficiales y algunas personas importantes de Al­ candora, pero los primeros no las utilizaban nunca en accio­ nes fuera de servicio. Cuando un detective, u otro agente del orden, llevaba a cabo una ejecución sumaria, hacía uso de un arma barata, incautada durante una requisa, para deshacerse inmediatamente de ella y evitar que sirviera de prueba. La pena de muerte, aplicada sin miramientos ni cortapisas por todas las instituciones armadas, ya fueran legales o ilegales, estaba expresamente prohibida en la Constitución nacional.

Tampoco resultaba lógico atribuir el crimen a los escua­ drones de limpieza. Estos daban de baja a vagabundos, homo­ sexuales y viciosos callejeros, y por lo general operaban en razias. Tres, cinco, siete ultimados en una sola noche; nunca, o casi nunca, un solo individuo. José Bonifacio no presentaba el perfil de las personas que estos grupos suprimían. No era un vagabundo propiamente dicho, tampoco un drogadicto, se le consideraba un ser útil a la sociedad, que se sepa no estorbaba ni molestaba a nadie. El inspector Mondragón suministró al titular de la Fiscalía Tercera Delegada una lista completa de las personas particula­ res del puerto que poseían armas legalmente amparadas. Eran en total ciento treinta y siete individuos. Se trataba de toda suerte de profesionales independientes: médicos, abogados y comerciantes, así como directivos de la petrolera, personas ca­ lificadas y responsables que con absoluta seguridad no harían uso de ellas para otra cosa que ejercer un legítimo derecho de defensa. Sin embargo, algunas de estas armas correspondían a los proyectiles encontrados en el cuerpo de José Bonifacio: pistola Colt, Walter PPK, Beretta, revólver Smith&Wesson, Magnum incluso. -¿Hay bala de Magnum entre los proyectiles extraídos del cuerpo? -inquirió al inspector Mondragón. 47

-Sí. Hay por lo menos una. -Ahí está uno de los homicidas. Veamos a quién corres­ ponde el registro.

Sólo existían cuatro Magnum amparados en toda Alcan­ dora. Uno estaba en manos del vicepresidente financiero de la petrolera, doctor Alfredo Albarracín Lucas, otro en manos del juez Evangelista Tirado, un tercero en poder de Libardo Bustillo, gerente del Banco de Oriente. El último lo tenía una señora, la dueña de un burdel: Matilde Sagalejo.

—Le entregaré a usted una orden para que requise tem­ poralmente esas armas. Las toma, las dispara y lleva a cabo el estudio del rayado de los proyectiles. Uno de los cuatro ha de coincidir con la bala de José Bonifacio. El inspector Mondragón entrechocó los tacones de sus botas, en señal de obediencia. —Vas a proceder con supremo cuidado —reiteró Salomón Ventura al poco cuidadoso investigador-. Esta es gente impor­ tante, cualquier exceso de autoridad, cualquier procedimien­ to desmedido, la más leve metida de pata, hará llover sobre nuestras cabezas rayos y centellas. Manténgame informado en todo momento.

El inspector Mondragón entrechocó una vez más los ta­ cones. La corazonada podía ser feliz, pero al fiscal Ventura no le agradaba el caso. Si el homicida provenía de las capas altas, las cosas acabarían complicándose; además, no se trataba de un homicida, sino de varios. Gente bien, en plural, mala cosa.

Leyó, sin caer en cuenta del elocuente dato que contenía, la nota que el secretario ad hoc insertaba siempre en las actas de levantamiento. Anaximandro Poveda, advertido en forma terminante por el mismo Salomón Ventura de que esta superchería literaria no podía hacer parte de los legajos judiciales, había procedido esta 48

vez con extrema cautela, limitándose a dejar, como por olvido, una hoja suelta de cuaderno entre los folios de la diligencia. El fiscal la repasó distraído, sopesando si había falta disciplinaria en ello. Debido a esto no meditó en el extraño juego literario del funcionario, que era todo lirismo: Sobre el jardín, traspasa­ do por todas las espinas, el jardinero ha caído. Demasiadas espinas furiosas, que regaron su sangre en el suelo. Las raíces de las flores la bebieron ávidamente,para nutrirse por última vez. Debieron hallarla más dulce que nunca. Fuiste muy generoso con nosotras, dijeron, no podemos pedirte nada más. En agradecimiento, los girasoles se han tendido sobre la acera mojada. Es triste decirlo, pero en Alcandora hasta cuidar los jardines de las señoras terminó siendo mortal.

—¡Loco de mierda! -exclamó por lo bajo, cuidándose que Valeria no Riera a escucharlo.

14 Hubiera querido referirle el caso a Liz, sus relaciones con­ yugales mejoraban de manera ostensible. Ella había logrado adaptarse de manera sorprendente al clima de Alcandora, se sobreponía al suplicio del calor, a la humedad agobiante, a los mosquitos ruidosos. Un ropero nuevo, muy sport, parecíá defenderla del medio y acentuaba en su piel y en sus rasgos una juventud que se obstinaba en no ceder al paso de los años. Cada que se miraba al espejo parecía más lozana. Había hecho cortar su cabello a la altura de la nuca, ese rubio cabello sedoso que entrapaban las violentas vaharadas ardientes del puerto. A Salomón Ventura no le gustó en un comienzo esta nueva ima­ gen de su esposa, que a su manera de verle quitaba madurez, pero se guardó de expresarlo. No quería contradecirla en nada. El cabello corto le infundía cierto aire de muñeca traviesa al bailar en su nuca. La natación y el tenis, deportes a los que se había aficionado y podía practicar a diario en las instalaciones 4Q

del mejor hotel del puerto, afirmaban y torneaban su cuerpo, esplendorosamente trigueño. Salomón Ventura se relajaba en su presencia, aunque no le gustaba el cabello. Es demasiado coqueto, pensaba.

Después de la elefantiasis, la frecuencia sexual del matri­ monio había vuelto a la normalidad. La exacerbación debida a la crisis trajo un gran beneficio, y fue permitir que las viejas disparidades del pasado quedaran definitivamente superadas. Salomón Ventura volvió a ser un hombre contento, su desem­ peño laboral continuaba en ascenso. Valeria certificó en silencio el fenómeno. Observando el semblante rejuvenecido de su jefe, escuchando el incesante cuchicheo de las llamadas telefónicas entre él y su esposa, pero ante todo confirmando la productividad en alza del insoborna­ ble fiscal, le resultaba imperioso admitir que esta segunda fase de su matrimonio mejoraba la primera. Se resignó, sin tener conciencia de su propia derrota. Liz de Ventura era la dueña del campo, ella una simple auxiliar.

Sin notarlo, como si de la noche a la mañana toda resis­ tencia hubiera cesado, las flores de la oficina volvieron a tener colores vivos y brillantes. Un día reaparecieron las heliconias y las espiguillas de lavanda, siempre tan escasas. Los colores tam­ bién volvieron a su rostro, pálido desde hacía mucho tiempo. En el fondo, era tan respetuosa de la ley como el propio fiscal.

¡o

CAPÍTULO SEGUNDO

Música de temporada

1 Frutas de temporada y música de temporada, la lambada había hecho irrupción en el puerto. Se bailaba en las calles, en los bares, en los aposentos, en el interior de los buses, en las cocinas, en las covachas del embarcadero donde colonos famé­ licos y pescadores de paso se embriagaban con rameras baratas; se bailaba en el club de los altos ejecutivos de la petrolera, se bailaba en cualquier lugar del pequeño mundo. Para esta música contagiosa no existían barreras sociales, ella homogenizaba las diferencias de clase. Los alcandoreños, hombres y mujeres por igual, parecían naturalmente adaptados a los movimientos sen­ suales que implicaba su ritmo. Bailaban los niños y los viejos. Era un renacer de la vida, del deseo y del sexo. En Mayolis, donde la onda pecaminosa de la lambada también pretendió instaurarse sin distinción de categorías sociales, el obispo de la diócesis le salió al paso y la contuvo con un enérgico gesto. Las mujeres de bien fueron llamadas al orden: aquel era un baile de putas, el escándalo refluyó. Pero en Alcandora no existían estos diques morales. El baile de la lambada era lo que la gente aguardaba desde hacía mucho tiempo; un nuevo grito de libertad, la herejía capaz de desa­ fiar el calor, la humedad pegajosa, el abandono y la estulticia reinantes. La nueva música no encontró aduanas de ninguna clase, su reinado no fue rechazado por nadie.

Salvo por Liz de Ventura. El ritmo de la lambada la envolvió al doblar una esquina y cruzar ante la puerta de la casa de un empleado de la petrolera, entornada de par en par. Las rítmicas sacudidas que brotaban del equipo de sonido encendido a todo volumen le golpearon el rostro, como los guantes de un boxeador iracundo. Un es­ tremecimiento enfermizo la afectó de inmediato, una especie de dengue infeccioso. Huyó buscando refugio en el piso de 5-2

Los Altos del Convento, donde se dedicó con intensidad febril a trabajar en su monografía. Esa tarde, al regresar del trabajo, su esposo la encontró escuchando a Wagner a todo volumen. El histórico momento cultural de Alcandora en manos de la lambada coincidió con la aparición de un segundo artículo del doctor Cristian D. Rey acerca del «Caso Mondiú». Lo había empezado a escribir la tarde misma en que volvió de la morgue, maravillado por el descubrimiento de que el falo de José Bonifacio era una pieza sana que no presentaba traumas de ninguna especie, un simple y llano producto de la naturaleza. Sin recurrir a explicaciones científicas, porque no las había, ni gozar del recurso del humor, porque era un hombre seco y metódico, se vio obligado a dar la noticia recurriendo a la precaria teoría de las compensaciones biológicas. «Sólo la misteriosa ley de las compensaciones biológicas nos permite explicar el prodigio.José Bonifacio, eso lo sabe­ mos todos, era un retrasado mental, un joven mongoloide, probable hijo de apareamientos incestuosos, tan frecuentes en los ambientes deprimidos de las riberas del río, donde reina la promiscuidad más vulgar. Se cree desde tiempos remotos que la naturaleza compensa en el hombre determinadas carencias: por ejemplo, las personas bajas pueden llegar a ser más corpu­ lentas y fuertes que el común de la especie; los ciegos gozan de una especial agudeza auditiva; los sordos tienen la cabeza llena de grandes orquestaciones y tumultos, como ocurría con el mismo Beethoven. En José Bonifacio, debido a su corto inte­ lecto, tenían que primar las ventajas del bruto, ello le ha dado a Alcandora una categoría indudablemente mundial. Cuando se lleve a cabo una estadística global, cuando alguien se inte­ rese por este tipo de curiosidades, llegará a descubrirse que la verdadera cuna del dios Priapo fue esta calurosa y desordenada ciudad, y no las escalinatas de los templos helénicos. Como Grecia, nuestro pueblo podría vivir del turismo». 53

El escrito causó apenas una gracia ligera entre los litigantes, que habían empezado a desentenderse del asunto. Luego de su sensacionalismo inaugural, el «Caso Mondiú» nunca dio muestras de progresar en la escala del escándalo, en parte de­ bido al hermetismo que el fiscal Ventura supo infundirle a las investigaciones. Laurentino Cristófor lo lamentó de verdad. La monotonía amenazaba de nuevo con adueñarse del mundo; no se contaban chistes nuevos, los delitos verdaderamente espe­ luznantes estaban en mengua. Estas ocurrencias coincidían con una temporada de baja criminalidad en el puerto. Fue entonces cuando el joven abogado Luis Carlos Benjumea decidió sacri­ ficar la intimidad de su familia en aras de la felicidad pública, y puso sobre la mesa las históricas cartas de su tía Beatriz.

2 Benjumea era un joven litigante de bajo perfil, excesiva­ mente tímido y silencioso, incapaz de contar ni siquiera un mal chiste; pero todas estas desventajas las remediaba su con­ dición de buen amigo y de furibundo fanático de las rondas en la cafetería del Palacio, donde reía hasta enfermar. Cuando el silencio volvió a reinar en las mesas, cuando el brillo de los rostros aburridos se reflejó en los pocilios de café, cuando la alegría estuvo muerta como para nunca más renacer, se acercó a Laurentino Cristófor y le habló de las cartas. -Las cartas de mi tía Beatriz, que en paz descanse, las en­ contramos en un joyerito hace apenas seis meses, tan pronto murió. Me acordé de ellas la semana pasada, cuando el doctor Cristian D. Rey habló del accidente del doctor Gregorio Céspedes Acuña.

-¿Hablas del tipo aquel que se rompió el palo? -preguntó Laurentino, con el interés de alguien que percibe una buena señal en medio del sopor que lo agobia. 54

-Del mismo, exactamente. Durante muchos años fue el amante secreto de mi tía Beatriz. Un hombre casado. Ella no se casó nunca, tal vez porque no pudo olvidarlo. -Déjame verlas. Se trataba de tres simples hojas de papel esquela escritas a mano, muy plisadas por el tiempo y ya bastante quebradizas. Laurentino Cristófor las leyó con la voracidad de un chacal que se echa un pollo entero a la boca. -Esto es increíble -explosionó-. Esto amerita una sesión especial.Vamos a convocarla de inmediato.

Redactó una nota en buena caligrafía y la puso a circu­ lar entre los litigantes. «El doctor Gregorio Céspedes Acuña tendrá el gusto de referirnos personalmente su delicado ac­ cidente, cogido en una cama muy, pero muy briosa. Valor de la silla: la cuarta parte de una botella de brandy. Hora y lugar de costumbre». Se recogió lo de tres botellas de brandy, que el administrador de la cafetería recibió en forma discreta, e hizo circular en pequeñas porciones disfrazadas como pocilios de cafe. En el silencio de las tres de la tarde, cuando todas las oficinas del edificio se hallaban hundidas en la modorra de su diaria rutina, se inició la lectura.

—Sin lugar a dudas, señores, nos encontramos ante una gran pieza documental: el chisme más importante en la historia de Alcandora -proclamó Cristófor al abrir la sesión-. Hemos de darle un título a esta obra maestra, y aquí mismo propongo llamarla: «Fidedigna y curiosa relación de la forma como al tacar una de sus más eximias carambolas, rompióse el taco un célebre abogado y experto billarista».

Nadie, entre los concurrentes, tenía noticia de aquellos papeles, que de inmediato adquirieron un valor incalculable. Los abogados acercaron las sillas como si se tratara de la aper­ tura de un testamento que los declaraba albaceas universales de una cuantiosa fortuna. 55

-Carta primera, abro comillas: «Diciembre 8 de 1959.Ado­ rada Beatriz: Deja ya de reprocharte, tú no tienes la culpa de nada, cualquiera otra mujer hubiera procedido de igual forma a como lo hiciste tú, por muy valiente que fuera. En momentos así las personas pierden el control.Yo también me asusté muchí­ simo, antes de perder el sentido. El doctor Cristian D. Rey me ha dicho que efectivamente sufrí un síncope a causa del dolor, que es lo que por regla general ocurre en estos casos. Sólo es culpa del amor, vida mía, de la llegada de diciembre, del fin de esta década maldita que ha sido tan nefasta, del anuncio de la Navidad, que nos llena de energía y emoción. Nuestro amor es divino,pero nos excedemos un poco. Estaba yo contemplando tu espalda sudorosa, me reflejaba en ella como en el espejo de Adonis, recorría el mundo en el corcel de la gloria aferrado a tus nalgas, las estrellaba contra mí como un loco que se azota contra el mundo, cuando vino ese mal movimiento. Todo se debió a un mal movimiento, linda mía, cosa de un milímetro o dos, acaso hasta menos. De lo único que no puedo dejar de acordarme es del ruido. Un ruido como el de un listón de madera que se rompe. Cuando escuché ese ruido supe que había ocurrido algo terrible, porque con el chasquido me llegó al cerebro el dolor penetrante. No te puedes imaginar cuántas cosas alcancé a pensar en un breve segundo. El doctor Cristian me ha dicho que el tejido se rompió en el momento de máxima tensión, estalló y se fracturó como una rama seca. La hincha­ zón es horrible, vidita, a duras penas puedo moverme, me han colocado una sonda. Para disimular, el doctor Cristian enyesó toda mi pierna derecha y me la ha colgado de un gancho.Josefa cree que sufrí un accidente automovilístico con complicaciones internas. De todas maneras, en las próximas semanas no puedo hacer otra cosa que permanecer absolutamente inmóvil. Un mal pensamiento sería mortal.Te devuelvo tu carta, porque quiero que seas tú quien la guarde, volveremos a leerla después, cuando estemos juntos de nuevo. Ojalá sea muy pronto. Tu Gregorio». 5

Ninguno de los litigantes dijo una palabra ni se movió de su sitio, parecían haber caído en un trance hipnótico. Hacía un calor infernal. Aun así, el círculo de las sillas no aflojó un milímetro su estrechez. -Me gustaría explicar algo -intervino el joven abogado Benjumea, que por primera vez se mostraba capaz de tomar la palabra en uno de aquellos cenáculos-. Las cartas fueron encon­ tradas en el fondo falso de un joyero de madera con esquinas doradas, que mi tía mantenía en el tocador. Allí estaban junto con otras más, pero sólo aquellas interesan. Gregorio Céspe­ des Acuña fúe su amante de toda la vida, aunque sólo parece haber llegado a ella por un impulso morboso. Dicen que era un sujeto insaciable. La persona que me entregó las cartas, mi tío Federico, lo conoció en sus mejores tiempos. Asegura que por sus manos pasaron todas las mujeres de Alcandora, tanto las residenciadas aquí como las venidas de afuera. Por último, acabó persiguiendo a las cojas. Mi tía no era propiamente hermosa, pero era coja, bien coja. A Céspedes Acuña le había llegado la versión de que los particulares movimientos de las cojas aumentan el encanto y la irrigación de su pelvis, cosa que les concede especiales atributos. Por eso la tomó como amante. El día del accidente, ocurrido en un hotel del centro, mi tía huyó a todo correr, creyéndolo muerto. La carta que sigue fue la primera de la serie.

En medio de un silencio tan absoluto que podía escucharse con claridad el batir de las cucharitas en los pocilios, donde el administrador de la cafetería acostumbraba verter un poco de cafe para disimular el aroma del brandy, Laurentino Cristófor dio lectura a la epístola de la coja. «Gregorio,ángel mío, debes perdonarme, he sido cruel y miserable contigo: te abandoné en el piso de aquel cuarto, inerte y desnudo. Creí que habías muerto, lo juro por Dios. Cuando pusiste los ojos en blanco y te derrumbaste de esa 57

manera tan trágica, pensé que habías sufrido un infarto ful­ minante. Intenté revivirte, apoyé mis rodillas en tu pecho, te sacudí cuanto pude, pero no conseguí traerte de vuelta. Entonces entré en pánico. Recordé que eras un hombre casado; pensé que me echarían la culpa de tu muerte. No supe qué hacer, sólo vestirme y correr escaleras abajo fin­ giendo tranquilidad; decirle al recepcionista que el doctor se había quedado dormido, que no lo molestaran, y después volver a casa y permanecer aquí, llorando toda la noche, a la espera de que la policía viniera a detenerme. ¡Qué noche tan horrible! Como no ocurrió nada, muy en la mañana he salido a comprar ese inmundo libelo de La Diana, espe­ rando contemplar tu cuerpo tendido en el suelo. Mi única esperanza era que ojalá te cubriera la camisa que alcancé a echarte encima, que no aparecieras en la morbosa desnudez que acostumbran publicar a los muertos de los lupanares. Me extrañó mucho, pero al mismo tiempo me regocijó, que allí no dijeran nada.Ahora he sabido que te encuentras vivo, que sólo sufriste una dolorosa ruptura de tu lindo chupete: ahora soy la mujer más feliz del universo. Pero perdóname, Gregorio, perdóname, dime que me has perdonado, dime que sabes que yo te amaré siempre y envíame uno de tus papelitos, para saber que todavía piensas en mí.Tuya y siem­ pre tuya. Bety».

Ambas cartas circularon entre los concurrentes, que las releyeron y analizaron en silencio, al tiempo que las repasaban con los dedos, como expertos paleógrafos que tuvieran en sus manos algo tan sagrado como los rollos del Mar Muerto, mientras el administrador de la cafetería daba vuelta a la rueda y servía otra ronda de brandy. —Hay lágrimas en el papel —comentó alguien. —¡Qué mujer tan sensible! —¡Toda una Alfonsina Storni! 5»

El abogado Lordüi estudió los rasgos de las respectivas caligrafias con aire de experto grafólogo. Eran casi las cuatro de la tarde, la luz del salón infundía al papel el encanto de un viejo pergamino.

-Esta carta es auténtica; constituye la expresión del senti­ miento más vivo y original, puedo sentirlo. Está escrita con evidente conmoción y dolor. La letra es temblorosa -acotó. El fiscal Salomón Ventura abandonó su oficina hacia las cuatro y quince, más temprano que nunca. Quería encontrarse temprano con Liz para ver una película. Al descender por la escalera del fondo, volvió los ojos hacia el recinto de la cafe­ tería y descubrió el extraño cenáculo de los litigantes, que se le antojó una asamblea de brujos. Nunca había ocurrido que se reunieran a una hora tan tardía, pero era más raro aún que estuvieran en silencio. En apariencia, estudiaban un documento. Aquel concibo tenía aire de conspiración. Los litigantes no re pararon en él. La escena se le borró de la mente unos segundos después, sustituida por la expectativa de su encuentro con Liz. -Que se dé lectura al tercer folio. -Antes, ona ronda de almíbar.

«Preciosa Beatriz: Estoy libre por fin. Ayer me quitaron los yesos, la hinchazón ya había desaparecido desde unos días antes. Lo mejor de todo es la receta del doctor Cristian. Me dice que volvamos a hacerlo. Con calma, con mucho tino y cuidado, evitando cualquier brusquedad, pero que volvamos a hacerlo. Está seguro que no ha quedado ninguna secuela.Yo estoy seguro de lo mismo. ¿Qué te parece a las seis y media, en el Trevis? Es mejor salir de dudas de una vez por todas. Gregorio». -¡Todo un tratado de amor! -exclamó el abogado Cifuen­ tes, el más viejo del grupo, alzando los ojos al cielo-. ¡Esas cartas son todo un tratado de amor!

Y entonces, como para darle un remate magistral a la fiesta, 59

alguien soltó la ocurrencia que parece haber desencadenado la locura que se instauró durante los siguientes días en el puerto. -Estamos en mora de que en Alcandora se funde un museo, un verdadero museo. Las cartas de amor de la tía Beatriz y el tío Gregorio, el brazo momificado de Laurentino Cristófor, el pene embalsamado de José Bonifacio. Ya tenemos muchas cosas importantes para hacernos valer ante el mundo. Laurentino Cristófor esgrimió su brazo atrofiado por el polio y amenazó con descargarlo sobre la cara del proponente.

—Será sólo después que hayas muerto —aclaró éste, tratando de defenderse.

3 Haya surgido o no la idea de allí, lo cierto fue que dos días después ocurrió el sacrilegio: el cuerpo dejóse Bonifacio, que aún permanecía en la morgue preservado en baños de formol, fue despojado en forma drástica, violenta e inclemente de sus genitales. En su lugar quedó un hueco grande y oscuro, como el orificio de una bala de cañón, con seguridad practicado por alguien que sabía usar muy bien el escalpelo, o el cuchillo de destazar: un carnicero, o un hábil cirujano. Cuando La Diana de Alcandora difundió la noticia, la gente no salía de la admiración, y no encontraba la manera exacta de expresarse. Nadie entendía a ciencia cierta si debían lamentarlo o celebrarlo. Las opiniones estaban confundidas, las conciencias también. Por todas partes se hablaba en voz alta, se murmuraba, se reñía. Aleuitias Botero supo moverse con celeridad por distintos lugares y logró captar más de una centena de comentarios y expresiones castizas utilizadas por la gente en sus discusiones. En sintonía con ello, elaboró y publi­ có por entregas un pequeño diccionario, que agradó mucho a los lectores y aumentó sustancialmente las ventas del diario. 6o

Según su atrevido divertimento, el público había denomi­ nado las partes desaparecidas del ahora célebre José Bonifacio con más o menos los siguientes “superlativos”: Ariete, as de bastos (esta expresión se escuchó en las salas de juego), boa, brazo de santo (al parecer expresión de beata), brazo de perro muerto, brazo de perro envenenado (usadas en las veterinarias), brocha, cachiporra, cirio pascual (también expresión de iglesia), chafarote, choclo (tal vez por mazorca), chorizo, desnucasapos, «el sin orejas», escopeta,ferro, garrote, herramienta, lanza, longaniza, macana, mangual, manguera, matraca (igualmente expresión de iglesia), máuser (escuchada en el cuartel del regimiento), mazo, moco de elefante, monda (como degeneración de mondiú), morcilla, mos­ quete, obispo, padre, palanca, palo, paquete, patecabra, penca, pescuezo, plátano, porra, racimo, riel, sable, salchichón, trabuco, tracamandanga, tranca, trola, vastago, verga, vergón, viga, yuca y zambomba.

Cualquiera que fuese la palabra usada,José Bonifacio se fue a la tumba sin ello. En el pandemonium del suceso, el verdadero crimen en sí dejó de importar. La vida de José Bonifacio no tenía valor, lo que tenía valor era el símbolo que representaba, sublimado por el hecho de la amputación. Laurentino Cristófor ensayó diversas teorías. A) «Cadavro» había facilitado el sacrilegio. Tal vez no sólo por dinero, aunque había recibido dinero. ¿Si vendía grasa humana a los enfermos de reumatismo, por qué abstenerse de vender otros componentes y porciones? Sin embargo, y casi con absoluta certeza, su motivación principal había sido preservar al mismo José Bonifacio, otorgarle el honor de la gloria, concederle inmortalidad. Esta era una premisa básica. «Interrogarlo», anotó. B) La profanación había sido cometida por una secta confor­ mada a última hora. Tal vez hicieran parte de ella algunos litigantes. El abogado Peralta, quien propuso en broma la idea del museo, era el principal sospechoso. «Interrogarlo». 6l

C) En la lista de sospechosos entraba el doctor Cristian il Rey. El viejo curapotras se había mostrado excesivamente admirado con el prodigio de José Bonifacio. Era fácil ima­ ginarlo en la sala de su casa, con los pies embutidos en unas babuchas, satisfecho, sonrosado, como un cazador exitoso, que en lugar de exhibir colgada en la pared la cabeza de un antílope, o de un león, conservara allí el trofeo de su dios Príapo. «Visitarlo con cualquier excusa».

4 La inesperada emasculación del cadáver de José Bonifacio llevó a que el inspector Mondragón cambiara las prioridades del caso y realizara sus pesquisas sin mayor entusiasmo. El su­ ceso había alterado todas sus perspectivas. Pensaba que en lugar de buscar a los autores del homicidio, la investigación debía orientarse a dar con el paradero de los genitales del muerto. Esto realmente entrañaba una interesante labor, afrontaba mis­ terio, cobraba significado ritual. Un muerto sin importancia no valía la pena, un símbolo sexual sí. Llamó al fiscal Ventura y se lo sugirió. La respuesta lo dejó muy aburrido.

-Desde luego que la profanación de cadáveres constituye delito, pero esa no es nuestra prioridad —había respondido el enérgico acusador—. Las partes pudendas del muerto pueden venderlas como longaniza, o hacer cualquier otra cosa, en este lugar todo se puede esperar, no tenemos posibilidad de impe­ dirlo, pero nuestra misión es poner tras las rejas a quienes le quitaron la vida. Después veremos cómo echar mano del patán que lo emasculó. Tengo la sospecha de que parte del plan de este segundo delito se fraguó aquí, en la propia cafetería del Palacio de Justicia. Vuelva usted a su trabajo, inspector. No podía quitarse de la mente la imagen de los litigan­ tes, congregados en la penumbra calurosa de la cafetería cual í>2

siniestros murciélagos. ¿Qué hacían allí, en medio de una tarde bochornosa, reunidos en silencia? Estaba seguro que planeaban algo, su silencio no era explicable de otra manera. Algo le decía que aquella reunión estuvo relacionada con el sacrilegio de la morgue. Adolfo Mondragón se atuvo a sus indicaciones, y en las siguientes horas, respaldado con las respectivas órdenes de requisa momentánea de las armas de fuego, se presentó en primera instancia ante el juez Evangelista Tirado y le pidió facilitar su Magnum para un examen de balística. El hombre, un sesentón hosco y aindiado, esponjó las cejas y abrió mucho los ojos, antes de convertirse en un auténtico basilisco. Esto es un insolente abuso de autoridad, una auténtica tro­ pelía, una afrenta a la dignidad de la justicia. ¿Quién lo ordenó? Déjeme ver esa orden infamante -dijo al tiempo de raparle de la mano el papel, torciendo la boca como un envenenado.

El policía no hallaba qué decir. Nunca se le olvidaría esa nariz deforme y abultada, que avanzó hacia él proyectada por la cólera, como si quisiera olisquearlo con asco.

Para Adolfo Mondragón,la llamada «distancia personal» era algo decisivo. Quien tenía el derecho de cruzarla, de invadir la intimidad del otro, de husmearlo, era él como policía. Que lo husmearan o franquearan, que cruzaran su línea más próxima, era tanto como exponerse a una puñalada. Dio un paso atrás. El magistrado leyó la autorización y pareció serenarse. La orden estaba firmada por el fiscal Salomón Ventura Delavia, el funcionario más duro del aparato de la justicia en el puerto. Vaciló un poco, caminó de un lado a otro, con el papel aferrado en la mano como si apretara el cuello de una gallina. Finalmen­ te, tomó asiento delante de su máquina de escribir y se puso a elaborar una minuciosa acta de entrega del revólver. Anotó la hora exacta y las circunstancias: lo entregaba limpio, con la carga completa, sin muestra ninguna de haber sido disparado. 6J

Culpaba de manera explícita y por anticipado al inspector Mondragón de cualquier crimen que se cometiera con una bala disparada por el arma en cuestión. Por último, reiteraba su categoría de ciudadano probo e incondicionalmente sujeto a la ley, al bien público y a las buenas costumbres. El inspector Mondragón se vio obligado a firmarle todas las copias. -Mañana radicaré esto en un juzgado penal —dijo el juez al despedirlo, tras entregarle el arma.

Con Libardo Bustillo, el gerente del Banco de Oriente, ocurrió un poco lo mismo. Estaba sentado al otro extremo del enorme escritorio, que interponía entre él y los clientes necesitados de dinero a manera de barrera infranqueable, tenía cara de cuervo. Desde semejante lejanía no podía trasponer la «distancia personal» del inspector, pero se negó de manera fría y terminante a entregarle el revólver.

—Esta es mi herramienta de trabajo, con esto me defiendo, si le entrego mi revólver, asaltan el banco. Mondragón le señaló que había un celador a la puerta.

-No importa. A él pueden desarmarlo, abatirlo. Yo estoy aquí, encima de las escaleras, la caja fuerte está a mis espaldas. La verdadera fortaleza de este banco soy yo. Si quiere hacer una examen de balística, tome la muestra aquí mismo. El inspector se retiró sin protestar y regresó una hora des­ pués con un balde repleto de arena, que colocó sobre el escri­ torio del banquero, antes de solicitarle el arma. El banquero prefirió hacer el disparo por su propia cuenta, sin soltarle el Magnum al policía. Antes, puso el balde en el suelo. La bala atravesó el recipiente, taladró el piso y se incrustó de tal forma en la placa de cemento que no fue posible extraerla. Hubo un momento de pánico en el establecimiento. El banquero se puso tan pálido como un cheque en blanco.

—Necesito otra muestra —declaró el policía. —Tome el arma —aceptó el hombre-. Llévesela de aquí,

tado durante las primeras horas de la noche. Sólo ocurre una noche en cada ocasión, pero algunos antiguos registros dan noticia de frecuencias insólitas: dos, hasta tres noches seguidas, o una noche sí y otra no, durante una semana completa.To­ dos están de acuerdo en que proviene del río, es decir, que el río la arrastra y la vuelca sobre la ciudad. ¿Pero desde dónde la arrastra? ¿Dónde se forma? Los servicios de meteorología locales sólo se atreven a vaticinar que se genera muy cerca del puerto, posiblemente en una de las ciénagas. En varias ocasiones, se ha propuesto que un avión dotado con instrumentos adecuados y cámaras de aerofotografía, levan­ te vuelo tan pronto se insinúe el fenómeno, para fijar desde al aire su origen, pero esto nunca se ha cumplido. Por lo general, cuando el banco de niebla se hace presente, ya es dueño del mundo, el aeropuerto queda cerrado por falta de visibilidad, los aviones no pueden despegar. Tampoco se dispone de pre­ supuesto para tanto; los expertos deben resignarse a elaborar teorías sin comprobación práctica. La mayoría se inclina por el llamado fenómeno catalítico, es decir, un aumento inusitado de la temperatura, concentrada por las frondas vegetales que cubren extensas regiones pantanosas, en particular las ciénagas sombreadas de selva, donde se produciría el efecto de olla de presión. El vapor levantado cuaja y circula por determinados corredores hasta volcarse en el río, sobre cuya superficie desliza. En el recodo frente al puerto, en lugar de seguir aguas abajo, se vierte encima de la ciudad y la cubre.Ya para entonces tiende a condensarse. De ahí su insoportable consistencia de garúa, de leche cuajada, su tibieza húmeda y pegajosa, sus efectos sobre la piel.

Esto en lo principal, en lo que todos están de acuerdo, por eso se le conoce como El trasudado. La maldita neblina produce una extraña sensación sobre las terminaciones nerviosas de la piel, una especie de lamido irritante que crispa los vellos, carga eléctrica que infunde en el alma el presagio de haber 92

sido rozado por la muerte. De ahí también las alteraciones nerviosas, los partos prematuros, los súbitos crímenes que ho­ rrorizan el puerto. Por eso se repite, una y otra vez, que aquel vapor contiene sustancias nocivas arrojadas por la petrolera en alguno de los pantanos vecinos, residuos tóxicos que sublima el calor, mercurio, cianuro, cualquier porquería de esas. Si el avión de aerofotografía nunca ha podido despegar, es porque a la petrolera no le conviene que se descubra el sitio exacto de su vertedero mefítico.

Sin embargo, el común de las gentes no se conforma con semejante explicación. Tradiciones muy antiguas sostienen que la niebla se presentaba ya desde mucho antes de erigirse la petrolera, y que olía a lo mismo. Para las personas más su­ persticiosas, cerca de Alcandora existe un gran pudridero de cadáveres.Todo lo que es arrastrado por el río desde el interior del país, gente, animales, fetos, residuos orgánicos, deyecciones y crímenes de cualquier laya, toma la ruta de un oscuro mean­ dro, se sume en una ciénaga oscura y suda lentamente. Cada cierto tiempo expele una burbuja mefítica. Razón por la cual El trasudado altera de manera profunda los nervios. El abogado Benjumea, que no era ajeno a estas creencias, se detuvo en la puerta del bar y dio un paso atrás. —No hay forma de salir, fíjate —dijo apartándose un poco, para que Laurentino Cristófor pudiera observar el asqueante sudario. -Al contrario, así está mejor.Vamos a movernos como pez en el agua -comentó su divertido colega.

3 —¿Es ese? —preguntó el inspector Mondragón al sargento Fino Ardila, uno de los hombres más eficientes del cuerpo de la secreta. 9J

-Ese es. El muchacho acababa de arribar en una poderosa «HarleyDavidson» último modelo, tan orgulloso como un finquero montado en un caballo de paso. La aparcó junto a las otras motos, ninguna de las cuales tenía la categoría ni el cilindraje de la suya,y al acercarse a la barra, donde se hallaba el resto de sus compañeros bebiendo cerveza, recibió de estos las aclamacio­ nes y agasajos que correspondían a la categoría de su máquina. Una vez más, el inspector Mondragón había llegado a su objetivo aplicando el método de comentar con sus hombres las pesquisas y seguimientos en que se hallaba enfrascado, lo mismo que sus conjeturas. Generalmente dejaba salir estas cosas por puro aburrimiento, mientras esperaba por alguien en el interior de su caluroso automóvil, mientras apuraba una cerveza en un bar de mala muerte, mientras espiaba desde una ventana. En cualquiera de estos trances, como para hablar de algo, solía comentar a sus hombres los encargos de la Fiscalía, las sospechas, las pruebas acumuladas. Los agentes de la secreta comentaban estas mismas cosas a sus informantes, a sus que­ ridas, a sus amigos de juerga.Todos lo hacían de aburridos. La operación policial de Alcandora, realizada por lo general a una temperatura cercana a los cuarenta y dos grados a la sombra, imponía una inmovilidad que predisponía al aburrimiento absoluto. Uno de los resultados de esta falta de reserva era que el sospechoso terminaba por ser alertado y huía. Pero a veces el proceso fùncionaba a la inversa: la gente enterada devolvía un dato revelador, suministraba una pista.

En esta ocasión, el dueño del simpático bar El Oasis, a la entrada del barrio La Luisa, luego de conocer las preocupa­ ciones de la secreta, devolvió al sargento Fino Ardila un dato importante: la semana anterior al asesinato de José Bonifacio, un joven se la había pasado exhibiendo a sus compañeros una soberbia Magnum. Se trataba de un grupo de harlystas, aunque 94

el del revólver no tenía moto propia por ese entonces.Tal vez por eso mismo ostentaba el arma ante ellos, como una manera de igualarse en categoría. Ahora la tenía. Una semana después de lo de Bonifacio apareció con su máquina.Todos eran hijos de papi. La Luisa es el barrio de los directivos de la petrolera. Paseaban por las afueras, apostaban carreras, casi todas las noches venían a beber y a comentar sus hazañas en el pequeño bar de mesas de madera, repartidas al aire libre entre un cabezal de palmeras.

—¿Cómo vamos a abordarlos? —preguntó el sargento Fino.

-Esta gente bien es una mierda, lo mejor es ir al grano —dijo el inspector Mondragón, levantándose.

Caminó hasta la mesa de los muchachos y con gesto ame­ nazante exhibió su carnet, colocándolo ante los ojos de cada uno de ellos. Fino Ardila lo siguió. Los motociclistas fueron colocados contra la barra y cacheados. Dos estaban armados de navajas, pero el de la «Harley» último modelo andaba limpio. Les pidieron los documentos de identidad. En la foto del muchacho, el inspector reconoció la cara del padre. -¿Darley Albarracín? ¿Por casualidad es usted hijo del doctor Alfredo Albarracín Lucas, vicepresidente de la refinería?

Dijo que si. -Ah, mucho gusto.

Estrechó la mano que eljoven harlysta le extendió a regaña­ dientes luego de ofrecerle la suya, y casi entrechocó los tacones, en señal de respeto.

-Hace unos días estuve en la oficina de su padre. Es un señor muy decente y muy importante, no olvide saludarlo de nú parte. Se volvió a los demás, para reprocharles suavemente:

-Pueden seguir bebiendo, señores, conozco al padre de su compañero. Pero no lleven estos fierros consigo. Les devolvió las navajas y regresó con el sargento a la mesa que antes ocupaban, donde terminaron las cervezas servidas. 95

Fino Ardila se mostraba desconcertado.

-Están armados, es cierto, pero el muchacho no -explicó el inspector-. Lo que buscamos es la Magnum de que habló el dueño del bar, lo demás no nos interesa. La Magnum debe estar ya en el fondo del río, difícilmente vamos a hallarla. Pero el muchacho le contará al padre que me vio.Tal vez eso ayude en algo.

Unos minutos después empezaron a tronar las motos; los chicos se alejaban de uno en uno, como si no quisieran llamar la atención. Cuando sólo quedaron los dos policías, el dueño del bar vino a sentarse con ellos. —¿Han logrado algo?

—No, pero la pista puede ser útil. El sargento Fino se molestó un poco cuando la niebla arras­ tradiza comenzó a cubrirle los pies. No le gustaba el suceso, su mujer lo esperaría de mal genio.

—Podíamos ir ahora —dijo—, van siendo las doce. —Acabemos la cerveza primero —respondió Mondragón. Para ese momento, la niebla iba muy alta. El dueño del bar comenzó a bajar las cortinas de tabla que sellaban el pe­ queño kiosko entre las palmeras, sostenidas arriba como alas de sombrero por soportes verticales. Los policías aguardaron a que terminara la operación y se despidieron de mano. Unos pasos después, dejaron de verse. Ya sólo las hojas rasgadas de las palmeras dejadas atrás resultaban visibles.

—¿Queda lejos? —preguntó Mondragón. —No, es muy cerca. Lo que pasa es que esta maldita niebla no nos dejará ver absolutamente nada. -Pero tampoco nos verán. Me interesa echar un vistazo.

Detrás de las verjas de las casas, los perros gruñían. Perros finos y bravos, que cuando había niebla no ladraban, se limi­ taban a gruñir, como si tuvieran miedo. 96

A nadie le hubiera gustado encontrarse con los dos policías, primero porque su presencia no resultaba tranquilizadora: se­ gundo,porque todo emergía del trasudado como de un pocilio de nata, arrastrando jirones consigo. Fino Ardila descubrió el conjunto de las casas por lo alto de la hierba, que casi llegaba ya a las rodillas.

-Aquí estamos -alertó-. Los prados de este lado no han sido podados desde la muerte del jardinero. Tampoco los jar­ dines interiores.

-¿Tienen perro?

-Sí, pero es manso. Mondragón quitó el pasador a la puerta de la verja y se metió en el antejardín. Un joven labrador se lanzó batiendo la cola a lamerle las manos, como si se alegrara de verlo. El policía le acarició la cabeza mientras se pegaba de la puerta del garaje. Desde allí se deslizó hacia el gran ventanal.

Era una diligencia inútil, estúpida, pero a los policías siempre les han gustado estas cosas. El inspector Mondragón quería ver el interior de la casa del señor vicepresidente de la petrolera, observar cómo vivía, evaluar sus muebles, sus cua­ dros, sopesar qué tanta riqueza podía existir dentro. La única pieza importante en el crimen de un pobre diablo era este señor. Convenía saber por cuánto se podía aceptar un soborno. Muebles blancos, elegantes, mullidos, tapetes del mismo color, pisos de porcelana, reflejos de metal, grandes cuadros colgados en las paredes. Las esquinas empañadas del ventanal denotaban una buena máquina de aire acondicionado. El salón resultaba observable porque la cortina estaba recogida en el centro por un nudo elegante. Mondragón observó primero desde uno de los bordes, con atento sigilo. Luego caminó hasta el otro lado y pegó la cara del vidrio.Trataba de captar otros ángulos. La otra cara estaba ahí, también pegada del vidriosos ojos mirándolo con un asomo de pánico; la boca entreabierta, como 97

el rostro de una pesadilla detrás de la vidriera de un ataúd. Al apartarse, cayó. Le pareció que también el de adentro caía. Fino Ardila le ayudó a levantarse. -¡Vámonos de aquí!

Se alejaron a pasitos muy cortos y rápidos, para no correr el riesgo de entrar de cabeza en algún hoyo abierto, a causa de la ceguera que causaba la niebla. El inspector Mondragón no lograba tranquilizarse. —Había alguien allí -dijo a Fino. —Tal vez el muchacho. -No pude reconocerlo -mintió-. ¡Esta maldita niebla es una mierda!

Apenas por un breve segundo había llegado a creer que era su propia cara reflejada en el vidrio. Ahora estaba seguro que se trataba del rostro de Alfredo Albarracín Lucas, el vicepresidente financiero de la petrolera en persona.

¿Por qué había retrocedido de esa manera? ¿Por qué ese gesto de horror? ¿A qué le temía tanto?

4 Laurentino Cristófor estaba a punto de abandonar su em­ peño. La calle del Boticario parecía un escenario demasiado displicente para que algo importante llegara a ocurrir allí. An­ denes desgastados y sucios, pavimento roto, viejos postes de luz agobiados por el peso de polvorientos cables eléctricos, puertas de maderas mordidas y mal guardadas por argollas y candados carcomidos de sol y sudor, anuncios desteñidos sobre paredes desconchadas, fachadas leprosarias.Veía estas cosas cuando la niebla se adelgazaba, con la sensación de observarlas desde la baranda de un buque que se desliza por un estrecho canal. El trasudado, niebla susurrante, empujaba papeles y pequeñas 9«

basuras. Muy cerca, el olor a coliflor descompuesta resultaba insufrible. -Creo que debemos irnos -alcanzó a decir al abogado Benjumea.

El otro orinaba en la pata del poste de la luz. Fue tal vez el gorgoteo aquel lo que al apagarse le permitió distinguir el eco asordinado (los palos de los tambores habían sido forrados en trapo, para no arrancar de las membranas otra resonancia distinta que un eco muerto). El trasudado respondía a semejante excitación vibrando también, aleteando, como leche cortada. Laurentino levantó lo más que pudo la cabeza, tratando de sacarla de la niebla. De esa manera logró ver, en la tenue luz de los bombillos que iluminaban la calle como mechones de plasma frío, el reflejo del vidrio en la punta del palo. Se echó para atrás, obligando a su compañero a resguardarse con él bajo el oscuro dintel de una puerta.

La pequeña procesión marchaba muy apiñada. No era una multitud propiamente dicha, era más bien un apretujado y desquiciante cortejo, de no más de treinta animados danzantes. Al abogado Benjumea se le antojó la pesadilla del Dante, visión demasiado bizarra de la más bizarra galería del infierno. Hom­ bres y mujeres desnudos, pero envueltos en barro, un barro que se había solidificado en su piel, en sus cabellos pringosos, en sus cejas y en su sexo. Las damas, a manera de atuendo inverosímil, llevaban echados encima de los hombros chales y mantillas, igualmente embarrados y adheridos a la piel, como sucios y cochambrosos jirones de momia. Sólo se disponía de tres segundos para entender semejante visión o enloquecer de remate. Benjumea intentó huir, pero no le obedecieron los pies. Cristófor, que había contemplado aquella escena antes, en los carnavales del río, mantuvo la entereza. Los embarradores guajiros, evocó, los celebrantes que se revolcaban en el cieno de las orillas y se dejaban endurecer debajo del sol, el más ba99

rato de todos los disfraces, el más sorprendente. Una comparsa fantasmal, escapada de no se sabe dónde.

La niebla se rasgó como para abrir paso, en una atmósfera de caluroso baño turco, al palo con el chinero en la punta, portado a manera de trofeo por un negro descomunal, desnudo también, y cubierto de barro. Otros dos negros en la misma condición golpeaban los tambores a su lado, mientras cuatro entaconadas damitas sostenían las cintas de diversos colores que descendían desde una corona de oro engastada sobre la pequeña vitrina, trenzando con ellas en la mano una danza lujuriosa. Al entorcharse y desentorcharse, rozaban la piel del gigante, desprendiendo pequeñas escamas de barro ya seco. Aparte de las zapatillas, su único atuendo era la corteza de cieno agrietado, por donde escapaban los pechos y la disección de las nalgas. Los restantes bailadores las seguían y se entorchaban con ellas. Una letanía modulada con voz grave y dulcemente cansada, de placentera cadencia, refrendaba el carácter de la celebración. Laurentino reconoció los versos de la legenda­ ria elegía redactada veinte años atrás por dos parlamentarios ociosos. Sólo que el alto y severo embarrador que la recitaba, especie de sumo pontífice, no conseguía disimular el extraño dejo de su voz, un claro acento brasileño.

No tenía objeto ensimismarse en el juego de aquella letanía profana e irreverente, picaresca sucesión de rezos entonados por el oficiante, que los corifeos respondían con modulaciones gangosas. El supremo sacerdote bramaba: «Gloria, gloria eterna al pene y aledaños, a través de la historia y de los años...»; los corifeos respondían, mezclando risa con canto: «Gloria a la orden del Cojón Rayado, eternamente a Bonifacio consagra­ do...»; «Gloria, gloria, proclamamos sus siervos y vasallos, gloria al que reina sobre todos los tamaños...».

Laurentino decidió no dejarse arrastrar por el juego diverti­ do y vulgar de aquella cadencia contagiosa, sin antes interpretar too

a cabalidad el contenido de la pequeña vitrina. Algo colgaba allí adentro, un crucificado en apariencia; los turbiones de leche contaminada en que había cuajado El trasudad# no permitían un registro puntual. Se apartó del oscuro cuadro de la puerta para agregarse al tumulto, halando de una manga a Benjumea. Entonces pudo detallar el objeto: lo que pendía entre las seis caras del chinero de vidrio eran los genitales de José Bonifa­ cio, momificados en tal forma que en lugar de disminuir su tamaño se habían esponjado, y parecían haber cobrado una mayor dimensión. Tenían rostro, personalidad, desafiaban el mundo con la fogosidad de un demagogo enardecido, no es­ taban muertos sino vivos, erguidos y altaneros.Toda una obra maestra de la taxidermia.

Había una voz familiar en medio del coro. Laurentino trató de identificarla. Había escuchado ese timbre. Una cara trataba de dibujarse detrás del rostro de barro, un nombre conocido. El tumulto avanzó apenas una cuadra más y se detuvo ante el portón de un local antiguamente conocido como «El batín del lord». El portón empezó a abrirse lentamente. El caballero recitante y la dama que caminaba a su lado, cubierta además del barro con un manto de tonos dorados, se adelantaron para presidir la ceremonia de entrada. El negro abatió el palo para que el chinero de cristal reposara con suavidad en las manos de las entaconadas muchachas. La dama y el caballero se ha­ bían vuelto hacia ellas. Laurentino intentó identificarlos. Eran pétreas máscaras geológicas surgidas del fondo de la tierra. El pequeño tumulto fue rápidamente devorado por la puerta. Los dos abogados permanecieron tras el último muro de niebla, observándolo desaparecer con más prontitud de lo que hubieran deseado. Era seguro que adentro estaba a punto de realizarse una ceremonia muy interesante, a la que por desgracia no estaban invitados. La voz familiar llegaba todavía desde las profundidades. Era la más metálica entre todas las del coro: «Gloria eterna al padre Bonifacio...». ior

Laurentino se esforzó hasta el límite por ver y por oír. Alguien acababa de rascarse la cabeza y echar abajo la última cubierta de barro. Un hombre calvo. Su cráneo reprodujo un apagado destello.

5 La pregunta fue añadida como una última cortesía, luego de que el fiscal Salomón Ventura se hubo levantado del escritorio para estrecharle la mano, pues había amanecido de buen humor. —¿Cómo sigue la señora Elizabeth?

Desde el baile del Republicano toda Alcandora lo sabía: la señora Liz de Ventura se hallaba enferma. No había malicia en la pregunta del inspector Mondragón, sólo una Ucencia mal tomada, pues nadie tenía derecho a preguntar por alguien que no le había sido presentado. Pero no fue exactamente eso lo que molestó y alarmó al fiscal. Fue el uso del Elizabeth. En Alcandora ella se llamaba Liz a secas, así era como a ella le gustaba llamarse, nadie le daba otra clase de apelativo. Si el policía había pronunciado el nombre de pila era porque lo había leído en algún documento. -Está mejor. Los médicos dicen que se trata de un simple caso de estrés -respondió contra su voluntad, esforzándose para no incurrir en una grosería. El inspector chocó los tacones de sus botas con marcada complacencia.

Liz, en efecto, se recuperaba. El médico neurólogo que la evaluó pensó en un comienzo hacer una tomografia, pero la descartó luego de confirmar que no existían problemas de visión, ni descoordinación motora. Los niveles de azúcar y co­ lesterol estaban normales. Estos pequeños desmayos suelen ser cosa de estrés en el caso de las mujeres. La idea se la corroboró ella misma cuando le habló de su investigación académica. Al médico le agradó saber que trataba con una psicóloga. 102

Mondragón había acudido a exponer su teoría de los «harlystas». El dueño del bar El Oasis aseguraba que Darley, el hijo del doctor Albarracín Lucas, exhibió con ímpetu un revólver Magnum en el mostrador de su negocio: él y sus compañeros podían haber ultimado a José Bonifacio. Con el agravante de que una semana después del crimen, el joven Darley había aparecido montado en una lujosa «Harley-Davidson» último modelo. -Supongamos que el doctor Albarracín descubrió que su hijo había tomado el arma y había participado en el crimen.En ningún caso los padres denuncian a sus hijos.Tiró el revólver al río, lo enterró, lo metió en un depósito de aceite de la pe­ trolera; habló con un funcionario de policía amigo, consiguió el papel del denuncio con fecha retrasada y asunto concluido.

Se abstuvo de informar que la noche anterior había efec­ tuado una requisa, confirmando que dos de los compinches de Darley se hallaban armados.

-¿Hay algún antecedente de ese tal Darley? —Que se sepa, es un pésimo estudiante. Después de ser reprobado dos veces seguidas en los colegios de Alcandora, fue enviado por su padre a Mayolis, pero tampoco allí pudo culminar el bachillerato.

—Pero su padre lo ha premiado con una costosa motocicleta «Harley-Davidson». ¿Sabe usted cuánto cuesta una máquina de esas, inspector? Entre dos y tres millones. —Eso es lo verdaderamente extraño, señoría -dijo Mondra­ gón tomándose la barbilla-. Pase que el padre oculte el crimen de su hijo. ¿Pero que lo premie? -Bueno, los ricos son así. Puede habérsela regalado para estimularlo, para obtener del muchacho la promesa de que no lo volverá a hacer, o que el próximo período proseguirá sus estudios. Al fin y al cabo, si los asesinos fueron los harlystas, la víctima no representaba mayor cosa. Matar a un retrasado 103

mental puede haber sido para ellos tan divertido como cazar un venado, investigue cuándo fue registrada la moto en Al­ candora. Ahí tendremos una pista.

—Lo haré está misma tarde —prometió el policía, sacando una libreta del bolsillo, donde anotó la tarea con la punta de un lápiz-. ¿Algo más? —Sí. Dígame qué ha pasado con los análisis de balística de los otros tres revólveres.

-Los respectivos proyectiles fueron enviados a Mayolis. Hasta ahora no he recibido informe alguno.

-Haga usted el deber de presionar, inspector.Tome un telé­ fono e insista en que le devuelvan con prontitud esos resultados. De lo contrario, no vamos a quitarnos nunca de encima el sambenito de que la justicia es la bella durmiente de este país.

En realidad, desde hacía algún tiempo el asunto de la natu­ raleza paquidérmica de la justicia no le preocupaba, pero aque­ lla mañana había amanecido otTa vez dinámico. Liz prometía recuperarse; una segunda oleada de frutas de temporada, donde además del madroño se contaba la pina india y el suculento y perfumado icaco,había invadido las calles. Retuvo al inspector Mondragón el tiempo suficiente para que Valeria le ofreciera un cafe, lo despidió con un golpe amistoso en el hombro y se entretuvo todavía unos minutos refiriendo a su secretaria la evolución de la enfermedad de su esposa. Valeria, sin saber lo que decía, hizo una pregunta idiota: —¿No es algo parecido a lo de la otra vez? —¿La otra vez? —SalomónVentura se detuvo, un tanto con­ fundido. La otra vez había sido tres años atrás, cuando ella se aburrió a morir y lo dejó tirado en el puerto. Aquello no había sido una enfermedad, sino un ataque de egoísmo, o algo peor. No quería ni siquiera recordarlo. 104

—No, no, la otra vez fue algo muy distinto -dijo con aire contrariado-: ¿Bueno, qué tenemos para hoy?

La acuciosa secretaria ya había colocado los casos que ame­ ritaban urgencia en la bandeja de su escritorio. El fiscal dio por terminada la charla y fue a sentarse ante ellos, con fervientes deseos de dar inicio al trabajo. No, no existía el menor síntoma de que Liz de Ventura acusara señales de aburrimiento o de rechazo al drástico entorno de Alcandora. Esta segunda vez se había adaptado mejor, su actual molestia correspondía a un problema físico real, posiblemente cansancio.Tal vez convendría llevarla más a menudo a pasear por las ciénagas. La mañana se le fue entre papeles, en consulta de códigos, en llamadas telefónicas. La última trajo la voz del inspector Mondragón. —El registro de la moto de Darley Albarracín ocurrió quince días después del crimen de José Bonifacio.

-Eso definitivamente es un premio, una recompensa por algo importante. No es lógico que un padre gratifique a su hijo por haber cometido un asesinato, a no ser que ambos estén comprometidos en la misma empresa. Se hizo un largo silencio en la línea, el policía no tenía ningún comentario. Salomón Ventura dijo por fin: -El revólver lo tiraron al río, no lo encontraremos nunca. No tenemos prueba ninguna. La única posibilidad de éxito es que usted lleve a cabo una investigación muy cuidadosa sobre el grupo de los muchachos, o directamente sobre el doctor Albarracín Lucas. -Déjelo de mi cuenta -declaró el policía.

6 Cristófor, entretanto, identificaba la voz. Este proceso ocu­ rría durante el sueño, principalmente en las primeras horas ios

de la mañana. Eran sus horas eróticas, ensoñaciones envueltas en colores rosados, formas redondas, cuerpos y almohadones revueltos. En medio de este armonioso desorden, el cerebro se dejaba torturar por ideas que pretendían resolver en forma anticipada los asuntos pendientes. «El caso de la viuda Grajales puede apelarse alegando quiebra fortuita». «A ese fiscal hay que mandarlo a la mierda». De pronto: «¡La voz de Peralta! ¡Carajo, esa era la voz del abogado Peralta, ese es su timbre!» Quedó sentado en la cama, totalmente lúcido. Resultaba lógico que se tratara del abogado Peralta, la idea del museo había sido suya.Tal vez la propuesta original se había transfor­ mado: en lugar de un museo con distintos objetos, una cerrada cofradía lujuriosa alrededor de los genitales de José Bonifacio. El gran símbolo, la gran orden, con eso bastaba, con eso era más que suficiente.

El teléfono se puso a timbrar. Estaba demasiado tempra­ no para contestar llamadas, también para hacerlas, vaciló en levantar la bocina.

Las palabras tenían un tono chispeante, irreverente, dema­ siado confiado, burlón. Quien hablaba parecía estar haciéndolo para divertir a un público travieso, tal vez mientras apuraba el Último trago de la noche. —Lo próximo en ser cortado será tu brazo inútil. ¿Ese bra­ zo para qué te sirve? Te verías más elegante sin él. Prepárate, iremos a buscarte. No te dolerá, usamos anestesia.

Ni siquiera alcanzó a preguntar quién hablaba. La llamada se guillotinó con un click sangriento. Sintió que le cortaban el brazo, vio correr la sangre. Un frío enfermizo alcanzó a invadirlo mientras meditaba en la broma. A menudo él mismo hacía chistes con su brazo, siempre oculto por la manga de la guayabera, hundida a su vez en el bolsillo del pantalón. La atrofia le desbalanceaba un poco los hombros. Para complacer la curiosidad de la gente, tofi

tiraba afuera aquel brazo con la mano izquierda y exhibía su manita yerta y desgonzada, semejante a un ratón muerto. El defecto había definido cien por ciento su personalidad, ya que la relación con la gente estaba mediada por este misterio, en el que particularmente las mujeres ponían los ojos y la mente antes de entrar en contacto con él. Sabía que lo primero que dijera y la forma como lo dijera tenía que causar un impacto en su atención, apartarlas de aquel foco de curiosidad, disuadirlas. Por eso, siempre saludaba a una mujer haciendo una alusión atrevida, por lo general un anticipado reclamo de amor. Ellas olvidaban de golpe el detalle del brazo.

Acostumbraba hacer bromas, sí, era su manera de restarle trascendencia al asunto y evitar las condolencias estúpidas de ciertas personas, pero lo que ahora le intimidaba no era que se tratara de un chiste más acerca de su invalidez, sino que se tratara de una amenaza cierta. Existía la posibilidad de que su brazo fuera cortado, de eso no le cabía duda. Una estrafalaria conjurada más aberrante de todas, estaba rodando en el puerto. El más estrambótico de los juegos se estaba jugando. Dejó correr el tiempo, y hacia las nueve de la mañana llamó al abogado Peralta.

-Lo hago responsable de cualquier cosa que me ocurra a partir de este mismo momento.

7 Liz de Ventura había superado lo principal de su crisis, pero no conseguía sentirse interesada en reanudar sus lecturas, ni la redacción de su tesis.Tampoco acertaba a recuperar el tono muscular. Se sentía lánguida, laxa, vencida. Había abandonado la natación y casi cualquier otro ejercicio; empezaba a encon­ trarse culpable y a preocuparse por las consecuencias que ello pudiera traer sobre su figura. Aquel era el preciso interregno en 107

que necesitaba ser dominada, conquistada, invadida, sometida. No entendía el amor como otra cosa que un abandono fatal, una dejación absoluta de la lucha, una rendición incondicio­ nal, un sublime suplicio. Una cosa así no podía ocurrirle en Alcandora. El ataque de elefantiasis de su esposo no volvería a repetirse. Había pensado en retornar por una corta temporada a la capital. Sabía que Salomón no se opondría, es más, él había llegado a insinuárselo. Pero no le gustaba pensar en la capital. Estaba decidida a no regresar nunca más a la capital. No existía nada que pudiera avasallarla. El amor había muerto, era un perfecta casada, debía embarazarse; lo que le hacía falta era una familia No había tono muscular en su cuer­ po, la estación de las frutas no tenía ningún significado para ella, había perdido su color y su fuerza. Ahora abundaban las guamas. Salomón las traía a casa por cargas, se pasaban horas comiéndolas, pero ella no les hallaba gusto ninguno. Los afel­ pados frutos contenidos en correosos y curvos estuches tenían la insulsez de los libros de leyes de su esposo.

El teléfono timbraba. Atravesó descalza la sala, agitando su pelo sedoso, que había empezado a crecer. -Aló. ¿Quién habla?

-Habla... Isaías Culer. ¿Me recuerda?

8 La llevó a las residencias Almirante, en las aideras del puerto, una casa famosa y poco discreta, donde existía un patio interior sombreado por un mango enorme. Ella no opuso resistencia, aunque conocía la naturaleza del lugar. Menos mal que los que llegaban en carro no tenían que exponerse a las infamias de la lora del dueño. La lora trepaba al tablero de madera mientras el portero cobraba, tomaba las llaves con su pico y las arrojaba en la vitrina de recibo, gritando: ios

«¡Éntrale a la puta!», «¡Éntrale a la puta!» El efecto era tan asus­ tador que colegialas y principiantas escapaban corriendo. En el patio no ocurría nada parecido, en el patio un empleado se acercaba al coche y entregaba las llaves a través de la ventanilla.

Mientras su acompañante aparcaba el coche a la sombra del árbol, subió la angosta escalera de palo y buscó el número de la habitación señalada en el llavero. Se desvistió en una sucesión de movimientos precisos, como si escasamente le alcanzaran las fuerzas para los más leves actos, y se arrojó de espaldas en la cama, cuya sábana anticipaba frescura. El calor sobrepasaba los cuarenta y dos grados, la urgencia de estar desnuda resultaba comprensible. Pero desnudarse era también un viejo instinto. Flexionó las rodillas y abrió cuanto pudo las piernas,para erigir el depilado sexo como el centro del universo.

—¿Cuánto tiempo serviste en la casa de la Sagalejo? —pre­ guntó el inspector Mondragón al entrar, deteniéndose absorto frente al espectáculo, mientras se quitaba el saco de lino. -Tan sólo seis meses.

Apenas una hora antes le había telefoneado a la refinería, confiado en que ella respondería afirmativamente a sus re­ querimientos.

-Soy el policía que estuvo hace unos días en la oficina de su jefe. Usted sacó una fotocopia para mí, ¿me recuerda? -Sí, lo recuerdo -respondió Mireya Ledesmas, un poco amedrentada. —Necesito hacerle unas preguntas, ojalá sin que nadie se entere. Esto es un asunto oficial.

-No vaya a llevarme a ninguna comisaría -suplicó.

-Al contrario, mis deseos son invitarla a tomar una cerveza, y llevarla a almorzar. La recojo en punto a las doce. La muchacha tenía una motoneta para ir y volver de la casa al trabajo. Cada mediodía efectuaba este recorrido, almorzaba

soy

y dormía un rato de siesta, salvo que su jefe la requiriera en la oficina. Pero el doctor Alfredo Albarracín Lucas por lo común se marchaba también a su casa, de donde regresaba pasadas las tres. Mireya dejó la motoneta en el parqueadero y pidió a una compañera que la sacara en la suya hasta la puerta de la refinería, donde subió al vehículo del inspector Mondragón, quien se había esmerado por desodorizar lo mejor posible la tapicería, impregnada por efluvios de nicotina y sudor. El servicio al cuarto llamó antes de que hubiera acabado de sacarse la ropa. Adolfo Mondragón abrió y recibió la ban­ deja que portaba las dos cervezas heladas. Mireya no cambió de posición ante los ojos intrusos del empleado. Mondragón cerró la puerta y vació el contenido completo de una de las latas sobre el cuerpo provocante de la mujer, que lanzó un alarido de gozo. Después se inclinó y se puso a lamerla, como un perro sediento. —¿Te seleccionaron allí?

El voraz ejercicio del sexo había concluido. Estaba cada uno a un extremo de la cama revuelta, empapados en sudor, mirando el techo encalado, desnudos, tratando de refrescarse bajo las ráfagas del ventilador, que en un primer momento habían olvidado encender.

-Sí, a una parte de las muchachas las consiguen en casas como esa. A la vez de contratarme, me exigieron hacer un curso de secretariado. También aprendemos algo de inglés. La refinería es el único lugar de la ciudad donde se gana un salario decente. -Pero tu trabajo no es sólo ser secretaria.

—Nos exigen las dos cosas.

Mondragón encendió un Camel. La muchacha se sintió adormilada y dio una vuelta en la cama, para venir a recostarle la cabeza en el pecho y darle un chupón al cigarrillo. —¿Te afeitas para darle gusto a tu jefe? uo

—À todos ellos les gusta. Nosotras le pertenecemos al cír­ culo directivo. El policía levantó el teléfono y pidió otro par de cervezas heladas. También preguntó si les podían conseguir algo de comer.

—Pueden traer pollo asado —dijo a Mireya. La muchacha aceptó. Estaba claro que ya no alcanzaría a llegar a su casa.

—¿Quiénes son exactamente ellos? —Son siete. El jefe y los seis vicepresidentes. Usted puede ver sus nombres y fotos en la revista de la institución. Circula cuatro veces al año. Puedo mandarle un ejemplar.

—Me gustaría mucho tenerla —agradeció Mondragón, en­ cendiendo otro cigarrillo.

Como buena secretaria, la muchacha creyó oportuno hacer una corrección. —Bueno, en realidad no son siete, sino seis. El otro es un fifiriche. De todas formas, participa en el juego, a su manera. El servicio de cuarto volvió a llamar a la puerta. Ahora foe Mireya la que salió a recibir de manos del empleado la bandeja de las cervezas, sin inmutarse por su desnudez.

-Te gusta que te vean -comentó el policía.

—Sí, foe una costumbre que me quedó de la estadía donde la señora Matilde. —Es muy buena maestra. -El cuerpo es un don de la naturaleza. Estrujó la lata helada contra sus pechos recalentados, envol­ viéndola luego con ellos. Después la dejó deslizar por la línea del vientre, hasta colocarla entre sus muslos. Su rostro asumió una actitud arrobadora.

-Y las relaciones del doctor Albarracín con su hijo Darley, ¿cómo van? ni

-Ellos son muy unidos, él le regaló una moto costosísima. La que riñe mucho es la señora Viviana.

-¿Sabes por qué?

-Yo creo que ella es celosa, que sabe algo de las cosas que pasan en la refinería entre los jefes y las secretarias. Soltó una risa juguetona, como si acabara de recordar una pilatuna.

-El doctor Orejuela no vive ni siquiera en su casa. La casa donde vive su mujer en La Luisa es mera apariencia, él se queda con Gina, una de nuestro grupo. El sueldo le alcanza para sostener las dos casas, Gina ya no trabaja. Dicen que está embarazada. Los cigarrillos del inspector se consumían uno tras otro con notable rapidez, avivados por las ráfagas del ventilador. Mireya quebró un poco la voz, para preguntar, haciendo un mohín:

—¿Se demorará mucho ese pollo?

9 Esa misma mañana, el abogado Peralta vino directamente a presentar sus excusas. Mostraba trazas evidentes de haber amanecido bebiendo, estaba todavía algo borracho, se le sentía un tufo fétido, como el que puede expeler una turbina cargada con alcohol impotable; sin embargo, se había bañado y vesti­ do para tomar un taxi hasta el Palacio de Justicia, encontrar a Laurentino Cristófor y absolverse ante él, -Sólo se trataba de una broma, colega, de una mala broma, lo admito. ¿Pero.quién va a cortarle el brazo? ¡Esa es su mayor gracia!

Laurentino lo dejó hablar, mientras sorbía el café. Después, dijo con suavidad:

—De lo que usted va a tener que excusarse no es de lo que 12

haya pensado hacer, sino de lo hecho. Peralta insistió. -Estábamos bebiendo el último trago, no teníamos ganas de irnos a casa.se nos ocurrió llamarlo para tomarle del pelo... Se detuvo y abrió cuanto pudo los ojillos rojizos y ador­ milados, como tratando de captar lo que el otro había dicho.

-¿A qué se refiere usted? -A los genitales de José Bonifacio.

Con la boca abierta, como un púgil que intenta encajar un mal golpe, Peralta se echó para atrás. -Le puedo jurar por el alma de todos mis antepasados que yo no tengo nada que ver con eso -dijo al cabo de un minuto.

-Anteanoche, en la procesión, usted era el que más claro cantaba.

—No sé de qué procesión habla. -No se haga el idiota, Roque Peralta, usted es el cabecilla principal de esa infante logia de embarradores que pasea los genitales de José Bonifacio por la calle del Boticario.

El abogado quiso mostrarse indignado, apretó los labios y asumió aire de enojo.Todavía intentó resistirse. -Amigo Cristófor, he sido irrespetuoso con usted esta mañana, lo he ofendido, pero no me acuse de sucesos en los que no tengo nada que ver. -Quien pronto tendrá mucho que ver con todo esto es el fiscal Salomón Ventura. Es él quien lleva el caso, voy a tomar­ me la molestia de visitar su oficina ahora mismo -respondió Laurentino, levantándose.

El otro lo retuvo por la manga de la guayabera, la manga que cubría el brazo atrofiado. -Siéntese, por favor, no es para tanto.

-Soy todo oídos -aceptó Laurentino, volviendo a ocupar su silla. 113

El abogado Peralta interpuso un último deseo, como el condenado que busca un poco de aliento antes de confesarse con el sacerdote que lo preparará para la descarga final. -Necesito una cerveza. —Tendríamos que salir. -Prefiero hacerlo. Sin una cerveza no puedo pensar, y menos hablar.

Abandonaron el Palacio de Justicia y se dirigieron a una tienda cercana, donde les fueron destapadas dos botellas heladas. Peralta esgrimió la suya con mano temblorosa y la engulló de una sola tirada. -Se trata de la Orden del Cojón Rayado -dijo al tiempo que su boca expelía una burbuja etílica.

10 El mensaje había llegado a través de un conducto cono­ cido como «el túnel de la Cancillería», una extraña red de funcionarios que nunca daba la cara, pero que estaba avalada por la autoridad del propio presidente de la República. Por esta razón, lo recibido de su parte se obedecía de inmediato. La cosa no podía ser más sencilla. La Oficina de Extranjería del Aeropuerto Eldorado, adjunta al Ministerio de Gobierno, había detectado el sospechoso ingreso al país de un personaje importante. Esta clase de evento no era del todo inusitado. De tiempo en tiempo, alguna celebridad del mundo de la farándula, del jet set internacional, incluso de la política, de la ciencia o del arte, arribaba por alguna causa no conocida y procedía a moverse de incógnito en el territorio nacional. Unos venían a conocer sin ser conocidos, otros a tomar vacaciones en paz, algunos a visitar subrepticiamente a una antigua amante. Se sabía que en ocasión más o menos reciente, el futbolista Pelé 114

había estado reunido en forma discreta con un grupo de amigos en una remota comarca interior. Pero la presencia de celebridades de incógnito había comenzado a preocupar, al tiempo que se tornaba cada día más frecuente, por una triste razón: el floreciente negocio del narcotráfico. En el mundo muchos Porfirio Rubirosa eran flor de un día, sus carreras esta­ ban arruinadas en lo mejor de la vida, no tenían donde caerse muertos, debían hasta la camisa. Su única tabla de salvación consistía en practicar el escueto y vil «vini, vidi, vinci» que empezaba a ponerse de moda en un país que poco a poco se convertía en el paraíso de los sicotrópicos: venir, comprar unos cuantos kilos de alcaloides y regresar victoriosos. La Oficina de Extranjería del Aeropuerto Eldorado, Sec­ ción Pasaportes, procedió a dar aviso a su instancia superior en la Cancillería, y ésta a su vez cursó oficio al Ministerio de Gobierno. El personaje, procedente del Brasil, ni siquiera había abandonado el aeropuerto de la capital y no se tenía noticia alguna del motivo de su visita. Tras descender del avión de «Varig», había procedido a diligenciar los papeles, visitar los baños, tomarse un café, comprar un pasaje en una aerolínea local y abordar un avión con rumbo a un destino demasia­ do precario: la remota y poco turística ciudad de Alcandora, horno petrolero, epicentro de todos los conflictos y todas las violencias.

El jefe de la secreta, inspector Adolfo Mondragón, reci­ bió una comunicación directa del gobierno departamental, ordenándole seguir al sujeto de forma en extremo discreta, y proceder a detenerlo en caso de infracción grave de la ley. El encargo llegó a sus manos en un momento de mucho ajetreo, razón por la cual lo delegó en un hombre de su plena confianza, el agente Higinio Angarita. Higinio era un policía meticuloso y metódico. Después de confirmar que el visitante había ingresado por el aeropuerto de ns

Alcandora se dirigió al Hotel Regís, donde lo halló registrado. Aguardó su salida de la habitación leyendo un periódico en la sala de recibo, comió muy cerca de su mesa en el restaurante, lo siguió en un taxi por toda la ciudad. El extranjero se estaba moviendo de un lado a otro. En realidad, estaba a punto de partir nuevamente.

11 —Habla —apuró Laurentino.

-Se trata del culto de las adoratrices del equilibrista Mi­ jangos -comenzó a explicar Peralta. -Acabas de decir la Orden del Cojón Rayado.

—Es lo mismo, debes tener un poco de paciencia.

—Sigue, pues.

—«El batín del Lord», tal vez lo recuerdes, fue uno de los locales más afamados de Alcandora, en tiempos en que ésta era tierra de respeto. Lo regentó una inolvidable Anabel, de quien todavía se habla con veneración, Dios la tenga en su gloria. Pero debes saber, Laurentino, que si ella fue la reina, el equilibrista Mijangos fue el rey, el monarca indiscutible.Ya sabes cuál era su habilidad. Lo que muy poca gente conoce es que allí mismo, en la vieja casa de «El batín», que es hoy una pensión de dudosa reputación, se conserva una foto de Mijan­ gos en el momento mismo de su increíble acrobacia. Puedes creer que no sea cierto, tienes todo el derecho a la duda, yo sólo te digo que la he visto con estos ojos que le rendirán cuentas al Creador.

-Amaneciste muy místico. ¿Te pasa lo mismo cada que bebes? —El alcohol contagia demasiada espiritualidad. —Debe tratarse de un truco, lo de esos equilibristas siempre HÓ

es un truco. Por eso también se les llama ilusionistas -acotó Laurentino, que había apurado su cerveza, tras sentir repenti­ namente reseca la garganta-. ¿Te tomas la otra?

Peralta dijo que sí y aguardó a tener la botella empañada en las manos, antes de proseguir. —Puede ser, siempre puede ser, pero he observado la foto con detenimiento y estoy tentado a creer que no existen re­ toques. Mijangos está tendido en el aire en la misma pose de Superman, sólo que no tiene los brazos extendidos hacia de­ lante, sino plegados sobre el pecho. En lo único que se sostiene es en su vara de premios. Por su parte, las señoras aquellas lo idolatran. Ellas se quedaron viviendo en la casa, después de la muerte de Anabel, luego del cierre del negocio. Cada una se apoderó de su respectivo aposento, donde a lo mejor ejercie­ ron durante un tiempo más el oficio, hasta convertirse en los horribles vejestorios que ahora son. Sin embargo, conservaron intacto el salón principal, del que se sirven como área social. De vez en cuando ofician allí algún aquelarre, siempre presididas por la foto de Mijangos. La de Anabel ocupa un lugar a su lado. Bebió un largo trago de cerveza y añadió con renacidos bríos: -Para mis adentros, creo que desde hacía por lo menos una década nada alteraba la monotonía de estas pobres viejas. La casa está en ruinas, sus alrededores se volvieron un asco, la devoró la decadencia del centro de Alcandora, que asusta. Pero ya sabes qué ocurrió. -José Bonifacio vino al mundo.

—Exacto. Cuando el prodigio se supo, y las retiradas señoras conocieron sus dimensiones por la foto de La Diana, desperta­ ron de su profundo letargo y tomaron la decisión de rendirle homenaje, como si de repente hubieran renacido en ellas las pasiones de otros tiempos. La única manera de homenajearlo era tenerlo colgado en el salón de la fama, al lado de Mijangos. 117

Son antiguas damas con muchas conexiones, movieron cielo y tierra y se hicieron al trofeo. No me pidas que explique cómo, porque no lo sé. Sólo sé que la fortaleza dejóse Bonifacio está ahora contenida, colgada y venerablemente guardada en un chinero de vidrio, en el salón principal del antiguo «Batín del Lord», en compañía de Anabel y Mijangos. Laurentino, que había contemplado el chinero, sabía que su colega no mentía. Sólo una cosa necesitaba que le fuera acla­ rada con urgencia, aunque Peralta pudiera ofenderse: ¿Cómo era que se había conectado a tan alucinante ocurrencia? Las preguntas se le escaparon de la boca en tropel. El otro, con dos cervezas adentro, comenzaba a sentirse tan bien, tan exento de la reseca que unos minutos antes le cerraba los párpados, que no tuvo inconveniente en contestar de manera espontánea.

—Nuestras mentes piensan al unísono, colega. Cuando uno tiene una idea brillante, como esa de hacer un museo de las cosas singulares de Alcandora, donde por supuesto su brazo sólo estará el día en que usted muera, y previa donación de su parte, cuando uno concibe una de estas genialidades, repito, otros miles de personas ya están en lo mismo. Es más, cuando uno va, ya muchos vienen. El pensamiento humano opera por corrientes de impulsos, por rachas, por series de individuos. Es por eso que muchas cosas importantes se descubren a un mismo tiempo en distintas regiones del globo. Pero esto no es nada, amigo. Que en Alcandora se nos haya ocurrido coleccionar el prodigio de José Bonifacio, vaya y venga. Que en Alcandora exista un club de sexagenarias adoratrices de Mijangos, y que esas adoratrices hayan decidido ampliar el retablo de sus tabús sexuales elevando a los altares a un nuevo ídolo, vaya y venga. Tampoco pueden quedarse atrás del todo, el anacronismo nos mata con más eficacia que un veneno. Pero lo que me causa asombro, verdadero asombro, y no tanto asombro sino abierta admiración, es que toda una firma comercial de Milán, una multinacional italiana con todas las de la ley, escúchelo bien, 118

haya cursado propuesta de compra por el ajuar de José Boni­ facio. Eso no lo creería nadie, pero entienda por qué. Milán es la capital mundial del sexo, más de la mitad de su población vive de ello. Allí se filma la gran mayoría de las películas por­ nográficas que se exhiben en el mundo, de allí son todos los fetiches. Pues bien, los milaneses también quieren quedarse con nuestros recursos naturales, ¡vaya imperialismo! Y yo me digo: ¡que se hayan enterado de lo que ocurre en Alcandora es algo que no puedo concebir! Cómo lo supieron, quién les informó, es imposible saberlo. No concibo que La Diana de Alcandora tenga tanto poder de información y penetración como para llegar hasta Italia, semejante pasquín. Pero la Diana llega a Mayolis, en Mayolis existe un pequeño consulate italiani; es factible que por esa vía haya llegado a saberse en el remoto y mundano Milán la existencia de nuestro tesoro.

Laurentino Cristófor ordenó un nuevo par de cervezas y pensó cuál sería su deseo. En realidad, no necesitaba pensarlo, porque ya lo tenía decidido. Cualquier arreglo con el abogado Peralta implicaba que le fuera concedido el derecho de con­ templar la foto de Mijangos. Esa era su exigencia, su chantaje al bocón. El otro continuó hablando. -Lo de Milán parece un cuento de las mil y una noches, pero escuche usted lo que voy a decirle, colega. De Brasil ha desembarcado con urgencia en Colombia un escritor famoso, un tal Rubem Fonseca, quien viene comisionado por una logia llamada La Cofradía de la Espada, para cancelar el precio que sea necesario por los genitales de José Bonifacio. ¡Esto es ya todo un mercado persa!

—¿Rubem Fonseca, dices?

-Sí, Rubem Fonseca.Vea usted, uno se cree en las antípodas, piensa que vive en un lugar miserable y olvidado del planeta, y de repente, Alcandora es el centro del mundo. ¡Basta que alguien lo tenga grande para que ocurra semejante prodigio! IIÇ

Laurentino Cristófor preguntó, hipnotizado:

—¿Sabes quién es Rubem Fonseca? -Sí, un escritor, ya te lo dije.

-Un escritor, exacto, pero no un escritor cualquiera. Es el autor de Elgran arte, tal vez el mejor clásico policíaco que se haya escrito en Latinoamérica. Uno de sus temas menciona algo así como La Cofradía de la Espada, ahora recuerdo. Creo que se trata de la historia de una logia de fornicadores insignes. Seguramente la organización existe en la vida real. Ha venido por un símbolo para su escudo, o para su logotipo, qué se yo. El abogado Peralta se había puesto otra vez borracho, y al tiempo que asentía, hablaba en tono gangoso:

-Ya lo ves, el mundo es un pañuelo. Ahora sólo falta que tú resultes compadre de Rubem Fonseca. —Hay algo que no entiendo —cortó Laurentino. Peralta puso cara de beodo obediente.

—Pregunta. -Rubem Fonseca viene por el prodigio de José Bonifacio. Eso quiere decir, viene a comprarlo, a pagar un precio por ello. Pero lo que yo he visto en la calle del Boticario es una ceremonia pagana, una especie de rito de iniciación. ¿A qué obedece tanto folclor?

—Eso es exactamente lo que ha terminado por salir de la transacción. Las sabias veteranas de «El batín del Lord» no son unas miserables marchamas, sino unas doctoras llenas de ex­ periencia y dignidad. El encuentro con el escritor las fascinó, les fascinaron sus historias, sus dichos, su manera de hablar, sus modales. «Todo un caballero», decían. En lugar de apretar por el precio, lo único que pidieron fue ser iniciadas en los altos misterios de La Cofradía de la Espada, los rituales de la secta brasilera, el misterioso y sensual candomblé. Fonseca lo concedió todo. A la ceremonia fueron invitados caballeros 120

y damas de lo más selecto de Alcandora, jóvenes aprendices de ambos sexos que han querido participar del ritual, el cual incluye, según las reglas de la noble corporación del Brasil, un paseo público a altas horas de la noche. —¿Qué hacen luego del desfile?

-Se bañan, se quitan el barro, fornican.

Cristófor cambió en forma automática su deseo. Ya no apetecía contemplarla foto del equilibrista Mijangos. —Mira, soy un arribista. Si quieres hacer las paces conmigo, nenes que presentarme a Rubem Fonseca.Tengo varios de sus libros, necesito que los firme para mí. Eso es todo.

12 El agente Higinio Angarita capturó a su presa en un pasa­ dizo donde no tenía escapatoria, en las aduanillas de abordaje del aeropuerto de Alcandora, donde las autoridades portuarias ocasionalmente revisan los equipajes de los viajeros. El em­ pleado de turno le ayudó a desdoblar una por una las prendas del extranjero, cuidadosamente retiradas de su maleta. Allí, en un nicho adecuado, entre los frascos de lociones y el talco, estaba el estuche. Lo abrió con manos delicadas y sí, era lo que imaginaba. -Queda usted detenido por comercio ilegal de órganos humanos.

—¿Qué?—alegó el forastero en una dulzona jerigonza—.Esto es una simple artesanía, un souvenir.

El agente Higinio replicó:

-Esto pertenece a un cuerpo humano. -En mi país se compran libremente cabezas humanas re­ ducidas de los indios jíbaros, souvenir popular en el mundo. ¿Por qué aquí no puede comprarse un simple cartílago? 12

-¡He dicho que está detenido! -remachó el policía,echan­ do de nuevo adentro todo lo que se había sacado de la maleta, a la que cerró sus cremalleras y correas, para asegurar la con­ fiscación del cuerpo del delito.

-Exijo la presencia de un abogado. No sólo un abogado, sino dos, pisaban en aquel preciso momento las losas del aeropuerto de Alcandora, encaminando sus pasos hacia el lugar donde se había formado el barullo. Uno era Roque Peralta, torpe y achispado, de andar vacilante. El otro Laurentino Cristófor, tan ágil como un lince.

-¡Un abogado! -exigía Rubem Fonseca.

-¡Abogado presente! -gritó Laurentino. levantando muy en alto su tarjeta profesional. Higinio Angarita contempló el hombre que corría hacia él y empujó al viajero y a su maleta por una puerta lateral, que cerró con seguro. El abogado se encaró con el empleado auxiliar.

-Yo represento a ese señor, déjeme pasar o enfrentará una acusación penal.

El empleado se resistía, pero Roque Peralta, que venía detrás y estaba deliciosa e irresponsablemente borracho, lo apartó de un puñetazo en la mandíbula. Laurentino no pudo abrir la puerta por donde se habían llevado a su héroe literario. Peralta descargó todo el peso de su cuerpo sobre ella y la echó al suelo con un gran estruendo. Dos guardias, alertados por los gritos y las carreras, llegaban desde la pista, con los revólveres en la mano. Los abogados los recibieron gritando: -¡Nuestro cliente ha sido secuestrado!

Los guardias se metieron por donde había escapado el agente Higinio con su detenido, Cristófor y Peralta corrieron detrás. El cuarto desembocaba en un largo corredor. Al fondo, 122

ya casi al final, alcanzaron a verlos. «¡Alto!», gritó uno de los guardias, levantando el revólver. Higinio Angarita se detuvo y esperó tranquilamente a que se aproximaran. Entonces presentó su chapa de policía.

-Este hombre está bajo detención por comercio ilegal de órganos humanos -dijo señalando al brasileño-. Lo conduzco a los calabozos de la policía judicial. -Se trata de nuestro representado -alegó Laurentino. Los guardias miraban a uno y otro grupo, sin poder enten­ der. El forcejeo tomó algunos minutos. Al final, el asunto de los órganos humanos les pareció una cosa repugnante.

-Mire, si ustedes son abogados, presenten sus reclamos en el lugar debido -replicó uno de ellos. El abogado Peralta se había estado acercando al agente An­ garita con el objeto de soltarle un derechazo en la mandíbula, pero Laurentino lo detuvo, cuchicheándole algo cerca del oído. -No tiene objeto, déjalo. Vamos mejor a las ergástulas.

Fue así como retrocedieron y evacuaron por el mismo camino por donde habían entrado, antes de que les cobraran la puerta dañada, aceptando que Rubem Fonseca, la gloria de la literatura policíaca brasileña y latinoamericana, fuese llevado prisionero. Un amargo e inusitado final que no habían ima­ ginado diez minutos atrás, cuando al averiguar por el ilustre visitante, con el objeto de presentarlo a Cristófor para que le firmara sus libros, al abogado Peralta se le respondió que el escritor había tenido que partir a marchas forzadas hacia el aeropuerto, pues la policía andaba tras él. Ambos habían corrido hacia allí. El episodio se metía ahora en un vericueto legal. Laurentino pensaba en la clase de tecnicismos de los que podía echar mano. En el fondo, se alegraba del rumbo que tomaban las cosas,pues tendría oportunidad de conocer con mayor detenimiento a su autor preferido y retribuirle sus buenas lecturas. 123

El taxi que los llevaba otra vez hacia el centro de Alcandora rodaba sin afanes, un sol canicular apretaba encima de sus latas. Fue en este momento cuando el abogado Peralta exclamó: —Se me están yendo las luces, amigo.

Pararon para que pudiera regurgitar sus hígados a un lado de la carretera. A cada nueva arcada se ponía más lívido y más enfermo. Al final, dijo con enorme desolación: —No podré acompañarte a la policía judicial. Necesito acostarme de urgencia. Todavía pararon otra vez, para que pudiera tomarse un Alka-Seltzer mezclado con soda, aspirinas y jugo de limón. Laurentino lo condujo luego hasta el lugar donde vivía, cosa que en conjunto abarcó más de media hora. Regresó en el mismo taxi. Las ergástulas de la policía judicial no se abrían tan fácilmente, ni siquiera a los abogados. Necesitó llenar un par de formas, exhibir su tarjeta profesional, dejarse estampar un sello en la muñeca del brazo sano, como si penetrara a la cárcel municipal. Adentro lo esperaba una banca desnuda y otra larga antesala. Casi al mediodía, en lo más fino del calor, un agente de civil acudió a presentarse ante él.

—¿Es usted quien dice representar al señor Fonseca?

-Soy su apoderado -refrendó Laurentino. -Pues lamento informarle que el señor Fonseca ya no se encuentra aquí.

—¿Entonces dónde se encuentra?

-Fue dejado fibre, partió de inmediato hacia el aeropuerto, a esta hora debe encontrarse volando hacia su país.

13 Las razones por las cuales el inspector Mondragón no se había ocupado personalmente del seguimiento del extraño 124

forastero, eran ciertamente valederas. Veinticuatro horas antes, había recibido de Mireya Ledesmas la revista institucional de la refinería, Momento Petrolero, un impreso en papel satinado repleto de cifras, prospecciones económicas y curvas de ba­ lance, tan falto de amenidad que no invitaba ni a lanzarlo a la basura. Sin embargo, allí estaban las fotos, los datos y las funciones de los seis vicepresidentes, cuyos sueldos equivalían al ingreso de por lo menos una tercera parte del personal de la institución.Verdaderos príncipes dorados. En el margen de la foto de uno de ellos, Mireya había escrito: «Fifiriche». La cara del individuo denotaba unos pronunciados rasgos de loca. El policía supuso que Mireya le estaba tratando de indicar que este sujeto, además de ser de la acera de enfrente, podía suministrar valiosa información. Conocía esta clase de perso­ nas, sabía que si se ejerce sobre ellos una adecuada presión se desmoronan como una margarita.Tal ve2 aquí estaba la clave para ingresar en los misterios del extraño y corrupto círculo de los vicepresidentes de la petrolera. Llamó al sargento Dangond. -Vamos a entrevistara un individuo muy importante. Sólo quiero que estés presente, que lo mires, que lo olfatees, que lo midas, pero sin decirle nada. Sólo asustarlo, ¿entendido?

—Entendido.

El sargento Dangond era a todas luces un personaje des­ agradable. Bajo, calvo, grueso, extremadamente velludo, una especie de carbonero desvinculado de su oficio sin haberse bañado. Esta misma configuración, rayana en lo bárbaro, parecía predisponerlo contra todo lo que sonara afeminado.Veía mal las corbatas, los pantalones bien planchados, la limpieza. No se diga la fobia visceral que le despertaban los homosexuales, ante quienes se enfurecía como un perro bravo en presencia de un mendigo. Nunca se abstenía de lanzar provocaciones en su contra cuando alguno se cruzaba con él. Se le achacaba la ejecución de un joven travesti que por las noches acostumbraba 125

permanecer algunas horas en las escaleras de Sofia, a la espera de que alguien arrastrara con él. Gaspar Lozoya Riolano, vicepresidente administrativo de la petrolera, los recibió en una oficina limpia, clara, discreta­ mente perfumada. Se había quitado la chaqueta para lucir una impecable camisa rayas azules, rematada en las mangas por unos gemelos brillantes; la corbata celeste echada sobre el hombro. Luego de ser anunciados, el sargento Dangond entró de pri­ mero y se quedó mirándolo fijamente. Al hombre se le cayó la estilográfica con que firmaba los papeles. En medio de este efecto dramático, Adolfo Mondragón se abrió paso por uno de los costados de su subalterno, y avanzó extendiendo la mano. -Es una pena interrumpirlo, sólo le quitaremos unos mi­ nutos.

-Te... te... tengan la bondad de tomar asiento -indicó Lozoya. Dangond permaneció de pie, observando al sujeto.

-¿Gustan algo de tomar? -No, gracias.

Hubo un angustioso interregno. Era como si los policías hubieran acudido sólo a mirarle.

—Ustedes dirán.

-Le contaré, doctor Loyola Solano...

-Lozoya Riolano.

-Lozoya, sí señor, qué apellido tan raro. ¿Eso no es de por aquí, cierto? -No, soy de antepasados uruguayos. —Ah, Uruguay, tierra brava para el fútbol -el inspector Mondragón trató de reírse, el otro permaneció lívido—. Pues le contaré, doctor Lozada: la fiscalía tercera delegada ha ela­ borado un cuestionario que desea formularle. Más o menos unas veinte preguntas 4>ajó los ojos a un legajo de papeles 126

que tenía entre las inanos—. Estos interrogatorios generalmente son asuntos de rutina, no se le acusa de nada en particular. Sólo que ha ocurrido un asesinato, un arma está embolatada, alguien lo metió a usted en el cuento, chismes van, chismes vienen, casi de seguro no se trata de nada importante, pero usted tendrá que ser bueno con nosotros y prestarnos toda la colaboración posible. El encumbrado y elegante funcionario comenzó a desva­ necerse en la luz que filtraban las cortinas de raso, al tiempo que la cara y el cuello del sargento Dangond se hinchaban hasta tornarse cuadrados. —¿Qué se me exige? —reclamó con el último hilillo de voz.

—Su única obligación es decir la verdad. —¿Cuál es el cargo concreto que existe en mi contra? -Ya le dije que no existe ninguno. Todo son rumores, fácilmente descartables. De lo único que usted tiene que pre­ ocuparse es de colaborarnos al máximo.

El funcionario intentaba evadir la mirada ultrajante del sargento Dangond, que ahora sonreía con abierta malevolencia, y hasta le guiñaba un ojo.

-En lo que sea posible...

-De lo único que se trata aquí -cortó el inspector- es de llegar a un acuerdo sobre la forma de hacerlo. -¿Qué quiere usted decir?

-¿Quiere usted ser interrogado aquí, en su oficina, o quiere hacerlo en el despacho de la fiscalía? ¿O tal vez en su propia casa? El sargento Dangond había comenzado a fisgonear con entero descaro los objetos, cuadros y diplomas. Cada que podía pegaba las narices, olisqueaba como un perro y se volvía a mi­ rar al ejecutivo con aire de sospecha. Lozoya acabó por decir: -Me gustaría responderle luego. Creo que debo consultar a un abogado. 127

-Tómese todo su tiempo -dijo el inspector Mondragón, levantándose.

A la salida, antes de abordar el sucio y destartalado coche en que habían venido, Dangond recibió las instrucciones finales:

—Sígalo las veinticuatro horas, dejándose ver. Que lo vea en todas partes, que lo sienta.Vamos a desesperar a este marica. Le dejó el carro y regresó a la sede de la secreta en un taxi. Al entrar, casi en las mismas escaleras, le salió al paso el agente Higinio Angarita.

-Lo tengo —anunciaba.

-¿Tienes a quién? —preguntó Mondragón. -Al forastero. —Ah, ya recuerdo. ¿Qué clase de forastero resultó ser?

No había tenido tiempo de concederle importancia al caso de la Cancillería. Sin detenerse, se sacó la chaqueta de lino amarillento, que empezaba a fastidiarle.

-Se trata de un brasileño. Un tal Rubem Fonseca. —¿El delito? —Comercio de órganos humanos. Lo que este hombre lleva en su maleta son, sin lugar a dudas, los genitales dejóse Bonifacio.

Adolfo Mondragón detuvo en seco la marcha y se volvió a mirar a su agente con la cara iluminada de emoción.

-¡No puede ser! —Así como lo oye.

Hubo un silencio vacilante, como cuando no se sabe de qué manera proceder ante una noticia inesperada. —Entonces le tenemos una grande al doctor Salomón Ventura. El timbre del teléfono llegaba desde su oficina, a través de la puerta cerrada. 128

-Espérame -ordenó al agente Angarita. Tras abrir la oficina, tiró la chaqueta al espaldar de una silla y dio vuelta al encendedor del abanico de techo. Sobre su cabeza comenzó a oscilar una hélice descuadrada y ruidosa.

-¿Aló? Sí, el inspector Mondragón. ¿Madrina? Ya alguien había dicho que aquellas mujeres tenían muchas relaciones, así estuvieran retiradas del oficio desde hacía marras. Quien hablaba personalmente era Matilde Sagalejo. Intercedía por sus antiguas cofrades de «El batín del Lord», a quien un grosero agente de la secreta había injuriado gravemente. -¿Cómo ha ocurrido tal cosa, madrina? -Así como lo escuchas, Adolfo. Ellas habían invitado a un personaje muy ilustre, un historiador o algo así, que ha venido a recoger datos para escribir su biografía.Ya sabes que Alcandora tiene una historia larga y gloriosa al respecto. Pues bien, uno de tus agentes lo ha detenido.

-Con toda seguridad se trata de un malentendido, madrina, lo arreglaré de inmediato. -Eres un ángel, Adolfo,eso les dije yo a mis amigas: estas co­ sas ocurren a espaldas de Adolfo, él nunca lo hubiera permitido.

-¿Me podrías dar su nombre, madrina? -solicitó el obse­ quioso jefe de la secreta, alargando el brazo para recoger lápiz y papel. -El detenido se llama Rubem Fonseca, brasileño, huésped de honor de esta pobre tierra. El agente que lo detuvo es un tal Higinio Angarita. Mondragón se quedó de una pieza.

-¿Me podrías repetir el nombre, madrina? No alcancé a tomarlo... Mientras le hablaban, comenzó a hacer venias y sonrisas. Un segundo antes de colgar, la voz de Matilde Sagalejo sonó encantadora: 129

-Dale mis saludos a Diótima. Las ráfagas de aire que le caían desde el techo no podían evitar que su frente estuviera perlada de sudor. Permaneció quieto y pensativo por un cuarto de hora. —Angarita, ven aquí.

El agente ocupó el cuadro de la puerta.

-Hemos cometido un error. Ese hombre es una eminencia universal. Póngalo de inmediato en libertad. Hablaba sin mirarlo, no quería enfrentar los ojos de su subalterno.

—¿Qué debo hacer con lo de José Bonifacio? -preguntó Higinio Angarita, a quien la orden había dejado de una pieza.

-Devuélveselo. Que se lo lleve todo. Al menos ya sabemos quién lo tiene.

Después, se consoló pensando que la Fiscalía no había mostrado mayor interés por el singular y apetecido trofeo.

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CAPÍTULO CUARTO

El breviario de Chardelos de Lados

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1 Tres años atrás, cuando Liz defeccionó del matrimonio para retomar a la capital, dejando por única consorte a su solitario marido la discutible causa de la justicia que tanto se obstinaba en defender, jamás pensó que los juegos universitarios del profesor Ludwin, refinados hasta el extremo de la perversión, acabarían envolviéndola. Ludwin había sido su profesor de introducción al psicoanálisis, su (como ella y otras alumnas lo llamaban) verdadero maestro iniáático. Esto quería decir que el variado mundo de su propia y compleja sexualidad les había sido descubierto por él.

Desde luego que Liz había madurado mucho al lado de su esposo Salomón, y no regresaba impulsada por la idea de encontrarse con su antiguo tutor, sino preocupada por cur­ sar en forma concienzuda un postgrado en terapia familiar sistémica. Sin embargo, bien es cierto que anhelaba verlo. El profesor Ludwin, un intelectual refinado y misterioso, solita­ rio, atormentado y extremadamente sagaz, le había marcado la vida. Departir otra vez con él, intentar comprenderlo, rozar de nuevo esa orilla peligrosa representada por sus teorías y audacias, llegó a convertirse en una de sus prioridades.

Ludwin se había movido a lo largo de más de tres lustros sin dejar huella de sus pasos. En una comunidad tan celosa y competitiva como la académica, nadie se había atrevido a acusarlo de mantener una docencia paralela a su clase oficial de psicoanálisis, mucho menos de acosar o insinuársele a una alumna. La razón de este anonimato radicaba en que sólo compartía sus inquietudes más íntimas con una muy selecta lista de fieles discípulas, cuidadosamente escogidas, ninguna de las cuales llegó jamás a serle infiel. Mientras cada cierto tiempo algún profesor se veía obligado a retirarse de la universidad, bajo la incompatible evidencia de «sexo y cuaderno», él con­ 132

tinuaba indemne. Es más, ni siquiera había llegado a ser objeto de cuestionamiento, investigación o sospecha alguna. Sencillamente, el secreto de sus soterradas enseñanzas no era traicionable. Después de penetrar en los umbrales que sutilmente descubría a sus pupilas, estas adquirían una madu­ rez que no les permitía delatarlo. El principio básico de esta fidelidad había sido tomado del famoso manual de Chordelos de Lacios, Las relaciones peligrosas: «¿Qué puede negarse ya la mañana siguiente?». La que había visto quería ver más. Su deseo de no ser privada de ello la obligaba al silencio.

Es cierto, por lo demás, que nunca infringió la norma sagrada de no involucrarse con una discípula. Él y los otros profesores que participaban en el ritual, a lo sumo dos o tres, nunca enamoraron a una estudiante, ni aceptaron sus insinua­ ciones o propuestas, mucho menos las formularon. Todo fue planteado como un debido ejercicio exploratorio, como un nuevo estudio, como una investigación anexa, bien que muy reservada y exclusiva, un anhelo de encontrar la verdad y abor­ dar los temas más herméticos y vedados, algo que no resulta posible en el escueto y formal ambiente del aula. Todo lo que fue conquistado, o más bien concedido, la concreción de los exitosos procedimientos del profesor Ludwin, se obtuvo a partir del segundo principio del breviario de Chordelos de Lacios, que nunca se expuso de manera explícita: «La mujer que consiente en hablar del amor, acaba pronto por sentirlo, o al menos por comportarse como si lo sintiera». Por esta razón, el procedimiento inicial consistía en plantear a las alumnas, siempre a través del puente de un estudiante cómplice, una simple pregunta—invitación: ¿Podían contar con ellas para una velada sincera e intimista, donde se hablaría de las complejidades del amor, del amor traumático, del amor solitario, del amor herido, del amor en grupo? La invitación estaba precedida por un epígrafe tomado de la famosa carta de 133

Freud: «Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas.Tenemos que discutir en detalle este problema». Las chicas vencían todos los inconve­ nientes que les impidieran asistir, en particular aquellas que tenían novio, pues el primer requisito radicaba en la profunda reserva. Los grandes secretos no pueden ser desvelados sino en el más profundo silencio. ¡Ah, cuánto se hablaba! ¡Cuánto se especulaba! En el curso de aquellas reuniones ellas se tornaban más adultas, más libres, más seguras. Pero el encuentro entrañaba desde un comienzo el logro de una meta planteada por las mismas cosas discutidas, la puesta en escena de lo desconocido, la exploración de todas las po­ sibilidades, sin detrimento de incorporarse luego al mundo como si nada hubiese ocurrido. Éste era un reto lanzado en particular a las que tenían compromisos amorosos. Le servía de base el tercer principio de Chardelos de Lacios: «¡Como si no tuviera importancia arrebatar en una noche una joven soltera a su querido amante, usar de ella tanto como se quiere y como si fuese propia, y obtener incluso lo que no se atreve uno a exigir a todas las mujeres del oficio!Y todo esto sin tras­ tornar su tierno anión». Y aquí radicaba tal vez ese gran éxito de que gozó durante tantos años la secreta tertulia del profesor Ludwin, su impenetrable reserva,pues el aplicado profesor no se proponía, ni aceptó nunca, porque no podía tolerarlo, que sus enseñanzas y experiencias causaran el más mínimo daño a sus jóvenes alumnas, o a sus enamorados, ni mucho menos alteraran el rumbo de sus vidas. Jamás intentó retenerlas, ni esclavizarlas, ni ser la guía de sus creencias y sentimientos. Cada chica debía volver a manos de su ser amado como los valores puestos en custodia en las cajillas de seguridad del más seguro de los bancos. Esta advertencia se juraba desde un principio. Cualquier cambio que las discusiones, las interiorizaciones o las prácticas llevadas a cabo produjeran en su sensibilidad, no podría exteriorizarse antes de un largo período de tiempo. Por □4

eso mismo, ellas aceptaban los experimentos propuestos con relativa confianza.

Sólo entonces venía a descubrirse que el cuarto principio del breviario de Chardelos de Lacios, genialmente compen­ diado por Ludwin, era el siguiente: «Acostarse con una mujer es obligarla a hacer lo que le gusta; de eso, a obligarla a hacer lo que queremos nosotros, hay a menudo mucha distancia». Las jóvenes alumnas comprendían de golpe que los profesores asistentes no sólo querían hacerles el amor, sino ir mucho más allá. Algunas se contenían, intentaban retroceder. Sin embargo, el quinto principio de Chardelos de Lacios acababa de desin­ hibirlas, las alentaba a romper todas las barreras, las impulsaba a llegar donde nunca habían ni siquiera soñado. ¿Acaso alguna de ellas quería ser o pasar siquiera por santurrona? «¿Hay placer en las mojigatas? Las conozco bien: reservadas en lo más ínti­ mo del placer, sólo ofrecen goces a medias. El total abandono de sí misma, el delirio de la voluptuosidad agotando el placer hasta el exceso, los refinamientos del amor, no son conocidos por ellas». Con todo, los principios de Ch. de Lacios no se detenían allí. Siempre había uno más, siempre se llegaba más lejos; con Ludwin nunca se alcanzaba el fin.

2 Otros preceptos del breviario de Chardelos de Lacios, ano­ tados por Liz en una vieja libreta de apuntes:

«En amor nada se termina sin estar adecuadamente cerca». «Para mí, lo confieso, una de las cosas que más me halagan, es un ataque rápido y bien hecho, donde todo se desarrolla con rapidez y orden; que no nos pone nunca en esa penosa situación de reparar nosotras mismas el desliz que debemos aprovechar; que sabe guardar el aire de violencia hasta en las t35

cosas que convenimos, y halagar con elegancia nuestras dos pa­ siones favoritas, la gloria de la defensa y el placer de rendirnos».

«No hay que permitirse excesos sino con las personas que queremos abandonar con prisa». «Me llamaría pérfida, y esta palabra siempre me ha hecho feliz. Es, después de “cruel”, la más dulce a los oídos de una mujer».

«Os tomáis la molestia de engañarle y él es más feliz que vos» (tal vez anotado en referencia a las incompatibilidades y problemas que ya empezaban a surgir en su relación con Salomón Ventura). «La mujer debe entregarse sin renunciar a su virtud, ni a sus prejuicios, ni a su estado. El hombre apasionado dice: “Haré mía a esta mujer; se la arrebataré al marido que la profana; osaré robársela al mismo Dios que ella adora... ¡Lejos de mí la idea de destruir los prejuicios que la asedian! Ellos aumentan mi dicha y mi gloria. Que crea en la virtud, pero que me la sacrifique; que sus faltas la espanten sin que puedan detenerla”». En cierto lugar de esta misma libreta, Liz consignó, bajo el título de «Mecanismos de defensa tomados de Ch. de Lacios», los siguientes apuntes:

«Por más que se diga, yo sé muy bien que una ocasión fa­ llida vuelve a presentarse, mientras que un acto precipitado no puede remediarse jamás».

«Qué felices son los hombres como consecuencia de lo mal que se defienden las mujeres». «Las flechas del amor, como la lanza de Aquiles, llevan consigo el remedio a las heridas que abren».

Definición de la coquetería: «Una mano cogida cien veces que se retira siempre, y que no se niega nunca». «Estoy muy satisfecha de comprobar que la franca coque­ tería tiene más defensas que la austera virtud». 136

Para definirse a sí misma: «Aburrida como la mujer sencilla; y triste, como la mujer fiel».

«Para lo que vale un marido, lo mismo da uno que otro» -¿Qué ha pasado con el breviario de Chardelos de Lacios? ¿En qué acabó todo? -fue una de las primeras preguntas que formuló a su antiguo maestro, la tarde que volvió a encontrarse con él en la cafetería de la universidad.

-Ha quedado agotado —dijo Ludwin con tristeza-. Toda obra maestra tiene su fin, por inevitable agotamiento. Esa fue una obra maestra-. Había una sincera nostalgia en su voz. —Pero, entonces, ¿tu vieja escuela filosófica está definitiva­ mente clausurada? —He iniciado nuevos experimentos. El mundo no puede quedarse quieto, la quietud es la muerte.

La barba del profesor tenía ahora algunas canas, había pequeñas bolsas debajo de sus ojos, aunque seguía siendo el mismo personaje interesante y misterioso. Misterioso y subyu­ gador, al menos eso pensó Liz en los días del comienzo de su postgrado, al reinicio de los estudios en la capital, tres años atrás, luego de escapar de Alcandora. El profesor fue tan discreto en aquella entrevista que ni siquiera averiguó por su matrimonio.

Era un sabio.

3 En Alcandora, el idilio hubiera continuado su marcha fes­ tiva y embrujadora, de no haberse interpuesto el engorroso «Caso Mondiú», como ahora lo llamaba toda la gente. Nunca se supo a quién se le había ocurrido semejante nombre, lo cierto es que el «Caso Mondiú» traspasaba todas las barreras, ocupaba todos los espacios, se difundía en todos los ámbitos convertido en leyenda. Hasta en la letra de algunos vallenatos IJ7

había empezado a sonar. Se decía, sin que el fiscal Salomón Ventura pudiera comprobarlo, que un extraño y encumbrado personaje procedente del Brasil se había llevado los atributos de José Bonifacio, y que estos eran al presente otro más de nuestros recursos naturales perdidos para siempre. Aquellos rumores por lo común resultaban ciertos; Salo­ món Ventura cruzó algunas palabras al respecto con el inspec­ tor Mondragón. El policía le negó rotundamente el asunto: «¿Visitante extranjero? ¿Un encumbrado emisario del Brasil? ¿En Alcandora? ¡Pamplinas! ¡Cuentos de hadas! ¡Eso no se le puede ocurrir más que a mentes calenturientas y perversas!».

Ni siquiera el abogado Laurentino Cristófor pudó conven­ cerse a sí mismo de que había llegado a rozarse con Rubem Fonseca en persona. El encuentro había sido tan fugaz como un flash fotográfico disparado a los ojos; bien podía haberse tratado de otra persona o el abogado Peralta podía haber mentido. Para su desgracia, los libros que tenía de este autor no contaban con una foto suya, como ocurre en muchos ca­ sos. Se dirigió a la biblioteca pública, consultó enciclopedias biográficas, reburujó en todas partes. En ninguna le foe posible hallar una foto de Rubem Fonseca. Acabó por decirse que el famoso incidente del aeropuerto había sido un engaño, un risueño espejismo, como los que se contemplaban en las calles de Alcandora a pleno mediodía, entre las reverberaciones del pavimento.

Nada interrumpía el renacido idilio, pero una mañana, a la hora del desayuno, cuando Salomón Ventura se extasiaba en los tintes que alumbraban la cara de Liz, y se regocijaba en silencio de que ella no hubiera vuelto a sufrir un desmayo, el teléfono sonó. Era el inspector Mondragón. —Señoría, necesitamos una orden inmediata. -¿Orden inmediata para qué?

—Para detener un cadáver. 138

-¿Detener un cadáver? -Salomón Ventura se preguntó si lo que acababa de escuchar era cierto. Sacudió la cabeza-. ¿El cadáver de quién? -El cadáver del doctor Gaspar Lozoya Riolano. Está que aborda un avión.

Un cadáver que aborda un avión, eso estaba mejor.Tomó asiento en la pequeña silla de la mesa del teléfono, dispuesto a enterarse hasta del último detalle de lo anunciado por su flamante investigador.

—No le entiendo una sola palabra, no sé de qué me habla. El policía pareció atragantarse.

-Se trata del «Caso Mondiú» -dijo con voz breve y seca-. Hemos venido ejerciendo una discreta vigilancia sobre algunos cuadros directivos de la refinería, entre ellos el doctor Lozoya, de quien fuentes confiables nos han hecho suponer que sabe muchas cosas.

Cada que decía Lozoya parecía vacilar, pues para que este nombre no se le confundiera, bajaba los ojos y consultaba en un papelito, donde lo tenía escrito. -Pero si no estoy mal, inspector Mondragón, a quien vigi­ lábamos era al doctor Albarracín Lucas -interrumpió Salomón Ventura.

-Sí, es cierto, es así como lo tiene ordenado su señoría. Pero esa vigilancia nos llevó a sospechar de Lozoya, el vice­ presidente administrativo. Los procedimientos toman estos rumbos inesperados...

-¿Y qué ha ocurrido ahora? -Ha ocurrido -Mondragón se detuvo en el filo de la palabra, como si tomara aire antes de una zambullida en un estanque profundo-... ha ocurrido que Gaspar Lozoya Riola­ no murió ayer en la tarde, en su propia oficina, de un infarto fulminante. Me cuesta mucho trabajo creer en esta clase de ■39

muerte, pues era el más joven y sonrosado de los seis vicepre­ sidentes. Lo hallaron tumbado en su oficina; lo condujeron de urgencia al policlínico, donde un equipo médico lo ha declarado muerto. Lo prepararon anoche en una funeraria y a esta hora lo remiten a su ciudad de origen, donde vive su madre, pues era soltero. El único soltero de los seis vicepre­ sidentes, señor. El desayuno de Salomón Ventura comenzaba a enfriarse. Liz le colocó un plato encima.

—¿Un crimen en la refinería?

-Pueden haberlo envenenado, señor, cualquier cosa es posible. La única manera de saberlo es practicarle la autopsia. Pero se necesita una orden suya para detener el féretro antes de que parta el avión. Si lo dejamos ir, nunca nos enteraremos de nada más. Ahora empezaba más o menos a entender el galimatías. Sin embargo, en lugar de acceder, pensó en dar una reprimenda al inspector, que no había solicitado su previo consentimiento para ejercer vigilancia sobre otros directivos de la petrolera distintos a Albarracín Lucas. Lo pensó, pero se contuvo. Al fin y al cabo, el pobre se esforzaba.

-¿Cuánto tiempo le tomará llegar a mi oficina? —No más de diez minutos.

—Pues bien, parta hacia allí.Valeria ya tiene que encontrarse en su puesto. Ella le entregará la orden.

En ocasión diferente, Salomón Ventura no hubiera renun­ ciado jamás a efectuar esta diligencia por su propia cuenta. Pero Liz había amanecido muy hermosa, la luz del día estaba realizando prodigios en la piel de su cara, en su cuello, en sus cabellos sedosos. Unos minutos más a su lado valían realmente la pena. Tomó el teléfono y dictó a Valeria lo que debía ha­ cerse, agregando que enviara una copia de la orden al doctor Culer y le notificara mediante una llamada personal, que debía 140

entregar un informe de los resultados de la necropsia en el menor tiempo posible.

Liz, que lo había escuchado todo sin querer, se atrevió a preguntar con aire inocente: -¿Quién es ese tal doctor Culer? -Es el médico legista oficial.

-¿Buen tipo? -Tenemos un gran problema con él, porque es casi seguro que delega en el auxiliar de la morgue sus responsabilidades. Le tiene repugnancia a su oficio, lo único que le encanta es jugar poker.

Cada que tenía que meterse con el doctor Culer perdía la paciencia. Lo consideraba la pieza más desajustada en el engranaje judicial de Alcandora, la causa principal de los altos índices de impunidad. Entretanto, el desayuno se había enfriado. Liz se despidió con un beso furtivo y entró al baño.

SalomónVentura miró el reloj, descubriendo malhumorado que aún contaba a su favor con casi veinte minutos. Muy con­ tra su voluntad, enganchó el maletín y partió hacia el trabajo.

4 También de muy mala gana, el doctor Isaías Culer dictó a su ayudante:

-Ten listos seis frascos grandes, de los de boca ancha, los que están colocados en la vitrina de atrás. Cuando te lleven el cadáver lo abres y le extraes, completos y separados, todos los órganos. En un frasco colocas los pulmones, en otro el estómago y su contenido, en el siguiente los intestinos y su contenido, en otro más el hígado, en uno distinto los riñones y el bazo, y por último, en otro, el corazón y sus arterias. No 14.1

les agregues alcohol, ni formol, ni desinfectantes de ninguna clase. Estamos buscando indicios de envenenamiento. Cuando lo tengas todo listo, me llamas. Había sido un buen estudiante de medicina y conocía los procedimientos a la perfección, pero su oficio de médico legista le causaba especial repugnancia. Las únicas cosas que le propor­ cionaban cierta brizna de dicha en un lugar como Alcandora eran la limpieza, la ropa elegante y ligera, los juegos de naipes y las mujeres hermosas. Estaba seguro que había equivocado su profesión, o al menos su especialidad. El anfiteatro universitario había sido para él un escenario científico. La muerte descubre allí los secretos de la vida; el ambiente posee un acogedor tono académico: la fisiología, la patología, la toxicología y todas las ramas afines son ciencia clásica y pura, porque los tejidos de los muertos convertidos en material didáctico no ofenden el alma. En cambio los muertos de una morgue como la de Al­ candora resultaban impactantes, siniestros, llegaban quebrados, agujereados, crispados en rictus de pánico, tiznaban el espíritu de negros presagios.

«Cadavro» aguardó a que trajeran el encargo y se ocupó de él desde el momento mismo en que sus portadores lo arrojaron encima de la losa. Los camilleros de la policía judicial que efec­ tuaban los levantamientos procedían siempre en idéntica forma, descargaban y se retiraban luego de hacerse firmar un recibo. Igual ocurrió en este caso con los empleados de la funeraria, sólo que «Cadavro» no firmó un recibo por el muerto, sino por el traje completo con el que llegó el muerto, su camisa de lino de primera, su corbata, sus zapatos y ropa interior, todo lo cual debía ser devuelto en perfecto estado. Por carencia de recursos, por falta de físico presupuesto, el funcionamiento de la morgue estaba en manos de un oficial como él, que tenía la ventaja de encargarse de todo: barrer, limpiar, disecar, coser, montar y desmontar los cuerpos en las 142

losas, operaciones diversas que representaban un significativo ahorro en gastos de personal. Esta era una de las grandes mi­ serias de la justicia local. La otra gran miseria era que el titular de medicina legal, el forense en propiedad, nuestro olímpico y delicado doctor Culer, no compartía estos esfuerzos, porque las cláusulas de su contrato laboral no dictaminaban con precisión que debía compartirlos. Una vez desnudo, quedó claro que el cadáver había sido sometido a una evisceración radical. En lugar de la larga cos­ tura en forma de cremallera desde el mentón hasta el pubis, exhibía un borde profundo y muy bien zurcido que le envol­ vía todo el tórax y el vientre, una clase de incisión que sólo se practica con el objeto de retirar por completo los órganos internos. Repasó con un bisturí el extenso surco y levantó la cobija de piel que cubría aquella fosa. Adentro, en efecto, no existía nada, ni faringe, ni lengua, ni pulmones, ni corazón, ni estómago, ni intestinos, ni bazo, ni riñones, ni nada. El agujero estaba relleno con sendos paquetes de gasa sin abrir. Tomó el teléfono y llamó al doctor Culer.

-Este cadáver no tiene ningún órgano adentro -informó con voz pastosa y lenta-. Lo han preparado en la funeraria.

-¡Maldición! —exclamó el médico. Hubo un minuto de silencio, la línea dejó escuchar leja­ nos zumbidos. «Cadavro» aguardó pacientemente las nuevas instrucciones.

-Dime al menos qué aspecto tiene. Aparte de que era un muerto muy rosáceo, el ayudante no había observado otra cosa.

-Dale vuelta, míralo por todos los lados y llámame -dijo la voz que ordenaba, antes de cortar. «Cadavro» dio vuelca al cadáver con gran facilidad, pues pesaba muy poco. Le llamó la atención que aún estuviera muy rígido, demasiado rígido. La coloración rosada de las uñas re­ t43

sultaba notoria, llegó a pensar que las tenía pintadas, pero no era así. Una pequeña ala azul celeste hizo un guiño entre las nalgas. Observó con detenimiento.

El muerto tenía una mariposa tatuada en el culo. ¡Aquel había sido el año de las grandes sorpresas! Comunicó sus descubrimientos al doctor Culer.

-Bien -dijo el galeno- El tatuaje quiere decir que a ese señor se le salía el aire a menudo, y no por cuenta propia. Sólo queda un remedio:Toma varias bolsas, anda a la funeraria y oblígalos a que te entreguen las visceras. Cuando ya las tengas entre los frascos, me llamas.

El auxiliar cumplió en forma precisa este nuevo encargo. Cerró con el debido cuidado la bodega, evitó cualquier calle concurrida, lo que le obligó a dar un largo rodeo, se presentó en la funeraria por la puerta del servicio, la misma por donde ingresaban los cuerpos antes de ser preparados. El portero lo condujo ante el maquillador,quien era a su vez cirujano plásti­ co, estilista y embalsamados Para la gente del medio, «Cadavro» resultaba un personaje muy conocido, incluso respetado. -¿Visceras? -preguntó el operario con cara de sorpresa-. Ese doctor llegó aquí hacia las ocho de la noche; los que lo trajeron dejaron orden terminante de que se le preparara con todas las de la ley, de manera que pudiera soportar un viaje muy largo. Lo que traía adentro se tiró por el sumidero, a estas horas debe estar en el estómago de los bagres. Sólo en época de grandes aguaceros, en lo más crudo del invierno, cuando el río se salía de madre, el contenido de las cloacas de Alcandora refluía por los sumideros. Durante el resto del año, todo iba derecho a la boca de los peces. La ciudad tomaba el agua del rio y al río volvía a dar con todo lo que le fuera agregado. «Cadravro» regresó con las manos vacías. -¿Qué? -exclamó el doctor Culer, cuando escuchó su segundo y escueto informe-. Esto es una completa calamidad.