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Spanish Pages [255] Year 2014

De la crítica Compendio de sociología de la emancipación
Luc Boltanski
@ akal
Diseño interior y cubierta: RAG Traducción de Tomás Femández Aúz y Beatriz Eguibar
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuosto en el an. 270 del Código Penal, podrán ser castigados Eon penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan �comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, anística o ciend6ca, fijada en cualquier tipo de sopone. ·
Titulo original: De '4 critique. Précis de sodologie de l'ema11dpato11 © :&litions Gallimard, 2009 © Edicionos Akal, S. A., 2014 para lengua española
Sector Foresta, 1 28760 Tres Cantos Madrid - España Tel.: 918 061 996 Fax: 918 044 028 www.akalcom ISBN: 978-84460-4014-9 ·Depósito legal: M-19.490-2014
Impreso en España
Para Jean-Élie Boltanski
Voy a decirle una cosa: yo, toda mi vida, he pensado por mí mis mo; siendo un liberto, he nacido diferente. Soy el que soy. Difiero de todo el mundo ... No sé gran cosa. Pero de muchas cosas desconfío. Puedo decir «déjelo en mis manos»: cuando se trata de pensar con alcances soy como un domesticador de perros -suelte ante mí una ideíta y le seguiré el rastro hasta el último confín del bosque, ¡amén!-. Escuche: lo que debería cobrar existencia sería reunir a todos los científicos, a todos los políticos, a los elegidos importantes, y zanjar definitivamente la cuestión: proclamar de una vez por todas, por me dio de asambleas, que no existe diablo alguno. No existe. No puede existir. ¡Fuerza de ley! Solo así nos darían a todos tranquilidad de la buena. ¿Por qué no se ocupa de eso el gobierno? ¡Bah, lo sé muy bien: no es posible! No me tome por un ignorante. Poner en orden las ideas es una cosa, vérselas con un país de personas de carne y hueso, con mil y una miserias, otra distinta ... Tantísima gente -aterra pensarlo-, y ni una sola que se sienta a gusto: y venga todos a nacer, a crecer, a casarse, a querer comida, salud, caudales, fama, un empleo seguro, y dale con querer que llue va, que los negocios funcionen...
]oA.o GUIMARAES ROSA Diadorim
Prólogo
Esta obra encuentra su origen en tres conferencias pronunciadas, en no viembre de 2008, en el Instituto de Investigación Social (IfS) de Fráncfort. Fue Axel Honneth, con quien mantengo un diálogo extremadamente enri quecedor desde hace ya varios años, quien tuvo la iniciativa de confiarme la tarea, tan estimulante como abrumadora, de aportar así una contribución al ciclo de las Conferencias Adorno. Agradézcasele por tanto muy vivamente que me haya dado ocasión de presentar, en forma sintética, algunas de las obser vaciones que han acompañado mi reflexión en el transcurso de los tres últi mos años. Al retomar el hilo de esas conferencias desde la óptica de una publicación no he podido sustraerme a la tentación de reintroducir en ellas un buen nú mero de argumentos que había debido eliminar a fin de no rebasar el tiempo asignado a mi turno de palabra. Además, he vuelto a insertar en el cuerpo del texto diversas consideraciones de carácter menos inactual relativas a algunas de las formas de dominación contemporáneas, consideraciones que ya tuve oportunidad de presentar en octubre del año 2008 en la Universidad Hum boldt de Berlín, en el marco de la conferencia que el Centro Marc Bloch or ganiza anualmente para señalar el inicio del curso universitario. De este modo, las tres Conferencias Adorno quedaron, en cierta forma, desdobladas, dando lugar a los seis apartados que componen esta obra. No obstante, siendo cons ciente de las dificultades que presenta el paso de la forma «conferencia» a la forma «libro» -cometido casi imposible dado lo distintos que son los medios argumentativos y los procedimientos estilísticos que exigen ambos forma7
tos-1, he insistido en mantener, al redactar una y otro, al menos en cierta medida, el carácter oral propio del escrito original. Por lo tanto, este libro ha de leerse como una sucesión de seis ponencias. En este aspecto se trata me nos, hablando en sentido propio, de una obra acabada, cuya redacción me habría llevado muchos más años de trabajo futuro y que habría dado pie -¿o lo dará?- a un ensayo mucho más importante, que de un conjunto articulado de observaciones y de propuestas para la situación presente. Los seis apartados pueden reunirse por parejas, formando así tres partes diferentes. Los dos primeros atañen a la cuestión de la relación que media entre la sociología y la crítica social. Se trata de una cuestión que no ha dejado de atormentar a nuestra disciplina desde sus mismos orígenes. La sociología, cuyo modelo se ha constituido sobrela base de las ciencias , y con una orien tación esencialmente descriptiva, ¿ha de ser puesta al servicio de una crítica de la sociedad -lo que implica contemplar a esta última desde una óptica normativa-?; y en caso afirmativo, ¿ �ómo ha de arreglárselas para h acer com patibles la descripción y la crítica? La orientación tendente a la crítica, ¿ tiene necesariamente el efecto de corromper íntegramente a la sociología, apartán dola de su proyecto científico, o hemos de reconocer, por el contrario, que constituye en cierto modo la finalidad, o una de las finalidades; de la socio logía y que esta, en su ausencia, se vería reducida a una actividad meramen te ociosa, desentendida de las preocupaciones que embargan a las personas que componen la sociedad? Preguntas de este tipo han solido resurgir perió dicamente a lo largo de la historia de la sociología, llevándose adheridos a su paso otro conjunto de binomios de elementos opuestos, corno los que en frentan, por ejemplo, a los hechos con los valores, a la ideología con la cien cia, al determinismo con la autonomía, a la estructura con la acción , a los enfoques macrosocial y microsocial, a la explicación con la interpretación, etcétera. Tras presentar rápidamente, en el primer apartado (que puede leerse al modo de una introducción) , una serie de conceptos susceptibles de ser utiliza dos para describir la estructura de las teorías críticas existentes en las ciencias 1 Y que muy a menudo son más rápidos y más aptos a la alusión directa en el caso de la con ferencia. La exposición oral no pennite entrar en detalles con la misma precisión que posibilita el libro, y ello por razones que guardan relación, fundamentalmente, con el doble hecho, por un lado, de que el orador acostumbre a tener en cuenta tanto las capacidades memorísticas de los
asistentes como su grado de atención y, por otro, de que el discurso verbal se halle desprovisto de todo paratexto.
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sociales, me afanaré, en el apartado segundo, en comparar los dos programas -programas a los que he tenido ocasión de realizar, en dos momentos de mi trayectoria profesional, alguna contribución-. El primero de esos programas es el de la sociología crítica de los años setenta del siglo pasado, particularmente en la forma que habría de darle Pierre Bourdieu en Francia. El segundo es el de la sociología pragmática de la crítica, en cuyo d esarrollo tuve ocasión de participar entre los años 1 980 y 1 990, estando integrado en el Grupo de sociología políti ca y moral (GSPM) de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS), asociación que se constituyó con el doble y simultáneo objetivo de oponerse al primer programa y de continuar no obstante con los propósitos fundamentales del mismo. Uno de los elementos más relevantes que habrá de encontrar el lector en este segundo capítulo es el de una crítica cruzada de uno y otro programa, considerados ambos desde el punto de vista de su contribu ción a la crítica social. Los apartados tres y cuatro pueden entenderse a la manera de una segunda parte. En ella vengo a exponer, en sus líneas maestras, un marco analítico des tinado a plantear con ímpetu renovado la cuestión de la crítica según acierta esta a circular libremente, no en el espacio teórico de la sociología, sino en l a realidad cotidiana. Dicho marco s e propone alcanzar asimismo el objetivo de generar los instrumentos necesarios para reabsorber la tensión existente entre la sociología crítica y la sociología de la crítica. Aspira con ello a una meta pacificadora. Este marco de análisis se desarrolla sobre la base de un postulado (perteneciente al orden de los experimentos mentales): la disposición de la vida social ha de hacer frente a una incertidumbre radical relativa a la cuestión de saber qué hay de lo que es. La distinción entre realidad y mundo habrá de proporcionarnos los mimbres conceptuales de estos análisis. Y es que, en efec to, esta segunda parte analiza las instituciones, consideradas fundamentalmen te en sus funciones semánticas, como un conjunto de herramientas destinadas a la construcción de la realidad, principalmente por medio de una serie de operaciones de calificación de los seres -esto es, de las personas y los objetos y de definición de los formatos de experimentación. La posibilidad de la críti ca deriva de una contradicción ínsita en el núcleo mismo de las instituciones, a la que designamos con el nombre de contradicción hermenéutica. La crítica se contempla por tanto en su relación dialógica con las instituciones, contra las cuales toma partido de dos maneras: o bien realiza la demostración de que las experimentaciones, según estas se efectúan (es decir, en tanto que ocurren cias, o, como dice la filosofía analítica, en su condición de token) , no concuerdan 9
con su formato (o su type)*; o bien opta por extraer del mundo ejemplos y casos que, hallándose en contradicción con la realidad según aparece esta estableci da, permiten impugnar la realidad de la realidad, modificando de ese modo sus contornos. Los apartados cinco y seis forman la tercera parte, que se orienta más clara mente a abordar los problemas políticos actuales. El apartado quinto presenta algunas aplicaciones sumarias del marco de análisis esbozado en los dos aparta dos anteriores, consagrados al señalamiento de diferentes regímenes políticos de dominación. El término de dominación -en el sentido en que se emplea en este pequeño compendio- remite a diversas situaciones históricas en las cuales el trabajo de la crítica ha de hacer frente a un conju�to de férreas cortapisas cuya expresión no solo se ajusta a una serie de modalidades que varían en fun ción de cuál sea el contexto político, sino que se verifica también de una forma más o menos aparente o más o menos disimulada. En este apartado me deten dré particularmente en una modalidad _de dominación -a la que puede calificar se como «administrativa>>- que está empezando a instaurarse en las sociedades democráticas capitalistas de Occidente. El apartado seis (que puede entenderse al modo de una conclusión provisional) traza el esbozo de algunas de las vías por las que podría internarse actualmente la crítica para avanzar hacia una emancipación. Para terminar, añadiré que la seducción que ejercen sobre mí la cuestión de la crítica y los problemas que plantea la relación entre la sociología y la crítica -a los que he dedicado desde hace muchos años gran parte de mi trabajo- no hun de su raíz únicamente en su atractivo teórico. Ambos intereses han tenido para mí, y sin duda también, en un sentido más general, para los sociólogos de mi generación, embarcados en esta disciplina en los años inmediatamente anterio res o posteriores a mayo del sesenta y ocho, un carácter casi biográfico. Hemos vivido periodos en los cuales la sociedad ha encontrado un i.rilportante factor de dinamización en la existencia de unos poderosos movimientos críticos, seguidos de otras épocas marcadas por el reflujo de ese impulso. Es posible que ahora estemos cruzando los umbrales de un tiempo llamado a asistir al retomo de
* Términos introducidos por Charles Sanders Peirce, en Prolegomena to an Apo/ogy /or Prag matidsm, 1906. Se trata de la distinción ontológica y lógica entre «caso» (token) y «tip0» (type). Si tomamos po� ejemplo d número 339 y pretendemos decir cuántas cifras distintas tiene, pode mos dar dos respuestas correctas: tres si atendemos a los casos -d «3» como centena; d «3» como decena y d «9» como unidad-, � dos si atendemos a los tipos. [N. de los IJ
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aquellos movirnientos2• Y esa Gran Historia no podría dejar de incidir en la pe queña historia de la sociología.
2 En la introducción de la obra que ha dedicado al movimiento zapatista (La rébellion ¡apa tiste, París, Flammarion, 2002, redactada al margen de su práctica como medievalista), el histo
riador Jerome Baschet propone una periodización muy atractiva -por no decir que exacta-, mar cada por todo un conjunto de ciclos de rebelión y de regreso al orden. Existiría así un áclo de luchas sociales que habría venido a culminar, tras su arranque en el primer tercio del siglo XX, entre los años 1972 y 1974 (lo que implica establecer un corte mucho más pertinente, según Bas chet, que el que el mucho más invocado de los años 1989 a 1991). Los movimientos de mayo del sesenta y ocho constituirían así uno de sus puntos álgidos, al preceder a un «brusco cambio de tendencia» señalado por la in5tauración de «una relación de fuerzas mucho más favorable al ca pital» y por un descenso de la reflexión y de la acción críticas. A partir de 1994, y sobre todo del año 2000 en adelante, se habña puesto en marcha una nueva inflexión -siendo el zapatismo una de sus primeras manifestaciones-, un vuelco tendente a promover un resurgimiento tanto del «pensamiento como de la práctica de la crítica» (páginas 15 a 18). Podemos encontrar una idea bastante parecida, aunque aplicada en esta ocasión a la cuestión de las clases sociales, de las for mas que estas adoptan y de su grado de movilización, en los escritos del sociólogo Louis Chauvel (y sobre todo en Les clases mu¡mnes a la dérive, París, Seuil, 2006). De este modo, el periodo que va de la década de 1890 a la de 1970 -un lapso de tiempo presidido por un elevado nivel de con flictivid:::d que se encontraría en la base de la consecución de importantes conquistas sociales- se habría visto seguido por un ciclo de escasa conflictividad que habría provocado el deterioro de esas conquistas y abierto las puertas a nuevas formas de conflicto.
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•
I
La estructura de las teorías críticas
Poder o dominación. Sociedad u o rden social Voy a abordar el examen de las sociologías críticas sobre la base del concepto de dominación social una noción polémica donde las haya, dado que viene cons tituyendo uno de los ejes principales de las teorías críticas pese a verse frecuen temente expuesta al rechazo de otras corrientes sociológicas, al menos cuando el término de dominación no se utiliza únicamente para designar las diferentes formas de poner un determinado poder al servicio de una política, sea esta la que fuere -como viene a suceder, unas veces más y otras menos, en el caso de los , señalan nuestros doctores, «entre un pleitista obcecadamente empeñado en con seguir la reparación de una denegación de justicia, supuesta o real, y este o aquel buscador de piedras filosofales
[ ... ]
o tal o cual sociólogo quimerista decidido a dedicar sus fogosos únpetus a
[...] Allí donde otros no ven más que azar o él, gracias a su penetrante clarividencia, juzga saber desentrañar la verdad y las secre
propagar sus teorías y a urgir a su materialización. coincidencia,
tas relaciones entre las cosas» (Sérieux y Capgras, «Délire de revendication», en Paul Bercherie
[ed.], l'résentation des classiques de la paranoia, Patis, Navarin/Seuil, 1982, pp. 100-105). 7
Y a la inversa, también se pueden caracterizar los objetos a los que llamarnos «naturales» en
virtud de esa ausencia de reflexividad y, más particularmente, por la indiferencia que muestran frente a las representaciones que damos de ellos y ante las descripciones que se hacen de sus formas de ser -ya las realicen las personas corrientes o un conjunto de especialistas respaldados por la autoridad de la ciencia-. Estas representaciones y descripciones pueden tener un efecto en
su conducta -especialmente en el caso de los animales-, pero solo de forma indirecta, es decir,
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Los juicios morales que formulan los actores en el transcurso de sus activida des cotidianas adoptan muy a menudo la forma de críticas. La actividad moral es ante todo una actividad crítica. La doxa sociológica que se enseña a los estudian tes de priiner curso de carrera (invocando en la mayoría de las ocasiones una variante vulgarizada de la epistemología weberiana) consiste en operar una nítida distinción (aunque no siempre sea clara) entre, por un lado, los juicios críticos que, daborados por las personas a las que damos en llamar > es d de más edad, d antepasado, el padre, alguien a quien se debe respeto y fidelidaCI y que concede a cambio protección y apoyo.
En la ciudadela de la reputación, la grandeza depende únicamente de la opinión de los demás, es decir, dd número de personas que conceden crédito y estima a otra u otras. El individuo «grande>> de la ciudadela dvica es el representante de un colectivo cuya voluntad general expresa.
En l a ciudadela comercial, d individuo «grande» es aquel que se en rlquece al ofrecer en un mercado muy competitivo un conjunto de mercancías notablemente deseadas. Sabe «aprovechar las oportunidades». Y por último, en la ciudadela industrial, la grandeza encuentra su fundamento en la eficacia y determina una particular jerarquía de capacidades profesionales. Cada uno de estos regímenes de justificación se apoya en un principio de evaluación distinto que, al considerar a los seres bajo una determinada relación (lo que implica excluir también otros
tipos de calificación), permite establecer un orden entre ellos. Este principiO recibe el nombre de
principio de equivalencia, dado que lleva aparejado el establecimiento de una referencia a una forma de equivaiencia general (es decir, una referencia a una equivalencia con un modelo o un patrón determinados) sin la cual resultaría imposible proceder a una comparación entre los seres. En tal caso puede decirse lo siguiente: consideradas desde el punto de vista de:: e5ta .o aquella re lación (por ejemplo la vinculada con la eficacia en una ciudadda industrial), las personas someti das a prueba han revdado tener más o menos valor. Llamamos grandeza al valor que se atribuye a las p ersona·s desde la óptica de una determinada rdación, siempre y cuando sea resultado de un procedimiento legítimo.
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pura, impidiendo que ciertas magnitudes, legítimas en el mundo de las relacio nes domésticas, se manifiesten en ella, y convirtiendo el examen, por ejemplo,
en un concurso anónimo.
Y es que , en efecto, en la lógica de este modelo del sentido ordinario de la justicia, las personas consideran que una prueba es injusta cuando tiene en cuenta, casi siempre de forma implícita u oculta, un conjunto de fuerzas que no se enmarcan en el tipo de ciudadela en el que dicha prueba se halla, en principio, inscrita. Toda prueba es claramente, al menos en cierto modo, una prueba de fuerza. Sin embargo, una prueba justa es antes que nada una prueba
de algo (de la capacidad para crear una obra de arte, ser un padre cariñoso, resolver un difícil problema informático, conseguir beneficios para la empresa que nos emplea, etcétera) , es decir, una prueba en la que la fuerza que se so mete a prueba aparece
especificada Y a la inversa, una pura prueba de fuerza, ..
que escapa por tal mo"tivo al reino de la justicia, puede definirse como una prueba que otorga a sus participantes la posibilidad de ejercer cualquier clase de fuerza con el objetivo de intentar vencer, por todos los medios a su alcance, a sus contrincantes 3 1 • Hemos de añadir por último que estas pruebas s e hallan
institucionalizadas
en diversos grados. Si bien algunas pruebas son de índole circunstancial y local,
de tal forma que su carácter injusto resulta difícil de objetivar (pues la reivindi cación, caso de formularse, puede topar con distintas modalidades de denega
ción), otras, debido a que inciden sobre uno o más extremos importantes y a que
por eso mismo han de hacer frente a fuertes críticas, se ven sometidas a un pro
ceso de institucionalización, concretado sobre todo por medio del derecho o de otras formas de reglamento destinadas a fijar unos procedimientos y a establecer
lo que podríamos llamar un formato de prueba (más tarde habremos de retomar
esta idea). Esto es lo que ocurre, fundamentalmente, con aquellas pruebas que desempeñan un papel importante, bien en la designación ·de los representantes
y los responsables políticos, bien en la selección de aquellas personas que han de
acceder a un determinado puesto o al disfrute de unas ventajas deliberadamente buscadas (pruebas escolares, pruebas de selección laboral, pruebas enfocadas al
reconocimiento de uno o más derechos sociales, etcétera) . De aquí se sigue. que la crítica puede orientarse en dos · direcciones diferentes. Puede tomar como objeto la forma en que viene a llevarse localmente a la práctica una determinada prueba y mostrar que su desarrollo no ha respetado los procedimientos estable31
Luc Boltanski y Eve Chiapello , Le nouvel esprit du capitalirme, cit.
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ciclos. O puede poner en su punto de mira el propio formato de la prueba, mos trando a un tiempo que su organización no permite controlar el conjunto de las fuerzas que intervienen en la prueba y que eso tiende a favorecer injustamente a ciertos participantes.
¿Pueden realizarse operaciones críticas tomando como base la sociología de la crítica? Vamos a preguntarnos ahora en qué medida esta sociología de la crítica -pues ta en práctica en el seno de lo que Nicolas Dodier ha denominado «el laborato rio de las ciudadelas»32- puede contribuir a renovar el despliegue de una socio logía crítica. Ya hemos visto que ese engarce lleva aparejada la posibilidad de introducir una diferencia normativa en la médula misma de la arquitectura con ceptual. Se presenta así una posibilidad en el marco de la sociología pragmática de la crítica. Dicha posibilidad puede aprovechar varias de las fórmulas (cuyas características ya hemos enumerado anteriormente) derivadas de distintas tradi ciones sociológicas. Por un lado puede tratarse, sobre todo, de los planteamien tos desarrollados por la sociología pragmática estadounidense ( a través, por ejem plo, de la noción de experiencia que encontramos en Dewey)33 , remitir, por otro, a la sociología moral durkheimiana que halla la raíz de la normatividad en el ámbito colectivo, o apuntar por último a algunas de las posturas adoptadas por la filosofía moral anglosajona de inspiración comunitarista. Pienso en particular en la obra de Michael Walzer, que concede una gran importancia a la crítica pero la analiza fundamentalmente en tanto en cuanto viene a tomar apoyo en los va lores reconocidos por un colectivo. De acuerdo con este autor, la crítica se con sidera válida cuando lleva a protestar no solo contra un conjunto de acciones verificadas en el seno de un grupo sino en su nombre, argumentando en función l2 Nicolas Dodier, «L'espace et le mouvem ent du sens critique>>, Annales HSS 1 (enero-febre ro de 200.5), pp. 7-3 1 . H Para un a mayor información sobre las relaciones existentes entre la noción de experiencia en John Dewey y algunos aspectos de la sociología pragmática de la crítica, véase Joan Stavo Debauge y Danny Trom, «Le pragmatisme et son public ii l'épreuve du terrain», en Bruno Ka r senti y Louis Queré (eds.), La croyance et l'enquete. Aux sources du pragmatisme. Raisons prati ques, París, Éditions de l'École des hautes études en sciences sociales (EHESS), 2004, pp. 1 9.5-226. Sobre la noción de experiencia, véase también el prefacio deJoelle Zask que se encuen tra en John Dewey, Le public et ses problemes, París, F arrago / Léo Scheer, 2003 .
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del h echo de que esas acciones transgreden los valores mismos que los miembros de dicho grupo juzgan relevantes34• Desde la perspectiva de una sociología pragmática de la crítica, la posibilidad metacrítica consistirá por tanto en
aprovechar el punto de vista de los actores, es
decir, en apoyarse en su sentido moral y, más concretamente, en su percepción ordinaria de la justicia, a fin de poner de manifiesto el desajuste existente entre lo que el mundo social es y lo que debiera ser para alcanzar a satisfacer las ex
pectativas morales de las personas. Y es que, en efecto, al adoptar el ángulo de visión del actor, el sociólogo puede contemplar el mundo con ojos normativos,
sin que dicha forma de enfocarlo venga orientada ni por sus a priori personales (vinc i:i.t ados, por ejemplo, a una determinada perteJ:?.encia cultural o a un com promiso político o religioso específico) ni por la adopción de una filosofía moral sustantiva (como por ejemplo el utilitarismo) . Resulta indudable q ue, partiendo del modelo del sentido de la justicia del que he hablado más arriba -establecido sobre la base de un conjunto de son deos-, pueden efectuarse con éxit� ciertas operaciones críticas. Pueden cues tionarse por ejemplo algunas pruebas, como hacen los mismos actores, mos trando que vienen a desembocar' en un conjunto de juicios que no descansan
únicamente en la evaluación de las fuerzas explícitamente integradas en su for mato oficial, sino también en la toma en consideración implícita de las fuerzas adyacentes, lo cual lleva aparejadas algunas consecuencias injustas. Tal es el caso d� las pruebas asociadas con la búsqueda de un empleo. La crítica se es forzará en mostrar que esas pruebas adolecen de un sesgo debido al hecho de que se tomen implícitamente en cuenta unas propiedades· sociales de carácter no válido, como ocurre cuando se denuncian las
discriminaciones que perjudi
can a determinados candidatos (a las mujeres, a las personas cuyos apellidos delatan un origen magrebí, a los individuos identificados como homosexuales, a las personas de edad, etcétera). También se puede alegar -a modo de segundo ejemplo- que rara vez se satisface la exigencia de repetición de la prueba y cri ticar el hecho de que las ventajas derivadas de una prueba superada queden las más de las veces asociadas
de forma definitiva a la persona de su beneficiario,
con el añadido de que lo mismo les sucede a quienes fracasaron en la misma. Es
lo que ocurre, en Francia, .cuando se denuncian los irremediables efectos, ya sean benéficos o perjudiciales, de los concursos que dan acceso a las
grandes
l� Michad Walzer, Critique et sens commun, París, Agalma I La Découvene, 1990 [ed. cast.: Interpretación y crítica socia4 trad. de Horado Pons, Buenos Aires, Nueva Visión, 1993 ] .
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écoles* o a los principales organismos del Estado, así como a los cuadros direc tivos de las grandes empresas. No obstante, se percibe claramente que las ope raciones críticas de este tipo, por legítimas y socialmente útiles que puedan re sultar, no alcanzan a satisfacer las ambiciones de una sociología crítica. Son varios los problemas que se presentan. Un primer escollo es el relacionado con la forma en que han de interpretarse, en particular en el curso de una disputa, las divergencias surgidas entre las posi ciones que adoptan los diferentes actores. El partido que hemos tomado en De la justi/i.cation ha consistido en construir un modelo capaz de integrar el conjun to de los medios que pueden proponer los actores para plantear críticas u ofre cer justificaciones. Este es precisamente el gozne por el que la presente opción viene a articularse con las posturas de carácter más o menos estructuralista. Sin embargo, este planteamiento solo puede defenderse si nos remitimos a dos mar cos, siendo el primero de carácter más bien universalista y próximo el segundo a las tesis culturalistas. En nuestra obra rechazamos explícitamente el marco uni versalista, dado que las ciudadelas se conciben como constructos históricos. Y en el caso del marco culturalista, lo que hemos hecho ha sido desplazarlo, aleján dolo de la cultura en el sentido antropológico de la palabra, para aproximarlo a la política. Los puntos de apoyo normativos en los que reposan las críticas y las justificaciones se asocian a un conjunto de dispositivos anclados en la realidad social, los cuales se consideran resultado de la historia política de una sociedad, de tal modo que se constata la existencia de variaciones en los perfiles de las di ferentes ciudadelas -sobre todo en sus respectivas organizaciones- que se obser van en los distintos Estados-nación35• De esta forma, el partido que hemos adop tado puede impugnarse, por ejemplo, desde una perspectiva comunitarista. Y ello porque resulta posible, en efecto, reprocharle que venga a sobrestimar la integración de los diferentes actores y de los diferentes grupos que actúan en el * Valdría decir: «a las u.cíversidades de elite», aunque no lo sean propiamente. El término resulta intraducible por la imposibilidad general de solapar los diferentes sistemas educativos nacionales. De hecho, las grandes écoles están mejor consideradas que la universidad y resulta más difícil ingresar en ellas, ya que tras superar un bachillerato especializado y un examen de selecti vidad es preciso cursar otros dos años más que permiten presentarse a unas oposiciones que, en último término, abren la puerta de estas escuelas. [N. de los IJ n Véase Michele Lamont y Laurent Thévenot, Rethinking Comparative Cultural Sociology. Repertoires o/ Evaluation in France and the United States, Cambridge, Cambridge University Press, 2000 .
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marco estatal. En el seno de un mismo Estado-nación pueden coexistir grupos más o menos integrados, de modo que algunos de ellos conservan, al menos en las situaciones en que permanecen unidos entre sí, unas fonnas específicas de normatividad (cosa que trata de captar, por ejemplo, la idea de multiculturalis mo). También puede sostenerse, haciendo en esta ocasión referencia fundamen talmente a la idea de dominación, que los puntos de apoyo normativos integra dos en el sistema de las ciudadelas vienen a universalizar y a imponer a todos las posiciones correspondientes a los valores y a los intereses de los grupos domi nantes36 (es decir, de la clase dominante, de los colonizadores , etcétera) . Sin embargo, la principal dificultad que encuentra un enfoque de este tipo para respaldar una ambición de carácter metacrítico deriva del hecho de que los actores sociales cuyas disputas viene a observar el sociólogo son realistas. No pi den lo imposible. Lo que viene a sostener su sentido de la realidad es el modo en que se apropian de su entorno social. Evalúan el carácter justo o injusto, privile giado o desfavorecido, de su condición, comparando su vida con la de aquellas personas que les resultan familiares -con este o aquel colega de trabajo, con uno u otro compañero de estudios cuyo éxito profesional ha sido superior al suyo, etcétera-. También pueden cotejar su situación con la de sus padres, o su situa ción actual con la que hubieran podido tener en una época anterior, etcétera. Al proceder de este modo, es raro, al menos en el curso babitual de la vida social, que las personas corrientes den en cuestionar el marco general en el que se hallan encuadradas las situaciones que suscitan su indignación y sus protestas, es decir, no es frecuente que vengan a poner en tela de juicio el conjunto de los formatos de las pruebas y las calificaciones instituid(Js. Esto se debe sin duda al hecho de que, al no disponer de instrumentos de totalización, es habitual que no alcancen a distinguir la silueta de ese conjunto general de pruebas ni el perfil de sus efectos. No obstante, la razón fundamental estriba en otra circunstancia: la de que los actores saben implícitamente que las pruebas Vinculadas a formatos 36 Los trabajos históricos que se han centrado en el estudio de la gran ca za de brujas que tuvo su escenario en Europa central (es decir, en las regiones de la Lorena, Alemani.a , Suiza, etcétera) a finales del siglo XVI y a lo largo de la primera mitad del XVII nos brindan un ejemplo clásico, y particularmente dramático, de una reinterpretación de las prácticas populares por parte de las elites en el poder. Se trata . en este caso de las autoridades eclesiásticas. Comp consecuencia de toda una serie de denuncias motivadas por el deseo de dirimir un puñado de conflictos locales, dichas autoridades se verían empujadas a recalilicar como crímenes contra la religión un conjun to de actos relacionados con la aplicación de distintas técnicas de curacién tradicionales (véase Robín Briggs, Witches.and Neighbours, Londres, Fontana Press, 1 996) .
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instituidos son más fuertes que ellos mismos, de modo que sería un puro dislate que exigieran , en sí y por sí, la introducción en sus vidas de unos cambios que implicarían una transformación radical de dicho marco. Los actores, al menos cuando se les contempla en el curso de sus actividades cotidianas, se toman en serio tanto la realidad como el carácter real de la prueba que supone esa reali dad. El camarero de una cafetería sabe implícitamente que no tendría ningún sentido ponerse a considerar injusto el hecho de no ser profesor de universidad, dado que no ignora que, de ser sometido a una prueba, se revelaría incapaz de satisfacer, por ejemplo, las exigencias de un examen de trigonometría (salvo en el caso de que, habiendo cursado los estudios correspondientes, poseyera los diplomas requeridos y pudiera alegar que se le apartó de la carrera profesional como consecuencia de una discriminación; digamos por ser negro, o a causa de su género o de su orientación sexual, etcétera) . Podemos p reguntarnos por lo demás si el modelo del sentido de la justicia, que se estableció en la década de 1980 en función de las investigaciones lleva das a cabo a lo largo de ese periodo, no ha terminado dando un excesivo juego a una concepción meritocrática de la justicia, debido a la situación de dependen cia contextual en que se hallaba dicho modelo en un periodo histórico caracte rizado por el fracaso de los esfuerzos desarrollados, en el curso de las décadas anteriores, con el fin de conferir validez a una noción colectiva de la justicia, entendida como justicia social. Una sociedad justa, en el sentido meritocrático del término, sería una socie dad cuyos actores ocuparan en todos los casos un cargo correspondiente a sus capacidades personales, dado que habría una perfecta superposición entre las pruebas de realidad y la realidad experimentada. De aquí se sigue no solo que la crítica de las pruebas carecería ya de razón de ser, sino también que las propias respuestas acabarían adoptando la forma de unas simples rutinas, convirtiéndo se en procedimientos progresivamente inútiles37. Ahora bien, todo induce a pen sar dos cosas: no solo que jamás ha existido una sociedad de ese tipo, sino que se trata también de un proyecto probablemente irrealizable por distintas razo nes. Una de ellas guarda relación con el carácter inestable y oculto de las capaci dades personales que presuntamente incumbe desvelar a la prueba. Y como no es posible repetir de forma constante las pruebas, la tendencia dominante con37 Este tema fue desarrollado, ya en la década de 1 950, por Michael Young, en su relato de ciencia ficción sociológica tirulado The Rise of Meritocracy, nueva edición revisada, Londres, Transaction Publishers, 1994.
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sistiría sin duda en tratar de anclar esas potencialidades individuales en el plano más profundo de los actores, es decir, en su sustrato biológico. Es fácil que una sociedad que pretenda ser meritocrática se vea amenazada por una u otra forma de racismo o, cuando menos, por alguna variante del naturalismo de sesgo bio lógico. Una segunda razón reside en el hecho de que es imposible concebir prue bas cuyos formatos permitan organizar cada una de las verificaciones que se realizan en el ámbito local de un modo que posibilite el confinamiento, por un lado, de los aspectos que han de presidir el modo en que la persona debe ser evaluada y la completa neutralización, por otro, de los efectos de contexto. De aquí se sigue que, desde el punto de vista meritocrático, la realización de prue bas auténticamente «justas» implicaría establecer � formato de prueba particu lar para cada evaluación concreta a la que una persona específica tuviera que someterse en una situación dada, circunstancia que, obviamente, vendría a des pojar a las pruebas de toda capacidad comparativa, arrancándoles con ello la facultad de justificar la formación de jerarquías sociales. De este modo, dichas pruebas dejarían de tener la más mínima utilidad. No obstante, y aun en el utópico supuesto de una sociedad en la que la rela ción entre las pruebas de realidad y la realidad misma hubiera lOgrado ajustarse a la perfección, persiste en nosotros la clara sensación de que el mundo social no dejaría por ello de constituir un legítimo blanco de la crítica. Al menos del tipo de crítica que es posible calificar de radical en el sentido de que, tomando apoyo en una exterioridad compleja, abre la posibilidad no solo de una crítica de la forma -correcta o no- en que dan en llevarse a la práctica las pruebas de realidad, sino también de una crítica de la propia realidad.
El grado de realidad de la realidad Es preciso preguntarse por tanto en qué condiciones puede un planteamien to metacrítico sustentado en las críticas desarrolladas por los actores revelarse propicio para la elaboración de una crítica de la realidad. Diremos que eso es lo que ocurre cuando los mismos actores, o algunos de ellos, orientan de manera diferente las operaciones -inherentes al sentido de la justicia- des.tinadas a com parar la condición que les es propia con la de los demás. Si, desde una óptica meritocrática, esta comparación adopta fácilmente la forma de una competencia indi:vidual tendente a maximizar las diferencias con quienes se ven confrontados a las mismas pruebas ..-es decir, necesariamente, con unos actores relativamente 62
proxunos a nosotros, al menos en ciertos aspectos-, desde una perspectiva orientada a la justicia social las comparaciones que se verán favorecidas serán las conducentes a subrayar la semejanza de las condiciones. De forma paralela, el sentido de la justicia tenderá a dirigirse a la toma en consideración de las injus ticias colectivas y favorecerá la formación de un sentido de la totalidad, lo cual abre la posibilidad de efectuar idas y venidas entre aquellas situaciones concre tas q11� hayan constituido una experiencia directa para los actores y los más amplios órdenes sociales a los que únicamente se puede acceder por medio de constructos políticos. No obstante, esto equivale a decir también que la autorrestricción realista de las protestas, en la que ya hemos hecho hincapié anteriormente, no se halla cons tantemente al mismo nivel. Varía en primer lugar en función del grado en que la realidad social alcance a presentar un aspecto de fortaleza creíble y del grado en que dicha realidad consiga que los actores interioricen su impotencia para cam biar los formatos de las pruebas. Por decirlo en pocas palabras, la realidad es sólida, o se sostiene -según la expresión forjada por Alain Desrosieres-, cuando se dan dos condiciones: primero, cuando los instrumentos de totalización y de representación de lo que es, o al menos de lo que se presenta como pertinente para el colectivo, parecen capaces de abarcar por completo el campo actual, e incluso virtual, de los acontecimientos; y segundo, cuando dichos instrumentos logran dar un conjunto de descripciones de lo que sucede y, quizá más aun, de lo que pudiera suceder, en forma de una red de causalidades susceptibles de vincu lar ciertas entidades y fuerzas, identificándose y estabilizándose estas a su vez por medio de unos instrumentos de categorización compatibles con determina das operaciones de recuento. Ya pertenezcan al orden de la gestión, de la contabilidad, de la estadística o de la política, esos instrumentos -que en las sociedades democráticas capitalistas competen principalmente (aunque no de forma exclusiva) al Estado (o a distin tas organizaciones interestatales)- permiten disponer la realidad en torno a un valor central (el de la escasez), y posibilitar por ello mismo la sobredetenninación de su representación refiriéndola a la necesidad. La realidad es sólida o se sostie ne cuando en el espacio público no surge ningún acontecimiento provisto del suficiente relieve como para cuestionar de nuevo la armonía preestablecida entre la realidad y la escenificación de la realidad como espectáculo, bien porque la ocurrencia de tal acontecimiento no tenga razón de ser, bien porque conserve su invisibilidad. Por esta razón, la experiencia de la escasez a la que todos nos ve mos confrontados en el fluir de las realidades cotidianas, y en particular la vincu63
lada a las limitaciones con las que vienen a topar nuestros deseos, puede ser in mediatamente remitida a la realidad que construyen los instrumentos que garantizan su orden, no solo en el ámbito de la representación, sino también , de
manera indisociable, en el de los hechos y las causalidades, unos hechos y causa lidades cuyos efectos pueden percibir, cada uno en la escala que le corresponde, todos aquellos que se ven sujetos a las restricciones que ambos factores impo nen. La
realidad de la realidad se mantiene por tanto en virtud de a la situación presente. Como muestra adecuadamente, por ejemplo, la historia social del movimiento obrero, las revueltas de épocas pasadas nunca aguardaron, para manifestarse de forma estrepitosa, a que se les apareciera repre sentada una «alternativa» perfilada en todos sus detalles, de acuerdo con el mode
lo de ese género literario y filosófico al que damos el nombre de . Puede decirse en cambio que, si alguna· vez ha alcanzado a surgir algo parecido a una «alternativa>>, ha sido siempre sobre la b ase de una revuelta previa y no al revés. Sin embargo, la revuelta -en el sentido de la insurrección-, cuya manifestación, de
carácter bastante excepcional, es a su vez con gran frecuencia una respuesta al es
tado de excepción52, no es más que un medio entre otros de tomar distancia respec to de la realidad o, si se quiere, de relativizarla. Ahora bien, ese proceso de distan
ciamiento se ve favorecido -como habremos de exponer- con mayor detalle a continuación- por los empeños sociológicos encaminados a una metacrítica del orden social, en la medida en que el proyecto consistente en poner en cuestión la totalidad de un orden social dado implica la adopción de un punto de vista situado al margen de la realidad -un punto de vista respecto al que no habrá dificultad en conceder que se establece sobre la base de una experiencia mental o que posee incluso un carácter ficticio-. No obstante, para que la realidad pueda ser parcial mente despojada de la naturaleza necesaria que reivindica y tratada como si fuera relativamente arbitrana, habremos de apoyarnos en esa palanca e�erior.
' 1 Jean-Pl!-ul Sartre, Critique de la rai"son dia/ectique, cit. -véase el libro primero: «De la praxis individuelle au practico-inerte».
52 Gíorgio Agamben, État d'exception, París, Seuil, 2003 [ed. cast.: Estado de excepdón. Homo sacer II, 1, trad. de Antonio Gimeno Cuspinera, Valencia, Pre-Textos, 2004] .
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Esta es también la razón de que a una teoría de la dominación le resulte im posible prescindir de la referencia a un conjunto de colectivos y de fonnas de acción colectiva. Y es que , en efecto, bajo la denuncia de la dominación -en su fórmula más mínima- ap arece invariablemente planteada la cuestión del núme ro. Hablar de la dominación de una persona sobre otra, siendo cada una de ellas considerada (cosa que evidentemente jamás ocurre en la realidad) e identificada de forma puramente individual, no tendría el más mínimo sentido. En el estado de mónada, nadie puede -como ya dejara sentado Hobbes- dominar a nadie. Plan tear la cuestión de la dominación consiste por tanto en preguntarse cómo un pequeño número de actores puede establecer de manera duradera un poder so bre un gran número de actores, dominarlos mediante el ejercicio de un control semántico sobre la determinación de lo que es, y someterlos a una u otra forma de explotación. Como en el ejemplo de la metáfora visual que sirve de frontispi cio al Leviatán de Hobbes -donde la figura del soberano aparece dibujada por la acumulación de los cuerpos sobre los que ejerce su poder-, la cuestión del número, cuando adquiere un sesgo crítico, consiste en preguntarse cómo es po sible que un pequeño número de seres humanos alcance a acrecentar su fuerza uniéndose unos a otros hasta el punto de generar la ilusión de estar actuando como un solo hombre. Sin embargo, cuando gira el foco de su atención hacia el gran número de personas que padece la dominación de un pequeño número de semejantes, la cuestión pasa a convertirse en otra interrogante: la consistente en inquirir cuáles son las condiciones que favorecen la fragmentación de quienes se ven dominados. Y es que, asumiendo como efectivamente cierto que un peque ño número de actores puede auparse a una posición dominante debido a que cada uno de ellos alcanza a incrementar la fuerza de la que dispone, necesaria mente limitada, mediante el establecimiento de vínculos con los demás, pode mos deducir que el estado de sujeción de los dominados ha de hallar su princi pio en el hecho mismo de su separación, un hecho que por su naturaleza determina que ninguno de ellos pueda movilizar otra cosa que su propia fuerza en tanto que individuo aislado. Por esta misma razón, la posibilidad de luchar contra la dominación haden do que los dominados pasen de un estado fragmen tario a un estado colectivo constituye uno de los primeros objetivos del trabajo de emancipación que se propone realizar la crítica. Y ello aun en el caso -como se aprecia claramente en la ilustración- de que dicha tarea pase por una primera etapa consistente en separar a los actores de sus antiguos ámbitos de pertenencia colectiva, determinándolos para ello como individuos autónomos. No obstante, ese primer paso hacia la autonomía únicamente se revelará compatible con una 75
teoría de la dominación en el caso de que, sin detenerse en el momento de la individualización, venga a plantear la cuestión encaminada a averiguar cómo puede preservarse, e incluso reforzarse, la autonomía si se acepta contemporizar con la formación de un conjunto de colectivos de nuevo tipo.
¿Es posible compatibilizar la sociología crítica
y la sociología de la crítica?
Retomemos, para terminar esta exposición, la distinción que nos ha servido de hilo conductor entre la sociología crítica y la sociología pragmática de la crí . tica, asumiendo para ello como objeto particular de a nálisis las posibilidades que ofrecen los programas de estas dos corrientes respecto a una eventual confluen cia con las actividades· críticas de los actores y la subsiguiente procura de un sostén a las mismas, es decir, respecto de la forja de un compromiso entre la so ciología y la crítica social. No obstante, hemos de decir a renglón seguido que en tal caso nos encontramos ante una especie de paradoja. El principal reproche que le hemos hecho a la sociología crítica radica -por decirlo en pocas palabras- en el doble hecho de que sobrevuele la realidad y de que se mantenga a distancia respecto de las capacidades cñticas desarrolladas por los actores en las situaciones de la vida cotidiana. La sociología pragmática de la crítica reconoce plenamente, por el contrario, las capacidades críticas de los actores y la creatividad con la que participan tanto en la interpretación como en la acción en situación. Aun así, parece no obstante difícil satisfacer, en caso de seguir este programa, todas las ambiciones as ociadas con una orientación metacrítica. En la vertiente de la sociología crítica nos vemos confrontados por tanto a un constructo que viene a abrir la puerta a un conjunto de posibilidades resueltamente críticas que, sin embargo, se centra en el estudio de unos agentes sujetos a unas estructuras que se les escapan, y pasa por alto además las capaci dades críticas de los actores. Y en la vertiente de la sociología pragmática de la crítica, lo que nos encontramos es una sociología verdaderamente atenta a las acciones críticas que realizan los actores, aunque las potencialidades críticas pro pias de esos mismos actores parezcan bastante limitadas. El corolario de esta paradoja, identificada gracias a una pregunta sobre la contribución de la sociología a la crítica social, nos remite a uno de los proble mas espinosos con que topa la sociología y que concierne, en un sentido más general, a los instrumentos de descripción y de totalización de que dispone. La 76
descripción de lo social puede emprenderse , en efecto, desde dos posturas dife rentes. La primera de ellas consiste en partir de un mundo social ya constituido. En ese caso, el sociólogo asume como objetivo la elaboración de un cuadro del entorno social en el que se ve inmerso a su pesar todo nuevo ser humano al venir al mundo. Para ese recién llegado, la sociedad está ya ahí, y él se ve arrojado a un determinado punto de la misma. Desde este punto de vista, la descripción puede realizarse desde una posición cenital, poniendo más o menos entre paréntesis a las personas y considerándolas en función de su capacidad de actuar (es decir, en tanto que actores). La descripción presentará así los visos de una cartografía, una metrología y una morfología sociales (y utilizará métodos estadísticos), mostran do en último término una orientación histórica (puesto que ese mundo que ya está ahí es producto del pasado). Por consiguiente, este enfoque aprovechará algunos de los instrumentos de totalización concebidos para gestionar la socie dad y garantizar su gobernación (casi siempre en el marco de los Estados) . Aho ra bien, como ya hemos visto, la sociología se vale de estos instrumentos de gestión, sobre los que viene a descansar la reflexividad social en aquellos casos en que es gobernada desde arriba, a la manera de otras tantas herramientas, cuando lo cierto es que, contemplados desde otra perspectiva, constituyen obje tos de dicha disciplina, dado que ellos mismos son el resultado de una construc ción social destinada a posibilitar el ejercicio de un poder. La segunda postura consiste en partir del mundo social como entidad en pro ceso de elaboración. En tal caso, el sociólogo utilizará un conjunto de observacio nes relativas a distintas personas en acción, resaltando la forma en que producen ese mundo o -por emplear un neologismo de origen anglosajón- lo «perfor man». En este último caso, la descripción se efectuará /rom below y se centrará preferentemente en las situaciones, puesto que ese es el marco en el que la ac ción se manifiesta. El análisis vendrá a poner de relieve la competencia interacti va e interpretativa de los actores. Pero tendrá dificultades para totalizar los efec tos de esas acciones. El problema estriba en que estos dos enfoques, ambos igualmente justifica bles, acabarán dando resultados diferentes e incluso difícilmente compatibles. En el primer caso se hará fundamentalmente hincapié en las limitaciones y las fuerzas que gravitan sobre los agentes. En el segundo, se insistirá sobre todo en la creatividad y en las capacidades interpretativas de unos actores que no solo se adaptan a su entorno, sino que también lo modifican de fo rma incesante. Teniendo en cuenta la poca atención que prestan a las capacidades críticas de los actores, ¿cómo es posible, que las sociologías críticas de enfoque cenital apa77
rezcan aureoladas, pese a todo, de una fuerza crítica superior a la de las sociolo gías pragmáticas de la crítica que, a la inversa, reconocen plenamente estas capa cidades? Hay posiblemente dos razones principales que lo explican. La primera consiste en que, adoptando el punto de vista de la totalidad, las sociologías ceni tales* proporcionan a los actores que se encuentran en situación de desventaja un conjunto de herramientas colectivas y, en particular, unas modalidades de clasi ficación que les ayudan a dar la vuelta a las representaciones meritocráticas in diVidualizadoras que contribuyen a su fragmentación y por ello mismo a su do minación. De este modo, los instrumentos de clasificación que las sociologías cenitales contribuyen a difundir (ya conciernan a las clases sociales, a los géne ros, a las etnias, o aun a las distintas franjas de edad) qfrecen a los desfavorecidos toda una serie de instrumentos orientados a aumentar sus facultades críticas, lo que debería permitirles luchar, por un lado, contra aquellas fuerzas que contri buyen a su fragmentadón e identificar, por otro, aquella circunstancia (o perso na) por cuyo medio se verifica la dominación que padecen. Una segunda razón, menos evidente, es la de que, al abrazar claramente el punto de vista de la totalidad, lo cual supone ya, como hemos visto, la adopción en origen de una postura de exterioridad (exterioridad simple), las sociologías cenitales abren la posibilidad de una relativización de la realidad (puesto que describir el orden social en su totalidad implica actuar como si existiera una posición desde la que se pudiera comparar ese orden social particular con otros órdenes posibles) . Ahora bien, la relativización es el primer movimiento de la crí tica. Y a la inversa, la sociología pragmática, precisamente por arraigar en la proximidad y porque, a su juicio, parte de la realidad tal rnmo se presenta esta a los ojos de los actores y del observador, tiende a producir un efecto por el que la realidad acaba replegándose sobre sí misma. No obstante, la comparación de estos dos programas sociológicos dista mu cho de otorgar todas las ventajas críticas a las sociologías cenitales. Son varios los problemas que se plantean. * Traducimos así la difícil expresión francesa «sociologies rurplombanter», en referencia a la postura característica de Pierre Bourdieu y los sociólogos críticos franceses. Con ella se alude a la actitud metodológica y epistemológica consistente en «sobrevolar>> u observar «desde arriba», sin implicación reflexiva,. el objeto social , en lo que no es, según señala el filó� ofo Bruno Latour al cuestionar este enfoque, sino un «pretexto que permite a los investigadores ocupar un punto de vista no situado en parte alguna, la perspectiva de Dios», construyendo los sistemas sobre una base puramente lógica. [N. de lor T.1
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Una primera dificultad con la que topan las sociologías cenitales es la relacio nada justamente con la cuestión de saber dónde se sitúa la posición cenital a partir de la cual puede considerarse que la totalización se revela a un tiempo pertinente desde el punto de vista sociológico y eficaz en el plano de la crítica social. Para decirlo en pocas palabras, no puede ignorarse el hecho de que esta postura haya solido asociarse, en épocas pasadas, con los distintos Estados-na ción, sobre todo en el caso de las sociologías críticas que, habiéndose desarrolla do tras la Segunda Guerra Mundial, terminarían viéndose ante el surgimiento de los Estados providencia . En las democracias capitalistas occidentales, este perio do ha venido fundamentalmente marcado por un refuerzo de la nacionalización de las clases sociales, y me refiero no solo a las clases medias, que llevaban apro vechando, desde el siglo XIX, su participación en los esfuerzos que venía reali zando el Estado para incrementar lo que Michael Mann llama su «poder infraes tructura!» sobre la sociedad53, sino también a las clases populares, que durante mucho tiempo permanecieron más o menos al margen de dicho empeño, e inclu so a las clases dominantes, unas clases que a lo largo del siglo XIX y del primer tercio del siglo XX acabarían adquiriendo una dimensión supra o transnacional, como alcanzara a mostrar adecuadamente Michael Mann. Son en gran medida las organizaciones del Estado-nación, y más aún las del Estado del bienestar, las que han proporcionado los marcos documentales en los que han encontrado apoyo los sociólogos críticos. Esto vale, evidentemente, para las categorías socio profesionales del INSEE*, una herramienta que, asociada al funcionamiento de la contabilidad nacional y del Plan **, ha sido utilizada por la sociología para describir las clases sociales, pero también, por ejemplo, para su uso en el campo de la sociología del trabajo, una disciplina que, como sabemos, ha encontrado un terreno abonado en las empresas nacionalizadas. Ahora bien, actualmente la crítica ha de hacer frente a una situación distinta presidida por el estallido de los centros de poder, situados en parte más acá o más allá del Estado-nación. Ade más, y debido al incremento del número de trabajadores que migran -con o sin 'J Véase Michael Mann, SJate, War and Capitalism. Studies in Política [ Sociology, Oxford, Basil Blackwell, 1 988. * Siglas del lnstitut Nacional de la Statistique et des Études Économiques. [N. de los TJ ** Abreviatura informal de una institución francesa vigente entre los años 1946 y 2006, en cargada de la planificación económica del país por medio de planes quinquenales. Pese a haber sufrido varios cambios de denominación (Centro de Análisis Estratégico en 2006 y Comisión General de Estrategia y Visión de Futuro en 2013) todavía sigue conociéndosela coloquialmente como «el Plan». [N. de los Il
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papeles-, obligados a huir de los países meridionales por cuestiones de necesi dad política o económica, y debido igualmente al hecho de que una parte de las clases dominantes se emancipen del espacio nacional -dado que son clases a las que los cambios del capitalismo y la globalización económica han permitido recuperar un modo de existencia supranacional que se había visto obstaculizado por las guerras mundiales vividas a lo largo del siglo XX y por el repliegue de las economías al ámbito de los territorios nacionales-, dicha crítica ha de tener tam
bién en cuenta el actual proceso de desnaáonalización de las clases sociales. La cuestión consistente en saber, por un lado, cuáles son las instancias en que ha de apoyarse la sociología p ara efectuar una o varias totalizaciones, y averiguar, por otro, en qué forma ha de hacerlo, se plantea por tanto de forma acuciante, por no hablar siquiera de la dificultad que encuentran los sociólogos para acceder hoy a unas fuentes documentales que se hallan en manos de unas organizaciones que se muestran mucho menos favorables a las ciencias sociales (salvo en el caso de la economía) que las organizaciones del Estado del bienestar. De aquí se sigue que la referencia crítica a la justicia está encontrando problemas para definir no solo aquellos conjuntos sociales en cuyo interior han de ser d�veladas las asime trías54, sino también los seres que tesulta pertinente tener en cuenta, ya se trate de seres humanos o de seres no hurnanos55• La forma en que aparecen equilibradas, en las representaciones que la socio
logía crítica ofrece de la realidad, la descrip ción, por un lado, de las fuerzas de dominación y, por otro, la descripción de las acciones que los actores ponen en marcha para sustraerse a dicha dominación, constituye un problema aún más espinoso. Al subestimar las capacidades críticas de los actores y al devolverles
una imagen de sí mismos que viene a subrayar su dependencia, su pasividad y sus ilusiones, las sociologías cenitales de la dominación tienden a ejercer un efec to de desmoralización y, en cierto modo, de abandono de sí, un efecto que puede transformar el relativismo en nihilismo y el realismo en fatalismo (sobre todo en aquellos contextos históricos en los que la realidad presenta
un
aspecto particu
larmente sólido). Al hacer excesivo hinca pié en el carácter implacable de la domi nación, en el predominio en toda circunstancia, incluso en las mínimas situado-
'4 Véase Nancy Fraser, «Abnormal Justice», Critica/ Inquiry 34, 3 (2008), pp. 393-422. " Eso es justamente lo que ocurre con los seres que llevan a Bruno Latour. a preguntarse por su intervención en política. Véase Bruno Latour, Politiques de la nature, París, La Découverte, 1999 [ed. cast.: Políticas de la naturaleza. Por una democracia de las ciencias, trad. de Enrie Puig Punyet, Barcelona, �A. 2013] .
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nes de interacción, de las relaciones verticales sobre las relaciones horizontales (y esto también, de hecho, en el seno mismo de los colectivos críticos), las teorías cenitales resultan no solo desalentadoras en el plano de la acción política, sino también insatisfactorias desde el punto de vista de la descripción sociológica. Resulta difícil que permitan diferenciar la existencia de grados desiguales de sujeción y comprender de qué forma pueden los actores abrir vías que se orien ten hacia la liberación, aunque únicamente fuera estableciendo zonas temporales de autonomía, de carácter necesariamente local, y, más aún, coordinando sus acciones al objeto de cuestionar la necesidad de un orden social. Sin embargo, la historia nos ofrece abundantes ejemplos de coyunturas de este tipo. A fuerza de ver casos de dominación en todas partes, se termina por abrir las puertas a quie nes no quieren ver dominación en parte alguna. Este problema de la extensión que es preciso conferir a la orientación meta crítica es bastante comparable al que se le plantea a Herbert Marcuse (en Eros y civilización) cuando, una vez hecha extensiva la problemática freudiana de la represión a todas las formas de sociedad conocidas, acaba elaborando el concep to de represión excedente para describir a la sociedad estadounidense de su épo ca y someterla a una crítica radical56. Del mismo modo, si se quiere dar un senti do al concepto de dominación hay que construirlo de una forma que no permita su total confusión con el conjunto de las operaciones institucionales de determi nación de lo que es, inherentes al propio discurrir de la vida en sociedad. Con viene por tanto, como en el caso de la represión y de la represión excedente, hallarse en condiciones de distinguir entre aquellas limitaciones, identificables en un grandísimo número de sociedades -incluso en todas-, que no solo no concuerdan con un ideal de autonomía absoluta del sujeto o de liberación total del deseo, sino que tienden a sustraerse a la crítica en virtud de su propia gene ralidad (puesto que se admite, al menos de modo tácito, que en su ausencia, dejaría sencill amente de existir toda forma de sociedad) , y unas formas de opre sión que se superponen a las limitaciones ordinarias, las parasitan o las aprove chan para asentar en ellas el poder extremo que ciertos grupos dominantes ha cen gravitar sobre otros grupos dominados. Este problema puede compararse también al que se le plantea a Durkheim (desde una perspectiva que, en este punto, no se halla demasiado alejada de la de Freud ni de la de Saussure -hecho este último que se ha solido resaltar a menudo-) cuando, al definir a la sociedad '6 Véase Herbert Marcuse, Éros et civilisation, París, Minuit, 1963 ( 1 955), pp. 42-43 [ed. cast.: Eros y civilización, trad. de Juan García Ponce, Barcelona, Ariel, 2003 ] .
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por medio del factor condicionante que vienen a ejercer las normas colectivas sobre los deseos y las conductas individuales -condicionantes cuya transgresión se halla rodeada de sanciones colectivas-, trata no obstante de discernir el fun cionamiento normal de dichos condicionantes de otro funcionamiento que él mismo califica de «patológico». Y admite igualmente ser comparado en último término, más cerca ya de nuestra época, con la forma en la que el sociólogo ale mán Axel Honneth y su equipo se proponen identificar lo que denominan las «patologías del capitalismo», procediendo para ello, fundamentalmente, a po ner en práctica una reinterpretación del concepto de reificación elaborado por Georg Lukács 57• · Por último, es preciso añadir que, animadas por su voluntad de sistematismo, las teorías cenitales de la dominación tienden a redu'cir todas las asimetrías a una asimetría fundamental (ya se trate, según los casos, de la de las clases sociales, de la del género, de la de la etnia, etcétera) , y, en general, a ignorar a un tiempo el carácter distribuido del poder (carácter en el que insistió Michel Foucault) y la naturaleza pluralista de los modos de evaluación y de los vínculos que operan en la vida social (y que en De la justi/i.cation hemos intentado modelizar mediante el �oncepto de ciudadela). Ahora bien, este último punto no atañe únicamente a la validez de la descripción sociológica; también contradice las expectativas críti cas de los actores que, en las sociedades capitalistas-democráticas, han aprendi do a no volver a confundir la tarea de la emancipación con la adhesión a unas cosmovisiones que no solo se toman por absolutas, sino que parecen haber ad quirido incluso esa especie de tolerancia respecto de la contradicción que es la principal defensa contra las diferentes formas de integrismo. La relación con el pluralismo y su contrario, el. absolutismo, constituye por tanto uno de los escollos que acechan a las teorías cenitales de la dominación. Y es que, en efecto, uno de los dardos de estos constructos críticos de la domina ción consiste en mostrar que, en los órdenes sociales cuestionados, se opera una ordenación entre distintos ámbitos -como los de las creencias religiosas, las orientaciones morales y estéticas, los repertorios simbólicos, las modalidades de establecimiento de la verdad, etcétera- que los alinea en torno a un eje central, definido, por ello mismo, como ideología dominante y ajustado a su vez a los intereses específicos de un grupo -ya sea una clase social, un grupo nacional o '1 Axd Honneth, La réi/ication. Petit traité de théon'e critique, París, Gallimard, 2007 [ed. cast.: Reificación. Un estudio en la teoría del reconocimiento, trad. de Gracida Calderón, Buenos Aires, Katz, 2007) .
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étnico, un género, etcétera-. No obstante, esta denuncia del absolutismo debe ría saber alejar a su vez a las teorías críticas de la tentación de reducir todas las dimensiones de la vida social a un factor que en «úlúmo análisis» se juzga deter minante, orientándolas, por el contrario, hacia el pluralismo. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones da la impresión de que la necesidad de tomarse en serio el pluralismo es algo que se le escapa las más de las veces a aquellas teorías ceni tales de la dominación que tienden a identificar el reconocimiento de la plurali dad con el individualismo liberal. Para resultar creíbles, lo que hoy deberían hacer las sociologías tendentes a una metacrítica de la dominación es extraer las consecuencias de los fracasos pasados y elaborar un marco de análisis, teniendo en cuenta los diferentes argu mentos que acabamos de desarrollar, que permita integrar las aportaciones de lo que aquí hemos dado en llamar, por un lado, el programa cenital y, por otro, el programa pragmático. Del programa cenital, dicho marco habría de conservar la posibilidad -que le ofrece el apriorismo de la exterioridad- de cuestionar la reali dad y de proporcionar a los dominados las herramientas necesarias para resistirse a la fragmentación, y todo ello ofreciéndoles una imagen del orden social, y tam bién diversos principios de equivalencia a los que puedan recurrir para realizar comparaciones entre los mismos e incrementar su fuerza mediante su unión con determinados colectivos. En cambio, lo que dicho marco debería retener del pro grama pragmático sería, por un lado, la atención que presta a las actividades y a las competencias críticas de los actores y, por otro, el reconocimiento que hace de las expectativas pluralistas que parecen ocupar, en las sociedades capitalistas democráticas contemporáneas, una posición central en el sentido crítico de los ac tores, incluso en el caso de los que padecen un grado de dominación más elevado. De este modo, por ejemplo, el tipo de colectivo en cuyo seno parecen estar hoy dispuestos a congregarse los actores críticos son aquellos colectivos estable cidos a la luz de una detemzz·nada perspectiva, lo cual no impide, desde luego, que cualquiera de sus integrantes establezca vínculos, desde otros puntos de vista, con otras clases de colectivos. Podemos atenernos aquí a aquellos análisis (desarro llados por ejemplo por Zygmunt Bauman o por Malcolm Bull)58 que han sabido 'ª Véanse Zygmunt BaumaJ1, Modernity and Ambivalence, Cambridge, Polity Press, 1993 [ed. cast.: Modernidad y ambivalencüz, trad. de Enrique Aguiluz lbargüen y Maya Aguiluz Ibargüen, Barcdona, Anthropos, 2005], junto con Malcolm Bull, Seeing Things Hidden. Apocalypse, Vision and Totality, Londres, Verso, 1 �99.
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reconocer en la valorización de la ambivalencia un rasgo propio de los conjuntos críticos que se establecen en las sociedades capitalistas-democráticas. Estos últi mos entran así en oposición, e incluso en conflicto, con otras tendencias -a las que también puede considerarse, a su manera, «críticas»- cuyo objetivo consiste en cambio en reducir todas las dimensiones de la vida a un a relación de orden preferencial ( de tipo religioso, étnico, de género, de clase, etcétera) encarnada en un grupo definido de forma sustancial y frecuentemente asociado a un terri torio, ya sea real o virtual -tendencias a las que podríamos asignar, por este motivo, el calificativo de integristas. Ahora bien, el esfuerzo destinado a propiciar la compatibilidad entre el pro grama cenital y el p rograma de inspiración pragmática59 ne> puede contentarse con una especie de collage. Ha de p resup oner la consecución de un objetivo: el de la prolongación del trabajo propiamente sociológico tendente a analizar, con los mismos medios y ·en un mismo marco, tanto las operaciones sociales que p roporcionan a la realidad los cont9rnos que .le corres ponclen como las opera ciones sociales destinadas a cuestionar dicha realidad. En los capítulos que si guen habremos de esbozar esa prolongación, comparando para ello lo que ha cen las instituciones con lo que hace la crítica cuando operan esas instituciones en la sociedad.
59 Movido por una intención similar, Cyril Lemieux ha realizado un trabajo parecido, aunque efectuado con unos medios parcialmente distintos. Véase fundamentalmente', «De 1.a théorie de l'habitus a la sociologie des épreuves: relire [;expérience concentrationnaire», en Liora Israel y Danielle Voldman (eds.), Michael Pollak. De /'idéntité blessée a une sociologie des possibler, París, Complexe, 2008, pp. 179-206.
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III
El poder de las instituciones
Una de las lecciones que pueden extraerse de las diferentes formas en que se establece la relación entre la sociología y la crítica social -cuestión a la que he mos dedicado el primer capítulo-- consiste fundamentalmente en resaltar la im portancia de establecer una distinción analítica entre las teorías metacríticas y las críticas a las que pudiéramos dar el nombre de ordinarias. Las primeras, asocia das a diferentes cuadros sociológicos, vienen a desvelar y a poner en cuestión, desde una posición de exterioridad, las formas de dominación presentes en un determinado orden social. Las segundas se efectúan desde una posición interior y emanan de los actores implicados en las disputas estudiadas, insertándose ade más en un conjunto de secuencias constituidas por críticas y justificaciones, las cuales muestran además unos niveles de generalidad muy variables. No obstan te, también hemos insistido en la interdependencia que caracteriza a la relación que media entre estos dos tipos de críticas , habida cuenta de que las teorías metacríticas no pueden pasar por alto las insatisfacciones que manifiestan los actores, lo que las lleva a asumir por tanto, como objetivo final, su reencuadre, puesto que lo que se pretende es conferirles una forma sólida. Y en cuanto a los actores, es frecuente que acudan a buscar en las teorías metacríticas diversos ti pos de recursos destinados a alimentar sus reivindicaciones. En el segundo capítulo hemos procedido a examinar con mayor precisión dos programas que en ambos casos se ven enfrentados a los problemas que plan tea la relación entre las metacríticas y las críticas ordinarias. El primero de esos dos programas -el de la sociología crítica- se apoya en un conjunto de plantea mientos de compromiso entre un conjunto de descripciones sociológicas ceni85
tales y diversas tomas de posición de índole normativa, persiguiendo sobre todo el objetivo de arrojar luz sobre las cuestiones en liza a fin de que los actores entiendan mejor la dominación a la que se encuentran sometidos sin saberlo, procurándoles al mismo tiempo recursos para desarrollar sus posibilidades crí ticas. El punto de partida del segundo capítulo -el de la sociología pragmática de la crítica- es el inverso, ya que arranca de las capacidades críticas de los ac tores y se propone utilizar antes que nada los medios que ofrece la sociología para hacerlos explícitos . Inmediatamente después asume, en segundo lugar, el objetivo de instaurar toda una serie de posturas normativas -que . por consi guiente pertenecen al orden de la metacrítica-, apoyándose para ello a un tiem po en la modelización de esas críticas ordinarias y en la modelización del sentido moral o del sentido de la justicia que se manifiesta en ellas. Pese a las importan tes diferencias que existen entre estos dos programas sociológicos, sobre todo si atendemos al tipo de contribución que pueden realizar a la crítica social, es precis o constatar que tanto el uno como el otro se articulan con aquellos me dios por los cuales, en el curso mismo de la vida social, los actores ordinarios, y particularmente aquellos sobre los que viene a ejercerse una determinada ex plotación y dominación, tratan de hallar asidero en lo que ocurre, o lo que es lo mismo, procuran superar su impotencia. Tanto este capítulo como el siguiente estarán consagrados a la identificación de dichos medios, al menos en sus dimensiones formales. Quisiera reexaminar, con las herramientas que proporciona la sociología, la forma en que podemos interpretar el hecho de que en el mundo social exista algo llamado crítica, y ello poniendo en cierto modo entre paréntesis las muy reales contribuciones que las teorías metacríticas aportan al despliegue de la crítica en sus aspectos más coti dianos y ordinarios. Plantear la cuestión de la propia posibilidad de la crítica implica reconocer que la actividad social no solo no es constantemente crítica, sino que indudablemente tampoco puede serlo. La forma crítica se recorta sobre un fondo que, lejos de ser crítico, puede ser caracterizado, muy al contrario, por una especie de adhesión tácita a la realidad según tiende esta a presentarse en el curso de las actividades ordinarias, o mejor, por una actitud de «así-son-las cosas» (the world taken as granted) en la que la sociología ha venido a hacer notable hincapié, sobre todo la sociología de inspiración fenomenológica -por recurrir a los términos que aquí hemos empleado-, como se constata, por ejem plo, en la obra del sociólogo y filósofo austríaco Alfred Schütz. El argumento que voy a desarrollar a continuación sostiene que para dar cuenta de la pregnan" cía de ese fondo es preciso retornar a la sociología de las instituciones. La cues86
tión de la crítica me parece indisociable de la cuestión de las instituciones sobre las que se apoya. Por consiguiente, me dispongo a recordar ahora algunos de los elementos de la sociología de las instituciones que se abordan desde la perspec tiva de una sociología de la crítica.
En busca de las «instituciones» Y es que, en efecto, si se prolonga el debate anterior que trata de la extensión que conviene dar a las teorías metacríticas de la dominación tropezamos con un problema particularmente espinoso que concierne a lo que la sociología llama las instituciones. En sociología, la noción de institución ocupa -como señala J ohn Searle en la obra que ha dedicado a La construcción de la realidad socia/ una posición bastante extraña1. Por un lado, el concepto de institución es uno de los conceptos fundadores de dicha disciplina, uno de esos conceptos de los que es prácticamente imposible abstraerse. En la mayoría de los escritos socioló gicos, el término de institución aparece una y otra vez, con frecuencia de forma incidental, en el momento crucial de una frase, como si se tratara a un tiempo de una noción necesaria y evidente. No obstante, por otra parte, es raro que el con cepto de institución sea objeto de un intento de definición, o siquiera de especi ficación. Se lo utiliza como si fuera algo obvio, pese a que su empleo tenga varios sentidos diferentes en función de cuál sea el contexto en el que figure2. Unas veces se identifica, salvo por unas cuantas distinciones menores, lo institucional 1 John Searle, La construction de la réalité soda/e, París, Gallimard, París, 1998 [ed. cast.: La construcdón de la realidad social, trad. de Antoni Domenech, Barcelona, Paidós, 2004]. 2 Al subrayar la polisemia del término de sette Rey-Debove, La /inguistique du signe. Une approche sémioJique du langage, París, Armand Colin, 1998, p. J l .
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esencial en la concreción de la realidad social y que posiblemente sea su triviali dad cotidiana la causa de la escasa atención que se les presta, como no sea, de cuando en cuando, para hacer mofa de su futilidad. Para comprender el modo en que opera el registro de la confirmación, pode mos recurrir al ejemplo de lo que Aristóteles llama, en la Retórica, el discurso epidíctico49 ( noción que vendrá a retomarse aproximadamente en la sociología de Pierre Bourdieu con el nombre de «discurso de celebración») . El discurso epidíctico es un discurso de elogio o de censura que vuelve indisociablemente manifiesto, por consiguiente, el ser de lo que es y su valor. En la descripción que nos ha dejado de él Aristóteles, dicho discurso presenta unas características no tables , fundamentalmente la de ser un discurso que se pronuncia en público pero que no posee, en sentido propio, ningún contenido informativo, dado que trata -dice Aristóteles- «de aquello que no se p resta a controversia; de lo que es de todos conocido». Este tipo de discurso, que al manifestar lo que es y lo que vale eso que es se propone fijarlo en cierto modo de una vez por todas, encuentra su mejor concreción en el elogio fúnebre. Y es que, en efecto, al haber fallecido la persona que es objeto de dicha descripción, es claro que no podrá venir a modificar mediante nuevas acciones la lista de predicados de que venga a dotar la la celebración en sí. Puede considerarse que los discursos de este tipo consti tuyen una fórmula destinada a calmar las inquietudes vinculadas con lo que es, un medio concebido fundamentalmente para h acer frente a la constante amena za -que, sin embargo, se presenta en forma desigual, en función de cuáles sean las situaciones, los contextos históricos y las sociedades- que representa la crí tica cuando plantea la pregunta: «¿a ustedes les parece que esto es un . ?» (pregunta que podrá presentar el siguiente aspecto, por ejemplo, en el caso del discurso epidíctico: «¿a ustedes les parece que esto es un héroe? , ¿ . . un santo?, ¿ . un sabio?, ¿ . . . un artista?», etcétera). Como bien viene a mostrar el ejemplo del discurso epidíctico, las operaciones de tipo metapragmático -ya pertenezcan al orden de la confirmación o de la crítica- han de tener también un carácter más o menos público. Y precisamente por ser público, el discurso epidíctico contribuye a estabilizar la interpretación y a limitar las posibles modificaciones que pudier an introducirse con posterioridad. . .
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49 Para mayor información sobre el papel del discurso epidíctico en la confirmación de aque llo que se supone que todo el mundo sabe ya, véase Loic Nicolas, «La fonction héroi'que: parole épidictique et enjeux de qualification», Rhetorica. A Joumal o/ the History o/ Rhetoric XXXVII, 2 (2009), pp. 1 15 - 1 4 1 .
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Y ello porque viene a transformar, en efecto, la opinión que cada uno de noso saber común, de tal forma que todo el
tros pueda tener «en sí y por sí» en un
mundo vendrá a saber, en lo sucesivo, que lo que uno sabe (o se supone que sabe) lo saben también los demás, sabiendo que uno mismo lo sabe, en la lógica del
common knowledge -una lógica sobre la cual la teoría de juegos viene a fun
dar la posibilidad de alcanzar toda una serie de equilibrios epistémicos50 (aun que tratándolos como si fueran resultado de un conjunto de mecanismos inte ractivos y sin plantear la cuestión de las instancias autorizadas a dar al juicio el carácter de un hecho público comprobado)-. Esto significa que las prestaciones de este género no solo han de realizarse en compañía de otros, sino también ante terceras personas -colocadas aquí en posición de te � tigos-, unas personas cuya presencia, lejos de contentarse con resultar físicamente fáctica en un cierto lugar y en un determinado momento, debería aparecer asociada con alguna forma de compromiso, aunque Unicamente fuera el de recordar lo que ha sucedido -es decir, el de h allarse en con diciones de poner de manifiesto dicha condición fác . tica, en caso necesario, ante un even tual contradictor5 1 •
La institución como ser sin cuerpo La cuestión de lo que es, según vienen a planteársela no los filósofos, sino los actores que dan vida al mundo social, si se ven abocados a planteársela -es decir, muy a menudo, sin duda, cuando la situación se ve invadida por la disputa y se cierne sobre ella la amenaza de la violencia-, no consiste en- saber lo que es para Pierre, Paul o J acques, ni lo que es en Lyon o en París, sino lo que es para todos, lo que es aquí igual que allá. Dicha pregunta no puede ser por tanto objeto de una respuesta individual. Como viene a mostrarnos el ejemplo del discurso epi díctic o , la persona que lo pronuncia no se presenta como alguien que estuviera expresando un punto
de vista sobre aquello de que trata su discurso. Podría de
cirse -a riesgo de dar la impresión de estar volviendo a tratar aquí unas cuestio nes consideradas ya obsoletas- que dicha persona habla para hacer manifiesto lo 'º Véase por ejemplo, Lude Ménager y Olivier Tercieux, «Fondements épistémiques du con· cept d'équilibre en .théorie des jeux», Revue d'économie industrie/le 1 14 - 1 1 5 (segundo y tercer trimestre de 2006), pp. 67-84. '1 Este tipo de prestaciones revela tener por ello mismo varios puntos en común con la pro mesa. Véase Mohamed Nachi, Éthique de la promesse: l'agir responsable, París, Presses Universi' taires de France, 2003.. ·
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que es «en sí» o lo que es «en esencia». Y sin embargo, como ya se ha sugerido más arriba, no hay un solo individuo que posea la autoridad necesaria para po der decir a los demás -a todos sus semejantes- qué es lo que ocurre con lo que es -y ello por la sencilla razón de que tiene un cuerpo y de que, teniendo un cuerpo, se halla necesariamente situado tanto en un tiempo y un espacio exterio res como en un tiempo y un espacio interiores-. En las situaciones de interac ción ordina rias, todo lo que podemos hacer cada uno de nosotros es únicamente «dar el punto de vista propio», como se ha dicho con total acierto. Ahora bien, la expresión del propio punto de vista puede resultar insuficiente -en particular cuando la disputa se vuelve explícita y se extiende, haciéndose necesario poner
fin a los desacuerdos, al amenazar estos con terminar desembocando en la comi sión de actos de violencia. Como muy pertinentemente ha señalado Olivier Cayla52 (haciendo referencia a John L. Austin) en relación con un conjunto de enunciados que caen dentro del ámbito propio de una valoración jurídica, «los locutores», por «sinceros» y «serios» que sean, «nunca se hallan en condiciones de salir airosos en el proceso de orientar por sí solos la palabra hacia el entendimiento con sus semejantes», puesto que «siempre existe una distancia infranqueable entre el sentido literal de los enunciados que emiten y la fuerza intencional que sus actos de enuncia ción despliegan sobre su interlocutor>>. Y es que, en efecto, «no es nunca en el texto de los enunciados donde puede leerse la intención que de hecho abriga el interlocutoD>. De aquí se sigue que el interlocutor no se halla en condiciones de ahorrarse una
interpretación, «en la medida en que siempre ha de preguntarse
con qué oculto, escondido , secreto o inconfesable designio [ . ] ha dado en de .
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cirle el locutor lo que le ha dicho»53. De aquí deduce Olivier Cayla -fundamen-
'2 Véase Olivier Cayla, «Les deux figures du juge», Le Débat 74 (marzo y abril de 199} ), pp. 164 - 174. " «Ahora bien, debido precisamente a cuanto antecede -la ilegibilidad de la intención en el texto de los enunciados-, no existe en ningún caso medio alguno para verificar que la interpretación finalmente deddida por el interlocutor venga a coincidir con la intención que efectivamente anima ba al locutor. Cuando se halla inmersa en una situación de incertidumbre semejante, la comprensión no es demostrable, de modo que el malentendido queda invariablemente instalado en la médula misma de toda interlocución. Co11stantemente afectado por la duda, el debate nunca alcanza a de sembocar, espontáneamente, en la reducción de la díven;idad interpretativa a la unidad [. . . ], pues to que la seriedad (hermenéutica) nada puede contra el juego que siempre subsiste, como sucede entre dos piezas desencajadas, entre el sentido general del enunciado y la fuerza particular de la enunciación, es decir, nada pued( contra la distancia fenomenológica que medía entre la letra y el espíritu de toda proposición.» Véase Olivier Cayla, «Les deux figures du juge», cit.
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talmente en el caso del derecho, pero su razonamiento puede hacerse extensivo a otros campos- la necesidad de instaurar lo que él denomina el «artificio de un tercero», al que se le concede, «por convención», la prerrogativa «de tener la última palabra», esto es, el monopolio de la interpretación correcta. Esa tercera persona se presenta habitualmente bajo la apariencia de un personaje (por ejem plo, de un juez constitucional en el caso que aborda Olivier Cayla) . No obstante, lo que se espera de ese personaje no es que exprese su «punto de vista», como podría hacer una persona corriente que poseyera un cuerpo, puesto que, para escucharle, es preciso hacer abstracción de su carácter corpóreo. La única solución que cabe concebir consiste por tanto en delegar la tarea de decir qué es lo que ocurre con lo que es y dejarla en r:nanos de un ser sin cuerpo. Solo un ser sin cuerpo puede dejar de «considerar los objetos ubicándose entre ellos» para pasar a «contemplarlos sub specie aeternitatis» y «considerarlos des de el exterioo>, por retomar aquí una fórmula que ya utilizara Wittgenstein en sus Cuadernos de notas (1 914-1916)54, Este ser sin cuerpo, que sobrevuela obsesivamente el quehacer de la sociolo gía, es evidentemente la institución. Una institución es un ser sin cuerpo en el que se viene a delegar la tarea de decir qué sucede con lo que es. Por consiguien te, lo primero que hay que hacer para analizar Ja institución es considerarla -como hace John Searle- en sus funciones semánticas. Las instituciones son las que asumen la tarea de decir y de confirmar lo que importa. Dicha operación implica el establecimiento de tipos, tipos que han de quedar fijos y memorizados de un modo u otro (ya sea en la memoria de los antepasados, en códigos jurídicos escritos o por medio de relatos, de cuentos, de ejemplos, de imágenes, de ritos, etcétera) , y muy a menudo almacenados en forma de defin.iciones55, a fin de '4 «En la fonna ordinaria de ver las cosas', se acostumbra a considerar JI los objetos situándo nos, por así decirlo, entre ellos; en el enfoque que nos lleva a contemplar las cosas rnb rpecie aeter nitatis, las consideramos desde el exterior. De forma que los objetos tienen d mundo entero como trasfondo sobre el que recortarse. Todo sucede un poco como si viéramos el objeto con el tiempo y el espacio, en lugar de verlo en el tiempo y en el espacio.» Véase Ludwig Wittgenstein, Carnets 1914-1916, París, Gallimard, 1971 (traducción, introducción y notas de la edición francesa a cargo de Gilles-Gaston Granger), pp. 154- 155 [ed. cast.: Cuadernos de 11otas (1914-1916), trad. de Juan David Mateu Alonso, Madrid, Síntesis, 2009] . " Estas definiciones son semánticas en el sentido de que, pese a estar asocia,das a un conjunto de ámbitos de uso, no tienen en cuenta las variaciones de carácter contextual. En las recopilaciones más elaboradas, como es el caso, por ejemplo, de los diccionarios, el texto lexicográfico posee un carácter circular que invita al lector a desplazarse de definición en definición. De este modo, puede· decirse que la definición es tautológica, desde el punto de vista semántic>-56, la posibilidad de a cceder a una forma de existencia demás enunciados dd mismo tipo ( de los objetos. Y son precisamente operaciones de esa misma naturaleza las que intervienen en la evaluación, por ejemplo, de las empresas, en la medida en que aquella viene a de pender de los condicionantes que den en plantear los directivos contables en los que se apoyan las compañías, cuyos cuadros se hallan sujetos, a su vez, a una gran variabilidad, ya sea de una época a otra o de un país a otro68. También podemos examinar el caso -en el que tuve oportunidad de intere sarme en La condition /cetale69- de la determinación de aquel instante de la ges tación a partir del cual deja de autorizar la ley la práctica del aborto. La especi ficación de ese momento puede establecerse de dos formas. La primera consiste en centrar la atención en el ser en gestación y en considerar que a partir de un cierto estadio de desarrollo este último pasaría del estado de «cosa» al de «per sona», circunstancia que dejaría abierta la posibilidad de considerarlo como un sujeto de derecho. Sin embargo, esto exigiría continuar la labor de categoriza ción médica -que distingue las fases de gameto, pre-embrión, embrión, feto, feto viable, etcétera- a fin de dar a ese ser un estatuto ontológico susceptible de ser transformado en estatuto jurídico, introduciendo y justificando la existencia de discontinuidades radicales en un proceso de maduración continuo. Y para 6' Véase George Akerlof, An Economic Theorist's Book of Tales, Cambridge, Cambridge Uni versity Press, 1 984. 66 Véase Fran�ois Eymard-Duvemay, «Coordinarion par l'entreprise et qualité des biens», en Analyse économique des conventions, A. Orléans (ed.) , París, Presses Universitaires de France, 1994, pp. 3 07-334. 67 Laurent Thévenot, >; etcétera-, sien do justamente esta la razón de que las pruebas de verdad tiendan a preferir el gé nero de la fórmula, es decir, el de un enunciado en el que falta el sujeto de la enunciación, dado que quien lo pronuncia se está limitando a actualizar una afir mación que le precede y que, careciendo de todo carácter informativo, se sitúa en las antípodas del
argumenta27• Sin embargo, esas tautologías acumulan una gran
cantidad de energía y poder al verse repetidas en distintos medios. El juego de las correspondencias y de las relaciones cuasitautológicas viene a determinar que la totalidad se repliegue sobre sí misma de forma que su signifi26
Es precisamente el hecho de que estas palabras y estos gestos se remitan unos a otros y tengan por tanto un carácter autorreferencial lo que determina que la operación que trata de explicar a cada uno de ellos en función de la lógica de una causalidad externa quede desprovista de sentido -véase el epílogo de Jacques Bouveresse al libro de Ludwig Wittgenstein, Remarques sur le Rameau d'or de Frazer, París, L'Áge d'Homme, 1 990 [ed. cast.: Observadones a La rama dorada de Frazer, trad. de Javier Sádaba, Madrid, Ternos, 2008) . 27 Esta fórmula puede inscribirse en un conjunto de estructuras dialógicas. En tal caso se res ponde a una fórmula con otra fórmula. Esto no impide, sin embargo, que una de las características de la fórmula, en tanto que forma, sea la de no poder ser objeto de un comentario o de una glosa elaboradas en la misma forma. Si se desea comentar una fórmula, es preciso cambiar de forma y utilizar el discurso argumentativo. La fórmula puede asemejarse en este sentido a la poesía, cuyo comentario o glosa no pueden desarrollarse y mantener al mismo tiempo la forma poemática, un poco al modo en que las glosas sobre la música han de abandonar necesariamente el lenguaje musical y recurrir a los lenguajes naturales, aunque apoyándose al mismo tiempo en ejemplos de tipo musi cal (ya se interpreten, por ejemplo, al piano en el caso de una conferencia sobre el particular, o ya se representen por medio de una serie de fragmentos de partituras en el caso de un comentario presen tado en forma de texto escrito). Es posible, en cambio, comentar un texto sociológico o filosófico en el idioma propio de la sociología o de la filosofía sin cambiar de forma, sin duda porque esos textos se construyen de forma que permanezcan abienos a la posibilidad de la crítica. La fórmula, pese a constituir una forma típica del registro metapragmático de la confirmación, no es reflexiva respecto de sí misma, en el sentido de la reflexividad argumentativa que la crítica viene a poner en práctica.
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cación se manifieste por entero en cada uno de sus elementos. Por esta razón, lo que ocurre si por ventura llegan a presentarse unos cuantos seres nuevos es que estos habrán de sufrir uno de estos dos destinos: bien el de ser ignorados como tales seres nuevos, pasando a quedar así integrados en el conjunto previamente establecido -asumiendo, eso sí, el coste de una serie de reinterpretaciones-, bien el de acabar siendo rechazados. Podemos comprobarlo perfectamente en algu nas ocasiones concretas, sobre todo en el caso, aparentemente paradójico, de los ritos transgresores, y también, por ejemplo, en el de aquellos acontecimientos festivos de carácter periódico en los que se vienen a levantar de manera temporal las p rohibiciones y los vetos, dándose incluso la circunstancia, de cuando en cuando, de que se prescriba una inversión del compqrtamiento. Lejos de consti tuir una operación crítica, los rituales de transgresión no tienen más propósito objetivo, por el contrario, que el de desactivar la crítica, y, en términos más ge nerales, el de integrar (es decir, negar) la negatividad, desplegándola mediante una fórmula isomorfa respecto de la que se pone en práctica para celebrar el mundo en sus facetas respetables. Estas formulaciones y representaciones de la coherencia del mundo merecen desde luego el nombre de pruebas por la sencill a razón de que se hallan invaria blemente expuestas al fracaso, como atestigua la ansiedad que preside su prepa ración. El hecho es, en efecto, que, incluso en ausencia de una voluntad crítica,
pueden resultar fallidas debido a que siempre existe la posibilidad de que el mun
do dé en manifestarse de forma intempestiva y anárquica en el curso de la demos tración, lo cual vendría a poner en jaque el orden que se intenta confirmar. Esto resulta particularmente válido en el caso de los seres de carácter no humano -como los objetos, las máquinas o los animales- que, al ser poco sensibles a la belleza y magnificencia de los órdenes que se realizan y adquieren materialidad palpable en sus respectivas dimensiones simbólicas, pueden situarse simplemente al margen de las expectativas que gravitan sobre ellos y no. áctuar correctamente, ya se encuentren movidos, como ocurre en el caso de los animales, por una volun tad y unas p ulsiones propias (dado que pueden tener hambre, hallarse en celo, sentir miedo, etcétera) que les impidan contenerse, o ya se vean sometidos, como sucede en general con los objetos, y más específicamente con los artefactos y otro tipo de máquinas, a unos condicionamientos operativos carentes de toda relación con la importanda de aquello que se dirime en el curso de la representación.
Al cubrir con un �ismo tejido semántico todos los estados de cosa5 cuya re
presentación se escenifica, este despliegue produce un efecto de coherencia y de clausura -es decir, . un efecto de necesidad-, que no solo satisface las expectativas
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de verdad sino que alcanza incluso a saturarlas. Esta coherencia viene a poner de manifiesto una intencionalidad subyacente cuya fuerza logra imponerse incluso a quienes ignoran su contenido o no logran captar su «sentido». Este tipo de ope raciones desempeña sin duda un papel importante en lo que podríamos llamar el mantenimiento de la realidad. Cuando se ven coronadas por el éxito, su efecto no consiste únicamente en lograr que se acepte dicha realidad, sino en conseguir que guste. Además, es algo que verifican sin que la realidad se vea puesta a prueba. Lo que importa en este caso no es la realidad de la realidad. Y ello porque los ele mentos destacados de la realidad, que prestan apoyo a la prueba de verdad (por ejemplo, en una gran ceremonia estalinista, el héroe del trabajo, el misil balístico intercontinental, el joven pionero, el viejo dirigente de canosa cabeza cubierta con un gorro de piel, etcétera), únicamente aparecen aquí en calidad de signos. Cada uno de esos signos viene a proporcionar sustentación a la verdad de los demás. E importa poco que el héroe del trabajo sea, de hecho, un simple arribista perezoso, que el misil nunca acierte a impactar en el blanco previsto, que el joven pionero sea un niño de papá que solo piensa en divertirse, que el viejo jefe sea un dictador, un criminal y un individuo con signos de chochez, etcétera. Las pruebas de realidad -de las que ya hemos tenido ocasión de hablar- se po nen en práctica para hacer frente a la crítica en una situación de disputa, dado que esta siempre es susceptible de desembocar en situaciones de violencia. Dichas pruebas tienen carácter de test. Permiten poner a prueba la realidad de las preten siones de un conjunto de seres, y en particular de un determinado grupo de seres humanos, mediante el expediente de confrontarlos a su capacidad de satisfacer las exigencias correspondientes, estabilizadas por toda una serie de calificaciones y formatos. Si retomamos la distinción aristotélica, podemos decir que las potencias de esos seres han de ser reveladas entonces por diversos actos realizados en condi ciones específicas y en contacto con distintos dispositivos de objetos. En otros casos, es la prueba misma la que se ve sometida a prueba, y lo que entonces se examina es si la forma en la que viene a realizarse dicha prueba -aquí y ahora, en esta o aquella situación particular-, es efectivamente conforme al formato y a los procedimientos preestablecidos que deben dirigir su curso. A diferencia de las pruebas de verdad, que absorben su incertidumbre, las pruebas de realidad le confieren un lugar imponante. Esa incertidumbre, que atañe fundamentalmente a las capacidades de los seres -es decir, a algo que reside supuestamente en su inte rioridad y a lo que no pueden acceder de manera inmediata los sentidos-, ha de ser reabsorbida en la acción si se efectúa bajo ciertas condiciones.
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Las pruebas de realida d se distinguen esencialm ente, en su construcción misma, de las prueb as de verdad por el h echo de disociar dos tipos de opera ci ones. Por un lado las operaciones de despliegue de lo que tiene valor (que es lo que mejor hacen las pruebas de verdad, aunque no pasen de ahí), y por otro las operaciones tendentes· a reconocer si ese valor se concreta o n o en la textura misma de la realidad, atestiguándolo por m edio de un conj unto de p ruebas que aspi ran a tener una validez general. En este sentido, si las pruebas de verda d vienen a desplegar lo que resul ta des eable como si se trata ra efectivamente de lo que es, las prueba s de realidad plantean en cambio un diferencial en tre el deber ser y el ser, entre el juicio de val or y el juicio de hecho, exploran do dicha divergencia. De ahí procede el hecho de que, en el. orden del habla corriente, las pruebas de realidad opten preferentemente por el empleo de dispositivos argumentativos, lo cual viene a diferen ciarlas de las pruebas de verdad , que afirman y confirman lo q ue es por medio de la repetición de fórmula s (o, como suele decirse, cayen do en el pleonasmo, medi ante la reitera ción de una serie de «fórmulas estereotip adas» , com o si una fórmula pudiera no tener más que una
sola ocurrenci a) . Si las pruebas de verdad vien en a respaldar siempre el orden existente, las pruebas de realidad pueden fomentar la confirmación del orden estableci do o prom�ver el orden de la crítica. Su orien ta ción es conservad ora si vienen a afian zar las jerarquías exist entes, validando una re alidad que ya se h all a previ amente ajustada a los format os de las p rueb as (es decir, una realidad con struida). Sin embargo, la prueba de realidad, si se toma en serio, puede acabar ejercien do no obstante un efecto perturbado r, ya se a por desvelar la existencia de un conjunto de contradicciones entre distintas fo rmas de expresión no nnativa, y a sea por sacar a la luz un as dimension es de la realidad a las que podríamos califi car de dimensiones olvidadas . Y es que, en efecto, la disposición de las pru ebas, inclui da la organización de las más «legít imas», es co mparable· -como sostien e Witt gens tein en relación con la lengua- a una « ciudad antigua», es decir, a una enti dad dotada de zonas modern as, de barrios bajos, de edificios semi d erruidos, de callejuelas ignoradas y de callejones sin s alida28, de m odo q ue la crítica tamb ién «Podemos considerar que nuestro lenguaje es como una vieja ci udadela: un laberinto de callejuelas y de plazoleta.S, de casas nuevas y antiguas, Y de mansiones agrand �das en épocas dis tintas; y todo ello rodeado por una gran cantidad de suburbios de nueva creación , de calles rec tilíneas bordeadas de casa s uniformes.» Véase Ludwig Wittgenstein , Tractatus logico-phi/osophic cus, junto con las Investigaciones filosóficas (ed. fr.: París, G allimard, 1 96 1, p. 121) , § 18. 28
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puede encontrar, en la propia realidad, todo un conj unto de elementos favora bles al cuestionamiento de las representaciones confirmadas de la realidad. Por consiguiente, la crítica puede sacar partido de las pruebas de realidad, haciéndolo además de distintas fonnas. En primer lugar, tiene la posibilidad denun
ciar el hecho de que esta o aquella persona no posee el puesto que se corresponde con lo que puede hacer de hecho, o mejor aun, censurar que no esté siendo reco
nocida como debiera. La prueba de realidad viene a aportar a este tipo de reivin dicaciones el apoyo de un conjunto de pruebas. La crítica puede venir a cuestionar también la forma -disconforme con lo que debiera ser- en que una u otra prueba se está llevando a la práctica en una situación concreta (por ejemplo al impugnar unas elecciones diciendo que en su desarrollo no se han respetado los procedi mientos reglamentarios). También puede venir a señalar todo un conjunto de in coherencias entre la lógica que preside distintas pruebas en diferentes ámbitos de realidad y reclamar el establecimiento de compromisos destinados a atenuar dichas tensiones, etcétera. Sin embargo, en ninguna de esas operaciones se viene a cues tionar la realidad como tal, pudiéndose decir incluso que, desde determinados puntos de vista, estas operaciones críticas pueden contribuir a reforzar la realidad de la realidad. Cuando una persona o un grupo animado por una serie de actitudes críticas se involucra en la realización de una prueba de realidad, lo que le impulsa a actuar así es claramente d deseo de que terceras personas (y en la mayoría de las
ocasiones, en principio, la totalidad de los implicados) vengan a reconocer tanto la validez de sus pretensiones (individuales o grupales) como el carácter fáctico de la injusticia de la que esa persona o ese grupo están siendo objeto. Sin embargo, al proceder de ese modo, la persona o d grupo que expresa la queja viene a recono cer lo que podríamos denominar la realidad de la realidad, es decir, la validez de las
disposiciones que los formatos instituidos de las pruebas alcanzan a un tiempo a
garantizar, al menos en principio, y a reproducir mediante los formatos instituidos de dichas pruebas, como ocurre, por ejemplo, cada vez que alguien apela al dere cho, al reglamento, al respeto de un procedimiento instituido, etcétera. Hemos de hacer un hueco, junto a las pruebas de verdad y las pruebas de reali dad, a lo que llamaremos las pruebas existenciales. A diferencia de las dos primeras, las pruebas existenciales no han de ser consideradas como pruebas que hayan pa sado p or un previo proceso de institucionalización, de manera que conservan un
carácter individual -o, como suele decirse, «vivido»- aun en d caso de que afecten a un gran número de personas, si bien tomadas todas ellas una a una y de manera aislada. Lo único que les puede conferir un carácter «colectivo» es su puesta en 173
común. Dicho carácter puede ser evocado a su vez para sostener un determinado conjllllto de reivindicaciones, para criticar las pruebas de realidad existentes y para exigir, eventualmente, que se efectúen unas nuevas pruebas de realidad. Y esto con el fin de sancionar el reconocimiento de toda una serie de factores vinculados con llllas ofensas que habían permanecido hasta ese momento ignoradas, en el sentido de que podían ser vistas sin resultar por ello tenidas en cuenta ni quedar integradas en el ámbito de la realidad. En el caso de las pruebas existenciales, otra de las significaciones que puede adoptar el ténnino de «prueba>> viene a predonú nar sobre el significado de la prueba como test, el cual es predominante cuando nos referimos a la prueba de realidad. La prueba existencial apunta a algo que suscita un sufrinúento, al menos de carácter psíquico, respecto de aquello que afec ta. Y es que, en efecto, las pruebas existenciales vienen a apoyarse en un determi nado tipo de experiencias, como las de la injusticia o la humillación -viéndose asimismo acompañada$ en ocasiones de lll1 sentimiento de vergüenza, aunque tam bién, en otros casos, de la alegría . que suscita la .transgresión cuando proporciona acceso a una u otra forma de autentiodad-. Sin embargo, resulta difícil formular o tematizar dichas experiencias debido a que no existe ningún formato preestableci do que pueda enmarcarlas, o debido incluso al hecho de que, consideradas desde el punto de vista del orden existente, revelan poseer un carácter aberrante. Por tal motivo, suele decirse a menudo que estas experiencias son de carácter «subjetivo», lo cual permite negar su realidad -cuando la persona que las vive trata de compar tirlas con sus semejantes-, descalificándolas o ridiculizándolas (y pudiendo decir se en tal caso, por ejemplo, de todo aquel que dé en comunicar los detalles del modo en que le afecta una injusticia o una hwnill ación, que es demasiado «sensible», que ha en un determinado orden social-, estas pruebas exis tenciales abren una vía de comunicación tendente a contactar con el mundo. Y esta es la razón de que constituyan una de las fuentes de las que puede emerger una particular forma de crítica, una crítica a la que podríamos. dar el nombre de radical para distingt.iirla de las críticas reformistas destinad� a mejorar las pruebas de realidad existentes. Este es igualmente el motivo de que la crítica radical acos tumbre a apoyarse muy a menudo, al menos en su arranque, en un conjunto de expresiones engarzadas en unas formas de creación -como la poesía, las artes plás ticas o la novela- en las que viene a adnútirse más o menos (y desde luego a partir del romanticismo) la práctica de ofrecer al público toda una serie de experiencias o de sentimientos personales y cuya orientación estética permite eludir los condi174
cionamientos de coherencia y justificación jurídica o moral que pesan sobre d discurso argumentativo. Y esta es quizá también la razón de que la filosofía, al tratar de sacar a la crítica del corsé que le impone la realidad, sude ir a buscar de inicio su materia en un análisis dd trabajo que los escritores han realizado en la lengua misma al objeto de inscribir en ella su singularidad (como ocurre, por ejem plo, en el caso de la lectura que Jean-Paul Sartre hace de Jean Genet). Sin embar go, lo que la filosofía hace con los escritores es precisamente lo que la sociología de la crítica trata de hacer con las personas ordinarias al esforzarse en conferir visibi lidad y volver comprensibles sus experiencias existenciales. Para alcanzar a comprender mejor lo que entendemos por pruebas existencia les, pensemos en tal sentido, por ejemplo, en las pruebas en sí que han tenido que vivir los homosexuales, obligados, durante siglos, a desenvolverse en una situación de semiclandestinidad y forzados a enfrentarse al insulto y al oprobio. Pues bien, la cuestión es que la experiencia de los homosexuales alcanzó a traducirse inicialmen te en un conjunto de obras literarias, teatrales o pictóricas antes de adoptar una forma colectiva capaz de abrir las puertas a un movimiento susceptible de reclamar el reconocimiento público de un grupo que finalmente había quedado transforma do en colectivo. Este reconocimiento paulatino (que dista mucho de haber alcan zado su completo desarrollo) ha ido acompañado por un cambio en el perfil de la realidad y por la puesta en práctica de un conjunto de pruebas para sí -es decir, de pruebas de realidad- destinadas a permitir una objetivación de la ofensa, lo cual ha hecho posible, por ejemplo, la institución legal del delito de homofobia. La crítica -al proponerse compartir y exponer en la plaza pública, valiéndose de pruebas existenciales, un determinado tipo de experiencias dolorosas, como las del desprecio o la negación, vividas hasta ese momento en la soledad y la inti midad del fuero interno- asume la tarea de deshacer las relaciones que se estable cen, según general aceptación, entre las formas simbólicas y los estados de cosas. Puede tratar de hacerlo, fundamentalmente, extrayendo del mundo un conjunto de ejemplos nuevos susceptibles de poner en peligro la completitud de las defini ciones establecidas y de arrojar dudas respecto al carácter universal de las rdacio nes confirmadas. Y es que, en efecto, los ejemplos son muestras existenciales de otros tantos seres, tomadas en d mundo y proyectadas en la realidad, muestras en las que vienen a ejemplificarse las propiedades que entran en la definición de los objetos. Lo que elimina el riesgo de caer en la circularidad a la que se ve confron tada la definición, al abrirla al exterior, es en cierto modo la posibilidad de pre sentar ejemplos. Sin embargo, el problema radica en el hecho de que d universo
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de los ejemplos posibles tiene a su vez un carácter incompleto y abierto, puesto
que las diferentes muestras susceptibles de ser consideradas como tales ejemplos deben volver a ser codificadas en los términos propios de la definición del objeto.
Ahora bien, no solo podemos encontrar un conjunto de muestras que admiten ser codificadas para sostener la definición de los diferentes objetos -haciéndolo además en función de las propiedades conservadas en el proceso de codifica
ción-, sino también toda una serie de muestras que ocupan una posición inesta ble entre objetos que dan lugar a definiciones contradictorias.
Lo podemos apreciar perfectamente en el caso de aquellos procesos a los que hemos dado el nombre de casos o escándalos. Pensemos, por ejemplo, en un acon
tecimiento como el de un acto que haya venido a desembocar de manera volunta
ria en la muerte de una persona y que sea presentado por parte de algunos miem
bros de la sociedad (aunque no por todo el mundo) como un acto de eutanasia " asistida en lugar de como una acción de naturaleza criminal. En et caso Humbert, una mujer, auxiliada por un médico, inyectó una dosis letal de veneno a su hijo tetrapléjico que, siendo incapaz de provocarse la muerte por sus propios medios, le había solicitado con todo apremio que pusiera fin a su existencia, según refiere la mujer en cuestión. Tanto la mujer como el médico que le había prestado ayuda fueron acusados de la comisión de un delito. A partir de ese momento, las asocia ciones que militan en favor de la legalización de la eutanasia pueden tomar como base las circunstancias de este ejemplo y apoyarse específicamente en las manifes taciones de esa madre, en su rostro arrasado en lágrimas divulgado a través de la
pequeñ� pantall a , en el libro que acaba de publicar, etcétera, al objeto de sostener algo similar a esto: «¿Esto es lo que ustedes llaman una crimirial?». Pese a que la mujer haya realizado efectivamente, y de manera voluntaria, un acto que ha termi nado provocando la muerte de una persona, su gesto no alcanza a justificar el he cho de que se la tache de
criminal -predicado que la desvaloriza-, dado que la
circunstancia de tomar en consideración otras propiedades del estado de cosas en
el que se inserta dicho acto acaba por conferirle, antes al contrario, un carácter heroico. Sin embargo, el objeto del asunto en sí, más allá del caso particular de
esa mujer y de su hijo� consiste en modificar el alcance de la calificación de crimi
nal -definida por ei hecho de dar voluntariamente la muerte a otro ser humancr
y en resaltar el valor que tiene la distancia que media entre los distintos ejem
plos capaces de responder a esa definición. De ese modo tenemos, por un lado, un conjunto de ejemplos de actos que no dudaríamos en calificar como criminales
-como el acto, por ejemplo, de un hombre que mata deliberadamente a otro para desvalijarle-, y que son ejemplos que se sitúan en el núcleo mismo de la categoría
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(en el sentido que da Eleonor Rosch a dicha expresión) , y por otro, aquellos ejem plos-límite (o borderline) sobre los que se cierne, a modo de reclamación, la exi gencia de que se los califique con un término diferente29. Lo que aquí está en juego atañe por tanto a los tipos a los que deben remitirse dichos actos, tomado cada uno de ellos en su particularidad contextual, y, por consiguiente, a la forma de respeto que se les debe asignar. No se trata en ningún caso de actos indiferentes que únicamente puedan ser tenidos en cuenta una vez. Sin embargo, el primer tipo de actos, considerados una primera vez en su existen cia contextual, han de ser remitidos a un tipo que posea, entre otras propiedades, la propiedad normativa de dar lugar a una evaluación muy negativa, lo cual deter mina que se les asigne un respeto de carácter igualmente negativo. Y a la inversa, la segunda clase de actos ha de ser remitida a otro tipo que, sin dejar de poseer toda una serie de propiedades comunes con el primero (ya que, en ambos casos, el acto ha producido voluntariamente una muerte), se revele capaz de contener un conjunto de propiedades positivas o neutras en el plano normativo, lo cual determina a su vez que se adopte respecto a ellos otra forma de respeto. Hay por tanto operaciones críticas, que muy a menudo presentan la forma de casos o escándalos, como ocurre en el que acabo de evocar, que descansan sobre diversas formas de pruebas existenciales en el sentido de que han de tomar apo yo en experiencias vividas, las cuales sirven para extraer del mundo o, si se pre fiere, del /lujo de la vida, un conjunto de elementos susceptibles de revelar la insuficiencia tanto de las relaciones confirmadas como de las pruebas de realidad instituidas. «Si [la mujer de nuestro ejemplo] es una criminal, entonces todas las madres que aman a sus hijos son igualmente criminales.» Los escándalos desem peñan así un papel muy importante en la transformación de los instrumentos 29 Como señala Tommaso Vitale, las movilizaciones transforman de este modo lo que son «problemas privados» y «experiencias vividas por un determinado conjunto de individuos» en «problemas públicos» que pasan así a formar parte de las preocupaciones del «conjunto de la colecúvidad>>. Véase Tommaso Vitale, a esa madre que, desgarrada por los inhumanos sufrimientos de su hijo tetrapléjico, le administra (a petición suya y con el acuerdo del médico) una inyección mortal, etcétera.
La tarea crítica de explotación de las contradicciones Sin querer establecer aquí un catálogo exhaustivo de los muy diversos caminos que puede adoptar la crítica, vamos a detenemos un instante en la exposición de
q
las vías ue le permiten explotar las contradicciones que recorren la realidad, y no solo en sus realizaciones prácticas sino también en los formatos que emplea. Las pruebas de verdad se organizan de modo que resulte posible conferir coherencia a un conjunto de elementos dispares. Y en cuanto a las pruebas de realidad, he mos de tener en cuenta que se hallan sometidas a unas exigencias de coherencia interna polarizadas por toda una serie de principios reguladores. No obstante, tanto en uno como en otro caso, la conservación de esos factores de coherencia
únicamente puede alcanzar a satisfacerse -unas veces más y otras menos- si el desarrollo de las pruebas se circunscribe a un terreno específico y propio a fin de que no interfieran demasiado unas con otras. Y es que, en efecto, podría darse el caso de que dos o más pruebas distintas, organizadas en contextos caracterizados por su contigüidad o cercanía espacial o temporal, vinieran a apoyarse en un con junto de principios divergentes e incluso incompatibles30. Y a la inversa; también 'º
Véase Luc Boltanski y Laurent Thévenot, De la justi/ication. Les éronomies de la grandeur, cit.
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puede invocarse un mismo marco de justificación para sostener posiciones que en realidad son difíciles de conciliar. La crítica podrá tratar de sacar partido de esas disparidades procediendo a comparar las pruebas o las posiciones que vienen a entrar en liza en los difetentes ámbitos, a fin de permitir el afloramiento de las contradicciones en las que incurren los actores cuestionados. De este modo, por ejemplo, en el caso de las disputas relacionadas con el aborto, la crítica de los que optan por el «derecho a decidir>> puede denunciar con razón la incoherencia de quienes se declaran favorables al «derecho a la vida>>, si se da la circunstancia de que estos se muestran, en otros contextos, partidarios de la pena de muerte. Estas dos actitudes contradictorias vienen sin duda a generarse por la transforma ción de un mismo operador categorial fundado en la analogía existente entre la oposición de la vida y la muerte y la oposición de la inocencia y la culpabilidad. Sin embargo, este planteamiento, heredado de las religiones sacrificiales -que convierte a la muerte en el precio a pagar por el rescate de los pecados-, se halla actualmente desprovisto de pertinencia y de legitimidad, de forma que difícil mente puede traerse explícitamente a colación en una justificación, circunstancia que lo condena a pennanecer recluido en la esfera de lo tácita3 1 • Otras contradicciones de las que puede sacar partido la crítica son aquellas que se manifiestan cuando un mismo objeto de referencia adquiere sentidos dife rentes e incompatibles en función de la situación en la que se vea inmerso. En tal caso, su relación con un conjunto de tipos diferentes asociados con otros tantos modos de evaluación distintos vendrá a depender del contexto proposicional en el que se inserte la referencia a un objeto estabilizado por un designador rígido, o incluso por una descripción definida. De ese modo, por ejemplo, un mismo cordero tiene la propiedad de ser, considerado en el contexto del prado en el que pasta, «cariñoso y encantador» y de revelarse, por el contrario,