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Spanish Pages 223 [224] Year 2016

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CUBA STONE Tres historias
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CUBA STONE Tres historias
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JAVIER SINAY JOSELO RANGEL JEREMÍAS GAMBOA
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Índice
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1 El último desafío de la banda más grande del mundo (y un viaje a lo profundo del rock cubano)………………… 11 2 Cambia, todo cambia…………………………… 69
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3 Rock and roll al ritmo de (las piedras rodantes y) los hijos del «período especial»…………………… 135
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El 25 de marzo de 2016 los Rolling Stones tocaron por primera vez en La Habana, Cuba, en el marco de su gira «América Latina Olé Tour». Lo hicieron de manera gratuita, en la Ciudad Deportiva, y ante cientos de miles de personas, la inmensa mayoría de las cuales los escuchaba por primera vez. El periodista argentino Javier Sinay, el guitarrista mexicano de Café Tacvba, Joselo, y el periodista y escritor peruano Jeremías Gamboa viajaron a la isla para presenciar el concierto y escribir acerca de él. El resultado es este libro que reúne tres historias y tres miradas sobre ese mismo momento histórico.
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El último desafío de la banda más grande del mundo (y un viaje a lo profundo del rock cubano) Por Javier Sinay
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Rocky Saldaña es el primero en la fila para ver el concierto de los Rolling Stones en Cuba. Esta noche, que es la del jueves 24 de marzo de 2016, acampa al costado de la reja de la Ciudad Deportiva de La Habana. Es su tercera noche aquí, cerca de una de las puertas por donde mañana van a pasar cientos de miles de personas. El martes, cuando llegó, Rocky trajo comida y ropa, y quiso montar su carpa, pero los guardias no lo dejaron. Se quedó hasta tarde y se fue. En el segundo día, el miércoles, ocurrió lo mismo. En el tercero, Rocky venció. Se quedó sentado por ahí, observando cómo los ingleses construían el escenario, y con eso se mantuvo bastante entretenido. Tiene veintidós años. Esas cosas no pasaban antes aquí. Pero esta semana Cuba va a convertirse en otra Cuba. El mismo día en que Rocky llegó por primera vez con su carpa y fue expulsado, el presidente de los Estados Unidos Barack Obama hacía sus últimos paseos y mantenía las reuniones finales en un viaje histórico con el que un
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líder yanqui volvía a poner un pie en La Habana, algo que no ocurría desde 1928. Todas las miradas del mundo estaban sobre esa nueva relación un poco susceptible que la revista The Economist definió en su portada con una palabra precisa: «Cubama!». La isla estaba agitada. Pero a Rocky, un aspirante a ingresar a la Licenciatura en Música del Instituto Superior de Arte que todos los días toca un bajo BC Rich Warlock negro con la forma de un hacha de guerrero vikingo, la política no le interesa demasiado. Cuando llegó a la Ciudad Deportiva no había nadie: el presidente Raúl Castro estaba recibiendo a Barack Obama en el Gran Teatro de La Habana, y todo el mundo estaba ahí. Con los días, algunos fans fueron llegando al estadio donde el viernes los Stones traerían el gran final de una gran semana. Y Rocky fue haciéndose amigo de otros que, como él, creían que había que anticiparse al desborde del último momento. Sin embargo, ahora, en los minutos finales del jueves 24 de marzo, Rocky está sorprendido: esto está casi vacío. En la tierra del son y del mambo, el reggaetón es la nueva onda y los que llenen la Ciudad Deportiva de La Habana sólo serán un puñado breve de fans muy fans. Y luego, por detrás, vendrá una enorme multitud de curiosos. Porque Cuba no es un país rockero. El rumor de la visita de los Rolling Stones había comenzado a circular algunos meses antes y, en cuanto se enteró, Rocky decidió venir. Ahora deja que la brisa de La Habana le acaricie los rulos castaños, unos tirabuzones
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que caen más allá de sus hombros. Viste una chaqueta de jean a la que le cortó las mangas y le puso un parche de Black Sabbath. No usa camiseta, y sobre su pecho brilla un collar con un colgante de los Rolling Stones. Tiene un disco con varias canciones de ellos; canciones de las que todo el mundo conoce, como «Angie», «Paint It, Black» y «(I Can’t Get No) Satisfaction», pero también otras, que sólo los iniciados recuerdan. El colgante es un regalo de su padre, Saúl, un médico que vive en España y que estuvo de visita en Cuba hasta hace tres días. Rocky tendrá que llamarlo por teléfono mañana, cuando los Stones toquen «Angie». Se lo prometió, porque con él es con quien aprendió a escuchar riffs frenéticos y baladas rasposas en un país en el que la música se hace con cuero, madera y corazón. Pero Rocky no tiene crédito en el celular. Carga con un teléfono viejo sin conexión a Internet, ni aplicaciones, ni cámara de fotos. Un pequeño trasto que hoy tiene el mismo valor, como herramienta, que un tintero para la pluma. Acaso ni le importe.
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Cuba era el último desafío que le quedaba a la banda de rock más grande del mundo. Los Rolling Stones habían tocado en la República Democrática Alemana en 1990, poco antes de la caída del Muro, y en China en 2006. Cuba, tan cercana y a la vez tan lejana, uno de los últimos cuatro países comunistas que existían, Cuba la 15
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rebelde, Cuba la quijotesca, Cuba la ejemplar y la digna, pero también Cuba la aislada, la severa y la atrasada, Cuba, en fin, se había convertido en un territorio largamente deseado. Las negociaciones para tocar ahí habían comenzado hacía más de un año y en octubre de 2015, con buenas chances de cerrar trato y antes de comenzar con su América Latina Olé Tour, Mick Jagger se fue de vacaciones a La Habana. El cantante se paseó oculto detrás de un sombrero y unos lentes de sol, fue a la casa del embajador inglés, se hizo presente en un club de música afro-cubana y, cuando la banda que estaba en el escenario ensayó una versión en rumba de «(I Can’t Get No) Satisfaction», él se subió y la terminó. El problema con los Stones era el dinero: dicen que el concierto en Cuba costó siete millones de dólares. Eso incluyó el traslado de todas las piezas del escenario, aun las torres de sonido. (También, la tontería de llevar cuarenta mil botellas de agua mineral procedente de Islandia para la banda y su crew.) Siete millones, y nadie pagaría para ver ese show, porque un ticket hubiera costado lo mismo que unos siete meses de sueldo promedio en la isla. Entonces apareció una organización dispuesta a financiarlo. Se llamaba Fundashon Bon Intenshon y estaba en Curazao, una isla caribeña autónoma pero asociada al gobierno holandés. El director de la Fundashon Bon Intenshon era un abogado corporativo, un magnate llamado Gregory Elias que todos los años hacía un festival
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de jazz (adonde ya había llevado a Stevie Wonder y a Alicia Keys), que apoyaba causas artísticas y que esperaba recuperar algo de dinero con una película sobre el recital. Después se sumaron otros sponsors: más fundaciones y algunas marcas de instrumentos. El gobierno de Curazao también fue parte, discutiendo los detalles con los ministros cubanos de Cultura y de Finanzas y Economía. Cuando todo estuvo listo, los Stones lanzaron un video en el que decían: «Hemos tocado en muchos lugares especiales durante nuestra larga carrera, pero este show en La Habana va a ser un hito para nosotros, y esperamos que también para todos nuestros amigos en Cuba». Querían romper el récord de asistencia del concierto de la playa de Copacabana, en Río de Janeiro, que en 2006 había reunido a más de un millón doscientas mil personas y sabían que había dos palabras clave en la isla: «prohibido» y «gratis». El show era gratis. El rock había estado al borde de la prohibición durante mucho tiempo. Y la combinación era irresistible. En la Cuba que los recibía, el capitalismo subterráneo que desde hacía décadas convivía con el sistema comunista comenzaba a aflorar de diversas formas a la luz del día. Durante la década de 1990, luego de la caída de la Unión Soviética, la isla había tenido que sobrevivir por su cuenta y bajo bloqueo, y entró en lo que se conoció como «período especial»: una era de privaciones, de racionalización de la energía, de restricciones en el agua potable. Se cuenta que sólo la figura de Fidel Castro, omnipresente, adorada y odiada por igual, pudo detener
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a una multitud que una tarde empezó a lanzarse al mar en miles de balsas. Los Stones entrarían a un país diferente, donde lo peor ya había pasado y en el que las calles mostraban pequeños restaurantes conocidos como «paladares», que eran emprendimientos particulares permitidos. El acceso a Internet era quizás uno de los mayores problemas, pero se podía navegar en las plazas y en las esquinas, con tarjetas prepagas. Cuba es un sitio de paradojas. Una de ellas es que parece un destino de turismo hedonista, playero, fiestero. Y, aunque puede ser todo eso, más que nada es un destino de turismo político. Su complejidad y su experiencia histórica, que asoman bajo cada baldosa, sirven como testimonio para el mundo entero. Por otra parte, también pesaba la impresión que había causado Obama al pueblo cubano. Un presidente gringo negro y carismático no era tan fácil de demonizar como los que habían sido blancos y conservadores. En esos días, Rafael Grillo, editor de El caimán barbudo, una antigua revista cultural cubana, dijo: «Hay esperanzas de cambio y de renovación, que me hacen acordar a la canción “Wind of Change”, de Scorpions, y a la caída del Muro de Berlín». Estaba claro que, buscado o no, el show de los Rolling Stones era parte de un proceso político. «Parece que Obama es nuestro telonero», bromeó el jefe de producción de la banda, Dale Skjerseth.
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Cuando llegó el día, las puertas de la Ciudad Deportiva de La Habana se abrieron a las dos de la tarde y la gente que había estado haciendo fila entró corriendo. Fue una estampida entusiasta hacia eso que casi todos los rockeros cubanos pensaban que era un futuro brioso. Pero ya adentro, en el campo, cerca del escenario, los fans se dieron cuenta de que no colmaban el sitio porque no eran tantos: la histeria había durado lo que una carrera. En las siguientes seis horas, mientras en los altavoces gigantes sonaban Amy Winehouse, AC/DC y The Clash, y el cielo se cubría de nubes pesadas, la Ciudad Deportiva se fue llenando poco a poco con algunos viejos rockeros que parecían dinosaurios revividos, pero también con metaleros, punks, turistas, paseantes y curiosos llegados de todos los rincones del mundo. El mayor fan mundial de la banda estaba ahí: Ulrich Schröder, de sesenta y seis años, que había montado su Stones Fan Museum en Lüchow, cerca de Hamburgo, y que en La Habana asistía a su show número 181. Durante toda la tarde, asediado con pedidos de fotos, Schröeder fue una atracción turística más. A las ocho y media de la noche las luces se apagaron y una voz anunció: «Ladies and gentlemen, the Rolling Stones!». Y entonces, sobre un escenario enorme y negro, apareció Keith Richards. Era el puto Richards. En Cuba. Richards sonreía, y en su sonrisa se veían todas las vidas del rock and roll, todas las leyendas salvajes y geniales, y Jim Morrison y Jimi Hendrix relampagueaban en sus dientes de viejo espléndido, y el pop-art y la chispa de los
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virtuosos, y las boîtes de Londres y los sótanos de Nueva York, y todos los hits número uno de todos los charts, el brillo del dinero, los dedos ágiles de Richards sin huellas digitales y el subidón de la cocaína, el sueño de la juventud eterna, los engranajes resplandecientes de la industria del entretenimiento y la ambición de los Stones de ser los apóstoles definitivos de una era: todo eso junto, mezclado y revuelto, estaba en la sonrisa de Keith. Y cuando le dio dos sacudones a la guitarra e hizo sonar la intro de «Jumpin’ Jack Flash», Cuba fue otra Cuba.
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El show de los Rolling Stones comenzó con «Jumpin’ Jack Flash», el segundo tema fue «It’s Only Rock and Roll (But I Like It)», y el tercero «Tumbling Dice», y entonces Mick Jagger dijo: «¡Aquí estamos, finalmente! ¡Estamos seguros de que ésta será una noche inolvidable!». Sí, eran los Rolling Stones. Habían llegado, y con más de setenta años estaban aquí, notables en su vejez nada plácida, o, mejor, alegres en su segunda adolescencia, invulnerables en su gerontoatletismo y en su impactante instinto de showbiz. Pero había un problema: este público, educado en el son, el bolero, el mambo y la habanera no era como el que suele ir a ver a los Stones en cualquier otro lugar del mundo. Aquellas tres primeras canciones fueron tres clásicos que los cubanos observaron encantados, quizás moviéndose un poco, pero lejos del baile en masa y de
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la comunión apasionada. ¿Cómo dar un show para una audiencia que, con suerte, apenas podía contar con los dedos de una mano los conciertos de estadio a los que había ido? Jagger comprendió entonces que debía hacer un espectáculo didáctico y darle pistas al público para que participara. Y pareció tener un pensamiento tan sólido que fue como si su rostro pudiera expresarlo, de cara a la multitud que tenía enfrente. (Quizás fue en el inicio del cuarto tema, «Out of Control», con el que se sacudió bailando como en un shock eléctrico, y el público despertó: el pueblo cubano es un pueblo que baila, y ver los movimientos ardientes de ese legendario hombre escuálido tenía un significado mucho mayor, incluso, que estar delante de Keith Richards en el momento en el que tocaba sus riffs más famosos.) En ese momento fue como si a Jagger se le hubiera cruzado una sentencia: «Yo les voy a enseñar qué carajo es el rock». Jagger bailó, y Cuba bailó con él. «Sabemos que años atrás era difícil escuchar nuestra música acá», dijo un rato después, luego de recobrar el aliento elegantemente, sin hacer grandes gestos ni dar manotazos de viejo jadeante. «Pero acá estamos, tocando para ustedes en su linda tierra… Pienso que finalmente los tiempos están cambiando… ¡Es verdad, ¿no?!» Y ése fue el instante único y breve en el que la condición política del show fue puesta en palabras.
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El día siguiente al show, Rocky Saldaña está descalzo y no lleva camiseta; apenas viste un jean roído. Ayer, él, que encabezaba la fila larga, fue el primero en entrar al campo. Y fue, quizás, el primero en gritar cuando salieron a escena los Stones. —Descubrí que en algunos de mis movimientos tengo mucho que ver con Mick Jagger —dice—. Algunos de los movimientos que hace él, un poco impredecibles, un poco caóticos: ese tipo de cosas son mi estilo a la hora de tocar el bajo. Supongo que es porque ninguno de los dos sabemos bailar. A lo mejor, es eso lo que tenemos en común… Sin embargo, Rocky esperaba un poco más del concierto de los Stones: algo más de pirotecnia, quizás. Pero «Angie» y «Miss You», con un solo funky de bajo, estuvieron a la altura de sus sueños. «Paint It, Black», por ejemplo, sonó mucho mejor que en el disco Aftermath, de 1966. Sonó más grande: tal vez fue un cambio en la armonía. Durante el concierto, Rocky, que estuvo a dos metros de la valla gracias a una invitación especial que consiguió en el Instituto Superior Politécnico, siguió todo el tiempo al bajista, Darryl Jones, a quien ya había visto cuando éste tocó en Cuba con The Dead Daisies (una superbanda en la que también estaban el corista de los Rolling Stones Bernard Fowler; dos Guns N’ Roses que no eran Axl Rose ni Slash; un Mötley Crüe poco conocido; un INXS de la etapa mala de la banda; y un par de músicos más en busca de la gloria perdida). A Rocky le gusta cómo toca Jones: tiene variedad en las líneas e ingenio sonoro.
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Rocky, que ha estado en algunas bandas —ninguna conocida—, no piensa en nada cuando está tocando el bajo. Absolutamente en nada. —Y cuando termina el concierto, si no me cuentan qué hice, no tengo idea. Si salté, si hice un movimiento específico… Nada. Hoy Rocky recibe a algunos amigos en su casa, en el barrio de La Habana Vieja, con una expresión seria, de hombre adulto que sabe las cosas de la vida pero prefiere callarlas, una expresión que pocas veces se le va de un rostro donde brota algo de barba juvenil castaña. La casa, de dos pisos, se comprime entre una iglesia vieja de muros de piedra en los que afloran esporádicos plantines, y una escuela secundaria en cuya puerta hay varios chicos y chicas. Enfrente, cruzando una calle llamada Villegas en la que se mezclan peatones, ciclistas y motoristas, hay un playón de béisbol. Rocky vive con su madre, una médica que trabaja como camarera, y en su habitación —a la que se llega atravesando una cocina repleta de instrumentos musicales, estuches y cables— sólo hay una cama, una mesita de luz, un sillón, dos percheros y un cráneo de toro (recuerdo de los días en los que Rocky era un estudiante de medicina veterinaria) coronado con un casco de patín (recuerdo de los días en los que Rocky era miembro del equipo provincial de patinaje de carrera) y una bandera cubana. Todo luce un poco desordenado. Incluso el cartel que dice «Toque la puerta antes de entrar» se ha corrido un poco. Pero lo que más le gusta a Rocky de su casa no es nada de eso, sino un árbol que crece en el patio.
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Es un mango verde y florido que le da el nombre a su gran proyecto: la Casa del Árbol. Hace dos años, cuando decidió que los espacios para tocar que había en la ciudad no le interesaban, Rocky abrió, junto a seis amigos, una nueva rockería. —Ahora toco en la azotea de mi casa —dice. Hoy es sábado y es día de ensayo en la Casa del Árbol: un grupo que se llama Us y que hace una versión acelerada de «Smoke On The Water», de Deep Purple, y una muy cruda de «Seven Nation Army», de The White Stripes, está por iniciar en el patio su lista de ocho temas cantados a dos voces. Todas las semanas hay bandas tocando aquí. Junto al mango, en una tarde cálida y anaranjada como ésta, han tocado incluso unos tipos que hacían black-metal. Los Us son cinco: un guitarrista, un bajista (que hoy usa el diabólico BC Rich Warlock negro de Rocky), un baterista, un cantante moreno de ojos verdes y una cantante morocha, un poco pálida, bonita y con anteojos. Cuando empiezan, con «Don’t Let Me Down», de los Beatles, en un tono sucio y electrificado, todo el barrio parece llenarse de distorsión. La canción suena en su perfección. Cada golpe de la batería se multiplica y rebota en las paredes arruinadas de la iglesia y en el condominio de enfrente, en donde un vecino se asoma a la ventana, y de la guitarra surgen olas de sonido saturado que hacen ver a La Habana Vieja como un escenario un poco más dramático, y de repente los dos equipos que juegan al béisbol en el playón, al otro lado de la calle, ya no están jugando, sino
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corriéndose, peleándose, y cinco niños se han trepado al precario muro de chapa que separa el patio de la casa de Rocky de la calle porque quieren descubrir este invisible show de rock, y uno de ellos, en una pirueta peligrosa, hace air guitar mientras Terry, el perrito sin raza de Rocky, le ladra enfurecido, y la puerta del patio comienza a entreabrirse porque hay curiosos que quieren entrar a ver qué está pasando, y son turistas que se van a quedar en la Casa del Árbol hasta que «Don’t Let Me Down», de los Beatles, en una versión brutal y hormonal a cargo de cinco veinteañeros cubanos, termine. La casa de Rocky se ha llenado de gente, y él domina la escena trepado a un barral de la escalera, apoyándose contra uno de los muros de la iglesia. Parece el rey de la jungla. A Rocky, que es feliz contemplando el inesperado show, lo único que le interesa es el rock. De hecho, no se llama «Rocky», sino Samuel, pero prefiere que le digan así desde que tiene catorce años. —Entre mis trece y mis catorce años analicé mucho todo, y en esa etapa fue donde se formó la mayoría de mi pensamiento —dice, después del ensayo—. «Rocky» se me ocurrió porque en esa época mucha gente tenía un apodo y yo quería uno. Y lo elegí por el significado en inglés y también porque sonaba un poco fuerte. Y se refiere al rock, sí. «Rocky» de rocoso, de disciplinar la roca y lo duro. Rocky, que se toma a sí mismo muy en serio. Tiene un tatuaje, en su brazo derecho, de un cráneo
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con dos sables cruzados: la bandera que usaba Jack Rack ham, un pirata presuntamente nacido en Cuba, temido en todo el Caribe y muerto en Jamaica. —Las espadas significan fuerza y valentía —dice—. Esto representa luchar hasta el final en cualquier meta que tengas, sin perder nunca la dirección. En la espalda tiene tatuada una letra «S» que luce entremetida en una voluminosa y extraña estrella de varias puntas. Una «S» de Samuel, su nombre. —Es una estrella que se me ocurrió a mí cuando tenía trece años —explica—. Muchas veces hemos inventado algo y en realidad ya lo habían hecho hace millones de años. Esta estrella es como el tatetí: tienes todas las casillas, tienes una equis arriba, abajo, izquierda y derecha con una «S» en el medio. Y entonces, si separas todo, en realidad ves la estrella. Y lo que significa es que la vida es un juego, que no hay que tomársela tan en serio. Tienes todas las posibilidades de ganar porque no juegas contra nadie. No hay ningún cero, sólo hay equis y, en todo caso, lo que se opone entre tú y tus sueños eres tú mismo. Rocky dice que se le ocurrió todo junto y al mismo tiempo, con la estrella. —Dije: «¡Coño, pero está todo aquí mismo!». Y entonces el último dato es que el trazo es continuo, que el ciclo nunca termina, y que si al final logras convertirte en algo en tu vida, la equis que falta siempre seguirá estando en el medio. Nunca alcanzarás todas tus metas, pero no hay que dejar de luchar. Rocky, que quiere habitar el mundo con un «yo» com-
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pleto. Que se jacta de los momentos vividos, orgulloso, y que dice que haber ido al show de los Rolling Stones es un gran recuerdo para contarles a sus hijos, si algún día los tiene. Un coleccionista de memorias, de experiencias inmateriales. Evidentemente, para él hacer música no es un pasatiempo. El asunto comenzó con los Rolling Stones, con Queen y con Deep Purple. Su padre, Saúl, le hacía escuchar esa música cuando era un niño. Por entonces, a Rocky no le gustaban los discos, y sólo a los doce años comenzó a entender de qué se trataban. Pero su padre insistía desde antes. En su escuela preuniversitaria, donde era interno, Saúl tenía un cassette de Ronnie James Dio (el cantante que popularizó la mano con cuernitos como símbolo del heavy metal), que ocultaba debajo del colchón porque no quería meterse en problemas con los preceptores, y también porque sus propios compañeros podían llevárselo. De todas maneras se lo robaron, pero a Rocky le gusta pensar que su padre tuvo algo de metalero y que comparten eso. A los dieciséis años, cuando creía que tocar el bajo era más sencillo que tocar la guitarra, Rocky comenzó a tomar clases, y un poco después consiguió su primer instrumento, una copia de Fender sin marca, negra y blanca y muy mala, que le compró un amigo a un poco más de cincuenta dólares, y que luego vendió con algo de suerte al mismo precio. Después tuvo un Ibanez Gio de cinco cuerdas, pero lo dejó porque el sonido no lo enamoraba: los micrófonos no eran lo que esperaba.
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—Quería que sonara como Steve Harris, de Iron Maiden, o Geezer Butler, de Black Sabbath —dice, como un catedrático: para los metaleros, la tecnología musical es importante—. Buscaba ese sonido más metálico, más a lata, a metal: ese sonido me encanta y normalmente se consigue con ese tipo de micrófonos del Ibanez, pero no me convenció e intenté buscar algo más. El BC Rich me gusta, aunque todavía no es el sonido exacto en el que estoy pensando. Rocky sueña, en verdad, con un bajo Fender. Pero en Cuba, un Fender es caro y difícil de conseguir. A su abuela, que vive en Italia y que le envía algo del dinero que gana como empleada doméstica o como cocinera de restaurantes, le prometió que este año iba a dejar todo para pasar las pruebas de historia de la música, física y matemática del Instituto Superior de Arte. Aunque la peor de todas, la más difícil, es la prueba de Armonía, Rocky va a entrar al Instituto Superior de Arte a como dé lugar. —Aquí el gusto por la música es absoluto. Desde que naces, te gusta la música.
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* * * Pero la isla todavía discute si el rock es bueno o es malo. —El concierto de los Rolling Stones fue, sobre todo, un momento de descubrimiento —dice Guille Vilar, uno de los principales divulgadores del rock en este país. 28
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Han pasado dos días desde el show, y él todavía está como flotando. Vilar, que es un hombre normal de sesenta y cinco años (normal: cabello entrecano, algo de ojeras), habla en una mesita del Yellow Submarine, un club de rock decorado con imágenes del período psicodélico de los Beatles, en el que todos los días tocan bandas cubanas con una única condición: que ejecuten al menos un cover de los de Liverpool. Hoy está tocando un grupo que se llama Miel Con Limón. «¡Buenas noches, y como decimos siempre aquí, bienvenidos al mejor centro cultural que tiene La Habana, el Submarino Amarillo!», los presentó Vilar hace un rato. El escenario es pequeño, las luces encandilan a los músicos y las mesas redondas y pequeñas rebosan de cervezas. «Muchas gracias por estar aquí y por escogernos, y después del concierto de los Rolling, creo que el Submarino va a subir en su valor, ¿no?», continuó Vilar en la presentación, «porque fue un concierto espectacular que nos merecíamos como amantes de esta música y como pueblo cubano… En el concierto no estábamos solamente los que nos gusta el rock, sino todo el pueblo: fue inolvidable, e inolvidable también será este concierto para quienes no los conocen, y para quienes los conocen, bueno, serán cómplices. Tengo el gusto de presentarles a estos jóvenes, que no por jóvenes dejan de ser apasionados, de asumir la esencia de lo que significa el rock: ¡Miel Con Limón!». Entonces empezó la música: los de la banda eran siete, y en algún momento de su set hicieron sonar «A Hard Day’s Night» y «Lucy In The Sky With Diamonds».
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—Con los Rolling Stones, fue la primera vez que el pueblo cubano vio un concierto así —sigue Vilar, mientras la banda toca—. El impacto que provocó ese show fue tremendo y derrotó cualquier criterio que diga que el rock es una música escandalosa para los jóvenes desordenados y conflictivos. En la isla todavía hay quien dice esas cosas. Y es una paradoja que un país que exalta el internacionalismo en su discurso público, evocando sus campañas en Angola y su amistad con los pueblos de la Europa oriental, viva en el aislamiento. En 2010, el Ministerio de Cultura cubano reacondicionó algunos centros nocturnos: convirtió uno en un sitio dedicado a la canción romántica, otro en un ambiente para la nueva canción, y otro en un club de rock y de música de los Beatles. Ése se llamó Yellow Submarine. Pero cuando convocaron a Guille Vilar para dirigirlo, no aceptó. Así que una semana después fue el propio ministro, Abel Prieto, quien levantó el teléfono: «Oye, Guille, dale, ven pa’ acá», le dijo. Vilar fue, aunque pensó que iba a encontrarse con un club decorado con fotos de los Beatles recortadas del periódico Granma y pegadas con cinta en la pared, un sitio que en dos semanas terminaría pasando reggaetón. —Pero no —dice ahora—. Ésta es la casa de los Beatles. Además de programar las noches del Yellow Submarine, Vilar tiene un programa de televisión llamado A capella, y dos de radio en los que pasa rock, world-music y música cubana. En 1976, cuando se estaba graduando
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de la carrera de Historia del Arte en la Universidad de La Habana, hizo sonar por primera vez a Jimi Hendrix y a Led Zeppelin en Radio Nacional, y en 1981 comenzó a poner videos de rock en la televisión. A lo largo de los años, su programa se mantuvo como un clásico, con una conductora y él que, además de aparecer al aire, lo dirige y lo escribe. —En mi opinión, los rockeros cubanos son Silvio, Feliú y los Van Van —sigue—. Poéticamente rockeros, quiero decir. Porque el pueblo cubano no es rockero. Al rock cubano le falta pluma, y entonces Silvio tiene pluma y tiene música, y los Van Van igual. Y Santiago Feliú, que en paz descanse, era nuestro Neil Young. Cuando Vilar era un niño, su abuelo le hizo escuchar un trío de música tradicional llamado Matamoros. Los domingos, cuando iba a visitarlo, subían juntos después del almuerzo al cuarto y ponían esos discos de son. —¡Sonaba muy sabroso! Su abuelo era un técnico que reparaba equipos de refrigeración y su padre tuvo una empresa privada de aire acondicionado para cines y teatros. En 1959, cuando la Revolución triunfó, la empresa fue nacionalizada, pero él siguió al frente. En la familia Vilar no había ningún artista. A Guille le gustaban también Los Cinco Latinos y quería que le compraran una guitarra, pero nunca la tuvo. Luego quiso estudiar Letras o Lengua Inglesa, para entender mejor las líricas de sus grupos preferidos, y cuando vio que existía una carrera de Historia del Arte se anotó. Hasta entonces, no conocía a Shakespeare ni a Platón,
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sino a las estrellas del rock y a los actores de las películas norteamericanas. En el concierto de los Stones, que fue su primer concierto de los Stones, Vilar pensó que iba a llorar más. Lloró, sí, pero sólo con la primera canción: «Jumpin’ Jack Flash». Cuando Keith Richards salió de la oscuridad con cuatro pasos y se apareció ante el pueblo cubano con su guitarra y su guiño, e hizo sonar esos acordes en re mayor que llegaban renaciendo desde los precipitados días de 1968 y que traían un blues revelado, Vilar sintió que esa guitarra se oía como nunca había oído a ninguna otra guitarra. Y lloró. —«Esto es: éste es el sonido, esto es lo que toda mi vida quise decir que era el rock», pensé. Esta esencia, esta fuerza es el rock. Vilar se encontró en el show con cientos de amigos y conocidos. Estaba en uno de los dos sectores de privilegio: no muy lejos de él andaba Miguel Díaz Canel, el vicepresidente cubano y uno de los nombres que sonaban como posibles sucesores de Raúl Castro para 2018, y Abel Prieto, el ministro de Cultura que le encomendó la programación del Yellow Submarine. Y Silvio Rodríguez, el trovador, que se fue cuando ya estaba terminando «(I Can’t Get No) Satisfaction», el tema que todo el mundo había ido a escuchar. Más lejos andaban Richard Gere, Naomi Campbell y Leonardo DiCaprio. Y se paseaba por ahí Antonio Guerrero, «Tony», uno de los cinco espías cubanos que estuvieron presos en Estados Unidos entre 1998 y 2014, condenados por infiltrarse en grupos anti-
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castristas en Miami, y que finalmente volvieron a su país. En Cuba se los conoció, y todavía se los conoce, como los «Cinco Héroes», y las calles de la capital están decoradas con carteles con sus rostros y la leyenda «Firmes y victoriosos entre nosotros». Guerrero había nacido en Miami, se había criado en La Habana y había estudiado ingeniería en construcción de aeródromos en Kiev, donde la KGB lo entrenó en espionaje y contraespionaje. Varios años más tarde, ya cautivo en los Estados Unidos, escuchaba la radio cubana a toda hora, y el programa de Vilar era uno de sus favoritos. En las cartas que comenzaron a cruzar, el conductor le recomendaba bandas como Lynyrd Skynyrd, Pink Floyd y Rolling Stones, y Guerrero las hacía sonar cuando pintaba en el patio de la prisión federal de Marianna, en el estado de Florida. «¡Tony, pon “Gimme Shelter”!», le dijo Vilar en el concierto de los Stones, y Guerrero, que había escuchado muchas veces «Gimme Shelter» en la cárcel y que ahora la escuchaba en vivo y bajo el cielo infinito de La Habana, lo abrazó con emoción desbordada, y se tomaron una foto mientras Mick Jagger y Keith Richards tocaban esa canción que ahora parecía un himno de redención. En octubre de 1986, Vilar había escrito una nota sobre Mick Jagger en «Entre cuerdas», una colección de retratos de músicos que publicaba el periódico cultural El caimán barbudo. «La voz del solista es uno de los secretos del éxito: una voz matizada de violencia, desesperación y erotismo (…) Otro resorte clave es su actuación en escena: Jagger es un showman con un sentido del espectáculo que muchos
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intérpretes de música ligera envidiarían.» Comprobó sus propias palabras treinta años después. * * *
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Que Cuba no sea un país rockero no es tan raro, ni es sólo una consecuencia de su historia política. A fin de cuentas, ninguna nación en el Caribe lo es. El pueblo latinoamericano más fanático de los Rolling Stones se encuentra en el país más frío de la región, bien al sur: la Argentina. La Habana se mueve a un ritmo gentil. Están los autos viejos, famosos en las postales, coches Chrysler y Chevrolet de las décadas de 1950 y de 1960 que todavía circulan —algunos en forma de taxis compartidos, llamados «almendrones», donde, en viajes que se pagan apenas con una moneda, suenan poderosos hits de reggaetón—, y también los hay soviéticos y modernos. Las paredes de los edificios, descascaradas y ocasionalmente decoradas con consignas políticas («Defender el socialismo», «El bloqueo es el genocidio más largo de la historia»), le dan al circuito un aire atemporal. Por momentos Cuba parece un lugar perdido en otra dimensión: una nave que formaba parte de la flota comunista y que, con la nodriza destruida, ahora viaja a la deriva en el agitado océano de la historia. Pero mientras las ideologías se curvan, en La Habana, al lado de un letrero enorme que cita a José Martí y que dice «Éste es tiempo virtuoso y hay que fundirse en él…»,
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todos los días hay una fila de media cuadra para tomar un helado en Coppelia. Y no muy lejos de allí uno puede comprar libros sobre la amistad entre Cuba y la Unión Soviética, y si el ejemplar está usado posiblemente venga con una dedicatoria que diga: «¡Patria o muerte! ¡Venceremos!». La gente camina y se saluda a los gritos, y bebe y se saluda a los gritos, y va de compras al mercado y se saluda a los gritos. En esta ciudad hay muy pocas tiendas, y eso que dicen que ahora es cuando ya hay muchas. Cuba, que se autodefine en los muros pintados como «Cuba libre», es un país de ciudadanos respetuosos e instruidos, y cuando un cubano toma la palabra, no la usa en vano. El cero por ciento de analfabetismo se nota en el diálogo con cualquier paseante. El país venera a sus héroes y el rostro icónico del Che Guevara aparece hasta en la vidriera de una ferretería (al lado de una definición del concepto de Revolución que Fidel Castro dio en el año 2000: «Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es…»). Aquí el Estado está presente en todas partes, por ejemplo sobre un árbol caído en la calle, con un cartel precario escrito a mano, que alguien puso para anunciar su próximo retiro («Plan de desarrollo»), y también en los CDR, los Comité de Defensa de la Revolución, pequeñas unidades con las que el Estado llega a los barrios en su red capilar de asistencia y vigilancia. En el CDR número 3 de la Zona 23
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de La Habana, que funciona en una vieja casona azul, en la mañana del miércoles siguiente al show de los Rolling Stones, tres viejos arrugados, cobrizos y serenos ven pasar el día desde el porche. Nadie diría que en esta cuadra ellos son los ojos y los oídos del gobierno. «La Revolución es invencible», dice un cartel. Cuba no es un país rockero, pero sí es un país musical. Muy musical. Tanto como para poner una orquesta de mambo a tocar en vivo a las doce del mediodía, todos los días, en El Floridita, el restaurante donde Ernest Heming way tomaba su daiquiri favorito. Cuando los turistas entran como horda y corren hacia la barra donde las hélices de las licuadoras giran imparables, hay tanta música que casi no puede uno escuchar sus propios pensamientos. El rock, para existir, necesitó de la electricidad y del encierro entre cuatro paredes: sin electricidad no había guitarra eléctrica, y sin encierro no había electricidad. El tomacorrientes y una infraestructura más o menos avanzada están en el ADN del rock. El suyo fue un lenguaje de los países fríos atado al desarrollo industrial, a la tecnología y a las inquietudes de los jóvenes criados en la sociedad de consumo. Un lenguaje que se hizo universal gracias a las clases medias periféricas, ávidas por conocer lo que ocurría en la cultura anglosajona. Pero en Cuba no hay clase media al estilo capitalista. La música se ha hecho desenchufada, con tambores, con guitarras criollas, con instrumentos acústicos, en medio del campo, en las calles empedradas, en la costa. El sol atrae al cuerpo y lo lleva al baile y a la percusión, al candombe y a la arena.
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Una vez le preguntaron a Fidel Castro si había escuchado a los Beatles. «Sólo escuché hablar de su fama, pero no los escuché en esos días porque realmente no tuve mucho tiempo. Teníamos nosotros tantos rollos por aquí…», dijo. Fue en el año 2000, cuando se cumplieron veinte del homicidio de John Lennon, y en su honor se inauguró, en La Habana, una estatua en la que se lo ve como era en los años de Imagine, con el cabello largo y la camisa desabrochada. La figura, de bronce y en tamaño natural, muestra al Beatle sentado en el banco de una plaza, y se alza a media cuadra del Yellow Submarine, en un parque llamado, además, «John Lennon». No tiene sus famosos anteojos redondos, pero hay dos custodios municipales que se los ponen y se los quitan varias veces al día. «A Lennon le diría: “Lamento mucho no haberte conocido antes”», dijo Fidel Castro en la ceremonia, delante de una multitud de curiosos que habían llegado al parque a ver cómo un antiguo proscripto era ahora considerado, por su antibelicismo y su arte, amigo del gobierno. Castro era presidente de Cuba desde hacía cuarenta y un años. «Todavía quedamos unos cuantos soñadores», dijo. «Yo soy un soñador que ha visto más de una vez convertidos sus sueños en realidades.» Lo acompañaba Silvio Rodríguez, y juntos descorrieron la sábana que cubría a Lennon mientras sonaba «All You Need Is Love». Antes, Silvio Rodríguez había cantado «Love» con una orquesta
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de cámara, el coro Entrevoces había hecho «Imagine» y Guille Vilar había dirigido la ceremonia. Es probable que el concierto de los Rolling Stones haya sido tan importante para la cultura del rock de Cuba como la inauguración de esa estatua de Lennon. Pero nadie le ha preguntado públicamente a Fidel Castro si escuchó a los Stones. Según Gregory Elias, el magnate de Curazao que financió el show, uno de los problemas en el convenio con las autoridades cubanas fue la falta de información. «Recuerdo un señor de edad, cuyo nombre no voy a mencionar, que, cuando empezaron las negociaciones a nivel gubernamental, dijo: “¿Los Rolling qué?”», le contó Elias a la prensa de Miami. «No tenía idea de lo que estábamos hablando ni a quién nos estábamos refiriendo.» Elias no quiso revelar si ese interlocutor era Castro, un hombre que, por otro lado, ha pasado su vida informándose sobre los acontecimientos mundiales y que, cuando inauguró la estatua de Lennon, dijo, refiriéndose a la década de 1960: «En aquellos tiempos, todos éramos menos cultos que hoy». Cuando los Stones visitan Cuba, Fidel Castro tiene ochenta y nueve años y hace tiempo que no se deja ver en público. Se retiró del poder en 2008: algunos dicen que padece de Alzheimer; otros, que ya no se puede parar de tan encorvado que está. Pero para muchos sigue lúcido. A Fidel se lo ama o se lo odia, pero no se lo ignora. Padre omnipresente, héroe por momentos, villano por otros. En una era de políticos profesionales eficientes o corruptos,
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pero asépticos y hasta descartables, Castro, con su enorme influencia derramada en la región, su épica heroica y sus errores graves, es algo así como el último prócer latinoamericano. —Ni Fidel ni Raúl hablaron de los Stones ahora —dice Guille Vilar—. Hubo un respeto por la visita, para no ensombrecer el ambiente. Se sabe que todo el pueblo cubano está muy contento. Castro no se refirió a los Stones, pero sí lo hizo Granma, el periódico que es el órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, y a través del cual hablan los líderes de la Revolución. «Cuando Mick Jagger, secundado por Keith Richards, Charlie Watts y Ronnie Wood, atacó con dos de los himnos Stones, “Satisfaction” y “Sympathy for the Devil”, la multitud eufórica agradeció tanta entrega y derroche de energía por parte de estos cuatro dioses del rock and roll», dijo Granma, al día siguiente del show. Y en la edición posterior: «Los Rolling hacen el mismo espectáculo que han presentado en su gira latinoamericana. Todo funciona con una exactitud descomunal. De otro planeta. El repertorio es el mismo con el que han conquistado a la región, pero ellos saben que lo que sucede allá abajo es muy diferente a lo que ha ocurrido en el resto de los países. Cada canción, cada movimiento salvaje de la banda, cada expresión, conlleva el placer de lo rompedor, de quien sabe que está abriendo un mundo nuevo con canciones que le corren por la sangre al público desde hace décadas, pero que ahora cobran una connotación especial».
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Es paradójico que en un país donde algunas cosas no se pueden decir en voz alta (la prensa escrita es adicta, controlada y vigilada y, si no, atacada y desmentida, e incluso la gente de a pie se cuida a la hora de hablar mal de los líderes políticos, luego de varias décadas de delaciones vecinales) la música esté en todos lados, a toda hora. Aquí, donde algunas cosas importantes se dicen en susurros, el volumen siempre está alto.
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Fidel Castro y el Che Guevara tomaron el poder en la isla con su revolución socialista al tiempo que Mick Jagger salía por primera vez en televisión en un programa de deportes, como un quinceañero anónimo y silencioso que todavía no tocaba música y que ni siquiera imaginaba cuán famoso sería, y que en esa primera aparición mostraba el calzado útil para caminar en la montaña. Por entonces, era un chico de clase media, hijo de una peluquera y de un profesor de educación física, y vivía en una ciudad pequeña de Inglaterra llamada Dartford. En ese momento, no muy lejos de ahí, Keith Richards era expulsado de la escuela por faltar demasiado. Algunos años atrás los dos habían sido compañeros en el colegio primario, y faltaba muy poco para que se reencontraran. Mientras tanto, Buddy Holly se estrellaba en un avión en Iowa, Jimi Hendrix se compraba la Supro Ozark que sería su primera guitarra y Roy Orbison firmaba con Monument Records, el sello que lo haría grande. Era 1959,
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el rock and roll estaba en pañales y La Habana iniciaba una batalla anticapitalista que la mantendría alejada de la música en inglés durante varios años. En marzo de 1963, Castro dio un discurso en la escalinata de la Universidad de La Habana. En el año anterior Cuba había sido la antesala de la tercera guerra mundial, cuando la Unión Soviética trasladó cientos de misiles y ojivas nucleares hacia la isla y los dispuso apuntando a la costa Este de los Estados Unidos, situada a ciento cincuenta kilómetros, hasta que Washington descubrió el asunto con fotografías tomadas por aviones espías. En dos semanas, que fueron las dos semanas más calientes de los cuarenta y cinco años que duró la Guerra Fría, el asunto se zanjó con diálogos directos entre John F. Kennedy y Nikita Khrushchev, con algo de buena fe y la conclusión de que una guerra nuclear no beneficiaría a ninguna de las dos potencias. Al episodio se lo conoce como la Crisis de los Misiles y, como parte del acuerdo, los Estados Unidos se comprometieron a no invadir Cuba, algo que ya habían intentado en 1961 con una tropa de cubanos disidentes adiestrados por la CIA y enviados a la bahía de Cochinos, donde fueron derrotados en tres días. En poco tiempo, los Estados Unidos se habían convertido en un enemigo odiado. La historia de los dos países había sido sinuosa: los Estados Unidos habían ayudado a Cuba a liberarse de España en 1898, pero con la Enmienda Platt —una ley de 1902— le habían impuesto a la isla la posibilidad de intervenir cuando consideraran que las cosas se habían descontrolado.
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Los Estados Unidos han sido para Cuba como Dios y el diablo al mismo tiempo. Por eso en 2016 la gente salió a la calle a vivar al presidente Barack Obama: un negro, como muchos cubanos pobres, había llegado al poder. Sin embargo, aclamarlo no significaba lo mismo que denostar a los Castro. Las cosas no eran tan sencillas en el siglo xxi. En un país de paradojas, además, pasaba algo con la ropa: los cubanos eran entusiastas de las camisetas (a las que llaman «pulóver») estampadas con la bandera de los Estados Unidos, mientras que los turistas sólo querían ponerse camisetas con la cara de Che Guevara. Pero en el pasado, a poco de la consolidación de la Revolución, nada de lo que llegaba de los Estados Unidos era bien recibido. En ese discurso de 1963, Castro advertía que los jóvenes cubanos debían trabajar: «La Revolución no tiene ninguna obligación de tolerar vagos». Decía: «Por ahí anda un espécimen, otro subproducto burgués que nosotros debemos combatir: es ese joven que tiene dieciséis, diecisiete, quince años, y ni estudia, ni trabaja. Anda de lumpen, en esquinas, en bares, va a algunos teatros, y se toma algunas libertades y realiza algunos libertinajes. Un joven que ni trabaje, ni estudie, ¿qué piensa de la vida?». Entonces, alguien del público le gritó: «¡Los flojos de pierna, Fidel! ¡Los homosexuales!». Castro respondió: «¡Un momento! ¡Es que ustedes no me han dejado completar la idea! Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos, algunos de ellos con una guitarrita, en actitudes “elvispreslianas”,
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y han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre. Que no confundan la serenidad de la Revolución y la ecuanimidad de la Revolución con debilidades de la Revolución. La sociedad socialista no puede permitir ese tipo de degeneraciones». Actitudes elvispreslianas: dos palabras fueron suficiente para que el rock, durante décadas, fuera mal visto en Cuba. Pero la Revolución es casi tan vieja como ese género musical y el voraz ideario del pop la ha emparentado algunas veces con él. Los Beatles lanzaron su primer single, «Love Me Do», en octubre de 1962, al tiempo que la Crisis de los Misiles paralizaba a Cuba. Luego, mientras el éxito de los Beatles aumentaba, Cuba se volvía cada vez más hermética. —En los años sesenta y setenta, esa música fue recibida con mucho recelo porque se cantaba en el idioma del enemigo y parecía proponer una visión escapista de la vida —dice Eduardo del Llano, hombre de cine, escritor y quizás el más grande fan de los Stones en Cuba. La lengua stone enorme y colorida que se tatuó en el brazo lo acredita. Más de doscientos cincuenta discos (originales, solistas, bootlegs y los que él llama «discos piratas originales») lo confirman. Del Llano nació en Moscú, cinco días antes de que estallara la Crisis de los Misiles, en 1962. Su padre, que había combatido entre los revolucionarios, viajó junto a su mujer a la Unión Soviética para estudiar Economía
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Política del Socialismo. La familia volvió a Cuba poco después, cuando el niño tenía dos años, para que su carácter fuera el del «hombre nuevo», pero en 1975 Del Llano, que era un estudiante de la Escuela Vocacional Vladimir Ilich Lenin —la más importante de la isla, con cinco mil alumnos—, descubrió el rock escuchando un programa nocturno de radio. Sonaban los Beatles. Un año después, un amigo le dio un cassette con media hora de hits. Eran los Rolling Stones. La pulsión adolescente convivía con las charlas de adoctrinamiento: una vez por año, un enviado del Departamento de Orientación Revolucionaria del Partido Comunista llegaba a la escuela a dar conferencias y a condenar a los espejismos culturales que confundían a los jóvenes. Eso en Cuba tenía un nombre: diversionismo ideológico. Era el modo de condenar a las actitudes elvispreslianas desde la teoría marxista. Raúl Castro dio un discurso en 1972 sobre el asunto: «El diversionismo ideológico, arma sutil que esgrimen los enemigos contra la Revolución», lo tituló la revista Bohemia al transcribirlo. Allí, Castro se refirió a «Programas de radio que incitan a los jóvenes a adquirir hábitos de vida extravagantes y a no participar activamente en el proceso revolucionario». —El diversionismo ideológico no era un crimen en sí mismo, sino un acto del que te tenías que preservar —dice Del Llano—. Y el rock era parte. Pero había matices: en los bailes que se hacían todos los miércoles en la Lenin se ponía, básicamente, rock. Se tiende a creer que escuchar un disco de los Rolling Stones en Cuba era un delito, pero
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no lo era. Sí, estaba mal visto, pero no era punible. Y era plena Guerra Fría, los tiempos de la Guerra de Vietnam y del atentado del avión de Cubana a manos de terroristas anticastristas… Hay que ver las cosas en contexto, la historia de la Revolución no es un monolito inamovible. Ha tenido cambios, tendencias y procesos. Quizás, toda esta historia de la Revolución cubana y el rock fue un malentendido. Un golpe de mala suerte. —Lamentablemente, en la época en la que surgen los Beatles, aquí había un sentimiento antiimperialista real —dice, por su parte, Guille Vilar—. Nunca hubo un documento escrito que dijera que no se podía poner en la radio a los Beatles o a los Rolling Stones, pero sí hubo una tendencia para defender la Revolución ante la penetración de la música imperialista. La educación rockera del pueblo cubano se dio con vinilos traídos por quienes viajaban al exterior, que luego se multiplicaban en cassettes grabados. Las ondas de algunas FM de Miami, como la WGBS, la WQAM o la Super Q, que pasaban a Led Zeppelin, a Stevie Wonder y a los propios Stones, también llegaban. En 1979, mientras los exiliados en Miami lograban el permiso para volver a la isla a visitar a sus familiares y llegaban de a miles, un festival de intercambio con Estados Unidos condujo a La Habana a Billy Joel (cuyo padre vivía en Cuba) y a Weather Report, entre otros. Luego tuvieron que pasar algunas décadas y recién en 2001 tocaron en el Teatro Karl Marx los Manic Street Preachers, y en 2005 Audioslave, Rick Wakeman, Air Supply y Simply Red. Sepultura tocó
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en 2008; Kool & the Gang y Manu Chao, en 2009. The Dead Daisies lo hizo en 2015. Major Lazer montó una rave para cuatrocientas mil personas un mes antes de que llegaran los Stones. Los primeros rockeros que sonaron masivamente en la isla no fueron los estadounidenses, sino los españoles: Fórmula V y otras bandas de inspiración beatle que castellanizaban y adaptaban las letras originales. En los años setenta también llegó el rock comunista: Locomotiv GT, Fonográf y Omega (de Hungría); Karat, Pudhys y Kreis (de la República Democrática Alemana); Czeslaw Niemen (de Polonia); Sturcite (de Bulgaria); y Zodiac (de la Unión Soviética). —¡Los húngaros eran los mejores, definitivamente! —dice Del Llano, entusiasmado. Pero La Habana estaba demasiado cerca de los Estados Unidos como para permanecer imperturbable ante la expansión del gran rock and roll, y los fines de semana los adolescentes celebraban fiestas en las casas y ponían a las bandas más famosas del mundo. Quienes tenían los discos, tenían la diversión: un vinilo era una credencial de popularidad. —Yo andaba con un par de discos —dice José Miguel Sánchez Gómez, un escritor rockero conocido como «Yoss»—. Uno de Emerson, Laker & Palmer; New Jersey, de Bon Jovi; y otro de los Rolling Stones, Let It Bleed. Me lo había traído una amiga que fue a la Unión Soviética y lo puse hasta el cansancio, hasta que el disco se hizo pedazos. Después de cien o doscientas veces, un vinilo
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empieza a hacer scratch. Yo creo que al mío lo habré puesto más de mil o mil quinientas veces antes de que se rompiera. Eso ocurrió ya en 1988, y yo me sentí un poco liberado. Yoss es un hombretón similar a Conan el Bárbaro: grueso, con el pelo largo y negro, con pantalones de tela camuflada y botas, y una bandana con el dibujo de una calavera, que usa como vincha sobre la frente. Canta en una banda de heavy metal que se llama Tenaz, toca la armónica (lleva en el bolsillo una Hoffner afinada en do) y tiene un video en YouTube: «El que a hierro mata», un tema veloz y técnico donde se ve a la banda zapando en una azotea en La Habana. Es biólogo, pero no trabaja de eso. En cambio, tiene más de cincuenta libros publicados, entre novelas de ciencia ficción, antologías, volúmenes de divulgación científica y de historia. Y es muy fan de los Rolling Stones. Durante el concierto, al que fue con Dania, su esposa criada en Moscú (hija de un físico nuclear que fue allí como representante de la Comisión Atómica Cubana), Yoss se emocionó con cada canción y bailó «Miss You» haciendo que sus brazos ondularan como olas caribeñas en torno a Dania. —Creo que los Stones son el espaldarazo a toda una generación que fue censurada, castigada y estigmatizada por escuchar rock —dice—. Ahora, el gobierno le va a decir: «Sí, ustedes tenían algo de razón y quizás nosotros nos equivocamos». En verdad nuestro gobierno nunca va a decir esas palabras, pero la visita de los Stones es la admisión de una culpa. Que hayan venido precisamente
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los Stones, un grupo de los sesenta, un símbolo de la decadencia moral del capitalismo, significa que los viejitos que tocan rock les ganaron la pelea a los viejitos que le cortaban la melena a los jóvenes. * * *
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«Para los románticos cubanos…», dijo Mick Jagger: acababa de terminar «All Down the Line» y seguía «Angie», y él ya había hecho su primer cambio de vestuario (de saco oscuro y camisa fucsia a saco rojo y camisa negra). Aparecieron entonces los teléfonos celulares: como luciérnagas en la noche, brillaban entre la gente y reproducían la figura de Mick Jagger al infinito. Cinco años atrás, en Cuba casi nadie tenía un teléfono celular. «Angie» era una de las pocas canciones que los cubanos podían cantar desde el principio hasta el final (quizás lo mismo que con «Sympathy for the Devil» y «(I Can’t Get No) Satisfaction»). Mientras sonaba, la Ciudad Deportiva de La Habana se cubrió de miel. La melodía de cuerdas y teclas y las palabras dulzonas de la letra convertían a Jagger, de repente, en aquel romántico artificioso del disco Goats Head Soup. ¿Quién era Angie? Nunca quedó del todo claro. La hija de Keith Richards, dice la versión menos interesante. Varias amantes, dicen las otras. «¡Qué público tan chévere!», dijo Jagger, cuando terminó la canción. Y a Rocky Saldaña se le acababa de escapar la chance de llamar a su padre, como le había prometido. Se había
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quedado sin crédito en el teléfono y se concentró tanto en el tema —uno de sus preferidos— que se olvidó completamente del asunto. Después siguieron «Paint It, Black» y «Honky Tonk Women», y Jagger presentó a cada uno de los músicos, llamando a Richards «mi compadre». «¡La estamos pasando súper bien aquí!», se entusiasmó. «Anoche fuimos a la embajada británica y tomamos whisky y comimos fish and chips. Después comimos arroz con frijoles en un paladar. ¡Pero lo más rico fue bailar rumba cubana en la Casa de la Música! It’s all true…» Los aplausos y los vivas se mezclaron con los condones inflados que los cubanos echaban a volar, como zepelines.
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En la noche previa al show, los Stones habían participado de una recepción privada en la embajada inglesa en La Habana, a la que fueron doscientas personas. No se permitió tomar fotos, pero las hubo. Y mientras todo el mundo se empujaba por estar un poquito más cerca de ellos, los Stones sonreían, educados pero distantes. Desde hacía años en cada país al que llegaban los esperaban un embajador inglés, un cóctel privado y una conversación que por momentos se tornaba levemente interesante. Durante las dos horas que se quedaron en la embajada, los Stones no hicieron demasiado por conocer a la gente que había ido ahí a verlos. Pero en un instante, Guille Vilar, el divulgador de rock, logró charlar con Richards. Una 49
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fotógrafa que acompañaba a la banda, Jill Furmanovsky (una de esas mujeres icónicas del rock de los setenta), los presentó. «Yo he estado poniendo temas de ustedes en la radio y videos en la televisión durante cuarenta años», le dijo Vilar al guitarrista. «¡Qué pena que hayan tenido que esperar tanto para vernos!», le respondió Richards. «No, pero no importa, si yo los siento como familia», le dijo Vilar, y le pidió un abrazo, y se abrazaron. —Hay artistas que tú sientes viejitos cuando los abrazas. Pero Keith Richards estaba bien —dice ahora. Mientras tanto, el embajador presentaba a Jagger a los que andaban por ahí, como el cineasta Eduardo del Llano. En 1988, en un evento de la Asociación Cubana de Jóvenes Artistas, Del Llano había estado junto a Fidel Castro. El comandante le echó los brazos por los hombros a Del Llano y a un amigo que estaba con él, y les preguntó: «Bueno, ¿y qué?». Del Llano tartamudeó. La misma sensación aparecía ahora ante Jagger. El cineasta apenas si pudo atinar a preguntarle si los Stones tendrían pronto un nuevo disco. «Sí», le respondió el cantante, y ya. —Jagger siempre está riendo —dice ahora Del Llano—. No es que sea tan divertido, es una manera de enfrentar al público. No es una sonrisa de «Qué bien la estoy pasando», pero aun así me impresionó que si tú analizas cada detalle de su cuerpo, él es un viejo tremendo, pero en su conjunto resulta muy juvenil. Además, el suyo no fue un saludo amanerado ni frágil, o el que tú puedes esperar de un viejo, sino viril y fuerte. Ni su mirada ni su porte son de viejo. En cambio, Charlie Watts sí tiene
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mirada de viejo, pero probablemente la tuvo desde los veinte años. * * *
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Fidel Castro se despidió del Che Guevara a principios de 1965, cuando éste dejó Cuba. «Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo», le escribió el Che a Castro en una famosa carta de adiós, «pero siento que son innecesarias, las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas». Guevara anotó «Hasta la victoria siempre» en la última línea, y voló a la República Democrática del Congo, que se debatía en una guerra civil en la que Cuba pretendía ingresar apoyando al bando socialista. Para él, el Congo, que limitaba con nueve países en el corazón africano, era un sitio apropiado para irradiar una revolución continental. Pero después de pasar algunas semanas en el frente sin poder hablar el idioma swahili, sin comprender las divisiones internas de los grupos revolucionarios, sin controlar la insolencia de las tropas y sin encontrar el apoyo de Tanzania, que estaba al otro lado de la frontera y que había sido el primer anfitrión de los guerrilleros internacionalistas, era obvio que él y los ciento veinte cubanos que traía habían fracasado. A fines de 1965 se fue de África, estropeado. Aparte de la derrota bélica, había contraído disentería y paludismo. Se instaló entonces en Praga, en el suburbio gris de Ládví, donde vivió entre marzo y julio de 1966 en una
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casa de seguridad del servicio secreto cubano. Recuperándose lentamente con el frío eslavo, comenzó a tramar su intervención en Bolivia. El plan era el mismo que en el Congo: encender una gran revolución en las profundidades del Tercer Mundo. Bolivia, que estaba gobernada por una dictadura militar, limitaba con Argentina, Chile, Perú, Brasil y Paraguay. Guevara inició su Diario de Bolivia el 7 de noviembre de 1966. El 20 de noviembre se refirió por primera vez a Rodolfo, un líder de la guerrilla comunista urbana: «Vino con ellos Rodolfo, que me hizo muy buena impresión», escribió, ya en su campamento guerrillero, en la jungla sudamericana. «Al parecer, está más decidido que Bigotes a romper con todo. Papi le informó de mi presencia, así como al Coco, violando las instrucciones; al parecer es un caso de celos de autoridad (…) Rodolfo retornó en la madrugada.» Un día después, anotó que había llovido bastante, pero que la tropa ya estaba instalada en su sitio, en carpas. «Han llegado algunas armas más; Marcos tiene un Garand, a Rolando se le dará un M-1 del depósito. Jorge se quedó con nosotros, pero en la casa; allí dirigirá trabajos encaminados a mejorar la finca. A Rodolfo le pedí un agrónomo de confianza.» Rodolfo, un joven rango medio del Partido Comunista de Bolivia, no era el preferido de Guevara, ni el mejor combatiente, ni el más inteligente. Pero era un hombre valioso. En esos días, el comandante le pidió ese agróno-
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mo para mejorar las cosechas del campamento. También le contó sus ideas de armar una zapatería, un taller de mecánica y una pequeña sala médica. Luego, el 27 de noviembre: «Di orden de hacer posta toda la noche pero a las nueve llegó el primer jeep de La Paz. Con el Coco venían Joaquín y Urbano y un boliviano a quedarse: Ernesto, estudiante de medicina. Viró el Coco y trajo a Ricardo con Braulio y Miguel y otro boliviano, Inti, también a quedarse. Ahora somos doce alzados y Jorge que funge de dueño; Coco y Rodolfo se encargarán de los contactos». El 11 de diciembre, en un día que transcurrió sin novedades y en una noche en la que hubo algo de conversación, escribió: «Inti me manifestó sus reservas contra el estudiante, Carlos, que, al llegar, ya planteó la discusión de la participación cubana y antes había manifestado que no se alzaba sin la participación del partido. Rodolfo le mandó porque dijo que todo se debía a una mala interpretación». El campamento se agitaba. En el primer día de 1967, Guevara registró una pelea con sus camaradas: «Mi impresión es que al enterarse por Coco de mi decisión de no ceder en las cosas estratégicas, [Mario Monje] se aferró a ese punto para forzar la ruptura, pues sus argumentos son inconsistentes». En el campamento guerrillero de Ñancahuazú, una zona selvática y montañosa, casi deshabitada, demasiado lejos de todo, Monje —uno de los líderes de Partido Comunista de Bolivia— había reclamado el mando de las tropas y Guevara se había opuesto. La falta de apoyo de los referentes locales
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sería el veneno que finalmente echaría a perder la misión de Guevara, y que le costaría su vida. «Precisé el viaje de Tania a la Argentina para entrevistarse con Mauricio y Jozami y citarlos aquí. Con Sánchez, precisamos sus tareas y resolvimos a dejar en La Paz a Rodolfo, Loyola, Humberto, por ahora.» El grupo de Guevara estaba integrado por un centenar de hombres. Monje había autorizado a cuatro de los suyos a permanecer con el comandante; Rodolfo estaba entre ellos. Meses después, el 20 de marzo, el jefe guerrillero puso: «El Chino me debe enviar un par de trasmisores de alcance medio (cuarenta millas) y trabajaremos en la confección de una clave para nuestro uso y estar en permanente contacto. Parece muy entusiasmado. Trajo también una serie de informes de Rodolfo muy viejos ya. Se conoce que el Loro apareció y anunció haber matado un soldado». Por entonces, el grupo ya había sido descubierto por el ejército boliviano. Tres días después comenzaron los cruces de balas. El ejército local, con el apoyo de las fuerzas de los países vecinos y de los Estados Unidos, avanzó sobre los rebeldes. Bajo fuego, Guevara dividió a la tropa en dos columnas que se perdieron y que nunca más volvieron a encontrarse. «Crear dos, tres… muchos Vietnam, es la consigna», escribió en un raro momento de calma en esos días, en su «Mensaje a los pueblos del mundo». Fue su último gran texto. En la jungla, todo ocurría de prisa: la cacería era feroz, era desigual. El 7 de octubre de 1967 hizo la última anotación del
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Diario de Bolivia. Al día siguiente fue capturado. Al otro, ejecutado. Rodolfo, en cambio, continuó en la selva, oculto y escapando, hasta que fue detenido en 1968. Pasó dos años en prisión. En 1970 fue liberado, en un trueque de prisioneros, y se fue a vivir a Cuba. Su nombre completo era Rodolfo Saldaña. Un tipo de pocas palabras. —Recuerdo a mi abuelo como un hombre muy serio —dice ahora Rocky, su nieto. Rocky no conoce demasiado sobre aquel combatiente, ni sobre la campaña de Guevara en Bolivia. Pero el mito familiar dice que su abuelo dirigió algunas células clandestinas, parte de los bolivianos leales al Che. —Es bueno saber que no soy el único soñador y rebelde de la familia, y que esa inquietud me viene en la sangre, un poco. No tan rebelde a lo mejor, pero sí muy soñador. El gran sueño de Rocky es hacer algo importante con la música en su país. Y lograr que Cuba, que baila rumba y mambo, aparezca en el mapa del heavy metal. —Ya tengo concebido qué quiero hacer, pero falta que se sumen músicos comprometidos: hablo de hacer un heavy diferente, con influencia latina. Si yo pudiera tener esa banda y demostrar que el rock no es ruido… Quisiera hacer algo que pudiera romper el hielo para las bandas que vengan atrás. El problema es que estoy solo.
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Finalmente, llegó el día en el que Fidel Castro asistió a un concierto de rock. Fue el sábado 17 de febrero de 2001, tres meses después de inaugurar la estatua de John Lennon en La Habana. El comandante fue a ver a los Manic Street Preachers, una banda galesa de la escena brit-rock que siempre había mostrado sus simpatías por el socialismo y especialmente por Cuba. La bandera de la isla ilustraba la tapa del single «The Masses Against the Classes», una canción que había llegado al primer puesto de los charts y que estaba incluida en el disco que los «Manics» estaban por lanzar, Know Your Enemy. Ese álbum tenía, además, una balada, «Baby Elián», sobre el pequeño balsero que la comunidad anticastrista de Miami había querido retener contra la voluntad de su padre, quien vivía en la ciudad cubana de Cárdenas, en diciembre de 1999. En Gran Bretaña los Manics eran famosos, estaban firmados por el sello Sony y compartían escena con Blur, Oasis y The Verve, pero eran una banda un poco más ruda que aquéllas. Una banda que «pensaba como Chomsky y rockeaba como los Pistols», según escribió su biógrafo Simon Price en el libro Everything: A Book About Manic Street Preachers. Cuando, antes de salir a escena, Castro se acercó a saludarlos al camarín del teatro Karl Marx, los tres galeses no dieron crédito a lo que veían. El comandante vestía su uniforme de fajina y les extendía su mano. En una charla breve, James Dean Bradfield, el cantante, le dijo que estaban nerviosos porque iban a tocar un tema nuevo, «Let Robeson Sing», donde se lo mencionaba. «No nos
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conviene que se pongan nerviosos», le respondió Castro, bromeando. En otro momento, Nicky Wire, el bajista, le advirtió: «Comandante, va a haber un poco de ruido esta noche». Castro se sonrió: «¿Más ruido que en la guerra?». En el teatro más importante de la isla, el show tuvo un público de cinco mil personas —la mayoría, estudiantes y funcionarios, aparte de setenta periodistas internacionales— que agitaban banderas cubanas y que no conocían casi ninguna de las canciones de los Manics, pero que probablemente estaban ahí, cada cual con su invitación gratuita, porque querían ver cómo era un show británico. El último recital de un artista anglosajón había sido el de Billy Joel en 1979, en el mismo sitio. Los Manics tampoco estaban tan seguros de lo que estaban haciendo. El día anterior al concierto, Bradfield, inquieto en el lobby del majestuoso Hotel Nacional, le había dicho a la prensa que todo eso no le parecía una buena idea. «La verdad es que tengo miedo», dijo. «Pero hacemos este concierto para salir del confort y despertarnos un poco.» El show, con el que iniciaban un tour intercontinental, les había costado medio millón de dólares, catorce veces menos que el de los Rolling Stones, y lo habían pagado ellos. Por entonces, Rage Against The Machine y Beck también habían querido tocar en Cuba, pero habían fracasado en sus negociaciones. En los Manics las autoridades cubanas habían visto un sentimiento de solidaridad y una genuina voluntad política anticapitalista expresada en varias canciones. Fidel Castro se quedó casi hasta el final del concierto
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y escuchó todas las canciones desde su palco, con actitud seria, salvo en la balada «Baby Elián», que Bradfield cantó solo con su guitarra, a modo de intermezzo. En ese momento, el comandante se puso de pie, en señal de respeto, y aplaudió. Cuba se había movilizado dos años atrás y había vencido en esa pequeña batalla diplomática. «Baby Elián», uno de los tracks más significativos del disco Know Your Enemy, sonó públicamente, por primera vez, aquella noche. Para cuando la banda tocó los dos bises —«Australia» y «Rock and Roll Music» (el clásico que Chuck Berry lanzó dos años antes de la Revolución)—, Castro ya se había retirado. Todo el mundo lo notó, y entonces los jóvenes se soltaron un poco para bailar. Castro había dejado el teatro con prisa: en el palacio de gobierno lo esperaba David Rockefeller, el gran magnate norteamericano, junto a una delegación del Centro de Política Internacional de Washington que había publicado un informe con propuestas para mejorar la relación de los Estados Unidos con Cuba, y que quería conocer de primera mano lo que ocurría en la isla. La cena comenzó a las diez y media de la noche y terminó a las cuatro de la mañana. Castro, de setenta y cuatro años, sorprendió a su invitado contándole el desarrollo de todos los planes sociales de su gobierno con absoluto detalle, exponiendo de un modo que Rockefeller, de ochenta y cinco, consideró muy carismático. «Uno debe reconocer que en Cuba se hicieron una cantidad de cosas positivas», dijo el magnate a la prensa, cuando volvió a los Estados Unidos. La temporada rockera de
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Fidel Castro, que incluyó a John Lennon y a los Manic Street Preachers, acababa de terminar. * * *
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Dos días después del show de los Stones, un domingo, Rocky está tocando el bajo en su casa, junto a dos amigos que rasguean guitarras. Los tres, sentados en banquetas junto a una computadora lista para grabar, ensayan durante un par de horas. Uno de los amigos de Rocky toca las cuerdas de una Fender acústica; el otro puntea una Cort eléctrica y pisa un pedal Electro-Harmonix Metal Muff de ocho botones. La novia de Rocky, una chica con el cabello teñido de verde y violeta, da vueltas por ahí. Se conocieron cuando él fue a hacer una audición para Sin Dirección, un grupo en el que ella tocaba el teclado. Finalmente, a él no le interesó formar parte, pero sí invitarla a salir. Pasaron dos años, pero Rocky no ha logrado todavía que a ella le guste el heavy metal. La chica prefiere el soft-metal de Bon Jovi, Aerosmith y Guns N’ Roses. Ahora Rocky y sus amigos repiten varias veces una balada distorsionada con un solo complicado. «Soledad.» La escribió César, el de la Cort, pero la canta el de la Fender. Rocky, que esta vez lleva una camiseta de Mago de Oz (con agujeros), jeans roídos y botas de combate como las de Arnold Schwarzenegger en Terminator II, toca el bajo sin exagerar sus movimientos. Casi no habla. —Rocky, atento —le pide César cada tanto, si ve que equivoca una nota.
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Nadie sabe en qué está pensando Rocky. Quizás, en la nueva banda que quiere formar: una banda en la que todos aporten por igual y en la que no haya un jefe. Rocky tuvo su primer grupo a los dieciocho años, cuando era un estudiante del colegio Otto Barroso al que no se le permitía llevar el pelo largo. Ahora va a ser difícil para él, que está buscando a los músicos y que tiene muy claras sus metas musicales, dejar el lugar de armador. Rocky, con sus remeras estropeadas de heavy metal, es un hombre disciplinado. —La vida militar sí me gusta —dice, después del ensayo. Hizo el servicio militar durante un año y dos meses en Mayabeque, la provincia que limita en el este con la de La Habana. Allí, luego de un entrenamiento exigente pero breve, pasó un curso obligatorio para ser jefe de pieza de una unidad de artillería. En resumen, no era demasiado más que guardias y limpieza. —Todo eso va un poco conmigo porque me gusta la disciplina, esa cuestión de no cuestionar, de que simplemente hay que hacer algo y el otro entenderá o no, pero como sea lo tiene que hacer —dice—. En las bandas en las que he estado no hemos sido, me incluyo, tan disciplinados. Pero sí me ha gustado siempre la orden de: «¡Traer tres canciones para mañana!». Y asimismo, yo he tenido que retar a gente. La música requiere mucha disciplina. En la unidad de artillería, Rocky no escuchaba música. Pero se hizo amigo de otro soldado al que le gustaba el blues. Antes, cuando era un niño de once años, había visi-
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tado la Sierra Maestra, la cadena montañosa donde comenzó la Revolución. Fidel Castro y sus guerrilleros se internaron allí en los primeros días de 1957, y luego de un año y medio la dominaron. Desde ahí avanzaron hacia La Habana, en la otra punta de la isla. —Unos amigos de la familia nos invitaron y estuvimos cinco días —dice—. Fue bastante físico para lo que yo estaba dispuesto a soportar, y supongo que crecí un poco con eso. Los cubanos que van a pasear a la Sierra Maestra deambulan durante un día por ahí, suben al pico Turquino, el más alto de la isla, miran su país y se toman una foto al lado del busto de José Martí, colocado por orden de Celia Sánchez Manduley, que fue la primera mujer que marchó al frente en las filas del ejército revolucionario. José Martí había dicho que quien tomara la Sierra Maestra tomaría Cuba. —Acampamos ahí en la sierra y fue bellísimo —dice Rocky. Los amigos de la familia le dieron un paseo por zonas cubiertas de vegetación espesa, sin senderos. En la tercera noche se quedaron en la casa de un viejo campesino que vivía camino a la cima. Con una tubería desviaba agua de un río que pasaba cerca hacia un estanque que él había cavado, y ahí nadaban los peces que luego comía. El viejo se dedicaba a cortar árboles y vivía, junto a su mujer y su nieto, en esa pequeña casa de madera con piso de tierra, de dos habitaciones. —El nieto debía tener dos años más que yo y ya tenía la
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piel quemada igual que el abuelo. Era fuerte. Tenía bigote. Un hombre de campo —sigue Rocky. Durante esos días, comprendió mejor la épica de los revolucionarios y se sorprendió con la vida que habían llevado ahí, tantos meses, en un clima tan hostil. —Yo soy muy nacionalista y creo bastante en el concepto de la Revolución cubana —dice—. Y no estoy tan a favor de los americanos, que nunca me han llamado la atención. Nunca me ha interesado tener la bandera americana. De hecho, tengo tres banderas cubanas. A veces, Rocky piensa que si hubiera sido un joven de la década de 1950 se habría sumado a los guerrilleros. Y que hubiera estado ahí arriba, en la sierra, y habría sobrevivido para ver lo que vino después. Dice que el Che Guevara, además de un revolucionario, era un aventurero. Y que él también.
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En el escenario, Keith Richards cantó «You Got the Silver», una vieja canción de 1969, grabada en el disco Let It Bleed y dedicada a su novia de entonces, Anita Pallenberg. La chica fue un personaje importante en la historia de la banda porque antes de estar con Richards había estado con Brian Jones, el otro guitarrista de los Stones, que ocupaba el lugar de multiinstrumentista iluminado y creador sobresaliente. Jones, más que Jagger o Richards, era el que tenía el don. Pero después de que su novia le rompiera el corazón, se peleó con Richards y también con Jagger y se 62
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echó a perder en una depresión narcotizada que lo dejó ahogado, flotando sin vida en la piscina de su casona de Sussex. El rumor de que Richards lo mandó a matar, y de que Jagger calló lo que sabía, persiguió a la banda desde entonces. Y como ya es parte de su folklore, Richards cantó «You Got the Silver» y se rio con esa sonrisa de lobo que suele mostrar. «Muchas gracias», dijo, en un susurro, cuando terminó. Siguieron «Before They» y «Make Me Run» (con la que él volvió a cantar), y en «Midnight Rambler» Jagger se quitó el saco, se adelantó en el escenario y bailó como poseído. «¡Gracias, Cuba, por toda la música que le has regalado al mundo!», se entusiasmó. Sonó luego una batería de hits: «Miss You» fue en una versión larga, que incluyó un solo funky de bajo; «Gimme Shelter» tuvo un dueto vocal fantástico y emocional entre Jagger y su corista, la sexy Sasha Allen; y «Start Me Up», que fue como un shot de polvo. Ya a esa altura, el show era todo de Jagger, que daba paso a los demás para que se lucieran con su visto bueno. Y entonces vino «Sympathy for the Devil», quizás el tema más cercano al corazón local, que con su suave percusión despertó el ADN afro-cubano. En las pantallas gigantes que rodeaban al escenario aparecían estrellas de cinco puntas invertidas y rostros diabólicos, y Jagger, que vestía una larga capa roja, incitó al público, en su misión rockero-didáctica, a hacer el coro de mono tití de esa canción. En la pieza siguiente, «Brown Sugar», se puso una ban-
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dera cubana sobre los hombros, y en los bises estuvieron «You Can’t Always Get What You Want» y, por fin, «(I Can’t Get No) Satisfaction», el último de los dieciocho temas de la noche, con el que Jagger volvió a bailar, perreando con su corista Allen, que bamboleó su culo con desenfado caribeño durante un instante en el que el público enloqueció y, en la comparación con Mick Jagger, inglés, blanco, setenta y dos años, casi abstemio, limpio de drogas desde 1984, Jacob Forever —el ídolo reggaetonero local— quedó como un aprendiz de baile hot sin talento. El show terminó con el saludo de toda la banda abrazada, sonriendo.
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—Yo veo al pueblo cubano como los espartanos que lucharon contra Roma —dice Guille Vilar. En el lobby del hotel Habana Libre, que fue un hotel de la cadena Hilton antes de ser estatizado, Vilar toma un café y juguetea entre sus dedos con las seis páginas de un artículo que escribió sobre el concierto de los Stones, y que se titula «Cuando la música no es hiriente para el oído, sino intensa para los sentidos del corazón». —Espartanos, porque tenemos nuestros principios, nuestros valores y nuestros ideales, y tú no has visto a ningún cubano matar a nadie en otro país. Y damos lo que no tenemos, como ha hecho Fidel una pila de veces. Y soportamos no tener la ropa que quisiéramos: a mí me 64
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gusta vestir con jeans porque es para mí como identificarme, pero a veces los jeans que venden no tienen que ver conmigo porque son un poco modernos, o más anchos, o en los bolsillos tienen una figurita. A mí me gusta el Lee o el Levi’s, sin nada, y que sea ajustado y más bien de corte estrecho… Pero no lo tengo. Está bien, podemos vivir con estas escaseces, pero es que también las escaseces han sido del orden espiritual, del orden cultural. Y de repente cuando tú ves a alguien como los Rolling Stones, dices: «¡Cojones!». Yo quisiera comer camarones en la casa. Coño, hoy quisiera prepararme una sopa de camarones. Pero no lo puedo hacer porque más importante para mí fue ver a los Rolling Stones, ¿no? Porque fue una carencia de muchos años. De repente tener a los Rolling Stones ahí fue muy emocionante. Y sobre todo con la primera canción, «Jumpin’ Jack Flash». Cuando la primera guitarra sonó, sonó como era la guitarra: viril sin ser estridente. Lloré ahí. Lloré, no por mí, sino por el pueblo. Y por todos nosotros, los que hemos tratado de mantener a la gente informada, no para que venga un zapingo a decir: «Ahora Cuba conoce el rock». Te equivocaste, hermano. Pero de repente verlos ahí fue… Cojones, ¡al fin! Al día siguiente del show, los Rolling Stones anunciaron en Twitter que habían convocado poco más de un millón doscientas mil personas, y que habían superado su récord de Río de Janeiro. Pero el cálculo era demasiado optimista: el show de La Habana, que fue gratuito, atrajo según la agencia cubana
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ACN a ochocientas mil personas, mientras que la agencia estadounidense AP y la cadena venezolana TeleSur estimaron doscientas mil, y la agencia alemana DPA, cien mil. El número no es tan importante. La marca que dejó el show de los Stones en Cuba es intangible, pero quedó en la historia. * * *
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En agosto de 2008, cuando Rocky tenía quince años y acababa de terminar décimo grado, se fue a Varadero. El gran balneario cubano, el sitio donde Al Capone tenía su casa de veraneo, la playa que era tan cara que a los propios cubanos se les hacía difícil poner un pie ahí. Rocky simplemente quiso saber cómo era ese lugar. Sólo por el gusto de la aventura, se juntó con sus amigos y planeó un viaje en bicicleta. Pero a muchos de ellos sus padres no los dejaron ir, y sólo quedaron Rocky y Alejandro. Siendo sólo dos, decidieron ir sin bicicletas. Salieron a la ruta a hacer dedo: ciento cuarenta y cinco kilómetros. Rocky cargaba con una mochila en la que llevaba un traje de baño, un paquete de fideos, un caldero para cocinar y un recipiente con gasolina para hacer fuego. No llevaba, ni su amigo tampoco, una guitarra. Ni una cámara de fotos. Ni un cuaderno, ni una lapicera. Por eso no queda nada de ese viaje, más que el recuerdo que con el paso del tiempo se torna opaco. Pero Rocky llevaba un cuchillo. Y talló «Vinimos» en
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un árbol, a unos pasos del mar. Esa palabra era la ofrenda que los dos le dejaban a Varadero. Acamparon, y pasaron allí tres días y dos noches. Conocieron a una chicas que se alojaban en un hotel de jardines tropicales, conocieron a las familias de ellas, y se despidieron cuando ellas entraron al hotel y ellos dos se quedaron afuera. Después de ese viaje iniciático, Rocky volvió varias veces a Varadero. Cada año regresa, hasta hoy. Y ha descubierto que hay una casa de los Beatles: un bar con una estatua dorada y en tamaño natural de los cuatro beatles, donde hay rock en vivo. Las bandas tocan tres horas y cobran bien. A él le gustaba ese sitio, pero ya no lo dejan entrar. Lo echaron una vez por bailar un poco borracho: no querían que los turistas se asustaran de un rockero cubano excitado. Otra vez lo sacaron por entrar con una botella de ron, que luego quiso volcar en una lata de cerveza. Y la última por bailar de nuevo, un poco borracho de nuevo, cuando sonó una de sus canciones favoritas: «Rock and Roll», de Led Zeppelin, una pieza acelerada, rabiosa, clásica, de esas con las que no se puede dejar de bailar y con la que quizás uno tiene ganas de romper todo haciendo un gran escándalo, alegremente. Cuando muchos años después del primer viaje Rocky volvió a Varadero y buscó aquella marca tallada a cuchillo, ya habían cortado el árbol. Pero aquel «Vinimos» tajeado en la corteza de la adolescencia sigue existiendo en su memoria. Ahí, en la memoria, ya ha quedado también el con-
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cierto de los Stones. No sólo en la de Rocky, sino en la de un pueblo que se acerca rápidamente a un futuro desconocido. La música de los Rolling Stones es el telón sonoro de esta Cuba alterada.
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Cambia, todo cambia Por Joselo Rangel
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Cuerdas —Yo creo que le cambio las cuerdas hoy, para que estén bien en la tocada de mañana y no se desafinen —dijo el Pachaca, el técnico de guitarra, cuando mi grupo, Café Tacvba, llegó a La Habana, allá en 1997. Un cubano que nos acompañaba a todos lados vio la Fender Stratocaster, las cuerdas y dijo: —Pero si todavía se ven nuevas. —Es que no se vayan a romper a la primera canción —le dijo el Pachaca—. Joselo ya las usó en dos conciertos. —¿Las cambian sin que se rompan? ¿En serio? ¿Me las pueden regalar? Acá son muy difíciles de conseguir —dijo volteando a verme. —Claro. Ahora que las cambie te las da, ¿verdad, Pachaca? —le dije. El cubano se fue feliz. Me quedé pensando que sí: tal vez era demasiado lujo cambiar cuerdas a cada rato, pero estábamos buscando la calidad total. Café Tacvba era muy conocido en Latinoa-
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mérica gracias a MTV y andábamos de gira, un tour al que llamamos ChevereCachaiMachoChidoChe, organizada por nuestro entonces mánager Juan de Dios Balbi, donde nos presentamos en al menos una ciudad de cada país del continente. Después de dos meses de tocar casi a diario, ésta era nuestra última parada: La Habana, Cuba. ¿Era yo un rockstar? ¿Un despilfarrador? En realidad la idea era del Pachaca, un plomo (como llaman en Argentina a los «secres»), que había trabajado con infinidad de guitarristas en muchas bandas de rock. «Es mejor cambiar todas las cuerdas en vez de una sola», me había dicho una vez con su acento de la provincia de Corrientes, Argentina. Acepté la propuesta, era hora de profesionalizarme, mi banda ya era conocida mundialmente, o debería decir tercer mundialmente. Pero ahí en Cuba se me hizo un despilfarro. Se notaba la carencia por todos lados. El cubano que me pidió las cuerdas había sido puesto a nuestra disposición por el organismo cultural que nos traía. Nos llevó primero a una entrevista de radio. Cuando vimos lo que era aquello, la cabina, los aparatos, los micrófonos y la sala en donde se hacía el programa, daban ganas de llorar. Pero estábamos felices, ¡era nuestra primera vez en Cuba! Y no sólo como turistas, sino como músicos que iban a dar un concierto. El cubano acompañante resultó ser músico también. Luego nos dimos cuenta que eso no era tan raro, todos los que se acercaban a nosotros sabían tocar guitarra y nos cantaban sus canciones originales. Así nada más, por
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compartirlas. Junto con él, y con varios jóvenes cubanos que se sumaron, entramos a lugares por toda La Habana donde había conciertos de trova, de rock y de tropical. Parecía haber miles de eventos en un lugar donde, a simple vista, no pasa nada. Sin embargo, todo estaba lleno de jóvenes cubanos con ganas de cantar y bailar. Parecían vivir en la felicidad plena, pero de repente se sinceraban: no tenían discos ni un aparato donde escuchar música, compartían una guitarra entre varios, los instrumentos de una banda eran los de otra. No les llegaba la música de los grupos que estaban sonando. No sabían quién era Nirvana, Soundgarden o los Smashing Pumpkins. No sabían qué era el grunge. Qué importa, pensaba yo, es sólo rock and roll. Pero para ellos parecía ser lo más importante: estaban ávidos de información. Hasta antes de pisar la isla, veía de manera romántica a los cubanos, a los hijos de la Revolución: ellos eran los verdaderos contestatarios, no yo. Habían resistido todo ataque cultural. No importaba que no supieran nada del grunge, ni de los grupos de rock clásico. Nosotros admirábamos a sus héroes, a Fidel. Teníamos camisetas con la imagen del Che Guevara, una figura mucho más importante que Kurt Cobain, que John Lennon. Pero entonces ahí, en Cuba, la sensación cambiaba. Resultó que esos cubanos, a los que pretendíamos admirar, querían fervientemente lo que teníamos nosotros. Los cubanos deseaban «cosas». No hablaban de ideología. Querían cuerdas para su guitarra. Fue un buen concierto —aquel que dimos por primera
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vez en La Habana— dadas las circunstancias. El equipo de sonido no era el mejor, tampoco el escenario. Tocamos en el Parque Almendares, abajo de un puente. Fue en la tarde porque no había luces. Si apenas había farolas en las calles (estaban a oscuras la mayoría de ellas), mucho menos había un equipo de luces para hacer un show de rock. Nos presentamos junto con un grupo cubano llamado Síntesis y desde México volaron los Botellita de Jerez —que en ese momento tenían el primero de sus reencuentros—, con los tres integrantes originales: Arau, Vega Gil y Mastuerzo. Supieron que teníamos esa tocada en Cuba y se pagaron el avión con tal de estar. Hubo poca gente pero, al parecer, dejamos huella en algunos. Años después supe que uno de los integrantes de Orishas (un grupo cubano que triunfó en Europa) estaba entre el público, y que ese concierto influyó en él para hacer algo distinto con su banda. Entre la gente que conocí en ese viaje, había un chavito al que casi casi adopté. Tocaba la guitarra como todos, cantaba también. No sé si era mi imaginación, pero su estilo me sonaba muy rockero, como si hubiera inventado un nuevo estilo: trovagrunge. Lo más extraño era que él jamás había tenido contacto con ninguno de los grupos que sonaban en el momento. Así que le dejé todos los cassettes que yo llevaba: Smashing Pumpkins, Pearl Jam, Red Hot Chili Peppers, junto con mi walkman y muchas pilas AA. Le dejé también los libros que había leído y cargado durante la gira (Bukowski, Auster); la ropa que había usado en el show. Era una forma un poco ingenua
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de enmendar las cosas, como si con eso fuera suficiente para cubrir el déficit de información que había sufrido este amigo que hice en tan sólo tres días. Es que daban ganas de ofrecerle herramientas para crecer, de ponerlo al corriente, porque se le notaba mucho talento. —Vas a pensar que por eso me hice tu amigo —me dijo al recibir los regalos—, preferiría que no me dejaras nada. —Hombre, no hay bronca —le dije, sin decirle que yo allá, en México, tenía muchas cosas, que esto era como quitarle un pelo a un gato—. Ojalá te sirva como inspiración escuchar estas bandas y leer estos libros. El chiste es que sigas haciendo tu música, que no te detengas. Seguro nos volveremos a ver. Pero no. Nunca más lo vi. Ni la segunda vez que Café Tacvba tocó en Cuba, en 2010. ¿Seguirá en la isla? ¿Tenía talento o sólo fue un espejismo, resultado de la euforia por conocer a los cubanos y darme cuenta que hacían tanto con tan poco? Pachaca le dio las cuerdas usadas al cubano que nos las había pedido. Decidimos darle también todos los juegos de cuerdas que traíamos —era la última tocada de una gira de dos meses continuos, nosotros podíamos llegar a casa y conseguir las que nos hicieran falta. Por su expresión de agradecimiento, parecía que le habíamos dado el mejor regalo que había recibido en su vida. Tal vez lo fue.
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Digno Mucha gente quería ver un ajuste de cuentas en este concierto gratuito con the Rolling Stones en La Haba75
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na, Cuba; un evento que enmendaría la situación de la música rock, que existía en la isla desde la década de los sesenta. Es una actitud paternalista, pero yo mismo la tuve. Y no me gustó. «¿En realidad necesitan los cubanos un concierto de los Rolling Stones? ¿Cambiará eso las cosas?», pensé. «No creo, pero ¿quién soy yo para decidir eso?» Muchos grupos de rock han dado conciertos en la isla: Billy Joel, Stephens Stills, Rick Wakeman, Simply Red, Manic Street Preachers, Audioslave, Asian Dub Foundation, Sepultura, entre otros. Hay varios festivales de rock cada año, con bandas extranjeras y locales. Pero la opinión mundial opinó que este concierto sería el primero en su género. Claro, son los Rolling Stones, ¿quién más puede generar tanta noticia? Otros, más cínicos, vieron el concierto como un asunto comercial. Lo que los publicistas llaman una «activación de marca»: cuando quieren presentar una cerveza o un nuevo modelo de celular hacen una fiesta donde te reciben edecanes guapísimas que visten los colores del logo, contratan a un grupo de rock, pop o un DJ para amenizar, e invitan a celebridades. La pregunta fatídica aquí es: ¿está Cuba en venta? Para los amantes del rock, y de los Stones en particular, este evento se vislumbraba como un sueño: sol, palmeras, mujeres hermosas, ron. Pero no sólo eso: resonaba también nuestro revolucionario escondido-dormido. Si bien —los que saben— ya nos habían dicho que Cuba era todo menos lo que nos imaginábamos, nuestra psique
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sólo percibía dos símbolos muy poderosos: Cuba y the Rolling Stones. Ninguno de estos dos es lo que parece ser. Quienes se meten a investigar cada uno de estos dos fenómenos se espantan. Muchos han preferido quedarse en la superficie. Pero son demasiadas preguntas y cuestionamientos para un concierto de rock. Se supone que el rock es una música salvaje, primigenia, que no es inteligente. Al menos no lo era. Pero con el tiempo se fue convirtiendo en tema de estudio, con filósofos eruditos e imbatibles. Por qué no disfrutarlo como al sexo, ya que su nombre viene de ahí «rock and roll»: mecerse y rodar; el acto sexual en slang negro. Los mismos Stones lo han dicho «es sólo rock and roll, pero me gusta». Con esa frase toda está dicho. O debería estarlo. Pero me hago preguntas todo el tiempo, por ejemplo, cuando me invitaron a escribir esta crónica mi primer pensamiento fue ¿soy digno de ir a ver a los Rolling Stones a Cuba? Por supuesto que sí, me contesté de inmediato. No porque sea músico, integrante de una banda. Tampoco porque tenga todos sus discos. Simplemente porque la segunda canción que me aprendí en la guitarra fue una de ellos: «The Last Time», el primer sencillo compuesto por Jagger y Richards. La leyenda cuenta que su mánager los encerró en un cuarto de hotel y no los dejó salir hasta que crearon una canción. Luego se supo que la rola es un fusil, está copiada de una canción tradicional, un góspel, cuya versión de The Staple Singers es la más famosa. Es una canción muy sencilla, y tiene los mismos
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acordes de la primera que me enseñaron: «Gloria» de Van Morrison, mi, la, re. Tres acordes. Como la frase de los punks: «aprende tres acordes y haz una canción». Siempre he pensado que el hook, el gancho, la figura que hace la otra guitarra, tocada por Brian Jones, me dejó influenciado de por vida. Las figuras de mi guitarra quieren emular esa frase repetitiva que aprendí en mi juventud. No soy el único. Álvaro Henríquez, líder del grupo chileno Los Tres, un día me dijo que ésa era la primera canción que aprendió a tocar. Incluso generamos una teoría acerca de si esa composición no nos habría influenciado a escribir como lo hacíamos y si no sería una de las razones por las que Café Tacvba y Los Tres tenían una conexión inquebrantable. Era una teoría muy bien sustentada al calor del whisky. Obviamente perdió mucho peso cuando nos acordamos de ella, ya sobrios. Por supuesto, cuando supe que me iba a Cuba, no paré de contárselo a todo el mundo. Las reacciones eran diversas; la mayoría se entusiasmaban: «Los Rolling Stones en Cuba. Wow. Será un evento espectacular». La única persona sensata que me encontré antes de partir hacia La Habana fue a Tatiana. Ella, por tener un novio cubano y estar familiarizada con la isla —viajando constantemente desde México y viviendo muchos meses allá— tenía más idea que ningún otro. —Los cubanos no saben quiénes son los Rolling Stones —me dijo un día—, a ellos les gusta el reggaetón. Y no lo decía de manera despectiva, sino sólo como un hecho.
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—Sí, yo creo que habrá mucha gente, pero extranjeros —continuó—. Si fuera a cantar, no sé, un reggaetonero, entonces irían puros cubanos. Pero a los Stones… Me enteré que ya no hay hospedaje en toda la isla. Y los vuelos, ¡carísimos! Todos se imaginaban que iba yo con hartas credenciales para pasar al backstage. Me decían «qué envidia, vas a conocer a Mick Jagger». Aunque insistía en que no tenía ninguna pulsera VIP, y que podría ser que no la consiguiera jamás, no me creían. Eres un Tacvbo, me decían, claro que te van a dejar pasar. La editorial que me contrató para escribir esta crónica nunca me dijo nada acerca de eso. Hablaron del vuelo, del hospedaje. Lo cual ya era bastante, sabiendo que el precio de las dos cosas subía a cada hora que se acercaba el magno evento. Le dije al Chino que me acompañara. Pablo García, su verdadero nombre, es un amigo que trabaja conmigo, con Café Tacvba. No había visto a los Stones cuando fueron a la Ciudad de México y ésta era su oportunidad. Quizá la última que tuviera: los Stones ya no están tan jovencitos. Aunque siempre se dice lo mismo con cada gira que hacen: ¿será ésta la última? La gira Olé finalizaba en La Habana, así que no podía negarse. El Chino y yo hemos vivido muchas cosas juntos. Además, nos complementamos. Hay cosas que yo no me atrevo a hacer y él sí. No pudimos salir en el mismo vuelo, así que nos vimos en el aeropuerto de La Habana. En el vuelo, que hice solo, me di cuenta de lo extraño de mi viaje. Daba
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por hecho que todo el avión iba a Cuba exclusivamente para el concierto de los Rolling Stones. Pero, por lo que escuché en la fila para documentarme y ya instalado en mi asiento, era de los pocos en el avión que iban a ese evento. Todos mencionaban el concierto de los Rolling Stones como una más de las atracciones de ese fin de semana. Un tipo dijo que prefería pasar ese día en la playa en lugar de ir a ver a un grupo de viejitos tocando rock and roll. Supongo que yo estoy loco. Le he dado mi vida a esa música haciendo a un lado playas, novias, estudio, vacaciones, dinero, tiempo. Dos hombres que viajaban juntos parecían tener escrito en la frente el cometido de su viaje: llevarse a la cama a la mayor cantidad de mujeres posible. Hablaron durante todo el trayecto con la chica que les tocó junto a sus asientos. Ella iba a ver a los Stones, y estos tipos le siguieron la corriente y le dijeron que por supuesto que irían al concierto —¿vamos contigo?—, aunque se notaba a leguas que a ellos lo que les gustaba era la salsa. Claro. Era Semana Santa. La gente normal sale de vacaciones en esos días de asueto. Van a Cuba por el clima, por las playas, por los hombres y las mujeres, tan bellos, ese mestizaje de rusos con afros que dio resultados impresionantes: mulatos de ojos azules, pelirrojas con rasgos africanos y cuerpos exuberantes, rubios con brazos musculosos y ritmo para bailar. No se puede negar la belleza de los cubanos. Quien lo haga es porque no quiere meterse en problemas (como la pareja que vi discutiendo apenas llegamos a los puestos de migración). Todas las mujeres que atendían a los turistas, o revisaban que no
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trajeras contrabando, o pasaban caminando, tenían un cuerpo impresionante y mirada cautivadora. El hombre de la pareja que discutía sufrió un regaño porque los ojos se le iban a los lugares menos adecuados para la paz entre unos novios de vacaciones.
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Work, work, work El día del concierto el cielo se veía encapotado, cubierto de nubes. ¿Llovería? ¿Sería aquello un lodazal como Woodstock, como Glastonbury? Después las nubes se hicieron menos densas, dejando pasar al sol en algunas partes, pero seguía nublado. Quizá era lo mejor que podía pasar. Si el show se desarrollaba bajo un sol inclemente, podía ser fatídico. Las autoridades pedían a la gente que llevara agua, que fuera preparada con sus botellas para no deshidratarse. Eso nos decían los taxistas, los empleados de la recepción. Lo otro que pedían era que las personas no llevaran alcohol pero, ¿cómo evitarlo? La única forma era —creíamos nosotros— colocar puestos de revisión a la entrada. Cómo harían para revisar miles y miles de mochilas era algo que no sabíamos, pero sí que eso podría durar horas. Habría que salir temprano. Como yo había perdido mi sombrero en el taxi que habíamos tomado la noche anterior para ir al hotel, decidí comprar uno para protegerme del sol. En el hotel no había más que una tienda de souvenirs donde tenían unas gorras para niños. Nos dijeron que en el Comodoro, el hotel consecutivo, seguro podríamos encontrar.
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Salimos por una puerta lateral y caminamos por una calle que conducía hacia el mar. No había playa, unas rocas inmensas nos separaban del agua; escuchábamos el oleaje nada más. Apenas soplaba viento. En las rocas unos cubanos pescaban, o trataban de hacerlo, tirando un hilo con carnada, sin caña ni aparejos, sólo el hilo. Llegamos a un pequeño mall —así se refirió a él una de las dependientas del hotel— donde había tiendas con trajes de baño y ropa deportiva. En ésas vendían tenis Adidas, Puma, Nike. Había una tienda Benetton. Olía mucho a pintura y tíner, estaban pintando las banquetas de color rojo. Recorrimos la plaza muy rápido y no vimos ningún lugar de sombreros. Yo tenía ganas de encontrar uno típico, no algo turístico. Pero no lo encontraría ahí, era obvio. Lo más que llegué a conseguir fue una gorra roja que decía «Cuba» sobre la visera. Al menos, la forma y las letras hacían que pareciera vintage, como de un equipo de béisbol olvidado en el tiempo. Esperaba verme como un «pelotero», y no como un turista perdido. Mi padre jugaba al béisbol. Aunque era un hobby tenía equipo, uniforme y todo. Primero en Coahuila, donde nació, luego en Monterrey, donde creció, y al final en Veracruz, donde nacimos mis hermanos y yo. Era jonronero. Mi hermano y yo jamás jugamos en equipo, pero teníamos guantes, pelota y bate. Si esta gorra-souvenir me protegía del sol, y además hacía que me pareciera a mi papá —muerto hace años— era suficiente. Nos detuvimos en el supermercado que había en la plaza. Compramos dos botellas de agua de litro y medio
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(una para cada uno), Coca-Colas y paquetes de galletas saladas. Era nuestro kit para sobrevivir las horas de espera. Busqué cacahuates, pero no había. Lo que más había en la tienda era ron. Yo ya no bebo, pero el Chino se pudo haber comprado una botellita para meter al concierto. Aun así, decidió hacerle caso a los avisos del gobierno porque, como ya dije, imaginamos que podía haber una revisión exhaustiva a la hora de entrar. Cuando salimos de la tienda escuchamos a lo lejos la nueva canción de Rihanna: «Work, work, work work work work, no sé lo que dice, work work work work, wacha wacha wacha, work work work work» a todo volumen; salía de unas bocinas enormes que estaban afuera de lo que parecía un restaurante de la plaza pero que, conforme nos acercábamos, empezó a revelarse como un bar. Había varias mesas tipo playa, la mayoría vacías. Los pocos que estaban ahí eran cubanos. Seguro muy jóvenes, pero parecían adultos. Las mujeres estaban muy desarrolladas, ya saben a qué me refiero. Era muy temprano para estar bebiendo, pero tres parejas tenían tragos en su mesa y bailaban: las mujeres arrimando las nalgas al hombre que estaba detrás de ellas. Parecía una escena de otro horario, con menos sol y dentro de un antro oscuro. Pero ahí estábamos, a pleno sol de mediodía, y estas tres parejas bailaban y bebían como si estuvieran haciéndolo desde la noche anterior. La canción se repetía una y otra vez, el DJ subió el pitch, así que la voz de la cantante se escuchaba más acelerada. Rihanna estuvo hace poco en la isla por una sesión de
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fotos para la revista estadounidense Vanity Fair. En las fotos se la ve modelando delante de los antiguos almendrones, coches viejos que se arreglan y son usados como taxis. La escenografía de la ciudad gastada enmarca a Rihanna, vestida con unos pantalones rojos que resaltan sus curvas. En una de las fotos está recostada sobre un mueble, con un vestido dorado, en la sala de una casa antigua de paredes amarillas. Aparece también desnuda en una cama muy vieja, y bajando las escaleras con una pared de fondo en la que se ve, escrito, el nombre de Fidel y la bandera cubana. En una foto está rodeada de fans, como la celebridad que es. Cuando vi esa foto me pregunté, ¿cómo es que en Cuba conocen a Rihanna? ¿Dónde pasan su música, cómo llega? ¿Venden sus discos? ¿Cómo puede una cantante como ella hacerse celebre en un país en el que se supone que no existe lo que en todos los demás países, en el que no hay Internet para todos o donde está muy restringido? Me explicaron que, de unos años para acá, existe algo que se llama «el paquete». Sale todos los jueves. Vas con tu memoria USB a un lugar específico en tu barrio donde, pagando, te la llenan con las últimas series, telenovelas, música, videoclips, películas, noticias, lo que quieras. No sólo hay contenidos muy conocidos y populares, sino de artistas nuevos (cantantes que pagan porque su video esté incluido en el paquete de la semana, por ejemplo). También incluye una sección de «anuncios clasificados», llamada Revolico. Ahí se anuncian casas en renta o venta, gente que hace zapatos, ropa. Ofrecen aparatos usados,
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bicicletas. El paquete es la forma en que el cubano se entera de lo que sucede en el mundo. Llegan a su casa y conectan la memoria a «la cajita» —un aparato que vende el Estado para que puedas sintonizar sus canales de televisión. Pero la cajita tiene un puerto USB, donde se conecta el paquete. El paquete está fuera de la ley, pero se cree que el Estado no lo erradica porque no tiene contenidos políticos. Si no les conviniera —me dijeron— ya lo habrían retirado hace mucho. Es obvio que el Estado revisa el contenido del paquete cada semana; no se les va una. Saben todo —me dijeron—. Nada sucede en la isla sin que el Estado lo permita, o haga la vista gorda. En algún paquete deben haber salido la canción y el video de Rihanna. Los DJ ponen la música que está sonando en todo el mundo, porque tienen acceso a ella. Pero no sólo los DJ. Tú le puedes pedir al del paquete que te ponga una playlist con los últimos éxitos bailables para tu fiesta de esa noche. Así de fácil. ¿Qué piensa la gente cuando ve a Rihanna en esas fotos? El contraste puede ser cruel, si uno lo piensa tantito: la ropa que ella usa pagaría varios años de vida de un cubano promedio. Pero eso pasa en muchos lados, no sólo en Cuba. Las modelos que posan en el especial anual de trajes de baño para la Sports Ilustrated se toman fotos con nativos africanos o tailandeses. Así que Cuba es otro «escenario exótico». Algunos edificios de La Habana están derruidos. Aun así se nota lo hermosos que fueron. Nadie los ha tocado en décadas. Lo cual es mejor, por un lado. Muchas veces las remodelaciones
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destruyen aquello que era hermoso. Pero ¿merecen los cubanos que sus edificios estén a punto de caerse? ¿Y que nosotros veamos esa decadencia como una atracción turística más?
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VIP En el lobby de nuestro hotel, que para nada se estaba cayendo, había una mesa que no estaba el día anterior. En ella había tres extranjeros con laptops y listas impresas en hojas de papel y, a un lado, una bolsa transparente llena de pulseras para el concierto de esa noche. Vi cómo llegaba gente, la gran mayoría extranjeros de habla inglesa, a recoger sus pulseras. Las había de muchos colores. Supuse que unas eran para prensa especializada, otras para invitados. Yo parecía un perro acercándome a la mesa donde estaban comiendo sus amos, dando vueltas y vueltas para ver si me tiraban un hueso, una sobra, algo que ya no quisieran comer. No preguntaba nada. ¿Para qué? Era obvio que sin estar en la lista jamás lograría nada. El Chino, que tiene como uno de sus trabajos en nuestra oficina conseguir cosas, sí llegó a preguntarles, pero le contestaron simplemente que las pulseras eran para staff y prensa. Todavía, para ver si pegaba, les dijo que yo venía a ver el concierto para escribir un libro. —A book? —preguntaron sorprendidos. —Yes. —Wow —dijeron. Fin de la conversación.
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Me sentí un poco frustrado. Para mí lo normal es estar «de aquel lado», con una pulsera o gafete que me permita subirme al escenario, entrar al backstage o deambular por cualquier sitio del venue. Así que me cuesta aceptarme afuera. No sé, ¿será que vine a Cuba para que no se me olvide cómo es ir a un concierto sin tener una larga lista de privilegios? Sería una gran lección.
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Los extranjeros que veíamos en el bar del lobby estaban chupando a gusto. En una mesa había unos tipos, ninguno menor de cincuenta y cinco años, con un puñado de pulseras. Hablaban de la hora a la que saldrían hacia allá. Seis de la tarde, por más temprano, decían. Habría varios transportes, decían. Incluso uno de ellos dudaba si ir o no. A mí esa duda se me hizo fuera de lugar. ¿Cómo que no van a ir a ver a los Rolling Stones? Pero la escuché varias veces. Hubo quien pensó que el concierto se llevaría a cabo con equipo de sonido de la isla, con un escenario local. Todos los que pensamos eso, me incluyo, pecamos de ingenuos. Recordé una conversación que había tenido con un cubano el día anterior: —¿No han visto el tamaño de aquello? Se ve desde la calle, ¿no lo vieron cuando venían del aeropuerto? Es un escenario inmenso. Lo trajeron por barco, y han llegado muchos aviones. Es una cosa fenomenal. —Yo pensaba que lo iban a hacer con equipo cubano —dije.
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—¿Te estás burlando, chico? Qué humor negro que tienes. No digo que no haya nada aquí en Cuba. Han venido a tocar muchos a la Tribuna Antiimperialista y nadie se queja. Y eso que aquello está a un lado del mar. El viento se podría llevar todo el sonido. El ruido de las olas. Pero no, tienen que ver lo que trajeron los Rolling Stones. Yo sólo quiero ir para escuchar eso. Pero tengo una fiesta, y también quiero ir. Tal vez me dé una vuelta al concierto y luego a la fiesta, para quedar bien con todos. Aunque va a ser difícil salir de ahí. —¿Tú crees que los músicos cubanos se beneficien con el concierto de los Rolling Stones? —¡Ja! ¡Claro que no! Yo soy músico y lo único que siento es que me vienen a presumir tooodo eso que tienen: sus luces, el escenario. Tendrías que ver lo que es aquello. Va a sonar fuerte, sólo por eso quiero ir. —Bueno, pero el hecho de que vengan los Stones y que también venga Obama significa que las cosas están cambiando, ¿no? —¡Ja! Sí, «cambiando». Aquí nada va a cambiar. Obama, si para algo vino es para ver con qué pedazo de tierra se va a quedar. A los hermanitos lo único que les interesa es el dinero. Tú paga y puedes venir a Cuba. Pero para nosotros no va a cambiar nada. Sí, tenemos la mejor educación de todo el mundo, las mejores escuelas, no hay analfabetismo. Y, con todo ese conocimiento, uno se pone a pensar. Pero entonces el régimen no quiere que pienses. ¡Ey! —te dicen— no cuestiones. Y luego para qué me dieron educación, era obvio que yo iba a llegar a
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ciertas conclusiones. Lo de la moneda es todo un truco muy inteligente para tenernos aquí atrapados. —Pero, definitivamente, los grupos de rock cubano no se beneficiarán con este concierto… —Hay grupos. Tienen sus lugares, su público, pero no, este concierto está del otro extremo de su situación. Además, a los jóvenes ahora lo que les gusta es el reggaetón. Ya nadie quiere aprender a tocar un instrumento porque no es necesario para hacer música. Ponen una cosa electrónica ahí sonando y un tipo se pone a rapear encima, a cantar. Se está perdiendo la gran tradición musical que tenemos. Se va a perder.
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Almendrones Almendrón es un coche viejo, anterior a 1959 —año en que se cerró la importación de autos estadounidenses a Cuba— que es usado como taxi. Estos autos han sufrido infinidad de arreglos para poder seguir circulando pero, debido a la falta de piezas originales, dicen que algunos tienen partes de lavadoras y refrigeradores para poder caminar. Son coches viejísimos que lentamente van contaminando el aire tan bello de Cuba, pero si no existieran la isla entera se paralizaría, debido a la falta de un transporte público eficiente. Subirse a un almendrón es todo un evento. No sabes con qué te va a salir el chofer. Hay algunos muy graciosos y, por supuesto, no paran de hablar. En cada viaje el chofer de turno nos comentaba algo sobre el concierto de los Rolling Stones. Parecían tener información clasificada.
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Seguro se habían enterado llevando y trayendo gente por toda La Habana. Algunos taxistas decían que por supuesto que irían al concierto, que cómo perdérselo, pero se les notaba que sólo eran ganas de quedar bien con nosotros: el turista, el pasajero. «¡Va a estar muy bien!», decían con demasiado entusiasmo, mientras la música que sonaba en su radio era reggaetón, bachata, balada romántica, salsa. Uno de ellos se lamentaba de no poder trabajar llevando gente al concierto y trayéndola de vuelta. Sería un gran negocio, pero acababa de recibir una llamada. Lo vimos manejar de manera precaria, con el celular en una mano y el volante en la otra, pero, como no podía ir a mucha velocidad ya que el auto era muy viejo, no había mucho problema. —La dueña del taxi me acaba de decir que mañana su marido sale de la cárcel. Lo dejan salir un fin de semana cada mes, y mañana le toca. Así que me va a quitar el coche porque se van a ir a pasear —dijo con una sonrisa gigante. Queríamos preguntarle más sobre ese marido que podía salir de la cárcel así como así, pero cambió de tema inmediatamente —¿Sabes cuánto cuesta ese coche que va ahí adelante? Ese pequeñito que lo hacen en China, ¿sabes cuánto cuesta? Veinte mil pesos. Traté de hacer la conversión rápidamente, pero no supe si se refería a pesos cubanos o a cucs, los pesos cubanos convertibles, que usan los turistas, así que no supe el costo del coche. La economía cubana es uno de los
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grandes misterios del planeta, difícil de entender aunque te la expliquen una y otra vez. * * *
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Supimos que las puertas del predio abrirían a las dos de la tarde. Como no teníamos ningún pase VIP, pulsera o gafete (sólo éramos público general), decidimos salir temprano. Nos dijeron que el lugar estaba a treinta minutos en taxi de donde estábamos hospedados. A eso se sumaba una caminata, porque iban a cerrar muchas calles a los vehículos. Así que decidimos salir a las dos en punto. Tomamos un almendrón, un Buick de 1951, bien bonito. Por fuera era todo original, pero ya adentro notabas que estaba reconstruido con partes de otros coches más nuevos. El tablero, el volante y el estéreo eran de autos actuales. Decepcionaba un poco, como cuando en Estados Unidos entras a un lugar que se dice vintage y te das cuenta de que todo es una reconstrucción. Disneylandia. Se supone que Cuba no es eso pero ¿cómo saberlo? ¿Alguien puede discernir «lo cubano»? Lo que está claro es que el turista adora subirse a los almendrones, muy bien pintados y relucientes. Vi a varios extranjeros tomándose fotos en los descapotables que los llevaban de un lado a otro a precio de dólar. Los «cuentapropistas» —como les llaman a los cubanos que emprenden por sí solos un negocio más allá de los permisos del gobierno— saben que el turista paga cualquier cantidad de dinero por andar en estos coches. En el estéreo sonaba reggaetón. Lo mismo que en to-
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dos los taxis en los que nos subimos. El chofer no dijo ni una palabra, cosa rara. Era más joven que todos los que nos habían tocado hasta el momento. Una especie de Latin Lover. Si fuera a México, podría ser un actor de telenovelas, pensé. Traía una camisa a cuadros de manga corta y se notaban sus músculos. Tenía bermudas de jean. Muchas mujeres podrían caer rendidas a sus pies. En México no hay choferes de taxi así. Un mes después de que Obama y los Rolling Stones estuvieran en Cuba, un equipo de filmación llegó a La Habana para rodar Rápido y furioso 8. Usaron almendrones para las escenas de persecución de autos. Hicieron casting entre los almendrones de la isla y, al parecer, compraron y rentaron muchos. Si estos taxis tan sui géneris no eran famosos hace unos pocos meses, para cuando salga esta película (2017) serán conocidos en el mundo entero. Las calles cercanas a la Ciudad Deportiva ya estaban cerradas a la circulación. Pero el almendrón nos dejó muy cerca. Yo pensé que íbamos a caminar más.
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DVD Dimos la vuelta a toda la Ciudad Deportiva. No había un solo letrero que indicara nada, pero mucha gente iba en la misma dirección. Además había un inconfundible sabor a fiesta entre todos los que caminábamos. También un tipo de vestimenta. Camisetas negras con lenguas rojas. Banderas de muchos países. Al acercarnos a algunas personas podíamos notar el acento británico. Otras sonaban a «gringo». En español reconocí formas de hablar de 92
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todo el continente: chilenos, argentinos, colombianos. Había grupos de gente con la misma camisa, hecha exclusivamente para este viaje, para este concierto: Rolling Stones en Cuba, dos banderas cruzadas. Parecían camisas piratas, pero no había un solo vendedor a la redonda que las ofreciera. Había, eso sí, muchos militares custodiando el perímetro. Caminamos y caminamos. Había unos vendedores de maní, el cacahuate que yo estaba buscando desde la mañana. Les compré varios cucuruchos para el antojo que traía. Antes de salir no habíamos comido nada, era demasiado temprano y el desayuno había sido abundante, pero era obvio que en cualquier momento nos daría hambre. Fui comprando todo lo que veía en el camino. Los vendedores cargaban su mercancía, medio la escondían, pues no los dejaban vender cerca de la puerta. Compré también caramelo de menta. El azúcar me ayudaría a resistir, pensé. Otro vendedor ofrecía cucuruchos más grandes. «¿Qué es?», le pregunté. «Pasta frita», me dijo. Sin saber a qué se refería, lo compré. Al abrirlo descubrí lo que nosotros llamamos chicharrones de harina. Seguimos una reja que parecía no acabar nunca. A lo lejos vimos un montón de gente acumulada. Por ahí se entra, pensamos. Casi corrimos. Mientras nos acercábamos a ese cúmulo de gente vimos un par de letreritos, muy pequeños, amarrados en la reja, que decían:
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JA Digital have been granted permission to film throughout this event, and by entering these premises you con93
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Y más adelante el otro, en español, en una hoja carta enmicada:
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JA Digital está autorizada a filmar este evento en su totalidad y, habiendo sido usted informado de estas premisas, usted otorga su consentimiento para ser fotografiado y filmado por JA Digital. La presente le concede a JA Digital, así como a sus miembros actuales y sucesores, así como a cesionarios, el derecho a usar, distribuir y permitir a otros usar y distribuir su nombre, voz, imagen y la totalidad o parte de las fotografías y/o grabaciones de usted en todos los medios existentes ahora y en el futuro, a nivel mundial tanto como sea posible, con perpetuidad. Gracias por su cooperación.
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Abajo, del lado izquierdo, se veía el logo de JA Digital. En el lado derecho, lo que seguramente era el sello de la gira Olé, una lengua de los Stones en fondo amarillo, con la silueta, formada con rayas rojas, de la parte sur del continente americano. 94
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El tamaño del aviso, como ya dije, no era mayor a una hoja tamaño carta, plastificada, bien amarradita con un cincho a la reja. ¿Por qué no lo hacían más grande? Creo que sólo unos cuantos nerds nos dimos cuenta del pinche letrero. Si el lenguaje con el que estaba escrito suena demasiado legal, es porque esto es un contrato, lo lea la gente o no. Los abogados de JA Digital pueden demostrar que lo pusieron. Si el público no lo leyó es su problema. Nadie puede venir a reclamar, demandar a los Rolling Stones o a JA Digital por haberlo filmado gritando histérico, llorando o bailando como poseso. Podrían haber puesto una pancarta. O hacer anuncios en el audio local antes del concierto. Eso lo hemos hecho nosotros, Café Tacvba, cuando hemos grabado y filmado alguno de nuestros conciertos. Pero ¿un letrerito? ¿Por qué? Bueno, no pasa nada. Al fin y al cabo todo el mundo sabe que los conciertos se graban, y la mayoría de la gente muere por salir ahí, por quedar inmortalizada. Pero llama la atención que el letrero fuera tan pequeño para la magnitud del evento, un concierto gratuito en el que se espera más de medio millón de personas, público local y de todo el mundo. —Claro, lo van a filmar y luego a vender. Es gratuito para los asistentes, pero sacarán algo de dinero con la comercialización del concierto grabado —me dijo el Chino. Lo mismo que yo estaba pensando. La gran incógnita era ¿quién estaba pagando el concierto? Un amigo me dijo que había escuchado que Levi’s, la marca de pantalones de jean, estaba patrocinándolo. Pero ¿para qué? Sería una gran broma: hace décadas se rumoraba que
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los extranjeros llegaban con pantalones de jean de mujer (jeans de todas las tallas) para intercambiarlos por sexo. Los cubanos querían jeans ajustados, o acampanados, o lo que fuera que se usara en ese momento. Y ahora se rumoraba que Levi’s pagaba el concierto. Qué broma tan cruel. Si fueran otras épocas, cuando aún se vendían discos y DVD, grabar este concierto hubiera dado dinero para una gran parte de la producción. Pero ¿quién estaba pagando este evento, y por qué? ¿Los mismos Rolling Stones? ¿De su bolsillo? No creo. Es bien sabido que Mick Jagger es un genio de las finanzas y no da «paso sin huarache». AJ Digital ya había grabado otros conciertos de los Stones. Esta empresa se dedica a muchas cosas, y una de ellas es filmar conciertos. En su página se ve que han trabajado para Coldplay, Depeche Mode y un largo etcétera. A los Rolling Stones les hicieron el video de su presentación en Hyde Park en 2013. Quedaron tan contentos —ahí dice— que los volvieron a contratar. Hyde Park es un lugar histórico para los Rolling Stones. En 1969 hicieron un concierto gratuito, parecido al de La Habana. Para cubrir los gastos (un concierto gratuito genera gastos) le ofrecieron la exclusiva a una cadena de televisión. Idea de Mick Jagger, dicen. Ya entonces sabía moverse en el mundo del dinero. En aquel momento, los Stones estaban nerviosos, pues no sabían cuanta gente iría a verlos. Llevaban dos años sin presentarse. ¿Serían aún populares? Un mes antes había tocado ahí Blind Fate, y habían asistido cien mil personas. Los Stones temían que llegara menos gente, lo que equivaldría a un fracaso
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rotundo. Pero llegaron doscientas cincuenta mil. Seguían siendo los reyes. Y más con los Beatles desbandándose por esas fechas. Ese concierto se convirtió en un homenaje a Brian Jones, el líder y creador de los Rolling Stones que había muerto dos días antes. Hacía sólo una semana que lo habían sacado de la banda: Mick y Keith fueron a verlo, acompañados por Watts, para darle la noticia y ofrecerle una cantidad de dinero por su salida. La muerte de Brian está llena de misterio. Aunque se ha investigado exhaustivamente, persisten los rumores y teorías de la conspiración. Se habla de asesinato, de un gran secreto, de la desaparición de papeles y evidencias. Se suponía que el concierto de Hyde Park se cancelaría por la muerte de su creador, pero se convirtió en un homenaje. Mick Jagger leyó un poema escrito por Shelley, dedicado a la muerte de Keats. Se soltaron un millar de mariposas, muchas de las cuales no volaron pues ya estaban muertas (habían pasado encerradas demasiado tiempo). Ese concierto, según los expertos, es el momento en que Mick Jagger creció como frontman. A diferencia del concierto de Hyde Park en 1969, el de 2013 no era gratuito, y al parecer fue bastante caro. Pero ahora estábamos en La Habana y no había boletos de por medio. Esto sí era gratis, nada más era cosa de llegar. El Chino y yo, que sí leímos el contrato, cedimos nuestra imagen, nuestros gritos, nuestras lágrimas y nuestro cansancio a JA Digital y a los Rolling Stones. Espero que le saquen provecho a nuestras bellas figuras.
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Conciertos gratuitos Así que nos acercamos a esa puerta que estaba llena de gente. No la abrían aún, las personas se pegaban a la reja, muchas levantaban unos pedazos de papel que decían VIP. Los militares, que estaban del otro lado de la puerta, no parecía que la fueran a abrir pronto. Sólo estaban haciendo tiempo. Fuimos dándole la vuelta al tumulto, un poco para encontrar una especie de fila, o un orden en el cual pudiéramos integrarnos, pero sólo era una masa de gente intentando ingresar. Estuvimos a punto de quedarnos ahí hasta que abrieran la puerta. Sin embargo, a lo lejos vimos otras puertas iguales, completamente abiertas, sin gente y sin nadie quien las custodiara. Caminamos rápido hacia la más cercana. No sé por qué todo lo hacíamos rápido, quizá pensábamos que nos iban a ganar un lugar. En realidad, cuando entramos, vimos que aquello estaba desierto. Estoy exagerando. Desierto para lo que yo esperaba encontrar. Eran apenas las tres de la tarde, hacía una hora que habían abierto las puertas. Caminamos con calma hasta donde pudimos, donde había gente sentada, esperando. El sitio que nos tocó estaba muy cerca del house, el lugar en el cual ponen la consola de sala y desde la cual hace su mezcla el ingeniero de sonido. La locación ideal para escuchar. Es ahí donde se instalan muchos amigos músicos y/o melómanos: mientras más cerca del ingeniero, mejor. Es como estar escuchando con sus oídos. El escenario, desde nuestra posición, lucía enorme. Era tan grande que tuve la sensación de que nos encontrába-
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mos más cerca de lo que realmente estábamos. Una ilusión óptica fríamente calculada por quienes lo diseñaron: no importa qué tan lejos estés, te sentirás incluido, eres parte de esta fiesta. En ese momento no lo sabía, pero días después me enteré de que este escenario era más grande que el que habían instalado en la Ciudad de México, en el Foro Sol, los días 14 y 17 de marzo de este año, 2016. Yo presencié el primero de esos conciertos, pero estaba tan adelante que no noté su tamaño. Para mí todo era enorme. El escenario que había en Cuba era el mismo que los Stones habían usado en la Argentina. Saberlo puede decepcionar a los fans mexicanos. A mí me causó un poco de extrañeza. ¿No nos merecíamos el más grande? ¿Por qué los argentinos sí? Es una pregunta que puede ser respondida fácilmente: por pura logística. Es imposible desmontar y trasladar en pocos días un escenario y volver a montarlo para el siguiente concierto. Entre el último concierto de México (17 de marzo) y el de Cuba (25 de marzo), hay escasos ocho días. Eso hace imposible que se pueda montar aquí el mismo escenario que se montó en México. Pero aun así se siente gacho, como si lo discriminaran a uno. Toda la gente a nuestro alrededor llegaba muy entusiasmada a ocupar su lugar, con cara sonriente, incluso brincando de alegría. Pero en cuanto se quedaban quietos, haciendo un giro para ver en qué sitio se iban a sentar, y se daban cuenta de que aún faltaban seis horas para que comenzara el concierto, hasta el más risueño y feliz se apagaba completamente.
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Yo, por lo pronto, traté de hacerme una idea de lo que había a mi alrededor: qué tan lejos estaba del escenario, qué tanto habíamos caminado desde la puerta de entrada hasta acá, qué había a mi izquierda y derecha, qué tan grande era el lugar en el que estábamos, cuánta gente podría caber ahí. ¿Se llenaría? Eran las tres de la tarde y no parecía que se fuera a llenar. A lo lejos, a mi derecha, se veía un baño de esos portátiles que en México se llaman SaniRent. ¡Un solo baño! Se veía ahí, solitario. Cerrado. Al menos, no vi que se abriera, ni que entrara o saliera alguien. Si realmente estaba en uso, tendría que haber habido una fila descomunal. Decidí entonces que la botella de agua que cargaba conmigo no me la tomaría más que a sorbos pequeños. Además traía una Coca-Cola de lata, para, en caso de cansancio extremo, levantarme con un sugar rush. Hace años que no bebo alcohol. Así que una Coca-Cola me hace efecto. Antes, cuando bebía, la Coca era como un dulcecito. El caso es que no quería que me entraran ganas de ir al baño y tener que dejar mi lugar. No había tanta gente, y llegaba poca, pero sabía que dentro de unas horas no se podría caminar. Si me daban ganas de orinar, ¿a dónde iría? Mucho tiempo después, Leonardo Tarifeño, un amigo periodista argentino que también fue al mismo concierto en Cuba, me dijo que sí había baños. Estaban en la entrada del recinto, de la Ciudad Deportiva. Jamás los vi. Pero aun así hubiera evitado entrar en uno. Los baños de los festivales y los conciertos no son algo que quieras ver u oler.
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Comenzaba a llenarse de gente que, además de traer algo de comida (sobre todo papas fritas o snack), traían muchas cervezas. Unos jóvenes alemanes, que tenían cerca de dieciocho años, se bebieron las cervezas que traían en un santiamén. Noté que eran jóvenes por la mirada. Aunque tenían cuerpos atléticos, muy desarrollados, su ojos los delataban. Las chavas tenían miradas de venaditos, los hombres de leones jóvenes. Supongo que la cerveza para ellos era como agüita mineral. Bebían ese líquido desde la panza de su madre, que seguramente no dejaron de beber durante el embarazo y que, al amamantarlos, seguramente siguieron bebiendo. La cerveza, la malta, es buena para la leche materna, dicen. Resultó un error garrafal sentarnos atrás de esos muchachos alemanes. Mientras estaban sentados todo parecía estar bien. Lo malo fue a la hora de pararnos: medían dos metros, por lo menos. Chavas y chavos. El Chino, que es más bajito que yo, me dijo: —La cagamos, socio, sentados parecían más chaparros. Los alemanes no fueron los únicos que metieron bebidas alcohólicas al concierto. Más bien al revés: el Chino y yo fuimos los únicos que NO metimos cervezas, ni ron, ni tequila, ni mezcal, ni ningún tipo de bebida espirituosa. Para donde volteáramos veíamos gente bebiendo, y nadie lo hacía de manera sigilosa ni a escondidas. Todo lo contrario. Uno de los primeros que vi —y que me dio una rabia enorme— fue una especie de mirrey-hippie (si es que eso existe) que traía su botellita de ron bajo el brazo izquierdo, mientras en el derecho llevaba un vaso de ma-
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dera tallada. ¡De madera! Hazme el chingado favor. ¿Qué los militares no lo vieron? Me daban ganas de pedirles que lo sacaran de ahí. ¿No se suponía que no podían meter alcohol? Y este mirrey, con unos pantalones holgadísimos en la entrepierna —sí saben de cuáles—, barba y camisa cuello a medio pecho, se paró enfrente de nosotros y, recargando su cuerpo sobre su pie izquierdo, se sirvió en su vaso de madera y saboreó el ron que había vertido en él. Me daban ganas de darle un manazo a su vasito. Pero se fue. La verdad es que la vibra de todos era de paz y amor. Todo el mundo se sonreía. Pero al ver que el mirrey este había metido un vaso de madera bastante grande, y que todos traían botellas de todo tipo, el Chino y yo nos quedamos pensando: ¿qué otras cosas más podrían meter? ¿Un arma? Inmediatamente pensé: Altamont. Aquél fue un concierto gratuito. Como Altamont, aquí tampoco había baños —aunque sí había, pero yo aún no lo sabía—, no se veía seguridad por ningún lado (seguro había policías vestidos de paisano, custodiándonos), y los Rolling Stones, lo sabíamos, iban a tocar «Sympathy for the Devil», que hasta el mismo Jagger dijo, en aquella ocasión de Altamont: «Pasan cosas raras siempre que tocamos esta canción».
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* * * Los festivales o conciertos gratuitos siempre han sido un trampolín para la popularidad de un grupo. Los Stones 102
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lo saben bien desde finales de la década de los sesenta. Dicen que «Sus Satánicas Majestades» no estaban felices por haber perdido la oportunidad de tocar en Woodstock, así que en la mente de Jagger estaba hacer algo de esa magnitud en algún lugar de Estados Unidos, un concierto gratuito que elevara su popularidad. En California se llevaban a cabo este tipo de conciertos. Los Grateful Dead los hacían a cada rato. Así que se pusieron en contacto con ellos para ver si lograban generar uno. Primero iba a ser en el parque Golden Gate de San Francisco. Pero no les dieron el permiso. Luego se propuso una pista de carreras. Pero tampoco cuajó. Altamont fue la última opción, y la que quedó. Es increíble cómo el concierto de Altamont pasó a la historia como un concierto exclusivo de los Rolling Stones, cuando en realidad pretendía ser un festival como Woodstock. Y eso fue: tocaron los Jefferson Airplane, Crosby, Stills, Nash & Young y se suponía que los Grateful Dead. Eran los organizadores. Pero salieron huyendo sin tocar una sola nota al ver que las cosas se estaban poniendo feas. Como todos saben, los Hells Angels, esa pandilla de motociclistas, fueron «contratados» como seguridad del evento. Desde el principio hubo desmanes, generados por las peleas entre hippies y motociclistas, quienes, armados con palos de billar, pegaban sin piedad a los predicadores del amor y la paz. Además, se subían al escenario, que tenía apenas un metro de altura, y no dejaban espacio a los músicos para tocar. El acabose ocurrió cuando se armó un alboroto cerca de la tarima: los Hells Angels arremetieron sin piedad contra el
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afroamericano Meredith Hunter, un chavito del público, de dieciocho años, que, al ser agredido con un cuchillo por un ángel, sacó una pistola. Los ángeles le dieron con todo hasta matarlo. La prensa se ensañó con los Stones. Ellos fueron quienes pagaron los platos rotos. Si el concierto de Woodstock es conocido por la buena vibra que se generó, el de Altamont lo es por todo lo contrario: la mala vibra mató los ideales hippies y dio paso a la década de los setenta, diez años que son todo lo contrario de los sesenta: oscuros y llenos de desamor. Así que los conciertos se pueden salir de las manos de quien los organiza, de las expectativas del artista, del promotor. Nada asegura que todo vaya a estar bien, por más controlado que quieras tenerlo todo. Ése fue un pensamiento paranoico que se disipó pronto. El ambiente en la Ciudad Deportiva era inmejorable. Faltaban horas para que comenzara el show, y faltaba que llegaran los cubanos. No aparecían por ningún lado. Llegaban italianos, franceses, peruanos. Pero los cubanos, al menos en esa zona, brillaban por su ausencia.
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Punks y chavos banda Los primeros cubanos que vi fueron unos punks. Se notaba a leguas que eran cubanos, porque ningún otro ser en su sano juicio se pondría una chamarra de cuero con ese calor infernal, a menos que estuviera acostumbrado, o sea, que fuera un local. El outfit del punk cubano es estrictamente punk. Incluso más punk que el más punk de los ingleses. Eran un 104
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grupo de no más de diez personas, todos llevando, cada uno a su manera, chamarra de cuero, cadenas, alfileres, jeans rotos, camisa desgarrada, pelos parados, botas industriales, pins de grupos: The Exploited, The Clash, The Sex Pistols. La actitud era aguerrida, contestataria. Vi a unos ingleses acercándose para tomarse una foto con el mayor de ellos, un tipo como de sesenta años. Al tomarse la foto no sonrió, se quedó en su papel de me da asco la sociedad, como lo haría un Santo Clos de la Alameda, sin salirse de su personaje. Me dio gusto ver a los punks cubanos pero ¿qué hacían aquí viendo a los Rolling Stones? Aquellos punks que surgieron en Londres a finales de los setenta, estaban en contra de los «Dinosaurios del Rock» y, por supuesto, de los Rolling Stones. Para ese entonces (1977), los Stones llevaban apenas trece años como banda. Eran, de todos modos, una banda vieja. En ese momento nadie hubiera creído que llegarían a cumplir cincuenta años y seguirían activos. Lo que más odiaban los punks era a los hippies, y a las bandas de rock progresivo, con sus atuendos fastuosos y sus solos eternos de teclado en los que hacían gala de virtuosismo. A los Stones los salva —o los hunde, depende quien lo vea— que siempre se han quedado en el rock and roll. Los Stones han podido sobrevivir a varias décadas y modas gracias a que son una banda de «chicos duros». Eso, parece, nunca pasa de moda. No han sido nada tontos: a mediados de los setenta, en plena explosión disco,
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sonaban a pista de baile («Miss You»); a principios de los ochenta sonaban más punk new wave que antes («Start Me Up», «She’s So Cold»). A mediados de los ochenta se alinearon al rock de combate, donde estaban U2 y REM, con «Undercover (of the Night)». En los noventa volvieron a sonar mucho, gracias a una demanda que le hicieron a una banda de brit pop por usar un sampleo de una canción instrumental, hecha originalmente por Andrew Loog Oldham, basada en «The Last Time». Pero luego fueron ellos los demandados y tuvieron que darle parte de sus regalías a KD Lang, porque estaban lidiando peligrosamente con el plagio en «Anybody Seen My Baby?». Conocí la lengua Stone cuando iba a la secundaria. Varios de mis compañeros eran «chavos banda» —una tribu urbana de principios de la década de los ochenta— , o al menos se vestían así. Seguramente lo eran, no parecía una pose: era la secundaria oficial 94, ahí al lado del periférico, en Naucalpan. Muchos de ellos bajaban del Molinito, un barrio bastante bravo en esa época, a estudiar. Traían el uniforme reformado, los pantalones pegadísimos, de tubo; sus botas Flexi con plataforma. Pintaban todo con plumones Sterbrook, una tinta indeleble que traspasaba cualquier material. Por todos lados escribían «KISS», «AC/ DC» y «Rolling Stones». Los parches de tela de la lengua adornaban sus mochilas y morrales. Ahí fue donde conocí también a Three Souls in My Mind, la banda rocanrolera por antonomasia que lidera desde entonces Alex Lora y que después se convirtió en El Tri. En una rola emblemática del Three Souls mencionan a la banda de la lengua:
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Me gusta soltarme la greña pa’ andar en el roll, me sé la letra de unas rolas de los Rolling Stones. Siempre me visto de mezclilla cuando a las tocadas voy. Yo soy un chavo de onda y me pasa el rocanrol.
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Los chavos banda usaban la lengua para adornar su ropa. Pero a lo mejor les gustaba mas Kiss y Sex Pistols que los Stones, porque su nombre era Los BUK: Banda Unida Kiss. Otros pandilleros muy temidos en la capital eran los Sex Panchitos. En la década de los ochenta, la única forma de ver a las bandas de rock extranjeras en México era por las películas: recuerdo el Cinema 2001 de Plaza Satélite lleno de panchitos —así le llamaban a cualquier chavo de clase baja con atuendo roquero—, donde fui a ver la película Let’s Spend the Night Together. Me sorprendió que la canción más celebrada por la concurrencia fuera «Miss You», que a mí me sonaba demasiado disco. Ya para esa época temprana mis gustos se decantaban por el blues puro (según yo) y me gustaba más la primera época de los Stones. Escuchaba también a John Mayal Blues Breakers y me sentía un erudito porque sabía que de sus filas habían salido grandes guitarristas como Eric Clapton, y quien luego sustituyó a Brian Jones: Mick Taylor. Así que los punks cubanos desentonaban y no, incluso cuando ninguno de ellos portaba una lengua en sus camisetas, ni en sus parches, ni en sus pines. La lengua. Esa lengua que Jagger le pidió por encargo
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al diseñador John Pascher, un joven estudiante de arte. Acá en la Ciudad Deportiva había lenguas por todos lados. Una mujer llevaba en un asta dos banderas unidas, la gringa y la cubana, y en medio esa lengua. Pero ¿por qué la bandera de los Estados Unidos de América si los Stones son británicos? Misterio. Ni Chino ni yo traíamos lengua alguna, ni en tela, ni tatuada. ¿Merezco estar aquí?
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Rolingas Al principio estaban detrás. Pero de pronto, por un movimiento estratégico que hizo que todos se reunieran en torno a la bandera blanquiazul que enarbolaban, los argentinos que estaban desperdigados se fueron agrupando y quedaron frente a nosotros. Fue una suerte, porque estar volteando a verlos ya me estaba causando dolor de cuello. Era importante para mí observarlos de manera disimulada, como si fuera un investigador del National Geographic. Si realmente quería hacer una buena crónica debía poner mucha atención al público argentino que se congregara en este evento. Los argentinos lo dicen: «Somos el país más stone del mundo». Y yo, pa’ que es más que la verdad, lo creo. No tengo forma de rebatir ese argumento, porque México siempre fue más beatle que stone. En México los Rolling Stones ni siquiera figuraban en las competencias de la radio de «¿Por cuál vota?», donde los únicos concursantes eran el cuarteto de Liverpool y los Creedence Clearwater Revival. Los argentinos que conoz-
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co me dicen que también aman a los Beatles (incluso se enojan si lo pongo en duda) y que los Creedence fueron muy, pero que muy famosos. Sin embargo, a las pruebas me remito: en ningún lugar del mundo hay más rolingas. Se dice que esta tribu urbana nació a mediados de la década de los ochenta, seguidores de los Ratones Paranoicos, una banda argentina muy influenciada por los Stones. Pero su auge fue en 1995, cuando los Rolling Stones fueron a la Argentina. Era fácil identificar a un rolinga gracias al flequillo, el corte de pelo que Mick Jagger utilizaba allá en los sesenta. También por un pañuelo atado al cuello, y la lengua Stone en todas sus variantes: en camisetas (remeras), pins, etcétera. Podría pensarse que en cualquier país hay fans de los Stones que se visten así, o que aman al grupo británico con devoción al punto de vestirse como ellos, pero en Argentina eran legión. Además, había grupos de música que seguían ese género rolinga: los ya mencionados Ratones Paranoicos, además de Viejas Locas, Jóvenes Pordioseros, La 25. Pero en 2004 hubo una tragedia que, de alguna manera, frenó el movimiento, no sólo de los rolingas sino del rock argentino en general: el incendio de República Cromañón, un sitio donde tocaban bandas y donde el 30 de diciembre de aquel año murieron ciento cuarenta y nueve personas y más de mil quedaron heridas. A partir de ese momento, las autoridades cerraron los espacios donde se tocaba rock, por ser lugares inseguros. La noche del incendio tocaba Callejeros, una banda cuyos seguidores, a modo de ritual, prendían fuegos artificiales. Ese día encendieron una
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bengala que prendió el techo, de un material altamente inflamable. Eso causó el incendio. Quizá ya no se habla tanto de los rolingas, pero el movimiento sigue. En la gira Olé los Rolling Stones tocaron 7, 10 y 13 de febrero en el Estadio Ciudad de La Plata (cerca de Buenos Aires), ante cincuenta y tres mil personas cada día. En ninguna otra plaza de Latinoamérica tocaron tres veces seguidas. Estos argentinos que estaban frente a mí no tenían exactamente la estética rolinga, no traían el pelo cortado a flequillo, pero todos portaban tatuajes alusivos a la banda. Era casi un ritual: cada argentino que se acercaba a la bandera, para juntarse con sus compatriotas, se unía al cántico que estaban entonando en ese momento, e inmediatamente después mostraba su tatuaje: una lengua en el brazo, un Jagger en el hombro. Los cánticos eran canciones de los Stones que, por alguna extraña razón, tomaban la forma de lo que se canta en la cancha de fútbol. La bandera se movía de un lado a otro mientras los argentinos cantaban como si estuvieran en un partido. Una botella de agua iba pasando de mano en mano, pero no tomaban más que pequeños sorbos. El agua no estaba tan transparente, el líquido tenía una ligera tonalidad que descubría su carácter etílico. Todo quedaba corroborado cuando regresaban continuamente a un cántico que era más una petición: «¡Queremos ron! ¡Queremos ron! ¡Queremos ron!». Más y más argentinos llegaban. Eran de Rosario, de Córdoba, de La Plata. Estaba tan elevado el orgullo argen-
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tino que en un momento se abrazaron todos y comenzaron a cantar el himno nacional: Oíd Mortales, el grito sagrado: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Oíd el ruido de rotas cadenas: ved en trono a la noble Igualdad!
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Ya su trono dignísimo abrieron las Provincias Unidas del Sud, y los libres del mundo responden: ¡Al gran Pueblo Argentino, salud!
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Eran apenas las cuatro de la tarde, aún faltaban varias horas para que comenzara el concierto y la energía que derrochaban los argentinos era excesiva. Yo pensaba que mejor sería que guardaran fuerzas para cuando el concierto empezara pero ¿quién les iba a decir? Yo no. Había un líder, que era quien comenzaba los cánticos y hacía que todos saltaran al mismo tiempo. Algunos se iban quitando la camisa, mostrando sus músculos o sus panzas. Llegaban más argentinos y se acoplaban muy bien con los que ya estaban, la bandera ondeaba buscando más compatriotas. El ron daba la vuelta por el grupo. De repente vi una escena de potencial dramático: una de las chicas, al parecer la pareja del líder, estaba conversando con uno que había llegado después. Estaban muy cerca, sus bocas casi se tocaban. Y de repente, sin que nadie los viera, comenzaron a besarse. Se notaba que era un beso
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furtivo. La chava se separó dándose cuenta del error que había cometido y vi que medio se tambaleaba. ¡Estaba borrachísima! Si alguien le reclamaba siempre podía alegar su embriaguez como pretexto. «No sabía lo que hacía.» Pero estaba mal, tanto que cuando intentó sentarse azotó contra el piso, espantando a unos que habían tomado su lugar en el suelo, sobre el pasto seco. Había un tipo muy pegado al líder que me daba mala espina. Parecía no ser un rolinga, me daba la impresión de ser un infiltrado. Incluso pensé que podía sera un policía vestido de civil. Se había quitado la camiseta, como todos los demás, pero no traía tatuajes: ni lenguas ni Jaggers por ningún lado. Celebraba con demasiado entusiasmo las ideas del líder. Era el primero en saltar, en cantar. El ron pareció haberse acabado y el líder despareció junto con otros, seguro a comprar más. La chava borracha en el suelo pareció quedarse dormida y el infiltrado intentó despertarla, pero ella no reaccionaba. Así que la cargó y la sacó de ahí. Pasó un buen rato y todos los argentinos que antes estaban muy unidos comenzaron a desperdigarse. El infiltrado volvió a su lugar, pero sin la muchacha. El líder apareció preguntando: «¿Dónde están los demás? ¿Dónde está mi novia?». El infiltrado le dijo que había tenido una «convulsión alcohólica» y que la había llevado a una de las ambulancias que estaban allá afuera. El líder pareció preocuparse, pero no por eso dejó de cantar con el infiltrado uno de sus cánticos de guerra antes de ir a ver cómo estaba su novia: «Los Stones, los Stones, los Stones, los Stones, los Stones, los Stones».
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¿Sería posible que la novia no viera el concierto, que hubiera hecho el viaje en balde? ¿Se perdería el momento histórico que todos queríamos presenciar? La imaginé ya anciana, contándoles a sus nietos la vez que había ido a La Habana a ver a los Rolling Stones. ¿Les contaría la verdad, se avergonzaría de decir que se había pasado el concierto en una ambulancia conectada al suero? Sería una lástima que mintiera, porque sin duda sus nietos celebrarían esa historia: «¿Te pusiste borrachísima, abuelita? ¡Eso sí es rock and roll!».
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Selfies Se estaba haciendo de noche más rápido de lo que yo esperaba. Fue una suerte. Estar ahí sin hacer nada puede llevarte a cuestionar muchas cosas: ¿vale la pena todo esto? Claro que sí, me contestaba, ¡son los Rolling Stones! ¡Y en Cuba! Sí, pero el concierto es para los cubanos. ¿Qué hago yo aquí? ¿Y por qué los cubanos no llegan? La mayoría éramos extranjeros. Algunos, incluso, vinimos exclusivamente al concierto. Otros porque vienen de vacaciones y ¿por qué no darse una vuelta? Pero los cubanos empezaron a llegar y se fueron metiendo entre quienes llevábamos horas esperando. Llegaban y buscaban el mejor lugar. Supongo que veían un hueco y pensaban que ahí no había nadie. Qué ilusos. Jamás habían ido a un concierto o festival. Me empujaron varias veces al pasar, pensando que podrían llegar más adelante, pero no era mala onda quedarme quieto. Así
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es en los conciertos. Sí. OK. Te vas moviendo un poco, acomodándote como tetris. Pero hay unas reglas tácitas en esto. Si estás en un lugar desde hace cinco horas, ¿por qué te vas a mover? Me ayudó pensar que los cubanos podían hacer lo que quisieran —llegar tarde, empujar, buscar un mejor lugar, ponerse enfrente y taparte— porque ésta es su tierra, su isla, su concierto. Si los Stones habían llegado hasta acá no era para que los ingleses vinieran desde Londres. Ellos ya habían tenido su oportunidad de verlos. Yo también, allá en México. Los cubanos no, ésta era la única chance que tenían. Así que podían hacer lo que les viniera en gana. ¿Cómo me di cuenta de que eran cubanos? Por todo: su actitud, su forma de hablar, sus movimientos, su ropa. Además, llegaban y hacían plática, preguntaban de dónde venías, qué hacías. Y traían ron de distintos tipos, en sus mochilas, y lo ofrecían. A nuestro lado llegaron tres: altos, fornidos, morenos. Decían a quien quisiera escucharlos que trabajaban en la playa, en un bar. Se notaba que eran un trío de camaradas que iban a todos lados juntos, que flirteaban juntos, que iban de fiesta. Sacaban sus celulares y se tomaban selfies. Estaban felices. Planeaban la fiesta de esa noche. Terminando el concierto querían fiesta. Bailaban al decirlo. No la música que estaba sonando en las bocinas del escenario, puro rock clásico de todas las épocas: «Smoke on the Water» de Deep Purple; «Cocaine» de Eric Clapton; «Back In Black» de AC/DC. No, el movimiento rítmico que hacían tenía que ver con algo más caribeño, con más sabor.
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—Quiero pary, quiero pary —repetía uno de ellos cada tanto. Lo tenía al lado. Estaría en la mitad de sus veintes. Volteaba a ver con insistencia a una muchacha que estaba dos grupos más allá —así se va acomodando uno, por grupos— que también lo miraba. Yo, de chismoso que soy —bueno, de reportero— miraba todo. Las chavas también eran tres. Mulatas, cubanas. Una de ellas le sostenía la mirada y le sonreía. Luego cuchicheaba con sus amigas y lo volvía a mirar. Lo mismo hacía el chavo, de este lado. Casi podía oler el sexo entre ellos. Era un asunto animal. Frente a mí estaban los alemanes: gigantes, inmensos, rubios, arios. ¿En qué momento decidimos ponernos detrás de ellos? Nos movimos un poco hacia nuestra izquierda, y pudimos tener mejor vista. —Quiero pary, quiero pary —volvía a decir el cubano. Para eso estábamos todos ahí. El «pary», la fiesta, era ver a los Rolling Stones, ¿no? Yo ya tenía los pies un poco dormidos por estar parado en la misma posición durante horas. Me dolían. No había comido nada y, aunque sólo había tomado agua a sorbos, ya me estaban dando ganas de orinar. Pero era imposible, impensable salir de ahí, y menos cuando faltaban unos minutos para que todo comenzara. Entonces se apagaron las luces.
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La bandera cubana aparece en las enormes pantallas, y da paso a un video: un viaje, como el ride de una feria, la montaña rusa. Una animación en donde aparecen las portadas de los discos de los Rolling Stones, un recorrido por todos los lugares por los que ha pasado esta gira mundial, que ya lleva algunos años. La gira Olé sólo es una parte de ella. El video emociona, genera expectativa, y la gente se vuelve loca, nos volvemos locos. Dura pocos minutos, estamos desesperados porque empiece. La gente a mí alrededor levanta sus celulares, graba todo. Al final del video, en las pantallas aparece la palabra «CUBA». Bienvenido a La Habana , dice la pantalla. Todos gritan. Se escucha una voz en off: «Ladies and Gentlemen, the Rolling Stones». Y comienzan los acordes de «Jumpin’ Jack Flash». La gente salta, reacciona ante la guitarra de Keith Richards. Se siente la adrenalina, siento la mía y la de la gente que me rodea. Las luces son enceguecedoras. Todos tienen sus celulares en la mano. Los dirigen primero hacia el escenario, y luego dan una vuelta para captar el entorno y terminan el recorrido filmándose a ellos mismos. La canción termina y comienza «It’s Only Rock ’n Roll (But I Like It)». Es una de mis canciones favoritas. Define lo que han hecho los Rolling Stones durante cinco décadas. Ya sé, es sólo rock and roll, pero me gusta. Es una justificación que no permite réplica. Ya sé que es simple, que sólo son tres acordes. Que es una música muy básica y que cualquiera puede tocarla. Rockanrolitos, les dicen despectivamente. Hay cosas más importantes que ésta, la
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gente se muere allá afuera, se matan, otros tienen hambre, pero a mí lo que me gusta es el rock and roll. La canción tiene una cadencia distinta que la anterior, es más lenta. «Jumpin’ Jack Flash» es un resorte que te invita a bailar. Ésta no. Ésta se baila distinto, si es que se puede bailar. Jagger sí lo hace, porque es un frontman, es quien inventó el término, quien le dio sentido: el hombre que está al frente. Allá atrás está Watts, en su batería, pegándole con ese toque certero que parece fácil pero ¡cómo le da! A un lado está Ron Wood, que no deja de mirar a su amigo y maestro Keith Richards, para tejer con sus guitarras una textura por la que no sabes dónde entrar. ¿Toca Wood la guitarra rítmica o principal? ¿Qué hace Richards? Los dos hacen las dos cosas al mismo tiempo, como si se pasaran el balón de un lado a otro de la cancha. Apenas va la segunda canción y eso ya es notorio desde el primer acorde. Llamado, respuesta, llamado, respuesta. Jagger está demasiado vestido para el calor que hace. Lo mismo Richards. Pero al poco tiempo se van quitando la ropa. Jagger lo hace como parte del espectáculo. Es su show, el único que realmente hace. Cantar y bailar, despojarse de su saco, de su camisa, hasta que se queda en camiseta y se pone otra camisa encima. Todo es parte del show. Yo veo todo en la pantalla, porque me doy cuenta de que quedamos muy lejos, lejísimos. Me paro sobre las puntas de mis pies adoloridos y logro ver a unos seres pequeñitos allá en el escenario. Uno es Richards, a quien no le quitaría la vista de encima para ver como rasguea la guitarra, qué acordes hace, cómo levanta el brazo y baila,
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pero estoy muy lejos y la única forma en que puedo ver a los Stones es a través de las inmensas pantallas. ¡Bendita tecnología! Si no fuera por eso me sentiría desconectado. Estoy seguro de que esos conciertos históricos (Wood stock, Monterrey Pop) no se deben haber escuchado tan fuerte. Y también de que nadie debió haber visto nada. Unos seres minúsculos allá a lo lejos, con suerte. Conocemos Woodstock por la película, pero quienes fueron deben haber visto muy poco y rellenaron las piezas que les faltaban después de ver el film. Gracias a la pantalla me siento conectado con los Stones. En estos momentos quien despotrica contra la televisión no tiene otra que rendirse a ella. ¡Ésta es una te levisionsota! Están transmitiendo el concierto y nosotros estamos más pendientes de la transmisión que de lo que está pasando en vivo. Jagger mide diez, quince metros de altura en las pantallas. En la realidad mide 1,78. Pero en nuestra mente su altura está más cercana a la de las pantallas. Es un gigante. Un semidiós. Un dios. No puede ser igual que nosotros. Muevo mis brazos tocando una guitarra invisible como Keith, y canto a voz en cuello «I know it’s only rock ’n roll but I like it, like it, yes, I do», y me doy cuenta de que soy el único que hace esos movimientos tan ridículos. Nadie a mí alrededor canta ni baila. Ni los alemanes, ni los cubanos. Los argentinos deben estar cantando, saltando y saltando, pero están lejos. No los veo, ni a ellos ni a su bandera. La canción que sigue es «Tumbling Dice». Durante
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varios meses, en una época de mi vida, fue una de mis canciones favoritas, la repetía una y otra vez sin parar. Celebro escucharla de nuevo, ahora en vivo. Pero los cubanos de la playa no parecen tan entusiasmados. Los veo tomarse una selfie más y después salir de allí, esquivando gente. Seguro que cerca del escenario hay cubanos disfrutando del concierto, pero éstos querían otro tipo de música, otro tipo de «pary». Y la consiguieron: las cubanas con las que estaban flirteando también desaparecieron. Cuando las busqué, no las vi por ningún lado.
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Mota Mick Jagger dice al micrófono: —Sabemos que nuestra música no se escuchó en Cuba durante muchos años, ¡pero ahora estamos aquí! Es por eso que cuando empieza un riff, que todos los fans de los Stones reconocemos, nadie grita de emoción. No se saben las rolas de «Las piedras rodantes». Y menos saben la de «Out of Control», del Bridges to Babylon, una canción más nueva que las demás, y por lo tanto la menos conocida de este setlist lleno de hits. Por eso creo que Jagger le echa más ganas a ésta que otras que se sostienen solas. En «Angie», «Paint It, Black», «Honky Tonk Women» no tiene que hacer nada extraordinario para que todos nos quedemos con la boca abierta, para que asomen las lágrimas. Son himnos que hemos escuchado una y otra vez a lo largo de nuestras vidas. Podrían tocarlas mal, y nosotros arreglaríamos los desperfectos en nuestra mente para crear un recuerdo inolvidable.
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En el estilo de los Stones cabe la imperfección. No tocan con clic, con ese metrónomo que robotiza a las bandas. Su estilo se nutre de la crudeza, y por eso el tempo oscila como la marea en luna llena. Las canciones se alargan o se acortan, dependiendo de la respuesta del público en cada concierto. Cuando Watts marca el inicio de cada canción, o Richards comienza con un nuevo riff, empiezan a erigir un castillo de naipes que terminan desbaratando en pedazos. En «Out of Control», Jagger nos da una lección de lo que debe ser un frontman, el hombre que va al frente de la banda. Es una canción que los fans casuales no conocen, así que debe atraparlos, no dejarlos ir después de que los ha enganchado con tres hitazos al hilo. Es tarea de Jagger. Los demás integrantes están ahí, haciendo un trabajo magnífico en la base rítmica y las guitarras, pero la atención está puesta en el que canta. Jagger toca la armónica de manera impresionante. Ya lo ha dicho Richards varias veces, de distintas maneras: «Es el mejor armonicista del mundo, debería tocar más». Mick se vuelve loco, baila descontrolado, como escenificando la letra: «Out of Control». Pero es una actuación, es una mentira. Lo tiene todo fríamente calculado para que no nos escapemos de sus manos, para que no dejemos de prestarle atención. El público podía votar a través de Internet por una canción que quisiera que los Stones tocaran esa noche. «All Down the Line» fue la elegida. Yo no voté por ella, pero me gusta. ¿Quién lo habrá hecho? Éste es un país
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cuyos pobladores no tenían acceso a Internet hasta hace muy poco. Para tener, los cubanos compran unas tarjetas que les vende el gobierno. Sólo pueden comprar tres por persona, les cuestan dos cucs, y se usan en lugares específicos, sobre todo parques públicos, donde hay zonas wifi. Cerca de esos lugares hay gente que te vende las tarjetas que quieras, a tres cucs cada una. ¿Habrán votado los fans cubanos de los Stones por la canción de esta noche? Después de interpretar «Honky Town Women», Mick Jagger presenta a los Stones. Cada integrante va dejando su instrumento y se acerca al filo del escenario al escuchar su nombre. Al último que presenta es a «mi compadre Keith Richards», quien recibe una ovación mayor a los demás. Es el momento del guitarrista, mancuerna de composición de Jagger, compinche, gemelo, el glimmer twin que hace de los Stones una fuerza creada a través de la fricción. Dicen que desde hace años no se hablan, que están peleados, pero aquí en La Habana, Cuba, nada de eso se nota. No en el escenario. Después, desaparecen, pero Ron Wood se queda para acompañar a Keith Richards, quien toca y canta unas canciones de su repertorio Stone: «You Got the Silver» y «Before They Make Me Run». Si me preguntaran qué Stone quisiera ser, escogería a Richards. En la tarde, unas chavas mexicanas se me acercaron a pedirme una foto. Eran tres o cuatro, no hice plática con ellas porque sólo llegaron, se tomaron la foto y se fueron. «Perdón, no queremos molestarte, ya sabemos que vienes de público y de incógnito», me dijeron. En realidad no. Quién sabe de dónde sacaron eso. No
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me escondo de nada, y a veces —como en este caso, en otro país— es halagador que te reconozcan. Si lo hacen es porque les gusta lo que haces, tu música. Al poco rato se me acercaron otros más. Venían de Cancún, o al menos eso entendí porque mencionaron que les había gustado un concierto que dimos allá. Nadie más se acercó en un buen rato. Pero de repente apareció un cubano, o hablaba como uno. Me pidió la foto de una manera distinta a los demás. Era tan rara su forma de hacerlo que le pregunté directamente: —Oye, ¿sabes quién soy? No lo hice de manera grosera, ni despótica, en verdad me interesaba saber si sabía a quién le estaba pidiendo la foto. Daba la impresión de que no tenía idea. —Sí —me dijo, pero muy tímidamente agregó—. Bueno, la verdad no, pero ellas me dijeron —señaló a las mexicanas que se habían acercado antes— que eres de un grupo que son como los Rolling Stones, pero de Latinoamérica. Me reí. Que más podía hacer. Me tomé la foto con mucho gusto. Sin saber si esta persona la conservaría más allá de la vida que tuviera su celular o incluso menos, cuando tuviera la memoria llena y tuviera que borrar algunas fotos. Me quedé dándole la vuelta a su comentario. ¿Me gustaría ser un Rolling Stone pero de Latinoamérica? ¡Claro! ¿A quién no? Pero esta persona lo decía como si ya lo fuéramos. Y yo estaba ahí, en medio de la gente, lejos del escenario, sin un gafete VIP. Eso significaba que ¡yo no era un Rolling Stone de Latinoamérica! Si lo fuera estaría
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con una copa de champaña en la mano, brindando con Mick y con Keith, en el backstage, calando la colección de guitarras de Ron Wood. Bueno, los Stones andan por los setenta años. Todavía me falta un rato. Su banda tiene cinco décadas, la mía apenas cumplirá tres en unos años. Así que, en una de ésas, si nos aplicamos… Antes de empezar «Midnight Rambler», Mick Jagger, de nuevo en el escenario, dijo con ese español británico: —Los tiempos están cambiando, ¿verdad? Difícil saber la respuesta del público, ¿gritaron un sí? Yo no dije nada. El comentario no iba dirigido a mí, sino a los cubanos, aunque a mi alrededor no había ni uno. Quizá en el DVD le pongan un grito de afirmación, pero desde donde yo estaba no supe qué gritaron en respuesta. Los tiempos están cambiando. Y eso que Jagger entonces no sabía que pronto filmarían —en Cuba— Rápido y furioso 8, y que se haría un desfile de Chanel, con todas las celebridades que eso implica. ¿O sí lo sabía? ¿Sabía que un crucero iba a llegar al puerto después de casi cuarenta años sin que llegara ninguno? Cambios, cambios. «Midnight Rambler» es una canción que tiene muchos cambios, fue la más larga del concierto, y una de las mejores. La letra trata sobre Albert DeSalvo, «el estrangulador de Boston», un serial killer que asesinó a trece mujeres después de violarlas en 1962. Un tema no muy feliz para una canción, y que con sus distintas partes y sus largos solos es casi una «ópera blues», como la llamó Keith Richards alguna vez. Había algo raro en el ambiente y no sabía qué era. La
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música sonaba bastante fuerte, a un volumen correcto. Las luces eran espectaculares. Las pantallas —ya lo dije—, enormes, y gracias a ellas podía ver el concierto como si estuviera enfrente. ¿Qué era lo que faltaba? Sí, los que estaban a mi alrededor no eran tan fans de los Stones como yo. No cantaban ni bailaban. Pero ya me había acostumbrado. No era eso. Hasta que de repente me di cuenta y se lo dije al Chino: —No huele a mota. No había olor a marihuana. Yo no fumo, al menos no tanto como mucha gente con la que me he encontrado en la vida. Ahora no estoy fumando nada, pero cuando lo hacía no aguantaba más de un jalón, pues si me excedía pagaba las consecuencias: soy tan sensible que una simple fumada me pone hasta la madre y me da la pálida. Sufro de presión baja, así que la mota me la baja más. Por eso siempre preferí el alcohol. Así que lo que sentía no era necesidad, no estaba erizo —como se dice en estos casos—, pero se me hizo muy raro que nadie me hubiera ofrecido una fumada, que no me llegara ni una nube con ese olor. Como si estuvieran quemando petate, decían mis papás. «Miss You» y «Gimme Shelter» podrían ser canciones durante las que normalmente un pacheco fumaría, para sentirlas más. Esa melodía de «Miss You», que se puede corear y bailar despacito, podría ser muy disfrutable ayudado por la cannabis. Recordé que cuando en México había pocos recitales de bandas extranjeras, porque nadie visitaba nuestras tierras, lo que estaba de moda era ir al
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cine a ver películas de conciertos de rock: de AC/DC, de Alice Cooper, de Pink Floyd, de The Who. Y ni tardos ni perezosos los asistentes sacaban sus churros y comenzaban a fumar. De todos modos, a quienes nos daba miedo que nos cacharan, o no nos atrevíamos a entrar en estado alterado, casi seguro que nos afectaba la borregada; inhalábamos el humo encerrado en la sala. Qué tiempos, una sala de cine convertida en concierto. La marihuana siempre ha permanecido como un olor presente, aunque ahora, con el narcotráfico sangriento, cambia el sentido de lo que antes era un símbolo de libertad. Me contaron que los que fuman en Cuba son muy cuidadosos, porque está muy penado el consumo y el tráfico de drogas. Aunque siempre se ha rumorado que Fidel y su hermano Raúl están involucrados con el narcotráfico —Cuba es una parada perfecta entre Colombia y Estados Unidos, o lo era en otra época—, también se dice que son habladurías para desacreditarlos. Pero como dicen que nada pasa en la isla sin que el Estado lo sepa, se dice que el gobierno es parte de las maniobras del narcotráfico que se ha detectado en Cuba. Fumar mota en el concierto sería una acción demasiado arriesgada, sobre todo para un cubano. Pero no hay que dejarse llevar por las apariencias. Que no se vean no significa que no existen: en Cuba se puede encontrar cualquier droga. Con «Miss You» el ambiente se puso inmejorable, todo mundo puede cantar su estribillo —«Wuuu wuuu wuu wuu wuuu»—, y con los cubanos, que tienen una musicalidad
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innata (la mayoría que he conocido canta y baila bien), todo el lugar sonaba increíble. Después llegó «Gimme Shelter», y la corista negra brilló cantando con sus poderosos pulmones «war, children, It’s just a shot away, It’s just a shot away». Con «Start Me Up», la canción que más se sabían todos los presentes, aquello volvió a cimbrarse con los saltos de todos. Los celulares se volvieron cámaras y Mick Jagger y compañía volvieron a prender a su público. Cuando acabaron la canción, se fueron del escenario.
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El Chamuco Después, apareció el Demonio. Envuelto en un abrigo de pieles que realzaba su figura, apareció Jagger. Quería ser distinguido, pero resultaba vulgar. ¿Era un travesti? ¿Una prostituta? —Déjenme presentarme a mí mismo —cantó con un acento británico, pero de la calle, como si fuera el Rey de los Vagabundos—. Soy un hombre de riqueza y buen gusto. En cada una de las pantallas había un pentagrama: una estrella de cinco picos, con uno hacia abajo y dos arriba, dentro de un círculo. Un símbolo que se usa en los ritos satánicos. Alrededor del pentagrama, cruces y serpientes. La estrella invertida se convirtió en un carnero, y empezó a cantar al tiempo que el personaje del abrigo, iluminado con luz roja, que ahora cantaba lo que había hecho dos mil años atrás. —Andaba por aquí cuando Jesucristo tuvo su momen-
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to de duda y dolor. Me aseguré que Pilatos se lavara las manos y sellara su destino. Richards caminaba con su guitarra hacia los laterales del escenario. Su guitarra a un volumen descomunal improvisaba líneas melódicas que recordaban lejanamente a las que grabó en este tema allá por 1968. Pero ¿qué estaba haciendo Keith? Cuando llegó al final de la tarima se agachó, como si pintara algo en el suelo. Se fue al otro lado del escenario, al final de la pasarela, e hizo lo mismo. El Diablo, que seguía en medio del escenario, se quitó el abrigo y se convirtió en Mick Jagger mientras decía: —Encantado de conocerte, espero que adivines mi nombre. El cristiano que vive dentro de mí salió a la superficie. No siempre aparece, no podría estar yo en una banda y disfrutar del rock si le hiciera caso, pero esta noche reclamó: «¿Estamos siendo parte de un evento satánico? ¿De un ritual pagano?». Mi parte no cristiana dijo: «Sí, supongo. Ahora cállate y disfruta». «Wuuu wuuu, wuuu wuuu», cantaban Jagger y el medio millón de personas que se habían reunido para verlo. Yo lo escuchaba como un canto de alegría pero también de dolor, un llamado a las fuerzas oscuras, el aquelarre en La Habana, Cuba, en plena Semana Santa.
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* * * Decían que la fecha original de este concierto era una semana antes, pero que la visita de Obama dificultó ese 127
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plan y lo tuvieron que pasar a este día. ¡Mentira! Los Stones querían tocar el Viernes Santo en la noche, y salir victoriosos en el mismo momento en que Jesucristo moría en la cruz. Ya lo cantó Jagger-Diablo: —Yo estuve ahí para asegurarme de ello. Se cuenta que Mick Jagger coqueteó con el satanismo en la época en que escribió la letra de esta canción, inspirada en la lectura que hizo de El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. En su biblioteca había libros de Aleister Crowley, «La Bestia», el satanista más famoso de todos los tiempos. Su cabeza calva aparece en la portada del Sargento Pimienta, pero nadie puede acusar de satánicos a The Beatles, aunque el clan Manson haya escrito «Helter Skelter» y «Pigs» en las paredes de la casa Polanski con la sangre de Sharon Tate. Lennon y McCartney no escribieron nada parecido a «Symphathy for the Devil», ni le pusieron a un disco Their Satanic Majesties Request. «Acuérdate del mito-rumor que cuenta que Jagger y Richards sacrificaron a Brian Jones, ofrendaron su vida al demonio a cambio de fama y fortuna», me dijo al oído mi cristiano interior, mientras yo cantaba y bailaba. «¿Por qué crees que tocan blues? Es la música del Diablo. Ellos también vendieron sus almas en una encrucijada como Robert Johnson. ¿No asemeja el escenario a un cruce de caminos con sus pasarelas? ¿No están ellos en esa encrucijada/escenario todas las noches sellando el pacto con el Chamuco?», seguía duro y dale la voz en mi interior. «¿No te das cuenta de que los Rolling Stones están vendiendo Cuba al demonio del capitalismo? Los
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celulares son el vehículo de Lucifer. ¡Y el Internet! World Wide Web. “WWW” es el 666. Los cubanos mueren por tener acceso a él. El reggaetón también es del Diablo, ¿no ves cómo lo bailan?» Después acabó la canción y empezó «Brown Sugar». Ahora voy a descansar, pensé, a disfrutar de esta gran rola. No hay nada satánico aquí. Pero mi cristiano interior seguía y seguía al escuchar la letra: «Negros de África. Esclavismo. Trata de personas. Esta canción es una apología al maltrato. Mick Jagger se la escribió a Marsha Hunt, una afroamericana que cantaba y actuaba en la obra musical Hair. Tuvo una hija con ella, sabes que no la reconoció hasta mucho tiempo después, ¿no? Mal padre. Jagger misógino. Además menciona a Nueva Orleans, ¿escuchas? ¿No sabes que ahí hay ritos de vudú? Aquí en Cuba también hay vudú, ¿no crees que Jagger y Richards ya fueron con los santeros? De seguro a eso vinieron…». ¡Ya cállate!
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Cuento de hadas Dicen que a Gregory Elias —un abogado de Curazao, esa isla que se encuentra muy cerca de Venezuela en el mar Caribe— se le ocurrió hacer un regalo al pueblo cubano. ¿Por qué no darle un concierto gratuito del mejor grupo de rock de la historia, los Rolling Stones? El abogado millonario dice que un día de noviembre de 2015 llamó a las oficinas de los Stones para contratarlos: «Quiero llevarlos a Cuba». Pensó que se burlarían, que le mentarían la madre por su descabellada idea y que le colgarían la 129
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llamada, pero al día siguiente comenzaron las negociaciones. Gregory Elias no dijo cuánto le costó el chistecito, pero tuvo que pagar los sesenta contenedores de barcos fletados a Cuba y los dos aviones repletos del personal que se necesita para un concierto de la banda, además de los honorarios, y no creo que los Stones cobren barato. La cifra calculada llega a siete millones de dólares. ¿Por qué regalar algo así? Gregory Elias tiene una fundación: Fundashon Bon Intenshon, por medio de la cual ha organizado festivales en Curazao. No tiene una agenda oculta, dice. Ni negocios en Cuba. Su único interés fue hacer algo bueno por el pueblo cubano, que no la ha pasado muy bien durante las últimas décadas. «Si lo consideramos desde un punto de vista occidental, mirando de afuera hacia adentro, el pueblo de Cuba se pierde mucho. Pensé que podría ser bueno acercárnosles con música. La música no crea envidia ni animosidad, sólo crea amor y comprensión», dijo en una entrevista. Parece un cuento de hadas. Tanto, que no me la creo. Aunque ahí, en la Ciudad Deportiva, los Stones acababan de terminar. Sólo les faltaba el encore. Lo que no le creo a Gregory Elias es que haya sido su idea, y regalar un concierto así no tenga otros motivos que la buena onda. Pero no tengo pruebas. Aunque hay contradicciones. El embajador de Reino Unido en Cuba, Tim Cole, dijo que él ayudó a convencer a Mick Jagger de hacer el
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concierto, cuando el cantante y su hijo visitaron la isla en octubre de 2015 (nótese que octubre está antes de noviembre, cuando el abogado de Curazao habló a la oficina Stone). A Jagger se le ocurrió que sería buena idea terminar en La Habana la gira Olé (por cierto, qué tiene que ver con Latinoamérica la palabra «Olé»). Pero también dicen que más bien fueron el cantante Bernard Fowler y el bajista Darryl Jones, que tocan con the Rolling Stones como músicos invitados, quienes le dieron la idea a Jagger de tocar en Cuba, pues ellos lo habían hecho en febrero de 2015 con otra banda a la que pertenecen: The Dead Daisies. Igual no importa de quién fue la idea. Ni por qué el abogado de Curazao dice que a él se le ocurrió. A mí lo que me importa es quién lo pagó y por qué. En qué está invirtiendo. A los cubanos no les interesa tanto de dónde viene el dinero, sino a dónde va, pues obviamente todos suponen que va a las arcas de los gobernantes y no al pueblo. Los Stones cantaron «You Can’t Always Get What You Want» y parece que tienen razón. No siempre puedo obtener lo que quiero, sino lo que necesito. Pero eso debe ser distinto para un cubano, quien ha tenido muchos beneficios por el sistema en que vive, a la vez que tantas carencias materiales. ¿Qué quiere obtener un cubano? ¿Qué necesita? Yo no lo sé. Sólo sé que hace poco vinieron el papa y Obama, dos representantes de naciones poderosas (el Vaticano es una nación, y muy poderosa), y de ideologías que chocan, supuestamente, con Cuba.
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Tal vez algún día se abran los «Cuba Papers», o los «Rolling Stones Papers» y nos enteremos de todo. ¿Quién está pagando para que yo esté aquí feliz, junto con casi medio millón de personas, disfrutando de los Stones? Cierran con «(I Can’t Get No) Satisfaction». La canción tiene más de cincuenta años, fue compuesta por Jagger y Richards, y sigue funcionando. Tanto en lo musical como en la lírica. Ese riff de guitarra Fuzz que Richards pensaba para unas trompetas y saxofón sigue siendo un llamado de guerra. Y la voz de Jagger sigue siendo de hastío, y la vida debe estar de la chingada si eres un Rolling Stone y no estás satisfecho, y quieres seguir queriéndote comer el mundo. ¿Qué será mejor? ¿Ser un yogui, un buda, y encontrar la satisfacción, o ser Mick Jagger y no encontrarla?
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El concierto terminó y todos salimos despacio, sin aventarnos. Fue un concierto magnífico. Buena música en paz y armonía. Los cubanos estaban felices y cantaban la canción que más se les había pegado: el «Wuuuu wuuu wuu wuu» de «Miss You»; o «Start Me Up», y el estribillo guitarrero de «Satisfaction». Caminamos todos juntos hacia la salida, hacia las calles cerradas sin automóviles, hacia los árboles en los que orinaban hombres y mujeres, hacia las guaguas que nos acercarían a distintos lugares de la ciudad, los almendrones se retacaban con amigos hechos en ese instante. Los Rolling Stones. El momento histórico había su132
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cedido, y nadie lo creía, pero era cierto. Dónde sigue la fiesta, no sé —me dije— yo muero de hambre y sed. El Chino y yo tomamos una calle alternativa, y encontramos un almendrón que nos cobró lo que quiso por llevarnos a nuestro hotel. Resultó que ahí estaban hospedados los Stones. No sólo gente de su staff, como creíamos al principio. Los meros Stones. Qué bueno sería acabar esta crónica contándoles que me encontré con uno de ellos en el elevador y que me invitó a su after party. Pero no. Vimos al pianista, Chuck Leavell, y al corista, Bernard Fowler, cenando en el mismo restaurante del hotel que nosotros. En realidad, era una cafetería. Tenían tal cantidad de pedidos que tardaron dos horas en darnos nuestra comida. Yo pedí un sándwich, para no errarle, pero aun así supongo que algo estaba echado a perder. Al otro día me dio diarrea.
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Cuba es hermosa El almendrón que me llevó al aeropuerto lo conducía un cubano de cincuenta y cinco años, ojos azules y probablemente rubio, pero tantas canas ya no dejaban ver cómo había sido su color de pelo. Era, físicamente, todo lo contrario a lo que la gente imagina de un cubano. Pero su personalidad y su carisma lo delataban. Hablaba y hablaba. Caía muy bien. Yo iba solo porque el Chino tomaba un vuelo en otro horario. Me preguntó que qué me había parecido el concierto. Él, por supuesto, no había 133
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ido. Le gustaba la salsa, que era de hecho la música que traía puesta. Me preguntó a qué me dedicaba y le dije. Me contó que un día había llevado a uno de los músicos de Gilberto Santa Rosa, y que daba la casualidad de que en ese momento lo estaba escuchando en el taxi. —El músico me dijo: «¡Ah! Esa trompeta que suena soy yo». Me comentó que el auto necesitaba aceite. Pensé que era un metáfora, pero me preguntó: —¿Tiene prisa? ¿A qué hora sale su vuelo? Se lo dije y me pidió que lo dejara pasar a un taller mecánico, para que le echaran aceite y lo checaran. —Este auto es del ’55, ¡todo original! —dijo con orgullo. Nos orillamos unos minutos después en el sitio al que, era obvio, ya tenía planeado ir mucho antes de que me consultara. Un negro altísimo, delgado y correoso cambió el aceite y checó el motor. Había una gasolinera a un lado del taller. Todo parecía de otra época. Esa sensación continuó en la carretera. Todo era verde allá afuera. No había anuncios, ni Oxxo, ni McDonald’s, ni fábricas en la carretera. Era como el paraíso, todo virgen. El chofer me vio admirando el paisaje y me preguntó: —¿Le gusta? —Sí. —Aquí se vive muy tranquilo. Cuba es hermosa. —Sí —volví a repetir, aunque no le dije lo que estaba pensado: «Pero va a cambiar, ya está cambiando». No hablamos durante lo que quedaba de camino. Sólo me pidió que le pagara antes de llegar al aeropuerto.
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Rock and roll al ritmo de (las piedras rodantes y) los hijos del «período especial» Little Indian girl, where is your father? Little Indian girl, where is your momma? They’re fighting for Mr. Castro in the streets of Angola. «Indian Girl», Rolling Stones, 1980
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Por Jeremías Gamboa
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«Vamos a ver a los cubanos.» Cuando yo era muy niño, y el tiempo que me tocaba vivir era el inicio de la década de los ochenta en el Perú, en el parque de mi barrio, una unidad vecinal construida durante el régimen militar que estaba llegando a su final tras doce años de gobierno, los chicos mayores nos decían eso a los pequeños para que los acompañáramos a vivir la aventura: «Vamos a ver a los cubanos». Todos éramos hijos de la clase media pobre de Lima y jamás habíamos visto a un extranjero. Cuando eso pasaba, nosotros dejábamos de jugar en el parque pequeño (una especie de patio muy grande que enlazaba las manzanas uniformes de nuestras viviendas), y nos íbamos caminando al extremo de la Unidad Vecinal que colindaba con la avenida Del Aire. Allí, al final de un grupo de casas iguales, tras una avenida que pocos carros transitaban, del otro lado del alambrado que acotaba las instalaciones del que era todavía el Parque Zonal Túpac Amaru, los veíamos a ellos, agrupados alrededor de tiendas y carpas, a veces tendidos
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en el suelo, a veces mirando con incredulidad el cielo blanco de Lima o mirándonos con gestos indescifrables. Los cubanos. Habían llegado desde un lugar remoto y habían caído en nuestra urbanización obrera como cae una nave desde un sitio impreciso portando alienígenas. Nosotros nos acercábamos a ellos tal como los niños de La presa, la novela de Kenzaburo Oé, se aproximan al soldado norteamericano cuyo avión cae abatido sobre un pueblo remoto de Japón durante la Segunda Guerra Mundial. En esa historia, el combatiente de piel negra y pelo ensortijado se vuelve una sofisticada atracción de circo, un ser fabuloso que se exhibe a toda la comunidad. Así íbamos nosotros a ver a esas personas de pieles diferentes a las nuestras y ese extraño acento en el que difícilmente podíamos reconocer nuestro idioma. Los cubanos eran todo lo foráneo que podíamos tener cerca. Nuestra débil conexión con el mundo. Al principio, nadie se preguntaba qué los había traído a nuestro barrio. Vivíamos en un país en el que estaba acabándose la época de los tanques y las botas de los militares, casi todos habíamos nacido a mitad de la década de los setenta y habíamos aprendido a gatear o a caminar en la segunda mitad de un régimen que impidió las importaciones, expropió los medios de comunicación, controló las minifaldas de las mujeres y prohibió a Santana hacer un concierto en el estadio de San Marcos en 1971. Nuestra urbanización, las casas en las que vivíamos, se las debíamos en parte a la dictadura del general Juan Velasco Alvarado, que había entronizado el culto por la cultura
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andina, el pasado inca y las revueltas indígenas. Nuestras calles llevaban los nombres quechuas de los sitios en los que Túpac Amaru había hecho la revolución de 1780 (la mía se llamaba jirón Tungasuca; otras eran Sangarará, Tinta, Cayra) y por eso también los parques zonales inaugurados durante aquella década en Lima habían recibido los nombres de incas indómitos o de generales de la resistencia antihispana: Cahuide, Huayna Cápac, Manco Cápac. Las autoridades del gobierno militar que llegaría a su fin el 28 de julio de 1980 escogieron el Parque Zonal que estaba junto a nuestras casas para trasladar allí a los cubanos: en el Túpac Amaru, mis dos hermanas mayores y yo íbamos a jugar los fines de semana junto a mi mamá y a veces, los días lunes, con mi padre. Era un parque maravilloso porque era verde, en una ciudad en la que nunca llueve y el verde es un bien escaso. Estaba cercado por rejas y tenía una boletería circular que daba paso a una cafetería al aire libre que parecía una casa de campo, y a una serie de jardines y de juegos para niños en una época en que casi no había sitios con juegos para niños: nosotros amábamos los toboganes anchos y lustrosos que parecían pirámides mayas, nos encantaban los caracoles gigantes en los que se escuchaban todos los sonidos del mundo, los enormes tubos de concreto que atravesaban un riachuelo y a los que uno entraba caminando para gritar y descubrir las propiedades del eco, el laberinto de un metro de profundidad y paredes de colores en el que uno podía perderse hasta la aparición preocupada de algún adulto.
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Para cuando cerraron el parque y colocaron allí a los cubanos, nosotros entrábamos a la escuela primaria y fuimos testigos del tránsito entre los militares y el inicio del gobierno democrático de Fernando Belaunde Terry, elegido para gobernar a partir del 28 de julio de 1980. Se suponía que el Perú empezaría a abrirse lentamente al mundo, pero lo cierto es que estaba por vivir su época más sangrienta y miserable: su peor crisis económica hasta entonces y una guerra interna que dejaría miles de muertos. A ese país fue al que llegaron los cubanos, para nosotros sin razón aparente. Sólo a días de su arribo, el 17 de mayo, miembros de Sendero Luminoso quemaron ánforas de las elecciones en un pueblo de Ayacucho, Chuschi, como acto fundacional de lo que llamarían en adelante la «guerra popular». Lima era indiferente a todo eso, pero con los años, cuando todos íbamos a la escuela, el país se incendió bajo el fuego cruzado de los atentados de Sendero y las matanzas de los militares, las bombas, los juicios populares en que se degollaba gente, las torturas en dependencias del Estado, los apagones, los cortes de agua, una inflación que generó desabastecimiento, pobreza, y que tendría su punto culminante en el traumático shock de precios de 1990 que elevó el costo de la canasta a cinco veces su valor de un día para otro y sumió al país en la desesperación. «Vamos a ver a los cubanos.» De pronto ese jardín al que todos los vecinos de mi barrio tenían derecho fue ocupado por extraños, y si íbamos hasta él era para observar lánguidamente los juegos que nos estaban vedados y
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escudriñar las tiendas, las ollas y platos, las ropas de hombres y mujeres muy flacos y de mirada extraviada que parecían haber perdido algo o haberse perdido ellos mismos. Volvíamos a casa luego de verlos y nos imaginábamos qué significaría salir de nuestro país algún día, así como ellos habían dejado el suyo. Todos éramos hijos de profesores o de empleados o de obreros y casi todos íbamos a colegios estatales y éramos igualmente pobres, así que nadie había viajado jamás fuera del Perú. El extranjero era eso que se podía ver en las series que se programaban en alguno de los tres canales nacionales que mirábamos en las pantallas sin color de televisores antiguos que debíamos golpear para que funcionaran. El mundo era El crucero del amor o La isla de Gilligan, o el único programa de rock de la televisión que se llamaba Disco Club y que mis hermanas veían mientras mi madre se persignaba ante los temibles ídolos de la nueva juventud mundial. Esos desarrapados con cortes de pelo raros que se pintaban los rostros se parecían poco a Pedro Infante o a Jorge Negrete. Sobre todo ese tipo flaco que se movía como una serpiente junto a una manga de drogadictos. Ésa debe de ser la primera imagen que asocio a la existencia de los Rolling Stones: la vieja tele Panasonic —que mi papá descartaría en 1982 por una Sony a colores para ver el Mundial España ’82 en que jugó Perú—, y en cuya pantalla aparecía Mick Jagger cantando «She’s So Cold», el tema del álbum Emotional Rescue que sonaba en las radios limeñas en junio y julio de 1980, sólo un par de meses después de que los cubanos aterrizaran en mi barrio.
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Mis hermanas veían extasiadas los miembros eléctricos de ese cantante que se desplazaba como una víbora y se cogía las pelotas para escándalo de mi mamá. Había algo de promesa y de futuro en su lascivia y su desparpajo. Había algo que no era del Perú. Es curioso que en el mismo álbum, en un tema llamado «Indian Girl», los mismos músicos ingleses hablaran de una chica que es hija de un padre y una madre que no están a su lado porque luchan en Nicaragua y Angola. «Mr. Gringo, my father he ain’t no Che Guevara», decía la letra. «They’re fighting for Mr. Castro in the streets of Angola.» Ese tema nunca sonó en nuestras radios. Es la tarde del viernes 25 de marzo de 2016, viernes de Semana Santa, y estoy echado en el pasto de la explanada de la Ciudad Deportiva de La Habana a la espera de que en unas horas, tres o cuatro, The Rolling Stones, la banda más longeva de toda la historia del rock, cierre una de las semanas más importantes de la historia de Cuba. He sido testigo de unos días marcados por la estela del primer presidente norteamericano que pisó suelo cubano tras cincuenta años de distanciamiento entre la isla y los Estados Unidos, y he comprobado la fiebre que Barack Obama ha despertado en este país y de cómo esa fiebre viró luego hacia este concierto gratuito con el que sus conocidas Satánicas Majestades cerrarán el Olé Tour que los ha llevado por casi toda Latinoamérica, y que de alguna manera parece dar forma al sueño de la apertura que los cubanos esperan del futuro. He pasado la tarde entera aguardando junto a cerca de doscientas mil perso-
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nas (al final serán unas quinientas mil, aunque los medios oficiales hablarán de un millón trescientas mil) el inicio del concierto. En cierto momento me eché a descansar sobre el pasto. Fue entonces que las pantallas gigantes del escenario proyectaron las imágenes de ese video que los Stones grabaron en 1980 para promocionar la canción «She’s So Cold» y que yo veía en la tele cuando los cubanos llegaron a mi barrio. Veo el video y me pongo de pie y descubro que en él Jagger lleva una camisa roja y que Keith Richard tiene un saco de leopardo. Lo demás es tal como lo recuerdo: la caja blanca, los mismos movimientos de Mick como una serpiente sicalíptica, la misma cara de gárgola de Richards, la sonrisa mínima de Charlie Watts, el ligero disfuerzo de Ronnie Wood, la languidez de Bill Wyman. De pronto, viendo esa imagen, aparecen ante mí, uno tras otro, débilmente al principio y luego rotundos y nítidos, los recuerdos de ese año clave de mi infancia y algunas de las primeras explicaciones para el desasosiego que he sentido los días previos a este viaje a Cuba. En una entrevista que le dio al escritor y periodista mexicano Juan Villoro, Mick Jagger dijo: «A la gente le encanta hablar de cuando era joven y escuchó por primera vez “Honky Tonk Women”. ¡Es una carga bastante pesada llevar encima los recuerdos de tanta gente! Me da gusto que esto pase, pero debo cuidarme de que el pasado no me atrape. Por eso tiendo a olvidar mis canciones». En unas horas, cuando ese mismo hombre salte al escenario y nos entregue el tiempo presente y a la vez la conciencia del tiempo histórico, todos haremos un viaje en el tiempo
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personal. «Los Rolling Stones son un mecanismo para medir el tiempo», ha escrito Villoro. «Recordamos nuestra vida a través de sus canciones.» Cada uno tiene su película en la cabeza y en el corazón: en la mía aparece el «She’s So Cold», mientras mi país entraba en democracia y supuestamente se abriría al mundo; la guitarra de Richards en el arranque de «Paint It, Black», cuando veíamos la serie NAM y temíamos una guerra fría; la voz melosa de Jagger en «Angie» que nos hacía temblar en las fiestas de adolescentes; el sonido de «Start Me Up» o «Miss You» en un bus interprovincial con rumbo a las playas del sur de Lima cuando era ya un hombre adulto. Son cosas como esas las que aparecen rebotando unas contra otras en mi mente, pero es sobre todo el recuerdo súbito, hasta hace unos segundos remoto, de esos cerca de ochocientos cubanos que se instalaron al lado de las casas uniformes de mi primer barrio mientras todos cerrábamos nuestra primera infancia. Alrededor mío, desperdigados sobre el césped o apretados como sardinas en los primeros cuarenta metros próximos al escenario, hay miles de personas de todos los países que también medirán su memoria y su vida con las canciones de la misma banda que lleva medio siglo haciendo rock. Y cubanos, miles de cubanos como los que vi de niño, que mirarán el concierto sin nada que contrastar, sin recuerdos que confrontar, expuestos como auditores vírgenes a esta música prohibida por el régimen de Fidel Castro durante años, y que se acercan a ella para saber qué cosa ha sucedido más allá del mar que los rodea, cosas que no transmitieron los medios oficiales, como
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el Granma o Juventud rebelde. He venido precisamente a eso, a registrar el extraño encuentro de dos mundos que apenas se han tocado. * * *
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Es un lugar común decir que visitar Cuba no consiste sólo en un desplazamiento físico. Se trata, sobre todo, de un viaje en el tiempo: este país parece haber estado detenido durante muchos años, erosionado por los vientos del Atlántico, el constante golpeteo del mar, la celeridad de la sal y el poder devastador del tiempo sobre todas las cosas. Lo que el escritor cubano Antonio José Ponte llamó «un arte de hacer ruinas». Las casas derruidas de La Habana, los automóviles que no circulan en ningún otro lugar del planeta, las paredes agrietadas y las aceras rotas, la gente que parece ir y venir sin nada preciso que hacer, todo lo que varios cronistas han señalado y que aparece en las películas sobre La Habana es cierto, está allí, pero a la vez empiezan a verse por todas partes las señales que podrían anunciar un cambio en el orden de las cosas, la presencia de un sentido de la duración y la obsolescencia más parecido al de otras partes del mundo. Hay dos tiempos, o más bien varios tiempos, que coinciden en esta ciudad. En la Plaza de Armas de La Habana Vieja se ven afiches del Che Guevara sacando la lengua de los Rolling Stones, y en las calles del Vedado o de Miramar se observan autos que llevan banderitas de los Estados Unidos. En los puestos de los vendedores de libros y en las librerías
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hay novelas de Mario Vargas Llosa, antes recelado por el régimen de Castro, y en un puesto alguien vende un grabado que vale cien dólares y muestra a Barack Obama, junto al Capitolio de La Habana, mirando al horizonte en pose Che Guevara y una frase: «Yes, We Could». —La gente cree que los cubanos podemos vivir de lo que nos paga el Estado —me explica un taxista al que llamaré Guillermo, un hombre de mi edad y de ojos claros que acompañó a un grupo de periodistas y escritores a un par de incursiones fuera de La Habana y que, en cierto momento, al escuchar nuestra conversación, nos proyectó en una pantalla del auto un video con el discurso completo que el día martes había dado Barack Obama en el Gran Teatro de La Habana—. La verdad es que todo el mundo, cuando se entera cuánto ganamos, nos pregunta eso: «¿Cómo así tú puedes vivir con eso, chico?». Yo entonces les pregunto a ellos: «¿Cómo tú crees que voy a vivir con diez dólares al mes? ¡Tendría que ser un mago!». Guillermo trabaja haciendo servicios de taxi para el Estado y a la vez hace movilidades por su cuenta. El Estado le paga en pesos cubanos (entre 300 y 450, que equivalen a quince o veinte dólares) y eso no le sirve para nada. Si lo hace no es por el dinero, sino para que el Estado no lo pueda acusar de que no trabaja y meterlo en «prisión preventiva» por la «ley de peligrosidad». Los trabajos independientes, los que hace por su cuenta, son los que le proporcionan pesos convertibles, llamados cuc, que instaló el régimen de Fidel Castro en 1994 durante el «período
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especial» y que equivalen a un dólar. Con esos paga las cuentas y vive. En Cuba se ha invertido esa divertida anécdota contada en Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, según la cual detrás de cada profesional que uno veía por las calles había un bongosero o un músico nato; ahora lo que ocurre es que detrás de cada taxista o vendedor de la calle te encuentras a un profesional de primer orden: matemáticos, físicos, dramaturgos. Una noche, un biólogo marino que me llevaba en taxi desde el Hotel Nacional a casa me explicaba las dificultades para adaptar los paiches peruanos a los ríos de Cuba, y una tarde un taxista que manejaba su almendrón y me comentaba de la situación política del Perú me dijo que era cardiólogo y que trabajaba por su cuenta porque lo que ganaba como médico cirujano no le alcanzaba. Es una mañana limpia de lunes y Guillermo me lleva al Parque Lenin, en las afueras. Desde que en 2010 Raúl Castro permitió el «cuentapropismo», es decir, la apertura de algunos negocios, como cafeterías, paladares o tiendas de artesanías regenteados por particulares, muchos cubanos encontraron maneras de invertir el dinero de las remesas que reciben y aproximarse a los dólares de los turistas y viajeros de formas más amplias y lícitas (antes, en la peor crisis, sólo lo podían hacer mediante la limosna, el comercio ilegal o la prostitución). Con el nuevo sistema muchos cubanos han encontrado algo de bienestar económico, pero eso también ha hecho aparecer las brechas y desigualdades, y con ellas los recelos, las envidias, la rabia y el resentimiento.
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—Todos queremos el cambio —me dice Guillermo—. Lo que tememos es cómo se va a dar, hacia dónde va a ir. Cuando su servicio de taxi se termine, Guillermo no me querrá decir cuál es la tarifa: dice que prefiere dejarla al criterio del cliente. Ante la disyuntiva, lo que me queda es calcular cuánto me costaría un trabajo así en otra ciudad extranjera. Al decirle lo que le pagaré, sus ojos relucen, porque es una cantidad que hará la diferencia el día de hoy. Muchos de sus compatriotas han empezado a desarrollar actitudes y soluciones muy personales ante la lógica de ese dinero que no les suministra el Estado. El día del concierto de los Rolling, al final del espectáculo, tras haber caminado treinta minutos entre una multitud, encontramos a un taxista que hizo el amago de cobrarnos veinte dólares desde el lugar en que estábamos hasta las inmediaciones del Hotel Nacional. Nos trepamos tres, luego de que uno de nosotros, un periodista que había estado en Cuba varias veces, le dijera que esa carrera valía diez, a lo más. Eso fue lo que nos cobró. Mientras atravesábamos las calles de la ciudad dejando atrás a miles de personas que caminaban penosamente hacia sus casas, hoteles u hospedajes, no podía creer que salir de ese atolladero me costara menos de cuatro dólares. En el Perú, en las mismas condiciones, un taxista te podría pedir treinta dólares o más, y si le protestaras te daría inmediatamente una lección de economía: detrás de ti, entre la muchedumbre, habría un turista inglés o uno japonés dispuesto a pagarle el doble. Al final de la carrera, que incluso se extendió a otro destino sin que el conductor cambiara su tarifa, me
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sentí tan mal que le di un par de dólares adicionales. Entendí después que, más que una nota de gratitud, le estaba dando un mensaje: las leyes de la oferta y la demanda habían cambiado esa noche y él no había estado atento. Otros cubanos están entendiendo con más luces en qué consiste la oferta y la demanda. Una mañana, un hombre me ofreció un ejemplar del Granma en la puerta del Museo de la Revolución y, luego de vendérmelo, me preguntó si no me interesaban ediciones anteriores. Cuando le dije que sí, me informó que valían dos dólares cada una. «Son ediciones históricas», se justificó. «Son de la semana en que vinieron Obama y los Rolling Stones.» Cerca de la Plaza de la Revolución, otro día, un taxista me ofreció llevarme a casa por un precio muy elevado. «Mira, te vas a subir a un Chevrolet del ’56», intentó convencerme. «Eso no lo consigues en ningún otro lugar del mundo.» Una mañana, en la Plaza de Armas de La Habana Vieja, un vendedor de libros usados me pidió veinte pesos convertibles por un libro de fotografías de Fidel y el Che Guevara. Le dije que era demasiado y mientras avanzaba hacia otro puesto me dijo que me lo ofrecía a dieciocho pesos. Luego, a diecisiete. Después, a dieciséis. Me quedé pensando un poco y seguí mi camino. —Mira, acere —me dijo entonces—. Hagamos esto. Te lo voy a dejar con una promoción especial: volvemos a los veinte pesos pero te doy de regalo una entrada gratis al concierto de Los Rolling Stones. Todos los que estábamos cerca del puesto empeza mos a reír.
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—Tú sólo dices que vienes de parte mía y vas a ver que en la puerta te dejan pasar. Los precios varían todo el tiempo en esta isla. Una noche, saliendo del local de Casa de la Música en La Habana Vieja, un sitio en donde se interpretan salsa y música cubana y algunas parejas de turistas se pierden entre un enjambre de hombres solitarios y de jineteras de todos los colores, un taxista me alecciona en el tema de los precios. Le he contado que apenas me acodé en la barra del local para ver el show, una mujer tras otra se acercaron para hacerme conversación y, al cabo de un minuto, revelaron su tarifa: cien dólares. Él se ríe y me dice que ésa es sólo la cantidad de «inicio de las negociaciones». Los asiáticos a veces aceptan. Lo normal es que luego del primer rechazo del cliente le pidan ochenta; luego del segundo, sólo sesenta, y quizás, si vuelven a recibir una negativa, cincuenta. «La gente aquí tiene mucha necesidad», me dice. Luego me explica cuál hubiera sido el modus operandi si yo aceptaba alguna transacción: él u otro taxista me hubieran llevado al sitio en que vivo o me hospedo, y después otro hubiera llevado al mismo destino a la jinetera: de ninguna manera un taxista podría habernos llevado a ambos porque eso es proxenetismo y es un delito y uno puede terminar en la cárcel. A un amigo suyo le quitaron el coche por llevar a una jinetera y a su cliente. —Con usted no hay problema, amigo —me dice luego, tratando de relajar el ambiente—. Usted es un turista, ¿no? Usted sólo ha venido a divertirse. En la Casa de la Música de Miramar me encuentro con
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un panorama distinto. El sitio, ubicado en un barrio de clase media alta de la ciudad, es menos oscuro, el escenario se ve más prolijo, la banda de músicos suena mucho mejor y el lugar está dominado por turistas de todas las edades y nacionalidades que salen a la noche cubana en busca de «rumba». Sólo en una esquina, bastante arregladas y con ropas ceñidas, un grupo de guapas mulatas evidencia una manera más sofisticada de prostitución. Ellas no se acercan ni abordan a los hombres; sólo los miran con gestos provocadores o cómplices a la espera de que ellos se aproximen. Un colega me comentará que las tarifas no bajan de cien dólares y que aquí no hay regateo, pero me dice que antes, hace algunos años, prostitutas del mismo vuelo cobraban cuarenta o veinte dólares, y que incluso en los tiempos más aciagos lo hacían por un plato de comida. «Digamos que los precios ahora se están sincerando», se ríe. Lo escucho mientras veo la pista de baile, la gente siguiendo el «soneo» del cantante de la banda que repite una y otra vez un estribillo impensable hace un par de meses: «O-ba-ma, dime si te gusta La Ha-ba-na». La gente baila y levanta sus botellas de cerveza Cristal o Bucanero, se enredan en besos o abrazos, levantan las manos. «O-bama, dime si te gusta La Ha-ba-na.» En Cuba hay una Obamanía. En su despacho del jueves 24 de marzo, el periodista chileno Patricio Fernández escribió esto para la revista The Clinic, que dirige: «Ya en la tarde de ese lunes 21, Obama era el dueño absoluto de la escena. No había cubano que no hablara de él. No
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había cubano que no quisiera verlo. Si normalmente en Cuba se trabaja poco, este lunes no se trabajó nada. La “radio bemba”, como ellos llaman a la información que corre de boca en boca, indicaba a la velocidad del rayo por dónde pasaría la Bestia con el negro más famoso del mundo en su asiento trasero. Por Línea, por 23, por la Quinta Avenida, la gente comenzó a instalarse para verlo pasar. Lo que a comienzos de la Revolución sucedía con Fidel, acontecía ahora con Barack Obama». Puedo dar fe. En una cola a la que me uní delante de una casa de cambios, un grupo de personas se quejaba de los desplantes que le había hecho Raúl Castro durante la visita: no fue a recibirlo al aeropuerto, no supo abrazarlo cuando Obama lo intentó, fue rudo en la conferencia de prensa que ofrecieron juntos. Todo el mundo hablaba de Obama y decía, en broma, que Obama iba a solucionar todos los problemas. Una amiga cubana me dijo que el presidente había conquistado al pueblo cubano no sólo por la brillantez de su discurso, sino por su aspecto de mulato habanero, muy delgado, con un cierto swing elegante al caminar. Una mujer me dijo en un momento que Obama estaba «como el mango». Su discurso es un asunto aparte. La gente lo seguía comentando días después de que lo pronunciara el martes 22 ante un auditorio lleno en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. A casi todos nos quedaba claro que era algo así como el lado A de un disco cuya cara B se tocaría en la Ciudad Deportiva de La Habana a cargo de los Rolling Stones. En todo caso, ese lado A era casi
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insuperable. Desde que citó en español el verso del poeta cubano José Martí que da título al poema «Cultivo una rosa blanca», Obama empleó media hora de alocución para tocar las fibras más sensibles de los cubanos de a pie, desde referencias a ídolos como el beisbolista Jackie Robinson, el boxeador Teófilo Stevenson o el reaggetonero Pittbul, hasta historias de familias separadas por las crisis y el éxodo que alejaron a tantos cubanos de su isla para siempre. «No es fácil», dijo en un momento, en español, recordando la frase que los cubanos se dicen todo el tiempo ante las adversidades del mundo («ya sabes, acere, no es fácil»). En otro dijo: «El cubano inventa en el aire». Y en otro: «El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano». Después, selló en inglés: «Yo he venido aquí a enterrar los últimos remanentes de la Guerra Fría en las Américas». En un video que circuló por la cadena Univisión se ve a cubanos de todas las edades hablar con una imagen de madera que muestra el rostro sonriente del mandatario de Estados Unidos. «Yo lo único que deseo es que usted arregle todas las cosas aquí en Cuba y todo el bloqueo, para ver si los niños pueden ser felices», le dice un hombre en el puerto, antes de que se le quiebre la voz. «Se lo digo llorando.» Una mujer negra dice: «Ojalá nosotros tengamos algún día un presidente negro también». ¿Cómo interpretar el impacto que puede haber tenido la defensa que hizo de la democracia de Occidente señalando que, con todos sus errores, ese sistema permitía que un niño mestizo criado por una madre soltera y sin dinero pudie-
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ra aspirar al cargo más alto de su país? En Cuba, donde hay una importante población negra y mulata, los únicos gobernantes durante los cincuenta y ocho años de la Revolución han sido dos hombres blancos. La figura de Fidel sigue siendo la más importante. Por momentos uno llega a pensar que «es» Cuba, o que Cuba es un país forjado a imagen y semejanza de un solo hombre. Un hombre de unos cincuenta años me preguntó si yo pensaba que ellos eran de derecha o de izquierda. Le dije que de izquierda. Me dijo que no. «Mire, amigo», me explicó. «La imagen que cifra a este país es ésta: Fidel nos dice que nos vamos a la izquierda y todos nos vamos a la izquierda: entonces somos de izquierda. Y hay muertos. Luego Fidel nos dice que vamos todos a la derecha y todos nos vamos a la derecha: entonces somos de la derecha. Y hay muertos. ¿Me entendió? A mí es que hay cosas de este modelo que no me gustan, pero tengo dentro de la piel este modelo. Escucho de Camilo, del Che, de Fidel desde que era niño. Luego, en la escuela, me enseñaron quién era quién y cómo habían hecho en la Revolución. ¿Cómo uno puede dejar eso?» La gente de este país se divide entre quienes vieron al Comandante en acción y quienes no. Los primeros cuentan historias inimaginables sobre él: sus horas de pie hablando frente a la multitud, sus conocimientos de historia, de medicina, de biología, su fuerza física, su voracidad como lector. Para los jóvenes es más bien algo así como la imagen del viejo líder que no ve bien un escalón y se cae al piso, el que tiene que ceder espacio a su herma-
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no debido a la edad, el que termina como esos dictadores imaginados por su amigo Gabriel García Márquez, que piensan que no van a morirse nunca.1 Fidel no parece existir en cuerpo presente sino habitar el aire como una latencia o, como señaló Patricio Fernández en un artículo para Letras Libres, como «un grito, una consigna o un cartel, desprovisto de autoridad». La imagen de Castro está presente en los muros de la ciudad, en los cuadernos de texto, en las postales que te ofrecen en la casa de Ernest Hemingway en Finca Vigía o en las fotos de Korda que se venden como postales de visita. A veces parece que no existiera, pero de pronto irrumpe para recordarles a todos que todavía no se ha muerto. Al final de la semana histórica que enlazó a Obama y a los Stones, la edición del Granma del lunes 28 de marzo publicó un texto a página entera en el que el Comandante opinaba sobre el discurso del presidente de los Estados Unidos. Se llamaba «El hermano Obama» y criticaba duramente las ideas y sobre todo las intenciones del discurso del norteamericano. «Nadie se haga la ilusión de que el pueblo de este noble y anciano país renunciará a la gloria y los derechos, y a la riqueza espiritual que ha ganado con el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura (…) No necesitamos que el imperio nos regale nada.» Un par de días después, el pianista cubano Ernán López Nussa me dijo lo siguiente
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1 Un chiste cubano dice que Fidel está a punto de morir y de pronto llega todo el pueblo cubano hasta donde está él y él pregunta qué hacen y alguien le dice que «han venido a despedirse» y el patriarca dice: «¿Y adónde se van?».
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sobre el texto: «Me parece bien. Lo extraño habría sido que de pronto Fidel se portase como si no fuese él. Al menos lo reconocemos. Ése es Fidel». * * *
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«Queridos pasajeros, les informamos que debido a la visita del presidente norteamericano Barack Obama hemos tenido un retraso en la programación del arribo al aeropuerto internacional José Martí, de La Habana. Sobrevolaremos el cielo de Cuba hasta recibir la señal de aterrizar. Gracias por su comprensión.» Una mujer sentada en el vuelo de Lan en el que viajo se pregunta en voz alta si el avión tendrá suficiente combustible para permanecer en el aire todo el tiempo que le tome a Obama dejar suelo cubano, y entonces yo siento un secreto sobresalto. Este vuelo ya se había retrasado una hora en el aeropuerto de Lima, debido a la misma razón, y desde entonces he volado lleno de dudas, miedos y presentimientos. Sólo un día antes de viajar, un pájaro negro se metió en mi casa y se dio de bruces contra objetos, libros y los juguetes de mi hijo, y luego no podía salir de la sala debido a la malla de protección con la que evitamos que el pequeño de año y medio tire todas las cosas por la ventana o se tire él mismo y caiga desde el segundo piso. Horas antes de salir al aeropuerto se quemó el plomo de la casa y nos quedamos sin luz y mi mujer y yo nos abrazamos bajo una total oscuridad. Sólo unas noches antes habíamos cenado con una psicóloga que trabaja para Lufthansa
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y que nos contó cómo manejaban las crisis psíquicas de las víctimas de los vuelos que se caen, como aquel de Germanwings que se estrelló contra los Alpes franceses en marzo de 2015 a causa de un piloto suicida. En los últimos días había visto en tres ocasiones las imágenes del avión de la compañía Fly Dubai, que se cayó en Rostov, Rusia, el sábado 19 de marzo, y que mató a sesenta y dos personas. Antes de estrellarse había dado vueltas en el aire, como el nuestro ahora sobre el cielo de La Habana. Hasta que no vi la imagen de Mick Jagger cantando «She’s So Cold» en las pantallas, no comprendí las raíces del temor que se despertó en mí apenas acepté viajar a Cuba a cubrir este concierto. Era una sensación vaga, una forma de angustia, que cobró algo de nitidez apenas el avión tocó suelo cubano, pasé los controles del José Martí asegurando que no venía del África y por tanto no portaba enfermedades extrañas, cambié los euros que llevaba por pesos convertibles y cogí un taxi junto a una pareja de turistas franceses que se hospedaban en La Habana Vieja. Los primeros segundos de Cuba, las primeras vistas de las carreteras y la vegetación, las rejas que se extendían cuidando espacios que parecían abandonados, el olor impreciso, me conectaban directamente con esos años setenta ya borrados de mi memoria. Mi temor difuso era ése: venir a un país que me recordaría esa infancia. Mientras el taxi avanzaba por la tierra de Cuba, y yo miraba por la ventana el paisaje tropical de los árboles y los cielos todavía encapotados, la gente sentada en los paraderos esperando un bus que nunca llegaba, las
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construcciones devastadas o detenidas como si vivieran una huelga nacional o un paro armado, sentí con mucha claridad que éste era también un viaje a una zona de mi país que había dejado de estar en mi recuerdo, a los años duros que fraguaron mi sensibilidad y la de miles de personas de mi generación. «Cuba es el Perú de hace dos décadas», me dijo hace un tiempo, en una redacción de un periódico de Lima, un amigo que viajó a este país y terminó recordando las rutinas que vivimos durante aquellos años de gran dificultad. Apenas me instalé en la isla empecé a experimentar una serie de sucesos que me llevaron a los años de escasez, cuando era necesario pasar toda una mañana haciendo cola para obtener un kilo de arroz o de azúcar o una bolsa de leche en polvo. Una vez, durante una de esas bombas de Sendero Luminoso que derribaban torres eléctricas y sumían a la ciudad en las tinieblas, me eché sobre la cabeza un balde de agua sucia que mamá guardaba para hacer pasar el agua del inodoro porque quería lavarme el pelo para una de mis primeras citas de adolescente. Cuando quise remediar el problema, estaba perdido: no había agua. Recordé perfectamente esa anécdota, y la rabia que desató, cuando me estaba bañando en la casa que renté a unos cubanos y el agua de la ducha se fue de súbito, dejándome con todo el cuerpo enjabonado. En aquellos años peruanos no tenía peor pesadilla que ésa, y ahora, en la bañera, sentía que se activaban mis pesadillas de peruano pobre. Como ya he vivido esto antes, sé perfectamente que debo esperar, porque podría ser un tema de presión y
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a lo mejor el agua volvía. Lo hice unos segundos, y luego un par de minutos, pero el agua no regresaba. Ya desde mi llegada a Cuba me habían pasado cosas de este tipo: a mi maleta de la laptop se le malogró el cierre, y la única forma de repararla fue ponerle unos clips que se malograban o me herían los dedos (la señora que me atendía en casa lo consideró una experiencia completamente «cubana»); otro día, en la misma ducha, recibí un chorro de agua hirviendo que casi me achicharra porque el sistema tenía un dispositivo eléctrico que se había estropeado. Cuando lo arreglaron, sólo salía agua tibia. Repasaba esos eventos esperando un chorro salvador. Con el pelo lleno de champú y la piel de jabón, me vestí con ropas sucias y salí en busca de respuestas. Estaba hablando con mi casera de una puerta a la otra —una escena muy cubana— cuando el agua regresó. Tal como ocurría en el Perú. Un día de noviembre de 1988, conocido como «el martes negro», se aplicó en Perú una de las peores medidas de ajuste económico —las llamábamos «paquetazos»—, y se dispararon los precios. Sendero derrumbó más de treinta torres de alta tensión que sembraron tinieblas en casi toda la costa peruana, y, sumado a eso, un problema en la central de La Atarjea hizo que de los caños de las casas de Lima, de los surtidores de los parques, de las duchas, saliera agua con heces. No voy a olvidar las náuseas de mis hermanas, las arcadas que me sacaron de casa, el olor a excrementos sobre la vajilla, en las duchas, en el baño. Estábamos literalmente cubiertos de mierda. En Cuba llaman a las páginas oscuras de su historia
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reciente «período especial», porque ése fue el nombre que el gobierno de Fidel Castro le puso al período posterior a la caída del bloque soviético con el consiguiente retiro del apoyo energético y comercial que la isla había recibido de Rusia. En esos años aparecieron los almendrones (esos carros antiguos que sirven de colectivos), la gente empezó a criar animales dentro de sus casas, muchos hombres se dedicaron a traficar en el mercado negro y muchas cubanas a «jinetear». La economía de Cuba se fue al cuerno, se cerraron sus fuentes de energía y racionaron la luz, lo que también los sumió en las tinieblas. Se desabastecieron las tiendas, se formó el mercado negro. En una crónica del argentino Martín Caparrós se cuenta que fue entonces cuando apareció la expresión «cubanear», que describe la acción de caminar sin rumbo fijo y sin hacer nada preciso. El país se detuvo, y se multiplicaron las historias de hambre, desesperación y locura. Esos fueron los años en los que los cubanos empezaron a lanzarse al mar en balsas para tratar de alcanzar los Estados Unidos, aun a riesgo de morir; en los que algunas mujeres y hombres se prostituyeron por comida; en los que los cubanos y cubanas rogaban a los extranjeros que los sacaran de la isla; en los que, como señala en una crónica de Lygia Navarro, Cuba se volvió uno de los países con mayor consumo de antidepresivos, y una de las tasas más altas de suicidios en el mundo. Como le dice un personaje de «Trilogía sucia de La Habana» al alter ego de su autor, Pedro Juan Gutiérrez, «la única forma de vivir aquí es loco, borracho o dormido». El «período especial». Si vas por una calle de La Ha-
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bana y mencionas esas palabras, todo el mundo suspira y dice: «Uy, aquello… aquello era tremendo». Pero después vacilan, sin decidirse a seguir hablando del tema. Una primera caminata nocturna por La Habana Vieja junto a la escritora cubana Wendy Guerra y su entonces editora de Anagrama, Paula Canal, me basta para darme cuenta de que esta ciudad no es exactamente lo que esperaba. Camino deslumbrado por la iluminación, el glamour y la vitalidad de sus espacios, por la cantidad de turistas ingleses, norteamericanos o franceses que comen en sus restaurantes y bares, por la decoración de sus calles. Esto no se parece en nada a Balseros o a Buenavista Social Club. Pero luego me daré cuenta de que se trata de una apariencia. Wendy nos explica todo, mientras caminamos. En la Plaza San Francisco, frente al puerto de La Habana, recordará la vez en que se cayó la estatua del dios Mercurio desde la cúpula del edificio conocido como La Lonja de Comercio, y Gabriel García Márquez se acercó y le tocó el dedo, convencido de que la estatua le cumpliría un deseo, e inmediatamente después se formó una cola de gente para hacer lo mismo. Pasamos por el bar en que tocaba Benny Moré y que está abarrotado de turistas que parecen salidos de una novela de Graham Greene o de Guillermo Cabrera Infante; por la espléndida calle de la Amargura con sus casonas coloniales de farolas y balcones; por el hotel Judío Raquel y su esplendoroso lobby de mármol; por la Plaza de Armas, donde está el hotel de Santa Isabel desde el cual una noche Jack Nicholson salió descalzo en busca de mojitos.
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El aire que recorre ahora a La Habana la hace parecer una ciudad de festival. Pero La Habana totalmente restaurada se acaba pronto. En esas calles que van del puerto al Capitolio hay bares, paladares, espacios chic que hacen pensar en el Barrio Gótico de Barcelona, pero luego dan paso a casonas en riesgo de colapso dentro de cuya oscura precariedad viven familias enteras. Una tarde, en un taxi que corre a velocidad por el malecón, veo una sucesión de casas que dan al mar, uniformes y coloridas, y más allá una serie de calles transversales con casas que se caen a pedazos, vencidas por la herrumbre. A las zonas por las que pasó el presidente de Estados Unidos los habaneros las llaman Vía Obama del mismo modo que a aquellas por las que pasó el papa Francisco las llamaron Vía Sacra. ¿Cómo les llamarán a las calles por donde pasen Jagger y Richards? ¿Vía Lengua? Estoy sentado en una mesa de El Cocinero, un espacio en la calle 26, en el barrio del Vedado, que hace un siglo fue una fábrica de aceite y ahora es un paladar muy chic de la ciudad, producto del cuentapropismo, y muy rápido me entero de que en este lugar cenó hace sólo unas horas Michelle Obama. El sitio está decorado e iluminado con buen gusto. Mesas de hierro, manteles y servilletas impecables, buen vino. Mucho más impactante, sin embargo, resulta el complejo que se emplaza al lado del restaurante, llamado la Fábrica de Arte Cubano. La FAC es un increíble complejo de bares, galerías de arte, escenarios para conciertos y salas por las que uno se desplaza con una tarjeta en la que diferentes bartenders y anfitrionas con
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aspecto de estar en un crucero apuntan lo que se consume. La noche previa al concierto, un grupo de artistas y periodistas decidimos ir allí con la esperanza de que Mick Jagger, quien estuvo aquí en su viaje anterior, ande por la FAC con Richards, Woods o Watts. Jagger vino a La Habana en octubre de 2015 por recomendación de su bajista Darryl Jones, que había visitado la isla junto a Bernard Fowler como parte de la banda The Dead Daisies. Escuchar y conocer a los músicos de la isla, que brotan con un talento endiablado de debajo de las mesas, lo enloqueció. Juan Pin Vilar, el cineasta que le hace los clips a Pablo Milanés, nos cuenta que cuando Jagger apareció en este espacio los guardias que iban con él lanzaban unas luces cegadoras que detenían a la gente a un par de metros de los labios más famosos de la historia del rock. Nadie que fuera depositado aquí sin previo aviso podría imaginar que esto es Cuba. Lo primero que pensaría es que es Frankfurt o Múnich. Los enormes espacios de cemento se alternan con otros levantados con restos de puentes o contenedores bajo una iluminación controlada en la que se congrega gente muy chic y hipster. Frente a una de las barras, surtidas con las más variadas propuestas de cervezas artesanales y whiskys ingleses y vinos españoles, pienso que en La Habana es difícil conseguir agua. La señora de mi casa, por ejemplo, siempre me deja una botella con agua embotellada en la refrigeradora de mi cocina. En La Habana, como en Lima, herencia de una epidemia de cólera de aquella época del «martes negro», no se puede tomar el agua del caño.
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En 1988 yo era adolescente y empezaba a escuchar rock en serio. En mi barrio, que era salsero, la discusión era entre quienes defendían la «salsa dura» (Ismael Miranda, el Gran Combo de Puerto Rico, Héctor Lavoe, Óscar de León) y quienes apoyaban la «salsa sensual» (Frankie Ruiz, Eddie Santiago, Luis Enrique), pero algunos de nosotros ya escuchábamos Radio Doble Nueve, que sólo pasaba rock en inglés. En el verano del ’89, cuando yo pasaba las vacaciones antes de entrar a tercero de media, una emisora local anunció un espectáculo público gratuito en Lima. «Este verano, prepárate…», decía la voz en nuestras radios: «Habrá sol, mar y… ¡U2!». Después empezaban a sonar los redobles de tambor de Larry Mullen en «Sunday Bloody Sunday», y la guitarra de The Edge. Nosotros no lo podíamos creer. Como el show se anunciaba en la playa Agua Dulce, se hablaba de alquilar carpas, tiendas de campaña, bolsas de dormir. Algunos lo hicieron, oscilando entre la esperanza y el escepticismo. ¿De veras vendría Bono Vox? ¿Y Adam Clayton? Al Perú no venía nadie, salvo algunos grupos latinoamericanos, y Air Supply. En 1988 algo así era impensable. Lo más cerca del cielo que habíamos estado era ese mítico concierto de Santana que nunca se hizo debido a la censura del gobierno de Velasco Alvarado. El Perú de los años ochenta era tierra de nadie. Como decía un personaje cómico de esa época, éramos «Perusalén», el pueblo escogido para
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atravesar todos los martirios. ¿Por qué no apiadarse de un país así, pobre y sin gracia, desconectado del mundo? El día indicado, gente de mi barrio y de muchos otros fueron hasta el acantilado de la playa y descubrieron que sobre la arena se había extendido un écran gigante sobre el que se proyectaría el documental Rattle & Hum, de la gira que el grupo irlandés había hecho por los Estados Unidos. Hubo sol, mar y, a su manera, U2. Los noventa llegaron, y con ellos la dictadura de Alberto Fujimori, que impulsó una política liberal que permitió la llegada de algunas figuras. Un día, a las estrellas latinoamericanas como Chayanne o Juan Luis Guerra se les sumaron ciertas viejas glorias del rock mundial, y luego, cuando llegó la democracia, algunas bandas del tipo Depeche Mode, REM o The Cure, y más tarde Pearl Jam, Oasis, Metallica. Por primera vez los peruanos con plata no tenían que viajar a Chile o Argentina para ver a esos grupos. Un día, sir Paul MacCartney incluyó a este país en su gira por el continente, y llenó un estadio. Luego vino por segunda vez y lo volvió a llenar. Sólo nos faltaban los Rolling Stones para entrar al circuito del primer mundo. Cuando anunciaron su gira latinoamericana, se dijo que tocarían el 15 de marzo de 2015 en Perú, por primera vez, y entonces el sueño de cinco décadas pareció tomar forma. Sin embargo, el concierto se aplazó, y entonces todos los fantasmas del pasado volvieron a activarse. Nadie sospechaba que Jagger y compañía tocarían finalmente en Lima en 2016 como parte de la gira Olé Tour. Cucho Peñaloza es el gurú de la música rock en el Perú.
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Ha sido periodista, conductor de programas televisivos —el más conocido fue TVRock— y mánager de la única estrella del rock nacional, Pedro Suárez Vertiz. También es autor de Los Rolling Stones y sus viajes al Perú. En el camino de los demonios, un libro de investigación que lanzó este 2016 y complementa el que publicó en 2009 junto al escritor Sergio Galarza: Los Rolling Stones en el Perú. El libro, que se lee como el testimonio afiebrado de un fan absoluto, es un reportaje a un grupo selecto de seguidores de la banda que pudo acercarse a sus ídolos en los viajes que dos de ellos hicieron al país, y es también la demolición de una serie de historias míticas que se tejieron alrededor de la presencia de Jagger, Richards y Anita Pallenberg en Lima en 1969 tras el escándalo de tenencia de drogas en la casa de Richards y a la temporada que el vocalista pasó en Iquitos en 1981 filmando una película bajo las órdenes de Werner Herzog. No era cierto que en ese primer viaje los dos músicos se hubieran drogado con Luis Alberto Spinetta en el Festival de Ancón, tal como el músico argentino escribió en sus memorias; tampoco que hubieran visto al grupo de rock peruano Los Mad’s y que hubieran quedado tan impresionados que habrían sido sus padrinos en Europa; tampoco que Jagger hubiera improvisado un concierto en la playa El Silencio y menos que hubiera tenido un romance con la madre de todas las vedettes del Perú, una mujer de ojos claros llamada Monique Pardo que aún hoy, con más de sesenta años, aparece en los programas de espectáculos del Perú con tacos y minifaldas hablando de su supuesto
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affaire con «Mick». La verdad es que «Mick» habló quince minutos con ella al borde de una piscina en su hotel de Iquitos. Lo que sí es cierto es que llegaron a Lima en 1969 y se hospedaron en el Hotel Crillón, del centro de Lima. Nadie los reconoció, pero llamaron la atención por sus pelos desgreñados y largos, por su ropa excéntrica y por andar descalzos. Cansados de llamar la atención y de las miradas torcidas que les propinaban en el hotel, Jagger, Richards, Anita Pallenberg y el cineasta Anthony Foutz, se mudaron caminando al hotel Bolívar. Allí concedieron dos entrevistas a periodistas peruanos: en la que realizó Mirko Lauer llama la atención esta declaración de Jagger: «Estamos a favor de Fidel Castro, pero aún tenemos que ir a ver Cuba para ponernos de su lado completamente. Nuestros dos principales planes para Sudamérica (sic) son ver al indio y visitar Cuba, donde esperamos poder entrar en algún momento de nuestro tour». Nunca supimos si «vieron al indio». Sabemos que jamás, en los siguientes treinta y cuatro años, entraron o tocaron en Cuba. En 1981, con la música del Emotional Rescue sonando en las radios de las casas de Lima, Mick Jagger regresó al Perú para filmar Fitzcarraldo, una película que se transformó en pesadilla y en cuyo corte final él jamás apareció. Jagger fue a la playa Punta Hermosa, al sur de Lima, pero jamás improvisó un recital; tocó guitarra en su hotel de Iquitos y salió a discotecas un par de noches con un grupo de chicos del barrio acomodado de San Isidro. Para cuando volvió al Perú en 2011 lo hizo con su novia de
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entonces, L’Wren Scott, y con su hijo Lucas, nacido en Brasil. Esa vez apareció en una foto oficial de la Oficina de Prensa de Palacio de Gobierno junto al presidente del Perú Ollanta Humala y a su esposa Nadine Heredia, y trascendió que el mandatario peruano le pidió formalmente que incluyera al Perú en la próxima gira de la banda. Jagger respondió con su frase habitual: «¿Por qué no?». Aquella vez Peñaloza montó guardia en el hotel Country Club, donde Jagger se hospedaba, y no paró hasta colarse en la comitiva que rodeó al músico durante su visita al Museo Larco, que alberga la mejor colección de oro del Perú. Aquella vez la mujer de Peñaloza se atrevió a darle a Jagger la hija de ambos para que el Stone la cargara, y lo hizo. La foto salió en todos los medios del Perú. Para cuando en 2014 se rumoreó la posibilidad de una nueva gira de los Stones por América Latina, todos los medios peruanos le consultaron a Cucho. A través de su libro y por contactos, Peñaloza se había hecho amigo de redes de Marlon Richards, el hijo de Keith Richards (que Anita Pallenberg llevaba en la barriga en aquella visita secreta de 1969), y por lo tanto era una referencia cuando se hablaba de la banda. «Tú país va, nos vemos allá», le escribió Richards al peruano. La fecha era 28 de marzo de 2015 y se supo que tocarían en el Estadio Nacional. Pero el concierto se suspendió por problemas de producción y de un asunto monetario en Argentina. Marlon le escribió a Cucho: «Clima hostil, Argentina, dólares, se posterga». Cuando de pronto se cambió el Estadio Monumental de River Plate por el de La Plata y se renegociaron las condi-
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ciones, todo se desentrampó. Una nota del diario El Mundo adelantaba sin confirmar lo que parecía un sueño. Los Stones volvían a América Latina. Tocarían en tres nuevos países: Colombia, Uruguay y Perú. Se presumía que también en República Dominicana. Keith Richards dejaba abierta la posibilidad de tocar en La Habana, Cuba, en el estadio de beisbol El Coloso del Cerro, ante cincuenta y cinco mil personas. Por esos días Cucho recibió este mensaje de Marlon: «Confirmado: 6 de marzo de 2016, nos vemos en tu país». Días después, se anunció el Olé Tour. Y en el video oficial de la gira que apareció el 5 de noviembre de 2015, Lima estaba entre las ciudades escogidas. «Nunca hemos estado en Colombia o Perú o Uruguay. Estoy ansioso por tocar en esos lugares», decía Jagger. La gira empezaba el 3 de febrero de 2016 en el Estadio Nacional de Chile, en Santiago, y cerraba el 14 de marzo en Foro Sol de México D. F. En el video, sin embargo, no aparecía República Dominicana. Mucho menos La Habana. Me reúno con Cucho en el local de la librería El Virrey, en Miraflores. Cucho tiene dos tatuajes visibles con imágenes de los Rolling Stones, uno en la parte interna de un brazo y otro, muy visible, en el brazo derecho: la imagen de la lengua y un corazón de Jesús del álbum Gracias por el refugio, una compilación de temas de homenaje de bandas peruanas a los Rolling Stones que él produjo. En la mesa a la que vamos a sentarnos encontramos, como por arte de magia, dos libros de los Stones. En una caja en la que se ven pósters o afiches, aparece uno de las lenguas de la
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banda con intervenciones de Andy Warhol. Cucho me empieza a dar información de los pasos de la banda por Lima; dónde estuvieron, quién los atendió, qué hicieron. Me explica las medidas de seguridad, las señales de wifi que se desactivaban en los locales a los que entraban. Y me confiesa que el entorno de un candidato presidencial peruano lo contactó para ver si él podía gestionar una foto con la banda. —Había un par de millones de dólares —me dice. Me he juntado con Cucho porque quiero que me cuente su encuentro con Keith Richards momentos antes del concierto que dieron finalmente en el Perú. Cucho tuvo acceso a la zona VIP gracias a Marlon Richards. Keith le había mandado su libro A Life dedicado y una vez habían hablado por teléfono, pero nada lo había preparado para ver al músico en vivo y en directo. El productor peruano sintió que pisaba huevos desde que Tony Russell, el asistente personal de Richards, se acercó a la sección VIP preguntando quién era Cucho Peñaloza. Aún recuerda el camerino del guitarrista como la guarida de un pirata, sus ojos verdes que se tornaron acuosos cuando habló de sus hijos, sus manos rugosas y artríticas que estrechaban las suyas y su voz de ultratumba, y a la vez tan viva, ofreciéndole amablemente una cerveza. Hablaron de sus hijos, y Keith le dijo que estaba aprovechando el Perú para descansar. En un momento, Cucho le regaló su libro y le mostró las fotos en las cuales Richards salía muy joven caminando por el malecón de Ancón con Anita Pallenberg. Keith decía «woow» cuando llegó su mánager,
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y de manera muy diligente dijo que no tenían ese ejemplar en sus archivos y se llevó el libro. Cucho tiene un tatuaje en su pierna derecha en el que aparece el propio Keith Richards junto a otros personajes de su panteón personal (Homero Simpson y Don Gato y su pandilla, por ejemplo), pero no se lo mostró. Cuando volvió al VIP, encontró que allí estaba James Jagger, el hijo actor de Mick. Después fue a la zona Golden a esperar el inicio del concierto. Decidió apostarse a un lado del escenario, donde iba a estar Richards. Yo estaba en ese concierto, en la misma zona, pero del lado de Ronnie Woods, pegado a la pasarela por la que correría Jagger. La generosidad de mi suegro, a quien le llegaron entradas de cortesía, me permitió estar esa noche a sólo un par de metros del escenario en el que, por primera vez, los Rolling Stones tocarían en suelo peruano, ante cerca de cuarenta mil personas. Todos habíamos crecido, algunos habíamos visto morir a nuestros viejos o nos habíamos convertidos en padres. El grupo nacional Frágil tocaba «Avenida Larco» cuando me encontré con mi amigo Jorge Olazo, periodista musical, percusionista de la famosa banda peruana Bareto y flamante profesor de Historia de la Música Rock en la Escuela de Música de la Universidad de Ciencias Aplicadas. Como yo, era la primera vez que vería a los Stones y se había colado a esta zona privilegiada gracias a un contacto que lo metió en el carro de unas groupies que, al parecer, iban a animar a las estrellas antes de salir al escenario. Olazo nos instruyó a mi amigo Jorge Castro y a mí sobre lo que había sido
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la gira por América Latina hasta esta noche, y viendo su euforia creo que mataría por tener una baqueta de Charlie Watts o por subirse a la silla en la que él se sentaría con su cara de palo. Estábamos frente al enorme escenario de veinte metros de alto, cincuenta y seis de ancho y ochenta de largo que han montado para todas las presentaciones de su gira. En Chile tocaron «She’s Like a Rainbow» y hablaron de la historia oscura del Estadio Nacional; en Uruguay se mandaron un mensaje de agradecimiento al goleador Luis Suárez y tocaron «She’s So Cold»; en La Plata, Argentina, pidieron un aplauso para Charly García. ¿Qué harían en Perú? Muchos de los que estábamos en el estadio habíamos visto los videos que cientos de personas postearon en YouTube con los conciertos de sus respectivas ciudades. La bandera del país aparece con la imagen de los labios y luego empieza el largo video con música entre sintética y de congas, alternando imágenes en que se ve a los Stones como gigantes en un largo travelling que atraviesa los sitios más representativos del continente hasta llegar al destino final. «Bienvenidos a Chile», «Bienvenidos a Uruguay» o «Bienvenidos a Argentina» aparece en letras blancas sobre fondo verde antes de que el presentador lance el grito que precede a la aparición real de Keith Richards sobre el escenario para hacer los primeros riffs de «Start Me Up» y desatar el vendaval. Luego aparecen Jagger y Woods y los demás: eso que Martin Amis ha llamado «los millonarios menos sedentarios del planeta». Son las ocho y diez de la noche del domingo 6 de
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marzo de 2016 en Lima y la voz que anuncia a la banda ha sonado y ahora esa gárgola insomne e inmortal que nació 18 de diciembre de 1943 bajo el nombre de Keith Richards y que lleva una sobrevida de setenta y dos años aparece caminando con un saco de franjas horizontales de colores que uno podría jurar que es andino y una vincha roja y lo que ejecutan sus manos son los primeros riffs de «Start Me Up». Detrás de él sale Mick Jagger, y entonces los peruanos de todas las edades que están a mi lado y que han podido pagar el costo de esa entrada no saben muy bien si ver a Jagger y Richards o si sacar el iPhone. Si hacer fotos o hacer video. Si enfocar a las pantallas o hacer un close-up de Jagger. Delante de la muralla de luces de celulares, Jagger baila vestido de negro y con un bello saco naranja llama al público a levantarse y levanta los dedos y los talones como una figura que apuntara a un cielo sin estrellas cada vez que canta «Start Me Up». Las imágenes de Wood con saco turquesa y de Watts impasible con su polo blanco nos ciegan. Entonces cada quien viaja como puede a su tiempo. «Después de Los Beatles, no existe una banda tan trascendente como los Stones en la cultura popular del siglo xx», me escribió Jorge Olazo algunos días después del concierto. «Me sentí agradecido por haber vivido lo único que me gusta más que ser músico: ver a la banda que ha sido capaz de llegar a la mayor cantidad de seres sobre la tierra para compartir con ellos, por dos horas y media, esa canción que durará por siempre, como los discos.» Cucho Peñaloza me cuenta una escena que lo emocionó: esa no-
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che del concierto estuvo comiendo a las dos de la mañana en el Café Haití, frente al Parque Central de Miraflores, y todas las personas que pasaban por la ciudad, los que estaban sentados en otras mesas, los que caminaban por Diagonal, los que se subían a los colectivos, los que paraban a comprarse unos puchos, todos tenían polos con las bocas sacando lenguas de los Stones. Como si esa camiseta fuese la de la selección nacional, y ese café, esa ciudad, fuesen parte de algo así como el Planeta Rolling Stones. —¿Hubo algún momento que te emocionara durante el concierto? —le pregunto. —Lloré tres veces —me responde—. Con «Tumbling Dice» una y luego con los dos temas de Richards: «You’ve Got the Silver» y «Before They Make Me Run». Así. Agua. Llorando. Keith estaba emocionado y eso me tocó. —¿Te pasó antes algo así? Seguro fue porque estabas en el Perú. —Para nada —me respondió—. Normalmente lloro cinco o seis veces si estoy en un concierto de los Stones. Cinco o seis veces. Esta vez sólo fueron tres.
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Esto es algo así como un microcuento familiar. Una pequeña lección acerca del pasado y la manera en que guarda pequeñas verdades. Es así: cuando era muy niño, allá por los inicios de la década de los ochenta, mi papá me contó que a la salida del restaurante en que trabajaba había visto a los Beatles. 174
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Ante mi estupor me dio detalles: eran los sesenta y papá llevaba ya algunos años en Lima. Había dejado la casa de sus padres, en Ayacucho, en 1957, y había viajado por su propia cuenta a la gran ciudad. Había sido mandadero en tiendas de japonesas en La Victoria y luego freidor de papas y terminó de mozo en un restaurante de carnes en la Plaza San Martín, que se llamaba La Pampa: fue allí que una mañana, saliendo de su trabajo, vio a los Beatles. Papá siempre traía a casa historias increíbles de su trabajo: las más sorprendentes eran sus encuentros con escritores famosos, como Antonio Cisneros o Julio Ramón Ribeyro, estrellas de la televisión peruana o políticos conocidos. La más increíble, sin embargo, la que me hacía soñar cuando era niño y le pedía que me volviera a contar, era esa mañana en que, en las puertas de su trabajo, vio con sus propios ojos, entre las arcadas de la Plaza San Martín, revisando periódicos y haciéndose lustrar los zapatos, a los Beatles, a los putos Beatles en persona, indiferentes a las miradas de un corro de personas que no se atrevían a abordarlos y los miraban como a criaturas de otra galaxia. ¿Qué hacían en el Perú? ¿Habrían tenido el retraso en un vuelo de conexión? ¿Habrían llegado de incógnitos para conocer Machu Picchu? ¿Quiénes estaban? ¿Lennon y Harrison? ¿Paul y Ringo? Mi papá no sabía decir quiénes, pero eran ellos. Y como no podía alejarse de su trabajo, sólo los había visto un momento, hasta que se retiraron a otro lugar de la plaza. Les conté la historia a mis amigos del colegio y por un momento los deslumbré. Con el paso del tiempo, sin
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embargo, dejé de contar la historia y, ya pasando la adolescencia, empecé a desconfiar de ella. Hasta que ya no me la creí. Porque ni en la universidad, ni durante los años en los que ejercí a tiempo completo el periodismo, escuché a alguien hablar de esa visita. Cada vez que papá volvía a contar la historia le decía que no le creía, y me burlaba un poco de él. ¿Así que los Beatles, no? ¿En la Plaza San Martín de Lima? Él siempre porfiaba y yo le hablaba de cosas que no encajaban. ¿Cómo no hubo una multitud que se abalanzara sobre ellos? ¿Cómo no había guardias de seguridad, chicas que gritaran histéricas? Si hubieran venido a Lima, así fuera de incógnito, se habrían hecho reportajes, libros, series enteras sobre su paso por la ciudad. Sólo la llegada de William Burroughs y de Herman Melville habían generado novelas enteras. Cuando pasaba algo muy extraño, o muy extremo, o muy delirante, yo siempre le decía a mi papá lo mismo. «Claro, como la vez que viste a los Beatles en la Plaza San Martín.» Y él insistía. Te juro, hijo, me decía. Te juro que los vi. Estoy en un avión que partió de Trujillo hace una hora y acaba de aterrizar en Lima cuando leo el pasaje del libro de Cucho Peñaloza que narra un episodio puntual de la primera visita de los Rolling Stones a Lima, luego de que dejaran el hotel Crillón y se fueran caminando al hotel Bolívar, que está en plena Plaza San Martín. Una mañana del 18 de enero de 1969, Jagger, Richards, y probablemente el cineasta Anthony Foutz, a quien los medios luego confundirían con un miembro de la banda, decidieron hacer una incursión por los alrededores de la Plaza San
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Martín. Cruzaron el Jirón de la Unión, se metieron en las arcadas, caminaron, tomaron algunas fotos de la gente y de un grupo folclórico que bailaba marinera. Es probable que en la puerta de uno de esos negocios —el restaurante La Pampa— haya estado, muy joven, ya casado con mi mamá, mi padre, con su uniforme de mozo. Cierro el libro, desactivo el modo avión del celular y llamo a mi papá. —Papá, tengo una pregunta —le digo, una vez que mi mamá me lo pone al teléfono—. ¿Hasta qué año trabajaste en La Pampa? —¿Cómo? —¿Hasta qué año trabajaste en La Pampa? —Hasta el año ’71. —Viejo, tú no viste a los Beatles. Es verdad que estuviste a unos metros de unas megaestrellas y quizás se estaban lustrando los zapatos en la Plaza San Martín, pero no eran los Beatles. Eran los Rolling Stones. Del otro lado del celular se escucha un silencio. —No, discúlpame —me dice—. Eran los Beatles. Te lo juro. Yo vi a los Beatles. Eran tres. —Así es. Había otro, un cineasta al que tomaron por un Stone. En verdad viste a sólo dos. A Mick Jagger y a Keith Richards. Se hospedaron en el Bolívar, salieron a caminar por la plaza y se quedaron en el puesto de quiosco al lado de tu negocio. Papá se lo piensa un rato. Se toma su tiempo, como si meditara. El silencio se hace largo. —Eran los Beatles —dice al fin—. Quizás ese día se pa-
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recían a los Stones pero eran los Beatles. ¿Cuándo me vas a creer? Le digo que le creo, claro. Por cosas así quiero más a mi papá. * * *
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—Que tú crees que para qué podría servir esto, chico —le dice un cubano de más de cincuenta años a otro mientras miran una torre de cables y reflectores ubicada a unos cincuenta metros del enorme escenario que los Rolling Stones han montado en la explanada de la Ciudad Deportiva de La Habana. —No lo sé muy bien, pero creo que esto aquí, en medio de la cancha, quizá sea para iluminar el escenario allá a lo lejos. —Qué cosa más grande, la verdad. Son cerca de las cuatro de la tarde y ellos, junto a miles de personas que han llegado hasta aquí desde temprano trayendo galletas, agua o frutas, tratan de ocupar el tiempo muerto hasta la hora en que toque la banda, anunciada a las ocho y media de la noche. Éste es el día del concierto, pero desde que los equipos llegaron transportados por sesenta y dos contenedores han sido muchos los cubanos que se han acercado a ver el proceso de montaje, a tomarse fotos, a ver aparecer de a poco esa inmensa edificación que, entre instrumentos, equipos de sonido, luces, escenografía y pirotecnia, supera las quinientas toneladas de peso. «Lo único que no me gustaría es quedarme sordo,
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pero por la emoción de estar lo más cerca de ellos estoy dispuesto a perder un poco el oído», declaró al diario El País un chico cubano de veintidós años llamado Rocky, la primera persona que llegó a hacer la cola dos días antes del concierto, el miércoles 23 de marzo a las diez de la mañana, armado de pan, galletas y diez litros de agua. La fiebre habanera empezó el 1 de marzo, sólo cinco días antes de realizarse el concierto en Lima. Fuentes del Instituto Cubano de la Música (ICM) ya habían anunciado, a través del Noticiero Cultural, que se estaban llevando a cabo negociaciones para un concierto gratuito de la banda que cerraría con broche de oro su gira Olé 2016, pero ese día, a través de sus cuentas oficiales, la banda lanzó un comunicado señalando que tocarían en Cuba, que sería un concierto gratuito programado para el día 25 de marzo en la Ciudad Deportiva de La Habana. El 25 de marzo era nada menos que Viernes Santo. «Va a ser un hito para nosotros y esperamos que también para todos nuestros amigos de Cuba», decía el comunicado de la banda. Las reacciones fueron inmediatas. «Es un acto de reparación de una injusticia histórica con los Beatles y los Stones», manifestó el escritor cubano Leonardo Padura. «Por escucharlos te abrían expediente por desafecto al régimen, por extranjerista, incluso podías ir a prisión por tu afición a los “ritmos del capitalismo”. Mi generación los escuchó casi a escondidas. Sonaban de vez en cuando en la radio, poco y mal, y no se televisaban. Si alguien me hubiese dicho cuando era adolescente que algún día
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el grupo británico pudiese actuar en mi país, le hubiese dicho que era un enfermo mental sin causa posible de reparación.» En su blog personal, replicado en el portal Martinoticias, el periodista cubano Luis Cino escribió una «Carta a Mick Jagger» en la que señalaba su estupor ante la decisión de la banda, cuya música había llegado a la isla «como si hubiera sido enviada por Dios o por el diablo, para salvarnos. Y llegó en el momento preciso, cuando más la necesitábamos (…) Me es imposible evocar aquellos años sin «As Tears Goes By», «Lady Jane», «Jumpin’ Jack Flash» o «Sympathy For The Devil». Aquellas canciones nos ayudaron a capear la monotonía desoladora del paraíso revolucionario y nos salvaron de caer en picada». Su texto terminaba con una advertencia: «Ojalá no copen el estadio con “segurosos” y movilizados del Partido Comunista y la UJC, como hicieron con las misas del papa, y nos quedemos fuera los verdaderos interesados. Por si las moscas, les aconsejaría a ustedes que pensaran bien lo del concierto en La Habana, porque con los mandarines verde olivo, tan renuentes desde siempre al rock and roll, nunca se sabe». Estoy sentado sobre el suelo de una autopista contigua a la explanada exterior de la Ciudad Deportiva de La Habana en la que se dará el concierto de los Stones. Una larga alambrada nos separa de la grama vacía en la que, a partir de las dos de la tarde, dejarán entrar al público. Es cerca del mediodía. Al fondo, el enorme escenario se ve idéntico al de Lima pero mucho más grande, proyectado contra la nada del cielo cubano. Están las pantallas
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gigantes, las torres de luces, los focos inmensos, pero no hay rastro de tanques, cordones de militares o agentes de seguridad. Nada. He llegado a la mañana de este viernes histórico junto a un grupo de cubanos que tienen apenas veinte o veintiún años, y que no conocen de los Stones más que «Satisfaction», pero que no quieren perderse el concierto de sus vidas. Quieren sentir cómo suenan mil trescientos kilos de audio y enfrentarse a sus consecuencias. Ayer por la noche, en el programa Mesa redonda del canal oficial, se aseguraba que nadie perdería la audición: éste era un grupo de fama mundial que sabía muy bien cómo disponer sus equipos, de manera que se hacía un llamado al pueblo para ir con calma y sin urgencias por estar adelante: con esa tecnología, se escucharía perfectamente desde todas partes. El especialista Guillermo Vilar explicaba que la música de los Stones no era rock pesado o metal. «Su música es abarcadora, para todos los gustos», decía el experto cubano. «No es fuerte. Es rítmica, intensa, apasionada, auténtica. Si a usted le gusta vacilar con los Van Van, va a sentir lo mismo con los Rolling Stones. Porque ellos tienen tumbao.» «Al concierto de los Rolling hay que ir con la disciplina y el entusiasmo que nos caracteriza», decía la nota oficial del Instituto de la Música. Sentados sobre la pista y debajo de sombrillas que nos protegen del sol, los chicos con los que estoy se las agencian para mezclar «refresco», que es como llaman a las gaseosas, con Silver Dry, un ron que se bebe en caja y que contiene treinta y seis por ciento de alcohol. Tratan de bebérselo todo antes de que abran el acceso a la ex-
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planada, del otro lado del alambre, porque creen que los militares no les permitirán ingresarlo. Se han prohibido «bebidas alcohólicas y objetos cortantes»: es mejor entrar ya «en candela». Alrededor, mucha gente aguarda la hora de ingreso: hombres de sesenta o setenta años que parecen los Hells Angels de una película que ya no da miedo, turistas que podrían haber llegado de visitar la famosa Bodeguita del Medio de La Habana Vieja, mujeres gordas que parecen de Europa del Este, jóvenes adolescentes de América Latina con banderas de distintos países y camisetas de fútbol de Argentina o Colombia, muchachos de universidades norteamericanas con polos que reproducen la imagen clásica del Che que tomó Korda, pero con la cara de Mick Jagger. Y también cubanos: adolescentes con raros peinados nuevos y tatuajes y celulares recientes, mezclados con mujeres y hombres con el aspecto de estar en pleno «período especial»: camisetas sin marca, pantalones de tela, zapatillas sin logo. En cierto momento, pasa una bandera que une la de Estados Unidos y la de Cuba por medio de la boca lenguaraz de los Stones. Hace tiempo dejé atrás la película que había imaginado en Lima cuando supe de este concierto: los Stones tocando en un escenario impresionante dentro de un estadio que se cae a pedazos frente a un mar de cubanos que los miran con estupor vigilados por cientos de guardias y la custodia de carros militares. Casi todos los chicos con los que estoy tienen tatuajes y hablan a la manera cubana —con ese atropello arrebatado, ese canto pegajoso y esa elisión de las consonantes—
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pero de manera mucho más vertiginosa, y usando giros que me son ajenos. Así, pasó tiempo hasta que descubrí que un chico que me ayudaba con las tarjetas de Internet y que se hacía llamar «Malo» en verdad se llamaba Marlon. Durante la visita que hice a la casa de Hemingway, mi compañero cubano me dijo que esa casa nos demostraba que los escritores en verdad necesitaban una cama muy grande para escribir. Pensé que se refería a la que estaba junto al escritorio en el que el autor de El viejo y el mar escribía de pie, pero cuando le pedí detalles me dijo: «Necesita mucha cama, ¿me entiendes? Mucho sosiego, mucha tranquilidá». El consumo algo precipitado de Silver Dry, sumado a la naturaleza del dialecto cubano, sumado a la velocidad adolescente y la plenitud de una jerga generacional hacen que me pierda parte de las conversaciones de mis compañeros. Son cerca de las doce del día y quedan casi nueve horas para el inicio del concierto. Las puertas se abrirán en dos más. Mi amiga Ana María, con quien estoy, tiene dos entradas para la zona pegada al escenario —algo así como la zona Golden cubana—. Esas entradas se han distribuido entre músicos y estudiantes de música, periodistas y gente conocida de las autoridades del país, pero yo descarté esa zona porque ya vi a los Rolling muy de cerca bajo el cielo anodino de Lima. Lo que me interesa ahora es ver a personas que nunca los han escuchado viéndolos por primera vez. Trato de refugiarme en la sombra y tomo un poco de agua. Mientras espero que se abran las puertas, leo la
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biografía de Philip Norman sobre Mick Jagger. Entonces un periodista del diario Juventud rebelde me pide hacer unas fotos. Si mi foto finalmente sale, apareceré entre gente acampando, carpas y motos, puestos improvisados de maní, humitas y fritangas, la gente que se desplaza hasta aquí desde la Plaza de la Revolución por la avenida Independencia y luego por la Vía Blanca, entre enormes construcciones levantadas durante el gobierno de Fulgencio Batista y el de la Revolución. A las dos, la hora de entrar, la fila es recorrida por una suerte de agitación. Nos ponemos de pie. La puerta de acceso en efecto se abre, pero no vemos un solo hombre uniformado ni puestos de vigías: nadie que supervise qué llevamos, qué tenemos en los bolsillos. Todos se amontonan frente a la puerta como borregos después de pasar mucho tiempo encerrados. Mi amiga, Ana María, va delante de mí. Detrás tengo una pareja de norteamericanos. La masa se compacta contra la cerca. Vamos como sardinas en medio de una guagua atascada en el día más caluroso del verano tropical. «El pueblo avanza sin rendirse», dice un chico a mi lado. «¡Vencer o morir!», dice otro y reímos. Movemos los pies hacia delante, nos empujamos, parecemos una columna de guerreros griegos y así avanzamos hasta que ya cerca de la entrada el grupo se convierte en una estampida. Hay cuerpos que caen, que saltan sobre otros cuerpos. Corro entre la multitud que avanza hacia el escenario. Saco mi cámara y grabo. Corremos todos como escapando de un lugar de desastre. Unos cercos de contención de hierro separan el campo
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de la zona destinada a personas con invitación. Un grupo de guardias uniformados se acerca a la barrera, pero hay gente que la ha derribado o que ha movido las tranqueras y entra por los intersticios. Yo mismo acabo de hacerlo. Corro por la zona de invitaciones con el placer de un chico de veinte años que acaba de infringir la norma. No me detengo hasta no llegar cerca del escenario. Yo sé que es el lado de Ronnie Woods. Ahora estamos apiñados contra la barra que separa al césped del escenario por apenas ocho o diez metros. Algunos resisten, haciendo esfuerzos por empujar para atrás y no morir asfixiados. Estamos aquí. Estamos unidos. Estamos cerca. En seis horas y media veremos a Jagger, y toda esta incomodidad y esta asfixia tendrán sentido. Allá atrás, un grupo de guardias se ha emplazado detrás de los cercos de hierro para impedir que sigan pasando más personas. Una masa rockera no se comporta de la misma manera que una masa que acude a escuchar el discurso del Comandante Fidel en la Plaza de la Revolución. De modo que, ahora, los guardias han restablecido el principio de autoridad y quienes han llegado después de nosotros se han quedado sin poder pasar. Estamos eufóricos y la euforia nos hace olvidar el calor. Alguien saca el ron, el poco que queda. Algunos adolescentes se quitan las camisetas y yo, con mis cuarenta años, me pregunto qué hare el tiempo que queda hasta que empiece el concierto. Ya me había habituado en la isla a la emanación constante de sudor, a la manera en que caen gotas de mi nariz apenas me despierto. Pero ésta es la primera vez que experimento el calor
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como algo sólido, algo con densidad material, algo que se podría cortar y vender al peso. Las piernas empiezan a doler y entumecerse porque es imposible hacer movimiento alguno. Movemos los brazos un poco, un poco los codos, intentamos ganar espacio y respirar, las bocas abiertas como peces. Necesitamos sentarnos: me doy cuenta de que no podremos aguantar de pie. Primero lo hace uno. Luego el otro. En un momento, hago el esfuerzo y quedo de cuclillas; después, me siento con las piernas recogidas cerca del mentón. Los músculos descansan un poco, pero aquí abajo parece no circular el aire y al entumecimiento se añade una sensación de asfixia. No aguanto, renuncio a mi espacio de hombre sentado y me pongo de pie. Es una incomodidad casi animal. Al cabo de media hora me empiezan a doler nuevamente las piernas, los tobillos, los pies. Cerca de las cuatro de la tarde, o poco menos, decido que no puedo más y abandono mi puesto de vanguardia. He visto al fondo, allá atrás, a gente que puede transitar, caminar de un lado al otro, estirar los brazos. Me convenzo diciéndome que, en esa situación, no puedo trabajar: he venido aquí a ver a la gente que ha ido al concierto, a capturar escenas, a tomar notas. Y en esta situación es imposible. Me despido de las personas con las que llegué hasta aquí, diciéndoles que quizás vuelva en un par de horas, y me doy cuenta de que es posible que no pueda salir. ¿Cómo dejas una ubicación donde la gente ya se hizo dueña del suelo y ha cruzado piernas y pies hasta formar una alfombra humana de muchos metros? ¿Dónde poner el pie? Y aunque me quedara aquí, ¿cómo diablos haría
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para ir a los baños que están en las esquinas si me dieran ganas de orinar? Estoy a punto de sufrir un ataque de agorafobia. Me tengo que ir. Este concierto significa para mucha gente la llegada de libertad al país, y es precisamente en este concierto de la libertad, pegado al escenario, cuando me siento menos libre que nunca. Preparo un número que es una media verdad. Empiezo a decirle a la gente que me siento mal, que debo salir de ahí, y entonces uno mueve un piel, el otro un talón, aquél desplaza unos centímetros su cabeza. Cada vez que doy un paso, que avanzo un poco, quedo en una posición extraña durante un rato hasta que negocio con el siguiente. Excuse me, perdón, gracias loco, danke, merci, thanks. Las ganas reales de ir al baño, en efecto, se presentan y aceleran la fuga. El calor cae a metralla. Veo que quedan pocos metros y, de pronto, después de varios excuse me y permisos más, salgo. Recupero la libertad en La Habana. Es maravilloso respirar, mover las extremidades, desplazar una pierna tras otra, caminar. Aquí todo es distinto: parece un enorme picnic en un parque público gigante o un Woodstock sin lodo. Familias enteras, chicas que toman sol en bikini, parejas que juegan a las cartas, tipos echados sobre el grass con lentes de sol, sombreros de ala ancha, viseras. Hay dos chicos argentinos con banderas de Cuba y los Estados Unidos, unos tipos que han tenido la genial idea de venir con un cooler del que salen cervezas Cristal. Yo tomo mi agua de botella. Me estoy haciendo una selfie con una bandera cuando me encuentro con Patricio Fernández,
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de The Clinic, que vino con acreditaciones de periodista y me muestra dónde están los colegas: todos junto a los equipos de iluminación. A eso de las cinco de la tarde, se empiezan a emitir videos de la banda: conciertos, secciones de documental o videos. A veces se proyecta la bandera cubana y se ve la lengua stone junto a la palabra Cuba. Se corre la voz de que en el contenedor que está detrás de nosotros y de los equipos estarían Naomi Campbell, Richard Gere y Leonardo DiCaprio. Alguien descubre a Naomi y le hace fotos. En esta zona es posible usar la mochila como almohada y tenderse sobre el piso. Estoy echado así, con el cuaderno de notas en la mano, cuando escucho las notas de «She’s So Cold». Entonces me pongo de pie como un resorte y veo ese antiguo clip que mis hermanas veían extasiadas en 1980.
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Él llegó al vecindario como de la nada. Llamaba la atención por sus pantalones claros, sus camisas de colores o sus guayaberas, pero sobre todo porque era blanco en un barrio en que no había gente blanca y menos con los ojos claros. Los de él eran verdes. Su nombre nunca lo supimos, pero los del barrio lo llamaban «El Cubano». Con el tiempo supe que provenía del parque zonal Túpac Amaru, y sólo después de muchos años he podido reconstruir cómo fue que terminó siendo nuestro vecino. Era el papá de uno de mis mejores amigos, Manuel. 188
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Todo había empezado el 4 de abril de ese año 1980, en Cuba. Ese día un puñado de cubanos robó un ómnibus de la ruta 32 que hacía el servicio por la Quinta Avenida del barrio de Miramar y, torciendo su dirección, rompió el cerco de la embajada del Perú para meterse en suelo peruano y solicitar asilo político al gobierno de mi país. Querían dejar la isla. En la escaramuza murió un vigilante cubano, y Fidel Castro se apoyó en ese hecho para pedir, a las autoridades peruanas del gobierno militar que estaba atravesando sus últimos días, que le devolvieran a los refugiados. El gobierno peruano se negó a hacerlo, y como represalia Castro retiró la vigilancia a la sede diplomática. En las siguientes horas y días, de todas partes de la ciudad de La Habana y de Cuba entera, cientos de personas —familias enteras, personas solas, o familias a medias— irrumpieron en la embajada del Perú buscando una manera de salir del país. Cuba atravesaba su peor crisis económica hasta entonces. En cuarenta y ocho horas, cerca de once mil personas invadieron la sede diplomática y malvivieron distribuidos en los espacios y jardines de una residencia de apenas dos pisos. Permanecieron allí cincuenta y nueve días. Se hacinaron, defecaron y orinaron donde pudieron, vieron enfermarse a sus niños o se enfermaron ellos, durmieron en las ramas de los árboles. El gobierno de Castro convocó al pueblo para marchar frente a la embajada del Perú, y miles de cubanos desfilaron por la Quinta Avenida para hacerles saber a quienes estaban dentro —esa gente a la que el Comandante Fidel llamaba «la escoria» y a quienes los ciudadanos llama-
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ban «los gusanos»— que los repudiaban. Se inició así la tradición que desde entonces se llamó de La Marcha del Pueblo Combatiente. Tras unos días, el Comandante le informó al país que todos quienes quisieran irse de la isla y abandonar la Revolución podían hacerlo, y para ello abrió el puerto de Mariel. Todos esos eventos se conocen como «La crisis de Mariel». En los días que siguieron, cerca de ciento veinticinco mil cubanos, llamados desde entonces los «marielitos», acudieron a ese puerto para irse en cientos de embarcaciones a los Estados Unidos. De todos ellos, debido a unas complejas negociaciones entre Cuba y mi país, cerca de ochocientos cincuenta cubanos fueron refugiados por el gobierno del Perú. La historia indica que volaron en un vuelo de KLM. Los primeros llegaron al parque zonal Túpac Amaru, en el barrio obrero de San Luis, en Lima, el 18 de abril de 1980. Los demás lo hicieron días después. A todos les dieron carpas y sitios para dormir. Los vecinos se acercaban a darles su respaldo y alguna ayuda, pero también iban a curiosear transeúntes que los habían visto en los noticieros locales. Es posible que él haya llegado con el tercer grupo de refugiados cubanos. Lo tuvo que revisar la Cruz Roja y, como los demás, recibió una tienda de campaña para dormir y una serie de indicaciones acerca de cómo recibiría la comida y la ayuda económica que le entregarían instituciones benéficas. Como los demás, tuvo que adaptarse a la humedad de Lima, y vivir en ese parque en el que se hacinaba junto a ochocientos compatriotas suyos y que,
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con el tiempo, empezó a mostrar señales de deterioro, de modo que, junto a un amigo, alquiló un cuarto dentro de la urbanización de casas homogéneas que había frente al parque, y luego se instaló en la casa de una vecina que pasaba el tenue estigma de vivir sin marido. A diferencia de otra vecina también separada, que era enfermera y criaba a un único hijo, ella, Carmen, tenía que hacerse cargo de dos pequeños: Fabiola, de mi edad, y Manuel, mi amigo, un año menor que yo. Manuel era un niño pequeño, de piel oscura y cabello rebelde que, como yo, no tenía mucho. Su casa estaba llena de palomas y cuyes y aves de corral —gallos, pavos, patos— que su madre usaba para alimentarse y para alimentar a sus hijos, mientras vivía de aplicar inyecciones. Para evitar habladurías, la señora Carmen decía que el hombre que había acogido era su «inquilino». Su conducta era tan intachable que nadie le pudo reprochar nada. Con el dinero de asistencia que había recibido, el cubano montó un puesto en que vendía comida todas las noches en la avenida San Juan. Se iluminaba con un foco que se prestaba luz de un poste público. No era el único al que veíamos por esos días, pero sí el único que se quedó entre nosotros. Corrían los meses y la crisis de los cubanos no se solucionaba. Se suponía que luego de viajar a Lima debían irse a los Estados Unidos, pero seguían encerrados en el parque. Por las noches se escuchaban gritos, se armaban peleas y nadie se animaba a acercarse. Empezó a decirse que se vendía droga, que dentro del parque funcionaba un prostíbulo y que los muchachos y muchachas del barrio hacían cola para tirar
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con los visitantes de la isla. Así fue como nuestras madres nos prohibieron acercarnos al parque zonal. Empezamos a mirarlos de lejos, pero sentíamos el olor a orina, a heces, a algo picante que, ahora sé, debió ser marihuana. En un programa radial de la estación holandesa Nederland realizado en 2000 un vecino de mi barrio hizo el balance de esos años: «Vinieron a malograrnos todo el vecindario. La excepción eran los buenos. La generalidad eran los gusanos que hicieron honor a ese tipo de fama. Fue una desgracia». Todos en la urbanización se organizaron para pedir que sacaran de ahí a los forasteros. En medio de ese clima hostil, el cubano de mi barrio recibía a sus amigos, salía temprano a trabajar y volvía por la noche. Es probable que el fin de nuestra primera infancia haya coincidido con el día en que entramos al parque zonal tiempo después de que una fuerza de seguridad desalojara violentamente a los cubanos para llevárselos a un arenal en las afueras de Lima, más allá del pueblo joven de Villa el Salvador. Entramos, nos inundó el hedor, y vimos los juegos de los complejos inutilizados, los toboganes quiñados y sin lustre, el laberinto defecado, la piscina vacía y llena de inmundicias. Cuando crecí, me hice new wave y luego dark y dejé el barrio, y con él a Manuel y a mis amigos. No supe, por ello, en qué momento el cubano se fue, de allí y quizás de Perú. Yo olvidé a todos, o quise olvidarlos, y creí que los había olvidado. De adolescente me desperté en las madrugadas para ver los partidos en los que Perú enfrentaba a Cuba por el mundial de vóley femenino o por las Olimpiadas. Cuando estudiaba en
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la universidad vi películas cubanas como Memorias del subsuelo o Fresa y chocolate. Cuando era periodista, el documental Buenavista Social Club hizo que imitara el acento cubano como todos mis amigos en la redacción del diario El Comercio. Pero jamás volví a recordar al cubano de mi barrio y a los que habían llegado con él hasta que vi la película Antes que anochezca, de Julian Schnabel, y leí el libro de Reinaldo Arenas que la había inspirado. Unos años después, cuando ya había salido del Perú para vivir en los Estados Unidos y había vuelto a mi país para ser profesor de periodismo, un alumno mío del curso de crónicas, Renzo Cornejo, me ofreció hacer un reportaje sobre los cubanos que vivían en Pachacamac, Villa el Salvador. ¿Cómo? ¿Aún vivían ahí? Supe entonces que muchos se habían ido a Miami, pero un puñado se había quedado en ese barrio construido sobre las arenas del desierto de Lima. Renzo se ganó un premio —el Etecom— con esa crónica. Casi nadie en La Habana de 2016 sabe que hay un grupo de cubanos que se quedó en Lima después del escándalo de la embajada del Perú. Una mañana, durante mi estadía en la isla, decido visitar el sitio donde estaba el edificio. Aquí todos recuerdan los sucesos de esos días pero casi nadie tiene claro en qué parte exacta de la Quinta Avenida se encontraba la embajada del Perú. Cuando la crisis pasó, el régimen de Castro edificó en ese lugar el Museo de la Marcha del Pueblo Combatiente, pero luego la casa fue demolida. El espacio existe, claro, entre las calles 72 y 74, y ahora es el estacionamiento del Ho-
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tel Occidental Miramar, un espacio tranquilo, de árboles descoloridos y césped desigual donde no hay nada salvo una caseta de vigilancia. Nadie que pase por aquí podría imaginar que este lugar anodino fue un hito de la historia de este país y de su identidad revolucionaria. Por los carriles de la gran avenida pasan raudos los autos. Emboscado entre los árboles, a la sombra de un sendero peatonal que casi nadie transita, un pequeño hito que alguien confundiría con una banca muestra una placa recordatoria con el rostro de un hombre cubano joven: «Sub Oficial del Minint Pedro Ortiz Cabrera. Custodio de la Embajada del Perú», se lee. «Aquí murió valientemente en cumplimiento de su deber el 1º de abril de 1980. El pueblo de Cuba.»
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Recuerdo muchas cosas mientras estoy de pie sobre el césped de la Ciudad Deportiva de La Habana. El sol ahora se está poniendo a la izquierda, bajo unos árboles altos y espectrales. Cuando el cielo se tiñe de un naranja agónico y son casi las ocho de la tarde, ya todo el mundo está de pie. Es casi de noche y los colores y luces de la escenografía cobran otro peso. A las ocho y media la multitud que ha ido llegando durante el transcurso de toda la tarde empieza a aplaudir. Hay gente apostada en las casas y edificios del fondo, en las ventanas, en los techos. Patricio Fernández prende su celular y graba al periodista norteamericano Jon Lee Anderson, que también está aquí. 194
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«Este evento es un clavo más puesto sobre el ataúd de lo que buscó la revolución castrista», dice Anderson. Son las ocho y treinta y cinco. Al fin. «Vivir en Cuba, que es un País de las Maravillas, te prepara para casi todo», escribiría esa misma noche el periodista cubano Rafael González Escalona. «Pero no para un concierto de los Stones. Nadie podía haber anticipado esto.» Las luces se apagan y, cuando detrás de la batería de Charlie Watts aparece la imagen de una bandera cubana flameando, replicada en dos pantallas, el público empieza a delirar y la gente apunta sus cámaras y sus celulares para capturar la imagen del fondo verde con letras blancas que no nos da la bienvenida a un país sino a una ciudad: «Bienvenidos a La Habana». Ya está. Esto era. La voz que esperamos irrumpe. LADIEEEEES AND GENTLEMEEEEEEEEEN: THE ROOOOOOOOLLING STOOOOOOOONES. Vivir en Cuba te prepara para casi todo, menos para ver algo así. Ahí está la gárgola insomne que camina desafiando a la muerte como si acabara de salir de un barco fantasma. Keith Richards. Un saco y una vincha multicolor, camisa y zapatillas y guitarra verde esmeralda. Todos esperamos que sus manos tuberosas arranquen el «Start Me Up», pero lo que hacen sus dedos, como una primera señal que indica que esto es diferente porque esto es Cuba, es puntear el primer riff de «Jumpin’ Jack Flash», y su pierna izquierda hace la flexión que le conocemos, la
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levanta y cae sobre el piso. Ronnie Wood está a su lado como el lugarteniente de la sombra y de la luz, y detrás de ellos, electrificado por la multitud, sale disparado Mick Jagger con una camisa roja y un saco de lentejuelas ocre, blanco y negro. Es probable que su voz se escuche en buena parte de la ciudad y saque del sueño a las aves tropicales. «I was born in a cross-fire hurricane / And I howled at my ma in the driving rain.» Jagger se desliza por el escenario, se desplaza con velocidad y glamour, las manos señalando a todo el mundo, saltando sobre sus zapatos negros con plataformas imperceptibles: «But it’s aaaall right now, in fact, it’s a gas! / But it’s aaaaaall right. I’m jumpin jack flash, Its a gas! gas! gas!». Esto no parará en dos horas y veinte minutos y dejará muy claro que estos hombres, a meses de cumplir los setenta y tres años, están bastante lejos de ser lo que algunos cubanos imaginaban: la respuesta anglosajona a Ibrahim Ferrer, Rubén González y Compay Segundo. Una vez, cuando aparecieron los Sex Pistols, Richards dijo: «Salieron ellos y entonces nosotros éramos unos viejos de mierda. Ahora somos unos maravillosos viejos de mierda». Todos miramos con admiración el cuerpo de ese maravilloso viejo de mierda que es Jagger: su culo escurrido, sus brazos serpenteantes, sus labios ahora magros y su gran boca. Cuenta la biografía de Philip Norman que a finales de los años setenta, durante una desintoxicación de Richards y ante la inminencia de una nueva gira, Jagger apuró así a sus compañeros: «No podemos esperar cinco años. Dentro de cinco años se habrán acabado las giras para nosotros;
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tocaremos en salones de bodas». En otro momento dijo: «No quiero acabar como Elvis Presley, cantando en Las Vegas, con todas esas amas de casa y abuelas que van a las actuaciones con bolso. No podría soportarlo». Miro a mi alrededor y me doy cuenta lo lejos que estamos de estar en un matrimonio atestado de señoras de la tercera edad. «Buenas noches, mi gente de Cubaaaaa», dice Jagger en correcto español. «Aquí estamos finalmente.» Es inevitable no pensar en las frases en castellano que hace sólo tres días pronunció Barack Obama en el teatro Alicia Alonso. Jagger irá un poco más allá: durante casi todo el concierto se dirigirá al pueblo cubano en su idioma y en su jerga. «Qué público tan chévere», dirá. Y: «Están en talla». Y: «Ustedes están escapados». No tocará directamente el tema político, pero recordará lo difícil que era encontrar música en tiempos pasados. «Pienso que finalmente los tiempos están cambiando.» La novelista Wendy Guerra está ubicada en una zona VIP y cerca de ella está una de las hijas de Raúl Castro. En una zona más selecta, protegido por una gorra, está Silvio Rodríguez. Los pases que recibieron todos ellos tenían impreso el nombre de la banda como The Rolling Stone, sin la «s» final. Saliendo del concierto, Guerra escribió lo siguiente en su despacho para El País: «La primera vez que escuché a los Rolling Stones fue hoy, en vivo, gratis y en La Habana. También fue hoy mi primera experiencia en un concierto de esa magnitud. Mi referente de grandes espectáculos eran, hasta ahora, los conciertos de la Nueva Trova, el rock argentino, la salsa o las masivas alocuciones
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de Fidel en la plaza, pero hoy no escuchamos al Comandante, el micrófono se lo apropiaron los Rolling Stones». Cuando leí el texto recordé una historia que Wendy me había contado días antes. Una vez, en 2012, durante una de sus visitas a la isla, Sting, amigo del esposo de Wendy, el pianista Ernán López Nussa, llegó a la casa de ambos en Miramar y en cierto momento le dijo que tocaría el tema que ella quisiera. Wendy le tuvo que confesar que no conocía ninguno: su música jamás había sonado en las radios de Cuba. Sting la abrazó y le tocó, por primera vez, «Roxanne», «Message In A Bottle» o «Every Breath You Take». La mayoría de los cubanos llegó al concierto sin conocer los temas de los Stones, pero se conectan inmediatamente con temas como «Out of Control», «Gimme Shelter» o «Miss You». El público tarda muy poco en descubrir los estribillos y luego los corea como si los conociera desde siempre. Con «Start Me Up» sucede algo más impresionante: veo a un grupo de cubanos improvisar una coreografía con bailes que remiten a danzas tropicales, ritos tribales africanos o al propio reggaetón. Los Stones terminan «All Down The Line», y mientras el público aplaude, Jagger se desacelera, aunque no parece agitado. Lleva una muda negra y encima una camisa rojo sangre. «Esto es para los cubanos románticos», dice, antes de cantar «Angie». Cuando suenan las primeras notas de la guitarra de Richards, cierro los ojos y dejo la isla: ahí está la adolescencia, el descubrimiento de la noche y sus promesas, las primeras fiestas. Todos teníamos miedo de
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sacar a bailar a las chicas; sabíamos que cuando llegaba el momento de las baladas sólo teníamos dos disparos: uno era «Hotel California», de The Eagles, y el otro es el tema que medio millón de personas corea en la noche cerrada de La Habana. Nosotros también mezclábamos refresco con pisco para tomar valor. Tengo los ojos cerrados aun cuando empiezan a aplaudirlos, y cuando los abro Richards está tocando los primeros acordes del «Paint It, Black»: Echo & The Bunnymen hizo un cover de este tema que escuché mil veces cuando era ya un adolescente y me vestía de negro y estaba peleado con el mundo. Jagger cambia al inglés y presenta a sus músicos. Bernard Fowler y la «encantadora» Sasha Allen en coros, Tim Ries y Karl Denson en el saxo, Matt Clifford en teclado, Darryl Jones en bajo, Chuck Leavelle en teclado. Todos salen a escena con presteza y reciben su saludo. Después, presenta a los otros tres fantásticos. Ronnie Wood hace como si volara, se lleva las manos a la cabeza y forma un corazón; Charlie Watts aparece con su camiseta blanca y sonríe; Keith Richards, con camisa roja y vincha jamaiquina, es el único que avanza por la pasarela, saluda con los puños, se pone en cuclillas, sonríe con esos dientes impecables que han reemplazado su dentadura estropeada y coronan su cara de sarcófago. «Havanna, Cuba», dice acercándose al micro. «This is amazing.» Luego él y Wood ejecutan «You’ve Got the Silver». Hace un par de días, cuando iba camino al bar El Diablo Tuntún, le escuché decir a Juan Pin Vilar que Cuba era una de las tres «reservas musicales más grandes de este
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planeta». Las otras dos eran los Estados Unidos y Brasil. Jagger parece darle la razón esta noche cuando grita: «Gracias, Cuba, por toda la música que has regalado al mundo». Richards cuenta que la noche anterior han estado en Casa de la Música de Miramar (mientras nosotros los esperábamos en la FAC), luego de haber participado de una recepción junto a los músicos de la isla. Uno de ellos había sido Virgilio Torres, cantante de la banda de rock La escuela vieja. Como muchos hombres de más de cincuenta años que estuvieron en el concierto, Torres lloró como un niño. Para él fue, como me dijo luego, «una total reparación». Él, junto al mánager de su banda, Agapito Martínez, me explicaron las maneras clandestinas que habían implementado para nutrir su culto: por onda corta, por mercado negro, por envíos clandestinos de turistas y marineros. Dos días después de este concierto histórico lo vi cantar con su banda en el local de la Casa de la Amistad, del Vedado, en el marco de la Semana de la Cultura Inglesa. «He hablado con mucha gente y creo que nada va a sustituir esto», dijo esa noche al público. «El último día de nuestras vidas, cuando nos vayan a enterrar, estoy seguro de que la última imagen que nos va a quedar, la última que veremos, será la de Mick Jagger cantando con los Rolling Stones en esta tierra.» El concierto entra en una pausa y sobre las pantallas aparecen dibujos rojos de santería, diablos y personajes oscuros, toda una simbología profana que anuncia la llegada inminente de «Sympathy for The Devil». Hay una luna llena impresionante colgando del cielo de Viernes
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Santo. En la pantalla, los dibujos se suceden como en el altar mayor de una ceremonia satánica al son del piano y las congas, y ahí está Jagger con la enorme capa de plumas rojas, conduciendo algo que cobra sentido pleno en este país de magia negra. «Please allow me to introduce myself / I’m a man of wealth and taste.» El «uh uh» que cantamos todos tiene de pronto una verdad de aquelarre que eriza la piel. «Los Beatles eran hijos de Dios y los Stones del demonio. Y ya ves que a este país nos vino a visitar el grupo de los endiablados», me dijo unos días después un joven amigo cubano. «Para los creyentes en Dios estuvo en La Habana el padre Francisco; ahora los satánicos tuvieron a sus Satánicas Majestades, me dijo el escritor Antonio José Ponte. El coro Entrevoces sale a escena a ejecutar el inicio santo de «You Can’t Always Get What You Want» y quienes no somos cubanos sabemos que estamos ante el penúltimo tema de la noche. Cuando acaba la canción, Jagger pregunta «¿Están listos?», y sabemos muy bien lo que se viene: el hombre que dijo alguna vez que no se imaginaba cantando «Satisfaction» más allá de los treinta años, y que ahora ha sobrepasado por más de cuatro décadas ese límite, está a punto de cantarlo por millonésima vez. El tema que todos, sin excepción, conocemos. «¿Están listoooos?», pregunta por segunda vez. Richards se adelanta y se lanza al arranque más famoso de toda la historia del rock y Jagger salta como un adolescente y todos saltamos y nos abrazamos. Cubanos y no cubanos. Latinos y no latinos. La banda en actividad más importante del mun-
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do conquista el último país de Occidente que le faltaba conquistar; la banda que más fiel ha sido al legado de la música negra devuelve el favor a una de las cunas de ese legado; la banda más global de todos los tiempos complementa la visita política más importante de la historia reciente. Sucede todo eso, pero no lo entendemos, porque estamos saltando sobre el suelo de Cuba, gritando, en esta isla donde se ha encarcelado y fusilado a gente injustamente, «I can’t get no satisfaction / ’casuse I try and I try and I try / I can’t get no… oh no, no, no… A hey, hey, hey, that’s what I say». Saltamos, y no somos conscientes de nada, salvo de que este tema no se acaba nunca, que Jagger lo canta con una boina que parece del Che, que corre los últimos cien metros de toda la gira con la lengua afuera, que los cuatro Stones se abrazan y todos los que estamos aquí seguimos cantando el estribillo del final aun cuando todo ha acabado porque queremos que el concierto no termine nunca, que los músicos sigan tocando para siempre, que esa llama no se extinga jamás.
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En algún momento, en todo concierto, las luces se apagan. En algún momento sabes que los músicos no volverán a aparecer, que tienes que volver a casa pisando un terreno lleno de vasos, bolsas y papeles. Ésta de ahora no es la marcha del pueblo combatiente sino la de medio millón de piedras que ruedan en silencio hacia la Vía Blanca en busca de los tres carriles de la avenida Inde202
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pendencia y del camino de regreso a hoteles, hospedajes, habitaciones y casas propias a través de una noche lunar con nubes que se cortan contra enormes palmeras. Caminando entre esa multitud, aprovecho para conversar por primera vez con Abraham Jiménez Enoa, el director del portal de crónicas El estornudo, que apareció hace unos días en El País como uno de los elementos clave de este momento en la isla. Abraham tiene veintiocho años y aún conserva algunos recuerdos del «período especial», cuando tenía nueve o diez: la cría de animales en casa, a los que les ponías nombres y luego daba pena comérselos; el racionamiento y la carencia; la comida cruda; la falta de luz en las noches; las madrugadas en que lo hacían ir al malecón a protestar contra Estados Unidos por el conflicto en torno al niño balsero Elián González. «Me ha erizado la piel», me dice acerca del concierto, mientras avanzamos junto a un grupo de periodistas y corresponsales que han visto antes a los Stones y que dicen que ésta ha sido la más emocionante presentación del grupo de la que tengan memoria. Jiménez Enoa estudió Periodismo en la Universidad de La Habana y egresó en 2012. Al acabar sus estudios, le tocó trabajar en el Ministerio del Interior; a Carlos Manuel Álvarez, un amigo suyo, en el Ministerio de Cultura. Ambos eran entusiastas de la crónica así que decidieron abrir este portal junto a algunos amigos que habían emigrado al extranjero. Al poco tiempo, Álvarez se fue a vivir a México, de manera que el portal funciona con un programador en Australia, una administradora del sitio que
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vive en Miami, el trabajo editorial de Carlos Manuel Álvarez desde México y la dirección de Abraham en Cuba, que coordina con los reporteros que están distribuidos por la isla. Lanzaron el portal el 14 de marzo de 2016, aprovechando la coyuntura de Obama y los Stones. El impacto fue inmediato. «No se trata de tener una sola visión o estar en contra del Granma», me dice Abraham. «Al contrario, yo creo que Granma tiene que existir porque representa la visión del Partido Comunista; lo que pasa es que no puede ser la única visión. Tú tienes que darle la oportunidad a la gente para que se exprese. Que tenga su opinión. Lo que nosotros queremos es contar todo lo que hay aquí. No pertenecer ni a uno ni a otro bando sino narrar Cuba, narrar esa Cuba que no está contada.» Abraham y yo nos reunimos algunos días después del concierto en un restaurante del último piso del edificio Focsa, uno de los más altos de la isla; almorzamos ante una vista panorámica de La Habana. Antes hemos ido a La Guarida, el paladar al que han ido el rey Juan Carlos y estrellas como Beyoncé, Kevin Spacey o Naomi Camp bell y que queda en la casa de la calle Concordia en la que se filmó Fresa y Chocolate, la película de Tomás Gutiérrez Alea de 1993 que narraba la relación entre un homosexual perseguido por el régimen de Fidel Castro y un joven aspirante a escritor, pero no conseguimos mesa. Igual recorrimos el espacio, que se conserva como en la película. La entrada, al menos, está igual, con las escaleras de mármol, la estatua de un ángel sin cabeza y el muro de ingreso en que se puede ver la frase «Por eso decimos patria o muerte»
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de Fidel Castro, y una imagen de la bandera cubana con el rostro de Camilo Cienfuegos. Ahora, en nuestro nuevo emplazamiento, con la vista del Atlántico, Abraham me confiesa que fue al concierto de los Rolling Stones sin haber escuchado ni una vez el tema «Satisfaction». «La conocía sólo de título», me dice. «Yo soy muy melódico de la música cubana e iberoamericana pero con todo eso, mira, yo bailé, brinqué y se me erizó la piel. Fotografié un par de banderas cubanas entre la multitud. Había una mística ahí que no era normal. De pronto, como cubano, sentías que estabas en el mismo nivel que los demás. Veía las imágenes de la pantalla gigante y me decía: “Esto no puede ser La Habana. Esto parece Londres o Madrid”. Es que era una cosa impensable. Y te digo, quizás sea por el bicho que tengo de periodista pero a mí, que no me gusta la música rock, me pasó que al otro día me levanté y lo primero que pensé fue en los Rolling Stones y en Mick Jagger. Quería saber por qué eran las entidades satánicas. Y me fui a leer cosas de ellos por Internet». Lo que dice no es poca cosa: Cuba tiene un acceso todavía muy limitado a Internet. Los extranjeros, acostumbrados a tenerlo en todo momento, debemos ir al lobby de hoteles como el Meliá para acceder a la web a precios exorbitantes. La otra posibilidad es ir a alguna zona en la que exista una señal de wifi a la que se puede tener acceso de una hora a un costo oficial de dos dólares, si se hace una cola inmensa por una tarjeta, o a tres dólares si se la compra a un revendedor de la calle. A veinte minutos de camino de la casa en la que me quedé había un centro de
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la empresa estatal Cubacel. Allí, en los alrededores, había personas que les hablaban a sus teléfonos celulares en voz alta o a grito pelado con enorme emoción. Recuerdo a una mujer que conversaba con quien debía ser su pareja, porque se le salían las lágrimas; a dos haitianos que llamaban a su país; a familias locales conversando con sus parientes en Miami que les mandaban remesas. «Mira, mira, Edith, las zapatillas que le mandaste qué bien le quedan a mi niña. Anda, Libertad, muéstrale a tu tía lo bien que te quedan. Mírala a esta chica, más grande que nunca.» Todos se aferraban a sus celulares y trataban de maximizar el tiempo que les permitía la tarjeta. Si un cubano invirtiese todo su sueldo oficial en Internet, podría chatear con sus amigos o familiares durante sólo quince horas. Mucha gente quiere salir de aquí. Abraham también. Lo han invitado a algunos congresos y talleres fuera de Cuba, pero no puede ir porque cumple el período de servicio social al Estado y está inmovilizado en la isla. En un momento me dice que es la segunda vez que ve La Habana desde esta vista panorámica. Por estos días, acompañando a colegas extranjeros que lo llevan de aquí para allá, ha entrado a restaurantes y bares que jamás antes había visitado. Hubo un tiempo en que a los cubanos no se les permitía el acceso a los hoteles de los extranjeros, pero eso ha cambiado y ahora genera situaciones extrañas. Una noche, en el bar del lujoso Hotel Nacional al que vamos para obtener wifi, el periodista argentino Javier Sinay y yo nos encontramos con un tipo cubano llamado Ernesto que se nos acercó a hablarnos de nuestros países,
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sus gobiernos, monedas, estilos de vida. Era medianoche de domingo y yo esperaba que nos hiciera la propuesta más o menos previsible —ya saben: chicas, rumba—, pero no la hizo. Lo único que quería era conversar con alguien sobre los países del extranjero, sobre el mundo más allá de eso que el poeta Virgilio Piñera llamó «la maldita circunstancia del agua por todas partes». * * *
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«Sé que para algunos cubanos de la isla puede existir la sensación de que los que se fueron de alguna manera apoyaban el viejo orden en Cuba», dijo en su discurso Barack Obama. «Estoy seguro de que hay una narrativa persistente que sugiere que los exiliados cubanos ignoraron los problemas de la Cuba prerrevolucionaria y rechazaron la lucha de construir un nuevo futuro. Pero les puedo decir hoy que muchos exiliados cubanos llevan consigo el recuerdo de una dolorosa y, a veces, violenta separación. Aman a Cuba. Una parte de ellos aún considera éste su verdadero hogar. Es por eso que su pasión es tan fuerte. Es por eso que la pena en sus corazones es tan grande. Y para la comunidad cubano-americana que he llegado a conocer, esto no se trata sólo de política. Se trata de la familia: el recuerdo de una casa que se ha perdido; el deseo de reconstruir un lazo roto; la esperanza de un futuro mejor, la esperanza del regreso y la reconciliación». Es una mañana de sábado. Estoy en Lima, ya de re-
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greso de mi viaje a Cuba, y he venido a la urbanización Pachacútec, a buscar a los pocos cubanos que se quedaron en un espacio incierto, a mitad de camino entre su isla y su supuesto destino en Miami. Me acompaña Luis Silva Nole, un periodista que acaba de dejar su puesto en el diario El Comercio y que, en abril de 2015, sacó una nota sobre esta pequeña comunidad a raíz del anuncio del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos. El lugar dista mucho de ser un arenal y se muestra más bien como un barrio polvoriento más dentro de la enorme red de barrios polvorientos que es Lima. En el reportaje de Silva aparecían tres cubanos —dos mujeres y un hombre—, interesados en revertir la imagen de espacio peligroso que se ganó el sitio en que viven desde su salida violenta del parque zonal Túpac Amaru aquel septiembre de 1984. No es fácil dar con este lugar porque no hay nada que señale este barrio como colonia cubana. Apenas quedan doce o trece personas nacidas en ese país. Si llegamos a él es gracias a la memoria de Luis. Nos detenemos en la esquina de las avenidas Guardia Republicana y Separadora Industrial, donde se suele instalar una mujer que vende jugos y responde al nombre de Lisa Toledano, pero el espacio luce vacío y empezamos a resignarnos a que no vendrá. De pronto, Silva identifica a Pablo Santana, cubano padre de una comediante peruana conocida como La Pánfila, que en el reportaje salía tocando una guitarra. Parece que aún estuviera en la Habana porque cuida un Oldsmobile de 1984 que le pertenece.
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En abril de 1980, cuando estalló la crisis de la embajada del Perú en La Habana, Pablo Santana estaba en casa de su amigo José, tomando café y fumando tabaco. Era un sábado, recuerda. Conversaban animados cuando un matrimonio joven llegó y les contó que al parecer Alfredo, un conocido de todos, se había metido a la sede residencial del Perú. Les echaron todo el cuento. La historia del bus que había irrumpido en la embajada, los cientos de cubanos que se estaban metiendo a la casa para pedir asilo político y salir de la isla. Pablo Santana, que tenía treinta años y tres hijas, pensó que se le había presentado una oportunidad para dejar su país. Y se fue a la embajada. Cuando llegó, encontró a miles de personas rodeando el sitio, pero logró entrar y fue uno de los once mil isleños que vivieron allí como pudieron. Ahora, en Lima, recuerda el hacinamiento, el fanguero que se formaba por las lluvias, las cajas de comida que lanzaban sobre la residencia y sobre las que se arrojaban ellos como si fuesen animales, los alimentos llenos de tierra que se llevaban a la boca. A los once días, le dieron un salvoconducto que lo sacaría del país y dejó la embajada: fue a despedirse de su esposa y sus dos hijas. Pero entonces, al verlas, decidió que no se iría, que se quedaría con ellas, en Cuba. Sin embargo, a la mañana siguiente, la Policía de Migraciones tocó a su puerta y lo obligó a abandonar Cuba. Santana no las vería en muchísimo tiempo. Cuando regresó a la isla, de visita, sólo se encontraría con una de sus hijas: la otra había muerto. —Ni aunque naciera quinientas veces me perdonaría
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lo que hice, mi buen amigo —dice—. De todo lo que pasó no le echo la culpa a nadie más que a mí. Yo me quedaría en Cuba aunque me muriera en ella. Mercedes Álvarez se quedó en la embajada del Perú hasta el final. Mercedes está sentada en su sala, en Pachamacac, un espacio en que se distribuyen la cocina y el comedor y en que se ven muebles de distintas procedencias, un techo aún no terminado y una pecera llena de peces de colores, afiches de músicos de jazz y un pequeño altar de magia vudú. Se lleva una mano vendada al rostro: se la rompieron hace algunos días unos tipos cuando le arrancaron la cartera, a la salida del policlínico en el que trabaja. Tenía veintidós años cuando su marido y padre de sus tres hijos (Julián de cinco años, Michel de cuatro años, Yasset de ocho meses y un bebé en la panza que luego se llamaría Mercedes, como ella) se enteró por Radio Reloj de que habían entrado a la embajada del Perú y que se podía ir allí a pedir asilo. Ellos vivían en Reparto Pueblo, en La Víbora, y se aventuraron a entrar todos. Tomados de la mano atravesaron las cuadras atestadas de gente que rodeaban la residencia y decidieron entrar al tercer día de la toma. Eran las seis de la tarde y hacer algo así era como arrojarse a la nada, pero al menos se arrojaban juntos. —Hasta ahorita yo a veces me trato de ubicar en ese lugar y me quiero preguntar cómo así terminé ahí y la verdad es que ni siquiera sé qué cosa preguntarme. Cómo así al ver esa cantidad de gente y esas condiciones permanecimos allí. Porque eso era lanzarse a lo desconocido, ¿sabes? No teníamos ninguna certidumbre.
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Mercedes había llevado algo de ropa, pañales, un pedazo de torta porque al día siguiente uno de sus hijos cumpliría años. Dormían en el suelo, apoyados en lo poco que habían llevado consigo. Por la mañana, les daban periódicos para que hicieran sus necesidades o ellos se las arreglaban con retazos de las sábanas o de las cortinas de la sede. Pasaron días así, esperando, a la espera de que tiraran las cajas de alimentos. Mercedes recuerda los regueros de orina de quienes ya no querían levantarse para ir a evacuar al sitio que habían señalado como cagadero. De a poco, se armaron bandos, aparecieron armas, de un lado había profesionales y del otro gente de mal vivir. Dice que en algún momento ya sólo la sostenía el miedo, pero no sabía a qué temer: si a la violencia dentro de la embajada, si a la posibilidad de no salir jamás de ella, si a la represión en caso de que tuvieran que enfrentarse al régimen de Fidel Castro y al rencor de sus compatriotas. Una tarde, el menor de sus hijos se enfermó. Estaba deshidratado y lo internaron en uno de los puestos de salud que había instalado el gobierno cubano fuera del espacio de la embajada. Un día la dejaron ir a verlo. Allí se encontró con su propia madre, la abuela del niño —Ésa fue la última vez que la vi. Tres días después le llevaron a su hijo recuperado. Poco después, la gente recibió salvoconductos y abandonó la embajada del Perú: se bajaron de los árboles, despejaron los jardines. Un día llegó un funcionario a comunicarles que como habían «prevalecido» en la em-
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bajada, formarían parte de la cuota de refugiados a los que les tocaría ir al Perú, apenas una escala antes de su viaje a los Estados Unidos. A Mercedes no le importó dónde la mandaban. —Estábamos como zombies, te digo. Uno ni se atrevía a pensar qué iba a pasar. Si me pedían dar el cuello para que me cortaran la cabeza, lo daba. Eran setecientas ochenta personas las que quedaban en la sede de la embajada. Una mañana, a eso de las once, les dieron sus pasaportes y los metieron en un bus interprovincial que tenía las cortinas cerradas y estaba vigilado por guardias que no les permitían acercarse a las ventanas. Los hicieron dar vueltas durante mucho rato, y al final llegaron a una granja en las afueras de la ciudad, un espacio que servía de prisión y en el que los dejaron por dos horas. Pensaron que los habían llevado allí para fusilarlos, pero los volvieron a meter en el bus tapiado y avanzaron una hora más, hasta una extensión del aeropuerto José Martí. El bus se detuvo y delante de ellos vieron una escalera que los llevaba directamente a un avión de KLM. Cuando Mercedes llegó a la puerta del bus, un soldado impidió que tocara el suelo de Cuba golpeándole levemente la pierna con la punta del rifle: «No ponga el pie en el piso», le dijo, con desprecio. Ella saltó directo a la escalinata del avión, y mientras subía le dijeron que no volteara la vista. Un soldado la seguía, fusil en mano. No pudo ver su ciudad por última vez. Cuando entró a la nave vio que había guardias dentro y se sentó en el asiento que le tocaba, rígida por el miedo. Cuando cerraron las puertas, las
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aeromozas saltaron todas al mismo tiempo. «¡Son libres!», les gritaron. Les tendieron dulces a los niños y a ella le dieron una manzana. La imagen que tenía de Perú era la de una aldea en la sierra, con llamas y campesinos; nada parecido a lo que vio cuando el avión tocó suelo. Era de madrugada, y había una neblina que tapaba todas las cosas. La puerta se abrió, y cuando Mercedes salió y vio lo que la aguardaba, la sangre le dio un vuelco: en el piso gris, al final de la escalera, había un largo cordón de agentes militares. Pensó que el avión había dado vueltas a la isla y la habían llevado a un lugar secreto de Cuba. Le pareció ver el paredón al que los llevarían para fusilarlos por traicionar al gobierno revolucionario del comandante Fidel Castro. Agarró a sus hijos y bajó las escaleras con miedo. Cuando llegó al último escalón, un hombre le tendió la mano y dijo: «Bienvenidos al Perú». Su marido respondió el saludo con un apretón de manos. Ella no. Los subieron a un bus, desde el que veían una ciudad vacía en la que no parecía haber llamas ni indios. Fue leyendo los letreros de las calles que le indicaban que en efecto estaban en el Perú, que en efecto habían salido de Cuba. Empezó a llorar. El bus entró a un campo oscuro. Les dijeron que era un parque zonal y los hicieron hacer algunos trámites. Cuando amaneció descubrieron las rejas que separaban el parque de un conjunto de casas uniformes, de uno o dos pisos. Alguien les dijo que eso era la urbanización Túpac Amaru, en San Luis. Del otro lado de las rejas algunos vecinos se acercaban a verlos, como
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si fueran una atracción de circo. Les dijeron que pronto llegaría otro contingente de refugiados. Entonces otro infierno empezó. Les dieron carpas de campaña y les dijeron que estarían allí cerca de diecisiete días, antes de irse a los Estados Unidos. Los diecisiete días se convirtieron en tres meses y los tres meses en un año y ese año en treinta y seis. En esas tiendas debieron soportar el invierno limeño, de humedad enloquecedora y cielo sin sol. Todos los días les llegaba en paila una comida con condimentos que no entendían. Odiaban el culantro. La carne del seco la lavaban y la volvían a cocer. Algunos empezaron a apoderarse de las casetas, las taquillas, los espacios de concreto que les permitían enfrentar mejor la intemperie. Los que tenían antecedentes penales, y se habían vuelto solidarios durante el viaje, en Perú volvieron a las andadas: empezaron a vender droga, montaron un precario prostíbulo. Varios espacios —el laberinto, los tubos gigantes— se volvieron fumaderos, y en otros se armaban orgías. Aparecieron las navajas, los cuchillos, las peleas. Los gritos. Mercedes subsistió recibiendo donaciones de la ONU y preparando cocadas y tamales junto a su marido. Por esos días alumbró a su cuarta hija, en las instalaciones del Hospital Naval. Se separó de su esposo años después y tuvo tres hijos más, con un segundo compañero. Tiene siete hijos y catorce nietos, peruanos, norteamericanos y españoles. Desde el arenal en el que empezó a vivir en 1984 le tocó vivir la crisis peruana, el hambre, la falta de agua y luz, la aparición de Sendero Luminoso. De vez en cuando aparecían
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personas que les decían que estaban negociando ayuda para llevarlos a Estados Unidos, pero luego desaparecían. Mercedes ha ido un par de veces a Cuba, y allí se reencontró con su madre. La mujer había resistido los años ochenta, el «período especial». —Me doy por satisfecha de que ella haya llegado a escuchar que ocurría algún cambio concreto como la presencia física de Barack Obama en La Habana. Ella que ha vivido toda su vida una mentira, una opresión, por lo menos ha llegado a saber que eso puede ocurrir: que nada menos que un presidente de Estados Unidos ha pisado suelo cubano. Eso me deja satisfecha.
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Es domingo 27 de marzo y camino por La Habana. Salgo del Hotel Habana Libre y camino por calles cada vez menos pobladas conforme me acerco a la avenida de Boyero, la vía amplia de acceso a la Plaza de la Revolución, donde todavía no he estado. Ya me acostumbré a esa manera de caminar algo despreocupada de los cubanos y, sobre todo, a andar relajado, sin temor a que me asalten, incluso de noche y con poca luz en las calles. La frondosa vegetación, los árboles grandes y lejanos, las calles rotas de los parques, la gente que espera en los paraderos me parece algo tan familiar que ya siento mío. Un ambiente de calma parece impregnar las calles, una sensación algo nostálgica como de fin de carnaval. Un cartel gigante, el segundo de este tipo que veo en
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la ciudad, muestra la palabra «Bloqueo» en letras blancas sobre fondo negro y una horca en lugar de la «o» final. Abajo dice: «El genocidio más largo de la historia». El sol de la tarde cae e ilumina las pistas, los techos de los autos, los paraderos. Más allá me acerco a un coliseo deportivo que se llama Sala Polivalente Ramón Fonst en honor a un famoso esgrimista. El complejo se inauguró en 1991 para unos Juegos Panamericanos y ahora luce abandonado: desde las rejas de la entrada se ven sus instalaciones decrépitas, las grietas en las paredes, las graderías vacías, los restos de cajas, condones y botellas de ron Siboney regados por el piso. ¿Aquí habrán entrenado los feroces equipos de volleyball que competían con Perú? En las escaleras exteriores que dan a la pista hay gente sentada, más allá un par de tipos ebrios duermen la mona echados sobre el piso. Un grupo de adolescentes y otro de niños juegan en un parque cercano a la plaza ante la mirada distraída de algunos señores mayores. Tres llevan camisetas del Barcelona y uno del Real Madrid. Las bancas hacen de arcos. Desde que hace unos años la televisión local empezó a programar partidos de la Serie A de Italia y de la Liga de España, y los cubanos empezaron a volverse locos por Messi, Neymar o Cristiano Ronaldo. Si les preguntasen qué espectáculo les gustaría ver en la isla tras la llegada de los Stones, no dudarían en pedir un clásico entre los dos clubes más importantes de la península: el derby español. Los sueños de los más jóvenes, y sobre todo de los niños, están cambiando. La generación de quienes son
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adultos ahora, quienes vieron a Fidel gobernar y vivieron algunos de los rigores de la época más dura, va quedando atrás. La cifra el tema de rap de Aldeanos «Niñito Cubano»: «Estás fundido, lo sé / Tienes diez mas tu tamaño dice que son ocho y tu rostro doce / Y es que no conoces el significado conceptual / Mas tu imagen basta para explicar qué cosa es “período especial”». Esos «niños con problemas de adulto» no son necesariamente los que ahora veo jugar en estos parques. Estos niños nacieron cuando Raúl gobernaba y Fidel no era más que una referencia histórica o un hombre mayor camino a la muerte. Siendo todavía niños han visto llegar a los Stones y al presidente Barack Obama, y es posible que las caricaturas de Bush o Reagan en las paredes de este museo de recortes periodísticos antiguos y armas viejas ya no les digan demasiado. Llevan el mismo uniforme de pioneros de las generaciones anteriores, pero lo que harán con su isla, la manera en que se organicen para gobernarla o dejarse gobernar, es algo todavía insondable. ¿Hacia dónde marchará Cuba? En el lobby del Hotel Habana Libre, que alguna vez alojó a Fidel Castro y a sus generales cuando tomaron el poder, me reúno con el periodista Jon Lee Anderson, que vivió los años del «período especial» mientras trabajaba en su biografía sobre Ernesto Che Guevara. Cuando repasa la historia de Cuba la compara con una olla a presión: los Castro han tratado de liberar zonas para evitar el descalabro del país en diferentes momentos, y como parte de esa estrategia han permitido las remesas, la entrada de los
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dólares, la flexibilidad del régimen migratorio, el cuentapropismo, la ruptura del hielo con los Estados Unidos. Cree que el cambio se va a dar de manera paulatina, pero no se sabe en qué dirección. Lo que el régimen quiere, antes que nada, es cuidarse las espaldas. Cuando le pregunto por qué en esta isla han podido aguantar tanto tiempo las condiciones de un régimen vertical me da una respuesta tajante: —Fidel. Recuerda el único episodio preinsurreccional de la historia de Cuba. Ocurrió en agosto de 1995, durante el momento más difícil de la crisis de los balseros: el «Maleconazo». Miles de personas fueron al malecón de La Habana a criticar el régimen y a lanzar piedras. Jon Lee Anderson vio todo eso con sus propios ojos. «Fidel fue personalmente al malecón y se metió entre la masa de la gente armada con piedras y palos sin seguridad personal. Se puso a hablar a la multitud y la gente tiró las cosas que llevaban y comenzaron a aplaudirlo. Era impresionante. Su carisma era tan aplastante y los cubanos lo tenían tan metido en su ADN que lo seguían sin entender muy bien lo que pasaba.» Después, de regreso en Lima, me reúno con el escritor disidente Antonio José Ponte en el lobby del Hotel Casa Andina, de Miraflores. Él, subdirector del Diario de Cuba, ha ido invitado para participar de la II Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Ponte dejó la isla en 2006, cuando el régimen lo «desactivó». En el documental El arte de construir ruinas dice que Castro era «la gran ruina» del país.
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Cuando la película se estrenó, ya vivía en España, donde acababa de publicar su novela La fiesta vigilada. —Fidel está en el imaginario cubano y hay que hacer un trabajo de duelo —dice mientras se toma una cerveza—: el que quiera llorarlo que lo llore, el que quiera brindar con champán que lo haga y el que quiera brindar con champán y llorar a la vez, también, porque la muerte de un líder así siempre genera ambivalencias. Es necesario higienizar el imaginario cubano y este hombre en la agonía, medio podrido y medio vivo, no contribuye a la higiene mental de ese imaginario. Ahora, en La Habana, el sol se pone sobre la Plaza de la Revolución, que está desierta. Allí siguen las imágenes gigantes del Che y de Camilo Cienfuegos. Sobre el piso donde estuvo Obama hace algunos días, un niño solitario juega con un carro rojo de plástico. Detrás de él, el Che sigue mirando hacia arriba, a un punto impreciso del horizonte.
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Él tenía un nombre, pero yo no lo supe durante toda mi infancia. Sólo ahora lo sé: se llama Bárbaro Pío Rodríguez y era de Matanzas. Ahora también sé que vivió la locura de esos dos meses encerrado en la embajada del Perú en La Habana. Que viajó en un avión temiendo el futuro y que descubrió que su sitio de llegada era un parque zonal perdido en un barrio obrero de Lima. Para todos nosotros era solo «El Cubano», pero para los dos 219
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niños que vivieron con él durante años y que fueron sus hijos fue «Baro»: «Papá Baro». Es una noche de lunes de abril de 2016 y yo me he desviado de la casa de mis padres, a los que visito cada semana, para conversar con Manuel, el amigo de la infancia que vivió en esa casa llena de animales de corral y palomas en el parque en que ambos jugábamos de niños. Le dije por mensaje que quería hablar del cubano que había vivido con ellos e inmediatamente me dijo: «Claro, de mi papá». Su casa, en la esquina del parque, es una de las rarezas de la urbanización: no ha cambiado casi nada. Hace años que Manuel vive en ella solo: Fabiola, su hermana mayor, se casó con un norteamericano y al poco tiempo se llevó a la madre de ambos, la señora Carmen, a Alabama. Baro vivió con ellos desde que Manuel tenía tres años hasta que cumplió los dieciocho. Luego se fue a Chile, donde se casó, y de ahí pasó a Argentina, y luego a Miami, donde vive desde entonces. Manuel tiene que prender un cigarrillo para hablar de todo esto. Nació en 1976 y a sus ocho meses su padre biológico los abandonó porque tenía otra familia. Para cuando Baro llegó a su casa, Manuel tenía cuatro años. —Cuando abrí los ojos al mundo, él ya estaba aquí. Cuando en el parque zonal Túpac Amaru ya sucedían cosas tremendas, Baro decidió alquilar una habitación junto a otro amigo en una zona de la urbanización llamada «El poder joven», puso aquel puesto de salchipapas y chocolate caliente en la avenida San Juan, conoció a la madre de Manuel y se enamoraron. Baro la ayudó
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a levantar la casa y a sacar adelante a los críos. Primero se compró un afilador de cuchillos y luego una carretilla. Afilaba de todo, cuchillos y tijeras, pero también cosas impensables como cuchillos de licuadora y hojas de máquinas de jardinería. Se iba al emporio textil de Gamarra, en La Victoria, y afilaba las tijeras de todos los sastres y de los talleres. Cuando la competencia se puso ardua, se hizo mecánico de autos y chofer de autobuses. Al final de su vida en el Perú, fue cocinero. Abrió un restaurante de comida cubana por la avenida Palermo, en La Victoria. Una tarde, talló un bloque de madera hasta hacer un bate y se consiguió una pelota de tenis. Manuel y él se fueron a un parque grande, con césped, en la urbanización Lincoln, contigua a la nuestra, y allí le enseñó a jugar béisbol, el deporte cubano por antonomasia. También le enseñó a pelear para ganarse el respeto de los grandes. Los primeros trabajos, Manuel los tuvo junto a Baro: uno, en un bus de la ruta 24, como segundo cobrador cuando Baro era chofer; el otro, ayudándolo a transportar hielo de las fábricas de la avenida Colonial a los camales de pollo en Ate Vitarte. En esta casa de San Luis, Manuel conserva las fotos de los tres hijos que Baro dejó en Cuba cuando escapó hacia el Perú y también las cartas que ellos le mandaron a su padre desde la isla. Manuel los considera sus hermanos. Ama Cuba, dice, porque es el país de su papá. Ahora, muestra fotos familiares de esos años: en una, Baro aparece en esta casa al lado de un televisor y un minicompo-
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nente; en otra lee una revista junto a Manuel y Fabiola; en otra, está en la primera comunión de la niña, en la iglesia San Juan Masías. Cuando Fabiola cumplió quince años, invitaron a la fiesta a su padre biológico y Baro decidió no entrar a la casa para evitar conflictos. Manuel también se retiró y, durante toda la celebración, se quedó en la esquina del parque junto al hombre al que consideraba su padre. El hombre al que, me aclara ahora, quería y quiere más que a ningún otro. Baro siempre le hablaba bien de su padre biológico, pero Manuel nunca sintió nada por él: Campomanes, así se apellidaba, murió en 2006, y él ni siquiera fue al velorio. —La mejor etapa de mi vida fue mi infancia —me dice ahora, sentado en la sala de su casa, prendiendo otro cigarrillo—. Era pobre, a veces no teníamos qué comer pero estábamos unidos. Tener en la mesa a tres personas que quieres no tiene precio. Había navidades en que sólo teníamos té con bizcocho y un cuarto de pollo y al día siguiente yo veía a todos los niños con sus regalos y yo no tenía ninguno pero eso no me importaba. Tenía madre y padre, ¿qué más podía pedir? La sala está vacía. Desde que Manuel vive solo, lleva una vida libre. Baro, ahora, trabaja con plantas medicinales en Miami, y lo llama cada dos o tres meses. Cuando hemos terminado de hablar, le pregunto por un tatuaje que tiene en el brazo y que parece algo escrito en japonés. Manuel me dice que estuvo metido en algunas cosas oscuras cuando se volvió adulto, y que si salió de ellas fue
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porque pudo escuchar la voz cubana de ese hombre que le decía una y otra vez cómo debía comportarse. Le digo que ésas son las cosas que pasan cuando uno tiene padre y ese padre es también un hombre bueno. —Sí, ese hombre era mi papá —dice. Se saca el cigarro de los labios, me mira unos segundos y luego mira el piso de su casa. Mueve la cabeza lentamente de un lado para otro, reprimiendo las ganas de llorar.
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