Cara a cara con el demonio [1ª Edición] 9587156201

“Los autores de estas páginas, cónyuges y padres de familia, son unos amigos muy queridos que el Señor puso en mi camino

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Spanish; Castilian Pages 183 [96] Year 2011

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Índice

Presentación 5
Introducción 7

Prólogo 11

Capítulo I

Una difícil toma de conciencia: el con el Graciano 19

Capítulo II

La difícil búsqueda de un exorcista autorizado 25

Capítulo III

El encuentro con monseñor Gemma 30

Capítulo IV

Entrevista a monseñor Gemma 35

Capítulo V

El padre Paolo: un fraile joven y valiente, pero muy solo 51

Capítulo VI

Hechiceros. videntes, carismáticos: una ventana abierta a lo invisible 59

Capítulo VII

El padre Ferdinando: un sacerdote de primera línea 65

Capítulo VIII

El padre Francesco Bamonte: ¡un exorcista bien organizado! 77

Capítulo IX

Encuentro y entrevista con el padre Amorth 94

Capítulo X

El exorcismo del padre Amorth y el descubrimiento de la posesión 104

Capítulo XI

El padre Luigi: un sacerdote como amigo 111

Capítulo XII

Exorcismos, oraciones y bendiciones 120

Capítulo XIII

Liberación y recaída 129

Capítulo XIV

La fuerza de la oración, de los sacramentos y de los sacramentales 137

Capítulo XV

Una charla sobre la confesión con el padre Luigi 145

Capítulo XVI

De exorcizado a ayudante del exorcista 150

Capítulo XVII

Algunas experiencias de exorcismo 158

Capítulo XVIII

La responsabilidad de la Iglesia 170

Epílogo 179

Apéndice
Oraciones aconsejadas por el Padre Amorth 183
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Cara a cara con el demonio [1ª Edición]
 9587156201

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y FRANCESCO CASADEl

CARA A CARA

CON EL DEMONIO

Una familia perseguida por el maligno

Con entrevistas a los exorcistas

Colección

e

Fenómenos y

REENCIA

S

ANDREA GEMMA

Y GABRIELE

CARA A CARA CON EL DEMONIO tucia e Francesco Casadei, la, ed, MILAGROS CUANDO LA CIENCIA SE RINDE .';averio Gaera, la, ed,

¡NO ES VERDAD,., PERO LO CREOI Gilles jeanguenín, la. ed,

NUE'3TROS "AMIGOS" LOS TESTIGOS Sergio Pollina, la, ed

NUEVA ÉPOCA, ¡-';UEVA ERA (;"sparc Barbiellini, la, ed,

I ,E SUCEDE A LOS MUERTOS? Thérese Nadea", la, ed, REENCARNACI()N, LA Bo

Alguna vez pregunté a través de una poseída: "¿Pero por qué van a estos inocentes? ¿Por qué no van a XY? (y mencioné a ciertos ticos ... r: y la respuesta fue: "¡No, esos Son ya En cambio, ¿cómo tiene lugar la molestia y la consiguiente ción? ¿En este caso el espíritu diabólico actúa fuera del individuo? ¿Quién y qué pone allí al espíritu demoníaco?

Se trata de un malvado que actúa directamente a través de he­ chiceros de magia negra con el fin de crear impedimentos a un ene­ migo, a un rival en la profesión; o quien desea obtener un objeto determinado o una persona en particular. Es el llamado maleficio: ataduras y otras cosas, es maldad pérfida y diabólica. Con frecuencia hay intermediarios. Es verdad que si una persona llega a buenos niveles de elevación espiritual no se ve afectada. Siempre le digo: "Tranquilícese, nosotros venceremos. Las puertas del infierno no prevalecerán" (Mt 16, ¿ Las maldiciones y hechicerías realizadas por magos u ocultistas son difíciles de erradicar mediante el exorcismo? Sí, muy difíciles. Paradójicamente, casi más difíciles que las pose­ siones. Liberé a un poseso velozmente, casi no le pude hacer la señal de la cruz y ya estaba libre, como un balón que se desinfla. En otro caso, un joven estuvo aquí en Isernia durante toda una Cuaresma y cada día durante varias horas estuvimos juntos. Fue algo bastante difícil, pero recuerdo ese bellísimo Sábado Santo en el que el espíritu dijo: "Ahora me tengo que ir': iY en verdad se ¿Puede citar casos que lo hayan impresionado profundamente?

Un niñito, Paolo, víctima de un maleficio, no quería Comer. tuvo tres meses en el hospital. Bastó el contacto conmigo e inrne. 42

diatamente comenzó a comer. Desafortunadamente nació también un hermanito, Giuseppe, en la misma situación: hay alguien que los odia y persigue. Cuando la madre me lo presenta, apenas después de la bendición se toma todo el biberón, de otra manera, no. Es preci­ samente en estos casos cuando se ve inmediata e irrefutablemente la acción del exorcista: un niñito que succiona el biberón no puede ser condicionado o sugestionado, se comporta como siente poder hacerlo. Otro niño, llamado Lorenzo, de nueve años, estaba poseído. Te­ nía una fuerza extraordinaria: ni el papá ni el abuelo lo podían man­ tener quieto. Era asombroso cómo el niño, de un momento a otro, hablaba con la voz de un anciano y decía cosas impensables para su edad. La primera vez, logré hacerlo volver en sí, en cambio, en las dos veces siguientes, se ve que la legión se había fortalecido, no logré liberarlo. Aquel día me sentí de veras derrotado, los ojos se me llena­ ron de lágrimas. Los padres me dijeron que algunos días los pasaba completamente en poder del maligno, no podía ir al colegio, no se le podía dejar solo porque se escapaba. Pero también en este caso, los padres y los abuelos se habían dirigido en repetidas ocasiones a los agentes de lo oculto. cosas que aún desde el punto de vista teológico no logro ex­ plicarme. Es el caso de otro Lorenzo, un buen hombre, padre de Iamllla que está poseído y que periódicamente viene a verme. El espíritu que lo posee me suplica: "Sácame de aquí, sácame de aquí': pero luego no se va. Por lo que he comprobado que los espíritus demoníacos están obligados a obedecer a quien les ordenó poseer o vejar a una persona. No me detengo en esta sección y nunca quise volverme a interesar, pero se oye hablar mucho de sacrificios de sangre ... Desde el punto de vista esotérico, hay quien sostiene que estos hechiceros utilizan técnicas para servirse de almas perdidas ligadas a la tierra para encadenarlas a las personas o a los lugares. Ciertamente hay almas que están encadenadas y dominadas en un determinado lugar o atadas a determinada persona y quisieran que la Iglesia las arrojara de allí; ellas no gozan de nimmna manera al atormentar a una persona. 43

¿No le ha sucedido alguna vez encontrarse con hechiceros que quisieran cambiar de vida?

Según usted, ¿orar y frecuentar asiduamente los sacramentos es de veras una ayuda tan fundamental o es más importante la actitud mental?

No, desafortunadamente no. Según usted, ¿un pensamiento malvado o una maldición verbal repetidos con frecuencia y con intención pueden ser considerados para todos sus efectos maleficios que producen efectos de malestar?

¡Los sacramentos son más importantes! ¡Negarlo sería una here­ jía! Jesús dice que oremos continuamente (Ef6, 18; 1Ts 5, 17; Me 9, 29), Y es lo que debemos hacer. Todos, con mayor razón los que están en problemas.

La premisa es que para estar en paz se necesita ser discípulos fer­ vorosos de Jesús, por tanto, mucha fe y mucha oración, y hacer uso de estos medios que la santa Iglesia nos pone a disposición: misa, sa­ cramentos, confesión, sacramentales, Rosario ... No hemos hablado ¿Cuántas de las personas que han acudido a usted tenían efectiva­ de Nuestra Señora, pero debemos recordar aquí que ella está siempre mente maleficios en vez de simples problemas psiquiátricos? presente, y el demonio le tiene un pavor terrible. También me lo han dicho muchos durante los exorcismos: "¡Ésa te protege, si no ya te Desde 1992, cuando comencé a intervenir, puedo decir con cer­ hubiéramos destrozado!': Estoy seguro de que el Señor me ha pre­ teza que sólo dos personas estaban enfermas de la mente. Yo digo parado dándome una gran devoción a la santísima Virgen, porque que hay que oírlos a todos y darles a todos una bendición: no cuesta preveía que yo me ocuparía de estas cosas. Tener la confirmación nada y puede ser una especie de autosugestión. El exorcismo es una de ello fue el mensaje más hermoso que haya recibido del demonio. medicina con todos sus efectos. El mismo Padre Pío sostenía que

Sí, todos somos responsables con nuestros pensamientos y nues­ tras palabras del bien nuestro y del de los demás.

para muchos enfermos mentales podía ser una ayuda en la enferme­ dad. El exorcismo es una plegaria de liberación, de curación. En este sentido, ¿sería deseable una colaboración entre el mundo de la medicina y la Iglesia?

Claro, en efecto, psiquíatras sabios e inteligentes tratan con ánimo de tener contactos con un referente espiritual. Pero a toda persona que se dirija a un sacerdote por un problema de carácter oculto se le dice sobre todo que se fortalezca en la fe mediante los sacramentos de la Eucaristía y de la confesión y que tenga mucha confianza en el resultado positivo de la lucha que se está llevando a cabo. Confianza, confianza, confianza: se necesita confianza.

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Algunas personas con maleficios afirman que cuando oran o reciben la Eucaristía están peor que antes ...

¡Claro, y qué bueno! Es signo seguro de que la bendición hace bien, es señal de que el sacramento funciona. Al comienzo hay un empeoramiento, pero luego, poco a poco se recupera. Sucede lo con­ trario con los hechiceros: se mejora de inmediato, pero por poco tiempo y luego se está aun peor. Según usted, los sacramentales como la sal, el agua y el aceite benditos y exorcizados...

Tienen un grandísimo valor, el demonio les tiene un miedo in­ creíble. Yo a veces lo tomo del pelo: "¿Pero cómo, le tiene miedo a un poco de agua?': Incluso he hecho la prueba de la diferencia entre el agua normal y la bendita y exorcizada. Por ejemplo, con el pequeño Giuseppe la mamá trató de ponerle una gota de agua bendita en el 45

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biberón junto con la leche: no fue posible hacerle acercar los labios, · y corriente y ¡d' se Preparo, e1b'b' 1 eron Con el agua comun e IIlm edhto < alimentó! No puedo tener dudas sobre esto porque tendría que negar la evidencia. ¿Cómo hace usted para saber si una persona necesita verdadera­ mente la intervención del exorcista?

Hago el exorcismo para saber si hay necesidad, lo uso con fines valorativos. ¿Cómo sabe cuándo una persona está finalmente liberada? ¿Puede una persona ser liberada contra su voluntad?

Pienso que no sea posible, aunque no pueda afirmarlo con cer­ teza. Pero, por otra parte, no creo que las personas que experimenten tales tribulaciones quieran permanecer en ellas de manera cons­ ciente. Es también cierto que se necesita un poco de colaboración, Así como quien desea confesarse debe pedir perdón, de la misma manera, quien quiera un exorcismo ha de acudir al exorcista. En promedio, ¿cuánto tiempo se requiere para liberar a una persona?

Cada caso es independiente, sin embargo, podemos hablar hasta de diez años. Son tiempos definitivamente largos; en otras ocasiones la liberación es inmediata. El problema está en que a menudo las personas no comprenden enseguida, es decir, se dan cuenta de que su problema es maléfico después de décadas. En determinado mo­ mento comprenden y entonces regresan en el tiempo buscando las posibles causas ... pero como en la medicina el mal con el tiempo se gangrena y es más difícil extirparlo. Según su experiencia, ¿cuántas veces sucede que la persona liberada vuelva a ser poseída?

¿Existen personas sensibles que efectivamente tengan la capacidad de "ver y entender" dónde están los problemas, por ejemplo saber cuáles son los objetivos a través de los cuales se esté realizando un maleficio?

Sí, las hay. Probablemente aun en mi propia diócesis haya alguna que pueda hacerlo. Yo no tengo este discernimiento y no aconsejo a los exorcistas dar diagnósticos demasiado precisos porque puede ser peligroso. ¡Pero tengo la medicina! Y si estoy seguro de poseer el re­ medio universal no necesito hacer el diagnóstico preciso, basta con ofrecer el remedio, la medicina justa para todos los males. ¿Qué función pueden tener los "carismáticos" en la liberación?

Pueden ofrecer un gran servicio, sobre todo si son humildes y si aconsejan a las personas que vayan al sacerdote, al exorcista. Pero, por otra parte, la humildad es también la cualidad que deben tener los exorcistas, quienes no deben gloriarse por la que es la obra del Señor.

¿ Tiene alguna utilidad real la intervención exorcista en las habitaciones o las cosas o sólo se trata de una ayuda psicológica? ¡Es muy útil! En el antiguo ritual existía la bendición contra mures y luego la bendición contra los ratones y también contra los salta­ montes; incluso había una misa por las infestaciones en el campo... La Iglesia siempre ha mantenido la convicción de que las cosas y los lugares sean el instrumento con el cual el demonio puede hacer mal a las personas. Por ejemplo, con las muñequitas perforadas con al­ fileres o trenzas que alguien encuentre en lugares donde nadie haya podido ponerlas, Ciertamente allí el demonio realiza materializacio­ nes. ¡Ésta es una estupidez suya porque se deja descubrir! De este modo él quiere demostrar su poder. En otras ocasiones pueden ser fetiches de los agentes de lo oculto que transmiten energía negativa.

No he registrado ningún caso. 46

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Según usted, en el casa de una habitación que se deba liberar o de un objeto dentro de la habitación, ¿es útil hacer un exorcismo en el lugar o es suficiente can una plegaria de liberación?

No, es útil la salida del exorcista. La Iglesia siempre lo ha hecho con las bendiciones de las casas, precisamente para liberar los luga­ res donde habitan las personas con influjos maléficos. Las mismas celebraciones de la consagración del altar, de la consagración de las iglesias, tienen esta base litúrgica y por ende teológica, es decir, las cosas de por sí están bajo el dominio del maligno que es el príncipe de este mundo Un 12,31; 16, 11; Ef2, 2) como lo dice Jesús, yes tra­ bajo específico de la Iglesia con sus bendiciones y oraciones apartar de las influencias maléficas estas realidades. Para un sacerdote exorcista, ¿qué tan importante es tener la ayuda de un grupo comprometida y numeroso de oración?

¡Es sumamente importante! Desafortunadamente yo no lo tengo, siempre me he encomendado a las oraciones de los fieles, pero nunca he tenido un grupo dedicado. Donde haya un grupo organizado es algo muy hermoso porque el diablo le teme mucho a la oración. Lo dice Jesús: "Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20) Y si se halla Jesús, ¿cómo puede estar el demonio? ¿Pero par qué permite Dios que algunas veces personas inocentes, cama las niños, por ejemplo, sufran tanta tiempo?

A veces hay un vínculo con cuanto hayan hecho los padres u otros parientes, y entonces sirve para hacer entender cuál es la gra­ vedad del pecado, del mal que se haya hecho. y luego para valorar el recurso a Dios o para implorar su poder. Refiriéndonos al gravísimo problema del mal, sobre el cual tantos estudiosos han disertado, de­ bemos recordar que con el pecado original entró la muerte al mundo (Sb 2, 24; Rm 5, 12), Y con ella todos los males. Sólo podemos decir: "Señor, ten piedad de nosotros':

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Conviene también enfatizar en que, a medida que la fe en la Igle­ sia y en la comunidad decae, como sucede hoy día, entonces esta at­ mósfera desacralizada crea un alimento agradable para el demonio. Pensemos en Sodoma y en Gomorra (Gn 18,20; 19,24; 19,28; Jr 23, 14; Am 4, 11; Mt 10, 15; Rm 9, 29), Y veamos la sociedad de hoy: se siguen creando cada vez más las condiciones para un aumento de las fuerzas del mal. Por eso es importante que los fieles se unan cada vez más para darle mayor poder a las fuerzas del bien. Es cierta también que los fieles que quieren fundar grupas de ora­ ción, tal vez dedicadas a la liberación, a menudo san hostigadas. A ellos les digo: "¡Háganlo donde quieran! En el prado cuando hace buen clima o en una casa si hace frío, háganlo libremente': Afirmo que ningún obispo puede prohibir a las personas que se re­ únan para orar; cuanto más, tiene el deber de vigilar a fin de que todo se haga según criterios de rectitud. ¿Par qué en algunas grupas de oración hay un porcentaje tan grande de personas poseídas, mientras en otras na; según usted, se debe esto al carisma particular de las sacerdotes que guían estos grupas?

No, si acaso a su disponibilidad para aceptar a estas personas in­ festadas que se manifiestan precisamente gracias a la oración especí­ fica ejercida sobre ellas. Alguien afirma que exigirles simplemente a los espíritus que moles­ tan que se vayan puede representar un peligra, parque la entidad expulsada irá inmediatamente a la búsqueda de un nueva cuerpo al que poseer. ¿Cuando una persona es liberada a dónde va a parar el ser que la molestaba? ¿A quién es entregada?

Yo digo al demonio: "Vayan a esos puercos (Mt 8, 30-32; Mc 5, 11 l3; Lc 8,32-33), a esas moscas y deja en paz a los hombres':

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hacer signos de la cruz, pero los demás han de ser muy cuidadosos. ¿Pero no sería una obra de misericordia pedir que el espíritu ex­

No obstante, de manera privada se puede orar tranquilamente por pulsado sea entregado a la luz o a un arcángel a fin de que sea

el bien de la propia familia; por otra parte, el Padrenuestro es la pri­ acompañado hacia un camino de evolución superior, de modo que

mera plegaria de exorcismo. ya no pueda perjudicar a nadie?

No olvidemos que está de por medio el dogma de la eternidad del infierno. Es inútil desearle a un demonio algo que nunca será posi­ ble. En caso de que se trate de un alma atada, entonces ciertamente pero es un sector aun inexplorado; de esto se habló en una re­ unión de exorcistas. A veces dudo de que las personas estén poseídas por un alma y no por un demonio y entonces pregunto: "¿Podemos orar por ti?': En algunos casos me han respondido que sí, en otros que no. Pero nunca doy crédito a lo que me responda el poseído, éste es un mundo oscuro, así como es misterioso el mal. Por tal razón, no puedo creer en lo que se me diga.

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¿Tiene algún mensaje para sus cohermanos, para el clero?

Pongan en práctica la orden de Jesús: "Vayan, prediquen, curen los enfermos, arrojen los demonios (Mt 10, 7-8; Mc 16, 15). Se trata aquí de obediencia directa al Evangelio, ¡no tienen escapatoria!

Por consiguiente, ¿en el momento en el que se produzca la liberación no hay peligro para las personas presentes?

Absolutamente no, lo temen también algunos obispos, pero no existe ningún peligro. Todas las personas que me han ayudado están sanas y tranquilas. Me contó un sacerdote que algunos laicos hicieron muchas ora­ ciones de liberación o aun de exigencia, en privado, por personas seguramente poseídas y en ese momento se sintieron molestadas a su vez, y alguno hasta llegó a intentar el suicidio. No, yo creo que, si alguien se encontró en esta situación fue por permiso de Dios o por culpa de la misma persona; ciertamente no porque haya hecho el bien a otra persona. Sin embargo, lo dije claramente en mi carta pastoral: "Se abstenga el laico de realizar gestos que son propios del ministerio sacerdotal, porque podría ser un acto de soberbia, de presunción. Al mismo tiempo es un acto que provoca al demonio y así se le obliga a perse­ guir a la persona': Hay que permanecer tranquilos, humildes y orar de rodillas lo más intensamente posible, sin hacer gesto alguno. cambio, el sacerdote puede hacer mucho, puede imponer las manos, 50

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El padre Paolo:

un fraile joven y valiente, pero nluy solo

Monseñor Gemma nos había recomendado buscar a un joven sacer­ dote cercano a nuestra casa que nos siguiera e impartiera bendicio­ nes frecuentes y, por esta razón, en enero del 2007 nos encontramos con el padre Paolo, un joven franciscano que residía en un convento vecino a nuestra casa que, aun sin ser un exorcista autorizado, se ocupaba activamente de ese "sector': Ya lo habíamos contactado en el otoño, pero siempre estaba su­ mamente ocupado, literalmente sumergido en las peticiones de ayuda por parte de una gran humanidad doliente que utilizaba su confesionario para lanzar sus propias solicitudes de auxilio. Era el único religioso de nuestra zona del que teníamos conocimiento que practicara activamente el "ministerio de la consolación' y que, ade­ más, algo muy raro en la diócesis de Megalópolis, iba a domicilio a bendecir personas y lugares. Que fuera el único del vecindario o al menos uno de los pocos era también verificado por la multitud que atestaba la iglesia del con­ vento los miércoles por la noche, cada 15 días, cuando organizaba un encuentro de oración muy comprometedor en el que se recitaban también fórmulas de liberación específicas para los males físicos, psíquicos y espirituales. Nosotros íbamos a confesarnos con él a pe­ sar de los treinta kilómetros que nos separaban de su convento y la interminable cola que teníamos que soportar. Íbamos a confesarnos, a recibir bendiciones Y consejos, a hacerle bendecir agua y velas, pero también con la esperanza d.e qu~ ,tarde o temprano fuera a nuestra casa para aliviar un poco la sItuaClon.

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Probablemente fueron los moretones causados por el suero apli­ cado diariamente en los brazos de Lucia, luego de la enfermedad inexplicable que la había aquejado la víspera de la entrevista con monseñor Gemma, lo que lo convenció de la necesidad de su inter­ vención en nuestra casa. La vida del padre Paolo no era nada sencilla, dado que, literal­ mente, era asediado por personas que acudían a él buscando des­ esperadamente ayuda, y en el convento su modo de obrar no era visto con buenos ojos, de ningún modo apoyado y cuando mucho tolerado. Era joven, no había llegado aún a los cuarenta años, y decía que se había acercado a este universo de sufrimiento gracias a algunos cohermanos, entre ellos los ya difuntos padres Tito y Graciano, quie­ nes habían sido su punto de referencia. La suya era una verdadera vocación. Decía que si no hubiera sido por este ministerio, quizá no habría encontrado el verdadero objetivo de su vida sacerdotal. Había participado respetuosamente de un congreso de exorcistas y simpatizantes y tenía ideas claras sobre lo que podía o debía hacer. En otras palabras, sabía que no podía ejercer el exorcismo, pero se valía de todos los instrumentos lícitos que la Iglesia ponía a su dis­ posición. Muy probablemente el padre Paolo tenía también dones carismá­ ticos y su mirada no se limitaba a la de los ojos, sino que llegaba más allá y lograba vislumbrar aun lo invisible; esto se percibía al ver cómo se protegía en casa o por las observaciones que hacía, pero nunca se desequilibró a causa de eso. No obstante, vino a muestro hogar una tarde de febrero de 2007 para una primera plegaria de liberación y para una bendición de la casa, definitivamente minuciosa. ¡Ambos estuvimos mal! Lucia comenzó con una tos incontrolable y violentísima, no lo­ graba detenerla y además aparecieron conatos de vómito. Estaba muy lúcida y por más que se esforzaba no podía controlar su mal hasta cuando el padre Paolo tomó e! incensario y comenzó a enviarle e! humo de! incienso a todo su cuerpo, incluyendo la nariz y la boca.

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Por lógica, esto le hubiera producido aun más tos y no lograría ni siquiera respirar, dado que estaba envuelta en una densa nube incienso, en cambio, así como llegó la tos de la misma manera apareció dejándola completamente Francesco, en cambio, experimentó un fuerte dolor en la del estómago y al mismo tiempo en el abdomen, como si una mano invisible le estuviera apretando las vísceras; en este caso, para que desaparecieran fue necesario hacer repetidos signos de la cruz con aceite bendito en el estómago, orar e imponer las manos. Luego unos minutos su malestar también desapareció y el padre Paolo pudo seguir bendiciendo la casa utilizando el mismo ritual practi­ cado por el padre Graciano, es decir, bendiciendo cada cuarto con agua e incienso benditos y ungiendo con aceite bendecido todas las ventanas y puertas de la casa, además de las entradas de agua, de luz, de gas, de la caldera y los teléfonos. Los niños no estuvieron presentes durante dichas bendiciones y no tenían idea de nada, pero durante la noche tuvieron pesadillas te­ rribles, y Eleonora sintió que la cogían de la garganta cuando estaba en la cama. Pero ya sabíamos qué hacer y para consolar a nuestros hijos bastó recitar la oración a san Miguel Arcángel, bendecirlos y hacerles la señal de la cruz junto con el óleo bendito para que viera a ellos la tranquilidad y el silencio. Luego de esa primera bendición hubo otras; sucedían a menudo por la noche, después de cenar para poder bendecir también a nues­ tros hijos antes de que se fueran a dormir y enseguida celebrábamos una misa breve en los diferentes cuartos de la casa usando como altar la mesa de la cocina, algunas veces un escritorio, otras una mesita plegable de campamento. Nuestros síntomas físicos casi habían des­ aparecido, pero habían comenzado a verificarse secuencias increí­ bles de pequeños incidentes que hasta nos da vergüenza contarlos ... Por ejemplo, nos vimos obligados a cambiar nuev~ neumáticos del automóvil de Francesco en ocho meses, todos semldestruidos y con los rines torcidos como si el carro hubiera caído dentro de gran­ des huecos o en una acequia, pero en al menos cinco de estos casos no pudimos descubrir la mínima imperfección en el asfalto donde 54

habían sucedido los accidentes. La cosa es un poco risible y se podría pensar que Francesco conducía como un loco (aunque tres fueron destrozadas por Lucia quien es sumamente prudente), pero no era así, aun porque en treinta años de conducir sólo una vez averió una llanta contra un andén. Hasta el señor del montallantas se mostraba incrédulo y preocupado: j11tmca había tenido clientes como noso­ tros! Otra cosa curiosa tiene que ver con el desagüe del lavaplatos de la cocina que un día, por casualidad se atascó después de una bendi­ ción completa de la casa. Al ver que los acostumbrados arreglos "há­ galo usted mismo" no daban resultados, llamamos a un fontanero amigo que trató de destaparlo con una sonda y luego con aire COm­ primido, pero sin resultado, por el contrario se tapó del todo. Así que llamamos a una firma especializada en drenajes y que emplean esos equipos sofisticados que tienen detonantes, sondas con microtelecá­ maras que se infiltran en los desagües, tubos que lanzan agua bajo presión y al mismo tiempo aspiran el líquido excesivo. Después de dos horas de intentos infructuosos, en cierto momento el agua bajo presión no sólo no logró liberar la obstrucción, sino que comenzó a brotar en el techo de la casa. El dueño de la firma de destapes es­ taba aterrorizado: "En veinticinco años de trabajo jamás me había pasado algo semejante; el agua siempre se recupera con la aspira­ dora, son cinco atmósferas de presión, ¿cómo es posible que el agua salte y salga del techo?". Buena pregunta, ¡también nosotros hubié­ ramos querido saberlo! Luego de gastar 630.000 pesos, tuvimos que resignarnos y romper paredes y pisos de la casa para realizar nuevos desagües porque los anteriores estaban completamente Para no hablar de la calefacción que comenzó a dañarse más de cualquier expectativa normal, o de las tres o cuatro bombillas que semanalmente tuvimos que sustituir porque seguían "quemándose" o de los pequeños electrodomésticos que de vez en cuando no fun­ cionaban y luego volvían a hacerlo. También registramos repentinas invasiones de insectos o ratones. Por ejemplo, un día encontramos nuestro mesón lleno de moscas, eran muchísimas y luego de verifi­ car que no hubiera algo que las atrajera, rociamos agua bendita, ce­

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rramos puertas y ventanas y nos fuimos a pasar el fin de semana a la playa; al regresar, las moscas habían desaparecido, no había muestra alguna de sus cuerpos y nunca reaparecieron. También las hormigas repetidamente invadieron la casa, se alternaron en varios cuartos y se establecieron en todas partes, en los armarios, en las camas, en los muebles y de nada sirvieron los repelentes ordinarios; a veces eran tantas que sus cuerpos cubrían las paredes y el suelo, luego, repenti­ namente así como llegaron desaparecieron. Casi todos los días una dificultad, un problema, un obstáculo, un gasto imprevisto. Un desastre tras otro, una situación agotadora. Pero, aunque hemos tomado nota de la absurdidad de estas situa­ ciones, hemos decidido burlarnos de ellas, y cada vez que sucede algo agradecemos el lindo regalo, incluso porque nos decimos que ¡es mejor que los problemas tengan lugar en las cosas y no en las personas! Volviendo al padre Paolo, hemos de reconocer que ha dejado una marca profunda en nuestra familia y cuando supo que estábamos escribiendo un libro sobre el tema, nos animó; así que nos aprove­ chamos de esto para hacerle a él también algunas preguntas. Padre Paolo, ¿por qué ha comenzado a ocuparse de oraciones de curación y liberación y cómo ha aprendido a intervenir?

Durante los años de seminario y al frecuentar las parroquias, también siguiendo los consejos de los sacerdotes con los que estaba en contacto, clasificaba en la categoría de enfermos psíquicos a todos cuantos pedían recibir una bendición o a aquellos que en sus relatos hablaban de sentir presencias, olores o cosas semejantes. Gracias a Dios, después de la ordenación, algunos cohermanos me pidieron que me interesara en la pastoral de la consolación. Pronto tuve que cambiar de opinión. La realidad que se me presentaba era un poco tangible y, cada vez más confirmaba los años de estudio teológico y de camino de fe. Ahora, en cambio, tengo la manera de ver el puente que une tanta teoría teológica con la vida de todos los días. Es como si las verdades de fe comenzaran a tomar forma en episodios concre_ tos de la vida cotidiana. Comencé a intervenir por invitación de un 56

religioso amigo y a asistir a reuniones sobre el tema, propuestas por la Iglesia católica, a leer libros de toda clase con el fin de no dejarme condicionar ni por posiciones demasiado ateas ni por las demasiado medievales, con la intención de comprender las razones de ambas partes. Luego, un cohermano me invitó a una plegaria de liberación y después me dirigí a unos grupos carismáticos con el fin de ver qué sucedía realmente, qué hacían aquellos que ya actuaban en ese campo desde hacía años. En esa época se me pidió seguir de manera directa a una persona necesitada y de allí surgió lo demás. A medida que proseguía, me daba cuenta de que cada vez era más importante escuchar lo que las personas contaban, ver lo que sucedía durante o después de la bendición, dejando atrás todo tipo de prejuicio o imposición de lectura establecida de antemano. Si pudiera compor­ tarme de esta manera, lograría adaptar la realidad a mis conocimien­ tos teológicos, no habría juzgado sino sólo observado objetivamente a la persona que en ese momento el Señor me presentaba. ¿Tiene el apoyo de los demás sacerdotes y de sus cohermanos?

Muy útil ha sido y sigue siendo hasta el momento la confron­ tación con los pocos sacerdotes y laicos que conocen esta realidad desde dentro, porque hablamos el mismo lenguaje, aquel que única­ mente puede comprender quien haya tocado con la mano eso de lo que se está hablando. En lo referente a la relación con mis cohermanos, depende: hay algunos que me miran con respeto, otros que me expresan clara­ mente su disentimiento, y algunos otros que de vez en cuando soli­ citan informaciones o pareceres que ellos mismos están siguiendo. No obstante, hoy por hoy, se tiene la impresión de que la pasto­ ral de la consolación es realizada por sacerdotes que son algo locos, exactamente como la grey que se les ha confiado. A quienes me critican les recuerdo que un viejo principio de la filosofía reza que: contra los hechos no valen los argumentos. Mi actuación comienza allí donde observo hechos, no me limito a las teorías o a las suposiciones. 57

¿Cómo interviene generalmente?

Tengo que aclarar algo: no soy exorcista sino sencillamente un sacerdote que administra los sacramentales, así como la Iglesia lo prevé en el catecismo y según las indicaciones oficiales del magiste­ rio respecto a las oraciones de curación. Por lo que mi intervención se limita a: • Conversar con quien solicite una bendición, para comprender por qué la pide y cuál sea en realidad la necesidad; a veces son simples miedos que persiguen a la persona y realmente sólo basta con saber escuchar, aspecto que hoy falta de manera tre­ menda, porque todos van de prisa y tienen que hacer muchas cosas, pero según parece, lo más importante que se debe hacer, es escuchar, ya no estamos en capacidad de hacerlo. • Dirigir a las personas hacia el camino de la fe real, en resumen, hacia una conversión sostenida con la confesión frecuente, con la Eucaristía al menos semanal, y cuando sea posible aun diaria, con la oración mediante el Rosario o aunque sea con un momento de oración dentro de la familia. Orar no es algo para "gente beata': sino la única vía directa que tenemos para hacer que la gracia de Dios pueda entrar en nosotros; con esto nos damos perfecta cuenta de quién vive con fe intensa la vida sacramental. • Bendecir siempre a la persona que solicite ayuda; es mejor dar siempre una bendición, así para muchos sacerdotes parezca algo superfluo. • Recitar oraciones específicas con base en lo que se me haya contado, algunas veces de curación, otras de liberación. Sin embargo, siempre trato de que la persona participe activa­ mente y de que no se limite a recibir la plegaria de manera pasiva. • Hacer seguimiento algunos meses a la persona o la familia para una valoración más profunda, de la cual obtenga los elementos suficientes para que me hagan comprender la situación real 58

y la gravedad del problema, es decir, si se trata de formas de vejación, obsesión, posesión o de las tres juntas. • Actuar directamente donde los casos sean "evidentes" y claros con oraciones de liberación y con frecuentes bendiciones a la persona y a los lugares de residencia, de manera que el lugar donde se viva esté bajo la protección divina. • Enviar a un exorcista experimentado a las personas que yo considere necesiten intervenciones más radicales que sólo el exorcismo mayor pueda lograr curar; pero aun en este caso sigo sosteniendo a la persona con oraciones de liberación y con bendiciones, exactamente como lo estoy haciendo con su familia. Según su experiencia ¿cuál es el papel que ejercen los hechiceros y la magia?

Se trata de una función realmente considerable y subvalorada por la mayoría. Cierta vez tuve que vérmelas directamente con una he­ chicera, la cual me dijo con cierto tono de desprecio: "La categoría más estúpida que existe sobre la tierra es la de ustedes los sacerdotes, porque no creen en el poder que tenemos. Tú en cambio eres dife­ rente y tienes modo de comprobar directamente, comprendes cómo gira el mundo': Esto me hace pensar cómo nosotros los sacerdotes con frecuencia nos arriesgamos cuando dejamos fácilmente nuestras tareas en manos de los médicos. Somos doctores del espíritu y del alma (¡no se trata de la psique!). Yo, como sacerdote, debo conver­ tirme en un "profesional de las cosas de Dios" confiando en Él que me permite intervenir y luego, donde sea necesario, confiar también en los profesionales de los asuntos del mundo. El padre Paolo no era ayudado por ningún grupo de oración, pero se encomendaba a las oraciones de quienes iban a él por ayuda. En el otoño del 2007 se mostró demasiado nervioso y malhumorado, luego fue trasladado de repente a otro convento, no nos avisó ni se despidió; ninguno de sus cohermanos nos quiso decir a dónde había sido enviado y de él perdimos todo rastro. 59

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Hechiceros, videntes, carismáticos: una ventana abierta a lo invisible

Es sabido que existen personas dotadas de capacidades supranorma­ les, pero una cosa es saberlo o haberlo escuchado y otra verificarlo personalmente. ¡A nosotros nos tocó también esta experiencia! Existen quienes mirando a una persona a la cara u observando su fotografía, relatan la vida, muerte y milagros acerca de ella, incluidos los problemas de salud o de relaciones interpersonales; y hay quienes ni siquiera tienen necesidad de verte, basta una llamada telefónica e inmediatamente, sin haberte jamás conocido o haber hablado con­ tigo anteriormente, te dicen si existe o no un problema o si sobre ti o sobre tu familia cae una maldición, si se ha hecho algún maleficio por parte de un hechicero o te aconseja eliminar de la casa un de­ terminado objeto que no sólo es identificado, sino localizado en la habitación misma donde se encuentre. Y, naturalmente, el objeto en cuestión se encuentra precisamente allí. La casuística es casi tada. Pero para todos vale la misma regla: sus capacidades, más o menos evidentes, omiten las estrictas reglas del plano material y se extienden a los planos invisibles. Es necesario ser siempre muy cautos cuando haya que tratar Con tales personas, porque el límite entre un poder sobrenatural de ori­ gen divino, es decir, un carisma, y un poder de origen preternatural de origen maligno es muy sutil. Existe, sin e~1barg~, de manera ge­ neral, un modo muy sencillo de identificar mmedIatamente quién actúa por el bien y quién por el mal. La persona que esté animada únicamente de servic~o .y obre por el bien lo hace de modo desinteresado, no le gusta exhIbIrse

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por lo cual se llegará a ella sólo por consejo de gente de confianza o por los mismos sacerdotes; nunca dirá: "Yo tengo este poder, puedo saber esto, no se preocupe que de eso me encargo': o frases seme­ jantes; nunca predecirá el futuro, nunca hablará mal de nadie, por el contrario, se comportará siempre de manera más bien esquiva, no se autopromoverá y, sobre todo, jamás pedirá dinero alguno, si acaso aceptará pequeñas ofrendas, teniendo en cuenta que algunos de ellos ya no tienen posibilidad o tiempo de trabajar para mantenerse. Ade­ más, su humildad los lleva a menudo a confrontarse con sus padres espirituales y a obedecer sus eventuales indicaciones. Por el contrario, quien actúa por el mal se exhibirá, usará con frecuencia el pronombre "yo': hará promesas y garantizará el éxito de los propios servicios, propondrá soluciones y sobre todo querrá que le paguen. Como ya se dijo anteriormente, nuestra primera experiencia tuvo lugar con César, y a él llegamos mediante el consejo del pa­ dre Graciano. Utilizando su sensibilidad radiestésica estudió nues­ tra historia después de una conversación telefónica corta con Lucia. Sin conocernos y sin pedir nada a cambio, nos entregó después de un par de días unas doce páginas que resumían detalladamente un gran número de aspectos ligados a los caracteres, a las inclinacio­ nes y a la vida actual de cada uno de los componentes de la familia, luego puso en evidencia en nuestra casa la infestación de espíritus de naturaleza maligna y descubrió que habíamos sido objeto tanto de maldiciones como de un hechizo continuo a causa de envidias y de celos, y que los responsables se encontraban entre los parientes de Francesco. Nos dijo, además, que había objetos en la casa que traían negativ~smo. Finalmente, el examen de nuestros árboles genealógi­ cos presentaba rasgos problemáticos que exigían intervenciones con oraciones y misas en sufragio por antepasados específicos que, aun­ que muertos desde hacía mucho tiempo, estaban aun "atados a la tierra' y, por tanto, necesitados de ayuda. Precisamente con base en estas revelaciones, el padre Graciano, pocas semanas antes de morir, nos aconsejó buscar a un exorcista, y los acontecimientos siguientes demostraron que tenía toda la razón. 61

Pero nos~tros, ~n un primer momento, estábamos escépticos o al menos muy mdeclsos: ¡no era fácil racionalizar lo que se mostraba como algo completamente irracional!

guna manera una vez fueran prendidas. Que cuando terminara la combustión, deberíamos sellar el residuo de la ~era en el vaso de aluminio y llevárselo a ella.

Por eso le solicitamos al padre Graciano que nos indicara al me­ nos otro carismático, para tener siquiera las contrapruebas.

Estábamos también listos para esta enésima prueba. Del examen de los residuos de las velas la señora Idia, a la que no se le había con­ tado nada sobre nuestra historia, puso en evidencia de inmediato la existencia de un poderoso hechizo en nuestra familia y afirmó que la persona más golpeada era Francesco; confirmó además que los problemas provenían nada menos que de algunos familiares suyos de sexo femenino. Nos pidió que le dejáramos los residuos de velas para que ella los hiciera destruir de un sacerdote con un ritual adecuado, nos exigió también que le lleváramos la foto de nuestra familia, declarando que oraría por nosotros, y que volviéramos a donde ella después de cuarenta días; pero también afirmó que de­ bíamos seguir empeñándonos y que teníamos que mandar celebrar misas por nuestros antepasados, además, una por todos los difuntos por los que nadie nunca ora. Tampoco esta vez ninguna petición de dinero, sino sólo el encuentro de una larga fila de personas en espera de poder acceder a su modesto apartamento situado en la parte superior de una vivienda ubicada en un estrecho callejón de un pueblecito ribereño.

Entonces conseguimos a Mauricio. Con él también el primer acercamiento fue por teléfono y, sin contar absolutamente nada de nosotros o de nuestra historia, nos dijo que había encontrado en nuestra familia problemas debidos a un hechizo perpetuo realizado por dos mujeres de la familia de Francesco; acertó perfectamente en los problemas de salud de Lucia y aconsejó eliminar dos cuadros col­ gados en casa, de los que nos indicó exactamente la posición como si conociera hasta en lo mínimo nuestro cuarto; las indicaciones re­ cibidas eran de una precisión y de unos detalles impresionantes. Nos aconsejó, finalmente, fotografiar todos los cuadros, los peluches de niños y algunas chucherías y llevarle las fotos apenas estuvieran listas. Fuera de las fotos solicitadas, en las cuales no encontró ningún problema particular, le llevamos también una serie de retratos de fa­ miliares y de amigos, sin especificarle las relaciones de parentesco o de si pertenecían a la familia de Francesco o de Lucia, y de cada uno 110S dijo si poseían problemáticas personales especiales y sobre todo si eran influencias malignas respecto a nosotros. Las revelaciones fueron asombrosas: resultó que las peores inf1uencias provenían de la madre de Francesco y de una prima, y que ésta se hallaba en con­ tacto con un hechicero que podía realizar maleficios. Estos podrían ser probablemente limitados y en algunos casos eliminados, Con la ayuda de los sacerdotes exorcistas y también de algunas personas dotadas de carismas especiales de liberación unidos a una gran ca­ pacidad de oración. Así llegamos hasta donde la señora Idia, que nos pidió por telé­ fono que consiguiéramos velas blancas de cera, que las hiciéramos bendecir por un sacerdote, que las extrajéramos de ~u. caja de plás­ tico, que las pusiéramos en un pequeño vaso de alu~mlO desechable y encendiéramos una en cada cuarto de la cas~ deJandola consumir hasta que se acabara. Además, noS recomendo no tocarlas de

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Un encuentro posterior se cumplió mediante la llamada telefónica al profesor R., un habitante carismático de Marche, muy estimado por el padre Amorth, que sólo pidió nuestros nombres y declaró que existía un maleficio, que el más golpeado era Francesco y que todo provenía de unos parientes de éste. ¡Menos de unos minutos para oír repetir básicamente lo que ya sabíamos de memoria! En una segunda llamada telefónica añadió que sobre nuestra ha­ bitación habían sido puestos "guardianes" con la tarea de mantener la familia constantemente bajo la acción del maleficio, lo cual hacia más complicada la desinfestación. Todas las revelaciones de estos carismáticos llevaban a una sola dirección, a mujeres de la familia de Francesco, pero su extraordina­ ria univocidad no le restaba nada a la incredulidad de Francesco, a su incapacidad de "digerir" que sus mismos consanguíneos, hasta su 63

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propia madre, hubieran hecho un maleficio a nuestro maUlI1 por ende a toda nuestra vida.

y

Pero todas las reservas se derrumbaron cuando llegó sor Agos­ tina, una religiosa carismática que, una tarde, acompañada por un sacerdote, confirmó las indicaciones anteriores y añadió que los "guardianes", las mismas palabras empleadas por el profesor R., eran cuatro, uno de los cuales era muy, pero muy poderoso. Ver a sor Agostina indicar las fotografías de los diversos personajes de la fami­ lia, colocándolos en su rol, nos permitió finalmente, pocas semanas después, comprender por qué nuestros disturbios están aun presen­ tes en el momento en el que estamos escribiendo este libro y actuar para tratar de liberarnos definitivamente. Inútil subrayar que todas estas personas no se conocían ni fre­ cuentaban, es más, se encontraban a kilómetros de distancia en re­ giones diferentes. Incredulidad, consternación, incapacidad de tomar en conside­ ración una hipótesis semejante: ¿qué debíamos hacer? El consejo de monseñor Gemma fue claro: cortar o reducir al mínimo cualquier relación con quienes se sospechaba estuvieran en el origen de los problemas y al mismo tiempo orar por ellos, además de seguir con la plegaria de protección personal. j Yeso fue lo que hicimos! Pero prueba tan difícil, qué cosa tan aberrante, qué desconcierto en los sentimientos. Al menos ahora sabíamos de dónde provenía el mal y podíamos estar más atentos y protegidos.

persona que hay que perdonar, porque tiene lugar en un plano espi­ y sobre todo emocional antes que material; el perdón puede ser considerado verdaderamente completo y eficaz cuando, al hablar de la persona en cuestión, no surge ya ninguna emotividad. Paradójicamente es mucho más fácil perdonar en el plano mental y espiritual que en el emocional; en efecto, existen varios casos de personas que sostienen haber "perdonado de corazón" por la ofensa sufrida, excepto que no quieren ni siquiera oír nombrar a la persona en cuestÍón. En este caso el perdón no está completo, es más, los psi­ quíatras explican precisamente que esta tensión emotiva y reprimida es en verdad peligrosa y corre el peligro de crear serios desequili­ brios psicológicos, a menudo somatizados a través de enfermedades y malestares. El trabajo que hay que llevar a cabo para perdonar completa­ mente es en verdad difícil, especialmente cuando están involucrados los familiares, pero no existe otra posibilidad, porque de lo contra­ rio uno es devorado por un sordo rencor y una rabia profunda que tarde o temprano están destinados a explotar de manera violenta y desestabilizan te. En fin, encontrar las personas que revelen el origen de un pro­ blema es útil con tal de no dejarse luego agobiar por las revelacio­ nes; sin embargo, generalmente estos personajes lo saben muy bien y ofrecen los propios conocimientos solamente a quien esté en capa­ cidad de sufrir las consecuencias.

Afortunadamente, 'estas revelaciones llegaron en un momento en el que ya estábamos muy activos espiritualmente, por lo que ni siquiera un momento caímos en la tentación de experimentar senti­ mientos de odio o de venganza, antes, tratamos por todos los medios de cultivar los sentimientos opuestos, es decir, el amor y el perdón. Perdonar a una persona no significa tratar de comprenderla o peor aún, justificarla; tampoco significa condonar sus acciones u vidarlas, sino por el contrario, quiere decir comenzar a tomar distan­ cias de ella y de su actuar, confiándola mientras tanto a las manos de Dios. El perdón no necesita necesariamente el contacto físico con la

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El padre Ferdinando:

un sacerdote de primera línea

De vez en cuando frecuentábamos también otro grupo de oración que se reunía los jueves por la noche en la amplia capilla de una comunidad de hermanas en un pueblecito de las afueras de Mega­ lópolis; allí se llevaban a cabo oraciones de curación y liberación. De ello había hablado monseñor Gemma y nos había aconsejado que fuéramos cuando pudiéramos. Los encuentros de oración eran presididos por un sacerdote, el padre Ferdinando, y eran frecuenta­ dos por un gran número de personas con problemas. i Fue allí donde vimos por primera vez a verdaderos poseídos y nos sentimos muy impresionados! Pero en vista de que nos habíamos empeñado en es­ cribir este libro, seguimos frecuentando el grupo por algún tiempo y luego Francesco le pidió al padre Ferdinando que le concediera una entrevista. ¿Cuándo comenzó a practicar los encuentros de oración por la curación de los enfermos espirituales? ¿Por qué lo inició? ¿Qué lo motivó? '

Comencé hace unos catorce años. Ha sido una experiencia per­ sonal que me ha convencido de que es un camino que no se debe descuidar. También me pareció que cuanto veía de negativo en el mundo fuera a veces en verdad un poco exagerado, sobrepasaba los límites para ser exclusivamente el fruto de decisiones humanas. y entonces me pregunté: "¿Es posible que el hombre sea así de así de perverso, que haga autónomamente ciertas cosas? ¡Debe ha­ ber un porqué!': Otro motivo provino de las lecturas: al leer algu­ nos estudios exegético s del Nuevo Testamento, me di cuenta de que

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omitían el tema del demonio; se agarraban de un clavo ardiente para explicar varias cosas, pero cuando se hablaba de demonios, que sin embargo son citados tan a menudo en el Nuevo Testamento, éstos eran ignorados completamente, como si no existieran. Y en los po­ cos casos en los que se hablaba de ellos, historiadores ilustres sos­ tenían que se trataba sólo de las creencias de la época; por ejemplo, decían que la epilepsia no se conocía y que, por tanto, consideraban que los endemoniados fueran en realidad epilépticos. Esto me hizo pensar: "Según mi parecer, no saben qué están diciendo; ¡basta ver a un endemoniado para convencerse de que no se trata en absoluto de e¡>ilepsia o de simples problemas psiquiátricos!': Así que se llevó a cabo una meditación continua ... Por formación académica soy más bien racionalista, por tanto nunca había enfrentado estos temas. Aun cuando había presentado la película El exorcista en algún cinefórum no me había impre­ sionado tanto, la había valorado más como película cinematográ­ fica que otra cosa. También el pensamiento eclesiástico moderno desconfía mucho más de las palabras que de los hechos, y habla y escribe, pero a menudo termina por convertirse en incoherente por­ que, al volar demasiado alto, acaba por ignorar los hechos concretos. Así comencé, dándome cuenta de que el camino que iniciaba no era En efecto, hoy día la jerarquía eclesiástica o me ignora o me combate a través de terceros, actitud doblemente odiosa porque raya con la hipocresía. ¿Cómo han cambiado su vida estos encuentros?

La han cambiado para bien y para mal. En cuanto a lo positivo, creo haber entendido cuáles son los valores, los instrumentos que nosotros los sacerdotes debemos llevar adelante. He comprendido que en ciertas situaciones delicadas no sirven muchas palabras, más bien, entre menos se hable mucho mejor ya que es el Señor el que guía. He visto conversiones impensables, sobre todo en el mundo juvenil. En verdad me he convencido de la grandeza del sacerdocio. Sabemos que la ordenación realiza un cambio radical de la persona, pero saberlo es una cosa y verlo otra: pensemos en la Eucaristía, 67

cómo las palabras del sacerdote producen un cambio y lo que antes era un simple pan se convierte en el cuerpo de Cristo (Mt 26,26; Mc 22; Lc 22, 19; 1Co 11, 24). La diferencia está en que en la Euca­ ristía esto se acepta y aun se da como algo natural, en cambio, en la plegaria de liberación nada se da por descontado. En cuanto a lo negativo está el problema de que la gente me abruma; y luego están los fanáticos perturbados que hacen perder muchísimo tiempo sin motivo alguno. ¿Hay personas que vienen a usted para un encuentro personal o asisten exclusivamente a misa ya los encuentros de oración?

Yo hago oraciones públicas. En esto estoy en desacuerdo con quienes piensan que el exorcismo no es una misión a la que la Igle­ sia deba dedicarse. Por consiguiente, pienso que cuanta más Iglesia haya mucho mejor; dado que para mí la oración comunitaria por la liberación tiene un valor superior (Mt 18, 19). Claro que existen epi­ sodios un poco fuertes para quien participe por primera vez, pero no acepto las impugnaciones del clero. Si no hay por qué reír cuando ce­ lebro la Eucaristía y la gente ora conmigo, o cuando recitamos juntos el Rosario, no veo por qué alguien deba sentirse incómodo si oramos por la liberación de las personas que sufren. No existe justificación alguna para esta diferencia en el tratamiento de la plegaria pública. ¿Por qué, respecto a otros grupos de oración, en el suyo hay un porcentaje tan grande de personas perturbadas?

Porque quien tiene perturbaciones sabe que oramos de verdad y por eso viene; si hubiera muchos grupos como el nuestro, no habría muchísimas personas en esas condiciones entre nosotros; pero en vista de que saben lo que hacemos, vienen en cantidades. Por otra parte, ¿a dónde podrían ir estas pobres personas? Nadie las escucha, o más bien las envían a los psiquiatras. Y después de tres o cuatro aí'los de análisis, luego de haber gastado muchísimo dinero, se en­ cuentran en las mismas condiciones o peor.

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Debo decir que personas completamente poseídas del demonio no las he encontrado nunca. Para mí, el poseído es una marioneta en las manos de Satanás y ya no hay nada que hacer. Los que vienen a mí son perturbados, quizás en un alto grado, pero sólo desequi­ librados. Hay momentos en los que son vejados, sobre todo si son estimulados por la oración, pero luego llevan una vida sumamente normal. Lo que asombra es ver que no se conocen entre ellos, vienen de sitios diferentes, pero cuando están allí hablan y reaccionan de la misma manera, como si antes se hubieran puesto de acuerdo. Por ejemplo, todos hablan en masculino, aun las mujeres. He tratado de decir: "¡Pero si eres una mujer!': y he oído responder: "No, yo no soy una mujer". Es algo muy raro. ¿Cuáles son las mayores dificultades con las que se encuentra?

La mayor dificultad es la desconfianza con la que soy mirado, desconfianza que a veces se vuelve burla. Pero me pregunto: "Si Jesús dijo: 'Vayan, curen, prediquen y arrojen demonios en mi nombre' lO, 8; Mc 16, 17; 1, 32-34), ¿por qué nosotros no lo hacemos? ¿Porqué consideramos bueno sólo ir y predicar?". Esto lo he pensado mucho y para mí es una tentación, es obra del demonio que actúa en los hombres de Iglesia. ¿Por qué nunca ha recibido del arzobispo la autorización para intervenir como exorcista autorizado?

Hace unos aí'los pedí al arzobispo la autorización para ciertos ca­ sos y me respondió que no, porque si me hubiera vuelto exorcista, hubiera dejado de ser párroco y él necesitaba párrocos. Luego me dijo: "Si no te conociera bien, no creería lo que me cuentas, pero sabiendo cómo eres y cómo piensas el asunto me preocupa': y quiso que le enviara relatos, sobre todo referentes a las curaciones. Desde entonces, todos saben cómo actúo, pero oficialmente nunca me han autorizado.

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¿Cuál es la diferencia entre un sacerdote que actúa como usted y un exorcista autorizado?

les o demasiado lentos. Con el grupo de oración se cuenta con mayor poder.

La diferencia es ésta: el sacerdote normal actúa de manera indi­ vidual, el exorcista actúa como Iglesia y, por tanto, está protegido y cuenta con un poder sumamente importante. Sólo que muchos exor­ cistas nombrados no lo hacen, tienen miedo, tienen problemas ... No he comprendido todavía por qué este trabajo se encomienda a esos santos hombres ancianos y ultra ancianos, de probada santidad ... Estoy completamente de acuerdo con la santidad, pero esta físicamente es pesada y un anciano no la puede realizar. Un exorcista debe tener como máximo cincuenta o sesenta años para que trabaje sin demasiado cansancio.

¿A través de los poseídos ha recibido usted alguna vez indicaciones para su vida personal?

¿Por qué las cosas no son de otro modo?

Porque los obispos tienen la obligación de hacer el nombramiento y dado que lo consideran superfluo, escogen sacerdotes de setenta y cinco a ochenta años, y así cumplen formalmente con la obligación. Si luego este sacerdote no hace nunca nada, por estar cansado, en­ fermo o porque no cree en eso, paciencia. No quiero juzgar a los obispos, pero creo que deberían cambiar de actitud. ¿Cuántas personas se han dirigido a usted en estos años?

Me han hecho entender algunas cosas ¡pero el demonio es menti­ roso y yo no lo escucho! Un 8,44). ¿Cuántas de las personas que han acudido a usted tenían efectiva­ mente problemas de carácter espiritual y cuántas en cambio eran enfermos psiquiátricos?

Cuando uno está desequilibrado tiene siempre problemas psico­ lógicos; es inevitable. Por eso es demasiado fácil considerar que el aspecto psicológico sea todo, en cambio a menudo es sólo la conse­ cuencia de la influencia demoníaca. Y así es difícil comprender; el sacerdote no es experto porque no conoce el aspecto médico, no es apto el psiquiatra porque no conoce el punto de vista eclesiástico; se procede a tientas, con pequeiias ayudas, poco a poco. No se puede caminar por atajos, porque no se puede poner en pel igro a esta gente, ya ha arriesgado lo suficiente y sufre demasiado. ¿Ha sentido miedo alguna vez de afrontar poseídos?

Cientos, miles, vienen a cada momento, de seguido. Pero yo soy párroco y tengo dos parroquias, así que sólo dispongo de unos pocos espacios para este problema. Hago lo que puedo. Si todos los párro­ cos actuaran, sería más fácil, habría menos presiones y sería un bien para la gente.

¿Si Dios está con nosotros quién puede estar contra nosotros? (Rm 8, 31). Sin embargo, cuando vemos que alguien está muy agi­ lado, hay un grupo de personas que ayuda a contenerlo. El problema es cuando logran forcejear. Cierta vez uno me agredió en el altar, me fue bien. pero, cIaro, corrí un gran peligro.

¿Cuán importante es para. un sacerdote tener la ayuda de un grupo de oración comprometido?

Ciertamente todos los sacerdotes de este sector recomiendan prac­ ticar asiduamente los sacramentos ...

Es sumamente importante. Es posible que el sacerdote sea un pe­ cador, aun el pecador más grande de su grupo, pero puede actuar igualmente como sacerdote, aunque sus resultados puedan ser débi­

Es lo más importante. Fortalecerse en la fe ayuda a la persona a convencerse de que no está sola, con ella aumenta la fuerza y ella misma realiza la liberación. Siempre les digo a las personas que acu­

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';'",.@!'," " -.""

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den a mí que el exorcismo más grande es la confesión, no tan poderoso.

otro

Entre las personas que vienen a confesarse con usted, y que usted conoce como maltratadas, ¿ha habido alguna vez por parte de éstas o de sus familiares algún error grave que haya "abierto las puertas" al problema?

Claro que sÍ, por ejemplo el frecuentar a algunos hechiceros ver­ daderos, que tratan con el maligno. No los charlatanes que sólo sa­ can dinero, sino los hechiceros verdaderos que por desgracia existen y actúan sin lugar a dudas. Y hay que decir que el maligno es astuto, no se revela de inmediato la primera vez que uno va a donde el he­ chicero, sino después ... ¿Cuánto tiempo en promedio se necesita para liberar a una persona?

Se requiere muchísimo tiempo, para mí en promedio un par de años: sólo Jesucristo podía liberar en un momento. Tengo varias per­ sonas que ya están curadas y otras que van por buen camino. Para mí, un síntoma de inminente liberación es cuando las personas co­ mienzan a recordar los episodios y dicen: "Recuerdo lo que hice, yo estaba allí, pero había una fuerza que me manipulaba y yo no era capaz de resistir': ¿El hecho de que muchas personas arrojen con el vómito o las heces elementos o sustancias extrañas y no fisiológicas significa que han sido objeto de maleficios o del mal de ojo?

Para mí el mal de ojo no existe, para mí existe el maleficio, lo que se llama hechicería. Suceden hechos extraños, y quien no lo ve con sus ojos difícilmente lo cree. Por ejemplo, hay quien vomita mecho­ nes de cabellos. Lo he visto con mis propios ojos, por tanto lo creo. Cierto superior mío piensa que esto no es posible, que yo también loco.

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Pero cuando una persona es liberada, ¿a dónde va a parar el ser que la maltrataba? ¿Hay cierto peligro para algunas de las perso­ nas presentes?

Cuántas veces he oído decir: "Quiero salir de aquí, pero sólo no puedo: ¡libérame, hazme salir!", y yo he respondido: "¡No soy yo quien te libera, es el Señor: oremos juntos!': entonces la respuesta es: "¡No, no puedo orar. .. !", ¿qué hacer? Yo quiero liberar a la per­ sona, los demonios regresan al infierno. Muchas veces el espíritu dice que es un alma condenada, a menudo muerta en condiciones dramáticas; a veces llegan incluso a decir en qué naciones vivieron, pero yo no lo creo, porque los espíritus son mentirosos. Otras ve­ ces afirman ser demonios, y yo replico: "¡Sólo eres un estúpido, no eres ningún demonio!': Luego les ordeno volver al lugar de donde vinieron, es decir, al infierno. Cuando sucede la liberación, no existe absolutamente ningún peligro para las demás personas que ayudan o asisten. Así que el empeño personal es fundamental ...

Siempre he dicho que el 90% lo hace el individuo, el 9% lo hace el Señor y el 1% el sacerdote. El sacerdote tiene la tarea de mostrar las puertas, pero luego las personas tienen que caminar solas. Algunos afirman que la repetición de exorcismos podría ir contra la responsabilidad...

Efectivamente, el trabajo es de la persona. Hay quienes me solí­ citan repetidos y cercanos encuentros. Yo digo entonces que lo que cuenta no es el número, sino que es necesario poner manos a la obra y estar dispuestos a cambiar. Según su experiencia, ¿existen personas que efectivamente tengan la capacidad de "ver" dónde están los problemas? ¿Qué rol pueden tener los encargados en la liberación?

Sí, existen y ayudan a localizar el problema y por tanto indican al sacerdote el campo de acción. Creo que con frecuencia los mismos 73

sacerdotes "ven" o "sienten" si algo no va bien; me ha sucedido a menudo. Por ejemplo, alguna vez fui llamado a una casa, y percibí que en la biblioteca había algo raro, pero no sabía qué. La mujer, que había notado mi perplejidad, tomó un libro de los estantes y me lo dijo: "Adentro, de la solapa de la portada había polvo de Sai Baba':

Otra cosa que siempre me ha hecho reflexionar es que, con oca­ sión de fiestas solemnes, se colocan relicarios sobre el altar. Pensán­ dolo bien, he comprendido que no se trata de su belleza artística, sino del poder que emana de ellos.

En otra ocasión vinieron a mi casa los padres de un famoso fut­ bolista de un equipo de primera división, y me contaron ciertos episodios y su malestar. Al final, me dieron una foto del hijo y yo, mirándola, dije: "¡Tiene problemas en una pierna!': y ellos: "¡No, está en el Japón y se encuentra muy bien, juega fútbol!". En la noche me llamaron por teléfono y me dijeron que habían hablado con el hijo, el cual se quejaba de fuertes dolores en una pierna. Alguna otra vez, un marido me trajo una foto de la esposa, la pensaba mucho porque se acababa de ir a trabajar a los Estados Unidos y me pidió una oración por ella. Mirando la foto le dije: "¡Esta mujer tiene problemas en los ojos!': y él: "¡Pero si partió ayer y estaba muy bien!". Esa noche habló con ella por teléfono: la mujer estaba en cama con una fuerte con­ juntivitis. Claro que pueden ser casos fortuitos, pero han sucedido con frecuencia. Tanto es aSÍ, que la gente viene a veces a pedirme informaciones sobre parientes lejanos; yo no los atiendo porque no soy un adivino.

Pero según usted, ¿por qué permite Dios que personas inocentes, por ejemplo los niños, sufran por tanto tiempo?

¿Es de alguna utilidad real la intervención sobre las habitaciones y las casas o sólo se trata de una ayuda psicológica?

Sí, tiene una gran utilidad. Desafortunadamente, los pocos sa­ cerdotes que realizan las oraciones de liberación y los exorcistas no salen a liberar las casas porque no tienen tiempo. Bendecir las casas en Navidad es una costumbre, pero también aquí el objetivo ha sido mal entendido, se habla de ella como de una ocasión para el diálogo. ¿Pero qué clase de diálogo?, me pregunto. Muy bien que haya diá­ logo, pero si durante siglos los sacerdotes fueron mandados a bende­ cir las casas, había una razón bien precisa: alejar el mal de los lugares donde vive la gente. Ahora hemos llegado a la paradoja de enviar a las hermanas y a los laicos a bendecir las casas. En eso no estoy de acuerdo, no tiene sentido; entonces más vale no ir. Se necesita un sacerdote que sea bien consciente de lo que está haciendo y de cómo lo hace. 74

Está escrito en la Biblia que el Señor prueba a quien ama (Dt 8, 12-16; Pr 3, 12; leo 11,32; Hb 12, 4-11). Con mucha frecuencia se trata de la responsabilidad de los padres o de los antepasados que recae sobre los niños. Y luego está el pecado original, que siempre nos ha seguido .. , es verdad; muchos sacerdotes se ríen de ciertas afirmaciones. Es absurdo, pero para algunos sacerdotes la Biblia vale sólo para ciertas cosas, pero no para otras. Según usted, ¿una maldición pronunciada con perversidad, con el único fin de causarles algún mal a las personas, tiene un efecto funesto aunque no intervenga un hechicero?

Para mí, sÍ; aunque seamos individualistas, constituimos una comunidad, todos estamos vinculados, así que quien piense el mal lo transmite. Cuando oramos por una persona se actúa de manera positiva sobre ella, de la misma manera al mal decirla se tiene una incidencia negativa. Nosotros los cristianos somos una comunidad sacerdotal (1 P 2, 9), con el bautismo se nos dio la facultad de obrar y bendecir; cada uno en su casa es sacerdote de la propia familia y de sí mismo ...

Es verdad, nosotros los cristianos somos todos sacerdotes. carácter sacramental no es otra cosa que la participación en el sa­ cerdocio de Cristo. Será algo mínimo, pero indudablemente existe. A tal punto que los dos esposos, en el momento del matrimonio, desempeñan el oficio de sacerdotes cuando recitan la fórmula del sacramento. En el antiguo ritual de la Iglesia existía la bendición de 75

la mesa, del pan, que era realizada por el padre; la bendición del padre a los hijos que salían de viaje ... se bendecía todo momento y ocasión. Hoy día, todo se ha olvidado. Cuando alguien se va se le de~ sea buena suerte y se le hacen recomendaciones, se prepara la maleta pero no se da ninguna bendición. ¿Nos puede contar algunos episodios particularmente significativos que haya vividor

Presencié el caso de dos hermanos, ambos con problemas; uno se encontraba en mi estudio, el otro fuera. Se pusieron a escribir al mismo tiempo en una grafía que no conozco, ciertamente ni en he­ breo ni en árabe, no sabría decir qué idioma. Al comparar las dos hojas se veía que era lo mismo, sólo se diferenciaban en detalles mí­ nimos. Pregunté acerca de las diferencias. El primero me respondió: "Eres un ignorante, la de él es una escritura normal, la mía es una escritura noble". Si yo le decía algo al hermano en el estudio, el otro afuera oía la pregunta y respondía de la misma manera, estaban en comunicación. Uno de los dos hombres se esforzó, se convirtió y ahora está curado, mientras el otro se encuentra todavía en las mis­ mas condiciones dramáticas. Tuve el caso de una persona a la que ¡le rocié la cara con agua bendita y se quemó! Fue al hospital para hacerse medicar y, al temer que fuera considerado loco, dijo que se había quemado con el café. Otra había comenzado a tener problemas de salud, con hemorra­ gia ocular y corría el peligro de quedar ciega; los médicos no sabían cómo curarla y ella se encomendó a la Iglesia. Poco a poco el caso se fue manifestando, con momentos muy dramáticos en los que trató de quitarse la vida. Desafortunadamente, el deseo de suicidarse es una de las tentaciones atroces recurrentes provocadas por el demo­ nio. Un día se encerró en el baño y quiso lanzarse por la ventana. No había manera de hacerla salir, me llamaron y yo corrí, pero no me escuchaba. Finalmente, como en la cerradura no estaba la llave, el Señor me inspiró y por la ranura de la llave introduje un rociador de los que se usan en el lavado de la ropa y disparé un chorro de agua

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bendita hacia el baño. De inmediato abrió la puerta y renunció a su propósito. Al volver a pensar o al leer estas cosas, puede que hasta den ganas de reír, pero en realidad son hechos muy graves. En otra ocasión, durante una oración de liberación, una mujer agitada de manera es­ pecial me lanzó un zapato que me golpeó la cara. Al tInal, cuando se calmó, le llevé el zapato, tenía un fuerte dolor en una mejilla, la cual estaba bastante hinchada. Pues resulta que era la misma mejilla en la que su zapato había golpeado la mía, sólo que yo no tenía ningún rastro. Ahora bien, nadie puede provocarse ciertas marcas en la cara si está en medio de las demás personas y si nadie ve mientras se las hace; tienen un origen misterioso. Un hecho más. Un muchacho había comenzado a quejarse de unos dolores de cabeza muy agudos a los que no podía poner reme­ dio. Después de varias recuperaciones en el hospital fue enviado a un psiquiatra, al que no quiso ir porque decía: "¡Me duele la cabeza, pero no estoy 10co!'Z Luego de repetidas bendiciones se curó, ahora estudia y está terminando la universidad, está feliz y ennoviado. De vez en cuando me viene a visitar y a pedirme otra bendición, por seguridad. Hay alguien que se adormece mientras lo bendigo y ya no siente nada. Alguno descansa apenas lo toco. Me ha impresionado mucho, al frecuentar su grupo de oración, ver a personas que entraban a la iglesia absolutamente tranquilas y con autonomía, tomaban una de las bolsas de plástico colgadas en la pared y luego, durante la oración se encolerizaban, vomitaban ...

Sí, uno de estos muchachos es precisamente un acólito y ayuda durante la liturgia. Gracias a Dios, durante la misa nunca ha suce­ dido nada, es un muchacho sumamente bueno que viene cada do­ mingo y se confiesa con regularidad; los problemas se presentan sólo durante las oraciones de liberación.

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CI\PITUU) VIII

El padre Francesco Bamonte: exorcista bien organizado!

Entre los diversos libros que tratan el tema, nos había impresionado mucho Posesiones diabólicas y exorcismos (Paulinas) del padre Fran­ cesco Bamonte. Luego de haber descubierto que vivía y trabajaba en Roma, decidimos entrevistarlo, porque demostraba tener ideas claras y sobre todo por haber creado un protocolo bien organizado que partía de escuchar a los necesitados y actuaba a través de sus colaboradores, de modo que acudieran a él por el exorcismo sólo personas valoradas con anterioridad. En vista de que los exorcistas son, literalmente, asediados por la gente, la importancia de este me­ canismo de valoración preventiva no se debe subvalorar. ¿Cómo llegó a ser exorcista?

Personalmente ejerzo el ministerio del exorcismo por vocación. Cuando me preparaba para el sacerdocio en el seminario y frecuen­ taba la facultad de teología, cada vez iba madurando más dentro de mí la convicción de que quien desee verdaderamente estar con Cristo y difundir su reino en el mundo, debe inevitablemente en­ frentarse con el poder de las tinieblas, es decir, con aquel mundo os­ curo e invisible, pero real, constituido por Satanás y los demonios a su servicio (Heh 26, 18), cuya existencia se nos ha revelado por Dios y que por tanto es considerada como una certeza por el magisterio de la Iglesia católica. Sin embargo, el poder de las tinieblas no sólo está compuesto por los espíritus rebeldes, que al inicio de la creación eran ángeles y que ahora actúan en el mundo para oponerse al reino de Dios entre los hombres, sino también por los mismos hombres que, con su vida, se ponen de manera consciente o inconsciente a 78

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su servicio. Así que cada vez me he convencido más de que Jesús no sólo predicó; no sólo mandó bautizar a los que creyeran en Él (Mt 28, 19-20; Heh 2, 38); no sólo perdonó a los pecadores arrepentidos y confirió a sus sacerdotes el poder de absolver los pecados (Mt 9, 10-13; Me 2,17; Le 5, 31-32; 24, 47); no sólo curó a los enfermos (Mt 4,24; 8, 16; 14, 14; 14,35-36; 15,30; 19,2; Me 6,56); no solo celebró y mandó celebrar el sacrificio eucarístico (Le 22, 19-20; Mt 26,26-28; lCo 11, 23-25; Me 14,22-24), sino que también realizó exorcismos de manera frecuente y mandó sacar los demonios en su nombre. Obrando así, confirió en todos los que creen en Él y están en su Igle­ sia el mismo poder de arrojarlos (Mt 10,8; Me 16, 17-18; 1, 32-34). De manera que, he sentido fuertemente que el exorcismo es un mandato específico de Cristo que no se puede desatender, porque si se obrara así uno se haría responsable grandemente del tremendo sufrimiento de personas que pueden ser ayudadas solamente por este ministerio que Jesús confió a la Iglesia y que, sin duda, se cuenta entre las obras de misericordia corporales y espirituales. Por eso, apenas fui ordenado sacerdote pedí a mis superiores po­ der dedicarme también a esto. Desafortunadamente, no todos los sacerdotes que hacen dicha petición obtienen la autorización. Para mí fue relativamente fácil, porque di con un superior general muy comprensivo ante esta mi "vocación en la vocación': En general, cabe señalar que en estos últimos años la situación en Italia ha mejorado, porque ha crecido el número de los exorcistas; lástima que todavía seamos dramáticamente pocos respecto a las numerosas peticiones que nos llegan. En el extranjero la situación es aún peor. ¿Pero cómo hizo usted para tener esta "vocación" especial de exor­ cista? Presumo que en los seminarios no se hablaba mucho de ella ... ¿Cómo maduró su convicción?

Nació de la certeza interior de que la vida cristiana conlleva ine­ vitablemente la lucha contra el poder de las tinieblas. El apóstol Juan nos recuerda que Jesús vino al mundo para "destruir las obras del diablo" (lJn 3, 8; Heh 10, 38). Esta lucha contra el poder de las ti­ nieblas es mucho más amplia que la sola liberación de las posesio­ 79

nes diabólicas, es una liberación global de todo aquello que Satanás busca presentar para oprimir al hombre en su ser de hijo de Dios y alejarlo de Él (Lc 8,12; Ef6, 10-12; 2Trn 2, 25-26; Hb 2,14-15; lP S, 8). En este contexto surge la vocación de dedicarme de manera es­ pecial a las personas que sufren posesiones, sin excluir, no obstante, los demás aspectos de la lucha contra el demonio, la cual es mucho más extensa. Por ejemplo, el mismo ministerio de la confesión es más impor­ tante que el exorcismo, porque libra no los cuerpos, sino las almas del dominio de Satanás; en efecto, es muy peligroso que nuestra alma se encuentre en pecado mortal, porque morir en tales condiciones sig­ nificaría ir a la perdición en el infierno. El infierno no es una fábula para aterrorizar a los niños cuando se portan mal, sino el estado del tormento eterno y de la lejanía definitiva de Dios, al cual van aque­ llos que, hasta el último instante de su vida y por libre y misteriosa elección, se cerraron totalmente al amor y a la misericordia de Dios. Desafortunadamente, no parece que todos los sacerdotes estén gustosamente a disposición de quienes quieran confesarse. La caren­ cia de confesores disponibles es una llaga abierta, pero es también verdad que muchos cristianos aun no han entendido el significado y el valor de este sacramento; no son pocos los que piensan en la confesión como en una especie de trato, encontrar algún pecado para contar al sacerdote sin entender bien el porqué. Falta una ca­ tequesis apropiada sobre la confesión, comenzando por los niños; desafortunadamente, a menudo los párrocos delegan mucho en los catequistas, los cuales no siempre tienen ideas bien claras al respecto. Después del bautismo es el sacramento más importante y su benefi­ cio es enorme en nuestra vida espiritual. Es el sacramento que, junto con la Eucaristía, nos acompaña durante toda la vida; pero la Eu­ caristía no puede ser recibida sin la confesión periódica, porque es precisamente gracias a ella por lo que, así sólo tengamos pecados veniales, somos ayudados a no caer en los pecados mortales. ¿Com­ prende entonces por qué una de las actividades más llevadas a cabo por el demonio entre los católicos es precisamente contra este sacra­ mento? Hay varios documentos del magisterio de la Iglesia que enfatizan su valor y muchas veces, primero Juan Pablo II y ahora Benedicto

XVI, han exhortado a los sacerdotes a que estén disponibles para las confesiones. Claro que confesar requiere tiempo, empeño, con­ centración y, si un párroco está solo, ¿cómo hace para confesar en cinco minutos antes de la misa a decenas de personas que llegaron momentos antes? Por eso, hay muchas parroquias en las cuales se es­ tablecen momentos durante la semana en los cuales los fieles saben que encontrarán al sacerdote disponible sólo para las confesiones, quedando abierto su derecho de poder confesarse en cualquier mo­ mento, en caso de necesidad. Volviendo a los exorcismos, según usted, ¿por qué sus superiores lo escucharon cuando manifestó su vocación exorcista?

Porque evidentemente el superior general de mi Instituto había comprendido que se trata de un ministerio necesario en la Iglesia, un bien para todo el pueblo de Dios, y por eso, al ver en mí esta vo­ cación y al entender que era auténtica no me desanimó. Obviamente, no me podía dar el nihil obstat apenas ordenado sacerdote, pero me permitió seguir, estudiar y profundizar teológicamente todo lo re­ ferente a este tema, acercarme a sacerdotes que desde hacía mucho tiempo eran exorcistas e inscribirme en la Asociación Internacional de Exorcistas, y así, cuando llegó el momento, me autorizó a que le solicitara al obispo la licencia. Fueron diez años de preparación desde 1990, cuando fui orde­ nado sacerdote, hasta el 2000, momento en el que recibí la licencia de realizar exorcismos en los poseídos. Entre 1999 y el 2006 escribí también libros con temas vinculados a este ministerio: ¿Qué hacer con esos hechiceros?, publicado en 1999, y Los daños del espiritismo, publicado en el 2003, ambos con la Editorial Áncora, y Posesiones diabólicas y exorcismo, publicado con las Paulinas de Milán en el 2006. Así que, ¿con apenas cuarenta años2 es uno de los exorcistas más jóvenes?

Es posible, pero no estoy seguro. 2

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En el 2007 en el momento de la entrevista (N. del R.).

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Usted logró tener la autorización luego de un largo recorrido de preparación que duró diez años. ¿Por qué motivo, en cambio, mu­ chos exorcistas nombrados son "reclutados" sin que tengan alguna inclinación o preparación en este campo especifico? ¿ Y cómo con­ ciliar esto con lo que acabo de leer en algún libro acerca de que en algunas diócesis de Francia hay sacerdotes que no creen en la existencia del demonio y aún así son nombrados exorcistas?

Lo mínimo que un obispo debería hacer siempre es informarse si hay alguien que tenga la disposición necesaria para realizar este ministerio, y sé que muchos obispos lo hacen; desafortunadamente, a veces no encuentran sacerdotes que quieran comprometerse en este campo pastoral, de modo que se ven obligados a preguntarle a alguien en quien precisamente no pensaba. En estos casos los re­ sultados son evidentes, porque no hay experiencia ni pasión, ni pre­ paración en el sacerdote. En Francia ha sucedido que, teniendo que nombrar a alguien para ese servicio, el sacerdote encargado, que no tenía formación alguna y ni siquiera creía en la posibilidad de la ac­ ción extraordinaria del demonio, mandó a todos a donde el psiquia­ tra sin hacer el más mínimo discernimiento. Pero si un poseído es sometido a curaciones psiquiátricas que no necesita, corre el peligro de ser arruinado, y así ese sacerdote incompetente será responsaante Dios de todos los sufrimientos que habría podido ahorrar a aquella persona. El demonio sabe muy bien que las curaciones psiquiátricas no necesarias son devastadoras y se esfuerza en hacer creer en una enfermedad psíquica que no existe. Según usted, ¿por qué los mismos obiSpos no practican el exorcismo?

Alguno en Italia lo hacía, por ejemplo monseñor Gemma, quien ahora está pensionado, aunque sigue interviniendo; también sé de otros, pero de manera muy reservada. No obstante, los obispos están muy ocupados yel exorcismo requiere demasiado esfuerzo y tiempo que por tanto sería bueno que concedieran licencias de exorcizar a sacerdotes, los cuales deberían ser eximidos de otras obligaciones.

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¿Por qué el exorcismo requiere tanto esfuerzo?

Porque hay que dedicarle horas y horas a una persona y los resul­ tados se ven después de años; por consiguiente, si las personas son muchas, lo mismo es el esfuerzo. Si a una persona se le deben dedicar dos horas, ¿cuántas podrán ser tratadas en una mañana? Máximo tres. ¿Y con cuántas puede uno encontrarse en una semana? ¡Muy pocas! Además, a mí no me gusta hacer las cosas de prisa. Primero deseo tener una conversación y oír cómo le ha ido desde el último encuentro y animar a la persona, prepararla porque es una lucha muy dura la que está por afrontar. A menudo, antes de proceder con­ fieso, y de esta manera en una mañana me puedo encontrar con dos o tres personas. Me canso mucho también por los gritos que rompen los tímpanos, luego al tratar de evitar puños, puntapiés, escupitajos y en fin al tener que enfrentarme con las tácticas psicológicas que el demonio lleva a cabo para desanimarme, deprimirme o para im­ pedirme orar durante el exorcismo y reducir así la eficacia misma. Además, mi ministerio sacerdotal no está dedicado exclusivamente a los exorcismos, también tengo otras obligaciones, como la de con­ fesor en el seminario. Muchos sacerdotes no quieren dedicarse a este ministerio porque tienen demasiadas ocupaciones, o por la falta de formación en los seminarios acerca de la real existencia de las po­ sesiones y la consiguiente necesidad de la respectiva lucha; un sa­ cerdote puede no sentirse competente o hasta puede llegar a tenerle miedo al demonio, pero, como dice el padre Gabriele Amorth, un sacerdote confiesa, no debe temer exorcizar porque confesar es arrancarle las almas al demonio, y al demonio le interesa más domi­

nar las almas que los cuerpos':

¿Puede aclarar mejor esa diferencia entre posesión diabólica y es­ clavitud del alma por parte del demonio?

Supongamos que un hombre muera en estado de posesión diabó­ lica pero en gracia de Dios: ¡se salva! Su alma va al cielo porque no es prisionero del demonio. En cambio, un hombre que no esté poseído pero muera en estado de pecado mortal, va al infierno, porque su alma en aquel momento era esclava del demonio. Así se comprende 83

por que la actividad que más le interesa al demonio es la tentación, sugerirnos el pecado y, mediante nuestro consenso, llevarnos a la ruina eterna. Hay otros aspectos que es importante aclarar: el pecado mortal no hace que el demonio entre en el alma del hombre, pero crea una dependencia del alma, como un encadenamiento, que se vuelve más fuerte entre más numerosos y graves sean los pecados mortales co­ metidos. Esta dependencia que encadena al alma es más peligrosa que la posesión diabólica, que es una acción que interesa al cuerpo, pero no al alma y por tanto, de manera semejante, es como una en­ fermedad que daña el cuerpo, pero que no perjudica necesariamente la salvación eterna del alma. Ciertamente, cuando una persona está poseída en lo físíco, tiene tales manifestaciones que es difícil entender si su alma está en gra­ cia de Dios: quien se encuentra en este estado blasfema, insulta y es agresiva y la separación entre cuerpo, mente y alma es poco evidente.

Respecto a los criterios de discernimiento para comprender cuándo hay una verdadera posesión diabólica, escribí en mi último libro que la posesión no es un desdoblamiento de la personalidad, como sucede en el caso de una enfermedad psíquica. Se trata más bien de una especie de "sustitución temporal" de la persona, en los "momentos de crisis" tiene lugar el dominio despótico, brutal y vio­ lento de un espíritu demoníaco (o también de más de uno), que actúa desde dentro del cuerpo, haciéndole hablar y actuar como quiere, sin que la víctima pueda resistirse. La posesión es estable, así se alternen períodos más o menos largos de calma y de crisis. Durante el mo­ mento de la crisis algunos son conscientes de lo que sucede, pero no se pueden oponer; para otros, el momento se caracteriza por una sucesión convulsiva de instantes en los que están conscientes y otros en los que no. En estas alternaciones, algunos logran aun reaccionar con la oración, otros no. En fin, en los casos más graves, la persona durante la crisis puede entrar como en una especie de coma y perder completamente la conciencia de lo que pasa. 84

Esta diversidad en los estados de conciencia se debe a que existen unas posesiones demoníacas más fuertes que otras. Durante la crisis, al estar la voluntad bloqueada, la persona no es en lo más mínimo responsable de cualquier acción que lleve a cabo. Algunas señales indicadoras para distinguir la posesión de las enfermedades men­ tales y de las simulaciones son el hablar o comprender lenguas des­ conocidas por la persona; el conocimiento de cosas o hechos que el sujeto no puede saber; una fuerza física o un peso corporal anormal que, una vez terminada la crisis, desaparece; la aversión a lo sagrado, como sentirse mal donde se encuentren los sagrarios, en los san­ tuarios o en los lugares en los que se conservan reliquias de santos; sentir la mano del sacerdote impuesta sobre la cabeza como un peso insoportable; recibir quemaduras en el cuerpo como consecuencia contacto con el agua bendita que viene rociada encima y tener reacciones violentas, furiosas y agresivas. En especial, si se ora sobre un poseído o se le bendice, blasfema, rompe objetos, se lanza contra los presentes. Todo esto puede suceder aunque haya alguno que sólo esté orando mentalmente. Sucede frecuentemente, en estos casos, que la persona, al volver la calma, no recuerde nada de su comporta­ miento; puede, además, cambiar el timbre de la voz, que se deforma en tenebrosa, impostada o en la de barítono, lúgubre o ronca; otras veces, en cambio, se vuelve estridente o metálica; puede vomitar ob­ jetos como agujas, clavos, pedazos de cadenas, piedrecillas, mecho­ nes de cabello, vidrios, pedazos de tela, carne, flores, cuerdas, anillos, aretes y muchas cosas más. Estos objetos son aquellos sobre los cua­ les se ha llevado a cabo el maleficio. Ordinariamente son arrojados por la boca, pero no siempre provienen del estómago de la persona; así se explica por qué el poseído no sufre nunca daños físicos, aun cuando salgan grandes pedazos de vidrio; se trata, en efecto, de una acción de transferencia del objeto que ha recibido el maleficio en el instante en el cual sale de la boca. En general, este fenómeno es signo de la progresiva liberación de la persona, pero la liberación no está ligada necesariamente a estas manifestaciones; además, el poseído puede ser sensible a alimentos y vestidos que hayan sido bendecidos sin que él lo sepa, o a imágenes sagradas, objetos como camándulas, crucifijos o reliquias. 85

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¿ y usted cómo se siente cuando practica el exorcismo? ¿Qué pasa por su mente y su corazón?

¿Exactamente, qué diferencia hay entre una plegaria de liberación y un exorcismo?

Me siento en comunión con Cristo y con la Iglesia, que tiene la misión de liberar a la humanidad de las fuerzas del mal que la ame­ nazan. Siento además una gran compasión por la persona, torturada por quien quiere su destrucción en todos los sentidos. Soy consciente de que a través del ministerio de los exorcismos puedo evitarle a al­ guien el sufrimiento (así no sea de inmediato, sino gradualmente), y agradezco a Cristo que me da la posibilidad de ayudar en su nombre.

La primera es una invocación que se dirige a Dios, directamente o mediante la intercesión de la santísima Virgen, de los santos o de los ángeles, implorando la liberación de ese hermano que está po­ seído por el demonio. En cambio, el exorcismo está constituido por una parte invocadora en la que se le pide a Dios la liberación y una imperativa con órdenes directas al demonio, que vienen impartidas en nombre de Jesucristo y de la Iglesia, con el fin de que desista de atormentar a aquella persona.

¿ nene usted el apoyo y la ayuda de sus cohermanos? Sí, en mi instituto religioso de los Siervos del Corazón Inmacu­ lado de María, nadie niega la existencia del demonio y la posibilidad de su acción ordinaria y extraordinaria, por lo cual hay un gran res­ peto hacia este ministerio y hacia quien lo ejerce legítimamente. El único problema está en que en la Casa Generalicia yen el seminario de mi Instituto, donde vivo con mis cohermanos, provocaría dema­ siado ruido y confusión al recibir a estas personas que, durante los exorcismos, a menudo gritan de manera terrible; pero la providencia ha venido en mi ayuda y el rector de la basílica de Santa Anastasia en Roma, en la cual se instituyó la adoración perpetua las veinticuatro horas, no sólo puso a mi disposición un lugar muy bien acondicio­ nado, aislado acústicamente, sino que también me dijo que esperaba ofrecer hospitalidad a algún exorcista autorizado. Es un hecho rarí­ simo que los sacerdotes ofrezcan "alojamiento" a los exorcistas, por­ que temen el problema que se pueda presentar. ¿ y si estas personas se vuelven muy agresivas, no tiene usted miedo?

Bueno, por supuesto, se requiere cierta prudencia. Es conveniente tener un equipo de colaboradores que sean ante todo hombres de oración y que luego estén listos a intervenir, cuando sea necesario, manteniendo firme al poseído, que puede hacerse daño él mismo ya los demás, aun sin quererlo. Algunas veces, cuando no logran esca­ parse de la oración, el demonio induce a los poseídos a agredir al sa­ cerdote por lo que se necesita la asistencia de un grupo de personas. 86

Si con el exorcismo, que prevé también las órdenes al demonio, se necesita tanto tiempo, ¿qué se obtiene con las oraciones de libera­ ción, que son súplicas? ¿Sirven para algo? La liberación depende de muchos elementos. Cuando en realidad existe una posesión, el demonio reacciona de manera mucho más fuerte a la orden imperativa que a la oración de liberación, porque siente toda la fuerza de la orden que se le imparte en nombre de Jesús y con la intercesión de toda la Iglesia. Pero también es cierto que la plegaria de invocación, hecha con mucha fe por un sacerdote no exorcista, puede tener algunas veces el mismo efecto y obtener la misma reacción por parte del demonio. Pero la liberación más o menos rápida depende también de otros factores como la fe de quien está poseído, la fe de quien ora por él, las causas que la provoca­ ron (satanismo, espiritismo, maleficios, maldiciones, etc.), el tiempo transcurrido desde cuando comenzó la posesión y el momento de los primeros exorcismos, la colaboración que el poseído preste al exorcista y la intensidad de la vida espiritual que lleva. Por ejemplo, si un niño es consagrado a Satanás recién nacido y la presencia del demonio se manifiesta de manera evidente cuando es adolescente o adulto, es claro que la liberación será mucho más lenta, porque el demonio "echó raíces" con más profundidad, dado el tiempo transcurrido. Permanece el hecho de que la orden imperativa es muy sentida por el demonio, son como latigazos que le llegan, y así se entiende la manera como reacciona. La reacción del demonio

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al exorcismo es física y verbal, y cuando se manifiesta hay que pro­ ceder con decisión y paciencia, sin desanimarse a causa del tiempo necesario o si los resultados son lentos. Cada exorcismo reduce el poder del demonio y por tanto, al proceder con perseverancia, salvo casos raros, la liberación llega. Es también cierto que el demonio trata de esconderse algunas veces, hace todo lo posible para no ma­ nifestarse abiertamente, por lo cual, cuando hay fundadas sospechas de que en realidad sea él de verdad y se esté escondiendo, para sa­ carlo a la luz se necesita continuar con las oraciones de liberación y con las bendiciones ordinarias. ¿Con qué frecuencia se encuentra con las personas necesitadas de exorcismo?

Depende de la gravedad del caso: si es posible, una vez por se­ mana, de lo contrario cada dos semanas. Para los casos menos gra­ ves, cada tres o cuatro semanas. ¿Qué piensa de los carismáticos?

En el movimiento de la Renovación del Espíritu se presta una atención especfal a los carismas que Dios pueda conceder a quien quiera, como quiera y cuando quiera; sin embargo, cuando no co­ nozco personalmente a alguien, no me fío, porque pueden ser ca­ rismas aparentes que en cambio son acciones ocultas del demonio. Existen carismas verdaderos y falsos. Una misma manifestación apa­ rentemente carismática puede venir de Dios o del demonio. Dios, que lo sabe y lo ve todo, puede permitir algunas veces que una per­ sona vea o escuche o comprenda ciertos hechos que no pueda saber, pero aun el diablo puede ver y conocer más cosas que nosotros, los seres humanos, aunque en una medida infinitamente menor res­ pecto a Dios. Se necesita entonces tratar de comprender de dónde viene ese conocimiento fuera de lo normal que alguien tenga, por­ que el demonio, con un fin malo, puede sugerir a alguien informa­ ciones a veces exactas. Al leer a Moisés se ve que hubo una lucha entre él y los hechiceros que en cierto momento lograron realizar los mismos prodigios que él llevaba a cabo (Ex 7, 11; 7, 22; 8, 3; 8, 14­ 88

15), pero con un poder que tenía un origen muy diferente: no era su poder, sino el poder del único y verdadero Dios que actuaba a través de él. Hoy día, muchos hechiceros hacen pasar por dones de Dios o carismas las que en realidad son acciones ocultas del demonio li­ beradas luego de ritos de magia, de brujería o de satanismo. Puede también suceder que alguien crea tener ciertas facultades fuera de lo normal por dones de Dios, cuando en realidad está bajo la acción de espíritus malos de los que ni siquiera es consciente. También hay sacerdotes que se apoyan en supuestos carismáti­ cos; sin embargo, el peligro está en que se dejen "guiar" por ellos sin un discernimiento profundo y personal de los casos individuales; por eso no comparto tal modo de proceder. Cuando me encuentro ante un caso sobre el cual necesito saber si hayo no posesión, antes que correr riesgos confiando en carismáticos prefiero, además de las conversaciones que son siempre necesarias, orar con la persona y con el equipo que me asiste, y el Señor me ayuda a entender por los signos que se manifiestan o por lo que experimento interiormente, si tiene o no necesidad de exorcismos. Si un sacerdote se esfuerza en usar la razón, el buen sentido, mucha fe y mucha oración, estoy seguro de que Dios hará que no le falten las luces del discernimiento. ¿Las maldiciones proferidas por los familiares crean de veras mayores dificultades para la liberación?

Hay que ser cautos en este tema porque se podrían crear falsos temores. Si son sólo un modo de decir, son inocuas; pero si son en verdad maldiciones salidas del corazón de una persona pérfida y de­ dicada profundamente al demonio, y en particular, si esa persona tiene un vínculo de sangre con aquel que es maldecido, parece a ve­ ces que suceden efectos maléficos reales, en especial males físicos que golpean a la víctima con verdaderas formas de maltrato. ¿Cuántas personas han acudido a usted en estos años?

Desde que comencé hasta hoy, miles; pero no todas las que han venido a mí necesitaban efectivamente exorcismos; sólo del 5 al! 0%. Los tiempos necesarios para la liberación varían mucho. Los casos 89

menores se resuelven en algunos meses, otros un poco más graves en unos dos o tres años, otros requieren definitivamente varios años. En lo que respecta a quien haya sido liberado por el Señor es necesario que siga recibiendo exorcismos todavía por un cierto pe­ ríodo, porque la fase posliberación es en verdad muy delicada. ¿Por qué es tan delicada?

Ha sucedido algunas veces que, llevados por el entusiasmo inicial, algunos hayamos bajado la guardia y el demonio haya regresado. Se necesita que el nivel de la vida espiritual se mantenga siempre alto. Además, se continúa con los exorcismos aun cuando se vea que la persona no caiga ya en trance o no tenga reacciones violentas, co­ nocimiento de cosas ocultas, lenguas desconocidas, aversión a lo sagrado, etc. En efecto, el demonio podría haberse ido, así como podría sólo fingir haberlo hecho, esperando de ese modo evitar exorcismos; por tanto, se debe continuar como si aun estuviera, con­ siderando la posibilidad de que pueda haber llevado a cabo el truco de no manifestar ya reacciones, porque el exorcista, llevado por la duda, disminuyó su atención y concentración en la oración. Sólo si después de un año no se ve ninguna manifestación y la persona pa­ rece haber mejorado psicológica y espiritualmente, se puede pasar a cortas bendiciones y a los exorcismos con regularidad para su pro­ tección. Tenga en cuenta además que algunos, aun cuando el demo­ nio se haya marchado, siguen muy debilitados, por lo que necesitan varios años para rehabilitarse, si no del todo al menos en parte, de malestares físicos y psicológicos dejados por la lucha que sobrellevado durante tanto tiempo. ¿Es posible que sólo sean objeto de maleficios las habitaciones, las cosas y no las personas?

En teoría, sí; depende mucho del poder maléfico que tenga el he­ chicero y de cuáles objetos logre obtener de la persona sobre la que pretenda actuar. Si llega a tener cosas personales, la acción puede ser más eficaz. Algunas veces puede actuar a distancia, pero casi siem­

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pre después de haber adquirido algo que pertenezca a la persona. En general, trata de introducir el maleficio en la almohada en la que duerme la persona señalada, pero es preciso afirmar siempre que, si en una casa se ora y se está en gracia de Dios, existe una barrera y para los agentes de lo oculto es más difícil obtener el efecto deseado. Si se hace un maleficio en la comida o en la bebida que luego se con­ sume, el efecto puede ser muy fuerte. Respecto a lo anterior, es bueno pedirle siempre al Señor que ben­ diga el alimento que se está por comer; la simple bendición hecha de este modo puede mitigar o anular el eventual maleficio sobre lo que se está por comer o beber; no sólo esto, sino que está bien pedirle siempre a Dios que bendiga todo lo lícito que uno use, haga, coma o beba y agradecerle todos sus dones. Luego están los sacramentales que se emplean con fe como por ejemplo, el agua bendita que se rocía con devoción en uno mismo, en los familiares y en la casa, como también en la cama por la noche antes de dormir, a fin de que el Señor nos guarde con su presencia y aleje todas las insidias del demonio. Aun un objeto conservado con fe sobre la persona puede servir de protección si es llevado tratando de imitar las virtudes de aquel o aquella que representa, como por ejemplo: Jesús, Nuestra Señora o un santo, a los cuales se les pide (mientras se esfuerza uno en imitarlos), la custodia y la protección. Ésta es la diferencia fun­ damental entre fe y superstición, entre un objeto sagrado y un amu­ leto. Finalmente, están las invocaciones con las que se pide a Dios su protección. ¿A dónde van los espíritus que se alejan de las personas durante los exorcismos?

Eso queda en el misterio de Dios. Nunca lo he sabido, para mí lo importante es que se hayan ido; digo con frecuencia: "Ve a los pies de la cruz de Jesús y que Él te dé tu destino". ¡No creo que el Señor le permita entrar en otra persona!

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Alguien afirma que se puede tratar de almas de difuntos erran­ tes que tienden a "parasitar" a un viviente que tenga los mismos vicios. Cuando exorcizo y estoy delante de un ente real espiritual, sólo pienso que me encuentro ante el demonio y no delante de almas errantes, así a veces afirmen serlo. Por otra parte, según la doctrina de la Iglesia, cuando una persona muere su alma va de inmediato al paraíso, al purgatorio o al infierno; no están previstas otras posibi­ lidades. Es verdad que, según algunos santos, en ciertas ocasiones, porque Dios lo permite, alguien podría cumplir su expiación, en vez del purgatorio en el lugar donde habitualmente vivía, y allí repara­ ría de alguna manera sus pecados. Algunos afirman que no siempre ciertos fenómenos de infestación de los lugares estarían ligados a la acción extraordinaria del demonio, sino que podrían tener su origen en la presencia de almas que allí estarían cumpliendo su purgatorio, y Dios permitiría señalar su presencia con la manifestación de fenó­ menos insólitos en el lugar, de modo que, al llamar la atención de alguien, pudieran luego recibir sufragios; pero sobre esta hipótesis la Iglesia nunca se ha pronunciado. A mí nunca me ha sucedido du­ rante los exorcismos encontrar almas errantes, me parece que estas ideas son parte del espiritismo o del esoterismo; cuando he encon­ trado un ser que molestaba, siempre se ha tratado del demonio. Hay quienes afirman que desde el momento en el que un alma conde­ nada está en el infierno y por ende completamente bajo el poder del demonio, sería posible que en una posesión el demonio utilizara un alma condenada en su poder; no obstante, esta hipótesis requeriría estudios teológicos de más profundidad para comprender si es o no admisible.

En lo referente al árbol genealógico, hay varios libros que hablan de él y que presentan la necesidad de "limpiarlo': Según algunos, las "almas errantes" no serían otra cosa que de­ monios que fingen ser almas. Tales demonios serían los que han dominado la vida de algún antepasado y que permanecieron en la descendencia de la cadena genealógica; entonces irían a molestar a

los descendientes de aquellos que han poseído tratando de suscitar las mismas propensiones y actitudes negativas que fomentaron en los ancestros. El exorcismo bloquearía la transmisión generacional del espíritu maligno, es decir, liberaría a la familia. Siempre según esta teoría, si las personas están en gracia de Dios el espíritu malo es bloqueado, pero si están en pecado mortal entonces la puerta se abre para que pueda pasar y hacer daños. El espíritu maligno, que se transmite de generación en generación, iría así a hacer más pesada aun la carga de tentaciones que oprime la vida de cada uno; podría ser el vicio de beber, las perversiones sexuales, la tendencia de recu­ rrir a la hechicería o a practicarla, etc.

Yen tales casos, ¿se hacen oraciones especificas o se emplea el ritual acostumbrado? Para los propios antepasados sirve cualquier oración como tam­ bién santas misas de sufragio. Desde hace algún tiempo, circulan igualmente oraciones por la curación y la liberación del árbol genea­ lógico realizadas mayormente en los ambientes de los grupos de la Renovación del Espíritu. Cuando parece que uno se encuentra ante la posesión de un espíritu malo que proviene de la cadena genealó­ gica se puede entonces proceder también con el exorcismo, pero no existen exorcismos específicos para estas situaciones, sólo oraciones de liberación y de curación del árbol genealógico.

Padre, al leer el Catecismo de la Iglesia Católica nos hemos sentido más bien desmoralizados; a pesar de toda la buena voluntad, de­ beríamos ser ya medio santos para leerlo todo y santos completos para poderlo aplicar seriamente ... En realidad, sus dimensiones han efectivamente desanimado a muchos. Precisamente por eso, hace algunos años se publicó Com­ pendio del Catecismo de la Iglesia Católica, el cual es más accesible a todos por la simplificación y el resumen de todas las verdades de nuestra fe cristiana. El mismo Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que, como cristianos, debemos ante todo seguir a Cristo es­ forzándonos, con la ayuda de su gracia, implorada en la oración, en 93

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amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mis­ mos (Dt 6, 5; Lv 19, 18; Mt 22, 37-39; Me 12,30-31; Le 10,27); de modo que todo se resume en amar a Dios y al prójimo y en especial, como cristianos, en amarnos los unos a los otros como Cristo nos ha amado Un 13,34-35; 15, 12; 15, 17; Rm 12, 10; lP 1, 22). En los diez mandamientos, los tres primeros se refieren al amor de Dios, los otros siete al amor al prójimo. Un cristiano que ora y practica por amor a Dios los diez mandamientos, está en gracia de Dios. Claro que las imperfecciones, las pequeñas caídas pueden siempre suceder y la confesión sirve precisamente para perseverar en el camino del bien. La confesión no es un peso que se nos ha colocado sobre las espaldas para hacernos más difícil la vida, sino para aliviarnos, para conservar y reforzar nuestra comunión con Dios y sostenernos en el camino para nuestro encuentro con Él en la patria celestial.

G\l'ITI '1.0

IX

Encuentro y entrevista con el padre A1TIOrth

Para los días de descanso de la Pascua del 2007 programamos unas vacaciones a Roma con toda la familia. La excusa oficial fue la de conocer mejor esa hermosa ciudad con nuestros hijos, además, en­ contraríamos a monseñor Gemma, quien debía participar de una solemne celebración con el Papa. Pero también estaba la motivación de entrevistar al padre Gabriele Amorth en la tarde de Pascua. Habíamos comentado que, en nuestro libro, sería útil insertar su testimonio por tratarse del exorcista más conocido en el mundo, presidente honorario de la Asociación Internacional de Exorcistas, aquel que mediante sus libros, traducidos a muchos idiomas, ha dado a conocer el tema al gran público. La cita era en la tarde de Pascua a las 3:00 p.m., directamente en la comunidad religiosa en la que vive, a pocos pasos de la espléndida basílica de San Pablo, a las afueras de la ciudad. Obtener la cita para la entrevista había sido relativamente fácil. Fue suficiente dejar un mensaje, un poco antes, en su contestador automático explicando los motivos de la llamada y al día siguiente ya fuimos notificados; en cambio, fue más difícil fijar una fecha que tuviera en cuenta nuestras mutuas obligaciones. Pero ahora estábamos dentro del gran patio y el padre Amorth, con pa­ sos lentos y moderados venía a nuestro encuentro saludándonos de lejos con la mano para hacerse reconocer. Habríamos esperado a un hombre más bien antipático y autoritario, en cambio descubrimos de inmediato que, bajo esa sotana que revoloteaba y esa cabeza calva, se escondía un ánimo abierto y burlón, listo a bromear, un homb~e alegre dotado de un enérgico apretón de manos que no se esperana de una persona de más de ochenta años. El bello día primaveral nos 95

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permitió dejar a nuestros hijos en un pequeño jardín contiguo al cuarto donde fuimos recibidos por el padre Amorth. Equipados con lo necesario: grabadora, lista de preguntas, hojas y bolígrafos, la en­ trevista inició sin ni siquiera habernos dado cuenta. Ayer me telefoneó un sacerdote que había confesado a una persona exorcizada por mí, comenzó el padre Amorth sin darnos tiempo a plantearle la primera pregunta, y me dijo que, en cierto momento, dicha persona empezó a hablar en lenguas extrañas y él se quedó atónito. Al final le dijo con voz sibilante: "Vendré a molestarte esta noche". Se apoderó del sacerdote un miedo tre­ mendo y de inmediato me llamó. Le aseguré que no le pasaría nada y así fue; pero me di cuenta de que quien nunca ha oído hablar del tema, o no lo ha estudiado o no ha visto jamás qué su­ cede en realidad, se encuentra desconcertado o no sabe qué hacer cuando está frente a un caso real. Efectivamente, también nosotros nos encontramos muy descon­ certados la primera vez que participamos en un grupo de plegaria de liberación en un pueblo de los alrededores de Megalópolis, donde había un porcentaje importante de verdaderos endemoniados, que tenían reacciones violentas físicas y verbales. Nosotros nos encon­ trábamos allí para orar y, de manera extraña, salimos de la iglesia con una gran serenidad, algo que no nos hubiéramos esperado nunca, porque durante la oración había una fuerte tensión emotiva y no sólo espiritual. Eso significa que ustedes hacían las cosas bien. Pero aun

cuando hay quienes salen molestos, nerviosos o con dolores inex­

plicables, es siempre un bien, porque quiere decir que existe algún

mal que está oculto y que se manifiesta con la oración comuni­

taria. A veces uno cae en la cuenta de tener un maleficio u otro

mal al entrar por casualidad a un santuario mariano o al asistir a

una misa que al final realiza una plegaria de liberación. No es la

oración la que causa el mal, sino que es la oración la que obliga al

mal a salir y presentarse.

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Padre Amorth, en veintiún años de actividad usted ha practicado decenas de miles de exorcismos: ¿no está cansado? No, mientras el Señor me dé la fuerza, trabajo cada día del año, aun en Navidad y Pascua. Mi gran maestro, el padre Cándido, lo hacía solamente por la mañana y nunca en los días festivos. Pero él tenía una fuerza enorme, podía encontrarse hasta con ochenta personas en una mañana. Pocos minutos le eran suficientes para mirarlas y saber cuál era el problema; aun mirando las fotografías comprendía y actuaba sólo en las que lo necesitaran. Yo, en cambio, no entiendo nada y precisamente trabajo para comprender algo. ¿ y cómo juzga usted el hecho de que algunas personas, laicas o sacerdotes, tengan dones? ¡Son los carismas! Claro que el límite entre el padre carismático y el padre sobrenatural, aun maléfico, es muy sutil. Aunque no se llegue a los dones de curación verdaderos, hay personas que tienen sensibilidades particulares. Lo importante en estas cosas es la humil­ dad, el ocultarse. No decirle nunca a nadie: "¿Sabes que puedo hacer esto o aquello ... , tengo este carisma .. :: ¡nunca! Pero si el Señor lo quiere, la gente logra descubrir que la persona tiene capacidades es­ peciales y va a buscar ayuda. Y luego se necesita mucha oración, una vida de oración, saber que todo viene de Dios, saber que sin Dios nada vale (Jn 15,5). A través de los años he realizado más de 70.000 exorcismos, y 70.000 veces supe que yo era insignificante, que Dios lo h~cía todo. Corno las peticiones de exorcismo que me llegan son enormes, me he acostumbrado a no recibir a las personas de buenas a pri­ meras porque no tengo tiempo suficiente. Sólo recibo a quien me haya sido enviado por otro sacerdote y que haya recibido repetidas bendiciones, de manera que se tenga la certeza de que se necesita a un exorcista autorizado. A pesar de esto, con mucha frecuencia la necesidad de las perso­ nas que vienen a mí es la de la conversión; no van a misa, no conocen los diez mandamientos, no oran, no están dispuestas a hacer sacri­ 97

ficios, no se acercan a los sacramentos ... , es imposible que quien no se convierta se libere: no basta con el sólo exorcista, se requiere la conversión. Por ejemplo, de cien parejas que vienen a mí, al menoS noventa y ocho no cumplen los mandamientos: conviven o se han separado del otro cónyuge ... , en fin, llevan una vida que no sigue las leyes de Dios. Yo no puedo hacer nada si las personas no siguen la ley; cuando cumplan las reglas entonces puedo comenzar a ac­ tuar. ¿Qué puedo hacer yo por alguien que está en pecado mortal? ¿Qué puedo hacer por un hombre que tiene esposa e hijos pero vive con otra mujer? ¡Nada! El resultado más grande que he tenido desde que soy exorcista es el número elevado de conversiones; por otra parte, cuando las personas vienen a mí es porque se encuentran en un estado de sufrimiento, y por eso están bien dispuestas a cambiar, a convertirse. Aconsejo una vida en gracia de Dios, recitar el Rosa­ rio, ir a misa frecuentemente, confesarse al menos cada quince días aunque preferiría que fuera semanalmente o menos. Recuerde que una buena confesión es más eficaz que un exorcismo. Pero aun aSÍ, no siempre los problemas se resuelven por completo, se necesita algo más. ¿Por qué? La vida de los santos nos puede servir de enseñanza. Por ejem­ plo, me he enamorado de una joven, la beata Eustochio, sepultada en Padua en la iglesia de San Pedro. Una monja que murió a los veinticinco años, poseída del demonio desde el nacimiento hasta la muerte, y sin embargo una gran santa. Su madre había sido una her­ mana en un instituto de religiosas, en un período histórico en el que había una corrupción tremenda entre los religiosos. El Señor le dio la gracia de encontrar a un director espiritual que la comprendió y convenció a las demás hermanas de que la aceptaran a pesar de que crisis de posesión fueran terribles. Pero cuántos santos han su­ frido problemas tan pesados. Más recientemente, sor María de Jesús Crucificado, fue poseída dos veces en la vida, con necesidad de exor­ cismos. La hermana era sacada del convento y llevada por el diablo por toda la ciudad causando gran escándalo en todas partes; no ha­ bía un solo monasterio dispuesto a aceptarla. ¿Qué podemos decir? Sólo Dios sabe el porqué de las cosas, evidentemente quería su me­ joramiento, ¡la santificación de las almas! Es verdad que a menudo 98

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no hay culpa alguna en la persona golpeada y lamentablemente con frecuencia no existe ningún remedio. No siempre se logra liberar de la posesión diabólica, pero sí se puede dar algún alivio. Muchas per­ sonas, que antes debía exorcizar semanalmente atadas a la camilla, ahora las veo una vez al mes o cada dos meses y se pueden sentar en la silla y colaborar; así pues, no hemos llegado a una liberación total pero sí a un alivio de los síntomas con gran provecho espiritual lo mismo que material.

Algo que nos ha impresionado al frecuentar un grupo de oración cerca de nuestra casa es ver cómo personas, aparentemente muy normales, llegaban sin ayuda alguna, conduciendo personalmente el carro; durante la oración estallaban en una gran cólera y luego nuevamente se iban con toda tranquilidad. Muchas lo hacen aSÍ, en cambio muchas otras ya en casa, cuando saben que deben ir a donde el exorcista comienzan a encolerizarse y deben ser obligadas a ir; luego, al final, salen tranquilas, tanto que dan la impresión de haber sido liberadas. Pero mi maestro, desde la primera lección teórica me dijo: "No espere nunca tener una libera­ ción inmediatanrénte al final de un exorcismo, ¡la gente es liberada cuando el Señor lo quiera!': Él era muy devoto de Lourdes y Loreto, porque había tenido a muchas personas que se habían liberado pre­ cisamente al ir en peregrinación a esos lugares. Yo he tenido a una persona que, recientemente, se liberó delante de la gruta de Lourdes: ¡era un caso sumamente fuerte! ¡Nunca hubiera pensado que se li­ beraría en un tiempo tan breve! y, sin embargo, después de la pere­ grinación vino a verme, realicé un exorcismo de verificación y pude comprobar su liberación plena. ¿ y cómo se verifica si una persona es libre plenamente?

Porque ya no manifiesta ningún sufrimiento, no tiene ataques, se siente libre. Y cuando va a donde el exorcista ya no muestra to­ das las manifestaciones de antes y está completamente tranquila. Sin embargo, se necesita precaución; aun después de la liberación hay

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que seguir orando con la misma constancia de antes, porque mu­ chas veces he encontrado personas a quienes he preguntado: "¿Si tú no hubieras tenido estos problemas orarías así?" y me respondieron: no, jamás!". No obstante, es preciso seguir haciendo lo mismo porque si se la saca de la vida cristiana entonces se vuelve a la misma condición. Como dice el evangelio, al salir el demonio, toma a otros siete espíritus peores que él (Mt 12, 43-45) Y regresa a donde es­ taba antes, y la condición de la persona se vuelve decididamente más grave. Tuve un caso en el que no sólo había abandonado la vida de oración, sino que se había entregado al pecado, sin tener en cuenta que el demonio no cede; cuando una persona es liberada, él siempre trata de volver a tomarla. Lo dice san Pedro y lo leemos en las Com­ pletas del martes: "El diablo, como león rugiente, está alrededor bus­ cando a quién devorar" (lP 5,8). Y yo lo reduzco ahora al singular: él da vueltas alrededor de cada persona, cerca de cada uno de nosotros, buscando el punto débil, y cuando lo encuentra muerde. Según usted, ¿puede venir el problema o la molestia sólo por obra del demonio o también de almas obligadas?

Hay unas posibilidades que son ciertas y otras que están en estu­ dio como hipótesis de trabajo. Las posibilidades de que uno sea golpeado por el demonio son cuatro: 1. La voluntad de Dios. El Señor puede permitir que una persona

sea golpeada por el demonio, nunca poseída sino sólo maltra­ tada. Pienso en el Padre Pío, quien por años sufrió violencias físicas incluso muy fuertes, como la vez que lo arrojó contra el suelo y le golpeó violentamente la cabeza y tuvieron que po­ nerle puntos en el arco superciliar. Hay personas que sufren estos hechos para su santificación y por la santificación de las almas. Ésta es una causa en la que uno no tiene la 2. Otra causa libre de culpa, la más frecuente, es cuando uno su­

fre un maleficio, es decir, que hay otra persona ligada directa­ mente al demonio o mediante un hechicero o brujo que hace

un maleficio y éste se fija en la víctima. A menudo el maleficio se hace a través de alimentos o bebidas que se dan al atormen­ tado. 3. La primera causa culpable es la que se da por prácticas de ocul­ tismo. Brujos, hechiceros, cartománticos, sectas satánicas, con­ sagraciones a Satanás, todas las formas con las que alguien se dedique voluntariamente al ocultismo pueden abrir las puertas al demonio. 4. En cuanto a los rabdomantes y los radiestesistas depende: si es una virtud natural, no hay mal alguno, pero en general han de ser precavidos porque podrían tener problemas físicos. Siempre debemos recordar que Dios nos creó para el cielo y nos da muchas posibilidades de redención. Quien escoja ir al infierno se va con sus propios pies, al desviarse del camino señalado. A propósito de la confesión, hay quienes aconsejan que sea semanal, otros mensual ...

Yo la aconsejo por lo menos una vez al mes y si es necesario en­ tonces con más frecuencia. Si cada persona examina profundamente la propia alma, se encuentra siempre algo que no se conforma com­ pletamente a Cristo: los momentos de impaciencia se escapan siem­ pre, lo mismo que los de resentimiento; a veces estamos a disgusto en la oración; aun de estas cosas comunes hay que arrepentirse y tra­ tar de corregirse, porque la confesión no sólo sirve para la remisión de los pecados sino también para acercarnos a la santidad (Hch 26, 18), Y mientras no lleguemos a la santidad que nos ha indicado Jesús, es necesario caminar. Yo siempre digo que el Señor nos indicó la vía que hay que seguir, pero llegar a esa meta es prácticamente imposi­ ble porque nunca estamos satisfechos de nosotros mismos. El beato Santiago Alberione, fundador de mi congregación, la So­ ciedad de San Pablo, en los últimos lOa 15 años de vida se confesaba todas las noches, para recibir la grada del sacramento, para pedir perdón de las faltas del día. Por otra parte, escrito "El justo peca

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siete veces al día" (Pr 24, 16), Y nosotros ¿qué pretendemos? ¿No ha­ ber pecado al final de una semana? ¿No tener materia de confesión? El problema es la falta de conciencia de lo que es el pecado y de lo que es la perfección que Dios desea de nosotros. Ser mansos y humildes de corazón (Mt 11, 29), saber perdonar de corazón (Mt 18,21-22) ... Sin embargo, cuántas veces en cambio nos irritamos y luego nos olvidamos enseguida. "Sean santos como su Padre celes­ tial" (Mt 15,48; lP 1, 15; Col 4, 12) quiere decir que el camino que debemos recorrer es inmensamente más grande que el que hemos hecho. ¿Qué sucede en el caso de maleficios llevados a cabo y suponiendo que la acción se mantenga en el tiempo porque quien lo realizó lo quiso así?

A menudo sucede que quien haya iniciado la obra maléfica quiera continuarla, y así perdure en la renovación del maleficio que sigue atacando. A veces llevamos a cabo una acción de tire y afloje: hay una persona que cada semana, desde hace veinte años, viene a mí para que la exorcice. Cada vez yo intervengo, pero a la semana si­ guiente debo recomenzar desde el principio. Me decía mi maestro, el padre Cándido: "Cada vez es más sutil, se necesita constancia y pa­ ciencia en la práctica del exorcismo, para que siempre se puedan ver leves mejorías". La liberación puede ser retardada por el maleficio renovado pero no puede ser impedida; esto significa que los male­ ficios repetidos tienen menos eficacia a medida que pasa el tiempo. Según su experiencia, ¿los maleficios se hacen sobre las personas, las habitaciones o las dos?

A veces parece que sean víctimas del maleficio las habitaciones y no siempre se logra liberarlas, a pesar de las repetidas bendiciones y las misas celebradas en las casas. Por tanto, yo le pregunto a la per­ sona qué sucede cuando sale a trabajar o a vacaciones: si los sínto­ mas persisten, significa que el problema está ligado a la persona y no a la casa; en cambio, si al cambiar de ambiente ya no vuelve a suceder

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nada, eso quiere decir que hay que actuar sobre la habitación. Algu­ nas veces se logra liberarla, otras no y entonces es preciso cambiar de lugar. Pero también ha sucedido que después de una mudanza la situación se haya mejorado inicialmente, para luego volverse a presentar los mismos problemas, después de cierto tiempo, que se tenían en la casa antigua. En efecto, a menudo el maleficio llega al mismo tiempo en la persona o en las propiedades, todo es posible. y cuando el maleficio o la maldición realizada con maldad, proviene de alguien de la familia, ¿qué se debe hacer?

¡Perdonar y orar, perdonar y orar, perdonar y orar! Los maleficios provenientes de la familia son los más tremendos. Como lo escribí en mi primer libro, donde relaté mis experiencias con el padre Cán­ dido, sucedió el caso de un padre y una madre, personas sencillas, con una hija que se había graduado. Ésta se enamoró de un obrero del cual los padres no querían saber nada, deseaban otras oportuni­ dades para ella. Cuando se dieron cuenta de que no había nada que la pudiera disuadir, fingieron aceptar, pero en realidad se valieron de la perfidia, una verdadera malicia satánica, con la intención precisa de dañar. El día del matrimonio, durante el banquete, el padre le pidió a la hija que viniera a donde él y la maldijo con una maldad extrema, a ella,a su marido y a su familia. Aunque nunca se nombró al diablo y no se valió de hechiceros, esta pobre muchacha tuvo problemas de diversas clases, y ni siquiera con los exorcismos logramos liberarla del todo. Pero claro que obtuvimos que, aun en la desgracia, estas personas no perdieran nunca la fe, siguieran orando, perdonando y que ofrecieran sus sufrimientos a Dios. El Señor tiene sus planes por lo que ciertas cosas que a nosotros nos parecen impensables poseen un valor grandísimo y cuando lo encontremos le agradeceremos por estos sufrimientos. Las maldiciones entre familiares son en verdad tremendas. Está también el asunto del árbol genealógico que yo estoy valorando y estudiando; el padre Cándido no creía en él pero a veces veo que, al ir a buscar entre los padres, los abuelos y demás antepasados, puede existir una influencia maléfica o males de esta clase que son heredados. 103

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Existen otros temas que están bajo examen. Por ejemplo, sabe­ moS lo que hacen los ángeles, que los ángeles custodios oran por nosotros y nos protegen (Sal 90, ll-l2; Ex 23,20-23); sabemos que las almas de los difuntos que están en el cielo ruegan por nosotros para que se nos concedan las gracias; sabemos que las almas del pur­ gatorio pueden recibir nuestros sufragios ... Jamás algún teólogo se ha preocupado de decirnos qué hacen las almas en el infierno y yo he encontrado a algunas varías veces mientras realizaba exorcismos. Siempre estaban bajo la guía, la orden imperativa de un demonio. Me he encontrado con personas poseídas de almas condenadas y siempre dan a entender que era el demonio el que las mantenía allí. Usted exorciza personas de todas las religiones. Si a un católico le recomienda seguir escrupulosamente ciertas directrices de carácter religioso, ¿qué les dice a quienes pertenecen a otras religiones?

Les recomiendo que sigan su fe. Si viene a mí un mahometano, le indico que siga las reglas de su religión, que ore como se le tiene prescrito, cinco veces al día. A nadie lo obligo a que se convierta, pero a todos les digo que exorcizo en nombre y con la fuerza de Je­ sucristo (Hch 4,30). ¿ y si algún católico se dirigiera a otras religiones, por ejemplo, a un ortodoxo griego?

Quien no encuentre exorcistas católicos puede dirigirse tranqui­ lamente a los ortodoxos o a los anglicanos, está muy bien. ¿Hay alguna relación de intercambio entre exorcistas de varias religiones?

No, pero todos los cristianos intervienen en nombre de Jesucristo (Mc 16,17; Hch 16, 18).

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G\PITl ~L\)

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El exorcismo del padre Amorth

y el descubrimiento de la posesión

Terminada la entrevista, el padre Amorth pidió que le explicáramos brevemente nuestra situación personal; escuchó con atención e hizo algunas preguntas para aclarar ciertas dudas; luego miró el reloj y dijo riendo: "Pues bien, hasta ahora han trabajado ustedes, ¡ahora es justo que yo también trabaje un poco!". Y dirigiéndose a Francesco, aiiadió: "¡Ánimo, comencemos contigo, siéntate en esa poltrona mientras te doy una buena bendición!': Nadie ni nada nos habría podido preparar a lo que sucedería poco después ...

El exorcismo de Francesco relatado por Lucia Cuando Francesco se sentó en la vieja y desvencijada poltrona forrada en imitación piel y con débiles brazos de madera, estaba ab­ solutamente tranquilo y sonriente; es más, me hizo un guiiio algo di;vertido cuando me había sentado en una silla que estaba a pocos m!etros, frente a él, mientras el padre Amorth, que observaba de per­ se sentaba en una silla que daba al lado izquierdo de la poltrona, trataba de sacar la estola que se hallaba bajo su sotana con algún tra­ bajo y con cierto movimiento cómico, dado que las piernas estaban casi enredadas en el brazo izquierdo de la poltrona. La estola es esa franja de tela de color morado, parecida a una bufanda, que los sacerdotes utilizan, o deberían llevar siempre que realicen actos sagrados, como las bendiciones, la administración de los sacramentos o de los sacramentales. La estola del padre Amorth

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estaba seguramente muy "usada", es decir, más bien gastada y con algunas manchas que se observaban aquÍ o allá. Pero no se limitó a ponérsela en el cuello como había visto hacer a muchos otros sa­ cerdotes, sino que se sirvió de ella para rodearse en un gran abrazo tanto a sí mismo como a Francesco, por lo que un borde de la estola caía sobre el pecho del padre Amorth y el otro sobre el de Francesco, con las cabezas muy próximas una de la otra. Pensé que era un gesto muy hermoso, una especie de fusión y de compartir entre las dos personas, pero en ese momento no re­ f1exioné en aquello que sólo enseguida me resultó más claro, es decir, que dicho gesto servía para ligar espiritualmente de modo indisolu­ ble al exorcizado con el exorcista. padre Amorth inició con el signo de la cruz y la recitación del Padrenuestro, luego puso su mano derecha sobre la cabeza de Francesco y empezó a recitar de memoria una compleja letanía en latín: "Te exorcizo, inmundísima criatura ...". Prancesco comenzó a cerrar lentamente los ojos y a respirar de manera rápida utilizando sólo la nariz, luego empezó a cerrar los labios, primero de manera imperceptible, luego teniéndolos cada vez más apretados casi for­ mando una mueca malévola. Entre tanto del padre Amorth prose­ guía impertérrito su oración en latín y observaba atentamente las reacciones. Luego las manos de Francesco comenzaron casi a aga­ rrarse de los brazos de madera de la poltrona y de su boca empezó a salir una especie de gruñido, muy leve y casi inaudible. Entonces el padre Amorth trató con la mano izquierda de levantar los párpados de Francisco ya cerrados estrechamente. ¡Qué horror! No se vislum­ braban ni el iris ni la pupila, sino sólo se veía el blanco innatural del globo ocular al revés. Había leído en algunos libros que cuando esto sucede, o cuando la pupila no reacciona a los estímulos lumino­ sos, es un signo inequívoco de posesión: no lo podía creer. Comencé a llorar silenciosamente pero, a pesar de las lágrimas, ¡no lograba apartar mis ojos de lo que le estaba sucediendo a mi marido frente a mí! En cierto momento Francesco comenzó a gruñir ruidosamente haciendo rechinar los dientes, y siempre con los ojos cerrados y con movimientos casi mecánicos trató de quitarse la estola del cuello,

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pero el padre Amorth rápidamente se la volvió a colocar y me pidió que le ayudara a mantener firme a Francesco, el cual, mientras tanto, había estirado las piernas e iniciado una especie de convulsión que le sacudía todo el cuerpo. Era una locura: Francesco, mi Prancesco, gruñía como un perro rabioso. A cierto punto, el padre Amorth se puso a interrogar al espíritu que lo poseía con preguntas perentorias: "¡Dime tu nombre! ¿Cuán­ tos son? ¿Ya te fijaron la fecha de salida?': A cada pregunta Francesco respondía con un gruñido terrible, rechinando los dientes. Luego preguntó: -¿Cuándo te vas? -Márchate tú -le respondió de inmediato Prancesco con una voz alterada y furibunda. -Eres tú quien debe marcharse -le dijo el padre. -No, vete, márchate tú...

y así continuaron en una especie de macabro altercado. Entonces el padre Amorth ordenó casi gritando: "¡Hagan el signo de la cruz!", y luego agarró la mano derecha de mi eSI?oso y comenzó a guiarla con la señal de la cruz mientras repetía: "En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo': concluyendo el amén con una palmada en la frente. Fueron necesarios tres signos de la cruz y otras cuantas palmadas en la frente para que Francesco volviera un poco en sí; lo acomodamos luego en una silla cercana y le ofrecimos como bebida agua bendita, conservada en una botella plástica, que le ha costado trabajo pasar. -Esto es lo que se llama una verdadera posesión, mí querida señora -me dijo dirigiéndome una mirada de compasión-o ¡Ven, ahora quiero bendecirte también a ti. Acomódate en la poltrona!

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Yo estaba completamente anonadada, comprendimos que éra­ mos molestados y vejados por espíritus maléficos, pero de ahí a la posesión había una gran diferencia. Me moví como un autómata observando una vez más la cara transformada de Francesco quien estaba literalmente derrumbado en la silla y casi replegado sobre sí mismo. Cuando el padre Amorth me puso también la estola alrede­ dor de mi cuello sentí un miedo terrible, ¿qué sucedería si yo tuviera las mismas reacciones? Por un momento pensé en nuestros hijos que estaban jugando fuera del salón y rogué se me ahorrara el tormento que acababa de padecer a través de mi marido. Afortunadamente no tuve ninguna reacción evidente, sólo la acostumbrada opresión en la boca del estómago y en la garganta que tantas veces había ya experimentado, acompañada con las habituales dificultades respira­ torias. "Mi querida señora, no hay posesión en ti, pero se ve que eres molestada; además, te digo que el maleficio ha sido hecho a la familia, porque durante la oración sobre ti, también reaccionaba tu esposo, 10 que significa que hay un vínculo maléfico entre ustedes': En efecto, durante el exorcismo sobre mí, mantuve casi siempre los ojos abiertos y vi que en ciertos momentos Francesco se agitaba en la silla y volvía a empezar a temblar y a rugir. Nuevamente el padre Amorth hizo que Francesco se acomodara en la poltrona, éste se encontraba semiaturdido, aunque trataba de reaccionar y de hablar para tranquilizarme. Apenas el padre Amorth inició de nuevo el exorcismo sobre Francesco, reaparecieron los síntomas anteriores, aunque en forma más leve, y los gruñidos y convulsiones se alternaban con una voz cadenciosa que repetía monótonamente: "Ave María, Ave María, Ave María, Ave María ...", algo así como lo que sucedía con los discos que se rayaban cuando yo era pequeña. Esta segunda experiencia fue también en realidad angustiosa, y nuevamente se realizaron bastantes signos de la cruz acompañados de palmadas en la frente para hacerlo volver en sí. Luego, dirigiéndose a mí: "Esta vez ya no hay una posesión com­ pleta; en efecto, trataba también de reaccionar y orar. Sin embargo, se le dieron repetidas bendiciones y se le hicieron exorcismos". Después 108

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de algunos minutos, Francesco se repuso casi por completo y mien­ tras tanto le supliqué al padre Amorth que lo siguiera en los meses siguientes; le manifesté que vendríamos a Roma cuantas veces fuera necesario, que nos comprometíamos por completo para salir de esto en el menor tiempo posible. Al principio no quería oír hablar: "¡Ya tengo demasiado trabajo, cómo hago!': pero luego se dejó convencer y nos dio otras dos citas cercanas la una de la otra, la primera al mes, para darnos tiempo de reservar los vuelos con antelación. Nos estábamos alistando ya para salir, cuando el padre Amorth observó: "¡No los puedo dejar ir sin darles una pequeña bendición también a sus niños!". Dicho y hecho, los hicimos entrar y también sobre ellos se realizó una versión abreviada con las complicadas fór­ mulas del ritual exorcista: ¡afortunadamente sin ninguna reacción!

El exorcismo contado por Francesco Cuando me senté en la vieja poltrona forrada, imitación piel, me cuenta de que debajo del asiento desgastado había un resorte que sobresalía ligeramente y sonreÍ. "Se ve que estos sacerdotes tienen unas antigüedades de tercera categoría': me dije. Me relajé apoyando las manos en los débiles brazos de madera y esperé a que el padre Amorth terminara de colocarse la estola; me quedé más bien estupe­ facto cuando me haló un poco hacia delante la cabeza cómodamente apoyada en el espaldar de la poltrona y me deslizó detrás del cuello el borde de la estola que hizo que cayera sobre el tórax. La cruz bordada en oro que se encontraba al final de la estola se apoyaba exactamente sobre la boca de mi estómago y de inmediato pensé: "Este sacerdote se las sabe todas ..."; en efecto, había yo leído en un libro que precisamente a través del plexo solar se forman vín­ culos invisibles energéticos entre las personas vivas y, a veces, tam­ bién entre las fallecidas. Además, la estola del padre Amorth debería haber tenido algo metálico, e inmediatamente pensé que fueran reli­ quias, las que muchos exorcistas utilizan en abundancia. Apenas apoyó su mano derecha en mi cabeza, rezamos juntos un Padrenuestro, luego comenzó a recitar su oración en latín y sentí 109

enseguida la necesidad de cerrar los ojos. Tuve apenas tiempo de pensar que de esa manera me relajaría mejor cuando, de improviso y de manera inexplicable, comencé a sentir un extraño hormigueo por todo el cuerpo, en especial en la cara, y me di cuenta de que el ritmo de mi respiración estaba cambiando, se volvía más profundo pero también irregular, y sólo podía inspirar y expirar con la nariz, porque los labios parecían pegados. Luego comencé a sentir que de mí salía un sonido extraño, pero no tenía ningún control sobre que estaba sucediendo. Mis oídos escuchaban perfectamente el exorcismo, pero las de­ más partes de mi cuerpo estaban como independizadas, los ojos no querían abrirse, las manos no querían apartarse de los brazos de la poltrona, las piernas no querían dejar de agitarse, todo estaba com­ pletamente fuera de controL Después sentí que gruñía como si fuera un perro y me espanté y hasta me avergoncé; no era posible, era pre­ cisamente yo quien emitía esos ruidos. ¿Pero cómo hacía para emitirlos y al mismo tiempo tener la luci­ dez de darme cuenta y también de avergonzarme? Estaba completamente dividido, impotente, desgarrado, poseído por una fuerza desconocida que hacía de mí lo que quería. ¡Pero ese cuerpo afeado y agitado en la poltrona ya no era yo! Luego, a un cierto punto también la mente comenzó a nublarse y desde ese momento me encontré en la oscuridad, en una especie de pantano viscoso del que cualquier intento para liberarse resultaba completa­ mente inútiL En cierto momento me di cuenta de una palmada en la frente, que por un momento me hizo salir de la inconsciencia, luego otra palmada y una más; traté de abrir los ojos, esta vez mis párpados respondieron con rapidez a mi orden, lo mismo que las manos y las piernas que se movieron de nuevo tras mi requerimiento. Lucia lloraba a mi lado. Sólo pensé: "¡Pero si estaba sentada delante de mí cuando empezamos!". No recordaba con exactitud lo que había pa­ sado, pero sabía que había sucedido algo grave, inesperado e inexpli­ cable, algo que nunca había acaecido anteriormente.

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Me hicieron acomodar en una silla, me sentía como un balón desinflado y de nuevo experimenté mucha vergüenza; creo que lle­ gué a balbucir: "¡Perdóname, no quería esto!". Asistí al exorcismo de Lucia en un estado semiinconsciente, re­ cuerdo que de vez en cuando el cuerpo me transmitía dolores bas­ tante fuertes y que se alternaban en la espalda, la zona lumbar, el hígado, el bazo y el estómago. Sin que casi me diera cuenta me encontré de nuevo en la poltrona de los exorcismos ligado al padre Amorth por medio de la estola; noté que la reliquia que sostenía pesaba sobre mi tórax como si fuera de plomo.

y después, otra vez la mano en la cabeza y sentí un corrientazo eléctrico que recorrió todo mi cuerpo, el cual se puso de nuevo a temblar; ¡oh, no, estaba sucediendo de nuevo! Esta vez estaba preparado a las reacciones de mi cuerpo, y de in­ mediato comencé conscientemente a combatir con todas mis fuer­ zas, traté de orar pero la única frase que salía de mi boca era: "Ave María, Ave maría .. :: que seguía repitiendo rítmicamente. Dentro de mí se estaba desarrollando una especie de tire y afloje, yo quería marchar en una dirección pero otra parte me llevaba en la dirección opuesta. Las palmadas en la frente, que me trajeron a un estado consciente, llegaron como una verdadera liberación, y el padre Amorth sólo se detuvo cuando se dio cuenta de que yo lograba hacer solo la seí1al de la cruz.

GWlTt:u ) XI

El padre Luigi:

un sacerdote como amigo

Escrito por Lucia Tenía necesidad de compartir esta experiencia, con alguien, con un amigo verdadero, que no juzgara y que, aun con dificultad, hu­ biera comprendido. Con el padre Luigi nos conocíamos hacía más de treinta años. Era yo una quinceañera curiosa y rebelde, él un joven sacerdote ocupado en su segunda licenciatura y en búsqueda de su lugar en la congrega­ ción en la que había profesado sus votos. Una relación que comenzó por el azar y que siguió a pesar de su traslado a otra ciudad. En ese tiempo no existían los celulares y no se telefoneaba a menudo, pero estaban las muchas cartas y el deseo de reír y de bromear juntos, de hablar de los problemas y de las as­ piraciones con alguien que te escuchaba y te comprendía, al menos por empatía. No era bien vista esa amistad entre un joven sacerdote y una mu­ chachita. El padre Luigi tuvo algún problema por esto, alguien no entendía que lo que estaba naciendo era un sentimiento profundo y recíproco, pero absolutamente inocente. Crecimos juntos, él cada vez más descontento con el cargo al que la comunidad le había destinado, yo en búsqueda de un futuro. Nos escuchábamos y escribíamos, habíamos realizado excursio­ nes y pasado lindísimos días de vacaciones en el mar. Alguna vez me dijo que nunca hubiera pensado pasar días tan felices en compaüía de una mujer, quizá porque había ingresado al 112

convento a los diez años yen el período de preparación al sacerdocio había vivido en una localidad muy aislada en donde "la otra mitad del cielo" había sido descrita como fatua, maliciosa, tal vez un poco perversa. En una palabra, fuente de pecado, o algo asÍ. Por mi parte, jamás hubiera imaginado pasar unos días con un sacerdote sin tener que afrontar discusiones religiosas, con un sacer­ dote que no quería convertirme a toda costa, sino que me aceptaba con afecto por lo que yo era. Con el paso de los años, el padre Luigi cambió de cargo y ciudad varias veces, hoyes un "sacerdote importante': pero nuestra relación continuó y se extendió, primero a Francesco y luego a los niños. Fue él quien celebró nuestro matrimonio, la primera confesión y comu­ nión de los niños, quien sepultó a mis padres. Para los niños es un camino intermedio entre un abuelo, un con­ tador de fábulas y una montaña de nueces. Cuando nos vemos, Eleonora y Alessio se lo disputan y uno de los dos va siempre a parar a sus brazos, aunque Eleonora sea ya una adolescente. Fue el padre Luigi quien, hace algunos años, administró la unción de los enfermos a Francesco ya Alessio, quienes luego, durante algu­ nos días, habían superado sus problemas de salud, pero ni siquiera él había reflexionado seriamente en las motivaciones de esas curacio­ nes temporales, en el origen real de nuestros males. Fuera de nuestra salud, no le había hablado nunca de nuestros problemas. ¿Por pudor? ¿Por miedo al ridículo? ¿Por vergüenza? ¿Para protegerlo? No lo sé; a pesar de que seguíamos frecuentándo­ nos, había preferido dejarlo fuera del tema. Durante una llamada telefónica en la primavera del 2007, poco después del exorcismo del padre Amorth, percibió la tensión, la pre­ ocupación y quiso indagar; entonces no me fue posible disimular la situación. Ante la pregunta directa, sólo pude responder: -¿Sabes?, en Pascua fuimos a donde el padre Amorth para una entrevista; él le hizo un exorcismo a Francesco y se puso en evidencia una posesión demoníaca. Gracias al cielo, los niños 113

no han manifestado reacciones, yo sólo tengo algún problema físico. Luego de un momento de silencio, se hizo oír una fuerte carca­ jada y la afirmación: -Lucia, te conozco demasiado bien; tú no estás endemoniada. Después hizo algunas preguntas rápidas para saber el motivo de la entrevista y pasamos luego a otros temas. En la siguiente llamada, pocos días después, el padre Luigi com­ prendió de inmediato que la tensión estaba muy subida y, luego de haberme averiguado las causas, me preguntó: -¿Pero sigues con esa tal historia del demonio? ¿Sabes?, conozco bien al padre Amorth porque cuando yo viví en Roma fue mi padre espiritual; explícame mejor qué te está pasando. - Desafortunadamente, seguimos todavía aquí con el diablo; va­ mos a Roma dos veces al mes, estoy preocupada y algo aterro­ rizada. Ante esto, el padre Luigi dejó de reír, escuchó varias veces la his­ toria, se informó detalladamente. Telefoneaba más veces por semana y nos tranquilizaba: -Oro por ustedes, celebro la misa por ustedes, les he pedido a amigos y religiosos orar por la liberación de ustedes. ¿Qué más puedo hacer? ¿Cómo les puedo ayudar? y después añadió:

-¿Por qué no me lo dijeron antes?; ¿por qué nunca me hablaron de eso? -Cuando te lo dije te pusiste a reír. -Sí, pero ahora ya no he vuelto a reír. - Bueno, tú que eres un sacerdote convencido, ¿qué piensas del diablo? 114

-Ciertamente existe, la Escritura no dejan de ello ninguna duda. - ¿y cómo es posible que en todos estos años de sacerdocio, tú no hayas nunca encontrado a nadie que te haya pedido ayuda? -A decir verdad, he encontrado a alguno, pero pensaba que fue­ ran fijaciones, problemas psicológicos, huida de la realidad, jamás he dado crédito a quien solicitaba ayuda por estas cosas. - ¿y ahora por qué sí crees? -Porque te conozco demasiado bien y sé que no estás loca, por­ que te quiero, porque comprendo tu sufrimiento y lo vivo con ustedes. El padre Luigi es un cabeza dura que se autodefine como un hom­ bre del Sur, con el corazón del Sur y el cerebro analítico del Norte. Ha prevalecido el corazón del Sur, apoyado por la mente analítica del Norte. Ha leído todos los libros sobre el tema, ha estudiado el ritual, ha orado asiduamente y una noche al teléfono, muy alegre y determinado, me dijo sin aspavientos: -¿Sabes qué?, he decido solicitarle al arzobispo la autorización para ser un exorcista ad personam, para ti y tu familia. Así comenzó su aventura. Ante todo para saber a quién dirigirse para la autorización, que parecía había de ser solicitada a un anciano y enfermizo obispo auxiliar delegado por encargo. Luego para lograr encontrarlo, porque el prelado, entre varias enfermedades y tareas, casi nunca se encontraba. Cuando por fin lo halló, se le dijo al padre Luigi: -En verdad aquí tenemos una gran necesidad de exorcistas por­ que nadie lo quiere hacer. Pero nunca concedemos una autori­ zación ad personam; quien lo haga, acepta el encargo por cinco años y para toda la diócesis. Una gran contrariedad para el padre Luigi ... cinco años y toda la diócesis de Megalópolis ... ¡con las tareas que ya tenía! Habló de ello con sus superiores quienes le dieron vía libre: liS

-¡Lo lograste, pero piénsalo bien! Así, regresó a donde el obispo auxiliar y le dijo: - Está bien, empiezo, porque quiero ayudar a esta familia; pero si hay otras personas que necesiten verdaderamente ayuda, estoy disponible; naturalmente en el tiempo en el que mis tareas de comunidad me dejen libre. -Correcto -fue la respuesta-, debo pedir la confirmación de­ finitiva del arzobispo, pero con la necesidad que tenemos no habrá problemas; se requerirá una semana. Pasaron dos meses sin que el obispo auxiliar avisara o respon­ diera al teléfono, siempre estaba ausente u ocupado. Pero el padre Luigi es un hombre testarudo y logró encontrarlo. "Lo siento, fue su lacónica respuesta, el arzobispo prefiere que quie­ nes necesiten ayuda se dirijan a los exorcistas diocesanos, por tanto, no te concedemos la autorización". El padre Luigi, fiel a sus sagrados votos de obediencia me "Te quiero mucho y quisiera ayudarte, pero no voy a desobedecer':

y yo nunca se lo hubiera pedido. Pero siento que debo hacer una reflexión. El padre Luigi no es un muchachito emotivo, es un sacerdote de más de sesenta aflos, muy conocido y estimado, equilibrado y jovial, uno de los superiores de su Orden, con cargos de responsabilidad. Ha llegado a solicitar la autorización de exorcizar luego de un ca­ mino interior ni fácil ni inmediato, ha aceptado las discusiones y al final ha llegado a una elección de amor. Un amor que quizás al inicio estuvo dirigido a nuestra familia, pero que enseguida se puso a dis­ posición de todos los que necesitaran ayuda. ¿No está el amor en la base de la enseflanza de Cristo y no es ese su mandamiento más importante? Si el arzobispo de MegalópoUs hubiera respondido: "Estás dema­ siado involucrado emocionalmente con esta familia, conviene que lo pienses mejor, dirígelos a los exorcistas diocesanos y mientras tanto, 116

dado que estás disponible para exorcizar, toma un poco de expe­ riencia con otros y luego te podrás ocupar de ellos': habría sido una respuesta sensata, competente, razonable. ¿Por qué entonces el arzo­ bispo dio semejante respuesta, tan insensata aparentemente? ¿Que­ remos arriesgar una posible hipótesis? En diciembre del 2006, el padre Lorenzo afirmaba que "el demo­ nio no se ocupa de las personas normales, porque se preocupa en tentar y poseer a los santos, y ustedes son demasiado insignificantes, por tanto, ¡el pecado de ustedes es uno de presunción!': El padre Gianni, otro exorcista autorizado de la diócesis de Me­ galópolis a quien nos dirigimos un día, afirmaba: "Nuestro deber como exorcistas es el de desenmascarar a los impostores y mandar­ los a donde los psiquiatras. Yo nunca he encontrado a alguien con una posesión; para mí, el padre Amorth con sus libros y todas esas transmisiones radiofónicas y televisivas hace un verdadero terro­ rismo psicológico y espanta a la gente. Lo que se necesita es hablar del Espíritu Santo y no de los demonios': Finalmente, el padre E., otro sacerdote autorizado pero dotado de una gran cultura y disponibilidad para escuchar, nos confió un día que los exorcistas de Megalópolis reunidos en asamblea decidieron no realizar más exorcismos exploratorios y no salir nunca a bendecir los lugares porque las peticiones eran excesivas y por tanto debían estar siempre fuera. A pesar de esto, una tarde el padre E. vino a nuestra casa y celebró la misa, pero se cuidó de pronunciar ninguna plegaria de liberación o siquiera una sola bendición, aun frente a fuertes dolores abdomi­ nales de Francesco; nunca había sucedido que mi esposo hubiera sido vejado durante una misa. Más tarde, conversando, afirmó no haber realizado nunca un exorcismo, porque jamás vio la necesi­ dad; más aun, en los pocos casos en los que creía podría servir, tuvo miedo porque se encontraba sólo frente a personas corpulentas. Este encuentro con el padre E. y la charla con él me hizo reflexio­ nar mucho. Pensé que tal vez no era consciente de la autoridad que estaba encarnada en él en aquel momento, la autoridad de la Iglesia de Cristo y la voluntad expresa de Jesús en el evangelio de comba­ 117

tir al maligno. Quizás el padre E. no lo sabía, pero el diablo sí, y lo demostró vejando a Francesco en lo físico. A 10 mejor para el padre E. hubiera sido el momento preciso para adquirir experiencia, para efectuar su primer exorcismo, para ver y sentir lo poderoso que es el Señor. .. Quizás hubiera sido el momento justo... En cambio, él, sumiso a las indicaciones de la asamblea de los exorcistas de Me­ galópolis, optó por una palmadita en la espalda y la sugerencia de comprar un libro de chistes para reír. Afortunadamente, aquel día también estaba presente el padre Ciríaco quien, luego de repetidas oraciones, bendiciones, imposiciones de manos y unciones logró alejar el dolor. jy

creo que los exorcistas de Megalópolis nunca han encontrado una posesión! Si nunca practican exorcismos, ¿cómo van a hacer para hacer salir de su guarida a este demonio que en cambio tiene todo el interés de permanecer bien escondido? Por eso, en un contexto intelectual semejante, creo que el padre Luigi, un sacerdote convencido de la necesidad de este ministerio, en cierta manera un "convertido': representa para la diócesis un peligro, una mina errante. Nombrarlo hubiera significado incluir voluntaria­ mente una onda anómala en un modus vivendi cómodo para todos. "Mejor negar la autorización", habrá pensado el arzobispo. Yo agregaría: "Por lo que debe obediencia y puede permitirse el no darle ni siquiera explicaciones sensatas': ¿Fantarreligión? Es posible, pero en la diócesis de Megalópolis, las

pobres ovejas asediadas por los lobos que buscan ayuda en sus pas­ tores sin recibirla son muchas. ¡Quién sabe qué pensaría el profeta Ezequiel de ciertos hechos! En esta época, muchos desean una intervención papal que obli­ gue a los obispos a nombrar exorcistas en número suficiente en cada diócesis. A la luz de nuestra experiencia, sin embargo, queremos su­ brayar que no basta con nombrarlos, se necesita que sean escogidos solamente entre los sacerdotes que crean en la existencia del demo­ nio, que sean formados mediante el apoyo de quien sea ya experto, que se les conceda el tiempo necesario para llevar a cabo su labor, 118

que se ponga a su disposición un lugar adecuado, en que sean obligados a trabajar.

y sobre todo

En efecto, ¿para qué sirve un exorcista si no es para exorcizar? Queriendo continuar, se podría preguntar quién habría condu­ cido al arzobispo de Megalópolis hacia esta línea de conducta. Pro­ bablemente aquel de quien alguien escribió: "Ciertamente el diablo tiene todo el interés en hacer creer que no existe': Si se considera que el padre Amorth "trabaja" por la mañana y por la tarde cada día del año, al menos diez exorcismos entre direc­ tos y telefónicos, y que fue nombrado hace más de veinte años, se en­ tiende cómo el dato de más de 70.000 exorcismos practicados no sea el fruto de la fanfarronería, sino de la completa dedicación a la tarea para la que fue llamado. En este sentido, es ciertamente la persona con más experiencia del "sector': Si luego se valora la determinación y la fuerza con que ora y la grandeza de su fe, se comprende porqué con él los demonios se encolerizan tan rápidamente; con frecuencia he pensado que, si fuera un demonio, también yo reaccionaría por­ que no sabría en realidad cómo resistir. Se explica así claramente por qué el padre Amorth encuentra un porcentaje tan alto de endemoniados; teniendo en la cuenta que rea­ liza el exorcismo exploratorio, está en capacidad de desencuevar al demonio si está por ahí, y cuando lo ha sacado de su guarida actúa para que sea derrotado. En todo esto lo más paradójico es que este nuestro padre Luigi, como muchos otros sacerdotes que han sido consagrados hace tan­ tos años, entre las "órdenes menores" que recibieron estaba también la del exorcismo, la cual, sin embargo, es actualmente el único minis­ terio que necesita la autorización episcopal para poder ser realizado. En realidad, hoy día el orden del exorcismo ha sido abolido y los nuevos sacerdotes ya no lo reciben. Opina el padre Luigi que tarde o temprano el Papa, si no el actual quien lo suceda, se decidirá a declarar que el exorcismo puede ser ejercido por todo sacerdote que lo haya recibido como ministerio y que tenga deseo de hacerlo. Ciertamente esto sería un gran punto a 119

r favor de aquel que dijo: "Vayan, curen, prediquen, saquen los demo­ nios en mi nombre". El padre Luigi, por su parte, aun permaneciendo en los límites de lo lícito y de la obediencia, ha decidido aplicar todos los instrumen­ tos que la Iglesia pone a su disposición. Por eso, cuando sus tareas se lo permiten, viene a nuestra casa para un verdadero "tour de force espiritual": confiesa a toda la fami­ lia' bendice la casa cuarto por cuarto, celebra la santa misa, y bendice el agua, el incienso, la sal, el aceite y las velas, es decir, todo lo que ne­ cesitamos para nuestra "supervivencia" hasta la siguiente visita. Y no sólo esto, nos suministra también la unción de los enfermos, porque afirma ser un sacramento sumamente útil en caso de enfermedades, y la nuestra no es sino una enfermedad espirituaL Después de estas jornadas, vivimos períodos de relativa paz y de "silencio", luego, de modo completamente repentino e inesperado, vuelven a aparecer los problemas, y así vamos a controlar las respectivas agendas para bus­ car las fechas en las que sea posible un nuevo encuentro. Sabemos que él a menudo nos recuerda en la santa misa y sucede que bendice por teléfono a los niños, en especial a Eleonora cuando se encuentra muy afectada. Pero de vez en cuando él y yo nos vemos fuera de estas contingencias familiares y no hablamos de demonios, sino que hacemos como en los viejos tiempos, reímos juntos de mu­ chas cosas y nos sentimos alegres al ver un cielo azulo un cerezo en flor.

Con mucha amistad.

CAPITt ¡LO

XII

Exorcismos, oraciones y bendiciones

Lo que sucedió en aquella tarde de la Pascua del 2007 nunca nos lo hubiéramos imaginado, jamás hubiéramos pensado que alguno de nosotros estuviera poseído. Nuestros hijos, afortunadamente, ig­ noraban por completo el drama que estábamos viviendo en aquel pequeño cuarto con el padre Amorth y sobre todo no habían presen­ ciado ninguna reacción durante la plegaria exorcista. Entre tanto éramos un mar de dudas. ¿Pero cómo llegó Francesco a ser poseído? ¿Pero los poseídos del demonio no deberían tener una aversión terrible hacia lo sagrado? Francesco iba a misa regular­ mente y con la misma frecuencia se confesaba y recibía la comunión. ¿No se reconoce a los poseídos porque hablan lenguas extrañas y tie­ nen una fuerza extraordinaria? ¡Nada de todo esto había sucedido! Durante el exorcismo "sólo" se había verificado una pérdida total del control psicofísico junto con un cambio de personalidad, en realidad una especie de desdoblamiento, ¡porque en ciertos momentos Fran­ cesco observaba y analizaba la escena como si el cuerpo que se en­ contraba en la poltrona no le perteneciera. La primera reacción fue de pánico: ¿estaré poseído o loco de atar? La segunda de vergüenza; la tercera de seria preocupación; la cuarta de una necesidad resuelta de salir rápidamente de esto. El lunes de Pascua, que era el día siguiente al exorcismo del padre Amorth, llamamos por teléfono a monseñor Gemma para contarle 10 acaecido y su reacción nos dejó asombrados: Muy bien, de veras muy bien, eso fue una gran cosa, el demo­ nio fue obligado por el exorcismo a salir a la luz, por lo tanto, ese

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cobarde ya no puede esconderse como lo hacía antes. Es mejor ahora que en el pasado, le caeremos encima hasta que se vaya, no le daremos tregua y lo arrojaremos fuera. Cuando el diablo se manifiesta, en la práctica está ya medio derrotado. Pero ustedes deben seguir orando con fuerza y confianza, nunca han de des­ animarse porque hemos vencido ya. Estoy con ustedes y ¡también rezo siempre por ustedes! Así que en nosotros apareció la aceptación y, habiendo aprendido que a menudo del mal sale el bien, nos dimos a la tarea de disfru­ tar esta extraña y traumática oportunidad que se nos había ofrecido. Aceptación no significa sumisión, porque si es verdad que aquello había sucedido, ya no se podía cambiar, ahora era necesario trabajar fuertemente con el fin de crear las mejores condiciones para el fu­ turo. En una palabra, era preciso hacer realidad el célebre lema bene­ dictino Ora et labora, "ora y trabaja': conscientes del hecho de que la oración era importante, pero igualmente lo era la labor de purifica­ ción realizada sobre nosotros mismos, lo único que nos permitía no dejarle más pretextos al mal: misa diaria, confesión semanal, Rosario nocturno, además, de vez en cuando oíamos la voz de monseñor Gemma a través del teléfono, algunas veces llegaba el padre Paolo a bendecir la casa y a celebrar la misa, y finalmente, nuestro querido amigo el padre Luigi, primero incrédulo, y a la vuelta de algunas se­ manas transformado en un aliado muy valioso. Para el segundo exorcismo del padre Amorth nos fuimos los dos, aprovechando los vuelos de la mañana y dejamos al cuidado de nues­ tros hijos a una amiga de confianza de la familia. A las 11 :00 a.m., en punto estábamos de nuevo en el mismo pequeño salón de la tarde de Pascua, habíamos descubierto que esa era "la oficina privada" del pa­ dre Amorth. El superior de la comunidad le asignó ese cuartico sin adornos y aislado con una posición estratégica, efectiva y relativa­ mente cerca de la entrada de la casa, pero lo suficientemente distante de las demás habitaciones, lo cual permite recibir la interminable procesión de los desamparados que diariamente acuden a él sin cau­ sarle demasiada molestia al resto de la comunidad, habida cuenta de que muchas de las personas en problemas son más bien bulliciosas, 122

gritan, blasfeman y se desmandan. Hay una especie de acuerdo entre el padre Amorth y sus cohermanos: entran en el convento las per­ sonas no demasiado ruidosas; en cambio, los endemoniados y los más bulliciosos se deben tratar en otra parte. Y aSÍ, el padre Amorth, todos los martes y los viernes por la mañana, hace un viaje breve y se hospeda en la parte de atrás de una hermosa iglesia del centro de Roma que, después de la misa de la mañana, cierra las puertas y abre un pequeño cuarto apropiado para los casos más difíciles y ruidosos. Pero volvamos ahora al segundo exorcismo ...

Escrito por Lucia Cuando Francesco se sentó en la consabida poltrona comenzó a sudar frío, porque el recuerdo de lo que le había pasado estaba toda­ vía fresco. Había tratado de convencerse de que esta vez no sucedería nada, que con la fuerza de voluntad y con la oración lograría no caer en aquel estado de tremenda degradación. ¡Yen cambio fue peor que la vez anterior! Esa mañana había también un anciano cohermano ayudando al padre Amorth, cuyo deber era el de contener a las personas más in­ quietas, y hasta yo fui a ayudar a tratar de bloquear las inesperadas y violentas reacciones de Francesco, pero a pesar de que éramos dos los que le teníamos inmovilizados los brazos, el padre Amorth reci­ bió un puño en la cara mientras Francesco buscaba cómo quitarse la estola del cuello. Gritos, gruñidos, risotadas que sólo podían de­ finirse como satánicas, ojos vueltos al revés o abiertos totalmente por más de un minuto sin mover los párpados. Nunca podré olvidar esos ojos, normalmente tan límpidos y de ese color verde-azulado, que en aquel momento se habían transformado en un pozo de odio y violencia, de color gris sucio ... Esos ojos que expresaban una bru­ talidad y una fealdad habrían podido ser los de un asesino ... iY en cambio eran los de mi esposo! Difícil también olvidar las voces inhumanas que salían de su boca, más aun, de todo su cuerpo. Cuando el padre Amorth comenzó, re­ citando siempre las acostumbradas fórmulas latinas, al trazar cruces 123

sobre los ojos, los oídos, la nariz, la boca, el cuello y el plexo solar con el dedo pulgar anteriormente untado con el óleo de los enfermos que tenía en el regazo, Francesco se le lanzó con la boca abierta y, no faltó nada para que le arrancara un dedo a mordiscos. Durante el exorcismo, hay un momento en el cual se le ordena al demonio que se vaya: "¡En nombre de Jesucristo, márchate! intercesión de la bienaventurada Virgen, márchate! ¡Por intercesión del Padre Pío, márchate! ¡Por intercesión del padre Cándido, már­ intercesión de Juan Pablo II, márchate!..:: Cada una de estas órdenes se repite con fuerza tres veces. Durante la invocación de intercesión a Juan Pablo II se desencadenó el desbarajuste; Fran­ cesco empezó a gritar fuertemente y a gruñir, ¿pero en realidad era Francesco el que reaccionaba así o los demonios que lo poseían? Al final del exorcismo estábamos todos extenuados y sudando, y tam­ bién esta vez fueron necesarias bastantes señales de cruz y las corres­ pondientes palmadas en la frente para hacerlo volver en sí.

Aprovechando la estadía de monseñor Gemma en una casa de su congregación, que se encontraba a unos cien kilómetros de nosotros, le pedimos hiciera un exorcismo a Francesco y él ciertamente no se hizo de rogar. Era una templada mañana de finales de abril del 2007 y Francesco había estado de mal genio durante todo el viaje. Una vez llegados al gran patio del convento, rodeado de un gran parque con una densa vegetación formada por árboles de troncos altos, bellas cercas llenas de hojas frescas y de flores listas a abrirse, vimos aparecer a monseñor Gemma con una camándula en la mano que desgranaba rítmicamente; sabíamos que también estaba orando por nosotros. Después del saludo y algunas breves formalidades, nos acompañó a la tranquila capilla del convento, donde pensaba efec­ tuar el exorcismo.

El padre Amorth, dirigiéndose a mí, me exhortó diciendo: "Con­ mucho en Juan Pablo II porque los está ayudando. Pero ya no puedo recibirlo aquí, hay demasiado ruido, además, necesito mayor ayuda para mantenerlo quieto. La próxima cita se la doy para dentro de un mes en una iglesia del centro, donde me ayudan bastantes per­ sonas". Luego de habernos dado la dirección y de habernos explicado cómo llegar a la iglesia, nos despedimos completamente transforma­ dos. Francesco había regresado absolutamente normal, lúcido y sen­ sible como de costumbre, sólo se sentía tremendamente agotado y recordaba muy poco de lo que había pasado durante el exorcismo. padre Amorth aprovechó para exorcizarme también a mí, y también esta vez, no hubo afortunadamente ninguna reacción.

Francesco estaba sentado en la banca de la primera fila, justo de­ sagrario, y yo me había acomodado a su derecha, en cambio el obispo se quedó de pie detrás de nosotros. La técnica de exor­ cismos de monseñor Gemma es diferente de la del padre Amorth; ninguna estola para compartir, nada de óleo de los enfermos, nada de cruces en la mano, sino sólo sus dos grandes manos puestas en la cabeza de la persona. Francesco estaba tenso y nervioso, y apenas monseñor Gemma apoyó sus manos sobre la cabeza y comenzó a recitar de memoria las fórmulas latinas del antiguo ritual preconci­ liar, empezó a quejarse de fuertes dolores en todo el abdomen, luego aparecieron las convulsiones, los gruñidos y los espasmos. Francesco pasaba de la conciencia a la inconsciencia, yen cierto momento sintambién fuertes dolores en la rodilla derecha, precisamente aque­ lla que había sido sometida a dos inútiles intervenciones quirúrgicas, y de repente explotó con fuertes gritos e insultos.

Esa tarde nos trasladamos al Vaticano a orar delante de la tumba de Juan Pablo II, y fue un momento emocionante porque Francesco, de rodillas en el piso de mármol, tenía el rostro lleno de lágrimas. Volveríamos con frecuencia a la tumba del anciano Papa que había dejado una marca tan grande en la historia de la humanidad y que ahora volvía a ocuparse también de nosotros.

Ya monseñor y yo no teníamos ninguna posibilidad de detenerlo y en cierto punto cayó en el suelo y comenzó a rodar y a contor­ sionarse en el piso, hasta que de un momento a otro agarró de un caballete cerca del altar un extraño contenedor en forma de estrella, se arrodilló y lo puso sobre la frente. De pronto se calmó y perma­ neció inmóvil durante un minuto largo mientras el obispo y yo

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observábamos un poco jadeantes por el esfuerzo anterior. Enseguida comenzó a llorar en silencio y cayó al suelo sin sentido. Yo iba a intervenir, pero monseñor Gemma me hizo entender que no me preocupara, en efecto, poco después Francesco se volvió a levantar tranquilamente y empezó a hablarnos con voz normal. Cuando le pregunté a monseñor Gemma qué era esa estrella de metal que Francesco había agarrado, me respondió con amabilidad: bella reliquia de san Luis Orione, el fundador de nuestra orden. No es la primera vez que intercede durante un exorcismo, ¡yo lo in­ voco con frecuencia!': Así, antes de despedirnos nos dio una reliquia del santo guardada en una pequeña estrella metálica forrada en paño rojo y protegida con un vidrio transparente, una copia en miniatura de la que en aquel día se había manifestado en verdad oportuna. En las semanas siguientes nos transformamos en "necesitados" del exorcismo y en el avión a Roma encontrábamos a otros viajeros habituales, hombres de negocios o sacerdotes, con los cuales inter­ cambiábamos sonrisas o saludos. La pequeña iglesia en donde el padre Amorth nos esperaba a las 11 :00 a.m., de un cálido día de mitad de mayo, estaba en una calle central de la ciudad, con mucho tráfico. Siguiendo las instrucciones recibidas, la localizamos e hicimos sonar inmediatamente la campa­ nilla puesta detrás de la alta verja de hierro colado que protegía la entrada. Después de algunos segundos, apareció al lado del pesado portón de la iglesia un señor anciano, bajito y corpulento, que luego descubrimos se llamaba Paolo, el cual preguntó: "¿Quiénes son?': Una vez identificados, abrió la pesada verja de hierro y nos hizo pa­ sar adentro. El contraste entre la fuerte luminosidad del exterior y la penum­ bra de la iglesia tuvo como efecto el lanzarnos a la oscuridad, donde sólo la débil luz de algunas velas y de los vitrales alIado del altar per­ mitían admirar la belleza del lugar. De inmediato se nos hizo seguir a través de una puerta lateral a un oscuro corredor que llevaba a una pieza con sillas, un viejo diván pequeño y una larga mesa central. Detrás de una puerta con vidrios opacos se adivinaba otro cuarto cual provenían gritos desgarradores y gruñidos que ponían la piel de galli na, intercalados con las monótonas oraciones del padre Amorth y otras personas. 126

El señor Paolo preguntó de repente: "¿Atado o sin atar? ¿Te agi­ tas?': En un primer momento no captamos lo que nos quería decir, pero luego nos dimos cuenta de que, al vernos por primera vez que­ ría saber si durante el exorcismo era necesario contener a Francesco con cuerdas para evitar que se hiciera daño. Sin saber qué decir, nos quedamos callados, pero nuestros corazones empezaron a latir con fuerza. Luego de algunos minutos terminó el exorcismo anterior y se abrió la puerta de vidrio, salió sostenida por una mujer, una mu­ chacha menuda, de cabellos negros, largos y desgreñados, con las mejillas hundidas y ojeras evidentes. Nuestros ojos se cruzaron en una fracción de segundo y los suyos eran como dos pozos oscuros sin fondo ... El padre Amorth nos esperaba y nos pidió que entráramos. Una vez dentro, me impresionó de inmediato el leve olor a sudor y vó­ mito. En el centro del pequeño cuarto ya estaba lista una camilla, pa­ recida a las que se encuentran en los centros médicos, cubierta con una tela azul desteñida, mientras que un poco en desorden estaban esparcidas unas sillas disparejas, desde las de madera con el asiento de paja hasta las hechas con tubos de metal cromado con el espaldar yel asiento de plástico verde claro o marrón. El padre Amorth no estaba solo, había también tres mujeres, dos ancianas, pequeñas y una más joven y robusta, y tres hombres, un muchacho joven que luego supimos era seminarista y otro de mayor edad, además de Paolo que nos había recibido. Sentado, un poco distante, se encontraba otro sacerdote, de unos cuarenta años, con una densa cabellera oscura y crespa, vestido de una manera real­ mente casual: se le reconocía únicamente porque llevaba en el cuello una vistosa estola de color morado encendido. Era el padre Stanis­ lao, otro exorcista, ayudante fijo del padre Amorth que aprendería­ mos a conocer mejor por su fuerza y capacidades. Luego de un breve saludo, el padre Amorth declaró de manera perentoria: "¡Es mejor que lo hagamos sobre la camilla!", y a la pregunta hecha por alguien acerca de la conveniencia de amarrar a Francesco la respuesta no se hizo esperar: "¡Sí, es mejor!': Tal vez el padre Amorth recordaba todavía el puño en la cara que había recibido durante el último en­ cuentro... 127

Francesco, absolutamente imperturbable, se tendió en la camilla y de inmediato se le inmovilizaron las piernas con fuertes cuerdas, luego se acercaron unas sillas donde se sentaron todos los presentes, rodeando literalmente a Francesco. Eran seis, listos a intervenir para mantenerlo quieto, más dos sacerdotes, así que me senté aparte y me puse a orar en voz baja. Apenas se inició el exorcismo, Francesco comenzó como de costumbre a cambiar el ritmo yel tipo de la respi­ ración, pero en al menos cinco minutos no sucedió nada. Después, de repente, empezó a gruñir y a agitarse, quería levan­ tarse y escapar, pero sus ojos se habían volteado hacia atrás. Desde ese momento comenzó el desbarajuste con los gritos, gruñidos bestiales, gemidos, contorsiones, pero esta vez todas las personas presentes, excepto el padre Amorth que siguió con el exorcismo como si no pasara nada, intervinieron al unísono e inmovilizaron a Francesco, uno de las piernas, el otro de las manos, el de aquí de la espalda, el de más allá de la cabeza. Comenzó un cuerpo a cuerpo tremendo para tratar de limitar sus violentas reacciones, pero mientras tanto se pro­ seguía y, al momento de interrogar a los demonios, el padre Amorth exclamó: "'Iü eres Satanás, cobarde, te reconozco ... no estás solo, lo sé, ¿cuántos son? ¿Está también Asmodeo? ¿Está Lilith? ¿Cuándo te marchas? ¿Te han fijado la fecha?':

más de tiempo, tuvo pocos problemas en volverse a poner de pie. Asistí impotente, con el corazón desgarrado a esta enésima prueba, pero ya ni siquiera lloraba, debía mantenerme lúcida y fuerte. Mi esposo necesitaba mi determinación y mi amor.

Escrito por Francesco El abismo, ¡qué profundo es el abismo que cada vez me conduce a lugares inexplorados, a lugares que nunca hubiera querido explorar, a lugares que tal vez debía explorar!... ¡Oh, Dios, si es posible, ayúdame a salir pronto de esta experien­ cia, pero no obstante, que se haga tu santa voluntad ahora y siempre. Te ofrezco mis humillaciones y sufrimientos, te ofrezco mi pequeña cruz. Te agradezco por haberme ofrecido esta extraordinaria opor­ tunidad! Amén.

Francesco, con las facciones del rostro completamente trastorna­ das, pero ahora del todo inmovilizado, respondía a las preguntas con impresionantes gruñidos sordos. Luego, todos los presentes se pusieron a recitar en coro: "¡En nombre de Jesucristo, márchate! ¡En nombre de Jesucristo, már­ chate! ¡Por intercesión del Padre Pío, márchate!': ¡Por intercesión del Padre Pío, márchate ... !': hasta llegar nuevamente a Juan Pablo n. También en este caso, apenas pronunciaron el nombre del Papa difunto, se desencadenó una reacción violenta; ya no había duda al­ guna, los demonios que poseían a Francesco se molestaban mucho cuando se le invocaba. Al final del exorcismo, las habituales señales de cruz y las palma­ das en la frente para que Francesco volviera en sí, el cual, esta vez, luego de ser desatado y dejado sentado en la camilla por un poco 128

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XIII

La liberación y la recaída

Siguió otro exorcismo a finales de mayo del 2007, otro encuentro en el que se llegó a tocar fondo; pero fuera de estos dramáticos mo­ mentos, la vida continuaba de manera aparentemente normal. Los ruidos y crujidos en casa se habían atenuado mucho, sólo cambios repentinos de humor nos llevaban de vez en cuando a discutir entre nosotrQS y a fruncir el ceño por algunas horas, Lucia con los niños, Francesco con Lucia, Lucia con Francesco, éste con los niños, los hi­ entre sÍ. Son cosas que pasan en todas las familias, nos decíamos, aunque haCÍamos todo el esfuerzo para que no sucedieran. Los problemas físicos evidentes habían desaparecido casi del todo. Y luego estaban las obligaciones del trabajo, un trabajo que se trataba de llevar adelante a pesar todo, las obligaciones de la familia, los muchos esfuerzos por tratar de no involucrar dema­ siado a nuestros hijos. Y luego la más por los demás que por nosotros mismos, la aceptación de nuestra situación pero nunca la resignación, y en fin, una especie de comprensión de estar me­ tidos en un juego más grande que nosotros, de estar en presencia de un teatro colosal donde sucedía una cautivadora representación espiritual entre fuerzas benignas y malignas. ¿Cuál era nuestro pa­ pel allí? No ciertamente el de directores. Estos y otros pensamientos se entrelazaban durante nuestras conversaciones nocturnas, con las pocas energías que nos quedaban después del Rosario. La dualidad, la eterna dualidad en la que se debate la humanidad, que es mate­ ria y también espíritu, personalidad e individualídad, emisividad y receptividad, luz y tinieblas. Cuánto trabajo para llegar a la unidad, un trabajo difícil pero por lo mismo estimulante y de hecho, a veces, enaltecedor. 130

Francesco pensaba a menudo en una frase que había leído años antes en un libro: "No por ser difíciles las cosas no se hacen. Es por no hacerlas por lo que son difíciles". En fin, estaba convencido de que con la voluntad se podía realizar Cualquier cosa, aun la más dipero en esta circunstancia se había dado cuenta de que fuera de la voluntad se requería también humildad, una confianza total de modo que se relegara a un rincón el yo soberbio, material y carnal, una confianza total como para abrir las puertas, sin ceptos, con la ayuda divina.

Escrito por Francesco En aquella mañana del 22 de junio del 2007, el avión planeaba plácidamente sobre una Roma soleada, y estaba siguiendo el vuelo habitual a baja altura para tomar la pista de aterrizaje de Ciampino. La ruta de acercamiento al aeropuerto permitía gozar de una vista panorámica de la ciudad que es en realidad única. Ni una sola nube en el cielo, con el sol de las 8:30 a.m., que hacía prever un día bas­ tante cálido. Desde la ventanilla observaba la frenética metrópolis que estaba debajo de mí, perfectamente visibles los monumentos principales, las grandes plazas, las amplias vías llenas de tráfico, y de pronto apa­ rece, por unos pocos segundos, aun la iglesia donde también esa ma­ la señalé con una sonrisa a ñana tocaría el fondo de mí mismo. Lucia, que estaba sentada a mi lado y que aquel día había decidido acompañarme; ambos nos encontrábamos en un estado de absoluta calma, ya habíamos tenido el tiempo rezar el Rosario y de leer algunas páginas de los libros que habíal1los llevado. Cuando el avión se posó suavemente en la ni siquiera dejé de leer, pero un sutil hilo de tenSIón, umdo a una expectativa preocupante, se apoderó de mí y no me dejó sino llegar a la iglesia. La misma campanilla detrás de la verja de hierro colado, la acostumbrada sonrisa de bienvenida de parte de quien nos abrió la puerta para dejarnos entrar luego de habernos reconocido. En la fresca penumbra respiré a pleno pulmón ese "perfume suave" 131

que sólo algunas iglesias poseen, y cuando entramos a la antecámara del salón de los exorcismos, continué, entre una y otra Avemaría, desgranando tranquilamente la camándula. Gritos inhumanos nos llegaban muy claros y se sobreponían a la salmodia regular del exor­ cismo que el padre Gabriele Amorth y el padre Stanislao estaban practicando a la mujer que tenía cita antes de mí. ¿Era posible que dentro de poco también yo llegara a tanto? Oh Dios, que se haga en mí tu santa voluntad; finalmente había apren­ dido, me estaba confiando completa y totalmente, despreocupado de lo que me sucedería. Sabía yo que esa mañana todo un monasterio de monjas de clau­ sura estaría orando por mí y que desde las 11 hasta las 11 :30 a.m., intercederían con todo su fervor. De manera increíble, había nacido una amistad entre la madre superiora, la única monja autorizada a de vez en cuando, y nuestra familia, y descubrimos que en realidad bastan pocas palabras para sentirnos unidos y apoyados. Después de unos diez minutos, estaba listo para entrar, preparado para encontrarme nuevamente cara a cara con el demonio. Después de los habituales saludos, el grupo de ayudantes me hizo acostar de inmediato en la camilla; alguno de ellos quiso atarme los pies como de costumbre, pero yo, con una le dije: "No, esta mañana no". La calma de mi voz unida a la autori­ dad, hizo que surtiera el efecto deseado, por lo que durante ciones preliminares al exorcismo se me dejó completamente para que me moviera. Sin embargo, noté la incomodidad de estar acostado y, mientras recitaba en voz alta el Padrenuestro, traté de sentarme. Al conside­ rarse esto como una reacción que anunciaba mi fuga, inicialmente se me mantuvo como estaba, pero luego de un gesto elocuente del pa­ dre Amorth se me dejó también esta vez en condición de moverme libremente. Ese día no sentí la acostumbrada opresión, más bien estaba en un estado de expansión de la conciencia que me permitía orar con fervor y al mismo tiempo observar hasta el más pequeño detalle del cuarto y de las personas que lo ocupaban, con una tranquilidad que l~'")

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nunca antes había experimentado. Era como si la escena que se es­ taba llevando a cabo en aquella habitación perteneciera a alguien diferente de mí y yo la estuviera siguiendo con indiferencia. Al notar mi estado de ánimo, el padre Amorth me dijo que dejara la camilla y me acomodara en la poltrona gastada en la que se trataba a las personas con reacciones no demasiado violentas; el exorcismo continuaría allí. Durante los primeros cinco minutos seguÍ recitando en voz el Avemaría en latín, como lo prefería hacer ahora desde hacía gún tiempo; me encontraba en un estado de paz y tranquilidad to­ tales, y luego, no sé cómo, me puse a rezar al unísono con el padre Amorth las complicadas fórmulas en latín del exorcismo que estaba realizando en mí. ¡Me estaba exorcizando yo mismo! No sabría decir si en verdad era mi boca la que pronunciaba claramente las pala­ bras, pero mi mente se hallaba experimentando veloces reacciones de apertura, unidas a una completa tranquilidad que nunca antes había vivenciado. Después, en cierto momento, me sentí envuelto por una paz indescriptible, en el silencio más profundo. Me levanté lentamente de la poltrona, me arrodillé y me puse a llorar de alegría. El padre Amorth, sin dejarse distraer, completó impertérrito el complejo ritual, pero yo ya sabía que mi liberación de la posesión diabólica era un hecho, que cada laceración en el cuerpo, en la mente y en el espíritu había sido sanada. Todo había llegado con naturali­ dad y sin ninguna evidencia exterior, sólo la parte más profunda de mí estaba total e indulgentemente asombrada; me sentía inundado de gracia, animado de una energía con una potencia inimaginable, y estaba viviendo una expansión tal de conciencia que me sentía unido al mundo entero, aun más, estaba como sumergido en el universo, sin ninguna barrera más de espacio y de tiempo, animado única­ mente por la tranquilidad y el deseo de amar a todo ya todos. Este estado de gracia tan completo y total no duró mucho: ¿se­ gundos?, ¿minutos?, no sabría decirlo, pero doy gracias a Dios por haberlo experimentado, porque en ese momento creo haber com­ prendido la situación por la que pasan los místicos durante sus éx­ tasis. 133

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Recuerdo haber abierto los ojos apenas humedecidos por las lá­ grimas y ver que todos sonreían, mi esposa, los asistentes y el mismo padre Amorth quien mientras tanto había terminado el exorcismo y que con semblante complacido y amigable afirmó: "Ya no hay aquí ninguna reacción; no te doy otra cita': En realidad, sí había habido una reacción, iY qué reacción! Antes de dejarnos marchar, el padre Amorth realizó también el enésimo exorcismo sobre Lucia y, lo confieso, por un instante temí que la posesión se transfiriera de mí a ella. En cambio, sólo se ma­ nifestaron algunas reacciones físicas. Las manos latían, con las ve­ nas que se hinchaban y dilataban a través de la delgada piel, algo así como cuando se lleva a cabo una fuerza intensa, aunque ella estaba sumamente tranquila y con la respiración lenta y regular. Pero a estas manifestaciones exteriores ella ya se había acostumbrado. Después de salir de la iglesia yal regresar al calor de la avanzada mañana romana, nos dirigimos, incrédulos y aun transformados a la basílica de San Juan de Letrán, donde se celebraba la misa del me­ diodía, que se realiza en una bellísima capilla lateral perfumada de incienso. Después de una parada para tomar fuerzas en el acostumbrado restaurante en el que ya éramos como de casa, nos dirigimos instin­ tivamente a San Pedro, donde nos detuvimos bastante para orar en las criptas, delante de la tumba de Juan Pablo n, que tantas veces nos había hecho sentir su acompañamiento e intercesión. Luego andu­ vimos un buen rato por la imponente basílica, sin preocuparnos de los grupos políglotas de turistas, de los flashes y de todo aquello que hubiera podido turbar nuestro recogimiento. Estábamos tan felices, caminábamos ligeros, casi como volando de una capilla a la otra. Cuando el avión que nos regresaba a casa comenzó a decolar del suelo romano ambos teníamos la certeza de haber vivido un viraje en nuestra vida, una jornada memorable, única e irrepetible. En los días que siguieron de inmediato a la liberación viví en un estado de decaimiento velado por una sutil preocupación. No me esperaba una liberación así de rápida, aunque parecía una eterni­ 34

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dad, sólo habían" pasado tres meses desde el descubrimiento de la posesión a la liberación. Un récord positivo si nos atenemos a los relatos de los exorcistas. Sin embargo, todos nos habían dicho que no bajáramos la guardia, que era preciso mantenerse protegidos y con­ tinuar con la oración, las misas diarias, la confesión, las bendiciones y algún exorcismo de vez en cuando... Pero de hecho, el padre Amorth ya no nos recibía; la ida y regreso a Carpinone en un día era una molestia enorme y fray Paolo se había como desmaterializado; sólo nos quedaba seguir orando y esperar que todo siguiera lo mejor posible. Nos comunicábamos a menudo con el padre Luigi y de vez en cuando venía a donde nosotros, pero eran encuentros esporádicos. La primera parte de ese verano transcurrió de manera bastante tranquila, pero el hecho de que los problemas de nuestra familia no estuvieran aun resueltos era evidente, porque de tarde en tarde al­ guno caía de repente en un estado de postración psicofísica, lo cual desaparecía con una fervorosa plegaria de liberación y un poco de agua exorcizada; los niños se quejaban algunas veces de dolores en las piernas o en la cabeza que invariablemente se curaban con el aceite bendito y la oración habitual; en Lucia aparecían de impro­ viso extraños dolores que iban del estómago a las piernas, para luego desaparecer también de repente después de las unciones, señales de cruz y oraciones. Pero ya sabíamos de qué se trataba y no nos preocupábamos más de la cuenta. Quien no nos quería estaba renovando su maléfico tra­ bajo. Yo en cambio me encontraba sumamente bien, estaba de buen humor y no había vuelto a sufrir ninguna manifestación psicofísica de malestar alguno. La estabilidad me hacía cada día más tranquilo, seguro de haber salido adelante; la misa y el Rosario diarios me infundían fuerza y serenidad. Pero resulta que, a finales del verano, mientras el resto de la familia estaba en el mar y yo en mi casa, solo, para poder trabajar más tranquilamente, sucedió algo que hizo que bruscamente pusiera los pies en la tierra. Lucia y los niños regresaron a casa porque las vacaciones ya habían terminado definitivamente y hacía poco que 135

habíamos hablado por teléfono para verificar la hora de la llegada, cuando de pronto cayó sobre mí una cortina de oscuridad, una red de odio que en el transcurso de pocos minutos se apoderó de mí y me volvió completamente hostil hacia mi esposa. ¿Quién tomó de nuevo ventaja? ¿La parte más oscura de mi in­ consciente o algún ser enviado a desestabilizar otra vez mi vida? La mente comenzó a llenarse de imágenes negativas frente a Lucia; yo no hacía absolutamente nada para alimentar dichas imá­ genes, más bien trataba de combatirlas, pero no lo lograba; estaba abrumado por la habitual fuerza brutal que actuaba a través de mi conciencia, y aunque me daba cuenta de la situación absurda y pe­ ligrosa, no lograba hacer que la mente reaccionara. El resultado fue que cuando Lucia y los niños llegaron a casa sonrientes y ansiosos de volverme a abrazar, me comporté con ellos como si su presencia me fastidiara. Transcurrieron unos días de infierno, en los que mi sutil hostilidad hacia la familia se manifestaba mediante miradas de conmiseración, intolerancia, sarcasmo, aislamiento, frases cortantes y lapidarias ... En fin, un repertorio ya empleado anteriormente. Después de un par de semanas con esta "locura", contra la cual traté de reaccionar de todos los modos posibles, una mañana, de ma­ nera totalmente repentina e inesperada, sentí ser yo mismo nueva­ mente, estar listo para hablar con Lucia y excusarme por lo sucedido. i Era libre de nuevo! Enseguida pensé muchas veces qué podría haber provocado tales reacciones. Solamente puedo imaginar que Dios me haya ofrecido una nueva posibilidad de purificación y de comprensión, que haya querido tenerme con la cabeza en el cielo pero al mismo tiempo mantenerme con los pies en la tierra. Por mi parte, comprendí que mi trabajo de transformación y evolución sería aun largo ...

nuestra llegada, le habíamos hablado por teléfono y estaba ansioso de abrazarnos; pero apenas bajamos del automóvil comenzó a mal­ tratarnos agresivamente. No había modo de hablarle, las comidas juntos eran un verdadero infierno, respondía mal a los niños, no nos soportaba y lo demostraba de todas las formas posibles. Nos miraba mal. Yo ya no aguantaba más, estaba lista para decirle que se fuera a vivir a otra parte. Pero antes de hacerlo, hice una llamada telefónica a la madre de las monjas que nos estaban ayudando con tanto cariño; le expliqué la situación y ella me consoló y aseguró su valioso apoyo gracias a las muchas oraciones por Francesco. Luego hice otra llamada a monse­ ñor Gemma y él me aconsejó tener paciencia, callarme, y me pro­ metió sus oraciones por todos nosotros. En fin, me tomé una media jornada toda para mí y me escapé para encontrarme con el padre Luigi, con el fin de reactivar mi afecto y optimismo. Es verdad que todos orában por nosotros, y nosotros mismos, con el Rosario y la misa diaria y con la confesión frecuente tratába­ mos de hacer lo que nos correspondía. Y sin embargo ... sin embargo ... ¿por qué seguía esta situación? ¿Por qué lo permitía Dios? ¡Había algo que no cuadraba! De todos modos, a la vuelta de muy poco tiempo y de una ma­ nera completamente repentina, Francesco volvió a sonreír, a excu­ sarse por su comportamiento, a ser cariñoso con los niños. De 'nuevo, como si se hubiera oprimido el interruptor que encen­ día la luz en un cuarto oscuro. Gracias queridas monjas, gracias querido obispo, gracias querido padre Luigi, el Señor escucha sus oraciones, ¡gracias!

Escrito por Lucia No, Francesco no volvió a la normalidad por casualidad. Ya no sabía yo qué hacer cuando regresé del mar. Media hora antes de 36

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XIV

La fuerza de la oración, de los sacramentos y de los sacramentales

Durante esta experiencia se nos repitió en muchas ocasiones que de­ bíamos fortalecernos en la fe, llevar una vida espiritual intensa y orar sin descanso, y además emplear todos los medios que la Iglesia pone a nuestra disposición, en especial los sacramentos de la Eucaristía y de la confesión junto con los sacramentales como las bendiciones realizadas sobre la casa, el, agua, la sal, el aceite, las personas hasta llegar al exorcismo. Teológicamente hablando, los siete sacramentos (bautismo, con­ firmación, Eucaristía, penitencia, unción de los enfermos, orden sagrada y matrimonio) fueron instituidos por Jesucristo y son una representación objetiva de su ministerio pascual, así que su eficacia no está ligada a las cualidades morales del sacerdote que los admi­ nistra porque es Dios mismo quien actúa en el sacramento, por lo que es llamada ex opere operato. En cambio, los sacramentales (de consagración, bendición y exorcismo) fueron instituidos y propuestos por la Iglesia3 , represen­ tan uno de los efectos de su fuerza, y su eficacia está muy ligada a la calidad moral del sacerdote que los administra. En sencillas pala­ bras, si el sacerdote no cree en lo que está haciendo su intervención es escasamente eficaz, ¡porque no existe el apoyo de la fe! De ahí por qué sea algo tonto que los obispos nombren sacerdotes que no crean en éstos o no lo quieran hacer: ¡es pura hipocresía!

¿Pero por qué se necesita llevar una intensa vida espiritual unida a los sacramentos y a los sacramentales?

Escrito por Francesco Durante mi experiencia he comprobado personalmente que para una persona que sufre de "males espirituales': como son definidos de manera elegante los obsesos, los vejados y los poseídos, es funda­ mental tener una intensa vida espiritual. Dicho de este modo, podría parecer casi un contrasentido, pero después de un momento de re­ flexión resulta evidente que un mal espiritual necesita una curación en el mismo plano. Esto me ha hecho pensar una vez más que el mundo espiritual no está sólo habitado por seres benignos (ángeles, arcángeles, almas santas o almas de difuntos que interceden por no­ sotros), sino también por seres malignos (demonios, espíritus ma­ lignos, almas errantes ligadas a la tierra); en fin, exactamente como sucede en el mundo de la materia, tampoco en los planos invisibles todo son rosas y flores, y existen el bien y el mal en continua contra­ posición. Esta visión hace parte, aunque con definiciones diferentes, de todas las tradiciones espirituales del mundo. Por tal motivo es ne­ cesario tratar de protegerse de las influencias malignas mediante es­ trategias precisas tanto en el plano físico como en el emotivo, en el mental y en el espirituaL En efecto, las personas afectadas lo son por lo general en todos estos niveles al mismo tiempo: en el físico, por­ que se manifiestan enfermedades inexplicables fácilmente visibles y verificables; en el emocional, porque intervienen sentimientos ne­ gativos aparentemente incontrolables; en el mental, porque se hacen presentes pensamientos pesimistas, de autodestrucción y de autosa­ botaje; en lo espiritual, porque se comprueba la incapacidad de orar, de participar en los sacramentos y de obrar el bien. En el plano material, la protección consiste en evitar absoluta­ mente los contactos con aquellos que uno sepa o piense sean promo­ tores del maleficio, la maldición, la atadura o el hechizo.

de Derecho Canóllico, can. 1166s5. 138

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