Apuntes De Sociologia

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Ernesto López

/ILTAMRk

López, Ernesto Apuntes de sociología. -1 a ed. - Bue­ nos Aires : Altamira, 2008. 192 p. ; 22x15 cm. ISBN 978-987-9017-34-0 1. Sociología. 1. Título C D D 301 Fecha de catalogación: 1 5 /0 4 /2 0 0 8

© Editorial Altamira, 2008 EDITORIAL /ILTAMIRk &

info@ editorialaltam ira.com .ar D iseño de tapa e interior: Mario a. de Mendoza mm [email protected] ISBN: 9 7 8 -9 8 7 -9 0 1 7 -3 4 -0 Todos los derechos reservados. H echo el depósito que marca la ley 11.723 Impreso por: La Cuadrícula SRL Impreso en la Argentina -

Printed ¡n Argentina

r Indice

I Introducción.....................................................................................

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II Antecedentes del pensamiento social: dos grandes corrientes antagónicas........................................... La Ilustración....................................................................................... La Contrailustración........................................................................... Ilustración y Contrailustración: concepciones y valores contrastantes..................................................

23 27 36

III Los precursores................................................................................. Saint Simón.......................................................................................... Comte................................................................................................... Proudhon............................................................................................. Escuela Histórica Alemana.................................................................

53 57 60 63 66

IV Marx, Durkheim y Weber: la sociedad como referente empírico y como problema conceptual................................... Marx..................................................................................................... Durkheim......................... ................................................................... Weber....................................................................................................

69 76 82 86

V Marx, Durkheim y Weber: el conocimiento de lo social.... Marx.................................................................................................... Durkheim............................................................................................. Weber....................................................................................................

93 95 101 105

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VI Problemas, conceptos y dinám icas............................................ 111 Marx..................................................................................................... 113 Los conceptos de Modo de Producción y de Formación Económico Social.................................................... 113 El modo de producción capitalista: mercancías, valor y plusvalía.. 117

APUNTES DE SOCIOLOGÍA

Clases, Estado, ideología y cambio social........... D urkheim ...................................................... ,...... Centralidad de la problemática de la cohesión

Lo normal y lo patológico..... ................... ............................... Los tipos sociales......................... ................................................ Medio social interno y cambio social................................. Weber.............................................................................................. La acción social.............................................. .............................. Poder, dominación y Estado........./....... .................. .................... Racionalidad y racionalización........................ ........ ......... .........

i34 136 138 142 142 146 1.50

VII Marx, D urkheim y Weber: Ciencia, Política y R e lig ió n ...... M arx................................................................... ................. ............... . ‘ Durkheim....................................................................................................... Weber................................................................. ................... ........................

155 158 161 166

VIII F inal..................................:............................................................................

175

Referencias bibliográficas...................................................................................

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Apéndices Cronología......................................................................................................... Breves reseñas bibliográficas............................................................................

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a Juan Carlos Portantiero, in memoriam, que abrió mis ojos a la Sociología. a Alejandro Dolina que tal vez sin saberlo me enseñó —hace muchos años ya—que para reconocer algunas cues­ tiones culturales vale más el arrabal que el tránsito por las avenidas del mundo.

Introducción

Pese a que no siempre se lo reconoce abiertamente, la Sociología como disciplina científica se ha desarrollado en estrecha vinculación con la pre­ ocupación por averiguar y/o entender qué son y cómo funcionan las socie­ dades. La propia etimología de la palabra sociología viene en apoyo de ia afirmación que se acaba de hacer: sociología quiere decir ciencia de lo social. Ahora bien, ¿qué relación existe entre lo social y la sociedad? ¿Pue­ de decirse que la sociedad contiene todas las prácticas sociales y, por tan­ to, lo social no es más que aquello que es relativo a la sociedad? Pero por otra parte, ¿no es lícito preguntarse si acaso lo social puede existir sin que haya sociedades? Si bien no es difícil admitir en la actualidad que lo social es el resultado de la vida en sociedad, no es de descartar que pueda haber habido formas de interacción entre personas, es decir, formas de acción social sin que existiera, todavía, propiamente sociedad. Por lo común se acepta de manera generalizada que la historia huma­ na muestra una tendencia de ios seres humanos a vivir agrupados en con­ glomerados a los que se denomina sociedades. Cierto es, sin embargo, que hay pensadores sociales de extraordinaria valía como Jean Jacques Rous­ seau (1712-1778) oThomas Hobbes (1588-1679) que imaginaron la exis­ tencia de formas de vida humana presociales. Es decir, de estadios pretéritos en los que los seres humanos no habríamos vivido en socie­ dad. Los hombres en estado de naturaleza de Rousseau o los individuos del período anterior al de aquellos que decidieron establecer un pacto para constituir el Estado (Hobbes), y fijar asimismo un conjunto de normas al que se sujetaron fundando así, también, la sociedad, son un ejemplo de ello. Quizá en los agrupamientos humanos previos al establecimien­ to de Estado y sociedad que imagina Hobbes podrían darse ciertas cla­ ses de interacciones entre las personas concernidas en ellos. Cabría entonces hablar de “lo social” sin que hubiera todavía propiamente socie­ dad. Pero salvando esta discusión sobre el remoto pasado, que en buena parte es una discusión sobre el origen histórico de las sociedades, el reco­ nocimiento de la condición sociable de la existencia humana, derivada tan-

APUNTES DE SOCIOLOGÍA

to de su aptitud como de su propensión a la vida en sociedad, es prácti­ camente indiscutido. Cabe apuntar, por otra parte, que la tradición sociológica más sólida y amplia, aquella que establecieron los a veces llamados “padres fundado­ res” de la Sociología -Karl Marx (1818-1883), Emile Durkheim (1858— 1917) y Max Weber (1864-1920)— es homogénea respecto del reconocimiento de la existencia de las sociedades —por primitivas que ellas hubieran sido- prácticamente desde el comienzo de los tiempos. Y en cual­ quier caso, queda fuera de duda que en sus respectivos sistemas teóricos la sociedad, tanto como referente empírico cuanto como problema con­ ceptual, ocupa un lugar central. La sociabilidad o socialidad de la existencia humana es compartida por estos tres autores. Y los tres coinciden, asimismo, en que aquella resulta del desfasaje que existe, desde el remoto inicio de los tiempos, entre las nece­ sidades que acosan incesantemente a los seres humanos y los siempre esca­ sos recursos que se hallan disponibles para satisfacerlas. Es decir, dado que los seres humanos tenemos aptitudes para la vida en sociedad, la asocia­ ción se plasma al verse aquellos obligados a conseguir recursos por lo común no fácilmente conseguibles, para satisfacer sus necesidades. Este incesante hecho conduce inevitablemente a la formación y desarrollo de las sociedades. Ahora bien, cabe también preguntarse ¿de qué se habla cuando se pro­ nuncia la palabra sociedad?, ¿son las sociedades objetos fácilmente discernibles? Me parece que se puede admitir sin dificultades que hay un uso múltiple de esa palabra. Se la utiliza para designar empresas (sociedades comerciales, sociedades anónimas, etc.), tanto como clubes formados por socios, o conjuntos como el constituido, por ejemplo, por los habitantes Virreynato del R ío de la Plata o conglomerados como el que constitui­ mos los argentinos hoy en día (respectivamente, la sociedad virreynal y la socie­ dad argentina actual). Es evidente entonces que el vocablo se utiliza de diversas maneras; es por tanto multívoco. Es necesario preguntarse, entonces, en qué sentido lo usamos los soció­ logos, a qué nos referimos cuando mencionamos la palabra sociedad. O, con mayor precisión todavía, a qué se alude mediante la palabra sociedad cuando se indica que la sociología es la ciencia de lo social, que es prác­ ticamente lo mismo que decir que es la ciencia de la sociedad según se ha visto inmediatamente más arriba. Ahora bien, en este punto es necesario regresar a la cuestión de los referentes empíricos mencionada preceden­ temente. ¿Cuál es el objeto real —en este sentido, el referente em píricoai que se refiere el interés de la Sociología por conceptuar la sociedad y des­ arrollar elaboraciones teóricas tomándola como referencia central? Antes 12

INTRODUCCIÓN

de intentar contestar esta pregunta conviene, sin embargo, repasar algu­ nos aspectos de la vieja pero siempre desafiante cuestión de la relación entre las cosas y las palabras que las designan. La palabra mesa —la que se encuentra en cualquier diccionario, por ejemplo- se refiere a objetos existentes, a objetos reales.1 En tanto entra­ da de cualquier diccionario es una definición. Esto es, una elaboración abs­ tracta que debe ser capaz de contener a todas las unidades específicas que constituyen el conjunto. Estas unidades específicas u objetos son, con res­ pecto a las palabras utilizadas en el lenguaje corriente, equivalentes a lo que a nivel de ciencias sociales se denominan referentes empíricos. Hay sin embargo que aclarar que los objetos de las ciencias sociales —entre ellas la Sociología- son problemáticos. N o son tan simples y/o sencillos en su condición de objetos como una manzana o una silla.2 Hoy tiende a cre­ erse que todos los objetos empíricos en relación a los cuales se procura des­ arrollar las ciencias sociales deben ser deslindados respecto de totalidades empíricas o históricas mayores, que los contienen. Luego ele este deslin­ de —recorte de campo—se trabaja conceptualmente sobre la parcialidad o parcela deslindada dándose así origen a las teorizaciones sobre lo social. Los objetos no sencillos, como las sociedades, deben ser deslindados en tanto objetos, vale decir, en tanto referentes empíricos. Inmediatamente después comienza el trabajo de elaboración conceptual que se desarrolla tomando como referencia aquellos objetos. Queda así claro que existen sociedades en el terreno empírico —son en este sentido entonces objetos existentes- que pueden ser discernidas. Y que la Sociología construye sus abstracciones conceptuales con referencia a ellas. Ahora bien, ¿cómo es posible discernir y señalar los referentes empí­ ricos de la noción de sociedad sobre la que se construye la Sociología? A mi juicio, estos resultan ser aquellos conglomerados humanos en los que sus integrantes comparten determinados intereses, y en los que se verifi­ can tanto interacciones recíprocas entre sus integrantes, como la existen­ cia de algún sentido de pertenencia al mismo y algún grado de cohesión; 1 C onviene aclarar que a veces se piensa y /o define objetos im aginarios, es decir, que no tienen una existencia física real: los cronopios de Julio Cortázar, por ejem plo, o los artefactos que suele inven­ tar la ciencia ficción. Los ángeles, en cam bio, son inexistentes para los ateos; para otros, sólo carecen de existencia física. Existe, claro está, una definición de ángel no obstante las dificultades de su refe­ rencia objetal. 2 Q uizá no esté de más recordar aquí la bella estrofa inicial del poem a El Golem de Jorge L. B orges, que expone el tem a de las palabras y las cosas: Si com o el griego afirma en el C ratilo El nom bre es arquetipo de la cosa E n las letras de la rosa está la rosa, Y to do el N ilo en la palabra ¡\'i/o

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estos conglomerados pueden ser identifica por su sistema económico o su referencia nacional, tempo ¡a sociedad capitalis­ ta, la sociedad esquimal o la sociedad argentina de] siglo XIX, por casos). Desde luego, esta no pretende ser una definición conceptual precisa sino una mera aproximación a un referente empírico que no es tan sencillo de discernir como una rosa o el río Nilo. Es una precaria —o si se prefiere pro­ visoria- forma de delinear un referente, de delimitar una parcela de lo real con relación a la cual se intentará construir conceptos y teoría, Es, tam­ bién, una postulación sobre la realidad empírica, porque es una afirmación que no puede escapar a la limitación de que debe ser hecha antes de que se pueda desarrollar su abordaje propiamente conceptual: como se ha vis­ to precedentemente, sólo puede haber desarrollo conceptual sobre algún objeto previamente deslindado. Veamos ahora a título por el momento meramente ilustrativo —y con la sana intención de abandonar las abstracciones por las que se acaba de atravesar, probablemente inconvenientes para una introducción—algunas definiciones de Sociología. Emile Durkheim la caracteriza como la ciencia de la moral. Pero no en el sentido de que tenga por finalidad fijar escalas de valores o propo­ ner sistemas éticos a los que deban sujetarse quienes actúan socialmente, sino en el de que debe ocuparse de estudiar y comprender dichas escalas o sistemas, que están en la base de la socialidad humana. En su libro La D ivi­ sión del Trabajo Social escribe: “Los hombres no pueden vivir juntos sin entenderse y, por consiguiente, sin sacrificarse mutuamente, sin ligarse unos a otros de manera fuerte y duradera. Toda sociedad es una sociedad moral”.3 Se destaca aquí una ligazón, un entendimiento mutuo, en fin, una socia­ bilidad que está en la base de la vida en común de los hombres. Más ade­ lante se verá con algún detalle que pone énfasis en “lo moral” porque es esta dimensión la que suscita el “entendimiento m utuo” y, en definitiva, forja y regula la vida social, cualesquiera sea el contenido que esa moral posea. “Lo moral” -cabe aclararlo aunque es prácticamente obvio—se com­ pone para nuestro autor de valores, principios y normas para la acción que son compartidas por los miembros de cualquier sociedad. Reglas de jue­ go, respeto recíproco entre los miembros y hacia el marco normativo: todo esto hace al entendimiento mutuo y a la ligazón entre los partícipes de la vida social. Max Weber la define, en cambio, de la siguiente manera: “Debe enten­ derse por sociología (en el sentido aquí aceptado de esta palabra, emple­ ada con tan diversos significados) una ciencia que pretende entender, ! Aka! U niversitaria, M adrid, 1982, pág. 269.

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INTRODUCCIÓN

interpretándola, la acción social para de esa manera explicarla causalmen­ te en sus desarrollos y efectos”.4 En el transcurso de este texto se desple­ garán los conceptos de ciencia (social), así como los de entendimiento e interpretación. También el de acción social, que está en la base de la defi­ nición weberiana. Por ahora, basta con señalar de un modo general, que Weber distingue entre acción a secas y acción social. La primera tiene un sen­ tido exclusivamente subjetivo (por ejemplo, pescar por diversión) mien­ tras que la acción social se define como tal en tanto el accionar de alguien está referido a la actitud de otro/s y se orienta por ésta en su desarrollo (por ejemplo, pescar para vender). Probablemente podría decirse que la acción social es la forma más elemental de la tendencia de los seres huma­ nos a la socialidad. En Economía y Sociedad, su ópera magna, aparece tratada en los puntos I y II del capítulo inicial, llamado “Conceptos sociológicos fundamentales” y se desdobla mediante especificaciones en diversas direc­ ciones. Como bien señala De Feo, “los rasgos generales de la acción social vuelven a presentarse en las otras categorías o conceptos fundamentales de la sociología, como la relación social que es la determinación más espe­ cífica de la acción social”. 5Tras de la cual se encolumnan las de orden legíti­ mo, validez y otros. Raymond Aron (1905-1983), que era francés como Durkheim, pero estaba influido por la obra del germánico Weber, va más directamente al grano. En la Introducción a su trabajo sobre el pensamiento sociológico escribe: “La sociología es el estudio que se pretende científico de lo social en tanto tal, sea al nivel elemental de las relaciones interpersonales, sea al nivel macroscópico de los conjuntos amplios, las clases, las naciones, las civilizaciones o, para tomar la expresión corriente, las sociedades globa­ les”6. Así pues, la acción social, la vida social, lo social -todas variantes de una misma cuestión—aparecen como el objeto de la Sociología.7 Puede mencionarse, por otra parte, que no existe prácticamente socie­ dad que no se haya pensado a sí misma de un modo u otro.8 En Occiden­ te, desde La República de Aristóteles en adelante se registra una reflexión sistemática sobre lo social, en este caso acompañando una reflexión sobre lo político. Quizá pueda incluso decirse que existe desde antes, como lo refleja el Protágoras de Platón, que muestra un fragmento del pensar de quien fuera la figura principal de los sofistas, cuya obra lamentablemente se ha per­ 4 Economía y Sociedad, Fondo de C ultura Económ ica, M éxico, 1964, t.l, pág. 5. 3 N. D e Feo: Introducción a Weber, A m orrortu, B uenos Aires, '2007, pág. 101. 6 R . A ron: Les étapes de la penseé sociologique, Gallimard, París, 2004, pág. 16 (la traducción es mía, E.L.). La p rim er edición es del año 1967. 7 K. M arx, p or raro que parezca, no acuñó una definición de Sociología. x Por la vía del m ito, del arte, de la religión, de la filosofía y, más tarde, de las ciencias sociales.

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dido, aunque se conservan algunos pequeños fragmentos de su pensar. Así entonces, ambos aspectos: la sociedad como objeto histórico (y como refe­ rente empírico), y las elaboraciones producidas sobre la sociedad (y sobre lo social) constituyen —dicho una vez más—la base del quehacer socioló­ gico y de la Sociología, se trate ya sea de sus antecedentes, ya de sus ini­ cios como disciplina científica, ya de sus desarrollos posteriores. Pero debe mencionarse todavía otra cuestión. La producción de cono­ cimiento empírico o aun de teoría sobre lo social (o sobre la sociedad) es siempre tributaria de alguna concepción acerca de cómo es posible cono­ cer en ciencias sociales. Cualquier investigador, cualquier teórico, cualquier sociólogo que desarrolle el más simple de los trabajos de campo, consume —lo sepa o no, lo admita o no, lo explicite o no—alguna teoría del cono­ cimiento, es decir, alguna concepción acerca de cómo funciona el proce­ so de conocimiento en el ámbito social. Hay, pues, un componente epistemológico presente en todo trabajo que se pretenda sociológico. Así, hay quienes en el plano más general de la teoría han postulado la existencia de una única realidad y, por lo tanto, la existencia de un estatu­ to epistemológico único tanto para las ciencias físicas y naturales cuanto para las sociales y humanas. Lo que frecuentemente ha significado la “importa­ ción” de premisas epistemológicas y consideraciones metodológicas desde las ciencias “duras” hacia las sociales. Este es el caso, por ejemplo, de Auguste Comte (1798-1857), que acuñó el término “sociología” y fue el inspi­ rador-como se sabe—del positivismo en las ciencias sociales. Pero hay también quienes han postulado la conveniencia de diíerenciar ambos tipos de cien­ cia, como el ya mencionado Protágoras en la Grecia de Sócrates y Platón, o el filósofo prusiano Emanuel Kant (1724-1804), que fundamentó la dife­ rencia entre las Ciencias de la Naturaleza y las Ciencias del Espíritu. Las distintas posiciones epistemológicas inciden de manera directa sobre la selección de las cuestiones que son tenidas como más significativas por las diferentes escuelas y sobre el modo en que estas son abordadas. La socio­ logía marxista, por ejemplo, con su interés centrado principalmente en la lucha de clases y en el conflicto social que anida en toda sociedad es con­ gruente con el materialismo histórico/dialéctico que postula en el terre­ no epistemológico. Mientras que el marco epistemológico de Weber, que lo lleva a plantear una sociología interpretativa, lo induce a privilegiar los tipos ideales, la aplicación de una metodología histórico-comparativa y el estu­ dio particular de situaciones históricas que considera únicas e irrepetibles. De donde se desprende que producción sustantiva y enfoque epistemo­ lógico se hallan estrechamente ligados. Si se considera lo expuesto hasta aquí no es difícil comprender que la Sociología contiene escuelas o sistemas teóricos diferentes. Estas escue­ 16

INTRODUCCIÓN

las coinciden en el objeto básico común a cuyo estudio se avocan: la sociedad. Pero tienen desarrollos diferentes, que resultan tales en virtud de la peculiar articulación de teoría sustantiva y concepción epistemo­ lógica que realizan. Resulta imposible no mencionar ya una cuestión que se desarrollará más ampliamente en lo que sigue del texto. Las ciencias llamadas “duras” no admiten que un mismo hecho o problema, pueda ser explicado de diversas maneras. En las ciencias sociales -en la Sociología en particularla diversidad de interpretaciones, en cambio, es moneda corriente. Como se ha indicado más arriba, hay quienes procuran replicar el modelo de las ciencias naturales en el ámbito de las sociales. Y hay, en cam­ bio, quienes postulan la especificidad de estas últimas y su naturaleza dife­ rente respecto de las ciencias “duras”. Podría decirse que este es un debate que atraviesa la entera historia cultural de Occidente. Precisamente Protágoras sostuvo con simpleza: “el fuego arde lo mismo aquí que en Persia mientras que las instituciones sociales cambian delante de nuestros ojos”. Cuatrocientos cincuenta años antes de Cristo procuraba alertar a sus her­ manos aqueos sobre el diferente estatuto de los procesos de la naturaleza y de los sociales, y del diferente tipo de conocimiento al que dan lugar. Todos los reparos, precauciones y llamados de atención que se ha des­ arrollado precedentemente son inevitables. Son quizá engorrosos pero no hay manera de eludirlos si se desea presentar con honestidad a los even­ tuales lectores las premisas que han guiado la elaboración de este texto. Tres temáticas centrales se despliegan en lo que sigue: a) las dos corrientes fundamentales que constituyen la base del pen­ samiento social de Occidente; b) algunos antecedentes y precursores de la Sociología; c) los aportes de los “padres fundadores”. El pensamiento social de Occidente se asienta sobre dos corrientes antagónicas, cuyas manifestaciones y contraposición son advertibles ya en el mundo griego clásico, pero que a partir del siglo XVIII se consolidan como tradiciones de pensamiento: la Ilustración y la Contrailustración (también llamada a veces, Antirracionalismo). Debo mencionar que este punto de partida no tiene todavía una acep­ tación amplia. Ha sido laboriosa, generosa y convincentemente sosteni­ do por Isaiah Berlín, a mi juicio el mejor historiador de las ideas que dio el siglo XX. Tiende en cambio a prevalecer la idea de que hay una sola mainstreem (corriente principal), la de la Ilustración y que lo demás es o bien sólo mera deformación —a veces teratológica—de ésta o viejas ideas reaccionarias revestidas de un ropaje aggiornado . 17

APUNTES DE SOCIOLOGÍA

Se presenta asimismo un incompleto abordaje de algunos de quienes pueden ser considerados precursores de la Sociología. Todos los escogi­ dos en este texto han dejado alguna huella sobre uno u otro de los “padres fundadores”, siendo este el criterio que ha guiado su selección. Especial mención merece, en todo caso, la exclusión de Alexis de Tocqueville, cuya ubicación entre los precursores es apenas una opción posible (otra, igual­ mente sostenible, podría ubicarlo entre los fundadores). Sigo a este res­ pecto a Aron, que reconoce la riqueza de pensamiento de aquel pero señala la soledad en que quedó, en su tiempo, y la ausencia de discípulos o segui­ dores que le dieran continuidad a sus ideas.9 La obra de Marx, Durkheim y Weber -en tanto “padres fundadores” de la disciplina—se examinará desde el doble ángulo de: a) sus respectivas concepciones generales sobre la sociedad, y b) sus respectivas maneras de plantear la posibilidad de conocer en ciencias sociales, en el entendido de que toda producción de saber en este campo resulta de la articulación de teoría sustantiva y enfoque epistemológico, como ha sido mencionado ya. Como la intención de esta obra es sobre todo analítica, la dimensión contextual histórica no se abordará con amplitud. Sin embargo se procu­ rará establecer los trazos principales de los marcos históricos en los que vivieron y trabajaron tanto precursores como fundadores. U n problema a veces recurrente de los compendios de historia de las ideas (políticas, sociales u otras) es que la ausencia de referencias histó­ ricas produce un efecto de distorsión: los autores aparecen unos tras de otros y se suceden como si se estuvieran refutando o complementado entre sí, como si se tratara simplemente de un ejercicio intelectual. Se pierde así de vista que sobre todo escribieron y produjeron interpelados por pro­ blemas de la realidad que les tocó vivir, a los que procuraron entender y dar respuesta. No se debe negar que la contestación a autores relevantes de épocas pasadas, la crítica entre contemporáneos o la de discípulos ávi­ dos hacia sus maestros son más que condimentos de la vida intelectual. Pero ni son lo único ni lo más importante. Marx, por ejemplo, no escri­ bió su obra movido solamente por el afán de refutar a los economistas clásicos o a los filósofos por él designados como idealistas. Del mismo modo que Weber no lo hizo sólo para diferenciarse de los epígonos del Iluminismo francés. Así, la contextuación histórica resulta siempre muy importantes. Como se viene de decir, en el texto se ofrecerán algunas pis9Véase op.cit. pág. 18. C abe aclarar que aunque A ron indica que Tocqueville “ no fue adoptado ni por la derecha ni por la izquierda, perm aneciendo sospechoso a todos” , él si lo incluye en su obra que tiene un alcance m ucho más am plio (y una profundidad mayor), que este pequeño texto de inten­ ción apenas introductoria.

tns, (]nt' se completarán en un Apéndice que incluirá cronologías histó­ ricas y noticias biográficas. Debe señalarse, finalmente, que las tres temáticas centrales consigna­ das tienen cierto estatuto de autonomía en el texto. Admiten ser leídas por separado, según sean los intereses de los eventuales lectores. Claro está, de todos modos, que el encuadre y la lectura de Marx, Durkheim y Weber se enriquece con los apartados dedicados a las tradiciones de pensamien­ to occidental y a los precursores. Comencé a enseñar sociología en la Carrera de Sociología de la U ni­ versidad de Buenos Aires, a principios de los 70. Continué, luego, en la Maestría de Ciencias Sociales de FLACSO/México, entre 1976 y 1983. que fueron para mí años de exilio político. De regreso a la Argentina si bien realicé incursiones en la enseñanza de teoría sociológica a nn/el de posgrado, diversa circunstancias de mi desenvolvimiento profesional me llevaron a ponerme en contacto con auditorios estudiantiles no socioló­ gicos ante los cuales ejercí la docencia en carreras de grado que incluían el dictado de asignaturas sociológicas. Cerré ese ciclo a comienzos de 2005 —he dejado temporariamente la docencia pues he pasado a desempeñar otras actividades— enseñando historia del pensamiento social a jóvenes recién ingresados a la Universidad Nacional de Quilmes. El contacto con estudiantes no aspirantes a sociólogos ha sido para mi una experiencia extraordinaria, que me obligó a afinar abordajes y perfeccionar recursos docentes, pero que sobre todo me llevó a escuchar, a abandonar confor­ tables pactos de lecturas establecidos entre iniciados, y a estar preparado para responder a una amplia gama de interrogantes e inquietudes sobre diversos asuntos que normalmente se dan por sabidos ante auditorios ver­ sados y que por falta de gimnasia y reflexión terminan convertidos casi en lugares comunes o rutinas. Una inteligentísima joven me preguntó un día “¿Por qué maltrata Zeitlin aVico —en el capítulo de su manual dedicado a la Ilustración- si éste ha hecho interesantísimos señalamientos sobre el valor y el papel de las culturas?”. Por curioso que parezca, esta clase de preguntas no son frecuentes en los cursos de sociología para estudiantes de esta carrera o en el nivel de posgrado. Demás está decir que este tipo de intercambios me enseñó muchísimo. Con el tiempo he aprendido a apreciar las exposiciones que ponen pre­ ocupación en ser bien entendidas por sus auditorios o lectores. No hallo beneficio alguno en la dificultad de comprensión; mucho menos en cier­ ta tendencia al hermetismo que a veces asoma por ahí. Valoro las econó­ micas, bellas y precisas letras de nuestro Jorge Luis Borges. Así como me deslumbra la simplificada profundidad con que ísaiah Berlin ha podido :9

APUNTES DE SOCIOLOGÍA

exponer algunos de los más abstrusos problemas de la historia intelectual de lo que llamamos Occidente. Desde luego, no pretendo compararme con ellos. Sólo me sirvo de sus ejemplos para ilustrar una forma de expo­ ner y/o de transmitir que conlleva la preocupación por la comprensión del lector, que —me parece—debería ser en lo posible imitada. Finalmente, debo advertir a los eventuales lectores que encontrarán aquí un trabajo meramente introductorio. Es decir, el propósito de lo que sigue es abrir una puerta, favorecer un ingreso, facilitar un acceso, quizá confirmar un interés o una inclinación. Como no puede ser de otra mane­ ra, esta finalidad influye sobre el tipo de abordaje que se hace de los auto­ res que aquí se consideran. Por si hiciera falta, debe ser explicitado, en primer lugar, que no hay en lo que sigue ninguna pretensión de exhaustividad. No puede haberla en ningún trabajo de esta naturaleza. Marx, Dur­ kheim y Weber son examinados de una manera panorámica destacando los que a mi juicio son los rasgos más relevantes de sus respectivos siste­ mas teóricos. En segundo lugar, cabe decir que aquella falta de pretensión de exhaustividad se aplica todavía más los restantes autores considerados en este texto. En estos casos, además, me he limitado a tomar de sus tra­ bajos temáticas y cuestiones que me han parecido relevantes vis a vis sus posibles impactos sobre el desarrollo del pensamiento sociológico. Y he dejado seguramente fuera de toda consideración cuestiones que son cen­ trales en sus respectivos sistemas de pensamiento. No me parece mal proceder así. Toda lectura es siempre incompleta. Quienes por razones de investigación o de docencia estamos obligados a retornar sobre textos y a efectuar relecturas frecuentemente encontramos novedades, nuevos asuntos o matices cuando no nuevas iluminaciones en libros que tenemos archileidos. Por lo demás, en la historia intelectual de Occidente no son pocos los autores que han tenido intuiciones o ideas geniales sin que la totalidad de sus sistemas teóricos alcanzara esa calidad. Muy probablemente lo que ha dejado una huella sobre el decurso de aque­ lla historia han sido esas fracciones y no las totalidades. Hay incluso obras enteras que se han perdido, conservándose de algunas sólo pequeños frag­ mentos, como este —impactante—del antiguo poeta griego Arquíloco: “Azar y destino dan a los hombres todo.. Enigmáticamente sabio y estremecedor si se considera que fue escri­ to hacia el año 650 a.Q , entraña —entre otros—el sentido de prevenirnos frente a las a veces excesivas pretensiones de las disciplinas sociales. Su evo­ cación quizás sea el mejor portal de entrada para lo que sigue.

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INTRODUCCIÓN

Advertencia sobre la bibliografía, las referencias bibliográficas y las citas al pie

Al final de este escrito se encontrará una Bibliografía que lista los libros y los artículos consultados en este trabajo. En materia de citas al pie se ha seguido una modalidad habitual, según se verá. Sin embargo, se ha preferido consignar inmediatamente más aba­ jo las obras más recurridas de Marx, Durkheim y Weber para utilizar con ellas una modalidad de cita diferente. Esto con el objeto de hacer menos farragosa la lectura y evitar interrupciones. Se les adjudica una clave -por ejemplo, K para El Capital—se colocan dos puntos y se añade el número de página correspondiente, dejándose todo entre paréntesis. Por ejemplo: (K:148). Salvo excepciones, la referencia queda consignada en el cuerpo mismo del texto y no como nota al pie.

Karl Marx La Ideología Alemana, Ed. Pueblos Unidos, Buenos Aires, 1985, en ibid.;

se cita como «IA».

Introducción General a la Critica de la Economía P olítica/1857, Siglo XXI, iMéxico, 1997, en ibid.; se cita como «IG». Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, en ibid.;

se cita como «P».

El C apital , Fondo de Cultura Económica, México, 1966, 2 volúmenes, en ibid.; se cita como «K».

Entile Durkheim La División delTrabajo Social, Akal Universitaria, Madrid, 1982, en ibid.;

se cita como «DTS».

Las Reglas del Método Sociológico , Shapire, Buenos Aires, 1976, en ibid.;

se cita como «RMS».

El Suicidio, UNAM, México, 1974, en ibid.; se cita como «S». Las Formas Elementales de la Vida Religiosa, Akal, Madrid, 1992, en ibid.;

se cita como «FEVR».

Max Weber La Etica Protestante y el Espíritu del Capitalismo, Editorial Diez, Bue­ nos Aires, 1976, en ibid.; se cita como «EP».

X

‘l,a objetividad 'cognoscitiva5de la ciencia social y de la política «ocvv '\ en Ensayos sobre Metodología Sociológica , Am orrona, Buenos Aire ; 1997, en ibid.; se cita como «OCS». Economía y Sociedad , Fondo de Cultura Económica, México. 1964, 2 volúmenes, en ibid.: se cita como «ES». “Introducción” a La Etica Económica de las Religiones Universales, en Socio­ logía de la Religión, Istmo, Madrid, 1997, en ibid.: se cita como «EE.RU».

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II Antecedentes del pensamiento social: dos grandes corrientes antagónicas

Isaiah Berlín sostiene con agudeza y sólidas razones que el pensamien­ to social moderno de Occidente se nutre de dos tradiciones antagónicas: la Ilustración y la Contrailustración (y su continuación en el Romanticis­ mo). Según sus propias palabras: “Pienso, en primer íugar, que algunos de los románticos cortaron la más profunda de las raíces de la perspecti­ va clásica -a saber, la creencia de que los valores, las respuestas a las cues­ tiones de acción y elección, de alguna manera podían descubrirse— y mantuvieron que no había respuestas a algunas de estas preguntas, subje­ tivas u objetivas, empíricas o a priori. En segundo lugar, no había para ellos ninguna garantía de que los valores no entraran, en principio, en conflic­ to entre sí, o, si lo hacían, de que hubiera una salida; y sostuvieron como Maquiavelo, que negar esto era una forma de autoengaño, ingenuo o superficial, patético y siempre desastroso. En tercer lugar, mi tesis es que con su doctrina positiva los románticos introdujeron un nuevo conjunto de valores, no reconciliables con los antiguos, y que la mayoría de los euro­ peos son hoy herederos de ambas tradiciones. Aceptamos ambas perspec­ tivas y cambiamos de una a otra de una manera que no podemos evitar si somos honestos con nosotros mismos, pero que no es intelectualmen­ te coherente”.10 La perspectiva clásica a la que se refiere alude al pensamiento de la Ilus­ tración; mientras que su mención de los románticos remite al de la Con­ trailustración: ha utilizado ambos términos en numerosos escritos. Resulta claro que para Berlín se trata de tradiciones de pensamiento contrapues­ tas.11 Con precaución indica que se trata sólo de algunos románticos. Apa­ rece aquí un problema. No siempre es fácil encuadrar a los autores dentro de corrientes o escuelas. Obviamente estas no son regimientos, no hay en 10 I. Berlín: "La revolución rom ántica: una crisis en la historia dei pensam iento m o d ern o ” , en El sentido de la realidad, Taurus, M adrid, 1998, pág. 256. ' 1Al m enos eso es lo que sugiere su caracterización de que el conjunto de valores elaborados por los rom ánticos (por algunos de ellos) es inconciliable con el de los clásicos.

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ellas uniformidad. Es sin embargo posible establecer parecidos de fami­ lia, premisas o puntos de partidas similares, mínimos comunes denomi­ nadores, para decirlo de este modo. Si esto no fuera así, no tendría sentido hablar --como se hace a menudo- de corrientes filosóficas, culturales, artís­ ticas, o incluso políticas. Agrupar por semejanza permite elaborar esque­ mas que facilitan la comprensión. De aquí su utilidad, limitada por cierto, puesto que sucede con frecuencia que cada autor al que se procura enca­ sillar es también una singularidad reacia a dejarse atrapar en esquemas. Aho­ ra bien, con los románticos —especialmente con los que actuaron en el mundo del arte y la cultura- ocurre quizá más que con otros, que el encasillamiento es difícil. Berlin ha trabajado sobre esta cuestión y sobre las para­ dojas e incluso desesperaciones que la diversidad romántica ha producido en críticos de arte e historiadores de las ideas.12 Pero no obstante ello cree que hay un núcleo de concepciones y valores que permiten identificar al romanticismo como corriente. En lo que sigue se examinarán ambas escuelas tratando de poner de relieve sus aristas aglutinantes. También se procurará reflejar la contrapo­ sición que existe entre ellas. La idea de que lo que hoy llamamos Occi­ dente abreva en dos tradiciones diferentes y hasta antagónicas es desafiante. También evidente, a mi juicio, pese a que no somos muchos los que hoy nos atrevemos a reconocerlo explícitamente. El mérito de su señalamien­ to, exploración y divulgación es todo de Berlin.

12 Véase I ms Ralees del Romanticismo, Taurus, M adrid. 2000. pp 36 ss.

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Ilustración Francia vivió en el transcurso dei stgio XVlü un te n omenai proceso de renovación de las ideas y la cultura, que terminó por transformar las for­ mas de pensar y de vivir. Un historiador dice, por ejemplo: “En el siglo XV ni, Francia fue, sin duda, un lugar que parecía, y a menucio lo era, doble­ mente privilegiado. Ante todo se trataba de un lugar donde se estaba lle­ vando a cabo a la vista de todos el perfeccionamiento de una cultura material, social y estética y, unido a elia de forma indispensable, de un modo de vida excepcional, imitado, envidiado o rechazado, pero que ser­ vía, en cualquier caso, como piedra de toque para cualquier ensayo de una vida civilizada”.13 Este movimiento fijó las pautas de un nuevo modo de entender las cosas en el campo filosófico, en el político, en el estético, en el cultural y en el económico, entre otros, al mismo tiempo que sometió a una crítica demo­ ledora a las viejas representaciones del mundo. Se lo denominó la Ilustra­ ción. Francia fue su cuna, pero se desarrolló también en otras regiones de Europa hacia las cuales se extendió el nuevo “modelo” francés. Una expresión emblemática de este quehacer fue el Diccionario R azo­ nado de las Ciencias, las Artes y los Oficios, obra enciclopédica -de donde, como se sabe, se derivó la denominación de enciclopedistas a quienes cola­ boraban con ella—que se publicó entre 1751 y 1772. Las principales figu­ ras que lo animaron fueron Diderot (1713-1784), que fue su director, Voltaire (1694-1778), Rousseau (1712-1778), Montesquieu (1689-1755) y Condorcet (1743-1794) entre muchos otros. Como es usual que ocurra, los innovadores hombres de la Ilustración debieron litigar contra diversos antagonistas y tuvieron también antece­ sores e influencias. Antes de exponer sus coincidencia fundamentales, es decir, aquellas premisas y similitudes básicas que delimitan un territorio común y permiten hablar de la existencia de una escuela o corriente, se 13 C. Benrekassa: “ Francia” , en V. Ferrone y D. K oche (Etís.): Diccionario Histórico de la Ilustra­ ción, A üanza, M adrid, 1 998, pág. 305

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efectuará una presentación de sus adversarios y de los antecedentes que influyeron sobre su desarrollo. Adversarios

Sus antagonismos mayores provinieron del campo religioso y del ámbi­ to político: las concepciones escoláticas, por un lado, y el absolutismo monárquico, por otro, aunque es necesario decir que los philosophcs ilus­ trados sostuvieron, en Francia, una relación particular con la monarquía. La escolástica fue una corriente surgida hacia mediados del siglo X I, en una época en que el pensamiento religioso dominaba toda clase de acti­ vidad artística o intelectual. Su propósito central era conciliar el conoci­ miento del mundo natural y el filosofar sobre la vida de los hombres, con los dogmas de la fe. Fe y razón, fe y conocimiento empírico (o científi­ co), fe y filosofía debían caminar juntos bajo la guía de la primera.54Tuvo gran influencia en las universidades medievales europeas, las primeras de las cuales se fundaron en el siglo xill. Podría decirse que se mantuvo vigen­ te hasta comenzado el siglo X V II: todavía para esta época su influencia era significativa. Con posterioridad, fue perdiendo terreno frente a las con­ cepciones que no privilegiaban la fe como fundamento de toda actividad intelectual. Durante el siglo xvm —también llamado el Siglo de las Luces, precisamente por la aparición y desarrollo de la Ilustración—mantenía su vigencia en el mundo eclesial. Algunas de sus principales figuras fueron: San Anselmo de Canterbury (1033-1109), Santo Tomás deAquino (12251277), Guillermo de Ockham (1290-1349), y Francisco Suárez (1548Í617). Una corriente como la ilustrada, fundada sobre la primacía de la razón, no pudo menos que chocar contra la escolástica. Con el absolutismo monárquico sostuvieron relaciones complejas. Las ideas sobre el origen de la soberanía, la división de poderes y, más en gene­ ral, sobre la democracia que expusieron entre otros, Montesquieu y Rous­ seau eran contradictorias con las que sostenían el orden monárquico. Sin embargo, monarquías absolutas y philosophes ilustrados alcanzaron un equi­ librado modus vivendi. Las primeras, como consecuencia de las rivalidades europeas de entonces, evolucionaron hacia el despotismo ilustrado. Reco­ nocieron la necesidad de efectuar reformas que condujeran al desarrollo económico y político de sus respectivos remos con el objeto de mejorar 1,1 (..'orno se sabe, ¡a fe religiosa ie im puso condiciones al m ism ísim o Galileo, que aceptó y des­ arrolló la revolucionaria teoría de C opérnico, que postulaba que ia T ierra y otros planetas giraban alrededor del s o l. MI Tribunal de! Santo O ficio lo obligó a retractarse.

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su posición relativa y sacar ventajas sobre sus competidores. Dicho en cor­ to: procuraban alcanzar mayor capacidad de acción y mayor eficacia en la adquisición y utilización de recursos. Con este objetivo mantuvieron rela­ ciones con los pensadores de la Ilustración, a quienes buscaban como con­ sejeros. Poseían un afán modernizador pero a todos les cabía la máxima atribuida a Luis XIV (1638-1715), llamado el Rey Sol: “Todo para el pue­ blo pero sin el pueblo”. El despotismo ilustrado floreció en el Siglo de las Luces. Algunos de sus representantes fueron Federico II de Prusia, que reinó entre 1740 y 1786; María Teresa de Austria y su hijo José II, que reinaron entre 1740 y 1780, y entre 1780 y 1790 respectivamente; Carlos III de España, que reinó entre 1759 y 1788; y Luis XV de Francia (1710-1774). Federico II de Prusia, por ejemplo, era un admirador de la Ilustración francesa. Invitó aVoltaire a su corte, en la que prefería el francés al ale­ mán. Le interesaba la música y convocó varias veces al genial Juan S. Bach; era flautista y compuso varias obras para este instrumento. Escribió un libro contra Maquiavelo llamado Anti-Maquiavelo y otro que denominó Histo­ ria de mi Tiempo. Fundó, en fin, la Academia de Ciencias de Prusia. Luis XV reinó entre 1722 y 1774. Como era todavía un niño cuan­ do lo coronaron tuvo una larga regencia. En 1726 fue designado Primer Ministro su maestro el Cardenal de Fleury, que mantuvo este cargo has­ ta que murió, en 1743. Recién entonces comenzó a hacerse cargo con mayor dedicación del gobierno del reino. Le interesaban los pensadores de la Ilustración, lo mismo que a su famosa amante Madame de Pompadour, quien defendió a los enciclopedistas de las intrigas de la corte y de los ataques de la Iglesia. Un hombre de la Ilustración, Francois Quesnay (1694-I774),i5 fue médico personal de Madame de Pompadour y de consulta del rey y su familia. Con el tiempo, desplazó su interés hacia la economía. Publicó dos obras en 1758, Cuadro Económico, que tuvo tres ediciones sucesivas y M áxi­ mas Generales del Gobierno Económico de un Reino, que sentaron las bases de una corriente que se llamó la Fisiocracia o Escuela Fisiócrata. Aunque no manejó nunca las finanzas del reino sus ideas económicas suscitaron inte­ rés y polémica, y tuvieron algún impacto sobre las discusiones de la épo­ ca. Quesnay es uno de tanto ejemplos del modo en que los ilustrados se acomodaron al despotismo ilustrado. Pudieron hacerlo pues si bien sus ide­ as eran revolucionarias —varios de los dirigentes de la Revolución de 1789 abrevaron en ellas—en general no preconizaron una acción revolución vio­ lenta. Eran más bien partidarios de un cambio pacífico orientado “desde 1"'1 Escribió para ia Enciclopedia entre otras, las entradas “Evidencia” y “ A rrendatarios” .

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APUMÍhS L)t SOCIOLOGÍA

•utí'-.i ' Eso ies permitió convivir con un régimen que querían cambiar pero mu apelar a medios drásticos. Influencias

2 n el campo filosófico los ilustrados enfrentaron las ideas de los lla­ mados metafisicos16 aunque cambien recibieron su influencia. Estos, de ana parte, concebían al mundo como constituido por regularidades. Y por otra, tenían confianza en que ei raciocinio podía desentrañarlas y formalizarlas. Creían en la posibilidad de identificar algunas verdades o premisas fun­ damentales rectoras de dichas regularidades mediante la utilización de la capacidad humana para razonar, para, desde ellas, deducir la dinámica de la naturaleza y de lo social. Su meta era producir grandes sistemas de pen­ samiento, articulados lógica y deductivamente, que funcionaran a la mane­ ra en que lo hacen las matemáticas. Así, entendían que las facultades especulativas del pensamiento podí­ an conducir a la revelación de premisas o verdades fundamentales que per­ mitieran basar sobre ellas un sistema de ideas. Debido a esta confianza en las potencialidades de la razón y a su alejamiento de la experiencia empí­ rica se los ha llamado precisamente metafísicas. Dicha revelación conducía a una posesión. Sólo quien descifrara aquellas premisas o verdades —es decir, quien poseyera el secreto de su cifra- podría avanzar por el camino del cono­ cimiento. Ahora bien, una vez poseídas esas premisas o verdades, la posi­ bilidad de avanzar hacia el saber dependía de otra facultad del pensamiento: la capacidad de deducir. El despliegue de la realidad era dedu­ cido de aquellas o, al menos, debía ser congruente con ellas. La ligazón entre premisas (o verdades) iniciales y cadenas deductivas daba como resul­ tado grandes sistemas articulados de ideas, que intentaban dar cuenta de la realidad. Los philosophes ilustrados rechazaron este modo de concebir el cono­ cimiento. Sin embargo coincidieron con los metafisicos en que había regu­ laridades en la realidad. Y retomaron, aunque con un sesgo diferente, la idea de razón, que se convirtió en una llave maestra de su sistema con­ ceptual. Le rindieron un culto reverencial, pero invirtieron el punto de partida de la filosofía metafísica: dónde ésta vio una posesión, los ilustra­ dos persiguieron una adquisición. Influenciados por la gran revolución copernicana y el extraordinario avance de las ciencias físicas y naturales 10 A lgunos de ios más n oto rios representantes de esta corriente fueron D escartes (1596-1650). Spinoza (1623-1677) y Leibnitz (1646-1716).

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II ANTECEDEN!cS DEL P tN S A M iE N lO SOCIAL

(y en menor medida también por el empirismo inglés)17 —se volverá inme­ diatamente sobre la primera—optaron por zambullirse en la realidad en busca de las regularidades y/o leyes que la explicasen. Descartaron la mera especulación racionalista para privilegiar la experiencia empírica condu­ cida por la razón, como lo habían hecho los sabios que desarrollaron la nueva astronomía. Así, la razón, desposeída inicialmente de premisas sus­ tanciales y compelida en consecuencia a bucear en lo real, debía descu­ brir qué movía al mundo de los hombres. De aquí la idea de adquisición: se alcanzaba el conocimiento mediante la aplicación de la razón al exa­ men de la realidad empírica, y no mediante su uso meramente especu­ lativo. Finalmente, este era el procedimiento que habían seguido los grandes científicos del mundo natural que cambiarían de raíz las concep­ ciones en este dominio del saber. Como es conocido, el astrónomo polaco Nicolás Copérnico (14731543) formuló una revolucionaria teoría sobre el sistema solar, que expu­ so en su obra Sobre la revolución de las órbitas celeste. Refutando la concepción entronizada por Ptolomeo en el siglo II de, que postulaba que la Tierra era el centro de un sistema y que en derredor de ella giraban los otros pla­ netas y también el Sol, sostuvo que éste ocupaba ese sitio. Estas ideas fue­ ron retomadas y desarrolladas, un siglo después, por Galileo Galilei (1564-1642) y porjohannes Kepler (1571-1630) en confrontación con el modo de pensar todavía prevaleciente en esa época entre los astrónomos. Todas estas controversias quedaron superadas con la aparición, en 1687, de la obra Principia Matematica, de Isaac Nevvton (1642-1727), que des­ arrolló la teoría de la gravitación y fundó sobre ella tanto su concepción de la mecánica celeste cuanto la física de base electromecánica. Una nue­ va concepción de la ciencia, que se irradió hacia diversos ámbitos del cono­ cimiento, irrumpió definitivamente con Newton. Ni Copérnico, ni Galileo, ni Kepler, ni Newton habían partido de ver­ dades reveladas o premisas fundamentales establecidas por la razón espe­ culativa con independencia de la experiencia. Carecían de posesiones previas. Mediante la observación, la experimentación y el análisis riguroso de la realidad, habían encontrado regularidades -puede decirse entonces que las adquirieron— que dieron lugar, luego, a la enunciación de leyes científicas. No habían deducido esas leyes de verdades a priori; habían descubierto esas regularidades en la realidad y desde ellas, más bien por el camino de la inducción, habían luego llegado a la formulación de dichas leyes. u C orrien te desarrollada en Inglaterra durante ios siglos XVH y XVII!, que postula que la expe­ riencia —de aquí el m ote de empirismo— es ia fuente y el lím ite del conocim iento, así com o ia prove­ edora de criterios de valide? de éste.

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APUNTES DE SOCIOLOGIA

i.:¡ inexistencia de verdades reveladas, la demostración fehaciente de la existencia de una parcela del universo gobernada con toda puntualidad por leyes (la astronomía), el compromiso con ia realidad empírica, ia razón como llave del saber operando a través de un ejercicio riguroso del méto­ do científico, que fueron estandartes principales de los sabios astrónomos, se convirtieron en modelo para los ilustrados. Cabe destacar, finalmente, la influencia de la escuela del “derecho natu­ ral” o ius naturalismo, cuyos representantes más señalados frieron, entre otros, Hugo Grocio (1583-1645) y Saúl Pufendorf (1632-1694). Esta corrien­ te postuló la existencia de derechos de los individuos anteriores y supe­ riores -precisamente, los derechos naturales— a los establecidos por el Estado. Se suele poner como ejemplo de ambos tipos de derecho y de su eventual choque, el drama de Antígona -representado en la obra homó­ nima de Sófocles—cuyo hermano Polinices, muere envuelto en una lucha intestina por el trono de Tebas. Antígona desafía la decisión de dejar a su hermano al arbitrio de cuervos y alimañas, tomada por el flamante rey Creonte. La antigua Grecia creía que el alma de los insepultos quedaba con­ denada a vagar por el mundo sin poder ingresar al Orco, la mansión de los muertos donde reinaba Hades. Antígona decide enterrar a su herma­ no, desafiando a su rey, lo que le cuesta también la vida. Los ius naturalis­ ta sostienen que a Antígona le asistía el derecho —un derecho natural—de actuar conforme a los usos religiosos y a la tradición, aún contra las dis­ posiciones del soberano (que en este caso, representa al Estado). Algunos integrantes de esta corriente sostuvieron incluso que el derecho natural se daba en conformidad con la razón y que era independiente de la volun­ tad de Dios. La carga que los ius naturalistas llevaron contra la omnipotencia del Esta­ do y, en menor medida, contra los dogmas de la fe, precedió a las preo­ cupaciones que los philosophes tuvieron posteriormente por los mismos temas. E l núcleo de la concepción ilustrada

Regularidad y razón están en la base de la concepción ilustrada. Los

philosophes entendían que la realidad social está regida por leyes de la mis­

ma manera que lo está la realidad de los astros y la de la naturaleza. Esas regularidades de lo real no son evidentes per se, de manera que hay que hacer el esfuerzo de identificarlas y de construir las leyes -en el sentido científico de la palabra—que dan cuenta de ellas. Para esto la razón —y el trabajo empírico—es indispensable. Así, aquella —la razón—se convierte en 32

¡! AN T R .K 'V rN T!'S OU PENSAMIENTO Se X. iAL

un instrumento insustituible; adquiere la calidad de ser prácticamente omnipotente: bien utilizada, nada le impediría avanzar sobre el conoci­ miento de lo real. Los ilustrados postulaban, entonces, continuando el camino abierto por la revolución de Copérnico, que en lugar de premisas o verdades meta­ físicas previas, la razón mediante un trabajo rigurosos de observación y aná­ lisis de los hechos empíricos debía descubrir regularidades y/o leyes que permitiesen entender el comportamiento humano y la dinámica de las sociedades. Estas leyes, a su vez, debían ser susceptibles de demostración y verificación. Una vez establecidos fehacientemente, leyes y principios básicos adquirían una validez universal: debían ser válidos para cualquier tiempo y para cualquier lugar. Para ellos la realidad -el universo—constituía una totalidad articula­ da, sujeta a leyes, que se desplegaba en diversos planos. Y como el mun­ do a conocer era, en definitiva, uno solo, regido por un conjunto articulado de leyes y principios de validez universal, creyeron firmemente que, más allá de sus divisiones funcionales, la ciencia era básicamente una sola y que esas divisiones funcionales eran sólo ámbitos en los que aquella universa­ lidad se especificaba. La realidad, toda ella, estaba regida por leyes: el mun­ do inanimado, las plantas, los animales, los hombres, los astros y su sorprendente pero ahora conocida mecánica. Constituía, en rigor, un úni­ co conjunto. La razón formaba parte de ese todo. Y era la llave que lo hacía inte­ ligible. Es decir que haciendo sistema con la concepción de un mundo gobernado por leyes, se encontraba la razón, que era el instrumento que conducía a la inteligibilidad. Los ilustrados imaginaban que la utilización adecuada de la razón pro­ duciría saber, conocimiento. Y que esto ayudaría a reconciliar al hombre con la naturaleza pues permitiría una apropiación más racional de* sus fru­ tos y recursos. Aplicado todo esto al campo de los fenómenos sociales, con­ fiaban en que conocimiento de los principios y las leyes que rigen la dinámica de lo social desencadenaría el mismo efecto que se estaba ya pro­ duciendo con respecto al mundo físico y natural. En última instancia, la aplicación adecuada de la razón al ámbito social permitiría conciliar las leyes positivamente establecidas en la sociedad —es decir, las leyes en el sentido jurídico de la palabra— con las leyes sociales “naturales”, como postuló Montesquieu (1684-1755) en El Espíritu de las Leyes. Más aun, creían que los hombres eran capaces de mejoramiento y que existían fines humanos objetivamente reconocibles, como la justicia, la libertad, la felicidad, la búsqueda de seguridad y de saber, que todos apro­ barían si no fuera por el prejuicio, la ignorancia, las supersticiones y el irra33

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cionalismo en general reinante. Creían asimismo que esos fines comunes podrían dar objetivamente lugar a la existencia de valores comunes a todos los seres humanos. Concebían, asimismo, la existencia de una naturaleza humana común a todas las personas, sin diferencias de épocas ni de luga­ res, que constituía la base de una homogeneidad valorativa si se supera­ ban los factores —que se acaban de enumerara arriba—que impedían su adecuada percepción. Sus variaciones históricas o por regiones no eran rele­ vantes en comparación con el núcleo central de dicha naturaleza huma­ na “en cuyos términos los seres humanos podían definirse como una sola especie...”.18 En consecuencia, esperaban que la aplicación de la crítica racional al examen de los fenómenos sociales terminaría con la superstición, el pre­ juicio, la ignorancia, la pereza mental e incluso el “error interesado”14 que habían predominado hasta ese momento y tornado deficiente, desigual e injusto el desenvolvimiento social. Y confiaban en que por el camino de la razón podría llegarse a una mejora sustantiva de las condiciones de vida de todo el mundo. Como ha señalado Berlín: “La reorganización racio­ nal de la sociedad pondría punto final a las confusiones espirituales e inte­ lectuales, al reino del prejuicio y la superstición, a la ciega obediencia de dogmas no cuestionados y a las estupideces y crueldades de los regíme­ nes opresivos que semejante oscuridad intelectual criaba y prohijaba. Lo que habría que hacer era identificar las principales necesidades humanas y descubrir los medios para satisfacerlas. Esto crearía el mundo feliz, libre, justo, virtuoso, armonioso que Condorcet predijo conmovedoramente des­ de su calabozo en 1794”.20 La postulación de la existencia de una naturaleza humana común a los seres humanos, sin distinción de época m de lugar, con su corolario sobre la existencia objetiva de un mundo de valores también comunes, alimen­ tó la idea de que la diversidad de valores realmente existente podía ser des­ montada y reducida a su opuesto: la unidad. Si se pasaba aquella diversidad por el tamiz de la crítica de la razón, podía alcanzarse una compatibilización de valores y fines. Lo que a su vez alentaba la idea de que algún día podría llegarse al establecimiento de una sociedad ideal. Vale la pena recal­ carlo: con base terrenal o celestial, ubicada en el pasado o también en el futuro, no fueron pocos los que concibieron la posibilidad de existencia 18 I. Berlín: el Mago del Norte, Tecnos, M adrid, 1997, pág. 85. 19 Form a en que R ousseau denom inaba a esa clase de equivocaciones que beneficia siem pre a los m ism os actores. 20 I. Berlin: “ La búsqueda del ideal” , en 1. Beiiin: Arbol que crece torcido, Vuelta, M éxico, 1992, pág. 18

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de una sociedad ideal o perfecta, en tanto la razón estaba en condiciones de compatibiltzar valores y armonizar la pluralidad de opciones realmen­ te existente. Cabe señalar que esta convicción, cruzada con las postulaciones de los cultores del ius naturalismo —que postulaban la existencia de derechos natu­ rales a los seres humanos, anteriores y superiores a los instituidos por el Estado (como se ha visto ya)—dio como resultado práctico, entre otros, la proclamación de la libertad, la igualdad, la seguridad y el derecho a la rebelión contra la opresión como derechos universales de los hombres, en la primera Declaración de los Derechos del Hombre, establecida por la Asamblea, en París, luego de la Revolución, en las sesiones de finales de agosto de 1789. Puede decirse, por último, que los hombres de la Ilustración fueron entusiastas cultores de la idea de progreso. La fe en la razón, en el avance del conocimiento, en la reconciliación del hombre con su verdadera natu­ raleza, la posibilidad de existencia de una sociedad ideal (o perfecta): todo apuntaba en esa dirección. El exitoso desenvolvimiento de las ciencias físicas y naturales duran­ te los siglos siguientes empujó a la cúspide al pensamiento ilustrado y a su descendencia, convirtiéndolos en una corriente principal del pensamien­ to occidental contemporáneo, a pesar de que los desarrollos en el ámbi­ to de las ciencias sociales y de las humanidades no marcharon a la par de los sucesos de las primeras. Lo que podría quizá llamarse el programa de la Ilustración finalmente tuvo un éxito notorio. Sin embargo, en el campo filosófico surgieron críticas, contestaciones y antagonistas al pensamien­ to ilustrado que dieron lugar al surgimiento de una corriente alternativa denominada la Contrailustración (o a veces, también, Antirracionalismo), que sentó las bases en el plano filosófico de lo que con toda razón Isaiah Berlin llama la “revuelta romántica”.Todo este movimiento constituye una segunda corriente principal del pensamiento occidental moderno y con­ temporáneo.

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La Contrailustración La cuna de la Contrailustración fue Prusia Oriental y en particular la ciudad capital del Reino de Prusia, Kónigsberg. Alemania, por ese enton­ ces, no había alcanzado aun su unificación política -com o sí había ocu­ rrido ya con Gran Bretaña, Francia y España, que habían logrado unidad en torno de un solo reino. Existía en Alemania una cantidad de reinos, principados, grandes ducados, ducados y ciudades libres que constituían un amplio mosaico (véase Apéndice). Prusia era uno de los reinos mayo­ res y para la época de iniciación del movimiento contrailustrado reinaba allí Federico II, que como se ha visto más arriba, era un entusiasta cultor de las ideas ilustradas. No es esta, sin embargo, la única paradoja relativa al surgimiento y desarrollo de la nueva corriente. V ic o

En Nápoles, en la segunda mitad del siglo xvil, nació GiambattistaVico (1668-1744) que anticiparía algunas de las ideas centrales de los contrailustrados antes o casi en paralelo, con el desarrollo de la Ilustración.2' Como cuenta adicional de esta serie de curiosidades debe mencionarse que los contrailustrados no conocieron su obra. Hasta donde se sabe el primer traduc­ tor de Vico al alemán fue Max Weber, en la segunda mitad del siglo X IX . Y para cerrar dichas curiosidades debe mencionarse que produjo su sin­ gular obra sin dejar discípulos y fue prácticamente desconocido para los filó­ sofos de la Ilustración. Su concepción cíclica de la historia, que él graficaba con las palabras latinas corsi e ricorsi de la historia lo colocaba en una posición si no con­ traria por lo menos diferente a la de los philosophes, que comulgaban prác­ ticamente sin excepciones con la idea de progreso. Sin embargo, no son 21 Para más datos puede decirse q ueV ico nació algunos años antes que las principales figuras de la Ilustración.

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pocos los manuales de historia de las ideas que lo ubican en una posición cercana a la de aquellos: otra paradoja. Vico desarrolló concepciones que serían luego coincidentes con las de los contrailustrados, de manera que resulta cuando menos curioso asimilarlo a los ilustrados. Se exponen a con­ tinuación cuatro grandes ideas viquianas que abren un panorama por com­ pleto diferente al del universo intelectual ilustrado. Primera. Creía que los hombres sólo podían conocer satisfactoriamen­ te lo que había sido creado por ellos: el lenguaje, las sociedades, la histo­ ria, pero, también, la geometría y las matemáticas. De la Naturaleza y sus procesos, en cambio, que habían sido creados por Dios, solamente podí­ an tener un conocimiento limitado. Llamaba ven un al primer tipo de saber y certum al segundo. De una manera que no siempre es bien identificada, estaba proponiendo la existencia de dos tipos de ciencias. Ciertamente no al modo en que parece haberlo anticipado Protágoras —como se ha visto más arriba- y en que también lo harían después no pocos de los contrai­ lustrados: diferenciando las ciencias del espíritu de las de la naturaleza, ya que la dicotomización viquiana no coincide puntualmente con aquella. Además, el tipo de verdad que era factible alcanzar en ambos casos no es el mismo. Los contrailuistrados, de haber conocido las teorías de Vico, no hubieran coincidido en caracterizar a las ciencias del espíritu como verum. Y algunos de ellos no le hubieran adjudicado ese rango ni siquiera a las ciencias de la naturaleza. Sin embargo, es innegable que Vico es un pre­ cursor de lo que más adelante se llamó el divorcio entre las humanidades y las ciencias. O, al menos, de la concepción que postulaba que la reali­ dad no era un solo conjunto articulado regido por leyes y, por lo tanto, el saber producido sobre ella —la ciencia—no era unitario. Segunda. Creía que los fenómenos culturales eran productos históri­ cos que se generaban bajo condiciones que eran propias de cada tiempo y de cada lugar. Y entendía, en consonancia con lo anterior, que a cada cultura le correspondían sus propios y peculiares modos de conciencia y autopercepción. A cada universo cultural le correspondía su propia expe­ riencia colectiva y poseía sus propios medios de expresión, genuinos y vale­ deros. En definitiva, Vico creía en la singularidad o unicidad de las culturas, como ha sido reiteradamente señalado por Berlin,22 cada una de las cua­ les se expresaba de una manera igualmente auténtica. No coincidía, por lo tanto, con la pretensión de universalidad en materia de fines humanos que vendrían a postular los ilustrados puesto que la historicidad de lo cul­ tural llevaba a la diversidad. Y tampoco hubiera admitido la posibilidad de compatibilizar metas y/o valores humanos, pues no reconocía la existen-- Véase, por ejem plo, Vico y Hcrder, C átedra, M adrid, 2000, pp 24 ss y pp 75 y ss.

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aa de raseros umíicadores. Por ende, tampoco aceptaoa la posibilidad de la existencia de una sociedad ideal.23 Tercera. Vico postulaba que los hombres se hacían, según las épocas y los lugares donde les había tocado vivir, diversas preguntas sobre ej mun­ do, la vida, el devenir. Y las respondían diferentemente. Para comprender esas respuestas era necesario, a su juicio, entender cuáles eran las preguntas que preocuparon a una época o a una cultura. Ahora bien, para conseguirlo era necesario suspender las maneras más profundas, fundantes del modo de mirar las cosas de la cultura de quien investiga. Aconsejaba poner en suspenso los propios moldes, los propios esquemas, los prismas y ángulos desde los cuales se mira y se comprende habitualmente, en favor de abrir­ se imaginativamente a lo distinto. Proponía, en definitiva, desarrollar una perspicacia imaginativa fundada sobre el reconocimiento de la diversidad cultural y la suspensión del punto de vista propio de quien se acerca al conocimiento de una cultura “ajena”. Cuarta. Como se ha visto, Vico negaba que la obra de Dios pudiese ser cabalmente conocida por lo hombres. Esta proposición contiene aunque más no fuere implícitamente, la idea de que la capacidad humana de conocimien­ to —por tanto, la razón—tiene límites. Que ésta tiene limitaciones per se: si no las tuviera los seres humanos podrían acceder al plan divino, lo cual le pare­ cía una desmesurada e inaceptable pretensión. El hombre no es Dios sino ape­ nas su limitado e imperfecto hijo. Es obvio que esta concepción chocaba contra las pretensiones de los ilustrados en torno de la razón. Pero también hay en ciernes en este planteo otra cuestión: la limitación para conocer se enfrenta también a la inconmensurabilidad del mundo y del universo. ¿Cómo hacen los hombres, limitados y finitos, para conocer lo inconmensurable, aquello que el propio Newton definió tiempo después como infinito?24Aquí la distancia entreVico y los philosophes se hace abismal. Aun cuando se admi­ ta que la razón es el instrumento de la intelegibilidad del mundo (social y natural) e incluso del universo, la capacidad humana para conocer es irreme­ diablemente limitada. Esto coloca un profundo problema epistemológico —cómo se hace para conocer lo infinito desde la precaria finitud humanapero también cuestiona de raíz los criterios de verdad iluministas y sus pre­ tensiones de universalidad, como se verá más adelante. De manera imper­ fecta Vico anticipa esta controversia; basta desacralizar su planteo: la inconmensurabilidad del plan divino, elaborado a partir de la omnipotencia divina es de alguna manera equivalente a la infinitud newtoniana. C om o ya se ha indicado, creía en todo caso, en una repetición cíclica de la historia. N ew ton entronizó los conceptos de tiem po y espacio infinitos, que constituyeron premisas bási. cas de su sistema teórico.

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II ANTECEDENTES DEL PENSAMIENTO SOCIAI

Todos esto temas —la distinción entre ciencias del espíritu y ciencias de la naturaleza, contenida en ciernes en sus nociones de verum y certum; la negativa a aceptar que los fenómenos sociales y los culturales se expli­ quen con arreglo a leyes universales y, por el contrario, la afirmación de su singularidad; y el reconocimiento de las limitaciones de la razón fue­ ron de un modo u otro abordados y desarrollados por los filósofos de la Contrailustración, que estructuraron alrededor de ellos el núcleo de sus concepciones. La continuidad entre uno y otros es un enigma, o, mejor dicho, una de esas enigmáticas conjuras del azar: como ha sido mencio­ nado ya los pensadores alemanes que pusieron en marcha la Contrailus­ tración no conocían la obra de Vico. L a Contrailustración en A lem ania

Johann Hamann (1730-1788) era oriundo de Konigsberg -lo mismo que Emmanuel Kant (1724-1804), de quien fue amigo—y su vida transcu­ rrió prácticamente toda bajo el reinado del ilustrado Federico II. Inicialmen­ te se acercó a las ideas de la Ilustración pero luego las abandonó, para regresar al pietismo —una secta dentro del luteranismo a través de la cual reencausó su fe religiosa—en la que había abrevado en su niñez y adelescencia, y se con­ virtió en un acérrimo crítico de aquellas. Fue el iniciador, en Alemania, del movimiento contrailustrado. Criticó ácidamente el pretendido imperio de la razón y la idea de que el mundo era un todo articulado regido por leyes. “Dios es un poeta, no un matemático”, argumentó colérico. Y embistió fron­ talmente. Rechazó las explicaciones basadas en regularidades y leyes, y recla­ mó atención, en cambio, para el delicado asunto de la atribución de significados. Su fuerte religiosidad lo llevó a pensar que toda la obra de Dios, es decir, todo lo creado por la voluntad divina es capaz de “hablar”, de trans­ mitir un sentido. Pensaba que la realidad era capaz de hablarnos directamen­ te. Que sus acontecimientos eran la forma y la sustancia del lenguaje de Dios y que el conocimiento resultaba de nuestra capacidad para entender dicho lenguaje, esto es, para revelar su significado. En materia de crítica al pretendido imperio de la razón, llegó hasta la burla: a sabiendas de que la magia es refractaria al raciocinio utilizó el seudónimo “El Mago del N orte”, para firmar algunos de sus trabajos. Fue una figura rara; encendida y enigmática. Talentoso pero desordenado, escri­ bió ensayos inacabados, dejó fragmentos, intentó amalgamas singulares de filosofía, crítica literaria, filología, historia y testimonios personales25. Dejó ^ Véase I. Berlín: El Mago del Norte, cit., pág. 68.

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011 ciernes una más que interesante teoría del lenguaje basada en ía idea de que las palabras y las ideas son la misma cosa. No se piensa con ideas, adujo, m con conceptos a los que luego se reviste de palabras. Se piensa con palabras, esto es por medio del lenguaje. Hacia finales de la década de los sesentas conoció ajohann Herder (1744-1803), que se convirtió en su discípulo. Herder había nacido en un pueblo cercano a Kónigsberg. Era un pas­ tor pietista que se deslumbró con el talento de Hamann, con su crítica intransigente frente al frío imperio de la razón, al sueño de una presunta perfección clásica perseguido por no pocos ilustrados, y con su teoría del lenguaje. Menos visceral y desordenado que Hamann, intentó construir un sistema más coherente que el de aquel. Le guardó sin embargo proli­ ja fidelidad y extendió la palabra de su maestro, junto con la propia, a medi­ da que iba siendo conocido y requerido. De manera coincidente con Vico —cuya obra desconocía- postuló que para entender algo se requería ejercitar una capacidad que denominó Einfiihlung (“sentir dentro”), es decir, de un adiestramiento que posibilitase “entrar en” las condiciones únicas y singulares de su individualidad y des­ arrollo. Y aceptó y promovió el concepto de individualidad: sostuvo fir­ memente el carácter individual de una sociedad, de una cultura, de un período histórico o de una tradición literaria. En forma coherente con io. anterior, sostuvo que cada cultura tenía su Schwerpunkt (centro de grave­ dad). Y que la comprensión de éste era imprescindible para entender cual­ quier aspecto parcial de aquélla. Respetaba la diversidad de las culturas y no comulgaba con la idea de que las hubiera superiores o inferiores; todas para él eran igualmente valiosas. Suponía que aun en su diversidad las cul­ turas podían convivir armoniosamente unas junto a otras. Y deploraba el hecho de que guerras de conquista o imperiales hubieran conducido a la desaparición de varias de aquéllas. Resaltan de su vasta obra tres concepciones sobre las que conviene detenerse así sea brevemente: la de la pertenencia, la del expresionismo y la del pluralismo. Creía que una necesidad básica de los seres humanos —tan­ to como la de alimentarse o beber—era la de pertenecer a un grupo y/o a una cultura. La ligazón a una lengua, a una ciudad, a una familia, a un país y a sus tradiciones le parecía inevitable, y no encontraba nada de repro­ chable en esto. Se halla aquí la semilla de un nacionalismo amplio, ni patriotista ni político,—que dicho sea de paso, no existía todavía en su época. Los grupos humanos, a su juicio, son producidos por el clima, la geografía, las necesidades físicas o biológicas y razones similares. Se convierten en una unidad a partir de tradiciones comunes y memorias compartidas cuyo prin­ cipal transmisor es el lenguaje.

ANTECEDENTES DEL PENSAMIENTO SOOAI

En materia de expresionismo creía que las obras de los hombres son, antes que nada, voces que hablan, que transmiten algo, procesos comu­ nicativos entre personas y no objetos desvinculados de sus creadores. Hay en el arte autoexpresión, búsqueda y transmisión. Esto está muy alejado del aséptico ideal de belleza postulado por los artistas vinculados a la Ilus­ tración a quienes les importaba exclusivamente la obra, el resultado que mostrase su aproximación a dicho ideal, todo esto con independencia de las motivaciones y/o voluntad de expresión de su autor. Saltando del pla­ no del arte al de la vida en general, puede decirse que Herder creía que la autoexpresión formaba parte de la esencia de los seres humanos, y que la meta mayor de estos era la autorrealización. Ambas (autoexpresión y autorrealización) se hallaban a su juicio íntimamente ligadas. Con respecto al pluralismo, creía tanto en la multiplicidad cuanto en la inconmensurabilidad de los valores presentes en las diferentes socieda­ des y culturas. No pensaba que se pudiera establecer un ranking que midie­ se la valía de aquellos y éstas. Más bien creía, al contrario, que todos eran igualmente valiosos: descreía de que hubiese culturas que fuesen peldaños hacia formas culturales más desarrolladas. De donde implícitamente se des­ prende que no admitía la existencia de una sociedad ideal (o perfecta). Fue, también, uno de los más importantes referentes del movimien­ to cultural llamado “Sturm und Drang” (Tormenta y Tensión), de cor­ ta duración pero alto impacto, que se desarrolló en la segunda mitad del siglo xvm, en Alemania. El nombre provenía del título de una obra de teatro publicada en 1776 por F M. Klinger (1752-1831).26 La importan­ cia del aliento que Herder le dio a la renovación del todavía provincia­ no mundo cultural alemán, se refleja en el hecho de que fueron varios los que supusieron que fue el mago y modelo del Fausto de Goethe (17491832)27 (que, dicho sea de paso, en su juventud perteneció también al Sturm und Drang). 26 U na de los resultados más im portantes del m ovim iento fue poner en discusión los fundam en­ tos de la creación artística. Sus puntos de partida básicos eran escuchar al propio corazón, buscar o ri­ ginalidad, expresar los propios sentim ientos, procurar autenticidad. C onvocaba al com prom iso con la libertad pero tam bién con la de form ación de pensam ientos inéditos; a la búsqueda de originali­ dad y de orígenes com o pilares de ¡a poesía y /o la dram aturgia. D eploraba la m oderación y los equi­ librios adocenados. Y valoraba, en cam bio, la energía, la fortaleza, la vitalidad y la capacidad de afirm ación. H erder, p or su parte, recom endó un reto rno a las fuentes, a los inicios de la sociedad y de la poesía. A su m odo de ver, el canto había precedido al discurso y por ello se interesó en el can­ cionero popular germ ano. Esto se trasladó a sus discípulos que dieron un tono más patriótico a sus investigaciones sobre las antiguas canciones populares. Este entusiasm o p or la antigüedad nacional, p or los poem as del pueblo y aun por el arte gótico, declarado “arte propiam ente alem án” reforzó la hostilidad a las reglas de los franceses y a su pretensión de m onopolizar el buen gusto. 27Véase I. Berlin: Vico y Herder, pág.271

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La corriente contrailustrada contó con numerosos adeptos en Alema­ nia, entre quienes puede mencionarse a Moser (1729-1794) yjacobi (17431819). Y su influencia se desplegó en varias direcciones. Algunas veces dio frutos respetables y otras aborrecibles. En el campo de la filosofía influ­ yo, entre otros, sobre Schopenhauer (1788-1860), Kierkegaard (1813-1855) y aun Nieztche (1844-1900). Mientras que en de la sociología es inevi­ table mencionar a Max Weber. Como contrafiguras de los anteriores pue­ de mencionarse como ejemplo a los reaccionarios franceses Louis de Bonald (1754-1840) yjoseph de Maistre (1753-1821). La Contrailustración encendió la mecha de lo que Berlin ha deno­ minado “la gran revuelta romántica”. Puede decirse que el romanticismo -que tuvo una amplia difusión tanto en el campo de la filosofía cuanto en el de las artes- es un descendiente directo de aquella. La consigna de Herder: “¡No he venido aquí para pensar, sino para ser, sentir, vivir!” fue una de sus divisas. El romanticismo, sin embargo, sin desmerecer el mundo de los sentimientos, las emociones y las pasiones, y sin resignar su amor por la libertad, colocó el acento sobre la voluntad, a la que reivindicó como el gran motor que movía a los hombres. Negó que la vida de las socie­ dades estuviera regido por leyes de la misma calidad de las que rigen el mundo de la naturaleza. Y negó también la utilidad de los paradigmas que procuraban retratarlo. Algunos, incluso fueron más lejos, como Fichte (1762-1814), que llegó a exclamar: “N o acepto lo que me dé la natura­ leza por obligación, creo en ella porque es mi voluntad”. Por lo común aceptaron la división del mundo en material —reconociendo aquí la exis­ tencia de leyes y de relaciones de causa/efecto—y espiritual, dentro del cual concebían al hombre como creado por sí mismo, a partir de sus propias elecciones. Eñ abierta oposición a los philosophes ilustrados dieron un paso deci­ sivo al sostener que los valores no se descubrían ni se deducían racional­ mente, sino que se creaban por propia voluntad. Esta concepción, sumada al reconocimiento de la variedad y singularidad de las culturas e historias nacionales, dio lugar a que se negara la pretendida universalidad de valo­ res proclamada por los filósofos de la Ilustración y a que se sostuviera, en cambio, que la diversidad era mejor que la uniformidad, a que se afirma­ ra la existencia de una inevitable pluralidad de valores, no necesariamen­ te compatibles entre sí, y a que se negara la posibilidad de existencia de alguna forma de sociedad ideal o perfecta que debería funcionar como modelo. En cambio, se proclamó el derecho de cada comunidad a elegir su propio camino. Como sostiene Berlin, ese movimiento significó una profunda revuel­ ta contra la tradición vertebral del pensamiento occidental y significó, qui­ 42

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zá, el mayor giro de la conciencia europea desde la Relom ia religiosa.28 Dicho en pocas palabras, el nudo de certidumbres que se impulsaba tan­ to desde el mundo religioso cuanto desde la filosofía ilustrada, aquel recla­ mando que existía una sola fe verdadera, y esta impulsando la verdad descifrada por la razón mediante el descubrimiento de las leyes que rigen todo lo que es -lo que entraña postular la existencia de verdades univer­ sales aun en el campo histórico-social—fue dislocado por la irrupción del romanticismo. Curiosamente, Emmanuel Kant, que había nacido en Kónigsberg como Haman y Herder y fue contemporáneo de éstos pero estaba com­ prometido intelectualmente con el racionalismo y la Ilustración colabo­ ró con el desarrollo del romanticismo. En su Crítica a la Razón Práctica distinguió entre el mundo de la naturaleza, en el que reina la necesidad (las leyes que rigen el devenir de las cosas) y el de la libertad, que funda las acciones morales de los hombres. Si todo lo que es resulta de leyes natu­ rales, entonces el libre albedrío y el mundo del deber ser resultan iluso­ rios. Como ha señalado con perspicacia Frederick Beiser, Kant procura “salvar la libertad moral del determinismo de la ciencia natural”.29 Ajuicio de Kant hay moral porque hay libre elección; si fuera de otro modo los seres humanos no estaríamos en condición de elegir. Si los hom­ bres están gobernados por las mismas precisas e inescapables leyes que rigen el mundo de la naturaleza “la libertad no se salva”, afirmó. Y advirtió, en consecuencia, que sin libertad no hay moral. Dio, empero, un paso más. Afirmó que la libertad trabaja “modelada” por la razón. Los hombres que actúan moralmente, ejercitando su libre albedrío, lo hacen dirigidos por la razón. Moral, libertad y razón quedan así asociadas de una manera prác­ ticamente indisoluble. Al reclamar fundamentadamente la libertad de los hombres en el plano moral respecto de las leyes físicas, la filosofía moral de Kant abrió una caja de Pandora y le prestó —sin quererlo- un servicio a la expansión de una tendencia que él mismo no tardaría en criticar, como indica Berlín.30 Hubo también otros motivos que concurrieron al desarrollo del movi­ miento romántico, cuyo enlace con el antirracionalismo se acaba de expo­ ner. Alfredo De Paz lo expresa de esta manera: “La nueva cultura europea cuyo símbolo más vistosos fue el romanticismo surge, como es sabido, del progresivo replanteamiento de la herencia filosófica de las Luces, y por tan­ to, de la ‘crisis del racionalismo’ que se puso de manifiesto en 1789-1790. -8Véase 1. Berlín: “ La apoteosis de la voluntad rom ántica” , cit., pág. 256. 29 F Beiser: Enlightenment, Revohttion and Romanticism, H arvard, 1992, pág. 27. 30 “La a p o teo sis...” cit., pág. 265.

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A este respecto puede pensarse que se había esperado demasiado de la razón y que por tanto desilusionó la vastedad de los problemas que permanecí­ an sin solución”.31 Por un lado soplaban los vientos hacia la restauración de las culturas nacionales,32 en reacción al avance pretendidamente uni­ versalista de la cultura francesa. Por otro, avanzaba el imperialismo napo­ leónico, sojuzgando soberanías y dominios. La tumultuosa rebelión romántica dio no pocos buenos frutos. Pero asimismo abrió el camino para que algunos sostuvieran -entre otros Schelling (1775-1854)—que los fines de la vida social pueden ser creados por inspirados hombres geniales. Lo que en combinación con ideas como las de Volkqeist (espíritu del pueblo) o Nationalgeist (espíritu nacional) —ino­ cuamente pensadas por Herder en un principio—favoreció el desarrollo de algunas trágicas experiencias políticas. No obstante esto, alimentó, como se ha visto, una revuelta contra las verdades que había establecido la Ilus­ tración, que tuvo un enorme impacto sobre los modos de pensar, de valo­ rar y de vivir en Occidente.

31 La Revolución Romántica, Tecnos, M adrid, 1992, pág. 38. 32 Véase ibid, pág. 186.

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Ilustración y Contralustración: concepciones y valores contrastantes En lo que sigue se intentará efectuar una comparación entre Ilustra­ ción y Contrailustración/Romanticismo en términos de valores y con­ cepciones generales. Importa esta cuestión a este pequeño escrito al menos por dos razones: a) porque especifica la tesis de Berlin presentada prece­ dentemente acerca del corte que el romanticismo produce respecto de la perspectiva clásica en lo concerniente al mundo de lo valores, lo que ade­ más incide sobre la estructuración de un campo cultural que a partir de entonces queda configurado, en Occidente, por la existencia de dos tra­ diciones antagónicas;33 y b) porque el pensamiento sociológico se ha des­ arrollado al influjo de estas dos vertientes. Las diferentes nociones de verdad y validez que ambos universos ins­ talan en los planos ético, estético y del conocimiento condujeron a la estructuración de universos culturales, de valores y cognitivos marcada­ mente diferentes. Veamos. Como se ha visto más arriba, la confianza racionalista de los philosophes -su fe en la virtual omnipotencia cognoscitiva de la razón- y la idea de que el mundo —tanto el natural como el hum ano- está regido por leyes los condujeron a postular que toda pregunta genuina tiene una y solo una respuesta correcta o válida. Todo es cognoscible, pues, si se formulan las preguntas adecuadas, es decir, si los problemas en términos de conocimien­ to se formulan correctamente. Las cuestiones morales y las políticas no esca­ pan a este planteo.34 Preguntas tales como ¿cuál es la mejor vida para los hombres?, ¿qué es la libertad y por qué buscarla?, o ¿qué son poder, jus­ ticia, igualdad? no difieren en su tratamiento y expectativas de respuesta de otras más vinculadas a lo fáctico, como por ejemplo, ¿cómo está com­ 33 R epásese en la cita al pie n° 10 precedente. B erlin ha hecho num erosas referencias a esta cues­ tión en diversos trabajos. H a escrito, p or ejem plo: “M i tesis es que el m ovim iento rom ántico ha sido una transform ación tan radical y de tal calibre que nada ha sido igual después de éste” . Véase Las R aí­ ces del Romanticismo, cit., pág. 24 34Véase “La revolución rom ántica: una crisis en la historia del pensam iento m o d ern o ”, en I. B er­ lin: El Sentido de la Realidad, Taurus, M adrid, 1998, pág. 259.

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puesta el agua? o ¿en qué año murió Julio Cesar?. Para los philosophes, ambas clases de preguntas tienen una sola respuesta correcta. Por otra parte, pese a las diferencias que había entre ellos creían —pro­ bablemente con la parcial exclusión de Montesquieu—que los hombres tienen una naturaleza humana común, lo que los llevaba a postular que existen nietas, intereses y valores también comunes a los seres humanos. Las diferencias históricas o geográficas que parecían negar lo anterior se debían, ajuicio de aquellos, a la ignorancia, el prejuicio, la superstición, la mera repetición tradicionalista o el error. La diversidad mostrada por doquier por la historia ocultaba un sustrato compartido; sin embargo la razón podía tamizarla en busca de aquellos fines comunes: la felicidad, el saber, la justicia, la libertad, la seguridad, etc.35 Desbrozado el terreno pol­ la razón debían aparecer -podría decirse, incluso, se descubrirían- fines, inte­ reses y valores comunes y universales, que 110 serían ni inalcanzables ni incompatibles entre sí. En definitiva, entre la maraña de distorsiones y erro­ res que mostraba la realidad empírica, la razón podía abrirse camino para descubrir los verdaderos valores y fines que debían guiar a los hombres en el mundo. Así, por un lado, el saber conduciría a la virtud, es decir, al descubri­ miento de fines, metas y valores que harían mejor la vida de los hombres porque lo reconciliarían con su propia naturaleza; por otro, estos fines, metas y valores estarían convalidados por criterios de verdad y/o validez prácticamente indiscutibles, por lo mismo que se derivaban del ejercicio de la razón. Este universo intelectual, estas concepciones generales, condujeron hacia certidumbres que impactaron fuertemente en el campo de los valo­ res, en el estético y en el del conocimiento. La Contrailustración y su continuación en el Romanticismo corta­ ron prácticamente de cuajo el basamento de la concepción ilustrada. Sos­ tuvieron, en primer lugar, que por lo menos en el campo de los fenómenos humanos las respuestas válidas a preguntas genuinas podían ser varias y diversas. Quizá valga la pena recordar, para ilustrar este punto, que inclu­ so un ilustrado como Montesquieu reconoce en el capítulo 24 de su El Espíritu de las Leyes que, cuando Moctezuma le dice a Hernán Cortés que si bien la religión cristiana era buena para España la azteca era mejor para su pueblo, no dejaban de asistirle razones. Ironía tejida por Clío, el sen­ cillo argumento de Moctezuma destinado al reconocimiento de lo diferen­ te anticipaba en alrededor de dos siglos un arduo debate quizá, hoy, todavía Véase, p or ejem plo, l. Berlin: El Mago del Norte, cit., pág. 84; tam bién del m ism o autor Las R al­ ees del Romanticismo, cit., pág. 48.

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no saldado. En segundo lugar, negaron la posibilidad de existencia de un universo de valores compatibles. Es evidente que, si se postula —como ellos lo hacían según se ha visto más arriba—la existencia de una diversidad de culturas que no son ni mejores ni peores sino sólo diferentes, ni algunas de ellas meros peldaños que conducen hacia formas culturales superiores, debe aceptarse también la diversidad de valores y su irreductibilidad. Final­ mente, como también se ha visto más arriba, la revuelta contra la razón que protagonizaron instaló concepciones epistemológicas completamen­ te diferentes a las ilustradas. En Las Raíces del Romanticismo Berlin utiliza un interesante ejemplo para introducir los contrastes valorativos que existen entre una y otra corriente. Coteja las apreciaciones que sobre Mahoma teníanVoltaire, uno de los adalides de la Ilustración, yThomas Carlyle (1795-1881), un esco­ cés ligado al romanticismo. Dice Berlin: “Tomemos la obra de teatro de Voltaire sobre Mahoma. Voltaire no estaba particularmente interesado en él; esta pieza pretendía ser un ataque a la Iglesia. N o obstante, Mahoma aparece como un monstruo fanático, supersticiosos y cruel que impide todo intento de libertad, de justicia y de razón, y que en consecuencia debe ser denunciado como enemigo de todo lo que Voltaire consideraba más impor­ tante: la tolerancia, la justicia, la verdad y la civilización”.36Voltaire eva­ lúa la sustancia del pensamiento y la acción de Mahoma; los considera fanatizados, crueles y supersticiosos. Apoyado en las certidumbres con que lo ha provisto la razón los descalifica terminantemente. N o hay ni un aso­ mo de lo que podríamos llamar el argumento de Moctezuma en su formu­ lación crítica. No hay duda posible: todo lo que cae fuera de las metas y valores establecidos por la razón (descubiertos por ella tras la bruma de la superchería y la ignorancia) carece de validez y de reconocimiento. (Que la figura de Mahoma fuera utilizada por Voltaire para efectuar un elíptico ataque a la Iglesia no cambia en absoluto las cosas: su descalificación es completa). Carlyle, en cambio, tiene otra mirada. Berlin dice que en su libro On Heroes, Hero- Worship and the Heroic in History “Mahoma es descrito como 'una ardiente masa de vida surgida de las mismas entrañas de la naturale­ za'. Es un hombre de resplandeciente sinceridad y poder que, por lo tan­ to, debe ser admirado... Carlyle no está interesado en las verdades del Corán, no asume que contenga algo en lo que él deba creer. Admira a Mahoma por constituir una fuerza elemental, por vivir una vida plena... La importancia de Mahoma reside en su carácter y no en sus creencias. La cuestión de la verdad o falsedad de sus convicciones le habría pareci­ 36 O p. cit., pág. 30.

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do una cuestión irrelevante a Carlyle”.3- C omo se ve claramente ei basa­ mento de Carlyle es completamente diferente al deVoitaire. Debido al “politeísmo” de los valores que preconiza el romanticismo, no hay ver­ dades únicas, básicas. Por tanto, lo que llamaríamos quizá hoy fundamentalismo —en el sentido de la existencia de verdades fundamentales— no es admisible. Para los románticos los valores no se descubren, se crean y/o se eligen. Por eso existe, junto a la diversidad cultural, una diversidad valorativa. De dónde queda abierta la puerta al reconocimiento de lo diferen­ te. Por eso Carlyle no descalifica a Mahoma y puede, a diferencia de Voltaire, reconocer en aquel valores o facetas valiosa, con independencia de los contenidos de su creencia religiosa. Libertad, igualdad, justicia, solidaridad—fraternidad, decían los revolu­ cionarios franceses de 1789—son valores que se asocian habituaimente, con razón, al pensamiento de la Ilustración. Estos valores, sin embargo, no eran ajenos a los contrailustrados/románticos. El siglo XIX en Europa, llamado a veces “el siglo de las naciones” o también “de las nacionalidades” encuen­ tra en la lucha por la superación de las monarquías —las revoluciones de 1830 y de 1848, sin ir más lejos—y por la constitución de Estados nacionales de base republicana, una fuerte participación e influencia romántica. En este plano las diferencias entre ambas corrientes no son tanto de contenido como de fundamento. Como se ha anticipado ya, para los ilustrados ese conjun­ to de valores resultaba de un descubrimiento efectuado por la razón y, en alguna medida, quedaba establecido como una verdad revelada. Mientras que para los románticos se trataba simplemente de una elección. En beneficio de la corriente ilustrada, que arrojó en el terreno del arte y en el del conocimiento concepciones fuertemente fundamentalistas, debe aclararse que en el político, en cambio, las cosas son más matizadas. Y que a la inversa, en la estela dejada por el decurso del romanticismo —más abier­ to en los comienzos al reconocimiento de lo diferente—han quedado ins­ criptas algunas experiencias de un fundamentalismo execrable, como el nazismo, que tuvieron consecuencias atroces, sanguinarias y funestas. No es mi intención ni despejar aquí estos entrecruzamientos ni examinar el complejo modo en que se proyectaron hacia el campo político las influen­ cias de cada corriente. Excedería tanto mis capacidades cuanto los pro­ pósitos de este pequeño texto. Haré apenas algunos señalamientos que quizá sean útiles para indicar caminos de búsqueda. Pese a su basamento en sólidas certidumbres que en mas de un pla­ no se comportan prácticamente como verdades reveladas, entre los valo­ res políticos que transmite —o lega—la Ilustración se encuentra la tolerancia. 37 Ibid., pág. 30. 48

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Los valores de libertad, igualdad, solidaridad (fraternidad), por ejemplo, no son incompatibles con el de tolerancia política.38 Pero probablemen­ te el mayor aporte a la instalación de ésta haya provenido de los princi­ pios y valores derivados de pensar la democracia: la igualdad ante la ley, el principio de soberanía, el de ciudadano, la división de poderes, los dere­ chos y libertades básicos, etc. Así, no obstante su rigidez en materia de valo­ res y principios fundamentales, la tolerancia habría podido abrirse camino en el plano de la política. En la estela del romanticismo en cambio, hay experiencias de intole­ rancia pese a su basamento proclive a aceptar lo distinto, lo diferente, que parecen desprenderse al menos de dos causas. En primer lugar, de la supre­ sión del principio general de tolerancia que se deriva de la aceptación de la diversidad cultural; en segundo, de la fundamentalización de valores, prin­ cipios o conceptos no fundamentales o secundarios. Así, por ejemplo, los conceptos de Schelling de volkgeist (espíritu de pueblo) o de nationalgeist (espíritu nacional), en un contexto de tolerancia amplia como el que pre­ conizaba Herder no son más que manifestaciones de lo que más arriba se ha denominado el argumento de Moctezuma. Es aceptable y válido que los polacos, los húngaros, los alemanes, los ingleses y así de seguido, tengan un volkgeist y/o un nationalgeist. El problema sobreviene cuando, por ejemplo, los alemanes proclaman que su volk es superior por razones de raza, a los demás. La supremacía que se alega termina con la tolerancia puesto que el volkgeist alemán es superior al de los otros pueblos y culturas, y el volk ale­ mán se abroga el derecho de intervenir sobre ellos. Se fundamentaliza así un principio no fundamental y se suprime un basamento fundante procli­ ve a aceptar las diferencias, con las consecuencias ya apuntadas. En consonancia con todo lo que se ha venido diciendo, la Ilustración valora la sabiduría y el desarrollo de la ciencia; la acción fundada en la bús­ queda de fines que se derivan de los valores descubiertos por la razón y que asimismo se apoya en el cálculo de beneficios y dificultades; la feli­ cidad como consecuencia tanto del reencuentro de los seres humanos con los verdaderos fines de la vida, como del conocimiento que permite pro­ gresar; la capacidad para el descubrimiento; el logro; la eficiencia; el rea­ lismo; el cálculo utilitario y la correcta adecuación medios/fines; la prudencia; la moderación; la uniformidad valorativa frente a la diversidad, puesto que la verdad es una sola y el error, en cambio, múltiple. Por su parte, la Contrailustración/Romanticismo descree de la exis­ tencia de metas o fines comunes a todos los seres humanos, derivados de 38 Sobre la intolerancia de los ilustrados en otros planos se ha vista ya, más arriba, el caso deV oltaire en relación a M a'noma.

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una compartida naturaleza humana; aprecia en cambio la diversidad valorativa frente a la uniformidad postulada por los ilustrados. Sostiene que los fines y valores no se descubren sino que se crean y/o se eligen y descree, en consecuencia, de que el saber pueda proveer fines para la vida. Un romántico podría decir, por ejemplo, que “es beneficioso conocer que la tierra gira regularmente sobre su eje y alrededor del sol”. Pero agregaría inmediatamente “¿acaso nos dice algo, esto, acerca de cómo es preferible vivir?; probablemente encontraremos una inspiración mayor y mejor en cualquiera de la polonesas del gran Chopin que en el entendimiento del sistema copernicano”. El núcleo del Romanticismo no es la emoción, como muchas veces se dice, en oposición a la razón; es la voluntad. Si los valores se crean, si la vida —individual o colectiva—debe ser dotada de sentido, si como decía un pensador ruso “¿dónde está la canción antes de ser compuesta?”, si como afirmaba Fichte “el fin no me determina, yo determino el fin”, no puede la mera emoción estar en la base de estas invenciones. Es la volun­ tad de crear, de hacer, de orientar, en definitiva, de vivir. Berlin lo ha plan­ teado del siguiente modo: “Estos hombres —se refiere obviamente a los románticos (E.L.)- fueron campeones no del sentimiento en contra de la razón sino de otra facultad del espíritu humano, fuente de toda vida y acti­ vidad, heroísmo y sacrificio, de nobleza e idealismo tanto individual como colectivo, la orgullosa, indomable, incontenible voluntad humana”.39 Por otra parte, este papel de la voluntad venía a ser congruente con una per­ cepción bastante extendida entre los románticos: el universo posee una interminable creatividad, y la naturaleza y la vida humana se manifiestan como un flujo incesante. Por otra parte, una ética como la romántica orientada hacia la crea­ ción de sentidos no podía menos que valorar la entrega; la integridad; la sinceridad; la fortaleza de carácter; el desprecio del logro como norte prin­ cipal y, por contraposición, el aprecio del motivo; el rechazo del cálculo; el idealismo, en el sentido de la disponibilidad para dedicarse a un ideal, sin que contase especialmente cuál fuera este; la audacia; la sinceridad. Valo­ raban asimismo el genio y a los hombres geniales, pues creían que estos tenían una capacidad especial para señalar metas y definir orientaciones para la vida social. En consonancia con la pretendida capacidad de la razón para estable­ cer leyes universales en el plano del conocimiento, en el estético la Ilus­ tración se inclinó a formular cánones universales y patrones constantes cuya consumación particular en cada obra de arte debía tratar de conseguirse, ■ w Arbol que crece torcido, cít.7 pág. 264

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I! ANTECEDENTES DEL PENSAMIENTO SOCIAL

pues era el pasaporte a la belleza. Aquellos parámetros debían conducir a un ideal de belleza, las más de las veces difícil de precisar, pero del que no se dudaba su existencia. Así como se puede distinguir entre un árbol enfer­ mo, maltratado o deformado por alguna plaga y otro sano, desarrollado adecuadamente, así también debía operar la creación en relación con aquel ideal. La naturaleza muestra una propensión hacia la plenitud y la perfec­ ción; eso es lo que hay que tratar de alcanzar y ese es el norte que marca el ideal de belleza. Podría decirse que en términos generales estos criterios -en cada caso, a su modo—prevalecieron en la antigüedad clásica y tam­ bién en Renacimiento. Los pintores franceses del siglo X V III, por ejem­ plo, tomaron como modelo explícitamente la antigüedad clásica y generaron una corriente que se llamó, precisamente, neoclásica. Para ellos, un cuadro, una pieza de porcelana, una escultura debían tratar de acercar­ se a dicho ideal, en mayor o menor medida. No se trataba de producir una mera copia, es decir, de la reproducción de lo que es. No era una mime­ sis lo que debía buscarse sino el inefable aliento de la perfección, o, tal vez, de la perfección de la belleza, siempre esquivo a los mortales comunes. La tela Andrómaca velando a Héctor, de Jacques David (1748-1825) —tenido como la figura principal del neoclasicismo francés—busca tal vez plasmar el casi solitario y frío ambiente en que yace el héroe troyano y la tristeza de su mujer, en función del ideal de lo trágico que probablemente ima­ gina, del mismo modo que la belleza de la Gioconda, el archiconocido cuadro de Leonardo, no estriba en la perfección del parecido de la tela con su modelo (desde hace siglos inatribuible, por cierto, dada la desaparición de aquella), sino en el ideal de belleza que patentiza su gesto como distan­ te y enigmático. La genialidad artística consistía, entonces, en plasmar el ideal que el motivo o tema a pintar suscitaba en el artista. El valor de la obra radica en eso y debe quedar contenido en ella. El propio artista, sus intereses, sus pasiones, sus penurias, sus intenciones importan poco o nada. Solo la obra vale, si roza el ideal. La Contrailustración/romanticismo tiene un punto de partida com­ pletamente diferente, manteniéndonos siempre en el plano de las artes plás­ ticas. El artista busca comunicar algo, exponer algún significado. Para ello no se priva ni de mostrar su propia sensibilidad ni su emoción. Su inten­ cionalidad comunicativa -el mensaje que pretende transmitir- y su élan emotivo no tienen límites. Este par, que quizá podría denominarse la inten­ cionalidad expresiva del autor -recuérdese la relevancia que Herder le atri­ buía a la expresión, que se ha indicado más arriba—importa tanto como el efecto buscado en el espectador. La famosa tela de Eugéne Delacroix (1789-1863) La Libertad conduciendo al pueblo, aparte de su reconocida belle­ za, es un condensado compendio de los principios románticos: la revo­ 51 i

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lución, Ja libertad como valor supremo, el pueblo, la exaltación, el des­ orden imperante, y aún su propio compromiso intelectual y afectivo con aquella magna causa quedan plasmadas en el cuadro. Tanto, que no obs­ tante su romanticidad la obra es “un clásico”. La dama tocada de un gorro frigio que enarbola una bandera y exhibe un pecho, rodeada de una mul­ titud más intuida que expresamente representada es un auténtico icono. Es la libertad y es también la Revolución Francesa a los ojos de muchísi­ ma gente. En música, claro, las cosas son en principio más difíciles de asir con palabras. Pero algo también puede ser dicho. Jean Philippe Rameau (16831764) es tal vez el mayor exponente de la composición vinculada al uni­ verso estético de la Ilustración francesa. Su música sin dudas bella peca a veces de cortesana, pero exhibe también una pretensión que hoy podrí­ amos definir de exagerada: en ocasiones parecería translucir la idea de que está instalando cánones universales. Federico Chopin (1810-1849), uno de los mejores exponentes del romanticismo, en cambio, es caudaloso, emotivo, y hasta podría decirse que excesivo en su búsqueda de comuni­ carse con el mundo y transmitírselos a los otros. Se sabe singular y finito como todos los mortales, pequeño frente a la inconmensurabilidad del uni­ verso y de la vida. Pero confía en su voluntad y en su capacidad de crea­ ción —lo único que en rigor posee frente al irremediable hecho de la pequeñez y la finitud—y está dispuesto a expresar y a compartir con los demás, pese a todo, lo que él y sólo él tiene para decir. Vale recordar a este respecto, nuevamente, la opinión de Berlin. A su juicio con el romanti­ cismo el artista quedó situado “por encima del resto de los hombres no sólo por su genio sino por su disposición heroica para vivir y morir por la sagrada visión que habitaba en él”.40 Se suele sostener que la música es un lenguaje con el que se puede expresar cosas que, a veces, también se puede decir con palabras. Tal vez el ejercicio de escuchar las suites para clavecín de Rameau y los Nocturnos de Chopin podría eximir a los interesados de la lectura de este apartado. En relación a la diversidad en el plano gnoseológico se han hecho ya precedentemente señalamientos suficientemente aclaratorios. Incluso en lo que sigue, esa diversidad anidada como antecedentes del diverso que­ hacer sociológico se hará, me parece, más que evidente. Por estas razo­ nes se omiten ahora mayores desarrollos.

“La apoteosis de la voluntad rom ántica” , cit, pág. 282.

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III Los precursores

Las dos corrientes principales del pensamiento Occidental que se han bosquejado precedentemente han dejado, de un modo u otro, su huella sobre el desarrollo de la Sociología y en particular en los sistemas teóricos de Marx, Durkheim y Weber. El parecido de familia de Durkheim con las ideas de la Ilustración y las de Weber con las de la Contrailustración son claras. Los tres conocían las obras de los ilustrados y, en medida diferente, también las de sus opositores. Es por otra parte evidente que una y otra impregnaron el ambiente intelectual de Francia y de Alemania, aunque cabe señalar que hubo ilustrados en Alemania —el más notorio fue Kant—y contrailustrados en Francia, como Joseph de Maistre (1753-1821) y Louis de Bonald (1754-1840).41 Pero asimismo es cierto que las influencias de aque­ llas dos tendencias también se procesaron a través de interpósitas persona­ lidades que las mediaron. Sobre Durkheim, por ejemplo, pesó la proyección de Auguste Comte, hijo directo de la Ilustración por más que él mismo pen­ sara lo contrario, mientras que sobre Weber impactaron las ideas de la lla­ mada escuela histórica alemana, fuertemente antiilustrada. Marx es una rara avis. Conocía la obra de los philophes, que seguramen­ te le generó preguntas, críticas, simpatías, afinidades y disgustos. Estas lec­ turas seguramente algo le dejaron: suele ser difícil para cualquiera, por ejemplo, pasar por la lectura de Rousseau sin consecuencias. Pero más allá de esta difusa influencia hay algunas coincidencias fuertes y señalables entre el pensamiento de Marx y el de la Ilustración. Por ejemplo, su confianza en la posibilidad de establecer leyes que expliquen la dinámica de la socie­ dad lo acerca al —prácticamente lo ubica dentro—universo de la Ilustra­ ción. En contraposición a esto, debe sin embargo mencionarse que hay también en él un costado historicista que lo saca de ese entorno. Por otra parte, como es sabido, recibió asimismo el influjo de las ideas anarquistas 41 En rigor, am bos fueron partidarios de la m onarquía y, p o r ende, fuertem ente anturevolucio­ narios. B erlin llama a de M aistre “elVoltaire de la reacción” , en El Erizo y la Zorra. Se trata, en todo caso, de contrailustrados reaccionarios.

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o s Provisoriam ente puede anticiparse aquí, que M arx utiliza ei concepto de ideología de dos m ane­ ras: a) com o sistema de ideas, en un sentido amplio y general; b) com o sinónim o de falso saber, ju g a n ­ do entonces un papel de ocultam iento.

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Durkheim Durkheim reconoce explícitamente sus filiación racionalista y, por tan­ to, admite de hecho su afinidad por el pensamiento de la Ilustración y su continuación, el positivismo. “Este libro es, ante todo, un esfuerzo para tratar a los hechos de la vida moral con arreglo a los métodos de las ciencias positivas”, escribe Dur­ kheim en el “Prefacio” de la primera edición de La División delTrabajo Social (DTS:39). Y en el “Prefacio” a la primera edición de Las Reglas del Méto­ do Sociológico, admite su fe racionalista al afirmar que “nuestro principal objetivo es extender el racionalismo científico a la conducta humana”. También ha escrito: “La ciencia mostró que los hechos podían conectar­ se unos con otros de acuerdo con relaciones racionales, descubriendo la existencia de tales relaciones. Por supuesto, hay muchas cosas, incluso un número infinito de cosas, que todavía ignoramos. Nada nos indica que vamos a descubrirlas todas, que llegará un momento en el que la ciencia habrá terminado su tarea y habrá expresado adecuadamente 1?, totalidad de las cosas. Todo nos hace pensar que el progreso científico no termina­ rá nunca. Pero el principio racionalista no implica que la ciencia pueda, en realidad agotar lo real: sólo niega que uno tenga derecho a mirar par­ te alguna de la realidad o a ninguna categoría de los hechos como com­ pletamente irreductible al pensamiento científico, en otras palabras, como esencialmente irracionales”.61 Estas definiciones lo colocan de lleno en el universo ilustrado y posi­ tivista, pues implican sostener que: a) como parte integrante de una realidad cuya estructura está regida por leyes, el comportamiento humano es perfectamente reductible a relaciones de causa y efecto; b) la razón es un instrumento suficiente para conocer, es decir para desentrañar esas leyes y para establecer relaciones de causalidad; y E. D urkheim : fragm ento de La educación moral, incluido en Escritos selectos, N ueva Visión, B ue­ nos Aires, 1993, pág. 212-213

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c) una vez establecidas esas leyes y efectuadas fehacientemente las cone­ xiones causales, las primeras debían tener validez y las segundas reco­ nocimiento, en ambos casos, universal. A su modo de ver el objeto de la Sociología es el estudio de los hechos sociales, a los que caracteriza en el capítulo I de Las Reglas... como “tipos de conducta o de pensamiento [que] no solo son exteriores al individuo sino que están dotados de un poder imperativo y coercitivo en virtud del cual se le imponen, quiéranlo o no” (RMS:23-24). Es decir, atribuye a los hechos sociales típicamente dos características: son exteriores a los indi­ viduos y presentan cierto carácter imperativo. Respecto del rasgo de imperatividad puede decirse que le adjudica un papel meramente funcional no obstante el modo enfático de presentarlo: dicha característica es, sobre todo, un elemento útil para facilitar la iden­ tificación de los hechos sociales como tales. Es decir, tiene una significa­ ción casi exclusivamente utilitaria. Lo verdaderamente relevante de esa primer presentación es, en cambio, el rasgo de exterioridad que le asig­ na a dichos hechos. Que los hechos sociales sean exteriores a los individuos significa que no pertenecen ni al orden orgánico ni al psíquico individual. A Durkheim le interesa especialmente dejar establecido que quedan “afuera” de esos dominios, porque deja sentada una base fundamental para diferenciar el objeto de la Sociología respecto del de la Psicología. Si como afirma Dur­ kheim los “fenómenos psíquicos sólo tienen existencia en la conciencia individual y por ella” (RMS:24), los hechos sociales, que ocurren fuera de aquella, tiene por fuerza que pertenecer a otro dominio del saber. Psicología y Sociología son ámbitos científicos directamente vincu­ lados a lo que más arriba se ha caracterizado como una de sus primeras preocupaciones sociológicas, que -en rigor—nunca abandonó: las relacio­ nes entre individuo y sociedad. Si los hechos sociales son exteriores a los individuos y no los tienen por sustrato ¿a qué registro de la realidad per­ tenecen?. La respuesta es: al de esa totalidad que lleva vida propia y que es más —y diferente—que la suma de los individuos que la componen, la sociedad. Como puede apreciarse, trabaja activamente para delimitar un objeto propio de la Sociología. Ahora bien, si la totalidad social lleva vida propia, conforme se des­ prende de su noción de sociedad, hay allí un principio de colectividad que es necesario examinar, ya que este es un principio raigal de su conceptualización. El hecho social pertenece al todo y no a la parte y, por tan­ to, aunque tiene repercusiones sobre las unidades que componen aquél (el todo), es distinto de sus manifestaciones individuales. Es colectivo, y por eso 102

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alcanza repercusiones en el plano individual. “Un pensamiento que se encuentre en todas las conciencias particulares —dice Durkheim—un movi­ miento que repitan los individuos no son por ello hechos sociales (...) Lo que los constituye son las creencias, las tendencias, las prácticas del gru­ po tomado colectivamente; en cuanto a las formas que revisten los esta­ dos colectivos refractándose en los individuos, son cosas de otra especie” (RMS:26). Quitarse la vida por mano propia es una decisión quizá de las más íntimas e individuales que puede tomar un ser humano. Sin embar­ go, el suicidio, como fenómeno colectivo, puede ser considerado como un hecho social. Hay estadísticas que reflejan la existencia de tasas anua­ les de suicidios, variables, pero más o menos parejas en las distintas socie­ dades. Desde esta perspectiva es un hecho social. De la misma manera que los nacimientos, los casamientos y las defunciones. La tasa anual de naci­ mientos de un país, por ejemplo, es desde esta óptica, también un fenó­ meno colectivo, por tanto, un hecho social. Durkheim es terminante respecto de la diferenciación entre los planos colectivo e individual: “las circunstancias particulares que pueden haber tomado parte en la produc­ ción del fenómeno se neutralizan mutuamente y, por consiguiente, no con­ tribuyen a determinarlo”, si se miran las cosas desde la perspectiva de lo colectivo (RMS:27). La primera de las reglas metodológicas que presenta en su conocidí­ simo texto sobre metodología, está directamente ligada con el criterio de exterioridad y con el principio de colectividad. Escribe Durkheim: “la pri­ mera regla y más fundamental es considerar a los hechos sociales como cosas” (RMS:31). A su juicio, cosa es todo lo que se presenta o se impo­ ne a la observación, es decir, “todo objeto de conocimiento que no sea naturalmente aprehensible por la inteligencia, todo aquello de lo que no podemos tener una noción adecuada por un simple procedimiento de aná­ lisis mental” (RMS: 12). Demasiado rígida y carente de matices, esta proposición no fue del todo bien recibida en la incipiente comunidad sociológica de su época y le valió numerosas críticas. Aprovechó la segunda edición de Las Reglas..., para presentar algunas explicaciones en su Prefacio. Puntualizó allí que tra­ tar a los hechos sociales como cosas “no significa clasificarlos en cierta cate­ goría de la realidad, sino enfrentarlos con cierta actitud mental” (RMS.T2). Y, forzando un tanto la argumentación, indicó que vista así la cuestión podría considerarse que “todo objeto de la ciencia, salvo quizá los obje­ tos matemáticos, es una cosa” (RMS:12). Esta es una argumentación ex post, casi una excusa. Claramente ha escrito lo siguiente, en el mencio­ nado texto (obviamente antes de redactar el segundo “Prefacio”): “Y sin embargo los fenómenos sociales son cosas y deben ser tratados como cosas” 103

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(RMS:38). Es decir, hay una postulación terminante acerca de la natura­ leza de esa clase de hechos. Por lo demás, La interesante argumentación excusatona mencionada arriba —que prefigura un tema metodológico/epis­ temológico de la sociología contemporánea: los objetos de estudio de la disciplina sociológica son construidos por quien investiga—sólo conduce a una tautología: cualquier objeto de conocimiento aunque sea aborda­ do con “cierta actitud mental” continúa siendo... un objetos de conoci­ miento, no una cosa. Obviamente esa “actitud mental” no cambia la naturaleza de aquellos objetos. Por lo demás, Durkheim no desarrolló con posterioridad su argumentación excusatoria. Ahora bien, no es del todo inocente postular la cosidad de los hechos sociales. Tiene, en Durkheim, una evidente funcionalidad epistemológi­ ca. Sumada al rasgo de exterioridad es una condición para positivizar la Sociología y para poder adjudicarle un estatuto semejante al de las cien­ cias naturales. Esto es de la mayor importancia para quienes no admiten el divorcio entre ciencias y humanidades. En rigor, la cuestión de la “cosidad” de los hechos sociales contribuye fuertemente a “naturalizar” la Sociología —en el sentido de tornarla semejante a una ciencia natural—y a satisfacer la premisa que los positivistas heredaron de los ilustrados: la cien­ cia es una sola. Sus respectivas concepciones acerca de la sociedad y acerca de cómo es posible conocer en ciencias sociales se hallan interrelacionadas y se com­ plementan. Por un lado, las ideas de preeminencia del todo sobre la par­ te, de supremacía de la sociedad sobre los individuos y de capacidad reguladora de la sociedad, se incorporan a su teoría del conocimiento a tra­ vés de lo que más arriba se ha denominado principio de colectividad. Es este rasgo el que constituye en sociales a los hechos seleccionados por Dur­ kheim como objetos de conocimiento. Si no hubiera colectividad, los com­ portamientos escogidos por Durkheim como objetos serían una mera sumatoria de actos individuales que, en el mejor de los casos, demandaría un abordaje diferente de los social. Por otro, puede decirse que su carac­ terización de los hechos sociales como cosas —que positiviza la Sociología, es decir, contribuye decisivamente a hacer posible la aplicación en ella de “los métodos de las ciencias positivas”—y como exteriores (a los individuos) filtra su teoría del conocimiento social hacia el ámbito de la teoría sobre la sociedad: asemejan a la Sociología a una ciencia natural.

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Weber Weber elabora y adopta una posición epistemológica que está en las antí­ podas de las construcciones teóricas surgidas de la matriz aportada por Newton en el campo de las ciencias físico-naturales y, un poco más tarde, por los filósofos de la Ilustración en el campo de las sociales y humanísticas. Con relación a dichas construcciones, no cesa de proclamar “ .. .el carácter absur­ do de la idea, que prevalece en ocasiones incluso entre los historiadores de nuestra disciplina, de que la meta de las ciencias de la cultura, por lejana que esté, podría consistir en la formación de un sistema cerrado de conceptos, en el cual la realidad quedaría abarcada en una suerte de articulación defi­ nitiva, y de la cual pudiera ser deducida luego nuevamente” (OCS:52-53). Es por esto inevitable comenzar cualquier exposición referida al sis­ tema conceptual weberiano aclarando de qué clase de teoría se trata. Des­ cree por completo de que se pueda postular en el campo social la existencia de una estructura unívoca de la realidad, regida por leyes que pueden ser descubiertas por la razón. Al contrario, va a sostener que la realidad social se presenta con características de infinita. Mientras que el espíritu huma­ no -la razón—es, por el contrario, finito. Según sus propias palabras: “Aho­ ra bien, tan pronto como tratamos de reflexionar sobre la manera que se nos presenta inmediatamente, la vida nos ofrece una multiplicidad infini­ ta de procesos que surgen y desaparecen, sucesiva y simultáneamente, tan­ to “dentro” como “fuera” de nosotros mismos. Y la infinitud absoluta de esta multiplicidad para nada disminuye, en su dimensión intensiva, cuan­ do consideramos aisladamente un objeto singular —por ejemplo, un acto concreto de intercambio—tan pronto como procuramos con seriedad des­ cribirlo de manera exhaustiva en todos sus componentes individuales; tal infinitud subsiste todavía más, como es obvio, si intentamos comprender­ lo en su condicionamiento causal. Cualquier conocimiento conceptual de la realidad infinita por la mente humana finita descansa en el supuesto táci­ to de que sólo una parte finita de esta realidad constituye el objeto de inves­ tigación científica, parte que debe ser la única 'esencial’ en el sentido de que 'merece ser conocida’” (OCS:61-62). 10 5

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Estas colocaciones implican una completa inversión del punto de par­ tida racional-iluminista. Desde esta última concepción se creía posible una reconstrucción conceptual fidedigna de lo real, cuyo demiurgo era la razón, considerada poco menos que omnipotente. Es decir, que se creía posible una reconstrucción conceptual isomórfica de lo real, es decir tal como esto es: la realidad quedaba reproducida tal cual es por medio de conceptos. Como además creían que estaba regida por leyes invariables postulaban que se podía elaborar teorías sustantivas generales que explicasen lo social. Weber se ubica en las antípodas. Postula que lo real es inconmensu­ rable. Y que la razón, lejos de ser omnipotente, tiene límites insuperables. ¿Cómo sostener de ahí en más que la estructura de lo real es unívoca y está regida por leyes?, ¿cómo afirmar que la razón puede descubrir esas leyes?, ¿cómo argumentar, supuesto que lo anterior pudiese salvarse de algún modo, que esas leyes poseen validez universal?. Su punto de parti­ da niega los fundamentos del paradigma racional-iluminista. Pero, además, Weber es un historicista: cree que los hechos de la vida social son únicos, singulares, irrepetibles. Por lo tanto, sostiene que el “interés de las cien­ cias sociales parte, sin duda alguna, de la configuración real y, por lo tan­ to, individual de la vida social que nos circunda, considerada en sus conexiones universales más no por ello, naturalmente, de índole menos indi­ vidual...” (OCS.-63). Jorge Luis Borges, en el comienzo de un poema dedicado a Alfonso Reyes que tituló In M em oriam A.R., sintetiza de manera inigualable la anti­ nomia epistemológica que se acaba de bosquejar. Escribe: “El vago azar o las precisas leyes Que rigen este sueño, el universo, Me permitieron compartir un terso Trecho del curso con Alfonso Reyes.” Reconoce las opciones -el azar o las leyes—capaces de dotar de lógi­ ca a la realidad. Pero opta por escapar del galimatías, al que percibe qui­ zá como un laberinto —uno de sus asombros, como se sabe—“por arriba”, como se dice a veces vulgarmente: postula el carácter onírico del uni­ verso. Lo define como sueño, tal vez la forma más ilusoria de lo real. Dicho sea de paso, a propósito de aquellos versos debe notarse algo que la crítica literaria no parece haber advertido suficientemente: la absolu­ ta lejanía de la estética borgeana del paradigma filosófico/epistemológi­ co de la Ilustración. Volviendo sobre Weber, dados sus puntos de partida es obvio que rechaza la validez de las teorías sustantivas generales sobre lo social. Pero

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¿qué propone a cambio? Responder esto implica, inevitablemente, con­ testar primero otra pregunta ¿cómo piensa la realidad?. Como se ha dicho ya más arriba, Weber supone que la realidad social es infinita. A su modo de ver, la mente humana finita, sólo puede intentar comprender algo que viene tocado por el hálito de la infinitud a condición de tornarlo finito. Es decir, a condición de recortar esa inconmensurabili­ dad y convertirla en limitada. ¿En base a qué criterio producir el recor­ te?, se pregunta. Es posible hacerlo, responde, a partir de los intereses de conocimiento de cada investigador (que, por lo común, se encuentran modelados por la atmósfera cultural dentro de la cual aquél se formó y se desenvuelve). En definitiva, en base a las preferencia y a los juicios de valor de quien investiga. Vale el ejemplo de Marx: opción por el materialismo; concepción primigenia sobre la sociedad, siendo esta precipitada por la inevitabilidad de la lucha por la subsistencia; atribución de un papel destaca­ do a los fenómenos que se producen en la “sociedad civil”, etc. Esto circunda en términos de premisas su producción de conocimiento sobre lo social. Son preferencias y juicios de valor que le permiten producir un primer recorte de la realidad. Esas preferencias le permiten fundar una mira­ da científica y son por tanto previas al desarrollo de estas, por eso se las coloca del lado de las opciones de valor antes que del lado del conocimien­ to, como ya se ha indicado.62 La inevitabilidad del recorte a efectuar en cualquier dimensión de lo real —lo mismo para la delimitación de un campo científico como para encarar una investigación empírica concreta—no habilita ninguna clase de comportamiento arbitrario. Al contrario, debe procederse siempre de abso­ luta conformidad con el método científico: con rigor, consistencia lógi­ ca, sistematicidad, respeto por la información empírica, precisión, etc. Weber reconoce que este ineludible punto de partida produce lo que lla­ ma condicionalidad del saber (“hablamos de una condicionalidad del cono­ cimiento cultural por unas ideas de valor” (C>CS:70), dice). Lo producido en términos de conocimiento en el interior de un espacio delimitado, vie­ ne condicionado por los puntos de vista que presidieron el recorte. Si éstos se modificasen, obviamente debería modificarse lo producido en el inte­ rior de un campo que ahora estaría recortado y configurado de otra mane­ ra. Es imposible escapar a esta condicionalidad, porque la finitud humana es incapaz de abarcar lo que es —o se comporta—como infinito. Se ha dicho precedentemente que para Weber, lo mismo que para Herder, la Verdad es siempre particular, nunca general. Lo que significa que, a su modo de ver, la realidad social es singular, concreta, única, irrepeti{’2 Véase nota al pie n° 49.

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ble. Cabe preguntarse, entonces, si lo repetido, lo común, aquello que pare­ ce presentarse con alguna regularidad en la vida social, como los intercam­ bios comerciales, el uso de dinero, o la formación de Estados, tiene algún lugar en su conceptualización. Weber admite que la realidad social presen­ ta regularidades y que éstas son importantes —son por lo menos referen­ tes empíricos—a la hora de la producción de conceptos y teorías. Ahora bien, aceptar que existan no quiere decir que en el ámbito de lo social exista una estructura unívoca de la realidad regida por leyes. Que el fenómeno del poder se presente con regularidad en las diversas socie­ dades, no implica que deba haber una ley rigiendo ese fenómeno del mis­ mo modo que la ley de gravedad rige la caída de los cuerpos. Significa, simplemente, que un hecho se reitera. Como son también hechos repe­ tidos la acción social, la producción, la oferta y la demanda de bienes, etc. Weber ubica una teoría tipológica sobre la realidad social, entre el abor­ daje histórico y concreto de los fenómenos sociales y las regularidades o repeticiones empíricamente observables. N o es una teoría sustantiva ; no postula leyes fundamentales ni se arroga una función explicativa general. Simplemente toma esas regularidades, las sistematiza, las examina en sus desarrollos y desdoblamientos, establece conexiones lógicas: su cifra no es la explicación sino, como bien hace notar Saint-Pierre, la probabilidad.63 “La sociología construye conceptos-tipo.. .y se afana por encontrar reglas generales del acaecer. Esto en contraposición a la historia, que se esfuerza por alcanzar el análisis e imputación causales de las personalidades, estruc­ turas y acciones individuales consideradas culturalmente importantes”, escri­ be Weber (ES.T6). Con base en regularidades observables a las que considera “merecedoras de ser conocidas” construye conceptos-tipo, a los que llama tipos ideales, que son útiles para la organización previa del abor­ daje de la realidad social con una intención explicativa. Desde esta pers­ pectiva, los tipos ideales sólo preparan el terreno para una imputación causal. Dirá Weber, por ejemplo, dadas esta situación 5, el comportamiento pro­ bable—típico—de los actores será c. O, también, “poder significa la proba­ bilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento de esa probabili­ dad” (ES:43). Nada afirma de lo que efectivamente ocurre en esta o aque­ lla situación concreta y específica; sólo dice: típicamente o en términos generales cuando se configura un cuadro del tipo s tiende a ocurrir una 1,3 “La teoría de la acción w eberiana es una teoría tipológica desarrollada en térm inos de proba­ bilidad y, com o verem os más adelante, todos los conceptos de su teoría política tam bién son defini­ dos en estos térm inos”. Véase H . Saint-Pierre: M ax Weber. Entre apaixao e a razao, Editora da Unicam p, Cam piñas, 1991, pág. 109.

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conducta o un resultado c. De aquí que reconozca que “sus conceptos ten­ gan que ser relativamenter vacíos frente a la realidad concreta de lo histó­ rico” (ES: 16). Es decir, la verdad está en lo histórico, en lo que es en concreto; es mediante la investigación concreta de situaciones o prácticas igualmente concretas que se pueden efectuar imputaciones causales (siem­ pre en el marco de la condicionalidad que impone el recorte de objeto). La construcción tipológica, no obstante, tiene cosas favorables para ofre­ cer: fija conceptos de manera unívoca, ordena, deslinda, evita repeticio­ nes de lenguaje, orienta búsquedas, señala cuál puede ser eventualmente el camino de una indagación sobre lo real, ayuda a ordenar el flujo de la información empírica, sirve para establecer hipótesis y para funcionar como puerta de entrada a una realidad histórica en cuyo interior deberá buce­ arse en procura de hallar conexiones causales específicas. Son útiles para organizar el desembarco y orientar la búsqueda en la realidad concreta, pero no para explicarla per se . De manera que sus componentes básicos, los tipos ideales, son conceptos abstractos y en este sentido ideales —no en el de que deban ser tenidos por ejemplares—,en los que se fija algunos significados. En su definición de Sociología64 introduce varios conceptos que deben ser examinados con detenimiento. Incorpora la cuestión del sentido, en tan­ to el objeto de aquella es la acción social. E incorpora también las cuestio­ nes de la interpretación y de la explicación. Con respecto a lo primero repasemos algo que ya se ha comentado. Por acción a secas entiende una conducta humana al que “el sujeto o los sujetos de la acción enlazan un sentido subjetivo” (ES:5). Mientras acción social “es una acción en don­ de el sentido mentado por su sujeto o sujetos está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en su desarrollo” (ES:5). Weber pone este ejemplo: pescar por diversión, por ejemplo, es simplemente acción. Pes­ car para vender lo obtenido es acción social. Pasemos ahora a la interpre­ tación y a la explicación. La Sociología interpreta la acción social, pero también la explica. ¿Cómo debe entenderse esto? Interpretar, para Weber, es atribuir sentido a la conducta de alguien, cosa que hacen continuamente los actores sociales. A veces un actor social menta o explícita con claridad el motivo de su acción: es lo que ocurre cuando alguien va a comprar cigarrillo y dice “por favor, deme una caja de cigarrillos tales”. En ese caso, la atribución de sentido que efectúa el vendedor huelga, porque la situación es transparente. Obviamente se tra­ ta de una acción social por cuanto el comprador elige ir a un lugar en el que sabe (o confía) que va a encontrar a un vendedor de cigarrillos; refie­ 64 R ecordém osla: “ una ciencia que pretende entender, interpretándola, la acción social para de esa m anera explicarla causalm ente en sus desarrollos y efectos” (ES:5).

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re, por tanto, su comportamiento al del otro. El vendedor, por su parte, está a la espera de clientes: la venta es también un comportamiento refe­ rido a la conducta de otros. Pero hay también casos en que el o los moti­ vos de la acción no se mentan o no son suficientemente explícitos. Es el caso, por ejemplo, de dos personas que manejan sendos automóviles que se encuentran en un cruce de calles. Dudan entre avanzar o frenar pues obviamente procuran evitar un choque. Finalmente la situación se resuel­ ve de algún modo: acaso uno aminora mucho la velocidad y el otro enton­ ces entiende que puede avanzar o viceversa. Ambos atribuyen significado a la acción del otro, decodifican sentidos. Ahora bien, la atribución de sen­ tido a veces ocurre fuera de una acción social directa, como son los casos de los ejemplos anteriores. Puede suceder que un presidente que ha gober­ nado dos períodos sucesivos anuncie que intentará hacerlo una tercera vez, aún cuando la constitución o las leyes no se lo permitan. Y puede suce­ der también que un presidente que finaliza un primer período renuncie a postularse en un segundo, pese a contar con la posibilidad. Ambos segu­ ramente ofrecerán explicaciones y mentarán un sentido para sus conduc­ tas. Sus seguidores, sus opositores, la ciudadanía en general, los medios y periodistas, etc., podrán o no aceptar sus argumentos. Si no los aceptan, seguramente elaborarán sus propias atribuciones de sentido. Weber llama a esto comprensión (o simplemente entender, como en la definición de Sociología). A veces esa comprensión es inmediata por­ que el sentido a decodificar es explícito, o mentado, o evidente. Otras, se debe poner enjuego una interpretación, una captación interpretativa del sentido (o establecer, con base en la interpretación, una conexión de sen­ tido, como también lo llama). Ahora bien, cuando se establece una atri­ bución de sentido se está produciendo un recorte de lo real: de lo que se trata es de esto, o bien, lo que interesa es esto, una renuncia presidencial o los movimientos del otro conductor, en los ejemplos anteriores. En el interior de una situación delimitada por una conexión de sen­ tido, pueden establecerse, en un segundo momento, conexiones causales. Alguien que pesca para vender puede, por ejemplo, tratar de conseguir determinados tipos de ejemplares (variedades de género o de tamaño) en el entendido de que tendrán una mayor demanda. Eso explicará por qué hace determinado tipo de cosas, por ejemplo, usar cierta clase de carna­ da o lanzar su línea en determinados lugares. En el análisis de hechos históricos, el proceso de recorte, atribución de sentido y explicación es obviamente más complejo, pero en lo sustan­ cial, no es distinto a lo que se ha planteado más arriba.

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VI Problemas, conceptos y dinámicas

Marx Los conceptos de modo de producción y de form ación económ ico-social

El concepto de modo de producción (MP), en Marx, es central. Posee un nivel de generalidad infrecuente en la obra de aquel, y resulta básico para la construcción de su noción de sociedad, que es también un con­ cepto de alto grado de generalidad, según se ha visto precedentemente. En referencia al MP Etienne Balibar sostiene, con razón, que su “validez no se encuentra, como tal, limitada a tal período o a tal tipo de sociedad, sino que, por el contrario, de ella depende su conocimiento concreto”.65 Es decir, es un concepto aplicable a cualquier período histórico y, ade­ más, de enorme significación en términos heurísticos, dado que de él depende el conocimiento de períodos o sociedades concretas. El uso de este concepto por parte de Marx (y de Engels) es ya discernible en La Ideología Alemana. Allí aparece prácticamente desde el.ini­ cio, aunque está elaborado de una manera incompleta: si bien hacen mención explícita de la fuerzas productivas, no figuran en cambio, toda­ vía, las relaciones de producción. En la cita que sigue puede verse que el concepto de relaciones de producción está en ciernes pero aún no ha adquirido su identidad definitiva. Escriben Marx y Engels: “La pro­ ducción de la vida, tanto de la propia en el trabajo, como de la ajena en la procreación, se manifiesta inmediatamente como una doble rela­ ción —de una parte, como una relación natural y de otra como una rela­ ción social-; social, en el sentido de que por ella se entiende la cooperación de diversos individuos? cualesquiera sean sus condiciones, de cualquier modo y para cualquier fin. De donde se desprende que un determinado modo de producción o una determinada fase industrial lle­ va siempre aparejado un determinado modo de cooperación o una fo E. Balibar: “ Acerca de los conceptos fundam entales del m aterialism o h istó rico ” , en L. A lthus­ ser y E. Balibar: Para leer El Capital,Siglo X X I, M éxico, 1998, pág. 219.

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determinada fase social, modo de cooperación que es, a su vez, una ‘fuerza productiva’...” (IA:30). Marx y Engels perciben que los hombres, en la producción de su exis­ tencia, contraen relaciones entre sí y que esto da lugar a la formación de un modo de producción y a la aparición, también, de un modo de coo­ peración, pero hay todavía cierta imprecisión en el lenguaje. Andando el tiempo serán capaces de deslindar los conceptos con mayor rigor. La centralidad del concepto de MP, es evidente en El Capital, en cuyo primer “Prólogo” Marx anota: “Lo que he de investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción e intercambio a él correspondientes” (K:XIV). Pero viene apareciendo desde bastante tiem­ po atrás en los texto de Marx. En el “Prólogo” a la Contribución a la críti­ ca de la economía política lo expone por primera vez de manera completa y concisa. Aquí el MP es presentado como “la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza un edificio jurídico y político, y a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material determina el proceso social, polí­ tico e intelectual de la vida en general” (P:66). Es evidente que aquí Marx identifica al MP con la estructura económica de la sociedad y con la base de la metáfora edilicia (base/superestructura) que utiliza para caracterizar sintéticamente su noción general de sociedad.66 Un poco más adelante escribe: “A grandes rasgos puede calificarse a los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno de épocas progresivas de la formación económica de la sociedad”. De nuevo aparece aquí la identi­ ficación entre MP y estructura (o “formación” en el texto) económica de la sociedad. En el mismo “Prólogo” Marx utiliza también el concepto de “for­ mación social”. Afirma: “Una formación social jamás perece hasta tan­ to no se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las cuales resulta ampliamente suficiente...” (P:67). Aquí parecería usar la deno­ minación “formación social” como sinónimo de sociedad entendida en términos particulares, esto es concreta, históricamente situada. Pero no puede dejar de percibirse que existe cierta imprecisión en el uso de esta denominación. Resulta central a la noción de MP la articulación entre fuerzas pro­ ductivas y relaciones de producción; las formas de propiedad, que son la P ortantiero y de Ipola han señalado acertadam ente que “la pareja ‘fuerzas productivas-relaciones de pro d u cción ’ define el con cep to restringido de ‘m odo de pro d u cción ’. El m odo de produc­ ción es la base m aterial de la sociedad y, a su vez, las fuerzas productivas son la base m aterial del m odo de p roducción” . Juan C. Portantiero y Em ilio de Ipola: Estado y sociedad en el pensamiento clásico, C án­ taro, B uenos Aires, 1987, pág. 23.

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expresión jurídica de estas últimas, funcionan como los indicadores más adecuados de aquellas. Por ejemplo, la propiedad privada de los medios de producción que reina en el MP capitalista, expresa de manera sintéti­ ca la clase de relaciones de producción existentes en él (véase P:67). Marx identifica en el citado “Prólogo” cuatro modos de producción, que podrían ser esquemáticamente caracterizados de la siguiente manera:

MP Antiguo a) economía básicamente agrícola, fuerzas productivas escasamente desarrolladas, organización del trabajo basada o bien sobre la uni­ dad familiar primaria, o bien sobre la gran familia, el clan, etc. b) no hay intercambio comercial. c) existe la propiedad en común de la tierra

MP Asiático a) economía básicamente agrícola, organización del trabajo basada sobre la gran familia o unidades parecidas, las fuerzas productivas alcanzan algún desenvolvimiento a nivel agrario, se genera, también, cierto desarrollo urbano. b) escaso intercambio comercial c) existe propiedad en común de la tierra, pero se establece una dife­ renciación entre las comunidades productoras y los gobernantes hierocráticos, que conduce a una apropiación desigual de los bienes producidos, por intermedio del tributo que los primeros pagan a los segundos. Por lo mismo se dice que predominan en este MP rela­ ciones de producción tributarias.

MP Feudal a) economía básicamente agrícola, pero llega a haber cierto desarro­ llo urbano y hay actividad productiva en las ciudades. b) escaso intercambio comercial. c) N a hay propiedad en común de la tierra; ésta es del rey o de sus señores (nobles). Entre el monarca y sus señores (nobles) se da una relación de vasallaje. Y entre los señores y los siervos de la tierra, tie­ ne lugar la servidumbre, a la que aquéllos están obligados.

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MP Burgués: a) economía básicamente urbana e industrial. b) se generaliza la producción de mercancías, es decir, se produce con el objeto de comercializar—esto es, de llevar al mercado—los bien­ es o servicios producidos u ofrecidos por cada quien. c) existe la propiedad privada de los medios de producción, se forma el mercado de trabajo, los burgueses o capitalistas concentran la pro­ piedad de dichos medios de producción y los proletarios -que no poseen nada más que prole—deben vender su fuerza de trabajo por un salario. Para Marx “las relaciones de producción burguesas son la última for­ ma antagónica del proceso social de la producción...” (P:67). Mirando des­ de el prisma de las relaciones sociales que se asocian a las relaciones económicas básicas de los MMPP es posible discernir antagonismos o con­ tradicciones entre sectores socialmente diferentes: burgueses vs. proleta­ rios en el MP capitalista, señores vs. siervos en el MP feudal, jerarquía hierocrática vs. comunidades productoras en el MP asiático. Sostiene que son la “última forma antagónica”, porque cree que la sociedad burguesa alberga fuerzas productivas capaces de alcanzar un desenvolvimiento que generará condiciones para una revolución social que permitirá superar la contradicción de clase típicamente capitalista e instaurar un orden que no será ya antagónico sino igualitario.67 Las imprecisiones relativas al contenido y al uso de los conceptos de MP y formación económico-social (o simplemente social) dieron lugar a confusiones, usos variados y polémicas diversas, a lo largo de los años. Incidentalmente puede señalarse que el marxismo estructuralista francés, en el último tercio del siglo XX vino, contemporáneamente, a poner reme­ dio a dicha confusión. Repuso el concepto de MP como modelo de regu­ laridad, tal como había sido señalado en su momento porValdimir I. Lenin (1870-1924), el padre de la Revolución Rusa de 1917.68 Y reservó el con­ 67 En otros trabajos M arx m enciona otros dos MP, el esclavista y el comunista. El prim ero es gene­ ralm ente de base agrícola e im plica el trabajo esclavo. El segundo, resulta del triunfo de la revolu­ ción proletaria y supone la abolición de la propiedad privada de los m edios de producción y, por consiguiente, su reconversión en propiedad com ún. 68 “ Hasta ahora, los sociólogos distinguían con dificultad en la complicada red de fenóm enos socia­ les, los fenóm enos im portantes de los que no lo eran (esta es la raíz del subjetivism o en sociología) y no sabían encontrar un criterio objetivo para esta diferenciación. El m aterialism o ha proporciona­ do un criterio com pletam ente objetivo al destacar las relaciones de producción com o la estructura de la sociedad y al perm itir que se aplique a estas relaciones el criterio científico de la repetición, cuya

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cepto de formación social, para designar sociedades históricamente deter­ minadas —la francesa actual o la inglesa del siglo X V II, por ejemplo—a las que consideró constituidas por diversos MP (respecto de esto último repá­ rese que en la cita precedente escribe “permitió sintetizar los sistemas de los diversos países”; el uso en plural de la expresión sistemas es el que abre la puerta a la interpretación que se acaba de proponer). Es decir, que una formación social concreta estaría constituida por diversos MP que se arti­ cularían entre sí. Louis Althusser, uno de los más destacados representan­ tes de la corriente arriba mencionada, formuló la cuestión de este modo: “ ...existe únicamente la historia real, concreta, de esos objetos concretos que son las formaciones sociales concretas, singulares, cuya existencia pode­ mos observar en la experiencia acumulada de la humanidad. La produc­ ción en general, la producción abstracta existe (Marx) sólo como conjunción-combinación concreta-real de modos de producción jerarqui­ zados en tal o cual formación social determinada: Francia en 1838 (Marx, El 18 Brumario, La lucha de clases en Francia), Rusia en 1905 o 1917 (Lenin), etc.”. Y unos renglones más adelante: “Así, diremos que el concepto de modo de producción es un concepto teórico y que versa sobre el modo de producción en general, que no es un objeto existente en sentido preciso pero sí indispensable para el conocimiento de toda formación social, ya que éstas se estructuran por la combinación de varios modos de producción”.69 £ 1 m odo de producción capitalista: m ercancías, valor y plusvalía

Las mercancías Con la aparición del MP capitalista por primera vez en la historia eco­ nómica de la humanidad se generaliza la producción de mercancías. Ya no se produce para el autoconsumo individual, como en épocas pasadas, ni tam­ poco se busca la autosuficiencia económica de las diversas comunidades. La producción de bienes y servicios para intercambiar en el mercado alcan­ za un grado tal de extensión que se constituye uno de sus rasgos salientes. aplicación a la sociología negaban los subjetivistas. (...) el análisis de las relaciones sociales m ateria­ les perm itió inm ediatam ente observar la repetición y la regularidad, y sintetizar los sistemas de los diversos países en un solo concepto fundam ental de formación social”, escribió en ¿Quiénes son los ami­ gos del pueblo?, Siglo X X I, M éxico, 1974, pág. 15-16. (,y L. Althusser: “Acerca del trabajo te ó rico ”, en La filosofía como arma de la revolución, C uadernos de Pasado y Presente n° 4, M éxico, 1983, pág. 72-73.

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De manera concomitante con e] proceso anterior se formó asimismo el llamado mercado de trabajo, al que pudieron concurrir libremente los tra­ bajadores para vender su fuerza de trabajo. Se constituye de este modo una fuerza de trabajo libre en un doble sentido. De una parte, porque no existen restricciones de ninguna clase para la circulación de la mano de obra. U n obre­ ro puede decidir cambiar de rama de actividad sin ningún impedimento legal, si le conviene. Durante el feudalismo, en cambio, los siervos de la tierra per­ manecían ligados a la comarca en la que habitaban y no estaban autorizados a desplazarse hacia otros sitios. E incluso los aprendices dependientes de los maestros artesanos urbanos tenían limitaciones para su desplazamiento labo­ ral. De otra, porque el obrero se encuentra libre de toda otra posesión que no sea su propia fuerza de trabajo (lo que obviamente lo obliga a concurrir al mercado de trabajo en procura de ganarse su subsistencia). Ahora bien, el mercado es el hábitat de las mercancías. Si se conside­ ra, además, que la formación del mercado es condición para el surgimien­ to y desarrollo del capitalismo, puede entenderse por qué, en el comienzo de E l Capital, Marx indica que la mercancía es la “forma elemental” de MP capitalista. Y que además su análisis abre el camino de la compren­ sión de la dinámica general del capitalismo y de sus antagonismos centrar les.70 Cabe preguntarse, entonces, ¿qué es una mercancía? “La mercancía es, en primer término, un objeto externo, una cosa apta para satisfacer necesidades humanas, de cualquier clase que ellas sean”, dice Marx (K:3). O sea, es un objeto que sirve para algo, que tiene una utili­ dad. Esta depende de las cualidades materiales de los distintos objetos y la denomina valor de uso. Pero además, las mercancías tienen la propiedad de ser intercambiables, esto es, de que se pueden cambiar entre sí según cantidades más o menos estables. Tienen entonces también un valor en fun­ ción del cuál se intercambian. Marx indica que el soporte material de este valor es el valor de uso. Las mercancías son, en consecuencia, objetos que poseen un valor de uso y un valor. Marx se pregunta entonces ¿qué posibilita que las mercancías puedan intercambiarse? ¿qué hace que, por ejemplo, el hierro pueda intercambiar­ se por trigo? Desde la perspectiva de sus respectivas materialidades —y, por tanto, de sus cualidades—son completamente diferentes. Debe, sin embar­ go, existir algo que posean en común, para tornarse intercambiables. Pues bien, ese algo en común —sostiene M arx- es el hecho de que ambos son productos del trabajo. Pasa entonces a ocuparse de éste. 70 “ La riqueza de las naciones en que im pera el m odo capitalista de producción se nos aparece com o un inm enso arsenal de m ercancías y la m ercancía com o su form a elem ental. Por eso nuestra investigación arranca del análisis de la m ercancía” (K:3).

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Afirma que el trabajo humano puede ser considerado, como trabajo concreto, esto es, el del panadero, el del sastre, el del carpintero, el ebanis­

ta, el tejedor, el obrero metalúrgico o cualquier otro. Pero también como trabajo abstracto, esto es, “un gasto productivo de cerebro humano, de mús­ culo, de nervios, de brazo, etc.” (K:l 1). Es decir que, por un lado, está el trabajo concreto -al que también llama útil- cuyo resultado son valores de uso determinados: panes, martillos o pantalones. Pero por otro, tam­ bién está el trabajo abstracto, “un simple coágulo de trabajo humano indis­ tinto” (K:6), anota Marx. Todas las formas concretas del trabajo son, también trabajo abstracto; es decir, implican el trabajo abstracto o, como dice Marx, “empleo de fuerza humana de trabajo, sin atender para nada a la forma en que esta fuerza se emplee” (K:6). La modalidad abstracta del trabajo es el denominador común de todas las mercancías y constituye el fundamento del valor (o del valor de cam­ bio, como Marx también lo denomina).71 “¿Cómo se mide la magnitud de este valor?”, se pregunta Marx (K:6). Y responde: “Por la cantidad de sustancia creadora de valor, es decir, de trabajo, que encierra. Y, a su vez, la cantidad de trabajo que encierra se mide por el tiempo de su duración; el tiempo de trabajo tiene, finalmente, su unidad de medida en las distintas fracciones de tiempo: horas, días, etc.” (K:6). Las mercancías son incomparables desde el punto de vista del valor de uso, porque son cualitativamente diferentes. Pero el valor, en cambio, es un sustrato común a todas ellas. Como es susceptible de ser medido aporta tam­ bién la posibilidad de que se establezcan las proporciones en base a las cua­ les se puede realizar el intercambio entre bienes cualitativamente diferentes. El valor de una mercancía está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Como se ha mencionado inmediata­ mente más arriba, el valor es una magnitud es decir, tiene por lo menos una propiedad física que puede ser medida. Esta propiedad se puede medir en base al tiempo, cuyas unidades de medida son las fracciones. Marx acla­ ra que se trata de tiempo “socialmente necesario”; de otro modo los valo­ res de las mercancías dependerían, en parte, de la mayor o menor habilidad de los obreros que los producen. Y podría llegarse, incluso, a la paradoja de que las mercancías producidas por los menos hábiles fuesen más valio­ sas que las producidas por los más habilidosos. En consecuencia, un “tiem­ po de trabajo socialmente necesario es aquel que se requiere para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción y 71 Valor y valor de cam bio no son exactam ente lo m ism o; M arx consigna situaciones en E l Capi­ tal en las que am bos pueden no coincidir. Pero esta diferencia n o pesa sobre la cuestión que se está desplegando aquí.

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con el grado medio de destreza e intensidad de trabajo imperantes en la sociedad” (K:6-7). Hay bienes u objetos que pueden ser valores de uso sin por eso ser valores, por ejemplo, el aire o la tierra virgen. En estos casos, la utilidad que encierran esos bienes no resultan del trabajo humano. Pero puede suce­ der, también, que un objeto útil producido por el trabajo humano no sea una mercancía. Es el caso de objetos producidos para uso y/o satisfacción de necesidades exclusivamente personales de quien los crea. Marx aclara: “para producir mercancías no basta producir valores de uso, sino que es menester producir valores de uso para otros, valores de uso sociales” (K:8). Vale decir que es necesario que los valores de uso se produzcan para el mer­ cado, o sea, para ser intercambiados (y no para autoconsumo). Esto cons­ tituye un rasgo sobresaliente del MP capitalista, conforme se ha indicado más arriba: la generalización de la producción de valores de uso para eí intercambio, vale decir, de mercancías. Por último, Marx va a señalar que las cosas inservibles carecen de valor, por más tiempo que se insuma en su producción. Ningún bien puede ser portador de valor si simultánea­ mente no presenta alguna utilidad. Esto quiere decir que para servir de base al valor toda mercancía debe acreditarse como valor de uso.

La fuente del valor Hay una mercancía que se distingue entre todas, pues de su consumo brota el valor. Esta mercancía es la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo, que según Marx es la única fuente productora de valor. Esto quiere decir que de su utilización como valor de uso surge el valor. Se trata, entonces, de una mer­ cancía muy especial cuyas características conviene examinar con algún deta­ lle antes de analizar cómo funciona el proceso en el que se produce el valor. La mercancía fuerza de trabajo tiene un valor de uso y un valor (o valor de cambio). Obviamente por eso es una mercancía. En tanto que valor de uso tiene una utilidad, sirve para algo. Es este o aquel trabajo concreto: el de sastre, albañil o tornero. Y tiene también un valor (o valor de cambio), que es el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir y repro­ ducir un trabajador, que es el portador de esa fuerza de trabajo. Marx lo dice de la siguiente manera: “El valor de la fuerza de trabajo, como el de toda otra mercancía, lo determina el tiempo de trabajo necesario para la produc­ ción, incluyendo, por lo tanto, la reproducción de este artículo específico. (...) la producción de la fuerza de trabajo consiste en la reproducción o con­ servación de aquél” (K:124). Dicho valor puede representarse como la suma de medios de vida que el trabajador necesita para conservarse (alimento, ves­ 120

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tido, techo, etc.) y para reproducirse, esto es, para sostener una familia y pro­ crear. “El valor de la fuerza de trabajo se reduce al valor de una determinada suma de medios de vida. Cambia, por tanto, ai cambiar el valor de .estos, es decir, al aumentar o disminuir el tiempo de trabajo necesario para su producción'' (K:125), escribe Marx. Es, por tanto variable, conforme sea el valor de los medios que son necesarios para proveer a la subsistencia y a la reproducción del trabajador. Puede calcularse la suma de valores demandada para la pro­ ducción y reproducción de la fuerza de trabajo en base a la medición del tiempo de trabajo que hace taita para producir los bienes y servicios que garantizan su subsistencia y reproducción. El tiempo, a su vez, se puede medir por sus unidades o fracciones: por hora, por día, por semana, etc. Marx acla­ ra, además, que sobre la valoración de la fuerza de trabajo pesa también un elemento “histórico morar’: las condiciones y los hábitos prevalecientes en cada país, bajo los cuales se ha formado y desarrollado dicha fuerza de tra­ bajo, que inciden sobre sus preferencias (por ejemplo, los obreros franceses prefieren el vino a la cerveza y los ingleses a la inversa) pero también sobre el nivel de vida mínimo exigible en cada caso y, por tanto, sobre su valor. Se puede ahora regresar a la formulación que establece que la fuerza de trabajo es una mercancía y, por lo tanto, posee un valor (o valor de cam­ bio) y un valor de uso. La fuerza de trabajo, como cualquier mercancía, se obtiene en el mercado (en este caso, en el mercado de trabajo). La con­ tratación de fuerza de trabajo por parte de un empresario capitalista supo­ ne un desembolso equivalente al valor (o valor de cambio) de aquella; lo mismo ocurre cuando compra una tonelada de hilado de algodón para uti­ lizar como materia prima o un kilogramo de pan para el almuerzo y la cena. Cuando las mercancías son llevadas al mercado para ser negociadas allí, lo que se pone enjuego es su valor (o valor de cambio). Los comprado­ res preguntan cuánto vale un paquete de clavos o un kilogramo de lechu­ ga; por su parte los vendedores se afanan por sacar el mayor provecho de lo que tienen para mercar. Esto parece obvio, pero se verá que lo no es tanto Las mercancías, todas ellas incluida la fuerza de trabajo, comprome­ ten -po r decirlo asi- en el mercado su faceta valor (o valor de cambio). Ahora bien, cuando fuera del mercado son utilizadas o consumidas, la face­ ta que se compromete es su valor de uso. Así sucede con el algodón, que el empresario compró como materia prima y con el pan, que consumirá en la cena. Y así ocurre también con la fuerza de trabajo que contrató en el mercado laboral para que trabaje en su empresa textil, cuando éste con­ curre a su fábrica a trabajar. En todos esto casos, lo que se utiliza o con­ sume es la utilidad (el valor de uso): del hilado de algodón para confeccionar telas, del pan para alimentarse y de la fuerza de trabajo para trabajar y producir. Ahora bien, se ha visto más arriba que el valor de uso

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de la fuerza de trabajo tiene dos formas: trabajo concreto (o útil), y tra­ bajo abstracto. En tanto trabajo concreto (o útil) produce valores de uso (telas de algodón, por caso, para seguir con el ejemplo); como trabajo abs­ tracto produce valor. El trabajo abstracto es leí secreta fuente del valor. Es conveniente retener esta doble diferenciación de la fuerza de tra­ bajo: a) como valor (o valor de cambio) en el momento de ser contrata­ da en el mercado y como valor de uso a la hora de ser incorporada al proceso de producción; y b) como trabajo concreto (o útil) en el momento de pro­ ducir valores de uso, pero también como trabajo abstracto, a la hora de incor­ porar/generar valor, pues se la verá reaparecer jugando un papel de enorme significación en el apartado que sigue. E l capital: valor que se valoriza

Marx indica que la producción de mercancías y el desenvolvimiento de su circulación (o sea, el comercio) constituyen las premisas históricas básicas del surgimiento del capital. Con más rigor aun sostiene que la cir­ culación de mercancías es su punto de arranque. Marx imagina la siguiente fórmula para explicar con sencillez la cir­ culación de mercancías. Esta asume la forma M —D - M, donde M sig­ nifica mercancía y D dinero. U n poseedor de mercancías cualquiera, un agricultor que cultiva tomates, por ejemplo, lleva al mercado un lote de su producción (M), la vende (D), y con el dinero que obtiene mediante esa transacción compra otras mercancía (M) que necesita. Lo mismo hace un obrero: lleva su mercancía fuerza de trabajo (M) al mercado de traba­ jo, la vende (D) a un capitalista y con el producto de esa transacción adquie­ re las mercancías (M) que necesita para subsistir. Esta fórmula tiene dos momentos. Primero ocurre una venta: M —D, y después una compra: D —M. Por definición se postula que en todas estas transacciones todo se compra y se vende por su valor: nadie engaña a nadie. Establecidas así las cosas, se puede decir que el objetivo final de este movi­ miento es el valor de uso, es decir, conseguir valores de uso diferentes del o los propios, con el objeto de satisfacer necesidades de la índole que fue­ ren. No hay aquí beneficios pecuniarios de ninguna clase. La ganancia -si es que se la puede llamar así—estriba en ampliar las oportunidades de con­ sumo. Por ejemplo, nuestro agricultor vende sus tomates y consigue a cam­ bio pan, prendas de vestir, combustible o lo que sea. Sin alterar la masa de valor contenida en sus tomates, consigue bienes de uso diversificados. (La inversa también es posible: un poseedor de mercancías diversas puede inten­ tar venderlas para comprar, luego, un automóvil, por ejemplo).

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Existe, sin embargo, otra forma de circulación en el capitalismo, cuya expresión gráfica resulta de invertir los términos de la anterior. En lugar de iniciarse con una venta, comienza con una compra, y en lugar de ter­ minar con una compra, finaliza con una venta. El ciclo se representa de la siguiente manera: D —M —D. Veamos qué sucede en este caso. Alguien entra con dinero (D) al mercado para comprar mercancías (M), vende luego mercancías (M) para obtener nuevamente dinero (D). Todo ese movimiento resultaría insensato si al cabo del mismo D siguie­ ra siendo D, es decir, si quién realiza estas transacciones obtuviera al fina­ lizar el ciclo la misma cantidad de dinero con la que entró. En la forma M - D - M el beneficio consiste en un mejoramiento de las posibilida­ des de consumo, dada una dotación inicial determinada de M en poder de alguien. ¿Cual es el beneficio en este segundo caso?, ¿cambiar dinero por dinero, en una cantidad igual?. El verdadero sentido de este movimiento consiste en obtener más dine­ ro al finalizar el ciclo, que aquél que se tenía al comenzarlo. La verdade­ ra fórmula sería, entonces, D —M —D \ donde D ’= a l) + AD.72 A ésta, Marx la llama la fórmula general del capital. Imagínese —manteniendo siempre el supuesto colocado por definición de que todo se compra y se vende por su valor, es decir, que nadie enga­ ña a nadie—que alguien que posee dinero (D), adquiere con él maquina­ rias y utensilios de trabajo, materias primas, alquila un local y contrata fuerza de trabajo (todo eso se expresa como M), ensambla todo eso bajo su tute­ la y pone en marcha un proceso de producción. Obtiene una nueva mer­ cancía (M) que vende nuevamente en el mercado, obteniendo esta vez una D ’, es decir, su D inicial más un incremento. ¿De dónde sale ese D ’? Todos los componente que participan en el proceso de producción -digamos por caso, de una pieza de tela de algodón, para seguir con el ejemplo anterior—transfieren su cuota-parte de valor a la nueva mercan­ cía: la amortización de los equipos y utensilios, el alquiler del local y has­ ta la función de dirección que ejerce el propio capitalista, cuya producción como tal dirección también requiere un tiempo de trabajo socialmente necesario. Reitero: todos los componentes mencionados hasta aquí trans­ fieren a la nueva mercancía la parte estrictamente proporcional de valor que les ha insumido producirla. De nuevo: nadie engaña a nadie. Todo valor insumido se transfiere de manera directa al nuevo producto. Ahora bien ¿qué ocurre con esa mercancía excepcional que es la fuer­ za de trabajo? Se la contrata en el mercado laboral por su valor (o valor de cambio). Incorporada al proceso de producción —es decir, ya en la 72 La letra griega A, delta m ayúscula, significa increm ento en ei lenguaje de las m atem áticas.

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fábrica, no en el mercado—se desempeña no como valor sino como valor de uso. En ésta condición, su faceta de trabajo concreto (o útil) se aplica .1 la producción de valores de uso (piezas de tela de algodón). Mientras que su faceta de trabajo abstracto genera valor, agrega valor a los materiales sobre los que se aplica.

Todo el misterio de D ’ consiste en que el valor que agrega la fuerza de trabajo en su calidad de excepcional valor de uso, diferente de todos los demás es mayor que su valor (o valor de cambio) en el mercado, lil

valor y el valor de uso de la fuerza de trabajo son dos dimensiones completamen­ te diferentes, como lo son en cualquier mercancía. El pan, por ejemplo, tiene un

valor en el mercado y posee asimismo un valor de uso: alimentar. Es decir, se lo compra por su valor, pero lo que se come no es este valor sino su valor de uso, para decirlo de manera grosera pero ilustrativa. Con la fuer­ za de trabajo ocurre lo mismo. Tiene un valor en el mercado y un valor de uso especialísimo, en virtud de una de sus dos facetas: generar valor. El capitalista paga en el mercado el valor de la fuerza de trabajo, ni más ni menos. Pero en la fábrica no “utiliza” ese valor (decirlo así es, en rigor, un sin sentido) sino su valor de uso. De nuevo, entonces, el valor que agre­ ga una de las facetas (la de trabajo abstracto) de la fuerza de trabajo en tan­ to valor de uso, es mayor que lo que es su valor en el mercado. Veamos un ejemplo. Se podría decir que el valor (o valor de cambio) de la fuerza de trabajo contratada por el capitalista productor de piezas de tela de algodón es de 10 unidades dianas (se están suponiendo aquí valo­ res absolutamente arbitrarios de una escala imaginaria) mientras que el valor que es capaz de agregar en e! proceso de producción esa misma fuerza de trabajo es de 15 unidades dianas. Si se asignan valores también arbitraria­ mente a los otros componentes del proceso de producción identificados más arriba tendríamos el siguiente cuadro, supongamos que diario: —amortización de equipos y utensilios —materias primas —alquiler del local —dirección del proceso —valor de la fuerza de trabajo (mercado)

1 5 2 ___2 10 10 20

Volviendo sobre la fórmula general puede señalarse, entonces, que en el tramo inicial (D —M) nuestro capitalista debió desembolsar dinero por el equivalente de 20 unidades de valor. Pero en el segundo tramo (M — D ’) ocurrió los siguiente:

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—transferencias de valor al nuevo producto (equipos y utensilios, materias primas, alquiler y dirección) —incorporación de valor (fuerza de trabajo, como valor de uso en la producción, faceta trabajo abstracto)

10 15 ______ 25

De donde se desprende que en el segundo tramo nuestro capitalista obtuvo un dinero equivalente a 25 unidades de valor. Si se aplican los guarismos del ejemplo a la fórmula general del capi­ tal (D —M —D ’) quedaría: 20 —M —25. Tal como se había planteado más arriba D ’= D + AD, de dónde se sigue que AD = 5. Estas 5 unidades de valor representan la diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo en el mercado y su capacidad de generar valor en tanto valor de uso (o sea, en la producción). Dichas 5 unidades quedan contenidas en las mercancías elaboradas y como éstas son de pro­ piedad del capitalista pasan a integrar su beneficio cuando son vendidas. A ese AD Marx lo denomina plusvalor o plusvalía. Como es obvio, esta plus­ valía resulta de explotar el trabajo asalariado: su contenido es en su tota­ lidad trabajo no pagado. La obtención de plusvalía es la meta de los capitalistas. Por lo tanto, es el verdadero motor interno del capitalismo. La acumulación de capital es, en rigor, acumulación de plusvalía. Esta, a su turno, resulta de la explotación de trabajo no pagado. De aquí surge la conocida fórmula que sostiene que el capital es trabajo acumulado. Menos usada, pero quizá mas adecuada, es la que sostiene que el capital es valor que se valoriza. En efecto, el capital bajo la forma de dinero con que comienza el ciclo D —M —D ’, es valor que exis­ te bajo la forma dineraria. Se transmuta en mercancías (M) con el objeto de obtener un incremento de valor, esto es, de valorizarse. Valor que se valoriza: debe entenderse también que el valor no exis­ te en estado puro. Como el alma cristiana en el cuerpo humano, sólo pue­ de tener existencia en el cuerpo de alguna mercancía. De aquí que el ciclo del capital esté indisolublemente ligado al movimiento y producción de mercancías. Y que el movimiento del capital sea incesante, pues lleva en sí mismo su fin.73 Cuando se compra para vender (D —M - D ’) el proce­ so empieza y termina con el mismo propósito: obtener dinero, operación 73 “ ...la circulación del dinero com o capital lleva en sí m ism o su fin, pues la valorización del valor sólo se da dentro de este proceso constantem ente renovado. El m ovim iento del capital es, por tan­ to, incesante” (K:108).

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que sólo tiene sentido si e] monto con que se sale del circuito es mayor que aquél con que se entra. Y de aquí, también, que la mercancía sea el punto de arranque del capital, según consigna Marx -com o se ha men­ cionado más arriba—al comienzo de El Capital. Clases, Estado, ideología y cam bio social

Desde El Manifiesto Comunista en adelante, Marx repite una y otra vez que la historia humana resulta de un proceso de lucha entre sectores socia­ les enfrentados. Es lo que Marx llama lucha de clases. De dónde puede fácil­ mente colegirse el lugar central que dicho concepto ocupa en su interpretación de la realidad.74 Desde su perspectiva, las clases más importantes están ligadas al anta­ gonismo fundante de cada MP: señores y siervos, en el MP feudal, o, bur­ gueses y proletarios, en el MP capitalista, por ejemplo. Pero es asimismo capaz distinguir matices y complejidades. Escribe (con Engels), por ejem­ plo: “En las anteriores épocas históricas encontramos casi por todas par­ tes una completa división de la sociedad en diversos estamentos, una múltiple escala gradual de condiciones sociales. En la antigua Roma halla­ mos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros, oficiales y siervos, y, además, en casi todas estas clases todavía encontramos gradaciones especiales”, en el recién mencio­ nado El Manifiesto Comunista (MC:66). Según sea el nivel de análisis en el que se sitúe resulta más o menos complejo y/o refinado su abordaje. En el nivel del MP registra las clases fundamentales, ligadas al antagonismo básico de aquél; cuando se trata de sociedades concretas se abre, en cam­ bio, a la complejidad de cada caso. En el caso de la sociedad capitalista, que como se ha dicho más arri­ ba es la que le interesa en particular estudiar a Marx, las clases fundamen­ tales son la burguesía y el proletariado, según se desprende nítidamente del análisis del MP capitalista. En este caso, la variable básica que determina la pertenencia a uno u otro grupo, es la propiedad privada de los medios de producción o la carencia de tal propiedad. Otras variables intervienen a la hora de refinar el análisis, por ejemplo, la dimensión o grado en que 74 M arx y Engels escriben en El Manifiesto Comunista: “ La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es ia historia de la lucha de clases. H om bres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, m aestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprim idos se enfrenta ­ ron siem pre, m antuvieron una lucha constante, velada a veces y otras franca y abierta; lucha que ter­ m inó siem pre con ia transform ación revolucionaria de toda !a sociedad o el hundim iento de las clases beligerantes.” (MC.-.65-66).

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se es poseedor. En El Manifiesto Comunista, por ejemplo, identifica a Jas capas inedias -la expresión es suya- entre las cuales cuenta el pequeño indus­

trial, el pequeño comerciante, el artesano y el campesino.75 Marx no se detiene a elaborar conceptualmente esas categorías. En rigor, no hay en Marx una teoría de las clases. En algunos casos ofrece cier­ tas indicaciones sobre la marcha; en otros —como el que se ha menciona­ do arriba—se limita a hacer una simple mención. Modernamente se ha buscado interpretar desde el punto de vista metodológico este proceder de Marx. Así, por ejemplo, la distinción básica entre la burguesía y la pequeño burguesía estaría dada por la utilización o no de trabajo asalaria­ do. Esto porque ambos son poseedores de medios de producción. Pero en un caso se contrata mano de obra y en el otro no, es decir, es el mismo capitalista quien trabaja el medio de producción que posee. Tampoco hay en ¿Marx una teoría del Estado desarrollada. Hay ape­ nas algunos rudimentos o indicaciones dispersas colocados aquí o allá. En El Manifiesto Comunista , por ejemplo, establece que en cada etapa de la evo­ lución recorrida por la burguesía desde el momento en que aparece y se consolida como clase subalterna en el orden todavía feudal, hasta su coro­ nación como clase dominante, ha sido acompañada por su correspondien­ te éxito político. Su reconocimiento como “tercer estado”, o su dominio hegemónico del Estado son ejemplos de ello. En este último sentido, explícitamente sostiene que “el gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa” (MC:69). En La Ideología Alemana formula por primera vez la idea de que la dominación económica deviene dominación política. Es decir, que las cla­ ses económicamente dominantes se convierten en políticamente dirigen­ tes. Sostiene, por ejemplo, que “la burguesía, por ser ya una clase y no simplemente un estamento, se halla obligada a organizarse en un plano nacional y a dar a su interés medio una forma general. Mediante la eman­ cipación de la propiedad privada con respecto a la comunidad, el Estado cobra una existencia especial junto a la sociedad civil y al margen de ella; pero no es tampoco más que la forma de organización que se dan nece­ sariamente los burgueses, tanto en lo interior como en lo exterior, para la mutua garantía de su propiedad y de sus intereses” (IA:71-72). Es decir, su posición de predominio en el terreno económico al extenderse al pla­ no de la nación, la obliga a darse una organización y un programa de acción que vehiculice en el terreno político aquel predominio nacional. Como consecuencia, provee garantías a sus propiedades e intereses. 7-1Véase M C ; 81.

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Estas ideas, junto a la aún más general relativa a la capacidad de detei minación en última instancia de la base sobre la superestructura —recuei dese que el Estado íntegra esta superestructura-, constituyen un marc o conceptual general sobre la cuestión estatal pero no algo que pueda deno minarse una teoría del Estado. Esto fue reiteradamente señalado, i n c l u s o por los propios marxistas que nunca negaron esta “laguna” en la concep tuaiización de Marx. Con respecto a la cuestión de la ideología hay en Marx una cierta poli semia. Utiliza el concepto, a veces, en un sentido inocuo, como equiv.i lente a sistema de ideas (filosóficas, económicas, religiosas, etc.). Pero asimismo lo utiliza en un sentido que quizá podría caracterizarse de duro En este caso enfatiza la función de ocultamiento que cumple la ideología, como cuando al iniciar el “Prólogo” de La Ideología Alemana escribe “has ta ahora, los hombres se han formado siempre ideas falsas acerca de sí mis mos, acerca de lo que son o debieran ser”. En este caso, la ideología sigue siendo un sistema de ideas. Pero su efecto, en términos de conocimiento, no da como resultado un saber genuino sino, al reves, oculta la verdad. Sin dudas su aporte más significativo a la teoría social se encuentra en este últi mo terreno, que debe considerarse con cierto detenimiento. Marx entiende que la problemática ideológica está determinada poi dos grandes asuntos: a) la producción social de la ideología b) la existencia de distintas formas de conciencia (lo que conduce ,t la cuestión del efecto de ocultamiento). La producción social de la ideología está implícita en la idea de socie­ dad entendida como compuesto de base y superestructura. Como se ha visto más arriba, la ideología integra la superestructura. Le cabe, en con­ secuencia, la determinación en última instancia por parte de la base. Un mayor nivel de particularización de la proposición antedicha se encuen tra en la fórmula que Marx anota por primera vez en La ideología alema­ na y que repite luego levemente retocada en el “Prólogo” de Contribución a la crítica de la economía política: “No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia” (IA:66-67). Tan dependiente de su producción social es la ideología que Marx llega a decir-de nuevo en Im Ideología A le­ mana- que la ideología en cualquiera de sus formas -moral, religión, meta­ física, etc.—carece de historia propia. Los hombres cambian sus maneras de pensar —a su juicio—no como consecuencia de desarrollos habidos en ese terreno, sino a raíz de cambios ocurridos en su forma de producción y de intercambio materiales. Al cambiar esta última realidad, cambian tam 128

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bien las formas del pensamiento y de la representación del mundo (la ide­ ología). Su historia es, en rigor, la de las condiciones sociales bajo las cua­ les fue generada.76 La existencia de distintas formas de conciencia, por su parte, depen­ de en buena medida de lo establecido inmediatamente más arriba. Distin­ tas formas de ser social, es decir, distintas clases de inserción social dan como resultado distintos tipos de conciencia. Razonando en el nivel del MP, por ejemplo, puede establecerse que existe una forma burguesa de conciencia y una forma proletaria. En el terreno de los distintos tipos de sociedad (que presentan un grado de complejidad social mayor que el habido en el MP), por caso, la sociedad capitalista, es posible distinguir también una ideolo­ gía pequeño-burguesa, por ejemplo. De donde se sigue que estructuras sociales diversas dan como resultado formas diferentes de conciencia. La cuestión del efecto de ocultamiento, a su vez, reposa sobre un doble desajuste: a) en el plano de lo real, el desajuste entre esencia y apariencia; b) en el plano de los hombres, entre conocimiento y conciencia.

Tal como se ha visto más arriba cuando se presentaron los fundamen­ tos de la teoría marxista del conocimiento, el modo en que los hechos se presentan “en la superficie” no brindan suficiente asidero como para que con base en lo que se percibe en ese nivel se pueda tener una adecuado entendimiento de las causas que determinan los fenómenos. El llamado círculo concreto-abstracto-concreto se refiere precisamente a ello. Es nece­ sario penetrar la superficie de lo aparente, de lo fenoménico, para inter­ narse en la búsqueda de las determinaciones últimas, que fundan la explicación de los diversos fenómenos. Las diversas formas de conciencia realizan este recorrido de manera incompleta o imperfecta (excepto una, como se verá un poco más adelante), lo que les impide llegar a esas deter­ minaciones últimas, por lo que se ven imposibilitadas de trascender el pla­ no de lo aparente para alcanzar el esencial. En el capítulo IV de El Capital Marx ofrece un principio de explica­ ción de por qué ocurre esto en la sociedad capitalista. Los movimientos y transacciones que tienen lugar en la esfera de la circulación de mercancías, donde todo se compra y se vende por su valor, donde campean la libertad (de movimientos y de contratación, entre otras) y la igualdad jurídica, y don­ de las diversas búsquedas individuales del propio provecho se entretejen entre sí de manera armónica, abren un terreno propicio para el desarrollo de elu­ cubraciones ilusorias. Nada de lo que se muestra en el plano de la circula/(>Véase, p or ejem plo, IA:69.

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ción resulta igual en el terreno de lo esencial, es decir, en el terreno de la producción, que es el ámbito donde se materializan y actúan las fuerzas pro­ ductivas y las relaciones de producción. En este plano (el de la producción), el intercambio de equivalentes, la libertad, la igualdad y el utilitarismo se des­ vanecen para dar lugar a la ultima ratio del capital: la búsqueda de la plusva­ lía (que, como se ha visto más arriba, implica la explotación de la fuerza de trabajo, con todos los males que ello acarrea, según la concepción de Marx). Marx caracteriza como “burguesa” y como ideológica a toda la pro­ ducción de teoría de su época, basada de uno u otro modo en la ilusión de igualdad, libertad, utilidad y/o intercambio de equivalentes, en cual­ quiera de los campos en que se hubiere desarrollado: filosófico, económi­ co, político, social, etc. Esas teorizaciones eran, a su juicio, incapaces de llegar hasta el plano de lo esencial y proponían, por lo tanto, explicacio­ nes en último análisis falsas de los fenómenos que procuraban estudiar. Al generar una sustitución, un quid pro quo resultante de investir como ver­ dadero algo que en rigor es falso, producían un efecto de ocultamiento. Y por esta vía colaboran con la dominación de clase de la burguesía, pues en el fondo, lo que queda ocultado, es el fenómeno de la explotación y de la apropiación de la plusvalía por parte del capitalista. De lo anterior se desprende que tomar conciencia no es lo mismo, para Marx, que conocer. Retomando una distinción que, con otro sen­ tido había practicado ya Vico, Marx establece una diferencia entre concien­ cia y ciencia. Las ideologías que conducen a falsos saberes producen, sin embargo, concepciones sobre la vida, el mundo, los valores, etc.. Son, por lo tanto, formas de conciencia, aunque se basen en supuestos falsos. Hay, sin embargo, una forma -y sólo una- de conciencia que conduce hacia la ciencia, es decir, hacia el saber. Es la conciencia proletaria. Sólo el pun­ to de vista del proletariado, que vive en carne propia la explotación y es el principal interesado en promover un cambio, es capaz de sostener una inmersión sistemática en el espacio de lo esencial. Asumir ese punto de vista y sostenerlo consecuentemente es lo que posibilita encontrar las deter­ minaciones últimas y producir saber, en el ámbito de las ciencias sociales. La conciencia proletaria, también llamada “ideología del proletaria­ do” es, por lo tanto, la única que produce saber (y no falso saber) y es, por consiguiente, una herramienta fundamental para el cambio social. Marx, un poco a la manera de Saint Simón, entendía que en el inte­ rior de los viejos MP y de las viejas sociedades se iban gestando los gérme­ nes de las nuevas. Desde una perspectiva general sostenía que “en un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la socie­ dad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o —lo cual sólo constituye una expresión jurídica de lo mismo—con las rela130

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cuanto el agente histórico -1a clase obrera—destinado a derrocar a la bur­ guesía mediante un proceso revolucionario (la revolución proletaria). En opinión de Marx, el modo de producción capitalista contiene anta­ gonismos cuyo desarrollo es inevitable, teniendo en cuenta la dinámica que lo preside. Entre otros procesos concurrentes a la agudización de dichos antagonismos, se encuentran: la concentración del capital (es decir, de la propiedad de los medios de producción); la extensión de las relaciones sociales capitalistas a todas las ramas y sectores de la producción y la for­ mación y desarrollo de un mercado mundial; la sustitución progresiva de fuerza de trabajo por capital constante (bienes de producción y tecnolo­ gías que ahorran mano de obra e incrementan la productividad del tra­ bajo; el consecuente desarrollo de un ejército industrial de reserva (la sobrepoblación relativa); y la tendencia a la baja progresiva de la tasa de beneficio media de los capitalistas. Todo esto genera condiciones propi­ cias para la transformación revolucionaria del MP capitalista. Para que ello efectivamente ocurra deben darse en las distintas sociedades concretas, sin embargo, condiciones históricas específicas. La más importante, segura­ mente, es la conversión de la clase obrera en sujeto de acción política a partir de la toma de conciencia de sus verdaderos intereses históricos. Este proceso de toma de conciencia y de organización, que Marx llamó el pasa­ je de la clase en sí a la clase para sí quedó, como la cuestión del Estado, sin un desenvolvimiento exhaustivo en su obra. Otros marxistas tomaron para sí la tarea de desarrollar este asunto tanto en el plano conceptual como en el práctico. Dos de ellos fueron Vladimir Lenin y Antonio Gramsci,77 que dejaron obras a propósito de lo que también dio en llamarse la “teoría del partido”, que orientaron por años a sus seguidores. 77 A ntonio Gram sci (1891-1937) fue cofundador del Partido C om unista de su país (Italia). D es­ arrolló una labor teórica trascendente. Fue perseguido y encarcelado p or el régim en fascista. Su obra, escrita en lo sustancial m ientras estaba en prisión, se com enzó a conocer recién después de la finali­ zación de la lia. G uerra M undial.

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APUNTES DE SOCIOLOGÍA

Durkheim

Centralidad de la problem ática de la cohesión

Tal como ha sido planteado ya en el Capítulo IV, el estudio de los vín­ culos entre individuo y sociedad constituye la piedra angular de la teori­ zación de Durkheim. A su modo de ver, en ese vínculo existe una supremacía de la sociedad frente al individuo que se deriva del poder moral que posee aquélla, en virtud del cual es capaz de poner límites a la nece­ sidad humana y desarrollar una capacidad reguladora de la vida social. “Toda sociedad es una sociedad moral” afirma en La División del Trabajo Social -según se ha visto en antedicho capítulo- de donde se desprende que la Sociología es la ciencia de la moral. Entendida no como una acti­ vidad orientada a establecer o discutir la validez ética de los diversos sis­ temas axiológicos, jerarquías de valores o sistemas normativos, sino como práctica científica que tiene por objeto estudiar la sociedad como moral. Esto es, la capacidad reguladora y cohesionadora que se deriva, precisa­ mente, de la sociedad entendida como moral. “¿Cómo es posible que, al mismo tiempo que se hace más autóno­ mo, dependa el individuo más estrechamente de la sociedad? ¿Cómo se puede ser a la vez más personal y más solidario?”, se pregunta en el “Pre­ facio” a la la. edición la obra citada inmediatamente más arriba. Esta pre­ gunta hace más específica su preocupación central y abre el camino de su indagación en torno de una problemática que será fundante de su que­ hacer sociológico: la de la solidaridad social (o lo que es lo mismo, la de la cohesión social). A su modo de ver, “la vida social mana de una doble fuente: la seme­ janza de las conciencias y la división del trabajo social” (DTS:267). Es decir, la vida social, que es vida en común y es también vida regulada, depen­ de de dos grandes asuntos: la semejanza de las conciencias y la solidari­ dad que surge de la cooperación. Según Durkheim hay en los individuos dos tipos de conciencia. Una, que contiene solamente los estados personales de cada quien y que son pro­ 132

VI. PROBLEMAS, CONCEPTOS Y DINÁMICAS

píos de cada uno. Es una conciencia individual que representa la perso­ nalidad de cada sujeto. Otra, que representa el tipo colectivo y se expre­ sa a través de creencias y sentimientos comunes a todos los miembros del grupo. Llama a esta última indistintamente conciencia colectiva o alma colec­ tiva y le atribuye una significativa capacidad para generar solidaridad (o cohesión), que se sustenta en la semejanza. Resulta, así, una clase de cohe-sión social que procede de un estado de conciencia que es común a todos los miembros de una sociedad. Durkheim llama a este tipo de cohesión solidaridad mecánica, pues como ocurre con los cuerpos inorgánicos, las moléculas que los componen care­ cen de movimientos propios. Según sus propias palabras: “Las moléculas sociales [...] no podrían pues moverse con unidad sino en la medida en que carecen de movimientos propios, como hacen las moléculas de los cuerpos inorgánicos. Por eso proponemos llamar mecánica a esa especie de solidaridad” (DTS: 153) Esta clase de solidaridad es típica de las sociedades homogéneas y poco desarrolladas, en las cuales la división del trabajo aún es incipiente. En las sociedades más complejas juega todavía algún papel, pero el fundamento de la cohesión de éstas es otro. En efecto, cuando las sociedades se complejizan avanzan dentro de ellas la división del trabajo y la especialización; al mismo tiempo se incremen­ ta la “autonomización” de las personas, es decir, su individualización. En consecuencia, la semejanza de las conciencias se restringe para dar lugar a una mayor diferenciación de lo individual. En estos casos aparece la segunda fuente de la cohesión: el incremento de la división del trabajo y de la especialización operan en el sentido de la individualización pero tam­ bién hacen a los individuos más dependientes entre sí. Los convierte en sujetos cooperadores que no obstante sus diferencias —más bien debido a ellas—se necesitan recíprocamente. Durkheim llama a este tipo de cohe­ sión solidaridad orgánica, por su semejanza con el comportamiento de los órganos en los animales superiores. De nuevo según sus propias palabras: “Esta solidaridad se parece a la que se observa en los animales superiores. Cada órgano, en efecto, tiene en ellos su fisonomía especial, su autono­ mía y, sin embargo, la unidad del organismo es tanto mayor cuanto que esta individualización de las partes es más señalada. En razón de esta ana­ logía, proponemos llamar orgánica a la solidaridad debida a la división del trabajo” (DTS: 154) La solidaridad mecánica tiende a disminuir en razón directa al incre­ mento de los márgenes de individualización y viceversa, la solidaridad orgá­ nica disminuye en relación directa con la ausencia de individualización. Podría quizá pensarse que ambos tipos de solidaridad remiten a formas dife133

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rentes de sociedad: poco desarrolladas en un caso, más complejas en el otro. Sin embargo, Durkheim se encarga explícitamente de no alentar interpre­ taciones rígidas de su concepción. La vida social es una sola —sostiene—aun­ que mane de una doble fuente. Claramente se sigue de sus puntualizaciones que en las sociedades funcionan ambos tipos de solidaridad. Dice, por ejemplo: “No se ve a la sociedad bajo un mismo aspecto en los dos casos”. Se refiere, obviamente a ambos tipos de solidaridad; y es remarcable el hecho de que se refiere a “la sociedad”, esto es a una unidad, que presen­ ta dos aspecto. Y sigue: “En el primero, lo que se llama con ese nombre [solidaridad, E.L.] es un conjunto más o menos organizado de creencias y sentimientos comunes a todos los miembros del grupo: este es el tipo colectivo. Por el contrario, la sociedad de que somos solidarios en el segun­ do caso es un sistema de funciones diferentes y especiales que unen rela­ ciones definidas. Estas dos sociedades, por lo demás, constituyen sólo una. Son dos aspectos de una sola y misma realidad...” (DTS:151). Durkheim quiere evitar simplificaciones que reduzcan la posibilidad de comprender los fenómenos. Desde luego, en las sociedades poco des­ arrolladas, con escasa diferenciación interna, la importancia de la solida­ ridad por semejanza es muy grande. En las más desarrolladas, en cambio, funcionan ambas fuentes. Lo norm al y lo patológico

Fiel descendiente directo del pensamiento de la Ilustración y del posi­ tivismo en ciencias sociales, Durkheim va a plantear una inteligente dis­ cusión acerca del lugar que ocupan los fines y los valores en la ciencia. ¿Debe ésta —en particular la ciencia social- decidir si sólo se limita a expli­ car cómo unas causas producen unos efecto, o debe además decir qué fines deben ser perseguidos? Si bien conoce las posiciones de quienes sos­ tienen que la ciencia sólo conoce los hechos y nada enseña sobre lo que los hombres deben querer o las metas que deben perseguir, no las apre­ cia. Entiende que esta manera de entender las cosas despoja a la ciencia de la posibilidad de cualquier eficacia práctica. “Si la ciencia no puede ayudarnos en la elección del mejor fin ¿cómo podría enseñarnos cuál es el mejor camino para llegar a él?”, se pregunta en Las Reglas del M éto­ do Sociológico (RMS:51) ¿Acaso la ciencia no debe estar en condiciones de recomendar cuál es la vía más rápida, la más económica o la más segu­ ra? Además, ¿no es todo medio, en sí mismo, un fin? ¿Cómo discernir? Racionalista al fin, elige “reivindicar los derechos de la razón sin recaer en la ideología” y se dispone a establecer la distinción entre lo normal

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VI. PROBLEMAS, CONCEPTOS Y DINÁMICAS

y lo patológico en el ámbito de la sociología, apelando a la ayuda de la biología. “Efectivamente -dice- tanto para las sociedades como para los indi­ viduos, la salud es buena y la enfermedad, por el contrario, es lo malo que debe ser evitado. Por lo tanto, si encontramos un criterio objetivo, inhe­ rente a los hechos mismos, que nos permita distinguir científicamente la salud de la enfermedad en los diversos órdenes de fenómenos sociales, la ciencia estará en condiciones de esclarecer la práctica, sin dejar por ello de ser fiel a su propio m étodo” (RMS:52). En busca de ese criterio obje­ tivo y con la ayuda de la biología construye, en primer lugar, el concep­ to de tipo medio, al que define como el “ser esquemático que se constituiría reuniendo en la misma totalidad, en una especie de individualidad abstrac­ ta, los caracteres más frecuentes en la especie, con sus formas más frecuen­ tes...” (RMS:56). Como se ve, el concepto de tipo medio supone el de especie, y debe contemplar -asimismo- la posibilidad de la variedad regu­ lar, conforme ocurre en aquéllas: los standards de salud de los adultos no son los mismo que los de los niños y los de éstos tampoco son similares a los de los ancianos. Una cosa semejante ocurre con las sociedades. Un hecho social, sostiene, “sólo puede llamarse normal para una especie social determinada en relación con una fase igualmente determinada de su des­ arrollo” (RMS:57). Es decir, no se puede establecer de manera general y abstracta si un hecho es normal o patológico; hay que situarlo en el con­ texto de la totalidad de los elementos que cada tipo social contiene en cada fase o etapa. Y en ese marco decidir sobre su ajuste o no al tipo social correspondiente. Ahora bien, si determinada clase de hechos pueden ser tenidos por normales en una fase y patológicos en otra, esto significa que esos esta­ dos no pueden ser definidos como tales de una vez y para siempre. De don­ de se colige, asimismo, que a las causas de lo normal y de lo patológico no hay que buscarlas fuera del organismo de que se trate. Es decir, que no hay una clara línea divisoria que permita situar la búsqueda de lo patoló­ gico en elementos externos al organismo bajo consideración. En la construcción del tipo medio se procede, inevitablemente, a selec­ cionar rasgos exteriores de los fenómenos bajo estudio, en base a la obser­ vación. Se trata, en principio, de la búsqueda de rasgos que son o bien generales o bien excepcionales. Es decir, con cuanta frecuencia o con cuan­ ta excepcionalidad se presentan en una especie social determinada, en un momento dado de su desarrollo. Así, llamará normales a los fenómenos que se encuadran dentro del tipo medio; y patológicos a los restantes. Anota al respecto en Las Reglas del Méto­ do Sociológico: “Llamaremos normales a los hechos que presentan las for­ 135

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mas más generales y daremos a los otros el nombre de morbosos o pato­ lógicos. Si acordamos nombrar como tipo medio al ser esquemático que se constituirá reuniendo en la misma totalidad, en una especie de indivi­ dualidad abstracta, los caracteres más frecuentes, podrá decirse que el tipo normal se confunde con el tipo medio y que toda desviación de este mode­ lo de salud es un fenómeno morboso.” (RMS:56) El procedimiento de buscar rasgos exteriores o generales, o bien excep­ cionales no está exento de error. Puede suceder, por ejemplo, que algo tomado por general sea apenas una sobrevivencia inercial de algún rasgo que fue significativo en el pasado —es decir, en otra fase- pero que en la actualidad ya no lo sea. De manera que Durkheim recomienda explicar el por qué de esa generalización. Así, va a sostener que “el carácter normal del fenómeno será efectivamente, más indiscutible si se demuestra que el signo exterior que lo había revelado al principio no es puramente aparen­ te, sino que está fundado en la naturaleza de las cosas; en una palabra, si se puede erigir esta normalidad de hecho en una normalidad de derecho” (RMS:58). Vale decir, si se establece una conexión causal que dé susten­ to explicativo a lo que inicialmente es sólo una regularidad observada. Durkheim ve ventajas, como ya se ha señalado, en la posibilidad que se abre a la ciencia social de distinguir entre lo normal y lo patológico. Con­ fía en que esta tarea pueda desarrollarse con solvencia en el futuro. Pero advierte que para alcanzar el nivel explicativo que esa distinción requiere, es preciso haber alcanzado un nivel significativo de desarrollo de la ciencia. Los tipos sociales

Como se acaba de ver, la construcción de tipos sociales resulta muy importante para abordar la cuestión de lo normal y lo patológico. Dur­ kheim le asignaba una relevancia tal que sostenía que una rama de la socio­ logía debía estar consagrada a la constitución de tipos sociales (o especies, como también las llama) y a su clasificación: la morfología social. Por otra parte, suponía que los tipos podían proporcionar un término medio que balancease la vieja disputa entre los historiadores, inclinados a la búsque­ da de lo singular, de lo peculiar y de lo único de cada hecho o proceso y los filósofos desdeñosos de la historia, volcados en cambio a la búsqueda de “leyes generales que están inscriptas en la constitución del hombre y que dominan todo el desarrollo historico” (RMS:69). Prima facie parecería no existir más camino para la construcción de dichos tipos sociales que desarrollar una enorme tarea de examen de hechos particulares. La especie es, en rigor, un resumen de casos individuales. De 136

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donde se sigue que la mencionada tarea sería ineludible. Sin embargo, Dur­ kheim va a sostener que es “inexacto que la ciencia sólo pueda construir leyes después de haber revisado todos los hechos que ellas expresan, ni for­ mar géneros sólo después de haber descrito integralmente a los individuos que ellas comprenden” (RMS:70). Existen, a su juicio, hechos decisivos o cruciales con apoyo en los cuales se pueden construir tipos o géneros sin necesidad de hacer un inventario de todos los caracteres que les estarían subordinados. Ahora bien, ¿cómo se selecciona tales principios?. Durkheim va a res­ ponder que la naturaleza de una totalidad depende de la naturaleza de los elementos que lo componen, de su número y de su modo de combina­ ción. De estas cuestiones, relevantes para la constitución de tipos o espe­ cies, debe ocuparse la antedicha morfología social. Los elementos centrales de esas totalidades son las unidades más simples: aquellas que presentan una completa ausencia de partes y que, por lo tanto, no son divisibles ni pre­ sentan traza de segmentación anterior. Referido al ámbito social, se tra­ ta de sociedades simples: toda sociedad está formada por sociedades más simples que ella. De donde se sigue que resulta de una enorme importan­ cia conocer “la sociedad más simple que jamás haya existido” (RMS:72), porque será la base de cualquier clasificación (y, por tanto, un hecho deci­ sivo o crucial, de enorme significación). A su modo de ver esta sociedad más simple es la horda, a la que entien­ de “como un agregado social que no comprende ni jamás ha compren­ dido en su seno a ningún otro agregado más elemental, sino que se resuelve inmediatamente en individuos... Se concibe que no pueda haber socie­ dad más simple; es el protoplasma del reino social y, en consecuencia, la base natural de toda clasificación” (RMS:73). La yuxtaposición de hor­ das que conservan sus rasgos constitutivos originales se denomina clan. Así, el elemento básico es la horda, que resulta —según la conceptualización de Durkheim- una sociedad de segmento único. Los tipos sociales fun­ damentales y su desenvolvimiento posterior resultan del modo de combinarse la horda consigo misma. Esta combinación da origen a socie­ dades nuevas las que, a su vez, pueden producir combinaciones nuevas. De modo que puede imaginarse que, en el comienzo, de la reunión de socie­ dades de segmento único resultaron sociedades polisegmentarias simples, por ejemplo, ciertas tribus iroquesas y australianas, y probablemente —dice Dur­ kheim—las primitivas fratría ateniense y curia romana. La reunión de socie­ dades del tipo anterior habría dado origen a sociedades polisegmentarias simplemente compuestas: la confederación iroquesa y cada una de las tres tri­ bus cuya asociación generó más tarde la ciudad romana. Más tarde ven­ drían las sociedades polisegmentarias doblemente compuestas, entre las que 137

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Durkheim ubica a la ciudad que resulta de un agregado de tribus (que a su vez son agregados de curias, que se resuelven en gentes o clases) y la tri­ bu germánica. Un rasgo de suma importancia resulta del hecho de que los segmen­ tos más simples que están subsumidos en unidades mayores pueden que­ dar en mayor o menor grado absorbidos en el conjunto de la nueva totalidad. Es decir, puede ser que algunos segmentos conserven cierta vida local o que sean absorbidos en la vida general. A esta capacidad de unir­ se o de compenetrarse de los distintos segmentos, Durkheim la llama coalescencia-haciendo alusión a la mayor o menor capacidad de estos segmentos para unirse o fundirse. El mayor o m enor grado de coalescencia tendrá, entonces, también, un impacto significativo sobre las características del tipo. Como se ha indicado ya, la rama de la sociología que debería encar­ garse de desarrollar este campo es la morfología social. Durkheim, sin embargo, no fue mucho más allá de lo que se ha mencionado en su des­ envolvimiento, pues su propósito era simplemente señalar su importan­ cia y ofrecer algunas pistas acerca de cómo podría organizarse y desarrollarse el trabajo en su interior. M edio social interno y cam bio social

Nuevamente con la ayuda de la biología, Durkheim construye el con­ cepto de medio social interno, al que define de la siguiente manera: “el con­ junto determinado que a través de su reunión forman los elementos de toda índole que entran en la composición de una sociedad” (RMS:90). Distingue entre ellos a las cosas y a las personas. Los primeros, represen­ tados por los objetos materiales que están incorporados a la sociedad, pero también por las materializaciones de actividades sociales anteriores, como el derecho, las costumbres y las obras artísticas, entre otros. De las perso­ nas dice que constituyen el “factor activo” de la sociedad y su “fuerza m otriz”. Preocupado por dilucidar qué determina el curso de acción de los fenómenos sociales, establece taxativamente que “ el origen primero de todo proceso social deberá ser buscado en la constitución del medio social interno ” (RMS:90). Es decir, que el dinamismo de las sociedades depende de dicho medio interno. En éste, propone prestarle especial atención a lo que lla­ ma densidad dinámica, a la que define como el grado de estrechamiento en que se encuentran las unidades que componen la sociedad. No se trata cen­ tralmente de una estrechez (o ligazón) en el plano económico o comer­ cial, sino del “estrechamiento moral del que el precedente sólo es auxiliar 138

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y, bastante en general, la consecuencia” (RMS:91). Vale decir que la den­ sidad dinámica alude al nivel de cohesión ética que presentan las unida­ des que constituyen la sociedad (cabe destacar que aquí Durkheim introduce nuevamente la significación del elemento moral en la consti­ tución de sociedad, que ya ha sido mencionado anteriormente). Esta cohe­ sión (o estrechamiento) representa el grado en que se ha borrado las diferencias entre los distintos segmentos y, por el contrario, se desenvuel­ ve una vida en común poco o nada afectada por la realidad segmentaria previa. A mayor estrechez, más vida en común y mayor dinamismo social. Y viceversa: a m enor estrechez, menor vida en común y menor dinamis­ mo social del colectivo. Durkheim distingue también una densidad material, en la que incluye la cantidad de habitantes por unidad de superficie, las vías de comunica­ ción y, en general, lo que hoy llamaríamos la infraestructura física de una sociedad. Cree que ambos tipos de densidad están relacionados y tiende a pensar que la material puede funcionar como un buen indicador de la dinámica. Pero reconoce excepciones y alerta sobre ello: señala que la den­ sidad material de Gran Bretaña es superior a la de Francia, pero sin embar­ go, la densidad dinámica de ésta es mayor que la de aquélla, porque el grado de coalescencia de los segmentos que la integran es mayor. La noción de medio interno es muy importante porque es en su inte­ rior donde se deben encontrar las relaciones causales que explican el des­ envolvimiento de una sociedad. En sus propias palabras: “Esta concepción del medio social como factor determinante de la evolución colectiva es de la mayor importancia, ya que si se la rechaza, la sociología se encuen­ tra en la imposibilidad de establecer ninguna relación causal” (RMS:92). Durkheim no teoriza abiertamente el cambio social, no existe un acá­ pite específico en su obra en el que se dedique a ello. Sin embargo, hay una serie de referencias que pueden ser mencionadas para bosquejar sus ideas al respecto. En primer lugar, debe recordarse lo ya mencionado a pro­ pósito de la construcción de los tipos sociales: habría un proceso de aso­ ciación y combinación de segmentos y/o sociedades más simples que conduciría a la constitución de sociedades comparativamente más com­ plejas que las anteriores. Obviamente, en esa formulación se está postu­ lando una idea sobre el cambio social. Hay un modo de ir desenvolviéndose las sociedades, mediante la asociación y la combinación de sus partes cons­ titutivas, que conduce hacia formas más complejas. En segundo lugar puede mencionarse que Durkheim parece tener una concepción evolucionista del cambio social, que sería en alguna medida coherente con la idea de progreso acuñada por la Ilustración. En la cita textual inmediatamente precedente se encuentra formulada de manera 139

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explícita esta noción: el “medio social como factor determinante de la evo­ lución [énfasis mío, E.L.] colectiva”, dice. En tercer lugar, y directamente vinculado a lo anterior, las transfor­ maciones en el medio interno, en cualquiera de sus dimensiones, condu­ cen a cambios en la sociedad. En este sentido, Durkheim afirma: “los cambios que se producen en él —el medio interno, E.L.—cualesquiera sean sus causas, repercuten en todas las direcciones del organismo social y no pueden dejar de afectar en mayor o menor medida a todas sus funciones” (RMS:92). El medio social interno es la sede de la causalidad y del cam­ bio. Reconoce que hay influencias que vienen del pasado. Pero no nece­ sariamente imponen un sello definitivo al presente. Si así fuera, cada sociedad no sería más que una mera prolongación de la que la precedió. Com o él dice, “los acontecimientos actuales de la vida social no deriva­ rían del estado actual de la sociedad sino de acontecimientos anteriores... y las explicaciones sociológicas consistirían exclusivamente en relacionar el pasado con el presente” (RMS:93). Y no es así. Por lo menos no ente­ ramente así. Esto porque entre el pasado (y sus influencias) y lo actual se interpone el medio social interno que coloca condiciones concomitante (así las llama Durkheim) capaces de producir “cierta diversidad” (RMS:94), que incide también sobre el modo de ser de las sociedades. Es decir, capa­ ces de producir algo distinto o novedoso, respecto de lo que viene del pasa­ do. A su juicio, estas condiciones concomitantes resultan de las características y peculiaridades de cada medio social interno. Finalmente, Durkheim introduce —a propósito de esta discusión—una problemática sumamente interesante. Señala que los progresos de todo tipo realizados en cualquier momento histórico, jurídicos, económicos, polí­ ticos, etc. abren posibilidades de nuevos progresos pero -se pregunta- ¿los predeterminan?. “Son un punto de partida -dice- que permite ir más allá; pero ¿qué es lo que nos incita a ir más allá?” (RMS:93). A modo de res­ puesta, arriesga la posibilidad de la existencia de una tendencia interna que impulsa a la humanidad a superar los resultados adquiridos, una especie de fuerza motriz que impele a los hombres hacia adelante, en busca de su realización y/o de su felicidad. La idea queda simplemente esbozada y no puede decirse que nues­ tro autor se comprometa firmemente con ella. Admitiéndola simplemen­ te por vía de hipótesis formula una aclaración y una advertencia. Sostiene que no podría proponerse una imputación causal, puesto que esto sólo es posible entre dos hechos dados. La mencionada fuerza motriz no es un hecho dado sino una mera postulación. A lo sumo podremos decir —seña­ la—“como han sucedido las cosas hasta ahora, no en qué orden se darán en lo sucesivo, porque la causa de la que se presume que dependen no está 140

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científicamente determinada ni es determinable” (RMS:93). Esta es, en síntesis, la aclaración. La advertencia, por su parte, consiste en negarle enti­ dad a la previsión ordinariamente admitida que consiste en suponer que las cosas seguirán un rumbo evolutivo en el mismo sentido que traen el pasado. Científico al fin, cultor de la regla sociológica que enseña a des­ confiar de los prejuicios y de las prenociones (regla que él mismo consig­ no en su trabajo sobre metodología sociológica), escribe: “Nada nos asegura que los hechos realizados expresan bastante completamente la natu­ raleza de esta tendencia, como para poder prejuzgar el término al que aspi­ ra después de aquellos por los que ha pasado sucesivamente. ¿Por qué suponer que la dirección que sigue y que imprime sería rectilínea?” (RMS:93).

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Weber L a acción social

De entre las regularidades observables en el plano de lo real que a Weber le parecen significativas en el sentido de “merecedoras de ser cono ­ cidas”, por lo tanto motivo de recorte y de teorización tipológica, la más importante es la acción social, al punto que la convierte en el objeto cen­ tral de la Sociología, como ya se ha mencionado. En lo que sigue nos ocu­ paremos de ella de una manera un poco más pormenorizada. En la Capítulo IV se ha efectuado ya una presentación de lo que es acción y de lo que es acción social para Weber. Conviene ahora repasar esos conceptos para desarrollarlos un poco más extensamente. Acción es, para Weber, toda conducta a la que el/los actor/es enlaza/n un sentido subje­ tivo, por ejemplo, pescar por diversión. Mientras que acción social es una acción cuyo sentido está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en su desarrollo, por ejemplo, pescar para vender: aquí el sentido de la acción está ligado al comportamiento de otros, de quienes se espera estén interesados en comprar lo que se ha pescado. El sentido, a su vez, puede ser entendido de dos maneras según sea la clase de sujeto que se tome en consideración. Manera a): puede estar referido (dicho sentido) a un sujeto existente, históricamente dado, o a uno construido como promedio (o de forma aproximada) a una masa de casos. Manera b): puede referirse a actores construidos de modo típico ideal ubicados en un cuadro también definido por la misma vía. C on­ forme a la manera a) puede intentar caracterizarse, por ejemplo, el sen­ tido de la acción de un candidato a presidente en campaña electoral. Asimismo, puede atribuírsele sentido, como promedio o de forma apro­ ximadamente común, al voto de quienes deciden votar por él. Confor­ me a la manera b) puede imaginarse de modo estrictamente típico-ideal cuál es el sentido de la acción, por ejemplo, de los cuadros directivos de empresas transnacionales que deben tomar ciertas decisiones, en el mar­ co de un sistema de económico también definido de manera típico-ide142

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al. Podría ser el caso de los directivos de grandes empresas en la época de la globalización. La acción, entonces, siempre es motivada, es decir, posee un sentido. Weber define el motivo como “la conexión de sentido que para el actor o el observador aparece como el 'fundamento’ significativo de una conduc­ ta” (ES: 10). (Nótese que aquí Weber introduce el punto de vista del obser­ vador, quien es, en rigor, alguien “externo” a la acción social, que atribuye sentido a las acciones —sociales o no—que observa. Obviamente, un cien­ tífico social -u n sociólogo, economista o lo que fuere- se instala en el pun­ to de vista del observador). Ahora bien, además de alguien que actúa, están las acciones de los otros a las que, en el caso de la acción social, se enlaza el sentido de la acción de quien actúa en ese marco. Esas acciones -dice W eber- pueden ser pasa­ das, presentes o esperadas como futuras; en tanto que dichos otros pue­ den ser individualizados y conocidos o constituir una pluralidad de individuos desconocidos.78 En este último caso y especialmente con refe­ rencia a acciones esperadas como futuras -es decir, acciones que todavía no ocurrieron- el actor construye categorías típico ideales de acuerdo a lo que “cabe esperar” respecto de terceros que, por desconocidos, tam­ bién están típicamente construidos. Es el caso de los “otros” que constru­ ye idealmente un pescador profesional que elige, por ejemplo, intentar extraer pejerreyes en el entendido de que obtendrá para ellos una buena demanda y un buen precio: imagina clientes interesados. Weber distingue 4 tipos de acción social. Según sus propias palabras: “La acción social, como toda acción, puede ser: 1) racional con arreglo afines: determinada por expectativas en el comportamiento tanto de objetos del mundo exterior como de otros hombres, y utilizando esas expectativas como ‘condiciones’ o ‘medios’ para el logro de fines propios racionalmen­ te sopesados y perseguidos. 2) racional con arreglo a valores: determinada por la creencia consciente en el valor —ético, estético, religioso o de cualquier otra forma como se lo interprete—propio y absoluto de una determina­ da conducta, sin relación alguna con el resultado, o sea puramente en méri7RW eber com ienza el punto que denom ina “C on cep to de la acción social” , en el capítulo I de su libro Economía y Sociedad, de la siguiente m anera: “ La acción social (incluyendo tolerancia u o m i­ sión) se orienta p or las acciones otros, las cuales pueden ser pasadas, presentes o esperadas com o futu­ ras (venganza p or previos ataques, réplica a ataques presentes, m edidas de defensa frente a ataques futuros). Los “otros” pueden ser individualizados y conocidos o una pluralidad de individuos inde­ term inados y com pletam ente desconocidos (el “dinero ” , p or ejem plo, significa un bien -d e cam b io que el agente adm ite en el tráfico porque su acción está orientada p or la expectativa de que otros m uchos, ahora indeterm inados y desconocidos, estarán dispuestos a aceptarlo tam bién, p or su par­ te, en un cam bio futuro” . Véase ES: 18.

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tos de ese valor. 3) afectiva: especialmente emotiva, determinada por afec­ tos y estados sentimentales actuales, y 4) tradicional: determinada por una costumbre arraigada” (ES:20). Antes de examinar cada una de aquellas, conviene detenerse sobre el señalamiento inicial de la frase consignada inmediatamente más arriba: “la acción social, como toda acción...”, ¿qué significa esto? Como se ha mencionado ya, la acción social se orienta por las accio­ nes de los otros. Por eso es social y no acción a secas; tiene al accionar de los otros como referencia. Pero tiene, también, un fundamento motivacional, es decir, un sentido para el actor. Pescar por diversión y pescar para vender tienen ambos un sentido para el actor. Desde este último punto de vista, vale decir, mirando desde el fundamento que da forma al senti­ do, acción y acción social son lo mismo. Weber lo dice claramente, como se acaba de ver. Lo que las diferencia es la referencia (o no) al accionar de terceros. Ahora sí, retornemos a la tipología de la acción social. Weber reco­ noce que rara vez la acción social concreta, desarrollada por actores de car­ ne y hueso, está fundada exclusivamente en alguno de estos tipos. Pero confía en que resulten útiles para ordenar el flujo caótico de los aconte­ cimientos y para organizar una aproximación sistemática que favorezca su estudio. Su tetralogía tipológica está encabezada por la acción racional con arre­ glo afines. Como bien señala Saint-Pierre, en este caso el actor fundamen­ ta su acción en la evaluación racional de fines, medios y consecuencias que se implican en aquélla. Para lograr la correcta adecuación de todos los ele­ mentos involucrados en la acción, el actor tendrá que ponderar racional­ mente los medios con los fines, los fines con las consecuencias implicadas y los diferentes fines posibles entre sí.79 Por otra parte, la elección de uno entre varios fines posibles y las consecuencias inevitables de priorizar uno y postergar otros puede estar fundada en valores. En tal caso, dice Weber, “la acción es racional con arreglo a fines sólo en los medios” (ES:21). La acción racional con arreglo a valores presenta una elaboración de los obje­ tivos últimos y un consecuente planeamiento de la acción tendiente al logro de los mismos. Tiene, sin embargo de peculiar, el hecho de que el senti­ do de la acción —los motivos—no está en los fines sino fuera de ellos. En esta clase de acción, el actor se desempeña conforme a sus convicciones, sin considerar las consecuencias en términos de fines que se pudieran seguir de su accionar.80 Sería el comportamiento de un actor que privilegia en 79Véase H . Saint-Pierre: op cit, pág. 116. 80Véase H . Saint-Pierre: op. cit., pág. 116.

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cualquier circunstancia la honradez y que puede, en alguna circunstancia, actuar en contra de lo que sería su interés inmediato. La acción tradicional se encuentra en la frontera con el simple hábito y queda, a veces, fuera del ámbito de lo que Weber denomina “acción con sentido”, strictu sensu. Por lo mismo, estaría en el límite de lo que el soció­ logo alemán ha definido como acción social. Incluye las costumbres y los hábitos; pero desde el punto de vista sociológico importan especialmen­ te los comportamientos y/o actitudes arraigadas, esto es, formas de hacer cuya motivación original quizá se ha desvanecido o extraviado y su fun­ damento de sentido presente se halla en que “siempre ha sido así”. La acción afectiva, finalmente, está también en el límite de la “acción con sentido” y muchas veces queda fuera de éste. Es típica de las situa­ ciones amorosas (relaciones de pareja o entre padres e hijos), pero invo­ lucra también maneras de actuar motivadas por el despecho, la búsqueda de revancha o los deseos de venganza, entre otras. La acción social es la piedra fundamental de la teorización tipológi­ ca de Weber. Es un concepto base que se desdobla de diversas maneras y se despliega en diversas direcciones. Un primer desdoblamiento sumamente importante, es el que alcan­ za en el tipo denominado por Weber relación social. Entiende por ésta “una conducta plural —de varios- que por el sentido que encierra, se presenta como recíprocamente referida, orientándose por esa reciprocidad. La rela­ ción social consiste, pues, plena y exclusivamente, en la probabilidad de que se actuará socialmente en una forma (con sentido) indicable; siendo indi­ ferente, por ahora, aquello en que la probabilidad descansa” (ES:21). Es decir, es una forma de la acción social, pero específica: alude a una con­ ducta de varios -o sea, queda descartada la posibilidad de considerar accio­ nes individuales—que se toman recíprocamente en referencia. Esta última es la clave del concepto. Un mínimo de reciprocidad debe estar siempre presente para hablar de relación social: aún la mínima bilateralidad que­ da contenida en el concepto. El contenido de la acción puede ser diver­ so: amor, amistad, conflicto, piedad, interés mercantil, o lo que sea. Lo importante es que haya referencia recíproca. El “Canto Primero” de La litada se expone la siguiente discusión entre Aquiles y Agamenón, que aquí se reproduce fragmentariamente: (Aquiles): “Jamás ha igualado al tuyo mi botín, después de saquear las ciudades y eso que sobre mí recaía el cometido más peligroso y el más arduo. Siempre es mayor tu recompensa después del reparto. Así, me vuelvo á Ptía con mis naves porque no pretenderás que me quede aquí sin esperar ningún provecho, sólo por ganar para ti, miserable, honores y riquezas. 145

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Agamenón respondió: —Vete... que yo no he de rogarte que por mí vayas a combatir: tengo jun­ to a mí muchos heroicos caudillos que se honrarán ayudándome a vengarme de los troyanos y sobre todo, al providente Zeus. Te odio más que a ningu­ no de los reyes de mi ejército porque has incitado siempre a la discordia”.81

Quizá su lectura y reflexión ayude a comprender, en lo concernien­ te a la acción social y a las relaciones sociales las a veces —como se acaba de ver inmediatamente más arriba—demasiado abstractas conceptualizaciones weberianas. El concepto típico-ideal de relación social se desdobla a su vez -com o el de acción social—en diversas direcciones. Es el sustrato de los concep­ tos de orden y de validez, que a su vez concurren a especificar el concep­ to de legitimidad.Y es también el fundamento de los conceptos de sociedad, de comunidad y de asociación. En fin, como puede verse, retomando una temática anteriormente expuesta, la teorización tipológica se despliega conforme a una sucesión de conceptos abstractos que se encuentran relacionados entre sí. Poder, dom inación y Estado

En el desarrollo de su articulada teoría tipológica, Weber le otorga un lugar.destacado a las cuestiones del poder y la dominación, lo que lleva implícito que dichos fenómenos, considerados en el plano de lo real, le han parecido “merecedores de ser conocidos”. Define al poder como “la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa pro­ babilidad”; y a la dominación como “la probabilidad de encontrar obedien­ cia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas”. Como puede apreciarse, nos encontramos siempre en el terreno de la acción social y bajo la égida de clases de acción social del tipo relación social: en el caso del poder, Weber lo menciona explícitamente; en el de la dominación es obvio que si hay un mandato y ocurre una obediencia hay comportamien­ tos recíprocamente referidos. Inmediatamente después de anotar esas definiciones Weber escribe: “El concepto de poder es sociológicamente amorfo” (ES:43). De donde se des­ prende que entiende que, a los efectos de la sociología, el análisis del poder ,sl H om ero: op. cit., E ditorial Edaf, M adrid, 1988, pág. 27-28.

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es menos relevante que el de la dominación. A su modo de ver, la del poder es una dimensión escasa en relieves y matices, sensiblemente menos rica que la de la dominación. Esta, en cambio, como tiende siempre a conte­ ner “un mínimo de voluntad de obediencia, o sea, un interés en obede­ cer”, le parece una problemática mucho más significativa (en eso, justamente, radicaría una de las claves de la relevancia sociológica de aqué­ lla). Este mínimo de voluntad de obediencia remite a la problemática de la legitimidad, que está en el centro de la cuestión de la dominación. Weber no pierde de vista que la obediencia puede ser el resultado de diversos moti­ vos: interés económico, costumbre, conveniencias de diverso origen, etc. Pero tampoco se le escapa que un grado de conformidad está regularmen­ te presente en las relaciones de dominio. Según sus propias palabras: “De acuerdo con la experiencia, ninguna dominación se contenta voluntaria­ mente con tener como probabilidades de su persistencia motivos puramen­ te materiales... Antes bien, todas procuran despertar y fomentar la creencia en su legitimidad” (ES:170). ¿Qué significa “creencia en la legitimidad”? Que los actores concernidos aceptan ciertas disposiciones o cierto esta­ do de cosas. Es decir, aceptan un orden y lo reconocen como válido. En las propias palabras de Weber: “ ...llamamos: a) orden cuando la acción se orienta (por término medio aproximadamente) por “máximas” que pue­ den ser señaladas. Y sólo hablaremos b) de una validez de este orden cuan­ do la orientación de hecho por aquellas máximas tiene lugar porque en algún grado significativo (es decir, en un grado que pese prácticamente) aparecen válidas para la acción, es decir, como obligatorias o como mode ­ los de conducta” (ES:25). O sea, que la legitimidad está referida a cierta constelación normativa (“máximas) y ocurre cuando dicha constelación es aceptada y elevada a la posición de obligatoria y/o ejemplar. Según Weber, pueden distinguirse tres tipos puros de dominación legí­ tima, tomando en consideración el fundamento de su legitimidad. Según sus propias palabras: “Existen tres tipos puros de dominación legítima. El fundamento primario de su legitimidad puede ser: 1. De carácter racional: que descansa en la creencia en la legalidad de ordenaciones estatuidas y de los derechos de mando de los llama­ dos por esas ordenaciones a ejercer autoridad (autoridad legal). 2. De carácter tradicional: que descansa en la creencia cotidiana en la santidad de las tradiciones que rigieron desde tiempos lejanos y en la legitimidad de los señalados por esa tradición para ejercer la auto­ ridad (autoridad tradicional). 3. De carácter carismático: que “descansa en la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las orde­ 147

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naciones por ella creadas o reveladas (llamada autoridad carismática)” (ES: 172). En el caso de la dominación racional, rige un orden impersonal cuyas normas están legalmente estatuidas. En el límite, podría decirse que se obe­ dece a las normas y no a las personas. Al revés, en el caso de la domina­ ción tradicional se obedece a la persona llamada por la tradición a ejercer el mando. En el caso de la dominación carismática se obedece al caudillo, en el cual se confía en mérito de la fe, la revelación la heroicidad o la ejernplaridad que se le atribuye. Weber señala que en su forma genuina la domi­ nación carismática es de naturaleza específicamente extraordinaria y fuera de lo cotidiano, y encarna en un haz de relaciones sociales rigurosamen­ te personales —es decir de cada quien con el caudillo- que se convalidan por la santidad o ejemplaridad de las cualidades personales de aquél, es decir, por el reconocimiento que de su gracia -sea cual fuere el fundamen­ to de ésta- hacen sus seguidores, y complementariamente por la corro­ boración. Esta es una forma compleja de dominación a la que Weber le dedica especial atención. Normalmente entre el mandante y los que obedecen se interpone un cuadro administrativo, que obviamente está al servicio del mandatario. Los diversos tipos de dominación tienden a poseer un cuadro administrativo determinado. La dominación racional se vale de un aparato burocrático, com­ puesto por funcionarios individuales que: a) son personas libres que se deben exclusivamente a su cargo; b) están organizados en base a una jerar­ quía administrativa rigurosa; c) poseen competencias rigurosamente esta­ blecidas; d) se rigen por un contrato (en un sentido amplio) preciso, conforme al cual reciben una retribución en dinero; e) ejercen el cargo como su única o principal profesión; f) tienen ante sí la posibilidad de hacer una carrera; g) se desempeñan estableciendo una separación clara entre los medios administrativos a su disposición, y sus respectivos patrimonios per­ sonales; y h) están sometidos a vigilancia administrativa. La dominación tradicional puede, según Weber, desarrollarse con o sin cuadro administrativo. En caso de que sí exista cuadro administrativo, el mismo puede estar reclutado de modo tradicional o por la vía de un reclutamiento extrapatrimonial. En el primer caso, por parentesco (lina­ je), pertenencia al funcionariado doméstico, esclavitud, etc. En el segun­ do, por relaciones personales de confianza (favoritos) o por pacto de fidelidad (vasallaje), entre las formas más importantes. La dominación carismática presenta un cuadro administrativo erráti­ co o de forma imprecisa. El profeta reconoce discípulos, el señor de la gue­ rra posee lugartenientes, y el jefe en general suele tener un séquito, etc. 148

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No hay allí ni jerarquía, ni carrera, ni competencia alguna. Tampoco regla­ mento ni preceptos jurídicos abstractos. El profeta, el caudillo o el jefe cre­ an o exigen nuevos mandamientos por la vía que distingue al carisma: la fuerza de la revelación, la fe o la inspiración. Weber sostiene que la domi­ nación carismática es “específicamente irracional en el sentido de su extrañeza a toda regla” (ES:194). Y que es la gran fuerza revolucionaria de las épocas dominadas por la tradición. En el plano de lo real, toda relación social en la que se constata la pre­ sencia de un jefe o de un soberano implica una situación de dominación. El tipo ideal construido en el plano conceptual debe hacerse cargo de esa diversidad. Debido a ello el concepto de dominación posee una versati­ lidad que permite que sea aplicada a muchas clases diferentes de situacio­ nes. Weber reconoce que es posible encontrar relaciones de dominio en diversos ámbitos: la escuela, la familia, el ejército, los partidos políticos, el gobierno y la moderna empresa capitalista, entre otros. Su interés per­ sonal se orientó especialmente hacia el campo de la política en general. Una regularidad empírica a la que Weber le prestó especial atención y convirtió en objeto “merecedor de ser conocido”, es el Estado, cuya deli­ mitación conceptual elaboró dentro de los límites establecidos por los tipos “acción social”, “relación social” y “asociación”. En Economía y Sociedad ofrece una primer definición -ya citada en este texto—en la que se desta­ can los rasgos de territorialidad y coacción. Dice: “el Estado es aquella comunidad humana que en el interior de un determinado territorio —el concepto de territorio es 'esencial’ a la definición- reclama para sí (con éxi­ to) el monopolio de la coaccción física legítima” (ES.1Ü56). Aquí Weber destaca la cuestión de la coacción: la asociación política que se denomina Estado desempeña una serie muy diversa de actividades, al punto de que es difícil mencionar alguna tarea que no haya tomado alguna vez en sus manos. Sin embargo, hay un medio específico que le es privativo: el ejer­ cicio de la coacción física. Destaca que si bien hay otras asociaciones a las que se les concede el uso de la coacción física (por ejemplo, la familia), esto resulta de una delegación o autorización que el propio Estado efectúa. “Este se considera, pues, como fuente única del “derecho” de coacción”, afir­ ma (ES: 1056). Ahora bien, unos renglones más abajo ofrece una segunda definición: “El Estado —dice—lo mismo que las demás asociaciones polí­ ticas que lo han precedido, es una relación de dominio de hombres sobre hombres basada en el medio de la coacción legítima (es decir, considera­ da legítima)” (ES: 1057). Esta segunda versión está conceptualmente más elaborada, más en línea con sus construcciones tipológicas previas. Y acen­ túa la cuestión de la legitimidad: es obvio pues lo menciona explícitamen­ te. Pero, además, se preocupa por especificar sobre qué se monta dicha 149

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legitimidad. Explícita que es una asociación que involucra una relación de dominio, esto es, una forma particular de dominación. Vale la pena desta­ car que el concepto de asociación implica el de orden, por lo cual se da por sentada la existencia de una estructura normativa (o de “máximas”) que ha sido consentida por los partícipes en la misma. Es decir, una vez más, hay una legitimidad que se deriva de ese consentimiento.82 Weber cree que en Occidente se desarrolló de manera exclusiva una forma de Estado que denomina “Estado racional”. Este resulta de la con­ junción del derecho racional y la burocracia profesional. E] primero se fun ­ da, a su juicio, en principios jurídicos formales. Y da como resultado un cosmos legal abstracto y universal, que carece de lagunas y/o discrecionalidades. La burocracia profesional, por su parte, deriva de la afirmación de formas racionales de dominación que, como se ha visto mas arriba, se acompañan de un cuadro administrativo típico: la burocracia administra­ tiva, dos de cuyos rasgos salientes son, precisamente, la profesionalidad dt su gestión y la especialización. Según Weber, existen lazos estrechos entre el desarrollo del Estado moderno (racional) y el desarrollo del capitalismo. Este, para garantizar su desenvolvimiento precisa “una justicia y una administración cuyo funcio­ namiento pueda calcularse racionalmente, por lo menos en principio, por normas fijas generales con tanta exactitud como puede calcularse el ren­ dimiento probable de una máquina” (ES: 1062). Pues como es sabido, la empresa capitalista moderna descansa sobre el cálculo, es decir, sobre la bús­ queda de un beneficio en función del cual se sopesan riesgos y oportu­ nidades, inversiones, costos y lucros. El Estado racional, en tanto asociación de dominio, ofrece un orden, cuyo fundamento es el derecho racional. Ofrece garantías sobre las reglas de juego imperantes y, por tanto, permite una calculabilidad que resulta preciosa para la gestión empresarial capitalista. R acionalidad y racionalización

El concepto de racionalidad -con sus variaciones: racional/raciona­ lización—es uno de los menos determinados de la teorización weberiana. Esta imprecisión, rara en un autor celosamente atento a no dejar ni H2 “ Por asociación (Verband) debe entenderse una relación social con una regulación lim itadora hacia afuera cuando el m antenim iento de su órden está garantizado por la conducta de d eterm ina­ dos hom bres destinada en especial a ese propósito: un dirigente y, eventualm ente, un cuadro adminis­ trativo que, llegado el caso, tienen tam bién de m odo norm al el poder representativo” (ES:39).

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VI. PROBLEMAS, CONCEPTOS Y DINÁMICAS

cabos sueltos ni vaguedades, puede ser no obstante abordada conforme a un ordenamiento que facilite su comprensión. Aquí se propone distinguir, por un lado, su uso en el plano típico-ideal es decir, su utilización en el plano estrictamente conceptual. Y, por otro, la postulación sustantiva que realiza este gran sociólogo alemán. En el terreno típico-ideal, la noción de racionalidad participa de la especificación de los distintos tipos de acción social, como se ha visto precedentemente. Se vincula, en consecuencia, a la problemática madre de la sociología (la acción social, según se ha mos­ trado más arriba) y en tanto está ubicada en el antedicho terreno típicoideal, le cabe sobre todo un papel heurístico. En la acción racional con arreglo a fines , la racionalidad consiste en la capacidad de adecuar medios, fines y consecuencias de la acción. En sopesar adecuadamente todos estos com­ ponentes. En la acción racional con arreglo a valores, la racionalidad consiste en orientar la conducta conforme a los dictados de un marco axiológico, en base al cual se seleccionan tanto los fines como los medios. Esto sig­ nifica que dicho marco axiológico impone límites a las posibilidades de elegir o seleccionar, y que el actor está dispuesto a asumir las consecuen­ cias de su modo de actuación valorativamente fundado. Siempre en el plano típico-ideal, Weber también encara el análisis de dos formas de acción social en el plano ecónomico. Surgen de allí dos modalidades de la racionalidad, que son probablemente las más recono­ cidas de su teorización. “Llamamos racionalidadformal —escribe—de una ges­ tión económica al grado de cálculo que le es técnicamente posible y que aplica realmente. Al contrario, llamamos racionalmente material al grado en que el abastecimiento de bienes dentro de un grupo de hombres (cuales­ quiera que sean sus límites) tenga lugar por medio de una acción social de carácter económico orientada por determinados postulados de valor (cua­ lesquiera que sea su clase), de suerte que aquella acción fue contemplada, lo será o puede serlo, desde la perspectiva de tales postulados de valor. Estos son extremos diversos” (ES:64). La formulación es farragosa pero, en el fon­ do, relativamente sencilla. La racionalidad formal tiene su centro en el número y, especialmente, en el cálculo. Mientras que la material lo tiene en exigencias éticas que moldean la acción, sean estas políticas, axiológicas, hedonistas, utilitaristas o de cualquier otra clase. Si bien se mira, entre los dos juegos de tipos ideales que se acaba de presentar coincide con las dos formas de la acción racional. La gestión eco­ nómica en base a la racionalidad formal, es, en rigor, acción racional con arreglo a fines, desarrollada en el plano económico. Mientras que gestión económica en base a racionalidad material es acción racional con arreglo a valores. Como toda construcción típico-ideal, las apuntadas solo preten­ den ser caminos de acceso hacia la realidad histórica, y no principios de

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explicación de algo. Es por eso que se sostiene que poseen, exclusivamen­ te, un carácter heurístico. Weber ofrece también una postulación sustantiva acerca del modo en que percibe que la racionalidad se fue (y va) abriendo camino en Occi­ dente. Frecuentemente denomina a esta tendencia proceso de racionali­ zación o, simplemente, racionalización. En el comienzo de La Etica Protestante y el Espíritu del Capitalismo se pregunta: “¿que serie de circuns­ tancias han determinado que precisamente sólo en Occidente hayan naci­ do ciertos fenómenos culturales, que (al menos, tal como solemos representárnoslos) parecen marcar una dirección evolutiva de universal alcance y validez?” (EP:5). Claramente se refiere acá a un proceso que se da en el plano de lo real, lo que constituye una poco frecuente referen­ cia sustantiva. Como un ethos que permea todo el desenvolvimiento histórico d< Occidente, la racionalización se va abriendo camino en diversos campos. Weber enumera: sólo en Occidente hay ciencia, en el sentido de utiliza­ ción de abstracciones, de fundamentación matemática, demostración con­ sistente y, también, preocupación por la corroboración empírica. Sólo en Occidente hay derecho racional (en el sentido ya apuntado de cosmos abs­ tracto pero formalizado, de validez universal, lo que excluye lagunas y discrecionalidades) y teoría del Estado fundada en conceptos racionales. En el campo artístico, sólo en Occidente hay música basada en la armonía y el contrapunto (en los que ve manifestaciones del mencionado ethos racio­ nal) y pentagrama (lo que hace posible la composición y la perduración de las obras en el tiempo). Sólo en Occidente hay universidades, carac­ terizadas por el cultivo sistemático de disciplinas científicas y la formación de especialistas, y Estado como organización política regida por una cons­ titución, un derecho racional y una administración por funcionarios espe­ cializados. Finalmente, sólo en Occidente hay capitalismo en el sentido moderno de la expresión: como sistema económico movido por el lucro, cuyo más distintivo rasgo es, empero, la organización racional del traba­ jo formalmente libre. El listado precedente no es exhaustivo -en diversos textos Weber se ha ocupado de éstas y de otras manifestaciones de la racionalización (espe­ cialmente sorprendente y erudito es el capítulo final de Economía y Socie­ dad, denominado “Los fundamentos racionales y sociológicos de la música”)—pero permite atisbar hacia dónde apunta nuestro autor. Es conveniente recalcar que Weber no le otorga al proceso de racio­ nalización un sentido inmanente. No lo concibe como una lógica inte­ rior dadora de sentido histórico. No hay en la percepción del fenómeno ni una gota de filosofía de la historia. Sólo ve en él, en cambio, historia, 152

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resultado histórico. Hay una historia que se da de una manera y produce un determinado resultado. Es un proceso complejo que se nutre de varia­ dísimas fuentes y que incluso admitiría una porción de azar. Como bien señala Enrique Gavilán es su estudio introductorio a Sociología de la Reli­ gión: “Sin el derecho romano, sin el monaquisino medieval, sm las ciu­ dades europeas, sin ei protestantismo ascético, etc., la aparición de este tipo de racionalidad no habría sido posible”.83 Una de las cuestiones asociadas al proceso de racionalización en cur­ so en Occidente, lo preocupaba especialmente: el de la burocratización. “El futuro es de la burocratización...”, escribía en Economía y Sociedad (ES: 1072). Le temía particularmente al futuro uniformizado y en cierta medida autoritario que podía llegar a derivarse del avance de la burocra­ tización en diversos campos, especialmente el estatal. Avizoraba la som­ bría posibilidad de que el porvenir acarreara una sujeción de los hombres a la maquinaria de los especialismos, los saberes profesionales y la distri­ bución de competencias: le parecía poco deseable que esa maquinaria —a la que no dejaba de reconocerle aptitud técnica- pudiera llegar a ocupar un lugar preponderante en la toma de decisiones sobre los rumbos de los asuntos humanos. “¿Cómo es posible en presencia de la prepotencia de esa tendencia hacia la burocratización salvar todavía algún resto de liber­ tad de movimiento individual en algún sentido?”, se preguntaba. Y aña­ día: “¿Como puede darse alguna garantía, en presencia del carácter cada día más imprescindible del funcionarismo estatal —y del poder creciente del mismo que de ello resulta- de que existen fuerzas capaces de conte­ ner dentro de límites razonables, controlándola, la enorme prepotencia de dicha capa, cuya importancia va aumentando de día en día?” (ES:1075). En la parte final de Economía y Sociedad84 desmenuzó la problemática articulación que se plantea, en los Estados modernos, entre dirección polí­ tica y burocracia. Prefería la primacía de la política, es decir, que se asu­ miera la responsabilidad política de las decisiones y no que éstas se amparasen, falsamente, en la presunta sacrosantidad del saber. Cerraba, así, el círculo que había abierto años atrás con sus reflexiones metodológicas: una cosa es la ciencia y otra la política. Esta puede valerse de las herra­ mientas que le acerque la primera. Pero el conocimiento no puede ocu­ par el lugar que corresponde a los juicios de valor. Una cosa es conocer y otra juzgar. En el límite, la ciencia no puede decirle a la política qué debe elegir. Del mismo modo, la política no puede decirle a la ciencia qué y cómo debe trabajar. 83 M . W eber: Sociología de la Religión, Istm o, M adrid, 1997, pág. 37. S4Véase especialm ente el cap. IX, p un to 3.

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Marx, Durkheim y Weber: ciencia, política, religión

En lo que sigue se examinará el modo en que Marx, Durkheim y Weber abordaron la cuestión de las relaciones entre la ciencia social y la política. Respecto de la primera —la ciencia social—se han desarrollado ya sus respectivos puntos de vista en el Capítulo V, de modo no es necesario repetirlos ahora. Pero sí se analizará cómo conciben la política y cómo la compleja relación entre una y otra. Por otra parte, coincidentemente, en la fase final de sus vidas, tanto Durkheim como Weber se preocuparon especialmente por el examen de los fenómenos religiosos. Durkheim publicó, en 1912, Las Formas Elemen­ tales de la Vida Religiosa; mientras que Weber trabajó en su Sociología de la Religión así como en La Etica Económica de las Religiones Universales. Ambos proyectos quedaron truncos por su muerte, en distinto estado de elabo­ ración. Su viuda, Marianne Weber, incluyó como capítulo Sociología de la Religión dentro de Economía y Sociedad (obra asimismo inconclusa, de edi­ ción postuma al cuidado también de aquella). El otro proyecto tuvo edi­ ciones dispersas hasta quedar reunida toda su producción respecto de asuntos religiosos en Ensayos Completos sobre Sociología de la Religión .85 Ambos, sin embargo, mostraron con anterioridad su preocupación por la temática. Durkheim le dedicó algo de espacio en La División del Trabajo Social y regresó sobre el tema en artículos que publicó en diversas revistas académicas previos a Las Formas Elementales. Por su parte Weber había escri­ to con bastante anterioridad su La Etica Protestante y el Espíritu del Capita­ lismo, que abrió un vasta polémica en los ambientes intelectuales alemanes. De manera que no se puede decir que la preocupación de ambos en torno de los fenómenos religiosas fuera nueva. Pero sí que ocupó un lugar importante —central en Durkheim y de mucho interés en Weber—en la fase final de sus respectivas vidas. Marx, en cambio, le dedicó poca atención explícita a la temática religio­ sa. Hay apenas algunos desarrollos dispersos, en sus primeras obras especial­ mente, aunque -como se verá seguidamente- sus concepciones generales sobre la sociedad y sobre la ideología indican un inequívoco modo de entenderla. x5 Hay edición en español, hecha porT aurus, M adrid, 1992.

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Como se ha visto más arriba, Marx postula una relación fuerte entre ciencia y política, dicho esto en el sentido de que está convencido de que el materialismo dialéctico -la ideología del proletariado- es la única vía para producir verdadero saber y es, por tanto, la llave de la mtelegibilidad del universo capitalista. Aquel materialismo dialéctico está llamado a guiar la práctica política de la clase social que, por su ubicación en el sistema pro­ ductivo, deberá ser la encargada de encabezar la revolución anticapitalis­ ta: el proletariado. Este presenta una doble condición favorable al ejercicio de tamaña responsabilidad: a fuerza de que le curtan el pellejo —como decía M arx- en el proceso de la producción, es la única clase que como tal está dispuesta a la constancia, a la lucha y al sacrificio; pero además, en tanto que poseedor sólo de prole, el proletario pelea para generalizar su condi­ ción de desposeimiento al conjunto de la sociedad. Es, por lo tanto, el ger­ men de una nueva sociedad que deberá abolir la propiedad privada de los medios de producción a los que convertirá en propiedad de todos, en pro­ piedad común (de aquí la expresión comunismo), generalizando enton­ ces la condición de no poseedores al conjunto de los miembros de la sociedad. Otras certidumbres teóricas enlazan también a la ciencia y a la política. Vale la pena mencionar al menos dos: la historia muestra una incesante lucha de clases; la pugna entre bur­ gueses y proletarios se resolverá a favor de estos últimos y se retornará a una sociedad sin clases, igualitaria, como lo era la comunidad primitiva en el origen de los tiempos; las leyes del M odo de Producción Capitalista -la reducción de la tasa de beneficio de los capitalistas, la concentración de capital, el incremen­ to cuantitativo de la clase obrera, entre otros ineluctables procesos- con­ ducirán al derrumbe del capitalismo. Conviene mencionar, asimismo, que la ciencia social burguesa que, como se ha vista también más arriba, es un falso saber —o también ide­ ología en el sentido de ocultamiento de la realidad—está asimismo arti­ culada a la política, según la concepción marxista: colabora en la 158

VII. MARX, DURKHEIM Y WEBER: CIENCIA, POLÍTICA, RELIGIÓN

generación de condiciones que hacen aceptable y generalizable la domi­ nación burguesa. Es obvio que para que haya revolución proletaria debe existir antes alguna forma de dominación burguesa. Ahora bien, si la clase obrera que­ da enredada en los sargazos ideológicos burgueses pues esto es condición para la dominación burguesa, ¿cómo hace para desprenderse de ellos, cómo accede a su verdadera conciencia? Por otra parte, si las leyes que rigen el Modo de Producción Capitalista conducen a su inevitable derrumbe, ¿no habrá que quedarse quietos a la espera de que por la simple mecánica de la economía ello ocurra? Estos sencillos interrogantes —a los que natural­ mente podrían agregarse otros- señalan las dificultades para pasar de la teo­ ría a la práctica, en el universo marxiano. Marx no elaboró una teoría de la política. Abordó su análisis desde diversos costados y aún desde la práctica, cuyo pico descollante se encuen­ tra en su participación en la organización y conducción de la Asociación Internacional de Trabajadores.86 Pero no dejó un cuerpo articulado, cohe­ rente y unitario de ideas y conceptos. En 1845, en sus Tesis sobre Feuerbach, anotó —en la última de dichas tesis, la XII—su conocida sentencia: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas maneras, lo que importa es transformarlo”, que entraña una crítica casi descalificadora y, simultáneamente, una convocatoria ala acción. En 1848 publicó, en coautoría con Engles, el Manifiesto Comunista, que es una obra que rezuma política por los poros de una exposición algo esquemática, que analiza algunos de los fundamentos de la dominación burguesa, memora la lucha de clases como motor de la historia, y anuncia el fin de la socie­ dad capitalista. En 1850 apareció La Lucha de Clases en Francia y dos años después E l 18 Brumario de Luis Bonaparte, destinados al análisis de la polí­ tica desde la óptica de la lucha de clases precisamente. Allí, con maestría, se ve reflejada la acción de clases, fracciones y grupos. Probablemente de aquí derive la noción de “interés de clase”, cuya filiación conceptual es imprecisa, profusamente utilizada más tarde por sus seguidores, para arti­ cular posicionamiento social e interés económico con práctica política, a nivel de actores políticos. Luego viene, como queda dicho, su actuación en la Internacional, que lo coloca a las puertas -diríase que de naricesfrente a la cuestión de la organización y de la revolución. ¿Cómo se vehiculizan las energías obreras, cómo se trabaja sobre su conciencia, que forma/s organizativa/s utilizar para encauzar la acción y la formación, el partido, el sindicato? 8 “ U na ciencia em pírica 110 puede enseñar a nadie qué ‘d eb e’, sino únicam ente qué ‘p ued e’ y —en ciertas circunstancias—lo que ‘quiere’” (O CS:23).

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Weber recomendó y practicó una estricta demarcación de territorios entre la ciencia y la política. Siendo como era un científico social descon­ fiaba, sin embargo, como ya se ha visto, de las proyecciones políticas de quie­ nes, constituidos en burocracia profesionalizada, provenían del campo del saber y se desempeñaban como funcionarios especializados en ministerios y direcciones. Veía esta posibilidad como una intromisión indebida y mira­ ba con recelo el alma fría y parcelada de los especialistas en tanto burócra­ tas racionalizados. Por eso, en el fondo, prefería que las decisiones fundadas en juicios de valor fuesen tomadas, precisamente, por los políticos.96 Tenía el mayor de los respetos por la actividad política. La mejor mues­ tra de ello son, tal vez, las removedoras palabras con que cerró una de sus últimas conferencias, hermana de la que se ha citado precedentemente: “Es una verdad probada por la experiencia histórica que en este mundo sólo se consigue lo posible si una y otra vez se lucha por lo imposible. Pero para esto el hombre debe ser tanto un dirigente como un héroe. E incluso los que no son ni dirigentes ni héroes deben armarse con esa fortaleza de cora­ zón que capacita para tolerar la destrucción de toda esperanza; en caso con­ trario, ni siquiera se logrará realizar lo que es actualmente posible. Sólo tiene vocación para la política el que posee la seguridad de no quebrarse cuando, en su opinión, el mundo resulte demasiado estúpido o demasia­ do abyecto para lo que él le ofrece. Sólo tiene vocación para la política el que frente a todo esto puede responder: sin embargo”.97 Weber publicó La Etica Protestante y el Espíritu del Capitalismo en 1905. Fue el primer trabajo en que abordó de manera significativa una cuestión religiosa. Levantó inmediatamente una densa polémica que se extendió en el tiempo. Su tesis era —sigue siéndolo- verdaderamente original. A su modo de ver, lo que él llama el protestantismo ascético —en particular pero no exclu­ sivamente el calvinismo—98 planteó algunas cuestiones teológicas centra­ les que incidieron fuertemente sobre la formación de una ética religiosa, l) Q uizá resuenan aquí algunos ecos del dilem a kantiano que se expuso brevem ente en el C apí­ tulo 2, no tanto en el sentido de salvar la libertad m oral del determ inism o de las ciencias naturales, sino de m antener abierta la posibilidad de elegir, es decir, de salvar el libre albedrío en un m undo que, lejos de la ilusión racionalista ilustrada de decantar una jerarquía axiológica única, más bien vive expuesto al politeísm o de los valores. 1,7 “ La política com o profesión” , en Política y ciencia, cit., pág. 95. W eber señala que los “representantes históricos del protestantism o ascético... son fundam en­ talm ente cuatro” : el calvinism o, el pietism o —aunque indica, luego, que andando el tiem po este viró hacia el luteranism o que no está incluido en el protestantism o ascético—el m etodism o y el m ovim ien­ to bautizante (véase E P :111). En la página siguiente aclara que llama tam bién “puritanism o” al m ovi­ m iento ascético, e incluye asim ism o a: independientes, congregacionistas, baptistas, m ennonitas y cuáqueros (véase pág. 112, nota al pie n° 2).

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la que al prescribir formas de vida que tenían resultados prácticos tuvo, a su vez, una influencia importante en el desarrollo del capitalismo. La cuestión teológica central colocada por el protestantismo ascético es el dogma sobre la predestinación. Todo el movimiento reformista -inclu­ yendo por tanto al luteranismo—asumió el mencionado dogma, aunque con ópticas diferentes. Sintéticament descripto indica que la salvación de los mortales está predeterminada por Dios, a diferencia de la creencia de los católicos que sostiene que los seres humanos se salvan o se pierden en función de una vida virtuosa (o no). El catolicismo tiene, además, el recur­ so del arrepentimiento y la penitencia, que puede redimir a los que han llevado una vida pecaminosa. El luteranismo era más benévolo que los ascéticos. Suscribía la idea de que Dios predestinaba pero de una manera universal. Es decir, pos­ tulaba una universalidad de la gracia. Creía, sin embargo, que dicha gra­ cia podía perderse debido a una mala vida. Pero creía también que podía ser recuperada por medio de la humildad, la confianza creyente en la pala­ bra de Dios y el arrepentimiento (EP:121), acercándose en esto último al catolicismo. El calvinismo, en cambio, creía de manera intransigente en una pre­ destinación particularista. Algunos de los mortales, sólo algunos, gozarí­ an de la gracia de la salvación por entera decisión de Dios. Los protestantes ascéticos creían que todos estamos condenados a la muerte eterna, salvo decisión propia de El, con el fin de hacer honrar su propia majestad. ¿Por qué? Porque —responde W eber- “suponer que el mérito o la culpa huma­ nas colaboran en este destino —el de los mortales en el más allá (E.L.)-, sig­ nificaría tanto como pensar que los decretos eternos y absolutamente libres de Dios podían ser modificados por obra del hombre, lo que es absurdo” (EP:122). Así, desde la eternidad se asigna a cada quien su destino y los seres humanos quedamos sometidos a una abrumadora soledad interior. Desde aquí, dice Weber, “Todo creyente tenía que platearse necesariamen­ te estas cuestiones: ¿pertenezco yo al grupo de los elegidos?Y cómo esta­ ré seguro de que lo soy?” (EP:135). Esta duda por la bienventuranza es insondable, no tiene remedio: los designios divinos son inescrutables. Pero había una manera de aminorarla y de soslayar la angustia. El ascetismo des­ cree de la posibilidad de una vinculación mística con Dios, como lo pen­ saban los luteranos. No admite ninguna clase de “diálogo” o de acercamiento comunicativo de ninguna clase con el Altísimo. De nuevo, el incolmable hiato que separa lo finito e imperfecto de lo omnipotente y divino lo impide. Aceptaba, en cambio, la fe virtuosa, en el entendido de que podía ser un vehículo y un instrumento para la actuación de Dios, que redundase en su mayor gloria. El buen cristiano debía hacer obra social, 169

APUNTES DE SOCIOLOGÍA

pues es del interés divino que la vida social funcione con arreglo a sus pre­ ceptos. La fe virtuosa, además, podía ser un camino para el reconocimien­ to de la gracia. El sujeto de fe debe responder a los llamados de ésta, debe profesar y debe actuar con profesión. Nada de esto es medio para alcanzar la gracia; eso ha quedado ya establecido. Pero la confianza en la fe, la vir­ tud, la profesionalidad pueden funcionar como signos que ayuden a reco­ nocerla, a ponerla en evidencia, Y pueden ayudar a sobrellevar la incertidumbre. Como dice Weber: “constituyen un medio técnico no para comprobar la bienaventuranza sino para desprenderse de la angustia por la bienaventuranza” (EP:144) „ De aquí surge una ética, en el sentido de prescripciones para la acción. El calvinismo exige a sus fieles no meras buenas obras, sino una santidad permanente en el obrar. Fe, profesionalidad y ascetismo, que es la cara más firme de la virtud. Esta ética enlaza ideas religiosas con formas de vida y también con máximas para la actividad económica. Esta es la base para que se articulen, en un determinado momento h is tó r ic o protestantismo ascético, espíritu del capitalismo y desarrollo capitalista. La idea ascética de profesión lleva incluida la exigencia de que ésta se desarrolle —en tanto actividad realizada in majorem Dei gloriam— de la mejor manera posible. Si se actúa así, además, pueden encontrarse señales del insondable designio. La adquisición de riquezas no es entonces reprobable, a condición “de que se moviese siempre dentro de los límites de la corrección formal, que su conducta ética fuese intachable y no hiciese un uso inconveniente de su riqueza” (EP:252). Lo que sí es reprobable es el descanso en la rique­ za, su goce despreocupado y ocioso. Indica Weber: “ ...aquí en la tierra, el hombre que quiera asegurarse de su estado de gracia, ‘tiene que reali­ zar las obras del que le ha enviado, mientras es dia’. Según la voluntad inequívocamente revelada por Dios, lo que sirve para aumentar su gloria no es el ocio ni el goce, sino el obrar; por tanto, el primero y primordial de todos los pecados es la dilapidación del tiem po...” (EP: 213). Pero así como es reprobable el desperdicio del tiempo, también lo es el gasto suntuario y la dilapidación del dinero y/o de la riqueza en gene­ ral. Al contrario, quien profesa la generación de riqueza, la obtención de propiedades, o los administradores y encargados de bienes y empresas, deben intentar mantenerlas incólumes ad gloriam Dei y aún aumentarlas por medio del trabajo incesante y el ahorro. ‘,l) La reform a protestante tiene lugar en el siglo X V I; podría decirse que lo que W eber llam a puri­ tanismo afianzó su desarrollo durante el siglo X V II. Este sería el punto de partida de la articulación m en ­ cionada.

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VII. MARX, DURKHEIM Y WEBER: CIENCIA, POLÍTICA, Rl IIG IÓ N

Todo esto configura una ética capitalista, un conjunto de preceptos que Weber va a llamar espíritu del capitalismo. Se vale de una serie de máxi­ mas escritas por Benjamín Franklin, entre las que se destacan la buena uti­ lización del tiempo, la valoración del ahorro, la buena utilización del crédito, el respeto por los compromisos financieros asumidos, la inversión razonada, la condena de la dilapidación, del desgano, de la improductivi­ dad y la holgazanería, entre otros mandatos, para caracterizar aquel espí­ ritu (EP:42 ss). Así, la moral puritana deviene espíritu del capitalismo, ya no necesariamente como moral religiosa sino también como ascetismo lai­ co, e incide significativamente sobre el desarrollo de éste en tanto mode­ la comportamientos empresarios afines con la lógica interna de este sistema económico. Pero además impacta también sobre el desarrollo del capitalismo por­ que se debe profesar, asimismo, desde el costado obrero. Los obreros adhe­ ridos al protestantismo ascético debían ser virtuosos, obrar socialmente y atender a las señales de la gracia. Así, el puritanismo también “ .. .ponía a su disposición —de los empresarios, E.L.- trabajadores sobrios, honrados, de gran resistencia y lealtad para el trabajo, por ellos considerado como un fin de la vida querido por dios...” (EP:252). A veces se ha interpretado esta tesis weberiana como absolutamente contraria al planteamiento marxista que otorga primacía a la dinámica eco­ nómica en la determinación de la vida cultural y de la ideología en gene­ ral. Pero esta apreciación, a la que no dejan de asistirle razones, debe matizarse. Weber no creía que un fenómeno de la complejidad del capita­ lismo pudiera ser explicado de forma monocausal. Además, su propósito en la Etica Protestante no era explicar el origen del capitalismo sino simple­ mente examinar la manera en que las ideas religiosas habían incidido en el desarrollo de aquél. Su meta era, en todo caso, menos ambiciosa. No pre­ tendía reemplazar un monismo por otro. Lo dice claramente hacia el final de la obra: “ ...nuestra intención no es tampoco sustituir una concepción unilateralmente 'materialista' de la cultura y de la historia por una concep­ ción contraria de unilateral causalismo espiritualista. Materialismo y espiritualismo son interpretaciones igualmente posibles, pero como trabajo preliminar; si por el contrario, pretenden constituir el término de la inves­ tigación, ambas son igualmente inadecuadas para servir la verdad históri­ ca” (EP:262). Fiel a sí mismo, Weber entiende que los procesos históricos son particulares, irreductibles en su singularidad, únicos. Materialismo e ide­ alismo (esplritualismo) pueden ser tan sólo puertas de entrada a la investi­ gación histórica concreta, no recetas con arreglo a las cuales producir una explicación. A esto último se refiere cuando dice que ni el uno ni el otro deben “constituir el término de la investigación”.

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En el último período de su vida, Weber retomó la investigación sobre los fenómenos religiosos, en el marco de un ambicioso plan intelectual. En efecto, durante la segunda década del siglo XX —recuérdese que murió en 1920- abordó el desarrollo simultáneo de tres proyectos: un manual de economía política de amplio alcance, que contemplaba contribuciones suyas pero también de otros autores; un trabajo de investigación sobre la ética económica de las religiones universales; y un estudio sobre la socio­ logía de la música. Este plan intelectual de por sí extremadamente a m p li o y exigente, se complico por el estallido, en 1914, de la Gran Guerra. Final­ mente quedó inconcluso. El manual se transformó en Economía y Socie­ dad —ya como obra exclusivamente de él—que quedó a su muerte como el más articulado de los tres proyectos pero no obstante incompleto. Lo publicó postumamente su viuda, Marianne Weber, que incluyó los mate­ riales que ya estaban listos, preparados por el propio Max, y algunos otros que no estaban terminados, como los capítulos dedicados a Sociología del Estado y Sociología de la Religión (Weber desarrolló por separado esta pieza, en el marco de lo que terminó siendo Economía y Sociedad, y la E ti­ ca Económica de las Religiones Universales). Este último también quedó trun­ co. Weber había publicado en forma independiente algunos capítulos que lo integraban, pero tras la guerra los revisó con vistas a su inclusión en una obra conjunta, que no tuvo tiempo de concluir. En cualquier caso, que­ dó también con vacíos -temas no abordados—respecto del plan de traba­ jo original. Finalmente la Sociología de la Música, asimismo inconclusa, fue también incorporada como capítulo a Economía y Sociedad. Merece señalarse que la impresionante cantidad de papeles, borrado­ res, apuntes, materiales de investigación, originales terminados y elabo­ raciones de diversa clase que dejó la repentina muerte de Weber, ha hecho que los avances en la dilucidación de esta última etapa weberiana sean len­ tos y poco concluyentes. Y que las obras que puedan considerarse de refe­ rencia para moverse por su intrincado legado final sean escasas. Sus trabajos postreros sobre religión presentan dos características a des­ tacar. Son, por un lado, materiales simultáneos, es decir, desarrollados en paralelo, a ser publicados en obras distintas, lo que es difícil de compren­ der. Algunos investigadores sugieren que Sociología de la Religión tenía el propósito de abordar, sobre todo, problemas conceptuales. De allí que estu­ viera incluido en Economía y Sociedad. Mientras que el trabajo sobre la éti­ ca económica de las religiones universales tenía propósitos más generales y más completos, como se verá un poco más abajo. Por otro lado, los dos trabajos (ambos inconclusos como se indicó inmediatamente más arriba) no superan el nivel de materiales de investigación. ¿Qué se quiere decir con esto? Lo siguiente. Marx había distinguido, con sabiduría, entre lo que 172

VII. MARX, DURKI IUM Y WEBER: CIENCIA, POIÍNCA, Rl IIG IÓ N

llamaba el método de investigación y el método de exposición. Una cosa es lo que se produce mientras se investiga y otra la manera de exponerlo. Es decir, que el material que resulta de la fase investigativa debe ser reelaborado a los efectos de lograr una exposición que facilite la comprensión de los lectores de aquello que se somete a su discernimiento, tarea que nor­ malmente requiere de un revelamiento de claves de interpretación y de explicitación de sentidos. Volviendo a Weber, es posible decir que ningu­ no de los dos trabajos parece haber pasado por el tamiz del método de exposición, lo que hace a veces ardua la comprensión de motivos, de pro­ pósitos, y de encadenamientos de temas y de “trenes” de argumentación. De manera muy provisoria, entonces, puede decirse que la Etica Eco­ nómica de las Religiones Universales parece volcada hacia el examen de un número mayor de niveles de análisis en el tratamiento de los fenómenos religiosos, que la Etica Protestante. N o es estrictamente la otra cara, la otra punta del ovillo. Es, en todo caso, más abarcadora. En primer lugar, por­ que en esta fase final de su vida, Weber descubrió el amplio alcance del fenómeno de la racionalización, que ya había despuntado en La Etica Pro­ testante pero había tenido un desarrollo limitado. En segundo lugar por­ que se lanza al estudio particular de cinco universos religiosos: el confucianismo, el hinduismo, el budismo, el cristianismo, y el islamismo. En la Introducción a la Etica Económica Weber indica que por ética eco­ nómica de una religión debe entenderse los impulsos prácticos a la acción “basados en el conjunto psicológico y pragmático de las religiones” (EERU:330). Hasta aquí se ubica en el terreno de La Etica Protestante. Seguidamente hace la advertencia, también, de que ninguna ética econó­ mica ha estado determinada solamente por lo religioso, pero que entre sus determinantes se encuentra el condicionamiento del modo de vida por la religión (EERU:330). Nótese que moviliza dos conceptos, el de ética económica de una religión y el más amplio de ética económica a secas, uno de cuyos componentes puede se la ética económica de las religiones. Añade que el modo de vida -con lo que ha bajado un escalón y no se refie­ re ya a la ética económica—“está influido también profundamente -una vez más en el marco de determinados límites geográficos, políticos, socia­ les, nacionales—por factores económicos y políticos” (EERU:330-331). Y concluye: “Si se quisiera presentar estas dependencias en todas sus par­ ticularidades se adentraría uno en un océano sin límites” (EERU:331). Es evidente: el abanico de fenómenos y dimensiones a considerar se hace inabarcable. Pasa inmediatamente a privilegiar el análisis de los aspectos sociales señalando que hay estratos sociales que han influido decisivamente sobre la ética práctica de la religión de que se trate. Es decir, admitiría aquí la 173

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formulación marxista de que “el ser social determina la conciencia”, pero nunca como criterio único sino sólo como uno muy significativo. Y enu­ mera: “el confucianismo fue la ética estamental de un cuerpo de rentis­ tas del estado con una formación literaria racional-mundana” (EERU:331). El hinduismo “estuvo sustentado en una casta hereditaria de individuos con formación literaria que, ajenos a todo cargo, actuaron como una espe­ cie de directores espirituales de individuos y comunidades y marcaron el orden social, como firme centro de referencia de la división estamental” (EERU:331). Y así de seguido. Conviene, quizá, repasar su mirada sobre el cristianismo. Dice: “inició su andadura como una doctrina de oficia­ les artesanos ambulantes. Era una religión absolutamente urbana y sobre todo burguesa, y siguió siéndolo en todos los momentos de su auge exter­ no e interno —en la antigüedad, en la edad media y en el puritanismo. La ciudad de occidente en su singularidad frente a toda otra ciudad, y la bur­ guesía en el sentido de que solo se dio en occidente, fueron su marco bási­ c o ...” (EERU:332). Sin embargo, algunos renglones más abajo retorna a un enfoque más amplio. Menciona que una religiosidad no es una simple función de una posición social, no es el mero reflejo ideológico de intereses materiales, en clara alusión crítica a la concepción marxista. Sostiene: “Por profun­ das que hayan podido ser las influencias sociales determinadas política y económicamente sobre una ética religiosa en un caso concreto, esa ética recibe su impronta primordialmente de fuentes religiosas. Ante todo, del contenido de sus proclamas y promesas.” (EERU:332). Vale decir, pasa de nuevo a la otra punta del ovillo. En fin, estos son los encuadres más generales. No es sencillo articu­ larlos, en el sentido de encontrar las congruencias existentes entre ellos. Probablemente este sea el resultado de la falta de método de exposición mencionada más arriba. Como sea, las demarcaciones quedan hechas y con base en ellas Weber se interna en los complejos meandros de lo que él lla­ ma religiones universales. Tal vez con el tiempo y la progresión de los estu­ dios sobre este tramo final de su obra vayan apareciendo trabajos de referencia que permitan aprovechar mejor, desde el punto de vista del conocimiento, su inmenso y postrer esfuerzo.

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VIII FINAL

Jacques Attali, en la Introducción de un libro que se ha citado prece­ dentemente, repasa las herencias que ha recibido Marx del judaismo, del cristianismo, del Renacimiento, de Prusia, de Francia, de Inglaterra y, por último, de Europa. A su juicio, el célebre revolucionario alemán se halla­ ba en un “punto de encuentro de todo cuanto constituye al hombre moderno occidental”.100 Esas herencias y su indiscutible genio lo molde­ aron y lo desvelaron “por abarcar la totalidad el mundo y de los resortes de la libertad humana. Es -agrega Attali, en impar hom enaje- el espíritu del m undo”.101 Me parece completamente legítimo el reconocimiento. Fue el primero en pensar verdaderamente a escala del mundo. Y lo hizo con un talento y una profundidad que lo convirtieron en una de las figu­ ras más importantes de la entera historia intelectual de Occidente. Su filón iluminista, su confianza ilimitada en los criterios de verdad que era capaz de proveer el materialismo dialéctico, algo tuvieron que ver con el sesgo intolerante y fundamentalista que asumió el marxismo comu­ nista en Rusia y en otros lugares, bastante tiempo después de su muerte. Sin embargo, nada alcanza a opacar su talento y la calidad de su obra. Obviamente no se lo puede hacer responsable de las opciones políticas que abrazaron algunos de sus seguidores: el poder suele imponer lógicas impla­ cables frente a las que el mundo de las ideas termina siendo desbordado. Aunque, claro, las ideas nunca son tampoco enteramente inocentes. Por otra parte, como dice Berlin, “ningún pensador del siglo XIX ejer­ ció sobre la humanidad influencia tan directa, deliberada y profunda como Karl Marx”.102 Sus ideas anidaron en millones de personas, nutriendo sus sueños y, de alguna manera, sus esperanzas en una causa revolucionaria. Paradojalmente, esta constatación se opone en alguna medida a su profe­ sión de fe materialista: sus ideas -utilizadas de un modo u otro, en favor 100 O p. cit., pág. 1 4. 101 Ibid., pág. 15. 102 I. Berlin: Karl Marx, Alianza, M adrid, 2000, pág. 27.

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APUNTES DE SOCIOLOGÍA

de fines loables tanto com o condenables— tuvieron, en el últim o cuarto del siglo XIX y durante buena parte del XX un peso extraordinario.

Durkheim se construyó un destino personal ligado a la actividad aca­ démica fundamentalmente. Es difícil valorar favorablemente hoy en día, en que aún las propias ciencias “duras” han moderado sus certidumbres merced a los rumbos abiertos, entre otros, por Albert Einstein, los afanes positivistas del gran sociólogo francés. Su legado mejor consiste, en todo caso, en el esfuerzo que realizó para darle a la Sociología un estatuto cien­ tífico. Su empeño, además, por tratar de ligar la noción de sociedad a las de cohesión y/o solidaridad merece ser rescatado como lo que es: un acer­ vo inteligente y valioso, todavía capaz de ofrecer conceptos y orientacio­ nes útiles para analizar las sociedades convulsas y crispadas, con crecientes déficits de integración, que presenta el mundo de hoy. Weber es a mi juicio el que guarda mayor actualidad de los tres. Su concepción epistemológica convierte a su sociología interpretativa en una herramienta capaz de dialogar de tu a tu, como dicen los mexicanos, con los problemas de hoy. Quiéraselo o no, el mundo ha terminado por acep­ tar la diferenciación kantiana —que intuyeron Protágoras y Vico—entre cien­ cias de la naturaleza y ciencias del espíritu. Y en este último plano el aporte weberiano sigue siendo tan inestimable como imprescindible. Además, su extraordinario talento para el análisis histórico y su asombrosa erudición en una época en que internet no podía siquiera ser soñada, le han valido un reconocimiento que tiende a acrecentarse con el correr del tiempo. He procurado exponer las concepciones de Marx, Durkheim y Weber -com o en general las de todos los que están incluidos en este trabajo- con la mayor imparcialidad. Aunque tengo desde luego mis preferencias, me parece que la única actitud docente adecuada es procurar entrar en la lógi­ ca de pensamiento de cada quien para reproducir sus ideas de la mejor manera posible. Me parece obvió que un texto introductorio como pro­ cura ser éste, debe respetar la obra de cada quien. Pero sobre todo me pare­ ce que se debe resguardar el derecho a aprender, lo que implica que el maestro debe enseñar no adoctrinar. Debe tratar no de descalificar sino de exhibir, de exponer. Toca al estudiante o al lector en general, en todo caso, producir sus propias elecciones. En cualquier caso, me parece que los valores del pluralismo y la tole­ rancia merecen ser defendidos en el terreno académico porque la acep­ tación en este plano del politeísmo de los valores —única actitud que encuentro razonable, pues evita caer en el reduccionismo y la unidimensionalidad a los que conduce la creencia de hallarse en posesión de ver­ dades fundamentales—así lo exige. La circunstancia de que vivamos un tiempo de fundamentalismos —algunos furibundos, otros menos—como los 178

V III. H N A I

que se expresan a través de Bush júnior, de una porción del islamismo y del Papa Benedicto XVI no debe hacernos perder de vista el sentido de las cosas (el sentido de la realidad, como escribió alguna vez Berlin). Aprue­ bo absolutamente la distinción entre ciencia y política que preconizaba Weber, y su corolario inmediato: la diferenciación entre el momento del reconocimiento y el del juicio. La producción de saber y el proceso de aprendizaje se benefician con la serenidad, el distanciamiento y el reco­ nocimiento de lo diferente. También me parecen preferibles la tolerancia y el pluralismo en el terreno político. Pero esto es, ya, harina de otro costal. Quizá no debería haber incurrido en esta perorata opinativa final. Pero tal vez, después de un periplo centrado en el esfuerzo por reconocer para mejor comprender, se me pueda disculpar el desliz de incursionar breve­ mente en el terreno de los juicios de valor.

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A p é n d ic e s

Cronologías A lem ania en el siglo x ix y prim er cuarto del siglo x x

Alemania arribó al siglo XIX sin haber consumado aún su unidad polí­ tica. Se hallaba desperdigada en una miríada de reinos, principados, duca­ dos e incluso ciudades autónomas. A lo largo del siglo se ensayaron diversas alternativas de unificación. 1806: Confederación del Rhin. Formada por los reinos de Baviera, W urtemberg, Sajonia, y Westfalia; los principados de Nassau-Usinger, NassauWeilburg y Hohenzollen; y los grandes ducados de Frankfurt, Badén, Berg, Hesse-Darmsstadt y Wurzburg, entre otros. Eran en total 36 uni­ dades estatales. No participaron Prusia, Austria y Hannover. 1815: Congreso deViena. Se constituye la Confederación Germánica, for­ mada por los reinos de Austria, Prusia, Hannover, Baviera, Sajonia y Wurtemberg; los grandes ducados de Badén, Hesse-Cassel, HesseDarmstadt, Mecheburg, Oldemburg, Weimar, Eisenach, etc. Y las ciu­ dades libres Bolma, Lubeck, Frankfurt y Hamburgo, entre otras unidades participantes. Austria tenía predominio. 1866: Guerra entre Prusia y Austria. La batalla de Sadowa definió el triun­ fo a favor de Prusia. Se disolvió la Confederación Germánica y se cons­ tituyó la Confederación de Alemania del Norte bajo la preponderancia política y militar de Prusia. El rey de Prusia quedó como presidente de la Confederación. Había un Parlamento compuesto por 297 diputados elegidos por sufra­ gio universal y un Consejo Federal presidido por un canciller elegi­ do directamente por el rey de Prusia. En 1867, Otto von Bismarck (1815-1898), llamado a tener un relevante papel en la unificación de Alemania, fue nombrado Canciller de la nueva Confederación. 1870: Se declara la guerra llamada franco-prusiana. Ambos estados tení­ an motivaciones parecidas para encararlas. Francia, en la que impera­ ba Napoleón III, descontaba su triunfo sobre la Confederación de 183

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Alemania del Norte y esperaba, con este resultado, relegitimar el Impe­ rio por esa época relativamente alicaído. La Confederación, por su par­ te, confiaba también en ganar la contienda, que esperaba utilizar como motivo para reclamar la incorporación a aquella de las unidades polí­ ticas alemanas todavía remisas a hacerlo. Prusia consiguió ambos obje­ tivos. Ganó la guerra e incorporó los reinos de Baviera y W urtemberg y los grandes ducados de Hasse Darmstadt y Badén a la Confederación, otrora renuentes. 1871: La Confederación se disuelve y se reconstituye como Imperio ; Gui­ llermo I de Prusia es nombrado emperador. Se conforma un sistema político complejo que incluía Emperador, Canciller (jefe de gobier­ no), Consejo de Ministros, Consejo Federal y Parlamento elegido libremente de 397 miembros, repartidos de manera diferencial entre las distintas unidades (a Prusia le correspondían 236; a Baviera 48; a Sajonia 23; a Wurtemberg 17; etc.). Guillermo I es coronado enVersailles, Francia. Bismark es nombrado Canciller del Imperio en 1871; ocupó el cargo hasta 1890. 1918:A raíz de la derrota de Alemania en la la. Guerra Mundial se disuel­ ve el Imperio. El emperador Guillermo II, sucesor de su homónimo Gui­ llermo I, curiosamente firma la capitulación también enVersailles. Lo que equivale a decir que el imperio guillermino nació y murió en Francia. 1919: Se constituye la República deWeimar, que se extendió hasta 1933. Se la llama así por la ciudad en la que se aprobó la constitución que le dio origen. En su transcurso se gestó el movimiento nazi. Francia en el siglo x ix

y

parte del siglo

XX

1804: Instauración del imperio napoleónico. A la caída del imperio se reor­ ganiza la monarquía bajo el dominio de la casa Borbón. 1814-1824: reinado de Luis XVIII. 1824-1830: reinado de Carlos X. 1830: Revolución de julio. El movimiento fue rápidamente asimilado pero provocó la caída de Carlos X y la sustitución de la casa Borbón por la de Orleáns. 1830-1848: reinado de Luis Felipe de Orleáns. 1848: Revolución de febrero. Cae Luis Felipe y se instala un gobierno pro­ visorio. En diciembre se proclama la lia. República. 1848-1851: Luis Napoleón, sobrino de Napoleón Bonaparte, es elegi­ do presidente. 184

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1852: Luis Napoleón provoca un golpe de Estado e instaura el Imperto. Asume como emperador con el nombre de Napoleón III. 1870: Cae Napoleón III como resultado de la derrota de Francia en la gue­ rra contra Prusia. Problemas de orden interno primero y después el levantamiento de los obreros de París hacen que la reinstauración del régimen republicano avance muy lentamente. 1871: Revolución en París protagonizada por sus sectores obreros y popu­ lares. Gobiernan la ciudad entre el 18 de marzo y ei 28 de mayo, es decir, por 70 días. Se conoce a este movimiento con el nombre de La Comuna. El movimiento fue sangrientamente reprimido. A la caída de ia Comuna se organiza un gobierno provisorio y el 31 de agosto asume AdolpheThiers como presidente. Se pone en mar­ cha la Illa. República, que se abre paso con dificultades. 1877: Se establece una democracia parlamentaria que afianzará la Illa. República. 1939: Estalla la lia. Guerra Mundial. 1940: Final de 1a Illa. República debido a la derrota de las tropas france­ sa a manos de las alemanas. Los alemanes ocupan París y se instaura el Régimen de Vichy, favorable a estos. Desde el norte de Africa el Gral. Charles De Gaulle (1890-1970) hace una convocatoria a la resis­ tencia y mantiene viva la llama de una Francia libre.

Breves reseñas biográficas K arl M arx

1818 Nace enTréveris, Prusia, el 5 de mayo. Hijo de un abogado judío convertido al protestantismo. Realiza estudios secundarios en su ciudad natal. 1835-1836 Inicia estudios de Derecho en la Universidad de Bonn. 1836 Entabla noviazgo con Jenny vonWestphalen. Abandona Bonn y con­ tinúa sus estudios en la Universidad de Berlín. Amplía sus intereses a la filosofía y a la historia. Forma parte del círculo de los llamados “jóve­ nes hegelianos”. 1838 Muere su padre. 1841 Obtiene su doctorado en filosofía en la Universidad de Jena, con la presentación de la tesis Diferencia de la Filosofía de la Naturaleza en Demócrito y Epicuro.

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1842 Regresa a Bonn con la expectativa de poder trabajar en la Univer­ sidad junto a Bruno Bauer, pero esto no se concreta. Se incorpora como redactor a la Gaceta Renana, un periódico liberal de tendencia opositora a la monarquía prusiana. 1843 La Gaceta Renana deja de aparecer por presiones políticas. Contrae matrimonio con Jenny von Westphalen, el 19 de junio y decide exi­ liarse en París, a la que arriban el 11 de octubre. Edita allí, con Arnold Ruge, Los anales Franco-Alemanes. Publica asimismo Crítica a la Filo­ sofía del Derecho de Hegel y La Cuestión Judía. 1844 Conoce a Proudhon, Mijail Bakunin y Moses Hess, entre otros acti­ vistas y exiliados, y a Friedrich Engels, con quien mantenía corres­ pondencia epistolar pero aun no conocía personalmente. Escriben juntos La Sagrada Familia. 1845-1848 Es expulsado de París por pedido del gobierno prusiano. Se ins­ tala en Bruselas. Escribe con Engels La Ideología Alemana, que perma­ necerá inédita —incluso se la creía perdida—por muchos años, y Miseria de la Filosofía, en la que critica fuertemente a Proudhon. Participa de la fundación de la Liga de los Comunistas. En coautoría con Engels, escri­ be el Manifiesto Comunista, que se publica en febrero de 1848. 1849 Es expulsado de Bruselas y se traslada a Colonia, donde funda La Nueva Gaceta Renana. Publica en ella Trabajo, Salario y Capital. Cono­ ce a Ferdinand Lasalle. Rema allí y en otras regiones de Alemania un clima de agitación revolucionaria, del que se mantiene relativamen­ te al margen pues no creía que estuvieran dadas aun las condiciones para que la revolución fuese exitosa. El movimiento fracasa. Es expu; sado de Colonia. Antes de partir, publica en el último nnmero de L a Nueva Gaceta Renam , en caracteres rojos, un poema de V-erdmand Freiligrath, cuyas primeras líneas dicen premonitoriamente así: Adiós entonces, adiós el trueno del combate Adiós compañeros de batalla Y también vosotros, campos sucios de polvo Adiós las espadas y las lanzas Adiós entonces, pero no para siempre.

Permanece poco tiempo más en otras ciudades de Alemania, pero parte al cabo de nuevo a París. No se quedará, sin embargo aquí. En agosto parte para Londres. Se encuentra al borde de la indigencia. Su familia se halla enTréveris, en la casa de la madre de Jenny. Marx tie­ ne 31 años. 1850 Retoma sus estudios de economía. Publica Las Luchas de Clases en Fran­ cia. Jenny se le ha unido ya, embarazada y con sus 3 hijos. Sobreviven a duras penas, en parte con la ayuda de Engels. Muere su hijo Henry. 186

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1852-1855 Publica, en el primero ele estos años, El 18 Brumario de l.uis Bonaparte. Disuelve la Liga de los Comunistas (1852) Retoma de manera intermitente sus estudios de economía y dedica prácticamen­ te todo su tiempo al trabajo de periodista, para poder sostener a su familia. Mueren sus hijos Francesca (1852) y Edgar (1855). Nace su última hija, Eleanor (1855). 1856 Muere la madre de Jenny. Esta recibe una parte de la herencia, lo que le permitirá a la familia mejorar un poco las condiciones de vida. 1857-1858 Retom a sus estudios de economía así como el trabajo sobre lo que años más tarde será El Capital. Escribe con intermitencias y le cuesta avanzar. 1859 Publica Contribución a la Crítica de la Economía Política y continúa tra­ bajando sobre El Capital. 1860 Engels aumenta un poco su ayuda económica a Marx. Debe, sin embargo, intervenir de urgencia con el envío de 100 libras para res­ catarlo de un episodio inesperado: el prestamista al que Marx concu­ rre a empeñar un juego de plata que ha heredado Jenny lo denuncia porque sospecha que lo ha robado. 1861 En diciembre, Bakunin desembarca en Londres y se pone en con­ tacto con sus viejos compañeros. Había pasado 8 años de cárcel y 5 de confinamiento en Siberia, de donde logró fugarse. 1862-1863 Cesa su colaboración para el NewYork Tribuna, lo que lo colo­ ca nuevamente en una situación de penuria financiera. Sin embargo, la muerte de su madre (noviembre de 1863) le significa una herencia que le permite acomodar nuevamentente su vida. 1864 Participa en la organización de la Asociación Internacional de los Tra­ bajadores. Es nombrado miembro de su Consejo General y se le encar­ ga la redacción de los estatutos y de un manifiesto inicial de la Asociación. Marx toma parte muy activamente en las reuniones del Consejo y se muestra comprometido con las tareas de aquella, que se desarrolla rápidamente. Continúa trabajando en El Capital. 1866 Por sugerencia de Engels reduce el tiempo dedicado a la Asociación, en beneficio de la redacción de El Capital. Lee el Curso de Filosofía Posi­ tiva de Comte treinta años después de su publicación. El texto le pare­ ce malo. 1867 Aparece el Libro I de El Capital en Alemania. Se editan 1000 ejem­ plares, pero la venta no es muy significativa. 1869 Se reedita El 18 Bmmario. Marx viaja a París, con documentos apó­ crifos a nombre de Alan Williams, para vistar a su hija Laura, casada con Paul Lafargue. El Partido Popular de Sajonia, del cual son direc­ tivos August Bebel y Wilhem Liebknecht se divide y da origen a la 187

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fundación del Partido Socialdemócrata Obrero Alemán; Marx simpa­ tiza con esta iniciativa. 1871 Con el estallido revolucionario de La Comuna de París, Marx es con­ sultado —en su transcurso—varias veces, pero duda en expresar públi­ camente sus opiniones, aunque simpatiza con el movimiento. No conoce bien la situación y no se encuentra bien informado. Publica luego La Guerra civil en Francia, que en su primer formato es un Lla­ mamiento a la Internacional, con motivo de aquella. Defiende la tenta­ tiva y llega a considerarla el primer intento de dictadura de! proletariado. Los ojos del establishment se vuelven contra la Internacional, a la que ven como la inspiradora de La Comuna y contra el propio Marx, a quien consideran su jefe en las sombras. En Francia, Alemania, Rusia y otros países y regiones de Europa se persigue a sus miembros y la Internacional comienza a disgregarse. 1872 Se realiza el Congreso de la Asociación Internacional de los Traba­ jadores en La Haya. Marx consigue que se tomen las dos siguientes decisiones: a) se traslade la sede de la misma a Nueva York; b) se expul­ se a Bakunin. La suerte de la Asociación, transplantada y dividida está echada (hay quienes piensan que la verdadera intención de Marx era disolverla). Marxistas y anarquista seguidores de Bakunin continua­ rán sus discusiones y se intentarán por parte de estos últimos algunas jugadas postreras. Pero aquella se encamina irremediablemente a su extinción. 1874 Marx aplaude el éxito electoral del Partido Socialdemócrata Obre­ ro Alemán, de Bebei y Liebknecht.Trabaja en reediciones de su obra, en el Libro II de h l Capital y en la traducción cíe ést; • al trances. 1875 Se fusionan el Partido Socialdemócrata Obrero Alemán y tos socia­ lista lasalleanos (ácidamente criticados siempre por Marx) en el Par­ tido Socialista Obrero de Alemania. Disgustado, escribe su *Orifica ai Programa de Gotha (nombre de la ciudad que hospedo el congreso de la unificación). Cree que el nuevo partido, con esas raíces, no podrá prosperar. Se publica el Libro I de El Capital en francés 1876-1877 Las disputas entre reformistas y marxistas en el seno del nue­ vo partido socialista alemán no cesan. Marx se desentiende de ellas mientras continúa trabajando en los Libros II y III de El Capital y sigue estudiando a Rusia, por la que se había interesado desde finales de los años 60. Bismarck ilegaliza el partido a comienzos de 1877. 1881 Muere su esposa Jenny. La salud de Marx se deteriora. 1883 Muere Marx en Londres, el 14 de marzo, a los 64 años. Los Libros II y III de El Capital quedan inéditos. Serán publicados bajo la super­ visión de Engels en 1885 y 1894, respectivamente.

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1858 Nace el 15 de abril, en Epinal, una población de la región de Lorena. Era hijo, nieto y bisnieto de rabinos. Durante la guerra franco-pru­ siana su pueblo es ocupado por las alemanes. Cursa la escuela primaria y secundaria en Epinal. 1879 Ingresa a la Ecole Normal Supérieure, luego de un primer intento fallido y se radica en París. Tiene de compañeros ajeanJaurés, Henry Bergson, Camille Julien, Maurice Blondel y Gustave Belot, entre otros. Esa institución universitaria era severa y exigente. Los alumnos esta­ ban virtualmente pupilos: sólo podían salir los jueves a la tarde y los domingos. Formaba en un humanismo general con especialización en historia y filosofía. 1882 Obtiene su graduación con mención en filosofía. Comienza a tra­ bajar como profesor en diversos liceos. 1885-1886 Realiza un viaje de estudios por Alemania, interesado en las tesis de W ilhem Wundt, dedicado al estudio de la psicología. 1887 Se casa con Louise Dreyfus. Obtiene el cargo de profesor de peda­ gogía y ciencias sociales en la Universidad de Burdeos, en la Facul­ tad de Letras. Es su primer cargo como profesor universitario propiamente. Dicta allí el primer curso de sociología ofrecido en las universidades francesas. Despliega una intensa actividad como profe­ sor. Además del de sociología, dicta también cursos de pedagogía, sociología criminal, historia del socialismo, educación moral, etc, 1893 Se doctora en filosofía en la Universidad de París. Publica ese mis­ mo año su tesis doctoral con el título de La División del Trabajo Social. Continúa con su actividad académica en Burdeos. 1895 Publica Las Reglas del Método Sociológico. 1896 Funda la revista L'A nnée Sociologique, que perdura hasta 1913. Es un instrumento de debate académico y de difusión de ideas de signifi­ cativo impacto en la consolidación de la Sociología como ciencia en Francia. Lo acompañan en esa importante empresa intelectual, entre otros, Marcel Mauss, Fran^ois Simiand, Elenri Hubert y Celestin Bouglé, entre otros. 1897 Publica El Suicidio. Participa de las discusiones ligadas al affaire Drey­ fus que enfrentan a integristas católicos y anticlericales laicos, que cubre el fin de siglo francés. Se ubica entre los segundos. 1902 Es nombrado profesor, con categoría de suplente, en la Universi­ dad de París, ciudad a la que se traslada. Está a cargo de la cátedra de Ciencias de la Educación, que más tarde se convierte en Ciencias de la Educación y Sociología.

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1906 Es nombrado profesor titular en la antedicha universidad, posición que ocupará hasta su muerte. Sigue manteniendo una intensa activi­ dad académica: participa de congresos, publica en revistas especiali­ zadas, etc. 1912 Publica Las Formas Elementales de la Vida Religiosa. 1915 Muere su único hijo, André, en la batalla de Salónica, durante la Gran Guerra. Esta pérdida le resulta profundamente dolorosa y su salud se resiente. 1917 Muere en París, el 15 de noviembre. Tenía 59 años. M ax W eber

1864 Nace, el 21 de abril, en Erfurt, en el seno de una familia protestan­ te. Es el mayor de 8 hijos. Su padre era un abogado cuya familia explo­ taba la industria textil en Westfalia. Fue, además, un político destacado del Partido Liberal Nacional. Fue diputado en la Cámara prusiana y, luego, diputado ante el Reichstag, entre 1872 y 1884. Su madre, Helene Fallenstein-Weber, era una mujer de una gran cultura y con mucha preocupación por los problemas sociales y religiosos. Max se formó, así, en un ambiente permeado por la política, la religión y las activi­ dades culturales y artísticas. A la edad de 13 años les regaló a sus padres, para Navidad, dos ensayos: “Sobre la maldición de la historia alema­ na, con referencias especiales a la posición del emperador y del papa” y “Sobre el período del Imperio Rom ano desde Constantino a la migración de las naciones”. Mantuvo con su madre un contacto inte­ lectual bastante estrecho hasta 1919, año en que falleció. 1882 Ingresa a la Universidad de Heildelberg para estudiar Derecho; toma también clases de economía, de historia, de filosofía y de teología. 1883 Llace durante un año el servicio militar, adquiriendo una formación de oficial. 1884 Retoma sus estudios pero se traslada a Berlín, en cuya Universidad se matricula. Cursa también estudios en la Universidad de Góttingen. 1886 Aprueba exámenes que lo habilitan para ejercer como abogado. 1888 Se incorpora a la Verein fü r Sozialpolitik (Asociación para la Política Social), que agrupa a estudiantes de diversas tendencias preocupados por la cuestión social. Había sido fundada por Gustav Moller —inte­ grante de la Escuela Histórica Alemana— en 1872 y se encontraba dominada por los llamados “socialistas de cátedra”. 1889 Obtiene su doctorado en Derecho. Su tesis se denominó “C ontri­ bución a la historia de las organizaciones mercantiles en la Edad 190

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M edia”. Vive en la casa paterna pero con la expectativa de alean/ar su independencia económica, cosa que ocurrirá más adelante cuando sea llamado a ocupar un cargo docente en la Universidad de Friburgo. Sin abandonar la Verán, se vincula con el movimiento evangélico social, uno de cuyos dirigentes más destacados era Friedrich Naumann, con quien traba amistad. 1890 Aprueba exámenes que lo habilitan a ejercer la docencia universi­ taria como profesor. Por pedido de la Vcrein inicia estudios sobre la situación de los campesinos en Prusia Oriental. 1893 Se casa con Marianne Schmtger. 1894 Es designado profesor en la Universidad de Friburgo, donde ense­ ña economía política. 1895 Pronuncia una clase inaugural —como era costumbre en las univer­ sidades alemanas- que tuvo mucha repercusión. Se la conoce habi­ tualmente como “El Discurso de Friburgo” pero su verdadero título es “El Estado nacional y la política económica”. Causa gran impac­ to en general y, en particular, sobre Naumann y sus seguidores que deciden sustituir el social-cristianismo que profesaban por un socia­ lismo nacional y fundan, en 1896, la Unión Nacional Social. Weber acompaña la experiencia pero la mira con ojo crítico. La organización no alcanzó un desarrollo satisfactorio y se disolvió en 1903. 1897 Muere su padre. Es designado profesor en la Universidad de Heildelberg. Una grave enfermedad nerviosa lo obliga a suspender su acti­ vidad laboral durante cuatro años. 1902 Retoma la docencia en Heildelberg, pero no puede sostenerla con la misma intensidad que ante:, 1903 Funda, con Werner Sombart, ios Archw für Soziaiwissenschaft und Soziaípolitik (Archivopara la Ciencia y la Política Social). Renuncia a Heildelberg. 1904 Realiza un viaje a los Estados Unidos, que le causa una profunda impresión. Publica la primera parte de La Etica Protestante y el Espíri­ tu del Capitalismo y, también, el artículo “La objetividad cognosciti­ va de la ciencia social y de la política social”. 1905 Publica la segunda parte de La Etica Protestante y el Espíritu del Capi­ talismo.

1906 Publica dos artículos sobre Rusia, que desde hacía algún tiempo había comenzado a interesarle especialmente, así co m o trabajos los campos de sociología de la cultura y sociología de la religión. 1907 Continúa fuera de la actividad académica. Recibe una herencia que le permite mantenerse con comodidad, sin tener que pensar en la necesidad de generar ingresos. En su casa de Heildelberg recibe con 191

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regularidad a numerosos intelectuales como Windelband, Naumann, Simmel, Tonies, Michels y Troelstch, entre otros. 1909 Funda la Asociación Alemana de Sociología. Comienza los traba­ jos que conducirán a Economía y Sociedad. 1913 Publica Ensayo sobre algnnas categorías de la sociología comprensiva. 1914-1915 Estalla la la. Guerra Mundial (también llamada la Gran G ue­ rra). Es movilizado hasta finales de 1915 y puesto a cargo de un gru­ po hospitales de la zona de Heildelberg. Publica la “Introducción” y el capítulo “ Confucianismo yTaoismo” de La Etica Económica de las Religiones Universales. Acabada la guerra los revisará con vistas a la edi­ ción completa de dicha obra, pero todo el trabajo quedará trunco pues muere antes de poder completarlo. 1916-1917 Participa de misiones oficiales a Bruselas, Viena y Budapest. Es partidario de una paz rápida, sin pérdidas y sin anexiones, aunque estas ideas no prosperan. 1918 Dicta en la Universidad de Munich dos conferencias que se harían famosas, que se conocen en español con los nombres de “La políti­ ca como profesión” y “La ciencia como profesión”. Es nombrado con­ sultor de la delegación alemana que participa en Versailles de las negociaciones que fijan las condiciones del armisticio y establecen duras sanciones para Alemania. 1919 Acepta ser designado profesor en la Universidad de Munich. For­ ma parte de la comisión encargada de redactar una constitución, en la ciudad deWeimar, que impone en Alemania un régimen republi­ cano. Participa de la fundación del Partido Democrático Alemán y su nombre es incluido en una lista para la elección parlamentaria, pero luego es retirado. 1920 Muere inesperadamente en Munich, ríe una neumonía, el 14 de junio, a la edad de 56 años. Su opera magna Economía y Sociedad es publi­ cada por primera vez en 1922 por Marianne Weber, su viuda, en base a los materiales que ya estaban preparados por Max y a sus papeles borradores.

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