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La in só lita corte

ALTA SO CIEDAD del fra n q u ism o

Begoña Aranguren

ALTA SOCIEDAD Begoña Aranguren

Planeta

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados © Begoña Aranguren, 200 6 © Editorial Planeta. S. A.. 2 0 0 6 Diagonal, 6 62-664, 08054 Barcelona (España) Ilustración del interior: archivo de la autora Primera edición: febrero de 2006 Depósito Legal: B. 2 .2 9 0 2006 ISBN 84-08-06554-8 Composición: Foinsa-Edifüm, S. L. Impresión: A&M Grílík, S. I Encuadernación: Encuademaciones Balines. S. I . Printed in Sn.un

Imotmo en I M ul la

Indice

Prólogo 9 Not . ll I Si l' . « ' I V i t i o s .

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El hecho de n o pertenecer a una fam ilia n um erosa, por aquel entonces, p rod u cía casi desconfianza. ¡E ra algo tan inusual!... E n el sur com enzaban a vestirnos de faralaes m ientras, en el n orte, siem pre cu an to m ás clasiquism o, m ejo r: los chicos, d e m arinero. C u an d o «la n u b e de veran o pasajera» se con vertía en incesantes chubascos no había m ás que colocarse el chubasquero - n u n c a m ejo r d ic h o - y las katiuskas para jugar en los charcos...

m la d o cirin a im partida para recibir el Sacram ento d e la P rim era C o m u n ió n fuim os algunos los niños e percibim o s la com plicación d e la vida. ¿R en u n ciábam os, de verdad, al m u nd o, al d em on io y a la me?, pero ¿qué significaban prom esas tan solemnes?

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D esaparecido el C h o fre , la plaza d e toros donostiarra, por razones no especialm ente convincentes, hay que recordar q u e las ^riindo,t fig tn .isd d toreo del m om ento I lim o rl ( lotilnlit's, Jaim e O stos, l ’jq u irri o A m o nio < )iiMnr/ hablan o fre tid o t.udcs de florín ,i U itfu íiVit uortcftii.

"iría n los aflos en los que en cualquiera I I ii plazas españolas podía verse con i uluidatl a figuras tan relevantes com o li 111ton I le ito n , ( )rson Welle» o leniingwuy’, para quien el d escu brim ien to I l,i u uron uiq uiii, y, en concreto, i ile A nton io < )rdrifle/,. i.unlurt su

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C ristób al B alcnciaga, la m áxim a representación de la elegancia, vestía a todas y cada una de las m ujeres que acudían a su taller, c o n v in ien d o en exclusivos sus m odelos.

C ad a tem porada tenía lugar un prestigiosísim o desfile en el q ue m ostraba sus nuevas creaciones. Los postizos y el cabello cardado tam bién form aban parte de lu m oda ile la ¿poca.

I filósofo X avier X u b líi ju n to a su esposa, C arm en C astro. Ella era hija de don A m érico C astro , algo |ue m ucha gen te desconoce.

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( risiúh.il ( iolón, duque il« VctagiM. el ton tlc de Villap¿icliorn»i y rl mAK|inls tic Valilcr.iv

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V n l itr
que pasa es que no me apetecía mucho hacer ciertas cosas. Apro­ vechando que papá y mamá estaban fuera, descubrí el placer de quedarme toda la tarde sola en casa. Lo que jamás pude imaginar sucedió: aprovechando que Ignacio se había marchado a Madrid para presentarse a unos exámenes, me pasé las horas en la biblio­ teca escuchando música de todo tipo, sobre todo los nocturnos de Chopin, que me ponían el vello de punta. Durante aquellos días como perdidos o raros, en los que más tarde comprendí haber vivido mi propio duelo, también me de­ diqué bastante a mi hermana Ángela. El día del funeral estaba tan afectada que, por un momento, pensé que iba a sacar otra vez de su bolsillo el burrito del imán. Luego, se quitó de en medio y, junto a miss Snowdon, siguió haciendo su vida sin mostrar la más mínima pretensión de querer estar en otro lugar que no fuera el anonimato. Por eso, era yo quien se la llevaba a comprar un hela­ do a Aberasturi y, de paso, charlar con ella. De este modo, me per­ caté que Ángela fue mucho más consciente de la situación de lo que los demás nos creimos. Pero lo guardaba todo para dentro, ape­ nas exteriorizaba nada. Siem pre fuim os muy diferentes y, sin embargo, nos quisimos tanto... La desaparición de la abuela contribuyó a que me diera cuenta de la falta de amor que, de manera irreversible, me perseguiría el resto de mis días y que yo bauticé como «hueco de madre». Con una nitidez impresionante -la misma que conservo a día de hoy— ,

i duquesa ilc Alba en la playa de O ndarrcta.

El palacio de Ayece, residencia veraniega del general y su familia.

El general Franco a su llegada a la Salve el 14 de agosto de

1964.

Un nutridísim o gru po de personas se asom a a la C oncha para ver las fam osas regatas que se celebran cada verano en su bahía.

A luí un m\ >|i I .

La reina Fabiola y su m arido, el rey Balduino de Bélgica, en su residencia de Zarauz.

Franco, su esposa y su hija con los reyes de Bélgica en el Azor.

Fabiola y Balduino, acom pañ ados por los num erosos nietos del C audillo.

I i decadencia física del general iba, poco a poco, siendo un hecho.

M ientras tan :ci su yerno, el marqués de V illaverde - to d o un don Ju a n - descansa, todo vestido de bl; en el Azor.

Ya |«)i en loncos dentro de lo i|uc se consideraba ti/iprr clos i si no jugabas al golf no eras nadie. Pero i era suficiente contal con un m agnífico i/iiir I labia que presentara .11 am peonuto* y ganarlo», com o la dam a a la 1 .............|III< I

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| . | m i i « » * i, l < i i r | M tl l l n l l t l l f . 1 J. >111

■o existía en aquellas edades nada in ventado q u e otorgara al hom bre la posibilidad de abrazar una m ujer si n o era bailando. C o m o lo sabíam os, no siem pre, pero sí en ocasiones - s o b r e todo si aquel que osaba in ten tarlo no te g u sta b a-, utilizábam os elem entos defensivos com o la conocida com o -l luía telefónica»... .1

I n l.is fin ca s de Ion t m .U c n u u tc s a it d a lu t o hahfa, .il iiu ' i k h , d m u » .is ijiu* m n u .i (.litarían :

una |u ’(|ucn.i pla/a •I* inn»s d o n d e tenían lu^ai !•>•. in u .u lrm s m lm «jim piohai l.i hruvura del ganado